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                  <text>Domingo 2~ de J ullo de 1899

EL MUNDO.

54

LOS HOTEL68 MODERNOS DE MEXIO0.
Año VI

Tomo 11

México, Uoming0 30 de Julio de 1899.

Número 5

GRAND HOTEL DE FRANCE.-ORIZABA.-VISTA INTERIOR.

UN HOTEL MODELO.
Orizaba cuenta ya con un establecimiento para los
turistas, digno de las bellezas pintorescas y del clima delicioso de esa ciudad llamada á ser el punto de
reunión de los que buscan en los viajes desLanso, salud y recreo.
Como se ve en el grabado superior, el hotel fundado por M. Luis Leroy, es un edificio perfectamente
adecuado á su objeto. Amplio patio, corredores es-

paclosos, llenos de plantas exquisitas, distribución
cómoda de las habitaciones, con sus puertas independientes adornadas de vidrios de colores, todo contribuye á dar al bote! el aspecto más simpático.
Las piezas son amplias, los muebles flamantes y de
estilo moderno: tienen alfombras y alumbrado eléctrico y todo lo que puede desear en su alojamiento
una familia habituada al comfort.
Hay además departamento de baños, servido
con las atenciones más exquisitas. El comedor, es de
estilo moderno y bien decorado, y la cocina está bajo

gas-!
l

la dirección inmediata del dueilo del hotel, hábil
trónomo, ventajosamente conocido en su especialidad.
A mayor abundamiento las bodegas y despensa poseen
existencias que permiten al establecimiento satisfacer todas las exigencias de su clientela.
El «Grand Hotel de France&gt; está situado en lugar
céntrico, al paso de las tranvías, tiene luz eléctrica y
una dirección habilísima, pues el i::lr. Leroy y su esposa atienden personalmente á los huéspedes proporcionándoles cuantas comodidades pueden desear.

G-RAZIELLA.
CUADRO DE E t'GENIO BLAAS.

,

GRAND HOTEL DE FRA.NCE.-ORIZAB} .-RECA)IARA DEL PJ{lMER l'IiO,

•

�EL MUNDO.

58

Director: LIC. RAFAEL REYES SPINDOLA.
. ---------------------------------------------·
LA SEMANA
Un día la curim,idad abre un arcón mucho tiempo
cerrado. Y dentro de él se encuentran chucherías curiosas, telas amarillentas, objetos raros, flores secas,
paquetes de cartas, monedas antiguas. Esta exhibición despierta entre nosotros no sé qué extiañ&lt;,s sentimientos de apacible melancolía. Se reconstruye el
pasado, se dibuja en la fant,asía un cuadro vivo, se
hace la novela de toda una vida, y dP, sueño en sueil:u, se llega á resucitar una época. Es una sensación
deliciosa, tenue y vaga, semejante á la que experimentamos cuando en la noche, !ll abrir la ventana de
un jardín, vemos á lo lejos brillar un traje de mujer
en un claro ce luna.
Oyendo música antigua nos asalta igual emoción,
es una arca que guarda las melodías pasadas de moda, temas arcaicos y aires envejecidos. Esa música
tiene algo del perfume de lo viejo, un perfume exquisito de rosas muertas. Escuchándola, reví vimos
una época.
Y sin P,1Dbargo, nos fatiga, y más que nos fatiga,
nos aburre la monotonía de estas partituras escritas
para nervios más sano!\. Son pastoriles. Nos parecen
una égloga de Virgilio acom¡:,añada con zampoñas.
No nos conmueven ni nos interesan ya. La sencillez
toca en muchas partes con la tri vialidad y origina el
fastidio. Y el fastidio es padre del bostezo
En general, los argumentos de estas óperas están
hechos para campe!.inos de la Arcadia. Tienen el clasicismo meloso y falso de las tragedias del sig-lo décimo octavo. Vemos aparecer griegos y romanos de pantomima.
La música suele tener bellezas, delicadas melodías,
pasajes inspirados, graciosas combinaciones, pero todo viejo y desteñido como un girón de seda antigua.
En una sala, entre amigos, frente á una taza de té
y una nube de humo, nos deleitarían esas obras, á
fragmentos . Eo un teatro nos desesperan. Hay mucha fiari,ture y mucha filigrana en esa mú,üca, pero lo
que no hay es emoción, arranque, pasión, polifonía,
todo lo que necesita nuestro complicado espfritu moderno.
Esto pensaba yo, escuchando con una atención
complicada de hastío, varias escenas de las de Soffo
de Pacini, represent adas mucho ba en el escenario
del Nacional
A fuer de sincero debo declarar que ya apenas me
seducen esas excursiones artísticas, en las cuales, por
u na sugestión inexplicable, tal parece que el alma
rejuvenecida y alada, toma de nuevo el brío de las
alas nuevas y recién emplumadas. ¡Qué cosas tan raras, tan sutileR, nos van diciendo esas arias iotermi•
nables, esos dúos melifluos, esos conc.:rtantes de sencilla y pueril harmonía! Nos dicen: ¿te acuerdas?
Eramos el aire gárrulo de tu espíritu en primavera. Nosotros fuimos los que despertamos tus pasiones dormidas, nosotros, ks que echamos vaho azul
en los paisajes de tus sueños, los que arrullamos Lus
primeras esperanzas, lo~ q uetej irnos unahamacadedGlces melodías y la clavamos en las estrellas para que se
columpiaran tus amores en la diafanidad de J ,s cie1(,s. Ahora nos desdeilas, nos desconoces, nos recibes
con una sonrisa de burla y i;n gesto rle desprecio; pe•
10 pcr más que bagas partL olvidarnos, ahí están como púas lucientes, en la penumbra rte tu memoria,
los recuerdos de tu vida inquieta y f.iliz, los recuerdos que avivamos á nuestro paso, como sopla el aire
y aviva la llama en el mal apagado rescoldo. Mientras nos oyes con tu apariencia indiferente y aburrida, tu pensamiento teje y desteje la tela de Penélope
de aquella estrofa empolvada:
Esa es mi juventud que dfsfallece,
es mi ilusión que canta;
mi primer desengPilo que aparece
y mi primer amor que se levanta.
¡Operas viejas, fastidiosas melodía~, aires senci.
llos, temas sentimentales, idos en paz; no l,S amau,os
ya; sois nnestra desesperación y nuebtru remordimiento, y nos obligáis á pensar en cosas lejanas y
tristts de las que ya no queremos acordarnos!

***

Ha cesado, por algunas horas, la mon6tona decoración del horizonte, durante los crepúsculos lluviosos.
Las ~oches de Julio han sido grisPs, de esas Pn que,
como dice un poeta, la luna corre detrás ele las cortinas cenicientas, que s~ rasgan de ':,recbo en trecb,)
para filtrar !ª luz de los astros; noches con pocas estrellas, sem1ahog'ldas en la cerrazón húmeda ne los
campos, silenciosas como las quimeras de los soñadores,. noches de las almas buenas en las que el cielo semeJa el dombo de un templo gigantesco elonde los
luceros arden como ~i fueran blandones qu~ alumbraran las criptas azules de los ángeles muertos.
Pero las tardes han sido monótonas y frías, metidas en. agua, con su fJ.ngo obscuro y su llovizna per1,lst,P.nte.
Unas cuantas horas, sin embngo, el m!ércoles al
acabar el día, sobre la placa de plomo del Orie~te,

enr.endiéronse dos arco-iris triunfales, tan radiosos
y vivo~, que la fangosa ciudad pa~eció, de p~onto, como vista á través de un gran prisma de cristal. El
sol, entonces, elesde el ocaso, hizo estupendas mara•
villas de su oro: lo arrojó en placas y florones sobre
los muros, sobre los cristalPs, sobre los charcos, lo
deshiló en redes sutiles y deslumbradoras sobre todos
los objetos, hizo grandes mariposas de los murciélagos, de los paraguas, y pavonadas salamandras de los
carruajeR.
.
.
MElxico fué, por hreves instantes, una feé~JCa c_m:
dael de Cuentos ele Hada~, romo las que se 1magrno
Luis de Ea.viera en sus nebulosos ensueños.

** *

He visto en los periódicos la inaca.bable rliscusión,
refrescada por asuntos teatrales del género chico: para
la época mederna vale ser p,&gt;eta en el alto sentido de
la palabra?
y me he puesto á leer una y cien veces la irónica
página de un libro inmortal:
«Un día, M. Jourdain, ya todo un mamamuchí, y
habiendo aprendiJo la ortografía, llamó á su casa á
los escritores más ilustrados del siglo. Se acomodó
en un sillón, les señalaló con el dedo sillas de tijera,
y les di jo:
- 8eñores: He leído vuestros chascarrillos, me han
divertido y quiero daros trabajo. Se lo he dado últimamente á vuestro colega, á Lullí. A petición mía
h1 introduddo en los conciertos la trompa marina,
instrumE&gt;nto harmon:oso en que nadie se hil,brá fijado
aún y que es de gran efecto. Deseo que sigáis mis
ideas como las ha seguido él, y os encargo un poema
en orosa.
Ya sabéis que todo lo que no es prosa es verso y
que todo lo qne no es verso f'S prosa. Cuando yo digo:
« Nicole, t ra( dme las za patillas v dadme el gorro de
dorn ir.&gt; bago prosa. Tomad es! a fras,; por modelo.
Ese e~tilo es mucuo más agradable que la jerigonza
de renglones sin acabar que llamáis versos. En cuanto al asuntv, seré yo mismo. Pintaréis la bat,a rameada que acabo de ponerme para recibiros y el traJecillo de pana verde que llevo debajo para mis ejercicios durante la mañana. .A.puntaréis que la indiana
cuesta á un luis la vara. Esa descripción bien perjeñada se presta á toques de muy buen viso, y enseñará al público el precio de las cosas. Quiero que habléis también de mis espejos, de mis alfombras y colgaduras. Mis proveedores os darán la nota; no dejéis
de insertarla en vuestra obra. Me gustará volver á
ver allí al natural, con todos ses pelos y señales, el establecimiento de un padre que vendió pafio á los ami gos por servirles, la cocina de mi criada Misle, las habilidades de Bronsq•1iet, el perrillo de mi vecino M.
Dimanche. También podréis explicar mis asuntos
domésticos; uada más interesant~ para el público que
saber cómo se gana un millón. Por eso os pagaré generosamente á medio l uis la vara. dé escrito. Volved
dentro de un mes y enseiladme lo que hayáis sacado
de mis ideas.&gt; 10b, M . Jourdain, eres eterno!

***

La Sociedad Chibuahuense celebró una de sus simpáticas fiei,tas.
Estos famosos bailes ti&lt;&gt;nen el atractivo de prender las alas del tiempo con los cla,,os áureos de la
alegría. Tal vez ningún círculo en México posea como éste en tan alto grado la facultad de inspirar el
contento sano y el placer tranquilo. Hé aquí por qué
todas las mujeres hnmosas y jóven!'s se dan cita allí.
La fiesLa ele la t-;uciedad Chihuabuense no tiene
más que un defecto: que no f'S interminahle, y que la
Aurora se encarga de decir á los in rifados:
-Señores, es hora ya de descansar, dormid un
por.o.

EL EXTERIOR.
Revistas Politicas y Literarias.
1.-LA CONFERENCIAD.E LA PAZ: SU PROXIJIU CLAU·
SURA; SUS ACll.EltDUS DEFCNlTIVOS. LOS 1!:XPLOSI·
VOS, EL DESARME PARCLAL, LA COltTE DE A.KBI·
TRAMENTO.- l N T.ERES DE LAS POTENCIAS MILI•
'.l.'ARMENTE INFERIORES EN ESOS ACUERDOS.
2 -LA. SITUACICN GUBERNAMO:NTAL EN FitANCIA:
VIDA NECESARIAllIENTE PRECARIA DEL JIUNISTERlO; LOS OBSTACULOS CASI INSUPERABLES; LOS SO·
CIALlSTAS Y EL EJERCITOj LOS SOC[ALISTAS Y LA
LIBEKTAD Ail::lOLUTA DE LA PRENSAj REFORMAS
INDISPENSABLES
3 - L 'A}'lfAIRE,

Está á punto de di sol verse la confuencia de la Haya; á pesar del secreto oficial de sus deliberaciones,
casi todo se ba traslucido, y el público sabe ya á qué
ate~er~e en lo que toca á 0oncluslones generales. Los
penódicos del mundo entero han publicado memorias

Domingo 30 d~ Julio d~ 1899.
de los delegados, extractos de sus discursos, etc. Mu,cbo quedará pendiente después de firmada el act,a general y será necesaria otra conferencia que podrái.
partir de ana base mucho más sólida que l~ que h?Y
ba servido para las labores de la conferenc1~: la mrcular del ministro del Tsar, conde Murav1ew querinterpretando la augusta idea ?e su soberano_, form ula ;mros desiderata. En la próxima conferencia las re-sol ur.iones de hoy podrán ser completadas; ojalá que
no corra entre ella y la que va á clausurarse el lapso
de tiempo que entre ia de Bruxelas y la actual.
Sea lo que fuere, el concilio inter?aci~nal de la Hava abrirá una época nueva en la h1stor1a del derecho,
de gentes y resulta, ciertamente, un homenaj~ á la
gran memoria de Rugo de Groot, el haber esco;ido su
tierra natal para reunirlo. Pueden considerarse, á más.
de la sanción de muchas de las minuciosas y eminentemente humanitarias reglas de Ginebra y BruxeJas1 sobre protección á los heridos y reconocimiento,.
de derechos á los que defiC'Dden el te1ritorio sin ser
soldados, como obtenidos en principio estos puntos.
de magno Interés: no se hará uso en la guerra de proyectiles quf:l causando el mismo efecto que los ordinarios (poner á un hombre fuera de combate) hagan
crueles y dolorosas las heridas; co1110 entre estos proyectiles estaban comprendidos las balas de envoltura.
metálica, como las dum--dum, ingleses y americanos.
reservaron su voto: ya sabrán á qué atenerse los negros africanos y los tagalos de Luzón. Resultado incompleto pues. Otro punto: la reducción 6, mejordicbo, el statu qiw de los efectivos de guerra.
Como era este el punto principal de la iniciativa.
de Nicolás II que, eu realidad, no habló de desarme,
sino de suspensión de armamentos, y como grandes y
pequeños, lo mismo ingleses que suizos, estaban dispuestos á enterrar el magno pensamiento, hubo necesidad de bac.irle solemnes funerales. El rlelegado,
ruso Giliniski invitó, no á votar, sino á deliberar isob1e el asunto, el delegado holandés Den Beer Portugael, hizo ciertas reflexiones favorables al designioimperial y le salió al encuentro, era de esperarse, el
coronel Schwarzhuff delegado técnico alemán. «Mi
patria, dijo en resumen al general Beer Portugael,.
no necesita suspender sus armamentos para prosperar y es un hecho indubitable, aunque parezca asombroso, que á compás del aumento de los ejércitos alemanes y de su incesante perfeccionamiento la prosperidad general, el comercio, la industria, el trabaju remunerado, en suma, han ascendido constantemente. ►
Entre paréntesis, este argumento del delegado alemán, muy jugado y manoseado por todos los partidarios de la guerra, es un sofisma ,:hay relación posible
de causa á efecto entl'e el fenómeno militar y el fenómeno económico en Alemania? No sin duda; son
sim¡:,les fenómenc s concomitantes; valía la pena, entonces de investigar si, sin el crecimiento de la producción militar, la producción industrial, dabida á la
ciencia, es decir, á la transformación de los medios
productores, no sería cinco veces mayor de lo que esY no habría permitido á Alemania fundar algunasAlemanias coloniales; único medio que t iene la civilización europea de contrarrestar el avance mercantil de los asiáticos, el peligro amaril!o que, al mediar
el próximo siglo, habrá becbo ictérico al mundo. Y
cuando el orador dice que en su país el bi.,nestar común aumenta y el tipo de vida (standa?·d of life) se eleva día á día, todrs nos figuramos lo que cincuenta
oradores socialibtas compatriotas suyos tendrían que
responderle.
Después de probar que era nulo el argumento tomado del cansancio y de la anemia nacional, el impugnador del pensamiento del Tsar se encaró, muy
cortés, pero muy resueLamente, con el ruso Gilinski.
La cuestión de los armamentos, dijo, no es una cuestión aislada, es 1uuy complexa y está tan íntimamente ligada con otras, como el grado de instrucción, la.
duración de1 servicio, el número de los cuadros, losefectivo~ de las unidades de tropa, la colocación de
los cuerpos, de las plaz~s fuertes, etc., que es imposible detener el mecanismo de esta maquinaria sin exponerla á serlas avería1,; á más de esto las necesidadesde los ejércitos coloniale1,, etc., demuestran que nopodría oponerse á una obra eminentemente nacional
una convención internacional.
Esto dijo, en extracto, Alemania; Francia, por el
órgano de León Burgeois que, intelectualmente, ha.
hecho, en compañía del profesor Martens, el primer
papel quizás en la conferencia, ]!,rancia contestó•:.
«También yo soporto sin mal humor (allegrément) las
r.argas formidables de mi situación militar y el añoentrante mostraremos al mundo que no ha desmayado nuestra actividad, ni ha mermado nuestra situación económica. Pero es indudable, y debe de creerloasí el delegado alemán, que si los recursos con&amp;iderables destinaJos á sostener nuestros servicios militares estuviesen al servicio de la prosperidad de cada.
nación, ésta adquiriría mucha mayor rapidez. Es necesario, agregó M. Bourgeois, que el mundo sepa quesi mi país estuviese llamado á votar sobre este puntovotaría por la alirmativa. Y si es una dolorosa necesidad vernos obligados á renunciar hoy por hoy á un
acuerdo positivo é inmediato sobre esta proposición,.
debemos intentar probará la opinión pública que hemos examinado sinceramente el problema formulado,
ante nosotros. Y no habremos trabajado en vano, si.

Domingo 30 de Julio 1899
al precisar sus términos generales, indicamos el fin
baeia donde deseamos unánimente, así Jo espero ver
dirigirse á todos los pueblos civilizadoe.&gt;
'
De las elocuentes palabras del delegado francés
surgl? la proposic_1ón, por él redactada, que expres~
el de-~deralum, el 1d~al de futuro desarme, diremos
así, de la conferen~1~ de la Haya y que el último
martes nos transm1t1ó el cable.

* **

En realidad, la constitución de un tribunal de arbitramento permanente, aunque sólo condicionalmente obligato_rio, es el resultado más trascendental
de la conferencia; de ello no babi aba la circular del
ministro del Tsar y, sin embargo, puede decirse que
es Jo que La concentrado los esfuerzos de los deleo-ados y la atención~ un poco sorprendirla, del mu;do
clvillzaclo. Ese tribunal se llamará «Oour permanente
d'arbitrage,&gt; porque la palabra corte, indic"' según Ja
opinión de Mr. Pauncefote adm:tida por los delegados, una categoría superior á todo otro cuerpo judicial y, sin duda, podría acaecer que la corte de arbitramento tuviese que decidir entre las opiniones de
!os más altos rep~esentantes del p!)der judicial de dos
naciones eu confl:cto. Esta Corte se someterá á un
código de proce?imientos que ha redactado ya la sección corre~pond1ente de la conferencia, ;;obre un proyecto ruso que contenía veintisds artículos y que
acaso al publicarse estas líneas nos será ya conocido.
Los pueblos de segunda importancia desde el punto
de vista internacional, como nosotr'os, tenemos un
interés magno, supremo, en estos capítulos de la convención de la Haya; los débiles militar, 00 patrióticamente considerados, y entre ellos estamos nosotros,
tenemos que ganarlo todo, en cuanta tentativa de
poner al derecho un reparo contra la fuerza, encuentra la eficaz garantía del mundo civilizado. Nada tendremos que ~e_mer ?ntonces y podremos consagrarnos no sin v1g1lanc1a, pero sí sin perenne recelo á Ja
obra de nuestra reconstitución ~conómica, porque si
nuest~o derecho ha de ser siempre respetado, seremos siempre respetados, porquP. jamás, jamás saldremos del derecho; es nuestro terreno en él hemos
vivido siempre.
'
Y e&amp; una fortund. que quienes hayan tomado parte pr!ncl palísima en cuanto á esta cuestión atañe
sean los delegados americanos, á quienes los mejica:
nos tenían instrucción, no de subalternarse como
malignamente se ha dicho, sino de incorporarse en
cuanto no creyeran incompatible con nuestro interés
nacional. Es una fortuna porque indica que entre
ellos y nosotros la pala.:.ra definitiva tocará siempre
á la j ustlcia.
Así sea; la obra es buena, y los deleo-ados en la
Conferencia pueden tomarse unos días d~ vacaciones
mient ras su comité de redacción prepara el acto. general que todos deben firmar, y revestir, las naciones
representadas en la Haya, de su sello soberano antes
de terminar el año.

,

EL MUNDO.
Y ya sabemos l? 9ue sucedió; el ejército de hoy está
e~fei:mo de poht1ca y de vaga a ..piración al pronunciamiento; es pr~ciso desinfectarlo enérgicamente.
Per~ no destruirlo, y los socialistas á esto tienden,
Y Gal!1fet no lo habrá de consentir, y llegado el caso
fe retirará; W. Rousseau le seguirá, si los exaltados
le_gasen á arrastrar en pos suya á la mayoría desonentada de la Cámara, ó Waldecx-Rousseau pasará p~r las exigencias socialistas y será su prisionero,
Y el Jefe del gabinete será, en realidad Mille,and y
C?mem,ará la más tremenda aventura don que en su
;.ida ~zarosa h:lya tropezado la República: la coos,it~ción_de un gobierno enemigo de las bases legales
é históricas de la actual sociedad francesa.
Afortunadamente no es posible creer en una mayoría capaz de apoyar un ministerio socialista· al
r.abo de?º siglo, éste sería el verdadero aborto de la
Rev?luc1ón francesa, que trató de fundar una democr'.1c1a Y una libertad, no una tiranía, no la más ternble Y_ abominable de las tiranías. Si &amp;obre este
punt~ viene la crisis, ya podrá encontrarse quiénes
substituyan á los ministros actuales dentro de los
elementos de gobierno del partirto republicano liberal; ab?ra no sería lo mismo; ahora, como ha dicho
muy bien M. René Goblet, una crisis ministerial 110
tendría salida y se converti:ía en crisis presidencial
gravísimo peligro para. la Repúblic".
'

***

. Algo hay_, por desgracia, que va á hacer más difícil Y complicada la liquidación !le l'aO'aire después
del fallo de R1innes: el martirio de Dreyfus en Guayana. Los telegramas hablan de un artículo, sensacional por extremo, publicado por L' Aurore, el órgano del ardiente veterano de la palabra de la intrio-a
Y de la ~udacia que es el Dr. Clemeng~u, y que pu~de co~s1derarse como el portavoz en la prensa de la
fam1ha Drey~us. Sería espantoso, ciertamente, lo
que el periódico refiere de las tentativas hechas para
obt.ener la fu~a. de Dreyfus y darle muerte, ó plira
obligarlo á smcJdarse, después de infligirle la insólita tortura moral de sug,erirle la creencia en la infidelidad de su esposa. E~peramos que la versión de
L'.A.urore result~ parcialí&lt;,ima y exagerada, y, si los
h~chos fues_en_c1ertos, _deseamos creer que sólo la simestra oficws1dad de Jefes subalternos en el ejército
hayan podido urdir una trama á tal grado infame·
este, sf que hiere en el centro del corazón el honor d~
un ejéccitJ y de un pueblo; es preciso, pues, depurar
Y depurar: y en eso está la necesidad fatal y la dificultad suprema.

*

* forzosamente habrá que
Mas ha:V: oti:-o ~sunto á *que
llegar el dia s1gmente de la reunión de la.~ cámaras
y en dotlde uos parece que todo el talento de Waldeck-Rousseau, que va á dar ahora su verdadera medida&gt; corre riesgo de fracasar: oos referimos á la cuestión de la Prensa.
Ya lo hemos dicho, es pasmoso el tono á que en la
prens'.1- fra~cesa ha llegado el insulto procaz y la ca***
Cuando el asunto Dreyfus entM de lleno en el lumma aviesa; apenas la prensa norte-americana en
período defervescente, que ha comenzado ya; cuan- época electoral se le acerca. No hay institución no
do, después de la sentencia del consejo de gue- hay personalidad que no quede así desacreditada á
rra de Rennes, el ministerio conservador- llberal- los ojos de la multitud que es el voto: de donde esta
soclalista creado por la necesidad, Je que fué enér- idea, más vale la dominación de un tirano que la de
gico Intérprete M. Waldeck-Rousseau, haya hecho esta oligarquía de civiles, de burgueses, profundafrente á las consecuencias inmediatas del fallo y so- mente corrompida, en donde ni hay una sola virtud
metido á un juicio á los militares que por creerse en ni una sola pasión noble.-Esa burguesía sin embar:
el deb~r de fraguar la prueba, que no existía, de la go ha dado á Francill, más de veinticinco aíl:os de Reculpa?1lidad de Dreyfus, de que tenían convicción pública, de libertad y de progreso ascendente-Y esfortísima, de esas que inspira la antipatía, han rea- ta otra idea: hay que acabar con todo lo existente
lizado u~a de las mayores inlq uidades de que los ana- porque es incurable; el liberalismo es la máscara d¿
les judiciales hacen mención; cuando reunidas en No- los intereses de los propietarios; suprimámoslo todo
viembre las cámaras reanuden sus tareas normales, y veremos des;més C&lt;imo constituimos un -oder perya desg-arradas Jas negruras del horizonte por el faro manente: viva la Social.
rde la Torre ~yffel _que indica el puerto de la ExposiEn suma: i,i toda libertad deja de ser un derecho
ción en el ag1tadís1mo océano de la política republi- desde el momento que se transforma en opresora, la
cana; cuando-y basta de cuandos-cuando todo esto opresión ejercida sobre las clases superiores por el teYotras c_osas su~edan, el gobierno se disolverá y un rror y sobre las clases inferiores por el ene-afio es de
~lni¡,ten o M~lrne-Poncaré-Gallifet ó Poincaré-Ga- tal manera clara y palpable, que no hay gobierno, á
~et-Bourgeo1s, ó algo así, podrá surgir y acaso po- no ser que se sienta con vocación al suicidio, que no
d, .. durar.
luche contra este microbio implacable que ha hecho
Los puntos determinantes de la diso-regación es- del alfabetismo obligatorio, el vehículo de propagandel _Gabinete son tantos, que par~ el obser- da de una espantable epidemia moral. Y, sin embara r que 9wera preverlos no existe más que la di.ffi- go, la prensa \lomo difundidora de luz científica, coculté du clwix. De los mismos actos del gobierno, res- mo sugerido:a de actos morales, como denunciadora de
17cL_o de los generales, vendrá ld. escisión y la discu- abusos granries y pequeños, no tiene comparación, es
una fuerza solo comparable á las grandes fuerzas na8 ón, claro es que el actual jere supremo del ejército
no ha ~e querer desarmarlo privándolo de algunas de turales, á la electricidad, á la luz, al calor; de todas
~118 m~J~res cabezas; tendrá la tendencia de reducir á ellas participa, digámoslo así, en el orden espiritual.
~ minirnum las responsabilidades. M. de Gallifet He aquí lo hondo del problema; mermar esta fuerza,
n ta hoy ha_ cumplido al pie dela letra su programa: en el sentido de neutralizar sus energías para el bien,
e~;°leraré ~1 q_ue_ el _ejército sea in&amp;ultado, ni que el es un crimen; dejarla viva en su obra de mal, es imJ Cit9 _sea md1st;1plmado; y ya hemos visto qué ma- posible.
La solución de todas estas antinomias sociales
: tan firme ha asentado i;obre las eminencias miliem peñadas en infring ir Ja regla; la casi desti- está en la justicia. Que todo derecho encuentre en
r~ n del general de Negrier, sobre todo, ha hecho ella amparo, lo mismo el del individuo que el de la
~ / efecto: este oficial superior era, por sus méritos, sociedad, y el problema se resolverá caso por caso y
de¿~ bravura, por su feliz audacia en las catnpañas el mal será menor, siempre menor. Urg-e, pues, podado a, por su carácter mismo, un ídolo de los sol- ner al derecho en condiciones de realizarse, porque
a! g Y crey~ndose intangible, se-permitió censurar · hoy por hoy, en Francia, en los asuntos de prensa,
perd~d1e_rno; s1 éste se hubiese mostrado débil estaba no lo está. De esta convicción ha nacido el proyecto
satos 0, mas no ha sido así, y todos los hombres sen- de ley que en las próximas sesiones será yotado por
~ a aplaudt n. El ejército francés, en tiempo de el Senado. Ese proyecto tiene por fundamento la repoleón III, est:i.ba enfermo de abusos y corruptela, forma que nosotros hicimos aquí, con excelente acuer-

rdotánea

t/:

t

59

do, en el artícu;o 7 ° de la Constitución. Consiste en
descartar al Jurado del conocimiento de los delitos
de prensa y encargarlos á la justi&lt;¡ia correccional.
Ese efect,i vamentt es el único remedio posible.
La experiencia, único medio de alcanzar una verdad sociológica, ha demostrado que el jurado es de
tal manera impotente para ser imparcial ó neutral
tratándose de asuntos de prensa; está tan inevitablement~ sometido á las sugestiones de la prensa misma; tiene tan necesariamente en cuenta sus temores
si burgués, y sus pasiones, si obrero, que no puede co:
loca~se moralmente en condiciones de ser juez, de ca?ª c!e~ veces, en noventa y cinco. Y sin juez no hay
Just1c1a.
~a absolución si.;temática de cuanto acusado por
deht?S d~ pr~nsa es conducido al jurado, indica que
esta 1_n"lt1tuc1ón se declara incompetente á sí müma
para ¡uzgar de estas infracciones dela ley penal aun
cuando manifiestamente sean obra de malhechores
públicos que asesinan en las columnas de un periódico, porque no pueden hacerlo en el camino en que se
as~ltab:1. antañ0 á los viajeros, porque ahora están
cuidados por la policía.
_Urge, pues, dei.cargar de esta jurisdicción, por él
mismo rechazada, al tribunal p0pular. ¿ y cuál será la garantía de la prensa en el juzgado correccional? No basta que el juez tenga que motivar sus fallos, lo que no puede hacer el jurado, se necesitan su~remas seguridades .para la libertad de opinar, de
censurar y de denunciar el abuso· sin esto no hay
pueblos libres.
'
Esto es perfectamente cierto; y quiere decír que
los franceses, antes de aprolJar su ley, deben hacer un
examen de conciencia y preguntarse: ¿nuestr'.ls jueces son independientes? ¿Lo son~ Su inamovilidad
está realmente garantida? ¿Sus responsabilidades
pueden realmente ser exijidasi' Sí? Pues adelante, y
no haya miedo á la reforma; pásese la prensa delincuente al fuero común. En caso contrario ...... en
caso ~on~rario asegúrese previamente esa independencia; s1 no lo hace la República otros lo harán.

*

* pren1,a va á dividir al
_P~fs ?Sta cuestión de* la
mm1steno francés. Los r.adicales y socialistas en general y todos los per1od1stas en particular chillan
~ás que los gansos del Capitolio cuando se toca á la
l~_bertad sacrosan.ta ~e la difamación y del ult:aje.
81, todos los per10d1stas: vease si no. El presidente
de la Asociación parisiense de la prensa, M. J ean
Dupuy_ ac~ba de ser nombrado ministro; al felicitarlo
la asociación por este honor, sin admitir su renuncia
más que tem_p?ralmen~e, le maniliesta que «espera
que no perm1t1rá restncción ninguna á la libertad de
la Prensa.&gt; Y lo punzante del caso es que el presidente de la asociación que tales votos formula es su
vice-pre~idente M. Paul de Cassagnac. Pues n~ hace
mucho tiempo que este divertido forfanton que ha
llevado á la tribuna y á la preusa. sus modales de li~uero del duque de Guisa. y su f'XUberancia de QuiJote grueso, no hace mucho tiempo que decía: &lt;la libertad ilimitada de la prensa me parece una estupidez; pero la República no tiene derecho á tocarla; está obligada á soportar todas las consecuencias de
eso y que con eso reviente- et qu'elle en créve.&gt; y és
verdad lo que dice este gascón; pero yo me moriría
de pena por largo tiempo, si la ::"lepública hubiese
de reventar en manos de M. Waldeck Rousseau.

*

**
Y ahora que ya va á revisarse
en toda forma y en
toda regla el asunto Dreyfus y mientras todo el mundo ríe de las _afirmaci?nes solemnes de M. Quesney
de Beaurepaue, graCJosamente místificado-no sé si
así suele decirse en español n_i si preferiréis, lectores,
que yo u~e de esta otra locución hecho gU,Oje-he aquí
que, segun el cable, el periódico mas serio de Francia, aflr~a que Rusia denunció la traición del capitán semita. ¿Afirma? Yo os aseguro que no afirma
na.da. Y apuesto ..... .
¡ Uffl ¿Cuándo terminará este fatigante asunto?
Cuándo? Cuándo recobrará todosu buen humor Dios
mío, el pueblo del Champagne? Dicen que este' vino
que parece esprit líquido, cuando se toma desde la so:
pa vuelve tristes los postres; en las postrimerías del
siglo ¿estará decidido el pueblo francés á volverse
triste? ¿ Ya no nos hará el inmenso se1 vicio de extraernos de nosotros mismos y de mostrarnos el aspecto dulcemente cóm~co de la humanidad, separándonos del suplimo constantemente renovado del pensamiento interior, de P,Se suplicio que hace de cualquier hombre un niño soil:ador como ese que Anatole
France retrata divinamente en su flamante Pierre
Nozié:rel Le dejo la palabra, lectores míos, para el bro?M de or_o: «J?e noche veía yo extrail:as figuras, y de
1mprov1s0 m1 alcoba, tan bien cerrada, tibia en que
morían los pos tre:os vislumbres del hogar, ~e abría
anc~amente á la rnvasión del mundo sobrenatural....Leg1ones de diablos cornudos danzaban allí sus rondas; y luego, lentamente, una mujer de mármol neg_ro PftB!-~ª ll?r~ndo .... _. . Y ~ó)o_ con el ti~m_po SUP,8
que_ los d1abl!llo_s danzaban en mi cerebro y que la
muJ~r lenta, tnste y negra ...... era mi propio pensam1ento.&gt;
JUSTO SIERRA,

�Dommgo :JO de Julio ele 1899
60

letargo y se revela de nuevo, cada vez que la emoción ponla, ni que pueda llegar á convertil á esa tribu minos embarga ó cada vez que la pasión uos ofusca.
serable en un pueblo civil izado y poderoso. Hoy se
Ea plena civilización, en plena época actual de sabe que la cau~a principal del atraso de las tribus
escepticisn,o y de alta cultura intelectual, no hay uno centro africanas, es principalmente, el rigor de
denusotros, por ilustrado q ueselesupoagay por escép- su clima tropical, contra el cual se estrellan los
tico que se le crea, que, al tropezar, no vuelvaairado poderosos esfuerzos del mundo europeo por llevar
la vibta contra el obstáculo y no formuie contra él un á aquellas regiones la tUOderna el vilización.
reproche ó una injuria. Arrojamos indignados y venEl Nilo y sus inundaciones explican todo el antigativos, apoi-tro_ráodola, la pluma que no quiere es- guo Egipto y la prosperidad norte-americana tiene
-eribir. No sé, d1ceu á menudo las mujeres, qué tiene como factor fundamental la estructura plana de su
mi wáquina que no quiere coser. A este reloj, oímos territorio y su abundante irrigación. No obstante
decir eo otras ocasiones, no se le da la gana de andar. todo esto, continuamos atribuyendo á los hombres y
Hacei mucho q1.1e no quiere llover. Todas estas formas espec1alment,e á Jo¡, eminentes, la grandeza de alguna
del lenguaje, je las que no nos es posible prescindir, ci viiización, como á otro~, perversos ó imbéciles, la
revelan }a.existencia actual, aunque momentánea, de ruina de antiguos poderíos.
~sa tendencia primitiva que denunciábamos, ó por lo
l:ii el pensador y el tilósofn, á sangre fría y ayudamenos, nuestro modo orlginal de concebir el mecanis- dos de todasu razón, se ofuscan á wenudoy atribuyen
mo y modo de acción de todas las cosas.
á un hombre intiut'Dcias de que ningún hombre es
Si tratándose de los fenómenos del mundo mate- capaz y resultados á los que principalmente concurren
rial, es tan irresistible la tendencia á explicarlos por el medio físico, la índole de la raza y las peripecias
Ja acción de voluntad interna en las cosas ó de volun- á veces inesperadas é imprevistas de su blstoria, cótad extraña que las gobierna, natural es que ella se mo no comprender que las multitudes, y las multiturevele más irresistible y m&gt;is imperiosa tratándose des ofuscadas por la pasión ó extraviadas por la emo-0e aquellos fenómenos en que manifie&amp;tamente lavo- ción, caigan en el mbmo error. En el momento de
luntad del boto bre interviene y es capaz de gobernar. la derrota y bajo la intiuencia del pánico, el soldado,
Así pues, si ba habido una época eu que todos los fe- c·omo todos los hombres, vuelve a l pri:nitivo periodo
nómenos naturales se explicaban porla voluntad de las fetiquista, y la desbanda.da, explicable acaso, y mejor,
cosas mismas ó voluntades divinas, no debe sorpren- por h echos impersonales, por laaccidenLación del teder que todavla en la act,ualidad, los historiadores y r:eoo, por la calidad de las armas y &lt;le las pólvoras,
los tilósofos de la historia,!pretendan explicar la gran- por la lluvia Intempestiva ó por cualquier otro acci~eza y 1"' decadencia de los pueblos, las peripecias dent,e, el ejército en derrota la atribuye á un homde la vida social, el poderío cumo la deCildenvia de bre, á un traidor, y cuando no acusa de Impericia. á
las naciones, por la influencia preponderante ó ex- 1,us Jefes, los acusa de traición.
El pueblo francés de 89 sufría hambre, miseria,
•clusil'a de la inteligencia. ó de la voluntad de determinados hombres.
desoude1., y lejos de explicárselas por sus verdaderas
La filosofía moderna demuestra que la acción vo- &lt;.:ausas y je referirlas á sus positivos orígenes, enconluntaria y deliberada del hombre es, apenas, par- tró mas llano y más sencillo at,rlbuirlas á la nefasta
ite, y acaso no la principal, en la evolución hist,órie&lt;1. de
acción del tfrano.
Naturalmente, este regreso á las épocas del fetlun pueblo ó de una raza; que no hay h ombre de genio que pueda neutralizar la influencia funesta de la quismo y á las explicaciones antropomórticas, tiene
.ari~ez del suelo ó de la inclemencia del clima en La- que ser más acentuado y más frecuente en los pue-

MEXICO MODERNO.
En espiritual artículo publicado en el «Fígaro ~e
París&gt; Gastón Deschamps denuncia la tendencia
irresi~tible v dominadora. del espíritu francés de
atribuir todos sus fracasos, todos sus contratiempos
y todas sus desgraci_as, á la influencia y á la acción
tenebrosa de un traidor.
Para el francés la batalla que se pierde la ba hecho
perder un traidor. _Son traldor~s, los qu_e ha~en fracasar sus maquinaciones financieras, traidores los que
derrccan sus combinaciones dipl•Jmá~lcas, y en. sn
vida militar, c-)mO en su vida económica_ y _política,
la traición y el traidc,r desempeñan el prmc1pal papel
y son los protagonibtas ocultos de todos sus dra-

ma

61

EL MUNDO

EL MUNDO.

.

Ponson du Terrail y Javier de M:ontepm, en sus ~ovelas sensacionales de.homicidios, robos, asaltos é u1:cendios, hacen tigurar siempre c0mo Deus ex ma~ch1naá un traidor más ó menoi; invi,,ible, y la popularidad
de sus escritos y el fanatismo que su literat_ura ba
despertadosiempreen las masas, corroboran la 1cea de
que la explicación decisiva de todo cuanto pasa, ante
el criterio francés, es la acción del traidor. Ya E~ilio Zola había denunciado el mismo hecho; _per~ DI él
ni Deschamps bosquejan siquiera una explicación de
fenómeno tan singular. Si analizamos otros _pueblos
y otras razas, podremos ~erciorarnos de que 01 en Al~mania ni en Ilolanda, DI en Inglaterra, ni en los E:s·
tados Unidos existe esa misma propensión. En dond_c
se grita traición á cada día y á cada paso, ea cada siniestro como en cada catástrofe, es de toda prefer~ncia en Francia, después en España, después en Ital!ª•
y en Có~ceg:i, no sólo s_e .&amp;rita, sino que se practica
sistemát1c&lt;1.meate la tra1c1Jn.
IIojeando la historia militar de Francia, no se comprueba una sola derrota. del ejército francés, eo la que
la desbandada no vaya acompañada del grito. es~ridente de traición! traición! En Waterloo, el eJérmto
de Napoleón el Grande, se desbandó al.grito de traición! Ya antes, en todo el dcloroso ca~ino d~ la retirada de Rusia, oo dejó de resonar el mismo funehre
alarido. Durante la guerra fnnco-prusiaoa, en Wisembourg, como en Sedán, se clamaba traición. La
revolución francesa no fué otra co1;a, en concepto de
los revolucionarios, más que una perpetua y no interrumpida traición del tirano contra el pu~bl~, de
la nobleza emigrada contra Francia y de 1Dd1gnos
acaparadores contra el hambriento estómago francés.
Ultimamente, en Espafia, durante su desastrosa
guerra con los Estados Upidos, jamás dejó de atribuirse á traiciones toda la dolorosa é instantánea
tragedia.
Esta propensión á mirar traidores en todas partes,
explica la frecuencia con que, por todas partes, se cree
encontrar espías.
.
•Cómo explicar y en función de qué datos de la ID·
teÍígencla y del•carácter francés y la~ioc, esta ol,sesi_ón
perpetua y esta té ciega en la traición? Vamos á mtentarlo basadnR Po bechos familiares y en leyes gene!ales del espíritu bu111ano.

blos oaturalmeate impresionables, apasionados, imagioati vos, como los pueblos la Linos. Ya hemos dicho,
en efecto, cómo son precisamente las emociones y
las paswnes, las que arrojando un velo sobre la razón
y entenebreciendo momentáneamente la reflexión,
nos retroLraen á la primera tilosofía fetiquista. 13 L·
jo la influencia de la necesidad que apremia, de la
ira que ciega, del amor que enloquece, del pánico que
paraliza y hace enmudecer, retrocedemos siglos eo la.
historia, remontamos el curso del tiempo y vol v...
mos á ser aprensi VO!', tímidos, irreffoxivos, volubles
é insensatos como nuestros primeros antecesores, y
las multitudes son más susceptibles aún de ese retroceso, y más sensibles á la 1Dfluencia pasional. Las
ideas, como las emociones y los actos de los hombres
en grupo, son, y así Jo han demostrado pensadores
modernos, las ideas, las emociones y la conducta del
uiño, de la histérica ó del salvaje.
Uuaodo vemos, pues, al pueblo francés, al español,
al iLaliano, al latino-americano, adorar con tanto ranatismn á sus héroes, odiar con tan profundo rencor
~- sus verdugos, levantar al sollo á sus favoritos y
arrojarlos luego y á veces con negra ingratitud al
poi vo; cuando los vemos elevar hoy, á la ligera, monumentos que, á la ligera tambléo, derribarán mana.
na, forjar reputaciones que la calumnia manchará
á poco, no nos sorprendemos ni nos indlgc.amos. Es
fenómeno fatal é irremediable de nuestra sensibilidad exqui;ita, de nuestra imaginación volcánica, de
nuestra. pasión ardiente, á las que debemos nue,-tros
errore~, nuestras desgracias, nuestra secular impotencia, pero á las que hemos debido también nues•-ra
glorias de poetas y artistas y el goce de las más ardientes é iuteosas emociones.
Pueblos de nuestra índole Infantil y femenina. de
nuestra sensibilidad exquisita y de nuestra ima!!lm,
ción volcánica, no están ciertamente llamados á ser
los más fuertes de la tierra; pero sí han podido y pueden ser aún, de entre todos, los más felices.

\

ÜASA. DE

M.

EMILE BER'IHIER.-COLONIA. DE SA.N RAFAEL.

Todos los espíritus inferiores, los hombres primitivos, las gentes incultas, la~ mujeres, l&lt;&gt;S niüos, no
tienen á mano más explicaciones de todo cuanto ~os
rodea, que asimilar las cosas á seres bumanos é ID·
terpretar los fenómenos como erectos de la voluntad
de esos seres.
Si llueve, es que la nube ha querido transformarse
en lluvia, el río magestuoso fecunda los campos,. porque es bondadoso y ha querido sembrar la prosperidad
en la campi!'ía. La coLOpaslva palmera tiende sus
umbrosas frondas porque quiere protejernos contra
lus rayos ardientes del sol canicular. El arco-iris
que lrradla en el espacio, es un arco de paz y de es_peranza tendido en el cielo por la voluntad de un D10s.
El rayo atronador y mortlfero que desgarra la nu

CA~A DE

be, es un estallido de ira de alguna potencia celeste.
Una voluntad Idéntica en todoá la volun1 ad humana,
agita el oleaje de los mares y calma la tempesta\l.
Todas las mitologías y todas las religionesyrimltl•
vas explican asl el curso de los astros, movidos por
ángeles; la sucei;ión de las estaciones, determinadas,
ya por Proserpina que sale de los ~rotundos ~ntrosde
la tierra, ya por el viejo Noel ?ub1erto de D1eve que
trae consigo las brumas, los Cierzos y las cortantes
brisa;; del invierno.
Hay, pues, en el espíritu hu~ano, una tendencia
natural é irresistible á personlticar las cosas, á atribuirles inteligencia, pasiones y voluntad como la del
hombre. Y esa tendencia que sólo la cultura reprime y sólo la ci vi!izacióo neutraliza, despierta de su

VENECIA.

M. E. CAB.\SSUT,-ÜOLONIA DE SAN RAFAEL.
)

..

VE:S-ECIA,-PLAZA DE SAN MARCOS.

fT abía salido solo de Milán y llegaba á Venecia con
un camarada. Era un ruso, llamado Staal, estudiante de derecho de San Petersburgo. Por uno de tantos mínimos accidentes de viaje, nos bablamos. Cuando le dije que era americano del sur, tuvo como una
sombra de duda en el fondo celeste de sus ojos de
septentrional, y, respondiéndome que no babía. visto
ninguno hasta aquel momento, me fijaba la mirada
asomb1ado y receloso, como si esperase descubrir u~
carcaj debajo del cuello de mi paletó ó plumas de
papagayo debajo del ala de mi sombrero.
A la vuelta de dos ó tres horas nos conocía:mos
ideas, proyectos y esperanzas. Ambos íbamos á V~necla por la primera vez, y ambos llegábamos con el
dulce desasosiego conque el enamora :lo, largo tiempo
ausente, se aproxima á la hermosa adorada. Venecia
es para muchos hombres una deaquellasamadas ideales, musas de la adolescencia, que junto con los sueiios de la gloria y los amores románticos y el fúlo-ido
enjambre de las ilusiones, vinieron á tentarnos e~ las
horas del estudio, pero dejándonos siempre miel en
el corazón y luz en la mente. De ahí ese grito que
nosotros lanzamos y que se ha escapado á tantos viajeros, chicos y grandes, ilustros y oscuros, al divisar,
después que el treo abandona la tierra firme, los campanarios de Yeoecia, la ciudad de las cien islas,
en la brumosa lontananza del Ardiático: c¡Vececial
1Venecia!&gt;
Cada uua de las ciudades italianas se distingue de
las otras por cierto sello característico, pero Venecia
no sólo difiere de aquéllas, sino que difiere de todc1.s
las del mundo.
Se llega á la ciudad por un puente batido en sus
costados por el mar. Al salir de la estación, no nos
espera ómnibus ni cocbe. Nns espera una fúnebre
góndola, pintada de negro, con su grande espolón de
proa. Al bullicio del andén tumultuoso, y al formado por los !!"ritos q::e lanzan los gondoleros para atraerse algún cliente, sucede, despuE18 que nos separamos
del embarcadero, un silencio casi absoluto. La isóndola se desliza sin rumor por el agua verdosa y rn uerta, que baña l:ts graderías de mármol &lt;le los palacios.
Estos se levantan á cada orilla del Gran Canal, narrando en su lenguaje mudo, al viajero qi.:e pasa, episodios alegres y lúgubres, histerias de la Repúhllca.
Son, en su mayor parte, de los siglos XIII, XI v y
XVI, y en casi todos vive el arte traído de Orlen't e
en las galeras vencedoras. Algunos, medio inchnados,
parece que fueran á derrumbarse ó que doblasen la
frente augusta, reflexionando en grandezas pasadas,
mientras que en las paredes, color de ladrillo vetm¡.
to; y en las ventanas ojivales, flotan los sueños del
tedulno, expatriado en DUt!SHos pa~ses, Y. perse~ui-

�62

Domingo 30 de Julio de 1899.

Domingo 30 de Julio de 1899.

EL MUNDO.

63

.EL MUNDO.

de los balcones, nidos de espectros, no resplandecen
las eedas, los candelabros de plata bruñida, las grandes luces, el torbellino del baile; ni el loco amórfo de
livianas hermobas escancia el vino de la inspíraclón
en el vaso de oro de los poetas orgiásticos. La góndola va entre las dos hileras de palacios como una lá.gri maque rueda lenta y solitaria entre dos cantos de
una elegía de piedra. El gondolero comienza á hablar, y parece que fuera á romper en sollozos; el remo, llora; y 1Jna onda parte, meciéndcse suavemente,
á gemir en las gradas marmóreas de la orilla sus secretos cristalinos. De otra góndola que se acerca á la
nuestra, coronadada de globos luminosos, vuela á los
aires con los gemidos de un violín y de U'la voz joven
y lánguida, una romanza de Tostí muy conocida.
¡Qüién sabe cuántos la habrán oído de unos labius
fríos, pálidos y crueles! ¡Quién sabe para cuántos no
habrá sido en aquella hora y aquel mismo sitio la
canción de la propia nostalgia, canción de tarde otoi'ial, de nidos vacíos, de amores muertos!
M. DIAZ R0DRIGUEZ.

LA VUELTA DE DREYFUS.

RENNES.-ENTRADA DE DREYFUS A. LA PRISION MILITAR.

LA. VUELTA. DE DREYFUS.-UNA. CHALUPA LL"EVA. A. DREYFUS
do por la visión de largos crepúsculos sangrientos-y noches tibias, llenas de perfumes y . amor, en laderas sembradas de
áloes.
Por un espacio de dos kilómetros,
aproximadamente, fuimos entre dos hileras de alcázares seculares. Se diría una
inmensa flota de navíos de marmol encallada en las lagunas.
El gondolero, queriendo mostrarse complaciente con nosotros, nos señala un palacio, y con el dejo cantarín y quejoso del
dialeJto veneciano, pronuncia el nombre
de una de las familias ilustres que lo habitaron, y refiere una anécdota.
Cerca del puente del Rialto, nuestra
góndola penetra por un pequeño Mnal,
para llegar más presto á la Riva degli
Schiavoni, en la que está situado el hotel
á donde nos dirigimos. Pasamos al píe de
los muros amarillentos de un teatro, á la
sombra de dos iglesias góticas antiqufsimas, y debajo de varios puentes miuúsculos, sencillos arcos de piedra con los
que amenaza estrellarse el espolón de
nuestro esquife, al mismo tiempo que el
gondolero, para advertir al que viene en
sentido opuesto y evitar un choque, pro•
rrumpe en uno de aquellos gritos singulares, que aun cuando son arrancados por
la ira, tienen una resonancia melancólica.
En casa Kirsch desembarcamos, para
después de reposar un poco, salir de nuevo en marcha basta la Plaza de San Marcos.
Lejos, á nuestra izquierda, rematando
el edificio de la Aduana, brilla. un globo
dorado, sobre el que apoya un pie mientras en una mano levanta su veleta, una
pequei'ia estatua de la mudable Fortuna.
En la misma riva, pasamos por una estación de góndolas, donde los propietarios
de éstas nos instan con voces y ademanes
á ir de paseo. En seguida nos detenemos
en el puente de la Paglia, para desde alli
contero plar el de los Suspiros, tendido entre el Palacio Ducal y las prisiones. Ligero, esbelto y grac10so como una joya, es una sonrisa de filigrana en la cara de esfinge del misterio. Allí
sufrieron el martirio de entrevn el día en un momento fugaz los .condenados por un tribunal terrible, á vivir sepultados en un calabozo. Debajo de ese
nuente las aguas cunearon una barca que, muchas vee is entre las luces y los ecos de una fiesta, partía, llevando en su vientre maldito, cuerpos convertidos por
la tortura en una sola llaga y cuya vida no era más
que una queja destinada á extinguirse en el turbio
seno de un canal remoto.
. Continuando nuestro camino, seg'limos entre el
Palacio Ducal y la Laguna, y luego, por la Piazzetta
entre el mismo Palacio Ducal y la librería Vecchia,
hastallegar,al medio de la plaza por cuyo inme11s0 pe-

J.

Una ramiil.itera de cabellos teñidos con el blondo del
Ticiano nos ofrece violetas, las postreras de la estación; los dos Vulca.nos de la Torre dell' Orologio suenan
una hora, golpeando en una campana con sus enormes marLillos l'iclópeos; y, despidiéndose hasta el día
siguiente, pian y revolotean, llenando los ámbitos de
la plaza, centenares de palomas que desde tiempo inmemorial habitan los históricos monumentos de Venecia, como guardando en el pico de marfil y en las
alas azules y l&gt;lancas la inspiración artística anegada
en esa melancolía vaga é inefable que constituye la
mejor atmósfera del arte veneciano.

LA BARCA DEL cSFA.X.&gt;

DREYFUS A.L LLEGAR A BORDO DEL cSFAX.&gt;
rímetro se extienden las Procurazzie sus escuadrones
ge columniis. En este corto tuyecto recorrido se admiran todos los géneros arquitectónicos en una proximidad rayana de la confusión y en su admirable desorden que es afrenta de la simetría vulgar. De la
metopa dórica que humilla dos triglifos oprimidos, de
la arcada ojival que la sombra recama con encajes de
suei'íos, del capitel que amaga desgajarse bajo una
carga de cabezas y follajes, perteneciente á una fauna
y una flora monstruosa; de la cúp.:la bizantina, de
cada piedra, de cada ángulo se desprenden armonías
serenas que forman, enlazándose, como un himno al
arte entonado por el más sublime de los poetas líticos.
En nuestro primer instante de asombro no sabía-

mo&lt;i si dirigir la vista á la Basílica, á las
Procurazzie ó al Palacio Ducal. De nuestra perplejidad vine á sacarnos un cicerone que en francés bastante correcto nos
ofreció sus servicios para visitar el Paiacio en cuyo interior, yendo solos, dtlcía
él, corríamos el riesgo de extraviarnos,
sin hallar salida, en un dédalo imposible.
Como le respondiéramos en italiano, diciéndole que por de pronto nada queríamos visitar, y que en aquel día ni en los.
siguientes necesitábamos de cicenme, nos.
confesó que hacía algún tiempo no ganaba para sostener á su familia y nos exigió humildemente le suministráramos.
medio franco. Casi al mismo tiempo se
lanzó hacia mí una pobre mujer desgreñada, con una luz extrai'ia en los ojos
profundos, la ropahechaañicos, y que con
acento desesperado me gritó: t.engo hambre, señorito, tengo hambre, mient,ras en unode sus brazos descarnados me hacía ver,
bajo los hárapos, un pequei'iuelo, blanco,
pálido, sucio, racimo de filipéndulas caído en el pantano.
Esta escena produjo en mí una impresión imborrable, aunque en condiciones
análogas, la vi repetirse después m otras
ciudades de Italia, ensei'iándome siemproá ver más y mejor en los hondos abismos
de nuestra sociedad moderna. A dos pasos de la infeliz que implora un pedazode pan, yacen en San Marcos incalculables riquezas, ofrendadas á un Dios dejusticia y misericordia.
En el altar mayor de la basílica fulgura la pala d'oro, cuajada de pedrerías, en
tanto que á la puerta llama en vano la.
miseria con el rostro anémico de la fiebre
y del hambre, y próxima á dar sus flores.
siniestras de locura y de crimen.
En la galería que circuye l:l. plaza bay
tiendas y ca.tés, donde se reunen por la
tarde r..asi todos los viajeros que se encuentran en Venecia, á esperar, primero
la hora de la comida y luego la hora de
la música, sentados al rededor de una mesilla ó pa•
rándose á husmear delante de cada tienda, llena de
objetos de la industria veneciana, caprichos de vidrio, grabados que representan edificios ó cuadros
célebres. Como brillante sei'iuelo á la ingenua alon-dra, atrae á muchos, más que la concurrencia y la
música, la fachada de San Marcoil, ·que es la más hermosa facb¡i.da de templo. En aquella hora tiene algo
de fascinante. La última reverberación de la luz en·
vuelve en aúreola de triunfo la gallard"' cuadriga de
bronce&lt;Jue corona la tachada; debajo de la cuadriga, 108mosalcos de oro que eternizan la vida de Marcos despiden un relámpago místico; y, á cada lado de la puer•
ta, haces de luz y sombra, de todos los colores, libr&amp;lll
una batallad~ fantasmas en una selva de columnas

*

*
En las iglesias, bajo las* bóved'\S
góticas, florece un
a.rte misterioso. Una aspiración divina y una palpitación bumi.na se abrazan y confunden en los reta.
bluS cincelados, en las esculturas y en los lienzos.
Cerca de unos santos sumidos en éxtasis de fakir sin
animación y sin alma de Pablo el Varonés, grita el
colorido victorioso en las figuras del Tintoreto, y las
sant as de Sebastián del Piombo, queriendo, llenas de
vida, salirse de lQS cuadros, inspiran, más que rezos
y oraciones, culto sensual á la forma triunfante. Una
Virgen del Ticiano, difundiendo de su&amp; facciones
beatíficas amor y confianza, sube entre una g[{)ria de
esfumados rubios; y en una capilla olorosa á incienso
Y á _humo de cirios, en la claridad trémula y desvanecida de una lámpara moribunda, se alarga la &amp;ilueta de un ángel negro, de autor desconocido, símbolo
del silencio, de la desesperación, de las tinieblas.

s~n, cantan y ensartan perlas. El sol, el viejo lujurioso, colocándose en el modesto retiro, va de puerta
en puerta, besando sabrosas nucas morenas y humildes pies descalzos. Otra vez nos ballam0s en el
puente de un pequeño canal; á la derecha, en un recodo que el canal forma, se alza un palacio berroqueño, s~vero, como de e&amp;tilo fllorentino; á la puerta del
palacio está una góndola amarrada, inmóvil; dPl otro
!~do, los árboles de una huerta, tienden por l:is tapias Y sobre el ·ag-ua un ancho festón de esmeralda;
enrrente, en un balcón vecino qe las nubes, se asoman, e~tre dos macetas, unos ojos y un par de labios
encendidos que nos sonríen picarescamente. . . Para
C?mpletar un _pastel que fuese imagen viva de Venecia, no _falta smo un celaje de rosa en el cielo, y entre el cielo y la tierra v.na bandada de palomas.

*

* *
U~os buye_n _el hálito ponzofloso
de las lagunas y la
música martmzante de los mosquitos. Otros huyen
la tristeza. Palomas blancas, góndolas negras, canales verdes, todo, en la ciudad de los Dux es triste
tristr. con esa tristeza que embriaga, del 'amor y del
vino, tristeza de voluptuosidades peligrosas para lus

Hoy que podemos examinar en todos sus detalles la
inteligente fisonomía del deportado, estigmatizada
con las huellas de un dolor moral inenarrable, nos es
fácil imaginar lo que debe ser el temple de ese hombre, que al volver en sí de una pesadilla horrible. al
verse de nuevo en su patria, pr~o, pero entre los·s uyos, al amparo de la piedad y de la justicia, no enlo~uece ni se .apoca. Apenas si una ligera y brevísima
fiebre acusa en el férreo organismo del capitán la
reacción que pudo haber hecho peligrar su exl:;tencia
y con ella la fe en la integridad de la couciencia mo:
ral de un gran pueblo.
Muerto Dreyfus antes de que la justicia prormncie
su veredicto definitivo, se ahondarán en vez de colmarse lJs abismos que separan á dos fraccione'I de la
socie_d"d francesa; quedaría en pie un p1'oblema que
arroJaría la sombra se su incógnita sobre el campo
de los disturbios contemporáneos.
Afortunadamente para Francia y para la humanidad, ese hombre, mudo y elocuente acusador de los
crímenes que se cometen en nombre del régimen mi.
litar, vive para hacer posible una conclusión cualquiera que sea. De esa conclusión esperan todos los
pueblos, no sólo el francés, la orientación para las
luchas futuras.
.Al llegará bordo del Sfax el Capitán Dreyfus recogió la justicia una ruina viviente, una existe~cia
agotada acaso ya en la tormEmta de las pasiones púplicas: L~ obra de reparación se hará; pero ,¡qué indemnización será ba6tante á reparar el aniquila mien-

to de una juventud vigorosa, de la. dicha de un ho(Tar
del equilibrio mor.;.l de un pueblo?

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*** una racha de invierno,
Cuando corta aún los aires
Y comienzan las yemas en las ramas escuetas á ofrecer al bosque aterido, junto con una explosión de
bojas nuevas, rumorea y perfumes suaves como terciopelo, una turba alegre salida de todas las regiones
d_e Europa y compuesta de pareja.o; enamoradas, de
ricos desocupados y artistas perezosos invade, buscando calor y vida, la tierra italiana. La turba alegre llena por algún tiempo con zumbido de abejas
10s museos y templos de Venecia, para continuar luego hacia el sur, siempre bulliciosa y frívola, á mariposear alrededor de otras estatuas y de otros lienzos,
bajo el risueño azul de Florencia ó en la sagrada Roma. Muchos de estos viajeros, movidos sólo por ese
anhelo, que en nuestros días conde por todas partes,
de conocerlo todo, se van sin sospechar siquiera que
al lado de la Venecia legPndaria, bay otra Venecia
casi ignorada, encantadora y pintoresca. Para llegar
á é_sta, es necesaaio vagar á pie por la ciudad, siguiendo las vueltas y revueltas de callejas semejantes á escondrijos, que por Jo estrechai; y cortas, más
parecen pertenecer á una ciudad de tfteres. Pa.ra
DUPstra excursión partimos casi siempre óe la Torre
de!l'Orologio, y llegamos pur la Mercería al puente del
R1alto.
Aquí nos mezclamos con la multitud bullanguera
Mme. Hadamard.
Mme. Dreyrus.
M. Haramard (hermano de .Mme. Dreylt s)
de los mercados, y caminamos un momento entre
M.i11.E D.REYFUS LLEGA. A R:KNN.KS.
montones de legumbres, ne uvas, de albérchigos rojizos y velludos, como mejlllas de frescas montañesas;
Afortunadamente bay en el hombre superior fuenY luego emprendemos el raro paseo en que á cada pa- que han sentido en el cerebro los dolores de la pasión
tes de idealidad que no se agotan, y los sufrimientos
so debemos retroceder delante de un paredón que nos herida, del ideal crucificado.
Casi diariamente, antes ne que acabe el movi- nada son para el que ve en ellos espinosos peidaños
obstruye el camino, ó de un canal que no puede pa•
Barse, por estar en aquel punto desprov\,,to de puente. miento febril en la plaza de San Marcos, empezamos, por los que asciende la humanidad á las alturas del
Después de inverLir algún tiempo en este avanzar y acostados en el fnndo de una góndola, nuestra currt&gt;- pt!rfecci::mamiento moral.
retro..:eder alternativo, sin encontrará nadie como en ría nocLuroa por el Canalazzo desierto. Las venLanas
un yermo, penetramos en u,a calle diminuta. A las de las antiguas casas señoriales miran en las noche:;
puertas de las casas, muchachas del pueblo conver- como órbitas vacías de calayeras gigantescas. Detrá11

�fl4

EL MUNDO.

Domingo 30 de Julio de 1899

...

Dommgo 30 de Julio de 1899

..,

EL MUNDO

65

"

'-

,---EL CANTOR DE KIME.
·caminaba por el sendero que sigue la ribera á lo
largo de las colinas. Su frente amplia y cubierta de

arrugas profundas, estaba ceñida por una venda de
lana roja. Sobre las sienes flotaban sus blancos bu-eles de cabellos, agitados por el viento de la mar, y
su barba parecía hecha de copos de nieve. Su túnica
_y sus pies desnudos, habían tomado el color de los caminos por donde iba errante largo tiempo hacía_ Y
·de su cintura colgaba una tosca lira. Se le llamaba el
..Anciano, ó por otro nombre el Cantor. Los niños á
quienes instruía en la poesía y la mústca, le llama.-0an de otro modo, y los demás conocíanle por el Cie•
.go á ca.usa de que sobre sus pupilas, empañadas por
los aíios, caían los hinchados párpados, enrojecidos
_por el humo de las chimeneas, junto á las que
.acostumbraba sentar.se para entonar sus cantos.
Mas él no vivía en eterna noche, todos aseguraban
•que veía mil cosai, que los demás seres humaqos jamás verían. Tres generaciones bacía que iba sin ce.sar por las ciudades. Y a.hora, después de cantar todo el día en el palacio de un rey de Egea, tornaba. á
-su hogar del que ya veía el techo humeando á lo lejos. Después de haber caminado toda la noche, sin
detenerse, temeroso de ser sorprendido por los ardores del día, acababa de descubrir en la claridad de la
-aurora, á la blanca Kimé, su patria. Siempre seguido de su perro y apoya.do en el nudoso bastón, ava.n-Zaba. con paso lento, recto el cuerpo, alta la cabeza
por un resto de vigor, y esforzándose por contrarrestar la pendiente del ca.mino que descendía á un estrecho valle. El sol lavantándose tras las montañas
del Asia, teñía con una rosada luz las nubecillas li,gera.s y las costas de las islas hundidas en el mar. La
playa reverberaba. Pero las colinas, coronadas de
lentiscos y terebintos que se extendían por el Oriente, retenían aún, entre su sombra, la dulce frescura
-de la noche.
El anciano midió sobre la pendien~e del suelo el ta.mano que darían doce lanzas colocadas una tras otra,
:Y encontró, en seguida, entre dos rocas gemelas, la
entra.da estrecha d0 un bosque sagrado. Allí, á la
-Orilla de una fuente, se levantaba un altar formado
de piedras no talladas. Un laurel la cubría con sus
ramas brillantes. Ante el altar blanqueaban los hue,8()S de la~ víctimas..... En torno de él las ofrendas
estaban suspendidas de los ramos de los olivos, y más
adelante, en la sombra horrible del desfiladero, dos viejos robles se elevaban teniendo adheridas á su tronco un par de cabezas descarnadas de toro. Sabiendo
que este altar estaba consagrado á Pbaebos, el anciano penetró al bosque y, desprendiendo de su cinturón donde estaba suspendida por el asa, una pequeíia.
copa de arcilla., se inclinó sobre la corriente que, tendida. en un lecho de apio y berro, y después de mil
rodeos, iba á regar la pradera. Con aquella. agua fres-

ca, llenó su copa, y como era piadoso, regó algunas de una cabeza de hombre. Y el viejo se lo mostró á
gotas al pie del altar antes de lleva.ria. á sus labios. Melantho:
Adoraba á los Dioses inmortales que no conocían ni
-Mira, mujer,-le dijo-que este gijarro tiene.seel sufrimiento ni la muerte, en tanto que sobre la mejanza con Pakoros, el herrero; á no ser mediante
tierra iban pasando las generaciones miserables de el permiso de los Dioses, sería imposible que una pielos hombres. Entonces se sintió poseído de inmenso dra se le pareciese tanto.
espanto, tuvo miedo á las flechas de los hijos de LeY después que ¡¡,. vieja Melantho vertió a.gua sobre
to. Agobiado por las enfermedades y cargado de sus pies y manos para quitar el polvo que los manaños, ii.waba la luz del día y temía morir. Víoole, chaba, él tomó entre sus brazos la pierna de buey,
pues, un buen pensamiento. Inclinó el tronco flexi- llevóla cerca del bogar y comenzó á partirla. Sabio
ble de un olmo, y acercándoselo, colgó la copa de ar- como era y prudente, no dejaba ni á las mujeres ni
cilla en las más altas ramas del árbol que al erguir- á los niños, la tarea de preparar la comida y á ejemplo
se de nuevo, levantó hacia el cielo la ofrenda del an- de los reyes, cocía él mismo la carne de los animaciano.
les.
La blanca Kimé, ceíiida por sus muros, se levantaSin embargo, era Melantho quien reanimaba el fueba sobre la ribera del mar. Una calzada. montuosa, /:!º del hogar. Soplaba sobre las briznas de leíia haspavimentada de piedras planas, conducíaá la puerta ta que un Dios las envolvía. en llamas. Y por más que
de la ciudad. Esta puerta había sid@ construida. en esta tarea fuese santa, el viejo sufría de que la desépocas remotas, perdidas ya en la memoria, asegu- empeñara. una mujer, agobiada como él, por la fatirándose que era obra de Zeus. En su dintel estaban ga y la ancianidad. Cuando brilló la llama, el anciano
grabados varios signos que nadie sabía explicar, pero arrojó sobre ella las descuartizadas carnes, á las que
que se veían como signos dichosos. No lejos de esta daba vueltas con una fuerza de bronce. De pie respipuert'l, se extendia la plaza pública, donde relucían raba el humo acre que llenaba.la sala, haciéndo'. e debajo los árboles, los bancos de los 11.ncianos. Después rramar lágrimas; pero su espíritu no se irritaba conde atravesar esta plaza, hacia el Jado opuesto del tra éste, estaba acostumbrado y además ese humo
mar, el viejo se detuvo. Allí estaba su casa. Estre- era signo de abundancia. A medida que la dureza de
cha y baja, en nada se pllrecía á la bella mansión ve. las C&lt;\rnes se ablandaba con la fuerza invencible del
cina. en donde un adivino ilustre vivía con sus hijos. fuago, llevaba. á su bo~ pequeños trozos que saboLa entrada casi desaparecía bajo un estercolero que
un puerco esca.rvaba con la: trompa. Era el estercolero mucho más pequeño que los que se veían ante la
morada de los hombres ricos. Pero tras de la casa se
-~
extendía el vergel y los establos que el anciano había
¡t
construido con sus propias manos, hechos de piedras
desiguales. El sol subía por las alturas del blanque......__,,,.~G ~!1
cino cielo; la brisa del mar no se movía. Un fuego
I·
sutil flotaba en el aire, abrasando el pecho de los
•.
.....
bombies y de los animales. El viejo se detuvo un momento para enjugar el sudor de su frente con el dorso de la mano. El perro, con la vista atenta y la lengua colgante, jadeaba.
La vieja Melantho que venía del fondo de la casa,
paróse con la cara al sol, pronunciando palabras de
,,
buen agüero. Se había hecho esperar porque un dios
había puesto en isus pobres piernas un mal espíritu
que las bacía más pesadas que dos odres llenas devi.,'~
~\·.
no. Era una esclava de Ca1.'ie, que un "!'ey había da.do al Cantor cuando ella era joven y él estaba lleno de
fuerza. Y Melantbo habíale dado un gran número de
hijos; pero de elloR no quedaba uno solo en la casa:
los unos se habían muerto, los otros habíanse ido le- reaba. lentamente y en silencio. •y á su lado la vieja
jos para hacer en las ciudades de Acaya el oficio Melantho escanciábale el vino negro en una copd de
de cantor ó de carretero, pues todos estaban dotados arcilla, semejante en todo á la que al Dios ofrede un espíritu ingenioso. Y Melan':iho moraba sola ciera..
en la casa, con Areté, su nuera, y los dos hijos de
Cuando a.pagó el hambre y la sed, preguntó si esAreté.
taba toJo bien en la casa y en el establo. Se informó
Condujo al amo á la gran sala de vigas ahumadas, de la lana tegida en su ausencia, de los quesos que se
en medio de la que se extendía., cubierta de brasas habían hecho, dll las olivas listas para la prensa. Y
rojas y cenizas ardientes, la piedra del hogar. Al de- pensando en los pocos bienes que poseía, dijo: &lt;Los
rredor de la sala se abrían, en dos alas, los estrechos héroes alimentan en sus prados grandes rebaíl.os de
aposentos, y una escalera. de madera conducía. á las bueyes y terneras. Tienen esclavos bellos y robustos,
habitacione.:1 altas de las mujeres. Sobre los pilares las puertas de sus moradas son de mar.fil y bronce, y
que sostenían el techo, estaban las armas de bronce sus mesas están cargadas de cráteras de oro. La fuerque el viejo llevó en su juventud, cuando acompaíiaba za de su corazón asegura. sus riquezas de las que casi
á los reyes á las ciudades á donde fueran pan resca- siempre gozan hasta que su edad declina. Ciertamentar á las bijas de Kymé que los héroes habían te que en mi juventud les igualé yo en valor; pero no
arreba.tado. Una pierna de buey pendía de una. de tenía ni caballos, ni carros, ni servidores, ni siquiera
las vigas. Los ancianos de la ciudad la habían envia- una armadura fuerte para igualarles en los combates
do la víspera al Cantor y él se regocijaba. al verla.
y para ganar con ellos Lrípodes de oro y hermosas muAl fin lanzando un hondo suspiro, sacó de entre su jeres. El que á pié combate y no tiene sino débiles
túnica, con algunos dientes de ajo-restos de su co- armas, jamás podrá matar muchos enemigos, pues
mida rústica-el presente que babia recibido del rey que él mismo teme la muerte. Así combatiendo bajo
de Egea.: una piedra caída del cielo, tanto más pre- los muros de las ciudades, entre el confuso tropel
ciOSd cuanto que era de fierro, pero demasiado peque- de los servidores, no llegué nunca á traer rico boíia para poder formar una punta de lanza. Sacó des- tín.&gt;
pués un guijarro que había encontrado en el camino,
La vieja Mela.ntho respondió:
y que visto de cierto modo presentaba la imagen
-Así como la guerra da á los hombres riquezas,
I

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r \v-- --&lt;,,;__: -

~.

�66

EL MUNDO.

Despnésapartó patambién se las quita. MI padre Klpbos poseía en
Miliata un palacio é innumerables rebafios. Pero los ra su cena los más
hombres armados se lo llevaron todo. Yo misma caí exquis:tos trozos de
en sus garras como esclava por más que no me mal- la pierna de buey. Y
tratasen, lo que sólo fué debido á mi juventud. Los hac,iéndolos saboreajefes me recibieron en su casa, y nunca me faltó el do junto al bogar,
sustento. Tú has sido mi último amo, y también el rompió con un hacha de bronce los huemenos rico.
sos á fin de extraer
Y esto lo decía sin alegría y sin tristeza.
el tuétano que, en la
El anciano le respondió:
-Melantbo, no puedes quejarte de mí pues que casa, sólo el Cantor
siempre te traté con dulzura. No me reprocho por no era digno de probar.
haber podido ganar grandes riquezas. Hay armeros y Y del resto de las
herreros que son rices. Los que construyen carros, viandas, dividió la
sacan provecho de su trabaJo. Los adivinos reciben parte que corresponvaliosos presentes .... Pero la vida de los cantores es día á las mujeres y
á los nliíos para dos
muy dura.
días.
La vieja Melantbo dijo:
Entonr.es, mirando
-Dura es ta.mbién la vida de muchos hombres.
Y con paso vacilante, salió de la casa en compai'iía que dentro de poco,
de su nuera para ir á buscar leila á la despensa. Era nada quedaría del alila hora en que los ardores del sol agobian á los bom• mento, pensó: Zeus,
bres y á los animales, haciende. callar hasta la voz de ama sólo á los ricos;
á los pobres, no. Inlos pájaros entre el follaje inmóvil.
El se tendió sobre una estera, y contemplando el dudablemente, sin
saberlo yo, he ofenp'I.isaje, quedóse dormido.
Acudieron á su suei'io mil imágenes no más raras dido á algún Dios
y bellas que las que siempre venían á visitarlo. Sus que vi ve oculto en las
suei'ios representaban imágenes de hombres y anima- florestas ó en las monles. Y como en ellos reconocía seres humanos que ha- tañas, ó más bien al
bían vivido sobre la tierra florida, y quE' cuando no hijo de algún inmor.
vieron ya la luz del día se los llevaron á dormir bajo tal; y por eso expío
un fúnebre montón de t ierra, se persuadía de que las mi crimen, viviendo
almas de los muertos flotan en el aire, pero ya sin vi- en la indigencia. Mii
gor, como sombras vanas. Sabía que los muertos veces, sin intención,
errantes en el Hades forman ellos mi&amp;mossu imagen, se cometen acciones
no pudiendo ningún ser mortal concebirla en sus sue- punibles, porque los
ños á menos de ser la imageu de uno de esus Dioses dioses no han revelaque se complacen en engaflar la débil inteligencia hu- do de una manera
mana. Pero no siendo adivino, él µo podía distinguir prellisa lo que es per.
los suei'ios engañosos de los verdaderos. Y cansado
&lt;Je buscar semejanz:1s en las imágenes confusas de la
noche, las miraba pasar con indiferencia bajo sus cerrados párpados.
Al despertar vió, arrodillados ante él en actitud
respetuosa, á los nii'ios de Kimé, á quieues enseiiaba
la poesía y la música con el cariño de un padre. Eatre
ellos estaban los dos hijos de su nuera. Varios eran
ciegos, pue,¡ los que carecían de vista eran destinados al canto por estar imposibilitados para trabajar
en los campos, ó seguir á los héroes en las guerras.
Tenían en la mano las ofrendas con que pagaban
al cantor: frutos, quesos, panales de miel, pieles de
cordero, y esperaban que el maestro aprobase estas
ofrendas para colocarlas en el altar doméstico.
Ha.;iéndose levantado el anciano, tomó su lira que
estaba colgada en un pilar de la sala y dijo con
bondad:
- Hijos, muy justo es que los ricos ofrezcan un
hermoso presente, y que los pobres den uno menos
valioso. Zeus, nuestro padre, ha repartido desigual- mitido y lo que no lo es, y su voluntad está obscura.
Por largo tiempo pensó en esto, y, temiendo la
mente los bienes entre los hombres. Pero él recomvuelta
del hambre, resolvióse á no pasar una noche
peneará al nliío que rinde el debido tributo al Cande ocio en su morada, sino encaminarse esta vez hacia
tor divino.
La vieja MelantLo llevó al altar las ofrendas, las comarcas donde el Hermos corre elltre las rocas,
y el cantor, después de templar su lira, comenzó á y donde se ve á Orneia, Smyrna y la bella Hissia reenseñar un canto á los niños, &amp;entados en tierra á su costadas en la montaña que, como el espolón de un
navío fenicio, se hunde en el mar. Por eso á la hora
derredor.
- -Escuchad, les dijo, el combate dP. Patroclo y de en que las primeras estrellas tiemblan en el pálido
cielo, cii'ióse la correa de su lira y fuese á lo largo de
Sarpedon. Muy bello es este canto.
la ribera hacia la morada de los hombres ricos que se
Y, cant,ando, modulaba los sonidos con fuerza, complacían en escuchar, durante sus largos festines,
aplicando el mismo ritmo y la misma cadencia á to- las proezas de los héroes y la genealogía de los Diodos los versos, y para que su voz no se debilitase, la ses.
.
sostenía, por intervalos regulares, acompai'iando esHabietido caminado toda la noche, según su costos calderones con un largo acorde. Y después de to- tumbre, descubrió, á la claridad rosada de la mañamar el reposo necesario, lanzaba un grito agudo que na, una ciudad que se extendía sobre un alto proge unía á la vibración estridente de las cuerdas.
montorio, y al puato reconoció á la opulenta Hissia,
Después de repetir un número de versos igual á amada de los dioses que, desde lo alto de una rodoce veces el número de los dedos de sus manos, ha- ca, mira brillar las blancas islas desparramadas en el
cía que los nliíos los repitieran cantándolos todos á mar resplandeciente. No lejos de la ciudad, sentóse
la vez, con penetrante voz, tocando, á ejemplo del al borde de una fuente, para reposar y apaciguar el
maestro, sus pequei'ias Jiras, talladas por ellos mis- hambre con cebollas que llevaba en un pliegue de su
mos en el bosque y que no exhalaban sonido alguno. túnica. Apenas acabada su frugal merienda, una joPacientemente el viejo repetía los mismos versos, ven que traía un canasto sobre la cabeza, vino á la
hasta que los pastorcillos podían repetirlos con fide- fuente para lavar su ropa. Miróle la joven con deslidad. Alababa á los niiios atentos, mas á los faltos confianza, pero, reparando en su lira y en s u desgade memoria y pobres de espíritu, los tocaba ligera- rrada túnica, y mirando además que era viejo y
mente con su lira, y ellos íbanse á llorar junto á un estaba agobiado de fatiga, acercóse á él sin miedo,
pilar de la sala.
y llena de ~iedad y veneración~ juntó en sus manos
Dábales hermosos consejos y les decía:
una poca de agua y la vertió después sobre los secos
- - Honrad á los reyes y á los héroes, quE' están muy labios del Cantor.
por encima de los demás hombres. Nombrad á los bé·
El la llamó, entonces, bija de rey, pronosticándole
roes por su nombre y por el de su padre, á fin de que una larga vida y diciéndola:
ese nombre no se pierda nunca. Cuando toméis asien-Hermosa joven, á tu derredor están flotando los
to en las asambleas, colocad vuestra túnica sobre amores, y juzgo dichosísimo al que te tome por mulos muslos, y que toda vuestra persona destile gracia jer. Yo, viejo ya, ensalzo tu belleza, como el pájaro
y pudor.
nocturno que lanza su desagradable grito sobre el te•
Decíales también :
cbo de los esposos. Sey un cantor errante. Hermosa
- No escupáis nunca en los ríos porque los ríos son joven, díme palabras de buen augurio.
sagrados. No hagáis cambio alguno, bien sea por falY la joven respondió:
ta de memoria ó por capricho, á los cantos que os en-Si como dices, y como pareces, eres un taseíio; y cuando un rey os diga: «Bellos son esos can- i'iedor de lira, no es mal destino el que á esta ciudad
tos; ¿quién os los ha ensei'iadoh Je responderéis: «Los te trajo, porque el rico Meges recibe hoy á un huésaprendí del anciano de Kymé y á éste se los enseiió ped que le es que~ido, y, en honor de él, da á. los prini.\l padre á quien Zeu~, sin duda, se los it:spiró.
cipales habitantes de la ciudad un gran festín. Sin

Domingo 30 de Julio de 1899.
duda querrá que i,u huésped escuche á un buen cantor. Ve á buscarle. Desde aquí se ve 1,m casa. No e&amp;
posible llegará ella por el lado del mar, porque está
situada sobre ese alto promontorio que se interna en
las olas, y á donde no van más que los alciones. Pero
si asciendes á la ciudad p01 la esJalera tallada en la.
roca, del otro lado, al encontrarte con grandes viíiedos, reconocerás fácilmente, entre todas, 1a casa de
Meges. Está pintada de blanco y es más espaciosa.
que las demás.
Y el viejo, sosteniéndose sobre sus vacilantes pierna~, subió la escalera, tallada en la roca por los hombres de otros tiempos, y una vez en la meseta, sobre
la que se extendía la ciudad de Hissia, reconoció, sin
trabajo, la casa del rico Meges.
Su vista le fué agradable, porque la sangre de los.
toros recientemente degollados, relucía afuera, y el
olor de los caldos se difundía por todas partes. Traspuso el umbral, penetró en la vasta sala del festín, y
después de tocar con la mano el altar, se aproximó á
Meges que daba órdenes á sus servidores trinchando
las viandas. Los convidados estaban sentados al rededor del hogar regocijados con la esper11nza de una.
comida suculenta. Había entre ellos muchos héroes
y reyes. Pero el huésped en Ci..yo honor dábase el
festín, era un rey de Kblos, quien, para adquirir riquezas, había navegarlo por largo tiempo en el mar.
Se llamaba Oineo. Todos los convidados mirabanle con admiración, porque él, como en otro tiempo el
div1no Ulyses, había escapado en innumerables naufragios, yendo á pernoctar á las islas donde las sirenas lo amaron y de donde se llevó inmensos tesoros.
El contaba sus viajes, sus fatigas, y como estaba dotado de un espíritu sutil, afladíales lo que no había.
sido.
r Reconociendo al anciano como un cantor por la.
lira que llevaba consigo, el rico ~eges le dijo:
-SEcas bien venido. ¿Qué cantos sabes?
El viejo respondió:
- -Sé la «Querella de los Reyes,&gt; que causó tantos •
males á lus Akeos; sé el &lt;Asalto del muro.&gt; Ese canto e·s muy bello. Sé también la canción de «Zeus engaflado,&gt; la «Embajada&gt; y la «Resurrección de los
muertos.&gt; Y estos cantos son hermosos también. Sé
además seis veces sesenta canciones muy bellas.
e De esta manera daba á entender que sabía muchas,
pero ,:¡ue no conocía el nombre de todas.
El rico Meges replicó en tono burlón:
- Los cantores errantes, en la esperanza de una
b'.lena comida y de un valioso presente, siempre dicen que saben muchas canciones; pero al llegar la
prueba se ve que han aprendido unos cuantos verses.
que, en fuerza de repetirlos, fatigan los oidos de lc,s
héroes y de los reyes.
El viejo, después de una larga pausa:
--Meges, dijo, tú eres ilustre por tus riquezas. t:;a-

be que el número de los cantos que conozco, iguala
al de los toros y terneras que tus boyeros apacientan
en la montaña.
Meges, admirado del ingenio del auciano, le respondió con dulzura:
--Pues no poca inteligencia se necesita para retener en la memoria canciones tantas. Pero dime: lo
que sabes de Aquiles y Ulyses ¿es verdad? Porque
se cuentan innumerables mentiras sobre estos héroes ....
Y el cantor respondió:
,
-Lo que yo sé de estos héroes, me lo enseiió mi padre, quien á su vez lo aprendió de las mismas Musas
porque habéis de saber que en ')tro tiempo las musa~
inmortales visitaban á los cantores en las grutas y en
los bosques. Yo no digo una sola mentira en mis
cantos.
Así hablaba, siempre con prudencia. Sin embargo
á los cantos que había ap~end!do desde la infancia:
tenía la costumbre de ai'iad1r versos tomados de otros
cantos ó encontrados en su espíritu. El mismo componía cantos casi enteros, mas nunca decía que fuesen obra suya, temeroso de que les encontraran defectos. Los héroes, de preferencia pedían recitados
antiguos que creían dictados por alg(m dios, y desdefiaban los cantos nuevos. Así, cuando recitaba versos.
suyos, cuidll.dosamente ocultaba su origen. Y como
era tan b~,en poeta y observaba con exactitud las reglas establecidas, sus versos no discrepaban en nada
de los de sus abuelos. Iguales eran en su forma y belleza, y dignos de gloria inmortal.
El rico Megesi á quien no faltaba la inteligencia
adivinó que el viejo era un butn cantor, y dándol~
un lugar honorable en el hogar, le dijo:
- Anciano, cuando hayamos apaciguado el hambr",
nos cantarás lo que ,abes de Aquiles y Ulyses. Esfuérzate por balagar los oídos d? Oineo, mi huésped,
porque es un héroe lleno de sabiduría.
Y Oi_neo, que anduvo errante en el mar por tao
larg-o tiempo, preguntó al cantor si sabía los viajes
de Ulyses. Mas la vuelta de los héroes qne habían
combatido en Troya, estaba aún envuelta en sombras
y nadie sabía lo que U1yses sufriera cuando erraba
por el esteril mar.
El anciano respondió:
-Sé q ue el di vino Ulyses engalió al Cíclope por
medio de un ingenioso ardid. Las mujeres refiér ense
unas á 0tras mil cuentos. Mas la vuelta de los héroes
está oculta para los cantores. Los unos dicen que en-

Domingo 30 de Julio de 1899:

EL MUNDO.

tró de nuevo en posesión de su mujer y de sus bie•
nes; los otros, que rechaz5 á Penélope por haber dado
oídos á sus pretendiem.es, y que él, castigado por los
dioses, fué errante y sin reposo de pueblo en pueblo,
con un mazo á. la espalda.
Olneo replció:
-Yo supe en mls viajes que Ulyses murió asesinado por su hijo.
E ntretanto Meges distribuía á los convidados la
carne de los bueyes, dando á cada cual el trozo que
le convenía. Oineo le elogiaba con entusiasmo.
Meges, le dijoi bien se ve que estás acostumbrado
á dar festines.
Los bueyes de Meges se nutrían de yerbas odoríferas crecidas en las f:1.ldas de las montafias. Su carne
estaba perfumada también, y los héroes no se saciaban de saborearla. Y como Meges á cada instante
llenaba una honda copa que en seguida pasaba á sus
huéspedes, la comida se prolongó basta muy tarde.
No había memoria de un festín semejante.
Próximo estaba el sol á descender hacia el mar,
cuando los boyerC1s que en la montaña guardaban
los ganados de Meges, vinieron á tomar la par te que
les correspondía de carne y vino. Meges los distinguía p:&gt;rque cuidaban sus ganados, no indolentemente como los boyero!\ de la planicie, sino armados de
lanzas de bronce y duras &lt;:orazas á.- fin de poder defen&lt;!er á los bueyes de los ataques delos pueblos de Asia.
Y s~mejábanse á. los héroes y á los reyes porque los
igualaban en valor.
ba bien, se le aprobó en todo Jo que dijo. Una vez
Do&amp; jefes los conducían, Peiros y Thaos, á. quienes restablecida
la calma, Meges dijo al anciano:
el amo había escogido por ser los más bravos é inte~Amigo,
cántanos
la cólera de Aquiles y la asamlil{entes. Y verdaderamente no podrían encontrarse blea de los reyes.
dos hombres más hermosos. Meges los acogía en su
Y el viejo, después de templar su lira, dejó que se
casa como á ilustres guardadores de sus riquezas. y extendieran
por la sala, los acentos vibrantes de su
les daba carne y vino tanto como querían.
voz.
Oineo, admirado, dijo:
aliento poderosu se exhaló de su pecho, y todos
-No lfo vioto en mis viajes hombres que tengan losUn
convidados
se acercaron para escuchar las palaunos brazos y unos muslos más vigorosos y mejor bras ritmadas que
hacían revivir las pasadas edades.
fo rmados que los de estos dos jefes de boyeros.
Y muchos pensaban: «Es admirable que un hombre
Entonces Meges pronunció un frase imprudente: tan
viejo y tan agobiado por los aflos, como una ce- Peiros es más fuerte, pero Thaos le gana en Ja pa que
ya no tiene fruto ni bojas, tenga esa potente
carrera.
voz!. .....
Al oír estas palabras, los dos boyeros miráronse uno
Porque no sabían que la fuerza del vino y la cosá otro con mirada en que se adivinaba la cólera y
tumbre de cantar, prestaban al cantor las fuerzas que
Tbaos dijo á Peiros:
'
sus nervios cansados le rehusaban.
- Preciso es que hayas dado á beber algún brevaUn murmullo de alabanzas se devaba de la asamje al amo, porque sólo un insensato podrá decir que blea
como el soplo de un violento Zéfiro en las flo1 eseres tú mejor que yo en la lucha.
tas.
Mas, de pronto, la querella de los dos boyeros,
Y Pelros, irritado, respondió á Tbaos:
un momento apaciguada, estalló con violencia. Enar-Yo me precio de vencerte en la lu.:ha; en cuan- decidos
por el vino, se desafiaban para la lucha y la
to á la carrera, no te disputo el premio que el amo
te ba otorgado, porque no es de sorprenderse que te- carrera. Sus feroces gritos cubrían la voz dal cantor
que C'n vano alzaba, sobre la asamblea, el ciamor de
niendo tú el corazón de un siervo tengas también los su
boca y de su lira. Los pastores guiados por Peiros
ples.
y Thaos, ebrios también, agitaban las manos, gruPero el sabio Oi:neus, se interpuso entre los dos ñendo corno puercos. Desde bacía largo tiempo que
bo:veros. Contó fábulas ingeniosas donde se veía el estaban
divididos en qos bandos y compc:Lrtían la enepeligro de las riíias en los banquetes. Y como habla- mistad de
sus jefes.

DE "PERLAS NEGRAS."
En las noches de Abril, mansas y bellas,
en tanto que recuerdas ó meditas,
ascienden al azul las margaritas,
Y se truecan en pálidas estrellas.
Cuando el sol en las mares infinitas
del orto desparrama sus centellas,
descienden á los campos las estrellas
Y se truecan en blancas margaritas.
Por eso, cuando llena de rubores
deshojas margaritas de alabastros,
auguran el olvido y los amores;
presienten el futuro: ¡han sido astros!
eomprenden la pasión: rhan sido flores!
AMADO NERVO.

67

-Perro! gritó Thaos.
Y dió á. Peiros una bofetada en el rostro, de donmanó la sangre En abundancia por boca y nariz. Peiros, cegado, empujó á Thaos que cayó hacia atrás
con las _c~stillas rotas. Al punto los boyeros ri vale;
se prec1p1taron unos sobre otros, cambiando injurias
y golpes.
Meges y .los reyes, en vano trataban de separar
aquellas furias. Y hasta al mismo Oineo rechazaron á estos boyeros que un dios había priv.ado de la
razón. Las 0opas de brouce vuelan por todas partes.
Los grandes huesos de los bueyes, las antorchas bu~eantes, las trípodes suben y caen sobre los combatientes .... . . Los cuerpos de los hombres ruedan sobre el hogar apagado, entre el vino de las odres reventadas.
Una obscuridad profunda envuelve la sala, donde
sólo se escuchan imprecaciones á los Dioses y lamen.
tos _de dolor. Los brazos empuíian furiosamente Jos
ard1~ntes leños y los lanzan en las tinieblas. Un tizón rntlamarlo hiere en la frente al cantor que permanece de pie, mudo é inmóvil.
::mntonces, con una voz más grande que todos los
rmd~s del combate, maldice esta casa y á sus hom.
bres 1mpíos. Después, apretando la Jira contra su
pecho, sale de la morada y se encamina hacia e! mar,
á lo largo de~ alto promontorio. A su cólera, sucede
una gran l~s1tud y un profundo disgusto de los hombres y la vida.
El deseo de unirse con l?s Dioses llenó su pecho.
Una sombra dulce, un silencio religioso y la paz de
la noche, envolvían todas las cosa&lt;;. Allá. en el Occidente, por las regiones donde se dice que flotan las
sombras de los ~uertos, la luna divina, suspendida
en E&gt;l Iímp1do cielo, sembraba de argentadas flores la
sonorosa mar. Y el viejo Homero avanzó sobre el
a)to promontorio basta que le bitó bajo los piés la
tierra que lo había sostenido tantos años.
ANATOLE FRANCE,

RONDELES.
Al esplrltu de ella,

I
Una fuga de Bach su melodía
desgranaba en las cuerdas del pfano
y una risueiia claridad nacía
de ignoto oriente en el confín lejano.
¡Y soíiabas amor! ...... tu alma sentía
el beso de los ángeles, y ufano
Bach rimaba su dulce melodía
en las sonora,.-¡ cuerdas del pi:ano.

***

Y vino el desencanto, la noche fría
cubrió con su negrura la selva, el llano;
y mientras tú llorabas, la luz morfa
y Bach doliente y torvo temblar hacia
las vibradoras cuerdas de tu pi:anol
• • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •• • • • • • • • • • • • • • • •• • *

II
¡Fué un delirio! Los cambiantes de la luz estremeida
se quebraban en los rizos de su hermosa y blanca frente
y la luz de su esperanza por el llanto ensombrecida '
en su espíritu ya enfermo se apagaba lentamente.
¡Fué un ensueíiol La mirab" rebosando amor y vida
en las alas de un anhelo, carliíosa sonri:ente
y los nítidos fulgores de la luz est~emecida '
corouaban de reflejos la blancu:a de su frente.
¡]' ué un re;:,uerdo l Yo la miro de alba túnica cefiida
en el fondo de mi alma, luminosa y esp;endente·
¡ Yo te adoro_l-clamo- y ella sollozando entrist~cida
baña en lágrimas de amores la blancura de su frente
que coronan los cambiantes de la luz estremecida.

. .. ..... . .. ...... .. . . ........... . .. ......... . ..
RAFAEL MA.RTINE Z RUBIO.

México, 1807 .

�Dommgo 30 de Julio de 1899

69

EL MUNDO

Domingo 23 de Julio de 1899.
EL MUNDO.

LA
I

LEJOS.

LOS ULTIMOS VERSOS

DE JOSE I[. BUSTILLOS,
¡SOLOt
{Inédita.)

La nube se extiende y baja,
La tempestad se aproxima
Y la soíiolienta cima
Con la niebla se amortaja.
El maizal lánguido oscila,
Y se disuelve en el viento
El melancólico acento
Del mil pero que vigila.
¡Todo en paz! ¡Todo cansado! ... .
•Masqué tristeza tan honda! . . . .
~Poi qué gemirá la onda
y por qué gemirá el prado?
•Quién perturba el sueiío incierto
De esta tarde soberana? .. . .
¡Del Hospital la campana
Que llora tocando á muerto!
Y amarillento y sombrío
,
El sol, se apaga entre tanto;
Y en la alcoba ¡cuánto llanto!
Y en las llanuras ¡qué frío!

Y llueve . ... llueve! Las gotas
Caen con triste chasquido,
Y mueren la flor y el nido
Entre las frondas ignotas.
Con un buril invisible,
En la pizarra del cielo,
Traza el rayo con anhelo
Alguna frase ilegible.

Lejos! .... Ya no me miras ni te miro ... ,
Tal se alejan las hojas en su giro
Llevadas por los vientos inclementes ...
Mas no se apartan los que están ausentes:
Puede la luna unir con sus reflejos
A todos los que se aman desde lej~s.
Yo te amaré por siempre con el m1,;mo
Afán; y tú también en tu lirismo,
Evocarás mi imagen desde aquellas
Regiones. Así se aman las estrellas;
y así las mariposas en su anhelo,
Sueíian subir para llegar al ciele.
¡Feliz quien lo que anhela nunca alcanza!
Ese podrá vivir con su esperanza.

..

.... No oiré tu voz desde esta lejanía
Ni tú tampoco escucharás la mía.
No todos los amores
Tienen, como la mar, dulces rumores:
Hay amores que viven ignorados,
...
Hay amores callados ...
¡Oh! ¡salve! á quien enlaza con ternura
Lo que vive en silencio ó que murmura;
Al que lleva hacia el sol las golondrinas,
Al que junta la yedra con las ruinas!
tOhl tierno amor que en nuestro pecho exi3te
Con toda la dulzura de lo triste!
El me traerá tus gratos juramentos
y llevará hacia tí mis pensamientos!

1osa.

Los que ven, dos á dos, cruzar las aves
Por los abiertos horizontes suaves,
No han visto en su abandono y sus congojas
Al ave entre los árboles sin bojas . ...
Yo estaré así, cual ave entristecida
Que va, sola, cruzando por la vida.
y allá . .. . tu corazón, viudo y sombrío,
Que llora eternamente por el mío,
Vivirá del amor en el santuario
Cual un monje escondido y solitario ....
,,

MARIA E~RIQUETA,

(

Laredo, 1897.

,,

-~\~

~·

A,

' ......

Y el Temor llega pausado
Y la Angustia lo acompaíia . . ... .
¡Allá tras de la montaiía
Quién sabe que habrán pactado!

.. ..... . ...... ..............
......... . .. . ................
.. ... . ......... . .... .........
Calma, corazón desierto,
Tu tempestad silenciosa ... . . .
¡Ay, aun sigue la llorosa
Campana tocando á muerto!
¿Dónde estoy? ...... ven y descansa
Junto á mi, Melancolía ..... .
¡En el cielo, murió el dfat
¡En la tierra, mi esperanza!

l,j,

DESA.LIENTO.

"
El camino antes fácil y espacioso
en áspera vereda se convierte;
parece que :a luz que el día vierte
es reflejo de un cielo tormentoso;
para el ánimo inquieto no hay reposo
cuando sus golpes la enemiga suerte
redobla con furor, cuando la muerte
hiere traidoramente al valeroso.
Sin horizontes, la esperanza duda
y huye ante el temor toda alegría,
pues que la vida, eu la batalla ruda,
su crepúsculo tiene y desconfía ....
y teme al fin que tras la sombra muda
venga la eterna noche.... y nunca el día!
JOSE M . MATHEU,

J'OSE M. BUSTILLOS.

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Castillo de la Serraz, 14 de Mayo de 1857
Ha quince días que las autoridades federales nos
interoan en este viejo rincón perdido. Un mundo entero de republicanos é insubordinados: franceses,
austriacos, venecianos, polacos, rusos. Están acuartelados con oosotros en las antiguas salas donde florederon los seíiores de La Serraz y sus respetables veteranos. No se podría Imaginar tiranía más encantadora Los dos guardianes y los tres inofemilvos gendarme11 se desviven por sus cautivos. Están orgullo,
60S de estas b1avas gentes, y cuando salimos, la población de los alrededores no'! saluda con muchas ceremonias. Porque salimos. .Basta nuestra palabra
para garanti1ar todas las licencias. Un día que no
llegué á la hora de la cena, encontré melancólico al
viejo gu,1,rdián Mermoz.
-Ya estará frío el guiso, sel'lor Durville, y mi mujer que se había excediJo á sí misma preparándolo ..... .
Lo consolé de su pena y me prometí no volverá entrar después de las siete,
El país es una mara.villa. Uo lago fresco, claro, Impresionable á los camblús del cielo como una criatura
viviente; hermosos pastos donde S'leoa todu el día
una esquila de bronce; y en el horizonte cien montafias, verdes, violetas, ni vosas, donde cada aurora y
eada crepúsculo ejecutan una vasta, sutil y divina
-ópera de luz. Además, un tiempo hecho á propósit.o
para hacer la vida amable y los suelios exquisitos y
una hermosa sonrisa de Primavera donde revientan
las primeras florecillas al borde del agua temlJlo-

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Cuanto á mis com paiíeros, son casi todos agradables,
Excepto dos ó tres fanáticos, de ese géoero Eombrío
-que crean ioquietudes de estómago ó de hígado, son
todos hombres alegres, á ratos pendencieros, siempre
-charlatanes, y fastidiosos solamente en sus largas dis-euslones ;,olítlcas.
Eso sí, todos decididos á «extrangular el último
tralle con las entrañas del último rey&gt; en teoría. Especialmente un gigante ruso, de cabe~a de león, melena, ojos brillantes y voz furibunda que canta caneiones terribles. Se les ahorcará, se les guillotinará,
se les empalará, á la .nanera de aquellos guerreros
australianos que durante tres días y tres noches enteros, juran romperse los brazos, roruperselas piernas,
romperse la cabeza, rompers? la espalda, etc. etc. y
acaban sencillamente haciendo las paces. Esperando
la gran carnicería, el buen Rethnikoff devora cotidianamente diez libras de carne, dos docenas de huevos,
un pan de cuatro abras, seis kilos de frutas y legumb'!'es, bebe diez litros de vino y cerveza, se harta de
té, y lleua de gozo y admiración álos dosguadianes, á
los lnofensi vos gendarmes y á las esposas de estos funcionarios, que lapida con propinas. Porque su familia posee cien leguas de bosques, tierras arable11, y
ríos que abunoan en pesca en la pequena Rusia.
27 de Mayo.
Han llegado dos nuevos prisioneros á la Serraz. El
primero, el Doctor Ojettl, un venec;~no afiliado al
earbonarlsmo, y varias veces encerrado en los calabozos de Austria, es un buen viejo al modo de su país;
vivaracho, seco, de ojos ce tinieblas, aspecto simpático,
palabra abundante perfumada de metáforas y superlativos, talento flexible, penetrante, claro, nutrido
á la vez de cienci,1,1 de arte y literaturas antiguas, entusiasta, lleno del sueí'ío de la unidad Italiana y
siempre dispuesto á sacrificar su vida ó su libertad
por sus creeocias. El otro cauti vo-cautlva:-la hija
del Doctor admitida en la Serraz por favor especial,
bajo la condición de vivir con las hijas del guardián
Mermoz.
Francesca Ojetti es por todos puntos fascinadora.
El día y la noche se escapan á la vez de sus bellos
ojos color de amatii,ta Su tinte realiza la perfección
de las más bellas pulpa~ en flor, y parece despedir luz
como las rosas frescas de los Alpes; cada uno de sus
ademanes acusa el cuidado que la naturaleza puso en
perfecionarla. Esta magnífica criatura es silenciosa.
Noseoyemás que rara vez su voz en laque se adunan
la pureza de los metales nobles y la suave eotooaclón
de las aguas corrientes. Es triste coo esa tristeza
en la que no se transparenta nioguna mordldez, sino
más bien armonía de salud y gracia divina y fuert,e.
No evita la presencia ni la conversación de las gentes
pero desanima á la almas frívolas y las deset,n&lt;1ierta
á su pesar. Acompaiía á su padre á tudas partes: á
los patios, á los jardines del castillo, á los prados y á
los bosques. Tiene seguramente por él un amor que
confina con el culto.
Naturalmer::te, toda la banda. de prisioneros permanece en éxtasis ante esta admi:able veneciana.
Retcbnikaff se olvida delante de ella de i;;us cantos
sanguinarios y de sus propósitos destructores. Los jóvenes ponen cara de Romeos y los viejos no pierden
ninguno de sus ademanes. El doctor ha llegado á ser

SILENCIOSA.

por ello el soberano absoluto de la Serraz, peM, acostumbrado á estos halagos de reflejo n1J les da ninguna Importancia. E Ignoro por qué le agrado, por qué
me he hecho su compañero de paseo y por qué son
para mí el mejor apretón de manos del padre y algunas de las muy raras sonrisas de su hija.
Salimos los tres, después de mediodía, cuando el
sol se dora, cuando las sombras de las montaflas, de
las ha.vas y de los ploos se acuestan sobre los pastos.
Ojetti habla mucho. Su alma es un vivero de anécdotas, un depósito ioagotable de recuerdos. Todo esto
hormiguea, cintila, reluce, y bace ver en un instante
mil siluetas de seres, mil acontecimientos, mil aspectos de alma. Ese hombre es el más maravilloso educador. No lanza una frase sin darle la agudeza, el
adorno, el sabor que la hacen penetrar como un arma,
agradar como una obra de arte, ó gustar como una
golosina.
Fraocesca, en sileoclo, escucha. Nunca habla sino
para responder. Nunca siente necesidad de expresar
el goce ó la melancolía, la teroura que se reflejan en
sus hermosos ojos según la anécdota oída, el gracejo
celebr'ldo ó lats armonías de la luz entre las sombras
temblorosas. Su alma me llena de sua·ve inquietud.
Quisiera conocerla, y á pesar de eso encuentro encanto en su mlste,io, y sin duda rechazaría yo á quien
me ofreciera penetrar el i,,ecreto de aquella criatura.
Es ioteligente: sus respuestas son de una exactitud
perfect,a, de una concisión elegante, de un sabor á
la vez tímido y audaz.
Yo no suefio más que con ella. MI corazón se ha hecho Insoportable. El universo es más grande. Me parece oír en mí el rumor de todos los siglos, de todas
las dolorosas y magoíficas generacioues que vivieron
y murieron porque el amor fuese más bello, porque
la historia de la esposa y del esposo fuese tan vasta,
tan bella y tan armoniosa como los abismos estrellados del espacio.
18 de Junio.
Es verdad. Este misterio me encanta de preferencia. Los profundos ojos de amatista se iluminan al
mirarme. Su sonrisa es con!iada, en su bello rostro
de luz mi llegada hace aparecer una cariíiosa bienvenida. Cuando la veo á lo lejos mi corazón se llena
de temor, pero ya cerca me sereno, como si estuviera
al borde de un precipicio sembrado de fresco!! heliotropos. Y Frances~ no hace esfuerzos para disimular su placer. Está ausente de sus ademanes todo
asomo de coquetería. Manda en su belleza como un
rey poderoso en su Imperio. Ignora ó quiere ignorar
toda seducclon buscada, cuanto más que sería Inútil.
Tiene para cooquistar y conservar las almas, su orgullo y la In vencible fuerza de su silencio.
25 de Junio.
.Al principio be saboreado, como un favor divloo,
esa alegría de bienvenida que sonreía en los labios de
l!,rancesca, pero ha ,legado la angustia. La franqueza
misma de la virgen se convierte en mi suplicio. Temo la separación que es lo peor que puede sucederá
los amantes; esa cruel famitiaridad que crea amistades, y aleja, prolongándose, toda esperanza de una
afección más violenta. Aun podría yo resignarme á
ella porque juzgo demasiado b?llo un destino donde
se mezclara el amor de la maravillosa criatura. Pero
lo siento, sé que Francesca no se casará nunca, sino
que permanecerá siendo siempre lacompaí'íera-feliz
y adicta-de su padre.
l. 0 de J ullo.
Hemos ido hoy hasta ·1a aldea de Los Llanos. La
mootaiia está revestida de su gran traje deslumbrante: los bordadores eternos la siembran de vivas flores
de frágiles pedúnculos, de pequelios re!lplandores, de
zarzas ardientes que bailan su momento de gloria en
el flan ..:o áspero de la ro~a, en los minúsculos jardines suspeodidos, hechos del poi vo de las piedras molidas átomo por átomo á través de lus siglos. Las hayas suben cumo un ejército en batalla y los pinos
tiemblan simultáneamente, con el mismo movimiento, al paso de la bris-i. de Estío.
Nos detuvimos al bnrde de un torrente ante los
rebaflos r.:gieotes de lai,; olas. Francesca pasó el puente y se puso á bacer un ligero croquis al esfumioo.
Ojetti, interrumpiéndose en medio de su jardln
de anécdotas, me dijo:
-Estáis pálido y triste, ¿no créeis poder confesaros
ccnmigo?
Lo miré. Estaba sin aliento, sentía inmóviles mis
arterias en el exceso de mi inquietud. Respondí:
- ;.No podéis adivinar?
-No debo adivinar. Vuestra pena no será más dura por haber sido confiada. ¿ No estáis seguro de mi
simpatía?
Eotooces hablé muy bajo. E l me replicó muy tiernamente.
-Estoy de vuestra parte y tengo mucbasei,peranzas. Sin embargo, no quiero hacer pesar mi autorida&lt;!

en el destino de Fraocesca, porque tengo de masiado
dominio sobre ella. ¿Queréis hat&gt;larle?
-Le hablaré.
Estaba lleno de terror. El misterio era más profuodo, los frescos heliotropos parecían haberse marchitado al borde del abismo. En el momento que
avaozaba hacia ella, sentí elevarse en mí la palabra
del Gran Maestro: Abandonad toda esperanza. Y verdaderamente era la puerta riel Infierno á donde liamaba yo cuando llegué al otro extremo riel prado.
A mi llegada, ll'rancesca dejó de dibujar, y levantó su rostro y sus ojos semlabstraídos por el trabajo. Conocí q11e no tenía idea ni presentimiento de
lo que iba á decir, y me turbé más. Notó mi turbación y una sombra inquieta se extendió sobre su.
frente.
Le hablé temblando al prloct pio, después ofreciéndole vehementemente mi vida. A medida que hablaba, palidecía Francesca, y cuando terminé, estaba ante mí con la cabeza inclinada, las manos trémulas, la di vlna boca contraída por una especie de horror. Guardaba silencio. Parecía no querer ni poder
dar ninguna respuesta.
-i,Üt! be ofendido?
Respondió con esfuerzo:
-No me habéis oreodido.
-¿Puedo concebir esperanzas?
-No puedo responderos. Lo ignoro como lgno:o
todo mi porvenir.
Contesté bumllde y d,isanimado:
-¡,Es nada más Ignorancia? ¿No es porque os desagrado?
-Por ahora no siento nada favorable ni desfavorable para vuestra persona . . ... .
-Estáis mortalmente pálida, como si os dominara el horror.
Bajando sus ojos llenos de sombra:
-us engañáis, contestó, no es horror sino temor.
III
12 de Julio.
Cada vez que me presento ante Francesca veo pasar por sus ojos la misma turbación. Sube á sus mejillas y desaparece una rápida palidez; cuando me
tiende la mano la siento fría y trémula. Después se
sereoa. Noto que vuelve su amistad y que mi compañía no le es desagradable, 11.l menos cuando estamos
los tres, cuando el doctor está con nosotros. En nuestros momentos de más intimidad, Francesca se a¡&gt;art11. y mira á lo lejos. E:-1 tan grande su malestat que
estoy impregnado de él como de una atmósfera. Sufro con su sufrimiento. Yo mismo rompo esa mala
iofluencia alejándome, y siento verdadero alivio cuando al fin se acerca Ojetti á nosotros y hace vol ver la
claridad al rostro de su hija.
Mi pena P.S mortal. Roe mis noches, me entrega al
pálido insomnio y á los largos ensueiíos siniestros de
la sombra. El opio solamente puede alejar de mí t'\n•
ta angustia; pero no siento por Francesca ni enojo ni
reocor: mi prueba tiene algo de divioa porque es un
sacrificio que acepto, estoy presto á todas las inmolaciones. Y mi amor crece con mi sufrimiento no por la
contradicción y el iostlnto de lucba que son la base
de estos sentimientos, sino porque mi sufrimiento
es algo como una forma más alta de mi adoración.
He querido también evitarle mi presencia, pero
Ojetti ha hecho esta resolución imposible. Como tiene verdadero afecto por mí, apenas me encierro ó

�Domingo 30 de Julio de 18\lll
70

me aparto me hace volverá su comparua. Una ve;;,
había ido ~olo á la montaña. Divagaba tristemente á
orillas de un bayal, cuando vi venir hacia mi á !rancesca y al Doctor. El buen carbcnaro estaba ~rist~ Y
deshizo su tristeza en expansiones. En la animación
del d"scurso llegó á decir:
-Dile, Francesca que es nuestro ú?ico consuelo
en el destierro, dile que su presencia es nuestro
goce.
Francesca, pálida como el hielo lej'ino, murmuró
con voz quf:'jumbrosa.
-Os lo suplico pur mi padre.
17 de Julio.
Ha llegado un carbonaro Míl~nés. Es vi~o y gentil
como Arlequín, con hermosos o¡os que bailan en _su
rostro á manera de diamantas negros, una sonnsa
que conquis~a todas las voluntades. graciosas anécdotas que ríen en los saraos, y el don de las lenguas
que le permite hablar el francéi- tan agradablement_e
como el italiano. Unido á todo esto, un amor frenético á la Italia. Una lealtad y un alma ent,usiasta, pero alma peligrosa de lc,s Lovelace, llena de ardor presente y de ternura fugitiva. Agrada al Doctor porque conoce á su familia, y hoy por hoy, sumos cuatro
para pasear por los prados cuando las sombras se hacen largas. Lulgine marcha al lado de Francesca;
el Doctor y yo le seguimos á algunos pasns.
En el fondo de mi ser busco ks celos: están ausentes; si nacieran, desaparecería mi amor por la Silenciosa. En el exceso de mi pena me acontece ~esear
que se levanten, y entonces observo á la pare~a encantadora· miro los ademanes elegantes del Milanés,
sus mirad~s que se vuelven con admiración bacia su
compafiera. Pero Luigini me parece tan le¡ano como
el Monte-Rosa, su galantería tan frágil como las aristas arrastradas por la tempestad, y comprendo que
nada; fuera de la ausencia y el tiempo, podrá combatir contra Francesca.
Ayer pensaba en esto, sentado en un tronco derribado cerca de una fuentecita que saltaba de la roca.
Cien'especies de plantas florecían en mi derredor. La
tierra correspondía con llamas de ~lor y con p~rf~mes el fuego del Gran-Astro. Una penumbra miste•
riosa de pureza envolvía todo; la humilde-vida lucha
tan afanosament.e, cada brizna de hier~a, cada hilo
de musgo oculta tal energía, que me siento desfallecer. Era un paria ante una muchedumbre ~legre;
sentía sobre mi la sombra de los malos presagios que
pierden los destinos, y la voz del Milanés y del Doctor, llegaban á mi como una ir?nía:
Mientras me abismaba en mi tristeza, Francesca
escalaba la roca seguida de cerca por Luigini. Se detuvo un momento en el peñasco: el sol la rodeaba de
un resplandor de gloria, se asemejaba a,,i á una -Yirgen de Leonardo que dejó en mí, cuando era mño,
un recuerdo de esos que no se borran nunca. Bajé la
cabeza: cuando ellos desaparecieron, un sollozo in vencible levantó mi pecho, y se llenaron de lágrimas
mis ojos.
Estaba así bacía un minuto, cuando un paso ligero me bizo estremecer. Ví á Francesca en el extremo sur de la correntera. Se acercaba: al ver mis lá~rimas pareció impresionarse, pero luego, con no sé
que dureza que apareció en su boca, ella que no preguntaba nunca, me preg~n.tó_:
·
-¿Estáis celoso de Lu1g1m?.
Al principio la sorpresa me hizo enmudecer, pero
luego con algo de cólera repuse: .
- 1PJuguiera al ciilo que estuviese celoso! asi quedaría curado de mi amor.
Se puso pálida, como el día de mi confesión, con
el mismo temor retratado en las pupilas, y pasó silenciosa, á reuniri;e con su padre que nos llamaba.

EL MUNDO.

Domingo 30 de Juiio_de 1899.

EL MUNDO.

71

Se apoyó sobre un árbol, y balbutió, como hablando consigo misma:
-No debo retenerlo.

V
7 de Agosto.
"NI be ensayado dormir: habría necesitado tomar
io en dosis peligrosa. Me be quedado en el balcón
d~l chalet, mirando la noche y las torres de la Serraz,
· entre las estrellas. La somb:a. el estío y la
d e pie
montaña hacen más bellas las noc h es. M'1s sen t'd
I os
·1·
dos
ban
gustado
basta
agotarla,
la
amarga
sut i IZd
. . .
t
L
t
mezcla del esplendor y el sufrimien o. a muer e se
abatía en mi pecho retumbante.
.
Las cimas confusas, las aguas palpitantes, los pra.
dos, los astros, todo parecía tomar la forma _de una
t,umba. Experimentaba como u~a. contracción del
.
Universo, como una asfixia del In~mto.
Pero nunca me rebelé. Me resignaba á sufnr uno
de esos grandes amores que h_acen al amor más noble
entre los hombres; me parecia que este dolorº? era
solitario ni el!'oísta y silenciosamente ofrecía mi sa.
.
crificio á ot ros seres.
El alba argentina escalaba los hielos; ~a brisa del
lago se elevaba con la aurora; las aves a.m1g~s ve~ían
á reclamar su alimento; un co·hero tomó m~ equ1pa·e
me dirigí á otra ciudad. Pero ante&amp; quise pasar
~~/el Calvario. Detenido cerca de los árboles donde
hablé ayer con Francesca, y próximo ~ desfallec~r,
me apoyé donde ella se había apoyado. Cerré los o¡os
largamente.
.
Un estremecimient.o de ramas me sa~ó de m1 su~f!o, y ví el milagro: Francesca había vem?º· Me miraba con dulzura. Estaba llena de turbación, pero no
de temor. Una las-itud encantadora azulaba sus párpados, y dije:
.
-¿Por qué queréis hacer mi partida más terrible?
Se sonrió; por primera vez vi a¡Jarecer en su rostro
la malicia. Me respondió:
-No pudo vivir lejos de vos.
La vida, la gloria, el poder entraron en mí como la
luz en las tinieblas.
Francesca añadió.
-No be sido culpable. Mi temor era real; más fuerte que mi alma. En vano be querido vencerlo. No
bay tal vez criatura en el mundo á quien el amor sea
más temible.
Tomé suavemente su mano, su pequeña mano que
se sometió tierna, temblorosa y confiada.
- ¿ Y por qué teméis al amor?
Volvió su ma~nífico rostro hacia la se!va:
.
-Porque sabía que me iba á confundir con lacnatura que amaría; porque me debía entregar toda entera, lo mismo que mi esposo; porque, en fin, desde

0

-No será más incurable vuestro mal si esperáis
aún algunas semanas.
-Pero yo no puedo soportar más, me quedan muy
pocas fuerzas, y vos no me dais ninguna esperanza.
Ojetti no es diplomático como la mayor parte de
sus compatriotas.
Guardó silencio, y luego, mientras lo veía tristemente:
-Habría jurado que os amaría, dijo, aún creía haber descubierto en ella una inclinación naciente, pero ..... .
-Sabéis que le inspiro una especie de terror.
-Sí, aunque no me lo explico; sería menester hablarle otra vez.
-Y ¿de qué queréis que le hable?
-Poco importa; de lo mismo. Pero sed elocuente
y obligddla á que os responda.
.
. .
Hemos atravesado el gran calvano srn1estro que
se extiende basta más allá de los llanos. Se asemeja
á un cementerio de titanes: en él, las cruces, las piedras, las enigmáticas piedras alternan con fosas profundas, y los ecos resuenan como antiguos clamores
d1; agonía. A la salida del cal vario bay una calzada
ascendente de sabinos surgidos de las viejas edades.
El Doctor se ha apartado con Luigini suplicándonos
los esperemos; Francesca y yo hemos quedado solos
en aquella catedral viviente. La inmovilidad y el silencio parecfan confundirse con la luz. oía latir mi
corazón y el suyo, y bruscamente le dij.,:
-He llegado al término de mi sufrimiento. Voy á
partir, y be resuelto hablaros por última vez. El suplicio que be sufrido por el so10 becho de vuestra
existencia, es bastante grande para que a.bora soporIV
téis que os ofrezca t,oda. mi vida segura de que no
Soy libre. Las autorid1des me ban absuelto el 26 amaré nunca á otra mujer. Hablo sin esperanza y
de Julio. Si me place, puedo otra vez conspirar con- casi por cumplir un deber-porque tenemos también
tra las potencias amigas hasta volver á caer en el la- deberes para con nosotros mismos,-tales como .b uszo, Jo que no haré porque ya se ha entibia?º mucho car una felicidad que debe hacernos mejores. Sé,
mi ardor, cuanto más que no creo que el tirano sea Francesca, que si hubiera sido más noble, má,; digno,
derrocado por los medios de que disponemos. Más para obtener el goce inmenso de ser vuestro compaimportantes acontecimientos restablecerán el equili- ñero; sé que semejante favor hubiera bastado á da.~brio entre la fuerza y el derecho. Dos ó tres cama- me resignación en las peores pruebas, y bondad para
radas franceses se han aprove;bado de la clemencia mis enemigos. Pero yo no gozaré de esa gracia sufederal, y sólo nuestrc,s amigos venecianos, polacos prema, ni tampoco os guardaré rencor por elle;, Frany milaneses siguen prisioneros. Yo rondo como un cesca. Si fuerais responsable de las ternuras que puealma en pena en torno de la prisióu. Al principio de despertar vuestra persona, sería tanto como hacehan pretendido los guardias ejecutar su consigna y ros responsable de vuestro nacimiento. Solamente os
desterrarme con todos, pero han acabado por permi- pido una mirada de piedad, y que me perdonéis si os
tirme algunas horas de visita, de manera que no me ban ofendido mis palabras.
Permaneció un moment0 siu contestar, bermosa
privo completamente del placer de oír á Retcbnipoff
que jura gui\1:&gt;tinarlos, ahorcarlos y hasta echarlos como una Afrodita del silencio, inclina.da lJ. ca"eza.
hajo sus largos cabellos de sombra; luego, llena de
en agua fuerte.
Mi ,tristeza es cada vez más terrible. Francesca turbación, respondió:
-No me toca á mí, sino á vospedonar. Estoy llecont,inúa encerrada en su misterio, pero ,:.']ué me importa este misterio si no brilla en su fondo la espe- na de remordimientoti, me acuso de vuestra pena,
daría algunos años de mi vida porque esto no hubieranza?
se sucedido. Ne dudéis que, en cualquier circunstan5 de Agosto.
cia. estoy dispuesta á un gran acto de reparación.
Nada ba cambiado. Voy á partir. No creo más
Y me tendió la mano, que yo no me atreví á llevar
que en el tiempo y en la ausencia, únicos médicos á mis labios.
-Adiós, Francesca; marrana, á la salida del sol,
para el alma. Ojetti á quien consternó mi resolución,
habré parLido.
me dijo:

este momento d~jo de ser, no existo. Mi libertad ha
muerto. Ya no soy más que vuestra esclava; desde
abora se hará vuestra voluntad y no la mía.
Y mientras descendíamos la colina, murmuraba yo
muy quedo:
•
-¡Ah!quémaravillosamente dulce es que en labre
ve aventura de nuestra vida, nuesLro mayor anhelo
no sea ni la gloria, ni la riqueza, ni el poder, 81011
una débil criatura, un rayo de luz, un rasgo, un c(lntorno, algunos ademanes, y el ritmo de unos pab•l3o

J. H. RosNY,

EL BANQUETE.
Cuando el maitre d'hotel-¡nh qué abdomen respetable, ceñido por el a.m plio cbaleco de casimir! qué
cara roja con patillas blancas! todo un par de Ingla.wrra, os lo aseguro;-cua.ndu el maitre d'hutel abrió
de par en par la puerta del s:ilón, y dijo cun voz de
bajo cantante, sonora y r.,spetuosa á la vez: «La señora
Condesa está servida,&gt; los invitados pusieron el sombrero en las consc,las, los caballeros de mayor respeto
ofrecieron el brazo á las damas y todos se dirigieron
al comedor, silenciosos, cai,,i abstraídos como en una
procesión. La mesa resplandecía.. Cuántasfiurt&gt;s, cuántas lucesl Ca.da invita.do ocupa su sitio sin diticultad;
no bien leía su nombre en la cartulina lustrosa, uu
lacayo con medias de seda llevaba hasta él una silla
muelle y con la corona condal bordada en el réspaldo.
Só!o babfa quince invitados, ni más ni menos; cinco
damas jóvenes escotadas y dit&gt;z hombres de la aristocracia de la sangre ó del mérito que llevaban esa noche tudas sus condecoraciones en nonor de un diplomático extranjero, que se sentó á la derecha d&lt;:J la
señora de la casa. Las medallas colgaban de Ja.s solapas, y dos ó t~es casacas ostentaban placas de diamantes; en la pechera de un genera!, que llevaba corbata
roja, se irisaba una gran cruz de Comendador. Po~su
parte las damas lucían todos los esplendores de sus
joyeles.
La reunión era exquisita, elegante. Respirábase
una atmósfera de completo bienestar en el comedor
alto y ornamentado en los cuatro muros con grandes
cuadros de naturalezas muertas en los que colgaban
frutos, anima.les de caza y vituallas de t odas clases.
El s~rvicio•se bacía sin ruido; los lacayos parecían
deslizarse en el suave pavimento y el escanciador
daba el nombre de los vinos al oído de los invitados,
en tono de confidencia y como si les revelase un secreto del que pudiese depender acaso ~u vida.
Servida la i.opa, un consomé suave y enérgico que
llenaba el estó:r.agu dH fuerza y juventud, comenzaro1;1 Jas conversaciont'S parcia.les. Sin duda hablaron
primero de banalidadei,; pero cuánf a urbanidad en los
ademanes sobrios, qué benernleccia en las miradas y
en lR:S, son:1sas. _Después del Cbateaux. Yquem se encend10 el mgemo: lus caballeros, viejos ó ya maduros
en su mayor parte, todos notables por el nacimiento
ó el talento, llenos de ex1eriencia y de recuerdos, no
deseaban sino entrar en conversación y la belleza
de_ las mujeres allí reunidas, les Inspiraba el deseo de
brillar excitando riralidades intelectuales. Las frases

brotaban de sus labios y se formaron grupos de dos
y de tres que bablaban entre sí con vivacidad. Un

viajero famoso, de tez bronceada, que acababa de VPlver del fondo de los desiertos, narraba sus aventuras
en la caza del elefante, sin exageraciones y con tanta
tranquilidad como si bablasede una batida de conejos.
U n puco más lejos, la figura delicada. con ca.bellos
blaccos de un ilustre sabio, se inclinaba bacia la condesa que lo escuchaba riendo, esbeh,a y rutiia con sus
ojos brillantes y atentos, y un aderezo de espléndidas
esmeraldas en el pecho de belleza profesional parecida al de la Venus de Médicis.
El suntuoso banquete prometía ser también encantador. El fastidio, huésped frecuente de las
fiestas mundanas, no tf:'nía sitio en aquella mesa. Esos sere felices iban 4 pasar una hura deliciosa y á gozar por todos los poros y por todc,s los sentidos.
Y en aquella misma mesa, en el lugar más humilde,
un hombre, joven aún, el menos disti nguido, el más
obscuro de los que allí había, un imaginativo y un
:soñador, uno de esos divagadores que tienen algo de
poeta y algo de filósofo, permanencía en silencio.
Adm itido en la alta sociedad gracias á su reputación de artista; aristócrata por naturaleza, aunque
nada vanidoso, hijo del pueblo al que no olvidaba, aspiraba con vol u ptosidad esa flor de civilización que
se llama la buena sociedad; sentía más y mejor que
cualquiera, cuán raro y selecto era este medio y todo
lo que forma su encanto: la belleza de las mujeres, el ingenio de los hombres, el lujo de la vajilla
y el vino blanco que humedecía sus labios; lo sentla
y se regocijaba de que hubiese en el mundo un conjunto de cosas tan amables y armoniosas. Parecía sumergido en un b,1ño de optimismo.
Creía bueno que hubie~e, á lo.menos algunas veces
y en ciertos Jugares de este triste mundo, seres casi
felices, con tal que fuesen accesibles á la piedad, caritativos, y torios estos arortunados lo eran probablemente, ¿á quíén podían hacerle mal? Oh bella y consoladora quimera, creer que la vida los hacía inmunes,
que conservaban siempre ó casi siempre la luz dulce
y alegre de la mirada, la sonrisa de la serenidad que
había suprimido basta donde es posible en su existencia, las necesidades deshonrosas y las miserias abyectas.
A esto había llegado el soñador en sus refl~xiones,
cuando el gallardo maitre d 'hotel trajo solemnemen-

te en un gran plato de plata un rodaballo de dimensiones fabulc,sas, uno de esos peces enormes qué sólo
vemos en lus cuadrt,s antiguos que representan la
pesca milatrusa, 6 en las vitrinas de Cheveu ante los
pilluel&lt; s azorados que se aplastan la nariz cóntra el
cristal.
Cuando el soflador vi6 en su plato un pedazo del
monstrm,su rudaballo,el ligero olor marino pro"ocó en
su Pspíritu, indinado á las correspendencias súbitas
el paisaje de costa bretona del pueblo miserable d;
pei,cadores, en donde se detuvo el otoño pasado ha'lta
el equinoccio_presenciando furiosas tempestados. Recordó la homble noche en que no pudieron las barcas
llegará la orilla, aquella nucbe que pasó en el muelle entre los grupos de las mujeres consternadas 4e
pie y recibiendo_los g'llpes de agua que ernpap~°"1
su rostro, y el viento frío y furi oso que casi le arrancaba. la capa de los h ombro~. Qué vida la de estos
pobres des~i~hadosl Cuánt,a s ,viudas babía visto, jóvenes y vrn¡as, que se cubnan para siempre con el
manto negro y que salían al despuntar la aurora á
ganar el pan-sólo el pan I trabajando roded,das de hUS
hijos en las sardinerías, envueltas en el olor nauseabundo del aceite caliente, y ve.ía en sus recuerdos la
iglesia que coronaba el pueblo en la pendiente de la
(JOSta, aquella iglesia pintada de blanco para indicar
á las barcas el paso de los arrecifes.
Re?Ordaba tambi_en las piedras sepulcrales medio escondidas entre la hierba corta del cementerio, en muchas de las cual ..s se veía esta inserí pción sinii,stra:
]JfU(fT'tO en el ma1· . .... . Muerto en el mat . ..... Muerto
en el mar ..... .
El enorme. pez tenía el sabor más Pxquisito y lo
sazonl!ba un Jugo que indicaba los prc,fundos conociniien t(,s del cocinero del Sr. Conde, alu~no sin duda
de la cocina del Café Ingltss. Hemos llegado en nue"tra civilización á ver ducLures en asados y bachiller;s
en salsas. Todos ltJS invitado~ comían dtdicadamente
y con apetito aunque sin hacer manifestaciones en fa.
vor ?el excepcio □ al pla_tillo. pur buen tono y por el
hábito de la a l1menta.crón exquisita.
El soñador casi no comía. Segufa pensando en los
bretones, en los hombres de mar que babían pescado _ese magnífico ejem piar. Recordaba el día que siguió al de la tempestad, la mañana lluvisa y gris, en
que paseándose an~e las.ondas pesa.das color de plomo,
encontró y re??DOCJÓ el cuerpo de aquel viejo marino,
padre de fam1ha, que biibía desaparecido tres dü s

�., .

~

..,

[)omtngo 23 de Julio de 1899.

EL MUNDO.

12
antes, y que estaba oculto entre el tango de la playa,
con los cabellos grises pegados al rostro y cubiertos
de arena y de conchas.
Sintió un estremecimiento en el corazón; pero ya
los lacayos se babia.o llevado los platos haciendo des•
aparecer los restos del enorme pez, y en tanto que
senían otra cnsa, los elegaotei- y trholos invitados
seguían su conversación. Ya el hambre se babia aplacado y esto lo., animaba; bablabancon másabandono, sonreían y sus rrnses eran deliciosas.
El huésped silencioso sintió una tristeza infinita
porque en su Imaginación de sonador surgía la 1epresentación viva y dolorosa de todos 10.-, trabajos y penalidades que son necesarios para crear el bienestar
de los escogidos.
Para que éstos pudiesen llevar un frac delgado en
pleno Diciembre y para que RUS mujeres Luvlesen los
brazos y el cuello dest1Udos, el col,irítero saturaba lahabitacióncon el calor de una mailanade primavera. Pero
de dónde procede el calor:' El condenado del pafs ne•
gro, el obrero subterráneo que vive en el Jnflerno de
las mtnas extrajo el combustible. Qué blanca, qué
fresca es la piel de esa joven que o:,tenta victoriosamente su cuello que emerge del corpiílo de seda.
Quién ba tegtdo esa seda? La araña humana de Lyon,
el obrero siempre inclinado aobre su eterna labor.
Luce la dama elegante dos perlas admirables de opalina transparencia, y casi esféricas. La perla que tragó Cleopatra después de hacerla disol ,er en vinagre,
y que no vaHa menos de diez mil ,;extercios, no era
más pura. ;. Y sabe ladl\ma elegante que allá en Cey•
lán, en los bancos perlíferos de Arlppo los Indios de
la Compailía penetran á doce brazas de profundidad
heroicamente, con un ple en el peAAdo estribo que
los arrastra al fondo, y un cncbillo en la mano lz•
quierda para defenderse de los tiburone:.?
¿Qué relación puede haber entre todas estas elegancias y todos estos retinam ientos y el obrero tenebro•
so que escarva á cincuenta p1és bajo tierra, y el Li?je•
do~ deformado que trabaja ante la máquina, y el sal•
va3e que se arroJa al mar y á veces lo enrojece con su
sangre? ¿Por qué pensará uno en cosas tan tristes y
tan feas? Sin embargo, el soilador está perseguido

por su idea fija. Desmenuza sobre el mantel en pe•
dazo de pan dorado, alimento de capricho, inslgnltl·
cante en una mesa tan lujosa, pero que hace pensar
en la frase candorosa de la gran dama que hablaba
de los miserables hambrientos: csi no tienen pan que
coman pasteles.&gt; Y este pan que procede como el pan
del campesino, como el zoquete del soldado, de la sementera de los campos, ~xlge la labor paciente de
muchos pob~e.'i.
El campesino ara, siemhra y cosecha. Llevó su ara•
do á las tierras bllmedas, recibiendo en la espalda las
frías agujas de la. lluvia otoilal: en la noche, cuando
amagaba la tempei,tad, despertaba temiendo por su
sementera.; temblaba al ver pasiir las pesadas nubes
violetas cargadas de granlzo,'.y salió, seco y negro, del
enorme trabajo 'J de los sudores de la siega.
Y cuando el viejo molinero, deformado por los reumatismos que le trajeron las brnmas del rfo, envió la
harina á Parfs, los ruocetones del mercado, cubiertos
con sus grandes sombreros blancos llevaban los sacos
en sus espaldas auchfsi mas, y la noche anterior los
panaderos trabajaron basta el alba.
Todos estos esfuerzos y todas estas penas se acu•
mulaban en el pedazo de pan que desmenuzan las ma•
nos blancas y paLrlcias. L:i. obsesión se apodera del
incorregible sonador. Del banquete wagnifico sólo ve
los sufrimientos humanos que ha costado, y cuando
el escanciador le i,irve un Vd"º de Chambertln, recuer•
da que ciertos ubreras de las fábricas de vidrio:i se
hacen tísicos soplando las botellas.
Vamos, esto es ridículo. A"( es el mundo. Un economista se reiría de sus escrúpulos; siempre hibr,,
ricos y pobres del mismo IDL)do que habrá siempre
hombres erguidos y jorobados. ¿A.caso va á pc1.rar en
socialista?
Los arortunajos qu~ se slent&lt;1n á la mesa, no tlenen privilegios iojus~os; no son favoritos vulgares
del becerro de oro, ad venedlzos, egoísta&lt;; y groseros.
El gran señor que preside llevc1. b ,m orílicamente uu
nombre unido á todas lai glorias de Franela; el Ge•
neral de bigote gris e.-, un oéroe que dió una ca•ga
con la Intrepidez de )iurat en Rizo o vllle; ese pintor
y ese poeta trabajan con fiielid.1d en pro del arte y

A LulsG. UrblDa.

La sombra da la fé. Su lmágen muda
A nuetitras a•was en su seou embosca,
Cuando el dolor, al engendrar la. duda,
Como una sierpe al corazón se enrosca.
Bajo el dosel de sus flotantes velos
Se evaporan las trágicas angubttas,
Y á ella van á refugiar sus duelos
Las alma~ tristes y las trentes mustias.
Desde que el hombre á la existencia asoma
Siente doquiera palpitar su huella;
La vida en ella sus potencias toma,
Radia un momento y se disipa en ella.
¡Oh, no digáis que de su vientre obscuro
Surge la. envidia y se levanta el odio;
Ni ella da al vicio su vagido impuro
Ni empuja al crimen el puilal de Ilarmodio.
Amad la sombra. l-iu exprei.ión augusta

La saila cruel del sufrimiento aleja;
Ante ella toda tempestad &lt;;e asusta,
Toda inquietud á su contacto ceja.
Ante el poder de su pupila In mema
Arden y alumbran con fulgor de aurora,
Ya la razón cuando Investiga y plensc1.,
O bien el alma cuando impreca y llora.
¡Oh amada sombra, tu sitial bendigo
Hoy que en tus na,•es con mis ansias bullo
Para que des á wl Ideal tu abrigo
Y á mi convulsa inspiración tu arrullo.
Ya que las fuerzas de mi ser cautivas,
Paso el umbral de tus gluriosas puertas
Para encender mis esperanzas vivas
Y sepultar mis ilusioueb mi;ertas.
BENITO F.ENTANES,

Julio de 1899.

rA la manera deJobau de

de la belleza; ese quf1nlco, hijo de sus obras, que em.
pezó de mozo de farmacia y que ahora es una auto.
r!dad del mundo cientltlco, todo lo debe á. su genio,
y por último, esas nobles damas son generosas y buenas y con valor discreto llegan á veces basta el fon.
do de los mayores Infortunios para aliviarlos. ¿Por,.
qué esos seres excepcionales no bao de tener gooea
excepcionales también?
El soñador se dice que ha i,ldn injusto y que lo que
ha pensado no es sine Hofii,ma. bueno á lo sumo para
un club de barrio; pero el banquete llega á su fin 7
mientras que los lacayos llenan por última vez Iaa
cupas de Cl.iampagne, reina el silencio, los convidados sienten la ratiga de lf' digestión. El soflador loa
mira todos estos ro.'&gt;tros que tienen una expresión ele
fatig-a y de hartazgo que lo inquieta. Sin embargo, wt
sentimiento puro, Inexpresable, pero lleno de amargura, protesta en el fondo de su corazón contra eaoa
saciados, y cuando dejan al lin la mesa, repite en VOi
baja obstinadamente:
-Sí, están en su derecho . ... ¡,Pero sahen acaso que
su lujo está amasado ele miserias? .... ¿Piensan algu,.
na vez en esto? .... ¿ Piensan en esto tanto como d&amp;,
ben pensar? ..... .

F.

A ño VI-Tomo 11

México, Domingc- 6 de Ago""'to
=de 1899.

CoPEE.

i

Umbría.

DK ZlR,

FRAGMENTO.
Si odiáis la sombra porque en ella duermen
Los que en la vida la impotencia abate,
Sabed que en ella se elabora el germen
De luz que en todo movimiento late.

1

Dueuyas.J

Reina Venus, soberana

capitana
de deseos y pasiones,
en la tempestad humana
por ti mana
sangre de los corazones.
Una copa me dló el sino
y en ella bebf tu vino
y me embriagué de dolor,
pues me hlw experi mentar
que en el vino del amor
hay la amargura del mar.

Di al olvldoel turbulento
sentimiento,
y bailé un sátiro ladino
que dió á mi labio sediento
n::evo aliento,
nueva copa y nuevo vino.
Y al llegar la primavera,
en mi ruJa sangre fiera
triple llama fué encendida:
yo al flamante amor entrego
la. vendimia de mi vida
bajo pámpanos de fuego.
En la fruta. misteriosa,
ámbar, rosa,
su deseo sacia el labio,
y en viva rosa se posa,
mariposa,
beso ardiente ó \Jeso sabio.
1Bien haya el sátiro griego
que me euseiló el dulce juego!
Ea el reino de mi aurora
no bay ayer, hoy ni mailana ·
uanzo las danzas de ahora '
con la mfü,ica pagana.

(De Florell de humo.)

Con su manto escarlata de emperatr!z gloriosa
se va la tarde, el cielo, toda vía desierto,
muestre. pálidas lilas en un fundo de rosa,
un vago color rosa, un triste rosa muerto.
Es la hora solemne, callacfa, misteriosa,
en que dan su perfume las flores de mi huerto,
cuando cae la sombra como ala pavorosa
melancólicamente sobre el paisaje yerto.
Porque mi alma vibra con la moda carleta
de las t&lt;,rvas tiniebla~; E.'S la hora propicia
de empollar el Ensueilo que entusiasma y alegra,
de abrir á las quimeras el mlrflico broche
para que el Verso tienda las alati en la negra
desolación augusta de la pávida noche!
RAFAEL LOPEZ,

EN UN LlBRO.
Tienes 1fellzl inspiración divina.
Ave que ama los boscajes nuevo:,·
En tu arpa de oro, i,unorosa encl~a
Colgó su nido y empolló i.us huevos'.
Marcha serena; aquel p·eilasco hirsuto
Que t'Stá circuído por duq uier de abrojus;
Aquel manzano de olorusu rroto
Y flores que huyen como insectos rojos;
El rubio sol de claridad bermeja
Que d~ las nub~s entre el bumo vago
Al baJar á su tumulo semeja
Un luminoso y transparentE lago,
Tu retorno verán; ya se derrumba

l'FlNlDA.

Bella á quien la suerte avara
ordenara
martirizarme á ternu1 as,
dló una negra perla rara
Luzbel para
tu diadema de locuras.
RUBEN DARIO,

~I altar de mis suei'ios: triste herido ....
No vayas á. buscarme hasta mi .umba

LA. PRIMERA V ANIDAD.

Tras tanto insomnio . . . . m &gt;! hal:arás dc,r.nidc.
Ay! amar ya no puectv; mi alma enferma
Que fué campl"a embalsamada, luego
Trocóse en soledad ardiente y yerma
Del sol de mis dolores por el ru..go. '
ABEL

C.

SAL.\ZAR,

Cu~DRO DE Ts. CRusT.

Número 6

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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