<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<item xmlns="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5" itemId="3625" public="1" featured="1" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance" xsi:schemaLocation="http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5 http://omeka.org/schemas/omeka-xml/v5/omeka-xml-5-0.xsd" uri="https://hemerotecadigital.uanl.mx/items/show/3625?output=omeka-xml" accessDate="2026-05-18T12:41:23-05:00">
  <fileContainer>
    <file fileId="2265">
      <src>https://hemerotecadigital.uanl.mx/files/original/1/3625/El_Mundo._1899._Ano_6._Tomo_2._No._22._Noviembre_26..ocr.pdf</src>
      <authentication>62c98f96a9d615cc4104d14fb83c6721</authentication>
      <elementSetContainer>
        <elementSet elementSetId="4">
          <name>PDF Text</name>
          <description/>
          <elementContainer>
            <element elementId="56">
              <name>Text</name>
              <description/>
              <elementTextContainer>
                <elementText elementTextId="117445">
                  <text>Domingo 19 de Noviembre de 1899.

EL MUNDO

31(1

Encontró más de lo que esperaba. De la caja
musical surgió Blanca-Bella, que era la que había cantado sin que el rey lo advirtiese. En el estado en que el rey se hallaba, puede juzgarse el
efecto que producirfa esta súbita aparición.
Blanc~-Bella estaba mlis hermo~a, y el rey fué
con ella más carifloso que nunca. Se amaron mucho· ningún enemigo turbó su ventura; fueron
sie~pre adorados de sus súbditos; tuvieron hijos
tan hermosos como ellos. y no cesaron de ser
protegidos por la serpiente, quien les r:galó el
castillo de alabastro, en el que establecieron su
corte.

EL DESPACHO

¿No has visto, cuando prendes la hamaca en los naranjos

Antes de que pudiera ve~garme, ni aun d~rme
cuenta de mi mal, ya la obscuridad del encierro
me cercaba. Horas eternas pasé á solas con mis
celos, sordo al ruidoso traqueteo, sin otro afán
que el de terrible venganza.
Al fin un hombre pálido y ensangrentado me
dió libertad, despnés de colocar en mi ala un des-pacho.
¡Qué cuadro desde lo alto! Una ciudad murada
ocupaba el centro de inmenso valle, surca~o por
un río de rojizas ondas. En torno pueblos meen•
diados, campos sembrados de 11rmas y de cadáveres, y llenando de humo elambiente y el esp~cio de clamor, un círculo de caftanes tronando sm
tregua.
Mi horrib'le pena se mitigó al pronto ante aque•
lla inmensidad de sufrimiento. Pero el recuerdo
de mi amor perdido venció á mi dolorosa curiosidád y tendí el vuelo. Al mirar por última vez á
la ciudad, á la cual afluía innúmera muchedumbre dispersa y derrotl;\da, sobre la puerta de la
mnralla flotaba una manchita blanca. Se rendían!
Volé á todo vuelo, con la vaga idea de que era
portador de la noticia de un desastre y exclamando con feroz alegría:-¡Voy á vengarme! Ví
entre suenos ruinas humeantes, mieses abrasadas, campos desiertos, soledad y muerte que n~
me apiadaban .... ¿acaso eran comparables á mi
duelo?
Al llegar sin aliento me aguardaba el jde, que,
apoderáudo~e turbado de mi despecho, huyó dejando mi jaula abierta ....
En ella estaba sola la infame ...... quiso fingirme am0res ... . .. ¡cuánta hiel y qué amarga
· cabe en nuestro pecho! A picotazos la maté y su
sangre enrojeció mi plumaje.
Desde la airosa veleta contemplé á mis pies la
gran ciudad insurreccionada, Yo había sido el
portador de la infausta nueva que la enloque•
cíll ...... ¡Venganza justa! ¿Por qué habían destruido mi felicidad?
Por las anchurosas vías circulaba negro torren•
te entre bramidos de cólera. Y al ver el estruend~ con que se hundía un trono, me pareció que
el mundo lloraba en los funerales de mi dicha
muerta, y que era la sangre que goteaba mi pecho la que ensangrentaba á París.

¡Qué alegre vida la nuestra en los palomares
de París!
¡Qué paz tan dichosa; bien cuidado por ague•
llos simpáticos veterar.os, adorados por nuestras
companeras!
De cuando en cuando, por ejercitar nuestro
instinto, nos llevaban lejos, muy lejvs, durante
horas enteras, encerrados en grandes banastas,
oiamo~ en las tinieblas entrechocar ruedas velo•
ces sobre carriles rle hierro, silbidos agudísimos
y trepidación atronadora, que nos angustiaban al
principio y á los que nos habituamos en breve.
Al llegar á puntos elegidos, cada vez más distantes del palomar, nos daban suelta. Eramos
dos centenares: deslumbrados al principio, nos
elevábamos á gran altura, con atolondrado vuelo
y describíamos ancho círculo volando iguales.
De repente, nosotros, los guiones, sentíamos la
misteriosa atracción del palom9r, ese impulso secreto que nos orienta y guía más allá del límite
de los sentidos más perfectos, y allá íbamos como flechas, seguidos por los pisteros de instinto
menos seguro. Y ¡qué peripecias! Ora las aves
de rapiil.a dispersaban el numeroso bando; ora
elevadas montanas nos oponían valla casi insu•
perable, y el viento contrario y la nieve fatigosa.
Algunos faltaban al recuento; otros ostentaban
heridas de garras ó perdigones. Pero ¡qué al6gría al llegar! ¡Con qué júbilo nos acogían los
veteranos! ¡Con qué amor nuestras esposas! ¡Bendito aquel adorado hogar tranquilo, tan apacible,
pese á los atributos bélicos que le adornaban!
Un día uno habló de nuestra misión guerrera,
y aseguró infatuado que se contaba con nuestras
alas, como preciosos elementos de la defensa na•
c,ional. Milagro fué que no muriéramos de risa
al oírle. Nuestros irónicos arrullos alarmaron á
JUAN ARZADUN,
los veteranos de cabellos blancos, tan pacíficos
como nosotros; ¡y decir que éramos de guerra!
¡Quelle blague!
Pero no hay dicha eterna. A mediados de Julio del 70, una actividad desusada reinó en nuestro palomar; los veteranos encanecidos hablaban
de la guerra con los dientes apretados y un aire
fiero del que yo no les creía capaces.
Nuestros companeros fueron expedidos por
centenares á todas las plazas fuertes del territoI
rio, al Este sobre todo, y les esperamos en balde
durante muchos días. El primero :,ue regresó
Yo mojaré una pluma del ala de un arcángel
herido en una ala nos refirió cosas horribles. Ha•
Eo la más blanca estrella,
bía visto aldeas incendiadas, ejércitos inataca- y en la olorosa página de un pétalo de nardo
blea, legi'Jnes en derrota arrastrando su desaTe contaré mis penas.
liento por todos los caminos, dejando en pos de
sí muertos y más muertos, de bala y de fatiga.
Sin duda, el despacho que traía. confirmaba
aquellas cosas horrendas, porque durante todo el
Serías mi perfume, si al florecido valle
día oímos maldecir á nuestros custodios; por vez
Tu paso dirigieras,
primera nos olvidaron á la hora de nuestra co- ¡Pues orlaría todos !05 flecos de tus rizos
mida, y tarde y al re,·és, nos sirvió un viejo con
Con mucha Primavera!
los ojos encendidos, que se mordía los mostachos y si algún día unieses á tu adorable espíritu
Mi alma de poeta,
por no sollozar.
Estas escenas me llenaban de fúnebres presen- ¡En todas las batallas y en todos los torneos
Serías mis bandera!
timientos, pero la horrible realidad la superó en
¡Oh!
flor
de
las e.urora.;, sultana de las tardes
breve .
Y maga de las tiestas,
Una t,arde el anciano tembloroso, jefe de los Señora del castillo de oro de mis suelios
demás, vino en persona á sacarme de mi celda,
Y esplendorosa reina!
tan bruscamente que no pude despedirme de mi
amada compailera.
III
-Alguna mi•ión difícil-pensé sin temblar,
viendo cómo en mi presP.ncia preparaban con ex•
¡Oh! ¡cuánto me subyugan tus árabes pupilas
quisitas precaueiones la ceata que había de conY tus pestafias negras!
ducirme.
¡Bien sabes que á tus galas es1:oltan mi_s ternuras
Antes de guardarme en ella cometieton una
C,,mo rendidas siervas!
crueldad inenarrable, El jefe mismo me vol- ¡Bien sabes que en las flores azules del romero,
vió á mi celda, en la que vi, estupefacto primero,
Que en tu balcón golpean,
y enloquecido luego, a. mi rival odiado ocupando Cuando abres las persianas, se agitan mis canciones
Como un tropel de abejas!
mi puesto, arrullando á mi adorada companera . .

De tu oriental flor&lt;Jsta,
Caer mis azahares que esmaltan los primores
De tú amplia cabellera?
Pues bien, esas caídas de símbolos nupclale~
Son flores que voltea
El melodioso enjambra de versos de mi lira
Que síguente doquiera.
¡Porque eres la paloma, la Venus de mi patria,
La Musa prindpesca,
La luz de mis malianas, la luna de mis noches
Y el canto de mi selva!

Año V I

Tomo

[l

México, Domingo .26 de Noviembr~ de

r~o&lt;.J

Número

IV
¡Escucha! Cuando exoirP, me arrojas una lágrima,
Que en el fulgor de ella
Se 1:1.vará mi alma para ascender radiante
A la celeste esferal
Entrar al Paraíso, que es donde van las novias,
Mi espíritu desea,
¡Para tejerte un solio de rosas y de astros
Al lado de Graciela!
GUZMÁN PAPINI y ZAS.

1

l

r· .
1

CRISTO.
Recepción en el patio central del Palacio Nacional.
Venía de Oriente, como el Sol. Venía
de la Mesopotamia,
dejando sobre mares y desiertos
larga estela de lágrimas.

Fot. de El Hundo.

Su inefable mirada, siempre triste,
se quedaba en las almas,
como un rayo de sol, hecho brillante,
se queda en la montaña.
Su palabra era pan. Y la echó toda
sobre la hambrienta raza
que gruñó al recogerla. ¡Cocodrilos
atrapando una garza!
Y mientras él, humilde, proseguía,
como uoa nube blanca,
lloviendo sobre estepas infecundas,
su bendición de lágrimas;
la tribu miserable se nutría,
de aquel pan con substanc_ia
que fecundó malditos embriones
de flores escarlata.
Y se fué la blanquísima silueta
perdiendo en la distancia ... ~
Como un dolor, la negra cabellera
le caía en la espalda ....
Ya sólo quedan de él, del compasivo,.
fulgores da miradas,
como raros diamantes, incrustados
en el duro carbón de nuestras almas.
JOSÉ MARÍA QUEVEDO..

La Junta Directiva organizadora .de la manifestación.

Fot. deJ'. P. Amago..

22

�312

EL MUNDO.

Director: LIC. RAFAEL REYES SPINDOLA.

¡,
¡
1

Es bueno leer, de c11anrlo en _cuando, algunas pá.
glnas de cualquier libro de Lamartine, abiertas
al acaso. Eso rejuvenece. E'! una e~capatorta de
mucbacbo á las campiiias luminosas del ideal donde
el bc,rizont:, como el del mar, es sólo una línea de
claridad azul. No hay poeta que, como Lamartine,
sepa bacer de la vida un" melancólica aspiración,
una perfumada nube de incienso, un vago y tímido
suspiro, un extático sueño de amor y de esptranza.
Para este maravllloso narrador de Ja11 co:,as di vlnas,
la existencia es un combate bíbll~o entre ángeles y
demonio.;. Las mujeres de este sublime lírico tienen
las p~oporciones inverosímiles pero sugerentes de las
vírgeoe'I prerrafaelitas. Cuando las vemos en nuestra
fantasía, venir hacia nosotros, con silencioso paso de
sonámbula~. tenemos miedo de que al más ligew ruido de una afiuranza torpe, abran las alas y se echen á
volar como pájllrossorprendidos. En verdad queGrazlella y Julia :son ángeles caldos. Han tomado de la
realidad la f,,rma más delicada é ia:precisa, y el contorno de su cuerpo, de líneas purificadas y suaves, se
deslfe en la luz, como pronto á &lt;'.e~vanecerse.
Pero en el momento en que Lamartine baja la mi.
rada y se pone á contemplará loshomlires, es un ad.
mirador, un vidente, un profeta, un intuitivo filósofo
de ltmpia y caudalosa elocuencia. Allí están sus Gi1·ondi·1ws, magna obra de pensador y de poeta que, á
través de las decepciones y vicisitudes del espíritu humano, nos sirve todavía para confortar y vig-orfzar nuestra fe desfalleciente y nuestros débiles é inciertos entusiasmos.
Ent-:-nces Lamartine es vigoroso, enérgico, terrible y de sus cláusulas de fuego salen las voces atropellándose y armadas como guerreros que de improviso oye~en á lo lejos el toque de guerra.
La H istoria de los Glrondinos es un libro de aliento y fuerza, ent·e cuyas hojas palpita, como águila
prisionera, el alma loca de nuestra amada Francia.
Taine, un observador sereno, un estupendo f?OCiólogo, un minucioso y admirable analista, ba pensado
más, pero ba sentido menos los episodios de ese inaudito melodrama de la revolución francesa que es algo
así cerno el desbordamiento del mar del dolor y de la
mlserh1.
Y sin embargo para juzgará aquellos ho=ibres colosales repletos de pasión y de odio, tiene Lamartine
no sé qué milagrosa adivinación. Es un profundo psicólogo, que amplifica. la vida sin desproporcionarla.
Como .Miguel Angel, engrandece y vigoriza ,ms figuras con un dibujo lleno de relieve y atrevimiento.
Mas esos seres titánicos siguen i;iendo, á pesar de la
estatura gigantesca que al poeta plugo darles, hombres mezquinos, vasos de sentimientos ruines, juguetes de una inexorable y tremenda fatalidad.

***
Despué!&gt; de leer algunas páginas de los Girondinos
de Lamartine puedes irá ofr, i;i quieres joven escéptico, la ópera de Giordano que es el triunfo de la actual temporada en México. Ei una música becha á
propósito para acompafiar este pasaje doloroso:
... . ~Sesenta y do&amp; cabezas habían rodado la ·víspera entre el primer discurso de Robespierre y su caída.
Entre ellas se coi:tatan la de Roucber, autor del poema de los Meses, esos Fastos franceses y la del joven
poeta Andrl!s Cbenier, la esper.anza entonces, el luto
eterno después de la poesía francesa. Estos dos poetas estaban sentados el uno al lado del otro, en el
mismo banquillo, con las manos atadas á la espalda.
Hablaban tranquilamente del otro mundo, y con desdén del queabandonaban;apartaban la vista de aquel
tropel de es~lavos y recitaban sus versos, inmortales
como su memoria. Manifestaron la firmeza de Sócrates. Sólo Andrés Chenier, al verse en el pat íbulo, se
dió con la frente en un poste de 1a gulliotina diciendo: 1Es lástima; algo tenía yo aquí! lJnica y tieroa
reconvemión al destino, con la cual &lt;;e quejó, no de
la vida, sino del numen arrebatado antes de tiempo.
La Francia, como Ofelia, la loca de Shaskespeare,
arrancaba de su cabeza y arrojaba. á sus pies, entre la
S3pg re. las flor~s de bu propia guirnalda.&gt;
La ópera de Giordano es de una arrebatadora se,.
noridad, es ruidosa, desbordante de clarinada.s, hasta el punto de ahogar muchas veces las voces ó de
combi11arlas de una. manera extraiia que impresiona
por la verdad de la descripción. Así deben de haber
aullado las multitudeb desenfrenadas y ciegas. El
maestro italiano muslcó la época de un modo admirab'.e. Su ópera suena á canto patriótico. H iy en
ella una mezc:a conmovedora de grito&amp; de venganza,
de lloros de desesperación, de himnos de triunfo, de
rumor de batalla!l. Está hecha en un soberbio to:10
lírico. Es viva, furiosa, exultada. Oyese en ella el
crugir de la carreta, el rechinar de la gulllotlna, los

·]amentos de los débiles, }ns arengas de los revolucionaric,s, y á lo lejos, fragmentos ne Mar.•ellesa entonados por las muchedumbres hlstérica11. El idilio de los
amores de Andrés Cbenler y de Magdalena de Colgny apenas si pasa cantando, á través de esa música
febril, la eterna estrofa, ~e ritmo lánguido y doiien•
te; apenas si en rápidos silencios mientras callan un
instante los tambores v la multitud se b, cansado de
alular, suena el chasquido de un beso furtivo, ó la
palabra dicha en voz unclosa y pura como un cántico
Así tenía que i,er. Ese es el colorido r.on que tenía
que pintarse '?Se torme'ltoso episodio. Giordano puso
ea él, todo su talento ju venll y logró rudur la ficción dramática de un artístico ambiente de realidad.
El .Andrés Ohenie;- f'S obra escrita con genial y subyugadora audacia. Tiene escenas grandiosas, d~sarroll11das con entereza y soltura extraordinarias. El
compositor hallé amplio el camin.:&gt; aunque escabroso
y echó por él á su inspiración en busca del sa¡:-rado
ideal del arte. La creación de Giordano, si bien meditado, está becha con sobuda espontaneidad. Hay
en ella efectos teatrales, pero no rebuscamientos. Es
una música que sale sin esfuerzo cocno brota el agua
de los manantiales. Posee ignoro qué nuevo y virginal encanto. Es anunciadora d~ fuLUras concep~iones
artísticas.
¡Oh. de estaópern moderna n1s quedarán imborrables recuerdos! ....
***
Adela Gini ha sido la heroína d~ este triunfo artísco Sus raras facultades dramáticas se prestan para
interpretará estas mujeres sublimes que cortan el
conflicto con su muerte ó desatan el nudo con los crispamientos de su angustia; de estas mujeres que lloran
con todos los dolores, aman tofos los infortunios, estrechan á su corazón todas las tristezas, rezar, junto
á todas las agcnías, mueren con todas las afrentas.
Temperamento intensamente apasionado, sopló su
aliento p1deroso sobre la figura imaginada por el poeta, le infundió su espíritu abierto á las emociones
como una flor á los rayos del sol, y surgió la conmovedora encarnación de Magdalena, palpitante de verdad y de vida. La Gini ha descubierto los secretos
del corazón humano: sus recursos escénicos no son
solamente obra de una meditación bonda, sino que
entra en ellos, por mucho, el arranque sincero, la
expresió11. eilpontánea que es la caracteristica de
los grandes artistas italianos.
Como cantante, la voz de esta soprano corresponde
á las facultades de la actriz. Aunque la voz ba perdido quizá algo de su frescura y flexibilidad, es pastosa y limpia todavia y está impregnada de entonaciones elrgiacas que enternecen basta las lágrimas.
Es una voz que, cuando quiere, se deslíe en una ternura infinita, como los astros en el azul del cielo
cuando aparece la mañana.
Y así fué como la Magdalena de la Glni ha logrado,
como dice el poeta, triunfar del olvido.

***
.Andrés Ohenier es la noticia de la semana, la noticia que pudo recoger la crónica de entre el montón
de apuntes de los reporte'l·s.
Joven escéptico, te aconsejo que después de leerá
Lamartine vayas á oirá Giordano. Uno y otro han
hecho óperas sonoras sobre temas de la R evolución.

i!L TEATRO OBSCENO
Y LA. F.RIVOLJ.OAD FEMENINA .

U na última producción escénica en la que el estilo
y las artistas han rasgado Lodos los velos y ostentan
el uno toda su cr udeza y las otras t8dos sus encantos vestidos de una simple hoja de parra, ha venido á sembrar la alarma y á producir escándalo. En
el seno de las familias hon~rables se h ,m formulado vehementes y justas protestas y se ba r~suelto no
poner más los pies en teatros que tan po~o se respetan y respetan tan poco á su público; la prensa ha
levantado indignada la voz y ba propuesto á las empresas la institución de «teatros de hombros solos&gt;
en los que puedan darse cita t1dos los viejos verdes,
todos los lagartijos iosust;anciales, todos los pseudocala veras de vecindad y á donde las damas que se estiman y los hombres que estiman á las damas, sepan
de antemano qne no deben jamás concurrir.
Prensa y particulares nci Be han cónformado con
protestar y vituperar, sino que se preocupan de buscar remedio á un mal cada día más grave y á un escándalo cada. vez mis ruidoso, y como para encontrar
remedios nada hay más e.fbn que investigar causas,

Domingo 26 de Noviembre de 1899

Domingo 26 de Noviembre de 1899.
todo el mundo se ba afanado por llegará averiguar.
las y const!guir definirlas y nemine discrepante se ha
opinado que es el público mismo el culpable.
No era difícil llegará es:io conclusión; prensa pror.az, literatura libre, teatro obsceno, suponen público
frívolo, mal inclinado, am:mte de la difamación y de
la calumnia, de la obsicnidad y de la exhibición pornográfica. Sin público d_e este género toda publicidad
inconveniente sería imf)OSible y el libro, el teat ro y el
periódico se verían obligados á amoldarse á las e:xt.
genclas del decoro y de la moral, si el público les impu~iera esa actitud y los obligara á ese modo de concebir y realizar el arte.
Dasde el momento en que sin público adecuado
las formas diversas del arr,e no pueden subsistir, ea
claro que la enmienda y el mejúramiento del arte suponen uno, correlativo, en las inclinaciones, lat1 costumhres y las preferencias del público. Corregido
el público, el mal desaparecería y~ante el vacío delos
salones de espectátulos, autores y empresas buscarían y acabarían por encontrar su camino de Damasco.
Formulado a~í el correctivo se percibe desde luego
cuán dtficii es poder aplicarlo y cuán larga, labor!o.
sa y tardía en resultados sería la empresa de moral!.
zar el arte moralizando previamente al público. Vi•
cios emanados de la raza y de la educación, tendencias que la tolerancia del medio ha arraigado y desen vuelto, sólo se modilicm á través de los siglos y
mediante cambios radicales en el medio ambiente.
Hay una parte del público, honorable. moralizada,
de costumbres morigeradas: padres y madres de familia, !::ombres laboriosos y austeros, damas bonestas que se abstendrán, que ya desde hoy se abstienen
de concurrir á ese género de espectáculos, que n1e.
g,m el contingente de su presencia, de su dinero y
cm mayor razón del estimulante aplauso, á ese géne.
ro de ;&gt;oraografía teatral como á todo género de por.
nografía, y si la proporción de esta clase de público honesto fuera suficiente, no habría espectáculo
obsceno posible.
Pero bien que la mayoría del público piense con
esa rectitud y proceda con esa cordura, existen clases
sociales bastantes á alimentar ese zénero de recrea.
ción malsana y á llenar los teatros de esa clase, CO·
mo á sostener publicaciones y producciones de arte
Inconvenientes y desmoralizadoras. Solterones, viejOB
vE:r11:lS y sobre todo la jw;entud dorada de la goma,
del calaverismo y de la aventura, subvencionan, á vece!! con esplendidez, todo género de malsanas instituciones y constlt::yen público bastante á dar vida y
auge y procurar lucro á este génno de empresas explotadcras de vicios y de malas pasiones.
Que la juventud ame los placeres; que sedienta de
goces toque á cada paso los lindes de Ja prostitución;
que beba. que juegue, que busque amores fáciles y se
deje arrebatar por el torbelltno de la vida alegre y
aventurera, es tan deplorable como ir~emediable. Todos ó casi todos tenemos una época en la ..-ida en que
de¡;os y arrebatados, impetuosos é inexpertos, caemOB
en tentaciones reprobadas, nos pervertimcs más ó
menos, hasta que el hastío, los desengaííos ó nuevas
aspiraciones nos encarrilan y nos traen á la buena
senda.
Perc una cosa es el extravío y otra más grave es
su publicidad; un&lt;\ cosa es el vicio y otr~ su ostentación ; una cosa es el P.rror y otra su d1vulgaclón, y
nosotros no sólo padecemos esa pasajera enformedad
juvenil que nos impulsa á todos lo-i excesos, sino que
sen'timos igualmente la necesidas de bacerla pública,
de darle notoriedad. El placer discreto no nos parece grato; necesitamos de la plaza públ~~• de espectadores y de auditorio y querríamos er1g1r tablados
para practicar nuestros vicios.
Fh,rece entre nosotros el espectáculo inmoral porque satisface á la doble necesidad que sentimos de
practicar ó de contemplar el mal y de practicarlo ó
de contemplarlo en público. Uon sólo qu&lt;:! nos faltara
esta segunda propensión, con sólo que, au.ique vicio·
sos, no fuéramos escandalosos; con sólo cer1ar puertas y correr persianas al rededor de nuestras abyecciones, bast aría p'l.ra que el espectáculo pornográO.co
muriera de inauíclón. t:H nos embriagáramos, como
los ingleses, á puerti cerradii, no ser~amos menos bo•
rracllus. paro darí,uno11 mtlnos mal eJemplo y produciría.mus menos escándalo.
E,ta tendencia á ostentar nuestros vicios t iene
t,ambién su ra.zón de ser. El hombre joven es lo que
la mujer quiere; agrad u y conquistar á la mujer es
una de las aspiraciones preponderantes d~l bombre,
y esa propensión tan natural y tan dom1a.i.dora es,
según el caso, freno ó e1 pue1a para las pasiones; estímulo ó valladar p.i.ra la, constumbre~; cebo ó retraent e para los vicios. L1. LDUjer holandesa y la alemana
son CIJ,S(ll'itas, laboriosas, mujeres de bogar y de familia, y sus preferencias y simpatías p~r los hombres
que piensan y proceden como ellas estimulan á éstos
á, la vida metódica y arreglada. E a Holanda Y en
Alemania, es casi desconocido el calavera, y cuando
los hombres tienen vicios ó aventuras, las ocultan.
En Inglaterra y los Estados U nidos las mujeres gustan de los hombres de trabajo, de empresa, de iniciativa, capaces de acumular millones, serios Y adus•
tos; el gomoso Inglés está siempre forrado de I un
hombre de trabajo: comerciante, iud..istrial, polít.oo.

~

La americana despreciaría á un hombre que no fuera respetuoso y sumiso con las damas, y así son los
.americanos. Cuando Byron escribió el Don Juan, fué
, buscar su t ipo á España; el tipo del joven Inglés es
Robtnsón Cr usoe, nt1 Lovelace ni Grammont Caderouse. La italiana gusta del amor pasional, arrebat.Mto, trágico, cap:lz de conducir á la muerte y á la
~t,'8trote, y t rágicos, impetuosos y dramáticos son
108 italianos. La ·francesa ama al hombre de socle-dad, de mundo y de salón; encuentra poético que su
pretendiente haya tenido amantes y batíduse en

313

EL MUNDO.
duelo: el calavera de buen tono, semi velado, casi
discreto es un tipo trecuentíslmo y esencialmente
francés.
En Espafia, en México, en toda la América latina
privan, en las preferencias de la mujer, el lagartijo, el
ser frívolo, elegante, y sobre todo, desocupado, imítll é insustar&gt;cial; el calavera turbulento, pendenciero, estilo Perico V ,die ó Pepe Bucbelll, es objeto de
singulares preferencias y realiza valiosas conquistas
femeninas. Cuando la novia ó la promet ida lo ve medio ebrio, del brazo de una mujer ligera, cuando sabe

que ha. perdido una fuerte suma al juego ó la ha empre11dido á palos con U!) amigo en la cantina, llora,
sufrt', se siente mor!r, piensa en el claustro ó en ~¡
suicidio; pero lejos de despreciarlo lo ama car.la dfa
más y en lo íntimo de su conciencia siente cierta vanidad de amar y ser amada de un hombie que ba vivido, que ha mo.ripo.~eado, que ha hecho tantas conquistas y que ella tendrá la gloria de subyugar y de
rendir.
El gomoso siente vagamente que el géuero chico,
1a cantina, el bacarat y otros excesos sun nuevos tí•

j

Un grupo de la C'ol-Onia Alemana.

lolonia Au stro-llú 11ga1"Ci

Cownia Espaftola.
fr to,¡raJ!as de J . P. Arr.aga,

�Domingo 2ll de Noviembre de 1899

EL MUNDO

314

315

Domingo 26 de Noviembre de 1!199.

Fot. de J. P. Aniaga.

D esfile ele los m anife:;ta'flte.~ en la Plaza de la Constitud6n .

El Sr, Lic. Rafael Dondé p1·onunciando su

-acepta, como acepta los grabados hechos según las

discu1·so ante el Sr. Presidente.
Fot. de El Mundo.

tulos á la preferencia femenina, garantías de más
frecue:1t,es Y. preciadas conquistas, y que acaso su asi&lt;lua as1stenc1a á la platea del teatro libre, le facilita el
atrapar una heredera rica que pague los trastos rotos
y cubra las brechas que el vicio y la incuria han
abierto en su patrimonio.
Como se ve, el ejemplo y el estímulo vienen de
arriba; la frivolida5. de la mujer, los vicios de su educación, sus arrebatos pasionales, su amor á lo llaero
á lo inconsistente, sus preferencias por la maripos~
sobre el águila y por el libertino sobre el hombre
fuerte, son parte principalísima y causa indirecta.
pero eficaz, del desenvolvimiento de nuestros vicios,
y como consecuencia de ellos del auge :ie los esDectáculos pornográficos.
·
E l b-Ombre no es circunspecto sino allí donde la
mujer es sensata, y de la mitad ó más de nuestro~
vici~s tienen la culpa la frivolidad y h ligereza femenmas.
DR. M. FLORES,

Comi~iones de los Estados.

LA GRAN MAN'IFESTACION
En honor del Sr. General Diaz.
NUESTROS

GRABADOS.

Permftasenos seiialar á los lectores de nuestro sem3:narlo los grabados que á la Gran Manifestación ~e
refieren, como una prueba de la perfección que en
b!ev_e tiempo ha alcanzado en nuestro país t:1 P"·
rwdismo Ilustrado, poniéndose á la altura de las rt.
yistas de esta índole que se publican en el extranJero.
Y pase no ~o~o inmoil2stia sino ce mo expresión
del orgullo leg1t1mo que caui,a la sath,facción de dar

Fot. J. P. Arrlaga.

f otografías, sin poner reparos. porque conoce las difi•
i:ultades de la labor perjodfstica. Nosotros limitando
nuestros esfuerzos al medio tono, somos más exigentes
en la •aceptación de los originales fotográficos y de
aquí procede que nuestros fotógrafos sean más ex-i¡Ulsitos y hayan logrado dominar todas las dlliculta&lt;1es del arte, haciendo en las peores condiciones de
luz y en los sitios menos a;roplados, fotografías que

serían muy buenas, excelente.~, si ~e hicieran en el gabinete.
Es muy grato para nosotros hacer aquí una mención pública, muy honorlfica., para los fotógrafos, Señores Arriaga (E ~píritu Sa.nto) y Romero It&gt;ái'íez (de
los talleres de EL MUNDO).
También sefialamos el hecho de la rapidez con que
fueron ejecutados en nuestro taller de grabados, los
de la Gran Manifestación que publicamos, pues si esta hubiera t enido lugar el viernes, el sábado habría

Eot. de El Mundo.

podido Imprimirse nuestro semanario, sin perjuicio
de la ejecución perfecta de nuestras ilustraciones.

... **

Nada tenemos qué decir sobre la Gran Manifestación, cuyos pormenores son conocidos de nuestros lectores por la ampiia Información de la prensa diaria:
nuestro deber está cumplido al publicar los grabados
que aparecen en las primeras páginas de EL MUNDO
!LUSTRADO.

cima á una empresa para la cual los medios han sido
C?n mucho, inferiores á las dificultades que era pre:
c1so vencer.
Compárese la parte gráfica que hoy publicamos en
las primeras páginas con los grabados de actualidad
de las revistas europeas y se verá que podemos presentar_ los nuestros s.in temor á ninguna comparadón,
p_ues s1 examJnados desde el punto de vista de la exactitud los nuestros salen airosos, la oportunidad con
que los damos á la estampa es la misma de que tanto hacen nlarJe los editores de ultramar.
Los periódicos ilustrados de Europa dan grabados
en los q_ue la :ealidad queda á veoes velada por la Imperfección, disculpable, del trabajo fotográfico, y luego sobre esos modelos imperfecto&amp; los grabadures en
madera hacen planchas convencionales que el públie&lt;&gt;

Desfile de los mnnifestantes al partir de la Alameda.
ret. J. P. Arrlagli,

L os manifestantes en e.~per a del Sr. G1·al. Di az en el p atio central de Palacio.

Fot. de El Mundo.

�l)Omtngo 26 de Noviembre de 1899.

Domingo 26 de Noviembre de 1899,

EL MUNDO.

316

1

t'

Alrededores d e M éxico .

1

foé que la construcción de fincas adecuadas menudeara, y ! la construcción pesada y et~rna de los espaft~les, que tod~via pued~ verse en la an•
tiga&amp; finca veramega de los Arzobispos de México, sucedieron construcciones de nuevo estilo, construcciones modernas y elegantes,
siendo b primera que rompió de lleno ccn la rutina y que por
aquel entonces mllyor atención llamó, la finca del negociante
francés Monsieur Bardet, que sucesivamente pasó después á. la
propiedad de Don Martín_ del ~a~tillo, :f.H~istro del Imperio, de
Don Manuel Romero Rubio, M1mstro vanas veces de la República, y que hoy posee uno de los miembros de 111. familia Escandón.
En nuestras revueltas intestinas y en nuestras guerras ex
iranjeras. T acubaya ha hecho gran papel y más de una vez
ha grabado su nombre en las páginas de nuestra historia.
A menudo ha sido cuartel general de fuerzas sitiadoras de
iodos los bandos y desde Tacubaya dirigieron sus operaciones
varios generales antes de tomar nuestra metrópo!i, como MArquez, cuando se salpicó de sangre inocente en
1859, y el General Don Porfirio Díaz al mando de
las fuerzas liberales.
Por su posición estratégica, el jefe que tomaba
Tacubaya podía considerarse casi duetlo de la Capital.
En la cruenta guerra que con tanta desgracia sostuvo nuestro país centra los Estados Unidos del
Norte, los campos que rodean ! Tacubaya se im pr11gnaron de sangre: la batalla del Molino del Rey
tuvo efecto á un tiro de callón de la población citada.
El Plan de Tacubaya, expedido por el general
Santa-Anna para recuperar y afirmarse en el poder,
fué signado igualmente en la entonces villa que le
prestó su nombre.
I,os seis kilómetros escasos que separan á Tacubaya de la Capital, han
sido recorridos por ,ía férrea desde hace cerca de cincuenta años, empleándose primero tracción de vapor y luego tracción animal. Actualmente existen dos vías, una de tracción de vapor y otra de tracción animal, cuyos vehículos podrían cómodamente recorrer el trayecto en

Jm·din de San Diego.

TA.CUB A Y.A..
Hay en el Museo Vaticano un enorme mármol
que representa el Nilo: u n anciano, soberbiamente musculado y de luenga barba, en actitud yacente, se entretiene jugando con un enjambre de
pequeftos amoreillos, chicuelos yocundos y regordetes, que se le trepan por todos lados, que
se asen de su barba y de su cabellera, que cabalgan sobre sus rodillas, mientras que el viejo,
con una benevolencia de abuelo, les deja hacer y
les !1}lra con expresión de caritloso orgullo. El
anciano es el Nilo, los chicuelos son los afluen•
tes del poderoso río.
Es hermosa esa alegoría tan de acuerdo con
e ~ antropomorfismo pagano que tiende á. humanizar cuanto plásticamente representa, y que en
todas sus creaciones, con esa humanización constante, pone un gran sello de vida amplia y opulenta.
Y al recordar ese mármol, paréceno, que no
sólo cuadra al asunto que r11presenta, y que con
mucha propiedad podemos ver en él
un símbolo de las grandes ciudades,
en medio de sus pueblecillos circuns
tantee, de esos villorrios que ee acurrucan en torno de la metrópoli como
los niftos en las faldas maternales ó
junto ! las barbas del abuelo.
No hay ciudad de importancia quP
carezca de ese marco de lugarejos que
le son por cierto modo tributarios, y
que nacen, crecen y florecen Asu abrí •
go Y bajo su protección. Y ·casi todos
los pueblos que rodean á. las grandes
ciudades son hermosos y pintorescos,
ó cuando menos, hacen la impresión
de tales, por fuerza de su contraste
con la monotonía y la febril agitación
de las ciudades. Entorno de Parisbrotaron Passy, Suresnes, Saint-Cloud,
Saint-Mandé, etc.; en torno de Méxi-eo, Tacubaya, Mixcoac, San Angel,
Atzc~potzalco, Tacuba, T lalpam, Guadalupe, etc.
.
La cadena de montes que encierra
el hermoso Valle de México, engasta
i toda una pléyade de pequenas po-

blaciones frescas y floridas, cuyas casucas blanqueB.n sobre la eterna verdura de los llanos y se
destacan sobre el fondo obscuro de los boscajes,
E l cie1o del Valle de Méx ico es un cielo casi
único en el mundo, por su limpidez y su diafanidad atmosférica, y nuestro azur nada tiene que
pedir al proverbial azur de Italia. lle aquí una
prueba: todos conocemos el magistral ¡)aisaje
de Don José María Velasco, que representa la
Villa de Guadalupe Hidalgo, y la ciudad de México, vistas desde el cerro del Tepeyac.
En ese lienzo, nuestro maestro-•paisajista copió
el insondable azur de nuestro cielo con asombrosa fidelidad, y expuesto el cuadro en París, en
1889, muchos le tacharon de falso y de exagerado, y aún los que conocían el cielo napolitano se
preguntaban ante el lienzo mexicano:
-Pero, ¿en qué parte de la tierra existe un
cielo tan maravilloso?
La respuesta era obvia: ¡en México, seft.c,res
nuestros!
Esa esplendidez natural de nuestro clima, de

El Mercado.

nuestros paisajes y de nuestro cielo, hace resal•
tar todavía más la belleza intrínseca de las poblaciones del Valle de México y si satisfecho,
podemos estar de la cultura creciente de nuestra.
metrópoli, no menos satisfacción ha de proporcionarnos la belleza de los pueblos adyacentt,a,
que son siempre el complemento obligado de lai
grandes ciudades.

*

**
Hemos hablado de pueblos.

Pues bien, - a tout
seigneur tout honneur,-Tacubaya no es ya un
pueblo: es una. gran villa con honor es oficiales
de ciudad,
Tacubaya es víeja, hasta donde en este país
puede haber poblaciones vieJas. La factura de
sus construcciones m!s antiguas y una que otra.
inscripción que los ojos pacientes pueden encontrar-en la Parroquia, por ejemplo,-se remon•
tan al siglo XVI, es decir, al primer o de la do•
minación espatlola, de suerte que Tacubaya fué
uno de los primeroil cacicazgos que los iberos es•
tablecieron en torno de la conquista•
da y reconstruida TenoxtitlAn.
¿Dióse importancia é impulso á. la.
población en los primeros tiempos?
Parécenos que no, si hemos de juzgar
por la rara mención que de ella ha•
cen las viejas crónicas, y decimos ea•
to á reserva de lo que sobre el partí•
cular juzgue el erudito Don Luis GonzAlez Obregón.
Pero es el caso que, pobre y aban•
donada, ó rica é impulsada por la me•
trópoli, Tacubaya se fué desarrollan•
do paulatina pero seguramente, y que
en breve fué sitio de veraneo campes•
tre de mucha gente noble y principal,
tradición que, por muchas causas, se
ha conservado hasta nuestros días, no
obstante haber adquirido hoy tal des•
arrollo y tal índole urbana la población que, salvitndo el inconveniente
de los justamente zarandeados Ferrocarriles del Distrito, vivir en Tacuba·
ya equivale ya en todo sentido A vivir
en México.
Como lugar de veraneo, natural

31'1

EL MUNDO.

El observatorio.
menos de cuarenta minutos. Como es sabido, en la última se va á
emplear próximamente la. tracción eléctrica, por vez primera en nuestra
Capital, y además hAllase en vía de conclusión el nuevo carril para
tracción de vapor, que va á. denominarse «Ferrocarril I ndustrial,&gt; de
suerte que las comunicaciones de Tacubaya con la Capital, llevan buenas
trazas de mejorarse por la competencia, para bien de ambas
poblaciones.

***
Pero, para recibir una. impresión completa de Tacubaya moderna, para sentir todo el atractivo de aquel riente retotlo de
lametrópoli, es preciso ir en carruaje y descubrir paso ! paso
•ua bellezas.
Cl
El camino es delfoioso: la calzada de la Reforma primero, el
futuro boulevfl,rd de México, bordada de chalets y sembrada
de monumentos, que á la hora matinal, umbrosa y recién rega•
da, brinda exquisitas frescuras que hacen olvidar el monótono
aol de las ciudades; después, el parque de Chapultepec, cesto de
verdura coronada por la airosa magestad del Alcázar, Y por
últimolos dos tramos de calzada que unen A Chapuhepec con
Tacubaya, umbrosos también, bordados de frondosos !rboles, '
Y de pavimento propicio al carruaje y á la bicicleta.
La entrada de Tacubaya está marcada por la casa habitación de la soberbia hacienda de la Condesa, que
•e extiende hasta tocar las lindes de la metrópoli
Y que, por desgracia, no está. cultivada como debiera estarlo. Allí, se experimenta una sensación de
campo: el mugir de la vacada y el acre olor de los
establos recuerda todas las delicias de la bucólica,
mientras que la brisa de los montes, soplando libre
Y sin obstáculo, riega sobre toda la campiña su sano olor de yerba fresea y de tierra húmeda.
Esa sensación de campo amengua. no obstante,
al entrar en la antigua can~ Real de Tacubaya, hoy
Avenida JuArez, que r ecibe desde luego y conduce
hasta la plaza principal de la. población, la de Car-

L a Parrvquia.
t11gena. Es e·s a una calle de ciudad, flanqueada de sólidas construcciones
tiradas á cordel, sin jardines frontales y sin carácter rústico alguno.
La única nota agreste está constituida por la doble fila de aftosos y grandes árboles á orilla de las banquetas, que la sombrean de tal suerte que
nunca en la Calle Real de Tacubaya reverbera el sol; es una penumbra
discreta y deliciosa durante los hostigantes calores del
1 estío.
Al primer tramo de esa calle, en el minúsculo jar•
din de la Ermita, la vía se bifurca sobre un arco que
tiene toda la apariencia, á primera vista, de )03 triunfales del foro romano, pero que, bien visto y consi•
derando las exiguas construccio11es adyacentes, aparece impropio, de poco gusto, sin objeto, sin estilo y
sin arte. Es el arco de la casa Mier y Celis, cuyo solo
mérito está en la mano de obra de la piedra labrada. La vía se bifurca, hemos dicho: recta prosigue
la calle Real hasta desembocar en la plaza de Cartagena; el 01ro ~razo fórmalo la calle del Calvario,
moderna y graciosa, que muestra verdaderas casas
de campo, rodeadas de amenos jardincillos por los
cuatro costados, y que, ! su vez, desemboca en la
.Alameda.
Porque, como la mayor parte de las ciudades mexicanas, Tacubaya también tieLe su jardín principal,
llamado Alameda tal vez porque en él no hay muchos álamos. La Alameda de Tacubaya está. bien cuidada y es un hermoso parquecillo.
Para unirse con la calle Real de la Alameda, parte la tortuosa calle de
la Doct,ora, con su puente sobre un río eternamente seco y con el nuevo
mercado central, amplio y moderno, bien provisto y mucho más limpio
y mejor acondicionado que la ma yor parte de los de la Capital.
La plaza de Cartagena, que hemos setlalado como el centro de la población, ofrece
un aspecto muy pintoresco, principalmr,nte
los domingos y los días festivos
en que numerosos naturales de
los lugarejos Próximos, acuden á.
vender sus productos agrícolas
y sus artefactos. En tales días la
plaza hierve de gente y los trajes
blancos de los indios, salpicados
aquí y acullá. por la nota roja y
caliente delos zarapes,fomran un

Plaza ele Cartagena.

•

�EL MUNDO.

318

Domingo 26 de Noviembre de 1899.

Domingo 26 de Noviembre de 1899.

3111

EL MUNDO.

LOS NlJEVOS C ARROS DE LOS FERROCARRil~ES DEL DISTRlTO.

La E7·mita.

•

En dos clases pueden tlividirseaus habitantes: los que sólo veranean y los per,
man entes.
Hay en Tacubl\ya activa vida decomercio, más que suficiente para sus trece
ó cat0J.'.Ce mil habitantes, y goza de amenas distracciones públicas, tales como
las audiciones que los domingos da una
bacda militar en la Alameda por lamafl.ana y en la Ermita por la tarde,
En suma, no ya como pueblecillo veraniego, sino como casi barrio de la me•
trópoli, Tacubaya es uno de los puntos
más agradables del valle de México, y so.
porvenir será brillante, como ya lo de,
muestra el afán de construcciones que
ha ligado la ciudad de Tacubaya con la
métropoli.
La propiedad en Tacubaya aumenta
de valor cada día más, el comercio se
desarrolla de una manera notable, el
Ayuntamiento actualmente tiene e&amp; caja
más de cien mil pesos, y todas estas son
razones más que suficientes par11 justifi•
car nuestra predicción del futuro bienes,
tar de Tacubaya.

conjunto lleno de color y de vida y muy grato á
las miradas exó,icas.
Las calles Jatera!es de las que hemos apuntado, son igualmente cuidadas, rectas y ostentan
fincas hermosas y propias para el veraneo. Entre
estas son notables, especialmente por sus jardines, las de los señores Ernandón, la de Don Ig·
nacio de la Torre y
Mier {1mtigua casa
Bá1·ron), la de Don
Antonio de Mier y
Celia, la de Don Romualdo de Z1mora
y Duque, la de Dvn
Fernando de Teresa, y otras muchi\s
que alargarían h
lista en demasía.
Y he ahí que Tac u baya reune, á ,
más de su proximidad á la metrópoli,
otras dos ventajis:
tiene las comodidades y todos los r ecursos de un a ciu h 1 y tiene el cam JJ, el pleno
cam;io, á Stl'I p11'lrtas, coa sólo eac1miaer3e á
ciu.lq11ier.1 d! su1 3il.b:irbio3,
_.
j _J

SARDÍN.

***
La vida de Tacubaya es uniforme y tranquila,
pero no es tampoco la de un pueblo rústico y
aislado.

nr,lle del Calvario.

La Alameda.

Intt1·i1w d e u n cm·1·0 de primera de la via de tra cción Pléctrica.

Cm-ro de dos pisos de la via d traccitn el éctr ira.

ta Fotografía de las nubes.
El afio p•óximo pasado publicamo8 en estas columnas unas fotol{rafias de uubes obtenidas en el Observatorio Metereológico de la Escuela Normal, é indicamos la importancia rle esta clase de investigaciones.
El Sr. Profei-or Luis G. León ha dirigido á nombre de
lacSooiedad Mexicana para el Cultivo de las Ciencias,&gt;
una excitativa á los Señores Directores de los Observatorios de la República y á las perso:ias amantes de
laclencia metereológica para que desde el día p:imero del año entrante, se dediquen á obtener fotografías
de las nubes, anotando la hora de la observación, la
clase del meteoro, el cuadrante en que se obse1 va, la
ve:ocldad con que camina, si dió ó no lugar á lluvia, etc.
•
Los estudios durarán todo el afio de 1900, que será conocido entre los meteorologistas mexicanos con
el nombre de caño de las nubes.&gt;
Para la fotografía de las nubes hay que advertir
que cada vez que hay nubes sombrías sobre un fondo
azuló blanco, no es difícil obt3ner buenas pruebas con
placas de gelatina, bromuro de plata y con un obturador que permita pequefias exposiciones. Pero para la
fotografía de las nubes blancas y ligeras, tales como
los cirrus y los cirro -cúmulus que se destacan sobre un
fond~ de cielo azul claro, se presentan algunas dificultades. En efecto, sobre las placas ordinarias, la acción fotogr:Uica del azul es cal!i idéntica á la del blan.
oo. Se necesita, pues, buscar un artificio para opacar
la luz azul del cielo, pero conservando la luz de las
nnbes. Sin esto, la;; aparieni1ias nebulosas quedarían
muy débiles en el cliché, tanto para las medidas como para las reproducciones positivas. No se obten,
drla más que un cielo casi uniforme.
Para evitar este incoovenien te, se emplea entre otros
procedimientos, el de interponer sobre el haz luminoso una pantalla amarilla. El azul del cielo no conteniendo rayos de ei.ta luz en cantidad apreciable, será detenido, mifmtras que las nubes impresionarán la
placa fotográfica por su :m. amarilla.

Con las presentes líneas publicamos dos fotografías
de nuhes obtenidas por el Profesor León el día 6 del
presente mes á la 1 de la tarde.
Son unos hermosos cúm·ulos con tendencia á eon vertirse en pallío-cúmultlS.
El viento los disipó cercarle las tres de la tard?.
El rumbo de aparición fué de N. W.

LOS NUEVOS CARROS
DE LOS

Ferrocarriles del Distrito.
La próxima inauguración de la vfa de tracción
eléctrica, ·hace oportuna la publicación de los g1abados que representan el inter10r de un carro de primera clase y uno de dos pisos de los que próximamente pClndrá al servicio público la empresa de los
Ferrocarriles del Distrito en la mencionada vía, que,
como saben nuestros lectores, se extiende de la Villa
de Guadalupe á San Angel.
No describiremos estos nuevos euros, pues con ver
los grabados basta para formars'l cabal y perfecta
idea de ellos.
Se dice que los carros de primera clase son muy
elegantes y que t ienen todas las comodidades apetecibles.
.
Una de las reformas reglamentarias que se pondrán
en vigor, es la disposición terminante de que e.o se
detengan los coches para que suban ó bajen los pasajeros, sino en las esquinas.

Una civilización entre los hielos.
En el país del oro.
Las grandes civilizaciones se han cristalizado á la
orilla del mar ó de los grandes ríos de las regiones
templadas. Era lógico que la humanidad se orientase
hacia los puntos de menor resistencia.
Pero los progresos milagrosos de la ciencia y de la
industria todo lo ban cambiado, toda vez que el hombre puede corregir la naturaleza á su antojo. Se
acerca la hora ea que la inclemencia de los climas sea
un facto~ despreciable que no impedirá ya que toda
la tierra sea indiferentemen:e habit able y que las S)·
ciedades florecientes y las fecundas civilizaciones se
desarrollen en la zona glf.cial cuyas riquezas, largo
tiempo inaccesibles, yacen inutilizadas.
Klondyke da el primer ejemplo. Dawson es ya una
ciudad casi tan civilizada como París, Londres y Berlín. El cbampagne es algo y aun algos más caro, pues
cuesta así como veinte pesos oro la botella; pero hay
en cambio más se~uridad que en los bulevares de París, y esto lo confiesa más de un viajero francés de
los que borronean cuartillas en las grandes redacciones parisienses.
En Dawson son muy raros los crímenes, y cosa curiosa, en un país en donde la codicia debía de ser
atroz, dominan los crímenes pasionales en las estadísticas de la delincuencia.
El oro, factor de tantas maldades y de tantas degradaciones, el amor al oro, la pasión '}Ue hace nacer en los hombres y que llevó á tantos y tantos
aventurero'&gt; á las ingratas regiones do.nde se asienta
Da.wson City, es el autor de ese nuevo centro de ci•
vilización que será en lo porvenir una de las ciudades célebres del mundo, cuna futura de grandes di•
nastías de m1llonarios y acaso de sabios, poetas, filósofos y estadistas.

�Domingo 26 de Noviembre de 1899,

))omtngo 26 de Noviembre de 1899.

EL MUNDO.

321

EL MUNDO.

e

EL :MONTE RAINIER YEL PARQUE WASHINGTON
Desde 1790 conoclan los espaOoles 1• reglón del estrecbo de Puget y la inmensa montana llamada Ta.
coma por los Indios.

l.

¡

En 1792 ,Vancouver hizo trecuentes explo!'actones
en el estrecbo de Puget (l'uget Sound) y levantó unas
cartas de )a reglón. A los monteR que veía á Jo lejos

t

les dló los nombres de B•ker y Roo:! y al Tacoma Je
puso el de R Linier, en b.oaor de Los lores del Almi-

rantazgo inglés. Los americanos conservaron esos
nombres geográficos, aunque era má.s natural que
cuando menos al monte Tacoma se le restituyese su

designación lodfgena.

La magnificencia del monte R:\lnler y las bellezqs
excepcionales de lo'i slth,s tnmecllatos b1cieron nacer
en los Eitados Unidos el deseo de bacer de aquella

----

reglón un parque nacional. Et gobterao, con muy

...... ~." .. ---- -

muen acuerdo, ha tomado d eterminaciones semejan-

tes para el Yellowstone en Wyomiag y para el célebre valle Yosemlte en California.. InspirAndose en
esos precedentes1 el afto de 1893 ordenó Cleveland
en una proclama que se reservase para el Estado una
extensión dJ 3:) mll,as cuadradas en cuya superHcie
ouedara comprendida la parte occidental d ;.l monte
Ralnter y una gran extensión de bosquP.s vírgenes.
La. parte orieotal de este terreno diHere de la occidental por el cllina, la fauna, lc:1. flora y el aspecto
de los paisajes. Las pendientes occidentales de Ja
montana tienen más cascada.11 1 y los preclptcios son

-

El Mo e Rainier
que las alturas nivosas, van á conocer el maravUloso
Valle del Paraíso, célebre en el muado por sus patsa•
jes ,:raodlosos.
El valle está. situado en una región cuya altura
varfa de 1,500 á 2,000 metros. Para llegará él, el

que espeso, en un lugar delicioso por su aspecto
agreste y primitivo, une á esto una ventaja más, sua
aguas rerruglaosas y gaseosas con las que se ha formado allí una reputada estación de ag uas t ermales.

El

•••

Paraíso -visto desde la cima del Monte Rainier •

1 de los electros polarizados ó de la corriente alt.eroatl va y de alta teaslóa , permltla obtener todos
108 electos c:n sólo dos h!los.

'DU&amp;

A Ha de facilitar 1, protección oficial de t ao bella
comarca, el 11 de Junto de 18 91\ se propuso al Congreso de los Estados Uoielos una ley para ec.saocbar
el dominio que alll tiene el Estado y forma r despué&amp;
un parque de grc:1.0 extensión que llevará el nombre
de «Parque Washington.&gt;
En el último período de sesiones de la anterior Le.
gh:;Iatura iba A votarse la ley en referencia, pero h•
habido moratorias que Im posibilitan la sanción presidencial, indispensable para dar A esas maravillas
Jtaturales y á esos bosques antiquísimos, notables en
el mundo entero, la protección que ha. de salvarloe
de manos destructoras.
Es rle suponerse que muy pronto quedará fo rmado
y reglamentado el E,randioso cParque Washi ngton.&gt;

La cienci a de los espectáculos.

1·uue del

mo tienen tres ó cuatro metros de largo caben varias
personas á bordo, pero no vast.no una en cada buque.
Decir que el tripulante est~ cómodamente Instalado
serla exagerar, pero, en fin, no le falt,a un regular
a,:itento sobre los acumuladores. Mueve el timón Y
tiene al alcance de la mane una manl vela que le permite int,.oducir resistencias en el circuito para variar
las velocidades é lnvert.tr la corriente y cambiar dirección. Ilay un conmutador para encender lámparas
incandescentes en el tope de los mástiles y que representan proyectores ó sella.les. Por último, tiene al alcance de la lllaDo un revólver cargado de cart.ucbos
sin proyectll coa el que hace el bombardeo.
Para subir á bordu el «Almir,lnte&gt; levanta una
parte del puente que está bajo una torre, una chi•
menea ó a1gúu otro apéndice importante y una vez
sentRdo todo vuelve á su Jugar y él queda oculto á la
vista de los espectadores aunque pu~da ver perfectamente el campo de maniobrai;, al través de numerosos orificios que tiene la torre.
Los buquas condenajos al naufragio no son tan
completos como el descrito y como hacen pocas evoluciones no tienen mecanismo: un hombre que cami•
na en el piso del estanque los lleva en hombros, y en
el momento oportuno encienda los ruegos de benga~a
que producen el incendio y los bace naufragar según
las instrucciones que se le. hayan dado.
De noche. sobre todo, el tspectáculo es muy bri•
nante y termina con una gran revl&amp;ta naval en la
que hay petardos, fuegos ae bengala é iluminación
eo. la ciudad y en las fortifica.clones.

•••
Ahora se trata de otro combate naval, más en
grande, por lo cual se ha tuscado un sitio á extramu:ros de París y se ha hecho un vasto estanque de
10,000 metros cúbicos. Ese estanqne representa la
rada de un a lmportinte ciudad que se ve á lo lejos,
1'Qdeada de montanas y guarnecida por excelentes
:fortificaciones.

. -. :

--

,,ri'.

~

-,\,Y_

. ~i

•

Combate naval en miniatura.

Bosque de '.l'acoma, Camino del Valle del Paraíso.
frecuentes, sobre todo cetca del monte Rainter :uyos
muros rocallosos se elevan Aalturas enormes. Al Norte y al Sur el suelo descleade gradualmente y los
boJq ues son má.s espesos; abundan allf los cedros y
los pinos de hasta cuatro metros de dlli.metro y noventa de altura.
El R11.tnter no es como el Monte Blanco, punto
culminante de un, larga cadena con picachos nevados,-es majestuoso en su aislamiento con el Fuji
Yama del Japón y se eleva á mils de 2,500 metros
sobre las alturas que lo rodea!l. A lo lejos, desde la
nueva ciudad de Ta.Coma, se admiran sus contornos
majestuosos que le dan el aspecto cte una colosal pt~
rámide truncada que se desta.ca en el cielo á 4,400
metros sobre el nivel del mar.
Eite monte es un volcá.n apagado de cuyo crlter
se escapan adn vapores sulfurosos .

turista atraviesa bosques magolflcos formados de pinos de la especie blanca, roja, amarilla y la llamada
de Alask,, árboles de grao corpulencia.
Long Mirea es el Jui¡ar donde babltualmente se detienen los turi~ta.... Sitn~'i11, en el tundo de un bos-

Hace diez afios, los periódicos francesf's hablaban
de un especMculo náutico arreglado por M. Soltgoac
para el nuPvo circo cuya pista se transforma en piscina. Diez pequeilos acora1.ados ejecutaban todas laa
operaclo □ es de un combate naval, y cosa notable, In•
teresa.ate desrle el punto de vista cientifico, no habla
tripulantes á bordo, no obstante lo cual, evoluciona-bao los buques en todos sentidos, hozaban callana•
zos, se incendiaban, se iban á pique, etc., bajo la di •
rección de un solo hombre oculto entre bastidores 7
que manejabi un teclado en co::uotcación con lo&amp;
,paratas eléctrlooa. El empleo de la corriente contl•

El Arsenal.

El puerto, las f01·tificaciones y la ciudad.

Un buque mercante escoltado por baques de gue.
na y protegido por los ruegos de las tortlflcaclones,

-entra al pue rto con provlslo~e3 . para la ciudad. La
Got.a enemiga, compuesta de torpederos y ~couzados,
Yiglla la rada y corta toda comuotcac16n con el
mar. D e ese conflicto nace el combd.te entre los bu•
"!•as 1 el bombardeo de la ciudad y de lo• fuertes.
Los espectadores ocupan una gradería de 80 me•
'tros á la orllla del estanque y al ver los buques creen
11,ne son acorazados reales y verdaderos vistos Jesde
"'1Uy lejos.

•••
Ea 1870 se hizo la primera ascensión en el Monte
Ralnler, dlrlgleado la expedición el general Hazard
Stevem1.
Pasaron por el camino que siguen a.et ~al mente t.odos los turistas, es decir, por el Valle del Paraíso y
las rocas cte Gibraltar.
Después de pernoctar en la cima bajaron por el
mismo camino. Al referir su expedición determina•
ron el movimiento de curiosidad que puso de moda
el pico R,lnler.
Ea Octubre del mismo allo de 1870 los sabios Wllson y Emmons, de la expedlcióa geológica del paralelo 40' en los Estados Ualdos, hicieron otra ascensión en la que recogieron Interesantes datos elent!ficos.

El bombardeo .

•

De diez allos á la !ecba•el• monte Ralnter es más y
mils visitado por numerosos turistas, los cuales, más

Entre b,stldores está el cArsenal• donde se alista
'Y prepara las unidades de combate para que entren
1!n acción.
Los buques se mueven per su propia tnerza¡ cada
de ellos está pro•l•to de una baterfa de acumula&lt;foreo, un motor eléctrico, una héltce y un timón. eo.

"ºº

BafloB de Long bffres.

Inte1"ior de un acorazado cm el "almirante•• á bo,·do.

�Domingo 26 de Noviembre de lo99
EL MUNDO.

322

Mas si de la Omnipotencia
Mayor bien deseando estás,
y á rezar al templo vas,
Y una maravilla quieres,
Pide á Dios ... . Ser como eres,
¡No se puede pedir más!
JAVIER SANTA MARIA,

Mérida,

De u n poema que todos bao escrito
y todos e.c,lb1ré.n. J)Orque es la esen•
cla misma de la vida,

En la ventana tú; ye junto al muro;
tu mano entre mi mano prisionera;
y en el confín del borizonte ol:iscuro,
la lun,¡, alzando su amarilla esfera ..... .
-¿Me das un beso . . .. ? P or mi amor, te juro,
que es tuyo el labio que tu labio espera.
Nadie nos mira. Ven l Si Amor nos hizo,
cede de Amor al invencible hechizo.

·---------------------------------------------·
E L MILAG RO.

Tu frente virginal de blanca nieve,
sa tifió de rubor, pvr ser más bella,
y ce,n tu mano de alabastro, breve,
me dijiste que nó. ¡Blanda que1ellal
-¿Tc:mes, repuse, mi amorosa aleve,
que deje el beso de mis labios huella? . . ..
Y el fuego huyendo de los tuyos rojos,
busqué la luz y te besé en los ojos.

(Del album de la Srih.. Manuela Llzarraga),

Cuando á Dios rezando estás
1,Qué cosas le pedirás
Con esa boca de guinda?
Eres buena y eres linda
Y eres feliz ¡,quiéres más?
;.Si? Pues pídemelo á mí
Qne en mis reinos de poeta,
Una colección completa
De maravillas reuní.
Coronando un pe!íascal
Tengo un castillo feudal
Tan inmediato á las olas,
Que vienen, de espuma llenas,
A dejar conchas y arenas
En sus campos de amapolas.
De nocbe allí las sirenas
A cantar empiezan solas;
Y antes de que el día vuelva
Ya se oye juntos cantar,
.A. los faunos de la selva
Y las sirenas del mar.
T ras las torres almenadas
Hay princesas encantadas
Desde hace siglos dormidas;
Y Po los amplios corredores,
Guerreros y trovadores
Que cantan CO?las sentidas,
Y cantan himnos de amores
De sus liras á compás.
¿Quiéres, Nelly, quiéres más?
Pues cuanto sue!ía el deseo
Y finge la fantasía,
Yo lo conquisto y poseo
¡Me lo da la poesía!
¿Quiéres nubes astros, flores,
Fuentes, peces de colores,
Lucernas, cocuyos, aves,
Limpios lagos, selva u.!!bria?
¿Templos de góticas naves
Llenos de melancolía,
Vitrinas de tonos suaves
Y aras donde el alma mía
Se te ofrezca en holocausto?
¿Quléres grutas misterl'.&gt;sas?
¿Quiéres de Siebel las rosas?
tQ·Jiéres las joyas de Fausto?'

~

• Gloria, placer, alegria,
Irisadas ilusioóes
Que animan los corazones
Y pueblan la fantasía,
Encantada pócsía
Que del .mundo.es embeleso
Y en el cielo enciende el día,
1Yo a tesoro tod~ eso 1
y no vale lo que un beso
De tu boca fresca y pura
Llena de miel y de esencia.,
Lo que vale..tn.Jnocencia.
Lo que vale tu hermosura.
Lo que vale la ventura
Que gozas en tu existencia.

REQUIEM.
La luz por las ojivas penetra y biere
Los lienzos que nos cuentan largos martirios·
Se oyen las notas tristes del MISERERE· ,.
Se quejan las campanas, lloran los cirios.:..

1► 95.

FRAGMENTO.

SRITA . MANUELA LIZARRAGA [DE MERIDA.]

Luego el alma, turbada en su retiro,
sa asomó á tus pupilas con ternura,
y de tu pecho se escapó un suspiro
mezclado de plac:!r y de amargura.
Juego fué más ardiente tu respiro
y tu mano en la mía más segura;
que el capullo de rosa, antes opreso,
abrió las alas al calor del beso.

Poema del amor! ¿Quién, en la aurora
juvenil de la vida, no ha temb!ado,
al recibir de la mujer que a.dorl¼
el dulce beso de su labio amado?
¿ Y qué mujer, cuando el amor devora
con su torrente ciego y despe!íado1
pudo tener el corazón en calma,
Tranquilo el pecho y en silencio el alma?

La luna resbalaba el disco suyo
y en silencio lloramos de alegría;

tú, feliz, al saber que yo era tuyo;
yo, feliz, al sabe1 que tú eras mía.
Luego, turbando ese silencio cuyo
la.mento singular enardecía,
Joco yo de pasión, tú de ansia loca,
nos desmayamos al juntar la boca.

Extiende la tristeza su negro manto,
El alma, en lo pasado, vuela perdida,
A todas las pupilas acude el llanto
De los viejos dolores sangra la heri'da.
¿Quién no siente del pecho las fibras rotas

Al ver que le recuerda cada sonido

"Esas que a.compafiaron, dolientes ~otas
Al pedazo de su alma que se baya ido?'
En tropel los recuerdos brotan y vienen
E l hombre se concentra dentro sí mism~
¡ Y los ojos que miran al suelo, tienen '
La suprema fijeza q ue da el abismo!
El Réquiem funerario suena en el coro
Apagados ac,1rdes que se agigantan
Y ascieudeo en concierto dutce y s~noro
Unas notas que lloran y otras que canta~.
Sus notas son el himno de los dolores
La humanidad que llora sus alegría.~'
Es la profunda queja, son los clamor~
De todas las humanas melancolías. . '
AlJí, cual un arrullo, dolfonte brota
Del corazón herido la íntima fibra
La plegaria y el grito lanzan su n~ta
Modula la esperanza, y d amor vibra'.

Cuando ·partí, so!Ianáo en el mal'iana,
noté que, como un áugel de consuelo,
flotaba en el azul de tu ventana
con alas de paloma tu pa!íuelc ;
y, desde el borde de la mar cercana,
prestando vida á mi amoroso anhelo,
flotó el mio también.-Y al ser mecidos,
fueron dos ave&amp; que buscaban nidos.
MANUEL UGARTE.

U Nf\ DELf\OION INVOLUNT f\Rlf\

Allí de lc1, paloma la lastimera
Queja, que apenas _nace fugaz desmaya,
Las nacientes canc10nes de primavera
Y el tumbo de las olas sobre la playa{

La rubia mamá bordaba tranquilamente y su
liijo Mario, sentado en la alfombra., recortaba una
hoj'l con figuras de soldados rojos y azules.
Cuando más entretenidos ~ataban, se asomó á
la puerta el papá.
-Mario, chiquitín, que te vista tu mamá. Va•
mo'I a. pasear.
La setl.ora arrugó el ceiio y siguió bordando
-eomo si nada hubiese oído; pero Mario, se puso
en pie de un salto y abrazándose de las piernas
del papa. se a pretaba contra él como un gato mi•

El canto de los cisnes en la laguna
Y soplos de tormenta que se dei;at~
Arrullos maternales sobre la cuna '
y lejanps rumores de catarata. '
Tiene todas las notas del sufrimiento
Encierra de la vida todo el amargo '
Ese pr?fundo _li~quiem, pausado y iento,
Ese adiós al v1aJero del viaje largo.
Y del órgano en tanto las notas graves
Con un clamor de ruego, suave y dolie~te
A_l subirá los cielos, cual grupo de aves '
Piden misericordia para el ausente.
'

Y parece que el alma, libre precito, •
Que los lazos del mundo por siempre deja
Enendidas las alas al intinito,
'
Al compás de 'lUS notas, fugaz se aleja . ..•
La l~z por las ojivas penetra y hiere
Los henzos que nos cuentan largos martirios·
Se oye1;1 Jas notas tristes del MISERERE, •
Se queJan las campanas, lloran los cirios.

. . .. .. . . . . . . .. .. .. .

París, 1897.

323

EL MUNDO.

Domingo 26 de Noviembre de 1899

.. . . .. . . . . . . . . ..

... . ... . ........... . ... .

•

•

•

•

•

•

•

•

•

•

•

4 •

••

;,is;, Luego lentas pisadas que ya se alejan,

Y el d?lor que nos clava su diente agudo,
Las brisas 9ue ~n las ramas tristes se q úejan.
La tierra silenciosa y el cielo mudo!

10ado.
-Papa.sito, papa.sito querido, decía riendo y
bailando de gusto.
-Vamos, Eugenia, viste á Mario porque se ha•
·ce ..arde.
-Pero 1,es cierto que lo vas á llevar contigo?
preguntó sorprendid1t, sin dejar su labor.
- Figúrate. . . . Tengo dos horas libres. Esto
-es un milagro, porque Mario jamás sale conmigo.
- Si vas á llevarlo al Pincio piensa que hace
:mucho frío.
-No, no lo lleva::é al Pincio. ¿No es cierto,
monín, que lo mismo te da ir al Pincio que á
-cualquiera otra parte?
-Sí, papadito, siempre que vaya contigo y que
:mamá me ponga mi traje de terciopelo .
-En el Castillo está muy húmedo, dijo la se1lora.
- No iremos al Castillo. ;,Quieres que no salga
el chiquitín? ¿Estila celosa?
-Vaya u na tontería, dijo alzando los hom•

'broa.
DIEGO URIBE,

Levantóse lentamente, como con repugnancia,
anduvo de aquí para allá lentamente, abrió todos
loa roperos sin encontrar lo que buscaba, y por
tin, A llls mil y quinientas vistió A Mario.
Este entre tanto, de pie en la cama, se agitaba
como un diablegín mientras Je traían el vestido:
jugaba con su padre, pedía que le hiciera cosqui•
llas, y se dejaba caer sobre las almohadas. ríen•
-do A carcajadas y besando al papá el cual A su
~ez se acostaba junto á Mario.
Mientras la seflora vestía al niflo, al ponerle las
medias y al anudarla las cintas de los zapatos se
tncl~nó como par a besarl&lt;&gt;, pero en realidad para
decirle algo en secreto.
Ptro no había modo de conseguir su intento
porque el setl.or no se apartaba de allí, co;nplaci-do en la contemplación de su hijo.
L~ 11etl.ora puso mal el primer botón y no lo
advirtió sino hasta que llegó al último. Tuvo que
-empezar de nuevo su tarea. Mario rabiaba de
tmpaciencia. Ya tenía el sefior el sombrero pues-

to y todavía a ndaba la seftora buscando un pa•
:ll.utlo para el niiio.
- Le daré el mio, Eugenia, si lo necesita.
-No lo necesitaré; vámonos, papa.sito.
- No vayas A comprarlP. juguetes, le dijo la se•
:iiora á su marido, en voz baja.
- No tengas cuidado.
Lll maml\ besó la frente de m hijo y aquel beso faé tan largo que se dijera que quería darles A
sus labios la expresión de un lenguaje desconocido. S,llió á la antesal,i, y mientras el padre y el
hijo bajaban. salt,mdo y hllblando á vocea.
-¡Mario! gritó la se:ll.ora.
- ¿Qué, mamá?

-Ove.
-Dime desde ahí lo que quieres, mamasita.
-Vas á tener frío, toma tu abrigo.
- No, no tengo frío. Adios, mamá.

Al llegar á la puerta de una barraca en donde
habitt tíl{res enjaulados y cocodrilos en una laguneta, el valor y la curiosidad de Mario disminu •
yeron .
Miraba á su padre con una cara que revelaba
la lucha interna entre el miedo y la curiosidad.
Ni se atrevería á dar un paso.
- ¿Son muy grandes los cocodrilos, papá?
- 8í y tú muy cobarde.
-¿Son del tamaiio de Nana la cccinera:&gt;
-;:,on de otra forma, son largos y aplastados.
- Vámonos de a,uí papá . Ya me contarás cómo son los tigres y los cocodrilos, eso es mejor,
y ahora puedes comprarme un juguete con el di·
nero que les i oas á d1tr en la barraca.
-No, ya tienes muchos juguetes.
-¡ y si vieras cuántos tiene Alejandro! Son muy
bonitos, tienen mecanismo para andar. Hay un
ferrocarril con tres wagones y viajeros adentro;
en la caldera está el maquinista, muy negro; po•
brecito! Alejandro tiene también un circo con
caballos que dan muchas vueltas. Y tú, papá, ¿tenías juguetes cuando eras chico?
-Yo no tenía tantos como tú.
- ¿Y hacías travesuras?
-Menos que tú.
-¿Y te pegaban??
--Sí, monín.
-¿Y te dolía?
- Algunas veces.
-Mira, papá, ~uando mamá. me da un cachete
no me ca.usa mal; lloro y grito por no dejar.
Ahora ya no me pega.

-;,Y quieres mucho á tu mamá?
-Sí, papa.sito, pero á tí te quiero má.s.
- No digas eso. ¿Por qué me quieres más qué
A tu mamá?
-Porque A tí sólo te veo á la hora de la comida, mientras que con ella estoy á todas horas. Si
me crmpras un juguete diré que á los dos loa
q uiero igual.
- Vamos, mentiroci!lo. ¿No q uieres ir á comer
un helado en casi\ de Singar?
-Sí, papá , un helado de frambuesa, color de
rosa.
Después de comi,rse su helado muy despacio
para que le durara, Mario quiso llevarle A su mamá
unos pastelillos. ¡Pobrecita mamá·, se habfa que•
dado en la casa y no comió su helado! El mismo
le llevaría los pasteles, enredándose en u 'l de 1o
la cuerda del paquete.
-Papá, J.CUá ndo sea grande podré comer un
helado todos los días?
- Eso te haría daft.o.
-No, no me haría daiio. Papá, yo quiero ser
c0racero.
-¿Y si te qaedas chiquitín? Eres uca criatura,
eres mi ni:ll.ó mimado .
-Mira, dame mucho de comer, p iira ser grande y grueso, porque si me quedo chiquitín no
me harán coracero.
Al paslir por la calle Nacional, lo deslumbró el
aparador de la. juguete,í• de Natalí y se quedó
mudo de asombro. Tantas maravillas le extasiaban y se puso á contemplarlas con los ojos fuf.
gurantes de deseo.
Con su mamcita apretaba la de su papá, como
para comunicarle su i,stremecimiento: el rostro
pálido, y las mi radas llenas de asombro, formulaban una súplica mudt1, tsn elccuente, que el pa•
dre no puclo resistir y eutró á lt1 tienda para com•
prarle un juguete.
-Eotoy contentísimo con esta aldea que me
compraste, murmuraba el niiio cuando iban camino de la casa. ¿Cullntas casas crees q aé tieÓe?
-Veinte tal vez.
-Bueno, pues te daré veinte besitos y si hay
una iglesia con campan&gt;trio te daré un beso muy
largo. Estoy muy contento porque con este ju•
guete me divertiré mucho en casa. El viernes
mamá. me compró un aro y una Te lota. ¿Para "'
qué me sirven un aro y una pelota en la casa? Podría romper los muebles y los espejos, ¿no?
-Pero podrías divertirte con ellos en el Plncio.
-No, no, en el Pincio no. Dondeyn me divier•
to es en la villa Pamphil Y'. El viernes fuimos maro~

�EL MUNDO.

324

y yo; en el coche iba muy aburrido, pero mamá
me dijo: «Al llegará. Pamphily, bajaremos.»
- ¿Nunca babias ido en coche cerrado, Mario?
- Nunca. papá,
-¿Y en Pamphily jugaste con tu aro y tu pe•
lota?
- Sí, mientras mamá platicaba con Ricardo.
-;.Con Ricardo?
-Sí, papá..
- ¿Y qué hacía allí Ricardo?
-Se andaba paseando. Me estuve un momen•
to con él y con mamá, pero no me hacían caso,
v entonces me fui corriendo delante con mi pe•
iota. La pelota se fué rodando hasta otra aveni•
da y por buscarla se me perdió mamá. Oye papá,
¿~i yo me hubiera extraviado en el bosque me
habrían comido los lobos?
-Sí. . . ... tal vez. Y ...... ¿tu mamá?
-La encontré cerca del coche en dondt me
aguardaba ya.
.
-¡,Cuánto tiempo te estuvo aguudando?
-Cinco minutos, papá.
- ;.Cinco minutos nada más?
-O cinco horas. Me regaftó y yo me puse á.
llorar. La _culpa la ttnía la pelc,ta y le pegué. Ri·

cardo subió al coche con nosotros y bajó las cortinas; no se veían las calles. Nos apeamos en
Ripetta pero antes Ricardo le dió á. m11 má un beso
en el cuello. ¿Por qué baria eso, papá.?

.. ~N;s· f~í~¿~ y éi S~· q~~dó
0

0

~~- ~i ~~~h~. 'p~;~.

;.por qué besó á. mamá.? El no es papa.sito, ni ea.
Mario, el chiquitín mimado, para que bese á mamA.
Dile que ya no lo haga, papá.
-Ya se lo diré.

* **

La madre esperaba A su hijo en la antesala
poniendo atención al ruido de sus pasos.
'
-;.Estás sólo, Mariojl
- Si, mamá., !!olito. PapA me compró una ald e~Y paste les para tí.
Estaba pálida y temblorosa; el nifto la mirab11.
con sus ojos candorosos y brillantes.
·
-;.A dónde faé tu papá., Mario?
-Fué á decirle A Ricardo que no te bPse.
-¡Hijo mío! gritó, y cayó en tierra con los brazos abiertos.
MATILDE SERAO.

UNA VENGANZA.
El naturalista después de levantar el bordado
gorro, para cosquillearse la cabe:i;a calva, con los
afilados dedos, y alzarse hasta la frente las gafas de color, para restregar los ojos irritados por
la prolongada lectura, salió de la pieza en donde
durante tantas noches como aquella, se había
entregado á los estudios quA constituían su espe•
cialidad, y le habían dado nombre entre la gente
docta.
Y recorriendo piezas amplias y solitarias, en
cuyas paredes la bugía le dibujó, caricaturizAn•
dolo, su cuerpo · envuelto en aquella larga bata
floreada, empequeileciéndolo y alargá.ndolo, extraordinariamente, ridículamecte, llegó al cuartucho húmedo, lóbrego, destinado A bodega y biblioteca.
La bugía seilaló con su dedo luminoso las grotescas figuras de todos los desechos de la casa
que habían ido á sepultar allí, en desordenado
hacinamiento, en abigarradísima multitud.
Unos zapatos viejos hacíanse guifios, burlán•
dose de una an~igua bailera que, reina destrollll·
da, ostentaba aún los brillos de la corona, y unos
sabihondos librotes, muy serios y orgullosos, aunque vestidos de polvo, y olvidados en ridícula
postura de vulgares ebrios que van á caer.
Dejó en el suelo la amarilla palmotoria para
levantar el viejo diccionario, y vió entonces moverse a lgo muy cerca: ¡un animal! Y lo ba:ll.ó de
luz; era una lagartijilla entumecida, asustada,
acasc medio dormida ó moribunda que, apenas
po Ha menearse.
y era preciosa, ¡qué piel! hubiéraso creído que
era un trozo de cé3pe~húmr,do y animado.
¡Un ejemplar raro!
¡Un buen ejemplar!
Con la hoja brillante del pe1uell.o cortaplumas
de cubiertas de concha, la pinchó en mitad de la
espalda, la prendió contra la madera del piso y
¡cosa rara!, sintió que un estremecimiento le recorrió el cuerpo, y le pareció que un quejido dé•
bil, apenas ptirceptible, quejido de lagartija, extraflo como lamento de flor azotada, brutalmente
golpP.ada por el viento, salió de la boca del ani•
mal herido.
Vió con tristeza cómo se retorcía ansiosamente cómo levantaba del suelo la cabez11, agitaba
la~ manos y la delgada cola haciendo esfuerzos
para huirá aquella mortal presión, y sólo conseguía hacerse mayor la herida. Deseó que muriera pronto, para ahorro de sus dolores y sus ansias· sintió en el pecho un pequeflo -oeso de tris•
tez¡ y de temor que bien pudiera ser remordi•
miento por el crimen cometido. Ante los agóni•
cos estremecientos del reptil, recordó á. cuántos
a nimales babia aA.do muerte, sólo porque eran
hermosos, para enriquPcer so colección, á cuántas
plantas había sorprendido en momentos de amo·

Dominio 26 de Noviemhre de 11199.

Tlom1n2'0 26 de Noviembre de 1899.

Cuando volvió á. sentarse ante el tapete verde de la.
mesa, notó que Uovia.
Hasta entonces, y toda la tarde, con aburridora constancia se hllbía oido el repiqueteo de los dedos ociosos de la lluvia, en la vidriera de 18. pieza. T uvo frío •.
Tendió sobre la tapa del tintero el cuerpo de la in•
fortuna da criatura, y abrió nuevamente el libro .
En el fondo negro de la taza de café apar eció un ojo•
brillante que le miraba atentamente. Retiró la bugía.
Se s~n~ía fatigado, sentía en el rostrola calentura de
la irritación, v resolvió irá. la cama.
Mientras se desnudaba oyó á un grillo que en un
rincón de la pieza silbab9, y silbaba. Otro•
le contestó; le despertaron la idea de esos
b11ndoleros que en mitad de los obscuros..
caminos, se ponen de acuerdo para salir a¡l
encuentro de la victima que se aproxima,.
por medio de silbidos significativos.
Luego, un negro moa•
cardón revoloteó en tornosuyo. Quién sabe que le
dijo en su lenguaj~ y conuna voz ronca v solemne,.
como la de un ·riscal acu•
sador ante los jueces.
Con el cuerpo ya cu•
bierto por las blancas sA•·
banas del lecho, y la ca•
beza oculta entre el espeso velo de la obscuridad.
tendido sobre la alcoba,
quedó pensando: «¡si los.
deudos de los animHle&amp;
muertos por losnaturalis•
tas,
se vengasen!»
rosa unión y con la misma hojll l&gt;rillante del cor
Y los grillos silbaban en los rincones de la al•
ta.plumas de cubiertas de concha, había roto esos
coloquios con la muerte. Pensó en las muchas coba. Había aumentado el número. Dentro dealegrías criminales que babia experimentado la escala aguda de sus voces, había infinita va•
cuando se apoderó de esos lYUenos ejempla1·es, y riedad; eran muchas voces distintas, seguramerr
sintió un remordimiento equivalr,nte á la suma de te de muchos grillos iguale5.
Y el negro moscardón zombab'\ &lt;iicien do qu:én
muertes que habfa causado. ¿Tenía él derecho
sabe qué en su lenguaje silbado y con voz ronca
sobre todas aquell&gt;1s vidas?
Esp:.&gt;ró; los movimientos se hicieron menos rá- y solemne.
En el techo los alacranes gritaron algunas pa• .
pjdos, menos fuertes, menos frecuentes, y a1 oa.
bo vino la inmovilidad, se fué aquella pequefia labras, gorgoritearon algunas frases.
Sobre
el
buró
se
oyeron
·
p
asos
menudos
y
d1a•
vida.
Salió rumbo á. la mesa de estudio con la pal- cretos, y cautelosas palabras, apenas murmura•
matoria en una mano y el cadá.ver flexible en la das.
Después le pareció sentir esos pasos ligeros.
otra; por el vientre blanquizco asomaba la punta
menudos, sobre sus piernas, como si un ratón co·
brillante del arma.
·
Y tomando por pantalla la pared, nuevamente rreteaee por encima de él.
se entretuvo la bujía en dibujir ri&lt;liculizá.ndolos,
Algunos cuerpos poco pesados caían desde e)
los cuerpos del vivo y de la muerta.
techo sobre el suyo. Pero eran tan leves los gol·
Pareció en un m(lmento que iba á. saltarle á la pes que, sólo por su excesiva sensibilidad, el na•
cara el animal aun vivo, y en un temblor instan- tura.lista podía darse cuenta de ellos. ¿Sería ap~en·
táneo, dejó caer su ejemplar el nervioso natura- sión suya? ¿De veras estaría.u cayéndole encima
lista.
algunos animales? .. ..

1

l

Sintió en la cara la misma ligera molestia que
babia eent.ido tantas veces, al tropezar en un jardio con una telarafta tendida de un árbol á. otro
cercano, y quiso pasarse la mano por lA. cara, pe
ro una ligera presión Pj ~rcida en el brazo se lo
impidió, la presión de una lig1tdura hecha con del
gado hilo; ¡y no pudo vencerla!; era un hilo del
gado y fa~rte como finisímo alambre de acero,
un extraordina"io hilo de arafla.
Pretendió incorporarse; l'O pudo; iguales ligaduras le oprimieron en las pLirnas. en los brazos,
en el tórax, AD todo el cuerpo, y le oprimían mfts
y más, como si alguien estrechara las mallas de
11 qnella grande y extrafla red. Cuando no pudo
absolutamente moverse sintió sobre el cuerpo el
cosquilloso y horripilante andar de innumerables
aratlas.
y las vió, las pudo ver milagrosamente, á través de la compacta sombra. Entonces pudo darse
cuenta de su angustiosa situación.
Un golpe de horror le hiio estrem ~cer,
Las ara.ti.as recorrían por todas partes el techn,
entrllndo y saliendo por las ropas que mostrahlln
algunos agujeros. Los ratones con tezón trabaj&gt;l•
b&amp;n y abrían otras nuevas bocas en laR sAbanas
despedazadas, y mientras roían incansablemente,
moviendo sus hociquillos en donde temblaban los
largos bigotes, haclanle muecas, y le clavaban en
Ja cara, como desafiándc,le, sua miradas brillanteP, negras, vivarachas.
Bien pronto la obra estuvo concluid!\.
Las ropas roídas con faria, le rodaban sobre
el cuerpo en pelmazas, como grumos espesos d"l
j11bón, y hasta como cenizas volaban los mAs pe•
quetlo11 pedazos.
Entonces comenzó una invasión inesperada.
Del cielo de la pieza se desc.0lga ban las arai\11s, '
bajaban por sus hilos, cabriolellndo y deteniéndose A trechos, como esos saltimbancos que en
los circos detcienden de los trapecios por una
cuerda, poco á poco, tomando figuras efectistas
ó ridículas. Luego se desprendfan cerca de su
cara y oía la agitada respiración de los pu!mones
de las a raiias funambulescas.
Se de~ató una lluvia negra, muy negra; los ala•
cranes chirriaron, agitando sus tenazas, caían, se
revolcaban sobre él, lograban tomar su posición,
y ligeramente se resbalaban por la cama. Algunos como por distracción le hirieron con sus armas. E l dolor le atrofió los órganos voc1des y no
pudo gritar.
Alguna colmena se vació y el emjam~re invadió la pieza. Todl\s las abejas seguían á su reí•
na; el ruido que producían era ensortlecedor, y
reianse cuando él, el desgraciado naturalista, cerraba instintivamente los ojos al verlas acercAr•
sele aterradoramente, hasta rozarle las mejillas
con sus alas.
¡Las abejas! y pensó en la miel y en los cirios.
Anunciándose á la puerta con ruidosos aleta•
zos, llegaron aviones y salangos que rompían á.
gritar como si viesen una ave de rapiila. No salla aún del nuevo temblor miedoso que le causaba la reciente aparición, cu11ndo hizo su entrada
triunfal, como todas las suyas, nna nube de lan•
gestas que hacían retumbar el aire con su estru.,ndoso vuelo.
Bandadas espesas de mosquitos revoloteaban
por todos los ámbitos de la pieza museo.
Sólo él, él que era un notable naturalista, po•
día distinguir las voces de tantos animales, y po•
dia distinguir unas de otras las variadas especies.
Mientras se fijaba en los mosquitos, cuyas picador~ tanta molestia le causaron siempre, un en• ·

325

EL MUNDO.

zó á. chupar la sangre
basta d ..jarlos pálidos,
muy pálidos, ceráceos,
«Debían llamarse bemófilos. » -quiso gritar.

!-

L
jambre de cantáridas le llamó la atención. No
pudo fijarse en el hermoso color de los élitros,
porque pensó en 111 fiebre que iba A causarle el
olor de ellos; y sintió la fiebere, y quiso esca•
parse al delirio que veía aproximárs.elel
Bajó la vista; el suelo estaba sdfombrado; desagradable alfombra l\nimada. Por los pies del
catre subían escorpiones rabiosos agitando des•
sesperadamente los garfios de sus colas ya henchidos de veneno, y sobre ellos cabalgab&amp;n las
tará.ntulas.
Se arrastraban penosamente incontables aligatares iguales á los del Nilo,-con los ojos desbor•
dantes de sangre y los cort!lntes dientes descu•
bie rtos,-pero empequeilecidos hasta como una
lagartijilla; ¡ h, la lagartijilla muerta!
Tortugas que andab1n inusitadamente despacio, tortugas viejas, subían también produciendo
con sus carapachos al chocar, ruido de castafluelas rotas, manej!ldas por manos torpes. Y abrían
las bocas para morderle y le mordían, ¡qué dolor!
Había en la movediza alfombra un fragmento
rojizo que se agita ha sin cesar, y b. illaba á intervalos, como las lentejuelas de u, traje fant4stico, cuando las golpea la luz: las hormigas. Su•
bían, subían y cubrían completamente las cuatro
piernas de lR. cama. En los cuatro estremos del
catre vió á cuatro cuervos que graznaban á com•
pás.
Describiendo elipsoides, voltejearon entonces
en derredor de sus ojos unas falenas. Se le ocu ·
rrió: r,despedirían luz sus ojos? ¿El estaría vien·
do á. favor de esa luz?
Y p11rpadeó repetidas veces.
Sir.,tió en los pies un hormigueo y logró ver á
dos hormigas que se colocaban riendo-de veras
refan -en una misma línea, y se preparaban á.
A correr. Empezaron la carrera en línea recta,
cada una por una pierna.
Ellas creían que era carrera, y el cosquilleo le
molestaba profundamente.
U n hidrófilo se le clavó en los labios, y empe•
0

Una abeja se le había
prendido en Pl vientre,
y empezaba á introducirle poco á poco el
aguijón.
El naturalista recordaba el suplicio de Prome•
teo y él se creyó un sen•
tenciado de lo!! diúses.
El piquete de la abeja
fué la seflal de ataque.
Todos los animales se
avalanzaron sobre él y
le picaban ó le mordían
por todas partes, hasta
los de ordinario más ino•
fenslvos, como las golondrinas. Algunos no OOD·
tentos con herirlo, le
arrancaban pequefios pe·
dazos de c11r ne. Le pa•
reció que era un caballo
muerto arrojado en mi•
tad de un muladar pobla•
_J
do de hambrientos ZOt"i•
lotes.
En un Angulo de la alcoba convertida en jrnla•
una triste tórtola lanzó su lúgubre cucú.
Las hormigas fatigadas, seguían, sin tomar des•
canso, su carrera á través del cuerpo del infeliz
sabio, lleno de piquetes y mordeduras, salvaban
las zanjas abiertas y desbordantes de sangre, y
les dejab'ln paso libre las araflas, los alacranes,
los grillos y las hormigas sus compafleras. El las
vió aproximarse y apretó los labios blancos, te•
mía que le entrasen por la boca, perc, no llegaron
y aignieron su camino.
Creció su angustia. ¿A dónde iban?
Al llegar á los ojos se detuvieron; P-ra el punto
marcado para final de su carrera. Todos los animales cr,lebraron la llegada con gritos.
¡Apareció una lag-artíja con un cortaplumas de
ca1.1has de c0ncha clavado.en la espalda!
Se arrastraba penosamente, quejáoase con
amargura.
Y empezó su peregrinación sobre el cuerpo
destrozado.
Por última vez quiso gritar, llorar, moverse,
correr, huir. ¡Imposible! Cuando ella llegó al
corazón se detuvo.
Muchas hormigas comenzaron á. subir sobre el
cortaplumas, como A una percha.
·
¡Iban hundiéndolo poco á. poco en el pecho del
naturalista!
Las dos hormigllB se arrojaron al fondo de los
ojos como dos nadadores á un estanque.
Su desfallecimiento creció grandemente.
Y lo último que vió, con los oj J i! ya ciegos, fué
otro naturalista igual á él, quizá. él mismo dentro del vientre de una gran vaca que se e~hibía
en un tablado, y un mono con la cabeza llena
de canas que le hacia muecas de burla y de des
precio.
FRANCISCO ZÁRATE

Rurz.

�326

EL MUNDO.

Domingo 26 de Noviembre de 1899.

Año VI

LA ULTIMA JORNADA.

Tomo 11

México, Domingo 3 de Diciembre de 1899.

Número 23

�</text>
                </elementText>
              </elementTextContainer>
            </element>
          </elementContainer>
        </elementSet>
      </elementSetContainer>
    </file>
  </fileContainer>
  <collection collectionId="1">
    <elementSetContainer>
      <elementSet elementSetId="1">
        <name>Dublin Core</name>
        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
        <elementContainer>
          <element elementId="50">
            <name>Title</name>
            <description>A name given to the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="1">
                <text>El Mundo Ilustrado</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
          <element elementId="41">
            <name>Description</name>
            <description>An account of the resource</description>
            <elementTextContainer>
              <elementText elementTextId="2">
                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
              </elementText>
            </elementTextContainer>
          </element>
        </elementContainer>
      </elementSet>
    </elementSetContainer>
  </collection>
  <itemType itemTypeId="1">
    <name>Text</name>
    <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
    <elementContainer>
      <element elementId="102">
        <name>Título Uniforme</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="94637">
            <text>El Mundo Ilustrado</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="97">
        <name>Año de publicación</name>
        <description>El año cuando se publico</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="94639">
            <text>1899</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="53">
        <name>Año</name>
        <description>Año de la revista (Año 1, Año 2) No es es año de publicación.</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="94640">
            <text>6</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="55">
        <name>Tomo</name>
        <description>Tomo al que pertenece</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="94641">
            <text>2</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="54">
        <name>Número</name>
        <description>Número de la revista</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="94642">
            <text>22</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="98">
        <name>Mes de publicación</name>
        <description>Mes cuando se publicó</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="94643">
            <text>Noviembre</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="101">
        <name>Día</name>
        <description>Día del mes de la publicación</description>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="94644">
            <text>26</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
      <element elementId="103">
        <name>Relación OPAC</name>
        <description/>
        <elementTextContainer>
          <elementText elementTextId="94661">
            <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1752362&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
          </elementText>
        </elementTextContainer>
      </element>
    </elementContainer>
  </itemType>
  <elementSetContainer>
    <elementSet elementSetId="1">
      <name>Dublin Core</name>
      <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
      <elementContainer>
        <element elementId="50">
          <name>Title</name>
          <description>A name given to the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94638">
              <text>El Mundo, 1899, Año 6, Tomo 2, No 22, Noviembre 26</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="89">
          <name>Accrual Periodicity</name>
          <description>The frequency with which items are added to a collection.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94645">
              <text>Semanal</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="39">
          <name>Creator</name>
          <description>An entity primarily responsible for making the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94646">
              <text>Reyes Spíndola, Rafael, 1860-1922</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="49">
          <name>Subject</name>
          <description>The topic of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94647">
              <text>Miscelánea</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="94648">
              <text>México</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="94649">
              <text>México Ciudad</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="94650">
              <text>Periódicos</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="94651">
              <text>Siglo XVIII</text>
            </elementText>
            <elementText elementTextId="94652">
              <text>Siglo XIX</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="41">
          <name>Description</name>
          <description>An account of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94653">
              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="45">
          <name>Publisher</name>
          <description>An entity responsible for making the resource available</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94654">
              <text>Rafael Reyes Spíndola</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="40">
          <name>Date</name>
          <description>A point or period of time associated with an event in the lifecycle of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94655">
              <text>1899-11-26</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="51">
          <name>Type</name>
          <description>The nature or genre of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94656">
              <text>Periódico</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="42">
          <name>Format</name>
          <description>The file format, physical medium, or dimensions of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94657">
              <text>text/pdf</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="43">
          <name>Identifier</name>
          <description>An unambiguous reference to the resource within a given context</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94658">
              <text>2017558</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="48">
          <name>Source</name>
          <description>A related resource from which the described resource is derived</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94659">
              <text>Fondo Ricardo Covarubias</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="44">
          <name>Language</name>
          <description>A language of the resource</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94660">
              <text>spa</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="38">
          <name>Coverage</name>
          <description>The spatial or temporal topic of the resource, the spatial applicability of the resource, or the jurisdiction under which the resource is relevant</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94662">
              <text>México, D.F. (México)</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="96">
          <name>Rights Holder</name>
          <description>A person or organization owning or managing rights over the resource.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94663">
              <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
        <element elementId="68">
          <name>Access Rights</name>
          <description>Information about who can access the resource or an indication of its security status. Access Rights may include information regarding access or restrictions based on privacy, security, or other policies.</description>
          <elementTextContainer>
            <elementText elementTextId="94664">
              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
            </elementText>
          </elementTextContainer>
        </element>
      </elementContainer>
    </elementSet>
  </elementSetContainer>
  <tagContainer>
    <tag tagId="1514">
      <name>Combate naval miniatura</name>
    </tag>
    <tag tagId="1515">
      <name>Delación involuntaria</name>
    </tag>
    <tag tagId="1511">
      <name>Ferrocarriles</name>
    </tag>
    <tag tagId="1510">
      <name>Fotografía de las nubes</name>
    </tag>
    <tag tagId="1509">
      <name>Gran manifestación</name>
    </tag>
    <tag tagId="1512">
      <name>Monte Rainier</name>
    </tag>
    <tag tagId="1513">
      <name>Parque Washington</name>
    </tag>
    <tag tagId="312">
      <name>Porfirio Díaz</name>
    </tag>
    <tag tagId="1182">
      <name>Tacubaya</name>
    </tag>
    <tag tagId="1508">
      <name>Teatro obsceno</name>
    </tag>
  </tagContainer>
</item>
