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Domingo 8 de Junio de 1902
boda magnífica. ¡Qué regalos, qué vistas! Yo
quedé deslumbrada. -Un collar de perlas rosa
que fué de la Yallierc, según dicen; un zafiro
caboch6n rodeado de brillantes, maravilloso
y qué sé yo... diademas, broches, brazaletes,
un tesoro. Ya sabes que la abuela de María
Cruz tiene las mejores alhajas de Madrid y las
de mejor gusto, y puso lo más rico en la canastilJa de María. Pero lai:; ropas excedían á
todo en riqueza y buen gusto; como que la madre de l\Iaría CruzeE sin disputa lamujermás
distinguida de Madrid. ¡Qué ropa blanca!
¡Qué encajes! Unas enaguas de un tul especial, que parece seda á la vista y luego es finísimo y trasparente, y á la luz hace visos entre
blanco y rosa... . . . que no puede pedirse más
en enaguas.
En deshabillés de mañana, había obras de
arte, estilo \Vatteau, estilo Van-Dick, puras
preciosidades. Tan prendada quedé de uno
de ellos en particular: el de estilo Watteau,
de «surah céfiro y antiguos Valenciennes, &gt;&gt; que

no pude resistir al deseo de tener uno igual,
exacto y escribí á Robín aquel mismo día y
le pedi á papá lo que faltaba á mis ahorrillos
para completar los mil quinientos francos en
que pude sacar el peinador de mis sueños. Pero papá se puso furioso; no por el gasto, sino
porque le parecía impropio de una muchacha
soltera toilette tan costosa. Es una ridiculez,
me dijo; una prueba de mal gusto. Cuando te
cases podrás tenerlos iguales y mejores.
¿Sí?-dije yo-Pues si no está en más de eso
el ponerme lo _que se ~~ antoje, me casaré en
seguida. Cornente-d1Jo papá amoscado.-Y
el que primero lleg6 aquel día de mis pretendientes&gt; me ball6 decidida á ser su esposa.
Federico era un buen partido. Lo mejorcito
de la lista. Yo también para él, y nuestras familias aceptaron, muy complacidas, alianza
tan ventajosa. De cuantos me pretendían, Federico era quizás en el que menos había yo
pensado para marido. Su familia asistía á casa con frecuencia, sus hermanas eran íntimas
amigas mías; juntas pasamos algunos veranos
en su quinta de Zarauz; pero Federico viajaba
mucho; á Madrid s6lo venía de pasada; sui:;
amigos más íntimos eran diplomáticos extranjeros y nadie en nuestras relaciones, ni su familia misma, supo informarme de su carácter
ni de sus costumbres. Concertada nuestra boda, nos veíamos diariamente. Según costumbré francesa, todas lati mañanas me enviaba
un ramo; después le veía en el paseo de coches; algunas tardes me acompañaba á pie, comía en casa casi todas las noches, y allí se
quedaba de tertulia 6 nos acompañaba al Real.
En el tiempo que duraron nuestras relaciones,
no tuvimos ni un disgustillo. Eso sí, oos quedamos sin conocernos. ¿Qué habría dentro de
aquel hombre distinguidí¡;imo, de conversaci6n amenísima, que me hablaba de viajes, de
teatro, de Rociedad, de caballos, de coches, sin
contradecirme nunca, &lt;lispuesto siempre á sacrificarme sus gustos y opiniones'? ¡Blanquísima pechera almidonada: por más impenetrable te tuve que milaneRa cota de mis antepasados! Verda&lt;l que no me esforcé mucho
por dar con el defecto de la armadura. Probé
u::ia vez á darle celos y me dijo que no era celoso. Prohé á pedírselos y lo tom6 á risa. La
mayor prueba de consideraci6n -me dijoque puede dar un hombre á una mujer, es
hacerla su esposa. No comprendo que la esposa pueda tener celos de otra mujer. La reflexi6n no me pareci6 des pues muy s6lida;
pero la expuso en torio tan digno y con tal seriedad, que por el prohto me dej6 convencida.
Renuncié, pues, á mis escaramuzaR, que pudiera llamar de recohocimiento, y me dejé de
averiguaciones. Pr6xima nuestra boda, te-

EL MUNDO ILUSTRADO
nía tantas cosas en qué pensar más importantes. Los días ebteros me pasaba en correspondencia con modistas y sastres, mueblistas y
joyeros. S6lo el traje de boda me ocupó una
semana. ¡Es tan difícil reu!'ir la sencillez á la
elegancia en el vestido de boda! Por fin, entre «Robín» y yo dimos con una idea exquisita. «UUA vrai trouvaille. » Lleg6 también el
«deshabillé Watteau," causa inconsciente de
mi boda, y mis visitas compitieron con las de
l\1aría Cruz, y no se habl6 en Madrid de otra
cosa y me casé por fin ...... y pasaron días y
meses. En el aturdimiento &lt;le viajes, fiestas,
atavíos, lo que menos pude yo notar en mi
irnevo estado, fué cambio alguno en ideas y
sentimientos. Federico era el mismo de novio, siempre cortés, amable siempre; yo me
complacía en verme obsequiada por él, no me
fastidiaba nunca á su lado y aun le echaba de
menos cuando me dejaba sola. Emociones
tranquilas, costumbre de carifio, no era más.
Así, dos meses. Uú día, al cabo de ellos, después del almuerzo, al que habíamos invitado
á varios amigos de Federico, extranjeros la
mayor parte, anunci6me su pa1tida para una
expedici6n artística (no recuerdo si á Salamanca 6 á Toledo) que duraría cinco 6 seis
días. No sé qué sacudida sentí en mi coraz6n, algo no sentido basta entonces. Yo creo
que en la cara que puse debi6 de conocerse.
En lo que dije no, porque s6lo, como débil
protesta, me atreví á indicarle: hace mucho
frío, no vayas á coger una pulmonía. ¡Qué
vulgaridad y qué tontuna! De tantas cosas
como sentía desbordar en el coraz6n por vez
primera, no acudía á la boca sino aquella fiofiería. ¡Hace mucho frío! Frío hacía, sí, pero en el alma, frío de muerte que estrémeci6
todo mi ser, consciente al fin de que jugaba
con lo más sagrado del alma en una farsa de
amor insostenible. No tengas miedo. No me
hace daño el frío-me contest6 agradecido. Y luego ya solos, mientras preparaba el equipaje, al recordarle yo varias cosillas que olvidaba y pudiera necesitar, con un apret6n de
manos, me dijo a:i;nabilísimo: «¡Qué felices somos!" Esta es la verdadera felicidad del matrimonio; dos esposos que se estima~ y se
guardan siempre consideraci6n y respe\o.
¡Consideraci6n ! Sí; por qué forjarse ilusiones? Yo me casé sin amarle. ¿Qué raz6n había para que él me amase? ¡Consideraci6n y
respeto! ¿Para qué pedir más á un matrimonio combinado por cálculos de hombre práctico y caprichos de niña mimada? Pero él, si
no amor, habría sentido alguna vez las inquietudes, los goces de una pasi6n ardiente....... .
Algo sabía yo de sus amoríos con una mujer
casada. A él le bastaba. con la consideraci6n
y el respeto. (Estas palabritas, que trascienden á inglesas, se me atravesaron). Pero yo no
sabía lo que era amar, yo no había sacrificado,
como otras muchas, ningún emmefio por unirme á él, porque mejor me conviniera. Niñería, capricho sí pudo ser; cálculo interesado,
no. Y ahora el amor se venga y exige al coraz6n su tributo. Bien dice al pie una estatuita del diab6lico dios, que qompré en Sév1 es:
ce¡ Quel que tu sois, voici ton maitre,
il l'est, le fut, ou le doit étre!»

¡No querer nunca! Lo que se llama querer ...._.. Tanto -:ale no ha~er vivido. No; por
aturdida, por msubstanc1al, por ligera que
seas, por mucho que disperses y malgastes las
fucrzaR de tu corazón en mil fruslerías llega
un día en que, cansada de todo, las rcJnes en
tí y buscas para ellas más digno empleo. ¡Qué
feliz fuera yo si el encargo de un traje me divirtiese días, como antes, Rila compra de unos
caballos me abstrajese de toda otra idea! He
descubierto que tengo corazón. ¿Ves qué desdicha? Y sábelo; quiero, en fin, con toda mi
alma; estoy enamorada...... ¿De quién dirás?
No lo adivinas por mucho que lo pien~es ..... .
De mi marido. Dirás que no ves causa de desdicha y que peor hubiera sido enamorarme de
otro. Yo sí la veo y del segundo punto si
por malo lo tengo en mi conciencia; el c~raz6n siente que le hubiera estado mejor acaso.
Puedo decir á mi marido: me casé contigo sin

amor, sin conocerte casi; si el día de nuestra
boda_., al pie del altar, te hubieran cambiado
por otro, me hubiese importado del cambio
como del de un tenor en la 6pera, por indisposición repentina. Y ahora vengo á pedirte
calor y cariño del alma, porque tu varonil
hermosura me domina y la quiero para mí sola, porque cuando no hablas conmigo, á quien
juzgas sin duda incapaz de comprenderte y
nada comunicas de cuanto piensas serio y
grande, cuando hablas con tus amigo:-, olvidando que yo te escucho ...... te oigo admirada y bebo ansiosa tus palabras y quisiera mejor beberlas boca cnn boca... ¿Qué te parece
si le espetase una declaraci6n por el ei:-tilo?
Creería que había perdido el juicio y que me
burlaba de él, y adi6s consideraci6n y respeto.
¿Qué pensaría de este amor «sur le retour,»
violento, exigente, si yo pretendiera que no
se apartase de mí un instante, que no me prefiriese á sus amigos para tratar con seriedad
cuantos asuntos le interesan? ¡Qué idea tan
triste forma una de su condici6n de mujer,
cuando su esposo le replica, al preguntarle cariñosa, qué le·preocupa 6 entristece: ¡déjame&gt;
son asuntos míos, no es cosa de mujeres! ¡Ay!
¡Créelo! Tu amor culpable no te dará mayor
tormento que este mío, santo y legítimo. ¿Y
crees tú que él lo conoce? Si lloro, lo atribuye á los nervios y se apresura á traerme al médico; si trasluzco mi agitaci6n en mal humor
y displicencia, se retira á sus habitaciones sin
mostrarme contrariedad ni disgusto. ¡Consideraci6n y respeto! ¡Estoy condenada á ellos
toda mi vida! ¡Veces hay que le insultaría,
envidiosa de la mujer del pueblo, apaleada
por marido bmtall No hay remedio. Nunca
sabrá cuánto le quiero. Verá en mí á la esposa digna y respetable nada más. Aceptará las
caricias de amoríos que al paso se le ofrezcan,
sin remordimiento de que yo sufra por ello.
A fuer de hombre corrido y avisado, se creerá
alguna vez en el caso de dudar de mi fidelidad ...... sin increparme, sin pedirme cuentas
de su amor traicionado ni de su fe vendida,
satisfecho con que se cubran las apariencias y
no tener que darse por entendido. ¡Cuántas
veces me suele hablar como por tercera persona, de las que él llama escapadillas de la legalidad, y hasta parece que me traza la línea
de conducta en ellas, para que sepa hacerlas
sigilosas! Oye el fin de mi historia. Después
de batallar con impulsos diversos, venci6 la
resoluci6n de declararme. No me atreví de día,
ni de noche á la luz tampoco. Sentía que una
mirada de las suyas, al interrogarme con muda y fría curiosidad: «¿Pero mi mujer está loca
6 qué le ha dado?" ...... bastaría á turbarme ;
á enmudecerme confusa, avergonzada. Aguardé la ocasi6n ...... Y juntos, muy juntitos, á
obscuras, al oído, le fuí diciendo todo. Animada d( oirme, las palabras buscadas contrabajo primero, fluían después á par del alma,
con el calor del alma sentidas. Nada quedaba en ella. Ya lo sabía todo. La nifia caprichosa que se cas6 sin saber lo que era querer,
le quena con toda su alma...... ¡Pobre elocuencia del coraz6n! ¿Qué dijo Federico al
oírme? Nada; crey6 que le contaba como otras
no~hes, alguna historia de hablillas y murmur~c1?nes de an:iigas, como siempre, tonterías
sm 1mportanc1a y desde mis primeras palabras se quedó dormido ...... y dormido siguió
hasta la mañana siguiente, mientras que lloraba yo, desvelada por algo que sentía dentro
de mí. ..... Algo que había vivido de mi vida
para mí, nueva vida qua estremecía tbdo mi
Rer _e~ palpitaciones, ilusión y esperanza de
cancias ...... Antes de nacer como mi amor
había muerto mi hijo ah~gado en mis en~
trañas.
Jacinto be11av.enfe.

LUSTRADO
AÑO IX.--TOMO 1.--NÚM. 24.

MÉXICO, JUNIO 15 DE 1902.

•1rector: LIC. l!Al'AfL Rtlf&amp; bPINDOLA.

Subsc ripci.5n mensual fornnen, $1.50
Idem. Idem. en Ju cnµ1tv1. ,, 1.25

(ierHtf!I LUI&amp; Rnr&amp; &amp;PINNLA.

•

•

j)rin¡avera Feliz.

(De la Colección Hillebra11d.)

�Domingo 11&gt; de Junio de 1'902

EL .MUNDO ILUS'l'RADO
EL MUNDO ILUSTRADO

DIAS DE RO~;fA
Bl Jea11s.-Vna visita á la Bistori
La visita fué en la tarde; mas no había perdido mi mañana: no, en Roma no hay un momento que perder. Hay que verlo todo muy
de prisa, á escape, á merced del guía. Y luego-ya que no reverlo todo-volver so~o, enteramente solo, con algún compañero discr~to,
que no aode,que no se mueva,que no respire;
sobre todo, que no pregunte, que no pregunte, Dios mío, que se aleje, que respete á un
hombre clavado una hora 6 dos horas ante un
pedazo de estatua, sin impacientarse, sin mostrarse, sin decir ¡qué lindo es esto! ¡qué hermoso es esto! Nada: sin irse, ausentarse ¡oh!
ideal de los compañeros de viaje artístico!
-oh! ideal! Volver solo á algunas partes, á algunas cosas.
La soledad es un sueño irrealizable en estas
ciudades italianas, bien lo ~é. Entre lo bello
por la historia 6 por la estética y el contemplador, se interpone siempre un grupo de turistas ( el turista es un acridio que devora rápidamente la flor de la emoci6n estética y en
sus diálogos, observaciones, lecturas y vaivenes, torna árido el campo de la belleza). Mi
sensaci6n es que los turistas son americanos,
mejor dicho son americanas; en las cimas de
los campaniles, al pie de los monumentos, en
las cornisas de los coliseos, en las criptas de
las basílicas, en los rincones de los camposantos, en elfondo de las catacumbas, á la orilla de los golfos, en la ribera de los lagos, en
las isletas de los ríos, en el brocal de las fuentes, allí están, bonitas á veces, á veces feas
como peregrinas mejicanas, siempre parleras,
jamás conmovidas, con el eterno Baedeker en
las manos, el rojo Baedeker á un tiempo útil
y odioso; toda la Italia artística me pareció
enferma de escarlatina, tanto así la ví pringada de manchas rojas, gracias á la ·profusión
hormigueante del consabido librillo escarlata.
Los guías son ultrafastidiosos también, pero necesarios á veces para· ahorrar tiemoo, y
divertidos con frecuenci"t; {¡ mí me dfrertían
con sus descripciones enfáticas, sonoras y absurdas casi siempre. A otros los enojan: á mi
buen amigo Pancho Icaza lo encienden en ira.;
los acribilla á sarcasmos y á insultos interdentales; algunaR veces su cólera hace explosi6n en el rincón de una iglesia ó de un alcázar: «Pero, hombre, está usted loco; este sepulcro es del siglo XV,» decía !caza, en Toledo, á nuestro sacristán cicerone. « Perdone
usted, respondía el apostrofado, es del XIV."
«Pero, permítame usted, replicaba Icaza, no
sea usted bárbaro; no ve usted que es de D.
Alvaro de Luna.» «Sí, sí, triplicaba el guía,
D. Alvaro fué favoritc, del rey que lo ruzo degollar ...... » «Eso es, terciaba yo, con espíritu
conciliador, eso es, pero se mandó hacer su sepulcro antes de morir; un siglo antes.,, El sacristán se inclinaba agradecido y triunfante y
el Secretario de la legaci6n de l\Iéjíco, me decía furioso: c&lt;Hombre, con usted no se puede
tratar nada en serio.»

'

Lo que había visto en Roma en la mañana
del día en que visité á Adelaida Restori, era
,&lt;il Gesú. » El edificio en verdad no tiene imán,
no dice nada ó dice poco1 por fuera. Vignola
lo hizo (no tengo á mano modo de rectificar)
y este correctísimo señor, que era para los estudiantes de arquitectura de mi tiempo, lo
que el Vinio 6 el Heinecio para los de derecho romano, fué muy clásico y muy bien y
nada más; quizás eso basta, acaso no. En honor de la verdad, yo creí mucho tiempo que
el Viñola era un libro; pero ya veo que no:
era un arquitecto ordenado como un libro.
Por dentro el Gesú es espléndido; todo jaspes y mármoles ricos; todo oro, todo ostentación de brillo y lujo de advenedizos, que Í\
fuerza de amplificar el arte del cinrelador de

la joya y del relicario, arte nimio y sutil de
orífice y esmaltador, hasta darle gigantescas
proporciones y revestir con sus orfebrerías una
basílica, lograron crear una forma artística
nueva. Discutible y discutida, sin duda; todos recordamos la ir6nica é implacable aversi6n con que describe Taine el estilo lindo,
mundano, amanerado, alambicado del Gesú, y
en general de las obras de arte jesuitesco. Y
tiene raz6n, es un arte de decadencia, le ialtan la sencillez, la armonía, la majestad del
arte helénico y la exuberancia serena y sana,
hecha de fuerza y de gracia, del arte del Renacimiento. Es cierto, pero es encantador, es
adorable; yo tengo lagunas en mi sensorio estético; á mi me gusta Bernino y sus grandilocuentes declamaciones teatrales de bronce y
mármol; me gusta Canova y algunas veces
profundamente (y en esto Stendhal es de mi
opinión contra la de Taine); las dos figuras en
bajo relieve del sepulcro de los Estuardos, en
S. Pedro, son simplemente divinas; y me gusta ,cil Gesú». Decididamente, decimos en francés, tengo mal gusto; es el que tengo. «Nemo dat quod non habet» como perogrullaba en
su latín al alcance de todos uno de mis maestros de derecho.
Del estilo de.los plateros aplicado á la arquitectura y á la alta escultura, al gongorismo frecuentemente detestable de Churriguera,
¡qué caída, qué cascada de formas, qué alteraciones de líneas al capricho del dibujante,
qué transformaci6n de los graves y elegantes
órdenes clásicos reducidos á ornamentaci6n
pura, á puro accidente en un laberinto dorado
de florei; y florones, capiteles de fantasía com. plicados de festones de quimera, Yainas de oro
que aprisionan y deshacen los fustes de las
columnatas, al margen de los nichos y hornacinas habitados por. figuras policrómicas ele
santos en éxtasis! De aquí esos gigantiescos
retablos que parecen ostensorios esmaltaJos de
colores por las imágenes; verdaderas «iconostasis» que bajan al nivel de los altares de..c;de
los arcos de las b6vedas y que parecen escalas
místicas de Jacoh f'Oña&lt;las por monjas histéricas.

Más soorios, más correctos en su enorme
profusión ornamental, son estos altares del
Ge;iú, el de la capilla de San Ignacio, sobre
todo, que es típica. La impresi6n es que todo
está re,·estido de ornamentación de oro y mármol, desde la urna de bronce riquísima que
guarda las reliquias de ese caballero andante de
la Virgen María, hasta las figuras coronan tes de
la Trinidad beatífica que admiran el globo sin
par de ,dápislázuli" que representa al mundo
y que es un regalo de la Compañía de Jesús
al Eterno Padre. San Ignacio ( escultura en
plata), brilla en su gran aureola de metal.. ...
Y á mí me encanta todo eso.
Allí, junto al altar mayor, me encontré con
la tumba del cardenal Bellarmino; pedíle risueñamente perd6n mental por las injurias
personales que en mis mocedades le había dirigido; y una vez que me sentí perdonado por
el grande y bondadoso señor, me fuí saliendo
de aquel relicario de oro, ofuscado y coritento. Aquello me había gustaclo mucho.
El afán de irreverencia y desacato que caracterizaban la época en que fuí adolescente
(la Intervención, el Imperio, la Restauraci6n)
afán que circulaba en nuestras venas, ·p ues~
que estaba en la atmósfera que respirábamos,
como polvo levantado por gigantesca torre de-·
rrumbada, nos hacía cometer actos irrespetuosos, generalmente estúpidos, con cierta
frecuencia. Y o tenía por un retrato del cardenal Bellarmino que había en mi colegio, antigua casa de .Jesuítas, una aversi6n espe&lt;'ial.
:No sabía quién era aquel sabio cardenal jesuí-

cordaba poco, algo más mis versos: allí los
tiene, en su Biblioteca, en el tomo de sus recuerdos de Méjico; una Biblioteca de muchos
volúmenes, perfectamente ordenada. De Altamirano, mucho; la acentuadísima fisonomía
intelectual y física de aquel hombre que parecía un bronce recién salido del molde antes
de enfriarse, no inmutable como Juá.re~ sino
infinitam_ente m_~vible, como la pasión, había
causado tmpres10n honda y profunda simpatía en la Ristori. Del Sr. Lerdo, que fué como solía, admirablemente fino y galante' con
ella, se acord~b~ bas~nte: y llovían las preguntas y las msmuac10nes y de todo, sin esfuerzo, por solo el d6n de la admiración retrospectiva y de la emoción presente, hacíamos
brotar una flor que dejábamos á ~os pies de
aquella m ujer genial que decía que todo el secreto del artista cousistía en buscar el alma de
la obra dramática y crear co11 ella una realidad: entender, comprender, he aquí el secreto; compren~erlo todo, todo, y hacer con eso
un ser que vtva.. .... nos repetía.

(Del libro "En la Europa t.atina")

ta, fundador del ultramontanismo; mi profesor de 16gica me había dicho que era un «mocho&gt;&gt; (mote que, según me explicaba, era una
contracción de ((mochuelo»), y eso no habría
bastado, si su actitud, si su mirada no me
hubiesen inspirado el deseo de faltarle al respeto. Lo ruce clandestinamente; le transformé los bigotes, le pinté un gran ,,puro» en la
boca, ¡horrores y estulticias! Mas no puedo
olvidar el miedo con que lo hice; aquel fué
un acto más heroico que bárbaro¡ yo temblaba cuando detrás de la máscara grotesca de
que lo había decorado, adivinaba el verdadero retrato, el que tenía fijo en la memoria, su
mirada severa que me abofeteaba y me hacía
poner colorado. Por eso cuando tropecé con
su sepulcro, le pedí perdón, entre risueño y
temeroso.

ccTempi passati," me decía á mí mismo suspira1ido, mientras, {¡ pie, por el c&lt;Corso Vittorio-Emmanuele,» me encaminaba hacia la casa
de nuestro Ministro en Roma, con quien ib~
á almorzar. ¡Tiempos pasados! esa exclamaci6n resume todas las sensaciones que Roma
produce en quien pasa, en quien se va, en
quien se que&lt;la. Hasta lo presente, hasta lo
actual parece visto ~en una perspectiva cuyo fondo es la historia humana; todo aquí es
el pasado, hasta el porvenir. Todo vive de lo
que ha muerto. Roma es como la naturaleza;
la vida es una perenne transformación de la
muerte. Por eso es triste y divina. Una mujer joven, un niño,· una flor, un canto de hoy,
nacen aquí con mrn pátina de tiempos idos que
encanta y enerva; todos parecen envueltos en
una impalpable atmósfera de siglos muertos.
Cuando ll egué al palacio Giaccomelli e,:taba trahsido de frío, á pesar del espeso gabán
y de la caminata. Entré y un tibio y afectuoso ambiente de hogar mexicano me envolvió
como una caricia. En aquella casa era yo
siempre el bienvenido, quizás porque los señores adivinaban cuánto los quería yo y todo
lo que para mí significaban de familia y patria ausentes. Gonzalo un poco triste y delicado de salud, pero amable, cumplido y elegante y pulcro como nadie¡ su esposa deliciosamente dulce y buena. Las horas allí me parecían minutos.
De~pués de almorzar á la italiana, con sa- ·
brosísimos quesos y exquisitos vinos de oros
y rubíes, que olían á recuerdos de Horacio, y
luego de una conversación llena de añoranzas
y hecha de repasos de la juventud, la inatrapable fugitiva, llegó la hora de nuestra visita,
y en unos cuantos minutos estuvimos en la
casa señorial de la señora marquesa Capránica. Subimos, nos anunciaron, entramos en
un salón confortable, artísticamente decorado
con reliquias de triunfos y homenajes de vencidos y subyugados, y en el mismo instante se
present6 una anciana risueña y cordial, envuelta en sus paños de invierno, velada casl
la plateada diadema de los años por una cofia
de blondas negras, más corta de estatura que
cuando esculpía en nuestro sensorio las figuras divinas de Fedra y Medea y Lady Macbeth, hace más de un cuarto de siglo en el
.
..
'
"
escenar10 meJicano; pero con un lampo de luz
joven todavía en la mirada. No sin emoción
la besé la mano, recordando que, en premio
de unos versos, me había dado antaño un par.
de grandes besos en las mejillas .... .. ,qTempi
passatil»
.
De todo ello hablamos, á todo volvimos·
Gonzalo, á quien estima mucho, y yo, nos eñ~
cargábamos de ir despertando alternativamente sus reminiscencias, y poco á poco aquella
vieja decoración del Méjico de 76 ascendía en
el escenario de su memoria y se precisaba casi, aunque un poco pálidamente. A mí me re-

***
Le hablamos de las grandes visitas que había
te!:!ido la escena en Méjico, de Sarah Bernnardt:
para ésta no hay medios, 6 es divina ó es ins?portable; 6 es Doña Sol y Margarita Gaut1er.. .... Y Theodora, añadí. Sí, es verdad,
continuaba la señora, pero Theodora es un
gran escenario dramático más bien que un
drama. . O insoportable, seguí insoportable
como en «l' Aiglon. » Nuestra U:teriocutora no
había visto ,el' Aiglon.» Le expliqué que Sarah
allí era una calamidad á mi entender.
1
Record6 del París de sus tiempos la pasi6n
•paternali, que el gran viejo Dumás había sentido por ella: temperamento de fuego como el
de Altamirano, decía; y su rivalidad con la
R;ach~l, ,q~e tomó la importancia de un episodio histórico en los anales del segundo imperio. H ablamos de Eleonora Duse: no la reemP)~za á usted, señora marquesa, la sucede,
?iJe yo ¡~ra preparar con esta adulaci6n lo que
t?a á decir. _E}la, muy curiosa de mi impreRlón, me obb_go á detallar un poco, á analizarla por vez primera. No lo había hecho cuando
ví á 1!1 diva en Madrid. Me dejé fascinar por
ella sm buscar el porqué; la ví enferma obli' gada á detenerse en los muebles cuand~ recorría la escena, y creo que ese aspecto de histérica, bajo la diadema negra empenachada de
blanco, tal como la describe el autor de dl
F-uoco,» afiadía intensidad al efecto que en el
• auditori&amp; causaba.
verdad es que de las artistas supremas
que he visto, Ristori «in ca pite,» y Sarah y Car~tl (una cantañte que es una maravillosa actnz) y Sada Y ako, ninguna había tomado tan
profunda posesión de mi ,cemotividad &gt;&gt; que
dice Ezequiel Chávez, como Eleonora-' es el
arcángel de la emoción escénica.
'
No tuve empacho en manifestarlo así. Sí
f afirm6, la Ristori, es admirable á veces. E~
«La Mujer de Claudio,» incomparable. Yo la
prefería en ,cMargarita Gautier,» en la ccGio·. conda.» Esto sí rue guardé bien de expresarlo.
-Por acá viene, siempre que está en Roma
pros~guía diciendo la señora, deseosísima. d~
contmuo, de conocer mi opinión sobre el modo con que interpreta tal 6 cual papel; entra
como un huracán, me acribilla á interpelaoiones Y á veces, sin esperar mis respuestas, me
b~ las ruanos y se va. Es una soberana n erVtosa.-Si es una soberana, añadí, forjando
un leve retruécano, una soberana que es una
esclava; é hice alusi6n á D' Annunzio, .....
Rápidamente pas6 del francés al italiano y
más á sus anchas nos habló de sus hijos, de
s~s netezue~os, del susto que había tenido el
dí a del asesmato de Humberto..... . .. Su hijo
e~marqués, chambelán de ,&lt;la Regina" (la Regi~ es Margarita de Saboya, y á fe que pocas
f muJeres lo han sido tan completamente como
~lla! por el amor, por el es¡,íritu, por el inforunio), á quien conocimos en Méjico, joven. zuelo elegante y barbilindo, estaba en Roma
en ~l.momento del crimen; alguno le trajo la
. ~oticia, saltó del lecho y corri6 al teléfono;
d campanilla telef6nica rabiosamente tocada
espert6 á la señora Ristori; el tiempo de po-

u

f

1

t

nerse una b~ta y correr. ¡Qué pasaba! La espantosa ~a~idez de 1,1u hijo le revelaba una funesta noticia, per? del ~iálogo trágico que iha
Y venía por los hilos electricos no sorpre11día
más que un extremo cada vez más horrible
más doloroso .. : ~lla creía_9ue algo había pa~
sado en la familia de su hlJo, ausente en aquellos días; una desgracia, uno de los niños enfermo, muerto quizás...... Y la pobre abuela
se volvía loca de angustia y el marqués no
contestaba, imponía silencio con la mano su
voz temblab~, no quería perder una sílaba ...
Por fin hablo: ccé arn.mazzato il ré» ... ¡Horror!
(Y~ me fi~uro el grito: nadie ha lanzado estos
súbitos g~~os trágicos como ella.)
. Y camb10 entonces la escena iba yo á dec1_r, y nos habl6 de la reina có~o había reci?1do la notic~a, ~u espanto,' su agonía, y luego
su ~uelta á si misma, su entereza su regia seremdad_ salpicada de lágrimas, el' pobre hombre expuando en sus brazos sobre su traje de
fiesta, sobre el regazo de raso blanco salpicado
de sangre..... . Se había levantado; su voz un
tanto velada y sorda, recobró su limpieza de
acero y vibraba como una espada ... .. Cuando
_concluy6 su relato, s~ asombró de sí misma
de sus lágrimas, de su emoci6n admirable~
m~nt~ ,comunicada, de nuestro aspecto de adnurac1~11 temblorosa y pálida........ Gonzalo
aplaudi6, yo estaba inm6vil: había visto en
aq~el momento, la última gran escena d~ la
última gran trágica; porque ella fué la postrera encarnación ~e la tragedia clásica, porque
o!ras, otras ge~nales han humanizado la tragedia, la han baJado del templo, la han metido
entre nosotros, la han hecho más dolorosa:
ella es la única, es la última que le conserv~ba su sello divino, su carácter augusto: al
pie de su escenario se alzaba el ara de Dyonisos, la ccthymelé.»

***
En otro saloncito pulcro, sencillo, hecho ccad
hoc» para la conversaci6n íntima para saborear la música, para paladear lo~ versos nos
esperaba Bianca, aquella Bianca delidiosamente &amp;en~il, para quien el Méjico elegante de
hace vemtiocho años fué todo miel y flores ...
Doña Blanca, como todos la llaman es una
figura ideal, su cabellera precozment~ platea. da, encerrando en dos bandas lisas y sedosas
el 6valo fino y puro de su rostro blanquísimo,
levemente sombreado de rosa, sus ojos claros
y serenos como un madrigal de Gutiérre de
Cetina, su voz dulce y fresca como un hilo
cristalino de ccacqua vergine,» su esbeltez su
traje, todo en la ccmarquesina» era poético' era
úna evocación de arte de los tiempos en 'que
Luini y Botticelli pintaban sus madonas y sus
santas. Se busca involuntariamente e1 círculo
intangible del nimbo sobre la cabeza de Doña
Blanca. Nos sirvió una taza de té y · hablamos, hablamos ...... Primero de Méjico, por supuesto;
en ella más que en la madre el recuerdo es
preciso.
Los paseos, Chapultepec, las muchachits
mejicanas de la sociedad rica 6 ricacha de
entonces, su amabilidad exquisita (cámparegiabile,» diceDofüt Blanca), el camino de Veracruz á Méjico, todo lo recuerda minuciosamente. Deslicé cierta pregunta indiscreta.
¡Oh! sí, me han dicho, repuso, que ya es un
anciano casado, con muchos hijos, que vive
en París; nunca viene á Roma? Sí, la inform6 Gonzalo, pocos días haestuvo aquí.-¡Oh!
¿por qué no me vino á ver? Cuánto gusto habría tenido, él y su hermana, tan buenos amigos nuestros! Y el alma pura de Doña Blanca se veía en el fondo de sus ojos como una
concha irisada en el fondo de una ola en la
playa.
La conversaci6n se orient6 poco á poco hacia el arte dramático y volvi6 á la Duse, cela
de las bellas manos,» que dice el autor de
,cGioconda» (no de la Gioconda de Da Vinci).
Hablé de la extrañeza que en Madrid me había causado ver á la soberbia artista representar con profundo amor , precisamente en la
Gioconda, el papel de Silvia, que encarna la
lucha ibseniana entre el deber impuesto por
la necesidad social de conservarse y vivir, y la

Domingo tñ de Junio de 1902
asI?irac~óu del ~rtista hacia un mundo superior
( 6 mfe,nor, ¿qmén sabe?) de sensualismo é idealismo a la vez: la perenne batalla que riñen en
el corazón de los P?etas y de todos los hombres
de arte, _el amor simple y silencioso como la
abnPgac1ón y el sacrificio de la mujer que representa la noble y santa prosa del hogar, y el
otro ª'!1ºr, el de la ruptura de los vínculos, el
de la libertad ,Y d~l placer, que no es más que
el amor de si_ mismos, que es el más feroz,
aun en 18: trágica sublimidad que asume á veces,, el mas ÍP.roz de los egoísmos. y volviend~ a la_Duse, decía yo c6mo después de escnto «ll Fu&lt;?co,» en que D' Annunzio pasea
~n un marav1~oso carro de sedas y pedrerías
ª 1~ nobl~ artrnta para mostrar á todos las infinitas tristezas de sns desnudeces marchitas
de alma y cuerpo, puede ella ponerse en cofi~cto con él, interpretando con tanto entusiasmo sus obras. ..... !
Miste;ios, misterios del alma femenil· siglos y siglos _de esclavitud dejan esos s~dimentos turb10s en el fondo de un ser.. . y recordaba_y? lo que había visto frecuentemente en mi tierra: una mujer herida y pisoteada
por un hombre, volverse airada contra su salvador.. ··· .P~ro había ido demasiado lejos; la
pudorosa mirada de Doña Blanca me indicaba todo lo que la repugnaba el espectáculo
~¡ue, evocaba_ antes~ vista. ¡Oh! yo nunca leo
a_D _Annunz10¡ sus hbros están excluíclos de mi
biblioteca. Sé, por_ sus versos t¡ue es un gran
poeta, per&lt;? ma~ bien un artista, porque yo
no comprendo a los poetas sin corazón y en
este ho1?_bre no hay corazón .....
Así d1Jo. Y ya había venido la noche y el
resp~andor de las chimeneas luchaba cdn sus
re~eJos en las ventanas con los últimos besos
gnses del crepúsculo, cuando dejamos «a régret» aquella ca:-a en que rendían culto á lo
bello Y~ lo bueno, inseparablemente, dos nobles muJeres:_una que venía lentamente de un
paraíso de trrnnfos, de glorias; otra que lentamente subía c-on su blanca aureola en la cabeza hacía el paraíi;o del ensueño ..... .

DE "ODAS BREVES"
]Jeafus ille . .
¡D~choso aquel que, lejos
del aire corruptor de las ciudades
atiende á los consejos
'
de Dios y á las verdades,
del claustro en las calladas soledades!
-El que, en celda bendita
--centro de paz--como eu propia
' casa
muy sosegado habita;
'
goza dicha sin tasa,
y, á solas con su Dios, la vida pasa·
Que, á un lado la riqueza
'
dejando, cifra su mayor tesoro
en sólo la pobreza;
y tiene á gran decoro
unirse de los ángeles al coro.
No de su celda al muro
el ruido mundanal furioso llega·
en Dios vive seguro·
'
vela sutil despliega,'
y por el mar de la oración navega.
¡Qué es verle divertido,
del bosque entre los árboles cantando
y luego embebecido
'
el cielo contemplando,
quedarse cual la tórtola llorando!
¡Oh dulce apartamiento
do es venturosa del mortal la suerte!
de paz divino asiento
¿quién no habrá de q~ererte?
¡dulce es la vida en tí, dulce la muerte!
FEDERICO EscoBEDO.

�EL MUNDO ILUSTRADO

'EL :\l"GXDO JT.,"GSTRADO

Domfogo 15 de Junio de 1902.

EL NUEVO MINISTRO DE MÉXICO EN BÉLGICA.
La Comi!úún Permanente del
Congl:eso de la lJnión acaba de
ratificar el nombramiento con que
el Sr. Presidente de la República
se sirYió honrar al Sr. Lic. Don
Emilio Par&lt;lo (jr) para que, co!1
el carácter de l~nviado Extraordinario y Ministro ljlenipotenci~rio,
represente á México en Bélgica y
los Países Bajos.
El nueYO Ministro lleva una
importantísima comisi6n ante el
Tribunal de la Haya.
El Sr. Lic. Pardo hizo sus estudios preparatorios en. la~E~cue;
la de San Ildefonso, Yr.; se tJt~lo
abogado en la de Jurispruden?ia,
cuando apenas C'ontaba vemte
años, tras una brillante carrera.,
Poco despué;-, y durante algun
tiempo, el notable juris?onstdto
redactó con el Sr. Lic. Pablo ~Ia~eclo, el periódico de .J urispruclencia «El Foron, y más tarde
pasó :t de8empcíiar lll~ ~rnpleo en
el 1linisterio de .Justu:ia, el que
&lt;lejú vacante pa.ra servir como adjunto del Procurador General~~l&lt;'
Justicia de la :N ueiún y del l◄ 11;cal de la 8uprenrn Corte. . .
Al inauaurarse la Admm1stración del
General Díaz, fué Hi:mado á ocupar un puesto pronunente eh la misma 8ecretaría ele
Estado· fué despufs ·Agente del
l\linist~rio Público, 3'-~scrito ~ l?~
juzgados del ramo c1 Yil; y Sll'\'10
como catedrático en la Escuela de
Jurisprudencia, de la cual era uno
de los alumnos fundadores, la
asignatura de Derecho Constitucional comparado.
·
En 1878 fué electo Síndico del
Ayuntamiento dé la Capital y designado para dar la clase de_ ~erecho Constitucional y Admm1s-

st

SR. LI C. E MI LIO

PARDO

(Jr),

t rativo en la Escuela Superior de
Comercio y Administración, en
don&lt;le posteriormente obtuvo por
oposici6n la de Derecho Comercial, Consular y Marítimo.
A su regreso &lt;le un viaje á Europa y á los Estados Cnidos,
salió illecto Diputa&lt;lo al Congreso de la Unión, del cual ha
sido presidente en varias ocasiones. Ha tomado participación aetiYa en casi todas las discusiones
importantes de la Cámara, á contar &lt;lel año de 1886, formando
parte de las Comisiones de mayor
significaci6n; y al ultimar el Seüor Ministro de Hacienda el arreglo de la Deuda Pública, fué uno l
de los miembro,' de la Comisioo !I
liquidataria y estuvo á su cargo
el reconocimie11to y la conversión
&lt;le la Deuda Interior.
Cltimamente integró la Junta
&lt;le Beneficencia priYada, enm
en extre1110 honorífico.
Por lo demás, el fü. Lic. Pard
lrn. influído mucho en el moví
miento literario jurídico, y tra
j:ulo con empeño por el adelan
de la ciencia tlel Derecho en el
legio de Al&gt;ogados de México,
cual es Secretario hace m uch
años, y en la Academia de L ·
!ación y .J urispruclencia, de cu
junta ele gobierno ha formado
te desde que fué fundada. Es
bifo miembro correspondiente
la Real Academia de Legislad
y Jurisprudencia de Madrid y
la Sociedad de Legislaci6n Co
parada, &lt;le París.
En la conferencia Panam
canll se le nombró Presidente
la Comisión de Arbitraje, y
tra.bajos fueron de lo más meri
río.

Desde el momento en que lo único que
m uere y lo único que se entierra son peleles
y que cada uno al irse como los nij'ios al venir, trae su torta bajo la ,forma de una buena
póliza &lt;le seguros, ya no hay por qué llorar
ni por qué gemir, al contrario «gaudeamus!»
gocemos, seamos felices y exclamemos como
en las defunciones de los reyes:
¡El pelele ha muerto!
¡Viva el pelele!
Y es tanta y tan grande la injuRticia humana, que á los Balrnori, l\fadieclo e «tutti quanti» no se les tendrá en cuenta. el bien que nos
han hecho, la tranquilidad que en punto á
mortalidad han traído á nuestro espíritu, sustituyendo á la muerte una parodia y sacando
de lo siniestro lo risible.
Gracias á ellos, lo que muere no son ya los
hombres, sino sus nombres; lo que se entierra
no son seres, sino efigie!". ¡Y vamos á darles
como recompensa la bartolina!

:J)r.

Jtl. Flores.

AYER
¡Oh nieve del verano! ¡Oh mariposas blancas!
Que batíais en su huerto vuestras alas de plata
Como lucientes velas en un mar de esmeralda.
¡Oh pájaros salvajes que amáis el infinito
Y veníais en las frondas á colgai· vuestros nidos
Donde pasar la noche bajo los altos pinos!
¡Oh indómita parvada de incansables insectos!
Los de zumbidos graves que en el jardín discreto
Rimabais en un coro nuestro idilio ya muerto.
Vieja banca agrietada revestida de yerba,
Refrigerio propicio ele hormigas sempiterna!&lt;,
Que el secreto guardabais ele ternuras inmensas.
Parra verde y fecunda ele ramajes espesos
Que erais arpa sonora al beso ele los vientos
Que os azotaban rudos con resoplidos épicos.

SRI TA. A D E LA SERRANO.

Y vosotras, de luna limpias noches serenas,
Que alumbrabais mis pasos en las calles est1·ecbas
Que conducían al chtustro poi· intrincada senda.

Y ahí tl'iste. agitado, buscaba con last'ivia

La humedad refrescante ele aquellas piedras frías
lleclinanclo mi frente en sm; duras aristas.
Y cual fardo. insensible, pasaba largas horas
Al pie ele esas paredes, r en una nochE' lóhrcga
Un hombre compasivo me arrojó una limosna.

¡Y tú, mujer, la pálida, la soñadora mística!
Fragante jaramag-o credclo entL·e esas ruinas,
Que calmabas amante mis ansias infinitas.
Que te cantaba el numen ele mis 1:imas precoces

Y oías las primeras confesiones ele amm·es
Avel'gonzaclas, tímidas, vacilantes y to1•pf:'s ....

Todo se trae consigo la oleada del recueL"do
Cuando remueve el fondo de aq uelclormiclo ensueño
¡Como la ola salvaje que se empina á los cielos
Llevandoensusespumasloque á su paso estorba,

Así, jardín sombrío, vieja ca&lt;;a ruinosa.

Os arrastran las olas del mar &lt;le mi memoria!
EDUARDO COLÍN.

La sangre nos Ya volviendo gradualmente
al cuerpo al considerar que un buen tanto por
ciento de la morta fülacl corresponde á los peY LA ESTADIS'rICA
lelrs qne csns tumhas qué los sepultureros
DE LA MORTALIDAD
caYa~1 con afán, encierrnn simples muñecos,
que esos mon11n1entos,Rtmtu0Ros los ui:ios, modestos loR otroR, eRas trucri; funerarrns, esas
Las reiteradas exhumaciones de pelPles qne
inf'nipcioneR piaclof'aR ó ticrnaR, Ron, no_ hohan venido verificándose, y las más numprn,:a.s
menajes del ,·indo á 1~ difunta &lt;.&gt;Rposa, 1~ del
aún que amenazan rea.li~a~s&lt;' á corto pla:-o,
huérfano al padre extmto, clel amante a s~
darán ocasión á un trabaJO mmenso de rectifiamada desaparecida, sino tan s6lo señales Yl·
caci6n estadística y llegarán á desvanecer, así
si bles de una ef'tafa y signos exteriores de burlo esperamos, la \:alum~ia que pesaba so~re
las sangrientas {t las Compañías de Segmos.
nuestra salubridad pública. Ya era extra.no;
Esta:-;, «de S('p:m·o,» no están contentaR y
en efecto, y casi rayaba en lo ~b,mrdo, que. a
a.un han claJo scñaleR de desagrado; vero en
una altitu&lt;l ele míts ele dos mil metros, ha~o
cambio qué satisfacción, y qué orguUo y q_né
las auras más tibias y el cielo más puro y 1,,aR
tranquilidad de conciencin para las Agencias
azul, que, por un lujo ele coqu?tena ha &lt;laclo
ele Inhumaciones, que ven prosperar ~u nep:?en engalanarse ele suntuoRas pmpu_r~s crepu~cio y elrvarse la cifra de sus transacc10nes sm
culares, lejos de florecer y '.le fruchtic~r la_ vique· en ello medi_e m_ucrte de h~rnhre_ ni pelida fuera tan efímera, hubiera ele extmgm~·se
gro para la proprn 111 para ln. ex1sfrncrn de los
ta~ pronto y hubiera de Rer ta1~ &lt;leRfavoral&gt;lr
RPr&lt;';- queridos!
nuestra estadística de la rnortahclacl.
Hay, en drC'to, un amargo rc1&lt;ahio y c:icrta
iiédicos, higieni:-;tas )' soriúlogos pe1:clían
profunda melancolía en el T&lt;'gorijatlo frotalos bártulos computando lo~ tanto" por ~10nto
miento de manos ele (]Uien redondi:'a su fortuformidables ele las ef\tadísticas mor~u9nas, y
na á costa de 1a Yida. humana, de qnirn miele
los gobiernoi-, los Con1-ejo~ ele Salubmlad -:,· los
la.s utili&lt;lacles &lt;1&lt;' su trabajo por los dolores 6
concejoR con «e», se arr~maban en ?br~s de
las ang11Rtias de los demás, y ele qui~n gm~a
saneamiento, se con~umrnn en mechtac1oneR
la RubsiRteneia á expensaR de la ex1stencrn
trascendentes á ese reRpecto, y la prensa sugeajena.
ría. medidas y rlesem·olvía proye~tos, así co_mo
Y cuando los agentes ele inhumaciones, los
las academias científicas hosq~teJaban_ explicaempresarios
de panteones, los sepultureros y
ciones y formulaban imputac10nes s111 lograr
loR fabricantes de cajaR ó de lápidas mortnoesclarecer el arcano.
,
.
riaR, por un capricho de la ¡,uertc _ó por la geHoy todo Re comienza a explicar y se va punial habilidad de una banda de timadores se
diendo compren&lt;ler. Esa.s muertes, en mucha
encuentran
de improviRo con que la demanda
parte .al _meno:;, son mucrtPs
pega'. rnt:e~de su trnbajo aumenta, su:; negocios prospetes camárna; no so1:, coi_no dec1a el ot10, ,r,e1ran y sus utilidades se acrecientan Rin necesidaderos» muertos,RinO s1rnp1es peleles, fo~ma~
dad de que la peste diezme l¡i población, ni
engañosas de cadfver, molcleaclas en ca.rton o
la epidemia siegue vidas ni amenace la proesculpidas en zompantle.

LOS PELE LES

1c

pia, deben sentirse &amp;'l~isfec~os de sí mis~os,
del fondo de su corazon tiene que surgir
sentimiento de gratitud y amor á los inven.
res que quitan á su trabajo y á su p~ofes1
todo cuanto tienen de amargo y de tn ste,
quitarle nada de cuan to tienen de lucrati
antes bien, acrecentándolo.
Si yo fuera artesano, sería fabricante,
tre, modisto, zapatero 6 mueblero de m
cos. Debe ser, es sin duda delicioso, tra
para hacer la. felicidad ajena, para propo
nar placeres y recreaciones dulces. Es ése
placer supremo y la noble satisfacci6n ~el
tista. Crear para que otros gocen, trabaJar
raque otros Yivan, aliar con ht dicha con:
la desgracia, con el placer contra el dolor, ,
la. prospcrida&lt;l contra la miseria, con la
contra la muerte; nada mús noble ni más
de. Ai::í se santifica el trabajo.
De estas altas f;ati"faociones estaban pri
rlos hasta ayer aún, los tristes artesanos d
muerte. Podían trabajar honrada, pero
alegrem('nte; con conciencia, pero sin
jo; entre las brumas ele la tristeza, mas ~o
jo las radiaciones de la. alegría. TrabaJa
llorando ó fmspirando, nunca riendo Y
tando.
Hoy laR cóRas han cambiado. Ya i-e P
llevar rn ÚRica de cuer&lt;la. á un entierro; C1
tarareando de Fatisfacción una fosa.j in
entre riS:1s y chacota una capilla ard1en~
los muertos. no son seres queridos que .
parecen, sino fortunas que llueven del
ya no plantean ante el espíritu los ate
res problemas del más allá, sino sugieren
sólo proyectos de inversión lucrativa, .
ele organización de tamaladas; ~·a no tí
en medio de la vida ese crespbn que .
enluta; hoy abren horizontes indefin1d
placer y de prosperidad.

Domingo 15 de Junio de 1902.

Mención en los Juegos Florales. •

Ednardo C'olfn.

Abajo temblorosas las mar¡raritas mustias
Tiritando de frío con sus hojitas juntas
Que elevaban al cielo como plegarias mudas.
Y vosotros de1·ruíclos, pes11clos paredones
Que os trasponía anhelante de pa,;i6n y ele goce
&lt;.;uando llegaba, lenta, la silenciosa noche ....
¡Ventana enflorecida de mohoso enrejado!
Hierros que al fin domaba la furia ele mis brazos;
Tiestos frescos y olientes ele tloriponclios blancos.
Y vosotras campánulas, azules campanillas,
Pedazos de aquel cielo extendido allá arriba,
Que subíais presm·osas á besar sus cortinas,
Que rozaban las luengas cabelleras flotantes
De los inmensos pinos y de los verdes sauces:
Y vosotras palomas, trovadores-fugaces,
Queerais la nota alegt·e de aquella casaauste1·a,
Desnuda y tenebrosa con su salas inmensas.
Llenas de santos viejos y de viejas leyendas.
¡Oh callado euiflcio, venerable convento!_
Relegado al olvido con su paz y su huerto,
Perdonado sin duda por la pica. ~el tiempo.
Y á. lo lejos; humeante y erizada de- torres·,
La ciu.dad adormida con. sus secos rumores ..
Y,todavía más lejos, en el confín, los montei, .. . •

CONFERENCIAS CIENTÍFICAS.
La Asociación del Colegio ~Iilitar ha inaugurado, eon toda solemnidad, la primera Reric ck las Conferc11cia;- Científicas que preRcrihE'n sus &lt;'~tatutos y que han de Yerificari::e
afio por afio.
m :-(tbmlo i &lt;lel aetual, con asistencia del
i,cñor Presidente de la República y de sus Secretarios ele Ifacil'nda, (imrra y Fomento, se
celebró la se;-ión de apertura de la serie, ante
una eRcogida concmTPncia. El Teatro del Con~en·atorio, que fué el loeal e;-cogido de antemano, esta ha primorosamente adornado.
El señor Ingenil'ro Ignaeio ele lri Barra pronnnciú un cntusia~ta &lt;liscurRó &lt;le apertura,
que fué escuchado con interés y que le Ya lió
aplausos y felicitaciones. Declaradas abierta:;
las Conferencias por el señor Presidente de la
Repú hliC'a, el Tcnirnte Coronel Do:-:. J ulián
Pacheco, á nombre del grupo de Infantería,
dió lectura á un ·importante eRtudio acerca del
uniforme de cm11paña que pref'cri ben los reglamentos mi Iitare~, !. de )n;- reformas &lt;¡UP es nec·t&gt;:&lt;a rio intrnducir en {•l.

�Domingo 1!1 de Junio de 1902

EL SB. LIC.

EL :MUNDO ILUSTRADO

Honramos nuestras columnas
con el retrato del distinguido oaxaqueño, Licenciado Don Emilio
Pimentel, á quien la opini6n pública en Oaxaca, designa como
&lt;candidato á la primera Magistratura de aquella importante Entidad Federatirn, para. el pr6xiwo período constitucional.
El señor Pimentel se educ6 en
'SU tierra natal y, durante algún
'tiempo, desempeñó el cargo de
Secretario de Gobierno, con notable atingencia. En Méxir.o es
muy conocido como hombre de va
lía,· y los servicios que ha prestado á la actual Administración, ya
como representante de nuestro
país en el extmnjero, ya corno
Diputado, 6 bien como Presidente de la Corporación Municipal,
hablan muy alto en su favor.
Para ser un buen gobernante,
cuenta, pues, con los antece&lt;lenks más honrosos, y así lo comprenden, en Oaxaca, todos loR
que ele verns Re interesan por la
prosperidad de aqudla rica porción de nuestra República.
Su candidatura. se ha recibido
con marcadas muestras de Rimpatía por todas las claRes socialt&gt;s,
y los «clubs" no han vacilado en
acogerla con entusia~mo.

III
-Yette, tengo que hablarte.
-Qué hay, padre mío?
-Hay que uno me ha pedido tu mano ahora mismo ...... Un rico partido...... Yo he subordinado mi respuesta á la tuya, y quiero saber qué es lo que piensas.
Y ette se puso á temblar.
-De quiéfi, pues, se trata?
-De Christian, el hijo de mi VIeJO amigo
Claudio, el más rico hacendado de los alrededores.
Qué! Christian, el rico Christian pensaba
efi ella?
Ciertamente, era nn magnífico partido-un
partido en el cual soñaban las más hermosas
muchachas del pueblo.
Y ette gustaba charlar con Christian el día
sábado por la mañana: cuando antes de ir éste á la feria vecina, se detenía á tomar una copa de sidra, por tener pretexto de darle los
buenos días.
A esta sola idea: que él la había pedido, latía su corazón con violencia.
-Y bien, mignonne?
Iba á responder, pero repentinamente pens6 en Juan y en Pedro, asociándolos en su
pensamiento contra este nuevo pretendiente.
Los pobres morirían, era seguro, los dos,
como lo habían escrito!
La víspera había encontrado á Pedro, que
al verla, se puso como una amapola; además,
había creído distinguir más de una vez, por la
noche, ruido de pasos bajo su ventana, y oculta detrás de la persiana había adivinado la silueta de Juan.
Y su coraz6n, hasta entonces tan quieto, tan
poco hecho á las penas y decepciones, comenz6 á librar un combate rudo.
Desde hacía algún tiempo había soñado el
amor como la uni6n sencilla y dulce de dos
almas, sin amarguras, sin temores, y he aquí
que el amor se le aparecía como una cosa dolorosa, como una batalla que dejaba víctimas
sobre el camino.
Y sería ella, la pequeña Y ette, tan débil,
tan mignonne, la causa de todos estos dramas?
Pasada una semana de reflexión, como su
padre insistía en conocer su respuesta sobre el
asunto de Christian, baj6 la cabeza y dulcemente respondi6:
-A qué mentir, padre mío?-Me parece
que no sería completamente feliz! Esperad.
Christian al sábado siguiente no pasó, afligido sin duda, y, por su parte, Yette llor6.

Va á sus sienes, las que viste
la patria con sus laureles,
el aura que en los verjeles
ronda como un alma triflte.
En su pupila, que asoma
cual un signo de pureza.,
hay del le6n la nobleza
y el candor de la palon13 ...
¡Gloria al bardo! ¡Salvas de oro
ríndale el sol con sus cintas,
y vierta nacáreas tintas
el iris con su tesoro!
Cuando en el llano desierto
le ofrezca sombra la palma,
un heRo imprima en su alma
la gloria del héroe muerto!
Que ¡ay! el bardo necesita
para que su canto vihrr,
admirar la patria libre
en su grandeza infinita;
Y como dej6la esclaYa,
para obtener albedríos,
ungir su lira en «Dos Ríos"
y jurar en «Punta Brava»
¡Gloria al bardo! ¡Salvas de oro
ríndale el sol con sus cintas,
y vierta nácareas tintas
el iris con su tesoro!

Retorna lihre el poeta:
al pisar el patrio suelo,
brinda á la región del cielo
sus perfumes la violeta.

Como su nombre pequefio, contenido en una
sílaba, en un soplo casi, Yette, de diez y ocho
años, era una niña fresca y graciosa, las manos
finas, la boca mignon, pero sus grandes ojos
rasgados- - dos luceros-iluminaban radiosamente su rostro y hacían á Y ette tan linda,
tan linda, que, por todo el pueblo, hasta las
mujeres, cuando la encontraban, se volvían encantadas y murmuraban:
-¡Miradla pasar: es la primaveral Esta primavera estaba hecha apenas de gemas y retoños; ninguna flor de amor había abierto en
este nuevo y pequeño corazón.
Yette nada conocía de la tierra si no es que
había sobre la tierra sol, canciones y alegría.
Desde por la mañana hasta por la tarde se
la oía cantar, y en su morada, dichosa por
ella, su risa era una continua cascada de notas
ligeras.
-Hija, decían los vecinos, una niña tan
preciosa como tú, no debe casarse más que con
un rey.
-¡ Dejadla! ¡dejadla! gruñía su abuela. Ella
Re casará según su coraz6n. E1-o será lo mejor!
.Una mañana de abril, Yette recibi6, por
mensajeros misteriosos, dos cartas, una azul,
la otra rosa.
En la primera le decían morirse de amor
por ella. En la segunda, le juraban matarse
si no quería conceder su mano.
Los bellos ojos de Yette se velaron.
¿Era eso el amor?
En el fondo de su coraz6n, alguna cosa de

Y cuando muy tarde, Yette qued6 dormida,
su elecc16n no estaba hecha todavía; allá, en
el fondo, sin darse cuenta, á cada uno concedi6 un pedazo de su coraz6n.

Y mezcladas con los trinos
de las aves, nuestras brisas
ráfagas son de sonrisas
entre aljófares divinos!

LA Vtl'EL'l'A DEL :BARDO.

I

EL :MUNDO ILUSTRADO

Rasg6 ígneo rayo las brumas:
de blancas nubes circuido,
el sol es un rey dormido
en albo diván de espumas;

B■ILIO PIIEllTEL.

MIGUEL

COYULA.

Habana. - Abril 1902.

extraño, de incierto, pero muy dulce, acababa
de vibrar.
Y la preciosa Yette, que antes s6lo pensaba
en reír, ahora soñaba ........ .

II
El autor de la carta azul, era Juan, un
guapo mozo de fino mostacho. Nunca había
hablado á la joven sino de cosas indiferentes,
pero repentinamente su memoria Re ilumina y
recuerda sus enrojecimientos súbitos, sus maneras torpes, sus miradas cor1'fusas cuando se
encontraba cerca de ella.
¡El!. ... .. ¡.Juan!. ..... por rnari,lo!
Yette sonríe; dt&gt;spués maquinalmente-desgarra la carta eh pequeños pedazos, que se esparcieron sohre t&gt;l suelo.
-¿Después de todo, piensa, por qué no?.....
Pero aún tenía en la otra mano la carta á
mrdio abrir.
Estaba firmada por Pedro, un joven del
pueblo cercano, pálido y blondo, muy estimado; muchas veces la había encontrado en casa
de unos parientes, pero jamás habían cruzado
un largo diálogo.
.
El también la amaba en verdad, y tanto,
que era capaz de c~meter una locura si no ·
consentía en ser su esposa.
'
¡Casarse!. ..... ¡ya!
Pedro no le disgustaba. Al contrario, le parecía bueno y sencillo; ¿no sería un goce encantador el de asociarse á .su vida?
¿Pero, entonces, .Juan?
Y ette desgarró la carta rosa lo mismo que

había hecho con la azul, y sus despojos se
mezclaron en la alfombra.
La pobre niña se encontraba aturdida.
¿Qué hacer? ¿Qué pensar? ¿Sería necesario
responder?
Yette repasa en su memoria todos los acontecimientos de toda su vida; jamás había causado un daño á nadie, y siempre había procurado mostrar,:e buena y caritativa con todos.
La abuela pasaba.
Yette corri6, le enlazó al cuello los brazos,
y le preguntó tímidamente:
- Qué habrías hecho si en el mismo día y
por distintos lados te hubiesen dicho que te
amaban?
La abuela, estupefacta, lleva la mano á sus
anteojos para estar bien segura de que es i;u
pequeña Yette la que hablaba así:
-Señora! mignonne, lo que yo habría hecho ...... es bien sencillo ...... Me habría preguntado á quién de los dos amaba.
Bella solución! Cuál de los do~? Pero Yette
no sabía nada. Los dos le parecían mu,v gentiles _y le hacía.1), después de todo, gran honor
pensando en ella.
Aquella noche no d urmi6. huscando una soluci6n á tan grave problema.
Tal vez Pedro sería el más serio? No era
Juari el más simpático?
-Sí, á fe mía! Juafi vale más; tanto era
así, que hasta pudo pensar en ca~arse, idea
que hasta entonces no le hahía ocurrido.
Pero qué diría Pedro? No había hablado
de matarse si rehqsaba? Hi~bría que dejarle
m.orir?

IV
Estaba más bella que nunca; sus grandes
ojos habían tomado una expresi6n de tristeza
que le caía deliciosamente.
Después de Pedro, después de Juan, después de Christian, otros vinieron que la amaron y se lo dijeron.
Ella habría querido dar su corazón á alguno,
vivir, con un c,1mpañero bueno y agradablP,
años venturosos; pero la atormentaba i,in cesar el pensamit&gt;nto de que otros pudiesen sufrir por ella!
Al menos, en tanto que ella no dijera definitivamente «no« á ninguno, todos ellos tenían
el derecho de esperar.
Y con esta idea, no se decidía. A cada uno
concedía un poco de su ternura dulce y agradecida.
-Es extraño! decían las gentes, la pequeña
Yette no se casa! No será, sin duda, por falta de pretendientes! Vuelve la espalda á todos
los muchachos del pueblo.
-'Tal vez ama. Pero á quién?
Nadie lo sabe.
Pasa el tiempo. Christian se había casado,
y hay que agregar que ricamente.
Pedro no se había ahorcado ni echado de
cabeza al río. En lugar de esto, acababa de

•

celebrar sus esponsales con una. de sus primas.
En cuanto á Juan, no abandonaba un momento la taberna.
Y ette había sabido todo esto, y cada vez había sufrido por ello. Había creído en la palabra de cada uno de ellos, y cada uno de ellos
se había llevado un poco de su corazón. Otros,
después de juramentos de amor eterno, se habían ido sin volverse á acordar de su palabra.
-Lo ves, Yette, decía la abuela, has hecho bien en no decidirte; el amor de los hombres no dura una hora!
V

Un día se esparció el rumor de que Yette
estaba mala, bien mala. La nueva corri6 de
puerta en puerta.
Por la noche viéronse deslizar sombras hacia la casa donde la joven habitaba. Eran los
enamorados de Y ette. Cada uno de ellos la
había pedido en matrimonio y cada uno de
ellos había recibido la misma respuesta in.cierta, eugañosa. Pero era tan bella, tan bella, que á su pesar la amaban siempre en el
fondo de su corazón.
El mismo Christian vino oculto en una
gran hopalanda para no ser reconocido; no era
feliz y sentía á Y ette.
Pedro había roto sus esponsales; el recuerdo
de Y ette estaba vivo en su alma.
Cerca de la puerta estaha también Juan,
que había desertado aquel día de la taberna.
Pero ninguno osaba entrar.
Se miraban con desconfiahza, celosos unos
de otroi;,, pareciendo comprender por qué estaban todos ahí.
Al fin uno de ellos tocó á la puerta.
Una voz triste responde:
-Dejadme, mi pobre Yette se muere!
El viento soplaba cruelmente. Era porque
fueteaba sus rostros ó por otra causa? ........ .
Estos hombres lloraban.
En la casa se oy6 al fin un gran grito.
-Ah! todo ha concluido, dijo Christian.
El viento soplaba con más violencia.
Cuando se les permitió entrar, Yette reposaba en sus blancas vestiduras, con un haz de
flores en sus brazos. Sus grandes ojos, aquellos que habían hecho que la amasen tanto,
estaban cerrados. Solamente su boquita entreabierta conservaba aún una sonrisa.
Los j6venes, descubiertos, penetraron suavemente en la estancia.
-De qué ha muerto? preguntó uno de
ellos.
La abuela no respondió, pero una voz misteriosa murmuró:
-De amor tal vez!
Entonces la abuela, que sollozaba en un rinc6n de la pieza, se levanta, toma el ramillete
que reposaba en los brazos de Y ette, y sin hablar, di6 una flor á cada uno de aquellos j6venes.
Traducción especial de ·•El Mundo Ilustrado."

DE PAUL VERLAINE.
Lasombrade los árboles, como el va.por se pierde,
De los tortuosos ríos entre las brumas densas;
En tanto que en el aire, sobre el ramaje verde,
Las tórtolas se quejan.

Viajero: ¡cuántas veces el pálido paisaje
Te vió· á tí mismo pálido como la sombra aquella,
Y cuán tristes gemían en lo alto del ramaje,
Tus ilusiones muertas!
'J,'OBÍAS IJIMÉNEZ,

Domingo ló de Junio

a6· ~02.

POPOCA TEPETL.
El rey de Espafia concedi6 á Diego de Ordaz que llevara en uno de los cuarteles de su
escudo la figura majestuosa del \'Olcán que
asoma su testa blanca por entrn las nubes que
en Primavera se levantan á pasear por los horizontes del Valle mexicano. Y fué que el audaz aventurero trep6 hasta la cima de la nevada montaña y encontró en ella el elemento
para fabricar la pólvora que había de cohquistar el pasado poderío.
El escudo de Ordaz se horró en todos los
recuerdos, y la quebrada. silueta de la montaña, luce en otro cuartel que tiene por fondo
el azul de los cielos.
Un aeronauta me cont6 que en su vida de
arriesgadas excursiones jamás había visto más
hermoso valle que el Valle de México y que
era innarrable la impresión de paisaje que le
prestaba la presencia de las cimas nevadas.
Es seguro que no mentía el aeronauta: es
atractiva y muy atractiva la vista del horizonte hacia donde quedan el Popocatepetl y el
Ixtacihnatl; parecen majestuosos desposados,
que de pie sobre la verde alfombra del Valle,
se envuelven en las hubes de incienso del gran
templo ..... .
¡Lástima que en estos últimos días las miradas se hayan vuelto con ansiedad y desconfianza hacia la espléndida pareja! Decíase que
el «var6fi" nos amenazaba, que rugía sacudiendo un penacho de humo, que ... el Monte
Pelée le había causado celos con su triunfo de
exterminio é iba á probar si su poder era tan
grande como el del gigante homicida de la
Martinica.
Afortunadamente nada hay por ahora menos cierto; el Popocatepetl no presta su boca
de fuego para que la c6lera de la tierra enferma bata contra la placidez de la vida y plante banderas negras por doquiera.
Lejos de ello, el Popocatepetl tremola un
penacho de humo blanco en son de saludo á
la pureza de nuestro cielo. Así lo dicen los
tranquilos habitantes de los pueblecillos que
se recuestan en la falda de la montaña. Cuando se les pregunt6 si desconfiaban del gigantesco vecino, volvían una mirada casi cariñ.osa al volcán y sonreían diciendo:
- Mírelo usted, está tranquilo ........ .
Aquella buena gente ama á la peligrosa
montaña, no cabe duda; la aman quizá por su
belleza, porque les manda am bien.te fresco,
porque sus nieves deshechas son caídas de agua
y riachuelos, y vida de la vejetaci6n y alegría
del bosque.
Oh! si el volcán les jugara una mala partida ...... l con cuánta tristeza veríamos la muerte de la risueña comarca! El pueblecillo de
las casas blancas y de los techos rojos; la aldehuela que parece que está postrada ante el
santuario donde la devoción guarda una imagen venerable, desaparecería triste, muy tristemente. Pero, ya lo hemos dicho, el Popocatepetl no «piensa" por ahora azotar á los que
lo quieren; si la tierra se conmueve con una
enfermedad formidable, si la serie de catástrofes de estos últimos tiempos ha despertado hipótesis y teorías que ya s61o vivían entre los
renglones de los libros de la ciencia étnica,
nuestro suelo no sufrirá la confirrnaci6n de
esas teorías, ni la realizaci6n de esas hipótesis, ni el grado de fiebre de la enfermedad
formidablé.
Y después de esta satisfactoria promesa, que
siga el pueblo, sin temores, contemplando la.ti
hermosas puestas del sol que la terrible erupci6n del Pelée nos dejó como espléndida herencia; nuestro Popocatepetl no mandará ú
otros hemisferios un regalo semejante.
Hay que ir á hacerle una visita de agradecimiento; yo ya vengo de allá y lástima que
el buen viejo no tenga manos, sería oportuno
estrechárselas.

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EL MUNDO ILUSTRADO

.IDL JfU.NDO ILUSTRADO

Domlngo 15 de Junio de 1902.

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Domingo 1 á de Junio de 1902

princesas &lt;le la casa real ascendieron á una
plataforma levant..'lda enfrente de la localidad
de Jm; senadores, diputados y ministros de Estado. Los in \·itados extranjeros tomaron asiento á la derecha de los personajes reales, que
se sentaron en cuatro sillones dorados. A la
izquierda del rey estaba una mesita dorada,
donde se encontraba m1a biblia y un crucifijo ele plat.c'l., y á la izquierda el cetro y la corona de pedrerías costosas.
Al entrar los personajes de la comitiva, torlos los presentes se pusieron de pie, sentánclo;;e después á indicación de la reina. Entonces el presidente &lt;le las Cámaras, Sr. Vega de
Armijo, se acercó á la mesita y elijo al rey:
u8eñor: las cortes reunidas por orden de vuestra augusta madre, la reina regente, se han
reunido para tomar de vuestra Majestad el juramento que, conforme á la Constitución,
har~is, de mantener la Constitución y las lcVt'S. »

Salida de Alfonso XIII rumbo á la Cámara de Diputados.

La Jura de Alfonso XIII
La nota culminante de lo,; último;; clías en
el m 1.mdo puropPo. fué, ;;in ümla, a lgnna, la ('O·
ronación de S. ~r. Alfon!'O XIII, lll11mtdo á
regir los destinos de su pní;;, conforme á la
Constitución del reino.
Tan grande ha sido la re;;onancia de c:-te sucei;o, que no sólo la prensa espai1ola, i-ino la
de todas las naciones principales del Viejo
Continente, han llenado sus columnm, con l"f'·
latos de los regios festRjoi=; y con ilustraciones
que representan los distintos actos á que ci=;tuvo presente el joven monarca.
No hay para qué decir que los ei=;paíioles,
como vulgarmente se dice, echaron la casa por
la ventana, en ocasión tan solemne, y que la.
afluencia de provincianos superó en Madrid á
los cálculos hechos para dar hospedaje ÍI los
miles de visitantes que invadían calles )' plazas, ansiosos de arlmirar los edificioi- cubiertos
con ricas y artísticas colga,duras, los brillantes
desfiles de las tropaf:, y el paso de Don Alfonso XIII y su comitiva.

***

1

t1
1

11

El 17, día en que el Rey entró en su mayor
edad, estaba ya terminado el suntuo;;o adorno
de las calles, consistente en multitud de. banderolas, guirnaldas, festones y valiosn.s tlraperías en que predominaban los colores amarillo
y rojo. Una soberbia instalaeión ele alumbrado realzaba, por la noche, el soberbio golpe
de vista que ofrecían las callef:, en donde se
lernntaro11 plataformas destinadas al pueblo.
LA PROCESION REAL.

f

Se formó en la Plaza de Armas para seguir
de allí rumbo á la Cúmara tle Diputados, clonde el Rey debía prestar el juramento dt· fidefülad á la Constitución.
F,l de:.;;filc fué un magnífif'O e.'-pectáculo. YarinR hemlrlos á caballo alirían la mareha, s0gnidoR por una banda, montada tamhién.
l'almlleran~os rev0:;ticlos con ricus trajcR de
col01es, conduda11 los corcl'lrs. Trns los nin
cero:&lt; y los cahnllos de hatalla del 1·P_r, nHH·
chaba un escuadrón, luciendo uniforme"' Yistof'Ísimos, y que era el que precedía ú los carnmjes.
Los cochero,; y latayos portaban los uniformes de eRtilo Luis XVI, bordarlos de oro v
plata, con las armas de las familias nobles del
reino. El primer carruaje e,¡:a tirado por caballos negros, y llevaba en su interior cuatro
maestros de armas.
Seguían el coche del gran chambelán de la

corte y lns de lo.: grande;; tle E,-paiia. Las infantas babd y Eulalia ocupahnn el &lt;'iguientP, que iba separado. por un pelotón do 1:t
guardia real, del que ocupaban los Príncipes
tle Asturias, cuíiado y hermana del rey. }':;;te
carruaje t•stab1t decorado &lt;le una manera magnílka.
l'n lujoso carro de caoba, vacío, tirado por
ocho hrrmosos caballos C.'lRtañof:, que conducían seis palafreneros, continuaba la serir, estando dedicado á preceder directamente al
coche real.
En éste, además del rey Don .Alfonso ~- de
la reina Cristina, iba
la infanta 1Iaría Teresa.
Tiraban del carruaje ocho cahallos grises,
con penachos de plumas de aYestruz y ricas guarniciones de color rojo. Los oficiales
&lt;le la casa del rey y un
cle,-tacamento de guardias, cerraban lacomi...
tiYa.
Durante el desfile,
desde las puertas del
Palacio hast..'l.la Cámara &lt;le los Diputado,:,
f'l joven monarca fué
.
ohjeto de innumerahlcR 1uuestras de simpntín..
A la llegada, una comisión de doce sena&lt;lorPR -:,· doce diputad0:,
rcei hieron á 8S. ;\DI.
Pll las gradas del edifi ci u. rcYesticlas de ter- ,-·""!',
cio pelo rojo y oro, ,\'
prccccliclos por los maC1'ro:-;, pasaron á laf:
antf',;al:if:, que estaban
] !(,na;; de cortcsanoicn rigurnso traje ele
etiqnrta, luciendo lns
conrlecoraciones Y lo,&lt;;
uniformes IoRdipl~rn-,á--ticos y militares rle alta ~ratluaci.ón.

· El Sr. Armijo sostuYo enfrente de 8. M. el
libro donde se encuentra la. fúnnula dd juramento, mientra;; que el rey ponía su mano derecha en la biblia, diciendo: «.foro por mi
DioR mantener la Conf'titución y las leyc,;;.
Si tal hiciere, que Dios me lo recompeni=;e. Si
no lo hiciere, que DioH me tome cuenta.»
Durante el juramento, todos habían permanecido en pie, scntún&lt;lose cuando el rey lo
hubo hecho en el trono. Ent011ces rl p'residentc de lns Cortes dijo: «Las Cortes han recibido el juramento qne lmbéis hecho, de
guardar la C0nstitnciún y las leyei=;. &gt;&gt;
En el mismo momento se dispararon 21 eaíionazo,:, anunciando el juramento.
LA JARRETERA.

ron motÍ\·o del f:uccso de la. coronaeir.n, el
n•v Eduardo VII confirió Í1. Alfonso XIII las
co.mlecoraciones de la orden de la Jarretera
comisiopando al Duque de Connaught par;t
imponérselas en su nombre.
La ceremonia reYistió la mayor solemnidad.
La imposición se verificó el 16 de Mayo.
Acompañado el Duque por los miembros de
la embajada especial que se nombró para que
presenciara las fiestas de la coronación se presentó en Palacio, donde le esperaba rny, la

..

:1

El momento de la "Jura".

rei11a madre, los infantes y p rí ncipes de AHturias.
•
El embajador ei;;pecial lPyÓ un diseurso·en
que se declaraba el nombramiento hecho en
favor del rey Alfonso por el rey Eduardo de

l

,·

1

Inglaterra, &lt;li,curso al que contesté, el monare~ e~p~~ol con otro, di~ndo las gracias por la
~hsün~1?)1. Acto contmuo, Ee procedió á la
1mposH·1on de la Jarretera, que es el distintiYO de la orden y que está formada por una
liga de forma eRpecial,
con una inscripción,
una banda azul obscuro y una placa.
Los acompaíiantes
del duque de Connaught fueron los entargaclos ele llernr estai- in~ignias, que entregaron al re,v A lfon1-0 en medio de las ceremonias de e!'tilo.

Poeó despué;: se Yerificó la imposición de
1,lf: condecoraciones
que forman el distinti,·o ele ln orden peffa
de los Agclas, y en la
tarde, el príncipe Eugenio de Sueóa, en reprcsentaci(m del rev
Osear y por encar¡¡.o
especial de este soberano, hizo la imposición de las insigniaR
de Já orden real de los
serafines. El discurso
que pronunció el príncipe con este motiYo,
estuvo lleno de fra,-es
halagadoras para Es·
paña y para su joven
rry.

~

'
f!ii

,,.......... .

LA JURA.

El rr.'·,~ia rrina regente, los príncipes y

El carruaje real á las puertas del Congreso.

El Duque de Connaught imponiendo á Alfonso XIII las insignias de la Or den de la Jarretera.

La Princesa lealriz de Borbón,
"Cn 1lra111útico incidente acaba ele conmover
~l barrio n~á~ populoso de Roma. Bajaba una
JOYen prec1p1tadamente los eRcalones que conducen al muelle del Tíber, cuando de pronto
;:e la Yió arrpjari=;c al río. Felizmente el arrojo
de un guardián municipal pudo salvarla.

Beatriz de Borb6n.

Aquella joYen desesperada, era nada rnenos
que la princesa Beatriz de Borbón, casada con
el príncipe Fabricio :Mássimo, de una de las
más ilustres familias de Italia.
La princesa es hija de Don Carlos de Borbón y de su primera esposa, y hermana de
Don Jaime.de Borbón.

�....
lJonúngo

15

de Junio de 190~

EL MUNDO ILUSTRADO

1!1t :MUNDO lLUS'rRAllO

parcían por doquiera su claridad, y, de lejos,
la Habana parecía esfumarse envuelta en los
tintes de un hermoso crepúsculo.
Los edificios particulares y los del Gobierno estaban también vistosamente adornados:
aquéllos con suntuosidad, y éatos con la más
severa elegancia. Puede decirse que durante
los días de las fiestas no hubo casa, por más
humilde que fuera, que no se encontrara em•

~a dn6epen6encia 6e f8u6a
,El entusiasmo con que la Perla de las Antillas celebró su advenimiento á la vida de los
pueblos libres; la magnificencia con que recibió á su primer presidente, regando á su paso
palmas y laureles, y las inequívocas muestras
que ha dado de su alto rúvel intelectual, harán, sin duda, que el recuerdo de las fiestas

dirigido correspondencias amplias, en que se
resume todo lo que, de principal, hubo en las
fiestas, y por las descripciones que haj,hecho
la prensa, podemos calcular, no sólo hasta
qué punto llegó el entusiasmo, sino también
hasta qué grado se derrocharon el buen gusto
y el sentimiento artístico.

Domingo t 5 de Junio de 1902

Contaron sus tristezas, tiernamente,
Sus ligeros amores, su pasado,
Y solloz6 una música doliente
Jijn ttn tono menor, policromado.

1

•

~

Arco de los vecinos de la calle de Obispo.

arcos triples; los del medio con el nombre de
algún combate, y en los de los lados con nombres de generales cubanos.
L:1. plaza del Vapor estaba también muy
bien adornada: todo uniformemente.
El arco de la plaza de Albear, fué de lo más
notable y lo dedicaron los vecinos de la calle
de Obispo á la República cubana.
Entre otros arcos triuntries merecen citarse
por su belleza el del Cuerpo de Bomberos, el
del Ferrocarril de Yillanueva, el de la Compañía de seguros «El Iris,» el del Partido Nacional y el de los vecinos de la calle de Muralla.
Fácil es comprender, nos dice nuestro corresponsal, el aspecto que presentaban las
avenidas más céntricas durante el día: un mar
de gente se agitaba en ellas haciendo casi im posible el paso de .les carruajes. Por la noche,
el golpe de vista era encantador: millares de
luces de los colores rojo y azul y blancas es-

Monumento A la República, en la Calzada de Monte.

Arco de los Bomberos y monumento i Martí, erigido por el barrio de Tac6n.

lle mayo, perdure en los anales de los grandes
regocijos americanos.
Todo lo que en aquella preciosa Isla, llamada á los mejores destinos, significa aliento y
vida: el comercio, la industria, la agricultura
y los grupos intelectuales, sin distinción de
partidos ni de clases, llevaron en ese día á los
altares de su patria un voto y una ofrenda:
el voto de vivir siempre unidos para su felicidad y su engrandecimiento, y la ofrenda que
parte del cora:zón y se traduce, ora en una lágrima, ora en un pensamiento, ora en el g:1.llardete que luce al sol las galas de sus colores, prendido á la humilde ventana del obrero ó á los altos remates de los palacios.
Nuestro corresponsal en la Habana nos ha

Lo que había más que admirar en aquella
orgía del entusiasmo-nos dicen de la Habana,-era el aspecto que presentaba la ciudad
revestida con todos los atavíos de una belleza
incomparable. La ciudad es ahora-contra lo
que era hace cinco años-una población completamente aseada y llena de encantos.
Las calles, casi en su totalidad, se en contra han lujosamente adornadas con cortinas, ban-

una armazón con los colores nacionales en la
parte superior y formando una especie de bambalina.
Bombas de colores rodeaban cada uno de
esos pequefios arcos, estando asimismo iluminadas casi todas las fachadas de las casas.
En la Puerta de Tierra ó sea plazoleta de
Ursulinas, se levantaba el espléndido y majestuoso arco que los vecinos de dicha calle de
la Muralla dedicaron al primer presidente de
la República de Cuba, según la inscripción
que ostentaba.

pavezada con festones y banderolas: el rojo,
el blanco y el azul, la enseña cubana, estaban
en todas partes.
En la imposibilidad de dar á nuestros lectores fotografías de todos los edificios principales y de los arcos, nos limitamos á reproducir las que ilustran estas planas, con la certeza de que, para formarse una idea de la suntuosidad de las fiestas, son por sí solas suficientes.

1

.

Ella también sufría: femenina,
Se enamoró de un son, nunca escuchado,
De un acorde de luz adamantina,
Y lloró con su música divina
En el tono menor policromado.

/

Arco de la Empresa del Ferrocarril de Villa nueva.

derolas y luces eléctricas y de gas, de formas
caprichosas.
Todas ri valizabatÍ en gusto y magnificencia.
La de_ la calle de la M~ralla era, sin disputa,
la meJor de todas, eubierta de cortinas v banderolas. A. cada cinco metros se levantaba

Arco de la Compañia de alumbrado de
gas, en la Calzada de La Reina.

La guitarra lloraba, dulcemente,
Y en sus combas vibrando el encordado,
Sollozó aquella música doliente
En el tono menor, policromado.

r=-.---

JUAN

R. ÜRCI.

i

Arco de la Compañía "El Iris", en la
plaza de San Juan de Dios.

Arco de los vecinos de Muralla, en Mo nserrate.

Arco del Partido Nacional,
frente al Teatro Alblsu

Tenía la bandera cubana á ambos lados por
las dos caras, hecha toda de luces eléctricas
varios escudos de las repúblicas americanas
el español. Además, una matrona que representaba á Cuba.
Después de este arco, se veía el de la calzada de la Reina, frente al parque de Colón.
Era de madera y ostentaba el retrato del'.señor Estrada Palma.
·
Toda la calzada de Galiano estaba llena de

y

La calle de Muralla, vista desde la de San lgnaclo,

Un negrito muy popular en la Habana.

�Et

MUN.00 ILUSTRADO

AÑO IX.--TOMO I.--NÚM. 25.

MÉXICO, JUNIO 22 DE 1902.

Subscripción mensu11/ forRneo, $1.50
Tdem. l&lt;lcm. e11 ¡,, t..·uµ1t1;t1. ,, 1.2{j

Director: LIC. R,U 'AtL Rn~ &amp;PINDOU.
Oercnlc1 llJlb Rtllb &amp;PINDOLA.

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SERA CORONADO EL 26 DEL ACTUAL.

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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