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                  <text>momingo 13 de Agosto de 1899.
EL MUNDO.

106

A
Miedo me da el pensar lo que en mí siento,
y por eso en sus males, importuno,
sólo sabe ir á tí mi pensamiento.
Por tus renglones, que besé nno á uno,
ya sé que están en nuestra llumilde casa,
todos muy bien, aunque fJliz ninguno.
Que arrastren, como yo, su dicha escasa
con católica fe, con pecho f.ierte;
que la vida es cruel, mas pronto pasa.
Y sufriendo por Dios, tendrán 1~ suerte
de vivir esa v!da de alegría,
que no muere en el día de la muerte.
¿Quieres saber mi hi,toria, madre mía?
¡Ay! ü el saberla yo me da tormento,
el contártela á tí, ¿qué me darfa?
De un pesar que no espera es mi lamento,
por eso hoy busca tu materno lado,
maniático de tí, mi pensamiento.
Del hijo más que r.ddos desdichado,
abre tu corazón á sus gemidos,
por la vida tan triste que le has dado.

MI

::s

MADRE.

Al fijar tus pupilas en las mías,
como es la voz del alma tu mirada,
¡qué de cosas, callando, me decías!
Ya mi mente en tu e,píritu filtrada,
dejaré deslizarse mi existencia
en tu augusta belleza vinculada.

De tanto ser cc,mo encontré perjuro,
ya dejo hasta el recuerdo, que maldigo,
por tu amor siempre grande y siempre puro.

Año VI-Tomo IC

Desde este día á tu mejor amigo
ya no le importa oscuridad ó gloria,
gusto ó pesar, sufriéndolo contigo.

México, Domingo .zo de Agosto
· de 1899.

Tú sola en mi dolor me das paciencia,
pues siempre con tu imagen me acompaiias,
confidente leal de mi conciencia.
Tú de luz pura el pensamiento baiias,
la infernal lobreguez trocando en cielo,
del hijo, antes feliz, de tus entralias.
Pueda hoy contigo desahogar mi duelo,
pues sabe bien tu natural tristeza
que el placer de llorar es gran consuelo.
Turbios mis ojos, blanca mi cabeza,
perdí con la esperanza la energía,
y ya basta tengo de vivir pereza.
Fué tan larga y terrible mi agonía,
que por tu hermosa senectud te juro
que, á no vivirme tú, me momoriría.

Pensando en goces, para siempre huidos,
mi mano sofocando la agonía,
dtil corazón retiene los latidos.
¡Cuánto recuerdo ahora, m'\dre mía,
aquel dulce mirar con que afrentabas
al sol de otolio al acabar;ie el día!
¡Cuántas dichas entonces me augurabas,
mientras viendo nacer mis sentimientos,
con el alma en los ojoa me mirabas!
L

Y aunque las dichas se volvieron cuentos,
¡cómo, en recuerdo de tan bello3 días,
hoy te besan los piés mis pensamientos!
Del alma, que consagro á tu mem~ria,
presto lo3 males curará la muerte,
desenlace final de toda historia.
Y nntes la edad, más que las penas, fuerte,
me dará poco á poco ese desvío,
que la t•üteza en hábito convierte.

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1

Buitre de l11s pasiones, el hastío
con sordo bfán mi corazón devora,
y el pecho se me queja A pesar mío.
Mas así iré viviendo hora tras hora
basta que ponga fin á mi existencia
aquel Dios que es más Dios del ser que llora.
_Y querrá, en su hondad, la Providencia,
mientras llega ese fin, dar á mi mente
la angustia que se abisma en la paciencia.
;,Recuerdas la tersura de mi frente?
¡Oh, qué ¡ay! darías sus arrugas viendo,
de esos que dais las madres solamente!
Mas concluyo esta carta, porque entiend o
que lo mismo que á mí cuando te escribo,
te se caerán l11s lágrimas leyendo.

\

· No llores, madre mía, pues concibo
que es pagar con un ¡ay! con mucho exceso
1a ruin parte de vida que ahora vivo.

~---.~
\

¡Cuánto lloras mi mal! A cuenta de eso,
para estampar en tu anchurosa frente,
además de otros mil, te guardo un beso.

·.

~

Dame tu bendición, que ye impaciente
a darte voy cuanto tu amor desea,
que es la ansia eterna de tenerme enfrente.
Y si Dios no permite que te vea
de mi vida los últimos alientos '
besos serán que te daré en idea.
Desde que hallé insufribles mis tormentes,
cuantas horas los días han tenido,
tuve yo para tí de pensami,mtos.
Adiós, mi santo amor; tú ~iempre has sido
el ángel para mí de las mujeres·
recuer?a sin cesar que no te ol;ido,
Y escnbeme á menudo que me quieres.
R AMÓN DE CAMPOAM0R,

EL

CA:NTO..

Número 8

�Domingo 20 de Agosto de 1899.

EL MUNDO.

110

Director: LIC. RAFAEL REYES SPINDOLA.
--···················································· ··········•····································

LA SEMANA.

***
Con motivo de la reciente discusi ón sobre~~ te~~o
se ha traído y llevado el nombre de Dumas, h1JO, i '
siempre Francia para nosotros!
á .
Dumas hi jo es para mí el primer dram tico 1rancés De ~us cdmedias, como del amor,-esa otra comedia ese otro drama!-lo que prefiero s_on los próloo-os '·Cuánta oportunidad y cuánta gracia! Lha p~uma d~ Dumas es una pluma de Toledo. He _ec
además esta otra obse7vación que me pahre: J~st
cuando'Dumas habla mejor, es cuando a a e
mismo! En ews prólogos suele contarnos sus má~_secret,as intimidades. Gracias á ellos sabemos la ~ta
que vestía cuando escribió «Diana de Lis,~ y ~s
ant,uflas que calzaba cuando comp~so «La. Prrncesa
~e Ba&lt;Tdad.&gt; En ellos también amplia Y sostiene la t~sis, más ó menos discutida, de sus dramas. Dog':°atiza; se defiende; saca afuera sus puas, como el enzo, y
.
raso-a la epidermis de sus contnncantes.
Yo, sin embargo lo perdono todo, Y leo con deleite
esas obras de .gracia intencionarla. Me entu-lasman
los tiradores que hieren y los litera~os que flageiim.
Una gota de sangre sobre una págrna blanca, es un
rubí.
*

º:
~¡

Tieí los telegramas con una avidez febril, y al dejar
el periódico sobre la mesa, como se deja .un. ª?ónimo
Ueuo de groserías é insultos, pensé en m:s vie;as lleturas y recordé muchas cosas tristes de mi amada
Francia.
• á
Llovía llovía y en el silencio de la noche, vmo
mí el su;ño con' un cortejo de pesadillas extravagantes.
y soñé que una figurit gigantesca, inclinada. en el
borde de mi lecho, como en la barra de una tnbuna,
repetía el iracundo y terrible discurso:
•Oh les abandono mi vida sin pesar! ¡poseo la ex'
'
. ¿ Q ué an11.
periencia
de lo pasado y veo lo porvemr:
go de la Patna puede sobrevi vir al momen~o en q~e
ya no es permitido servirla ni defender la 10ocenc1a
oprimida;&gt; · para qué seguir permaneciendo en un orden de cosa~ en que la intriga triunfa eterna_mente
de la verdad, en que la justicia es una mentira, e_n
15 de Agosto.-Felicit¡clón de las Marías.
. .
que las pasiones más viles, en que los temores más ri_ Decididamente yo amo, como di~e en su del1cio•
dículos ocupan en los corazones el lugar de los mte- sa galiparla, la más divina de las muJeres que conozresrs sagrados de la humanidad. ¿Cómo ~aportar el co yo amo esas reuniones íntimas en que no hay mesuplicio de ver la horribl~ sucesión de tra_1doreF, _más sa; de ecarté ni cuerpos rígidos; yo amo esas alegres
6 menos hábiles en ocultar su alma terrnble b:tJO el fiestas de familia, tan llenas de rrescma y de perfu.
velo de la virtud, pero que todos legarán á la poste- me como el jardín á la hora que amanece.
ridad la dificultad de decidir cuál delos enemigos del
Allí los hombres dejan el paraguas y la gravedad
pafo fué más cobarde? Viendo la multitud de vicios en man·,s del lacayo que les aguarda en la antesesaque el torrente de la Rev?luci.Sn ha ª:rastrado, mez- la; allí la corbata blanca no congestiona ni. agarrota
clado con las virtudes cívicas, he ter:':udo alguna ve~, el cuello· allí se habla y se conversa en el rmcón del
lo confieso, verme manchado. á l•s OJOS de la po~te~1- canapé, 1bajo las hoJaS de uua planta exótica, detrás
dad por el impuro contacto de los perversos. ITe vis- del abanico de plumas y de oro. El salón con sus granto en la historia á todos los defensores de la libertad des racimos de bugías, es el rojo interior de una amaatacados .por la calumnia. Pero sus opresores han pola; el gabinete capitonado, tibio, azul, e~ el cor~muerto también. Log buenos y los malos desapare- zón de una viole:a. Los que tenemos ya la vista faticen de la tierra, ¡pero en qué Jistintas condi?ionesl gada, preferimos las claridades de la veladora. .
F rancP.ses, no consintáis que vuestros enemigos se
Por eso huyo de esas reuniones en que la luz irraatrevan á humillar vuestras almas y enervar vuestras dia, reflejada por los espejss de yenecia, y busco la
virtudes con sus desoladoras doctrinas! ....
apaclble claridad de esas tertunas que nuestros pa¿Por qué los que antes os decían: os declaro que ca- dres conocieron tanto y que nosotros ¡ay! apenas comino:nws sobre volcanes, creen marchar hoy sobre ro- nocemos.
.
.
sas? Los que os dicen que la fundación de la _RepúDejo las grandes salas donde las pareJas tiraban
blica es una empresa fácil, os engañan ó más bien no competencias de pugilato y busco la penumbra elepueden engañar á nadie .... ¡Pueblo! acuérdate de gante de esas fiestas íntimas sin cuadrillas de honor
que si en la República no reina la jus~ici_a con ª?solu- ni brindis oficiales .. ..
to imperio, y que si esta palabra no s1gmfica la igualdad y el amor pat rio, la libutad n,i es más que un
nombre vano! P ueblo! tú á quien se teme, á quien
i;e adula y á quien se desprecia; tú, soberano reconocido á quien se sigue tratando siempre como á esclavo acuérdate que donde no reina la justicia, domina~ las facciones de los magistrados, y que el pueblo, en tal caso, ha cambiado de cadenas, pero no de
destino! ..... .

** *
La otra noche, escuchando «Aida,~ cantada admirablemente por la señorita Chalia, en el Circo Or~in,
me formulabá á mí mismo un problema drolát1co:
, Podré :imar alguna vez á una Venus Negra?
G Un habi tante de Mozambique habría dicho precisamente lo contrario: ¿amaré alguna vez á una Venus
Blanca?
.
El hecho es que el criterio con que se aprecia la
Belleza cambia según los climas y regiones. Lo que
es verdad aqui no es verdad en el centro del Africa.
Lo que es bello en Cb_ina es horrible en Europa. Los
.
negros dicen que el d!ab~o es blanco.
i::,i un conquistador africano entrara trmnfante en
la ciudad de Roma, mandaría que untasen de betún
las grandes estatuas. Los ojos de ese hombre no
son, pues, iguales á los míos: su cereb~o está_ conformado de una mauera distinta: no es m1 semeJante.
Pero el criterio se modifica y transforma. Hay flores que trans¡:,lantadas cambian de color. Hay cerebros que no piensan lo mismo en el Ecuador que en
el EstrechodeBehriog. On negro, arrebatado de Hokanga y puesto en el Boulevard d~ los Ita_liano~, reforma su' criterio con el tiempo. S1 lo ponéis en Londres,•acaba por enamorarse de una rubia, ~uy rubia,
ó de una albina. No he visto sapos que m1_ren el sol;
pero sí he visto negros enamorados de muJeres blanca~.
Ahora bien: ¿ocurriría lo mismo_con nosc.tros si nos
aprisionaran en el centro del Africa? ¿Llega~íamos
á apreciar la hermosura sombría como aprecian los
neo-ros la hermosura rubia? Verdad es que nosotros
oc~pamos un lugar más. alto en la escala ascendente
de la humanidad, Europa es la florescencia de la tierra. Tenemos datos para presum:r que n~estro criterio vale más que el de los negros. Pero bien miradas
las cosas, ellos dirán lo mismo que nos?tros. . . .
Aurelien Scholl decía, con sobrad1sima Just1cra,
que el más insignifican~e diputado no trocaría.su importancia por la de un Jefe de tribu, como el ¡efe de
tribG, á su vez, se negaría á cambiar su posición por
la de un diputado.

JOSE ANTONIO CALCAÑO.
Fresca está aún la memoria de tu muerte, gentil
trovador. Frescas las rosas que deshojamos en tu féretro. Frescas la!. lágrimas que lloramos en tu sepulcro!
Todavía no se ha borrado en nuestras almas el recuerdo lastimero de aquella tarde húmeda, de aquella tarde triste en que te dijimos adiós, por la vez
última en la ciudad doliente coronada de túmulos,
ea la cludad llena de mármoles y de jardines, ciudad
que es al propio tiempo recinto de la paz y albergue
del dolor.
Todavía no hemos olvidado aquella tarde meiancólica de tu entierro; vibraban en el ambiente ráfagas
de hielo y de tumba; el cielo, en parte azul, á trechos
pálido, de un blanco de nácar, se deshacía en lluvia
como llorando tu desaparición, poeta. Y por entre el
.tango del arroyo, bajo la llovizna azotante y sutil,
ibas Lú, sobre nuestros hombros, en hombros de poetas, como alguien dijo, blanco de rosas, blanco de
jazmines, camino del templo, á los ojos de tu capital
querida.
Y ya en la iglesia se desplegó, en honor tuyo, la
gran pompa religiosa: las preces, los psalmos, las hopas purpúreas, los roquetes de.;lumbrantes de blancor, la mitra constelada de pedrería; la luz verde pálida de los hachones, el negro fúnebre de los paramentos, lo violeta arzobispal del Prelado; las cruces
de plata, los cristos de marfil y de oro, los hisopos
abrillantados de níquel.
Después, sobre tu sepultura recién cegada) vimos
nacer, entre las flores frescas, una flor de poesía; vibró en el aire, sobre los cantos de los cipreses funeralei,, el canto de un poeta, el adiós de un j&lt;1.rdinero
del arte que sólo cultiva en su verjel flores de antología.
José A.nt:mio Calcaño es, en América, uno de los
mejores y más eminentes representiantes del romanticismo.

En España ni en América, acaso por exi~üidad de
savia artística, acaso por otras ~ás recónditas razo.
es no apareció nunca el Gaut1er, el Benvenuto del
;e;so; ni el alma, sublimemente desolada, ~e Leopardi; ni el desbordamiento lírico de Hugo; m ~a poesía, toda cumbres, de Byron. :1'ero el romantnlsmo
dió á la Península y á la América trovador~s excelentes, algunos de ellos príncipes en la herá_ld1ca d~ la&amp;
letras, émulus en cierto modo, de los magn(l)S artistas.
del verbo castellano.
En E~paña el más calificado entre est?s poetas PSel cantor de /'.J.ranada; en Venezuela qu_ien supo rimar El paso doble y Los arabescos de Ed~ino.
Bien pudie:a decin,e que José Antomo Calcailo er.
nuestro Zorrilla; pero entre ambos _existen diferencias. zorrilla supera á José ~nt~mo Calcaño "n la.
pompa lírica, en el esmalte or1?01al, en ~l deslumbramiento prismático, excelencias que . a, aloran los
versos del poeta español._ José Anto~10 Calcaño lo
aventaja en elegante sobriedad de estilo, en corrección. Además, el poeta venezolano n_o ~s sombríamente religioso, ni estrechamentie patr1_ót1co. _
zorrilla canta pueblos e~pañoles, monJa&amp; es_panolaa.
militares españoles, reyes españoles, conse¡as españolas. Los Cantos del trovador, pongo por caso, es obra
escrita solamente para España, para la España conservadora y clerical. En los Poemas Y leyendas deJ086
Antonio Cah:año no sucede lo prupio : el poeta ama 1\.
todas las musas, bebe en toda¡; las fuentes, llora to•
das las desgracias, conoce todos los pt.eblos, canta.
todos los cantos. Es más cosmopolita, más moderno.
La relio-iosidad militante de Zorrilla degenera en
fanatismo'? la fé de José Antonio Calcaflo perfuma el
arte con u~ li &lt;Tero perfume místico, lleno de encanto;
perfume que flot,a bObre algu!1as rimas del poeta como el alma fragante de sus versos.
. .
Obediente al prr¡pio temperamento, y. sohc1tado
por las grandes influencias literarias del s1gl~ ~n que
le tocó tlorecer, José Antonio Calcaño s~ adb1_r1ó á la.
escuela romántica, no sin que pagase líneo tnbuto al
viejo ideal clásico, muriente.

Los poetas romántico~ supe!ªº el arte clásico eo
el revoloteo amable del rngemo; en el arrebato, e~
la frondosidad, en la frescura de rosas del poema; en
la música variante y seductora de los metros Y las.
rimas; en el desorden armónico de la inspiI ación.
La inspiración ro01ántica ora vuela hasta perderse
entre las nubes, como un águila; orii se posa en un
grana:lo florecido y canta, á la luz de la luna, comoun ruiseñor; vibra tiernamente como un laúd; espuma
como el mar· aroma como el jazmín; es blanca y pura.
como una vi;gen escandinava, rosada y lasciva como
una bacante, guerrera y legendaria como Juana de,
Arco; es pálica como hilo de lun~, negr~ como punta.
de tinta, azul como franja de e1elo, roJa como chl1:rpa de rubí.
La inspiración romántica llena el alma de ensuei'ios, de mariposas los jardínes, los campos de verdor;
se alza como banco de coral por entre las ondas ~zules; y canta como la estatua de MemoóIJ. á los fulgl•
dos besos de la aurora.
El clasicismo es correcto, pero monótono. El clá-sico diluye el sentimimiento, como una d:og3:, en la.
copa dorada del estilo; pone á abrasarse la 10sp1raclón,.
como un incienso, en el t uríbulo de plata del len•
guaje.
No es que se decadente la rudeza del estilo poético,
La inspiración ha de vestir traje de reina. El vem
ha de brillar como el oro; tener consistencia de di&amp;•
mante; arrastrar púrpura como uri Emperador. Peroque pueda también volar libre como una palom~qu&amp;
en el ritmo no se ahoguen las ideas; que la mef.rica.
no sea jaula de la inspiración; que el verso ande fran•
coy resuelto come un caballero abroquelado en ar•
madura resplandeciente, y no tembloroso ~orno un,
perlático, ni en silla rodante como un hemiplégico..

***
Si José Antonio Calcaño floreciera ahora, no á pr~
medio del siglo, ante!'&gt; que un gran poeta rou:iánUCOsería un poeta original, con marcada tendemaa propia.
Hoy las escuelas, como los dioses, se van. Ningúlll
poeta. se resigna á desaparecer sumado en una escuela. Cada quien aspira á vivir, á perdunr, por derecho propio. La desesperación de los poetas es la orl-ginalldad. Lo bello es lo raro, expresan algunos, 1
cultivan primorosas plantas exóticas. Para ot~osdla.
suprema expresión del arte consiste en una rig~
marmórea. Se ha puesto en boca de la belleza
canto:
Je hais le nw1.t1:ement qui déplace les lígnes;
Et jamais je ne pleure et jamals je ne ris
Hay quien suspira por hacerse pálida lumb:e que,
al través de la obra de arte, esparza rósea claridad
velador, suave luz de poesía. Muchos no conciben
verso sino vibrante de intenso subjetivismo. El verso.
como la nube, debe centellear. La poesía debe
médula de alma.

Domingo 20 de AgoRto de 1899.
Lo cierto es que ya no se habla, ó se ha'::la poco, de
escuelas literarias. Las personalidades llenan toda la
crítica, Sin embargo, las teorías_ han legado_ mucho de buPno á las nuevas generaciones de artistas:
la idea de una forma elegante: l_a i~dependencia revolucionaria; la verdad, la conciencra de cómo es puro elemento de arte lo propio que una. estrella de oro
una estrella de fango, lo mismo que las vírgenes las
cortesanas, igualmente cándidos ensueños de la fantasía y repugnantes lepras de una carne en putrefacción.
.
José Antonio Calcaño, asiduo lelltor de los poetas
italianos franceses é ingleses, se empapó un poco, en
los últim~s años de su vida, del espíritu moderno; pero
éste sólo se manifestaba en nuestro cantor por lamolicie de una factura rosa primorosa.

*

*'*mueren cuando los espíLas tendencias artísticas
ritus se con vierten hacia la aurora de otro ideal. Pugnar por redivivirlas equivale á querer resucitar una
momia. El clasicismo murió. También elromanticismo ha muert o. Su cadáver, en descomposición, produjo miles de gusanos. Bien pronto los gusanos sel.Jicleron mariposa~; las marlposas echaron á volar,
atraída:. por la púrpura de los claveles, por las azucenas eucarísticas, las violetas episcopales, las magnolias, los jazmines y los lirios en flor. Ellas venían de
lo negro, de la muerte, y volaban en busca del color
y el aroma, volaban haci~ la ju_ventud perfumada de
los jardines, volaban bac1a la vida.
Esas mariposas nacidas del romanticismo son las
nuevas estéticas. Y las nuevas estéticas, la juventud
en las venas, el sol en loi ojos, el lauro en la frente,
cab&amp;.lgando á su turno en el Pegaso, sin herir al noble corcel alado con el espolín de oro, lo conducen
por verdes y luminosas cumbres, mientras miran, como los Conquistadores del poeta, cuál surgen nuevos
astros en cielos desconocidos, en cielos de un azul
deslumbrante.
Muchas de estas novísimas flores de estética son
cultivadas por un solo poeta. Todas ellas de distinto color y fragancia forman juntas el gran jardín del arte
moderno. P ero en una cosa, en la cual era descollante
José Antonio Calcaño, están acordes todos los poetas; en cincelar el lenguaje á manera de florentina
joya; en labrar como urna primorosa el estilo; en pulir las rimas como ánforas; en teJer con donosura la
delicada urdimbre de los versos.
***

Tu muerte no ha simado en el dolor, dulce poeta
ido. Rodó tu cuerpo exánime junto al arpa trémula
todavía con la música del postrer cántico: y los poetas, en voces delirantes de amor, queremos, para tu
memoria, rosas; para tu sepulcro, el laurel; para tí,
el mármol.
RUFINO BLANCO FOMBONA,

LA CATEDRAL DE BURGOS.
Al caer la tarde de un domingo de Abril, cpntemplo la ciudad de .Burgos rodeada del esplendo: de una
primaver¡i. meridional destacándose en el fondo áureo y rosado del poniente.
La suave atmósfera está tranquila, una irradig,clón de noche serena y sin júbilo se difunde á medida que va acelerándose la fuga del día, sobre esta ciudad ant igua, aislada, envejecida, moribunda á la orilla de un riachuelo, sin comnnicación con la Inmensidad del mar que alegra y vivifica. Autójaseme que
la opresión de este nombre soberbio: Burgos, de este
nombre evocador de magnificencias antiguas, pesa
al declinar el día sobre las calles festejosas por las
que circula, vestida á la moderna, la España actual,
tan pequeña si se la compara con 1a España de antailo.
La célebre catedral se ve desde lejos: sobre las casas se destacan en la atmósfera dorada, flechas, puntas, inlmag!nables recortes, de una labor delicadísima.
P&amp;recen encajes de papel que d viento va á llevarse,
Y allí están desde hace muchos siglos, inmutables y
ligeros á un tiempo. Baflados por la roja luz del ocaso, dentro de unos instantes, cuando eJ sol desaparez_ca, sólo ellos re~ibirán sus rayos, mientras las calleJuelas sombrías irán quedando solitarias á medida
que la multitud penetre en las casas obscuras.
En medio de la ciudad se alza la catedral á la que
&amp;eme conduce por entre un laberinto de casas centenarlas,-muy de prisa porque me propongo partir al
cerrar la noche. Llego por fin. Allí están los altos muros con venLands góticas, las escalinatas, los pórticos
suntuosos en los que se alit!ean y se superponen las
estatuas de piedra rojiza. Franqueo las verjas majestuosas y me siento envuelto en la penumbra crepuscular; baja basta mí un frío de sepulcro mezclado con
suave olor de incienso en aquella humedad subterrán,ea: penetro en un mundo de increíbles magaificenc.as, en una soledad de encantos sombríos.
Las lejanías huyen, obscuras é iluminadas á intervalos por )a luz de algún vitral; las baldosas tienen
una sonoridad de caverna en aquel silencie que turba
e1 ruido de nuestros pasos ....
Esta es la catedral, la catedral legendaria, mara-

111

EL MUNDO.
villa de los tiempos que fueron, más sorprendente
que las de Milán, Estrasburgo ó Toledo. Está desierta y casi da miedo verla en esta hora crepnscular jel
domingo, cuando ya han callado los grandes órganos
y se han extinguidc, los incensarios.
La primera impresión lo hace á uno creer que está
en medio de no bosque petrificado, bajo el follaje ,d e
árboles gigantescos. Las columnas, troncos monstruosos, se lam.an hacia arriba, cubiertos de guirnaldas que parecen plantas trepadoras, y que son en
realidad esculturas delicadas y maravillosas. Y arriba, en don~e las pilastras dispersan como ramas
sus arcos, los fol!~jes se entretejen, las frondosidades
de piedra forman algo como la bóveda de un bosque,
dando testimonio del trabajo paciente de toda una generación. Todo esto lavrado en la piedra viva, todo
indefinidamente duradero y á pesar de su rara delicadeza, trai¡mitido hasta nosotros de muy atrás por
les siglos pasados.
Crugías inmensas, de treinta pies de altura, prodigiosamente e~culpid&lt;ts, corren en todas direcciones
entre los pilares altísimos, separando de la gran nave
una multitud de capillas secundarias de magnificencia más in verosímil aún, follajes infinitamente delicados que suben hasta las bóvedas también y que no
son de piedra sino de oro deslumbrador.
El guardián de tantas riquezas abre una tras otra
con llaves cinceladas y del tamaño de una daga, las
pesadas puertas de hierro ó de bronce, y el ruido que
hacen al cerrarse de nuevo, resuena largamente bajo
las altas bóvedas.
-Es yd muy tarde para verlo todo; la ncche se nos
viene encima. Y me lleva á toda prisa.
Al principio estábamos solos en este lugar eRplendido; pero á poco entran cuatro ó cinco montañeses,
vestidos á la antigua, y de aspecto hosco, tímido y
miserable. Piden permiso para seguirnos y se nos
reunen, formando entre ellos un grupo compacto,
mirando de cerca en la penumbra aquellas cosas suntuosas, tocanifo con el dedo los oros, empañando con
la respiración los mármoles.
Visitam1-s el coro, tesoro de riquezas inestimables,
encerrado en una especie de jaula de bronce calada,
oculta bajo cortinajes de brocado que caen desde la
parte más alta de la nave. Frente al altar mayor resplandecient e de oro se alinean los candelabros de plata repujada, de cinco ó seis pies de altura. Después
recorremos las capillas secundarias cuyas verjas, al
abrirse despiertan sonori'.iades cada vez más pesadas
y más largas en la creciente obscuridad; vistas de
cerca, sus frondas de oro que imitan acentos y ligeras flores se pueblan de centenares de personajes y
animales.
Cada vez más de prisa, nos muestran las tumbas
de los santos «fundadores;&gt; el guia levanta bruscamente los sudarios de terciopelo rojo y {le oro que
cubren las imágenes de alabastro ó de mármol, las
blancas estatiuas yacentes.
Después cruzamos un dédalo de claustros, lleno de
recuerdos y de reliquias, con puertas cuyas cerradu.
ras son ti.guras humanas gesticulantes en cuya boca
entra la llave. Y por último volvemos á la inmensa
nave, casi negra ya, á la cual penetramos por una
puertecilla medio oculta.
No es la impresión de la paz religiosa la que se recibe; al contrario, el sentimiento de una magnificencia orgullosa, imp:acable, que aplasta. Ni aun se sien:
te la calma, á pesar de las penumbras y del silencio,
ó esa unidad que serena el ánimo, como por ejemplo
en ciertos santuarios japoneses de la Montaña Santa
que son, como éste, los más espléndidos entro los templos de los dioses respeLados aún por el tiempo. En
esta extravagante acumulación de riqnezas se siente
no sé qné ag-itación, algo pesadamente humano, casi
sensual. Se evoca un pasado prodi!{ioso: toda la España de los grandes siglos rebosantes de oro y de poderío; pero la -paz, la dulce paz de tantas otras iglesias cristianas, está ausente.
He experiment,ado ya que esto de ver por la primera vez las cosas, furtivamontie, al atardecer, con la
iebre de las breves paradas, es la manera de recibir
de ellas una impresión completa, definitiva y justa.
Cuando ví por la primera vez el Acrópolis de Atena,,,
de noche y por breves minutos, á costa de mil dificulcades y con la inquietud deque se fuera mi buque,
recuerdo haber entrevisto la magnificencia antigua
de una manera violenta y nueva que no he encontrado después en los mismos lugares. No quisiera, p'.les,
volver á Burgos y detenerme en esta ciudad más
tiempo; por '.llgunos detalles incomparables que descubriría sin duda, se debilitaría y se em pequeffecería mi impresión del conjunto.
Ibamos á salir ya ....
Pero, vemos brillar dos llamas, en las lejanías de la
inmensa nave y cerca de ellas una forma negra, de
rodillas. Veamos qué es. Y nos acercamos sigilosamente para que el ruido de nuestros pasos sobre las
losas no despierte al fantasma que ora.
Los cirios-muy modestos-arden ante un cuadro
de la Virgen que se oculta en un rincón i_gnorado,
en un nicho, detrá&lt;; de uno de los pilares monstruosos.
Sin embargo, es demasiado suntuosa esa imagen por
su cuadro de oro viejo.·

Una mujer vestida de negro y con la mantilla de
luto está allí postrada de hinojos. Tiene en los brazos un niño de algunos meses de edad con el rostro
marcado ya por el dedo de la muerte. Ruega fervo.
rosamente por él, mientras se consumen los cirios.
¡Pobre enlutada que busca la imagen más humilde
para ofrecerle sus cirioR de á dos céntimos!
Ora y tiene los ojos llenos de lágrimas.
Es violento y cruel el contraste entre las riquezas
prodigiosas del santuario y los ve~tidos de la devota;
entre la duración persistente de los mlllares de santos vestidos de oro y la fragilidad de ese pequeíiuelo
sin maíiana, cubierto de harapos, á quien han traído
á su presencia, presentándosele tímidamente para
que se apiadan de é l, y que pronto volverá á la tierra.
Ya es decrépita la desventurada cuya actitud revela un dolor sin límites: es acaso una abuela que
disputa á la muerte el netezuelo huérfano, ó alguna
madre que dió á luz en edad avanzada un hijo no
viable.
Sostiene y cubre con infinita ternura al peque1io
remPdo humano que debe á algún azar su miserable
é incompleta existencia; cubre con un velo negro
su inquietante rostro que expresa ya una clarividente angustia; rodea con una mantilla su frágil cuerpPcito de muñeca, para librarlo de la humedad de sepulcro que baja hasta él desde las bóvedas de piedra.
Y entre tanto, continúa de rodillas, moviendo los labios para repetir los rezos obstinados y vanos.
Alza los ojos y me dirige una mirada desolada, adivinando sin duda la piedad que yo siento por su infortanio. Parece que me pregunta: ¿No es verdad
que tiene cara de enfermito mi pobre niño? Desvío
la vista para eludir la pregunta muda que me oprime
el corazón y aparenw fijarme en :itra cosa.
Pero viendo que no me voy, alza de nue1·0 los ojos,
y despu~s de contemplar un momento los esplendores
de la catedral, nuestras miradas se cruzan otra vez.
No está muy convencida, se comprende, y con mayor
angustia, sus ojos preguntan; c:¿Me escucharán las
divinidades magníficas?&gt;
Dios mío, no sé si la escucharán.
En su lugar, sin embargo, yo habría preferido llevar á mi chico á una de esas capillas rurales. en las
que se complace la Virgen de los humildes y de los
sencillos.
Las madonas y los santc,s que habitan este lugar
son ante todo, al menos así lo creo, seres fastuosos y
altivos, endurecidos por la pompa secuiar.
No, yo no puedo Imaginármelos preocupados por
una vieja infortunada que llora, y por el pequeñuelo
qua va á morir.
PIERRE LOTI.

GnillBrmo II en la Exposición de 1900.
La cuestión de saber si el Emperador de Alemania
irá á visitar la Exposición de 1900 en París, ha encendido recientemente viva:. polémicas en la prensa tanto de F-rancia como de Alemania.
En la primera, la opinión esta dividida, como es
natural suponer, pues deEgraciadamente parece imposible que haya un asunto sobre el que diez francese,; tengan una opinión acorde. Los nacionalistas, ardientes partidarios de la revanchg, soñada, no transigen: mientras Alsacia y Lorena sigan sustraídas á
la soberanía francesa, las relaciones entre Francia y
Alemania sólo deben y pueden ser cordiales en el papel de los tratados y en las melosas cuanto banales
fórmulas diplomáticas; pero recibir al monarca teutón, imposible, porque para la cortesía legendaria del
pueblo francés, esto significaría la obligación de festejarlo y prodigarle atenciones galantes, cosa que es
incompatible con los resentimien~os políticos del pueblo, especialmente ahora que hay interés en avivarlos.
Otro grupo sensato de la prensa francesa cree que
es absurda é indigna de un gran pueblo esta política
de falsa amistad.
O la paz ó la guerra, pero franca y leal. La revancha por ahora es una utopía, y muy ridículo y
pequeño resulta el carácter francés, desahogando sus
justos odios políticos con manifestaciones propias
tan sólo de un chiquillo mal educado.
Con ellas sólo conseguiremos hacer reír, dicen los
de este bando; p:,r el contrario, que venga en buena
hora el Emperador; que nos vea de cerca; que palpe
y aprecie la vn,alidad de este pueblo y así le temerá;
que reciba sus obsequios y cortesías, y así aprenderá
á respetarle y estimará la superioridad moral é intelectual de la raza latina, de la gloriosa. moribunda de
la historia.
Por lo pronto, una intelígencia franca y honrada
con Alei:oo.nia, iuteresa grandemente á los negocios
coloniales de ambas potencias, y buena prueba de
ello es la actitud destem piada y agresiva con que la
prensa inglesa acogió la noticia de la visita de Guillermo II á c:L'lPHIGENIE.&gt;
La prensa alemana y lüs altos círculos políticos
berlineses, opinan esto mismo, y se aventuran á a.firmar que la escena de B-?rgen fué el prólogo de las
que se desarrollarán ea París cuando el soberano vaya á acercar á los dos pueblos r,ivales.

�112

EL MUNDO.

Oom!ng-o 20 de Ag-osto de 1899.

Dommgo 20 de Agosto de 1899.

113

EL MUNDO

LA GUERRA

EL ATENT!DO CONTRA M. LABORI.

EN LAS FILIPINAS.
El lunes 14 de este mes. á las 6 de la maií~na, se
dirigía M. Labori al local del Consejo de Guerra del
procesado lJreyfus, cuando al_ lleg-ar al puente q_ue
cruza el Vilaine en lo~ suburb10s de Rebnes, dos rndividuos desconocidos se acercaron á él y uno de ellos
le agredió á traición disparando un tiro de revólver
que hirio al abogado porla espalda cerca de la sexta
vértebra dorsal.
Al sentirse berido Labori abrió los brazos y cayó.
Algunos labradores que estaban en _aquel Jugar y el
Coronel Picquart y su cullado corneron en persecución del asesino pero no pudieron alcanzarlo. A poco
se presentó la policía, y 1\f~d_. Labor!, a~vertida de
la desgracia, acudió en auxilio de su rnfellz esposo. .
La escena que si!!'uió á la llegada de Mad. Labon
fué tierna: la pobre señ11ra recostó ea i;u regaz0 la cab•'za de M. Labori y le daha aire con un abamco, procurando á duras pPnas dominar la emoción que la
embargaba. El heroico defensor sonrió y dijo: c:Yo
moriJé acaso, pero Drt:yfus está salvado.&gt;
Afortunada.oente para M. Labori y para la causa
de la justicia, bizarramente defendida por el abo)!arlo
rle Dreyt'us, la bala no interesó la columna vertebral,
y darla su constitución hercúlea y la serenidad df': su
espíritu, es de esperars~ que p·ooto estará en aptitud
cte reanudar sus tareas en el Consejo de Guerra que
juzga á su cliente. ~~ muy si_gnificativa la fr~s~ que
en tono de ch&gt;tnza diJo Labon cuando fué á v1s1tarlo
Mateo Dreyrus, aludiendo á su resistencia: c:Con un
revólver nada me pueden hacer; m.cesitan un cañón
para matarme.&gt; l!:ste buiin humor, esta ecuanimidad
en el cumplimiento del deber, cuando el deber es
sacrificio, dolor y heroísmo, caracterizan al hombre
recto, de conciencia pura como un cristal y de carácter inrlomable. Nunca se ha revelado mejor lo que es
ese sacerdoc:o de la abogacía cuando no se complica
con Ja chicana, cuando no se turba ante las amenazas
ni vacila en el peligro.
Decía atinada mente un escritor mexicano: «El disparo contra. el defensor es como prueba plena en favor del acusado; no se suprime al defensor sino cuan- ·
do no bay ma11era de rebatirlo y deconfundirló; quien
pretende tener la irrecusable demostrac!ón del_ d~lito
no necesita atentar contra la defensa, 01 supnmirla,
ni inutilizarla, y sacriflcar al defensor prueba lo que
todo el mundo sabe hoy: que la prueba no existe, que
por el contrario, vista la inocencia, no puede sostenerse y triunfar la acusación.»
En este proceso que no es el proceso de un bom bre,
pues el mundo entero ve en la causa instruida contra
J)reyfus, en los sufrimientos que ha apurado la víctima y en los esfuerzos que ha costado su rehabilitación, el pavoroso duelo entre la virtud de una humanidad emancipada y generosa y el l'anibalismo cruel
que se oculta en los odios de Roget, en las frías imposturas de Merc1er, en las falsedades de E-;terhazy
y en el criminal encarnizamienta de sus cómplices;
en e$te pro:ieso ha querido el azar, admirablemente

Las publicaciones francesas, semanarias y diarias,
ban abierto una averiguación desapasionada sobre la
uerra de Filipinas, enviando corresponsales que esfudlan escrupulosam&lt;Jnte las condiciones y los resultadas de la campana.
C&lt;imo prueba de imparcialidad publicamos algunas
Impresiones de esos corresponsales, sin comentarios
favorables ó adversos para ninguno de los partidarios
contendientes. Un articulista de El Fígaro, condensa en un artículo lleno de apreciaciones justas los
acontecimientos de la campai'la iniciada el 4 de Febrero y hace atinadísimas ob,ervaciones sobre el fin probable de las hostilidades. Extractamos algunas de
esas observaciones.
Por un esfuerzo de dinero relativamente insignificante, de algunos buques y de unas cuantas armas,
ganar un archipiélago tan vasto, tan rico y capaz de
expedir á los grandes fabricantes de la metrópoli
tabacos y a1,úcares nacionales gracias á la conquista,
es decir, que no paguen derecbrns aduanalt!s, hubiera
sido una operación maravillosa aún para los Estados
Unidos habituados como están á hacer en grande su
negeclo. Pero se había contado sin el Tagalo: desde
queA¡rulnaldo y sus partidarios comprendieron la realidad de la conquista, el aliado de la víspera se convirtió en enemigo irreductible al oro americano. No

MAPA DEL TERRENO DE OPERACIONES.

M. FERNANDO LABORI, ABOGADO DE DREYFUS.

SOLDADOS AMERICANOS DEFENDIENDO EL CAMINO DE CALOCCAN,

auxiliado por las pasiones exacerba- ·
das, que todo sea sombras del lado
de los verdugos y todo claridades
del lado de la víctima.
Con aquéllos han estado Mercier,
un perro de presa; Roget un calumniador despiadado; Henry un falsificador; Esterbazy «un hermoso tipo
de criminal;&gt; Lebon, un Torquemada en frío; Guerin, un singular y
falso depositario de los secretos de
la justicia, etc. etc. etc.
Con Dreyfus y para defevder su
honra y fueros del hombre saltaron á las arenas candentes· 1:icbeurer-Koestner que abdicó las prerrogativas de su alta posición política;
Pi.:iquart, un justo, un desinteresado, un valeroso, el más joven de los
coroneles franceses, que rom¡Jió su
espada y su carrera brillantísima
para hacer bonra á su conciencia;
Zola, un apóstol; Mad. Dreyfus, mártir y heroína, y por último, Labori,
herido en plena lucha por mano
alevosa, y que reproduciendo la leyenda de Anteo, cayó para levantarse más grande y más fuerte.

es sólo dinero lo que se necesita, sino sangre y mucha
sangre de electores americanos para llevará cabo una
conquista en la que todos los elementos conspiran
contra el invasor.
Lá situación del General Otis es dificilísima; para satisfacer á la opinión americana excitada en algunos Estados, y para no dejar un arma electoral peligrosa en manos del partido demócrata, es necesario
el fin de la guerra el General Otis debe pues, ó hacer la paz ó sojuzgar á los filipinos. Ambas cosas tienen grandes dificultades: el amor propio americano
que no reconoce nada igual en el mundo, no puede
admitir una composición con gentes de raza inferior:
Washington no aceptará la paz á menos que los filipinos entreguen sus armas y se rindan á discreción.
La destrucción de los filipinos no es asunto de poca monta y desde hace seis meses los acontecimientos prueban que los americanos no los conocen ni
pueden conocerlos, porque los ciega el orgullo de raza; no pueden creer que el tagalo sea un hombre capaz de medirse con el cow-boy de Nebraska ó con
las tropas regulares de Young. Una escuadra que
bloquea las costas, una flotilla que penetra por todos
los rios y cuarenta mil soldados con armamento superior, con veinte baterías de campana y otras tantas ametralladoras y con todos los medios q u~ procura el dinero, con la libertad del mar y una base de
operaciones como Manila; con todos estos medios
empleados contra rebeldes de raza inferior que disponen de quince mil fusiles y que se ven obligados
ellos mismos á fabricar una pólvora de calidad inferior, no han ganado positivamente sino las siguientes ventajas: al Norte de Manila la vía del Ferrocarru, 60 kilometros, y el curso del Río Grande, 40 kilómetros.
EL ATENTADO CONTRA

M. LABORI.-LA POLICIA ACUDE EN AUXILIO DEL IIERIDO.

Al Este de Manila 20 kilómetros hasta las tomas
de agua de la ciudad en un río navegable.
Al Sur de Manila, 4 kilómetros basta Pasay en donde el corresponsal vió á las vanguardias americanas
á 800 metros de las vanguardias filipinas.
La Península de Cavite está ocupada, pero cuatro
meses de combates y bombardeo,; de Paranaque no
han podido establecer la comunicación ni un solo día
entre Manila y Cavite.
Los Puertos de Ilo-Ilo, Negros, Cebú,y Yolo.
Como se ve, esto es muy poco y examinando un
mapa general de las Filipinas comprende uno que eso
no es nada.
Sin ser profeta se puede asegurar que á menos que
sobrevenga un acontecimiento extraordinario y poco
probable como una t raición de los jefes filipinos ó algo por el estilo, necesitarán los americanos para avanzar mucho tiempo, más dinero y un ejército considerable. A medida que avancen, las dificultades serán
mayores en un país cada vez más inextr'. c3.ble en don•
de en vez de ejército enemigo encontrarán cada no7
che gavillas fugitivas ocultas en las malezas.
Una sola vez han podido los americanos dirigir sus
esfuerzos contra todo el grueso del enemigo: fué al
principio de las hostilidades y no pudieron aniquilarlo; después, no se les ha vuelto á presentar la ocasión.
En el Oeste y en el Sur se confiaron las operaciones al General Wbeaton, y ya hemos visto que ha
g-anado sólo algunos cuantos kilómetros. Conviene
lldvertir, sin embargo, que el esfuerzo más importante se ha dirigido hacia el Norte, por el General Mac
Arthur, y que todo lo que se ha conquistado en esa
dirección lo fué en los meses de Febrero á Junio. En
esta región se han librado los combates más númerosos y más sangrientos; para que se sepa qué clase de
·t erreno es ese, imagínense tres bandas paralelas y
distintas: la primera á la orilla del mar, formada de

UN TREN DE REFUERZOS LLEGANDO A MALOLOS.

�..
EL MUNDO.

114

Domingo 20 de Agost,0 de lRIIII

Oo'llln~c 20 de A~o&lt;¡to de 1899

EL MUNDO.

Gt'1A A LA -'4LTA ESCÚELA.

Entre nosotros el sport de la rueda cuenta con un
UNA PUENTE PROVISIONAL DE BAMBU.

arenales bajos y con una anchura de 2 á. 5 kilómetros; la segunda, rie llanuras de 5 á. 10 kilómetros
cortadas por ríos, arroyos y canales, y llena de po•
blaclones entre bosques y matorrales, cruzados por el
ferrocarril de Manila á Dagupán, y por último, la
tercera, más montuosa y con un buen camino.
~n la co~ta del Sur y en los ríos navegables, las
operaciones han estado encomendadas á los cailoneros, contra los cuales nada tenían que oponer los filipinos; algunos de ellos tienen seis callones y cuatro
ametralladoras, y son más formidables que diez regimlentos.
En la llanura cruzada por el Ferrocarril con la
vfacomo base, como centro y como medio de avance y
de aprovisionamiento, en una palabra, como órgano
esencial, las brigadas del General McArthur avanzaron
lenta y ::ietódicamente hostilizadas las fuerzas
mejores de los filipinos. llubo cuatro jornadas principales marc'ldas con batallas muy rudas: 31 5 de Febrera los americanos tomaron Caloocán á 5 kilómetros
de Manila; el 25 de Marzo tomaron Malinta y Polo á.
15 kilómetros; el 31 de Marzo, Malolos á. 40 kilómetros; el 20 de Mayo Calumpit á 45 kilómetros, y el 24
de Mayo Santo Tomás y 8an Fernando á 70 kilómetros.·
DP.spués de la derrota del b de Febrero, Aguinaldo
instaló su cuartel general en Malolos detrás de las posiciones sucesivas de Mallnta, Polo, Bocá,Blgaa, Guigulnto y Santa Isabel defendidas por trincheras y
obras de tierra con bambús eutretejidos. Por mal de
)os filipinos-había entre ellos un ingeniero educado en
Bélgica, y recordando el trabajo que les costó tomar
las trincheras y los blockhaus defendidos porlos espatloles de Manila, supusieron que esas obras los pro..eger!an contia los americanos. Le dieron pues carta
blanca á su ingeniero, el cual puso en práctica todo
Jo que ensefian los tratados más completo,; de fortificación de campana. Esto les perdió y es fácil comprenderlo.
En una anchura de quinientos á dos mil metros á
tra,•és del ferrocarril cerraban la llanura con sus
obras de fortificación. Los americanos ponían delante de sus locomotoras wagones blindados armados de

CENTINELAS GUARD&gt;.NOO UNA PUENTE,

odmtro locrelble de adeptos, que pertenecen á todas

las clases sociales, y que muy frecuentemente llegan
, sentirse cansados y abandonan al «caballo de acer,,, &gt;
aólo por que ya han recorrido repetidas veces el
«ciclo&gt; de excursiones que están á su alcance y ya no
encuentran atractl vo en seguirlas.
Si varios de éstos se reunen en una pradera que sea
suficientemente plana para la bicicleta, con muy ln:slgnlflcantes accesorios pueden di vertlrse con amplitud, aprovecbando las hermosas tardes otollales que
ya se aproximan.
Pueden ejecutarse con la bicicleta casi todos los
juegos acostumbrados en los manéges de equitación.
As! por ejemplo la Gula á la a/tu escuelo, que es tan
~noclday que recrea, no obstante que tiene poca diferencia con un juego de nillos.
También el sport de ensartar los anillos peo-dientes de un cordel y puesto.e, en movimiento, pi;ede
ejecutarse en bicicleta.
Más divertido y eligiendo mayor destreza y seguridad en el manejo del cwheel&gt; se presenta el «sube y
wja&gt; que, como puede verse en nuestro grabado, consiste en trasponer una tabla, puesta, en 1:1u centro, sobre un apoyo de muelle!&gt;.
El juego de pelota en bicicleta es tam blén muy atractivo. Se observan en él las mismas ó análogas reglas
,que para el polo, que todos conocemos, pero es preciso
advertir que aquel es mucho más dificil, puesto que
una bicicleta en determinados casos, no obedece con la
misma docilidad que un caballo.

for último tenPmos la caza al zorro que cont1lste en

cafiones y protegidos con ellos:
los obreros reparaban la vfa hasta que estaba á. tiro el tren bateria. Entonces se cubría de obuses el terreno de las trincheras
en las que sucumbían como moscas los soldados de A~ulnaldo, y
cuando se creía limpio de enemigos el lugar, la Infantería atacaba por el frente y por los flancos.
Naturalmente cuando llegaba á
la posición enemiga ya no encontraba sino cadáveres. Lo único
que sorprende en esta campana

-alcanzar a un Individuo á quien se ha dado determinada ventaja en la partida y que lleva como distintivo una cola de zorro.
,
Estamos seguros de que muy en breve podremos ver
-ea~ juegos ejecutados por nuestro:. ciclistas.

***
cSUBE Y BAJA.&gt;

es la fuerzii. de resistencia de los filipinos ante 111
enemlgo y ante un procedimiento de ataque tan formldables.
8erfa. erróneo concluir de estos hechos en la ideriorldad militar de los americanos y lo único qt1e
puede sacarse en claro es que son muy lentos en aua
maniobras. Así cuando hubo que hacer el gran el•
fuerzo de fines de Marzo que concluyó con la tomadt
Malolos, el plan de campa!Ia exigía que la brigad_a
McArthur atacase de frente por el ferrocarril.
mientras que la brigada Otbon debía seguir el caml•
no de San José á Bustos para flanqueará. Aguinaldo.
El camino era de cincuenta kilómetros y los voluntarios americanos emplearon veinte días en recorrerlo y
cuando llegó á. Malolos la brigada ya la plaza estaba
ll)mada de11de bacía ocho dlas y los filipinos se reorg-anlzaban en Calumplt.

En los últimos tiempos el sport al aire libre que
pone en sana agitación todos los músculos, se está
'
;aclimatando entre nosotros.
En los po1 reros que encuadran la talzada de la he1orma, puede verse día á día ,zrupos de jóvenes que
'8e entregan é esos juegos de fuerza importados del
Norte.
Antallo, los ejerclcl•;s corporales de n11estra juven1.cd se reducfan á. la gimnasia de salón que se efec.
toaba en los colegios primarios y luego, con la natu-

JUEGOS PARA CICLISTAS.

JUEGO DE PELOTA,

Entre los numerosos adepws de la blcllcleta, ha,
algunos que no tienen la obsesión del «kilómetro&gt; 1
que más aprecian en su sport favorito la calidad que
la cantidad.
Para éstos, que no abrigan las pretensiones debatir crecords,&gt; '&gt;&lt;&gt;n los juegos que en grabados presentamos á nuestros lectores, juegos que están muy ea
boga en Alemania y que quisiéramos ver aclimatarll
entre nosotros, porque á. su gran recreación reunenll
circunstancia de ser higiénicos, pues contltuyen 1111
buen ejercicio sin fatigar sobremanera.

ENS.Ht'!',\N:CO CARTAS,

115

leznables é inconsistentes ante el severo y frío trabajo del aná.llsls ra.
clona!.
Desde luego M. Flammarlon resulto ser un excelentemedium y para
no desaprovechar sus facultades medlan!mlcas, púsose á hacer Invocaciones y, ¡cosa naturalfslma! el esp!rLu que primero acudió á. ellas
fué el de Galileo Galllei.
Esto pareció por entonces muy lógico: claro es que el espíritu de un
genio exclusivamente consagrado en vida á la más noble de las ciencias
y q1:e tan grsndes conquistas supo hacer en ésta, no habría de querer
ponerse en comunl&lt;'ación con un quidarn que le hiciese preguntas
necias é Indiscretas á él que ante el patíbulo supo decir la inmortal
frase: c¡E pur si miwvel&gt;
'
Galileo, es decir, su espíritu, sólo podía consentir en comunicarse
con un bcmbre capaz de e&lt;,mprendPT toda la grandeza del genio Inmortalizado por la humanidad sin necesidad del espiritismo. Y ¿quién más
capa1. de comprender á Galileo que Flammarion, Nadie ha sabido
como el ilustre francés dominar la aridez de la cosmografía mat~mática p:9-ra rem?ntarse basta las altísimas cimas desde donde, sin prescindir de !amencia, alcanza el hombre á. vislumbrar la grandiosa é Infinita poesía de la Creación.
Y co~~ era preciso, Gallleo y Flammarion entablaron sublime plática espmtual sobre el mecanismo del universo, y juntos sorprendieron
asombros~s secretos que la ceguedad física y la estrechez de concepción de la humanidad, habían basta entonces velado á. la ciencia; Juntos oyeron quizá. aquella misteriosa música de las esferas, aspiración
suprema delos místlevs medloevales.

ral pereza física de nuestra raza,
entregábase la juventud á una vida
sedentaria, atrofiándose y matando su energfa física, que, es uno
de los má.spoderosos elementos pa1 a el bienestar de las naciones y de
1os Individuos.
El ejercicio de la equitación, ya
proverbial entre nosotros, está pasando á la historia. Apenas si en las
fincas rústica!&gt; se ejercita todavía de
una manera completa y sólo por ga=-==i~ ~
llanes bravíos.
Pero en las ciudades, en donde-el
ejercicio físico se hace todavía más
indispensable para aliviar los nervios de las tenciones del asfalto, es
preciso fermentar enérgicamente
toda clase de sport sanos y nuestro
Semanario se propone, de tiempo en
tiempo, dar cuenta de los juegos y
ejercicios más usados en el extranjero, con la esperanza deque hallen
aficionados y cultivadores en México.

----

Flammarion traidor.
El mundo de los espíritus anda
alborotadíslmo y la cosa no es para
menos: un traidor vivía entre ellos
y de tal modo ha comprometido la
causa no muy boyante del espiritismo, que si no dió al traste con ella
muy cerca anduvo.
'
El traidor es M. Camilo Flammarlon, el Ilustre sabio, el poeta de la astronomía, el vulgarizador más
inteligente de la ciencia menos vulgarlzable.
Este simpático hombre de colosal talento y dotado
con una Imaginación volcánica, 1:1e prendó del espldtlsmo al primer golpe de vista como sucede á casi todos los hombres de Imaginación siempre que leen por
vez primera esas prodigiosas concepciones espiritas, tan seduct,oras para e1 sentimiento, como de-

Los

ANILLOS.

Del transcendental diálogo del espíritu de un genio difunto, indiscutiblemente inmortal, con un talento vivo y en plena actividad material, de esta especie de unión metafísica y misteriosa, nació un libro
cuya paternidad atribuyó Frammar! on á Galfleo, haciendo el sabio trancé¡¡ de su alma con esta declaración, una nueva rosa místi.:a fecundada por el Verbo
eterno de la Idea.
Después escribió Flamm:irlon otros libros plet6rlcos

�116

Domingo 20 de Agosto de 1899.

EL MUNDO.

samente dentro del círde fé en la teoría de dogculo de su capacidao
mas espiritas. Llegó á
moral é intelectual, dehacer coll su potente
sus aspiraJiones y, en
imaginación, maravillouna palabra, de su vid&amp;
sas evocaciones de la vipsíquica.
da de los espíritus en
No se da el caso de
otros planetas, más leque un médico, por ilusjos aún, en astros y sotre que sea, Pasteur por
les cuya lejanía de este
ejemplo, recibiera la vimísero átomo en quemosita espiritual de Galiramos, parecería ciealeo para hacerle centlción imaginativa si las
dencias sobre Id pluramate(l'láticas no la imlidad de los mundos
pu,;ieran como verdad
habitados como lo reciabsoluta.
bió Flammarión. Esto
Y uniendo en prodilo dice el mismo astrógioso consorc:o la ciennomo invirtiendo el cacia y la novela, la verso. En cambio, si Fas,.
dad impuesta por la rateur hubiese sido espiri.
zón á la c,el!eza .::reada
tista y hubiese hecho
~
por b fantasía, produjo
una evocación, difícil ea.
verdaderas obra¡¡ de arpensar qué espíritu hute en las que es imposibiera acudido á su llable admirar más al sa.-,---;
mamien
to, puest o que
bio que al artista.
siendo la Bacteriología.
Obras que abundan en
unacienciadel t odo nuebellezas literarias creava, no habría habido esdas para engarzar como
píritu legalmente autovaliosísimas gemas, las
rizado para venir á haverdades científicas que
~
.
..:..,
cer revelaciones sobr&amp;
podrían creerse re a!ella.
mente debidas á la reCierto es que el espt•
velación si solo se atenritismo atribuye la con.
diera á su novedad y á
miciencia á los espíritus
que aún noestándel tolibres de la materia, de
do confirmadas por la
tal modo que el mismo,
observación directa aunGalileo puede, según ese
que sí lo estén por el.adogma, acudir á una evociocinio estrictamente
cación y hablar con el
cientfflco.
mismo acierto é igual•
Pues bien, he aquí que
dominio del asunto, tandespués de haber dedito de astronomía, como
cado la mejor y mayor
de bacteriología, de meparte de su vida á la
cánica celeste ó de los
propaganda y á la creenrayvs X, del ferrocarrn
cia del sistema espiritisó del teltígrafo sin hilos;
ta, M. Flammarión con
todo le es igualmente
la serenidad del verdaconocido á un esplrit1&gt;
dero creyente en la Ciendesligado de las debllicia, exento de las tenadades é insuficiencias de
cid9.des del fanatismo
y dotado de esa grandela materia: pasado, preza de espíritu capaz de
sente y porvenir.
comprender que la conY sin embargo, cosa.
fesión de un error, surara y que deja abierta
pone un triunfo sobre
y amplfsima brecha eola mentira y no una dela coraza lógica del sis•
bilidad; pues bien el
tema espiritista: no S&amp;
gran astrónomo acaba
ha dado el caso de que
de declarar que debido
un espíritu venga á coná una serie de estudios
versar con los vivos SO•
psico-ffsicos, ayudados
bre asuntos que descode pacientes observacionozca. Muy al contra,
nes, ha llegado á aaquirio, el mismo Allan Karrir la convicción de que
dec para escribir los u.
no existe ni puede exisbros fundamentales deCASA DEL SR. OCTAVIO FERNANDEZ,- CALLE DE ROSALES,
tir la pretendida comusu sistema filosófioo,
nicación entre los espíritus de los vivos y-los supuestos cede en todas las sesiones caseras de espiritismo: á cual nuevo Moisés que acude á J ehovah· para escribir
espírítus libres ó errantes de los muertos; que las re- preguntas necias .. . . respuestas choca.rreras.
su Decálogo, así él acudió á los Santos y á los filósovelaciones de hechos al pare0er sorprendentes y solo
Este hecho, universal y constantemente observa- fos místicos para darle cuerpo de doctrina á sus in•
conocidos de quienes las reciben, son simples casos do en las comunicaciones medianímicas, es el más po- mensas creaciones imaginativas.
de auto-sugestión, soliloquios, confesiones íntimas, deroso para desmentirlas. Todo el que con más ó meYa vemos por este ligero estudio, muestra pequeexternaciones cuando más del propio espiritu, de la nos buena fe ha evocado, bien á un espíritu determi- iHsima de los hechos por Fll\mmarion y de los quepropia fuerza psíquica.
nado, bien á cualquiera que tenga á bien obsequiar pueden hacerse sobre la interesante cuestión del mási
Por eso es que á él le visitó de preferencia el espíritu la evocación, se ha encontrado con que ese espíritu allá del espíritu, del «ser 6 no ser&gt; del príncipe dina•
de Galileo, como un militar habría sido visitado por le habla en su lenguaje habitual, de sus propias preo- marqués, que el autor de Urania no modificó so&amp;
el de Napoleón Bonaparte, un ladrón por el de Di- cupacionos, de sus secretos íntimos y, en general, de creencias tan ligeramente como parece.
mas y un necio por el de otro necio que es lo que :,U• hechos que le son conocidos y que se encierran forzoM. ROMERO !BAREZ,

o omtngc 20 de Agosto de 1899

MEXICO MODERNO.

t-r-.

q::

donable seguir ilustrando nosotros las si- y Dos aventuramos á decir que será una de
guientes obras, cuando ni en Europa, en don- las mejores ediciones hechas hasta hoy. Conde hay consumados artistas en este género de tendrá las mejores ilustraciones de Balacar~
trabajo, se han alentado parn hacerlo.
y de Gustavo Doré.
Ahora
bien,
como
el
tomo
que
da
nuestra
Los Tres Mosqueteros.
Las obras de Riva Palacio.
edición de Los TRES MosQUETERcs es basA varios de nuestros lectores les ha causa- tante delgado para encuadernar UD volumen
Con extraordinario cuidado y con grao
do extrañeza que al concbir la publicación regular,·publicaremos la otra obra de Dumas, acopio de (Jatos relativos á la época en que
de L os TRES MosQUETERos, no se publi- EL CABALLE:ao DE LA. C.AsA RoJA.
se desarrollan los acontecimientos se están
Esta obra y Los T.&amp;is MosQUET-ERos, for- ilustrando las obras de uno de nuestros más
cara la siguiente obra de Dumas, ceV EINTE AÑOS m.SPU.ES.)&gt; La siguiente explicación marán un volumen á todo lujo que dejará sa- aplaud:dos escritores.
convencerá á todos: nuestro objeto al hacer tisfechos á nuestros más exigentes abonaLa publicaremos también en edición de·
.l a edición l ujosa de Los TRES MosQUETEROS dos.
lujo, y de la mejor manera que esté á nues·
En el folletín de EL MuNDO DIARIO, se tro alcance.
no fué dar á conocer la obra, que apenas hapublicarán
después las obras de Dumas.
brá persona que no la haya leído; nos preoComenzaremos á cumplir estos ofrecimien•
cupamos por publicar las notabilísimas ilustos desde el mes entrante, para lo cual, en
traciones de Leloir que tanto han llamado
I.a gran edición del Quijote. estos momentoH se esta armando la nueva.
la atención en el mundo artístico. Pero Lemaquinaria que se pjdió á los Estados Uniloir no ilustr,ó otra obra de Dumas más que
Preparamos la publicación de esta obra t.os, y que nos es precisa para las edicione&amp;
la pnblica&lt;la, y sería una profanación imper- con más lujo que Les TRES MosQUETEI:.os, de lujo.

Nuestras obras ilustrada~.

117

EL MUNDO.

B AJO E L SAUCE.
I
A CAMPIÑA que rodE.a la pt'quefta ciudad de Kjoegé, en
Seeland, es muy pobre;situadaá orillas
del mar, aunque este elemento ofrece
siempre singulares
en,,.antos,las playas
de Kjoegé, á decir
verdad, podrían ser
más bellas. Al rededor de la población se extiende
una llanura monótona, sin el menor
:,
accidente, com,. ,
puesta de campos
sin árboles y con
un camino que en';_\(
'/..J.: ~v.
fila en línea recta
' ~~_¡ J.1,.,.,/
';Ji
"'
•
el bosque más cercano.
No obstante, basta haber nacido en un país
para tenerle apego: por oobre que sea, no es di1fcil descubrir algo en él que ofrezca un encanto
-particular, y que más tarde, en los días de ausen-eia, se echa de menos y se desea ver nuevamente:
algo que no puede hacer olvidar la presr.ncia de
·comarcas más deliciosas.
Ahora digamos en honor de Kjoegé, que al extremo de la población, junto al arroyo que desemboca en el mar, se encuentran algunos pequeftos
.jardites, en los que, en verano sobre todo, siempre
que medie un poco de buena voluntad, puede uno
creerse en un paraído.
Así por lo menos lo consideraban un niilo y una
nin.a, hijos de dos familias vecinas, los cuales so•
lían ir á jugar á aquel sitio, deslizándose por en·tre la cerca de groselleros que separaba los jardines de sus casas respectivas. En uno de esos
.jardines había un sauco y en el otro uo sauce:
este últim,&gt; era el árbol favorito de la infantil pareja, per mitiéndoles sus padres jugar á la sombra
·del mismo, aunque por su proximidad al arroyo
hubieran podido caer en el agua; pero afortunadamente la Providencia vela por los p equelluelos, sin lo cual más de una vez éstos serían dignos de lástima.
Por su parte los dos niilos ponían mucho cui·dado en evitar una desgracia; el muchacho tenfa
tanto miedo al agua, que en la estación veraníe•ga no había medio de decid irle á darse un remojón en el mar; sin embargo de que t odos los nillos de su edad se recreaban zambulléndose en
las olas. En vano picaban su amor propio y le
·dirigían pullas y chanzor.etas; todo flra inútil
para hacerle vencer sli horrur al agua; sufría
las bromas y se callaba.
Pero J uana, su compafterita, soiio una vez que
·dentro de una barca andaba bogando por el mar,
Y que él (él se llama Knoud) corda hacia ella;
que el agua le cubría el cuello, que Juego le cubría la cabeza y que últimamente acababa por
desaparecer envuelto en las ondas. Desde que
Knoud tuvo noticia del sueflo de su amiga, ya no
aguantó por más tiempo las bromas de los demás
-ehiquillos. El había estado en el agua: Juanita lo
había visto en suellos; pero no por .esto se aventuró nunca á zambullirse, contentándose con ponerse muy orgulloso con el sueño de su amiguita!
Los padres de ambos ninos eran buenos
amigos. Knoud y J uanita iban siempre juntos, jugando ora en los jardines, ora en la carretera, en cuyos bordes había. una hilera de sauces;
pero tan desmedrados y con sus cimas tan des·coronadas, oue bien se veía no los habían plantad~ por la sombra que pudieran dar, sino por la
U~l.1d~d que reportaban. En cambio, el sauce del
VIeJo Jardín ya era otra cosa: nada más hermoso
-que este árbol con sus prolongadas y espesas racnas formando una especie de glorieta., en donde
1

los dos muchachos gustab!ln de pasar la mayor
parte del dfa,
Había ,:m la población una gran plaza, y en ella
se celebraban ferias y mercados. En días de feria llem\base de largas calles formadas de mesas,
tiendas y barracones que se cubrían de cintas,
juguetes, calzado y de todos los objetos imaginables. Por esas calles discurría sin cesar una espesa mucbedumbre. Entre las mesas se contaba
una l'.ena de piezas de mazapán, y el mercader
que la tenía á su cargo durante los días de feria,
se hospedaba en casa de los padres del pequen.o
Knoud, lo que bacía que éste de vez en cuando
se viese obsequiado con un pedazo de esta sabrosa golosina, que, como es natural, compartía con
su Juanita.
Pero lo que para los muchachos valía indudablemente más que estos regalos, era. que el mercader sabía un sin fin de cuentos sobre toda suerte de cosas imaginables, inclusos los mazapanes.
Una noche contó una historia á propósito de esto,
que produjo. en los dos nillos una impresión tan
profunda, que ya nunca, jamás, en toda la vida,
debían olvidarla. Creo que será bueno reprod11cirla íntegramente, pues tiene la ventaja de no
ser muy larga.
«Tenía en el aparador de mi tienda, dijo, dos
figuritas de mazapán: la una era un hombre y
llevaba sombrero, la otra una seftorita y no lo
llevaba. N0 tenían forma humana más que deun
lado; del otro no había que m:rarles. Por lo demás, todos los h0mbres son lo mismo, y nb hay
que examinarles por su enves. El monigote llevaba pegada á su costado izquierdo una almendra amarga, era su corazón; -en cuanto á la sellorita, era toda ella una masa de miel. Yo les había
puesto de muestra en el aparador y estuvieron
juntos durante tanto tiempo, que acabaron por
amarse; pero sin que ni el uno ni el otro se atr~viera á declarárselo. No obstante, era necesano
que se hablasen i,i querían ver correspondida su
ternura y llegar á algún resultado.»
- «A. él, como hombre, le toca comenzar,» pensaba ella, y no ambicionaba otra cosa que saber
si era correspondida en su secreta afección.
«Respecto á las ideas del joven, eran mucho
más vastas, como suelen serlo siempre, tratándose del sexo fuerte, Imaginábase que era un muchacho callejero, uco de esos que él veía pasar
todos los días por delante de la tienda, y se hacía
la ilusión de que tenía cuatro cuartos, con los
cuales podía compra.r á la sefl.orita para comérsela.
«Así, ensimismados en estas ideas, pasaron
días y semanas en el aparador, hasta que con el
tiempo se secaron. Las ideas de la joven eran ca•
da vez más tiernas, afectuosas y dignas de una
señorita bien educada.
- «Ya puedo darme por dichosa, . se drnía
suspirando, de haber podido permanecer tanto
tiempo á su lado»
Y ¡crac! de repen~e se agrieta, se parte en dos
y muere.
- «Si hubiese comprendido mi amor, exclamó
el joveu, ¡oh! de fijo que habría sQportado la existencia.»
«A.quí acaban la historia y sus dos héroes. Tened presente que no son ellos los únicos que por
su culpa se encuentran en el mismo caso._ A otros
que no son de m11.zapá.: les sucede lo mismo: el
amor mudo á nada conduce. Tomad, os las regalo,»
y entregó á Juanita la figura. del joven que aún
estaba entera, y K noud recibió los dos pedazos
en que se había dividido la de la seftorita. Pero
á los dos muchachos les había impresionado tanto
esta. conmovedora historia, que no tuvieron ganas de hincar el diente en los dos enamoradoe.
A.l día siguiente llevaron las figuras al cementerio. Sentaronse en el césped junto al muro de
la iglesia, tapizado, tanto en invierno como en
verano, con ricas guirlnaldas de yedra. Colocaron
las dos figuras en una hornacina rodeada de verdura é inundada por la luz del sol, y contaron á
un enjambre de muchachos la historia del amor
mudo que no conduce á nada.

El cuento gustó extraordinariamente; pero cuando se disponían á mirar de nuevo á la infortnnada pareja, encontráronse con la novedad de que
la seftorita había desaparecido; un muchacho algo
crecido, aprovechando la di~tracción de los de·
m!ls, sela babia zampado disimuladamente. Knoud
y Juanita rompieron á llorar con
nmargura; pero por
último, probablemente para no dejar al joven solo en
el mundo, se lo comieron también, sin
que por esto echaran la historia en
olvido,
En lo sucesivo
continuaron jugan. do bajo el sauce y
el sauco. La nifta
solía entonar 1as
más hermosas can. ciones con una voz vibrante y pura como los
sonidos de una campana argentina; en cuanto
á Knoud, el pobre no tenía voz para acompaiiarla en el canto; pero sabía la letra de memoria,
y con esto se contentaba. L as gentes de Kjoegé,
incluc1a la esposa del fabricante de juguetes, que
había. residido largo tiempo en la capital, se
paraban con frecuencia á oír los cantos de Juinita.
- «Esta muchacha, decía la indicada seftora.,
tiene una voz deliciosa.
Días de ventura eran aquellos, que no habían
de durar mucho. Las dos familias se separaron.
Murió la madre de Juanita, y su padre trató de
casart1e nuevamente, pero en h capital, en donde
le dijeron que se ganaría lf vida mejor que en su
pueblv, entrando de recadero en una buena casa,
cuyo lucrativo empleo le tenían reservado.
Al separarse las dos familias, virtiéronse algunas lágrimas: en cuanto á los nillos lloraran y
sollozaron, prometiendo escribirse por lo menos
una vez al año.

II
Knoud eqtró de aprendiz en casa de un Z!lpa.tero, pues ya era demasiado talludito para que
sus padres le dejaran correr por los campos perdiendo el tiempo. Por fin hi.:o las pruebas del
aprendizaje; ¡y qué no hubiera dado en un día
de fiesta tan sellalado, por hallarse "n Copenhci·
gue, en presencia de suinolvidableJuanital Pero
¡ay I aún debía permanecer en Kjoegé durante algún tiempo.
No había estado nunca en la capital, á pesar
de que ésta se bailaba situada sólo á cinco millas
de.su residencia. En los días serenos, Knoud divisaba más allA del golfo las altas torres de Copenhague, y el día d,e su confirmacion vió distintamente los reflejos del sol sobre la cruz dorada.
que corona la cúpula de la iglesia de Nuestra Seftora. ¡Cómo volaron sus pensamientos hácia su
antigua compafteral
Y elb ,.pensaría en él aún? Sí. Por Navidad recibieron carta de su padre, notificándoles
que todo les iba á pedir d e b oca en Copenhague;
y que respecto á J uanita, á cama de su hermosísima voz, la auguraba todo el mundo un porvenir brillante. Aiiadía que la nilla tenía colocación en la comedia, es decir en la comedia en
que se canta, ganando algún dinero, y que era
ella la que le encargaba enviase un escudo á sus
queridos amigos de Kjoegé, para que pasaran
una divertida noche de navidad. «Bebed un sor •
bo á mi salud," afiadía de su pullo y letra en la
post-data, y además las siguientes palr:tbras: «Mis
mejores recuerdos· A Knoud,»
La lectura de esta carta hizo verter lágrimas á
toda la familia; pero como las notic:as eran tan
satisfactorias, esas lágrimas fueron de alegría.
El recuerdo de J uana había venido embargando
sin cesar el pensamientu de Knoud, quien no cabía en sí de gozo, al observar que ella tampoco

�EL MUNDO.

Y el buen hombre llamó á la puerta discr~tamente como si en vez de ser el padre de la mfia,
fuese ~n forastero y entró seguido del joven.
¡Qué lindo era tod~ en aquel cuartito! Ni la re~na
"tiene una casa mejor, pensaba Knoud; no, es imposible. Allí había alfombras, cortinajes qu?caían
hasta el suelo, un sillón forrado de terci_opelo,
flores y cuadros á profusión, y un magi::ífico ~spejo al que uno no se atrevía á acercar3e de miedo de romperlo con los pies, pues era grande como una puerta.
Knoud abarcó de una sola mirada todas aquellas maravillas sin embargo de que no tenía ojos
bastantes para'contemplar á Juana, de pie delante de él. Encontróla hecha una seftorita, muy distinta de lo que había imaginado; pero infinita•
mente más hermosa. De fijo que enKjoegé no había otra que pudiese comparársele, pues -por _su
aspecto distinguido, casi era imponente. Juamta
pareció asombrarse de ver á Knoud; pero sólo un
momento, pues luego se precipitó hacia él; como
si hubiese querido besarle, y aunque no lo hizo,
poco le hitó.
Sí indudablemente tuvo una inmensa alegría
de v~Iver á ver á su compaftero de infancia. Pues
qué, ¿no se le llenaron los ojos de lágrimas? ¡Y
qué de preguntas no le dirigió! Quiso enterarse
de todo, y de todos pidió noticias: de los padres
de su amigo, de la comad'!'eSaucv y del compadre
Sauce, así designaban á los dos árboles en los
venturosos tiempos de su infancia, atribuyéndoles cualidades personales.
- «Después de todo, por qué no habían de tenerlas, preguntaba Juana, en unos tiempos en
que las adquirían hBsta las figuritas de mazapán,
según reza un cuento que en estos instantes me
viene á la memoria?
Juana se refería á los monigotes del mercader
de la feria, recordando perfectamente su amor
mudo durante el largo tiempo que permanecieron uno al lado del otro en la parada, hasta que
por fin uno de ellos se dividió en dos pedazos.
La joven sonri6 al recuerdo de esta historia; en
cambio á Knoud le subió la sangre á las mejilias
y redoblaron los latidos de su cnrazón.-«Loado
sea Dios, dijo para sus adentros:
después de todc no se ha vuelto or/
~'
gullosa.»
-Ella fué ademáE-y esto lo tuvo el
joven muy en cuenta -quien hizo
que sus padres le invitaran á pasar
con ellos el resto del día. Después
tomó un libro, y dió una lectura en
voz alta, y á Knoud se le antojó creer
que lo que leía se relacionaba con
su amor, de tal suerte los pensamientos del autor estaban identificados con los de su alma. Luego .
cantó una canción muy sencilla y
Knoud se figuró que los pocos versos que encerraba eran todo un
poema rebosando del corazón de la
doncella. De suerte que ella le amaba, no cabía duda. A este pensamiento no pudo contener dos lágrimRs que brillaron en sus ojos, pero
en cambio no acertaba á proferir
una palabra, y creyó haberse vuelto tonto, á pesar de que ella le estrechó la mano diciéndole:
- «Tú tienes buen corazón, querido Knoud: procura conservarlo
siempre.»
Aquella fué una velada sin igual,
Dió con la casa que andaba buscando, y tuvo y no había que pensar en dormir en toda la noque subir tantos escalones, que hasta temió tener che: en efecto, el enamorado mozo no pudo cevértigo, sobre todo al considerar, no sin horror, rrar los ojos, máxime recordando que al despela manera de vivir que tienen las gentes en aque- dirse el padre de Juanita le babia dicho:
-«Ahora ya sabes dónde está tu casa; suponlla horrible capital, hacinadas las unas sobre las
go que no nos olvidarás y qu~ no dejarás pasar
otras.
Todo en la habitación respiraba comodidad y todo el invierno sin volver á hacernos alguna vibienestar. El padre de Juana le recibió de buen sita.»
Estas palabras, á su modo de ver, le autoriza.
talante, y en cuanto á la nueva espoaa de éste,
aunque no conocía per;;on~lmente á Knoud, le ban para volver á casa de Juana el próximo dotendió la mano y le sirvió una buena taza de mingo, y aun cuando resolvió hacerlo así, todas
las noches después del trabajo (y esto que en el
café.
-¡Qué contenta se pondrá Juana de volver- taller se velaba) salía á dar un paseo, recorriente á ver! dijo el padre. Noto que te has hecho un do cada día la calle de Juanita. Así tenía ocasión
soberbio mocetón. A ella ya la verás. ¡Oh! Es una de contemplar las ventanas de su cuarto, casi
chica que ha venido al mundo para darme mu- siempre iluminadas. U n día ¡qué día aquel! divichas alegrías: muchas me ha dado ya; pero espe- só la sombra de la joven proyectada en la cortiro que con la ayuda de Dios aún me dará más. na. En vano á su patrona le sental-an muy mal
Aquí, junto al nuestro, tiene un cuarto para ella esas contínuas salidas, meneando la cabeza en
sola. Mira, Knoud, ella misma se paga el al- seftal de disgusto: el amo sonreía diciendo:
-«Considera que es joven y que hay que dar
quiler.

le olvidaba. Cuanto más se aproximaba el término de su aprendizaje, más persuadido estaba de
que se casaría con Juana. A esta ,idea dibujábase
una sonrisa en sus labios, y este pensamiento le
venia 11 las mientes en su trabajo, por lo que tiraba del hilo con doble rapidez, y aún le sucedió
alguna vez que, apoyándose con todas sus fuerzas en el tirapié, se clavó la lesna en un dedo,
sin hacer de ello caso alguno. De lo que Knoud
estaba bien seguro, era de que cuando llegara el
caso, no había de perderse por callar su amor, á
imitación de los dos ena:rnorados de mazapán;
cuya historia debía servirle de ejemplo y enseftanza.
Por fin pasó á oficial. Con el morral .1. la espalda, vedle ya en camino de Copenbague, en
cuya ciudad no ha estado nunca, y á. la cual va
colocado de antemano en casa de un maestro zapatero. ¡Qué alegre se pondrá. Juana al saberlo! ¡Qué sorpresa experimentará c..:ando le vea!
Juanita tenía diez y siete aftos y Knoud diez y
nueve.
El joven trataba de comprarle una sortiJa en
Kjoegé; pero después dereflexionarlomejor, tuvo
nor seguro que había de encontrarlas más hermosas en la capital. Despidióse de BUS padres y en
un Jluvioso día de otofio dejó su ciudad natal, haciendo el viaje á. pié. Caían las hojas de los árbOle~; y llegó á Copenbague bastante calado, dirigiéndose en seguida á casa de su patrono. Al
inmediato domingo dispúsose á visitar
al padre de
/
Juana, poniéndose su traje
nuevo y un
sombrero comprado en el
pueblo, que le
.
sentaba mu y
/ ./ /
bien. Hasta en,. / //
tonces Knoud
,
sólo había llevado
gorra!
,,;
/
/

Domingo 20 de Agosto de 1899.
á. la juventud lo que de la juventud es pro..
pío.»
- «El domingo --;-olveré!'í verla, pensabaKnoud
y le diré que reina en mi alma, Y que ha de se; .
mi esposa. Es cierto que yo no soy más que un,
mísero oficial zapatero; pero me pasaré á maestro, trabajaré, me sacrificaré, en una palabra,.
haré cuanto de mí dependa para llegará ser al-go. Fuera vacilaciones: el domingo me declaro, .
le hablo con entera franqueza. El amor mudo no
conduce á nada: desde ni:l!.o conozco la historia
de las figuritas de maza pan.
Llegó el domingo y Knoud cumplió su propósito, presentándose en casa de Juana; pero ¡oh,
desgracia! la encontró disponiéndose á salir,.
pues estaba invitada á una tertulia; y como Knoud
no se marchase, fué menester advertírselo. No .
obstante Juanita le dió un apretón de manos diciéndole:
-«¿No has ído todavía al teatro? Pues quiero .
que vayas una vez. El próximo miércoles yo
canto, y si estás desocupado te enviaré un billete. Mi padre ya sabe donde vive tu amo.»
¡Cu!'ínta amabilidad! pensó Knoud. El próximo,
miércoles al mediodía recibió en efecto un pliego cerrado, que contenía el billete que le había .
ofrecido Juana, sin ninguna carta acompaftatoria. Por la noche fué al te~tro por primera vez,
y vió á su amada en la p.sce11a. ¡Qué oella esta-- ·
bal ¡Qué graciosa! Bien es verdad que la casaban con un extranjero; así lo disponía el autcr ·
de la comedia; sin embargo ya comprendía
Knoud que aquello era una ficción, pues de otro,
modo Juana no habría tenido la crueldad de enviarle un billete para hacerle presenciar una
monstruosidad semejante. Todo el mundo aplaudía y aclamaba á la joven artista, y el mismo
Knoud se unía al general entusia3mo, gritando::
«Bravo! bravo! »
¡Aht Hasta el rey sonreía á Juana, demostrando el placer que experimentaba al oírla. ¡Qué pequel'l.o, qué insignificante se sintió Kcoud en
aquellos momentos!
·
-«Y sin embargo, se decía, yo la amo y ella .
me ama también: el amor lo iguala todo. En estos casos al hombre le toca decir la primera palabra; esto pensaba la se:l!.orita maza-pán, y su,
historia encierra más de una enseftanza.»
Al inmediato domingo hizo una nt¡eva visita A
sus paisanos, hall!'índose tan en extremo conmo•
vido, como en el día de la confirmación. Eacon-tró sola á Juana y le recibió: todo, pues, marchaba viento en popa.
- «Me alegro de tu visita, le dijo Juana: pensaba enviarte recado por mi padre; pero porotr&amp;•
parte tuve el presentimiento de que est1t tarde ibas á venir, y no lo hice. DeseabR participarte
que el próximo viernes salgo para Francia: de•
bo emprender este viaje si quiero hacer algo de·
provecho.»
Al pobre Knoud le pareció que el mundo sel•
venía encima; todos los objetos del cuarto empe•
zaron á bailar ante sus ojos: . sintióse el cor azón
próximo á estallar en mil pedazos, y ni una IAgrima acudió á sus ojos. No obstante la pesadum•
bre más intensa se reflejaba en su semblante.
-«Qué bueno eres!» dijo Juana. .
A esta cariliosa exclamación, Knoud desató sa
lengua y le dijo que la amaba y quería hacerla
su esposa.
Apenas acabó de pronunciar estas palabras,
observó que Juana se demudaba y palidecía,
dejaba caer sus brazos y respondía con voz gra·
ve y afügídB:
- «No te hagas desgraciado, Knoud, ni me ha-gas desgraciada á mi. Yo seI é siempre respecto
de tí como una buena hermana, en quien puedes
tener plena confianza; pero nitda más que una
hermana.»
Y paeando con dulzura su linda mano por la
ardorosa frente del mancebo, aftadió:
-- «Dios nos conserve la fuerza necesaria para
llevar á cabo las cosas más difíciles, siempre que
nosotros tengamos valor y voluntad.»
En estos momentos la madrastra de Juana en··
tró en el cuarto.
,
-«Knoud, dijo la joven, está fuera de sí á cau•
sa de mi viaje. Ea, amigo mío, sé hombre.&gt;
Y hablando así, le pasó cari:l!.osamente·1a ma·
no por la espalda para dar á entender que se ,ra•
taba del viaje y no de otra cosa.
-«Vaya, no seas nifto, continuó diciendo; ahora y siempre quiero verte bueno y razonable, como en los felices tiempos de nuestra infancls,.
cuar.do jugábamgs bajo el •sauce,»

Domingo 20 de Agosto de 1899.

A Knoud le parecía que el mundo se desquiciaba; sus agitados pensamientos podían compararse á un hilo suelto flotando en el aire al soplo del viento. Permanecía clavado en aquel sitio, sin saber que partido tomar, ni si le habían
dicho que se quedara; pero tanto Juana como su
madrastra er an amables y compasivas, y aquella le sirvió una taza de té y cantó. Su voz no
vibraba como otras veces, pero era incomparablemente arrobadora, y al escucharla, se iba dilatando el corazón del pobre mancebo.
Después se separaron y como Knoud se marchase sin tender la mano á Juana, ésta le dijo:
- «¿Y te irás sin dar la mano á tu hermana,
mi antiguo compaftero de infancia? ... »
Al decir estas palabras sonreía á través de las
I•grimas que se agolpaban á sus ojos y resbalaban por sus mejillas.
Todavía repitió alguna otra vez la palabra
hermano, ¡Bonito consuelo para Knoud!
Aaf se despidieron.

III
Desde que Juana se embarcó· para Francia,
Knoud iba vagando todos los días por las calles
de Copenhague; y sus compafteros de trabajo,
después de preguntarle inútilmente por la causa
de esos paseos sombríos que le sumían en las
mAs prof11ndas preocupaciones, le invitaron á tomar par te en sus placeres.
-c¡EH! le dijeron los jóvenes, á divertirse !&gt;
Un día les acompafló á la sala de baile, que estaba llena de hermosas mujeres. Ninguna, no
obstante, le pareció tan bella como Juana; y le
auc;dió precisamente que habiendo ido allí para
olvidarla, tuvo con más tenacidad que nunca fija su imágen en el pensamiento.
- cDioe nos da fuerza, había dicho ella, siempre que nosotros tengamos valor y voluntad. .,,
Al recordar esta frase tuvo lástima de Juana.
Sonó la orquesta y aquellas jóvenes bailaron
con alegría haciéndole estremecer de espanto.
Parecíale encontrarse en un sitio al cual no habría podido acompafiar á Juana, y no obstante
ella estaba allí, puesto que la llevaba en el corazón.
Salió del local y recorrió varias calles, pasando por delante de la casa en que ella había vivido: la noche era obscura y por todas partes reinaban la soledad y el silencio. El mundo seguía
•u ~ mino y Knoud el suyo.
Vmo el invierno, se helaron las aguas y la naturaleza trocó sus galas por los fúnebres arreos;
tero al renacer la primavera, cuando el primer
tiuque_ de vapor se hizo á la mar, Kooud se sinó estimulado por el deseo irresistible de hacer
un
F
vi~je largo, muy largo, hasta más allá de
rancia.
Preparó su saco y se marchó lejos, muy lejos;
~: av~sando toda la Alemania, de pueblo en pueU : sin hacer alto ni detenerse en punto alguno.
d: Jc~mente al entrar en la antigua y curiosa cjudu e Nuremberg, le pareció que volvía á ser
Nilo de sus pies, decidiévdose á quedarse allí.
lle e~remberg es una pobl;;ción singular que tieUn .ª~Pecto de una estampa desprendida de
? eJa crónica ilustrada. Sus calles serpetean
las~ chosamente: sus casas se separan de las fieadellando la línea recta: multitud de está•

ea;

EL MUNDO.

tuas sobresalen de las paredes sobrecargadas de
~aras y extrav:agantes esculturas; y desde los te•
Jados, á _cual más caprichosos, se prolongan en
el espacio hasta mitad de la calle gárgolas de todas formas, semejando perros, liebres, dragones
y monstruos.
Knoud con el saco á la espalda, hizo alto en la
plaza d?l Mercado, permaneciendo de pié junto á
una antigua fuente adornada de soberbias estátuas de brunce, figurando personajes bíblicos, por
entre los cuales surgen los chorros de agua. Una
linda criada de servicio llenaba el cántaro, y como Knoud, cansado del camino, sintiese una sed
abrasa~or~, ella le ofreció de beber, regalándo!e
al prop10 tiempo una rosa que extrajo de un ramo que llevaba. Esto le pareció á Knoud de
buen augurio.
Los vigorosos sonidos de un órgano proced.:ntes de una iglesia vecina recordáronle su país,
pues se parecían mucho á los que resonaban en
el templo de Kjoegé Penetró en el vasto santuario: los rayos del sol filtraban á través de las
pintadas vidrieras de los ventanales iluminando
caprichosamente las hileras de altas y esbeltas
columnas: la piedad embargó todos los pensamientos de Knoud, y la paz y el reposo penetraron en su eapíritu.
Buscó y encontró en Nurembergun buen maestro: se hospedó en su casa y así aprendía el idio•
ma aleman.
Los antiguos fosoc1 que circundan las fortificaciones
están divididos, trocados en huertas , pero
.
aun permanecen en pié las altas murallas flan•
queadas de macizos torreones, así comv los caminos cubiertos que actualmente utiliza el soguero
para la elaboración de sogas y cordeles. Espe·
sos grupos de sancos arraigados á las grietas de
los viejos muros, cobijan con su ramaje~las casitas adosadas á las fortificaciones, Pues bien, en
1ma de estas casitas vivía el maestro de K noud.
Precisamente el joven oficial trabajaba junto á.
una ventana sombreada por el ramaje de uno de
aquellos daucoe.
Knoud permaneció en .ia misma casa todo el
verano y hasta el invierno; pero volvió la primavera, floreció el sanco, embalsamand&lt;1 todo el
ambiente, y Knoud empezó á entristecerse y preocuparse pensando en otro sauco y sintiéndose
transportado al jardinito de Kjoegé, por cuyo
motivo despidióse del maestro y buscó nueva colocación en el interior de la ciudad, donde no
hubiera sancos que despertaran en su ánimo dor•
midos pensamientos.
El nuevo taller se hal~aba situado en las inmediaciones de un viejo puente, por debajo del cual
corrían con rapidez las aguas deun arroyo, que hacían dar vueltas con estrépito ála rueda de unmoli•
no. Las aguas pasaban tlncajonadas entre dos casas, que parecía que iban á sacudir sobre el arroyo sus destartalados frontispicios. Bien es verdad que por allí no había ningún sauco; pero precisamente delante del taller crecía un robusto y
viejo sauce cuyas raíces se agarraban á la casa
para vencer el ímpetu de la corriente, y cuya3
ramas se reflejaban en el agua de un modo parecido al sauce del jardín de Kjoegé.
En realidad el pobre Knoud había ido del compadre Sauco á la comadre Sauce; y las noches
en que brillaba la luna tenía este último un aspecto indefinible, que le lleg-aba al corazón llenándoselo de ternura y abatimiento. Ya no podía Knoud permanecer por más tiempo en Nuremberg, y si queréis saber por qué, preguntád•
selo al sauce, preguntádselo el sa.ico en flor.
Despidióse de su maestro y abandonó la ciudad,
sin que jamás hubiese hablado á nadie de Juanita, sepultando sus pesares en el fondo de su alma.
Varias veces le asaltaba el recuerdo de la historia de las dos figuritas de mazapán, y entonces
se daba cuenta de que el hombre tuviese una almendra por corazón: también e! suyo era todo amargura. En cambio J uanita tan dulce, tan
amable, tan afectuosa, ¿no estaba acaso formada
de azúcar y miel como la señorita de aquella historia tan sencilla y tao ingénua?
Su imaginación no podía desprenderse de esos
recuerdos que le oprimían y apenas le dejaban
respirar. Creyendo que esto dependía de las correas del saco que llevaba á la espalda, se las
aflojó, pero sin resultado. Para Knoud había dos
distintos muncos, el exterior que le rodeaba y el
que llevaba en el fondo de su espíritu, mundo de
recuerdos y de sentimientos en el cual vivía con
preferencia al otro, que le era poco menos que
indiferente. Tan solo al divisar las altas ,mont,a-

119

ftss pudo su espíritu desechar las sombrías ideas
y fijarse en los objetos exteriores. Ante tan imponente espe~táculo, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Aparecféronsele los Alpes como las alas plegadas de la tierra. «¿Qué sucedería, decíase, si d'erepente desplegase y extendiese esas alas inmensas con sus bosquee sombríos, con sus torrentes
y masas de nieve? Sin duda la tierra el día del
supremo juicio se elevará al ir., finitc, y como una
pompa de jabón á la luz del sol, estallará dispersando los millones de Atemos que la componen,
al resplandor de los rayos de la Divinidad. ¡Oh!
¿Por qué no han de sonar en estos momen tos l •s
trompetas del juicio final?» exclamaba K noud
exhala!'ldo un profundo suspiro.
Y atravesó aquél país, que iba tomando á
aus &lt;'jos el aspecto de un verdadero paraíso: las
muchachas que batían el cá:l!.amo, le saludaban
con un airoso movimiento de cabeza desde los
balcones de las queseras, y á este halagüe:l!.o saludo respondía Knoud cortésmente, sin aftadir una
sola palabra alegre, como suelen hacer en tales
casos todos los jóvenes de su edad.
Cuando á través del follaje descubrió los vastos lagüs de verdosas Bguas, víoole ála imaginación el recuerdo del mar que bafta la s playas en
que había nacido y la profunda bahía de Kjoegé.
Pero esta vez y a no sentía dolor alguno, sino
profunda melancolía que le embargaba el alma.
Vió al Rhin precipitarse todo entero desde lo
alto de una roca, raegándose en millones de gotas que forman una masa blanca y vaporosa á
través de la c~al se descompone y toma todos los
colores del iris. Este imponente espectáculo le
trajo á la memoria la espumeante y rumorosa
. cascada del arroyo de Kjoegé, al precipitare sobre la rueda del molino. Por todas partes le acosaba el recuerdo del lug.llr de su nacimiento y de
su venturosa infancia.
De buen grado se hubiera establecido en una
de las tranquilas ciudades que se levantan á orillas del Rhín, pero el país estaba cubierto de sancos y sauces. Continuó marchando, atravesó las
~Itas montaftas siguiendo los senderos que se deshzan por entre rocas cortadas á pico, divisó las
nubes flotando á sus piés y escuchó el estrépito
de los torrentes que corren por el fondo de los
valles, á una profundidad prodigiosa, sin experimentar pavor ni asombro.
Desde las nevad11s cumbres en que florece la
rosa de los Al pes se dirigfa al país del sol: dió ua
adios á las camarcas del Norte y llegó por fin á
los bosques de casta:l!.os, á los viñedos á los maizales. Una cordillera de escarpadas montaftas le
separaba ya del lugar en que había ·dejado ya
tan tristes recuerdos.
- «¡Por fin! se dijo; ya era hora de que así su•
ce&lt;.liera.»

IV
Había llegado á la vista de una populosa y
magnífica ciudad; las gentes del país le daban el
nombre de Miliin. Encontró en ella un maestro
alemán y que le proporcionó trabajo. Era un viejo y guapo sujeto y su cónyuge una mujer buena
y muy piadosa. Ambos se prendaron en seguida
del oficial ext:anjero que hablaba poco, trabajaba mucho y vivía honesta y cristianamente,
Parecíale á Knoud que Dios por fin se había
digna~o librarle del ~n~rme peso que Je oprimía.
Su meJor placer cons1stia en subir á los terrados
de la Catedral, cuyos mármoles eran blancos como la nieva de su país, y correr á través ~ las
agudas torrecillas, de las agujas y de los arcos·
pero en cada recodo, en cada ojiva descubrí~
blancas estatuas mirándole y sonriéndole. Extendíase sobre su cabeza la azulada bóveda Jel
cielo, á sus piés la ciudad, en torno de ésta la inme~s~ llanura ~e la verde Lombardía y al fondo,
en ultimo térmmo, altas y soberbias monta:1!.as.
Pe_1;1saba á veces ~n la iglesia de Kjoegé, en sus
roJizo~ muros tap1z~dos. de yedra; pero ¡qué diferencia entre esta iglesia y la Catedral milanesa!
Knoud no deseaba ciertamente volverla á ver
antes bien se hizo el propósito de dejar los bue'.
sos s.llí, detrá.s de las monta:l!.as.
Llevaba. ya un afio de residencia en Milán y
hacía tres que había abandonado su país. Un
su maestro 1
distraerle, le llevó no al Circo
á ver los eJermcios ecuestres, sino al gran teatro
de la Scala, es decir, á la ópera. La sala valía la
pena de ser visitada. Sus siete galerías de palcos
adornados con ricos cortinajes de seda, desde la

Pª:~

día

�Domingo 20 de Agosto de 1899.

EL MUNDO.
primera á la última, y en toda su extensión estaban atestadas de elegantes damas, compuestas y
prendidas como para ir á un baile, y ostentando
hermosos r amos de flores. Los caballeros vestían
asimismo su traje de etiqueta, y algunos llevaban uniformes recamados de oro y plata. El vasto recinto estaba iluminado como en pleno día, y
llenaban el espacio los brillantes acordes de una
nutrida orquesta. Aunque este templo del arte
era infinitamente más bello que el teatro de Copenhague, ta mbien allí debía renacer poderosamente en el ánimo del pobre Knoud el recuerdo
de Juanita.
Como por arte de encantamiento, apenas se levantó el telón, apareció Juana cubierta de joyas, de bl 0ndas y seda y ceflida su frente con
una diadema de oro. Cantó como sólo los ángeles del ciP,l o pueden hacerlo, y adelantándose hacia el proscenio, Knoud vió brillar en su., labios
una encantadora sonrisa, como sólo podía brillar
en los labios de Juana. Sus miradas se dirigían
al joven, y el pobre mozo cogieudo las manos de
su amo, exclamó en voz alta: «¡Juana!»
Sólo el anciano pudo oírle, pues los acordes de
la orquesta ahogaron su acento. Y el 11mo de
Knoud, haciendo con la cabeza un movi miento
afirmativo, dijo. «En efec o, sí, se llama Juana. »
Y al mismo tiempo sacando del bolsillo un programa impreso, le ensefió este nombre puesto en
letras muy grandes que cogía por .;u ancho el
papel de parte á. parte.
No, aquello no era un suefio: el oúblic0 transportado de entusiasmo, inundaba el palco escé nico de flores y coronas, y cada vez que Juana
dejaba la escena, era llamada, dos. tres y cuatro
veces, recibiendo los fren éticos aplausos del auditorio.
Termi nada la función un grupo numeroso rodeó el carruaje de la diva; la multitud desenganchó los caballos y so dispuso á. arrastrllrla llevándola en triunfo. Knoud estaba en primera fila, ébrio de contento y más entusiasmado, 8i cabe, que el resto de la muchedumbre congregada
á las puertas del teatro. El carruaje se paró enfrente de una casa espléndidamente iluminada,
en la cual Juana se hospedaba. Cuando ésta bajó del coche, Knoud estaba pegado en la portezuela. La luz caía de lleno sobre el agraciado
rostro de la joven, quien sonreía dando las gracias á todos con una amabilidad sólo comparable á la profunda emoción que experimentaba.
Knoud la miró en los ojos, y ella le míró también
pero sin reconocerle. Un caballero que llevaba
en el pecho una deslumbradora condecoración
cuajada de diamantes, le ofreció el brazc .
- «Es su novio .... se vaá casar con ella, » decía la muchedumbre.
Knoud volvió á su casa y preparó en seguida
su s11co de viaje: le era forzoso regresar á su
país, irá ver los lugares de su infancia, contemplar de nuevo el sanco y el sauce. ¡Ah! Bajo el
sauce basta una hora para que un hombre pueda
hacer concienz udo exámen de su vida entera.
En vano las buenas gentes que le habían acogido en su casa, le rogaron que se quedara; en
vano le hicieron notar que iba á. v enir el invierno, que las montafl.as se cubrirían de nieve, que
los caminos estarían intransitables.
- «Es necesario, respondió Knoud, que los carruaje¡¡ se abran paso de un modo ú otro, y yo
no haré más que seguir el surco que dejen en el
camino.»

Domingo 20 de Agosto de 1899.

EL MUNDO.

121

V

Tomó el saco y el bastón y se marchó, camino d~ los montes: subió y bajó, y sus fuerzas iban decayendo, sm ver casa
ni poblado. Se encaminaba al Norte; llls trémulas estrellas
brillaban á. su alrededor, sus piernas vacilaban, su cabeza se
desvanecía. En el fondo del vall~ veía parpadear nuevlls estrellas, como si se encontrase suspendido en la inmensidad, con
un cielo arriba y otro cielo abajo.
Sentíase enfermo: las es~rellas de abajo iban en aumento, creciendo en numero y en intensidad y moviéndose de un
lado á otro: eran las luces de una aldea; y en cuanto se hizo cargo de ello,
reunió todas sus fuerzas y llegó á una
vemana pobre y desmantelada.
Pasó en ella toda la noche y el día siguiente, pues sentía necesidad de reposo
y de cuidados. En tanto vino el deshielo y llovía á mares. A la mañana siguiente llegó á la venta un mendigo en
compafl.ía de una anciana, y tocó un can·
to que se parecía tanto á. una melodía
danesa, que á Knoud ya no le fué posible
permanecer un momento más en su hosped11je. Púsose en marcha nuevamente,
siempre hácia el Norte, anduvo días enteros, sin descansar, lleno de excitación
y con p11so precipitado, como si temiese
que al llegará su país debiese encontrarse con que todos hubieran muerto.
A nadie contaba el motivo desu viaje,
aunque era fácil leerlo en sn semblante
que reflejaba el pesar más vivo que puede sufrir un hombre. Estos dolores no
suelen interesará na die, ni á los amigos, y Knoud debemos el haber alcanzado nuestro pr opósito J
por otra parten.: los tenía, pobre extranjero que estar á punto de cas1Jrnos. »
Esto decían y atravesaban las calles de Kjoe,
atravesaba países d esconocidos, siempre en digé, cogidus de lila manos, present'lndo un aspeo,
rección al Norte.
Al caer de una tarde, andaba por la carretera, to decente á. lo sumo, y sin que por su reveno
el viento era glacial, el terreno llano y cubierto diesen nada que decir. Dirigíanse á. la iglesia, 1
de campos y prados. A orillas del camino se le- Knoud y Juana les seguían cogidos así mismo
vantaba un robusto sauce. Todo le recordaba á de la mano. La iglesia tenía el aspecto de siemKnoud su país natal. Sentóse bajo el á.rbol, ren- pre con sus paredes tapizadas de verde yedra.
dido de fatiga, dobló la frer.te y el suel'i.o entor- Abríanse de par en p ar las dos hojas de la puerta; resonaban los sonidos del órgano y los cuanó sus párpados
Esto no obstante, vió al á.rbol extender y bajar tro penetraban en la espaciosa nave,
sus ramas, formar un pabellón, convertirse en
- «Los amos delante,» decían los novios de
una especie de vigoroso anciano, tomar la forma mazapán, abriendo plaza á. Knoud y J uana que
del compad1·e Sanee de Kjoegé, levantarle entre se arrodillaban al pié del altar. Juana inclinaba
sus brazos y translad11rle, viendo su~ fuerzas ago- la cabeza apoyándola en el rostro de K noud, 6
tadas, A su querida patrh', á las monótonas y uni- i nundándol11, con sus frías lágrimas. Era q ue el
formes playas de su pueblo. Sí, era el mismísimo hielo de su corazón íba derritiéndose al calor del
compadre Sauce que había recorrido el mundo amor ardiente de su novio.
en busc!l de su querido Knoud, y que al enconEn esto despertó y se encontró sentado bajo el
trarle le transladaba carifl.osamente al jardín de enorme sauce, solo, en un país extranjér o, en m•
su casa, junto al arroyo, en donde Juana le es- dio de una rigurosa noche de invierno. Caiagraperaba. con todo su explendor, cefiida la frente nizo y le azot~ ba el rostro.
con una diadema de oro, tal como la había visto
- «Estos, dijo, h~n sido los mejores momentol
la última vez, la cual corría á su encuentro y de mi existencia. ¡Dios mío, dejadme sofl.ar ata
desde lejos le gritaba:
un poquito más!»
- «Bien venido seas.»
Y volvió á. cerrar los párpados, se durmió 1
Veh además delante de él dos figuras, á. quie- volvió á. soflar.
nes conocía desde su infancia; pero tenían entonA la madrugada empezó á nevar, el vienw
ces una forma más humana que antes; habían arremolinaba los fríos copos alrededor de Knoud
cambia do mucho, ganando en el cambio. Eran que seguía durmiendo.
los monigotes de mazapán, el hombre y la mujer
Más tarde pasaron por ahí las gentP,B delaa oaque le miraban con regocijo.
baiias circunvecinas yendo á la iglesia, y vieroa
- «Gracias, mil gracias, le decían, nos has he- e1 cuerpo de un hombre tendido al borde de Ja
cho un favor inmenso: has desatado nuestras len- e arretera. Era un joven oficial zapatero.
guas, enseiiándonos á no callar los sentimientos
Knoud había muerto de frío bajo el sauce.
del alma, pues el silencio no conduce á. nada; te
ANDERSEN,

/

J,,.;,,.,,,,,=-=----- ---------------------r-...,._t

como si el dios pretendiera satisfacer en la débil Si-,
ringa de caña, todos los deseos inspirados por la Siringa de carne, hecha de lirios y claveles. Bajo sus
labios, y seg1\n et deseo del momento, la flauta cantaba, sollozaba, ó reía, pero siempre dulce ó melodiosa. Y_la natural~za entera e~cuchaba sin comprender,
extasiándose ó riendo: dejatían de past,ar los rebaños;
las fuentes paraban su curso, tratando. luego de remedar, en su murmullo f. esco y delicioso, la canción
de la flauta; y en los viliedos, ent.re lus pámpanos,
los racimos repicaban alegres como resonantel&gt; '.'.:ampanillas de oro.
. Pero nosotros, los sátiros, penetrábamos el mister~o doloro~o y cruel de la música nueva; con todaclar1dad leíamos en el porvenir el destino de la flauta y
sabíatno!i todo lo que encerraba de desventura y dolor para mu..:hos hombres Abandonada de Pan, la
~a.uta habí~ de recobrar, con el Liempo, su primitiva
figura de vi rgen montañesa; y este milagro se realizó cuando la gran catástrofe anunciadora del advenimiento de Jesús, el dios nuero, cuya ley domina el
mundo.
Entonces, precisamente, fué cuando los semidioses, fa~nos y _sátiros, nos dispersamo.; por la tierra,
Y el mis_mo d10s capr~pede hu yó despl!,vorido, olvidando, al pié de una encina, la •flauta prodioiosa. Si algunos sátiros, proscritos de los perfuma"'dos bosques
helenos, ban sucumbido á la nostalgia, la mayor parte perduran, más ó menos conformes coa sus actuales condiciones de vida. Por ahí existen muchos disfrazados de poetas, dh,. raza.dos de labradores, disfrazados de políticos, y no l 1lta uno que otro sátiro académ ico. Pero nadie sab.:: hoy de Pan: tal vez en el
rondo de una gruta espera que se acabe el imperio
d_e la fealdad y la tristeza, ) vuelva á reinar, sobre
tierras y mares, en ciudades v vlllorrios la vieja y
'
sana alegría del paganismo. ·
Ea el momentu de }a gran catástrofe, Pan dormía
á la sombra, descuidado y fel!z, soiiando en fugas de
radiantes desnudeces de ~infas al través del follaje
traspasado de saetas lummosas. Un clamor inmenso
l? despertó, y sus ojos, dilatados de terror, presenciaron un espectáculo fatídico: en medio de un estrépito colosal se desgajaban los bosques; las montañas,
vac!lando s?bre sus cimientos, parecían bailar como
etm~s; la tierra era toda convutsiones, como un epiléptico; una gran tiniebla en volvía las cosas y en el
seno de la gran tiniebla caían :odando los s¿les CJmo
lágrimas de diamante.
Pan, sobrecogido de pavura, huyó dejando olvidadas las coronas de jacintos, la bermeja piel de lince
y la flauta de sones mágicos.
Más t~rde, y_a en reposo la tierra, apagado el estrépito, mmóv1les las montail.as, desvanecida la sombra, se realizó el mi.agro previsto. Siringa, la virgen
agreste, libre d.: los dedos y labios de Pan volvió de
su lar_go sue~o harmonioso, bella como antes. Poseía
los mismos OJOS verdes y turbadores, las mismas rosas de las mejillas, los mismos labios dulces y purpúrt!OS, la misma garganta como un torrente fresco. y
los mismos senos como botones de magnolia, firmes
Y bi~ncos. Pero su alma no era la misma, y en eso
consistía la venganza de Pan. Este había transformado aquella alma, recia como troncu de encina
fuerte como el bronce, inexpugnabie como una for:
taleza1 en alma de caiia endeble ó de rosales huecos, dispuesta á vibrar á cada Instante. Lleno de ira

Pues bi~n, en esa época feliz, cuyas memnrias guar·
do como s1 fuesen oro acendrado, era Pan el Dios omnipotente de la camp1ña. Todos los seres y las cosas
le re~df'\n homenaje: los pastores le sacrificaban los
ca!m~os más tiernos; para él criaba el campo azafrán
Y Jacrntos; para él danzaban las ninfas en los claros
del bosque¡ los manantiales le decían en su Jeno-ua
pura y cristalina, los secretos de la ti~rra; y los á;boles mismos, á fin de proteger el sueño clel· Dios, á la
hora del bochorno, entrelazaban sus ramajes, baciendo mayores la sombra y la frescura. De Pan, soberanamente dichoso, fluía, derramándose por la tierra,
el contento del vivir. El vino era alegre, y el amor
no turbaba los corazones, como eso que llamau amor
los h~mbres actuales. Pero un día se i nterrumpió la
plac1ae~ augusta de Pan, y germinaron las tristezas.
U:□a h1Ja del hombre se atrevió contra el poder del
d10s cap•fpede. Se llamaba Siringa y era virgen montaraz y g uardadora de cabras. De virtud áspera y
fuerte co~o t ronco de encina, su virginidad se conservaba sm mengua como la vi rginidad del mármol
no acariciado ni por loi. besos de la luz en las entrañas del monte. Los ocios del pastoreo Siringa los llenaba_ cantando con_ vo~ blanda y melodiosa, ingenuas
canc10nes. Y fué s1gmendo el sonido de su voz como
Yo meditaba, apoyado en el tronco de un árbol. Pan llegó á ver, sin ser visto, oculto enlasombradel
boscaje, el esplendor de su belleza. Entre zaoalas y
)!! amigo, acostado en la hierba, de codos en el suelo, la cara entre 1as manos, me veía de cuando en boyeros nadie recordaba hermosura comparabie á su
cuando con ojos cada vez más escrutadores. A pesar hermosura: eran sus ojos como agua de la mar, turmfo, sus OJOS me penetraban como puñales. Y cada badores y verdes; sus mejillas como rüsas de Jonia·
vez, después de observarme por alj!'ún t iempo, y como sus lab!os rojos y dulces, como vino de Chipre y can'.
si quisiera libertarse de una obsesión, tendía su mira- to de cigarra::,; su garganta, como un torrente frese'&gt;
da, ya por el lago azul, dormido al pie de la Roca Bo- y harmonioso; y cada seno, entreabierta magnolia
rromea, ya por las viñas cercanas, entre cuyos pám- henchida de rocío.
Pan amó á Siringa, pero ésta desdeiió sn amor dipanos, aún verdes, los racimos, próximos á la madu •
rez perrecta, empezaban á reír al sol con risas de oro vino y rechazó con repugnancia el abrazo de sus miembros velludos. ~es d~sdenes incendiaron el pecho del
y púrpura.
lJe pronto mi amigo empezó á hablar, y parecía Dios, y con rabia, tristezas y dolores corrompieron la
fuente de lo antigua alegría,
como s1 sus palabras vinieran de muy lej0s:
El furor de Pan, desdef!ado por la primera vez, no
-Sé en lo que estás pensando. Piensas en lo mismo que hace días te trae meditabundo y caviloso; tuvo límites, Juró no dd.rse punto de reposo hasta
piensas en la Marzuchelli, esa italiana, reciente ami- ver prisionera de sus brazos á la pastora temeraria·1 y
ga nuestra, cuyo cuerpo es flnr de gracia y perfume la persiguió por valles y oteros, como autes á las ni nlo~f~bles. Pero no es la belleza de su cuerpo sino la fas por la espesura de las frondas. Lleno de furia y
entregado por completo á perseguir á la humilde
mus1ca de su voz lo que ha turbado tus sentidos.
Es inútil negarlo: á mi experiencia no se oculta un g~ardadora de cabras, Pan ol vldó los placeres de la
solo repliegue de t u alma. Y, si no deseas caer vícti- vida: en vano los campos le ofrec'eron jllcintos y azama de un maleficio, escucha mis consejos. En tus frán, en vano los pastores le sacrificaron los cabritos
oídos canta continuamente esa voz dulce y tentado- más tiernos y lo invocaron las ninfas, tristes é inra. Parte, huye, ó el encanto de esa voz pasará á tus consolables, á orillas de las fuentes. Pan no echaba
venas y emponzoílará tu sangre como un tósigo. ¡Ahl menos la belleza al el amor de las ninfas; antes reba_stante conozco esa voz de seducción y perfidia. Yo cordaba con náusea y hastío sus formas blancas, terasistí á sus primeros balbuceos tímidos en la caiia so- sas, lustradas en la onda de los arroyos Impolutos.
nora de un instrumento rústico. Los labios de un dios Sus deseos iban todos, como tropel ce leones hamlB despertaron y esparcieron por bosques y praderas, brientos y bravíos, detrás de los pies de Siringa, meY rué, al nacer, paz y alegria de pasLores y rebaños. nudos y ligeros como pétalos con alas. Pero por más
Inofensiva y pura, al resonar en las praderas y en los dei,enfrenados que corrieran, los deseos del Dios no
bosques, pasa_ba como una bendición por sobre los se- llegaron ni aun á rozar la piel de la hermosa fugitiva.
res Y las cosas; y nadie la hubiera creído destinada á Detrás de los árboles, detrás de las rocas, Pan espió
..
ser la ejecutora implacable de una venganza tremen- los movimientos de la virgen zagala, esperando la
da. Hoy, al resonar, suspende su hechizo como una ocasión oportuna para caer sobre ella; y cuántas ve~"' ..... '
espada de fuego sobre la cabeza de los hombres. Y ces intentó sorprenderá Siringa, otras tantas, ágil
l'~ 1.I
como yo sé el secre~o de su origen y el misterio de su y despierta, Siringa se le escapó de entre las manos,
.
conversión, por eso temblé por tf al reconocerla días como una sombra.
,.,,.;J
atrás en la voz de Teresa Marzuchelll. 1. No recuerdas
l:iin duda la virtud, como una coraza inquebrantacómo se estremeció todo mi cuerpo al oírla cantar, en ble, defendía á la pastora esqui va y zaharef!a. Y el
"r ◄
el ambiente perfumado del jardín, impetuosa y vi- buen dios Pan, fatigado de una persecución larga y
brante como alondra sedienta de luz? En mi memo- difícil, desbordante de cólera ante aquella virtud In¡' _,.~I
ria~ alzaron-inacabable teoría de figuras resplan- capaz de ceder á r uegos, llsonjas ni vio!encias, implod~c1entes-los recuerdos de una edad maravillosa y ró el auxilio de Júpiter, á !In de vengarse de Sirinle¡aaa. Entonces era yo uno de aquellos sátiros, di- ga y de la raza de Siringa.
vinos habitadores de la selva, más tarde fugitivos
Aún perseguida de Pan, Siringa se convirtió, por
por ciudades y montes, cuando el advenimiento del mandato de los dioses, en bosquPcillo de caf!as flexidios nuevo, an te cuyos altares te arrodillas. 1. No lo bles y verdes. Sonriendo con sarcástica sonrisa, Pan
crees? Bajo mis apariencias de juventud paplta un se llegó á las callas, las cortó, y con desiguales cañualma_casi tan vieja como el mundo, y dentro de mi tos, puestos en orden, uno á otro ligado, construyó
feo disfraz de hombre del siglo, se aburre un pobre su flauta famosa.
llátlro medio muerto de pesadumbres y nostalgia.
Pero si muchos conocen la historia de esa flauta,
¡,Rfes? ¿Acaso no has visto cómo enarco las cejas sólo unos cuantos conocemos el mal de ella prove- contra aquella virtud orgullosa que siempre recbazó
abr_azo de sus miembros nervudos y el hPso ne sus
cu_ando una emoción brusca rompe la monotonía de niente. Cuando los labios del dios le arrancaron un labios
sensuales, Pan convirtió esa virturl, pri~ioneIllJS hcras, ni te has burlado muchas veces de mi pie
torrente de música, la naturaleza toda vibró alborode su flauta, en música, sonido, rumor viLno.
Izquierdo, contrahet:ho y deforme?
zada ante el prodigio, y no vió en la venganza de Pan ra Poco
después de tomar su primitiva fionra Rlrfn.En la manera como enarco las cejas, conservo el sino algo así como una venganza de artista, bella y ga estaba
condenada á ser totfn de un so~fad¿ de RorecuerJo más fiel de mi antigua máscara sardónica, y generosa. Pan llevó por todas partes el hechizo e:x:~¡ r:r deforme es el residuo viviente de mis prlmitl- trahumano de la música nueva, y tan furiosamente ma. Luego, de brazo en brazo v de caricia Pn caricia
habh de ir, voluntariosa y fácil, caprichuda y Ji via:
~ ,1fias de cabra.
apretaba la flaut&amp; con labios y dedos, que parecía na,
sembrando por donde quiera, una simiecte mal-

,---

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�Domingo 20 de Agosto de 1899

EL MUNDO,

122

dita. Y de la simiente, sembrada con profusión, viene toda esa casta de mujeres de voz blanda como el
terciopelo, suave como plumón de cisne, dulce y melodiosa como són de flauta, y de virtud quebradiza
como el cristal muy tenue. 800 criaturas bechas de
fragilidad y harmonía, ce gracia y de pecado. y, semejantes á las cañas frágiles y á los rosales hueros,
al menor soplo ceden, cantan y se rompen Guardan
un eco para todas las voces, contestan á todo reclamo
y, ejecutoras de una venganza cruel é injuRta, esparcen c:m la música de su voz un filtro ponzoiiobo. 1Ay 1
de aquel á q ulen balague y turbe eRa ,·oz hecnicera!
víctima dócil del encanto, verá un ola 1,u destino encadenado para siempre al debtino voluble y perverso
de una hija de Siringa; envuelta en una red inextricable de maldad, irá tropezando de trakión en traición, de asecbanza en asecbanza, hasta dar en el crimen ó la muerte. Y ninguna de las voces de mujer
que he oído hasta hoy recuerda tan bien las suavida-

des de seda, las frescuras de arroyo, las finezas de
cristal y fas dulcedumbres de miel de l.i. voz de Siringa, como la voz de Teresa Marzuchelll. Por eso este
viejo sátiro, amigo tuyo, te aconseja que partas; de
lo ce,ntiarlo, el maleficio de esa voz penetrará en tuii
venas y quemará tu sang re, como un tósigo.
Unas veces mudo de admiración, sospechando otras
veces una falaz jugarreta del sabroso vino italiano,
oía yo sin decir palabra la historia narrada por mi
amigo.
- No dudo-me atreví por últ,imo á responder-no
dudo de la verdad de tu blstoria, delicada y sutil C0·
mo rayo de luz, ni de tu origen y alcurnia celestes;
pero he conocido y conozco mujeres de voz áspera Y
ruin, como la voz de las campanas rotas, y de virtud
vana y deleznable como el vidrio. Abí está ....
- ¡.Ah! sí-me interrumpió mi amigo el sáti?o, considerándome á la vez con cierto aire amblgi;o, entre
enojado y menospreciador-esas de voz cascada y de

virtud efímera deben de provenir de algún calluto
roto de la flauta de Pan, caída en el lecho de piedras
ó guijarros mientras el Dios trepaba, como solí.¡, alguna cuesta penosa.
De improviso, muy cerca de nosotros, resonó tur.
bando el silencio y la calma del mediodía, la voz de
Teresa Marzuchelll. Como de un solo resorte movl.
&lt;los, el sátiro y yo nos pusimos en ple y nos apresura.
mos á ir al encuentro de la italiana encantadora. En
el mismo instante la brisa, hasta entonces quieta, 80•
pió como obedeciendo á un conjuro; agitó, al ple de
la Roca Borromea, la superficie dellago, como un sueño de amor agita el seno de una virgen dormida; aca.
rieló nuestras frentes mojadas de sudor; besó nuestros labios húmedos de vino, y penetró en la ,iña cercana, murmurando no sé qué discursos burlones. y
entre los pámpanos verdes, los racimos danzaban y
reían al sol con risas de oro y púrpura.
RUFINO BLANCO FOMRONA,

Dommgo 20 de Agosto de 1899.

EL MUNDO

1.23

sar las tijeras por la hendidura, después de las
tijeras mtrodujo un guijarro como el puilo y luego
una piedra. Así, poco á poco, fué abriendo el árbol
basta que pudo pasar su hijo. El niño se había dormido diciéndole mil monerías á la luna.
Lannefranque se descubrió piadosamente, tomó á
80 bljo en brazos, y pronunciando una oración, ¡0 introdujo en la h~ndldura de la encina. Como apenas cabía, despertó el m'.1cbacho con el frotamiento, pero
00 1:oró; miró á su padre con cierta sorpresa y reanudó su conversación con la luna.
Lannefranq ue estaba emocionado.
-¡Anda, chiqulllo! dijo cuando el cuerpo de Mauricio pasó por la hendidura; ya verás como sanas.
y lo acostó de nuevo, á fin de cuidar sin tardanza
la herida del árbol. Con lodo del pantano vecino cubrió las fibras desgarradas, y ató el tronco. Tembláensaya?cs, cantan el himno de victoria de la natubanl~ las manos al ha~r esta dellcad" operación; en
raleza mmortal.
108 o;os tenía la expresión de la plegaria muda .q ue
Meses ban transcurrido y el caballPro no ha dejaJlrlgía á la tierra en demanda de jugos fecundos para
J'EAN RAMEAU.
do un solo día l_a caballa encantada. Un viejo monje
las rafees del árbol mutilado, y al cielo cuya luz dede luenga y mvea barba, el mismo que casó á Mabla alimentar las hojas, á fin de que la muerte no hitllde con Maleck Adel, el mismo que casó á Julleta.
riese .ni á la encina desgajada ni al ni ño raquítico.
con Ro!Deo, el mismo que no tiene más oficio que
-Sanarás, decía. Y estas palabras se dirigían al
bendecir los amores de romance, bendijo la unión de
4rbol y al chicuelo.
es, os dos ámantes venturososAl acabar, Lannefranque sintió un ruido extrallo
Menguando va ya la dulce luna, á modo de torta
que salía del prado.
-Me bao visto, tal vez. Alguie'l anda por ahí
Fuerza es que en los cuentos los reyes y prfncipes servida á nliios g?losos. La rústica nii'la no es tan
Exploró las tinieblas, pero nada vió. Entonce~ co- cazadores se extravfen en el bosque, y tuerza es que lerda que no advierta el fastidio atroz que de su hergió en brazos á su hijo que dormía y se alejó rápid,- llegada la noche una lucecita que á lo lejos pestafiea moso cazador se apodera. Varias vt:ces ha sorprendido e~ su antes ardiente boca el bostezo vil de hartura
mente, temeroso bas1 a del ruido que hacían sus pa- les gufe á la pobre cabañ:i, en donde una doncella matnmonial.
sos en los matorrales.
hermosa Y cuanto hermosa ingem1a, aguarda el lan.
. -¿Qué tiene mi amado, qué anhela mi sei'lor? le
El nlllo ~ejoraba y la enci na no languideció. To- ce para Irse á la grupn. del caballero á ser soberana dice
con acento de terníslma queja.
dos los dommgos el padre de Mauricio visitaba la en- de un gran pueblo ó sellora de un opulento ducado.
-Y
él, sin devorar á besos su cuello di vino; sin micina y cubría de estiércol sus clcatriceb amontonaba
rar siquiera aquel:os sus ojos adoratierra vegetal junto al tronco y matab~ las hormigas
bl~s, que parecían dos cielos que suque Pubfan por la corteza para que prosperase, para
plJCan, pensativo y suspirando le resque viviese mucho tiempo el árbol querido cuya
ponde:
'
suerte estaba unida á la de! nifio.
En Ago,to Mauricio se indispuso. Lannefranque
_-;, Ves aquel monte azul que á lo
Inquieto, fué á ver á la iincina y encontn~ T()Zadura~
leJos se empina? Quiero ir allá. El veren el tronco. El corazón del padre se sintió oprimido.
de perpetuo de esta mon Laíia me bas¿Quién ha hecho esto y con qué fin, se preguntó
tí~. . A'} uélla P.S azul; ¡qué bien se debe
Lannefranq ue.
v1 v1r en un monte azull
Tuvo presentimientos dolorosos. ¡Si moría la enciy ella, con melanc6Jica dulzura
nal.. Pasaron dos días, Mauric10 no mejoraba y
desflorando con las palabras los labio~
Lai:nerranque t'ué otra vez al bosque. Encontró una
del ingrato, le decía:
nueva Incisión en el tronco del arbol: se puRo pálido
- Verde t!S la esperanza, nliio inconY recordó el ruido que había oído la noche de la opeforme. La ilusión es azul, como hija
ración.
de es~ bella impostura que llama.
-Alguien me ha visto seguramente, pensó; alguien
mos cielo. Aq'.lí eres dichoso aqní está
que me odia y que quiere la muerte de mi hijo. ¡Mila dulce realidad. ¿Por qué 'perseguir
serable!. ..... Volvió á su casa, se echó al hombro
la pérfida mentira?
su fusil y se ocultó detrás de 1m bordo, á diez pasos
Pero nada, á la mai'iana siguiente el
de la encina. Permaneció toda la noche en aquel sicaballero se encaminó hacia el monte
tio, cuyo silencio solo turbaba el canto monótono de
azul, que estaba !ejes, muy lejos de la
las ranas.
montaña verde en que dejaba á su
~o ob,¡tante la nocbe siguiente, volvió á su espío•
amor llorando su desvío.
:aJe. A poco de estar allí en acecho, con el fusil so.
C~minando, caminando, al fin llegó
re las piernas, oyó un mido entre la maleza. Puso
al pie de la montafia color de cielo.
~tenclón; era un ruido ligero, regular, eran los pasos
1'.ero ¡oh sorpresa! ¡oh decepción! Las
de un hombre. Lannelranque tembló, abrió los ojos
tmtas azules habían desaparecido y
, esmesuradamente y dejo de rellpirar. Sí, alguien
todo era verde, como el monte en donbenia, ya se veía la ne~~a silueta. Era un hombre, un
de dejaba_ á su ~mor con la tristeza de
dombre ~lto, que se dmgló hacia la encina deso-ajasu ausencia. M1ró hacia atrás, suspi.
?ietuvose delan te del arbol y se llevó la ma~o al
rando,
y la sorpresa le arrancó un gr!.
81 0
En
este
cuento
quien
se
extravía
en
el
bosque
no
es
u
como para sa_car nn arma cortante: dos se~ ndos después las hoJas de la encina se movieron · el un poderoso emperador ni un espléndido señor de [º d~ despecho. El monte azul se babia mudado Allá
~ ve1a, allá mismo en donde quedaba su amant~ mut e&amp;conocldo cortaba sin duda la corteza ... Lan;e. much~s ti.erras, ~in~ un hermoso cazador, que á p!e nendo
de dolor.
y pers1guie~do liebres se ha ido c.n pos de una que
rauque se puso en pié,
Y dirigió el caballero su pasos fatigosos hacia aque.
parece hecJ11~ada, porque la ha marrado diez veces 1
-¡A11eslnol gritó.
á saltos y piruetas le lleva á donde Dios sabrá pero lla cumbre, á su vez en vuelta en la gasa celeste de las
que él no se cura de a1•eriguarlo, basta que nodé bue- br~mas, v~stlda de ilusión. Al llegar á la caballa no
na cuenta de aquel dtablillo burlón antíe el cual está salló á abnrle la puerta la ni!Ia amante. Llamóla por
pasando, ~ace dos horas largas, como indigno de terciarse su rica escopeta damasquina.
La noche llega, la lucecita pestañea allá en lo alr.o
de una montaña, y á ésta se dirigen Ja liebre con sus
saltos y el cazador con sus iialvas.
-Alabado sea Dios, dice éste tocando á la puert a
de la caballa.
-Por siempre, le responde de adentro una voz angélica, propiedad adorable de un ángel sin alas que
acude á franquearle la entrada de aquel palacio encantado.
La niña es linda, el joven ardiente; la cena es generosa ! el lecho grato. Sueila el cazador con lns
azul~s OJOS de serrana preciosa, y sue!Ia ésta con su no';Dbre, llamóla por los cien nombres tiernos ue
q
el canno inventa, y ella 00 respondió.
los OJOS negrísimos del gairido huésped.
de~~
!~b¿:_
matado
su
caballero
ingrato
con
el
hastío
La mai'lana es fresca, pero los labios hierven. Tienen sed de besos; y al fin, como cerci de allí se resE l palacito enca11tado estaba en ruinas d 1
tregan en ios picos sus deseos dos amantes palomas
cunde el ejemplo de amor, y restalla el rayo en ¡0 ~ la solitaria puerta brincaba la liebre a u!i1ae ante de
saltos y burlonas volteretas al caballer~ le d~cia~ntre
labios.
-;-Inconstante cazador, sígueme, y te llev~ré ~
La caballa se ilumina con luces de oro las flores
silvestres acuden en esencia á embalsam~r aquel al- qmen sabe engai'iar como tú: ¡al monte azul!
tar de amor, y las avec!llas del bosque, en coros no

EL MONTE AZUL.

Lf\ ENOINf\ DESOf\Jf\Df\.
Cuando enterraron á Melita Lannetranque en el
antiguo cementeric. de Cazordite, cuya tierra tiene
estrías amarillas color de carne, el viudo, Bertrán
Lannefranque, cubierto con el pesado manto de pas•
tor hecho de pai'io obscuro, llamado capa de luto, se
puso á la cabeza del fúnebre cortejo y con él se dirigió á la granja.
Caminaba á su lado el primo Lataste, campesino
taciturno cuya boca no se abría sino para masticar,
beber y rezar. La ceremoniahabíasidolarga;yaeran
las doce y toJos los concurrentes bostezaban de hambre. Al llegar á la casa mortuoria, parientes y veci•

-No sé por qué lloras, Lannefranque; se te ha
muerto tu mujer y es de senti,·se, pero ¡basta yal no
era muy útil en la Granja. Ya hacía mucho tiempo
que su salud se había quebrantado y no podías emplearla sino en el cuidado &lt;le las ovejas y en la preparación de la comida. Una mucbacba de quince ·
años que gane cuarenta sueldos al mes, puede hacer
eso. Lo esencial para tí es que cuides del niño y que
se te logre, porque ese muchacho vale cien mil francos como uno.
-¡Ciento cincuenta mil! rectificó el viudo que no
dejaba de sollozar.
-Es posible. En fin
por él has de ser rico
puesto que es el único
h eredero de su abuelo
materno, del famoso
Caiaubon que ha hecho una fortuna. en el
comercio de caballos.
Está delicadillo el
muchacho; cuídalo. Si
llegara á faltarte todo lo petderfas y tu
primo Lataste se llevaría la herencia en
su calidad de colateral.
-Lo sé, respondió
Lannefranque enjugándose las última:s
gotas de lágrimas con
el dorso de la mano.
Mi Mauricio no tiene
buena salud, en esto
se parece á su madre,
pero para eso hay far'llacéut,icos en Dax, y
1por vida míal Latas•
te no heredará los
ciento cincaenta mil
francos.
Y Lannefranque estre-:hóla manodelque
a~i sabía consolarlo
y se dirigió á la cuna
en que dormía el benos se sentaron en derredor de una gran· mesa, y el reduo de Cazaub6n, y le besó con sus labios torpes de
viudo Lannefr11nque comió pan y queso en medio de campesino.
los suyos. Sirvió muchas veces vino blanco antes de
Bertrán Lannefranque era un labrador de veintiorecitar el De profwnrlis, y los invita fos decl&amp;.raron que cho años, flacucho, pero con unas mandíbulas ferojamás se habían tributado honores ig-u'l.les á una ces de bull:dog. Muchas vecei,, cuando no tenía ni
muerta en todo el territo1 io del municipio.
pan de ma1z para satisfacer el bambre babfa pensaTodos hablaban en voz baja de las viñas lozanas, d? en esa _herencia pingüe. Y sudando' para labrar la
de la siembra de maíz perdida por la falta de lluvias, tierra arc1l_Josa de Cazurdite, esa tierra ingrata en la
y del trigo cuya cosecba iba á ser escasa. Luego se que no podian penetrar las raíces de los árboles pendespidieron del viudo y le dieron el pésame de cos- saba en la vejez tranquila que le esperaba. Pro~etíatumbre.
se comprar los bueyes más robustos de la región el
- Vamos, amigo mío, no te aflijas. Ya sabes que carro más ~ólld? y el arado más ligero; tendría' un
no somos de este mundo ....
coche de seis asientos para ir al mercado y mandaría
-Adios, Lannefranque, y no cargues el juicio. constrl: una casa en cierta colina, con una terraza en
Con eso nada se remedia.
la que ¡ugaría los domingoQ con sus camaradas, con-Valor, Bertrán; se fué tu mujer, pero te queda templando las lejanas márgenes del Adour, las monel niíio.
taíias y el mar.
-No llores, homúre. Melita rogará por tí en el
_Pero par~ ~eallzar esos suenos era necesario que vicielo.
viese _Maunc10, el débil vástago de trece meses, que
Después de oír algunas docenas de fra$es por el es• dorm1a en s_u cuna, mientras se dispersaban por los
tilo, Lannefranque se puso á llorar como un chiqui- campos los mvltados al entierro.
llo. Uno de los de( cort~jo se compadeció de él y paAlgun 1s días después Mauricio SP enfermó del pe1a consolarlo le dlJ0 canfíosamente:
cho. Sanó. pero le dió sarampión, y cuando pasó esta

enfermedad turo otra, y otra, y luego fiebres Intermitentes. Lannefranque iba de botica en botica y dE&gt;
consultorio en consultorio; pero los farmacéuticos
eran tan Impotentes como los doctorei;, y el chicuelo
empeoraba de un modo alarmante. Su rostro se enflaqueció hasta convertirse en un objeto Indeterminado, semejante á un grano de trigo y los oj0s ya no
se le veían.
El alma ruda de Lannefranque se sintió herida,
porque había llegado á quP.rer á su hijo por sí mismo,
y no por la fortuna que representaba. Tuvo remordimientos por su codicia.
-Dios me castiga, peusó.
Y fué á comulgar para obtener de Dios la curación
de Mauricio. Al acabar sus oraciones, le dirigió á la
Virgen esta plegarla: &lt;Santa María, si salvas á mi
hijc te prometo emplear en obras piadosas las rentas de la herencia. Sí, todo lo daré y nada guardaré
para mí. Renuncio á los bueyes y á la casa. V irgen
pura, salva á Mauricio.&gt; Las lág rimas surcaron las
mejillas de Lannefranque cuando pronunció estas
palabras.
Mauri.:io no se aliviaba. Entonces Bertrán fué á

ver al alcalde Dumora, excelente sujeto que conocía
muchos remedios p1ra cunir á los hombres y á lG&amp;
animales.
El alcalde examinó á Mauricio, lo palpó con sus
gruesas y nudosas manos, y dijo:
-Amigo mío. ¿conoces el remedio de la encina?
- -No, seiior Dumora.
-Me extraiía, porque es un remedio muy viejo y
muy usado en t oda la región. Estoy en la creencia de
que lo conoce tu primo Lataste. Se aplica á los niúos
r~quítlcos como el tuyo y casi siempre mejoran. Consiste en esto:_ se va uno con PI enfermo, llega al bos•
9.ue, se desgaJaen el sentido de la longitud uoa encina
¡oven, se separan las dos part,es del tronco hendido y
s~ hace j)asar en~re ellas al niño, dirigiendo al mismo
tiempo una oración á Dios. Hecho esto se juntan las
dos mitades del trono, se las frota con zumo de limón, se atan con un mimbre y desde ese momento el
nii'lo y la encina tienen la misma suerte: si el árbol
vive, el niño vive también; si se c;eca, el niño muere.
Lannefranque escuchaba con la mavor atención.
:-~_racias, señor Duinora, dijo. V,iy á aplicarle á
m1 bJJO el remedio de la encina desgajada. Que Dios
me ayude.

***
Al día siguiente, cuando cerró la noche, Lanne•
franque envolvió á su hijo en una manta de lana, to~ó ~na podadera, unas tijeras y dos mimbres y se
d1rl~1ó al ~osque de Or.the. Las encinas jóvenes abuo•
daban á º:1llas de un riacbuelo que regaba los pra•
dos del primo Lataste. Era el mes de Junio, la atmósfera estaba tibia y las ranas cantaban en la som•
bra. A veces asomaba la luna entre las nubes su ancha
car~sonriente. En los brazos de su padre el nii'io bal·
but1a cosas ;ndtstintas, medlas palabras mal artl·
culadas, frase!; sin sentido, pero conmovedoras como trinos de ave que aprende á cantar.
'
Buscó Lannefranq ue una encina propicia en el bosque de Orthe y eligió una muy nueva, lltna de vitall·
dad, que erecía á.la orilla de un pantano.
Aco~tó _e) chiqulllo sobre la yerba y come07ó á ha•
c~r la mc1s1ón en la f:ncina. La operación rué larga y
difícil, hubo que afilar dos veces m podadera y cuan•
do hendió la encina hasta la altura de un hombrr,
quiso separar los dos gajos. Gran trabajo le costó pa•

t!i

!ª

NICANOR BOLET P.ERAZA,

Y después d
110a qutja prole apuntar sobre él hizo fuego. Se oyó
huyó por entreº1!gada¡ el hombre estaba herido, pero
8
tos de dolor.
árboles del bosque, lanzando gri--iAseslnoJ repitió L
Begu11111ento.
annefranque, y se lanzó en su

�Domingo 20 de ~gosto de_ 1891l,
124

EL MUNDO.

Domini o 20 de Agosto de 1899.

.EL MUNDO.

a

125

LOB O, lBSTf\8 f\LLI?
Es la hora _de la mesa. Susanilla y Pum, al lado el uno del otro-aunque han prometido guar•dar circunspección-se agitan como dos culebras,
Los papás de Susanilla hacen los honores á los
padres de Pum. El hermoso mantel ruso, los va808 grabados; hay flores y fresas, grandes fresas
,que brillan bajo la azúcar cristaliz11da. Pum rie.ga algunas gotas de salsa que inmedi-ttamente
oculta con un migajón de pa:-, pero Susanilla ve
Ja mancha y la seca mostrand0 un aire discreto
de ama de l!asa. Pum, humillado y rojo, toma un
:aorbo de Borgofl.a.
El pobre Pum está inquieto. Un diabólico maleficio pesa sobre su eo11ciencia y su madre le ha

LA GATA FAVORlTA.

creer nada de lo que dice. Pum no osaría afirmar
que miente, pero es casi seguro que ella borda,
arregla las cosas á su antoJo, ¡Y con qué aplomo!
-Sí, dice, en el invierno qu~ viene voy á
comprarme un vestido azul, con volantes, un hermoso vestido de raso azul, como el que se puso
mamá cuando se casó.
-¡Cómo! dice Pum irónicamente; yo creía que
las mujeres se casaban con traje blanco!
-Mamá, responde Susanilla bastante picada,
llevaba un vestido azul el día de su matrimonio;
lo sé perfectamente porque lo ví.
Pum, en tono de burla:
-;,Tú la viste? ¿Ya habías nacido entonces?
- Por supuesto, declara Susanilla, tenía yo
cuatro a:f.\os.
¡Esto es un absurdo, es inverosímil! es menstruoso! Ella no duda de que su madre apoyará
todo lo que está diciendo; y solamente lo ha dicho porque acaba de pasarle por la cabeza, y lo
sostendrA m01·dicus desde el momento en que
Pum levanta los hombros exclamando:
-Apuesto á que no es ciert&lt;,!
-¿Apuestas?
-Sí.
-Pues bien, dice Susanilla, voy A preguntárselo á mamá.
Pum está perplejo; Susanilla parece tan segura de lo que dice! ...... Despué., de todo, no se
l'Sbe; hay cosas tan raras, el mundo está lleno de
misterios . ..... Susanilla ve su vacilación y con
una astucia de apache, se aprovecha para decir:
jurado r?fel'irlo tcdo, eo voz alta, al llegar los
-¿Me crees ahora?
•
postres. Va á ser deshonrado públicamente, cla- .... No, responde Pum, resueltamente. Y te
vado en la picota de la infamia. ¿Por qué artifi- desafío á que se lo preguntes á tu mamá.
cio, todas las grajeas verdes, rosas, lilas, de la
-1,Me desafías?
hermosa c11ja que regalaron á su madre, Re con-Sí, sí, sí.-Y golpea con el tacón tres veces.
virtieron de pronto en bl1:1.ncas? Es que Pum las
Susanilla sa exaspera de que no se le crea bachupó una á una. con gran habilidad, eso sí, pa- jo su palabra, tanto mAs cuanto que ella misma
ra no robarles mAs que el color, y para que todo no estA convencida del todo, ¡oh, no! pero el amor
aquel que no estuviese en antecedentes, juzgase propio ..... .
de buena fe que tan blancas como eran, habían
-Pues bien, sefl.or, venga usted acá.
sido. Pero su madre no cayó en el lazo. Estupe-¡8ef1or! ¡qué injuria, qué reproche hay en esfacta, quiso esclarecer el misterio; y Pum tuvo ta palabra! Pero Pum está vengado.
Apenas Susanilla se arroja á los brazos d~ su
que confesar.
Por eso ahora la vergüenza lo tiene descon- madre para decirle en voz baja la causa de su
certado. Va á saber lo que son los estallidos de querella, la madre roja y casi indignada, se leb risa que abofetea; las indignadas miradas de vanta diciendo:
los abuelitos le abrumarAn; y siente un fuego ro•
-¡Anda, tonta! véte á jugar y déjate de necejo que le sube por el cuello, por el rostr.:&gt;, por to- dades.
do el cuer po; sus ojos se llenan de lAgrimas, poY la pobre Susanilla, toda confusa, se aleja
seído de una inmensa. desesperación. No osa mi- rApidamente, sintiendo las lAgrimas que suben á
rar á su madre por temor de que ésta comience sus ojo...
A contar su pieudía; pero, mentalmente, con un
-Ya lo sabía yo, piensa en silencio Pum: se
.gran fervor, implora; «¡Que no lo cuente, Dios casan con vestido blanco, y los nifl.os no van
mío! ¡Que no lo cuente, Dios mío!»
porque duermen todavía debajo de las c0les .....
Y. . .... no lo dijo, ¡santos ángeles! n~ lo dirá de las coles ó de las rosas .... si no es que vieya ahora, porque acaban de levantarse de Iame- nen en un barquito desde la China ....
Pero, generoso, trata de hacerla olvidar su .
aa . . . . ¡Bendito sea Dios!
Susanilla y Pum, libres ya de la consigna de humillación, y, dulcemente, con alegría, le pro.guardar circunspección, gesticulan, brincan, se pone:
-Susanilla, ¿quiéres jugar al lobo?
van corriendo al jardín, tan aprisa como si tuvieran alas en los pies. Despue~ se encaminan al
Pero Susanilla se eofurrufta, y Pum gasta tobosquecillo. Susaoilla reflexiona que es una sefio- do un cuarto de ho~a en ruegos y persuasiones
ra y que por tal motivo no debe permitir que su que no la convencen.
-En fín, dice Pum, no juguemos.
traje se arrugue, comprendiendo igualmente que
-Sí, sí, dice entonces Susanilla, juguemos.
l e tOCll hacer los honores de la casa.
-¡Ah, por fío! Así sucede siempre. Cuando
- Platiquemos, dice:
Y con uo incomparable aire de dignidad, se uno quiere, ella no quiere: cuando uno no quie"'lienta, como si estuviese en visit1t, á la orilla del re, ella quiere. ¡Esperad un :,oco! Y dice insidio~aneo de madera. Hace uu día bochornoso, lllS samente:
-Tú serás el lobo.
moscas estAn insoport11 bles, un sofocante olor de
-No, dice SusaniUa, tú.
rosas sube en la atmósfera; las hojas del emparrado que se transparentan á la luz de un cielo
-Bueno, yo seré el lobo.
¡Crac! Cayó la inocente en el lazo. Es muy sensombrío y bajo, toman un tinte claro y fresco.
Un caracol se arrastra á lo largo del banco; las cillo esto. No hay sino decir lo contrario. Y Pum
hormigas se pasea11 por todas .,artes, Susanilla y que quiere hacer el lobo, queda contento con su
Pum observan en silencio. Al fin Pum sefastidia, astucia. Susanilla ha caído en el lazo, y dice.
-A lo menos, ¿serás capaz de~ in.spirarme
le gustaría más jugar; y, muy en lo íntimo, juzga
·
que á Susanilla no le sienta bien esa afectada se- miedo?
Pum se engrifa, arruga los ojos, castaftetea los
riedad; pero con todo, esa misma seriedad lo tie•
ne dominado, y es esclavo de ella. Por otra par- dientes, ruje: - ¡aul ¡au!
Susanilla se tapa lo~ ojos con las manos, hoia, Susanilla decídese A hablar. Y cuando babia,
Pum finge poca atención y mucha ir.diferencia; rrorizada de antemano, y exige aún:
-Bueno, pue11 has de tardar mucho en vespero los dientes blancos de Suaanilla, su pequetia boca de frambues&amp;., sus rubios cabellos tren- tirte.
Pum, ordinariamente se viste pronto, y se
.zados, ejercen en él una gran fascinación. Mases
necesario que él no pase por un simple. ¡Susani- arroja sobre su presa de una manera tan violenUa tiene tan maravillosa inventiva! no se puede ta, que un verdadero lobo, decentemente, no t_en-

dría aún el tiempo que se necesita para ponerPe
los pantalones. Pero promete, lo promete todo.
Y se va, se esconde en lo más profundo del jardín, mientras que Susanilla, con el corazón palpitante, escuch'l el ¡au'. ¡aul estridente y prolongado que anuncia que «allí estA.»
Una deliciosa angustia le muerde el corazón,
y con una iosegl.lra voz tararea, teniendo bien
abiertos los ujos y cou el oído atento:
Pasearemos por el bosque
Mientras el lobo no está.
Porque si viene aqui el lobo
Al punto nos come1·á.
Y con todas sus fuerzas dice:
-Lobo ¿estás allí?
Desde muy lejos, tranquilameme-¡oh loo hay
que fiarse demasiado -la voz de Pum rosponde:
-Me estoy poniendo los anteojos.
Pasearemos por el bosque, etc.
-Lobo ¿estás allí?
-Me estoy poniendo los calcetines.
¡Ah! se edtá poniendo los calcetines; todavía
hay tiempo. Y Su&lt;Janilla, atraída, magnetizada,
con terror y embrillguez, se acerca á los negros
matorrales donde Pum finge la escena y tose cavernosamente.
Pasearemos por el bosque, etc.
¡Qué verde, lindo y fresco está todo! El sol ha
reaparecido; hace calor. ¡Qué alegría la de vivir,
y mAs con h idea profunda del peligro, del lobo
que está allí, escondido, invisible, frotando su
r uda piel contra la corteza de los Arboles, afilando sus ufl.as en el suelo y fij&gt;indo en ella sus pupilas de brasa! El lobo, el lobo de los bosques,
de las nieves, que se come á los hombres y devora á los caballos ....
-Lobo ¿estás alli?
La voz de Susanilla tiembla; con acento amenazador, responde el lobu:
-Me estoy abotonando los pantalones.
Salvarse ya sin esperar má.s tiempo, huir á toda prisa: este es el deseo loco que acaba de venirle á Susanilla; pero no, esto no sería del juego; y sobre todo, una gran voluptuosidad la tienta: es preciso beber el terror á pequeilos sorbos.
Pasearemos . . . . en el bosque ....
-Lobo ¿estAs allí?
El lobo be pone el chaleco, toma su sombrero,
se tercia al hombro la carabina, busca la llave....
y . . .. abre la puerta!
Un último y ahogado grito.
- Lobo ¿estás allí?
¡¡Sí!! ruge una voz formidable, y las ramas se
apartan en un estremecimiento brutal; el lobo
salta; Susanilla echa á correr tan de prisa que
sus pies casi se juntan con su cabeza. ¡Qué persecución! ¡Aúl ¡aúl Ella no puiere ver nada, el corazón le palpita horriblemente. Siente ya en su
nuca el resoplido de la fiera .... dos veces ha
sentido el zarpazo de su garra. Esta vez, Susani
lla lanza agudos gritos de terror que ponen en
movimiento á toda la casa; y Pum, espantoso, con
los cabellos erizados, embargado por el miedo
que inspira, perseguido por el peligro invisible

que representa. se pone á gritar mAs fuerte que
ella, con aullidos de fiera sedienta de sangre.
Tumulto de los padres; Susanilla, bail.ada en
lágrimas, solloza angustiada, envolviéqdose con
la falda de su madre.
-¿Qué les pasa? ¿pero qué les pasa? ....
¡Oh! el lobo! y sobre todo el miedo, el exquisito, el horrible, el espantoso miedo!
PAUL Y VICTOR MARGUERITTE,

�Domingo 20 de Agosto de 1899

EL MUNDO.

126

LA PRINCESA
La princesa Mandosiana tenía seiscientos afios;
bacía seis siglos vivía bordada sobre el terciopelo
eon su cara y sus manos de seda pintada; estaba
toda revestida de perlas con una gola tan recargada de adornos que ee aboyaba, y los arabescos
de su túnica tramada de argirosa, eran del oro
mAs puro.
Un manto azul, flordelisado de anémonas esta•
ba abrochado á su pecho por regias pedrerías y
orlaba la fumbría de su traje cabujones de zafir.
Había figurado mucho tiempo en las procesio•
nes y en las fiestas reales. Se la sacaba entonces
izada en el asta de una bandera, y el brillo de
sus joyas alegraba al pueblo y A las grandes damas. Eran los tiempos felices en que bajo el ex •
tremecimiento de los oriflamas dPslumbraotes,
en las calles empavesadas se aclamaba A la pri•
mera Mandosiana. Después se la guardaba ceremoniosamente en el tesoro de la catedral y se la
IDostraba A los extranjeros en cambio de mucho oro.
Era una maravilla esta pri11cesa milagl'Osa. Había nacido del suefio y del trabajo obstinado de
veinte religiosas que durante cincuenta anos habían penado haciendo con las madejas de seda y
plat11 la deliciosa hierá.tica figura.
Sus cabellos eran de seda amarilla; se había
incrustado en el sitio de sus pupilas dos turnali·
n as del más bello azul y tenia una gavilla de Ji.
rios do1l má.s b11!lo terciopelo blanco apoyado sobre su corazón.
Luego pasó la era de las procesiones, se abolieron los tronos, desaparecieron los reyes, avanzaba In civilización y la princesa de perlas y de
seda pintada permaneció confinada en la sombra
y el silencio de la catedral.
Alli pasaba su vida en el claro-obscuro de una
cripta entre un montón de objetos extrafios que
gesticulaban en los ángulos; había viejas esta•
tuas, copones junto con custodias, viejos ornamentos de iglesia, capas aún rígidas y como tejidas de sol y que se extinguían lentamente en la
noche con cálices en los cuales no se oficiaba ya.
Había también un viejo Cristo arrimado en un
rincón y velado de telas de arafia, y nunca se
abría la puerta de la capilla súbitamente; todas
estas viejas cosas dormían allí enterradas, olvidadas, y un'I- gran desesperación hirió en el pe•
cho A la princesa Mandasiana.
Y prestó atención á los consejos del ratón ro•
jo, un insidioso ratoncillo vivo como el relámpa•
go y tenaz é impertinente que hacíaafios la obse•
&lt;liaba. Y ¿por qué obstinarte en permanecer cautiva, acorazada por todas estas perlas y estas
bordaduras que te aprisionan? La tuya no es vida, tú no has vivido nunca ni en el tiempo en que
resplandecías bajo el cielo azul de las fiestas sunt uosas, aclamada por la embriaguez de las multitudes, y ahora, ya ves, te han olvidado, estás
muerta. Si quisieras, con mis dientes agudos desharía uno A uno los punto0 de seda y de cordoncillo de oro que te tienen presa desde hace seiscientos afios, inmóvil en el terciopelo espejeante
que entre nosotros no tiene ya brillo. Esto quizá
te haga da:ilo, sobre todo cuando descosa cerca
de tu corazón, pero com~nzaré por los anchos
contornos, los de las manos y los del rostros
y podrás ya esperezarte y moverte, y verás qué

Dommgo 20 de Agosto de 1899.

CARACOL

MANDOSiANA.

hermoso es vivir y respirar. Bella como eres, con
tu rostro de princesa de cuento y rica con los fa•
bulosos tesoros que adornan tu vestido te harás
vestir por las grandes modistas, se te tomará por
la hija de un banquero y te casarás perlo menos
con un príncipe francés.

Hay vagos murmurios
que gimen y cantan
en tu seno de iris,
caracol de nacar,
Que traen á mi oído
mil cosas extrafl.as
en ritmos y notas
de célicas arpas.
Me cuentan misterios
de mligicas playas;
doradas leyendas
de tierras lejanas;
Secretos de amores
en tiernas baladas·
é historias de Otel~s
y Faustos de escama.
A veces imitan
del viento las arias
que al dios del tridente
glorioso proclaman·
A silfos, sirenas '
y on_dinas que cantan;
suspiros y besos,
el son de las gaitas;
Rumor de sollozos
Y de ayes que exhalan
nereidas que mueren
entre plantas ágamas.
De tu seno de iris,
caracol de nacar
brotan los murm~rios
que gimen y cantan.

granos de trigo y el viejo terciopelo espejeant&amp;
de la bandera se desgarró de arriba abajo.
Así murió la princesa Mandosiana por haber
escuchado los insidiosos consejos de un ratoncillo rojo,
J EAN LoRRAIN,
(,,

El amante incendiario.

Tienen sobre tí caudales de pedrerías. Ven, dé·
jame libertarte y revolucionará el mundo.
¡Si su pieras qué hermoso es ser libre, respirar
voluntariamente el v iento y seguir su sólo capricho! Está.s albardada por esos ópalos y esos zafiros como un caballero en su armadura y jamás
has combatido, Conozco el camino que conduce
á la felicidad. Sal fuera de tu estuche de bordaduras, daremos juntos la vuelta al mundo y te pro•
meto un trono y el amor de un héroe. Y la prin•
cesa Mandosiana consintió; el ratoncillo rojo continuó inmediatamente su obra 11 sesina; sus dientes aserraban, cortaban, limaban en el terciopelo
roído por los mitos: resonaban las perlas al caer
una á una, y en las noches claras como en los be•
llos días, en la cripta alumbrada por un respiradoro el ratoncillo rojo cortaba, roía, trabajaba
siempre.
Cuando atacó la famosa gola de nácares y perlas la princes11 Mandosiana tuvo la impresión
de un frío agudo en el corazón.
Hacía varios días se sentía como temblorosa y
más ligera y singularmente ágil en medio de todos aquellos puntos deshechos, ondulaba en la tela como animada de un soplo, y esperaba, arrobada, que el ratón conduyera su obra.
Al introducirse el diente del roedor en su pecho, la pohre princesa de seda y lentejuelas, desfallecía; la caída blanda de las coposas sedas, de
los galones y de las luminosas tiritaftas, cayó como
una corriente de ceniza sobre las losas de la obs cura capilla; algunos cabujones rodaron como

Tudo el mundo conoce los horrorosos desastre,
ocurridos en el :!astillo de Ruremonde, ocasionados por el má.s espantoso incendio.
Es imposible olvidarlos, porque los periódicos
relataron con mil detalles la horrible catástrofe;
infinidad de personas se vieron sorprendidas por
las llamas al final de un baile campestre; grito1
de dolor, miembros magnllados, y, finalmente,
los techos de las habitaciones que se desploman
sobre las infelices víctimas.
Pero lo que todos ignoran, son las causas que
produjeron este accidente; unos á otros se preguntan cómo pudo el fuego penetrar con tant&amp;
furia en el castillo é invadirlo en un momentv.
Yo he podirio descubrir el secreto, y voy á. referirlo para gloria del amor.
En el fondo de un saloncito muy distante del
gran salón de baile, dos nii1os, doa prometidos,
él de veinte afl.os y ella de diez y seis, felices y
content0s, se hablaban muy bRjito, prodigándose
apasionadas é inocentes caricias, porque se amaban con infinita ternura.
De repente la ni:ila, mientras que su amigo murmuraba á. su oído frases deliciosas, se des prende
del tocado una margarita que había arrancado
pocos momentos antes del fresco tallo, y la pregunta si la quiere su novio.
Tranquilo, satisfecho, seguro de su amor y lleno de fe en la sinceridad de la flor, el joven
amante, veía los peque:ilos y sonrosados dedoa
de su amiga, arrancar una por una la11 blancu
hojas,
Pero ¡ah! que un sudo: frío inunda su frente,
palidece, tiembla y se siente próximo á desfalle•
cer; él acaba de contar con una r á pida mirada
las que todavía quedan, y ve con terror que la
respuesta será negativa,
¿Concebirá la graciosa joven, por una cruel
mentira de la margarita, sospechas sobre la flr•
meza é intensidad del amor que la profesa?
Sin vacilar un solo momento, coge el candelabro que está sobre la chimenea, y mientru
la nifl.a suelta llena de terror aquel resto perfu•
mado que aun 110 ha concluido de deshojar , apll•
ca la llama á las colgaduras de gasa que arden
con rapidez suma, y bien pronto se comunica el
fuego á todo el castillo.
· Desde entonces, cuando sa habla delante del
enamorailo doncel d e las victimas y desastree
que ocasionó el incendio, siente pesar y tristeza,
porque es noble y compasiva su alma, pero ni
la más ligera sombra de remordimientos.
Fué muy lamentable que perecieran tanta
personas, pero hubiera sido verdaderamente cri·
minal dejar que una duda penetrase en el cora•
zón de su amada, haciéndola sufrir todas las tor•
turas de la desconfianza.
C.ATULO MENDES.

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EL MUNDO

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MI GUITARRICO.

FERNANDO MARTCN E SPINOS.A.

Es a1 gu!tarlco duce 6 plaiildero,
asigll.11 yo qu.ero;

tiene cinco cuerdas bien a1Teatiradas
que se rtn 6 lloran con m!: rasguliad as.
CANTO POPULAR .

J UAN B . D ELGADO.

EN PLENA DICHA.
(INEDITA)

Reclinas en mi pecho tu cabeza,
Abandonas tu mano entre las mías
Y siento cómo acallan mi tristeza '
Tus ingénuas y puras alegrías.
Y así permanecemos, comprimidos
En abrazo de castas emoci, nes
Sin oir nada más que los latido~
De nuestros amorosos corazones.
Y suspiro de dicha enajenado
Y las horas transcurren presuro;as,
Y luego, al separarme de tu lado
iM:e quedan_por decirte tantas co;asl
Y en vano, en vano el númen se fatiga
Para ensalzar tu amor y mi embeleso,
No hay canto, no ha y poema en que se diga
T odo lo que se dice con un beso.
De~de que en mi alma tu poder impera,
La vida encantos nuevos atesora•
¡Es un valle de eterna primavera'
Iluminado por eterna aurora!
Si tu supieras .. . . 1 Pero bien lo sabes
Porque amas., .. En un pecho enardecido
Como en arbol frondoso lleno de aves '
Vibra insinuante la canción del nido,
Vivir quiero y morir bajo el encanto
De la leca pasión que me seduce·
Juntos tú y yo, muy j11ntos, perd tanto,
Que nunca entre los dos ni el aire cruce

(De "Canciones Sorianas.")

A guisa de lira de oro
yo tengo mi guitarrico,
con el cual siempre acompafto
cantos del Sur á los indios.
Su caja comba es la fuerte
co~aza de un armadillo,
y tiene cinco clavijas
porque sus cuerdas son cinco.
Su cuello es delgado y corto,
negra su boca de abismo . . . .
boca qua canta ó suspira
con un dolor infinito.
Cuando las copiosas lluvias
anuncian aftos profícuos,
y más tarde los graneros
se ven de _mieses henchidos;
En medio á. la gente agrícola
que festeja á San I sidro,
se eleva el rústico canto
de mi pobre guitarrico.
En las bodas pastoriles
de Galatea y Mirtilo,
lanza sus epitalllmios
y ríe de regocijo.;
Y en los entierros solemnes
de los viejos y los nifl.os,
tras el trueno del petardo
él desgrana su llorído.
Y llega la Noche Buena
con sus brumas y sus fríos,
Y entonces lanza á los aires
sus alegres villancicos.
¡Oh vihu~lita serrana,
q:u,e u.evo siempre conmigo;
h1stér1ca cuyos nervios
pongo en tensión al herirlos!
Pues eres la musa joven
que inspira los cantos míos
arrúllenme tus r asg ueos, '
aduérmanme tus sonidos!
Y que A tu rítmico acorde,
como á un conjuro divino
surjan, abiertas las alas
la¡; canciones de este lib;o!
Agosto, 8 de 1899,

127

Musa blanca del r ostro sedefio
De ojos tristes y dulce mirar1 '
Ven conmigo al país del ensuefl.o
Donde flo ta el ardiente bele:ilo '
Que tristeza inspiró A Chateaubriand.
Ven conmigo, nostálgica hermosa
A ese triste y brumoso país,
Donde esparse su luz misteriosa
La neurótica y púdica diosa
Del ensuefl.o dorado y sutil.

Vivir quiero y morir, así, de prisa,
De un vértigo de amor en el acceso
Viendo como se va en una sonrisa '
Mi alma que hiciste t uya con un beso.
Luego una cruz, dos nombres olvidados
La yedra allí tendiendo su guirnarlda
'
Y abajo nuestros cuerpos abrazados .. '.,
¡Igual que Quasimodo y Esmeralda!
. Confiado vine á tí; me entrego inerme.
Si en tu seno de diáfana blancura
La bestia h umana cautelosa duerme,
No tengas compasión de mi ventura.

En las ondas del lago sonoro,
De azulada y fugaz ilusión,
E n ~n canto que vengas te imploro
A m1 nave de armii1o y de oro
A mi nave de luz y de amor.

Hiéreme Nelly! De mi vida triste
No te importunaré con los lamentos·
Que bien valen las dichas que me diste
Toda una eternidad de sufrimientos.

En el vago horizonte se alcanza
Una estrella tan solo A mirar;
Y mi barca á las ondas se lanza
Tras la estrella de luz y esperanza
'
Mariposa de brillo fugaz.

T arde, muy tarde t e ~ncontré á. mi paso,
Mas no el te1;Dor á la veJez me oprime;
Porque lo mires tu, será mi Ocaso
Como el del sol, espléndido y sublime!
Mérida, 1894.
J AVIER SANT.A MARÍA,

Mientras canto mis tiernas baladas
Coje el remo de blanco marfil·
Boga, boga al pi.is de las had~s
Y sorprende á las dulces amadas
Del poeta oriental haqueín.
Quiero ver los palacios dorados
De ese loco neurótico dios
Que á los genios por él iospirados
Les ensefl.a los cantos sagrados
Y secretos place,·cs de amor.
Q1liero ver sonreír á los tristes
A l?s tristes en :qtedio al placer; '
Quiero ver si de luto me vistes
Y el halago del genio resistes
¡Corazón, corazón de mujer!
Musa blanca del rostro sede:ilo
De ojos tristes y talle g entil,
'
Boga, boga al país del ensuefto
Donde esperan con rostro risue:ilo
Las hermosas que amó Lamartine.
F E RNANDO M ARTIN E SPINOS.A.

PASTEL
Asomada á tu balcón
florecido de macetas
turbas, nifia, el cora;ón
de pintores y poetas.
Y tus labios de coral
y tus bellos ojos pardo~,
cantan dulce madrigal
en el pecho de los bardos.
Ec;, de tu mirada al rayo,
ese balcón un pensil:
crecen lus lirios de mayo
junto á las rosas de abril·
Y cuando acudes á él '
con tu blanco peinador,
¡::ara regar tu verjel
ó para ver á tn amor;
A pesar de tanta rosa
Y tanto lirio en botón
es entonces, nifl.a herr:iosa,
cuando florece el balcón.
RUFINO B LANCO FOMBONA.

�Domingo 20 de Agosto de 189G,
EL MUNDO.

128

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo, 1899, Año 6, Tomo 2, No 8, Agosto 20</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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