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                  <text>El Pectoral
de Cereza
del Dr. Ayer.

•••

Para Resfriados, Toses. Bronquitis.
~!al de Garganta, Romadizo y Tisis

Incipiente no hay remedio que se
aproxime al Pectoral de Cereza del
Dr. A yer. Calma la inflamación

de la garganta, destruye las mucosidades irritantes, suaviza la. tos
y predispone al descanso. Como
medicina casera para casos fortuitos y para el alivio y curación
del garrotillo, tos ferina, mal de
garganta y todos los desarreglos
pulmonales á que están expuestos
1os jóvenes, es de un valor terapéutico inapreciable.

CARTA INTERESANTE PARA EL PUBLICO

Carta interesante al público. 54 affoa de edad y 35
de sufrir. Horror al cuchillo y al cloroformo.

S. C: Maleo, Febrero 10 de 1897.
Sr. Dr. Adrlin de G&amp;ray.

Presente.

S5 anos justamente era la edad que llevaba de padf'cer
an&amp;. de las peores f&gt;nfPrmedades que pueden rnbrevenirle
&amp;l hombre, como Fon lae Eetrechecee en el caf\o de la orioa. El tfempo ~ iba pa@ando sin que yo resolviera l\ operarme por el horror tan grande que le tenia al cuchillo,
el temor que me infundia el cloroformo, y por último, la
dificultad de abandonar un ne~ocio para guardar cama;
~ues bien1 en tall'B circunstancias emprendí viaje desde
~an Gabnel Estado de Morelos¡ lila capital, paraconsulLar con el reputado eEpecialista Dr. C. Preciado de quien
sabía yo curaba tales enfermedades de una mat1era 8tt'lC\.Ua: di: bo fa cu l. ati vo me aseguró que me operaría sin dolor, sin hacerme Ean~, sin que yo guardara cama y sin
cloroformo, por medio de la electricidad y en e!erto, el
día 13 del presente mee me operó en eu consultorio pnr~icular situado en la grande avenida de Jae callee del Refugio, Coliseo Viejo núm. 8¡ duró mi operación cuatro
eegundos, soy un testigo viviente del buen éxito que ee
alcanza con tal método, y vivo eternamente agradecido
11,l famoso especialista y como una muestra de mi grati~ud doy á conocer este echo al público y si estuviera au Lorizado daría el nombre de más de 20 personas que en
el citado consultorio ha tratado y Ee manifiestan como
yo contentos del éxito que han alcanzado con la misma
operación que á mf les ha hecho el Dr. Preciado.
Lurs MANJA TtRFA

L;UID&amp;llo amigo y compa.ftero:

Con el fin de que llegue A n0Ucia.de1 J)l1blico y puetta. éste a.provecha~ de los esfuerzoi. l' trabaj06 que yo he emprendido, me es grato
manUei,.tar que \'d, es lhtlro cirujano me.xlcano que ¡;o conozco que
&amp;epa perfectamente ml mHoJo para cunir las ~trec ec~ uretrales_
del exóíago, del recto v del utero por medio de la. eleetróllsls lloeal
PUeden, puesa los enlermos de este &amp;fnero, entregarse con entel'a
confianza. a.\' ., lo mlsmo que en cualquier otro a.cnnto que se refiera A ctrugta, pue,; efétoy pen-uadldo de sui1 aptitudes, de r,:u habllidad
p&amp;ra operar y de su btulta llw;tracl6n. A la \'ez me es g,:ato decir u na
vez n:uls que mi método J)O.ra curar le.sestreche&lt;-s es lnofcmdvo ni.pido y de resultadOR maro.\'il10808 y que por medio de él he curado millares de enfermos en dl\'en;a.~ parter,: del muudo, como lo he proba.do en los libros que he e..;crito y en diver.-as Aeademlas de Medicina
Hoy que regreiso6 Par1s A oontbmar mis trabajos deo:pué-s de mi
agradable permanencia. de lnvlemo en esra ciudad, quiero que 108
mex.icaruY1 s1gan aprovechando m.J11esfuenos y por e;to les recomiendo se pongan en manOH de ,·d., !'l'lnlm.&lt;I de que quedarán ,atlsfech08.
Escribo A ,·d. la presente pe.ro que haga.de ella. el u'!O que mejor le
convenga, flacléndole 1nesente una vez más mi shicero nprcclo - Dr
J . .A . .flwt, profl!'f'Or de Anatom!a. de la Fac•ultad de Par1..cr
•
'
~1 Dr. Garay ha pral•llcado numem•,fü; operadone&lt;ipor{mediode'la.
electr6llsls, foda/J ('Ol'l frito, y e11 alguna.-; w:.·ompe.J\ado de los Doctore&amp;
M. Outlérrez, M. Aveleyra, J. Zárrnga y A, Ga,1no.
El Dr. Adrhiu de Garay es 1,rofe!'&lt;f1r de Anatomia quin\Wca. en'"la.
E..&lt;:e.uela Nacional de Ml-ilielna, rlrujano del Jl()f'pltal JuArez y d el
Asilo Fspafiol; proferor de Higiene en la Deuda Normal de ProfeN&gt;
res, Presldente de la 1-orledad Médica "Pedro h.('(:ObedO" y.._dl.rect.or
del perl6dlco La Escttela de Mtdicina

TOMO l .

(ruaa r o ae la $staci 6n.

Su conauUorio Qtd. 1Jitlll.ll1o en l,i prünem ~ la Pila Seca, número 8, s,

da ron.8Ult.a8 iodo, l08 dfa,, tnt'T108 loa de jlr,ta, de 5 ti 6 de la tarde.

El Pectoral
de Cereza
del Dr. Ayer.
PREPARADO POR

Dr. J. C . Ayer y Ca.,
LOWELL, n ASS. , U. S. A,

M e d allas de Oro en la.s Principales
E xposiciones Univ e r aa.les.

Purifica. la. Sangre
Es el mejor remedio conocido par&amp; cnrar

trPóngast'I en f!Uartlia contra las imitaciones baratM.

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prot'eden de la impureza de la sangr e.

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L&amp; eifilis más rebelde cede pront o ba jo la
em!r¡;c-lca acc!On del cOlo.1~1a~ y a:m loa n iñ o11
que heredaron tan terrible enfe rmedad St:
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mado mercu r io p ues elimina ese p eligroso
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(6111rdar111 de /u /mftaoiones 1 F1/sJ1ic,ic,on&amp;1. - SentencN d• 8 de M110 d• 1815).

:l'..ÚlU0.6. l!:Sl'E Cl.6.I, de .6.J'E lTE:S d e '1'00Al)01l, l)a.i'&amp; P ASEO '1 '1'E.6.'1'BO
CREMA CAIIELfA, CREMA EMPERATRIZ.
POLVOS para elll1)0ltar loe cabeiloa. Blondo, blanco,
ROJO 1 BLANCO en eb.o.peta1,,
oro, pinta J d1amaote.
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BllilfCO de PERLA en po!TO, blanco, ró!eo, Rachel,
LÁPICES e1peetale1 pan. ennegreeer pea;talu y ceJu. POIIADli ROJA para Iot labloa, en bote1 J m roll01,,,
los P•oitm~tos d• CH, FAY u encuentran •n el Mundo entero, •n casa de 101 Principales Perfumlafll YDroguKt••·

1

'

LA. HORCHA.T.EDA.

[Dlb11Jo d•Jo . . ■. VIIIHan ■ .]

�DOMINGO I&amp; DE ABRIL DE 0897

EL MUNDO

"EL MUNDO''
Semanario Ilustrado.
"T'eléíono 434.-Calle de Tiburcio núm. 20.-Apartado 87 b.
MblCO

Toda la correspondencia que se relacione con Ja

Re,.

411CCión, debe eer dirigida al

Director, Lic. Raf"ael Reyes Sptndota.
Toda la corresponJenci¡1 qne se rtilacionc con la edición
Jebe ser dirigida al

Ningún cJ.rruaje rompfa con el estruendo de las rued1::1s
el 'Wlemue silcucio d~ u:1.s calles. L.Js grit-•s de loB maro·
meros rasgaban el airu y los ofdu:5 t.awbién. ¡CJwu ha
corrido tl Ll~lllpo!
Pvr aq11~1la ~azón no- babia nacirlo Bejarano y uo se
proy"cwoau t'XposiciooPs de flores: Las mujeres no se expo1J.u1.11 más que en loa temploa ......... á a~r magulladas
por la muchedumbre. Ya no se toma la horchata en canta.ritos nuevos.

•••

Gerente, Lle. Fausto Moguel.

La Semana Santa de nuestros días está vestida á. lamo-

La subscripción A EL MUNDO vale $l.:t5 centavos al
111t:B, y ~ cubra. por trimestes aJelantaJus.

derna! Los boiubres pasan el día en las calles de Plateros
y las mujeres se exhiben en todogénerodeex:posicíonea.
Tudo lo viejo desde las suf'gras hasta las mantillas, tienen
la licencia de paseará la luz pública. Lo primero que se
piema, viendo esos trajes de color de agua marina, esas
plumas de p.1vo y esoi botines de raso, ~s que el vestuario del teatrv Nacional se ha vendido al menudeo. 81 ven
muchas caras y muchísimas caricat.uras. Sgmbreros hechos en la ca!:'a y que d~ lejos ó de cerca {&gt;atecen tiltro3
abollados con los que acaba de jugar uu gato¡ viejas que
se deecaecarau y jvvenes al oleo; levitas cuyos faldones
ee abren por &lt;letrJs, dejando ver uu pícaro remiendo;
corbatas color de sangre y guantes de ret.lecilla. Los monumentos si han cawbiado poco.
La wiswa profm,ión de naranjas plateadas y banderitas de oro volador; las velas de cera, que se tuercen y se
deshacen con el calor sobcant.e di! la iglesia, la.e: aguas de
colores repartiendo la luz en haces, loa proietas de car·
tón muy s~rios y forma.les; Josué con un sol de nariz co•
!orada, entre las manos. l\foisé~ con dos mechones ca•
lumniadores de rayos, equidos sobre la ~abeza; to'aos
los personajei de la Biblia1 estropeados implacablemente
por los escultores, fijo~ en el altar, como una guardia Palatina de la Iglesia'.

.Números sueltos, óU centavos.
A visos: á ra.7.Ón de $30 plana por cada publicación.
fodo pago debe ser precisamente adelantado.
RÉG!tfrK.WO C:OM.O ARTÍCUW U.K SEGUNDA CLASE.

La Semana Santa.
Todavía me acuerdo, como 1-1i lo e~tuviera mirando, de
aquel magnífi..:o saco de tt.-rntopelo que eetrené un Jue\·es :::lanto.
¡Ya ha llovido desde entonces!
Tenía sus torro3 de sed.a, muy sefiores míos; y su bol•
sa de costado par.~ guardar el pañuelo blanco cvn sus iniciales negra:". La v1spera del día famoso en que debía
estrenarlo, no dvrmí en toda la noche. Sólo otra sensarión parecida he experimentado: cuando el primer sombrero de copa se pavoneó con eeBoril donaire en mi per•
chero.
¡Dios mío! ¡Cómo se suspira de nii'io por ese Jueves
Santo, esperado durante doce mee-es! Para los niños de
la clase media es el ella cláeico de los eEtrenos. ¡Qué herrnoea sería para ellos la Semana Santa, si no agriara su
t.lichalamaldita estrechez delos botines que comprados
la víspera1 al obscurecer, de prisa, entre el barullo de los
entrantes y salientes1 aprit:tan el pie como un zapato chino!
Para los ricoP, y los que no conocen, afortunadamente
esas penurias y privaciones que trae consigo la pobreza,
no existe, de seguro, la infinita ansiedad con que se aguar-da un día de fiesta. Mas para los po b1 es, enclauetrados sevf ramente en el duro aislamiento y el trabajo, el calen•
dario abre 'de ti echo en trt&gt;cho sus cerrados barrotee 1 de·
. jando ver un pedazo de cielo azul, como el girón i:1el firmamento que ce mira por Ja anguloi-a claraboya de una
cárcel. Por la abertura de ecos barrotes mal unidos entra c&lt;;mo ~na bocanadade_aire q.ue refresca la sangre 'y comumca ahentl) p~ra eegmr copiando oficios en el desmantelado salón de una oficina, ó vendiendo diversas
mercancías tras el pesado moftradnr de una tienda. Esas
francas alegrías que saludan. la llegada de los días de fiesta, forman la riqueza de los pobree. Para ellos la Sema·
na Santa. no Eignifica, como para nosotros, el trastorno,
penoso siempre, de los viejos hábitOF•, la obstn.1cci60 del
boulevard y la altura espantosa deJ termómetro; para
el!os. esos t~s .6 cuatro días, ungidos por la tradición
cristiana, significan la libertad más awplia y prolongada
de que pm•den gozar durante el año, ta fiesta de familia, la comida cuidadosamente aderezada, los pescBdos
que sólo se comp:an para el Viernes Santo, los paseos
llevando á la rnuJer del brazo y los niños·de la mano á.
través de las calles y los templos, el vanidoso placer de
tomar un heladu en el café, el anhelado estreno de la ro·
pa nueva, loa dfae sin patrón, sin amo, sin ministro, las
noches de largo euefio no cortado por el repique del reloj
d!lndo las seis de la maBana., ni las pesadillas en que revisten formas coloEales los hbros de Caja y las enormes
ruedas de las fábricas.
La víspera del J neves Santo, en cuanto dadas ya las 01 a•
ciones, ciérranee las oficinas y se apagan las luces de las
tiendas, .el pobre esclavo tláse á recorrer las caHes, llevando bien guardados los cartuchos en que tiene el dine•
ro de su sueldo; y cuando vuelve á casa entre loa gritos
regocijados de los nifios que salen á aguardarle en ta escalera, va poco á poco descargando su provisión de en.
cargos: latas y pasteles, el enea.Je que falta para el vestido nuevo. ~e la esposa, el so~"!,&gt;rerito de paja florentina
para t::l h1Jo mayo!¡ las prov1s1ones para la despensa, to•
da la mmensa vanedad de peces y mariscos que son indiapenea~les para estas vigilias de gran gala; la empanada de oshonee, el tarro de mostaza, y cubierta por triple
envoltura de papel de estraza, apenas azomando el en·
carnada casco de latón, la gran botella de Alicante ó
Burdeos ~~lo, qu~ al ~í~ sigui_ente ªI?urará entre aplau•
sos la familia. Rhm, VIt&gt;JO Rhin, el vrno de los ricos ja•
más produce una alegría franca ni un placer tan gra~de.

•••

Mi sa:o de ~rciopelo negro está ya más calvo que los

~adém1cos. 81 tuviera mtimoria me contaría Iasperipepcias de aquella Semana Santa en que me hizo sudar como un acróbata. Ya lian cambiado las costumbre,i hemos ~rdido muchas diver::iionea, umchas fieftas~ La
procesión no sale ya con su cortejo-devoto por la::i calJeg
n~ ~J Centurión caracolea en su caballo color de cap¿
vteJa. Sólo firmes, rt'f':istiendo los vafreue::i de la snerte
y los empujes de la civHiz~ción, perman"cen tres cosas
eternas: las matracas, los Judas y las rosquillaP. Hasta
las aguas frescas han adelantado. La horchata de los bue,~,•!- tit--mpos ~a desapai:ecido con la china poblana y los .
\1:1ev;::, d~ Gmllermo Prteto. Los pueEOtos de aguas frescas
~n verdaderaLOente cafés _de t:ncrucijada, C'lll Sil"!, pequti•
?ªS meEas, más ó me~os limpias, sus canapé:! deevenci•
Jados, sus vasos de cnstal y su~ meseras. Ya no se toma
la h?rchata en cantaritos nuevos. Delenda est Carthago.
¿En dónde están ahora aquellas tinieblas fe San Ague•
tío? Seguryi.meate han ido á loe telarañorns almacenes en
donde el t1em~. avaro ~uarda las lunas viejas y loa monumentos dA ~~n Fmnc~sco. ¡S.-t.n Francirnol Aquella era
la grandE: Iglee1a de la .Semana Santa. En ella se lucían
las ma~hllas negras, último resro del poder ele E~paña,
les vesudos de moaré y loe floridos tápalos de China.

MANUEL GüTIERES N .ÜERA

EL CERRO DEL CALVARIO
Véee nna loma enfrente del egida
Qne el blando influjo del Abril enerva1
Y donde envano la cansada cierva
Busca el raudal y pasto humedecido.
No hay un arbusto donde cuelgue el nido
De avecillas la gárrula caterva¡
Ni un matorral, ni 1m tronco, ni una hierba
Donde module el céfiro un gemido.
Ruinosa, oscura, sepulcral ermita
C'orona enhiesta la caliza cumbre '
Donde soberbio el vendaba! se a ita.
De esqueletos horrible muchedumbre
F.s fama que de allí se precipita,
'
El sol hermoso al esconder su _lumbre.
JOAQUÍN ARCADIO PAGAZA.

Dtibe el Uueno !'lf&gt;ntir que tiembla el imela
corno el jusOO de Horacio con firmna.
y ver también qnt ee tlesplomae1 cielo
diu incliuur eiquiera la cabeza.

•••

Cnani.lo se abre la tierra estremecida
el bneno reza, se re:::igua y muere
'
que ea e1 único eabio en esta vida'
el que saba querer lo que Dios quiere.
ÜAMPOA.MOB.

EL DOMINGO DE PASCUA EN GAZA
( De ''El Desierto" de Pierre Loti.)

Gaza, una de la'a ciudades máa antiguas del mundo
mencionada ya en el Génit-.e::1, en las tenebroEas época~
anteriores á Abraham, fué asaltada y vuelta á tomar derribada y elevada por todos loE viejos pueblos de J~ tie•
rra; los Egipcios la poseyeron veinte veces; perteneció á
los Filisteos, á los gigantes de la raza de Mn,,c, á los Asi•
rios, á les Griegos, á los Romanoe, á los Arabes y á los
Cruzados. Su suelo sembrado de escombros, lleno de
osa.mentas y de tesoros, se encuentra trabajado hasta en
su profundidad. La colina de tierra que le sirve de asien •.
to, es una colina artificial, amoldada por tiempos lejanoa
y vagos; sus alrededores están minados por subterráneos
de tod3:a !as edadee, de.salid3;5 ignoradas; sus campos estan acr1b1llados de aguJeros sm fondo, en lvs que tienen
sus madrigueras lagartos y serpientes.
A ocaciooes fué espléndida, sobre todo en los tiempos
del di&lt;;&gt;s Marnas, que tuvo allí un célebre templo. En la
actuahdad, las arenas han asolvado su puerto, enterrado .
sus mármoles. No es ya sino un humilde mercado á la.
puerta del desierto, en donde se surten las caravan~e.
Su ~pecto sigu&amp;siendo sarraceno;por e11cimadel montón ruinoso de sus casas, se elevan mezqnit.aa y kioskos
funerarios dt cúpulas blancas y se alzan palmeras esbeltas y grandes sicomoros.
País de ruinas y de polvo. Barriadas de arcilla de lodo
seco, y aquí y allá, incrustado en viles materiales, un
vetusto mármol árabe, el blasón de una cruzada, un fragmento de columna antigua, un santo. ó un Baal. Restos
de templos yacen esparcidos en laa callee, fri:,os de palacios griegos1 en tierra, en el dintel de la puer1a.
Escasos transeuntes y ninguna hud ,a de carruajes·
dromedarios, caballos y asnos.
'
Algunos inmóviles turbantes, blancos 6 verdee, sen ta•
dos en las gradas de los templos. Todo el movimiento
en el bazar, obscuro, cubierto de palmas umrchitae, en el1
que ~duinos de diferentes tribus del dt-1:ierto, compran
con dinero de merodeo, arneses de cauiello, vaina~ de
• sables, avena y dátiles.
En una mezquita la tumba de Nebi-el• Hachen abllelo
de Mahoma y patrono actual de la ciudad.
'
Penetramos allí en medio de un claro ra1 o de sÓI de esta
mañana de Pascua. Primeramente Fe üfrt'ce á nue~tra
vieta un amplio patio rodeado de blancoe arcos. Algunos
hombree eeenc~entran allí en e.ración; ptro bay 1 ~obre
todo, gran cantidad de muchachos que j Ul•gan bajo eELe
inmenso cielo azul. Es el uso de Oriente; . as praderas r
los patios de las mezquitas 1::onel lugar de cit.a de los Dl•
ñoe;_se ven como cosa natural y conveniente eEOB juegos
sencillos al lado de las oraciones de los ancianos proeternadoe.
Los más pequef'Ios, loa que apem,s saben correr tiene.a
en los tobillos un rosario de cascabeles, para que las ma •
dres puedan 0ír desde lejos en dónde se bailan, así como
se iodean de campanillas los cuellos de las cabras en la
montafl.a.
Este patio se comunica por medio de unas ojivas cerradas con verjas de hierro, con tranquilos cercadoe, som·
breados por palmeras y en los que crece una ) erba pri •
maveral, alta y florida, lugares en los que sin duda duermen los muert&lt;,s.
La tumb~ del santo se encuentra en uno de los ángu ·
los, la maciza puerta, ornamentada Je esculturas anti•
guas, está cerrada con llave¡ átguien, que rezaba allf va
en busca del viejo sacerdote guardián, y nos sentadios 1
en tanto, á la sombra de los arcos, en medio de una paz
religiosa que lo envuelve todo.
Acude con lentitud el sacerdote, anciano de barba.
blanca y turbante verd.Q; abre y entramos. Bajo una tris •
te cúpula, horadada en su parte superior, pintarrajeada,
de ara~ecos cuyos colores han apagado la humedad y
las lluvias1 se alza el gran catafalco de paño verde· en
las cuatro esquinM bolas de cobre co~onadas por la ~edia luna, y en la cabecera el turbante del muerto que ve•
la una vieja gaea.
Pos las callejas, por los bazares 1 la gente va y viene
ocup~da en sus as.untos cuotidianoB: aquí no es domi¿go, n1 es Pascua., emo ?n día cualquiera de la Egira-y
nada en esta pnmera ciudad de Judea despierta ~, recuerdo del Cristo.
'
Si1;1 embargo, he aquí ot:a mezquita de mayores pro·
porcrnnes, cuya puerta gótica nos parece una puerta deCatedral, y cuyo- umbral, en donde nos quitamos nues•
~ras ~abuchas, es como el umbral de una iglesia. En el
mtenor, una gran nave, en forma de cruz latina con columnas de marmol gris; y aquí y all~ en los' muros
otras cruces, que han sido arañadas, es ~erdad. pero qu~
persieten en dibujarse bajo las espeEae capas de cal que
las cubren. Es, en efecto, una iglesia, edificada po... estos
Cruzados de fe ardiente que veman en otro tiempo á ha·
cerse matar en Tierra Snnta. ¡Qué fuerza poseían aquellos bombrf:S y ci,ué prodigios érales poEOible n= alizar! ¡Cuán
bella es- su 1glesm para haber sido edificada en medio de
las guerra!'I, en un país de deetierrol ¡Cówo sorprende
verla en pie todavía!
· l
En ~u blancura tranquila, iluminada pM un reflejo de
sol or1ent11.l que resplandece afnera alg•l cristiano ce en·
euentra aúo, repent,inamente en elia. Los francos que la
const:11yeron. hace eiete siglos, habían, ~in embarg,, obscurecido ya el Jesús del Evangelio por infantiles Jeyen·
das-y ahora. lo que es más todavía -las sombrías ban•
banderas vtrdes de ;\fahoma ocupan la nave despojada,
en el lugar de .las imágenes _que colocaron allí aquellos
C.ruzados senc1ll.os; _pero. es igu111, algo de Redención ee
vislumbra, algo 1mpálpable é infi.nirawente dulce con una
vaga impresión de la fiesta del domingo de la fiesta de
la Pascua.........
'
.Por lo demás, los Cruzados han dejado aquí huellas
snya::1 en tod.os partes, y se correría el riesgo de remover
su:J huesos BI se removiera este viejo terreno sembrado de
ruinas y fl,:,. muertos. La ciudadela turca coÍnenzada en
el siglo Xlll, retocada, recargada de t~das las épccas

OJIINGO

,a

-DE ABRtL DE ,8g7

de la historia, ofrece en sus muros un conjnnto de eutilee
lineamientos árabes y pesados escudoe de los Liempoe ca·
balleresoos, en los que bro~an en la actualidad loe Hque•
nea, las plantee de las ruina~.
En los bardos alto1-1 1 nos detenemos en un logar desde
donde aparece to-lo Gaza, con s111:1 casas de tierra, sus mi•
naretefól, sus Cl'i.pulas bl rn..:as r,,dt&lt;adaa de palmeras, ab.i.jo los rc,stos de dU~ balha~1:1, dd tiempos desconocidos,
cuyos planos no se desti nguen ya y se pierden en los ce~
mev.teiios. Un mundo de cementtrios invade la campi•
na; en uno de ellos, baju un sicomoro, algunas mujeres
agrupadas lloran ruido~amente algún difunto, según los
actos oficiales, y PUS lamentaciones rítmicas se elevan
hasta nowtroe. Muchos hermosos jardines cubiert(ls de
sombra, muchos senderos bordeados de cactus y por loa
que suben a11nos llevando á la ciudad el agua en odres.
Y, por último, la mar lejana. ll\B espigas de las ~iembrad
e ndulando en rizos, y más alfá lae arenas d.-1 desierto; nn
panorama mela'nc6lico á que es difícil de asignar una focha en el cuno de las edades.

¡;:L MUNDO
LA CRUZ OE LA MONTAÑA

VIA-CRUCIS

Cada vez que trato de traer á la memoria aquel camino
de la Redención, reproduzco, por poder imaginativo, el
grandioso lienzo de Rafael de Sanzio, pasmo de Sieiliu.,
viajero errante, llevado en las lanzas de la conquill!ta y rescatado por la piedad cristiana de ~ntre la.e p1eseaa de la
gran conmoción volcánica que agitara un día el suelo de
la Europa.
Allá veo yo á Jeeúe, destacándose va;ientemente de en•
ire el grupo brutal que le asedia; 601a en su cabeza un
luminoso rayo en que parece haberse concentrado toda
la inspiración del artist-i: si allí hay luz, no e:, la que vie
ne de lo alto, es la que irradia de aquel busto transfigu•
raJ.o por el dolor. Enturbia sus ojos una nube de higriwas y de entre aquel llanto comprimido surge una miu:u.la de infinita tn::teza, mientrai; su boca se pliega amargaooente en una sonrisa eerena.
A. la derecha, la Divina Madre extiende ens palpitantes brazo!:! y dos gotas df&gt; rocio titilan en loa hilo::1 de hé1.Jano de sut: pestañas.-Magdalena gime arrodillada.
Al fondo, uu muy lejos, eo ese eterno primer plw,o,
único que h1 pint.ura de la época 'Parecía dispouer para
su::1 personajes, un montón de cabezas pose1das por la
ira, muchas sombras en aquellos semblantes y muchas
ironías en aque:Jos labios. Y en aquel c,.,njuntu, algo aA·
reo y cutil, algo miíd que la 1nspiraclún d..-1 artista: la fe
de sn alma, el ideal religioso, el amor divino &lt;lentro tfo
un eepíritu.
EL MISERERE DE SAN PEORO
La Btlnda del sacrificio es larga y dolorosa, pero si el
martir llora no es por él, es por Sión que ya visluiubra
hundida en lontananza: tcNo llortlis por mí, dice .í. las
(Roma. )
mujert's¡ l torad por vosotras mismas y pur vuestros bi·
jo.:i.u Y aun hay movimientos en Sud u1iembros tlolor1•
Pero hay nnacere,oonia y un mnmentosublime: el 1'-li•edos y cou sublime entereza se dirije al lugar del suplirereen San Pedro. La música es de una inspiración inag-ocio: es que de allá arriba la 01deu de Padre 11a. tlt!sceotable. de un efecto sorprende11t,e. R)ma vió eael si~lo XVI
que E" l protestantismo le aventajab,1 t"n música, cuando tar.- dido basta .El y ha penetrado en su s?r, sublimado al
anuncio del martiriu.
to aventajaba ella al p, oteetant1sooo eu pintura, t n escultuTiene este camino la- punzante amargura de un dolor
ra y en arquitectura. Naturalmente buscóun m11sico1 arÁ
que nose acaba nunca: se le recurre paso á pasv con el
contrastar esta inferioridad, y lo encontró sublime, enCrucificado, y cu cada aspereza se va deJarnfo un girón
contró á Palestrina, ese Miguel Angel del arte lírico. ltl
de carue1 hast,a Jleg.1r á. lo alto de la cima. La vida, prenPa.pa prohibió que su Miserere fuera copiado, para que
dida al cuerpo por invisibles ligadurai;1, se.alt"ja tenuesólo resonase en la iglesia cuyas bóvedas gigantes se ha·
mente, sin. convulsiones desesperadas. El l'i&lt;t (,'rw..:~ es
Jlan completamente en armonía con las sublimes notas.
el comienzo de una agonía serena.: t.11, la agvnía del HomUn dia escuchaba fuera de sí el Miserere un niño subli·
bn•Dios.
me. Eete nii'io, que debía ser el Rafael de la música, lo
Tvdo lo que la rabia huma11a ha podido amontonar,
aprendió de memoria y lo divulgó por el mundo. Llamábaae el niñ,,, Mozart. El genio germanice vino como siem· cae en esa inmortal carrera svbre la Sagrada Victima: el
escarnio, el furor, la burla, se mezclan y se confundeo y
pre á robar sus secretos al gemo latino, en la guerrae1er·
na de ambas uzas. No hay pluma capaz de describir la '-"" un solo eco se formulan, gritos de b~stia famélica que
ha encontrado su preea1 la reclama, ju, g.i. con ella é ineolemnidad del Miserere. La noche avanzB. La Basílica
cita todavía su apetito y prolonga má1-1 el ~uplicio. Basta•
está á. obscuras, sus altares desuudos. La última vela del
ría (desús para el martirio ese V'ia Cruc~, el pesado wa•
tenebrario se ha ocultado tras del altar. Os creeriais den•
dero á su hombro, la injuria escupid~ á su rostro, esa
trode un túmulo inmenso á traves de cuyastablaaentrara el reFplandor lejano de lámparas funerarias. La mú- oleada brutal invadiéndolo todo, devoradora, imsacia·
ble y haciend·) flotará. tste Divino Mártir de latalvaci6n
sica del Miserere no tiene inatrumentación. Es un coro
sublme combinarlo de una manera admirab!P. Ya se oye de las almas.
l\1aría ha regado con su lla oto cada piedra de la som•
como el rumor lt'jnno rle una tempestad ó como la vibrabrfa calle: la Madre es la esencia divina, pero es Madrn.
ción del viento sobn· lns ruinas y en loe cipreses de las
Sabe que el martirio es preciso, pero sabe tambiéu que
tumbas; ya como un lamento que se levantara del fondo
de la tierra ó como nn plañido que enviaran los á.ngeles el Mártir es su L.ijo. Y en aquella imerminable senda,
los mártires son dos: El y Ella.
del cielo, todo envuelwen sollozos, en unalluviade lágri·
El cat.olicismo Sé nutre con la sangre de la víctima: de
mas.
Como las est1Huas de blnnco marmol son de tal mane- generación en generacióu el terrible drama ha pasado
con sus acentuados perfiles sin perder una sola de las irn·
ra•gigantescas y brillan t,aoto que las primeras sombras
no pueden completamente ocultarlas, parecen evocacio- presiones que su recuerdo evoca en la hietoria huma.na.
nes de otras edadeR que, al levantarse de su sepulcro y En el cuuo de todos l@s grandes hechos que han conmovido al.planeta, esta dulce figura que pasa con los brazos
desceñirse de su negro sudario, entonan ese cántico de
dolor y de horrible de1&gt;esperación. La Basílica toda se extendidos 1 fulgurante de luz, derramando bendicion..-s,
no ha desaparecido; siempre en el fondo de nuestras Inconmueve, vibra cual si los acentos de tt&gt;-1ror salieran de
chas se conserva esta hermosa visióo que toca nuestro
cada una de sus piedral'I. Esta l?1.01ent.ación, larg 1, sublime,
esta ola de hiel evaporada en los giros d1::l ftirt-, ns hiere espirito con el triple poder de la fé, de la esperanza y t.ld
amor.
profundamente el corazón, p01q·1e es su tr!stczainfinita,
Jesús no pod.Ja llegar al mundo sino para ser herido
es la voz de Roma quejándot1t1 (t lf•S cielo8 desde su le•
por el dolor, para el sacrificio y para la redención. Pocho de cenizas, como si bajn sns cilicios se retorciera ago•
nerse en contacto con las COl!as humanas, reducir,m, El,
nizante. Llorar así, lamtintarse com•i los antiguos prot, •
más inmenso que el espacio á los estrechos límites (id
tas bajo los eauces del Eufrates ó sobre las piedras esparnuestro breve cuerpo; tomar carne de hombre, era ya de
cidas del templo: llorar en cadencias sublimes, conviene
á una ciudad como esta, cuyo eterno dolor no ha ofendi· condenarse al martirio: la nieve no se mezcla con el fuedo todavía á su eterna berwosura. Así es la ciudad escfa- go sino para mancharse. Había de morir: nostalgia divina lo apartaba de nosotros. Arrojó en las siembras la
va. David sólo podría Fer su poet.M. Lo eublime es la nota
et.t-rna semilla, y ee encaminó serenamente al patíbulo.
de su cántico. Roma, R,1ma; eres grande:1, eres inmortal
Su vida humana fué un holocausto: loe católicos se aprohasta en tu desesperación y en tu abandono.
ximan áeste drama de rodillas.
Tendrás eternamente en el corazón humano un altar,
Allá en el Calvario, cuandu la sombra va borrando los
aunque e:e pierda la fé, que ha sido t,n presdgio, corno se
pe1files, y el sagrado cuerpo abandonado á. su propio pe•
perdieron las conquistas que habían eidotu fuerza. Nadie
podrá robarte el dónde la inmortalidad qne te confiaran so, parece como vencido en la lucha contra la raza humana, llora todavía la Madre, y su silueta tiembla wbre el
tus dioses, que te bao e:osk--nido tus pontíficee, y que te
fouct.o 'n.¿,gro de la ciudad cruel. Abajo duermen las paconfirmarán eternamente tus artistas.
siones mal extingnida;i, enfrfanse los odios; es el repmo
EMILIO CA!-i"Tl-:LAR.
de la b,stia repl~ta. Arriba vela el dolnr; i:e eleva hasta
el Padre y busca un hilo dti luz en medio de tantas tinie•
bta!'.
Y el sagrado cuerpo parece animarsf', y de sus labios,
una ':ez más, brotan fra::i1c:s de perdón para sus \·erdugos,
EN EL COJllEDOR
de bienaventmaJJza para todos los homb,eio, de amor
( Pascua de Resurrección.)
para la madre; e? el úoico soplo de aqnella al111a que antt"I! de abandonar su armazón mortal, lo ilumina con el
Mágico hervor que Se dilata en torno
lulo de luz pedido por la Madre. Ultimo esfuerzo de un
hace saltar la nota crietalino
eipíritu antes de abandonará la que tanto ama.
de la ancha copa qne el aldeano empina,
'f¡_¡rnbién las almas tienen eu vi:l crucis. A las que sudel carnaval por el feliz retorno ..... .
fr~n, á. las qne lloran, abierto f'Stá el cawino de esa otra
alma inmensa, que llena el Universo, que lo vivifica toEs un arado el singular adorno
d&lt;: la de Aquel qu~ expiró en Ja cruz.
único que hallar puede la retina;
E. GóMEZ GUERFERO.
y allá trae de la puerta se adivina
caduco, ahumado y ceniciento horno ..... .
Hoy es Pascua. Hoy del aol al postrer lampo
bebe una misma copa con su amada
el labrador, por la salud del campo;
Y hoy á la cena la embriagiiez asiste,
danzando al rededor de una colgada
ave sin plumas, retorcida y triste ........ .
J. s. CH;

Conmueve de placer nuee\ras entradas,
al ver q ne consolando ajenos malee,
va la piedad desde las casas reales
á barrer la_mieeria á las cabañas.
C AMPOAHOR.

Notienem,a ado : no que laa flores
Que el inocente leñador corlara,
Que los esbeltos juncos cimbrad.orea
Para alfombrdr el césped de tu arn,
O de campestres lirios la cadena
Que pastora infeliz ofreció pía~
(.,'uando con labio trémulo pedía
Tu protección en su amorosa pena.
Te da sus perlas la naciente awora
En argentada lluvia de rocfo,
El iris con las tintas te colora
Del sol de las montai'ias del estfo.
La piedra de tu altar, arrulladora
Lame la blanca linfa de ese río,
Que va después, eotre la selva ob.=cura,
El soto á tecuRdar y ia llanura.
Así te quiso el Redentor del mundr,
Que te escogió en el bosque centena do,
Para abrazarte con doloc- profundo
En su eanto mart,irio del Calvario;
Y así debes est-ar entre las flores.
En tusafiosos bosques-escondido~,
Consolando los tímidos dolore~,
Ali vianda lm pechoi:1 oprimido~.
¿Santa y sublime Cruz! ¡~y de3 lichaJ o!
Ruge la tempestad de lo'I peaare::1
Dentro mi corazón desesperado¡
¡Vengo á buscar c'o osuelo en tus a 1t \tes;
Dame de mi nii'iez blanda el sosit'gu!
¡Que vuelva al corazón la antigua calma,
Consuelo del cristiano, te lo ruego!
Yo tengo mustia y dolorida el alma.
Yo quiero aquí olvidar; busco un asilo
En t,í1 mi dulce y única esperanza:
Aquí en tu altar descansaré tranquilo;
Aquí hallaré la paz y la bonanza!
Y cuando enlute el velo funer,.i.rin
Mi triste frente y al dolor sucumba,
Tú, Cruz humilde, cubrirás mi n~ario,
Y tus violetas ornarán mi tumba.
Ia:t-ACIO M. Ai.TAMIH.\.XO.

BRONCES
MOISES

De perezosas sierpes negra trama
Finje su luenga barba retorcida,
Y es fil frente á la cumbre parecida
Que elsol calcina con eterna llama.
El gensamiento que al Seilor proclama
Al -partir de au lengua conmovida,
Como un gigante con la sien herida
Lleno de furia se retuerce y brama!
Sus fuertes nervios el furor violenta
Cmrndo de Dios numera los agravios
De aterradora majestad cubiert.o ..... .
Ht1y en sus ojos brillos de tormenta
Que parece que viene de sus labios
Uu soplo retumbante del desierto

*•*

SAN JUAN

Asienta sobre v6rtjces la planta,
su frente al cielo tempestuoso toca,
el acento de fo.pg I de su boca
torbellino de arc1l.ngeles levanta.
Entre es fragor de la trompeta santa
que á ¡uicio los espíritus convoca,
con rui11a y con estrépito de roca,
la caree\ de los réprobos quebranta.
Al mandt1to de Dios, que él obedece,
todo ~n profundo y colosal abismo
pur inmensa vorágine perece ..... .
)..fá.s para gloria del humano duelo,
sobre el horror del vasto cataclismo
aur~a .Ternsalem erige al cielo!
J UErrO A. F ACIO.
OTRO PAGO DE $25,604 DE "LA MUTUA"

ENMEXICO.

.J

/,a

Sra. C1.0tiJd,~ C. viuda de Bejarano, d.e Tapa.chula.

Tapachnla, '1.rrzo 16 de 1897.
Señor D. Carlos Sommer, Director gener.il de ''La
Mutua.'' -México,
)-foy estimado i-dior:
Sin·e ef'ta par,, ..::.erti6 :,r A n~t'" q11e hoy nos han sido
pagada~ !na pólizru:i mímer,J:;:
389,886 por ... ... . .. ...... .......... .. ...... $ 2 000 00

-429,477 i , • .•••• •••• ••••• ••• • . . . . . . . . . . . . . 11 s:ooo 00
600,321 ,, ................................. )) 10 000 00
153,939 ,, ................................. » 10' 604 40 con

la devolu.;ión de premios.
'
So.lamente puede afirmar este pago el ya inmejorable
crédito de la Compa11ía a.l di5no cargo de usted, y le autorizamos para que haga el usv que mejor le convenga á
usted de esta carta.
Somos de usted atas., aftmos. SS. SS.-Ctotüde C. de
Bejarano.-Como su tutor, A lejandro C6rdova.

�....

EL MUNDO

DDMINGO 18 de ABIIIL de 1897

DOMINGO 18 DE ABRIL DE 1897

EL MUNDO

&amp;scenas me~icanas.

9ue¡,es $anto.-"0isÚanao los LbJonumentos.
[DlbUjo de Joaé M.. Vlllasan.a.J

í:a ultima c-2na.

•s1

�EL MUNDO

'Una Semana Santa de hace dos siglos.
Espléndido se ha mostrado el sol en este d.!a, que á no
dudarlo el Padre de la luz eetaba ganoso de presenciar el
boato que ha des1¡&gt;legado el rey má11 galán y fastuoso del
orbe para solemmzar el mayor de los misterios de nuestra sacrosanta religión.
Después del retiro que, llevado de su mucha piedad,
se había impuesta recluyéndose con su augusta familia
desde el viernes á. loe reales aposentos de San J er6nimo1
en la tarde de ayer miércoles hizo su entrada en la Corte
el rey nuestro seiior, con gran contentamiento de sus
vasallos, que viendo en su ga!larda persona el más firme
sustento de esta vasta mooarqufa, no pierden ocasión de
mostrarle su amor y hacerle ver la alta estima en que
tie1.1en sus prendas.
.
De ese júbilo dícese que llo han participado en tan•
ta medida los reverendos de Atocha, que contando•
con que á. su casa asistirían SS. MM. á. las tinieblas,
1!8 han creído desairados con la preferencia que el monarca dió por esta vez al templo real de la Almudena, que
tal vez por su mayor proximidad al alcázar fué el elegido.
.
En él era tal la aglomeración de gentes, que al abrir las
guardas calle á las reales personas, hubo no escaso número de heridos, y no pocos fieles fueron á dar con sus
huesos en la caree! de corte, acusados de haber tenido
más listas las manos para registrar faltriqueras que los
ojos para admirar las galas de que se había adornado el
templo.
No fué, sin embargo, esto, que por ser·monedacorriente en nadie causó asombro, lo que aguó la fiesta. Otro
incidente, que por haber sido muy comentado no ha de
pasar en silencio, fué lo que hizo que terminara desabrida y punto menos que solitaria una solemnidad religio ·
saque coment.ó tan animada y concurrida.
Poco de~pués del primer salmo, la reina nuestra señora sufrió un desvs nacimiento que casi la privó de sentido y aunque su relig1osida.d nunca desmentida, una vez
de~vanecii.10 el sopor, la hiciera instar á todos á perma•
neceren la iglesia, siquiera hasta la terminación delco·
menzado nortnrno 1 el rey, galante siempre, la acompafió al Alcázar, de donde ya no volvieron á salir.
Los m 1s dieron por causa al íncidente el sofocante calor producido por las luces, y aun hubo quien tuvo el
síncope por v~nturoso nuncio de nueva sucesión; pero
como en parte alguna no faltan lenguas maldicientes,
éstas dier,m otra significación al lance.
Sabida. es la costumbre que tienen los lindos al uso
de ha~r en eate día. obsequio.:1 á sus damas, de matracas
de ricas madera.e embutidas de oro, plata y marfil y otras
materias precio::,as, con que·armar ruido en los templos.
El rey á fu('r d~ g,1,lán, había hecho á au aug·1sta esposa
presen'te de una. dd estae máquinas. verdadera joya, en
que por haber puesto mano los más renombrados plateros recién venidos de Italia, parecía no poder tener rival
en el ruundo; y esta circunstancia había llenado de legítimo orgullo tt la que con él compa1te la soberanía de estos vastos reinos.
Dícese sin embargo, que el contento de tan augusta
señ.ora se' vió turbado desde el momento mismo en que
penetró al templo, por ver que muy cerca de su estrado
tenía almohada e1erta dama á. quien es fama que ,el gran
Philipo galantea, no por cierto con desabrida fortuna.
Sin embargo, casi es seguro que habría disimulado t!U
enojo, á no haber reparado que la susodicha, con descoco inaudito y con objeto manifiesto de hacer más público lo que para nadie es secreto, mostraba en la mano una
matraca que, por ser de mayores primores que la de nuestra soberana, harto claro revelaba la alteza de su origen.
La reina entonces, sin ser duefía de si, hizo menudas
piezas la suya, y acudiendo copiosas lágrimas á sus ojos,
ee vió tomada de! desmayo de que ya se hizo mérito,
De esto será lo que quiera. El rey es mozo y galán, y
aunque la suerté leunió cou quien á nadie cede en virtud
ni hermosura, la juventud es indómit.a, y más fácil es
ven~r luteranos y hugonotes que domar los fieros de
una sangre bullidora é inquieta.
El hecho es, que si tormenta hubo, los primeros albores del día la disiparon, y hoy jueves ambos monarcas
han asistido álo3 Divinos Oficios al convento de Descalzas Reales, donde no se ha sabido que admirar más, si 11s
armoniosos sones de una orqoesta digna en todo de los
o.fdos que la escuchaban, 6 la artificiosa traza del monumento co □ que las alcurniadas madres han logrado hacer la más bella apariencia del sublime misterio que hoy
se conmemora.
Loa reyes, terminado el Oficio, fueron obsequiados con
un agasajo en que, sin quebrantar los preceptos del ayuno, pudieron paladear las delicadas garapiñas y las sabrosas aguas de limón, canela y bergamota, que tan alta
nombradia de hábiles reposteras ha dado á las religiosas.
Su Majestad mo~tró tal pena por no hacer brecha en las
salsillas de merrneladas y jaleas que se ofreci,.n á sus
ojos, q 1e la superiora prometió que en la mesa de hoy
correna á cargo del convento toda la parkl de la confitura, y q 1e nuev.os regalos al paladar podría ofrecer si los
augustos huéspedes honraban el sarao á W divinn con que
la comunidad hade festejar el Domingo de Resurrección.
El rey, no Sólo aceptó con su cortesanía habitual el
ofrecimiento, sino que se comprometió á ser pareja de la
superioora en lazarChbanda mf.stica con que se rompiera el
b~ile.
c.,n esto, y después de admirar los ricos tapices y reposteros con que se bah.fa engalanado el claustro bajo,
salieron SS. M.\L del monasterio para asistir en el Alcázar al ú.watorio, donde fueron agasajados largamente los
doce pobres elegidos, entre los que el rey distinguió con
palabras de afecto á un antiguo alférez de los tercios viejos, que después de servir desde los tiempos del Sr. D.
Felipe el Segundo, lisiado de un tiro de Arcabuz, pide
hoy limosna en las gradas de la Victoria.
Por Ja tarde, despuélfde oido el Sei-nión del Mandato en
la Real Capilla, ealió la corte con pública ostentación ií.
visitar los sagrarios1 siendo tal el luJo qoe en su atavío y

servidumbre desplegó el conde-duque que, aunque el rey
iba bizarro en extremo, vestido de !~nado cou aforr0s
de color perla y randas y sobrepuestos de plata pasada,
hubo de decir con sin par donaire á uao de ~us sumilleres:
-La mitad pnr lo menos de los memoriales que se recojan los proveerá. de su bolsillo Olivares; que por lo visto anda con más bolgura su casa que la ro.fa.
La carrera no se eefialó por incidente alguno notable,
puesto que aunque en dos ó tres ocasiones la ostentosa
comitiva estuvo ú. punto de yerse rota por las oleadas de
la plebe puesta en confusión, li tal incidente por todos
los afi()S 1 no dan valor sino las gentes sobrado espantadizas. Ci~•:.&lt;J es que por irreverente pudiera pasar que los
pueelcs de bebida y golosinas obstruyan la puerta de los
templos y den ocasión á que las destemplanzas de la em·
briaguez turben el recogimiento devoto quC el día pide;
pero la costumbre es costumbre, y hay que respetarla en
evitación dl::l maynres malea.
Más de lamentar íué. otro suceso que, llenando de consternación el ánimo de S. 1\1., hizo que seretiraseásureal
morada antes de ponerse el sol.
Cuando se dirigía á Santo Domingo, qu~ este año se ha
visto concurrido como nunca por estrenar monumento,
regalo del seíiot inquisidor general y traza del sevillano
Diego Velá.zquez de Silva, gran bulto de gente que s_alía
precipitadamente de la l'glesia gritando: i&lt;¡Profanac1ón,
profanación,!n detuvo el paso de S. l\:L, quien buscando
refugio en las casas que habita un hijo del conde de Fuentes, mandó persona que se informara de lo ocurrido en
el templo.
Esto, á lo que de público se decía, fué como sigue: A
cierto consejero de Portugal, hombre de tan alta prosapia como entrado en años, hále ocurrido ~a poco tiempo
la idea de dar su ya sarmentosa mano a cierta doncelhca
á quien, no por lo que parece perdiendo su tiempo, re•
cuestaba de amores un mayorazgo más sQbrado de mala
fama que de buena hacienda. El mozo no debió quedar
satisfecho con gozará medias lo que por entero pretendía, y hoy, aprovechando la confusión del mucho gentío
y sin respeto á la s~mtidad del lugar, arrebató á. la esposa del brazo del propio marido y se dirigió desde cerca
del presbiterio á la puerta de la iglesia1 ganoso sin duda
de poner en cobro su presa.
Esto hubiera conseguido si algunos criados del consejero, más avisados que su amo, v:endo el juego no hubie ran querido cortarle el paso, no sólo dando descompuestas voces, sino poniendo mano á las dagas. Al mozo no
debía faltarte tampoco quien le guardara las espaldas,
puesto que en breve espacio, donde todo era antes rec&lt;;&gt;gimiento y oracionPs, sólo se escuchaban votos y porvidas mezclados al chocar de espadas y á los lamentos, de
los no poco:i: heridos que con su sangre manchaban las
losa11 de la Casa del Señor.
Más de media hora tardó en ponerse remate al tumulto, cayendo, no sin trabajo, en manos de la jm1ticia los
causantes de él. Dícese que el templo se cerrará hasta
que sea de nuevo purificade y que los culpables pagarán
en la horca su delito. Dios Nne:i:tro Señor sobre todo.
El rey ha tomado tal pena d.-il suceso, que hay quien
pretende que excusará su presencia en los balcones G.el
Alcázar al paso de la Procesión del Santo Entierro que, como es uso, saldrá mañana. Aunque esto suceda, no por
ello se verá menos concurrida la carrera, que sastre hay
que lleva ya velando más de tres semanas por terminar
ropillas y saboyanas que han de lucirse en el tránsito. y
damas y galanes no renunciarán á ser vistos en día'1.etanta gala, suceda lo que suceda.
De todo informaré más por menudo en otra estafeta;
que como ee fácil que vengan tiempos en que la erética
pravedad traiga consigo el descreimiento, bueno es que
documentos escritos muestren á. las generaciones venide,
ras cuánta es la piedad de este siglo, que ha de ser citado pata gloria nue~tra, si no como espejo de buenas coa•
tumbres, como dechado de intachable fe y de sincera rd•
ligiosida:l.
A~GEL R. CHA VES.

VIERNES SANTOS
La cruz ya(!C sobre el p'll\·o. D.rnrm ~ el templo. En lo~ alt.ires

ya los coros fervorosos de las vírgenes no cantan,.
Secos cirios. arropados en las sombras tutelares,
con nostalgias luminosas de las sombras se levantan.
En el órgano-ese duro roncador empedernidoduerme el cántico los suefios de sus místicos ensalmos;
y se escucha q11e resuenan en el fondo del oído
los gorgeos de las notas postrimeras de los salmos.
El espíritu escapándose en el verbo que aletea,
va girando por las nnbes v esperando que se le abra
el gran pórtico dorado del alcázar de la Idea,
donde al pie del Padre Eterno canta gloria la Palabra!

DOMINGO 18 DE ABRIL DE ,8g7 "

La neurótica creyente que en su Dio~ pensaba ap"'nas,
ClJmO ha visto al diablo, salta y en sud rezad ~Id aprc.:;11ra ..•
Ella ha visto que un fantasma gira en torno dd lds luces;
y tell.ida en los colores inflamados de la ros.1 1
atropeya sus palabras, con los derl.0.::1 hace cruces
y va hundiéndose en las nieblas de la iglesia sil"'11ciosa....
Todo calla. La campana de las torres ya.ce m uii.'1; 1
y sus cantos c¡ue ayer mismo fueron gloria hoy fuesen menguu.:

taciturna, con sus sueños melancúlicos de viud&lt;J..
bamboléase én las sombras, amarrada dd la leugua ........ .
Mas enmedio del silencio filo.sóficíl y profundo,
se levama el señor cura; y espaciando la mirada,
con la idea en los abism'ls, con las plantas en el m1rndo,
sube á. lo alto del Gran T,:,do, baja al fondo de la Na.da.
Mue,¡e ideas, cambia rumbos; mueve frases, cambia giros;

y-á los lóbregos pasando de los tonos más serenos,va soltando lai palabra.a como lánguidos suspiros,
comG besos, como quejas, como gritos, como truenos ..... .
J osÉ S. Cmx:A.No.

CU E:NTOS EV ANGE:1,ICOS
( De un evangelio inédito encontrado en la abadía de San.
Wolfgang.)
EL SOCORRO DE.UN LADRON

!.-Una noche negra, hacia el Egip~o, á través del de•
sie1to, sin ganado, sin bueyes, sin carneros y c0n las ánforas vaciaa, loe viajeroi caminaban impelHlüd p1.1r el
viento, sobre las inmensas sabanas de arena.
II.-La noche estaba mu_v pavorosa y muy ne~ra, y
torturados por el hambre y la sed y la afliccióu, lo.:; viajeros gemian, no sabiendo á quién implorar.
Ill.-Entre las tinieblas de la noche se diRt.inguía. un
árbol, y Jesús dijo: ((Yo subiré áeseárbol para. VPr si luce alguna ventana. sea muy léjos ó muy caca. Y Jesús.
subió al árbol y Maria le preguntó: u¿:~fo ves lucir ninguna ventana?n Y Jesús contestó: uSólo v~o la:, tinieblM de
la noche.)) Después de unos instantes, María volvió á pre•
guntarle: tc¿No ves lucir la ventana de nint(una casa?,&gt;
Entonces Jesús contestó: ce Veo una luz pcqaeñisima allá
muy lejos; pero dudo si sea una estrella que luce entre
las nubeR negras, ó la luz de una ventana.u
IV.-Y era la luz de una ventana. y cuando los viaje ros se hallaron frente á la casa, José llamú &lt;Í. la puerta y
apareció una vieja llevando una lámoara..
V.-Y habló María, la madre de Jtisús: uStlñora, per•
mítenos dormir bajo el techo de tu casa h1\-1tl\ qu1:1 salga
el sol; el viento del desierto ha resecado m1e.c;trod Ubio3
y nuestra piel, y la arena ardiente nos qu("•UÓ los pies;.
somos un anciano, una mujer y un niño d., d.,):, añ11::,, que
nos hallamos sin asilo y lo imploramos tle tll bondad.&gt;&gt;
VI.-Pero la vieja:-uHuid pronto, contt':;t,ó; huiJ, porque mi marido, á quien llaman Tito, es el m Ltl crud y el
más terrible de todos los ladrones del desiert·1 y se c,1m place en asesinará los viajeros que desp,,ja. Ifoid pronto
porque está comiendo, y si os escuch;i vc:udrd. ,i. llla•
taros.n
VII.-Yacabando de decir estas palabras, 'l'ito salió,
mostrando su rostro negro, sus ca.bellos eri;1,,d )S y :;11;:1 gri·
tos semejaban rugidos de león. 1c¡Oh, noche t&lt;lli.:, gritó,
que trajiste á mi casa estos viajeros para qud 101:1 de::1p0Je, y
si la cena que preparaba mi mujer noea de mi agra.do, tal
vez la carne de esa mujer ó de ese niño, t1t1.ti:Had,n mi
hambre!n
VIII.- Y los viajeros temblaron.
IX.-Pero cuando el bandido feroz hubo visto al divino Biflo, se esparció por su rostro una expresión de inefable bondad y sus miradas se trocaron da feroces en
amables. 1,Venid, dijo al aaciano y á. Marít1, entrad á mi
casa y cenad y dormid; no os haré ningún daño, sólo pido como recompensa, que me permitáis tener sobre mis ro ·
dillas á ese niño, el más bello y el más encantador de los
hijos de los hombres, y besarlo una vez, si acaso uo tie ne miedo á mi inculta barba.
X.-Y los viajeros entraron, y cenaron y durmieron y
el malhechor enternecido, ad.miraba ex~siado á su divino huésped.
XL-Cuando salió el sol los viajeros eedespidierondei.
bandido, y éste se desolaba y gemía, porque pensaba que
jamás volvería á verá aquel niño encantador. Pero Jesús, volteándose hacia él, le envió un beso con loe dedos
de su diestra infantil! u1ito, le dijo, terrible malhechor
que con tanta bondad me has dado albergue, tú me volverás á ver, te lo prometo, en nombre de mi padre.n
XII.-Y cuando Jesús fué crucificado, TU.o también
fué crucificado á la dereJba del Redentor.
ÜATULO MÉNDFZ.

La neurótica creyente, con fantástica ternura,
murmurando sus cortadas oraciones, se arrodilla;
y en sus labios perfumados con olores de mistura
todo llora, todo gime, todo tiembla, todo brilla.
A través del casto velo de las gohs de su llanto
ella observa el lienzo obscuro que hacia un lado se di visa:
Satanás alza los cuernos á. los pies del angel santo,
con la boca dilatada p or estúpída sonrit:a
¡Oh qué plÍ.nico! ¡oh qué frío va corriendo por las vena~!
¡oh qué vertig.:i de sombras! ¡oh qué golpes de locura!

Si esperamos en dios con alma honrada,
Premiará nuestra fé su providencia.
¿Qué es el temblor de nuestro globo? Nada 1
al lado del temblor de la conciencia.
C.rn:r o.uIOR..

EL MUNDO

DOMINGO .18 de ABRIL de 897

•ss

~~=====~=============================~
facistoles de bronce, ¡qué hermoso conjunto presentan en
el coro, y qué pena causa ver alguna de las soberbias sillas en una casa moderna, y considerar el destrozo que
supone la desaparición de esos coros tan majestuosos,
tan episcopales, tan seductores para el pincel ~e la artista!
Las verjas cerra.ado misteriosamente las capillas ó deearrollandosus filigranas de hierro ante los altares, decoran
de admirable modo el recinto; y la piedra, los mármoles,
las maderas l?recioeas, la plata, el oro, la pintura, la
orfebrería, uméndose para embellecer y adornar á la ca·
tedral, como ádesposada ene! día de sus nupcias, dan ~r
resultado esa sinfonía incomparable del arte, que admt·
ra sin fatigar, que atrae sin deslumbrar! que penetra
dulcemente, insensiblemente por los sentidos y por el
corazón, y causa en vez del horrible calambre y de la neurosis aguda de los museos, un delicioso estado de phtcido ensueño y de beatitud espiritual. ......... En loe palacios de Cristo, en las bellas catedrales españolas las más
engalanadas, que no tienen rival en el mundo, el com·
plemento del espectáculo religioso es el pueblo. Humildes labriegos, vestidos con sus trajes regionales, arrodillados en primera línea1 lo más cerca posible del altar mayor vrontos á besar el anillo del obisdo cuando pase,
nos' dicen que allí es la mansión de la igualdad, que en la
catedral á nadie se excluye, que para todos, y acaso más
para loa desheredados y los miserables, se acumularon
maravillas por espacio de siglos en la Chsa dorada de
Dios.
Este goce, repito, que no puede disfrutarlo el pueblo
de ·M adrid. No es seguro que los hoy vivos duremos lo
bastante para ver concluida la catedral dedicada á nuestra Señ.ora de 19. Almudena, y que por ahora no ha rebosado mp.cho de la cripta subterránea. Y cuando esa basílica moaerna esté concluida, y abierta al culto, sin que
falte ni la cuerda de una campana 1 ni el roquete de un
monaguillo, ya se notará la diferencia entre la intimidad
de las catedrales viejas y la sequedad y el fr.fo de las nuevas. En templos y en aristocracias no caben innovaciones, lo que da elaborado el tiempo, es lo único que vale
y sirve.
En Madrid la"Semana Santa sólo ofrece una particulari ·
dad característica: que no circulan cochea durante los dos
días de Jueves y Viernes Santo. Ya se comprende cuanto
se modifica el aspecto de la población quedándoseá pie. Un
silencio provinciano adormece las calles más bulliciosas y
las que, no entarugadas aún, resuenan constantemente
como yunques de fragua, al batir de los sonoros cascos y
al estrépito de las ruedliS. Loe cocheros y los lacayos se
pasan el afio pensando en esos dos días de libertad y de
reposo, que ]es compensan el ambiente helado de las lar·
gas esperas en las inmediaciones del teatro Real, el abu ·
rrimiento á las puertas de las casas donde se celebra la
sofrée 6 el baile, las vueltas y más vueltas por el Retiro,
la tarea de todo el año, sin domingos ni fiestas de guardar-porque el domingo es precisamente cuando más zarandeados suelen andar loa coches.-¡Dos día3 de azueto!
¡Dos días en que, si los señores quieren salir, lo harán como los demás mortales, á pata galana, pisando el dur,1
adoquinado y rompiendo zapatitos!
Pues b11sta contra la venerable costumbre deno enganchar el ,Jueves y Viernes se ha formado una cornen•
te de oposición. Hay quien clama porque las comunica·
cianea no se interrumpan, alegando los nego~ioa, las en·
fermedadea, mil cosas que exigen circu.laci6n detranvias
y de carruajes. En cuanto á la mantilla y al traJe negro
y á la visita de estaciones y al paiSeo después, no es po1:::i ·
ble desconocer que tampoco prosperan. Temo que llegue
á caer en desuso tan graciosa y típica costumbre.
Los oficios á que concurre gente más escogida son loe
de las Ordenes militares. Hay en estos oficios esa atmÓffera de evocación del pasado que conviene á las ceremo·
El d i v i n o p re•o .
nias religiosas. Por un instante los mantos blancos, loa
( Dib¿jo del natural, por Carlos .Alcalde).
airosos birretes, las rojas cruces, la indumentaria arcaica
es ho1a ya de que sirvan de baluarte y fortaleza á. losde· de los caballeros causan una ilusión medioeval, algo que
SEMANA SANTA
fensores de la ciudad, si el sarraceno ó el francés la asal• se parece á la que nos produce un drama romántico. 1!.'l
'l'r01:ador ó Los .Ama11.tes de Teruel. Veis desfilar, con soLos que tienen el mal gusto de paeearse en Madrid es- tan; pero moralmente, la catedral protege aún á los fietos días aeñaladíeimos entre todos los del afio, no encuen- les, y les aguarda, adornada, reeplandeciente, cariñosa. lemne paso, á. los mismos que días antes os ablaron aletran ninguna iglesia cuyas dimensiones, cuyo decorado Ya velen sus retablos esculpidos los fúnebres pafios que gremente el lenguaje de la sociedád actual, y os cuesta
y cuya majestad levanten el ánimo á la contemplación.
hablan del espanto y t-error del mundo cuando su Reden- trabajo creer que son ellos, que no estamos en el ~iglo
Los templos matritenses son en general feos y reducidos, tor expiraba en la cruz; ya se ostenten 'por claustros y XVII. Apart6 de estas ceremonias de la Semana Santa;
y carecen de esas artísticas maravillas que en las grandes bóvedas los tapices flamencos y las banderas y estandar• el resto del afio ni recordais que existen las Ordenes micatedrales españolas realzan el esplendor del culto é in- tes cogidas al enemigo en gloriosa,:. batallas; ya se colum- litares, las de historia gloriosísima, las que fueron terr.:ir
funden religiosidad y mueven á contrición.
pie el enorme incensario, despidiendo chorros de humo de los moros. Otro prestigio desvanecido, eetaa Ordenes
No soy, sin embargo, partidaria del viaJe á Sevilla. Es- aromático; ya el órgano solloce, ya eleve al cielo una me- militares tan artísticas y tan castizas, que sus recuerdos
ta es la excursión de loe que quieren pasearse y divertir- lodía de esperanza y triunfo ...... la catedral tiene siem- están escritos en las piedras de los más orgullosos casti·
se, no de los que anhelan recogerse y Eentir hondamen- pre vocea que nos llaman, formai:: pa,a el sentimiento llos, en los blazones de las casas más ilustres. Hoy son
te la inmortal leyenda de la Redención. Al disponer la que no sabríamos expresar, y es verdaderamente la Do- únicamente honroso pretexto para ostentar nn uniforme
maleta para Sevilla, ee piensa en la feria, en las segui- mtts aurea, el palacio de todos. la idea más democrática y arrastrar un manto, pues ya las órdeues militares no
dillas bailadas por piececitos andaluces, en el olor de los y mas inspirada en la igualdad y la justicia que han co- gueTrean, ni poseen los privilegios y fueros con que antaño se enorgullecfan. Y sin ley común 1 despojadas de
azahares y de la~ rosas, en loa toros, en las carreras, en nocido los siglos.
todo, menos en las ceremonias de la austera Semana.
Los palacios que hoy se construyen y enriquecen con eu finalidai histórica, aun son bellas las Ordenes militaA Sevilla va la htgh l{fe, para volver á. encontrartoda la magnificencia de las artes decorativas y suntuarias, res; todavía el recuerdo las dora, como dora el sol, al po ·
se allí juntos los miamOE'.1 y las mismas que se reunian sólo los ve el pueblo cuando el pobre arteeat..O, ganándo- nerse, un paisaje espléndido.
habitualmente en Madrid. Sevilla ea lujosa y alegre, y se eu jornal, emploma el zinc en el tejado altísimo ó ajus-De lo que no es fácil decir cosa alguna es de las procesu Semana Santa me recuerda, no sé por qué un primo- ta el tarugo de fina madera al pavimento de mosaico. Si siones madrilefías. Cualquier ciudad de provincia lleva
roso objeto de art.e que tuve ocasión de ver en cierta co· el artesano no va llamado para trabajos de su oficio, ja- en esto ventaja á la corte. No hablemos de Sevilla: Tolelección, y que no he olvidado jamás. Consistia en un más traspasará aquAllos umbrales. Lasresidonciae de los do basta. Una procesión en las callPS de Toledo es. cosa
Crucifijo dt: admirable figura, que al jugar un resorte se monarcas están cerradas basta para la clase media y para digna de que la describan y la pinten. En Madrid las
convertía en puñal agndo y brillador. La Semana San- parte de la nobleza, y sólo la grandeza penetra allí. Las contadas y mezquinas procesiones deberían suprimirse,
ta de Sevilla, con sus espléndidas é interminables pro- mismas casas particulares no svn accesibles para mucha pues ni edifican ni conmueven. Si quieren aprender l~
cesiones, con sus Pasos, y sos Nazarenos, y sus Vírgenee, gente, y las costumbres hacen gradualmente más riguro- que ea una procesión eslét.ico, ain lujo algu_no, basta casi
y sus cofradías, y eue melancólicas saetas, y á la vuelta
sala consigna del aislamiento. Obra de arte que adquie- sin imágenes, vean la de la Soledad, en 001 pueblo natal.
de todo ello su feria regocijada y sus danzas sensuales y re un particnlar, ca.t.adla perdida para el goce y la cul- Ee una precesión en que no figura sino la Virgen, envuelmoriscae, y sus lances de amores y honor, evoca en mí tura del pueblo. Tal vez por eso el pueblo es cada día ta en luengos paños de luto. Una eola espada, agnda y
la idea de ese crucifijo-puñal.
más indiferente al arte.
reluciente, se pone en su afligido corazón. Sobre el pt!Las Semanas Santas graves y recogidas, las encontra¿Y los mue:eoe? decís. Los museos son la necrópolis del cho se cruzan sus manos delicadas y amarillas, como reréis en Toledo, en Alcalá, en Sigüensa, en Santiago de objeto del arte; cada sala, triple hilera de nichos. Re- primiendo la ola de lágrimast que quiere desbordarse.
Compostela, en Salamanca; en todas las ciodades donde,
cordad, cerrando los ojos, la impresión de un museo y Es conmovedora esa imagen pobremente vestida, sin borsobre el arbol a.ñoso y venerado de la tradición, no ha la de una catedral, y comparadlas. En la catedral la obra dados, sin joyas, sin más que dos gotas de llamo que al
prendido enel ingerto de la diversión á la moderna. Lle- de arte ocupa su eitio y tiene eu razón de sér. El camarín desprenderse brilhm á. la luz de los cirios.
garéis á cualquiera de esos simpáticos pueblos viejos, y tallado se hizo para la efigie milagrosa, y los trajes de riLa procesión recirre IR. ciudad de noche y en silendesde el drimer inetante comprenderéis que su centro,
co tisú, ]as ajorcas cinceladas de gótica labor, los bro- cio ...... y llev!\ eu i:f toda la elegiaca y sobrehumana poeque su corazón es ]a catedral. Todavía, como en la Edad cbes con el águila de rubles, los mantos historiados, las sía de la SeUlana dolorosa.
:\Iedia, las augustas bóvedas delgran templo, dan som- coronas de argf'ntería, forman el guardarropa y el guarbra., cal vr y abrigo :i la población y á. sus habitantes. No dajoyas de la Virgen. Los sitiales de gran relieve, los
JUEVES SANTO

�DOMINGO 18 de ABRIL de 189_7

JESUCRISTO Y EL ARTE LITERARIO(l)

( Del Lic. J. Pallares.)

Señorea:
El mundo no ha sido nunca gobernado moralmente
por la razón, ni por la ciencia; el mundo eólo ha podide
ser subyugado y regenerado por el Arte.
La razón es el lenguaje dela.saltas inteligencias; y el
mundo se compone de muchtdumbres cuyo oído sólo
entiende el sencillo y sonoro lenguaje del sentimiento y
de las pasiones.
L:.1, chmcia es la percepción profunda de loa hilos finísimos que forman la trama delicada é imperceptible de
Wdos los fenómenos del muudo físico, moral y social¡
y el ojo del vulgo no puede seguir con su ignorante mirada las in.finita~ é innumerabtes leyes que en asombrosa
unidad rigen al mundo entero.
La pupila d~I sabio ss ha cansáno en el microscopio,
persi¿:uiendo día á día al infusor10 que se oculta en los
pliegues de lo infinitamente pequeñu; el atentoé incansa·
ble oído del genio ha necesitado centenares de años para
sorprender los secretos de la gama 1Uusical y las vi oraciones de~ sonido en las ondae impalpables del espacio;
el escalpelo del materialista ha desgarrado en la siniestra
plancha del análisis muchos miembros palpitantes y perdídose en muchas t.inieblas autes de tocar el nervio 10.isterioso que alienta nuest.ra vida é inflama el pensamiento y las pasiones en lo íntimo de nuestro cerebro; el moralista y el jurisconsulto han estado muchos siglos inclinados hacia t,l abiswo del corazón humano par.i poder
trazar, iluminados por los reLlmpagos de las tduipestades
sociales el rudimentario y bárbar., decálogo de los dere·
cbos y deberes del amo y del esclavo.
¡ Esto ea la ra.zón, esto es la ciencia!
.E:lla, como las religiones en sus siglos heróicos, se ali•
menta de existencias humanas y quiere márt.ires. Las
más robustas organizaciones sucumben fat.igadas, pues
años enteros de ptiraeverante lucha apenas alcanzan we1:1quino fruto. Galileo penetra con atrevida mirada en los
abismos siderales;pero muere ciego. ¡En el_Golgota de
)as ciencias el genio es mártir y vtirdugo de sí mii::11.no á la
vez! Y el munJ.o no se cowpune tie wá.rtires, ni de vocaciones para el sacriticio.
La verdad y la ciencia no se trasmiten de generación
á generación, como las c1eencias, por simples abluciones
de agua; el bautismo cie.nlfico es largo y condena al ca·
tecúmeno á penosas iniciacivntis, tí. la dura y severa iniciación de esclavizarae á fórmulas abstract.aa, á simbólicos geroglfficos que son un lenguaJe enigmático para loa
profanos, ea decir, para la bumanu.iai.i.entera.
¿Por qué este tna1,ísimo é inevitable tráusito por las ca•
tacumbaa del tecnicismo cientiti.;o para poder escalar el
capitolio de la verdad? Por que la naturaleza ea avara y
celosa de sus mi~terios, y para ocultarlos á loa ojo!' del
espíritu, jamás se le presenta desnuda, sino envuelta en
el pérfido ropaje de 1a belleza. Jamás dice al hombre:
he aqui el gbrmtm secreto de las maravilUU que admiras; he
aquí el áwmo químico que engendrt1, la celailla, q~ se transforma en tegi.áo, 9ue se pru,.,agu. ,m abanico uejlur~, y que
elabora en su ma;rstuoso ere.cimiento de tú1uca de verdura que
oobija lo, bosquei; y loi; valks. No¡ la nat.uraleza no se pres -

ta á tan intimas confidenciasi pues al deabordatad en formas caprichoeaa y divinas, embriaga la fantasía., pero ex~
travía. y obscurece las rutas de la rt:t.Zó.n. Loama.a t!imples
fenómt:HJ08 y las má.s sencillas verdades se esconden tras
nimbos de oro y de nácar, y ea necesaria Ja dura circun•
cisión de la fantasía y una ptirpet.ua rebelión contra el éxtasis para desgarrar e.:3O.:1 celajes de púrpura; ea preciso
que el frio análisis dest.roce sin piedad t.odas las bellezas
del univerao pa1a sorprender el sencillo mecanismo de
sus causas.
¡Mirad si nó, á la naturaleza siempre pródiga en engaños; miradla deJeitlindose en cubrir bajo iulinita vanid ad de espectáculos el fenómeno aencilhaimo de la des·
composición de la luz! Aquí ea el arco iris desplegando
eus festones de oro y de púrpura en el dosel azul del firmamento; allá es Ja paleta misteriosa dibujando en los
horizontes del desierto paisajes impalpables; más allá.
son soles que se multiplican y aurora.a dti luz que se improvisan en los abismos del infinito.
Las matemáticas üenen cifras misteriosa.a, signos caba•
listicos, figuras enigmáticas que pintan la.a más sutiles y
refinadas abs&amp;raccionea del espíritu; pero con esos eignos
y figuras, el hombre traza en un papel los destinos dt, los
astros, de los solee y cte las nebulosas. La química y la
biología tienen fórmulas que parecen evocaciones de magos, tienen un lenguaje de letras y cifras que sólo los iniciados comprenden; pero con estas fórmulas posee el
hombre Ja misteriosa preJicción de la vida y de la muerte, la salud y la enferwedad responden á los conjuros de
ese lenguaje y con él penetra el espíritu en loa risue.ños
albores de la cuea y en las tristes tinieblas del sepulcro.
¿Quién resiste el fatigoso lenguaje de los severos jurisconsulto~ y de los nebulosos publicistas? Las áridas páginas de una estadística secular serían meaos volumiao1:1as, menos gigantescas, wenoa aterradoras que los millares de llbroa que ha ePg~ndrado el primitivo y rudo código de las doce tablas de la ley; pero bajo la disciplina
de eaas rígidas frasea, de esos rit.os jurldicoa, deeaaainu·
mera.bles glosas de legistas, la humanidad ha hecho el
duro aprendizaje del ordt"n y la obediencia para pasar
al traves de los siglos desde la ergáat.ula de la esclavitud
hasta las tranfisguracionea de la democracia.
¡Ahora...... peraeverantea escrutadores de la naturaleza, apóstoles de la ciencia, id á la conquista del mundo
armaJos con el poder de vuestras fórmulas, de vuestros
cálculos y de vue,stras cifras; arrebatad los corazones,
provocad Jos entaB1asmoa, transformad las creencias los
eentimientoa y ~as obras con demost.raciones mate~áti•
ca.a, con revelac10nes químicas 6 con predicciones bioló•
(1) Discurso pronunciado por el Lic. Jacinto PiUlareaen 19 da Ene
ro de~. al i11&amp;ugurarse la cáted.ra Pe oratoria foren~.

,

SJ,esus en el templo.

EL MUNDO

.gicas¡ detened el ímpetu de los instintos y de las esperanzas que Ee desbordan con el frío anális1s de tas leyea
de la oferta y de la demanda¡ enjugad la.a lágrimas de los
millones de hombrea que sufren hablándoles de las con•
dlcionea sociol/JgieM del, desenvolvimiento; inspirad el amor
del hombre al hombre y la sed dejusticia y mejoramiento moral, y la resolución para el martiriq con las heladas
frases de supervit!encia de tos más aptos en -la lucha por la
vida!

¡Id hijos de la meditación, iniciados en los secretos de
la naturaleza; id á la conquitta del mundo con el impo,.
nente aparato de vuestras fórmulas, de vuest.ras cifras y
de vuestros cálculos; y el mundo no ent.enderli vuestro
idioma, y el muudo sentirá pequeña vuestra ciencia,
porque cuando esa ciencia haya penetrado con su mirada
en las órbitas de las nebulosas, todavía entonces el corazón humano latirá insaciable por algo que está más allá
de la últ.ima nebulosa ...... más allá de los abismos que
puede alcanzar la pupila arrogante y atraída del cálculo
matemát.ico, .... . r

Ese algd baja del cielo á enaltecer nuestro espíritu y á
henchir nuestros pechos, no encarnándose en el simbo lis•
mo convencional del lenguaje cient.ífico, sino modulando
elidioma del sentimiento, dd amor ydelaalágrimas;modulando el idioma eternamente di vino del Arte.
Escuchadme:
Mucho t.iempo antes que las playas del mar de Galilea
Y sus risueños valles y colinas recibieran la ambrosía de
la palabra. más sublime que ha eacuchado el mundo,. ya
la tiloso fía griega había predicado la doc&amp;rina de la igualdad humana y erigido en preceptos el amor del hombre
al hombre.
¿Porqué pues están desiertos los altares de Epicteto y
de Zenón y henchidas de generaciones las bóvedas (f.le
guardan el ara misteriosa de los recuerdos del Mártir de
Judea?
¿Por qué la profunda palabra d::lestoico se ha perdido
como el eco de una débil cuerda entre el inmenso cántico
que en himnos .reculares repite los acentos del sublime
stirmón de la montaña?
Los espíritllB cultivados pueden saborear las clásicas
f~ases estampadas en Jas cartas de Sén1::ca, en las disertaciones deEpicteto óen las páginas de .M:arcoAurelio. Ala
filosofía erudita, á. la filo~ofia de escuela, 4 la filosofía
científica pudo escaparse como último esfuerzo de elevación moral esta bella frase de Séneca: 'lbdo ute tmive:rao
en que vil:imes C8 uno y sujeto á un Dios, y por eso somos socios
Y miembros de la Divinidad y por eso n!Uuralmente somos tQdos _los homhres hermanos (1) Fragmentos, como este, aparecidos aquí y allá en que es frecuente y se define el amor
del hombre al hombre, en que 1:1e predica el sacrificio, la
resignación y el valor en lo::1 combates de la vida, soo recogidos cuidadosament.e por los literatusy lo::l eruditos y
aC1..tnir.;1dos por los filósofos,
Pdro tra~Jadaos con la imaginación á otra escena mis
grandiosa en que el arte os vaá t:nsenar esas mismas doctrinas en lenguaje ni, conocido ei.1 las chisicas academias
de la sabia Grecia, en que el arte tiende las alas de su ins•
pira.ción sobre lo::i sabios y Jos ignorantes, los poderosCIB
y lm1 humildes, los presentes y lus foturos; en que t:I ar •
te llega áes¡¡, majestuosa unidad de sentimiento q11e se
cristaliza en m mum ,nt1&gt;s se::mlares; en que tiene p.Jr tribuna una montañ.t. ceñida por las nieblas de los mares1 y
por auditorio la humanida i entera y por idiowa 1ma cascada de notas de nmor, que desdeñando ingeniosos razonamientos se comunica y entiend~ directamente con loa corazones. La frente del joven orador está iluminada -por
los destellos del infinitu;en sus labios tiemblan acentos
de ternura desconocidos hast.a eutonces1 y su palabra
comprensi va1 universal y soberana, dirigiéndose ti todos
los siglos y á todas las razas, deja cai::r sobre la tierra es•
tas frasea de fuego y de lágrimas.
«¡Malditos vosotros, ricos y opulentos, qPe apretáis
(cvue~tros graneroe y acrecéis tesoros ·con los sudores y
c1lágmna~ de la desnudez; llegará un día en que sent.iréis
c(Lambre y pediréis al mendigo llagvso una gota de agua
ct.:On que apagar el fuego que calcine vuestra garganta!
u¡Y benditos vosotros á quienes tocó en suerte en la
utierra la pobreza y el llanto, porque llegará un día en.
uque cada una de vuestras lágrimas será eterno venero de
udicbas inefables! ¡Bienavent.urados vosotros, que pade•
«ciendo hambre y sed de justicia desafiáis las iras y las
uaeduccionea del poder para cubrir con el calor de vuescitra palabr~ al justo y al oprimido¡ porque hartos seréis
ude justicia en el día de las grandes 1eparacionee¡ ¡Y
((bienaventuraios también VOjOtros que pasáis por este
umundo enjugando Ugrimaa y derramandomiaencordias
«porque el que crió los cielos y la tierra, tiene ansiad~
((estrecharos coctra su corazón y daros el ósculo divino
(1de su inagotable amor!11

............................................... , ........ ·······················
Ea aquellos solemnes momentos loa últimos rayos
del crepúsculo envolvían en vapor de oro la figura seduc•
tora de aquel tribuno del género humano, las mnchedum.
brea que le escucharon bajaban la montaña sintiendo
por vez primera en la vida de la conciencia humana que
los harapos del mendigo estaban glorificados por una moral desconocida y nueva, y cuando las sombras de Ja noche cobijaron al mundo, éste había recibido la palabra
regeneradora que debía cambiar los criterios de la justi•
cia, de la gloria y de la felicidad. «Habtr hecho de lapobreza un objeto de amor y de deseo; h~ber levantado al mendigo sobre Z.s altares y gl&lt;&gt;rijicado la desnudez de la miseria, es
un golpe maestro de que ta/, vez no se dé .cuenta la economúi

polui.ca, pero ante el cual el verdadero moralista tiene que indinarse; (2) y este golpe maestro, esta revolución íntima
de loa corazones y de Jas conciencias. ea un discurso una

maravilla del arte en qu,e las m1s altas abs:traccio~es y
(1) "Totum hoc quo oontinemur unum est.. et- Deus et 80Cli :sumW!I
eju.s et membra. Na.tura nos cogJl&amp;t.os edldit," Sen. ad, Laei l. 91-00
t2) Las p:i.lab~ subrayadasya.Igunasotrasque uo loesUnen el resk&gt; de e&lt;1te dlSCWN&gt;, llQ i.on de m aut.or, irino tomadas de va.nos escritores.

enseñanzas de la fi.losof!a estóica está~ reducidas á estrofas de amor.
¿Qué. ha sucedido despué, de esta escena de alta elocuencia que los siglos no han visto repetirse? ¿Qué ha eucedido con las páginas de la filosofía estóica y con esa
página del sermón de la mont.aña no escrita, sino en el
corazón de los hombre sencillos que la escucharon? ¿Qué
ha suredido?: ........ La clásica enaeñanta de las escuelas
nos ha iniciado :i pocos escogidos en las concepciones del
estoicismo; pero pobres y ricos, ignorantes y sabios, todos loa nacidos en el mundo civilizado hemos aprendido
al pecho de nuestras madres la9 divinas estrofas del orador del mundo. Lo::i espíritus "elevado~ y los hombrea del
poder habrán encontrado quizá ea los hábj.les discur808
de Sáneca fortaleza y valor para sus altas y aristocráticas
advtrsidades; pero sólo la frase ·eencilla y pura del poeta
nazareno ha pasado de labio en labio duunt.e diez y nue•
ve siglos, derramando dulzuras sobre millares de hombres rudos y desheredados. En el silencio de las biblio•
tecas el erudito, el literato y el .fi\0-,ofo han glosado fría
y tranquilamente la9 doctrinas de Zenón y d~ Epícteto;
pero el sermón de la montafia ha sido glosado con sangre ...... .•. con sangre de tres siglos de martirio en loa
jardines de Nerón y en las birbaras hecato,11bes del
Circo!.. ...... .
¡Oh! el cristianismo adora al Verbo de Dios en el tribuno sublime de Judea; la filt&gt;sofi,a, y la c.-rUica no pueden
mirarle un poco fija.mente sin.o de ródülai; psrmitidme que
lo praseuie á. vuestra contemplación, dado mi propósito,
tan sólo como el grande artist.a de la palabra, para pedirle el secreto del arte que llegó en aus)abios á la más alta,
á la mis inimitable dd sus manifestaciones.
Jesús, ha dicho un profundo paasador¡ es el genio más
idealista en el fondo y más materialista en la forma: muy
idealista en sus conctpciones, muy materialista en la expresión. Ya.qui tenéiahwnaname,ae hablando, todo el secreto de la m.1gia inmortal de su palabra y el secreto del
arte, de todo el arte de la palabra humana.
¡Idealista en el fondo, idealista en las concepciones!
porque el ideal es la condición, ea la vida, es el alma de
toda ob·a de arte; es el encanto secret.o que anima al mar•
mol, que flota en. la piedra lanzarla á. las alturas, que pal~
pita en el lienzo apena~ humedecido por pincel; que vibra en las estrofas del poeta y en el acento de fuego del
orador; es la visión religio!!a que inicia al artista en los
secretos y maravillas del infinito¡ que le da un asienroen
la mesa eucarística de la vida inmaterial y supra.sen·
aible.
Para mí, sefiores, el idealism 1 no es otra co3a que un
presentimiento del infinito, y el arte la forma en que ae
encarna ese presentimiento.
Yo no sé si al hablar así me conquiste las iróhicassonrisas de los neófitos de moiernas doctrinas; pero conauélame de esos anatemas del realismo humano, esto que oa
voy á decir:
El primer filósofo del siglo, el hombre qne ha podido
reunir en su espíritu gigante los dos más grandes poderes
de la inteligenciai el poder aná.litico de las ciencias que
conviert ~ en ruinas todos los do~mas li priori y el poder
creador de la filosofía que sintetiza en atrevidas y aólidaa
gener.:ilizaciones, todos, absolutamentetodos los conociwie11t.o.:1 hu n.1,110~ después de hab~rlos profnndizado;eM
genio del siglo qu3 ha paseado su mirada escrutadora por
todo el univer::1.., conocido, ha formulado refiriéndoae 4
las religi.on.ea, un pensamiento que puede referirse, que
V';'Y á ref~nr a~ arte, po.rque ':11ª parece que arte y religLón aon 1dént1ca'J m.arufestac1onea de la naturaleza huwana. «El Conocimiento rml ( diée este eminente fil6eoc&lt; fo) no llena, ni llenará jamas el domi'nio del penaamien1&lt;to, ni del eapiritll. Al fin del descubrimiento más prodiu gioao, queda y quedará siempre esta cuestión: ¿q11é hay
1( más alla? Hay, pues, y habrá siempre dos actividades an « tit.éticas del espíritu, pues ahora y en lo sucesivo la acictividad human.a se ocupará no sólo da los fenómenos y
(( sus relacioneia sí que tambi~n de algo no aparente, de alugo absoluto. Y el gran mérito del Arte es haber vislum.
(e brado siempre lo supra sensible y no haber cesado jau más de comunicarlo al hombre con los recursos de la
ce materia y de lo finiro; haber sido siempre fiel á su mi« sión de impedir á los hombres absorveree por completo
((en lorelat1vo y en lo inmediato, en lo material y grose•
1ro;11 haber prol!lamado (agregaré yo) con todas sus fuer~
z.!s: qu~ el hombre no sólo vil'e de pan, sino ftuetiene nec~:t11.1ad de amar, de creer, de adorar, algo mif.s eantoque
las altas y bc\jaa de las Bolsas mercantiles.
Yo, sefioree, no quiero, al invocar estas conclusiones
del filósofo inglés, resucitar el magister dixi.l de la filosofía dogmática; yo quiero ignorar si el idealismo es unre!J.eJ~ del infinito y el arte del Divino medi.1.dor que nos
1mc1a en la penumbra sobrenatural de lo descoo.ocido
para redimirnos de las cadenas de la materia que tiendeJ
á envil~cer nuestra especie; yo ignoro si el arte de-;poja•
do del ideal no. es otra cosa_ que un juego del ocio, una
fantasf~ de. añc1.onados, la men~ 11ana de las vanidades; yo
no sé 81 el 1deahamo será uoa quimera de que se alimentan sólo las almas débil~ ~ perturba.das
el extravío.
Lo que sé ea, que pera1gmendo un idea, el de una Sierra promet.ida á &amp;ravéa de las á.ridae arenas del Desierto
fué como el pueblo hebreo iluminó al mundo con la con~
cepci6n monoteíst.a y le redujo con la augusta moral de
sus J&gt;rofetas; y q1;1e cuando ese mismo pueblo descendió á
la vida real y edificó un templo y se encariñó Con el orgullo de sus sinagogas, entonces su moral y su teolog[a
convertidas en pedantismo de fariseos, sólo tuviero~
energín para derramar el sarcasmo sobre el Verbo del
ª1:l~r y mancharse con la ~angre de su ignominioso suplicio. Lo que sé es, que el ideal d.&lt;t las libertades patrias
produjo las locuras de Maratón y Salami na, aquellas locura~ que empujaban ~ loa atenienees y espartanos al
mart1.no de las Term6pllja¡ y que una vez vendido ese
ideal .al _oro de la corrupción me_ced6nica, aquellos hijos
de M1lciades y Temístoclea, enVJlecidos por las d4divaa
y las .riquezas, fueron y eatuv~eron contentoa con serlo y
se de1aron llamar por la fustiga.dora voz demosleniana
'loa mks merctnarioa ~ Fújpo. Lf) que sé ea, que el pueblo
de Pelayo y del did, tn.Spirado por o~ro ideal, eJ dti su ~

fºr

�DOMINGO 18 DE ABRIL DE 185&gt;7

EL MUNDO

DOMINGO 18 DE ABRIL DE 1897

ligi6n y sus hogares, salió de las ásperas grutas de Covadonga, para cruzar el Gólgota de siete siglos de sangre
haeta arrebatará la media luna el cetro de Recaredo; y
que ese mismo pueblo, ya sin ideales ni locuras, se convirtió en genízaro de la inquisición en su propio suelo y en
traficante de carne humana en el Nuevo Mundo. Lo que
sé es, que los ideales de la demencia d~mocrática hicieron llevará Ignacio Ramírez las cadenas del presidiario
sin doblegarlo y la toga de altas magistraturas sin corromperlo, y que una vez trocados en realidad por la vic•
toria aquellos ideales, los tirteos de la austeridad republicana colgaron su lira en los fúnebres sauces del decoro
y tomaron el lapiz calculador del logrero para computar
los bendi.cios del níquel y de 1a. deuda inglesa!
¡Oh! si el idealismo es una quimera y un engafio, jamás engalio alguno ha sido tan fecundo para )a sublime
transformación de nuesr.ra especie: y si ti idealismo es el
arte, jamás ha existido artista. más universal y comprentivoque el que erigiendo en ideal del género humano la
eed infioita de justicia y el progreso infinito del amor,
ha dado ti programa y la diviea inmortal á todas las revoluciones políticas y morales que han existido y pueden
existir después del sermón de la montaii.u.
Pero el idealismo, señores, no se aprende en las escue·
las; es condición del arte¡ pero no fruto del arte: éste, lo
único que puede tnseñaros ea la forma de la inspiración 1
pero no la inspiración misma. La forrua propia del arte,
ta que podéis adquirir con pers~verame estudio, ya lo sa·
béis, es el materialismo en ta expresión que da carne y
sangre, relieves de mármol y bronce á los ideales del
et1piritu y dd eentimien.to. Este delicado y fino consor•
cio del ictea1ismo en las concepciones y el materiali!'mo en
la expresión, ha hecho que la palabra del orador Divino
pase de siglo en siglo, sin perder nunca su prestigio ni
t4U l!_Opularidad, ni su belleza siempre nueva.
¿En qué página de las literaturas conocidas podéis en•
contrar materialismo en la ex.presión mát4 enérgico que
el de aquellas frases de brJnce que se han fundido en la
concieucia de la humanidad'? Y cuenta que los narrado•
r¿s del Evangelio apenas han podido trdsmitirnos pálidos reflejos cte la sonora vibración y delicados giros de
aquella palabra que siempre salía envuelta en olás de
fuego, de sangre y de lágrimas; de aquella palabra que
er-J. dardo agudísimo cuando desgarraba la pie! de los
hipócrilas, carcajada de eterno sarcasmo cuando caía sobre el dgido pedanti0 mo de las sinagogas, lampo de nie ·
ve y guirnalda de flores cuando derramaba consuelos sobre los limpios de corazón.
Un día los eternos tartufos de la teología quisieron ridicutizar sus doctrinas de perdó11 y misericor..tia, poniénaolas eu contiicto con los soberauos fueros de la jueticia.
•i.&lt;ltffl. mujer es adúltera ( le dicen)¡ ¿deb~mos lapidarla,
cumo ord.ena la ley, ó penlonarla, como predican tus
doctrinas?11 Los proced1mit:ntos lógicos ·exigirian un laburioao diacuri30 para arrancar la careta á 8863 pérfida y
capciosa pregunta, para decir á. aquellos moralistas de
formulas que la docuina del perdóu se dirige al sentimiento, al corazón, al hornbr~, no á la magistratum ni á
lu. ley. Pero el orador de Judea encuentra en las profuna.as penem,ciones de su alma la frase mágica quP- en
punzante iron1a encarna y refi~ja precisas distinciones y
Juwinosos comentarios. «t!:l que esté limpio, que tire la
primera piedra,n les dice, y ebta vez toda dis..:usión fué
llliposible, la palabra ee convirtió en látigo y loa tartufos
Nhgiosos huyeron avergonzados de eu torpeza.
Or.ro día algunos horuores pertenecientes rt ese linaje
de reptiles que se arrastran eu la delación y el espíonajapara vengarse de las superioridades morales que les
umnillao, le t.endieron una celada á. fin de compromettlr el supernaturalismo de sus enseñanzas con las euscept,ibilidades det poder político. u¿Debemos, le diceu, pagar el tributo al ~sar?u Por toda respuesta, Je•
sucristo Jea pregunta: de quién ea la efigie esculpida en
Ja moneda? uDei César.u contestan aquellos esbirros, es\recb.ados por la realidad. Hl'ues dad al Céf!ar lo que es
del Cé3ar, y á Dios lo que esde: Dioe.n Y con e~te finísimo
i.ropo y antítesis luminosa, se1.1t6 las bases de la libertad
religiosa, resolvió el probh:ima de las relaciones entre la
Iglet1ia y el Estado, y sancionó los fueros de la conciencia. No es cl.Ll.pa suya, ,i más turde los profarWAJ.Qrea ae su
doctrina ~ C01'virtíeron en un Moloc ái:idu de carne humana.
La parábo1a, esa especie de drama popu lar, de relieve
y escultura animados de los más a ltos problemas de la .
ti10t:ofia; la parábola, género de literatura casi desconocido á los hebreos1 fuéen sus labios una creación esponanea y namral, un idilio perpetuo de seducción para co•
.mullicarse con las almas sencillas y hacer descender basta el corazón de las ignorantes masas, las trascendentales concepciones de su enseBanza. AQuién no ha sentido
en su propia historia, en la historia de su corazón y de
su vida todo el vigor y valent(a de aquella parábola del
hijo pródigo? ¡Retrato admirable de todos los humanos,
nu menos grandioso por su universalidad, que tierno y
profundo por las delicadas y enérgicas líneas con que est;áu dibujados los inescrutables abismos del alma! Ni la
rica lógica, ni la moral de observación, han seguido con
tan ~rtera mirada esos trist1simos descensos del corazór y del carácter dilapidómelo en las abyecciones de la
orgía y del más refinado egoismo; toda la riqueza deeentimieutos elevados, aprenuidos en los primerüs años de
la vida. ¡Con razón la frase de hijo pródigo flota en wda
la literatura moral y en todas las conciencias como un eco
de remordimiento y de vergüenza!
l-'en:io, Juvenal y MoliCre, Tácito y Rabelai@, apenas
llegan ti la piel con su látigo fustigador¡ Jesucristo hiere
la carne, p,11,dra hasta el hueso, rasga las fibras del corazón. l!:&amp;a. túnica de Ntt10 ckl ridl.c«lo &lt;¡u.e arrastran todos lu
tartujoll y fal/jos dei·otos; ese sambenito de oprobio que co •
bija eternamente á los sectarios del t;anto por ciento; esas
coronas de infamia que ciñen la frente de t.odos !os avaros, fueron tejidas pur Jesucristo con artificio divino¡ fué
él quien creó esas ooras maestras con fina ironia y sátira
inmortal. •Sepulcros blanqueados por fuera y corrompidos por dent;ro, n les dice á. los hipócritas. «Es más fácil
que un camello entre pc,r el ojo de unaaguja, que un

rico sesalve,u les dice á los avaros. uVes la pajita en el
ojo del VE:Cino, y no ves ~a vig_a en tu propio ?io,» les dice á los difama.dore.a. «H1p6cr1tas que·devora1s las casas
de las viudas con Jargas oraciones, &gt;, les dice á los traficantes de ritos religiosos. ccHipócritas que limpiáis lo de fuera del vaso y del plato y por dentro está.is llenos de rapifia y de infamia,n les dice á. los centenares de jueces que
entonces, como hoy, cubren con fórmulas jurídicas sus
secretas prevaricac1ones á favor del amigo, del soborno ó
del poder público.
Y estaij frases y otras de igual riqueza literaria han
quedado esculpidas en la piedra angular de la moral
eterna como un estigma de fuego que atorm.enta perdurablemente los insomnios de todos los hipócritas, de todos los avaros, de todos los prevaricadores, de todos los
opresores de la humanidad. Y esto es lo que yo llamo
materialismo en la forma, esto ea Jo que se llama dar car•
ne y sangre á las concepciones del espíritu, eato es lo que
se llama vaciar en bronce imperecedero las más elevadas
enseñanzas de la filosofía.
¿Y ebto puede aprenderse? ¿Esto puede adquirirse?
¿Hay quien pueda revelarn()S PI t:iecrato de las formas, el
secreto de los grandes artistas de la palabra humana, ó
este -as un dón del cielo1 concedido como privilegio á pocos escogidos?
Voy á. res1lver esta duda.

•*• de aspecto despreciable,
E;ubo en Atenas un abogado
flaco, de rugoso semblante, de incorrecta y grosera pro•
nunciación y casi tartamudo. Est.e abogadu se atrevió
un dfa á presentarse en la. tribuna ilustrada por la olímpica palabra de Pericles. ¿A.divinais lo que pasó? ...... El
orador fué saludado por los silbidos unánimes de la muchedumbre.
Dos veces intentó rehabilitarse y dos veces bajó las
imponentes gradas del Pnix peri!e~uido por las burlas y
sarcasmos de aquel pueblo de artistas.
¿Qté va á hacer t'Bta pobre victima de su propio orgullo? ¿Esconder su impotencia y su vergüenza en las obscuridades del olvido? ¿Convencerse de que su vocación
y sus caprichos no van acordes y apagar en los tranquilos goces de la vida privada la inmoderada sed de gloria
que le devora? ........ .
Prf.f/U"lod á las ulas del mar Forio ]I eilus ós conkslarán de
lo que es capaz el gerdo a,, la pe1·set1e1·u1u:iu; preguntad al
precursor de Alejandro Magno y él os dirá t.nostrandoos
las cicatrices de sus victorias, lo que alcanzan las tenaci•
dades del alma.
Ese abogado desprecia ble, tartamudo, tref veces si Iba do
se condena durant~ largos años al aislarnieutodel estudio:
sube frecuentemente con acelerado paso las rápidas pendientes de las montafias recitando trozo.i de la !liada pa•
ra robustecer su voz, declama entre el ruido de las olas
tragedias enteras, llevando ú. la boca piedrecillas de la
playa para corregir la torpeza natural de su lengua; in venta ingeniosa y ridículamente raparse el pelo de la
mitad de la cabeza para verse así obligado á vivir en el
retiro de tranquilas meditaciones; se entrega con frenesí
á la lectura de todos los filósofos, de todos los poetas de
todos los oradores de tu tien1vo, y cuando cree qu~ es
llegado el momento solemne y último de la prueba
vuelve á presentarse á aquella tribuna de sus ensue:
fios .... .. y entonces, con voz atronadora y elocuente despiert.a el patriotismo aletargE1do de sus compatriotas, con•
vierte á. sus oyentes en soldados, marca con estigma
oprobioso la frente de los mercenarios del extranjero,
esculpe en relieves inmortales los secretos designios del
hipócrita invasor, y durante cuatro lustros, su pa abra
nada más que su pafa.bra, detiene en las fronteras d~
Atenas al potente y numerosísiml.) ejército de Filipo ......
¿Qué más podré deciros después de esta dpida biografía de las tenacidades heroicas del vencedor de Esquino?
Una sola frase, una brevísima frase que va á eternizar
en vueetros recuerdos todas las ideas y todos los sentimientos que be pretendido comunicaros.
¿Queréis, tenéis propósitos serios de poseer el arte que
imriortalizó las tribunas de Grecia y de Roma?
Pues buscad lecciones de perseverancia, de mucha per•
severancia, en las enseñanzas del primer tribuno de Ja
elocuencia griega: pero buscad. también sed de justicia
infinita, sed de justicia enel divino idealismo del prime:
tribuno de la justicia eternal

~-=.!=-=.!=-=.!=-=l'"=.i¾
D el Libro de t o s Sal mos.
¡Sefior! ¡Seflor! ¿Por qué los que me dañan
como el acridio en mi redor pululan
y en m1 tenaces sin piedad se ensañan
y mi espíritu debil atribulan?
Oye mi alma un acento que le grita:
«¡Para tí todo es mal, todo es miseria ......
ni en Dios encontrarás la paz bendita
que Dios quiso negarle á la materia!u
¡Es mentira,:Se1lor! Tú eres mi amparo¡
alivias Tú mi corazón herido,
y guardó mi fe en Tí, como e1 avaro
guarda el oro en sus arcas escondido.
En más de una ocasión, aislado y trisM!,
te hablé, enturbiada mi pupila en llanto,
y amoroso, Señor, á mf veniste
desde la cumbre de tu Monte Santo.
Y me dormí tranquilo y sin angustias,
y olvidé mi congoja y mis temores,
y al despertar hallé mis flores mustiaa
trocadl\S todas en fragantes flores.
Eres Tú la salud; eres la roca
que se opone tenaz al mar bravio:
¡ayúdame en la lid, y de mi boca
aparta el caliz del dolor, Dios mio!
J osE PEóN
Abril de 1897

DEL

V.A LLB ...

259

EL MUNDO

IMITACION DEL CANTAR DE LOS CANTARES.

Ven á. tu huerto, amado.
que el árbol con su fruto te convida;
el céfiro callado
espera tu venida¡
tú al céfiro y al huerto das la vida.
Del alba nacarada
la lumbre esquiva la purpurea rosa
á la tierra inclinada:
la abeja silenciosa
ni en torno zumba, ni en la flor se posa .
Ni á su consort" halaga,
el ruiseüor sin tí, cantando amores·
ni mariposa vaga
'
inquieta entre las flores,
tendiendo al sol sus alas de colores.

Ven, esposo á tu huerto
á dar vida á los céfiros y flores;
ven, que mi pecho abierto
á tus dulcPs amores,
sin tí, mi bien, es huerto sin olores.
Ven, y l1. la fresca sombra
de las cruzadas hojas del manzano,
sobre la verde alfo1Dbra,
beber.is, dulce hermano,
rica leche ordeñada por mi mano.
Y á. los gratos olores
de la mirra, del nardo y de la rosa,
gustarás los sabores
de rubia miel Rabrosa,
y el zumo de la uva deliciosa.
Ven, que por ese prado
el sol ardiente tus mejill&lt;1.s tuesta:
aquí el roble coµado
blanda sombra nos prt'sta,
y en mi regazo pasarás la siesta.
Yo duermo descuidada;
mas del esposo el corazón velando,
espera la llegada¡
ya oí su acemo blando;
el esposo ti. mi puerta est,i llamando.

LA SEMANA SANTA EN SU ASPECTO ESTETICO

Que en las solemnidades religiosas de la Semana Santa quepa uaa parte muy principal al Arte, es cosa. que
sólo pued~n ne~r las almas vulgares, que. no penei.rando
en el sentido íntimo de lo que el culto cnetiano ostenta
en eelOS días de •tan bien ordenados rito@, únicamente
ven en ellos un tradicional espectáculo en ocho mortales
jt ,rnadas, más ó menos desfigurado por la rutina la negligencia y aun á veces por la poca dignidad de Íos acto•
res. Bien sé que están muy distantes de pasar por gen•
tts del 111011ttm, como se dice ahora, muchos que ampliamente dotados de privilegiadas facultades intelectuales
niegan ein embargo, el interés estético de la semana con~
Pagrada por la Iglesia desde los tiE&gt;-mpos apostólicos á
honrar loE misterios de la Pasión y ::\foertedeJesucristo,
y á recordarlos á los fieles por medio de los oficios y ceremonias al efecto establecidos; pero éstos para mi. SÓ·
lo son rulr¡o prorürional é inttrwo, porque si no carecen de
buena fe, en cuanto se lea presente la ocasión de considerar detenidamente esos oficios y ceremonias y de ini•
ciarse en la significaoión de sus símbolos y misterios, de
segara mudarán de parecer.
Sí; gran interés estético, gran copia de bellezas de concept;O y de forma, literaria y artíeticamente consideradas,
ofrece la Semana Santa á toda alma dota1a de delicados
sentimientos y de cierta elevación de ideas. No las apreciamos por que las vemos generalmente mal presentadas, y nos sucede con ellas lo que con una hermosa colección de cuadros abandonada al polvo y las telarañas
en un desván de mala luz, ó con una soberbia tragedia
leída por un niHo tartamudo. Desde nuestra infancia estamos viendo esos oficios enteramente desfigurados, celebrados por virtuosos, pero muy indulgentes párrocos,
que aunque inmunes á nuestros ojos por su ea.grada investidura, son reos de lesa estética por el descuido con
que miran lo que atai'ie á la posible perfección de la for.
ma; dentro de lo humano en cuanto se refiere á la ade~uada decof!lción del te1:11J?Io, al mobiliario sagrado, á la
indumentaria de los m101stros-preste celebrante, diá&lt;'Ono y eubdiáeono-turiferarios, acólitos, ("antores, múf.icos¡ á la compostura y pulcritud, y hasta al paso me1-urado y semblante sereno de cuantos toman parte en
tan augustas ceremonias, vigilando particularmente por
que no falten nunca la debida decencia en las personas
y la regularidad y precisión en todvs tos actos de la sa•
grada liturgia.

-Abre, esposa querida;
no te detenga::i, 001 cvnsudo wio,
iib1~we, por tu vida¡
.
tewblando estoy de frío,
rms cabellos cubi~rtos de rocío.
-Ay! que el desnudo pecho
tiemblo al aire sacar, esposo amado,
de mi caliente lecbo!
ay! que el pie delicado
tiembla tocar el pavimento helado.
Sus dedos el esposo
entró por las rendijas dé la puerta;
á su tacto amoroso
el corazón Jespierta,
Y toda tiemblo y me l:lstremezco incierta
Alcéme presurosa
para abrir al. amado que esperaba,
y mirra muy prec10sa
mi mano destilaba
que corrió por los goncea de la aldaba.
Abrí¡ más ya cansado
no me esperaba, ay triste! y era ido!
Mi corazón llagado,
de cruda ausencia herido,
llámalo y no respode á. mi gemido.
Lós guardas me encontraron
que la ciuda.J custodian, y me hirieron,
yel manto me quitrron¡
como sola me vieron,
y ramerilla pobre me creyeron.
Doncel las de Judea,
si hallárades por dicha eu plaza ó calle
al que til alma des~a,
qut: torne suplic-allt,
y no vue1va d. perd~rt!e por el valle.
Gallarda es su figura
como el cedro del Lfl¡ano eminente;
su blanca d~utadura
sou ¡&gt;trias del Ori,m~,
y bruñido ruar.fil su U~réa frente.
Conoceréis quien sea
si vuestro pecho palpitó al miralle1
Donce1la1:1 &lt;1~ J udt:la,
qut torne suplicall~
y no vuetva á perden:1d por el valle.
VENTUUA DE LA YEGA.

-¿Qué haremos, cuando el cielo
caea1:1 y \elll~lu~ cun fragor derriba?
-¿Qué haremos, preguntáis, almas de hielu?
¡Ttmer fé en la justicia de allá arriba!
¡Nadie sabe, mortales,
por qué cuarteando el globo nos castiga
ese gran Dios, para quien son iguales
los destinos del hombre y de h, hormiga.
CAMPOAMOB.

Nadie es capu de prever los defectos que á la larga
pueden producir en el corazón y en las ideas de una
criatura sensible_. que abre por primera vez los ojos al
mundo de la realidad; de una tterna educanda, por ejemp lo, recien salida de un colegio de religiosas timoratas y
pulcras, el espectáculo de un oficio de Domingo de Ra•
moa ean~ado_en una pobre y ~estarlada !iglesia por un
cura ordrnan? que _lanza berridos de sochantre hiposo,
con la cara sm afeitar, la cabeza llena de remolinos de
pelo. las manos con las uf'ias de luto y las yemas de caoba, la capa pl uvial medio caída por detrás descubriendo
en el cogote un pal mo de alba sucia1 y los zapatos despellejados. Cuando ese cura dice la antifona: Rodame, oh
Beiwr, cm~ hisopo, y seré limpio; lámme y quedaré más bl.anco,
que la metse, una voz secreta, tal vez la de al~ún diablillo retozón y maligno, ID.urmura al oído de la tierna doncella: ¡/mena falta te hacfl
¡Ah! Si yo fuera rey absoluto de un pequen.o Estado
muy homogéneo y muy culto, como, por ejemplo, la Ba•
viera de cuarenta. aflos atrás; si pudiera yo disponer de
auxiliares como los que tuvo incondicionalmente á sus
órdenes el rey Luis I, bajo c11yo sabio protectorado tanto
florecieron las artes, ¡qué oficioR de Semana Santa se ce•
lebrarían en mis dominios! Ya me dirían entonces los
indiferentes á. la estética del culto católico si puedt- haber
ó no grandes bellezas en esos oficios que ellos de buen
grado mandarían suprimir por anticuados. En primer lugar, tendría yo una catedral, no como las de León 1 Burgos, Toledo y Savilla, excesivamente lób~as y e xcesi•
varo.ente grandes para mi propósito de erigir uu escenario adecuado en que poner de manifiesto con toda clari •
dad hasta las más pequef'ias peripecias y accidentes de la
divina epopeya de la Pasión y Muerte del Redentor. Mi
catedral sería recogida y luminosa, de estilo italiano co•
mo la igleiia de San Luis de Munich ó como la Baame'a de
San Clemante de Roma, pero toda decorada con l)intums
al fresco 6 con mosaicoe ejecutados por los mii.s msignes
artistas. Ins alt.ares, los ambones, el mobiliario del presbiterio, del coro y de la nave¡ las vestiduras sacerdotales·
todo había de ser del más exquisito gusto; objetos d~
marmol, bronceó madera, de mala forma, pafio que far-

mase malos pliegues, no se verían en mi iglesia. Ni cele•
brarían en ella. clérigos de Wdid cala,Jura, pórq11e los mi•
nistros del altar, el preste, el di!lcono, el subJ.iácooo,
cuanoos intervi1men en los sagrados oficios, incluso los
cantores, los sMristanes, los monaguillos, etc., serian por
mí escrupulosamente escogidos, de manera que entre
ellos no hubiese uno solo de aspecto desagradable. La
música seria, exclusivamente de órgano ó de instrumentos de cuerda; trompas y clarines y demás instrumentos
belicosos no entrarían en mi iglesia, comotampocoadmi~
tiria entre loe cantores y coristas voces de soprano ni de
becerro. Así lo que se canta como lo que se dice en tono
de rezo, había de acentuarse y de articularse con la per·
fección debida, sin atropello ni farfulla, para que el pue•
blo tc,do lo percibiese clara y distintamente.
Y no ganaría solamente la e~tética del culto en que éste se celebrara de una manera digna y adecua.da, f.ino
que los mismos misterios que en la8emana 8.mtaconme•
ruora la lglssia adquirirían entre el pueblo una significación y una importancia de que hoy carecen con gran perjuiciv suyo. Porqud las ensenanza'! que se desprenden
de las oraciones, salmos, profecías, lecciones, cá.nticos y
pasajes de los evangelios que "'n t'Stos días sant03 se rezan ó se entonan, son para él enteramente perdidas: y los
sublimes dogma~ (cuy.1 fé nri hay salvación) figuradas en las ceremonias simbólicas q11e en e~tos dias ee re•
cuerdan. son arca cerrada para los en~ndimientos ¡Í quienes no se consiente percibir con claridad las explicacioues que dan de ellos los sagrados textos, relat,u.dos pr~cipitttdamente y sin sentido.
Hay que tener presente que las enseñanzas que estos
días nos da la Iglesia de .fesucristo son más difíciles de
aprender cuanto más se aparta de las sugestiones propias
de la naturaleza humana. No es maravilla hacer uu poema que cautive la atención y gane la voluntad 1 con lu vida de un héroe en quien, á medida que se acumulan los
triunfos, crecen la gloria y la fortuna; pero es superior a
la razón del hombre que exista una divina epopeya en la
cual el héroe vaya al triunfo y á la gloria por el camino
de la abnegación, de la hnmildad, del propio sacrificio,
del oprobio y de la ignominia, y sin embargo, esta es la
epopeya de Cristo: esta la sublime enseílanza de una
doctrina nunca revelada al hombre en los tiempoe anti•
guo~, y por lo mismo tao contraria it las naturales suoe9 •
tiones y tendencias y tan difícil de aprender.
Esta hermosa y divina epopeya comienza con la.entrada triunfal de Jesncristo en Jerusalén, montado en un
jumentillo, símbolo de la
humildad, que ha de eer
ti! alma de los triunfos del
ciistiano. ¡"1ué conmove•
dúra eencillez la de las
oraciones que se dicP11
durante Ja bendición de
los ramos! «¡Oh Dios!, que
rf'uneE lo.que está disperso y reunido lo coneerva@,
que bendeciete á. los putiblos que salieron cOn ramos á.recib ráJesús: ben~
d.ice también eetos ramos
de palma y de olivo que
tus siervos reciben fiel•
mente en honor de tu
nombre, para que coneig:ao tu bendición los habitantes de cualquier lugar en donde fueren colocados, y ahuyentada toda
adversidad, proteja tu
OieE.tra á los que redimió
Jt-fUCriero.n
1,¡0h Dioamío,quemandaste á la paloma anuo•
ciar la paz á la tierra con un ramo de olivo: suplicámoste que te dignes santificar con tu bendició celestial estos
ramos pa~ que 11irvan á. la salvación de todo tu pueblo.,,
. Losofic10s de~ Lunes v ~!artes Santos son un vivo y
tierno compt&gt;ndio de la Pasión y una continua exhortación 11 1013 fieles á no gloriarse srno en la Cmz. El día en
qll;e propiamente empieza el gran duelo de la Iglesia es el
MieretilesSanto, por que en él se congregaron los prínci•
pes de los sacerdotes, los escribas ó doctores de la ley
los ancianos y magistrados para deliberar sobre los me:
dios de prenderá Jesucristo, y en él se decretó su muerte. Recuerda la iglesia la mansedumbre de Jesús y cómo
se e!ltrejt() a] sacrificio por el linaje humano, recitando la
lección de halas (cap. III): ,dué herido por cauea de
nuestras iniquidades y macerado por nuestras maldades ........ . Coruo 0"."eia que llevan á la muerte, del mismo
modo será conducido¡ como cordero delante delesquih1dor, enmudecerá y no abrirá su boca." El Jueves :,,an1,o
fué en todos los tiempos uno de los días má.ssole·nnes de
la Iglesia á causa de los grandes misterios qne en él se
obraron. Día di' lo8 mistnws le llama bao los griegos y los
demás pueblos del Oriente. En sus ceremonias se compendian: la humildad de Jesucristo, en el l,myltorio de
los pibt, su amor incomparable, en la institución del Sacrameuto de la E 11C(1n·~lí•1¡ la primera oblación de ,Jesús
en aras de este amor, en la Orcw1,61i del huerto y su snngrien•
ta agonía¡ su voluntario sacrificio, en el Prendirwe1do .
~os salmos que se cantan en este día son de una bellt',:-'
rncomparal:&gt;Je, y en la traducciún del Cfüdieo de Jfo1tt/ ,.,
tomado del cap. XV del E.rod,J, se han ejercitado la;
plumas de nuestros más grandes poetas. Superiores á t,1do elegio son pl)r otro lado, considerados como trozos
ya de tierna, ya de altaé inspirada poes(a, el himno Pan~
ge liitg11•t con qnf'- el Sant.isimo es depofitado en el Monumento; el J!agn{ficrrt que se canta eu las Víspera~, y e~~
hermoso vuelo del corazón, abierto á la más dulc~ ~sp~ranza, que lleva el nombre de Cánliro de Siirtnfo.
Sería intertninable nuestra tarti:l si hubiérarn,Js de re•
aeñar todas la:i bellez:is de forma y de concepto ate.-;nradas en las augustas ceremonias que siguen :i las del Jitti•
ves S.1nto ha.stJ el dia J.J L\ glork1i!:1 r~für.!c~ ión del SJ·

f1or. M:uy frío de imaginación U:i 11.• sJr qqien oiga sin
P!óltremecimientos las tres leecion~s de los capítulos II y
II[ de las .Í/l.11M,tm:frin .,s d e JeremíWJ con que comienzan
loi:J ID\itiuf&gt;S del V ternes SJnto, y quién no aiente Jagran•
deza del Cáatir-o de H 11bacltc: «Dios vendrá del A.ustr.:i, y
el santo del monte F,min.-Su gloria cubrió los cielos, y
la t;ierra estí llena de sus alaban,:as.-Su resplandor será.
como la luz, y todo el poder estará. en sus manos.-AIH
est.á la fortaleza: delante de él irá. la muerte-Delante de
sus pies ealdr/1 huyendo el diablo: paróse Dios y midió
la tierra.-1\Uró y deshizo las gentes, y Jos montes del
siglo fueron reducidos á polvo.-Los collados del mundo
se encorva"'On por los caminos de su eternidad, etc.,,
S6 lo quien tenga el corazón de piedra vodrá. oír impasible
los Improperios que luego se cantan mientras se hace la
Adoración de la Cruz: «Pueblo mío, ¿qué te hice ó en qué
te contristé? Respóndeme. Por que te saqué de la tierra
de Egipto, preparaste una cruz á. tu S:ilvador.-Porque
te J\evé cuarenta añ'&gt;s por el Desierto1 te alimenté con el
maoá. y te entré en nna tierra muy buena, tú preparaste
una cruz á. tu Salvador.-¿Qué má., debí hacer por tí que
no lo hiciese? Te planté como vina de cepas excelentes,
y tu oo has tenido para mí sino amargura, pues en mi
sed me diste ií. beber vinagre y con una lanza abriste el
costado de tu Salvador etc. n
No Podemos, por la falta de tiempo, ocuparnos en otras
manifestaciones estfticas de grande importancia que nos
suministran los oficios del Viernes y Sabado Santos y
del Domingo de Pa.scua, cuales son: el Santo Entierro;
los P1VlQ., que se sacan en proseción en muchas de nuesciud.ades; la admirable regeneración del mundo por el
e!ipíritu, figurada en la solemne bendición del fuego y
del agua, y loR cánticos con que se celebra la gloriosa Resurección de Cristu y su triunfo del pecado y de la muerte. Rn otra ocasión quizá las expondremos.
PEDRO DE MADR.\20.

Yo, como único remedio,
C',omo alivio de ruis males,
Ttingo una Dolorosita
Que me regaló mi madre,
Vuando por la vez priuiem
Llt'gué al pié rte los alrnres
A gustar la Hostia sagrada
-Mistico pan de los ángeles. Allf está! -Sus oj•·•s negros
Vierten el llaoto :í raudttles
Tiene la tez mustia y pii lida'
Muestra afligido el semblaoie.
Con infinita tri~tt-za
Jnnta las manos aüa\•es,
Y alza la frente á los cidos
Con ademán suplicante.
En llegando elrues de )layo,
¡Oh, recuerdos inefablf'sl
Niño aún, por la mana na
Le ponía en sus altares
Las roeas más exquisitas
Que brotan de los rosales,
Que cuajados de capullos
Luce el jardín de mi valle.
Cuando abandoné mi cru;a,
El dulce hogar de mis padres,
Para emprender las fatigas
De mi vida de Pstudiante,
L:i coloqué en mi cartera,
La llevé por todas partee,
Y al fin del afio eJla sola
Me ayudaba en mis exámenes.
¡Hoy ya soy hombre y no olvido
Los consej&lt;,s de mi Dladre!
Le rezo cuando despierto
Y le rezo al acostarme;
Aun, llegando el mes de Mayo,
Le doy flores tropicales,
Aun me siento otra vez niño
Y me sonríe cual antes.
Por eso nunca abandono
A mi Virgen un instante;
Por eso cuando estoy triste,
Cuando siento hondos peeares 1
Como consuelo de mi alma,
Como alivio de mis males,
Beso la Dolorosita
Que me regaló mi madre.
Abril de 18fl7.

Jt•A~

B.

DEt,GADO,

!Quién de su pe~ho desterrar pudiera
la duda, nuestra eterna compaf'iera!
CAlll'O.iHOR.

�260

DOMINGO 18 DE ABRIL DE

18sn

261

EL MUNDO

ENGANO SUBLIME-Por roaría!!~scot.
NUME;R06.

En tanto que lefa esta carta, Felipe preparaba su respuesta¡ volvió á plegar el papel y dijo friamente:
• -Como usted miemo lo ha expreeado, seiior, toda carta
anónima es una cobardía indigna de la menorlfe; es el
arma de los calumniadores. Yo no sé por qué me comprenden en eso, -porque nada he vieto.
Avidamente el Sr. i\Iartín examinaba al joven, pero
su voz caneen-aba aun su alteración, cuando replicó:
-Sí, mi confi.i.nza en ella era tan absoluta que esa arma de cobardes se deslizó sobre mí sin tocarme. Me
dirigí á ella y le dije: nOs calumnian, bija mía.» Ella
me reepondió con senc1llez: «No lo extraño, mi dicha
presente debe hacer tantos envidiosoF! pero si voe,
mi único amigo, me ult.rajáseis con una suposición,
1
todo quedaría roto para siempre entre los dos.u Mi
Beltrana, exclamé yo, no sabéis que os admiro tanto como os amo? cómo podria dudar de vos? Ella
me tendió su querida manecita diciéndome orgullosamente: ((ÜB lo agradezco; hacéis bien en creer en

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Sí. entonces, pieotóe esas acueaciones y aún me
sentía feliz con la locura de darle esta prueba de mi
absoluto respeto.
Fuí durante dos años feliz, muy feliz ........ .
Un enternecimiento al recuerdo de la dicha perdida endulzó aún el timbre de su voz que espiró en
suspiro querelloso.
Ft1lipe, nervioso, muy fastidiado yun poco pálido,
respondió:
- Y o no he visto nada, no he oído nada, no sé
nada. ¿Por qué no continuar creyendo? ¿Por qué no
despreciar esas calumnias? ¿Por qué preocuparos de
esa miserable carta? ¿Por qué emponzoñar vue~tr&amp;.
dicha?

-~o, no es posible, ella no puede eeruna miserable. Digame usted la verdad, lo conJnro, repítame usted las pa•
labras que ha oído, acaso interpretó usted mal, las jóve•
nes son á yaces tan imprudentes ..... .
Su voz temblaba, su rpirada imploraba. Una inmensa
piedad llenaba el corazón de Felipe ..... .
No, jamás, no repetiría al marido las palabras oídas,
esa confesión demasiado explícita: «Usted prometió que
se casaría con migo, usted lo juró; sin esto no habría yo
cedido, DO me habría entregado á usted.»
__,..---· ;
Pero era preciso poner fin á una escena que se con¡ vertía para los dos hombres en una verdadera tortura. Con una voz tranquila que DO vacilaba y aún
un poco enérgica, respondió:
-Yo ne be visto nada, yo no be oído nada, señor.
Yo le he dado á usted roi palabra de honor, se la doy
alln, nada más tengo que decirle.
Y en la rigidez de su actitud, en la .firmeza de su
mirada, se leía una determinación t!\D inflexible que
el pobre Martin comprendió la inutilidad de una
insistencia mayor. Dirigióse haci&amp; la puerta con un
paso que vacilaba. Salió y Felipe siguió largo tiempo
con los ojos á ese mísero millonario que se alejaba,
encorvado, insignificante, con la cabeza baja, como
un hombre ebrio, esqui viindose de los transeuntea
que lo miraban con despreció! ¡Pobre vieja paveza
del gran naufragio, ein gracia y sin esperanza!

dijeron que no transigía usted en cuestiones de honor;
usted no querría engallará un viejo. ¡Oh! si pudiese us·
ted decirme: «Por mi honor de gentilhombre juro, por el
Cristo, que han mentido ...... juro que nada he visto, que
nadeheoído;juroquetsaeartaenteraesiofamia y engafio.» Oh, amigo mío! ¡Oh mi joven amigo! Rí usted
quisiera, si usted pudiera decir eso ........ !
E~ta vez fué Felipe quien palideció. Aun cuando ya
temía esta exigenci!I., no había tenido el tiempo ni la

,!f;

XV

En el crucero Andrómeda, después de largos meses de navegación, Felipe meditaba, recordaba y sufría.
¡

1,

Hablaba aprisa, tenía ansia de que aquella terrible
escena finalizase. Sentía venir el peligro y se esfor~mba en escapa(de él. Se levantó:
-Lo lamento mucho, señor, pero como lo ha hecho notar usted, estoy muy ocupado en este momento. Le suplico que se sfrva excusarme y que me
permita.... .. .
Sin abandonar su sillón, el seüor Martín respondió:
-Lo que me queda por decir no es largo, yo le suplico
,que me conceda aún algunos minutos: es la dicha de mi
vejez la que está en juego. Sí, durante dos años yo he sido el máa feliz de los hombres.
Usted no pódfa saberlo ......... ustedes los jóvenes no
pueden saber qué tesoro de ternura, de amor, de pasión
.se amasa en los corazones viejos que no han amado nun-ca. Sí, yo la adoraba con todas las fuerzas de mi cora~
z6n; pero también, con todas las fuerzas de mi sér1 la
deeconfianza, y la duda y los celos me tortu.raban hacía
seis meses.
Y en un tono muy bajo, como si no hubiese querido
oír él mismo las palabras que iba á pronunciar, murmuró:
-Ese baile del almirantazgo......... ¿se acuerda usted?
Felipe hizo un signo de cabeza afirmativo. El Sr. Mar•
tfn continuó:
-Atravesábamos los salones para partir; su mano reposaba sobre mi brazo, y yo el!taba orgulloso, orgulloso
de su hermosura, de sus éxitos, de su toileue. Deºpronto
sobre mi brazo la pequeña mano se crispó; yo tuve conciencia de un extremecimiento. Ví á Beltrana, pálida,
desfallecer y, en sus ojos un espanto indecible. Seguí la
dirección de sus miradas; era usted, señor de Aubián, el
que le había causado la tremenda emo.ción.
Eso duró apenas algunos segundos; ella prosiguió su
marcha y salimos¡ pero la arma venenosa entró desde
eee día en mi corazón. Desde ese día pensé en que la
carta anónima no habia mentido acaso. Recordé algu•
i;i.os indicios, iterrogué á mis gentes; estas me afirmaron
que habían visto &amp; usted abandonar la villa y que no te•
nia usted el aire ni el aspecto de un hombre enfermo. Lo
he buscado y acababa de partir partl las montanas del
Doubs; supe por su~ amigos el gran duelo que le hirió;
esperé su vuelta; usted era mi última esperanza....... Me

presencia de espíritu para tomar una. T('8olnci0n. La solenidaa del juramento exigido y la mirada. de plomo que
pesaba sobre él, decían claramente que todos los snbter·
fugioseran inútiles. No tenía más que dos alternativas:
perderá una mujer 6 cometer un perjurio. Y ese joven
que no transigía jamás en cuestiones de honor, vaciló;
extraviado, durante un segundo, ya no veía nada ni sabía nada ...... Una á una penoeamente las palabras salían de sus lábios, en tanto que por un movimiento del
que no era dueiio, sus pupilas se movían convulsivaDiente:
-Por mi honor le afirmo y le juro que n&amp;da he visto
y que ..... .
Un sordo gemido le interrumpió; el viejo se había levantado y con tono de autoridad 'dijo:
-No concluya U$ted: es inútil, comprendo todo. Los
hombres como usted no pueden mentir, aún cuando lo
quieran. Oh! Dios mío, Dios mío! He aquf la certidum·
bre. He aquí la verdad! Lo que usted ha oído y sorprendido en esa noche fatal debe ser muy grave puesto que
es usted perjuro ..... ¡Esto es horrible! ¡esto es horrible señor!. ..... Mi sobrino, el futuro de mi hija1 antes que Bel ·
trana lo conociera! ¡Ella sabía que Valeria amaba loca•
mente ásu primo! ¡Esto es odioso!. .. ... esto es odioso!
Hablaba con violencia, una ola de sangre subió á su rostro, se arrancó la elegante corbata anudada con arte, se
arm,ncó los botonee de aµ camisa: se sofocaba. Felipe
· quiso aproximarse á él y socorrerlo.
-No, es inútil, dejeme usted, me·voy. Estoy apenado, aí verdaderamente apenado de haber venido á molestarle. Dos veces repitió esta frase; sin embargo no se iba.
Perfllanecfa de pie ante Felipe, mirándole con ojos que
suplicaban, retenido por una breve y última esperanza.
-Me voy, me voy.
Y de pronto:

Había acogido con sombrío gozo la orden de embarque en otro puerto, con un cuadro de oficiales que
él no conocía. No tenía alre&lt;kdor de él ni un amigo,
ni un camarada; nadie se inquietaba de su tristeza,
ni se obstinaría en consolarlo. El crepé negro de su
brazo les diría su duelo, le dejarían libre como el
quería serlo: libre para llorar, porque verdaderamente no había llorado aún.
Después del golpe desgarrador del adiós, se había
encontrado investido de todos los cargos inherentes
á esos fúnebre(acontecimientos. Después, Lila1 asustada, contristada por el silencio de su padre, iba á.
él, se pegaba á. él no abandonándole casi. El recogía
á. la pobre pequeB.uela como un legado eacro, velaba por
su bienestar, jugaba con ella y aun reía para hacerla reír.
Había sido á la vez el hombre de negocios del padre y el
ayo de la niña; pero había Pido sobre todo el esbirro, el
eepfa, el inquisidor. La necesidad de penetrar el sentido
de las últimas palabras de Elena, había pesado l!obre su
dolor hasta el punto de paralizarlo: hombre de acción,
como lo había dicho, no permitía al pensamiento que
suavizase su espíritu en tanto que la acción permanecía
aateel.
Ahora, sobre el puente del navío, pensaba, recordaba,
meditaba. Los días son largos en medio de esa monotonía de las olas grises, de esa soledad del océano. Al rededor de él, los oficiales trataban de engañar por la le:tura, por la conversación. la lentitud de las horas, la pe
sadez del tedlo. El sólo no contaba las horas lentas, no
sentía el pt:sado tedio; su dolor, como todos los dolOl"E's
profundos, bastaba para llenar su alma y vivía de ella.
Se había llevado los objetos obseqüiados por Elena,
los objetos confeccionados por ella para el ornamento de
su camarot.e y aun los pueriles jugnetes medio]rotos. Era
ese como un museo de recuerdos en el cual gustaba encerrarse; pero sobre todo, se había llevado sus cartas, y so·
lo, bien solo, las releía, con los ojos llenos de lágrimas que
dejaba correr sin vergüenza alguna. ¡Oh! cómo le amaba!
¡Cuá.n dulce, cuáu infinitamente dulce y tierna!
Ll\ primera que abrió era una vieja carta: diez a.fios de
fecha; él estaba enfermo en la enfermería del colegio; ella
le escribía:
«Llegaré, hijo mío, casi al mismo tiempg que esta carta; nie moriría de inquietud lejos de tí.11
Y aquella buena noticia, y aquella cara presencia hicieron lo que no podían hacer todos los remedios de loe
médicof: vencieron la fiebre y aseguraron la curación.
Una carta aun: está severa. Se encontraba él compro-

�EL MUNDO

DDMINGD 18 DE ABRIL DE ,'lg7

==D=D=M=IN=G=O=•=•=d=•=A=B=R=IL=d=•=8=g~7~=================E=L=M=U~N=D
=0=========================•63
metido en una diabluta de estudiante y por amor propio
se obstinaba. _Pero la reprensión era tan profundamente
tierna que el arrepentimient&lt;• entró en el corazón del rebelado y produjo la sumisión.
Otras y otras cartas venían después: eran toda su vida
que pa9aba. Pero cuanto mis las releía mis se da~a cuentad~ lo qlle Elena había sidopua él: á la vez amiga, her·
mana y madre, es decir, toda la dulzura, toda la poesía,
todo el encanto de las ternuras femeninas.
Las cartas que releía más frecuentemente que todas las
otras, eran las de los d Js últimos años, recibidas en el
precedente viaje en todas partes, en todes los puertos
donde el Alción tocaba. Eran largas, llenas de esos menudo3 d~~al\e3 tan c1ro~ á los ausentes. Hablaban de todo,
de los cuadros de Fernando, de las tentativas matrimoniera~ de la tía Forneron, de las ligeras ridiculeces de las
dos Lezines.
Elena escribía con toda la encantadora alegría maliciosa, que tan bien sabia aleará su gran bondad; él ha•
bía reído entonces, ay! Ahora todas esas cosas divertidas le parecían un velo echado sobre una profunda herida. ó semejantes á. esas guirnaldas de flores que ocultan
un ataud. A través de las palabras, á través de las lineas,
leía él. Lo que leía era el nombre de Lila unido siempre
al epíteto: (&lt;pobre nifla.» Porqué compadecía á esa hija
feliz, mimada, adulada?
Lo que leía tambien era aquella plegaria murmurada
ya en la mañana del bautismo.
«Tu la amarás, Felipe, ¿no es verdad? Y aún una vez
había escrito: «Tú la protegerás.» Es cierto que había
puesto sobre esta frase una larga tacha, una linea de tinta, tan negra que él no pudo leer las palabras.
Ahora si las leía; la profecía de la muerta, oculta ba'jo
aquella linea de tinta, le parecía sombría, explicita, amenazadora. No la había comprendido cuando aun era
tiempo.! No babia suplicado á. Elena que le dijese el secreto que le torturaba el corazón. Había leído aquellas
pobres cartas ligeramente, dejándose sorprender por su
alegría fingida, feliz de recibirlas, feliz de responder á
ellas, obrando en esto como había obrado siempre, como
un niño. Un niño! Yerdaderamente hasta entonces no
Labfa sido otra cosa, dejándose mimar y querer!. ... &gt;••••
El dolor lo maduró; no s0lamente el dolor sino aquel deber de protección asumido por él.
Su pensamiento iba hacia la huerfanita; recibía con
bashnte regularidad noticias de ella, á veces por dos lineas breves de Fernando, lo más frecuentemente por lar•
gas cartas de la aya. Carlota gustaba de escribir en un
estilo ampulo:10 en que acumnlaba los epítetos de ala·
banza y l~s expresiones de reconocimiento.
Ya haciendo alusión á la preferencia que Felipe le había dado, lo comparaba al rey Asuero1 poniendo la corona sobre la frente de la tímida Esther¡ yaal rey Salomón,
tan célebre en la hiato.ria por ~ sabiduría de sus juicios.
MasexOOnsamente aúo se apiadaba del dolor del señor
Duvernoy.
«Oh! señor Felipe, decía, el gran mundo querría rodear de
entusiasta admiración al eminente artista; pero él esconde su resplandeciente corona de gloria de la multitud que
lo idolatra y la ha depositado en la fría tumba. Será bondadoso para ion todos; pero guardará su corazón paternal para la incomparable niña que le recuerda á la esposa
adorada, tan cruelmente arrebatada á su inconsolable
iernura por el destino despiadado...
D~pués, sin descender de las alturas líricas, hablaba de
lf!,, nifia1 de los juguetes que prefería, de sus mujiecas y de
sus efltudios, cuya importancia exageraba: sus progre;
sos en la lectura, las páginas de escritura sin una mancha de tinta, las pequeñas fábulas correctamente recitadas, las frases felices de nifia. Le decía esas cosas ingenuamente, con todo el orgullo de una madre. Felipe no
podía ver aquello con indiferencia; hay cosas cuya verdad se impone. C"rlota con todas las fuerzas de s11 corazón adorab3, á. Lila. U na pálida sonrisa Hu minaba por
un h~t'\nte la rigidez de su Joven rostro, y murmuraba:
u!:&lt;;~ bt.1.ena, muy buena y la ama.n Pero la car~a no concluía aún. La aya consideraba como un deber enviar al
Sr. Felipe, tan echado de menos, que debla fastidiarse
solitario, perdido en un fraga navío en medio del tempestuoso océano, » el valor d9 un inoctaoo en páginas ma•
nuscritas, con el loable fin de di:1traerle y para. procurar•
le-decía-algunos instantes de placer. Hablaba de los
países que atravesaba, de las ciudades donde permane·
cía. Decía tan ex:ictlmente com'l un manual de Geogra-

do ee buscan. El buscará al traidor, él le gritará su infamia, él le abofeteará.
No se viven los meses enteros con los ojos fijos en un
problema sin llegar á resolverlo. Felipe encontró la pista que buscaba. Y á las amad.as cartas de Elena debió
este nuevo beneficio. En una de ellas, para siempre preciosa, donde aprobaba tan plenamente su conducta cuan•
do la huida de la villa Martín, añadía que Jacobo de
Sommers lo censuraba. ,Jacobo de Sommers sin duda alguna había contado todo á su amigo y éste, abusando de
tal confidencia se permitió comprender ti Felipe en la
cuestión para la atisfacción de sus iras, de su avaricia y
La carta continuaba pero él no la concluyó. Por perdi·
do que estuviese sobre el «frá.gil navio,&gt;1 tenía horror á las de sus impurezas.
Si Felipe hubiera vivido entonces en uno de esos me•
descripciones fastidiosas hechas con ojos que no sabían
dios
en que abundan las distracciones, la impresión de su
ver, á las apreciaciones de un espíritu limitado que no
comprendía ni la poesía de la naturaleza ni la filosofía de encuentro con M. Martín se hubiera acaso borrado 6 ami.
norado; 8i hubiese tenido más edad y hubiese sido más
la vida de los pueblos. Doblaba pues la extensa misiva,
aguerrido
contra la malignidad de los hombres, habría
hacía con ella una bola y la enviaba á flotar sobre la ci•
aca1w
visto
este incidente con una filosofía resignada y
ma de las olas. Después volvía á las cartas de la muerta,
dejado
á
la
Provideocia
el cuidado de castigar á loa pér~
á esas cartas que ya .no recibiría mis, que tocaban todas
fidos, pero estaba en la edad de las indignaciones genelas cuerdas sensible de su alma y las hacían vibrar.
Hay empero un recuerdo que pone en fuga los pensa- rosas y de las resoluciones caballerescas. Sin embargo,
mientos de duelo y de amor, que hace subir el rubor á. los meses y los afias se deslizan, el '\'iaje es largo, y aun
su frente, crugir sus dientes, relampaguear sus ojos, y es cuando no ee distraiga de su determinación, Felipe resiente á pesar suyo un poco de ese apaciguamiento que
el recuerdo de su última entrevista con Martin de Brest,
el recuerdo del juramento que hizo en el cual Martín de producen el tiempo y la distancia.
Quando la Andrómeda entra á la bahía de Rochefort,
Brest no creyó. Y Martin de Brest tuvo razón .
no es en Leodice en quien piensa desde luego; es en LiEl probó que los maridos no se dejan engañar tan fa.
cilmente, que los viejos negociantes conocen bien la y aun en Fernando. Su corazón dolorido siente la neel mundo. No creyó y Jo dijo con claridad. Felipe cesidad ardiente de encontrar un poco .de amistad y de
bienvenida, quiere verlos, abrazarlos. Estan en Buchano pudo airarse contra ese viejo, por que Felipe me1-1tía.
rest. Irá antes que todo hacía ellos y se ocupará de LeoMint'.ó, sí, y mintió con juramento.
dice en seguida.
El momento de la acción ha pasado, ese momento que
Otro pensamiento lo decide. Jacobo dijo á Elena que
le conmueve sie!J)pre y le arrastra, sin que pueda juzgar,
Martín es un duelista, un matasiete, la más fina espada
deliberar, discutir, y ahora, piensa, delibera, discute, se
de París. Felipe podría morir; se ven estas cosas injustas¡
juzga. Una vez más ha obrado como un niño. Ha obedeel duelo 1;10 es un juicio de Dios y él no quiere morir sin
cido á un sentimiento caballeresco, no deshonrar á una
haberse asegurado de la felicidad de Lila. No tendría de•
mujer; á un movimiento de piedad, tranquilizar á un anrecho de disponer de su vida si encontrase sufriendo á la
ciano .... .. No lo ha logrado y sí se hizo perjuro. Martín
niña.
de Brest dijo la palabra de la situación: uHay hombres
XVI
que no pueden mentir aun cuando lo quieran, y el era de
esos.n He aquí porqué obró como un niño, tratando de
c&lt;Olvida uno como se consuela, ha dicho La B ..uyere;
hacer una cosa de la que no era capaz. Perdió á aquella no hay enel corazón fuerza para amaró llorar siempre.1►
muj':!r con más seguridad que bi lo hubiese confesado toFernando Duvernoy olvidaba, y, sin creerlo, se consodo, y desesperó á aquel viejo.
laba.
Al principio, en su dolor sombrío, había recorrido sin
Su hermana Elena, en las graves lecciones que le daba
detenerse
1-0s sitios más célebres de Europa.
en otro tiempo para formar su joven conciencia, repe.A.penas
llegado, partía de nuevo, fatigado por la bar·
tia frecuentemente: 11No hay que hacer jamás el mal con
la loca esperanza de que de él se derive un bien. Dios no bulla de los hoteles, por el tumulto, por la animaoión
tiene ninguna necesidad de nosotros para arreglar les alegre y loca de los viajeros. N J podia soportar la vista
acontecimientos futuros; el porvenires de El, el presente de esos felices que marchaban de dos en dos á través de
solo nos pertenece, y en el presente no debemos cometer la vida, cuando él se encontraba solo. Odiaba á. esos in acción ninguna que sea mala, no debemos transgredir diferentes que ignoraban su pena, á esos jóvenes en vianinguno de los mandamientos divings. En uno de esos je de bodas, mostran-lo · insolentemente su dicha, á. las
mandamientos, no está escrito acaso: «¿No mentirás?n Y viejas parejas también, que paseaban con apacible aspec to de gentes satisfechas; reprochaba á las jóvenes que
él desobedeció á Dios y á Elena; él mintió:
La irritación crece en él hasta la cólera: reprocha á. existiesen, á las viejas que no hubiesen muerto.
Habría querido vivir en los cementerios, buscaba el
Martin de Brest por haberlo llevado á ese falso juramendolor
de otro, pero en esa vida errante los dolores de otro
to, censura á Beltrana y no experimenta ya con reseran
raros
y casi imposibles de enco.ittrar.
pecto á ella esa simpatía llena de piedad resentida en la
Decidió que en lugar de descender en los hoteles bus·
playa por la pobre muchacha abandonada. Las últimas
palabras de M. Martin alumbran aquella escena trágica caría instalaciones temporales por un mes y aun por una.
semana; queda estar en su casa.
con una horrible lnz.
Cirlota le fué, en estas ocurrencias infinitamente pre·
«Mi sobrino era ya el futuro de mi hija, cuando Beltra•
na lo vió por primera vez; ella lo sabía, ella sabía como ciosa: ella discutía los precios con los propietarios dema·
siado ávidos, amaba la economía y no quería renunciar
amaba Valeria á su primo.»
Ella lo sabía! Ella lo sabía. Sí, lo sabía! Como pudo al amo á quien servía. El reconocía sus buenos servicios
ignorar ese amor que Valeria no pensaba casi en disimu- con gratificaciones, con obsequios, obsequios y gratificalar, ese amor que tramfiguraba su fealdad, volviéndola ciones que pasaban ciertamente del precio que los pro• .
casi linda y que se advertía en sus menores frases. Como pietarios habrían exigid.o por eus alojamientos, pero Car··
no había de confiarse á su amiga? ...... Para él, á quien to- lota se mostraba reconocida, ingeniándose en mil delicada deslealtad rebelaba, Beltrana no era ya la interesante das atenciones.

fía, el grado de latitud, la form11 de gobierno, el nombre
de la capital, las ciudades m:ú. notables y la cifra de la
población. Decía asimismo los hoteles donde se hospedaba, los menús de las comidas que se le servían; se deleitaba en los recuerdos gastronómicos, emprendía una disertación sobre las diversas cocinas del globo, y Felipe, que
sabía leer á través de las linee, veia aparecer y lucir el
pecadillo único de aquella mujer: golosa, muy golos~,
horriblemente golosa. ¡Qué importa! Ella no se creía per·
fecta, y además, la gula no ea un obstáculo para la bondad y la abnegación.

víctima' de la seducción, sino la mujer artificiosa que
trata de quitará su amiga el corazón de su futuro. No le
perdonaba tampoco su matrimonio con ese pobre Martín de Brest .... .. y por no deshonrará aquella ambiciosa,
á aquella intrigante, fué por lo que mintió! Pero L'3odice
es el sér más ex:cecraio sobre el cual se encarniza toda
su ira. Oh! si no estuviese encadenad,&gt; sobre el puente
de su buque ...... Oh! si pudiese arrojarle al rostro todo
su desprecio! Paciencia, ese día llegará. Pur largas que
sean las navegaciones tienen un término. Si las montafias no se encuentran 1 los hombres si se encuentran cuan-

Un día, sin que·nadie hubiese podido comprender como aconteció aquello, el pintor encontró en su cámara.
una tela, una caja de colores y pinceles.
El había dicho á su arte un eterno a.dios, ese adios nofué empero más que un corto (1hasta luego. &gt;1 El artista sesentia lleno de un ardor nuevo; jamás había comprendi·
do tan bien la misterima hermosura de las cosas y jamás 1
tampoco las había interpretado tan bien. Sin embargo,.
rehusaba enviar sus telas á las exposicione3. Felizmente
Carlota estaba ahí, é igsistía y suplicaba.
-El muy honorable señor D.ivern )Y no tiene el dere•

cho de privará su patria de la vista de sus obras maes
trae.
El cedió y no tuvo por qué arrepentirse; sus cuadros
fueroo. notados¡ algunos periódicos hablaron de ellos con
elogio. Se ofreció un precio elevado. Carlota triunfaba,
pero Dnvernoy movía desdefiosamente los hombros.
-Qué importa la gloria, p~esto que ella no vive ya
para aplaudir mis éxitos.
Y decia ectoseriamente, sin hipocrecía, no creyendo
disminuida su pena. La respetuosa admiración de Carlota lo entretenía en esta ilusión. Cada día, á la hora del
desayuno, ella le ofrecía el bálsamo del consuelo. Fernando escuchaba voluntariamente las lamentacíones de
la aya. Ellas eternizaban su duelo¡ y además, como artista, amaba la alabanza.
Protestó al principio cuando ella le comparó á los
maestros ilustres. Poco á. poco se acostumbró, complaciéndose en su papel de ídolo, respirando á plenas narices aquella espesa humareda de incienso; pero jamás
pensó que bajo las hipérboles de la pobre muchacha se
ocultaba un ardiente amor.
.F'elipe que creía saber leer entre las líneas, no lo pensó tampoco. No se imaginó que la perla de las ayas, tan
bien escogida por él, era romancesca y sentimental, que
era una de esas alemanas que sueñan con un Werther, que
t?da la vida lo han esperado vanamente, guardando en el
fondo más proEundode su espíritu tesoros de quiene8 nadie ha hecho caso"¡ que había llegado á su trigésimo sexto
año1 siempre sentimental, siempre romancesca y jamás
comprendida. Si él hubiese pensado estas cosas, se habría asustado, porque má.s que la gula, los eentimientos
romancescos no excluyen la devoción y la bondad.
Los instintos maternales se despertaron en el corazón
de Carlota, al mismo tiempo que la pasión: ambos amores se confundieron y la instiJ;utriz adoró á su educanda
con toda la ternura de su corazón sentimental.
A. los ocho afios Lila ae parecía á su m1dre: fina, fl.exible, rubia y blanca, y en aquella rubia y blanca figura de
niflá., se abrían en toda s11 extensión dos grandes ojos
serios, dos ojos de un azul sombrío, graves, con esa gravedad de los niños educados en:mediode las lágrimas, por
gentes que no ríen jamás. Los ojos de Lila eran de ordinario tranquilos y dulces, pero la menor contrariedad
los hacía brillar de cólera. La niíiita entraba entonces
en accesos de ira, á los cuales nadie osaba resistir. Otro
defecto era su excesiva sensibilidad; la más lig-'lra repri.
menda la hacía llorar indefillldamente.
Su padre y su aya temfan los accesos de lágrimas más
aun que los accesos de cólera; si la salud de la pobre pequeña iba á sufrir! Cddían pues, ced!an siempre,
Carlota no osaba aventurar raprensión alguna, viendo
con terror erizaree delante de ella dos dificultades temibles: poner á Lila enferma y disgustar al señor Duvernoy.
El temor de ser despedida la asustaba y ante esta horrible desgracia, qué sigaificaban las lecciones mal aprendidas ó los caprichos de una niña de ocho años~t
La educación de Lila presentaba pues en muchos pun•
tos lamentables lagunas, cuando Felipe, obtenidas sus
vacacio11.ea, fué á reunir11éle en Bucarest.
Estaban insta.lados desde hacía cerca de un mes ea una
linda casa; el pintor encontraba amplios asuntos para sus
cuadros en aquel país nuevo para él y prolongaba más y
más su permanencia en los sitios que visitaba, no sintiéndose ya impelido á vagar por el aJuij6n del dolor.
Felipe se percibió bien pronto de las modificaciones habidas en el dolor de su cuflado y sufrió con ellas. Le censuraba injustamente que hubiese continúa.do sus queha•
cerea, que se complaciese en su obra, de la semisonrisa
con que la contemplaba ha:lándola buena y sintiéndose
en gran progreso; y le censuraba por último que hubiese
cesado de llorar. Era injusto, como se suele ser en casos
semejantes.
El vacío l}ue rasentía Ferna.ido desde hacía cerca de
tres años, había agotado la amargura; ee había acostumbrado á la ausencia de la bien amada. La costumbre ha·
b~a hecho_ su obra, pero el marino sobre su navío, no podia experimentar estos beneficios. Jamás Elena le había
seguido, era él quien partía y este primer retorno en que
no 1~ encontraba, avivaba su pena dándole la impresión
del implacable y eterno a.dios.
Pero si él acusaba sin razón á su cnfiado, por otra parte le hacía plena justícia en cuanto á su fidelidad, retractándose interiormente de sus antiguas y odiosas suposiciones.

Cerca de tres afios habían transcurrido y no solamente
el viudo no se había casado, sino que ni pemado había en
ello. En cuanto á una intriga clandestina, cómo habría
sido posibie á través de tan continuados viajes? .A.demá-s,
por limitada que fuese la experiencia de la señorita Carlota en cuanto á estos asuntos, hubiera sorprendido algún encuentro, algún indicio revelador. Nodisimula uno
durante cerca de tres años cuando es absolutamente libre. Ahora bien, la convicción de la señorita Carlota res•
pecto de la virtud de Fernando, permanecía absoluta;
esto se veía en los elogios .que ella prodigaba á. su ídolo,
en el culto admirativo que le dedicaba.
Otra prueba más parecía al joven perentoria: el pintor
se hacía leer sus cartas por la aya. :\Iuy cuidadoso de su
vista, de la que sufría un poco y que reservaba toda en·
tera para su pintura; muy perP-zo30 también, suprimía
todas las pequefias fatigas. Después del desayuno, en
tanto que fumaba una larga pipa, Carlota abrta delante
de él su correspondencia y leía cartas. y periódicos. Fernando vió el asombro de Felipe acerca de esto y dijo:
-Yo no tengo secreto alguno, mi querido amigo; algunas cartas de negocios de esa horrible escritura de los
empleados ministeriales; otras de la tía Fourneron 1 con
sus garrapatos¡ de cuando en cuando algunas patas de
mosca de las.primas Lezines; verdaderamente esto no va·
le la pena de fatigar mis pobres ojos. Cd.rlota es discreta y
abnegada: una perla, mi'querido Fdlipe, una perla que
vos habóis pescado para mí!
Felipe, más exigente, encontraba que bajo muchos as•
pectos1 la perla de la,;i ayas dejabJ. mu ~h 1 que desear.
Ocho días después de su lleia fa oyó grit:is furios1s que
salían del cuarto de Lila. Inquieto, se levantó; pero el
Sr. Duvernoy le retuvo con un gesto:
-No es nada, Felipe, no os molesMis, es Lih que se
encoleriza.
Un poco sorprendido él, preguntó:
-¿Y qué le acontece frecuentemente esto?
-Oh! muy frecuentemente; sólo que desde que vos estáis aquí se ha contenido, y por eso es la primera vez que
la oía.
.._y la sef'iorita Carlota no trata de corregirla de este
terrible defecto?
--Carlota!. ..... Es posible que lo haya ensayado; pero
sin éxito.
Algunos día&amp; después, una escena de género diferente,
inspiró al matino nuevas inquiet\ldes, respecto al caract,er de la niña. Lila, á la hora del almuerzo se levantó
con aire misterioso, salió de la pieza y volvió trayendo
en sus manos una frutera de donde se exhalaba un delicioso perfume. Eran confituras de rosas, tan apreciad.as
en los paises de Oriente. La chiquilla aproximándose á
Felipe, se las ofreció.
-Gracias, hijita, dijo éste, no me gustan las confituras.
Ella tuvo una mueca de despecho.
-Pero éstas! oh! éstas! Vos no habéis comido jamás éstas. Tomadlas; yo lo quiero. Soy yo qaien las ha hecho
p~ravos.
Y con un movimiento autoritario acumuló en el plato
vacío cuatro 6 cinco grandes cucharadaa. El 1 complacientemente la ieguía con loe ojos y las gustó apenas con los
Jábios.
-Qué tal? Qué tal, eh?
Y con una vanidad pueril, la chiquilla repitió;
-Soy yo quien las ha hecho para vos.
Pero Felipe á pesar de su buena voluntad sintió clara•
mente que no podía llevar má.s allá su heroísmo.
-Los confituras son excelentes, querida, dijo, pero es
preciso que le gusten á. uno y á mí no me gustan.
-Oh! exclamó ella.
Sus grandes ojosa?. llenaron de lágrim!:ls; volvió á tomar la frutera y salió del comedor llorando. Carlota la
siguió.
-Estoy desolado, dijo Felipe.
El pintor respondió después de un silencio:
-Sí, habría sido mejor no violentarla, otra vez no la
contrariéis.
Lila estuvo triste durante todo el día, triste tambien
el día siguiente.
-Ui! Lila, díjole el marino, que feo eseo.fadarae.
Ella replicó con aire doloroso.
~Me habéis hecho sufrir mucho; si me quisiérais, pa.
drrno Felipe, habriais comido las: confüuras, puesto que
yo las había hecho para voz.

El se asu8tÓ de esta extrema sensibilidad de corazón.
-~fo es una prueba de amor, Lila, obligará las gentes
que se aman á. hacer lo que no les conviene; pero sf lo es
y grande, no dudar de su cariño. Comprendes esto, hija
mía?
Ella le echó al cuello sus bracitos acariciadores y tuteá.ndole por primera vez:
-Sí, lo comprendo, y créo que me amas, padrino Felipe.
Aquel día hicieron las paces, pero la tranquilidad no
fué de larga duración.
Los caprichos de la niña eran frecuentes y no si~mpre
acertaba Felipe á llevarla por el buen camino.
Un día, pregnntóle:
-Quiéres recitarme tus lecciones, Lila?
Y el desengaño fué completo. La ignorancia de la nifia era. mas absoluta aun que lo que él esperaba. Con·
fundía los lugares y los países; colocaba á Clovis en la
torre d3 Babel y á. Jerusalem al pie del monte Blanco.
El quiso hacerla leer y se percibió bien pronto de que no
sabía leer absolntamente; pero como se había prestado
docilmente á este exé:nen humillante, él le dió las gracias y la besó.
Por la noche, solo en el jardín, reflexionaba.
Ciertamente el grado de instrucción de una nrna de
ocho años, no ofrece aún mis que una debil importancia; sólo que lo qne él censuraba era la educación toda
entera y aquella debilidad ante los caprichos. El oficial
de marioa sujeto desde temprano á las reglai saludables
de la disciplina, no admit.fa ni la desobediencia ni la rebelif.n.
¿Pero qué podía hacer? El Señor Duvernoy no consentiría jam,ís en separarse de su hija para ponerla en pensión! Por otra part;e, la presencia de la nifia, ¿no era una
salvaguardia? Sin embargo, crecería así, mal educa:ia, y
ante ella se abriría la vida con sus probabilidades de des ventura y sus tremendos arcanos. Crecería igualmente
adulada y m:mada por dos corazones débiles, egoístas y
buenos.
En ese momento, una ligera sombra se deslizó cerca
de él y oyó una voz muy dulce que murmuraba:
-¿Por qué habéis dicho, padrino Felipe, que si mima•
má viviera me I?ondría en un colegio? ¿Acaso mamá no
me qnería?
El la sentó en sus rodillas y estrechándola tiernamente contra su corazón, respondió:
-Sí, chiquita, tu madre te quería, te quería coa toda
su alma y por eso hubiera querido verte bien educada,
porque los niños mal educados son raras veces felices.
Ella sorprendida preguntó:
-¿Es que yo i;stoy mal educada?
-Sí, dijo él con franqueza; te quieren demasiado aquí,
yte quieren mal; no resisten á tus caprichos, no castigan tus cóleras.
Ella replicó.
-¿Y acaso mi mamá era mejor que yo cuando tenía
ocho afios?
Felipe ee vió embarazado para responder ver!dicamente á. esa pregunta, porque cuando Elena tenía ocho años
él acababa apenas de nacer; pero no vaciló:
'
-Ciertamente, á. los ocho años mamá Elena leía muy
bien.
-Entonces, dijo ella, yo aprenderé. Yo querría parecerme mucho á mi pobre mamá, á quien mi papá ama
tanto. Yo quisiera verla ..... .
-Ayl mi pobre niña, eso no es posible, porque tu madre está en el cielo.
-Si, pero su retrato, cuando menos; yo nome acuerdo
nada de ella y sin embargo pienso en ella muchas veces,
papá no habla de eso nunca. Si tú quisieras, padrino
Felipe, decirme lo que ella hacía, lo que ella decía ........ .
Entonces, largamente1 él le habló de su madre, entrando en los menores detalles de su vida de niños, refiriéndole á la pequefia, cuán dulce había sido siempre Elena
cuán buena y cuán prudente. Ella le escuchaba atenta~
mente y cuando él concluyó, dijo en voz baja:
~ Voy á hacer todo lo posible por parecerme á mi
mamá.

Y Felipe comprendió que acababa de darle la mtis saludable de todas las lecciones; pero que acababa así mismo de hacer surgir en ese corazón de niña una especie
de culto sagrado por la madfi? difunta, unaafecciónsombría, tal cual la experimentaba él mismo· n.n cuidad
celoso de guardar de todo olvido la querida'memoria co~
mo si el olvido hubiese sido una profanación.

�DOMINGO 18 DE ABRIL DE 1897

. EL MUNDO

XYII.
El tieoopo volab,. Felipe, á instancias de Duvernoy,
Je acompafió hnc.:ta Yeneciti, donde se despidió afectuosamente dirigi é nd,)se luego ií. Pvrtarlier donde le '.lrgía ver
á. Jacobo de Rommers, quien le confesó paladinamente,
que él había confiado á: Leódice lo relativo á la presencia
del joven marino en la playa la noche del drama ..... .
-Con que vos ee lo habéis dicho, exclamó el joven
con cierta exaltación.
-Yo se lo he dicho, ea claro, respondió Jacobo. Tenía
el derecho de saberlo; pero he aleg\do también en favor
tuyo l .s circunstancias atenuantes: que eras demasiado
niño1 un chiquillo, una especie de e.eñorita con uniforma
de aspirante de marina.
-Y él se dignó perdonarme? preguntó Felipe irónica.
mente . ........ .
-Sí, pero se hizo rogar mucho; estuviste en peligro de
tener una querella con él, li no haberte encontrado en
los mares del Japón ...... Ahora ya lo ha olvidado todo y
yo desearía que no lo viéses.
-Está en Par!e?
-SI, en el hotel de la avenida de Antin.
Felipe se levantó.
-Cómo, exclamó Jaoobo, y eso era todo lo que tenías
que decirme?
-Nada más; quería platicar contigo.
-Vayat eres un guapo mozo, un si es no es misterio so... .. . Cuánto apostamos á que traes algún uegocito en-

tre manos - guifió el ojo,- un negocillo que quieres
guardar para· tí solo, pícaro egoist.a ......... Qué te vaya
bien, eh?
-Primo, respondió Felipe, tengo en efecto un asunto
del que no quiero hablarte ahora, pero que te confiaré
probablemente mañana.

XVII

En el suntuoso hotel de la avenida de Antin, Leodice,
terminado el almuerzo se abandonaba ú las dulzuras
del farnientt, cuando entró á su. habitación un ayuda de
cámara:
-Un señor1 .desea ver al señor, dijo.
-Qué señor, ha dicho su nombre?
-Medió sn tarjeta.
Leo dice leyó, no sil... cierta sorpresa:
FBLIPE DE AuBlAN.

0ficlo.l de Marina..
El repitió:
-¡Eelipe de .-\..ubian! ¿qué diablos me querra?
Esta visita evidentemente no le agradaba por los importunos recuerdos que !e traía.
Acaso viene á darme excusas por su deserción de mi
boda1 pensó, y dirigiéndose al ayuda de cámara:
-Hazlo entrar, ordenó.
Pero apenas dada la orden, se arrepintió de ella; en fin
por más que el vino fuera amargo había que beberlo, sin
dejar suponer que repugnaba.

f&lt;

EL MUNDO

DOMINGO 18 de ABRIL de 1897

Cuando Fe1ipe apareció, Leódice de una ojeada se convenció de que no era una Eeñorita disfrazada de marino,
ni mucho menos. Jacobo de Sommer lo babia vieto con
ojos poco fieles . .Aquel joven erguido y firme, de faz severa y de tez bruñida por el mar, le inspiraba reepeto.
-Querido sefior, encantado de veros, exclamó, sentao@. Habéis hecho muy bien en paearme vuestra tarje
ta; yo no recibía por estar muy ocupado. Y designó con
un gesto el bureau donde estaban depositados algunos
papeles.
-Pero para vos me he apresurado á hacer una excepción.
No siempre se os ve en París, ¿verdad? Pero ¿por qué
diablos no os sentáis?
-Señor, dijo Felipe, luego que Leódice le dejó hablar;
he venido á Paria con el único fin de tener con vos
una explicación.
-¡Una explicación! pero diez, veinte, las que querais 1
yo no rehuso nunca explicarme porque las malas inteli gencias me disgustan. ¿Qué explicación deseais?
-Quiero que me expliquéis, dijo Felipe dominando lo
mejor que podía la irritación y el disgusto que le causaba el personaje, por qué os habéis permitido poner mi
nombre en el anónimo que escribíeteis al Señor Martín?
Sin duda Leódice babia previsto esta pregunta y no le
convenía mostrarse herido. Continuó, pues, balancelín·
doee en su mecedora, mostrando en sus labios una sonrisa de misericordia y de piedad.
-¡Oh! mj querido seilor, dijo con un tono irónico; si
la carta de que hablais era anónima1 ¿por qué me hacéis
la injuria de atrijmfrmela? ¿Habéis reconocido mi letra?
-Yo no conozco vuestra letra1 dijo Felipe cuya irritación crecía¡ pero el hecho relatado en esa carta, de mi
presencia en Ja playa durante la noche que precedió á
vuestro matrimonio, no era conecido más que de Jacobo
de Sommere, y Jacobo de Sommers no habló de él más
que á. vos.
-Entonces1 querido sefior, respondió Leódice sin cambiar de actitud, ¿durante la noche que precedió á mi matrimonio me bicísteis ]a gracia de espiarme? ¿Es esta 1a
conducta de un hombre cuyo honor es tan quisquilloso?
-Yo no os espiaba, bien lo sabéis, replicó Felipe á
quien la burla de Leódice hacía perder su sangre fria,
pero os he o(do, os he visto y he sido testigo de vuestr.a
infamia y de vuestra cobari:.fa.
-Verdaderamente, dijo Leódice sonriendo, siempre
vos habéis sido testigo de eso. Me agrada oír tal confe•
sión de vuestra bocal Entóuces mentisteis cuando el se ~
ñor Martin os interrogó? De suerte que vos, tan puntilloso en cuestiones de bo11or, bicísteis un juramento
falso?
- Sí, dijo Felipo, cuya cólera se desbordaba ya, hiriendo con su pufio el buró; sí, juré en falso para no deshon ·
rar á. nna mujer, y también forzado por vos, que sois un
miserable.
)~sta. vez Leodice se levantó.
-Creo, OOñor1 que os permitís venir á insultarme á mi
casa. Salid, ú os hago arrojar por mis criados . .En cuanto
á daros explicaciones1 oid mi respuesta. Yo no me baOO
con. un hombre, que según confesión propia se ha des ·
honrado con un espionaje y con un perjurio.
-Aii! conque Mí es, rugió Felipe, pues bien, yo os for ·
zaré1 yo os insultaré en público y os insulto aquí.
Y con su guante le abofeteó el rostro.
Leodice había palidecido.
-En efecto, dijo, me forzais¡ dadme vuestra dirección
y mañane recibiréis mis sestigos.

XYIII.
Una hora más tarde Felipe llamaba á la puerta de J acobo. Este le recibió con su cordialidad alegre.
-Hete aquí muchacho, tienes palabra. Vienes á hacerme la relaeión de la aventurillaT te escucho y soy todo
orejas qerido.
-La aventura, dijo Felipe que no pudo impedir uaa sonsonrisa, no es tal como vos la imagináis.
Acabo de insultará Leódice, Martín, y os suplico que
me sirvais de testigo.

( Continuará. )

1

.LA MODA
Los lindes sombreros siguen siendo la
n_o~a predilecta para los fantaseadores pa.r~sienses, y por eso_les damos la preferencia entre los .figurmeei que publicamos.
El que aparece en esta plena es sobre
todo, un encantador capricho' y de una
supremaelegaacia. Lo recomendamos es•
pecialmente á nuestras bellas lectoras.
El pleno eetío traerá modelos que prometen mucho, y de ros cuales baremos la
reprod ucci6n con ]a oportunidad que acostumbramos.
LIVIA COLUMBA

_Escu~ha, amiga mia, una YCrdadera y
triste historia que voy á referirte. Xo es
un cuento de --ami?to, ni una de esas narra•ciones fantáeticas que las madres contaban ".le nocbe á sus pequeñuelos en aquellos tiempos en que las madres hallaban
placer en e~e entretenimien~; no, es, como te he dicho, una historia, y te salgo
garante de su autenticidad, porque tengo
íe en la veracidad del hombre que me la
refirió.
Hubo un tiempo en que se apGderó de
mí la afición bárbara de la caza con una
intensidad Ycrda~ernme~te ho;rible, por
lo menos ú los OJOS de nu actual conciencia. Cuandopienso en las pobres víctimas
de mi pasión cijen~tica de otros dfae, paréceme que erd otro eér que había entonces en mí quien consumaba aquellos injustificables atentados. Hágame esa ilu·
sión, porque eolo así consigo acallar una
secreta voz que me acll!=a, y poder en mis
paseos por la campina contemplar las
avecillas en sus variados movimientos en
la copa de los árboles, sin et ntir profundo malestar cuando fijan en mí sus redondos ojos, y pian los pichones y cantan 6.chirrian las madres. De otro modo,
pareceríame que me dirijen miradas de
reconvención y que en su sencillo lengua ·
je me llaman con un nombre que hiere
mis oídos como hiere el blanco la za.eta
disparada por habil arquero.
¡Cuantas veces ha turbado mi sueño la
sangrienta imágen de un montón de cadáveres de inofensivas avecillas! Allí be
visto tórtolas y verderones, con las alae
rotas, ruiseñores y Mrpinteroa con el pecho destrozado, y cigua~, cernícalos 1 pájaros bobos, que luchan por tender el vue•
lo cuando ya la muerte ha inutilizado
sus alas paradiempre.
¿Qué placer esperime.ntaba yo en privar de la vida á. los pobres pajaritos que
ae atravesaban en mi camino, ó que
descubría en el follage tupido de loe
corpulentos mangos, y en las enbieatae
bojas nuevas de las esbeltas palmeras?
¿Quieres saberlo amiga mía? Pues bien;
te lo diré. Ninguno me caneaba la muerte
de los indefensos animalitos; lo que me
causaba una satisfacción profunda era mi
destreza de novel cazador. Cuando tendia
el cai'ion de mi buena; escopeta vizcaina,
estaba seguro de no errar el tiro¡ y cuando veía flotar por el aire las plumas 9ue
el plomo había arrancado á la avecilla
que había elegido para blanco, ó sentía el
choque de su cuerpo inerte contra las ra•
mas y las hojas, apoderabáse de mí una
grata emoción que borraba por completo
de mi mente toda idea de compasión ha•
cia los seres destruidos tan sin razón ni
provecho.
Ese es el único crimen que pesa sobre mi conciencia.
Te lo he coi:ife~ado sin jactanci~, .Y espero que mi fran•
queza y mi amcero arrepentimiento me obtendrán tu
perdón. ¿No es así, mi buena amiga?
Pienso que después de todo, yo rny una ardiente convencida y leal partidaria de la pena de muerte: qu~ para
mi., la vida humana es sagrada é inviolable1 por la naturaleza, y que por nada en este mundo querría ser juez
pues á la hora de firmar una sentencia de muerte1 prefe~
riría faltar A mi deber para con la sociedad, á traicionar
mis convicciones.
Absuelta por ella y por t!, de mi más grave delito co,
mienzo la histórica naración.
'
En una nebulosa y obscura mafiana del mes de Noviembre de no importa que año, tornaba yo de mi escur·
ción matutina por uno de los estrechos y sombríos senderos_ de la selv~ de Galindo, que conducen de la ciénega
á la ciudad, y viceversa, cuando la espesa neblina que
desde mny temprano se e!!tendiera por la cuenca del Ozama se deshiw en fuerte lluvia¡ Jo qqe me obligó á. buscar
abrigo al pi&amp;dó unasalt1sima!! rocas en cnya cima forman
las copeyes y perooilas como un tupido solio, que no
permite el paso ni á. las gruesas gotas de un aguacero.
En pos de mí llegó un viejo cazador á quien sólo conocía yo de nombre y de fama, y que también venía á. guarecerse allí de la lluvia. A otros cazadores había oído hablar de él como de un buen hombre, pero de muy mal
genio: nadie se atrevía á. usar de su pal-O, aún sabiendo
que él no iría á ocuparlo, por esta ó la otra razón. Más
que respeto, era miedo lo que inspiraba á. SllB compañeros
de profesión.
A decir verdad, estas noticias y su aspecto, que no

S o m b r ero ni c ole.

predisponía en su favor, me hicieron al pronto ver con
muy malos ojos su llegada. Diócne lo~ buenos días en tono bastante áspero, y se pu,.o á. verter un torrente de palabras. Habló del tiempo, de lo malo de los cacni nos, de
la mala situación del pa\s, diciendo pe!!tes del gobinno
(con razón, dicho sea en acatamiento R. la verdad) de
la caza, contra las fincas de caña, y por último, contra
las mujeres. Al llegar aquí, su:i exprr•siones fueron tan
duras que no pude contenerme, y le interrumpí dicienle: pero viejo, ¿qué le han hecho á usted las pobres mujeres para que tan mal las trate?
Me miró fijamente, como si hasta entonces no ee hn•
biera dado cuenta de mi presencia allí: sacudió el ca•
cbimbo, tosió; y cuando yo esperaba que se de•atara en
improperios contra mí, con una voz suave qne nunca
hubiera supuesto fuera capaz de poseer, me habló así:
Vea usted joven; y(., no soy sabio como usted¡ no ·soy
más que un pobre viejo ignorante, pero, eso Rí, que no
ha vivido de más en el mundo, que tiPne muchísima ex•
periencia. )Ie casé muy joveu, y enviudé, quedándome
una hija á. la cual crié con mucho. trabajo; á los quince
af'íos me abandonó por un perdido que no tardó en deshacerse de ella. La recogí para que muriera. en mis bra•
zos, muy tarde arrepentida. Me dejó una chicuela que
ya cuenta doce afios1 á la que quiero como á nadie he
querido. Por ella es que desde la una de la mañana yengo aqui á. ganar el pan con este perro oficio de cazador.
cuando no me voy mar afuera en un cayuco á. echar el
anzueln. La muchacha me quiere y es muy docil¡ pero
eieropre eatoy pensando en que cuando sea más entrada
en afios me la haga también. Al IIegar aquí, la emoción
lo obligó á detenerise, y se pasó una mano por los ojos

para limpiar:-ie las 1:'igrirnas que brotaban de ellos, ex•
pontaneas como t.odai las que surgen del corazón.
En siendo hPmt.raa, continuó, todas son iguales! Vea
usted. E a chicnla, mi nieta, tenía una palomita que le
llevé un día ligt&gt;ramente herida, y ella la curó. Crió la como á nna criatnrt\; no probaba bocado que con elia no
compartiera, la pooia á dnrmir en su misma cama y no
la perd a de vista por miedo á los gavilanes. La llamaba
Llvia CulLunba porque ella ae llama Livia, y en no se
qué lengna 1laman columl,aR á las palomas. Por4.ue debe
usted sa.berque mi nieta está ú la escuela en la cmdad, y
aabe cosa~ que cuando me las cuenta me quedo haciendo
cruceP. Pero vol viendo :t 811 palomita, el animal correspondía al carillo &lt;le su ama como un sér inteligente. Se
posaba Pn sns hombro!!, audaba detrás de ella, y al anochecer la buscaba para que la llevara á. la cama. A la verdad ó á. la memira de mi nieta, ambas se hablaban y se
entendían perfectamente, con palabras la una, la otra con
arrullos. No ha.re muchos días me dijo mi nieta que había FOrprPndid.o un jo\'"en gavilán, en un árbol del patio
mirando fija ~, tiernaruentoá.Livia Columbaque á su vez,
posada en el respaldo de una 1:illa en el comedor, no qui taba los ojos del extraflo huésped. Por más que aceché
al malvado avechucho no pude verlo¡ parece que escogía
la!! hora!! en que yo estaba fuera para acercaree á la casa.
A mi nieta que pasa de ladina, se le encalavernó qne
el ~avilucho est.nba enamorado de Columba, y que ésta
no lo miraba con malos ojos. Una vez que se le metió
eso en la cabeza, cogió á su paloma por las dos patitas, y
mirándola de frente y besándole el pico le dijo: Columbi•
ta mía, estoy muy sentida contie:o porque te estoy mirando y no te conozco. ¿Qué se ha hecho el juicio que
4

•

�a66

DOMIN60 18 DE ABRIL DE 1&amp;97

EL MUNDO

LA FRATERNAL
Y SUS PROGRESOS
Con verdadero interes hemos leído un artículo de fondo publicado en el número correspondiente al dla último
del mes próximo pasado, por la compañía de seguro§ de
Vicia y Accidentes denominada La Fraterual.
Insertamos el expresado artículo ~n tas columnas de
nuestro semanario, por que además de que _en él se da á
conocer el progreso de la Institución del seguro, el cual
se a~entúa más y más en la República, los honores de
ese progreso corresponden de una manera muy especial
á la compañía de que hemos hecho mención, lo cual satisface, pues tratándose de una Sociedad Nacional nos es
grato palpar que prospere.
No añadiremos elogios que puedan considerarse apasionados, y por lo tanto, nos circunscribimosáreproducir
el referido artículo1 cuya lectura recomendamos á nuestros lectores:

I

f
-r '

~.,.•··(\"

UNA _NOVEDAD
Se¡¡:uro

con inveraión.--Planes en graduac:i6n y
dotales.

•

iempre alabé en tí? ¿Cómo te extasías contemplando á
el!e maldito gavilán, enemigo mortal de toda tu r11za?
¿Cómo has podido imaginarte que esas figuras que te ba·
ce y esos piropos que te endilga tienen otro propósito
que atraerte á donde -pueda clavarte las garras y destrozarte á. picotazos! Con no poca sorpresa de la chica, con·
téstale Columba: No comprendo, amita mía, cómo puedes tener semejante idea de ese apuesto y gallardo animal1 que traspira bondad. Yo te aseguro que mientras
más lo miro, más me gusta, y que estoy convenc:da de
que me quiere y me hará feliz! Ola! exclamó mi nieta.
¿Conque á tal extremo han llegado las cosas? ¿Conque
vas derechita, por tus pasos contados, por el camino de
tu irremisible perdición? Pues mal que te pefe, yo te salvaré. Y no la soltó hasta que con sus propias manos cons·

Grupo de sombr..-roa de primavera,

Al darnos la poEtrera despedida,
me lanzó una mirada
que en el pecho clavada
la llevé todo el resto de mi vida.

•*•

¡Es un sueño de amor su triste historiat
Nació; fué amable, candorosa y bella.
Amó; reinó; murió; se abrió la gloria,
entró, y el cielo se cerró trae ella,
ÜAMPOAMOR

Vitalidad Debilitada,
Sangre Empobrecida.

truyó una jaula de bambú muy capaz, y la metió dentro.
Cerró s.ólidamente la puerta, y muy satisfecha de su obra
colocó la jaula en el patio y se ent.regó, como de costumbre á sus quehacerelil.
Por la tarde dormía yo la siesta en mi chinchorro y df'sperté sobresaltado á los gritos de mi nieta: papá, papá!
corre que Columba se ha escapado!
En un decir Jesús, ya estaba yo con la escopeta al hom bro bajando la colina en dirección á un grupo de javillas
en donde sabia que acostumbraba reunirse una banda
de gavilanes; percibí el ruido que hacían entre los árboles; acerquéme con mucho tiento y no tardé en ver en
una rama al gavilán enamorado de Columba, qne con el
pico le arrancaba las entrafi.as, mientras otros dos, jóve•
nea como él, trataban á la vez de meter el suyo por la
ancha herida que tenía en el pecho el cadáver aún palpitante de la impmdente. Iba á hacer fuego sobre el grupo de animales, pero reflexioné, y volviendo á echarme al hombro la escopeta volví á mi casa, pensando en
que aquel drama no era acaso más que un anuncio de lo
que pueda suceder más tarde. Ya usted ve si tengo ra•
zón e.a lo que digo. Todas son iguales; cuando se enamoran, van lo más satisfechas á su perdición, como las ma•
riposaa á las llamas.
Cesó la lluvia, me despedí del viejo cazador, y tomé el
camino de la ciudad.
Mientras lo recorría, no dejé de pensar en el cuento
que acababa de oír, ni de preguntarme ¿tendrá razón?

Léase lo que la. Zarzaparrilla del
Dr. Ayer ha hecho por el reverendo
padre L. P. ,vuas, muy conocido
misionero de la ciudad de Nueva
York y hérmano del difunto y eminente juez ·wilds :
"Por muchos años padeci de divie.
sos y otras erupciones de carácter
semejante causadas por sangre empobrecida. Mi apetito era escaso y
la extenuación se babia apoderado
del sistema. Conociendo las propiedades valiosas de la Zarzaparrilla
del Dr. Ayer por la experiencia del
.oien que babia producido en otros.
procurémela y empecé á tomarla.
Mi apetito mejoró desde la primera
dosis y la mejoria se extendió á mi
salud en general, que la actualidad
es excelente. Me siento un ciento
por ciento más fuerte, cuyo resultado
lo atribuyo á la Zarzaparrilla del
Dr. Ayer, medicina que recomiendo
con toda confianza como la nwjM
que jamás se haya preparado 11am.
la. sangre."
Para todos los desarreglos orig!uados de sangre empobrecida ó viciada.
y debilidad general, tómese 1a

R. J. CASTILLO.

I,A PI.U.MA.
¡Pluma! cuando considero
los agravios y mercedes,
el mal y bien que tú puedes
causar en el mundo entero,
que un rasgo tuyo severo
puede matar á un tirano
y que otro torpe 6 liviano,
manchar puede un alma pura,
me estremezco de pavura
al alargarte la mano.
ABELA.BDOLoPEIZ DE AYA LA,

Vestido de reeepc:ión,

No repares sólo en la belleza de la mujer.
No desees la muJer por su belleza.
No es la belleza física la que une los corazone, sino la virtud.

La bellesa es cosa fugaz.

•••

¿Quién podrá confiar en un bien tan fragil?
Es el primer dón que noa hace la naturaleza, y el primero qu
nos arrebata.
.AJmONIZ.

Zarzaparrilla
-~-~~~l"REPAHADA l"OR

Dr. J. C. A¡er yCa., Lowell, Mass.,E. U. A•.

J

c¿Cómo corresponder á la confianza que día á día dispen'ia el público á La Fraternal?,
cEmpeñáadon'&gt;s con toda asiduidad en mejorar los planes que emite la Compañía, en ampliar su esfera de acción, rompiendo con la rutina para sustituirla con los
nuevos elementos que proporciona el progreso cientifico,
del cual deben dimanar todas las combinaciones, á fin de
que ellas descansen sobre base sólida.,
cHemos procurado nunca precipitarnos: las conquistas
alcanzadas, los triunfos obtenidos, no nos han envant:ci•
do, por el contrario, obligan nuestra-. responsabilidades
y por lo mismo aguzamos nuestro ingenio1 estudiando,
previendo y cimentando todo lo que puede dar un resultado benéfico á la institución del seguro, y por consiguiente al público á que está consagrado.,
cConstantemente hemos dado á luz los actos que norman nuestra conducta, hemos llevado á la conciencia públi-ca la persuación de la honradez con que nos producimos, porque sobre este punto no caben falsas modestias ,
y en cuanto á la bondad de los principios que han formado el Código de La Fraternal, nos cabe la satisfacción
de que hasta ahora no ha habido causa justificada que
pueda motivar, pero ni siquiera sospechar arrepentimiento por haber acatado esos principios.,
cSi en nuestros primeros pasos usamos de la mayor
cautela, si nuestras operaciones las limitábamos á su ex-presión más sencilla, con esto acusamos cordura, absteniéndonos de aba.rcar lo que nuestras fuerzas no nos
permitían, lo que la experiencia no podía aconsej8.rnos,
puesto que carecíamos de ella¡ pero por fortu_na en nuestra ¡narcha, que no ha estado exenta de obstáculos, hemos podido seguirla, haciendo á un lado los últimos y alcanzando el adelanto anhelado. Estacionarnos ahora
equivaldría á retrogradar, y una conducta de tal naturaleza daría motivo sobrado para que se nos censurase.
Esto no puede entrar en n~stro propó~ito, y por lo mismo multiplicamos los factores que deben conducirnos al
logro de nuestras legítimas aspiraciones, sin que esto
quiera decir que abandonamos la prudencia, entregándonos á locas ilusiones que traerían dolorosísima decepción. Marchamos en busca de nuestro engrandecimiento,
escogemos terreno firme, y con planta segura llegaremos á la cima donde irradian nuestros ideales.,

**•

cHemos mencionado una novedad y tal es la póliza que
emite Lá Fraternal bajo condiciones que hasta ahora
nunca se habían conocido en la Repó.blica1 porque nin-

guna de l&amp;.S Compañías que actualmente actúan en ella
las estipulan en sus contratos.,
cSeguro con í,iversión se denomina el plan referido,
y en él están adunadas una serie de opciones que permiten al asegurado obtener un verdadero y positivo beneficio, cualesquiera que sean las circunstancias porque
tenga que atravesar en lo futuro, pues se ha procurado
preveer al mayor número de contingencias. ,
cOrdenemos nuestras apreciaciones para mejor comprención de los contratos relativos, tanto en la forma como en el fondo. A toda persona que solicite la referida
póliza se le presentará "Un documento, en el cual en terminos bien claros y concisos se detallan todas las circunstancias de su pretensión contandose entre estas una tabla de opciones gara11tizadas préviame1tte en la que se
fijarán los valores que importan, pues estando calculados de
antemano, el solicitante conocerá desde lu~go todos los
derechos que puede ad-1uirir. ~
cEl nuevo plan está exento de problemas más ó menos
ventajosos, sujetos á fluctuaciones: se halla combinado
de manera que en números concretos se estipulan en la
póliza, de co:iformidad y con entera exactitud á lo solicitado, las sumas que importan cada una de dichas opciones. De esta manera, extirpamos cualquier abuso ó engaño que pudiera cometerse, evitamos m,1.las ó confusas
apreciaciones, y por lo mismo nuestros contratos serán
lisos y llanos, teniendo por norma principal la más absoluta buena fe.&gt;
cLas solicitudes empleadas para el caso las componen
dos documentos enteramente iguales, es decir, hay un
prúicipal y un duplicado que, firmados ambos por el solicitante y el Agente, sirven, el primero para enviarse á
la Oficina central de la Compañía á fin de que sirva de
base del cootrato1 y el segundo queda en poder del interesado para su propio resguardo, permitiéndole este ejemplar efectuar el cotejo con la poliza que se le expida, la
que tanto en datos como en cifras deben guardar absolu•
ta identidad con los de la solicitud. Bajo esta forma no
cabe duda acerca de las cláusulas del contato que se pretende, cesa por completo toda interpretación errónea, y
los asegurados en todo tiempo saben á qué atenerse, sin
que pueda temerse la más pequeña decepción .

*'*

11El Seguro con Inversión queda dividido en dos planes,
uno denominado Dotal en graduación y el otro simple•
mente Dotal. En ambos la obligación de pagos por parte
del asegurado no es indefinida, sino qut: se limita á un período que él elige voluntad entre los tres que ha adoptado la Compañía y los cuales se fijan en 10, 15 ó 20 años ..
Se llama Dotal en grad,,ación, porque el plazo para que
perciba el asegurado personalmente por haber sobrevivido á aquel, depende de la edad en que se solicita la póliza. Ei.ta es incontestable desde el segundo año de su vigencia, no habiendo más excepción que la prevenida por
el Código de Comercio en sus artículos 393 y 433. Ea el
tercer año el asegurado puede hacer ya uso de las opciones estipuladas y éstas consisten en saldar la póliza, en
cederla á la Compañía por un valor en efectivo, en obtener un préstamo que causa un rédito del 8 por ciento al
año, en obtener un seguro extendido ó sea la prolongación por determinado tiempo del riesgo que debe correr
la Compañía para pagar el Seguro. Puede también comprarse una renta vitalicia, y finalmente, si el asegurado
sufre alguna invalidación, tiene derecho á percibir en el
acto el 50 por ciento del valor á que ha ascendido su póliza cuando sobreviene esa circunstancia. Debemos agregar que el valor de Ia póliza en caso de fallecimiento aumenta en proporción á los años que se ha vivido, de modo que sin alterarse en lo más mínimo las obligaciones

del asegurado, con una misma cuota compra año á año un
seguro siempre ascendente en su valor&gt;
cCompletaremos los anteriores asertos y consideracio•
nes copiando aquí la tarifa correspondiente á tres edades,
y por ella se palpará que de antemano La Fraternal de
á conocer y ga,·antisa el valor de cada una de las opciones que, como hemos dicho, se enumeran en el contrato.
La repetida tarifa es como sigue:
(Omitimos la publicación de la tarifa por ser demasiado extensa y servir á los interesados para consultarla en
caso necesario.)
En el Seguro con Inversión, Plan Dotal, las estipula•
ciones son iguales, con la sola diferencia de que el plazo
para percibir en vida el valor de la póliza no depende de
la edad del asegurado, sino que éste lo fija, escogiéndolo entre los de diez, quince ó veinte años.' 1

•**
Reasumiendo todo lo expuesto, lt1. repetida póliza es
incomparable por las siguientes razones:
11

1ª Las obligaciones del asegurado no son indefinidas,
sino limitadas á plazo determinado.
2ª La póliza es incontestable desde el segundo añ0.
3ª A medida que sobreviva el asegurad'&gt; aumenta el
valor de su póliza.
4ª Puede cuando lo desee saldarla en proporción verdaderamente equitativa.
5ª Puede cederla á la Compañía por un prec.O en dinero efectivo, convenido de antemano.
6ª En circunstancias aflictivas tiene derecho á que se
le hagan préstamos sobre su misma póliza, y de esos
préstamos también se estipula el monto á que pueden
?,scender.
7ª Cabe también comprar un seguro extendido por
tiempo previamente calculado, sin que cause obligacio•
nes posteriores.
8ª Puede entrar en los cálculos del asegurado comprar con lo exhibido una renta vitalicia.
9ª En el caso fortuito de una invalidación, si no ha
optado por cualquiera de los derechos anteriores, la
Compañia paga la mitad del valor de la póliza en la fecha en que acaece tal suceso.
IOª y última. Si el asegurado no opta por alguno de
los derechos anteriores y sobrevive al plazo dotal, recibirá en efectivo el valor total de la póliza.

Ahora bien, en qué caso no está debidamente recompensado el asegurado? En todos lo está.
Cuándo es caducabie la p6liza aludida? Nunca, porque
además de que desde el tercer año cualquiera de las
opciones le dan pleno vigor, en todo tiempo si se hubiere
omitido por olvido ó alguna otra circunstancia hacer uso
de ese derecho, la póliza en cuestión puede revalidarse.
Hemos procurado concretar de una manera somera
todo aquello que puede dar una idea exacta de la bondad
de los nobilísimos fines que encierra el nuevo plan, que
desde hoy ponemosá disposición del público; y confiamos EJ.ue la posteridad nos hará justicia, que los hechos
vendrán á corroborar todas nuestras exposiciones, y que
La Fraternal será objeto de las bendiciones de todos los
que reporten sus beneficios,_ porque hubo una mano previsora que deposita~e en ella y en tiempo oportuno us.
ahorros para provecho propio ó de sus deudos, y para
engrandecimiento de una institución Nacional, que contribuirá á la honra y gloria de nuestra patria.
Cualquiera explicación ó dato que se nos pid .1 sobre el
particular, pl, _Je recabarse directamente d ,! nuestros
Agentes ó de la Dirección Gent:ral, que radica en la ciudad de éxico."

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lOt 4ob le v ■ lor de ■ qu.i.
&amp;l ~aneo facUltan\ k&gt;da clase de lnformea E!EICl':IIO&amp;. rela1lvoa t Iaa dl venias operaeton ee d e N;J lllltltta•
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aero _premia.do con

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111 próximo sorteo oon premio
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~,000..... . ..•... 1

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aprosimaclonu
al prem.'lo de 1 ,000. ............ 1
4,DOe
00 Premios de 1 20, ■.p ro :dmadooea
al premio de 1 10.(XX). ..... . . . .. . 1
Sl,000
'09 Termin&amp;kll de t 20, que se determinarán pnr las d o1 1lltimas el·
&amp;-a!I del bi1lete q u e obt enra el
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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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