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                  <text>EL MUNDO ILUSTRADO.

bomlngo 16 de Mnrw de 1903

Todavía hay que temer de Silvio, y el alcalde me librará de cualquier
ataque. Debe haber una ley, un medio cualquiera que permita á un
alcalde evitar las tentativas criminales de un borracho.
Tales son mis ideas.
Estoy cerca del enverjado.
-Sí; yo he llamado: tengo miedo. Un hombre estaba en la espesura, en el otro extremo del jardín. ¡Ahl sefior, yo se lo ruego, que
ese hombre no vuelva. ¡No voy á poder vivir!
Mis ojos buscan al acaso, hacia el sitio donde pudiera encontrnse el señor Raibert. No hay luna.
-¿Es la primera vez-me pregunta-que ese hombre ...... la espía ...... de tal modo?
No sé lo que hago. El hombre que me habla así, no tiene ningún derecho á que yo le haga tales confidencias. Pero mi alma es demasiado cándida: todos los seres que tienen apariencia tan distinguida,
me parecen hermanos míos, en lo que esa palabra expresa de intimidad purísima.
-¿La primera vez? No; ya un día, en el camino de San Roque,
se me presentó, pidiéndome que fuera su esposa.
-¡Ahl ¿Y quién es?
--Silvio Moutet, uno del lugar.
-Sí, sí.. . .. . ¡Un muchacho encantador, en efecto! Bien, y ¿por
qué no lo acepta usted por marido?
-¡Oh! Sefior alcalde ........ .
Toda mi distinción, que parece inadvertida, todo mi deseo de
una uni6n espiritual con alguien que fuese igual á mí, surgió de mis
labios con ese solo grito, provocado por la pregunta del alcalde.
¡Yol ¡Yo esposa de Silvio Moutet, el borracho! Y quien me dice eso tan tranquilamente, es ese hombre inteligente y fino, que debería comprender mejor que cualquiera otro cuán cruel es mi soledad
moral de ahora l. ....... .
¡En qué abandono estoy, Dios mío, para que nadie pueda comprenderme!
Y mis labios temblaron, intentando sonreír, para no contraerse
en un sollozo.
-¡Oh! ¡Sefior alcalde, oh! ......

***

¿DP dónde surge el destino del hombre, para caer sobre él en el
momento preciso en que estaba escrito que cayese? ¿Cómo llegan
cuando no hay para ellos, á lo que parezca, ningún camino preparado?
Y, sobre todo, ¿cómo hay gentes que r, uedan predecir su advenimiento,
como lo había hecho Victorina?
·
El señor Raibert pos6 su mano en la mía, que temblaba. Y sin
transición, su voz at;ariciadora se llenó de ternura infinita, y murmuró:
-Perdón, perdón, perdón .......... ¿Usted esposa de Silvio, ó de
otro, no importa quién, de los de aquí? ...... Mil veces perdón por esa
injuria ..... .
&lt;&lt; ••• Era una prueba l. ...
«... Uited es mujer; él la ha confesado su amor; usted podía amarle ...... Esto era lo que yo temía cuando supe que usted había llorado
tanto en la tarde misma en que Sil vio se Je presentó en el camino....
«... ¿Por qué ha llorado usted tanto, dígame? ¿Y tantas otras veces después? ¿Y esta noche, todavía, cuando soñaba usted, tan pálida, con el rostro hacia el firmamento ...... ?
«.•. ¿Por qué, María Teresa?»
Pensó, más bien que dijo, esa última palabra: mi nombre; pero
mi cerebro le oyó, á fuerza de estar alucinado. Porque estaba yo fuera de mí. Toda esa ternura me ahogaba, no dejándome en pie sino
una idea fija: la predicción de Victorina.
Por mucho tiempo mi garganta contraída no dejó pasar ningún
sonido; por fin murmuré:
-Cuando usted me espiaba de este modo, Victorina le seguía.
le espiaba también, ¿no es verdad? ¿Estaba en alguna parte? ¿La veí~
usted surgir á su paso? ¡ Dígamelo usted, se lo suplico!. .....
Mi estado le alarmó.
-Pero no sé nada de eso, señorita. ¿Por qué?
Entonces volví en mí.
¿Qué _me importaba fuera en verdad una hechicera ó que hubiese presentido el desenlace, á fuerza de inteligencia ó de espionaje?...
El hecho estaba allí, irrecusable: el sefior Raibert había venido y me
hablaba de amor, y á la luz débil de la luna en creciente, vi su rostro
turbarse súbitamente, sus ojos resplandecer de ternura y de respeto
en ta11to que los de Silvio habían brillado como dos brazas.
'
¡Oh, sí; qué dulce sería la unión fraternal con ese hombre!
¡Qué simpáticamente resouaba en mi alma su voz!
¡El me amaba, puesto que sabía también mi vida, casi minuto
á minuto! ¡Pero qué delicadeza, qué respeto en ese amor, puesto que
yo no lo había sabido!
¿Y yo, le amaba?
¡No; sin duda, todavía; pero podía amarle! Sentía que en él había la ternura á que mi alma aspiraba. ¿Qué fuerza me impediría ir
en busca de esa ternura ......... prohibida, puesto que ese hombre era
casado?
1La prudencial El valor de roro per desde ahora con ese atractivo
fatal que me obligaba á permanecer allí, de pie, junto á la barda,
cuando debía haber huido ya.
Y valerosamente, di un paso brusco para cumplir mi resolución
heroica; mis manos se desasieron de la barrera; mi voz era tan blanca como mis manos, baiiadas por la luz de la luna, y como el rostro
angustiado de Raibert. Todo era blanco; era de plata vaporosa que

nos bafiaba pálidamente, que recibía mi'tristeza infinita y pura, blanca también, como todo en ese momento, en derredor de mis ojos, que
se turbaban mientras yo hablaba.
-¡Conque usted me espiaba! ¡Y cuando Victorina casi me lo
anunciaba, yo no podía comprenderla, ni creerla! ¡Oh! ¡Quf mal estaba eso, señor!
Mi voz seguía siendo dulce, á pesar de la ligera rudeza de mis
palabras. Proseguí:
--¿Qué quiere usted de mí? ¿Por quién me toma? ¿Qué espera
usted?
Murmuró:
-¡Nada; se lo juro!
-¡Pues bien-dije exaltándome,-déjeme usted, señor, entonces! ¿Qué viene usted á rondar, por la noche, en rededor de mi jardín, como Silvio el borracho? ¡Ah ironía! es usted quien ha ocurrido
á librarme de él...... ¿Me ve usted sola, en el jardín? ¿Sabe usted que
va á ser media noche? ¡Ah Dios mío! ¡Dios mfol ¿Es así como han
comenzado á desviarRe las otras?
Gritaba casi, exasperada, con las manos juntas, con las mejillas
bañadas de lágrimas que no me ocupaba de enjugar.
Retirado á tres pasos de la verja, el sefior Raibert murmuró, con
la frente descubierta:
-Cálmese usted, sefiorita, se lo ruego. Cálmese usted; voy á retirarme. Pero antes, permítame una palabra, una sola, la última.....
¿Llora usted, no es verdad? Y hace una hora, también lloraba. ¿Cuáles lágrimas eran más amargas: las' de ahora ó las otras? Reflexione.
Es todo lo que pido. Me retiro.
Hizo una reverencia hasta barrer casi el suelo con su sombrero
gris, y desapareció.
Quedé petrificada, con la última frase del alcalde clavada en pleno corazón, como un cuchillo.

ILUSlRADO
ANO X•••TOMO 1.-.,NUM. 12

MEXICO, MARZO 22 DI 1903.

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ldem. ldem. en l1 capo1al, S1,25

6erente: LUII', RrY~ &amp;PINDOLA

Director: LIC. RAl"AlL RtU&amp; &amp;PINDOLA.

XXVII
El alcalde tenía razón. Mi vida cambió; pude por fin el substraerme á la t9mida tentación. Primero permanecí varios días sin salir,
meditando un plan de conducta. Fué una preocupaci6n no libre de
encanto; luego, cuando hube tomado la resolución de no cambiar en
nada mi conducta, y solamente acorazarme contra mí misma, quedar
digna ante el alcalde si llegaba á encontrarle, y, sobre todo, evitar
encontrarle, entonces volví á hacer mis habituales salidas, con el paso más vivo, la mirada más alerta.
No se trataba ya de vagar al acaso y arrastrar uu pensamiento
sin objeto; sino escoger los caminos más cortos, más directos á mi casa, y pensar en evitar un encuentro con el señor Raibert. Así lo hice.
Y Jebe haber ocurrido que esto me fm,se sumamente agradable, porque desde entonces los días pasaban con una rapidez increíble.
Y como el alcalde no se presentaba jamás, y yo pensaba constantemente en él, para evitarle, sucedió que mis paseos fueron más
bien excursiones en busca de ese hombre.
El día que pude convencerme de ello, me detuve llena de confusión, con los ojos rasados en lágrimas de despecho ... ¿Cuál es, pues,
la complexidad de lo que se experimenta? .. . ¿Sentía yo despecho por
no encontrar al sefior Raibert, ó contra mí misma, por el descubrimiento que acaba~a de hacer?_ l!.:sta última debía ser la verdad, porque me
decía, al caminar despacio por la vereda sembrada de margaritas:
«¡Es así como han empezado las otras! ¡Es así, absolutamente! Porque ó yo soy la última de las últimas, puesto que siento que
busco á ese hombre-y no lo creo, porque 110 pienso nada malo puesto que es mi ser el que inconsciente, instintivamente va hacia 'él como el labio sediento hacia el manantial-ó las otras han sido domo
yo, tan puras y tan instintivas, y entonces la vida es una abominación.»
Y me senté, agitada por un mundo de pensamientos.
¿Por qué la sociedad prohibe el amor si la naturaleza ha querido que el amor exista?
'
_¡Oh! ¡Esas piedras que me había referido Phrasia! ¡Esas piedras
arroJa~as á la profesora caída! ¡Esta no había matado á su hijo! ¡Se
había ido, llevando en las entrañas el fruto sagrado y se habían atrevido á lanzar piedras contra ese seno!
'
¿Qué había. hecho esa infeliz joven, sino la obra augusta de perpetuar la vida?
.. Así pe!1sé durante mucho tiempo, con la mano apoyada en la
meJilla .i.rdiente.
Cayó la tarde, violeta y rosa, semejante á un ramillete de viole•
tas, cuyos racimos pendían sobre las cimas de los montes· racimos
malva, salpicados de oro, justamente como la fl()recilla e~balsamadora que los enamorados cortan en los bosques ......... Y soñaba en
todo esto: en los enamorados, en los prometidos, en los esposos ..... .
¿Tales goc~s no me, s~rían permitidos jamás?
¡Habían sido tan rap1das las frases de ternura oídas aquella noche!
. ¡Qué dulce fue_ra que, durante los días en que me creía sola, hubiese sabídome espiada por tal mirada de amor!
¿Dónde estaba hoy esa mirada?
¿Mi rig?r la habría alejado para siempre?
¿No e~1stía en alguna parte, en el misterio de las hojas, y no se
me acercana ya nunca, nunca?
Me incliné para buscarla. De pronto resonó la voz del señor Raibert, haciéndome latir tumultuosamente el corazón:
-¡María Teresa!
( CONTINUARÁ. )

7

ABSTRAÍDA.
( COLECCIÓN P ELLANDDi'J.)

�Domlngo 22 de' Marzo de 1903.

no tngañtis á los niñost

'

Hemos nacido para la verdad: toda educación que disturbe, retarde ó impida este objeto nobilísimo, es falsa, dañosa, reprobable.
Cuando se dice educación, no debe entenderse
só\o un arte determinado y estrecho que ejercitan los maestros, los pedagogos, los padres
ilustrados, para con los, niños. Tiende á educar á éstos, y tal vez mas qm, lo otro_. toda esa
serie de acciones, de palabras, de obJetos, que
los rodean desde el momento en que sus tier•
nos cerebros empiezan á alumbrarse con los
rayos nacientes ele la razón. -Las primeras ideas
ó sensaciones que llegan al niño, dejan en su
memoria ó en su fantasía huellas profundas,
de las que indefectiblem~i:it~ ~e. valdrá m.ás
tarde para formarse y emitir JUICIO~, para eJ~cutar acciones, para corregir ó alentar, seguir
ó rechazar instintos buenos ó malos. Por eso
es de suma importancia saber escoger las personas que deben rodear á los ni~os en sus
primeros años, pues ellas, como dice el poeta, los acompañar.ín por toda la vida. Por de~gracia muy pocas personas toman para su~ hijos una precauci6n de tanta trascendencia, y
muy á menudo loj abandonan en manos de
domésticos ó de parieutes que, por ligereza ó
por ignorancia engañan constantemente á. hs
inteligencias infantiles, crean en ellas arraigados errores y prejuicios fatales, vici~n sus
tiernas fanta~ías sembrando en ellas miedos y
terrores, falsifican sus corazoncitos haciéndolos dobles para siempre, disimuladores, sospechosos........ .
Esa bendita edad de la inocencia y de la
sencillez, inexperta en todo y ávida de saberlo
todo fácilmente escucha los conceptos de los
may~res y casi siempre les presta una fe ciega. Por eso sería obra abyecta y nociva el valerse de tal superioridad para cultivar lo falso· es cierto que con frecuencia se hace por
br~ma y sólo con objeto de divertirse y de observar los efectos curiosos de la infantil credulidad· pero, de todos modos, ese proceder produce ~esultados lamentables. Por ejemplo, un
adulto dice á una chicuela que del mismo modo como se siembran semillas para producir
arbustos y flores, sembrando muñecas se obtendrán árboles, que á guisa de frutos, ¡,roducirán abundantes muñecas. La niña lo creerá
é irá á enterrar sus muñecas en el jardín, con
la esperanza de hallarlas propagadas al día siguiente; entonces, ó bien se defraudan sus esperanzas y no vuelve á creer en nada de lo
que en lo sucesivo le diga el adulto; ó si éste,
para sostenE'r la superchería, ha cuidado de
colocar en el jardín nuevas muñecas, la chicuela creerá firmemente en la propagación de
la materia inerte y esa creencia, aunque más
tarde sea desechada por la razón, no habrá dejado de marcar su huella en la fantasía de la
niña.
Recorriendo nuestros hermosos parques á la
hora en que bajo sus opnlentas arboledas se
congrega la bulliciosa y pequefia muchedumbre que ha de ser la sociedad del mañan.a, .con
frecueucia pueden observarse los procedimientos vioiosos que siguen las niñeras, ignorantes
de la trascendencia de sus engafios. Un niño
cae por tierra y la niñera, para consolar su
llanto le dice: «¡Pégale al suelo, él te tiró.»
El nifio azota el suelo hasta desahogar su ira,
y de esa superchería aparentemente inocente,
quedan dos huellas en su espíritu: la idea de
que el suelo lo tiró, cuando sólo fué causa de
la caída la falta de precaución al correr 6 la
debilidad de sus piernezuelas; el fomento del
instinto de la venganza!
Podrá objetarse que no siempre es posible
dejar de engañ.ar á los nifios y que muchas
veces el torrente de sus «¿por qué?u ..... pone
en aprieto basta á los más avisado~, pues hay
muchas preguntas que no pueden ni deben
contestárseles, dada su índole delicada. Pero
en tales casos es muy posible darles á entender que tales cuestiones no están al alcance de
su comprensión, sin necesidad de engafiarlos.
De muy especial trascendencia son los pre.:
juicios acerca de lo sobrenatural y los miedos
con que las nifieras se complacen en rellenar

EL MUNDO ILUSTRADO.

las imaginaciones de los nifios, y que en no
pocas ocasiones duran en ellas toda la vida sin
que alcaucen á arrancarlas ni los conocimientos ni las convicciones que después puedan
adquirir. Hay personas ilustradas que de noche, cuando están solas y sin luz, sienten invencibles terrores de cosas sobre11aturales, de
aparecidos, de muertos, no obstante que su razón y su ilustración les grita que esos terrores
son absurdos. ¿Qué significa eso? ..... Que los
miedos de la niñez, engendrados por los cuentos
y las amenazas de las nifieras, prendieron tan
fuertemente sus garras en las imaginaciones
tiernas, que más tarde ha sido ya imposible
arrancarlos.
Téngase en cuenta la influencia que esos
malos principios ejercen en el carácter, en la
moralidad y en la felicidad de los hombres, y
repítase sin cesar á los padres de familia y á
los educado res en general: ¡No engañéis á los
niños!
SARDIN.

CUENTOS FON AMBULESCOS.
EL BENEFICIO.
-¡Fuera abajo!
-¡Con permiso, señores; necesitamos quitar esas sillas.
-¡No se olviden esas macetas á la izquierda. Esa puerta del fondo!
Todos esos gritos se oían en el foro.
A la puerta del camarín de la beneficiada
se arremolinaban todos los admiradores, y
procuraban estar cerca de ella, para que los
ruidos de los preparativos de la escena, no les
impidieran conversar.
El camarín era muy pequeño y entre aquellas paredes de tablas mal unidas apenas cabían las canastillas y coronas obsequiadas esa
noche por los amigos de la tiple.
-1\Iis felicitaciones muy sinceras por su
triunfo.
-Lucrecia, voy á tener el gusto de presentar con Vd. á mi amigo Román, que está deseoso de estrechar su mano; es poeta distinguido.
-Señorita ........ .
-Amigo Gómez, recibí su hermoso ramo;
estas flores que saco en este acto son de las
de Vd.
-¡ Ya puede tocarse la primera!
-¿Dónde están las ollas?-preguntaba una
corista.
-¡Luz, mándamP, el sombrero hongo, pero
acepíllalo antes-gritaba á su mujer el barítono.
-¡Que no se olvide el cambio de luz en la
primera mutación-recomendaba el Director
de escena.
Todas esas frases aisladas, unidas al ruido
de los trastos que caían, al chirriar de los telones, arrastrar de muebles, etc., etc., formaban una enorme confusión.
Un vejete de luciente pechera y de monóculo-un imbécil-dijo á la beneficiada:
-Por supuesto que está. Vd. invitada á cenar con nosotros; ya sabe Vd., unos cuantos,
todos de confianza.
-Gracias, D. Paco, pero no puedo! acabo
tan cansada! y me siento enferma; otro día será; me voy directamente á casa.
-¡Oh! y yo que había mandado preparar
una cena compuesta de los platillos favoritos
de Vd.
-No, Vd. no desairará á D. Paco; hará Vd.
un sacrificio.
-Seguramente que Lucrecia no llevaría su
crueldad hasta el punto de dejarnos sin cenll.r
porque sin ella claro está que no cenaríamos'
¿verdad?
'
-¡Cuánto lo siento! pero no puede ser.
-Es verdad-suspiró D. Paco;-como ya recibió Vd. otras tres invitaciones, quién sabe
cuál será el preferido.
-Está Vd. muy bien enterado; es Vd. atroz
D. Paco, pero ninguna he admitido.
'

-Señorita Lucrecia, preparada. ¿Lleva Vd.
ya la pandereta?
-Sí; aquí está..
-1 La tercera! Coro de mujeres á la escena.
-Entonces hasta el otro entreacto; al menos aceptará Vd. una copa de «champagne,•
aquí está en su camarín.
-Con todo gusto.
-A los pies de Vd.
-Voy á seguir aplaudiéndola.
-Hasta luego.
-Sefiorita, tanto gusto ..... .
--¡Por fin, sefueron; quéfastidiol-casigimi6 la beneficiada, sacudiendo de su cabellera rubia-es decir, suya no, la suya, natural,
era negra, muy negra,-de su cabellera de utilería, el confetti que se le había prendido y
dejándose caer sobre una silla.
'
La orquesta preludió el último acto.
Las mujeres con las ollas apoyadas en la
cadera, se alinearon por voces.
-¡Fuera de escena! ¡Arriba!
Y el telón subió.
Desde el salón llegaron los ruidos de asientos que desplegaban, de los pasos de los retardados y de los «Shit» de !os que protestaban por los ruidos.
La voz del coro se alz6 uniforme y sonora.
Lucrecia seguía sentada indolentemente¡ya solal-junto al bastidor segundo de lade-,
recha.
Enfrente, entre los bastidores opuestos apareció un hombre que llevaba cubierta la cabeza con una gorrilla azul. Bajo ella asoma
un mech6n de pelo, brillaban dos ojos y•
movía impacientemente un bigote hirsuto-negro el cabello, negros los ojos y negro el bi•
gote.
Iba en pechos de camisa, una cami.ia azul
cruzada por tirantes negros que sostenían el
pantalón también azul, y á la cintura llevabl
un martillo y una bolsa con clavos.
Fingió, apoyándose con una mano sobre el
bastidor, revisar si estaba bien puesta la escena, y resbal6 su mirada sobre Lucrecia.
Ella entonces levantó la mano blanqueada,
y le chasqueó «Pst,, con la boca, y le mand6
«Ven» con la mirada.
Fué el hombrazo.
Ella resueltamente, sin decirle palabra, le
tomó con la pequeña mano suave y firme la
manota encallecida y temblona, y lo arrastr6
al centro del camarín.
Se le puso enfrente, se cruzó de brazos, le
miró con fijeza, á lo hondo, y como con UD
gran convencimiento, le afirmó, no le preguntó:
-¡Tú me quieres mucho!
-¡Yo?........ .
-No lo niegues, tonto, ¿por
has dicho?
-Pero ..... .
-Esta noche me invitas á cenar.
-Pues ...... -y se llevó la mano significativamente al lugar en que hubiera llevado 101
bolsillos si hubiese vestido chaleco.
-Yo te presto; tú me pagarás bien.
-¡ ......... !
--Shit.
El traspunte llegó con el libro abierto y
farolillo al brazo.
-Señorita Lucrecia, entra Vd.-y le sopl6
al oído la primera frase.
-Vete, tonto, y espérame en la esquina;
envuélvete en tu capa.
-Pero ........ .
-Que te calles.
Sali6 la beneficiada: aplausos; después cien
gemelos se levantaron, y todas las miradal
fueron á prenderse al cuerpo de la mujer.
Algun?s tosían por lo bajo, otros se movíf:D
en los asientos, buscando que viese ella baCJ6
ellos.
Y el hombrazo, pálido, sudoroso, trémulo,
con las manos á la espalda y la mirada al suelo, se preguntaba si estaría despierto como en
las otras noches, 6 si estaría soñando en aquella noche de beneficio.

EL MUNDO ILUSTRADO.

Domingo 22 de' Marzo de 1903.

J:aboratorto Bacttriológico.
IMPORTANTES EXPERIENCIAS.
Como una dependencia del Instituto Patológico ha quedado establecido en el número
12 de ln. 71.1 calle de Carpio, un laborator;o
bacteriológico provisto parn. el servicio de los
útiles y aparatos más modernos.
El lunes de la semana pasada fué visitado
oficialmente por el Sr. Subsecretario de Instrucción Don Justo Sierra y, con estr. motivo,
se dispusieron para ese día algunas experiencias que resultaron muy importantes. En re•
sumen, vamo!', á dar cuenta á nuestros lectoTes de los departamentos en que se di vide el
Laboratorio y de los ensayos efectuados.
El departamento que visitó primero el Sr.
Sierra fué el de comprobaci6n de bacterias.
Allí, en varios microscopios,se le mostró el
bacilo de la peste bubónica, clúndosele á conocer en seguida una interesante serie de microfotografías de bacterias patógenas. En el departamente de preparación de medios de cultivo, que recorrió después el Sr. Subsecretario,
se propagan 103 gérmenes para las ,·acunas de
Haffkine .Y Bedreska y, en otro se hace la
selección de los animales (cultos,'ratas, etc.,)
que deben i,ervir para la experimentación.
El laboratorio técnico especial consta de una
sola pieza, escrupulosamente protegida contra
la invasión ó salida de los insectos y roedores.
Hay en él, u11 ingenioso aparato en el cual se
hacen las inoculaciones, siembras de gérmenes y repartición de vacunas, dispuesto de
manera que sea imposible todo peligro de contagio. Un mecanismo especial permite abrir y
cerrar automáticamente el aparato, y, una vez
terminada'! las experiencias que en él se efectúan, se le desinfecta con vapores de formalina mediante un generador especial y con otros
antisépticos.
En este laLoratorio se inoculó una rata con
virus, se hizo la autopsía de otra, muerta, y
se sembraron medios de cultivo con los productos ele ésta. Las experiencias estuvieron á
cargo del Sr. Dr. Angel Gaviño Jefe del Establecimiento, y del Dr. D. Jos'é Gayón.

El Sr. Subsecretario de lnstrucci6n Pública y el personal del Laboratorio.

Hechas estas pruebas, se visitó el departamento de estufas, donde se hace el cultivo
de los microbios y se preparan las vacunas.
Las estufas se calientan unas por electricidad
y otras con gasolina carburada, á fin de mantenerlas á una temperatura constante. La rata que había s~rvido para la experiencia á que
antes nos referimos, fué cremada reduciéndosela en pocos minutos á un carbón parecido á
la antracita.
Actualmente se prncede al arreglo de un local para los caballos que han de proporcionar
el suero curativo, y que deben ser vacunados.
Como una medida precautoria, se ha construído. un estanque en el cual 1 llegado el caso, los
ammales que mueran por moculación, podrán
ser destruidos empleando para ello substancias químicas especiales.
Además del Sr. Subsecretario de Instruci6n
visitaron el L!i.boratorio los Sres. Dres. Don
Eduardo Licéaga, Toussaint, Altamirano y
algunos otros. La visita duró más de dos horas.

altaneros, llenando los cafés, los puestos de
guardia, las estaciones, las plazas pública!',
las iglesias y los paseos, en los que flota 1~
sombra perfumada de los viejos olmos loreneses!
Sí, ahí están, bajo el gesto severo de Ney
bajo la mirada pensativa de Flaubert frent~
á la catedral inmensa y florecida com~ un inv~rnadero, cerca de este Mosela trasparente y
v1Yo como una alma!

EL IUSEO DK :IETZ.
:_:.-:-:- ffllcbtltt.

FRANCISCO ZAR.A.TE RUJZ.

Un ángulo de la sala de comprobaci6n.

En el museo de Metz
hay, obra de Couture,
un retrato de Michelet.
Extraña é ineludible
figura, toda ella pen&amp;amiento y pasión! Encuadrado, de espesos y
largos cabellos grises,
aquel rostro parece todavía joven. Es seco,
fino, vibrante. La nariz, un poco prolongada, se dilata en venu:nillas palpitantes. La
boca, grande, arqueada, roja, ha sido trazada de una sola pincelada. Respira como
una mezcla de voluptuosidad y de ascetismo, de fe y de inquietud. Pero el rasgo más
notable es el de los
párpados oscuros que
caen sobre la mirada
límpida con una dulzura cuasi femenina ...
Y, sin embargo, aquí
están estos hombres,
los bárbaros azules, los
wurtembergueses verdes, los negros prusianos, todos ellos igualmente mugrientos y

Aparato donde se hacen las inyecciones.

En medio de esta invasión que fuma grita
bebe, c.ome y bulle, haciendo gala de ~na ig~
norancia absoluta de la justicia, cuando se sale ,del rn.useo de Metz, se lleva la imagen del
mas .ardiente francés, del poeta tierno, febril
Y p1~1toresco,. cuyo corazón desbordaba de
amo1 y de odio, pero que no am6 sino el amor
Y no execró sino la iniquidad, y se interroga
ento1:ces con e~tera confianza aquella límpida mITada de vidente, aquellos ojos de párpados sombríos que parecen haber llorado.
EMlLEIIEUZIN.

�Domingo 22 dP' i\farzo d

F.L Ml':'\DO II L'STRADO.

una pequefia pieza que sirve de an
oficinas, comunicn.da con el jardín por
calera. de mampostería., cubierta en
por enredaderas tropicales. En el d
esta e,;calera, se ve el Escudo Real d11
El clespa.cho del Sr. ~linistro, es
mu,v elegante, sus muebles son de lo
tístico y está adornado con vistosos
piezas florales.

s•

***

Fot. Xapoleún.

Pero lo que m6.s llama la atención de
vi~itan el edificio es la Yariedad de pi
grabados y fotografías que posee el
qué:,; &lt;le Prat y que con,-tituye, sin
mejor adorno de su residencia. Hay
dro;; debidos á los maestros antiguos y
no~ mús célebres, distinguiénrlose en 1
ción, como los más valioso$, un «SRn
y un «San Bartolomé,» del Espaiioleto
esce11a en l\ladrid» \" un retrnto del
Baltnzar, ele \'elásqi1ez; una «Santa
de ZurbarÍln, y una «Adoraciún de 108
lle \'an cler Werden.
Entre las foto~rafíns, cuenta el Sr.
los retrato,; &lt;le la Reina Alejandra y de
na de Rusia, con los autúgrafos de las
nas, y los de los miembros de la fam'
española. En RU despncho, y ence
un elegante marco que remata una
real, se ve el &lt;le 8. ~I. Alfonso XIII,

Rtsidtncias Diplomáticas.
ta ttgadón dt España.
Entre las re;:idencias diplom:llicas establecid as en la actualidacl en la )letrópoli, ocupa
lugar preferente, no Hólo por la hermosma de
su construcción, sino también por el buen
gusto que domina en el decorado de Rus i,alones, el edificio de la calle de ~adí Carnot en
que se encuentra instalada la Legación de
España.
La suntuosa residencia, que se levanta enmedio de un jardín, con!-ta de Yarios departamento:&gt;. En la planta baja estún las oficinn¡.; y
el despacho del ~r. ".\lini!-tro, y la !"ala de espera y la de recepción, ú las cuales da accern
una bonü:i escalinata de cantera. T:wto una
como otra 1&gt;stán arregladas con yerdadero arte: en la primera se ven algunos cuadros de
mtrito y muebles de e."tilo morii-co, y en la
seguncla, un lujoso ajuar «Luis XYln y otro
del estilo dominante en la época de lrnbel la
Católica. Ricos cortinajes de se&lt;ln', biombos,
etc. , etc., completan el decorado de la sala,
y los colon a azul y crema dominan en las obras
de tn.picería.
Frente á estos departamento!", se encuentra

Yo le he Yii-to, aunque en sueJ101-,, le he Yisto. J;~ ncon·ado sobre la complicada múqninn,
t em os los múltiples h ilos y con los husos en
la mnno, el YiC'jtl tl'jedor fabrieaba sn tela.
Era larg:i. y Pra :lllchn: todo cahía en t-lla.
E ra fuerte por un 1•xtremo, por el ot10 se d1&gt;shi lnehaha. Ern t:1111hién caprieho:-a: todrn, los
colores se re1111hn nllí. ¡C11ú11tos hilos!
Yicjo \t&gt;jedor, ¡,&lt;¡UÓ hilos .,on l':-rn,;?
-Son los hilo:,; de hi Px isll'llt'ia.
El tehr er:1 lllU)' grande. l1111úmeros crnn
l os que t1ahajaha11 t•n í·l. U nos reían, otro::;
lloraban al :-011 r.colllpn:-ado 1le las lanzaderas:
pe ro todo,; reu nía n los hi los preciosos que más
tarde debían desunir:-e: todos tejían su propia
t ela.
- Yiejo tejedor, ¿11uú fahriea ese jo\·en tan
afanosamente·?
-Ilusione:-:, i-uciíoi:;, e,-pernnzn;: .....
- Yiejo tejedor, ¿,&lt;¡né hilos son los qne emplea. aqnel recPlo:-o·?
- Lus de la enYidia, b mentira y la calumn ia.
--Yic•jo urdidor, ¿,qui- teje aquel anciano"?
De,-;engaflos, infortunio", ingratitudes.
Un os reían, otros lloraban al son ncompasado &lt;le las lanzaderas; pero to&lt;los reunían Jo,hilos que mús tarde delnan dc:,;unin,e: todo!;
fabricaban su propia tela.
A veces la tela era un manto tle púrpura;
otras,. pañoletas y venda~, y ú yeces era un
suda rio.
Mientras unos reían y otros lloraban al son
acompasado de las lanzaderas, el viejo urdidor
me dijo:
- ¡Todos tejen su propia de¡;gracia!

-----

FRA:-.CISCO

Conos.

APOLI\EA
Yo quiero el ,·erso fiícil: que teuga, cual la ~Pda
6 cua l In p iel de un niño, la suavidad que anima
la mano cuvo tacto lo tlelicado estima;
yo quiero
verso, tierno, cual ramo de rewda.

el

Que finja los contornos del iris que se enr('(la
sobre las verdes frondas 6 sobro la alta cima;
que surja níveo y terso y txpire en dulce dma,
como el dilecto cis~e junto a los pies de Leda.
Yo quiero e l verso dócil al labio y al oído,
con vib1•acit'ln que exprese la. mag-ia del sonido
y arranque de las almas esencias misteriosas:
el verso que se nutre de cosas ignorada,;;
que emerge en los capullos al beso de las Hadas
lleva do áureo carro las rienda,,, victoriosas'.

L.

TORRES AB.\:-;D!illO.

LAS FIESTAS L,E CARI DAD DE GUADA L AJ ARA.

(Fot. Lupcrcio.)

Srita. Ana BArcena., reina. de una corrida. de toros

ESTIGMA
( larn en mi pecho tu wrfi&lt;lia'. Clarn
!"obre mi pecho tu puiial! Ahonda!
Hasta que el hi(•rro sin pitda1l n-&lt;ponda
á tu conciencia clelincuentr. y pr:wa.

El Sr. Ministro en su D espacho.

&lt;ledica.toria puesta por él mismo: «Al
de Prat de Nantuillet, Alfonso, 1002·•
Alfonso XII, conserva el Sr. Ministro
retratos, entre los cuales hay uno
líneas que demuestran la estinrnci6n
fianza que le dispensaba aquel Hey:
co Prat, Recuerdo de .Alfon!lo, 1881.•
.\demás, Yimos en la Legación mu
fotografías de otros de los principales
nos de Europa, 1le hombres célebres
tistas notables.

Y no te ocultes! Como iütPrn&lt;a laYa
salrlríl del pecho la sangri1&gt;nla onda,
antes quP prei;a ele terror se esconda
tu mano un tiempo de mi mano e~claY,L
Horrendo estigma que al perdón resi!-h•
~erá en tu vida miserable y triste
la marca impre~a por mi sangre nrdient&lt;'.
Y de extinguirla lratarÍls C'll vano,
porque al borrar~e en tu rebelde mano
mucho más negra. infamará tu frenll'!

***

Para concluir, diremos que tanto el
qués como su distinguida espo"a, ha
captarse por eu exquisito trato, las si
de nuestra buena socicclacl.
La Ara. :Marc¡ues:i perten ece
principales fami:ins de &lt;3recia;
honor de la reina, y por s11 posición en
te, tuvo oportunidad de conocer ni!(
tual 8oberana de J nglater1 a, de 1¡u1en
íntima amiga.

ANDRÉS :\lAT.\,

~EGACI ON DE ESPANA.- Interior del Despacho.

S.\L.\ DJ-; ESPt:R.\.

l!lO~.

EL TELAR DE LA. VIDA.

EL MUNDO ILUSTRADO.

Domingo '.!2 M )larzo de 1903

Fachada de la L egación de España.

0

Fot. Napoleón.

l•'ot. X apoleón.

�Domingo 22 dé Marzo de 1903.
EL MUNDO ILUSTRADO.

mo de yez en cuando: «-i Burna mano para lo~
- )lira, «niña», mira ....... ¿,Quién lo habrá
lazo,!» K¡Salió :1 su padre este muchacho!» o
Ella le brindó un va,;o de refrei;co.
hecho? Te a~eguro que, si quisiern, de un soexpresiones semej:inte!'. La abuela, _como una
-¡La mitad, no más que lamitad!-obserlo golpe con esta penca le romperín la cri,ma!
momia sin dnr m:1s Aeña.les de vida que el
vú él, al recibirlo.
Y en !&lt;U~ mano~ el flexible rebenque se domovimiento de las r.ianos al e~cardar, parecín
-¿,Y la otra?
bla.ha y batín el i&lt;uelo, como una l'Ulebra cutambién un ,·ellón de lana &lt;'011 sus trapos des-Ya lo Rabes ......
ya cabeza fuera la enorme y pesadii nuez de
hechos y sus cabellos muy blancos .....
El mozo bebiú con an~ia. Aquel día había
plomo
.....
sido de gran labor. Un sol rabioso les había
«La niña» guardó !'i lencio. .Juan vol viú á
escaldado las espaldas; y luego, el viento. un
Y .Juan, el nodo, agriado ya su triunfo p_or
enrollar el chicote á la cintura, y á encerrar
viento secn y revuelto que alborotaba el polel
incidente, ~e empecinaba, YOlvía á la misen !'-U corazón el odio hacia aquel )Iarco~ que
ma murmurando sordamente:
vo ......
bahía sido su amigo y que, su rival ahora,_ se
«¡Ah, si no fuera por «eso•! pensaba Juan,
..'.._¡Qué no¡.(: hacer mús que lazos! Ya le
em 1wñaba. en estorbarle el pa~o, y con &lt;¡\nen
mientras el líquido agridulce le refrescaba. las
proharé que también sé fabricar buenos rebenhabía tenido ya sus encontrones en las tnllas
faucei-.
ques para los bribones!
y los rodeos.
-Toma, el trato es trato ......
· El huaso Antonio seguía examinando la
YfCTOR DO!lllNGO SIL\-" A.
Ella lo vació de un sorbo. Era un comproobm recién concluída, y hablaba para si mismiso que habían celebra.do de¡:&lt;le que el viejo
Antonio les dijera, aquella inolvidable tarde,
al regreso del trabajo, por el camino asoleado:
«Sí, yo les doy mi comentimiento. Se ca~arán
ustedes después de la coRecha, con el favor de
Dios......... » Y nunca habían faltado, nunca
Juan bebió sin compartir con «la niña» la bebida.
Antonio seguía fumando tranquilamente,
sonriendo siempre ante la encantadora perspectiva de los campos verdeguean tes ...... «Oh,
las eras repleL'\s, el re~ollar de las yeguas fatigadas, el trigo vendido en la ciudad, los compradores peleándose su alfalfa.. .. Y, por otra
parte, la fruL'\ que sazonaba en la arboleda!»
La abuela seguía también escardando lana,
siempre callada en su rincón. Un último rayito de sol se coló por una rendija y bañó el
cuadro idílico con la alegría de su luz.
-¡Ya está! exclamó Juan con un suspiro,
apretando el último nudo de su lazo «de á
ocho.»
-¿A ver? dijo el padre.
Y se puso á examinar con mano y ojo de
perito en la materia, la obra maestra de su
hijo.
-¡No está malo! murmuró. Llegarás á ser
un rico trenzador ..... . De tal palo ..... .
Y á la verdad, el guaso Antonio era famoso
en la comarca. por su innegable destreza en la
talabartería campesina. Ninguna mano como
la suya para sobar un cuero ó improvisar una
montura, para. moldear una cabeza. ó trenzar
un lazo. En cuanto á peguale8, cinchas, maneas ó muchachos, ¡bah! en un minuto se hacía una docena, y con dibujos!
Así, .T uan escuchaba con intima satisfacción
los elogios del viejo, y las dulces fruiciones del
estimulo acariciaban su ánimo. Xo acertó á
dar gracias, turbado. Eso si, mientras su padre manoseaba, doblaba y estiraba la elá:;tica
cuerda del lazo, dirigió sus ojos á «la. niña.i:
con la esperanza de ver en los de ella un aplauso mudo, un reflejo de su propia complacencia ...... Pero «la niña» había bajado la vista,
entristecida, turbada también, y trataba de
disimular el temblor de sus labios.
El pobre muchacho se sorprendió súbitamente. Realmente, era cosa que no comprendía ...... Y de la expresión de franca y candorosa alegría que animaba su semblante, fué
pasando al gesto amargo de la decepción más
cruel.
-¿Qué fué, querida? pudo decir al fin.
-Nada, ¿sabes? replicó ella.
LAS FIESTAS DE CARIDAO EN GUADALAJARA
-Pero algo tienes....
Srita. Fany Cañedo, reina de una corrida de toros.
-Sí, sí... voy á contártelo. El otro dfa, ¿recuerdas? cuando fui á acompañarte hasta el
Destroza.das
Pieles negras que ele.va.das
camino, me encontré con Marcos, que nos haEn el campo, de los aires al resuello se curtía.o.
bía aguaitado .. .
Un saúz de secas bojas y caída.
- :Marco!' ..... siempre Marcos.. ... , interrumGreña indócil, antojábaseme una
pi6 el muchacho haciendo un áspero mohín
Hosca.y trémula.tarántula dormitando suspendida.
De los hilos invisibles de la luna.
de desprecio.
Garza. insomne recorría. los azures tranparentes
-Sí, pues ...... Y me dijo: ((tu novio, el baY su sombrase arrastraba en la. llanura florecida ·
bieca, no sabe más que hacer lazos ..... Si yo le
Tal sin lig-as ap11,rentes
'
viera, le enseñaría á hacer rebenques.... ¡Qué
Nuestras almas iban solas por laNubia. de la. vida.
('o.minamos, y de pronto sombra. espesa
lástima, «niña•, que le tengas por novio!» Yo
De alto fresno te cubrió con sus crespones:
me reí de él, á carcajadas, y !e dejé plantado
Mi cuchillo deslustró sus brillazones
en el medio del camino ......
En tu cuer po: mi cuchillo como tiesa.
Xuhes grises como fardos agrupábo.nse o.1 acaso,
-¿Con que eso dijo el bellaco? ¡Ah bribón!
Lengua aguda. de lebrel, que insolaciones
De la. luna. el haz entraba.
Refresca.ro. en las heridas de su presa.
Pero ¿por qué te habías callado?
Por la enorme claraboya. de la iglesia.,y semejaba
Me engañ~ste y engaí'l.a.ste mis congojas.
Su fisonomfa de ordinario apacible y risueAncha. brecha de tremendo metrallazo.
Yo no olvido el arma. aquella. que tiflóse de esña, tomó una expresión de ira que dió miedo
De tu abrigo a.brilla.ntóse el terciopelo,
(carla.ta.!. .. .
Tus
mejillas
sin
carmines
eran
flores
de
alabastro
á «la niña.»
E o l os á rboles la noche preludiaba. su sonata.! .. .
Y el ebúrneo crisantemo que tenías en el pelo
Luengos rayos de la. luna. se filtra.bao por I as bojas
-¡Que no sé hacer más que lazos! Ya le
-Xube negra-fulguraba. como un astro.
Como tubos cri$ta.linos de un gran órgano de pi a probaré que no......
:Multiformes sombras de álamos copudos
(ta.! ....
Y con un ademán rápido, desenrolló de su
De ca.léndulas y montes melenudos,
ABEL C, SALAZAR,
Parecía~
cintura un grueso látigo.

***

"Cadena de rosas."

ta Rtrmtsst dt Santa maría
Como un recuerdo de la animada Kermesse
que 1;e efectuó en i:;anta ::\Iaría de la Ribera en
días pasados, publicamos una fotografía. que
representa al grupo de señoritas que formaron
la «Cadena de rosas», y otra en que pueden
verse algunos puestos y parte de la numerosísima concurrencia que llenaba la Alameda.
La «Cadena» fué la encarga.da de recibir á
los Sres. Secretarios de Gobernación y de Guerra, que pre:sidieron la fiesta, así como á otros
funcionarios, y !t los miembros de la Junta
Directiva de la Kermeese.
Lo&amp; Sres. Corral y Gral. :Mena recorrieron
las distintas callecillas del parque, acompafia.dos de aquel grupo de hermosas señoritas y
presos en un saloncito elegantemente decora:
do, donde otras señoritas hacían veces de autoridades, se les «obligó» á firmar una acta y
pagar una multa, antes de retirarse de allí.
La «CadenaJt estaba formada por las señoritas siguientes:
~Iaría del Car:ien Margáin, ::\Iercedes y J oa.qmna de la Portilla, Guadalupe Pérez, Luisa
de la Jlora, Clotilde l\Iassieu, Ascensión C'ovarrubias, Josefina Novoa, María Pradillo
1\Iatilde Blázquez, Rosa Bonieur, )Iaría Luí~~
Massieu, Celina de la Mora; 1\Ia.ría 1\Iargáin
Victoria. Ducloig, Concepción Sánchez Díaz'
María, Matilde y Ernestina del Castillo An~
Jlaría Novoa, Enriqueta Ducloig, Efüa Carrillo, Dolores, A.melia. y Enriqueta Arroyo Sofía de la Garza,. l\Iaría Escalante, Joaquina
Al.faro, Ema Pomer, .Angela :Monasterio Nina y María Catafio y Lolita Escalante. '

mirando por la puerta las sementeras de alfalfa olean~s como un lago de aguas muy verdes,

y los trigales olorosos que ya empezaban á
labrar el oro de sus ricas espigas. ¡Oh, qué
cosecha la de aquel año!
Juan, su hijo, un gallardo mozo de veinte
~ños, de pie junto á la pared, concluía en ese
instante de trenzar un lazo; y de vez en cuand_o levantaba la vista haciendo un gesto malicioso cad_a vez que_ «la niña,; sorprendía sus
dulces miradas furtivas. «La niña,• una pobre
h~1érfana acogi~a en el hogar por el tío Antomo, era su novrn., su hermosa prometida y el
b_uen mucha.cho sentía una honda compl~cenc1a al -..:erla. así descuidada, ingenua, los brazos casi e_l ~escubierto, preparando el refresco
para el v1eJo labrador. l\[ás lejos, en un rincón, la abuela, una anciana de cabe11o com-

pletamente blanco, escardaba lana, sil
perdida entre las hebras ele cleshech08
nes.
- -¿Con el uiste? preguntó de pronto el
Juan, que por vigésima vez se había
do embelesado mirando á «la niña,» se
bruscamente, rojo por el bochorno.
-¡Ah! ya. luego ......
Y se hunclió &lt;le nuevo en hi tarea in
pida, con un tesón extraño, ca!,i feb ·
quitar la. vista de su obra. «La niña• ·
refresco á su tío. El guaso lió un cigarro,
peó el yesquero, y una bocanada de hu
cendió en el aire.
-¿También á ti? preguntó á su
niña. »
-Como quierai-....... ..

***

La Kermesse, que se repitió el domingo último, resultó lucidísima.

EL LÁTIGO
¡Hermosa tarde aquella de día sábado! Había terminado temprano la faena en los bolsi~los sonaban algunas monedas y la: alegría
remaba en el rancho. Antonio el honrado
campesino, sonreía lejana.mente, 'en silencio,

Grupo de concurrentes ¡ la Kermesse

�Domingo 22 dl; 1Iarzo de 1ll03.

EL MU~DO ILUSTRADO.

EL 111,;¡'\DO ILUSTRADO.

Progresos de la 'fotografia.
Mara villosoi,;, ciertamente, HOn loR adelantos
que la fotografía ha nlcm1zado en los últimos
aiios, é inco1,tahle el número de vcrdndE&gt;rna
obras de :-11-te que producen en la actualidad
los graneles tallNeF.
Xo es y:t el rl'lrato de parecido 111ús ú lllE'•
nos perfecto, ni la .. ,•i-.tan de taló cual edilicio
ó paisaje, lo que 1!1[1s preocupa :l la fotografía
moderna. Perfeec10n:ulos los aparatos ,. )011
procedimientos, el fotógrafo de lllll'l&lt;tra (.pot·a
encuentra á cada pa!-o «n1oti,·o,., que en otros
tiempos i,;ólo ern dacio aproved1ar :í los g•ancle.~ artistas y ai-í \'l'lllOS que, poco ;t poco, la
cámara oh~cura ,·a cn~nuchando Ht do111i11io
para abarcar un calllpo de acciún cada vez m{u1
extenso y mús rieo 1·n a:;11nto".
Ante&lt; los «m odelof'n esta ltan l'xcl llf'i ,·amente elc-stinndo,; ni "' stuclio» de lo,; dernto,; riel
color ú del cim·c•l. 1\horn, inrnclen el tall1•r fo.
to6 r:1fico, y son tan hellas y tan ,·nrins las
ohras en que intervienen, qu&lt;• se le,; coni-i&lt;lera colllo uno ele los n1ús precio:-os rccursoio.
En este número puhlicamos primorosos trabajos íoto~rúficos, sali&lt;los de un taller parisiense, á reserva de ciar ú conocer [1 nue!&lt;tros
lPctoreR, en las p1óximas e&lt;licioncs &lt;le «El
~[undo llustrndon otras fotografías tan bellas
corno úms.

EL TRIUNFO
.\ lherto dejó la pluma !'obre In. me:-a con el
nnvio~o ge:-to del que logra rompt&gt;r l'l grillete que &lt;le,-garrn sus cnn1t•1-, .,· pnr i-u,; linos labios sombreado!-&gt; por vnrnnil 111ost:1tho, aquellos labios denunciadon·s del iugenio a~tulo y
falaz que entre sus amigos le di1•ra fama de
polemi¡.;t:l invencihh•, Yagó, contrayí-ndolos
a¡wnas, un ho:-qucjo dP i-onrisa que de1111nciah:t muy á lai- clara~. por la pri,-a c¡nc ~e dió
pn &lt;k-;apareccr, la docilidad de unos múseulo:,; acostumbrados por la ~evrra dil&lt;ciplina á
reprimir toda manifrstación Pxterior del pt'n!-,Ulli&lt;•nto que se reserva si~temúti('n ment&lt;&gt;,
con el maligno cleseo de permanecer de1-conocido para todo!-.
-Ya está! -dijo-y de f.US ojos adorn1ilados dr penf'ador, brotó una ch iRpa de amoroso f1wg;o, la tierna mirnda que el e~critor diriµ:e al mo1,tún de garrapateadas cuarti llas, mí1R
rxprl':-irn, mú:- intensamente paternal por el
. afecto á las coi-as que no Yi ven ni sienten,
afecto apa!-ionado y sincero muy e"pecial en
él y que i:om,tituía una nueva y curio~a faz &lt;le
su l':trúctcr.
.\largó el brazo para recoger las cuartilll\8;
y arrnstrndo por el mismo sentimü•nto que
impnba al labrador á recontar y examinar
con &lt;'nidaclo,&lt;&gt; y ti&lt;'rno escrúpulo las íre,cas
ga,·illas de la ('Osecha c,-;pcrada por largo tit'lll·
¡,o, clió lr&lt;:tura. fr la obr:1, deleitúnclose al t'S·
('llchar f'U propia yoz, rnai can1lo con exagera.¡., énfasis los períodos culminante,, Ja5 fra•ws pomposamente H ricns que (·l sahía ele l'Í• eto dt•t·isi ro &lt;'n la tri huna, haeicndo pa 11sas intt&gt;nl'ionalt·l-i, como para esperar los aplausos
'llli) l&lt;'ltÍa :-Pguro;-.
.\quello era, como toc1o lo que salía de l-11S
mnnos, un derroche de artificio,-, h{d,il111('11tc
tl1:-i111ulado,- tras el brillo dl';;lnmbrador de lat1
111etúfura;:. El pesimi;:mo de moda, &lt;'l l'nÍt-r·
1110 ¡,c,;imi,:mo eleYado ít la categoría de una
('Ualidad del n1Pjor tono que en t'iertm, hmu1,res d~bile,: pn•tencl&lt;'n encontrar el ai re de tilÓ,:ofm.;, &lt;le sabio':! rlueiios el!' la nnla cl l't1pre111a que &lt;'Xperimcntan por los otro'I el m:iR
(Olllpleto d&lt;•sdc'.:n, rc,-altalia en tcl disl'\lrl'O de
1111 111odo o!-'tensiltlr. ~P hahlaha allí del hom·
lire l'll perpetua lucha con el medio, con la
tierra ingrnta. gastada ya por el paso de mil
generacio1ws, l'tn pohrecida hasta el extremo,
«esa madrastra chocha-decía-que súlo tiene
fuerzas para ahrir sus mandíbulas ele bestia
l'arnicera para dernrar ú lo,; homhrei', si n sa·
1·inr nunca su apetito brutal.» Xo rn:is fe Pll
.i ciencia; no míu; fe en el trabajo; :i ,·i,·ir el
m inuto presente: cerrando los ojos para el porCOLE&lt;.THi:,, PHI.LA:i!H:il.

Domlngo 22 de' 11arzo de 190:1.

venir fatal escrito ya en el «libro ele los &lt;lest~nos.» Puesto que la tierra es a,·ara y es preciso arrancarle á Yiva fuerza lo que en su seno
ll!'\'n. ¡,ara el umor, para la felicida&lt;l, par:1 la
vida, &lt;•astig11Pmos su cit•ga eruel&lt;lad, arroJando sobre su i11rno\'ibl&lt;' faz de idiota el amargo
esputo de nuestro odio inti11it? y justo; caigamos en el poh·o que 110:; ¡,rud1g:i porque losa•
he cargado ele eh•mc11tos cle!-tr~tdor~i-, hiriendo co11 nuestra planta t•l hc11ch1&lt;lo ncntrc que
ja mú,- da {1 111z para 11 \ll'stro bien.
All1l'rto pcrmaneciíi t•n éxta:-is, dejando t¡ll&lt;'
la fresca brba qul' Yenía del jardín, penetran•
do di,-;cretamente por la abierta ventaun, lh·•
gara ha,-ta {·l para r&lt;'frescar su cnarclcciLla
frente con In caricia tle sus leYcs alas.
· Acabó por doblar l:i tahcza lentamente, como arrullado por el rumor tic los aplnu,-;o,presentido~, cerrando los ojos parn oirlos llll'·
jor; pero el augusto i-;ilern:io &lt;¡~ie _lo ru1leaba,
t!P,-pu(.~, aquel Yago e!-'tremec1m1cnt~&gt; ele la
,·ida disper:&lt;a por todas partes, aquel rnresantc trabajo del Uni,·cr~o entero en camino hacia la suma pcrfocción que se iba haciendo cad:1. ,·ez más perceptible, 1,arrió con !-U potent•·
soplo &lt;·l rabioso l'gobmo del escritor para el
que un triunfo literario es todo en la ,·ida, y
y:t no pudo c:-;cuchar m{ls que el canto infinito ele la tierra, la.buem1. madre que vela el sueño de sus hijos:
«Quiero tu amor por l'ntero y sin rei:;ervaalguna; ú cambio de é l, yo te prodigaré los &lt;lom·s !JUe mi :-cno guare la para los buenos. La
llumanida&lt;l sufre por falta de fe; su amar¡!a
duda la &lt;lchilita y no tiene ya fuerza para
amar tanto como es preciso. El amor labra
los &lt;lestinos¡ el tmbajo los fortalece; la fatalidad no existe. Yo niego todo al que me
dci-;precia y me insulta. \'en á mis brazos, pu·
Ha tus labios sobre mis labios y bebe en ellos
l:i. Yida á torrente;;."
Alberto se lcrnntó bruscamente como ohedt•ciendo á una orden YPnida de muy lc·jos, y
llorando lúgrimas de Yergücnza, lle clisgu::-to
ele si rni:,m10, hizo mil pedazos el monstruo~o
artículo oratorio, y los ulancol-i papelitos, como bandad:t tle n1:niposas, fueron volando t•n
todas direi:cione¡.;, eayen1lo sobre las hojas de&gt;
lo:- rmmles en flor, en el va,-to jard ín en donde millares tle botones e"tal !aban hajo la. caricia de un d elicioso a111a11ecer.

DE VERANO
Es la ta.1·de. Lo» rayos del sol se alargan
y hacen llamear el oro de las espigas
y á los pies de los á lamos verde obscuros

arrojan largas sombras que se deslizan
por l1i ext~nsa. llanura, suben y bajan,
se quiebran en las tapias, y reto1'Cidas
culcb1·can, bundiéndoso en las acequias
para corr~r ele nuevo por la campiila.
A un dentecillo fresl'O del sur, las bojas;
de los álamos verdes a.legres brincan,
mientras un calofrío de luz recorre
la on,lea.nte supel'ficie del nun· de espigas.

Fncrten,eutc encorvados los rucios torso,,
los hraZO'i á lo largo de las rodillas,
de frente al sol que so hunclP. los -.eg-adurc,
semPjan, :í. lo lejos, extraña lila.
de adorndores indios qm, se prosternan
;mte el sol, 1·uyo cno1·mc dis1·0 rebrilla.
como la fa7, ~loriosa. do un dios a.legre,
dP un hnen dios muy all'gre, cuya. sonrisa
hat·c surgir océanos do rubio trigo,
hace nacer las flores do la. campiila,
hael' tejer los nidos entre las ramas,
y hace unir'-C los labios, cual rosas vivas
que confunden sus mieles .....
.... El sol -.e ha itlo.
Y por las alamedas "emisomhdas
se a1ejan ll'11tam,•11tc los seg,udores
cantando zamacnvl'as y seguidillas •...
COLEl:ClÓ!'i" PELLANDlNl,

�Domingo 22 de Marzo de 1903.

EL MUNDO ILUSTRADO.

Domingo 22 de Marzo de 1903.

.

'

·.

la Escuela, de la más escrupulosa atenci6n,
y están dotadas con todos los materiales y útiles necesarios para la enseñanza. }J;n la clase
de Geografía, y en la de piano, pudimos observar el grado de instrucci6n á que alcanzan
los alumnos, y la excelencia de los métodos
err1pleados por los profesores: con el simple
tacto, und. alumna nos señaló en la esfera las
principales naciones del globo, y 1.,n joven
tocó al piano una de las más difíciles lecciones, con firmeza verdaderamente notable.

-~

. . ·: ::l

Y no hay en mi obscura choza
ni un solo rayo ele sol,
ni el que baja hasta la tierra,
ni el que-en la fe sube á Dios .
Loco, fiero y arma al brazo,
dispuesto al arroyo voy
á trocar mi blusa honrada
por el sayo del ladr6n.
Rico albergue, RU portada
abre á mi paso veloz,
cual portillo que brindase
al crimen la tentación.
Y allí penetro convulso
y ciego, con tal pavor,
que jamás delito humano
tuvo más dura expiaci6n.
¡Pero me esperan con hambre
las tres vicias de mi amor!
¡y robo, y huyo y comienzo
mi carrera de pasi6n 1

Tejidos de bejuco.

Orquesta de la Escuela Nacional de Ciegos.

Mientras corría, la turba
tras mis pasos iba en po~,
y aún sus gritos me resuenan
á tempestad y á fragor!
Hace pocos días hablábamos en este semario del~ e1_1señanza de los sordomudos y del
establecimiento con que para impartirla, cuenta nuestro país. Ahora, vamos á referirnos á
la Escuela Nacional de Ciegos que es, sin duda, uno de los planteles educativos más dignos de ser visitados.

Una lección de piano.

. La ~scuela fué f~ndada por el Sr. D. Ignac10 Trigueros, Presidente del Ayuntamiento
d_e México en 1866, y como todas las instituciones que no cuentan para sostenerse con
una a1uda constante y eficaz. estuvo sujeta en
los primeros afios de su establecimiento á un
sinnú11;1ero de dificultades que s6lo la persevera!lcia de su fundador logró vencu.

En 1871, la Secretaría de Gobernaci6n decret6 un impuesto á las loterías públicas, y
con el laudable prop6sito de contribuir al sostenimiento de la Escuela, destin6 parte del
producto á cubrir los gastos más urgentes que
demandaba la instituci6n.
Con este auxilio, el Sr. Trigueros pudo implantar ya algunas
mejoras en el edificio, atender á la
creaci6n de un a
planta de empleados competentes y
activar el ingreso de
alumnos, haciendo
de esta manera que
en un período de
tiempo relativamente corto, el plantel
realizara grandes
progresos.
Concretándonos á
las condiciones en
que actualmente se
encuentra la Escuela, diremos que sus
adelantos son muy
notables y que el
Gobierno ha puesto
cuanto ha estado de
su parte, tanto para mejorar los mátod_os de enseñanza,adaptándolos á las prescripciones de la pedagogía moderna, como para introducir en el edificio todas aquellas reformas
que reclaman la_co_m odidad de los educandosy
el ornato. Los d1stmtos departamentos han sido convenientemente reparados, y la fachada,
que antes presentaba un aspecto conventual
ofrece ahora á la vista, una eerie de amplia;

¡Qué tortura! En mi carrera
un fiel amigo me vi6,
más que un amigo, un hermano
en otro tiempo mejor!. ....

ventanas que la hermosean sobremanera.

***
Por lo que toca al régimen escolar la :Eacuela tiene est&lt;i.blecidas clases de in;trucci6n
primaria y secundaria y clases de música y
el número suficiente de talleres para que loe
alumnos, una vez concluída la enseñanza elemental, puedan dedicarse al aprendizaje de un
oficio que les proporcione los medios de ganarse honradamente la subsistencia al salir
del Establecimiento.
Estos talleres están bajo la direcci6n de
«maestros» competentes y muy familiarizadoe
con la enseñanza de los ciegos. En el de imprenta, vimos ejecutar algunos trabajos con
verda?era habilidad, así como en el de tejidoe
de beJUCO y otros ramos. De la tipografía han
s~li~o casi todos los v~lúmenes que forman la
b1bhoteca del Establecimiento. Los caracteres
impresos son de relieve y la lectura se haca
por los ciegos, por el tacto.
Pe.ro no son únicamente los beneficios dela
ensefianza los que los alumnos reciben; pues
á fin de que terminada su carrera cuenten con
un pequefio capital, se ha formado un «fondOJ
con el producto de los talleres y se lleva á ca•
da uno de los educandos su «cuenta de alcances,» por decirlo así; cuenta que se compone
de los yremios que obtengan, de la parte que,
deducido el costo de los materiales, quede de
la suma en que se vendan los artefactos, y de
l?s donativos que en numerario bagan los par·
t~culares á su favor, ya sea individual ó colee•
tivamente.

***

Las clases correspondientes á lainstrucci6n
primaria y secundaria así como las de músi·
ca, son objeto de part~ del señor Director de

II
Evaclirme pude al cabo
de aquella persecución,
y llevar á mis amores
p::m, alegría y calor.. ...

Clase de Geogr:ifía.

La orquesta formada por un grupo de a lum nos, aunque poco numerosa, cuenta con un
buen instrumental y se distingue por lo correcto de su ejecuci6n.
Por último, diremos que en el Establecimiento se encuentra una exposici6n permanente de
los trabajos que se ejecutan en los talleres y
que se destinan á la venta. Labores manuales,
como bordados, tejidos de gancho, pasamanerías, bolsas para viaje, cajas de carl6n, cepillos, tejidos de bejuco, se encuentran en los
aparadores, distinguiéndose por su magnífica
hechura.

Mas ¡ay! que á presidio fuí;
que un polizonte avizor
al preguntar á las gentes
por el nombre del ladr6n,
A la turba, que es piadosa
porque olvida al que pec6, '
ninguno me conocía,
nadie levantó la voz;
¡Pero mi amigo, mi hermano
en otro tiempo mejor,
compadeciendo mi suerte,
afligido, me vendió!
MANUEL S. PlCHARDO.

El manantial.
Penetrando del bosque en la ei:pesura
donde á escondidas te da á luz la. fuente,
me deleita escuchar el baibuciente
rumor primero de tu linfa pura.
Cuanto berns aquí, se transfigura:
la piedra se hace joya refulgente,
y hasta el lodo que baña tu corriente
se hermosea también, también fulgura.
Al verse en tu crif,tal, las mariposas
te toman por un cielo, y cocliciosas
de lo inefable que en tu seno anida,
se lanzan á beber...... como alma al vuelo
que persigue, en las fuentes de la vida
algo que sepa á manantial del cielo. '

El río.
Dej~ste el bosque allá, y echando afuera
tus ahentos en brazos del destino
al abrirte entre rocas un camino '
tu caudal se embravece á la car{.era.
LYa eres fuert,el ¡A luchar! Tu afán espera
banarse_ más alla de lo mezquino,
despreciando la rueda del molino
y el amor que florece en la ribera.
¡Te tiemblan romó á un dios! Tu altivo em(puje,
besando tala y fecundando ruge·
pero así que, endiosado en tu b!avura

'

llegas al mar y su amargor te toca,
te sepulta una onda de amargura..... .
Y ya no encuentra más que hiel tu boca.

Purificación.
Al pálido lucir del firmamento
que indeciso alborea por Oriente,
cantan las olas la canción doliente
donde todo dolor encuentra acento.
Su amargura se expande en un lamento
tan ~ondo como el mar, que eternamente
persigue en vano ¡aquel dulzor de fuente!
cuya sola memoria es su tormento.
¡Pero ya brilla el sol! Rompe la espuma
sus cristales de hiel, y en tenue bruma
cada cresta espumante se revuelve ..... .

El amigo.

la nube la recoge, toma vuelo
la purifica en el azul del cielo '
y otra vez dulce al manantial 'la vuelve.

I
¡Qué día! Mis pobres hijos
faltos de pan y calor,
se agrupan junto á su madre
que agoniza de aflicción.

Pontons, Septiembre 1902.
M. MORERA

y

GALICIA.

LAMILPA

f
1

De «Aires de la Montaña. ,,
Cuando tierna, es un mar verde cuyas aguas son las hojas
-cintas trfmulas de raso finamente lanceoladas,quP, se agitan como crines 6 se cruzan como espadas
defendiendo los «jilotes» ele ambarinas crenchas flojas.
Ya en i,az6n, :vergue sus frutos; el rumor de las panojas
crepitantf', imita el ruido de las onclas encrE"spadas,
y famélicos la invaden negros tordos en bandadas
-militares orgullosos de ostentar presillas rojas.y ya Reca, por el fuego del buen sol de meclioclía,
es la milpa haz de fusiles, batall6n de infantería
que al redoble acompasado del marcial tambor rnnoro,
vuelve intrépido y triunfante de los campos de la guerra
pregonando que los surcos-las matrices de la tierradan por una sola gota de sudor mil granos de oro.
JUAN

Taller de imprenta.

13. DELGADO.

:México, 1903.

I

ESCVELA DE CIEGOS,-Un ángulo
Clase de labore:; man 11 a1eij,

de la sal¡¡ de Exposición,

�Domingo 22 de' Marzo de 1903.

EL MUNDO ILUSTRADO.
EL MUNDO ILUSTRADO.

mis ojrn- daban vuelta~ no sé qué fulgores. C!lrca de mí ~o habí~ flo~
res, y sin embargo, me parecía que en alguna parte surg1an punados
de rosas tan llenas de perfume, que por un momento me sentí desfallecer y que mi frente, al reclinarse sin fuerzas, tropezaba con un apoyo rnave y tibio.
Y la ,·oz, llena de amor, proseguía:
-Bien amarln! Oh bien amndal Yo, que durar,te largos meses
me he contentano con ~ecruir la huella de sus pasos, la tengo ahora
cerca de mi pecho......
I Si usted supiera (lUé embriaguez causan
sus rizos sus párpados de seda, sus lahios púlielos! ......
A pdyó su boca en mis labios, como si quisiera aspirarlos....
l\1e aparté con un esfuerzo supremo.
- Xo!- murmuré- Yo no quiero faltar! Compa&lt;lézcase usted de
mí.. .... en nombre ele f'U hermana, si la tiene usted!
Palideció y acercó su rostro al mío, que se apartaba.
No; yo no 111110 ú usted! Amo al amor! Quisiera ele él la flor, el
ensueño nnda már,:, se lo juro! "Cn corazón, una ma110, un cerebro
cultivado toclo esto en un ser ele hombreó ele mujer, 110 importa! Xo
quiero si1~0 un ser an1igo, porque estoy trist.ísimamenle Hola.... .Aquí
110 hay nadie sino ustl·&lt;l. Sea usted eRe amigo, pero respétem e! Leeremos junto!&lt;, platicaremos, pensaremos el uno en el otro ..... Será todo ...... Júrelo tbted!
Y e;ta vez ern yo 'luien le suplicaba qn e m e amal':i. a.;.í! Y era
tan ;.in cero mi deseo de c{rndi&lt;lo amor, que lhibert :-e lernntó i111pre:-iona&lt;lo y n o me rctu,·o la mano sino parn ayudarme ú poner e n
pie ........ .
Cuando estu\'imoF de ¡,ie, el uno junto al otro, s u actitud se cambió en re;;petuo"a y sus ojos me env oh·ieron en una ca ri cia de infinita pieclnd.
:......Pobl'el Pobre n iña! Cuánto elebe usted haber sufrido!
Evocaba mi soledad tan completa, mis silencios ¡.:in fi}1, mi pureza sin pasión y mi deseo de amor. El amor! La fusión de las almas
una en otrn, sin In necesidad de los Fentidos, como en un paraíso en
que se sueña.
Y esto debió parecerle muy hermoso, porque en sus ojos, que se
llenaron de admiración, germinó el deseo fugaz de imitarme, de ascender conmigo á esa cúspide desde la c ual le hablara ele amor con
una iaerenidad tan profunda.
Repitió:
- Pobre pobre niiia. Ni siquiera un hermano en el mund o! Y
q uisiera uste~l r¡ue ese herman o fuese yo! Pues bien, lo seré! Pero escúcheme, :María Teresa ........ .
Poseído de una pasión súbita, volvió á atraerme hacia sí.
-Escuche usted bien ...... seré su h ermano.. .. ..... Pero entonces,
no me perfume usted con su prtsencia demasiado cerca; uo me d é
nnnca la mano, cuando yo le tienda la mía, 4uítese de la nuca esos
rizos que brillan como flamas ......... Oh! .María. Teresa........ . Y rns
ojos ........ .¿Cómo velaría usted sus ojos lánguidos, sus ojos de amor'?
Esta. vez traté en vano rle desasirme.
-Y sus labios, María Teresa: esos labios que he probaJo ya.....
}las se calmó al fin. Golpeó el suelo con el pie, :;e apartó nerYiosamente de mí, fogoso como un león que sacude su melena.
-No! No! Estoy loco. Quiero ser su hermano. Yuelva usted en sí,
seño;ita Romane! Abra usted los ojos! Podría yo ser hasta su padre ...... Qué teme usted de rní•? H a visto usted mis cabellos grises? Y
mi m ujer'? 8abe nsted que ella me espera en casa para dar un paseíto
juntos? Tengo un libro que enviaré á usted ...... Yuelva usted en sí.. ..
Yo huiré, ...... yo, que la causo miedo! Quiere usted que me vaya?....
Volví á la vida, poco á poco.
-Sí-murmuré con v0z débil-váyase usted! .. ...... .
-No; no, mientras usted sufra....... . Compad ézcase de mí. Acaso
le pido algo ahora? Serú tan dulce la amistad que usted ha deseado!
Bien! Ya me voy. No tiene usted necesidad de mí para llegará su casa.
Vea usted que me arranco de aquí fácilmente. Los enamorados no
tienen esta fuerza! Yo soy sólo amigo, nada más, ya. lo verá usteel ....
y pronto le enviaré el lioro ...... ..
Estaba lejos ya, l igero como un fauno ........ E sta semejanza me
atravesó por la imaginación como una hoja de acero. Lle\'aba un vestido de lana color de ladrillo, como el de las hojas de otoño, y cuando corría por el sendero rocalloso, sus pasos resonaban,como las pezufias de los semidioses griegos ..... ..
Por la tarde Phrasia, al llegar como d e costumbre, para que yo
la enviase á buscar mis provisioneci, sacó de s u canasto un cuaderno
de revista.
-Es el seiior alcalde quien envía esto. Estú allá el seíior cura,
y entre amhos lo eligieron para usted. Parece que esto la quitará el
fastielio durante las vacaciones.
El alcalde no se ocultaba. Hasta mezclaba al cura en el asunto.

Ah

LA INSTITUTRIZ.
N OVELA POR E STE R D E S U ZE.

ILUSTRA CIONES DE SIMONT.

TRADUCCION Df "l:L ~ UNDO ILUSTRADO."
(CONTINÚA.)

- ¡Oh! ¡Qué! ¡Qué! ¡Es uoted! ¿Ha regrc-Eado? ¿Por qué, Dio:;
mío, por quf?
Tendí mis manos h acia él, para rechazarle una vez más, en tanto que mi grito era un grito de derrota. ...... .
El n;e tomó de las manoi::.
Permanecía de pie y yo sentada, y para hablarme se i11clinó ít mi
la.do hasta que me hi zo sentir en el rostro la ca.ricia. de su al iento.
'-Sí; ~•o soy ; hr obedecido á usted por mucho tiempo. ¿H asta
cuándo i::ería preciso'?
-¡Siempre! ¡Siempre! Xo está bien ...... Usted es carndo ......
Sus ojos se cubrieron de un velo de tristeza infini ta, y sus dedos
se crisparon entre los m.íof'. .
.
.
- Detesto ese matrunomo ...... Sufro mucho ...... ¡S1 usted sup1€'!ra! ¿Me rlrjará u,:ted amarla, María Teresa'?
-¿Y yo le amaría acaso?
Se puso rodilla en ti erra, para acercarse á mí.
- l~stá usteJ sola, está usted triste... permítame que la ame. ¿.Quién
puede encontrar grato que uRterl desperdicie su vida? Oh! Su casa es•
tá vacía y ohscura! Por sus sueños no hay imagen que cruce! Su porvenir no tiene desenlace! Oh! Hi usted quisiera, l\Iaría Teresa! Quién
lo sabría? Yo sé ocultarme, sé aguardar las horas propicias. En mi
corazón derramará usted todas las tristezas del suyo .. .. .. Y yo también verteré mis angustias en el suyo. En la noche,á la luz de l as estrellas. iremos á em hriagarnos con los perfumes del prado. Y en el
inderno, usted rrie recibirá cerca de su hogar. Pondremos cerrojos en
sus venjanas. ~adie verá proyectadas en el muro nuestras siluetas en-

lazadas. Será usted más que la espoi;a, será usted la amante! Es usted joven, h ermosa y de alma ardiente ...... l\Ii alma es igual á la suyn. Qué pareja, María T eresa! Qué unión será la nuestra! Yo estoy
i::olo; u~ted e!'tá igualmente sola, y nuestros seres se llaman uno á otro.
Consienta usted, se lo imploro!
Ah !11Ti pi urn a tiembla de vergüenza, ahora! U asta qué gmdo de la
escala moral había yo de~cendiclo, para que tales palabas me p udiesen haber sido dirigidas ,;in r¡ue yo me rebelase'? .........
Estabayosinfuerzas,Raibert me retenía aún !as manos y seguía
ai:ro~lillado. Arrodillado, sí, como Sil vio, pero en tanto que delan te de
S1lv10 bahía permanecido de pie, y firme v orgullosa, ahora esta ba
(lUieta, bnjo la presión acariciadora de esas ·manos v el abandono de
mi actitud, me pareció ya una decadencia.
' ·
S1lvio me hnhía dicho:
«Sea usted mi esposa. Será mi Virgen Santa. Yo trabajaré mis
campos mientras usted cuida su escuela. ,&gt;
El otro me de~ía:
«Sea usted mi amnnte! Iremos á ocultarnos entre las sombras de
la noche, y cerraremos herméticamente las ventanas de la cai;a.»
Y había yo rechazado al uno, porque era ebrio y porque 1,ocialmente estaba muy abajo de mí.
¿,Tendría valor para rechazar al otro?
. ¿El vértigo que se apoderaba de mí, no era precusor del naufragio en que sucumbiría mi conciencia?
No estaba yo ciega! Sabía lo que hacía al dejar mis manos en contacto con aquellas que me quemaban&gt; y sin embargo, las dejaba. Ante
0

XXVIII
Qué tlehiera yo haber hecho?
No habría siclo suficiente rechnzar el lihro.
¿Marcharme del pueblo; encontrar ...... 6 n o encontrar trabajo e11
otra pa rte; morir, si era preciso, pero ¿seguir tentando más á ese
hombre y á mí misma?
Tales resoluciones i::on las salvadoras; pero no se las toma sino
cuando ya todo está perdido ...... .. .
Recibí el libro ......... ~Ie encaminaba al abismo ........ .
Unos cuantos artículos serios y hermosos; un estudio acerca d e

Domingo 22 de Marzo de 1903.

los pintores de la época, el principio de una novela muy sencilla.
Esa revista-el alcalde había escogido una ele fecha atr~!'ada, pr?bablemente para que yo leyera toda la novela,-esa revista. me inte· á
f
Al día siguiente se la entregué á Phrasia, que me tra¡o
con 1nuación el cuaderno siguiente.
.
-Bien seíiorita-me decía poco después el señor Ra1bert acercarse al jardín, en el momento preciso en que Phrasia ~e entregaba u~
cuaderno. -Está usted contenta con esa lectura? Qmere usted continuar en ella, 6 desea leer otra cosa?
.
Tenía aspecto bonachón y sencillo, y se mostraha r~Rp~tuoso s111
exageración fingida. Me puse contenta, porque me .ofrecia libros Y Jo,.
libros me encantan. Me dijo que tenía yo ya el último núm~ro _de la
revi:;ta y n ecesitaría esp,era1: al.gún ~i~:up~ á que llegase el s1gU11enle;
pero si quería, estaban a m1 d1spmnc10n libros &lt;le Balzac, de "alter
Scott, Daudet y otros..... .
-En fin-me clijo,-elija usted.
.
::\Ie decielí por Balzac, pero no supe qué elec1r cuando él me pidió el título del libro r¡ue más me agraciase.
-Elíjalo usted, Reñor alcalde.
-Oh .l No, no, no- di¡'o con vehemencia.-Xunca!
.,
. "l
Comprendí la razón de su negntiva. Seguramente tenna que s1 e
escocría eleterminada obra del autor de la "Comedia Humana" y yo
enco~üraba allí alguna semejanza de f-ituacione~, podría i-entirme
lastimada. Ilabía cambiáelose en el Yenlaelero an11go, en el buen hermano. Murmuré:
-No; elíjalo usted. ::\Ie agradMi el &lt;1ue usted me ende. Confío
en usted.
Confíaba en él! Decía yo tal cosa sencillamente; pero lo pensaba
con solemnidad, y él aceptó esto, co mo había aceptado el papel de
hermano mío.
·
l\Ie envió los libros, siempre por conducto de Phrasia. Xu~stra
intimidad no fué más adelante. Algunas veceR, en el cur!'o de nn lectura tropezaba con algún pasaje marcado; pero podía haber sido seíial¡do mucho tiempo antes, y no me fijaba en la señal sino para leer
con mayor detenimiento esas líneas. Xo &lt;ligo que mi pensamiento no
fuese más lejos. Colocaba á Raibert en frente de esas líneas. Si se trataba de soledad, de unión desdichada, de vagas aspiraciones á un
amor lejano, se me aparecía la imagen de ese hombre. ~fe entern~cían sus ca.bellos prematuramente grises, su a~pecto de tm,teza. Cúntlnua. Me representaba su caAa, coronada de torrecillas, d onde vi vía
solo, entre Phrasia y su mujer vieja., enferma y malvada .......
Y me parecía adivinar en él una serie d e desgracias parecidas á
las que yo hube de sufrir; tan semejantes, que una tarde me pareció
que las lágrimas que lloraba sobre mis recuerdos, las derramaba sobre
nuestras cabPzas juntas. Fué extraño. Lloraba d e que el desti110 nos
hubiese h echo tan semejantes y tan separados uno de otro. Xo sé qué
me faltaba aún, á pesar de la amistad surgida en mi existencia. A
veces me imaginaba verme en la casa d e las torrecillas, yendo y viniendo en torno de Raibert, hecho mi espoRo ..... i E:-to no sería nunca! ...... Y cuando salí de ese ensueño, me sentí llena ele vergüenza.
No me daba cuenta de que caminnba ú grandes pasos por el send el'O del amor. En otro tiempo había podido decir á Raibert": ccNo
amo á usted. » Ahora. esto n o habría sido verdad. Ese homb1e tomaba posesión &lt;le mi vida.. Pensaba en él por la n oche, y en el día, al
leer los libros, al hacer las faenas ele mi casa, al tratar de no encontrarlo.
Un día encontré una cartita entre las páginas del libro que me
envió. En ella me ampliaba el tema d el libro, me hacía notar algunas de sus bellezas que, ele otro modo, habrían pasado inadvertidas.
E :1cribía bien. Me pareció elegante s u manera ele trasmitirme sus impresiones i'i propósito del libro, sin tratar de verme, y en un lenguaje
que estaba lleno de ternura, a un cuando en todo el pliego no hubiese
una frase d irigida á mí, directamente. También mi corazón se desbordaba y mi pluma estaba fácil, así es que respondí de la misma
manera, y este juego continuó por algún ti empo. Pero suceelió que
en una ocasión, Raibert firmó su carta: ccPedro.,1 E ste nombre parecía allí estampado como un beso. Estando á solas, me ruboricé, y ese
día no contesté. Aquella debía ser la última de nuestras comunicaciones á distancia: en esa misma noche, Raibert llamaba á mi
puerta.

resó.

XXIX
Tan ajena me era la ielea de que él puJiese irá mi casa, que fuí
á abrir cuando llamó. De un salto se coló hast,1, mi recámara.
-¿Por qué no respondió usted hoy, iia1fa Teresa?
Quise prohibi rl e pronunciar así mi nombre; reprocharle el suyo,
el que se había atrevido á poner al pie de 1-u página eRcri ta; obligarle
á salir como un ladrón contra quien se pide socorro; y todas esta~
ideas se confttndieron en mí. Estaba enl oqueric.la por su presencia.
La firma de la carta, que había sido la causa de todo, me obcecó, m e
martilleó en el cerebro con una idea fija. Y e!'a idea, que quería desp edir á ese hombre, gritar, explicar la indignación causada por tal
sorpresa; ef'a idea estalló en un grito ... el nombre de Raibert.. el nombre de la firma:
·
-¡Pedro! ¡Pedro!
El creyó que era un grito de amor, y trató de atraerme á sí cuando m e vió vacilar desfalleciela.
'
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ARTE CLÁSICO.

( COLECCI6N PELLA'.\' lJüI. )

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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