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EL MUNDO.

Domingo 22 de Octubre de l~AII.

Año VI-Tomo 11

México, Domingo 29 de Octubre de x899.

BELLAl!i ARTES.

PRIMEROS RAYOS DE SOL.

Cuadro de Juan Sala.

CURIOSIDAD.
L . Passini.

Número 18

�Domingo 29 de Octubre de 1899.
EL MONDO.

264

EL MUNDO.

Domingo 29 de Octubr e de 181h,.

te? La solución no puede ser general

Director: LIC. RAFAEL REYES SPINDOLA.
--····················································· ··················•·······················•··•··•·······

Florilegio de José J1.1,n11 '.J\.il,l((da. -E~te libro que acabo de desflora1 tiene para mi un méntosupremo: encierra una alma. Es difícil ballar en la moderoa poei-ía americana, hecba por lo común de mar11;inal_es y
pastiches, esa misteriosa huella de _la personal_1dart
ue, al través de la retórica y de la runa, nos obl!ga á
4
11t•clr lo que el viajero que ve el molde de un pie en
la floja arena del camino: por aq~í pasó un _hombr~.
l &gt;e algún tiempo acá noto en los Jóvenes recién vem1Jos al arte, la falta absoluta de impresiones directas
y propias, y el afán de oc1·ltar la miseria psicolog~a con
¡!árrulos ,rebuscamientos y vocablos raros y bnllan.
1 es. Son las estrofas de estos flamantes rimadores á
manera de frágiles vasos fabricados con limo tan delt&gt;znable que un soplo basta para desba: atarlos.
El Florilegio de José Juan Tablada no es una urna
,·a ·fa, y aunque se ve que el artífice, al labrarla y
pulirla tuvo delante célebre¡, moiP-los, no por eso co1,,,í co~ el servilismo de un impotente; ~ntes bien,
1,ajo la presión de su mano experta se abneron flores
nuevas, enarcáronse pétalos exóticos y una palpita•
ción de vida recorrió los platerescos oroatoi;. No son
flores artificiales lae de este jardín exquisito; son extrallas á tal punto, que algunas veces semejan extravagantes fantasías. Pero, óyeme bien, curioso em morado de la belleza, si te acercas á esos cálices caprichosos, no encor. trará~, como creías, pétalos · de
alambre y bojas de terciopelo, sino qu~ te ª?!Dirarás
viendo cómo está animada, esa flora rnclas1ficada y
casi sobrenatural, de savia ardiente y !ecu!:!da.

7

/

!

Lo que en Tablada parece artificial no es otra cosa
que el hallazgo de alguna forma que la mult'tud no
trasegó y que el artista aprovechó con la intuición
maravillosa de su t emperamento.
En efecto; no hay exquisiteces más francas, más PS•
pontáneas ni más hondamente sentidas, que las que
caracterizan el Flm·il•;gio, cuyas páginas, nuelen, i;uu
una aristocrática vaguedad, á arrozales del Japón, á
bi"OS de Smirna, á incienso, y á no sé qué i,uave fraga~cla de /¡ibelot t.cado por manos de mujeres herro'&gt;sas.
Mas dentro del verso amplio, sonoro, transparente,
como en el rondo d e una copa de abierta. coroh de
cristal, burbuj(,a y bulle la sangre como un_vino generoso. La poesía de Tc1.blada, llena de primores, de
finuras, de filigranas, obra de un aurlfa.brista deliclo,
so es un modelo de belleza. Y no sólo por su dicclóa
p~ra y clara y por sus felices combinaciones rítmicas,
seduce esta poesía nueva, sino, por que, á la vez tiene un eco lejano, pero constante, de gritos doloroso&lt;:.
E.1. ]as com posici )'lCS batdelalr!a1as se acentúa m&amp;s

el amargo rei.abto de sufrimiento descreído Y ~artlrlzado que el poeta dejo esca.par por entre las Junturas dela rima.
Tablada es ante todo un apasionado; más bic.n, un
pasional. De su pensamiento hiperertesiado por 111.rgos ensueííos y rie su corazóu rebosante de ternuras,
na salido esa dulce y musical elocuencia con que nos
transmite sus raras Pmociones basta t~anspo1 tarnos,
por el poder de una divina taumaturgia, á sus extraflos y luminosos paraísos.
Porque el pueta. del Florilegio es un visionario refinado que por odio al vul"O, ama esos erotismos místices, ~s~s perversiones tra°madas de sensualidad Y de
retigión, en ]as que el deseo oficia como ~n sace~dote,
en misteriosos y satánicos ritos. Tabladarntrodu¡o en•
tre nosotros, el 11uevo estremecimiento de .Baudelalre; Y
de sus vlajfS al alma enferma y hosca de Huysman
trajo el recuerdo de esas infernales y negras ceremonias. Cuando nos da á. CJtnulgar sus lwstias negt~, experiment?.mos una sensación de malestar co~pl1cada
de voluptosidad y de regocijo: en .la obscuridad ~el
templo enlutado, la tantación roza nuestros lab10s
con sus alas velmda~.
El poeta nos contagia con sus suellos d~ opio, y al
rumor metálico de las estrofai:, y á la luz 10t~rmite11te de los tropos, sentimos que
·
El coraz,ín desangra herido
Por e! cilicio de las penas
Y corre el plomo derretido
De la. neuro~is en las vem•s.
Ah! con cuánto phc1 ~ llegamo, al fin.l del 1:bropara
murmurar como á la salida. de un culto;prob1bido, el
Lo.us Deo, con que mansa y serenamente se despide el
poeta de nosot,ros, convencido ya de que el goce satánico no da la. feltcidad y si el hastío,

lentas, las magníficas; nos entusiasman, nos arreba
tan, nos sacuden; pero no bien desaparecen, cua•
ya preguntamos:- r. En dónde está Ml mí?
A hora acabamos de llorar con ella; volvió como
de costumbre, muy tieroa, muy linda, muy dulce,
mny sumisa.
La fresca y deliciosa música de Puccini fué Interpreta.da de una manera excelente por el maestro Bovi. Se conoce que el maestro está como nosotros· en,.
carillado con Mimf.
'
Y, dime, muchacha de los ojos risueños ¿no ener-.
dad :i_ue tiene razón?

***
Confieso que esa parte del libro es la más seductora
para mí, po·rque á través de ella, como á tra\·és de un
símbc,lo artístico, entreveo el espíritu de Tablada,
triste, adolorido, inquieto, nostálf!iCo de ideal y enfermo de escepticismo y dese1&lt;peranz.a.
El Onix-una admira.ble página moderna -es un
profundo sollozo de la tristeza humana, un suspiro
del dolor eterno, un g1 ito de la infinita angustia de
vivir.
Bien hizo en anunciarnos el poeta desde la portada
que su libro era una jaula, una lápida y una lámpara;
jaula de !&gt;US sueños, lápida del RP.pulcro de su fe, lámpara de su amor; su vida, en fin, el resumen de su
vida int,ranquila que promete terminar en la beatífica tranquilidad de un arrepentido y de un resignado.

***
El Florilegio es un libro encantador como obra de
arte; señala un rumbo; fija una época; marca una
ernluclón.
Después de Rubén D u ío y de Manuel GuLiérrez
Nájera, ha sido Jobé Juan '.rabiada. el propag-tndista
más avanzarlo de la actual estética francesa. Este Ji.
terato es japonófilo por inclinación: se sintió desde el
principio de su carrera hermano menor de los Goncourt; y ellos lo llenaron de amor por los crisantemos
y de veneración por las flores de lis.
¡Oh, excelsos admiradores del Japón y del siglo
die-i y ocho!
De sus autores favoritos, de sus e'-tudios y de sus
lecturas, !:O ha tomado sino aquello quf\ con venía á
su temperamento y á la segura formación rie su personalidad. Claro es que en la poesía de Tablada se
siente la caricia de Baudelaire; se oye h voz unciosa
de Verlaine, se ven pasar rápidamente las sombras
de los poetas malditos; pero el cantor del Flo1·ilegio
hace creaciones de sus reminiscencias, y en todas
partes halla su sinceridad y su estilo.
Tablada es un espléndido colorista, y a,í en sus
miniaturas como en sus lienzos decorativos tiene to•
q ues de luz y matices de un vigor extraordinari, 1. Los
poemas exóticos son verdaderas joyas en PSte sentido.
La .Atlántida, el Canto de los gemas, los FUÁ!gos artijlciale.~. son un derroche de pollcromias admirables.
Y cierro el Florilegio pensando en que he admirarlo la labor de un ar!iista y oído la. confidencia. de
un hombre.
¡On, cu::ia rara en estos t!er;µpos de las rimas efímeras y de las estrofas frágiles y vanas!

** *
... . Y no podría contarte más: son muy escasos
los bUCe::ios de la semana.. Cun vén conmigo, muchacha de Jus ojos risu~ñus, que eu México la aparición
de un Ji oro bello es un sui;e~o. Por eso te entretuve
h abl,indute del Florilegio. ~o te eut'ades. Pase mos á
otra cosa. ¿!fas ido á la óperai'
Nos visitó Mimi. .IJ:s imposible ol vidarla. ni d ejarla
de ver por mucbo tiempo. Nada. hay tan tierno ni
tan conmovedor para nosotro'l que verla del brazo de
Rodolfo, mientras cae la nieve en la mallan Ita gris y
triste en que prometen deja rile los dos bohemios cuando vuelva la tiena á cubrirse de flores.
Del idilio callejero nos queda siempre una memoria dulce. Van y vi.:nen las grandes óperas, las opu-

LA FE Y LA FELICIDAD.
Lo, creyentes dicen: &lt;El escéptico es un egolata;
duda. de todo para eximirse del cumplimiento deau
más altos deberes; nie~a el más c1.llá para evitarse la
angustia y el tormento de creer en el eterno caat,lgo,
duda de Dios ó lo niega para no tener,que temerlo ni
que respetarlo; niega el alma para tributar homeuje á la materia y crearse el derecbo á todos los go.
ces. En el fondo de cada escéptico hay un sibarita,
c1eer es maniatarse, aherrojarse, ponerse cadenaa al
pie y esposas en las manos; la creencia es Itinerario
que encarrila y obliga á seguir una senda determinada; dudar ó negar equivale á jlanear, á echar por el
atajo, á proclamar la libertad desenfrenada de la &amp;e•
ción.
&lt;El escéptico es un sediento de goces que rompe todas las trabas y desa'.:a t odas las ligaduras; qulerego•
zar de todo y derriba al rededor de sí los muros que
lo aprisionan y los valladares que lo contienen; tira el
fardo para ali gerar el paso, no tolera presiones ni tell·
sionPs; quiere, como la mariposa, volar de flor en flor
y se aligera de escrúpulos, de reticencias, de susceptl•
bllidades y de preocupaciones para volar más 6gllf
libar mejor miel, en más perfumados cálices!
cEn el fóndo, d escéptico es un sediento de placer y de felicidad que pisotea tradiciones, estruja 1
desgarra respetables textos, vuelve la espalda al ~
sado para mejor vivir de presente y da de barato el
maña.na para disfrutar más completamente de la di·
cha actual.&gt;
Losescépticoscicen: &lt;Felices los que creen! no puede darse mayor dicba que la de esperar y confiar! Saber que tras de esta vida hay otra y eterna vida; que
todo dolor tiene como recompensa un goce lnetablt
é inextinguible; estar cierto de que t ras de cada _.
cuan za hay un amparo; tras de cada desengallo uncOD•
suelo, tras de cada lágrima una sonrisa; sentir al l&amp;do de sí y sobre sí una protección perm ..nente, un•
cudo que cubre contra la saeta, un casc,o que deflendec,mtra la maza, una cota que embota el pulla!, 1JIII.
mano que aparta de Jo;; labios el cáliz amarg'!!,,!.
ciego y contar con un guía; ser ignorante Y ~
un Mentor, caminar extraviado y encontrar una~
jula, na.da puede haber 01 más dulce ni más CO
dor.&gt;
, JII;
eV ivir sin creencias es vivir solo, atenido
•
propias fuerza~; es tripular una barca abandon~
mar proceloso, lanzarse á un c1.rrecif_e sin_ faro,}o8o~
la selva sin una tea. No es la fé qmen t iene
vendados; la duda es la ciega. :Quien c!e~:
palpa; quien duda, tantea, tropieza, nc1la, apaPJaluz quien abandona la fé y está condenado,
medio Errante, á marchar sin objeto, á ~aminar ansa .S.
ta, á sufrir sin consuelo, á luchar sm esper
triunfo.&gt;
r,á ¡ radlf.
En cuál de estos encontrados alegatos~ ~ J~
te
y á quién de esto;; dos contendientes asiS
al'-'"
cía? Es el creyente quien debe men:°sprec1~
céptlco ó el escéptico quien debe envidiar al

ve,º':

nu:

ni absolut1.; hay escépticos y escépticos como hay creyentes y creyentes.
Creer á la usanza musulmana en un
más allá de goces infinitos, tangibles y
materiale~, en bosques frondosJs y lag os tranquilos, en palacios suntuosos,
en h uríes semi di vi nas, en perfumes
embriagadores, en la eternidad del placer y la eteroldad de la dicba, debe ser
una felicidad. Comprar con abluciones
y cort1s plegarlas un paraíso inefable
y cterr.o, nada puede haber mejor. Pero creer, á la usanza india, en di vinidades monstruosas y desmesuradas,
r.rueles como tigres, implacables como
Gorgonas, asoladoras como huracanes
deb? ser el más cruel de ,os torm entos: la mitología escandinava no puede crear ilusiones, ni esperanzas, ni hacer surgir consuelos. El puritano inglés, sombrío, acosado de terrores 11:lÍS·
t1cos, amagado de tremendas asechan ,zas, tiene por patrimonio el dolor y no
la fel icidad.
Creer, no es ser feliz, sino con la cond ición de que la creencia esté i m prego ada de esperanzas y embebida de
i luslóo. Con un paraíso griego, con
d ioses de ópera bufa, se puede á la vez
-creer y gozar; si la fe reviste las sombrías formas puritanas, indias ó escan-dioa vas, t iene más cuenta dudar ó ne-

I

¡

.gar.
La folicidad del creyente está basada, pues, en la naturaleza de su creen-cia, en las promesas que formula, en
las esperanzas que alienta, en las ilu,siones á que da pábulo, f'D las aspira-clones á que promete satisfacción.
-Cuando la creencia que se adopta, con•
-suela á la vez que amenaza, estimula
-á la vez que amedrenta, empuja á la
vez que retiene, el creyente no deja jamás de hacer pie en el lado dulce, con-solador y tierno de su fe, y punto omi•
so ó poco menos en su lado amenazador. Se cree más fácilmente en la mi:sericordia que en la justicia, en el perdón que en el castigo, más se espera
~l cielo que se teme el infierno, y la
t e es sin disputa, en estas circunstancias, un element o de consuelo y de bienestar.
El escéptico no es tampor.o, ni tan sibarita ni tan
-desgraciado como se le pudiera suponer; todo depende de la naturaleza y alcance de su escepticismo. Uu-dar de todo ó negarlo todo, es de todo punto imposible; el filósofo que dijo «dudo de que dudo .... &gt; lo
hacia por jugar del vocablo. En el fondo de todo es-céptico bay un creyente; quien niega lo sobrenatural
-ó duda de ello, cree-en lo natural, y quieu no acepta
~¡ más allá apechuga por lo menos con el más acá. La
duda absoluta, general, universal, no existe; cuando
más, se presenta como un caso patológlco, como una
~nfer medad del e~píritu cuyo tipo inmortal es Hamlet, y B a.mlet creía en muchas cosas, entre otras en
.la Rombra de i,u padre y en su venganza.
P,ua. el esc~ptico hay también un balan;ie que pu;i-de serle favorable ó desfavorable, según la nat,Urale'.f.a y t rascendencia de lo que acepta y de lo que niega
-ó le Inspira duda.
E l escéptico que negara el infierno y aceptara el
J&gt;a1aíso, no podría menos de ser feliz. No dPja. de serlo ta mpoco, puede al menos serlo plenamente, el que,
-como es lo general, niega lo sobrenatural y acepta lo
natural. Negar lo sobrenatural, ya lo hemos dicbo,
~s prescindir de goces, pero también prescindir de
-dolores; es vedarse esperanzas y matar ilusiones; pero
1.'.S también suprimir te~rores é inquietudes. Abora
bien, es indudable que con esa supresión pierden los
:sedientos de place:·es, los insaciables de goce¡,; pero
es Indiscutible que ganan mucho los tímidos, los In-quietos, los que prelieren sacrificar el placer con tal
d e no exponerse al dolor y esta clase de seres son leg ión. En nuestra raza, especialmente, abundan quienes prelieren no gozar con tal de no exponerse á sufrir, y quienes sacrifican gustosos sus goces con tal
de no experimentar contratiempos. Contentars.i con
poco, ren unciar al poder, á la gloria, á la riqueza, con
tal de ev it.arse enojos y desagrados, de trabajar poco,
d e no prescindir de la ,;iesta, d el paseo, de la guitarra, es la regla y no la excepción entre nosotros.
Nuestras clases medias podr!an ser escépticas sin lle•
gar á ser desgraciadas y nuestros indígenas ,o son de
hecho si n ser por eso más infelices.
L o quP.bay en el fondo de esta timdebatidacuestión,
es que la relicidad no es cuestión de fe sino de temperamento y de carácter. Todo sistema de creencias
t iene su lado alhagador como su rincón sombrío; to•
dos encierran esperanzas y temores, ilusiones y desencantos; t•&gt;do~ pro.neten placeres y penaij, todos seducen y todos aterran. Del carácter del creyente depende apoyar de un l&amp;.do ó del otro; sentarse del lado
dp la luz ó del la.do de la sombra; dar mayor importancia al elemento goce ó al elemento dolor, al aspee-

SR. GENERAL BERNARDO REYES,
Gob~rnador del Estado de Nuevo León.

t-0 esperanza ó al aspecto desengaño. Musulmán,
boud ista, católico, Demócrito hubiera.siempre reído;
Heráclito hubiera siempre llorado; Voltaire, católico
no h·Jbiera sido menos feliz y Lamartine, protestante
ó judío no hubiera sido menos gemebundo.
Y es que la felicidad no está ruera sino dentro, y
no radica. ni vincula en el saber, ni en la fe, ni en la
ciencia que se estudia, ni en la filoi\ofía que se profe•
sa sino en el carácter del hombre, en el juego de sus
sentimientos y pasiones, en la forma impetuosa, ex •
ploslva ó serena y perseverante Je la voluntad. Se
puede ser feliz sin fe y sin ciencia y desgraciado sin
ella y al contrario. La ciencia y la fe no hacen por
sí mismas felices á los hombres; pero , pueden hacerlos fuertes: la ciencia siempre, la fe, segúu sea ella. No
hay más que una clase de escépticos desgraciados
necesaria aunque temporalmente: los queban creído;
pero es defecto é inconveniente que, como el de la
juventud, se cura con el tiempo.

HISTORIA DEL EJERCITO.
En una obra que con el título de «México y su evolución social&gt; publicará espléndidamente ilustrada la
casa Ba.llescá y Cía., la parte relativa al ejército ba
sldc. confiada al Sr. General D. Bernardo Reves. Engalanamos nuestras columnas con la últi ·oa página
del estudio del Sr. Reyes, que rc1rnme, en rasgos magistrales, la acción de este magno organ ismo y su
transformación laboriosa y sangrienta de clase pri v1le"lada en instit ución nacional. El ilustrado autor
h ; escl'ito con amore su trabajo, y nuestros lectores
juzgarán con qué 11.rte espontánP.o sabe comunicar la
seria y viril emoción que Jo domina al sintetizar la
obra de sus mayores y sus iguales al través de nuestra dramática bii,toria.

** *
Hemos pasado por las amargas pruebas que nos impuso la ley ineludible de nuestros antecedentes histó-

365
rico,, de los atavismos de las razas de
que somos la resultante, de la ebullición de sangres enemigas, que se mezclaron con sus odios y sus energías contrarias; y al fin, depurados por el fuego de todos los tormentos, acr!solados,
después de sufrir el martirio de tre•
mendas luchas, nos podemos presentar
ante el mundo, con un ejército que ha
sabido, sacrificándose, formándose entre la matanza, salvar la independencia y la libertad de la patria, formidablemente amenazadas en el luctuoso
periodo de sesenta aíl.os de constantes
guerras.
Aquí está, pues. este Ejército 11Iexicano, con sus 26,000 soldados en la
paz, cun sus 160,000 soldados en la
guerra, teniendo por h1storia la que
hemús trazado, por norma el deber, y
por religión el honor.
Para saber cómo este Ejército ha venido á formarse, hemos asistido á la
gran epopeya de la República, y bemús
v isto á sus héroPs luchar, remontánélose gloriosos á la luminosa región de
los inmo:tales.
¡Qué cuadro el que hemos present,adol Se emboza el campo c11n su maleza bravía, su arbolt&gt;da. sombrosa, sus
montañas y s~,s torrentes salvajes; el
flechero cazador de al;í, es el guerrero
que disputa la presa ensangreutada, y
alza el chuzo con nervioso empuje, y
lo hunde en el pecho del contrario.
Aparece la tribu armada de lanza y
arco, que defiende un campo en que
bizo brotar la planta noble, que brinda el alimento tan buscado. Se advierte la ciudad embrionaria, que se apresta á la luchii por su sosiego, en quP, anhelante trabaja po:- su bien, y que
turba la atrevida hueste ávida de botín. Se mi;a la Nación, la raza que
reune sus contingentes y que forma.
las falanges guerreras, que defienden
la tierra en que se extiende y se sustenta, la tierra en que su vida se desarrolla, ó que se lam.an á dar más amplitud á las fronteras, á buscar para
su acción nuevos países.
E~ la raza azteca esa raza, y se la ve asentarse en
el A.nánuac, sobre un valle cubierto de lagos y arboledas; se la ve combatiendo con los vecinos, y organizando un ejército asombroso; pero hombres extraordinarios, cubiertos de hierro, invulnerable á las armas de los aborígene1,, y que disponen del fuego y
del rayo [ el arcabuz y el cañón J, aparecen por el
Oriente, aliados con sus innúmeros y antes vencidos
enemigos, y abogan á sus 11;uerreros en su sangre, y
sujetan al pueblo subyugado, á largo cautiverio.
De la mezcla de cautivado res y cautivos, nace una
nueva y ardorosa gente, que arroj'i al fin á los advenedizos, que siempre engreídos, conservar quisieron
el dominio, cansándolos, venciéndolos en cruenta y
prolongada guerra; y entonces se forma una naciona
lidad beterógenea, la nacionalidad mexicana, de distintos orígenes y aspiuciones, de ilustración di versa; y luego esa Nación escampo deanarquía: conmueven por sesenta allos su tierra, la pelea y ,la lucha, contra propios y ext,raños. ¡Cuánta sangre y qué
vitalidad para soportar las terrible y constantes hecatombes!
¡Qué época la de nuestras guerras! L&lt;lS batallones
que combaten, y SUi restos ensangrP.ntados que son
vencidos ó que triunfan ; los escuadrones arrebatados
por el vértigo de la carga, que caen destrozados; los
cañones que truenan é ilucninan siniestramente; los
estandartes flotando, corriendo con llamas encendedoras, en lo:, amigos y enemigos campos; tropas cho
rreando sang re, q ue se miran entre el fuego y el bu
mo; brille, de armas, fragor de bronces, toques de
cornetas y t ambores, flamear de banderas vencedoras ó vencidas. Tal fué el cuadro apocalíptico de nuestras luchas intestinasl-Y así, despedazados por ellas,
nos agobia la in vasión anglo-sajona, y lu~go, más tarde, viene el galo á nuestro festín sangrien':,o; pero
nada se agota: ruedan instituciones envejecidas. ruerlan cabezas con coronas, y al fin, t,rai; tanto padecer,
tras brega tanta, se alza nuei,tra R~pública glorio~a,
se yergue al cielo, por nuestro ejércit o so,tenida, la
nacional bandera mexicana.
Al reflejarnos la historia en su gigante espejo fiel,
la perspectiva de los t iempos tudos, el vértigo de lo
infinito nos invade, se siente el dest&gt;o de acciones
grandes, y la emoción, electrizando nuestros nervios,
nubla la vista y aprieta el corazóu.
GRAL. BERNARDO REYES.

�Dom1n~ 29 de Octubre de 1!199

EL MUNDO.

266

UN PINTOR DE MUJERES.
HE:LLEU y

LAS

mti·!r:~

***
· ·
¡ ·
J
l lápiz con el mismo buril sobre el coNadle como él ha sabido escnbir co~ ed P;~c:~~~~a~nadie' como él ha aabido pener,rarse de
breó
el yacer~
esta encanto
supremacor
motnogra
ese
raro
delicado
esano dae 1:s muJ·eres d; Watteau, su maestro lejano, su eterno

a imiradol
.
1 t lle ó 4 tan decidido y bello culto por la muCómo, por qué camino, e~e e;Xdl~ls1¡º1~in~:ae vo!ación · era el llamado, era el elegido; era el
ier? Por vocaci_ón, por una eci á
al perflles sus mis altas y serenas concepciones.
único, Y la muJer le debe sus ~ .., 1 e :s ras del siglo X VIII t an amadas por los Goncourt;
El ha resucitado todas esas iv nas gu
m ~lidecida de un ramo de flores próceél ha sabido fijar los viejos encanto:: de unau:ri: e~ ~n parque' abandonado de Versalles por
res en un vaso de Se~res; ~e una t~s a~ua ji:1a1 que ríe ante la majestad triste del sol ponlenlas gulas Y las parásitas; e udn rmrnoecodo umbroso· de una cabecit 11. risueña 11ue se inclite de un pensador q11e se pler e en u~ r la mar en de'un riachuelo, asf á la sombra de un árna hacia un es;,anque pl:cido. d.. y
tta un :red lo así en el bote ligero que boga sobre el
bol, así tras
ver e ql~e
m·er, enigmáti~a, elegante, soñadora ... ... hermosa,
e,tanque
....laempal_iza
la muJer, a.f.iempre
a muJ
infinitamente hermosa!

ªN•

EL MUNDO.

267

LA FRINOBSA DE, LOS GANSOS.

f&gt;ARISJE:NSliS.

Hay músicos feministas, esta ~s la palaura,
en cuyas melodfas, en
cuyas lnstruruentaclunes, en cuyüs mismos
trozos descri ptl, os, palpita el eterno femenino, como siluetas armónicas de hembras tristes ó alegres, en que la.
hembra alta ó baja, plebeya ó hid"lga, rfc, llora, canta, gime; que han
sorprendido y aprisionado en el pentagrama, la
armonía de la mujer.
Hay poetas feministas, que consagran á la.
mujer un platónico culto de ebtrofas, que la
hacen destilar pür sus
versos con ideales fisonomias, que impregnan
de vaguedad melancólica, ó de su embeleso penetrante todo lo que escriben; poetas de alma
llena de su delirante
platonismo para la gracia. femenil que pasa. Y
son muchos estos poetas'.
.
·a to de la hembra en sus pac;teles, en sus
Ha.y por último pintores hechos para fiJar e1 ene ~g ias fuertes· artistas de elección, dlviacuarelas, en sus carbones, en sus cradyotns, dene::sgraci~ eternamP.~te dominadora. en el munnizadores del encanto femenino, sacer o es e
, .
do . ..... Helleu es uno de _ellos; es acaso/o~ por ~~Yc~/!1ti~ntusiasmo, con más delicadeza
como élde ha
po~t1ficado_
con flmores,
s sm
nlflas, estos son los modelos de Helleu,
enNadie
esa capillita
la muJer.
MuJeres
raro maestro de las elegancias, cuyas ob1as están llenas de ensneño.
.

fa

Domingo 29 d_e Octubre de la-99

r&gt;-UI~
···············•1111111~
!i1J~11111111111............
A media noche vaga !a bella Tifa!na
Bal!ada por la luna., al borde del pantano,
y de 1118 rosas frescas la tropa. purpurl na.

antcrchas pendiente3 de argollas empotradas en
y dPjrndo correr lágrimas grandes
el muro, el anciano Seftor del casti!lo, hundido en ydPscarnad11.Q
frías exclamaba:
s_ ancho sillón de baqueta claveteado de bronce,
-Tifoina!
·. Ya los criados haM11n levantado los platos, las se entregaba á la melancólica reminiscencia del
carnes ricamente sazonadas, los enormes past~- pasado,
Tifaina. . . . . . y se borraban las visiones de
les de trigo y miel; ya los pajes habían encerra.Afuera, según la estación, ó se engolfaba todo en hierro y sangre de 11us aftos guerreros, enrojecido en su perrera á galgos y lebreles, ya c1e había el encanto de la luna que platea los -iampos de dos campos de ba!alla sembrados de cad~veres,
alzado el silencio entre las sombras, cuando en avena verde y las florescencias de Mayo, ó los bajo citlos coléricos, incendiados y melancólicos;
el alto salón abovedado, alumbrado apenas por bramidos de la tormenta corrían sobre las olas saqueos de ciudades que retemblaban con los
lllaridos de los vencedores y los gritos de las poencrespadas, en tanto que algunas gaviotas cega
das por los relámpagos y a,rebat11das por la llu- blaciones pasadas á cuchillo; Potradas triunfales
via, venían á estrellarse contra las vidrieras. En bajo los ondulantes pliegues de las banderas; con
noches así, el vetusto edificio asediado por No- el escudo embrazado y la lanza en ristre. entre el
viembre crujía por todas las ensambladuras de su repique de h1s campanas alegre~; march'¼s forarmazón, y las pesadas puertas batían con férreo zadas durante noches frías; emboscadas en la
y espantable ruido, y al mismo tiempo á lo largo sombra bajo Ja lluvia, al borde cenagoso de los
de los ir.terminables corredores de la fortaleza pantanos, todo, todo eso se esfum11 ba en el vacío,
resonaban como sordos golpes de bigornia y ge- y emergía la aparición vapurosay flotante de una
midos siniestros, toda una procesión de almas en joven esbelta, pensadora y graciosa, con manos
pena que hHcía sudar de miedo al scldado, do como hech11s para dllr limosna. Era T faina la
centinela, agazapado en su garita, y tenía des- bella, la que con sus sonrisas y sus caricias había
piertos y con lúgubres pensamientos bajo el crá- como embalsamado el cuadragéiimo ano dela vi•
da de Bertrand y que reapare;ía poco á poco deneo á los hombres de 11rmas, de servicio en lasa- lante
de él
la baja del cas1illo.
Parecía.
cautiva entre los árboles azules de la
Pero ya fuese que la tempestad rabiosa barriera
la nieve de Diciembreó arrastraralas bojas muertas tapicería, sonriendo al través de las ram1ts realde Octubre á los fosos del antiguo dominio, ó ya fue- zadas de los manzanos amarillos de selv11s fabuse que la luna de Junio cirniendo su haz de rayos losas inventadas por los bordadores. Pájaros
por el camino de ronda, recortara en simetas fan- maravillosos de plumas resplandecientes revolotásticas y movibles la sombra de los jaramagos teaban en torno de aquella caheza, y eran los ojos
floridos que pobla'::-an los canalones, el vif-jo Ber- de Tiraina, sus ojos brilladores, transparentes y
trand Du Guesclín, en estío como en invierno, en azules, aquellos ojos inmóviles; y eran rns pies
primavera como en otofto, tenía, al empezar la desnudos los que lucían dulcemente sobre la yerba, en el enmaraf!.ado boscaje de enormes y sunnoche, su hora funesta, la de las lamen.aciones, tuosas
flores.
la de los ensueftos retrospectivos, la de !os espec-Tifaina, . .. !
tros que servían de cohorte á esa huésped de los
Y dentro de su corazón de antiguo jr fe de
ancianos que se llama la Tristeza. Y estando así,
mesnada,
he aquí que la volvía á ver tal como se
en aquel recogimiento, en la sala melancólica, llegaban las veladas largas hasta muy avanzada le apareció la primera vez, sentada junto á la
fuentP, cerca del pantano que limitaba una aftosa
la noche, y el conde permanecía frente á frente selva.
del recuerdo que, algunas veces, llegaba con sanFaé, al caer la tard~, poco antes de que anodalias mudas y presentaba en Pl vano de alguna
checiera,
cuando la sombra de la montafia CHía
puerta sombría su faz risue:lia de otros días;
y el anciano seftor, sumido en una especie de so- lentall1ente sobre el valle y algunos rayos de sol
nambnlísmo,percibía los contornos vagos de per- prófugos doraban por instantes la cima de los
sonajes reclinados en los sillones del recinto, cori pinos y se apagaban luego en el crespón de la
ojos softolientos y labios inmóviles; y susurraban noche. El aire era en ese momento de tan peneen sus oídos los nombres de antiguos compafteros trante dulzura, que Du Guesclin, por esa época
de armas, aclamados en otro tiempo entre el fra- en el vigor de la edad, tuvo que violentarse casi
para no deefallecer ... .
gor de Jos combates ó balbuceados en la embriaLa vió .... Estaba envuelta en una larga túguez cariliosa de los festines; y entre los pliegues
de 11",s tapicerías, figuras de pesadilla con sonri- nica gris, y cafa desde sus hombros un manto de
sas y gestos conocidos, aparecían trayendo en sus pafto color de rosa, bordado de anémonas. Permanos las flores de la juventud, antes resplande• manecía como una estatua, apoyado el codo en
cientes y ahora descolorid11s y mustias; y el an- el brocal de una fuente, y estaban rodeá.ndola
cial!o
levantaba trémulo, erguía su faz surcada numerosas formas blancas que se apiftaban con
por arrugas profundas, y enclavijando las manos suave rumor y produjeron de pronto cierto rnido
de alas. Fijándose el conde, reconoció que era
En los tallos selrgue .Para besar su me.no.

.....

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I~
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ª"

�268

EL MUNDO.

Domingo 29 de Octubre de 1899

llevaban las estolas al brazo, y el cura vestido de casulla bajo las franjas del
palio; las vírgenes amigas de la novia, sueltos al viento los cabellos luminosos, y llevando en las manos ramilletes de lirios; los hermosos donceles conduciendo la trabilla de los perros; la mesnada, de caras impoh,ntes y rudas con loa
morriones enguirnaldados en sefl.al de tiesta; los niJios rientes y mofletudos
estrechando contra sus vientres manojos de yerb_as aromáticas; los trajes
imponentes de las seJioras, el cornete de las seJioritas, las caperuzas de loa
músicos; los portadores de antorchas incendiando las tinieblas azules del bosque; los caballeros vestidos de gran lujo. y la luna reverberando en sus armaduras y en sus escudos de acero .... Tifaina .... !
Y tornaba á verla cu:1ndo, castellana ya, orabii como una santa en la capi,
Jla, trabajaba con 3Us mujeres en el gineceo tejiendo lana ó bordando oro
f ino; colocaba sobre el mármol negro que pavimt:nta el corredor del castillo
macetas de heliotropos, ó aparecía en el ángulo de algún sendero de la campi- ·
fta, á la sombra de los tilos, acompall.ada por el paje nifl.o que cargaba la es-

una parvada· de ánades salvajes, que tendían hacia lo desconocido el es•
faerzo simultáneo de sus cuellos.
.
Apesar de que se hall,1 b11 sentada, le parectó grande, en orme, gigantesca, y a pesar de su proverbial valor y franqueza, él se detuvo vacilante enfrente de tan extraJia silueta crepu11cular, que se perfilaba como Ju·
minosa en el lindero de la selva, junto al pantano engrandecido por la
noche.
Vacilaba aún, cuando la desconocida, levanUndose del banco de piedra
en que descansaba, le saludó con tan dulce voz, que él se imaginó que
estaba oyendo hablar al chorro de la fuente.
-Desde maf1ana, hermoso sef.ior de Tombelaine, le dijo ella, esperaré
á usted todas las tardes de mi vida, aquí, como en la tarde de hoy.
y los ánades tendieron el vuelo parloteando, y la joven apareció por un
momento envuelta en un torbellino de alas, y se veían en tanto centellear
radiosas pedrerías en la seda rubia de sus cabellos y en su manto reca•
mado de rubíes.
Du Guesclin volvió todas las tardes, conducido como por la mano, j1m•
to al pantano, al soto florido que regaba la fuente; y venía no más que
para ver de nuevo al sol ponerse y tell.ir con su último reflejo el manto
y la cabellera de la joven, y sentí~ diluirse su ~orazón como una fr?sa madura, y pasó así tres meses de tiernas entrevistas, tres meses dehcwsos,
hastala nochedeSanJuan, noche inolvidable en la que, entre el claro obscuro de los
grandes árboles rejuvenecí•
dos, fué á buscar, al son de
las flautas y los laudes, á su 1
novia que, vestida de bodas,
adornada y eng,llada como el
camarín de la Virgen, lo esperaba en el dintel ruinoso de 111.
mansión paterna.
Oh! aquel vi!lje al través de
los breiiales de la antigua selva baiiados por la luna, el
olor embriagante de los pinos,
la caricia inconsciente de los
musgos que retardaban su
marcha, la mirada profunda
de las lucernas que parecían
haber deQpertado sobresaltadas entre las raíces nudosas
al pie de las encinas. . . . Oh!
Todo el encanto del bosque
feérico poblado esa noche de
canciones, másicas, banderas
y antorchas errantes, y en
medio, por el sendero tortuo•
so, la desposada vestida de
blanco y cubierta por trans•
parente y tenue velo, conducida al dominio sef1orial de su
esposo,

...... .....................

Y he aquí que de nuevo, e.:•
tre los cortinajes bordados y
las tapicerías descoloridas, el
anciano veía pasar el cortejo
nupcial con los é!.iáconos que

carcela de las limosnas, sierupre con su gran cornete de no ble y poderosa dama, rematando aquel
rostro encantador de ojos siempre bajos y sonri•
sa siempre bondadosa; cornete extra:fl.o de ma6a
..:on la doble punta de sus velos que el menor so•
plo de viento agítala con estremecimientos de
alas, prestándole extraf.io atractivo. Y en pos de
ella, la cola de su gran traje blasonado serpen•
teaba y producía un rumor á veces inquietante. ..
Oh! esta cola ondulante que tenía deslizamlen·
tos de culebra, ¡cómo desmentía lo imponente de
aquel cornete puntfogudo como campanario, que
alzaba su remate á los cielos! ..... .
Y Du Guesclin dió oídos á las insinuaciones
alarmantes del anciano capellán, monje pusi!Ani•
me que der.·amó en su corazón la ponzofia de la
desconfianza, que hiere de muerte al amor y Ala
lealtad.
En efecto: la aparición de esta mujer había si·
do bien extra:fl.a; á la hora misteriosa del crepúsculo, en aquel sitio solitario y que tenía mala b·
roa á causa de la fuente en otro tiempo consagra·
da A los falsos dioses, genios .y ninfas desterra·
dos p,)r el Evangelio .... y es~ amor súbito se•
mejante á una fiebre maligna, y las languideces
que sobrevinieron, y la fuerza irresistible que le
condujo todas las tardes, A pesar suyo, al Jugar de
la cita, y hasta su nombre pronunciado con voz
de agua que habla, y la parvada de á nadt&gt;s, fan•
tasmas tan rápidamente evaporados en la noche.
en todo eso debía haber hechicería y sortilegios,
Y el conde se debatía, cautivo de maléfico amor.
presa en las redes de algún demonio ó de alguna
hada.
Embriagado por el espanto del monje, Ber trand
dió cabida á sus medrosos consejos y entró en
sospechas contra la dul~e y hermosa Tifaioa,
-Por las noches, le decía el sacer dote con vol

,Domingo 29 de Octubre de 1899,

opaca, ella ab~ndona el lecho conyugal, gana el
campo por antiguas poternas que se cr"'ian condenadas, y acompaf.iada por un enano de cabe2a monstruooa que aparta A su paso la ortiga y
la yerba loca, va á sangrar la mandrágora y á
eoaechar la cicuta en las tumbas de los ajusticiados.
y loco de espanto y de ansied11.d, Bertrand quiao verla y seguirla una noche, pero no i,udo pro-

EL MUNDO.
recen mis primer as aterradoras sensaciones de miP.do.
¿Por qué me causaban, desde tan pequen.o. impresión tan
honda los atardP.ceres?
Cuando las campanas daban
el pausado toque de oración,
~omo si se quejasen porq.ie
iban á quedar sumidas en la
obscura soledad de las torres,
me invadía una tristeza infinita, sentía en mis ojos pléto•
ra de lágrimas y la tristeza
era precursora de mi miedo.
Llegaba mi inseparable itcompa:11.ero nocturno haciéndome
sentir siempre su llegada, como en los rieles se siente la
aproximación del tren, por estremecimientos1 por vibraciones.
Odiaba yo la noche, deseaba para tranquilizarme que
pronto encendieran luz.
Las hondas heridas abiertas en mi amor propio,
por mis padres y h1:rmanos, no bastaban á hacerme acometer !a tem~raria empresa de entrar en
una habitación obscura, En una pieza negru. y si•
lenciosa, babía para mí enorme cantidad de miedo que me bailaba al entrar. Se me desplomAba,
abrumándome con su peso, sofLcándome con sus
mil brazos constrictores, como sofoca el boa con
su anillado cuerpo cuando se desprende del árbol
sobre la ternera.
Una noche mi padre me obligó á entrar en la
sala sin luz.
Entré. ¡Cómo me aumentaron las pulsaciones!
Anduve despacio y en silencio; hubiérase creído que temía yo despertará alguien.
Y cual s; manos invisibles me hubieran oprimido bruscamente las costillas, me estremecí, enar•
qué el cuerpo hacía atrás, y volví viol,m tamente
la cara, con un grito de espanto.
Contra un mueble me descalabré y á la carre•
ra salí, chorreando sangre y lágrimas.
En la misma recámara dormíamos, muy cerca•
nos nuestros lechos, mi hermano menor y yo.

longar el espionaje, pues apenas llegado á los foeos del castillo, b3.jo el arco mismo de la entrada
principal.
-Adiós par a siempre, le dijo y volviéndose á él
alladió: adiós, hermoso seftor de Tombelaine, ya
note esperar é más todas las tardes, como la tarde
~quella, porque la tarde de la muerte ha llegado
para T1faioa, Dudaste, y muero: adiós!
Y en tanto que él agonizaba de espanto y de
angustia asiéndose al muro con dedos crispados
,que sangraban, ella se desvaneció en el cawpo
inundado por la luna, vibró un leve rumor de
.aleteo y ya no volvió mAs, nunca más.
¡Tifaina, Tifainal
JEAN LORRAIN,

¡MlEOO!
«Sí,amigomío, beresuelto aceptar esa def,m sa,

_Y,no voy á ser yo quien la haga, va á hacerl1 el
m1sm~ acusado; yo sólo repetiré lo que él me dijo:

- St nunca h'l probado usted ese agrio manjar,
si nunca ha sentido calofriársele la piel. mezclár•
•ele ~a sangre misma dentro de las venas, con el
:frío intenso d el miedo, no acepte usted mi defen•
ea; n? sa~rá defenderme, porque no comprende•
~• m~ crimen -comenzó el imberbe encarcelado
e mirada febril y adem4n nervioso.
JamAs he experimentado la hermosa, la engran11ecedora, la varonil impresión del valor. Nací
,:h4rde, v~rgonzasamente cobarde, desesperan•
mente miedoso. No conozco má~ sentimiento
que el miedo; como los ebrios experimentan to·
~ ~us sensaciones, al travé~ del alcohol, yo he
de~ti.do todo_, todo lo he visto al través del míe~• ahora mismo he deseado e~ntir el remordí. ento, no lo conozco; he seguido sintiendo mi
1niedo generril, un miedo á todo, sin particulari•
!!rlo, &amp;in que me aterrorice la flgu:·a del muerto
·r vr 1as noches.
Con mis primeros recuerdos de la infancia apa-

Nnestro padre se hllbía apiadado de 11quel muchacho raquítico, endeble, deliMdo, fem\!nil que
deshonraba el mayorazgo, que sufría horribles
pesadi,las y prematuros insomnios, y había permitido que nos alumbrase durante la nocbe, velando nue3tro suefto, una lamparilla que á veces
como si quisiera tamblén dormir, parpadeaba. Mi
angustia era grande: ¡quedar A ob,curas!
Envidiaba yo á los gatos que según el dicho de
la abuelita sirvienta ven en la obscuri tiad, «el os
pueden huir del peligro, pueden defenderse de
los enemigos.•

269 7

Juntos entrábamos los dos hermanns en la rec11marita, y me apresuraba á dormir antes que
Felipe entr&amp;se en el suello. ¡Qué horrible quedar•
me solo!
¡Y en la pieza contigua dormían mis padres!
No pocas Yeces, Felipe rendido al cansancio
provocado por sus juegos de atletA, sus retozos
de muchacho sano y fuerte, dormí,1, con sueno
macizo, invencible para el y para mí que pr1-.tendía. me acompa:fl.ara en mi temible soledad. (Yo
prefería á la pelota y el trompo, una novela por
entregas, prffería la inmovilidad á la c'\rrera, y
mi pequelio teatro era el que más me atraía entre mis juguetes) Entonces procuraba que despertasen mis padres; una tos persistente me ata•
caba ó bien un dolor repentino, una neuralgia me
bacía quejar ruidosamente.
Nunca en esas noches tuve Vlllor, sino para
descender de la cama castalleteándome los pocos
dientes que me quedaban delos primeros que ha•
bfa tenido, y acercarme al bulto de ropa que se. m1. consoladora presunción, era el que fingía
'
gun
en la pared, la figura de un burro enorme ó de
un hombre agazapado.
Alguna vez el catre estremecido por mis movimientos, chillaba
como grillo, y no seguro de que
fuese el catre necesitaba yo cambiarlo de lugar.
Uc1:1 noche desperté bruscamente· á Felipe, preguntando qué
le sucedía, porque me pareció
que no respiraba, yo no oía el
ruido de su respiración en el silencio de la alcoba. ¿Estarla
muerto? Me pidió indignado que
le dejase dormir.
Parece que babia una. dvble
personalid11d, y que yo, el menos
cobarde, iba á convencer al ot1·0
yo de que no l 'evaba razón cuando se 11temorizaba.
- «¿Lo ves? no tenías razón.&gt;
Y sonriendo volvía á arroparme.
Pero me engafiaba yo mismo;
mientras apretaba los párpadoi,
y me cubría la cabeza con las
sá banlls, para protegerme de los
mosquitos que entonaban sumonótona serenata, con el oído
atentp pllrecfa. cuidarme de enemigos invisibles, iadefmidos,
imagirarios.
Primero el ruido de un ratón
que entretenía sus dientecillos
contra la madera de un mueble,
despué:1 la tos seca de la vieja
criada allá léjos luego d Iúguhre maullido de un g11to, y yo me echaba á temblar con un estremecimiento constante y suave,
interrumpido á intervalos por fuertes sacudidas
breví•imas, como sucedía á nuestro f.no perro,
cuando le ponían al sol después de bafiarlo.
A veces empezaba yo á dormir y me descubría
vinlentamente la cara, arrojaba lejos las roplls;
había sentido, había tenido la seguridad de que
un fantasma se me acercaba. El coco, ese coco
nunca definido que era para mí bacía algunos
alioR, según la voluntad de mi nodriza, un mendigo de voz ronc3, «que iba á llevarme,» ó un mou-

�EL MUNDO.

270

tón de harapos verdosos que encuadraban una
cara arrugada y negra, me h!zo despertar todo en
llanto muchas noches. Con su reaparición, yo sentia el mismo terror que cuando 11penas empezaba
A hablar. Me invadía todo el cuerpo, pero con es•
pecialidad la frente, un sudor frío.
¡Oh! si, el sudor del miedo es frio, ce&gt;mo el sudor de un bloque de hielo cuando siente calor.
Cuando me berenaba disminuía la impresión.
Los va~ientes deben sentir pocas veces calas•
frío. ¡Qué raramente ba de enfriárst&gt;les el cuerpo!
Ahora aquí, en esta celda, he recordado muchas veces aquellas noches, por estas que paso;
la misma impresión df'sesperante cuando, al despertar entre el silencio, sólo oigo las campanas
del rel"j vecino que indican los cuartos de hora.
Esperaba impaciente, contándolos con cuidado y si
daban cuatro ¡qué al gríal una hora más de marcha lenta, como mar~ha forzada, de la imponente
noche hacia su ocaso.
¡Ah, la Auroral Me producía el mismo efe~to
que be visto luego que causa á Jo., enfermos que
no logran conciliar el sueno.
Me volvía la calma, la confianza en los seres y
en las cosa~. Hasta la esperanza de que viviría
más; muchas noches sentía ahogarme, me hitaba
aire, ¡ignorante puerilidad! ¡el corazón no me la•
tía! Entonces llamaba, gritaba .... Siempre «¡la
pesadilla!;» no me pedfan explicaciones ya.
No olvidaré cuando subía la escalera, silbando
fuertemente para ahuyentar l'l susto, y en el corredor, acurrucado, me aguardaba mi hermano.
Saltó á mi paso, y gritó: ¡abhhl
1,as lágrimas, que procuré ocultará miradas
ajenas, fueron de dolor , de rabia, de desesperación , de impotencia, de vergüenza. ¡Mi hermano
menor me había atemorizado!
Y bien, ¿no era yo hombre? ¿no tenía por mi
sexo obligación de ser valiente? ¿no debia luchar?
Y yo trataba de convencer me: en resumen
¿qué er a lo que temia? ¿qué lo que me causaba
miedo?
¡Si hubiera sido algo definido! Yo no habrfa.
sido, no sería un infeliz cobarde. He conocido á
un hombre que temía horriblemente á los perros,
por pequet'l.os que fuesen; pero sólo eilos le causaban temor.
Trataba yo de per;;uadirme: ¿por qué en las
contiendas con mis compai'leros, cuando preveía
que terminaríamos en una lucha cuerpc á cu erpo, el temblor me in"'adía las carnes, y mi cara
se hacía pálida, como la cara de aqMl viejo santo que en u n nicho cuajado de prismas cristalinos estaba en nuestrll recámara alzando al cielo
sus miradas vidriosas?
En todo caso, si la derrota se declaraba por mi
parte, no podía ser lo que sufriera sino un golpe
má'l ó menos doloroso que nada significaba.
Sin embargo, siempre lo mismo, entonces con
ningún talento, y después con alguna diplomacia,
hui de los asaltos de pugilato callejero, tan comunes entre los escolares.
Una vez, en los momentos en que se levantó,
para descargarse sobre mí, la mano cerrada de
un compat'l.ero, con quien rellía, la vi agigantarse, antieipadamente sentí con descomunal fuerza
el golpe, y grité y corrí miserablemente, sin intentar siquiera defenderme.
Por fortuna no había testigos, y rogué á mi
adversario que al día siguiente no pub:icara mi
desnonrosa derrota,
Lo hizo; seguramente pensó que esos triunfos
no merecen publicarse.
Sólo una vez recuerdo haber llevado en la cara, las huellas de una lucha corta y desigual; urgía demostrar que no tenía miedo y acepté ¡con
qué gran esfuerzo de voluntad!
Pc1·0 Joaquín fué quien comprendió muy bien
hasta qué punto era yo cobarde, y muchas ve,..es
me hizo con sus burlas, con sus sarcasmos, el ludibrio de todos los demás compalleros nuestros,
en aquella escuela primaria.
Ni yo mismo supe por qué aquel muchacho,
diJtraído, juguetón, que parecía no observar hecho alguno, llegó á tener el conocimiento y la
exacta meñida de mi cobardía,
Yo habría sido muy feliz, si el destino nos hubiera separado al salir de aquel destartalado y su•
cio salón, en donde hiciéramos nuestros primeros
estudios.
¡Juntos fuimos á. la Escuela Superior!
Llegó á. tratarme con carillo, pero su carillo
que llevaba lil ternura de la compasión y la fria!0

dad del desprecio, me ofendía, me injuriaba. Me
queria porque no era yo digno de que me odiase.
Su orgullo le obligaba de cuando en cuando, á.
hacerme sentir su superioridad, á. recordarme
que me conocía, que habfadescubiertn la vergonzosa enfermedad, el asqueroso mal de que era
víctima mi espíritu.
Comprenda usted todo lo grandioso de mis esfuerzos, para hallar siempre una contestación ingeniosa á la frase en que iba envuelta una injuria, una respuesta. que les hiciera olvidarse de
que yo debía proferir otra ofensa. Y les hacía
reir con mis palabras, cuando !a rabia me ahorcaba, y el miedo destfü,ba gota á. gota helada en
mi COrllZÓD,
Al separarme me entregaba Ala desesperación
de mi ira contra él, y contra mí que no podía dominarme. Yo empezaba á pensar seriamente: ¿qué
iba á ser de mí en la lucha d:- la vida, si no sabía,
si no podía dominarme, vencerme á mi mismo?
Formaba mi resolución; le injuriaría, re iliria
con él, aun cuando perdie~e; eso ya no era mi
culpa, sino obra de su notable superioridad física.
Y, á la mat'l.ana siguiente, cuando le veía, y sobre todo, cuando el me veía, mi túnica de valor
se me rodab1 hasta los pies y me dejaba al descubierto, tal como yo era: un tembloroso cobarde.
Llegué á. dominar mi amor propio, y una tarde, tarde tempestuosa, lo recuerdo . ..... en esas
tardes el relámpago y el ravo me producían tal
impresión de terror, que huía de la soledad, iba
á buscar compafl.eros; ría usted: ¡al lado de ellos
temía menos al rayo! Esa tarde le supliq!lé: si
era más fuerte, si era más valeroso, podfa. mejor
protejerme contra los demás, que ridiculizarme
ante ellos. Si era duefl.o de mi secreto ¿por qué
no lo guardaba? Me oyó seriamente.
Aquel día sintió, es segu'ro, crecer su desprecio
hacia mí, hasta el extremo de necesitar hacérselo
sentir á los demás, y se los dijo; yo era un cobarde: Gno habían visto cómo procuraba huir
siempre las rifiasil ¿no habían observado cómo me
estremecía mochas veces, con sólo que me grl~asen mi nombre cerca, para llamarme cuando estaba distraído?
1fü era yo miedoso como una mujer, más, más
cobarde que una nill.al Lo verían, Y lo vierou.
Al entrar á mi dor mitorio dí un grito, y salí corriendo.
Los brazos musculosos de Joaquín me scjetaron en la misma puerta, y tal fué el estruendo de
las car:!1:1jadas, que deben de haber desperta&lt;io
de su profundo suet'l.o al esqueleto que yacía en
mi cama, y él mismo debe haber reído del terror
que me inspiró su descarnadv é inofensivo cuerpo.
-T11mbién los cobardes matan; cuídate-le
dije enfáticamente, ridículamente, cuando estuvimos solos.
Un día puso en mis manos un revólver para
que le matara y ¡¡no le maté!! Eufrente, con los
brazos cruzados, sonriendo y mirándome con fijeza, aguardó hasta que arrojé el arma al suelo.
Imposible, me estaba mirando.

Domingo 29 de Octubre de 1899.
¿Temí errar el tiro? ¿Temí las consecuenc1
11
si lo acertaba?
_No sé; «¡tuve miedo!&gt; es lo único que puede&gt;
afrrmar.
Mi mal se exacerbó.
Cuan_do bebía alcohol, al contra~io d e lo que
yo babia notado en otros, me volvta aún mAa cobarde, y al siguiente día peor; sobr e todo la aole:
dad era lo que más me aterrorizaba. No querf&amp;
hallarme solo.
A menudo, en las noches, cuando inclinado 10•
bre el libro. procuraba la resolución de un problema, sentía entrarme el miedo por la cabeza
caerme ~orno si fuese un chorro de agua.
'
Y muchas veces la mismll palabra me abofeteó:
«cobarde, cobarde;» en suenos la oía; salía. de 11lla
garganta poderoSl:l, me ensordecía, y despoés como si me rodeasen montarlas y moi::tat'l.as, t i eco
me la arrojaba muchas veces á la cara: «cobar.
de, cobarde, &gt;
Decidí matarle; me vindicaría á los ojo■ de
quienes me creían incapa z de dar muerte ni á 1111
perro. Me vindicaría á mis propios ojos,
Me urgía confi rmar lo dicho: «también loa cobardes matan», y así me libraría de aqutl dominador mio.
Me bafiaba con sus temibles mir adas, me recorría con la v ista de la eabeza á los pie~, r en el
lugar en que más se detenía mirándome, nlli mismo, sentfa el pinchazo de las agujas de sus miradas y por allí me entraba la inyección del miedo
que se difundía lentamente por el cuerpo. Necesitaba evitar que me viese, llegar sin que sintiera mi aproximación, m11tarle por la es palda.
Gozaba durante el día con la idea d e mi venganza, pero por la noche mis sufrimientos t&gt;ran
grandes; despertaba sobresaltado buscando bajo
la almohada mi acariciada arma, temía que me
la robasen, que él, conocedor de mis i uteccioner.
se me adelantara y fuera A darme muer tP, Y sin
embargo no acababa de resolverme á llevar A cabo mis propósitos,
Pero ese día me injurió nuevamente: «Ere■ t111
cobardts,» y me volvió con desprecio sus ancha1
espaldas presentando un magnifico blanco, aun
para mi mala puntería.
Sin vacilar y~, hiee fuego, y cuando le vi caer
agitándose como culebra herida, temía que se le•
vantara, y disparé, disparé basta que ya no bub1&gt;
proyectiles en el cilindro ¡qué lástima! ¿Qoé habrá. pensado cuando se revolcaba en la sangre que
le brotaba de la herida abierta por la mano deeste cobarde?
Y hoy. en la prisión, me siento libre, afürer11do
de aquella mirada abrumadora, independiente
de aquel dominio,
Yo que he sido 1esesperantemente miedoso,
irremisiblemente cobarde, me siento algunas veces curado de mi mal; ya no huyo á la eoledadt
y creo sentirme valiente.
Ahora comprenderA usted porque maté A eo
hombre.
FRANCISCO Z.ARATE RUIZ,

])Omlngo 29 de Octubre de l o99

EL MUNDO.

271

LOS LUN ARES DE M6XIOO .
En el dorado siglo XVIII, el infinitamente galante y el infinitamente perverso, los artistns ~a
pilare,, vulgo peluqueros, á. sus delicitdas labores
unían otra que ya ha pasado al olviuo, barrida
por las j11foios11s ~implicidades y sencilleees de
81ce siglo moribundo. Me nfiero al arte de hacer
luoares. Un lunar, para la estética erótica del ' i•
l(lO pasado, era algo sublime. Se me dirJ. que to•
davia hoy los l unares están en auge, puesto que
811e1en aú n florecer en los labios de los poetas; pe-

ro hay que advertir que, con la honrosa
exeepct:pción del fresco viejo Campoamor, los poetas que hoy cantan los
lanares andan como los tranvías de esta
muy noble y leal ciudad, es decir, atrasados,
Antallo sobre todas las mesas de toilette de toda m ojer hermosa y hasta de toda mujer fea. babfa estueheti con lunares
artificiales; les había de tafetán para imi•
iar las motitas lisas y opacas, y de ter ciopelo para i mitar esas maucbas lustro·
eae y velludas de la piel que semPjan mi
núsculas zaleas. Los drogueros de en ton•
ces vendían millares de esas ruedecillas,
Y loe de hoy, en materia de ruedecilla s,
sólo venden billones de eonfetti; en cam •
blo, anuncian á montones los específicos
para cubrir lunares di sgraciosos que dicen !ns franceses, y los epilatorios para
limpiar el cutis de ~odo vello aun cuando
eea fino y BU!lve como el del durazno.
De todo lo cual, lógicamente se deduce
que en este siglo les ha caído oolvo á. los

lunares.
Una metrópoli es como una mujer hermosa:
puede ser que un pequefi0 lunar en sitio propicio
coatribuya A embellecerla, sub rayando su carAc•
'4:r; pero confesemos que es muy dirícil atinar
con la oportunidad del sitio y del lunar, y por
ende ■ería prderible que tales lunares no ex istleaen, so peligro de dar al traste con la mejor estética,

México es una ciudad ht&gt;rmusa entre tedas las
ciudades hermosas. Su clima inmejorable, la opulenta cadena de montes que la rodea, la exhuberante vegetación de sus alrededores, todo contribuye á que llegue A ser una gran capital en la
más lata extensión de la p ,tla bra.
~ ~n gritn p"rte lo ha logrlldo ya. El cosmopoht~smo se hl\ it,filtrado en ellll, como se i11fütra Slémpre en todas las gr,mdes metrópolis, hastll el grado de borrar toda d1foreneia en tre la

l r¡ulevarrZ, á la hora de les paseos vespertinos,
cuando e~plenden las doradas incandescencias
de los apandares y repercuten sobre el aEfalto
los cascos de sooerbios corceles que tiran de
magníficos trenes, es igual á cualquier Clille céntrica de cualquiera metrópoli europea.
Las tiendas de todos los giros son ef pléndidas
en el c entro de la. ciudad; por doquiera se lev•1nt11n suntuosos palacios para residencias particulares; la Calzada de la Reforma es un paseo que

muy poco tiene que pedirá sus anillo•
ges de Europa ; el •bosque de Ch11pultepec, umbroso y centena, io, engastan do al histórico Castillo como A una
piedra preciosa montada al aire, es
envidiable y toda gran ciudad se enorgullecería de poseerlo.
La vida de México corresponde al
metropolitanismo del cuadro. La ani·
mación es grande á todas horas v la vida nocturna empieza á iniciarse hasta
donde lo permite la índole tranquila y
a parta da de nuestras costumbres sociales. En fin, el cosmopclitismo ha
sentado sus reales de tal suerte entre
nosotros, que muchos extranjeros que
vienen á la vieja capital de .M:octt&gt;zuma, ávidos de t&gt;xotismo y de novedad,
sufren grandes decepciones al encontrarse simplemente con una ciudad mo•
derna y civilizada.
¡Pero si se apartaran un poquillo
del centro!... ,
E scena en la calle de la Merced.
Es natural, por lo demás, que las
cosas fe11s da las metrópolis se manivida central ostensible de París y de Roma, de fiesten :&gt;n los barrios masó menos alejados, á.
Londres y do Madrid, de Berlín y de Viena.
los que no llega el movimiento que podríamos
Ese cosmopofütsmo que trae aparejadas la be-· ll_amar netamen~e metropolitano y que es pro(lu.
lleza, la c,)modidad y la limpiez.i, siempre em- c1do por el tráfico mercantil y administrativo
pi, zit á. i1 filtra rsP. por el corazón de las ciudades. y ~ lo_s que las_ miradas de la gente culta
El corazón de México es ya completamente cos- qmsqmllosa casi nunca penetran, si no es muy
mopolita ; la avenida de Plateros y San Francisco, de tarde en tarde, superficialmente, y guiadas sótan impropiamente calificada pe r nosotros de lo por móviles de curiosidad ó de dccumentación.

L as baiTacas de la Plaza .r1e San Juan.

y

Pla::ue?a del J ardin, [aj El Baratillo.

�EL MUNDO.

272

Domingo 29 de Octubre de 1899.

Domt_ngo 29 d~ Octubre de 1899.

Los barrios son las enfermedades y deformidades
de la metrópoli: pueden ser arrugas, gibas, pústulas. llagas ó abscesos. ¿Son cur1tbles? ¿Son amputables? Creemos que sí, pero es evidente que para tales operaciones há.se menester de uu gran transcurso de tiempo,
porque muy á menudo la causa de semejante dolPncia,
más que en vicios de conformación y en negligencias de
cuidado, radica en impurezas de la sangre, que no be
curan má.s que con prolongadas sujeciones de todo el
organisno á determinados rt&gt;gímenes de fortalecimiento. Es sabido que la sangre de las ciudades es su vecindario.
El específico único que purificará. esa sangre, es el
progreso moral, y la forma en que ha de administrarse
es en prédicaE&lt;, en periódi,:os y en_ libros. Y noóotros
debem0s confesar que siempre, aunque lentamente, hP,mos v.mido notando la mejoría de nuestra metrópoli
porque ya sus llagas sec1·etan menos podredumbre, ya
sus barrios producen menos homicidios. Por ende, estamos convencidos de que
debemos seguir aplicando el remedio.

27::l

El Baratillo es un formidab1e lunar de México

ea una cosa superlativamente f~a.

'
Participa del aspecto de un suburbio constantinopolitano de truhanes y de mercachifles y ae
una verdadera Corte de los Milagros.
Todo el que por vez primera se encuentra tren.
te al Baratillo, titubea mucho rato antes de atreverse á penetrar en aquel hormiguero erizado de
barracas de madera ennegrecida y apestosa.
Y si penetra, puede estar seguro de que irá pasando de sorpresa en sorpresa, en el conjunto y
en los detalles, y le parecerá un sueno que tod&gt;t.
esa población de podredumbre y de fealdad exista dentro del casco de nuestra ciudad.
El Baratillo en la Bolsa de nuestro puebl0, y las
mercancías que allí se cotizan se componen ue
todos lo.4 desechos de la ciudad y de todos los hu, toa del g énero chico. Por ende, er, el Baratillo constante albergue y no pocas veces ratonera de rateros; por ende, cada barraca del Baratillo tiene
un aspecto original é inde&amp;criptible, entre kahidoscópico y macabro.
Venden allí ropa de todas clases, interior, exterior é intermedia, pero en el extremo estado de
uso; perillas, fierros viejos, sombi eros, z11p tos,
todo lo que una ciudad desecha, después oe haber pasado por muchas manos y por muchos
duefl.os.
Allí, tras de una sabia tran~formaci:in, tras de
un artificial l ejuvenecimiento. te do , uelve á ser
revendid o y vuelve á ser usado por los brujas de

*

**
¡Los birrios! Si á uno de esos turistas superficiales y numerosos que de las ciudades que visitan no ven si no el rostro, es decir, el centro de elegancia, de placer
y de dinero, 1J lleváramos por modo para é l inconsciente á cualquiera de nuestros
oarrioa y de golpe le preguntáramos en qné ciudad se encuentra, de seguro no
sabría qué contestar.
Si, por azar, nuestro turista er!l. gente viajada y observadora, es casi seguro
quu, al mirar las casucas agrietadas, bajas y planas, y !Js pavimentos sueltos
y polvosos, y los caftos reventados, diría:

1

EL MUNDO.

Pl'imera calle de las Damas

Una escena en el Bai·atillo.
Una que otra mujer de enagua almi&lt;lonada y crujiente, de rebozo
nuevo, arracadas de cobre y botín de charol, uno que otro charrillo
ataviado de pai\o, de sombrero galoneado, tilma al hombro y zapato de vaqueta rechinante. Estos son los tipos pintorescos, los que
con una buena mano de idealismo de parte del poeta y otra de buena voluntad de parte del público, pudieran pasar á la escena nacional metropolitaM siempre que ésta sea del género chico.
Pero en lo ger.eral: miseria, sueiedad y descuido, son la BÍ'lteBls
de nue11tros barrios.
Algunos de ellos que fueron nuevos hece más ó menos tiempo,
pero que ya han d ejado de serlo, esperan todavía su definitiva 11dop,
ción por la ciudar! en form&lt;&gt; de pavimento y de empedrado: de modo que son desiertos de Sahara con formidables simvunes en tiempo
de sequía, y tenebrosos y traidores lodazales en tiempo de agoaL
Afortunadamente que esos lunares los tiene nuestra metrópoli
en partes poco vi~it les de su cuerpo. que si no fuera así, ¿que dirian
de nosotros las nacionos e:&gt;:tranjeras?

1

**
*

La Candelarita de los Patos.
-Es un suburbio de ?thrruecos, pero con los habitantes disfrazados.
-No, seftor: esto es México, la capital de la República Mexicana, la antigua y nob'.e Tenoxtitlán; estamos
en plena América civiliz~d!l., no en Africa.
- ¡Quite usted allá! si México tiene hermosísimas calles y avenidas, borJadas de lujesas tiendas y surJadas
de elegantes trenes; magníficos parques umbrosos sembrados de bronces i:le arte y regocijados por los Yibran•
tes ecos de estupendas múücas militares y por las inquietantes miradas de muchas mujeres, bellas como un
ensuefl.o! No, ésto nJ es México. ¿No ve usted que el
ilustre fürón de Humboldt, hace casi un siglo, llamó á
México la ciudad de los palacios?
A lo q ne ncsotros contestaríamos sin vacilar:
-Muv bien, amigo mío, pero en primer lugar, el Se:ftor de Humboldt en muy g9lante, y en segundo .•....
no conoció nuestros barrios « bajoe. »
El que no lo quiera creer, que se dé una vueltecita
por los Angeles, la Merced, la Palma, la Candelarita
de los P!l.tos, el Carmen, la Soledad, Santiago TJaltelolco, Martínez de la Torre, el Baratillo, etc., etc.
Casas bajas, viejas, sucias y agrietadas; olor de miseria, de hacinamiento y de podredumbre; pululación de
un veciodllrio abigarrado, soez, desvergonzado y asqueroso. Las pestilentes pulquerías como centro de reunión de muchas malas hembras y de muchos hombres
de valiente renombre á diez cuadras á la redonda; ellas
desgrefl.adas y &lt;lesceftidas, mal terciado el rebozo descolorido sobre flotante saco agujereado, que acusa por
modo poco decente, como diría un maestro nuestro, las
Ii,situdes de la carne; enzarapados ellos y de pelo hirsuto y luengo que se escapa por las roturas del somhrero d e palma.

¿Conocéis el B 1ratillo? No es probable, porque las dos terciu
partes de los habitantes de esta ciudad no conocen esa interesante
mexican curiosity, no obstante que la tenemos á un paso y que ee
una especialidad neta de la metrópoli. Pero los metr opolitanos somos
así: d f'j imos que nos observen, analicen y conozcan algunos extranjero11 y muchos fuereftos; nosotros sólo nos m:.vemos de la Ala•
meda al Zócalo y del Zócalo á la A lameda.

\

I

Oallejón del Puente de Solano.

Galle de Roldán.

aolemni iad, y hay elegante levita cruzada que
tras de repetida" metempsícosis baratillescas 11c~ba en guante de plancb&gt;\ ó en gorra de «golfo.•
*** calle amplia, limpia,
A la vuelta de cualquiera
moderna y aereada, se tropieza con C'l.l!ejones
angostos, sucios y mal olientes. como el de la Alcaicería, los de Dolores y el de TabaquP,ros; otros,
cerrados en un extremo, constituyen verdaderos
culs de sac, como el del Progreso [,ic!]
Lunares también son las vendiwias ambulantes de fritangas y de carn.itas, que son muy capacea de voltear al revés los estómagos delicados, así como las pulquerías que trascienden A
algo . que no se' puede escribir y que á. lo mejor
aparecen en las esquinas de las calles céntricas
Y nuevas.
¡Y las tortillerfasl 1Y las vecindades!
En las pr!m Jras, dentro de un cuartucho de
cuatro metros cuadrados, aparecen cinco molenderas, una cocinera. y ocho chamacos en traje na.tura! Y primitivo. En aquella pesada atmósfora de
s~dor, sin ventilación alguna, se confeccionan las
triguefias tortillas de maíz que se ofrecen al mercado Y cuyo aspe'!to, francamente, mata el gusto
por el "pan nacional. 11
L~s vecindades son también pavorosas: cuart?s sm más ventihs que la puerta que da al patiWo comú~, ~? las cuales viven familias r.nterae;
· C. prim1t1vos que sólo se limpian por campa•
nada de vacante; borrihles hacinamientos de gente miserable que trabaja dos dias de la semana
para embriagarse cinco . .... .

**

La vecindad de San Antonio, BaiTio de la Soledad de S anta Oruz

¿Desaparecerá t.000 :so?
Es de esperane pero de esperarse . ..... ·e"\

'ªªº·

,

~ ARDÍN,

Gall,j ún ele la Alcaiceria

�:? i4

EL MUNDO.

Domingo 29 de Octubre de 1899.

•

A.iio VI - Tomo U

M é xico, D o m i n go 5 d e N ov i.,rnb re de 1899.

1

DUELO

EL ABECEDARIO
Mlle. Thc,rnam.

Número 19

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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