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                  <text>Domingo 3 de Septiembre de 1899.

EL MUNDO.

168

-Siete clavos, como.garfios, se bao hundido en mis entra!'ías,
Oh Injusticia, cómo triunfas! Oh Tiniebla, cómo creces! . ..

La Fosa:
_ Yo soy la tela insi~ible que tejen negras ara!'ías ... .
y con lágrimas y sangre se alimentan los cipreses! ... .
Primel' sepulturero:
-Uno! Dos! Tres!. . . Un esfuerzo! Empujad bacia la fosa!
E l muerto: (Sin desplegar los labios amoratados, ycon
sonrisa resignada)
-Oh! Martirio! También tienes tus profundas embriagueces!
Tel'cer sepulturero:
•
-Se alza la Luna siniestra con una mueca espantosa!
El muerto: (con voz opaca)
-Oh! Injusticia, cómo triunfas! Oh Tiniebla, cómo creces!
Primer sepulturero:
-Cae una lluvia de sangre de una nube pavorosa! ....

El Arrecife mudo, bajo la bruma helada,
Es una Esfiinge ciega que el horizonte mira ..... .
El mar gime y solloza cual una inmensa lira,
Y cae la noche fúnebre como ala ensangrentada
De un negro cisne trágico, que en el silencio expira.
El mar gime y solloza cual una inmensa lira
Y Cllnta el Viento astuto su pérfida balada.
El Arrecife mudo se iergue en el Misterio.
Pasa una Sombra, y dice:
-«Ohl mi siniestra huella
Donde la ortiga brota! Oh mi fatal imperio
Donde brilla una sola y agonizante estrella!:1&gt;
Pasa otra Sombra y dice:
-«Yo vivo en lo más hondo
De la Desesperanza y del Remordimiento:
No hay abismo más negro que mi abismo sin fondo;
NQ hay filo lascinante como mi Pensamiento?&gt;
Pasa otra Sombra y dice:
-«Yo soy como el gusano
Que se arrastra en las tumbas y en el horror camina:
Espanto, eres mi guía! Dolor, eres mi hermano!
Cómo acaricias, látigo! Qué blanda eres, espina!&gt;
Pasa otra Sombra, y dice:
-«Yo soy cual una inmensa,
Cual una taciturna floresta desbojada;
Mis hojas van rodando por la planicie extensa
Al soplo de los Vientos febriles de la Nada!&gt;
Todas las Sombras cantan:
-«La muerte nos conduce
Por sobre adelfas mustias y amargos asfodelos:
EJ Miedo es nuestra lámpara funesta que reluce
Debajo de la enorme tristeza de los cielos!&gt; ..... .
Cuatro sepultureros fornidos, en sus homoros
Conducen un gran féretro con una marcha extrafia;
Cuatro sepultureros conducen entre escombros
Un atahud más grande que un trozo de montafia.
Llegan al borde obscuro de una profunda fosa
Y clavan siete clavos sobre la tapa negra;
Retumban siete golpes en la extensión brumosa
Y el gran martillo lívido parece que se alegra.
Luego, los cuatro empujan la cija lentamente,
Pero la caja, inmóvil, clavada sobre el suelo
Parece el negro monstruo.de suefio febriciente,
Una Quimera horrible, que ba replegado el Vuelo . ..
Sobre el cielo sombrío, donde no luce un astro,
Detrás de nubes grises, como alas de vampiros,
La Luna, inmensa y roja, deja un sangriento rastro
y como una intangible diadema de Suspiros ..... .
Se inclinan los adustos cipreses macilentos
Cambiándose un saludo con aire sigiloso,
O cabecean tristes, con vagos movimientos,
Como siguiendo el ritmo de un baile silencioso.
Y las nubes parecen empapadas en llanto,
En el llanto diabólico de invisibles Satanes:
Y el silencio se rompe, á veces, con el canto
De infinitos Dolores y estériles afanes.

La Fosa:
-Y con Ugrimas y sangre se alimentan los cipreses!
(Se hunde la Luna roja en el mar, y todo
queda en silencio.)
Como pulpo en acecho, proyecta el Arrecife
Entre la bruma pálida su amenazante orilla,y van las Siete Sombras, en un extraffo esquife,
Sobre la Noche fosc.t cual una pesadilla .. . .
Y van las Siete Sombras .... Y el Mar gime un lamento,
.El Mar gime y solloza, cual una inmensa lira,Y, como negro cisne quP. en la ribera expira,
Sus elt:gías hondas canta al Azur el Viento!

por la lluvia, se ven puntos
de tan di versos matices,
-vivos, opacos, obscurosque en la rica policromía
de ton'JS suaves y crudob,
la pared arlequinesca
que, á trechos, ornan los musgos,
parece heno manchado
traviesamente con grumos
de color. U na parásita
en los ladrillos desnudos,
hinca su ramaje como
los tentáculos de un pulpo,
y entre la marafia verde
un juguetón rayo súbito
en cada gota de lluvia
prende un rubí diminuto.
Y en la fantasmagoría
de la luz, que hc1,ce del muro
mo:.aicos de pedrería
y deslumbrantes y estucos,
h,s dos muchachos semejan
en medio de tanto lujo,
dos príncipes del oriente
en espera de sus súbditos.
1Qué tocado de diamantes
en el ceniciento rubio
del ca.-.ello de la nifla!
qué reluciente y qué fúlgido
el toisón que ostenta el pecho
del rapaz! ... y qué conjunto
de áureas telas y tisués
sobre los harapos sucios!

Ai'io VI-Tomo ll

México, Domingo

10

de ~.-ptiembre de 1899.

Andrajosa reinecita
que vistió la. luz y cuyo
corpiño de re:lplandores,
cubre el talle y cifle el busto!
Duquecito del arroyo,
Buckingbam que el cielo tuvo
á bien ataviar con sedas
y brocados del crepúsculo!
Tú 6 qué cuentas? Tú ¿qué oyes?'
Tú la grave, tú el adusto? ...
Yo me acerco poco á poco
y sonrío y lus escucho.

LEOPOLDO DIAZ.

Ginebra.-1899.

Primer sepulturero:
-CuánM pesas! Cómo abrumas! Cuánto pesas, negra caja!
Segundo sepulturero:
- Se diria que es un mundo de tristezas y dolores.
'l.'ercer sepulturero:
-O que el mue1to es un gigante, y es de ptomo la mortaja . ..
Ouarto sepultt¿rero:
-O el cadáver de tres siglos de venganzas y terrores ....
El muerte: (mentalmente, y dejando correr de sus ojos
hinchados gruesas lágrimas)

Bien, muchacho! Fuiste al bosque
corriste mucho, mucho,
y flores y mariposas
la traes .... ¡Lindo tributo!
Tn gorra de saltimbancohecha una criba--es refugio
de caléndulas doradas
y de rosae, donde ocultos,
se agitan entre los pétalos
los cuerpecitos convulso¡¡
de las pobres mariposas
heridas. Hundes los puños,
y narrando tus proezas
sacas con pueril orgullo
tu presente de perfumes
y de alas ...... y el tributo
va cayendo, va cayendo,
del aire sereno y puro
á la falda de la niña
que oye con asombro mudo
la historia de la aventura,
mientras fijos en un punto
miran cosas invisibles
sus ojus meditabundos.
y

VERSOS INOCENTES.
PUESTA D.E SOL.

Por la calle solitaria
cuyo t érmino confuso
vagamente se deslíe
en el oro del crepúsculo,
silencioso y pensativo
como siempre, voy sin rumbo
enhebrando fantasías
en el aire azul y puro.
Tranquila está la barriada,
los talleres están mudos,
no se ven las chimeneas
empenachadas de humo,
y á lo lejos, de las fábricas,
salen alegres, los últimos
obreros, que se atropellan
en caprichoso tumulto,
y cuyas blusas azules
borda el sol de hilos purpúreos.
Yo callado y pensativo
como siempre, voy sin rumbo ..... .
Mas.de pronto me detengo,
mis quimeras interrumpo,
y las vanas fantasías
del pensamiento sacudo
par¡¡, ver curiosamente
á dos chicuelos-un grupo
adorable-que cabría
en una canción de I-Iugo.
El la. llama y ella acude,
se hablan bajo, y así, juntos,
siéntanse en los escalones
del portón, al pie del muro,
y en una seriedad cómica,
ella grave, y él adusto,
principia la conferencia
más inefable del mundo.
¡Ohl viejo pintor de niiios
que andas en busca de asuntos,
mira: la luz pone toques
divinos á este conjunto!
En el fondo de sillares
con lepra, rojos y húmedos,
frescos y recién la vados,

Cuando mi presencia notan
ella inquieta y él ceñudo,
parecen decirme: Vamos,
no nos turbes; vete, intruso.
Y yo me alejo sin pena
pJrque dejar soio es justo
á Buckingham de siete años
con Ana de A ustrla de un lustro.
Y pienso: yo también tuve
aventuras, y dí muchos
relalos de alas y flores,
y fuí amado y tuve orgullo.
Dí esperanzas, ilusiones,
fe, ternuras, con el único
placer de posar los l;lbios
en unos cabellos rubios.
Un coloquio de chiquillos
fué mi amor ....
Y taciturno,
solitario y pensativo
como siempre, voy sin rumbo
por la calle silenciosa
cuyo término confuso
vagamente se deslíe
en el oro del crepúsculo.
Luu; ~-

UnBINA.

Composición artística y cliché fotográfico de Don Octaviano de la Mora.

Número n:

�EL MUNDO.

l'l6

Director: LIC. RAFAEL BEYES SPINDOLA.

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LA SEMANA
He visto en los periódicos de estos días una noticia que quizá baya pasado inadvertida para muchas
pobres gentes que no busmean, como otras las huellas del escándalo. La tal noticia está semivelada,
castamente encubierta, y aunque no por vulgar, deja
de ser triste, pasa entre las demás, sin despertar la
curiosidad ni dar pábulo á la murmuración. Es un
cuento vulgar en el que los personajes se llaman él_ y
ella.~ Et, es el seductor; ella, la víctima. Un pobre JOven enamorad,,, que llfga más tarde, al conocer el secreto, retira su palabra de casamlento y hace pública
la deshonra de su prometida.
Los periódicos no dicen los nombres; 1Jero los nom•
bres importan poco. El problema es eterno: una muj.er caída en el infame lazo de un amor mentido, manchada en la blancura dé su cast:dad ;.puede elevarse
luego basta el- matrimonio? ¿puede, sin mepgua, caminar por la vida de la mano de un hombre hon-

rado?

¡Ab, sf! Cuando la mujer, después de la falta , rug-e
-como leona ante los fragmentos de su honra mancillada, cuando vfctfma de un perjurio amoroso llora
basta borrar la huella de la caricia lasciva, y después,
cuando sufriendo mucho, y ocultando mucho su vergüenza, siente que entra, por fin, en la convulsa sombra de su espíritu el hálito perfumado de un amor
nuevo que le dice: Yo beso los ojos que se humedecen con lágrimas, y las frentes que gúardan los pensamientos puros: yo vierto bálsamo de consuelo sobre
las alas heridas ;iara que sanen y tornen á 'l'olar: yo
despierto esperanzas en las almas cansadas y pongo,
en silencio, sonrisas castas en los semblantes tristes:
yo perdono, yo 01 vid o .... entonces, elevada, dignificada, asciende del fango de 13: culpa la muj~r caída,
y pU&lt; de abrir los brazos al esposo, la conciencia al
deber y las puertas del bogar honrado.
¿No es ·verdad, pensativo Dumas, que opinas lo
mismo, tú el glorificador y el defensor de la perpetuamente débil, de la.eternamente herida? ¿No es
verdad, buen Micbelet, gran compasivo, viejecito de
nieve cuya casta sonrísa de .abuelo feliz nó ha plegado nunca labios más paros, ni servido de expresión á
alma más noble y santa?

da tentativa para humanizar la guerra es un avancebacia la paz, es poner de resalto la inhumanidad fundamental de la guerra y eso es lo que sin sensibler~
ni declamaciones hao hecho los delegaaos en la capital de Holanda. Ya sé todo lo que aquí puede salir.
me al encuentro, desde las flamantes teorías del profesor Gurnplovicz atribuyendo toda la evolución nu.
mana, y dentro de ella á su accidente (con perdón decierta escuela) el progreso, á la ~uerra, hasta las paradógica!i afirmaciones de Brunet1ere que recomendan.
de&gt; á la juventud francesa en una reciente conferencia, elocuente, espiritual y laboriosa, como todo 10 ·
i,;uy J, Ja vuelta al catolicismo y á la devoción al ejér.
cito. sostiene que la. guerra, y su condición necesaria
el ejército, es causa prlncipalísima de la prosperidad
actual. El publicista francés no ha hecho más que am.
pliticar las famosas frases dei feld-mariscal Von .Molt ke &lt; La. guerra es parte del orden di vino: en ella se
desenvuelven el valor, el desprendimiento, el sacrift.
c:o al precio mismo de la vida. Sin la guerra el mun.
do se abism:i.ría en el materialismo.&gt; ¡.l&lt;'ormidablesofismat Resultaría el triunfo de la fuerza (puestoqueel arte de la guerra consiste en aglomerar sobre el
punto menos ruert~ el m~s. fuer~e peso) •idéntico a}
del espíritu. No, s1 el espmtuahsmo nace de la guerra es por reacción. Y qué? nu bay un millón de obje-.
tos v dé fines, fuera de la guerra, en esta tierra de
dolor, de miseria y de resistencia, en donde el sar.rift-'
cio y el desinterés pueden emplearse á costa de la vida? ¿Quien es más admirable, el conductor del .Me.
rrimac iendo al naufragio y á las balas en el canal de
Sintiago de Cuba, por deber, ó el padre Damian ten.
do á la Isla de la Lepra por amor? ¿Quién levanta
más el corazón hacia lo ideal, ese triunfo ó esta
muerte; ese héroe ó este martir? El teniente amerl•
cano recibió los besos de diez mil muchachas (y ¡ay!
algunas viejas) anglo sajonas; si el alma de la humanidad pudiera concentrarse en un beso sería S')brelos.
labios agonizantes del pobre sacerdote católico incen.
diado por la lepia é iluminado por la fé.
Por supuesto, no soy tan poco profesor de historia.
que niegue la nobleza suprema de la guerra, en cier** *
En los anaqueles de las librerías se ve un diminuto tos momentos, ni sus inmensos servicios para realirecién llegado; es un humilde tomito de versos, en zar la selección, la civilización; no. Pero sé que, res•.
cuya portada puede leerse este titulo cal!rlchoso: G¡i.- to y denuncia del origen animal de la borda bumaua,
lería genérica de Miguel Ulloa. ¡Ah! Miguel Ulloa, pasó de ser una necesidad, á ser un estado permanen.
un bohemio incorregible! Sí; sólo que en él la bohe- te y luego un estado intermitente y después un temor general. Sé que todo avance humano ha sido una.
mia y la poesía son dos hermanas inseparables.
Parece increíble que en esa vida loca, se haya con- lucha; pero sé que desde la lucha por comerse 1Q8.
servado tan sutil y tan exquisito el ensueño. La va- unos á los otros basta la lucha por conser var la par.
sija ha ido de mano en mano; á veces en alto como interior en las naciones, la guerra si no se ha transforllevada por alas invisibles, á veces por el suelo, dan- mado en paz normal, sí se ha transformado en par.
do tumbos por ~scarpaduras y matorraleR; pero el v_i- armada y la paz armada es por razones económicas
no generoso que contiene n·o ha perdido su fragancia el preámbulo de la paz entre pueblos civilizados.. ...
¡Oh! si, pasará much') tiempo antes de que los tiburoni su fuerza.
El nuevo libro de Ulloa es una colección de cien nes pierdan la tentación de comPrse á la~ mojarras,
décimas- En estos mil versos hay algunas preciosi- pero e,;e tiempo pasará ... Y la conferencia de Le.
dades; algunas rimas flojas; algunos descuidos ..... . Haya habrá marcado una etapa en esa marcba vaciy un gran aliento de poesía, cargado de aromas, co- lante hacia el estandarte blanco; el trabajo dela civilización humana, para expeler de si la guerra,.
mo un sm,piro de cármenes lejanos.
comenzó á ser consciente el día mibmo en que un caLUIS G. URBINA.
rro de ambulancia atravesó un campo de batalla llevando entre un torbellino de combatientes, de gri•
tos, de sollozos y de estampidos la sagrada banderita
de la cruz roja ..... .
Es curioso seguir en la prensa europea los diferen•
tes aspectos del efecto causado por la publicación deRevistas Políticas y Literarias, las resoluciones de la Conferencia. Los alemanes,
uno de los delegados entre ellos, protesta en tono
uraño y hostil contra ciertas medidas referentes lila
l. LA CONFERENCIA DE LA PAZ, CONFERENCIA- DE
beligerancia reconocida en los cuerpos irregulares,
L._ GUERRAj L0S IRREGULARES; LA CORTE DE Ai-permítaseme expresarme así, y otras relativas á la
BITRAMENTO.
mediación y arbitramento. ¿Quiere esto decir que
~- ,:Los boers TIENEN RAZON? LA OPINION y LA Alemania no firmará? Los ingleses, á quienes moles•
GUERRA SUD-AFRICANA.
ta todo lo que no hacen ellos, y hoy los amer!canos,
3. Los CIRIOS y EL INCIENSO. .
emiten la sospe~ha de que la Conferencia se reunl64. LA CRlSIS MINISTERIAL EN PRUSIA.
para perjudicarlos. ..:Querrá decir esto que tampoe&amp;
5. EL KAISSER Y EL ASUNTO DREYJms.
los ingleses firmaráni No importa, nosotros(ysomos,
¿Han tenido mis lectores, los cuatro lectores de si no recuerdo mal, los únicos latino americanos quemarras, la paciencia de leer las numerosas conclusio- estamos en ese caso), '.:losotros lo hemos firmado todones, publicadas ya, de la conferencia de La Hayal con los E4ado:; U a idos, Francia, España, Rusia,
A fe que son muy interesantes; corre uno el riesgo etc. Y repito, que bemos hecbo muy bien; á primera.
de dormirse (y yo que soy :..en insomne quisiera co- vista pudo parecer que nuestra adhesión iba á serrrer ese riesgo con r:-ecuencia) dos ó tres veces du- puramente platónica en sus transcendencias, Y que.
rante la lectura; mas entre sueño y sueño, bien vale sólo respondía á la idea constante que el Presidentela pena de saber lo que bao trabajado esos gordos di- ha tenido, de que no haya un solo grande ac~o lnter•
plomáticos en pro de la paz. E~to de gordo:i, lo di~o nacional de carácter artístico, científico, soe1al ó popara mi. propia satisfacción, no es una afirmación sin lítico en que México no figure; idea excelente cuy,.
base; la tiene muy sólida, naturalmente: ved los re- importancia moral se palpa; la República, coa la pletratos; casi todos los delegados son del tipo de los na conciencia de su obra, toma asiento entre los puenuestros, gordo reconocido el uno y el señor Zeail, en blos civilizados; muy bien pensado, muy bien becbO.
vía de engordar. Y á propósito de nuestros delegaPero en este caso otro, y más práctico y más gra,e,
dos, preciso es con venir en que el gobierno mejicano ea nuestro interés; nosotros no vemos ni entrever::
obró con muy buen consejo haciéndose represeptar en una guerra en nuestro horizonte; con nuestros ' •
ese concilio, que se empeñó en no ser un congreso de nos y primos estamos cada vez más íntimamente ll•
utopistas, uno de tantos congreso~ de la paz de esos gados en el orden económico y social por consecuenque celebran un puñado de poetas, filósofos y ¡,ocia. cia, y no ouede presumirst siquiera en qué n.ir.mr.
:istas cada cierto tiempo y en donde suelen decirse podría venir un conflicto, fuera de un súbito é lnel'
verdades de á folio; pe:-o sin resultado inmediato. perado y quizás imposible estado anárquico en noel'
Estos congresos los preside en espíritu León Tolstoi:; tro país ó en el país vecino. Sea lo que fuere, n«-el de La Haya lo presidió el autócrata de las Rusias otros no queremos ni debemos atacar á nadlt; ~~
en espíritu también; pero ese espíritu se ha vuelto podemos y debemos y queremos que se sepa Y se .iun tratado ...... ¿de paz? Pues si, de paz.
pe que estaremos siempre apercibidos para la deYo no niego que también puede llamarse: confe. fensa,
. . h
rencia de la guerra, pero he aquí en qué sentido: toPues ble.11, si algo eminentemente positivo ba e-

alabar á los nuestros; pero al salir á la calle.: .. •:
¡qui!\! si alguien 00:1 babia de.ellos en to?o admiratl•
vo, sonreímos, damos las graCJas y una rnm~nsa alegría nos invade porque cada palabra de elogw es como un beso que le dan á uuestro cariñe;.
y el público de México considera ya á la Cbalía como de casa ... ·. La aplaude á rabiar; p~ro _es como si
Jc1, acariciara. No niego -1 ue baya ad m1 ración, pero sí
estaría por asegurar que hay también ternura en
esos aplausos.
.
La Chalia no ba triunfado tanto por la voz; sus indiscutibles méritos de cantante no han bastado por
sí mismos á conquistarnos.
Hay en esta mujer de g~a? cor~zón una_ co'H superior: su intni;ión, su clanv1denc1a para interpretar
las creaciones artísticas de un modo nuevo y conmo,·edor. Entra en los tipos y los vive; les marca su pr:sonaliqad, los ajusta á su temperamento y se comh1na, por decirlo así, mara,v iliosamente con ellos. Su
N edda y su Swntuzza-las dosheroinas que nos bao causado verdadero entusiasmo en la semana-no _está~
aprendidas-á leguas se les ve-en conservatorios m
academias. Son originales.
.
y mientras esto estoy escribiendo, me digo: .
La Ch~lia no ha necesitado de la belleza para imponerse. El famoso mármol d~ Canova no la simboll·za; no es la hermosura domrnand•&gt; á la F.uerza. La
fiera indómita, cuyos ojos relampaguean de róí'e-!:1!,,
levanta la airada garra y dispone los recics ~ú~culos
para saltar sobre la presa; pei:o no _puede resistir á la
primera caricia de la Venusv1ctonosaydesnuda ~ue
en ella cabalaa. Tiende bumiUemente el lomo Jaspeado é incli~a el cuello melenudo; se siente satisfecba de llevar la blanca y pura carga de una belleza
triunfante.
y sin embargo, mejor y más ~ronto que la_ Hermosura dominas á la Fuerza; una alma ap~s1oaada Y
fuerte vibrando en el fondo de unas pupilas luminosas ....

*

**

· Ha sido esta semana para los dilettanti á manera de
inesperada fontaea, de alma y brillante linfa, abierta de improviso, á pleno sol, en la arena tostada del
desierto. Iban los caminantes fatiga~os y sedientos,
y el milagrc bajó en un ravodeluzque hirió como un
venablo de oro la ·tierra, para. que de la herida brotase aquella songre transparente. ·
Los melómanos están de plácemes. Rl aire se ba
llenado de sonidos. Una estimulante ráfaga de entusiasmo ha sacudido el alma de nuestros músicos jóvenes, de tal suerte que no parece sino que, los inquiews sólo esperaban, para ponerse á cantar, lo que
los páj~ros al amanecer: un perfil de luz inviolada en
la remota serranía. Para marcharse, rumbo al Arte,
han encontrado, no la vía imperial, abiertQ entre arcos y columnatas, por donde va la opulenta _procesión de los escogidos, sino la senda estrecha, fangosa
y t,riste, por donde caminan más plebellos y pecheros que hijosdalgmj y capitanes.
Mas para ir á la gloria no existe hoy en México,
¡oh los jóvenes maestres! más que esta senda, y, bah,
bala, alla van los peregrinos que creen en las hadas
buenas y se enr,omiendan de todo corazón á Nuestra
Sefiora la Suerte.
Ya que la ópera no les abre sus cien puertas de
oro, que entren por la húmeda. poterna de la zarzuela, que de todas maneras han de aduefiarse y de
purificar poco á poco nuestro gusto en las aguas
lustrales de su ingenio.
Los compositores mexicanos pasan en estos momentos por un benéfico período de producción, . que
se 10e antoja algo así como el alba de un día feliz.
La pren.;a ha dado cuenta de algunas audiciones
de obras nuevas, y las empre.sas teatrales no cesan
de anunciar estrenos de zarzuelas mexicanas.
Y be aquí como sucedió i'o que en el cuento de Perrault; que la calumniaqa, la despreciada, la que
siempre estaba junto al fuego, manejando marmitas,
la pobre Cendrillon, es la escogida por el princi pe enamorado.
La moraleja del zapatito de cristal suele tener sus
aplicaciones oportunas en la vida ordinaria.

La Challa es nuestra ya; nos pertenece. La hemos
mimado mucho. Eso tenemos los mexicanos cuando
nos encarllíamos con una artista como la Chalía; que
después de admirarla la queremos, y que Juego el
cariño crece b1sta el punto de confundir y dejar corrida á la arlmiración.
Porque vamos á ver; ¿á los de casa se les admira?
Bien está que en lo íntimo nos bagamos 1enguas para

EL EXTERIOR

Domingo 10 de Septiembre de 1899.

Oomlnl!"o 10 de Septiembre de 18111&gt;.

ebo la Conferencia, es reglame11tar la guerra, lo que
equivale á reducirla, á limitarla, á hacer, en suma,
obra de paz; no sólo revivió todo lo que hace más de
veinte años se acordó en Bruselas, y le dió fuerza obligatoria para los signatarios, sino que se ocupó en dar
~utías á los g-rupos irregulares de defensa efecti,a (leemos gue:rriUas) que basta boy ban sido implacablemente tratados por las tropas regulares; para
ellos uo había leyes de la guerra, contra ellos reterna
IJ1ldl)ritas esw, decía el derecho internacional. De boy

en adelante no será así; los pueblos no preparados
especialmente para la guerra, podrán hacerla por
medio de todos rns hombres válidos, estén ó no
comprendidos en las fuerzas regulares. Para · ello
sólo tendrán que someterse á cuatro cond:ciones que
me parecen absolutamente equitativas: tener un jefe• un distintivo; armas visibles y respetar las leyes
d;la guerra. Es verdad que, y esta limitación explir.a el retraimiento de algunos países pequeños como
Suiza, estas t ropas irregulares sóto pueden aspirar
al tratamiento de re&lt;JUlares cuando se organicen en
paf&amp; todo.vía no ocupado por el enemigo; por consecuencia, la sublevación contra la ocupación extranjera
queda fuera de convenio. Mucho se ha ganado, sin
embargo, y, entre otras cosas, la idea que debe irse
aclimatando entre nosotros, de que el servicio obligatorio, que tiende á preparar á los pueblos á convertirse en ejércitos regulares en caso de invasión, es
· ta suprema necesidad en el período que va á abrirse
para el mundo, y que esperamos que !.erá el que
preceda inmediatamente á la era de paz, que todos
deseamos y con la que soilamos todos.

* **
Todo el capítulo de la mediacién y arbitramento
es Interesantísimo hasta en sus últimos pormenores;
como tenemos la seguridad, lo repito, de que no bemos de provocará nadie, tenemos la certe;.ade poner
11lempre la razón de nuestro lado y la decisión de un
árbitro y la mediación benévola de una nación amiga
nos dan derecho á esperar que ya no encontraremos
un estorbo por el estilo de la intervención francesa en
nuestro progreso económico. Verdad es que nadie está obligado á recurrir á la Corte arbitral; pero los
Blgoatarios de las resoluciones, como, por ejemplo,
nosotros y los Estados Unidos, estamos moralmente
obligados. Y tendremos nuestro representante en
la Corte permanente y hemos de influir en nuest,r,is hermanos sud-americanos, para que pongan
su firma al ladv de la nuestra y debemos de haber dejado entender á nuestros cofrades los conferencistas de La Haya por la boca ó por la pluma de
nuestros comisionados la importancia que damos á la
resolución y nuestra decisión de trabajar sin desfallecer porlareuuión de la «Conferencia del arbitramento obllgirorio.&gt; Nuestros primos norte-americanos
~enen idéntico propósito. AU right.

Claro, mientras llega esta nueva edad de Astrea,
los tiburones tendrán una tendencia irreprimible á
4 comerse á las majorras. Detrás de la figura tribunicia del ministro Chamberl'lin tenemos la pícara
manía de ver como si fuese su sombra proyectada
sobre ua¡¡ mampara blanca, la silueta (con perdón
de la A".3demia) del Napoleón del Cabo, del insigne
Mr. Cec1J Rhodes, el mii,mísimo personaje que nos .
sentenció al papel de mojarras hace u nos cuantos
meses. ¿ Lo recordáis, lectores?
En ~~o este ir y venir de proposiciones y contra&amp;ropos1e1ones entre Inglaterra y el heroico estadillo
íblico del Transvaal, lo que ha puesto las cosas de
de guerra, lo que ba hecho áspera y punzante
discusión es el tono de los discursos Je! leader unionista._ El_mini~tro es de un temperamento muy cálido ba¡o su arrogante flema de inglés rico. Y dice Jo
~ue se le ocurre, aunque su jefe Milord Salysburi se
o medio tome á mal. Y los rumores de guerra hacen temblar todos los cables eléctricos del Globo y
Dboá.1111be uno á qué atenerse ¿quién tiene razón? ¿Har por fin guerra?
ti ¿Quién tiene razón? El débil, señores, el débil
ene razón. Yo no creo que la república burgher
haya hecho todo Jo que bubiera podido para conjuel mal. El monopolio de artículos indispensaes para la minería [dinamita p. e. ] que se ha re:~~o el Transvaal para tener siempre la canasta
los mineros de Johanesburg; el veto que
1es Impedía la entrada aun al ejercicio de los cargos
:fnlcipales en una región en donde esos mismos
rua~eros! los uitlanders como les llaman los boers, !orlos a m~ensa mayoría de la población, lo duro de
·nImpuestos, lo parcial de la justicia revelan el emo de los pastores transvaalenses de bacer la vida
:pislble á los susodichos extranjeros. Mala polítiaupeuando un ~ueblo se bc1olla en contacto coa otro
deber1or en n~mero, en riqueza y en actividad no
endós querer . 1mpe~ir por medios artificiales la
con¡ DlOSls, smo deJarse penetrar y asimilarse las
las• enrh extral!as, apropiárselas y transformarch~
emos hecho nosotros, y eso que hemos belograg 1~ han querido los boers; han querido, ;:iero no
0 acer otra cosa. Resultado, que ha acampa-

tuuto

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r

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EL MUNDO
do dentro de la Repúbica un grupo enemigo, pero
que no se irá del suelo que explota y Jo enriquece,
basta que lo baya agotado completamente, lo que
tiene que suceder tarde ó temprano: mejor dicho,
lo que antes de medio siglo habrá sucedido.
Pero poniendo á un lado esta pésima política, convengamos en que la enormidad de las concesiones
que el gobierno inglés pide casi en tono de amo explican bien la irritación de estos hijos de !os holandeses del_ Cabo que bu.} eron al Orange y al Transvaal precisamente para no estar en contacto con los
dete¡,tados angJo.c;ajones. El monopolio de la dinamita queda derogado: las franquicias otorgadas ¿Qué
fraoquicias1 las electorales: que todo uitlander que
baya cumplido, ó cada vez que cumpla cinco años de
permanencia en el Transvaal tenga 10s derechos electorales del ciudadano en el orden municipal y general, _aun cuando no se haya naturalizado, propone el
gobierno de la emperatriz-reina. No, contesta Krüger, si se naturaliza, enhorabuena; pero si no, serán
~ecesarios siete años.-No admitimos, replican los
mgles'3Sj pero que resuelva una comib-ión mixta que se
reuna en el Cabo. -Una comisión ;.nixtaslgnifica, reponen los boers, que concedemos derecho á Inglaterra para intervenir en nuestros asuntos Interiores; y
eso nunca. Pero someteremos la cuestión á arbitraje.
-N•,, exclama el Sr. Cbamberlaia, eso nunca; porque equilvaldría á que confesara Inglaterra que no
tiene un derecho eminente de soberanía sobre el
Transvaal: y lo tiene. -No Jo tiene, dice el parlamento de Pretoria, según e: último tratado; pero admitimos la comisión mixta, con la condición de que
se reconozca la independencia absoluta del Transvaal.
Y afü\dinse á este diálogo las precauciones militares
de los boers para impedir á los uitlanders que ayuden
á Inglaterra en caso de lucLa, y la llegada de los regimientos ingleses al Cabo, y el ir y venir de comunicaciones ent,re los bravos holandeses y el gobiernito de Orange y el jefe del ministerio en el Cabo, que
simpatiza abiertamente con los boers y. os formaréis
idea del embrollo ~ud-africano.
Si la guerra estalla será dura; el viejoJoubert (un
descendiente de hugonotes) comandante militar de
los boers ,.,0noce y practica á maravilla el aforismo de
Mauricio de Sajonia «todo el secreto de la guerra está en las piernas.&gt; Y s11.be moverá sus soldados pa&lt;itores, que son por el estilo de los cow boys de Tejas,
con una rapidez y oportunidad singulares. Los ingleses saben eso; hace 18 años lo experimentaron, y magullados y ensangrentados tuvieron que desisti r de
su empresa de cast igará aquella brava republiquilla,
que tiene como córligo fundamental la Biblia. El caso es que ostensiblemente se hacen de ambos lados
preparativos para el futuro conflicto y que en vista
de la nueva actitud del parlamento de Pretoria que
ha retirado las concesiones becbas, si los telegramas
no mienten, el gobierno inglés ha enviado ya su ulttmatum.
No será, bien acogido por la opinióu en Europa; las
iglesias de Holanda escuchan á cada instante las
prédicas ardientes de los pastores, sosteniendo la
causa de aquellos hijos lejanos, pero no olvidados de
la vi~ja madre patria; la reina Wilbelmina. ha interpuesto toda la simpatía que le profesa la gran abuela
Victoria en favor de los h olandeses de Africa, y el
más ~ulto y mejor filósofo entre los bombres de estado ingleses, John Morley, haciéndose eco de la
mayoría del partido liberal, ha calificado de antemano esta guerra como un acto de piratería. Pero, por
desgracia, el sentimiento imperialist a de que es porta-estandarte Mr. Cilamberlain prevalece ....

***
Mientras unos liberales, (hablo de los antiguos sol·
dadoE de Gladstone,) se ocupan en estos asuntos internacionales, otros, ce,mo Harcourt, emplean su actividad contra los cirios y el rncienso. Sabido es que
la Iglesia anglicana fué, a.l nacer, una simple iglesia
católica nacional y que la revolución consistió en
substituir al Papa con el rey y el Parlamento, á lo
que ya estaba la susodicha iglesia preparada. Ritos
y ceremonias, obispos y cabildos, todo se conservó;
pero el Rey y el Parlamento comenzaron á modificar
pronto todo esto y la opinión puritana que llegó
hasta la supresión de la vieja máquina oficial, dejó
en ella su huella de rigorismo y de odio al ceremonial católico. Mas todo ello tiende de nuevo á modificarse y una gran parte de la comunidad anglicana
ha maaift.stado en este siglo su inclinación á resucitar los hábitos primitivos de esplendor litúrgico. Los
católicos, cada vez más numerosos en Inglaterra, ven
el caso con muy amables ojos; el Papa.debedesonreir
benévolo y las procesiones se suceden entre el bumo
del incienso y el resplandor de los cirios en los templos anglicanos. Abominación, exclama lord .ETarcourl; el Parlamento se conmueve y los arzobispos de
Canterbury y de York, después de serias reflexiones,
deciden prohibir el uso del incienso y de los ci rios.
La religión, coIDo se ve, está salvada; no hay cuidado, no se deslizará entre el humo perfumado el espíritu de los ritos viejos y de la vieja autoridad pontifical; no; nunca, no popery for ere1·. Pero los arzobispos, cuentan sin la huéspeda; su decisión no tiene

177
sanción. Las iglesias que usan el incienso, pueden
seguirlo usando y nosotros lo desearíamos; UJl- templo sin incienso, sin luces y sin flores y sin órganos...
;.1ué es? ¡Ah! incorregiblemente sensual latino que
haces de la religión un placer artístico. me diría un
excelente amigo inglés que tengo, sorbiendo á copas
unos tragos de whÚJkey de Escocia ..... .

También S. M. el emperador Guillermo, suele fu. n,.
gir [como decimos en México los abogados que hemos
lanzado nuestro grito de Dolores contra el idioma de
Cervantes] de pastor luterano y celebrar los oficios
á bordo del Hoheuzollern, anclado en los fiordos noruegos y basta predicar largos sermones; uno que
otro marinero se duerme; pero el Kaiser conserva
sus t.iesos bigotes de paladín y su actitud hierática....
Sea lo que fuere, estamos seguros de que en esa actitud, gusta más á los conservadores, que cuando
reempla,.a sus sermones con los terribles discursos
en que compromete á conciencia la actitud del Gobierno prusiano ó imperial en algún asunto en que
no ba habido acuerdo previo de sus ministros y que
cuenta con la hostilidad de la mayoría parlamenta~ia que, sin embargo, le es devota. Así es y S&lt;lrá; es
mm?d_i!icable; su inteligencia es de una pasmosa
flex1b1hdad, pero cuando su voluntad entra en juego
procedeá golpes en un yunque ó en ul\a campana ... '.
Es un cortador de nudoti gordianos ..... .
Ved, si no, el asunto del Canal del Centro, del fa.
moso canal que ha de unir las riquísimas regiones mineras del Rbin con el Elba y Berlín. A este proyecto
se oponen los señores feudales, digo, los conservadores que ven así amenazado el monopolio de que disfrutan en la capit~l para la venta de los productos
del Este, casi todos suyos, y por este interés egoísta
l,bstruían, viene bien la palabra, obstruían resueltamente el proyectado canal. Además de esto, los conservadores tienen una regla inflexible: cuanto favo.
rezca á la industria, favorece al socialismo, es así que
el Canal del Centró favorecerá eno1memente el desarrollo industrial, luego ..... .
«Luego, dijo en s~ discurso el emperador, luego el
Gobierno jura hacer el canal; el canal se hará ... &gt;
Así antes del Canal del Centro quedó partido en
canal el partido conservador. Y como algunos ministros estaban tratand-0 de asegurarse, por medio
de concesiones, á los viejos conservadores, para que
cesaran su política de obst1 ucción, y como en medio de este servicio amistoso, Guillermo rompió los
platos, allí tienen ustedei; la crisis. ·
¡Ba.h! esto nada significa; cambiar de cuando en
cuando ministros es h igiénico en los gobiernos monárquicos; siendo el sol inmutable, preciso es renovar los planetas y exceptuando al canciller del imperio y al babilísimo ministro de hacienda Herr Mi-que!, los demás están ya substituidos .. .. E l canal se
hará.

*

**
Otra preocupación le ha caído al Emperador encima, que debe ser muy más grave. La venia que el
Consejo de Guerra de Rennes ha dado á los defensores de Dreyfus para solicitar permiso de los respectivos sobe1anos con objeto de que se presenten á declarar los ex-agregadoi militares de Alemania é Italia. ¿Lo permitirán? Lo dudo; una manifestación
imprudente, un interrogatorio mal dirijido pueden
hacer surgir una situación eJicesivamente delicada.
Además, si las declaraciones son consideradas como
falsas por el Consejo, puesto que tienen que reducirse á esto: «no hemos tenido relaciones con Dreyrus,&gt;
será una grave humillación para los gobiernos alemán é italiano. Por otra parte, si el terrible embrollo que ha resultado en el proceso y que no ha de desatar la demasiado lista declaración del general Billot: Estcrhazy y Dreyfus son cómplices-si estas tinieblas pueden recibir el rayo de luz suprt&gt;cna con
las palabras de los agregados, el bombre rígidamente justiciero que bay dentro del abotonado uniforme
del emperador debe estar á· punto rte preponderar
y .... veremos, lectores; · la próxima vez con vers'.l.remos sobre este tema; ya habrá material.

*

* *
Ya escrito lo anterior hemos sabido que el gobierno alemán ba hablado oficialmente. Pues bien, sin
meternos en los asuntos de los l'n,oceses, porque nadie les niega el derecho de hacer con el reo lo que les
dé la gana, pero expresando libremente nuestra opinión sobre un becho que pertenece á la historia y
cae bajo el pleno dominio de la conciencia humana,
sostenemos que no h ay un solo bombre á quien no
ciegue la pasión capiz rle vacilar un instante entr,:
la palabra de M. du Pd.ty de Clc1,m y la del emperador de Alemania.

_J ~ J

~-

�Domingo 1@ de Septiembre de 1899

EL MUNDO.

178

EL MIEDO AL RIDICULO.
Es una cosa generalmente admitida y establecida
sobre sólidas bases que somos valientes hasta el heroismo y basta la temeridad. A diario recoje la policía de nuestros barrios un número no despreciable
de heridos y muertos, víctimas del impulso que los
lleva á la riña sangrienta y al combate singular con
pret extos más ó menos frívolos y á veces p~ra y exclusivamente porque son muy hombres, por simple ost ent ación de valor y de audacia.
En los campos de batalla, durante nuestras-guerras civ:le¡; y extranjeras, nuestros soldados han prod io-ado su beroismo y su vida, sin regatea1la ni esca':notearla. y nuestra historia está atestada de proeza-i casi legendarias, de altos hechos casi épicos, de
sacrificios sin cuento, consumados como dice la canción del guerrillero:

r-·--- --------------------;;:~---

1

Con la sonrisa en los labios
y la altivez en la frente.
Pues bien, hay una cosa que intimida á este pueblo arrojado, hay algo que lo hace temblar como una
muJer y llo-:-ar como un niño, hay un hecho y un peligro ante los cuales huye, de lo!.' que se esqui va y esconde, que le infunden pavor y espant,,, que lo arredran y amedrentan más que el enemigo airado que empuña la daga., que el ejército contrario que asesta
cañones y dispara fusiles, que el huracán que siega,
que la tempe:,tad que arrasa, que el terremoto que
derrumba, que la mar desencadenada que hunde y
aboga. Ese algo que hace erizar en nuestra frente el
cabello, que biela la sangre en nuestras venas y empapa en helado sudor nuestra piel es pura y simplemente: El ridículo.
Vemos con impavidez consumarse la ruina de nuestras esperanzas, disiparse nuestras ilusicnes, hundirse en el abismo de la bancarrota nuestro patrimonio;
con irónica sonrisa recibimos á la enfermedad que
ha de paralizar y aniquilar nuestra actividad y nuestra vida; como Ouauhtemoc, somos estoicos ante el
tormento físico y ante la tortura moral; mas no bien
el ridículo asoma su silueta. raquítica y deforme y
muestra su siniestro é irónico rictus, huimos como
los llamas andinos al anuncio del terremoto, como los
potros salvajes ante el incendio de la pampa, y ocultamos el rostro y vol vemos la espalda y emprendemos la fuga como niños asustados por el coco.
Por buír del ridículo, por esquivarlo y evitarlo,
no hay sacrificios que no estemos dispuestos á consumar, ni peligro ni daño que no nos sintamos resuelto!'. á afrontar ó sufrir. Nos arruinamos por no
caer en el ridículo de parecer pobres; nos exponemos
á la enfermedad y á la muerte por evitar el ridículo
J e pa1ecer prudentes y cautos; y hay amante y hay
marido que matan ó mueren por hufr de.l ridículo de
la situación de desdeiiados ó burlados.
E$te miedo cerv;J.l al ridículo paraliza muchas de
nuestras energías, sofoca nuestra iniciativa y nos
condena á la vida rutinaria é imitativa de carneros
de Pa.nurgo.
No hay ridículo posible dentro de b usual, de lo
habiLual, de lo aceptado; quien viste, come, piensa
y procede como todo ei mundo no se pone jamás en
ridículo. Se exponen á él y an él pueden incurrir
j m,tamente el inovador, el iniciador, el que, tascando el freno de la rutina y hastiado del sendero trillado rompe con lo usual, toma por el atajo en busca
de nuevas rutas y de nuevos horizontes; quien se-

EL ATENTADO CONTRA. M. LA.130RI, DEFENSOR DE DREYFUS.-Ml!:E. Ll130Et[ AUXILIA AL HERIDO,
dien~o de novedad, inventa, sug iere, predica y promueve nuevos usos, nuevas ideas, nuevas costumbres.
Galileo, Oopérnico, Darwin, la mayoría de los pensadores y filósofos, de los revolucionarios é inventores, han comenzado por ser ridículos antes de llegar á
ser sublimes. El Capitolio se codea con la Corte de

DREYFUI! PROTESTA CONTRA LAS INCULPACIONBS QUB LE DIRIG&amp; EL GENERAL °MBRCIBR.

l 1&gt;s Milagros. Heráclito, el llorón, y Demócrito, el rl•
sueño, fueron juzgados locos y befados en calidad dó
tales; Juan J. Rousseau, que había de remover .,¡
mundo, era superlativamente ridfr.ulo ante la aristu·
cracia francesa. Los muchachos berlineses silban en
las calles á Joe~er, el Inventor del t raje higiénico,
como los granujas parisienses silbaban á Mirmao,
que había adoptado la religión musulmana y el pin•
toresco y cómodo traje anexo.
Lus grandes ridículos de la humanidad se cosechan
entre los regeneradores filósofos, políticos, morales Y
sociales, y tan ridículo nos parece el inventor de la
máquina de volar, c:,mo pareció Cristo á los magna·
tes y al pueblo romano. Jesús, coronado de espinas
y con su cetro de caiia, es el símbvlo del ridículo,
torturando á la grandeza.
.
Tener miedo al ridbulo es tener miedo á la 1000
vación, á la reforma, á la invención y al descubrimiento; es decir, es tener horror al progreso; como
ser satírico y sangriento es tener honor á la l!ber•
tad. El miedo a1 ridículo paraliza y enerva y son
siempre más progresivos y más libres los bo~ bres Y
los pueblos que no lo tienen y que no practican la
sátira.
Los pueblos que, como los del Norte, no temen el
ridículo y casi no saben en qué consiste, se expone~
á ver pulular los seres P.xcéntricos y extrav~g~nf~
pero en cambio ganan en libertad y progres1v1da · 0
Los pueblos meridionales que huyen del ridfcu1
como de la peste, se expon~n á cada paso á enfrenar
el progreso y á encadenar la libertad.

Domingo 10 de Septiembre de 1899.

EL MUNDO.

179

LA CORTE MARCIAL DE RENNES

~bor~ el soldado, venido de las capas
mfenores del grupo social, recibía su
pré y recogía su rancho que iba á devorar en el suelo entre sus camaradas.
En el Batallón de Zapadores tiene ya
bancas donde sentarse y mesas con
manteles blancos donde comer.
La mejora inaugurada en Zapadores
con honradez, orden y economía, tiene
u_n a;to fin educativo que encontrará
sm duda imitadores en los cuerpos del
ejército nacional.

Dos días antes de aquel en que fué
.herido el defensor de Dreyfus comparecieron como testigos el ex-presidente Casimir Perier y el General Mer,eler. El pr imero vestía 1arga levita y
nevaba en el ojal la cinta de la Le.glón de bonor; al oir su nombre avanzó
gravemente y negándose á tomar
.asiento, empezó su declaración. Dijo
que su objeto principal era protestar
-contra las versiones relativas á su conducta como jefe del Estado en el asunto Dreyfus. Habló en voz alta, con el
tono autoritario del que ba acupado
puesLos elevados y su declaración fué
un discurso político, una defensa de su
intervención oficial en el asunto, una
conferencia sobre las trabas constitu~loles que entorpecen la acción del
.Presidente de la República Francesa
en ,los negocios más difíciles del Es-

EL INCENDIO DE LA CASA TIPOGRAFICA
"LA. EUROPEA.. "

Uno de los acontecimientos más tristes de la semana ha sido este siniestro en el que sufrió graves pérdidas
el propietario de «La Europea&gt; y un
golpe rudo la industria de la capital.
«La Europea&gt; era, en efecto, uno
tado.
de los establecimientos más sólidos y
El General Mercier, avanzó después
de porvenir más abierto. Pasan de
lentamente y cuando acabó de protescuatro las empresas de este género que
.t,ar, pidió permiso para sent"l.rse y hahan fracasado en México y si «La Eubló largas horas. Al terminar se diriropea&gt; se sobrepuso á todas las dificulgió al Capitán Dreyfus y declaró que
Los GENERALES MERCIER
y füLLOl' EN EL CONSEJO DE RENNES.
tades que obstruían su cam!no, fué
1
al se bubiese engallado no vacilaría en
gracias al espíritu animoso y amplio
reconocer su errer y repararlo. Entonces Dreyfus se
Co medor para la t ropa e n e l Bat allón
de su propietario el Sr. Aguilar y Vera, el cual babia
levantó de un salto, y tembloroso, con voz enronqued e Za padores.
conseguido montar un modelo de taller tipográfico.
~Ida, gritó:
El fuego lo consumió en breves horas, no obstante
e¡ Eso es lo que deberíais decir! . . . &gt; e¡Es vuestro
. ~l ~um_in~o p~sa~o el seiior Presidente de la I\epú- los oportunos y solícit')S auxilios de las autoridades
-deber! .. .... &gt; El Presidente hizo un signo con lama- buca se s1rv1ó as1stu á la inauguración del comedor del cuerpo de bOmberos y del vecindario.
'
no y el oficial de gendarmes
~ue estaba junto á Drey:fus lo cont uvo, recobrando
el acusado su actitud serena. Un minuto duró esta
@Cena patética, un minuto .nada más; pero caus6
tanta impresión que el Pre.aldente levantó la sesión
del Consejo.
Ya hemos referido en otro
lugar el atentado contra
Laboti; nos falta sólo decir
~mo se reci bió la noticia
~n el Consejo. E l lunes 14
de Agosto, abrió la sesión
~l Presidente dirigiendo
una advertencia á los concu•
rrentes que en la sesión
-del sábado Increparon duramente á Mercter. Iba á
abrir los debates cuando M.
Tauney, vice- presidentede
la Sociedad de la prensa
judicial, lanzó este grito
en la puert a del Sil.Ión: «Labor! está herido.&gt; El públiC!l se llenó de estupor al
~irlo.
Otro de los incidentes
más notable" fué el careo
entre Casimir Perier y Merder en el cual este jefe del
~Jerclto, este «débil de espíritu&gt; como lo llama Zola
quiso apasionar el debate
relacionando con los hechos
,que se discutían u!la complicación diplomálica entre
Francia y Alemania.
lNAUGURACION DEL COMEDOR PARA LA. TROPA EN EL ÜUAfi.TEL DE ZAPADORES.
Durante algunos momentos salieron á plaza secretos de Est ado, intimidades de esa situación anormal
para tropa que ha estableciclo en el batallón de
Nuestras ilustraciones tomadas de fotoo-rafías
fmo la llamó Perier, en virtud de la cual el jefe d~ mando el señor Coronel Manuel M. Plata.
que hizo un apreciable aficionado, la noche del sábaa Nación francesa puede ser y es en ciertas ocasioProcurando en lo posible la dignificación del sol- do_ 2 _á la hora del siniestro, mue:.tran el estado del
nesgobierna
un func1·onario
· nomma
· 1, un nwnarca que nina y dado, dándole instrucción, moralidad y disciplina, ect1fic10 en su parte interior. Ni aun las vio-as de ace-no
faltaba elevarlo un poco en su nivel social. Hasta ro pudieron resist ir y se _Jas ve en uno de los graba•

su

ASPECTO GENERAL DEL CO:.IIEDOR DE LATROPA EN EL CUARTEL DE ZAPADORES.

�Domingo 10 d~ Septiembre de 1899,

EL MUNDO,

Dcmtngc 10 de Septiembre de 1899
==

/3L incendio dv ltt&gt; caó~

ESCOlrBKOS DEL IJEPAR'l'A)IENTO DE PRENSA8.
ASPECTO EXTERIOR AL DIA SIGUIENTE DEL INCENDIO,

dos caer como cintas de tela sobre los escombros encendidos.

DE

"E!.. MUNDO."
Por los grabados que publicamos hoy, verán n~estros lectores que acabamos ya de montar la maqu_rna- .
ria, y hemos comenzado á trabajar :n ella: los prime•
ros trabajos que se ban emprendido, son los de las
novP-las que daremos en una forma nueva y mucho
más cómoda, siempre espléndidamente ilustradas.

ll&amp;'CON EL PROXIMO NUMERO
COMENZARA EL REPARTO. ~
Al principio de este año, por circunstancias agenas
á nuestra voluntad, dejamos de repartir tres novelas

de prima con ofrecimiento de repo;:ierlas: en el mes
:ie Julio estaban repuestas, y esto nos abona para la
seguridad que deben tener n~es_tros abonados del
cumplimiento de nuestros ofrecimientos.
Con creces serán satisfechos los lectl.res de EL
MUNDO,

Matilde L. Brugulere.

Los

BOMBEROS SOFOCANDO EL FUEGO EN EL INTERIOR,

Sr. Emilio Lange.

Esta soprano de voz deliciosa, formada. en la mejor escuela, tiene en México admiradores que con justicia 111, aplaudieron poco ha en la sa:a Wagner.
:Matilde Brugulere volverá prontoá :M~xlco, y hará
muy bien, porque todos los dillettanti la esperan de•
seosos de tributar nuevos homenajes á una de sus artistas predilectas.

También el Sr. Lange merece grandes y vivos elo•
gios por la excelencia de los trabajos de su fotografla.
Ilace poco publicamos un retrato de la Sra. Challa,
que nos fué proporcionado por el Sr. Lange.
Hoy nos da otra prueba del acierto con que maneja su arte: el retrato de la Sra. Plummer, en el que
verán nuestros lectores una belleza arrogante y un&amp;
fotografía de gran valor artístico.

Sr. Octaviano de la Mora.

EL SR. C. C. i:0S10.

Reproducimos hoy en nuestra primera plana un
grupo de fotografía
hecha en el reputado taller de este caballero, uno de lo~
que impulsan con
más talento y ahinco el arte fotográfico
en nuestro país.
Creemos que ese
grupo, artístico en
su composición y de
notable exactitud,
ser,á del gusto de
nuestros lectores, los
cuales pueden apreciar en él, no sólo la
perfección del grabado, sino el mérito
del fotógrafo.

Es el autor
de los grupos
y de los dos retratos de nii'las
que figuran en
la página 184.
[]Ilacemos es•
ta mención del
aventajado artista, en agrademmiento á
la bondad con
que nos hizo
tan preciado
envío.

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8RITA, J.!ATILDl!:

L.

BRUGUIERE,

Soprano de Concierws.

SR,

ÜCTA VIANO DE LA MORA.

EL MU~DO.

181

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ENTRAD.A. DEL COLEGIO MILIT.A.R Y ES'l.ATU.AS EN_BRONCE DE LOS HEROES MUERTOS EN EL ASALTO AL Ü ASTILLO1 DURANTE L.A INYASION .A.MERIC.ANA

1

,,•

�.Domingo 10 de Septiembre de 1899.

Domingo 10 de Septiembre de 1899

EL MUNDO.

185

EL MUNDO.

f\VENTURcf\ DB HEOTOR.
Los Fossemagne ocupaban tace diez al1os el lu.¡ar envidiable de matrimonio excepcional en los
,écUlo., dela altasoeiedad parisiense, y sunomb,e
aervfa'á los optimistas ( dos ó tres que hay toda•
'ria) para decir que no todo sucede de la peor manera en el má.s malo de los mundos imaginables.
Si alguien decía que ya el amor no existe, que
lo• jóvenes buscan sólo dotes y no corazo_es, al
punto se objetaba:
-Sin embar go, Héctor de Fossemagne que
«a muy rico, se casó con Susana de Craponne
f()f los lindos ojos de la novia.
Contra los lamentos variados de los pesimistas,
toa Foaaemagne, 6 uno de ellos, servían de argu-

mento:

-Todavía hay jóvenes de la altasociedad que

no ae arruinan, y sinó ahí estAn los Fossemagne.
-Por lo menos hay en P 11rís un matrimonio

feliz: los F ossemagne.
11.

12.

n

:14

16.

~_!:·_J~~~~:'.'.:.__~-~~~~~:~~~:°..

1
n Eroestloa cossa. 11 Laura Temo. 13 C{,,rmen Travancc. H Ana Yar!a Co,;sa. _

--------------------------

---

c¿bna velada a:tÍótica en el Cf5eatio &lt;3auz de [/alapa.
d licioso parque. Es proverbial llamarle la tierra de las flores, que, como en el
Jalapa es un e
•
hermosas
apólogo del poeta, son hermants de la: ~u¡eres aquella Óudad una fiesta noble en el Teatro
La noche del 2-l ~e Ago.st
tim\ uu1 p:~a celebrar las obras de misericordia; para conso.
Ca.uz. Flores y mu¡eres, se eron ci ª ª
tlval de caridad que hizo 6¡¡oca.
la1 á los tristes Y socorrer ádlobsl po~re~. Fué ~~~~cuenta una miniatura, un encanto, un friso
Entre las notas más agra
es e reum
enel'csos que las flores y las muJe•
de inocentes cabecitas. Los niños no qulisleron s~~:~~º~a~taron el coro de Doctores del Rey
res Se vistieron de fantasía, Y entre r sas y ap
1 .
'6 i uiente·
Rabi6. ¡Picaruelost Un cron~sta jalapeildo ºsºesl~:~~rpl~:c~c~:p;:~~ ~l s ~te Y p·ara lo bello,
Los niilos de hoy son precoces, pero cuan o
hay que aplaudir Y no entristecehr~e:
stas crlaturitas! Un grupo de dieciocho cabecitas
¡Qué coro de los Doctores nos e1eron e
I miis monas! y que bien lo ht.
infantiles, lo más frescas, lo m1s bonitas, lo mis plc:1.res~,1,s, i~ de todo lo qJe hay de delicacieron esos diablillos! Parecía que tenían comp~.:taácenc encuso música Cnapí - Era de ver
d d r
d picante y de ingenioso en la sátira
que P
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a~~ei8gd~~;~ d~ facu~:~~=os, iyº~~ép~:~1s:ae\~nÍ~~~rf;c!~;~:1~~ :1o~~!t:!to
t~=~: y
pauan o, con una m
m
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. vedad que únicamente se puede adqulexperiencia clásica del agua! Y todo ésto, co_n la gra t ía y Fisiología y todas las demáa
rir después de estudiar muchos anos Pc1.tolog1a Y Ana om

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~!il~!~/u~~nt:e ~~r~fd~t~! ;::cei~oi°~es~~u~~::1f~~::~l1~:i~
remediar aquello en pleua escena? Era un pro?le~a átmpr~i~/h!~:;;, Jlla opt~ por llevar•
1
1
~~c~1i J~~:~ou;l :a;2;!\;
;1ªtu~ie~~~
~;:0 r;g~:e~=

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¿\~u:i~~~s~~~~~l

:~l~rn~us~ªf:~t1~::ii~º~ne:! r:::~~~i~~t!fn~ ~~e!:S\a~ :e!es que en consulta se juntan de dos
representantes de la Facultad para arriba!
d
f m
El Mundo Ilmtrado rinde hoy un homenaje á la Ciudad de Jalapa, publican ~ e1 ª 080
grupo de Doctores y dos de los más graves y graciosos, como un eco de la simpática Y encan•
tadora fiesta.

i:co. 3 Guadalupe Jlménez. 4 Marta Parlange. 5 Rosario Cuesta. 6 Ana Fresse. 7 Laura Sandoval, 8 Doloree Teráo. O Emllla :úutlérrez.
Amlnta HernAndez Pé1ez. 2 DlºDISIQ Trava
17 Emllla Gutiérrez. 18 Marta Parlaoge.

-Hay una mujer que no tiene aventuras, y no
f()rque aea fea, la marquesa de Fossemagne.
-Hay un marido fiel: Rector de Fosf!em¡¡gne.
Y aaf auMsivamtnte.
Conocí á. Héctor en el colegio, estaba él entre
toa chicos y yo en las clases superiores, pero la
múaica nos aproximó, él era soprano en los coros
ele la capilla y yo un bajo que hacía temblar las
Tidrieras cuando cantaba. Nos volvimos á vn alpos allos má s tarde: Héctor ya no era soprano,
felizmente para él, pero toda vía le gustaba la mú
alca. A no ser por la mala idea que tuvo su pa•
-dre de dejarle una gran fortuna, sería hoy uno
-cle tantos imitadores de W agner y no de los menos aplaudidos. Tenía á lo menos una cualidad
-de las má.s raras, la de no creerse un genio.
lllly tímido para no ser ostentoso, ocultaba sus
eompoaieiones en el fondo de un cajón y no hablaba de ellas sino á sus amigos íntimos, negán-cloae siempre á. dar audiciones.
-Cómo ha de ser, decía ; guardo para mí las
flores del arte ein dejarles A los otros las espi•

us.
Una fr11sca maff.ana olvidó sus oratorios y sus
sonatas: estaba enamorado, magnífica, poéticamente enamorado de la deliciosa Susana d11
Draponne. Para que la conociera y para saber
mi opinión, me llevó á un baile al que ella conarrfa. Mi opinión, si he de se~· franco, fué que
-ila bella S11sana le faltaba algo para que me
.gastara: lo que le faltaba era sencillamente tener
eorazón. Por lo demAs, teEía todas las cualid11dea, muchas por cierto, que puede dar IR. ed11ca•
-cion A una al ma sin ternura. Reconozco también
i¡Ue la educación de nuestra época eon el d"S·
arrolloexagerado de lai facultades del espíritu, lk
.ga fatalmente á. eliminar la ternura; las especies
de florea crea das en los últimos tiempos por el
-eul.stvo científico, eareeen de perfllme, lo que no
obata para formar eon ella deliciosos ramilletes;
pero estos ramilletes no tienen ese algo indefini
ble, cuya ausencia me inquietó cuando conocí á.
8uana. Nada preciso tenía que decir contra ella
Ynada dije sino que era superiormente bella,
verdad indiscutible.
Me abstuve de calmar los terrores de mi
~migo que en sucAndida modestia veh probabili·
cladea imaginarias de una negativa por parte de
ella que A mí me parecía imposible. Héctor erl\
j'&gt;ven, de buen porte, inteligente, honorable y
artiata hasta donde pu~de strlo un hombre de
sociedad, que no Quiere salir de su circulo . .A.delDia era r ico y la familia de S11sall&gt;l esuba en la
llliaeria y la muchacha ya teni11. más de veinte
atlos. Héctor t1&gt;nía todas las condiciones necesa•
riaa para triunfar, pero era de esos jugadores
-' quienes sólo les interesa una partida difícil. Le
dejé, pues, la emoción de la empresa, las atn!iedadea de la duda y el estremecimiento de su eo•
razón, joven y generoso. Fué el mAs encanta&lt;ior
Y el mb tfm\(10 de los enamorados y su ídolo
PU.do imaginar a l ver el f"rvor de aauella adora.
rión que el pretendiente combatía á veinte rivaea, lo qne en mi concepto estaba muy lejos de
aer la verdad absoluta. Despuéi; de un asedio
demasiado largo pero delicioso, el barnmetro
•entimeual mareaba pasión por parte de Héetor:
-el fdolo eay ó en los brazos del adorador, y el
illlundo loa perdió de vista un allo entero.

Reaparecieron 111 fin más felices que nunca, manifi,stando con un buen gusto muy raro, cierto
malestar por una ventura que los singularizaba
entre la multitud, como si anduviesen vestidos á
la usanza de otro hethisferio. El apogeo de la felicidad humana llegó para Héctor el día en que
tuvieron una hija, A la qut· le pusieron el nombre
de Susanilla. ¡.A.y! el astro de la vida de 11.quel
hombre habfa llegado al extremo de la órbita de
su fortuna, y volvía A acercarse A la tierra. Re•
cuerdo la vaga opri,sión qne me causaron ]Aspalabras de Héctor cuando me hizo esta confesión:
-Tú que analiz11s los corazones, explícame Jo
que me sucede. Desde que nació mi bija mi di
cha es mayor, cosa que yo creía imposible. ¿Por
qué me creo ent0nces menos tranquilo? .A.penas
se a bren los ojos de esa nin.a, y ya me siento perturbado cuando me mira; suspiro como cuando
no tenía la seguridad de ser amado; hay en mi
una especie de malestar absurdo é indefinible.
¿Cómo va a. acabar estor
Por primera vez desde que Sil casó, brotaba
de los labios de Héctor esta horrible palabra: análisi~. En el jardín de mi ponre amigo la orimera
flor otofl.al anunciaba las mallanas grises y las
breves tardes. Sin decir todo lo que sentía, le
contesté:
-Probablemente estés celoso, y si no lo estAs
todavía, un vago instinto te dice que pronto lo
estarás. Si, estarás celoso de tu hija: en ciertos
momentos la madre se interpondrá entre tu corazón y la amada; habrA tres en donde antes se
cantaba el dúo sublime. Es la ley fatal; pero la
naturaleza que nos hiere en cada nueva etapa de
nuestra vida, venda nuestras heridas con admira ble bondad. Nada importa que el río de tu fdlicidad se divida en dos brazos, pues no por eso
deja de correr una sola gota en él.
Héctor meditaba la contestación que yo le dí.
-¿Sabes una cosa? me dijo al cabo de un inPtante; creo haberle dado un nombre al malestar
que siento. Es algo así como el remordimiento
anticipado de UII crimen que voy A cometer. Sí,
siento que voy á amar á mi hija mAs que á ....
nadie.
-¿Y llamas á eso un crimen? le dije riendo.
-E I todo caso es una horrible injusticia. Mi
mujer ha sido durante dos an.os, el único objeto
de mis pensamientos; todos mis actos, todos mis
deseos, todas mis esper.rnzes se han encaminado
A hacerla feliz. Hoy tiene una rival y ¿por qué?
¿1\CaFo ella ha dejado de amarme? ¿la reina ha olvid1,do á su fiel &amp;úbdito? No; meses y meses ha
sufrido las torturas más insoportablee; ha arriesgado su vida tanto como nosotros la arriesgamos

la vida recobra de nuevo su lugar de mujer, los
vagidos de la bija le dicen que debe compartirlo
eon ella. Confiesa que nunca hlls pensado en
esto.
-Sí, he pensado, y, como, gracias A Dios, mi
alma es menos complicada que la tuya, mi conclusión y menos perturbadora. El remordimiento de que hablas es una t'Xager11ción ele refinado;
yo no voy tan lejos como tú y me !illlito á decir
que debemos perdonarles muchas cosas á las mujeres, en primt r lugar porqueaman más que nos
otros y luego porque los sufrimientos físicos y
morales á que estAn expuestas y los peli~ros materiales que corren ha~en que el papel c:myugal
d e ellas sea mAs importante y su situación más
delicada y respetable. La paternidad es en ti
matrimonio, lo que las grandes m1:1niobras para
el ejército y la maternidad es la verdadera guerra eon las balas que silban y los sables que tajrn. Los hombres olvidan esto fácilmimte.
- ¡Ah! exclamó Rector; yo no lo olvidaré. Mucho miedo he tenido en esa guerra de que hablas.
Es problable que Fossemagne llegara A adormecer esos escrúpulos que manifestaban en él un
espíritu nada vulgar. Adoraba A su hija con una
exaltación inquietante, y todos sus amigos creían
que no le sobreviviría Susaoi.la r.i é3ta llegara á
morir. Cuanto á Susana, embellecida por la maternidad, no manifestaba celos; para leer los secretos ocultos bajo ese exterior soberbio, necesitarfanse los rayos de luz negra recientemente
descubiertos. Una cosa sí era indudable: nunca
fué mAs feliz aquella pareja, ni se la vió jamás tan
unida, tan intacta en medio de los peligros que
dominaba como domina el impasible sol la peligrosa agitación de las olas. Héctor despreciaba
á la sociedad, muchas veces me lo dijo, pero tenia demasiada prudencia para manife,tar su sentir íntimo. El y su mujer hacían y recibían visitas, aunque sólo las muy necesarias para no pasar por misántropos ó avaros; muchas jóvenes en
la situación de la marquesa habrían encontrado
demasiado severo ese género de vida, y así se lo
dije un día, elogiándola por su filosofía. Ella me
contestó:
-La filosofía para mí es muy fácil. Estaba
destinada á no saber lo que es un traje eleg.m'te,
un coche ó una joya: tener esas cosas es lo esen.
cial; ostentarlas, lo accesorio. Sólo hay dos seres
en el mundo a quienes me interesa ·tener contentos, mi marido y yo.
.
Era un gran elogio que la marquesa haci1:1 de su
propia virtud; pero creo que no había en París un
solo hombre que lo creyese exagerado. Tal vez
habría hecho mejor en decir «yo y mi marido,&gt;
pero aún así la afirmación no era menos desalen.
tadora para los terceros. Lo que hay de cierto es
que pocas veces he visto una plaza menos sitiada. ¿Cómo podrían perseguirla cuando su marido la acompal1aba á todas partes? Galantear A
la sel1ora cuando el SP.11or e11tá á. dos pasos, y os
mira sin celos y con sonrisa benévola, es un pasatiempo ridículo, y sabido es que en nnestra her•
mosa Francia el dia que sea 1·idiculo come-r, toda
la nación se mo1'irá de hambre.

II

en una batalla. L11. diferencia es que nosotros tenemos tambores que redobla n, banderas desplegadas una mención honrosa en la orden del día,
los galones nuevos, la cruz, todos esos estímulos
que exasperan el valor. ¡Pobre Susana! ella nada de esto ha tenido, y e1111ndo salvada, vuelta A

Si 111. sociedad parisiense tuviera tiempo para
a nalizar por sí misma y no se atuviera a, leer los
análisis que hacen los estritores, se habría preguntado por qué un día Héctor se puso á componer música. Confieso que yo me pregunté la causa de ese cambio en su vida. Creí que mi amigo
volvía A tr11 bajar después de muchos afios de
ociosidad, porque su mujer le reprochitba su inercia, y cuando una mujer comienza á advertir que
su marido está ocioso, la conclusión lógica es que
se fastidia de él. Susana, cuya habilid1:1d me Cl.lU·
só admiración esa vez, comprendió indudablemente la necesidad de impulsar los trabajos de!
compositor, dándole el goceineomparable de ha
eer aplaudir su música. Para un aficionado que
tiene buena casa, este placer es de fácil realización. El marqué3 de Fossemagne no tenía más
que invitar á sus amigos A una audición de sus
obras, y así lo hizo.
Hay en ambas márgenes del Sena 50.000 per-

�EL MUNDO.

186

Domingo 10 de Septiembre de 1899.
la Marcha de Chopin acompaliaba las exequiaa
de la dicha conyugal de mi amigo. Aventuré
pues, esta pregunta filosófica.
'
-¿Es cierto entonces, como dijo Balzac, y mAs.
recientemente un predicador de ejercicios, quela mujer no debe enorgullecerse de su virtud antes de los treinta aflos?
-¿Quién habla de mujer? La pobre marquesa
siempre ha sido irreprochable; el marido fué.
quien hizo el escándalo.
Aquí para inter nos, debió
de fatigar al cielo eon su.
música, y salió de las corcheas para caer entre las.
garras de una damiselaquelo tiene bien preso.
- ¡Héctor!... . . . ¡Héctor
infiel!. . . . ¡Héctor en laa
garras de una intrigante! .. ,
No lo creo.
- Si no lo crees, dílea.
por ahí que te enselien en
la calle de Antibes la villa
de una actriz de cuarto orden llamada Lucila Regnier. Pregunta el nombredel seflor que le ha deparado ese asilo, muy lindo por
cierto, y que se encierra.
allí diariamente. Si es par•
tocar sus composiciones,
compadezco á la infeliz.
-;.Y la marquesa nada
sabe?
- Difieren las opiniones.
Si nada sabe, tiene uns graa
dosis de buena voluntad su ignorancia. Vive fuera de la sociedad, entregada á la educación d&amp;
su hija, di:iliciosa criatura de nueve aftos. No en•
tra un solo hombre á la casa de Susana, ia cual
como lo verás, está más linda que nunca con Stl
belleza triste. No hay que contar con la fellcidad
terrestre: una mujer no debe casarse.
-Sin embargo, querida tía, A todas horas s&amp;
lanzan !lnatemas contra los hombres porque no
quieren casarse. ¿Cómo nos las compondríamos.
entonces? .... Por lo demás, yo no ereeré en la.
aventura de Héctor hasta que tenga pruebas.
Las tuve dos días despuéR. El mundo entero
conocía á Lucila Regnier. El primer transeunt&amp;
á quien le pregunté, me mostró la casa, verdadero nido de enamorados, oculto entre palmeraa.
y baliado por el mar. Para colmo de certidumbre, ví salir de esa casa á mi amigo, el cual teni&amp;
más trazas de amante desdeliado que de Don
Juan triunfador. Al verme se Je iluminó el ro3tr0
con una. alegría que no me gustó mucho.

sonas para quienes constituye el peor de los ma•
les el fastidio de quedarse en casa después de
comer, sentadas en muelles sillones junto á una
chimenea crepitante, en compaliía de un buen li•
bro ó de la mujer legítima, según el caso; companlda con esta que juzgan calamii:lad, los infortunios
secundario"! de la vida les parecen no sólo soportables sino insignificantes. De ahí viene que no
)laya pieza teatral, por mala que sea, sin espectadores, ni sofrée monótona sin una fila de coches
frente á la puerta de la casa. Ddcir que las au·
diciones de Héc~or eran agradables parecería
adulación; vale más decir que desde luego se pusieron de moda. Dió tres un invierno. Aquel alio
su mujer cumplió treinta alios.
La casa cambió de aspecto desde que el arte
se enselioreó en ella; aparte de las veladas mu•
sicales, se veía allí otras veces á varios instrumentistas, algur.os de los cuales eran amigos
íntimos de los Fossemagne. Cit11remos al violi·
nista Kopriva, que entusiasmó á Paríi! un día y
cuya desaparición inexplicable para todos lo será
menos para los que lean estas líneas. Ese joven
húngaro de fisonomía tranquila y sonrosada de
clérigo inglés, no tenía técnica al decir de los intt:ligentes; pero á pesar de e~o puedo decir que
jamás he oído á ningún violinista que lleve á un
grado igual la fuga de la impresión.
Una noche, jamás lo olvidaré, se nos invitó á
comer en la casa de los Fossemagne. A la hora
de los postres, discutíamos Koprive y yo lo po·
tencial de los diversos instrumentos; yo á pe1:1ar
de mi incompetencia me atreví á sostenor que el
órgano es el primero de todos ellos. Esto indignó
al joven artista como si fuera un ataque personal.
Más de una vez había observado que la marque- amplitud magnífica de la obra maestra ejecutada
sa "-ontrariaba lasideas del artista y admirélali- por Kopriva en el boudoir perfumado cubierto de
bertad con que éste sostenía sus opiniones como
tapices ....
si no discutiese con una de las mujeres más be- sordos
L1 tempestad se había calmado. Una melodia
llas de París. Yo mismo no me habría atrevido á len ta, serena, interpretaba la resignación de los
tanto por más que sólo viese una amiga en la mu• que quedan, la eterna pa.: de la tumba despué,
jer de Héctor. Esa noche Susana nos dijo:
-A:ver fuí á San Sulpicio invitada á un entie• de las fatigas de la vida y la esperanza de una
mejor. Al comenzar la segunda repe•
rro. Widor tocó la Ma1•cha fúnebre de Chopio y existencia
tición
del
canto,
el húngaro se paró frente á Su•
todavía me estremesco de horror al recordar a que· sana y entonces la
misma melodía, transformada,
lla música sublime. ¿Qué podría hacer un violín se convirtió en un canto de amor tiernísimo, tan
para igualar la poderosa expresión del órgano? claro, tan audaz, tan manifiesto que vol vi los 0jos
Aun veo la irritación dolorosa que contrajo el
hacia el acompañante, espantado de la escena
rostro de Kopriva é iluminó sus ojos negros.
-¡Vamos! exclamó. ;.El señor Widor leha da- que iba á seguir. Comprendí sin embargo que
do á usted una impresión de horror con ,ms te- Héetor no era en aquellos momentos un marido
clas, sus pedales y sus tubos que parecen chime- sino un mú~ico; parecía no ver los ojos de su muneas de fl\brica? Yo haré que la M.,,rcha fúneb1·e . jer baliados de lágrimas, su pecho jadeante, su
la haga llorar, temblar y pedir gracia .... Ya ve- rostro en el que babia muerto el desdén. Subyu•
gado, abstraído por su tarea de acompaliante, el
rá usted lo que puede un violinista.
Se levantó de la mesa como un loco, y por una infeliz sólo pensaba en dar relieve á la ejecución
especie de extrali11, fascinación lo seguimos sin de Kopriva. ¿Ignoraba la obra maldita, infernal,
pronunciar una sola palabra, Creí de pronto que á la que se Je asociaba? .. . ... Despué, de los úlhabía entre él y Widor alguna rencilla profesio- timos compases, cuya quPja atenuada expiró en
nal, desconocida para el público. Llegó al bou· un agotamiento mortal, Kopriva, con la frente
dofr de la marquesa, iluminado con la luz roja de baliada de sudor, partió sin despedirse, dejándo·
una lámpara velada; en la chimenea se extin- nos abrumados. Casi inmediatamente le seguí.
guían los tizones que habían templado la atmós- El marqués, pálido como un muerto, no me acomfera. Un perfume fuerte, del que abusaba Susa- palió á la puerta y no recuerdo cómo me despedí
de aquella. casa.
Jl a desde hacia algún tiempo, ponía nuestros ner•
El resultado manifiesto de la velada, fué entivios en tensión. Ya el húngaro tenía su violin, y
biar
mis relaciones con lo, Fossemagne. Cuando
con el arco selialó al marqués el banquillo del
ví
á Héctor ya no existía entre Dosotros la fran•
piano. Héctor tocó los acordos, sucesivamente
mayores y menores del preludio, y con eso em- queza casi fraternal con que nos hablábamos
ant s. Me sorprendió encontrarlo súbitamente en•
pezó una escena que jamás olvidaré.
La seftora de Fossemagne se sentó cerca de la vejecido; ya no tenia el mismo placer en vt-rle y
lámpara. La expresión desdeftosa de su rostro sentía que mi presencia le era desagradable.
admirable, le daba el aspecto de una guerrera Nuestra amistad de veinte años, pasó rápidamendispu6sta á combatir, y no el de una dama del te de la espontánea franqueza á la frialdad, y esto
gran mundo que se dispone á escuchar dos pági· aliadido á la separ1tción anual de los parisienses,
nas de música. El genio vibró en las cuerdas después de la estación, hizo que perdiera de visoprimidas por la mano del artista; olvidó el arco, ta á los Fossemagne, los cuales pasaron el siguieuel instrumento delicado y el auditorio que Je es• te invierno en Caones. Era la primera vez que
cuchaba; una fuerza irresistible lo arrastró furio- . visitaban esa eotación de invierno, cuya. vida fastidiosa ponderaban antes como insoportable. A
samente,
Se desarrollaba el drama de los funerale3; nos- mi vuelta de Itaiia me detuve también en Cannes
otros oía::nos los gritos del dolor que brotaban y como pensaba no permanecer mucho tiempo,
de los labios, seguidos de e&amp;os sollozos en los que creí inútil presentarme en la easa de los Fossese _a divina la tem;estad interior de lágrimas con- magne. Sin embargo, tomé infvrmes de ellos y
t'enidas; seguimos con el ritmo lento de los pasos una tia, en cuya casa me alojé, me los dió com·
del cortejo, la lúgubre y pesada carroz11; la mul- pletos.
-¡Ah! sobrino, sobrino, me dijo. Hay todR. una
titud parecía crecer y la orouesta parecía aumentar su fuerza. No era, no podía ser un violín el historia, un escándalo ...... ¿No sabes nada? ¿de
-¡Hola! me gritó sin acelerar·ni acortar el pi-'
único foco de esa. tempestad armónica, de ese dónde vienes que lo igno: asjl Aquí no se habla
so.
¿Qué diablos haces aquí?
de
otra
cosa,
porque
has
de
saber
que
en
C,mnes
vapor µisgoético cuya tensión crecía. de minuto
-¿Y tú? .... le pregunté á mi vez, estrecbP'"
en minuto, al grado de creer que iban á de• somos virtuosos. Si á lo menos ocurriese esto en
rrumbarse las paredes de la pieza, demasiado pe• Niza en donde están habituados A esta clase de dole la mano con poco entusiasmo.
-Vengo de una visita. Pero .... ¡qué fr(o dquenas para contener tamafio desbordamiento de aventuras ..... .
tás
conmigo! ni pareces amigo antiguo.
Tenia
aún
vivo
el
recuerdo
de
cierta
velada
notas. JamAs 11leanzarAn los órganos más pode- Seria más exacto que dijeras que tengo frú&gt;t
rosos, ni la cohorte 1Jumeroea ue ejecutantes, la en la que sentí, por extralio presentimiento, que
0

Domingo 10 de Septiembre de 1899.
le contesté. ¿No te ha pasado lo mismo al ver una
1
casa amiga hecha ruinas?
-¿Y qué e3 lo que cae en ruinas? ¿Mi virtud?
-Para llorar la virtud perdida seria preciso
ser virtuoso y yo no lo soy; _¡:ara la.mentar la dicha que se va, basta ser hombre. Lo que me hace
suspirar es tu dicha destruida,
--Frases, amigo mío, frases nada más. Du'"ante diez atlos he sido feliz y virtuoso; oero esto es
sólo cosa mía. He dado ampliamente mi parte de
moralidad y de f~licidad á la especie humana
¿Acaso no ha cambiado mi cuerpo en estos die~
aflos? ¿por qué entonces mi alma no tendría también el derecho de cambiar?
-Pero no hablo sólo de tu dicha, hablo de tu
mujer ...... de tu hija ..... .
-EstAn bien, gracias. ¿Las has visto?
-No, yo no tengo valor para verlas. ¿De qué
hablaríamos?
-De mí. Las compadecerías; Je dirías á mi
mujer que merecía otro hombre mejor, porque lo
crees así, naturalmente Todos lo dice.o. ¡Se ha
resignado con tanta nobleza!
Una carcajada diabólica, cruel, acompalió sus
palabras, todas ellas tau extraliamente cínicas
tan nuevas en los labios de Héctor que me · llcna~
ban de estupor Y sentía como si hablase cou un
desconocido. ¿Había sido un hipócrita ese mal
marido? ¿Me engalió durante veinte afios? Hice
un supremo e&amp;fuerzo y le contesté:
-Mi pobre amigo, si tú mismo me decías cuando tu bij~ vino al mundo: «Siento que voy á amar14 demasiado y temo que mi mujer se encelt!»
¿Qué, ya no amas á tu pequen.a Susanilla?
Cual si lo hubiera herido e'l ei corazón, llt,vó
Ju manos á su pecho, mu~murando:
-¡Mi hija, mi hija!. . . . No sabes .... Vames,
déjame, que me asesinas!
No me atreví á detenerle. Todo aquello era
tan misterioso, que mi papel de amigo se hacía
intolerable. Partí al día siguiente muy 'descon-eertado y r egresé á París, en donde proi:to oí hablar de la «aventura » de Héctor.
En los primeros días de.Mayo, la habitación de
~os Fossemagne aún estaba cerrada. Después y
J~stameote cuande París iba á quedar desierto,
supose que aeitbaba de pronunciarse uoa sentencia de separación en favor de la marquesa, naturalmente.
El invierno siguiente hallóla instalada en un
modesto entresuelo, con una vieja pariente. Veía
Amuy poca gente y se decía que sólo se consa¡raba á su bija, cuya educación vigilaba minuciosal!1~ºte. .Mi antigua amistad con su m!lrido,que viaJaba fuera de Francia-me impedía ir á
verla.
Aquella pareja que ocupara en mi vida un lu,gar tan comiderable, no constituía ya para mi
más que un recuerdo, pero un recuerdo infinitamente doloroso.

EL MUNDO.

187

cual nr,tarios en funciones. Me aseguró que me
teo~a en concepto de hombre honrado, lo cual
a~r1ó la puerta A sus confidencias, que, debo decirlo'. fueron algo complicadas. No obstante para mi gra~ sorpresa, me declaró que conside~aba
el amor platónico superior al «otro.»
-~Quiere usted decirme qué cosa es el amor
platómc0?-:-la preg1mté con Ja pícara intención
de desmentirla.
-El amor platóoico,-respondióme -es cuan•
do se ama uno sin hacer tonterías.
-¿C?noce usted algunos ejemplos?
-Ciertamente. El hombre á quien más he
a~ado, no me besó jamás ni en la frente. Ni en
mng~na_otro parte!-(11greg6 al ver brotar una
sonrisa 10crédula por b11jo de mis bigotes.] y 1 sin
embargo, le recibía todos los días durante seis
semanas, Me había arreglado una c11sita en Can•
n_es, en. la avenida de Anti bes. Cuando partió el primer día Pin haber hecho más que estrecharme la mano, f..tmar cigarros en mi terraza

'

III
. Apenas me a corda b~ del nombre de Lucila RégDier,. cuando, tres aftos más tarde, una circunstancia fo:tuita nos pg.so en presencia uno de otro.
lJno~ amigos representaban en su salón una comedia pequeliita cuyo autor era yo. Entre los intérpretes recojídos en diversos teatrillos que estaban á mi disposición, se encontraba la. antigua
«aventuro de Héctor y es de comprenderse que
me i~teresa~a más por esta circunstancia que por
mi pieza misma. Como no le faltaba. aliento y
h'\sta tenia una relativa distinción, pront o fuimos
camaradas y en la noche de la representación, bi.zo lo_que pudo para dar valor A la obrilla, que
por cierto no conocerá la posteridad
. Al retirarme, cargado de esos «bravos&gt; que
;iempre se obtienen en un salón, alcancé á Luci•
ª que esperaba un coche:
-¿No cena ~sted? la pregunté.
e· Me contestó que la desagradaban esas colaion~s en que se sirve á los artistas aparte, como si faeran apestados
s·
.
Si - . lD embargo, -agregó-me muero de sed.
1
m ~ autor fuera un ángel, subiría á mi cupé y
e ~ria tomar algo muy fresco antes de irme á
dormir.
guContesté que deseaba ser un ángel y tras de aldo~~s {º.dadas llegamos á un restaurant, en
y e ª Joven actriz tomó una docena de ostras
deu~. ala de pollo frío, rociadas con tres copas
hallt?uot. Era tarde; la sala común en que nos
Lucil amos se encontraba casi desierta y como
ª tenia la champafta triste, estAbamos serios

examinand~ las olas y martirizar mi piano, creí
que era tímido y me burlé de él con mi doncella
de servicio. ¿Creerá usted que después de dos
semanas de tal régimen, e. ruido de sus pasos en
la avenida. me producía sobresaltos y palpitacio.
nes? Yo, que solo comprendo los valses, me pasaba horas enteras escuchando su música, una música capaz de atraer al diablo mismo sobre la.
tierra. Y si hay algú,¡ hombre que pueda vanagloriarse de la fidelidad de una mujer, es él. . ..
Cuando se iba, yo tomaba la pluma .... .. Es
probable que usted haya recibido cartas de
amor, pero como las que yo escribía, jamás!
Cuando concluyó el ensuelio, creí que iba á morir!
E'l vano pedi el nombre de ese ser extraordi •
nario, no pude arrar..earlo á los labios de Lucila.
Por lo demás, no lo necesitaba: Héctor de Fossemagne hl¼bía sido, con toda evidencia, el héroe
de esa extralia novela. Pregunté A mi compalie•
ra, sin dejarla comprender que había adivinado
ese nombre:
- ¿Fué usted feliz durante mucho tiempo?
-Durante seis semanas. El era casado y sin
duda &amp;u mujer sorprendió mis cartas. Hubo es•
cAndalo y separación, ¡y todo por a:gunos cigarrillos, por mucha música lamentable y por charlas poco alegres! ¡Figúrese usted!
Yo no me figuraba nada, pero tampoco mote- .
jé á mi amiguita por su raro amor platónico. Te-

nía enfrente otro misterio que agregar á los muchos que he sorprendido en el curso de mi vida.
y que se desecan poco á poco en mi memoria. Y
de esta suerte, el de la «aventura» de Héctor estaba casi olvidado, cuando recibí una. carta del
marqués, á quien no había vuelto á ver desde
Cannes. Me escribía simplemente, como si nos
hubiésemos separado la víspera:
«S~bras por la prensa lo de la boda de Susa•
nilla. Dame el gusto, ó, mejor dicho hazme el
servicio de asistir á ella. Las cerem¿nias de ese
género nunca son agradables para un padre se·
parado y desearía abandonar la iglesia del brazo de un amigo, pues mid fuerz'ls físicas y morales no son ya las de hace diez alios . Cuento contigo, ¿verdad, quérido mío? ¿Irás?»
No bólo se casaba Susanill i, sino que se casaba bien: «un gran matrimonio » un' matrimonio
de á ~incuenta lineas, como di~en los repórters
especiales. Me encontré el templo de S'ln Agus. tín henchido de concurrentes, y I qué concu.rrentesl¡Qaé flores, qué música, qué .traj ~s, qué nombres!
No ob3tante, sobre aquel millar de personas, empezando
por mí, se cernía una vaga'molesti_a. Creo que muy p~cas
hubieran querido encontrarse
en el lugar de Héctor, oblicuamente arrodillado so'.:-re su reclinatorio, de manera de no
verá su mujer, que también
había cambiado mucho. El
discurso del celebrante fué
~uriosc. Aquel sacerdote, vie•
JO y vener'\ble, no era la primera vez que se hallaba ante
una: situación delicada, evidentemente. La sefiora de Fossemagne obtuvo cumplimiento por sus virtudes, que sin
duda pesaron mucho sobre su
modestia, pues los escuchó con
la. cabeza entre las manos y
sollozando. Hay que suponer
que el orador no había recibido, como yo, las confidencias de Lucila; su dii!curso no
mencionó las virtudes de mi
P?b~e. Héctor, pero se desquitó
g,orif1cando A sus ascendientes, lo que prueba que la nobleza le sirve hasta aun predicador en aprietos.
En la sacristía, el suplicio
f~é v:erdaderamente cruel. De
pie, Junto á su esposa, pudo el
marqué3 estudiar toda la gama de los desdenes, los rápidos apretones de mano las
sonrisas fingidas y obligadas
las fe:icitaciones en voz con:
fusa; de tiempo en tiempo
. .
también la omisión de algun~
vieJ!l, aferrada á las buenas costumbres.
Era c~mo un invitado neces1trio, como un invitado obhgado, cuya presencia helaba á todo el
mundo. Se contuvo, no obstante sus sufrimientos
Cuando se sen_tía dominado por el c ,nsancio d;
su papel, su mirada, en la. que brillaba un rayo de
amor,.s~ tornaba h~cia su hija, A su hija radiante
de fehcidad, de lUJO y de belleza.
Por fin formóse el cortejo para la salida y y
esperé_ al desventurado en el pórtico. Apen'as pu~
do reti~arse, tomó mi brazo y nos perdi mos entre
la ~ultitud. ~os ll~vó un fiacre, con las cortinas
?ªJas, como s1 hubiese llevado, á la salida de un
Jurado, á dos acusados puestos en libertad· despuéi de UDll absolución dudosa.
. Cu~ndo finalmente nos encontramos en la ba_bitación de Héctor, éste se dejó caer sobre un silló~, agotado; yo noté que en ese momento casi
tema el aspecto de un anciano.
. - ¡Pobre amigo! - suspiré -¡Cuánto has cambiado! ¿ Estás enfermo?
. -¡Enfermo!. . .. exclamó, riendo con una sonrisa dolorosa.-Usado por el vicio, agotado por
los desórdenes:
he ahí lo que he leído en los OJOS
·
. . d
Y a d ivma o en los cuchicheos de todos esos idiotas que aca~amos de dejar . ..... ¿Cómo quitarles la creencia de que esta habitación, en doude jamás ha entrado una. mujer, sea el lugar de cita
d; toda s_las. pe~adoras de la capital? ¿No lo has
oido decir tu mismo? ¿No lo has creído tú mismo?

��Domingo 10 de Septiembre de 1899.
EL MUNDO.
190

ALA MEMORIA DEL POETA JOSE MARIA BUSTILLOS.

gracia sin fin, en su resignación dolorosa, en esa
resignación, especie de embrutecimiento. con que
se entregan las almas á las grano.es de~dichas sin
remedio. Y todo ello, quizás, después de una risueña y crédula esperanza.
Gonzalo se sentía anonadado. Dernlvió al ciego
el papel sin decirle una palabra: las mil fórmulas
ele consuelo que en aquel momento acudieron á sus
labios no solamente le parecieron mezquinas, sino
irrisorias. Qui~o darle una limosna, pero un miedo absurdo de ofenderle, de echar ú perder con la
grosería del acto la nobleza del intento, le produjo
una de esas turbaeiones que tan bien conocen los
temperamentos delicados.
El viejo juzgando, ;;in eluda, aquel silencio como
una despedida, saludó amablemente y echó á andar
hacia :fuera. 'l're$ lágrimas brotaron de i,us ojos :
una bajó por el carrillo derecho, untáudo~e eu él,
hasta verderFe en la harba; otra corrió por el izquierdo, pero á la mitad del camino la detuvo el
obstáculo de una arruga, y la tercera. di;;puesta á
engrosar e,;ta última, temblaba, redonda y brillante, en el borde del párpado.
Gonzalo )ledina estaba desengañado de sí mismo. Pesaba en su conciencia. como un delito, la
facilidad con que había oh·idado Hl primera entrevista con el ciego. Juzgúbase n:o de un :fraude co-

INVERNAL;
Ya se ve de los montes sobre las cumbres
La nieve semejando blancos pena;hos,
Hay hielo de las chozas en las techumbres,
Escarcha de las peñas en los picachos.
Las flores se march itan, cierran sus broches
Al sentir el contacto del cieno aleve;
Y pálida y hermosa brilla en las noches
La luna como Inmenso globo de nieve.
Las aves entumidas piando tiritan,
Se congelan las aguas del arroyuelo, .
Los árboles sus frondas con fueria agitan,
El ambi;;ote está helado, diáfano el cielo.
¡Oh! flores predilectas de los poetas
¡,Por qué abrls hechiceras ~l cál_iz tierno?
Ya descubrí el secreto; bellas v10letas,
Sois las celosas novias del crudo invierno.
Nacéis cuando están mustias las flores todas
Para no sentir celos de sus encantos,
Y os preparáis festivas para las bodas
Ataviadas con ricos y azules mantos.
Por eso me entusias!Jlo cuando la cima
Del montecillo enhiesto de blanco viste.
•.romad, puras violetas, mi humilde rima;
¡I nvierno, á tus nupciales mi musa asiste!
MARIA

C. DE KA':'TENGELL,

GOLONDRINAS

metido ante aquellas personas, por cierto no escasas, en cuyo concepto era él hombre de corazón
compasivo. Y entre estos cosquilleos de su conciencia, sentía rn su amor propio, como punzante
alfilerazo, el conyencimiento de que, hasta allí, se
había engañado á sí miRmo, creyéndose mejor de
lo que era en realidad. No se hacía ilusiones de su
conducta futura: había comenzado por dejar partir
al ciego sin una triste peseta, y acabaría por olvidarle como la Yez anterior.
l\fas corrieron los días y el recuerdo del ciego no
se apartaba de su memoria: en ella vivía, e,·ocando con vortentoso vigor la imagen del viejo con su
roto calzado, sus miserables ropas, sus trémulas
manos, sus móviles párpados cubiertos de lágrimas ...... Lágrimas que no se sabía si eran fenómeno peculiar de la enfermedad de sus ojos ó desahogo del dolor que debía de cauf:ar en el corazón de
aquel pobre el convencimiento de su eterna ceguera.

J. G.\RCIA RODRIGUEZ.

En el azul de los cielos
y en forma sencilla y gráfica,
de la línea telegr!Hica
los alambres paralelos
un pentágrama formaban,
y sobre ellos, peregrinas,
dos amantes golondrinas
gravemente reposaban.
La una fingiendo un bemol,
y la otra un sí sostenido,
habíanse detenido,
cuando se ocultaba el sol.
A un eléctrico fanal
voló de pronto una de ellas
y, al quemar sus alas bellas,
en la bomba de cristal,
la infeliz cayó aturdida.
Su compaflera amorosa
se fué en pos de ella, afanosa,
y con queja. tan sentida
piaba y piaba sin cesar;
y 'una nifia que esto vió,
-¡Dios mío!, al punto exclamó:
¡si la pudiera ~alvar!
Un muchacho que jugando
estaba allí. se encarifia
con h piedad de la nilia,
y el poste enhiesto escalando,
y1J. llegaba placentero
al vivísimo fanal,
cuando un grave policial,
con ademán rudo y fiero,
al chicuelo hizo bajar.
Presa de intensa emoción ·
y sintiendo con razón
lai;i lágrimas asomar
A sus pupilas divinas,
se fué la oift.a hechicera
para que nadie la viera
llorar por las golondrinas.
Mas el llanto en vano, en vano,
pudo ocultar, pues lloraba,
y los ojos se enjugaba
cou el dorso d e la mano.
Esa noche no durmió,
¡Qué iba á d ormir! .... ¡Pobrecillal
Recordando la avecilla
toda la noche pasó.
Con el alba, diligente
corrió la nl:ft.a al fanal,
y al fijar en su cri~tal
los ojos, clamó doliente:
- ¡No es una sola, gran Dios!

.... ................ .... ... .

Con las alitllB abiertas
y una junto A otra, ya muertas,
estaban allí las dos.
EmLIO PACHECO,

-------•--------

Joven, llevando en el cerebro ardiente
Pensamientos risueños,
Sintiendo aletear sobre la frente
Bu!llcloso, impaciente,
El misterioso enjambre de los suenos.
Arrancando de su alma apasionada
La trova del amor dulce y secreta
Para ofrecerla á la mujer amada
Que su lira dorada
«Ado1Daba con ramos de violeta.&gt;
Así en la tumba reclluóse el bardo.
-Sol que temprano se ocultó en ocaso..:
La pálida beldad dijo: «Te aguardo,&gt;
El murmuró: «No tardo&gt;
Y ... . se murió feliz en su regazo.
Foy en su fosa lloran los amores,
Y hará ese llanto g-ermlnar las flores
Pc.rque rué de las flores el poeta,
Y su laúd, paleta
Que vistió la ilusión de mil colores.
Los genios tutulares del carií!o
Se postrarán de hinojos,
Y con sus alas de crespón y armiño
Cubrirán los despojos
Del soñador de corazón de niño.
Feliz él que vogó sobre los mares
Del mundo, en el esquife del ensueilo
Entonando cantares.
Era un proscrito quP- volvió á sus lares,
Lo llamaba ,m patria con empeño.
Brotaba el verso de su lira de oro
Impreg nado de notas celestiales
Remedando de alondras dulce coro.
Poeta, duerme mientras vierten lloro
En tu ataúd tus bellas «Inmortales.&gt;
Y en tanto que la fama lisongera
Entusiasta pregona
Tu nombre por doquiera,
Con rosas de la hermosa primavera
Te formará la Gloria una corona.
1\1ARIA C. DE KATTENGBLL.

Año VI-Tomo 11

México, Domingo 17 de ~Pptiembre de :r899.

••

TAPIZ DUCAL .
Ampliando las alas en un arco sonoro,
la hermosa cola abierta. cual panoplia oriental
cruzada de mil sab!PS con límpidos puños de oro,
bajo d negro eukaliptus está un pavo real.
La inmensa emoción pálida de una tarde de rosa
tiembla sobre las nubes solemnes de esplendor,
y soberbiamente ebria de lascivia orgullosa,
como un 8ultán el pájaro glorifica su amor.
Hay una joven blanca, que es una joven bel:a;
sueña en los moribundos éxtasis de la luz.
Tal vez sea tan blanca el alma de una estrella,
tal vez sea tao bella una perla de Ormuz.
Suena un amor de príncipe; intenso aroma exblla
cual brasa de incensarl'J, su boca de carmín.
El pájaro se a.cerca y roza con su ala
la ¡?ala de la falda de crugiente satín.
Y el amoroso pico en la boca entreabierta
se g-uarece, buscando deleites de embriaguez ... .
Ved cómo la doncella contempla el ave muerta
de amor, las alas regias tendidas á sus pies.
LEOPOLDO LuOONBS.

A UNA ACTRIZ
Es preciso que te bable con la franqueza
con que dos aves hab an dentro del nicto,
hablemos, pues, del Arte: de la Belleza
en la estatua, en el lienzo y en el sonido.

Los dos somos bohemios, los dos hermanos;
y, al conquistar serenos triunfos y palmas,
aparentamos siempre rostros ufanos
escondiendo la herida de nuestras almas.
C".láotas veces acaso traidora pena
tu razón deje obscura y enajenada,
y sintiéociote triste sobre la escena
se escape de tus labios la carcajada.
Todo artista, Se!Iora, sufre en secreto .. •• · ·
qué importan los aplausos? .. . . . . la ¡;!orla es , _
yo me rlo y sollozo con Rlgoletto
en esta miserable tragedia humana.
Adios, maga hechicera, .. . ... yo te bendigo
en estos versos-hijos de mi ternuramaüana en otro suelo piensa en tu amigo,
esclavo de tus gracias y tu hermosura.
Adios, guarda mis flores ...... y oye Y
algunas á tus plantas de diosa esparce,
y otras agrega al peso de la corona
que te ha dado la tierra de Nú!ier. de Arce.
Que te conceda el Genio que tanto adoras.
al cruzar por las sendas donde te canten,
no manos que te aplaudan atronadoras
sino manos benignas que te levanten.
JUAN B. DELGADO•

perclolf

J. OlJSA.OHS.-RetraCo del Sr. General Porfirio Dlaz.

(Wase la página 193. ¡

Número 1z

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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