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                  <text>Higiene de la Cabeza * Belleza de la Cabellera

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MEXICO, DOMINGO 20 DE DICIEMBRE DE 1896.

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de darles el folletín que hemos acostumbrado. La circunstanci~ de e:3tar ensayando nuevos métodos de impresión no"han 1mped1clo ofrecérselos tan pronto como hubiéramos deseado; pero EL 1\frxoo cumple siempre sus promegas y un(}
de nuestros próximos número~ llevé:trá «el primer abono» di.}
la deuda.
Llamamos también la atención de nuestros favorecedores
sobre el número extmm·dinario de Navidad, que preparamos, con grandes novedades.

'.

•

-INoc~e ~uena," papaHc!
Dibujo de J. M. Villasana.

�390

EL MUNDO.
8EMA.NARIO ILUSTRADO.

1'eléfono 434.-Calle de Tibnreio núm. 20.-Apartado 87 b.
M:BXICO.
Toda la correspondencia, debe dJrlgirse
al Gerent.e de est.e periódico.

• La B118Crici6n á EL JIUNDO vale $1.25 centavos al mes,
·y ee cobra por trimestres adelanti.doe.
Nó.meroe sueltos, 50 centavos.
Avisos: á razón de $30 plana por cada publicación.

Todo pago debe ser precisamente adelant.ado.
SEGUNDA CLASE.

BBGISTRADO COMO .ARTICULO DB

•Agentes exclusivos para los Estados Unidos y Canadá The Spanish .American Newepaper Company, 136 Libeny St. New York, E. U.•

NAVIDAD.
¡Oh recuerdos hermosos de loe benditos tiempos demi
infancia! ¡oh ilusiones risuefias de mis floridos afios!
Llegáis á mi memoria como bandadas de palomas blancas con la magia de vuestros arrullos, como mariposas
dE' luz que traen en sus alas intangibles el polvillo de
oro del encanto. Llegáis como en dados del hada de los
sueños castos, y á vuestro poder hechiceresco se desentumece mi alma, siente hálitos de primavera, escucha
rumor de besos y estremecimientos de frondas; percibe
carcajadas alegres de niños y aleteos tiernos de aves; y
ya no es el invierno que mata los gérmenes y agota los
ma1Jantiales lo que reina en darredor mío, sino la ju ventud del afio, la etern11, juventud, palpitante de amor y de
vida, en la flor, en el nido y en el hombre.
*
* hogares crietia1ioe es siemLa noche de Navidad en *ioe
pre origen de encantos místicos y de sanas alegrías.
Entre nosotros, donde el aterido invierno apenas pasa
rozando con sus alas las altas cumbres del Popocatepetl
y el Ixtacihuatl, y las cubre con manto de nieve que desciende desde su frente sumergida en la región de los hielos eternos; entre nosotros donde la naturaleza prosigue
sin descanso su obra creadora, apenas sujeta á loe letargos solsticiales de las noches interminables, no tenemos
ese contraste de vida y muerte que ofrecen las estaciones
en los países del Norte.
Por eso adi vinamoe el encanto, pero no sentimos ni
podemos comprender la belleza de las leyendas septentrionales.
Crecidos al amparo de un clima que todo el afio engalana !os campoe, y hace correr presurosa la sangre en las
arterias, como hace brotar floree de todas las simientes
no acertamos á alcanzar toda la poesía que encierra eÍ
cuadro de un nii'io, nacido en humilde pesebre necesitan~o pa~ calentarse del vaho de las bestias, 'para no
morir aterido por las ráfagas heladas q•1e avientan las
pobres aristas de su cuna miserable.

*

Mas si no llegamos á la ~;cepción mística de la fiesta
cristiana, si no tiene para nosotros todos sus encantos, porque la naturaleza de nuestro suelo tropical nos lo impide, sabemos hacer tal derroche de profanos festejos que
la Navidad es tan alegre y regocijada como en los países
del Norte.
Búsquese ent~e ellos la ceremonia de las po8oda8, y no
se encontrará 01 en las pompas con q•1e ee celebra entre
las fllmilias opulentas ni en los sencillos goces que son
el patrimonio de los desheredados.
El rezo devoto, el canto melancólico con que se pide
la posada, la luz amarillenta de los cirios, el aroma pica[.lte de las flores tropicales, todo mudo al
palpitar v_iolento de los coraz:&gt;nee y al soplo de vida, de
amor, de Juventud, que cruza por entre la concurrencia
estremecida, hacen de esta fiesta una de las más característiczs de nuestra sociedad.
Busquen los filósotos la razón de ese consorcio míeticoprofano e~ nuestra educ:1ción religiosa, ~oderada poi' el
carácter picaresco ó relaJada en sus mamfestaciones por
el latir violento de nuestras arterias que llevan más de
un glóbulo de sangre andaluza y morisca.
.A nosotros nos b:ista con sentir esa influencia, y cuando ya cansados en la brega, nos apartamos de esos centros donde la oración devota se interrumpe por el suRpiro y el villancico inocente alterna con el epigrama retozón, queremos siquiera, vivir un mo:nento la vida ficti&lt;iia de los recuerdos.
PEPE.
Diciembre de 1896.

Los envía Dios cargados
De juguetes y de dulces.
Empínate, candorosa,
Y en el hondo eepacio hunde,
Sedienta de mara villas,
Tu mirada. ¿Ves las luces
De los cohetes? Semejan
Chispas de iuvisibles yunques.
Pues bien: allí d0nde hro~r.n
La alegría se difunde,
Y hay nifios buenos que aguardan,
La cita de los querubes.
Ma!' ...... ¿qué viste, virgencita?
;,Qué me sefialae que busque?..... .
Por la calle negra y sola,
Como una aparición fúnebre
Pasa un pilluelo, un mendigo,
No es fantasma, no te asuijtes.
¡Arrapiezo! ¿qué voceas?
Tal vez ninguno te escuche;
¡ Arrapiezo, canta copla~
Que ya vienen los querubes
A dar á IC's niños buenos
Risas, juguetes y dulcas!
Tú no eres bueno, muchacho,
Burbuja de podredumbre;
¿Pero qué sabe eeta niña
Del arroyo en que te pudres?
No tienes la culpa; el vicio
Es tu sostén y tu empuje;
Naciste en el fango, y eres
Flor sin matiz ni perfume.
Candorosa, ve á lo alto:
¡Cuánta nieve hay en las cumbres!
¡Cuánta estrella hay en los cielos!
¡Cuánta blancura en las luces!
Siempre arriba, siempre arriba
La virgen mirada hunde;
Arriba está lo que anhelas:
Angeles, sueños y nubes.
Ojalá, que así, tan pura,
El sombrío mundo cruces,
Que allá arriba están amores,
Ideales y virtudes.
Ño mires !a calle negra
Que puede ser que te asustes;
Y mientras a leg-re aguardas
El cortejo de querubes
Que ha de surcar el espacio
En sus esquifes azules
Cargados de luz, de lirios,
De juguetee y de dulces,
Yo, que llevo en las espaldas
Mi fardo de pesadumbres,
Yo, el desterrado del suefio,
Sin fe, sin amor, sin numen,
Pienso en muchas cosas tristes,
En lo que odia, en lo que sufre;
Pienso en los niños sin madre,
Y en los hogares sin lumbre...... .
LUIS G. URBINA.
Diciembre de 1896.

La Noche Mala del Diablo.

DE "i\11S VERSOS INOCENTES."
DOS NA.VlDA.DES.
PARA UNA NINA.

Noche Buena! ...... Mira el cielo:
¡Qué horizontes tan llzules!
El cristal de las estrellas
Inviolado y limpio luce.
¿VPs, niiia mía? La nieve
Brilla y blanquea en las cumbreo,
Y como cisnes que surcan
Claras linfas, van las nubes.
Abriste el balcón y e8peras
V!lr el milagro: que cruce
Por el aire trasparente
La parvada de querubes.
Tu madre te ha dicho: llegan
Esta noche, no lo dudes;

Pues señor, el Diablo es malísim~ y además muy envidioso.
·
Por envidia, más que por orgullo, le pasó lo que le
. pasó.
No Je bastaban los resplandores de su noble frente: envidiaba la corona de estrellas de su Dios, y la envidia le
secó loa rayos luminosos del argentado nimbo, y encontróse con aquellos áridos cuernos que por toda nna eternidad h.abían de agarrarse al endemoniado cráneo.
No le bastaban las dos hermosas alas blancas, que como dosel de plumas se elevaban sobre sus hombros;qu1-

20

DICIEMBRE,

1896·

so alas de oro y las acercó al aureo foco, con lo cual la~
sacó hPchas carb{m, y teudrá alas negr..is para volar entre las sombras por los sigloe de los siglos.
No le bastaba ~u cielo, quiso subirá cielos más altos, yel espacio ee le puso de reves, de manera que cuandocreía subir á la última esfera, encontróse el pobre diablo
cayendo por el último abismo.
No le bastaba su angélica grandeza y q uiRo crecer más,
crecer mucho, crecer desmesuradamente, llenarlo todo,
tropezar con su Dios y empujarlo hacia la nada: esfuerzoimpotente y ridículo; lo único que se dilató de todo su
sér fué la columna vertebral convertida en rabo de mono.
Y desde entonces anda el mísero por abismos sin fon•
do, con sus cuernos, sus alas negras, su grotesco rabo,
y sus ojos biliosos y recomidos por la envidia.
Todo lo envidia el amor, el bien, la alegría, pero sobre-•
todo lo que le pone mád v-irde de co3tumbre, las ulias,
loa dientes y los ojos, es la Noche Buena.
¡Oh! Esa noche de regocijo, esa noche de los nifios y
de los viejos, de pastorct!los, de zagalas y de reyes magos, de rabeles y pandeNtas, de ramas de pino y nacimientos de cartón; ¡oh! esa noche, es noche de torturas.
in fia y sin nombre para el diablo! A.un en las mismas.
negruras infernales, esa Noche Buena es para Luzbel otra..
mayor negrura.
De modo que se recome de envidia y se chapusa fre•
nético eu la desesperación.
Si asoma la cabeza por una grieta del infierno, y ve la
nieve que por lo regular en el mee ae Diciembre tiende
su mamo de helado armifio por la tierra, se acuerda de
sus perdidas alas que ya no blanquearán nunca y vuelvelas zarpudas manos y arranca á pu!iados su negro y Jus.
tro~o ¡.&gt;lnmaje.
Si ve á los niño~ jugar y á loe viejos reir alrededor deunos pedazos de cartón y de unas tigurillas de barro y
resonar en panderetas y tambores su alegría, la felicidad
de aquellos seres le roe ias entra!ias. ¡Ser felices con tan
poco, cuando él, el angel predilecto del Sefior, no pudo
ser feliz en todo un 0ie!o y gozando de todo un Dios!
Si ve al hijo de María en su pesebre, una desesperación infinita, que es el único infinito de qu.i dispone Luz-bel, penetra su sér hasta loM tuétanos infernales. E l quiso ser grande y se condenó: Dios se hizo pequeño, muy
pequeño, del tamaño de un niño y como no podía ya ser·
otra cosa, fué Salvador, y si hubiera podido ser hubiera
sido más grande que nunca.
Y al llegar á &lt;iste punto dice la leyenda cristi,ma d edonde saco este cuento, si no es que lo hs soñado, que
Luzbel tuvo una idea.
No, lo que es ideas, y sobre todo ideas diabólicae, n o
le hacen falta al diablo.
Hu idea de siempre: igualarse á su Dio8.
Luzbel, va qne no podía te11er su Noche Buena quiso
teuer su ,.Yoche m•,la, 110 la noche de Dios, sino la noche
del diablo: su nacimiento, sus pastores, MU~ reyes: todocomo el nacimiento de la noche buena, pero todo1·ematadammte malo.
Afí es siempre la envidia: siempre carece de originalidad: siemprt&gt; cae ó en la insulsa imitación ó en la grotes-·
ca parodia. ¡ Luzbel parodiando á su Dios con navidadesdel infierno!
Lo pensó y lo pnso por obru: es decir, quiso ponerlopor obra. ¡Pero qué dificultades!
Lo primero era unirse por conjunción misteriosa con
otro sér para dar vida humana al niiío diablo.
Y ¿quién había de ser la madre? Era preciso que en e!J
ser escogido todo fuese sombra, todo impureza, todo peca-do, todo corrupción. Si en él habla un solo ¡,unto de luz,
destello de ternura; si en el proyectaba el bien el más.
tenue rayo, la empresa diábolica era nn fiasco estu pendo,
porque el nifio-diablo resultaba indigno de su padre y·
con levadura de amor.
Y Luzbel se echó porel mundoá buscar alguna muj er,
alguna fiera, algún pedazo de tierra, algún sér totalmente
ptirvereo, en el que pudiera depositar como gérmen, la
mayor negrura de su infernal espíritu.
¡Quién pudiera cantar la diablesca odisea!
A las mujeres renunció bien pronto: ser débil, ser que
llora, cada lágrima es un peligro de redención.
Las fieras con sus garras, su~ dientes, su venenosa sa•
liva, sus repliegues estranguladores y sus egoístas voracidades, le infundieron cierta esperanza, bien presto desvanecid;.. Tienen amores y luego se encari!ian con sus.
hijos. ¿Qué pu11de esperarse, es dticir, qué puede esperar
el Diablo de un ser que ama y que se encarifia, que defiende á otro ser y que por él se sacrifica? Por brutal queese amor sea, por muy poco que dure ese carillo, esa chispa fugaz de amor puede convertirse en incendio uni- ·
versal.
Vió Luzbel en un peñón á la orilla del O~fano á una .
foca muy grande con sn hijuelo al lado. ¡Qué fea era con
su cabeza •• e gato, sus bigotes erizados, sus colmillos salientes y caídos, prolongación del idiotismo de su cabeza, su cnerpo abultado, negro y lustroso, toda ella vientre. y vientre sin igual para un hijo del Diablo!
«No, pues ahí dentro no estaría yo del todo mal»-pen• •
só el imbécil, y se quedó observando.
La foca quería echará su hijuelo al agua y lo empujaba torpemente, pero suavemente, con todo el mimo de·
que una foca es capaz. Y la foquilla traviesa, unas veces
le mordía en el hocico á la mamá y otras veces escapaba.
escurriéndose. Y vuelta á empezar su tarea la foca grande con inagotable paciencia maternal.
De este modo pasaba una hora y otra hora, sin que la.
foca chapuzase á su hijuelo, pero sin incomodarse con
las diabluras de aquel feísimo jirón de sru repugnantes entrafias.
Entre aquellos dos cuerpos negros, lustrosos, con cráneos de idiota feroz pegado á dos sacos grasientos, circulaba no sé qué misteriosa corriente de ternura bestial.
Aquellas, que ni eran aletas ni brazos, hubieran abrazado si hubieran podido.
La esencia sublime del amor, un átomo al menoe, penetraba como diminuta corriente de divino fuego por las,
capas aceitosas de los grotescos monstruo!'.

20 DICIEMBRE, 1896.
El Diablo apartó la vista con enojo, y se fué frenético
buscar por el mundo un pedazo en toda la creación en
que el amor no palpitase.
¡Imposible! ¡Qué torturas sufrió! ¡Las del infierno eran
goces celestiales!
Cae en los surcos de uno y otro campo y siente que la
madre tierra se filtra amorosa en la semilla con juegos
de vida. Quiere huir, ro1.a unas fl.orE's, y el viento le sacude al rostro el fecundo y caliente polen del misterioso
cáliz, levantándole ampolla de quemadura cada granillo.
como si le hubieren rociado CJr&gt; un surtidor de chispas
de abrasado horno. Se mete ciego por la arboleda, y se
detiene en ella encogido de i1orror y lamiéndose la cara
que le eecuese como un demonio. Descanso peligroso,
porque dos ruisefiores se posan en un cuerno, y mandándose suspiros, lamentos y requiebros, ciñen la cabeza del
diablo con guirnaldas de trinos y quejae y esperanzas de
amor.
Se sacude, arranca y escapa, y se hunde en el mar.
¡Pobre diablo! ¡Si el mar fué el primer semillero de la
vida! ¡ Adónde val
La vida es amor y hundirse en las solobres aguas, eternamente cuajadas de vida, es como hundirse ton una inmensa pila de agua bendita, de Jonde diadamente parece que brotan las estrellas como burbujas de luz y que
todos los ocasos envuelven en incendio8 de b ~lle~a.
No, en el mar no encuentra lo que bneca, que por todo
el cuerpo le cosquillean átomos de vida y le cllamuscan
futuros be~os. ¡Fuera! ¡fuera!
Y ya e, de noche y para secarse, como perro que acababa de salir del agua, se revuelca sobre la tierra y sobre
las losas de un cementerio. ¡Ay qué estupidez! el cemen•
terio está lleno de cruces y contra todos tropieza, y todas le hieren, que no parece sino que aquellos lefios san•
tos á. golpes arrvjan al potrervo del sagrado lugar.
Y escapa por los aires trazando círculos inmensos en
vértigo infinito. Pero allí también le persiguen las ale·
grías de la Noche Buena, que desprendidas de la tierra
como incienso de un pebetero, suben por el espacio. Ya
es el grito agudo y regocijado que le taladra los oídos; ya
los palillos de un tambor q11e le redoblan la magullada
piel, ya un pastor fantástico que le frota un cuerno como
carrizo de zambomba, llenándole el infernal cráneo de
roncos estremecimientos; ya son loe tres reyes magos que
vienen volando por entre las nubes y se le montan sobre
el rabo espoleando con espuelas de hielos la peluda cabalgadura; ya es la campana que llama á misa á todos
menos á Luzbel, y cuyas ondas v_lbrantes llegaban .al
diablo y en él rompen como la corriente del río en teJamar diabólico y de él se aiejan diciendo muy por lo bajo:
«á todos, á todos; menos á tí.»
Y Luzbel con delirio y desesperación como jamás sintió, aulla entre nubarrones: «Yo necesito un1noche mala, un nacimiento diabólico, un niño diablo y una madre
para mi hijo.•
.
.
.
'Y los espacios le contestan con voz triste y misteriosa,
ancha como la inmensidad, tenue como luz de estrella:
«pero desdichado, huyes del amor y pides una madre!
¿No veo que pides el mayor de los amore_s?«
•Es verdad,~ dijo Luzbel. Y se envolvió la cabeza en
las alas y hecho una pelota de pluma negra y erizada se
dejó caer en el abismo.
Después de todo buscaba Luzbel una ¡Noche mala d;il
Diablo! y la tuvo; porque mala fué, rematadamente mala
para el diablo, la Noche Buena.
JOSÉ EcHEGARAY.
~

El evangelio de San Perrault.

,.,,

-Entonces, prosiguió Simoncita, después de !1-aber
movido impaciente la rubia cabecita rebosante de ideas,
entonces...... No me acuerdo en qué íbamos.
-lbamos en la parte más interesante del cuento, cuando los tres Marqueses de Carabas fueron, montados en
.camellos á visitar al niño Jesús á su establo.
- ¡Sí, ~í! ¡Cuando los tres Marqueses de Carabas! Pero
tengo que volverá empezar.
-Como quieras, Simoncita.
Y entre tanto que el padre jugaba con e! buen párroco
-su partida de ajedrez; que la m~dre !~fa y qne la ama
-dormitaba junto á la chimenea, S1monc1ta, mfia de cuatro aflos no cumpltdos, para el gato y para mí, oyente de
alma ingenua y especialmente para el primero que había dejado su'puesto en la ceniza del hogar y que habh
venido al lado de la niña á aprobar con su rnm-rum el
interesante relato, Simoncita, dijimos, voldó á ~rincipiar su pasmosa historia, en la cual _mezclaba con rnfantil fantasía el Evangelio y las conseJas de la abuela, los
&lt;iuento azules de la nodriza y las lecciones del buen
cura.
-Mucho frío tenía el niño Jesús dormidito sobre las
pajas de su establo, y sin duda hubiera muerto si el asno
v ti buey no le hubieran participado su calor. ¡l\Iuy pobre se encontraba el niño Jesús!
Pern hé aquí que un hermoso día se oyó un ruido de
trompetas y de música. Eran los tres :\iarquese~ de Carabas que llegaban guiados por la estrella. Muy ricos que
son los Marqueses de Carabas. Regalaron al niño una lat,a de mantequilla, una torta, toda clase cte tPsor~s y un
lindo sombrero de paño rojo pa1a que se defendiese en
.-! verano de los ardores del sol. El niiio Jesús decía:
«Cuando sea grande repartiré mis tesoros á lo~ menesterosos, á fin de que no se vuelvan á VP.r en _la tierra nifios
ni viejos que sufran el frío que yo he sufrido. »
El sefior de aquellas comarcas. un ogro llamado Barba-Azul, tuvo celos del niflo Jesús, y envió en su persecución kombres malos para que lo mataran. Y entonces
María y José montaron al nifio Jesús en el asno y se lo
llevaron lejos, muy lejos, á las montaiias de Egipto, y
entonces.
-¿Y entonces?
.
A.l llegar á este punto la señorita ~imoncita vaciló. El
trabajo de su imaginación y el esfuerzo cerebral ae revelaban por el esfuerzo de la mirada y por el fruncimiento

391

EL MUNDO
del entrecejo. Al fin, después de algunos eegund?s de
esfuerzos. acarició al gato, perfectamente tranqmlo, y
reanudó así t&gt;I hilo de su historia:
-María y José habían dejado á la abuela en la aldea
b causarle RU avanzada edad y de que estaba paralítica.
El niño Jesús se detuvo cerca de un arroyo y se llenó los
olEilálos de guijarros blancos que fué dejando á lo largo
de la ruta. «De ese modo, se decía, hallaré el camino y
podré volverá abrazará mi abuelita.n
Un día en que sus ;,adres dormían y el as~o pach amarrado en un árbol tomó la lata de mantequ1lla, la torta,
se puso el sombre~o rojo y partió.
Después de haber andado mucho, mucho, el niño Jesús encontró en el bosque al compadre lobo, un lobo negro calzado con unas botas, gracias á las cuales cada paso q11e daba corre~oondía á siete leguas de cami~o. ¿A.dónde vas, niño Jesús, con ese lindo sombrero roJo?Voy á llevará mi abuelita e3ta mantequilla y esta torta;
tomé el camino del bosque porque sé que ~e encuentran
en la ruta unos hombres malos enviados por el ogro para matarme.
El lobo quiso devorar al niño Jesús; pero no se atre·
vió porque le tuvo miedo á un le!iador que pasaba armado de su hacha.
La fiera preguntó:-¿Y vive la abuel~ le¡os de este sitio?-Después de aquel molino que se ve allá ahajo en la
primera casa de la aldea.
.
.
.
El lobo partió y desapareció en seguida, gracias á las
botas de siete leguas: el nifio Jesús se alegró al verse
solo.
A pesar de que tenía hambre no quiso el niño Jesús
comerse ni la mantequilla ni la torta, reservadas .á la
abuela; se satisfizo con las fresas recogidas en el césped
y con las moras de los setos. Aqt1el era un alegre besque, bello como un parque. Las a~es cantab;in en todos
los árbQles; hal,ía en él flores, mariposas y lagartos que
hacían crujir las secas hojas.
El nií'ío corrió tras las mariposas, hizo ramilletes y
pretendió atrapará los ágiles lagartos.
Vió también al Príncipe Seductor c~bierto con su v_este color de sol, v á Piel de Burro vestido con su abrigo
color de luna. 'Encontró á las hadas en vía de hacinar
sus cargas de rarnas secas y jugó mucho, mucho, con _los
siete dorados hijos del leñador y de la lefiadora. El mño
Jesús había acabado por olvidarse de la abuela á causa
de tanto entretenimiento.
Cuando cayó en la cuenta, anochecfa; allende el molino, pi.sado el puente de la exclusa, la oscuridad era. coro·
pleta.
El nií'ío Jesús apresuró el paso, pero el compadre lobo
le había cogido la delantera, y ya estaba. instalado en la
casa y recogido en el lecho de la abuel~.
,
.
Tan-tam.-¿Quién es?-Soy yo, el mño Jesus, á quien
quieren matar unos hombres perversos y que os trae de
parte de los eefiores Marqueses de Carabas una torta y
una lata de mantequilla. Vuelve el picaporte y la puer•
ta ........ .
Simoncita no concluyó. Como suele suceder á _los niños después de un trabajo mental prolongado, la mtere·
eante narradora se había adormecido insensiblemerite al
escuchar su propio cuento.
.
Volvió á él, con los ojos ya cerrados y contmnó como
si estuviese sumergida en un vago ensuefio:-Vuelve el
picaporte y la puerta se abrió. A esta frase siguieron
otras incoherentes y seguidas de largas pausas.--«Pon la
torta en el arcón y ven á acostarte conmigo» ...... ~¡ nifio Jesús se desvistió ...... Abuelita, ¡qué grP.ndes ~1enes
los ojos!-Son para verte mejor, hijo mío.-A.buela, ¡qué
grandes tienes los ojos!-¡Son para comerte!
--¿Qué es lo que charla esa chicuela? dijo el cura, que
acababa de recibir jaque mate; ¡como que está mezclan.
de, según creo, la historia del Salvador y la de la Caperucita roja!
-Y entonces, replicó valientemente Simoncita, el lobo se arrojó sobre el niño Jesús y se lo comió!
Después de esta conclusión se durmió con los puños
cerrados; el gato, de un brinco silencioso volvió á su al•
bergue de cenizas.
Y yo dije al buen párroco:
-Los niños ven con claridad y profetizan ó su modo.
¿Está el seiior cura convP.ncino de que efectivamente el
lobo no devorara á Jesús? El trajo á la tierra la paz, y
los hombres se matan unos á otros. El quiso suprimir la
misel'ia y la miseria siguP. reinando. Simoncita tiene razón, sefior cura, el lobo devoró al niño Jesús; esa verdad explica muchas cosas.
PAUL ARENE.

CANTARES DE NAVIDAD.
A mi hPrmana Adela.
Fragmento.

¡Navidad, noche de t&gt;nauefios!
¡Navidad, noche sagrada!
Cada uno de tus cantares
F.'! un pedazo del alma.
Tú llf•gae, y todo el mundo
Re conmueve, se levanta,
Y es nn himno cada acento,
Y un beso cada mirada,
Y cada pecho un nectario
De recnndoa y e~peranzal'.
¡Navidad! flvr del invierno,
Poema cuyas estancias
Conduce de siglo en siglo
El tiempo, mustio, en l'UB alas:
Tu argumento es la leyenda;
Tu escenario está en 1as almae,
Y tu poeta es el pueblo,
QuP. en sus vihuelas te canta!
¡Navidad...... ya son las doce!
Ya te vas...... ya viene el alba!.........

T:.l vez ¡ay! cuando regreses
Ya no escuches mi guitarra!

*

* el bosque;
En Diciembre *muere
Y en la llanura abismada
El invierno tembloroso
Esparce lirios de escarcha;
La ciudad con eus palacios
Parece un nido ,1e garzas,
Y la&amp; casitas del pueblo
Un puño de rosas blancas ........ .
Y el sol se aleja ......... La tarde
Suelta el cabello de nácar,
Y el espacio es una tienda
Con claveles adornada.
La luna-virgen de hieloSe yergue en su azu ' hamaca;
Y en la sierra crece el frío,
Y en la ciudad ...... todo calla! ..... .
Y entonces, como á un conjuro,
Navidad, tú te levantas;
Entretejes tus cabello~
Con heno y flores de Pascua,
Juntas resinas del monte,
Cortas pino en la cañada,
Te cifies el ténue traje
Formado de verde lama,
Y atravesando graciosa
La llanura solitaria,
Sacudes tu pandareta,
Despedazas tu pii'i,ata,
Refrescas los corazr)nes
Con~¡ musgo de tu~ alas,
Y llora el puehln al oírte,
Y Fe arrodilla y te canta! ........ .
¡Navidad! ¡hendita seas!
Reina del invierno, ¡lw8anna! ........ .
Tal vez, ¡ay! cnanrlo retornes
Ya no escuches mi guitarra!

*

* * del sigloE! progreso -dios
Con su mano soberana
Tiende rieles en las cumbres,
Tiende alambres en las aguas.
El r,ensamiento, conquista;
Lo~ fieles dejan el ara,
Y María no halla lirios
DP. su santuario en las gradas!
Sólo tú sigues viviendo,
Navidad, tú nunca cambias,
Y es que tú nos prestas lumbre
Para la invernal velada,
Es que tú nos traes un beso
De las dichas ya pasadas;
¡Es que tú, torcaz de nieve,
Tienes tu nido ea el alma!
¡ Navidad!. ..... ya dió la una!. .... .
Véte ya...... tiende tus alas! ..... .
Tal vez, ¡ay! cuando retornes
Ya no escuches mi gtlÍtarra!
Josil:M. BUSTJLLOS.
México.

UIPORTANTISnIO A LOS LECTORES.
Estamos para concluir el año, y por consiguiente el segundo tomo de El Mundo; deb~mos .pues señalará nuestros numerosos lectores el cammo, siempre de progreso,
que seguiremos en lo porvenir.
La principal dificultad que no hemo3 podido vencer
del todo en este año, es la Je obtener buen papel, y por
eso nos hemos visLo precisados á dar varios números en
papel inferior al q,1e necesita El Mundo; pero creemos
haber vencido, y seguramente que desde el próximo to•
mo, el papel será. supremo aunque nos cueste un sacrificio.
Debemos á. nuestroil abonados el cumplimiento de una.
promeea: el obsequio mensual de una novela. ¡Con culto•
tas creces vamos á pagarla desde el afio entrantel. ..... Hay
que leer el anuncio relativo á las novedades que presentaremos el año entrante en el próximo número. Seguros
estamos de que nos excederemos en bien. de nuestros fa.
vorecedores.

El número de hoy, dedicado especialmente á 1~ Navidad, lo consideramos extraordinario, y por eso repartimos un hermow fotocromo, que hará penda&gt;it, con otro que
obsequiaremos en Enero próximo.
Los dos, en cuadros sencillos, forma-rán
un delicado adorno en el recibidor ó sala de
la casa.
' Otro pago de $5,000., de "La Mutua"
'•

EN PACHUCA..

Pacirnca, Noviembre 11 de 1800.
. Sr. Don Carlos Sommer, Director General de •La Mutua.»-México.-M:uy señor mío:
. Por conducto de los Sres. Pérez Duarte y ry., y ante 01
Sr. Notario Público D. .á.ustreberto T. Andrade, iloy me
ha sido entregada la suma dP. $ 5.000,00 ( Cineo mil ptosos), valor de la póliza núm 765.222, bajo la cual estuvo
asegurada mi finada madre, la Sra. María Guzmán de
Mejía.
Doy á usted las debidas gracias por la eficacia con que
ha sido atendido este pago, autorizándoloJ para publi'f carlo.- Su atta. S._S.-Sofia Meif.a.

�39J

EL MUNDO.

~

20
20 DICIEMBRE, 1896.

DICIEMBRE,

1896.

EL MUNTIO.

PAGINAS DE NAVIDAD~

[a señorHa.

393

�20 DICIEMBRE, 1896,

EL MUNDO.

394
La Noche Buena del poeta . -

I

E mochos años (¡como que yo tenía siete!)
que, al oscurecer de un día de invierno, y des·
puée de rezar las tres .A.ve Marías al toque de
Oraciones me dijo nii padre con voz solemne:
-Pedro: esta no~he no te acostarás á la misma hora
q_ue las gallinas: ya eres grande, y debl&gt;a cenar con iua
padrea y con tus hermanos mayorea.-Esta noche ea Noche B uena.
Nunca olvidaré el regocijo con que escuché tales pala•
bras......................................................................... .

*
¡Dónde está mi n;ñez? * *

La mujer hermosa viene aqní á casarse ó á prostituirse.
La pasiega deshonrada á criar.
El mayorazgo á arruinarse.
El literato por gloria.
El diputado á ser ministro.
El hombre inutil por un empleo.
Y el sabio, el inventor, el cómico, el gigante, el enano;
así el que tiene una rareza en el alma, como el que la
tiene en el cuerpo; lo mismo el mos~ruo de siete brazos
ó de tres narices, que el filósofo de doble vista; el charlatán y el reformador; el que escriba melodías y el que
hace billetes falsos, todos vienen á vivir algún tiempo á
esta inmensa casa de huéspedes.
Los que logran hacerse notar, los que encuentran
quién los compre, los que se enriqnecen á costa de sí
miamos, se tornan en posaderos, en caseros, en dueños
de Madrid, olvidándose del suelo en que nacieran ......
Pero nosotros, los caminantes, los inquilinos, los forasteros, nos damos cuenta eeta aoche de que Madrid es
un vivac, un destierro, una prisión, un purgatorio......
Y por la primera vez en todo el año conocemos que
ni el café, ni el teatro, ni el casino, ni la fonda, ni la ter•
tulia son nuestra casa.!....
Es más; ¡conocemos que nuestra casa no es nuestra
casa!

Paréceme que acabo de contar un sueño.
¡Qué diablo! ¡Ancha ea Castilla!
.
Mi abuela paterna, la que cantó la copla, murió hace
ya mucho tiempo.
En cambio mis hermanos se casan y tienen hijos.
El arpa de mi padre rueda entre los muebles viejos,
rota y descordada.
Yo no ceno en mi casa hace algunas Noches Buenas:
Mi pueblo ha desaparecido en el oceano de mi vida,
***
como islote que ee deja atrás el navegante.
La Casa, aquella mansión tan sagrada para el patriarYo no soy ya aquel Pedro, aquel niño, rquel foco de ca antiguo, para el ciudadano romano, para el señor feuignorancia; de curiosidad y de angustia que penetraba dal, para el árabe; la Casa, arca santa de los penates,
temblando en la existenoia.
templo de la hospitalidad, tronco de la raza. altar de la
Yo eoy ya. ..... nada menos que un hombre, un hab~· familia, ha desaparecido completamente en las capiules
tente de Madrid, que se arrellana cómodamente en la v1• modernas.
da, y se engríe de sn amplia independencia, como solteLa Ca.sa existe todavía en los pueblos de provincia.
ro, como novelista, como voluntario de la orfandad que
En ellos, nuestra casa es casi siempre nuestra......
soy, con patillas, deudas, amores y tratamiento de usEn Madrid, casi siempre es del ca¡,ero.
ted!!!
En provincias, cuando menos, la casa nos alberga vein¡Oh! cuando comparo mi actual libert~d, mi ancho vi• te, treinta, cuarenta años seguidos ......
vir, el inmenso teatro de mis operaciones, mi temprana
En Madrid, se muda de casa todos los meses ó á más
experiencia, mi alma descubierta y templada como un tardar todos los al'los.
piano en noche de concierto, mis atrevimientos, mis am•
En provincias, la fisonomía de la casa siempre ea igual,
biciones y mis desdenes, con aquel rapazuelo que tocaba simpática, cariñosa: envejece con nosotros; nos recuerda
la zambomba hace quince años en un rincón de .A.ndalu• nuestra vida; conserva nuestras huellas ... ...
cía, sonríome por fuera, y hasta lanzó una carcajada, que
considero de buen tono, mientras que mi solitario cora•
zón destila en su lóbrega caverna, procurando que no la
vea nadie, una lágrima pura de infinita melancolía.. ..... .
¡Lágrima santa, que un sello de franqueo lleva al ho•
gar tranquilo donde envejecen mis padres!

por mayor y al por menor, y hasta se alquila en caso necesario?
¡La chimenea francesa! ¡He aquí el símbolo de una.
fa,nilia cortesana! ¡He aquí vuestro hogar, madrileñosr
¡Hogar sujeto á la moda; que se vende cuando está antiguo; que muda de habitación, de calle y de patria: hogar, en fin ( y esto lo dice todo), que se empeña en un
día de apuro!
_
He pasado por una calle, y he oido cantar sobre mi cabeza, entre el ruido de copas y platos y las risns de alegres muchachas, la copla fatídica de mi abuela:
La Noche Buena se viene,
la Noche Buena se vá,
y nosotros nos i remos
y no volveremos m i,,;.

-He ahí (me he dicho ) una casa, un hogar, una alegría, una sopa de almendra y un beau~o, que pudiera.
comprar por tres ó cuatro napoleones.
En esto, me ha pedido limosna una madre q 11e llevaba.
dos niños: uno en brazos, envuelto en su de~hilacbadomantón, y otro más grande, cogido de la maoo.-¡Ambos lloraban, y la madre también!

*

. * pues,
* como dicen
. los muchaConque vamos al negocio;
chos por eeas calles de Dios:
Esta noche es Noche buena
y no es noche de dormir,
que e~tá la Virgen de parto
y á las doce ha de parir.

;.Dónde paearé la noche?
Afortunadamente, puedo escoger.
Y, si no, vPamoe.
Estamos á 24 de Diciembre de 1855-en Madrid.
Conocemos por su nombre á loa mozos de los cafés.
Tratamos tú por tú á los poetas aplaudidoa,-semidiosea, por más eeñae, para los aficionDdos de lugar.
Visitamos los teatros por dentro, y los actores y los
cantantes nos estrechan las manos entre bastidores,
Penetramos en la redaccióu de loa periódico!', y estamos iniciados en la Alquimia que los produce. Hemos
visto los dedos de los cajistas tiznados con el plomo de la
palabra, y los dedos de los escritores tiznados con la tin•
ta de la idea.
Tenemos entrada en una tribuna del Congreso, crédito
en las fondas, tertulias que nos aprecian, sastre que nos
soporta..... .
¡S0mos felices: Nuestra ambición de adolescente está
colmada. Pode...os divertirnos mucho esta noche. He·
mos tomado la tierra, Madrid es país cenquistado. ¡Madrid es nuestra patria! ¡Viva Madrid!
Y vosotros, jóvenes provincianos, que, á la caida de la
tarde, en e! otofio, solitarios y tristes, sacáis á pasear por
el campo vuestros impotentes deseos de venir á la corte;
vosotros, que os sentís poetas, músicos, pintores, orado·
res, y aborrecéis vuestro pueblo, y no hablaia con vuestros padree, y llorais de ambición, y pe!1s.aia en suicida·
ro3 ...... ; vosotros. ...... ¡reventad de env1d1a como yo re•
viento de placer!

*

Han pasado dos horae. * *
Son las nueve de la poche.
Tengo dinero.
¿Dónde cenaré?
Mis amigos, más felices que yo, olvidarán su soledad
en el estruend• de una orgfa.
-«¡La noche es de vino!,1-exclamaban;hace poco rato.
Yo no he querido ser de la partida.-Yo he atravesado
ya sin ahogarme, ese mar rojo de la juventud.
-«La noche es de lágrimas))-les he contestado.
Mis tertulias están en los teatros. Los madrileños ce·
lebran la natividad de Nuestro Sefior Jesucristo oyendo
disparatar á loa comediantee !
Algunas familias, en las q 11e soy extranjero, me han
querido dar la limosna de su calor doméstico, convidán·
dome á comer,-porque ya no cenamos ...... -Pero yo no
he ido; yo no quiero eso; yo busco mi cena pascual, la co•
!ación de Noche buena, mi casa, mi familia, mis tradicio·
nea, mis recuerdos, las antiguas e.legriaa de mi alma ..... .
¡la Religión que me enseñaron cuando niño!

***

¡Ah! Madrid es una posada.
En noches como esta se conoce lo que ea Madrid.
Hay en la corte una pob:ación flotante, heterogenea,
exótica, que pudiera compare.rae á la de los puertos francos, á la de los presidios, á la de las casas de locos.
- Aquí hllren alto todos los viajeros que van de paso al
porvenir, al reino fantástico de la ambición, ó los que
vueiven de la miseria v del crimen ..... .

***

No sé cómo he venido á parar á este café, donde oigo
sonar las doce de la noche, la hora del Nacimiento!
.A.quí, solo, aunque bulle á mi alrededor mucha gente,
he dado en analizar la Tida que llevo desde que abandoné mi casa paterna, y me ha horrorizado por primera
vez esta penosa lucha del poeta en Madrid; lucha en que
sacrifica á una vana ambición tanta paz. tantos afectos.
Y he visto á los vates del siglo XIX convertido3 en
gacetilleros, á la Musa con las tijeras en la mano despedazando sueltos, á los que en otros siglos hubieran cantado la epopeya de la patria, zurcir hoy artículos de fondo
para rehabilitar un partido y ganar cincuenta duros mensuales!.. ....
¡ Pobres hijos de Dios! ¡Pobres poetas!
Dice Antonio Trueba (á quien dedic.&amp;&gt; e3te ~rtículo):
Hall., tantas espinas
en mi jornada.
que ~1 corazón me duele,
me duele el alma!......

¡He aquí mi Xoche-Buena del presente, mi Noche B ue•
na ae hoy!
Luego he tornad;&gt; otra vez la vista á las Noches Buenas
de mi pasado, y, atravesando la distancia con el pensamiento, he visto á mi familia, que en esta hora patética
me echará de menos; á mi madre, extremeciéndose cada
vez que gime el viento en el cañón de la chimenea, como
si aquel gemido pudiese s~r el último de mi vida; á unos
diciendo: «(tal año estaba aquí!"; á otros: «¿dónde estará
ahora?...... ))
¡Ay! ¡no puedo más! ¡Yo os saludo á todos con el al ma, queridos míos! Sí: yo soy un ingrato, un ambicioso,
un mal hermano, un mal hijo...... Pero ¡ay otra vez y a.7
cien mil veces! yo siento en mí una fuerza ~obrenatural
que me lleva hacia adelante y que me dice: «¡tú serás!"
¡Voz de maldición que estoy oyendo desde que yacfa. en
la cuna!!
¿Y qué he de ser yo, desdichado? ¿Qué he de eer?
Y

no!iotros nos iremos,

y no vol veremos miís.

¡Ah! yo no quiero ir me: yo quiero volver: i nmolo de•
masiado en la contienda para no salir victorioso: triunfaré en la vida y triunfaré de la muerte...... ¿No ha de
tener re..:ompensa esta infinita an~uetia de mi alma?
Es muy tarde.
La copla de la difunta sigue revoloteando sobre mi ca·
beza.
La Noche Buena se viene......

En Madrid, se revoca la fachada todos los años bisies•
tos, se visten las babitaéienea con ropa limpia, se venden
los muebles que consagró nuestro contacto.
Allí, nos pertenece todo el edificio: el yerboso patio,
el corral lleno de gallinas, la alegre azotea, el profundo
pozo, terror de los niños, la torre monumental, loa anchos y frescos cenadores ..... .
Aquí, habitamos medio piso, forrado de papel, partido
en tugurios, sin vistas al cielo, pobre de aire, pobre de
luz.
Allí, existe el afecto de la vecindad, término medio
entre la amistad y el parentesco, que enlaza á tolas las
familias de una misma calle... ...
¡Aquí, no conocemos al que hace r:iido sobre nuestro
techo, ni al que be muere detrás del tabiq 11e de nuestra
alcoba, y cuyo estertor nos quita el sueño!
En provincias, todo eq recuerdos, todo amor local: en
un lado, la habitación donde nacimos; en otro, la en que
murió nuestro be1·mano; por una parte, la pieza sin mneblea en que jugábamos cuando niños; por otra el gabinete en que hicimos los primeros versos...... ; y, en un sitio dado, en la cornisa de una cólumna, en un artesonado antiguo, el nido de golondrinas, al cual vienen todos
los años dos fieles esposos, dos pájaros de ,-frica, á criar
una nueva prole..... .
En Madriu, se desc&lt;moce todo eeto.
¿Y la chimenea? ;.Y el hogái-'l ¿Y aquella piedra sacro•
santa, fría en el verano y durante las auPencias caliente
y acariciadora en el invierno,-en aquellas noches felices que ven la reunión de todos los hijos en turno de sus
padres, pues hay vacaciones en el colegio, y los casados
han acudido con sus pequeñúelos, y los ausent'?s, los hijos pródigos, han vuelto al seno de su familia?-¿Y ese
hogar?.. .... decidme....... ¿dónde está ese hogar en las casas de la corte?
¿Será un hogar acaso la chimenea francesa, fábrica de
bronce, marmol ó hierro, que se vende e n lae tiendas al

¡Ah! ¡sí! ¡V~ndrán otras Noches Buenas-me he dicho,
reparando en rñie pocoe años.
Y he pensado en las Xoches Buenas de mi porvenir.
Y he empezado á formar castillos en el aire.
Y me he visto en el seno de una familia venidera, en
el segundo crepúsculo de la vida, cuando ya son frutos
las flores del amor.
Ya se había calmado esta tempestad de amor y lágri•
mas en que zozobro, y mi cabeza reposab~ tranquila en
el regazo de la paciencia, ceñida con las flores melancó·
licas de los últimos y verdaderos amores.
¡ Yo era ya un esposo, un padre, el jefe de una casa, de
una familia!
El fuego de un hogar desconocido ha brillado á lo lejos, y á su vacilante luz he visto á unos seres extraños
que me han hecho palpitar de orgullo.
¡ Eran mis hijos l. ... ..
Entonces he llorado..... .
Y he cerrado los ojos para seg11ir viendo aquella Ólari•
dad rojiza, aquella profética aparición, aquellos seres que
no han nacido ......
La tumba estaba ya muy préxima ...... Mis cabellos
blanqueaban ......
Pero ¿qué importaba ya? :,No dejaba la mitad de mi
alma en -Ia madre de mis hijos? ¿No dejaba la mitad de
mi vida en aquellos hijos de mi amor?
¡Ay! en vano quise reconocer á la esposa que compartía allí conmigo el nnochecer de la existencia ......
La futura compañera que Dios me tenga destinada, esa
desconocida de mi porvenir, me volvía la espalda en
aquel momento.... ..
¡No: no la veíal.. .... Quise buscar un reflejo de sus facciones en el rostro de nuestros hijos, y el hogar empezó
á apagarse.
Y cuando se apagó completamente, yo seguía vién•
dolo ......
¡E!'a que sentía su calor de~tro de mi alma!
Entonces murmuré por última vez:
La Noche-Buena se ,Ta ........•
Y me quedé dormido...... quizá muerto.
Cuando desperté, se babia ido ya Ja Noche-Buena.
Era el primer dia de Pascua.
P EDRO A.. DE ALARCÓN,

20

DICIEMBRE,

1896.

EL MUNDO.

�EL MUNDO.

396

20

DICIEMBRE,

1896.
20

C A p¡R I C H O S.
LA TRAGEDIA DEL JUGUETE.

Ya se ha hecho muy vulgar, y por vulgar nadie se fi~a
en ella la figurilla en yeso, cuyos contornos voy á segun
en un~s cuantas líneas: un nifio de seis á ocho años,
vestido de fantasía, con el jubón y las calzas de malla
tan ceñidas que se embeben en las suaves curvas de aquel
ángel de Tanagra amplificado, se lleva las manos al rostro para ocultar una mueca dolorosa é irascible. En el
momento en que va á tocarse r.on
los pufios loe párpados cerrados,
circuidos de arrugae, lo sorprendió el artista. En pie, y con las
piernas juntas, en una postura
acrobática, el chicuelo inclina la
cabeza, recientemente despojada
del gorro d~ saltimbanco y que
conserva aún en Jo alto de la frente el mechón enharinado. La risr: quedó en esos labios alirrota,
como un colibrí herido sobre la
copa de nácar de una azucena. El
relámpago de la alegría acaba de
cerrar su abanico de luz en ese
semblante de bambino rafaelesco.
Se ven en esa fisonomía, cómicamente apenada, las huellas de
los contentos fugitivos, los últimos besos que la dicha ingenua
estampó en los mofletes del ro·
busto muchacho. Los raEgos todos de la graciosa cara indican
la brusca rapidez del cambio inesperado: se armonizaban de un
modo placentero en aquella faz,
contraída por los cordones tensos de la risa, cuando, urgidos
con violencia por un súbito disgusto, tuvieron que deshacer el
gesto. Nada importó, sin embar·
go, porque están acostumbrados
á las transiciones: sirven á la al·
mita tornátil de un nifio lleno de
caprichos y veleidades. ¿Pero,
por qué tan presto el olímpico
enojo, y el dolor burafio fruncieron aquel ceño infantil y cortaron
las comisuras de aquella boca, con
el áspero trazo de las mejillas dilatadas? ¡Ah, vamos! Abajo, sobre el plinto, cerca de loa pun·
tiagudos chapines, un Pulcbine·
la perniquebrado, con la caeca·
beleada corcoba hundida en el
yeso por la fuerza del golpe, se
carcajea, á todo su sabor-atiriendo bajo la nariz borbónica la bo·
caza desdentada-de la insulea
contrariedad del chiquillo.-¡Torpel-parece decirle.
•
El sol, ríe también entre con·
movido y zumbón, acariciando la
blancura lechosa de la estatua.
-¡No llores, tonto!-le aconseja.
Cuando me detuve hace muchos afios, no recuerdo cómo
.
mo ni en dónde, á ver un momento la figurilla, suf~í una
impresión de refinada melancolía que ahora me viene á
la memoria, evocada. tarde por tarde, frente á los apara·
dores de la calle de Plateros. Lo primero que pensé entonces ante el muchacho, asaltado en pleno goce por la
fatalidad, fué esta frase qne á guisa de caja de listones,
encierra, bien enrollado, un hilo, sutil como una hebra
de luz, de filosofías frívolas y ligeras, de esas de que tan·
to gustamos los contemplativos nerviosos: -El Juguete
se burla!
En efecto: este PulchiLela perniquebrado es simbólico.
Se llama el Amor, se llama la Esperanza, se llama el
Ideal, se llama la Fe, según el caeo. ¿Quién no ha sido alguna vez el niño torpe, la figurilla de yeso. y ~ un des·
cuido, á una falta de tacto, á un aletazo del viento, ~o
ha visto caer el juguete que lo entretenía: una creencia,
una ilusión, un sueiio, todo eso que es una sola coa~, 9-ue
va tomando distintos nom bree, conforme vamos v1 viendo· que en nuestra alcoba infantil es el nimbo del Angel
de'la Guarda, en nuestras locuras juveniles es el r@?1pimiento de gloria del triunfo ó la promt:sa de la novia, y
en el frío lecho de la vejez es el ansia de la caricia amiga y el fúnebre devaneo del reposo? Nos sentíamos felices con ver en nuestros brazos, á la voluntad de nuestros caprichos, una mujer, una riqueza, una convicción,
unan helo. Un instante fuimos amadoa, fuimos podero•
sos fuimos buenos. Y cruzamos el munilo vestidos de
fantasía como el chicuelo. Despertábamos á los ecos
somnolentes con el bullicio de nuestr?e risas, coro alocado de ninfas desnudas. Creímos en el milagro, en la
corona de laurel, en el juramento. Retozábamos con
nuestro Pulchinela, lo sacudíamos con furor para hacer
sonar loe cascabeles, y despertar curiosidades y hacer
brotar envidias. ¡Aquí va-gritábamos-un amante, un
creyente, un poeta! Abrid paso al dichoso!
De improviso-¿cómo fué?-el juguete se nos cayó de
las manos y quedamos en cómica postura, haciendo ante
la muchedumbre, perversamente risueña, la mueca ~oliente é irascible, mientras abajo, en el suelo removido
y lodoso el grotesco mufieco, la esperanza, la ilusión, el
deseo, ~e carcajeaban con la irritante y eterna mofa de las
coeas arn alma!

jugueterías, á las barracas de la Plaza. Mayor, en busca
de la esfera brillante, de la rama de pmo{ de la chuchería de porcelana, del pastor de biscuit, de a piñata, pomposa de oropeles y mofios.
Loa aparadores están más fantásticos que nunca; feéri•
cos multícoloros, y diáfanoe, como los alcázares de loe
~tos de Hadas. A través de los cristales, como á través
de la gasa trasparente del ensueño, se ve11; Jo~ matizados
casfülos de bombones, las montañas de vidrio de las canastillas, los bosques floridos de las vel!is esteáricas. B!ljo
los triunfales arcos de'heno, pasa la abigarrada procesión

de Navidad: la Sagrada Familia con su celeste cus~
dia de ángeles con las alas abiertas y la espada de@nuda; la caravana tarda de los Reyes Magos, junto á la glauca palmera del oasis y la cisterna gris donde abrevan,
lenta y cansadamente, los camellos, la pastoril banda de
zampoñas y flautas surgiendo por entre la nevada del rebafio ó la pensativa vacada; y el delicioso anacronismo,
la encantadora y confuea procesión de los astrólogos egi pcios, de los centuriones romanos y de los príncipes medioevales. Eu el fondo, las vívidas estrellas kaleidoscópicas, las carnes sonrosadas de los querubines, los chalet
suizos, rasgando con los pic0s de sus veletas las marañas
de plata virgen de la escarcha. La imaginación de loe ni•
fios se emoriaga delante de todas estas maravillas, y sus
pupilas beben, incansables, las luces rojas, violetas, azu•
lee y verdes, que flotan, como plumajes de av~s muertas
en un lago sin ondas, en la claridad eléctrica de los escaparates. La chiquillería invade la .A.venida; corre, se
desliza, se escapa, como una bandada de Pulgarcillos,
perdida en el bosque de nuestras piernas.
Este es el mes del frío y de la nieve; no hay bodas en
las techumbres como en Mayo, ni luminosas tragedias
en el cielo como en Agosto. J ulieta no hubiera oído en
estas noches cantar al' ruiseñor bajo la fronda fosforescente del granado, ni Pablo y Virginia hubieran podido
sombrearse bajo la cincelada copa de los fresnos; pero
hay fiestas reales en lo!! corazones nuevos, recepción en
la corte de los espíritus puros, juegos florales y torneos
en las flamantes fantasías. Todo ee hace más nítido y se
purifica en Diciembre: las nubes, las estrellas, los volcanes, y los sueños. Es el mes de lo blanco. Theo labró su
vieja filigrana, su sinjoni.a de argentadas alburas, pensando en una mañana de Invierno. Por eso es el mes de la
infancia y por eso lo escogió Jesús para nacer. Cuanto en
la naturaleza tiene este inviolado matiz se mezcla y se
acaricia. Las brumas 110 tienden á descansar sobre las
nevadas cresterías de la cordillera: las manos de los nietos, acarician las guedejas de canas de los abuelos.
Estos días están destinados á los inocentes regocijos,
Las ambiciones infantiles loquean. Las jugueterías-fastuosas Babilonias-son saqueadas por el sabroeo batallón
de los chicos. Allá van en pelotones desordenados, con
bélicos ademanes, alzando los bracitos agitadores, ento•
**
*
Va!l cinco tardes aue miro ent_rar á un ejército de pe- nando sus extrafl.os himnos guerreros. comp•1e~t-ce da
q~1e!'i.os, aret.ai.-.:i,10, á lOS a,macenes, a .as t1~n.ias, a las ba,~u.:ece y ¡;ritoe...... Jamás se :-iride;:¡: ~owan por asalO

to las fortalezas de bombones, barren las columnas dejan
toches destruyen las barricadas policromas de juguetes
desea~ cuanto miran y quieren abarcarlo. Son ineacia
bles.
Y cuando repartido el botín, e~len con e_J orgull~so
continente del vencedor y la sorr1sa del fehz, los miro
aiejarse escoltados por la satisfecha guardia de honor de
las madres, y, por rara obsesión, no dejo de recordar al
muchacho de yeso, sorprendido por la fatalidad en ple·
no regocijo. ¡Cuánt11,e de estas criaturas harán dentro de
poco la mueca dolorosa é irascible!
¡Tanto esfuerzo gastado, tanta
energíacansada, para que Pulchinela ó Arlequín ó Pierrot caigan
y se rompan!
Yo les ayudo, Jea evito tropiezos, pido con la mirada permiso
á las madres, y me acerco á colocarlos para que ellos embracen
bien sus baratijas. Los ingratos
me miran como á intruso, arrugan el cefio y se resisten. Soy nn
entrometido, un importuno. Por
supuesto que sonrío impasible en
medio de sus cóleras. Siento qua
estoy ejecutando una hermosa acción. ¡ l'obrecillos! Es necesario
prolongarles la dicha del triunfo
y evitarles la amargura dA la caída. Que gocen, qne se harten.
Mañana se olvidarán de .Arlequín y desearán á Colombina.
Nunca es tarde par.i. el deseo. Y
de juguete en juguete llegarán á
ser jóvenes, á ser hombres, ee decir nifios grandes, y entonces sí
es inevitable que .Pulchinela se
les caiga de las roanos, y mientras llor3n angustiados por su intempestiva desgracia, verán cómo
el mufieco perniquebrado - el
Amor, la Esperanza, la Fe-ríe en
el suelo, á todo su sabor de la tor·
pezas y penas del desgraciado.
¡Qué punzante es el sarcasmo con
que nos contemplan los ideales
rotos! Ellos caen inútiles; ya no
podrán divertirnos más; pero
conservan aun caídos, su perpétua é irónica carcajada ante nuestro dolor, nuestra amargura,
nuestro desencanto. En vano lle·
vamos á los ojos, las manos convulsas; en vano pedimos misericordia y consuelo. Nos quedamos solos como la figurilla de yeso. A nuestros pies, destruido
por 01 golpe, yace el amor ingrato, el ensueño desvanecido, el
ideal muerto. No obstante, Pulchinela se carcajea. El juguete
se burla.
Lurs G. URBINA.
Diciembre de 1896.

DICIEMBRE,

1896.

397

EL MUNDO.

~

PAGINAS DE NAVIDAD,_.,...-•\~..,

0•

-""''°"'''·-- •

:d' ~ / -

La ilusión ea la Navidad del alma: trae juQ,uetea be~moaos que
el desengafio rompe.
- ..••••IOI••••-NOCHE-BUENA.

Noche-buena de niño, noche estrellada,
Noche de risas, flores y agua J.1evada,
Noche del pequeñito Dios de I~rael,
Noche del suspirado viejo Noel.
Noche•buena de joven, noche de fiebre,
Noche que olvida al Niño-Dios del peeebre,
Noche dormida en brazos de ardiente hurí,
Noche de Sulamita, de Noemí.
Noche-buena de viejo, noche sin euefio,
Noche perdida en a!as de un vago ensueño,
Noche pasada en vela por recordar,
Noche pasada en vela por suspirar.
Oh nifia mía!
Noche•buena lejana de mi alt&gt;gría,
De labios encarnados de girasol,
De cabellera rubia de haces de sol.
Oh niña mía!
Noche-buena radiosa de mi agonía!
Botoncito hechicero de resedá..... .
Qué lejos de mis ojos te has ido ya!
RoBÉN M.
Diciembre de 1896.

CAMPOS..

FRAGl\IENTO.

El.a~re frío qn.e a~ota nuestros rostros parececomoque
va diciendo á mis 01dos: "¡anda, necio!" La noche va á
ser helada; el aire congelado empaña los cristales· tienta
las hojas del rosal, están ya húmedas como los labios del
niño cuando suelta el ubérrimo seno de la madre· cada
cual se refugia en su casita, donde hay ojos azule~ y cabelleras rubias junto al fuego: esta es la fiesta del bogar
1~ .fiesta del abuel~, la fiesta de la esposa, la fit•sta de Jo~
h1¡os: la cen'.1 patriarcal que reune á todos bajo la tosca
mesa de encmo, es el gran símbolo de la familia creada
por el Evangelio; ¿no oyes los gritos de alf-gría que se es•
capan por las junturas de esa persiana mal cerrada? ¿no
ves laa llamas iqq:µi.etas de las velas, perdidaR, como fuegos fátuos, en el ramaje obscuro del árbol de Ni el? ¡Tristres de aq1~elloa qui' con e n las calles con su gabán abo. tonado, mirando por los ri•equicios de las puertas el fuego de 11n. hogar QUA e3tá de fiesta! ¡Tristes de aquellos
que no tienen un árbol de Noell

***

Qué triste el año que viene!
Qué triste el año que acaba!
Ya se acercan los recuerdos;
Ya se van las esperanzas ........ .

***

¿Ves entre dorada~ i:.r;aa
Sonreir al Nifie .!.,1c,sl
Así rie tu arr.v e nifio
Nacido en ::11 corazón.

f

La noche de Navidad es la noche de las resurrecciones
y de los n•cuerdos. Los niños al dormirse en sus cunas
quedan confiados en el espíritu mieterioeo que bajará
d.urante el suefio para IIPnar de dulces y jugu. tes los botrnee nuevos que han dejado á propósito en la chime·
nea. En .A.lt:mania, lejos de las grandes ciudades
en los pueblos de campf'.sinos y bu!'iueses, las mucha:
chas se asoman a.l son~r las doce tle la noche, al pozo,
cuyas aguas turb1_a s br1llan como una pnpila enferma,
par~ bmcar, trazada en su superficie, la imagen de sus
nov1?ª· La~ aldPanas qn~ vuelven á sus casas, después
de 01r la misa de la media noche, descubren casi siempre
entr~ la obRcur~ ~ronda de loa árboles, el cnerpo blanco
Y ágil de las w1ll1S, que se entregan á un wals interminable.

�T"

20 D!cmMBRE, 1896.

20 DrcIEMHRE, 1896.

398

La misa de Navidad.
-¿Dos cabritos trufados, Garrigú?

-Sí, reverendo padre, dos
cabritos; dos cahritos llenísimos de trufas. Y o mismo be
11yudado á rellenarlos. Su piel,
fuE&gt;rtemente r?etirada, daba traquidos de angustiaal entrar al
hornn.
-Garrigú ...... el sobrepelliz!
¡Dios mío! ¡Yo que deliro por
las trufas! ¿Dos cabritos, eh?
¿Y qné más?
/
- Lo más apetitoso y exqui•
sito. Desde en la mañana nos
hemos ocupado solamente en
desplumar faisane~, pavos y pichones. Una nube de plumas, danzando por el aire, nos
rodeaba constantemente. En seguida vinieron las anguilas las doradas carpas y las truchas.
..'....Truchas, ¿eh? ¿y de qué tamaño?
-¡Inmensas, reverendo padre, enormes!
-¡Dios mío! Si ya parece que las veo!.. .... ¿L!enaste
ya las vinajeras?
-Sí, reverendo padre, pero ese triste vino, no puede
compa]'.arse con el que apuraréis al acabar la misa, en el
castillo. Si viérais en e1 comedor los tarros y ~arrafas
que resplandecen, llenos hasta el borde de exquisito vino. ¡Y la vagilla de plata, las fuentes cinceladas...... y
las flores, loe candelabros!. ..... ¡Nunca, nunca puede haberse saboreado mejor cena! El señor marqués ha invi•
tado á todos loe nobles que habitan en las cercanías; c,iarenta, sin contar al tabelión, llegarán á la mesa. ¡Qué
afortunado sois, mi revendo padre! Sólo de haber sentido el humo de las trufas, su pícaro olor me sigue por doquiera..... .
-¡Vamos, vamos, hijo mío! ¡Dios nos preserve de la
gula, y sobre ~odo en la noche de Navidad! Enciende los
cirios y da el primer toque de misa. Ya falta poco para
la media noche, y es preciso no atrasarse un solo instante.
Sostenían esta plática en una noche de Noel del afio
de gracia de mil seiscientqs y tantos, el reverendo Don
Balaguer, antiguo prior de los Barnabitas, á la sazón capellán neneionado de los altos y poderosos sefioree de
Trinquelag, y su ayudante Garrigú, ó para decirlo mejor,
el que Don Balaguer tomaba por su ayu;lante Garrigú;
pues como más tarde se verá, el diablo había tomado
aquella noche la cara redonda y las facciones indecisas
del joven sacrietau para inducirle en tentación y hacerle cometer el feo pecado de la gula. Así, pues, interín el
que se llamaba Garrigú, (¡hum! ¡hum!) repicaba sin tregua las campanas, despertando los modorros ecos del feuda! castillo, el reverendo terminaba de revePtiree la casulla en la ¡;;equeña eacris~ía, ya algo inquieto por esas
tentaciones gaetrónomicas, y repitiendo para ~us adent.ros, mentalmente:
-¡Dos cabritos trufados! ¡Pavos! ¡Carpas! ¡Truchas!
-Entretanto, el cierzo de la noche se quejaba afuera,
desmoronando en el eepauio la alegre música de las campanas. Poco á poco iban surgiendo de la sombra, en la
árida pendiente de la montai'ia, vagas luces que se iban
aproximando á. la pesada fábrica feudal. Eran las familias de los campesinos que venían á la misa de gallo en
el castillo. Reunidos en grupos de seis ó siete. se encaramaban, cantando, por la ladera pedregosa, guiados por
el padre que, linterna en mano, iba 3lumbrando su camino. Los niños, acurrucándose juntr, á las madres, se
cobijaban C«?n sus holgadas mantas pardas. A pesar de
la hora y á pesar del frío, todo aquel pueblo iba regocijado y alegrísimo, seguro de que, una vez terminados
los oficios, hallarían en la cocina del castillo la mesa que
se seuía todos los años. De cuando en cuando, interrumpiendo la penosa marcha, separábanse los grupos para
dejar el paso libre á alguna carroza, que precedida de
cuatro batid()res, con antorcha en mano, hacía espejear
sus diáfanos cristales heridos por la luna. Instantes después, un obediente mulo, que hacía repiquetear los cascabeles, a~ravesó trotando junto á los aldeanoe. A la luz
de las linternas, circuidas de bruma, los campesinos reconocieron al sefl.or alca:de.
-¡Buenas noches, señor alcalde!
-¡Buenas noches, buenas noches, hijos míos! ·
La noche estaba clara; el frío avivaba el resplandor
movedizo de los astros; el cierzo raspaba duramente el
cutia, y una tenue escarcha, resbalando por los vestidos
sin mojarloR, sembraba como pequeñas cabezas de alfiler
en las pesadas mantas de lana, y conservaba fielmente
la tradición de Navidad, blanca de nieve. Arriba de la
montafl.a aparecía el castillo como el termino de aquella
caminata, con su masa enorme de torres y piñones con
el campan:i,rb de sn capilla gótica, incrustándose ~n el
azul del cielo, y con la m•1chedumbre de impacientes
luces, que pestafiablln, iban y venían agitándose en todas las ventanas, samejantes, sobre el fondo sombrío de
aquella fábrica, á las chispas que corren y se alcanzan en
las cenizas del papel quemado. Pasado el puent!l levadizo y la poterna, era preciso, para entrar á la capilla atravesar el primer patio todo lleno de carrozas, lacayos y
literas, y alumbrado por el fuego de las antorchas y el
rojizo resplandor de la cocina. En aquel patio se oía
constantemente el retintín del asador, el estrépito de las
cacerolas, el choque de loe cristales y la argentería. Todos los preparativos de la cena y el vapor tibio que llegaba á sus olfatos, trascendiendo á carnes bien asadas y
salsas de legumbres olorosas, hacían decir á los campe•
sinos, como al señor capellán, como al alcalde:
- ¡Qué bien vamos á cenar después de misa!

***

¡Drelindín...... LJ.~lin&lt;líu!

Ya comi,mza la primera misa de la media..ºC!che. En
la capilla del castillo, toda una catedral en m1matura, de
arcos entrecruzados y raros enmaderamientos de nogal
que suben por todo lo al~o de los m~ros se han des~~rollado todos los tapices y t-ncend1do . todos loe cmo~.
¡Cuántos devotos! ¡qué multitud de traJes! He aquí primero, arrell ·nados en la esc.ulpida sillería del cor?, á el
alto y poderoso señor de Trmquelag, con su vestid? d_e
tafetán salmón acompañado de 10s nobles señores mv1tados. Un poc¿ más adelante, arrodillada en grandes reclinatorioEt revestidos de espeso terciopelo, oran devotamente la marquesa viuda, con su traje de bro?ado color
de fuego, y la sefiora joven de Trinquelag, pernada con
una torre altísima de encaj~s á la última O'.IOda de !~_corte. Más abajo ee levantan, enlutados, con sus me¡11lae
desprovistas de barba y sus pelucas inconmensurables,
el alcalde Thomás Arnoton y el tabelión waese Amoroy;
dos notas graves extraviadas entre las sedas deslumbrantes v el damasco espolinado. En seguida se destacan
los mayÓrdomos, los pajes, los oicadores, los intendente~, Doña Barba con su manojo de llave~. colgadas de la
cintura por medio de un anillo de brufl.ida plata. Y hasta el fondo, en las bancas para el pueblo, los s1rvi&lt;l1:tes,
los campesinos, lo~ pecheros, eEcoltados todavía por ~na
multitud de marmitones, que en el extremo de la capilla,
junto á la puerta del alto cancel, que á cada rato _abren
y cierran, vienen á oír algún versículo de lC!s o~c10s y á
traer no sé qué vago olor d" cena á aquel la 1gles1a rev~stida de fiesta y cuya atmósfera caldean las llamas roJas
de Ios cirios.
¿Será. la presencia de esos mandiles blancos causa de
las involuntarias distr11ccione~ del oficiante? Lo cierto es
que la pícara campanilla movida por el sac!istán con una
precipitación diabólica, parece que va diciendo con voz
aguda:-¡Vamosl I Vamos! Mientras más pronto reces,
más pronto nos sentaremos á la mesa.-Y el hecho es
qn : cada vez que auena-¡pícara campanal-el capellán
se olvida de la misa para no pensar más q 11e en la cena.
Y se imagina el incesante movimiento que debe haber
en la cocina, loe hornos en donde flamea y choca el fuego de una fragua, el humo que dejan escapar las tapaderas entreabiertas, y á través de ese humo mira dos ca•
britos magníficos, con trufae.
O bien mira pasar hileras de vistosos pajecillos, llevando con prudencia platones circuidos de un humo tentador! entra con ellos al salón ya apercibido para la fiesta
y-¡oh delicia!-he aquí la inmensa mesa, toqa re~plandeciente, ya cargada con los pavos vestidos de sus plumas, los faisanes abriendo sus moradas alas,Jas botellas
color de rubíes, las pirámides de frutos destacándose entre las ramas verdes, y, por último, esos p_es~ados pr&lt;;&gt;digiosos de que tanto había hablado Garr1gu (¡Garr1gó!
¡Garrigú...... l ¡hum ...... !) extendidos sobre un lecho de
hinojo, con sus escamas, nacaradas todavía, como;¡si hubieran salido recientemente de las ondas, y con un ramillete de yerbas olorosas en su nariz de monstruo. Y
era tan viva la visión de todas estas maravillas, que Don
Balaguer pensó por un instante que aquellos platos suculentos estaban ya sen;idoa sobre eJ mantel bordado del
altar, y dos ó tres veces, en vez del dominu• vobiscum dijo el Benidicite. Pero dE&gt;jando á un lado estas ligeras
equivo.;aciones, el pobre padre oficiaba conforme á sus
deberes, sin ealtar una línea ni omitir una genuflexión.
Todo fué así hasta la conclusión de la primera misa.
-¡Y va una!-dijo por fin el capellán con un suspiro
de alivio. Incontinenti, sin perder un minut,o hizo una
sefia al sacristán, ó mejor dicho al que créía que era su
sacristán, para c;,ue llamase á la segunda rnisa.
¡ D1elindínl ¡drelindín!
Y he aquí que empie?.a la segunda misa y con ella el
pecado de Don Balaguer.-«¡ Más aprisa, más aprisa!nle dice con voz tipluda y agria la campana diabólica de
Garrigú, y en esta vez, el oficiante se abandona al dominio de la gul1l, devora las páginas del misal, con la avidez de su apetito sobreexcitado. Frenéticamente se hinca, se levanta, esboza la figura de Jp. cruz, apresura toJos
sus gestoe, todos sus movimientos para acabar más pronto. Apenas golpea su pecho en el Confiteor, cuando extiende loe brazos en el Evangelio. Entre él y el sacristán
se empeña una diabólica carrera. Versículos y respuestas se precipitan, se atropellan. Las palabras pronunciadas á medias, sin E.brir la boca, porque esto hubiera exigido un despilfarro inutil de tiempo, terminan en sílabas
incomprensibles.
Como vendimiadores aprnmiados, que magullan la uva
en )03 barriles, ambos estropfan el latín de la mi~a, despidienfo astillas desquebrajadas del idioma. Y durante
ese vértigo espantoso, la infernal campanilla, repicando
siempre, espolea al desgraciado capellán, como esos cascabeles que se cue:gan á los caballos de posta para hacerlos trotar cosquilleándolos. ¡Imagináos en qué breves
momentos teri;ninaría la misal
-¡Y ya van dos! - murrnuró el reverendo jadeante.
Pero sin dejarse tiempo de respirar, con el rostro flncen•
dido, escurriendo sudor de la espantada frente, bJja temblando lac gradas del altar y ........ .
¡Drelindln! ¡drelindín!
He aquí que empieza la tercera misa.
Unos minutos más, y el comedor se descubre, por fin,
ante sus ojos. Pero ¡ay! á medida que la cena se aproxima, el inft,liz Don Balagaer e.e siente más y m ás movido
por la impaciencia loca de la gala. Las carpas doradas,
los cabritos asadoR están ahí; ya los toca, ya los palpa ....
Los platones humean, los viaos embalsaman, y sacudiendo su cascabel aguijoneante la campanilla, dice sin descaneo:-¡aprisa! ¡aprisa! ¡más aprisa!
¿Pero cómo podría ir má'! aprisa? Sus labios apenas se
mueven; ya no pron'llncia las palabras. De tentación en
tentación, com~nzó por saltar un versículo y ahora salta
dos. La Epístola es demasiado larga y no la acaba. Tartamudea las primera3 palabras del Evangelio. ~u prime
el Paélre nueetro y saluda de lejos el Prefacio. Y así con
brincos y con saltos, se precip1t-a en la falta ei;pnle \do
por Garrigú - ¡vade retro Satanás! --que le secund,\ con
prodigiosa perapicacia, levantándole la casulla, vuhean-

EL MUNDO

do las bojas del misal dos á dos y cuatro á cuatro, derramando las vinajeras y repicaad() endemoniadamente másy más aprisa.
¡Era de vera;, la cara espantadísima de los asistentest
Obligados á seguir, g1üados por la mímica del padre aquella misa, poníanse estos le pie cuando !ns otros se arrodillaban, y en todas laA fa&gt;1es de ¡iqut&gt;I oficio nunca visto,
la muchedumbre se rev,,lví" en las -bu.uc!\s ,con diversas
actitudes. Las estrella de Navidad, qu.. iba avanzandopor el cielo, camino del p~queño eHLablo, palideció de
espanto y de terror.
¡ El padre reza dema~iado aprisa! -dice 11in detenersela marquesa sacudi.;ndo su cofia limp ia y blanca. El alcalde, con sus ante11j,)e de ac..ro cab,1lg&gt;1udo en su na-·
riz, busca inutilruente en en devociun ,río el pasaje quereza el sacerdote. PE-ro, Pn rigor de ver&lt;;laJ, aquellas
buenas gentes, á quit-nt's la esperanza de la cena aguijonea, no se enfadan por la precipitació,i irll'xplicable dela misa, y cuando Don Balagun, con la cara resplande•
ciente, se vuelve al auditori,1 y Pxclanrn ~on todas sus.
fuerzas: Ite, misa est, el coro á una voz di.ce: Deo yratias,
con acento tan limpio, tan alegre, que parece mezcladoy confundido con los priweros brindis de la cena.

***

Cinco minutos dePpués, aquella muchPdumbre, de seflores entran en Ji. grán sala y tomaba asiento en torno dela mesa, presidida por el capellán El ca@t llo, ilumiuado
de arriba á abajo, se poblaba de cantos y carcajadas y
rumores, y el venerable Don Balaguer hundió su tenedoren una ala de capón, abogando sus rem rdimientoe con
el vino del Papa y el sano jugo de las carnes. Tanto comió y bebió el asendereado padre, que por la noche murió de una tremenda aplopegía, sin tie.rnpo para arrepentirse, y en la mafl.ana llegó al cielo,- repercutiendo aún
los cantos de la fiesta.
-¡ Retírate, mal cristiano! le dijeron. Tu falta es sobrado grande para borrar toda uns vida de virtud. Pecaste diciendo indignamente la misa de Navidad. Pues.
bien, en pago, no podrás penetrar al Paraíso sino despuésde rezar tresciontas misas de Navidad, en presencia detodos aquellos que contigo pecaron por tu faltal

..

**

He aquí la verdadera leyenda de Don Balaguer, tal como la relatan en el país de loa olivos. Ahora, el Cll!!tillode Trinquelag no exist'3 ya, pero la capilla se conserva.
aún, erguida y recta, entre el ramillete de encinas verdes que coronan el monte.
El viento golpea y bate la puerta desunida: la yerba.
estorba el suelo, hay nidos 1,n los rincones del altar y en
las aberturas de las ventanas cuyos vidrios han desaparecido desde hace mucho tiempo. Sin embargo, cuentan
que todos los a0os, en la Noche Buena, una luz sobrenatural vaga por las ruinas; y que, yendo camino de la iglesia, los campesinos contemplan aquel espectro de capilla,
iluminado por cirios invisibles, que arden á la intemperie, entre los ventarrones y la nieve. Sonreíd, si os place: pero un vendimiador de la comarca afirma que una.
noche ite Navidad, hallándose en el monte, perdido en
la vecindad de las ruinas, vió........ eriza los cabellos loqua vió. Hasta las once, nada. Todo estaba silencioso,
inmóvil y apagado. Pclro al sonar la media noche, una
campana, olvidada tal vez en el campanario derruido,
una campana vieja, ya caduca, que parecía sonará quince leguas de distancia, tocó á misa. Después, por I apendiente del camino, el infeliz trasnochador vió sombrasindecisas agitándose y linternas opacas que subían. Ya
cerca de las ruinas, voces salidas de gargantas invisibles,
murmuraban: -Buenas noches, sefioi; alcalde.
-Buenas noches, buenas nocheo, hijos míos. Cuandola tropa de fantasmas penetró al interior de la capilla, el
pobre vendimiador, que es bravo mozo, se aproximó de
puntillas á. la puerta, y viendo á través de los maderos.
rotos, presenció un raro espectáculo. Todos los fantasmas que había visto pasar estaban alineados en derredordel coro y en la ruinosa nave, como si hubiese bancas y
sillones todaví... Y había entre ellos grandes damas vesíidas de brocado, con sus cofias de encaje; caballeros repletos de bordados, y labradores de chaquetas floreadas,
tales como debieron usarse en la época remota de nuestros abuelos; todos con aspecto decrépito, amarillo poiviento y fatigado. A cada rato las lechuzas, huéspedes
de la capilla, despertadas por la luz, hacían su ronda en
torno de los cirios, cuya flama subía vaga y erguida comosi ardiese dentro de una gasa. Y era · cosa de ver un
personaje, en cuya nariz acaballetada cabalgaban unosanteojos de acero, moviendo á cada instante su peluca
negra, sobre la Que se había parado una lechuza, batiendo en silencso sus enormes alas.
Allá en el fondo, un viejo de cortíeima estatura, puesto de hinojos en la mitad del coro, meneaba una campana
sin badajo que ya no producia sonido alguno, en tantoque de pie, junto al altar, revestido de una casulla cuyos
dorados estaban ya verdosos, parecía deeir mifa un sacerdote cuya voz no proiucia rumor ninguno. Era Don
Balaguerdiciendo sn tercer misa!
ALFONSO

.J

DAUDET.

¡Ay! ¡Como el cielo te ba dado
gracia, juventud y amor,
cuando te vPn á mi lado
parece que Dios- ya hs echado
sobre mi tumba una fl,,r!
Después que nos han hfCho
viejos la e&lt;Jad y tristes la e~periencia,
Eevarnos dos infiernos en el pecho,
que son el corazón y la conciencia.
CAMPO.U lOR"..

'

f;

Pág~~::T~:IA

:~:!::~as.

L objeto de mi cue nto es demostrar que la meor política es la Einceridad hasta en cuestión
de espectros.
.
Un día fatal recibí una carta de mi tío Franci~co, persona singularmente apreciada por mí y á la
cual manifestaba todas las atenciones indispeneables.
Entre otras, tenía el cuidado de abrir luego sus cartas y
contestarlas inmediatamente, cuando no telegrafiaba. La
presente se h allaba coñcebida en los términos siguientes:
1111:i querido sobrino:
Como te supongo enteramente instalado en tu nueva
casa en C...... pieuso hnrPrre nna visita. Llegaré ahí por
el l ? de Diciembre, si u, cvu\Ítne la ftcha, y permane-

399

· El resto del día lo pasé intranquilo. Cómo satisfacer
los deséllfJle mi típ? Y. pensa'I~que de.9tra man.e ra~e.,,~:: ., ..
dría una gi,:uel decepción para él. Y;::pafa mí, desti;,u
o
mieesper~zas•~ébei;edar.' Sin1mlbargo, no habí otra
.,
alternativa ijlle'eMinghfío.á \a confesión de la verdad.
,...
Después de cenar me encontré más_lijiimado y resolví
escribirá mi tío; en resúmen le decía que t_end,ría mucho placer en verlo para la fecha indica,dá, pero que desgraciadamente no tenia ningún fantasma que ofrecerle,
no precisamente porque hubiera desdeñado:,su recomendaci6n, sino porque el.añtiguo propieta~io.no qneria desprenderse de él sino e·n • co.naiciones que no me cenvenian. Esto era sén~ato,.pnes'sabia los escrúpulos de mi
tio.-en materia ele dinero.- .
Y a más trailquilo me puse á leer el primer per16dico
qnlí me vino á la mano y no hacia mucho tiempo,.muime
.,, _hallaba en tal tarea, cu!Olqo J,Pi 'v!sta cayó sobr~_un párrafo muy extrafio. Así d~ci~:;...:'
tcHemos examinado el magnífico surtido de novedades
de la afamada casa Skofi &amp; Cia., paa-a la.,próxima temporad;i:de Navidad, y debemos felicitar á ~este antiguo
establecimiento. Los espec•-roe y fantasmas' qde vende
son:(te' nuevo tipo y se hallará una notable variedad de
caractéres de sJglll,.!! at:rás y aún contemporáneos.»·
Me limpié"'!oá 0JQ!! cre)lendo engañarme; ¿cómo suponer semejante comercio de espectros y demonios? pero
en fin él anuncio-se hallaba ahí en letras de molde. No
vacilé'.má,s y rompí la carta de mi tio; puesto que quería ún fantasma, lo tendría.
Tomé el último tren que salia para la ciudad de S......
y ál dia siguiente á buena hora me hallaba almorzando
y revisando el directori..:. No me habría sorprendido el
no encontrar la dirección de los Sres. Skofi &amp; Cia., pero
estaba ahí: Calle del Archipiélago núm. 13. Comí precipitadamente y á los pocoa minutos me hallaba reco•
rriendo la calle indicada, en bubca dd número susodicho. No tardé mucl:.o t n distinguirlo; me bastó ver el
rótulo encima d.i la puerta, que decía: tcSkofi &amp; Cia., provedores de fantasmas y espectros.»
Entré sin vacilar, un hombrecillo vivaracho al parecer
turco ó griego me salió al paso. Qué se ofrece, caballero?
me preguntó con amabilidad.
-Deseo un fantasma, contesté atrevidamente,
A la orden, señor. Aquí tiene usted el catálogo, pero
si le parece usted pasaremos á dar un vistazo á las existencias y podrá hacer su elección.
- Sí, así lo prefiero.
En seguida me condujo por un estrecho pas'illo al extremo del cual abrió una puerta; entramos.
¡Vaya un espectáculo congelador! me alegré de que
el Sr. Skofi se hallara conmigo. La pieza estaba alumbrada con gas y replata de sombras y vapores extrafios;
habría como cincuenta individuoa de lo más variados,
pudiendo muy bien dis~inguirse la pared á través de ellos.
Me encontré sob!ecogido y ya iba á tomar la puerta cuando la voz del Sr. 8kofi me detuvo.
No hay temor, no hacen daño. Nada más tenemos
ejemplares inofensivos. Bien señor mío, ( dirigiéndose á
un aristócrata del tiempo de Luis XIV), ¿cómo os encontrais ahora?
Así así, amigo Skofi, contestó con vos cavernosa y sombría, - aunque en mis tiempos gozaba de otras comodidades y compañerc&gt;s más joviales. Después se volvió á mí
saludándome, lo que me heló la sangre, y dijo que de qué
podría servirme. Le contestó que yo deseaba algo más
antiguo, es decir, casi más espantable.
-Lo que sea de s•.1 gusto puede usted indicarlo, medí•
jo el Sr. Skofi.
--·Proseguimos nqestro camino á través de aquellas som •
bras, al principio, por mi parte con mucha reserva, pero
después de unos minutos me introducía en el espectro de
una duqneaa con tan poco miramiento como si fuera una
niebla.
Era aquella una mescolanza singular, no había distinción ninguna y lo mismo conversaba un caballero andante con un lagartijo, que un gendarme hacía el amor á
una princesa alemali.a. El grupo que más me llamó la
atención fué uno formado por una sombra al parecer de
Hernan Cortés y por un pastor protestante.
-Tiene usted una colección muy variada Sr. Skofi, le
dije cuando hubimos pas~ado por todo el cuarto.
-Si señor, lo reconozco. Al presente se haya11 agotadas algo las existencias, pero mi compañero me esoribe
de las Catacumbas que traerá con él algunos caracteres
raros de la antigua nobleza romana y aun espera contratar dos cardenales y un César imperial.
En esos momentos me llamó la atención un hombre
altivo de aspecto severo que se hallaba sentado leyendo
un periodico.
-Eso es mi hombre, exclamé.
- N .im. 432, dijo el Sr. Skofi, consultando su catálogo,
Lord Herbert Tumbril del tiempo de Jorge I, ejecutado
por alta traición. Precio $505.05, por noche $5.06. ¿Pue- do apuntarlo?
Ciertamente. Aquí está mi tarjeta. Deseo que esté en casa
para la noche del 1? de Diciembre. Lo tomo por un mee.
-Espero quede colocado permanentemente. Desea usceré hasta antes de Navidad. Supongo que habrás seguido
mi co~eejo de no elegir caFa alguna que n() t.-nga espan- ted que lleve una cadena?
-Sí y todo lo indispensable.
tos y pienso con plac, r Pn que pronto traba1 é conocimienHice un adelanto al Señor Skofi y salí, enteramente
to con el aparecido d&amp;tu man~ióo.»
La carta cayó dP, rnis manos; al comp rar esta ca~a ol· desahogado y tranquilo, á esperar el 1° de Diciembre.
Llegó la fecha y también mi tío; venía decidido á dividé la recomendación de mi tío, y por ,,tra parte no
vertirse á sus anchas y Juego me preguntó por el fan.
había eepant.os ni espt&gt;ranrn dP que los hnhiera.
lile calé t'i sombrero y Aalf á b11Ac11r á Antonio, mi tasrna.
-Espero que no será un fantasma moderno, me dijo;
criado, que vivía largo t iemro hacía en la casa y que deno hay cosa que más deteste que una sombra contempobía eaber ei habia f'Ppantnp ó no.
ránea. Loe espectros para adquirir su sabor necesitan
-Antonio- le dije-¿hay P-Fpantos &lt;&gt;n ePte lngar?
un siglo lo me nos.
-Qmi ¿qné? Feñor, replicó el otro ruuy asorado, inte- No, querido tío, no en verdail. Es Lord Herbert
rrumpiendo sn tarea.
Tumbril del tiempo de Jorge I. de trágico fin.
- Esp1rn10». ¿Sab..s lo qne es t,n es¡;anLv?
-Tienes suerte, Juan, ¿y cuales son sus costumbres?
-Pues, sefior, no; h!'! oído hablar de una sombra blan-Pues ...... anda de aquí para allá y arrastra ·una ca· ca que se aparece en :M: ...... pero aquí noha lh gado áver
dena.
·•
nirgnna.
- ¿Arrastra una cadena?. preguntó sorprendido mi tío.
. Eso decidía la .ouestiqn, no había eepantoe.

�20

EL MUNDO.

400
· -Sí; creo q ue todos los fantasmas tienen una cadena.

-Y ¿á.qué hora aparece?
- P ues Skofi promi,tió mandarlo á las nueve, contesté
inadvertida mente.
-_¿Qué dices?
-Que á las nueve aparece, repliqué ein vacilar.
-Pues iiobrino, me parece muy metódico tu fant:lsma.
Comprendí que mi tí&lt;&gt; se hallaba diEguetado por lo de la cadena y mi distracción.
Después de cenar, mi tío, más alegre,
me manifestó que aunque no entendía por
_ .quéJlli.ap_¡u-eci&lt;ig .us.l\ha..una_cad.e.l !a.n)o
aver iguaría. Nos hallábamos en eEto, cuando el criado se presentó todo pálido y temb loroso.
-¿Qué te p!lBa, A.ntonio?
Antonio seflalaba la puerta.
Salgo á. ver cual era la causa de su a:;oramiento y miro e l espectáculo má~ raro:
el espectr,, de un car tero se bailaba en el
dintel de la puerta sosteniendo e n una ma·
no su cachucha y una carta y e n la otra
una pesada cadena. En verdad que no esperaba yo á semejante i ndividuo. A¡;&gt;enaa
me vió, me extendió la carta y la iba á
abrir cuando oí la voz de mi tío.
-Sobrino, par~ce que t ienes dos fantasmas en caea.
-Ea un extra de Navidad.
En esos momentos había desaparecido el
cartero.
- P ues déjame ver la fe licitación.
- Tío, ea un asunto particular, dije ya
desesperado.
Salió mi t ío molesto y se metió en su
dor mitorio.
Me dirigí al comedor y me puse á leer la
carta; en r esumen, el Sel'lor Skofi, me decía que Lord T umbrill hab ía tenido un
compromiso para una exhibición de ganado en los antípodas, hacía ocho días, de la
cua l no babía vuelto, y que no teniendo
otro sujeto de q ue disponer me mandaba al
ca rtero.
-Sentí que se hund ía el mundo. B ab ia engafiado á mi tío y no quedaba más
remedio que sufrir las consecuencias. Me
dirigí á mi dormitorio, pero no haría media hora que dormía cuando una tremenda
algazara de voces y ruido de met a l me despt:rtó. Salgo á ver y en e l corredor los espectros de Lord Herbert y e l cartero empef'iaban descomunal bata lla, propinándose i nsultos y golpes. No Eé cómo habría
term inado la pelea, si mi tío no aparece y
h aciendo una sefia á los fantasmas, los llev11 á su cuarto.
~
Por mi parte me retiré al mío, seguro de
q ue ee descubriría la verdad.
A l día siguiente, a penas me vió mi tfo,
me dijo que se marchaba, que no quería est ar más con un sobrino ingrato que le ha·
bía engaií.ado con artículos alquilados.
Después no volví á ver le, pero supe coB
e l tiempo que había alterado su testamen·
to y , por consecuencia, mis esperanzas de
h er edar quedaban por loe suelos.
W . RrnBDON.
Londres, 1892.

~~~
r 0

SANTA CLAUS.
-

·-,.ANT.A. Claua ha emprendido su viaje anual con
la constar,cia perseverante que le es caracter1stica. Los días de Navidad se acercan, y los cbiqui•
•
llos d ejan ver e l regocijo de quien espera á un
amjgo fiel que no puede fa,tar á la cita. Porque Santa
Claus es solamente amigo de los n il\os: los más pequeffos, loa más d ébiles y t iernos, los en fermitos y delicados, esos son los preferidos del viejo consentidor que
trae la mar de juguetes para sus predi lectos. Y los ni ños
n o cesan en su inquietud, esperando con el a lboroso pin t ad o en la cara.
¿Cómo vendrá el carif'ioso anciano esta vez? ¿Bajará de
la montal'la helada, á piA, y agob iado del peso de tanto
y tanto dulce, de tanto y tanto paquete atado con cintas
de colores? ¿Conducirá su carro tirado por un aenito
egipcio, ó r esbalará en su trineo manejando por las riendas su doble cuadriza de rengíferos?
Algún chiquitín le ha visto en sueflos recorriendo trabajosamente la ciudad para recojer de los buzones la correspondencia infantil, y luego detenerse apoyado en el
1ondón, para leer, á la luz de un pico de gas ó de un foco eléctrico, las consabidas pet iciones. ''Yo qu iero un
polichinela," "Yo, aeftor Santa Claus, pido á usted respetuosamente, una caja de música," "A mí me gustaría
un li bro de cuentos de hadas con bonitas estampas de
colores;" y así de este tenor, millares y millares de cartas diminutas donde campean maravillosos eefuerzos
ortográficos en competencia con incipientes arranques
• de pendolista.
El bueno del vif'jo-aseguran los chicos-Paca su f'DOr·
me cartera y anota en interminable lista los antojos á
cumplir; y sacudiéndose los témpanos de su rojo kaftán
y de su gorra de pieles de foca, continúa su marcha de
cmd!¼i en ciudad y de pueblo en pueblo, siempre nona·
genario y encorvado, siemi¡,re rodeado de duedes que le
ayudan á acarrear el ambu,ante almacén de chucherías.
Aunque el tiempo es de perros, Santa Clao3 no pierde su
cara bonachona y sonriente.

Por f'l aspecto, parece un abuelito; pero hay quien diga
que bajo la luenga barba y la cabeza de algodonero, se
oculta una madrti carinoea: ¿quién si no una madre podría pensar en loa huerfanitoe que llenan loa hospicios, ó
en los pobrecitos que pululan por las calles, comerciando
en baratijas para asistir con la escasa ganancia á las madres desamparadas y á los niñ itos que aún duermen en
la cuna?

20

DICIEHBltE,

1896.

EL MUNDO.

E l día de Navidad- por- la-mañan-a - las- - - - gentes, bajo la impresión de un frío 'muy
intenso, p romovían por todas partes u na
especie de música a lgo salvaje, pero que
no carecía de encante, a l a rrancar la nieve
que cubría las aceras, y al arrojarla desde
las azoteas á la calle, en donde caía con
gran co?tenta~iento de los n il'los, á q:iienes hacia gracrn el ver tantos aludes artificiales.
Las tachadas de las caeae par ecía n m uy
negras y las ventanas aun más, á causa del
contraste q ue ofrecían con la capa de nieve compacta y blanca que cubría los techos y aun con la de la calle, por más que
no f stuviese tan virginal, por efecto de los
profundos surcos que en su capa ~uper ior
habían abierto las ruedas de las pePadas
carretee y de :os carruajes. Estos ca rriles
se cruzaban y entrec ruzaban unos por encima de otros, mil y mil veces, en el arroyo de las calles pri ncipa les, fo rmando un
laberinto inexplicable de regueros entremezclados eobre el fango amarillento end urecido en su superficie y d el ag1..a congelada por el frío. El cielo estaba sombrío;
las ca lles más estrechas desaparecían envuelta,, por una espesa bruma que caía im •
p regnada de gotas de agua congeladas, y
cuyos átomos m ás pesados bajaban rápidamente. Pa recía que todas las chimeneas
de la G ran Bretafia estaban encend idas y
P~ _enviaban unas á otras~¡ humo para felicitarse alegremente. N1 Lon dres ni su
clima, tenían nada de agradable. l pesa r
de ello, notábaae en todas p artes un aire
de aleg~ía que el día más h ermoso y el sol
:::náa b rillante se h ubiesen edorzado inútilmente en inspirar.
Efectivamente, los hombres que quitaban la n ieve de los tejados pa recían con·
tantos y de buen humor ; llamábanse de
u na casa á otra, y de vez en cnand o se arroja ba? a legremente una bola de nieve (proyectil en verdad muy inofen si vo ), y se
reían de todo corazón cuando acertaban el
blanco, y más aú n cuando no lo acertaban.
Las tiendas de loa vendedor¡,s de volatería estaban aun entreabiertas, y las de los
fr ut6r os brillaban en todo su esplendor.
Aquí grandes cestas redonda e, y con la tri•
pa llena de exce lentes castaf'iaa, ee desbordaban á la pue rta, como los anchos casa·
eones de los viejos gastrónomos se desgarran bajo el peso de su abdóme n, ó parecían prontas á cae r á la calle, víctimas de
su corpulencia apoplética; allí las cebollas espaf'iolas, rojizas y gruesas, recordaban por su excelente color las mejillas de los fra ilee de
su p ~ís, y a rroja~an desde lo alto de los ebtantea picarescas OJeadas á las ¡óvenea q ue pasaban mirando discretamen te las guirna ldas _de mus~o; a_llí peras y manzanas
a montonadas e n apetitosas pirámides· allí racimos de
u vas que los tenderos h abían te nido la ~te nción delicada
de colgar e n los pu ntos más lla mati110P á fin de que los
entusiastas sintiesen que la bo~a se les' hacía agua y se
r efreecasen grátia al paear ; acullá cestas dti avellanas morenas y gordas, que recordaban con eu perfume los paseos por el bosque, cuando los p iés se hunden en las cap as de hojas secas; los biffin~ de Norfolk con su color
oscu~o que bacía reealtar el dorado de las naranjas y de
los l!mones, los cuales parecían recomenda rse con insistencia por su volumen y su jugoFa apariencia, pa ra que
se los llevasen con su envoltura de papel á fi n de au mentar t-1 lujo d e los p ostres. Hasta los peces de oro y de
p_lata, encerrados en p eceras de cristal junto á los f'xquis1tos frutos, aun cuando pertenf'cen á una raza t,riate y
apática, parecían compren_der,. por !'1uy peces c¡ ue fuesen,
que pasaba a lgo extraordman o, é iban y venían abrien·
do la boca a lrededor de eu pequeño universo en u n estado de agita ción febril.
Y los especieros! oh! loa especieros! Sui-.tie.ndas.se h allaban casi completame nte cerradas, excepto una ó d os
tablas; pero ¡qué coeae se veían á tra,·é1 de estas pequefias lagunas! No era sólo el sonido alegre de loa platillos
de _la bahinza al c hocar contra t&gt;l m, e•rador, ó el c liasqmdo del br~!Dante al sentirse separado del carrete p or
las afiladas t1¡eraa para atar los paquf'tes· ni el ruido inCf'EB!1te dP las cajas de metal blanco que 'rn movían pa1a
servir el thé 6 el moka á los parroquianos· ni el pan)
pan 1 pRn ! sobre el mostrador; ni el aparece¡ y deFaparecer ~"' los bultos en manos de loR dependientes, como loe
cub1lt-tf's en manos de loe prestidigitadores· ni el entremezclado perfume del thé y df'I café tan 'agradable al
ol_fato; ni los secos racimos tan hermo~os y abundantes ;
m las almendras de deslumbraate blancura; ni loe palo1
de canela tan largos y tan rectos· ni las otras deliciosas
especif's; n i lo@ fru tos confitado; envueltos en blancas
capas d e Azúcar canae, y cuya s¿la vista mareaba á los
más indiferentes espectadores.

C..í.RLOS DrcxENS.

401

que Ca!fibia de tipo, Para variar de v e_stido, cuenta con sus c riados; para variar de semblante, sólo cuenta con su h abilidad con su arte La
fama universal de F régoli, la de be únicamen te á eee ~rte.-P1ERBOT'.

guntan en prosa y verso para qué sirve la vida; esos des
medraditoe y pálidos que ª"' consumen antes de crf'cer;
loe que proclaman el imperio del Hachisch, del mo1finismo y de los goces seneualee, ignoran cuánta felicidad
derrama t-n el he&gt;gar el viejo Santa Claus cuando deacitinde por la chimenea en Jas risuef'ias noches de Navidad.
San Francisco de California.
LAURA. MÉNDEZ DE Cux.-.cA.

p A GIN As ·o E NA Yl DAD.
NAZARETH.

:t'

La na,vid ad en Londr es.

Pero por ciertos por menores, no falta quien sostenga
que Santa Claus no pued e ser una mamá: se sabe que aunque á cada chico le satisface el gusto regalándole lo que
pide, es un tanto a dulador y orgulloeo que mientras que
á los hijos de loa p róceres lea llena la casa de dulces ea
cartuchos de rsiso y muñecas vestidas de seda, á la prole
de loa desheredados a penas si le deja ar tículos de juguetería corrien te; y e n h ospita les y hospicios dciscarga carretadas de caballos con las orines a rrancadas, mufiecos
con las 11arices desportilladas y vajillas de China i ncom·
pletas.
La naturaleza .del buen ancia no y su manera especial
de trepará los tejados p ara descolgarse por las cbime·
neas, permanecen en el misterio; nadie sabe cuándo en •
t ra ni cuándo sale, pero se le ve que causa lástima: ateri do de fr(o constantemente aunque se halle re pantigado
al amor de la lumbre, rodeado de s u inagotable montón
de dulces y juguetes.
Yo no recuerdo h aber visto en mi infancia á Santa
Claus, quizá porqu e este amigo d e tas nieves t eme los ri .
gores de los p aíses cálidos; pero allá iban, unos cuantos
días deapué1:1 de la PaPcua, t res reyes que no eran menos
renerosos que Santa Claus, aunque anualmente fueron
escaseando sus visitas hasta llegar á contarse por loP aedos el número de los favorecidos por los r eales hués pedes. ¿Por qué? Dígalo q uiPn sepa la causa. Yo de mí sé
decir que desde que los nif'ios fuman y los adolescentes
juran y se inspi ran en la musa verde de Musset para
cantar los ardores de la juventutl que se desborda, los
Sa ... tos Reyes no vienen á traernos dulces ni r&lt;&gt;galoa; y
deede entonces los euicidios se multiplican llenando de
.iolor á tas familias.
¡Qué lf'jos han q uedado las Poaada3, la alf'gre Noche
Buena y los festejos del último día del año. Las prima·
veras se han sucedido de entonces acá, cada vez más heladas y tristes, y ¡,) recuerd0-de aquellos clementes inviernc,s de la tierra natal, es el único fu¡,go que reanima
el corazón desolado.
Aquellos que en la infancia oc, se han calentado al
baho d~ 1~ Mula y el Bu.,y del ~acimiento; los que no
han u c1b1do los generosos dones de los Reyes Magos ni
levantado al Santo Niiio el día de la Candelaria, merf'cen
ser compadec idos. E sos pobrecitos adolescentes que pre·

DIC,IElIBRE,

189R.

_

('

~~.
........ ~
,

H~y mismo, Nazar_f'th es un asi lo ~f'lic ioso, acaso el ú nico l11gar de
Pal~t111a en do_nde se s1e':1te el alma sol_1viada de la pe@
adumbre que la
a~ob1a en medio df' eea &amp;m p ~r d~eolac16n . Sus vecinos son a mables y
r(PUPf\ oe; Yerdes y frePci:is.lo" ¡ardrnes. A ntonio Martir. a l espirare! siglo
'1, traz? un cua lro dehc10"0 de aqnella co m arca fertilfsima y compa rable, eegun él, al Paraíso. Algnnos valles dPl costadooccidf'ntal j11•tifican
p 1Pn11n1&lt;&gt;nt... la mPncinnaila º "~crin&lt;' ión. 1.n fnf'n te en donilP ant~i'ln con•

,.,
I

LEOPOLDO FREGOLI.
SUS TRANSFORMACIONES.
He leído frases en que se retuercen las palabraa liaciendo muecas. ¡Nunca hubiera creído
,que la mueca misma se retorciera en mil gestos!
El gesto se mofa de las acciones leriae, sti burla
-de la humanidad caricaturándola. Faltaba que el
hombreexplotara las contracciones de los músculos como un recurso artístico; que lo máe espanioeamente ridículo quedara trasformado en bermoeo.
Mllagr_o parece que la mueca resulte un valio80 elemento, un inagotable venero de arte; que
la1 contorsiones de los músculos de la cara ex- ..
preeen ideas, que tengan s~ literatura, especial '
füeratura en que el lengua¡e no hace taita alguna: una literatura ein letois, como quien dice.
Hay un hombre que realice ese portento, hay
un füeuto que escribe con g11Stos en vez de le·
iras, que ha sujetado la música á la contorsión,
que se b 1rla de la burla, que caricatura la cari·
catura y de lo espantosamente ridículo ha hecho
un arte. Eie hombre es Leopoldo Frégoli, el
exn-éntrico italiano.
Cuando a,oma de entre el lienzo rojo su roe·
iro casi cuadrado, sus ojo8 saltan y emprende su
boc1 la da nn de los gestos, encuentra uno la
cenirábans~ la vida y la alegría de la. alde huela, fué destruida; por sue
Iínea del caricaturista hecha carne y hueso, en
~anales agrietad &gt;S sólo corr" agua turbia. Pero la htlrmosura de las muel semblante del excéntrico. La cara de Frégoli
J~res que, á la_ noche, se congregan, esa hermosura ya advertida en el
es como el sombrero de un prestid:gitador: una
e1glo VI y conside rada, en aqual entonces como dádiva de la Virgen Magrao mueca de la cual van s11liendo otras, y otras
ría, cousérva•e po~ mane_ra ªº!~renden te. Ahí se mira, en toda su languiY otras, hasta que la vista del espectador se cand,.z ll~na de grac1a,_el t!Pº . amo. P,ua todos es indudable qUt, ta Virgt-n
■'-', Y aquellos ~estos reproducidos, cual si fueacudía á aquel para¡e diariamente, con el cántaro al hombro, igual que
ran estrellas d1eolventes de un Kaleidoscopio,
sus _ob1c~ras y descoooc1das conterráneae. A.ntonio Mártir observa que Jaa
agobian el cerebro, en cuya pantalla bailan sin
mu¡ere r Judías, deedeilosas eu otras p.1 n~~ p u a coa los crist iauua, en
descanso contorsiones increíbles.
fü difícil de cla1ific11r la habilidad
de Frégoli. ¿Es un
cómico? No, porque
el ~mico interpreta ideas, dando infleiriones de buen
humor á su voz, á
sus ademanes, imita personajes. ¿E~
un cantante? Tam poco, porquee l can•
to rlll!ulta secundario, ameniza los
guit'ioa de loe ojos,
las contracciones de
loe labios, la danza
varia:!íeima, coro.
puesta de mil liguraa, de las carnPs
del rostro. En un
cómico ó e n un can.
~ante resultarían
·• naoportahlf's las
muecas de rost ro
Y de voz con qne
Fré go li se h a ce
aplaudi r. Y es a l
~ismo tiempo. grac1.:iso actor y buen
cantante.
Aplaudan ot ros
el rápido cambio
de t rajes: admirable en el excéntrico
italiano, verdaderamente atlrnirable
~s la rapiiez con

Nazareth eon muy afables. Y, en loe aflos que
corren, el odio religioso es menos vivo ali( que
en los demás lugares.
. Limitado es el horizonte de la vil la; pero, Fil·
hiendo un poco, y en llegando á la altiplanicie
que~omina las caeas más altas, divisase la perspe_ct1va más expléndida. Al Poniente ee de3·
pliegan las hermosas líneas de l Carmelo; terminadas en abrupta aguja que semeja sumef$irec
en el mar. Más allá ee de@tacan la doble cima,
sefiora de Moggedo, y las montai'las de Sichem
con eus santos lugares de la edad patriarcal; los
montee Goboé, formando breve y pintoresco grupo, evocador de los recuerdos halagüef'ioa ó terribles deSulem y de Eudor; el Thaborderedondeada forma, comparado por loa antiguos á un
seno de mujer. Entre el Thabor y la montafia de
Sulem hay una depresi.Sn por la que columbra •
moa el Yalle del Jordán y las altas llanadas de
Per_eagueforman ru:riboal Este, una Hneadesoluc1ón de continuidad. Al Norte, é inclinándose
hacia el mar, las montaflas de Safed ocultan San
Juan de Acre, pero permiten que á la vista se dibuje el lago de Kaifa.
E se fué el horizonte de Jesús. Ese mágico
círculo, cuna del reino de Dioe, fué para él durante años, la cifra y represeniacion del m~ndo
entero.. Su Jida misma n~ tranApuso aquellas
domésticas hndes que en la 1r.fancia le cercaron.
Más allá, por el Norte, ee divisa apenas la Cesá·
rea de Philippo, extremidad de la cordillera del
Hermon que encaja ya en mundo gent{lico; y
por el S~, y tras loa montes menos repuestos
de 8al!lar1a, presentimos mejor que vemos, la Judea triste deseada por el viento quemante de la
abs~racción y de la muerte.
81 alguna vez la cristiandad, con superior conce pto de lo que constituye el respeto á los orfgenes de el,~, quiere reemplazar con auténticos
Sanioe Lugarea los
Santuarios apócrifos y
mezquinos á que la ha
vinculado la piedad de
edades incultas, en e 1
altar de Nazareth erigirá su templo. Allí en
el punto donde el Cristianismo apareció, en
el núcleo irradiante de
la actividad del fundador; alli debiera eri•
g ir la enorme iileeia
abierta á la oración d~
t odos los cristianos.
Allí, allí en la tierra
donde yace n el;carpintero José y millares de
nazarenos olvidados,
cuyos nombres no resonaron jamás fuera
del valle nativo; allí
más bie n que en part~
alguna de la tierra, po drá el filósofo contero.
piar la corriente de los
sucesos humanos, con.
solarse de las repulsas
que á la continua sufren loa más nobles instinto~, y te ner confianza en el divino fin que
persigue la h umanidad , á través de i ncootablea desa lientos y ápeFar de la t riste va
nidlld d e todo.
E R~E,TJ RUAN.

�20

EL:MUNDO.

402

DICIEMBRE, 1896.

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1.(
1

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LA

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INUTIL RIQUEZA.-Por Jorge Ohnet.

Número 9.-Véanse nuestros números desde el 2b de Octubre de 1896.
-¡Oh! no, por cierto. Solameute que, cuando se es jo•
ven, ¿verdad? se divierte uno, baila, diaputa, se da de
pufietazoe, y el que es fuerte y diestro encuentra siempre
admiradores que le hacen la corte.
-Y admiradoras que le mantienen ...... ¿La joven Ma•
tilde es rebelde á esas prácticas?
-¡La pobre nifia! ¿Qué sabe ella? Es una inocente......
-Que trata tranquilamente sus asuntos con las seiío·
ras 13lancbart......
-El padre es un hombre terrible. Hace diez af'ios que
quiso matará su mujer, en un acceso de cólera y si no se
la quitan de las manos......
. .
-¡Pero, ¡esa gente!. ..... Eso es un presidio
-No pretendo preetintarloe como ángeles....... Por eso
son temibles. Una vez pagada una euma, se estará libre
de ellos, creo, para siempre. Aquí están en la mieeria.
Si se lee facilita pasaje para América, con medios para
establecer un almacen de joyería, en Nueva York, por
ejemplo, quedarán muy reconocidos y no habrá nada que
temer.
-¿Lo han dicho ellos?
-No, no. Digo todo esto por mi cuenta, pero yo conozco el corazón humano. La desgracia da experiencia. Yo,
en su lugar, no vacilaría, y hasta dejaría á la chica quin·
ce días sola en París, como regalo....... ¡Una vez que el
mal estaba hechol.. .... Solamente, añadió con gravedad,
que habría que dar doscientos mil francos.
Una vez aventurada la cifra, miró á Elipbas y le encontró impasible.
-¿Qué ea eso para mi generosa bienhechora? continuó
con calor el meridional. Dejará correr tales peligros á eu
hijo adoptivo por una miseria, por una verdadera pe•
quefü•z?
-¿Cuánto lleva usted en los doscientos mil franc&lt;lt!?
-Y o, seiior, nada absolutamente. Yo no obro miis que
por adhesión á la Seiíora Moealer y para evitarla grandes
penBP.
-Pnes bien, Bouecarés, tranquilícese usted entonces.
La &amp;-iíora Moesler no sabrá siquiera que su hijo está
amenazado. Y como desde aquí me voy á la prefectura
de policía, nada desagradable ocurrirá al eefior conde.
No diré otro tanto de sus amigos de usted si insisten en

su proyecto; me prometo 3ntonces contribuir á su expa- rer.ho á la chimenea, delante de la cual se colocó para.
calentarse las piernas, y pre,,untó:
triación, pno no por los medios que usted aconseja.
-Ha deseado usted hablarme, querida mia. ¿Qué ocuA esta d~claración, Bouscarés permaneció al pronto
como aniquilado, pero volvió á co\f;rar valor y exclamó: rre?
Enriqueta, sin más explicaciones, sacó del cajón de su.
-¡SE'f'ior Eliphas, se iquivoca usted! Va usted á sacar
á eea gente dP sus casillas. ..... ¡La policía! ¡Bonita idea! mesa un papel azul y entregándolo á Valentin, dijo:
-Ocurre esto.
¡Cnandnd.. bíamos ponernos todos de acuerdo para eviEra el telegrama de Celina.
tarla! ¡Todo el mnndo tendrá que sentir si ia policía se
-Un anónimo...... ¿Qué valor tiene esto?
mezcla Pn t-1 rn gocio! ¡Que e11 muy sucio, compréndah)
-El que usted quiera darle declarando si lo que dice·
uPtE'd! Narla de policí.t ...... Eu cuanto haya metido la
es verdadero ó falso.
nariz Pn PI a,111nto, estaremos medrados......
Antes de responder, permitame hacer una pregunto_
-¡R,h! Ya verf'mos.
¿Sospecha de quién puede venir este aviso?
-¡.Tu,.ga t1ijted la vida del sel'lor de Coutras !
-No lo sospecho, lo sé de cierto. El despacho no está
-Usted me toma por un imbécil. Buenas tardes.
:firmado, pero la letra está tan poco disfrazada, que es
Cnando l!Pgaba á la puerta, dijo Bouecarés:
-S,fior Eliphas, si usted odiase al sefior de Coutras y imposible no saber la persona que le ha escrito.
-¿Y esa persona es?......
qniPina dl'shacenae deél, no obraría de otro modo.
-La Seil.ora de Clement.
El acento dP aqnel hombre era tan sincero, que el vieValentín sonrió dulcemente.
jo se estremeció. Aquellas palabras respondían tan sin·
-Yo también lo pensaba.
gnlarmente á su Porda animosidad, que se detuvo un
Enriqueta agitó con impaciencia su bella cabeza y di-instante y entrevió, en el fondo de aquella superchería,
un peligro s ➔rio y real. .,__unque decidido á no capitular, jo, vol viendo á su pregunta:
-Pero lo que dice, ¿es verdadero ó falso?
se propuso tomar medidas de precaución. Salió al des·
-Es la verdad.
cansilto y cnanrlo Pmpezaba á bajar la eecalera, Bousca·
-¿Ha tenido usted un altercado con el coronel Redel?
réa, inclinado sobrP la barandilla, le gritó:
-Sí. Redel me ha ofendido tan gravemente que he te•
-U@tE'd lo Pentirá, pero ya no será tiempo ...... ¿Quiere
nido que exigirle una satisfacción.
usterl qne lil rlPje hal'ta esta noche para reflexionar?
-¿Y qué tiene que ver con todo ~o la sefiora de Cle-No. dijo Eliphas desdf' el piso inferior.
ment?
-;,Quiere usted basta maiíana?
-Estaba presente cuando el coronel me ofendió...... Y
-No.
-Estaré en caea todo el dia por si cambia usted de conoce, por tanto, la cuestión. Por eso ha podido infor•
mar á usted de ella.
opinión.
-¿Con qué objeto? ¿En interés de qnién?
Eliphas no rPsponrlió, porque estaba ya en el portal.
-¡.A.hl querida mia, me pregunta usted más de lo que
Oyó solamente que Bouscarés se quedaba jurando como
sé.
un carretero.
-O m~s de lo que quiere decir.
A la miPma hora llegaba Valentín á la avenida de
-¿Porqué?
Friedland, deFpués de haber almorzado con los dos ami·
-Porque la verdad no le bonraria á usted.
gos que le representaban en el asunto de Redel, cuando
-¡La
verdad! ......... ¡Cómo! ¿Me acusa usted de oculel lacayo de servicio en la antecámara le dijo que la se•
ñora condesa le rogaba que entrase á verla antes de vol- tarla?
-Sí.
verá salir.
-No sé, dijoEnriqueta, lo que ha pasado; nadie me loValentin apareció sonriente, como siempre; se fué de-

20

DICIEMBE.E,

1896.

ha dicho pero estoy de antemano segura de que si el co•
ronel Redel se ha salido con usted, y en la casa de us•
ted., de la reserva y de la moderación que le son habituales, es queusted le ha obligado á ello con sue actos ó con
sus palabras.
-¡Muchas gracias por la buena opinión que tiene usted de mí! Estoy encantado al ver que entre su marido
y un extraf!o, no duda en tomar partido contra mí.
-Conozco al uno y al otro y sé cuál de los dos debe tener razón .
-Soy el ofendido, y esta condición no me será disputada por mi adversario; prueba de que la razón está de
mi parte.
-Eso es una prueba de que ha tenido usted la habilidad de excitar á un hombre· leal y franco, á :fin de reservarse todas las ventajas eligiendo el arma que máe le con•
venga.
·
Valentín sonrió.
-Más vale matar al diablo que ser muertos por él.. ....
-Usted no matará á nadie.
-¿No? ¿Y quién me lo impedirá?
-Yo.
-¡Usted! ¿Cómo?
-Si en est~ instante no se compromete usted á. zanju
el ssunto amistosamente, voy á buscar á su madre y se
lo cuento todo.
Valentín permaneció un momento silencioso y después
dijo, asestando á Enriqueta una mirada insolente:
-¿Ama usted mucho á ese Redel?
El semblante de la joven enrojeció, sus ojos despidieron llamas, y desafiando á su marido con la voz y con la
actitud, col'.ltestó:
- Tengo por él una estimación y un afecto sincero. Es
todo \o que yo hubiera querido que usted ft~ese: digno
y desmteresado. Le respondo de que no de¡aré la vida
de un nombre como él entre las manos de un hombre
como usted.
Valentín hizo slgnos afirmativos y dijo en tono ligero:
-Y hará usted bien, porque, pardiez, no la tendría
muy segura ...... Pero tranquilíce~e ust,ed; no tengo el
menor capricho ele matar á e~e héroe. Que se me dé una
sombra de satisfacción y probaré mi condescendencia
prestándome al arreglo que usted desea. Confesará usted
que no es posible ser más conciliador.
Enriqueta miró á su marido con desconfianza.
-Eso depende de lo que usted entienda por una soro•
bra de satisfacción ...... Precise su pensamiento.
-Voy áasombrar á usted por mi moderación. Nope·
diré nada al coronel Redel.. .... Es un soldado y le supongo puntilloso...... Le dejo, pues, á un lado...... Pero
hay un testigo de la escena, la Sefiora de Clement, y
ouiero que me tenga en buena opinión ...... Necesito que
ella me asegnre que no me juzgi.rá mal si no llevo ade!ante este asunto...... Ueseo verla......Ruéguela usted que
venga, déjenos hablar, y si ella me da buena11 razones
para prescindir de mis agravios, todo habrá terminado.
-¿Por qué no va uRted á su caea?
-¡Oh! Parecería que andaba buscando un arregle-. No.
Es preciso, por la forma, que me haga, al menos, rogar.
-¿Y si ella no quiere prestarse á esa combinación?
.La cara de Vatentín manifestó una resolución impla•
cable.
-Entonces, dijo, no espere usted nada de mí. Sucederá lo que quiere .,vitar.
Emiqueta inclinó la cabeza sobre el pecho y permaneció siienciosa un instante; después dijo con voz entre•
cortada:
-Leo en su pensamiento. Comprendo lo que quiere
obligarme á hacer y enrojezco por usted. Amenazando
~e muerte á un inocente, exige usted que use mi influencia para traerle á esta casa á una mujer que quiere usted
que sea su amada y le huye. Esto es lo que usted quiere, ¿no es cierto? Quiere usted proponerla un trato como
el que á mí misma me propone; la vida de ese hombre,
que probablemente la había defendido, á cambio de su
buena voluntad. ¡Oh! sel'lor conde. ¡Qué corrupción!
¡Qué vergonzosa cobardía!
De sus ojos rodaron lágrimas de vergüenza y de cóle·
ra y quedó aterrada delante de Valentín, que la miraba
con sorna, tan tranquilo ante eu dolor como lo había estado ante su enfado.
-Hay q11e Bi&gt;ber qué es lo que usted quiere, dijo. No
pensará que voy á renunciar á vengarme de un h,lmbre
que me ha humillado y á quien detesto, si no se me ofrece la compensación que pido.
-¿ Y puedo yo obligar á esa desgraciada á obedecerle
á usted? Ella es libre.
-Eso es cuenta de usted. Dígala lo que sea necesario
para que venga.
-¿Tanto la odia usted que quiere forzarla?
-M:e gusta por su misma resistencia.
A estas palabras atroces, la altiva Enriqueta perdió el
val~r. Se vió perdida, á merced de un monstruo que se•
ría mexorable y, débil por primera vez en su vida ex•
clamó torciéndose los brazos con desesperación: '
;--iNo! ¡No obedeceré! ¡No seré cómplice de tal infamia! ¡Pídame la que quiera, pie1·0 no eso!
V~lentín hizo un ademán de descontento y de can•
eanc10:
_-¡Bah! ¿Qué puedo yo pedirá uated? ¡Tantos aspavientos por una cosa tan sencilla! ¿Qué prueba que tenga Y'? tan_ negros proyectos? Procure usted creer que me
h_e d1vert1do con sus escrúpulos y con su ridículo rigo·
rieruo y que rui deseo se reduce sencillamente á enten·
d_erme con la seiíoFa de Clement p..ra llegar á una solución aceptable para mi adversario y para mí. No crea
usted nunca más que aquello que tenga interés en creer.
Y, además, confíe usted en su amiga; ella sabrá sacarla
del apuro. Es una persona un poco caprichoea, pero re·
suelt~, y no se trata ya de su primer encuentro conmigo.
-81 eso es verdad, es usted muy despreciable dicién·
dolo.
. -Supongo que no irá usted á publicarlo en los perió•
die os..... : La cosa ccurrió en Sauvigny. este verano, casi
ante la vista de usted...... ¿Es eso una flor de pureza? ¿La
defenderá usted ahora?

EL MUNDO.
-¡Oh! Dios mío, gimió la joven; ¡es á mí á quien defiendo! ¡Es á mis últimos pudores, á mis supremas ilusiones! ¿Qué he hecho yo, para sufrir pruebas tan duras?
¿Por qué es usted tDn egoísta, tan Qruel? ¿No puede usted
ser como los demás hombres, que son, al menoe, indife·
rentes, inofensivos? ¡Todo lo que usted hace es monstruoso! Pero...... ¡cuidado! Hay una justicia superior que
hiere en el momento en que u,enos se espera ...... No obli·
gue usted á los que tortura á dirigir sus plegarias á esa
justicia......
-¡Bueno! Henos aquí con leyendas y supersticiones
ahora, dijo Valentín andando con aire de fastidio por el
taller. Me va usted á representar el Don Juan: «Arrepiéntete...... ,, Es inútil, hija mía. Estoy decidido á no
cambiar mis planee y todas esas declamaciones me fati·
gan, sin provecho alguno. Resumamos, pues; usted quiere que I&amp; sacrifique un hombre. Yo q•liero que usted me
sacrifique una mujer. Toma y daca. Esta es la operación
despojada de todos los artificios oratorios.
Esta vez Enriqueta recobró todos sus bríos, á la fuerw
del ultraje. Se irguió de un salto, furiosa y soberbia, ante el conde y con el brazo levantado á la altura de su ca·
ra, como si fuese á abofetearle, contestó:
-¡Esta es ya demasiada infamia! Rehuso. ¡Suceda lo
que quiera!
-Como usted guste.
Enriqueta le sefialó la puerta con un ademán:
-A hora, estoy en mi casa; ¡salga usted!
Valentfn se inclinó con tranquila gracia.
-Esto es lo que estaba esperando. Adiós, querida mía;
hace ustei una tontería y se arrepentirá.
Abrió la puerta y desapareció. Una vez sola, la condesa se sentó al lado de la chimenea y, con la cabeza entre
las manos, reflexionó dol0rosamente. La situación era
clara, pero aterradora. La franqueza de Valentin probaba que estaba decidido á no retroceder. Pero ¿era cierto
que babia poseído á Celina? Entonces, una vez cometUa
la falta, ¿por qué la joven se resistía? ¿No venía todo el
mal de aquella resistencia inexplicable y estúpida? Al
pensar esto, Enriqueta no pudo contener un gemido. ¿La
corrupción y la bajeza en que se veía obligada á arrastrarse, la habían ganado hasta el punto de acusará la
desgraciada Celina por no reincidir en su falta? Sus ojos
se habían abierto á la razón y se había arrepentido. ¿Ha·
cí~ falta más? ¡Y era esa vuelta al bien l.:&gt; que creía un
crimen!
El recuerdo de las pruebas que Valentín le había he·
cho sufrir y que, poco á poco, les habían desunido, vino
á su pensamiento. ¿Por qué la amada babia de haber
sido menos sensible ó más acomodaticia que la esposa?
Enriqueta juzgó á Celina más deegraciada que ella misma, pOique sus penas no eran confesables. Pero no bastaba quejarse. Era preciso hacer algo, y ante todo, saber
lo que había ocurrido para deducir una regla de conducta.
. El conde había hablado vagamente de ofensas, sin pre·
c1sar en qué habían consistido. ¿No mentiría? ¿No ven·
dría de él el insulto? En este caso convendría cambiar de
•Orientación y dirigirse á Redel. Enriqueta resolvió to•
mar noticias del único testigo del incidente. Llamó con
viveza y pidió su carruaje. Suponía que Celina, después
de una e8cena tan violt,nta, estaría encerrada en su casa.
No se engafiaba; la encontró, en efecto, pero estaba en•
forma y babia dado orden de no recibir. Esta consigna
no podía detener á Enriqueta que pidió con insistencia
ser anunciada á la Sefiora de Ciernent. Pero en este momento llegó el Sefior Elipbas que venía de visitar á su
nuera, y él allanó todas las dificultades.
-Dejo en este instante á Celina, dijo, y realmente no
está buena, pero se alegrará mucho de ver á usted, estoy
seguro...... Si hubiera previsto su visita hubiera dado or·
den de dejar!!\ entrar. Justamente me hablaba de usted
ahora mismo y me preguntaba si la vería hoy ......
Sin más conversación, la condesa subió y, penetrando
al mismo tiempo que el criado que iba á anunciarla, sor•
prendió á la joven en el abatimiento moral en que estaba sumida desde el día anterior. Una ojeada bastó á las
dos amigas para adivinarse y comprenderse, y las primeras palabras esclarecieron la situación.
-Celina, ¿es usted quien me ha enviado anoche este
telegrama?
·
-1:lí, Enriqueta.
-¿Por qué no me habló usted en vez de escribirme?
-.Porque no pude. Eetaba presente el coronel.
-¿Y qué sucedió entre él y el conde?
Celina palideció y permaneció callada. Había llegado
el momento crítico para ella. Era preciso decir la verdad.
l Y qué verdad! La más humillante para la mujer á quien
tenía que decírsela y para ella misma.
-¡Oh! Hable usted sin reticencias, exclamó la conde·
ea con animación. No tiene usted nada que ocultar; mi
marido me lo ha dicho todo.
A esta revelación repentina la joven prorrumpió en un
ligero grito y cubriéndose el rostro con las manos seque·
~6 como desmayada en el respaldo del sillón, vertiendo
silenciosamente gruesas lá,;¡;rimas que se deslizaban entre
sus dedos temblorosos. Ante aquella desesperación y
aquel silencio, la condesa, movida á compasión y devora·
da de impaciencia, permaneció un momento pensativa,
Y después, no pudiendo dominar el deseo de conocer por
fin los hechos, cogió á Celina por ~1 brazo, descubrió su
cara, y dijo, mirándo!a con autoridad:
-No se trata de llorar. Es preciso explicarnos en pri•
mer lugar y obrar enseguida. No crea usted que tengo ni
13: apariencia siquiera de un sentimiento hostil. Pobre
mfia, usted es una víctima como yo y no puedo hacer
más que compadecerla. Pero el daiio que álas dos se nos
ha hecho es irreparable, mientras que el que se le quiere
hacer á otro, inocente taro bién, puede aún ser impedido.
¿Es usted una criatura ó una mujer? ¿Tiene usted valor
ó no sabe más que gemir? ¿Quiere usted unirse conmigo
para impedir que el conde mate al coronel Redel? Esto
es lo que vengo á preguntarla.
Ante aquellas enérgicas declaraciones, Celina pareció
reanimarse. Dirigió á Enriqueta SUB ojos, aún llenos de
lágrimas, y respondió:

403
-Mande usted; yo obedeceré.
-¿Por qué han regafiado el corosel y el señor de Contras?
-Porque el coronel me defendió contra el conde.
-¡Oh! Bien me lo figuraba. Sí, su cólera contra Redel
no es más que aparente, una comedia más, pero que puede convertirse en drama. Por medio de ese duelo quiere
obligarla á usted......
-¿A qué?
-.A. concederle lo que usted le niega.
-¿Cómo puede usted creerlo?
-¡El me lo ha confesado! ¡Ha oeado confesármelo y
pedirme que fuese intermediaria en ese repugnante convenio! ¡lié aquí el hombre de que se trata! Y es tanto su
poder de corrupción que, por un instante, he pensado
proponérselo á usted. ¡Sí! He deecendido hasta un pen·
samiento tan miserable! ¡Oh! Perdóneme usted, Celina.
No tiene usted que enrojecer delante de mí, porque ese
propósito me ha hecho tan culpable como usted haya
podido serlo.
-No se acuse usted, Enriqueta, ni me juzgue más se·
veramente de lo que merezco. Jamás he cedido á él en·
tiende usted? Si él lo ha dicho, ha mentido. Se me ha
impuesto por la violencia, por medio de una emboscada,
corno un ladrón, y mi horror hacia él es tanto, que preferiría morirá dejarle que se me acercara. ¡Ah! Le ex·
presé con rabia mi repugnancia y mi odio y Redel, que
acababa de librarme de sus manos, confirmó y agravó todas mis palabras. Por eso quiere matarle.
Enriqueta hizo un ademán de desaliento.
- ¡Oh! ¡Qué fatalidad le ha mezclado en todo esto!
-La fatalidad no ha hecho nada. Si el conde ha aprovechado la presencia de Redel para hacer pesar sobre él
la responsabilidad del insulto, el coronel, por su parte,
se ha valido de la ocasión para atacar á su marido de
usted...... Entiéndame bien, á su mando....... No ha sido
comra un hombrn que me ofPndía contra quien se ha
producido violentamente; ha sido contra el conde de
Coutras, cuyo nombre lleva usted y del que es usted mujer. Esta es la verdad.
La condesa se sentó, sombría, y dijo al cabo de algu·
nos segundos:
-Sí, esa es la verdad. Valentin me la ha dejado en·
trever con su audaz cinismo. «Usted quiere que le abandone un hombre; entrégueme en cambio una mujer,,,
Talea fueron !os términos del convenio propuesto. Ha
creído que yo amaba á Redel tanto como él desea á us•
ted y me ha ofrecido asociar nuestras dos pasiones por
un doble adulterio ...... ¡El miserable!
Celina aventuró una ojeada hacia su amiga y, sintiendo renacer su astucia y su curiosidad á medida que re•
cobraba la posesión de sí misma, murmuró:
-¿No ama usted, pues, á Redel?
Enriqueta irguió su altiva frente y asestando á la joven una ardiente mirada, exclamó:
-Si le amara, ¿no habría hecho todo lo posible por
conseguirlo? ¿Estaria yo aquí si no le amase? Sí, le amo
como merece ser amado y sabré defender su vida. Pero,
vamos á ver; usted debe estar informada de lo que pasa;
usted oye o.abiar á su marido, á sus amigos ......... Yo no
he visto á nadie desde ayer; todo el mundo se oculta de
mí.. .... Dígame ¿qué sabe usted?
--Sé que mi mamo tuvo anoche una entrevista con el
coronel y ha salido esta mañana muy temprano ...... Le
he preguntado y me ha respondido evasi vamente que se
trataba de un negocio importante para nuestro amigo...
-Es su padrino, no cabe duda, dijo Enriqueta. Redel
le ha escogido para hacer imposible toda explicación y
evitar que se arregle el asunto...... ¡Y si se bate con Va·
lentin, muere!
-¿Cree usted al conde tan seguro de vencerle?
-¡Oh! Usted conoce bien su sangre fría terrible y sus
fuerzas hercúleas ......... Es valiente, porque es de buena
sangre. Toda la superioridad que pueden dar en un duelo una fria fümeza, unos músculos incaneables y una habilid_ad consumada, la tendrá V_alentin sobre el leal, el
sen!)1llo, el ~on:fiado Redel, que irá _al terreno sin preparación y e s1 desarmado............ 81 se bate, es hombre
muerto.
Casi en voz baja, como hablando consigo misma, Qelina murmuró:
-¿Y si él matase al otro?
-¡Oh! Usted no ve más que una cosa; que la casualidad puede librarla de su perseguidor......... Pero yo no
quiero correr esa eventnalidad. Es preciso impedir ese
duelo; es preciso, ¿me entiende usted?
-¿Y cómo lograrlo?
-¡Eso ea cuenta de usted! Ya que es usted la causa de
todo, busque un medio de arreglar las cosas .........
-¿Aun al precio de mi seguridad, de mi reposo? pre•
guntó vivamente Celina?
-¿Valen esa seguridad y ese reposo lo que van á costar?
-¡.A.h! Es usted muy dura, respondió la joven. No
hay en todo esto más que un criminal; el conde.
-P•1es bien; venga usted conmigo á denunciarle.
-¿A quién?
-A la señora Moesler. Entre todos nosotros, ella decidirá.
-¿Será preciso no ocultarle nada?
-Tome usted consejo de su conciencia.
-Sea, dijo Celina con resolución. Vamos.
Tomó vivamente el sombrero y el abrigo y siguió á la
señora de Coutras.
IX
El señor Elipbas estaba en su despacho contestando
una numerosa correspondencia, cuando entró su criado
para decirle que una joven, que no gueria decir su nom•
bre insistía mucho e!l verle. Todos los dias el Ministro
de 1a Caridad recioia súplicas iguales y eiempre se mostraba accesible á ellas. No había hotnbre másabordablP
por lo wismo que briJlaba en el arte-de desembarazare~
de importunos y de impostores. Los más hostiles los
más tt-naces mendigos de profesion perdían el tie'mpo
con él.

�20
401

EL MUNDO.

-¿Dónde está ese ca.arto?
Un pliegue de deeconfianxt\ arrugó la frente mate de la
joven.
-¡Noaé si decfreeloá uetedl. ..... Pdro sí, el Sefl.or Bous•
seis af'l.oe y bonita como una gloria.
.
Eliphas frunció el entrecejo y u~ vago presentimiento caréa me 1.a dicho que tuviera confianza ...... t.egún él ee
usted un eanto ...... Pues bien, está en la calle de Stein•
Je agitó.
kerque¡ no hay más que atravesar la plaza de Saint-Pie-¿Dónde está.?
rre, se está. allí...... Es un sitio tranquilo y retirado, pero
-La be dejado en la antesala1 sefior. Con ~se mucha•
muy peligroso para Valentín si Ravet anda á. la hudma ...
chas hay que an.dar con cuidado. Acaso es una ladrona.
Conque, vamos, arréglelo usted. Parece que nos iremos
-Llévela usted al cuartito que sabe.
. .
El criado salió y el seiior Eliphas pasó á la habttac16n á ser ricos en el extranjero...... A mí me gusta el movicontigua á su despacho1 completamente desamueblada y miento ...... ¡Me muero por 108 viajesL .....
-¿Oeja:rá usted, entonces1 á Valentín?
en la que el visitante no pod1a tener idea de que estaba
-¡Oh! Yo sé bien que no esto-y con él para toda la vien casa de un rico. En el momento se abrió u.na puerta
da ...... No me hará ninguna gracia no volverle á. ver, pero
y adelantó hacia Elipbas una muchacha morena, asombroeamente bella, vestida con ropa miserable y sin nada ei es para serle útil.. ....
La cara de Matilde expresó una vi va emoción y sus ojos
en la cabeza. Hizo una seca reverencia y dijo mirando
se llenaron de lágrima!. Después dijo con aire resuelto:
al viejo con ojoe descarados:
-Sefior, ea necesario saberse sacrificar por las personas
-¿Ee usted el eeflor Eliphae?
que uno ama...... Y yo respondo á usted de que delante
-Sí, hija mia.
-Pues bien, sef'ior, yo soy MatildeChabassu. Ya com- de mí no toca Ravet á Valentín ... .. .
-¿Qué hará usted?
prenderá. usted lo que me trae.
-¿Qué? sacarle los ojos .... . .
,-No tengo ni la más ligeu idea, pero tome usted una
El viejo se quedó pensativo. A peear de sus prevencio-.
silla y exp1íquese.
EL viejo se colocó de espalda al balcón paTa ver á bue· nea y de su desconfianza veía que aquella muchach.i. dena lua la cara de la visitante, pero vió prontamente que cía la verdad. Se dió cuenta claramente del peligro efecla precaución era inútil porque la joven no tenia malicia tivo que amenazaba al conde de Contras y, queriendo
ante todo evitar á la Sefiora MJss1er nuevas penas, ee dealguna y toda astucia sobraba con ella.
-Sefior, comenzó, acabo ahora mismo de escaparme cidió á. intervenir en aquellas bajas intrigas.
-Bueno, hija mía, dijo¡ voy á. liquidar la situación
de casa de mi padce, ayudada por el sei'ior Bouscar~s.
para venir á contará usted lo que pasa. Hace tres d1as procurando poner á salvo nuestros intereses y la moral.
que estoy encerrada en un desván, sin más alimento que Prométame usted, al menos, enmendarse para el porveoiT.
-¡Oh! señor, si no tuviera una que ver más que con
unos mendrugos sazonados con bofetadas. Basta ya de
ese régimen...... Mire usted, mire, si quiere, cómo me buenas personas como usted, no harfa tontunas. Pero
cuando loa hombrea están siempre, siempre, detrás de una,
han puesto.
,¡cómo quiere usted que resista?
Se deaabrochó el vestido y enseiió un cuello de forma
Elipbas movié la cabeza y miró con láeti-ma á aquella
perfecta, lleno de ..:ardenales, y unos bTazos redondos,
frescos, nacarados, en los que se veian huellas de dedos encantadora niña1 flor parisiense apenas abierta y ya
marchita.
brutales.
-Yoy á volverá casa para decirqueuatedconaient.e ...
-¿Ve usted? Esto no me divierte.
¡Pero, l)Or Dios, no les dé usted chasco, porque después
-Abróchese usted, hija mia, dijo Iriamente Elipbas.
Comprendo que tales relaciones con las personas de su serían ter1ibles!
-Diga uetei á Bouecarés que antes de las seis estaré en
familia son penosas, pero ¿qué be de hacer yo?
-¡Cómo qué hade hacer usted! dijo claramente lamu- la calle de Ramey.
-¡Sin falta! ¿Eh? Porque entonces no doy contraorden
chacba. El senor Bouacarée_dice que usted puede hacerá Valentía
lo todo.
-¿Estaban ustedes citados para esta noche?
Esta respuesta en la que se revelaba de un modo tan
-Sí, y papá ha pescado la carta ...... Como usted comaudaz la intervención de Bouscarée, puso á Elipbaa aún
prende si yo hubiera encontrado aquí oídos de mercader,
más reservado.
-Sí, sefior¡ dice que si usted quiere, papá me tratará le hubiese enviado dos palabras para impedir que fuese .. .
como á una reina y Ravet no pasará el tiempo espiándo- ¡Hubiera corrido gran peligro! Pero una vez que todo se
arregla, podemos despedirnos amablemente.
me ........ .
-¡Bueno! ¡Bueno! No quiero saber nada de eso, dijo
-Dispense usted, interrumpió Elipbas; ¿quién ea ese
Eliphas. Vuelva usted á. su casa y que me espere BoUBRavet?
carée.
La joven miró tranquilamente al viejo y dijo:
-Gracias, eefior, dijo la muchacha.
-Ee mi amante.
Dudó un instante y por fin, en un gra~ioso impulso,
-¿Qué edad tiene usted, hija mía? preguntó Eliphas
saltó al cuello de Elipbae y, antes de que él pudiera desapiadado por a9:uella corrupción ingenua.
La joven Mat1lde tomó una actitud picaresca, sacó de prenderse, le besó en lob dos carrillos: se echó á reír con
su fresca boca una puntita de lengua de color de rosa y aire inocente y se marchó. Detrás de ella salió Elipbas
para irá casa de la Sefiora Mosaler.
con un gesto de pilluelo respondió:
No se creía con derecho á ocultarle la verdad, por do-¡Qué curioso ee usted! ¿Qué le im:nprta mi edad?
-Me asombran los precoces vicios áe usted y trataba lorosa que fuera, y estaba decidido á. provocar medidas
de rigor contra el con ~e. «Es imposible que esto continúe
de explicármelos.
-¡Esa ea buena! Si yo no tuviese á Ravet andaría así, decía mientras seguía su camino; ese malvado va á
arrastrada por todos los hombrea del barrio.... .. Él me deshonrará su madre adoptiva y á todos loa que tienen
hace respeta!', porque ea fuerte. Solamente que ea muy alguna relación con ella, de cerca ó de lejos. Con tal de
celoso y en este momento no me deja vivir á causa de procurarse sensaciones, no retrocederá ante todas las
monstruosidades y el día en que caiga bajo el peso de la
Valentm ........ .
Jey, no habrá dinero ni influencia que puedan salvarle.
-¿Hay también un Yalentiu?
-¡Hombre! Hágase usted el inocente ...... ¡Como si no Pero ¿cómo contenerle?' A un joven se le cortan los vívelo supiera! Usted Je conoce lo mismo que yo y basta di- res y se le obliga á entrar en vereda ...... A un hombre
ce el seflor Bouscarés que es usted de la familia ...... ¡Oh! casado, que tiene una posición social y relaciones, ¿cómo
Yo le quiero mucho á mi Valentin y para que no le su- desembarazarse de él? No se puede bacer una mina bajo
ceda una desgracia vengo á ver á usted. Parece que us- BllB pasos para aniquilarle. ¡Hay un Ravet!. .. ... Se debieted no ha creído al sef\or Bouecarés cuando se lo ha pre- ra dejar hacer á eee perdido y habría sangre, seguramenvenido. Ha hecho usted mal, porque es un buen hom- te ...... ¡Pero qué e1:cándalo entonces! ¡Qué fatal error cobre y IJ'IUy distinguido. Tiene mucho talento, según di- metió esa pob!'e amiga el día en que se echó á cuestas al
cen en la casa, y si tu,iese un poco de dinero ganaria el tal Yalentínl ¡;No tenía heredero? ¡Yaya una desgracia!
Loe que tienen hijos no cesan .d e quejarse, y loe que no
oro y el moro .. ...... .
-¿&amp; él quien envía á usted? preguntó Eliphaa siem- loa tienen ee lamentan también. ¡Contradicción, falta de
lógica; locura!»
pre desconfiado.
Mientra.a pen~aba todo esto, el viejo Jlegó á la avenida
-¡Toma! ¿Quién quiere usted que sea? Yo no conocía
á usted. El señor Bouscaré3 es el que me ha dado las se• de loa Campos Elíseos y entró en el patio del palacio. El
nas de esta casa y el que meha abierto la puerta del des- portero estaba á la puerta de su habitación y saludó al
ván ......... Anda, me dijo, y explica tú misma la situa- Sefior Eliphas con mucho afecto.
-¿La Sen.ora l!oel!.ler no ha salido?
ción al señor Eliphas ......... Si él no te escucha, no hay
-No, e~f\or; la eefiora ba tenido visitas después de alrecurso y bien sabes tú que Ravet matará á traición al
sefior de Contras. Y lo hará, sí, eefior¡ como hay Dios. morzar ...... La Seno~ condesa de Contras y la Sefl.orade
Si es que usted lo desea, bueno. Siga entonces cruzado Clement llegaron juntas las primeras, y ahora acaba de
de brazos con esa pachorra......... Pero entonces me voy entrar el seflor concle ...... Creo que la señora le ha llamado por teléfono.
á decírselo á su mujer, para que no le deje salir ....... .... .
-¡Ah! dijo Eliphas. Pues biel!, .v oy á las ofi~inas ..
Porque si el asunto no se arregla y él asoma la nariz por
Subió por una escalera de eerv1c10 'f, enel primer piso,
Montmartre, ea hombre mue;to.
entró en las oficinas donde ee admimstraba la fortuna de
-¿Usted le ama, cuando tanto le defiende?
-¿Si Je amo? ¡Toma! ¡Vaya una pregunta! Pues ya se la Sen ora Mossler,z. sobre las cuales ejercía Eliphae una acve que le amo. Ea un guapo mozo, y tan generoso ..... . y tiva vigilancia. va.si todos loa días entraba en el despatan valiente...... ¡No se acobardaría delante de diez Ra- cho que tenía desa.inado, contiguo al saloncillo de eu amivet...... Eso es lo que me da miedo...... El otro le espe- ga á fin de despachar con ella el voluminoso correo de
rará con sus amigotes ...... y le apalearán, como á una ga- la 'mendicidad.
llina ...... Señor, si uat-ed puede arreglar el negocio, arréAquel día, saabiPndo que el conde de Contras estal?a con
glelo ........ .
su madre, no se apresuró, vagó un rato por las oficmae y
después abrió la puerta de comunicación de su despacho
- Y si lo arreg 101 ¿qué TB usted á hacer?
-Irme esta noche á buscará :c:.i Yalentin donde yo y entró en la babitaoión particular de la Sei\ora Moasla.
La alfombra amortiguaba el ruido de sus pasos; la puerta
me Bé....•.
se cerró silenciosamente. Eliphas puso el sombrero sobre
-¿Y si no lo arreglo?
-Entonces yo sé lo que tengo que hacer...... Porque un mueble y se preparaba á. eentaree para esperar pacienvolverá caE!a á buscar una tunda .. .... No tengo loa hue- temente, cuando llegó á sus oídos ruido de vocee que venía de la habitación inmediata, separada solamente por
sos l&gt;aetante duros para ofrecerme ese regalo.
una cortina. La Sf'fiora :Mossler y su hijo hablaban con
-¿Y á dónde irá usted?
-A easa de la Señora Blanchart. Una buena mujer que animación y las primeras palabras que llegaron á Eliphas
le interesaron tan vivamente, que ee puso á excucharcon
admite pensionistas ..... .
extrema atención.
-¿De qué conoce usted á esa mujer?
-En resumen , decía l!J. Sf'fiora ~fossler, esa querella no
-Ella ee la que ha alquilado el cuarto donde nos vemos
tiene ninguna cauea seria ni qu 3 se pueda confesar y ea
Valentín y yo.
-¿Ha venido alguna otra. vez esa persona? dijo á su
criado, viejo zorro con un golpe de vista prodigioeo.
-No, eeiior. Ee nueva. F.e una joven de unos diez y

DICIEMBRE,

1896.

ELMUNOO.

405

20 DIOIE1LBRE, · 1896.
preciso que el asunto se arregle. ..... No quieto qne siga.
adelante ..... .
-Eso es fácil de decir, replicó Valentín-cuyo acent.J,
de ordinario dnlce, era pntonces agrio y rabloeo-pero
muy difícil de conseguir...... No ee á mí, que soy el ofendido1 á quitm hay que pedir ese arreglo, sino al Setlor
Redel... .. J
-Eres tú el que ha causado loe primeros malee, contestó viva.mea~ la Setiora Mossler ...... Lo sé.
-¿Quién se lo ha dicho á. usted?
,
Una sombra de vacilación se manifestó en el tono de la
Seiiora Mossler.
-¿Tengo yo necesidad de que nadie me lo diga? Bien
sabea que, hace mucho tiempo estoy enterada de tus malas disposiciones respecto de Redel...... La cosa viene
desde Sauvignj ...... SiPmpre me ha parecido mal esa hostilidad Qe tu parte hacia un hombre á quien estimo y cuya madre es mi amiga ......
-¡Bah! Yo no conozco á. su madre ...... La madre de
ese hombre de cuarenta años no tiiene nada que ver en
este asunto. Con el hijo solamente tengo que habérme•
la.a. Que tenga madre no es suficiente motivo para que
no me dé satisfacción de la ofensa que me ha inferido.
-¿Pero qué oíensa es esa?
-Me ha insultado en los términos más violentos ......
¡Pardiez! ¿Qué quieres? ¡Con lo que me ha dicho hay para matar diez hombres!¿ Y pides que retroceda? No puedo.
-No quieres, sobre todo.
-Seguramente que no quiero ...... ¿Qué pensará.o mis
padrinos?
-¿Prefieres su opinión á la mía?
-La tuya no está bit&gt;n ilustrada. No eabee de lo que se
trata. Y después, ¿qué entienden las mujeres de asuntos
de honor.
La voz de la Sellora Moealer tomó un tono eevero.
-Estás seguro de que en este caso se trata del honor?
--¿Qué eignificará.?
'
-Significa que el honor debería consistir para tí en reparar el mal que has hecho, en vez de procurar agravar•
le. Significa que en tu diferencia con Redel no eres tú
quien tiene la razón. Significa que te he llamado, no para pedirte como un favor que te prestes á un arreglo, sin 1
para mandúrtelo, esa es mi voluntad.
Valentín se echó á reír.
-¡ Eetit bien! ¡ Esto ea gracioso! Me mandas que retroceda ante ese eefi.or que hace la corte á. mi mujer, que
acaeo es su amante ......
-¡Mientes! y sabes que mientes ......
La voz de Valent!n temblé de cólera.
11-Me tratas muy severamente, me parece madre mía.
Mi respeto hacia tí es grande, pero le sometes á peligroea
prueba.
--Si me tu vieras respeto, lo habrías demostrado con tu9
actos. ¿Que valen las palabras? No me bago ilusiones sobre tu hipócrita dulzura. Te he querido mucho, pero has
hecho todo lo posible para apartarme de tí. Ten cuidado,
me has engañado muchas veces, pero no lo conseguirás
hoy. Supones que estoy mal informada y ..;onozco todo
el fondo de este miserable asunto, sé eue secretos resortes y precisamente porque no tengo duda alguna sobre
el papef que repreaentas 1 estoy resuelta á impedirte re•
presentarlo.
-No soy curioso, pero tendría empeH.o de saber cómo
piensas lograrlo.
-Vas á saberlo. Te doy mi palabra, y sabee que nunca
be faltado á ella, de que si orescindes de mi prohibición
no vuelvo á verte en mi vida.
Valentfn pegó con fuena con el pie en el suelo.
-¡No verme! Entonces desea.a que Redel me mate;será
má.s sencillo.
-¡Más sencillo y más justo! Pero no sucederá. Siempre loe malvados como tu, matan á los bombree honrados
como él. Por eso no quiero ese duelo. No eolameme t.e
prohibo balirte, sino te impongo qne desaparezcas durante un afio.
-¿Y á dónde voy? ¿A la trapa?
-No; te metes en tu yacbt y te vas muy lejos, entre el
mar y el cielo, para reflexionar, para enmendarte y sobre
todo, para dejar respirará las víctimas á quienes tort!!ras aquí; tu mujer ...... y la otra.
-¿La otra?
-Sí; la deegraciada á quien persigues con tus indignos
propósitos¡ á la que me habías prometido dejar tranquila
y te obstinas en perseguir.
-¡Perseguir! ...... ¿Qué eabes tó.?
-Ella misma me lo ha dich,&gt;, aquí, hace un instante.
Ella, que ha venido con tu mujer á advertirme, á confesar, á suplicar...... .
Al oir esto, una nuoe pasó ante loa ojos de Eliphas.
Aquel combate de palabras había tomado un desarrollo
tan rápido y tan violento, que el viejo había escuchado
con indignación primero, con estupor después, las explicaciones cambiadas entre Valentín y la Sefiora Moeeler.
En este momento, pd.lido, los ojod turbados, las manos
tremolas, no escuchaba ya y daba vueltas á la última
frase: 11Ha venido con tu mujer á advertirme, á confesar,
á suplicar.n Y despues, acudían á su mente las palabras
del _portero: «La Señora condeea de Contras y la Señora
de Clement llegaron juntas, las primeras ...... » Luego tila
otra» la víctima de Valentín, era su nuera, Ce1ina. Y era
él, ese miserable, e&lt;l;e infame á quien despreciaba, el que
estaba allí, haciendo frente á la Sen.ora Moseler, á su
bienhechora, el que se obstinaba en su feroz proyecto,
el qae contestaba con osadía, en '\"ez de murmurar hu·
mildemente excusas ...... Elipbas se -pasó las manos heladas por la ardorosa frente y lanzó un gemido. En el
mismo instante oyó á Valentía que gritaba con fl1ria:
-¡La amo! ¡La quiero! ¡Nada me impedir&amp; conee-guirla!
El viejo entonces se irguió con repentina enngía.
Avanzó con lento paso, alzó la cortina y mo,-trando á la
Sefiora Mossler y al conde, espantados, eu trému o sem•
blanle:
- Y yo juro á usted, dijo, que no la conseguirá..

-¡Eliphas! exclamó la Sefiora Moaaler. ¿Estaba usted co, salve á Valentín. No olvide que Je ha visto crecer
-¡Ah ! ¡sefior Elipbaa! ¡es osted! le esperaba •. ..... La
abí?
ante sus ojos, que le ha acariciado itiendo niño, que muchacha me ha dicho ..... .
- Sí, sef'iora, sí¡ estaba ah! ... ...
- ¿Está en la casa? preguntó el viejo entrando en el coMossler le querfa y que yo no tengo más que á él. ..... Le
- ¿Tiene usted el vicio de escuchar en las puertas? di- ,raeremos al bien. ¡oh! ¡su arrepentimiento será una medor,
·
jo Valentín tratando de burlarse.
-¡Voló1 la paloma, después de haber depositado su
hermosa ofre11.da que baremos á Dios! ¡El sólo debe he•
Elipbas hizo un movimiento tan violento hacia el con- rir:el ¿Con qué derecho se eubétiOuye usted á él?
rama de 0 livo en la casa paternal dijo el meridional cuo
de, que la anciana se lanzó entre ellos. Pero el viejo se
-Me limito á no desviar su cólera! Si él quiere salvar burda rlegrfa. Se ha marchado á casa de una amiga ......
b abia tranquilizado y sonreía con frialdad.
Su padre no queria otra cosa. En cuantoá Ravel, ha proá vuestró hijo, puede bacerio. Yo me incilnaré ante su
- Sí, seflor conde, escucho en las puertas para saber voluntad.
ttsta'do por fórmula ... .. . t Qué más puede desear ese a11i•
infamias é impedir que se cometan.
-¡ Pero yo, exclamó la sef5.ora Mossler, habré conocido m8.l? Se le pondrá un establecimiento de joyería en Nu~Extendió hacia Valentía un brazo amenazador y a.fla- el peligro ein haber hecho nada para defenderle !
va York, en cuanto llegue. ¿Va, después de esto, ~rec11dió mirándole con sombría energía:
- Yo juego limpio con ueted y la ofrezco una probabi- minar á la peque.na? ¡Se casa, ¿verdact? como 1:1e dice en
-Usted no se batirá.con el coronel Redel, soy yo quien lidad. Trate usted de retener á su hijo á su lado basta algunos contratos matrimoniales; después de ligera falta!
lo asegura, y usted deeaparecerá.
por la mafiana. Si usted lo consigue, Redel estará, pro- ¿Oree que por doscientos mil francos se le va á dar nna
-¿Para ruucbo tiempo? pregunto con sorna el conde. bablemente, muerto por la noche. Celina se verá impul• mujer nuevecita?
-¡Para siempre!
Bouscarés se echó á. reir, encant.ado de su facundia, pe•
aada á. cualquier extremo que ponga en peligro ls dicha
Valentín sint.ió correr por su piel un escalofrío. Pero de mi bijo. Enriqueta arrastrará una miserable existen- ro al verá Eliphas, que estaba ante él mudo y grave, at1
era valiente y quiso conservar una altiva actitud.
cia. Uettd misma será manchada por vergüenzas que no puso de repente ansioso y turbado.
-Ahpra, madre mía, debes estar t1anquila. El Sefior prevee. Pero ese seductor y precioso joven eeguirá vi¿Pero qué tiene usted, señor Eliphas? preguntó; cualElipbas va á librarte de mí. Hasta la vista, madre mía. viendo. Todas esas desdichas como precio de eu vida no quiera diría que los asuntos no marchan á. su gusto. ¿Hay
Caballero, tengo el honor ..... .
serán nada. ¿Verdad? ¿Ea eso lo que usted quiere? Pues algún inconveniente?
Elipbaa respondió con esta sola palabra:
bien, ¡atrévase á. cargar con la responsabilidad!
Hay uno.
--Adiós.
-Elipba@, usted me tortura. Pero su padre, al morir,
-¿rSerio?
-Valentín, volverás, exclamó la Sellara Mossler: no me le confi6 ...... ¡Oh! ¡ Sn padre! .... . .
-Muy serio.
renuncio á convencerte, á apacigua~ ......
-¡Ira de Dios! La combinación ha fracasado?
-Su padre, murió porque quiso s~u'ir siendo un hom-¿Para qué? El Sei'ior Eliphas te responde de mí, dijo bre honrado. Hoy renegaría del hijo que arrastra su
-Sí.
el conde con dureza. ¡Fía en su autoridad!
-Bouecarés se puso pálido y se sentó como si las piernombre por el fango.
Hizo un ademttn irónico de deferencia y ealió.
- -¡Elipbaa, no me abandone usteJ! Es usted miconse• nas se negasen á sostenerlo. Después dijo, i.:.chandoá.Eli
Elipbas y la Sefiora l\foss-ler se quedaron solos y du· jero, mi único amigo ...... ¿Qué_ debo hacer?
phas una mirada de eepanto:
nnte un minuto ee miraron sm hablar. El viejo se dejó
-¡Seflor Eliphas, cuidado, nada detonteríae! N? co -Ya lo be dicho, señora. Guarde usted á su hijo es,a
caer en una butaca y con la frente· inclinada y los brazos noche ...... Sifusted lo consigue, será que la no Providencia noce usted á. esa gente. Si se les da un chasco, anet:gn
colgando parecía aniquilad..:,. Su amiga le cogió la mano quiere que la honradez sea vencida y que el vicio triunfe. moa nuestra piel, usted y yo.
.
y preguntó:
• Señor Bouscarés, dijo el ministro de la Candad, por
-¡Ah! No pu~do dejarle expuesto á esos peligroe ..... ..
- ¿Ha oído usted todo lo que ha dicho?
Voy á tratar de salvarle de los demás y de sí mismo ..... . mí, no temo nada ni á nadie.
-Todo.
•
-¿Y por el conde? prf'guntó el meridionaU
-Inténtelo uster1.
--No crea usted que Celina ... .. .
-El conde eetá en salvo.
La condf'sa 1 febril, llamó á un criado y dijo:
-¡Ni una palabra de explicación! interrumpió Eliphae.
Bouscaré-ii dió un ealto y dijo con furia:
-M.i coche, al momento.
Sé que ella misma ha nnido á pedir socorro contra ese
-¿Eu salvo? Tiene cita esta noche á lae once con la
-Ett.á, enganchado en el patio.
miserable ...... Clnro eii que le aborrece y quiere huirle.
-Adiós, pues, señora dijo el viejo con tristeza. No chiquilla.
No puedo tener hacia ella más que lástima y misericor- nos veremos más, por mi1 v&lt;,luntad si usted logra lo que
-Irá acompafiado.
dia. Es una mujer honrada, una buena madre, y yo la intenta, porque nunca se lo perdonaré; por la suya, si no
Bouscarés miró á Eliphas con seria aten~il,n.
.
vengaré.
-¡Veamos! ¿Qué ju• go ea el de ueted? 81 no le conoc1e•
lo logra, porque la cauuré horror.
.
-¿Cómo?
Se inclinó y salió. Detrás de él la Señora Mosaler bajó se creería. que se habla ueted propuesto exasperar. el
-¿No ha oído usted lo que he dicho? El conde de-Con- impetuosamente la escalera y dijo al lacayo:
odio de loe que amenazan al stti'ior de Contras. Reflexio.trae no se batira y desaparecerá.
ne usted¡ no ea ya tiempo de Bromas ...... esa gente efpl:l·
-Avenida de Friedland, ¡Volando!
La Señora Moseler palideció.
Valentín, encerrado en su sala de fumar con sus anti- ra su dinero ......
-¿Cree usted, Eliphae, que lo que á mí me ha rehuea- guos inseparables Croix-Mesnil y Prieur, discutía las
-Puede usted decirles que !o esperen sentados ......... .
do va á concedereelo á uetud?
Han querido robarnos ...... Pues bien, que desistan.
condiciones de su duelo.
Eliphas se levaut6. Ya no estaba aniquilidado y
-¿gst.á. definitivamente resuelto? dijo Bouecarés con
-La pistola, á veinticinco pasos, fuego á voluntad, de·
caído, Fino imponente y terrible. Miró á. en amiga con cía Prieur. Vas á matarnos ese.artillero como un pichón. una voz en la que se empezaba á traslucir la cólera.
expresión nueva en él y con voz que penetraba hasta el
Definitivamente.
-Trataré de hacerlo.
corazón de la anciana, dijo:
El meridional cambió de actitud. Su dulzona manse-¿Has tirado dura11te este último tiempo? ¿No hae per-En este momento, su voluntad no le pertenf'ce ya.
dumbre desapareció y dijo con insolente rudeza:
dido la puntería?
Está en unas manos más ¡&gt;oderoaaa que las de usted y qne
-Yiejo chocho ¿ea usted el que ha.impedido á la seño-Hace un mee tiro todas las mañanas veinte balas.
las mías. Cuando he vemdo, la casualidad me había he- Nunca be e1:tado més corriente.
ra Moseler aflojar la mosca? Qué le importa á usted qne
cho dueño de su suerte. Podía, á mi arbitrio, salvarle ó
ella nos unte la mano? ¿Lo saca usted desu bolsillo? ¡Va-¿Por ern, entoncee, ¿no has elegido la espada?
perderle. Su baje~3;, su crueldad, su ingratitud, me han
-Querido, dijo Croix-MEanil, Valentía ha htcho bien. ya un grag,uja! 1Ya está usted eecurri_endo el bulto 6 yo
impuesto una dec1e16n. Le he condenado.
Cuando Je quiere un duelo serio, hay que escoger la pis- le daré los QScrúpuloe y la virtud ....... ¡Vamos! Largo de
-¿Usted? exclamó laSefiora Moseler aterrorizada. ¿Us- tola. De este modo no se sale del paso con arañazos en aqui ! El joven barbilindo recibirá not-iciae nuestras .......
ted Eliphas, el más dulce, el más generoso, el más in- loa dedos ......
Eliphae sacud~ó la cabeza como p~ra ech~rfuera t..&gt;dae
du!gente de los hombres? ¿Usted, el amigo de toda la
-¿Qué bacerr..c.e hasta la hora de irse á dormir e6ta no- las injurias que caían sobre él y, ern rephcar, ganó la
vida?
puerta. y se march~ En la escalera oyó los impropflti0!!
che? ¿No nos aeparawos?
-Sí, yo.
-Comeremos juntos y déspués nos separaremos. Me de Bouscarés y basta le pareció que otras dos voc.ee. fuer-¿Y si yo pido á usted que le ealve?
tes y i....UY violentas se mezclaban con la del mer1d1onal.
espera una preciosa mnchacba.
-Me neg'aré, pata evitará usted mayores dolores, más
--¡Cómo! dijo Croix-Mesnil; ¿la víspera de un duelo? Supuso que serían Chabassu y Ravet que expresaban su
pesados remordimientos.
.
descontento.
Eeo hace temblar el brazo y borra el golpe de vi•ta.
-Pero yo puedo prevenirle, ponerle en guardia, de·
-¡Bah! Si supierais ~o que es matilde Chabassu com•
X.
fenderle ....•..
que arrieegué un poco por ella .... .. Ea la
El Coronel Redel sentado ante una mesa, en su cuar•
-¡Oh bondad! ¡Eterno error! Conoce usted los críme· prenárendierllis
mas admirable flor del arrollo queee puede encoatrar .... to acababa de eecribir una carta. Eran las nueve de la.
nee cometidos por ese miserable, y tiPmbla usted por él.
betlttza id~l de la Joconda y el vicio alegre de un pi• n~che y bacía un momento había vuelto del círculo miAhora mismo le amenazaba usted, indignada, y buat.:aba .Iia
llastre de los arrabalee ..... . ¡Qué mezcla!
litar, donde había comido con el C~mandante ValJiere~.
un medio de castigarle, y cuando el castigo está. sobre su
-No se discuten jamás los medios de animarse, amigo
cabeza, procura protegerle. No ignora usted que si se mío. Las seoeacionea son de1"11asiado raras para deadef'iar ct_ue era au padrino, además de Clement, cuando el aon1·
do del timbra turbó el silencio de aquella casa. Redf·I
salva, será para la desdicha de los demás y para la suya.
¿Nos V a.moe?
que h'.\bfa despedido ti. su ordenanza, ~ruzóel ~alón_y fnt&gt;
Yo seré más firme que usted. Soy un hombre honrado, ninguna.
-Vámonoe.
á abrir la l)Uerta. En la escaler.i., débilmente tlummad:\
bien lo sabe usted¡ jamás he hecho daño á nadie y daría
En el mismo momtmto, se abrió la puerta del hotel y por un mechero de .gas v~cilante: esperaba una mujt".r
mi fortuna y mi vida por salvar á. un inocel').te. ¡Pues entró en él al trote largo el cocbe de ll\ eetlora Moesler.
vestida con un ampho abrigo, cubierta con un velo y dibien! Sin una duda en el fondo de mi conciencia, tomo Valentín se acercó á la ventana y exclamó:
fícil de reconocr por otro que no fuera el Coronel. Al verel partido de suprimir ese moni;1truo.
-¡Vamoe, bueno, mi madre! ¡Otra vez viene á. fasti· la arrojó un grito y ofrecié~dole las manos:
.
-Pero usted habla como si dispusiera áe un poder ee• diarme!. ..... Amigos mfos, bajemos parla escalera peque-¿Usted aquí, señora? d1Jo, dudando entre la quietud
creto, como si una orden suya bastase para decidir la vi· fl.a · saldremos por las cuadras ......
da. ó la muerte de un hombre ..... .
y la alegría.
Llamó á su ayucla de cámara y le dijo:
La dama no reapondió; entró, y dirigiéndose hacia ln
-Dispongo, por una hora, de ese poder. Al entrar en
-M.e voy, James; si le preguntan, diga que hace uua habitación alumbrada, atravesó el vestíbulo y el salón y
esta casa, me bastaba pronunciar algunas palabras para hora que he salido.
llegó al gabinete de Redel. Allí, con un ademán tran•
que el conde se salvase. Él mismo se ha perdido. E'"as
y se fué. E&gt;n el vestíbulo, la SeH.ora ?i:Jossler pidió que quilo,
se quitó el abrigo y el velo y mostró el noble y
palabras no las pronunciaré.
la
anuciaeen
á Yalentín, y James el ..ayuda de cámara inEl eem hiante alterado de la señora Mossltr se esclare- glés con flema un tanto irónica, contestó que el señor triste semblante de la Seflora de Contras. Rf'del perma•
ció. Crf'yÓ que empezaba á ver claro en aquel mil:!terio. conde habla salido, haría próximamente una hora, y al necía ante ella, trastornado par la emoción, devorándo la
loe ojos, dudando de su presencia~ loco con aque) :a
-¿Se trata del asunto de que hablaba ese Bouecarée
la sefiora Mossler á dónde había ido, dónde con
dicha iueaperada. La condesa le ofreció la mano y dtJo
e@ta meñana? ¿He:b!a, en efecoo, un peligro para el honor preguntar
podrfa
encontrarle,
el
criado,
impasible,
contestó
que
el
y acaso para la vida de Valent!o? ¿He adivinado? ¡Rba- seflor no había dado ninguna orden y que ignoraba sus con voz grave:
-No he querido que ese duelo se verifique sin haber•
póndamel ¡Infórmeme! ¡Debe usted hacerlo! ese secreto proyectos para la velada.
nos visto. Usted no podía ir á mi casa y no he vacilado
no le pertenece.
Entonces la sefiora "Moesler tuvo la noción espantosa y en venir á. la suya.
El viejo la miró fríamente y dijo con tranquila enerclara de lo irremediable. Sintió peear sobre ella y sobre
-¿Pero no teme u~ted qu~ la hayan espiado, que la h,a•
gfa:
Valentín aquella fatalidad que Eliphas invocaba, y se yan conocido? ...... 81 ~or m1 ca~ea corriese usted algnn
- :~fo r-abrá usted nada.
-¡Oh! ¡Está bien!"Yo encontraré á ese hombre, yo le jozgó impotente para pene~rarla, para combatirla, ~ara peligro mi dt:Sesperac1ón sería mmensa.
arrancarla su víctima. Se v16 enfrente de lo deeconoc1do,
Aqu~I cuidado por su tranquilidad, por su reposo, do·
hart' hablar, yo desharé sus proyectos.
oscuro y amena1.ador. Aniquilada, sin intentar más es• minando toda otra preocupación, conmovió tan proÍUn·
-X o tendrá usted tiempo.
fuera:oe, comprendiendo que nadapo.dría pr~valecerc~n- daroente á Enriqueta, que las lágrimas asomaron á su~
La anciana adoptó un adf'mán soberbio:
tra la sentencia inexorable del destlr'o, ba1ó la eefiorml ojos.
-¡ Por la vida de mi hijo, pagaré cuanto haga falsa!
-¿Dónde? ¿A qui én? ¡No! ¡Toda su riqueza será. im- eecalinata, subió en el coc~e y se volvió á .ªª casa.
-No pensemos e:n mí, dijo. ¿Quién se ocupa además en
Durante este tiempo Ehphas se encamrnaba á Mont- Jo que yo bago? ¿No soy la mujer iaás abandonada? Se
potente! ¡Su irresistible río de oro no servirá de nada.!
-¿Pero quién va á heril á Valentía? exclamó la Sefio• martre Era un hombre metódico y exacto1 que ba~!a las trata de usted, querido y leal amigo, de usted. que arries•
ra Mossler, alterada por la resistencia de Eliphas. ¿U s· cosas c~mo deben hacerse. Había prometido á :Matilde ga tan locamente su vida y á quien quiero defender con·
que iría á llevar respuesta li. BouEcarés antes de las seis, tra todos y con~ra sí mismo.
ted?
-No, señora, ni yo, ni mi hijo, ni nadie á quien usted y á. las 1:eis menea cuarto !.legaba á la calle de Ramey, á
-¡Oh! Yo se lo ruego, exclamó Redel; no nos ocupepie, con el paraguas (debaJo del hrazo. No ten fa el as- mos de eee miserab le asunto¡ ro turbemos esta hora, ts n
conozca ni á. quien él haya hecho dano. Un desconocido,
pecto
de
un
justiciero;
su
cara
era
pacífica.
81;1-bió
la
esun pobre ser, tan desmoralizado como él, pero más expreciosa para mí, con vanos debates. Déjeme usted oh·i&lt;Cueable porque es menos dichoso, ejecutará la sentencia calera infecta y grasienta cuyas paredes sahtroeas su- dar todo lo que no sea la dicha de estar en su preaencill.
daban
gruesas
gotas
de
agua.
Al
llegar
al
quinto
piso,
pronunciada. Agente Ol!CUro cte la fatalidad 1 matará, por¡Qué me habla usted de mi vida! ¡La hubiera dado ci l.'u
que debe matar. Usted quedará sinceramente afligida; llamó encasa de Bouscaréa y, bien porque estuviese can• veces por la alegría que ahora siento!
sado
de
subir
la
escalera;
ó
dominado
por
violentij
emoyo, libre de todo remordimiento. El destino se encarga
ción, tosió con esfuerzo: La puerta ee abrió Y apareció el
( C.,ncluirá) .
de todo.
- Pero usted puede aún perdonar. "El iphae, ee-l:o etrpli- ingc-niero.

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Para mayores informes dirigirse á. los Dres. Guillermo
Parra, teléfono 443, apartado 682 (calle de León núm. 9),
y Dr. Adrián de Garay, teléfono 1344, apartado 778 (1~
Pila Seca núm. 8.) El Dr. Parra es Director de la Compañía de asistencia Médica y Cirujano del Hospital Juá.•
rez. El Dr. Garay es profesor de Anatomía qnírúrgica en
la Escuela de Medicina y cirujano del Hospital Juárez y
del Asilo Eapafiol.
I',.,

i8:::::: 2b:228
,000

una anterior y otra postenor al
número premiado con los .....•

DEPARTAMENTO ESP.KCIAL 'PARA ENFERMOS, D.K MEDICINA Y CIR.UJIA.

•

,. ::

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••
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imaginaciones y operado una cuasi revolución en las cosa.~ de la Moda. La más'
pequefla insignificaocia1 el trapo más minúsculo, más gracioso y máe coqueW
que .nunca, revela ahora. su. sello slavo, lleno de originalidad. El cuadro desgra01adaD:1ent~ muy restrmg1do reservad&lt;? á las M.Jdas en nuestro periódico, no
nos perm1~ citar 1_:LQ.OÍ los nombres. te~mmadoe en o:ob ú «ow)) deque están eri
za.das las rnnovac10nes; esta descr1pc16n por lo demás no haría aventajar en
nada á nuestras jévenes lootoTas, que sin duda preferirán dejar en todo á las
Srita.§. H.unsinger H~as., l! calle de la Independencia 4., el cuidado de darles l&amp;
exphcación y deaatLBfacerlas con su talento y el gusto excepcional que ponen
en todo lo que hacen.

·25

1 00

260
460

Premio m.,1,yor de .... .. . .. . 8
Premio principal de . . . •.. .,
Premio principal de, .... ...
Premios de $ 1,000 . .. ... .,
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40 ...•.. ,.
Premios de .,
20 ···· · ·••

1 00 Premios de 8

(i(),

aproximaciones

al premio de S W,000. . . .. .•••••• 9
1 00 Premios de S 40, aproximaciones
al premio de 82),000..•.•..•••.• s

60,000
20,000
10,000
5,000
5,000
5,000
1 0,000
10,400
9,2 0 0

t 00 Premios de S 20, aproximaciones
al premio de B 10.CXX). ..• .. .••... 8
2.000
799 Terminales de S 20. que se deter•
minarán por las dos últimas cifras del billete que obteoga el
_premio mayor de S. 60,CXXI •• ••.. 8 t 5.980
799 Terminales de 8 20, que se determinarán por las dos últimas ci·
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W.otF

uNI fN

9EPUBLICA MÉX I CA NA

�~ermanos,
GERENTE G5NE&amp;AL.

ELABORADORES.

ESPECIFICO

Antivenéreo de Beltran.

'
'l'OMOD

M EXICO, DOMINGO 't7 DE DICIEMBRE DE 1896.

CON LICENCIA DEL SUPREMO GOBIERNO,
~.,~~Concedida en Mayo de
NO CONTIENE MERCURIO NI YODURO

-

--

El que subEcribe, profeEor en Farmacia de la Escuela
dfl Medicina de Jffríco

1

'

?

1

Certifica: que habiendo analizado el

1

- -

.

-

\.)~\FICAoo

~

l)E LA

"ESPf.CIFICO A~TlVENEREO DE BELTR.A:X"
ha encontrado en él ninguna substancia nociva al or;g~nismo, ni minerales de ninguna especie; su composidón es puramºente vegetal y las plantas de que estácom1 1:esto son todas muy saludables y muy apropiadas para
-ia curación de las enfermedades de la sangre.
A pedimento de los Sres. Beltrán ller manos, doy el pre·
u·nte en México, á 25 de Enero de 1894.

¡SANGRE!

DO

1
1

EL MAS EFICAZ

'

Que se conoce en l.. Rep(tblica.
56 Aflos DE EXITO.

Eugenio L ' '.loussainl.

HERMANOS.

DEPOSITO: Chavarrla 19.

-- -

-

Apartado número 157•.

MEXICO

~~

lJll!l!PACBO PABA YENTAI! POR MENOR, ~ DEL RELOJ, NUMERO

8,

Esta medicina, además de ser infalible para curar cual-quiera enfermedad que tenga por causa la impureza dela sangre, ya sea heredada ó contraída, y especialmente
las úlceras inveteradas, tiene la ventaja de no sujetar al·
paciente á un régimen severo, ni le impide dedicarse á
sus ocupaciones; pudiendo, además, hacerse la curación.
en absoluta re3erva aun de la persona más allegada. S11
eficacia y méritos no necesitan eucomiaree, pues su use&gt;
constante durante más de medio siglo y su venta ca:ia
año mayor, son claras manifestaciones de los excelente&amp;
resultados que se han obtenido de ella¡ recomendaciónindudablemente superior á cualquiera otra.-BELTRÁlC-

.

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo, 1896, Tomo 2, No 25, Diciembre 20</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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