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                  <text>Domingo 13 de Septiembre de 1903.

&lt;No te apures-le decía en sus
cartas:-si tú no consigues ahí nada; si pierdes toda probabilidad de
lograr lo que deseas, vente acá;
tengo algún dinerillo y con él podremos hacer los gastos de la boda
y buscar tú alguna colocación.&gt;
Pero á Leonardo se le había despertado la ambición.
-¡Tornará la pa.tria-pensa.bata.n pobre, tan miserable como cuando la abandoné! No se reirían todos poco de mí!
Y el amor propio era más poderoso que el amor á Rosa, y le inducía á proseguir sus estériles esfuerzos para mejorar de fortuna y de
condición.

IV
Así trancurrieron algunos años;
durante dos ó tres, la triste plan•
chadora. no tuvo siquiera el consuelo de ver los garra.patos del que
amaba cada vez con mayor ternura.
En varias ocasiones había desecha.do proposiciones de matrimonio, más ó menos ventajosas: un
za.patero bastante acomodado había pretendido su mano; el dueño
de un café muy concurrido quiso
también toma.ria. por esposa, apreciando sus dotes de laboriosidad y
recato; pero ¡faltar ella á su compromiso! ¡Casarse como no fuera
con Leonardo! Ni un solo momento le ocurrió semejante pensamiento; sería mujer del emigrado ó moriría. soltera.
En.balde sus amigas, enteradas
de lo que ocurría, después de cen ·
surar su proceder, la aconsejaban
aceptase las proposiciones de sus
dos adoradores; la joven, aunque
había cesado de serlo, rechazaba.
ta.les cónsejos, indignándose al oírlos.

EL MUNDO ILUSTRADO
EL MUNDO ILUSTRADO

Poco á poco la iglesia se fué llenando de curiosos y desocupa.dos,
atraídos por la pompa desplegada
para solemnizar la ceremonia..
-¿Quienes serán los cónyuges?
- preguntábanse unos á otros.
Los comentarios eran infinitos;
las suposiciones eran diferentes y
opuestas.
Asegut·aban unos que se trataba.
de un marqués opulentísimo, que
daba su mano á una señorita ilustre; otros suponían ser el n(lvio un
banquero muy conocido en el distrito por su caudal y su luio; en fin,
no faltaba quien pretendiese que el
futuro era un industrial famoso por
su lujo y boato.
Pero cuando á las nueve, poco
más ó menos, se abrieron las puertas y apareció la nuprial pareja,
todos quedaron atónitos, asombrados.
Los conkayentes eran dos ancianos: ella con el abundante cabello
enteramente blanco, aunque conservando el semblante restos de pe·
regrina hermosura; él enteramente
desprovisto de pelo, y llevando en
el rostro las huellas de largos trabajos y penalidades.
Los futuros esposos vestían trajes populares; pero ostentaban valiosas alhajas: ella, pendientes de
perlas y brillantes; él, gruesa cadena de reloj y magníficos botones d'e
perlas en la camisa.
Los padrinos pertenecían á la
misma clase que los novios: parecían gente rica, aunque humilde.
Pronto circularon entre los presentes los nombres de los esposos:
ella se llamaba Rosa Alvarez; él
Leonardo Sánchez; la una era plancha.dora; &lt;retirada&gt;; el otro hacía
apenas un mes que había regresado de América con un capital de
consideración, debido á haberletocado el premio grande en la lotería.
He ahí la verdad: Leonardo, á
pesar de su laboriosidad, de su
honradez, no había conseguido r;ealizar sus modestas aspiraciones,
cuandu una tarde le ocurrió tomar

9.-Abrigo con esclavina y espalderos de trajes de paseo,

un billete entero para el próximo
sorteo, creyendo volverse loco al
saber pocos días despu_és que podía cobrar cincuenta mil duros.
No pensó entonces s~no en.~rnar
á la patria; en cumplir r~hg1osamente sus promesas, sus Juramentos.
ó .
Animado de tan nobles prop sitos, hizo un viaje rápido y teliz;
llegó á. Madrid, fué en seguida á
casa. dA Rosa., y le pareció que l_a.
encontraba tan joven y tan hechicera como antes.
En el contrato matrimonial constaba que la novia tenía sesenta
años, y el que iba á ser &lt;cornoañero de su vida&gt;, cuatro más.
Imagínese si la. ce!'emonia nupcial llamaría la atención de losque
la presenciaban, y si después . se
harían comentarios svbre &lt;la. ¡uventud&gt; de ambos consortes.
Lo que sabían poquísimos era.que
debían admirar ca.so tan extraordinario de consecuencia y de formalidad, digno de servir de ejem-

plo á la generación presente, que
no se distingue por semejantes dotes y circunstancias.
RAMON DE NA VAR RETE.

Mi cariño es como un mar:
Es muy hondo y es inmenso,
A veces tiene borrascas
Y á veces está sereno.
Cada lágrima que viertes
Es cual gota de rocío,
Que va á refrescar las flores
Del jardín de mi cariño.

México, D. E., mayo 8.
La primera médica Cirujana de
la Escuela de Mé:xico, Doctora
Matilde P. Montoya, ha escrito y
firmado lo siguiente, que bi.en merece ser leído:
«En esta epoca y en este país,
en donde tanto abundan los nifios escrofulosos y débiles, difícilmente habrá un médico que
no recete todos los días la
Emulsión de Scott, que por el
aceite de bacalao y los hipofosfitos que contiene, se considera como uno de los más preciosos remedios de la terapéutica infantil.

EL TESTAMENTO

Dtl 11.mo. Sr. Jlrioblspo JttbaL
♦-

Los bienes fueron valuados
en $125,000
La mayor parte de lo testado consistía en dos pólizas de $25,000
cada una, tomadas en " La Mutua",
Compañia de Seguros sobre la
vida, de Nueva York.
Hace pocos ~,as que se practicó la
11pertura del testamento del Ilustr1slmo Sr Arzobispo D. Patricio A. ll'eehaD
en la ciudad de Chlcago, Illlnola.
La fortuna del distinguido prelado ascendió 11 cerca de $125,000 oro americano ; y segnn el Inventarlo que se ha
publicado. los bienes que dej6 tueroo
como sigue:

V·
Ha poco más de dos meses, laparroquia del barrio de Maravillas
ofrecía un aspecto inusitado: en to•
dos los altares había luces y flores;
el mayor estaba ma.g-níficamente
ilumina.do; se iba á celebrar una
boda de rumbo, y según decían el
sacristán y los monaguillos ácuantos les preguntaban, el casamiento
era entre un hombre muy rico y
&lt;una señora&gt; muy conocida y esti·
mada.

Dos pólizas de '·La Mutua,' ' Compall!a de Seguros sobre la Vida, de
Nueva York, por $25,000
oro cada una, 6 sean. . $ 50,000 oro.
Dividendos acumulados sobre una de las pólizas
9,329 oro.
Otra póliza de seguro. . . 14,llllO oro.
Acciones en efectivo y eu
Bancos . . . . . . . . 37,000 oro.
Ent re las d1sposlclones del sef!or Arzobispo, en su testamento, se hicieron
éstas :

Se reservan camas en Carro .Pullman para todos los puntos
en los Estados Unidos. Los Restaurants y Carros Comedores de
Harvey en la Línea de Santa Fe,soñ renombrados en el mundo
entero. Para precios, itinerarios y otros informes, dirigirse á

w. s.

F.A.RNSWORTH.-Agente General.

ta. San FPanolaoo!I llflm. B!I llllthc/oo!I

a. #.

••••••••••••••••••••••••••••••••••

A su h ermana, se!lorita Kate Feehan,
que estuvo siempre con él hasta su
muerte, $40,000 oro en bonos Y $25,000
oro en. una de las pólizas de seguro:
11 la seliora Ana A. Feehan, viuda del
sef!or doctor Eduardo L. Feehan, hermano del seilor Arzobispo, $25,000 oro
de otra de las pólizas, y $5,000 oro en
efectivo ; 11 la Academia de San Patricio de Chicago, de la que es preceptora
su hermana Madre Marfa Catalina,
$10,000 oro' de la O.ltima póliza; ll la
escuela • 'Santa Marta'• de ensef!anza
pnl.ctica para varones, de Feehanvllle,
Illinois, que era la lnstltuc16n por la
que ml1s se Interesaba el sef!or Arzobispo, se entregaron los $4,000 restan·
tes de la O.ltlma póliza.

1.-Trajes para paseos campestres

Domingo 20 de Septiembre de 1903.

�Domingo 20 de SeptiembTe de 1903.

Ios sombreros tn los teatros
Tema de muchos artículos y de
muchas conversaciones ha sido, y
lo seguirá siendo, el empleo de los
sombreros en el teatro ó espectáculos de determinada naturaleza.
Quiero terciar oo el asunto, no para
emitir mi opinión, que por cierto
nada vale, sino para sintetizar en
breves frases el pro y el contra de
tan debatida cuestión. Ante todo,
manifestarl, á mis lectoras que voy
á referirme únicamente al público
mexicano, pues por lo que hace al
europeo, ya los cronistas están convencidos de que es un poco ino-obernable y voluntarioso.
"
Hace algúa tiempo, dos años poco ~ás á menos, la precsa de la
Capital, y en su seguimiento la de
toda la República, tomaron con
verdadero calor la cruzada contra
el empleo de los sombreros femeninos en_ los teatros y á fe que el
asunteJo se prestó á mucho: sobre
él ~e e~cribieron artículos jocosos,
editoriales de carácter «tendencioso&gt;, crónicas literarias de ni!lgún
valer, y aún recuerdo haber leído
un artículo indigesto y cansadísimo que quería darle al asunto un
sesgo filosófico. Todo esto quedó convertido en palabras, palabras y más palabras. No se obtuvo resultado práctico, y en vista de
ello, los periodista~ nos dejaron
descansar un poco con sus bromas
ligeras y algunas de mal gusto.
Yo, que me intereso por todo lo
q~e á las mujeres concierne, diré á
mis lectoras que en ningún país del
mundo se ha logrado obligar á las
damas á la privación de los sombreros en los ~atros. Es claro que en
representaciones de determinado
gén_ero_, ta!es como óperas, veladas
de rnvitaciÓ!l, etc., ninguna seffora
se atrevería á. presentarse sin la.cabeza descubierta; pero en las zarzuel~s, circo~, comedias, etc., vespertrnas, ~mcame~te vespertinas,
hay que fi¡ars~ bien, las mujeres
podemos atav_iarnos como mejor
n?s plazca, sin temor del ridículo
i;ii mucho menos de la cui·silería.
Po~ r egla general, en las representaciones nocturnas, es de mal gusto
presentarnos luciendo un sombrero
«1 ast fashion&gt;; pero cuando esta
p_renda no es de exageradas dimens10nes, resulta bien vista y aun elegante.
Hay que hablar con toda fran6ueza: el ataque rudísimo que en
pocas pasadas se nos vino encima
Y que probablemente se reanudará
fiarte del s~xo masculino, poco ga:
ante por cierto en esta ocasión que
antepone á los principios más :udi-

i,
-; .. .\_
.

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~e';)tarios de la cortesía, los principios, un poco reprochables por
cierto, de la poltronería y la comodidad. Si los caballeros tratan de
presenciar los espectáculos teatrales basta en sus detalles más mínimos, y quieren para ello estar con
todas las comodidades apetecibles,

Domingo 20 de Septiembre de 1903.

EL MUNDO ILUSTRADO

EL MUNDO ILUSTRADO

busquen la manera delog1·arlo, sin
tratar de que nosotras, que como
uno de los principales goces tenemos el de la elegancia, aun cuando
ésta sea un poco vanidosilla nos
sacrifiquemos por complac~rlos
cuando todas las consideraciones
amabilidades deben estar de su

y

edad, y á consecuencia de una pulmonía, se le había declarado la tisis. El se hallaba arriba en su cuarto, con r?stro e~f:laquecido y brillantes o¡os, sufriendo bajo las cortinas de su lecho. La. sombra de este cuarto abrumaba á todos los habitantes de la casa, donde los ojos
ansiosos no tenían para alumbrarse más que el pálido resplandor de
una lamparilla nocturna.
La Hermanita llegada á la hora
del crepúsculo. al punto transformó
el ambiente. Parecía traer consigo
una ráfaga de aire puro, un rayo
de luz y un vago perfume de primavera.
Ella iba y venía, preparaba las
pociones, arreglándolo todo con
gracia encantadora. Felipe contemplaba á la Hermanita azul con arrobamiento.
-¿.Cómo os llamáis?
-La Hermana Lucila.
Al pronunciar ella su nombt·e pareció iluminarse el aposento. '
-No os apartéis de mí, Hermana
Lucila, me siento mejor cuando estáis al lado mío.
Ella se sentó cerca del enfermo,
colando sobre las enflaquecidas manos y la ardorosa frente de éste,
las delicadas suya.s, mirándolo al
mismo tiempo con apacible sonrisa.
Una sensación desconocida se
apoderó del joven bajo el poder de
este encanto. No era una fantástica visión, sino nna figura real y
efectiva la que acudía á aliviar su
sufrimiento y á comunicarle vida
al contacto de sus manos.
Ellos permaneciei·on silenciosos.
Nadie vino á turbarla calma de este idilio. Pero una tarde Felipe dijo en voz baja:

-Tenéis bonitas manos y bellos ojos, Het·mana
Lucila.
Las manos temblaron y se evadieron, y bajo los
párpados, súbitamente abatidos, la mirada pareció
también querer escapar.
-Señor Felipe, si repetís cosas semejantes, me veré en la forzosa necesidad de partir.
El se puso muy pálido y cerró los ojos.
Ella desde entonces evitaba, en todo lo que podía,
el roce de sus vestidos y el contacto de sus manos,
que eran de aquellas que comunican ternura doquiera que se posan.
Al día siguiente él la llamó:
-Hermana Lucilal
Ella se aproximó.
-¿.Está usted enojada?
-Psit! .... Tranquilícese y tome
su alimento.
Mas, al acercar la taza, ella acercó también la mano que la sostenía
y Felipe impl'imió sobre ésta un
beso.

parte. Próximamente me referiré á
artículos que sobre el particularba
publicado la prensa europea y la
norteamericana, en los cuales toda
la razón está de nuestra parte.
:MARÍA LUISA.

LA HERMANA DE LA CARIDAD
La hermanita llegó una tarde á la hora del crepúsculo.
Ella apareció en el umbral de la puerta, llevando por todo
bagaje una estrecha y negra caja de madera. Oyóse una melodiosa voz:
-Soy la. enfermera enviada por nuestra superiora.
Y entró deslizándose suavemente por la sombra de la antecámara. La lámpara, traída al punto, iluminó un rost1·0 juvenil, de tez pura, grandes ojos claros y fresca boca de bl_a.';lca
dentadura. Fué ésta para la triste casa como una aparición
del auxilio divino, como una linda luz que, apagada durante
mucho tiempo, se encendie1·a súbitamente c~:,n su vigor perdido,y como el renacimiento de unir cosa olvidada, de una sonrisa.
-Conducidme cerca de mi enfermo.
Ella entró en el triste aposento de Felipe y con dulce sonrisa se acercó á la silla de extensión donde él estaba envuelto
en cobertores é inclinándose gentilmente, apoyó con suavidad su pequefla mano en la del joven.
-Os devolveremos la salud, dijo ella.
Oh! qué mirada. la que didgió la madre á aquella que t_raía
consigo la esperanza'. Y esa noche, en el comedor, que no_r~unía en torno de los insípidos manjares sino ca.ras ail!i-ust1adas y profundo silencio lleno de inquietud, los rostros todos
estaban serenos, los vasos sonaban con más cla.ridad,
la intimidad se extendió con una dulce confianza, Y la
comida, por vez prímera desde hacía mucho tiempo, fué
casi alegre. De tal modo que al llegar á los postres,
dijo el padre:
-Beberemos una botella de champaña, Hermana, para festejar vuestra llegada.
-Con mucho gusto.
Ella aceptó sin gaz:moñería. Las reglas de s~ orden
eran bastante tolerantes, y en su naturaleza _misma no
había un átomo de rigidez ni de unción monástica. Aquella. cofia de tosco género y aquella tela az~l de su vestido cubrían un ser en la primavera de la vida.

***

Ha.cía dos meses que á. Felipe, á los veintidós años de
2.-Vestidos de visita y paseo,

3.-Trajes de calle y casa.

La Hermana Lucila volvió á colocar bajo su brazo su cajita de
madera negra. Ella se disponía á
marchar al punto de la casa donde
acababa de ser ofendida .... Pero
la madre la esperaba en la puerta
y con mirada suplicante le atajaba
el paso:
-Nosoti·os no podemos prescindir de vos aquí. ... y vuestra. partida lo mataría.
Pobre madre! no se le ocurría estar celosa de la extranjera que le
había usurpado el puesto cerca de
su hijo. Ella apartaba sus miradas de aquella peligrosa intimidad.
Bastá.bale la esperanza de que él
pudiera vivir y ser feliz.
-Por favor, no partáis.
La Hermana Lucila dejó su caja
de madera negra y, con aspecto imponente y rostro austero, volvió al
cuarto del paciente. Pero en esta
vez la sonrisa había desaparecido
de sus labios.
La primavera se anunciaba en
las campánulas de las lilas. Los
médicos permitiel'On á Felipe que
saliese á la terraza. Instalado en
su silla de extensión y rodeado de
cojines, él ponía á la luz sus enflaquecidas manos, como si quisiera
atraerla y envolverse en ella.. .. .
El cielo ostentaba una profunda
limpidez. Había solamente apagadas líneas de pequeñas nubecillas
blancas que danzaban muy elevadas en el espacio, acaso la blanca
vestidura de los ángeles tendida
sobre invisibles cuerdas.
Felipe y la Hermana Lucila permanecian allí el uno cet·ca del otro,
envueltos en la tibieza de la atmósfera y en el aliento que despedían
los jardines de ahril. Por encima
del muro de la terraza, una acacia
extendía sus ramas, que, al agitarlas el viento, cubrían el suelo con
los rojos pétalos de sus flores.
Y fué en un mediodía y en una
hora de apacible luz que el joven
se atrevió á declarársele:
-Hermana Lucila ..... .
La cofia se inclinó con un batir
de alas.
-Yo os amo.
Las alas de la cofia se agitaron
bruscamente, así como las de un
pájaro herido.

�Domingo 20 de Septiembre de 1903.

EL MUNDO ILUSTRADO
EL MUNDO ILUSTRADO

*

Domingo 20 de Septiembre de 1903.

rosos sacrificios? ¿Y si pecaba contra
las reglas monásticas escandalizando la.
moral huma.na., deja.ría ella, por esto, de
ser la atenta. servidora y la fiel prometí·
da. de su divino a.migo?
Y el encanta.miento continuó. La mentira. de la. Herma.na Lucila mantuvo fascinado al pobre joven hasta. en su supremo instante, en que con a.paga.da. voz
murmuró agonizando:
- Dadme un beso, Hermana. Lucila..
Ella, i nclinándose sobre él, a.sí lo hizo.
Y fué con aquel delicioso beso estampado sobre su boca,
que el desgraciado
joven exhaló su último a.liento.
Y solamente entonces, aquella angelical criatura acudió
á buscar la absolución de su culpa..

Las alas blancas*se* habían fugado sin
que nada pudiese retenerlas; y rápidas
volaron hacia la calle, donde labora vespertina se acercaba, yendo á posarse sobre las losas de una iglesia.
Aquella ofensiva. declaración no había
inquietado el corazón de. la Hermana. Lucila; pero sí profanado el recinto donde
la religiosa se resguardaba de las tentaciones humanas.
Iba en busca de un sacerdote para confesarse y_puri~carse del ultraje .... Pero
el confesionario estaba vacío desierta
la iglesia, y la noche cercana.'
La pobre Hermanita se encontraba
aislada, sin guía, sin adoyo en el trastorno de su
conciencia. Ella no podía
volver al convento con esa
mancha. ....
¡María Santísima, iluminadmel ¡Jesús, dirigid mis
pasos,ya que me encuentro
sola en tu presencia.!
Durante largo t iempo la
Herma.nita permaneció allí,
prosternada en espera de
la protección divina que
descendería sobre ella..
Las alas blancas cruzaban de nuevo la calle. ¿A
dónde se dirigía.!l en la
obscuridad de la noche'?
Impulsadas por brisa misteriosa, ellas tornaban á la
casa de donde poco antes
habían volado. Cerca de la
puerta cesaron tle agitarse, manteniéndose inmóviles en la. sombra.
La Hermana Lucila contemplaba la fachada; vislumbrábanse luces tras las
,
ventanas, no la claridad
.
de tranquilas lámparas, sino ~esplandores mquietos y agitados. Soplo siniestro mvadfa esta morada. Abl'ióse la puerta dando
paso á un hombre, en el que la Hermana Lucila reconoció al médico.
-¿Sigue peor el enfermo? pl'eguntó ella adelantándose hacia él.
'
-Ah! ¿sois vos, Hermana? El pobre muchacho está perdido; una violenta emoción ha roto sin duda
sus delicadas fibras .... Acaso su existencia no se
plolongará más de quince días .... No nos resta más
que dulcificar su fin.

JUAN lllADELINE,

explicadón dt

nutstros grabados.

Núm. !.-Representa nuestro grabado una bonita colección de trajes de paseo campestre y un vestí·
dito infantil. Los trajes para señoritas á que se refieren estos figurines, se confeccionan con telas de
colores claros y uniformes. Dos de
estos trajes llevan cuelloshombreras con aplicaciones de encaje, y el
tercero-el del centro-imita en su
corpiño un torero, aunque sin ser-

lo, biendefinido. Las faldas son Ji.
sas. y sólo en su longitud llevan
aplicaciones de pasamanería. El
vestidito infantil luce un abrigo de
anchas solapas y cuello doblado,
y de doble fila de botones.
ESPERANZA.

Lo que sobra.
Yo no sé cómo se llama,
Ni me importa nada, un tal
Que fué á la estación central

A expedir un telegrama.
Sólo sé que el tal, con suma
Presteza y estilo gráfico,
Puso el parte telegráfico
Así, al correr de la pluma:
«Don Cayetano Solar,
Farmacéutico. -Algodor,
Te a.visamos, gran dolor,
Padre acaba de expirar.
Ven á Madrid al momento
Arreglar disposiciones;
Heredamos seis millones;
Martes abre testamento.&gt;
Y firmando l a receta.
Saca el precio del bolsillo
De un telegrama sencillo,

.,
Erguida y llena de gravedad, resolvió la
Hermana Lucila traspasar de nuevo el dintel en donde ella había posado su planta
una tarde, á la. hora crPpuscular; y ascendió la escalera que conducía al aposen·
to del moribundo; y todo el .encanto de su
gracia y de su sonrisa se esparció nueva•
mente en aquel recinto.
-¿Sois vos? dijo cuando estuvieron solos
¿sois vos la que habéis vuelto? ¿Luego m~
habéis perdonado'?
Ella inclinó sobre aquel sufrimiento su
d~lce rostro, y con delicada castidad imprimió un beso sobre los párpados del joven.
-Oh! Herma.na Lucila. ... . Herma.na Lucila, ¿por ventura me amáis también vos?
-Yo os amo, dijo ella.

***

La piadosa. mentira produjo un efecto maravilloso en el enfermo.
Por la ventana abierta entraba. el esplendor de la. pdmavera. Mas no era esa luz la
que lo fascinaba, sino la que emanaba aquella criatura encantadora.
La Herm.ana. Lucila. no rechazó ya las palabras ardientes; ella las acogió, no por corresponder á su amor, pero sí para dulcificar su sufrimiento.
-Dadme vuestras manos, Hermana Lucila, otorga.dme vuestras mira.das ellas me
devuelven la vida.
'
Y puso al servicio del agonizante no solamente toda la gracia y toda la dehcadeza
de que ella. disponía, sino tal vez hasta su
salvación eterna.
Pues ella era la prometida de Cristo y no
d~bía dar oído á las protestas amorosas de
nm~ún hombre: Mas no era amor, sino compasión, el móvil de sus acciones y
donde hay compasión hay·siempre
algo de Cristo.
¿Su piedad debía detenerse en la
asistencia del enfermo? ¿Y prodi1tándole más ternura á fin de dulcificar sus últimos momentos, traicionaría ella sus juramentos y la sublime misión á la cual se había consagrado:
¿~o demostraría esto, por el contrario, una excelsa piedad, una muy
alta caridad, y más nobles y gene-

""
5.- Modelo d e bordados para aplicaciones.
4.-Vestidos de paseo y reunión

es decir, una peseta.
-Aquí hay palabras de más,
Dice uno de los que cobran;
O hay que quitar las que sobran,
O hay que pagar algo más.
Y el hijo, desconsolado
Leyendo en acento quedo,
Y contando con el dedo
Las palabras que ha estampado,
Dice por fin:-Sí, señor,
Sobran dos; da el telegrama:
Y tras una. pausa exclama:
-Quítele usted, &lt;gran dolor.&gt;
EUSEBIO BLASCO.

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>Reyes Spíndola, Rafael, 1860-1922</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores</text>
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