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�EL MUNDO

270

-

DOMINGO 25 DE ABRIL DE 1897
DOMINGO 25 DE ABRIL DE 1Sg7

"EL MUNDO"
Semanario Ilustrado.
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hem1s visto aniquilarse reputaciones y desaparecer per•
sonalida&lt;l~s, que un golpe de maza derribó de sus altivos
pedet:talee.
. .
.
Ejemplos como el que la admm1strao1ón de Veracruz ha
dado, necesitan meditarse atentamente.

Toda la corresponciencia que se relacione con la R&amp;iacción, debe ser dirigida al

Director, Lic. Raf"ael Reyes 8pindola.
Toda la correspondencia que se relacione con la edición
debe ser dirigida al

Gerente, Lic. Fausto ltloguet.
La subscripción á EL MUNDO vale $1.25 centavos al
111.es, y se cobra por trimestes adelantados.
Números sueltos, 50 centavos.
Aviaos: á razón de $30 plana por cada publicación.
Todo pago debe ■ cr preclaamente adelantado.
RfcoIBTRADO COMO ARTÍCULO DE SEGUNDA CLASE.

,íUtrico tJ la ®ran :Ontafta.
La Cámara de Senadores ha aprobado, en la anterior
seman11, el tratado de límites entre el territorio mexicano'y la colonia de Belice, perteneciente ti la Cran Bretaña. E8te tratado causó hace tres aftos una cierta sensación, muy especialmente, como sucede á. menudo, entre
las personas ajenas 1í la cuestión. Fué necesario que se
exhibieran alllorizadoa documentos y se hiciera uso de
una cerrada lógica para destruir vulgaridades de grueso
calibre que habían hallado eco en buen numero de espí•
ritus.
En aquella époC!a quedó demostrado:
Primero: que lo~laterra posee incuestionables derechos sobre la po1,f's1ón de Belice.
Segundo: que el Gobierno de México ha reconocido es•
tos derechos, acrndita.Jdo cónsules nacionales en la co•
lonia británica.
Tercero: que el dafit qiw en el asunto de límites entre
Belice y el territurio mexicano, es altamente perjudicial
para los interese~ de la República, por la amenaza de
una expansión constante de la ~olonia; los peligros de
un tráfico entre los indios rebeldes y los habitantes de
la colonia, que proporcionaban á aquellos elementos de
conservación y resistencia¡ y por Último, el tráfico fraudulento entre uuos y ot.ros, realizado con graves pérdi ·
das para el Erariü Federal.
Se imponía, pnes, la aprobación del tratado, y df'spués
de tres afl.os, en los que los espíritus más saturados de
patriotismo han podido meditar atentamente acerca de
la materia, y los publicistas cultivadores del género efectista no se creen obligados á reproducir sus insignifican•
tes altison1lncias, se ha ~cudido, por fin, á. cubrir esta
laguna, dando solución á un problema trascendental, y
que no sólo por los males que ocasionaba en la actualidad, sino también por ]os riesgos que entrafiaba en lo
porvenir, era indispensable terminar.
En estos últimos tiempos hemos visto, en efeoto, que
un asunto de limites ha estado á punto de traer serias
complicaciones á una de las repúblicas del continente;
y este hecho ha podido servir de saludable advertencia á
todos los Estados de la América latina para dejar arregladas sus cuestiones de derecho internacional.
La aprobación del tratado entre el gobierno de México
y el de Inglalierra, relati v-o á los límites de Belice, es de
suma conveniencia y nosotros celebramos que, vencidos
los primeros obstáculos que se elevaron en un principio
en la Cámara de Senadores, f'Ste alto cuerpo haya apoyado con su voto una convención que no puede menos de
semos favorable.

ta µ,Jlítica tJ la justicia.
La prensa diaria ha proporcionado, en estos dfae, abun•
dantes detalles acerca de uo tenebroso crimen cometido
en la ciudad de Jalapa, y en el que se encuentran com•
prometidas personahdades de algún relieve social, acusadas de haber favorecido con act.os delictuosos la ejecu•
oión del repugoante delito.
Generahnen\6 el cuadro de la criminalidad nacional
arroja pocos casos semejantes. La gran suma de la delincuencia, representa la característica de un grupo humano hundido en los horrores del sal vagismo. Crímenes
rejirlados, en los qne intervienen unidades de una clase
superior; plaoes siniestros desarrollados hábilmente por
personas de cierto nivel social, se anotan en corta cantidad en los negros registros de la criminalogfa mexicana.
En el caso presente, se trata de un delito en el que,
como ya queda dicho, intervienen personalidades de cate~
goría, que ocupan puestos distinguidos en el cuadro de
una administración. Si el gobierno del Estado de Veracruz hubiera cerrado los ojos y los oídos á. los clamores
dP 110Ji opinión fuertemente impresionada, babrís cafdo
eu d más terrible desprestigio. Pero afortunadamente
para la sociedad y para el gobierno se 0a procedido con
energía, y loa sospechosos de esta trama, despoJados de
sus-atributos oficiales, :figurarán como simples reos en el
escandaloso proceso abierto por la justicia veracruzana.
No es el momento de preguntar cómo hombres serna.
jantes han podido tener acceso á prominentes puestós
públicos. En política. se impone, á. las veces, la ne'cesidad de utilizar elementos poco limpios en el deaempefio
de determinadas funciones. De estos sacrificios están
llenas las páginas de nuestra historia contemporánea, y
en más de una ocasión hemos señalado, en estas columnas, el extraño fenómeno.-Pero lo que la política crea,
la justicia lo destruye, y ante escándalos como el de Jalapa,

lí)olftt.ca ®tntral.
LA GUERRA UE ORIENTE Y LAS GRANUES POTENCIAS.
¡Qué inmema responsabilidad pesa sobre las grandes
potenci1ts ~uropeas! qué risible aparece ante i;,I mundo su
decantado coucierto, y cuán tremendos serán loe cargos
que les rt:sulten an~ la historia por la guerra greco-turca
que acaba de estallar!
Se oponen en norubre de la fuerza ti la expansión del
heleni11mo y á sus manifostaciones civilizado~; siegan
con mano aleve la aspiración de libertal que empuja á
los creteJlseS á lucba destisperada¡ se asientan al lado de
la iniquidad, interponiéndose como un escudo entre el es•
clavo que anhela su manumisión y el orgulloso sefiorque
sueña en la perpetua servidumbre; en nombre del tratado
de Berhn que ha podido ser desgarrado y roto varias ve•
ces por el fuerte, proclaman la integridad de un imperio
que se desiuorona, enfermizo y caduco, cuando del tron~
co carcowido las Je~prendidas ramas pudieran dar naci ·
miento á nuevas y vigorosas nacionalidades, inyectando
en ellas savia de libt!rtad, y se habrían de formar pueblos
robustos, ingertando en sus podridos or~anismos gérmenes de democracia y sembrando en su fecundo suelo la
semilla de las nuevas ideas; con inaudita crueldad se han
colocado en el conflicto de Oriente del lado del Sultán que
significa la perfidia, el fanatismo, la superstición y el es•
tancamiento, para combalir á los helenos que, cuales•
quiera que hayan sido sus errores, sus arrebatos y de•
lirios, han eecr1to en su bandera la palabra «¡adelante!11
y sublimes como sus héroes legendarios, creyendo poseer
las armas divinas de Aquiles y la égida inqtebrantable
de Pa.llas Athenea1 se l~v,1ntao más soberbios á. cada gol•
pe que reciben; y cuando después del bloqueo de Creta,
han vieto FUS inútiles esfuerzos por sofocar la insurrec•
ción y pacificar la revuelta isla de :Minos, ve11. ahora á los
griegos marcha'ndo al ~acrificio¡ sienten los estremecimientos del sagrado monte Parnaso, sacudido por la artilleria musulmana, y contemplan las aguas encantadas del
Cefiso, que ayer arrastraba arPna~ de or(', don.de los rayos
de A polo fiogian siluetas de ninfas y perfiles de gnomos,
que lleva ahora en sus ondM ensangrentados cadáveres de patriotas, melladas armas y yelmos destrozados;
cuando todo esto pued1:: n ver, cuando en su mano y poder estaba haber evitado esas escenas de horror y de matanza, que hasta hoy parecen representar la derrota de
los cristianos y el tnunfo de los hijos de Mahoma, la humillación de los que pelean por la libertad y la victoria
de los que luchan por la opresión: declaran con inconcebible calma, que están dispuestas á. observar la más estricta neutralidad en la cootienlac':.eGrecia y de Turquía,
ante la explosión del odio secular del turcomán que se
venga en el griego, aislado del mundo y abandonado por
los que se titulan sus prot.ectures, se venga de la humillación en que ha vivido, con el horror de sus iras agarenas.

•••

¡Eecaroio cruel, sangrienta ironía! Declarar la neutralidad abara, para. abandonar á la divina Hélade en poder
de las bordas muslimicas, para que la autoridad moral
de Rusia que apoya al aborrecido Abdul Hamid, harto de
sangre y abito de ferocidad, y la ayuda material de Alemania que manda sus oficiales para que se mezclen en
las filas de los adoradores de la Media Luna, rúrvan eficazmente á la derrota de las armas helénicas!
Declarar la neutralidad, después de haber maniatado
al rey Jorge, cuando trataba de arrebatar á los cretenses de la ominoea dominación de Turquía; cuando emprendía la reconquista del mundo griego en bdneficio de
la idea cristiana y á favor de la libertad de los pueblos,
por quien siempre se ha ofrecido en holocausto el pueblo
de los dioses y de los héroes!
Extraña imparcialidad la que amenaza con sus iras
olímpicas á los Estados li!emi soberanos de los Balkaned,
si osan adherirse al movimiento insurreccional contra la
Sublime Puerta, y se atreven ,prestar auxilio, á los acuitados ejércitos ya rechazados en Millona, acaso en Turnavo, y tal vez en inminente peligro de ser aplastados en
las llanuras históricas de Tesalia1 de donde partieron las
falanjes macedónicas para irá llevar el verbo de la cultura griega hasta las remotas riberas del sagrado Gaogesl

•'•llamáis dueños de los pueDespertad, vosotros que os
blos y directores de las naciones, vosotros que os cubrís
orgullosos con el pomposo manto del derecho divino y
creéis gobernar en nombre del Arbitro Supremo de las
sociedades; despertad poderosos de la tierra! No más
complacencias con la iniquidad, no más impías contemplaciones con la injusticia: la cuna del arte y de la gloria
está amenazada de caer en poder de las huestes mongólicas, que los siglos y el contacto con la civilización occi •
dental no han podido transformar.
Entre la Turquía, herida de muerie, podrida hasta la
médula de loe huesos y corroída de infamia y de miseria,
y Grecia, la eterna y íecun-ia madre del ideal y de la belleza, progenitora infatigable de la libertad y la justicia:
la. elección no es dudosa. La humanidad que piensa y que
siente estará por la divina Hélade.
Pero ¡ay! que en los tiempos de la melinita y de
los caiiones Krupp1 no bastan para vencer las bendiciones de las almas de buena voluntad y las simpatías de
las multitudes: se necesita algo más positivo. A vosotros
los poderosos de la tierra os toca intervenir á tiempo, y
no esperará. que Grecia infeliz. deeangrada, exánime, expirante, si es vencida en las trincheras de Larissa1 vuel•
va hacia vosotros los ojos moribundos.
Que desaparezca una y mil veces del mapa de Europa
esa mancha de baldón que se llama el Imperio Ot.omano,
antes que ver menoscabado en un ápice el territorio del
heroico y esforzado i-eino de los Heleno3.
22 de Abril de 1897.
X. X . X.

EN TIERRA. YA.NKEE
NOTAS A TODO VAPOR

LA CIUDAD IMPERIO

El paso del Ferrv á. la tierra firme se hace insensiblemente: cree uno pisar el barco todavia y ya va andandosobre el pavimenw de madero de uaa estación. De mí
sé decir que hasta que no salí á. una calle y subí á un ca•
rruaje dispuesto de aatemano por un viejo y buen ami•
go nuestro, no desapareció la sensación, á un tiempo an•
gustiosa y voluptuosa, que resie11te todo el que m sob-relas aguas.
Persistió más todavía en mi cerebro la imagen de la
cúpula de cobre del World ( el gran tocayo del periódico
que da amable hospitalidad á. estos apunti:&gt;s); la veía dominando el ilimitado picadillo de con:;trucciones que en
una masa clara, hecha de á.ngulos de piedra encaramados unos sobre otros1 se extendía hasta más allá del alcance de nuestra vista. Con trabajo y sin éxito, mientras nos distribuíamos en los carruajes, procuraba fijarme
en detalles y quitar de delante de mi e1cular aquella placa;en que se había fijado el total instantaneo de esta
monstruosa Nueva York que1 en poco más de medio si•
glo, ha devorado ochentaó noventa millares de kilóme•
tros cuadrados de su is:a de Manhaltam para amontonar
dos millones de habitantes.
Por ti.o nos pusimos en marcha¡ dejam!')s atrás un laberinto de tortuoeas callejas, empaqnt:&gt;tadas entre muros,
cuyas cormsas superiores era imposible ver desde el coche, pero que con frecuencia nos mm.traban en brusco&amp;
y grandiosos relieves, ya una sucesión sombría- de co•
lumnatas rom~nas, ya de pórticos grie¡tos, ya de pilas•
tras góticas, ora de basalto, ora de pórti lo, de granito ó
marmºol; pero todo obscuro, todo silencioso, todo triste.
-Broadway, me dijo mi compañero de carruaje, un méxico-germano aclimatado enN. York -¡Broadway! Una
de las primeras arlerias mercantiles del mundo ¿este es.
Broadway? {literalmente víti ancha )-Cierto1 esto es muy
grande y muy extrafio. Ei!trecho algunas vf'ces, anchíeimo otras, cortado por parques ingltlses alfombrados de
verde, sombreados por árboles muy altos, muy gráciles,
muy melancólicos 1 y sembrados de estatuas de bronce,.
muy serias y m11y insignificames. Broadway dia91111ri la
ciudad de un vértice á otro perturbando gracio~amente la regularidad matemática de sus calles y ave1iidas y
engendrando aquí blocksde casas en forma trapf'zniJ.il, y
mái allá, en diminntos y ridículos prisma~ triangulares.
:Qué en01midad! Una, tres, cinco millas y la til!f'g-atla y
silenciosa vfa no acaba; y e:! monót.ona al c.tb,,. Por todas partes pequeñas tiendas cerradas, embutiJlle en altí•
simos muros¡ á. cada momento estátuas de rnadera pintarrajeadas, junto de las puertas baja'J en que, se ex!:)ende tabaco¡ frecuentemente empinados sitial~ coloc.idos
en la acera ea donde los traneeuntee se hacen dar betún
con una formalidad monumental, y todo ello sigue y sigue. Porque nada acaba aquí¡ se perciben sin cesar los
montones de blocks que comprimen la vía por donde
transitamos. ¡Y qué altura la de esos bfochl Parece la.
superposición de dos ó trei:I ciudades de vados pisos cada una.
¡Y qué soledad! En los wa.gones funiculares (a rrastrados por un cable de acero escondido en el pil!&lt; ) y allá.
arriba1 en los elevados, transita alglrna gente; pe10 en la.
calle casi nadie. ¿Qué ha sucédido? ¿Pvr qué e~,á. aban•
donada esta ciudad? ¿En donde ~stán los habitan
tes? preguntaba en tono elegiaco. ¿8e los ha tratado la.
tierra?-No, respondía mi compañero: la cuarta p&lt;irtede
la población está. en el campo, la eegtrnda enana parte
está. en el templo, la tercera en su casa y el resto en las
cantinas, ( que están cerradas,.) Ei! domingo.

•*•

Después de más de dos hora:i de carruaje llegamos abu•
rridos ytrist.es á. nuest.ro confortablf'l y elegabte ho:el enla.
7~ avenida, muy cerca del Parque Central (Grenoble hotel). Comimos, charlamos, nos istalamoe, y hundidos en
eendos lechos mullidos y calientee, cada uno de nosotros
se encerró en sus rec11erJos, rumió sus impresiones y durmió ó no durmió. Yo á las tres de l-1 rnañanatoméun ba•
fio de agua fria, á. las cinco otro de agua tibia, y así lo
hice casi todos los días. Poco despué:i llevando ya en el
est.6mago el zumo de dos ó tree raci1Uosde esas uvas californianas, tan largas, tan apretadas, tan cristalinas y de
tan lustroso envero, y medio litro de leche helada, salí á
vaguear con mis compañeros. Programa: bajaremo!-1 porla 5! avenida hasta donde podamos¡ tomaremos ahí el
ELEVADO (the Lo, dicen los yankees, que son una máquina
de simplificar, en movimiento perpetuo) y loDcharemos.
en Do1m•Town, en la Ciudad baja.
La delicia de perderse en•*•
una gran ciudad

desconocida, no es dada á un viajero en N. York. Las avenidas
cortan la ciudad á lo largo, 9 ó 10, no recuerdo; y las calles á lo ancho, en número de más de doscienta!:&gt;, ya comenzando la primera en los límites de la ciudad vieja,
allá abajo en la base del triángulo que forma la punta de
la isla. Nadie puede perderse; le basta leer en la cinta de·
los antiguos faroles de gas, de que apenas los armazones
quedan, el número de la calle y de la avenida, para orien·
tarse. ¡Es singular que en este municipi() de N. York,
uno de los más ricos del Mundo y en donde se ha gastado y robado tanto, no baya sobrado un millar ó dos de
dollars para placas indicadoras!
Las calles ae parecen todas; be aqul el tipo que más ee
reproduce: grand~s edificios, monumentales por sue di·
mensiones; ocho 6 diez pisog con frecuencia. Ning11•t.
balcón; ventanas todas, con dos ba&lt;1tidores de cristal qu •
suben 6 bajan deslizándose por correderas paralelas: nuu
ca puede abrirse más que media ventana, ó la part.e de
arriba ó la de abajo. A unos dos ó tres metros sobre el;
nivel de la acera, una serie de bonitas y pequefias vidrieras: son las puertecillas de aquellas casas enormes, que
tienen casi uniformemente un ancho de siete áocho metros;.
resultan, puee, series de torreone¡i contiguos, mas como,
todos están construidos segun el migmo patrón, parecen
palacios del tamaih de un block ca1a uno. De la puerte•

eilla se baja á la calle por una escalinata de piedra con
grandes balaustradae. Todo, casas y escaleras de color de
chocolate claro. Entre dos escaleras, el fondo de la acera está abierto y por ahí recibe luz, cuando la recibe, el
primer piso subterraneo en donde están el comedor y
olras dependencias domésticas. El segundo piso subteterráneo, siempre iluminado con gas, á. veces recibe luz,
por el anden de la acera, en donde suelen substituir 11 las
losas grandes placas de vidrio; á través de ellas puede
el traunsente ver las cocinas, las calderas de loe elevadores, calefactores, etc.
Desembocamos en una vía anchísima y que la altura y
la robus1ez de los edificios qne la bordan hacen parecer
estrecha. Estábamos en el centro de la Quinflt Avenida.
Empieza allá abajo, más allá de nuestro horizonte1 sube
á lo largo del Parque Central y no termina; terminará.
donde termine New-York-que ya rebasó su isla; pero N.
York terminará en alguna parte?¡ ó seguirá. á. lo largo del
Hudson y hará. del Champlam uno de los lagos de su futuro Q:,ural Parrk y desembocará.en -al Canadá, que será.
entonces parte de la confederación americana? Quién sabe; pero cuando esto sucedn, los Estados Unidos después
de'un tempestuoso periodo de monarquia 1 6, meJor dicho,
de cesarismos socialistas y demagógicos, habrán vuelto á
su eqnllibrio republicano formando una confederación
compuesta de grupos federales independiente1:_1, de ve1daderas naciones; entonces nosotros, que habremos crecido
más lenta, ¡ohl sí, más lenta, pero más sanamentP&lt; ( d,i m
piano m Rano) veremos qué partido tomamos; ¡oh! lo hemos de pensar mucho. Si alguno no cree en esta profe,fa,
tómese el trabajo de vivir cuatrocientos afias.

•*•

No se puede ne¡ar; la primera impresión es soberbia:
¡Ah! si vieras la calle de Rivoli; ¡oh! si conocieses la Avenida de los Campos Eliseos; si hubieses recorrido el Ri11g
strasse de Viena, me dec1an mis compañeros...... Entre•
tanto yo que ne, conocía má.s que la«Avenida de loe hombres ilustresQ bacía un esfuerzo para no permanecer boquiabierto, mientras mis amigos iban á rezará San Patricio. Es un encanto esta iglesia de San Patricio, la catedra; católica1 viuda, en aquellos días, de su Arzobispo
que estaba en México coronando tt Nuestra Senara de
Guadalupe y sirviendo de corista en el apoteósis de Juan
Diego, personaje tan real 1 gracias al poder creador de la
imagiuación del pueblo, el supremo poeta aoónimo, co•
roo el Guillermo Tell de los suizos. A éste y á aquel los
inventaron los monges¡ pero á éste, á Juan Diego, en la
actitud en que querían los mieioneros eternizará la raza
conquistada; protegida por la reina de loe cielos, que convirtió la tilma indígena ~n una égida fulgurant.e, capaz
de embotar todas las codicias y avideces de los encomenderos y de rodillas ante los fraile!i eus bienhechores.
En el centro de amplísimo andito tapizado con la felpa
verde de deliciosa graminea inglesa, se alza solo, eober•
bio y puro el templo gótico que la piedad fasmosa de los
irlandeees, que ayer se disputaban unas patatas y hoy
derrochan millones, ha erígido á. su patrono nacional, al
santo misionero que es la personificación legendaria. de
su fe y su esperanza, de la religión y de la pat.ria. La blancura del marmol 1 la ~lf'gante sob iedad de los apoyos exteriores de las bóvedas ogi valei:1 1 la fantasia de la ornamentación, la fragilidad aerea de los muros diafanizados
por vitrales gigaotescoe, la elevación sublime de las flechas orladas de marmoreo encaje, obligan á poner en olvido la extraffa forma de monstruosa arii.cuicta de piedra
que tienen los templos góticos. Lo verdaderamente en·
cantador en esta igles:a de San Pd.tricio, es la suavidad
con que las Haeas converjen todas desde la base al extremo de la flecha, que la imaginación continúa en una
linea ideal en lo infinito. Es una plegaria, como ee ha dicho de estas maravillosas creaciones de la arquitectura
ogival, pero una plegaria mansa y serena¡ no es un dolo•
roso miserere, es un plácido y solemne tedeum.. Lof arquitectos que ésto ejecutaron no eran esos monges inquietos
y llenos de fé niística 1 pero en perpetua lucba con el infierno en el interior de su alma; no er!'.ln esos arquitectos
de atormentado espíritu que intentaron hacer de un edi •
ficio inmenso unt1 pirámide aérea maravillosamente calada y ornamentada con todas las quimeras, y todos los
demonios, y todas las deformidades del pecado, trepando
en forma de escultura3 convulsivas por los arbot.antes y
abriendo sus fauces sobre el abismo en las gárgolas y riendo en los doseletes de los santos, mientras adentro se sucedían en una mirífica epopeya, todas las faces del com•
bate entre la luz y la sombra; ensangrentado aquí, divinizado allá, por las claridades que filtraban del rubí y del
zafiro de los vitrales. No, aquí no; en esta catedral hecha
con lo mejor de todos los estilos del arte gótico, no hay
lucha, hay triunfo; la luz que domina en el interior es la
de la amatista episcopaló ladel topacio que rodea de oros
de apoteosis las madonas, los tabernáculos y hasta las
cabezas argentadas y los roitros floridos de dos ó tres ir•
landesas que hacen crujir los reclinatorios bajo el peso
de sus cuerpos atiborrados de roasbeefs y de margarina de
Chicago. ¿Qué ea lo que falta aquí, ¡oh! San Patricio?
Nada, todo¡ falta el tiempo, falta la pátina de los siglos,
esa que quitad á esta catedral magnífica, su aire de haber salido ayer de una fábrica de catedrales ¿qué sé yo?
La hístoria, ea suma; esto es lo que falta aquí; dentro de
ochenta añoe, cuando los anarquistas y los negros hayan
degollado cien 6 dos cientas familias de mil lanarias ir•
landeses en las gradas de San Patricio, el vapor de sangre que suba por estos muros dando al marn:tol un tinte
color de rosa, trágíco y delicioso á un tiempo, habrá convertido este costoso ejemplar de la industria humana,
en una obra de arte.

•••

Librenos el cielo de que horrores como eJte que acabo
de profetizar, esmalten de rojo algún día el libro de oro
de San Patricio. Me tranquiliza que ninguna profecía
mía ha salido cierta, porque no he sabido vaticinar de,cpué..~, que es la mejor receta para predecir lo futuro.Pensaba en ésto viendo sucederse las magníficas casas altas de la «Quinta A venida,u en dos rayas paralela.e, á mis

271

EL MUNDO

lados. Hay en ellas má.e estilo, mejor dicho, hay en circundada y penel)Jl.da por la vieja ~neva York. Es u11.
ellas, todos los estilos, y todos esos estilos se suceden ho• triángulo erizado de muelles_( docb) en sus catetos; los trarizontal ó verticalmentt,. Aquí hay una puerta profunda eatlanticos, loe ferry, y mil embarcaciones de toda especomo la de una basílica gótica, allá. un primer cuerpo ro- cie zumban en deredor de esos docks, ó inmóviles como
mánico, más allá. triunia el Renacimiento; enfrente se cetáceos colosales hacen sus formidables digestiones de
pavonea el pórfido negro en grand~s columnas, más allá. el artículos de exportación en cambio de baratijas ó de
rojo veteado de blanco; encima de estos pisos bajos hay emigrantes.-En este triángulo, el mundo entero está pre•
tambi~n una sucesión vertical de estilos, Pelión sobre eePte en vertiginosas transacciones comerciales, y todos
Osa¡ lo bizantino sobre lo á.rabe, lo italiano de les qua- los representantes del comercio del mundo han querido
tener un despacho, un mostrador, un libro de cuentas; ~r
trocenti sobr&amp; arcadas ogivas lanceoladas ó floridas, etc.,
etc. Entre todo eete pol·pourri de arte, los grandes esca· eso el terreno tuvo una demanda enorme y ti.do quedó
parates donde se muestran 6 carruaJes, 6 mobiliarios es- distribuido en porciones de siete ..netros y medio de frenpléndidos, ó artículos de moda lnjosíeimos, ó ejemplares te; entonces pa.-a dar cabida á. esta enorme población
de arte, pinturas, grabados dtt alto precio, y asi 1 sin ce- diurna de latraosación y del lucro, sobre un piso vino otro
y otro y veinte má.t! y los arquitectos americanos, preocusar. La monotonía. viene de lo igual en lo enorme, no
de lo igual en la forma, porque todas las formas del ar• pados bien poco del arte, y gobernados por la necesidad
te del dieefio, chocan a.:¡ui y desorientan la vista y des• de conquistar en el aire lo que no era lícito tener en el
menuzan la atención. Probablemente depende ésto de suelo y ne buscar en sus construccioneE mucha resisten·
mis ojos poco educados por el momento y habituados cia contra el viento y contra lo deleznable del piso, han
hechomaravillasdesolidez fragily, empefiadosen tener en
casi exclusivamente á la estampa y al estereoscopio.
Rompen est.e alineamiento de caserones con bases de sns fantásticas torres todo el confort, toda la comodidad
palacio y cuerpos de fábrica y coronamientos de templo caractéristica de la cultura yankee, inventaron los elet'aclores y otra porción _de cosas que es preciso que nuestros
6 de fortaleza, una que otra iglesia protestante, obscura de
fachada, y cubierta de parietarias, ó un estanque gi• arquitectos vayan á estudiar ahí, sur le terraút, por que
gantesco ( resermir) encerrado en muros cicló picos, to- cada una de ellas significa una dificultad vencida á. fuertalmente vestidos por la primorosa hojilla lauceola.da de za de CtUculo1 un problema resuelto á. fuerza de ingenio.
Y asi es como se han puesto de moda en N. York y en
una hiedra japonesa, muy de moda aquí.
Llegamos á. Mitdis.~on S1¡uare; y me senté rodeado de toda la Onión, estas casas que los americanos llaman con
italianillos nacidos en New York y que hacen un curioso cierto orgullo u rasca nubesn sky-1wrapeTS. Pronto estas to•
mosaico anglo-napolitano al conven1ar con sus clientes rres serán de acero, ó de vidrio, 6 de aluminio, y subirán
( hay una en construcción d~ 25 pisos y otra de 32 en
latinos, mientrw- dan lustre á los botines. Hermoso par•
que inglés éste, decorado por un monumento á la gloria proyecto para el i)'un, popular periódico de aqui) á. 140
de los triunfadores en la guerra de Mé;xico, del que es mett·os. Supongo que habrá. que tener entonces encendida
permit.ido no hacer caso, en segundo lugar, porque no la lnz eléctrica toao el día en las calles de esta B:1bilonia.
vale nada. lUs agradable es contemplar la gran estatua
D. Juan Navarro1 consul general de México en New
sedente de Mr. Seward, de un parecido sorprendente; un
York 1 ha situado su despacho en uno de esos edificios de
buen viejo era éste; yo le dije unos versos muy tontos,
cuando era colegial, en el salón de EmbaJadores. Y co- oficinas1 que, como todos, en esW\ parte de la ciudad, tiemo no los comprendió (¿los comprendía yo?) lo conmo- nen las bases acribilladas de cantinas y re~taurants y gabinetes para lonchar rápidamente; Doa Juan Navarro,
vieron, á juzgar por un sonoro y húmedo beso que roe
ha visto crecer rumbo al Norte y rumbo al cielo, esta ciudad hipertrofiada de gentes y de dinero que él encontró
modtetameute instalada entre Madui.'{on S,1uare y la Batería. ¿Qué es tan viejo el Señor Consul? ¡Oh! no; tiene la
coqu~tería de dejarse decir que ha pasado de los cincuenta; yo creo que no. Habla y discurre como cuando estudiaba en Medici,m, tan jovial, tau franco y tan cue11tixta
como un estudiante, y anda todos loe días dos ó tres leguas por .1Jrood1my, bebe poco, usa el agua fría y se acuesta temprano. El consu1 verá celebrar el segundo cente•
nario de la Independencia de los Estados Unidos. Am.l"11.
Una hora hablamos empleado en ir y venir por lVall-,,;,,·trnt (este era el límite de la vetusta ciudad) y comenzaban á aburrirme infi.uitaroente los movimientos rápi•
dos, mecánicos y silenciosos de aquella multitud Fin solución deconlinuidad, y me pareclan tontas las columnatas de la sub-tesort'ría de los Estados Unidos y sin gracia la Bolrn, y soso el cielo gris y la atmósfera que moja•
ta los vestidos casi sin lluvia, cuando nos encontrauios
con una iglesia amarillellla, de un gótico serio y viejo,
junto á un cementerio lleno de piedras sepulcralee. A qui
estaba la antítesis, luego la poesía; y sí, aquí estaba la
poes1&amp;, allí está. 'ltfoity ('Jwrch, como si dejeramos 1 la
catedral protestante de N. York. Me pareció mucho menos bonita que San Patricio; aquellas naves espléndidas,
aquellos i·itrctleR inmensos regalados por los ricos irlandeses, aquel ultar 111.ayor, que me hizo tan agradable impresión y del que ya no me acuerdo, no pueden compa1a1se
á. este interior de la Trinidad. Et!te me gusta más¡ es nH1s
viejo ¡oh! sf: las vidrieras son más pequeílas, los órganos
no son tan soberbios, todo es más pequefio ¡y tan d~enudol En el ábside una gran vetusta sillería tallada en nogal ó encino, y su camposanto al lado y T\'rtll- 1Slr11t en
frente. Esta impresión se filtra hasta el fondo del aln1a;
hay algo allí que hace resonar dulcemente la cuer&lt;la de
harpa de los euei'ios ya no soñados, de las esperanzas lloradas eecretamente hace tiempo, y entonces el órgnno 1
que todos llevamos en la abandonada capilla de nuestro
sentimiento re ligios.o, canta el cántico lejano de las primeras creencias, de los humildes altares de la iglesia tM.
tal y veinte generaciones de creyentes surgen en nuestro
María Joaéfa Ottiz de Oominauez.
corazón y ee postran ante Jesús, el fundador de los tem(Corregidora de Querétn.ro.-Véase el púrraio relativo.)
plos pobres1 el maestro de los apóstoles sin brocado, e.in
oro.
estampó en una mejilla.. C:ood b!f Mr. &amp;ward. Y toma•
Abril de 97.
moa en seguida la próxima estación del elet:ado¡ yo habría
Justo Sierra.
tomado mejor el próximo restauran t.

•*•

•*•

Tiene toda mi aprobación este invento de los ferrocarriles elevados, ó como aqní dicen todos: el elerado 6 the L,
sencillamente, conduciendo por término medio un millón de pasajeros diariamente, los trenes del elevado que
se siguen con intervalos de dos á tres minutos en el día,
y de cada diez por la noche, van y vienen á lo largo de
varias Avenidas desde lo 1n;.i.s alto de la ciudad, desde el
río Harlem y de má.s allá, hasta la punta de la isla, hasta lo que se llama [I¡ batería. La vía de bíerro y madera
estti construida sobre columnas fundidas á la altura de
los primeros pisos en la ciudad buja, y á. los de los mlis
altos, á veces 1 en la superior; allí, hacia el Harlem, los
trenes van al nivel de los tejados de casas de doce y
quince pisos, sobre tinglados de fierro que parecen nacidos de la torre Eiffel; desde allí se domina el Parque
Central y gran parte de la ciudad; hay que verlo. A veces, en uDa sola avenida, se alinean dos vía9 separadas;
suelen, sin embargo, ir juntas en una armazón sola que
sirve de techo casi al pavimento inferior, por donde
discurre otro millón de pasajeros en wagones foniculares
6 de tracción animal y en toda clase de vehículos; nadie
anda á pie, sino el menor espacio pasible, y cuando estos eeilores van á pie, van corriendo á buscar la escalera
del eúrado 6 á subir en la primera bocacalle á. la plataforma de un wagon de cable. Et xic semper.
Llegamos á. Doll'n-tou.m que es un laberinto de callejas
tortuosas, la antigua 1Yúera .Am.sterdam de los holandeses,

OTRO PAGO DE$ 25,6o4 DE 11 LA MUTUA"

ENMEXICO.
J Ul, Sra. Clotüde C. viuda de Bejaran-01 de Tapachula..

Tapachnla, Ms.rz? 16 de 1897.
Sefior D. Carlos Sommer1 Directer general de ''La
Mutua.'' -México,
Muy estimado señor:
Sirve esta para certifi~a.r á usted que hoy nos han sido
pagada! las pólizas números:
389,886 por ..... ........ ... ...... .. ....... .. $ 2,000 00
429,477 11 ··························•······ )1 3,000 00
600,32L " ..... ............................ • 10,000 00
753,939 " ................................. • 10,60-1 40 con
la devolución de premios.
Solamente vuede afirmar e11te pago el ya irn:nejorable
crédito de la Compailía al digno cargo de usted, y le autorizamos para que haga el uso que mejor le convenga á.
usted de esta carta.
Somos de usted atoa., aftmos. SS. SS.-Ctotilde C. de
Bejarano.-Como su tutor, .Alejandro C6rdot,a.

�DOMINGO 25 de ABRIL de ,897

DOMIIIGO

EL MUNDO

272

UN RETRATO DE LA CORREGIDORA

DAMAS DISTINGUIDAS MEXICANAS

El retrato de la benemérita Doña María
Jo13efa Ortir. de Dominguez que publicamos
en otro lugar, está sacado de un busto auténtico y fué obsequiado por lo3 Señc&gt;res Juan
Iglesias nomingue2;, .José Iglesfas, Francisco
Iglesias Dvminguez, Muiano B. Soto, José
E . Durán y Mariano Solorzano-nietos Je

la conspicua dama, con motivo de la transla·
ción de sus restos á Querétaro, donde se
conservan con los debidos honores.
Ahora que está muy próximo á inaugurare-e el monumento que en el hermoso jardín de Santo Domingo perpetuará la memo·
ria de la que tan grandes servicios prestó á
la causa de nuestra autonomía, juzgamos
oportuna la publicación de ese retrato, digno de conservarse con afecto y agradecimiento.
GRECIA

Salud ¡oh Grecia! madre del genio; salud,
tierra de la inspiración y de la hermosura.
El mar celeste se repliega en tus doradas
costaA de marmol, sobre cuyas arquitectóni·
eas lineas tienden sus hojas los laureles y los
mirtos, gratos á la gloria y á la inmorta·
Jidad.

•s

EL MUNDO

~=======~================:;~~~~================,===_:!!,_

DE ABRIL OE ,197

Za crisis ae Oriente.

religión fué poeta y mártir el inmortal Byron.
Este iuspiradísimogenio, al ver los combates
empefiados por Grecia, no se contentó con
dedicarle su inspiración, consagróle también
su vida, cr•rriendo á pelear y morir en sus
Aras. El pueblo de los Termópilas y de Pla
tea; el que ha enseñado á leerá la humanidad; el que ha puesto la cuerda del arte divino en todos los corazones; el que ha cincelado la forma humana en su eecultura severa;
el que ha guardado todavía el calor de la inspiración en sus vivificadoras cenizas, bien
mereció contar entre ms mártires al primer
poeta que Inglaterra poseyó en uuestro si
glo. Era el mes de Abril y la mañana i::i •
guiente al día de Pascua. La naturalt&gt;za rr~u.
citaba con sqs mariposas, con su tibio calor
tan delicioso en la primavera de los ciimas
meridionales. El clero griego cantaba la re-surrección de Cristo.
Byron presentía y profetizaba la resurrección de Grecia. Sin embargo, el combate, la
incertidumbre, los choques con la realidad
en que su alma &amp;:e malhería, el dolor, 11 na peste mortífera, consecuencia de la guerra exterminadora, lo gastaron y lo hicieron doblegarse hasta caer ex8nime sobre el pabellón
de la libertad, en cuyos plieguesquirn envolver su agonía para morirá la sombra de su
Grecia, como. Catón y Bruto habían muerto
á la sombra de su República. No tenia trein·
ta y seis:años By ron al morir. Y se inclinaba
el inmortal hacia la muerte, como el arbol
que herido por el rayo se abrasa en la terrible fuhninación, aunque lo adornen flores y
lo santifiquen frutos. Era una hermosa mañana, el sol deslizaba sus primeros rayos en tre las últimas gotas de rocío, y las aves
1:ntonaban sus coros, como si la naturaleza
consagrase un himno á la victoria del poeta.
~n su delirio de muerte se imaginaba el cuitado asaltar los muros de Lepanto cuando
en realidad se precipitaba· por los fosos del
sepulcro. Decia en sus agonías y extertores
((Adiós, adiósii como perdiéndose allá en ribe·
ras misteriosas. Y su palabra última fué uade·
lante,n como si consolaee á sus soldados llorosos y á sus amigos desolados, asegurándoles la continuación de su vida en otros hori ·
zontes más claros y en otro mundo mejor.

•

Las ondas del Egeo te arrullan; las brisas
del Asia, perfumadas en los pebeteros de
aromoeas esencias, que forman las islas de
tus archipiélagos, te orean; el sol embota sus
rayos para no encender tu bienhadado suelo,
templo antiquísimo de la sabiduría.
En tus auras van los coros de las nueve
mueas, que trenzan sus divinas lanzas sobre las alfombras de tus nubes teñidas por
alboradaB y arrebolesde una luz sin igual.
Todos cuan ~os hacen de la estética su religión, desean verte rodeada de tu cintura
de islas¡ cubierta de tus rojos granados y de
tus cipreses obscuros, de tus pá.mpamos verdes y de tus olivos negros; cortada por tus
altas cordilleras, donde se refugian los dioses, y por tus colinas, á cuyos pies, desde los
senos que las ninfas llenan, salen murmuradores arroyos cantando.
EM.ILIO Ü.ASTELA R.
Entre los troncos de tus árboles corren los
caballos en pelo, entre las ramas de tus bos-IOI•ques gorjean los ruiseñores enamorados,
mientras los sátiros de largas pezuñas y hen•
Llamamos la atención de nuesdidos pies vierten á. la voz de Baco, por do•
tros lectores sobre la hermosa páquier voluptuoso regocijo.
Todos quieren beber el agua del Cefiso,
gina musical que acompaña á este
cantada por $6focles; coronar~ con las purnúmero. Frecuentemente nos propureas y gualdas hebras del azafrán y los ramos del oliente narciso, antigua gairnalda
ponemos obsequiar á nuestros abode las diosas; seguir las procesiones celebrauados suplementos de esta naturadas con carreras de mozos que fueron modeSeñorita María Watsoi1, en traje d e fant asía. (De fotogratía Valleto.)
los para Fidias y con bailes de vírgenes que
leza y el próximo será una preciosa
inspiraron divina embriaguez ar dulce AnaAve
.ll[ar,a,
escrita especialmente para El
creonte; contemplar el Egeo; cruzado por las naves dora •
*
Tal poesía y tal retórica **
empleaban los filohelenos andas, donde los sacerdotes celebran flotantes sacrificios enlllundo.
tre los conciertos de las cítaras y los hexámetros de los tiguos, al comenzar el poema rle la independencia griega.
El filohelenismo llegó á constituir una rdigion, y de esta
poetas que despiden á. las brisas inmortales canciones.

...

PORVENIR DE BELLEZA

•

•

$ólaaao cretense plantanao su cruz en un oli\?o para resguaraarlo ae la aestrucción ae los cristianos.

Cristina Terreros.

Maria Luisa Gmmün.

Paz Algara y Terreros.

Lupe Terre-m.
Concepci6n l'l[alo.
(De fotografia ValleOO.)

Lupc Rincón Gallardo.

Rosita Guzmin.

replt&amp; Algara y Terreroe.

�DOMIIIGO •5 DE AIIRIL DI ISO?

EL MUNDO

DOMINGO 25 de AIIRIL de 1897

EL MUNDO

Necueraos ae la $emana $anta.-Los principales Monumentos.

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1 -t~ .1,.-?.~

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, San f ..anc:iaco.

Santo Domingo.

Catedral.-(Altar del costado.)

San Cosme.

Fotografía Artlstica, 17 Rivera de San Cosme numero 8. -{Obsequio del Señor Ricardo Contla.)

Novicia en el coro.

275

�DOMINGO

EL MUNDO

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DE ABRIL DE 1197

277

EL MUNDO

DOMINGO 25 DE ABRIL l)E 1897

---r:LA NUEVA TEMPORADA DE OPERA DEL NACIONAL 1\-'ALGUNAS DE LAS PRINCIPALES ARTISTAS

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Malle. Savinc.-(er. Dugazon.

Mme. Foedor. u51gurd. ••

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Malle. de Blaz1. 1cr. Oanz:ante, medio caraeter.

Ese público es todo de zarzuela, de Don Lu1s el TumSalvo raras excepciones el
dilettantismo, está en el periódo terciario y las representaciones se hacen en familia, una familia reducida, un cenáculo en que por cada pagano hay cinco periodistas que
discuten las t-endencias de una música que suele ya no
tenerlas. Críticos inofensivos que se inspiran mutuamente para llevará cabo al día siguiente la anodina la•
borde suB crónicas gacetilleriles. Todo ese mundo de lae
letras que mal digiere las crónicas de Lemaitre1 es insolvente, y á ese solo tendreis por espectador ........ .

LA NUEVA TEMPORADA DEL NACIONAL

ban y de La Vuelta del rivel'o.

Avido estaba nuestro público de Opera, más que á.vido,
famélico, y se explica que con tanta tacihdad eehaya cubierto en la contaduría del Nacional la suma que la Compaiiía fran~eea exigia para trasladarse á México.
Desde que la hermosa Libia Drog paseó sus enfermisas
nerviosM.ades por la e51cena de nuestro teatro metropoli•
tano, ya dardeando tras el .impe,tir,mite la luz de ~us ojos
orientales en la Marion de Pucrini, ya paeeando triunfal
al glorioso ritmo del rittorrui Vincitor; desde que Ugl.ettó
desplegó toda la gama de sus recursos arfü,ticose~ Ilugonotes, y Baldini hizo alarde en el divinamente mgenuo
Don .Juan de Mozart de Ja flexibilidad y la gracioea travesura de eu ingenio, no eé que hada antimuBical nos había condenado á. la plástica ctel circo y á la pepitoria zarzuelera, sin esperanza.
La Compafüa frances!l fué el Mesíae, congregó al todo
Jlé..t.·icc dilellanti ( en su mayor parte de un dilettantismo intuitivo) y le dijo: 1egoza baetn que quieras.)!
Empero ese público ávido no quiso capitular desde
luego con el aplauso y ha ido concediendo BU aprobación palmo á palmo; pero esto que supone una cautela
más 6 menos justa, aquilatará el valor de la compañía,
que cuenta en su seno artiEtas ,·erdaderamente hábiles, discretos y bien educados y que se nos ha revelado
en las primeras representaciones como un conjunto armOnioo y homogeneo.
Mad. Fcedor, joven y simpática, poseee una voz de
.agradabilisimo timbre y se empefia en agradar. El Sr.
Albera es un completo artista y domina cvn mucho des-

•••

No ha faltado quien, tras haber asistido á las primeras
representaciones dadas por la compafiía, moteja á ésta de
poco vivaz y apasionada, más tal cargo ha sido rebatido
con habilidad por el inteligente cronista del Mundo diario.
La efcnela francesa no ee la de los derroches de senti•
mentalismo y de voz; mantiene diestramente á esta última en los tonos medios que son los que se prestan, mejor
para los matices, economiza sus fuerzas para el derroche
capital y necesario y busca ante todo la verdad. La es•
cuela italiana es toda pasión, hecha para el grito trágico,
para la nota formidable, descuida Ios deliciosos tonos
medios, proscribe casi Ja acción en la ópera y ee acerca
mucho á esos cantores que el prosf1itismo Wagneriano
anima en el místico Walhalla de Bayreuth y á los cuales no les permite sino unos cuantos movimientos acompasados como conviene á la augusta magnitud de la obra
y _á la inmutable y serena grandeza del incomprensible
Dios germano ... ..... .

~----·
Mme. Lafeuillade.-Ougazon.

Mme. Benattl. Contr,alto.

Pnfado la escena. Su vo7. es bien timbrada. Madame
Benatti (Mezzo soprano) e8 discretísima y habilidosa
en el juego de su voz y, por último, Massart, el tenor
vale mucbo como voz y como eecuela.
E:3tos artistas y otros que no mencionamos por ahora,
pero cuyas fotografiaa ilustran estas notas, constituyen
sin duda un idóneo cuadro que hará agradable y animada ]a temporada que ee inicia en el Nacional.
Entendemos que esta se prolongará más ó menos según el éxito que alcance, y la verdad es que debemosdeseárselo completo y cumpli&lt;io, no tanto ya en bien de
los artistas que integran la compafHa, cuanto en propio
beneficio.
En efecto, e] fracaso de una troupe es siempre obstticu•
lo para la formación de otras, y el desvío de nuestro pú·
blico 1 un gran inconveniente para que nos visiten buenos artistas y ambas cosas pueden llevarnos ó á la total
carencia de espectáculos, que valgan la pena, 6 á ser víctimas del exclusivista rnouopolio de t.ales 6 cuales empresas más 6 menos cimentadas ó más ó menos conocedoras de los recursos que aquí pueden hallarse y del público con que cuentan.
La prolongada penuria, la inmeasa serie de dificultades con que Ma.ggi tuvo que luchar, y que al fin, no obs..
tante su :filosofía y su buena voluntad lo obligaron á levantar el campo, mflainm sin duda en las compañías dramaticas que hayan puesto los ojosen nosotros y quepretendad vieitarnos v tanto másinfluiranen eUascuanto más
notables sean.-Ño vengais á México, se les dirá, es el
país clásico de las disoluciones de las compañías y de las
quiebras de los empresarios.

llclle. Bcrthet, 1! Cantante 1T1er•.

ENGANO SUBLIME
NUMI!R07,
-~

-Martín! Leódice Martin! tú h11.s ineultado á Leó-

dice Martín? Estás loco, mi pobre Felipe? ¿Pero por qué?
-con qué motivo? Nada te ha hecho ese hombre. Te invita á su matrimonio y tú crees conveniente escaparte;
-en esto la culpa &lt;&gt;a tuya, yo ~e lo dije¡ pero en fin, es una
vieja historia y no hay que penear en ella. Y ahora me
dices que has :do á insulta:lo ..... .
-Pero tengo un motivo, dijo Felipe, gravemente; un
motivo que no es mi huida de la villa Martín, aun cuando se derive de ella. Escíichaooe, Jacobo, voy á. referíroslo todo. Y le contó la visita de Martín de Brest, la
-carta anónima y el jur!l.mento que se le había pedido.
Jacobo de Sommeres recorrió 1t grandes pasos supequetlo salón, visiblemente agitado como una bectia brava.
-Diablo, diablo, jurar por el honor una cosa falsa, y
por el otro lado deshonrará una mujer cuyosecreto se ha
-sorprendido! Oh! mi pobre Felipe! Y tú crees que Leódice es quien ha eecrito esa carta anónirc:a?
-A. menos que eeais vos, Jacobo, ó Fernando; pues
que nadie más lo sabía.
-Fernando! Qué necedad! Conocía él acaso á M. Mar·
t1n? Y además, qué quieres que le importara á. él el matrimonio de esa mu,er?Encuanto ámf, qr1é? ... El y yo, por
otra parte, te amamos demasiado para crearte un embarazo. Elena, por lodemás1 nos ha hecho jurar que guardaríamos el secreto, y si yo he violado mi prome3a, refiriéndoselo á Leódice, es porque creí obrar en interés toyo.
Después, bajando la voz, en el tono humilde de una
-confesión:
-No tengo reparo en confesarlo; yo no estaba muy en
mi acuerdo ......... él me a3ediaba, y ahora compren~o
eu insistencia y sus pregunta!:!.

-Entonces como yo, vos, Jacobo, no dudais que baya eecrito esta carta anónima?

_,.

- ;..

-Ay! hijo mío, no lo dudo¡

él la llabrá escrito 6 la ha hecho eecribir. Tenía un interés demasiado poderoso en
hacer fracasar ese matrimonio, y no es de aquellos á quienes detienen loa escrúpulos. Pobre hijo mío! pobre hijo mío! Yo tengo la culpa de que haya acontecido todo
eso ...... Oh! las acciones, las acciones insignificantes! como babria que desconfiar de ellas! Se inicia una intriguilla necia que no se quiere abandonar y escribe. uno á
su primo: uHacedme el servicio de reemplaurme y de
asi~tir á ese matrimonio ......... n y lo envía uno á. la muerte! ...... Un duelo!. ........ y qué dueh&gt;!. ........ Con qué adversario!. ..... Eres tú fuert,e en la esgrima, cuando menoi;,? ......... qué arma va él á escoger? ......... Oh! Dios mio,
Dios mío!
Y de pronto, bruscamente, cambiando de tono:
-Escucha, Felipe, es preciso tener confianza en mí y
dejarme arreglar esto. Yo voy á verá Martín. Qué dia
blo! él también ha cometido con respecto á mí' sus errores. Le diré que por consideración á nuestra vieja amistad, olvide una palabra un poco viva. Le explicaré que
tú no podías estar contento de haber sido forzado ácomprometer tu honor, que él dtbe comprenderlo;en fin, que
si es necesario un encuentro, sea un ligero encuentro
benigno, á. primera sangre. D~jame ir á. hablarle antes
del envío de testigos. Despué3 de todo, no ha habido entre vosotros más que palabras un poco vivas ........ .
-Per&lt;tunadme, dijo Felipe, pero le he abofeteado con
mi guante.

... ;;

.
~. t

.• ..;.?·i

~~.t&amp;~~ ~~c~'ic,;:_~·t1~~~ ~

-Abofeteado! replicó Jacobo ......... Abofeteado!. ....... .
entonces ya nada puede hacereel ..... ... Oh, hijo mío!
pobre hijo mío! y todo porque una vieja bestia, como yo,
se ha divertido en una intriga!
Y al decir estas palabras, presa del remordimiento que
le oprimía el corazón, asustada por el encuentro que juzgaba inevitable, aquella uvieja bestia&gt;i de Jacobo, aeechó
á llorar.

•
••

Felipe esperd.ba loe testigos de Leódice¡ pero pasó el
día sin que los viese aparecer. Un poco asombrado cuan•
do llegó la noche, íbase á la casa de Jacobo, cuando éste
llegó ii la suya. Una alegría vi vísima que no penSl\ba en
di~imular, radiaba en sus ojos.
--O hl mi pequeñuelo 1¡Qué coincidencia! No han venido
los testigoE&gt;, verdad? ...... No vendrán; por ahora cuando
menos ......... y acaso nunca, porque la seflora Valeria
Martín es~á. moribunda ......... Toma, lee la carta queaca·
bode recibir de ese pobre Martín:
Felipe lPyó:
ccMi querido Sommeres:
«Bien sabéis, sin duda, que yo debía enviar dos de mis
amigos á vuestro joven primo, para arreglar las condiciones de la leccionciUa que ha reclamado de mí. Vos me
conocéis demasiado para saber que no rehuso jamás
dar lecciones de éstas; pero en los actuales momenM&gt;S un
imperioso deber me obliga á diferir un poco el placer de

�EL MUNDO

2¡8

DOMINGO 25 de ABRIL d~ 1897
DOMINGO 25 de ABRIL de ,897

mi encuentro con eEe señorito rabioso. Espero que él tendrá. á bien darme credito por alguno3 días. He áquí el
hecho, amigo mío:
«Mi pobre mujer está muy enferma en Niza, tan enferma, que los médicos no me dejan esperanza alguna de
curación: una críeis fatal puede de un momento á otro
arrebatarla á. mi ternura. No finjo con vos, querid'J amigo, en cuanto á fidelidad conyugal; vos habéis conocido
buen número de mis diabluras; pero sois un hombre,
pardiez! y sabéis que esas cosas nada significan. Valeria
es, no solamente mi mujer, es mi prima y mi amiguita
de infancia, la querida criatura que siempre me ha ama·
do. En el momento de perderla, siento los lazos potentísimos que han }jgado nuestros corazones.
«Ahora bien, esta crisis fatal que los médicos temen,
puede ser provocada por una emoción. Valeria me espe•
ra, porque estaba yo á punto de correr á su lado, me lla•
ma, roe desea con una impaciencia febril; os convence·
réis J.e ello al leer la carta que de ella recibí esta mañana, y qte os incluyo. Me amenaza con abandonar Niza
y volverá París por poco que yo tarde. Ahora bien, vol•
verá París en esta época del año, sería para ella un peligro de muerte, y la pobre alma es capaz de todas las locuraf!.
11Yo bien querría que me matasen; pero no quiero roa•
tar á mi querida moribunda. He aqui por qué voy á ir
desde luego; adormeceré sus desconfianzas, calmaré su
inquietud, pretextaré un viaje de negocios, y así, habiendo arreglado todo, regresaré con el espíritu tranqui·
lo y la mano firme á ponerme á la disposición de ese jo·
ven tigre, sediento de mi sangr~. Cinco ó seis días me
bastarán; lo que se difiere no es cosa perdida.
1tVuestro de coraOOn, querido amigo,
Le6dice Marlfa; 1i

Cuando Felipe hubo concluido la lectura de esta carta,
rechazó con un gesto el sobre timbra-lo en Niza, que Ja•
cobo le tendía.
-No, no, es inútil. Me quedan aún diez días de vacaciones; es suficiente, esperaré.
Pe~o habiéndo pasado el sexto dia sin noticias. suplicó
á Jacobo que volviese á casa del Sr. Martín; el tiempo
urgía¡ dentro de cuatro días debía él volverá su puesto.
A. la respuesta del portero de que el Sr. )fartín no había
vuelto aúo, Felipe insistió cerca de Jacobo para el envfo
de un telegrama. La cóntestación no se hizo esperar.
{{Moribunda, crfsis tarrible; impJsible parr ir.i&gt;
-Acaso, dijo Fdipe, podría yo obtener algunos días
más de licencia y dirigirme á. Niza.
J 11cobo exclamó:
-¿Y piensas tú en eso? Eres, puee 1 como él pretende, un
tígre sedientg de sangre? Con qué derecho irías tú á turbar
el legítimo dolor de ese muchacho? El también tiene corazón, ¡demonio! Ama á.su muJer, ásu amiguita de infancia!
Yo me he sentido enternecido al leer su carta, siendo una
vieja bestia, como soy; y tú un joven, un niño, te has
de mostrar feroz? ... No, no, tú no irás á Ni:za, y no pedirás licencia. Me opongo á ello. Te irás prudentemente á
tu puesto, y á. tu vuelta arreglaremos tu negocio. He aquí
todo.
-Bueno, dijo Felipe, moviendo los hombros, si conviene á M. Martín guardar durante dos afias la huella de
mi guante, no tengo el derecho de oponerme á ello.

XIX
Felipe había tornado yaásu puesto en el buque, cuan do un día, en el bulevar Jacobo vió pasará Leódice Mar·
tín. Corrió hacia él con las dos manos ten1idas, balbuceando palabras de condolencia.
-Pobre amigo. Dolorosa pe:rdida ........ ¡Todos mortales l. ...... .
Leódice lo detuvo con un gesto; despuée, con un poco
dP Pmhnrazo:
-.)h&gt;, no, eso no ha acabado aún, la crísis ha sido larga y mi presencia la ha salvado. El médico lo ha dicho,
Gracias á nuestros cuidados está en estos momentos u.a. _poco mejor, tranquila. Me he aprovechado de esta calma, para acudir al arreglo del negocio que sabéis. Iba á buscaros,
Haremos eso rápidamente, porque he prometido volver
dentro de tres días. ¿"Eati aún aquí ese endiablado?
-No, dijo JacohJ q 11e no pu1o impedir frotarse las maoe, partió, e~tá muy lc·j,Jt-.

-Nose habrá embarcado cuando menos, grufió Leó·
dice.
-Embarcado, puede ser, no lo sé.... . . . Pues bien, sin
duda, dt!be haben:e embarcado. Pero, véamos, Martín;
voe, un hombre serio, vos que habeis dado tantas prue·
bas de valor, no vais á buscar áesegalopfn cuando tenéis
tan crueles cuidador. Pensad en vuestra mujer, no peo·
seis más que en ella; es preciso cuidarla, curarla, salvarla. Después eEe pilHn. vendrá. y arregiaremos el asunto
en condiciones razonables. Vamos, vamos, Martín, vuestra bravura es demasiado conocida; podeis ser generoso.
Y con lágrimas en la voz, añ.adió:
-Hacedlo por mí, os lo suplico, soy yo la causa de
todo.
-Vamos, sea, dijo Leódice con magnanimidad, por la
pobre moribunda y por vos esperaré; pero á condición de
que me prevendréis cuando vuestro primo haya puesto e. 1
pie en tierra francesa.
-Os lo prometo, os lo juro, mi pobre Martín.
En el momento de embarcarse, Falipe recibió un carta
de Jacobo de Sommeres, haciéndole saber que Leódice
habfa abandonado la cabecera de su mujer moribuñda
para irá arreglar eu querella, y que en su contrariedad
de no haber encontrado á su adversario en Paris, maoi~
festó la intención de perseguirlo por mar y tierra; que sin
embargo ~e había rendido á. los prudentes conseJos de
Jacobo, bajo la condición formal de eer advertido de la
vuelta á Francia del marino.
Mi querido muchacho, añadía Jacobo, no te ocultar¿
que lo hP encontrado muy irritado contra tí; si el duelo
hubiese tenido lugar, habría sido, de fijo, un duelo á
muerte; pero f.\ se calmará. y espero que tú también serás conciliador. ¡Que diablo! sería dem1.siado necio hacerse alojar en pleno pecho la punta deunaespadaóuna
bala de pistola porque le plugo á una dalla repre:aentar
en la playa una escena de tragedia de la que se ha sido
iuvoluntario testigo.
Felipe leyó esta carta con una sonri.sa; y se permitió
tener una duda sobre la ternura conyugal de ~f. Leódice
Martín y aún se preguntó si la más fina espada de P11rís
no sería también la más prudente.
·
Respondió:
c(Mi querido primo.
uYo agradezcovuel:ltros buenos oficios. Estoy desolado de
que las necesidades de mi servicio no me hayan permiti ·
do permanecer más largo tiempo á la disposición de ::\J.
Martín. !\fi ausencia esta vez no será muy larga: Quince
meses cuando más .
e1Aseguradle á M. Martín que me apresuraré á preve·
nirle de mi vuelta.
«Recibid la expresión de mi reconocimiento y todos
mis excusas por las molestias que os he causado.»
Después partió con el corazón ligero, casi contento1 iba
de nuevo á afrontar los peligros, las tempestades, pero
no dejaba cuidado alguno detrd.s de sí. Que L~ódice se
batiese ó no se batiese, esa era cuestión suya: La explicación había tenido lugar, la ruda lección había sido da·
da. En fin, se había conduoido como un hombre y no como un niño?
La parte de amor le satisfacía también. No babia dejado á Lilas feliz, amada, chiqueada? DemaJiado chiqueada
por cierto, había sido preciso que él se erigiese en censor!
Pero podía censurar al padre y á la aya que quisiesen
demasiado á la querida nif'ia't
En el curso de su viaje recibía noticias, y ya. Lila le es·
cribía por su mano. Oh! la letra no era por cierto un mo- .
delo de caligrafía. El estilo, y sobre todo la ortografía
dejaban mucho que desear, pero tal cual eran sus cartas,
las leía con gusto. Había, sobre todo, una pequeña fra·
se, que se le quedó en la memoria:
c•PAdrino Felipe, mi mamá. Elena escribía mejor que
yo á mi edad? No cometía faltas en sus dictados? No se
encolerizaba j~más? No rompía sus muií.~cas?
Un día escribió:
c(Estoy muy contenta, padrinú Felipe, porque papá me
ha dicho esta mañana que tengo los ojos, 103 verdaieros
ojos de mamá.n
Evidentemente la madre era para la niña un ideal al
c.ual se esforzaba en parecerse.
El leía y releía aquellas líneas queridas, tan mal escritas, tan llenas de faltas; después las besaba y las encerra ·
ba en el cofre en que se 6ncontraban las cartas de la
muerta.

EL MUNDO

XX
M. Duvernoy realizaba puuto por pu.nto la primera.
parte de su programa recorriendo en pequeñas jornadas
aquella mara vil losa Italia, no pt-nnaneciendo mucho en
ninguna parte. Pür ricos que fuesen los m·.u:eos, por admirables que fuesen los monumentos, el piular los miraba apenas, dejando los entusiasmos á laexhuberante Carlota. Pasaba, no se detenía, sentíase asido por primera
vez, por la ncstalgia del hogar.
Y sin embargo, qué era la pequeña villa de Pontarlier·
cerca de esas ciudades espléndidas? Y su clima tau rudo, sus largos inviernos, rns cortos estíos, cerca de esos
paise3 que gozan de una primavera eterna?
Hubiera vuelto directamente á eu ciudad sin el temor
de fatigará la nifia y también de encontrarse de nuevo
con su sufrimiento, de sentir el dolor adormecido levan•
tarse vivaz y cruel.
Desde que hubo franqueado el 8an Gotbardo:y puesto
los pies en tierra suiza, deede que se sintió c"erca de Francia, esa irupreeiC&gt;n se volvió preponderante y apreeuró su
marcha.
En Laueanne se detuvo.
Muy cerca de Duchy, al borde del lago, una linda Ca.fa.
le agradó al pin~,)r; In. alquiló y se instaló.
-Esperaremos aquí la llegada de Felipe-dijo-será.
un mes de retardo cuando más.
Pero había cont;ido sin la fatalidad.
Quince días después de esta instalación, Lila, despertándose en la noche, lanzó un grito de dolor; le parecía
que una mano de fierro le oprimía la g&lt;i.rganta, impidiéndole respirar, sofocándola.

1

En un segundo, el aya se puso en pie, y de prisa llamó á
M. Duvernoy. Este corrió á buscar un .nédico: la palabra terrible de dijtei'i/1 le martillaba el cerebro.
Iba á perder eu último tE&gt;soroY
El diaguóstico fué menos terrible que lo que había
creído.
-No, no, dijo el doctor, no es la difteria: una fiebre
eruptiva quizá.
Escribió su receta y recomendó los mayores cuidados y
las mayores precaucionee.
Durante tres días, durante tres noches, el padre y la
aya, sin tomar reposo ni alimento, permanecieron ansiosos cerca del pequeño lecho en que la nífia se quejaba,
en el delirio de la fit:bre, llamando á rn padre y á EU ma.
dre también.
-Ah! decia el desgraciado torciéndose las manos, Ele .
ra viene á arrebatármela.
Al terc3r día la escarlatina se declaró, el doctor al advertir las placas rojas en el cuerpecito de la niña, mostró
por primera vez una tranquilizadora sonrisa.
..-Va eso bien; una erupción soberbia!
De=Jpués, volviéndose hacia Carlota:
-Sólo que hay que impedir los resfriamentos, nada de
imprudencia~, precauciones excesivas, una reclusión de
tres semanas poco más ó menos:
Mi papel está caei terminado, el papel de la Enfermera debe con~inuar, más atento aún quizá.
Cuando hubo partido, Carlota lloró de felicidad.
Duvernoy, profundamente conmovido, tomó entre la&amp;
suyas las manos de la excelente muchacha.
- V os reemplazais cerca de mi pobre niña á la madre
que ha perdido-le dijo-Ella no habría podido ser más
abnegada. Qué puedo yo hacer para probJ.r.J s mi inmenso reconocimiento?
Ella bajó los ojos, presa de un embarazo púdico, no
oeando responderle: &lt;iAmadme, porque yo os nmo)l y
murmuró ruborizándose:
-La humilde aya sólo cumple con su deber; pero sí el
honora ble señor Duvernoy quiere hacerla incomparable mente feliz, en lo futuro, la llamará Carlota.
-·Carlota, dijo él sonriendo, Carlota, querida Carlot,a,
el angel bueno de mi pobre hija!
Ocho días más tarde, la franca conva.lescencia comen·
zaba. Carlota, encerrada en la cámara de la enfermita,
comía y dormía cerca de ella, se ingeniaba para divertir•
la y distraerla, le contaba maravillosas historias, inventaba juegos¡ pero insistía para que el pintor diese algunos paseos y respirase el aire puro del exterior.
El obedecía dócilmente, y en esa alegría del peligro
conjurado, sentía el corazón ligero y ebrio de alegría.
-Salvada! Salvada! estaba salvada!
El nombre de uCarlotan reclama.do por In aya y que él
continuaba dándole1 no podía bastará rn reconocimiento._

Pasaba por una de las calles de Laussanne, cuando en
el aparador de un almacén de orfebrería, un soberbio corazón de oro enriq_uecirlo de turquesas y esmeraldas atrajo
sus miradae. Estaba colocado en un estuche de terciope lo azul. l\f. Duvernoy compró la joya y fué á ofrecéreela
á. la aya.
-Es vuestro emblema, querida sefiorita Carlota, por
que vos sois taro bién un ca razón de oro.
El quiso ponerle por su propia mano el brazalete que
acompañaba al corazón, después besó la mano engalana da que había tomado entre la suya:
-Un corazón de oro y nuestro buen angel, eso sois,
repitió.
Era demasiado feliz para pesar mucho las expresiones
de su gratitud, y en ese momento una mujer astuta,.y
babi! hubiera podido obtener todo de él.
Por la noche, cuando la niña se durmió, cuando Carlo·
ta ee encontró eola, cubrió la joya de cien besos.
-Un corazón, murmuraba¡ un emblema, ah! yo no habría oeado jamás esperar e3to! E3 la confesión discreta
de su amor, la que ha querido hacerme de esta delicada
manera.
Se dice que los incendios persisten durante años bajo
la ceniza, !)('ro que el menor soplo de aire desencadena su
formidable violencia; el amor de Carlota hubiera acaso
vivido siempre oculto, casi ignorado de ella misma, sine!
soplo de esperanza que las imprudentes palabi-as del ar.
tista hicieron surgir de pronto. Ella le había adorado por
eu dolor, por su inconsolable trist.eza; adorado con admiraci..ón, convencida de que no olvidar1a jamás á esa Elena tsn amada, convencida. iogenuamente de que niñguna mujer borraría este recuerdo invencible. Se había di.
cho que sería infinitamente feliz en morir por él. Morir
por él.. .... Los rneños ambiciosos de la pobre Carlota no
habian hasta entonces traspasado este límite, y aún para
llegar á tal resultado érale preciso recurrir á todos los
expedientes de su poderosa imaginación romancesca.
Un paseo por el mar, hecho bajo un cielo sin nubes, le
sugería la idea de una tempestad, con el barco legenda
rio de sobra cargado y la obligatoria abnegación de uno
de los pasajeros por la salvación de todos. Entónces Car•
lota, grande y sublime se ai rajaba voluntariamente á las
ola~ y él comprendía bien, que ella moría por asegurar su
salvación. Ay! el paseo concluia, sin tempestad, sin bar•
ca demasiado cargada, sin incidentes dramáticos.
Carlota, al volver al puerto, reconocía melancólica, que
en el curso ordinario de las cosas no es tan facil morir por
el que se ama.

Un poco más tarde, la travesía da los Apeninos le daba
la esperanza de un ataque de bandidos. Ya los veía feroces, armados hasta los dientes, deteniendo los trenes1 desbalijando loa viajeros, poniendo al pecho del bien amado
Du vernoy el arma homicida. Felizmente ella estaba ahí,
ella, Carlota, y ante el arma homicida arrojaba su propio
corazón¡ el tiro salía y ella caía muerta¡ pero él la recibía
en sus brazos y la bendecía. Oh! cuán idealmente bello
era morir así.
Cien veces repitió estas escenas burlescas, acumulando
todos los teeoros de su devoción. Ahora la escena cambiaba;no se trataba ya_de morir, era preciso vivir puesto
que él le había dado su corazón.
Ciertamente la amada y hermosísima novela tendría
aún muchas peripecias, antes de llegar al último capítulo. La apoteosis del matrimonio. Ella. debería aún pro•
barle que era digna de ocupar el lugar de la bien ama.da
Elena: haber cuidado á Lila con toda la ternura de una
madre no bastaba, qué podía hacer aún?
Hubiera deseado por ejemplo que el señor Duvernoy
fuese herido de ceguera para ser su A.ntígona, 6 arruina•
do por un depositario in.fiel á la hora precisa en que ulil
tío de América la instituía su legataria universal, dej~tndole algunos millonee. Hubiera sido dudar de la Providencia, no contar con alguno de estos acontecimiento~.
Pero acordaba á la herencia de América todas sus preferencias porque nada probaría. mejor el desinterés y la ge•
nerosidad de su carifio.
Se sentía indeciblemente feliz durante esos tristes días
pasados- á la cabecera de una niña enferma, tan feliz que
se preguntaba algunas veces si la dicha de los cielos era
tan grande.

Felipe de ·Aubian á Le6dice Martín.
Rochtfort a.4- de Mnyo.

flSefior:»
11Desembarco en Francia este mismo día y tengo el honor de hacéroslo saber.
«FEUPE Dl!:

Ausu..s.

Oficial clt.'! Marina. En rada de Roohefort.
A bordo del Neptuno.

Felipe á. Fernando:

R-Oduforr, !14 d., Mayo.

Mi querido Fernando:
«Encuentro al llegará Rochefort la carta que me hace
saber á la vez la enfermedad y la curación de nuestra
querida nifia
«Ninguna necesidad tengo de deciros mi emoción á la
idea del peligro que ha corrido, ni mi reconocimiento por
Ja excelente muchacha que parte con vos vuestra angustia y vuestras pena s.
«Tengo ansia de veros: desgraciadamente algunas cues•
tiones del servicio van á retenerme durante un tiempo
cuya duración no puedo fijar.
«Tan pronto como esté libre iré á vos y tomaremosjun•
tos, coma lo deseaie, el camino de la pobre casa vacía.
P. S. ((ÚB he dicho alguna vez que mi testamento eFtá
depositado en Besanc;on en el estudio de M. Colard y que
dejo á Lilas mi pequeiía fortuna?
Hay algunos legados insignificantes para viejos servidores de mi madre. Yo os suplicaría además, mi querido
Fernando, que retiráseis de mi haber una suma de la
cual vos mismo fijaríais la cantidad y la ofrecierais, sea
en forma de dinero, sea bajo otra forma á la excelente
muchach 1 cuyos cuidados-según me decís-han salvado
á nuestra niña. No os admiréis mucho de este post scriplum fúnebre; parece una anomalía que yo os distraiga
con previsiones de muerte, cuando vuelvo á Francia yes•
tá confurado todo peligro, pero todos nosotros somos así;
para nosotros los marinos, el mar es un amigo que no tememos, la tierra, al contrario, nos parece llena de emboscadas.
1cOs acordaréis sin duda de Dumont d'Urville, muerto
en un accidente de camino de fierro después de haber dado la vuelta al mundo.
11Una vez más hasta luego.,1

Felipe de .Aubian á Jacobo de &amp;mmert$,
Rochefort, 31 de Jfayo

Mi querido primo:
uEstoy desde hace ocho días en rada de Rochefort, y
desde luego dí aviso de mi retorno al Señor Martín. Yo
contaba con una respueeta suya, y esperaba no fastidiaros más con este asunto atendiendo al cuidado y á. la
desola~ión que os causa. Pero el señ.or Martín no me res·
pande, y su eilencio me fuerza á poner aún á contribu•
ción "ueatro afee.to por mi.
uHe pedido unas vacaciones que pueden serme acorda·
das de un momento á otro. Yo querría acabar con esto é
ir á Lausanne á. encontrar á Fernando. Sería muy des·
agradable para mí que obtenidas mis vacac:ones, perma•
neciese clarado en Rochefort para esperar la determina•
ci6n de un señor que no se apresura; por otra parte no
me gusta que mi adversario pueda pensar y decir que mi
paciencia ha sido de corta duración.
«0.3 suplico pues, que le veais y le preguntéis si ha re·
cibido mi carta y qué decisión le conviene tomar, os doy
carta blanca para arreglar las condiciones del combate.
«Gracias de nuevo, y perdón.
FELfI&gt;B.

Jacobo á Felipe.

Po.itarlier, 2 de Junio
Querido muchacho:
Recibí tu carta; no estoy en Paríe, sino clavado en es•
te maldito Pontarlier por un eatiínico ataque de gota que
dura hace seis meses y que me entrega atado de pies y
manos áesta terrible tía Fourneron.
Sí, hijito, la «vieja bestian de tu primo J acobo, vacila,
tergiversa, capitula; ya no tien3 fuerza para hacer frente
al enemigo.
Sabes tú que seis meses de enfermedad son, en manos
de la tía, un gran argumento para el matrimonio?
Con quién piensas que me quiere casar? pues nada menos que con la prima Eulalia de Lezines, no es muy jo·
ven, verdad; pero sí muy buena, en fin aun no estoy de•
cidido.
En cuanto á tu negocio, ¿qué quieres que te diga? no
puedo verá Martín, á quien por lo demás, mi visita fas•
tidiaría, perdió á su mujer y, en dos años todas las cóleras se calman; deja este asunto, ve á tus negocios y no te
ocupes más de él; que llore en calma ese pobre diablo y
ven pronto á hacer uoa visita á la pobre bestia vieja de
tu primo.
JACOEO,

( Continuará. )

�DOMINGO 25 DE ABRIL DE 1897

EL MUNDO

•So

LAS TRF;S IIIANF:RAS

En 1a exposición de pinturas me detuve con un pintor
modernista amigo mio 1 ante un cuadro de M. Garnoteau,
miembro del instituto.
El lienzo, admirablemente trazado, representaba á
Diana y sus ninfas, en medio de un hermoso paisaje.
Mas ií. pesar de todo, una circunstancia especial mellamó extraordinariamente la atención.
-No lo entiendo, dije á mi compañero, pero el caso es
que esas mujeres sólo me gustan hasta la cintura, porque
las piernas son detestables.
-Ese mismo defecto, me contestó mi amigo, lo encontrarás en todos los cuadros que Garnot-eau ha pintado de
treinta. aUos á esta parte. Pero la cosa se explica perfec·
tamente1 pues has de saber que todas esas piernas son copia fiel y t!Xacta de las de Madame Garnoteau.
Sentéwonoe y te contar6 la historia completa.
Y h~ aqu·í lo que me refirió mi amigo,_ el pintor modernista:
Ya conoces los comienzos de Garnoteau cuando vino á
París, pensiouado por el municipio de Liwognes. El pobre traoajó cvmo un caballo, y al cabo de cinco años ganó el premio de Roma por su 1'emUStocles er,tre los pm·sM.
Cien.o día descubrió üarnoteau su vocación: el desnudo y los cuadros de ninfas; y desde entonces no ha pintado ot1 a cosa.
A su regrei;o de Roma 1 trabó el pintor relaciones en su
país natal con una Joven bien educada, ni bonita ni fea,
alta y fiaca 1 quizás en demasía, con la que contrajo ma•
trimonio, á p,:1sar de las dificultades qu~ ponían los pa·
dres, ricos industriales de Limognes, á que su hija se casase con ..... , ... ¡wi anfata!
-¡ Dios mío! decía la madre, antes de otorgar la mano
de lanilla. Casará mi Celestina con un hombre que no
pinta más que mujeres desnudas! Pero Garnoteau alegó
que el arte 10 purifica todo y que sus cuadros se vendían
bien, y al fin se realizó la boda.
-~l día anterior á la ceremonia, llamó Celestina aparte á su fm.uro y le dijo:
-¿Es verdad que no pintas más que mujeres sin vestir?
-:::lí, hija lllia.
-¿Y no podrias pintarlas sin modelo?
Garnoteau le demostró que estotra. cosa irrealizable y
la novia no volvió, por lo pronto, á hablar más del
asunto.
·
Pero al día siguiente del matrimonio, Celestina mur•
muró al oído de su eEpOt.O:
-Prométeme hacer lo que voy á pediite.-Tolero que
copies el cuerpo de otra~ mujeres, la cara y los brazos;
pero en lo tocante á las piernas, no lendrás más modelo
que yo, si no quieres verme morir de angustia.
Garnoteau pasó por todo, sin preever las consecuencias de rn debilidad de carácter.
Al llegará este puntQ interrumpí á mi compañero, y le
dije:
-¿ Y cómo has podido saber? ........ .
-Nada más sencillo. Garnoteau se lo dijo á su amigo
Carbonnel, el cual se lo comunicó á )iicada, una modelo, que ásu vez me lo dijo á mi.
Y ahora prosigo:
Garnoteau fué fiel á su promesa; y de ahí procede esa
interminable i:;erie de ninfas, gruesas en su parte superior y flacas en su parte inferior.
Mientras Celestina fué jóven, todo era tolerable, gra,ciaa á la frescura de la forma y hasta un crítico influyente llegó á descubrir que aquel modo de comprender y de
pintar á la mujer1 era eminentemente espiritual.
A poco tiempo, Garnoteau entró en el Instituto.
Pero Celestina, al envejecer, iba adelgazándoee á. toda
prisa, lo cual influía, como era natural, en las piernas de
las ninfas de Garnoteau. .
EL público acabó por notar el contraste, y la venta bajó de un modo extraordinario.
En vista de esto, el artista se dedicó á pintar sirenas,
para evitar las ;giernas de eu esposa, pero Jas sirenas pa·
saron inadvertidas.
&lt;Jeleatina quiso que su marido volviera á. pintar ninfas, y como esta era la espeáalidad de Garuoteau, vol·
viéronse á vender algunos cuadros.
-Gracias á. mí, le decía Celestina, se venden otra vez
tua lienzos!
El pobre Garnoteau, condenado á pintar eternamente
las tibias de au mujer, acabó por aborrecerlas.
-Acompañadme ab.ora, repuso mi interlocutor, y te
contaré el :final de mi historia.
El pintor modernista me llevó á CMa de Durand y me
enseñó una Danza de ninfa-3, .muy notables todas ellas,
no aó,o por sus cuerpos, sino tawbién por sus piernas,
robustas y macizas como pilares de iglesia.
-¿De quién es ese cuadro?-le pregunté.
-De Garnoc.eau.
-¡No es posible!
Sí, hombre, me dijo mi amigo. Madame Garnoteau ha
muerto Lace dos meses y ahora el artista no pinta más
que piernas enormes, como. para desquitarse del pasado.
En la actualidad no encuentra el pintor modelo alguno
cuyas piernas le parezcan bastante sólidas.
·
En cambio los cuerpos y las caderas se adelgazan y se
espiritualizan, volviendo á formar otro contraste en sentido inverso al anterior.
Asf, pu&amp;a, Garnoteau, á imitación de Rafael, ha tenido
también tres maneras; pintó primero figuras muy armó•
nicas en conjunto; despues cuerpos hermosísimos con
piernas delgadísimae, y :finalmente piernas en extremo
voluminosas con cuerpos sumamenw delgados.
Y estas tres maneras corresponden á los tres períodos
de su vida: antes de Celestina, en tiempo de Celestina y
después de Celestina.
·
J ULlO

LEJr,t:UTRE.

-:=il=-":::2&gt;~=-=~=-~=
es
Tan grande fué que ante él todo pequefio
«un delito el nacer,n la vida un suefio.n
'

CAMPOAMOR.

EL ULTIMO POETA.

281

EL MUNDO

DOMINGO 25 DE ABRIL DE 1897

La muerte de Vargas Vila.

TRAOUCCION OEL ITALIANO.
(L. STECHETTI.)

En la nevada cumbre de un monte fabuloso
que anublan los crepúscuJ03, y encienden las auroras,
y escalan sin est.répito las vocea triunfadoras
que con su augusta calma serenizó el Reposo;
habita (solitaria, de un mundo misterioso
qml, tú, divino Ensueño, conformas y coloras,)
girón de nebulosa mental que va por horas
centripetando el germen de un genio silencioso.
Ya el Cosmos adivina la gestación del numen
que del sublime anhelo dará el postrer resumen.
Ya Ee estremece el Eter al presentir el ritmo
del eviterno número, supremo !ogaritmo.
Serán de esa ma , nífica y mater Iliada,
la Muerte, Aldo l\1anuncio; el rápsoda, la Nada!
BAl,BINO

DAYAJ.0$.

i\féxico, Febrero Ue 1897.

F;N F:L LA.GO.

Se pone el eol: el agria cordillera
sobre el confin de oro se destaca;
arden las nubes de carmín, y un vi va
reflejo de volcán alumbra el agua.
Abren ya las estrellas en el cielo
su pupila de luz, y rn levanta
la luna, sobre un pico de la sierra,
como un dieco de nácar.
Ya vuelven lai gaviotas á sus nidos,
ocultos en las peñas solitarias;
y á la orilla también, cual las gaviotas,
sobre la onda azul vuelan las barcas.
Hincha el viento sus olas que parecen
de leJos unas alas
níveas como el plumón de la paloma,
y como el aire de las cumbres, raudas.
Comienza el lago á levantar sus olas,
que van luego á morir sobre la playa,
y que-¡asf como el alma del poetalcuando se rompen cantan.
El rumor de colmena de Ja vida
ante el misterio de la sombra, calla¡
y bajo el cielo constelado y limpio,
como una virgen se arrodilla el alma.
Se puso el sol: de los enhiestos montes,
á las desiertas playas
bajan ya las tinieblas, como una
procesión silenciosa de fantasmas.
¡Se avivan los recuerdos!. ..... ¡la tristeza
se difunde en las coeas y en las almaal
¡y en el silencio augmto de h¡ noche
se estremece la voz de la plegaria!
J esÉ BECERRA.
Chapala, Abril 11 de 1897.

A MIS AMIGOS.

¡La he de amar, ¿por qué no? ei las escalas
Accesibles están, y si el ascenso
Eei tan facil, contando con laa alas
De mi amor, que es inmenso!
¡La he de amar! ¿por qué no? si su belleza

Es un símbolo augusto de poesía;
Y en sus pupilas reina una tristeza
Hermana de la mía.
¡Dejadme! ¿qué es mi mal? ¡pues lo deseo!
¡Ya de ilusiones! La razón es obvia:
Si he de ser otro nuevo Prometeo,
Qa.e me mate mi novia!
¡Que me mate! ¡lo anhelo! Si con sólo
Que me amague el peear de eus desdenes,
Me parece sentir que el frfo del Polo
Atenacea mis sienes.
¡Dejadme, mis amigos bienhechores!
Si no me ama será mortal la herida,
Y, en sefial de perdón, regad con flores
La tumba del suicida.
QUIRrNO ÜRDAZ,

Abril de 9i.

HISTORIA ROJ.lÁNTICA.

Trágico ha sido el fin de este veterano en las justas
del pensamiento.
Dotado por la Naturaleza de un espíritu sensible á la
abstracción artística, y ávido de profundizar sus estudios
históricos y arqueológicos, no vacila en austraeree el bullicio atrayente de las grandes capitales europeas, para
iree á engolfar en el seno de antiguas razas y civilizaciones antiguas, y beber, en las fuentes mismas de Hipocrene, aquellae aguas maravi1!osas que rejuvenecen el alma y la llevan á la contemplación de los grandes ideales
que encarna el arte en sus múltiples manifestaciones.
Si en su viaje anterior al Viejo Mundo recorrió la Italia y arrancó luego á su númen notas vibradoras para
descubrir sus variadas impresiones sobre la patJia del
Dante y de Savonarol&amp;, ahora preparaba auaHeU:nicaz, libro que se nos antoja rico en detalles, deducciones y gua•
to literario. Refrescado por las brisas del Mar Jonico,
bajo ese mismo cielo cantado por Homero y por Menandro, recorriendo quizá los mismos campos que ilustró
Agamenón hace más de 30 siglos. Vargas Vila, ha debido
eecribir cosas bellísimas, que ojalá manos amigas se encarguen de salvar de la lepra del olvido, para aumentar
el l1Cervo de la literatura americana y comribuir á la gloria dt:d joven escritor.
Después de visitará Atenas, de escudriñar sus apolillado1:1 archivos y admirar sus gloriosos monumentos, testigos aún de la pujanza todav1a no aventaJada de Fidias' y
1-'raxtteles, fué Vargas Vila á Siracusa, célebre, no tanto
por haber mecido la cuna de Dionisia, cuanto por la admirablt- cepa que se cultiva en sus campos y destila ese
caldo que los peritos confunden con el néctar de los dioses.
Helacionóse en Siracusa con una joven artista, griega
de naci1ui~nto, pero sarda por su origen y sus afecciones.
Ifig~nia era una chica de cuatro lustros escasos, y, como
la soñad,~ virgen de Judea, robó á las hadas sus vestiduras
de armilla, á la aurora sus tintas y celajes, y al qPerub
que arrulla los suefioe de Jehová, robó las armon1aa que
hacían de su voz catarata de arpegios y de ritmos.
Vargas Vila, también artista por idiosincracia, apenas
c~&gt;nocio á Ifigenia sintióse avasallado por aquellas explosiones de hermosura; y como Numa, cuando encontró á
Egeria exornando el agreste fondo de una gruta, el pecho
del prosista colombiano se dilató ante la influencia estética, y de sus labios, ungidos con la miel de las abejas de
Hesot..1i0, brotaron raudales de ternura que fueron á arrullar .en el alma de la virgen las primeras sensaciones de
la paeión que nace.
Oh! ~qm de las est-rofas dantescas, ó del pincel que inmortalizó á la hermoea viuda de Pescara! Que si e1 genio
del vate florentino, en su creadora fantasía, bajó al vientre de Tártaro á buscará su Beatriz, y la paleta de Miguel Angel; acaba sus creaciones de los torrentes de luz
que lanzaban las pupilas de Victoria Colonna, de no menor~s. alas se valdría el pOfta para ascenderá espacios
aqmhnos en busca de nu~vos coloridos con qne delinear
las palpitantes formas de Ifigenia.
Sm. que pretendamos abordar cuestiones metafísicas,
es evidente .que la simpatía, al iecundar el corazón humano, fecunda también y viste cou ropajes de nácar y
za~r el ambiente en que nace y se deaarroJla. Porque la
misma ley que en t.-1 rnundo material impulsa 1:-ta molé
Ct?,lae. á reciproca atracción, hasta formar cnerposdegran
vitahdad1 produce en Jo moral iguales fenómenos y reBt?,ltados .. La 13!-mpatía-dijo Dumas, padre--es llama diviaa que 1lumma el corazón y diopenst1. á los verdaderos
amantes del uso de la palabra.
De ahí ese idilio que enloquece á VargM Vila, idilio
engendrado con miradas y t!Onrieae, amamantado da.
puéecon besos y caricias y palabras de ambrosía crecido
en eegu~da al fueg? ~~ dos naturalezas ea el aPogeo de
su plemtud y su virihdad y para morir temprano entre
sombras y misterios.
Ifigenia y Vargas Vila, luego de haber unido sus co·
razones y hecho votos de eternal amor se fueron á. la
quinta ~nar6~aca, Pf:!quefia propiedad i-ural que aquella
poseía mmed1ata á S1racusa, con cuyo nombre quiso re•
cordar al ilmñre trágico ateuiense.
Seis semanas llevarían de vida conyugal cuaodo en
una de las alamedas qu-a rodean el parque d~ la quinta,
estrechados en amoroso abrazo y contraídos aún BIJI
labios por el ritwo del postrer beso se hallaron sus oa·
dáveres, tibios todavía, sobre un c¿lchón de musgo que
sombreaban castaños corpulentos.
'
~a ca~ea de tste doble suicidio que hiela la san~ p&lt;&gt;r
lo i~~óhto, trat~n~ose de seres que inician una vida de
fru1mones y dehcrne, es verdaderamente inoomprenaible.
No quedó un solo raetro que pueda guiarnos á descubrir
la clave del enigma, pues en loe cortos renglones que ee
hallaron escritos ton francés en la cartera a.e Vargas Vila, precedidos de este epígrafe de Ninon de Lenclos en
loa últimos momentos de su vida:
Qu'un vain espoir ne vienne polnt s'offrir
Qui puis.;;l ébranlcr moun courage,

·····················
········•···················································
en esos cortos renglonee, decimos, apenas si nos cuenta
el infortunado compatriota, que sólo por un acto de ex·
pontánea y mutua voluntad se despiden ambos del
umundo de los vivosn para entrar en el ((mundo de lo&amp;
muertos.&gt;•

Bella eEtaci6ll! Todo á gozar convida
del placer sin medida ........ .
-Mas, ¿qué es eso que vuela?
Una hoja que cae, y nos revela
la nada de las cosas de la vida.
ÜAHPOAMOB.

Cuando mires que rueden las hojas
Al soplo del cierzo
Y recuerdes que yo, como ellas,
Al abismo caf de los muertos;
Ve al panteón á buscar mi sepulcro
De flores cubierto,
Y de él, de la cruz olvidada
Que levanta los brazos al cielo,
U na á una recoje esas florea
Que brota mi pecho,
Y con e Uas, gentil y amorosa,
Engalana tus rubios cabellos:
Son loa cantos de amor de mi alma,
Loa himnos, los versos
Que olvidé consagrarte en la vida,
Que no pude decirte en secreto!!
J OSEVAZA UEZ,
Zacatecas, Abril 1? de 1897.

1

Fué una .noche del invierno último, en el rincón de
fuego¡ porque había Uov:ido todo el día durante nuestra
visita á esa maravilla de las maravillas que se llama
Baalbek, cuando o'i referir por un árabe llegado con nosotros de Damas, la leyenda que transcribo, releyendo
mi carnet de viaje:
El leóL. soberbio....... y generoso acababa d~ ser muer•
to, dejando cerca de él para honrar su memoria y perpe ·
tuar su raza, á su leona y á un joven leoncillo.
Este noble retoño ardía en deseos de recorrer el mundo.
-Por qué, le decía su madre cubriénd~le de caricias,
por qué quieres abandonarme? No estás bien aq1i11?....... .
Ten cuidado, hijo mío, más allá de esaa vastas soleda•
des que forman tu imperio, encontrarás, entre mu~hos
peligros al más terrible. al más cruel de tus enemigos!
al que t~ ha hecho huél'f~no ......... ese temible sér que se
llama el hombre!
Fatigado de oír cada día esta eterna amenaza, y no
tomando consejo más que de su valor, el heredero ~l. se'1'1or de la gran cabeza, partía una hermosa noche, diciendc, á su madre:
-Nada temas, soy joven, soy fuerte, soy valiente como
lo era mi padre ........ .
Nada tengo que temer, y si encuentro al hombre ....... .
pues bien, nos veremos.
Partió.
El primer día vió á. un buey en su camino.
-Tú eres el hombre? le preguntó.
.
-No, respo1.adió el apacible rumiante, aq~el ~e quien
tú hablas es mi sefior; me ata al arado y si mi paso le
parece demaeiado lento, para activar mi marchame hunde en la carne una punta de acero, que según creo, llama
aguijón!
El leoncillo se alejó pensativo.
Al día siguiente vió á un caballo en la pradera, con los
pies entrabados por cuerdas.
-TQ. eres el hombre? le preguntó el feroz viajero.
-Es mi señor, respondió temblando el corcel. Yo soy su
servidor y le sirvo de D?ontura. Cuando no avanzo á. medida de su deseo, me hiere loa flancos con Ulla especie de
ruedecilla ó estrella guarnecida de láminas agudas.
Después de ha~r sacudido largamente su crfn, el león,
.rechinando los dientes, siguió su camino, preguntándose
con sorda rabia quién podía ser el que en el muodo parecía
habei- sometido todo á su eapricbo á su fuerza y á su vo·
luntad. Algún tiempo después llegó á. la India. .
Su mirada descubrió inmediatamente un arumal de
monstruosa corpulencia, que parecía dotadc de una fuerza invencible.
-Esta vez no me equivoco, se dijo aproximándose.-·
¿Eres tú el hombre?
-Estás en un error, yo soy el elefante1 y aquel cuyo
nombre acabas de pronunciar, es mi amo'/ señor. Yo le
llevo sobre mis lomos cuando desea viaJar ó cazar al
tígre ........ y cr-mo tiene com:pleta confianza.. en mí ..... .
frecuentemente me deja al cuulado de sus hiJuelos.
Oyendo estas palabras, el joven león se alejó más y
más pensativo.
De pronto, ruidos sordos con intervalos regulares inte•
rrumpieron 1::1u meditación.
Del fondo del bosque era de donde aquellos ruidos
surgian.
Avanzó y en un vasto claro vi6 una encina próxima á
desprend~rae de su tronco, herida por el hacha de un
eér en el cual el joven viajero no se fijó de pronto.

Y dirigiéndose á la encina:
-Serías tú acaso el boml.:ire? pregunt6le.
- No, respondió abatiéndose el coloso, el hombre es
ese que acaba de derribarme y muero de loa golpea que
rn mano me ha dado.
Sólo entonces el joven león se dignó fijar su mirada en
aquel 1i quien acababa de designar la encina, pero á. la
vista de un sértan fragil y de proporciones tan delicadas, dejó desdeñosamente caer estas palabras:
-¿Cówu, eres tú aquel de quien mi madr.., me habló
con tal espanto? Uno de tus semejantes fué el que osó
herirá. mi padre? ...... Tú eres al que por prndencia de·
berfa yo esquivar?
-Soy yo, l'f'Spondió sencillamente el leiiador.
-Pero, deegraciado, tú eres la imágen de la debilidad,
sólo mi nombre te haría palidecer, y con un golJ)e de mi
potente garra te tendería á mis pies!
El hombre sin dignarse responder luego, hizo una profunda hendidura en el tronco de la encina que acababa
de espirar¡ después, volviéndose hacia el leoncillo:
-Te parezco debil, le dijo. Mira esa encina orgullosa
de su fuerza ...... estaba erguida y robusta......... y sin
embargo, hela tendida en tierra; ya vea lo que puede mi
brazo. En cuanto á tu nombre, no podría hacerme palidecer, yo conozco uno más terrible: ¡la miseria!.. .... y tu

RF:LIF:VF;.
A un poeta.

Musa regia! No la envidia, no la mofa ni el espanto
La detienen; forja el verso y con rápido ademán,
Al erguirse siempre altiva, funde un rayo en cada canto
Y lo arroja y lo hace trizas contra el rostro del rufián.
Musa triste! Ya solloza con amargo desencanto
Y se eleva hasta los cielos impelida por su afán,
O preludia el himno eterno del amor ferviente y santo
Arrancando ardierites notas á la flauta del dios Pán.
Que no hay dique que contenga su pujanza de coloao;
Del inmenso espacio duefio bate el bardo, majestuoso,
Las potentes ígneas alas de su audaz inspiración.
Y al sentir sobre su frente la aureola de la fama,
Y al mirarse rodeado por el pueblo que le aclama,
Se debate en la tribuna cual indómito león.
AURELI0 G. CARRASCO.
Mé:xico 1 Marzo 24 de 97.

SANGRE Y AMAPOLAS

grito es menos espantoso á mi oído que· el de mi cachorro cuando me pide pan ......... No son mis débiles músculos los que puedo oponer á tu fuerza ......... es el pensamiento! él me ha hecho tu amo......... ¿lo dudas aún?
Pues bien, mete la pata en esta hendidura, si te atreves!
añadió mostrando la grieta mantenida abierta por el hacha.
Al oír estas palabras, si te atreves! el joven león no vaciló y obedeció.
Entonces el leñador retiró el arma sangrieata aún de
la savia del gigante de los bosques. La fiera estab&lt;\ aprisionada.
Y bien, ahora. soy yo el hombre? dijo gravemente el
leñador. Soy yo tu amo?
Aniquilado por tanta audacia, el lean había inclinado
la cabeza y guardaba el silencig que conviene al que se
confiesa vencido.
Luego que le fué devuelta su libertad, se extendió en
el musgo y ee puso á lamer tristemente su pata, manchada toda de sangre.
El hombre entonces se inclinó Pobre el herido v después de haber lavado cuidadosamente la llaga, sin 8.ñadir
una palabra, sin volver siquiera la cabeza, el hacha á la
espalda., emprendió con tranquilo paso el camino de su
cabat'ia.
Largo tiempo la fiera le siguió con la mirada ...... Cuando f!evióaola, abrevada de verguenza, dudando en adelante de su fuerza y de su poder, dos gruesas lágrimas
obscurecieron sus ojoa, se levantó, y cojeando tornó len•
tamente a.l desierto ........ .

Madrea dolientes, madrea espafiolas
que en las olas miraia vuestros pesares,
con qué dolor contemplaréis los maree,
los marea de sangrientas amapolas!

Cuando Julio desate sus corolas
á. los rayos del sol caniculares,
derramaréis suspiros á millares,

viendo temblar sus incendiadas olas.
Pensando en vuestros hijos adorados
sangre veréis, tii1endo loR collados,
sangre en el monte que la altura escala,
sangre en el mar y en el espacio terso,
¡como si el sol que alumbra el Universo
fuese una luz inmensa de bengala!
SALVADOR RUEDA..

~
No le guata el placer sin violencia:
Y por eeo ya cree la desgraciada
que ni es pasión, ni es nada,
el amor que no turba la conciencia.
ÜAMPOAMO&amp;.

�DOMINGO 25 DE ABRIL DE 1&amp;91

EL MUNDO

•12

LA. MODA..

se le presentó e 1mo pecado mortal, y derramó lágrimas de remordimiento por aquel amor heroico,
á que debió su patria tal vez la libertad. En vano había corrido en
los campos de batalla la sangre de
la doncella deürleane: en vano su
alma angélica babria subido al cielo entre las llamas de su pira funeral, si Inés no hubiera quedado de
angel de guarda de su real amante
para inspirarle E' l honor por medio
del amor, é infundirle apt&gt;g0 á las
virtudes propias de un rey, con sus
caricias femeniles .
A su grande mansedumbre y
dulzura reunía á veces bastante
energía. Los ingleses inundaban la
Francia con sus huestes vencedo•
ras, mientras que Carlos se entre·
gaba á todo género de placeres en
sus castillos de Loches y Cbinon.
En vano le habfa exhortado su es·
posa María de Anjou, á. que eacu·
diese el yugo de la molicie y repeliese la invasión. Estaba resuelto á perder la corona lo más ale·
gremente que pudiera.
Presentóse un astrólogo en la
corte, y preguntado por Inés, sobre
su suerte futura, respondió: nQue
estaba destinada á fijar por largo
tiempo el corazón de un gran rey.»
La favorita se levantó al oir esto, y
hacindo al soberano una prohnda
reverencia, le pidió permiso para
pasar , la corte del rey de Inglaterra, con el objeto de cumplir su destino, al'i.9.diendo: (&lt;Señor, sólo á Enrique VI puede aplicarse la predio·
ción, puesto que vos vais á perder
vuestra corona, y él-la vá áagregar
á la suya.u
Llegó por fin el momento en que
este sér radioso debía desaparecer
delos ojos de BU real adorador. Des•
pués de la toma de Rouen, Car•
los se estableció en Jumieges é
Inés, en el pequeño señorío de
Menil, á poca distancia de la abadía. Ana se ve 1 ó ee congetura por
lo menos, el camino que tomaba el
rey al dirigirse á la mansión de su
amada. Allí fué atacada por una
enfermedad mortal, casi en los bra•
zoe de su amante, y en medio de la
carrera de gloria que ella misma'_le
había iniciado á seguir. Varias son
las opiniones eobre la causa de su
muerte: algunos dicen que fué víctima de los celos de la reina; pero
nada interesante es por cierto esta
disputa: habíadesempei'i.ado su alta misión, eudestinosehabíacum•
plido, y murió.
Su.corazón _fuésepultado en la capilla de la Ví:rgen, en
Jum1egee, baJo de un magnifico y elevado t(Lmulo de
marmol negro. Representaba áinée arrodillada1 ofrecien•
do nn corazón á la madre de misericordia. Al pie de la
tumba estaba_ otro corazón de marmol blanco. Todo esto
ha desaparecido, pero la lápida que cubría el cenotafio
todavía ee ve en RC?uen, embutida en la pared de uaa d..
ea ~e la_ ca~le de Samt-Maur, arrabal Canchoiae. Parte de
la mecnpc1ón esta borrada, mas lo que falta se suple con
la de la tumba que recibió el resto de su cuerpo en Loches, parece haber sido nn fac-8i.mile de la de J umiegee.

Ahora toca su turno á los ni:lios: la sonrisa del hogar y los
solos en cuyos rostros la vida sonríe franca é ingenuamente, por·
que nada sabe aún.
No reclaman ellos por cierto su
part.e en las caprichosas fantasías
mundanas: les basta con su alegría y con sus juguetes; mas las
madres solícitas, las perfectas elegantes, no permitirían que allí
donde ellas lucen el primor de

un traje, mostrasen sus hijos el
.desalifto. Y los engalanan con toda la fantasía de !i.U propia cosecha y la de las modistas. En
nuestras planas de hoy se hallarán á este propósito encantadores trajes infantiles, que no dudamos aprovecharán para sus hijos algunas de nuestras discretas lectoras.

--

Lecturas para lasdama8
INES SOREL

Ese montón de ruinas solitarias, de paredes expuestas &amp; la int,em perie y de torres dei:Muidas;
con flores salvajes en las ventanas, abrojos en los salones, yedra
por tapicería, y por alfombra la
triste y larga yerba que crece sobre los sepulcros, fué en otro
tiempo la famosa abadía de Jumieges. Sus escombros son como
un monumento erigido á su pasada gloria.
,····...
El gusto de los monjes para elegir buenos localee, es incontestable. Hay quienes digan que el lugar de que nos ocupamos, era ori~~:,;~_
'\::t
ginalmente un yermo cubierto de
bosques y pantanos, y que su fecundidad fué debid&amp;. á la infa•
tígable dedicación de los benditos
hermanos; pero la única prueba
que hay de esta opinión, ea la
obscura etimología de la palabra
latina Gemmeticus, tomada de iwen
ó guen, que en Celta significa pan ·
tano. Corroboran esto con el hecho de que los alrededores son
pantanosos. Parece, sin embargo,
mucho más probable, que los
monjes eligiesen para reposar un
oasis en medio del desierto, y no
un pantano en medio de pantanos. A más de esto, los cronistas antiguos convienen unánimemente en describir á.Jumiegea co•
mo un lugar de delicias
especialmente como mansión vorita
de la vifia.
Esta abadía fué fundada por Da goberto, según unos; pero según
otros, cuarenta años despuée, es
decir, á mediados del siglo VII,
por Bati lde, esposa de Clovis II,
y San Filiberto, fué su primer
abad. Al principio no contaba
éste más que con sesenta monjes;
pero supo aprovecharse del tiempo con tal cordura, que su sucesor llegó á tener novecientos. Cuatrocientos, juntamente
con"el abad, fueron traneladados al cielo en un mismo díaj
y quinientos huyeron de los normandos, que arruinaron
el monasterio en 851. Fué reedificado gradualmente y
en el eiglo XI llegó al apogeo de su esplendor. Cayó' de
nuevo, pero con más lentitud, y la revolución francesa
vino á completar la obra de destrucción.

'

~r·

l.

Traje de casa veraniego.

EL MUNDO

DOMINGO 25 de ABRIL de 1897

Trajea para niñoa, de última nov,.dad.
CYC..UST.
NOBLE DAMOJSELLE AGNES DE BOBBI,.
EN SON VIV ANT DAlIE DE BEAUTE.
ROCBERIE, &amp;:C,

¡Oh si pudiera sentlr

PITEUSE ENVERS TOUTE'S GENi:1 1
:&amp;'I' QUI LABGEMENT DONNOlT SON BIEN
AUX EGLISES ET AUX PAUVREB.

AMEN!

Las ruinas, según hoy están, tienen un aspecto muy
imponente. El techo de la nave ha desaparecido, pero
las paredes que aún exist.en, dan idea, acaso eXagerada,
del tamatlo y proporciones del edificio. Las torres de la
parle occidental están casi completas también, y desde
ellas se di.efruta de una grandiosa perspectiva. Las aguas
majestuosas del Sena ee extitmden al frente; .i la dere•
cha, la negra selva de Br.otonne; á la izquierda, la de
Mauny; y á la espalda, los bosques y precipicios de
Duclair.
En medio de todos estos objetol!I, las ruinas que ve uno
á. sus piée, imprimen al cuadro un aire de solemnidad y
grandeza sombría. Muy lejos de la superficie de la tierra
para poder oír la voz de sus habitantes1 osimaginaiaque
un silencio sobrenatural reinB en la escena¡ silencio no
interrumpido, sino antes bien hecho más sensible por el
gemir del viento al pasar por los derruidos monumentos
de los siglos anteriores. Entre las aé-reas fantasmas con
que poblais la nave, distinguís, al verlos aparecer por un
momento, para Be{&gt;tt.ltarae después bajo loe arcos cie las
bóvedas laterales ( como las sombras que interrumpían
el sueño de Macheth) al rey Dagnberto, al segundo Clo•
vis. á su consorte Batilde, á San Filiberto, al Escandina•
vo Rollo, á Guillermo Longue-EJ}re, y á C,ulos VH, el
protegido real de la Doncella de Orleans.
Mas ¿quién ea aquella sefiora de los tiempos pasados,
que deslizándose de las ruinas, parece tomat el sendero
que conduce al cercano y pequeño casti110 de Menil?
Flores broGan bajo sus piés, suaves y fantásticas floree,
que se marchitan luego que ella pasa; el aire á su derredor está lleno de fragancia; loe arbustos miemos, al re~irar las ramas para dejarla pasar, parece que conocen la
marcha mageeGuosa dela beldad. Es Inéa Sorel, la no•
ble, la generosa, la honrada, sí, la virtuosa Inés Sorel,
amante de Carlos VII. Esta mujer admirablH, no queriendo desempeñar el papel de heroína, se contentó con
hacer un héroe á su amante. nSi el honor, le dijo, no os
puede hacer desistir del amor, éste os conducirá á. aquel.»
Los cronistas contemporáneos describen á Inée Sorel,

como da más bella de las bellas¡n dulce, amable, humil•
de y d1;1vota. Llevaba la caridad hasta e 1 exceso, y su ge•
nerosidad y buena índole no conocían límit.es. Su corazón era sobre tedo sensible á las impresiones religio8111,
y cuando el angel de la muerte la arrebató á la mitad de
la carrera, en medio de la prosperidad, la elevación y el
brillo de una belleza sin igual, el único error de su ,-ida

Cual otro tiempo he sentido,
O bien ser lo que ya he sido!

igtr~ ~;i:s:1miÍvtr

Que ya se han desvanecido!

LAQUELLE TREPABSA LE NEUVIRME JOUR
DE FEVRIER 1449,
1
1
PRlEZ DIEU POUR LE REPOS DE L AM'E D ELLR.

Toilette de ciudad para señora joven.

había sido el mayor enemigo de
su padre, y aun había tomado las
armas contra él¡ puede también
haber sucedido que comenzase á
dar pruebas de aquella devoción
ardiente qae agobió pocos afios
después á su sombrero coa meda•
llas de santos. No vacilaron, puE's,
aquellos santos hombree en pedir
con unanimidad licencia '{)ara tras•
ladar los restos impuros á un lugar
máe mundano.
Difícil sería adivinar los senti·
mientas que)nspirara esta petición
á Luis X1 1 al amigo y compadre de
Tristán el ermitaño, al que cortaba las cabezas de sus nobles, ó les
encerraba en jaulas de hierro, y colgaba á. sus vasallos de más baja
esfera, á. guisa de bellotas, de los
árboles de Plessie. Puede ser que
Luis tuviese algo de hombre en su
naturaleza, así como era escelente
rey en casi todo, ménos en el excesivo afecto que profesaba al hacha
y al cordel. Sea lo que fuere, res•
pondió que el deseo de los monjes
era muy racional, y que ,n dei•of·
viendo los regalos de la difunta, podían hacer lo que quisieran con
su cuerpo. Una luz repentina vino
á iluminar á. Jos siervas de Dioe.
Una mujer que había dado dos mil
escudos de oro á. la abadía de Loches, no podía ser tan sxcesii:ament.e mala como decían; y áesta domición la pobre Inés había añadido
tapiceríae¡-y no sólotapicerias, sino también pinturas;-y no sólo
pinturas, sino también alhajas.
¡ Mala! vay, vaya, era una santa positivamente.
¿Qué espíritu maligno les había
infundido la perversa idea de arrojar sus cenizas? Determinaro_n,
pues, para compensar su error, redoblar sus cuidados tiernos y respetuosos. La señora de Beauté, permaneció tranquila durante trescientos años, hasta que la revolución estalló, y destruyendo los mo·
numentoe, esparció sobre la faz de
la tierra á los monges que los guar•
daban.
La capilla de la Virgen, dond"'
estaba sepultado el corazón de
Ines, forma una parte considerable de las ruinas. Entramos á ella
por la saladeguardias 1 bóveda desJ
mantelada y sombría, que resonó
en otro tiempo con las pisadas de
los caballeros de Cárlos VII.
Un estremecimiento supersticioso nos sobrecogió al penetrar á la
capilla, y ver sombus y rayos del
sol deslizarse como espectros á. lo largo de las paredes.
Uua piedra engastada eu la pared, 11 manera de nicho,
nos informó de que allí estaba encerrado el corazón en
otro tiempo ardiente y generoso de Ines Sorel.

Pero no, pasó ya la época (aunque no hace mucho) en
que sombrero en mano y la rodilla en tierra, hubiéramos aeludado con corazón palpitant-e y labio trémulo la
tumba de lnee Sorel. Tal cual estábamos, no pudimos
menos de fijar una larga y silenciosa mirada sobre el lu-

.&amp;.QUI YACE LA NOBLE
sdORA

lNES

DE SOREL,

DURANTE BU VIDA
WOHA DE BEA UTl!: 1

ROCHERIE ,.\C.
PIADOS.A. PA..RA CON TODOS, Y

QUE GENEROSA.MENTE
REPABTIA SUS Bf.ENES A
LAS IGLESIAS
Y A LOS POBRE'S.

LA CUAL MURIO EL DIA NUEVE
DE FEBRERO

DE 1449,

ROGAD A DIOb POR

BL RJCPOSO D.E BU AL\U..

Espalda del traje marinero.

AJ&lt;EN!

r
Jaquet para niñas.
Cuerpo de seda con bordados de batista.

Los monges de Loches. á. quienes había
cedido gran parte de
sus riquezas, recibieron
sus despojos mortales
con reB{)eto y gratitud;
pero luego que murió
Carlos VII ( doce años
después.), atacaron á. su
conciencia verdaderamente monacal escrúpulos, religiosos sobre
si debían haber dado 6
no sepultura en lugar
sagrado á la amiga de
un rey ......... difunto.
Sabían que el monarEspalda del Jaquet para niñas. ca reinante, Luis XI,

Traje marinero para niñas.

�EL MUNDO

~s

DE ABRIL DE 1!97

Pero no llores! Si el rigor del mundo
A dominar mi espíritu no llega.
Bajo el influjo de mí amor profundo,
Una lágrima tuya, me doblega.

gar, recordando su alma herioca y elevada,
su gloriosa belleza, y Fu desinteresado amor.
No nos avf.'rgonzamos de confesar que nuestro
pecho se oprimió y nnestros ojos se llenaron de
lágrimaR al leer por fin e¡:¡ta línea:

No esta~mos ausentes. De las palmas
Para juntar los besos está el viento,
Y para unir los besos de las almas,
Mensajero de amor, el pensamiento.

"Hic jacet in tumba, mitii; simplexque columba."

,&lt;;encillo, puro, oo¡·o de esta losa,
una paloma e roraz{m reposa.

De

Sentimientos son estos que sit&gt;mpre nos gloriaremos de tener. Basta decir que hasta :M:r.
Dibdin, célebre bibliógrnfo inglée, se sintió
algo conmovido en este ln¡zar, aunque á decir
verdad, estaba refrigerando su estómago al
mismo tiempo. Según él nos refiere con gran
nairelé, el artista que le acompañaba se fué á.
tomar vistaP, en tanto que él, afectado de una
misteriosa simpatía, no podía r:,epararse de los
fra¡nuentos de la tumba y de la comida. Ilay
CU:3ti que Salomón confee-aba francamente que
no t-ntendía, y después de tal ejemplo de humildad, no vacilamos en hacer la misma decla·
racil,n. Entre las pocas cuestiones que nos confunden ee halla esta: ¡Cómo ha podido haber
homf,re capaz de coma asado.frío sobre la tumba
de foes i)'orel!

TOMO I.

Resígnate y aguarda: en el combate
Saldrá triunfante mi constancia fiera¡
Quien ama como yo, nunca se abate,
Quien ama como tú, no desespera.

MEXICO, MAYO Z DE I897.

t;ln tiro por carambola.

Aguarda, el dia del amor eterno
Nos brindará muy pronto sus fulgores;
Recuerda que á las nieves del invierno
Sigue la primavera con sus flores.
MÁXIMO 8oTO HALL.

MUERTE DE ARTISTA

EL ARTE DE SALUDAR.

E11 el siglo pasado, los maestros de baile enseñ11 ban principalmente el arte de saludar y de
bien expresar las cosas con la mirada.
Babia divenaa modulaciones en los cumplimientos y reverencias del tiempo.
Saludando á una emperatriz, era preciso quedar inclinado tres cuartos de seguudo. Al enderezaree, debíaee dirigir ligera y modestamente la
cab. . :-.a hacia la mano derecha de la augusta per·
sona, y se recomendaba que se besase la mano
sin osar levantar la vista hacia el rostro de la
soberana. Era de rigurosa etiqueta que no se diese expre~ión de especie alguna á la fisonomía,
como no fuera la de respeto y hasta temor.
Representábanse todas las grandezas, todas
las coronas, todos los eiglos de esplendor que
brillaban en el rostro de la Majestad Imperial 1
y así se hallaba la actitud que convenía más.
Fara saludará una landgrabe, era de etiqueta
no inclinar mucho el cuerpo, como ei estuviese
una reina. Había entre ellas cuatro pulgadas de
diferencia.
Era conveniente que un gentil hombre mirase á la dama de honor presente en la audiencia,
de manera á darle á. entender por su sonrisa, que si no
fuera por la etiqueta rigurosa, le rendirla lo~ homenajes
que le eran dt:ibidos.
Admitido en pree.encia de la esposa de un gran perso•
naje, un hombre de abolengo no podía hacerle reverencias sionisQJ,, como si hubiera sido un simple campesino.
Los hidalgos .e.e a bordaban mutuamente con un aire
amable que decía sin que hablaran: uEstoy encantado de
hallará usted, deseo su amistad y le ofrezco la mía.,i
Para salvaguardar la dignidad de todos bastaba la
buena crianza de todos, y á la más insignificante injuria
respondiase lccamente con espada en mano.
Enseñábase á saludar hasta á los artistas, y cuando el
maestro de baile no hallaba bastante perfecto, bastante
profundo el ealudo que le dirigían, era de verse con qué
acento insistía.
11¡Un poco más bajo, señor!,,
Los niños usaban por largo tiempo, chaquetas ajusta-

OMINGO

En sus últimas tardes presuroeas,
listo á morir, y con la tumba lista,
el músico vibraba como arista,
entre nubes rle ideales mariposas ..... .
Cada vez que las músicas nerviosas
llegaban al oído del artista,
danzaban en tropel, ante su vista,
sueltas guirnaldas de impalpabh:s rosas....... .
Súbita idea iluminó su mente:
buscó el piano, en las teclas puso un dedo,
y sin moverlo ......... doblegó la frente.
Por la alfombra después rodó perdido!
y la nota siguió clara y sin miedo,
y vivió más que el mi~sico ...... el sonido.
JosÉ Cnoc.ANO.

¡Necio soy! Con inútiles medidas

te quise eorprender, más tú eres de esas

Dos hermosos modelos.

das que no les agradaban, á causa de los saludos y genuflexiones, á manera de las mujeres.
Debían de saber ea\udar de acuerdo con el ceremonial,
según se destinaran á vestir el manto de caballero de
San L1üs, ó la toga de magistrado. Por ahí puede verse
qué consideración é importancia se daba en otra época á
la perfección del gesto y del porte.
Guetábase tanto de las bellas maneras en los siglos
XVII y XVIII, que todas ellas iignificaban belleza y nobles cualidades. Ls. corte y ciudad consideraban como un
regalo ver á la encantadora condesa de Egroont hacer las
reverencias de etiqueta, en gran toilette, y con todas las
perlas here'iitarias de su casa.
Otras dos mujeres tenían la dietinción que ella en el
saludo á la ((Fontanges)i: la reina María Antonieta y MIL
Clairón, de la Comedia Francesa. Todos decían que no
podía haber espectáculo más delicioso, que el de aquellos saludos hechos con toda gracia y nobleza.

que para ser de pronto sorprendidas
se preparan con tiempo las sorpn::sas,

CAMPOAMOit.

La misantropía no es frecuentemente más que una pre·
ferencia que noe damos sobre nuestros semejantes.
Chantavoine.

•*•

Se tiene sed de lo sobrenatural: los que no oreen ya en
los dogmas se dedican á las prácticas de la magia.
Mme. Clemence Royer.

•*•

Yo no temo sino á los que amo; f stoseolo pueden hacerme sufrir.
Mmt'. Blanchelokt,te.

•*•

Nada envejece tanto como lo nuevo, nada se rejuvfnece como lo viejo:
Guy Deeajopeste.

ESPERA

Es forzoso partir, romper el broche
Que nos ba unido con su lazo estrecho¡
Ya las tranquilas horas de la noche
No te verán dormir eobre mi pecho.
Al separarme de tus brazos siento
Que despedaza mi alma la congoja,
:r.fas quien resiste? Cuando arrecia el viento,
Del amado árbol se desprende la hoja.
"No lo be querido yo, Dios lo ha querido,
Cúmplase su desigmo soberano:
El ave deja abandonado el nido
Para ir en busca del precioso grano.
Suframos ambos nuestro mal á solas
Ya que lo manda nuestra suerte avara:
Un beso de la briea une dos olas,
Y un golpe del oleaje las separa,
Al deeprenderme de tu amante lado,
Sólo á la voz de wi deber escucho¡
Cuida tú del hogar abandonado
Mientras yo lejos, te recuerdo y lucho.
Si sólo piso en mi camino abrojos,
Y hallo la muerte en pos de mi quebranto,
Honra con tu constancia mis deepojos
Y riega mi sepulcro con tu llanto.

F'reciosa criatura ....... ..

Mas si se cumple tu feliz preeagio
Y el cielo eenda más feliz me marca,
Volveré á tí, cual libre del naufragio
Al puerto que dejó vuelve la_barca.
Tr.aje de calle con blusa de sarga.

[ Ulbujo de Joaé M. Vtllasana.J

Traje •·Tallor" y sombrero de paja.

•

NUMit,RO I8.

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo, 1897, Tomo 1, No 17, Abril 25</text>
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              <text>Reyes Spíndola, Rafael, 1860-1922</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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