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22

EL MUNDO.

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1895.

Página~ extraordinariWJ.

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DICIEMBRE,

DOl\il~GO 2ll DE DICIE.1IBRE DE 1895.

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(?Íiotto y G;imabué. @;uadro de ~osé @bre9on.
(Fotografía proporcionada por el Ingeniero Fernando Ferrari Perez.)

1,.,flo / l. -Número 25.

�EL.MUNDO.

214

Literarias.
LA INUNDACION.
I
llamo Luis Roubieu. Tengo setenta años, y
nacf en el pueblecillo de Sa.int-.fory, ,í pocas
eguas de Tolm~a, á orillas del río Garona.
Durante catorce afioe seguidos me he batido
contra la tierra para gam\rmc el pan, arrancándoselo.
Por fin lleg\) la. buena época, y el mes pasado aún era yo
el labrador mús rico dd término municipal.
Nuestra casa parecía estar bendecida. La felicidad veíase por todas partes; el sol era nuestro hermano, y no
guardo memoria de una sola nrn,l,1 co~echa. Gozando de
esta felicidad éramos un;\ docena en la granja. Estaba yo
aún fuert,e, saludable, y dirigí,i los trabajos de los chicos;
luego, mi hermano menor, l'eclro, 1111 s~ILerón, que ha.bfa eido sargento; des pué~, mi hermana .'!..gata, que había
venido ,í vi\·i1· con nosotros cuando se muri6 su marido,
una. mujer muy de su c,\~a, muy¡ gorda y siempre muy
alegre, cuyas carcajadas se oían desde 'el otro extremo del
pueblú. En seguida \'enía la gente)HCnuda: mi hijo Jaime, su mujer, Rosa, y tre'! hijas de ésto~, Armanda Verónica y ~[arfa; la primera, casada con Cipriano Buison,
nn buen mozo, con el cual tenía dos hijos, uno de dos
afios y el otro de diez meses; 11\ segunda en ví8peras de
casarse con Gaspar Rabutean; la última, en fin, toda una
señorita, tan blanca, tan eyonrosada, tan mbia, que parecía hija de uno de los señores de la ciudad. J~s decir, contándolos:t todos, éramos diez. Yo era.abuelo y bisttbuelo.
Cuando 110s sentábamo8 á la mesa, miJ hermana Agata
se colocaba á mi dereclia, mi hermano Pedro á mi izquierda.; los chicos se ponían por orden de .edades, formando una fila de cabezas juvenile~, hasta llegar á los
del chicuelo de diez meses, que ya comía sns platos de
sopa como un hombre. ;Anda, anda, el rnido que hacíamos con las cucharas! L:"Lgente comfa de lo lindo. ¡Y
cuánto gozo 1 cu,í.nta alegría entre cucharada y cucharada!
Yo sentía placer y orgullo cuando lo!'i chiquillos, extendiendo las manos hacia mí, decían chillando:
-¡Abuelo dame pan! ¡Un pedazo muy grande, muy
grande! ¿eh? ¡Abuelito!
¡Qué hermosos días! Kuestra granja, siempre laborio•
sa1 exhalaba alegría por tndas las ventanas.
Pedro, por las noches 1 inventaba juPgos y contaba historias de cuando él era militar. L:\ tfa Agata hacía todos
los domingos bollos y tortas para los chiquillos.
Luego le llegaba el tumo :t )faría, que cantaba una porción de cosas bonitas con su rncecita:cle niño &lt;lo coro; parecía la ünágen de una santa, c,on aquel los cabellos rubios que le caían por la espalU.a y aquellas manecita:-: cruzadas sobre el delantal. Yo me haofa decidido á aumentarle un pi,:o ,t la casa cuando Armanda se casó con Cipriano; y decía, riendo, que iba :í. ser nece¡.;ario subirle
otro cuando se ca~aran Yerónica y Ga!"par¡ !de modo que
la casa llegaría al cielo si íbamos haciendo lo mismo cada vez que ee casase alguno. So querfamos separarnos.
Mejor hubiésemos edificado una ciudad detnís de la granja, en nuestras tierras. Cm\ndo las familias se lle,•an bien
es muy hermoso vivir y morir donde uno ha nacido. '
El mes de ::\fayo era magnífico este año. Hacía mucho
tiempo que las cosechas no se presentaban tan bien.
Aquel dfa precisamente habfamos hecho una expedición
mi hijo ,Jaime y yo. Salimos de lagranja:á eso de las tres.
Nuestros prados :í orillas del Garona lucían su preciosa
alfombra verde; la hierba tendría ya unos tres pies de al•
tura, y un mimbreral plantado el afio pasado, tenía ya
roirobres de un metro de alt.o. Después ,·i!;itamos nuestros trigos y nuestras viñas; campos adquiridos uno á uno
con gran trabajo, tí medida que íbamos haciéndonos ricos; las espigas crecían hermosísima!:'; las cepas, cargadas
de racimo?, prometfan una \'endimia magnífica, y Jaime
reía satisfecho y me daba go!pecitos en el hombro.
-¡Ca~amba1 p~dr~; no nos faltará ni pan _ni vino! ¿Qué
le habe1s hecho a Dios para que así se complazca en derramar el dinero en nuestras tierras?
A men.udo brornéabamos, rec?rdando la pobreza pa
sada . .Jaime tenía razón; yodebia haber ganado alláarr(
bala amii-t~1.d de'algún santo 6 la de! mismo Dios, pm·=
que en la comarca nadie tenía tanta suerte como nosotros. Si helaba, la helada se detenía precisamente en
los límite!" de nuestros campos. Si las \'iñas del vecino
e?íermaban y se ~udrútn, alrededor de las nuestras parec1a haber un~ tapta protectora, contra la cual nada podía
la filoxera. "'l la cosa acababa por parecer muy justa
muy natural, puesto que, como jamás bahía hecho dart
á_ ~adie, se me figuraba haberme gana.do bien aquella fe~
hc1dad.
De regreRo ya, pasamos por las tierras que teníamos al
otro lado del pueblo. Las plantaciones de moreras ib
perfectamente. Había también almendros cargados :~

fruto. Volvíamos charlando alegremente y haciendo castillos en el aire.
Cuando tuviésemos dinero suficiente, compraríamos
ciertos terrenos que unirían nuestras tierras unas con
otras, y nos convertirían así en los propietarios de todo
un buen rincón del término municipal. Si las cosechas
dtl año era tan bnena.s como nos prometíamos, nos per.
mitirían realizar seguramente es.os proyectos.
Cuando nos acercábamos á casa Ro~a, desde lejos em·
pezó ,í. hacernos señas y ,t gritar:
-¡Daoa prisa!
Era que una de nuestras meas acababa de tener un terneri!lo. La cosa traía-.t todos revueltos. Aga.ta movía mucho su enorme masa, yendo de una parte ú. otra. Las mucha.chas contemplaban at ternerillo, y el nacimiento de
aquella bestia parecía una bendición m,í.s. Algún tiempo
antes agrandamos el establo, donde se encerraban cerca
de cien cabezas de ganado entre vacas y carneros sobt·e
todo, sin contar los caballos.
-¡ Va.mo~, hemos tenido un día bueno! exch\mé. Esta
noche beberemo.3 una botella de vino aílejo.
Rosa nos llamó aparte para decirnos que Gaspar, el novio de Verónica, había ido :'L casa it fi,n de :-;eñalar definitivamente el día de su boda. Ella le había hecho que se
quedase ,í. comer. Gaspar, hilo mayor de un labrador de
Moranges, era un buen mozo de Yeinte aílos, conocido en
toda la comarca por BU fuerza prodigiosa; en la feria de
Tolosa había \'encido luchando con )Iarcial, el lP6n dfl
.Jfrdiodi.a. A pesar de eso era un muchacho excelente, bonachón y hasta tímido, que se ponía colorado cuando Yerónica lo miraba.
Rogué ;Í. Rosa que lo llamase. Estab,\ en el corral ayudando á nue,:;tras criadas 1 que se hallaban tendiendo la
ropa de In. colada. del mes. Cuando hubo entrado en la
sala baja, que hacía veces de comedor, donde est:tbamos
todos, Jaime se volvió h,l.Cia mí, diciendo:
-Hablad, padre.
-¿Quú lrny?-dije.-¿Con que vieues, hijo mío, ¡Í. que
fijemos dfa. para tu boda?
-Sí, señor Roubieu-contestó el mocetón, colorado
como una cereza.
-'.~fo hay que ponerse colorado, mucha.cho-continué.
-Si te parece, sení. el 10 de Julio, día de Santa Anmlia.
Estamos :í. 23 u.e· Junio, y no hay que esperar m;Ís que
veinte días ...... i!i pobre difunta se llamaba Amalia, y
el casaros en ese día contribuiría ,í, vuestra dicha ........ .
¿Con que te parece bien? ¿Está convenido?
-Com·enido; el día de Santa .imalia, padre Roubieu.
Y nos &lt;lió :i Jaime y á ::ní un apl'et6n de manos, capaf
de triturar ,t un buey. Luego abrazó ,í. Rosa, llamú.ndola
su madre. Aquel mocetón de puños terribles estaba lo·
camente enamorado de Yerónica, y nos dijo que si le hu·
biésemos negado su mano, le habría costado una enfermedad.
-Ahora te quedar.is 1í. comer, ¿no es verdad?-dije yo.
-¡Yaya, pues; ,i la mesa todo el mundo! ¡Tengo un hambre ...... !
Aquella noche nos reunimos once :í. comer. Colocaron
á Gaspar al lado de Yerónica, y el muchacho la miraba
como nn bobalicón, sin acordarse de su plato, tan con mo•
vida de verse junto .i ella, que ,t veces se le arrasaban los
ojos de lágrimas. Cipriano y Armanda, que no lleyn.ban
más que tres afias de casados, sonreían. Jaime y Rosa1
que ya llevaban \'einticinco afias de matrimonio, estaban
más grayes; pero de cuando en cuando, y á. hurtadillas,
cambiaban miradas impregnnda.s de ternura. Yo, por mi
parte, creía revivir en aquellos dos enamOl'ados, cuya felicidad hacía que nuestra mesa pareciese un rinconcito
del Paraíso. ¡Qué buena estaba la sopa aquella noche!
Latín .A.gata, que era siempre la que se encargaba de hacernos reír, gastó sus correspondientes bromitas, ye] bue•
no de Pedro se empeñó en contarnos sus amores con una
modistilla de Lyon.
Afortunn.damente est.lbamos ti los postres, y todos habhtbamos al mismo tiempo. Yo habfasubido de la cueva dos botellas de vino añejo. Brindamos por la buena
suerte de Gaspa.r y Yerónica: así se dice en nuest1:o
pueblo; la buena suérte es no reñir nunca, tener muchos hijos y ahorrar buenas talegas. Lue.go cantaron:
Gaspar sabía uua. porcíon de coplas. Después pidieron
que ).faría cantase algo; se puso de pie y empezó ,í. lucir
su bonita \'oz, muy fina, y que hacía cosquillas en los
oídos.
Yo me levanté y me dirig( hacia una de las ventanas,
á. dond~ fué ií. reunirse conmigo Gaspar, al cual dije:
-:1.;o hay nada de nneyo por tu pueblo?
-No-coutestó. Se habla de las lluvias torrenciales de
estos d(as 1 y se dlceque ellas pueden causar grandes des•
gracias.
En efecto, los dfo.s precedentes había estado lloviendo
setenta horM st:!guidas, sin cesar un momento. El Garona venía rnnv lleno desde el dfa de antes; pero nosotros
teníamos coñfiam:a en él, y mientras no se desbordase,
no podíamos creer que el río fuese un mal Yecino. ¡~os
prestaba tan buenos servicios! ),demás, la gente decam po no abandona con facilidad su vivienda, aunque se vea
amenazada.

29
-¡Bah!-exclamé encogiéndome de hombros.-Xo su
cedCrá nada, Todos los aílos pasa lo mismo: el río se pone amenazador, como ai estuviera furioso, y en una noche se apacigua. y vuelve á BU cauce, más inocente qne
un corderillo. Ya ver.í.B, muchacho, como t~do ello se
reduce ,t nada entre dos platos, ahora, como siempre ..... .
¡~Iira qué bueno está. el tiempo!
,
y seflalab:t al cielo con las mano~. Eran las siete y el
sol iba ocult:indo.::;e poco á poco. ¡Ah! ¡Qué hermoso co•
lor azul! El cielo estaba completamente aznl, un mar
azul, inmenso, de una profunda pureza, en medio del
cual iba desapareciendo el sol, dejantlo huellas que parecían de oro. De alH arriba caía lenta alegría, que iba ganando todo el horizonte. Jamás había yo vi&amp;to dormirse
el ;:ueblo en medio de unn. pa7. tan gr,1,nde. Los tejados
se t.efiían de color de rosa. Desde la ventana oía yo las
carcajadas de una vecina; luego voces de chicos al rernlver de las carreteras 1 allí, cerca de nuestra casa. De m,fa
lejos llegaban, smwi7.ados por la dista.ncia, los ecos del rui ·
do que producían los rebafios retir.índose al pueblo. La
bronca voz del G.uona segufa rngiendo; pero me parecía
la voz del silencio, :í fuerza de estar acostumbrado á sns
bramidos. Poco :í. poco el cielo blanqueaba y el pueblo se
adormecía. Era el crepús:.ulo de un día feliz, y me hacía
la ilusión deque nuestra dicha, la:; buenas co;;echas, nue::itra casa afortunada, la boda de Yerúnica 1 eran cosas que
nos llovían desde arriba, envueltas en aquella dulce claridaa crepllscular. COn h despedida de la tarde caíanos
del cielo una bendición m;i:,.
Había \'nelto al centro de la habitación. :.\Iis hijos y mis
nietos charlabau, y nosotros los escuchábamos con la boca abierta, cuando de pronto, en medio del silencio del
campo, oyóse un grito terrible, un griOOde: de¡;:esperación
y de muerte:
-¡El Garona! ¡El Garona!

II
Todos nos precipitamos al corra:.
El pueblo de Saint-,Tory se halla situado en el fondo de
un repliegue del terreno, ,1 unos quinientos metl'OS de las
orillas del Garona. Un Yerdadero telón ele Mamo~ gigan•
tescos, que bordeaban los prados, ocultaba el río completamentr.
Xo vimos nada. Y el grito seguía resonando:
¡ El Garona! ¡El Garona]
Brnscamente, por h.\ anchurosa carretera que \'eíamos,
desembocaron dos hombres y tres mujeres; una de éstas
llevaba un nit1o en brazos. Ellos eran los que gritaban es·
pantados, galopando con todas sus fuerzas por el camino.
De vez en cuando vol dan la cabeza y miraban, cou el
sembhnte descompuesto, como si les persiguiera. una ma•
nada. de l'&gt;bos.
·
-¿Qué les pasa? preguntó Cipria.no. ¿Yéis a.lgo, abuelo'!
-Xo1 yo 1101-dije.-Las hojJ.~ no se mucrnn siquiera.
Y en efecto, en la línea baja del horizonte, tr,tnquila,
todo parecía dormido y quieto. Pero aún yo no había concluido de hablar, cuando lanzamos todos una exclamación. Dl.!trás ele los fugitho.3 1 entre los troncos ele losúlamos, en medio de la credda yerba. de los prados, acabábamos de Yer aparecer un rebafiocrecido, sombrío, de bestias cenicientas manchadas de amarillo, que se atropellaban unas ,í. otra~. Por todas partes a!'.lomaban :i la \'ez olas
que cmpL1jaban á. otras olas, un desbordamiento de enormes masas de agua, que no acababan nunca, que montaban unas sobre otras, sacudiendo blanca espuma y conmoviendo la tierra con su frenético y sombrío galopar.
Xosotros también lanzamos aquel grito desesperado:
-¡El Garona! ¡El Garonal
Por la carretera. los dos hombres y las tres mujere:-; se-guía.o huyendo :i. todo correr. Comprendían qne el terri•
ble galopar de las aguas era m,ts r.í.pidoque el suyo. Alto•
ra va las olas llegaban en una sola línea y producían el
es~rjpito espantoso de cientos de batallonos que cargaran
ú. la bayoneta.. Del primer choque habían arrancadu tres
ála.mos, cuyos corpulentos ramajes cayeron y desaparecieron en seguida. Una ca.baña de madera tle!:apareció
también¡ undióse una pared; algunas carretas, desuncidas, fueron arrastradas como si fueran pajas. PenJ el agua
parecía perseguir con preferenciaá Ls fugitivos. En el recodo dela carretera., muy en cuesta, en aquel sitio 1 cayeron bruscamente ante otro brazo de la inundación, que
les cortó la retirada., corríau, sin emba~o, pero sin gritar
ya, locos de terror. El agua les llegó á la rodilla.. Una ola
inmensa se precipitó sobre la mujer que llernba el nifio
ea brazos. Todo ~e sumergió.
-¡Pronto! ¡prouto!-grité.-liay queentrar ...... lacasa
es sólida, y no ha.y nada. que.temer en ella.
Por pr~dencia nos refugiamo.5 desde luego en el piso
alto. Hicimos que entraran primero los chicos y las mujeres. Yo me quedaba el último.
La casa estaba edificada en una pequeña colina, por encima de la carretera. El agua invadía ya el corral, poco{~
poco y silenciosamente. No estitbamos muy asustados.
-¡Bah!-decía Jaime, por tranquilizar ú. la gente.-Esto no sen\ nada ..... . ¿O~ acordáis, padre que el año 55 el
agua inundó también el patio y los corrales? Hubo más
de un pie, y luego se fué tranquilamente.

DICIEMBRE,

189

-De todos modos, es cosa desagradable para la cose•
cha-murmuró Cipriano á media voz.
-~o, no; esto no es nada-repliqué yó t.ambién, al \'er
los ojod espant,ados de las mujeres.
Annand.a metió 1í sus dos hijos en la cama, y se sentó
á la cabecera con Yer.Jnica y l\farí~. La tfa Aga.tá. hablaba de calentar dno que había subido de la sala baja tí. fin
de tlarnos á beber ú todos. Jaime y Ros;i, asomados los
do.:,:i u11a \'CUt.ana, miraban l1acia afnera. Yo estaba delante de otra Yentan:t con mi hermano Cipria no y con Gas par.
8übid-grité ú las dos criadas que a.n~aban por el corral con los pies :,:etidos en el agua.-No os mojéis las
piernas, que no hay para que toma:- ahora un baño.
-Pero ¿lo.") ~nimales?-&lt;.:ontestaron.-Tienen miedo y
se e1-t.ín matando en el establo.
-)fo, no, subid .... ..... Ahora \'eremos lo que se ha de
hacer.
Era imposible salvar el ganado si el desastre crecía. A
mí me parecía inútil asustar á 111 gente. Entonces me esforcé por aparentar gran presencia de ánimo. Apoyado
en el alfeizar de la ventana, charlaba, indicando los progresos de la inundación. El rfo, después de haberse prec ipitado al asalto contra. el pueblecillo, habíase apoderado
completamente de él y ocupaba todas sus callejuelas.
Aquello no era ya una carga de olas al galope, sino un
subir del nguu. lento, contínuo é invencible. El vallecillo,
en el fondo del cual se hallaba edificado Saint-Jory, e~~
taba convertido en nn lago. En el patio de nuestra casa,
el agua tuvo pronto un metro de profundidad. Yo h~ veía
subir; pero aíil'ma.bl que no ~ubfa., y hasta casi, casi que
bajaba un poco.
-Xo tienes más remedio qne dormir aquí, hijo mío,
dije volvi¿ndome hacia Gaspar. A menos que la carretera. no qnede transitable dentro de nnas cuantas horas.
Todn es po!"ible ........ .
El me miró sin conte¡:t.ar, con la cara. mny pálida; y
e n seguida d que FU mirada se :fijaba en Yerónica con
angustia inexplicable.
Eran las ocho y me&lt;lia . .F'uera, aún había claridad 1 últimos restos de la lu7. del dia de una pro[unda tristeza.
Las criadas, ántes ele subir a l piso alto 1 habían tenido la
feliz ocurrencia de coger dos velones. H ice que los en•
cendieran, pensando que la luz a.ni maría algo la habitación doncte nos habíamos refugiado. La tía .Ágata, que
había arrastrado una mesa hasta el centro de la sala,
quiso organizar una partida á los naipes. La. buena mujer, cuyo:; ojos buscaban ·ae cuando en cuando los míos,
quería distraerá la gente. Su buen hnmor habitual la
hacía muy \'aliente, y reía para combatir el miedo que se
iba apoderando de todos los que estaban tí. su alrededor.
Pusiéronse á jugar. La tía .Ágata sentó~ la íuerza alrededor de la mesa á. Armanda, á. Yerónica y á l\farfa. Les
puso las cal't.as en las manos y empezó ella 1í jugar con
mucha animación, ha.rajando, cortando, dando cartas con
una abundancia tal de palabras, que casi dominaba el ruido ele las nguas. Pero las muchachas no podían distraerse, y continuaban p,í.lidas, con las manos febriles y el oído atento. A cada instante se paraba el juego, y una de
ellas, volviendo la cabeza preguntaba:
-¿Sigue subiendo eso, abuelo?
El [gua subía con ra.pidcz espantosa, terrible. Yo bromeaba y respondía:
-Xo1 no: jugad si-n cuidado. Xo hay peligro.
.Jam:ís había yo sentido el cornz6n destrozado por una
angustia semejante. Todos los hombres se habían puesto
delante de las ventanas, para ocultar el terrible espec•
táculo.
Procurábamos sonreír, niirru1do hacia el interior de la
sala, e11frente do la luz de los dos \'elonos que alumbraban la mesa.. Recordaba yo nuestras \'Ciadas de in\'ierno,
cuando nos reuníamos todos en torno de aquella. misma
mesa. El aspecto interior era el mismo. Y en tanto que
allí reinaba la paz, ofa .í. mis espaldas el salvaje bramido
del río d~bordado, y que iba pnbiendo cada vez más.
-Luis, me dijo mi hermano Pedro: el agua está. ya
á tres pies de la \'entana. Será. necesario avisar.
Hice que callase, apretándole el brazo. Pero ya no era
posible ocnlt.a.r el peligro por mús tiempo. En el establo,
los animales se mataban. A un mismo tiempo hubo mugidos, balidos desolados, y ese relincho de los caballos
que se oye desde tan lejos cuamlo los animales se ven en
peligro de muerte.
-¡ Dios mío! ¡Dios mío!-dijo Armand,1, poniéndose de
pié, con los pufios en las sienes, y sacudida por un fuerte estremecimiento nervimm.
Todas se habían lt'\'antado y no pudimos impedir que
corriesen ,í. las \'entanae. Allí se quedaron como petrificadas1 mudas, ;1bsortaR, con el cabello agitado por el viento del terror. Est:lbamos en la hora del pleno crepúsculo. Una claridad vaga é indecisa se espan;fa por la superficie del agua cenagosa. El cielo de color pálido 1 parecía
un sutlario echado sobre la tierra. A lo lejos veíanse algunas columnillas de humo, sin duda de las chimeneas
del pueblo. Todo se confundía: era el fin de U!"l día que,
asustado, iba apagándose en una noche de muerte. Y
sin un sólo ruido humano; nada más que el bramido de

EL MUNDO.
aquel mar qne se extendía basta lo infinito; nada más
que los balidos y relinchos de las pobres bestias!
-¡Dios mío! ¡Dios mío!-repetían las mujere3 á media
\'OZ, como :-i tudesen miedo de hablar alto.
Un crujido terribl~ les cortó la pa_lahra. Las bestias, furiosa¡;; ya, acababan de derribaL· las puertas del establo,
y las vimos pasar envneltafól, arrastradas p0r la crecida.
corriente. Los carne ros parecían hojas secas lievadaB
it merc~d del ,v~tu. y girnndo en los remolinos. Las
vacas v los caballos luchaban hosta que perdían pie. Sobre todo, nuestra. pobre yegua torda, que no quería morir: la pobre se encabritaba, extendía el cuello y daba
unos resoplidos qne parecían los de una fragua¡ pero las
aguas, enfurecidas, la cogieron por l:1. grupa, y vimos que
el animalito, rendido, abatido1se abandonó {i la corriente.
Entonces dimos nuestros vrimeros gritos de espanto.
A nnestro pesar se nos escapaban de la garganta. Teníamos necesidad de gritar. Con las manos extendidas hacia aquellos animales queridos que se iban, nos lamentábamos, sin comprendernos unos á otros, y dejando esca par los sollozos y lamentos que hasta entonces habíamos
contenido :.i. d111..1s penas. ¡ Ah! ¡Aquello era nuestra rui1ia! ¡ Las cosechas perdidas, el ganado muerto, la. fortuna
deshecha en pocas horas! Dios no era justo: no le habíamos hecho nada, y nos lo quitaba todo. Yo enseñaba los
puñoR al horizonte. Hablé de nuestra excursión de aquella tarde, de aquellos prados, de aquellos trigos, de aquellas viiia,:: que habiamos encontrado tan hermosas y llenas de prome~aa. Todo era mentiro, por lo Yisto. La felicidad era mentira. El sol mentía a l declinar tan dulce,
tan smwemente, en medio de la. admirable serenidad de
aquella tarde.
El agua seguía subiendo. Pedro, que obsen·aba cuidadosamente sus progresos, me gritó:
-Luis, mucho cuidado; el agua está llegando ya á la
\'f'ntana.
Este a.\'iso nos sacó de nnestra crisis de desesperación.
Yo vol\'í en mí, y1 encogiéndome de hombros exclamé:
-El dinero no \'ale nada. ~Iientras estemos todos aquí,
no hay que apurarse' ....... Todo es cuestión de ponerse
otra. \'ez ,t trabaja1-.
- Sí, sí, teneis raz6n-respondi6 .Jaime fob rilmente.y no corremos ningtí n peligro porque las paredes son SÓ·
!idas...... Snbámos al tejado.
Ya. no nos queda más refugio que ese. El agua que hu.bía ido ganando la escalera, escalón por es.calón, con una
obstinación terible, empezabááentrar por·la puerta. Nos
precipitamos hacia el granero, apretados unos contra
otros, por esa nece:=:idad que se siente en los momentos
de peligro de yerse cerca de los i:;eres queridos. Cipriano
había desapn.recido. Lo llamé y lo ví llegar de las habitaciones contignaEi con el i=ethblante demudado. Entonces eché de \'er la ausencia de las do~ criadas, y qnii'le esperarlas; pero.mi yeruo me miró de un rnQ(.lo extraño, y
me dijo en voz muy baja~¡ oído:
-Muertas. El techo de su cuarto acaba de desplo·
marsc.
Las pobres chicas habrían itlo sin duda á.sacar sus aho•
rros ele los baúles. Me dijo :í media \'Oz que se habían
valido de nna escalera de mano, puesta ,t guisn de puente para llegar al edificio contiguo, donde se hallaba su
cuarto. Le recomendé que no dijese nada. Experimenté
una terrible sensación de frío en la nuca. La muerte había entrado ya en nuestra casa.
Cuando subimos al tejado, no pensamos e:;iquiera en
apagar las h1ces. Los naipes quedaron esparcidos sob re
la 1nesa. Había ya mt'is do una tercia. de agua en la habit~ci6n.

III
Afortunad~mente el tejado era grande y de pendiente
suaYe. Subíase ú. él por una especie de ventana buhardillera, encima de la cual había una especie de plataforma. Allí fué donde se refugió toda nuestra. gente. Las
mujeres ia:e habían !"e1üado. Los hombres intentaban reconocimientos por las tejas, hasta las grandes chimeneas
que se alzaban en los dos extremos de la techmnbre. Yo,
apoyado en la torreta por donde habicmos salido, interrogaba ,t los cuatro puntos Jel horizonte.
-:So pueden dejar de llegar socorros, decía yo animosamente. Las gentes de Saintín tien.en barcai:i. Van {t pasar por aquí.. .... ¡Mirad! ¿,:No es una linterna lo que ee
YO al l.t abajo sobre las aguas?
Pero nndie me contestaba. Pedro, sin saber lo que hacía, había enceudido su pipa y fumaba tan rudamente,
que ,i cada chupada ha.cía crujir el extremo del tubo. Jaime y Cipriano miraban el horizonte, con rostro abatido¡
mientras que Gaspar, apretando los pufios, seguía dando
vueltas por el tejado, como si buscase una salida. A nue~•
tras pies, las mujeres, con los trajes en desorden, mu das, tiritando, se tapaban la cara para no ver. Sin embargo, Rosa levantó la cabeza, lanz6 en derredor suyo
una mirada, y preguntó:
-¿Y las criadas, dónde están? Porqué no suben?

:l15
Yo esquh·aba contestar; pero ella me preguntó entonces directamente, y mirándome ccn fijeza.:
-¿Dónde estún las criadaf'.'?
No pudiendo mentir, me volví. Y sentí pasar sobre
nuestras mujeres y 80bre nuestra!, hijas aquol frío de
muerte que ya me había ro7.ado. Todas comprendieron.
María ~e levantó muy erguida, J;mzú un gran suspiro, y
empezó ú llorar. A.rmanda tenfa apretados contm Bll pecho á sus dos hijos, que ocultaba como para defenderlos.
Verónica, con la cara entre las manos, no se moda. La
misma tía ..~gata., muy pálida, se santiguaba, b::i.lbuciendo ((Padre A'úe.,;;tros y .. lee JfaríaN
En rededor nuestro, el espectáculo iba tomanU.o una
soberana grandeza. La noche, que había. cerrado por
completo, era tan límpida como noche de \'erano. El cielo estaba sin luna, pero tan cuaja.do de estrellas y tan puro, que llenaba los espacios tle LllU\ luz azulada. Parecía
que continuaba el crepúsculo: tan ch1ro estaba el horizonte. Y la inmensa masa de las aguas se extendí:\ más,
bajo aquella suavidad del cielo blnnca por completo, como si tuviese luz propia, con una claridad y una fo.sforescencia que iluminaba con pequeílas liamas la cresta de
las olas. Ya no se dh;tinguía la tierra; la llanura. debía
estar inundada. Yo iba ol\'idando el peligro. Una noche,
en Marsella, había visto así el mar, y quedé ,t su vista
mudo de admiración.
-El agua sube, el agt1a snbe-repetía mi lwrmano Pedro, haciendo crnjir siempre entre sus dientes el tubo de
su pipa, que se le había apagado.
El ílgna llegab:t ya ,t u11 1netro del tejado é iba. perdiendo su trauquilidad de agua dormida: establecían~e corrientes. A cierta altura ya 110 estábamos protegidos por
el repliegue del terreno que hay ,íntes de llegar al pueblo. Desde entonces 1 en menos de una hora, f'l agua, ame•
nazadom, amarillenta, precipit.:íbase contra la casa, cargada de esos restos que arrastran los rfos desbordados,
tone les destrozados, trozos de maderas, montones de
hierbas. A lo lejos escuch{tbanse tremendos choques contra las paredes. Los álamos caían con un crujido de muerte, las casas se desplomaban con un l'Llido de carretadas
de piedras descargadas en las orillas de un camino.
Jaime, apenado por los solhzos de las mujeres, decía:
-No podemos permanecer aquí. Ilay que intentar algo ......... Abuelo, os lo suplico, intentemos algo.
Balbuceando, decía yo:
-Si, sí, intentemos alguna. cosa.
Y no sabíamos qué. Gar,par ofreció tomar ;Í Yerónica
sobre sus espaldas y llevarla ,t nado. Pedro hablaba de
una bah:,a. Aquello era una locunt. Ciprianodijo por úl timo:
-¡Si pudíémmos solamente llegar ,t la iglesia!
Por encima de las :1guas ergnín.se la iglesia con su peqnefio cn111pn.nario cuadrado. De ell,\ nos sep,1raban siete
casas. Nuestra granja, la primera del pueblo, apoyifünse
en una constnicciún m.í.s alta, apoyada :.'L su yez en el edificio vecino. Acaso por los tejados se podría llegar al
presbiterio, desde donde sería facil entrar por el campanario. Ya se habfa refugiado allí mucha gente, porque
los tejados vecinos se encontraban desiertos, y hasta nosotros llegaban YOces que seguramente venían del campanario. ¡ Pern cUtlntos peligros par,\ llegar hasta allí!
-Eso es imposible, dijo Pedro. La. casa de los Raimbeau es muy alta, Se necesitarfa uml. escala.
-Yoy á verlo, replic6 Cipriano. Si el camino es impracticable, Yolve.ré. Si Iuere al contrario 1 nos iremos to dos y llevaremos ¡t las mujeres.
Tenía razón, y lo dejé ir. Re debía intentar lo imposible. Acababa de subir ll la casa de al lado con aJuda de
un gancho tle hierro, cogido ií. una chimenea, cuando su
mujer Armanda 1 levantando la cabeza, vió que no estaba
allí, y gritó:
-¿Dontle está? Xo quiero que me deje. Unidos estamos y unidos moriremos.
Cuan&lt;lo lo \'iÓ en lo alto de la casa, corrió por h1s tejfls
Bin soltar{~ sus h ijos, diciendo:
-Cipriano, espérame. Yoy contigo; quiero morir contigo.
Y obstin,;base. El, inclinado, la snplicaba, afirm:tnclo·
la que mi vería, que hacía aquello parn la salvación de
todos. Pero ella, con aire de espanto, rno\'Ía la cabeza y
decía:
-Yo \"OY contigo, yo rny contigo. ¿Qué te importa?
Yoy cont,igo.
Cipriano turn que coger :1 sus hijos· y luego la ayudó á
subir. Presenciamos su marcha por el caballete del tejado. l\farch,tban lentamente. ~\.rm1.nda l1abfa rnelto 1í eo•
ger :t los nifios, que lloraban: y él 1 :1 cada paso se \'Olda,
sosteniéndola.
-¡Ponla en seguridad y vuehe en seguida!-le grité.
Ví que movía la m[l.no; pero el mido de las aguas me
impidi6 oír la contestación. Bien pronto dejamos de verlos. Había bajado ú. otra casa. Al cabo de cinco minutos
reaparecieron sobre la tercera, cuyo tejado debía de estar muy en pendiente, porque se deslizaban por él de ro-

Sig11e en la página 218.

�216

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D rc rnMBRE,

29 DrcIEMJJRE, 18\!5.

1895.

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217

�EL l\IUNDO.
Sigue de la página 21:J,

Y todos, en efecto, experimentábamos la sensación de
que
naYegábamos, como si el techo se hubiese conYertido
dillas. Sobrecogi6me repentino espanto, y me puse :igrien una valsa salvadora. La corriente parecía arrastrartarles con todas mis fuerzas:
nos. Luego, cuando mir,ibamos al campanario de la igle-¡Yoh•ed! ¡Yolved!
Y todos, Pedro; Santiago, Gaspar, les gritaban tam- sia y lo veíamos inmóvil enfrente de nosotros, cesaba el
bién que Yohiesen. Xuestras voces los detcvieron un mo- vértigo; est:íbamos en el mismo sitio, combatidos siemmento, pero en seguida continuaron avanzando. Encon- pre por las desbordadas olas.
El ·agua comenzó de nuera el asalto. Hasta entonces
trtlbanse en aquel instan~e en el ángulo formado por la
la corriente lle\'aba la dirección de la calle y de la carrecalle enfrente &lt;le la casa de Ra.imbeau 1 un edificio alto,
cuyo tejado RObrepasaba en tres metros lo menos, la al- tera; pero los e!lcombros que se oponfan á. ella, la hacían
turn de los de las casas vecinas. '"For un momento vaci- rnriar. Aquello !ué un ataque en toda regla. Cuando un
laron. Después Cipriano subió á lo largo de un tubo de escombro, una Yiga, un ,frbol, pasaban al alcance de la
chimenea con 1:i agili_da:l de un gato. Armanda, que sin corriente, ésta lo cogía, lo zarandeaba y lo precipitaba
duda. turn que consentir en esperarlo, permanecía de pie contra la cai:ia como si fuera un proyectil. Y ya no lo solsobre las tejas. Yeíamosla distintamente, oprimiendo :i taba; lo retiraba. un poco para lanzarlo de nuevo, y de ese
modo atacaba con rudeza las paredes. Pronto nos atacasns hijos contra su pecho, dibuj,indose como a.arandad:1.
ron
de aquel modo y por todas partes una docena de vinegra, sobre el ,claro fondo del cielo. Entonces ..,fué cuan~
gas. R1 agua rugfa. La espuma nos mojaba los pies. Oíado comenzó la espantosa desgracia.
L'l casa de los Raimb('nt1, destinada á una explotación mos el sordo lamentarse de la pobre casa llena de rigua,
industrial, estaba construid,1 muy :í la ligera., y, por otra que crujía por todas partes. Por momentos, cuando los
parte, recibía en plena fachada la corriente de la calle. golpes eran miís rudos, cuando las vigas se estrellaban
l\Ieparecfa ,·erhttemblnral empuje del agua, y, con la con más fuerza, creíamos que todo había concluido, que
garganta oprimida, segnía yo á Cipria.no, que atravesaba 13.s paredes se venían abajo y nos entregaban al río.
Gaspar, que se había arriesgado hasta el mismo alero
el trjatlo. De pronto oyóse un crujido espanto~o. La luna,
nna lum\ l!ena, alzábase en el cielo §in nubes, y su ama- del tejado, consiguió coger una viga y la atrajo con sus
rillenta faz iluminaba el inmenso lago con un vivo res- nervudos brazos de luchador.
-Es preciso defendernos-dijo.
plandM ele lámpara+ .Xo perdimos ni un detalle de la caJaime,
por su parte, se esforzaba por pescar al paFo un
tástrofe. Acababa.de derrumbarse la casa de los Raimbeau. Lam:amos un grito de terror al ver desaparecer ,t palo largo que le sirviese de bichero. Pedro le ayudó. Yo
Cipri:.tno. En ?I hundimiento no vimos más que una tem- maldecía la pícara C'dad, que me tenía sin fuerzas, y hepestad, una agitaci6n de Jas aguas sobre los restos &lt;le! te- cho un chiquillo. Pero la defensa se organizó; un duelo,
jado. Después reinó In calma, las aguas recobraron su ni- un combate á muerte, tres hombres contra un río. Gasn!, y la ca~a derrumbada quedó asomnndo á la superfi- par con la viga, esperaba los pedazos de madera y los árcie su eflqueleto. Aq_uello era un motón de maderos en- boles com·ertidos por la corriente en peligrosos proyectiles, y con Yigor los det-enfa .íntes de chocar contra las patrelazados, una armadura. de catedral á medio destruir.
redes
de la casa. A veces el esfuerzo era tan grande, y
Y entre aqn::llos maderos me pareció ver un cuerpo que
la sacudida tan violenta, que se caía. Al lado suyo, PeRfl movía, algo virn, haciendo esfuerzos sobrehumanos.
-;Yirn!-grité.-¡A.h! ¡alabado sea Dios, vivet ..... ;Allí, dro y ,Jaime rnaniobrnban con sus improvisados bicheros,
con objeto de e,·itar el choque de los escombros arrastraen aquella blanca superficie que ilumina la luna!
Estremecíanos una risa nerviosa, y palmote,íbamos a.le· dos por el agua. )Lís de una hora duró aquella lucha gigantesca, pero inútil. Poco á poco los tres iban perdiendo
gremente, Cflmo R.i nos hubiéramos sal,·ado n0sotros.
la cabeza, y juraban y golpeaban é insultaba11 al agua.
-Ya :í subir otra vez, decía Pedro.
Gas
par le daba sablazos y est.ocadas 1 como si estuviera lu-¡Sí, !-iÍ, esperud!-añadió Gaspar.-::\Iirad cómo inchando cuerpo ,í cuerpo con ella y todos aquellos golpes
tenta coger un madero ,l. la izquierda.
Pl!ro nut;stra&lt;i ri~as ce~aron. Con Ja garganta oprimida se los diera en el pecho. Y !ns aguas, desbordadas, conpor l.1ansiedad 1 no cambiamos ni una palabra. Acabába- servaban su tranquila obstinación, sin dejarse herir y
siempre invenciblel-1. Al cubo de una hora, Jaime y Pemos de comprender la horrible situación en que estaba
dro, extenuados, se dejaron caer en el tejado, mientras
Cipria.no. En la caída de la casa quedaron cogidos sus
Gaspar, despué!' de :rncer un esfuerzo supremo, se dej6
pies entre dos maderos 1 y allí estaba colgando, sin poder
arrebatar la viga, que .í stt. vez, impulsada por la fuerza
dcspremlerse, con la cabeza hacia abajo, :i algunos centíde la corrümte, se volYía contra .nosotros. ,El combate
metros del agua. ¡Qué horrible agonía! En el tejado de la
era imposible.
casa vecina, Arrnanda. seg\1fa en pie con sus dos hijos.
l\Iaría y Yerónica se habían abrazado y repetían con
Racudíala un temblor convulsirn. Asistía á la muerte de
voz desgarradora 1 siempre la mismr. _frase, una frase de
su marido sin quitar su vista de aquel desgraciado que
espanto, que me parece estar oyendo todavía, que repermoría :í pocos metros de ella, y dejando escapar un alacute sin cesar en mis oídos;
rido contfnno, un alarido de perro loco de horror.
-No quiero morir! ...... ¡Xo quiero morir!. ... ..
-'So podemos dejarlo morfr así-dijo Santiago enloRosa las rodeaba con sus brazos, tratando de consolarqueciJ.o.-¡Hay que ir allá.!
las, de tranquilizarlas, y ,t pesar suyo, la infeliz, tiritan-Acaso se podría bajar ,t lo largo de los maderos,-hido de miedo y de frio, lernntaba la cara y exclamaba á su
zo notar Pedro,-lo sal\'aríamoi:i.
Ya se dirigían hacia los tejados vecinos, cuando la se- vez:
-¡)fo quiero :morir! ..... .
gu·•da casa se derrumbó :.t su vez. El camino estaba corSolamente la "tía Ágata estaba callada. Ya ni rezaba.
t.ado. Nos quedamos helados. Maquinalmente nos habíamos cogido lo,s manos, y nos las apretábamos fuertemen- ni hacía. la sefial de la cruz. Como tonta, paseaba
te, .sin poder apartar nuestras miradas del horrible es- sus miradas, y procuraba todavía sonreír cuando tropezaba con las mías. El agua lamía ya las tejas. Era inútil
pectáculo.
Cipriano había intentado desprenderse desde el princi- esperar socorro alguno. Seguíamos oyendo voces en la
pio. Con una fuerza extraordinaria se había apartado del iglesia; ú. lo lejos habíamos visto pasar dos luces, y el siagua, y mantenía su cuerpo eu una posición oblícua. Pe- . lencio volvía á ser profundo, y la inmensa superficie del
ro la fatiga lo rendía. Luchó, sin embargo; quiso esca- agua crecía, y crecía sin cesar. Las gentes del pueblo de
par :t los maderos, y agitó las manos en rededor, para Saintin, que tenían barcas, debían haber sido sorprendiver si encontraba algo con que auxiliarse. Después, acep- das antes que nosotros.
tando la muerte, vol\'iÓ ,t caer, y colgó de nuevo inerte.
Gaspar, sin embargo continuaba dando vueltas por el
techo. De pronto nos llamó diciendo:
La muerte vino lentamente. Los cabellos mojá.banse ape-¡Atención!. ..... ¡Ayudadme; sujetadme fuerte!
nas en el agua, que subía poco á poco. Ya dcbia sentir la
humedad en el cráneo. Una rrimera ola le bañó la frenHabía. vuelto ,t coger un palo y miraba atentameute
te; otras le taparon los ojoi::. Lentamente viinos cómo de- una mole enorme que nadaba con lentitud hacia nuestra
saparecfa la cabeza.
casa. Era la anchurosa techumbre de un cobertizo, consA nuestros pies, las mujeres habían ocultado su rostro
truido de tablas fuertes, que las agua:ij habían arrancado
entre sus manos unidas. Sosotros mismos caímos de de su sitio, sin deshacerla, y que flotaba como si fuese
rodillas, con los brazos extendidos, llorando, balbucean- una barca ó una de esas balsas que se usan para pasar los
do s:'1p!icas. En el tejado, Armandn, siempre de pie, con ríos de una orillra. á. otra. Cuando aquel tablndo inmenso
sus hijos apretados contra su pecho, continuaba lanzan• estuvo al alcance del palo que: usaba como bichero, lo dedo lamentos desgarradores, que en el silencio de la no- tuvo; y como se sentía que se iba detrás de ella, llamó pache oíamos estremecidos todos.
ra que le ayudásemos. J,o habíamos cogido por la cintura y lo sujetábamos fuertemente. Luego, cuando el taIV
blero entr6 en la corriente, Yino por sí solo á chocar con
Ignoro cuánto tiempo permanecimos en el estupor de las paredes de nuestra. casa, y con tal violencia por cierto,
aquella crisis. Cuando volví en mí, el agua había creci- que por un momento temimos hundirnos todos.
Gaspar había saltado atre\'idamente sobre la balsa que
do. J.hora ya llegaba á las tejas; el techo no era más que
una i.:ileta rodeada de aquel espantoso mar. A derecha é la casualidad nos deparaba 1 y la recorría en todas direcizquierda, las casas todas debían haberse hundido. El 1iones para asegurarse de su solidez, en ta,nto que Pedro
y Jaime la mantenían pegada al techo de la casa. Gaspar
mar se ensanchaba.
-E-1tamos andando, murmuraba Rosa que se asía fuer- reía como un loco y decía alegrc:mente:
temente á las tejas.
-¡Abuelo, ya estamos salvados!. ..... :\fochachas, no

29

DrcrnMBRE,

181:/5.

29

DrcIE)IBRE,

1895.
===

lloréis más! Esto es un verdadero bru·co. Mirad, ni siquiera me he mojada los pies1 y nos lleYará. ú todos perfectamente. ¡Aquí vamos á estar como en nuestra casa!
Pero, de todos modos, creyó que debía refor;;ar.:1e el buque. Cogió algunas de las Yigas que flotaban por allí y las
ató con cuerdas que Pedro lle\'aba por precaución. U na
vez, en una de esas operacfones, se calló al agua: pero al
grit.o que se nos escapó 1t todos, contest6 con una risotada.
El agua le conocía, porque estaba acostumbrado ,l recorrer u na legua de río ú nado.
~¡Yamos! ¡Emb,1rcad y no perdamos el tiempo!
Las mujeres se habían arrodillado. Gaspar tu\'O· que
llevará Yerónica v á María hasta el CP.ntro del buque
improvisado, y allÍ las sentó. Rosa y la tía Ágata. entraron por su pie, y fueron :í. colocarse al lado de las jó,·enes. En nqnel momento miré yo hacia la iglesia. Armanda seguía en el mislllo sitio. Apoyábase ahora en una
chimenea, y sostenía á sus hijos en el aire, levantando
los brazos, porque el agua le llegaba ya á la cintura.
-Xo os aflijáis, abuelo,-me dijo Gaspar.-Os prometo
que la recogeremos al pasar.
Pedro y Jaime habían entrado tambien en la b:dsa, y
yo hice fo mismo. El tablado se inclinaba un poco hacia un costado; pero, efectivamente, era bastante sólido
para llevarnos á todos. Gr..spar aba.ndonó el último el techo de la casa dondt habiarnos est...'1.do refugiados, diciéndonos que cogiésemos unos palos para que nos sir,·iesen
de rem.os. El tenía &lt;.m la mano uno muy grande, quemane,jafo. con gran habilidad. Todos uos dejábamos manda.r por él. Obeciendo una. orJ.en que nos di6, apoyamos
todos los palos contr,i las tejas para alejarnos. Pero pai·ecfa que la balsa estab:i. pega.da al techo, y, apesar de to•
dos nuestros esfuerzos, no pudimos separarla. Cact,i' ,·ez
que lo intenMbamos, la fuerza de la corriente nos lo impedía violentamente. Y era aqnella una maniobra peligrosísima, porque cada uno de esos choques amenazaba
romper nuestra única esperanza de ~alrnción.
Entonces tuvimos de nue,,o el sentimiento de nuestra
impotencia. Creíamos habernos salvado, y continmíbamos :t merced del rio.
Yo hasta lamentaba que las mujeres hubiesen abando•
nado el techo de la casa, porque ,t cada inFtante me paparecia verlas caer al ngua; pero cuando hablé de volrernos :t nuestro refugio anterior, todos gritaron:
-~o, no; intentémoslo todo. ¡~Lis ,•ale morir aqui!
Gaspar ya no reía. Redoblamos nuestros esfuerzos,
apoyándonos en los palos con la energía ele la. dese~peración. Pedro tuvo por fin la idea de subirse al tejado y
remolcarnm; hacia l:\ izquierda con ayuda de una cuerda;
así nos sacó ele la corrientl\ y en cuanto él hubo entrado
de nuevo en !a balsa, un pequeño exfucrzo ba!l'tú para
desatracamos. Gaspar recordó la promesa que babia hecho de ir :í. recoger :í nuestra. pobre Armanda, cuyos quejidos no dejaban de oírse. Para tso era nece:-arfo cruzar
la calle, donde reinaba fnriosa la terrible corriente, contra la cual acabJ.ba01os tl.c luchar tanto. Con su lt61ne con
la vista. Yo estaba consternado . .Jamas EC ha librado en
míun combate tan rudo. Ibamos .i exponer ocho \'idas
para salvar una. Y, sin embargo 1 nunqne titubeé un momento, no tu\'e fuerza para desoir el lúgubre llamamiento de aquella infeliz.
-Sf, sí-dije á Gaspar;-no podemos irnos dej,indola
ahí. El joven bajó la cabeza sin responder palabra, y
empezó á apoyar el palo largo que tenía en la mano en
todas las paredes que quedaban en pié. Así bordeamos
la casa contigua {L la nuestra y pasamos por encima de
los establos nuestros. Pero en cuanto desembocamos en la
calle, escapósenos un grito de espanto.
La corriente nos arrastraba de nuevo y nos llevaba al
punto de partida, amenazando estrellarnos contra el techo de nuestra propia casa. Aquello f.ué un vértigo que
duró algunos segundos. El agua nos llernba como á una
hoja eeca, y con tal rapidez, que nueetro grito de angustia
no había acabado cuando se verificó el choque que temíamos. La balsa se deshizo 1 cada tabla salió flotando por
sulado, y todoscaímosalagua. Ignoro loqueentóncespasó.
Recuerdo que, al caer, ví á mi hermant\ ,.\gata en el agua
flotando, grncias ú. las sayas¡ pero fué hundié:1d0Ee poco
á poco con la cabeza caida hacitl- atrás y sin intentar defenderse.
l.:n dolor agudísimo me hizo abnr los ojos. Era que
Pedro desde el tejado, me arrastraba por los cabellos. t,;obre las tejas me dejaron echado, y alli permanecí mirando, sin ver, con todo el aspecto de un pobre idiota. Pedro habia vuelto á sumergirse. Y en el aturdimiento en
que me hallaba, no dejó de sorprenderme ver aparecer
á Gaspar en el mismo sitio que ocupaba Pedro un momento antes¡ el joyen llevaba ,t Verónica en brazos.
Cuando la hubo dejado junto ti mí, se tiró de nuevo al
agua y sacó á. María, con la cara blanca corno la cera, )'
tan rigidaé inmóvil, que la creí muerta. Luego YOl\'iÓ á
eharse á nadar, pero ésta vez bu.&lt;:cú inútilmente. Pedro
nadaba cerca de él; los dos hablaban, haciéndose indicaciones que yo no oía. Cuando ,·olvieron al tejado, rendidos de fatiga:

=

=

EL MUNDO.

219

-¡Y la tia ;\gata!-exclamé.- ¿Y Jaime? ¿Y Rosa?

Y después de tirar primero la pipa, se precipitó en el
reír, Y _miraba con deleite el sitio por donde había cle!:iagua, anadiendo.
aparec1do.
-Buenas noches. Ya no no puedo rn:is.
Ya no recuerdo nada más. :\fe quedé solo en el tc&gt;jado.
No rnlvió á parecer. Era mal nadador, y por otra parte
E~ agua _continuaba subiendo. Una .chimenea quedaba
lo_pro~able es que se tirase á prop6sito p:1ra morir, en•
aun en pie, Y creo que ,i ella iue así con todas mis fuertr1stec1&lt;lo al ,·er nuestm ruina, la mue1·te lle los nuestros
zas, c~mo un animal q1~e no quiE.&gt;re morir. En ~eguida
Y no querien1o sobreYi,·irlos.
1
nada, .iada ...... ¡ un aguJero muy obscuro ...... i la nada.
Las dos de la manana sonaron en el reloj de la iglesia.
Iba ñ concluir In. noche, aquella noche espantosa, llena de
YI
agonías y de lágrimas. Poco ,t poco, ,í. nuestro piee, iba
. ¿Por qué estoy todavfa aquí? l\Ie han dicho que los Yeestrech&lt;í.ndose el corto espacio que quedaba seco; el agua
murmuraba suavemente, y las pequeñas olas se acaricia- cmos de ~aintin habían aCudido á ef.1a de las s-eis de la
ban ju~ueteando y empujándose unas ú. otras. De nuern mañana con sus barcas, y que me encontraron encima de
la cor1:1ente había variado los escombros pasaban :í. la dere- una chimenea sin conoci111ie11to. Las aguas tuvieron la
crueldad de no llevarme despm!s de haberEe llevado á toch~ ~el pueblo flotando lentamente, como si las aguas,
proximas ,t alcanzar su m,'ís al Lo niyeJ, estu ,·iesen descan- dos los míos.
Y.
Yo, el m:ís viejo, el más inútil, les be sobrnivido. Tosando perezosamente de l'IU:-; fatigas.
Ya 1~oesti~bamos más que cinco sobre el tejado. El agua
De pronto Ga.&lt;,par se Quitó los zapatos\' la blusa. Ha- dos los dem:.h se fueron, los niños en pañalee, las muchanos deJaba libre un pequefiísimo espacio en la parte más cía un mto que notaba yo que cruzaba ias manos v re- ~has casaderas, los jóvenes recién casados y los otros Yiealta. Vna de las chimeneas babia desaparecido. Tuvi- torcí,i los dedos. Cuando le pregunté me contestó: ·
J_os. i Y yo sigo, viviendo con~o una hierba mala, ruda y
°:ºs que le\'a~ta.r ú Yerónica y Maria, que habian per-Abuelo, yo me 1_nuero aqu( esperand11. Xo pm~\,lo s:ca, agarra~a. &lt;L las peñas! ¡S1 tu\'iese valor para ello, badido el con?cumento,_ y SOf'tenerlas C:t!-ii de pié para que aguantar más ...... Dt&gt;Jad que haga lo qne quiern, y l:i sal- ria lo que m1 herma~10 Pedro¡ decir. u Ya no puedo nds,
buenas ~1ocht-s 1 11 y tirarme al Garona paril. seguir el misYaré.
n~ se les moJaran las piernas. Al fin recobra.ron e( conoci•
miento, .r_11_uestra angustia creció al vt1·1as mojadas, tiriHabla~a de :Terónica. Quise combatir su proyecto, por- m? cammo _que ellos lla.varon! Ya no tengo ningt'm hijo,
tando Y d1cwmlo que no querian morir. L:.v• tmuquiliza- ~ne &lt;.'rn imposible que tuYiese fuerzas pam linar :t la nu casa esta &lt;lestruída, rnis tierr:.is asolada!:=. ¡Oh! ¡.Aquellas tardes en que nos sent.í.bamos ú. la me:-a todos rcunimos, co~1? se t.ranquiliza ,t los nifios, as~gnr,indo!es que Joven ,í. nado hasta. hi iglesia.; pero él no desi!:itía.
no monrian, porque lo evita.riamos nosotros IL todo
-¡Sí, sí! ¡tengo buenos brazos y me siento con fuer- d?s!_ ¡Uh! j/\.quellos días felices de la siega y de la \'en~uma, cu~ntlo toJ.os trabaj,¡banh)S y todos \'olvíamos fetrance. Pero el_la!! no uos creian, ni dej,tL:tn de conocer zas! ...... ¡Ahora lo \'eréi~¡
lices Y sat1:::;fechos al tranquilo hogar! ¡Oh! ¡Los henuoq~e la muerte era ine,·itable. Y cada n.·z qne se pronunY afiad fa que era. preferible intentar aquel sal va mento.
sos niños y las buenas Ytñas, las bl'ilísimas muchachas y
ciaba la palabra 1110,·!1·, sus dientes cast,a11eLeabau, y la que no esperar allí ú. qne nos hundiésemos con Ja, casa.
los soberbios trigos, alegría de mi \'ejez, recompensaduna se echaba en brazos de la otra.
-La amo, y la sah·aré-repetfa.
Yogu:.1.rdé :ilencio, atraje á María hacía mí y fo. e:::tre- va ele toda una vid,i de trabajo incesante! Puesto que
T~do estaba e:oncluíJo. Del pueblo entero sólo se mían
a~u1 Y allá al~uno:; pedazos de pared. 8olameute la igle- ché contra m1 pecho. Entonce" creyó que !e reprochaba todo e_so ha muerto, ¿por qu¿. queréis, Diol:&gt; rnío, que yo
solo nva?
s.ia mostraba rntacto su cn.mpan.lrio, &lt;le donde seguía. sa- su egoí&gt;!mo de cmunorado y balbuceó:
No hay consuelo. Yo no quil'ro recurso!:. De todos
-\T
ol
veré
para
llevarme
:Dlarfo,
os
lo
jnro.
Ya
~ncon•
liendo _confo:o i:umor do \'VCes dada➔ por las gente:; que
se_habmn ri.'lugiado allí. A lo lejos seofa el terrible bra.- tr:tré una. lancha ú bnscaré la manera, de sal raro~ :í. los modo~! regalaría mis tierras á los del pueblo que mín tie-.t
nen l11Jos. Ellos se sentirían con ya.lar para liu1piarlas
n_iido de la-, agua~. Ya 110 oíamos siquiera el ruido produ- dos ...... Tened confianza, abuelo.
de escombros y culti varias Je nuevo.
cido ~or !as ca.,as al derrumbar.::e, y que poco ames se
. 8~ quedó sin 1~:ís ropa que el pantalón. Y :i media voz,
Cuando no se tienen hijos, un rincó11 cualquiera donde
parecia al q ne i'.'C hace al descargar de pronto un cat'ro de dp1damente, hizo !:illS recomendaciones :i Yerónica: no
uno pueda morir, basta.
e~combrrn:o. Aquello em el abandono completo,un naufra- &lt;lebía. mon~rse, sino ?ejarsc lleYar poi- él, y, ~obre todo
1
SQ tuve m,is que un de);e-o; rni último deseo. Hubiese
gio eu alta mm"i :i mil leguas de Ja costa. r na \·ez creía- no tener mtedo. L:i Joven .i todo contestabit que sí, ma·
mos not-:.r por la izquierda ruido 1e remos. Parecía al de quiualmeute. En fin, después de hacer la scfial de l:tcruz, querido encontrar los patlfreres. de los míos, :i fin de hac::los enterrar en el ce11H.:nterio de nuestro pueblo. )[e
~na barca que se fuese aproximando poco :í. poco. ¡Ah¡
Y e~o ~u~ n_o ern muy dernto, se dPjó ir a! agua, sujetan¡qué myo de e:::peranza, y con cuánto afan nos le\·anta- do
erumca por medio de una cuerda que la había ata- d1Jeron que en Tolosa habia11 encontrado multitud de camos todos para interrogar el espacio! Contenútmos la res• do por debajo ele !o~ brazoe. Ella lanzó un gi-it.o, golpeó d:iveres arrastrados por las aguas, y rue dt:cidí .i empre~p~ra~ión, Y nada veíamos. En rededor nue::5tro se exten- el_ ~gua con !ªs. manos y los pies, y luc•go, sofocada, per- der aquel viaje.
¡Qué dt'sastre mú~ e!:pautoso! Cerca de dos mil casas
dia, rnmen!:ia masa de agua cenagosit manchada aqu( y d10 t-1 conoc1 miento.
setecie.ntos muerto!;! to&lt;l~1s los ¡m~ntes rotos
alla deso111bras negras; pero ninguna de aquellas sombras
-Prefiero esto (gritó Gaspar, dirigiénd,o;;e ,í mí). Aho- derruidas,
b .
,
'
un_ arn~ al'r'.t::ado y sumergido en cieno, dn.111rns atroces,
copas de ,írboles, restos de p1tretles derrumbadas, l,;e 1110 • ra respondo de ella.·
vemte mil miserables sin ca,-,a, sin abrigo y muriéndose
vía. Los t'~combro3, las hierba!'!, lo:i tonel e;, ,·acios nos
F,!cil es imaginar la angustia con que yo los seguía con
ca~saron una porción de falsas a!egrfas; agitllbam;s los la v1~ta.' En la superficie del agua obsenaba yo todos los de ha~bre, la ciudad inft:.stada por lo&amp; cadáYeres in:;epauuelos, hasta.que, conocido nuestro error, caíamos de mo\'11111entos de Gaspar. Sostenía :í. la muchacha con pultos, aterrada por el miedo al tifus; el duelo por todas
miey? en nue::;t.ro abatimiento, siemprQ oyendo aquel rui- ayuda de la cuerda q~e se había. arrollado al cuello y la partes, la::: calles llena:, de cau1i!las conduciendo muertos
las limosnas iusuficier.Jtes parn curar tanto UJ.tl.
'
do, srn que pudiémmos descubrir de dónde ,·enia.
conducía ~í medio acostada sobre el horubJ·o. Aquel' pes 0
~ero yo 1.111&lt;./.aba i:iin ver nada. por enmedio &lt;le aquellas
-¡Al~ Y~ lo veo! (exclamó Gaspnr bruscamente). }Iila sumerg:a algumis Yeces; pero avanzaba, aninzaba con
rad, a\11 nene una barcaza!
l'llllllli:i, y es que yo tenía mis ruiuas y el recnerUo llt::l mis
esfuerzo sobrehumano.
Y ~os sefia.l~ba con el br.tzo extendido un punto lejarnuertos que me abrumaban.
Ya no dudaba yo, porque había recorl'ido mús de ]a
no. 1 o no veta nada, P!.!dro tampoco; pero G..1¡:,;pa1· insis- tercern parte de la dii::tancia, cuando de pronto tropezó
)le dijeron que, en decto, habían sacado muchos cadátía. Er~ umt barcaza. El ruido de los remos se oía cada con alguna pared que habría quedatj,o en pie debajo del
Yere!::, y que se hallaban entenados en un rincón del cev?;-: Dl€.'Jor. Entonces acabamos por Yerla nosotros tam- agua. El choque fué terrible. Lvs dos de$aparecieron.
menterio. Los desconecidos llabían sido fotografiados, y
bien. Bog,lba lentamente, y parecía dar la nielta: sin
Lueg~, le Yí aparece!· &lt;Í. él sólo¡ h1 cuerda debía haberse ~ntre aquella lúgubre colección ele retrato.;; tucontré Jos
acercar~e ,í. nosotro!:. H.ecnerdo que en aque1 momento roto srn dllda . ..Buceo do!:! veces, y al fin logró sacar ,t flo- de Gaspar Y Ycrónica. Los do:-, novios habían muerto esnos pusnnos como loco~. Lenmtábamos los b,·aí'.t)S con te,¡ Yerúnica y echársela sobre un hombro. !Jero co- trech.indose en uu abrazo apasionado, y, siu tl.uda, dánfu~or Y J,íbamos gritos que nos desg,irra_ba•1 la garganta. mo ya no llernha c11erd:1. con qué sujetarla, su peso lo do,se en el momento de morir lll beso de sns J.esposorios.
E msL1,ltabamo.'. ií l~ barcaz:i y la llamábamos cobarde.
abrumaba mús que a11tes. Y, sin embargo, aclelanrnba te- Auu ~e estrechaban f.uertement.e cuando los encontraron
Ella, sieiupn~ silenciosa y nl:'gra viraba en redondo lenta- rren?. A n~edida que se aproximaban á la igl~sia, mi an- c?n los braz~g rígidos, y las bocas tan junta::::, que había
mente. ¿Sería una lancha, en efecto? Lo ignoro todaYia
?ust1;: creCJa. De pr_onto quise gritar, porque ,,i que los s1d? necesanu destrozar sus miembros par,i i;;cpararlos.
?n~ndo :crdmo~ Yerl,~ Jesapa.recer, perdimos nuestr~ iban :L ma.tar unas Y1gas anastradas por la corriente. Me Asi_ los habí~n re~ratado, y así les dieron sepu!tura.
ultima e:3peranza.
·
~o tengo a na~ie uu1s que ~i ellos; esa fotografía espanquede con l:i boca abiert:t sin poder pronunciar palabra:
Desde aquel momento, :t cada instante esperábamos un n~uevo choque los había separado, y las agn.li:' mi vie- table, esas dos criaturas hinchadas por el ngua, desfiguvernos tragados por el agua ó hundiéndcnos con la casa. ron &lt;l cerrarse sobre ellos.
radas, y const'rvando aún'en su lívidas facciones el heroísmo de su cariño. Los miro y !!oro.
Esta se hallaba. minada indudablemente: y por lo ,·isto
Desde aquel instaJJte me quedé como un idiota. Xo teesta~a so~tenida sólo por la':! paredes maestras, que 11
EMu.10 Zou.
nía más que el instinto de una bestia procurando su condebian_ t~rdar tampoco en venirse abajo. Lo que m:ís sen·~ción. Cuando el agua arnnzaba, yo retrocedía. En
~e afügm era notar que el tt'jado temblaba bajo nuestros
A UNA AMIGA
medio de mi estupor oí una gran carcajada sin poder
~ie~. La casa tal vez resistiese toda la noche¡ pero las te•
darme cuenta de quién reiría así ali!, ú mi ]¡do. EmpeJ~s tban poco. á ~oca &lt;lespn.-ndiéndose por los choques conXo odies¡ el odio es lIBpitl¡ J.eformidad impura
zaba ,i amauecer. La risa continuaba, y al voh·erme YÍ
ti~uos con las vigas y los :írboles que arrastraba JacoEs sombra del Averno y es fuego que de\·ora.
á )Iaría de pie. Era ella la que refa.
'
rnent,e. Reiugi,ím'lnos en e! extremo de la izquierda,
-¡Ah,
pobi-ecilla!
¡Cuán
bella
estaba
en
aquel
momenDe
anhelos y esperanzas e~ tuU1ba aterradora,
agarranclonos al cab.alle~e del tejado, que aún estaba firme.
to! La YÍ agachar.se y coger en la palma de la mano un
Satán odió, y vencido cay6 de.:,de su altura.
Luego, hasta el cab~ll~te nos pareciú poco ~egnro. Evipoco de_ ngua, ccn la cual se la\'ó la cara. Luégo retorció
dente1~1ente no rerust1ría mucho tiempo el peso de nosoArranca, arranca el odio de tu alma blanca y pura,
s~1s rnbrns en bellos y se los atú en lo alto de la cabeza.
tros crnco.
¿.-\. qué empafiar con sombras tus astros y tu aurora?
_Desde haeía algunos momentos, mi hermano Pedro te- Rm duda creía estarse peinando en su cuartito un doma otra vez la pipa en la boca. Retorcíase su bigote de mingo por la mañana, cuando la campana de ia icrlesia
Llegó tu prima,·er:1 y es del amor tu hora.
0
v~terauo, fruncía la:; cejas y refunfuñaba oalabra.s ininteli- tocf\ba ti misa.
¡Oh
nifía que eres graci:1, cadencia y hermosura!
. Yo, con~'lgiado de la demencia 1 me eché ú reír tamgibles. El peligro creciente que lo rodeaba, ib:i impacienbién._ El m_1edo la habí:t vuelto loca, lo cual fué un favor
tá_ndolo poco á poco. Ifabí:.t escupido tres ó cuatro veBrille en tus ojo$ bellos amor en vez de odio·
ces en el ~1gu:1 con aire de desdeñosa rabia. Luego, ,·ien- del ~1elo! sm duda. Yo sin comprender tampoco lo que
Yel'ÚS como en tus éueños sonríe dulcemente '
l_rnc1~ deJé que t:e :tpresurar!1, y cuando se crey6 próximo
do que todos íbamos .t hundirnos t.e decidió v bajó de1
El ángel de tu guarda, de tu ,·irtud custodio.
u. salu- de casa, entonó ,1 media \'Oz una de sus canciones
eaballcte 4el t~jado ni techo de¡~ casa.
'.
predilectas., Pe~o pronto se interrumpió, y grit,6 tomo si
-¡Pedro! ¡Pedro!-grité yo asustado.
Yeds trocado ento1;ces en dicha todo ar,he!o,
contestara a algien que le llamara1 y que ella sola oía:
El se volvió, y me dijo tranquilamente:
-¡Allá voy! ¡All:í voy!
Y
habd más luz entonces en torno dC tu frente
-A~iús, Luis ...... Esto es muy pe!:ado para mí. Así
Baj~ la pend,iente _del tejado y entró en el agua, que
tendréis mtí.s sitio.
~fas flores en tu senda .... ., más astros en tu ciel~.
poco a. poco fue cubr1éndol,!l, Yo oo había dejado de eonLos d?s menemon la cabeza y á. sus ojosa~omaron gruesas lágnmae. Por las pocas palabras que me dijeron comp~endi que Jaime se habia d&lt;•strozado elcr:íne-ocoutra una
Yiga, y Rosa se l~abí:1 abl'~zado al cad:iver de su marido que
la arrastró consigo. A 1111 hermana A.gata no la habían ,·isto. ~l~pu.:,imos qu~ su cadú.,·er, in1pul!:=ado por la corrie11te,
habna entrado en nuestra casa por alguna ventana abierta.a? las _que h~bia debajo de nosotros. Al lev&amp;ntarme,
mire hacia el teJado donde ~e hallaba Armanda algunos
momento-; antes. Pt'ro el agua seguia subiendo y Armanda _no gritaba ya. Sólamente vi su:i dos brazos ~igidos
que salrn.n fuera del agua, sosteniendo á sns hijos. Luego todo desapareció, y la superficie de las aguas aparecia
tranquila :í la p:Wda claridad de la luna.

a'

¿

ls)!A.EL EXHIQUE AHCl~IE-;t;.-\_,

�_J

EL Mu:-- DO;,;,.~============29=D=IC=I.E=~=IB=R=E~,=1=89=5=.=

J. .
-

-"~l;;- r

•

Quince años.
(Fotograbado en ¡o,_talleres de «El Mundo.,)

,., i

'

FONDO

RICARDO COVA8;:iU31AS

�</text>
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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>Reyes Spíndola, Rafael, 1860-1922</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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