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                  <text>Et

"La Fuerza del Hombre y la Hermosura de la Mujer."
Antes y desde los tiempos de Sans6.n esto es lo que se ha
dicho de todo cabello exhuberante.
El Viuor del Cabello del D1·. Ayer conserva y embellece el cabello haciéndole crecer y dándole fuerza y lustre.
Restablece el éolor natural del cabello, limpia el cuero

CALZ ADA DECHAPULTEPEC.

AN8 X.--10110 1.--Nlll. 14

tompañia at ttrrtnos dt la calzada dt tbapulttptc. s. Jt.

cabelludo de caspa-con lo cual queda eliminada una gran
causa de la calvicie. Además mejora la circulaci6n en e!
cuero craneal , atajando por este medio la caída del cabello.
Si apeteciese usted un cabello largo y espeso, suave y
nutrido, cabello que tenga todo el rico color de la juventud,
entonces acuda usted al Vigor del Cabello del Dr. Ayer.

MUNDO ·tLUSTRADO
llfXICO, ABRIL 5 Df 1903.

Sabscripdd• mcuaal rorlnca.'Sl,St
ldcm. ldcm. ca la capital, Sl,J5

•1rccton LIC. RA.rA.tL R(l't&amp; &amp;PINDOU.

Gerentes Llll6 Rtl't6 &amp;PINDOL

CONDICIONES.
Diez por ciento al contado al comprar el terreno. Concesi6n de 10
afios para liquidar el noventa por ciento restante, arreglados en veinte
pagos semestrales [ al 6 por ciento interéR anual] ;10 por ciento descuento en todo pago adelantado fuera del primer pago.

1 .

Prepare.do por el DR. J . C. AYER &amp; CO., Lowell, Mass., E. U . A.

TÓNICO

EL MISMO

RECONSTITUYENTE
FEBRÍFUGO

"'"'º

So

F.BRUGINOSO : SIETE M~AS,,ORO FOSFATADO:
h1■ia,

~

Cl1n1i1, Comlecmiu, ,te.

20, lut des Fouk-St,Jacques
1 1n lu !;.rm,1c1u.

~

Litfatiamo, Escr6fola, Me
Infartos de los Ganglios, etc

~

'

i

PETROL~

1

DEL DR. TORREL, DE PARÍS
Unica preparación que evita la caída prematura del pelo, lo
aumenta, suavizi. y hercn'&gt;sea, á la vez que le comunica un aroma agradable.

.

F.L USO DKL PKTROL DRL DR. TORRRI, DRPARIS.

evita la calvicie prematura, qt1~ tanto afea y comunica al hom.
bre el repulsivo aspecto de un joven viejo y gastado.
""&gt;¡,,

Para informes, dirigirse á la Oficina de la Compañia ~n
los terrenos ó á la de Xa.rl B. Cook, Agente vendedor,
Gante, núm. 8.
G:lJ c::J

EL TEST AMENTO.

f¡-·

~~

,

Dtl Tllmo. sr. Jfrzoblspo rttba11.

'}

L os bienes fueron valuados
en $ 125,000
La mayor parte de lo testado consistía en dos pólizas de $25,000
cada una, tomadas en "La Mútua"
Compañía de Seguros
sobre l a vida, de Nueva York.
Hace pocos dfas que se practicó la
apertnra del testamento del llustrfslmo
Sr. Arzobispo Don Patricio A. Feeb•n
en la cludaó: de Cblcago. Illlnols. La
,ort nna di distinguido prelado aseen·
dlll íl eerca de $125.000 oro americano :
y segtln el Inventarlo que se ba pub 1cado, los bienes que dejó fueron con.o
Jlgue:

'

Dos p(11lzas de • 'La Mu•
tna.' ' Compatlfa de Seguros sobre la Vida, de Nueva York. por $25,000 -0ro
cada nna. 11 sean. . . .$50,000
Dividendos acumulados SO·
bre nna «re las pólizas. . 9.82!1
Otra póliza de seguro . • . 14,000
Acciones en efectivo y en
Bancos. . . . . . . . . 37,000

1
i

oro
.,
oro
oro
. ""' o

SI

e'\

oro

F:ntre las disposiciones del setlor Ar1.nhlspo, en su testamento, se hicieron

htas:

.

.:,...,_ ,,._ _,J_;.;.·

--

LA ''FQ.S'FATINA FALIRBB.SH

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~~-

es el alimento más grande y el más recomendado para los n1i1o!I
desde la edad de seis li siete meses, y particularmente en el momen t,o del destete y dur.tnte el periodo del crecimiento. Faclllta mucho la dentición; asegura la buena formación
de tos huesos; previene y neutraliza los defectns que suelen presentarse al crecer, é impide la diarrea, que es tan frP.cueate en los nlfios. -PARIS, 6 AVENUE VICTORIA, Y EN TODAS LAS FARMACIAS.

A su hermnnn. señorita Kate Feebfln.
que estuvo siempre con él hasta su
muerte. $40.00() oro en bonos y $25.000
oro de una de las pllllzas de seguro :
A la seilora Annn A. Feeban, viuda del
seí\or doctor Eduardo L. Feeban. berma no del seilor Arzobispo, $25,000 oro
de otra de las pólizas, y $5,000 oro en
efectivo: A. lfl Academia de San Pntri•
cio de Chlcago, de la que es prec~pto·
ra su hermana, Madre M:arln Catallon.
$10,000 oro de la tlltlma póll•a; ll la
escuela • 'Santa Maria' ' de ensel\nnzn
Prllctlca para varones, de Feebanvillt.
Illlnois. que era la institución por In
que mlls se Interesaba el sellor Arzo·
hispo, se entregaron los $4,000 restan•
tes de la tlltlma póliza.

~

~

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12 ·

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"-

CRISTO ATADO A LA COLUMNA.
CUADRO DE FABRÉ.s.

�Domingo 5 dJa Abrtl de 1903

EL MUNDO ILUSTRADO.
EL MUNDO ILUSTRADO.

e febrero fuí á ver al Papa á la SixtiHubiera•querido verle á solas, hablar
con él, pero estaba muy fatigado en
esos días, las inmensas peregrinaciones del jubileo secular Je habían dejado exánime.i aoaso
dentro de un mes ¿pero á quién recibiría\' ¿á un
magistrado de la Suprema Corte federal mexicana, ó á don Justo Sierra, que es uno de tantos
apreciables señores que escriben y que en Roma
se cuentan por doce ó quince mil al año? .... Me
fuí á verlo á la Sixtina.
¡Qué mañana! Llovía á mares;
ráfagas de humedad glacial que
mojaba los huesos á través de la
carne, soplaban de continuo; la
tempera.tura había caído de cabeza
al fondo del pozo de los «bajo-ceros&gt;. Y á las nueve de la mañana,
de frac, corb&amp;.ta y guantes blancos,
emprenderla desde las termas de
Diocleciano al Circo de Nerón, digo, desde el Grand Hotel al Vaticano, una legua! Así Jo hice;
llegué, me empapé bien los pies al
bajar del coche, tomé la escalerarampa que conduce á la Capilla, en
mitad de ella dejé abrigos y paraguas, sea por Dios, y fresco como
un carámbano, llegué al vestíbulo,
en donde y a se apiñaba I a gente,
presenté mi carta y entré; en la
primera mitad de la Sixtina había
dos tribunas, de dos cuerpos cada
una, vestidas de sendos paños rojos;
tomé lugar en la de la izquierda,
en la de la derecha están las señoras en «toilette&gt; rigorosa. de recepción, seda negra y sin sombreros. ..
Allí encontré, con gran placer, á
Manuel y Alejandro Escandón, á
Luis Torne!; nós agrupamos, era
natural; un fraile, entre muchos
otros, un frailazo carmelita, que
me estorbaba por su volumen y me
apabullaba el sombrero de copa, me
iba á impedir ver; me hacía el
efecto de una institución, de un gremio, de un partido, era el partido
clerical; yo creo que al fin cedió á
una muda sugestión mía y me abrió
paso, y me prestó sus gemelos.......
¡Qué bueuo ! He aquí lo que vi:
En la mitad de la capilla contigua al altar, fueron colocándose
los diplomáticos, de gran uniforme
y de gran frío; los cardenales se
sentaron en semicírculo,en derredor
del altar; sus trajes, sus solideos
rojos de sangre eran la nota caliente de aquel glacial conjunto: al ver
los plastrones blanco!&gt; de las camisas, yo tiritaba.'Los suiz_os, manequíes mofletudos que se movían
y reían á compás, todos forrados
de seda roja, amarilla y negra,con
las garzotas blancas de los penachos cayendo en torno del casco
negro, me divertían; estaba incomodísimo y divertidísimo. Rojo dosel de damasco cubría casi toda.la
parte inferior del «Juicio final&gt; sólo
se columbraba sobre él el cuerpo
hercúleo del Yahvé del«dies ira.e&gt;
que Miguel Angel atribuyó al Cristo de las Bienaventuranzas, y racimos de condenados que«degringolaban&gt;por los lados del altar.
Bajo el dosel una «madonna&gt; murillesca, bella
mujer de mirada tiernamente maternal y aterciopelada. Se me pasaba decir que aquélla era.una
misa funeral en honor de Pío IX.
Cuando todos los individuos del cuerpo diplo-·
mático (sudamericanos, entre ellos mis respetables amigos los señores Calvo y Vél~z, los ministros de Austria, Francia, Bélgica) ocuparon
sus lugares y sus casacones obscuros bordados
de oro y constelados de placas y cruees chispeantes, hicieron una mancha vívida,len el hacinamiento humano, comenzó en torz¡o (lel alta.r (un11,

mesa con los paramentos rituales) el ir y venir
de clérigos entre luces y tapices. Una puertecilla se abrió á la derecha del altar, toda la concurrencia se volvió mirada, se suspendieron los
mcvimientos, las oraciones, las respiraciones ...
Camareros vestidos de terciopelo negro y alamares de oro, el médico de Su Santidad también
vestido á la antigua usanza, un golpe de frailes
y clérigos, de roquetes albísimos, de pluviales,
de infantiles trajes multicolores .... Surgió de
entre ellos una forma blanca, vestida de blanco,
mitrada de blanco, un triángulo de oro blanco,
en el que había un esmalte bli.nco que se movía,

LEON XI 11.-(U)timo retrato.)

que venía.... Era el Papa; apoyaba los brazos
en los de dos clérigos y resbaló con rapidez hasta su trono. Los rezos y los cantos de la misa
comenzaron. · Mis anteojos me ·acercaron al
rostro exangüe de León XIII; una palidez que
tu viera otras cien palideces detrás, la boca, un
gran pligue cóncavo á donde la sangre moría.en
una línea levemente rosada: eso era el hombre.
Era una lámpara, la luz salía por los ojillos hú~edos y destellantes de bondad, de inteligen•
c1a ... . . .
Unas voces decían en las tribunas altas, salmos y preces litúrgicas; aquellas voces de nií!.os
infinitamente puras, ee eleva.bao y &lt;lesoe1ld!1u~

por la escala de oro del p entágrama como una
barca de cristal sube y baja en las olas; las palabras de la liturgia seguían claras, precisas
aquel ritmo divino. Despu~s de algunos compases, surgió una voz, una extra.h um ana voz, no
del cielo, sino lentamente aspirada por el cielo,
cada vez más fina, más alta, más ideal. .... No
una voz de mujer, no una voz de hombre, no una
voz de ángel, algo así como un s ollozo que se
amplificara en himno y se detuviera apenas vibrante, apenas modulado, en l a. flor del é s:tasis...
No, no era un antig•JO sopranista, no er a un viejo eunuco quien cantaba así. .. era un alma, era
el canto de un alma que tuviese por
escala melódica la escala de Jacob .. . . Las otras voces se yuxtaponían á la principal, afluían á ella,
se confundían con ella en unísonos
sorprendentes que dEcrecían por
«morendos&gt; de un «pianíss imo&gt; inefablemente tenue ; el silencio que
bajaba hasta el fondo del abismo
los asemejaba á un lamento que
fuera un suspiro ...... E sa música
es para enfermar del corazón.
Oí muy buena música en E uropa,
infinitamen,e b uena á veces ; dos cosas no olvidaré jamá s, porque me
abolieron, me r edujeron á la nada
la inteligencia y la voluntad y me
convirtieron en un simple objeto
vibrante: el coro de la Sixtina y la
marcha final del «Cr epúsculo el.e
los dioses&gt; de Wágner.
El Papa r ezaba, se oía el susurro
del viejo río convertido en un hilo
en el fondo de los años : noventa.
León XIII nació con México, meses
antes; nació en F ebr ero de 1810.
Con la garganta adolorida de sollozos comprimidos, veía tomar forma en torno de aquel anciano todo
lo invisible q ue nos rodea y nos
grita repentinamente nuestro nombre al oído ó pone de improviso la
mano en nuestro corazón; sentía que
«el otro» que llevamos dentro y que
es viejísimo, que apareció con la
humanidad, era dueño demí, estaba
en mi lugar. - Llegó la elevación,
la voz que cantaba se hizo lenta y
baja y leve, como una espiración ....
¿Llegó á callar'?¿lo que yo oía, era
el silencio que cantaba? E l Papa
se puso de pie entre los densos pliegues de su pluvial roja; su cabeza
ligeramente nimbada de cabellos
blancos se adelantó primero, luego
todo el cuerpo arrastrando la capa
con esfuerzo ; anduvo dus p&lt;1,sos y
cayó de rodillas comn una gt·an a ve
blanca que se abate con las al as
ensangrentadas;una p a usa, en cuyo
fondo no h abía ni vidas. ni alíen•
tos , hecha de emoción ptira .... La
hostia apareció en las manos del
cardenal oficiante.
Y todo era para mí una sola
ascensión, una sola cosa, la hostia
blanca continuaba en dirección del
cielo á aquel viejecito blanco también, también hostia. En aquellos
instantes todos mis muertos estaban
conmigo, era la comunión de los
muertos , sentía mi alma centuplicada por otras almas antiguas, nuev as, por venir,. eternas, apasionadas de fe y
amor. Y gritaba yo en silencio, como en las
horas de mayor emoción de mi vida. Cuánto desmoronamiento interior, cuántas forta l~zas de pensamiento y de razón y de estudio _se_ desvanecían en mí; cómo triunfa.bale!
s~nt1m1ento sobre la inteligencia, sobre la Jóg10a, cómo comprendía entonces, sin recordarla, por cierto, porque no me era dado analizar
nada, la frase de Pascal: &lt;el corazón tiene razon_e~ que.la razón no alcanza.&gt; Comprender la religión ¡imposible! Penetrar sus misterios ¡impo•
siblel Y s111 embargo, en aquel instante en que
el a.1lnainiell~O d~l es¡&gt;íritu tr!µnfa.ba. de la. ma.te•

ria y me aproximaba al éxtasis, adiós filósofo y
libre-pensador; y en el fondo del viejo arrodillado no quedaba más que el pobre muchacho creyente que se cogía del hábito blanco de la virgen de las Mercedes para pedirle que le devolviese. al padre enfermo y á la madre ausente.
Pude rezar ¡por fin! tuve fe en la plegaria,
creí que Dios la oía y entonces la esposa, los hijos, los amigos, la Patria, todo, todo venía como una espuma de infinitos llantos contenidos,
de oleadas de amargura súbitamente saneadas
y endulzadas por un rayo de sol, á mis labios,
que no sé qué murmuraban, que no sé qué decían:
decían una oración del tamaño de un mundo.
•
Cuando volví en mí, el Papa estaba en pie
delante de su trono, leía en un gran libro abierto que sostenían dos sacerdotes ante él; alzaba
y bajaba la cabeza con movimientos de pájaro
herido; escuchabáse un indefinible rumor, como
de alguno que hablase en voz alta frecuentemente derrumbada en el silencio; era que cantaba
las ora,ciones del &lt;requiem&gt;. Algunas notas opacas, pero gruesas, que no parecían salir de aquella caña endeble, se esparcieron por el aire.
Luego apoyado en sus acólitos se fué; nos fuimos todos.
Me alcé el cuello del frac, único resguardo posible contra la aspérrima atmósfera que nos
mordía con sus dientes de hielo y salí corriendo.
Quería guardar mi emoción entera como un perfume sutilísimo en un frasco herméticamente cerrado, para saturar con él la hoja de papel que,
dirigida á la que más quiero, debía cruzar como
una ave blanca todo el océano. En la escalera
un grupo de damas y caballeros que hablaban español, como lo hablamos los mejicanos. Eran
las señoras de la familia Ese ........ En mi cordial y respetuoso saludo no sabían ellas todo lo
que había de envidia profunda; esta emoción que
había yo sentido, aquellas piadosas mujeres la.
habían sentido, pero no como un delirio, sino
como una dulzura normal, que les dejaba entrever de lejos el Paraíso. Yo volvería de golpe á
lo negro, á la protesta, á la lucha, á la razón,
al análisis, al ¡quién sabe! al gran 1tal vez!
Ellas tenían la fe que no se pierde; la fe, ¿cual
es el secreto para mantenerla viva? Ellas no son
filósofos, pero sin saber el secreto, lo practican;
son buenas, dan mucho, socorren muchas miserias, alivian sin ruido muchos dolores, enjugan
muchas lágrimas; la caridad, el amor, ésa es la
clave del misterio.
Cuando así pensaba, corría en mi cerrada «vettura&gt; por las calles de Roma en medio del diluvio. Me divertía, y esto solía b.acerlo desde que
recorrí por vez primera «la ciudad eterna&gt; compuesta de las ruinas de una serie de oiudades
temporales, me divertía, digo, en verla los pies.
Es muy curioso: los pies indefiniblemente calzados, lodosos, encharcados de los peregrinos,

los deformados y rotos zapatos de los obreros,
los insignificantes y húmedos ~ incoloros d~ los
estudiantes de todos los colegios píos, vestidos
de todos los colores que van y vienen en bandadas risueñas por todas las calles de Roma, las
abarcas convencionales de los modelos en la
plaza de España, uno que otro calzado fino de
muchachos camaristas, dependientes de tie1:1das
de lujo ¿qué sé yo? Y la serie de bases de iglesias, de templos, de palacios, de casas vetustas,
raquíticas, leprosas ó plintos de columnas, zócalos de estatuas, bases de obeliscos, de fuentes
inmensas, de tierra amontonada, de tapiales
anónimos y vulgares, sobre los que asoman árboles desnudos sin frondas, sin pájaros, sin !I.Ol,
grises como el cielo, como las cosas, como el
alma.
...

......

Mi amigo Ara.luce me esperaba en el restaurant de Roma; yo tenía mucha hambre y poco
apetito; cuando salimos á la calle, no llovía;
una gran brocha pálidamente azul barría el cielo y para matar la nostalgia del golfo de oro en
donde hace tres días nos balancéabamos eatre
Al Vesubio y el Posilipo, nos fui.mas á la iglesia
de los Capuchinos, por un camino que nos era
ya habitual y en donde nos servía de «repare&gt; la
negra y grandiosa fuente del Tritón de Bernini.
Subimos á la iglesia por un lado de la doble escalinata que la levanta sobre la plaza; entramos,
no vimos los frescos del Dominiquino (si en Roma tuviese uno obligación de verlo todo, queda·
ría lucido); sí admiramos con circunspección el
célebre S. Miguel de Güido Reni y, precedidos
de un monjecillo, bajamos á los subterráneos.
Hay unas cuantas capillas debajo de la iglesia á lo largo de un pasadizo que recibe luz de
fuera. Esas seis ó siete capillas están fabricadas
de muerte; piso, muros, bóvedas, altar, adornos, candelabros, todo es la muerte. Cadáveres
medio momificados de frailes en sus ataúdes descubiertos, otros ya convertidos en esqueletos
puros mal envueltos en los sayales grises, por
todas partes una tapicería de huesos, de calaveras que lo llena todo; los lustros están hechos
de tibias y peronés siniestramente combinados,
los candelabros son brazos y fémures ¿qué sé
yo? Todo regado, repultado á medias en una
tierra que parece también hecha de polvo de esqueletos, que parece también muerta, la tierra de
los Santos Lugares.
El primer mo~imiento no es de terror, es de
horror; las ideas macábricas invaden en tropel
el cerebro después y se figura uno las noches de
aquellas capillas iluminadas con cirios amarillos, que parecen huesos con flama fosfórica, y
los diálogos, los crujidos, los rechinidos, los
lamentos y las carcajadas huecai. de aquellos señores y sus danzas y rondas y farandolas. Aca-

ROMA.-Castillo de San IAngelo.

Domingo 5 &lt;fu Abrill die 1903
ba uno por sentirse-divertido, el horror se va Y
queda á la vista lo ridículo y pueril de aquellos
recursos para causar miedo y que provocan el
epigrama y las reflexiones chuscas.
Nuestro guía observaba en nuestras caras lívidas como la suya, por la luz especial de aquelles antros teatralmente lúgubres, el efecto de
aquellos horrores. Nos salimos estomacalmente
mal impresionados, pero sin meditación, sin recogimient.o, sin pavor, sin un solo calofrío de
infinito, de eternidad. .. ..
,,. •
Y a en el «hall&gt; del Gran Hotel entre palmas
melancólicas, y divanes, almohadones y tapices
ricos, tomando el té en un rinconcillo que por
casualidad habían dejado libre las «ladys&gt; inglesas ó las &lt;misses&gt; americanas, elegantísimas,
bulliciosas, rodeadas de principillos y &lt;monsignori,&gt; y a en mi rincón fué cuando pude condensar todas mis impresiones del día en este solo
pensamiento: no hay muertos.
JUSTO SIERRA.

EL SONETO.
Es un castillo de cristal. Levanta
sus catorce baluartes que colora
el sol del arte con su luz de aurora,
y asienta en alto fara116n su planta.
Mansión augusta y señorial. La santa
princesa Poesía dentro mora;
hermosura que al vulgo no enamora
y al exquisito pensador encanta.
La noble castellana con su brillo
á un bardo soñador cautiva y ciega
que en pos de la beldad ronda el castillo.

Y cuando el trovador amante llega,
cala el puente y, abriéndole el rastrillo
sumisa en brazos del doncel se entrega'.
EDUARDO GóMEz'HARO.
ir,-: ,..

Puebla, marzo de 1903.

•

...-~y -· .,,~
_.,.~

�..
Domingo 5 die Abril die 1903

EL MUNDO ILUSTRA.DO.

I

EL MUNDO ILUSTRADO.

N d'a, el Buen Tiempo dijo: Hágase la Primaveral Y la primavern fué

En el templo silencioso, frío, inmenso del espacio
La enlutada noche reza su rosario de diamantes:
Por su manto de tienieblas, negro, lúgubre, viudal,
Se deslizan lentamente las estrellas tremulantes
Doloridae, vacilantes,
Como lágrimas piadosas por un paño funeral.
¡Oh las pálidas estrellas! ¿Son los ojos de los ángeles, .
O las almas de los muertos que nos miran, tristes gentes
Desterrados en aqueste fosco valle del dolor?
¿Las aureo:as de los santos, 6 las lámparas ardientes
De las vírgenes prudentes
Aguardando sofiolientas la venida del Señor?

II
En el templo majestuoso, claro, inmenso del espacio
La radiante noche teje su guirnalda de áureas flores
Qull al altar del firmamento inefable aroma dan:
Y se entreabren dulcemente con suavísimos fulgores
Los I u ceros tembladores,
Y es un lirio blanco Sirio, una rosa Aldeba1án.
¡Oh las pálidas estrellas! ¿Son las perlas de esos mares
Infinitos? ¿Son las joyas de la virgen esparcidas?
¿O las místicas antorchas del banquete celestial?
¿Son las luces de la Patria suspirada? ¿Las ya idas
Esperanzas tan queridaR
Que murieron en las cruces donde esplende el ideal?

III
En la calma misteriosa de las noches estrelladas
La eternal magnificencia á la mente maravilla,
Al espíritu amedrenta con tremenda majestad.
Más que el brillo de los soles amo yo tu lucecilla,
Primorosa lamparilla
Que iluminas de la Hostia la profunda soledad.
Siempreviva del santuario, amorosa Sulamita
Que rompartes las tristezas del Amado que te cela,
Y ..:alientas con tus rayos su albo lecho virginal.
;.C6mo envidio tu ventura, vigilante centinela,
Tú que cuentas, siempre en vela,
Los latidos inefables de su pecho paternal!

IV
¡Oh Je~6s! enamorado, tinno E,;poso de mi alma,
No me ba,;ta ser el cirio que en la&lt;; horas de alegría
Se consume en tus altares en ardiente adoraci6n:
En tus horas de abandono quiero hacerte compañía,
Haz que tenga noche y día
·
Como lámpara eucarística encendido el coraz6n.
No me apartes, J esú¡; mío, de la estrella del sagrario:
Vayan otros poseídos de piadoso, noble anhelo,
La grandeza de tuR obras en el orbe á contemplar,
Y á buscar para adorarte con fervit:nte, santo celo
El i11rnenso altar del cielo;
¡Tú me bastas, Amor mío, en el Cielo del altar!
CARLOS BORGEs.

ha, repentinamente, sin una graclaci6n, sin un compás de espera.
salir, {'11 la mañana, creí que se trataba de una "blague" del honlcvard. ¡Había visto improvisarse tantos cuadros, que ptnsé por un
momento: Esta es una Primavera falsificada! La han inventado loi- buenos parisienses "pour épater les bourgeois." Muchas gracias, Señor Prefecto del Sena, es usted muy amable.
Y me lancé, e3céptico, por la Avenida de los Campos Elíseos. Al IIPgar al
Rond-Point, estaba com·encido que para ser de "guarda-ropfo,'.' no estaba tan
mal aquella Primavera. Unas muchachas pasaron á mi lado y me arrojn.ron
un puñado ele lilas. · Pesqué las flores al vuelo y me convencí que no había
mistificaci(m. Decididamente era una Primavera real, positiva, auténtica. Una
noche había bastado para ponn brotes en todos los árboles y miradas lucientes
en todas las pupilas. Y arriba, un sol alegre y franco dejaba caer su lluvia de
oro sobre la ci udaLl rejuvenecida.
Sohrt los pradillos de césped se en treabrían discretamente las ro,:,1~, y un
aliento de perfumes soplaba entre domos de verdura. Y sanamente, bullicio~amente resonaban las fanfarrias de tropeles humanos, ansios9s de saturarse de aquella
renovaci6n de vida, sur¡¡;ida de pronto, trm, una tarde gris y opaca, una tarde de suave
luz cenicienta. que habían envuelto los encajes de Nuestra Señora en un crepúsculo
acariciador y suave.
Hacia el "Bois de Boulogne'' iba la triunfal pan•ada á reclinarse en la húmeda
yerba recién nacida, á llenar,;e los pulmones de aquel aire vivificante, dejando muy lejos el honlevard con el frufrú de las sedas, el tintineo de las copas .v el grito del
vendedor de la última extravagancia en boga: "Le dernier soupir u'un cochon!"
Se salía del infierno del hambre y del frío, para penetrar en nna existencia nueva
ele salud y de amor. En el Invierno parisien se agitan todas las miserias; el vicio mismo es un antifaz del dolor. Sobre las aceras de los grandes bonlevares pasan muchas
tristezas con mirada provocativa.
Parece que os piden un trozo de carne, una luz, un
,
poco de fuego. ¡Hace tanto f no!
Pero llega la Primavera, y huyen esaR sombras. Han florecirlo las lilas y renace el
jardín de Cossette. ¿Os acordáis del buen viejo de la barba florida·? Para é l siempre tuvo flores cada Primavera, porque las aprisionaba con los hilos de oro ele sus estrofas.
Y la juventud, la juventud eterna, porque es el eterno amor, no olvida á ¡:u Poeta.
Para enfocar este espectáculo de luz y de frescura, hay que tomar un sitio en la
imperial de un ómnibuR, y dejarse acariciar por las ramas de laP acaciaF&lt;. Descle la alto
se abarca la poblaci6n en masa, desparramándose por paseos y avenidas. Desfilan á
vuestros. pies la_s ~lewes comitivas: estucliante_s, obrero,:, modist(llas, grandes dam~
personalidacle,:, 111s1g111ficante1&gt;. Todos llevan una flor y una sonrisa, una esperanza y
una promesa.
Y el ómnibus sigue entre aére?s bosqu~cillos, á unos metros &lt;lel ,;uelo, por el que
pasa cantando sus alegrías la multitud, ebria ele plr,cer, abandonada á la dicha de vivir
gozando de aquella hora, qu; acaso_ no vuelva_ más, y que por eFo es necesario apura~
&lt;leleito,:amentfl, entregarse a ella, sm un puntito negro que la obscurt•zca, sin un solo
pensamiento que la conturbe.
Tienen los hijos de Pnríi-, como ningunoR otros de capital del mundo, el secreto de
este abandono á la sen~ación del momento. El "después'' no existe en ei,:e minuto en
esa hora, en e~a mañana vívida. La existencia se forma de ininterrum¡.,idos cuadros
disímbol?s; la dicha está en sabor~ar por completo de ese instante. Es una sana y t6riica filoF&lt;oña que no solemos practicar los que llevamos las mús de las veces nuestras
amnrguras y nuestros desencantos á todas partes.
Por eso,la Primavera parisiense es una fiesta que no anuncia el amargor de un despertar de hastío. Florecen los esµí rirus como las frondas, y sonríen Jo,; labios como se
entreabren los capullos. La Naturaleza es la que manda y ordena:
Artículo primero. Germinarán las plantas y se buscarún los ojos.
y ojos que se buscan, acaban por encontrarse. Y si no ..... .

***

Aquella noche, al_ retirarm~ á mi cuarte;&gt; de e~tudiante, del otm la.do del río, en un barrio tranqmlo y apart.,do, baJo un foco elfctrico.
al pie de una acacia, oí estallar el ~hasquido de un beso. Era una pareJ~ feliz que saludaba la llegada de la Primavera.

Domingo 5 die Abril -de 1903

�Dcmii::go 5 d¡3 Abril! de 1903

EL MUNDO ILUSTRADO.

Ca Sra. Jlmparo ]ordan dt Plmtnttl.

/

Al ruido de los cuernos y los venablos
parecen una tropa de negros diablos
desatando sus furias contra la roca.

A consecuencia de una repentina
enfP,rmedad, murió en Oaxaca el 24
de marzo último, la Sra. Amparo
Jordan, esposa del Sr. Gobernador
del Estado, Lic. Emilio Pimentel, y
una de las damas más dbtinguidas y
apreciadas en aquella población.
La muerte de la Sra. de Pimentel,
ocurrida en los primeros meses de
su matrimonio, c,mmovió hondamente ú la sociedad oaxaqueña, que
la contaba en su seno como á una
de sus galas inestimables: joven y
llena de ilusiones, supo captarse
muchas simpatías, y su desaparición, que constituye una pérdida
irreparable, ha despertado un senti-

tristo=Dios y tristo=ffombrt

II

(JI

VERANO

Naturaleza hierve: la vida en,;ancha
el inmenso escenario de sus accione:-;
los gérmenes realizan sus producciones,
y hay de larvas y orugas una avalancha.

Y allá entre la penumbra de nn gabinete,
env uelta en su ve~tuario de tafil&lt;&gt;te,
siente una novia dulce las vagued::Lles

De un ambienteimpre~nado dPamor y fuego,
y es la llama de Agosto, que infiltra, ciego,
su corazón &lt;le anhelos y de ansiedadeF ..... .
111
O'1'0ÑO

El verano ha pasado: la henno~a fie~ta
que apagó mis nostalgias .v 111i.~ de,-vt:ilos,
pasó, como pasaron bajo los &lt;·ielos
las nubes que surgieron tras de la c uesta.
La joya que Natura llevaba. puesta
1&gt;e ha perdido entre opacos, brumoso¡;: velos;
emigraron las aves en raudos vuelos
Jlevándose su alegre, múgica orquesta,

.,,...._._

- .

----- ✓

Las hojas, de los troncos donde germinan
ya vuelan, y en el aire se diseminan.
Y aparece de un monte tras de la falda
Un viejo de cabellos cual blanca nie,·e,
que á llevar, invencible y audaz, se atreve
la carga de diez meses sobre la espalda.

-------

IV
Sra. •Amparo Jordan de P imentel.
INVIERNO

mi1-nto de profundo pei::ar en todo!" los oaxaqueño~,que veían en la j&lt;)\·en esposa un modele de virtudei".
Numerosas son las &lt;lemostrnciones de condolencia de que, por tan lamentable &lt;lef'gracia, ha sido objeto el Sr. Lic. Pimen tel.
Nosotros no~ unimos á ellas de todo cora-•
zón, en viúndole nuestro i.1uy SPntido pé:'ame.

No es la fe la que ha formado el corazón'
sino el corazón el 1¡ue ha dado vida á la fe.

*
Muy á menudo es la palabra á la Ye1tla&lt;l lo
hue la careta ú la cara.

ESTACIONES.
I
PRIMAVERA

Abril con sus perfuml's y sus colores
aroma. y armoniza, brilla y esmalta,
de la montaña agreste, verdeada y alta
al huerto donde crecen pintadas flores.
El 1-'0l nos vivifica con sus calores
mientras el arroyuelo plateado salta,
los fuegos amenguando con que se exalta
la gran Naturaleza llena de ardores.
Traíllas que se escapan de la perrera
corriendo {, las partidas de Primavera.
Y aprisa, J'lll'!I la. noch e FU~ hul'lla!I toca,

Pasaron las auroras primaverales
co n sus campos aiegres y matizados;
los cierzos de la selva que, perfumados,
rimaban sus rondeles y madrigales.
Pasaron los crepúsculos otoñales
con sus tristes murmullos entrecortados
que brotan &lt;le los árliole~, azotados
por los recios brisotes septentrionales.

Ya no vibra. en los ho¡;:ques el ronco cuen1C',
pues vino con sus fríos el viejo in viemo
y pasa sacudiendo su nívea palma.
Después de haber dejado lánguidamente
un invisible pliegue sobre mi frente
Y un témpano de hielo dentro del alma ....
HAMmo HERN Á Xl'E7. l ' OR'f~~LA.

SANTA ANITA.

T
FUNERALES DE LA SRA. DE PIMENTEL EN OAXACA.-EI cortejo y

la carroza fúr.ebre.

prop6slto dt un trfsto dt D. Jlntonlo 'fabrts)

Entre los numerosos cua&lt;lros que
Don Antonio Fahrés acaba de exponer
en la Escuela de Bellas Arte11, para que
el público mexicano pudiera fundar
su11 esperanzas relativas á las labores
del maestro ante las obras del artista,
sólo hubo uno de índole mística, y,
francamente, no contribuyó poco esta
circunstancia para fortalecer- aquellas buenas
esperanzas, pues el dominio místico de la pintura ha siclo sobrada y c-asi exclusivamente
recorrido en la men()ionada escuela por varias
generaciones de maestros y de alumnos, hasta
el gra&lt;lo de que la monotonía esencial de los
asuntos amenazaba ahogar todo impulso nuevo, sano y verdadero en la figura mexicana.
Pero el único cuadro de índole mística presentado por el maestro Fabrés no pertenece
por modo alguno al montón &lt;le los de :m clase; es al¡w personal y hermoso, algo muy humano que tiene el poder de transmitir una. intenea emoción, de la que no es parte ese fetichismo religioso que muchas veces coloca sobre dorados altares á íconos artísticamente
abomina.blef:.
El cuadro místico del maestro Fabrés es un
Cristo atado á la columna. Colocáronle aparte, sólo eu una estancia, cual convenía á la
excepción que represeutaba en una colección
de pinturas en que esplendían la vida y la
realidad. Y, destacándose en rico anaquel sobre un fondo ele tela morado, igual á la que
cubre los altares durante la cuaresma, con la.
mirada dirigida al cielo, con la expresión de
un sufrimiento supremo y virilmente Roportado, hincado de una rodilla sobre el duro
suelo y con las manos apretadas dentro de los
nudos infamantes de la soga, con una mu¡,culatura de hombre cubierta por una epiderm is
de hom hre, el Nazareno aparecía en medio de
toda. la magnificencia del martirio, pregonando la gloria del espíritu por sobre todas las
miserias, todas las infamias, todas las trabas
de la carne débil y todos los intentos de befa
y de escarnio que la maldad y la soberbia de
los hombres han tratado de clavar en las almas sublimet1 ........ .
En frente del cuadro los visitantes se detenían. Todas las manifestaciones &lt;le vida que
se desprendían de los otros cuadro!'! no alcanzaban ú irn presionar á nuestras mujeres como
la exquisita verdad de la figura del Nazareno
que llegaba á sus corazones y á sus cerl'bros
:filtrada á través de ese sentimiento religioso
que las domina y que es más fuerte. mucho
rnúe fuerte que su sentimiento estético. De
muchos labios hermosos escuché muchas exclamaciones entusiastas. El ambiente de adoración que rodea al Nazareno parecía alcanzar
a!' cuadro. El cuadro gustó mucho y el artista quedaba reconocido y proclamado.
Los hombres contemplaban también los sufrimientos del múrtir y externahan sus impre-

.H;n la vasta pradera, desierta y ancha
se oye el gozoso trino &lt;le ]os gorri?nes,
y en su cárcel de rocas y far,dlones
dibuja el oceano su enorme mancha.

j

Domingo 5 die, Abril de 1903

EL MUNDO ILUSTRADO.

Cad~ vel\ que se renuevan las amapolas sobre
las gayas chinampas y á Jo largo del canal de la
Viga, en el anhelo d~I puebl? surge como.una
ilusión irresistible la idea de 1r á Santa Amta.
y apenas recoge el obre~o. el importe de .S!I. raya en compañía d~ su familia ó de. su amada ó
de 'sus amigos reallza su anhelo y_ fle~a una canoa florida y coqueta.que al enérgico impulso de
un remador bronceado, resbala sobre l_as turbi&lt;ts aguas del canal y l)ega á Santa Amta, ese
pueblo pintoresco y miserable á la vez, cuyo
único tesoro son las flores que cubren su ~uelo
que convierten en grandt!S manchas pohcru~as á Jas chinampas que.surgen de las agyas.
En el fondo, la excursión á Santa Amta es
bella y c~nstituye una de las costumbres más
nacionales que aún nos quedan. El sol esplende

siones de &lt;li,·ersos modos. Los nrtistas
alababan y censuraban y más de una
discusión, larga y nutrida, turn sus com.ienzos frente al cuadro; yo oí muchas
impresiones; he aquí las mías:
Después &lt;le los pintores místicos del
cuntrocientos, que i;e a partaron tanto de
la vida y que desdeñaron la forma en
aras de una pintura psicológica que murió de
impotencia, cuando lo~ divinos atletas del Renacimiento volvieron Ít inyectarde las vírgenni
venas exhaui;tas &lt;le los ~nntos y sangre de laiy revistieron &lt;le car11e sana y Yiviente los hueEOS de los apóstole8 y de los profeta!", la figura
sublime clt•l Nazareno ntrajo frecuentl'mente
sus simpatías artísticas, pero la atm6sfera de
religio,;i&lt;lad en que ,;e movían, no pudo permitirles contemplará Crif'to como á un hombre
ni interpretarlo como á un hombre. Era preciso que el tiempo corriese, y al correr el tiempo, apareció en Ja pintura el Cristo hombre.
Falta mucho para que los asuntos cristianos
se agoten para la pintura; ma~, ahora, el" preciso humnnizarlos para que penetren en el alma Qe los honi brefl, (]lle sólo se conmueven ya
ante la verdad Pn &lt;·1 arte, y esn tendencia. de
humanización pictórica del Nuevo Testamento, es la única que cla derecho ele existencia,
en la pintura contempornnea, á los asuntos
míF&lt;ticos. Ningún mneFtro contemporáneo ha
podido escapará ern tendencia, ni FabréF&lt;....
--Pero-me observa alguien-¿l'sa inscripción que Fabrés puso como «leitmotiv,, ele i,u
'!uadro? ... .... .. «Los hombres han podido manchar de sangre r, Cristo-hombre, pero á Cristoclios, jamás!» ¿No revl'la eso un alejnmiento
de esa ,,humanización,, de Cristo en pintura? ...
-Tal vez rl'vel e un propósito de alejamiento, pero es un propósito mnlogra&lt;lo. El Cristo
de Fabrés es un homhre; ese cuerpo es humano, completamente humano; un cuerpo que
sufre, un hombre que gime ...... y una alma
que se asoma por los ojos, en esa mirada de
bondad, de resignación, de fuerza intema; pero una alma humana, esencialmente humana!
A Fabrés puede haber sucedido á. la inversn
lo que á Renán aconteciera; propúsose f¡,.t~
humaniza'r
á Cristo en un libro , .v su venera., .
c1on mte11sa y su maravillorn expreRión no
hicieron más que cleificarlv; quiso el otro ;ubrayar en uh cuadro la naturaleza divina de
Cristo, y la realiuad de rn pincel y de su concepción gráfica no han hecho más que glorificar la naturall'za humana de Cristo. Es cierto que los hombres no pudieron manchar de
1-a~gre á ese Cri!'to, porque la sangre de un
Cns~o no mancha nunca. Creo que el eminente pmtor se ha engañado á sí miF&lt;mo no en el
cuadro, sino en la «expresión verbal del asunt~· '' P~ro, también, ¿para qué obligará un
pmcel a que trace palauras?
Í JUAN SÁNCHEZ AZCONA.

c:on toda_ su fue1:za y bruñe las aguas obscuras
con refle¡os lummosos, y la canoa, ancha y plana, avanz~ lentamente y lleva risas, cantos,
desbordar:rnento~ de alegría y de amor á la vida.
Las mu¡eres ciñen coronas floridas en torno de
sus crenchas de ébano, y Ja canción nacionals~empre triste y desgarr¡¡dora y amorosa corno
s~ el amor fuera un sufrimiento- alterna' en los
aires con el arrebatado ritmo del «jarabe&gt; que
rasguean las guitarras y que acompaña ~¡ nutrido taconeo de los bailadores sobre la madera
de ia canoa.
. Pero- siempre hay un pero en nuestras divers1ooes populares y ese pero es casi siempre el
pulque-no toda la excursión conserva ese carácter de inocente diversión; en cuanto el «blanco&gt;
y el &lt;curad~» enardecen la sangre de los pasean~s y se encie!1den_ las heredadas tendencias agresivas con la·mqu1etante vecindad de la hembra
no pocas veces Jas coronas de ama.poi as truécan~

se e!1 coronas de sangre, no pocas veces empieza
el d1~gn~to con filosas lenguas y aci..ba con filosos cucb1llos, no pocas veces se encierra el epílogo de esos paseos entre las seis tablas de un
a.ta?d Y. en_tre las cuatro paredes de una celda
)emtenciar1a.
Si no fuera por_ los peligros del pulque un
paseo ~ Santa Amta sería delicioso; y a.un 'con
l&lt;?s peligros ~i,l pulque, lo es desde el punto de
vista de lo prntoresco y genuinamente nacional
Y por eso sin duda alternan COIJstaotemente e~
las canoas los tranquilos turistas con la gente
de trueno.
. Dicenál?s viejos que los paseos de hoy no son
m un P hdo remedo-de los paseos de antailo
~odrá ser así, pero aún conservan grandes atrar:
tivdos,í Y las verbenas de Santa Anita tendriÍn
to av a muchos años de vida.
TURISTA.

��Domlngo 5 die Abril de 1903

EL MUNDO ILUSTRADO.

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Domingo 5 dia Abril de 1903

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EDIFICIOS ESCOLARES.

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E~ oc_tubre de 1902, la Secretaría d e Comumcac1ones y Obras P(1blicas determinó
c~mstruir tres edificios para Escuelas Primarias con capacidad para alojará 250 alumnos
en cada uno, y situados: el primero, en la ca,

!

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estaban pintados y cuyos pies estaban calzados
de perlas, y detrás de ella marchaba un hombre cuyo traje era de dos colores y cuyo.3 ojos
estnban cargados de deseos.
Y el Cristo se aproximó al hombre, le tocó
en el hombro y le dijo:
- Por qué Rigues á esa mujer y por qué la
miras MÍ?

\

un joven que estnba sentado al borde de los
fosos y que !loral&gt;&lt;J.. El Cristo se aproximó á
él y tocándole los rizos de sus cabellos, le
dijo:
-Amigo mío, por qué lloras?
El jo,·en lernntó los ojos, le reconoció y respondió:
-Yo había muerto .r tú me resucitaste.
Qué otra cosa puedo hacer de mi vida?
ÜSCAR WILm:.

SURSUM

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Cuando mi duro corazón ,·illaho
a l ver su pequefiez ¡ay! desespera
uel piado~o perdón, y nada ei-pera,
me acuerdo de Za4ueo el publicano.

~

~

~--~
~

,,..

.

Palla .Jesúe por Jericó, y en vano
el pequeño hombrecillo ver quisiera
la color de su Ycste tan siquiera ......
¡no alcanza!. . .... mas á un úr hol trepa ufano,

::1-F-~.t•r;.~-.,,- ..;

,

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Proyecto para el edificio de la plazuela del Carmen.

rnros flores de mimosas como gusanos velludos como trozos de redondos cepillos con los
cuales limpiaba el cañón de su escopeta diminuta. Leal jadeaba escudriñando los agujeros
de las peñas vestidas de timpánulas.
La mañana era rosada y fresca como los
brazos -recién lavados de una mozuela. En la
selva había una solemna majestad, acrecentada por confidenciaR de frondas y trinos incompletos de pájaros. Las nubes de moscos flotaban en el a ire como tules vaporosos, y dulcemente movían sus plumas verdes las palmas
que crecen en las partes húmedas de las montafins. Súbitamente atravesó un cuervo crascitantlo y se detuvo en un ocote viejo y erizado.
Nuestro morral de malla albergaba algunas
a ves; ni una pieza grande.
Pedrín soplaba su balitadera teuazmente, y
á ratos callaba creyendo oír los gañidos de las
ciervas. ¡Nada!
Del barranco profundísimo subía un aliento
perfumado y frío. Nos sentamoR. Pedrín reuni ó hojarasca, hizo lumbre y colgaba pajarracos que plácidamente embroquetaba. Mientras
se asaban se pusoájugarcon Leal, que, escandecido, ladraba no pudiendo atrapar el pan que
le ofrecían y retiraban.
Mi espíritu giraba en el hilo de un sueño,
como una pajilla en la h t-bra de una araña.
Nos eacudi6 el ruido de una rama que al
quebrarse imitó el bramar de un ciervo.
Leal de pronto puso las manos en Ped rín,
que, descuidado, hizo un movimiento tan brusco para esconder el pan, que resbaló en las
hojas de ocote y rápido descendió al fondo, como atraído por una mano im·isible y fortísima.
Leal corrió tras él,. y cuando á ellos llegué, el
crascitar de un cuervo que pasaba muy bajo
me bañó en escalofrío.
Pedrín, con los ojos agonizantes y apoyado
en el brazo izquierdo, ¡quién sabe qué de inmensamente cariñoso y doloroso decía á su
perro, que lúgubremente aullaba, mientras el
fulgor de sus ojos se apagaba lentamente; y,
haciendo un supremo esfuerzo, alz6 su brazo
y le tendió su pan!
'
11Ob, nunca, nunca he llorado corno entonces!!

6

ALMAS INFANTILES.
¡Oh! qué ene,'l nto, qué dulzura, qué inefable
atractivo tienen para mí los campos cuando la
vida errumpe por doquiera!
Las copas florecidas de los manzanos y almendros como chi nescas mantillas que sobre
escuetas ramazones orearan los céfiros; el ocaso como estadio trai- juegos circences; loa ra- yos del sol que, al hundirse tras la calva serranía, clavan sus venablos en las nubes~con •
creciones en la concha enormP. de los cielos,
todo todo esto infiltra rn juventud en mi ser,
y su' soplo saludable pone temblores en el lago adormilado de mi espíritu!
Desde el herrumbroi:o halcón de esta vieja
hacienda hospitalaria, miro barcinar la paja;
las eras donde acriban el trigo que va formando montones &lt;le inquietos gusanillos de 010;
los bueyes acoyundados, con loR ojos ho~dadosos bendiciendo la llanura; las gallinas
aclocadas rascando hoyahcos, rodeadas de
polluelos que por pequeñines aún llevan sus
felpudos abrigos invernales; el pozo con su
glauco terciopelo de m ui:go, donde charlan !as
.:ampesinas &lt;le ojos negros, cuellos kertes q_ue
ensangrientan menudas sartas de corales y pies
morenos de uñas lustroi-as, como empapadas
en rocío· el monte negro que en neblina envuelto p~rece humear, y el loco salpique ,de
casas de tejavanes obscuros! entre largo~ or~nos que S'3 yerguen cual gigantescas espmas
vertebrales.
En el lago que custodian esparrancados tepozanes cuyas bojns nievan céspedes, como
un cruel desplume d e palomae hecho por azore.'!, paso las horat! contemplando los reflejos
de frondajes en el agua, en cuyo _fondo fingen
vegetaciones raras, y los de poi ,cromos ce!ajes semejantes los blancos{\ témpanos de hielo que se mueven, y los negros á reptiles qu e
silenciosamente nadan.
.
Aquí las r;nu)a¡,, acollaradas aún, al medio
día descansan breve rato, y el sol, que rompe
frondas, riega en sus lomos las áureas onzas
de su escarcela.
Pedr(n me acompafiaba siempre. No puedo
olvidarlo; llevo su imagen en el alma como
una cicatriz.
En las maflanas agrisadas aún, cuand o las
nieblas, arrastrándose, iban dejand_o en las
ramas sus diamantes, llamaba á m1 puerta.

Era pequeñín, aduendac.lo, con ojos vagos
que recorda ban quizás un suefio, cejas negras
y curva~, como las plumas caudales. de una
golondrinn. No tenía padres. La hacienda lo
acrianzó noblemente, y él tenía por ella una
gratitud triste y enorme como una nube preñada de liígrimai-.
Aun cuando el cielo achubascado le mostrara su amenaza, él bnjaba á adestrarse en
las ordeñas y en los trabajos de uncir yuntas
y ~uarnecer caballo!'.
Su único amor era Leal, perrnzo de color
de lumbre, &lt;le párpados cacarañados y de pupilas amarillas como las al mendras de los
huesos de durnzno, hocico dentado fieramente y con ribetes de hule nt-g ro.
'Dormía al pie &lt;le la &lt;'nma de Pedrín, comía
con él, jamfis Reparábanse y juntos correteaban en los carrilPR arenoso~, buscaban sombra
bajo los ngavan7.0S en flor, y se internaban entre los bejucos de agraceñas zarzamoras,{1 riesgo de em puyarse.
De sus correrías volvían, el perro acezando
y el muchacho con los znpatos desueladmi y
su eterna melancolía en las pupilas. Cuando
por un m omento desparecía Leal, sus ojos
ernn, no como pÁjaros que entre rejas buscan
salida, sino como pájaros que libres no encuentrnn donde posarse.
¿Qué platicaba el mocozuelo al perro aquel
en los ratos que se acostaban en las quebrajas
del terreno? ¿Qué panteísmo inconsciente hacia salir en frasei, el infortunio de aquella
alma?
El quería los besos de amor y las caricias
que son bendicione~. y encontrHba besos y caricias compasivas. Se vió solo y clavó su afecto en su perro como un pufial en un árbol,
que al ensanchar su tronco más le oprime.
Labró la miel virgen de su cariño en él, como
las abejas en las gavillas resecas.
¡Oh, las bellotas que pudieron ser encinas
y abonaron la esterilid ad de los cascajos ardid os por el e.oll ¡Oh niños buenos, ávidos de
caricias, sin regazo ni amor, moríos! ¡Sois las
nébulas errantes que g uardan los llantos de la
vida!
l\li última excu ri:ión al bosque fu é en agosto.
Pedrín, endechador y alegre, marchaba ágilmente con su cantimplora d e agua acidulada
con naranjas que él mismo dei,jugó¡ brillaba
al ahdar su pantalón bombacho de al paca, y
pringaban su sombrero, á guisa de adornos

ABEL C. SALAZAR.

lle del Ciprés; el segundo en la de Necatitlán,
y el tercero en la Plazuela d el Carmen.
Para elegir los proye&lt;'tos que d ebieran ejecutarse, dicha Secretaría invitó á en trar en
concurso á cuatro arquitectos, que aceptaron
a invitación, presentando el 1&lt;? de enero del
-0 rriente año los dibujos y presupuestos coreR poncl ien tes.

El hombre, rnlviéndose, le reconoció y respondió:
-Yo era eiego; tú me curaste. Qué otra cosa he d e hacer de mi vii-ta?
Y el Cristo se n.proximó 11 In. mujer:
-Este camino que sigues, le dijo, es el camino del pe&lt;'ado. l'or qué seguirlo?
Ln mujer J,, rt-1·onn1•ií, .,· lr rlijn riPndo:

y mientras ,·e á Je¡:ús co11 la mira.di.
con que la miga tierna ve el mendigo,
alza el Señor hacia él su faz amada
y así le dice &lt;'on la voz d e amigo:
-«Baja presto, y camina á tu morada,
que hoy en tu mesa comeré contigo!»
MAR1A ENRIQUETA.

LOS TROFEOS.
]Gn el ancho salón, yerto y desnudo
que de oro y de marfil cubrió un infante,
sobre el muro vetusto y vacilante,
en trofeo gentil ~e alza el escudo.
Aun se agita del noble linajudo
so el e~paldar el tor:eo palpitante
y aun protege la mano el férreo guante
del fiero jw,tn&lt;lor, osado y rudo.
¡ Decade11cia fatal que el alma hiela!
¿Quién tocar oi-ar:'1 las férreas mazas?
¿.Quién esgrimir la espada con RU mano?
Recordar solamente nos consuela
que hun&lt;li6se el ideal de a&lt;] uellas razas
s61o a l gemir del pensamiento humano.
AN'l'ONIO ZOZAYA.

Proyecto para el edificio de la calle de Necatltlán.

Heunido el Jurado calificador, compuesto
&lt;le los Refiores arquitectos Antonio Rivas Mercado, José Ramón &lt;le Ibarroln., Guillermo d e
Heredin, Ingeniero I sidro Díaz Lombardo y
Dr. Luis E. Ruiz, dieron RU aprobación, mt!dia:1te algunas ligeras modificacio1,es, ú los
tres proyectos que presentó el Sr. Arquitecto
Enrique Fernández Castelló, los cuales damos
íí conocer hoy {1 11uestros lectores.

-El camino que i-i~o es agradable y tú me
has perdonarlo todos mis ¡,ecados.
~ntonces el Cristo sintió su comzón lleno
de tristeza y quiso abandonar aquella ci udad.
Pero cuando Pnlín ele &lt;'lla, viú, po r fi n, á

Para establecer la unic.lad de opinión, es
preciso establecer de antemano la certidumbre, asegurari,e perfectn1uente de que los cuadros que pi ntn el espíritu sean idénticos á sus
modelos y que reflejen los objeto~ &lt;'orrectamente y s g(111 i-011.
0

.
.
ta vuelta de lesús nazaret.
á

Cuando J esás quiso volverá Nazareth, Nazareth estaba tan cambiada que no In reconoció. La Nazareth donde él hubía vivido estaba llena de lamentaciones y d e lágrimM, y
aquella ciudad que ahora veía, llena e3taba
de gritos, de risas y de cantos. Y el Cristo, al
entrará la ciudad, vió unos esclavos cargados
de flores, que iban diligentes hacia la escalera de mármol de una casa de mármol blanco.
El Cristo entró á la casa .V en el fondo de una
sala de jaspe, acostado sobre un lecho de púrpura vió á un hombre entre cuyos cabelloR
desh~chos había mezcladas rosas rojas y cu!OS labios estaban rojos de vino. El Cristo se
aproximó á él, le twó en el hombro y le dijo:
-Por qué llevas esta vida'l
m hombre volvió el rostro, le reconoció y
respondi6:
- Yo era leproso; tú me curaste. Por qué
he de llevar otra vida?
Salió el Cri~to d e aquella casa y en la calle
vió á una mujer cuyo rostro y cuyos ve.o;tidos

Proyecto de edificio escolar para la calle del Ciprh.

�!

Domingo 5 d,~ Abril de 1903

EL MUNDO ILUSTRADO.
EL MUNDO ILUSTRADO.

·,

..

•
euadro dt la vida araucana.
AS cordilleras iban tornándose suavemente azules bajo el crepúsculo muriente. Sus cimas. á trechos veladas
[
de bruma, huían hacia el cielo, agu&lt;la'S y erectas algunas, otras redondas
y graciosas, semejando guirnaldas de rosas
blancas.
A lo lejos, el azur se impregnaba de ligera
sombra. Al pie de las yertientes, cuyos pliegues monstrnof'os aparecían erizados de follaje poderoso y silvestre, extendíase el campamento de! cacique Sakamata.
El silencio gravitaha sobre la llanura, y los
indios, en el umbral de sus toldos, esperaban
con cierta extraña superstición mezclada de
éxtaRis la veni&lt;la de la noche.
Las tiendas estaban diseminadas en la pradei·a envueltas en aromas sutiles y violentos.
Más a llá la pampa tomaba matices violáceos
y su inmovilidad hacía pensar en la calma infinita·&lt;le un lago.
Al oriente se erguía la tienda de Sakamata.
Era la más rica y la más amplia. El cacique
se hallaba . sentado dentro de ella, grave y
melancólicf inclinaba la frente levantada y
ancha y sus ojos parecían Pxplorar su propia
alma, tan profundos y fijos estaban.
Muy cerqa corría el arroyo de Tomen-W11011,
&lt;lesgrana.ndo sus aguas á Jo largo de las sinuo·sas orillar;, á compás del canto in&lt;lolente de la.
onda capriJhoi,a. Arriba, las a las &lt;le un cóndor remaba;n lentamente por el tranquilo espacio.
Un largoirelincho atravesó de pronto la soledad: era un "guanaco" que corría a l viento
&lt;le la tarde.
El cacique exhaló un sordo gemido; hizo un
geste\ y recayó en su inmovilidad.
¿Qué amargos pensamientos llenaban su espíritu?
Antes lrn.bía sido hernico y temible; infinifo¡:: trofeo~ habían exornado sus años juveniles y robustos; guerre1os de nombre se habían
arrodillado~ ia:u paso; en el fondo de la imaginacióR de las muchedumbres había quedado impresa su fisonomía, como una medalla
inmortal y $1oriosa. Había vencido pueblos y
razas; habí~ pillado, saqueado, matado. incendiado ciq11po::;, aldeas, regiones enteras; había pasáclo, !como un lampo infernal, por sobre las fértiles llanuras, á lo largo de los ríos
lujuriosos de caudales, {t- lo largo de las montañas y por el dorso de sus pendientes.
Sakamata! Los índicos poemas lo celebra-

ban. Sakamata! Su nombre rimaba canciones
guerreras.
ias mujeres más bellas habían sido sus amores, y á menudo, en la alta noche, habían rondado su tienda.
¿Deploraba Sakam·ata la ausencia de aquellos tiempos de epopeya y de amor, en los que
la gracia y e! esplendor &lt;le las cabelleras de las
indígenas beldades se habían confundid.o con
los rápidos fulgores ele los más sangrientos
combates? Cuán triste debía parecerle la vejez, desolada y triste después de tanta gloria!
Levantó la cabeza.
Rouna, su caríi-ima hija, la más pura de las
vírgenes, estaba delante de él. V~stía una tela ligera y blanca, que portaba a la manera
de las vestales. Era bella h~sta el misterio; tenía chispeantes espejo¡;; en sus ojos, y cuando
destrenzaba con ¡;;us dedos finos y ágiles su
cabellera de cambiantes reflejos, pasaban por
los ai:-es estremecimientos brillantes y radiaciones de oro. No era el levante tan espléndido como los cahellos de Rouna. Cada mañana
los enjugaba ú la orilla del arroyo; y la onda
amorosa y acaricindora reflej~ba aquella maravilla, á la cual hacían corteJo todas las gracins del cielo matutino.
Todo su cuerpo era grácil y 'terso, .tal un tallo de Ji~; y su alma era tan límpida cómo las
fuentes de las Cordillerns.
La tribu la adoraba como á una qiosa.
Rouna miraba al anciano con sus ojos perlados de estrellas.
-Padre, se dice que Djamké estará de vuelta antes del crepúsculo.
-Djaneké! Djaneké! murmuró suavemente
el cacique.
..:...Los araucanos alaban sus proezas que,
gritan, atravesarán los si~~os futuros.
,
El anciano se estremec10 y no contesto.
-¿.Qué dices, Padre? ;.Por qué estás triste?
-Invoco, oh Rouna, hij1t querida, la Divinidad de la tarde!
Rouna se alejó un poco. Se dirigió hacia un
arbusto que abría espléndidas flores, y todos
sus cálices parecieron tributarles su perfume á
los encantos de la india.
Los contemplaba fijamente; luego les habló:
-Flores amadas, frágiles flores en las cua.
les he depositado mis ensueños de amor, pronto el amado estará entre nosotros. Le diréis,
corolas llenas de las delicias de mi corazón,
que noche y día he cantado cerca de vosotras
su nombre: Djaneké! Djaneké!

ríos se han enrojecido con la ¡::angre de la tribu indómita....... Todo lo he hecho por amor
á Rouna. Por ella, domaría y exterminaría á
~odos los pu¡blos. ¿Soy ahora digno de tu hiJª, oh Sakamata?
El cacique permaneció silencioso. Todos esperaban las palabras del anciano. Rouna se
adelantó suplicante.
-Respóndeme, oh Sakamata. .
-Responde, padre querido.
El cacique, adusto, dijo por fin:
-Djaneké, eres valeroso. Amo tus hazañas.
Sin duda otros fueron más célebres. Recibe mi
abrazo.
Y aquellos dos hombres se estrecharon solemnemPnte.
Los indios lanzaron exclam11ciones de alegría.
. -Rouna, continuó el cacique, honra mi veJez. "La quiero por mi esposa," me has dicho; pero ¿,hallará ella la dicha bajo tu tienda? Los labios de mi hija y su corazón merecen más dura prueba ........ .
-Para conquiotllr á tu hija, oh Sakamata,
iré por el mundo destruyendo todo á mi paso;
si Jo' exiges, te traeré las hnzas de todos los
jefes de las tribus vecinas. Ordénalo, oh jefe
venerado.
-Toma á -Rouna sobre tus espaldas, Djaneké, antes de que el sol se levante; y, en un
solo aliento, trepa con ella á la cima de las
Cordilleras. Si realizas esta hazaña, Rouna será tuya.
-Acepto ........ .
Y ni una emoción turbó la faz de Djaneké.

***
Y como para responder á la tierna virgen
de pronto, á lo lejos, resonaron gritos de en~
tusiasmo:
-Djanekél Djaneké!
Aquel tumulto de fiesta cre:::ía. Era un prodigioso clamor. Las tiendas se agitaron.
Rouna había palidecido de gozo. Corrió hacia el cacique.
-Padre, padre, helo aquí!
El anciano no se movió. Pasó un inc;tante ·
el ruido se acentuaba; ya se oía distintament¿
el galopi, de los caballos.
El cacique se levantó y salió con una lanza
sobre la cual se apoyó. Aquella arma eetaba
colorada con manchas de sangre: era la lanza
de sus victorias.
-Yo también, exclamó muy bajo, fuí aclamado por las turbas delirantes; yo también
he vuelto cuoierto de heridas victoriosas. Y
ahora .. ....
''Djaneké con su gloria eclipsa la mía..... .
Los pueblos son ingratos!
"Ni una voz que cante mi nombre!
''Sakamata es el sol que se hunde. Djaneké es la resplandeciente aurora que se levanta."
Y un vahído nubló sus ojos.
. Apareció un jinete.. Rouna F&lt;e abrazaba palpitante al arbusto hacia el cual había vuelto.
El cacique temblaba ligeramente.
Djmeké echó pie á tierra. Era grande; mm,cuhJ.&lt;!lo como un tigre; iaal vaje y hello. Porta~ª un -ancho. cinturón de cuero; plumas de
nandú se a¡ntaban en una especie de casco
que le ceñía la frente corno una diadema.
Vió á Rou11a. Un instante se contemplaron.
¿Se be¡::aron ~us almas?
-Te saluclo, divinidad de mi corazón la
dijo. Recibe en eterna oblación mi amor y' mi
culto.
Ella ref'pondió:
-Te esperaba. Mi alma estaba desolada i;in
tus.miradas. Estas flores te repetirán mi plegana de amor.
Djaneké se volvió hacia el cacique:
-Oye, oh veneradísimo jefe. Tu hija Rouna acaba de pronunciar los votos de mi corazón .. De ~a prue~a que me impusi~te he salido v1ctor10so, mas allá de toda esperanza. He
destruí&lt;lo la tribu &lt;le los Mapuches· todos han
su.cumbido, mujeres, niños, todos; ~us bestias
m.1smas ya .no existen. El aliento ele n~is guerreros ha d1sperl"ado hasta las cenizas de sus
can;pamentos. No queda nada de ellos. Los

Los tenues vapores del alba no se habían
desvanecido aún, cuando los indios, adornados con .sus más bellos "wuaralkas" esperaban en silencio y angustiados al pie de las
Cordilleras.
Aparecieron Djaneké y Rouna; sonreían melancólicamente. Una voz se levantó co.1tra el
cacique; el joven héroe hizo callar con una mirada al imprudente.
De todas partes gritaban:
Sé fuerte, Djaneké! Sé fuerte!
El ·cacique, que esperaba impasible ante la
multitud, al verá los dos j6venes exclamó:
. -Apresuraos! Va á salir el sol.
Luego, los abrazó.
Djaneké se volvió hacia los indios, hacia la
pampa, hacia el horizonte. ¿Temía?
De pronto, tomó á Rouna, la levantó, la colocó sobre sus espa.ldas reteniendo con sus
brazos nervudos el cuerpo de la muy amada,
y emprendió la marcha hacia las Cordilleras,
hacia el calvario!
Hubo un movimiento entre los indios, como un vaivén de oleaje.
Y nuevas voces se oyeron:
-Djaneké! Djaneké!
Después, reinó el silencio .. ...... .
Djaneké y Rouna, como soldados el uno á
la otra, habían desaparecido detrás de una roca gigantesca semeja1,te á una silueta de ictiosauro. Se les cli\'isó entre los árboles inmó\'iles por entre los cuales marchaba ya fatigado
el ~anceho. El sol, entre tanto, incPndiaba
las vertientes y las cimas. La tri bu estaba deslumbrada: los indios, trémulos de agonía y de
ansiedad, de admiración y de temor, veían la
pareja que parecía ascenderá un nuevo cielo
de amor.
Djaneké subía.
Sus fuerzas parecían centuplicadas. ¿Su
carga no era acaso una delicia, toda su vida?
Una grandiosa esperanza le sostenía.
Y dijo en alta voz:
-Rouna, te llevaría así hasta las nubes. No
temas. Tu amante ha vencido tribus y tribus

1
'----./·- L.

de los más temibles guerreros: también venceré la montaña.
·
-Descan!'a, Djaneké, no oigas .á ~i padre.
Huyamos. Viviremos juntos, sohtanos y en
una paz infinita. Temo que sucumbas.
-No pronuncies tales palabras, Rouna. Yo
no puedo ser perjuro. He jurado trepar las
Cordilleras.
Volvió á callar.
De la pampa subía un ruido débil, débil.
Diríase el murmullo de un arroyo.
La montaña se hacía áspera y negra. Cavernas por toda¡:: partes. A la derech1;l- mu~·allas de granito. Djaneké se iha hacia la izquierda. Cerca negreaba un precipicio. Retrocedía, volvía á intentar el paso, tomaba un
sendero de bestias.
Hubo un momento en que sinti6 flaquear
las piernas. Le palpitaba fuertemente el corazón. Sin embargo, á Rouna que le interrogaba ansiosa, contestaba:
-Mis fuerzas no me abandonan; pronto habrá concluído la prueba.
Ya no se oía nada de la pampa. H:1.bría
querido volverae á ver; debía estar muy alto.
No osó, empero, levantar los ojos hacia las
cumhres.
Subía, subía sin cesar C()n una energía brutal.
La garganta se le estrechaba. Oh! la sed!
nueva tortura! ·
Ahora reinaba la absoluta rnledad: el sol
estaba, sin embargo, en todo su esplendor y
el desdichado Djaneké no veía sino la noche.
Sus dedos se crispahan en el cuerpo de Rouna. La sed le torturaba.
De pronto vaciló ...... iba á caer.
Un deseo iumenso de tenderse con su carga se apoderó de él.. ..... Se detuvo....... pero
una voz severa le gritó: perjuro! perjuro!
Y continuó su mortal ascensión.
Ya se arrastraba; la cima estaba _próxima:
empero ¿llegaría á ella? Las sienes le palpitaban. Ante sus ojos, mariposas rojas revolaban
entre llamas ardientes, ya erectas, ya esparcidas en círculos infinitos. Sus pies, sus rodillas sangraban. Un copo de espuma salía -de
su boca .
¿Qué garras registraban su pecho? Ah!. .....
sus dedos, ó más bien, sus garras le buscaban
el corazón? Las sentía rasgándole el seno, las
fibras ...... Quiso llamar ...... Rouna! Rounal
Ella, horriblemente p(tlida, había comprendido que su amante Sb moría. Y pensó: "moriré también; nos unirá la muerte." Bruscamente, Djaneké sintió que se aproximaba su
fin.
Cayó y permaneció con. la frente contra la
tierra.

Domingo 5 clla Abrtl c1e 1903

Sin embargo, allí cerca resplandecía de 11ieve la cima!
Rouna tomó la cabeza del Amado. La volvió á abandonar inerte. Sus ojos permanecían
inmensamente abiertos y tenían una dulzura
infinita ........ .
Djaneké no existía ya!
Rouna exhaló un grito espantoso.
Ahora la india, apretados los labios contra la bo~a helada de Djaneké, respiraba en
ella la muerte.
Y sonreía con una bella serenidad.
La muerte era la unión suprema, indisoluble, en un más allá de amor infinito.

***

Y vino la muerte, y la joven india, la dulce virgen, Rouna, la más bella y la más pura
de las desposadas, inclinó sn cabeza doblt gada por un peso mortal y la dejó caer sobre el
cuerpo de Djaneké, el más noble y el más heroico de los amantes.
Entonces, al pie de las Cordill?ras los indios oyeron súbitamttJte que en la montañ'l.
resonaba como una lamentación sobrehumana, que se prolongaba lúgubre por el espacio.
Y comprendieron por un misterioso presentimiento, que allá arriba Djaneké y Rouna
habían muerto; y, como la montaña, también
lloraron, mucho tiempo ...... mucho tiempo.
HENRY DE LA V A ULX.

1

�EL MUNDO ILUSTRADO.

Domingo 5- die! Al}ri!1 de 1903

EL MUNDO ILUSTRADO.

.1

LA INSTITUTRIZ.
NOVELA ~OR ESTER DE SUZE.

ILUSTRACIONES DE SIMONT.

------

TRADUCCION Dt "tL "1UNDO ILUSTRADO."
(CONTINÚA.)

XXXII
A I Como lo había dicho el inspector, quedaba en•pie la pre1 señor Raibert y con ella el escándalo en el pueblo. ·El día
s~nc~
sigment ee al de mi visita'
..al inspector, y que fué domingo, se convirt'10, ara mí en un martirio atroz.
pL
hachas hablaban en secreto al verme pasar cerca de ellas,
n la f~e~~cinclinada, rumbo á la iglesia. Silvio me detuvo.en el
co
.
camino,
para deci·rme que, «á pesar de todo» se casaría conmigo y

.1

J

aceptaría todo, aun el. nifio, en caso de que viniera. Una ~esgraci~da
muchacha, seducida, conocidísima en el pueblo, se atrevió á v~nir á
mi lado, al salir de misa, mirándome con confianza, y me hablo. Su
actitud parecía decir á las demás: «No estoy sola ya. Insul!,adnos
juntas, si queréis, á la-institutriz y á mí. ... , . .Ya no soy la úmca..... &gt;,
- Jesús, al subir el calvario, no pasó, seguramente, por tormento
más terrible.
.
Y o había querido asistir al oficio divino, -para tratar de dar un
mentís á la opinión, para mostrar á todos mi frente pura........ • ¡Ay!

Domingo 5 die Abrlil de 1903

¡La pureza no ha de transparentarse. .... .. para todos estaba yo man-Pero la pobreza, María Teresa, los vestidos que se gastan, las
chada ya!
deudas que se amontonan, las tardes de fiebre, en que se desear~ moMe parecía increíble. Caminaba primero lentamente, entre los
rir, ó marcharse muy lejos, ó intentar otros mediol:', que son pesadillas.
grupos, dirigiendo á todas partes míradas de súplica, buscando en
¡Yo he conocido eso! He conocido ese mal, y por esto me casé con
vano algt,na mirada amiga: todos me volvían la espalda .
una mujer que ahora está sin vida, y qúe-nunca fué nada para mí.
Lo peor era que la muchacha aé que he hablado, no se apartaba
Se exaltaba. Y yo, que me había desprendido de sus. manos, pade mí, y yo no me atrevía á despedirla, y su pres"er1cia y su tenacira
huir,
quedaba ahora clavada en el suelo, tan conmovida, que oldad en perseguirme, eran como una mancha infamante que me señavidaba lo vergonzoso de sus proposiciones.
laba á los ojos de quienes no hubiesen aún tenido noticias de lo acon-He aguardado pacientemente durante diez años. He perdido
tecido ..... . Y seguía caminando, saludando á las conocidas á quienes
casi mi vida, por este momento, en que el oro de esa mujer me va á
encontraba:
pertenecer por fin ... -.. Y quisiera usted que renunciara á él? Ah! Por
-Señora Arna ud ...... Señora Catherine ...... Querida Rosalía... .
usted daría un mundo! Porque jamás he conocido el amor....... El
Tímidamente ensayaba tender los brazos, como para suplicar
amor de un espíritu virgen y que me ama!. ...... . usted, María Tereque me escuchasen aquellas gentes, que se acercaran á mí... . . . Las
sa ...... ! Ah!
madres oprimían á sus hijas como para resguardarlas. Los hombres
reían ruidosamente. L.as muchachas cuchicheaban y sonreían con
Oprimía mis manos contra su pecho,como para ocultarme la tamalignidad. El cura, al ealir de la iglesia, me divisó y pasó rápidara de ese corazón de hombre que no había conocido nunca el amor,
mente de la puerta del templo á la de su habitación.
y sus cabellos grises me parecían más blancos.......... Luego me dijo
bruscamente:
Aquello era demasiado. Ya ni siquiera me cuidé de contener mis
sollozos. Eché á correr y los sollozos estallaron, desgarradores. La
-Pero pobre, qué hará usted de mí.
pobre muchacha que me seguía se detuvo, dominada sin duda,
Y de nuevo nos envolvió la sombra de esa pobreza tan temida
también ella, por la gran compasión que debió haberse apoderado de
que él había invocado antes .. ... .
todos, y que yo advertí en el silencio que se produjo cuando me ale-Mientras que siendo ricol-añadió abriendo los brazos, en un
jaba..... Después, no me di cuenta de nada..... . Seguí corriendo. En
ademán amplio como si quisiera abarcar el mundo. -Siendo rico,
mitad del camino, se me presentó Phrasia, sudorosa, corriendo en
María Teresa, la llevaré á usted lejos, la cubriré de flores y de ensuedirección al pueblo. La mujer no reparó en el estado en que me enños. Venga usted! No quería decirle esto sino más tarde, poco á pocontraba, y solamente me gritó al pasar:
co, para no turbarla ...... Pero hoy su actitud me ha arrancado mi se-Voy en busca del señor cura ..... La señora ha muerto.
creto. Recójale usted. No vacile, Le ofrezco una vida de amor, y
¿Muerta la ¡¡eñora Raibert? ¡Oh! ¡Entonces, entonces!
esto no es posible sin un poco de oro...... Déjeme ese oro y acepte!
Y sin reflexionar otra cosa, con el pecho aliviado por un rayo
Se había arrodillado y se arrastraba, ele rodillas para seguirme,
de esperanza, tomé el camino que conducía á la casa del alcalde. La
porque yo retrocedía poco á poco. Retrocedía, trastornada, casi venreja estaba abierta: penetré. Penetré también á las habitaciones que
cida, enmudecida por una sorpresa inefable: él me amaba!
apenas conocía. Me fuí directamente al gabinete del señor Raibert.
Ah! ¿Por qué no le amé. á él ni á nadie, hasta el punto de que
El alcalde estaba allí, sentado ante su bufete, meditabundo. Me
mi amo~ ahogara la voz de mi conciencia? Por qué no t ransigía, tedirigí á él. Mis ojos brillaban de alegría, de esperan za: todo un honaz, vahen te? ¿El oro? ¿El amor? ¿Una vida de reposo y de ensueño?
nor reconquistado.... y al mismo tiempo de horror: la muerte estaba
allí, á dos pasos... .
¿Qué era esto si no había de poder estar ya orgullosa de mí misma
al menos á mis propios ojos.:.... Ah! sentía ese sufrimieni;o de no po~
-Pedro-dije con voz ahogada.-Es Dios quien ha querido la
der ser altiva á los ojos de los demás. Y murmuré mi última súplimuerte de esa pobre mujer; Dios, que sabe mi inocen cia y mi desesca, desesperada:
peración. ¡Porque estoy deshonrada! Si la esposa de usted no hubiese muerto, regresaría yo á mi casa hoy, á escribir al inspector que mi
-No, no! Nada tengo qué reflexionar.. ... . ... Es inútil? Pero usted, por última vez ...... Oh! Es vergonzoso insistir...... Pero sufro
situación no era sostenible aquí y que me marchaba ........ ¡Y habría
t~nto ...... En el pueblo ya nadie quiere mirarme, todos me desprepartido, créame usted, al acaso, falta de todo, á morir muy pronto!
Quería decir: soy yo, tan joven y tan bella, y á quien usted ha
cian. Las muchachas se reían de mí esta mañana....... Cásese usted
conmigo, Pedro! Le ofrezco una vida de sacrificio, de abnegación.
dicho amar tanto, y á quien sólo el amor, el nombre que va usted á
ofrecerme, pueden salvar de la muerto y de la deshonra.
Nos serán dulces los días, aun sin lujo ...... Casémonos Pedro!
-Yo, Pedro .....
Movió la cabeza repetidas veces: no, no, no! Y c~mo á fuerza
Me ofrecía, conmovedora, con el pecho palpitante de tantas emode retroceder yo y él de seguirme, nos encontramos ante ~na puerta
ciones y de tantos dolores.
·
e11treabierta, vi de pronto que los ojos de ..Pedro se llenaban de sombra, y comprendí.
El alcalde retiró un poco su silla, luego se levantó, se retiró más
aún, densamente pálido, y murmuró:
Se secaron mis lágrimas, y se apoderó de mí una exasperación
increíble.
,,
-Vuelva usted en sí. Hay aquí una 'llUerta: es mi mujer; esto
no es conveniente... Vea us~ed, María Teresa.. . Veremos, más tarde,
-Ah! El vivo no quería escucharme, y allí estaba la m:.crta.
si es posible.:.... Sí;tengo que hablar á usted, á propósito de lo que
:f'.~es bien! sería á la muerta á quie?- iría yo á.. decir mi des.esp.eradice; pero será después, después ..... .
c1on: esta muerta, ClJya mano de hierro, aun más allá de la tumba
-¿Qué no sería posible? ¿Nuestro matrimonio?
estorbaba
á mi vida. Abrí la puerta. Tendidá en su lecho estaba 1~
Bajó la cabeza, y me vinieron á la memoria las palabras del
muerta, vestida de seda negra. Las ventan.as estaban cerradas .
cura.
El Sr. Raibert se había puesto en pie, trastornado, tendiendo
- ¡Oh! ¡No es verdad! ¡No es verdad! -exclarné, como cuando
los brazos.
me lo dijo el cura.-¡Pedro, será por la herencia por lo que me aban- Ahí vienen; María Teresa, se lo ruego, salga usted!
donará usted! ¡Ante Dios, soy la mujer de usted.... usted me ha heVenían, en efecto. Reconocí la voz del cura la de Phrasia y la
cho que le ame, Pedro!
de otras mujeres.
'
•
Muero de vergüenza hoy, al pensar que hice lo que voy á referir ;
-1\Iaría
Teresa!
articuló
Raibert
con
desesperaéi6n.
pero es preciso que mi relato se ajuste á la verdad. Me había arrodi-No!-grité, enloquecida por completo, en momentos en que la
llado, y tendía hacia ese hombre las manos juntas ... Yo, inocente y
gente desembocaba del corredor y se detenía estupefacta al verme. -pura, le rogaba....
•
No! no saldré de aquí. Preguntaré á la müerta, con qué derecho si
-¡Trabajaré para usted, Pedro! Entre mis horas de clase enconsabía que usted es cobarde, le legó en su testamento.
traré manera de que nada nos falte. ¿Dónde quiere usted que vaya?
Llegué hasta el cuerpo, me incliné á ver el rostro flaco de la
¿Qué quiere usted que sea de mí, si no se casa coumigo?
campesina muerta, con las narices fruncidas y la boca estirada· como
Alzó los hombros, y luego, cuando me acerqué á él y le abracé
en una mueca de supremo desafío.
'
las rodillas, me rechazó, diciendo:
-¿Con
qué
derecho,
señora,
con
qué
derecho?
-Es demasiado, es una locura, en este instante, cuando van á
Repetía, locamente, esa palabra. Y al inclinarme mis cabellos
venir las gentes.
sostenidos p~r só~o una horquilla, acabaron de despre~derse y cay~~
Caí por tierra. Me crey6 desvanecida, tuvo miedo de verme sin
ron, como ~m latigazo, sobre el rostro de la muerta. Entonces retrosentido, en el momento en que iban á venir gentes, y se dulcificó, se
cedí horrorizada y los presentes se indignaron.
inclinó hacia mí, trató de poner en orden mis cabellos. Mis ojos
-Salga usted, hija mía!-me dijo el cura tomándome del
abiertos lo tranquilizaron.
brazo.
'
- Cálmese usted-murmuró,-levántese usted. Sí; yo la amo;
-Salga! Salga!-dijeron los demás.
pero ¿acaso se puede hablar de amor en este momento?
Todos me miraban indignados.
-Pedro-murmuré,--no le hablo de amor; le hablo de honra.
Se hubiera dicho que mi aliento le embriagaba; me oprimió conAlgunas mujeres me amenazaban con el puño. Un hombre caítra su pecho al ayudarme á ponerme en pie.
do al mar, no queda envuelto por tamañas ondas de amargura como
-Sí-me suspiró, anhelante;-yo sé que usted no me ama. Si
yo en esos momentos. Vacilante, miré á todos, y luego á Raibert,
me amara, no pensaría en otra cosa que en dejarme de amar. Osted
que permanecía callado, en el fondo de la estancia con los brazos
cruzados.
'
lo ha dicho: la herencia me encadena. ¡Pues bien! Yo haré á usted
más feliz sin el matrimonio. Abandonará su empleo; yo la cubriré
Y comprendí que estaba perdida, que ese hombre no me haría
de oro....
su esp~sa nunca, que la muerta no me respondería, que el cura, que
Prosiguió medio loco, como había estádolo en cierta ocasión, en
las mu¡er~s, &lt;!ue todas esas gept{ls no ¡:ne creían inocente ni me perla colina.
donarían ¡amas.
'
-¡Sí; la amo, la amo!. .. ¡Más d e lo que usted puede comprender, oh niña, cuya(miradas me enloquecen!
Y su voz enronquecía más y más, á cada palabra, á cada sUaba,

I

(

�·Seguras y eficaces son las Pild&lt;&gt;ras del Dr. Ayer, Seguras, porque están exentas de minerales. Eficaces,
porque obran ayudando á la naturaleza.
El estreñimiento causa biliosidad, jaqueca, mal gusto
en la boca, lengua saburrosa, dolores sordos en l a cabeza
y una multitud de otras dolencias. Las Píldoras del Dr.
Ayer son una cura positiva para la constipación y pereza
del hígado . Estas píldoras tomadas en dosis laxativas
todas las noches, obran s uavemente y sin dificultad al día
siguiente. Curan efectivamente los dolores de cabeza y la
dispepsia. Están azucaradas. Son fácil es de tomar.
No hay otras píldoras tan buenas como las Píldoras del
Dr. Ayer.

tolonia·Roma.

ILUSTRADO

OALZADA DECHAPULTEPEC.

eompafita dt ttrrtnos dt la calzada dt ebapulttptc.

s. JI.

CO~DICIONKS.
Diez por ciento al contado al comprar el terreno. Concesi6n de_ 10
afíos para liquidar el noventa por ciento restante, arregla~os en vemte
pagos semestrales [al 6 por ciento interés anual] ;10 por ciento descuento en todo pago adelantado fuera del primer pago.

MfXICO, A6Rll 12 DI: 1903.

ANO X.--TOMO 1.--NUM. 15

Gerente:

Director: LIC. RArAlL Rtl'l&amp; &amp;PINDOLA.

ROMA.-CAPILLA SIXTINA.

Prepr.radaa por el DR. J. C. AYER &amp; OO., Lowell, Maas., E. U. A..

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EL JUICIO :b1INAL, por Miguel Angel.

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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