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EL MUNDO

Domingo 25 de Diciembre de 1~.
FiO. 11.-TRAJE DB OASA PARA DAMA

F II J,lade gros negro con sobre blda do sarga de Bts·
da rls tleruo, forwaodo cuerpo tawblén, acuchilladoten el cuerpo y en la fald•. con bordado de seda.

FI0.12.-UN BO~'lTO TRAJE DE TERTULIA

Todo de crespón de se•ta bordado, con u ,, a mnc~ta.
ile sallo bordada también. una v~ .. 1,11. de blond~ da
BruoeJaij en el pecho y uua grau cintura de raiso Itno.

Tomol

Otro pago de $12,000
DE ' LA MUTUA.''
1

0xpooición

México, Domingo

_,.
9(JacionaL

i: 0

de Enero de 1899.

CD LLao UJileó
/C1
de oue
en La

•

Num. I

tbca,oemia de &amp;an &lt;8azLoo.

EN ZA.CATECAS.

Sr. D- Dona.to de Chaupeau::ouge,
Director General de "La l'tfiífua."
.MRXlCO ,

Muy Señor mio:

1-'igs O, 10 .,- 11.-Trl"S sombreros (tlUwa novedad.
de 1011 P"queñó-1: los otros se alPj 10 de l11s niiieraa y
pasean por la11 eaar.. n ◄ d1111 c1-1lt.-jui,l11s que dividen loe
pradoe, contemplaud() l1-1s mstiz11.das l1ures que gozo•
eas die.,n lll eol t!n el vaivén de sut1 U1ovlmit,uto~, &lt;ta
amo• ,te am(l,• y no llld tocan, úo1camente lao cootemplan con su,i g1•J1ni!.et1 ojo-1 y qut1dan pt!n1111tlYoe,
y allá el por casuaudad d,.scubreu uua vlolet,, miran do para todoa lado,, 111. toma.u deli1.~dJm1eute con sus
manecltas, Y t'&amp;plrau .:on ansia su arom11, cual si quislt:rllII con.servar par .nui.c.ho.tlempo e.n sus pulmoocilloa el delicado pt!rCulllt1 de sus lindas ht!rman11s .
D R SU!.TALTA, •

H eceta s útiles.
Buii11elos ]Jara el chocolate.-Se toma un kilo de harina de flor. y eu i,J ct,11tco ne le hace uu hoJo y se h1

~ d e un va111to
echa un huevo ent6r0 Deepué~ se le ana
rina
de agw1 llger11mente tibia y s ,1, y ee amasa 1~ hª toFin Ct1oar con u11a cuchara de mader1-1; se le anaded r
da el agua tibia que nece!lite la pafta para qu 6 8
muy e,peea y no muy dura: deepué11 de trabajar h&amp;H·
ta endurecerla algo máe que pua loe ~esos huecos,
ee pone un gran caeo con muchl11!mo aceite; con las
m11nos se c, je la mua y se forma una rosquilllta; se
echa t-n el aceite cuando eslá muv caliente, sacándo·
la con la espumadera 11si que eEté b:en dorada
Se aume11tan ó disminuyen las cantidades en proporción con loe buñuelos que quieran hacerse.

•••

Para quita1·se las pecas: hay que lavarse por las no •

Con esta focha me ha sido pagado Pn .el B,nco de
Z1tcatecas por ol Sr . D. A1,to11lo ChAvez Ra.mlrez,
Agente EspP-rlal ~" f'B!I- Compañi11.. Y."º pree,-ucii. del
Sr. Notarin Plibhcn L1.:. D. Tr&gt;1nqu1lino AJ!'Uilar, litcantidad ( ~12,000) doce 11111 pesos, lmportP de
las póllza11 ,¡¡11mno11 dll Otil y f&gt;l~1tsJt l1&amp; una de S10 000
y la otra de 2000 en que e. tuvo asegurado el i,eñor
mi padre

D. JACINTO R. SALA ZAR
Antes de concluir quiero hacer constar que el 1tPñor
ml p~dre recibió e11 vid&amp; dividendos por valor de ...

$ 79.86 ce.: que el cos,o de la.~ dos póltzu e~ 11 años
una y Ja otr11 Pn 611ñoa de vigencia, respect1v,tmente. fué de $6 JUJ 2t c,c1 .. y que á. lo~ 23 dia~ de haber
hecbo la re.:taw"c1ón d., pago se puso á m1e órdenes
el valor de la1&lt; repetid11e pólizas.
Soy de Ubted con 1;1ste moiiv., su atta y S. S.

{)arolloa. Sala.zar.

ches cou 68ta compoo1ctón:
Agua de rona . ......... .lCO gr11mn1.1.
Sulfato de zlnc., ......... ,O
,,
E~te tratamiento local ee cowplcmenta con una fricción por la mañana, compueet.. de
Manteca de cacao.......... 40 gramos
Agua oxigenada. . . ........ JO
Vloruro dt1 calcio .......... 5
,
En seguida se ponen polvos de alwldón.

Nuestros Grabados.
FIG 1.-TRAJ!!: SAST.BE PARA Cll'l'AD,

l!!s do h eviotte grl,- acero y está compuesto de una
falda plena, con adorno de br11ndtburgos y un dor•
mán con el mismo adorno, ligeramente abierto sobre
1m cb11leco de seda. Sombrero turi~tll adornado con
d.ie ala" de palomo.

Si}'ILl.-TR1,JBl Dl!I OASA.

E.e de escocé11 obscuro de lana, con blusa holgada,
oruada de un gran vohmte y abierto sobre un plastrón de cadenllla. En la fa.Ida dol! volarites de ligaros
farolillts
FIG. 3--TRAJlil DE CASA PARA S. ÑORITA.

Ea de eecoc~s .1tria claro, falda v blusa. La falda
tiene un delantero figurado y la blusa varios table, os

y una c11pelloa muy elegantt',
Cullar de eeda A rayas negras.

FlG, 4.-TRA,TE PARA NIÑA DR 9 A. 11 AÑOo.
Es de chevlotte azul obscuro, estilo marinero, con

laida tableada, blusa holgada, con gran cuello orniLdo de cintas de seda
Corbatin de raso muy elegante.
l.

no .5.-AllRlGO lilLXG.A,TE.

Es una Jacquette de cbeviotte muy fino, con untran
cuello de pielformando solapa. :"lhngas de globo. Falda lisa.
FIG, 6-PRAC PARA SE~ORITA,

De cbeviotte también, azul obscuro, con rlbetPs de
piel v grandes adornos de g11Ión de cordoncillo de seda. Fafdón redondo. Falda de amplitud media.
FIG.

DOS AMIGAS.

7.-nos PALRlTOTS ELEGANTES.

FOT. DE LUIS(', 8 ,HfDO\"AL.

A CUAREL A DE POYEUA.

1-'oTOGltAR\DO DE LOS TALLERES DE

El primero de paño ob\curo grie perla, con gran collar y guarda mangas de piel y C:e brandeburgo; el
segundo cbeviotte azul negro, con capelina ornada
de piel.
FJG8. 1 9 y JO.-Dos SO)IBREROS FlELTROS y UNA TOCA.
DE B.A.80 DB' 1.08 MÁS ENCA.NTADORBS BSTfLOS.

FJg. u. Traje de casa t)ara, dama.

Los fieltros Pon ambos redondos con adornos de raso negro, el primero en doe penachos y el segundo de
eeda crema, alternantlo con una pluma rb.ada.

FJg. 12. -lJn bonito trato de tertuUa.

-

EL

)f {J'N DO,

�EL )[C~DO.

2

LA SEM'AN.A.
Entro en la er6nka como un &lt;·onvidado entra en
una ¡•a:,;\ conoci&lt;ht donde e pera encontrar bue1ws amig-os. mujere;, hermosas y paliques rociados de gracejo
y rhampaiia. Porquelacr6nica, para mí. noe;,másque
un pretexto para dhagar. snelta y locamentt&gt; por los
campos del humorismo, de, !izarse por los pasillos bf'cretos ~· las potl.'rnas ei.condirlas ele! suceso. contiar 111
públlr'o. no la existencia común, i,;ino algo de la propia existencia, no zurcir ~acetillas literarias y revistas
de tandas, sino eantar una romanza á lapriman~ra, &lt;J
entonar un hlmrn, al libro nuevo, t\ decir una galanter1o al oírlo de la bella que pasa, &lt;Í JIH11uu sin rumbo
por !al, aYenidas &lt;ll'l ensueño.
L&lt;,s homhrt&gt;s polit.icos tienen i;u programa. Losnonistas,-que ntlen más que los polfticos, porque entretienen más v son inofensivo. ¿no es yerdad, aru1ga
mía?-dl'ben tamhiPn lanzar {L los cuatro Yientm; un
programa lleno de alhago · y pt·omesas. .._\bí rn el mío.
;,Qut1 ofrezeo:' Bus&lt;.'ar la fralil' bordada. ton oro y lentejuelas, la palabra brillaot.e &lt;.'orno una cuenta dE' ,·idrlo, l'l pl'..todn de dalmi\t!l'.a de pi'1rpura. Fingir c.1.
halgatas histc',ricas, torneos de rmnes. jlll'gm, (, llurninaciones de metáforas. en que los vocablos á. cual
m1h. Yistnso" r inquietos se clispoten el triunfo: (,:te.
1·hiquitín como un paje. aqlll11. gran: y rko como un
heraldo: esotro. risueiio y zatiament.c empingorotado
como 1111 aldeano: t.&gt;l de más allá, desdei'ioso como un
príncipe .... tmha ligera rle fantasías, mundos ruti. !antes .I' débiles que suben un momento por el aire
tranquilo, globos il'izados y transparentes, pompas de
Jalxín, en fin, que me entretend.rtl en lanzar soplando
en una rniia arrancada al caramillo de Pan, para divertir ÍI esas niiias traviesas y locas, á esas imaginaciones tornudiza1:, y &lt;'aprichosas que de nada quieren
saber sino d&lt;• las 111il y ,rnn 1wd1c.~ de la Yida, de losencantos r hel'hiC'erías del Cnirerso, de las proeias y
aventuras de la ilushín. La mentira que cuenta mist erlos v t·,íbala:,, es una divina 8cheresada. Ah! Chronos, rey Schariar, ,·tejo sultán de las lndfas, q ltet-speras e01:{ impaciencia el rlesE'nlace de la bistoriadr l~eclreddín, deja ele pasarte la mano constelada de i;ortlJaS
por el neg-ro torbellino de la barhll, aparta de tu pálida boca la nervloi'.\a serpiente de la pipa que ha envuelto tus icleas en una nube de opio, encierra en sn
estuche de earne morena las pupllas febrile ... . Clarea el alha, y 1a luz.--Odalisca curlosa,-se asoma por
la persiana vercle. entra con timidez de enamorada ~·
arrojando su cba.l de seda blanca tramada ?e azules
t·stambres. murmura lentamente: Buenos d1as .....
se levanta del dh•fo de los sueños la dhim~ meut irosa; es hora de rolrer :\ la realidad; no es malo reposar de las fatiga¡¡ del vuelo; mientras los pájaros
despiertan. vosotras ¡oh Insomnes fantasías! dormid un porn . .

***

.\ilo nuevo'. Busco mi asiento, el lugar que me to-

ca en el te:tln v lo hallo entr!) mis compaiiel'Oscle juventud y de esperanza.
Pru;ó el primer brindis. El ,·!no burbujea en el fondo de las copas y lo.-, comensales comienzan á se11t.irse
alegres y comunlcat ivrn,. )Iuy lejos ele ,mi. por &lt;'nt~E'
los manjares y las llore:., tras de los bumros l1encb1dos r lm, ruentc;, maraYillosas de los dukes, entreveo
los ;omblante.· satisfechos ele los altos personajes ele
la relicitlad. de los hanqueros de l;l dicha. de los comendadores ele la rort una, de los condecorados ¡•1,n
&lt;·I toisón de oro del placer. Hablan ellos aca.loradamente. Pero la, teorías de esos sabios de ano nuern,
están ya trasegadas por las multitudes, y. como HL'&gt;
moneda de uso diario, han quedado sin relieves. Xo
&lt;.·onwn&lt;·en á nadie: 110 tienen valor y se guardan en
la memoria como un denario ó un zequi en una cokcl'i1í11 de numismática.
CrPo que nosotros no lanzaremos la queja clásica:
.,.,,. ,1utw f11y111·1~ Pli.~t,11110 •.•.. • al abrir esta caja de
hrnclora que rontiene trE'sclentos .1• tantos dfas. Ya
sabemos de antemano que la se11orita Esperam.a no
acostumbra cumplir sus promesas}' que el caballero
nesengailoes nn amigo entrometido que con su expcricnda de bomhre ele mundo aboga en la cun;L uuesil'os anhelos v Jei,; corta las alas,! mll';,tros sueflos. ;. Y
eM1 qué imp&lt;Írta? El tx,raz1\n sigue. :;in cesar. su labor misteriosa. 'fmbaja, ¡l Yeecs, c•11mo un obrero eansadu: se le conc&gt;&lt;'e la fatiga;~ le echa de ver rl rlbcrusto; pero 11111 cst{1. en el taller ohsc.'uro de mwstro
pcebo, rnnstruyenclo latido {L latlclo. el tálamo dr
nuestra prometida ventura, el jo~·ero de nuestros
imposibles delirios 6 el ata&lt;id de 11ue1:,tras muertas
ilusiones.
~o ern -verdad lo que sinti&lt;\ Ba11clclaire. en el alto
período de su locura nl'gra; el t·orazc~n no puecll' dormir ese sueno ele bruto. ¡.[n 1·ecuerrl11, sin pesaelillas,
sin visiones. Hrine. gal'itado por el amor y por el ha;,tlu e11 plena jnyentud, le dech1 en un bo11doarranq11e
de amargura: ¡acaba pronto, CHrpinlero!
\'nmos, pues, á \iVir, á caminar á marchas for,~1clas, seguros dn encontrarnos á rad:t paso un punto
rle Yista. no conocido, un panorama nuevo. El tiempo
no hnye--qué ra {t huir!- al contr:trio: tienen las lloras una marcha uniforme, 1·nrn11 la &lt;l,• 1111a eolumn,L

m!litar en una parada. Cuando estilmos entretenidos
por el goce, cuando volvemos el m-.tro para darle un
beso á la. mujer amada, cuando nos llama la gloria,
ruando nos atolondra el bullicio de laorgfa, emonces
-es claro!-no sentimos pasar el tiempo. La c·ulpa
no es surn. Mas si estamos en la alcoba, de noche,
rumiando nuestras penas. 6 frente al niilo enr~rmo,
esperando la hora en que ha d(' prepararse la lls.ma,
t• junto al cacl;iver del amigo inseparable, con el pensamiento en vela, triste, luminoso y trémulo &lt;·omo la
llama clt• los blandones. ;quil buenas compaueru son
esas horas :;llenriosas, que pasan sin :welt&gt;ramiento y
da puntlllns para no dl:;tranuos'. .\hora una: ¡cmínto
tarda la otra! dpcimos. Y no: llega acompasadamente, toc.1 la puerta y se sienta en la orilla del lecho á
ei;cuchar nuestra;, conrtclencins v á contar ]ns minutos q ne debe acompañarnos. L&gt;eÑpuh,; .... . . no se detiene; se va callada, como vino.
De e.sas iguales. pero que medidas con el listón rojo, arrancado al corsé de la novia, !iOn tan cortas, y
medidas c·&lt;m la cinta negra de un féretro pareceu tan
largas. tenemos muchas pn el ailo. :--omos ricos. J&gt;errcwhcmos este caudal que nos ofrecen. Ya vendr{m
el olvido 6 la muerte 1í empobrecernos. (fastemos ,á
raudales antes que estos ladronei; nos sorprendan.
~o temi\is que las horas huyan; temed que nos las
arrebalen: eso sí. Las dolorosas no son codiciadas,
pero ¡ah! las alegres, las salpkada con gotas de miel
divina, las de lo::, díai; ímreos v las noches azules. llenan de emidla á. esos band1do de la sombra. Precisa
gastarloi,.
Amigos míos. entremos en el festín del ano. Pas6
el primer brindis. No me obliguéis á darle l¡iblen venida al re&lt;"lén llegado.
C.'barlemos un poco, si os parece, de esta existencia aturdida que, en Enero, cree tropew.r con las doradah puertas de Jauja.

***

A I mh,mo tiempo que en J&gt;arís, con motivo ele la
apertura del nuevo teatro de la ópera cómica, la Ccir1,ui11 de Bizet, ba sido en :Méx1&lt;;0 el comentarlo artístico de la i;emana.
Lol&gt; parJslcn es. enloquecidos de orgullo y de content&lt;&gt;. aplauden. como nowtros, la mÍlsica más apaiona.&lt;fa y sugest irn de las que ha producido el genio
lírico francés.
Aquí nn S&lt;\lo aplaudimos la partitura sino también
la belle1..a de la más linda intérprete que baya pisa.do
el escenario del Sacicmal: Esteranfa Collamarini. Todo el mundo es1 á de acuerdo en que la hermo;;ura meridional de esta artista lm hecho en su C"arrera, por
lo meno.-;, la mitad de los triunfo. . i-e presenta y fascina: he aquí el prodigio. LaPlástica, por esta vez, ,·encc á laEurlthmla. Todal'ía no se t;abc si la Collamarine es e$ 110 buena rantante. Lo que sí aseguran cuantos la reo. es que no recuerdan de otra Clir11101 más
gallarda J rniu; seductora. La Unea perJudica el sonido; la gral'ia vence Íl la YOZ. Por ver nos olvidamos de

oír.
.\ malii~ 8ostegni, una hada rubia, duh'e &lt;'omo una
ca.ricia dr niiio, posee no la bellc1.a. precisamente.
(•orno la Collama.rini. sino un encanto supel'ior: la simpatía. Y su voz. Impregnada de unt'ión. virgen y pura como linfa de la montaiía, ranta con una delkade1.a, pa1 rlruonio exclush·o de los esplritus altos. J11s
. uaws pasajes de la Jfic11tfo .•\malia 8ostegni. en la escena, recuerda la rrase del viejo romántico: tiene la
!ragiliclad aparente de lasco a1:, aladas.
Estas dos lllttjerei;, cuyos retratos publica .b'l .lltrntlf/ en este número, hicieron concebir esper.mzas de
una ex&lt;·t&gt;lcntc temporada. l'ero esas esperanzas c-0mleozan :i fr111:,trarse. La Ailln ha sido nn insulto {t
Verdi. '\unque, ,\ decir Yertlad, estamos ya un poco
acostumbrado:- á e:stos desacatos artísticos.
Lo cuales, á p&lt;·sar de tnclo. son prcferihlr · ,:'L la
inicua monotonía de la tan&lt;fo.

***

)Jme. Roux y '.\Ir. Grossi se presentaron en el '1\•at J'O
Arbeu, anoche á ejet·ut ar sus experimentos sobre
adivinaci&lt;ln del pensamiento.
Esta &lt;·tase ele espectáculos que producen la sensación ncr\'iosa ele lo mara,·illoso comien1K1n 1í ser entre
nosotros de ¡::-ran atractivo. Xrn; llemn de un golpe
al univeri;c, de lo sobrenatural, y nos obligan :i viajar
por el viejo país de ius fukires, et·izado de e1wamamlentos y ruilagros. ;.Todas las expt'ricndas c¡ne &lt;'stos magos ambulantes dd Cakirismo &lt;Jt:ddental. nos
presentan. son cierta.:' Quizá no. Pan'l'C que en l'l
fondo liay &lt;'hn·e. prci;tidlgitadcín .H'!-Waram111.a. ,1iu, .
con!ormt!mohos con sentir por un m11mento el h;Hito
de la realidad en el aire vklad1, del en¡raiío. l'rirq lH',
como dice la hunw,·ado:
Con tal que yo lo 1·rPa
;.qué importa que lod&lt;'rto no lo sr:t:'

..

* *

Don Matias Romero, un homhre qne l'Onsagr&lt;í toda. su vida y tocias sus energlns al ~ublimr altruismo
de la ratria, acaba de morir en Washington. La nación entera está de luLo. CulJramos, micntrus pm;;~
l'I téretro, con un cresp,ín obS&lt;·uro nut&gt;st rus sueílús. ..
Lt 1~ Cf. ¡ · 1m1X,\.

Domingo 1 = de Enero de 1~99

Domingo 1 ° de Enero de 1899.

JDlitica ~ttttral.

EL MU DO.

3

Artista• de Ja Compañía de Qpere. d~l Nacional.

1898-1899En su ansia inextinguible de ak:rn1,ar la suspirada
meta del ideal, ;tm\ntas veces ·e sienta la h\11,nanic)acl
;í. &lt;·ontemplar el cielo abierto á sus miradas. u nwlrn
la vista hacia atrás. para sondear ent1·e las ~mhms
dt&gt;l pa ado lm, etnpas vencidas por su &lt;·on;,t:mt·rn y !ns
senderos re&lt;"orridos por su anhelo!
.
~fas ¡ay! que rn ~ada recodo del t•awrno, ~n las1.arzas que hordan la na, mira con dolor prE'ndldas l'omo
veJl(,n mrzquino las ilusiones que ay~r ruemn su ~ncanto, ve derribnclo;, por el suelo i;u:; 1dolosell' un cha,
v mezclados halla con &lt;'I polvo de las Pen,rpolis y las
ruinas de Las Ilahilonias, los frag-meut.os del Partencín
y las piedras del Coliseo. Iruplacahle el tiempo en su
obra destructora. nada respeta sn segur impia: polv11
es el Ollmpc1 ele llesiodo, cenl1.a deleznahl&lt;' los dios~s
de Homero. sombra \'ana las lncubradones &lt;le los ti·
lcísofos. miseria las creacione,- de los S.'lhios. y hasta,
los altares de loi- ttifotropos ., las bauderas de los revoludonarios. que in1 t&gt;ntaron la reg:enera('i1ín de las
moelérn.u; s&lt;1derlades, ~·acen sepultados &lt;•n rnenudiL
arena. al h'.lpulso de aspiraciones nuevas y al grito
siempre angustiado de nuevos dolores.
La lucha por la ex:lstencin, Iniciada en las rclaclcs
primitirns por el linaje humano. al lado del oso de
las cavernas y dt.'1 dcrvo glgant-e, ba continuado con
encarnizamiento ;,in igual.
No es va el &lt;·ombate Individual del bo111hre contra
el hombre,&lt;llsputándoscla presa palpitante .V la hembra eodic1ada: es la lucha colectivadepuehl11~ &lt;·ontr:i
pueblos y raza contra ra1.as en feroz e~mt ienda busean&lt;lo el predomio del mundo. dlsc•ut1endo la posesi6n de un palmo de terreno. ambicionando Ju prNlominandu. política j ' la preeminencia mercantil en io..¡
grandes rent ros de rnnsumo. Y en meclfo cleestos&lt;·uudros dantescos que representan uua lnctm que no acaba, entre ayes de dolor y rugidos rle rabia.. e~uimos
pre:.endando, mal &lt;JUe pese á l01&gt;sueños de 1~ p&lt;~tas,
á lm, aspiraciones de los film oros. y Alas pred1eac10m•s
de los apóst{)(es. seguimos presenciand1J 1·on dolor, la
perpetua victoria del míls fuerte.
:,_¡ el perrecciomuniento de las espedri; or¡.nínica. ~l'
efectÍla en el \'asto 1eatro del univers1 pnr nwdio df'la sel&lt;'&lt;'dón natural que hace perecerá los débiles y ,t
los enfermizos. incapa(·cs por ende del perfe&lt;Tinua~
miento Incesante, en el desarrollo de las sociedades
el progreso se alca.ou1. por una especie dt&gt; selecciún SQeial en la qut&gt; sucumben los menos aptc•s para la.~ran
obra de la b11manidacl. C'iego al parecer el destino l'n
su,; inex&lt;"rutables desi¡{nlos. no cuenta los inclh·lrluos
destrozados. ni toma raz(ln de las cabezas rer&lt;"enadas:
mira la obra titánica el('! hombre, y lo guía á tran1;,
de senderosohs&lt;·nros, pero que lo han de conrlucir á ht
posesicín de la verdadera luz.
Cuando se &lt;.'ontempla aisladamente y t-n hnrizontt:
limlt ado la tarea emprendid:t por lasagrupa&lt;•ionc" humanas. t·onstituidas á fuerza de lahor y de sangrr en
las modernas nacionalidades, viendo los cl&lt;'sfallet•imientos de nqu1. las caídas de allá. las angustias clr.
todas parles. tentado se mira uno de treer q111• hay 1111
hado Impío &lt;1ue SE' romplace en el elolor lrnrnano. y al
presidir los destinos de los lwmbres, l,jíloson al'epta;,á
sus ojos las ofrendas de lágrimas y s:rngrt'.
Pre&lt;"isr• es &lt;'Onlemplar &lt;'011 mirada mái; alta y aharl"ar en conjunto á la hun1anidad. para comprendt•r sus
destinos, explil-ar i:.us luchas, entender sus clec•nd&lt;'11cias, abarcar sus angust iasy adi\'inar y t&lt;'ner re en su
granrler.a.

• •*

Triste y sombría amaneclc.'• J;i primera aurora de
18!1&gt;-. :-il•gros nubarrones se amontonaban l'll&lt;'l Extremo OrientP. donde SP han dado cita Lo&lt;l1~~ lns aprt ito.
y las l'fllll'llpiscenclas de las potenl'lascul'IJpeas. Sulws
rlc trmpt·stad eniolrlaban en esos días el delo anwricano, 1\ donde ai;cenclían las llamas del irwPndio en la
insnrre&lt;"ci1ín 1·11bana ."i amena1~1ban romper clt• modo
violrnto las amistosas relaciones entre E,;paiia y los
Estado¡, l'niclo~. Y nube de tMmenta tambiPn s&lt;' h•,.1n1ahan de las azule1s aguas del s:_1graclu :-iilo, dnnelt\
la Gran Bretaila había eom·entrarlo formidahlt•ej1'reito, para rcnmqulstar rn ravor del ,Jeclln•, lm, f{-r11les reglones 1lel Sudan, sujetas ÍL la ohedlenda ele l&lt;1s
fan{ttit•t~,; dt'nises.
All•mauia to111ü posrsíún de la bahía de Klan-('hao
&lt;·on Mis territorios adyacentes; Husia ent r.-, orgullrn,a
á P1wrto Arturo, para dominar todo t&gt;I golfo ch• P&lt;'tcbili y rlesde sus fortalezas y los puestos arnnzadc,s ele
Vladirnst0&lt;·k, ser dneíla dl' la '.\fanchuria; lnglatena, desp11(-s fil' rlisputar ;\ Rusia y al .Japon &lt;.&gt;l predominio subn• l'nrea, entra pacírkauwntt' á \\ey Ila!
Wey para terwr en jaque {L su riral asiátka; F'Í·ancia
adelanta wbre Hainaul, se oxllende en el Tonkin r
Yigila más de 1·er&lt;·a el drama que se dei;ennielYe ei,
el fért 11 valle del Yantsé. Cada ruul de los que s1f
rlh,p11tahan un ,rir(,n de l&lt;'rritorioen t'l Cell'i;te lmpt•rio hn lograrln su ohjeto, y la misma ..ilemania que se
hallaba apartada de esa competencia, ba as1•ntarlo ya
su plalll a ,·ktoriosa y nadie poclrii h,Wt'rla rt•t roe •cl~r.
Tie11qx1 ha c¡lt(• el illlJ&gt;l!rio c!1ino éS co11si•lr,r,1·l11

\.

( J'tu.ilC e L&lt;t /Semww. &gt;)

como fácil botin pam los poderosos de la tierra. Constituido por sedimento;¡seculares, clonde aún se ,·en la.s
estratificaciones de las razas prlnuth·as, ese inmenso
b,winamiento de pueblos, esa agregal'i6n de razas,
mal ligadas por la aut-0ridad superior, está aguardando w1 soplo de ciYllización occidental que lo haga resurgir de ·us sepukros de granito. )fa· ;aJ! como todo progreso bumano, éste babrá ele conquistarse por
el dolor y la v iolencla.
Las e-Jases arist.-Ocráticas, con prerrogativas heredltllrias de origen milenario, mal se a, lcnPn ;\ ren11ndar
sus privilegios de que se veran despn ·eídas note Jo,.
avaureR de la cultura. Las mismas ¡•Jases populares
.hundidas en el borror de su igníJrancla. encenegadas
en el r,mgo ele su miseria, eternamente arrodilladas
en la&lt;; somhras &lt;le lasuperstiri6n y apegadas, romo el
molu;co á s11 concha, al antro obscuro de sus tr,tdiciones, t,ardarán mucho en despertar, y, azuzadas por
sus altivos seilorcs que las explotan y envilecen, lucharán de ·•speradas por quedar e1n la somhra. por
prrmanecer en el fango, por vivir en el ant.ro en c¡ue
siempre han vegetado.
Lii dinastla reinante, soUcitachi alternatintmente
por las ombras que vienen. de su pueblo y la luz (¡IIP
procede de las lnrluencias ext r.rnjen\;,. vacila entre el
temor su pcrstlcioso de disgustar 1í lw, . uyos. el mit!do real de que lo· de tuera le abran los ojos á caiiona1.0s. De esas ,·a.dli\cicmes se apron'Chan la potencias occidentales que quieren prerah'&lt;'&lt;'r sobre el imperio, y á virtud de la intluencla hri11ínlca qne :l las
veces triunfa y de la Influencia nu~s;covita que prernleCl' en &lt;K',u;iones. se traman tragedias en el palacio
imperial de Pekín, desposeyendo al soberano y rlejando la snprema autorldad en manos &lt;le la vieja emperatriz viuda. quien pretende con maquian11kas rntrigas eonjurar la i;uerte del imperio.

r

* **
Afüu j ,u·t,, c.,t! Con voz solemne y sin que nadi(\ se

hava lernntado á contradedrlo, Lord 8ulii;bury ha clechirado '(lle China bn ele &lt;'Ontarse entre las nacione,.,
enrrrnms y caducas, y ,í las que debe adminisl rar.,;p
la extremaunción cl!'I rcpartimlenu1. Tarde 6 temprano vendr.i la desintegración en el Cl'leste Imperio, y
las naciones europeas. que están á la Yera ele ·us despojos, entrarán de lleno en sns vastos t erriturios, lngertanclo á sangre y fuego los frutos d&lt;.&gt;I pr11grrsrJ ()('cidental en el viejo y carcomido tronco de la caduca
civill7~1ción a~!Mlca.
La hora sonar;\ ele galvani1.ar l'Se l'ad:í H'r. transrundh•ndo sm·ia nueva en s11 organismo di ')!regado. ,"6ó la competencia en la poset.uín dt• l&lt;1h dt•-..p11jos pue-

l-.RJT.\. E!-TKJ.'.\!\I.\ l'OLL.\)J.\RDif,

de prolongar la inútil 1·lcla de esa sociedad 'J ue se desmorona cuarteada por los siglos, que se hundir.í al
golpe de la piqueta demoledora del progreso.
Kada podrá detener á lw conquistadores en su tarea. Ni el despertar del imperio del Hol Xaciente entorpecerA sus paso~. IJan ,•isto la temible competcnc•i.\ que ;í la producci1~n europea ba becbo la industria del .Japón, recién ent,mclo al conciert&lt;1 de lrn, pueblos cultos: despertarán ¡tl movimiento moderno las
inm'1men1s trlbns de mongoles, tártaros y mandehúes;
procurarán en&lt;'a11zar en pro"echo propio su pockrosa
actiYidad, aunque sientan despu(os el 1, rro,· 11m11dllo,
viendo alzari;e nuevos mhtlrns de angustia en sus centros productores y nuevas formas de protestll en las
a.-;piraciones sodallsrns.
11
¼

*

Mas si los 111ie,t1J.~ 11riP1tlr&lt;l1,x se han disipado y nu
preocupan por ahora á los estadistas, es porque otro
terror ha naddo con perfile casi apocalípticos: es el
tar&lt;n· y(lnk,c-. engendrarlo á la luz d1•l inet.&gt;ndio ele las
naves espanolas en la había de Ca,itP; :11 relampa¡.,rt1&lt;.•o
de los caiiones de ~ampr;on que aniquilan en d~ Lwras la ll&lt;1ta del heroico Cerwra; A la rnz ele I&gt;l'wrr
que rt&gt;chaza las in:.lnuaciones drl almirante alemán l:'n
las aguas de l'l1anila: y ante la actitud de los &lt;·omisiunado ameri&lt;'anos en. la ('on rereneia de París. lJ 11&lt;'
tirmes en sus demandru, y casi implal'ables en sus :.oli&lt;·itudl"s, c·onYierien en pavesas el imperio eoloni11l
que le quedaba á E.5pafla, desechan toda discusic\u
¡¡ol.Jre deudas (·olonlales, redaman la posesi611 de Puerto Rico. obtienen la oher-,1nía de lt'llipina., y clavan
su pahell6n triunfante en la grnn .Antilla. mientras
puede alentar lihr1• é indep&lt;&gt;ndir•nte la Rep(1bllrn dl'
Cuba.
En un supremo t•srnet'7.0. y para desarmar la immrrecitín antillana. el gobierno español 1·oncerlicí la autonomía: maiiana hace un allo que comcnzc", :\ ruo&lt;'ionar el gabinete a,utonómico, en medio del regocijo
c,ticial de la Haba na. A parte de q11e la medirla era
tardfa y arran('ada por la fuerza, nn r1&gt;sc1IYía m¡\s q llt'
el problema politico y dejaba en plr el problema 1.-&lt;·11nómico. Por eso no pn peri\. Los lm,urrl&gt;C"tos cuhanos reeh:IYJLron la libertad á medias t¡ue. e lesotorl(a•
ba entre los horrores de la gm•rra. como recl1azarun
después el armisticio. porque temfan &lt;¡ue no los mndujera ásu anlll'losupremo: la ahsol11ta independencia.
En tanto los clamores del pueblo americano por la
intern'nctón condujeron al Congreso americano á sus
ramosas resoludones del l!t de Abril, y no aceptando
E.-;pana el abandono de C'uha. la guerra se hizo lne,·i table. Débil. empobrecida. agotada por una doble

guerra colonial en la qul' bahía galititclo t~&gt;das su,.
energías, la monarquía espaiiola tuvo qul• sucumbir
y aceptar 1lnlornsamenl.&lt;' la triste &lt;.·oudici(111 del Yencido. a1·eptando de grado (, por fuena la!&gt; dura!&gt; huposiciones dt:1 reneedor.

***
}las si la clerrota impm1e it 1t;spaii11 la mela lahor&lt;lc
reconstruir toda 1111a patria, para restaflar 1,11 sangre
y cic..1! rizar sn;, heridas, y enjUJ!ltr sus hígrimas; si ll•
corresponde t·once11trar todas sus energía-.. para entrar en una nu(•\'ll era de rPl(eneraeión. donde no
quepan ni )a!-, inil'uas amhkiones de J&gt;,m ( 'arlns. el
pretendiente desahuciado. 111 las utopías reg'ionalis1as que tiendan al separatismo. ni los suefios republkanos que ensangrentar!Hn un suelo ian trabajado;
no es menos clltkll In tarea que se ha impuesto el
vencedor. en medio de llk'i esplendores de sus fáeiles
\'lctoria;,.
Debe procurar c¡ne raiga l'll l 'uba el rocío rc'c·uncl11nte de la paz. para q11p {1 su abrigo int·ube la República Cubana. l&gt;ebe h:wer de Puerto Hko 1111 territor~e fedrr-,1! para que sus habitantes honrados, t rahajadores y pacíficos. no e!'hen de menos it su antigua
metrcípoli, y entren de lleno y sin t ropiPws á la virla
r&lt;'puhlicana. Debl.• hfü•er de Filipinas 11n territnrit,
pr,bpero y feliz.: sofocar lmpadencim,. rt&gt;frenar a.-,piracioneb, i;egnr corruptelas, cer¡•e11;1r aiil'Íª" tradkiones y hacer de lol&gt; heterogé11er,s grupos bumanos c¡n&lt;'
habitan el Archlplrlago 1111 ptll'hlo nnidc,. l'ap:t1. ele recibir mh tarcfe el agua lustral de la &lt;·ultura 111od1!rna, digna de la gran Repi'1hlll'a.
¡Qué alta iwrá entonces i,11 misión'. ;Cuál M' lernntará el partido republicano qut• hoy St' halla en PI poder.
conte t:mdo con hechos lrrefutahlcs las eontradkdones de los dem&lt;icratas qne i;e oponen á la expansi1ín
territorial! s,-.ir. así podní sinc-t·111rse ante el puel.Jlo.
ante el mundo 1· ante la hintorlael(•lrnht-roh·11Jaelo11n
punto IHS gloriosas tradklo11(',,, l)Ul' !el, leJrarcm l'Oll\O
sagrad() testamento los "ºashln¡¡-ton y los .J l'ITL•rM,11,
padres insil{nes de la patria americana.

•

Después de la g-uerra hispano-americana, 41w ha colocado á lrn, Estados Unidos en la 1·1111,goria de las gTandes potenl'ias y los lm puesto e11 l'1tndlci1ín de 1'11nd:1r
un imperio colonial con los despojo~ :del imprrio de
Felipe 11, nada preocupa tanto .í las nal'imws europeas C,(JlllO la marcba inYai,ora dl' hr Oran Uretaíla sobre el continente afri&lt;-ano. La espada veneedor:i de
Kitcbener que fulminó en l&gt;ong-(1),1, rdampaguecí en
nerber y redujo:\ ceni1,as, l'nbe las ruina · de Ondur-

�Domingo 1

EL MU'NDO.

4

° de Enero de l

9ll.

· od'1&lt;1" nure1c.,..,,,
°"•S #,tnd·t factorias :\ su paso. deJ·a guarniciones en los
cp1s
. "
•
•
.
•
.
. d·
puntos estraLflgicos y claYa el pabenón f~ctls en las riberas arnnza ,l!,
del Babr-el-Gbazal r sobre lo muros de l&lt;achoda.
. .
.
x O necesitaba más Inglaterra para provocar un ~on!hcto:. y ro~s1derá11dosc en nombre del Jedive dueiia de todo. los terr1lor10s suJeto .,_la obediencia del sultán ae ,J artím, clechiró á :l\larclland ltwasor de su prop10 territorio y reclamó su r etirada. Francia, que no estaba _prepa;ada para el _co~1flicto en
alegó derechos y prerrogaLh•as: al fin tmo que ceder á las
exige~rim, británicas. guardando para 1mt" tarde sus recl~mac1ones Y apelando, por ante el concierto de las nacitmes, de la solución del problema
egipcio.

MEXICO MODERNO.

Domingo 1 ° de, .'Enero de 1899.
,alma á todos lo_s pueblos de la Lierra. par-d despedir
cllguamente al siglo que acaba-:,· s-.ludar al siglo que
&lt;'Olpieza con todas las pompas de In moderna cultura.
:n ele Diciembre ele 1898.

"ªºº

***

y he aquí que en los momentrn,en qne elC'zar, int;pirado en ideales subllm es ele filantropfa y bumanjdad, pre?jca la paz ~ntrc !ns bo~1~rcs ele buena voluntad. v eon,oca un congreso mternaclon.11 para procuiar un g?neral desarme, ·que alivie á lo:- pueblos del g~ave peso ~on que se miran
agoviados, es precisamente cuando se despiertan, aITeJOS rencores, odlc:.s
o!Yidados y ,iejas ambiclonei;, para poner frenl,e a frente p~ebln~ cont1,L
pueblos r razas contra razas en la pt&gt;rpe tua lucha por la existencia.
En vai111 se anuncian visitas cordiales de sol&gt;ernnos para el dla en q~ie se
reuna en Lóndres el congreso de la paz: la Lempestad ruge en las tm1eblas, el cielo se entoldi~ con negros nubarrcines, y á }ª cárd~na _luz del r~lámpago que rasga el cielo. se ,e entre las sombras a los e¡érc1tos en pié
esperando el toque de rebato.

Como contestando (t ese predominio innsor de I nglater.ra. que fiigue su
marcha imperturbable. en su polltica de aislamiento egmst~, se lla?la de
alianzas. se trata de coaliciones v se pronuncia la palabra ltya cm111ue11tol
cmltra la gran pntencia marftinia. :\lfranse cuarteadu_ras l_Jge;~s en el ,sólido edificio que por más de cuatro lu~r?5 ba constltu1do la Triple
za, y como para compensar ese aparLtm~en1o_ posl~le. de~~~ potencias de
la Europa rentral, háblase_dc oua apro:c~mac11~n leal~ ~•~1tl\a ent:_e Al~mania y !&lt;'rancia que. asocmdas al gran nnpeno nio co~1ta, formanan b,1rrera infranqueable á las ambiciones de Jnglaterra.
,\ h ! Qué hermoso
ella para lu causa de la
ri ,·ilizachín occidental, aquel enqueseol1•idaran las renclllas
del pasado! Qné hermoso dfa aquel en que
Yiilramos juntos al germano y nl fraocils,
apartando la ,•ista de
la sombra de 8edan,
y trabajando de consuno en su propio en-

fi,tn-

C,\I:,.\

DEL Su. ~l' SERIO G \YO!\SO.
en la calle dl! la Me.rhtala.

grandecimiento! De1·uelta á Franela. declar-dda neutral. 6 con
r(,gimen autonómico
bajo la sal rnguardia de
las potendas. la Alsacia Lorena dejaría de
ser la man1.ana de la

mílll r los muros ele Jartím. el poder del
)Talldi y la influencit1 de los dervi!;e.~ en las

ni,tas reglones del Sudán, ha sido también
motivo y O(•asi(m de ·que se rompan las ho. tllidanes cnt re las nos grandes potencia., oecidentales de Europa, que comparten el dominio del ,\ frica septent rlonal.
Un esfonado aventurero francés. el ilustre
t·apihín )íarchand. babia t'mprendido desdl'
las costas de Senegambla un ,·taje atrevido,
á través de couuircas inexploradas. para eneonLrar un puerto ne salida en el Nllu superior. Despu¡ls de peripeelas romántic:i,; :v de

discordia entre dos
grandefi pueblos.
Llegará la ocasión y
acaso no esté muy lrjana en que veamos
juntas á Francia y á
A lemanla, de al't1erdo
primero en asnntús cvlonia les contra Tnglat el'l'a que ámenaza ÍL
Ltldoh. y después en srs
relaciones internacionales que interesan á
la pn1. de Europa.

*

* Noe~'isDía llegan\.
tc ya el Canciller de
1lit•rro, que rund6 sobre sangrientos despojos los t' imientos de In
uuev:i í'rermania; no
existe ya el inflexible
Blsmarck. que quiso
U.\~.\ DEL Su. JUAN.\ .•\UZU)tENDI,
modelar el imperio en
eo la calle di! Sadl C:o.rn,,t.
formas medioeniles, y
- - - - - -- - - - - - - - - - - - resttciLar en nuestros
días la ttgnra se&lt;·ular de Rurha Roja. El jove1J lTohenzollero liene
ah!erto su espíritu á todas las corrientes ele 1c~~ modernos ideales. y
acas?qnep~ en su temperamento de rmm,ntico y sol1adur una aproxímac1/,n hacia los que fueron enemigos de su!&gt; padres. H! Austria ol1·idó 8adowa, y Hnsia olvld6 Sebastopol ¿no poclrfa alguna Yez Fmncia olvidiu· Hedán1
·

C.\S,\ DEL SR. ANGEL SA V ,\LZ.\ , EN KL P .\ SEO DE

L.\ R1',"FURMA.

Para conjurar la tormeuta amenazadora no caben m:í.s que las
nueyas alianzas á las que de seguro contribuirá Nicohís 11. apó11t-0l
ele la paz. La Gran Bret.aiia no puede ,~arlar en su politica y por eso
ac~chala ocasión de vencerá !.&lt;"'rancia su rival. na ,•istodesaparecer
baJo la majesLuosas bófedas de Westminster al insigne Gladstone,
al c-great old man&gt; que le hablaba de concililwi6n con palabras de
apóstol, e n nombre de la libertad, y le anunciaba h\ concordia ,. la
paz con acentos de profeta, en nombre del derecho.
•
En A.frica, en el _remoto Oriente, en la Europa monárqutca yen la
mh,mil tierra amencana, solo Inglaterm aislada&lt;~ apoyada en la pret~ndida alia111,a c_on los Estados Unidos y ,Jap&lt;Ín, puede turbar el concierto de las naciones. ~speremo qtte nuevas y fuertes alianzas log r~u manten~ la paz, y a.'lí podrá el mundo que piensa y que trabaja, cuncurr1r al Jlamamlento á. que lo con \'oca Francia enel gran
cerLaml'n de París, Franela, que, olvidando i;us dolencias iut.eJ'lore.s,

.

DOS AMIGAS.
ACUARELA DE POV.E.Os\ ,

I&gt;osdellclnsas mundanas van al baile. v ntl&lt;•nt ras llega l:~ llora de lncruslRrse en el capitomido t·upr, charlan Junto á la chhnenea y se cuentan ...sas mil r·osas
fútiles y e1wantad111·as que torman la habit mLl cunye_rsaci&lt;ín remenina.
Tal eii el asunto escogido por Pm·eda paru crear
una a1·11arela de grandes dimeuslones, que entendernos es el único trabajo cle ese procecllmien1o artístico qtte nos ha llegado en el contingente E&gt;spaiíol para
nuestra XXllJ Expos1ci1ín Nacional dí' Bellas .\.rteb.
.\ntes de cxprebar nuestra opinión i-,ohre t'Ste cml•dro. l'UJa reprotlucchin bastante liel ofnwemos hov á
nurstros lecü&gt;res, creemos oportuno darles :, co110&lt;.·er
los urfgenes de ltt ACl' A llls'LA y sus peeullaridndei,. pam que se f&lt;n'men una idea exacta de lo lJIII' 1&gt;s ese g1&gt;ncro de pintura, adYirLiendo que los asntos que ha1·emos, fundados en práct.il'a y estudio pen,ona les, t&gt;stfü1 1·1msi1-,ri1ados en to1los los escri tos rlP todos l(is
. ;tutores que sobre la ;wuarela han babiado, de los
cuales 'Plle1ípl1ile Gautler es. á nnestrn j11lti11. t'l qm•
1m•jor In eomprendi6 y el que mejor 111 supo j111,g:ar.

Ci

EL MUNDO.

abstracto con motivo de las el),,.~ muiga&gt;1&gt; ne Poveda, dón, levantándose de una manera Imponente sobre el
rué porque, oomo ya dijimos, es uno de los pocos tra- Hena.
bajos de este género, si no el úuico, que lla venido
Las principales constl'Ucriones del lugar destinado
de Espai'ia, lo que nos extraña sobremanera, pues en al Antiyiw Pnríx i;erán: la Puerta de Rái11t )Ilchel,
ese país se ha cult i ,·ado se cul LJ va mucho la acua- las tabernas de los 1&gt;i,colares, diversas casas reslclenrela. habiendo sido Fortuy uno de los más notables cias agrupadas en derredor de una de las alt,1.s t.orres
acuru·elistas que conocemos.
del Lonvre. la Igl&lt;.'sia de ~alnt .Julien de:s )Tenet riers,
Concretá11rlonos á las «Dos mniy1J..,&gt; de Poyeda. di- el Gran Cllatelet,, la Cámara de cuentns del siglo X VI.
remos que es un buen trabajo, dil(no de tlgurar en el Palacio, et&lt;-. etc.
una galería selecta.
El ..J.ntiyu" Puri" restaura una dr las m,\s cul'iosns
.\ dem,ls del buen dibujo, Uene correcLa pen;pecti- lgleslai:; de los tiempos que fueron: 8fli11f Ju/ir-11 dn
va, justo escalonamiento de los planos y la idea, i .,lfwrlriers, construida el siglo XI 11 en la calle dt•
no trascendental, es bastante oportuna y graciosa.
San Martín por los c-tro,adores, cómicos y maestros
Sólo en,•ontramos pobreza de color, la cual, á n(Jt'.'s- en el arte de trovar. dependiente de la l'iencla y arte
tro juicio, no es atribuible al procedimiento, puc;t,la -de. música. que á la saz/In vMan en esta ciudad de
acuarela puede dar tonos mucho má.c; vigulosos m~ Pat(s.&gt;
llenos de jugo.
En el p&lt;írti!lll de la lglesla estabirn las estal uas de
~an Heneste, cómico romano y mártir, patrón de los
sa1Limba.nquis y de San .J 111ián Hospitalario, paLr6n
de la lglesü\ de 8an ,J 111lán del otro lado del Sena.
Hasta la época d&lt;' la Revolución, la Iglesia de :--an
,J ulián fué propienad y centro de los c6mlcos y cantante!&gt;, clespués de los músicos, dlsput¡indosela por
último dos secciones de la corporaci611: la comunidad
de los músicos y la Academia ele ball&lt;'.
En el pórtico se reunían cómkos. trovadores, danzantes, m1ísicos, etc. y los ,u·listas qué tocaban \10Jín, mandolina, nauta r ot ros instrumentos, venían
;i este lugar pam ofrecer sus ser\'lcios en banquetes,
bodas y tiestas de toda clase.
Para dar á la a11t1gua lglcsh\ su aspecto pintoresco,
sin duda se poblará. su pórtico de ¡{entes vestidas como las que pululaban en los siglos pasados, y será ese
lug:u el predilec•to de los atlcionados :~ Pmndones intensas. exquh,itas y extrañas.

y

r

{J

El c:iñón "Mondragón'' en Francia .

.,.

*

**
Ln :u·uarela propiamente
diclrn. /11
1í11ira. ye,wi;m y limpio es la pintura snhrl' p apel tí t'arl&lt;ín precli-ament&lt;l lllan•co. en la rual se c111p.le,1 colorestm111&lt;Jt"•
r1·11fM di111id11s en agua pum.
F.xt raíiará. sin duda el qne fijemos
qur se ha de pintar sobre 1'011do prerisa111t•ntc 1Jlau1·0, ¡w ro ello si.' cxpli1·i1
por dos razones c·apitales que á nuesrro
morlc, de ,·1.•r conslltu'ten los distint iYos fundamcntall!s dt;I pr1x·edi111lento:
1 ": Los color.&gt;s clc· la ncuarela son
siempre t ram;parentes, nunea p;istosos.
por 11hs1·11 ros e¡ tll' si'an. y sólo pueden
, rlcsprC'ndentlcn-;e 1'11 exat:ta tonalidarl
,, bien diáfanos, l'Uando sc- dan sobre
,rn fondo blaucu: :? ~ En la acuarel;1
• dáska no s? emplra j1m1á.• el blanco,
pues el hlam·o que lll'Cesita lo da el
•del papel mismo en &lt;¡ue estiin t&gt;jecuta-

.,,,,.
,'

':

tfas.
rna (lrurll'I /u ('?) en qnc s z p1me hlanc!i no es ext rictamen te más que una
un 11r¡11m1J, )' este prOtl;'Clillli('nt o si permite usar rondo de cualquier
(•olor y admitl' así llllSlllll la SUpt:l'p0sidón pastosa de rnrias rapas de color.
Hay quien denomina c1ru11rel11,, á ciertos trahajos de 11y1wz1i. lo que es 1111 i1h~urdo. y h:ty quien así denomine á ·ler10 gtinero de uh ras hfbridas. mu 1· dt•
'moda en los Tul ndns Unidos. hel'has
•con ,1yuda de lápk,•s de p11:,1el y del
l'Sfumino :.\' rnn el inrwhle&gt; t'OllC1lrS11
del sopletep11lverizador(l,rod1rrd1 oi,·e).
lo que. ií más d e- 1111 absurdo es llel iher;idamente eng-ai111so.
Bástenos eitar. !'11 apoyo rJc, loanterior. la opini&lt;ín rle )L D~lfrlnze. el
. rminm1e pintor y crít i(·o franrrs: c-~I
. alg-t'm pintor tenwmrio osase agreg-111·
{t (Cls t;illlplcs colores de la anmrela
EL A::'111'101'0
. alguna substandn •í instr11111e11to ex- --------traITos. siquieru si•11 demasiada gom;1
para ngnrir.ar las tonal idades - debl' vitrsele &lt;·on el
mismo clespre,·in &lt;·on que se ,·e al hombre qul' hace
trampas en el juego.
E.l nuclmienl n ele la acuarela se dehl' {t los minint urlstas de l:1 edad nwclia quienrs apliearon &lt;.&gt;I prot'e• dimil·ntn. !:!in sombrear, soht·&lt;' dibujos l1eehns iÍ la
pluma. l'aulattnamem e Yino el perf&lt;'&lt;·cionamlemo y
rs muy difkll recontwrr {t los primeros aenarclistas
cretminos. p11eh alguno~ trabajos qur lwn111s rii-.t 11 1•11
~111se&lt;1s europeos, 110 pueden a tri huirse c11n 1•11 t (•ni
1·ert ew !'lino á artistas c1el 1,iglo X \'JI l. 1ale:-- e111no
)torea u, J,mior. l•'rnwmard )' Tauna,v.En I u~la1err~1.
, {t principios dt&gt; esl e siglo. empez1í realmerHP {t t·ultirnrse la n•rdadera ac·nart•ln. cuantlo i;t• fund1í la famosa Sr,¡;jr!!I ,!f' pni11r1 n, in 1ro'1 r Ml1,11r~. pero ha; c¡m•
adYertir que en11·e lassupm·stas acuarelas &lt;il' l'Sa 1ipo-&lt;'il llny mnehns nynuzr,.,.
'!/0111(('/¡P,

***

SI nos hemos detenido en I ral ar ele la ;1&lt;'m1rela en

l'.\tu~ 1,;N LA EXP()SlCION DE 1000. -L.\ TOl,ESlA DI': SAN JrLIAN.

ATRACTIVOS DE LA EXPOSICION DE 1900.
EL ANTIGUO PAB.IS.
En la orilla derecha del Sena, cerca del Puente de
.\ lma. se lenu11ará sobre una inmensa plarnfomia el
. l 11fiytrti 1'11 ,·l.s. 1·011 sui; torres, sn:s casas I curirn;os
,•dífit'irn, rel:ttaurados de una manera exactá para dar.
lrrnte á lrn; Palados de 11-ucrra y :Harina, PI espel'táeulri di• 1111 pasado plntoreseo y l'a rn ¡\ los ton1 empla•
1 ÍY&lt;t1,.

Ln plataf11r111a que sc-rvlr-~ ele pavimento al . l ,1ti'./1111 l'11d,·. ti&lt;•nt&gt; una supertlcie de ti,000 metro:, t'Ua1lrnd11s. l-iu ni1·cl la pundr;\ :í cubierto de lns l'l'etien-

11•s rlt&gt;l rín y esta precauci6n no i;6h1 es útil sino que
ú la ,·ez con1 ribuiril ií la hellei..a de tan interesante
lug:u·. El .l11li!l1111 /'orí.• tendrá ,•istas manl\'111(,sus
háci;t 111 E.x¡w:-kilín, las 1·rilinas de BlilleYue y ) Ieu-

El gmhado di' la pagma nucYe reprPs(•nt a cl can,ín sistema «~I ondragú11&gt;
cuv&lt;1 e!ern hl1 n•nldo estudiándo.~e de$che· hace oeho aíius. teniendo adjunta la
l'aja ele los proyt•ct ile;;de camis.~ de acero ele q111• se hace ui;o en esta clase de
artillería: así ct11n11 el rscoblllún v- rar;1s que siTl'en para sntranspone i:uanrl11 sp hace lfl tracción enu las a.~émilas
1¡ue sirwn t:uubiliu parn cargarle, y
transportarlo á traYés de las montailas
de nuestro país, en cuyo &lt;'aso se de:;.
compone la pieza y s us montajes en
tres t'argas que se repart.en en ut ras
tantas asémilas.
'roda la cnnstruc&lt;'i(ín del caMn, está
he&lt;'ha del mejor a~ro de las forjas tle
:--ail1CI ('harnond, fábrica donde se cunst ruy{1. De la misma manera su montaje. teniendo ~ste como especia.J!dad,
tambitln tle la invencil'tn del ::-;r. )Iondrag&lt;ín. el freno que se ve en la contera, qu¡• llene por ohjeto volver {L hacer entrar en h:ttalla la pie1.u. desput\s
de llaberst' disparado.
El alcance de esla pieza, que es de
mo11ta11a y adrcm1rla á nuc:. tn• J ais
mouU'l.Oba, es de t'incü mil metro.&lt;;, v el
pe:;o del eaüón no pasa ele 110,:en1a klh'&gt;gramos, In que le hace f:kilment e transportable porlo t·aminosy aspereza:; de la sierra.
La carga del cailtín es ele ciento trelnt a y dos gramos de pólrnra sin humo
r el 1~1l&gt;Co efi met{~lico. El ("aliorc riel
cai\11n e· de setenta r cuatro n1ilímetros y la velocidad inicial del proyectil
es de drn;dentos s etenta v cinco melros
por segundo, t lro rápido:
E) Teniente Coronel Sr. Mundragón,
sallo de rsta capital para Europa en
.J unio 12 del8!li. Los cañones que llevan su nombre y son de su lnvencl6n,
fu eron experlinentados en el polígono
de Saint Chamond, (Francia), rlando
un brillante resultado.

''EL DUELO INTERRUMPIDO''
'V.\t&gt;RO DE ,loSE GARNKLO , \ LDA.

, I&lt;Jn ntagníflt'n ¡2'rnb:tdo t.iradoaparte. ofrecemos hoy
a mwstros abonado::; u1111 repruduccl6n del célebre
l'uadro_ de Jns(&gt; Oarnelo .\ Ida. que rnnstltuye- 111111 de
las nieJores notas de nuestra Es_posición Nacional de
lwllai; .\. rtes.
Es una _t'scena 111La11w11tc clram.1.tlca.1t1spirwla por
nuestra ,nda moderna. En un halle estalló la 11!t-m1a.
y _estallo urn Sl~ngrle111amente quo el cm·ut·nt ro qu(ido pnctadc, ul-1m;1 ante, de modo que cu1intlo lrn, _primeros fulgorns &lt;!el sol naciente besaban cou 1111. pálida las marchitas pompas de los salones en donde

�Oomin;;o 1 ° ch Enerl:'l de 1899.

EL MU:NDO.

6

Viaje del Señor Presidente ole la República á Monterrey.

J¡'OTOGlUFL\8 D.0

D• L A.GRAJSC.a:.
.

Domingo 1 ° de Enero de 1899.

EL MUNDO.

El riaie del Sr. Presidente dB la RBDública

I'enetn\ en los tal1eres el Heiíor Presidente v clei&gt;pués de rcc-0rn•r lcs diferentes clepartawent&lt;;s que
c11nstituyen l:l negoci:Ldcín. relieitó á los_!;ei'iun•s (lp.
rente y JJireet or por lc,s iJuenc,s productos elaborados
en u Fábrka, obteniendo U&lt;' Jo más iutcre,,wtt:,
muestras que llevcí t'onsigo.

A ) IOXTERRRY.
VJSlTA. A. LA. l!'ABH..lCA IHC T,A FAMA
y JIOtrnos DE ,lEl,n"i-i )I.\IU \.

'En los )folinos de .J¡,sús "liaría el ilw,lrc vi. it;111tc
v sus acc,m¡;aDanteh, fueron rec1birlm, -¡,ur el ~r. Ingeniero )J;rnnel G. Bhero. wieruhro dela C'asa Y. Hivero :-,ncl'sores, quíN1 ltizo l11s lwnnres de la casn,
mC1Slra11clo 1n u.aquinaria, Lrahajn.. ensPrrs, matt•rias primas, y todo lo 4uc' crnist i t nyr y u,;a la nego&lt;"lación, así c·omo lcis proclut·tos rtah&lt;¡rarlos c¡ue son,
no cabe duela rlo. ele lo wejor 4m· i.e pn,clut'c en 1ml I t-rla de hariuas. puei, rivallz.an Yentn.jo~amente ton
las (•xtranjeras y es i:sta una ele las más pcqueiias induf.trias que 1 iPne establec-idai. la cmprendeclur:1 c·as,t
Ri,ero f:-,ucesores.

La mru1ana del miércoles ~I del pasaclo salicí d ~r.
Pres1dent.e aromp,lfütdo de numerosa 1·oruit i\a,:í ,·isitar la Fábrica de «La }'ama&gt; y los .\Iulinus de .J CbtÍI-,
María.
En la Jo}fütcii'&gt;n del XaC'io11al Mcxkano tuiuarou un
tren espedal, y ,·elnte minutos de:-;p11tls ll&lt;'g:tron al
lugar de parada frente{¡ la fitb1ic-.a.
El traye&lt;·Lo, torno de quinientos metros, halhíhase
cubierto por niilos de ambos sexob, de 1•sc11el:1s o-fkiales, que for1!1ahan Yalla, sostenieuclo ellai- preciosa.,
bandera,-. trl('olores ypresentanclo ellos armas, el conjunto l'ra lwllo y tierno i&gt;speetitc•ulo. La llegacla &lt;le la tr1mltJva, m:ompaiíatla dclossciiore1, I:ng-eniero )humd
Rivero y Twmís )Icndirkhaga, cu represi&gt;ntaclón ele
las lwnomliles rnsas \'. ltivero Sm•s. y Sm':-;.. rlr llermíndez lwrm:mos1 principales actionist as de esta lll'·
gociacic\n, ful1 recibida por los Hres. .Jrn,P Olivirr y
Comonfmt, Hrrente de la fábriea. y Pablo ::&lt;eg-ana.
Director.
En el primer patlo ele\áhase nn artfst ko nreo formado de p;was ele a]g11d1ín. algodií11 s111•l1 o, hui;11 y demás utensilios.

.\l p,1sar al enmNlor. llam,í,poder&lt;isamt&gt;nte hl atrnción de la i:omitiv11 un 1\g11iJa virn. sujel a á un cstuclo &lt;p11• corn1111ta la puNta de l'ntrnca. La reirm de!
las ,n LS Sl' halla ha l'.!itl las alas ableJ tas, y lns piés li¡rados. ¡.u , h,ta tué m(lt i, o de mm·bas agudczns: mas
:1í111 euando se s11pu la coinridnwia. de que mc,weltto¡; antes rlr po~arse en la quinta, la f:ílJricn no ti•nía
un r11Jje to aprnpiadu que poner sobre el e-seudo.

1,

( '.\RIU) AWW&lt;IIIH'O 1&gt;1~ LA FA.BRIC..t DI~ T1,~1100.;

C.\ llllO .\w,;GQRICO

DE &lt;LA REINERA.&gt;

(',\RIIO ALBGOlUCO DE L.\.cFAURll'.\ DR Jor.H1
O \Sl-:OS.\S.&gt;

El M. Preslde111e propusu,que se.pu. iera al ave· un
anillo de oro, en el pil;, con la fedm irahada, dándole

&lt;L.\ l''.Dr.~.&gt; .(Tmr.AD.A nu:..~ rE .\ L 1':lll~'lc-J;¡ DE L.\. ;ilISM.\..)

AltC'O 1,EVAN1'.\.DO I'Oll LO'- O P&amp;fü\RIOS DE cLA F,DL\,&gt;

momentCls antes Sl' t!ft•c·tualia el sarao, .va los contendientes estaban sobre t•I menguado cm11JJ1&gt; 1ld honor.
espada en mano y listos para /mm· ,m nomlm,.
Mas he ahf que en el momenl(I en que los padrinos
habían dado la roz de Zi.-&lt;lo.~! un carruaje, lanzado á el:icape, aparece entre los daros del follaje y l}ega al sitio en que 1:,e dci:;arrollaba e1 drama. Los_ nvales sorprendidos b:ijan las espadas yel cl~elo sr mt~rrumpe.
IJel e.arruaje descienden doi:; muJeres, atavnulai. aún
con los trajes de la tiesta, y una de ellas, la e.5posa
sin eluda, abraza ;i uno de los contendientes el cual calla mirando hoscamente el suelo, mientras su ad\'C;sarlo, respetando el nobilísimo lmp~1lso de a)llor
que es causa de la interrupción, espera dignamente la
decisión de les padrinos.
Es una obra perfe&lt;•tamenLe sentida y ejecutada.
con m:wstría Lant.o en el conjunto como ea los detalles. El dibujo es minucioso sin amaneramiento, el
colorido real y sobrio, la pen;pectiva y el modelado
bnenos.
Tiene nn prqueiío defecto de composición: el extraordlnarlo parecido físioo de ambos contendientes,
el cual hizo que alguien l)auti1,ara. este cuadro con el
ircínico título de c.lJtiela enlre gemelos,&gt;
Hay que advertir que el cuadro que se encuenLra.
en hL .Academia de , an Carlos es el boceto que trazó
t&gt;l autor para. l:L ejecución del miadro detiniti,o que
se halla en Europa. Posteriormente y antes de enviarlo á Méxlco, el mismo Garnelo de Alda, concluyó el boceto, copiándolo del cuadro deflI.lltivo á que
acabamos de referirnos, el cual fué premiado en Madrid con medalla de segunda clase.

C'A1rno ,\LEGOlllCO m,: LA cC1-:uvi,:n,:R1A ('f'ArnTEMQC.&gt;

-- -..-,,_.. ......•
1

-..

AGt'ILA APRl,!JON.!DA EN LO:.
MOLI.NOS D~:
J i,:sus 1\1Ali1A l,;L DI.\ DE - LA
·'VISlTA DEL
~B. PltESIDENTE.

C.A.11RO ALRGORICO DE LA CASA. cSoRl'RKSA Y PRBUVERA.&gt; 1

F.ABR.ICA DE A..BTEFACTOS DE HIER-tO LAllINADO,

Ü.ARRO DE LA C::rnPA511A )! IN".!J.H &lt;ZARA GOZA.&gt;

�;.

Domingo 1

EL MUXDO.

después libertad; opinión que fu~ accgida eon acla10at'.iones.
rna wz terminada la rápl&lt;la YlsH.a á la fü1ca. la
('(ltnitirn presidencial ocupó de nuno sn carro, en
uni6a del ~r. ni 1·ero, pasando por un ingenioso puen1e formado por sacos de harina qne se Ie,·antó cert'a
cll· la , la férrea.
CARROS ALEGORJCOS.

lmpo11e11te y grandiosa fué la procesl&lt;Ín Industrial
que rel'l1rri1~ 11s calles de )Tonterrey la noche del jnt-ves :!:! del pas ido Díclcmbrc. para manifestar al :--r.
Presidente el respeto, la admiradi'tn y el agradcrimiento de las cliversas empresal&gt; de aquella ciudacl.
Formaban In pro&lt;'eslón velntldos carros aleg,~rito~.
tle los ,·uales nparect&gt;n los que pudieron wmarse fotognítil•11mente.
Or¡rmtizúse la procei,;ión, empezando el ,kstile en la
calle del llospllal hacia el ~ur. hasta la l'laz11 de Ilrg-olladn, pasando frente á la casa del Hur.lt'rnador.

aloj:1111ientn del ~r. Presidente, pura seguir despn(,s

por lm, t'alll's ele Hidalgo, Zarago1.a. Hoctor )ficr .v
Hoble, ~- disolverse en la l'laza del Colegio C'ivil.
Totlos los balcones de hL~ c,\llcs del l ráru;i to fueron
ocupadris por infi11idad de espectad&lt;Tes, y alguno.'&gt;
dí' t•stos tu\'ierfln que pagar prel'ios Pleradfsímos por
las toralidarl\'S.
Atlemás del ahnnhrado dt• g:asc Jina y gas acetileno
que l11•1aban los earros. una multitud de indlvidnns
marcharon C{)n antorchas y luces de Beng"ala danrlo Íl
la 1•scena un aspecto fantást lt'o.

°

de Enero de 1899

Domingo 1 e de :Enero de 18911.

EL GR,\X H.lILE EY ET, CA.SI.NO.
Ln facbadlt del i;nnt uoso edificio brlll.ahn con su extraordinaria lluminacMn. Ei,;turn formada éle mult 1l ud de lúmpnra~ inrandecE&gt;ntr., que en artfsli&lt;'a comhlnadc\n rcprrsPntaha capri&lt;-hcsas figura¡; ele! mejor
gusto.
.\ lo largu del w1-;tílmlo, dos hileras de csbrltas cnlumnm, de mím110! negro sobre las que, en rlt•gantes
t i,stm, rle porcr•lana. lncían con rnriado mat.izplantas
y llorc11 exMicas. Complet.aba este armonioso conjunto, 11n:1 ))1h"ed,\ de raso colur de roba, artíst lcamcnte
plegado.
Los mm•oi,; lucían, de Lrecho en t..tel'ho. Plegantesespejos hisPladus cuyo el l-erso cristal encuadraban lujrn,ns mareos.
El aspecto del patio infPrim·. era prorligimm. C':uh1
una rle Ju.-- l'lnco dh·isiones &lt;¡ue formah;111 ri;e patio M'

componía de una !Prit• de elegantes column1\s. plnuidns 111 ,\lec,. en que el color uro viejo que élominaha.
producía t&gt;I &lt;.-freto &lt;le un11 d • rsus snntuc,sos templosd,•
st•verm, naves.
El piso Pstaba n1bierlo dealfornbrasclcrolores. rojo
~- a1.11J. que fnnnahan agradable contraste con lrn,
aclornos de gm,a que unen los capileh!s ne las rolumnns.
l&lt;~I resto rlt'I a&lt;lornrl t·unsist fa en graudt•s wlll·•tcnes. esJk•Jns y lihores. distribuidos 1·n:1 g-nslo ~• ('..11!,1:ados &lt;:on art.c.
A la parte iz,¡uier&lt;la clel rorrJclrir estah,l el sal,ín del

\' RSTl.KULO D~;L Ci\lSTNU.

\"L'-T.\

r

S.\LON t'ONSTIU'IDO ESPECI \L11ENTF: P.\U \ EL

nur.r,:

01t.\N K\L(IN DI•: H.\JU;.

l'ltES!llE:\"("IAL,

Es uno do los &lt;:Pnt ros de sociedad m,ís simpátil'os
y aleg-res. No s6io da las flei,ta.s peri6cllcas que el i·cglamento previe,w, sino que ron pretextos mil , inge-

lahor ~- no las disipan inúLllmcnte, para ganar hirn
el temprano reposo; por la noche nadie piensa smo
en dil'ertlrse, respirar el aire libre y espaciar el es-

niosamente bus::aclo¡.¡ y apn,1·C'chados en conciencia
por los j6n•nes. menudean lmilc y reuniones. e.xi raordlnarios. Y con frecuencia improvis:rn t~r1 nfü111 que
no obstante ·er preparada;, en merlia hora, resultan
magnilkas por el número rle concurrentes y el t&gt;ntusiasmo de todos ellos.
La sociedad de ~fonterrey es de las más alegres y
dispuestas á dh·ertirse. );o la ahC'rroja ese sentimiento levítico y triste que hace de las ciudades ele prnvincia, conventos Jc\hregos desde que suena en las
1glesias el toque de oración. El tlima e.Hielo favorece
la Yida bulliciosa que sale en 1 ropel de las casas y
los talleres para ei;parcin,e en los piu·ques y ala-

píritu.
Los que se qul'dan en casa no busc.tn los rincones
obscurns: abren puertas y 1·e11ta11as, llace11 sonar los
pianos, reciben Yisit as.
Los miembros del Casino dan :\ su cent ro sncial el
carácter q11e piden ]¡11-; condiciones éle clima de la capital neolconesa r como el edll'icio est{1 situado cerca
de la Plaza Principal. Jugar á donde l:Oncurren dos
n•ces por semana las rauülias reglomontanas, han
conseguido que el Casino no sea c-omo lo son casi l,lJdos lo· cstablcclm:ientos de su clru;e, un centro para
hombres, y sólo para hombres, fuera de las noellcs de
reunión. De esta costumbre que tienen las dama~-de
concurrir al Casino, nace la extraordinaria facilidad
con que i,;e imprnvisan (ie tas y tcrtul ias r conciertos.
El elemento extl""&lt;1nje-ro ha hecho una transfusión

medai;.

Durante el día tooo es trabajo. trabajo absorbente

banquete. Lo:s muros rle 1•i;lt's ,~uhiertos di&gt;
espejos. ;1ltPrnaban ron haces rle handeras de
1o&lt;fas lai-; nal'ionei,, formanrlo 11n conjunto
agrarlahle. ('lnco ftK'rn; de rolor y den inrandescrnt.es derramaron ~u luz en estu aposento, que part'1·ía iluminado,¡ yi11,·111i.
[lal)fa nos mesas d1• honor. arreglmlas
para dit!cinuev~ l'uhiertos, formando dc,:;ín¡nilos recto.-;. unidos: lu g-eneral se extt&gt;nliía en lí11ea reeta. Otras mesltas mo1·ihlP:-. s" rol&lt;waron Pll t&gt;I patiu descrito,
no basLando el :-.alón mmerlor paraaloj:ir
al g-ran 111'111wro rle hwiladns que emwurril'ron.

La esealcra t¡llc á amhos lados s!' en('ont raha. dt&gt;jaba c·orrer cnt.re los claros del follaj1•,
cspléndilias rasi.·adi1s. Sallaha Pl agua entr(•
1·aprichosas y hlancas est ,llnct itas y en rompit-ntes &lt;le espuuut tafa en reriplentrs rodeados de fresc{1 hPno y hlanc:as rosas, rel\ejan-

d,, u na espléndida combin;w.icín de

luces.

La plantn alta m1taba rormacfa por un gran
pal in clP hermosísimo aspecto. El rnnjunt&lt;l
en su decorarlo er:\ de estilo Luii. XY. Ilav
una serie de rolm1m:L'i de orden jt\nico, &lt;l°e
llriraclas rnlutas. De ellas arranca un númrro igual rlE' regias arcos. Brmaban en lm;
1·11plteles cenlenares de lámparas Edlsson.
fnrmanclo óvalos. en tanto que los areos ostentaban magn!ficoscortinajes de rm;o amarillo paja, orlarlos de oro y bambalinas verclP nilo y rosn.
En la uni6n de los arcos, rlE'gantC'S eseu(los artJsticamente combinados t·on palmas
1•oi;¡11fas.

El techo fuP rubterto v nhoYedado ron
rresponcs de g:asa, l11elendo entre ésta, ant·hns rr1injas amarillo. azul y rosa; complctalia el sobcrl,io ronj1111¡ o la gran arana. del
t·ent ro, de &lt;!onde pe,tidfan esreras esmalt.aclas. y guirnaldas epyos rolore ltlcfan enlrP
lo» innnmemlfl s focos in~ndescentes.
La alfombra ora rqja y ai.uTStep. Es la
ESCALERA DE UOXOR DEL t'.\~I ~ &gt;.

-

que usa t:I C.'llsinu para los halles, .I' tamhlen
t·n sus s:1lones de rrcepción. Estos, en nú111ern tle trt's, ('l-itaban sr-parados del cuntro;
lns later-.llcs. por t.encilrlos arcos. Su rlel'.Oraclu era de un lujo espléndido. Lns puerlns
tenían t&gt;l('gantes cortinaJes ele lino peluche
rojo y oro Yicjo, i:omhlnudm, con verde y rosa. En el l.11terior ludan magníHcas lunas
Yrllt&gt;t·iana.~. ,;st osos tapices y stml Uli!&gt;O y
rit'o mobiliario. Resaltahan lus sillones. en
gran u(imero. 1·(m su blando acojinado de
l'fljll

EXTERIOtt DEL ( '.\&lt;;INO DE )JoNTEH111i:Y.

~mo es el de las gentes que cuentan sus horas de

muy f:n·orable ni progreso de los lláhitos de socinhili
dad. Gna sociedad cunsmopolita corno la de :'llontt~
rrey. es por naturaleza abierta y liberal con los no
aYecim1dos en la poblacl6n. y cotuo la gran masa ele
negocios de Lodo orden atra,e diarhnuente forastPros
ú aquella ciudad. PI resultado es que todos encantados con la ae&lt;igida carii1osa que rccihcn, traban estrecha relaciones con lo.~ h,1bitantes , forman un elemeuto. más bien dispuesto á darle brillo y moYitnlento á. la Yida de salón.
Las personas distinguidas de )[onterre~, Ylven diaramente en con lacto con el mundo. pues han Yiajado, w utbas ele ellas recibieron su educación en el extranjero y todas procuran pura el lugar de su residencia ese
m ov lmient.o. esa transwma.eirtrr rápi&lt;fa que caracte-

riza .t ros países aYam.ados y cultos. -Xo hacen, pues,
derivar sus costumbres del sólo impuhm de la trudicián. sino que auxiUados por los 1esidentes extranjcrns, las ponen en consonancia eou la ép&lt;lf'a,

ft&gt;lpll.

el Cl'Ol ro del salón se wla un cuadro
con rl 1·etrato del ~eñor Ge!leral Dlaz. al que
formaha warco un gTan pahellón de raso.
Lu~ otros departamentos eran tarnblen muy
1&lt;:11

elegantt•s. La i-;ala, rlestinada pnra la tollett t&gt; de las sciioras. era espl¡,lndida. El grande
y lujoso locaclor S" extendfa ocupando todo
un crn,;tado v alcanzaba al techo. Era de caoha con moldtu·as artísLicamente talladus. El
resto rle la sala cstatm dividido 1&gt;n tres compart.i111ie11t.os, por medio demagnHicrn; espejos vt&gt;11Pclanos.
El sallín- tncador estaba co1111111icado con

,,¡ que sirve de J!Uarclarropa. ~o tenia éste
más que una elegante eslanteria, ele caoba,
luciendo en los cajo11es y puerteclllas, artfalieos I alladns.
A1 ~eilor Presldentt&gt; v su ~Unlstros se les
cli&gt;stinaron dos saloncli.os amueblados con
al{rable HHPridad y exqulslto gusto.
Otro saltí11 más ampllo se desl in(S ,í. los cal1all1.:roi,. par,1 rkseanso. Se veía en éste un
gigantes1'.t) espt'jo que cubl'ía todo el ronde,,
llegmulo llasla el terllo.
1 amhi(tn,

Por (iltimo, mP1wlonaremo:,; el departamento de guardarrripa de~caballeros. Tan
bien arreglado t·nmn los otros apo¡,entos; tan
bien &lt;llspuesto como ello' r tan bien decorarlo l'tmLrihuye á sentar más la fama y repa-tación &lt;le que e011 just ici:i goza el aristocn'l.tico Casino de ~Ionterrey.

EL C.l"S°ON MOXDR.lGO:N EN FRAXCLl. ( Vea.se el texto. )

�EL

10

Domingo l

innmo.

de Enero de 1899.

O

Domingo 1° de Enero de 1899.

NOEL..

Tristezas de año nuevo
UN INESPERADO.
El bullicio urbano llegaba basta mi retiro de con-

'"º !esciente. Cohetes de colores lanzahan su puñado de

,1balorios fugitivos en fa noche; gritos y cantos y exclamaciones en la calle se de1&gt;Lacaban del sordo rum&lt;&gt;r
de los pealone .
.Allá, ,,1drieras ilumjnadas (~ yio,·,w por las bujías de
Jos candiles; allií el triángulo de lucecllla de un 1í rúol
11e J.'cLL•idad nuevamente encendido; en el aire frlo de
la no('be, como roto collar de notas, un fragmento de
rnls triste y como respondiendo al canto ele un gallo
deslumbraclo por la luna; súbito y jubiloso sonar de
pitos, panderos y coros, en un patio populoso.
Y yo enfermo J t,ristc esperando al aílo nuevo, ese
infante salido de las decrépitas manos (le Saturno, como quien espera la llegada del emis:,rio portallor de
malas nuerns.

)lis u migos en sus hogares, al calor de la familia.
mis parientes en lejano terruño. mis ,·ecinos huyendo
del domicilio Yetusto, el mendigo ausrnte de su puerta favorita, ni uno tí quien presentar la l'Opa llena de
vlno }. coronada de asroclelos para co11jurar las desdichas por temer, 1m'ís bien que para inYooar lm, fellcidadei; por venir.
Y miraba al campo de lo. cielos, inmutable y nunca
mou6tuno en la procesh\n de antorcl1a · de los astros
rn negro (·irc·o
. . á lo cielos espléndidos como
nunca, iluminarlos por una luna r&lt;'Splandeciente, bla11&lt;'.t y velada Beatriz. discurriendo por 1111 jardín de
tánclidas awcenas; ¡~ los cielos tranquilos cuya suprema indiferencia contrastabaccm la a~Hac-lóo tcrrestl"e
ele In:- q11e miden la Yicla por a_ilos bajo la mirada de
un poh·l• &lt;lt&gt; Yía !actea que cuenta su infancla por
mlllone,; de siglos.
Y pfü;eme ñ lt•er ,·lcjai: canas y ,l. c·onternplar viejos n•tratos. ~- á exJrnmarYiejas rlores, reliquia.,; todas
de riejo:, amoríos: como quien recoje las hojarast·a de un arhol ecul,tr. para le&lt;•r en cada tallo y en
rada marchita c•m·uhl un epi ·odio de fa última primavera.
Pero hl viña puede medirse por años? ,.:el río de la
vidu puede c•stinrnrse con ll•s kilt'm1etrusdel geógrafo?
;,el hil&lt;, rle la ,·ida se grachía como la cur1·da de un
,.,.¡1o1 ;,la radena de la vida es ele eslabones simHricw,?
Cmín viejo era en aquellos instantPs, en plenajuven111&lt;1 anat,ímica á semejanza del boyero dl• la l&lt;-yenda
;'1 quien los dioses computaban su exislenria m.ís que
por la duraC'ión por la intensidad dt&gt; sns ·cnsacloues,
resultando decrépito al cumplir aper1as los quince
ai1os con un solo amor griego sobre la conciencia.
Y me sentía tanto más wlo cuanto m1\s cansado. y
,olvla mi pensamiento,\ ot,ros soliuu·ios en esa noche
de efusiones, de plegarias, de vaticinios y de ternuras.
Pens-,ha en el vigía, que en lo nlto del mástil esplora la negrura de los mares , ofiando con los placeres de
la orilla: en el galeote que cuenta con Jo dedos el

año menos para reconquista,1· su libertael, ya. inepto
para clistrutarla porqu~ e.ncaneció en el presidio; en el
rraile para quien lo· tlempos son urilim bre sutil que
el soplo de la muerte rompe como tela de amiia Y hL
clep idra mundana muy pequeña para medir la pel'petua bienandanza ó la condtnaciún eter1ia; en el centinela transido de frío, .'i solas con su arma y á. solas
ccm sus remembrtt111..as; en el médico atento á la agc,nía de un incurable: en el loco iusomne que rumia el
ritornelo de su obse!ó;lcín; en el hijo pr6digo que siente vlboras en el alma v llanto en los ojos; en el
viandante que se extravía en la selva ouscura: en el
desterrado que fallece de nostalgia; en el prófugo cuy-a pena mayor es no poder reciLarcomo mel6dicoYerbo. el nomlJre de la madre, del liermano, de la amada,
y p&lt;&gt;nsaba en mí mismo. atenido á loo cuidados mercenarios de una sirviente que tenía nieto:,.
tiobre la mesa había flores, golosinas, copas y rino ...... tres hujías encendidas.. . . . humeaba el
tl1il . . . . y i;obre el phtto la eX&lt;'llbét de mis l nvit ados.
Y yo que babía pensado un brindis! Yo que iba i't
decirles que en esa noche la Fortuna era 1·ortesana t,rn
deseada y tan solicitada que no podfa complacerá todos; que Dios debía reir allá en lo alto de las brazarlas de espenu1zas rle los buenos galeotes ele la tierra;
de los cantos triunfah:s dr esta ci·gástula de dolores
lJUe se llama el mundo¡ de tanta promesas corno se
hacen l'Opa en mano cuando quiz1í, imisible, detr1ís
del orador. taclluma ,. fría, la muerte se sacude el
manto negro que ~alpic6 el champaña.
Iba á decirles que brindáramos siquiera por nna
tregua.
!&gt;e la calle ascendi6 uu lamento largo, eomo el quej ido de un redén naddo.. . . . un grito doloroso y
pat~tico como de alguien que pide auxilio 1í implora
el s&lt;x·orro de una madre .....
}Ie asomé: tiritando (le frío, mirando íi mis ventnnais como un mendigo en espera de limosn.is, un gato
maullaba Inconsolable ..... .
-Entra.amigo mío, y súbito enternecimiento me hizo abrirle, lhunarlo, como si fuese un peregrino e11 busL'a de hospedaje. Entra, no temas, ¡y cuán flaco y
enft&gt;tmo Yic:nes~ Entrn, no tengas recelo, soy un amigo de los gatos. )fe eSC'onder¡; para que pases: eres un
gato de la plebe: cómo te extrafüm las alfombras. y
el pcrfmne de las rosas desbordando de los ,·aso de arcilla; y la luz intensa; y los cortinajes discretos; y el
ambiente tlbio hecho para la amorosa intimidad. ¡ Pobre enfermo, vienes cubierto de fango, y herido, y
agresi,·u como todos los hambrientos!
Sube á la mesa )' toma lo que gustes: qui1.á prefieras la carne ordinaria, ó el gigote plebeyo y no te
¡;eduzcan los pistaches enrneltos en azúcar ürlstalizaela: ese jamcín color de mlrto: esos blondo¡¡ pasteles de
dorada costra; esa ga laotina irónicamente recamada
de arabescos de g-rasa y pompones de seda; esas frutas
briJl:mt.es como barnizada11 con la1.:a; esas g-elaUnas trémulas y diáfana:;: cnme, eres mi amigo de esta noche.
El auJma l. pl'imero. quiso huir)' no lo 1r,mt1uili?..aJ'on mh, caricias. ·e refugió olfateando en el anaquel
de una librería. saltó sobre un yeso, se paseó por el
marco de ltll retrato de familia y por fin atmído por
el /11,111-t de un pastt&gt;l de pollo, con todo el slbarit ismo
de la raza la emprendió contra un alón que &lt;'011 mil
preparativos y entrecerrando los ojos engulló lentamente.
l lesputls eligió lo que ;1 bien i.uvo sin que yo osara
ni mirarlo de frentc.-el gatu e. tan hipereste~iable
que .,irnfr una mirada-conform¡índome t·on seguir sn
cena reflejacl:t en ltll espejo.
~unca me he :;entido tan caritativo. ni he palpa&lt;lo
la roluptuo. lelad moral rlé una buena acción como en
aquellos inst,U1tes.
He ahí que su,-, hermoi;os ojostintilar, como amatistas, que sus miembros se rlesentumcce11: que su cola
contenta asume la curbatura de un cuello de cisne. de
una asa de ánfora, cte una rama de lita, de un cayado
episcopal 1í se balancea á diestra y siniestra l'omo el
dedo velludo de un monstmoso troglodita cliciendo ;no!
Em10rvó la espina comu una giba de camello, hin1·6 las uñas en el mantel, se lami6 la nulz y loco de
comento y denibando copas, se pusú á. jugar «l a~t.~i1w./o rPjiim,do con una nuez rle Castilla.
;.Por qué á la vista de aquél dichoso, jnfel!z hacfa

un cuarto de hora, ante aquel ~-aUejero qne se rne
antojaba. \'estido ele uegro pelaJe, un poeta robre;
por qué al ver so facilidad de olvido, su adnurabll'
adaptación al medio y al momento presentes. una~&gt;ca nada de clarivirlenc~ias me blzo en&lt;·outru en su Jllbllo tantas explicaciones y pareci?os? .
,
Lo llamé y l'ino pos:\nrlose en m1. rodillas, pasanrl~me como m1 pinrel, su cola por la fa1,: soné una caJa
ele música y n!!'uzó el oído: Je acerqué una rosa y huye\ disgustad; :.acudí ios prismas del cm1delabro y
engrif() las garras: le most,ré una bom boner¡¡ de t·oral en forma de cápsula y la bite rodar por el tapíz y
se lnnz!Í tras ellll con la curiosidad remenina de su
raza.
lgual .í la mujer, Idéntico á la Forruna,_deslumhrncfoporlo, brillazones y prefiriendo al plat1ll&lt;1suculento la naderill c111inial'ia.
Yalienle año nuevo ¡¡quel, v alegre, porque me sentía alegre en compañía de Ull irracional tan c6mi~o y
serio á la par que be me antojaba la metempsico,m,de
algun filósofo ó la materialización de un espíritu de
buen llurnor dolido de mi soledad ...... !
C1ímo el volupt.oso salU&gt; al CHjón abierto del bufe.te
y haraj6 las amorosas carlas, cómo retozó ron los listones y se Crot6 las narlC{'S en los bucles de cabello
blondo' y perfumado con ambar g:r_i~, de mi no"i:t;
c6mo destrozó las ílore. set·as y parec10 m teresarle, ma,:;
e¡ ue nada, un pailuelo de baile que arrugó y dejó w,lar
como un harapo.
Y cant,;arlo al fü,, arrellenóse en un cojín muelle ) lo
oí ronronear, y dormitó cerrando desconfiado un . ·o](,
ojo.
.
.
.\ 1 diablo mis mclancolias y mis aranes: aquel s1bari I a era un emblema de la Fortuna, del Aeaso. ele la
mella. ele todas esafi fugitivas que suelen Jla1m11· á la
puerta tiritando de frío y hambri_entas; ele las 14ue
buscan, ií quien espera otra compañrn: de lasqn~ ~osahen ele&amp;irentre el uniso burdo y la trufa patr1l'rn, de
las que0 se rleslumhran con la l&gt;ujerfa brillantl' y 1111ren del aroma ducal de la rosa; ele las que rompen
~artas y huellan paiiuelos de batista.
A.l diablo mis melancolías ;,no es wr1hld gato negro:' .\ lll salud .•\.1 diablo mis tristezas en u_na nol'he . la íiltimadel ,Liio en cuyns dos horaspostmnera~
he apre11dldo más que t'n los meses restante·.
ll e aprendido que la Fortllna escmnoese clur111lente, y que bien puede brindarse {i solas teniendo pot·
anfitrión tí un Irracional.
•
- .\ tu salud, amigo mío, á quien adopto y á c¡uicn
por la ('olor llami\ré «Dumas padr~&gt; y por el slmhól11·n siguiticndo « El . \ca:;11,&gt; neur6t,1co senor () lit' gohierna á los humanos.

11

EL :MU.NDO.

Cada pueblo, cada :raza y cada época tienen sus conmemoraciones especiales, sus fiestas propias, sus regocijos peculiares: Grecia, el Gimnasio y el Teatro;
Roma, el Circo y el l•'estin; la Edad .Media, el Torneo
y la Procesión; Espal1a, la corrida de toros; Francia.
el café y los salones. En el uno, las festilh•idades
son cívicas, en el otro, religiosas, en el otro, sociales;
pero hay una conmemoración, bay una fiesta universal, tradicional. que t.-O&lt;los los hombres celebran, c¡ue
todos los pueblos p:ractican: el ffo del ailo y el nacimiento de su sucesor.
l&lt;'iesta de ilusión y de esperanza . . •ral parece al hombre que con el afio que se Yá, huyen todos los dolores,
se disipan todos los desengaiios; que con él quedan sepultadas todas las miserias y todos los desencanto ; y
tal le parece que coa el año que viene renacer{m todas la. esperanzas, acudirán en tropel todas las dichas,
i;e realizarán todos los ensueños. J.'Milmente se admite que con el año de ayer queda cerrada la Caja de
Pandol".i y qne con el aiio de lloy se derraman!. sobre
nuestrns cabeí'd'ls el C'11erno de la Abundancia. En el
sudario del ailu que muere creemos dejar sepultadas
pal"J siempre todas nuei;tras amarguras, y registramos ávidamente la cuna del ai1o qne nace seguros de
encontrar en ella todo' los dones v todas las satisfacciones de la existen&lt;'ia.
·
Esta ilusión y esta esperanza celebramos con las
más ardientes expansiones, con las ternm·as 1m\ exquisitas. rodeados de todos los seres á qnienes amamu y á quienes asociamos y creemos participantes de
nuestra futura felicidad. La, ida era. ayer aím, un nudo gordiano, apretado, inestricable. en que se enmamñabno los ímluos problemas del ínte1·és, del porvenir, de la ambici6n no satisfecha. ele la ilusión no realizada; todo el año anterior, toda la ,ida fa babi11mos
pasado cnredánclolo por querer desatarlo. a·pretándolo por querer aflojarlo, mezclando~en sus ensortijadas
cocas nuevos hilos que las complican sin en&lt;'ontrar el
de , \ riadna que ha de orientarnos en el laberinto y
conducirnos á la l:l:llidit tranca, á las M&gt;luciom:s honorable,. á los desenlaces trilmfales; y el nudo, como una
madeja de interrogacicme sin respuesta, resiste, se
obstina, y no logramns desatarlú. Pero llega el ailo
nuevo y juzgamos que porqlle un instante del tiempo
1:1e ha d lsi pado. que porque un astro h,L pasado por un
punto ilusorio de una línea in1aginaría, el nudo queda
dese&lt;"ho y ovillado y que ya podremos seguros y tranquilos desenvolver el hilo de la existencia y seguirlo
hasta el cabo sin tropiezos, sin esfuerzos, sin contratiempos como quien navega en mrtr tranquila con el
faw ú la vista.
Por eso los regocijos de año nue\'O son universales
y seculares, como sou uníversales y seculares la ilusión y la esperanza y todos los pueblos los celebran y

conmemoran según su índole y RU t~mperamento, pero sin dejar ninguno de detenerse en ese Instante crítico y entonar un himno de bien venida, nna plegarla propiciatoria ú un hurra entuslastit al afio que
nace.
En los países tropicale . de cielo azul y asu·os cintilantes, de brisas tibias y perfumadas, los fes1ejos
son públicos y exteriores. Y enecia hac~ deslizar por
sus mágicos canales las teorías de sus góndolas, resonantes de m't'1slcas y cantos; en Xá.poles cireulan
por las calle grupos de poderoso cantores, bulliciosos,
alegres, festivos, ebrios de ,inos generosos y de ei.peranzru; locas; en Roma se abren de par en par la~ puertas de los templos, resuenan bnjosus b6Yedas los acordes plenos, prolongados y místicos ele los órganos;
voces di! mujeres y \'OCCS de niños, Yoces de :'ingeles,
entonan cantos escritos en el cielo; en Provenza SI! desenvuelven, en las arenas de los anLiguos circos romanos, las serpentinas ondulacionml de las tarándolas
que, al son del pífano y del tamboril, se anudan, se
desacen, serpean y giran como anillos ele ,1stosa culebra; e11 las plazas públicas se organizan bailes, bajo
los balcones se Improvisan serenatas; lo:, astros chispean como ascuas. las brisas zumban r&lt;&gt;mo insectos,
y la tuna desde el rielo soíll'lé inínica ante tani.a alegría que ba de converUrse despurs en dolor y alumbra, escéptica. tanto entusiasmo que ha de cleseulazarse mañana con gemidos y h\grlmas.
Pero son los países fríos, los pueblos del .Xortc, las
regiones inclementes, de cierzos helados y de brisas
cortantes, los que han dado carácter especial y tipo
peculiar á la conmemoración de ano nuevo. Para ellos
es una fie ta del hogar, de la familia. consagrada Ala
mujer, que es el S&lt;&gt;. t~n. y al nifio, que es el enC'anto
de la vida del hombre.
El cielo está nebuloso y obscuro: no luce t10 astro
en el Hrmamento; la ltmi,, aterlda, se t•nvuclYe como
en armiño. en densos nubarrones que ab. orben su claridad: los copol&gt; de nieve, blancas y pesaclas maripo•
sas, revolotean en el espano; un soplo helado se desprende del polo. y arrasa y f11st iga; los 1'trboles. esqueletos em'Ueltos cu sudarios. tienden !lllS ramas deshojadas como miembr1,,, momificados. .\fuera relmm la
soledttd y el silencio; nadie discurre pur calles ni plazas: todo el muudo st• encierra, busca el animo del
bogru·. el calor hienhel'hor de la familia. La fesli ,;.
dad desarrolla sus pompa:, entre cu:n ro paredes, (~
puerta cerrada. 1-,iu n11ís compaiíía que la familia y los
íntimos; mas no por eso es menos expansint. ni menos
bulliciosa, 11i menos brillante.
En el hogar arele un fuego c-hlspe8nte y amoroso;
el fuego, robado por Prometeo á los Dioses, el domador dt! la NaLuraleza. la alegría y la fuerza del hombre; ea el centro del salón, que pes:1dos cortinajes tapizan y muebles confol'tables y serio deccmm, el ,ir.
bol, como una áscua de oro, resplandeciente oon sus
mil luces. de cuyas ramas penden como frutos madu-

ros, las chucherías afiligranada , los juguetes vistot,0S, los encintados paquetes de apetitosas golosinas.
Luego, la mesa del restin, sunrnosa, con su vajilla de
porcelana antigua, su cristalería, fina como un ene.aje y retiplandecient,e como una joya¡ la hlanqUÍblma.
mantelería; el cubierto de plata cincelada; los pesados candelab1·os que eleY,lll en sus brazos eontorneados las bujías coronadas de luz.
En un momento dado se abren la puertas y la turba
bulliciosa de los ni11os. blancos. rubios. resplandecientes de limpieza, &lt;1e salud y ele Yida, se predpita. gritando y cantando al árbol. EJ jefe ele ln casa. ofkia de
pontifical: ese hombre venerable que ha vivido y sufrido, que ha luchado y triunfado, preside tí. la dh;tribuciún; con paternal ternur.i distribuye á ésta el rono Yigoroso. mofletudo, riramente ataviado en el
que bará sus primeros ensayos de madre y que le presagia 1ma ngorosa fecundidad; á alJuel el casco y h1
coraza, el sable y el caballo de guerra. símbolos ñe su
papel ele luchador en la ,•ida; á Jos pequeñuelos, bouajas y dulces, á la joYencitas chucherías de tocador. :t
la esposa, el hracelet.e ('Uajado de esmeralda· Yercles
como hi esperanza y de diamantes límpidos como la
virtud.
Luegd. en la mesa. ¡\ la hura del banr¡uete, ceremoniosa)" gra,·en1enLe, pa1-te y distribuye el pan &lt;'Orno
para que nadie ohidc qtúén lo trabaja y quién lo lle{L la casa y en el momento de Ja suprema Lransici(m. á la doce ele la noche, se lernnta y pronuncia
el brindis de bien Ye.nida al año nuern. brindis que es
á la vez mm plegarif\ y un himno, ~olemne y sentido,
en el que asncia 1í. tudos los suyo1, en un fen•lente,,•o,.
to de felicidad.
Aquello es á la vez tierno y augusLo, severo y dulce, patético y alegre. Esas gemes ('ou1prenden la virla no como una fiesta sino como una lucha; en los
momenu&gt;s de mayor y m,í.s libre expan:,iún, se 111oderan y refrenan. aleccionan y aconsejan y enrnenlran
el l1ilo de nuestra siempre enredada madeja en la línea recta del deber aceptado y cumplirlo.
Xosot,ros, latinos y tropicales, ks hemos plagiado
el ,írbol y el fest1n de famllia; pero nuesl ra Noel, net'.etiita, para parecen;e al suyo del cielo nebuloso, &lt;le
la blan&lt;"a nieve, de la brisa helada, de los hábitos de
,•ida interior y de los instintos dt&gt; hogar y ue famllht
pr&lt;&gt;pios de aquellos climas y de él(¡ll\!llas raz:is.

''ª

0

SENSf\OIONE,8 DE Vlf\JE.
CA IN.
&lt;Lienzo de Fernando CorDl.on---Museo de Luxe:rnburgo.)
A Carl o&amp; Pert&gt;pa.
Es una t"la trágica. CYocadora, ron loda lapa ,·orosa
miseria de la tribu maldita y toda la bíhlka cólera
del Dios implacable.
.Ante ella SP experimenta una sensaci&lt;\n dura .V angustiosa de real~dad y de_pesadilla. Esos c-uerpos. con
los delirantes OJOS lrnnd1ctos, lai; cabelleras
erizaclas cí ladas. hls bocas amargas y lamentables. loi; torsos quema&lt;los y heridos,
las piernas en la ten1,;ún suprema del 11 ltimo
desesperado e;.fuerzo, viYen! viven!. parece
que se escucha el ritmo jad~ante r cansado
de su fug-a en los arenales mrlcmcu1,es ...
Víven ·l\ son fantasmas que surgen en nosotros c1~· las profundidades. de los lfmites nublados. indeciso:;, perclielos, en que se mueven esos vaguísimos recuerdo~ de 11tr;1 cclacl
que apena empiezan á tourn, forma se desbaratan'.' son nue¡¡tros antepasaclt,,, que abren
silencio. os sus fosas en esas lejanlas el&lt;- la l'Ollciencia y pasan ~omo pidas ba(lll·i~aciones
por nuestro espín tu': \ lai; haluc-111a&lt;"wnes no
son ac;1so re,tlidacles': Hay alguna lth~·a e~
mi ser que r&lt;•slbtiendn el tiempo me liga a
ello.':' alguna g-ota dt' su sangre circula en
mis venas:&gt; alg-uno ele sm; dólore.s grita con mis doloresi' alg1ma ele sus esperam,;t,; canta con mis _esperanr.as:&gt; . . . Entonce no hun muerto! rntonces v¡yen porque yiyoyo -oh Jrn, infefü:es!-en~once~ siglll:'11 su p~ragrinacion secular con n~1 pe_r;grmacwn angust!osa.
con la angustiosa peregr111ac10n de todos, por ~1empre, eternamente, dejando en los zar1¿'lles. baJO _el
inexoral)le destino. f(I, amor, ideal, poesía, con el ritmo jadeantt&gt; y cansarlo rle la fuga en los arenales
lnclt'mentes ..... .

Allá ni la ca1·avana de réprobos, conducida por la
figura fatíd ica de Caío: bomhres. mujeres. niiios, bestias, andra.jos de pieles hirsutas .r gil'ones de carnes
desgarradas, picas de exterminio y hachas de vengan za, huyendo, arrastrada po s uraca nt'S dt' .r eovall

rf

omnip&lt;&gt;tenle y fulgurante! Y ei,ta ca.rarnna de réprobos es toda la civilizacMn: de esla familia infame nacerán guerreros. p&lt;&gt;etas )' 01tírtire.. -Pasa por el espíritu el pl\nico inmenso de las primeras edade de
ba.mbre y de do1Clr, el p:í.nico que soplaba muerte sobre los desierto caldeado hajo los cielos rojos, entre el ruido de las fieras flacas ,. ávidas y la blasfemia de los hombre· ,·ellndos y delincuentes. Leer una
página del formidable libro santo de Israel y contemplar el cuadro de Cormon, es la misma cosa: la

Yoz elel Eterno nwda sus anatemas en las mismas blívedas 11egras del cielo. despeelazadas por los alt'tazos
bravos y lílidos del relámpago; y en los coufines, i;ohre las mordentes pefias y sobre las puntas deltwibre
ele los arenales. galopan los grupos humanos lat igados pl&gt;r el Mstigo, regando en los siglos enloqueddos la sangre y el dolor qne han dado
:'i lu !Jistoria Trofeos de cJayas exterminacloraf;. de &lt;:anos triunfales. de estatmu;de m:írmol rntivo, de laureles de br&lt;mc.e herniC'o.
ele pi'1rpuras s;wgrlcntas como handeras -;
&lt;·nmu 1111 rajes, de cimeras flamantes ('!11110 1-'I
incendio y la gloria, de li ras ro1 as que at\11
vibran sus i:ímbkos proféticos, de lenguas
tru·taflas. que aún gritan sus chíusulas de
justkia, y de corazones arrancados que aún
laten rirtud y esperanza, denamanclo snhn•
la ('Onciencla el agua lustral de las fuentes
siempre Yirns del amor y del perdón!
Yicjo C'ain! des,,enturado padre de las infamia11 humanas! l'onciencia castigada, que
el espei1iíndose de ecL1d en eclad y de eA-piaclón
en expiacic'&gt;n l1a llegado hasta 11osot,ros para
que la arrojemos. con nuera marcadecóleras,
sobre las incertidumbres del porvenir, sin haber encontrado el Dios hueno. pütdoso, exorable. que hubiera lavado su pecarlo con sólo una h'igrimu de mujer.
con s61o un beso de amor!
Oh sangre rle .\ bel. basta cuando callará tu clmnm
de ,,engru1za ! ..... .

París, 189 .

�EL )HJN'DO.

NUESTRA ULTIMA
--------------('111110 11111s y yo bahia1110s r¡,sn&lt;&gt;llo separarnos el
d[a últim11 ele lllcicmtm.&gt; en Yírt ttcl rl·• que lllll&gt;st r11
amr,r se moría de anemia. m•~ par&lt;&gt;ei&lt;Í delil'ado ~- sig11ilicatirn rlesp,•dimos p:rn1 siempre clefiputss ele una
cena, íntima y rmtcrrml como los ríejns tígapPs crlstia11nl-.•í los post res d,• la cual. t ra:; un sorbo cle t·hampaila. enlr11riam,1s en plcnn aiío nucl'o, llrrnncln cacla
uno un t'ardu diyerso de q11inwrasq11c deshojar.
T1u1s hada ra anticipo:,; el" 1·n11descendencia á un
Teniente clt• .i1·tillerrn,. rt·n c11:111w á rnL sahore11ba
ele antemano la ,·0111pt1iosiclad de cles!'sper&lt;&gt;z.1rme &lt;le
amar. 1.1 rlklla de uua pr&lt;íximii y p;,&gt;rfccta apt ít ud para hacer &lt;le 111! capa un sayo y de 111i cora1.,í11 1111 hlot¡ne (, una Csl)nnja s.·gÍln 1·om·i11iern {t mis proyectos.
K n lll\' s~tfa fácil ohidar el I i bin y p •rtumado gahini•t i\ r, de 1111 n•st:1111•;111l dega11te; t.oclo actor11ad11 de
llores, v 1•11 l'ttro l' •11tro. tomo un rirtrai1ti ramillete
dP eristuk•·, pÍ1stns. frutas~- vinos p111icru01ns. 1,e lc-vantaba la mes11H d"st lnadu al i'1lt ímo fcst in.

Domingo..!_:; de Ene.ro de 1 IJ9

EL· OBSTACULO

CENA.

NOVELA ORIGINAL POR Mme. DANIELLE D' A...RTHEZ-Ilustraciones de nuestros talleres.

nnei,Lro W,-1í-1/1r por el frín siherlano de I;~ calle, _donde Hím 110 la e,.,pernba el uniforme. rcsolnnws rnm~r

ú d11u los inl'\"itables 1, rw11f1-d.n,! que salc-n ,t cncam1na.rno~ hasta las fronu•nts de los \·iejos t·ariiíos.
- 'Tu era~ mnv interesante,&gt; me dijo In~s t&gt;ntre rlos
snrhns ti(' taN: .,: aumdiendo :í que el pretérito. lmperfC'ct o de que empe1.al&gt;a á hact•r uso, tenla twrto
,.¡,¡,,, ,i .,i11nrt e1mw se ilicP. a llora. lo adopt (, &lt;iesrlc luvgo. replin111do:
-Pnr 111 part t• &lt;&gt;ras adorable.
-Hecuerrlo t1ue babia pC'rpétuame11te en tu rostro
una expresi,ín de fatiga moral. cll' de-. encanto munclauo. 11 ue 1 e fa ro reda clemasiadl!.
_
-F.n t"llanto ;í ti, u1lrnl;as d ,• un modo ext r.11111 )'
c1wantnrtor. lnés. sabias enc.:nder arlmirnblcmente
toda la pirotecnia ele tus ojos. ;, l'ur t1u&lt;'.i ya no miras
así:'
&lt;.,¡ué quieres. las miradas :;e usnn er1mo ti,s Lrajt•s.
Y tÍI, por quC.: ha!&gt; Yulgarizado ese gesto:'
-Por la misma ra1.,í11 . . )[e pa,·ece rc,t•ord:u LamlMn (lllC te \"{'Stías llll'j()r IJUC abura.
-l&lt;~s posible: tú en ,·ambio tenías muy buenl('ustu
parn elegirme trlas.
Sl. por &lt;"ierto q11e te agrad,lban ltis tolores morteeinob, mitigados, ,mate .... Entonces usabas frernen!Pme111 e boleros r tomía~ &lt;·astaíias t·uhiertas, de
la 'i'fll'J'f Eiftrl.
.
J&gt;e rci'.i1s qne sí. Te a!'uerdas culintas castai1as
nos pa rti tnllil t•nn la hoca:,;
- Te diré, no it•o la utllicladrle recordarlo .... fueron muchas.
-:\Iuchas.-repíti6 ella µensaliva, arreglándose
rlis1raidanwnte 1111 riciio que caía como haeecil1o de
oro sobre el pétalo rosado de una de sus orejas,-umchas fueron: y con la incoherencia aparente de las
ideas tL~uciadas. que se l'an enhebrando dentro con
hiliUos de luz, obsen·ó convencida:
-X o.se puede negar que has tenldo siempre h11eu
gusto para las cenas.
-Ré que el Teniente es un sibarita.&gt; utlrmé para
tranq II i Ii1.arl11.
l&gt;e PÍateros y t-an Frandsco nos llegahan el núdo
-Quiéres un poco de crema después de' tu café:'&gt;
sor&lt;lu r munof6nico de algún carruaj&lt;.&gt;, el grl10 tirl- -aiíadí.
tante clel papelern. y un nnnor entrecortado como el
-Yuya. la tomaré .... Iloy hace justamente nn
nm-run de un grun g-ato negro que se duerme ....
año
de aquella excursión rnmánLica ,l Cbapult.epec, ít
El frío se asomaba aleteando á la.s Yidrieras á hacense caruo ñel íntimo calor que reinaba en la e tan- Ja luz ele la luna -.,- con mucho frío; tú cantabas algo
cin ~ fba;e luegu despechado á. gemir s11 1111-lu-lu-úu de la Bohemiu .. .. )le parece que tenias entonces una
,·oz muy bien timbrada; por qué se te ba vuelto (i gutural ÍL lus l-Orres ñe la P~&lt;,fcsa.
.
. &gt;Il primero y único brindis. á rafz de un.t galant1- pera?
-El cio-arro probablemente, bija. . . . . . Por lv
m1 rodada de cltampana y epilogada de café negro,
fu~ el sitrufonte, que Tntls aproM en todas sus parte : que ve á l~s noctm·nos con que poetizabas nuestras
«Brindo por nuestra deliberada separaci&lt;ín: por los ,·elaclita .... eran bello., Yerdad:' Sólo que se han
hesos de ayer que flleron s:ihrosos y por lo besus. el.e ,·ulgarizaclo mucho; me atrevería á afirmar que he
mafüma c¡ue ser.ín t'omo rnos quiera; por la cordi~ ofoo alguno en un t'ilindro.
-~o e· difícil, respcmdM vagament,e Inés, al padad de tmestros futuros encuenlrns qne me permito
esperar tendr{Ul el carácter de fortuitos, y por la bue- recer entretenida en contar los 11orones del tapiz.
Habes que conservo lindos versos Luyo.&lt;;:' Hace tiempo
na I ntellg-encia entre el •renicnte y tú, amiga mfa. &gt;
Como ya no nos quedaba que hacer después de un que no rnrsiticas.
-nace tiempo que no sueño.
oo){/ tan explícito y como. por otra parte. Inés tenía
-Ya es tarde,&gt; exclmn6 de pronto, después de convs m••1wn&gt;ii deseos del mundo de dejar el comfort de

V.ERSION ESPAÑOLA. DE 11.EL HUNDO ILUSTRADO••

·~ ..

Maria :Magdalena, de pié enmedio del salón, di-

rigió una mirada en torno suyo, arregló con mano

sultar el relojito que llernha en la mufie&lt;'a, ornando
una pulsera.
-Es t'ierto, lwmos con\·ersado con regulares intcrYalos.
-Si nos despidiésemos . .
-Xu me part1 cc m:11 .... Quieres darme el ítllimo
beso~
-Por qué no!
Y UC'erc6 negligentemente sus labiosA los míos, juntándolos en 1111 beso sin eco, incoloro. comú el de dos
amigas íntimas que no e quieren.
Algo 1¡ue podría llamarse la sombra de un Yiejo culor y de 11n \'lejo perfume pasó entre nuestros rostros¡
algo que era como la última molécula de una esencia
amiga, que se eyapora; mas rué tan furtl,·o. tan efímeJ·o, tan leve, que apenas nos dimo· cuenta de
e11o.
-Ftlliz afio OllCYO, Inés.
-Ft'liz aiio nuevo, Carlos.
)1e acuerdo a,ín del gesto cordial de- su mano al
trasponer la puerta del restaurant parn diluirse como una. sombra en la sombra exterior.
-Feliz año nuern!
Torné al saloncito y encendí el postrer cigarro de
Diciembre, pensando entre humo y humo:
-Y con quién cenaré yo mañana?
.\~L\DO NER,o.

JUSTO SIERRA.
MARGENES DE LA. HISTORIA
.TIJANA D• ARU.
1

Huspendc la pastora , u balada ....
Oye &lt;le su Lorena en los rumores
la· voz di' sus r·eleRt,es protecton•s;
l--alYa.-&lt;licen-:'t Francia con la espada.
Ti'1rbase. llora. . . y Ya de su fe armada;
despierta al rey y manda á los seiiores . . ..
Ya combate .... n1 triunfa .... Entre lovres
unge al rey. Está' su obra terminada.
¡, Qué. entre esa ¡mmpa, la pastora piensa'.'
¿Qué e5 aquella apmeosil, tmnsitoria:'
No le importa. entrevé la rrt·ompensa:

Hiente él heso de J&lt;'randa ante la hhtoria.
Un beso dado t·on pm;itÍn inmernm
á la ifor de s11 sangre y de su gloría.

n
Entre la l urba marcha h\ heroína
romo v11 en el turhitJll la tlor inerte,
besa la cruz, estática, y u suerte
acepta ¡.;in temblar, con re diYina.
Como la rle la estrella matutina
en los rayos del sol, así es su muerte;
la llama suhe !lasta la virgen fuerte
y la consume á 110 tiempo y 1a ilumina.
El viento esparce sos cenlzas luego,
y en la • 'lllgre del pueblo, nunca en calma,

la reenciende en átomos de fuego:
comulga en esa hostia Francia entero,
y de toda las alma.&lt;;, nace una alma:
la Patria ¡oh .Juana! el Fenix de tu hoguera.

HOJA De; ALBUM.
El nliio llega á la apartada ro1·:l
ahuyenta al ave &lt;"uyo nido arra1w;i,
y estr1lla al punto su purpúrea bo&lt;:a
en adorable rh,a, limpia y franca.

:-;,\ngra en us manos puras el polluelo,
hrizna á brizna destroza el I iblo nido,
y el asesino encantador, al cielo,
\ uel l'e los ojos de contento hencl ido.Y qu(, importa una roca despejada,
un a Ye sin su nido y su carifio'!
vale más la argentfna carcajada,
que Pn resonantes perlas lanza el niño.
Llega 1m día-tal es la humana Wstoriaclt~ duelo y ele pa~i1ín. Entonce, ;.es cierto?
l...a imágen resucita en la memoria
el('] nido roto y del polluelo muerto.

experta las hojas de una hortensia, imprimió una
curvatura gallarda. A las cvpas de malvarosa qo.e
brotaban de un tibo1· chino, y después de algunos momentos ae grata meditación se volvió
hacia el espejo que estaba colocad'.&gt; entre las dos
ventanas y su sonrisa se acentuó entonces.
El espejo reflejaba la imágen de una joven extremadamente graciosa y elegante, una belleza
rubia, de tez mate, ojos brillantes, labios rojos y
dientes que relucían. De este conjunto se derra•
maba la vida exhuberante, en regocijo de existir
en alegría de ser; sus ojos parecían retlejar la
graciosa luz de un día de l!ayoy cintilaban como luciérnagas.
Sonrió pues silenciosamente al mirarse y dirigió á. su im11gen un amistoso saludo,y luego por medio de apropiados
movimientos del busco, hizo chispear las
cascad83 de perlas que guarnecían su
corpilio de seda inglesa de color pálido
con pliegues de. verdadera gracia esté·
tiea.
Estética? Msría Uagdalena lo era en
su tocado más qne ea el adorno de su
s11lón. Su gusto, refinado para la seleceión de formas y colores que podían pouer sns graciu de relieve, lo era menos
para proveerse de los mil y un objetos
que constiyen un interior harmonioso.
Algunos sil:ones antiguos cubiertos de
guardapolvos de punto bordados eran
los únicos objetos interesantei,. Dos meshaa de juego muy nuevas ostentaban en
todas sus doraduras y barnices su confección poco artística; había bronces de formas pesadas; en un Angulo un espantoso
tibor de imtación Japonesa; y en las mesas
y en las consolas y en la chimenea, montones de juguetillos, porcelanas, terracotas minúsculas, conejillos pintados, ratones y figuritas caprichosas de filigranas, todo formando un abundante conjunto de gusto vulgar.
El golpe de vista sin embargo gracias
A las flores y plantas vivas d1seminadas
por todas partes era agradable, y este
salón podía pasar por uno de los más ele•
gantes de )fontpazier, subprefectura industl'ial en donde la gente se cnidaba
poco de los refinamientos del lujo moderno.
Al oir el sonido del ll11madonléctrico,
Maria Magdaler!a alzó los ojos para consultar un reloj de viaje que estaba colo•
cado en una consola.
-Tan pronto! murmuró. Las dos apenas y ya viene una visitll.
•
Estaba todavía poco al corriente delas
costum brea de provincia; había salido de
París algunas semanas antes, inmediata•
mente despues de su Mtrimonio con
Roberto Le Clercq abogado de Montpa•
zier y en el día en que la presentamos á
nuestros lectores inauguraba su primeri. recepción.
De las visitas de boda que hizo, no conservaba
más que el recuerdo contuso de fisonom ias des•
conocidas, de muchos salones sin lujo y sobre todo
del fastidio de haber oído en todas partes las
mismas pregu:ntas á las que se tenía que dar invariablemente lus mismas respuestas. De manera
que no sin cierto espanto esperaba á.las personas
que debían ser su futura sociedad; pero almenos
tenía la vent11ja de que estudiá11dola&amp; allí en su
pr.&gt;pia casa A su satlsfaccíón, podía escojer las
personas agradables haciendo á un la do las más
nulas y las mAs antipá.ticas.
Sin hacerse anunciar entr1 la suegra de María
Miigdalena: ll.Da Eeftora de edad avanzada que andaba con lentitud, que tenia las facciones muy

acentuadas y qne vestía de pesad1t seda nrgra.
Su aspecto era severo y rígido. Se acercó A María
Magdalena, la besó y le dijo.
-Buenos días, Maria .h1agdalena ¿está. ustetl
mejor, querida mía?
' - ¡Mejor! ¿Pues qué he estacto enferma?
-No sufrió usted ttyer una neuralgia?
-Eso fué mu.v leve y ya pasó.
La senara Le Clercq notó que las dos ventanas
estabnn abiertas.
- ¡Que imprudencia! Y usted está. vestida con
ropa delgada.
-Pero si le aseguro á. usted que ya no tengo
nada, dijo María .hlagdalena con tono suplicante

al ver que la vieja implacable cerraba las ventanas A pesar del sol radioso que inll.Ddaba el jardín.
Luego sin bacer el menor caso ni fijarse siquiera en el oisgusto que ctlueaba A su nuera,
vino á sentarse a. su lado con afectado carino.
-Está usted encantadora hoy, vidamía:eltraje le sienta á usted admirablemente. ¿Roberto
está aquí~
-No. Roberto está. en palacio gestionando algun asunto de su profesión. Pero ¿qué es eso?
Con ojos brillantes de curiosidad, María Magdalena contemplaba á la sefl.ora Lé Olercq desatando las cintas de un paquete de forma prolongada•
y lanzó una excl11maci6n de júbilo al ver en una
c11ja incrustada de plata un primoroso abanioo

antiguo, pintado al \•leo sc,bre raso y montado
en varrillas de marfil artísticamente esculpidas.
-Ohl ¿Roberto lué quien pensó en hacerme
este obsequio?
-No, mi chiquitina, fui yo. Sorprendí que deseaba usted este abanico desde que lo vió en la
casa de Fancon y por eso lo mandé comprar.
-¡Querida seilora .... que ouena es usted!
Con alegria de 11ifta, María 1[agda.lena abrió el
abanico y mirándose en un espejo que estabacolocado encima de la Chimenea, tomó la aot:tucl
de una bailadora de minué, recojió su falda con
Ja mano y ejecutó una teverenciagraciosa yprofunda.
-Estoy encantada con mi abanico.
Ma:fl.ana lo estrenaré en el teatro, en la
representi.ción de ,Jlanon Lescaut. Me
gusta mucho .Jlanon.
- Pero usted no irá. al t-,atro, querida
mía, dijolase1lora Le Clercq con el acento de la mas imperiosa mansedumbre...
Imposible!
María .Magdalena clió punto A sus infantiles demostraciones de alegría y preguntó:
-Que no iré .... y por qué?
-Porque sería imprudente salir de
noche padeciendo esas neuralgias.
-Pero si ya estoy buena, si no tengo
nada.
-Sin embargo, eso puede volver. No,
no insista. usted porque me cansaría una.
verdadera. pena. Y o soy responsable de
usted, y ¿qué diría su padre si cayera
usted enrerma?
-No sucederá. eso y mi p:idre se cuJda poco de mis insignificantes crisis nerviosas. Aseguro A usted que nunca me
ha prohibido ninguna cosa. Ya conoce
asted su respeto A las libertades de los
demás r ya sabe usted que él acostumbra decir: "No impongo mi voluntad á
nadie pero en cambio deseo que naclie me
imponga la suya."
-Eso no es má.s que de d:entes para
afuera. Si viera á usted enfermita harfa
lo mismo que yo: le suplicaría que se
privara de un ligero placer para evitar el
peligro de agravarse.
-Yo habría querido asistir A ]a representación de una ópera en Montpazler.
- Ya la verá usted otra vez ....
-¿Cuando? Aquí no hay temporada
teatrttl, sino solamente compidiias que
van de paso.
-Que todo pare aqui, María Magdalena: se lo suplico á usted. Siento haberla
contrariado, pero esto, querida, mía es
nn sacrifici1 muy pequeno y si me tiene
usted algún afecto creo que lo hará. sin
más discusión.
.Maria 1\I11gdalena cerró el abanico con
aire de quien se siente tiranizado, y sin
verlo mAs lo puso sobre la mesa.
-Además, a11adió lo sen.ora Le Clercq,
tomándole la mano y hablándole con mucha dulzura. Tengo que hacer A usted una censura ligera. . . . sil he visto en casa de la sen.ora
Ligniere una cosa que me ba causado cierto asombre.
-En casa de la se:fl.ora Ligciere .... ¿y quién
es esa sefl.ora?
- Una antigua. amiga mía, viuda de un inspector de bosques.
-Ah! si. No la conozco porque no estaba en su
casa cuando fu.imos A verla Roberto y yo.
-Justamente. Y entonces le dejó usted su tarjeta.
-;,i. o es esa la costumbre?
-Pero esa t11rjeta que he visto, dice: María.
?illlgdalena Le Clercq de Boís de Sa11it Miu-cel.
)[aría ?t!ligdalena contestó:

�2
-Bois Saint Marce! es el nombre de mi padre
y me pertenece.
-Pero cuando una se casa, toma el de su ma•
rido A lo que creo.
-Lo be tomado pero nada se opone A que le
agregue yo el mio. En el mismo Montpa.iier y aún
eu dlnastias de comerciantes, tienen ustedes quie•
nes lo hacen asf.
-Sin duda; ea ciertas familias algunos berlllR.·
nos para distinguiase los unos de los otros han
afladido al suyo el nombre de su mujer, pero el
caso no es el mismo.
-No lo será; pero pienso que mis razones valen
tanto como llls suvas.
-P11ede atribo.irse á. vanidad de parte de usted.
-Sí, si por eso se entiende el que esté yo or•
gullosa de mi nomhre.
-Las pretensiones nJbiliarias pueden parecer
ridículas.
-A las gentes de Montp11zirr, interrumpió vivamente Maria 11Agdalen11. ¿Y por qué les babia
de hacer el sncrifieio de m1s ideas? ¿Orgullo no•
hiliRrioi' Pues si, confieso que lo teng-o, pero con
legitimo derecho y eso nopuedeserridiculopues•
to que esté. justificRdo.
La sefiora Le Clercq vió á su bija con algo de
severidad y !Iaría lililgdalena haciendo un esfuerzo recobró su sonrisa graciosa y cesó de de·
tender su causa.
-lle mandado baeer para U!'ted otras tarjetas
dijo con amabilidad la su('grl.l, levantilndose para
salir. Adioe, mi vida, estA asted muy linda, pero
muy linda, ¿sabe usted? Ph:nso que J&lt;'remaux haría de usted un retrato primoroeo. YH hablaremos
de t&gt;SO cuando vayamos jun~as á P ar(s.
La joven se extrtmeció de placer. Tenerunretrato euyo pi11tado por Frem11Ux, que era el ar·
tista prefer,do del mundo elegante, constituía para
ella una dicha inesperada.
Al dirigirse á. la puerta la seilcra Le Clercq
distinguió sobre una consola un joyero de marfil
ornado con una preciosa miniatura.
-¿Qué es esto? preguntó.
L" miniatura representaba un escudo nobilia•
río.
-Nuestras armas. Tres castillos y un dragón
en cuatro cuarteles, sobre campo de gules.
- )[uy bonito, muy bonito dijo la setiora Le
Ch,rcq guardllodose el joyero y dando un paso
para salir.
-:María )tagdalena tendió la mano.
-En el mismo orden de ideas que las tarjetas
de visita, afiadió dulcemente, usted no es la sefio•
rita de Bois de S1lint Marce! sino la seflora de
Roberto Le Clercq, y laa fantasías nobles de esa.
clase serian tomadas por el lado ridículo: conoz•
co mejor que usted el espíritu de ~fontpazier. Se
creería que es un blason f,mtástico. Se nece11ita
ser )1ontmorency, Roban, La Rochefoncault para
permitiese el lujo de mandRI pintar las armas de
la familia: de otro modo se burlan de uno. Adios,
mi vida, adios, primorcito.
Sola ya Maria Magdalena enclavijó dolorosa•
mente sus manos, lanzó una exclamación que ex•
presaba muy a. las claras multitud de eensaciones
desagradables, y empezó rabiosa A recorrer á
grandes pasos el salón.
Esta manera animada de calmar su exaltación
nen íos a, le impidió oír anunciar la visita de un
cabullero con quien se encontró de improviso
frente á. frente. Primero se detuvo muy confusa;
»ero reconociéndolo &lt;'n seguida le tendió la mano
y le sonrió con afa.bilidad.
-Ahl setior Darlot. FelizmentP. es usted ....
Si otro :ne hubiera sorprendido en estas danzas.
-Sí: habría sido sumamentegrave!
Luego se dirigieron juntos A un divAn que es•
taba coronado por los abanicos de dos palmeros.
El recién venido era ur, hombre alto, de tisonomia inteligente y de una real distinción.
René Darlot, que vivía 'ocioso, era un espíritu
cultivado, pose(a rara delicadeza de ideas era
curioso en materia de artes y se fastidiaba en la
vida por una especié de pereza para rehacerse y
luchar contra las tristezas intimas que de él se
habían apoderado.
V i.rlcs afios antes perdió A una hermana más
joven que él y A la cual amaba tiernamtnte, y
esta desgracia le dejó en tal abatimiento y lasitud, que no despertaba slno para asuntos de es•
tética.
Indiferente A todo le demás, hablaba poco, pero sus frases incisiv11e y axioml\ticas no eran ba•
na les: con una palabra sabía caracterizar cosas ypersonas.

Eí, OBSTÁCULO,

"EL MUNDO 1Lt'STRADO11

Pasaba en París los meses del invierno y el estío en Montpazier, en una quinta levantada á la
orilla del río, pintoresca en otro tiempo y ahora
ahogl\da por otras construccio11es que se habían
situado A sns lados.
En París fué donde conoció a. :María Magdale•
na, y algnnas veces pensó en que si no bubier~
renunciado· definitivamente á. formar una familia, sería esta joven Rlegre, graeiosa, refinada y
buena, la única á. quien habría elegido para esposa; pero como á. pesar de que sólo tenia ~u~renta allos, se habia declarado usado, enV('Jec1do y centenario, se quitó esas ideas de la ca beza.
Y en verdad que considerAndose ya viejo y
juzgando que la vida no podrí" traerle má~ Que
tristezas, ¿A qué arroj11r la sombra de tantos infortunios sobre esa manana de Mayo, sobre ese rayo de alboradit que era el alma de María MagdalenA?
Ella le recordaba. un poco í1 la hermana qne
había perdido. Nii\a ligera y móvil de car!Lcter,
tenia ri~as alegres que le revivían el recuerdo
de la otra, lo mismo que sus muec1ts burlonas y
su.; reflexiones excéntricas sobre las p11rsonas
que le eran ar.típáticas. Este parecido se la había
hecho grnta y 11\ 1rat~ba como á una chiquilla
siempre, y no se mordla la lengua para dirigirle
bromas qae la picaban vivamente, pero que ol•
vid1tha en seguida.
Darlot era, por otra parte, de cnnfümza en casa del doctor de Bois de Saint Marce!, el ml\s
am11b:e, el más p11risiense y el más mundano de
todos los médicos para seflorae.
Con una inagotable complacencia el Doctor llevaba á sn hija a. t.&gt;das partes en el gran mundo¡
estaba orgalloso de su belleza y tenía en sus buenos principios entera conrianza, y por eso le dejaba gran libertad de acción sin inquietarse por
lo que podría decir ó hacer. En c11mbio Marí&gt;l
Magdalena que tenia arrebatos de nilio terrible
decía de él.
-Poseo el padre ideal. Le tomo en mi vPstí•
dor al mismo tiempo que m1 abaníco y mi salida
de baile.
Varias veces Darlot usó de la influenci11 vPr•
dadera que tenía en el t&gt;Bpfritu de su amiguit:i.
parll cortllr por lo sano en los amorfos que le parecían peligrosos. y una frase cortante poniendo
de relieve los ddectos é imperrecciones del pre•
tendiente, bastaba para estP. objeto por lo común,
pues ella teníll mucho miedo al ridículo.
Supo coa un sentimiento de tristezii, que María
Magdalena Iba A casarse con Roberto Le Clercq,
y como tenía bastante intimidad con el Doctor,
no se lo ocultó.
- Pero qué tiene usted qué observar? dij'&gt;, la
posición :v la ed11d de Rc,berto son convenientes
para mi hija.
En efecto, la tortuoa era inesperttda pueq Le
Clercq era rlco, en tanto que los Boi:i de Saint
Marce! no tenían nada y su existencia era uno
de esos problemas parisienses que pueden plan•
tearl\e en estos términos: abund11ncia. dll lujo y
falta de dinero.
Bajo este punto de vista Roberto dab11. una
prueba de desinterés casa.ndose con una mujer
sin dote.
Acababa de termín11r sus estudios de Derecho
en París donde conoció A su novia, y era un hombre serio, de aspecto reservado, A quien no se
hubiera creído capaz de no arranque sentimental,
y Darlot quedó admirado de que la gracill ex•
pontlLnea y joven de María Magdalenll, hubiera
podido apoderarse de semej11nte naturaleza.
Darlot para hacer ver la desigualdad de esta
unión, hacía notar al Doctor la ligereza infantil
de su hija, pt&gt;ro éste contestaba:
-E3 verdad, pero se encontrará bajo lit dirección de la eefl.ora Le Olercq, madre de Roberto.
- Sí habitarán en la misma ciudad. . . . . . Ah!
una objeción todavíll. . . . . . . Qué será. de María
Magdalena lejos de París y de la vida á. que eslá.
acostumbrada?
-Ya tomará. nuevas costumbres, y adem:ís,
bien sabe usted que tiene en la pr:vincia una
instalación admirable. La seflora de Clercq posee
uu hotel construido en el siglo XVIII que es una
maravilla, sobre todo para usted A quien tanto
gusta lo bello. Tiene tapices y cortinajes pintarlos por Broucber, y cuadros de R11nsou y muebles y bronces de gran lujo.
Darlot interrumpió con impaciencia:
-Sí pero Marí:.1. Magdalena?
-Pues bien, ella vivirA con su marido en el

primer piso, pues la seJlora de Le Clercq se re•
serva el entresuelo.
-Vs. ú vivir con su suegr11.! exclamó Darlot
consternado.
-No con su suegra, sino en el piso de arriba,
lo cu!ll es muy difereute. No creo se imagine usted que yo soy el comensitl ~el ~olsista q~e !ive
aquí en los bajos de mi bab1tac1ón. Ni s1qmera
lo saludo. Y a. ve usted que se puede vivir blljo el
mismo techo sin estorbarse mutuamente.
-En provincia no sucede lo mismo.
-Por otra parte, la sefiora Le Clercq es una
mujer excelente y de reconocida bondad.
-Así lo be oído decir.
-De consjguiente ahorrarú A mi bija ]os cuidados del bogar, pues la ama mucho,la colm~ de
obsP.quios y hasta creo que va á. ser demasiado
debil con ella.
René Darlot se retorcía el bigote con aíre perplejo y poco convencido, y el Doctor, renunci4ndo A prodigar en vano su elocuencia, terminó diciendo:
-A.demAs era necesario que l\cabara por casarse. Piensa usted que sea agradable tener uno
a. su c1:1rgo el cuidado de una joven de veinte
8.Jlos, lind11 por aftadidura? Yo no soy de la madera con que se hacen los Angeles de la guarda.
lle siento Inútil para eso y me juzgo tel:z al quedar libre ya que todavía no teugo ma.s que, CU.\·
rP.nta y cill'!o ai\os. Eso no eca verdad; tema los
cincuenta largos de talle, pero se conservaba bien
con los cabellos muy negros, los dientes muy
blancos, la apostura elegante y la mirada vi~a, y
hasta podill creer11e mAs joven que muchcs eJemplllres raquíticos de la generación actual.
Darlot abandonó la discusión pero guardó en
su interior un presentimiento de desdichas para
el porvenir de :Maria Magdalena. Como era un
original, partió inmediatamente para Amberes bAjo
el pretexto de ir A estudiar Jas pln-turas de Ru•
bens, y su aus('ncia se prolongó b11sta el día en
que le presentamos á nuestros lectores, y en que
venia A ver A su amiga tan tranquilamente como
si se h11biera despedido de ella lll vfspera.
.Acostumbrada Maria Magdalena a. su modo de
ser, no p11.reció sorprendida al volver A verlo,
pues solfa desaparecer comunmente muchas semt1.nas durante las cuales apenas si se tenían noticias suyas procedentes del teatro ó de algún
museo lej,rno. En esas crisis Dllrlot evitaba el encuentro de sus amigos volviendo la cara. para no
verlos, y Juego reap11.recia sin explicación alguna volviendo á sus antiguas relaeiones y A sus intimidades en el punto mi~ruo en que las había de•
jado.
Sentado al lado de Maria Magdalena la observó con mirada escudriftadora y comprendió que
acababa de experimentar una contrariedad, pero
como snbía que era diplomAtica, rebelde A toda
inquisición y capaz de ocultar muy bien sus sen•
timientos, no le dirigió ninguna pregunta y sus
ojos erraron ni rededor de la pieza.
-EstA bonito el salón .. . . Ah! He aquí loe l-t•
mosos cortinajes de Boucher q 11e &lt;lt:cU'el Doctor.
Bah! estaSFon copiasperobnenas.¿Yestosbajo relieves eu uutder"? Tienen en ef~cto un notable
estilo. Y aquellos awores mor etndos pintlldos en
el cielo raso, no dej m ne ser hermosos. Deveras
que esto es muy Jéci1110 octavo! Los silloues con
guardapolvos bordados sou not1tbles, y usted,
querida sef\ora, resuhH notllble t , mbién, e1,tA u::1•
ted en estilo y pare~e un p ·stf'l de liotialba.
Maria .Magdaltna isontió1 pues le agradaban
mucho ]as galautni11s.
-Me hace gracia oír á. usted llama.r,dome: SeJlora.
-Naturalmente. El matrimonio le ha dado li
usfud una actitud digna y respetable que no per•
mite ya intimidades ni conflancitas. Bueuo ¿y
qué es esto.
Darlot acabiiba de descubrir la profusión de
bibelots esparcida sobre la chimenea y tomó un
mono pintarn1jeado que estab" tocando la guitarra, lo examinó seriamente y exclamó al fin:
-Horroroso. ¿Y es usted la c¡ue ba tenido es •
te gusto?
- Sl, yo, contestó ella despechada. No es de la
aprobación de usted?
Darlot }P.vantó un dedo con adem~n imponen•
te. Es necesario arrojar todo eso que es deshon•
roso para el salón de estilo rocaille donde tiene
usted el honor de figurnr ea este momenw! Los
lindos amorcillos del tecbo acabarían por dej11rse
caer desde allA a,rriba para romper tanta porque•
ría. Ob! cBas Sajonias contrahechas, esas flores

de porcelana, esas filigranas antiestéticas. Uf... !
Maria Magdalena, ruboricese usted.
-Seftor Darlot, clU'ece usted de galanteríal
-Maria Magdalena, carece usted &lt;le sentimiento artístico. Su alma de usti,d esta cerrad11. A las
bellezaa de lt1 forma. He visto ll. usted bostezar
durante lll lectUJ'll del Rey Lem·. Vaya! a.qui ha.y
-un m11goifico abanico.
-i1a lo acaba de regalar ml suegra.
-Tiene para usted exqo.i:1it11.s atenciones. Este
otro juguetillo es encantador, pero no veo por
ayui el joyero que le regalé á usted.
- Mi auegr" lo ha tomado.
-Ah! hacen ustt:des cambio de presentes?
La. sen.ora Le Clercq lo tomó porque mi escudo
de armas estllba pint11do lllli y eso le pareció ri-Oiculo.
-¿Y usted qué dijo de eso?
-Nadt1, no tenia qué decir. Solamente que no
puedo hacer 1) la eef'lora Lo: Clercq el 1mcrif1cio dtl
Jo que yo estimo en m!\s ...... 111. 1,1rueba de qua
no b0mos gente ordinaria y de que remontRndo
muchas generaciones no se encoutrurá. uingún
plt,btlyo en nuestra ascendtiucia.
Dios, mi dama y mí rey! Esto si es bermo•
so ... . usted tiene el deber de enorgullecerse de
su reza y ede es el único sentimiento un poco estético que le conozco. Hay en eJte hecho de po•
seer eacudo de 11rmas pl'opio, ornado de biz11rr11.s
liguras incomprensibles p11ra los uo inicial.los, a l•
go de embriagador A lo que creo. St1 siente uno
wuy por encima de lo vulgar y hasta con cierta
supcrioridud de espíritu, de inteligencia ó de ta,
leuto. Esto del uacimiento, obr11 tlXCln.siva del
azu· es injusto y recae comunmente sobre quie•
,nes menos lo merecen, pero es porque es, y se es•
tima por tantom1\.,envidiable cuanto quenadie lo
puede d11r al Que no Jo tiene.
Ella lo co11templ11ba con ademán de pensativa
jugando con los hilos de poclas de su corpilio. Le
agradaba la m1mera curiosa que te11í" de hablar
y de la que comunmente no se descubría A punto fijo si bromeaba ó hablaba en serio.
- Y en fin, afiadió. Esta usted decidida Ala re•
sistencia sobre ese particular?
•
- Sí, dijo María Magdalena con acento de !irmeza. Por Jo demAs, me será U}UY grato com1-Ia•
cer A la seftora Le Clercq en cualquiera 01ra coi,a
porque es amable y butna conmigo.
- Pero deveras?
- Ohl si. Me manifiesta una solicitud conmovedora. Nada de esos celos ui de esa acrimonia
de las suegras que hace a. los hijos la vida insoporta blc. l!Jsta no perturbará nuestro hogar. Co•
mo si fuera su hija, no piensa más que en complacerme; ha organizado todo aqul y me h11cet&lt;An•
tos regalos que me tiene confusa; ya vera. usted:
joyas antiguas muy curiosas; por ejemplo, esta
sortija.
-Ohl soberbia, dijo Darlot entusiasmado. Una
fotaille antigua de verdadero mérito.
Mientras él admiraba la sortija, ?1Llri.a Magdalena continuaba.
--Gritcias a. su interv mción estoy aprendiendo
.ft moutar á caballo. Ya sabe usterl cuánto he de·
aeado eso toda mi vida! Pero en París no teníamos caballos .... Ya cas1.1da, Roberto se resistía
pero la ser.ora Le Clercq lo ha convencido.
-¿P11oe qué, no bastaba la mflnencia de usted?
-No me habría atrevido A insisti1·. Me c1111é
.hace muy poco tiempo, conozco apentts á Rubel'•
to, es grave, ceiserv11do, y verd11.dtirt1.mente no me
ohabria atrevido. Darlot devolvió la sor1ija y se
puso A contemphtr A Magdalena con aire serio.
Dejó que decttyerala conversación, susojoserra.•
ron distraid11mente en torno suyo y luego se fi•
jaron con atención al descubrí..· en uno de los muros una acuarela:
-Una mnrina. .. .. .. Oh! oh! muy interesante,
admirable colorido. E~ta estA hcc!Ja por u11 artis•
ta de cepa. ¿Qué firma tiene? Lncía H111·tley.
-Una amigll mía, JaeeJ'IOl'ita LucfaHartley ,linda
~orno Jo son las inglesas cuando no estAn adorlladas por una fealdad cómica. Usted no conoce
personalmente á Lucia, pero le be hablado de ella
-con frecuencia. Es una original y ha organizado
una vidn positivamentb intelectual; viaj-t mucho
y vive sola aunque tiene un ejército de hermanos
y hermanas que por su parte se arreglan como mejor les convie11e. Be tiPne cleveras en Inglaterra
una extra.l'tll idell. de loe lazos de la familia.
-Por mi parte admiro Ala r11za inglesa, decla1·ó Darlot que h11bla descolglldo II\ acuarela y la
-examinab11 cerca de la ventiina. Eias gentes tie11en a1gunas virtudes de primer orden que les ha-

rán triunfar sobre las otras razas. Desde luego
un gran respeto á.lalibertad individual, en seguida 111 costumbre de contar consigo misma.a solamente en cualquiera circunstancia de la vida y
eso da temple A los caracteres.
-Lucía tiene tod,1s las cualidades que usted
indica. Mu} celos11. de su libertad de acción DO
invade para nsda la de otros y se basta a. sí mis•
ma puesto que vive sola. Posee una voluntad
tranquila y reflexiv.1 que nada doblrga y por eso
la admiro y me siento una chiquillacomparAndome con ella. Tengo tan poc:t fuerza de voluntad!
seguramente que nuestra amistad es tan tierna
pur el contraste que hay en nuestros caracteres.
Es muy artista: ya ve usted como pinta y yo no
entiendo nada en lo relativo a. lo bello, lo caal
usted me ha reprochado mi! veces. Ella se atreve
á. discutir un1t opinión y combate sin miedo y con
calma, en tanto que yo carezco enteramente de
valor, no sé coutradecir y cedll en todo desde
luego.
-Usted es ur.a j'lven muy bien educada por la
excelente y virtu.:&gt;sa senora Jacob. ¿Eslá todavía
en cas11 de su papá de ustedr'
-No; cuando me casé, pidió retirarse.
-La eetlora J 11co b es una persona distinguida,
cuidadosamente educad,1 y de una notable nuli•
dad dulziirrona y a¡,11cible .... Ella le inculcó A
nsted su finura exquisita, en igualdad de c11r!Íc•
ter, el gusto por b.s vulgaridades que tienen fa,.
ma de escojidas y la ciencia de vestirse y peinarse conforme á los elementos de la fisonomía. Eo
verdad le debe usteJ mucho. Y dígame u~ted ¿le
era grata Miss Harley?
-Oh, n o! La tranqueza de L11cía le parecía
brutal y no aprobaba ni un poco esa vida excén•
trica, viajera y artística lejos de la fctmilia.
-Me es simpa.tica su 1:1miga de usted.
-Es posible que la conozca U!ted. Me escribió
hace dos meses cnando estaba muy reciente mi
cuamiento. Tenía el proyecto de venir A. pasar
11lgún tiempo en Breta-Jia en uM aldea ae pescadores que conoció en ailos pasados, durante una
de sus excur, io 1es y de In que ha conservado vivos recu~rdos. Se llama Trégastel y Lucia quiere
hacer allí un cuadro grande, por lo cual vor á pe·
dir á. Roberto la autorización para invititrla A detenerse aquí algunos días ensu tránsito por Bretaft.a.
René Darlot tomo de una consola un libro que
estaba como olvidado.
-Ahl. .... Mnsset. .... Si leyéramos un poeo?
como en otros tfompos, cuando aun no era usted
la Sellora de Roberto Le CJercq sino la cbiqnilla
1iíaría :Magdalena que baj) la inspección vigilante de la sellora J lloob era iniciada en las .- Medi•
tac iones poéticas» de L11marti11e. LI\ seflora J acob no habrfo consentido una poesía de tanto fondo. Espere usted .... .Nauma. Hágame usted tllvor de oir esto que está. escrito por un joven en
ple1J11 juventud. Lo que más amo en l\111sset es su
sinceridad juvenil. Ah.ora podria.pasu por un escéptico.
María :Magdalena se reclinó graciosamente en
un sillóo, tomó el abanico que le regaló su sue•
gra á fin de hall11r otras distracciones ademh de
la poesía, y Dabolt comenzó la lectura con una
voz harmoniosa.
No hay nada más agradabte que leer versos A
una mujer hermosa.; Darlot hallaba placer en esta labor y prodigaba sus interesantes lecturas en
casa de las más seductoras amigl\B que tenia, sin
inquietarse de que comprendiesen ó no, y bastAndole ver uu ademin agradable ó una linda cara,
que dejaran oir ó entender una muestra de apro•
bacjón lanzada tal vez de casualidt1d. Aunque
comprendiera que sus auditoras leoian con atención di,itraida, sabía muy bien que nada e.compafia mAs dulcemente á u11 ensuefio que el ritmo
de los versos.
María Magdalena pensaba de pronto en sumarido, Aquien era necesaric pedir licencia para in·
vitar A Lucía llarlet.
Roberto le inspiraba un temor tan verdadero
por su aire de corrección, trío y reservado que
aún no se había preguntado Así misma si le amab,i y tampoco se babia exolicado si él á su vez
senú11. por ella. otra cosa que un vivo deseo que
pasaria sin duda, no dt&gt;jllndo las huellas de una
seria afección, Lo que desde Juego parecía era
que Roberto no la consideraba sino como una ni•
ihi consentida.
Robtrto hablaba poco pero era un hombre que
vttlía, que Leoia por sn madrn un cariflo deferente y respetuoso educado en la costumbre de obrar

3

constantemete siguiendo esta voluntad que siempre le habla dirigido.
Ya en varias circunstancias bastante fútiles,
l!atia Magdalena babia visto A su marido cedeibajo la iutluencia de la madre y había guardado
algo como un sentimiento de celos, vago todavía,
pero que Je demoi;traba que sn influencia no podía contrabalancear la de la seflora Le Clercq.
Con todas estas ideas que pasaban en tropel
por su imaginación, ella pensaba en otras cosas
mientras Darlot le leía 111. Nmnó'Una. La cadencia
de los versos arrullaba su sueJlo y en su fuero
interno r~trocedló A la vida alegre, exhuberante,
insustancial, que había llevado antes ele su matrimonio; y con una ligera pena pensó en eus amigas que ya casi la hnbfan olvidado ahora que estllba enterrada en vida en una provincia. Sus
amigas, gente espiritual que vivta en ese medio
ambiente, burlesco y alegre que da el incentivo
de lo improvisto A las ideas mAs vulgares y gastadas.
El medio ambiente de provincia es más grave y reposado y pOi' eso María Magdalena sentía
miedo de lo '{Ue pudiera reservarle el porvenir.
Contempló A Rtmé Darlotque se embebecía leyendo el po~ma de llusset r se sintió venturos/\
de verle ulli porque con eatv estaba menos sola
pues él la ayudaria A aclimatarse y vendría como en otro tiempo y como ahora á leerle verses
y A decirle eosaa agra.dable~.
La puert11. del salón se 1:1 brió y apareció Roberto L~ Clercq precedido por una dama de extremada vivacidad cuyos ojos azules y penetrantes, lanzllron una mirada de aaombro sobre los
dos am•gos inocentemente ocupados en su lectu•
ta. Roberto se mordió los labios que eran un poco delgados, porque encontraba la situación un
ta1t &gt; incorrecta, y dijo con tono seco:
-Maria Magdalena, aquí te traigo á la seftora
de Liguiére que no tuvimos el gnsto de encontrar
en su casa cuando fuimos á. verla.
Las dos mujeres se saludaron, y María Magdalena, benévola, recordando que esa seflora
era Presidenta de varias asociaciou~ de caridad
le habló de esas empresas.
Entre tanto, Roberto estrechó la mano de Darlot sin la menor erosión y la conversación empezó á. arrastrarse languidocicnte al pasar de un
orfanatorio A un asilo de ancianos desvalidos
!11.stidia.ndose Maria Magdalena tanto como poca~
veces le había sncedido.
Luego vinieron otru personas: el seJlor Maignan, Presidente de la Sociedad Histórica un seflor anciano, de cabellos blancos, enco;vado y
nudoso como un tronco de ciruelos. Desde que
lo vió, la seflora de Liguiére se despittió brusca•
mente con ademanes de disgusto, no sin decir A
María Magdalena:
-Mi querida sef'lora: queda usted inscrita con
cincuenta francos para la obra de nuestro hospital de ancianos menest1:orosos, y he contado de
antemano para eso con el excelente corazón de
usted. Vaya usted cuando guste con su seftora
suegra. á visit11r el establecimiento y le interesara.u mucho nuestros viejecitos ¡son tan simpáticos! Espero que sera. uste.l una de sus má.s entusi11stas benefactoras.
María Magdalena un poco contl'ariada de colabcrar sin consulta prévia a. una obra que no Je
interesaba maldita 111. cosa, acompafió A la Presidenta qtie se detuvo junto Auna joven que hacía
ruidosa entrada. seg11lda de su marido que estre•
chaba 111. mano de Roberto, y lo dijo con voz
agudii:
-~U senora de la Palliére! Mandé A la casa de
usted para cobrar la cuota de la Escuela de Desamparados 'f se me ha dado una contestaeión
repulsiva. ¿Hay en eso un error?
-Yo no sé, mi q uerida seftora. Explíquese us•
ted con Gerardo que es quien so entiende en
todo eso.
La senora de Ligniére corre A entenderse con
el senor de la Palliére que s~ queja del sueldo
e:dguo de los funcionarios públicos tratando de
evadir así los impuestos forzosos de la Presiden•
ta, en tanto que su locuaz y vivaracha esposa estrecha la mano de María Magdalena con arranques cariftosos y regocijados, haeléndole mlt cumplimientos y ofertas de simpatia1 de amistad, y
aún de intimidad.
Lll vieja Preshlenta terminó al cabo por despedirde honrando apenas al seftor Maign11n con un
ligero s&gt;1ludo.
- Oh! dijo Gerardo de la Pi!ilh1re. Estoy seguro de que h11.br~ encontrado ya la manera de

•

�5

EL OBSTÁCULO,
11:L JrflJNDO lLU!\TRADO"

11

=

..

inscribir A usted en una de sus listas. No puede
~er á. una alma nacida sin enviarle un sablazo
de dos ó tres lnises para los pobres de la comarca ¡qué sanguijuela!
AJ oír las palabaas sablazo y sanguijuela, Darlot fijó su atención.
- Gerardo, dijo su mujer con una mueca A la
vez risuefl.a y enojada, es usted inconveniente de
un modo implacable y ee va á escandalizar esta
hermosa seftora y el caballero grave y taciturno
que nos vé desde allf con su libro en la mano.
¿Qué es eso que lee usted así?
Darlot sonriendo contestó:
-Estoy leyendo .Namouna.
-No me gusta leer A Cicerón, repuso la setlora de la Palliére, y volviéndose 1\ María Magda•
lena le dijo ¿quién le confeccionó a. usted este
elegante traje de recibir?
Darlot analizó á la joven con atención. Tendría veinte ailos y una de esas figuras despabiladas de obrera parisiense, Aunque Baronesa
de la Palliére, parecía mAs bien venir de los ta•
Ueres de Montmartre y su acento vulgar subrayaba da un modo lamentable una ensortijada cabellera del color del heno, unos ojos verdes con
reflejos metálicos y una tP.Z naturalmente colorida que el blanco de perla hacia parecer trans•
parente.
Darlot después de fijarse en estos detalles se
acercó á Rob~rto.
-¿Le agrada A usted el impresionismo? le pre•
guntó en voz baja. Esta seflora tiene los tonos
mprtecinos de un pastel de foil!.
Roberto pidió políticamente al seflor 1\laignan
noticias respecto á un opúsculo histórico que es
taba escribiendo con relación á quién sabe qué
casucha ruinosa, trabajo que tenía. abaorvido el
importante tiempo del r&gt;residente.
-Empreslldiffcil, seftor, exclamó el buen hombre que hasta entonces había estado vagamente
adormecido, pero que pareció galvanizarse por
un súbito entusiasmo. Los documentos son foc1ertos, escasos, confusos. Se descubre que en 1649,
un tal Jacobo Audibet, nativo de la Harandiére
habitaba allí; luego que en 1604 la propiedad pa•
só á manos de un tal Guillermo Rossel de la Grange ...... pero, entre esas dos fechas, natia! He
buscado, he compulsado, he registrado cuantos
papeles ban podido venir A mi alcance, he hojeado loe archivos de la provincia en Caen, en Alen•
con, en Argentan, y nohe podido encontrar ni la
máe leve huella. Esto es desesperante.
-Pero, dijo René. ¿esas personas tienen alguna importancia histórica?

-Ninguna, replicó con candidez el buen seilor: los La Grange y Harandiére no f11eron ni
notables siquiera; su vida no ofrece interés algu•
no y Ja casa en que habitaron tampoco.
Darlot estupefacto preguntó:
-Y entonces ¿por qué trabaja usted tanto en
asunto tan fútil?
-¿Por qué, sellor? Porque con estos materiales que ll usted Je parecen tan peque-nos, es como se construye Ja historia gP-neral de Francia.
Sin nosotros, s.:ftor, sin nuestros trabajos perseverantes, los historiadores patrios, Michet 1tismo,
nada habría podido hacer. Pues bien: su obra
maestra es mucho mas fa.cil que esta tarea incesante, esta labor obscura, estas inda~aciones tenaces A que nosotros nos dedicamos. lllichelet tenía todos los documentos 1\ la mano y no tuvo
más trl:lbajo que el de cordinarlos con esa belleza de estilo que tienen todos los desocupados: ya
convendrá usted pues que es ml\s fácil escribir
historia en la que hormiguean los hechos, que
opúsculos sobre gentes clesconocidas de las cuales se encuentra apenas nua huella medio borrada.
-De veras .... ! pues ese es un punto de vista
particular. Difícil es en efecto hacer algo con
nada.
-Yo he escrito un volumen de doscientas pAginas en octllvo mayor sobre un documento extremadamente Importante, diré más bien precioso que tuve la suerte de encontrar enun calabc,zo
del castillo de Harimdiere. Es una nota, una simple nota de lavandera cuyo importe mont~ba á
una suma insignificante v que era de la lavandera de Enrique IV que pasó por e:ite país en 1590
en la época en que conquistaba bU reino. Por
esta nota, se:!ior, se puede averiguar que el rey
no tenía para cambiarse mi\s que dos camisas y
que hasta estaban rotas y aguj~re1tdas, puesto
que la lavandera aliade este detalle que en mi
concepto es caracteristico: «y por coser y remendar las camisas que están gastadas basta la trama, 3 sueldos.» Pues escl'ibí, como le digo á usted, un volumen sobreesto, y mis colegas de la
Sociedad Histórica han quedado de acuerdo sobre la importancia demi trabajo y la exactitud
de las conclusiones que de él deduzco. Oh, se:nor!
¡Qué lejos nos lleva en el camino de las hipótesis
esta nota de una lavandera! ¡Qué luzarrojasobre
todo un lado de la vida de nnP.stros padres! «Co•
ser tres camisas que estaban gastadas basta enla
trama .... 1 Y qué sabor tan especial el de esta
manera de decir. ¿No se le figura á usted estar
leyendo A Montaigne?

- Sf, pero con pensamientos Wl poco menos.
profundos.
María Magdalena ya no se fastidiaba: la sefiora de la Palliere con una risa obstinada que quería hacer aparecer rediante y que fütigaba como
una co,~tracción nerviosa, veía sin cesar con l&amp;.
misma ojeada viva A Roberto, á. Rene Darlot, al
Presidente, A los amorcillos del cielo raso y A los.
sillones de tRp1cP.rfa.
El s&amp;ilor Maigoan cayó de nuevo en su sopor y
pronto tocó retirada.
-Oh! dijo la seftora de la Palliere ¿notaron ustedes la rigidez de la sefl.ora Ligniere? La presencia del se:tlor :.\!alguan la puso en fuga y ·ese&gt;
viene de que hay competencia de caridad entre
ellos, pues la bija del sefior Maignan es presidenta de varias obras de las que la setl.ora Liguiere
filé despojada y se hacen una guerra terrible quetiene por campo de batana las bolsas de sus amigos y conocidos. Tan pronto como la una proyecta un baile Abeneficio de los huérfano~, proyecta la otra un concierto á beneficio de los
sordo-mudos y esto es una emulación espantosa.
La risa con que la se:i'1ora de Ja Palliere ensefl.aba todos sus dientes y sus muelas, estalló cristalina, sus ojos chispearnn y relampaguearon, y
fijando al fin las pupilas en el péndulo del relo.if
se puso A seguir sus movimientos.
Entraron otras personas. El seflor y la se:nora
de Lavernede. El, un comerciante grueso, pesado y rico, ella una mujercita delicada, elegante,
refinada en su traje y en sus maneras.
Habiendo querido la sel'lora de la Palliere en
su presencia hablar de modas y confecciones y
habiendo declarado que era cliente de Doucet,.
la se11ora Lavernede después de pasear una ojea•
da lenta por todo el traje de su interlocutora, insinuó que en La Bella Jardinera se hacüm muy
bonitos vestidos á. precios moderados. Llevándose en el corazon la flecha envenenada, la sen.ora.
de la Palliere se despidió y se f11é.
Todas estas peqnefl.as vanidades que se entrechocaban en presencia de María Magdalena !&amp;
consternaban, y en René Darlot producían un
efecto contrario divirtiéndolo maravillosamente,
y haciéndolo prolongar, sin pensarlo, una visita
que A sus ojos era amistosa y no oficial,
En el salón como en una linterna mágica. las.
figuras más interesantes se sucedían, y annqu1t
la mayor p11rte de aquellas gentes le era conocida, no podía gloriarse de que lo fuera sino en le&gt;
super1icial y se sentía muy á gusto es~udiando
de cerea conjunto tan curioso.
EJ desfile con~inuó durante largo tiempo y en

consecuencia todas las notabilidades de la ciudad
pRsaron por aquel examen obstinado; y Roberto,
que teni1t un juicio estrecho sobre! la corrección
y las convenienciits encontl'ó indiscreta la duración de esta visita, pero Darlot ni peus11ba en ir•
se; se sentía .como l'n su casa en la de )1aria Magdalena, á. la que nunca podría tomar en serio y
seguía con i11teré~ en su semhlante agraciado la
impresión que le cansaba cada una de las visitas.
El único personaje á. q11ien se olvidó de estu•
diar foé A Roberto, cuya irritación le pareció
simpleme ute una rigidez incorrecta.
Esa noche Roberto declaró A. ll[aria Magdalena
que Darlot Je des11gradaba, y ésta, cansada ue
haber visto tantas cttNS, de haber CAmbiado tantos cumplimientos y oido tantas banalidades,
no tuvo ni el pensamiento ni el valor de de•
fender la cansa de René, inquietándos~ muy
poco de Jo q11e su m11rido sintiera en cuestión de
simpatías, pues pensaba dej11rle libertad para estinuu' ó no A los 1:1migO"- de el11:1., con tlll de que le
fun11 consentiuo apreciarlos A ~u satisfacción.
El comedor de la seft.ora Le CJercq, construido
y decor1:1do II fines del siglo XYIII, teoill todit la
gracia amable de esa é¡ioca en que el arte decoraúvo, alejAndose de ]11.s exageraciones del estilo
arabesco, se ;nspirata en las linells rect11s dél arte griego y arect11ba u11a sobria eleganci11.
En f,Jrma de hemiciclo, ct,n el teche, muy elevado sostenido por pilastras estriadas; 1:ntrepa.1los de cristal ll.lter1111do con
tapicerias semejando «Las cacerías del Hey de Oudry¡,. cu
bierta. con mader8.II incrusta•
das y antiguas lacas del j11pó11
de la m,1r11villosa cerámica
oriental, ésta sala alegraba 1.,s
ojos prese11tantio un conj11oto
atractivo y disponía mejor A
gozar de una buena comida
que l11s salxs dd estilo Renacimiento, donde la encina antigua, los tonos verdes obscuros y las colgaduras de tercloptlo producen sombras en
pleno medio dia.
La. seilora Le Clercq, con el
deseo de ahorrar 1\ Maria M11gdalena tocio el cuidado de di
rlgir un hogar, se llevaba á
BUS hijos dittríamente A comtil'
en su casa.
Por más que no lo hubiera
-creido d Dor.tor Bois de Saint
~lárcel, la vida de su bija estabit mezclllda A la madre de
Rob"'rto de una manera absolutll, pue'I esta irrisori11 limiblción de un piso al otro no detenía A la
seflora de Le Olercq que amaba dem11.siado á su
nuera para no estarse ocupando A.cada mmneoto
de eullnto le coucarnfa, de modo q ne este afectuoso y excelente sentimiento se convertía en una
red de mil mttllae que envolvía A la joven tan
dulee como fuertemente. No salía sin que su suegra subiera t\ arreglarla. y á llevarla ella misma A
donde quisiera ir, y no recibía á nadie que no viniera la su •gr1l á recibir tllmbién, ni leía un libro
sin que se Je pregumau el tí1ulo, ni recib(a carta
alg11Da sin que se le preguntara el contenido.
María Magdlllena aunque muy apac¡tble era no
obstante eapaz de unll rebelión cuando se col•
mara ltt medida de su sufrimiento: pero educada
-con cuidlldosa rigidez. no dej11ba. nr á s11 suegra
lo enojoso que le era no estar nunca sola.
Una ternura que toma semejante c11mino se ha-ce una carga para la existencia.. María Uagdalena no reflexionaba en eato todavía, porq11e tenía
-veinte anos, estaba recientemente casada y la
-convicción de su j11ventud fortificaba su paciencia y Je inspirll ba el deseo sincero de vivir en paz
con todo el mundo, y tenía ademA.s una gran
!!exibilid11d que lu bacfo plegarse fácil1uente A
las voluntades que domimtban la suya.
Esto lt, impedía darse cuenta exacta de snf11s•
tidio babitu1:1l y pensaba que todo veofa de q11e
exrra:ll.11b1i la vida de P11ris, cu11ndo lo que ext1·a:ll.aba en re1didl'd era la libert11d que siempre le
aeja ba su pitdre.
Veitt poco A su marido.
Hob1:rto con no talento verdadero y un conocimiento profundo de 1n ciencia del derecho, -re•
-cogiendo la herencia de su padre y de su abuelo, qne antes que él, .fueron abogados en Montpazier, trab11jotbK mucho y llevaba una existencia poco runndana pues casi siempre ?Btaba

en Palacio, ó bien en su gabinete escribiendo ó
compulsando documentos, lo que le dejaba pocas oportWlidadei; para ocuparse de su bog11r.
Era una 11t1turl\lez,. grave y reservada, pero
Ma1·ía Mllgdaleua s11.bi!l muy bien que era amada
y que se la consideraba como un rayo de sol y
de alei?ría p11ra. aqut!lla exis encia sombtía. y he•
l,11Ll, Ella posefll este don feliz: ser nlfi•gre; reía
francamente, tenia una verbA malicies'\ y espiri·
tual y frases graciosas que despert&gt;1ban simpAtica afección. A cada unll de sus salid11s, la senora Le CJercq sonreía con 11ire de Indulgencia ó
la repnndía con dulzura, y Roberto no decfa nada sino q110 Vl'ía. A s11 muj'!r con ojos brillantes y
un deseo loco de arrebatarla en sus brazos. La
amaba por joven. por espiritual i;in el más leve
fondo de maldi1d y habrf11 q11ericlo co11test11rle,
darle en réplica salidas jac11rando8/\s que le venían á. lo, labios y cosas lindas que le i&lt;ujer(an
el regocij'l y el amor, pero Je cootenfo siempre
un súbito temor de aparecer desm3n11do, y rubos
que todo la presencia de su madre, pues siem¡,ro
nu tercero aboga esa cliue de expitnsiones.
Roberto guard11ba de consiguiente al l1:1do de
su madre y de su esposa juntas, la corrección á
que la sefiora Le Clcrq le tenía acostumbrddo.

Y como Maria Magdalena negara estar con
preocupación algnna, su suegra afladij:
-¿Ha recibido usted alg11na mala noticia res•
pecto A su papá ?
-Oh! no. Esta carta es de Lucia Hartley.
Eicrita desde Londres la carta, Lucía anun•
cihba á. su 11miga que estaba á. punto de embarcarse para Fraucia; que permanecería en París
algunos dí &gt;ts y se dirigiría Juego ll Tregastel
donde pensaba pasar el estío. Partt esto había alquilado una quinta donde llevaría todos sus utensilios de pintora pues iba a. trabllj11r con forma•
lid ad para la próxima exposición. No llevaría cc.nsigo rults q11.e una criada, p11es se proponía vivir
co11 la mayor modestia y senrlllés prefiriendo 1a
naturttleza salvaje de Bretaña y la soledad que
hay en las aldeas de oescadores al movimiento y
11ctividad de Trouvi!le 6 de Dinard.
Al leer la carta Muitt ?lbgda lenn, reflexionó
que le correspondía invitar A 111 inglesn para detenerse en su casa al pasar p11ra Tr&lt;-g,u1tel¡ pues ba•
cíac1tsi un aflo que no la veíl\ á cau11a e.le un viaje
que la 11.rtista hizo á llvlandn y que duró varios
meses.
Como )faría ~Iagdalena Ir tenia µ1·ofundo y
verdadero carillo y la admil·aba por su firmeza
de carácter, dest·Aba \'ivamente voh·er
a nrla, pero ,,acilalla para decírselo á
su marido. Esta timidez que se reprochaba á sí misma, proYt:nia 1,in dudu alguna
de que tn realidad no estabo en s11 casa sino en 111 de
su suegm.
~farfo M11gd11lena sentía lo
deJicado de :;u 1;ituación sin
querer analiznrlo, pero para
liacer práctica una invitación
de esta clase, no debía ser
ella quien invitara, sino la
seftora Le Clercq.
-Lucí11. lfarLley, la amiguita de Londr1.bi' ¿Qnédecia
de em,jo~oi'
-Nada de enojoso, se
11presuró A contestar Maria
:\lagdalena. con la premura
de las personas medrosas.
Por d contrario, viene A
Francia y si te parece, Bob,
me se, ía grato que pasara.
con nc:-sotros aquí algunos
días.
Se había puesto colorada
como una amapola y miraba
Asn marido con ojos irresis•
tibies: rara vez le tuteaba y
más rara aún le llamaba con ese diminutivo iuglé~, Roberto sonrió y respondió sin cuidarse de
cons11.Itar á su m11dre.
¿Quá hubiera dicho al verlo reír ó valsar con
-Sí, bien mío. Yo quiero todo lo que puede
lforf,i Magdalena como ella solíA h&gt;\cerlo para serte grato. Cootéstale sin tard11r á tu amiga, que
ddr soltura A sus nervios contrliidos? A ella s~ debe eer encantitdora. ya qae se ha hrcho amar
Je perdooab,in esas ligeras incorrecciones porque de mi Maria M11gdalena.
era. todavía muy joven .. .... R ,berto sentía esto
En uno de esos arrebatos de buen humor ~ne
y al pensar en la mirad/\ de asombro que le cli•
rigiría eu madre si lo vier" rej11ve11ecerse Je ese no acertaba á. dominar, Mitría. Magclal~na se le•
vantó1 dló una vuelta corriendo al rededor de la
modo, detenfa sus arranqu.es.
mesa. y se arrojó en brazos de R)berto para be·
Así pues, María ?tfagdalena habíll estado mAs sarle á su placer.
lt gusto con su padre que con su mat'ido . .Muy
L'l Seflora Leclercq encontró incorrecta esta
bien babia podido confiarlo A aquel sus pensa- acción. ¿No se b:1.bía faltado en tfeclo al re~peto
mientos íntimos, pues B&gt;lbio\ que era comprendi, q11e le era debido, tomando siu cousultár;seJe es•
da, y que hallaba siempre una excusa en esll be- ta res&lt;1lueión? No obstante, recurriendo á su mannevolencia exponcAnea que tie• en los egoistas sedumbre ordinaria, procuró sobreponerse A su
quienes amando 11.nte todo su libertRd, no pre- mala impresión.
ttmden atacar ni restringir In libertad 11gena.
:Maria blilgdalen11, entregada por completo á. la
Con Darlot mismo, ~forí11. ~iagdaleDI!. se sentía
alegria,
no observó nada y d 1jo con volubllidad:
mis en confianza; apreciuba en todo su valor
-¡Qué
gustazo me has dado! ¡Si vieras culinto
aquelll\ amistad verd11derl:l, y si reflia con él al•
g111Jas '9eees cnando el le dirigía bromas, esas ri- quiero A Lucfal ya verlts qué original es y cnAn•
ftas eran pasajer11.s y servido mAs bien parn es• to talento tieue. Es mucho más bonita que yo y
basta tengo miedo de que me ames meaos deB•
trecbar eu intimidad de buenos cllmarad1ts.
pnés
de que la nRyas cono.:ido. Ha leido mucho,
Una tarde, A la hora de la comidtt, un criado
trajo á. M,irfa Magdalen11 una carta que ella abrió ha viajado, y habla bien en todas las m ..teritts, no
apresuradamentt:. La leyó desde luego y la guar- 1mperf1cialmente como yo, sino con absoluta perdó inmediatamente siu decir una palabra. Ro- fección. Le diré que baga mi retra.o en los días
berto que refería A su madre las peripecias de que pase aquí.
-Imposible: le hará talta su taller, dijo Rober•
una audiencia en que hllbia sido defensor, no observó el silencio de su mujer, pero la seftora Le to, encantado de la alegria de su espesa.
Clarcq cuya ateneión estaba despierta se &amp;intió
-En Tragaste! lo tendrá. Se dari\ prisa para
muy contrariada porque su nuera g11ardaba pa- in9tArnrlo; no importa cómo, pero lo inst tlara,
ra eí el contenido de la carta. Sin embargo, de• porque los ingleses son m11y prácticos. Aquí tenmasiado buena, resolvió no dej!ll' ver Sil desc0n• go también el proyecto de que lo ponga i.i no
tento y dijo con tono atable.
u enes inconveniente. Le daremo:3 para eso, lt~
-¿Q11.e le pasa á usted, mi vid11 1 que se ha pues- cámara azul del tercer piso que tiene una magto tan seria?
nifica luz.

2

�6

La Setiora Le Clercq, dijo con una voz que ella
creyó dulce.
-Necesito la cAmara azul. lle dispuesto de
el111 p11r11 otros fines.
Este vaso de agua helada, calmó el entusiasmo
de :Maria M11gdalena y le hizo recordar que la
casa pertenetíll A alguien q11e no era. ella misma,
Volvió pues A en asiento, en tanto que Roberto;
sorprendido, pr&lt;'gunt11b&gt;1:
-Qne dispuso usted de la cllmara azul! Y para.
quéi'
-He suplicado A la Sel!.ora de Charmont, que
venica á pa&amp;ar á mí casa todo t&gt;l tiempo que le
sea necesnrlo para salir de la triste situación en
que se baila.
Aqui siguió un 1llencio. . . . Marf11. Magdalena se absorvió en la contemplación de nn salero de plat&amp;, en tanto que Roberto, muy contra•
rindo y no atreviéndose A decirlo, se puso A
comer como ei llevara ocbo d[as de no probar
boeedo.
J,a Seftora Cbarmon que pertenecfe. A la buena
sociedud de lit población, era una infeliz cuyo
marido acababa de morir después de una cort/\
enfermedad, dejando A su viuda absolutamente
sin recursos. Esta desgra.cia provocó de pronto
mucha., simpaúas en f1&amp;vor de la sen.ora Cbarmon
que por motivo de su carácter poco eomunicali•
vo, se ap11garon muy pronto.
La perspectiva de vivir con una persona cuya
situación era en verdad dignl\ de interés, pero
cuvas conversaciones, tristezas y melancolías Je ,
giilmas y justas, no podían sino traer su sombras
al hogar. di~gnsró vivamente {l. Roberto.
Lll Se.11.ora LeClercq, observó la frialdad de su
hijo y lamentó lo que acababa de decir, con tanto
muor motivo cuanto que en realidad la Seffora
Cbarmon aún no b11bia sido invit11da sino que por
el contrario le fué necefario resistfrse á las incliseretns io ■ inuaeiones de esta dama. El deseo
de recordar A sus hijos que ella estaba en su casn
y que para todo se debía. tomar en cuenta su voluntad, la babia llevado demasiado lejos, por lo
cual agregó en un timo conciliador:
-Es muy penosa la crisis porque pasa la se11.ora Cbarmon¡ todos sus mnebl~s van a ser ven·
didos para pagar )as deudas de su esposo y durante trtrnsi,to tan amargo, he creído que era bueno ofrecerle un asilo que no ocuparA por mucho
tiempo y podremos arreglar otro departamento
pllr&amp; la sen.orit&amp; Lucía Hartley.
María Magdalena contrariada por este inciden•
te y por lll actitud de su suegra contestó:
- Lucia se apenarfa muchísimo, sei\ora, si creyera que causaba A usted alguna molestia.: la alojaremos en nuestro departamento en - el cuarto
contiguo á. nuestro toc11dor. Y en cuanto al taller
seglll'amente que se pasará. sin él sin lamentarse
demasia&lt;lo.
La eefl.ora Le Clercq no insistió ml\s y la comi•
da terminó rin otro incidente.
María Magdalena se retiró para escribir A la se11.orita llarltey, Robertó entró A su despacho y la
seftora Le Clercq contrariada y berlda en sus derechos, aunque nada.hubiera dicho, y ofendida por
el silencio de su rujo, siguió A éste hasta. el gabinete de trabajo.
Ahí le dijo:
-¿Parece que desapruebas la invitación que
hice A esa infeliz viuda?
Roberto de ¡ronto no respondió eino se puso á
hoje11r papeles con mano distraída,
-Rtispóndeme, Roberto.
-Pienso, en efecto, dijo él con tono frío y respetuoso, que sería preferible no mezclará nna e:xtran11. en nuestra vida intima.
-Y sin embargo Re.abas de antorizar A María
Magdalena para que invite A su amiga ..... .
-El caso es muy diferente; la sellorita HartJey estarA aquí A lo mAs una ó dos semanas, en
tanto que respecto A la sel1ora Cbarmont, usted
e11be cuando va A entrar pero no cudndo va á.
salir,
-Te suplico que la consideres suficientemente
correcta para que no se convierta en una carga,
contestó la seftora Le Clercq con acritud¡ y a.de·
mlls, en caso dado yo sabría arreglarme de maneru que no seria necesario sulrirla mncbo tiempo.
-Entonces, y como ese caso tiene necesariamonte que presentarse, serla preferible dejar á
esft ar nora en PU C'lsa. en vez de darse la pena. de
reci billa, para darsü Juego la pena de hacerla. salir.
-;,Y por qué piensas que llegue ese extremo?
- Usted mlsmn lo ha dld.1c: la senor11Cbarmon

EL OBSTÁClTL().

"EL lCIJNDO TL'C"STRADO"

eetarA aqui basta que encuentre una colocación
honrosa .... Eso puede ser largo. La idea detra•
bajar para vivir le tiene que eer muy penosa, Y
más aún comparando esa. suerte con las dulzuras
de eu existencia equi. Juzgándola con benevolencia, puedo suponer qne ne eatA dispuesta A
abusar ..... .
-¡.TuzgAndola con benevolencia! Pero la conoces bastante para form11rte de ella una idea
exacta? Yo estoy cierta de qne le encontraré. con
las relaciones de que dispongo, una buena posi•
ción en poco tiempo.
.
-¿En Mnntpazier? Ella no consentiría en vi•
vjr de su tritbajo en la misma localidad en que ha
ocupado otrR -posición.
. .
-Así. puPe, ml hijo me rltie porr¡ue he mv~tado para venir A. mi casa 1\. una persona á qwen
compadezco y estimo!
Roberto irritado y rígido miró fijamente á su
madre y dij":
.
-Usted fué la que exi~ió que le dfora mi op1•
nión. Yo no me he permitido reftirla. Haga usted
lo que le -parPzca.
La sellora Le Olercq salió mAe contrariada que
cuando vino. pves había tr11ido al venir ideas con•
ciliadora&lt;1; pero 11\ actitud enérgicl\ su hijo la
irritaba tanto mAs, cuanto que en el fondo de su
causa era mala porque en verdad que Pra enojoso eso de echarse A cuestas la carga de la seflora.
Ch11.rmon.
Sin embargo 111 seflora Le Clercq resolvió pa.snr sobre todo v llevar á. cabo lo que había dicho.
Entró bAj0 está impresión A sus habitaciones y sufrió por la primera vez un hondo sentimiento de
amargura.
Todo lo que habfa hecho por sus hijos le vino
A la memoria.
Había obrado siempre olvidá.ndose de si misma
y no pensando sino en la dicha de ellos. Había.
dejado á Roberto elegir la mujer que fuer11 de su
agrado, hasta pobre, cuando por su posici~n te·
nÍJ\ derecho á mejores partidos que la hija de un
médico sin clientela. Luego, lejos de hacer sentir
á ~farfa. :'tfagdalena estll generosidad JI\ tratnha
como A hijá suya, 111 colmaba &lt;le obsequios. buscabn todas las ocasiones propicias para proporcionarle placnes; v aún babia exigido que los &lt;los
jovenes vinieran á vivir en su casa donde goza.
ban del lujo del hotel, de sus carrunjes y hast11 de
sus criados, porque en resumen ellos no tenian
para su servicio m1\s que una camarera pne!&lt;to
que diariamente comian en la mesa común. Si, ella
obraba bien y los recién casndos parecía que lo
4.uerian alvíd,,r. Podfa coni:1iderarse como pPcata.
mili uta, eso de que no la hubieran consultado previamente para invitar t'l. "ln. sefiorita d"á Hartlev,
pero eso era el punto de partida, de toda una séríe
de disgustos.
Además, Jn t&gt;ntristecia la inusitad11. actitud de
Roberto y de la misma lfarfa Magdalena que había incurl'ido en la temeridad de pasar sobre toda
consideración y alojar en su casa. t\ la amiguita.
Su casa ...... la senora Le Clecq sonrió y el pen•
eamlento de 111 relicidad que gozab11n sus hijos la
estremeció: ella era su providencia; sin ella estarian reducidos A unaexisteneiamode:1ta no contando mAs que con los productos del trabajo de
Roberto, todavía poco conoc!do paraquepudiera
estimarse como seria su posición. Sin ella, Maria
Magdalena descenderla al rango de una burguesita casi en la miseria., esperando los días lej1mos
en que debiera hacerse célebre su marido. Nada
de carruajes, ni de equitación, ni de eleg11ntes
«tea gwn,• ni de sombreros A la última mod:l, ni
de bibelots. ni de almuerzos exquisitamente ser•
vidos par1t invitar á las amigas. Sentirse tan necesaria, dulcificó el Animo de la senora, y la inclinó á la benevolencia y al perdón. Se puso á
pensar en las cuAlidades agri\da bles de .M aría ~fagdalenn, en su igualdad de humor, en su corree•
ción de maneras y ensu gracia aristocrática., cualidades que en suma, bastaba para que se sintiera orguJJosa de la mujerci~ de su hijo, tan linda y tan.
buena. Solamente que era preciso temar una. resolución firme: la de inculcarle bastante bien el
sentimiento de la gratitud que ambos le debian,
para que no se renovara mas esta veleidad de
rebelión.
Como ~laría Magdalena tenía un caracter dócil
y estaba muy bien educada, comprendería lacil·
mente y todo iría bien. En las primeras ocasiones,
A tiempo. eR cuando tlP nf'ce.;lta firme1:a. . En
cuanto á. Roberto siendo elltij&lt;J, tenia derecho para
considerarse en su casa.. . .... De consiguiente
ellrr solo C'rn la que había estado incorrcctn r por

cansa de ella Roberto hn bia asumido en la lucha 1n.
actirnd que nsuminó. El sabia que la sel!.ora Cb~rmon desagradaba ásu mujer y por t'SO sehabiadisguetatlo al saber que la iban á traer A vivir con
ellos.
Desde qnc In seftora Le Clercq tomó el partido·
de ser buena apesar de la ingratitud de quehabia
sido victima recobró su tra11quilidad de conciencia: la grandeza de su generosidad Je dulcificó el·
el cspirítu y se durmió satisfecha.
Marfa MRgdalena después de haber es1:rito Ala
sel!.orit.a llnrtley, rC&gt;flexionó en que hubiera preferido hallarse en una casa que deveras fuera su
casa para recibir A su amiga, porque es muy penoso invitllr á alguien para el sitio en que un.J •
mismo no es mas que tolerado.
Ocho días más t11rde, Lucia II11rcley estaba ya,
en :Montpnzler y la senora Charmon babia aceptado la hospitalidad que la madre de Roberto le
babia ofrecido, de suerte que el placer que causóá :Maria Magdalena verá su amiga, estaba en•
sombree.ido por la presencia const.ante de Ja da·
ma enlutada A quien Darlot llamaba, «la quejum•
brosa Eligia•
Era mur cierto que 111. seno1·a Charmon tenía
todos los derechos posibles para estar triste, pero
ella bacín g11la de esa.tristeza; se izaba sobre su dolor como sobre un pedestal y In exagernción de sus.
sentimientos s~ convertía en una plaga para lasperson11s obligadas A sufrirla. Era una muj~r al·
ti\ y desmadejada, de cabe'los negros, lac1os !
opl'iruidos contrn sus sienes e~trecbas y de perfil
anguloso como las madonru. de la escuela prernfaeJista. A Lucia liartley le l\gradó de pronto su.
tipo ~ajo el punto de vista artístico, pero la indolencia, la dejadez, la desidia de esta persona le
repu"'naron t.an vivnmente, que no pensó ya más
en c;mpa.rarla con los Botticelli puestos á la moda por una reciente JiterRtura.
-Es in soporta ble, declaró A)[aria lligdalena.
Sus suspu-os en dn sostenido menor, su. voz Janguidcciente, sus ojos siempre mirnndo al techo,
todo esto es detestable. No, no es un Boticelli ...
es un cromo barato!
-¿T de veras le gustan A usted mu~ho los pintores primitivos? preguntó René Darlot que sentado en un ángulo del salón dibujaba en una boja de Whatman mujeres d~snudns con alas de·
:'mgel para adornar una edición de GricéUd11~.
¿De veras le agradan A ustedBotticelli, Cario .Maratti, Signorelli, .Mantegna, y toda esa. cntcrva.
de viejos tallados en bronce que se divirtieron
pintando santos rígidos como estatuas de made•
ra., con colores chillones y dibujo disparatado?¿Le ~usta. A usted ('SO? A mi. no.
-Ni á mi, contestó francamente Lucía. Echemos abajo á. los dioses. No me a.grada ni el mismo Rafael. Vea usted el retrato de Juana de Arngón que estA en el Louvre, esta cabeza enastada.,
en un largo cuello, esa. boquita inverosímil, esos.
ojos demasiado grandes, ese óvalo de cara comohecho con compA.s, todo eso no es ni verdaderoni sincero. s~ siente que no debe parecerse al
original. Y el color amariJlcnto .... Los dibujosde Rafael si, los cuadros, no. Oiga. usted Mog~
quédese usted en esa postura en que está., voy á,
hacerle un retrato al pastel. e.Quiere usted~ Voy
A traer m¡s )Apicet:: y un cartón.
Lucía Rartley salió del salón v entre tanto )!aria Magdalena. &lt;lijo A Darlot:
·
-1,Qué opina usted de Lucía? ¿Verdad que es.
encantadora?
-Es muy inreligente. Es una magnífica muestra de esa raza de inglesas de buena compaftia
que ban recibido una sana educación y píensan,
razonan y obran de nn modo viril, Es muy notable ....
-Y muy linda ¿verdad?
En ese momento Lucía regresó trayendo sus.
lf1p1ces, un cartón y un caballete.
Pronto dejó listos para el trabajo todos esos ol&gt;jetos, y poniendo á su amiga !reute l~ la ventana,
comenzó su obra :\ grandes rasgos cvn una fu·•
meza ~·una seguridad de pulso, que entusiasmaron
á Darlot. Este habi11. dejado suneuareladeclarando que tenía días en que no se sentía suficiente•
mente idealista para pintar mujeres ornadas con
angélicos atributos.
Fué luego al piano, lo abrió, se sentó y se pusoA tocar un aire noruego de Grieg. Luego eantótma barcarola de Lnlo.
-Tiene usted una lindn voz y magnifica es cuela, dijo Lucía.
Durlot tocó algunos ~·orupnses deLohengrin.

-Ah! el duo del ultimo a oto .... ¿lo canta us-Lindísimo; pero muy bien podía usted aguarted? vo también.
dar para terminarlo, que nosotros regresaremos.
-Si quiere usted ..... .
-Oh, no! :Xo ee deja y se Vtlt'lve á tomar una
Lucfn dejó sus lt\pices en un momcmo v se obra de arte como el remiendo de una media, dijo
acercó al piano: mientras ella cantaba el duo con Lucía Hartley sonriendo con exquisita amabiliRené, Robe1·to entró 111 salón sin hacer ruido y dad. Espero, señora, que me hará usted la gracia
sonrió desde lejos A )larfa lfRgdalena.
de dejarme A Mag, la cual está hoy en su día de
El retrato apenas bosquejado iba muy bien¡ to- belleza.
dos estos utensilios de pintura, la linda jo,•en que
• -}fa.ría ltagdalena estt\ inscrita desde hnce
servill de modelo, los dos cantantes y el sol de
muy poco tiempo en la Lista de lAs benefactoras
estío inundando de oro el sl\lón, causaban una
del hospicio, replicó la sei'l.orn Le Clercq con to•
sensacióa de felicidad y de fmima al&lt;'grfit.
no im,inuante como para convencer directamente
Desde el momento que lle¡?ó, Lucí11. IIartley se
A un nitio rebelde. Fué presl'ntada por la sel!.ora
habla conquistndo las simp11.1fos de Roberto. Su de Ligniére y l1asta sería nn desaire ,\ dam!l tan
aspecto de seriedl\d 6 inteUgeneia agradóá quien distinguida, 11parecer manifestando tan poc9 npreera así mismo serio ~ inteligente y además, el cio de una obra.\ la .-¡ucella da, y con razón, gran
cariflo que le tenia á. ~larlalfagrlalena, e-arillo sin importancia.
frase.s pero sincero y hondo, le ru1\ muy satíbfac-No cstú &lt;'n edad ~fagdalena, p:lra ocuparse
torio A Roberto.
-Bien, mnybien, exclamó Mnría !llilgdalena. al de esas cosas! dijo Dal"lot que estaba oyendo to•
terminar el duo. Uientr11s estaba oyendo á uste- do, apeiar de su serenata.
La sen.ora Le Clercq le dirigió una mirada codes me vino un proyecto i\ la cabeza: que invitemos ti. algunos amigos y demos una velada musí• lérica.
cal. Lucia cantarA con Darlo!, tú tocru-As el
violln.
- Ya lo consulLaremos A mamá., dijo Roberto.
Lucía volvió A su caballete.
-Vuelva usted fl la posición en que estaba,
}lag: ya no mAs música. en esta estación que ha.
ee t11nto calor.
----.e e toca y se eanta en toda esración, cu1mdo
esto agrada, respondió María :-.IagdaJ~na que se
sentía capaz de ponerse á bailt1run vals. Pero Roberto, nof'senCA11adetumamá sino aquí dondequerill yo recibir. Yqnenoserfn una soírémundana, sino una reunión sencillita de algunas per:;onas de
tu amistod solamente.
-Como tú quieras. Pero de todos modos aqul
esu\ m11mA.
La stiiora de Le Clcreq, en efecto, llegaba. en
esos momentos.
-ll a blábamos de inYitar á algunas personas
A una velada lírica, dijo Roberto.
La seffora Le CJercq respondió vivamente aunque sonriendo:
-Oh! ni pienses en eso Roberto .. , • es imposible! Yo mibma. he quedado sorprendida, vida
mía (volviéndose o. su nuera) de que haya usted
tocado y cantado como acaba de hacerlo.
- Soy yo quien be cantado, seflora, dijo Lucía
con extremada política y aseguro A usted que
ignoraba que la música le fuera desagraaable.
-Ln eeil.ora Charmont como Silben ustedes, ha
tenido un pesar muy reciente; está de duelo y ha
debido encoutrar muy extra:llo que se le hagn
ruido.
Lucia. Hartley trabajaba tranquilamente y da.ba toques de mano maestra á su pastel. Darlot
Roberto enoJado por la insistencia de su masin duda no había comprendido ó no había acaso dre y por el disgusto de :María Magdalena, dijo:
ni escuchado, porque poniendo Ja sordina al pia•
-¿~evf:ras. cree usted, madre mía, qu~ haya
no cantó á Uledia voz la serenata del 1Jarúe1·0.
urgencia md1spensab]e de fr? .i\larfa Magdalena
- Seria, á lo que creo, inconveniente convidar se quedaria mAs contenta acompanando á la. seaún ,\ los amigos m:ls íntimos mientras eJla esté florita Hartlev.
aqui. Eso le sería muy penoso.
-Pues si ia sel'l.orita Hartley qniere acompaSiguió un silencio. Roberto frunció el entrece• fi.arnos, nos causarA verdadero placer.
Darlot cerró el piano. Lucía contestó con sejo: la. presencia de la sel!.ora Charmon empezaba
á caerle pesada; María Magdalena procur1tba en riedad:
-Oh! no, sef1ora. Esn sesi6n me seria muy pe•
vano cruzar una mirada con su amign y Darlot
seguia con sus gorjeos msulta.ndo el duelo de la nosa, y en elln me serta imposible dejar de lastidiarme, yo que necesitoactividadintelecmal ó cor.
viuda.
-Vine para preguntar i\ usted si estA dispuesta poral. Allí necesitaríll pennimecer inmóvil varias
A acompaflarme A la sesión del Comité del Ilospi• horas, y me temo que mi es¡,iritu estaría tan pocio de ancianos desvalidos, continuó la se:l'lora. co ocupado como mi cuerpo.
-No, no, quédese usted, se apresuró A decir
Le Clercq, sin apercibirae de la frialdad con que
María :\tagdalena, viendo A su suegra que había
fué acogida.
Como ella no tenlll deseo alguno de oir música, q:iedado asombrada por la franqueza de su nmi•
ni de dar . una velada para lucir ít. la señorita g~. '1: puesto que no puede usted cantar, ni tocar,
Hartley qne le era antipatica, no creyó ni por un m pmtar, tome usted libros en mi biblioteca y
momento haber estado impertinente, y encontra- lea.
-Gracins, querida, voy 11 salir v ei el setlor
ba muy natural y sencillo que se privaran los
demlls de aquello que A ella misma no Je agra- Dnrlot quiere acompailarmo quedaré sumamente
complacida.
daba.
:Maria ~Iagdalenn se nlejó, Lucia puso á un lado
l'lfnrla Magdalena acostumbrada ií. dejarse
su
caballetey guardó los 1:lpices de colores y Roimponer ocupaciones que le eran enojosas, quiso
levantarse para obedecer A su suegra; pero su berto lamentando que su madre hubiera maniresdisgusto era tan visible de dejar una compania tado su opinión con tanta rudeza, pero viendo una
agradable para ir A una sesi~n de viejas preten- censura. en h\ actitud d43 Darlot, se Irguió y dijo
en tono seco:
ciosas é hipócritas, que dirigió i\. su amiga una. rA-Tiene 11.'lted razón. Es mejor q11e;\farfa~[agpida mirada de inteligencia.
dalena v11.ya con usted.
-¿Cómo, Mag, dijo esta, va usted lt privarme
Y saliópara ir Atrabajar, contrariado,sintiendo
del modelo ahora que mús lo necesitoi1 Quedaría un disgusto creciente, y la impresión de que en
yo desolada, porque mi pastel va bien.
su casa no todo marchaba como debiera ser.
Y agrcg6 dirigiéndose A la seflora. Le Clercq:
De pronto atribuía. todo esto á la infl11encia de
-r:No le parece 1i usted que \"H bien, stñore¿ RenéDarJot, un desocupnclo, un hombre caprichoso

7

que imponía todas sus ideas fl .Maria Margdalcna,
pues evidentemente todas las razones que su madre d11ba eran excelentes, pero no dejaba de ser
r;en ible que cada vez quo ella exigía algo, la jo•
ven se viese oblig11da A prescindir, hacer elsaeriIlcio de algún plncer ó alguna afición, por tnl de
obrnr siguiendo las ordenes de la sef1ora Le
tlercq.
De todos modos A ella ern A quien Je tocnba
obedecer y lo hacia de buenn voluntad sin rcbe•
llón 11lguna, solamente con un ademf\n detri1:1tez1t
que durabll poco y que basta se esforzaba en disimular.
Hoberto est11bn muy 11gradeeido á su mujer por
esta a!Dh.ble docilid11d de cimlcter,pues comprendía que sin esia fl~xibilidad moral y :;in ~sta rlulzurn, su hogar podía com·ertirse en un centro de
disturbios.
La seflora Le Clercq era buena realmente y
amaba A María Mngdalena, pero de un modo autoritario. T,a amabit con despocismo y le nu!Hlcabn Ja personalidad dulcemente con !ormas mur

politicas pero con obstinación. y exigía que esta
criatura de veinte .dios tuviera losgustos,las ocupaciones y ll\s rctnciones que ella tenia, ain permitirle nada Cuera de tüli.
.
. Roberto se decía todo ~st~ recorriendo su gabmete á pAsos lentos. Sí, felizmente María Magdalena tenia una extremada dulzura de carácter.
Se asomó t\ la ventnnn para ver salir el coche
que llevaba á su madre y á. su mujer v frunció el
entrecejo, pues para que se ngravara su malestar
observó qne la senor11. Charmon iba también en
el carruaje imponiendo su duelo enlll.tico.
?llario. Msgdalentt no se atrevió á levantar los
ojos hacia el gabinete de su marido, pues se senti!l p~olundamentc disgustada, l' él, que la. conoc~a bten, comprendió que estubtt la pobrecilla haciendo esfuerzos sobrenaturales para conservar
un aspecto agradable.
Lucía y René Darlot solos en el salón examinaron el pastel abandonado; luego sus ojos se encontraron, se Yieron unos instantes y como si hubiernn cambiado un conjunto de ideas la seno.
rita Ilertley dijo:
'
-Si: es muy favorable, en efecto, qne M~g
tE:nga un caracter hm dócil. Yo no aguantaría un
mes.
-Cuando una mujer se casa, no se cansa tan
pronto .... . . .
-Pero creo que no se hll casado con su suegra, respondió vivl\mente Lucía. Si yo lur,ra amiga de Roberto Le Clercq, lo pondrJa en guardi.1.

�EL MUNDO ILUSTRADO"

11

8

contra un peligro que no sospecha. Conozco 4
Mag porque hace diez anos que somos amigas;
tiene una dulzura y una paciencia encantadoras
y cede, se dobl~ga., y hasLa se nulifica por tem11r
de cont1·arfar á gentes que abusan. Además, es
muy bien uducad&lt;1.. No se ría usted! Pero hay un
lado de su cará.cter que ni su marido ni su suegra conocen; unaob.stiuación extraordinaria cuando se la ha llevado al límite de su sufrimiento.
Entonces todo termina. La he vi,;ro romper con
amigas que la hubian ofendido en ueterminadas
circunstanch1s, y como la amabll.Il, hicieron todos los esfuerzos y sucrificios 1magillíl.bles para
que se reconciliara con elllls. y tvdo sin resultado. Con la política graciosa que usted le conoce
rechazó toda avencuci&lt;.1., y temo que otro t&gt;lllto
llegue á suceder aquí. Es verdud que va á. ser
complaciente basta lo absurdo, pero alguna vez
se llegará á cansar y entonces ..... .
Da.rl11t iuclinó triistemente la C!lbeza.
.En el comedor ornado de clllros tapices, resplandeciente de ceramica japonesa, los COU\'idados de la setior11, Le Clercq acababan de comer.
~sos convidados eran además de sus hijos, la seílora Charmon y ltt se1iorita llertley.
Otros dos dias li11bíllll corrido acenrullDdo el
malestar moriü que resemia Lucia, e-1a sobre
exi&amp;ación particulur que se siente al verá. alguno
que sufre y acepta µ11siv1.Lmente mil disgustos A.
cada instante reno,•ados.
Lucia pensaba que una leve dosis de firmeza
de parte de !\farfa ;\fagdalena llabria bastado para hacer comprender a la señora Le Clarcq que
abusaba dcsu autoridad, que susolicitull inquieta
nimia, atormentadora, celosa, y basta amante tal
vez, era insoportable.
Durn.nte estos dos días, las dos jóvenes no pudieron estar solas un instante: ante ellas apa1·ecia
siempre la sen.ora Le Clercq con su atecto fatigador, ó la seilora Cbarmon, p;\l.ida y enlutada que
con voz lenta les vertía frases en forma de ax.io-

.

EL OBSTACULO
NOVELA ORIGINAL POR Mme. DANIELLE D'ARTHEZ-Ilt.tstraciones de nuestros talleres.
VEBSION .ESPAÑOLA. DE 11.EL MUNDO ILUSTRADO"

_.._,.,_.

Número 2.

lllll.S.

María Magdale11a inspiraba á, su amiga compa.sión. Para un carActer independiente, esta servidumbre debla ser el maror de los suplicios ....
Lucía habría prcft:rido Li; más obscura medianía
de rango y de fortuna, en vez de esta situación
brill!llttt: sostenida por los millones de la seilora
Le Clercq.
No hubfa un minuto de soled,1d, de libertad,
de reposo; siempre en torno de ella, h1 im:o~odidad de una a[ección t0rpe, de una bond11d 111vaaora, de una generosidad imperiosa. }lari~ ~lll~dalcna no iba A una. visita sola, y le era 1mpos1ble tomar resolución alguna, sin d conocimiento
y l.:onsentilllienro de su suegrn.
Aunque Juera un asunto de lnzos y cintas, la
se!lora Le Clercq daba su opinión con tanta ma•
yor autoridad, cuanto que al mismo tiempo obsequi1:1 ba á su nuera con las cintas ó los lazos y pagaba las cuentas dP. l11s modistas á pesar de las
protestas de Marin Magdalena.
·Qné decir en contra de tan amables procederti:? La rueuor señal de rebelión tomaría. tintes
de ingratitud y Marín Mitgdalena no tenía. derecho para sentirse infortunada.
Pero lll seilorita IIarLley no hallaba en su amiga aquella exhuberancia d~ alegría juvenil que
se derramabl\ por todos sus poros cuando era una
nina sin dote y tenía que coser y cortar por si
misma sus vestidos. Ln. villa de entonces era en
verdad un poco bohemia; el Doctor debía tener
sus apuros de dlnero, pero e;;pí~tU superf!cial se
aturdía fácilmente hecho á v1v1r con la vida del
momento, mientras que su bija acostumbrada A
no pensar en el porvenir, estaba tan serena como
él arrebatada por e~e amor A ht libertad y esa
n~cesidad de obrar A su c11pricho que sabia comprender con tau to acierto Lucir. Riwtley.
~lagdalena ahora se ibn tram,formando en una
persona seri.11; sus ojos rient~s tom~ron una e~presión pensl:ltiva, y. en su ~oca, mdo du sonrisa se not11.ba cont1·11cc1ón entrn,tecedor11.
De pronto la Be'ilorita Hartley pensó en aCCJrtar su vi.sita y a1ej1trse de una C¾SII. en que ~o tellÍII. m.As que disg11sto, pero este veneacruento
egoista fracal'ó ante el deseo de ser útil Asu ami•
guita; resolvió no abandonarla en el momen~o de
nna cribis que veia venir, y se pu.;o á, estudiar á,
las gentes ue la casa.
Era inútil el intento de modificar las ideas de
h1 seftora lle Le Clercq: convenci&lt;la esta virja de
sus derrchos, obraba con la voluntad sinc~ra de
ser buena, y amHba á su nuera mal, eso s1, _pero
1 a amaba y no se daba cuenta de que semeJante

9

EL OBSTÁOULO.

afección no era en resúmeu,
mAs que un inm•mso egoismo.
Robet·to á. pesar de su aspecto un tanto rígido, reservado y serio, le era sfmpá.tico á
Lucía que pretendía h.allar eu .
él un cará.cter tirme y leal,
pero sn frialdad habitual alejaba toda tentativa de intimidad, toda intervención en sus 11suntos por más
qne fa.era discreta y limitada. No se atrevh uno
á bablar con un hombre a~í que ocultaha toda e
sus sensaciones y testirieaba su amistad soltlmente por medio de un apretón de manos un poco
acentuado ó sn.s anti!)atfos por un obstinado silencio.
Roberto era un reservado: oía, paseaba sobre
t1us interlocutr,res unn mirada 11cerada, y si hablaba era en términos precisos, exa.ctos y breves,
y siempre lo que decía tt&gt;nia impol'ta11cia y de•
mostrllb!l una hien cu.ltivsda inteligencia. ¿C&lt;,mo
que este h..imbre no se Apercibía de Jo quepasaba en torno suyo? ¿Podría haber incurrido en
el error de tomar A Mari&gt;1. .Magdalena por una
chiquilla sinfundamento? ¿Podría haber visto no
más que el anver~o dtl lit. medalla no viendo en
ella sino su graciosa dulzura y deduciendo de
allí que el pl.'.tcer lle goz¡,¡r de las generosidades
de la suegra bastaría para hacerle soportar todo
en cu11lquiera época?
Y Lucia reflexionaba sobre el verdadero escollo de la educación femenil en los países latinos
que encarcelándolas en un dédalo de exigencias
de convención, las lleva á casarse con un hom•
bre á quie11 no conocen y el cual t\ su vrz tampo·
co sabe de su novia sino que es una joven que
habla inglés, toca el piano, pinta y baila con elegancia. Cuando escoa dos f'xtranos llegan A conocersees dcmnsiado tarde para retroceder, y de
allf es de donde vienen principalmente los matrimonios desgr,1ci11dos.

"ª

La educación s11jona, permite por el contrario
á. los jóvenes estudiarse y conocerse mutuamente¡ llls mujeres de la buena socied d son generalmente mas instruidas, mAs serias, menos frivoli1s que las de otras razas; tienen una personalid11d mlts acentuada; y aunque su exterior es
menos atractivo, el fondo do BU alma v todo su
modo de ser-, tiene má.e solidez y virilidad y compensan con su franqueza Ddorable el engañoso

encanto con que otras mujeres sacen ocultar su
verdadero carácter.
Viniendo á la sellara L1&gt; Clercq, f'S cierto que
no hubiera intentado nulíticllr, por ejemplo a.
la s"1iorita BHTtley, porque la trntativa le h1tbría.
pnrecido imposiblt&gt;; y i;in embargo, ll&lt;'g,.do el
momento de la crisis, tal ve~ fllllrfa M1tgdalena
prrsentara una fuerza de resi.stenci/\ mAs dulce
pero más invencible que la rígid11. voluutad de la
inglesa.
Una agravación de estos forcejers era 111 pres1111cia de la seftora Cbarmon, cuya instrucción
babia sido mAs at~ndida que su educación: babia
~ido no ml'ls que institutriz en su época ml'jor, Y
haciendo como que lo olvidRba, afectaba el mAs
extrafio desdén por las maneras, los usos, las
cdnve•saciones y los trajes de las personas de
}.(ontpazier, ¡esas gentes burguesas que no sabían
lo que era buen gusto ni lo que era 11ristocr11cia.
M11ria )hgdalena encontrab11. á. la se!lorll Cb11rmon sencillamente ridícula y sus pretensiones ínjustificRdas le parecían nada m,ís cómicas; pero
Lucia Hartley, dotada de un espíritu más delicado sobre los principios de la justicia, había concebido verruidero odio hacia esta mujer pretPnciosa que la. 1;1brumAba con relatos de sus v-iajPs
por toda Europa, citando A tonttis y A locas los
nombres m!\s distinguidos y cayendo en inconta•
bles errores.
S ;empre estaba la SPftora Charmrn diciendo á.
voz en cuello que tenla el propósito de trabnj&gt;1r
y no abusar de la ho~pitalldaj que le babíll concPdido tan generosamente la seftora Le Clercq,
(pues A pern,r de sus muecas de superioridad deddefl.orn, fabia adular a. la, gentes que le eran necesarias,) pero ú despecho de esta resolución
pregonad,1 A todas horHI!, p11recia querer Pternizl:lrseen la c,na. l[anifesubaA la seftora LeClercq
una complucencfa y una admiración sin limites,
le servia de secretMia escribiendo fa abundante
correspondencia de cada día, la acompafl.llbii ;\

:sus Yisitas y sabia, en su oportunidad, colocar la saltado de un plan conver,ido entre las dos jóve1raee lisonjera que debería hacer resaltar á los ojos nes y caliticó de pretensión audaz la de querer
del mundo la bondad de su protectora poniéndose sacar de la casa A la se1iora Charmon porqne no
-ella comunmente como ejemplo afortunado de los era del agrado de María .Magdalera.
· efectos de esa bondad.
-Situación anormal. . .. ¿Y en qué? respondió
La senora Le Clercq que la había recibido con la vJuda resignAndose i\ 111. lucha y no creyendo
repugnancia, comenzaba ya. á felicitarse de tener que Lucía se atreviera A llegar á una explicación
á sn )lldo persona que tan bien lll complacía.
concreta.
Lucia con vista de todo esto no tornaba á Jo
Pero ésta, con la tranquilidad que la caracteri•
serio ks proyectos de trabajo de la viuda, y en su zaba.
concepto lo que se necesitaba para variar el esta-En qué? usted misma lo rlice A todas ho·
•do general de loe cosas, era una escaramuza, una ras. , ... y de mi parte no concibo nadt\ mée pecolisión por la qne Roberto se apercibiera deque o oso que la convicción íntima de ser una earga
en su casa, su madre obraba con demasiado des- para algn.ien.
potismo. Se necesimba una crisis para abrirle los
A estas palabras, la sen.ora Charmon tembló,
ojos 4 este marido, y se decidió á. precipitar la la eeilora Le Clercq se puso p,\lida y miró fijaerisis sirviéndose para provocarla de la sen.ora. mente á la inglesa que sostuvo esta mirada con
•Charmon que le devolvía en odio visible sus an- una serenidad candorosa y Roberto pensó:
tipntfos.
-¡Qué responderá, esta viejll?
El día pues á que nos refedmos, en la sobreLa seftora Le Clercq ae atravesó diciendo con
.mesa, la sefioritaHartley le dijo con suma runabi- tono seco.
Jidad:
-Acabo de manifestar A la setlora que estA
-He oído decir 1\ usted, seilora, que tiene vivos muy lejos de Bflr unll carga para nosotros y aun•deseos de encontrar una posición decorosa .... que sus escrúpulos so11 honrosos ...
-Ciertamente ....110 puedo abusar ya má.s de
-Ya lo creo! imterrumpió Lucía. En mi país
la inagotable bondad de lll sefl.ora Le Clei·cq.
hacia el cual Ja sen.ora de Charmon demuestra un 11.
- Usted no abusa nunca., repl,icó ésta.
§.dmirRción que me halaga., he visto mujeres de
-Es usted tan buena que trata de tranquili- c,levadísima cuna con sus mismas ideas, que guszarme sobre este particular pero sé muy bien que tan de bastarse A sí mismas y que aunque tenDO ea posible que la presencia de una persona ex• gan familia rica prefieren como ella dice, trabajar
rtra11a y en las doloiosas eircnnstancias en que yo con todo yque parecería menos penoso aceptar so-estoy, deje de impresionar de un modo penoso si corro de los parientes en vez de recibirlo de los
no A usted que es excelente, a lo menos á sus hi- extra1ios.
jos.
La sellora Cbarmon estaba pAlida .. ... ,)[aria
-Que no Jo son: pensó Lucía.
Magdalena y Roberto un poco cohibidos pero en•
María Magdalena hizo un movimiento casi cantados. Lucia continuó con su más dulce y graimperceptible en seftal de afirmación.
ciosa entonación:
.
·
-En ese caso, continuó Lucía, con la misma
-Sí: esos escrúpulos son muy delicadas y aumen•tranquilidad, espero que será. del" agrado de us- tan mi estimación hacia. la sefl.ora de Cnarmon y
ted la proposieión que voy A hacerle.
para testificarle mis simpatiás escribí sobre
La se1iora Cbarmon frunció el entrecejo y lan- particular á Lady Grey. La situación es bnena, y
.zó a Lucía una mirada venenosa y uoa sonrisa estará usted a.JJí en casa de una gran seflora que
rforzada.
bien nacida y bien educada, oo desprecia á na•
-Una de mis amigas, Lady Grey desea una die.
institutriz francesa para enseftar ll sus dos hi-¡Pobres burgueses del\Iontpazier tan desde.liosa.jas ....
mente descritos por la sefl.ora Charmon! Lucía los
-Obl interrumpió vivamente la sefiora Cbar- vengó con una sola palabra.
mon, no siga usted, seftorita, esa clase de ocupa-Piénselo usted, concluyó la joven inglesa.
•-eiones no me agradan. Yo no podría aceptar.
De mi parte, me siento dichosa porque le puerlo
-Pero ...... dijo Lucía con verdadero asom- ser ütil en estas circunstancias.
bro ¿no ba sido usted institutriz?
-¡Muchas gracia~! dijo lacónicamente la viu-Antes de mi matrimonio .... Creo compren• da esquivando dar una respuesta precisa.
•derá nsted muy bien cuán penoso me seria acep•
María Magdalena tuvo laimprudencia de aven•tar A mi edad un empleo sabalterno después de turar una observación.
1baber tenido tan brillante posición.
-Lady Grey! ¿Es aquella joven que pasa los
-Oh! insinuó Maria Magdalena: le es á. usted inviernos en Londres y posee en Escocia muchas
•tan poco grata la sociedad de Montpazierl
. tierra.e y castillos? Ob! La senora Charmon será.
-En fin. aftadió la viuda, me desagradaría sa- muy feliz allí en medio de la vid11 de lnjo que
tanto le agrada.
•lir de Francia.
'
-Sin embargo, usted me ha manifestado repeMientras Lucía hablaba, la senora Le Clercq
•tidas veces su admiración por Inglatern, replicó se había contenido aunque con pena, pero Ja inLucia llartlcy, y hablaba usted en términos que tervención de su nuera I&amp; exasperó confirmando
deveras me han conmovido. A~í pues deberla ser sus sospechas de una conspiración entre las dos
1muy grato pRra usted regresará. aquel país en amigas. Bajo esa impresión, contestó con acento
-que tiene, según dice, t11u buenas rel11cio11es.
muy duro, mAs duro de lo que ella creía y con
La sei'lora Charmon bajó loe ojos como quien la acritud autoritaria. que se tom~ para correjir
~allando quiere dar punto A una conversación, r\ uo chico inconveniente.
pero Lucia qué no gustaba de dej11r las co~as A
-Ruego á u~ted que dPje obrará. la se1iora
Cbarmon como mrjor le parezca: bastante se ha
medias, continuó:
-Serfa bueno, á lo que erro, extiminar mi pro- hablado ya de eete asU1Jto desagradllble, y la
posición, no sea que más tarde se vea ust~d en 1~ burleta de usted me parece in1empeetiva.
-Roberl)O replicó con tanta rudeza como la de
necesidad de aceptnr otra menos ventnJosa, s1,
,eomo me parece razonable, desta u,u!d salir de su madre.
- María no se h11 burlado de nadie.
la posición anormal en que esti\.
-Pues eSII insistencia por hacer entrar á la seMaría Mugdalena dirigió á su amiga una mira•da de gratitud, Roberto con un aire serio anali- nora Ch,1rmon en un camino que no le es grato,
zaba ]a actitud de h\ seftora Chnrmon, y en cuan- • me parece inconveniente.
-La seflorita llartley no na creído que ofen,to a la seflora ·Le Clercq, una irrit11ción sorda comenzaba A 11poderarse de e1la, encontrando que dería íl ninguno ocupándose en buscar una posición decente pttra una dama, y que ella misma
Lucia insistía demasiado ·s obre el parLicuh1r.
Con la susceptibilidad nerviosa de las gentrs aceptaríR en caso nl'cesario.
--Oh! ciertamente que si, dijo Lncia con mu,que tienen en mucho su autoridad; concibió la
,sospecha de que esta proposición podía ser el re- cha calma enmedio de! hnracAn que había provo-

el

cado: yo no consid~ro un trabajo intelectual como bochornoso, sino que por el contrario me entusiasma. Parece que no se siente usted bien
Mag. ¿Qu1ere usted venir conmigo á tomar el aire?
lfo'rfa Magdalena babia permanecido a.terrada
fl causa de la humi111tción que su.trió al sentirse
tri,tada como una chiquilla rebelde y caprichosa .
Roberto que lo notó se disgustó profundamente,
y Lucía antes de salir se despidió de la sel1ora
Le Clercq y dijo A la senora Cbarmon sonriéndo·
se graciosamente.
-Perdóneme usted! Le.mento mi torpez11 1 pero estaba en la creencia de que ustPd de veras
deseabn salir de apuros y en su lagar de usted
mf'I bubiese sido muy grato hallar esta ocasión.
Roberto 11nnque tenia h cosmmbre de quedarse acompailando A su madre después de la comida, se levantó esta vez y siguió á. las jóvenes dirigiéndose los tres 111 jardín.
El aire estaba tibio, apacible, inmóvil, y en
los Arboles mudos y en los nidos que dormían, no
se escucbaba ni un susurro; las altas siluetas de
los muros recortaban un cielo azul lentejueleado
de estrellas, y abajo, entre las yerbas, 10s grillos
melancólicos entonaban su serenata argentina.
A veces, bajo la sombra de una hoja ó en una
brizna de yerba, el cintilar de uni1 luciérnaga. parecía unaráfágade electricidad .... Robertoeomprimfa con su brazo la manecita de su esposa y
ambos marchaban sin decirse nada folices en esta
soledad, pero contrariada ella todavía por la ercena que acababa de ocurrir. Ll:l se1ioritn ll11rtley los seguía. á poca distancia cantando una
melodía rusa.
Robeno y :Mag fueron íl seo~arse en un banco
al pié de una acaci11. centenaria cuyas copas de
flores claras estrellaban Las tinieblas del follaje,
y se quedaron oyendo la voz deliciosa de Lucia.
-¡Cullnto gozaría yo, dijo María Magdalena,
oyendo ll usted desde aquí! Si :Uera usted al salón, abriera la ventana y cantara y tocara unos
momentos, me sentiría feliz.
-Roberto, que sabur&lt;'aba un ciguro, dijo:
-Oh! si, cante usted, seft.orita.
-¿Pero olvidan ustedes que no debemo satrevernos á. n ..da bullicioso que ataque el duelo
d~ la dama negra?
-No baga usted caso de esas ridiculeces y cante, se lo suplico. Yo mismo me siento con disposiciones musicales, y tan pronto como acabe de
fumar mi cigllrro, nos reuniremos con usted y to•
caremos algo de Beetboven. Mi María no me puede acompalillr, no sabe; se contenta con ser encantadora .... y hace bien.
Lucín Hartley ee a lejó, y entonces Roberto pasó su brRzo al rededor del t11.lle de lila.ría Magdalena y la estrechó tiernamente. Poco acostumbrada a las p11lllbras dulces, y A lvs arrebatos de espansíón, sintió conmoverse su espíritu; todos BUS
enojos, tod11s sus fatigas, ~odas las humillaciones y contr11riedades resen tidas en los últimos
meses le vinieron á. la memoria al mismo tiem•
po, re11gravados con laescenade la comida, yentonces ocultando su rostro en eJ pecho de Roberto se puso A sollozar con extremada violencia.
-No llores, bfon mfo; no podemos exigir A mi
madre que despida A esa mujer. 1\ft madre ea
ama en su casa.
-Ay! Y también en la nuestra, murmuró la
j0Vf'n.
Roberto tal vez no oyó esto último, y continuó
diciendo.
P1ero lo que sí podemos haceres mantenernos
un tl\nto separados mientrns permanezca aquí la
seflora Cbarmon. Ma11ana almorzaremos en nuestro deparramento. ¿Podrá. bastar para este servicio tu camarera.
-Si, dijo María lfogdalellll. vivamente, y yo la
ayudaré por más que no sé gran cosa. Pero seremos tan felices solos con La.cía.
-Convenido, No llores más porque eso me es
muy doloroso. Oye qué bien canta la seflorita
Hartley. Es delicioso oir mú.sica tan buena en

�EL llB'-TÁCULO,

10

una noche como estll, Abrúzame ~lag, abraz&gt;1 A
tu marido que se esté. exponiendo por tí A un
trance probi1.blemente enojoso, y vamos Atocar,
querida mía.
Roberto que no tenía delante las miradas lm•
ponentes de su madre, se olvidó de ser correcto,
y tomando AMaria ?ibgdalena en brazos como A
un niflo, echó A correr A través del jardín.
Sus care11j1tdas produjeron en la casa un rumor inaudito de que se Psombr11ron los ecos; la
sefl.ora Le Cler,:q quehnbía notado con impaciencii1. que aquella inglesa impolítica cantaba é. p 1•
sarde su prohición, vió desde la ventana el escandaloso espectáculo de &amp;u hijo y su nuera re•
tozando como unos colegiales, y oyó esas risas
que insultaban el duelo de la senora Charmon, y
ofendían su dignidad de ama de la casa.
Un instante después sonaron juntos el piano Y
el violin; su violenta irritación 11e acentUó más
todavía y se retiró A fU cuarto. Mucho mt.s tar
de, ya avanzada la noche, nfa aún sobre su c11beza la música, 111.s voces alPgres y la risa, y durmió poco, porque pensamientos am11rgos 111 desvelaron pareciéndole indigna la defección de Roberto, quien, al parecer, había tomado parLido
contra ella.
Como rn dignidad rst1tba t•n jaf'~o, como se
creia hlstimadll en sus jns1os dercelws u la grati·
tud de sus prc-tegidos, y como 110 Hll c&gt;1paz de
tomar vías pacificas en circunsL11ncias seruejan •
tes, se resolvió á salir al encuentro du los sur.esos antes qne vinierun A ell11. y á rt'pdrnit c n IDano enérgica al hijo que, por sgradur A bU mujer,

11

'fl:T, lmNDO 11,0~TRADO"

innato en todas las obreras parisienses, cuyo
gusto exquisito se form11 mirando de c~rca. Y todos los dfos la.a m1\s re!inadas eleganc111s. Esta
criada. cuando estaba. bien ata:~ia~a, podía p_asarporuna ecflorita y podía au.1bu1rsele el mismo
j!'énl'ro de distinción que pose1a la senara d1;1 la
Palliere.
.
Estela se babia dado cuenta dela ant1patínquelnspiraba. á la sellom Le Clercq Y se la devolvía.
con creces, culp.\ndola no sin razón, de Ja_s tristezas v diso-ustos de l\faria Magdalena. A,1 pues.,
entre ~arna"dos mujeres de coudición um desigual babia unll animosid11d secreta.quesetrn.ducill
de p~1·1e de la suegrn en una rigidez c~si insultante,
y de p11ne de la criada en 11;na políl!ca exagerada que desmentía. la expresión trav1tsa de los labios v de los ojos.
Fué pues un verdadero placer par,1 Estela ~sn,
mallRna 111 dirigirse al mercado, poner los medios.
para que en su camino la en~onl.l'ara_ la sell.ura
Le Clercq que volvía de la pr1mtra nusa en _compaflia. de IR viuda. La senara muy Borprend1d1&amp; y
no sabiendo Jo que p1,sAba, le hizo la indicación
de que se detuvlerll y Estela se aproximó.
-A donde v11 ustedi' le dijo como si se tralare,
de una criada suya.
-Al mercado, sellara.
-Al mercado! y para. qué?
- El sellor .y rn e~posa tienen la intención dealmorzar hov en su dep:irr.amento.
El tono con que la sirvienta pronunció estas
palabras era muy correcto y respetuo~?• peroera iruposibu dejRr de observar el_ rego_c1Jo. mterior que sentia diciéndoles y la m1rau11 10qws.dora que dirigió á, l11s viejas. Evidentem~me esta
muchacha comprendía mtty bien que el paso
dado por sus amos era el primer síntoma de una
rebelión y ya esperaba con ansiedad m11I sana el
grito de proLesta de la saegra cuya auturid1:1d sede~co11ocía. La senc,ra Le Clercq hizo un esraerzo supremo y se 11lejó con su amiga sm pronunciar uni1 sola -palabra.
La senora Charmon dejó pasar aljrunos minutos y luego &amp;uspiró con una vo.z doliente y re,
signada:
-No sabré como pagar á u~ted el beneficio de
su hospitalidad, pero considero que y1t ha durado mucho y qu~ seria indiscreto sc-gulrla aceptundo por mAs tit&gt;mpo.
La seftora Le Clercq la vió con ojos airados.
-;.Quién hace á usted suponer semejante cosa?-Ob! seftora: la actitud de sus hijos de usted.
Dillgusto á la nuera de usted y esto es muy natural, porque es joven, Rma la alegria y soy par~
ella un nuncio de tristeza.&lt;&gt;, lllis tocas de viuda,.
mis melwcolías, mi triste situación son notas discordantes en la !ieata de su vida.
Con mucha habilidad la viuda descart8ba A.
Roberto y hacia caer toda la carga sobre Maria,
Magdalena.
-Esta determinación de quedarse en su casll,
me parece una consecuencia de la conversación.
que tuvimos ayer y delos ofrecimientos tau amables
como tenaces y obstinados de la sel'iorita ·
c,taba. A punto tle olvidar á su madre. Sí, ella le
hablarfR claramente, y h11ría resaltar el derecho Hartlev tan calnrosa.mente apoyados por su amiga. En ·verdad que la joven inglesa debe tenerleque tenía p11ra conservar_en su ?asa A la seft~ra
Chllrmon, así como también bar1a ver que Miss mucho carillo para tomar sus asuntos con tal viHariley era una joven mal educada y que liaría vacidad.
- l'. sted cree que la. seftorita. Hartley . . .. ?
M:~gdulena b11bia sido ju :tamente reprendida.
-No me permito creer,peropresumo que llyerestaban de acuerdo para hacerme salir de aquí y
· ·L~- c;ia'cia' tl~')i~gd~Í~~¡ ·h~h~
do sirviendo desde muchos anos antes de suma- que ahora lo estAn todavla.
Era inútil excitar á lasellora Le Clercq A la cótrimonio \' la babia sc"uiclo A pesar de la natural
lera,
pues de por si estaba verdaderamente irrirepugnan.ci11 que ma11ifiest.9n contra la vida de
tada.
E,te acto de rebelión afladido ¡\ las escaraprovincia los criados pariHien&amp;es, preocupada
por todas esas geIJtt'S que sin haber salido nun- muzas que venían sucediéndose desde bacía ticm- ,
ca. de la capital, describon á los provinch1~os_con po, a.iladido á la hostilidad de María M~gd11leua,
FUjPción A una liter11tura netamente pes1m1sta, respecto de la sel\ora Charmon, manifestad¡¡. dt's•
T11lento y 8ltgria de Curtifieaciones para adentro; caratlamente en la escena de la víspera y S!&gt;bro
pero m(ts allá, nnda más que estupidez y hastío. todo la audacia de haber reído, cantado, toca.doEstP.ll\ . verdadera chica parisiense, fina, dies- y valsado toda la noche, tomaba el caré.cter d1:
tra, babi! y coqueta, había s~gLlido A su ama á una insurrección.
Pues que! ¿Esta jovenzuell\ de apariencia rienAlontpazier, lo eual era una prutoba de yerda?er11 adhesión. Su caritl\ audaz, la expresión nva te v dulce era capaz de arrastrar A Roberto A bl'·
de su mir11da, la fig11ra mé.s piqaresca que clásica meJantes declaraciones de guerra? ¿Era v, nluJ,
de su nariz su risa reveladora de dinntes muy que su hijo se retiraba ya dd poder m11lcr11oi'
limpios y sus maneras provocativas, todo este ¡,Iban los dos, ¡ingrntts! A olvidar todo lo t1uo.: li..1conjunto había sido del mayor desagrado para bfa hecho por ellosi'
La fortuna, l!l casa, los criudos, los coches, to•
Ja seflora Le Clercq qne estab11. imbuida en las
do
ese lujo de qnegozaban ¿de quién crai'
11ntiguas idE&gt;11s sobre domesticidad, y le repugnaEs muy malo tener siempre presente la idea. d,el
ban las f11mili11riclades dtt esta muchacha que sin
ser impolitica hrnz11bl\ lL veet&gt;s frnses cómicns bien que se hace, porque se convierte en uua ohque causaban la hilllridRd do l\[ada Magdalena. seción que toma proporciones unormalc:i y uwl, 1
'r11mbiéu le desagr11daba verla lll!lll' los vestidos u.nu por exajerar su propiagenerosidu.:! á tul punrlf'stchallos ¡,or ~u amn que ella sabia rerormitr to qm· pum compeus11rl11 parcctn poca» lOt.!,l a t.e11 el seutido de la última moda. con ,•se tacto negación y toda grutltud.

~{-¡r¡~

¡¡

·;~i-

1

-No: quieren ustedes sencillamente darme una
-Esta cri1tdn, uftadió la viuda con acento dulza- nencia en la casa y era nH•jor que hubiera enre,
rrón, tiene unas maneras desagradables. Estaba dos v conflictos domésticos: la viuda dominaría. lección.
-No nos permitiriRmos tal eosa. Y puesto que
mirando A usted con impertinencia, seguramente mAs.rácllmente por m1&gt;dio de la vanidad herida A
una mujer despechada y 11islada que fl. una madre usted Interpreta mal mis razones para obrar así
para penetrar los pensamientos de usted.
( be dicho mis razones, porque Maria Magdalenll
Todavia erd mll.s grave la ~ituación puesto que viviendo en la feliz intimidad de la fi1.milia.
Al cruzar por el vestíbulo IR sc:ll.orR Le Clercq es extratia A todo esto), debo dar una explicnse le ha.cía conocer tal resolución por medio de
una criRda. En vez de ponerl11 al tanto personal- distinguió A su hijo, y en vez de detenerse como ción: usted tiene derecho de abtigat' en su cas1i
mente y con política, se obraba con tanta incon- de costumbre A 1•.;cibir su snludo, abríó con vive· A li\S personas que quiera, pero si esas pet·•
veniencia que se la expo11ia A la humillación de za 111 puerta del SR)ón v desapareció cerrándola sonas me des11gradan, tengo A mi vez el dtt·
ser un objeto de burla p,1ra esta mujercilla vul- de un golpe con un ruirlo seco, desagradable co- recho, y no puede usted desconocerlo, de reti•
rarme hasta que hayan cambiftdo dA a,ilo.
gar.
mo una reprensión acerb11.
-Lo que yo pens&gt;1bal griLó la sellara LeClercq.
Bi1jo el poder de sn irritación, la sefiora Le
Roberto h bía venido con la intención de aviClercq apresuró el puso, impaci ente por llegar A sar A ~ll madre que ese dfa él y su mujer come- Una inevitable disynntivl\, . una elección que hacer: ó vosotros, ó ella! Y tienen ustedes la presu c11s11 y no sabiendo aún si deberitl encerrarse rían solos "º su dep11rt11mf'nto. Era la vez prime
en un silencio digno ó llamar A ~us hijos ni cum- ra quo lei h11bii. venido el capricho de est.e acto tención de hacerme ceder!
-Madre .... Está usted equivocada.
plimi.-mo del deber.
de libertad, du este egoísta y dulce plncer de es-Bien sabes que no. ¿Crees que no observé
- Lo mejor para mí, siguió diciendo la senara tar en su comedor, Fcrvidos por su cri11da con su
Charmon, como si no se hubiera apercibido del vajilla propin, y babí&gt;t t-n esto un ensayo de inde- ayer é. qué punto de mira íban hs serviciales
estado moral de su protectora, e:; acepLar lns pro- pendencia qu'&gt; diverlíll A los dos r los librnba. de e fertns de la scllorita Ilartley? Ilabía previo
complot entre las dos jóvenes.
po~iciones de la senonta. Ttartley.
la lam~ntahle y tétrica figura de la seftora. CharR(lbc·r•o no rec"gió esta acusación.
EsLe nombre exaltó al último grado la indignn· mon.
-No me es gratu la conducta de esa selloritn,
ción de la oeftora Le Cl,rcq que dijo en tono liRoberto s.:;rprendido de la actitud de !JU m&lt;tdre continu1 la seflora con vehemencia: ha faltado
gero.
- Lo mejor para usted es estarse como se es11\ y sin sospeeh&gt;1r la c11u~a, entrv trlls de ellll al sa- ayer ll la discreción, pues no debí11 permitirse l,L
sin acoplar ofrecimientos que según dijo ayer le lón y 111. encontró 11git11dll quitándose los guante3 libertad de tomar parte en asuntos íntimos que
son &lt;;lesngradables. 111\game usted favor de pen- con movimit&gt;ntns ai.J·&gt;1dos. Al verlo, la senora de no lll conciernen.
- Esll es precisamente otra razón que tengo y
sar eu que soy dueili\ de mi casa. ~o son 111s re- Cbarmou bil.ludó y se entró por l&lt;Ls piezas inte•
por la cual prefiero quedarme en mi casa, dijo
beldías de mi nuera lns que me harán cedn 11in- rlore,.
-1,De!&lt;'IIS hAhl111·m"? rlijo IR Ff'flnra Le Clercq Rl)herto con tono trnnquilo . A usted no le sim•
gu110 de mis derechos el más imilíl.'nnhA hfo ele l"R
patiza. la sellorit11
1
cua es c~ recibir en mi
Hartley y no quiero
ciu;u n quien me de lagaimponer A usted su
n11. Se qued1iril. ustetl á.
presencia. llllsta rue
mi lado todo el tiempo
11trevo i\ considerar
que quiern, ~· aun ni;í le
que A elli1. le seria peconfieso que mé serA penoso sentarse A la menosa su ausencia porque
sa de usted despué~
tengo hacia ust .. d la ruás
de la escena de ayer.
vint simoaria.
-Creo ¡Dios mo
La viuda quedó encanperdone! que mi hijo
tad 11: hizo un rel11.to de
quiere darme leceiolos servicio; que podíi1.
nes de cortesía.
prest111· á su amiga, sobre
-No. Le explico A
todo aumentándole la inusted le11lmente el esfluencia social, pues estado de mi é.nimo, y eso es todo. En mi casa es dontaba A punto d8 fundarse
de la seflorita lfartley recibe hospi t111idad, y me
en l1t localidad una susiento en el deber de ahorrarle, si puedo, todo
curtill I de la Asociación
incid11nte desagradable.
Internacionnl del trabajo
-Me parece, sin embargo, que he comprimido la
femenil, y ella intrigaría
contrariedad que me cansaba, y no me acuer do
A tin de que :n senara
haberle dicho nadl\.
Le Clercq fllese nombra-Usted le dijo mucho reprendiendo á ~faría
da Presidenta.
1illlgdalena de un modo más que rudo.
-Vaya! hijo mío: basta que pareció la verdaEra esta una empresll
dera razón de tu golpe de estado de hoy. Yo
gig1tntesca. Se trataba
creía que una .mujer de Ja edad de Marfil ~{8gdade fundar en todas las
lena, podía aceptar de la m&lt;idre de su marido
ciudades de import11ncia
una observación, una reprimenda si 8Eí quieres
casas de asilo para las
llamarla. Bastantes pruebas de mi afección le be
doncellas jóvenes y podado en todas 1118 formas posibles, parll tener sobres y talleres en que se
bre ella los derechos que podría tener su propia.
les proporcionara traba•
mRdre.
jo, pensamiento tilantró·
Roberto murmuró con disgusto:
pico que debla ser del
-Hablamos dem1111iado de derechos!
agrado de la seftora Le
No había visto A la sefiora Le Clercq en un esClercq. Siendo así, la se1\ora Cbarmont se ofrecía 1\ ir é. Inglaterra, don - corblndo por lo Bl\no é interrumpiendo el afec- t8do semtjante; siempre le había parecido la razón misma, equilibrada, dulce y buena. ¿De ctónde resi&lt;Jía el Comité Central pan e ,tenderse con tuoso saludo de su hijo.
- Sf: quería avisarle que no almorzaremos hoy de Je venía esta ira formidable de hoy? Segura•
la Directora gem::ral, estudiar el funcionamiento
mente de causns íntimas que no podía expl!C8r.
de la 11sociación, sus resultados y sus medios de con usted.
Roberto dijo est11 cosa enC1rme \ranqui111mente ¿Qué pre;:¡cnpación tenía en contra de Maria
acción.
Si Lucia Hartley la hubiera oído exponer elo • sin fijuse "n lo milsmínimoenlaimportaneia que Magdalena? ¿Por qué esta actitud de ofendida
ante la resololución tan natural, que los recién
cuentemente todos sus proyectos, habría com• le daba su madre.
casados habían tomado de gozar un poco de su
Esta replicó con tono agresivo:
prendido desde luego por qué esta mujer rechaza-Hoy solamente,
hcgar?
ba el empleo enojoso y cansado que se le o[recia
Roberto permaneció pensntivo unos instantes
Roberto observó que la seflora P.staoa irritada
y no la hubiera tachado mAs de indolente y nula,
viendo A su madre que iba. y venía por la sala
pues babri11 comprendido que por el contrario te - y se que~ó miréndola con asombro.
-St1pongo que eso no tiene por qué serle á con una fisonomía cerrada. y dura que no le ce.nia el espiriLu más suspicaz y se había trazado
necia. La alusión que ac8baba de hacer A su
un plan para ponerse al abrigo de lll necesidad, usted uesagr11d11 hle, ¿no es así?
-De nin¡1:ú11 modo, amij!'o mio, de ningún mo- afecto por M.arf" M1tría Mag,111.lena y A las pruegozando de todas las consideraciones mundanas.
¿Hi1.y en efPcto un medio de existencia. más fe- do; re.;ponrlló ella con la misma entonación sar- bRs que le había dado, tué ufensiva hBEta para él
cundo, menos ingrato que el oficio de dama eari- cásticn. Y si A tu mujer le 11grada continuar en mismo. Este recuerdo indiscrtto de los benefitllliv111 fun&lt;tadora y conservadora de obras pflls? sus ens,1yoa cuLn11rios, que lo haga en buena cios otorgados resultaba humillante, y despué~
de un corto 11:.lencio, dió la vuelta para salir.
La sellorll Cbarmont conocía mAs de una cele- h(lra.
La sel'wra Le Clercq, por su parte, habiendo
RobPrto tl'nia la particularidad d~ carácter de
bridad. de la. beneficencia que vivía con lujo sin
más arte que explotnr la compBsión de las bue- erguirse cuando ~e tomaba con él una actitud desahog11do el pri mrr arrebato de su indignanas almas, y prt:!~ría esta carrera A la de la ense- que le desagradab,1 1 y contestó con mare11da ción, y dPjado ver hasLa qné grndo se sentfa herida, empezó A calmar3e. S&gt;1.bÍ!l. el imperio que
frialdad.
ftanZ8.
ejercía sobre su hijo, pero sabía también que btl
-Si
A
mi
mujer
le
agrada!
¿Y
pl•r
qué
dice
Si este su primer proyecto frac8Saba, ella sabría
de todos modos hacerse indispensable A esta vie- ustt:d es(\? No es ella quien ha propuesto que nos cará.cter era de acero, de una pieza, le11l y firme.
Una vez que él quedara convencido de que ell11
ja. rica y pi1gada áe si misma, y atraerle tal acu- qued1\ramos en casa, sino yo.
extralimit8ba sus facultades; una vez qui, sosµe-Dever11s .... ! Y se puede saber por qué?
mulación de negocios, de correspondencias, de
cbarA con fundamento que se tr11ta.ba de nulit!-Oh!
dijo
él
más
8ltivo
todavía,
hay
muchos
viajes y deresponsabilldades, que le hiciera falla
car la voluntad de Maria ll!agdalena, todo habría
motivos,
y
le.
irritación
de
usted
me
demuestra
absoluta una colaboradora.
Para alcanzar este fin y hacerlo menos dificil que ya loe ha comprendido. Pero permítame us- termiDado y se retira.ría sin calcular las desv,mde lo que á. primera vista parecfll, era mej r que ted 11nticip1trl" que ni mi esposn ni yo hemos te- tttj'l ~ qu'I le podrían sobrevenir.
L I od!ora Lu Clero,¡ sintió mlrdo de que eso
Roberto y su esposa rueian l'oJl&gt;tiurs 1\ su permR• nido hi iutcucióu d1 de:111grad11rla.

�EL OB!'\T ÁCULO.

12
sucediera porque le am11 ba, y celosa de conservar su ascendiente, comprendió que tanLI\ cólera
era in11sitada y qo.e predisponía a. su bijo en
un sentido temible, porque no tenia seria j11stificación. Así, pues, con una diplomacia femenina,
casi involuntaria, tomó un acento conciliador y
dijo con dulzura:
-Amigo mio, ya comprenderAs, estoy segura,
la tristeza que he sentido al saber por conducto
de una criada impertinente la resolución tomada
por ustedes de alejqrse de mL
-Por una criadu.i' preguntó Roberto.
- Sí: Estela, esa descarada, me lo anunció hace pocos momentos en tales términos, que supuse que ustedes se lo habían mandado así para
darme un disgusto. A mi edad tiene uuo gran
trabajo para renunciar á. sus constumbrcs, y yo
tenia 1n ilusión de conservar á. ustedes siempre
conmigo. Amo á María Magdalena qne es una
ni!\a encantadora, y si no se hubierau interpuesto entre nosotros personas necias, nada de tisto
babria oeunido.
Roberto, cuyo corazón era fá~il de conmoverse y que profesaba A su madre una ternurll profunda, sintió crecer et1t!l ternura al oírla expresar;:;e de esa suerte, y no vió en su anterior arranque mlls que la explosión de dolor de una anciana que creía estar en visper11s de ser abandonada por su:s hijos, y experimentaba el terror del
aislamiento.
Entonces volvió vivamente hacia ella.
-¿Cómo ha podido usted pensar, le dijo, que
faé1•amos capaces de querer ocasionarle una pena?
¿Usted tenia la esperanza t:le conservarnos siempre A su lado? Pues esa es también nuestrl\ espe:
ranza y nuestro deseo. ¿Qué haríamos sin usted?
La amamos demasiucto para abandonarla. Y digo
que la amamos porque María Magdalena no ba
pronunciado nunca una frase que no sea de adhesión y de reconocimiento, y no ha hecbo ni 111.
menor alusión A lo que usted le dijo ayer. Xo
sé á quiénes se refiere usted como autores
de nue3tras desa ve9encias, pues la sei1orita
llartley es bastante inteligente, y por lo mismo
no ha. de pretender enredar a. nuestra familia. En
cuanto {i la se1'1ora Charmon, le aseguro A nsted
que no me agrada porque no 111 creo ni leitl ni
buena, y su aire de tristeza me parece afectado.
Pero si es del agrado de usted, está. bien, es justo que usted no se preocupe por mis antipatías.
Contenta de haber reconquistado toda la influencia que tenín sobre ~l la seilora Le Clercq,
sonrió á su hijo y con esa facilidad de concesiones que se tiene en los momentos en que e:.tá uno
enternecido, lo dijo:
-Puedo probarle el interé3 que tengo en su fa.
,·or sin conservarla en casa. Puesto que no es del
agrado de ustedes, pondré en ejecución un proyecto de que me ac11.ba de hablar: se trata de un
~.-iaje para ciertos informes, un negocio que no
tiene importancia para tí y del cual te hablaré
mas tarde.
-ConmoYido por el eacrificio expontaneo que
Je bacía su madre, Roberto la abrazó sonriendo
y le dijo:
-¿;{os invita usted esta nocbe a. comer?
-Ciertamente ¿y por qué ne á lllmorzar?
-Porque :llaria Magdnle, a se da en estos momentos la mar de trabajos para organizar su famoso almuerzo. Es una cosa divertida verla ir y
venir, dar órdenes, v.gilar las cacerolas y estli.
primor•)sa con su delantal blanco y el aspecto de
mujercita de su casa. Sería para ella una decepción que no se hicier.an los honores á su cc,cina.
-Pues yo, dijo alegremente la sen.ora Le Clercq
quedaría encantada juzgando por mi misma de
los talentos culinerios de tu mujer. Y si se me invitara ....
-Magnífico! Almuerce usted con nosotros y
esto nos pondrá muy uf,rnos. Ser:.\ nuestra primera recepción. Voy á a visnr á Maria Magdalena
que tiene una invitada. ¡Se va á pcner mas contenta!
Si en efecto se puso contenta con la noticia, lo
disimuló bastante, porque acogió con un silencio
absoluto la noticia llevada por Roberto.
Toda atareada recorría el comedor disponiendo una mesa magnifica, cristalería resplandeciente, vajilla con sus iniciales qne ese día deb[a ser
estrenada, argcntel'ia enteramente nneva, salero
JfnenLes y u poya-cubiertos lucientes quecontrastaban con el juego de tenedores, cucharas y cuchillos de forma antigua obsequiados á su hija
por el Doctor Bois de Sain· Marce! que eran de
plala oxidada y que tenia.o esa incomparab!e
belleza que sólo el tiempo sabe dar.

13

."F.L lr!TNOO ll,U!'ITRA00 11

-¿Y cómo se proporcionaron ustedes estas her-·
de
asperon, geranios, margaritas de ancha corola moeas flores que nada deben al arte?
- Yo salí cuando toda vía dormían todos en esblanca, ramJ\s de madreselva y de yerbas exquita
casa. Siempre me levanto muy temprano pue&amp;
tas que tan ricamente ornan con sus racimos y
al amanecer es cullndo mejor se goza de los ensus penachos 111 s zanjas y los vallados.
La sel!.orita Hartley pretendía que la sa_bia na- cantos de ht naturaleza. Salí y me aventuré por
turaleza da quince y raya A todas tas ciencias el primer s~ndero que encontré A mi paso.
--¿Y salió usted sola?
qne se relacionan con la floricultura y que sus
-Sin duda. Pero por el camino me encontré
geranios, mnrgaritas y madreselvas eran supe•
con Darlot que es el excéntrico más agrR.dable y
riores en belleza ú las más famosas orquídeas.
-Son, decía, mt&gt;nos pretenciosas y más gallar• había salido cOino yo A ver eJ despertar de los
das. Las flores de formas extra.nas mti 11.gradan campos. Eso es encantador: las hojas cubiertas de
poco y me despiertan l&gt;1 descoolianza; l11e veo co- rocío las flores entumecidas todavía por el suemo cosa fnlsifíc11d1.1, como cómicas encargadas de no d; la noche y los árboles y las lej!lnias envuelun p11pel superior á sui:; fuerzas, como coquetas tos aún en 1,i bruma ....
Da..Jot me condujo A un sitio encantador, un
que se pint;¡n para parecer henuosas. Vea usted,
rrtiro
bajo las bayas c.-rca de un est11.nqne de
Mag, que curvas tan exquisitas las de estas c11mpánulas y con que grncia cuelgan de su tallo agua azul decorado poi• mastuerzos y prímulas.
flexible y largo, y cómo estas p1 ímulas las enlazan Desde allí se contempla nna extensa pradera hadulcemente en tanto que l1:1s malvnrosas ostentan bitada par vacas mansas que parecen arrancasus tonos pálidos. En un ramo deflores silvestres das á un cuadro de Troyon y mAs adelante exencuentro todo un poema delicado, en tanto que tensos trigales del color del oro. Nos sentamos
esa~ camelias premiadas en las tixposiciones de en una barda y nos pusimos á contemplar ese
jardinerfo y horticultura, son prosaic11s con pro- campo que se desperfzaba preparándose para. la.
·
sa vulgar, tienen la acticud afectada de esos que lab&lt;'r del día.
De pront&lt;', las a'ondrasfueron las primeras que
de pronto enriquecen y se vuel\•eu condes 6 duques sin que tengan los ra~gos esenciiiles de la saliendo del surco, toc11ron la diana; luego las es'piges irguiéndose sacudieron las gotas de agua
nobleza.
que las a.diamantaban, y los ababoles empezaron
A desplegar sus pétalos con extremada coquetería.
- U3ted, seft.or Roberto, que se sonríe, ¿no ha
asistido ¡amAs 11! despertar de un campo de tri•
gos y de ababoles? Pues lo compadezco á. usted,
porque este placer refresca el Animo, como el rocío refresca el eútis. Todas las pequeflas miserias de la vida le parecen a uno entonces lo que
en realiddd son: futilidades indignas de ocupar
la atención! y se comprende que la mejor, mits
pura y mas grande de las dichas es tratar de
identificarse con la naturaleza, amarla, y no ser
sino unrt parte consciente de ese gran todo. Aseguro á. usted, sefior Roberto, que yo siento mncbo carillo hacia las plantas, y que me causa pena arranc11rlas ó corti1Ples sus flores. Sí, esto es
muy cierto y sin emburgo vea usted qué abundante colección traje conmigo. Pero faé el sei'lor Darlot quien las cortó, pues aunque sea sen•
sible como ~-o tiene más energía, y á. pesar de
mis prote3tas, recogió todas esas flores que eran
alií tan felices.
Ilablando con ese acento musical, y un poco
cadencioso de las inglesas, Lucia dió A sus margaritas en el vaso de asperón Rzul una figura artística y compuso su ramo con 111. atención y buen
gusto con que un pintor compone su cuadro, en
tanto que Roberto imeresado en lo que elle. decía, y divertido A la vez, seguía con los ojos el
movimiento de aquellos dedos blancos y ágiles
que doblaban cariiiosamente los tallos y colocaban con cuid11do las corolas á tin de que lucieran más.
Esta intimidad de conversación le 11grababa y
consideraba :l la senoi'ita Hartley muy inteligente y muy superior A las demAe mujP.res que fre•
cuentaban 111. casa de h\ senora Le Clercq. La seMaria Magdalena escuchRba sonriendo á. pesar guridad y la sencillez de esta encantador11. ni!\a,
de sus preocnpaeiones, y dijo:
le eran sumamente simpáticas y le inspiraban un
-Acaba usted, Lucía, de plnnte11r una tesis sentimiento de sincern amistad. Pero al mismo
que sería de todo el agrado de René Darlot que tiempo, pensaba en que si su madre hubiera oido
como usted, es un tanto cuanto original y maruA- tales conversaeiones no las coroprtnderíe. y ta•
tico.
charfo A la se:liorita Hartlev de farsanteó de loca.
-Darlot, aunque parezca extr11flo, dijo Rober-¿Y qué opinión se ha 'formado usted d~I seto, comparte las opiniones de usted res¡,ecto á. il.or Darlot? le preguntó: observo que en muchas
las camelias, y lo diré franMmente, hRsta con materias tiene opiniones muy semejantes A las
cierta rudeza poco cortés. Ya sabe usted qo.e mi de usted.
madre tiene una soberbia colección de cllmelias·
-Me es agradable, pero muy agradable, con. Dnrlot se negó en dfas pas11dos A en-'
pnes bien;
testó ella con ingenua sinceridad. Es un espíritu
trar á. verlas en el invernadero, con tC'do y que deJicado y original y aunque lo conozco muy po•
también hay hermosi,imas dalias.
co, se me fignl'a que debe ser bueno y que no
-Horribles, m~y horribles, gritó Lucia con có debe tener procupaciones vulgares. Pienso que
mica indignaciót!. La aalia no es una flor sino deja correr el tiempo sin preocuparse ~ran cosa.
una bola eriz1tda hecha con tubitos de nojlllata. de la vida material y prActica, y yo lo ,,dmiro
Es rigida sin perfume ni gr1lCla; rlor tonta como porque en estos tiempos ese desprendimiento es
la vanidad ó mrjor dicho, n:&gt; es una flor sino la verdaderamente raro.
obra matstra del mal gusto de los floricultores.
Deben ser muy interesantes loi dii!.logos que
Concedo que los colores son brill11ntes, pero no sostienen ustedes cuando están juntos. E$ta uu1tfene más que el co!or y pare usted de contar. f111n111 por ejemplo, al contemplar la salidll augusEn cuanto A las camelias por bellas que se1:1n, se ta del sol sobre los horizontes campestres, camfignra uno siempre viéndolas, quo son flores de biaria.n u-.tcdes de fUo reflexiones y entusiasmos
pap·eJ y en el acto piensrt uno en que estAn muy llevados 1\ la hipérbole.
apropósito para adornar los cromos de santos
Lucia hizo un signo de negac16n.
que engalanan el cuarto del pot·tero.
(Continuará,)
Uaría Magdalena habín ido á dar un vistazo
por la cocina, Roberto reía escuchando á. la jo•
ven, pintora y le preguntó:

La aei1orita Ilartf.ey arreglaba en un

Vil.SO

-No hemos cambiado diez palabras, dijo. Stin•
tados en la barda permanecimos silenciosos, porque todas_ las palabras tienen un sonido débil y •
falso en ciertos momentos, cuando la. impresión
es natural y no literRria. ¿Cree usted que le vendría al pensam:ento hablar cuando estuviera oyendo la pastoral de Beetoven?
·
Esta maft.ana las alondras, las abejas, las boj'ls
de los Arboles, las espig-,1s de trigo y las conientes, ejecutaren la pastoral para que nosotros la
gozára11:1os y lagozamos con beaút-c.dreligiosa, y
he considerado que el seiior Darlot tiene talento,
por que per..:ianeció absorto y silencioso. Al separarnos me dijo con naturalidad. »Esto es muy
hermoso ¿no es cierto? Pues hay un sitio verde,
aislado v pintoresco al borde de un estanque, y la
voy á. llevar á usted allí: se contemplan espléndidas puertas del sol.
Es un estanque de
aguas verdes invadido
por los iris y los nenúfares, situado á la orilla del
río junto á las ruinas de
un castillo abandonado
que ahora es nido de buhos; baga usted de cuenta: un cuadro de la escuela l'úmAntica ó una bala• ·
da de Victor Hago, y está 1\ ln altura de las notas
nrtisticas de 1830.
-Vaya, vaya. .. y usted de segu10 irá. con
aquél desiquilibrado á
buscar sensaciones raras
y un catarro.
-Vade retro! espíritu
prosaico, replicó riendo
Lucía. Iré .... yalo creo
que iré y debería, para
gozar v erda deram en te de
tan belloespectá.culo, vestirmeá la moda delas damas de aquellos tiempos:
cabellos sueltos en largos bucles, mangas aglobadas, zapatos puntiagudos y un chal de burato
A la espalda, fingniendo
para realzar el traje una
gracia mórbida y langaicleciente, en tanto qne el
sef!or Darlot llevnba cabellera larga aunque fuera postiza, levita con Ril•
cbas vueltas de terciopelo y un cuello que no
le dejara volver lá cara.
Roberto reía alegremente de estas locuras y
Lucía afladió:
·
-)fo ha observado usted cuAnto inflnye el traje sobre las ideas? Si en
un baile ele máscaras se
disfraza usted de arlequín, de Don Quijote ó de
griego de los tiempos he•
róicos, de fijo que no se
sentirá. usted con las mismas inclinaciones que si
va vestido de rey mago ó
de médico de los pobres.
-Lo que pasa es que usted toda se vuelve imaginación.
-No tanto, no tanto.
En esos momentos llegó la seiiora Le Cleroq
trayendo consigo á la se:f!.ora Charmon que no
habría sido correcto dejar sola, y desde luego lll
conversación se hizo penosa.
Maria Magdalena estuvo muy cortés y Roberto
observó esta circunstancia; conocía bien ásu mujer y notó la contrariedad conque obraba, con•
trariedad que también el sentía.
Eiite almnerzo intimo que pudo ser delicioso
entre los tres amigos jóvenes y alegres, se convertía en un trAnsito de monotonía como la de
los días anteriores. En vez de rasgos de ingenio
y placer delicado, iba á haber la eterna conversación sobre las d1versas instituciones benéficas de
fo ciudad, sobre las honorables damas del Comité deCarida.d, ó sobre el último sermón del padre
X, asuntos siempre iguales que se trataban todos
los dfRs en términos invariables.
Lucí11 eHaba mur f.1stidiadu y empezó á pen-

zar en que A pesar de todo lo mejor para ella era
seguir sin r.,érdida de tiempo su vi11je A Tregastel
á !in de comenzar los trabajos preparatorios de
su cuadro.
La señora Le Clercq recordó A Maria ?ifagdalena. que por la tarde los esperaba en sn casa como
de costumbre, y la joven dió políticamente lns
gracias A su suegra. Al hacerlo tenía el aspecto
lastimoso de un perrillo que ha roto sn cadena,
que cree haber reconquistado h1 libertad y A
quien se trae de nuevo al collar y al poste cou pll·
labras ca.rinosas y una cuerda en e l pescuezo.
Con todo y ei!tos inconve11ie11tes, bacla el fin
del almuerzo la conversación después de haber
estado peaada se animó súbitamente. La señora
Le Clecrq afectó quedarse largo tiempo examinando los cubiertos de plata oxidRda en que estaban grabadas las armas de los caballeros de

Bois de Saint Marce!, y María Magdalena preguntaba para su sayo con inquietud si su suegra iba.
á llevarse las cucharas y tenedores como se había llevado en dias anteriores el joyero blasonado, pero no sucedió asi sino qne propuso UD medio menos radical.
-Tengo, dijo, algunRs piezas de mi servicio qne
necesito repnrar con mi pl,1tero de París, y voy
al mismo tiempo á hacer que se lleYen estos cubiertos, vida mia.
-Que se lleven! ¿y para qué?
-Para que les g1·aben el monograma de usted
en lugar de esas armas ·que no son suyas. Es UD
trabajo muy f1\cil que no alterarA el mérito de la
argentería.
Roberto c11si no se fijó en esta indicación, pero
Maria Magdalena resintió una contrariedad tan
viva que cambió de colcr y dijo esforzándose
herólcamente por conservar un acento tnnquilo:
-No, eeft.ora: no se borraran esas armas de que
soy la única heredera, porque me pertenecen y
tengo la debilidad de estimarlas en mucho. Este
es por otra parle un antiguo servicio de cubiert&lt;.'s

que perteneció á mis ahuelos y que me daría gran
pena fuesen desnaturalizados.
-.Aseguró á usted, 'rida. mía, qne esa es una
vanidad ridícula.
-Tiene usteu mucha razón, seiiora y no lo, discuto, yero le ruego me deje con mi vanidad por
ridícu la. Que sea.
Maria Magdalena que estaba positivamente
exasperad:1., bacía esfuerzos supremos por conservarse en los limites de una deferente cortesía. Y
esto, unido al disgusto de no haber poditlo quedarse so!a en su cas!l con su marido y su amiga,
de no haber podido librarse ni por un solo día de
la presencia de su suegr11., em la última gota de
amargura para su corazón en el que la amargura
ya rebosaba.
.Apercibiéndose Roberto de que su esposa tomaba muy á. pechos este asunto, insignific11nte á
sus ojos, dijo:
-Moctilicar esos cnbiertos seria inconecto y
lu1sta ofor.sivo para el
Doctor que Josreg,tló así
:í MarÍ!l ~Iagdaleua. Por
otra parte este blasón es
muy bdlo y comprendo
muy bien que te agrade,
)taria i\fagdalena.
Ella dirigió á. su mari•
do una mirada de reconocimiento.
-Entonces, imterrumpió con arrebato ¿puedo
usar las joyas de mi fa.
milia blasonadas así, y
usar tarjetasdeviFita eo11
el título de mis antepasados agregado á mi nombre?
-Quién lo duda! Esas
cosas tienen tan poca importancia ....
María Magdalena sonriente af!adió volviéndose á su suegt·a:
-Ya lo ve usted, sen.ora? :E spero que me devolverá usted mi joyero.
-Está. bien, repuso
secamente la sef!ora Le
Clercq.
Roberto se Apercibió
entonces de que sin pen•
sarlo había dado un golpe á su madre y que ella
estaba contrariada, por
lo cual 6intió una impresión penosísima y se preguntó á si mismo con angustia si los mAs menudos incideoted de la vida
diaria iban ll provocar
esc11ramuzas de esta clase, y si todas las convere~ciones sencillas ~ n
apariencia, ocultaban lazos en que debería caer
para diagustnr según el
caso á su madre ó á. su
mujer.
Lucía. Ilartley que sintió acentuarse la frialdad
con este inc.idente, dijo:
-Yo comparto con María :Magdalena el gusto
por los b!Rsones. annque no 1&gt;E'a mtis que bajo el
punto de vista artístico. Y cada vez que seme ha
ofrecido pintar para mi uso porcelanas, entrepa:ilos y tapicerías, il tener escndo nobiliario como
usted, querida amiga, de t'ijo que lo hubieru preferido ó cnalquier11 otra cosa. Es un motivo muv
bello para piezas decora!ivas, y observen ustede·s
que así lo han comprendido y practicado los más
notablee oroamentistas.
-Desgraciadamente; replicó la se11ora Le Olecrq
con tono incisivo, se ha abnsado del ornamento de
tal modo que ya lo usa todo el mundo inclusive
los más plebeyos: hasta. en casR. de los más descamisados ganapanes be visto leones heri1ldicos,
escudos y todas esas paparruchas nobiliarias. No
hay fabricante de jabón ó de betún que no ponga escudo3 de arm1ts ensu marca de fábrica, y han
acabado los blllsones por ser nna. necedad de que
quiero curará. Maria Magdalena.

-E~ ca'.!.!.:~.,t:vc e.e n~c:os1 ~-:::::.p:.·~n.c.e s~:~ J.

�11 EL

los que se sirven de eso sin tener derecho, replicó L u"ia Harllev.
-¿Y se sabe ·con certeza quiénes son los que
tienen derecho? replicó la se.nora Le Clercq que
realmente se olvidó de su habitual mans~dumbre. SI se tr11ta no más de lasge11tes cuya .nobleza es muy conocida, muy pura, y de la cual pueden seguil'se las huellas en la historia, está. bien;
pero todas esas pequelleces prete11closas venidas
uo se sabe ue donde, esas familias obscuras de
hidalgü~los pelon~s que se lla.maron Del Soto
porqut, había en su hered1td UlJa cerca de vare•
jooe~. ó Del Estauque en honor de algún charco
corrupto¡ toda esta seminobleza necesitada )' iilti va que no se remonta! centenar y medio de
nfios, no es mAs que plebe locamente avergonzada de su origen! La fitruilia Lé Clercq á la cual
ptrtenezco porque me casé con un primo mío,
tiene uetrAs de ell11 siglos y siglos de honrada
burgesín. Hemos sido consej~rol&gt; en el Pllrlamento úe Normanufa, poBeemos nuestros anales y
nuestros orcb.ivos \IUe aunque no estén blason11•
dos, v11.len tanto CJmo cualesquiera otros ó acaso
mAs. No se encu1mt1·a en ellos ni un acto de deslealtad, ni una villanía, y desde hace má.s de
trescie11 tos afios somos los primeros de la provincia por nuestra honorabilidad, nuestra riqueza y
nuestrns alianzas con lus casas m,\s distingtüdas.
Usted, vida mía, 110 nos trae las primeras armas
que hubiésemos podido tomar, pues hemos tenicto una vizcondesa de Villeresne, u11a bitronesa
de Vatan, una marquesa de Lancieux y A lo qa.e
me imagino esas noblezas valen tanto como lade
usted. :Sin em bargC1, nunca hemos admitido la
adición de un nombre, porque el nuestro.babastado. Ahora, haga usted lo que Je parezca!
Esta vehemente salida po11ia de relieve el 81ma de la seftora Le Olercq. llabia cierta altiva
gl'andeza en su actitud y en su acento, reivindicando sus derechos de plebeya, declarando muy
alto su burguesi11 1 que no se había dignado blasonarse con tl escudo de los Lancieux. En lo que
cLijo h11bí11 mucho de verdad, pero lo dijo con tan
am11rga acrimd, que la consternación fué general eu corno de la mesa. Maria blagd.tlena con
los labios temblorosos y el rostro pálido, hizo un
supremo esfuerzo parll contenerse, y se levantó
diciendo con dulzura:
-Me siento un poco indispuesta, y les suplico
ma permitan retirarme unos instantes.
La selior,\ Le Clercq, apercibiendose de que se
había dejado llevar por la ex!lltación un puco lejos, dijo dulciflcando la voz:
-Caa usted, querida lfagdalena, que no he
tenido ni la más leve intención de ofi:nder A usted, pues be hablt1do en tesis general.
María :Magdalena no respondió, y Lucí" dijo
cuando iba saliendo del comedor:
-Voy á pintar para usted sus armas en dos
jarrones normandos de porcelana, que adornarAn
la mesa de un modo muy decorativo.
Eso era la mejor respuesta á la setiora Le
Clercq que sintió el dudo y lanzó á. Lucía una
mirada de desdén que fué recibida con absoluta
5erenidad. En cui1mo á. Roberto, estaba aterrado.
Esta comida preparada oon tanta alegriit. por
María Magdalena, terminó en las circunstancias
mAs de1agradables.
Roberto dejó la mesa casi inmediatameute, y
fué Lucia la que quedó h11ciendo los honores con
palabra segura y tranquila, metiendo A la se:ll.ora
&lt;Jharmon en juego y divirtiéndose en exasperar
ll. este dama al recordarle las funci.mes humildes
y de dom1c:stie1dad qu~ había ejerci&lt;lo en Inglaterra entre las daiuas de alto rango, &gt;:\migas de
111 misma Lucía.
,Se necesita una diversión.&gt; Este rué el pensamiento que concibieron A. la vez Roberto y Lucía. La situación i;e l1abía puesto tan tirimte en
los últimos dias, que estaba á punto de quedar
se1·iame11te comprometida la paz de e~te bogar,
grar.iits sobre codo ñ la presencia de la seJlora
Oharmon cura introducción en la casa había
provocado la ruptura de hostilidades. De réplica
en réplica, de iucidente enincidente, se babia llegado u un venosi:Jimo est.lldo de cosas, que ya
no ¡;e podin prolongar.
Desde la arenga de la suegrt1 colocando A. los
Le Clercq sobre un pedestal de tres siglos de virtudes y de riquezas, 1as m1meras de María Magdalenli habfan cambiado radicalmente, y tQda su
jovialidad, s-u aJegria infantil, sus encantadores
donaires habían desaparecido viniendo A susti•
tllirlos la más cumplida cortesía. Rabia adoptado la actitud correcta de una persona que está.

MUNDO ILUSTRADO.,

de visita en una caga antes no conocida; sonreía
con exquisita amabilidad, pero por amabilidad,
y hRblaba y contestaba A .su suegra con la entonación con que se dan informes sobre l11 &amp;alud de
querfdos amigos que en realidad son perfectamen•
te indifereutes.
Lacia que estaba en observación, pensaba para sí:
-Estamos en el período que precede á la cri. sis: Mag se refugia A sus principios de buena educación para poder soportar á su suegra, pero no
se pasa impunemente de las expansiones de la YÍ·
da íntima á 111 corrección soeill.l. Roberto habra.
notado este Cllmbio?
La.cía no tenfa con él la confianza suficiente
para iaterrog~rle sobre el particular, y 'l"eía peligrosa e.. ta situación al suponer cou fundamento
que el joven no conocía tanto como ella el cai-Ac
ter de María Magdalena.
Roberto ainnba !\ su mujer; c&gt;so era indiscutible,
pero no tenía casi con ella expansiones por razón
de carácter y l111llnba muy natural, juzgando por
sus propios sentimientos, la reserva de l\laría Magdalena que nunca le hablaba de sí misma, de sus
sentimientos, de sus aficiones. Conocía de ella lo
q ne podían igu,ümente conocer lus extral'los:su vida a plena luz. pero nada de lo interior de su alma
y de su corazón. Adem.As, las circunstancias de
su manera de vivir estaban muy lejos de favore•
cer el establecimiento de tal intimidad, pues la
presencia ine,;table de una tercera persona, era
un obstltculo invencible contra toda aproximación afectuosa.
Roberto, satisfecho del género de sus ternezas y
hallñndose correspondido en una forma semejante, no pensaba en ambicionar más. La creía una
niJla muy sencilla y riente, juzgtmdola por la
i-uperficie jovial de su carácter, pero no sospechaba ni una voluntad, ni una energía, ni un orgullo de mujer bajo aquella apariencia amable,
regocijada, infinitamente seductora, resultado de
una disposición natural, feliz, cultivada por la
mAs discreta educación.
Lucía sabía bien todo esto y era lo que la espantaba, pues había llegado el momento en que
sa. amiguita, lastimada profundamente en los mt\s
caros sentimientos, que ni su suegra .ni su marido
se habían dignado descubrir, se parapetaba en su
cortesía de mujer bien educada para empezar á
ponerse á cubierco de los ataques.
La situación de Roberto, entre dos arecciones
y dos deberes, iba por lo penosa A transformarse
en insostenible, pues no sospechaba que su muJercita faern uu carácter y cuando menos lo esperara, se iba á encontrar con esta sorpresa.
Lucía había descubierto que en el fondo del
corazón de Maria Magdalena había cierto despecho contra su marido, á causadequeéste no había
pensado en amar de ella m.\s que la elegante personalidad física, juzgándola á pl'iori, bajo el
punto de vista intelectual, como una criatura digna
de ser tutoreada.
Roberto que deseaba combatir con el atractivo
de una diversión el enojo de esta situación tirante, consultó á su mnjer sobre la organización
de un baile, pel'o esta proposición no !ué aceptada bajo el pretexto de que estaba muy avanzada
la estación, aunque en realids,d el motivo de la
repulsa tué que l[aria. Magdalena tuvo la previ•
sión de que para este caso, se vería en la 11marga
necesidad de soportnr las generosidades de su
suegra.
Lucía fo.é la que encontró la manera de resol•
ver el problema. Ilacía ya ocho días que estaba
en Montpazier. El tiempo en otras circunstancias
habría corrido gr11to para ella, pues amaba ft María Mngdalena r Roberto le era agradable; lapoblación le gustal)a también con sus tipos cw·iosos
de gente llana y algunos maniáticos que se destacaban del nivel comti.n. Pero como tenía horror
A las simaciones espinosas en que cualquier
movimieut-0 puede determinar una herida, empezó á hablar de su viaje y hacer los preparativos
correspondientes.
En verdad que puesta en la situación de su
amiga, Lucía no habrfa obrado como ella, sino
que provocando una explicación oportuna y franca, hubiera establecido sobre bases sólidas sus
derechos y habria rogado á su esposo la llevara
á. un hogar tan modesto como fuera necesario pero donde fuesen libres y tuvieran el deri;:cllo de
decir: «Estamos en nuestra casa,,.
Magdalena no tenía el descaro suficiente para
obr111· así ni se atreverfa nunca !\ hablar en términos semejantes, pues llegado el caso de produ-

EL OBSTÁOULO.

cirse una escisión seria sin grandes !rases de su
parte y retirándose sin ruido por horror a l11s discusiones.
Para alejar en todo lo posible ese desenla1.1e,
Lucia anunció en definitva su vi11je y ~nplicü á
Roberto y á :Uaría Magdalena, que la faeran !'l.
acompail.~r ,l lo menos por algunos dfas. .
E:.ta proposición fué aceptada con entusrnsmo
y .Maria :\Iagdalena simió la gran alegría de un
colegial en los momentos de acercarse las vaca•
ciones, y Roberto comprendiendo Ja i~e8: de la
seftoríta HartleY, se formó la conv1cc16n de
que una corta aÜsencia arreglad\ todas las dificultades. A.demAs, durante ese viaje, partiriA también la sei1ora Charmon, causa primitiva de las
desavenencias, y á su regre,o ya no la encomrarían en casa de la sen.ora Le Crecq.
La suegra los veía partir, sintíe11do una extrnlia emoción, mezcla de alivio y de despech'), motivada por la intuición de lo que estaba sucedi•ndo. Sin analizar bien sus peusamientoi, ttmia que
Lucía llnrtley aprovechara la libertad que indndablemente le iba A dnr el viaj ~ para inculcar
ideas de independencia en el ánimo de Mttrfo.
Magdalena. influyendo acaso hasta sobre el mismo Roberto.
Tllmb;én podia l1aher algo de celillos maternales ...... 1JU bijo oarth por la primera vez uespués de su casamiento, y se iba A encontrar enteramf'nte A solas cou su mujer que podía en esos
cuantos días adquirir sobre él un lmperlo absoluto. Es cierto que la seliora Le Clercq no analí•
zaba los det11.lles de cada 0110 de estos peDsa•
mienlos, y dejaba, por lo tanto, escaparse su intrincada psicología, pero sutrla, porqa.e est'\ba
convencida de que amaba tiernamente á. su nuera, y de que, en cambio, no había recibido u1As
que pruebi1s de ingratitud, ó á lo menos de rebeldía contra su autoridad.
La sef1ora Le Clercq, se sentía pues realmente
desgraciada.
En &lt;manto á loLjo.venes,. iniciaron-un vi11je encantador, deteniéndose donde les agradaba, explorando antiguos caseríos abandonados, visitando espléndidas c1ttedrales, iglesias esculpidas
en gr11.aHo como si fuera· u.n marfil japonés, ruinas de castillos y de abadías.
En ocasiones recorrieron kilómetros por sen•
deros incómodos, cortados a. pico, c:n bruscos
descensos, para ver montones de piedra sin importancia 11lguna, y en otras, en cambio, descmbricron en lugares desdel'lados por los guías, antiguas ermitas, capillas poéticns que dominaban
con su campanario la masa de casuchas grises
empenachadas de humo.
Permanecieron por cinco dfas en una posada
de aldea; una de esas antiguits posad11.s en !ns
que hay una ensena con este letrero: «Alojamiento p1tra personas y bestias.&gt; Y se quedarou allI
porque, habiendo entrado casualmente A almorzar, se sintieron seducidos por la limpieza y la.
pulcritud, rara en Bretalia, de la hostelera, y su
figura simplitica y atractiva.
Los cobertores perfo.mado3 con Lavanda, las
alfombras espesns y obscur1ts en lo!! aposentos,
papel de tapiz !nvervsimil mostrando pescadores de calla sobre paisajes j •poneses, y en la sala, se,bre un cojín de terciopelo, unll coronll antigua de desposada. Al pié de sus balcones, por
111.s man.anas temprano, ofiln mugir A las vac11s
que iban de los eDtablos á.111. cumpiD.a.
Pasaron allí algunos días en~antadores: la primavera cantab!t en su alml\. como en el cielo azul,
y Roberto y .Maria Magdalena iban á rt!eorrer
los campos tomando el primer sendero que se
ofrecía á su vista, perdiéndose algunas veces, y
no encontrado durante largas horas, alma \fiviente. Para recobrar su camino se orientaban, ya
valiéndose de los molinos de viento que levanta•
ban sus aspas en los claros del bosque, ya buscando las veletas de los Ci\mp1t11arios entre el
sombrío de los poblados ó Yll e11 f!o fij,\ndose en
la situación 4110 respecto de ellos g:iurdl\ban los
perfiles azules de la montatia vecina.
Deliciosos momentos se desliub11n, y entonces
tué cuando por la primera vez Roberto se ·sintió
joven y plenamente feliz no pensando ni en su
profesión, ni en sus compromisos, ni ea su madre, ni en la gravedad con que debe conducirse
en todos los actos de su vida un togado joriscon•
sulto. No se sentía cohibido por Ju ridfottlas exigencias de una sociedad provinciana y era sencillamente hombre, rebosando de juventud y enamorado de su encantadora mujer, A la cu1tl apre-

ciaba mej)r sin testigos y en
este medio ambiente de contento y de dicha.
Maria Uagd11lena nstida
con 1tlgú.n trajecillo ligero estaba primorosa, alargando sus
pasos para poder seguir á su
marido, haciéodoseayutlar para salear los sotos y los vallados que abundaban en aquella comarca agrícola, primo•
rosa llevando consigo enorme
cargamento de flores, yerbas
y rnm1ts para engalanar su habitación; primorosa cuando
cansada del cami110 se sentaba al lado de su esposo, con el
rostro encendido, f ltigada. ja • .
&lt;l.eante, desordenados por el
ait·e sus hermosos cabellos rubios, animada con lit. alegda
de ser amada, sentirse linda y
Jil\cérsclo decir. Y él se lo decfo con elocuencia y sin gastar muchas palabras, sellándole A veces los labios con un
beso á la mitad de una de sus
rrases ingeniosas, ó expresAndole su pasión en cuidadosa
solicitud y en verdaderos terrores cuando 111. veía A lll orilla &lt;le algú, precipicio. En
ocasiones ib.m tomad.&gt;s de la
mano, mudos durante largos
perlodoj miraT1do con enternecimiento á los pájaros que
estaban más adelantados que
ellos, y esta reflexión les producía algo de despecho.
Una ma.f!.ana s.i internaron
por interminables campos de
tri.go, y luego, cruzando una
vereda soro breada por casta.:fl.os llegaron A verse al fin en
pleno campo inculto. Los l't&gt;·
pliegues del terreno les ocultaban el campanario y los molinos qo.e eran su brüjula or-dinaria; y habiéndose cansado
'María Magdalena se sentó,
mientr11s su marido avanzaba
á practicar exploraciones pan,. r1e3cUbrir alguna quinta ó
habl11r con algún campesino
-que los s:icara del apuro.
A poco de haber partido
Roberto, sintió ella la impre~ión de una absoluta soledad.
~ ~ ,..,_ -~ •
) ~ ~ - " ,~ . ~ .• .
Nada ml\s que el rumo:r del
f. •··~ .' --~ ':6~. -&amp;.:. r,+:.:.,..:
..,.,;11viento sobre las doradas espi•
~.•:(~,) ~ F ; . ,..,.., gas ó entre las hojas de los
~~
arboles, formando melancólico concierto al zum-Tefastidiarfa.s muy pronto, le dijo, y en cuanbido de Jas abejas y al agudo chirriar de las ci- to A mf, el campo no me seduce gran cosa.
garr11s. Un súbito enternecimiento hizo subir las
EUa lo vió sorprendida.
lágrimas á sus ojos al considerar que era una mu-¿Qué, no te parece admirable?
jercita dulce y amorosa y que se contentaba con
-Sí, por algunos días y siempre que tenga A
sentir sin filosofiir sobre sus sentimientos.
mí lado A una María. Milgdalena elegante y linda¡
La. calma, la. paz inrinita de estas agrestes sole- pero a. vuelta del tiempo basta tú misma cambiadades, la penetraron de un modo grato y experi- rías convirtiéndote en una basta y amable cam•
mentó el deseo vehemente de vivi1· allí siempre, pesina, pues á lo que creo las modas no tienen
lejos de toda sociedad, sota con su marido Aquien camino lAcil y expedito por estas comarcas.
amaba cada dfa con creciente ternura.; vivir alli
-Las modas .... ¿y tú piensas en eso? pregunPu una pintoresca casita blanca rodeados de sus
tó la. joven con indignación.
hijos y sin recibir 11 ningún extral1o, excepción
-Ya lo creo! Tu eres encantadora hasta con
hecha de Lucía y de Darlot que eran verdadera- el trajo sencillo que tienes puesto, pero que está
mente buenos amigos, eso constituía su gran en• muy bien hecho. ¿Cómo serias vestida por una
suetlo de felicidad. Ya no más casa suntuosa, ni costurera de 11ldeal' ¿Y usarías zuecos? Porque
día de recepción, ni banquetes, ni suegra: la.natu- en invierno estos andurriale3 deben quedar imraleza, lecturas serias, música y Roberto, y no se posibles! ¡No! la soledad es bellll A r11tos 1 en tannecesitaba mAs para ser enteramente reliz.
to que h sociedad tiene ventajas y bellezas ¡,erDur11nte lo menos diez minutos, Jiiaría Magda.- sisten tes.
leca !oé la perfecta heroin1t de una novelll ingle:Uohina y contrariada María Magdalena se casa, teniendo por único deseo el atractivo de la lló. ¡Ou:ln lejos est.aba de elJa Robe::-t1 con todo
vida rústica y las alegrías sanas de la materni- y que tenía las manos entre las suyns y que con
-da d.
gran sorpresa para una pastorcita que pasaba por
Roberto reapareció 1rnliendo del campo de trigo allí a. la sazón, tomó A 11Iar!a Uagdalena en sus
y dlcitndo que acababa de distinguir á lo lejos brazos y se puso A besarla tiernamente.
los techos rojos y !ns chimeneas de uoa quinta.
Pocos momentos después almorzaron en la
En esos momentos vibraba apenas, y apagado quinta ó mt&gt;jor dicho devuraron conferoz apetito
por la distar.cía, el sonido de las campanas de la y riendo de placer, too radas de pan negro cubieraldea.
tas de mantequilla salada.
- ¡Qué pensativa estas Magl
La sala de este. quínta era admirable b!ljo el
Ella le relató su tierna bucólica y él la escuchó punto de vista pintoresco: de las vigas que sostesonriendo.
nían el tejado colgaban racimos de cebollas, ve-

15
lAs, yerbas secas y jamones tef1idos de negro por obra de las
moscaE; encima de la gran
chimenea de piedra había,mny
enfloudo con rosas de trapo
descolorido, un Santo Cristo
con cara de facineroso v una
dolorosa erizada de pÚilales;
un lecho en forma de nicho y
en el ca.al parecí!\ que se debfan ahogar los que allí durmieran; bancos á Jo largo de
las paredes y un montón de
basuras en un rincón donde
escarbaban y picoteaban ga•
lliñas, pollos y cer.dos. todo
esto formaba un conjunto en
que la limpieza brillaba por
su aust&gt;ncia. El patio de la.
quinta estaba tan lleno de estie1 o,l y p11jn podrida, que habna sido neceeario ponerse
zancos para cruzHrlo sin peligro.
Las gentes que estaban viviendo allí casi no comprendi,rn el .francés y se expresaban entre af en ese dfalecto
bretón que paree~ como arrastrar guijarros entre sus silabas
sonoras. .Algunos chiquillos
barrigones, sucios y desgarbados cuy-03 ca.bollos amarillos
y lacios les caían sobre loa
ojos, andaban por allí y se
quedaban con :a boca abierta.
contemplando A los extranjeros.
Toda estirpipiolera andraJOSa, con sus patitas socias
hundidas en zuecos burdos,
era curiosa y r.impática por el
aire de ingenuidad que se les
observiiba bajo la mugre.
Un poco descorazonada de
ese metlio ambiente, María
Magdalena 1tbrevió el almuerzo, y tomó todavía sintiendo
buen apetito el Cllmino de su
posada.
:Mientras que sus amigos recorrían los campos y hacían
amistades con los naturales del
país, LuciaHimley pilltaba en
su estudio. Había descubierto
un rincón de landa salvaje
donde abundaban las rosas v
los juncos que la entusiasmó
para una acuarela A cayo trabajo consagrab1t sus días, juzgando ademAs útil y discreto
dejar á. Roberlo y i\ su mujer
solos y libres para pasear cuanto quisieran, libertad que no habían gozado nunc11.. Era muy
oportuno no interrumpirlos &lt;'n su verdadero villje
de bodas, en el primer cuarto de su luna de miel,
ya que tan poco tiempo iba á durar, pues pronto
tendrían que emprender el viaje de regrns') A
Montpazier,

Ellos 1tgr1tdecfan comprendiendo sns móviles
la reserva de la joven inglesa y se reunían con
ella muy contentos ú las horns de comer. La velada la pasaban enrelerir detalladamente sus impresiones del día realzAndolas con ingeniosas
observaciones, y Lucia que amaba realmente á
Magdalena, pensaba que los dos esposos despué:1
de haber s11bore11.do los encantos de In libertad,
no consentirían que 1,e les volviera á poner bajo
tutela y tendrían vnlor suficiente para sacudir el
yugo de la viejll re~istiéndose con respeto, pero
con firmeza Asutril' autoridad de carácter tan absoluto!
Pronto tendremos noticiits de ella, se dech. la
seftorita llartley, pues lo mismo que yo, la st:i\o,
ra Le Clercq debe lijarse en quelevaácostargran
trabajo recobrar el imperio que ejercía sobre su•
hijos y de seguro que los va á, llamar. Pero ¿con
qué pretexto?
En efecto, correspondiendo á. las previsiones
de Lucía, tr~s días despué, de su instal11ción en
la aldea llegaron las noticias esperadas, y cuando la j•Jven pintora descen.:lia de su aposento cargada con su caj~ de pinturas y su sombrllla, la
hostelera le entregó una carta dirigida a Rober-

�16
to y con el sello de correos de Montpazier. Esta
carta era evidentemente de ltt suegra. -Esta carta no es para mi, dijo.
-Efectivamente, pero la eetlora y su esposo salieron antes de que viniera el cartero y no volverán tal vez á almorzar por lo que pienso que si va
usted á reunirse con ellos puede darles Ja carra.
La seflorita Hartley reflexionó un instante y
luego, guardAndose la curta en el bolsillo tomó el
camino de la landa donde se puso A pintar.
Por la tarde vió re6?resar á sus amigos abrumados de f11tig11, llfaría ~Iagdalena colgada del brazo de su marido trayendo ramos de flores, despeinada. riente y feliz, y al pensar en la carta quu
-para ellos tenía no pudo menos que suspirar. Esto lba á ser como un ch¿tparrón e11 pleno estío; ya
no más risag, abandono y amor. Llegaba el lrio
llamamiento A la realidad.
-Dejémosles siquiera comer tranquilos, se elijo
para su sayo, y no hizo alusión alguna al co•
neo.
La comida fué muy alegre. María Magdalena,
que tenía una linda voz de soprano un poco aga.da, Cllntó á. la hora de los postres como se buce
en las bodas de aldea. Luego tocó su turno á
Lucia y por último á Robeno quien con gran sorpresa para su mujer cantó unas coplas alegres.
Verlo ser joven, reir y perder so. rigidi:z y su
reserva acostumbrada, era parn la joven esposa
un motivo de e.regria sin límites y hasta ser.tía una
especie de orgullo s11.tbfecho.
Tal como era allí, su madl'e lo habría condenll•
do, pues no tenía el aspecto de ser heredero único
del nombre y los millonPs de los Le Clercq, ni 1:l
primer abogado de los Tribunales de:Montpazier,
sino simplemente Bób, el marido de Mag, A la que
amaba y se lo decía á gritos; que salía sin ga.antes, Itlmaba en una pipa ordinaria. y andaba ves•
tido de color con facha de un estudiantil:o en vacaciones.
Las gentes cuyo carl'icter se enea.entra comunmente comprimido, son más e:xlluberantes y expansivas que el resto de los bu.manos cuando se
presenta la ocasión, y esto era lo que le pasaba á
Roberto A. quien el amor de María :\lagdalena le
infandia una gran afición por los goces campestres.
-Es una fatalidad que wdo esto se vaya A terminar tan pronto! pensaba Lucía sin tener el valor necesario para darles la carta.. Ah! ¿por qué
Hoberto tuvo la enojosa idea de escribir á la viej!l y darle su dirección? ¡Qué imprudencia! Pero
después de todo la carta bien podía sufrir un retardo! es tan defectuoso el servicio de correos!
Ya se lRs daría al día siguiente y ~Iagdalena le
r~compensaría con un beso esta buena acción.
jJ dia siguiente Lucía se levantó muy tarde y
no vió a la hora del almuerzo á. sus amigos que,
como de costumbre se fueron a] campo á pRBear.
Despiertos desde que comenzaban los ruidos matutinos de la posada, se ase~ban rápidamente, se
vestían y se lanzaban al camino. Como ese día la
señorita Hartley no almorzó con ellos, se retardó un poco más la entrega de lJ. carta.
Por la tarde se celebró en la aldea una boda
de campesinos; los tres amigos conca.rrieron :Ua.
ceremonia aceptando la invitación que les hizo
la posadera, y tuvieron el ga.sto de verse entre
gentes que se divertían con todo su corazón.
Después de una comida abundante, todos los
jóvenes se pusieron á bailar y los viejos t\ jugar
al dominó y á vaciar tarros de eidra.
La llegada de extraflos causó de pronto una·
impresión de cortedad que por fortuna pasó rápidamente; y la orquesta, formada por unos cuantos músicos ramplones se puso A tocRr aires de
cuadrilla y el baile llegó á la mayor animación
y regocijo.
Había sin embargo en la reunión un joven pasante de notario, que llevaba corbata color de
rosa y zapatos de charol; el cual decia que sabia
valsar y aproximllndosc A las sefloras les conversaba con desdén de las danzas populares.
Se pidió un vals á los múo.icos; Roberto invitó
á Lucía y el joven pasante á :'![arfa .Magdalena y
dejaron atónitos á los campesinos bailando al son
de «Lae ondas azules del Danubio.»
Luego vinieron las cancior.es bretonas, cantos
de bodas con un ritmo t1m plaflidero, que Si, habrían tomado más bie11 por ca11tos de m11erte.
Los tres 11migos pasaron unas cuantas horas
allí que ]es fueron positivamente gr11tas. LuciR,
que llevaba siempre consigo un álbum de mano
tomó alguncs apu.ntes, y Roberto y 'i\1arla )lag-

dalena observaron que en su propia boda se h:'\bían divertido mucllo menos.
Volviendo á. la posada, L1..cía tomó la resolución de entregar Ja carta pues habría sido indiscreto conservala por mayor tiempo y se propuso
cumplir este penoso deber en la primera oportunidad que le pareciera propicia. En esta vmud,
al día siguiente después del almuerzo y cuando
los dos jóvenes se proponían salir para visitar
una iglesia antigua que tenía inscripciones latinas y curiosos detalles arquitectónicos, la sel!.orita Hartley les dijo:
-Antes de partir seria bueno que leyeran una.
carta que vino por el correo.
María M11.gdalena palideció y Roberto frunció
el entr11cejo: en un segundo, la cara de los dos
cambió de expresión y tomó el aspecto de a.na
profunda inquietud.
-La carta es para. usted, }lag.
l\Iaría llfagdalena rompió el sobre y Lneía, si,
gaiendo en la cara de su amiguita las sensaciones que la lectura le producía, pensó:
-Si, se les llama. ¿Pero con quépretexto? l\Iarfa Magdalena, después de un veráaiero t:sfuerzo
recobró su sonrisa, una sonrisa bastante forzada
y presentó la carta á su marido. Luego, dirigiéndose á. Lucía, dijo:
-Nos vamos á. ver obiigados1 querida amig11 1 •
A dejará usted que continue su viaje sola. La se•
ílora Le Clercq me escribe que mí padre va A
llegar á Montpazier el W, es decir, dentro de
dos días y es necesario que 1 su llegada estemos
allí. Por cierto que tal visita es súbita é inespe•
rapa.
-En efecto, contestó Lucía con intención,
cuando hace menos de un mes estuve algrmos
días en París vi a] Doctor de Bois de Saint liarcel y me dijo que tenia el propósito de ir A pasar
loe meses de Junio y Julio A Escocia con uno de
sus amigos, el setl.or Mac Cbaverhonse. ¿Le pidió usted que viniera?

17

EL OBSTÁCULO.

"EL MUI\'DO JT..tJSTRA.DO"

-No: seguramente mi suegra fué la que Jollamó.
Las dos júvenes se miraron con el mismo pensAmiento y un pliegue de disgusto se marcó en la.
frente de :María ~[agdalena.
Roberto que habí11 ltído la carta, veía maquinalmente el sobre con aire contrari11do.
-Ah! dijo, la carta llegó hace tres días!
-Sí contestó Lucía con much11 c&gt;1lma, pero
como ;oy una aturdida, me la entregaron antier
en el momento en que salía. á mis excursiones y
no me volví á acordar de ella hasta hoy.
-Es de sentirse, porque podríamos haber hecho algunos preparativos para recibir 11! Doctor.
-Oh! no tengan ustedes cuidado, interrumpió
Lucía, la t;etl.ora Le Clercq los hará. pur ustedes .
La comida acabó de un modo triste y muy diferente de como había comenzado.
Habiendo salido Roberto i\ anunciar su parti•
da A la posadera y A procurarse un carruAje qa.e
le condujera á la más próxim.i. estación, las dos
jóvenes se quedaron solas por algunos minnto3.
~faría llagdalena pal'ecfaprcocupada: recargada
en el !lntepecho de la ventana abierta, veía sin
verlo el paísAje ya familiar t\ sus ojos, las c11sas
baj1\s de la aldea dominadas por el esbelto campanario de la iglesia, los campos cultivados y el
horizonte azul tras d~ cuyos límites se presentía
la mar.
E\Jidentemente pensaba en la earta que acababa de recibir y analizaba los hechos preguntAndose por qué su padre que debía estar en Escocia se hallaba en cammo para .Montpnzier y por
qué la seftora Le Clt!rcq le había llamado justamente durante la ausencia de los dos esposos, lo
cual era un medio infulible pura abreviar su
viaje.

EL OBSTACULO
NOVELA ORIGINAL POR Mme. DANIELLE D'ARTHEZ-llustraciones de nuestros talleres.
VJllRSION 11:SPAliOLA. DE 11.EL HUNDO ILUSTRADO"

Número 3.
Pensamiento peligroso: la mano firme que los
tenia cogidos se estrecbaba convirtiéndose en
.garra, y la voluntad de María Magdalena fortificada. por los días de libertad que había gozado
comenzaba á revel~rsP.. ya DI) bajo el imperio de
esas ligeras con1rariedad.• s que suelen producir
le B contactos de la vida diaria, sino friamente en
toda la plena tra11qu1lidad de su eepfrim y su
razón.

Y sin más explicaciones, e1oprendió el ttrreglo
de los objetos de su uso en la malet I de viaje
que estab!l abierta en medio dtl aposento,
La sefloríta Hartley se retiró al suyo parl\ ha·
cer también sus prepatativos de marcba. y n f!exionnr sobre la situación.
Esta mujer á quien temíala sefl.ora LeClercq. te•
nía una romplexión enérgica~ aventure1 a, y aunqa.e adornada por el enCllnto de la rogs perfecta.

en cuyo fondo brillaba como un espejo el 11gu '\
fresca y azol. El brocal de ¡:,iedr11s grises bordado de musgo, de enredaderas y de plantas p1m\sitas, estaba coronado por un11, gruesa pole!l en
que corría la cuerd11; inclinándose sobre él. se
sentía g lacial humed&gt;1d y se aperciblR en las pro•
fundidades obscur/ls un pedazo de cielo azul quo
pareefa caído en el f,1odo de tma cuev,i.
Lt\ seftorita Harth,y se apoyó enel brocal y dijo:

- Espero, dijo Lucía con el fin de i11tnrumpir
el curso de estas reflexiones, qt16 dentro de algunas semanas podrll usted recomenzar su viaje y
venir á reunirse conmigo en Tregastel: yo me
-voy aUA directamente ahora qu'e y 11. no llevo conmigo buenos amigos que me hagan agradable el
camino mAs 111.rgo.
María. }Iagdttlena sin volverse, sacudió tristemente la cab".lza.
-No dijo, no iré á ver Austed á Tregastel porque lo :011s probable es que no me será permitido
y hasta me figuro que de lo que se trata es de se•
pararnos de usted, porque no se la ama y se teme so. infla.encia.
La set1oritn llarth,y contestó riendo de una
manera forzada:
-lltag, mi qu .. ric111 M11g, no hn~le usted con
tant.a tristeza ni tome el tono elegiaco de la Joven Cautiva de An1iré Cbenier.
Pero esta risa 110 tuvo eco alguno.
Después de un Liirg-o silencio, María Magdalena se volvió hacia t-U 11miga y poniéndole las manos en los hombros le dijo fij1rndo 61l ella una
mirada profund11: ya éstoy ca nsada de la lucha
y quen-ía qu.~ Roberto se impuslera_de todo.

edn~ación, se dej11.ba contrariar poC&gt;I. co3n Pn los
casos gr,i ves por las fórmulus y rutinas sociales.
Como buena ioglesa estaba mur 11,costumbrada a. los !recuentes cambios de residencia, y de
consiguiente en breves mina.tos terminó sus preparativos de vi11je y bajó al salón del primr•r pi•
so donde Roberto estaba con aire pensativo tu
mando un cig11rro.
Desde 111!! se oía á María ,111gdalena que iba y
venía por las habitaciones del piso superior.
Lucfo RArrley se ACtffCó 11 Roberto:
Quisiera yo, le dijo, llablar un momento con
usted, señor Le Clercq.
Admirado Roberto por la entonación grave con
que le fueron dirigidas estas palllbras, la con•
templó con cierta inquiemd.
-Sí: es necesario 4ue le b11.ble yo A u~ted; es
absolutamente necesario, he reflexi.onado mucho
sobre esto y he venido á deducir que sigaardara
silencio por m1\s tiempo, tendría que lamentarse
irr,.media blemente después.
Roberto y 111 joven inglesa se dirigieron con
p-l.S0 lento a.l j&gt;1rdin y se detuvieron en el extremo de uo11, avenida de tilos. AIU, bJjo 111 sombra
de !1ts verdes ramas, se abrla un pc,zo profando

-Lo que voy Ahacer es enteramente incorrecto
pPro ¿no opina usted que en cierta~ circunstan•
cias se deben poner en sega.ndo térmloo lt1s vulgares conveniencias, sobre todo si se trata de una
per$ona á quien se ama y que estA comprometlda'.J
Era necesario que Lucía tuviern un verdadero
valor mortl.l pnra que continuar" hablando A pesar de la tría imp11sibilid&gt;1d de Roberto Le Clercq.
Esta cara impenetrable, de labios un poco delgados, babia tomado tal expresión de i11diferencia
que ante ella hubiera retrocedido cualquiera otra
pe• sona qa.e no fuese Lucia fü!l'tley.
Pero ella tenía la serenidad de la audacia y en
este caso se sentía sostenida por la convicción
de qa.e obraba bien y de que se hacía preciso intent!U' todo esfuerzo A tin de que Maria Magdalena ee salvara. Contaba además con que la cortesía de su .interlocutor le serviría de apoyo, y
presentó su pensamiento en estos termines:
-Cpmo n~ quiero, sefl.l)r, enred-1rme en largos
preámbulos, ll'é derechamenteal asunto. Está usted
segur11 de la amistad que me inspira Maria I\Iagdalena, y este semtimiento es el que mu mueve , hacer lo qa.e bago. Yo la eonozeo mucho, y bajo ciertQS puntos de v ista, mejor aún de lo que usted la

,(Co11fi11uard.)

�18

puede conocer. Es una mujer dulce, tranquila,
11fecmosa que tiene horror al ruido, á las discu•
siones, y por tlll de evitar querelJas, sufrirá. lar~o tiempo y hasta pr1JcurarA siocerament~ sacri·
fic11r sus ~u tos en interés de la tranquilidad
domésticn. Esto es muy bel!v, y much1\s am!g11s
mias no serian capaces de e~luerzo semejante,
pero .... ha y un pero .... cuando ella llegue 1\
convencerse Je que la paciencia no le irve de
n1td11, cuando ve&amp; que su sacrificio volunt1uic, se
califica como justo y niuural, se ejercerá. en su
ánimo una reacción. ¿No ha visto usterJ nu.nca á
Mag en un momento de cólerai' Yo si. ... una sola vtz y me acuerdo muy bien del suceso; me
acuerdo que tuvo la entereza de romper con personas que vlvfan en su i11timldnd de de hacia varios afl.ol! y nada, nada pudo cambiar su determinación de no vol ver i\ verlas mas. Maria ?-Ingdalena tiene una energía y una firmeza de resoluciones que u~ted ni siquina ha sospechlldo, puesto
que apenas la conoctó antes rte su matrimonio.
Roberto, comprendiendo muy billn el sentido
de las palabras de 111 sefl01 ita IJartle:\T, y sabiendo cual era la tiranía A que estaba haciendo alusión, era presa de sensaciones complexas. El taml&gt;ién abrigaba la idea dr que su madre nnliric11b11,
demasiado á :María M'agdalena, él l!lmbién pensaba que con esti.. carta en que los babi,\ llam.1do
re11nudaba la peMda cadena :i. que los tenía sujetos, pero le habln eontrariatlo que la sel"lorita
Hnrtler tnmbióa bublera observado esto, que se
hubiera atrevido i\ hablarle, A decirle lo que estaba dentro de la propia conciencia del mismo Robe no, y ni uún se explicaba bien i\ bien
los móviles que 111 h11bfan t:mpujado a esta
extraña confidencia. Además, y esto era lo
mAs important&lt;: ¿Maria ~Jagdalena tenfa. en
efecto esn ob~Linación y esa enegía con que
l11 sefiorita llunJey parecía querer amenaz11rlo?
Trató do sonrcir con cierta ironía, y dijo
acentuando mucho sus pnlabras:
-En erecto, sefloritá, yo no sospechaba
ni remotomenle que mi mujer tuvierauncll.rileter tan desagradable, pues uo la coñócía
mí1s que colilo amable y encantadora y quiero i.:reer que usted exagera sus defectos.
Lucía ll11rtley le miró seriamente.
-Oh! dijo con mucha cnlma. lle aquí una
cosa que no es digna de usted. No esperaba
que a.rectara usted no comprender lo que le
digo. Usted puede condenar mi atrevimíen•
to de mezclarme en nt:goeios que no me
conciernen, pero me conoce usted lo bastante para saber que si obro así es porque me
creo en el deber de hacerlo.
-Estoy persuadido, sell.orita, de las excelentes intenciones de usted, pero creo que la
ban llevado un poco lejos.
Lucia se volvió y dió un paso para alejarse de Roberto.
-Ya lamentará 06ted algún día, le dijo,
esta altiYez injusti!icada ....
-G-Qué día, en qué circunstancias?
-Cuando María Magdalena, definitivamente
cansada, se separe de usted para. regresarse á la
casa de s11 padre, si su padre la quiere recibir,
día que, se lo advierto A usted, no estA muy lejl\n0.
H.oberto se puso encendido y sintió que le palpHaba violentamente el corazón A la idea de que
tal cosa pudiera llegar Asu.ceder; de &lt;10.e en efecto :Mag, su querid.~ lfag se resolviera A abando·
narlo á causa de 11lgunas querellas fl'itiles.
-En resumen, d'jo con el tono de un hombre
que A pesar suyo ace;:,ta una d!scusi~n. ¿'.\[aria
:l\lagdalena le ha indh:ado á usted algo sobre sus
intenciones?
-Nada, absolut1tmente nada, se apresuró á de•
cil' Lucía. No se imagine usted que sil esposa
puede ser capaz de desahogarse en recriminac:ones. Yo soy la que he visto, he observado y he
deducido :o que usted con todo y que es el interesado no ha podido ó no ha querido ver, observar ni deducir.
-¿Qué ha visto usted? Expliqnese.
-He visto que Maria l\Ingdalena, jovial en
otro tiempo, se ha entristecido notablemente y se
mantiene en unll reserva que no le es natural; he
Yisto, por mi mismll y á cttusa de mil peque.11a3
circunstancias duritnte los pocos días que pa§é en
?i[o11tpazier, que el'a no está en su t:asa ~ino bajo
las órdenes de otra persona, llena Jtl cualldades,
eso si, y me apresuro á reconocerlo, pero estas
euAlitlades no impiden que mi amiga, después de
hab~r sido libre en la casa de su padre, se en-.

F'L OB"'TÁCCl,O,

cuentre ahora, ya casaia, sujeta i una tutela severn y estrecha. Esto es exactamente al contrarie, de lo que les sucede á todas las demás. Siempre una joven desea ser su propia duell.a y ase•
guro A usted, setlor, que si ro me hubíera visto en
la situación en qne se halla ~larfa Magdalena, no
h11brfa tenido la faerza s11ficiente para reprimirme como ella lo ha hecho hasta aquí.
-¿Y qué es, pues, lo que habrill 11sted hecho?
preguntó Roberto, tanto más il'ritado cuanto que
en su fuero interno reconocía que la inglesa estaba diciendo la verdad.
-Habrfo suplic11do A mi marido que me proporcionara un hogar mode:ito, pobre 11i era preci·
so, y si no podía d 1rme más; pero en el ca.al yo fn~ra la ama y ta.viese derecho de dar una ordensm
exponer~e A reprimendas que no se reciben sin
protesta més que cullndo se es una chiquilla. Yo
preterida la más humide choza, hasta sin criados
pero mía, en vez del palacio suntuoso en que tu·
viera nn11 falsa posición.
-Y sí su marido de usted no hacía caso de se•
m1ij1mte reclamación~
-Me daría, A lo que c~eo las razones desune•
gativa.
-Es posible ..... .
-Y pienso asimii;moquesimi m11rldomeamaba,
me trataría no como á niñA. malcriada il. quien se
envía A la es!uela apesnr de sus grit~s,si11oc;mo
á mujer inteligente, y que tendríll á bien explicarme por qué ru.:&gt;tivo se me condenaba á soportar
beneficios pagados á tan alto precio como lo es

-la 1tbdicaeión de toda voluntad y de toda dignidad.
El tono de firmeza tranquila de Lucia, llamó
lti. atención A Roberto que arguyó todavía.
-.Mi madre ama sinceramente á Afaría Magdalena.
-Estoy conyencida de e~o.
.
-.\.sí se lo ha probado en todas ocasiones, teniendo hacia todos los deseos demi mujer la misma indnlgencia que habría tenido una madre.
-Lo sé y eso es lo que hn dado A mi amiga va•
lor para sufrir por más tiempo del que habría sufrido sin esta circunstancia.
-Pero usted exa,:era lasituaeión actual IC\ mis•
mo que :as peqllefl.as ditereneills surgidas entre
mi madre y mi esposa. La se.nora Charmon foé
111. causa de todo esto y ú estas horas ya la seftora
Charmon debe eEtar en Inglnterrra. ó en momentos de partir par11 allá, lo cual es un sacrificio
que mi madre hace A s11. nuera. ¿No convieneu.,,ted en eso.
-Sin duda. Pero puesto que usted tiene buena
voluntad pina discutfrconmigo y puesto que la discusión es muy interesante por tratarse de la dicha
de una persona Ah1 cual amamos loR dos, me creo
en el debe1· de confesar á usted que esas pequei'!.as
diferencias, comou•tedlaseitlifiea, me han pareei·
do demasiado seriits por el estado de Animo de las
· dos mujeres entre 4 uiene3 surgieron. La Sra. Cha.rmc,n nohasiuo m:\s que un pretexto que ha permitido:\ esos dos csu·acteres ver que no vinieron
al mundo p11ra entenderse. La sei'lora. Le Clere':I.
tiene el sentimiento exacto de su valia y el hfl..
bito de la dominación: quiere y con justicia, rei-

nar en su casa incluyendo en su casa A l\Iaría
.Magdalena, y pllra que estu~iera content!\ se n~cesitaria que su nuera se re;;1gnara ó plrgitrse sm
discusión A una obLdiencia muy dnlca t11l vez pero ajenR !1 loe derechos &lt;le qc.e debe g~zál' una. esposn. Xo! La. seno.rn Cbnr1;11on no es naua, y un~
vez quu hll)' a pllrudo surgirán de otra p11rt~ la,.
diticul.ade11. Fíjese ust ·d en este. ll1tmaro1ento
que se les ae&lt;.1b1l de hacer: la se1iora Le Cll!rcq
ba pensado 4.ue tra c~nveuiente invitar al Do~t~r
d 3 Bois 8,linc 1forcel JUsLawtmte durante ul viaJe
de u~tedes y en la úuica oport11nid1\d desde su
casamie11to que hun tenido para estar solos. ¿~o
es esto muy signlricativo?
Lll primera parte de este 1·azonamiento había conmovido ARoberto¡ la conelutiión lo h1stitnó protun•
damente. La diplomacia inva:sorade su madre que
ya había empczndo A sospechar en lo intim,o de lit
conciencia, rué sac11da A plena luz por e\&gt;tll rntrus11
que se atrevía A pregouar en voi alt!l su descubrimiento. Se irguió entonces, y con acc,nto de
u.na cor,és Iriiüdad dijo:
-A,..radezco 1\ usted q.1e haya hecho lo que usted supuso que podría stJrme útil y we propongo
reflexionar a.cerca de sus iudieacionei,, aunque
abrigo la convieeión de que usted ve las cosas de.
un modo exageratlo. m madre y ~laría Magdale•
na me aman lo bastante para abogar si los tienen
sus insignitieantes rencore~. Por otra parte, mi
madre ql1eriendo domir,ar estA en su derecho
porque s11 edñd la autoriza para tratar A l\Iaria
M11gd11lena como á, una nif'la y é~La pienso que
cumplirá con so deber de someterse á ries•
gode perderme, y no se pierde :1 un marido
con la mismi, t.tc11idad coa que se separa
uno tle cuahJuiera lllDiga aunque sea para
no vol ver á verl,1 wAs.
Lucitt Ilartlev saludó con mucha cor•
te ía y emró d su depMtamento. En ln misma tarde p11r1ió para Tregabtd á donde ya
)11 estaba esper11ndo su crrnda quti salio con
antic1 paciúo.
El Doctor de Bois f;aint )farcel era uno de
esos hombres seductores que no se rPsigrnm
nunca l\ abondonar ese papel y que por consiguiente desde que la ja.ventntl se ausenta
111\cen infinitos esfuerzos por ttparent:tr c1ue
aún está. con ellos y recurre~ á tinturas, cosméticos, corsé, pelo y distintos postizos.
El Doctor babh vivido mucho frecuentand.: un mundo peligroso pero muy n]egre. El
número do gentes lL quienel:i llamaba «mi
querido amigo• y cuyas .manos es.trecbaba
era increiblo. Su filosofía era indulgente, y
sucedió varias ,.,eces que entre esos &lt;queridos amigos• hallados en los lugares de diversión, teatros, carreras, casinos y !ondas,
11.l~unoshab!nn terminado mal¡ a.no, frecuen•
ta.dar de ba~tidores generoso y rico fil parecer, rué al fin alojado en la careé! por resolución judicial¡ otro. hombre político, po·
co escrupuloso, sufrió condena por prevaricato,
otros, periodistns sucumbieron en las luchas del
rlwntaye y otros en fin tomaron por salida la lugn ó el suicidio.
Para todc.,s esos desgraciados A quienes un destino severo había sefhllado como victimas entre
centenares de reos de la misma cnJpa, el Doctor
tenia sentimientos de benévola piedad, pues con:..prendfa bien todo lo que puede el nmor al lujo y
á la vida opu.lentn, y conocía. il tondo las angus•
tias y la pobreza espantosa que es necesario ocul•
tar btijo apariencia doradll. para no -rodar al desprecio y al olvido.
Esta alegre sociedad bohemia, mezcla de fi.
nanciero~, bolsistas, polüicos, vividores, genios,
artistas é imbéciles, es 1tmable y acomodaticia;
no exige ele sus miembros sino que tengan bue•
llú figuru, un nombre sonoro, y dinero que

gastar.
El Doctor de Bois Saint Mareel coniaba con
una. motlcsta fortuna qne tuvo buen cu~dado de
no dilnpidnr ni comprometer, y su noblezl\ era
auténtica por mits que no fuera de las mAs encumbradas, Jo ca.al sabia deefr con negligenci11
encantadora que realzaba mucho sus mérltos.
Te, ia una bella presenciii, y sus modales de
agradable suficiencia sol&gt;tenidn por un talento
brl1lante, le daban ese poderío mas grato A las
mujeres, que una grnn hermosura ó un mérltosu¡.&gt;Prior. El ideal d~ mucbns es un homlire espiritunl} fino, de frente despejada, lentes, &lt;lenmdurn blR.nca y bigotes atuzRdos, y ol Doctor corres•
pendil'&gt; 1\ este ideal durnnte muc!!o tiempo con
gran beneplácito suyo y de sus ámigas y conoei

dos, pero no por eso se volvió fátoo y como era
via.~o y elegame, agrR.daba más de '10 rPgolar.
D1ve~sas amantes y amigas lo recom1&gt;ndaron y
protegieron, y aunque su bagiije cieulífico tuera
tan poco voluminrn,o como su fortuna obt11.vo el
n~m_hrami_e11to d~ médico de dos grn1ndej negoc1ae1011es 10dustr1ales 1 y se formó un!\ clientela
de dnmns cu vas neurobis y jaquecn:1 comba con
tacto exquisito, grncias A todo lo cuitl pudo vh-lr
del moú.o que lo era mils gralo: di viniéndose mucho y trabajando poco.
A su bija In quería mucho, es cierto, pero con
la suma de ciu ülo que puede profesar un e"'oista
que ante todo se quiere ú sí mismo. Pero ºcomo
en re11lidad )fari!l Magdalena era cautivadorii,
elegante, linda y ei;piritual, lo 11gradaba. tener
esa bija A la cual biza educar por una senara
maclur11 y mur discreta que la llevabn A los lllU·
se~~! A l11s carreras, á 111 cab,\ de su profesor lle
mus1ca r á la ópera cómica. También la confiaba A vece3 á al~unas damas amigas suy11s cuidando de escogerlas con mucha escrupulosidad, por
que nunque todas las mujeres de rn mundo fueran igua(mente amables y 1:ncRnt11doras, no todas eran igualmente recomendables
El sei'lor de Dois Saintlfarcel, hontbre feliz pn.ra quien la vid~ había sido clemente v dulce
llegó 1\ 111 _edud m11durn cnsl sin dejar de agra~
dar y snphendo sus humos de con-quistador por
el aspecto de un amigo serio, co11fide11te nfeetuo•
so, papel del que sacaba maravilloso partido !iOB·
tenido por su espírítu ligero.
lfabfa conseguido eliminarse de lns combates
juveuilcs sin envejecer; no era uno de esos comparsa,¡ de tragedia, enojosos Theramenes incapaces de 11bonl11r uunea más nito empleo, y aunque
estaba bien conveucido de esto, se retir11ba por
propia voluntttd :\ un segunda t~rmino donde se
le n,a :\ buscl\r para hucerle pateme que toclavin
podinser amado mejor que ou·os muchos, mils jóvenei.:, pero menos inteligentes y ngrables.
.A.si puei1, su situación mundana permenccía
intnetR; tenia siempre invitncioTies de diez castillos diferentes de todos los puntos de Europa y
podía, á su capricho, ir al Norte ó al Sur, A Bretafta ó A Escocia, á las campi.11ns de It111ia ó A las
es1cpas de Ros.is, Tenia. amigos en todas partes.
Es muy común qu~ entren A esta socied~d flls•
tu.osa. y atraciiya, jóve11es pe1·teneéientes A eleYll·
das noblez11s y fortunas extrirnjeras sin sospechar ~l oropel de lo que los rodea, y de estos de
Bois Saint ;\lnreel fué siempre intimo amigo. Entre ellos pudo e~coger para casar fl. su hija con
un título sonoro aunque no tuera suficientemente
auténtico, 6 con algün derrochador de dinero y
de idens fastuoso como un comerciante america.
ro de jnmones ó de petróleo: pero prudente en
esto (como lo había sido en tantas otras cosas con
todo y su ,,pariencia insustancial y líger11) prl'fi·
rió aliarse á 11na familia de buena y rie,--a burga.esia, seria á la vez, inatacable como origen, hono•
ra bilidad y r,.Jaciones.
Las amigas de María Jifagrlalena la compade•
cieron porque iba A enterrarse viva _en una provincill, pero no consiguieron hacel' vacilar su inclinación. llabia que decidirse ó bien á la incertidumbre del porvenir entre las gences que frecuentaba su po.dre, duques contrllhechos y millonarios probleménticos, ó bien 111 porvenir as{'gu,
rado y la consideración públicll afü,nznda en uoa
ciudnd en que la esposa lle Uoberto Le Clercq
flgurarfa en primer lugar.
A esto último fué á lo que se decidió. Y era
necesario que l!Bta familia de provincianos honorables fuese muy ignorante de lo que e3 l1t vid,i
de París, para ir A buscar una alianza en la sociedad fantAstica á que pertenecía el Doctor Bo1s
de Saint Marce!.
Un parisiense no se h11bria atre\·ido á. tanto, pero
Robeno que babia cometido una imprudencia. casAndoseen semejante medio, mvo la h,esperada fortuna de e1&gt;coger A )faria )lagdalima que tenia
fondo serio y gran lcalLad de earAcLer. Segura•
mente que entre todas lns jóvenes do su socieda.d
no había una que la igualara, pues en :,U naturaleza, hecha de honradez tranquiJa y horror A las
aventuras, había mucho de atavismo según pre•
tendía el Doctor.
La Madre de Marfa )Iagdsllena habfa sido una
burguesa por la rnza, las inclinacivnes y la'3 coe-_
tumbres, y d tspués de su muerte fué cuando de
Bois Snirrt Marce! se lanzó en definitiva á una vi•
da q11e sin duda habría des11gradado á su mujer.
El Doctor se casó un poco por amor y mucho
por que su ¡,rometida era hija de un grun prof~-

sor de la ~'acultad de :\Iedicína mu.y instruido,
mny influente y qne podría impulsar !\ su yerno
A posiciones envidia bles.
Desgraciadamente el profesor murió casi inmediatamente después del matrimonio de su bija¡ r Bois de Saint ,cucel que no tenia ni valor ni
voluntad de llegar al éxito por el ea.mino del trAbajo, buscó cn los salones el apoyo que le hacia
falta; y no pudiendo llegar A grande hombre, se
conformó con ser hombre A la moda, y no pudiendo llegar ñ ser autoridad médica, se resignó
á ser un médico de t.efioras.
Cuando su hij1 se fué á provincia, casi no le
hizo !alta porque como su género de vida era po•
co domésLicn, apenas se apercibió do su ausencia. Tenía la costumbre de almorzar en el Joc•
key Club todas la:. matianas.y comer en casa de
algún amigo todas lns noche~. costumbre que con
mayor razón conservó cuando no teniendo yn
que proteger 1\ Maria Magdalena, se Yió más Ji.
bre y gozó con delieill de e ta liberud: además,
ese 11111.trimonio serio le babia eh•vado d los ojos
de ciertas gentes y le h11bfa quitlldo A él mismo
inqllietudes que apesar de. u despreocnpac.ón
natur11I le asaltaron en tiempos i,11sados.
Cuando so hubiera hecbo d1u11asi11do viejo para.
continuar esrn vhla de movimitinto, cuando no
tuviera ya ni diente,, ni cabellos, ni gracia, cuan•
do estuviera abrurn11do por e: reum1ttisrno, la gota
ó la dispepsia , tllill&gt;1ri•1 un buen 11id11 perreetamente preparado en dn11tlc tnmi11Ar su vida tomando
tisnnas ycuida,todc u11a mun,·r,1 co11fortable, ventajas tOdlls qu,•1 o t,, lrnbier,, podido proporcionar
su mediocn~ r,,r1um1 µ .. rson11L
En lugar, ¡.111e , rt • n111t l'"no~a pobreza final,
podría bttstll. l.1 mi1ttrc~ gozar dt!l lujo A que estaba h~ hllU!1do .r tp1~ i;.., ¡,. h ,bfa becho tlUl necesario como el 11.ire r-.:s¡Jir.tl.,lc.

l!I

Con estos pensamientos, hacía gR.la de profesar
á la sell.ora Le Clercq una gran estimación, In ad-

miraba y ponderabll In fonunn que su hijP. babia
logrndo de ser admitida. á vivir con una persona.
tau perfectll bajo todos los puntos de vista en que
se la quisiera considerar. Y cuando la seflora Le
Clercq lti escribió invitándolo A pasar algún tiempo en Uontpazier, l!Ceptó con apresuramiento,
l&gt;Unque esta perspectiva no tuera muy ocasionada
á divertirse y aunque sus prPparativos estuvieran
hechos ya para el viaje A Escocia. Era el Doctor
uoo de esos seres inteligentes que una vez tomado un partido eceptan las contrariedades que sobrevengan con J.l. mejor grncia del mundo, y sabia t11stidiarse cuando erii necesario y sacrificnr
.el placer inmediato A W'a ventaja duradera y positiva.
Llegó 1 Mont¡:&gt;azier dos tlias después del regreso de su hija &amp;in sospechar que su viaje había servido para bileer regresa1 ul nido los dos pajarillos que andaban ruvolando libres y dich.osos y
cuya rebelión se .temía.
La sel"lora Le Clercq acoJió i\ su n11era con la.
sonrisa amable de mejores días y le manifestó
una solicitud sumamente a r.:ctuosa diciéndole que
lament¡•ba haberse visto oullghda ,\ interrumpir
un viaje tan agradable y pro1ue1iéndole en compens11ción para la estación próxima un Yiaje .í.
Italia cuyos gastos ella erogaría y en el que ¡naturalmente! los iba 1\ acompaf111r.
La sci1ora Le Olercq h11 bfa II provechado ll\ corta ausencia de au nuera para hacer eambi11r el
mobiliario y el decor11.do del gilbinete de tocador
de la.joven que se habfa trA11storm11do en non pieza lujosa colgllda de telas de china en las que ha•
bia golondl'inas r.egras bordadas al realce, y en
la mesa. do tocado!' una g11arnición amplia. y rica
d1: plaLa con cili1is (no nobiliarias) de.MaríaMng-

�21
d11len11. OrD11ban el aposento una gran estatua de
P11iquh 1,-n mfrmol de Cari-ar11 y un diván de los
llamados d1ai;11• l011g11, forr11do de rnso y c11pito•
nendo de oro , lod pléi del cual babia una her·
mo,i:lma piel bl1Lnca de eso polar. Este tocador,
en los de1111les y en el co1•junto, p,u-ecía haber
sido comblnitdo conforme :\ lns fttntásticas des•
cripclone de 101 no,elist11~ por entreg~s y se no•
ta h11. pllr tod-is pnrte la ex111{eraclón del lujo.
Uaríll Magd11lena que tení"' tacto flnu aunque
su guno por lo bello no estuviera perfoctamente
desarrollado, se ~intió herid:t en sus principios
ralllmeDla.rlos de estética, y se acordó de que en
otro tiemo hllbia visto un tocador por el estilo de
este en casa de una Amiga dll su p11dre, una baro•
nesa rusa lle coat"umbre~ excéntricas y qne tcnfl\
todos los tainados de una d1vR de teatro de tcrct.-r
orden.
En PI acto se le vino á la im11ginación :a figura
de ,.quelh, hl\rone a ens:\yando t-ftctoa plbticos
y po~rnrns fdinas en ut,a rhai~e l1mg11e de el mis1110 coll)r y co11 botones de oro igualmente, te•
niendo entre lo brnzos mórbidos blancos y desundos u11 P"'rrillo microscópico, en la mano un
patluelo de !llo iwo enc,1je y ea el regazo c11jitas
de dulces mlentr11s que ,obre la alfombra entreabierto y ab1Lodou11do r,¡pos11ba un libro de verso~
erótico .
}:;sll\ visión le bahill quedado fijll en la memo •
ria y la hl .-a lle p11rccer,e .í u ua mujl'r Rsf le de•
,;ag-racló, pues por mu I c11ro~ que hubieran costado los objeto~ 1111( r.-unido . el toc,dor resultaba
todo lo lujoso q,ie se 4ui.1erR, pero més apropó~i10 par11 unu elt'g11nte t!Utn,tt:111da que para uuae••
pos11 dlscrett1.
)[11ri,, )[11g-dalen11 sln1ió verdadera 811tisfacción
111 vol\•er A ver d su p11dre, pues pensaha que él,
diplomAtlco t,Util, podía IIC/150 moditiClll' el t, rado
de cos11s qne 1,, rodellbll y 1ltl~t11 se 1ttrev1ó á contar co11 él p11ril e~te objeto i;111 ref1ex;onar en ,1ue
el Doctor .-r... un atu• ble egoi~tll que ~ólo se oca•
p11ha de su ¡.,ropio bien.
Lit scnor11 Le lrrc·¡ &amp;e 11¡,oderó de él con mil
¡;r11l:ioeu frases y le hizo pic;ar muchos dLis ver•
d11d.-r11me11te crueles presentil nd,,lo A h,s damas pa•
tronas ,Je las di\·ers,1 ocledades v obrc1s de beneíicenci11 que ella pre idía. Y era p,r_,. la viej1t ml1:ouaria uo po ·itivo triunfo p11sear 111 Doctor en
visitas ofici11.lcs, eseolt, da por el E~cado ll11yor
,le las m11s venl'rnbies dam11s de la p3rroqula. lt.
tr;1'1'é3 de 10 - ho piLRle;;, orf,1.1111tarlos y hilos
que esmban A su c liclado.
El lntdiz de .Bois • llint )[,\rcel tuvo que nbistir
(1 la fíe u1s dada en honor suyo: !íe~tRs iufl\ntiles en la que c,cuAlidu:1 r1e11Rcuejos recltnb11n en
eoro &lt;1on u• a des11finación llignll de ,1u,1lquier
tea1ro de funciones por t1111d1t~ y de.rn11 ban en
proce.i~n delante de él.
::,e vió c?JU0 era de rig-or en 111 neccsi.!ad de dar
conijejoa sobre la 111imentaclón de los uin.os en la
primer edad, indicar los medio mejores para la
esterilización de la leche, y sttlalar l,1higiene qne
e debla seguir en l11s epidemiR de tosfcrin11 .• e
le ensel!ab-in, roetléodo clos por los ojos, l,d,,'s
enfermos, éticos, escroC11losob que viví •n de milagro y 1\ los cu11le~ habfo 1¡ue examiuar, pNlpar
y au,culu1r on unos depar1amentos en que apesar
del empeflo que se notaba por con erv11.rlos lim·
pio I rtilnaba un olor nan eabundo lt. medicinas,
leche v .... otras cosas!
Al Doctor le co taba mucho trabajo guardar
una aeütud amable; y cuando se le plldian recetas para esos abortos de la mlscria ó el vicio, que
tenían la sangre descom¡,uesta y el aspecto 1e•
pul&amp;i vo, sentía vivos de gritar:
- 11erpo lle Cristo! arrójenlos al rio, todos, y
11 s1 se economizarAn al ruundo machas mifterias "f
muchos peligros. Esa sí que serla devera una
buena obra en lug. r de obstinarse en salvar vidas
miserables y cri .. r candidatos para el pre ldio y
la prostitución.
Durante estas vlsitu t\ 1119 que su 11egra la obligaba á asi tlr, l!Mria Magdalena seutfa la misma
repulsión qne su padre.
En muchas mujeres, el amor 1\ la infancia en el
sentido lato de la frase no existe ó es sumamente
vago. Tal mujer que adoraría lt. au hijo aún en•
fermo y sufriente, sentirá bncia los nl:11.os agenos
mal sanos ó sucios, una repuJ ión invencible. 1:~n
esta atmósfer1l apestosa, María Magdalena se lle•
vaba frecuentemente A la nariz el palluelo empa•
pado de esencia de violetas y recogía sus ropas,
estrecbAndostl cuanto podía temiendo qne se im•
pregnaran de cuanto por allf abundaba, y deses-

per11da como una gata que habiendo caldo en el
lodo no sabe por donde empezar su asco.
Al salir de una esas se iones el Docu,r, vl'rdadtramente fatigado, tomó el brazo de .u bija y
le dij&lt;&gt;:
-Chica, vamo juntos ,un rato.
L, setlora Le Clercq, ocupllda en d11r órdenes
y tomar notas en compatlla de sns colegas, seha•
bftl quPdado dlstrafd11mente en el orfiln1\torio,
Di:&amp;de que el Doctor e taba en l\Iontpaz1er, era
la primera vez que por una casu111idad los dej11ban liOlos; el Doctor ni remotamente peusó en
provoc"r una confidencia de su hija, pues como
era rica, rodPad. de las princl¡,ales gentes do la
clud11d y ocupando el primer rango entre ellas,
con~ideraba qllfl no podfa dejar dti ser plenamente feliz.
-Tu suegra es una mujer Inmejorable .••...
IarlR )l,.gd11 li:nll no respondió mi\s que con una
mueCJ\ dt! burla.
-Buena, c,,mplsciente, llena de 11tenciones pau contigo. ¿S11bes que be que:iado sorprlludido
al ver lns comodidade:1 que hay en su Cisa? ....
ea decir, en la C11s11 de usledes ..... Lojo un poco
pe ado, pero só ido, genuino, clerlo .. e ve que su
fortun11 no es de e as como he vhlo tanta,, frági•
lt&gt;s como los llougos, que al primer \ent11rrón desapnrecen 1,in d,•jtr ni la hueJIA; que vieuen pronto
y coo la mi m,1 ¡.,ris11 se vitn. Oh! chlquills¡ qué
bi1rn te casé! L:uly llrlgg me hablaba de ti el otro
dla y te compndecfa por haber venido á provincill y ('.n urnto que hacia sus aspavientos ele l,\súma ,1 4ue firmuha pagaré~, lo c:ial e,; prneb11. de
que e es1¡\ hundiendo.
M11ri,\ )lngd;denaescuchaba di,traídamente esa
verbo,ldatl r conJucla A su padre hacia la rivera
del rlo que, sucio y cenagoso &amp;traviesa el barrio
de lo obreros: calles sombrlas formada por
c.,sas 11lt11s, órdida , de v1::nt11nas sin conin11a, de
puertas repugnllntes en 111s c11!lles se amontonabJ\
lll chiquillería harapienta, retozando con gritos
penetrantes.
-&lt;Jué esp11nto~o ropnl icho . murmuró el Doctor. lle aquí el único lado de 11gr dable de esta
ciud11d; !'bte montón de gentes r ,mé,iMs y snci11s.
El palacio de ta. suegr11 está situ-tdo 11dmirablc•
mente; el judío e bellísimo y el iuverondero de
l.iB c11meltll lnmt'jorable. Oh! te c,1&amp;é muy bien ...
perfectamente bien.
Y i;e gozt1b11 en 11u obra de un modo ,an ingé•
nuo, y í!6 mo trab:i. tan contento de haber &amp;ido
11unque Cuer11 en eso, un buen padre, que )!arfa
)lngdalen~ no se atrevin A decir n11da toda.vis. El
Doctor al!adió:
- . ·o me 11rro?plento rle haber venido, é pesnr de
lo 4uti me fastidi,tn la i•1stitucíones de caridsd,
pue esto Y enc¡1nt1tdo obsen•anllo por mis propios
ojos lo Miz que ere,i tú. Ib.t a partir p111•n E co
cía oua11,lo ri-cibl la carta de 11. enora Le Clercq.
Ya iré cu11ndo termine la vblta que hago A )lont·
p11zier. Clt1verho\He ¿te acuerdui' aquel qne te
bacín la corte y que pregonab1 que eras muy lln•
d11, es quien me ha lovitAdo y in11 reaniré con él
dentro de do ,emanas. Cazaremos y pescaremos
A sati r,cclón. Debi11 yo h11b,r hecho el viaje con
Le1111dry, el barón Carlos Leandry que toca el
vlolio y cuya mujer da fíe ·t11s en que se reune el
gran munuo p11rbiense, pero ¿ abes qué pa ó?
¡,ues que lo cogieron h11cieodo trampas Pn el
bacrnrat y le 11rmar n un lío tremendo. 1Pobre
muchacho, tan agredab!e y lleno de cnalldade !
Por apuesto fué e.·pulsado del Jockey y su mujer estA desolada. Es de una bm1lla honorab!e y
todo ti dinero de su dote desapar.. cló. Hnbo se•
parllción lle bienes y de cuerpos, pues aunque un
poco t11rde, pero , e vino A debcubrir que el barón
Carlos Leaudry no era ni Leandry ni Carlos ni
barón sino un antiguo profe or de phrno que ha
rodalloun pocopon•&gt;d&amp;s partf':s1 Viena, MilAn, San
Peter~burgo, y que se l111maba 131lnvit lt. secas,
simple y senc!llamente. Eso si que deveras es espanto.o! Yo te casé mejor; ya lo creo que te casé
mejor! llírt', tú A lo que se exponen 111s jóvene
que ee casan con deaconocldos ...... Bueno, pues
A causa de es desventurada a,·entul'a m veo en
la necesidad de hacer el viaje olo. ¡Pobre de
Leandryl ¿En qué lodazal se va A hundir? Deve•
rss que me d&lt;1. pena. Ab! lle visto ya t1111las cosas . . 1 y tiene uno que acabar por voherse
desconfiado.
·Maria lsgdalena se acordaba de haber ido va•
rías vece é. las recepciones de la casa de Lean•
dry, de haber salido en carruaje A pasear con la
barone11&amp;, de haber visto en el circulo que la fre•
cuentaba1 muchos que tenlan aspecto muy seme•

jante al do Carlos y pensó que muy bien pudo
suceder que el11l hubiera resultado mujer de uno
de esos aventureros Era pues para ell,1 una dicha haber tropezado con Roberto, haberle sgra•
dado y que él la hubiera hPeho s11llr de 11quel m,idio donde siempre e.;t11ba expuesta A promi:cuidades enojosas y lll dlsg11sto de ver figurar en la
Gcu:i:ta de lo, Tribunali:a de hov, el nombre del
amigo de arer, condenado por ést1f4 ó robo y encerrado en 111. cárcel ue Poissy .... Pero ..... ¿no
b bría medios para adquirir algo de libertad,
el derecho de vivir en su casa y obrar por s[
mlemA?
El Doctor y su bijR hablan salido de IR ciudl\d
y aegalan un camino polvoroao, sembrado de Ar
boles en los dos l11dos, CBmlno que recto delante
de ellos su perdis én el horizontJ. A su derecha
ao veían las cimas redondeada , y los m11.ci os de
ua bosqu• cilio de SRbinos y de ha) a, que forma
ban un bello umbrío.
Se dirigieron )Jl•r este lado y M11rfa l\1agdalenl\
11rmá11dose de valor, dijo con la voz un poco Lré•
ruula:
-Al mennij l,l sel'1or11. Leandrv rué feliz dw·ante algunos 11ñ ,s, viviendo la vida Que era de u
agrado.
-Bahl replicó el Doctor. ·na vida engaf\osa,
llenll do placer que r,tti!{a v emp11laga. Yo mi roo,
aquí donde me ves, e,1oy has1i.,do y decidido 1\
recir11rme ..•. dentro de algunos anos y A procu•
rarme otros medio , otros amigos y otro modn de
ser. ¡Vay11! me vendré A vivir 111¡uí. LI\ ciudad no
e antipática y puede uno formarseen ella cierto nú•
mero de relaciones agradables )" seguras .• • 1'~ o
yaes algo. Si vler!IS? )le siento un poco humilllldo
cuando A algnnus de mis 11mig&lt;'b le ocnrre ona
aventura por el e tilo de la de Carlos: p~rrce que
algo me toca de su culpa, mientra que 11q11i nttd
hay que tenwr. EHor ene ntado de que te h11,·I\
form,1do una sociedad de persona roá~ sé• ias
que 111s qne conocigte en Pttri3.
Entonces ~larla 111lgdulen,, vlt-ndo que su padre no d11ba rraws de cr,mprenderla, dijo cor, t'll•
tooacióa re uelw:
-Pue yo me fastidio, me f,1&amp;tidlo extremadalll"ntc!
El doctor la contempló espantado y notó en u
c~ra una 1::xpresfón de obstinada qull ya Je conocía por habérsela vi3to annqne rua veces, en
los casos en que habla tenido 1 él, todo un hombro, que ceder A la ,·oluntad de u hij11.
-¡(;óruol Qae te f,utldlas? B·o es una nilieria.
I&lt;;n muy poco tiempo te acoijtumbr rás ¡\ 1st vida
tranquila y grata de :Montpazier. Por otra parte
no hay mucho qne lamentar la ausenci&gt;\ de l'Mi
en donde ahora no te divertirlas ya. La m11vor
p111·te de tus 11migos hAn partidc,: la Conde~ Cs -..
ka se foé A I◄'lorencia, Lady Brl¡;gs va A regre, ar
,\ Londres bu ·endn de su,i acreedore,, Lidi 1
K11.ur11nina estA en Siria Pn compaflia de la lnc11
Condes,l Adal!fieri y la pobre Bnronesa Leaodr\"
qUt! se ha YDclto fllstiálosf ima, se pasa l,1 vict~
entre Jueces y abogados. No, no; deYeras que 110
te dh•crtlrfns.
-Pero si 110 e :\[on1pazier lo que me fRsti,l"
dijo 111 Joven 11acudiendo su cl¼beclta rubi11.
'
-¿1.,lué es entonces? Supongo que no bt:rt't tu
marido .•.... L11n pronto!
-Xo:es mi UPgra.
Vi! un bastonazo el Doctor dividió por mitad
el mlls cerc~no r más erguido ababol de lo~ que
crecl~n junto A una z11.nj&gt;t.
-Cn~rpo de Cristo! Habría ro debido prever que
dos mu¡eres no pueden vivir juntas en pa2.l Con·
&amp;idera que tu suegrl\ es 111111 dama excelente.
-CA .... 1 es sencillamente insoportable.
-Te colma de obsequios.
-Y me reduce A una tutela 11troz: no estoy n
mi c~sa sino en h. s_ttya, no se me toma en cut'n
ta para ~ada, se me ?Prime y se me reg,1ftll pc,r
todo; mis gu.stos, 1111s sentimientos mis de t&gt;l'S
son criticados, analiz11dos, corregid~&amp;. L11 bond11d
de la seliora Le Clercq me abruma: no quiero Yn
mAs obsequios suyos ni más amabilidades suy·n$
¡quiero ser dnetla de mi misma!
•
.Maria Magjalena díjo todo esto con excrcm11clll
violenc.ia y el Doctor, 11terrad:&gt;, tenla la racha de
un hombre que 11cabt1 de poner el ple en un Jn1.o
r ha sido cogido do und. manera de!lagr11dablt&gt;.
Se abrfa delante de su ojos todo un crdon du
sucesos que ni slquif1ra había so:pechado y Pll'·
guntó maquinalmente:
,
-¿Y Roberto?
,
Roberto está en su gabinete ó en su tribon11•
les: oo es un marido, sino un hombre de negocios.

Yo no he tenido oportunidad de conservarlo A
tnl lado IDA• que una semana, y la sen.ora Le
-Clereq se apresuró A abreviar ese tiempo. Por
otra parte, Roberto es un hijo mny respetuoso
&lt;tUe encuentra como muy natural que yo me somet~ en todo é. su madre. . . . . . pue1 como soy
tan ¡oven)
El Doctor habla. dejado el brazo de sn hija y
peréndose en trente de ella la cuntemplaba an•
ioao.
Se habflln detenido en el bosque en medio de
un sendero tapizado de musgo.
-Veamos, veamos, dijo con tono firme. Tú es•
tlls nerviosa y lo comprendo, pues J vista de ese
~rlmatorio os _de tal naturaleza. qne puede pro•
,_ocar nna crL1 en personas delicadas como tú.
~ o mismo no me _siento mny bien. Tan pronto
como llegues A casita, te tomas diez gotas de éter
~n un vaso de agua azucarada.
-?o es que esté yo eorerma: es que soy desgra1cíRda, replicó Muria M11gdalena, y te ruego,
pM,rc mfo, que no tomes el asunto en broma. La
~eJ1oi:a I,e Clercq, te lo aso1nro, por excelente é
rnmc¡orable ..¡ue te In figures, me oprime de UD
modo nbsoluto. [e ha procurado escenas desagrada bles consecutivas de toda especie, rlnéndome como ~ nna chicuela 11110 en presencia de extran.o . )f1rtt: escribe le A Lucia Hartley q ne vino
11qu1 durante algnnos dit1s; pregúntnle su opinión
y nri\S lo que te dice.
-Lucia llllrtley es unR original, una descllbe•
.z11da.
-Oh! no siempre la has juzgado asi.
1::1 Doctor hizo un gesto de impaciencia.
-Buano! ¿y qué quieres que haga,
amiguita mía? Te bas c.u1ado con un
hombrn inteligente y rico que te ama mil·
cho, y no veo que tenga por qué quej irte. ¿Dices que la suegra te es sumamente desagradable? Es que no h , aabido congeniar con ella. Sé dulce y obe•
diente, pliégate i\ sus exlgenciu; eres
bastante fina y astutll y puedes eoeoatrar el medio de caplarte sus benevolen•
cías y vivir A tu capricho. ¡Qné diablo!
E.s necesario darse una que otra pena
también para ganar la felicidad. ¿Te imaginas acaso que la dicha completa viene
so]a, sin trab11jarla y sin hscer algo para
que llegue? No me has visto A mí, que
soy ante el mundo el modelo de los hom•
bres tolices, lleno de enojos, inquietudes
y contrariedades? Ta su.egra es buena y
te ama mucho; precisamente esta ma!u1.•
na me lo estaba diciendo. ¿Que es uo po•
co autoritar,,1? AgUAntala, ¡.,uesto que su
unic? móvil es hAcerte feliz. Tú no tienes
1nAs tarea que dejar que ruede el mundo
11in preocuparte ni elqu.iera del manejo
de lll eua que tantos disgus1os ocasiona.
-~ra gozas de un hogar lujoso en el cual
iodo marcha admirablemente: criados
mny bien educ1tdos, hermosos caballos, carruajes cr.nfortablea, trajes elegantísimos; tienes senalados dílll de recepoión, y das comidas maravillosas sin tener el tr1tbajo de meterte en or•
.ganizar nada. ¡Y te quejlls todavía! Mitría Magdalena, erea una ingratnl Ta coodncta me re•
-cuerda al gran Vizcu11de deConchalries quien me
-&lt;'&amp;taba diciendo en días pas11dos que ..... .
-Plldre mio, e preciso qne pidas A la seliora
Le Clercq qu.e nos deje vlviJ• en nae,11ra casa A
Roberto y A mí.
El Doct-0r 111. contempló petrUic1tdo.
-¡Yo ..... .! ¿que yo le ...... ? Ah1 no, no: no
-cuentes conmigo para e8"S cosas. Yo no memez•
• -clo en lo que no me concierne.
-Qómol ¿mi dicha ó mi Infortunio no te conciernen? preguntó la joven.
)!;J Doctor, • pesar de au indiferencia ordinaria, se disgustó eon eu Indignación veheml!nte
que e tall1l en los egoist11s cuando defienden au
tranquilidad.
-Tu dicha, tu deagracial lle aquí nnas pala•
bras llltisonllntes sin objeto, exclamó. No me ven•
g.-1a con trdgedlas ni con f11ramallae. Por unas
~u1111tss querel1111 femenile , flitile y sir. traacen•
dencia, te entr ...gaa al despecho y hasta te veo en
camino, si no te vue!Yo al orden, de echar por un
vol11dero el gran porvenir que te be preparado
tan laboriosamente. Pero no creits que te voy A
n~ udar ni uu poco en esa locura. Xo, querida
tnia. Dej11r de 'l'irir en cua de ta suegra? En qué
pienslls? Y con qué 1ubsistiri11n ustedes! Hoberto no e té. en condiciones delndependerae. Cuán•
to gana? Estoy seguro do que no llega A seis mil

francos. Y qué barias tú con esa suma que es in•
ferlor á la que gasta aboraen trajes y diversiones.
Pronto te cansarlas de esa honesta mediocridad
que es la peor de las posiciones sociales. Una
mujer acoatumbrada lt. satisfacer sus caprichos, A
ser s_ervida adulada. cuidada; ti vivir bajo el pié
de cmcuenta mil trancos anuales y que se verfa
reducida al papel de una burguealra nece lt11da ...
¿_Quó? ¿Irías al MerC11do, conteceion11riaa tus vestidos y remendarlas los c11lcetines de tn marido?
V,1ya! Va:val Me he encolerizado y he hecho muy
mal. Debla haberme refdo de tí qui' has Mido en
un acceso de inocenta.da. Ya te vcrfae á pesar
de tu dicha y d I tn ca a en la nece11ldad de venir
antes de dos meses A Implorar 111 gracia de tu
suegra yeso siqueserl11 humillante. Es mejor quedarte como estás que salir de In ca a para tener
lnego la vergltenza de pellir humildemente que se
te reciba tJtra vez.
Carf. ~[agdalenll, durante esta larga fillpica
habla permanec1do con la cabeza inclinada, al
ob ervarla el Doctor notó qne estaba llorando.
-lueno, díjo muy enojado: no faltaba mA, que
esto. Ya abe, que me e· impo ibie ver llorar á
una mnjer y te ruego que te reprimas y con ide,
re qun debías ahorr11rme escenas lle ese género.
Lnugo tomó lll mano de i;u hij11, se In colocó en
el brazo y se pu o á ndar en lllrección á la ciudad.
- . ·ad&amp; de lagrimitRS en la calle. ¿Estamos? Y
en cuanto A la m11rcha que querías bacermo seguir, no hay quti contRr conmigo que no soy ca•

paz de hacerte tan f111co serv:clo. Seria. la última
d las inconveniencias de parte mfa atreverme A
tratar de semejantes asuntos con tu suegra y ya
que no puedes vivir !lin su 1ocorro confórmate y
acepta_ sn p~e,encía. A ti te corresponde ver có•
mo te 10gen1&amp;s para hacer la situación mAs lleva-

dera.
!faría Magdalena, exaltad11, conducida al último extremo, dijo contenléodoae todavía y parAn•
dose frente A su padre.
-EstA bien. liaré cuanto pueda. Pero en el caso de q11e me resu,te deflnillvamente lm¡,osible
entenderme con mi BDegra ¿me recibirlt. usted en
BU CaBa?

De Hois Saint Marce) se mordió los labios
V
•
-¡ aya con esa pregunttt t11n lnconvenientel
Esta chiquilla habla de aepararae de su marido
como de la. co,a mAs natural del mundo ..•.
-l!eapóudame usted, padre mfo.
- . o debo ocuparme de semejante eventualidad.
Maria fagdalena palideció.
-Ya no me queda pues en el mundo un rincón
que pueda llamar mi caaa.. . . .
-lbgdalena, hijita, dijo el Doctor un poco con•
movido, no me repre&amp;untes el quJnto acto del dra•
ma porque aún no le llega su oportunidad. te eatlle fastidiando, chiquilla. Por Cristo! si vo te viera algún dla sin pan ni lecho, de fijo que no te
había de dejar en medio de la calle.
{aria M11gdalena abrazó y besó :, su padre.
-P~ro, agregó ésto otra vez temeroso de com•
pllca_c1ones y abogando su enternecimiento, yono
consiento en prever ni admitir aemejante even-

tualidad. Yo no q11ier&gt; meterme en nada y te
conjuro A no perder de lu propia voluntad nna
slt~aclón brillante por solo un capricho estúpido,
DeJar A tu marido) Roberto no tiene cara de di§.
bil Y seria capaz de no volver ni tl pensar en tí
¿Y quiéres decirme qué barra, en ese caso y
encuentras envidiable lll posición de una. mujereparada de aue,poso? ~•o: bast.., Yll do tonteriaa
de esta especie. Si ese pobre de ·Roberto oyera
bablKr 11af 1 sn mujer ít los tre meses de ca1&amp;.dal

ai

La senor11 Le Clercq desde la llegada del Doctor se manifestaba más dulcemenui amable que
nunca, pues presentía un apoyo en este hombre
encantador y no partld11rio seguro. Maria I fag.
dKlena vela qne su padre se le oscapaba 1 pues éste
para demos rsrle muy claro qne no se prestaba
A sostener su c-1us11 ni aceptaba sus rebeliones,
afectaba un consideración e.·agcrttda hacia la.
suegra Y le prodigaba descripciones y retratos
muy á lo vivo, bamori~ticl)S y traviesos obre la
socied.aci de que estaba rodeado en Parí 1. El asun•
to era inagcu,hle y Vt:rtlader11mente que ai el Doc•
tor hubiera estftdo picado de li1 11r111ln liter11ria,
h11brla encontrado en su, recuerdos materia para
numeros,1s novelas cómicua ó lügubrc11 pero todas
d •I ,:téncro realista.
En 881\S convPrs11cíoncs de la velnd,1 durante
111s cuales do Boi¡¡ de Saint Marce! se divi:r1(,\ e1
desplegar ante su complncietll I a11di1orlo.!odos 10 ,
recursos de una verba rAcil, cnanto tipoi; extra.
nos, curioso,¡, incrdbl es para I,'\ 11el'1ora
Le Clercq y para su hijo, de filabnn como
en una especie de linterna magical
Prlncipe val11coR, m11rqne ·es Italianos, cant11lric s euccus, barone as polacas, prince~as rus11s, bailarinaseapaJiolas
todas las n11cion11lídades, todns las varie'.
dadea del cosmopolitismo, de la intriga,
d~ la cacería en pos del placer y del
dinero, pero todn gentes divertidas, la.
ma)'.or parte de t,ilento, intercs11ntea por
s~ nda plntorescameoie bohemia¡ pu.essl
bien entre aquel concierto de nomb~s rot11mbautes ha bia algunas rel!lidades de fortuna ó do posición, la mayor parte eran
ventureros o tentadores de títulos suplantados, vividoreí! que despu~s de un
perio~o de esplendo'. desaparecían por
escotillón para hund1rse en el cieno.
Roberto que al principio hallaba placer
en estos relat.,, del Doctor, acabó por
preocuparse y oirlos con verdadera con•
trariectad. ¡Pues qué! ... ¿Este era el medio !'ocia! en que babia vi~ldo Maria Magdalena antes de su maLrimonioí' ¿Quécla•
se de amistlldes podrfa haber adquirido
en Remejante sociedad? De seguro que
todas por el ei;tilo de la Condesa Csyskla
nna especie de loca inficc.ionada de espi:
rítismo que garrapateaba rtfculos Insensatos en revistas llamadas El e.coda la t11ml&gt;a y la
lózdtm.fa alld, una es.lava quetomabaA Joaer1o
las mAs asombrosas revelaciones do los 11iediu&gt;na
charlatanes espantándose ella misma de sos ... ropios escritos.
"'
Y Lidia Konranine? Esa era una rll.8 queateotnba llevar los cabellos cortos y traje yaronll y
constitul11 un espéclmeu de esa rau nue,·a brota•
da hace poco: la de la mujer exploradora. Lidia,
que babia visto mncbo, refería con aplomo de m&amp;·
riuero y sin parp.tdear, las particularidades mAs
curiosas de los pueblos salvajes que tenla viaita•
dos en el curso de sus v1aJes¡ babia hecho esmdloede medicina, fumaba cigarrillos, escribía para
las RJvistas Cientifieas ~in retroceder anteningún
detalle de las costumbres y parcela mAI b!en un
eatudiante despreocupado que una mujer jo•
ven.
¿í la coudesa Adalgierl? Una neurótica do otro
gónero que e hallaba en situación curiosa se1
parada de uu marido 111 que nadie conoula y bns•
caba ~lstr.a&lt;::ciones á su hsstio, hoy partiendo
con Kouran1na para 111 explornclón de lll $yria
maftana enJayando uo11 composición mnslcal par~
cnntllrla en funciones de beneficencia..
¿Y Lady Briggs.il Perseguida por todas partes,
como llecía el Doctor, habiendo contrai,lo deudlUI. Y sembrado tantos acrecdorea en todaa lrui
c~p1tale · de Europa, ya no sabia adonde dlri•
g1r sus pa os y ae verill obligada antes de mucho
tiempo por cuestión de seguridad personal A lanzarse por esos paise~ del Oriente en los que Kouranlna y la condesa italiana andaban paseando sa
curiosidad.

�EL OBSTÁCULO.

"EL lfUNl)O rt,tJSTRADO"

En verdad que semejante serie de figuras no
era para tranquiliMr á nadie: 6 Maria Magdalena
no tenía una sola 11miga, lo cual era enteramente
inveroPímil, 6 se babia.ligado con aquellas mujeres
desequilibradas.
Concurrió á las sesiones de espirili&amp;mo y de
fakirismo, acompaff.ó A la condesa A 101 talleres
de arústas bobos que creian pintar almaF, oyó
las confdrencias de Kouranina y fumó con ella
ciganillos de opio.
De fijo que frecuentó é todas esas mujeres excluidas de Ja buen11 sociedad, desviadas del buen
camino, y dt-bla encon1rar muy naturales, acciones qne .\. 'Roberto y A cualquiera otra persona
educada en untt atmósfera. tranquila y familiar,
hubiesen par~cido inverof:imiles y re¡;rensibles.
El Doctor nunca pndo imagir.arae qué golpe
tan rudo habíadado A )a confiada ternura qu1:Roberto sentía por su mujer.
Era cferto que si Maria1tfagdalena atravesó por
ese lodazal no le había quedado ninguna mancha.
visible pues parecía sencilla, buena y encAntadora, pero ¿oc sería esta apariencia el resultado de
M.bitos edoc11tlos exprofeso y uu sentimiento de astucia bien desarrollado?
Por primera vez le vino á. Roberto la idea de
que su mujer no era tal vez una nifta capaz de
preocnparse solamente por las frivolidades del
momento, y se exsjeró con provinciana estrechez
de espíritu las fesldadeR del mundo descrito por
el Doctor y la ir.f1uencia que es~ medio pudo
ejerctir sobre ?t!Aría :Magdalena. No por eso sintió
disminuirse su nmor, oero entró en desccnfianza
pens¡¡ndo que babia sido una imprudencia busc;ir
mujer en un centro al cual babia sido llevado de
casualidad y que no cono oía mAs que por encima.
Desde luego admitía que la joven estaba fuera
de comparación con las desequilibradas 11. quienes babia conocido, pero se diju que era necesario guiarla con mano firme, pues habiendo tenido
una. pdmera educación de esa clase, deberfs casi
desconocer ePos principios aólidos en que se basan
la ,honorabilidad y la rectitud, y por último, que
era una gran follcldad p1:1ra ella, haber caído
bajo la experta dirección de la seff.ora Le Clercq.
Muy bitin se había apercibido Roberto de que
su mujer e.itaba cansada ya de que se ejerciera
• vigilancia sobre todos Stl.8 actos y hasta babia
pensado en que su medre abusaba un pr,co, pero
ahora se declaraba que todo era para bien y que
no tC1leraría que María Magdalena quisiera sacudir
ese yugo que era tan necesario.
En cuanto A Ja eefl.ora Le Clercq, halló en esos
cuentos verdadero plaeer no solamente por Ja
verba animada del narr11dor, sino porque á ella
también las consecuencias de esas revelaciones
se le presentaron con mucha precisión. Si: en )a
actitud de eu hijo preocupado comprendió la la•
bor que se efectuaba en su espíritu y que la influencia qne ella ejercía sobre su nuera se había
robustecido.
Magdalena no quedaba pues con esperanza algw¡a de encontrar apoyo para la defensa de BtlS
derechos, ni en su marido que ya estaba desconfiado,ni en su padre que hablaba muy rrecnentemente de los encantos de la vida de provincia y
de sus deseos de reposar algunos allos, que lainteligentevieja eco jia con entuei&lt;1smo aparen i.e co.mprendiendo bien que la esperanza de ese egoieta
era construir su nido allí donde la viJa le resultaba dulce y fAcll.
La seftora Le Clercq declaraba. que su huésped
era un hombre seductor, lo colmaba de atenciones y abrumaba con elogios de él A Maria Mag•
dalena. En estas circunstancias consideró que el
momento era favorable pa1 a un golpe de estado .
que tenia en proyecto desde dias anteriores: despedir a. Ja impertinente criada deMaria Magdalena, (l. esl$ Estela que la desafiaba con sus sonrisas y su po.litfoa burlona y que se babia gozado
en su desco-.:.cierto el dia en que por la primera.
vez sus hijos habían querido rebelarse contra
ell1t,
La vif'ja no era malvada y se formaba solamente este ideai de dichll: una vida lujosa, hijos
sumisos, un público admirador de su generosidad y ella reinando sobre todo ese pueblo como
un soberano benéfico que reparte A manos llenlts
la fortuna y loe beneficios . .Al querer apc,derarse
de María l\lagdalena no proyectaba oprimirla, sino por el contr11rio la cnlmaria de presentes y la
haría la mujer más envidiada de l&amp; ciudad; y no
Je exigía en cambio más que este peque.no sacri-

ficio muy natural: la abdicación de en voluntad.
Habiendo pedido 6 Maria Magdalena que le enviara A Estela pera el ser"lcio de la mesa, Este·
la entró en funcione11. El criado que anterJormente estaba encargado de eso, enfermó y se retiró 1\
sn caea á curarse. Estela era diestra y tenía el
desparpajo y Ji~ vivacidad de las parisienses de
sangre pu.ra.

La sellora Le Clercq, durante varios diae le estuvo dando sus órdenes de un modo altivo y seco
&amp; propósito para exasper11r A la pobre mucba~ha
acostumbrada. al trato dulce de Maria Magdalena.
Una tarde, antes de la hora de comer, la sellora Le Clercq se puso a. criticar el peinado de Estela, peinado arreglado eón los cabellos rizados,
ondulantes, atravesados por alfileres dorados, y
ac.ibó por intimarle la orden de ponerse para servir Ja mesa una eofin. blanca de algodón mAe propia de una persona. de su condición y de su clase.
-Siempre me be peinado a ..f, y mi se:llora no
me ha hecho observación 11lgana, dijo Estela acentuando las palabra, •mi sellara.~
-Cuando usted estaba en casa del Doctor de
Bois S1:1int Marcel obraría usted en el sentido que
fuera del agrado de mi nuera, pero ahora qa.e esta. usted A mi servicio tiene que obedecerme.
Despué" de haber dichoestaepalabrns con ademé.o altivo, la setl.ora Le Cler!q aalió de su casa
y subió en nn coch~ que la estaba esperando pa•
ra ir A buscar A eu nuera A la casa de la sell.ora,
de La Palliere y llevarle t\ una ceremonia solemne
cuya sola perspectiva era aterradora para María
Magda'ena. Se trataba de una sesión ñe Ji\ Sociedad de Arqueología. de la que era presidente el
honorable se.lior Magnan, quien iba á dar pública
lectura A su memoria sobre la h,vandera de Enrique IV.
En casa de la sefl.ora de La Palliere la sefl.ora
Le Clercq encontró no solamente áMag aino tam•
bién al Doctor de Bois Saint Marcel que era un
gran simpatizador de esta dama y se complacfo.
visitandola y tratAndola con discretatamiliaridad.
.- Ella y su muido son dignos de figurar en mi
i.eccióo de amigos, decía frecuentemente A su bija y de seguro que figur1mln ¡ya lo creo! IIart\n
el mi\s gentil matrimonio bohemio que puede uno
figurarse. pero con una bohemia dorada y reluciente, La seff.ora no desea más que una cosa: vivir en París; y con su ct1.riltl de modistilla embadurnadn de blanco de perlas, sus cabellos ensortijados, su amable coquetería, y sus ojos asesinos
podrá ocupar un lngar distinguido en cierta soeied11d que yo me sé. Es b11stante linda v no tiene nada de tonta, Apesar de BU fanatismo por París y sus maneras vulgarcitas. En cu11.nto á. él, su
jovislidad de hombre gordo le da cierta apariencia de figura de porcelanit para adorno de tocador, que encanta. Felizmente su mnjer es de ini•
ciativa y lo elevará, no dudes que lo elevará, y
tan pronto eomo estén en Paris ella comprendert1.
sin mucho ee•uerzo que au blanco de perlas, sus

afeites y su leo guaje convencional deben ser roodificados· se pondrA una aord1na como se bace con
lae eorn;tas y se volverá irresistible. Tiene ojos
para incendiar un .Areóp~go y _se fjercita t11n ~a- ,
llardaruente in ánima ua, volviendo loco A sumarido y al viejo l[aignen y á Darlot qud la mira
con C'jos de Jobo, que basta 1:s capaz de conquietarmu á mf: ay! ayl que ya me siento herido de
grnvedtul. Tiene unas sonrisitas y unos parpadeos que no porque son estudiados dejan de ser
penersos y llrrebatadores, unido todo esto con
una pillería y una. inexperiencia qneenc11prichan.
Maria Magdalena no vela tanto en la senora de
La Palliere y hi consideraba eolam1:nte como unl\.
provinciana menos fastidiosa que las otras, que
le hablaba mucho, le pregun•aba sin cesar multitud de cosas sobre la vida de Pari$ y hacía sabias combinaciones de telas y cintajos para eeLar
elegante A poco costo; adem¡\s, el menaje de su.
casa resaltn ba sobre Ja b11nalidad de todas las demAs que había visto en la población tan correctos
y desgarbados como monótonos.
Correcto, oh! no: no lo era el hogar de los La
P1:11liere ni monótono ni desgarbado, sino original
bajo cierto punto de vista, desde el vestíbulo en
donde G-ei-ard habfa hecho colocar linternas, pantallas, sombrillas de papel japonés y horribles
dios,is africanos tallados en madera de hierro,
hasta el salón donde se confundían en atropellado amontonami~nto sillones daros como masas
de granito, mesitas pintadas de vivos colores, pA•
jaros disecados, ratones de felpa trepando por
las cort;nae, arafl.as srtifici11les tejiendo eu tela en
el mnrco de lo! espejos, una gt·11n profusión de
flores ailvestres, manojos de cardos en las paredes, yerbas diseminadas aquí y alJll. en tarros
sencillos de terracota. pintados por Ger11rd.
Porque Gerard tenia la monomanía de lll pintura: los muros desaparecían bajo sus ensayos
de paisaje y ft1.br1caba enormes cantidades de vasijRs de adorno, pantallas, jarrones y bibeloteacon los qut. perseguía A aos amigos. Era uno de
esos seres temibles de quienes se dice que «saben un poco de cada cosa» y que seria capaz de
hacer una marmita con la zuela de eu:1 zapat-01.
I.a casa estaba llena con las pruebas de eu ingeniosidad, mutlecoe y figurillas de papel plegado ó de cartón de colores, y habi11 pvr donde
quiera tantas cintas y colgajos que aquello parecía un almacén de baratijas. En el piano cb1llón
que estaba eolocado en un Angll1o de lll sala, Gerard que ayudaba de buena voluntad A sn mnjeren las tareas de la recepción, ejecutaba. tremebundos valses, ó cantaba con ella coplas de za1·•
zuela y canciones traviesas capaces de poner eu
toga á la mayor parte de las damas que les visitaban.
Cuando llegó la seftora Le Clercq, la joven
acompaff.ada de su marido detallaba con una vocecilla penetrante y mucha malicia una serenata
de t11n sabido color, que Marfo Magdalena tenia
impulsos de marcharse. El Doetor gozaba que
era una maravilla.
-Eso es encantador, decía, tiene usted justamente la voz que se necesita para estas coeae:
aciduladll, digámoslo así. Y un talento .. . . .Abl
usted haría furor en un teatro de género .... la
canción es lindísima.
La eeilora Le Clercq frunció loa labios.
- On poco .... avanzada., dijo.
-Má.s bien un poco peligrosa, dijo Milg con
una de esas salidas que tanto hacían reír A 1u
marído.
Clara de la Palliére se ofreció para acompattn
d sus amigas ti la sesión y Gerard qu~ iba siempre en pos de su mujer, fué á buscar una cartera. de bojas blancas para tomar apuntes caricaturescos de los arqueólogos miembros de la. sociedad. Por invitación de Clara, :María Magdalena
la acompatló A su tocador donde iba A ponerse
el sombrero y entre tanto el Doctor quedó en 11'
snla con la se1iora Le Clercq y le hizo observar
los lados chuscos, despechugados y sin orden de
la _c asa en que se encontraban.
Mirando el gabinete de tocador Maria Magdalena se dijo que en semej1mte sitio no bab.-fa ella
introducido á nadie. Cortinas desaseadas, una
panoplia Je pipas enrojecidas por el uso, colocada bajo un espejo manchado como piel de tigre;
sillas fatigadas, tan fatigadas qua para sentarse
en ellas se necesit1111 mil prec11nciones á riesgc&gt;
de una caída; cajones entreabiertos en los cna les
se dietingufan en desorden los mt\s disparatados
objetos como guantes viejos, puntes &lt;le encaje,
cintas descoloridas, cajas de cerillas, paquete~

de polvo de arroz y hasta. una nariz de cartón
que Gerard se babia puesto para. el baile del fil.
timo carnaval. Armarios sin cerrar en los q_ue
los montones de telas y de trajes hechos se revolvían con sombreros de modas pasadas y zapatos nuevecitos que fraternizaban con abanicos
de marfil ó de papel y con ramos y guías de flo•
res ar tiliciales.
Clara la PaUlere enteramente a. su gusto en este desorden, charlaba, reía, C8-!ltaba haciendo
ruido como cuatro, mientras se vestía y sin notar
el asombro de Maria Magdalena. Si el Doctor hu•
hiera visto esta habitación hubiera juzgado A Clara más bohe~a aún de lo que se liabía figurado,
con es,l Af1c1ón al abandono• y esa indi!erenci1i
por el desaseo fntimo, por mas que el salón, el
vestibnlo y el comedor estuvieran resplandecieI?tes.
Se llegó al teatro dC'nde debía celebrars1 la
se&amp;ión: ya en el escenario muchos seftores viejos,
de gran levila mal cortada y botinas de pnfto
negro, estaban sentados A los lados del senor
Mnignan el cual tras de una. mesa y con un vaso
de agua al frente leía por Ja décima vez su memoria sobre la lavandera de Enrique IV.
María. MagdaleDA se alegró de haber llevRdo
consigo A Clara la Palliere que Je impediría fastidinrse, pues gozaba ~n oirla burlarse de todos
aquellos rebuscadores de papeluchos viejos y de
todAs las personas q11e se encontraban allí.
Darlot vino también al teatro y estrechando la
mano al Doctor y d Mag les anunciaba que estaba en moment.os de partir para Bretafl.a.
-Tengo, les dijo, vivos deseos de visitar Tregastel que según dijo la sell.orila Hartley es un
pueblecito encantador.
Maria Magdalena. sonrió viendo con gusto ese
deseo que su amigo Dar)ot tenía de aproximarse
&amp; su amjga Lucia.
Tan luego como se abrió 111. sesión, el sellar
M1,igna11 con voz chillona y entusiasmo cómico
leyó un opúsculo de espantosa duración: al principio reinó un respetuoso silencio, pero pronto
ante el vacfo tremendo de la interminable lectura empezaron las convereadones, primero ll. la
sordina y lnego en murmurio continuado que se
alternaba con idas y venidas de los coocurrentee, 11 brir y cerrar de puertas, sillas empujadas,
personas que ae instalaban y visi as que iban de
un logar A otro. Loe colegas del serior Maignao,
eonolientoP1 le escuchaban poco y no despertaron
11fno A su grito final después de tres cuartos de
hora. de lectura. La ceremonia continuó, pues cada uno de aquellos sellores tenla que leer algún
trabajo erudito, traba.jo sobre ilustres desconocidos de loa cuales no babia nadie que hubiera sospechado la existencia, y cada unolde estos sabios
no despertaba sino para leer eu propia obra, después de lCI cual ae dormía de nuevu 6 se esquivaba sin ruido.
En cuanto al Presidente, después de eus descubrimienios respecto A la ropa interior de Enrique 1V, se h'lbia dejado caer en un sUlon presa
de un profundo abatimiento y casi desaparecía.
bajo la carpeta verde de la mesa: se le hubiera
creído escamoteado por algún artificioso prestidigitador, si las hebillas de plata. de su.s zapatos
no hubieran estado brillando entre los flecos de
la. carpeta y si de tiempo en tiempo no se le hubiera oído decir con voz nasal y sofiolienta:
-Tiene la palabrs. nuestro honorable colega
el seftor X.
Poco á poco se fuá vaciando la sa1a, Darlot
f11é nno de los primeros que salló, pues tenía poca resistencia para el fastidio, y en cuanto á Gerard, después de ha.ber bosquejado algunos croquis caricaturescos se lné a1 casino eon e1 fin de
mostrarlos; y su mujer A poco rato expresó tales
deseos de salir, que el Doctor se vió en la necesidad de ofrecerse á acompaflarla.
Maria Magdalona quiso salir con ell~s, pero sn
suegra le dijo con tono imperioso:
- ¡Quédese usted, vida mía! Por rospeLo al se11.or h.!Jtignan ee preci30 permRnecer hasta. el fin.
-El eellor Maign11n estA dl.ll'Oliendo, observó
la joven.
-~o mucho, se apresur~ A decJr el Doctor qne
prefería ir t,. pasearse no roM con Clara; parece
que eetA duhlliendo pero es con un ojo, como los
oidores de Tribunal.
- Ademá.s, afladió la.seftora Le Clercq, hay el
inconveniente pnra que pueda usted irse, hay el
inconveniente, digo, de que me tiene usted que
acompa.ll.ar Ala visita de nuestrú orfanatario. Deseo que desde ahora .se encargue usted de la Di-

rección general de los talleres, es decir, de la
parte material de loe tr!lbajos de aguja.
-Cómo! exclamó Mllg aterrada.
-Si, vida mia, es 1111a coi;a muy fAeil que al
principio le va A ser enojosR, pero lutgo se acostumbrarA. No es mAs que cortar enaguas, camisas y trajes de uiff.os que dJstribairemos enire les
costureras auxiliares, llf'vando usted la cuenta,
ademAs, d'l todas las entradits y salidas de objetos. Esto va A ser muy interesante para usted. y
yo la ayudaré. Por otra parte, es indiapemablel
En la última sesión general he anunciado que
aceptaba nsted esas funciou&amp;e y todas las sefl.orae socias hicieron eon gusto el nombramiento de
usted. Esto es muy houroso.
Maria :Magdalena, exasperada, replieó:
--Siento, setlora, que no me baya usted consultado préviamente.
-Para qué? Supongo que no se habría usted
atrevido á rebusac, sabiendo que me daria usted
una penn.
-Es que no me siento capaz para desempeftar
un puesto semt&gt;j1mte.
-Ya la pondremos fl. usted al corriente de todo.
-No tengo tiempo suficiente
-Siustednadatiene que hacer! Y ademAs, este
sólamente serA trab,ijo de algunas horas cada semana v no alterará t-n nada. lascostrunores de usted que puede continuar en su vida mundana.
Esto no serA más que una nota seria en esa misma vida. Vamos, vida mia, no tome usted ese
aspecto de desesperación y reflexione en que
liU nombre y su pos'.ción le imponen ciertas
obligaciones. Desde hace mt\s de nn siglo, los Le
C ·cq han sido los benefactores de la poblución
pobre de Montpazier! euaodo morimos. legamos
rentad al hospital; hemos fnndado un asilo y un
orfanatorio; mi suegra, que era al mismo tiemoo
mi tia, como usted sabe, fué patrona y ptesidenta de casi todas las insútuciones de la ciudad; yo
la he sucedido y es fuerza que usted me suceda
A mf para Jo cual debe irse usted ya preparando.
María Magdalena, presa de melancólico abatimiento, escuchaba. En el escenario, un sef'tor calvo y sin barbas leía la monografía detallada de
un casucho antiguo y ruinoso del que no se conocían los propietarios primitivos y el lector se
entregaba sobre este particular A las eonjeturas
mt,.s ingeuiosas.
-Nosotros tenemos nuestras tradJcionee; y usted que esta tan ufana da su familia, debe comprender esto, alladió la seff.ora Le Clercq con voz
afectuosa. Usted es buen&amp; y se sentirA feliz haciéndose útil A los pobres. Es tan hermosa. la eari dadl
-Ouaudola hace uno por su propia inspiración

y ain sentirse obligada a. ello, replicó con amargara la joven.
La sefl.ora Le Cleecq pareció que no había. oído
esra contestación, tomó sus gemelos y conesgró
toda su atención "1 orador en tant() qu" Maria
lligdaleua en todo el tiempo que duró la sesión,
DO entendió ni vió nll.da porque tenia el corazón
colmado por la cólera. Un solo pensamiento le
ocupaba i:l cerebro: ¿hasta dóude iba A llegar 11\
tiranía de que era victima? Esto no era por decirlo asi, m1ts que el principio. Ya se leb11bíaentrediehado toda intimidad con su marido; su líbertad de casada que quiere estar en sn casa; el
derechc, de r"cibir A las amigas de au agrado, y
ahou ee le iba A enredar en las mil mayas de las
ocupaciones filimtróptcas, lote ordinario de las
per&lt;1onae cargadas de afl.oe y de eulpae, que:: sólo
piensan ya llll la salvación de su alma.
Se le iba A imponer la sociedad de una caterva de viejas excelentemente fastidiosas que sólo
hablaban de sus pobres, de su conlesor, de su ama
de Ul\ves ó de sus g11tOi y se la iba ll dar pc,r úni;
ca dMracrcióu la d" asistir A reuniones genera•
les para díscutlr la cantidad de c1Jbertores que se
debinn comprar para el invierno; y cui,ndo aún
tenia veinte anos, te11dria. que pasar loe días cor•
tando, cosiendo y distribn} eodo trajee grosero,;
a gentes suci.. s y misHables.
:Mlll'fa. :Magdalena temblaba. La vida le parecfa
muy obscura sin esperanza de días mejores. Y
Roberto ¿dejarÍII. las cosas en ese estadoi' ProbablementA si. Dtisde que regresaron de 1.1u f'Sca.patoria todo babia vueho A caer bajo el domiofo absoluto de su m .. dre; trnb11jaba mucho, reía poco y
seobservab11. en su. conducta. mucho de reserva. y
de reticencia: era una alma que cerraba sus puertas
A toda comuulcación d,cl exteriur.
La jo ven tuvo una cribis de desesperación que
procuró dibimular bajo mia aparenu~ indUt1 encin,
de suerte que lll suegra pensó que se había resignado fi\cilmente A aceptar su poderio y que er1'
necesario recompen11ar]a por su sumisión regalf1.ndole un p&lt;Yney de montar que deseaba desde
antes de casarse. Aaf se da t los niftos un pedazo
de azúcar para endulzarles el sabor de las medicinas.
La sesión termiuó, y con la misma lasitud aparente Maria Magdalena ee dejó condo.cir al orla-

�24

"EL Jd'UNDO ILUSTRADO"

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natorio donde se encontró con las amigas de su
suegra que ;a felicitaron por las funciones que
iba á llenar; tuvo el honor de inspeccionar las
clases de costura; ee la presentó con la hermana
Directora; se le entregó un gran llavero con lae
llaves de los armarios que guardaban las telas
por preparar; se la introdujo en un gabinete, el
gabinete de ella donde tendría el derecho de sentarse junto A una mesa enorme y recibir á las
gentes que vinieran á pP.dirle socorros y de distribuir el trabajo A los chicos del orfanatorio. Era
una pieza fría como lo son todos los locutorios de
convento, piso pintado y muy resbaladizo; sillas
de paja colocadas en fila junto álaa paredes blanqueadas con cal; 11na Santa Virgen de bulto sobre la chimenea, entre dos ramos de flores artificiales de pésima confección, y cc.rtin11s de tela
blanca de algodón en las puertas de los paaadizos.
Maria Magdalena se dejó conducir con aire indiferente, sonriendo de un modo cortés pero maquinal al ofr cuanto se Je decía y no teniendo mAs
que un deseo pero vi\•o y tenaz: regresar Asu ca•
sa., quedarse sola y ponerse A pensar en lo que
le estaba pasando.
~ Escribir é. Lucía .... 1 Sf, esta idea se le había
aparecido como un rayo de esperanza. . . Y sin
embargo ¿qué podrA b.acer la eellorita Hartley?
Nada en verdad. Sin que Maria Magdalena lo hubiera sospechado, ya la joven ingle11a había. tocado el único recurso pcsible habhmdo á Roberto: pero si era impotente para modificar ese estado
de cosas, podríii al menos enviaron buen consejo
ó siquiera algunas frases alentador11s y de afecto,
De esto er11 de Jo que sobre todo tenía necesidad
la pobre M11g que se sentiil muy ~ola sin tener A
quien confiarle sus luchas y sus tristezas, pues
desconfiaba de Roberto sin saber por qué y el
Doctor era demasiado egoísta para intervrnir.
La se.t\ora Le Clercq y su nuera rf'gresaron en
coche sin que Maria Magdalena pronunciara una
sola palabra; veía vagt1meole enfrente de eUa la
librea azul subido del cochero, y los caoallos que
iban al trote cadencioso irguiendo la cabeza y
levantando mucho los brazos.

25

EL OBSTÁCULO,

Las primaras veces que María Magdalena entró en este coche, muy bien guarnecido y de un
gusto correcto, esperiwentó uo satisfacciones
de amor propio y de vanidad, pues le eran desconocidas estas pequefleces, sino esa plenitud de
bienestar que las naturalezas delicadas saborean
al gozar de loa encantos del lujo. Ahora todo le
era profundamente indiferente; lo mismo el palado ~untuoso qu~ el jnrdin inmenso cuidado y cultivado c,.Huo el parque de un príncipe, rodeado
de altas rejas con sus verduras sombrías recortando el brillo de lae vitrinas de loa invernaderos colocados en el fondo, invt'rnadero de CRmelias, invernadero de foogeres, inverdaderos de
raisios y de pJátanl•B enaros.
Dirjgió sobre e:to una mirad'l de cansancio, y
en tanto que an suegra apenas descendida del
coche corrió precl'dida por el jardinero en jefe,
á ex"mini.1• una cotección de llores recibida en
su ausencia, ella con pas\.&amp; vacil1ntes y iánguidoe, muy diferentes de sn andar ágil y gracioso
de otros dias, entró al ves1ibulo engalanado con
tapicerías flllmencu, subió la esealer11 de gradas
de mármol, v E&lt;in conced~r una mirada A lit serie
de departamentos suntuos11s que iba atravt sando,
entró en sus aposentos del primer piso.
Vaciló unos instantes ante la puerta del gabi
nete de trab11jo de Roberto y sintió el deseo vehemente de acrgerse á él, buscar 6U protección, y
ante esa sola idéa le acarició algo como un ba11.o
de consuelo; pero inmediatamente después la
imagen de ese hombre grave y eevero que t:&amp;taria atrincherac!o det.rás de un montón de volúmenes y de expedientes el cual la contemplaría

con aire interrogativo, la heló quitándole toda
esperanza de apoyo.
Roberto por su profesión y su carácter, tenía.
un espíritu doctrinado y discipilnado, incapaz de
apreciar en su verdadera valfa lo que le estaba
pasando á su mujer. Habría necesitado esta elltrar en detalles menudos que son difíciles de
precisar, porque A la verdad, hechos concretos no
había para presentarlos en un cuerpo de acusa.
ción. Esa persecución incesante de que se la hacía objeto, esa invasión gradual é inexorable,
se componía de minucias apenas perceptibles;
era una intervención sobre todos sus actos, sobre su libertad moral y hasta sobre sus moTimientos.
Pero quiahl organizado todo esto en forma de
requisitoria, la protesta con que terminara contra tan ominosa tiranía, se 11poyaría en nimiedades y nonadas indignas de tomarse á. lo serio,
en tanto que desde Juego, y en hecho'! muy visi•
bles y realzados, se le podía echar en cara la
multiLud de beneficios recibidos, todo ese lujo
pagado A tan altos precios, y los mil obsequios
y mil concesiones amables y graciosas; hasta sacri(lciosl ¿No se había separado de la eeftora
Charmon nada má.s que por complacerle?
Convencida pues de la inutilidad de una tentativa, sealeJó de la puerta sobre cuyo picaporte
babia puesto ya la mano y gnnó rápidamente su
habitaci11n. .Arrojó el ;;ombrero sobre el mueble
mAs cercano y se dejó caer 11brum11dn en un si•
llón. ¡Cuán dista11tes, ay! estaban los tiempos en
que para calm11r sos excitaciones nerviosas lf'I
bastaba con dar unas vueltas por el salón! Cerró los ojos para intentar dormir y escapar así á.
los pensamientos que Ja desolaban.
Había proyectlldo escribir á Lncfo, pero no!
Le babia venido cierta especie de pudor doloroso ante la id ea de descorrer el velo de eus angustias íntimas aunque tuera delante de una amiga.
Habría sido necesario rererirle numerosos detalles, confesarle su impotencia creciente sobre
el espfritu d~ Roberto, recriminar, quejarse, y
l\faria Magdalena era orgullosa y comprendía
que la actitud de una muJer que se queja de eu
marido y aún lo vitupera, no era digna de ella.
Muy bien sabía que refiriendo sus disglll!tos los
hacia más extensos.
Después de un largo espacio pasado en una
somnolencil\ abrumadora oyó la campana que llamaba para comer, y haciendo un esfuerzo supremo acudió A verse en el espejo por un postrer
vestigiJ de su coquetería femenil y bajó al comedor, pues ya sin lugar 9. discusión se comía
diariamente en ca11a de la sefl.ora Le Clercq.
En e1 salón estaban conversando el Doctor de
Bois de Saint Marce), Darlot, Roberto y la séllora Le Clercq, y comentaban con risas y burleta&amp;
la sesión enojosa del día. El Doctor bacía picantes referencias á la seflora de la Palliere eo11 la
cnal babíil pasado horas realmente divertidas.
Darlot invitado t comer vino á saludar A Maria Magdalena y le dijo después de haberla observado con mirada escrutadora:
- EstA usted enferma, Mag?
Roberto y la sefl.01 a Le Clercq ee vol vieron A
verla por un movimiento expont!neo y verdaderamente afectuoso.
-No, contestó la joven esquivando mirarlos
de frente, estoy no má.s algo tatigada.
-¿De la sesión tal vez¡&gt; preguntó Roberto.
-Alás bien puede eer de la visita al orfanatorio, replicó la sefl.ora Le Olercq. Si me hubiera
explicado usted, vida mta, que esta ha usted indispuesta, nos habríamos venido sin tardar.
-Oh! no se ocupen ustedes mé.s de mí¡ se los
suplico, dijo María Magdalena tratando de son•
reir y con un acento que guiso hAcer dulce y grato. Esta visita era necesaria y vale más que de
una vez la.háyamos hecho.
Reoé Darlot contemplaba A su amiguita con
profunda tristeza, pues teniendo como tenia verdadera afección hacia ella, observaba cuán deprimido estaba su ánimo y el cambio de expre•
sión que presentaba au fisonomía. Aquellos ojos,
en otros días resplandecientes, estaban ahora
melancólicos, aquella boca riente estaba contrai•
da por el dolor, y toda esa joven encantadora por
su vivacidad, sos arranques y su petulancia., parecía como encerrad!i en una actitud de restirva
y de mutismo que la colocara no mti.s que á. la
defensiYa,
(Continuará.)

EL OBSTACULO
'
NOVELA ORIGINAL POR Mme. DANIELLE D'ARTHEZ-Ilustraciones de nuestros talleres.
VJ!lRSION ESPAÑOLA. DE 11.EL :MUNDO ILUSTRADO"

Número 4.
Magdalena vió que Darlot la examinaba y Je
sonrió. Darlot le dió el brazo para llevarla al
comedor, y le dijo en voz b11ja y con acento confidencial.
-No pierda usted, querida Mag, su encantadora alegría porque parecería como que cambiaba
usted de personalidad. Quisiera que tuviéramos
alguna ri11.a fuerte entre los dos como sucedía en
otro tiempo, para tener el gueto de contentar A
usted y verla reír y regocijarae.
Mngdalena 11acndió con tristeza su cAbecita ru
bia y trató de seguir sonriendo: esta simpatía
fraternal Je era muy dulce, pero á. la vez !1t entristecía. proruadamente con la consideración de
que no era Dllrlot sino otro quien debía observar que estaba sufriendo y compadecerla y consolarla.
-Cuando está. usted así, dijo René suspirando,
me recuerda mucho A mi hermana.
Y era verdad. De improviso la lasitud indirerente de Mag le habfa, traido A la memoria una
expresión semejante que babia observado en su
hermana cuaudo sintiendo que se moría lentamente, de una enfermedad incurable, no había ya
nada que le deYolviera las esperanzas. Oh! E~a
era la mirada de desaEento llena ae reproches
de un ser joven que tiene derecho A la dicha y
siente que todo ha terminado, que ya no Je queda nada, y que sus ilusiones le mintieron.
Igual á su sufrimiento de ahora era el que sintió Darlot cuando al morir aquella nUia a quien
tanto había amado, le sonreía con una sonrisa
como la de Maria Magdalena. Esta sonrisa era
la que le había dejlldo mAs profunda huella después de la desgr11ci&amp; lnolvuiable que le hundió
en el dolor.
María Magdalena le inspiraba uua piedad sincera y angustiosa y dirlgió al Doctor una mirada
melancólica que contrastaba con la gran alegría
de este egoísta que estaba junto á su hija 11in pensar en ella; y contempló A Roberto siempre correcto y altivo y á la sefl.ora Le Olercq muy ala.
nosa. en hacer con toda amabilidad los honores
de la casa. Y viendo cuanto le redeaba, el Doctor
se decía interiormente:
-¿Ko se apercibirAn todas esas gentes que estAn poniendo loa medios mb adecuados para destruir la bella harmonía de esta naturaleza de mujer tan delicadamente exquisita?
La comida empezó en medio de un silencio relativo, y solamente el Doctor de Bois Saint Marce!
lanzaba de vez en cunndo alguna puya sobre las
personas 4 quienes había conocido en la función de
la sociedad de sabios. .Estela servia la mesa con
la agilidad de costumbre, cuando la seflora Le
Clercq haciendo como que de súbito se había fijado
en ella, la dijo con un tono que dejó en suspenso
todos los Animos:
·
-Me parece haber ordenado á usted que se
peinara de otro modo.
Maria Magdalena vió á su criada con admiración. Esta aguardando tal vez de ella un apoyo,
contestó:
-Confío en que se servirá usted p~rdonarme,
pues no tengo cofias de algodón.
-Se Je darAn á usted las que sean necesarias
y ee mandará por ellas á la lencería, pero veo
con disgnstola negligencia de usted, porque prueba una mala. voluntad que no estoy di11puesta á
tolerar.
Muy mortificada y conmovida por haber sido
reprehendida en presencia do testigos, Estela dejó caer una cuchara de plata que produjo un so•
nido prolongado al chocar sobre el mos1ico demár•
mol del pavimento, y como A la sellora Le Clercq
le hacia m11y mala impresión que se maltratara.
su argentería, exclamó con suma acritud:
-Es usted una torpe, un;1, descuidada y una
grosera; hasta aquí se la ha dej_ado ob~ar á su an•
tojo, pero le pre&lt;,e~go que aqu1, en mi Cllsa, no
sufro rebeldías ni insolencias!

-Yo estoy al serviciodelaeefl.oraRoberto,res•
pondió Estela llevada al último extremo.
La seilora Le C!ercq enrojeció de cólera y replicó:
-Salga usted de aquí: ya hablaremos dentro
de un me-mento.
Maria. Magdulena dijo con una entonación tnuy
amable:
-Vaya usted, Estela, se lo suplico, y vuelva á
mi departamento.
ExRsperada por esta intervención de su nuera,
la vieja gritó:
-Puede usted preparar su maleta porque ma11.ana se va. Queda usted despe&lt;lida.
Estela s11Ji6. María Mag11lena se puso pálida y
con una voz cuyo timbre vibró sonoramente en
medio del silencio que se habfa hecho glacial,
dijo:

-Esa criada es mía, está en mi casa y nada
más yo u~ngo derecho de despedirla.
Esta era «1 fin la explosión irresistible de to•
dos los rtincores amontonados en tres meses de
opresión. La se.flora Le Clercq no tuvo el tacto
de comprenderlo aei; su orgullo se reveló y pro•
testó con dominadora alth-ez:
-Usted se olvida .... Usted se olvida del lugar en que está.
l\laria Magdalena arrebatada por una cólera
tan intensa que se le hacía horriblemente dolorosa, ee levantó y habló con la misma voz imponente que babia empleado su suegra. Sabía muy
bien lo que estaba diciendo, ofa eus palabr11s como si otra persona las estuviera pronunciando, y
conservaba ante todo y sobre todo su extremada cortesía de mujer bien educada.
Sin reflex.ionar en las consecuencias de este
incidente, se aproximó A su suegra y pálida,
con los labios temblorosos y la mirada fija le
dijo:
-Debería usted comprender, seilora, que ha
ido demasiado lejos. HastR. aquí me he resignado
á sutrir todo lo que ha sido del agrado de usted
imponerme, pero le ruego que haga ces11r en este
punto sus exigencias.
-¡María Magdalena! exclamó Roberto estupefacto.
El Doctor se levantó para llevarse á su hija.
-Cuando esté usted má.a tranqnilll, replicó la.
sen.ora Le Clercq, espero que retlexlonará y que
vendrá !\ presentarme las exc11su que debe por
esta inconveniencia.
-Estoy muy tranquila ya. Si acaso he empleado alguna ó algunas expresiones incorrectas, no

tengo necesidad du esperar nada para retirarlas
como lo hago desde luego pidiendo por ellas perdón; pero lo que si mantengo e1:1 solamente esto:
que Je suplico á usted cese de obrar respecto A
mí con ese sistema autoritario, al cual ya no quiero, ya no quiero ma!i someterm_,
Después de estti ya no quiero ntds pronu11ciado
con una voz firme, l'lfaría Magdalena calló dejando aterrados :l los testigos de- esta escena. Con
la mano apartó al Doctor que se le aproximaba
y luego, sal11da1..do correctamente, salió con una
calma perf¿cta que nadn tenía de fingida.
Desde ese momento, como si hubiera acabado
de encontrar el único remedio para la crisis qua
venía sufriendo desde tres meses antes, sintió
que le venia una gran tradquilidad y una paz absoluta. Hitbfa acabado de romper con todo, la
suerte estttba echada y ahora se abandonaba ella
á una lndirerencia profunda y agt.ardaba los
acontecimientos con una especie de fatalismo
oriental.
Cuando 11.-gó A su aposen·o, yn en completa
calma, no sentía más que una dolorosa palpitación ,i11usad1t por la violenta escena que acababa
de sacudirla.

L11. comida terminó precip.itttdamt!nte. Bené
Darlot no pudo dejitr de admirar lu actitud verdaderamente inteligente de Ja seftora Le Clercq
en esta difícil situación.
Después de la salida de María. l\fagdalena ni
una palab¡•a de comentario fué pronunciada, y la
vieja puso una cara tan serena como si pareciera
ignorar que acababa de ocurrir una escena viole1,ta; y viendo que el Doctor había vuelto A ocupar su a.eientu, le dijo con interés reanudando la
conversación interrumpida.
- Entonces, ¿usted se figura, sellor, que la sellora La Falliere conseguirá colocar á sn marido
en una de las oficinas públicas de París?
-Pues eso es bastante factible, aefl.ora, contestó el Doctor. 1\le suplico que tomarR empeilo
por ella y como tengo amigos en todos los cír•
culos sociales, le prometí t'ecomendar sus pretensiones.
A pesar de todo lo que lo tenía preocupado,
Dru·lot sonrió. La sen.ora La Palliere mu) a.recta
11 la intriga y deseosa de una' vida más· alegre,
ven[I\ pretendiendo Jesde tiempo atrás empujar
A Gerard á la burocracia de París, pero loi empleos eran muy solicitados, carecía de buenos
apoyos y ahora al fin había encontrado una buena pista.
Dejando á su madre que contestar11 al seftor
de Bois de Saint l\Jarcel, Roherto se había quedado profundamente pensativo y luego sin haber
recobrado su calma habitual y sin explicarse có•
mo, se encontró Jerrepente en una de las avenidas del judfn inglés pasenndo á. pasos precipitados.
Un rayo estallando en un día tr11nquiJo y sereno le hubiera causado menor impresión que ese
arrebato de rebelión brusea de María Magdalena.
La sensación mAs precisa de Boberto, la que las
dominaba todas, era una vehemente indignación
contra su mujer. Haber promovido semejtl.llte colisión por un asunto tan fú til como era despedir
una criada y sobre todo, haber tenido una salida
tan exttgerada y audaz, devertts qne no podía.
perdonarse. Y luego que se atrevió A decir con
tanta firmeza: «no quiero, ya no cedo más» .. ..
Eso sonaba en los oidos de Roberto como el toque de llamada de un clarín guerrero.
Esta chiquilla A quien había creído fútil é insustancial, esta ingrata. que A su madre y A él
debía todas las comodidades de que gozaba, se
ponía en rebelión abierta y se permitía tratar de
igual A igual á la sen.ora Le Clercq, olvidando
h.aata la considerAción que sel e debía como per-

�1

26

l

"EL MUNDO ILUSTRADO"

sona de edad, olvidando que era la madre dts Luego, despidiér,dose se aproximó á la se:il.cra Le
su marido y hasta olvidando que se encontraba Clercq y le pidió permiso parn retirarse.
en presencia de personas extraflasl
A la sell.ora Le Clercq Je era interesante este
¡Bien se comprendía que Darlot no la preocu- original y estaba ansioM por saber lo que pensapaba, sino que pc,r el contrario, contaba con él, ba del incidente, por lo cual be quedó 11ola con él
con su complacencia y su aprob11ción.
bajo pretexto de ir á acompallarlo hasta la reja.
De seguro que lo que que, ia era sacudir el Trataba de procurarse un medio ingenioso para
saludable yugo de la senor11 Le Clercq pa- hacerlo hablar cuando él mismo fué quien en un
ra regresar A la existencia libre que lhvaba arrebato súbito dtsl corazón, le salió al encaentro
antes de su matrimonio y sobre lg cual las con- diciéndole con voz co1:movid1t.
versaciones del Doctor habian arre&gt;jado una luz
-1Vamo&amp;! usted que es t,m buena, tan buena,
verdaderamrnte inquietante.
ame un poco A esa pobre :\fAg!
Pues bien, no. Lo había calcul11do mal: no se-¡Cómo! ¿Pero que se figura usted que no la
ría Roberto quien la dejara lanz11rse en esa vía. amo? replicó ellil. con ~incera admiración.
Era necesario reprimir esta rebelión insolente
-Si; es verdad que usred In ama, pe1·0 no por
de modo que l\Iaría M!igdalena no reincidiera en ella sino por ustdd. Dios mio! Ya sé que casi siecn
ella más. porque si no, era posible que se atrevie- pre es a~í como se ama, pero siendo u11ted como
ra después A todo. Debfa presentar sus disculpas es, bastante gen1-rosa. bien podria conducirse de
A la seflora Le C'lercq y se las presentaría, p11.ra on·o mod 1. Déjel"' usted que conserve su perso ,
lo cual Roberco le habl11ria como 11mo y se baria nalid11d, no la oprim·l. Ei una verd11dera 11ina y
obedecer, no quedllndole A In joven más recurso tiene necesid11d de sentirse libre. Mire u~ted: yo
que someterse; y de este Incidente en que pensó la he encontrado muy dilereme de como la couo
locamente triunfar, saldría enteramente
derrotado. Pero no qul!ritt ir A hablará
su mujer inmediatamente porque se sentía muy exaltado aún y temfo ioi;arrir en
alguna intemperancia de lenguaje que
despué3 le seria tal vez peuosa.
Darlor. se le aproximó:
-.Matlaoa parto, sefior, me voy para
Eret111\a como ya se lo había yo dicho á
usted y como no sé si hoy pueda tt:ner
el gusto de volver A ver A Morí.. digo, ti.
la serior11. de Roberto Li( Clcreq . . ..
Darlot había estado A pUDlC' de de~ir
«~Iarfa Jl[11gd11lena» y Robt!rtO que se
a percibió de este detalle quedó muy contrariado. ¿Qué especie de f&gt;'ruiliaridad
tenia ella con sus amigos que se permitían
Jlamarla por su nombre como A una criaturitn?
-~&lt;, es probable, en efecto, que salga
de su aposento, pues habrA usted obser,
vado qtte cuaba algo ederma.
--Enferma .... ;.Lo cree usted? á mi
~
me p1ueció mll.s bien diEgustada, pero
vl, . .
1
muy segara de eí misma y muy firme
-, ~
A pesar de su exl\speración.
~
.
Roberto, á cada instante más irrit11do,
,-,;,t,.
se acordó entonces con extremada preci- ~~~~¡;~=~~i
sión de las advertencias de la joven inglesn y se le figuró volver á verla. frente ~ .. ·
A frente mirándole con aquella seguridad f Cty firmeza que la hacían tan simpl\tica y
,
revelaban su lealtad. La sefl.orita llartley
f .l.CiQ!t
le babia dicho: ¡Cuidado, mucho cuidado!
Empujada al último extremo, Maria Magdalena se revelará: usted no la conoce!
Y en efecto, lfoberto no la conocía y
nunca la hubiera creído capaz de tanta
decisión y de tanta audacia. cMagdalena
cansada de luchar, volverá á la casa de
su padre si su padre la quiere recibir»
había agregado LÜcfa, pero precisamente si ~Isgdalena se atrevie3e á llevar á ese pun- ci; la he visto cambiada, triste, languideciente y
to la insurrección, el Doctor desaprobaría su con- me ha dado IAstima. ¡Ella que siempre estaba tan
ducta. En ese momento Roberto le vefll marchan - alegre, tan joven, tan admirablemente llena de
do I\I lado de la seilora Le Clercq, hablando con alegría y juventut..11 lmágioese usted un plljaro á
animación, tratando de disculpar sin duda A su quien se le amarra de la patita con un hilo, aunbij~, y prometíendo que la obligarfa á la sumi- que el hilo fuese de oro: no cant11rfa más¿ verdad?
sión.
y se moriría de tristeza.
Darlot siguió la dirección de la mirada de RoLa senora Le Clercq que al pronto pareció haberto, tuvo el mismo pens11miento y sonrió atu- berse conmovido se irguió sintiéndose lastimaoa
zAndose el bigote.
mAs allá de toda ponderación al observar hasta
- 81 la esposa de usted estuviera enferma, su qué punto se del&gt;conocian sus intenciones y sus
padre se apresuraría á ir á cuidarla, pero la co- actos.
noce y sabe que en estos momentos lo mejor es
-He aquí, dijo, comparaciones muy poéLicas
dejarla 5ola consigo misma. Yo que también la
pero
inj11stiiicadn11 en mi concepto, puesto que
conozco, pienso como el Doctor. Naturaleza exMaria
l\Iagdalena goza de toda la libertad deseaquisita y refinada, su igualdad de humor y su
ble.
No
tiene, es verdad, la misma de cuando era
calma pueden durante mucho tiempo impedir que
la
seftorita
Bois Saint M11rcel y podía frecuentar
se deocubra su finneza y casi podlia decirse su
la
sociedad
de gentes vichidas y equívocaR, pero
obstinación.
sobre ese punto me permitirA usted preferir mis
• i el aire glacial de Roberto ni la afectación antiguos hábitos que son los de todos mis antececon que contemplaba A su interlocutor fruncien- sores, pues es indispensable que se conserve la
do el entrecejo de un modo bastante eignifieati• dignidad de nuestro nombre.
vo, detuvieron á Darlot que, semejl.lllte en esto á
Darlot que babia logrado rehac1:rae, dijo con
la setioritaHartley, iba siempre recto á su fin sin su voz más ioclsi va:
dej~rse desviar por nada ni por nadie.
-¡Muy bien!, mi sefiora, muy bien! Me es muy
H.ober,o no le simpatizaba ni un plico; en este interesante tropPzar con personas qu'e tienen firmomento mismo hallaba placer diciéndole verda- meza de carácter, pues teniendo como tengo una
de:1 muy duras sobre su superficialidad, su impre- debilidad deplor1tble, me divierto en estudi11.r cua.l
visión y su manera egcis!a de amar A María Mag- de estas dos cualidades buena ó mala que se lae
daleoa y hablaba con un,, seguridad enteramente juzgue produce más detestables resultados. Pienadecuada parn exasperar al joven jurisconsulto. so, sin emburgo, quo hay casos en los que las

_;,:,-7 ~t.,

gentes inflexibles deben saber ceder un -po~o, así
como los débilt:s, de vez en cuando revestirse de
cierta energía si hay casos graves que sirv~n do
motivo. Esto es lo que acabo de hacer dec1diéndomé á. decir A usted lo que le be d:cho.
Sin esperar respuesta saludó respetuosamente
y se lué con paso rApido franque11ndo en ~reves
instantes la reja. Lu seliora Le Clercq le v1ó ulejarse con profunda estupefncción.
La intervención de Hené Darlot había. producido
en Roberto un tfecto semej~nte al que produjo
en su madre avivando más bhm que calmando la
11gitació11 contra María Magdalen,1 .
Atrnvesó, !'Ues, rltpidamente el jardín, y entró
en el aposento de su mujer. lb!\ con la resoluc;ón
de decirle senc:Jlamente: «Maria ir11gdalena, desapruebo la conducta de usted: usted ha olvidado
lo que debe A mi madre, y deseo que le presente
usted sus excusl\s y que para el porvenir evite
usted escenas de esta clase.» E3lO se1ia bastantl':
111 joYen se verii obligada á obedecer sin réplica,
y sus pujos de chiquilla sediciosa ~erían
desde luego abatidos.
Biijo estas impr'-'siones entró y vió .\)la·
ría M¡¡gdalena que estaba leyendo, sentada cerca de la ventana, y que ni aun levantó loe ojos al oir el ruido que produjo
la puerta cuando se abrió. Sin duda est11.·
ba aterrttda y esto actitud traoqu'lll no
., era. más que un supremo esfuerzo parll.
·• ocultar sus temores. Roberto avanzó hacia ella con ademán severo y como era.
un horubre metódico y un abngado, y tenia la costumbre de consen·ar en la memoria las frases qüe prévi11mente pensabll y maduraba para cada caso, comenzó
con entonación perentoria:
-~Iaría :Magdalena, desapruebo la conducta de usted ..... .
Ella colocó el libro sobre una mesa y
dijo io·errurnpiendo á. su marido.
- Lo siento mucho, muchísimo, pero
ya me lo esperab11.
Y como estas palabr11s fueron dicbas
con voz dara, trnoqnila y reposada, t1
abogado quedó estupefacto.
-¡Que se lo esperaba usted! Y sablen
do que me iba A ser desagradable, obró
usted como cbró?
-¿Q1,eriendo serle A usted desagradable? No, Roberto. No hubo premeditación:
hablé, ;-orque había lle~a.do al agotamiento de mis ftterzas de resistenci1t y eso, si
no hubiera sucedido hoy, tendría que suceder mallana. La verdad es que ya no
estaba muy segura de mi cuando se presentó este incidente y ..... .
-Habla usted con demasiada tranquili•
dad. gritó él perdiendo su flemaacuscumbrada, sorprendido por semejante acti·
md que salia de los limites de toda previsión.
Mag se levantó, se acercó A Roberto y
éste pudo contemplarla a plena. luz. Estaba en
erecto muy serena y una expresión de1·esolución
contenida daba A sus beciones un aspecto nuevo, Roberto tuvo la intuición de que no erit una
nitl.a la que estaba delante de él, sino una mujer
de vol.untad acaso tan fuerte como la suya y comprendió que la lucha iba á ser tormitlable.
M~g_gua!•dó &amp;ilencio unos instantes pues toda
recr1m1nac1ón le parecía inútil, El hecho se había.
realizado; una situación defJnida existía ya y quedó esperando que su marido le comunicara lo que
había resuelto.
Robertó agregó:
-Si: usted. está. muy tranquila después de haber obrado de manera qne me causó una viva
c?ntrar~edad. Usted olvidó e! respeto y las con~1derac1o~es que debe á mi madre, y habló con
rncooceb1ble audacia delante de un extrallo. Al
oír A usted ¿no podria cualquiera imaginarse que
usted es desgraciada aquí? Responda usted, Maria Magda!~r:a, y no se quede, como lo hace, mirándome f1Jamente y sin decir una palabra. Yo
tengo el derecho de saber por qué se ha olvidado
ur.ted de las convenien(lias hasta ese punto.
-No creo haberme olvidado, replicó ella con
mucha calma, y tengo la convicción de que usé
términos ente:-amente correctos, ademAs René
Darlot no C3 para mí un extran.o sino ua aw1go.
Roberto, mu.&gt; irritado se puso Arecorrer el salón a grandes pasos.
-Preguntarme pe,r qué habl6 , . .. .. ! Crtía yo

27

EL OB!&lt;TÁCULO.

que lo sabe usted bien amigo mío, pues es usted
demasiado inteligente
para que pudiera ¡.,.uorar
.
e
que no soy aqu1 ma.s que una chtcuela y que se
me trata coruo si fuera incapaz de pensar y obrar
por mi misma. No hago nada sin pedir licencia;
se me impone e&amp;to, se me prohibe lo otrC' y esta
tiranía aumenta momento A momento y se llega
hasta á despedir una criada que es mill, que yo
misma be traidu aquí y que me sirve desde la infancia.
- Oh! interrumpió Roberto. Esa muchacha es
de unl\ calidrtd deplorable y no me parece m&gt;tl
que sean alejtldas de usted todas las personas á.
4uie0Ps conoció Antes de su matrimonio.
-;.Por qué?
- PuPs porque ha vivido usted, qu1:rida mía, en
un medio que yo callriMrla de ... . impropio y
que el seil.or de Bois Saint Marcel nos ha descrito
de una manera tal que ....
~!arfa Magdal..ma se r.1borizó avergonzada por
est11 inculpación.
-Bien conocía u,ted ese medio. ¿Por qué me
fué á buscar allí? He aquí una rr11seque lamento
amigo mir•. ¿Algo en mi perdona le es á. usted
desagradable, tengo una conducta .... impropia
como usted dice~
Roberto se volvió l\ contemplllrla y ob~ervó
que teni'l un aire de profunda mP..1mcoli11.. E~ta.ba Jiodüima esca rebelde que rtivindicab I derechos de libertad incompatibles acaso cuo su juve11tu&lt;l. ¿Por qué diablos no se contentaba con
ser bPlla y amlida por su belleza arrebatadora?
-Pc1rsonalmente usted es eocantatlorll, djjo él
11proximll.ndose, pero Je asPgaro que l0:1 relatos
hechos por el Doctor, me 11.-1.0 despertado vivas
desconfiaoz11s sobre el carácter de las amigas que
t•!nÍtl ustetl.
- Conoce usted á una de ellas: ¿Le desqgrnda
Lucil\ 11:lrtley?
-D,·jemos en paz ú la sellorita llartley. U$•
ted trata de desviar la cuestión y me pre,enta quej11s infantiles que carecen de todo fandamentú. Aq uf no se 111 tiran iza á usted sino que se
la ama, y mi madre aprovecha cuantRs ocasiones·
se le presentan para demostrárselo á. usted.
•
l\lagdalena reprimió un ge:1to de impacienci1\
al oír hablar de hu generosidades cte fa seflora
Le Clercq, y Roberto faltando un poco al tacto,
lifladió:

-¿Las aficiones de usted A la elegancia y al
1ujo no s1:: ven siempre satisfechas grncias A su
desprendimiento? Debía usted tenerlo presente.
-No es posible que lo oivide, según la frecuencia con que se me recuerda, murmuró )fag despeehad11.
-Decía usted .... ?
-Oh! querido Robarto, dec(a .... .. digo por
fin, que es fatigosísímo y humillante estar oyendo que sin cesar le recuerden A uno la concesi.&gt;n
de obsequios que no ha solicitado.
-Esto, Maria Magdalena, es una. ingratitud.
No se le reprocha á usted nada, y usted corres•
ponde con el despecho y la impacieucia al afecto
de que se le dan pruebas.
María Magdalena se reconcentró un instante
porque el debate tomaba un camino penoso y eso
de discutir sobre delicudos asuntos de geoerosi•
dad v de reconocimiento, la contrariaba en lo
intimo del corazón. Comprendió que su esposo
11pena1 habil de9florado la cuestión, y re•
solviéndose á todo, quiso agotarla de una vez
¡mesto que ya se habfaempezado, y dijo con mueba-zalameria·y dulzura para hacer p8llar sas -p,rli.bras.
-Estoy segura, amigo mío, de que es en erecto por earifl.o por lo que me tiraniza su madre de
usted¡ no retiro e:1ta opinión y le protesto que si
no hubiera tenido en cuenta esemóvil, no habría
tenido el valor de sufrir tan l11rgo tiempo una
&lt;arga tan pesada.
Reconozco que me ha colmado, diré mas, me
ha abrumado á fuerza de regalos, de amabilidades y de atenciones ...... sólo que de mi parte
preferiría que me amara de otro modo, haciéndome menos obsequios y dej!n.iome obrar un poco
según mis gustos. Vamos, Roberto, asted sab_e
mejor que yo que no estamos en nuestra casa SI·
no en la suya; que es por su cuenta lo que comemos y bebemos; que ens criados nos sirven y s~s
carruajes nos pasean. Para usted que es el hlJo
ésta es sin duda una situación natural, pero yo
estoy bajo la impresión de encontrarme_ en _visita,
si torno en el jardin una flor, temu ser 10d1screta.
y no me atrevo A dnr orden alguna A esa servidumbre vestida de ceremoui11. que me ve con un

.

~

¡¡

,rf..
-':'!

"'
&gt;;,

respetuos.; desdén muy comprcnsi"ble para mí.
E,ta, amigo mio, es una sftunción tirantP. D1u·,
es un plncerextremado, en tanto qu~ reeibir, a.pesar de uno mismo, se viene á convertir, A 1~ IRrga,
en un verdadero suplicio. ¡En norubre del cielo:
que la sefl.ora Le Olercq me recoj11. cuitnto me ha
regalado,que no me vuel\"a. á d11r nuncn más, pPro
que me deje siquiera respirará mi gusto. Porque
en fín, Roberto, de lo que ella pretende haberme
dndo lo que vale m:\s y yo_ quiero mAs en el mundo, me lo estAn quitando otra \"CZ poco A poco y
ese ...... eres tú!
.María Magdalena con un movimiento delie11do
deslizó su brazo al rededor del cuello de Roberto y apoyó en el pecho de éste su cabecita linda.
de modo que él al verla. y al sentir tan cerca aquellos ojos grandes y claros, aquella boca fresca y
oliente A fresas y aquella tez reluciente, sintió
que sus resoluciones se debilitaban de una manera deplorable y no tuvo fuerzas para arr11ncarse
de ese dulcis1mo abrazo de su mujer.
-Tú y yo, Roberto, no hemos estado solos
desde nuestn casamiento ni hemos podido amar•
nos más que durante aquella nuestra ese:ipatoria
de ocho días. Ella está siempre entre nos.-,tros y
naturalmente debemos conservarnos cuidadosamente conectos. En la mefa se habla de obras
pías; figúrate que acaba de dRrme un empleo en
el orfanatorio y que f}stoy condenada á coser camisas bastas que me destrozarAo los dedos y me
pondrá:n"'lllunos de 1regatnz.
María Ma~dalena extendió su mano tina y la
pus~ tan cerca de los labios de su marido que
éate no pudo prescindir de besársela. Ella sabía
muy bien la clase de ascendiente que tenía sobre aquel hombre de D'\turaleza enérgica y por
la primera vez empleó las armas de la belleza.,
irresistibles, contra 1, u suegra. Hasta aquí hA bía
sufrido sin quejarse porque tenía horror a las discusiones y á la diplom11cíll femenl11a: ahora se
quejaba, y emprendíll á tod1' costa un comb!lte.
-Y cuando por el\Bualid11.d llegttPmos á estar
solos como ahora unos cuantos instantes, los apro•
vecharé para contnte cómo estuvo la dlecasión
el! el Comité de Senoras Piadosas y á cómo vale
la tela de algodón con que se hacen los colchones
del orf11natorio. ¡Ay. Roberto! qué felices seriamos en el campo, solitos los dos ..... No seriamos ni un poco correctos y nos besaríamos en la
casa y A cielo abierto, bajo los árboles y en todas partes y A cualquiera hora.
Roberto dimdo al olvido loa para él fundados
motivos de su ju,,ta cólera, besó ll Maria lbgda•

,.,.

Jena tal como si \-a estuvieran en su casa del campe, ó A cielo abí~rto bajo los árboles del ctlmi110.
-Aquí, ¡qué diferenci11! af1adió. Tú en·s gr1tvo
y yo soy lúgubre: por nada de este mundo te 11treve1 i11s A reir y yo menos aún. Vamo3 á vclvernos muy formales: tú no pensando 5ino en las_ dP•
mandas y vo sin ocuparme mf\s que de los cincos
del orran11iorio y aeí ya verils qué perl\Oll&gt;ljes somos tan respetables y momificados! Ap~o11~ tienes treinta af\os y yo voy {L cumplir mia veinte
y . . . . ¿te atreverías á creerlo? pues ya somos
octogenarios.
.
Dime, Bob, ¿encuentras que vaya por su camtmo eso de hacernos viejos á nuestr11. ed11d? ¿~o
te dan tentaciones de eer joven, ..l mí si. Ali! no
tener nada, ni lujo, ni fortuna, nttrla mús lo qne
tú g,rnas, y vivir felices juntos! Mira que nos tlebemo3 el uno al otro y en virtud de eso yo te
quiero para mí y sólo para mí. Me parece que e:;;to es muy natural, en tanto qne A los ojos de cualquiera parecerA abominable eso de qua no_ pui.-da
yo tener marido sino á hurtatiillas como &amp;1 ful:lra
un delito. Casi no te conozco y no se 110s drjll.
ninguna intimidad de pensamientos para que podamos conocernos. Unicamente en nqud Yentu•
roso viaje que hicimos juntos be podido entreverte y eso ee todo: después, no he visto m,\s
que un sefiorón \"eslido de negro, muy estirado y
siempre con una eeflora muy severa y muy respeta.ble colocada enLre él y yo. Y tú? ¿mo conoces ocaso, Roberto?
Sus miradas se cruzaron, y esta pregunt~ no
obtuvo respuesta: todo el profundo enigma &lt;le las
almas desconocidas se levantó ante aquellos ojos
tan llenos de resplandores que se abtfan enfrente de él.
-No, tú no has querido, terminó Magdalena
con acento de reproche, no te hin dignado querer conocerme, y sin emba;go, creelo, valgo la
pena de que te tomes ese trabajo.
Roberto la estrechó contra su pecho. Todas estas cosas dichas por la =iujer amada, por esa deliciosa :Mag que tenía sobre él influencia tao grnnde. le conmovieron y como eran justas tuvieron
eco en su conciencia y en su corazón. Su madre
era amorosa f buena eon una terrible bondad invasora y absorvante; y encerrados los dos en esta
estrecha vfa ceremoniosa y grave, no tardnrían

�==

"EL )IU"S'DO rt..USTIUDO"

!l8

en atrofiarseá pesar de suja.,•entud y del amor que
so proresnban.
Pero la siluación no erll túcil de resolverse.
-¿Y qué hacer, M11g? Ya estamos aquí, y mal
ó bien nui:stra vida estA organizada.
-¡Oh, no Boh, no! Cuando aceptamos la exis•
tencitt en común no sabh1mos que
es una cosa
obsolutamtmte imposible.
- ;,Y qué quisie1·a tú qué hiciernmos?
- Diantrt'l E;cnr en nuestra c,sa, tener una
can 11ueatrll com1.1 todo el mundo.
Roberro sacudió la cabeza.
-Suet\os, querida mía, suenos. Sería cruel Rbandonar á mi maure fl su edad, después de todos los
sACrificio. que ha hecbo por nosotros.
-CunodocasaunoA susbijoe, 11migo mío sereeigna A una sepA1·11ción: mi padre me ha dej11.do
salir de París y tu madre oodía muv blendejt1rte
salir de 1,u Msa. Ya sabe qu11 la am1tmos y que
siempre serf11. para nosotros una dicha recibirla
en ca-a.
-EsR frase Jeparecerítt abominable á mi pobre
mamA.
-Pero en fin! cu11ndo ella se cas(1 sufrió la tutel que ahora me impone A mii' habría en el
mismo cnso aceptado la misma sitll8ción?
Siguió un silencio ba10t:mte prolongado. Roberto, sufriendo rou..:bo reflexionttba oprimido entre
la ll!t!cción que tenia por su madre y el amor do
Marí1t Mngd11lena, reconoch..ndo en el fondo del
corllzón que ésta tenill rnzón al querer estar en
su casa, pero retrocediendo con espanto ante la.
perspectiva del d isg .1sto y de la indignación du
la sen.ora Le Clercq,y atemoriudo también como
buen provinciano por los comentarios que h11rían
todos sus amigos y conocidos ...... lllagd1tl,ma
aftadló:
-Esto es penoso para tí, Roberto mío, lo comprendo, pero es inevitable, pues no puede soste•
nerse una situación como la que guarda111os. Por
otrl\ parte, despu¡;s del incidente que acababl\ de
ocurrir &amp;1 imposible volver A nuestra vida babi•
tu11l.
Roberto se pnso sombrío, pero ella valerosamente agregó:
-Si: yo misma to recuerd" este incidente que
lamento en la forma por mAs que me haya yo
mantenido cortés, pero que es fdiz en el fondo
porque resueke la cuestión y nos coloca en una
i;ituación tal que se hace necesario t0miu· un par•
tido en esta uiya.ntlva: ó permanecer aquí, pero
entonces en una posición obsolutamente subal•
terna, ó bien, lo que es mas lógico crearnos un
hogar independiente. Oh!, tan modt!sto como tu
quieras, como tu puedas buenamente. Yo no amo
el lujo ni el bienestar á tal punto que me sienta
capaz de sacri!icarle todo lo demlls y tengo la
convicción de que despué3 de la primera explosión de los sentimientos vl'hementes, tu madre
comprenderá que dcbiamos tomar esta resolución.
Roberto suspiró con angustia. Es verdad que
Maria :.\fagdalena defendla su causa con calor y
encontrab,~ razones excelentes, pero indudablemente fJUE'! á la senora Le Clercq, no le iban A.
faltar argumentos para probar que &amp;taria Magdadalena era una ingrata y l!l un ma! hijo, un hom•
bre débil cuya justa lndingación se había rendido á unos cuantos besos y A. unas cuantius palabritas de miel salidas de una linda beca.
-Pero en que di!icult!\des me has metido,
l\fagl
Puesto que sufrfas debiste decírmelo, en vez
de estallar en r.na escen!l irreparable como lo hiciste. Mi Intervención habría podido allanarlo
todo en tanto que ahora tengo que entablar una
lucha con mi mHdreyaca$O h11&amp;tareliir. Esta.idea
me es horriblemente penosa.
-Reflir! ¿Y cómo puedes imaginarte que tu
mamá.sea tnn poco razonable que se niegue !\admitir una co,a cuya justicia es indiscutible? Cada
uno en su cas:1. y Dios en l1t dp todos: he aquí el
precepto universal y al que se sujetan todas las
personas A quienes conocemos, siendo nosotros
loi, únicos que sostenemos una situación anormal.
- E3a es en efecto la opinión común, pero no
la de mi m:\dre y hny qne lijarse mucbo en un
lado de la cuestión sobre el cual te deslizas lijeramente ·in fijarte en su importancia. Yo no tengo fortuna personal porque mi padre, A conse•
cnencia de especulaciones infortunadas, perdió
todo lo que poseía. y mi mudre no está obllgada
A nada respecto de mi, siendo muy justo que cooEer.e todo lo que le pertenece. De mi parte no

"ªº

quisiera pedirle ni la m -1s mínima renta ó capital caso, al otorgarJi, un generoso perdón, Je dirigiría
un discurso que fijara muy bien su situaclóo y
por nada del mundo.
-Ohl lo comprendo mny bien, interrumpió Ma• que la dejara sin ganaa de intentar nunca mAs
renovar semejante audacia.
rfll 'Magdnlena con viveza.
Un rumor de vocee cot1fusas le hizo levantar
-Bueno .. peroentoncee ¿de qué vamosávivir?
llace ruuy poco tiempo que empecé A trabajar los ojos y distinguió en un balcón del departa•
y mi clientela es demasiado reducida, de modo mento de María lllagdalena á. los dos jóvenes mny
que ¿n realidad no me produce mAs de cuatro 6 ja.ntitos y en una buena inteligencia ájuzgar por
cinco mil francos al l\ft0 1 Jo cual es muy poco para su actitud y la¡¡ miradas que se dirigían. El asom•
nosotros que estamos habituados A una vidll de bro la. par1dizó durante algunos minutos. ¡Cómo!
comodidacil!S y h11br[a que prescindir de coches, ¿Roberto estaba contento con su mujer? ¿llabiendo ido A corregirla y reprender!!\ cambiaba de
servidumbre y lujosos departamentos.
M1tri.i M11g11atena se habfa tomado del brazo de propósitos se volvía de su lado y po.recillaprobar
su marido y así paseaban los dos por el aposento. su inconv~niencia? Una ola. de amargura le in-Ya te he dicho, Bob, que el lujv me preocupa vadió el corazón.
Roberto distinguió á su madre en el momento
poco pues no deseo mh que tu amor y mi tranquilidad. No soy dadtt A fiestas, lo sabes muy bien en que e .traba.
-Mira, Mag, desearía yo que le dieras tus exy seremos muy felices en una modtssta catiita de
ladrillos con un jitrdincillo de rosas y violetas cusas por haber sido dura con elb, ¿no te paque serAn mías, un s,dón en el que recibiré a rece?
Magdalena inclinó la cabeza.
quien mu agrttde y un aposento en que puudo dar
- ¿Pues qué do veras flllté A las conveniencias?
boepitlllidad Alas per:.onas du nuestro cariflo como
-Tus pa,abrns fueron correctas, pero tn actiLucia Hartley por ejemplo. Túnosabes hasta qué
punto me sería satisfactorio tener en casa por tud no. Ya h11s ,·tslo las consecuencias.
Ella comprendió que en este punto debía ceunos clias A Lucía! QJ.erido Il.&gt;b, vamos á ser al
der y lo hizo de buena voluntad y sinceramente
como hacía siempre todo.
-Bueno, Bob, no tendré inconveniente en declarará tu mamá que la amo y la respeto y que
estoy desolada por haberla ofendido.

fin e :po$03 tú y yo y á obr1'r por nuestra propia
cuenta. Llevaré nn libro de gastos con mucha
perfección y nuestra casa, aunque pobre, eerAalegre y de buen gusto. Ya verás ..•. oh! tstar en
nuestra casa ¡qué felicidad!
Se asomaron al balcón qa.e &lt;'Staba abierto y
pensativos contemplaron cómo la noche iba descendiendo sobre el jardín. Roberto reflexionaba
acerca de los lados agradables de una vida inde•
p,indiente, pero sentía al mismo tiempo la pena de
deeagrad1lr á. su madre y le preocupaban loe cuid.1doe y responsabilidades que iba A. tomar sobre
sí. porque desde el día en que se separara del pll·
lacio Le Clercq, sería cuando, casado verdaderamente, sabría lo que es la cuga de una familia.
Esto no dejaba de ser inquietante.

La seftora Le Clercq vió á. su hijo correr al aposento de .María M&lt;1gd11lena, y adivinando su frritación, comprendió qne iba á dirigir á la joven
reproches que estimaba como muy merecidos,
pues aunque en el rondo era muy buena y 11maba A su nuera, le c msaba viva satisfacción que
se la reprendiera por una 111.lr.a de respeto que la
habia dejado profundamente disgustnda.
El Doctor muy contrariado, lleno de mortificación, deseando esquivar su presencia durante la
penosa crli,is, salió cou el objeto de escribirse A
si mismo una carta que le llamara A P..ris por el
trl!n inmediato.
La seiiora Le Clercq regreso.odo por la Rvenida
que conducía al vestíbulo, se decía que Magdalena merecía una buena lección, y que seguramente obligada por Roberto, vendría al día siguiente
A darle una satisfacción cumplida, y que en ese

Roberto durmió poco: el pensamientc de los
debates que se iban a. entablar, lo tuvo sumamente preocupado durante la noche. En ,manto A. b
seliora Le Clercq, la convicción de la ingratitud
de sus hijos la tuvo en un estado de exasperación
febril.
Se acordaba con extremada lucidez de memoria, de todas las bondades y beneficios que les
había prodigado, y esto bacía resaltu la fealdad
de la acción con que ahora l!l. recompensaban sublevllndose contra su autoridad.
Menos 1¡ne nunca dispuesta á la reconciliación,
se preparó en esta noche de insomnio A una acti•
tud de altivez y dignidad herida, poco apropósi,
to para resolver las dificultades existentes.
Mny temprano entró Roberto A su gabinete de
trabajo abrumado por desagradables pensamientos: se aproximaba el momento en que era nece•
sario hablar A su mad1e y tratar de hacerla comprender y admitir los proyectos de Maria Mug•
dalena, convenciéndola, además, de que era justo
dejarla soln después de los innumerables favores
que le debían.
La empresa era dificil y el joven se sentia muy
conmovido ante la idea de afrontar una indigna•
ción, una vehemencia de sentimientos arte los
cuales siempre había cedido con docilidad.
Otras preocupaciones también le torLUraban.
Todas esas visiones de existencia modesta y libre, siendo los dos enteramente duelivs de si
mismos, eran agradables en tanto que permane•
cían en la categoría de eneuelios¡ pero A la hora de llegar al terreno de la prActica, ¡qné difi•
cultaltades de ordeu material tenían que surgirl
¡Cnán angustiosa es la incertidumbre!
No tenitm rentas ni fortuna, ni siquiera la suma necesaria para procurarse los mueble~ necesa•
rios A sn nueva instalación.
Cuando se casaron estaban tan destinados á
vivir enteramente con la seftora Le Clercq, que
so habían instalado en un nido preparado por
olla, y en el cual ninguno de los objetos de que
se servían les pertenecía.
Roberto llevaba apenas un afio de estar ejerciendo au profesión, y duranre este tiempo, 111
mayor parte de lo que babia ganatlo aún no se le
pagaba, pues sicml,lre un abogado cobra á. sus
clientes los honorarios con menos actividad de la
que emplen un comerciante para cobrar sus tacta.rati.
Lo poco que había recogido en dinero lo gastó
desde luego, pues no estaba preparado para ninguna eventualidad que le hiciera pensar en economias.
Así, pues, era necesario, al avisar A la sellora
Le Clercq que se la abandonaba, pedirle dinero
para poder ejecutar esta decisión.
Roberto reco.rrltt su gabinete con sgitacióo,de•
sesperado de la situación en que se ¡¡entfa. colo' cado: y como Mag no estaba a.111 con él¡ su inrteneia muy pasajera disminuía. Roberto se re•
hacia y las ideas que tenia desde la niliez se apo.

deraban de nuevo en au conciencia. Había trabajado tanto en este gabinete bajo )a mirada fría
de los antiguos retratos de sus antepasados presidentes, consejeros y jueces, que ya eataba ~cos~brado A un supersticioso respeto hacia esos
vieJoe pelucones que se amarillabau en &amp;UB cuadros de oro.
Mu~has v~ces al le~antar los ojos fatigado de
estudiar alguo expediente Arido, había encontra•
do aliento nuevo en esas caras altivas y pensadoras que le mostraban el camino que debía recorrer; camino recto trazado por espíritus llenos
de honrAdez, y aunque medianos, penetrados de
su importancia y de la influencia social que tenían.
Eu este gabinete trabqjaron ttntes que él, su
pudre, su abu.,Jo y su bisabuelo. Aquellos libros
de pas~s descoloridas simétricamente alineados
~etrás de las vitrinlls de lll biblioteca¡ aquel anuguo péod11lo de bronce¡ Ja mes1 macist\ los si•
llones rígidos; todo ese interior guve y severo
estaba como impregnado de pensamientos serios,
de aentimi•mtos de bonor11 bilidatl y del respeto
que cada Le Clercq ei,taba en la obligación de
tener hacia su propio nombre.
Esta raza de abogados y m11gistratlos hab{a sido altiva y leal, y en ell1t todo parecía httberse
organizado con arreglo A las pre~crlpcloncs de una
tradición veneruble á fuerzt1. rle ancianid1td. Cada uno de estos togados había tenido uo wjoberedero del nombre y lafortunR; y las hijas, cuitn•
do las habfa, entrab.m al couvento, ó se las ca... a•
ba con algun primo de la rama segunda de ta
familia que también llt!vaba ~1 nombre de Le
Clercq.
La monogrnril\ de estos hombres estabi traza•
da invitrlable desue la eternidad: inf rncia tntu•
quila, juventud estudiosa., casamiento entre los
veinticinco y los trt:int1t ,iflos, UM vida grave y
digna, honores y la consideración de sus couciu
dadanos.
Cada uno de ellos se habfa cRsado con una mujer rica y babia administrado su hacienda coo prudenci11. y tino, por lo cu11 l la fortuna. de la casa era
cuantiosa. El padre de Roberto era el único que
había dilapidado su fortuna impulsado més bien
por una causa política, pues er• muy adicto á lve
Borbones. E~ta burguesíil de tres siglos tenía opiniones realistas muy pronnncladRs, porque las mu•
jer~s qa.e por m11.trirnonio habianentrado en lafa ,
milla eran todas de alcurnia elllviuiisíma digna de
semej,rntes magistrados.
Del ladv de los muidos la rij1dez de priocipio::1 y la corrección de vida habiiln sido iodiscuti ble~ y del llldo de las esposas era tra iiciooal el
ejercicio de obr11s de caridlld.
Roberto fué el primero que en ~sta raza do bie•
rro, ó más bien de mll.dera dora, introdujo una
criatura viva, avispada, alegre, qne no estaba en
relación con las ideas y gustos de sus antepasados. En el pecado llevllba J1t penitencia.
Se iba á dar el c1tso de q_ue un Le Clercq dejara la e1tsa solariega, lrabajara fu"lra de ese gabinete y viviera pobre y nec1sitado en algunl\ casucha de arrli b?&amp;l lejos de la rcconlortirnte mirada
de los retratos de famllla.
A este pensamienlo toda su sangre fría de mn•
gistratura, toda su altivez ar~ctada, el miedo de
caer en desgracia y el orgullo de su nombre hirvieron en él. Partir, dejar todo, romper con elpasa•
do, destruir el culto de las tradiciones t11miliarea,
porque la eeliora Le Clercq había despedido á
una criada de Jlaría Magdalena, 6 mAs bien porque .Maria :'\Iagdalena habituada A la vida bohemio. sin freno ni sujeciones no haoitt sabido apreciar los beneficios de una existencia honorable y
seria era un disparttte de que se tendrían el111 y
él que arrepentir. Oh! ¿por qué había cedido algunas horas antes á. una sugestión que lamenta•
ba ahora sintiendo alg. di! ira contra quien se 111
inspiró'?
Deploraba pues en debilidad y se echaba en
cara que hubiera sido capaz de desert11r de la
causa de sus antecesores dominado por losencan•
tos de una mujer. Pero como ofreció b11blar á su
madre, era necesulo cumplir su prome::1a y bajó
á sus departamentos no sabiendo aún lo que le
iba A. decir y con el estado de Animó de un hombre igualmente empujado en dos opuestos eentl·
dos. B~ verdad que en lo que Je decídlaría :\1agd 1lena babia mucllo de justo ¿pero no seria posi•
ble mejorar ltt s~tuación i;in romper con todos los
lazos que unían t Roberto con su antiguo modo
• de vivir?
La seliora Le Clercq, enferma por la noehe de
insomn:o que acababa de pasar, estaba todavía

EL OBSTÁCULO.

en el lecho, Roberto entró en el aposento y perrnaneció unos instantes silencioso y dcspuéi de
besar A su madre dirigió una ojP-Ada á. esta pie•
za donde había entradorllra vez do:sde que se hizo hombre.
Antiguamente. en su i11fllncia, había habitado
a!H y pudo ver en el aHeiz11r de la ventana una
mesita microséópica conjque Re divirtió enj 1ego.
tranquilos y silenciO!IOS, mientras su madre cosía
ó s11.caba cuentas; vió la silla de terciopelo azul
en que lo ser.taba, muy formalito para contule
cuentos, silla en que hubfo aprehendido las pri•
meras lecciones de lectura; volvió l. ver el pianino relegado A uno de los rincones de la estancia
en que estudió las primeras escalas, y contemoló
con mirad11 melancólica la Alforu bra de flores descoloridas sobre la cual había desplegado tremebundos ejército~ de soldados de plomo ,V espantosos fa.ertes erizados de caftoni:s¡ sobre la chimenea. reconoció su retrato cuid1tdosamente conser•
vado y en el otro extremo un dibujv incipiente
conque habill intentado con mano torpe aún reproducir Ja11 facciones de su padre. Todo esto Je
hablaba elocuentemente de la inf1tncia y le recordaba que la eeflora Le Clercq había sido una
madre muy tiurna, que en vez de entregarlo en
manos mercenarias y de mandarle que juaara en
el cuarto di, los ninos, su dicha mA.s gra,~de ha •
bía '!ido tenerlo eon ella siempre y ocopar.ie de
él en todo tiempo y A toda hor1'.Puededecirsesin
temor que este afecto así crecido y ro mentado era
el qne la volvía uo tanto cuanto celosa y lidncli na ba A traoizar A María Magdalena.
La &amp;P1iora Le Ctercq observó A su hijo con an•
siedad: sabía que venía A habiarle de la escena
de la visper&amp; y q_ue esta conversación iba a si:r
grave, pero no le dijo nada, pues quería mejor

=

29

explorar el estado de ánimo en que se encon•
traba.
.-Estor ~n la Fituación más penosa, dijo él rom•
p1endo él stlencio. •
La senora te contestó dulcemente.
-Es claro! Debe ~llber sido mny desagradable
para ti oir I'. tu muJer hablar en tos términos en
que habló ayer tarde
R_o b~rto no contestó desde luego: y viendo su
vactlac1ór, lt seliora quiso p1 e ;ipitar las cosas y
llegar de una vez A la verdadera discusión.
-Tiene~. que decirme algo deeagr11d~ble, Roberto, le d1Jo; lo comprendo bien. Habla, amigo
mio. María Magdalena está despechada ¿no es
a I? c;Le tiene afecto A su criada y me suplica revo~ue yo la órJen de despeclirl,t? ¿O se conserva
altiva. Y orgullosa de haber tocado los últimos lf.
mitee de ll\ Rudacia?
-¡Si no tuera_ mt\s que eso! contestó Roberto.
Lnego, resolviéndose de Improviso agregó:
-~Itre usted, ma.mA; prefino confesar A usted
!ran~ttmente y sin dlpJomacin alguna que mi muJer tiene el pro~ó.sito de tener una ctlsl: suya, un
~ogar .. que dlr1g1r, su propia cas,l en fin; y esta
idea f11a, en verdad es enteramente comprensible.
Allora está un poco tutoreada aquí. Usted est4
en su c'le&amp; y reina en ella como es justo, pero
liaría ~agdalena tiene cierca independencia de
carActer y le desagrada tener que subordinarse
A otra voluntad.
_-¿Qué edad tiene? Diez y nueve aft.oe no cnmpltdos lohl comprendo que quiera manejarse por
si sola y que se sienta capaz de ser ,una de ca&amp;s1.
Rc,berto_vió A su madre coa enojo y ella to notó en seguida.
-To_da mujer. casad11, cualquiera que sea su
edad, ue11e el lndiec11tible derecho de tener un ho-

�so
gar que sea ·uyo. Desde hace algún tiempo ob•
servo con pena que María l[agdalena se vuelve
reconcentrada, triste, y ciertamente se considera
aunque sin causa ni fundamento, como una victima. Discusiones ligeras, pero demasiado f1 e•
cuentes se bao producido, y esto la verdad es
que me produce una profunda tristeza.
No podrla explicar A usted hasta qué punto me
contrarió oirá mi mujer hablar en los términos
en que lo hizo y ya se lo he m1m'!estado así, por
lo cual vendrá. 11. pre8eotar A usted sus excusas,
pero todos estos penosos incidentes hacen muy
dificil la vida en común. No lo cree usted
así, mamá? .Aun después que haya usted acepta•
do la satisfacción que le dé Araría Magdalena, la
situación • permanecer!\ tirante y ust.ed en to~o
pensará ver ~ verá tal vez muestrll8 de rebeldut.
de su parte. Ya ve usted que se ba revestido de
valor y aún se ha atrevido A ponerse frente A
frente de usted. ¿Quiétt nos asegura que, obliga•
da A sutrir un gér.ero de vida que Je desagrada
no acabaría por olvidar todo el respeto que le de•
be A. nstrdi' Esto no lo toleraría yo jamés, ni las
graves discusiones que tenclrAn que sobrevenir.
La seflora Le Clercq escuchaba a &amp;u hijo en el
mayor i:.ilenclo y se dispuso 1\ reprimir sus pri•
meros movimientos deexaltaeión que no habrian
servido sino pera atirmar A Roberto en su idea
de separarse de ella. En estos momentos criticas,
con el corazón y el pensamiento agitados entre
dos deberes y do,. afecciones opuestas, debla ceder al impulso más leve, y una vez ,melando en
una resolución no salir de ella. Entonces la senora dijo:
-Delilllnera, que están ustedes deseQsos de vivir solos y esto está bien ¿no es asl? Tú has resuelto complacer en ese punto A Maria Magdalena ....
Roberto inclinó la cabezasin responder de pronto, con pena porque le mortificaba la necesidad
de hacer semrjaote indicación :l. su madre, A quien
amaba tiernnmente, y le dijo con entonación melancóliM y aire cohibido:
-lla sido usted tan buena con nosotros y nos
ha probado su a!ecto de tantas y tan repetidas
maneras, que le vamos A p11recer á usted ingru.tos. Yo sufro mucho por lo que pasa v sé que me
va usted A juzgar mal. ¡Responder A las bondades de usted con un proceder de este género .... !
Y esto ¡\ los tres meses solamente de vida común
sin hacer loe ensayos necesarios para dulcificar
un poco nuestras voluntades! Esto está mal hecho 'i todos nuestros amigos lo van A reprobar.
La senora Le Clercq oía á su hijo defender la
causa de ella con los argumentos má.e contunden•
tes y Je vela de un modo enigmA:ico. Mi.,orras él
hablaba, su madre que le conocía bien, traspa•
rentaba bajo su mAscara habitual de frialdad co•
rrecta, resentimiento contra [aria Magdalena que
Jo impulsaba A este extremo y la tristeza real que
experimentaba por habt'r cedido en un momento
de debilidad.
'
Así, pues, lo dejó que enume1 ara toda~ las fealdades de la acción.
-Porque, en fin, continuaba Roberto, usted
nos ha ahorrado hasta los mAs leves enojos de la
vida material y Magdalena que pretende ser ama
de au casi1. no podri\ ni aun dirigir el modesto hogar que yo podría proporcionarle. Es demasiado
joven y está tan poco acostumbrada ll ocaparse
de cosas serias! La vida que llevnba antes de
nuestro matrimonio no creo qu4' haya sido la más
11. propósito para i1,clinarla á ....
Aqul hizo u,a pausa, respiró con es!uerzo y
encogiéndose de hombros como la persona que se
resuelve A nna cosa absurda concluyó:
-Y he aquí como con tecla su aparente dulzura, nos ha rrafdo A una posición tal que ya no po•
demos permanecer aquí.
La se!iora Le Clercq dijo i;on voz alentadora:
-Vamos, Roberto, comunícame tus proyectos.
¿Donde piensas ir? ¿qué proyectan ustedes hacer?
Sorprendido al ver esa resignación, Roberto levantó Ju cebeza y contempló A su madre.
-¡Quél ¿Deveras consiente usted sin una palabra de reproche?
- ¿Para qué? dijo ella esforzándose por sonreír. Bastante desgraciado eres ya para que agre•
gue yo li tus penas la de mis reproches.
Roberto tomó la mano de su madr~ y la besó.
-¡Qué bondadosa es usted madre mfa y cut\nto bien me hacen su, palabras! Estaba yo verdaderamente desolado por el disgusto que creí cansará usted.

"EL :líU?,'DO ll.USTRADO"

-Desolado, pensó ella para sí. Aitnque no sea
cierto A lo menos me lo dice.
Y litego agregó.
-Disgusto .... sin duda; pero el ml\s grande
que pudiera yo tener serla el ver á ustedes _des:
graciados y por causa m.la. En cuanto á m~, llll
propio sufrimiento no me preocupa. Les ~rejos
encontramos muy natural que se nos considere
como hechos para aguar fiestas é interrump1ralegrlas. "o, no me veas con esa cara de reproche.
Amo A tu mujer lo mismo que ayer la amaba Y lo
probaré ayudando A ustedes en todo lo que pue•
da. V amos .... basta de enternecimientos. ¿Qué
vns A hacer? ,. Permanecerás en 1,[ontpazier?
-Sin duda 'contestó Roberto asombrado de la
'
pregunta. ¿Pues
donde quería usted que 1uera.7
Soy abog11Jo aquí ~ aunque rui clientela sea bas•
t1inte modesta tengo un nombre conocido en la
ciudad desde hace t11otos Ali.os que espero tener
aqnJ mejor resultado que en cualquif'ra otra parte.
-Pues me imaginaba yo que Montpazrer no
era del agrado de ~[aria • Iagdalena. Es una po•
bre subprefectura, las gentes estAn muy atrasadas y esta sociedad es muy fástidiosa para una
encantadora mundana acostumbrada é la vid11. de
París. A.qui carecemos de originalidad, de deiica•
deza de brillo. Somos unos sencillos provincia1
nos boorados y fastidiosos. La verdad es que
aquí solament~ los Lll Falliere tienen ta.manos pa•
ra agradar, 11sí con eie agrado quo .... \·amos,
no me sé explicar.
Ob! con qué entonación de finura exquisita Y
de ingenuidad dijo la seil.ora Le ~lercq tod_o esto
acentuado con una sonrisa de 10dulgenma maternal!
-Tu podías haberte formado el propósito de que
te nombraran jaez en alguna otra ciudad, y me
es sumamente satisfaetorio ver quo son otros tus
pensamientos. Permaneciendo en Montpazier est1m\s seguro de que tu majer no se rozarA má~
que con per~onas bonora~les, pues ocupa aq~
una posición que en cualqwera otra.parte le seria
dificil alcanzar y yo abrigar.la. muchos temores
por su inexplil'iencia que podría volverla A amis•
tade~ incouvenientes. Tú no eres de la madera
del se:ftor de Bois Saint Marce! y to disgustaría
ver en tu casa mujeres de la categoría de Lady
Briggs, ó Lady Kan.ranina ó la condesa Adalgieri.
Dejó la setlora reflexionar á su hijo sobre toda
la importancia de esta observación y después
agregó.
-Así pues, permanecerán aquf?
-Si, dijo Roberto con acento desalentado, tra•
taremos de encontrar una casa modesta por 4 ue
yo gano muy poco dinero y ni aún sé cómo voy
¡\ eomponé"melas para el principio. , • ecesitare•
moa desde muebles puesto que no tenemos nada.
-Bueno, ya sabes que para eso contarás conmigo. Pues como íbamos diciendo, tt: instalarás
en una casitll barata, probablement~ de ladrillo,
con su jardincito al frente del ta.man.o de esta sala; tendr1\n ustedes una sola criada que María
Magdalena dirigirá y vigilará y así se proporcio•
narán una modesta dicha y se resignarAn A contentarse con la Yida di-' un encargado de fábrica.
ó empleado e.le consumos con sueldo de trescientos francos mensuales. Eso es muy penoso, hijo
mío, pero acaso tú te acostnmbrarAs, ¿Crees que
á ella le ,mcederA lo mismo?
-Pues haría mal si se quejara de un estado
de cosas que ella ha sido la que lo qn.iso.
La seflora Le Clercq sacudió la cabeza .
-Ah! pobre Roberto, diJo. La lógica no ea virtud de que pueden envanecerse las mujeres. Lo~
sentimientos femeniles son muy ocasionados A
modificarse y te lo prueba que tu esposa había
aceptado con rt'gocijo nuestra existencia Actual
y ahora no tiene más deseo que cambiarla. A.l
princi¡&gt;io se sentirá encantada y estrenará. su casa, sus muebles, su ilhertad, su responsabilidad,
y por el atractivo de lanovedad,acompallarA con
orgull.:&gt; ll la criada par11 ir al mercado y arreglarA l11s cuentas de l11 lavan ·iera y ajustará las del
vendedor de leche y las del de carbón. Pero después? más tarde? Empezar!\ por fijarse en que la
casa es Incómoda, los aposentes reducidos, el
jardín raqultico, la criada torpe y brusca y sabré. lo que es and,1r A pié aún cuando llueva, y
usar trajes mal cortados, sombreros baratos y tener que remendar l11 ropa del marido. Conocerá
en tin, fas grundes y pequenas mi erías de li.s
majeres de los pobrea r eso no tiene n1tda de dlvw-tido ¿sabe,? Y no meaclmiruría Amí que al c.1•
bo de poco tiempo pidiera volvrr aquí, cosa que
yo concederla de muy buena ,·olurtad, pero que

F:L OB"-TÁCULO,

dArla A nuestros amigos y :l. la ciudad entera una
triste idea. del cará.cter de ustedes.
Roberto. muy sombrío, hizo un ademlln enérgico significando qne jamás tomu:la él nna decisión semejaute, y su madre sonrió con su acostumbrada amorosa. lngenuidttd.
..
.
-Oh! no vale la pena jurar nada, d1Jo, part1cularme11te cuando se tiene u.n a mujer tan seductora como la tuya. Vayai por Dios que obtendrA.
de tí todo lo que quiera, y eso es mny natu~al.
Pero descartando tod~s las hipótesis y admit1en•
do que tendría hasta el fin el valor de ~us opiniones, qued11 por Jo menos esto qu~ es 111contestable: vivldan ustedes en la miseria. ¿CuAmo has
ganado esto allo?
- Unos cinco mil franco,.
-Bueno: esas g,rnancias anmentan\n de seguro· pero aún cuando llegaras A dobl11r esa suma,
vi~irfAs en la miseria, en la peor de todas, en 1'!'
de la ropa tetlida y camisas de cuello postizo. ¿1
si tuvieran ustedes hijos como espero y deseo
con toda mi alma, dónde hallarAs los recursos
neceaarioij par11 educarlos y para que María )[agdahma no ae entregue A trabajos demasiado du•
ros de mujer del pueblo que serian desastrosos
para una naturaleza tan delic~d&amp;? .
.
R'lberto hizo un gesto de 1mpac1enc1a y en•
tonct-s su madre, levantando la mano con solemnidad, dijo:
-Si he hablado de todas esas cosas, hijo mío,
es porque conviene que las conozcas á fundo Y
que no te lances A ciegas en una vía en que tú Y
ella pueden sucumbir. ¡llay tantos disgustos para 111. gente pobre, tantos cuidados A cada instante nuevos, y esto en una ciudad donde nuestros
antepaiados ocuparon una posición honrosa Y
br1llaotel Si, si te digo esto, es porque no me resigno, no quiero que mi hijo, que un Le Clercq,
en fin, se vea reducido á extremo semejante; Y
puesto que es necesario que alguien se sacrifique, seré' yo.
Petrificado Roberto se levantó y contempló ll.
su madre. No había comprendido de qué sacrificio se trataba.
-Seré yo la que me lré, dijo la seflora Le
Ciercq con firmeza y dejaré A ustedes el palacio
con toda la intalación y la tortuoa necesaria para sostenerlo y que hagan netedes en el mando
el papel que les corresponde. Para una vieja como yo, basta con una casa modesta y algunos
millares de trancos. Pero ..•. ¿qué te pasa Roberto? ¿qué tienes?
El bueno, el excelente y leal Roberto, presa
de una emoción violenta, estrechaba A su madre
entre sus brazos y la besaba efnsivamente como
en otros tiempos cuando era niflo, y la rigidez de
la profesión y el deber de dar importancia A su
nombre no le habían todavía congelado.
-.MamA, querida mamd .... es nstedmity buena, pero la. verdad es que en este caso me juzga
usted mal. ¿Se atreve usted !\ creer que fuera yo
capaz de aceptar semejante sacrificio?
Esta vez la sellora Le Cler.:q seconmovió también y con sinceridad, realmente con sinceridad.
Alguna vez entr11 la sinceridad á tomar parte
en las ~alamerias femeniles y la frase de la Camila de Muset es proft1Dda y verdadera: "¿Estds
bien seguro de que todo miente en una mujer
cuttndo miente su boca?" :Nol este orrecimiento
de deslumbradora generosidad era nada má.e que
un ardid dipiom(i.tico, y e,ta mujer que quería
conservar consigo A su hijo, lo empleaba como
una arma de cayo resultado no podía dudar.
-Te serti necesario aceptar, afladió la sellorit
acariciando con sus dedos suaves la cabellera
obscura de Roberto. SerA necesario que me obedezcas cuando yo lo exija. Ya sabes curu es mi
tiranía: no quiero ver á mi Roberto en las garras
de la miseria, no quiero que Mag, acustumbrada
á cuidados y mimos y A gastar s:n limitaciones,
se encuenu·e desgr11ciada de repente. ¿Crees que
yo quedaría contenta con mis comodidades y mi
lujo sabiendo que ustcd11s carecían de todo? No!
Por otra parte este es el palacio Le Clercq que
tiene nuestras iniciales esculpidas en las claves
de las puertas y cineeladaa en los ba.andales de
los balcones.El que lleva el nombre de la familia y es su jete natural, debe habitarlo, y ese eres
tú. En esto f11ndo mi orgullo que no considero reprochable: estoy orgullosa de mi razR y quiero
conservai·Je sus tradicione hasta el tin. Un Le
Clercq no decaerA, no saldrá. de esu cas11! Que
una vit'j \, buena cu11ndo mucho pHr11 confeccio•
nirr rol''l dt' orfanatorlos y bospitale,, vaya A11.cab11r su ,·ida lujos de estas paredes, nadll igoitica;

pero mi hijo y sus hijos deben vivir en su casa
solariega.
-Comprenderá. usted, mamA, que eso no es
aceptable, y que pueden volverse contra usted
todos los argomemos que me ha presentado hace
un instante. ¿Podrla ustetl resigaarse A vivir pobremente 11 su edad? Eso mejor lo p11ede bacer
una joven.
-Pero, hijo mio, si no se trata de pobreza; te
suplico tomes en cuenta que yo trato de reservarme una. renta suficiente para que mi vida. sea
confortable y no seré motivo de IAstimas. ¡Organizaré mi existencia bajo otro pié y eso es todo.
Continuaré como siempre ocupándome de unes•
tras fundaciones piadosas, visitaré á mi:1 amigas
y sobre todo A ustedes, qaeridoa hijos mios, y espero que me recibirán con buena voluntad. 1faría .Magclalena tiene un eorazoncito bueno y 110ble y llegará A amarme mucho cuanAo no tenga
la preocupación de que me le quiero imponer.
Roberto con el corazón oprimido, saltánclole
las sie,1es y sintiendo ganas de llorar, dijo con
voz entrecortada y como tratando de abogar su
emoción.
-Mamá, pido perdón por haber pensado aun•
que sea solamente durante un minuto, por haber
pensado separ~rme de usted. Ya no hay que ha•
blar de eso: Magdalc¡¡e pensar!\ lo mismo que yo
cuando conozca la generosirlad de usted y su ternura hacia ella: y si aún conserv11re &amp;Jguna. idea
en contrario, yo me entenderé con ella para que
renuncie.
Después besó A su madre otra vez y salió precipitadamente. Las gentes de carácter enérgico
no gustan de l111cer demasiado visibles sus emociones.
La sellora Le Clercq se dejl\ caer sobre sus al•
mohadas y sudpiraodo como quien se siente aliviado de un gran peso, murmuró:
-¡Pobre Roberto! tiene una naturaleza sencilla, recta y leal .... En cuanto A Maria lagdalena, es una chiquilla A quien hay que darle una
buena lección.

Cuando el Doctor de Bois Saint Marce! en traje de viaje salió de su cuarto llevando en la ma•
no una carta de llamamiento urgente que se babia dirigido A si mi'!mO para enseflar é sus bués•
pe des se encontró con Maria Magdalena que con
marcha lenta y ademAn pensativo salia de los apo•
sentos de la suegra.. El Doctor se imagino que,
A no dudarlo, la joven acababa de dar A. la setlora Le Clercq una cumplida satisfacción y se sin•
tió muy tran')uilizado con esta idea.
Sin embargo, esto no modilicó SUB proyectos de
evasión y siguió convencido de que ya era tiem•
po de ir a. Escocia con su amigo Claverhouse que
debía estar impaciente esperándolo.
Maria Magdalena vió á su padrt; observó que
llevaba traje de viajero y comprendió todo.
-Acabo de recibir una carta, le dijo el Doctor
con apresuramiento y ruborlzil.ndose un poco ante la mirnda de su hija, y es necesario que yo
parta ...... Una cliente enferma. La eefiora de
FernAndez ¿s,1.bee? aquella espa11oia que tiene
tan lindas esmer1tldas. Pues ba sido atacada sü•
bita.mente y parece que el caso es grave ....
María )Iagdalena movió 111. cabeza de un modo
muy significativo y contestó:
-rTo me sorprende la partida de usted.
El sellor de Bois Saint ~[arce! hizo como que
no entendía la alusión y preguntó:
-¿Podré ver t\. la sel'iora Le Clercq?
-No: está en su cama aunque no ha enferma•
do. ¡Que vn (1 enfermar! tiene un vigor, una ener•
gía un empuje que bien puede usted perder la
e~p~ranza de serle nunca útil como médico.
El setlor de Bols Saint M.arcei sorprendido por
el acento de Maria Magdalena, dijo resolviéndose
A mAs no poder á tomar parte en un debate que
le des11gradaba.
.
-Vamos . ..... entremos á tu departamento y
hablaremos: tengo un cuarto de hora aún y te lo
puedo consagrar antes de rogar á tu suegra me
reciba p11ra d11rle mi despedida.
Luego escribió en una tarjeta ~nas cuantas !~neas, tocó el timbre, envió la ti.rJeta á. su destino y aeompnllú á )la.ría. 1,[agd~lcna á_ su departamento particular del primer piso. Mrentras atravesaba corredures y bajaba e caleras, el Doctor,
sdvertido por natural sutilidad de ingeuio aviva-

do p'or vivaz egoísmo, comprendió que por razo
nes que se Je escapaban, :llar(A. Magdalena tenla
una profundn. contrariedad que la exasperaba.
¿Ilabia pensado que el arrebato de la vfspera le
daría la libertad v acababa de convencerse de
que había fracasad°o? En ese caso, su proyecto
deberf11. ser renovar los esfuerzos para comprometerlo, y tal Vf'Z hasta fuera pedirlo definitiva
protección y asilo.
Con estos pensamientos se armó de resolución.
Nada de enternecimientos ui debilidades con los
que vor otra parte iría contra los verd11deros in•
tereses de la reeil\n cnsada. Era necesario volverla al buen camino y no dejar que se perdiera por
un eaprieho irreflexivo.
Al verse en su casa, sola con su padre, .Magdalena comprendió en la actitud que tenía, sus temores de verse enredado en las complicaciones
que estaban ocurriendo y para ratificar ó rectificar estas suposiciones, esperó A que él tomara la
iniciativa, lo caal hizo desde luego, preguntando:
-Veamos, dime, ¿qué es lo que ha pasado después de tu disparate de ayer? Ya sabes, l\lag, que
tengo debilidad por ti y que me ciega el cari!io
y sin embargo, he condenado con toda energía
por encontrarla inconveniente la conducta que
has observado respecto A tu suegra. Un incidente
de esa ciase, es peor que una illlta: una torpeza.
¡Así 3e habrá puesto de disgustado tu marido! Vamos, cuéntame.
María Magdalena sin entrar en los detalles de
su conversación con Roberto, refirió lo que habla
pasado entre ellos y que después de una violenta
irritación, su marido consintió en que se separa•
ran de la senora Le Clercq.
El Doctor hizo grandes ademanes de asombro.
-¡Roberto ha cooseotidol Entonces, esto es ya
un hecho. ¿Se ha llevado A cabo ya la ruptura?
-No: ella paró el golpe, dijo Magdalena fríamente. Oh! tranquillcese usted, pues quedo bajo
so dependencia.
-¿Que me ,ranquilice yo? Pues de ese modo es
seguro. ¿Que queda::i bajo su dependencia? Pues
es lo mejor que te podí11 eucedt!r. ¿Concibes que
una mujer de buen sentido abuse del poder que
tenga sobre el Animo de su marido par1i hacerle
incurrir en semeJantes necedades? En verdad
que yo consideraba A Roberto con mayor discresión y energía. ¿Qué babrla sido de ustedes? ¿Cómo pensaban salir del apuro en que iban A me.
terse? 1Qué locura, setior, qué locur11l tú careces
de espíritu prdctico, hija mf.s, y la ünica fortuna
de ustedes y hasta mfa, es el buen sentido y la inteligencia de que da maestras la seflora Le Clercq.
Vamos al hecho. ¿Cómo se ha p?rtado?
-Con mucha destreza. Sometiéndose y abandonaDdo todo, sacrificá.ndose ,\ nuestra dicha y

exigiendo que nos quedAramos con el pAlacio y la
fortuna, en t,mto que ella, pobre y resignada se
retiraba á cualquier habitación modeFta. ¡Es necesario ser tan simple como ...... él, para no ha•
ber sospechado en tamo desprendimiento de pa•
labra, una verdadera comedia.
-Permíteme, permíteme. dijo el Doctor, yo encuentro que lo que ha hecho es magnifico, sobre
todo por el resultado que no podía ser mejor Y
ftor la aud11cia., entereza y vnlor de que ha dado
pruebas. Habría podido ser cogida por la pala•
bra y estoy persuadido de que en ese caso hubiera cumplido Jo que -prometió.
•-Conoce muy bien A Roberto, replicó Magdalena y sabia muy bien que no corría rie8go alguno. Este. diplomacia me repugna y encuentro
despreciables esos recursos y Al11 persona que los
emplea. Al principio me era cargante: ahora, ya
ni Aún la estlmo.
Todo esto lo dijo )fagdslena con la misma tranquilidad; y el Doctor si se hubiera fijado, habrfa
bailado en su hija un singular estado de Animo,
ml\s peligroso todavía que la mayor exaltación.
-Babi bah! bah! exclamó el Doctor de Bois
Saint l\Iarcel, levantdndose. Reflexiona, hija mia,
reflexiona un poco en que la vida no es una comedia en que el autor hace marchar los personajes A su antojo. Es preciso tow11r en cuenta lavoluntad de 10s demás, respetarla y evitar colislo•
nes desagradables.
-Eso es precisamente lo que pretendo que se
baga respecto A mi, interrumpió Maria Magdalena.
-Tu no eres más que una chiquilla necia,gritó
el Doctor con cólera. Donde hace falta la dulzura afectas altivez y eso es torpe, muy torpe. En
lugar de cultivar los buenos sentimientos de tn
suegra hacia tf, te procuras en ella una enemiga.
Tu escena de ayer h11. agravado la situación, pues
111 seftora Le Clercq si te llega A perdonar lo h;1n\ con tr .. bajo y Roberto te con.servará rencor
por haberlo empujado contra su maare.
- Uo consejo, dijo María Magdalena.
-Doblegarte, hacerte dulce y encantadora como lo eres cuando quíeres. ¡Qué diantres! En :P •

(

�32
rís todo el mundo te ador.ibll. ¿Cómo te las com¡,ones para ser aborrecid1.1. en tu casa?
-¿Y si no puedo doblegarme?
-Se puede cuando es in~vit!lb!e.
-loevitablei'
-Si, contestó él con una firmeza brutal, pues
no veo maner11 de obrar en otro aentido y en caso de un rompimiento deflnittvo no debes contar
con apoyo alguno de mi parte. Te aseguro que
es muy peligrosa lll empresa y seria yo culpable
si te aconsej11ra algo que no faera absoluta sumisión y si te hicier1.1. concebir la más leve e~peranza de ayuda.
Maria Magd-1lena no dió sefl.ales de sorprenderse. Esperllba esta contestación pues sabia hasta dónde el temor de las complicaciones y de los
disgu.os podill conducil' A su padre: hasta e3a
dureza que le negaba, no solo un apoyo materi11l
que le preocup.ibll poco en esos momentes, eino
aun una afectuosa simpatía, un dulce consuelo y
cunsejos menos amargos que esa brusca orden de
doblegarse.
¡Ooulegurse .. ... ! ¿qué otra cosa había 1iecbo
d~sde que se casó? ¿Y á dónde la habfa conducido esto. A una compleLa nulirlcación.
Mllrfa M11gdaltm11 vió el reloj.
·- - -·
-Si quiere usted \'er á la seliora Le Clercq
antes de partir, dijo, ya es tiempo de ir A su
casa.
-Sí. Ya voy. Adios, Mag.
El Ductor abrazó á su llij11. y ella le dejó hacer
inmóvil é indift:rente. EDLonces él la contempló
fij&gt;tmente y le dijo:
-lle aqn1 que porque no quiero ceder A tus
caprichos te me enoj ,., y me dejas partir hasta
sin decirme adios.
La joven observó que su padre estaba ver&lt;la•
deramente herido por esa altivez y entonces lo
besó también.
-Vamos, tontuela, estas son nubes de verano
que pronto pllsarlin dej,mdo paso il tu tranquili&lt;Jad y .\tu dicha. Ya Silbes, Mag, cuánto te quiero
¿Yt:rdad? respóndeme.
-Si, murmuró Mag.
- Pues entonces no te deben parecer sospechosu mis indicaciones y tienes que pensar en que
yo juzgo mejor que tú. por lo cual le conviene
oírme, puesto aparte el respeto filial, yo bien sé,
A fe mía, que la vieja tiene sus ratos de insoportable, pero se hace uno la disimulada, se la deji hablar y se piensa en otra cosa. De repente te
escapas y haces UD viajecito il París, con Roberto, por supuesto que con Roberto, pues alH encontrarás mi puerta abierta para la esposa del sefior
Le Clercq, pero cerrada para una chiquilla fea y
tonta que hacedespropós1tos. Cun que .... adios,
my da1fü1g, como dice Lucia Ifartley y que pase
pronto esta tempestad en un vaso de agua.
Dejó á su hija con la sonrisa en los labios; se
hizo la resoluc:ón de figurarse que el silencio de la joven era una muestra de asentimiento
y supuso que 11us ternezas de padre indulgente
habíim contrabalanceado PI rigor A que estaba
sujet11. De Bois Saint Marce! era deaqutllos egois•
tas exquisito3 que poniendo su pro¡,io Interés ante todo y sobre todo, no pueden soportar que se
les guarde rencor ni por el motivo más ligero.
Quería que todo el mundo le amara y le encontrara encantador.
Cuando se quedó sola María Magdalena, pensó
en la situación inesperada en que se encontraba.
Al ir A suplica1· 11. su suegra que la pcrdon11ra. por
su exaltación pasada, supo que, Roberto habill
carnbi11do lle propósitos; y fué tan profunda su
estupefacción y tan intenso su desengaflo al ver
que su vida debía continuar como siempre, que
no babia tenido tiempo ni de poner en orden su
imaginación..M11quiualmeme rué como quiso refngh1rse al carillo de su padre y no sacó de este
refugio ventuja alguna. ¿Qué debfa hacer? Lo
primero, ir A ver A Roberto y oír lo que le dijera.
Habría querido correr A su gabinete de traba•
jo, pero un sentimiento brwco la detuvo; un sen•
limiento de desprecio hacia el hombre que de es11.
manera faltaba A su palabra y un vivo rencor le
llenó el corazón en tanto que por evolución rápida de la memoria recordaba todo Jo que le prometió algunas horas antes, sus frases de ternura
y la confesión de que ella tenia el preferente Jugar en su corazón. Esto acababa de oírlo en ese
nismo aposento y luego al primer choque se da'\ por vencido sin tener en cuenta para nada
to iae sus promesas.
os 111 bios de Marftt Mngdalena so plegaron

violentamente con expresión de disgusto. Ahl ¿Esta era.la cláse de afeeto que su marido le profe•
saba? Un t~rranque enérgico pero pasajero durante el cual le ofreció todo; pero luego A caer otra
vez en los hábitos correctos de la existencia obU·
gada y artificial ú que se había conformado; el
olvido de todo cuanto había ocurrido entre su mujer y él y despué3 de haberla ex1tltado y divinizado1 á. tratarla o\ra vez como un ser inferior no
creyendo necesario ni aú.n explicarle la.s ruanes
de esle cambio.
¿Convendría irá pedirle esas razones? No: ya
vendría él il darlas si asf lo quería. Más valía dejd.rle toda la vergüenza de venir A explicar lo
iuexpicable.
Entró pues á su tocador Uaría Magdalena, á es•
ta pieza repugnante por el lujo de IDál gusto que
babia amontonado la suegra; y para arreglarse la
cabeza, des1nó sobre sus espaldas su oputenta cabellera. Acaso fuera este un Artificio de coquetería por4ue &amp;imuháneamente se dejaron oír los pasos de Roberto qu I l1egaba. Ella lo dejó entrar sin
separar Jos ojos del eSJJl'jú en el cual vló la cau
11.fligida, casi conf11u de su marido,
- S11lud, Afag ..... .
- -Salud.
-Qué seria e5tAsl ¿Has hablado con mi madre?
dijo lioberto, aborda11do desde luego la di1tcuslón.
-Si.
Magdalena daba estas contestacioneslaeónícas
sin volver lit cara. Roberto afladiú:
-1,Y te refirió lo que ella y yo hablamos?
-No¡ el resultado sólameute. Parece que á pesar de todo nos quedamos en su casa.
-¿Podía yo aceptar de ella el sacriticio de que
se Cuerai" Tú. m11,ma no lo hubit!rits consentid.o: no,
:Mag, te hubiera parecido imposible como A mi
que dejara sn propia casa.
-Nunca le propusimos semejante cosll, respondió la joven, colocAndose artístiCllmente los cabellos y prendiéndolos con itlfileres de oro.
-Naturalmente. Pero ella no se pudo resignar
á que sufriéramos pobrezas y privacloneti. Su
ofrecimiento tan t:x¡&gt;ontt1neo me ha conmovido y
te c)nmJverá. de la misma manera, estoy seguro.
Ante tal generosidad, las pequen.as reocilllls desaparecen y sóto queda la g1·1tlitu.d.
Magdalena guardó silencio por algunos instantes, como no dándose por couvencida de semejante afirmación. Acabó de arregJar¡¡e los cabellos,
rt orgarnzó los peiues y cepillos qui, le habían es•
tado 11irviendo y dijo trian1ente:
-¿Af,í, pues, estA convencido que permaneceremo11 aquí y en la!! mismas condiciones que anteriormente?
llJberto ligeramente confuso, pero afectando
ser~nidad y firmeza, dijo:
-Sí, y por medio de múma.s concesiones podremos ser felices.
-Hasta aquf las concesiones no han sidt&gt; mutuas, sino que yo las lle hecho todas pero no recrimino á nadie por eso y es inútil en consecuencia que frunza usted el entrecejo y se prep11re á
la discusión. ¿No tiene usted u11.dá más que decirme?
-No.
-Entonces sería usted muy am1tble si me permitiefll quedarme sol1t para terminar mi tocado.
-Eso bignifica que me vaya y no me tieoes
a.costumbmdo a tanto rigor, replicó Hoberto, como queriendo tomar t1 broma lll.S cosas y seapróximó A Maria Magdalena para besarla.
Ella entonces lo dejó hacer con indiferencia tan
glacial que retrocedió contrariado y tan confuso,
que queriendo salir del t•·•cador, se dirigió á la
puerta d~ la alcoba.
-Por ltt puerta de la antecámara si me hace
usted favor, dijo Magdalena.
-¿Por qué'i'
-l:'orqne .... mi alcoba no es pasc1.dizo que todo el muDdo pueda estar ci:u.zando A toda hora.
Roberto dirigió Ai;u mujer una mirada amenazadora.
-¿t;ree usted, María Magdalena, que estoy en
condiciones de prestarme A una escena de novela
seatiment1tl? Bien sabe usted que es absurdo lo
que dice y Jo que supone.
-Puede ser. Sin embargo, me figuro que no
harl1 usted intervenir A su madre en el debate. Ya
he visto cómo me ama usted y no necesito más.
Roberto, trastornado por la cólera, quiso contestar, decir 11lguna frase brutal acaso, pero ella
tenia una actiLUd tan resuelta, que se contentó con
hacer un adem{m de desprecio y salió. DetrAs de

33

E L OBSTÁCULO.

"Et, HUNTIO fl,CSTRADO"

él :Maria Magdalena corrió ruidosamente el cerrojo de la puerta.
Al oir este ruido Roberto apretó los ptlftos con
furor v rompiendo con su calma ordinaria empujó la puerta del corredor con un golpe tan violento que se lastimó la mano y entró en su gabinete de tu bajo lleno de ira y de rencor, estupe!11cto al recordar el carácter que babia descubierto
en su mujer y decidido A obrar con toda energía.
para dominArselo. Pronto se iba A ver quién se
cansaba primero de s"mejante situación.
En la estación del ferrocarril el Doctor se encontró con René Darlot que estaba de viaje pa•
ra Bretafla y siguieron juntos algunos minutos
hasta una estación proxima en que cambiaron de
tren.
El Doctor de Bois Saint Marce1 tenfa deseos de
desahogar sus penas en el corazón dealgún amigo. Darlot babf1t asistido la víspera á la escaramuza del palacio Le Clercq y era natural que se
hubiera tratado de informar del desenlace de
los sucesos que er.taba ansioso de conocer.
El Doctor le refirió que Maria Magdalena había
dado á su suegra una scitisfacción y esta por medio de un gracioso ofrecimiento, de despojarse de
su fortuna en favor de la rebelde, consiguió que
mllrido y mujer continuara,; en la casa.
-.Magnifico! all.11dió el Doctor, ya ve usted,
querido amigo, que todo se desenlazó fl pedir de
boca, y esta aventura harA comprenderá l\1ag
que no tiene mAs recurso que eometeree :\ su suegra. Esto es lo mejor que podía suceder.
-No lo considero así, declaró francnmente
Darlot, pnes Mag qued,i redncid11 A una situac:ón
insostenible, y pienso que sa marido se portó muy
m11l no cumpliéndole la promesa que le había hecho de sacarla de allí. Esto va A empequeliecerlo
en la estimación de su esposa, lo cual debla suponer él con su buen criterio¡ y aunque su hija de
usted es muy buenit, estoy convencido de que
cuando deje de estimarle le dejarA de amar; y
cuando ya no lo ame le serAn · insoportables las
inmerecidas penecuciones de la suegra y yo no
encuentro en esa probabilidad justos motivos de
verdadera inquietud.
-Vaya, vaya .... :.1 Es absurdo lo que dice
usted, replicó el Doctor. Parece que encuentra
usted agrado en disgustarme con semejantes predicciones. Después de mis sermones á M11g y de
las exhortaciones que Je hice! Pero y también yo
por qué me ocupo de la opinión de un hombre co•
mo usted que tiene la cualidad de ver todasdas
cosas de un :nodo diferente de como las ven los
demás? Usted pretende conocer á. María Magdalena mejor que yo que soy su padre y la regala
usted con un carll.cter de tremebunda altivez. Est" es archifdlso: yo que vi A todos los personajes
de nuestro asunto digo a usted que ya estarAn en
la.mejor harmonía, que mi hija en ddinitiva se resignará al verse la menos .fuerte, y también le
asegu-o Austed que es lo mejor que puede hacer.
Por Cristo que sus hermosos sentimientos son patéticos, pero una vida holgada,feliz y rica, vale
la pena de que algo se le saerifique. A. est11s horas estoy seguro de que Roberto habrá logrado
someterla por bien ó por mal1 y siempre resulta
venturosa una lllujer que hace todo lo que quiera
su marido ..... ,
Tregastel es un pueblecillo pobre formado de
cabaftas de ladrillos sin cocer que apenas se distinguen del suelo, semejantes A pequeflos montones de tierra, verdaderos agujenis de topo que
se ocultan entre la, yerbas incultas. Aquf y aUA
aparecen entre el cé~ped manchas relucientes tle
UD granito duro y los senderos así p:1vimentados
parecen antiguas vías romanas¡las placas de piedra se muestran desnudas y en alguno~ puntos
surgen sobre los macizos de verdura rocas gigantescas, monstruo-as, enormes, sostenidas en
equilibrio y ostentando en sus numero3as grietas
juncos de flores rojas ó amarillas. Cuando en esas
rocas hay
. algún
. espacio cubierto de tierrl.l, los
Mmpesmos Blembr,rn allí trigo y cebada.
Estas manchas rubias de espigas maduras producen un efecto muy pintoresco por su contraste
con el rojizo de las roca'!. Poco más lejo~, pefiasc?s ~olosales se_h1m desplomado por Algú11 sacudlm1ento plutómco; el suelo hundiéndose en rApido declive y en etie suelo piedras de fvrmas ext.ravngantes apiladas, monstruosas, altas como to
rres y tan prodigiosamente pesadas que se necesitaría uu terremoto para eambhtrlas de sitio y
que .'.&gt;Scilan sin embargo cuando lile toca un ni.lio.
(ContinuardJ.

EL OBSTACULO
NOVELA ORIGINAL POR Mme. DANIELLE D'ARTHEZ-Ilustraciones de nuestros talleres.
VElUSION Et;PAÑOLA. DE 11.EL MUNDO ILUSTRADO"

Número 5.

Rosas encendidas y amarillas retamas se defienden tras de esas rocas de los vientos rudos
de 1ll mar y del asalto furioso de las olas.
Los hab(tantes de ese lugarejo son muy pobres;
viven los hombres de la pesca y las mujeres y los
nifl.os van vestidos de andr11jos sórdidos A los
1UTecifes cercanos A eojer cangrejos y langostas.
Una chiquillería súcia y descalza salta entre los
guijarros dela playa y cuando percibe la llegada
de algún extrailo, lo rodea gritt1ndolela únicapa•
labra que conocen del idioma nacional: Buenos
días! y que es su fórmula de mendicidad, Manos
como garras se exlienden ante el viajero, y la
banda obstinada le sigue hasta arrancarle algunas monedas de cobre.
Al dia siguiente de su llegada, Darlot, rodeado
y perseguido así, perdiéndose entre los senderos
escabrosos, bordados de cabailas que sirven de
habitllción común á hombres y á auimales1 trataba en vano de hacerse indicar el lugar en que es•
tuviera la casa de 111. sefl.orlta Hartley.
Darlot se había perdido en un dédalo de cami•
nos y vericuetos, de campos rodeados por cercas
de piedras sin argamasa y marchaba sobre un piso lleno de guijarros agudos. De vez en cuando
Algún establo se atravesaba en su camino ó ha•
llaba el horizonte recortado por alguna mole de
granito que sustentaba el faro ó por la caM blanca del semAloro con su mflstil erguido y cruzado
de cordajes delgados como hilos de alambre que
apenas se distinguían sobre el fondo azul del cielo. Más allA, la mar.
Darlot después de haberse desembarazado de
los mendigos marchó costeando A través de un
campo sembrado de juncos cuyas esplnas le punzaban las piernas, y así mttrcbó la1·go tiempo bajo un sol de fuego por lugares tan vastos y tan
poco accidentados, que el milstil del semAfvro hacia
el cual ae dirigía, parecía conservarse s:empre á.
la misma distancia.
Fatigado ya trepó á una pequefl.a altura que
azotaba la brisa del mar, acre y JJena de perfumes, y jadeante JI\ se sentó A la sombra de una
roca y hasta se olvidó por algunos instantes de
contemplar el grandioso espectá.culu que se presentaba ante sus ojos: todo un pais baftado de sol
y de aire azul. El día estaba tan claro que se
descubría la costa hasta una distancia inmensa
erizada de picos superpuestos, desquiciados bi•
zarros y amenazadores.
Una linea de espuma tra.njeaba las 0111s que
chocaban contra 103 arrecifes que asomaban á

�35

F.L OB"TÁCO!,O.
"EL MUNDO TLllsTRAOO"
¿

corta distancia de la tierra, y A Jo lejos el mnr y
el cielo se coofnndflUl en nna brama vaga y t.ransparente.
Un río se dividía en una red de canales que se
nbrían penoso camino á travé,i de Las rocas hacia
la playa o.mnrilJema. Ros11rios de islas, pedregosas tamblen, se vdan desgunados por el mar, y
lae gtt"'iOtas pasaban en bandt1das lauzando gritos entristecedores.
Del lado de la tierra, entre las choz11s de pescadore·s, se alzaba A lo lejos la. flecha delicada y gallarda de un cam¡,anario de piedra que d11tab&amp;
del siglo XVl. Este ettmpanario y esta capilla
irr11diaudo en la .uz ee nimbaban de oro y vlbrabao como en una aureola.
Pero J¡ejo esta regocijadora y ardiente luz, la
tierra aJllrecia Ar1da y .il hombre dabil lástima
abrigado bajo aquellos techos dt1 paja, entre esos
mures de Jodo, en esas csbaftas mt\s tristes y desaliiladas por el contr1:1ste con el limpio azul de la
mar y la diiJfana claridad del cielo.
Darlot conmovido se estremeció. El que se levantaha antes qne el sol para admir1tr el deapertarde loa campGsde trigo en la rica [·orma11dia.
quería aqui ver deepert1:1rtambién estl\ssole&lt;h,tles
pedregosas dond1:1. los hombres padecen miseria y
b11mbre.
Se puso en pié, olvidAndose de Lucia Ha.rtley¡
v pensando en las doras priVllcione · de la gente
dt1 tan devastada comarca, emprendió de nnevo
su m•rcha hacia la playa e1;tre las rccas que de
vez en cuando extnnlnabli con atención. Una de
ellas que tenia la forma de una embarcación a11ti gua le recordó que en las cueYas del mt1Beo -·h irio hab[a visto otra s~mPjante, groscr«mente esculpida y que como és1.a tenfa 111. proa elevada,
Jo-i cos1ado:s anchos y estaba así miamo bien ta•
llada. Subió A la parte mAa elevada, y alli como
en un nllvlo de gr:mito que estuviera nnegando
tn mar de matorrales, contempló otra vez el eapirnio azul del lado de la mar, gris del lado de la
tierra. y rojizo en el litoral donde abundaban las
rocas.
Derrepente un punto blanco le llamó la aten•
cióD, Bra el quitasol de un pintor instalado A 11Igunos cen~eoares de paso~ ~e su;&gt;nnto d~ observ 11ción. FiJAndo,e más, disungo1ó al arllsta que
ern unu. mujer: seguramente la sellorita Hartley.
De un s11lto se precipitó A la tierra y tomó la
dirección en que ha bid distinguido A su amiga
que lo recibió sin disimular la sorpresa. y la alegrfa que et.perimentaba. Despué¡¡ do los saludos
y frases de bienvenida ella le dijo:
-De dónde viene nstell? ¿Dónde está aloja.do?
-Estoy alojado bastante lejos de aquf, en un
hotel que tiene toda la facha de una posada de
aldea.
-Son encantadoras esas posadas.
did
-Sl, pero la mía estlt inva a por los ingleses
y ya. sabe usted lo lnsoportables que ~on.
-Cuidado! Reflexione usted en qne está. hablando conmigo.
- Usted 00 es inglesa, ti. lo menos en ese sen-

~

tido.
-Riendo de esu, ocurrencia Lucia volvió i\
pintar continuando un estudio, muy avanzado ya..
de un c11bo de la costa erizado de pella.seos. Darlot observó atentamente el boceto.
EstA muy bien, dijo.
-¿Le parece A nsted?
-Muy bien. Por otra parte, este pais ea de una
beUeza entristecedora. Ilace dos horas que ando
errante en el litoral, penetrAndome del aspecto
melancólico de esas rocas, de eso11 matorrales, de
esa tierra gris. No debfa usted pintar esto bajo la
luz de'nn sol ardientP, sino en los momentos de
un11. horrenda tempestad.
Nubes pesadas, cielo sombrfo,gaviotaa espantadas y el viento rompiendo los matorrales y azotando las rocas, eFpléndida decoración p11ra una
escena de Jlacbethl
Darlot se sentó cerca de Lucfa que le escuchaba piuaodo.
Traje conmigo las poesías de Musset para leerle A usted mientras lrabsje, pero no debe ser Mussct el que se le11. aqul sino Shakespeare.
-No me agrada més que en inglés.
-Pues bueno. En ese caso, usled será la lecto·
ra. Yo entiendo al idioma perfectamente y me
parece muy bello pronunciado por una linda boea de mujer. Es un canto, un arrullo, un murmnrio que tiene harmonio ·ísim11s modulaciones. Eso
es, usted me leerá, todo~ los versos de Sbakes•
peare.

-~lagnftlcol ¿Y m.ientr11a leo, uated pintarA los
bocetos para mi cuadro?
--Pues Je !eré Austed los poetas bretones desde Brizeux basta Juan Nibor. Leer en alta voz en un 111.gar tan pi11tore11co como e1&gt;te hermosos versos 1
una mujer A. quien se admira, eeo es la reallzaeión de! mAs bello ideal! Yo me juzgo mAs compltto desde que estoy aqui bintiéndGme pene:re.•
po de esto ro~dio ambieute y puece que median
L11glos e11tre mi vida de eiuuad y el momentc.• presen te. Perm11necerfa yo por 1rna cteruidad contentu y feliz j11nto lt e&amp;tas penas Y al latlo de usLed. [e siento bretón como bi bublera vivido siempre bajo ebte sol y respirauuo A plenos ruhuones
el vl1:1nto de la mar.
Awbcs guardaron silencio.
Solo se etcuch11.ba el ru.:i.or acompasado de las
olas y Jes p.-reci11. que estaban Jt,jos, muy lejos de
todo lugar habitado. ~iogunll ,e1i1 en el m11r,niu•
guua cuota eu las ccrcauia¡;¡ haiita la torre del
lllro estaba oculta por un repliegue del terreno.
BI encanto inef11ble tJe la soledad les peuetrü el
corazón, y Lucía mAs ddlcitda 1&gt;int1ó que se le
bumedecii,11 los ojos.
Dt1rlot lo ob:iervó.
-Sentir juntos! ~o hay nada m:\s verdadero,
exclamó.
• Lucia volvió á. tomar sus pinceles.
-¿Por qué será? dijo ella como hablando consigo mismtt, por qué s1:rA que al placer .. bsolulo,
fit,ico é ioteltctuttl que me pr&lt;.doce la contemplxción de lo bello se mezcla siempre un sulrimien•
to, un sentimiento doloro1;0? ¿SerA ocasio1,ado
acaso por la eertlduUJ bre de que e!iO va A durar
poco y de que pronto vendrin A sustituirlo las
cosas vulgares y le .s de la vid11?
.
Darlot. siguiendo e. cur..o de sus propios pensamie11tos dijo sin res1,ouder t eata pregu11t11:
-¿lla leido u·tc:d lo que 1:scribió Rt:nan rcspecto A las campanas de la ciuda.d de Isi' Las
compara A los rt cut!rdt.ie que subeu del fundo dtl
corazón y que se oyen, oyéndose uno ptins~r.
Aquí, aquí es donde vibrtul esas campan11s le~a.nas esas campaua11 tristes y lentas. Par" mi t1ener{ una voz tenue muy apacible Y dulce, la voz
de mi hermana, que murió rebelltndobe contrtt la
muerte. Si hubiera conocido yo este p11is, la habria tr,iído A él. Aqui todo fin debe ser dulee
porque se siente uuo en intimidad con la natura•
Jeza y hasta parece tAcil y simpAtico volver A su
senn.
Lucía dejó caer sus pinceles. L1t habían con•
movido esas palabras por la extrema sensibilidad,
rara en un hombre de que daban l" prueba, Y
ademas utaban en harmonía con sus propios
pensamientos. También ella crcia escuch11r las
campa.nas del pNB&amp;do tr1tyendo rememb~·anzas
de seres desparecidos y amados en otro uemoo.
-Pues bien. dijo con acento enérgico: mAs vale haber sofrido porque as( se aprende A com •
d 1
prender lo bello. EL arte es triste co~o to o o
verdaderamente grande, y es necei11r10 no perder la firmeza cuando se oyen las campanas de
la ciudad de los muertos. A mi me devuelvi:n
mis energías. Adelante! ¿Dónde? No lo sabemos,
pero ¿qué impGrta? Marchemos co? ~ paEo se~uro y 111 frente levantada. Estos p111saJes granC:10808 me Tiemplan el alma y 1:I corazón, porque en
ellos, cerno dice usted muy bien, no se teme mo•
rir¡ y aquí es donde debería escribirse el gran
poema de la Piedad y de la lluerte.
-La educación inglesa ensena desde la infancía A aue las personas cuenten sólo consigo mi:smas, y eso las bace ruertes, poderosas.
-Cuestión de volunt,1d, dijo ella, volviendo al
acento de la conversación ordiu11rla. , • . ¿f Megdalena? hdbleme usted de ella.
Darlot suspiró mt:l,incólicamente.
-lla. tenido usted un m111 pensamiento ni traer
A mi memoria, pronunciando ese nombre, el re•
cuerdo de lo qne me ha a1orme11tado durante todo mi viaje: Uagd11lena esU\,,mal, muy mal.
-Me c~pantll usted, dijo Lucia, ¿qué ci1 lo que
le pasa?
Darlot refirió los ir.cidentes de los últimos días¡
la reb~lión de MNría Mngtlalena, su breve victo•
ría seguida de la defección de Roberto, Y el t1 ionlo de la suegra.
-No encuentro palabras para expresar hasta.
qué punto es absurdo ese marido, dijo la joven
inglesa, con a.na indignación real. ¿!{ay cordura.
en jugar así á cara ó cruz eon stt dicha Y la de
su mujer? Esta mafl.ana, sf: uua hora más tsrtte,
no ¿y 6e imagina. que elle. lo estimará y lo amarA
largo tiempo, con semejantes procedimientos? ¿y

111 vieja hipócrita? Pero esas gontea son cie~asl
Toman A lhgdalena por une. munec~, y DI ■e
Jmsgiuan de lo qne es capaz. Su mando_ la en·
cuemrn lindll· con eso le ba1-ta Y no se inquieta.
por conocerl:t: ¿Y ese vltjo fA1.uo y egotst11 de
Boi:i Snint Mareeli'
.
.
- Ya puede usted figurárselo. Al pruner gr1t?
de alarma at: pu_so eu toga y lo encontré en canll•
no pttrll Ps.ris.
-¿Qué va á ser de Msgdaleua? murmuró Lucía. E:s necesario que salga de e~ casa durante
algunas semanas, y le voy A e~cr1blr propouiéndu11elo, lo mismo que Asu marido .. Lna ~e,rta ausencia servirA de tregus, pues es 11npoi.1ble per•
ma11 ecer en presencia anos de otros en e~ estado
de eri.. is aguda á que han llegado. ¿Se figura usted de 4.ué manera !Se h11blimlni' que veng" aquí
Mcia bldgda.lena y podrA nflextonar_ ~ su gus•
to y obrar en 1,egulda con toda tranquilidad.
Lucía trató toúttvia de pint~r, pero 110 pudo,
pues aquellas maltts uotiei,111 le obscurecían e1
hvrizonte.
-Vamos, ya no puedo hacer _más! porque me
lla tr11.btornado usted con sus b1St~ritts desag,-~diible9. ¡Pobre Mllgtl11lenlll ¡Una mu¡e:r t~n exqmi,ila! Esas esc11r8.JD11Zas van A c0Lsom1r su 1tle•
g 1fa ~~ su bell.-za. El marido sin lx 1nadre, no &lt;:s
del wdo 1111tlo; yo le hab,üt creído basta lnteh1,?~nte r parece amar A su mujer, según pude ob•
1:1ervll~ · en el corco viaje que bleimos juntos. No
qui.o e11cucbar mis obserVllCiones y rue trató con
1111.iva bUpuriorid11d. ¿Qué pensará aho~11? lÜO·
meozarA a couveoeeho de que su muJer no es
capaz de sowettflle siempre, y ei~gam~nte A_to•
d..,jl Necio! Yo quisiera poder d1:c1rle m.i opinión
completa, sobre el pat·ticular.
.
Lucia colocó sus útiles de pintura en la C8JB,
plegó su caballete, y quiso ct1rg11r eon todo para.
ponerse en camino.
-Deme usted eso, dijo René Darlot, voy A llevarlo.
-¿Se illl8gina usted que yo no tengo fuerzas?
Pues sepa Ubted que todlls las maftanas vengo sola á este mismo 1,itio desde mi easa.
-¿ Está muy ltj,:,s?
..,. ÍJna legua por lo menos. Pronto la va usted
:\ ver: no es bonita pero está edificada en un cir•
co de rocas semej ~ut-i,s A estas.
DMlot, á pesar de la protestas de la se11orita
Ilartley cargó con el caballete y la caja de pinturas y Lucía echó A andar precediéndole por
t:ntr1:1 lofi guijarros de que estaba sembrada 111.
playa. Piect.recillas redondas, grandes y duru
como balas de ca11ón rodaban bajo sus piés; unM
roijadas y lus1rosas parecían de mArmol, y orru
eran azu e;¡ veteadas de blanco; en las pen.!ientes de la colina copas de lavanda de perfume
balsúmie:, snrgú.n entre las piedras; il veces en
la cima de los altosaoosapareclan carneros amari•
lientos y el trémulo qoeJumbroso de sus b1didos
vlbrabtt arrebatado por In brisa de la mar¡ arroyuelos de agua ex.tremfldamente limpida atraveaal;)au !&amp; plara envolviéndola como en una red
de mallas de cristal, y era necesario atravesar
esas con-len.es haciendo maravillas de eqnlllbrio
aobre piedras movibles. El camino era fatigoso
como la a.sceosión de una montana.
Darlot jadeN ba sinti.:ndo los plés despedazados
y los ojos abrasadus pcr el sol. En cuanto a Lu•
cía, esbelta y ligera, con su lraje grls y cubierta la cabeza por un sombrero de paja de Italia
en torno del cual se enrollaba un velo blanco,
iba. tan lista como por la:. avenid11s de césped
de un jardín inglés sin que pareciera que la fa!i•
gllba la longitud del cawiuo.
Llegaron por fin A una quinta ó granja A los la.dos de la cu11l babfa editicadas alg11naa otras habitacione11 dan,lo frente A un camino amplio lle·
nn de polvo, que servían para VÍlljeros durante
la estación balnei.rla, y que contrastaban por los
caprichos fantl\r,ticos dd su arquitectura con el
aspecto miserable de la11 ebozas de los campesinos.
-Hénos aquí, dijo la aellorita Hartley.
-Gracias á Dios! 1&gt;bscrvó Durlot.
-E11rA usted rendido de fatiga, y por bien po•
ca cosa. Entre usted¡ tomaremos el t~, r lnego
le prepararé por mi propia. m11no algunas golosinas deliciosas.
Empujó Ja puerta. de la reja de mfldeta que limitaba un peqnefto jardín, frente il la casa cons•
truida como todas las que alli se levllntan en1rP
las rocns de granito, de suerte que pan·cí11n h11bi
taciones trogloditas pues en algunos lagares, lo,
llaneo&amp; de la eolira pétrea les scrviandc pan d.

Una inmensa roca de forma de p!rAmide se alzaba A espaldas de la quinta, y
Darlot tembló al ver esta mole amen1\zadora que hubiera en sn calda apla.litado
la casa, como una encina cayendo de1,pedazaria una colmena,
-A.qui esu\. mi hogar, dijo Lucía, haciendo entrar il. René, y luego lo conduj &gt;
:\ un gran snlón 11mueblado modesblmeute y que recibía muchll luz por las anchas ventanas abíertas frente A la ma.r.
Aqui serA usted bienvenido íempre qt1e
qalera favorecerme con su visit11.
Las paredes estaban 11dornadas ya con
estudios bocetos, dibujos, croquis y apuntts en arthtlco y pintoresco de,order.
Búcaros de porcelan11. inglesa uontcnfnn
tlorPS ~ilvo11tres, 11dmi:-ables cardos de
verde pálido m«tiz11dos de rojo, de boj&gt;\s
lanceol11das y flores de un color indetini•
blP. Cerca de una. do Vis venta.n&amp;s se vefa.
uro. me 11 para té provifta de los uteni,iJios necesario , tetera de plata, tazas de
china, cuchflrillu de met11l blanco y pt1•
quelloa muntequilleros; en un Angulo, un
¡,inno; en medio del s1dón una gran mesa
cubierta de libros y periódicos, y pen•
diente del techo, una gran hlmplll'a que
terda como velador una sombrilla j apo,
nesa. En todo se notaba un &amp;abor de elegnncia encantadora, pues Lucia habfa lo•
grado en e&amp;t,l banal hostelerfn de vb,je•
ro:i, en poco tiempo y con poco esfuerzo
poner todo de tal manera qui! se notara
un sello de inteligen.e ,,rigin111id11d.
-Yu lo creo, conte&amp;tó D11rlot enc1mta•
do por 111. tranca invitAción de su amig11.
Ye11dré con fr~cuencia. Es usted muv
buena 11cogiéndome con tliDta corJiali·
d11d, Home • ·11·ett home! Hogar, dulce hoj?Arl Es ntcesario ser ingles!\ para traerte en la maleta de Yiaje y colocarte en
la mAs vulgar de las casas de cualquiera
pl11ya desierta! Roblosón era Inglés: de
sPgu:-o que en su i la, tomaba el té A las
cinco en puMo de la tarde! Debe haber
ensenado A Viernes el arte de hacer tostn•las con maotequill1', pero no tan deli·
ciosas ¡imposiblt-! como las que prepara
usted. No habría hombre més feliz que
) o en la más leja.na y desconocida de 11's
ialas, con usted por compaaera y todo es10 que tan d1vinameote se sube usted
proporcionar.
Lucia Hartlel rió haciendo gala de su
t,l1rnca y m11gnifica dentadura y se insta•
tu en companla de su huésped, dando vlsiblesmuestras de ese delicioso bienestar
que todo buen inglé-1 prueba oyendo el
Cllntar de la marmita y resplraodo el per•
lome del té.

t':

• • J.

..

~~~, ~
~

~
~

·
·- ~

En .Montpuier la situación segnfa mal, mucho dijo A :.\Iilgdalena, que estaha tan tranquila como
-Recuerde oste&lt;l que no acepté esas fonciones
mAs mal de lo que se imaginaba Lucía HarUey. si no hubiera cometido falt.1 alguna:
sino que me fueron Impuestas: pero por otr11 parMuria Magdalena babia adoptado u.na actitud tan
-1.Por qué no concurrió usted A la sesión?
te me es indiferente presentar ó no mi dirui.·ión
ineepera.da,que su suegra, deapnés de haber ensa•
-Tenía que hacer algunu visica11.
pues solo una cosa me interesa: abstenerme de asisva.do vanamente todos los recursos de la dulzura,
-Podía asced haberlas dejado para otro día: tir A las sesiones; y A ese respeclo, mi rcrnlución
comenzaba A dejarse llevar de su instinto vulgar su ausencia fué notada. y no dude usted que ha es lnvsriaolP.
nativo y su irritación estallaba en escenas de lama- d,uio lugar á comentarlos.
¿Era en efecto )[aria MagdaleM quién hablaba
Con un 1t1temAn de Indiferencia M11ria l\(agda- asi? La indignación y la aorpres!l. d1•jaron atrrrnyor violencia.
La joven tomó el partido de oponer A todas las lenl\ contestó tranquilamente:
da á la seftora Le Clercq; en cuanto A Robnto
exigencias conque se la abramab11, una invencible
-;\le tienen sin cuidado loa comentarios que escuchaba con el entrec,.jo con·raílo ,e u:, modo
fuerza. de inercia¡ y ahora cuando la senorn Le se h11gsm; y cowo ll\" sesiones no son de mi agra- amen11zador.
Clercq le indicaba por ejemplo que se presente.rn do he resuelto no concurrir mAs á ••llaa.
Pero la joven no demo~tró qne se daba c11enta
en el obrador de que era Directora, no d1:cfa nada
P1\lidd de ira, la s1•1lora Le Clercq dirigió ARo• de la malll impreslón que produc.ia, y afirmabasu
en contra pero se abstenia de obedecer.
berto lit miradil y vió que con cara aduRta comíl\ indepenclencla con acento de exquisita corteEin y
Cierto d{a en que hubo se5ión solemne con mo- sin que pt1reciera que ofa lo que se estaba di- sonriendo graciosamente¡ p~ro en todo esto había
tivo de una asamblea general t\ que concurrieron ciendo.
algo tan ocasionado A exa pHarque lasellor.. Le
muchas dalllJIB piadosas y el Cura de In Pa.rro4nia,
-Conque .... .. ¿hll resuelto usted eh? Pues yo Clercq, perdif'ndo la pacienci11 1 grit(:
le correspondía A )luía :.\iagdaleua ~eer un Infor- me figuro que esa. . . . resolución, no Puede ser
-Lo que yo veo muy claro es que ustect prome sobre el e1m1do que gnardaba la institución. sino un capricho mo¡nentl\oeo, porque no querrt\ cura serme persoPnlmenté des11gradabl~.
La sefl.ora Le Clercq que ccarrtó desde tempra- usted conservar una nctilud que es ofensiva para
~!aria llagdalena abrió los ojl.ls con aire dead•
no el:imvp esperando Yanamente á su nuera, pues todc.s los miembros del Comité.
mi ración.
ésta, sin previo avi~o y sin enviar siquiera sus exNo tengo Intenciones de ofender A mldie y de-Ni lo piense usted, teiiora. Mi ünico desi-o es
cullas no asistió y fuó necesario que la prt'sideuta seo no m:.\s que ahorrarme un intolerabletasúdio. librarme de cargas tnojosas y cuando lo reflexiomisma, temblando de cóh:r-t leyera el doenmento Esa!'! sef1or11s se pt18tlrAn muy bien sin mf.
ne ust,d en e11lma, convendrá conmigo en que ese
-Es que tiene usted un cargo e~ el Comité.
en su lagar.
ea rui derecho. Esas instituciones que A U3tcd le
Tan pronto como volvió i su casa se dirigió ú
- Presenlo mi dimisión.
agradan tanto, A mi no y siento mucho que ofilfls habitaciones de Maria Magdalena, y la criada
-No la presentarA usted ni aún cuando la pre- ciosamente me haya asted hecho nombrar p11ra
E•nela, que estaba allí toda.faapesar dchBber ser- sentnra la transmitiría yoal Const-jo, porque sería el desempet\o de !unciones que no puedo cumplir.
vido de pretexto al primer motlvo de ruptura, le una in pertinencia: no se aceptan fanclonea impor- No crea nsted que si,a di/ícil encontrar entre lu
tantes en colaboración con las damas mAs hono- am.igai de usted 11lguna que tenga aptitutles y mu
dijo que su ama ba'bía rnlido.
A. b hora de la comida, hora qu~ hada. muchos rables df'I la ciudad, para desembarazarse de ellas remolace.
días era melancólica y penosa, lasefloraLe Clercq en seguidn cou cm, j,inte rresCUl'/1.
E : f¡¡rccida la senora L o Clcrcq por esta aafüla

�EL OBS'.I'ÁOULO.

3h

37

EL MUNDO IT,USTRAOO"

11

do eon un desparpajo que dejaba muy atrás a. la se•
que estimaba como una burla sangrienta, iba A vistosas pertenecientes A las familias de ?fíciaiiora
de La PaUiere.
contestarle con violencia cuando Roberto la inte• lillos ó de emph,ados, aves de paso en la Ciudad,
Una violenta cólera se apoderó de Roberto,
un poco excéntricas en materia de buen tono Y
rrumpió diciéndole.
pues le pareció que lo que ella quería era poner-RuErgo A us~d. mamA, que suspendamos esta que condenaban todas sus ideas de austera diglo en ridículo. ¡Introducir á.. su casa gent?s ~e
enojosa conversación, pues en el estatfo de Ani- nidad.
Se abstuvo, pues, de presentarse en loa depar- esa categoría, que siendo arrugas ~e ella 01 aun
mo en que estamos se podía producir un incidense dignaban lijarse en él! Se equivocaba redontamentos
de María Magdalena ese día, y ésta no
te desagradable.
damente Marta Magdalena si creía que iba A traLa comida terminó rApidamente, y siempre con dió muestras de haberse fijado en esa omisión. tarlo como á, un tonto que paga todos los gas~os
Todas
estas
minucias
envenenaban
la
situllla misma corrección ceremoniosa Maria Magdale•
y se convierte en una !ig~ra alta y automá~1ca
na se reliró después de baber:1e d,:ispedido de su ción. La guerra, una. guerra femenil, pérfida Y
que
se distingue en el vac10 de una puerta Jruenmala se babia declarado rranca y decididamente.
suegra.
tras
su mujer se divierte y goza.
María l\Iagdalena tenía preconcebido todo un
Ilijo y madre quedaron solos: Roberto irritado
Que
su padre la hubiera dejado aventurarse en
por la firmeza de su mujer, y por su actitud para plan de combates, pues profundamente irritada
un munao así era deplorable; pero como había
con él, pues ya no lo ruanifesta.ba ni la menor in- por haber sido vencida, obraba en todo precipitimidad. Casi no la veía á sola.~, pues ella se en- tándolo A un rompimiento final; pero conservan- cambiado de amo, era necesario poner punto A
cerraba en eu habitación y h,s úuicas veces que do ella siempre las formas más. corteses y exq ai- esas reuniones y cortar esas amistades que pronto le comunicarían sus Mbítos y maneras, y le
lograba l1bl11rle t:ra en el salón en presencia ~e sitas. Su educación mundana muy superior A la
visitas ó en las comidas que se habitm con vert1• de lll se:tlora Le Clercq, le permitía conservar harían perder el gusto por la vida e~rena y digdurante cada escaramuza la mas sonriente sere· na que él le quería imponer. Y ª?la 1_mpondría...
do en un verdadero suplicio.
Cada uno de loe que asisúan A la mesa sentía nidad, en tanto que la vieja perdía dia1-iament9 vaya si se la impondrial y la obl1garia A que ~een efecto el malestar general, estaba en constan- algo de su estudinda mansedumbre. En cuanto A j11ra de resistírsele abiertamente y A que prescm•
te tensión nerviosa, y el mi\s leve incidente pro- Roberto, muy tiísgu 1tado, se cn!Jaba gfocial y su diera del capricho de vivir como una extraila
rigidez daba claras muestras de altiva desapro- con su marido.
vocaba unll erisis.
Esta situación era demasiado anormal y no po
N'inguno había procurado ni previsto este re- bación.

sultlldo. Roberto, conmovido d1, buena fé por las
Vino como de costumbre al salón, el día en que
generosidades de su madre, encontraba abomina- María Magdalena r ecibía, y vió estll alegre reuble la rebelión definitiva de su mujer. La se1lora nión presidida por la se!iora La Palliere. Varias
Le Clecrq estaba más eontrarü,da 'lún porque su damas vivlls y contentas reían alegremente. Se
nuera, despreciándola hasta oiertc. pnnto, se ba- c1tntaba. Ger1trd ejecutaba al piano un acompa•
bia puesto frente A frente de ella aco.sándola de ftamiento ruidoso, y su mujer cantaba coplas de
hipocresía y protestando contra la derrota sufri- aquellas que detallaba con aquel brío admirado
da, en estos términos: «Sea! Usted quiere conser- por el Doetor de Boie Saint Marcel. Otras canciovarnos consigo apesar nuestro, pues permaneceré nes sucedieron A ésta, y Roberto, grave y severo
bajo este tecb.o, ya que no puedo salir, pero obraré como un agente de la. autoridad, vela y oía sin
como si estuviera sola sin preocuparme de deseos que nadie se ocupara de él. Magdalena parecía.
ó de órdenes cualesquiera que sean y con mucha animada y alegre como no ~ la babia visto jamenos deferencia que si se hubiera cedido á mi má.s.
volunlad.»
En los ángulos, al lado de las m'\cetas de palIncidentes penosos como el que queda referimeras, alegres parejas couveraaban tomando te
do, se renovaron varias veces: después de haberse negadu á concurrir á las sesiones del Comité, y pastelillos.
Roberto apenas conocía á. esas gentes que tan
rehusó acompa.ftar á su suegra A casa delas seftoronas viej11,S cuya conversación le era enojosa, y pronto se habían hecho de confianza en su casa.
ademlls estr9chó un poco su amistad con los L~ Por lo menos nunea había visto allí una reunión
Pa.lliere, concurrió sin su marido Auna gira cam- tan numercsA. y alborotadora. Esto le recordaba
pestre que terminó con un baile, en compa11ía de las narraciones del Doctor, y sintió la impresión
gentes alborotadoras, sociedad qu~ vino A verla de que tenía ante los ojos un salón de la clase de
los que frecuentaba María Magdalena antes de su
también á su casa.
El día de l'ecepción de la joven, su suegra matrimonio. Sin duda por eso se sentía tan aleencontró en el vestíbulo del hotel, mujeres muy gre y feliz, riendo, hablando, cantando, charlan-

día eternizarse. María Magdalena se apresuraba
mucho en el camino de sus anducias, y evidente•
mente que pu-a ello se sentía impulsada por un i
ira rar-ic,sa. Pero esas sobreexcitaciones pronto
decaen, y ceden la victori11, 4 las gentes reposadas que silben esperar el fin de una crbis.
Ya volverA sobre sus pasos, seguía pensando
Roberto, sin necesidad de decirle una palahra de
reconcifü.ción, pero mientras llega ese momento
conviene impedir que se comprometa por sus
arranques de insensato despecho.
Con estos pensamientos resolvió intervenir é
intervino cou toda oportunidad, en loe momentos
sn que Gerard de La Falliere proponía una excursión A las ru~as de cierto castillo de los alrededores.
-Almorzaremos al aire libre, sobre la grama,
decía Gerard, y nos dirigiremos al lug11r en amplios carruajes que pueda contener cada uno mlls
de doce personas.
La proposición fué aceptada con entusiasmo.
-¿Concurrirá usted? pre.guntó A María Magdalena la seiiora de L" Pallit,re.
-Ya se ve que sil
Roberto, A quien no se había invitado, levantó
la voz:

- Eso no es posible. Ya le diré á usted por
-qué, Maria Magdalena.
Esta le vió: observó su frente obscurecida por
•una sombra y comprendió que estaba sordamente irritado: pero en el estado á que habían Jlegado las cosas, no creyó conveniente retroceder.
-Explíquese usted desde luego .... ¿No?Pnes
entonces es un capricho de déspota. ¿Deberé someterme?
-Vs ningún modol se apresuró á. decir la se11ora de La Palliere. ¡Cómo! ¿Quiere usted acaso
convertirse en un tirano? ¡B,.hl no impida usted
.á Mllria Magdalena que se divierta. Vaya usted
coa sus p11pelotes y sus expedientes y déjenos en
paz.
Roberto dirigió A su mujPr tan imperiosa mi•
ruda, que éste guardó silencio, no queriendo prolongar delante de extrail.os Ja discu,iión.
C11ando ya todos se habían ido, Roberto dijo
·de un modo que no daba lugar A réplicas:
-Ya sabe usted que no ir:l.
-1.Y por qté?
-Porque me desagrada. No quiero que se lance usted en esa sociedad inconveniente, v le ruego que diJminuya toda suerte de intimi.dadeo con
los La Falliere y sus amigos que me son muy anpAtieos.
Maria Magdalena no contestó; permaneció en
1'\ié junto A una mesita china que servía de sostén
á un búcaro de crisantem11s, y se entretuvo en
destrozar como al descuido con sus dedos blan·
cos y tinos los pétalos de las flores. Así las miradas de Rob~rto fueron atraídas por sus manos
tersa!! y suaves que tantas veces había besado y
cuyo perfume aún conservaba en los labios. Quin•
ce días hacia que no Ja veía á. solas, nunca le había parecí~o tun bella como en este momento, y
en un arrebato de pasión le dijo con voz temblo•
rosa:
-:Magdalena . . . . l
Ella se puso en~endida como una amapola, le
lanzó una rápida mirad11 1 comprendió lo quepa-sa ba én él, y rápidamente t11mbién le vino la idea
-de que no debía ceder A este enternecim.iento
.p asajero. Avanzó, pues, silenciosa y muda hacia
el piano, se sentó y tocó al descuido lo&amp; primeros
compasef de un vals.
Roberto desolado y lleno de ira, salió cerrando
detrá.s de él la pueria con estrépito. Y mientras
iba con dirección á sus h!ibitaciones, no dejaba
de oír el ritmo obstinado de aquella música enojosa. Entonces pensó con amargnu en que Ma•
ria Magdalena ya no le i:i.maba, pues si lo amara
~ún, no se habría portado de esa m1:1.nera.
Magdalena cesó de tocar. El recuerdo de la
mirada suplicante de su esposo le vino á la memoria y sintió que su pecho se oprimía con una
-dolorosa comoción.
-Pobre .Bobl exclamó, y luego una maliciosa
sonrisa se dibujó en sus labios.
Luego alzó sus ojos para fijarlos en el espejo
que estaba junto al piuno y vió allí reflejada s11
belleza, Tenía los ojos encendidos y unas gotitas transparentes le temblaban en las pestalias.
-Tonta! murmuró con despecho: ya no me
ama; si me amara me preferiría á. en madre.
Por la tarde, en la mesa, la señora Le Clercq
dió la noticia de que baoía recibido, procedente
•de Inglaterra, una carta de la seitora Charmon, y
afi.adió que le acompafiaba varios decumentos
que estaban escritos en inglés lo mismo que una
eartll de la sen.ora. Egerton, Directora de la Obra
-del Trabajo para mujeres. La etñora Le Clercq
habló de esta institución A su hijo largamente, y
éste, A quien de seguro interesaba muy poco el
asunto, apenas le contestaba con monosílabos,
por lo que la conversación casi no fué má.s que
un monólogo lleno de monotonía. Despué, la seflora Le Olercq dijo A su nuera de u11 modo ceremonioso:
-¿Podría yo esperar de usted que me hiciera
-un favor?
-Sin duda, seilora. ¿Y cuá.1?
-Traducirme esos papeles, porque ni Roberto
ni yo sabemos el inglés.
-Con m11cho gusto. Ah! se me olvidaba decir
á ustedes quo yo también recibí una carta. Es de
Lut:ia Ilartley que me invita A pasar unos días
en Tregastel. Le contesté aceptando y pienso
p1mir mafiana.
Roberto no veía en esto nada. inconveniente,
pero la sen.ora Le Clercq pensaba. de distinta manera..
- ¿ Y tomó usted tal resolución . sin _consultar A
nadi1::il E~o es faltar á. las conven1enc1as.

-Nv pensé que fuera necesal'io convocar un
consejo de familia para que se me permitiera ir
A pasar afganos días con ana amiga.
Magdalena y su suegra. no c!lmbi11ban ya más
que !rases de ese género. Quince días llevaban
ya en esta guerra de guerrillas A cada instante
ma.s acerb11 1 porque como sucede inevitablemente, las antipatías se exasperaran por la acumulación de incidentes nacidos de nada y que ninguna.
de las dos combRtientes trataba de evitar. Sin embargo, aún no h lb!an tenido explicación alguna sobre las caus11s de su ant11gonismo.
Cuando Maria Magdalena supo por boca de su
misma suegra que Roberto había cambiado de
ideas y resuelto continuar la vida en común, la
joven no dijo nada , ni una palabra que revelara
el fondo de sn pensamiento, y sulió del aposento
de ll\ seflora Le Clercq, sin contestar, después de
un frío sal11do, Luego, ni la más 1.. ve alusión sobre el asunto y nada ml1s qu~ un cambio ra.dical
en su método de vida: en vez de sumisión y amor,
una independencia absoluta en sus accione:1.
Después de lll comida, l&gt;l setlora Le Clercq re·
cojiólos documentos que quería le tradujera Maria
Magdalena y resolvió aJ tmcomrar6e con este pre•
texto á solas con ella, hablarle y provocar bien
una. explo~ión de cólera ó bit!n un arrt! bato de enternecimiento.
No era posible que la vida continuara asf, por•
que ya semeJante sit1111ción era. pencsa par11. todo:1
y si Marft.t. Magdalena calculó que no pu.diendo
partir en buenll h1:1rmoni 1 ibit á conseguir que la
hicieran irse, estaba en lo real. La antigua tranquilid!ld dtl la existeneia de familia hahía cambiado de tal manera., que cada reunión acababa siempre por convertu·se eu un torneo de réplicas de•
sagradables en el que cada cual se esforzaba por
herir sin pit!dad á, su 11d\•ersllrio.
María Magdalena estaba en su hllbitación revolviendo cajones y preparando mdetas para su
proyectado viaje á Tregastel, cuando entró la sedora Le Olercq.
•Esta nueva. út-mostración de independencia se
hizo muy sensible para JK vieja que venia con intenciones conciliadoras, quería h11blar dulcemente y ver si podía aplacar con buena:i pal1:1bra.s la
rebelión de su nuera. Profunda amugura. surgió
en remplazo de aquellos iseutimiento:i y dijo á
María Magdalena con altivez y r11deza:
-Quisiera estar á, solita con usted.
Oou una seilal, l\Iaría Magdalena bizo salir á
Estela que Ja ayudaba en sus prep11rativos, ade·
lantó un sillón que ofreció á su visila, se sentó
ella también y dijo:
-¿fila para la traducción, no es l\ei? Deme usted:
le leeré desde luego esos documemo:i y despué:1 si
le parece escribiré la. traducción.
.tf.ubía una carca de lasei'loraEgerton, carta muy
amable que enterneció á la se.llora Le Clercq, porque le h1:1blaba con vivo encomio de sus bondades
y le tocaba la cuerda má.s sensible: el orgullo. Evidentemente la seiiora Charmon había pintado A su
amiga con los colores mAs fdvorllbles, pues solo se
trataba en todo el escrito de la generosiditd de la
seflor11 Le Clercq, pre,.identa y benefactora de tantas obr11s de c11r1t1ad.
Con una elocuencia un poco enfática, entremezclada de sentencias bíblicas, la eeiiora Egerton ?elicita ba á su colega por todos los beneficios '-lue
babia hecho y eeguia hacier,do y tr11taba de inte•
resarla eu favor de la A~ociacióo inter,,11cional
para prnporcionar trab11jo A l¡,.s mujeres. B.ijo sus
auspicios esta Asociación ya poderosa y que tenía
en Holand11 1 H.nsia y Alema.nia. 111..mero-1as sucursales, no podría dejitr de prodll'Cir en Francia brillantes rt!Sllltados.
Se tenfa ante todo necesidad de- dmero y lluxiJioe de toda especie, por que á la asistencia para
el tr1tbajo debía reunirse una obra de bendicen•
cia pura, fundando castts de eulud para asílur á 111&lt;1
desgraciadas debilitadas por enfermedades ~ pri
vaciones para que se recobraran antes de emprender de nuevo la lucha por la vida.
El clima de Inglaterra era húmedo y frío y en
Francia era donde convenían esos a&amp;ilos. ¿Estaría
la se11.ora Le Clercq, preguntaba la carta, eu dispo•
sición de aceptar Ja presidencia del Comité Central Francé:1 que formaría ella misma y empezaría
por ocuparse de la propaganda? Tan pronto como
se abriera el primer hospicio se le daría su Direc•
ción, superior y bajo su autoridad se pondrían todas las sucnrsales que se llegaran a. establecer en
las demAs ciudades de lfrancia. Había una
presidenta para Inglaterra, una para Ruaia,
una. para Alemania y Holanda que formaban eJ

Consejo Supremo de la institución, al cual era una
distinción muy seflalada el que se llamara á. otra
persona para integrarlo.
El orgullo de la se11ora Le Clercq quedó suma·
mente halagado con la lectura de esta carta. Toda
esa gerarquia adminütrativa llamándola A una cima desde donde se la ponla á llota.r sobre las miserias del mundo como un ser benéfico que reparte los socorros y tiene el poder de aliviar las penas, exaltó su imaginación.
¿Qué eran esas minúsculas cofradíascaritativl\S
de l\lontpazier, junto á empresa semejante qu~ con•
taba entre su., miembros activos ó protectores A
las más altas personalidades E11r('pea y como
presidenta. honoraria, t. la reina de Ingqaterra?
La senora Le Clercq permaneció penlsativa. por
unos momentos, no por v~cilación para aleptar el
puesto que se la proponía, sino ideando la ma•
nern de dar mayor realce y las funciones respectivas. Una postdata ailadida á loe Estatutos, de
pullo y letra de la senora Egerto11, decía que Su
Magestad, lll Reinll, habla concédido á. las Presieidentas generales extranjeras el derecho det ser
prese,.tndas á la Corte de S11.int James cuando fueran á Londres.
Terminadll la lectura, Magdalena calló y se pusv
a. anali:Gttr la fisonomía de su suegra transfigurada por un desl.1mbr11miento de vttnidad. La sefiora Le Clercq se re11izo muy pronto y vió á Magdalenit, y le dirigió uua sourisa, pues la satisf11cción
reábida apaciguaba un tanto sus iras y rencores
dando paso á la 11costumbrada mansedunmbre.
-Y bien, amiga mía, ¿vá usted comprediendo
al fin el interé; 4ue lleg110 A presentar laR institucionet1 du cariaad? ¿lldemAs de la cicba de hacer el bien, no ve usted que aún viendo !\ los benefactores bajo el punto de vista muudano, puramente mundano, quedan colocados muy por
encima de las personillas descabezadas que son
dd agrado de ustedi'
María M11gdlllen1t no contestó.
-Vamos, ai'ladió la seflora Le Clercq, usted es
inteligeme pura no reconocer un error pasajero.
Si encuentra. usted algo enojosas las ocupaciones
que quiero que acepte, ya ve usted que en cambio lianen sus halagos. Pagllda de m nobleza como lo está usted, apreciará, estoy segura, la honra que producen las distinciones de una reina.
Si quiere usted ser mi coloboradora actualmente, le ofrezco quemesucederAluego en todos mis
puestos y dignidlldes.
Pues bit-n; esta tentadora perspectiva no logró
seducir A Maria Magdalena que tenia otras ideas
sobre la fdicidad.
- Agradezco A usted mucho todo eso, se!iora,
le dijo, pero no me siento con vocación p1tra el
caso. Ha.cer el bien, sí, cuando se me presente
la ocasión, pero no consagrandome á él de un
modo oficial, profesi('nal y cotidiano. ~o: no
ambiciono suceder á. usted en sus cargos y dignidade~.
La seilora Le Clercq, decepcionada, dió se!iales de impaciencia.
-Qjg1tme usted, María Magdalena. Por prime•
ra vez desde hace quince días nos encontramos
solas y podemos hablarnos con franqueza. ¿Qué
significa la actitud que ha tomado ustedi' ¿Adonde piensa. u,ted Uegar con esta afectacíón de
arrog11.ncia tan penosa para todos nosotros?
¿Nuestro modo de vivir no es del agrado de usted? Esto es enojoso pero confesará. usted que
hemos hecho todo lo posible por hacérse'o dulce.
Corno un ni.ilo, se revela usted contra lo inevitable ...... ,in ret1exion1tr en que esto no la condo.cirA má;; qua á. cansar t. su marido. No hablo
de mi, y eso que sin embargo tengo dtJrecho !\
cierta dderencis.
María Magdalena replico de la manera mfls
cortés:
-Puesto que soUcita usted una explicación, se
la daré. Mi contrariedad viene de que se me obliga A permanecer, á pesar mio, en easa ele la madre de mi warido, pues me creo con dt-recbo de
poseer un hogar mio en el que yo sea la única
ama, y juzgo A Roberto digno de reproche, porque no tia tenido valor par11 hacer lo quP, es r,ecesario y justo.
La seilora Le Clercq quiso eontestar, pero Maria Magdalena con un ademlin la detuvo, y continuó:
-En cuanto :l lo que usted llama una afectación de arrogancia es sencillamente una actitud de
protesta. Yo estoy aquí constreJHda y forzadll.
Sea! Usted tendri mi persona, pero nada mAs: ni
sumisión ni nuliticación.

�EL OBSTÁCüLO,

as

"EL MUNDO lLURTRADO

.~Jy.!.~ ~

39

11

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...

.

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1

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Al oír tan atrevida manifestación, la sellora nuera sobre este particular y al descubrirlos dijo subiendo de tono.
.
Le Clercq se levantó:
-Bien. Usted tiene una manera muy elástica
-Usted olvida muy á menudo con quién hade agradecer la agena estimación! Pero ¿quiere
bl11.l le dijo.
-No Jo creo, SP,fl.ora: mis palabras son eorree- usted decirme cuAles son sus propósitos al adophs. Usted me pidió que dijera la verdad, y se tar un plan de conducta que produce la guerra
emre nosotras dos? 'No se imagine usted que Rola dije:
-Usted tiene una gratitud muy olvidadiza, y berto pueda ceder, pues tiene una firmeza de ca·
en consecuencia todo cuanto puede hacerse para rácter que usted ni siquier11. sospecha y por un
mnnifestarle afecto, no consigue conquistar el de capricho pueril no faltara. a. sus deberes y A su
dignidad. Por otra parte, ¡piénselo usted bien!
usted.
María Magdalena enrojeció de cólera; pero re- Aún cuando cediera ¿no comprende usted que
habría motivos poder~sos para que lo lamentara
plicó con el mismo tono de amable cortesía:
-Seiiora: yo siento hacia usted mucho afecto en seguida y que la ha.ria A ~sted responsable ~e
y mucha. gratitud, pero la amistad de usted es sus tristezas y de sus necesidades? La victoria
demasiado dura para que pueda sufrirse y todRs de usted seria desastrosa. "'o hay que fatigarse
las graciosas concesiones que me ha. hecho usted en luchar. Está usted como en un presidio, y sus
insubordinacioues no sirven más que para pro•
h\S he pagado caras, pero muy caras. Hay mAs:
desde hace algún tiempv se me reprochan con ducir disgusto general.
-Lo siento profunda.mente, seiiora. PerC', ¿me
tan reiterada frecuencia, que ya no puedo más que
permitida usted preguntarle por qué causa se
bmentarme de haberlas recibido.
Esto era ya más de Jo humanamente soporta- obstina en guardarnos en esta casa?
-Pues porque me es grato tenel'ios conmigo;
ble, y la setlora. Le Clercq perdió la paciencia.
porque
los amo á los dos y eso lo sabe usted muy
Nunca había examinado los sentimientos de su

l

bien. Luego, que yo quería proporcionarles todos.
los medios de una vida c~moda y feliz que sin mí
no podrían tener, y ¿si viera ust:id? hasta me figuraba que usted se rt.signaria buenamente á tolerar las .... manías de una pobre vieja que acaso es comunmeote enojosa, pero que ha probadvá ustedes de mil maneras su ternura.
-Es verdad. Pero usted me hará la justicia de
reconocer que he hecho todo lo posible para rP,•
signarme, no á sufrir ma.,,ías que usted no las tie•
ne, sino su voluntad de hierro. Solamente me empecé á rebelar cuando me convencí de que la
bondad de usted para conmigo se cambiaba en
una. dominación que me reduciría A la nada. Bequerido tener algo, aunque fuera poca cosa, de autonomía, recibit á mis amigas, poseerá mi marí•
do yo y sola yo, y usted me ha dado mate en todo, se ha opuesto á todas mis deseos é ínclinacio•
nes y no solo ha hecho eso sino que hasta ha querido imponerme los suyos y sus Mbítos y ocupaciones.
Al mismo tiempo que me separaba usted de la
para. mi grata comparua de Lucia Ilartley, me sentenciaba U6ted á. la de media docena de ancianas
histéricas y enojosas y condenaba ustedlas horas
de mi juventud a consumirse en un cargo del orfa.nat0rio. La cadena era ya muy pesada y me
cansó. Comprendí que era necesario rehacermeporque si no en poco tiempo se me baria lleg!U' á
la categoria de una subalterna sin voluntad ni
iniciativa, ni inteligencia, á quien se colmaría depresentes pero se la obligaría en cambio á obedecer de una manera pasiva y mecllniM. ¿Qué
estoy en un presidio dice usted? No. Yono espe•
ro hacer ceder ñ Roberto p1.rque no es de él de
quien deper.de nue:;tra dicba futura, sino á usted.
He pensado que usted comprenderá. al fin que no
se guarda A las personas á pesur suyo .... y dígamelo u ~ted con franqueza ¿halla usted placer en ha•
berse convencido de que las dos vivimos en perpetuo pié de guerra? Roberto sufre, yo también
y este espectáculo le debe ser á usted penoso.
La sef!.ora Le Clercq repuso secamente:
-No veo en que podría yo intervenir. Cuando
mi hijo me babló de separación, inmediatamente
consentí en todo y má.s aún, ofrecí que sería yo
la que me separara. lireo que no podía llevar
mAs adelante mi abnegación.
-¡Oh! diplom11cia, y no más que diplomacia
dijo Magdalena en tono incisivo.
'
La vieja enrojeció de cólera. y perdiendo todo
dominio sobre sí misma dijo:
- Usted me falta, sen.oral usted no tiene der~cbo de sospechar de mi sinceridad. Cuando ofrecí
este sacrificio estaba resuelta á, cumplirlo; y tan to es así, que se lo renuevo á usted ahorn.
-Decidida. á. cumplir, sí, pero en la seguridad
de que Roberto no aceptará..
1\laría. Magdalenfl dijo esto con su misma voz.
dulce y tranquila, y sin embargo lamentó la crneldad de la frase porque heria precisamente en el
repliegue más oculto de la conciencia de su suegra; vió que la había lastimado muy dolorosa•
meIJte y se sintió apenada y contusa. Lut&gt;go
af!.adió:
-Roberto no aceptará .... ni yo tnmpoco, pues

ilncontraria. soberanamente injusto gozar da un
lujo y de una fortuna que son de usted. Yo no he
pretendido nunca otra cosa que un hogar mcdes•
to, pero mio, donde mi marido y mi persona. me
pertenezcan en absoluto. Esto es tan sencillo! .A.1rededot· de nosotros est11mos viendo que así se
acostumbra y nadie se admirará. de que una joven tenga Ideas de inóependencía .... tlin mode•
radas. Vamos, sellora, rerlexíónelo usted bien,
sea buena, .... como lo es usted siempre, pero
no sólo á su propio gusto sino también al nuestro. Yo daría. todo el luj &gt; del mundo por algo,
aunque fuera muy poco de libertad. Y dígame usted por último ¿después de explicaciortes de esta
clase podríamos permanecer bien usted y yo en
la intimidad diaria que se impone cuando se vive
bajo un mismo techo?
La sellora Le Clercq oyó estas pttlabras con el
corazón cerrado: nada podía conmov~rla después
de la profunda y dolorosa. herida que había recibido: y lijando en María Magdal1.41 una mirada
glacial, le dijo.
-Señora: sostengo lo que acabo de ofrecer.
Tengo el orgullo de mi 11ombre como usteJ tiene
el del suyo y no quiero que en esta ciudl\d sea.
visto un Le Clercq necesitado y decaído de su
rango. Es formal mi prop11 sición de retirarme
del lado de ustedes. A usted le toca consE&gt;gnir de
su marido que ucepte mi proposición.
-No tema usLed n11da, scliora, ni siquiera lo
intentar~.
Con un ademAn de ira la seflora Le Ciercq empujó un sillón que se hallaba á. su pas1 y olvidando toda conveniencia, dijo A media voz y con re•
concentrado furor.
-¡Una muj-,r que mi hijo tomó pobre y miserable y que en vez de considerarse feliz mete la
ziza:lla entre nosotros!
María }fagdalena se acordó á tiempo de que
era de Boie Saint Marce! y de que corría sangre
noble por sus venas. Irguiéndose pues, apareció
imponente á pesar de su cuerpecito gracioso y
delicado y dijo:
-Nuestra conversación ha tomRdo un giro lamentable hasta tal punto, que no queriendo suplicar á usted salga de aqui, soy yo la que me
retiro.
Y la pequefta Ma.g, convertida de repente en
gran setlora, abrumando i\la otra desde la altu•
ra de su nacimiento y de 11u educación, hizo una
ceremoniosa reverencia de corte y salió de su
propio departamento, dejando allí A su suegra. en
un esta.do de irritación y de confusión imposible
ue describirse.
Hacía Y" dos semanas que Maria Magdalena se
hallaba. en Tregastel. Lucia la había acogido con
una buena voluntad tan amistosa, que se encontraba como en su propia casa en aquella casa de
111.driJlos edifiC!lda como nido de golondrinas en
el agujero de una roca. Los primeros días fueron
para ella. de verdadero reposo: un alto delicioso
en el camino de tristezas y disgustos que venía
atra veeaodo desde meses anteriores. :N"ada de
desdenes, ui de entrecE"jos fruncitlos, ni de caras
hosc11s: sólo afectos y simpalias.
Lucía tenill. en el mAs alto grado la serenidad
alegre de las gentes sanas de cuerpo y &lt;le espíritu, y estaba en la. convicción de que por medio de
halagos era necesario devolver la calma A esta
alma transtornada por ucR crisis violenta cuyo
desenlr1ce no i;e vislumbri:1.ba todavía. Magdalena
le refirió los incidentes ocurridos en los últimos
dias desde que se separaron las dos amigas basta que se volvieron á ver, y su partida muy triste cuando la reru.izó.
Roberto no la acompailó A la estación. Un frío
apretón de mano, un adios breve y seco en el
dintel de la puerca de su gabinete de trabajo, y
eso filé todo. Ni un recuerdo par1:daseliorita Hartley, ni una inoicacióu arectuosa para que le es·
cribiera, ni una promesa de ir mlls tarde A reunírsele. Evidentemente la madre le había dado
noticias de la ultima rey~rta y esto había agriado
su resentimiento contra la joven. 5u actitud había sido pues, glacial. ¿Que Magdalena babia
querido aislarse~ Bien, quedaría aislada y mucho
mAs tal vez de Jo que ella había sospechado.
La. verdad es que María Magdalena. sintió una
profunda trioteza. viéndose en la estación bin que
su marido se hubiera dignado acompatla1·la 1 y
tuvo un11 1a11 dolorosa sensación de abandono y
de solt&gt;&lt;.iad, que le fué necesario hacer un e~ra.erzn su1,reroo para oo derramar abundante, lá~• iwa11.

Para que se acentuara más su malestar tuvo el
disgusto, en el momento de instalarse en el tren,
de ver A los esposos L'l Falliere que se dirigían á su proyectada excursión campestre en
unión de numerosos 11migos; todos la rodearon
y le preguntaron por Roberto, dónde estaba y
por qué causa , o había venido á despedir á su
en.:antadora mujercita. Todo esto, aunque pre•
guncado con volubilidad, era una prneba clara de
que su ausencia caus11ba sorpresa y provocaba
comentarios, lo cual hirió duramente A Maria
Magdalena en su orgullo y en su amor.
Cuando ya en marcha el tren se encontró sola
en el wagón lloró como un nill.o, con el corazón
henchido de una tristeza espantosa y sintiendo un
doloroso dt-sgarramiento al alejarse de esta ciudad donde quedaban sus disgustos y en la que
habfa i.ufrido tanto. Maria Magdalena no babia
hecho á s •1 amiga la contideoc;a de todas estas
intimidades, manteniéndose en reserva sobre
aquello que mlls profundamente la lastimó.
Si: ella que algunos rlias antes había querido y
provocado una ruptura absoluta, estsba consternada al ver que Roberto aceptaba de plano la situación. Cre) ó que á la hora de la parlida el
amor sublevá11dose en el corazón de este hombre de hierro le producida un enternecimiento,
pero nada. Se tram,tormó en una estatua y aceptó el papel que se le imponía, sin que esto fuera
cuusa d1-1 que se contrajera un solo músculo de
su cara impasible.
LPjos de su m11ri&lt;lo, la nece,idad de escribirle
atorwentab~ A M11.ría Magdalena porque presentía que aquella. aJ'ección i:ie le escapaba, y como
sucoue siempre, ante 111. idea de perderla se le hacía más nmable y más preciosa.
.A medida que pasaban los días crecía su angustia y aumentaba en BU mente la desesperación de
no saber qué hacía, si pensaba en ell11, si le hacía
f&lt;1lta ó si le b11staba para ser foliz la comparua de
su madre. Lejos estaba la si:f!.orita Hartley de
sospechar la verdadera causa. de las tri3tezas de
su aruiga que suponía ocasionadas solamente por
la situación nnómula en que se hallabi y por el
disgusto que debía causarle el pens11miento de tener que regresará Montpazier. De todos modos,
para hablarle de eso esperaba á. que pasaran los
primeros efectos del desaliento para ayudarle con
su ternura y su~ consejos.
Pasados quince días, Lucía dijo á su amiga:
-Mag, acabo de escribil' A su -,,aposo snplicándo! P- ven~a á rasar algunos dias con nosotros.
Maria M!\gdalena se ruborizó sintiendo que
una ola de dicha le inundaba el alma, Luego,
pensó de improviso en que Roberto no vendría
y en que si se daba el ca.so de que viniera se en·
contraría ella en la necesidad de confiar á la sefl.orita llartley E&gt;l estado de ruptura completa A
que babia. lleglldo, ó de r ..conciliarse parll evitar
sospechas sin haber obtenido resnlt11do alguno
fllvorable á. sus propósioos de independencia. Estas ideas la pusieron melancólica.
-Le escribió usted, pues, sin consultármelo ....!
- Si: hasta aquí, usted me había conffa.do
solamente todos sus ,~ombates con la seliNa Le
C!ercq, combates en efecto serios y transcendent1dts que me pusieron muy al corriente del
papel que ha representado la vieja. y de la actitud asumida por usted, pero hay en el drama un
personaje del cual usted habla muy poco y que
sin embargo es el que importa. mAs: su marido de
usted. ¿Qué dice, qué piensa, qué hace? Su voluntad es la que debe dar uoa solución A la crisis;
es él quien debe amará. usted lo suficiente para
sac11rla avante de estas dificultades y A quien
debe usted amar lo bastante para soportar muchas cosas.
- ¡'llás de las que yíJ. he soportado!
- Y 11. sé, ya sé .... pero me imagino que entre
usted y él debe haber cierta frialdad a causa de
que ni uno ni otro han sabido tomar una actitud
que salvara. las dificultades. El, á mi entender, se
eocontr j entre la espada y la pared no acertando A pronuucinrse en favor de su madre ó de
su esposa, y usted tsl vez no Je conservó la ternura necesaria para hacer subsistir por más tiempo la dulzur,i. de carácter que es el principal encanto de usted.
María :Magdalena, toda confll8a y mortificada,
murmuró:
-¡Qué ideas tao e.· trañns tiene usted! ¿En qné
se apoyan sus pre~uucione..?
-En la actitud de los do,. Usted no me hn di•
cho nada sobre el particular, es verdad, pero su
sileuciJ es más elocutnte que las mAs amplias

confidencias. He visto además que desde que es•
tá. usted aqui no ha enviado una sola carta. á.Montpazier y que tampoco ha recibido us'led cartas de
allá. A propósito de esto, pienso, q=-,::~.!-" amig111
que lulrfa usted bien en escribir A $1l -.rldo apoy1mdo mi invitación que porsí 10Ja &amp;a&amp;JO no p.roduzcit el apetecido r1isnltado, y yo quiero vedo
de todos modos, hablarle, saber lo que ;-iensi.
La situ11c'.ón es muy gr.. ve, Mag, y mientra,s mák
se vaya prolo11ga11du se ira .haciendo mAs dificil.
Cfou veces lforía Magd,llena había tenido este
deseo, pero cierta especie de vergüeuz11, hija del
orguUo Ja había. detenido¡ y ahora, aunque tenia
vivísimos deseo11 de verá .Roberto se dió el lujo
de fingirle la frialdad mAsgrande; en consecueu•
cia le escribió solamente algunas lineas en que le
exp1·esaba de uu modo muy cortés la tonveniencia de que viniera A Tregastel y no desairara. la
in vitac1ón de la sef!.orita Hartley.
Algunos días corr'.eron todavía sin que llegara.
la rebpuesta.

Hacía como una semana que Darlot no se presentaba por la quinta. Uno de aquellos accesos de
mel1mculi11. á. que estaba sujeto, Je había obligado
á buir áe toda sociedad. Partió para excursivnar,
había dicho, pero en realidad su viaj-, no tenia
mas objeto que el de librarse de encontrará las
dos amigas. La dulzura del hogar de la seflorita
llartley 11" babia apoderado de todo suBer dti tal
manera, que en un instante de lucidez el terror lo
habÍII invadido y se creyó en la nrcesidad de ponerse en ruga. ¿Por qué, en efecto, adquirircostumbres de vida futima con una mujer de espiri•
tu elevado y de taleoto encantador para hallar
luego, cuando ella partiera, más amarga y tl'lste
la soledadl
Cuando D11rlot observó que se encontraba muy
A gusto y como en su propia casa en aquel saloncito, junto á aque1la mesa de té, bajo esalámparJ\
que los .babia. iluminado durante dulcísim..s con•
versaciones, se dijo para su conciencia con secreio espanto, que le h1:1.bía caldo la gran desgracia
de enamorar11e de Lucia Harlley, En verdad esta
sell.urita aunque fuera como era efectivamente,
seductora y linda, no sólo por eso era digna de
ser amada eino por Au inteligencia bien cultivada
y su bondad iut.,Jigente, 111 origín&amp;Jidad de sus
ideas, lo imprevisto de suconversacióny ese sello
pers,malí.iwo de voluntad tranquila que la hacía
dilerente de todos los demás.
Lucía presentaba respecto de María Magdalena
un verdadero contraste; ést11.1 graciosa y dulce,
con una alegría infantil como cualidad esencial
del carActer, y necesitando siempre de protección
y de ternnr1.1. previsora que le alejaran toda. suer•
te de contrariedades; en tanto que Lucía, espíritu vigoroso se bastaba. siempre á sí misma, y las
tristezas que abrumaban á Mag, á ella la b11brian
encontrado armada de una. firmeza tranquil11 capaz de Lriunfar de todo.
Reué, casi tan sensible como María Magdalena,
sentía por la joven ingle3a una admiración profenda y uua e3timación real. Tenia miedo de amarla y se repetía por la millonhim11. vez que estaba
gastado, tristo y enfermo del espíritu, y que aún
cuando ella consintiera, su deber de hombre honrado era no casarse, no llevarle un corazón infortunado, una alma desalentada y sin ensueilo~. Pen•
saba además que Lucía era muy feHz en su ac•
tual modo de vivir y que no le con venfa. ligarse
con los lazos de la lamil!a.
Pretextó, pues, una excursión, pero en el camino encontraba sin cesar y por todas partes el recuerdo de la mujer de quien huía . La contemplaba durante todos los minutos de estll ausencia, ya
eu las arenosas playas &amp;embritdas de guijarros,
ya en lus campoa imponentes y melanco.tfoos y sd
la figura bit atenta a. su trabajo, bella y atr11.cti va
bajo el abrigo de la sombrilla, en la diilfana y ardiente claridad de la playa.
La reco:d!lba siempre y con cu11lqu~er motivo,
A la hora del té, la veía con los ojo, del alma en
aquel saloncíto donde la había amlido tanto, trente á la amplín, 'ventana desde donde se contemplaba el mar, y volvía á admirar sus movimieutos
graciosos, aunque enérgicos y se pensu ba 14 ue estaría. junto á la mesita esforzándose por eo,.solar
á María Magdalena., ó bi1m en el jardín, á la som•
bra de alguna pefl.a leyendo á su amiga o bra.3 exquisitas 4ue é;ca escuchaba con atención hundida en sus tristezas profundas y monótonas.
En todas las encrncijadiu del camino, junto á.

�40

todae fas quintas coronad11s por agudas toneci·
!las que se levantaban á los lados del río, D11rlot
creía vislumbrar aquellas dos ligeras sombras femeninas, una inclinada, agobiada, como destroza•
da por el dolor, y la otu erguidll y fuerte protegiP-ndo 111 frágil dulzura de su amiga. Y la obsebión se hizo tan coniinuada y fué tl\l su deseo de
volver al 11gres1e p11Íi apenas di,jqdo, que volvió
súbit!llllente sobre sus pasos y rt'gresó A Tre11;11s•
tel con apresuramiento, lrnsth1do de l1ts banales
mesas redondas de hotel donde sus oidos h11bi,m
eido martiriz11dos por un inglés insoport» ble, pa rodiil de la música delicioM que salía de los labio9 de Lucía Hartley.
C1111ndo René se instaló de nuevo en la po&lt;:ada
dourle se alejaba antes de su p11rtida. A unos cuanf
1
tos k ló~tros de la playa dti Tregast"l, su r~sol11c1on estab11 tomada: intentar una declaración
de 11mor y uunque sin duda ella le repulsaría, insistirá. riPFgo de perdt&gt;r hasta su buena amistad.
Esta pmibilidact le hizo vacilur un poco, pero luego comprendió que semejante temor era injusto
tratándose de una pt-r.;ona inteligente y buena
como lo er11 Lucí&gt;l y que no sería ea paz de alej11.r
de sn lado á un 11migo púrque la amara m:\s de lo
que ella deseaba.
René pensaba en esta'! cosas caminando por la
(Tilla de la mari~ma que sirve de rad&gt;1. á la aldea.
La mar estaba en descenso¡ algunas embarcnciones menores, c11ida.i para un lacto, parecí"n muertas; en Ja punta de un estrecho muelle que se
pl'olongaba á. lo lejos avanzando hasta el mar,
slgunos ctliquillos se entretenfon pescando con
anzuelo.
Darlot, pres a de una impaciE&gt;nci.a febril por llegar al fin lo más pronto que fuera posible, y
vor recibir desde luego la negativa que lo iba _á
,-umir en la desolación, so detuvo de cara hacia
1a brisa que llegabll fresca y húmeda. Se detuvo
A reflt,xionar en l!t manera cómo debería defender su causa y maquinalmente volvió los ojos ha
cia el lejano azul que recortaban, r,ircnndadas
de brumas, las enormes masas color de rosl\, pesadas rocas bajo cuya sombra Lucia acustumbra
ba ponerse A pintar y donde tantas veces había
pas11do con ella horas inolvidables, y en un sú.bitJ 11rr1l0que de valor se volvió hacia el camino
blanqueado por el sol y por el polvo, que conducía á ttquellos sitios.
Era la hora del medio día: un calor so.focante
subítl del sui:1o y vibraba en una asmósfera lumi•
nosa y abrumadora. Por el luuiente azul de los
cielos algunas nubes, semejantes á cintas de gaaa,
permanecían inmóviles como suspendidas de l.l
bóveda cristalina.
A pesar de sus preocupaciones, Darlot obser- picarescas y c'le color m1s que subido en todas
vó que el sendero esclibroso y ardiPnte que atra- las feri1ts de Frl\neia.
vesaba y que JJor lo común se conservabasolitttrio,
René se apoyó en una barda, detrás de la cual
estaba ahora llena de paseadores. Gentes de la se tendí11n los campos llRnos erizad:s de er11s de
comarca, mujeres de cofia blanca, de chales en trigo negro recién cortado. Algunas chozas obsqu, brillaban los colores más chiJ:ames, y de tra- curas apenas levant\das dei suelo se agrupaban
j~s vistosos, aparecian como manchas relucientes en torno del campanario de la iglesill, r á lo:i piés
sobre el fondo blanco y azul del cielo y del mar, de la multitud se revolvía un polvo fino y caliencon las tonalidades de unfreEco dePuvisdeCha- te que subía come una nube. No había ni lit mas
vannes. Hombres de sombreros de anchas alas y peqnei'l.a sombra. El sol fulgurante inundaba tosacos cortos, turistas i11gleses de calzón corto y do, y esta muchedumbre, reunida en grupo commedil\S d 1 lan11 ingle: as db 1rajes azules ó rosa- pacto, jadeaba de calor exhalando olores penedos, de talle anguloso y de piés largos y ágiles, trantes, extraJia mezcll\ de perfumes, polvos de
tod11 ilna multitud abigtiruda que caminu ba tn la arroz y pomadas, y de las acres emanaeinnes de
umma dirrección. ¿Qué seria aqueJloi'
loe establos vecinos de donde se veía.u salir arroDKrlot siguió su camino y apenas había andlldo yuelos- sucios y espesos.
r&gt;or unos cua.ntcs minutos, al llegar A la cima
Darlot fué á sentl\rse en una alta roca que dode un pel'tón entre rocas cuya ascensión le abru- minaba el lugar en que hormigeaba la gente.
mó de fatiga, pudo ver la fiesta que atraía á ese pues acababa de presentir '}Ue no encontrarfa tal
Jugar tantus gentes. Era una romería.
vez A Lucía en so casa. Sin duda habría. preferiLa pequeft.a c!lpilla de la Cll\l'idad escu.lpida en do venir A ver este espectAculo pintoresco: una
gnuoito como una urna egipcia, tomaba bajo el romería en Breta:na, y debía estar allí tomando
cielo ardiente tor:os aureos y rosados, y un imper- acaso apuntes para Slls cuadros. Paseó en to1·no
eeplible polvo de oro la bailaba toda y le daba suyo una mirada atenta y nada descubrió entre
,m la luz esplendores inesperados. Jumo 1\. la ca- la agrupación compacta de romeroil. Entonces se
pilla una multitud hormigueaba confasamente.
absorvió en un ensue1!o vago y dulce hipnotizánLas cofias de 11mplias alas blancas, los chales dose con la. decoración inmensa del p11i-11je lurutilantes, rojos y verdes, los toc11dos de laa tu- minoso. El zumbido incesunte de. 'a multitud s1,ristas contrastando con sus vestidos que también g11ía vibrando en torno suyo, y el chillar de la
result11ban pintorescos, y por encima de la mu- cantadora de jaculatorills, languideciendo ya, se
chedumbre un rumor, un zumbido confuso d~ vo- resolvía en notas agudas y quejnmbrot1as que le
Ct!s que se interpelaban en bretón, en francés, en
adormecían S1111vemente.
inglés; risas, gritos, y en !in, dominando el tuAlguien le empujó, y entonces alzando los ojos
multo, la voz aguda de una mojer que eant'lba con sobresalto, reconocjO á Roberto Le Clercq
jt1culatorias y vendía rosarios benditos. En el te- que estaba de pié en trente de él. Este no quedó
cho de una barraca de cantores ambulantes, un menos sorprendido al ver á Darlot, y al pronto
harmonium gangoso lanzaba acordes lentos q_ue pareció contrariado, pues no roa.a que por pura.
acompaf!aba el canto de t:sta vendedora de cosas casualidad se había aproximado A él y lo babia.
santas, enronquecida de tanto cantar canciones tocado sin conocerlo. Después de un in.stante de

41

EL OBSTÁCULO,

"EL MUNDO rt. Uf!TRADO."

1

EL OBSTACULO
NOVELA ORIGINAL POR Mm.e. DANIELLE D'ARTHEZ-Ilustraciones de nuestros talleres.

\

VEBSION ESPAÑOLA. DE ".EL HUNDO ILUSTRADO"

Número 6.

,,

Roberto se sentó junto á Ren~ sobre la roca ardiente. De las puertas abiertas de la iglesia salia
un rumor de los salmos coreados por las voces
penetrantes de las mujer,is; los fieles se aproximaban más y mAs al portico y un suizo muy
galoneado de oro y con sombrero empenllchado
de plumas blimcas, apal'eció en el dintel. Un remolino se hizo en la multitud.
René ref1exionab11. A pesar de la reserva voluntaria de Roberto, leía en .sus facciones contraídas, en sus movimientos apresurados, en la
expresión melaneólica de sus labios, Inquietud
nerviosa., ve1·dadsra angustia íntima. Evidentemente todo se iba a. resolver por la impresión
del primer momento. ¿Cuál serfa esll impre&amp;ión?
Predispuesto cada nao pur -resentimientos fundados, ella y él iban á abordll.l'se tal vez con
ánimos de combate, y la esperauza de vencer á
su adversario. ¿Los reuniría con má.s ruertes vineuJo::1, ó se prt!parabl ~ apartal'los más y mAs esta próxima entrevista?
t-.D11.rlot examinó con mucha atención á su co~paiiero, y la agitación que observo en él le d1ó
esperanzas, porque aparecía demasiado viva y
prof11nda para ser debida 110 mAs al orgullo herido.
-Muy contenta va A poner3e Maria Magdalena cuando vea á. usted aquf, dijo René.
Robertó le fijó una. profunda m!rada de investigación.

-Oh! no piense usted que ella me haya referido nada, y ademAs, lo mii,mo que usted, en este
momento estoy volviendo de vi11je, pues acabo de
hacer una excursión que duró varios días. Por
cierto que cuando me pu.se en camino, Lucía estaba may triste viéndola enferma en lo físico y
en lo moral.
-¡Enlerma ...... 1 ¿Qut&lt;, está enrerma. MagP
-Sí: una tristeza íntima. Ya casi no la conoz.
co, pues habla poco, no ríe nunca, se queda pPn•
aat.iva. horas enteras, apoyada la cabeza en los
cojines de su sillón,
mirando sin ver, como uoa alucinada.
'fiene tristeza, mu•
cha tristeza esa pobre criatura!
Rooerto se había
conmovido. T ambién tenía tristeza y
tristezn por ella, y
la noticia" de que había estado sufriendo,
Je hirió de la manerÁ
m!s violenta.
¿Pero por qué sufría? ¿por estar ausente de él, ó por la
difícil situación eu
que se hallaba?

.'.

vacilaeiór: se decidió A estrechar la mano de.
H.ené.
-Usted aquí! exclamó éJte manifestando verdadero placer pues conocedor como Lucia, de
la. ruptura habida entre los dos e3poscs, pensó
que alguna reconcili11eión se había verificado.
- Si. .. . .. acabo de llegar.
René se informó con mncba cortesía de la salud de la ef'ftora Le Clercq_, y continuó:
-María l\[llgdalena y 11.1. 11e1iorlta HartlE,y, es•
tá:n en eu casa seguramente?
- Ko lo sé.
El asombro de Darlc,t (ué muv visible. Roberto agregó:
-Como dije A usted, llego en este momento, y como no encontré, á causa de esta tiesta carroaje que me condujr&gt;ra A TrE&gt;g11stel, resolví venirme á pié y me he detenido nlgunos instantes
para ver esto. AdemAs. como Uotted podrá suponp1•lo, es posible que ambas estén entre esta multitud.
- Lits humaremos.
- No: prefiero permanec"r todnfa unos mo•
mentos solo con usted. Esperemos la procesión.
l\o quisiera encontrarme en público con María.
llfagd11lena.
(Continuard.)

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Las campanas de la Iglesia se desataron en un
ruidoso repique que volaba por encima de los
campos espigados y las landas rocallosas, hasta
las islas grises sembradas sobre las olas en Jos
limites del borizoute.
La multitud se dividió en dos alas deja.ndo en
el centro un ancho espacio para que pasara la
procesión, y las puert11s de la iglesia. abiertas de
par en p-'lr, dieron salida á una IDI\Sa comp~cta
de sacerdotes con sobrepellices blancos, acólltos
vestidos de rojo, nif!.as llevando banderas y es-

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�42

EL OBSTÁCULO,

"EL llUNDO ILUSTRADO"

tandartes, una lluvia de coiores encendidos que
se destacaba del conjunto gris de la multitud.
Darlot y roberto se pusieron en pié para ver
mejor este pintoresco des.file. Jovencitas coronadas de cofias de encaje grandes que se plegaban para caer en alas sobre sus hombros, llevaban en unas andas adornadas de flores, una iin!\gen de bulto de la Virgen, cuyos ca1Tillos lustrosos por el barniz, estaban pintados de un oarmin
subidísimo; d1&gt;trás, una cohorte de viudas acompa11aba A la Mater Dolorosa que tenia pe.ndientes
de las pesta1ias y rodando por las mejill.As, gran•
des lágrimas de cr:stal, y en el pecho un racimo
de enormes puflales: á lo lPjos, la mar azul que
las dejó viudas y las condenó A llevar tocas de
duelo, se irisaba bajo el rayo del sol y tomaba
los tonos lucientes del manto de seda que envolvía A la i.mAgen.
LnPgo vanían ancianos de caras brom~eadas
por la intemperie, de cuerpos velludos y manos
encallecidas, vestidos de marineros llevando un
pequel1o navío artísticamente construido¡ uuo de
esos e:cvotos que se ven comnnmente en las iglesias de las costds bretonas. ¿Cuántas torment11s
habían presenciado en plena mar esos vbjos que
ahora camiuaban débiles y encorvados, que en
otros días fueron vigorosos y valientes y ahora
casi vueltos a la infancia, susten(an penosamente
con manos temblorosas aquel barco en
miniatura, y cantaban cou voz cascada
un cántico á. la Virgen!
La procesión se desarrolló lentamente
y Darlot, abrazando con la mlI'ada toda
esta escena y el vasto horizonte de la
landa y del oceAno, se sentla movido de
piedad profunda por todos aquellos que
iban pasando y que llegaban ya al fin de
la vida después de haber 11purado todos
sus dolores ó entraban apenas A ella para comenzar á. sufrir.
-Vea usted qué bello es esto y qué
artístico, dijo Roberto con entusiasmo.
Roberto también estaba conmovido.
La multitud S6 había quedado en silencio respetuoso¡ la cantadora ambulante puso fin A sus jaculalorias¡ millares
de gentes contemplaban aquellas imAgenes santas, y aquellos barcos conducidos solemnemente entre flores y banderas por equellos viejos lobos de mar
que trataban de erguirse en gallarda
apostura, y no podían sino inclinarse
hacia la tierra que parecía llamarlos invitándoles al descanso eterno.
-Allí están, dijo Roberto con voz
breve.
Enfrente de ~i:os, al otro lado del camino que seguía la procesión, Darlot distinguió A Lucia y A Maria Magdalena
abrigadas bajo un ancho quitasol. Mag
tenía un aspecto sumalllente triste, y contemplaba con melancólica indiferencia el
espectáculo que se desarrollaba en torno suyo.
Roberto la examin~ con atención apasionada. La
encontró p!\lida; observó su abatimiento, y una
gran alegria Je hizo latir presuroso el corazón,
sin embargo de que aun conservaba sus dudas
sobre la causa de esta tristeza.
Casi al mismo tiempo alzó los ojos María Magdalena y descubrió A su marido: entonces cambió de color; sus pArpados se agitaron nervioso.mente y oprimió con mano crispada el brazo de
Lucia. Volviese la joven inglesa, siguió la dirección de la mirada de su amiga y distinguió á Roberto y Darlot.
8i este primer encuentro hubiera tenido lugar
en otras circunstancias, las cosas se habrían desenlazado de otro modo, pero Marfa Magdalena
tuvo tiempo para rehacerse, dominar Ja emoción
que le quitaba la facultad de razonar y que en
arrebato invencible l!i habria arrojado á los brazos de Roberto.
Mientras duraba el paso de la procesión que
los separaba, ella pensó:
-Ya está aquí. Esto prueba que me ama todavía lo suficiente. Pero ¿qué va A suceder? ¿Qué
solución traer¡\. proyectada? Una sola era aceptable: la que la jov.,n venía solicitando en vano
desde hacía varios mes88.
La procesión acabó de pasar dando tiempo á.
Roberto y A María Magdalena para dominar sus
sentimientos, de suerte que se acercaron uno al
otro con una tranquilidad ficticia que no dió lug,1 r il Lucía p1mi formarse un juicio sobre el estado d.: tHlS llmwus.

/

-Viene usted por algunos días? preguntó Lucia A Roberto estrechAndole la mano. ¿Dió usted
orden de que llevaran é. mi casa su equipaje?
Roberto ~ontestó dirigiendo A su mujer una
mirada tímida:
-No sé todavía si podré ó no retardarme aquí.
Por de pronto dejé mi maleta en una posada. No
pude encontrar un carruaje en que venir.
-Pero más tarde lo encontraré. usted, replicó
vivameute Lncitl . .Me figuro que no intentará usted alojarse en la posada.
Roberto dirigió A eu mujer una mirada. penetrante, y elli. se ruborizó comprendiendo que se
acercaba sin lugar á retardo alguno, el momento
de una explicación definitiva. Y sintió miedo,
miedo profundo de las consecuencias, al ver que
BU marido se mantenía estrictamente á. la defensiva. A e!la la poní~ en el caso de decidir si quería que Roberto se alojara en la quinta ó si quería resolver una definitiva separación. La iMertidumbre en este caso, se babia becho intolerable
para los dos, y Lucia comprendiéndolo con su

•

/

I

clara inteligencia y exquisito tacto, resolvió des
enmarai!ar tan penosa situación lo más pronto
posible, y dijo:
-La fiesta, el ruido, el movimiento de la multitud, todo esto me fatiga y se mi, hace ya insoportable. V!\monos inmediatamente. ¿Quiéreusted
eell.or Le Clercq? Acepte usted á lo menos mj invitación para comer con nosotros.
-Acompal1e usted A Mag que le enseliará por el
camino los lugares más pintorescos de la localidad, y así tendrAn ustedes tierno') de decirse esas
mil cosas que los casados tienen después de una
ausencia. AdemAs pueden ustedes recobrar sus
llá.bitos de campesinos adquiridos en nuestro v:aje 11.nterior. ¿Se acuerda usted? Yo monopolizo al
sefior Dllrlot pllra qne_me describa sus impresiones y los paisajes pintorescos que haya visto en
su excursión.
En camino pues, l'l!ag . . ... pero está ested muy
pálida. No la lleve usted muy de prisa selior:
cuídela usted, está enfermita desde hace· algunos
días.
La encantadora joven se alejó no sin dirigir á
su amiguita una sonrisa de cari1io y una mirada
alentadora. Mag cuyo corazón palpitaba aceleradamente, quedó sola con sn marido, enteramente sola apesar de la. multitud que los rodeaba.
Roberto observando la intensidad de su emoción, se conmovió también y le dijo:
- ¿Quieres que nos vayamos de aquí donde hace tanto calor?
Mag le sonrió con dulzura. Le había quedado

agradecida porque no le habló de usted como á
una adversaria.
Trataron de abrirse paso entre la apretada muchednmb..e, pero el desfile de la procesión que
volvía sobre sna pasos los detuvo y se vieron en
la necesidad de esperar A que se hubiera alejado.
En seguida tomaron el camino que desciende
hacia la aldea de Tregastel y se encontraron pronto cruzando por senderos rocallosos de arena y
guijarros sueltos, tostados por el sol, entre los que
crecían yerbas raquíticas y jnneos marinos de
flores amarillas. Grupos de gentes del país, mujeres con chales dti matices bArbaros, hombres con
sombreros anchos y adornados de cintas, se les
atravesaban dirigiéndose á la romería. Un alegre
repique de campanc.s llenaba el aire en una gran
extensión.
De pronto, marido y mujer sintieron una profunda turbación al encontrarse solos; pero el paso
frecuentemente de los campesinos los tranquilizó, aplazando aunque fuera por cortos instantes,
la llegada dela crisis final que ambos temían igualmente en la vaga intuición de que de nuevo iblln
á cbocru' sus voluntades.
Maria Magdalena rompió el silencio 111 fin preguntando:
-¿EstA bien tu mamá?
-1::ií: muy bien. En eijtos momentos anda muy
ataread8, porque la seflora Cbarmonacaba de regresar de Inglaterra y mi madre
va A fundar un nuevo hospicio, una casa
de salud en una propiedad que posee á.
la orilla del mar no lejos de Montpazier.
Está muy interesada en esta obra pía.
y va á pasar en aquel punto una temporada largnitahaeta realizar la instalación.
Después ¡,arece que irá alli con much11.
frecuencia. Ya sabes cuanto la apasionan
las instituciones de caridad.
-Es en e[ecio muy generosa, contestó María .Magdalena.
Luego se quedó pensativa y silenciosa
por algunos instantes, comprendiendo lo
qu.: esto quería decir. Era una concesión
que se le bacía, haciéndole entrever que
su suegra estaría ausente con frecuencia
de J.Iontpazier, pero ella era suficientemente avisada para dejar de valorizar desde luego la inutilidad de semejantes promesas. El hecho qn.e quedaba en pié era.
que Ja vieja los tendría bajo su dominio
como antes. Fundaba una institución su;:-lementaria. Eso iniludablemente la tendría ocupada, pero la libertad que en tal
situación dejaría á. su nuera seria irr.isori,1.
Sería necesario estar esperando su.a
ausencias como los escolares esperan lae
Yacaciones; en presencia en la casa haría
imposible toda intimidad entre· los esposos y dur,mtelos viajes yasabria imponer
á Mag la subdirección de todos los orfanatorios, hospitales, hospicios y obras A las cuales estaba aplicada. ¡Y esto era lo que Roberto le
veuía á ofrecer!
1\Iagdalena tuvo nn violento acceso de tristeza
y despecho. Roberto se había imaginado sin dutla.
que todo iba á quedar arrPglado pacHicamente,
que su madre hacia un supremo sacrificio alejándose de hecho de la vida de sus hijos y no reservAndose más que la cláusula orgullosa de que la
casa quedara bajo el nombre y la dirección de
ella.
La seftora Lé Clercq había sabido, explotando
hábilmente suimperio sob::-e el espíritu desu hijo
baeerle ver y admirar no más el lado de abnega:
cienes y bondad que presentaba esta nueva com•
binación, sin dP jarle sospechar que todo el caca·
reado cambio resultaría ilusorio.
:Magdalena bajó los ojos. Lágrimas de dolor y
de vergüenza le arrancaba la idea de encontrarse
presa en una argolla de bie. ro.
,,
-Esa propiedad es muy linda, afiadió Roberto
muy lejos de sospechar el disgusto de en mujer:
ya la verás, es de gran extensión y tiene enormes departamentos que han servido en otros tiempos parit diversos usos y que ahora van á ser transformados en dormitorios y salas de trabajo. Tiene además nn pabelloncito de estilo Luis XIII en
el que va A poner mi madre sn departamento
particular, y todo el edilicio está circundado de
un hermosisimo parque, CUJ as amplias avenidas
van A terminar en la playa. 81:tn Hil11rio es un sitio eocantado1· que está muy próximo á. una pin-

43

- Yo, en el vagón, lloré mucho, mucho.
Entonces g.iardaron silencio, pensando los dos
en lo que mútn11mente se habían hecho sufrir y
-SC, dijo MaríaMagdalena. con el corazón oprisaboreando con dulce melancolí~, esa tregua da
mido al pensar en la indignación que sentiría Rouna hora que el cielo les concedít1,
berto si su mujer rehn.sara lo que él consideraba
Allí estaban lejos de la vida, sin que en , )los
como una inmensa concesión.
ni fuera de ellos existiera nada más que su amor:
Llegaron A un camino ancho sombreado por altodos los obstáculos sociales habían quedado
gunos Arboles entre los cuales se veía aún la
tras de ellos,¡pero cene-cían su existeucia, senlilln
landa rocallosa y A lo lejos el mar . Un cnel yugo de su opresión, comprend.Jim que no po·
rioso Calvario en forma de laberinto y adornado
dfan permanecer por más tiempo suf1 iéndol11; y
de estatuas y de sentencias en dialecto bretón, se
en esta soledad tranquila en que eran du.:11os de
alzaba custodiado por una casa cuadrada coronasu corazón y de su conciencia, se acordaron con
da por una cruz y nna campana: de llls inmediaternura de sus gratísimos paseos á dos en los
ciones salió una turba de chiquillos andrajosos y
campos cuando hicieron BU primer viaje. Entondescalzos pidiendo limosna.
ces los dos eran confiados en su venmra, pero
-¡CuAn seco y Arido es este país, dijo Roberahora las tristezas que habían pasado sobre ellos,
to. La blancura del camino reverberando con el
conmoviendo y aqnila.tando su ternura, la habían
sol, lastima los ojos! ¡Qué tristeza da todo esto!
hecho mAs profanda.
Poco después las c11sas de la alde/\ dejaron ver
De lejos. de muy lPjos les llegaban todavia casus techos obscuros alas orill1ts del camino, y desi imperceptfüles los sonidvs de las camtrás de un muro de piedra en que pros.........,,panas de la romi:ria, y este rnmor poético
peraba el musgo y florecían alhelíes sil"" ' l1\
arrullaba sus eosue1ios ....
vestres se ostentaba una antigua iglesia,
melancólica por esos tonos grises q ne
En trente de la iglesia y limitando el
dan los a11os A la cantería; con su campacementerio, un vasto y sombrío edificio
nario muy alto en que colgaba.o tres es•
gl'is horadado en Jo mAs alto de sus muquilas raquíticas, y delante de la puerta
ros por estrechas ventanas, proyectaba su
un monumento de granito corcomido por
sombra violácea sobre las tumbas y las
el tiempo, rara cúpula de piedra coronllflores.Er.a un convento de monjas.
da por un pabellón que sustentaban piSe abrió 11inruido una puertecilla, y deslastras y en cuyo piso y cornisamento se
lizándose con pasos silenciosos salió una
distinguían apenas informes bajo-relieves
religiosa vestida de bl11nco y se dirigió
representando Angeles y querubines.
hacia la igle~ia.
-¿Será. esto uu bautisterio? dijo RoEste suceso no interrumpió casi la soberto. Entremos.
ledad de los esposos que cominuaron
Penetraron 11 atrio que también servía
junto al vi&lt;'jo muro, con las manos enlade cementerio y en el que florecían la rezadas
sumidos enun éxtasis de amor. Tlll
tama y el jaram11go silvestres luciendo
vez esta forma blanca y discreta no fuesus alegres matices sobre todo aquel conra la de un ser humano .... sino el alwa
junto de gris pAJido y de verde polvode aquel cementerio, de aqueila jgle~ia
riento. Pirámides peqneifas ó cruces de
que se aparecía un inshnte á. sus ojos.
madera marcaban las tumbas; la iglesia
La vieron dPsaparecer tras el pórtico,
tenia ventanas ojivales que descendfan
y Roberto, como si pensara que era necasi hasta el suelo, y en el techo de pizacesario llegar al fin, dijo:
rras obscuras, una escalera de piedra es-Antes de mi salida de llfontpazier
trecha por la cual se a ce»dia al campatuve con mi madre una seria conversanario. No daba miedo trepar por esta esción. Como nosotros, ella piensa que es
calera sin pasamanos, porque el techo toindispensable que cambie esta situación
do parecía. bajo, como si los cimientos de
y esto es muy fácil, querida. l'liag, entre
111. iglesia se hubieran ido hundiendo Jenpersonas que se aman. Yo te confieso que
tamente al peso de loa siglos, y como si
nunca be comprendido el -por qué de iu
en esta tarea encomendada A su decresu.bita rebelión: tú tan encantadora tai.
pitud la aguardara el cementerio plll'a
dulce, te volviste intransigente ;amo
cubrirla por completo, absorviendo sus
quien esté. en disposición de provocar rivitrinas de colores, sus techos y sus camña con el motivo más insignificante. No
panas y sepultándola como á los dem:1s
volvamos A ocv.paroos en hacer mención
fieles ahora muertos y que en otro tiemde Jo que ha ocurrido. Mi madre me ofre•
po oraron bajo su sombra.
c1ó de nuevo dejarnos su casa insistienEl sitio estaba solitario y no llegaba
do vivamente, en fa ver de esta combinaallí ni un rumor de la aldea. Todos Jos
ción que be rechazado.
habitantes habían ido á la romería. Así
es como conviene visitar estos lugares
-lnac~ptnble! dljo :Maria Magdalena.
11pacibles para apreciar todo el encanto
¿Para que pensar en resoluciones extrede su tranquilidad.
mas cuando la manera de arreglarlo toRoberto y María Magdalena dieron una
do es tan sencilla?
vuella al rededor dela iglesia, y hnbo un
- ~ tus ojos, porque te preocupan tus
·0.
momento en que la joven con un extreprop:os deseos; pero debes también tomecimiento de terror se estrechó contra
mar en cuenta para esa clase de cálculos
~~.~~.
su marido.
l~s sent~mientos de los demás, sobre todo
-, I
AJ lado del pórtico de entrada, una tos1 son d1gnos de estimación y respeto. ;\fi
rrecilla baja empotrada en el muro y comadre nos ama.
;
ronada por una media naranja en cuyo
Magdalena quiso protestar, pero Ro•✓.,_,.....g~Y~
remate había una cruz, recibí.a la luz por
berto la detuvo con nn ademan y comiamplias ventanas góticas que dejaban
nuó.
ver el interior. .Allí un montón de osamenttls imaginar. No es para vivir así para lo que nos
-Constantemente nos lo prueba. Acaso nos
humanas en espantosa confusión, dejaba aso- hemos casado. lle suf1·ido de todos modos, soste- ame dt. una maoe~a que puede desagr&gt;1darte y
mar el rictus de algunas calaveras, las cuen- niendo luchas muy penosas entre mi dlgnidad y eso _es una desg:acu, pero no puede exigirse de
cas vacías y ensombrecidas de todas. Ante este mi amor hacia ti. Ohl cruel Mag: yo te he amado nadie _que cambie su naturaleza. N"os lo prneb11
especta.culo, lo~ nervios de María Magdalena vi- mlls, mientras mAs desgraciado me has hecho!
te repito, y eso no es discutible. Y Yll que com~
braron y resintió un pavor insensato y pueril.
Ella colocó su mano suave, tibia y fina sobre p_r~nde que ni tú ni yo podem011 aceptar su sacri-Oh! Bob, esto es espantoso, dijo cerrando los la de Roberto; esta caricia muda acabó de tras- ficio Y Y! q•1e de su parte no se resuelve á vertornarlo y agregó con voz trémula:
ojos.
nos deca1~os de lo qn.e _ella llama nuestro rango,
- No, no te recordaré todo lo que sufrí el día
Viendo la emoc:ón de su mujer, Roberto pen- de tu partida, cuando te separaste de mi lado sin ha descubierto nn medio de conciliarlo todo.
Mar~a Magdalena retiró su mano de la de Rosó que en tales momentos podía hablarse con la la mae pequeiia demostración de cari1io y des•
sinceridad del corazón; y en este cementerio pnés de una escena que fué tan penosa para mi berto y _le pareció que un soplo h&lt;&gt;lado pasaba
tranquilo, ante e3tas tumbas sólo visitadas por madre ... . No, y-0 no podía creer que mi Mag, por encima de ellos y que una nube densa enlas abejas, dijo A Mag cuánto había sufrido des• mi buena y querida M11g, me dejaría así, dando- sombrecía l?s horizontes radiosos de aquella made que la dejó de ver: ¿Ya. no lo amaba puesto me la mano fríamente como una desconocida. fl.ana de est10.
Roberto siguió.
que así se retiraba de él abandonándolo entera- Me quedé oyendo aflsiosamente el ruido del ca-:-Mi madre va á. consagrar la mayor parte de
mente?
rruaje que te conducía, y me quedé junto á Ja sn tiempo A 1~ Cllsa de salud que se ha propuesCon los ojos cerrados l\Iag oía la voz dulce y ventana, levantando las cortinas, figur!\ndome en to J'undar. Pr1mero sus proy ectos se reducían
tierna de su marido. Permanecían frente al osa- mi desesperada locura que teibas á regresar, que dar para_ la obra una quinta que poseemos e~
r io, 11nte la mirada negra de los craneos vacíos. no tendrías valor paµ irte así. ... Y tuvo una. !~on1paz1t!:, ad~nde habría podido c0ncurrir &lt;JiaR oberto cesó de hablar: hubo unos instantes de amarga decepción cooudo comprendí que sf, que riamente Hn deJar de habitar en el palacio Le
silencio y luego dijo:
· así te ha bias ido!
Clercq, pero luPgo ha prderido S.m .Hilario don.
toresca aldea de pescadores. Ya iremos por allá

un día si quieres.

-Bob mío, ya Bab11s que te amo, te amo y he
sido tan desgraciadll como tú! no .... no, mlla
que tú todavfa..
-Es necesario que concluya esta situación: es
absurdo derrocbar, como lo hacemos, nuestra dicha. Es tan corta la juventud, tan corta la Vlda,
tan reducidos los minutos que puede uno consagrar al amorl
Magdalena temblando de miedo 11 causa delas
ideas evocadas en tao espantoso sitio por Roberto, dijo:
-No quiero estar aquí, tengo miedo.
lt"'ueron á sentarse á. alguna distancia de aquel
osario, junto al muro que engalanaban los jaramagos, y despnreció el terror de la Joven ante
las ta.robas llenas de flores que le parecieron
alegres.
-Mag, di.adió Roberto gravemente, no quiero
relatarte todas mis tl'istezas sutridas en las últimas semanas, pues si me amas, ya te las debes

-

~

�EL OBSTÁCULO.

"EL MUNDO TI,URTRADO"

de bav una casa para habiblción, un parque Y
varios edillcioa ady11centes y allí se va A inst11h1r
durantf'I los próximos dos meses; volvtráá Mont•
pazier á p1ts11r el invierno on nuestra compaftla
y desdti qo.e empiece la primavera harA A San
llilario frecuentes viajes.
-¿Y entre tanto nosotros viviremos en Bll ca•
1111? preguntó ?,{Ar(ll Mag&lt;lalena.
.
Roberto sin contestarle se quedó viéndola.
Magd,dena 11gregó:
-A mí me pffece tan inc'&gt;nveniente esta eom•
binn.oión como lo habrá ~ido act-ptar que mi suegra se despoj11ra por nosorros de su palacio y ds
s11 fortuna. ¿Es posible que ella soporte la vl~a en
común conmigo figurAodose ~lle su presencia ~e
es repo.l:1iva y qa.e se neces11a de sus ausencias
en épocAs derermin11das c11ando me canse yo de
sguantarl1\'r' E~to es inadmisible.
Roberto replicó:
-Nosotros no hemos considerado l11scor11s bajo eie ~unto de víst11. bra.t~I. Tú _hu reproch11do
A mi madre que no te deJa suf1c1ente libertad y
ella trllta de demostr&gt;1rte qoe hace cu,\nto está. en
sos manos para que tó. sells reliz.
-El mal consiste en que hace demasiado. Yo
le pedirít m1:111oa, mucho menos, 10Jao_iente ~~~
nos dejara arrtigll\rnos :\ ne.estro antoJo y v1 v1r
solos en nuestra cua por humilde que sea. Necesitamos lujo 1ú y vo pan querernos?
Este llamaruiento 1tl corazón no fuó oisiquiera
escuchado, pués R ,bcrto e., sentí,\ con sum-t contrariedad por lit rutinera com&gt; b.abí&gt;ln sido re1.:l·
bidas sui pr(lposicionc!l.
-Eso se sale de los limites de ll\ cuestión, dijo
con el 1tc1mto de un abog11do que di~cute puntos
de derecho. Me parece qne seria j 11sto no reeha•
zar de plano todas l11s ideu de mi m'\dre no mu
rorque son BU)'as. Ella adem~s, en el M;o de una
separación teme los comentarios de la ciudad.
-Con que no nos quedemo3 en ~fontpazier to·
di, se l\ll1u1a U.cilmente.
Roberto quedó estupeflicto; esta idea le pareció ab3urda ó indigna de que se la pusiera A dii•
cusión con todo y que eri1 el único desenllice posible para la crbis.
-Serfa una locura. En Montp1tzier tenito mi
clientela, ¿qué iría. yo A hact1r en otra par~e?
- y a te procurarías chencela en poco tiempo,
ó 1,i lo prefieres, entra e_n ~a magistratura. Tn ~adre tiene r elaciones snhc1ences para coosegutrte
un nombramiento de juez.
Roberto dló eeft.ales de viva impaciencia.
-¡Cambiar totalmente el objeto de ml vida!
No. Yo tengo mis costnmbre:1, mi ft1milia, mis
amigos, mis tradicionei en Montpazier Y 1JO me
muevo de allí.
-¿Entonces? preguntó Magdalena con desalleotu.
-Entonces, de Jo que se trata-e'$" d~ qae porparte tuya demuestres algo de la generosidad en •
que tanto abunda mi madre, la cu1tl no se pau en
hacer toda suerte de concesiones. Haz pue~ también lllgunas.
-Hacer algunas es h11cerlaR todas! P11rael mal
que nos aquej-l no sirven los recur.;os A medias.
y 0 no me resisto, Robt-rto, y te ruego solo que
rerlexiones en que h situación en Que se me
quiere colocllr es insostenible. Tu madre '! yo
hemos cambiado f1•aees tale•, que nada podría ha•
cerque caveran en olvido. Xo me perdooarA que
vo me he revelado contra eu autoridad y yo re•
cord1tré siempre que ella me ha ecb,,do en cara
que me casé &amp;in dote. &lt;?uantlo s? ha llf'ga~o A a~mej~ntes extremos la vida eomun re.ulta 1mposi•
ble, &lt;.le bes confesarlo, absolutamente lmpo, lble,
aunque esa vida sea cortada pot· ausendas de algun11s semanas.
-Ah! Tu objeto entonces es separarte completamente de mi madre, dijo Roberto pAlido y a pretan io los dientes.
-~•fo, Dios m[ol no, Dljo l1aria }1ag1alena eon
¡ l voz dulce que conservaba aún en las crisis
tis violentas mi fin es nada mas ahorrarnos el
ro bllJ·o de em'prender de nuevo una experiencia
tra
penosa, cuyos m11los resultados se está.a viendo
muv claros desde ahora.
R , berto dió algnnos p:sos alejándose de s~
mnjcr como para ponerse a cubierto de la pos1hilldad de contestarle de una m'\nera brutal. Ella
le comempló con extraordinaria Jocidez y com·
prendió desde luego que entre los dos todo había
terminado: leyó en su pensamiento la convicción
de que María Magdalena era u.na ingrata¡ la idea
de que tenía h •u:1a suegra Injusta é invencible antipatia, y el desaliento y la vergüenza de que no

oídos que II\ despertó de su abatimiento con un
ligero ternblvr; quiso levantarse y le faltaron
fuerz1te. Entonces oyó el órgllno resonar el través
de lm, espesos muros de la iglesia con unaharmonfll v11ga y podero,ll, lent.tt como una plegaria y
-consoladora !l la "°ez. Se acordó de la religiosa
blanc,t que babia atravesado su camino y que
~ra segureme11te la que estaba tocl\ndo. Eotoo•
-ces le vino la visión de una vida apacit&gt;le entre
11quellas cuatro pllredes grises, detrás de 11qa.e;1a
iglesia de aldea. Nada de crisis: una paz divinn, un
'Sneno de alma y de corazón, una mu. ne esperan•
&lt;lo l,1 muerte. La paz! el repl'sol con qué ardiente pllsióo llnmnba esas dos dicbns de las cuales
tenh sed. No pensar m1\s 1 no aruJr más, 110 sufrir mAs ....
Cerró los vjos y lloró si:enciosamente.
El sonido del órg,mo .. ra una suce&amp;ión de acor&lt;le~ que derramnb11 paz y calma en esta ardie111e 1arde de htfo. La igle•i, anqulrfa voz y cantaba un any,,fu11 de re¡,oso r di: 4uietud; íb1111 á.

era trafteientemente amado puesto que la joven
no se Neolvia A ceder.
Y ella lo amaba para h \Cer esto y mucho m'i.s,
hastJ los m(l.s cruentos 11acrifiolos con tal de dar
término A la crisii, pero lo qa.e se le proponía no
f'ra mi\s que noa impía comedla que serviría al
pronto oo m1\s que de pretexto para atraerl'l, y
lnego las cosas irían empeor.llodo en progresión
segara y rorzosa y A vuelta de al11:unae semanas
despuéi de crueles luehas volverían al mismo
punto en qt.e ahora se hallaban.
Roberto volvió junto á su mujer y con acento
breve y soco expresó así su última é inapelable
resoloción.
-Es inútil segnir discutiendo por m~s tiempo;
la c11eetióo se reduce A é~to; l,qnieres venir con•
migo :1 l\fontpllzier? Reflexiona bien antes de contestar, María ?l[agdalena,y piensa bien en qne oo
tendrás por otra vez oportanidad como 1.1 pre•
sente. Ta. tienes una energía de car~cter que no
era de sospecharse en tí y yo también tengo esa.
cualldad. Creo que si me amas debes aceptar lo
q11e te pro~ongo; aceptarlo~ lo menos como un
ensay~ y s1 la vldu en comun se hace realmente
imposible, entonces llegará el caso de que nos separemos de mi madre. Xo voy á. tratar de defend er m1. causa que se reasume en es ta pregnn ta :
¿me amasó no?
-María _Magdalena en su angustia juntó las
manos Y dlJo:
-Si te amo, Roberto, pero es espantoso que
me preguntes ~so. ¿Y po; que me preguntas si te
amo? Lo pot1r1as a~dar.
-EntoncPs, consientes?
-M~ría l\~agdalena se levantó.
.
-'.!'u no tienes el derecho de presentar as1 la
cuesnón colocAndome entre mi ternura y la des•

gracia de los dos. Por otN parte ¿ '\ mí no hay
qa.n tomarme en cuei:.t'\ también? ¿No estás en el
deber de preferirmo? Yo dtibía preguntarte esto
y sin emb,trgo no lo bago, no, no. Ei abomlnl\ble
exigirme lo imposible y deducir que no te amo si
resisto.
RobPrto replicó de un modo conclll}ente.
-Déj1\te de frases y dime claro ¿es e,tll una
repul3a?
Tan dura filé esta réplica, lastimaba tanto la
deliC11deza de la j lveo, que pormanec.:ió mud11.
-Bien. Ya me lo esperab.~. Nuncl\ pensé que
to.viera n~ted por mí otra cosa que un11 afección
ligera de la que nadie puede dispensarse, á. lo menos de los primeros me:;es del matrimonio. No es•
pere usted mAs proposición que 111 que acabo de
hacer. Li situación queda en sus manos. Cuando quiera usted irá l\1ontpazier serA bien recibida. Pero st quiere volver con su padre A vivir
aquel!a vid" bohemia y desordenada con bribo•
nes y avenrurerl\s, b11ga lo que guste. Acaba u,ted de probarme que no me 11ma y que qneria.
solo abusar de mi awor. Es necesario que haya
yo sido btstante necio para d11dar de e.o no instante. Una muj~r que 11.ma A s11 marido no lo suprime de su vida t11n fá.cilmenre como usted.
Roberto se interrumpió temblando de cólerl\ y
esperando una respuesta que no vino.
Aniquilada María M,1gd11lenase retarda las m.11.nos sin pronunciar una pl:lldbra, ni atrcr~r3e á rijar los ojos en su marido.
Entonces, pres!\ de una especie de vértigo, par•
tió A grandes pasonln vol ver i\ ver A su mujer lJ ue
permanecía como pe,rifieada mirando vagam.,n re
el campanario de la igli:sia tras del cual respl \ndecía el cielo azul.
Un sonido lento, profundo y grave vino A su.

&lt;lormir las flores, las tumbas y las piedras gri
ses, en tanto que 111. religio&amp;a, alma de todo esto,
oraba con aquella voz que difundía pensamicn
tos claros como la luz.
Maria Magdalena, logrando ponerse en pié, penetró bajo In bónda sombría y profunda de la
htlefia que teni11 iuteriormeote una humedad de
cueva. Allí, junto al harmonium vió • á la monja
que tocaba. Toda la luz del sol poniente se eon1:entraba en ese punto pasando A través de uua
-venta.na oblicua.
Maria Magdalena desfallecida, presa do un
, értigo, se paró á verla y la monja, presintiendo
A alguien cerca de ellu, se volvió y sorprei.:did"
, ió el espanto y la angusti11 de la joven.
-Eitá usted enrarma, seftorita?
Bajo esta mirada de piedad el cora2ón de 111 •.
1 f \ Magdalena se dilató y sin poder hablar esta·
Jlc'i en lltgrimll.e. Luego se dPjó llevar hastn la sacrlstia donde la monja la. hizo sentarse en una
,1,1lla de paJtt.

-Excúseme usted, deefa, aún sacudida. por extremecimientos nerviosos, Un momento de en•
fermedad ...•
-Tiene usted alguna pena? preguntó la hermana con una voz dulcemente imperiosa, habituada A, inspirar confianza y f\ distribuir con•
sejos.
Esta rspcci~ &lt;le autoridad no desagradó A l\1A.ri11. M11gdalena que se sentía heridll y en un eompll!to aniquilamiento.
-Sí, &lt;.lijo, tengo una gran pena.
L11 berman1t vió su tr11je y notando que no era
de luto. conaideró que 111 d1 egracia no era tan
grave. 1&gt;1agdaleM lo comprendió y dijo:
--Si. lle perdido A alguien á. quien umo; lo he
perdido como si hubieFe muerto.
l,a religiosa se irguió, pero sn cHra tranquila,
sus ojos lAoguidos, rns anugas, bc1 bfan ganndo la
confüu12a de MAría ?tlngdalenn 4ue en breves rrai.es refirió lo qu~ le h11 bí11 p11s11do.
La mo,,ja oyó con ltt i11q.1a&amp;ibili&lt;111d de un ser

45
salido de la vida, lejano A las pasiones y fi las luchas del corazón y que no comprendía mAs
sentimientos que la resignación y la obediencia.
-Esas tristezas, dijo, se las hace usted sola.
Debe usted obedecer A au marido, humiUnree y
domir.ar su orguUo. Yo tengo sesenta anos y
obedezco A mi superiora que es mucho mAs jo•
ven qoe yo.
)hgdalenl\ quedó desconcertl\d11: la hermana
no la había comprendido, pues entre amb11s situaciones existía mucbl\ diforencii1.
Oyó sin embargo dócilmente e11a YOZ lenta y
dulce que le dab11. con ejos banales como A una
nirla indócil, y Cl•mprendió su error de h11berse
dirigido á una mujer que no sabía nadl\ de las
tormentas de la vida. ¿Cómo erll posihle que su1
dolo1·es fueran comprendirtos ni 11precindos en su
verde.dero valor.si no h\bí,rn hallado eco algu.no
en el eorazón de la monj11i'
.
Se oyó el eoni&lt;lo de una campgna. 1 La religio•
sa se levt1ntó y dijo:

�46·

-Llaman para los oficios vespertinos. Es ne- los preparativos, y llegado el iostaote de 11:1. sep·aración le acompaM solamente hasta lii.• puerta
nei;llrio qne me vaya al convento.
Maria Magdalena la siguió A través de la igle- de la casa y le be:1ó; luego mi p.adre Je dió un
llill, la vió incli11arse un mjnuto nnte el altar, y apretón de mano y 11osotras nos asotnamos A lll
Jopg,l, bajo el pórtico, se despidió y le dió llls ventana pHa verlo por mAs Largo tiempo. En
gr11cias sin convicción. La hHmana tocando ape- Francil\ todtt la fi.tmilhl habría ido al barco y hu11ss con las puntas de los dedos la mano que l~ bier11. habido una grtm escena de lágrimas, besos,
tendill Ma-rfa Magdalena y conservándose indife- y desesperación; ptro nosotros nos amamo:1 de
rente y tranquila. concluy ~ con esta frase dicha un modo menos expansivo 11unque més prorondo. A vuelta del tiempo tuvimoi noticia tle que
de un modo expresivo:
-Es neeesario que ofrezca ustbd sus penas al el pobreci llo babia tenido una peHgrosa enferme•
dad' del hígado ocasionada por t:l clima, y nos
buen Dios:
}!arfa Magdalena se alejó m:,s triste que antes; fué muy grl\to saber al mismo tiempo que pasa·
como si a.~bara de peroer, de improviso, un mo- da la crisis alarmante estaba ya en convalescentivo de esper,rnza y de consuelo. .A.hl qué vado cia.
Darlot acordándose de la ternura enfermiza
sintió al oír esRs palitbras banales dictadas por
una caridad oblig11toria que carecla de eompa- que habitt. tenido por su madre y por su berm"nii
siónl ¡Qué lejos estaba de ella eaca mujer que se y de l1t dolorosa 11gonia que sufrió perdiéndolas,
consideraba superior. No le dijo ni nna palabra se sintió b11jo la impresión de que era una e,peconmovedora y tierna, y sin erubargo, decírsela cie de mujercilla neu.r&lt;,tica, al oir la convers11ción
¡habría sido tan fácil!
de la seilorila Hartley.
-Debe usted considerarnos ii. los frnneeses
como seres dotados de una sensibilidad exajeraLucís. Ilartley y DRrlot llegaron en 'breve á la da é iofnntil.
-No enteramente. Lo que pasa es que ustedes
fonda del lado del Oceáno; y de~pués de haber
descendido por un camino empedrado de granito. colocan el asunto pua obst!rvarlo uesde 01ros
lleno de oquedades y sembrado de guijarros suel- p.nntos de vista y en eso eonsiste todo. L/\ edut-os, atravesaron las extensiones en qu~ crecfa.n c1:1cióo de ustedes los predispone á ello como ]a
juncos y matorrales y que fueron e.nacidos por nuestra nos desarrolla más el sentimiento do lit
H.ené la primera vez que vió este país. La casa propia personalidad.
-Podría esa cualidad de ustedes considerarse
hlanca del semHoro resplandecía con una claridad deslumbradora sobre el azul verdoso de la como un refinamiento del egofamo, porque, en suma, yo de otro modo 110 acierto á comprender
mar.
Darlot refirió las sensaciones que experimen- bien esta facilidad para la separación, que viene
to dnrante aquella primera excursión y la impre- á. ser como la desorganización de la familia.
-No lo crea. usted: la familia tal como la comsión inol vida blP. que dejó en t.u ánimo el espectá.prenden ustedes, existe enlnglnterra entre el maculo de esta llanura ardiente y melnncólica.
-Hay sobre todo un peil.ón en !orma de em- rido y la mujer, y entre esto:1 y sus hijos, pero
barcación antigua, dijo Darlot, en el cual estuve esto es mientras llega el día Ecn que estos por su
sentado largo rato y que me sorprendió vivamen- edad y condiciones alcanzan la apútud r.ecesaria
te. Desde allí la distiDguíA usted .... ¿quiere que para rcclamitr su libertad.
-La naturaleza nos ensef'la algo de eso. Tan
, 1 ayamos á verlo?
Acababan de hablar acerca de este peftón pronto como las a.las de los pajarillos esti.\n listas
abrupto y cur ioso, cuRndo distingaiei-on, recor- para funcionar debidamente, los pajarillos las
tando Ju claridad dP,l horizonte, su proa ele-vada aprovechan para irse del nido y no vuelvrn más.
-Y si vuelven se les acoje con regocijo, pero
y su gal1arda y poderoba figura. Avanzaron hassus
padres no sienten la necesidad de consen·arta llegar allí; Darlot clíó la mano á Lucia para
11yudarla. en la. ascención, y luego los dos senta- los á su lado para toda la vida.
-Usted tiene dos hermanas, me dijo?
dos comodamente se pusieron á respirar la hú-Si: Luisa y María. Luisa se casó y esta vimeda y fresca brisa de la mar.
viendo
en Escocia; ya tiene hijos y hace muchos
La. iglesia de la Claridad se les aparecfa muy
visible aún, y el sonido de sus campanas les lle- años que 110 la vemos. Maria. se ocupa de asungaba apellll.S debilitado por la distar,cía. La lan- tos sociales: da conferencias, escribe y bablu. con
da estabn solitaria, pero por el lejano camino mucha erudición y facilidad. Una vez la oí y me
que se divisaba desde el pcilón y que parecía una dejó complacida. Pero no v/\ya usted á imagicinta blanca tendida sobre las rocas rojizaí!, veían narse que es una oradora de m,eeting, desordenap11sar grupos de campesinos que se dirigíán á la da y populachera. No. AH hermana es una Lady
con muy distinguidas relaciones en el gran mnu11ldoa.
Después de unos instantes de silencio, Lucia do, y aunque le agradó darse á los estudios políticos y sociales, lo hace guardando su posición
dijo:
- Estoy moy preocupada y sufro pemando en y su ra11go. Entre ustedes, la mujer bien educada tiene horror á la publicidad y permanece ob;ilo que va á. resultar de todo esto,
René que no pensaba má.s que en armarse de tinadamente alejada de Jas luchas de ese género,
valor para hablarla, se quedó mirAndola con ad- pero en Inglaterra no es lo miamo aunque seamos sobre el particular muy diferentes de las
rui:ración.
-Si: pienso en ?iiaría :Magdalena, porque su americanas. Todo esto consiste sencillamente
estndo no es nada tranquílizador; su marido tie- eu ~a solidez de la educación.
ne un aspecto tan reservado, que casi no se vis-Entonces su mamá de usted conserv!l. aún 1\
• !umbra lo que sienta ó proyecta.
su lado á una de sus hijas.
-.A mí no me simpatiza, dijo Darlot.
-No: Mi madre habita en el Norte, en una pe-Yo reservaría mejor mi opinión porque casi queD-i ciudad del Condado de Dnrham, ea tanto
no le conocemos. Me pareció encantador duran- que .Maria reside en Londres comunmente. A.lli
te el corto viaje que hicimos juntos para venir tiene una enea suya lo mismo que yo que voy á
aqu(, y creo que realmente ama á Maria Magda- visitar á mi madre cada vez que vuelvo á Ingla·
lena.
terra, porque, como lo sabe ust?d, viajo con mu•
-¿Por qué entoJ'lces la deja bajo la autoridad cha frecuencia.
insoportable de la seflo:-a Le Clercq?
Todas estas confidencias desconcertaban exce-~Ie admira que un francés me dirija seme- sivamente á Darlot. Esta familia esparcida por
jante pregunta.
las cinco partes del mundo, estas gentes que en-Por qué?
contraban tan sencillo vivir las unas IPjos de Ji,s
-Por que en ll'rancia tienen ustedes una idea otras le inspiraban una especie de antipatía A él
de la familia llevada mucho ma.s lejos dP. lo que que amaba tanto {. sus amigos y sofría tan honse acostumbra entre nosotros que amamos acaso da pena al separarse de ellos.
mAs que ustedes pero conservamos mayor suma
Lucía. observó que se h11bfo quedado pens11tivo.
de independencia. Cadll cual va por su camino
-Comprendo que mis ideas no conjugan con
~ iu inquieta.ase demasiado por el que sigan su
las de usted, dijo sonriendo.
padre, madre y hermanos ó berm1m11s, Mire usRené se quedó mirándolíl por nlgunos inst11nted. En mi casa, somos ocho hijos: los cjnco va- tes poseído de pensamientos contr11dictorios que
rone,31 terminada apenas su iostrncción, empeza- ya le inclinaban á hablar, y ya A callar.se, hasta
ron á bastarse á si mismos: dos se alistaron en la que por fío tomó bruscamente su resolución y
marina, dos entraron al comercio, y uno fué ll sin la menor !rase prepara to~ia dijo.
establecerse en las colonias inglesas de ]a In-¿~Ie acepta usted por marid ,¡, La amo A usdia. Este último es el más j('ven, y me tocó es- ted y ya debe haberlo comprendido desde hace
rAr en casa Pl día de su partida. Como mamá le tiempo.
(¡u ería mucho, est&amp; ba personalmente ocupada en
L'1cfa á. m v-cz se quedó contemplándolo con

•

EL OBSTÁCULO,

"EL MUNflO 11,t;STRAD0, 11

fijeza, pero tranquila, sin que pareciera haberse
desconcer•a&lt;lo ni de lo ines¡.,t-rado de la demanda ni de Jo-, térruinos en ']Ue fué presentada.
René pcr su partt&gt;, apenas habló, se sintió como
alivilldo de un grnn peso y con la convicción de.
que había obrado bien,
.
Luego anadió bAstante conmovido, pero muy
dut:Oo úe si:
-En tfeeto, Lucía: la amo á usted sinceramen,
te y no podría. dejar de amarla auni.¡ue a~ e~ferfamara. y be pfüiera fea, pol'que amo pnnc11mlmente su iD1eligencia y sus idea!;, y s~ alma, pormas 4Utl también amo tiU talle, SU:! OJOS y BU b )·
ea. U,:llell piensa como vo en muchisimoa asuntos y A Ja verdad tiene usted mil.a tnergía que
yo, lo curtl eu estos momentos me espi,nta. ¿Meestimará usted lo bastante para 11.ceptar mis pretensioneb? Tengo miedo de ser un poco desprcciKdo ¡.,or mis nerviosidades y wi voluntad de eecaso vig-or, pero no puedo comprometerme á
ca.mbbr porque rnentirfo; ese defecto no dt-pen.
de de mi y es superior i\ tos esf111,rzos de mi r11zon. 5's po.,ible también qui:, me encuentre u~tl'd
uewa~11&lt;10 vil'j0: soy ULHl especi~ de ruina quo
aún puede tentrse trab11josamente en pié y no
trato de disimular que Lengo muy pocos au-ac•
tivos como no St'a para 111 sepultura.
L11 sr111 isa de Lucía se ilCentuaba al oír lit mil.•
nerit 01igiunlque t1mfa Darlotdedt!ei,der sucausa, hacicudo resrtlta.r con lealtad los defectos quecreí11 tener.
Darlot siguió:
-Usted es joven y fuerte por la voluntad y porla intelige11cla, y potl!Í!i ser para usted motivo de
sutrimiento dar::ie un m11rido tan desemejaute ...
No me conteste usted desde luego; retlexione llla.y
bien sobre mis proposiciones. Amo1· es lo único
que puedo ofrecer A usted, y un amor como el
m[o lit verdad que no vale gran cosa.
-Las objeciones que estA usted haciendo, no
existen, dijo Lucia. Tt1l como es el carácter deusted lo estimo y usted personalmente me es
agradable. Sólo bay una cosa en que usted no
ba pensado y que comtituye la dificultad real:
mi Jiberra.d, mi modo independiente de vivir. No
me diga u:;ted qut:1 Jo c»nservaré después de cas11da, porque eso es inadmisible. No quiero que
mi marino, fi lkgo alguna vez A tenerlo se someta A mis caprichos, porque no lo estimaría.
-Sin emba.rgo, nuestras voluntades pueden
ponerse de acoerdo para funcionar sin oprimirse.
Creo tener los mismos gustos de usted por los.
viajes y los c.11nliios, lo cual es ya una buena
condición.
Lucía movió la ca.beza.
-No es esa sollimeme, dijo, lo que me preo1.:u_pa: se trata sobre todo de las acciones diarfas,
que yo ejecuto sin cortapisa de ninguna especie
y sin tener que preocuparme de lo que sobreellas c,pine cualquiera otra persona sea quien
fuere.
-Sin embargo, esta independtrnci'l 11bsola.La
tiene ahora una explk,11.:ión 11aturaJ 1 puesto qu&amp;
proviene del td:lt11nie11to t:1n que u,ted se eucuentra. ¿A pesar &lt;le sus firmezas y energías de espíritu, no Je hace á usted falta la 6ens11ción de
una ternura en torno suyo, alguien A quien amar
y que también la ame ;'L nstt:d? porque la afee~
ción que se puede tener por hermunos y hermanas, asi como la que ellos tienen, es solo una prolong11 ción del dulcll carillo de la infancia. Pero e!.
verdadero amcr¡ el que quiero de ustea y le ofrezco, tiene por alimento fanda::..ental la dicha de sacrificar uno sus gustos y sus preferencias, ante
las prdereaci~ y los gustos del Eér amado, No
estar ya solo en el mundo¡ sentir que la vida y
la.. m°:erte propia importllll á algoien, y senta-as1 mismo qne se es necesario para 111 dicha de
otro, todo eso es lo que ~oacentrado en un sentí•
mi~nto real y recíproco hace la ventura, pues
evidentemente ninguna persona discreta como
usted. seri11, ~paz de enagenar su libertad ~n provecho de los caprichos del primP.r individuo decente y honrado que viniese á ofrecerle A usted
su mono.
Lucia permaneció pensativa.
Darlot continuó:
-La cuestión, pue;;, se reduce A saber si puede usted amarme pur.¡ue eso lo al!anarfa todo,
¡Es tan grnto y tan cómodo eso de las mutuascomplac~Dciasl Ac1tbo de deci,rle á usttJd que
t~n~o sus mismos gustos por los ~ambioa y por
v1aJe, Eso es verdad, pero son guslQs nuevecitos
nacidos ah_ora que estoy enamorado de usted►
pues anteriormenw preteria el reposo, y c1al,.

•

qniera partida me era penosa como si se me desarraigara de un punto a1~11ldo .. Tengo el_ alma
melaneólica y ne puedo deJilr mi casa, alPJarme
de un amii,to sin opresiones en el cort1zón y sin
sentir la idea de que scaso es lit última VPZ que
tengo tales sPnsaciones; pero desde el momento
en que estuviera yo al lado de usted sin separarme nnnca, es como si no me separara ele nadie,
pues siendo con usted, ya. sea tp Finlandi/\ ó en
Túnez en Egipto 6 en.el Brasil, estaría yo cerc\l.
de cuanto ama mi corazón. Amor !;Oberano que
tc,do lo borra para exbtir impe1 ioeo y úmco.
-Amor peligroso, dijo ella, realmenle coomovida, pues hace colocar todas Jas espernnzas de
la vida en un ser mortal.
-No despierte usted la posibiHdad de la Eeparación definitiva, exclamó René palideciendo de
angnsti11. Ya he sufrido desgarramientos espantosos! Sin que hay n ln,rar A dudas, lss gentes
que no aman son mucho menos d&lt;·sgraeiadas,
puesto que no se inter~san mAs que por super·
sona, pero también P~ :erdad q:ie no conoce? lo
que es vivir. Su teltc1dad es s1rmpre npgn11v11;

drsconocen las alegrías del amor, de la abnega•
eión, de ser útil A algu!en. Yo, preflero sulrír á
ser insensible como esas rocas ó como esas briz1111.s de yerba. ¡Y después de todo, tampoco está.
bien demostrado que las yerbas y las roca.s carezcan de sensibilidad! Las flores deben amar al
sol puesto que mueren durante su ausencja_ ....
LuciH! Rdlexione usted y no me conteste todavía si tiene al¡nrna vacilación. La verdad es que
, o no put&gt;dO ofrecer á usted más que amor y toda la ddensa que puedo hallar es esta: Amo.
Pero si usted pudiera llellnr A amarme también,
cré1tlo, sería mu.cho más feliz de Jo que es usted
s.boriL . .... El aislamiento no es bueno.
Despué:; de que René aC'lbó de hablar un prolongado silencio reinó entre los dos. T,a brisa del
mar, encalmada, apenas tenía fuerza para inclinar
Jos matorrales y para estremeceun sus tallos Alas
llores recien abiertas y olorosas delosjuncos. Las
c11mpanas dt! l&amp; capilla de la Claridad se habían
callado.
El eol descendía hacia la mar inundando los cielos y las aguas de una ancl11\ fra nj,i. de púrpura.

Nubecillas ligeras de color cobrizo se amontonaban en el occidente, y un rayo vivisimo de luz
danzando sobre la cresta de las olas venia desde
el horizonte y parecia una cinta de oro tendida
sobre la onda szal. Calina inmensa caía deleapacio, subía del mar tranquilo, flo taba en el ambiente y envolvía todas las cosas, y un sentimiento de
quietud y de serenidad llenaba aquellos dos corazones que aC11baban de abrirse el uno para el
otro.
Entonces Darlot y Lucía sintieron algo como
la pérdida de la pesantez y el alejamiento de la
tierra ..... .las gaviotas y las golondrinas: que
volaban muy alto, les llevaron en sus alas la soi1a&lt;1ora imaginación por el espacie, diáfano v oloroso, y la natnraleza toda, á la que tanto amaban,
les penetró serena y augusta; creyeron que ella
les amaba también,que era suconfidente,quepreseneiaba la unión divina de sus almns y que la
aprobaba . . :. Lucía tendió la mano a. su amigo y
él la aprisionó entre las suyas.

�48

11 EL

HUNDO ILUSTRADO"

49

EL OBST,\Ct;LO.

Así permanecieron largo tiempo ain decirse
nada ¡:,orque no ha} palabras con que pueda ex-

EL OBSTACULO

preBllrse lo que sentí1tn. Luego ella tembló ligeramente, porque la brisa empezaba a. refrescar
con ht pue,irn del sol.
-Vamos, dijo René. Tiene usted trio.
DrRceudieron del pt:Mn y Lncfa dijél:
Vendrá usted A visirarme mAs tarde? Leeremos el sw•,10 de una noche de estlo
-No. E:;ta noche no, porque no hay poesía e&lt;icrit11 que valga lo que ahorl\ ten,{o dentro d~ mi
alma.
Cuulquiera otra 1,oesía. es muy inferior y quiero repetinuela con deleite {L solas, porque para la
exp1rnsió11 de mi espíritu necesito unas horas de
solt!d11d Permaneceré en In playa una parcede la
noche y volveré A este mismo sitio p11r1t hablar
con Uli conciencia de la telicitl11d. Adíos!
Se dieron otra. la vez la mano, y luPgo Darlot
pasando su brazo al rededor del ta Ue de Lucia la
aproximó it el y le dió un beso. Despué3 se separaron y ~iguló cada cual por su c11miuo.
Luci&gt;l co 1 p1so lento tomó el desuMsR. No que1fa rrfle:xionar sino cuitndo m:l.'I sollar, dej1lndose
desli,rnr Auna impresión muy dulce: al recuerdo
de la horn df!lieiosa qu~ acab,iha de pasar.
Ei 11ecc3ario saborear bien es'ls rart1s horas
de fdicidad absoluta. La tris~eza y la desgracia
l'St1\n siempre en Acecho de las personas felices y
lc11 dejan poco tiempo de gozar.
Ya cerca de la aldea, en el sendero arenoso
11.biHlo sobre la roca, vió que venía hacia ella u11
hombre que andaba~ pasos precipitRdos. Lucía
lllllió de su ensueflo v reconoció á Roherto Le
CIHC 1 que caminaba muy de prisa con el aspecto
de un hombre que huye.
Roberto se le acercó reconociéndola ll su vez y
le diji) con voz alterada.
- S11Jgo de la casa de usted, pues querfa -.cr A
uted autes d~ partir.
-Antes de partir .... ¡cómo! ¿pnesqué seva usted? B,;o es imposible.
-1'.irto .... Parto desde lueg-o: y si hubiern un
medio de estar ahora mismo en Montpazier Jo .tCl'JJ·
rnria c:1alquier11 que foese, co11tcstó él cu11 u111\
e•peci~ de furor reconcentrado deMpiuudo con
la punta del bastón una copadejd.ram'lgO;bilres •

NOVELA ORIGINAL POR Mme. DANIELLE D'ARTHEZ-Ilustraciones de nuestros talleres.
V.ERSION ESPAÑOLA. DE 11.EL :MUNDO ILUSTRADO"

\

..
Número 7.

\

1

\

tr.?i:.

Luda, bruscamente an-ebatarla A su propia
dicha por el dramst que presentíil, dijo l'eco •
br1111tlo su sangre fría y su firmeza de Animo:
No sale tren por las tardes. No puedo ustrd
p1rtir si no es basta mallana. ¿Quiere usted !rncer
,.¡ r,,•·or de decirme lo que pasai'
El n11.tural reservado de Roberto era contrario
A to 11\ confidencia., pues le repugnaban lasintimidndes; de ordinario era inaccer;ible y no dej11ba
quo penetrara nadie en las profundidades de su
Hlma; pero en este momento sufría y su frritación
y su 11m!\rgura erau demasiadoviolentasparaque
i:;o pudiera contener.
Por otra parte, estiru11ba .m mucho l&gt;ls altas
pn:ndas de discreción y talento de la mujer con
4uien hablaba; asi es que no vaciló y le dijo:
-Entre ella y ye todo htt terminado. No mP.
ama, nome ha amado nunca: tengo }aprueba. !Y
p.-nsar en que he sido bastante loco para venir ,1quí
cspnando Que me II\ llevaría! Pero no podía crt!, r
cu r;emejante indiferencia...... M11ril\ M11gd.alec a
t·s i:ect\ y dura. como este pedaz(I de piedra.
Roberto golpeó violentamente con su bastón el
rxtremo de un11 roca m:\s elevada que las otras
e11 lll orillA del camino. Lucia sin tomar nota de
In 11cusación lanzada contra su amiga preguntó:
-¡,Quiero usted decirme lo que ha pasado.Vamos A mi casa.
-No porque ella no tardará en venir y no
quiero ya verla más. Lo que ha pasado, no se lo
¡,uede usted figurar. Rehusa irse conmigo AMontpazier.
Lucía fijó en su interlocutor una mirada inye,,lil{11dor11.
- ¿ Y es bien cierto que ella rehusa irse á .Montp¡¡zit&gt;r á vivir con 1isted?
Uoberto hizo un ademAn de col era.
-Ah! si. ... olvidaba que Udted es conocedora
,11• su querella: ha debido contar á usted tod11s
Jiis inclignns persecuciones que la hacia sufrir mi
11111dre ;,no os asi? Se ha aplicado el interesante
}'h pl'I de víctima .... 1
- Pur~ 110! dijo Lucía con la tranquilidad mAs
,rr.rnde. M 1g es muy reservada bajo su aparente
abandc no, ~- apenas me ha dejado emreYer que
lt ., bía nlgunos puntos de desacuerdo entre ellit y
1.t toeO.orn Le Clerc ¡ , pero yo he adivinlldO el res-

to lo cual no me era muy difícil, habiendo podido como pude observar poi mí misma el estado
de las cosas durante mi permanencia en Montpazier. Creo que hastit le b11blé A usted mismo muy
sP.riamente sobre el particular .....
-Oh! ailadió Lucía viéndolo hacer un gesto de
impaciencia¡ no me crea usted tan importuna que
vaya ahora á. hacerle reproches por no haberme
escuchado entonces, ó para vanaglori11rme de haber previsto desde entonces lo que ahora está sucediendo¡ yo estoy bastante desoloda a. causa de
este suce10 y eso es todo. Vamos, dígame usted
se lo ruego, los detalles de lo que ha ocasionado
este rompimiento.
-Ah' La cau~a de este rompimiento. Pues sencillamente porque yo tuve la poca cordura de c:i·
sarme con una nina cuya educación no era bits
taote sólida ni ba:111da en sanos principios. Ella
quiere exigir todo de los demAs, sin dllrles nada
en cambiv. La cau-a rle nuc:stro rompimient: ....
que no me ama, que no ha visto nuncJL en mí más
que un marido rico y en buena p.::sición . ... Eso
es todo.
-Está ust?d muy encolerizado dijo Lucia lIRrtley con la ex11ctitud de su buen sentido. Cálmese usted y trate de reft!rirme detalladamente todo lo que ha sucedido, pues ac11so lb podré ser
útil. ¿De qué le sirve á usted indign11rso contra
ella, sobreexitándose as! más y m!l.s? Si María
Magdalena, egoísta y desamorada no viera en
usted más que un 1u11rido rico, r si ambiciosa no
pensara más que en la posfoión soci11l 1 volverfaá
!iiontpazier y se sometería al yugc de su suegra
antes que perder aquellas ventajas. Pero no, no
quiere eso, y su rebelión pt ueba su desinterés.
¿No le parece á usted Jo mismo?
-Es Yt'fd11d, contestó él eon acento irónico, ya
estaba yo srguro de an:-emano de que usted le
daría la rc1zóo.
-No le doy la raz-0n á. nadie: ruego A usted

solllmcnte que me refiera cr,n detnllel:I lo que
acaba depas1:1r entre ustedes dos.
H.o berto la dijo, entrecortando su relato con exclamaciones de cólera y revistiendo A Maria Magdalena de los más detestables sentimientos, lo
que hablaron ambos, y la set!.orita Hartley le oyó
sin interrumpirle dando muestrMs de gran calma
y serenidad. La exaltacjón de este hombre tan
reservado de Clrdinario la conmovió, porque era
una prneb&lt;t. de que había sido herido en lo mAs
hondo de su ternura. Amando ccmo amaba á ~fa.ría ?ilagnalena, habría creído sin inconveniente
'.}Uepodfa exigirle en nombre de este amor la sumisión ansiada, y conclwa que no era amado por•
que no se le hucia ese eaeri!icio.
-E~tá. usted muy agitado esta tarde, seft.or. El
negocio es tan grave que en mi conc.:&gt;pto, no debí/\ uited decidir nafa EL la ligero. Deje usted al•
,runas horas de plazo para que reflexionen los
dos, y h.:iga usted mal11tna una nueva prueb11.
- • o! Todo ha termínado. Mi resolución es
irrevocable. Me opuso una indiferencia glllcial
que nada pudo vencer, y no hallé en mi carift.o
expresiones bastant~s para conmoverla. Si la hubiera usted visto inmóvil, sentada frente A mí y
sin mirarme casi! :No, no! Maflana me voy; y lo
único que lameeto es no poderlo hacer en este
mismo instante.
-No admito semejante pricipitacióo, dijo Lucía con firmeza: usted en estos momentos se está.
dejando arrebatar por accesos de furor indignos
de un hombre inteligente, y en vez de emplear la.
voluntad en cbligar al pens~n1iento A formarse .•
ideas tranquilizadoras, se exmta usted m!\s y
más con imprecaciones y acusaciones exageradas.
(Concluird.)

0

Yo la conozco, le tengo mucho cari1lr, y ruego
á usted se convenza de que no soy capaz de amar

á personas que se11n indignas de mi estimación.
Si ella fuera la intrigante menuda y vil que usted supone, ni usted ni yo 111. hubiésemos amado
nunca. Todo lo que ha pasado entre uatedes es,
en efecto, muv sensible, pero ciertamente tiene
todavia solución posible; en tanto que si se obstina usted en partir sin procurarse una nueva entrevista, esto acarreará una desgracia de torio
punto definitiva. Despuéi de una separ»ción. entiéndalo usted bien, seflor Le Clercq, nada absolutam1&gt;nte nada. será. bastante para inclinarla A
que de nuevo vuelva al
•lado de usted.
Que haga lo que
quieral que regrese A la
'Ünica vida á que la llaman su gusto é inclinaciones entre los amigos de
su padre! Esto, esto es
lo que le talta: socieaad
·&lt;:on gente bohemia y
aventurerR. No pueden
bastarle para su trato íntimo gentes honradas y
tranquilas.
Lucía, ligeramente contrariada al verlo tan cerrado contrs. lo que ella
pensaba ser el buen sen·tido, le llevó lejos del
eamioo donde ya. varios
ttanseuntes les ha bian
observ11do !iján iose en
la ex111tación de Roberto.
En la landa cortada por
•el camino había rocas
planas y muPgosas A pro1pósito para servir de
asiento.
-Venga usted acá y
•conversar~mos razonablemente, si en el est&lt;1do
de ánimo de usted es posible tal cosa. ¿QuiHe
-usted volver á. ver á Mit•ria l\lRgdalena?

meter A un despotismo im,oportable que yo misma que tengo tan alta dosis de c11lma, no habría
podido soportar ni un minuto, n: aún por complacer al hombre que mAs hubiese amado en el
mundo.
Siempre y por todo y para todo, l1t ha hecho
mted someterse á la voluntad de hierro de la seflora Le Clercq para Jo cunl uo tenía ur,ted dere•
cho social ni moral. La CRsad11 contrae deberes
p11rl\ con su marido, pero no más para consumarido, los cu11les no son trlln~mi~ibles porque se llegarla al absurdo metiendo terceras personai, en

-Xo.
-¿Entonces v11. usted
partir así, solo, convencido íntimamente de
-que esto concluyó ya pa•
n toda la vida y que A
usted Je importa poco lo
·que sea de ella en el por-venir?
Roberto apretó los puftos, y con una increíble
~xpresión de obstinado permaneció mudo. En'tonces Lucía perdió la paciencii1, pero su indignación fué una indignación sin arrebatos, imponente por su serenidad y por su aplomo, indig·nación de persona sensata que le hizo decir crudamente cosas duras con entonación reposada.
-Si obrara usted así, sería digno de que se le
-considerara Austed como un loco 6ocomo un hombre malvado. Déjeme usted hablar; ya despué3
me contestará.. Soy yo quien va A hablar por:i\laría Magdalena y A hablar francamente. Usted se
-cree muy generoso porque la ha tc,mado sin fortuna, y esa es una idea mezquina porque se con•
trae de un modo egoísta A pensar en usted y no
,en ella que, la verñad, nada debe it usted.
Al casarse usted, cQntrsjo la obligación impresdndible de amarla y protegP-rla, y ha faltado us•
ted á su palabra, porque si h ha am.:ldo ha sido
no mt1s que con egoísmo, tomando de ella lo que
era del agrado de usted pero sin preocuparse de
su carActer, de sus guetos, ni de sus 11"piracionee.
En lugar de protegerla la ha querido usted so•
•.1,

el comercio intimo de la soc crfad conyug11l. A
María Magdalena usted de un modo irracional,
injusto, y basta inicuo, pretende obligarla y
por 1tbdicación A que prescinda para siempre y
de un modo radical y completo, de todas sus preferencias, de toda su voluntad y de toda su dignidad.
¡Y persiste usted hast11 el río y Je trae como
panacea para todos loR mllles preeences y futuros, una irrisoria combinación imposible de ser
aceptada. ¿Pues qué, lo que se le proponía no
ua la misma vida pasada volviendo Acomenzar?
Magdalena no le pide á usted lujo, sino la libertad de vivir tranquila sin uu eterno vigilante
de sus actos mAs íntimos, que todo el día esté interviniendo en todo sin dejarln moverse, ni pensar, ui respjrar sin;: con arreglo á. un progl'ama.
que crece todos los días.
"No me agrada est~, no debe usted hAc&lt;'r lo
otro, obre asted en este ó en aquel Rentido. No
quiero que sea usted joven ni reliz ni riente, sino
que rompa con sus a11os. con el 1tmor de su esposo y con la alegl'Ía de vivir, y se venga conmigo

A una sociedad de viejas histéricas á curar enfermos y á cuidar chiquillos miserables.''
Eso es tunto como preLender que un canario
acepte los hábitos, gustos y preferencias de un
buho.
Sí: Magdalena ha hecho muy bien; ha tenido el
valor de ahogar su ternura y su amor ha.cía usted y de preferir el abandono y un porvenir incierto á la situación humillante que le vino usted
A proponer, y esto me hace estiwarla más. Pero
la fuga de u ~ted, su resolución dó s bitndonarla,
son incalificables. Después de haberla tomado
por capricho, como se
compra una lind11 muñeca no mAs que para gozar el c : mprador, y sin
tener para nada en cuenta m!lsque el propio placer, cuando se descubre
que esa mulleca tiene un
cará.c~er ,. un corazón,
se la deja: ... Que sea de
ella lo que Dios quiera,
que el mundo la acuse
de indignidad, que su
padre la rechace,que lle•
gue ~ ser en lo futuro
noa mujer caída, peco
importa! Usted se erguira en la cumbre de su
intrgridad de l1ombre
digno y no tendri\ ni aún
remordimientos.
Roberto temblaba al
oír cada una d1, estas frases incisivas y dol'lrosas
como latigazvs. Si Lucía bubit.ra sido un hombre lo h11 bría abofeteado. Hundía las unas en
las palmns de las manos
y se mordía los labios
para no responder, y sin
t!mbargo, en medio de
1:,u furor por haber sido
tratado de esa manera,
admir11ba la actitud va.
lerosa de Lucia llartlev.
Había mucho de verdad
en lo que ella le babia
dicho, pero penetrado en
la idea del desamor y la
indiferencili de su mujer,
estaba endurecido.
-Con mucha tranquilidad he soportado las palabras de usted, dijo, y
. mi contl3stacion es esta:
parto. ~lagdalena sin discusión se negó t\ seg-uirme y ella misma es la Que ha decretado nuestra
separación. Está bien. Si quiere venir á mi casa
la acojeré. No debo hacer mAs.
Lucía suspiró y después de unos instantes de
silencio agregó con su misma voz serena y !irme:
-1 No quisiera verme en !a situación de sumamá de usted!
-Mi madre ha demostrado una generosidad
por &lt;'ncima de todo elogio.
-Lo mAs elemental era. consentir en lo qne le
pedía su nuera; y sí no quería verlos á ustedes
pobres ¿había más trabajo que el de regalarles la
quinta y el millón que va A emplear en una institución de beneficencia qne no tiene el deber d~
fundar, como lo tiene de proveer a. lll existencia
de usted? Pero yo no discuto estas cosas sino
que solamE"nte digo que se va á encontrar en un
est11do de conciencia muy embarazoso. Cuando
usted le diga que entre elll\ y M11gdalena ea ella
á. quien usted ha elejido ¿r¡ué irA A responder?
;.Qued11rá conforme con que um,d arroje á su e ➔posa, para permanecer viviendo :!Omo hijo dócil y

�50
sumiso? Tengo curiosidad de saber lo que harA.
Roberto contestó secamente;
-Mi madre, en cualquiera drQunst11ncia, hará.
lo que debe hacer. Ruego á usted, seilorita, qne
no mezcle ¡;u nombre en esta discusió11.
-Su personalidad estll sin embargo tan penetr11da en el rondo y en tudos los detalles de esta
situ&amp;ción, que no se la puede descart11r.
-En ese caso, demos fín á. toda discusión, gritó Roberto e:s:aspnado, converi,ación que en último irnálifis no conduce más que A irritarnos á
Jos dos. J\Ii resolución es irrevr,eable. Si :Maria
Magd1dena quiere volver sin condiciones á mi casa, la recibiré. )[e voy, y ésta será la última tent11tiva que habré hecho cerca de una mujer á
q11ien nunca le he inspirado más que la mfls complern. indif,m•ncia.
, Lucia le vió con verdadera angustil\ alejarse.
, llitbi'l hecho todo lo posible por evitar esta resolución extrem11, pero nada pudo influil sobre
este carácter obstiDMdo en una idea fijt1. y para
el cual todas las rebeliones de Maria M11gdalena
se re11snm!1tn en este pensamiento: no me ama!
¡Pobre Mag! ¿Qué iba á ser de ella? ¿De qué
lnclo se iba á poner en estas circunst11ncias? El
:Doctor, A las p1imei-as palabras, lanzaría gritos
de dt&gt;sesprración, v se rehusaría á recibir A su
bija. L'l simadón era en verdad difícil, pero Lu&lt;lÍl\ reser vó para el siguiente dfa pensar en los lados prActicos de este negocio. Ya Mag debía haber n•gresado á su casa y es seguro que estaría
~n un doloroso decaimiento y desolación encontrándo,e allí sin su amiga.
Lucfa apresuró el paso y llegó prontoll laquinta. Lns ventanas de la sala, abiertas, dejaban
ver la mesa del té ya lista y preparada; la IAm•
para encendida, los cubiertos adornados con flores frescas y servidos sandwichs, galletas, asados, fiawbres y las tres sillas simétricamente colocad11s. ¡Qué agrl!dable veladll habría podido
pasar Lucí11, sin los acontecimientos que estaban
ocurriendo á su pobre amiga!
• Esta comida por lo común tan íntima, !ué aquella tarde triste y melancólica. Maria Magdalena
no quiso tomor mlls que una taza de té, y Lucia,
luchando vigoros:imente, pensaba en lo que sería
necesario decir á su amiga para darla un poco
rle valor. Evidentemente la pobre joven había
]legado 11I fin de sus fuerzas, Jo cual aumentAba
mucho la i ntensidad del sufrimiento: estaba como tmb1 utecid a y sus miradas eran veg11s y ató•
ttitas.
Cnando lit criada, terminado su servicio de
mesa, laa dejó solas, Lucill. le dijo con itcentb
tra1,quilo y afectuoso:
-M11g: no le he preguntado lo que pasó entre
usted y su marido, pero la ausencia del seilor Le
Clercq y la actitud de usted no me dejan lugar A
pensamientos alegres. ¿Han reflido acaso?
María Magdalena se quedó viendo a. su amig,a
con 11demá.n de súplica.
- Xo hablemos de eso esta noche, Lucía. Estoy llecba pedazos.
-AJ eontrario, darli11g es preciso que hablemos de ello desde luego. Ese es asunto demasiado grave y no puede d"jarse para mafl.ana su discu1,ión. All.:.ra. su marido de usted está aquí todavitl y sabemos donde se le puede encontrar,
pero m1:1ilana será tarde porque habrA partido.
• -¿Crre usted entonces que realmente partirá,
que me abandonará?
Era para l\Iarfa Magdalena esto una cosa tan
inverosímil, que ni ~iquiera le babia pasado por
la imaginación. A través del recuerdo candente
de la última entrevista venían otros recuerdos de
bcras de amor que la tranquilizaban, presem{mdole como imposible el hecho de que Roberto se
decidiese a vivir sin ella. Lucia no queriendo
desauimarla contándole lo que babia hablado
cou su marido, Je dijo:
-Debemos dRr por sentado que eso puede muy
bien suceder. Mientras le sea á usted posible ir
personulmente y hablarle y realizar entrevistas
inmediatas, nada es defü:itivo, pero cada hora
,¡ue p1tsa prc,fandiza el foso que ya separa á los
dos. Si su marido de usted se va sin haberla
vuelto A ver, la dePgracia se volverá irreparable.
)[aria. Magdalena se quedó mirando á su amiga
con ansiednd y le dijo:
- En efecto me ha hecho sufrir mucho ahora,
porque me trató con dureza; pero si pretendiera
acercarse otra vez .. . ..
As, no! Roberto tenía demasiado orgullo para
intentar una reconciliaci.:in. En este momento mismo estaba tan desesperado como ella, y como ella
veía terminado el objctode su existenciaqueque-

" , • EL OBS'l'.IOULO.

EL ,ll1JN-DO,U,U$TRADA 11

11

daba ya sin punto de mira y sin la menor esperanza de felicidad, pero se sostenía en suresolu•
cióu por este pensamiento martirizador: puesto
que ella no me ama, nuestra vid¡¡_ juntos seria intolerable.
Ln&lt;'i.t e¡rregó dulcemente.
-Querid11. mfa, es µreciso renuPeiar A la espe•
ranza de que Roberto vuelva. A. solicitar de usted
una nueva entrevh1rn. Tiene un orgullo especial
par,, esa cir,:unstanciil: pero si ve que usted Vil A
él, la acojerA con alPgrfa. Eu cuantoádarunpaso
para procurarlo, no lo rlará.
- Si! dijo M11g con amargura. Tien, más orgullo que amor.
-Acaeo no e~tit bien convencido del amor de
usted.
- U,tedes han ht1blad0, Lucia, han babladr.
-Iocap1tz de mP.11tir, Ludll coutestó:
Es verd11d Magdalena, lo he vi~to y estaba
muy disgustado.
-Yo también.
- Pero su pena viene de que cree que usted no
lo anrn, en tanto que u .. ted no tiene con viccióu semcj~nll'.
M1ted11ler,a i;c quedó pensativa y lue¡ro dijo:
-Todos sus actos, sin f'mhargo prueb11nque~i
me am~. me ama ruuy poc.o ¡mesto que siempre
prefiere á. su m11dre.
- No Je reprocha usted eso: la ternura filial
honra á ouien la sit:nte, interrumpió Lucia estor. za.ndose en abogllr por una cos!l. que ella misma
cooden11bi.
-Por úhimo, si('n-00 capaz deirse 11sí y consentir en una scparnción ¿debe creerse en su amor?
¿en mi caso creeri11 ustedi'
-Yo comprendería muy bienelc1tso, pueseomo
él no se cree amado, esta idea juslitica todos sus
Retos por mh enojosos que eean. Véamos, Mag,
¿usted eetA ~n la ptrbuación dequeRob~rto seca•
só por amor?
-Oh, Dios mio! se me ha echado en cara tantas veces esto que ya 110 lo puedo dudar, exclamó
la joven suspirando.
-Aunque se Jo l1ayan echado á usted en cara,
el llecbo es cie1 to y le de be usted por eso gratitud. Lo que pasa es que acaso usted le demostró
fri11ld1:1d y eso explicll su actitnd prPsente.
llagdalena se ruborizó y contestó con viveza.
-Aseguro A usted, querida Lucí~, que Roberto
y yo habriamos sitlo muy felict&gt;s bin mi suPgra
pues ella ha sido la única causa de todos nuestros
disgustos. Su bondMd, demasi11do ... .i11rperiosa
nos ha oprimido de tal suerte, ha pesado tanto sobre nuestras acciones y basta sobre nuestras palabras, que teníamos siempre la apostura corree·
ta de personas bien educadas que llevan veinte
a:llos de matrimonio y que ya se cansaron unn de
otra, y no el 11specto de uno, recien casados alegres y expansivos. Una opresión semejante es un
verdlldero suplicio.
-Y mAs necesario, amiguira mía, es que no recuerde usted antiguos agravios sino que trate por
el contra, io de d1ulos al olvido Piense ustel y con
mucho detenimiento y ~iacreción en que estA usted en un momento muy grave y detenida en t:l
punto en que se cruzan varios caminos que deci•
dirán de la felicidad ó la desgracia de toda la
vida según el camino que se tome. Pocas borasle
quedan A usted pll.l'a tomar un psrtlao y después
ya será tarde. U:i·ed ama A Roberto,esimposible,
inadmisible que se resigne usted á perderlo, y por
consiguiente la cuestión de amor propio debe colocarse en un término muy secundario. Vea usted
pues, examine bien si puede armarse del valor
que se necesita para someterse A las condiciones
que le propuso su. marido.
-No son de ningun modoaceptables,gritól[aría ~!agdalena levantándose con agitación. Medi•
dijo (t. In cardo ra y A la conciencia de usted. ¿Cree
que pueda yo recomenzar la vida que he llevado
desde que me c11sé, agravada ahora por la circunstancia úe est11r en gnerra ttbierta mi suegra.
y yo? Digeme usted con toda frauqueza: si estuviera usttd en mi caso ¿aceptaríii?
-Pero .. dijo ella vacilando. Yo no te11goelcariLcter de ust-,d lleno de dulzora afable y graciosa, sino que soy brusell y autoritada.
- Repito mi pregunta: ¿aceptaría usted?
-Tal vez .... si amara.
-,No: Csted sabe muy bien que rehusari11; que
nunctt. habria sufrido, ni por un día siquiera el
despotismo hij'.lócrita y meloso de Ja senor11 Le
Chercq, en tanto que yo lo he hecho hasta donde
alcanzan los límites de la posibilidad: y usted sabe asimismo que Roberto exige una cosa. insensata pretendiendo volver ll lleva::-me á casa c.eesa

mujer deFpués de una ruptura tan violentacomo
la qu~ hubo l!ntre nosotros. Con vi~ta de todo_ es•
to, ni acepto ni puedoac pt11rpropos1clón semeJante y me mantengo Po mi negativa.
.
-Piense 11strd }lag, que esta es unasentenc111
de separnción para !t1empre .... !
La hermosa joven hizo un e1,fuerzo sobrehumano
para no romp~r en soJlozos y con~uvo cuanto pudo las lágrimas que, rebeldes al fm, comenz_aron
A correr 3ilencios11111ente, pero no protestó m con
una palabra.
.
-No obre usted b11jo el imperio de un desalientomoment.áneo: piense usted, querida mía, qué triste le va á. ser verse defiuitivamente sepan1da de
un marido Aquien ama, y encontrllrsesola despné~
de haber tenjdo una familia. Piense usted en todo
lo que puede scbreveuir.
y como Mag permanecía muda, la se:liorita Ilarlley 11111:1dió con el calor que le inspirabt1 tan embal'azo:111 situ11eión,
-¿U»ted me preguntA si ceded~?- 'ues blen ¿la
verdiid? fil Usted pasa poi· una crms extrema y
con su ace}Jtación se produciría una tregua. EsLoy st'gura de que su marido, satisfecho cou e:!1\
muestrt1 de docilídaCI y sabiendo ya además que
tie11e nsted un c1:1.rActer, no tolerar!\ mAs qoe su
madre la oprima A usted. Nlla. misma, µienso
que en adel1:111te respetar~ mas los derec~os dcsu
uuera y en Irn, mi co11seJo es que e:,ta m1swa 110che bable ustt:&lt;l. con Roberto. ¿Verdad que berA
lo m1.-jorl' Voy a. ponerme mi abrigo pa~a1rnompa•
:llar á usted. Es absurdo jugar con la d1eh11 C\JtuO
lo hacten ustedes dos: hay que sacriticur el amor
proµio al deber.
Alilría Magdalena contestó con firmeza:
-Gra.ci11s, Lucia! E~ usted muy buena y se
eetA haciendo violencia para.pr~&lt;liearrue un s;stema de conducta. que usted misma no seguida. No
creo que d1:1ba ceder, y no lo haré. Lo wejor es
que no hablemos más de eso.
-¿Y qué vu usted A h11cer?
-Lo pensaré .... Escribiré A mi padre.
Hubo uoa pan;a. Las dos sabfan muy bien que
este recurso tra ilusorio.
-¿Y si no consigue u:1ted nada del Doc•orP
-Haré lo que otras que v"len tanto como yo:
lo que baria u:,ted misma: trabajt1.ré.
-Lucía estuvo á puDLo de preguntarle: ¿y en
qué\l pero no quiso abatir más á su amiga . El valor real de que estabn dando pruebas le era 11gradable y respondía A sus propias íntimas con.,icciones. Y le sorprendió tlinto más cuanto que Magdalena, pequeftitn, mimada. y educada entre dnlzuras, no estaba como ella armadl\ para la lucha
y por consiguiente su csfutrzo morid era mucho
más grande.
Tu10ó entonces tas manecita&lt;J de la joven y
apl'etAudoselas vigorosamente le dijo:
-Bien l\I11g! Amo las namralezas enérgicas.
Despuéj de tudo, es posible que Roberto, admirllndo lo que m1ted vale, acabe por comprender
lo que se la debe. Con r1:1solución, todo irá bien.
No sé lo que contestará el Doctor, pero sé que
soy su amigR de usted y que la ami~taden mí no
es paui.b.ra. vana. Ayuduré A usted e~ to~o, no
llore, &lt;la'l'li11g, voy A prepararle una. 10fuE1ón detila para qu1:1 la tome y se acueste.

La infusión no produjo los efectos calmantes
que dese1:1ba. la sefiorita ffa.rtley, pues Magdalena no pudo coocili!lr el sueflo, sino que por el
cvntrnrio, la conversación que acab11ba de tener
la !labia sacado del embrutecimiento en que permaneció algunas horas, y vió cl!l.ramente su situación. Tomó una boja de papel para escribir A su
padre y JP. refirió cómo después de una última
sumisión había estallado la crisis inevitable y lo
que luego bahía sucedido.
Pero cuando llegó el momento de pedir un amparo, le faltaron palabras y permaneció pensati•
Vil con la. cabeza apoyada en las manos. Entonces se imaginó la ira del Doctor ante esta carta
que iba á interrumpirle en una agradtlble excursión. ¡Con qué indigat1.ción sabrfa lo ocurrid.o!
¡En qué términos Ja maJdeciria! ¡En que tél'minos Je iría ú conte~tarl Ocurriría á toda suerte de
solil:itudes humillantes cerea. de la Sra Le Clercq,
ttntes de resolverse á recojer li. su hija.
l!nría ~tagdalena avergonzacta al sentir quo
era una 1:arga pesada que todos querían arrojar,
se alejó del eecritorio; y abogAndose en esta casa.
silenciosa en que todo dormia. porque ya era tarde, tomó un abrigo J salió al ca.mpo.
El aire era vivo; un fresco perfume salino lle-•

.gaba de la mar; las estrellas irradiaban como
diamantes prendidos en tere.iopelo negro; la noehe no era muy obscura. Maria Magd11lena salió
del jardín y se encaminó a) acaso hacia la landa.
Sus pensamientoR tomaban otro giro: ahora pensaba. en Roberto, en su pasajt-ro enternecimiento
en aquel cementerio solitario y luego en la esce•
na brutal que había seguido.
. Y c•Jn una lucidez de memoria singular Je volv1ó A ver con l;is expresiones de fisonomía que
babia tenido. La imp1·esión fué tan viva, que revivió l1t hora. dolorosa en que todo se había roto
entre los dos. ¡Con qué dur za la rechazó! Con
qué altivez le preseutó el 11ltimat11111 inaceptable)
No, no! ya no la amaba. No que1i11. de 1&gt;1lt1 más
que su graeios11 y liud;t persona y este género de
afección era sumamente pasajero. Ya se acostumbraría pronto á. su. ausencia ....
Una amargura angustiosa hinchó el corazón de
la joven al sospPcbar que no podü inspirar A su
marido sentimient&lt;.s más elevados.
Mi.ría Magd!l.lena trepó sob r·e una roca y allí
se detuvo. En torno suyo todo se hundía e11 uoa
semi obscuridad transparente. Las PStrellas irradiaban incesantes y se veía, cerca de las rocas, el
coufuso amonL011amiento de piedras v matorrales. LII prorundo silencio c&lt;.rtado A trechos por
el mugiJo del viento y de las olas, envolvía el
vasto litoral. Ni un ser humano parecía. vivir por
allí.
Tembló. El horror de la soledad vino á penetrarlll y avanzó del lado por donde murmuraban
las olas. Sus pensamientos se hacían mlls am&gt;1r
gos, y las brutaliclRdes materiales de la vida, la
empezaban á torturar presenti\udo.se A su imaginación.
Su padre la rechazaría, era indudable. Pero si
abrumado p0r sus quej11s la recogía ¿qué existencia iba á ser la suytt? Sabía bien los proyectos del Doctor para el porvenir y éste la tacharía
de una necia que no solamente malograba su
propia vida sino también la de 10s demas. No to
maria pues parte alguna en su i11tortunio, sino
que la consideraría como ingrata, torpe y egoista.
No: valía más trabaja... Pero ¿en qué? Ella había sido hasta entonces inútil, put-s su educación no la tenín preparad11 para la. lucha por la
vida. Le pasaron por la imaginaci~n los recu~rdos de las mujeres que se consumen en una buhllrdilla abrumadas por la costura, y esta última
idea. agregada á sus pesares la volvió á la atonía
en que eSt'lba desde que la dejó Roberto.
Llegó de pronto al borde de la mar. A sus piés,
A algunos metros debajo, Maria Magdalena distinguía por ser la hora de la baja ma.·, las olas que
se al j11b1J.n lamiendo enormes peftascos despedazados, masas de granito qne parecían rnina:1 de
alguna ciudad ei~lópea. Más lt•jos, sobre las olas,
brillaban algunus puntos luminosos: eran las linternas de los pPscadorcs de langostas y c1rngr.,.
jos. Muy en el fondo, limitando el vasto horizonte, la mas11 inquieta del agua, las ol11s le, tas
y regulares que llenaban con un rumor continuo
la inmensa playa. Sobre todo esto resplandecía
la luz vivisima é imermitente del faro.
María Magdalena sulría. Su 1:ertbro, cansado
de dar vueltas A la misma idea, Je dolía ya y hapría querido no pensar más. Vió los puntos luminosos que se iban alejando y oyó la voz distante de los pescadores y permaneció inmóvil contemplando !anoche.
Poco á poco el sufrimiento exaspi&gt;rado por la
soledad la fué enervando basta p:-oducir una crisis f(sica, y ~intió la amargura inmensa de no tener A nadie al lado suyo, ninguna afección protectora. El mismo aislamiento babia en su vida y
en la playa . ...
Y este dolor se hizo tan punzante, tRn atroz,
que de súbito, pre3a de un delirio sin arrebatos Y
resuelta A acabar con todo de un11 vez, María
Magdalena que estaba al borde del precipicio dió
unos pasos más hacia el v1u:io, y cayó rodando
de roca en roca hasta un11 pena enorme donde se
estrelló, dejando al !in de sufrir ....
Roberto no conocía el país, y como había contado con llevarse á Maria Magdalena, dej0 sumaleta en una antigua posada de turistas que se en·
galanabl\ con el pomposo nombre de bote], _á
unos cuantos kilómetros de la casa de la se:norit11, Ilartley. Desde su ventana se distinguía la inmensa rada llena de sargasos y en la que á la
hora de la baja mar, los barquichuelos caídos de
costado semejaban peces muertos.

51
Su cólera, menos violenta, erll sin embargo
mAs profonda. y razonador. Todo lo que había bec.:ho para halllgar A t-U mujer le venia á la memoria; y la iodutgent.. bond1:1d delasefl.oraLe Clercq
bacín resalr11r la ingratitud de María Uagdalena,
prob:rndo que esta 110 tenía m1\s que un indoma.
ble orgullo y que no lo amaba ni un poco puesto
que en vez de venir con él se babia.decidido á la
ete1 na separación.
Con el corazón henchido de amargura, Roberto
pa1-0 largos horas martiri2á11dose al llrraigar más
y más esta abominable convicción: su mujer no
lo habi1:1 aceptado mAs que porque era rico y le
proporcionaba unll buena posición, y- quería abo1 a abusar de la ii1fluencü, que ejercía sobre él par/1 alejarlo de eu madre á fin &lt;le poder ser absoJutameute librP. En caso c!e que _él rehusara, renu11ciaría. A todo y re~resaría con sns amistades
de otro tiempo A seguir una vida alegre y descuiditda. Muy Lien debía eompre11der que Roberto
no Ja d('jaría sin recursos, y si11 duda quería. ir ti.
gozar de la.&lt;1 rentas y Jit libertad que le daba su
breve matrimonio. Algunos meses d1:1 contr11riedad
Je habi1\n 11segnrado los elen.eutos materiales que
ncces'taba oara 11Eegurar su vida bohemia.
Robtrto estiiba preocupado con esas reflexiones, cuando por namral contrapeso le vino esta
sencillísima y c lara: ¿y ei no era así? En lo intimo de su alma comprendía que su madre había
incurrido t-n algunos errores y que en estos momentos mismos debió c.brar de 01ra m11oera retirá r dose d1, su vida y &lt;lejAndolos ser frlices.
Recordaba las abrumadas palabras de Lucí~
Ilartley, pero las ahoga ha á poco pen,ando en la
indiferencia, en Ja hostilidad de su mujn durante
las últimas semanas, y su obstinación y el silencio con qne respondió A sus postrerns ~úplicas en
aquel cementerio en qne se habían sep¿¡rado. Pero
¿babia tal desBmor? ¿No fué con ungnin colorido
ae sentimiento y de verdad como le dijo: "Yo en
el w¡¡gón 1101 é mucho?••
Y creía sentir aún sobre su mano rl dulce calor de la mano de l\fag, haciéndole 11quella caricia
que nmovió en todo su sér el fuego caudentedel
amor.
El pobre de Roberto con los ojos enrrjecidos y
sfotiPndo un nudo en la gargan,a se levantó y se
~ s, mó á la ventan a par!\ respirar á plenos rulmo1,1.-s I l aire lrfo de la noche, y ver 6i así se dulcifi&lt;'a b11 la impresión que sentía de tener las sienes ,,¡.,riruidai, en un circulo de 11:erro. Después

Despues de un11 m1tla comida l'n un Palón muy
bajo de techo y lle110 de ingleses bulliciosos. Ro•
berta entró Asu cuarto y vino ! sentarse junto A
la ventana abierla. LA mar dfscendia, Jas ]anchas peECadoras babfan partido y Roberto fumaba inmóvil innumerablt&gt;s ci~arrilios y eontemplaba con aire absorto el cielo y la mar.
Durante las primeras horus fBtuvo oyendo el
ruido que hacían sus alegres vecinos, el reir, el
chocar de copas y botella!&gt; y el rodar de las bolas en el boliche del jurdín, hasta que todo esto
se fué extinguiendo poco á poco, entraron los pasajeros á sus cuartos, cerraron puertas y ventanas, y la aldea tamhién se entregó al buef!o sin
que quedara ei; toda ella más luz que la del
raro.
Como sabia bien que aunque quisiera no podria dormir, decidió pnsar así la noche dn.ndo
vueltas A sus sombríos peni,amientoa. Después
del primer desaliento se rt'bflcía y juzgaba con
su espíritu habitualmente sneno y rctlexivo. Se
babia necesitado un paroxhmo de pasión para
arrebatarlo al estado violento en que lo vió la
senorita Rartley: h vergUPnza que sintió viéndose rechazado por Maria M11gda.en11, el rencor
que le tenía y además la influencia de su m11du,
habían traído esta cr;sis de la cuitl apenas empezaba á volver.

de todo, era ridículo desesperarse tanto por una
mujer que no lo amaba y que a esas horas de seguro que estaria tranquilamente dormida y arrullada por los ensueflos de su próxima. vida, en
tanto que él agonizaba de dolor!
Ilacia ya mucho tiempo que nadie pii.saba 1&gt;or
el camino pues ya la noche estaba muy avanzada
y algunas constelaciones se hundían en el horizonte. La pleamar empezaba, el mugido de las
olas se hacia mús fuP.rte, y en la radll jas lanchas
caídas, movidas por las ol1:1s, parecían estremecerse.
En medio del silencio distinguió el ruido de pasos precipitados, y luego, saliendo de un recodo
del camino apercibió una forma negra que avanzab11 rápidamente en la sombra. ¿t~uién sería
aquel transeunte retardado? ¿dónde iba? qué &lt;'ausa precipitaba su carrera?
L'oa frase de S11kespeare le vino á la memoria:
«Desgracia ágil, tú cuyos piés son t11n ligeros ¿es
A mi quien traes tu mensaje?» Y esta frnse tomó
una intensidad de vida tan extraordinaria en su
ánimo, que pronunció en voz alta aquellas pala.br11s. El hombre que venía parecía correr como
respondiendo A este llamamiento, y Roberto le
veía ~on ansiedad aproximarse. ¿P11saria de lar •.
go? , egur11mente que sí, pues no tenia porque
detenerse trente Aesta posada silenciosa. Pero en-

�52

11 F.I,

1wxno ILUSTRAD0.11

,25

-Deme usted detalles .... dijo Robtrto JenntAndose trabajosamente. Csted la. vió?
- Si. Paseaba por la costa y distingu[ á algunos metros bajo mis
piés una forma blanca, Drscendí. .. . Dios mfol no olvidaré jamás el
horror que senti Las enormes dificultades con que trepé desde el
abismo con aquella niñ I en los brazos, mi c11rrera.al través de lastandas pedregosas, mi U.,gada y el espanto de Lucía.

• •

I

r

tonces ¿por qué ser.tía Roberto angustiosos é indefinidos presentimientos?
El hombre se detuve frente A la ventana iluminada.
-¿Es usted, seflor Le Clercq?
Roberto reconoció la voz de Darlol:I
-Si; soy yo ....
-Baji, usted. Neceeito bablarle Pronto. Des•
pierte usted al posadero, y que prepare un carruaje ligero en el seto.
-¿Qué hay? preguntó Roberto sintiendo una.
violenta palpitación, porque ahora ya no tenia do.da de que algo grave había rnce&lt;lido. Pero ....
¿qu.é?
-Una desgracia, una gran desgracia, pero baje usted. No se lo puedo decir desde aquí:
Roberto descendió enloquPcido. De fijo que se
trataba de Mag. ¿Qué había hecho? ¿Habría huido? Este fné su primer pensamiento. Corrió el pi·
caporte de la puerta y se reunió A Darlot en el
camino,
-¿Despertó usted al posadero?
fi -No. Quiero antes Sllber qué ha sucedido.
Su voz revelaba tal emoción, queDarlot vaciló
por algunos segundos; pero el tiempo urgía, era
necesario correr A La1.ion a traer un médico, y
René tenía aún en el corazón el horrible dolor de
haber visto á.' su 11miguita ensangrentada, inerte,
como muerta.
-Tuvo usted hoy un di.egusto con Mag ¿no es
cierto? Roberto tembló.
-Pues bien. Mag se arrojó desde las rocas mll.s
altas A la mar y tie ha estrellado en el precipicio.
'Roberto sintió un desvanecimiento y se encon•
tró sin saber como tirado en la escalera de lapo·
sada, Darlot le decía.
-Vamos .... 1 trate usted de recobrar el valor.
Vaya usted fL la casa de la sef1orita.Ilartley mientras yo corro ii Lanion á. traer el médico. Lucia
1a ha hecho la primera curación lo mejor que pudo pero está. enloquecida por el pesar. Tiene mo,
tivo. ¡Cuando pien110 que si la casualidad no me
hubiera llevado por allf, Mag estaría muerta ya!

j

·j
D11rlot temblaba; sus p1l111bras sin orden expre•
saban mejor que un largo discurso la angustia
que babia sentido.
Roberto dijo:
-Pero ¿no ha. muerto? ¿no ba muerto? ¿esté.
herida solamente?
-No Jo si': Tiene los ojos cerrados, la cabeza
con una gran herida, una mano destrozada y un
brazo roto.
Roberto, sin una palabra m4s, le volvió la es·
palda y partió corriendo, ein sombrero, como un
insensato en la direceiún de Tregllstel. El camino
ascendfa cortado A pico; y ahogándose con los la.•
tidos de su. corazón, el infeliz tuvo quP. disminuir
la ,,e!ocidad de su c11rnr11.
Comprendía muy hiPn lo que signlticaba el to•
no dul'O de René. El h1.bia sido Musa de todo: la
trató tnn brutalmemP, que la impulsó i\ este dolo·
roso extremo. Luego ella lo 11maba! Luego ante
el tE'mor de una separ11cf(,n, había preferido IDO·
rir! L' n remordimiento atroz le atenaceab11 el co•
razón. Oh! tontas y mezquinas querellas! ¿Qué
significaban esas pequt'i'!cces de va,ddad, de lote•
rés, de dominio, cuando se trataba de la felicidad
y de la vida de la única mujer 4 quien había amado en el mundo.
Su imltginaciú.n le representaba á ayuella ni:fl.a
encantadora desfigurada por la espantosa caída,
veía la sangre coagulada sobre los cabellos ru•
bios, y desgarrada por las aristas de las rocas
aquella manecita que tan dulcemente se babia pos11.do sobre la saya. Y luPgo se acordaba de ella
cómo la r.onoeió, radiante de juventud y de belle•
za. Se moriría? Se habrfa transformado en una
masa in!orme, destrozada, sangrienta, espanto31!.
l':&gt;u angustia se hizo tan Lremenda que como lli
hubiera podido ser oído se puso a. gritor.
-~Illgdalena .... Magdalena!
Sus gritos resonando en el silencio de la noche
corrieron por hi playa y tornaron devueltos por
t-1 eco. Pareefa. que la landa llamaba también y
decía con lúgubre son:
- ~tagdalena, Magdalena!

En este momento un verso terrible de la Orestlada vino i\ su mente: "Tn camino hablarA bajo tu8
pasos!» Se detuvo espantado de su propia exaltación v sintiéndose al borde de la locura exclamó:
- Y si muere ¿qué haré?
Contempló la mar gris que subía hacia la tierra dorando en anchas olas argentadas por las
vagas clilrid11.des del alba.
-Iré allfl dijo y siguió su camino echando á CO·
rrer otra vez.
Después de una m11rcha penodsima llegó al fin
frenttl A. la casa; quería en un ultimo arrebato vohir, apresu.rarse á ver si est11ba muert~, porque
su más horroroso temor era que se hubiera muerto sin verlo a. su lado y sin oirlo decir que laamaba. -Pero c\l poner 11\ mano en la puerta del jardir. sintíó un desft1llecimicnto, un horror cob11,rde
de verla snfrir, de h11 llar destiguradu aquella Ca.•
rita deliciosa, y perm11neció inmóvil unos instantes, presa de la mayor ,rngu¡;tla.
Brillaba luz en una de llls ventanas y no se oía
ruido alguno. Entonces cansado de ver esta luz
y preg-untllndose si sería de una veladora ó de un
cirio fúnebre, entró.
Subió Ja escalera, empujó una puerta y vió en
el lecho rodeado do coninajes azules una maaa.
envueltl\ en lieazos ... era cuanto quedaba de
Afag .. .. ! Se quedó viendo eso fijamente y marchó de ese lado con posos de autómata sin salu•
dar siquiera á Lucía llartlcy. SE\ inclinó y contempló una cara lividll, loa ojos cerrados, la nariz atilada, los labios descoloridos descubriendo
unos dientes muy blancos, la frente vendada y
otras vendas euvol\"iéndole el hombro, el brazo
y una mano. Lnciú se aproximó. El la dijo:
-Esto ya se acabó .... Esté muerta. ¿Ko ea
c~erto?
--Todavil\ no. E; un sincope. Hace una bora
que está así.
llfá.s de una vez Lucía. había querido i:naldecir á
Robe1'to, causa de estA de:3gracia 1 pero al verlo no
sintió por él mlls que compasión. . El rostro descompuesto, los ca bellos en desorden, jn.deante por
la carrera, lleno de polvo, con las m&gt;lnos ensangrent11.das por las espinas delos matorrRles, tflnfa
el aspecto de un vagabundo. Ya no lutbia aUí un
Roberto Le Clercq doctor en derecho, altivo, serio, pagado de su nombre y su personalidad sino
un h.ombre que sufría y sufría mucho.
Lucia Je estrechó lit mano.
-No hay que desesperar.
Los dos vieron á )lag; pero tenia t11 n pocas apariencias de vida, que esa frase parecía irrisoria.
Entonces volvieron l11 cara, sus ojos se eocontraron, cambiaron en unn mirnda uu mismo pensamiento y Roberto ob ervando que Lucia lloraba
no pudo contenerse )'/\ y lloró también.
La joven se rehizo c11sl al momento.
-~o nos dE-je'D.OS abatir, dijo con su acostumbrada ener~ia. s~ trara de s11lvarh1. Ya llornre•
mos si fracasamos, pero no desde antl's. Ac/\bO
de mandar al Convento á pedir algo para. h .. cer
cesare! desmayo y oigo il mi criada que regresa.
Una religiosa acompt11laba A la criad11. Robi♦rto
la oyó dirigir preguntas con voz lenta y monótO•
na. Luego la mouJa sac.5 unos frascrltos de su
bolsa y- se esp11rció por la pit"Zll un foerte olor de
éter. Lucía humedeció illS sienes de la enfor m11.
La religiosa se inclinó sobro el lecho.
-Y a vuelve en si dijo.
Entonces Rvberto se aproximó apartando A la
religiosa y v1ó que le tern bl11 ban :\ l\fag los lab:os;
Juego la re~pirnción se hizo ml'ls distinta, y cou un
doloroso gemido la joven abrió los 1&gt;jo31 pero1,jos
ioconscienres que pasaron una mirada vaga por
las caras de Roberto y de Lucia.
-Xo nos reconoce, dijo é ,te, y sufre según lo
indica la contracción de sa.s labios.
-Esperemos al médico.
-¿Tardarll. ma.choi'
-(na hora todavía, Jo menos.
La hermana arreglaba y ponla en orden cu11nto
encor.traba ,\ su paso, con movimil'ntos discretos
y silenciosoi.. Lucía se sentó junto !\ la mes11, tomó un libro é intentó leer.
Roberto permaneció cerea ele! lecho conservando en su m11no la mAoo calenturient11. de su niu•
jer que ni le reconocía ni dejaba de quejarse con
qurj s dolorosas. La religiosa sentada del otro
lado del lecho desgranl\ba eon sus dedos pAlidoa
las cuer.tas de un intermin11ble rosario ....
El péndulo con su tic-tac Acompasa.do, medía
los minutos de la hora. ml\s cruel que Roberto hl\•
bia vivido en toda su vida.

-Bueno ¿y qué piensas hacer?
L11 sellara Le Olercq de pié frente A. su hijo le
-dirigía esa. pregunta con vivo interé¡,
llabia venirlo A Treg11&amp;tel sin pérdida de minu•
tos. El sacrificio de Jiforia. ?t[agd11lena In había
trastornado y sen tia u.n horror profando hacia la
taita de principios que permitió A est11 joven atentar contra su propia vida; la comp11si6n verdade•
.raque sintió viéndolil herida, casi moribunda, estaba mezclada de una gran suma de desprecio
y de no poco rencor. La seflora Le Clercq era
{lemasiado inteligente y no podía dejar de comprender que su papel tomabt1. un aspecto odioso
con este golpe de tragedia.
Durante los últimos tres días en que Marfa Mag•
dalena estuvo delirando, e,1 gran peligro, y ~in
conocer A nadie, la vieja. suMa de diversos modos. Era espantoso el bSpectAculo de esta nida
que se moría así; la desesperación silenciosa de
au hijo le partía el corazón y 11 estoa aenlin1ien tos
enterueeedores se unía otro muy amar~o: la re•
probación muda de Lucía llartley a~ravada por
la necesidad que tenía la eeftoraLe Clercq de vi•
vír b1Ljo el mismo techo que esta enPmiga suya.
Nunca se babia arraigado mAs la antipt1.tia entre
estas dos naturalezas semejantes por la energía.
pero separadas por un abismo de sentimientos.
Desde ese día ?tfaria :Magda erra babia recobrado ht conciencia de sí misma y de su situación.
A la fiebre violenta babia sucedido un estado de
debilitlud y de abatimiento excesivoy cualquiera
emoción podía en consecuencia. serle de funestos
resultados. Tuvo un sincope casi mortal cuando
agobi11do por la Inquietud y IIorando como un
-ebiquillo se acercó RoberLo á besarla.
La vista de la sefiora Le CJercq le ero. penosa
y como esta lo comprendió y era demasiado altiva para hacerse aceptar por medio de la ter•
nura b , bló, sutriendo mucho intél'lormente, de
que ya babia resuelto reiresu· A Montpazier. Lu.efa no pronunció una palabra para retenerla; y
aunque desde tiempo atrás babia. deseado la oca.sión de hablar con esta orgullosa y enérgica mu-

jer juzgó inútil cualquiera recriminación y mAs
aún sabiendo como sabia que al cabo Roberto
había tomado una definitiva resolución. Esa U1a•
:ft.ana ella fué quien favoreció una entrevista entre el bija y la madre permaneciendo mientras
estl\ tenia lugar jufltO 1t l.'tfagdalenit que dormía.
Durante los tres días que acababan de correr
a penas habían tenido ocasión de hablarse la seil.ora Le Cler.!q y Roberto. Esta era La primera
vez que se encontraban solos y que el Estado de
)laría .Pr!11gd11 lena les dejaba el A.mmo suficiente•
mente libre para poder hablar de cosas serias.
-¿Qué piensas baceri' repití'5 la sel'lora Le
Clcrcq.
-Lo que me arrepiento de no haber hecho des•
de el momento mismo en que me casé.
-Dejarme!
Este grico de angustia que en otra ocasión habría. penetrado al fondo de las emranas de Ro·
berto, le dejó trío: ya h11bía sufrido bastante acusAndose de est~ culpa durante los últimos días.
Ella, aterrada por la indiferencia de su hijo dijo.
-¿Supongo que no intentarás hacermerespon•
sable de lo que ha sucedido?
-SL ... usted y yo.
-Ohl exclamó Ja seftora con un movimiento de
indignación: tú sabías muy bien que yo la amaba.
-Pero la amab!\ usted m'll. Por u~ted y nada
má.8 que por usted. No consultnba usted mAs que
sus propias inclinaciones r nunca las de ella....
mas no recrimimo porque soy el más culpable.
Yo debí ahorr11rle luchas inútiles y dolorosas siendo como. es mi oblig11ción amarla ante todo.
La senora Le lllereq quedó muda, sintiendo
que dolor intenso Je desgarraba. el corazón. La
actitud fi"ia de Roberto le demostraba que su hijo estaba perdido para ella y qu.e su alejamiento
era má.s del que sobreviene de una simple separación.
-¿Podfo. yo sospecharme que esta criatura tu.viera la cabeza tan exalta.da que se atreviera á
representar un drama como éste?
-Nuestro error fué querer tratarla como á una

mufleca cuando es una mujer y tarde Jo reonocimoa.
Ilubo nn silencio después de estas cuantas fra•
ses que como hojas cortar,tea re&gt;mpian los bilos
con qu.e estabun ligados es~os dos seres.
Roberto, de pié, se quedó mirando el mar que
venía A morir en las rocas de la playa y se acordó de qne allí esmvo A punto de perecer su mujercita. Entonces dijo siu volverse.
-Voy A dejar el ejercicio de la profesión y :l
entrar en la Magistratura.
-¿'Para quér .
-Pll.ra ser enviado lejos de ~fontpazier.
La pobre vieja mordió su pai'iuelo para no gri•
, tar; tanto ssi :a lutbía herido esta respuesta brutal.
- Es inútil hacer eso, dijo, cuando ya pudo hit•
blar. Yo me retiraré complet11mente á 81111 Ilila•
' riú y si así lo quieren me comprometeréáno vol•
ver nanea A,Montpazier. ¿Bastará con eso á tu
esposai'
Roberto no tomó nota de estas p11labras llenas
de amargura y ai'ladió:
-;Usted obrnrá como Je pitrezca, m11ma., pero
de mi p11rte he tom11.do ya mi resolución. He di•
rigido al .c:.lnisierlo mi petición. No quiero arrojar á usted de su Msa y le asPguro que ser!\ us•
ted siempre bien recibida en la mía. He dicho,
en la mla.
-Pues. para que no sufras una vida precaria le
tijAré una renta conveniente.
-Xo hablemos de dinero!
-Oh, Robi&gt;rto ..
Un poco avergonzt1do de su do.reza se la re pro•
cbó en cenciencia. y vió A su madre tan sincera•
mente apesarada, con un dolor tan real y prolllndo que el afecto de otros tiempos Je stJ,bió al cor11zón. Se acordó que e1 a su hijo, que no tenia de•
rec.ho de acusarla y dijo:
~
Perdón, mitmá . .Aceptaremos de u;,ted :O que
usted quiera.
E3te arrll.nqne estuvo á punto de hacer llorar a.
la seftora, pero se contuvo, y ambos quedaron
mudos, mirándose con Ja mirada triste de un su•
premo adios, con la desolación de quien rompe
con un afecto fundamental de su vid11,. Esta hora
decisiva les separaba y ya no volve1·ian nuncl\
més fl hablar de estas cosas, s ... lvo acaso cuando
llegara 111 hora de otra más definiciv!l eeparación.
Como se ve ansiosamente la última mirada de
un ser amado q11e va á morir se vieron los dos; y
Roberto sin una palabra más, tomó la wuno de
su madre se la besó y salió.
En el enarto encon1ró A Lucía cerca del lecho
y A Magdalena despierta. Esta sonrió á. su m,rido que se aproximó cuidadoso.
-Cedo A usted ese lugar que es el suyo, dijo
la inglesa levaotflndose. Puede usted hablarle ll
Mag, decirle que Ja ama, pero no se Jo diga usted
con mucha vehemenci11. pl.lrque esti\ aún muy de•
Jicadita y cualquier coaii. nos 111. podría mat!ll'.
Lucia fué al salón .
-1\lire usted á. donde conduce la bondad, se•
florita Jla.rtley, dijo la sei'iora Le Clercq. Asegu
ro A ustP.d que siempre me guiaron las mejores
intenciones.
0111 ain duda. Pero contentA.odose con ser bue•
na se hubiera usted ahorrado y á los demás mu•
chas tristezas.
-?líe quedo sola!
-'I'iene usted sus pobres.
-!fo basta eso parn el cor:tZÓD..
Lucía compadecida le dijo.
-No crea usted en tal soled .. d. Esta es una crísis violenta que por su miemll fuerza tiene que
pasar pronto. A la vuelta de unos cuantC1s meses,
días tal vez, todas las coSáS V'OlvP-rAn t\ su antiguo curso y cada hora iré. borrando el recuerdo
de lo que acaba ahorll de sucllder. Y tornará. 1lS·
ted A su vida normal; Stl hijo á ser el hombre res•
petuoso que usted educó y María Magdalena, la
encantadora y bella joven, alegria de la casa.
Luego, serA usted una inmejor11 ble a bueUta y la
dicha reinará de nuevo en el Pd!acio Le Clercq.
Después de la escena tragica, todos estos dram11e
domésticos se desenlazan del modo más tranquilo. ¿Nunca se ha ¡,reguntado nated en el teatro lo
que sucederA después del 5.'' acto? El autor nos
deja stempre en la ultima pedpecia conmovedora, porque Slibe que luego sus personajes volvera.n A la prosaica corriente de la vida. Lo excesivo no puede ser durable. Vea usted ee:llora Le
Clercq, el titulo que mejoi: conviene fl mu.chas
dram11s de la vida fotima es este, de Shakespeare: &lt;Mucho ntido para nada."
DAN1ELLE DARTHEZ.

�54

111!:L

ROSARIO.

Mm.DO ILUSTRADO"

ROSARIO.

1

realidad esto no es un cuent~. El hecho
ue vamos A narrar ocurrió en Madrid;
uchos de sus detalles son rigurosamente
ciertos y los personajes exístierdn para la epoca
del suc'eRo, 1887. A la prensa madrilelia no llegó
otra noticia qut1 la que consta en la gacetilla ~ón
que concluye esta narración.
·

AJ. pobre mendigo Je dijeron que su hija iba todos los domingos á. oír la, misa· de once de la iglesia de San José, calle de Alcall1.
Hacia cerca de medio afl.o que habia llegado A
Uadrid, procedente de Sevilla, sin que
en ese tiempo hubiera tenido otrn noticia
de su hija, que la ya dicha. El informante era uno de los revendedores del Teatro de Apolo, cercano á aquella iglesia;
sevillano él, como la chiquilla fag1lda y
como el pobre viejo.
He aquí cómo supo éste la feliz noticia.
J/an11,l, el revendedor de billetes de
teatro, bahía ido aquel día al del Príncipe
Alfonso en solieitud de billetes p1m1 el
estreno de una zarzuela de Chueca, y
al pasar por Recoletos vió al mendigo im·
plorando la caridad pública en la puerta
de San Pucual.
-Don José¡ ¿Qué le pasa A usted?
-Oh, Manuelico, eres tú?
-Por Dios, viejo, qué 1\ menos ha
venido ustedj
-Culpa es de Rosario.
-No lo creo, ella es rica ....
Pues por eso!
-No comprendo ..... .
-VerAsl Yo no tenía en mi desvalimiento otro apo)'o que Rosario. La chiquilla. trabajaba en la tAbrica de cigarros,
y mal q_ue bien la íbam&lt;,s pasando; pero
de la noche á la ma:ll.ana desaparece de
Sevilla, y por la herida que me dió en
el alma, se metió A mi cuerpo la paráli•
sis. Estuve á la muerte1 escapé de elldD0
sé cómo; hoy sólo puedo asegurar que
me queda poca vida dentro del cuerpo,
casi ningun1.1. luz en los ojos, y menos
esperanzas en el alma. Pido dos limosnas: pan para el tuUido cuerpo, y una noticiA de mi Rosario ....... .
-Vive en Madrid, bella y rica, se
apresuró :\ decir Manuel.
Y aquel viejo que acababa de decir
que pedía una noticia acerca de su hija,
quedóse inmóvil, mudo, como tocado pur
un rayo ante la aseveración de Manuel.
Parecía como que no se daba cuenta de
tan grata nueva.
.A poco, con voz ro1,ca y entrecortada,
como llena de desconfianza preguntó al
revendedor:
-lle joras que ese es verdad?
-Por la Virgen de la Paloma!
-Cómo lo sabes?
-La veo bajar de su coche todos los
domingos A las once A la Puerta cie San
José; ella entra á. la iglesia, y y o, después de mirarla y rt:.mirarla tnn reguapa,-porque no he
perdido la costumbre de morirme por su pedazos,
-me entro también ..... .
-La sigues dentro de la iglesia?
-No me entro con Paco y el Tuerto A la taberna y nos tomamos unas cafl.as á su snlú.
-.Manuel, díjole el viejo al revendedor, Dios
te pague la caridad. Vete, ~éjrune pensar y medi-

El viejo se sentó en un banco alli cercano, recostó las muletas á la pared y se dispu'io A aguardar.
-No serA larga la confesión, se dijo, estas seiioras del gran mundo no fo,nen más que un pecado, y como no les da vergüenza confesarlo, se
despachan pronto. El cura al verlas, podría echarles el «ego te absm·1 10.»
Dicho como beche,, en ese momento apareció
los ojos del mendigo el P1tdre Miguel, sonAndose
las narices repletas de rapé con un descomunal
pai\uelo de yerbAs.
-Es ...... el Padre 1liguel?

í

tar.
Jla11111:, como le Uaman sus paisanos, le dió
unas palmaditRS en la espale.la, y le d:jo:
-Adiós, viejo, que haiga :mlú, y un recadito A
la Rosario.

Esa misma tarde llamaba A la puerta de ea•
cristía de San José el mendigo de San Pascual.
-Está. aquí el Padre Miguel?
-No; confiesa en este momento A una gran se:fora, pero sn vendrá, puede usted esperarlo, contestó el monaguillo.

-Si, hijo mio, quieres confesar?
-No, Padre, vengo a. que el seiior Cura me dé
un permiso.
Para qué?
-P11ra pedir limosna A la puerta de la iglesia.
-Libre eres de hacerlo.
-No seiicr Cura, no sabe el safi.or Cura que
los otros 1:Jobres no me dejarían colocarme alli
porque soy uno mAs A pedir? Cada iglesia tiene
sus pobres; y aun con permiso y orden del sef!or
Cur&lt;1., cuesta Dio3 y su avuda que los propietarios permit&gt;ln a] recíénvenido ejercer.
-Y tú no no tienes iglesia donde implorar la
caridad?
-Sí, seftor. y me produce pAra vivir; pero hoy
he sabido que á esta de San José viene todos los
domingos á. oír misa d!3 once, una hija mía que
me abandonó hace muchos meses.
-Basta, dijo el Cura, vt:n pasado ma:liana do•
mintro á e~o de las diez y media 6. la sacristía, y
yo te instalaré.

-Dios se lo pague, seftor, Dios se lo pague!
Con gran espanto de los mendigos que detiempo ha tenían como propiedad suya los pues·
tos que ocupaban en las puertas de Snn José, sepresentó ante ellos el Padre Snn Miguel acompa:ll.udo del pobre paralítico.
-Se11ores, les dijo A modo de arenga, háganleun campo A esre hombre.
Un sordo grlliUdo se escapó de las gargantas
de aquellos pordioseros.
-No hay que alarmarse, dijo con voz severa
el Padre Miguel, este hombre sólo estarA al ladc&gt;
de ustedes uoa hora. y no pedirá limosna sino á.
una sola persona.
-Y si las otras le dan? se aventuró A
preguntar unfl. vieja vendedora de rosarios y estampitas.
-Pues no habrA que rechazar esas.
dádivas, contestó el Padre Miguel, pero
buen cuidado tendrAn ustedes de disputArselas.
- Mucho! gritó la vieja que había inte•
rrumpido antes.
•
-A.deu A:1, continuó el Padr..i Miguel, este hombre viene A cumplir no encargc&gt;
mío. Vamos, dijole al paralítico, colóquese usted aquí á la salida; así verá usted
mejor lo que desea; y situó al paralitico
entre un viejo, propietario de una pierna de palo, tendida casi hasta la mitad
del pasadizo que forman hls dos puertas,
y la vieja vendedora de estampitas y rosarios.
La curiosidnd pudo al tin más en el ánimo de aquellcs pordioseros, que la ojeriza con que veían naturalmente á. todo
recienvenido que iba A aumentar el número de los pedigüenos.
-Es historia? díjole al nuevo mendigo
la referida vieja.
El paraliLico guardó silencio. Acaba•
ban de dar las once, ya tenia allí die~
minutos, y no había llej?ado Rosario. Es•
peró, y esperó mucho. Como que la misa
\,
terllhnó y la igleS1a quedó libre de tielest
-lfanuel me ha engaiiado, se dijo el
pobre viejo, pero me la habrA de pagar.
Y encajAndose en sus muletas se dirigió á la cercana taberna, donde su pais1rno le había dicllo tomaba todos los domingos unas ca:ll.as A la salud de su hija.
Llegó, echó la vista en todas direccio•
nes, escudriftó el último rincón
de la taberna, yno v:.endo en el1a
á Manuel, exclamó:
-¡Mald!ciónl Y se dejó caer
en una de aquellas sillas bajas,
cuadradas, sin respaldo, usadas
en todas las tabernas.
A este tiempo salía el Padre
Míguel á la puerta de 81/. iglesia,
en son de curiosear lo que hubiese descubierto el mendigo.
-Valiente protegido tiene ·el
sefl.or Cura! le disparó A manera
de reconvención la vieja de los.
rosarios y estawpitas; apenas terminó la misa se
faé á. taberna vecina. Si el se:ll.or Cara pudiera
ir á esos logares: negaría á. tiempo de verle bo1-racho debajo de una mesa.
-~o seas maldiciente, repuso el Padre l\Iiguel,
¿qué sabes tú á lo que baya ido ~se hombre it la
taberna?
-Allí no se va sino á beber, contestó en tono
de triunfo la vieja.
-Y A comprarle billetes de teatro á los revendedores que dentro de el111 burlan la vigilancia de
los guardas, se atrevió A. decir el hombre de la
pierna de palo.
Una carcajada general acogió lo dicho por el
infeliz defensor del viejo paralítico.
El Padre Miguel aprovechó ese momento de
hilaridad para .entrar de nuevo en el templo.
Durante la siguiente semana tué objeto de toda
cll\se de comentarios entre los pobres de San José, que el viejo protegido del Padre Miguel deja -

ra de presentarse del lunes al sAbado; pero la
chismograffo. cesó al verle llegar, como un reloj,
á las aiez y media de la mailana del domiogo.
Como si eJ sitio que le fellaló el Cura fllese suyo
desde tiempo inmemorial, se hizo c11mpo él mismo entre el hombre de la piernii de p1tlo y la vieja gruilona.
-B1..en día, hermano, dijo al primero, A tiempo que lanzó una mfrada de rabia y de desprecio
ú la de las estampit11s y rosarios.
Media hora más tarde, al sonar el reloj de la
Puerta del Sol las ouce, se detuvo un coche á la
puerta de S1tn José, y uoa dama. elegantemente
vestida descendió de éJ y entró apresuradamente
al templo.
.Al pobre viejo paralitico apenas Je quedó tiempo para reconocer en 11quell11. dama á su Rosario.
Sil{los le parecieron los veinticinco minutos
que duro la misa. Al fin se abrieron las dos puertas laterales de la cancela. de la puerta interior,
y los fieles comeoz11ron A salir por entre la doble fila de pobres, que en nombre decada unode
sus santos favoritos, en medio de deseos de felicidad para los concurrentes A aquel templo, y
con palabras capaces de ablandar el corazón más
duro, imploraban.una limosma. , ólo una mano no
se extendía en demanda de socorro: la del viejo
paralitico.
Una de las últimas en aquel desfile fué su bija;
cuando pasó por delante del paralitico apenas
sallan á. la vez que ella tres mujeres, dos de las
cuales se dt:ltuvieron A comprar unos escapularios y el número del dia de La Semana Católica
A otra pobre situadn frente aJ puesto que ocupapa el padre de Rosario; de modo que ésta casi
quedó sGla en el trecho Q'lte hay entre la puerta
exterior y la de la cancela.
. -Por la Virgen del Rosario, una Jímosna· dijo
el viejo extendiendo la gorra al pasar por d;laute
de él su bija.
E:;ta oyó sólo las tres últimas palabras: «Rosario, una limosna.•
Volvió~e derrepente hacia el que le imploraba
t:na caridad llamándola por su nombre. Al ver
y reconocer, todo á un tiempo, al pobre viejo, dejó escapar un débil grito; LO medio de su azoramiento tiró el portamonedat1 en la gorra que le
extendía su padre, y en dos saltos salvó los escalones de piedra que dan acceso al templo, ganando en otro la portezuela de su cupé, que la
esperaba f.L la orillll de la acera.
-Al Hipódromo, á escape! ordenó Rosario ú su
cochtiro; y el carruaje partió veloz caUe de ~\Jcala. nbajo hasta llegar A la Cibeles, dende torció
hacia la izquierdtt, ganando el paseo de Rec0Jeto11 y conrundiéudose con los otros ce.ches que rodaban Cllmíno de la Castellana y el Hipódromo.

Todos los pobres vieron la especie de limosna
que aquella dama dió al paralitico; todos oyeron
aquel débil grito lanzado bor ella al tiempo de
d8r la limo.na; todos se fijaron en la turbación de
aquella mujer y en su prisa para huir; pero ninguno de ellos pudo descubrir la mAs pequefl.a alteración en el rostro del menJigo.
Como es de suponer, le abrumaron A preguntas,
y con iróníci1s felicitaciones. El, ni respondió á
aq .1ellas, ni agradeció las enhorabuenas. Guardó se el portamonedas, dirigiéndose seguidamente, como el domingo antel'ior, A la tabern1.1.,
en solicitud de Manuel.
-La tajada de ht'y 6i que sera buena, exclamó
]a viejtl m11.ldiciente, dando á entende1· que la borrachera. del viejo en ese día seria grimde.
-Siempre grufl.endol contestó el Padre ,;\liguel
que había llegado á. tiempo de presenciar la escena desc1·ita,
En l!l taberna encontró el viejo, por su suerte,
al revendedor. •
-Te convido, Manuelico1 le dijo el viejo al
verle.
-Y á Paco y al 7'uerto? contestó el invitado.
-También, pero A condición de que nos dejen
luego solos.
Otra ronda fué servida en las largas calias,pues ya se había brind11do, como de costumbre,
A la Slllud de Rosario. Una vez echado el trago
atr:\s., y besado el fondo exterior de las ca:ll.as, se
despidieron el Tun·to y Paco.
-Oye tú, dijo el primero A .Manuel, si algún
aeflorlto viete d ¡;01· billetes para ma:ll.ana en el

55

«Español,~ acuérdatfl de que es día de moda y
~fonde A servir una copa más, viejo, y despué¡¡
de:que echan un drama de Don José; apriétala la ) o lo convido á otra cos1t mejor.
mano y .po les des las butacas de las primeras fi-~fozol aquí dos copas! gritó el paralítico.
las menos de treintidos reales, ú cuarenta, si
Servidas que fueron, preguntó el viejo á liapuedes; npAliate como puedas.
nuel:
El viejo mendigo y ,.lfmwé el revendedor que-1\Ie convidas? Y t\ qué?
daron solos. FuéronsC1 á. una mesa de rincón, to-Al Español mllftana en la noche.
maron asiento -y pidieron un p1ir de copu.
-Bon:tos tengo yo el cuerpo y el alma para ir ,
-lla visto usted a su hija, viejo? dijo el re- de teatros.
vendedor dando así princibio A la conversación.
-Por el cuerpo no se apure, repuso Manuel,
-Sí, hoy aJ entrar y s11lir de la misa de once; yo Je 1tyudaré 1\ subir y á instalarse en primera
el domingo pasado no corrí con esa suerte. Tam- fila de Para,[¡;o; en cuanto al alma, eso es lo que
poco pude verte A ti.
usted necesit11, distraerse, echarse las pen1ts atrás.
-Yo estaba, contestó Manuel. ultimando una Qué va usted á hacer con ese fardo de fatigas á
corrida de toretes en el puente de Vallecas.
cuel!tas? Le va é estorbar para correr detrá.s de
- Pues, prosiguió el viejo, al entrar mi Rosa- Rosario.
rio apenas tuve tiempo de reconocerla; A la sali-Y cuánto te cuesta ese obsequio?
da, y por llamarle la antención de 11Igún modo,
-A mí? nada! yo soy el jefe de la ..Zar¡11c cnel
le pedí una limosna invocando á la Virgen de su E."11a,iol, y tengo A mi disposición las enrradas
nombre para que é3t11 lo sonara en los oídos y le necesnrias parll mi ejército. Usted será mufluna
chocara y se fij,,ra en. mí. Así tué: volvió la ca- uno de mis sc.ldados, 11u11que no hace flllrn; porbeza, me reconoció, dió un pequell.o grito, me que yn se sabe, que cuando hay estreno de su toarroJó en la gorra su portamonedas. y salió esca- cayo .E:chegaray, maldito Jo que tiene que hacer
pada fJ. cojer un coche. Yo me quedé como quien mi gente. El público se lo trae todo, ,,plausos,
Vf' visiones, no pude ni moverme; el coche partió
ovacione~, y la mar .... Los mismos 1,wrenos, los
volando, y cuando me dí cuenta de todo lo ocu- que revientan las piezas de otros si no est&amp;n co•
rrido. resolví venir á verte.
mo Dios manda, resultarán llllí de sobra.
- Y el portamonedas?
-Bueno, dijo el mendigv, ¿dónde y á. qué hora
-Aquí estA, dijo el viejo sacandolo de la faja nos encontraremos ma:ll.anai'
-A las siete en punto de la 11oche meesperará
y poniéndolo sobre la mesa.
usted
en una de las put!rtas de La I', rlct, que dan
Manuel no se atrevió A tocarlo siquiera.
-Abrale usted, Don José, vé.1mos que pode- A la Plaza de Cervantes, donde está el teatro. ¿Sabe usted dónde es?
mos sacar de él.
-Si, y alJi estaré de fijo.
El viejo abrió el oliente portamonedas de piel
de Rusia con cifras y conteras de oro. Dentro de '
él había unos billetes del Banco de Espall.n, dos
' A las siete menos cuarto de la noche del simonedas de cinco duros, algunas de plata, un re- guiente día, Janes, el vil"jo mend1go de San Pasiratito de Rosnrio he&lt;;ho por Debas, el talón de cual,-porque él no había abandonatlo s«. iglesia
un abono A butaca en !a Comedia, y una docena sino dos horas en dof domingos,-llegó al conode tarjetas de visita con este nombre: Blanca efe cido restaurant La Perla, situado al lado del EsPeñama,·.
pm1ol, y recostándose de la pared, pero siempre
-No es este nombre el suyo, dijo el viejo, ¿có- apoyado en sus muletas, esperó enterarse qué
mo habrA ido A parar A manos de Rosario este puerta le serviría de abl'igo, pues la noche era fría ·
portamonedas? ¿lo habrA encontrado en la calle? en extremo.
-:80 sea más panolis, viejo, repuso Manuel; si
Al princio se figuró que no podría servirse de
fuera como usted piensa y dice, qué papel estaría ninguna de aquellas puertas, pnes todas sea.brian
haciendo ahí el retrato de Rosario? Desengáfte- y se cerraban á cada instante para dar paso á los
se, ese portamonedas es de la, chiquilla, y las tar- par~?quianos del famoso ,·e.~faurant; pero Juego
jetas son de ella; Blanca de Pe,1a11w1· es su ,wm- s_e t1Jó en que la más cercana al teatro 110 era pracbre de gw·rra.
ticable, y á ella se dirigió y en ella se instaló.
A poco, el olor de los guisos comenzó A metér-¿ciué negocio es ese de nombre de yueri·a?
-Se llama asf el nombre que toman las muje- sele por 11.lS narices y A hacerle olvidar Jo que lo
res al dedicarse á la carrera. ¿No se cambian h~~ia llevado_ A aquol sitio; porque lo que al printambién el nombre cuando entran monjas? aun- c1p10 fué un ligero desvanecimiento, se convirtió
luego en apetito feroz, y más después en debilidad
que sea fea comparación.
y en dolor de estómago. Y no podía ser de otra
-Y qué ca1re1·a es esa?
-Pues la ....•..... la que toma una mujer manera; aquel vaho de cocina,-y de la cocina
de La Perla! era para volver Joco al más inapeque deja de ser honrada. ·.
El viejo no se enfadó por aqnel insulto hecho t\ tente.
Ya el viejo se declaraba vencido, ya sentía fJasu hija, porque comprendió en un momento que
queRr
más de lo corriente sus piernas, ya notaba
1111\nuel tenia razón en calificar de ese modo a.
Rosario. GNo se había fugado ella de su cas11 de- cómo sus muletas no Je servían del todo para sosjando al pobre V1ejo enfermo y en la miseria? tener su desmadejado cuerpo, cuando se pre¡¡entó
De dónde proveoían aquel coche, aqueUos bri- Manuel.
-Puntual ea el_ viejo, dijo el revendedor, y eso
llantes, aquel portamonedas lleno de oro y de billetes de Banco, ;aquel terciopelo de su abrigo y merece una convidada.
-Pero ue lo sólido, se apresuró A decir el menaquella seda de su traje?
El viejo sólo tuvo un par de gruesas lAgrusas digo.
-Todo es convidar, repuso Manuel.
para Ja deshonra dfl su hij1\ que er11. su propia
Y echaron á andar en dirección á un Oolmado
deshonra.
-Y qué piensa usted hacer? le preguntó l\1a. próximo.
.Al viejo se le quedaban el olfato y el estómago
nnel.
en la cocina de La Pu-la; sabia que ~lanuel no le
-Irá su cnsn .....
-Dónde, si la tarjeta no tiene dirección? Y es convidaría á comerá lo si:1iol'itu, y se conform&lt;\
esta otra prutba d~ que Ros11rio es la querida de desde luego con lo que le brindara el revededor.
.Además, ya no tenia apetito, sino «necesidad&gt;.
algún se:ll.oritón.
Llegaron al r'olmado y Juan pidió dos tintas
-Pues esperaré al próximo domingo, y en lugnr de pedirle una limosna le echaré la mano en- un !JaneciUo y un chorizo; se vació de un trago
contenido de su cupa, y alargando la otra y losúcima y ya no se me escapará.
lido al pordiosero, le dijo:
-Ypiensa usted, don José, que Rosario vuelva
-Enjuáguese la boca con la mitad, viejo, y deje
á la miM de once después de lu tragedi1.1. de hoy? el resto para asentar.
-¡Es verdud! ...... pero qué h11go?
El padre de Rosario no lo hizo Rsf; tenía prisa
-Confíe en mi, yo bUEcaré la pista de su hija,
por llegar; se echó al coleto su tinta, y dando un
levantaré la cacería y usted hará lo demás.
bocado al pan y otro al chorizo, dijo A Manuel:
-En Lí confío Manuel.
-Andando! De aquí al teatro tengo con esta
-Trato hecho, pero dígame, viejo, qué piensa
mascada, una vez instalado acabaré con el 80 •
usted hacer con ese portnmonedns?
brante.
-Onardarle; de él no me pertenece sino el reY echaron A 1ondar hacia el teatro. Manuel, como
trato de Rosario.
«persona de la casa» no encontro ningún tropieManuel al formnlar su última pregunta fué con zo en todo el trnyecto, desde la puerta de entrala esperanza o.e que el viejo dividiE1r1t con él el da hasta la primera fila de la galería. A cada porcontenido del portamonedas. Visto que ese golpe tero y á cada empleado saludaba con frase distinle había salido falso, se contentó por el momento ta, pero todas muy expresivas, de confianza y de
con menos y esclnmó:
· carillo.

el

�fil;

-Ya estamos, dijo Manuel al llegaralsitiodonde tenia dispuesto 11comodar al mendlgo;siéntese
aquí, mi viejo, coloque sus muletas debajo delos
asientos, y á esperar! vuelvo en seguida.
-¿ Y si alguien ocupa los puestos a. mi lado?
Yo qllieru est«r en tu comp&gt;1nfajl
-Descuide usted, eso queda á. c111·go del aco•
modador.
.Al salir dijo Manue: unas cuantas palabras A
dicho empleado, de fijo en cumplimiento1Uoofrecido al viejo paralitico.
Este no pudo darse cuenta al principio del logar
donde se hallaba, pues las luces ae gas estaban
á esa hora ámenos de medio quem11dor. Notando
el mendigo que por mAs que contraía sus ya cansaaas pupilas apenas acertaba distinguir curvas
obscuras sobre un fondo claro, y arcadas á todos
1idos, se decidio á matar el tiempo comiéndose
los restos del panecillo y del chorizo, brindados
por Manuel.
Media hora después comenzó á llegar la conCUíTencia y el gas ~lumbró mejor la preciosa sala. Entonces el mendigo vióque aquelhts areadas
eran l11s tres filad de palcos; r las curvas obscuras, los bordes tlel roJo terciopelo de las bútacas
forradus en gris perla.. Poco á. poco aquel fondo
claro lué cubriéndose de manchas bnsta parecer
nn jardin animado. Los vivos colores de los trajes y sombreros femeniles dab1rn ese a~pecto al
teittro. Los palcos parecían can11stillas de !lores.
El contras1e lo formab,tn el n!'gro de los f'racs y
el bhnco irreprucba ble de las brillantes camisas.
Los abanicos en su ioce!;aute batir semejaban Jas
mariposas de aquel jardín.
Pocos minutos antes de levantarse la tela sintió
el viejo paralitico otro desvanecimiento, si no
igual al que le produjo el vaho de lacocioa de J,a
Perla, ~i de idénticos resultados. Al pobre viejo
lo asfixiaba el calor de las luces de gas, que su•
bia c.argad'1 con los penfltraotes perfllmes que se
desprendlan de palcos y butacas.
Volviendo A un la.do y otro la cabeza y echándose un poco de aire con la gorra, podía apenas
pasar; la impaciencia le bacía faltar t11rnbié11 la
respiriición; y por último, el ro.ido del cercano
cuchiclleo, las ris11s de 11.quí y de allA, el constante
entrar en los palcos, el trajín de los acomodadores y la animada conversación, acompall.ado todo
por el célebre sexteto, le iban embargando los
sentidos, junto con la pesada atmósftlra, alinfeliz
padre de Rosario. A.penas veía; de los sonidoa no
percibía con claridad ninguno; el olfato y aún el
gnsto los tenía sa.tu.rados de lilas, gardenias, violetas, roslls y claveles¡ tan solo 1~ quedaba un
sentido, el del tacto, y á. duras penas le bastaban
las manos para echarse aire con la gorra y para
aplllltalarse contra el ,·arandaje, de modo de no
ser aplastado por los que se le echaban encima
por rletrás.
De repente se hizo el silencio. En medio de aquel
bullicio se oyó sonar en el vestíbulo y en "el s,i,loncillo" el timbre que anuncia el próximo momento de levantarse el telón.
La fllita de ruido hizo tal efecto en el viejo, qu~
casi volvió en sí.
-¿Qué pasad.? se preguntab11, volviendo la
cabt:l!a á todos lados. Las luces de gas fueron un
tanto rebajadas en la sala para darmayorbrillantez á 'a escena. Al principio el mendigo se atemorizó con aquel agachamiento repentino de la

"EL MUNTlO fl,U!.TRADO"

luz, pero al con-erse la tela y distinguir el foco luminoso del escenario. aceptó la semioscuridad y
el silencio, sin dnrsc cuenta ni explicarse aquella
conformidad suya.
Comenzó el drama, y con él los signnsde11probación por parte del público, los aph1usos luego
y al final d&lt;?l primer acto la primera ovación al
autor de Lorura ó 1,a11tidad.
Apenas comenzado el segundo acto, y en medio d!'l religioso silencio eu que se oyen siempre
las terrorificas escenas que sólo Ecbegaray escri,
be, entró á la sala del t!atro una dHma elegantA•
mente vestida. A algunos molestó tan intempestiva entrada; A otros !ué indiferente, por cuanto
no les estorbaba seguir el curso de la represen•
tación, pero á todos llamó la at,,nción de una ú
otra manera. Ili\sta lo;; de las galerías I legaron á
not11r la aparición en la sala de lit retardad .. y
elegante dam11; y uno de los que más se fijó en
ella Cué el mendigo, porqu~ aquella. mujer era
Rosario.
Desde aquel momi,nto terminó p11ra el pobre
viejo la representación del drama. Todo se le iba
en meditar planes p11ra encontrarse aquella noche con su bija, sin que ésta pudiera escapársele.
de nuevo. Al lm parece que halló un medio de
lograr su objeto, por cuanto 111 concluirse el acto
segundo se levantó, diciendo á Manuel:
-Acompáll.ame, yo me voy, yo no entiendo
esto.
Manuel se vió precisado A ayudar A bajar al
paralitico. Una vez en In calle, díjole el mendigo:
-1\Ii bij-t está en eJ teatro, esta noche 'a he de
dar caz11¡ encontremos su coche, ra que lo conocemos¡ lo demás corr1, de mi cuenta.
Poco trabajo coscó ballar el cupé de Rosario.
-¿Qué piensa usted hacer, viejo?
-Pues entrarme en el coche y aguardar dentro á. que ella venga; dale tu conversación al cochero, mientras yo me entro aJ cupé.
A tuerza de mil trabajos pudo hacerlo; no porque el cochero no parecía muy dispuesto al 11oli'JU8 con el revendedor, 11ino porque la parálisis
no permitía al viejo despacharse pronto.
Terminó al cabo la represerna1.1ión, y comenzó
el desfile. El viejo, dentro del cocbe, sentía dos
ruidos, el de los a.plaa.sos en el teatro, porque la
concurrencia se despedía batiendo aún palmas al
autor, y el de su corazón, que latiafuertey apresuradamente. A poco comenzó la animación afuera: el acliós de la. gente satisfecha y alegre Uenó
la. calle junto con loe gritos de los muchachos
vendedores de periódicos y el vocear de los lacayos, y de otros que por g«narse un par de perros chicos ayutlab.m á aquellos á llamar á los
cocheros:
-¡Pepéeee!-¡El 4271-¡La Corl'espondencia!iBli!-¡Paco!-¡201!- ...... aquello era una algarabia!
Al lío sintió el viejo rodar el cupé donde se había instalado, y paso á paso, &amp;iguiendo su turno
en la cola formada, veía cómo se acercllba A la
puerta del teatro. Diez minuto:, mAs tarde se detuvo el cupé, y vió acercarse el mendigo á su hija, quien abriendo la portezuela dijo al cochero:
-¡A ea.sal
No bien había pronunciado tan corta frase,
cuando lanzó un grito de horríble angustia.
-¡Socorro! ¡al ladrón! 1que me asesinan!
Rosario no había entrado del todo en sa. coche,

FONDO
RICARDO COVARRUBJAS

pero como el viejo la bahía asido fuertemente del
traje, tampoco podía salirse del copé. En esa
angu~tiosa &amp;ituación la hallaron cuantos acudieron
á prestarle auxilio al oír sus gritos de socorro.
Rosario luchaba por desasirse de los brazos del
viejo, quien, con fuerza inusitada en él,lasujetaba.
fuertemente. Una pareja de la guardia se abrió
paso, y colocilndose aJ lado de las dos vent&gt;1nillas se dieron A inquil'ir la verdad del hecho.
-Este hombre me quiere matar, dijo Rosario.
-¡Es mi hija! gritó el paralítico.
-¡Mentira! repuso la inbmt-, libradme de él ..
Lapa reja del orden había logrado abrir la por•
tezuela que babia quedado líbrti, y sajetando uno
de los guardias al virjo y asiendo el otro A Rosario, logra:-oa también arrancarla de los brazos
del pobre padre; pero aún tuvo éste foerzas para soltarse de las nervudas y fuertes manos del
guardia, y enarbolando una de las muletas la
descargó sobre la cabeza de Rosorio ~\ tiempo
que era sacada del cupé, perdida la razón.
-¡Asesiool gritó uno de los curiosos.
El viejo fué fuertemente atado, porque no cesaba de debatirse y de descargar A todos lados
gdpes de muleta en medio de los gritos de:¡[nfamel ¡Ramera! ¡.E:sa es mi bija! ¡Maldita seal
El viej&lt;' filé llevado A Ja p,•f!t•enc'itm, donde se
Je registró escrupulosamente, encontrAndosele en
la faj,i, el portamonedas de Rosllrio, tal como ésta
se lo babia echado en la gorra 111 saJir dr misa.
-¡Asesinu y ladrón! exclamó el guardia y_ue
hizo el registro, mostrando á so superior el abierto portamoned11e lleno de dinero, y aun con el
retrato de Rosario.
-¡Es mi bija! ¡Es mi hija! ¡Esa es Rosario! repetía el viejo ya con apagada voz.
-¡J'us no dice que es su hij11, y la roba! exclamó el guardia gallego.
Alguien opioó allí que el pobre viejo era un
Joco. No pareció desc11bellada la idea y se lo
transladó A la Casa de Socorro más cercana, Allí
Iué reconocido en •principio,&gt; y como el infeliz
sólo exclamaba: ¡Es mi h(ia! ¡Es Rosario.' el médico declaró que, "por lo menos era un maniaco.
A Ja mallan/\ siguiente lué enviado á Carabanchel, al manicomio que t1n dicho pueblo, vecino
de Madrid, regentea el Dr. Esquerdo, y la prensa
madrileiia publicó la noticia así:
"L'n pobre loco, harapiento y paraHtico (hay
que fijuse en estos detalles) penetró anochtl en
el cupé de u11a entretenida, á quien se conoce en
ciertos círeu'os con el nombre de Blanca de Pe:iiam11r, y esperó allí la salid11. de ~ata que babia
ido al Espafiol al estreno del drama del insigne
autor de El 01·,m Galeoto. Aunque ~ólo puede
proba.rsele al infeliz que es un ladrón, por cuanto
se le enconn·ó en la faja el port •mr neda de la
entretenida, lleno de dinero, no p11rece que fuera
é1te sólo el móvil que lo indujera á. esperarla dentro del coche, pnesá los gritos de ella, acusándolo de asesino, el viejo le dió en mitad de la cabeza tan tremendo golpe con una de sus muletas
que le c11.usó una herida de pronóstico reservado.
El viejo, que protestaba y continua asegurando
ser el padre de su victima, ha sldo enviado A Carabanchel, do1,de el doctor ~squerdo se encargarA de hacerle variar de procedimiento en el
reconocimiento de sug hijos."

...... ' ................................... .
CARl,OS B.

FIOUEREDO.

'

'

�</text>
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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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