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                  <text>L LINDO LUSTRADO
Registrado como articulo de segunda clase, en 3 de Noviembre d~ 1894.-Impreso en papel de las Fé.brlcas de San Rafael.

Año XV-Tomo 11

México, IJ de Diciembre de 1908

,

ILMO. SR. DR. DON JOSE MORA,
PRECONIZADO ARZOBISPO DE MEXICO.

Número 24

�EL MONDO ILUSTRADO

758

Crónica Científica

Director, Dr. Luis Lara y Pardo.
Gerente General,

ALFONSO E.. BRAVO.

Las cosas .Y los fenómenos son, sin &lt;luda,
poi' sí mismos, capaces de producir placer
ó dolol', entusiasmo 6 indignación; pero es
incuestionable que, como no podemos miLA LUNA NO ESTA MUERTA
rarlos sino á través de nuestro temperamento ó del estado accidental de nuestros
~
OR muchos años, ó ruejor dicho, pormu6rganos, éstos tienen que interponerse forl[,,~ ~ chos siglos, se ha citado á la Luna, á
zosamente entre el mundo y nosotros y
:,ií,
: ; ese fragmento de noso~os mismos, codarle un colorido especial que los hechos,
~
mo ejemplo más cercano del frío y de
por sí mismos, no tienen.
r:9i": ¡;¡ · la soledad absolutos¡ basta el fastidio
~ •&lt; la han llamado los poetas «solitaria y
Los hictéricos ven Lodo amal'illo, y, los
fría&gt;, cosa que parece autorizada por estas noches
que usan gafas azules, todo azul; lo cual se
de nuestro seudoinvierno, en las que la Luna
brilla tan hermosa. Ahora, el que los poetas ha·
reproduce substancialmente en la misma
yan asentado esto, guiándose por las apariencias,
forma cuando, entre el objeto y r,/ .wjeto,
no tiene nada de particular¡ parece que esos buese interpone, como no puede ser menos, un
nos señores están dispensados de saber astronotemperamento.
mía¡ pero lo que daba á la afirmación un carácter
de seriedad, es que los señores astrónomos eran
De aquí resulta que nuestras apreciaciode la misma opinión, y ya el dicho de éstos sí panes sobre cosas y hombres, estas últimas
rece que debe tomarse en serio.
sobre todo, resultan siempre más ó menos
Pero he aquí que, á pe~ar de todo eso, ahora
resulta que nuestro satélite no está tan frío como
viciadas y que solemos pecar, en ellas, bien
lo habían declarado, y que, por lo tanto, no es
por exceso de optimismo, bien por rxceso
todavía &lt;un cadáver flotando en el espacio&gt;, co&lt;le pesimismo.
mo le llamó, no hace mucho, un escritor de novelas científicas.
En general, juzgamos á las gentes .r sus
Un sabio belga es quien acaba de hacer la deactos mejores ó peores de lo que, en realiclaración anterior, basada en observaciones perdad, son; y cuando no tenemos cuidado de
sonales unas y tomadas poc otros sabios otras¡ pecorregir, como dicen los astrónomos, nuesro todas muy recientes.
En su trabajo, el perspicaz sabio empieza por
tras observaciones, apreciamos y fallamos
hacer notar las dificultades que se han tenido,
sin suficiente ponderación ni suficiente
hasta ahora, para determinar el grado de calor que
equidad; y ya, por exceso de optimismo,
emite la Luna, y que, por más que se han concennos exponemos á dañarnos, ó ,ra, por excetrado sus rayos por medio de espejos y reflectores, no se ha llegado á lograr conmover á los terso de pesimismo, nos ,·emos orillados á la
mómetros más sensibles.
intoler~ncia y hasta á la iniquidad.
El año de 1846 se pensó en substituir los termómetros, que tan mal se estaban portando, por
Si, resentida una impresión, tuYiéramos
las pilas termoeléctricas, y gracias á esta substicuidado ele discernir la parte que en ella
tuci óo se empezó á notar en nuestro satélite algo
tomamos nosotros mismos y la que corresde calor, aunque muy poco. El primero en obserponde á los hechos ó personas que la causan,
var estos resultados fué un italiano, Melloni.
Del año de 1846 á esta fecha se han inventado
acabaríamos por afocar mejor los fenómemuchos aparatos, infinitamente más sensibles que
nos en nuestro espíritu, por cot'l'egit· los
el termómetro y que la pila electrotérmica¡ en
errores á que naestro .estado mental .Y or1881 se inventó el Bolómetro de Langley; después
gánico nos orilla, .r \'iendo más claro, proel radiómetro de Crookes, y todavía después el
radiomicrómetro de Boy, aparatos que nos permicederíamos más rectamente y con mayor
ten medir temperaturas que escapan á cuanto se
justificación.
había inventado antes, y que han indicado que la
Así, por ejemplo, en el matrimonio naLuna emite calor¡ ahora queda en pie la dificultad de medir ese calor.
da más frecuente que juzgar cada cónyuLord Rosse estima que el que emite la Luna,
ge al otro como causa de enojos, de arredurante el plenifonio, equivale á un ochenta mibatos y de tlesuzones que encuentran su
lésimo del del Sol¡ y Hutchins dice que no es más
explicación, no en lo que se supone set· su
que un ciento ochenta y cinco milésimo del emitido por el astro rey. Pero aun cuando se llegue
origen, sino en el mismo que las resiente.
á determinar una constante, será muy difícil lleSi el marido es bilioso, juzga malé,·ola ásu
gar á saber cuál es la temperatura de la snperficie
mujer y todo en ella lo exaspera .r deslunar.
agrada; si la mujer es flemática, cree bruHay que tomar en consideración que el calor,
procedente de la Luna, tiene dos orígenes: uno, el
tal, ligero y arrebatado al marido. Si uno
calor propio del satélite, y otro, el reflejado del
y otro se conocieran mejor á sí mismos,
Sol¡ de que se afirme la predominancia de uno ó
juzgarían con menos se,eridad á su cónyudel otro, depende la determinación del calor luge, tendrían mayor tolerancia recíproca r
nar y la dificultad está en saber escoger.
La concepción de una Luna extremadamente
las cosas del hogar caminarían mejor.
fría, parece confirmada por las experiencias boloConozco padres y madres que e&lt;lucan á
métricas de Langley, que descubrió, en la radiación lun&lt;1r, una notable cantidad de ondas mucho
sus hijos con el solo criterio de su propio
más amplias que las correspondientes á un block
temperamento ó de su estado actual. Sernde hielo¡ de sus estudios deduce que la temperaros cuando coléricos, son tolerantes .V contura de la noche lunar debe ser de 235°, de donsentidores cuando están de buen humor;
de se puede concluir que la mayor parte del calor, emitido por la Luna, proviene de la reflección
hoy instigan al retozo y a,I bullicio, .r masolar.
ñana, mal dispuestos, lo reprimen .Y casti"g·an; r asi anda ello. . .- .
-.,., . Experiencias posteriores, hechas por varios sa0

el~!'

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CUERPO Y ALMA

'f -

I los hombres reflexionaran en que

una buena parte de los estados del
alma-giro de las ideas, naturaleza de las emociones, orientaci6n
del criterio y energía de la voluntad,-dependen del estado y funcionamiento de
nuestros 6rganos corporales, de nuestra salud, de nuestro vigor, de la manera con
que trabajan nuestras vísceras y con que
se desempeñan nuestras funciones fisiol6gicas, multitud de errores y de faltas inevitables, iniquidades é injusticias no se cometerían, y las relaciones humanas se1fan
más razonables y más dulces.
Estamos cansados de observar cuán acentuados efectos mentales proüucen los trastornos físicos; nadie ignora que la digesti6n, la circulaci6n, la respiraci6n, según
se veritiquen, provocan estados del espíritu
placenteros 6 dolorosos, tranquilos 6 violentos. Sabemos, por propia y ajena experiencia, que el hambriento, como la fiera,
es irritable y feroz; qne el harto, como el
cerdo, es apático r torpe; que el anémico
es melanc6lico y soñador; que el biliososu nombre lo tlice,-es mal genioso é intolerante, y el sanguíneo festivo y decidor.
Y, esto no obstante, no bien un hecho
exterior 6 un acto ajeno nos monta en cólera, nos produce amargura 6 decepci6n,
lo que menos se nos ocurre es inquirir si
ese efecto es atribuible al hecho 6 al acto,
6 si es, tan s6lo, fruto del estado de nuestro propio organismo.
Cuando estamos irritables, todo nos parece irritante, hasta lo más apacible; cuando iracundos, todo nos causa c6lera, hasta
lo menos agresivo; cuando melancólicos,
todo nos parece triste, hasta lo más festivo.
Según anda nuestro espíritu, es deeir,
nuestras funciones or~ánicas, la mismn música nos hace llorar ó reir, el mismo rspectáculo nos divierte ó aburre, las mismas
palabras nos exasperan 6 regocijan.
Las gentes que tienE&gt;n ·belicoso el \·ino,
no bien beben, cuando todo les parece injurioso, y las que lo tien~n melancólico, lloran todas las lágrimas de su cuerpo por las
más insulsas tonterías.
El temperamento de cada cual, molde de
nuestro carácter, tiene un origen oTgánico
é informa todo el pensamiento, toda la emoción, toda la acción humanas.
Ante los mismos hechos morales y sociales, Demócrito reía y Heráclito lloraba. El
optimismo es tan extremado como el pesimismo y tan involuntario como él.
El temperamento, como causa permanente, y el estado orgánico del momento, determinan nuestra actitud y nuestro proceder ante lo que nos rodea.
~

. ,
. " ~t v. ,
. ~
_n am~~O ~JO, al casa!~~•- ~!.JO.ª SU pt O- :..
u
metida: H1 quieres ser teT1z:.a mi lado, nQ,..'

tienes que hacer más que una~cosa: no bien
me oio-as lleO'ar haz poner l.&lt;t sopa eñ
.,,
"" ' . ..
, la mesa r no me d1n)as la lJa1abra hasta
que no la ha_ya toma&lt;lo.

Mi amigo se conocía bien. El hambre lo
ponía furioso, 1~ hacía pendenciero, injusto, intolerante. _No bien comenzaba á comer,
aquel lobo se fransform:iba en cordero y ,r:i
se podía ~ratar con él.
Si todos tuviéramos esa previsión y esa
precaución, familia, nmistad, socie&lt;lad nos
serían más gratas .Y fieles, y nosotros sedamos roás amados r respetados.

bios, entre ellos W. W. Coblentz y Frank Very,
concuerdan con las observaciones del sabio belga.
Todo lo cual nos deja tan en duda como antes¡
per~ da a~ problema una importancia que n~nca
h_ab1a temdo antes de e~ta ta~ acalorada d1~cus16u, basada en observaciones ngurosamentec1entíficas y en datos suministrados por los aparatos
más perfectos que se conocen en la actualidad.
Ahora, colocados en otr., terreno, supougamos
que, después de los estudios de los sabios, resulta
que la Luna no está muerta¡ que en nuestro satélite, parte de nuestro planeta, es posible la vida, y
que, como consecuencia inmediata, existen en ella
seres vivientes, aun cuando sea en estado rudimentario, ¡como se avivarían los ensueños de
Pierre Selené, de Wells y de otros tantos á quienes ha fascinado la idea de los habitantes de la
Luna! Estando, como está, la Luna mucho más
cerca de nosotros, la comunicación con sus habitantes sería mucho más fácil que con cualquier
planeta.
Todo esto en el supuesto de que los selenitas
sean seres pensantes y capaces de comunicarse
con nosotros¡ pero ¿es posible la existencia de
seres organizados para pensar á temperaturas que
bajan más de doscientos grados del cero? Proba•
blemente no, y, en este caso, aun cuando los seres
existan y estén tan cerca de nosotros, nunca tendremos el gusto de cambiar correspondencia con
ellos.

PONTONEROS CONSTRUYEN.DO UN PUENTE

CO LEGIO ~IILITAR PASANDO EL PUENTE [ EN SIMl!LACRO.]

ESPERANDO ÓRDENES FRENTE AL CUARTEL GENt,;RAI..

ARTILLERIA LIGERA RECONOCIENDO EL BLANCO.

ARTILLERÍA LIGERA D ISPARANDO ,UN CAÑÓN.

ARTILLERÍA DE MONTAR., [EN SIMULACRO].
1

( Fotografías del Sr. Luis {:~evas.)

�761

et Mt1NDo n.trs1RA1'0

El domingo próximo pasado se efectuó una de
las ceremonias que tienen el privilegio de conmover, directa ó indirectamente, á todos los ha•
bitantes de la ciudad de México, de todas las clases y de todas las categorías.
El acto en que el Presidente de la República
premia da aplicación y el saber&gt; de los gallardos ybizarros hijos del Colegio Militar ha despertado, desde hace muchos años, el entusiasmo
de los poco entusiasmables habitantes de nuestra
conventual ciudad, hasta el punto d,! convertirse
en objeto de las conversaciones de todos durante
la mayor parte ele los trescientos sesenta y cinco
días del ciclo solar.
La gran promesa que encarna el edificio levantado sobre el histórico cerro y en medio de los
viejos ahuehuetes, parece renovarse cada vez que
los simpáticos muchachos hacen ver, á los n:.iles
de espectadores que concurren á la distribución,
que no en vano están disfrutando de las consideraciones que la Nación concede á los que se
dedican á su servicio desde la juventud, sacrifi •
cando, á veces, el sentimiento de libertad y re·
beldía, innato en los que acaban de pasar de los
tres lustros y empiezan á tener el orgullo de peinar ligero bozo sobre la boca.
Fuera de toda idea de militarismo, el Colegio es
una instituciótt altamente simpática para todo,¡
los que no la aman por espíritu militar, lo hacen por tener en él á algún pariente ó conocido, y todos sienten que es la cuna de los que,
andando el tiempo, han de defender las instituciones queridas de la patria y el honor nacional,
como lo han hecho en otras ocasiones.
Las estatuas de los bravos centinelas que adornan la entrada del gran patio de honor¡ los retratos de los cade'.es que sucumbieron sosteniendo
la enseña nacional frente á las balas de los invasores norte. mericanos¡los recuerdos que evoca cada uno de los lugares del edificio, hacen que el
patriotismo arda en el pecho aun de los más apáticos¡ y esto, visto después de la ceremonia de los
premios, tiene un valor incalculable, se agranda
y se sublima hasta lo infinito y hace llegar la
emoción hasta las lágrimas.
El domingo próximo pasado, el veterano de los
campos de batalla dió, á los nuevos soldados, la
última clase, la que se da cada año en el amplio
comedor del Colegio, después de haber puesto en
sus manos los premios y recompensas á que los
habían hecho acreedores sus trabajos durante el
año. La tribuna monumental se vió, como todos
los años, henchida de un público que, ansioso de
asistir á la promesa anual de los gallardos jóvenes, se dirigió al bosque desde las primeras ho-

cha regular hasta el año de 1847, en cuya época
fué invadido el país por los norteamericanos y
extinguido el establecimiento, cu ya posición mi•
litar fué tornada á viva fuerza, habiendo perecido
heroicamente en el combate el teniente Juan de
la Barrera y los alumnos Agustín Melgar, Juan
Escutia, Fernando Montes de Oca, Vicente Sná•
rez y Francisco Márquez.
Repuesto el Gobierno nacional, se abrió de
nuevo el Colegio y continuó hasta el 30 de Marzo de 1863, en que se cerró con motivo de la in·
vasión francesa y el establecimiento d-::1 llamado
Imperio. Vuelto á reponer el Gobierno de la República, se volvió á abrir el Colegio en Enero de
1869, según decreto de 7 de Diciembre de 1867,
expedido por el Presidente C. Benito Juárez,
siendo Ministro de la Guerra el General de Di visión Don Ignacio Mejía, y desde cuya última fecha sigue sus labores con bastante mejoramiento.

•••

Sr. Coronel Don Jo:;é íl1aría Cortés Gallardo,
primer Director del ColeJ1io Militar.
ras de la mañana para contemplar ese bello espectáculo de la juventud estudiosa, premiada por
la patria, en cuya representación está en el lugar
de honor el aguerrido S'lldado.
¿Por qué se quiere al Colegio Militar? Aparte
de qtte es una promesa para el porvenir, cuenta
con uoa historia de la que vamos á ocuparnos á
grandes ras~os.

Colectivamente el Colegio Militar se ha distinguido siempre en las ocasiones que se le han presentado. El 15 de Julio de 1840 estalló un pronunciamiento contra el Gobierno dentro de la
ciudad de México; los alumnos fueron los primeros en correr á su defensa y con alguna~ tropas
de la guarnición combatieron, durante once días,
en las calles y edificios hasta triunfar, y por su
heroico comportamiento fueron condecorados en
la Plaza Principal y ante el Ejército, el 27 de
Septiembre del mismo a.ñ o. En 1847 los alumnos
de la época llenaron de honor y gloria á su Colegio, batiéndose hasta el sacrificio contra el invasor
norteamericano. El 13 de Octubre de 1858 el Gobierno conservador puso á los alumnos á defender la garita de San Cosme, por donde inopinadamente quería forzar la Plaza una fuerte columna de liberales; los alumnos fueron los primeros
en contener y rechazar al enemigo, mientras salieron las tropas de la guarnición, habiendo tenido en el combate cuatro muertos, tres heridos
y varios prisioneros, y por cuyo digno comportamiento todos recibieron el grado de subteniente~ del Ejército.
Individualmente muchos alumuos se han distin~uido hasta llegará los primeros puestos del
Ejército, y por haberse perdido la historia del
Colegio en nuestras guerras extranjeras y no dejar olvidados á algunos hombres de valer, no damos la relación nominal de ellos.
¡En qué breves líneas está condensada la historia de nuestra gran institución militar, y á pesar de ello, cuántos recuerdos evoca! ¿Quién no
se siente conmovido al recordar los hermosos sacrificios de los soldados niños de entonces que,
como los de ahora, acababan de pasar de los tres
lu~tros, y empezaban á sentir el bozo sobre los
labios, y que no vacilaron un momento para sa-

Sr. Gral. Brigadier Joaquín Beltrán, Director
del Colegio Militar.

EL MF.CANISMO DEL CARÓN &lt;MONDRAGÓN&gt; ES EXPLICADO POR SU IN·

UN DESCANSO Á LA INFANTERÍA [EN SIMULACRO].
EL GRAL. MONDRAGÓN, UN «ATTACHÉ&gt; ALEMÁN Y AYUDANTES, LLEGAN·

VENTC'IR AL «ATTACHÉ&gt; ALEMÁN.
OFICIALES Y CADETES EN LAS CUREÑAS DE LOS CA~ONES «MONDRAGÓN&gt;.
HACIENDO PUNTERÍA CON LOS CA~ONE~ «]'!ONDRAGÓN&gt;.

DO Á UN CAMPO DE OPERACIONES.
INFANTERÍA [EN SIMULACRO].

Teniente Alfonso Desenlis, condecorado con la medalla del Mérito Facultativo de
se¡unda clase.

Fué fundado en 1824, siendo Presidente de la
República el General Don Guadalupe Victoria¡
Miuistro de la Guerra, el General Don Manuel
Mier y Terán, y primer Director del Colegio, el
Coronel de Ingenieros Don José María Cortés Gallardo. Su primer nombre fué «Escuela de Cadetes&gt; y se instaló en el castillo de Perote, Estado
de Veracruz, habiendo sido imperfecta esta institución hasta el año de 1833, en que se ampliaron los estudios y se formó el primer reglamento, siendo Ministro de la Guerra Don José María
Torne!, 'f Director del establecimiento el Coronel de Ingenieros Don Ignacio Mora y Villamil.
Y a perfeccionada, siguió la institución una m¡¡.r.

Anverso de la medalla de plata.

�7

l!!L- MUND" JLUEITRADO

762

L.t TRIBUNA DE HONOR.

1:L Sli:i:IOR l'RliSIDF.NTF. F.NTREGA UNA DE LAS Ml DALT.AS.

crificar sus vidas ante los cañones de la más in·
los cadetes, ansiosos, esperando la llegada de la
mios de este año fué excepcionalmente importanjusta de las invasiones que ha sufrido nuestra
novia ó de la hermana que venga á dar algún
te; durante ella se impusieron dos medallas: una
patria? Y, siguiendo el ejemplo de estos heroicos
premio á la semana, pasada en medio de los lide oro y la otra de plata.
niños, cuántos otros hijos del plantel han sabido
bros y al lado de los profesores, yel estímulo paAbel Dávila, alumno teniente pensionado, fué
distinguirse en el campo de batalla, y euántos
ra la que está por venir, que se pasará de la misquien se luzo acreedor á la primera, y Alfonso
han contribuido para poner en el alto lugar en
ma manera que la anterior.
Desentis cabo de alumnos, á la segunda. Estos
que se encuentra el nombre de nues·,:.:~...:.:~,......,,...:.=.==.:;.:~~...:..::...:;:.:.:.:.:~;_------------';;;..a==7.1 dos paladines del estudio y de la
tra justamente prestigiada academia
comtancia en el trabajo ostentaron,
militar.
con legítimo oriullo, las dos honrosas
Si de los tiempos antiguos volvedistinciones.
mos los ojos al presente, nos encon*
traremos con los sucesores de los mis••
mos heroicos niños, dedicados á la
Y una vez salidos del Colegio é innoble tarea de fortalecer el alma y el
gresados á las filas del batallón ó del
cuerpo para ponerlos, después, al serregimiento, después de ocho años de
vicio de la patria.
encierros, de privaciones y de trabaDirige actualmente el establecijos, podrán lucir sobre el pecho la
miento el señor General B~igadier
primeo condecoración de su carrera
Joaquín Beltrán, hijo del mismo y
militar, obtenida en los bancos de las
militar que cuenta con una limpia
aulas y ante los encerados de la sala
hoja de servicios. El señor Director
de exámenes.
es ayudado en sus labores por el seY cuando á ella se vengan á juntar
ñor Coronel de Estado Mayor Espeotras obtenidas en el campo de batacial, Artola Fontella, quien desempella, teñidas con la sangre de los eneña el cargo de Subdirector del planmigos, medallas cuya gloria se contel, dando muestras de gran dedicafunda con el grito de los moribundos,
ción y laboriosidad en el cumplimiencon el fragor del ruido de la granada,
to de sus delicadas funciones.
con las desgarradoras escenas de semejantes que se destrozan en una
***
ansia de gloria personal ó en medio
Si algún jueves,[después de las cinEL SF.ROR PRESIDENTE ENTRANDO AL COLEGIO ~ ILITAR.
de un odio de momento, entonces
co y media de la :tarde, tenéis una
quizás reeuerden, con dolor, todos
hora y media desocupada, os invito
esos
trabajes,
todos esos desvelos que sirvieron
En
uno
de
los
rincones
del
patio
toca
una
baná que la paséis en medio de los cadetes que, en ese
para convertirlos en piezas de esa horrible máda militar y á sus acordes bailan los cadetes unos
día, reciben la visita semanaria de sus familias y
quina de destrucción que se llama la guerra.
con otros, porque el rigorismo de la disciplina
amistades.
no permite que lo hagan con algunas de las guaDespués de la cómoda escalera, construida por
pas visitantes, á quienes se somete al suplicio de
los mismos alumnos, ó de la monumental rampa,
Tántalo ante este espectáculo de hombres bailannivelada por los mismos, se llega á la gran portado solos,
da, detrás de la cual se extiende el espacioso paA un lado de la portada, y pasando frente al
tio de honor, y á cuyos lados se hallan las estacuerpo de guardia, está el patio «Juan de la Batuas de los dos valientes centinelas que murieron
rrera&gt;, que conduce á los demás departamentos
en defensa de su patria. Por el patio discurren
del edificio. En la parte alta están los dormitorios, en los que se alínean las camas amarillas y
· las cómodas de madera obscura, con las iniciales
C. M. por todas partes,
Cuenta el plantel con grandes salones de estudio, un gimnasio perfectamente acondicionado y
amplios patios para recreo y ejercicio de los cadetes, quienes sólo salen del establecimiento los
domingos y el resto de la semana están sometidos á todo~ los rigores del régimen militar, bajo
el cual se forman su espíritu y su carácter
Los aiez meses y medio que los alumnos pasan
en ese encierro, durante el año, tienen su recompensa en los premios que se les otorga el primer
domingo de Diciembre en la solemnísima fiesta
que sintetiza todos los afanes y todos los anhelos
de'esos largos meses de privaciones.
La~distribución del domingo último tuvo una
importancia excepcional; durante ella se colocó,
en el pecho de dos cadetes, las dos más altas distinciones que el Colegio otorga á los alumnos.
Cuando.un alumno se distingue durante su carrera militar, hasta el punto de hacerse acreedor
al primer premio en todos y cada uno de los años,
se le concede una medalla de oro, que se llama
medalla del mérito facultativo de primera clase, y
en caso de que el cadete se haya hecho acreedor
á segundos premios durante toda la carrera, se le
concede una medalla de plata, que se llama del
mérito facultativo de segunda clase.
No es nada fácil obtener una de estas medallas.
¡Cuántos trabajos, cuántos desvelos se frustran, á
veces, por una enfermedad de última hora; cuántas inteligencias se disputan los premios cada
año, y á cuántos hay que vencer para hacerse dignos de las más grandes recompensas á que se puede aspirar, en competencia con más de mil seres
dedicados únicamente al estudio y al trabajo!
LA MEDALLA DE ORO.
Por eso es por lo que la distribución de preABEL DÁVILA, CONDECORADO CON LA MEDALLA
DE ORO.

t

;

Cerámica Policroma e Incrustada
Factura Precolombina

~XISTEN muy bellos ejemplares de cerámica
indíg~na, que denotan la artística cultura al- /~'
canzada por los primitivos pobladores de Í(
América y, especialmente, de México.
1
El subsuelo de Cholula, Cuautitláu, Tacuba y t
muchos otros lugares del país constituye un ver- 1
dadero museo, donde existen millares de vasijas
adornadas con los suntuosos motivos que creara
el originalísimo espíritu de aquellos remotos pueblos.
Los objetos cuyas ilustraciones acompañan estas líneas, fueron encontrados en Chalchihuites,
Zacatecas, y revelan la existencia de civilizaciones absolutamente desconocidas; pero que debieron ser, por los vestigios que legaron, de las más
cultas y sabias del Continente.
Los dos vasos que aparecen en perspectiva horizontal y vertical, son de barro obscuro, bien cocido. El artífice obtuvo en ellas una forma de líneas elegantes y armoniosas que semejan á la de
águila que extiende las alas y desgarra con el pialgunos recipientes etruscos. El ornato consta de
los contornos, hechos en relieve, de estuco negro,
co una serpiente, dibujada toda ella con trazos
de líneas rectas, lo que le da alguna semejanza
que limitan espacios incrustados con láminas pocon el águila típica de la heráldica prusiana.
licromas. En la parte inferior del vaso hay dos
En conjunto, el ornato es una estilización engrecas: una de pequeñas almenas escalonadas, y
teramente nueva en el arte precolombino, predootra superior, de línea~ que se cruzan perpendiminando en ella el atinado y sobrio uso de la lícularmente y terminan en un curioso zig-zag. En
la comba superior de los vasos · luce un original
nea recta.
Respecto á las consideraciones arqueológicas
ornato exterior é interior: el primero comprende
una serie de volutas negras, de estuco, que limique estas piezas puedan sugerir, diremos que son
de escasa importancia y meramente hipotéticas¡
tan á otras interiores de policromía vi vísima y
las almenas escalonadas son conocidas con disbrillante. Admira, realmente, la artística decoratintas variantes en civilizaciones ya estudiadas;
ción interior de estas hermosas piezas: es una

J.I:¿¡

1

las volutas son más raras, pero su tipo tampoco
es verdaderamente nuevo en la arqueología americana. La~ labores de contornos realzados é incrustaciones policromas, sí eran ignoradas en lb
absoluto por no haberse presentado hasta hoy en
la cerámica que conocemos de épocas pasadas.
La representación del águila, considerada com.o
simbolismo, recuerda inmediatamente á la famosa
águila heráldica de la tribu azteca que desgarra
una serpiente, diferenciándose sólo en que no
está posada en un nopal.
, Esto y el hecho de mencionar dicha tribu en
1 su discutida &lt;tira de la peregrinación&gt;, un lugar
1/ situado en Zacatecas, donde se estacionó y al cual
/ dió por nombre Chicomostoc ó &lt;siete cuevas&gt;
(Chalchihuites es un lugar de cuevas excavadas,
que se cuentan en gran número), permitiría entrar
en consideraciones hipotéticas, más ó menos autorizadas.
Los objetos que hemos mencionado fueron de'!.cubiertos, así como los restantes que aparecen
en las ilustraciones, en el grau salón de las co4
lumnas que desenterró el Sr. Gamio, en las inme
diaciones de la población de Chalchihuites.
La referida exploración fué iniciada por el Sr.
D. Jenaro García, Director del Museo, que empeñosamente trabaja por enriquecer el establecimiento. Las fotografías fueron tomadas por el Sr.
Antonio Cortés, del mismo Museo.

1

�it r,tt1Nbo

tLttSi'RA ho

F.L

~ru~mo rr.mmtA no

•

EXCURSIÓN AL PICO DF. ORI7ABA, ORC'AN17ArA P' R U' I GRUPO DE JÓVENF.S DE LA CIUDAD DEL MISMO NOMBRE.

LL Lnl Ll:. DE &lt;o.LA CHlHUAHLENSE) EN EL BL'CELL HALL, EL SÁBADO

5 DEL ACTLAL. ( INSTANTÁNEA HECI A CON I;AG1'ES. O PAl&lt;A 4-EL MUNDO ILUSTRADO&gt;.)

Los

Animales Tutelares en el Arte

La &lt;Tierra Baja&gt;, de Guimerá &lt;trá¡!ica, agreste y brava&gt;--tal h; sido

CÓKllOBA.-RUlNAS DE LA CASA MENÉNDEZ Y CIA.-INCENDIO OCURRIDO LA NOCHE DEL

29 n.- Nr· •·,,;:¡-,-,o~ DE 1908.- DEPARTAMENTO DE JIIAQUJNARIA
..._✓-

SRITA. MARÍA LUISA BRUIGAS, DE ORIZABA, QUE SOBRESALIÓ EN EL
CONCURSO DE SIMPATÍA.

ROSA

..

, L JB DE PATINADORES, RECIENTEMENTE ORGANIZADO EN ORIZA A
,--

CóRDOBA.-RUINAS DE LA CASA~MENÉNDEZ Y CI \.-INCENDIO OCURRIDO L\ NOCHE
DEL

29

DE NOVIEMBRE DE 1908. -COMERCIANTES EN CAFÉ Y TABACO,

Tú no ~abes lo que dices, viejo Gottlieb, exigiéndome que olvide á Rosa
y, con ella, mis mejores años, los días dichosos de mi vida en Viena!
Escucha la voz de tus recuerdos, vieja armazón de hombre¡ rememora tus
amores y confiesa después francamente que te estremeces aún pensando que,
á orillas del Danubio, te juraron a lguna vez eterno amor.
Mira: lué en Prater donde la conocí; en él donde la dije la primera palabra
de amor; en él paseamos felices y tranquilos; en él nos vimos por ú ltima vez,
sin que nunca, ni una sola diferencia, ni una sola siquiera ¿entiendes? empañara el cie 1o de nuestra pasión.
Han pasado los años, hemos estado lejos, muy lejos, el uno del otro. Ella
no recuerda esa vida de luz en que vivimo~ sin pensar en el mundo, cuando
los dos nos amábamos: ha dado su corazón; pero aun cuando todo lo olvide y
todo lo prostituya, no conseguirá borrar de mi mente los recuerdos, los dulces
recuerdos de mis amores. que son mí amor del presente.
Entiende, estúpido Gottlieb, que no me importa la actualidad, porque de
ella nada quiero¡ la vileza y la infamia del presente no han existido siempre
en su corazón; ella tiene, como tú, un pasado, y ese pasado, viejo judío, es de
pureza, de ternura y de amor.
Te ríes y me llamas visionario porque ella se ríe y me llama tonto; no han
sido, no, mis labios, los que la han anunciado este amor que la conservo. Sé

.

que e~ una estatua de carne y nada más; hue tod'J
Jo noble, grande y digno ha deia?arecido de su
corazón, y no la diría, como no la he dicho, ni
una palabra del fuego que aún arde en mí.
¿Para qué he de hablarla 5i me ha de contestar
un sarcasmo? Y aun cuando dijese que me ama
todavía, entiéndelo bien, Gottlieb, yo sé que no
deho, y por tanto, que no puedo mirarla.
Mira, viejo judío: somos en esta vida como el
viajero que camina por una senda escabrosa; no
podemos hacer todo el viaje de una sola jornada;
en los mo~entos de descanso, abandonamos el
cuerpo para que recobre nuevas fuerzas y consagramos el pensamiento á gozar, recordando los
placeres que alguna vez aspiramos, ó fraguando
los que alguna vez aspiraremos.
Tú, viejo avaro, gozas con el dinero que has
amontonado y con el que amontonarás.

;.:' ¿Por-qué ·no me~dejas gozará mí con el :recuerdo de mis pasados amores?
Cuando era pura medió su retrato, que todavía
conservo; ese es el que me sirve para no olvidar
sus facciones; mirándolo, creo ver á ella misma
bajo los melancólicos tilos del inolvidable Prater;
me parece que va á hablar como lo hacía entonces, que me sonríe dulce, muy dulcemente...... .
Ese es, Gottlieb, todo mi amor; nadie lo sabe
más que tú y ella; á nadie Je importa y no te importa decir: ¿por qué quieres impedírmelo?
Acuérdate de tu hija Abigail; piensa lo que sería de ti si te la arrebataran ó le la matara □, !Ah!
te estremeces y lloras; pues bien, mis recuerdos
son mi Abigail: ¡déjame con ellos!
OSCAR

WEBER,

concentrada por un cronista en tres
epítetos que son tres precio~os ha•
llazl!os del léxico- robusto drama democrático y montaraz, está dominado
por la visión del lobo, accesorio tírico
que en cada escena de esta obra a~oma su piel leonada, su husmeante hocico y su hirsuto mostacho. Es como
l:t rttbrica e~pecial de esta cre:ici6n
de arte: concisa de pasión, hecha á rudos toques de poesía, como á toscos
y valiente~ hachazos. Borrás nos la ha
traído de Cataluña como una flor áspera y bella.
El lobo, este animal tutelar de
toda la obra, aparece desde la narración de la lucha que so~tiene Manelik
con el perro salvaje, allá en la hondonada, bajo la soledad luminosa de
la~ estrellas. E~te relato es el fiero re{!alo de bodas que ha traído á Marta.
Luel!o el hosco animal es su alma
m;sma que ventea el ataque 'en la
cueva lúl!ubre y estúpida de su duda;
y desde el horrible a~ujero en que
revuelca su rabia sorda ve pasar la
presa ....... Entonces Seba~tián es el
lobo y Manelik es el mastín de fuer•
tes músculos que lo despedaza. Y el
barro obscuro de este hijo de los picachos se ilumina con un relámpago
de reivindicaciones- como el sebo se
convierte en luz, según la expresión
de Hu¡!o;-y el zafio pastor, el sometido, el burlado, tiene la noble grandeza del siervo que se rebela contra
\in feudalismo aun oprimente, de toda una clase
~ocia! ,:ue ya había abolido, desde "1 siglo XVI,
el derecho de pernada.
El drama todo está hecho de lobo y de montaña, está cortado á golpes secos y fuertes, como se
doma un pedernal. Tiene la médula del catalanismo que abre nuevas brechas con vigor brusco y
ioven, con un soplo de &lt;pueblo•, en el arte castellano señorial, clásico y católico.
Para realizar esta labor de ímpetu, Guimerá invocó, como signo propicio, la existencia del lobo
huraño y libre, que pasa por el rudo poema con
su andar rápido y artero y su espantoso hedor,
como el buey blanco y manso por las campiñas
de Vir¡!ilio. Es un nuevo animal tutelar de la literatura, como los perros alongados de los cuadros
del Veronés, como los gatos baudelereanos &lt;!'parecidos á lo espirit1;1al por lo misteriosos y sutiles&gt;,
como las albas criaturas que rasl(an los estanques
de Lugones, en sus jardines líricos v abstrusos
bajo su~ crepúsculos refinados de decadencia.
'
WtLH&amp;I-J,1 futSTtR,

�767

EL MUNDO ILUSTRADO

[TEE\71tf;\LE~ l~
:·: ..} ·.··:~.

...

..
público culto y desapa~ionado, va la famos:1 .-cla
que&gt;, entran los rencores persona!es y las enemistades; los representantes de un numero extraordinario de agencias teatrales, con sus correspondientes órganos de publicidad y, por fin, los intereses de un fortísimo grupo de banqueros que
tienen en la mano periódicos importantes. Cuenta el maestro anécdotas como esta: &lt;Cuando
se estrenó renovado, el teatro &lt;Re,!io&gt; de Turín y se 'quería dar la Tetralogía de Wagn1:r,
l,ubo muchos viajes y c:imbio febril de cartas y
telegramas con los editor_e•, que par~cían bien
dispuestos á hacer algo di1no d~ l~s circun~ta_ucias. Se formalizaron las negociaciones y v1111eron las cifras. El editor quiere i95,000 francos de
alquiler! Le preguntaron estupefactos por qué una
cifra tan alta. Y el otro explica: lQué necesidad
hay de recurrir á música de Wagner? Nosotros
debemos con~ervar el culto del gran arte nuestro
italiano· dar óperas de Wagner después de la
muerte de Verdi, sería un insulto á su memoria.
La razón es convincente: la cifra enorme de los
derechos, protectores de nuestro arte. Y á la viuda de Wagner, temerosa del gran obstáculo, el
editor dice: ¡Déjeme usted hacer, es ~ente que
puede pagar! ¡Yo busco el interés de usted! La
Tetralogía fué desechada por fuerza y se tuvo que
representar &lt;Aida&gt;. El homenaje á Verdi y el culto de nuestro arte se dieron, en fin, como buen
motivo para poner en escena la más réciente obra
de mi músico&gt;.
Siendo el propio maestro Leoncavallo_quien ha
dicho lo anterior, huelgan los comentanos.

CRONICA EXTRANJERA
Milán, Noviembre de 1908

Huelga de músicos.- Las casas editoras.Acusación del maestro Leoncavallo.
Lo músicos todos de las orquestas de estos teatros se han declarado en huel¡(a porque exigen
un aumento de paga que no se les ha podido conceder. Estos, como todos los profesionistas, empleados, etc., tienen instituida una sociedad mutualista, fundada con sólidas bases, con su mesa
directiva y sus estatutos. Los representantes son
abogados, socios de la liga en genera}, En la actual interesante temporada de Otono, todos los
teatros que están en trabajo (menos uno, el Manzoni) son explotados por la sociedad Suvini y
Zervoni, contra quien los músicos se han rebelado, al parecer injustamente. Las, dos partes contrarias se mantienen firmes, y asi se ven ahora en
Milán espectáculos nunca vistos: funciones de
ópera y opereta con piano solo, &lt;La Boheme&gt; y
«Carmen&gt; representándose en el D'Alverme en
tales condiciones y en esta temporada, la más seria de dicho teatro! Las dos primeras noches el
público rió y se divertió; pero ahora está justamente indignado. En los teatros de comedia y
opereta la cosa es más pasable, sobre todo en los
primeros, donde no es indispe_nsll:ble la orquesta.
En el Lírico se da la &lt;Turlupmcide&gt;, de Renato
Simoni una revista político-social de gran ingenio· pe~o de una sátira sangrientísima; el director
de ~rquesta toca el piano, y el segundo maestro
que dirige junto á él, á ca~a momento tiene que
dejar la batuta para empunar la tambora, que es
el instrumento que en la pieza acompaña los discursos de Gabriel D'Annunzio. Y no hay trazas
de conciliación, y la empresa tendrá que ceder,
pues á más de que los músicos han recibido votos de solidaridad de casi todas las orquestas de
Italia, los coristas y maquinistas han advertido
que se adherirán á la huelga en caso que sean
contratados músicos extraños.

A. C.B.

El ríllz'mn n alfo rn/,l' fos f:,cs ro- .,·r:dc;, .&lt;',1::&lt;l.',rn y Gabriel Esnn11rrfzar.

El lugar del combate.

Un encuentro reñido.

Campeon~to de f spada de Combate

En el camino por el que iban lamentando su
desgraciada suerte, encontraron un pobre gato que
maullaba,
Era, en verdad, un desgraciado, tan pobre como
ellos, pues no tenía más que la piel pelada sobre
sus huesos.
Si hubiera tenido pelos en la piel, sin duda no
hubiera sido tan miserable, seguramente no se le
verían los huesos,
Pero como no tenía pelos, y con su pobre piel
sobre los huesos, era, en verdad, un pobre gato.

~.-.;

~~

Si el cielo de noche
Me pongo á mirar,
Tantas luces y tanto silencio
Me dan qué pensar¡
Y, al ver cómo callan
Tierra, viento y mar,
Me parece que el mundo es un muerto
Que van á enterrar.
BALART

La eminente actriz Tina dí Lorenzo que nos
visiforá dentro de pocos días,

•

Luz'gj Caru,i, primer actor de la Compañia.
«Tina di Lorenzo&gt;.

Grupo de jueces y fíractores.

*••

Para que se pueda tener una idea del punto que
alcanza la parcialidad y hasta, el despohs~~ d;
los editores musicales, he aqui la declarac1on o
acusación que, especialmente contra_ la casa Ri;
cordi, hace el maestro Leoncavallo, informando a
un autor novel y que publica el periódico romano &lt;La Vita&gt;.-&lt;En la época actual (habla el
maestro), hay editores que dicen á los empresarios: ¿Quiere usted tal ópera? Bueno, no meopcngo; pero .... debe Vd. tomar esta otra de Fnlano.
Fulano es un músico de gran fama, como Vd . s.tbe; es mi músico sobre todo. ¿Quiere Vd. mú~ic_a
de Wagner? Muy bien; pero... ¿y nuestra mu,i-_
ca? Y la música italiana es siempre aquella de m,
maestro.
Agrega Leoncavallo que los editores imponen
condiciones como estas: Ustedes, empresancs, se
obligan á no dar, por ejemplo, óperas de Leouca
vallo, bajo pena de multa de ~lgunos miles de
francos. Con es'.e s·shma llegan a crear celebnd.1des á beneficio exclu~ivo de un solo artis!a y
grande daño de los l tros, porque el público ign0ra las buenas cosas de aqu!llos autores cuyas operas son muy deficientemente representadas. L~oncavallo sigue diciendo que aun cuando u~ maestro ha vencido las orimeras batallas, las dtficullades son infinitas, porque hay que pedir el j uid_o
del público y venir á Milán. Afirma que el ¡iublico de Milán es el meior de Italia y el más _inteligente, y que su juicio es infali~le. S~ co~qmsta
la fama en Milán ó no se conquista ¡amas. Pero
ílgrega que cuando se abre la &lt;Scala&gt;, á más del

L MARTES ocho de~los corrientes se efectuó,
en la elegante residencia del Sr. Teniente
Coron.e} D. Pablo Escandón, en la calle del
Puente de Al varado, la .-ponle&gt; final para decidir
el campeonato de espada de combate, en la ciudad
de México.
A las diez de la mañana se hallaban reunidos
en el jardín de la citada residencia, los caballeros que debían tomar parte en el torneo, y se procedió á sortear los lugares y á arreglar los «handicaps&gt;
Hecho esto, empezaron los asaltos, durante los
cuales los asaltantes mostraron gran de~treza y
habilidad. Fungieron de jefes de campo los señores ingeniero Daniel Garza, Rafael Cardeña y profesor Lucien Mérignac, quienes designaron, como
primeros tiradores, á los señores Gabriel Fernández Somellera, Gabriel Esnaurrízar y capitán de
fragata Cristóbal Gon.zález.
Hecha la declaración del jurado, se procedió á
entregar á los agraciados los premios de campeonato concedidos por el profesor Mérignac, consistentes en una medalla de oro al primer lugar, en
cuyo anverso se ve á un tirador de espada, y detrás de él una pareja de tiradores en un asalto;
en el reverso hay lugar para una inscripción alusiva. El segundo consistió en una medalla igual
á la anterior, con la sola diferencia de ser de plata; y el tercero, en un magnífico juego de espadas.
Terminados los asaltos, el señor Escandón invitó á los presentes á un exquisito &lt;lnnch-champagne&gt;, que se sirvió en el amplio y elega1;1te salón
comedor de la casa.
La fiesta dejó muy gratos recuerdos entre los
asistentes y ha constituido una página digna de
recordación en la historia de los deportes entre
nosotros.

E

*
Tesoro de los Pobres
una vez, ya no recuerdo en qué país,
HABÍA
dos pobres, tanto, que no poseían nada; pero

A. Falconí, actor de la Compañía
« Tina dí Lorenzo&gt;.

nada de nada.
No tenían pan que poner en la alacena, ni ala
cena eu que poner el pan.
No tenían casa para poner la alacena, ni terreno
donde construir una casa.
Teniendo casa, hubieran podido colocar la alacena.

*

En el centro, el Sr. Gabriel Fernández Somellera
[l er.lugar] á suderecha,el Sr. Gabriel Esnau- '
rrfzar, [29 lugar] y la izquierda el capitán de navío D. Cristóbal González.
Y si hubieran tenido alacena, seguramente que
en uno de cualquiera de sus rincones hubieran
encontrado un pedazo de pan.
Pero _como no tenían ni terreno, ni casa, ni alacena, m pan, eran verdaderamente pobres.
Lo que más echaban de menos, era hasta un poco de sidra.
Pero lo que hubieran preferido siempre no era
el pan, sino la casa.
Y aquellos pobres se consideraban más pobres
que nunca durante la noche de una gren fiesta
triste noche para ellos, solemne y al egre par~
otros que tenían fuego en la chimenea y la olia
puesta en la lumbre.

* * y se ayudan los unos á
Los pobres son buenos
los otros.
Los pobres de nuestro cuento regocijáronse al
encontrar el gato y no pensaron en comérselo·
por el contrario, le dieron un poco de tocino qu~
les habían dado á ellos por caridad,
El gato, después de haber comido, echó á andar
delante de ellos y los condujo á una vieja choza
abandonada.
Había en ella dos asientos y una chimenea según pudieron ver al entrar, merced á un ray~ de
luna que desapareció en seguida,
Y el gato desapareció con el rayo de luna.
Cuando se encontraron en tinieblas delante de
la chimenea negra, que la ausencia del fuego ha·
cía más negra todavía, dijeron:
-¡Ah, si tuviéramos aunque no fuera más que
algunos tizones .... Hace tanto frío!. ... Sería bueno pasar aquí la noche al lado del hogar contándonos historias.
'
De pronto, dos ascuas brillaron en el fondo del
hogar; h~rmosas ascuas amarillas como de oro.
Y el viejo se frotó ligeramente las manos diciendo á su mu.jer:
'
-¿Notas ese hermo~o calor?
-Sí que lo noto - respondió la vieja, y alargaba las manos hacia el fuego.
-Sopla un poco y él luego se avivará.
-No, respondió el marido-se acabará demasiado pronto.
Toda la noche estuvierqn al lado de la chimenea, con las manos extendidas hacia aquellas ascua~, que r_elucían co_mo dos luises y que seguían
ardiendo sin consumirse.
Y cuando llegó la mañana, los pobre:s que habían pasado satisfechos, sin frío, la noche, vieron ei:i el fondo de la chimenea al pobre gato que
los miraba con sus grandes ojos de oro.
Ent?nces comprendieron que el reflejo de aquellos o¡os era el fuego que los había calentado to.
da la noche,
Y el gato les dijo:
-&lt;La ilusión es el tesoro de los pobres&gt;,
J. R1

�EL MUNDO ILUSTRADO

EL

o

PAPALOTE
A la distinguida Srila. Julia Iglesias Calderón.

pero vas pronto. No
dilates, porque tu papá
no tarda en lle,!ar y no
he echado todavía uin•
guna tortilla.
Así dijo doña Refu¡¡io
á su pequeño hijo Antolín al poner, en manos
de éste, doce centavos
para la compra de un
comal en la casa de tía
Pepa.
Antolín 1 único hijo de doña Refu¡(io, llegaba á
los nueve años sin haber podido gozar, á S\. antojo,
de los encantos con que suele brindarnos la existencia en esa época dulcísima que bien quisiéramos volver interminable. Su condición de hijo
único, que pudo para él ser ventajosísima, no lo
fué ni un segundo, pues aparte de que menudeaban sobre sus débiles espaldas los chicotazos que,
casi siempre sin motivo, le asestaba el vicioso de
su padre, y sobre su cabeza los muy fuertes y do•
lorosos pescozones de doña Refugio, Antolín, el
pobre Antolín, salía de la escuela, no para ir á
jugar como la mayor parte de los niños de s_u
edad y de su clase, sino pai:a ocuparse, ora en ir
por el maíz al mercado, ora en llenar de agua las
dos tinajas de la cocina tras largos y fatigosos via•
jes al río. Además, Antolín no podía, por seri:nuy
pobre, tener, como otros niños, ni trompos, m ca•
nicas, ni flecha.&lt;, ni papalotes, ni cerbatanas. Ra·
ras, muy raras veces caía en los bolsillos de su
rompílado pantalón alguna moneda de á centavo,
la cual era convertida casi instantáneamente por
el rapaz, en un merengue, en un bocadillo de ma•
mey ó en algún camotito de Santa Clara.
Pero un dulce cada ocho días es demasiado poco
placer para un niño. Y cuando desgranando maíz
para el cerdo y las gallinas de su ca~a, oía el po•
bre Antolín sobre su cabeza el zumbar de un papalote, alzaba los ojos, los clavaba tristemente
alegres en aquel objeto de stis ansias, y, sin poder
contenerse, en un arranque de entusiasmo infantil
se ponía de pie y gritaba jubiloso:
-¡Mira, mamá, qué papelote tan bonito!
Cuando Antc.lín recibió de manos de su madre
los doce centavos para la compra de un coma!,
corrió ligero á cumplir con su encomienda. Al
franquear la puerta de la casa de tía Pepa, detúvose, deslumbrado, ante una hilera de papalote~
nuevecitos que de la pared colgaban. ¡Qué bonitos!
Eran de pico y de gallardetes y tenían zumbadores por todos lados. Si él tu viera dinero para comprar uno, ¡qué gusto se daría empinándolo en el
patio de su casa, después de echar el agua y desgr.mar el maíz para el cerdo y las gallinas! Pero
esos papelotes debían de costar mucho . .. ..... lo
m•noi tres reale;¡ y ¿adónde cogía él tanto dinero?
M entras esto pen~aba, llegó de la calle un niño
d.:l v.:cindario aquel, y dijo con voz entrecortada
por la sofocación:
-¡Un papalote de á diez centavos!
Recibió el niño el papalote que pedía, y, tras
de pagarlo, salió sonriente delante de Antolín,
que le siguió, con melancólica mirada, hasta perderlo de vista, para quedar después mudo, inmóvil, embebecido en la contemplación de aquellos
armazones poligonales forrados de papel de varios y vivísimos colores. Y ¡qué baratos eran!
¡Diez centavos!. .. .. Pero diez centavos tampoco
los tenía. No, no los tenía. Porque los doce que
llevaba en la mano no eran suyos, sino para com•
prar el comal que su mamá le había encargado
con tanta urgencia. ¡Si él hubiera guardado los
centavos que le regalaba de vez en cuando su pa•
drino!. ..... ¡Tonto! ¿Por qué gastarlos en dulces
si los dulces se acababan tan pronto? Un papelote,
cuidándolo bien, duraba mucho. ¡Si él pudiera!. ..
Si su mamá no lo sobara, tomaría los doce centavos aquellos para comprar el papefole. Pero Jo
iban á sobar mucho .... Después de todo, una tunda más ¿qué importaría? ¿No le azotaban á cada
minuto, á cada sel(undo? Sí, se decidiría á todo.
Diez centavos para el papelote y los otros dos
para Cof!lprar hilo &lt;del diez&gt; en casa de tía Tules.
Faltaba la cola ...... Pues la cola la conseguirí'\
en las tiendas de ropa ó en algún basurero de la
orilla del río.
Fué sacado de sus imaginaciones por tía Pepa,
que, desde su buh,ca de cuero, le espiaba sin pestañear, temerosa de que fuera á cometerla alguna
travesura.
-¿Qué querías, hijito?
-Pues .... quería.. . .. -contestó Antolín indeciso;- quería ..... .
Después, cual empujado por mano misteriosa,
entró decidido y dijo con voz firme:
-Deme u.,té un papelote de á diez centavos.
Ufano por la posesión de aquella hermosa prenda, fuése á comprar el hilo &lt;del diez&gt; en casa de
tía Tules, en seguida á buscar trapos viejos para
hacer la cola, y media hora después, en un callejón muy próxin ,o á ~u ca~a y limitado en el t:X•
tn~mo sur _por el no1 .l\ut&lt;1Un, olvidado de sus
AS,

tristezas pasadas y sin pensar ni un momento en
sus desazones futuras, tenía muy empinado su
hermoso papalote, que zumbaba sin interrnp·
ción y movía majestuosa y acompasadamente la
cola. ¿Quién má~ feliz en aquellos instante~? Su
papelote estaba más alto que las palmas de la orilla
opuesta¡ n.ás alto que las torre~ de los templos¡
más alto, mucho más, que la más alta casuarina.
Y ¡qué bien corrían por el hilo, casi recto, hasta
lle¡(ar al fremlln , loi. corrMs que bajo la forma de
cir.:ulitos de papel le enviaba! Y ¡qué zumbido!..
Seguramente no había en todo el pueblo un pape•
lnte como el suyo.
Cansado de distraerse con los corren.&lt;, dió en
soltar el cabo del hilo, atado á una tablilla, y correr tras él hasta alcanzarle¡ pero desistió á poco
de esta suerte, porque una vez anduvo tan de pri-

Pepa supo que allí había estado "un muchachito
flaquito, de pantalón azul y camisa colorada," que
había comprado un p apelote de á diez centavos.
A juzgar por las señas, aquel muchacho no po•
día ser sino ~utolín.
Sin de~pedirse de tía Pepa, d oña Refugio se echó
á la calle, no sabit:ndo, de pronto, qué camino seguir. Mu y brevemente, sin embargo, dejó tal actitud, pues pudo ver, en dirección de su casa, un
pequeño papalote cuyo zumbar de colmena llegaba
hasta sus oídos, ensordecidos por el enojo.
-Allí ha de estar-pensó. - Y sin vacilar un
instante, tomó el rumbo señalado.
Antolín se había sei..tado muellemente sobre un
montoncito de verde grama. Olvidado allí de sus
angustias de todos los días¡ sin sentir el dolor de
los burujones y el ardor de los cardenales que Je

Una gran instalación torrificadora de cafe
•

*

Siendo México, como es, uno de los países productores de más
y de mejor café en el mundo, parecía extraño que no se hubiera
fundado en la República ningún establecimiento que se dedicara
exclusivamente á la preparación y torrificación del rico grano, cuya
aceptación universal asegura una fortuna para quien se dedique á
esa industria, que á la yez es relativamente fácil y muy remuneradora.
P ero existe, y desde hace muchos años, un establecimiento de esa
clase que está haciendo la fortuna de su propietario, quien con tesón ,v constancia ha procurado el constante mejoramiento de su
instala ".ión.
El año de 1880 fundó el r::ir. D. Benjamín Campa, en la ciudad
de Guanajuato, una casa cu_yo giro especial era la torrificación de
calé, haciendo uso de los procedimientos más modernos de que se
disponían en la época para esa industria.
Debido á la constancia y á las justas aspiraciones de su propietario, traducidas en una labor ímproba, la casa no sólo se ha conserrndo, sino que ha prosperado notablemente J' ha estado siempre á la altura de las primeras de su clase.
Actualmente toda la instalación está mo,-ida por electricidad; emplea á ciento cincuenta operarios, hombres y mujeres, y sus productos cuentan con general aceptación en todo el país, lo que está
probado por el hecho de ser la casa preferida por todos los principales hoteles y restaurants de la República.
Tiene el señor Campa especial cuidado en la selección de los
granos que emplean en su casa, y sólo usa café de primera clase,
de Uruapam y de los principales puntos productores de la costa
de Veracruz.
El lema de la casa es &lt;Siempre arriba&gt;, &lt;Siempre el mejor&gt;, y
no se economiza gasto, trabajo ó esfuerzo que tienda á que este lema sea llevado siempre con justicia á la vez que con orgullo.
Ha presentado el señor Campa los productos de su casa á varios concursos industriales, y guard.t, como recuerdo de ellos, dos
primeros premios, obtenidos uno en la exposición municipal de
lrapuato y el otro en el concurso ele las clases productoras de Guadalajara.
Han aumentado de tal manera los negocios de la casa, y sus productos han alcanzado tal circulación, que el seiior Campa se ha
visto en la necesidad de establecer una imprenta, montada con todos los adelantos del arte tipográfico, en gran escala, para responderá las necesidades de emp:1.que, despacho de negocios comerciales y propagandn . .8n esta imprenta se ejecutan los trabajos necesarios para la fábrica y apenas se da abasto pam. ellos.
La maquinaria r¡ue se emplea para la torrefacción del café, es de
origen alemán .Y de lo mejor que se conoce en su clase. La instalación ocup:t una casa. amrlia .v cómoda, ht marcada con el número
46, frente al Parque Porfirio Dfoz de la ciu(h1d ele Guanajuato, y,
aunque no tiene a pru-tado en e1 correo, ó a lg-u na otra seña especial,
es de tal manern conocida en toda la ciudad, que basta el nombre
de &lt;El Operario&gt; pimt o 11(' recib,1, con tod,t seguridad, cualquiera
comunicación que se le dirija.

Sr. Don Benjomln Campa. prnp1etarío de la ín~talncíón
&lt;El Operario&gt;.

Tenemos el gusto de acompañar á e::.tas líneas un I et1 ato del se
ñor Campa. en el que verán nuestros lectores las caracterí!:&gt;ticas de
un hombre trabajador y constante; sus rasgos revelan energía y laboriosidad, comprobadas por la fructífera labor ([UJ1 ha llerndo á
cabo desde la fundación de su casr1, labor que ha sido proYechosa.,
no sólo para su ciudad .r Estado, sino para hi industria_cafetera de
nuestro vaís.

Torrificadora qu~ se usa en
« El Operario&gt;.

sa y tan á saltos la tablilla aquella, que, para alcanzarla y evitar con ello que su papalote se cayera
al agua, vióse en la necesidad irnperio~a de arrojarse al río y sufrir muy serio y peligroso cha·
puzón.
Mientras tanto, doña Refugio, hecha un botafuego, iba de la cocina á la calle y de la calle á la
cocin?. ¿ En dónde diablos estaría Antolín? ¿Por
qué no regresaba todavía? ¡Muchacho maldecido!
¡ Ya se las pagaría todas junta; ! Y como si sintiera
la necesidad de golpear algo, ya daba un puntapié
á este mueble que la interrumpía el paso¡ ya em•
pujaba rabiosamente la puerta que un soplo de la
brisa había entrecerrado¡ ya azotaba, contra el fo.
gón ó contra el lavadP-ro, esta cuchara, ese moliuillo, aquella sartén ó cualquiera otro trasto de
la cocina.
El padre de Antolín llegó á las once en punto
pidiendo de almorzar.
- El almuerzo está, pero no hay tortillas-dijo
secamente doña Refugio.
-Entonces, ¿qué demonio~ has hecho en toda
la mañana?-repuso furiosamente el marido.
Frenética como nunca, salió inmediatamente
doña Refugio en busca de su hijo. En casa de tía

habían producido los últimos golpes de doña Refugio¡ descansando á más y mejor de las despeñaduras sufridas con tantos y tan frecuentes viajes
al río¡ sordo á los ruidos de la calle¡ ciego aun
para los transeúntes que pegaditos á él pasaban¡
ajeno, en fin, á todo lo que en torno de él ocurría,
contemplaba, verdaderamente embebecido, su papalote.
Doña Refugio pudo llegar hasta su hijo sin que
és te la sintiera y sin darle tiempo para que pu•
diera poner pies en polvorosa. Le sorprendió
cuando, ebrio de impresiones que jamás había sentido, que quizá ya nunca sentiría, escuchaba, embelesado, aquel zumbido intermitente que llegaba
hasta sus oídos como el aletear de los colibríes
que había visto tanta~ veces, mientras desgranaba
maíz en el patio de su casa, libar, sedientos y palpitantes, la dulce miel de los tulipanes y de los
floripondios de la cerca.
¡Pobrecito Antolín! Fué casi levantado en peso
por su madre¡ mas el dolor físico, que tan rudo
como inesperado ataque le produjo, fué nada para
la angustia que sintió cuando,abandonadoelhilo
de su hermoso papalote, caía éste lentamente, moviéndose de un lado á otro, como la cabeza de

También publicamos fotografías de los modelos {lo máquinas
que se usan en la casa para la torrefacción del café, modelos que,
como dijimos antes, proYienen de las principales fübricas de máquinas &lt;le Alemania, ~• que responden á las más recientes necesidades de los torrificadores y expendedores de café.
:=;
Nos es muy grato tener que citar ejemplos de laboriosidad, que
tanto honran á nue::.tro país, cc•mo el que nos ocupa, pues es seg·uro
qne de se~niir todos nuestros hombres de negocios por el mi1;mo
camino, dentro de poco tiempo todos los productos de nuestro rico
suelo, algunos de ·los cuales no han sido debidamente explotados
por falta de capitales ó de inteligencias, llegarán al g rado de desarrollo y de prosperichtd á que son acreedores, tiinto por el país ele
la tierra en el que han tenido la suert I dr, nacer, como por la
época que les tocó, tan llena de aclivillades v a -piraciones hacia
la perfección y el adelanto.

=

Ojalá que los demás hombres de empresa qu ' se hallan entre
nosotros, tomando ejemplo de los trabaja.dores como el señor
Campa, se dediquen á explotar las riquezas nat , les en que tanto
abunda nue~tro país, lo cual redundará tanto rn be .oficio de nuestra industria como en beneficio de ellos mismcs.
M aquinaría ellemana en uso en « El O¡•ernrío&gt;.

-

�p;L M U N UC I ll,UIH' K .\I JV

.

,..
•

'

,José Motos; arrendatario de Egisto, por
Ruiz H nos., Daniel Ruiz Diego¡ arrenda~·
tario de la Ri11conada, Lucas Elizalde, J ual1' ·
R. Orozco; como arrendatario del Caracol,
Jesús Re.v na hijo; como arrendatario de los
ranchos Porvenir ~' Sa,n Gonzalo, Miguel
Alba; como ar rendatarios de los r anchos La
L uz y T res Ríos, Tomás 8iquei ros; como
arrendatario de Providencia y Santa Hosalía, Eulogio Meléndez é hijo; como arrendatario de Tornillo y F lorida, Prisci liano
Rangel; como ar rendatario de Florencia,
Pedro Franco¡ como ar rendatario de fiucrte
de Alfalfa y Allende, por Cayetano ,) ustiniani, Ignacio J . J ustiniani¡ como arrendatar io de Venecia y La Au rora, Ignacio ,T.
J ustiniani ¡ como arren&lt;latario de San Al berto, por Juan S. P areja, Ignacio ,T. ,Justiniani;
como an endatario de Buenavista, por .José
Cordero, Ignacio J. J ustiniani; como arrendatario de la Glorieta, l\fatías Rod ríg·uez;
como arrendatario de Suerte Chica .r San
G regorio, Nicanor Salcido; por mí .r por
los parcioneros del rancho de l\1iramar,
Alejandro B. Córclo-rn; como arrendatitrio
de 8anta Cruz, Santa Elena y Santoña,
Leonardo Siqueiros H . ; corno arrendatario
de La Purísima y Ca lifornia, Leonardo B.
Córdova; por la hacienda del P ilar ,Y anexa$,
Praxedis de la Peña; por Agua Verde y
f-ianta María, Indalecio de la Peña; por ~an
Francisco y Santa Anita, Antonio Rivas¡
por el rancho del Compás, E. Velilla; por el
rancho del Carrizal, Bernardo Elizon&lt;lo;
por el rancho de San ,José, Donato Gutiérrez¡ pór la haciencfa de La Concha, Carlos
l\1ar tínez¡ como arrendatario de San Sebastián, Marcos An&lt;lrade¡ como al'l'endatario de L eocadius, Pedro Ba&lt;lillo; como
arrendatar io de la hacienda de Santa Rosa,
Benito Nog-ueira; por la sociedad :1gl'Ícola
Siller, Badillo y Andrade, Gonzfilo t&gt;iller;
como arrendatar io del rancho :Media Luna,
C. García; Fábrica de hilados y tejidos L a
Amistad, Prince, Torres y P rince; W. Balsiger, comerciante; comerciante Roque L ona; como agricu ltores y comerciantes, Ruiz
H nos.; como arrendatarios ele los s iguientes
ranchos: La Palma, P erú, Santa Fe, t\an
Agustín, L a P erla, Martínez Arauna y Cobián, P rudencio Cobián; como comerciante,
por José González Cuadra, Ama&lt;lo Pando; comerciante, Antonio R uiz L avín;
comerciante, Juan Salcedo; comerciante,
Dionisio González; por la hacienda de
Bilbao, Ulpiano R uiz Lavín; Fábrica de
jabón y aceite La Esperanza, J mm F .
Brittingham, gerente; Fábrica de Jabón
y aceite y Molino de Trigo'' La Alianza," Sociedad Anónima Limitada, p. p.
Hugo Francke, Bruno Harzer ; propie-

!

La Cuestión del NazaS
VOTO DE GRACIAS que los ribereños del RIO NAZAS elevaron
al Señor Presidente de la Repú·
blica, General Don Porfirio Díaz,
.al Señor Ministro de Comunica·
,dones y Obras Públicas, General
:Don Manuel González Cosío, y al
Jefe de la Comisión del Nazas, Señor Ingeniera Don J. Ramón de
Ibarrola, POR LA EXPEDICION
DEL REGLAMENTO DE 15 DE
.JUNIO DE 1895 para la distribución de las aguas del río Nazas,
desde la presa de San Fernando,
en el Estado de Durango, hasta la
presa de la Colonia, en el de Coahuila.

Al manifestará nuestro Primer ~Iagist rado los más expresivos votos ele agradecimiento por el inestimable beneticio que se
ha sen·iclo dispensarnos, asegurando de

toda expoliación nuestros derechos
á las aguas del Nazas legítimamente
adquiridos, debemos hacerlo ig·nalmente
1iarn con el señor ministro de Comun~ca?io-

nes ,, Obras PÍlblicas con el convencnrnento tl~ que á negocio tan arduo le ha_dedica&lt;1o su preferente atención, para satisfacer

los fueros de la justicia y salvar
cuantiosos intereses amenazados de
)"Uina, cuando ellos se habían creado
bajo el amparo de la ley y salvaguardia de la autoridad pública.
Y si deseamos hacer notar aquí, aunque
en nuestra insi(l'nificancia, la alta estima en
que tenemos l os empeñosos trabajos ~e
nuestro Gobierno en general, en notorio
beneficio de los antiguos agricultores de
esta comarca dP. la Laguna, debemos también enaltecer en nuestro ánimo, como un
acto de rigurosa justicia, los particula-

nos compete, después de haber sufrido t~1,1-

res desvelos y constantes afanes que
para llegar á conseguir este fin, tuvo que emprender el respetable s~ñor Ingeniero en Jefe de la Comisión Inspectora del río Nazas, siendo
nuestro convencimiento íntimo que
sólo algunos años de concienzuda
observación han podido venir á establecer con la contundente evidencia de l~s hechos, la verdad y justicia en que se basa el Reglamento de
aguas de quince del presente mes.
Testigos hemos sido de las tareas
que sobre sí se ha echado el s~~?r
Ingeniero en Jefe de la Com1S1on
Inspectora del Nazas; y si bien, lo repe-

·,tas expoliaciones por la poderosa co1!1pama
del Tlahualilo, d urante un larg.? penod? de

timos por nuestra insignificancia nada vald rá n{iestra manifestación, sí queremos

a ños. Obran, en esa Secreta~ia, ~ult1tud
de representaciones q ue los n ~eren?s. perjudicados hemos elev~do al senor m~n~st:º•
patent izándole la ruma á ~~1e. v1me10_
nuestras pr opiedades por la 1hm1tada a~1bición de aquella compañía que, subrepticiamente, obtuvo su concesión para aprovecharse de la mayor part.e de. la~ aguas
del Nazas, sin haber obtemclo s1qu1era los
b uenos resultados que de sn empresa se
prometía. Así, pues, como en otr as r repet idas veces hemos levantad~ nuestra voz
para pedir justicia y poner, a las_ cl~r_as, la
iniq uidad con que desde su prmc1p10. l~a
procedido la compañía, l~?Y que 1~ Justicia
ha tomado, en esta cuest1on, el as1e_n to que
le corresponde, no nos creemos d1spen_sy.dos del deber de eleva1: esta represcntac10;1
al ilustre Primer Magistrado de la Hapublica por el muy digno conducto de uste~,
p ara hacerle pr~s~nte nue,:tro agradecimiento por el dec1d1do empeno q~e ha pue~to al darnos su reglamento, Y as1 ~umphr

dejar escrito un voto de gracias para aquel funcionario, que con su
honorabilidad acostumbrada, y no
teniendo más punto de mira que la
verdad y la justicia, ha podido infor-

Señor Ministro de C;:imunicaciones .V Obras
Públicas:
L os que aba'jo firmamos, ribe reños del !'ÍO
1fazas, ante la honorabilidad é ilustración
·del señor ministro, compare~emo~ ~ expo.ner : q ue con fecha 15 deJumoprox1~o~asado el señor Presidente de la Repubhca
t uvo á bien expedir el Reglamento definitivo para la distribución de las aguas
del r ío Nazas, desde la presa de S. Fer~ando en el Estado de Durango, ha~ta la pre·sa 'a e la Colonia, en ~l de Coahu1l~, reglamento que inspirado en los mas sanos

·principio~ de justicia y especialmente en el respeto que se debe al derecho ajeno, ha puesto en salvo_ el que

con el más noble y elevado fm de su
alta misión, cual es el de dar á cada
uno lo que es suyo.

mar de la exactitud de los hechos al señor
Presidente de la República, para que el

nuevo Reglamento se base en el trivial principio de ser primero en derecho el que lo es en tiempo.
Ro(l'amos á Ud., señor ministro, se sirva
dar c;enta al señor P residente de la República con lo antes expuesto, bajo las protestas de nuestra más atenta consideración
_y respeto.
Ciudad Lerdo, Julio 20 de 1895.
Gilberto Ladn, Vega y García, Gutiénez S' Orozue, Apraiz Hermanos, Manuel
Oli ver, ,JeslÍs Re_yna, Velor y Echegarny,
Ladn ,v Rirns, por Yicente Can eón, ,TeslÍs
Torrero; Pedro Cancino Ruiz, poi· la hacienda de El Relámpago, Torres H nos. Y
Cía.; por el rancho de Solís, :Macario Sán-

chez Aguirre; por la haci;nda de_ Corona,
E. Sobrino; por José Mana Urrutia, Agustín P ámanes; por José González, J osé Arr~villaga; por la hacienda ~e Granada, 1?es1derio Meza; por la hacienda de Sohma,
Leonardo Sánchez Aguirre ; por el rancl~o
de El Tambor, Dolores F lores _Y Dano
Vásquez; Braulio Cárdenas, Fra?c1sco Galván; por la hacienda de E l H ormiguero, ~1.
Azuela Emilio A. Zambrano, J. E. 11oJar ;
por la hacienda de San Antonio del ~~'ot~,
Andrés Eppen, Garza Pedraza,_ Ep1farno
I (l'lesias· por el r ancho del Alam1to, Albert; Gardía; por el rancho de X ue~o León,
Agustín de la P eña; por la hacienda de
Santo Niño, A lberto Cancino; por la ha-

cienda de Dolores y anexas, F. Galván; por la hacienda de San _Lorenzo,
Ezequiel Ortiz; por la hacienda de
Vildózala, Víctor Delissalde; por la
hacienda de San José de los Alamos,
Albino Santos Coy; por el rancho de
Santa Brígida, Antonio García; por
el lote Chicago, Enrique Garza; por
el rancho de Santo Tomás, Jesús
Garza García; por el rancho de Santa
Catarina, Jesús Sánchez Jurado; por
la hacienda de San Marcos, Pablo
V. Fernández; por Yucatá_n, Guadalupe G. Nuncio; por mi rancho de
Candelaria, C. Herrera; por la Candelaria Regalado, Néstor Vargas;
por la hacienda de Yucatán, Se~astián Sifuentes Rivera; por Franc1sco
Madero, Atanasio González, Francisco l. Madero; por la hacienda del
Sacramento, por R. R Lujá,n, Jesús_,E.
Luján; por L uján y P_eña, J esus E . L u1an,

Juan Acuña,Aurebo Corral;por Gurza Hnos., V entura G. Sarabia; po_r
p. Guillermo Purcell, J. Holschne1der; por la Glorieta, Laguneta del
Carmen y Cinta de la Canoa, ~A. Benavides; como arrendatar•?
de Buenavista y Menfis, Benav1des y Díaz de León; arrendatario
de Santa Ana, Viesca Arizpe Hnos.;
por p. Luis S. de Aguay~, E. ~rnelas Jesús Jiménez, A. Fanas, Miguel
G;nzález Fierro, A. Medellín, Is'
.
mael Sifuentes;
como arrend atar10
de La Carolina, B. Elozua; por el
rancho Panamá, Justino Horner, Fábrica L a Favorita, Stephens Y Cía. i como
arrendatario de la hacienda de Santa
Lucía, por Juan Bandres, José Aguacite; por E l Jaboncillo, J osr Antonio Ste-

tarios de la hacienda de Santa Teresa, Sucesores de Hernández Hermanos; como comerciantes, Sucesores
de Hernández H nos.; por La Copsta,ncia,
Fábrica de hilados y tejidos de Lms Ve,yán
y Cía., P edro A ivarez; como comerciautes,
L aureano Arruza y Uía.; como comerciantes, Hugues y P inonceli, Federico .Me'nghdehel; como comerciante, Feliciano Chabot; Doctor Antonio Lofler, J esé Sariñana¡
como propietario de las haciendas Las Leocadias, Jaboncillo y Alamito, Jesús Calderón; Federico Ritter, dueño de las

haciendas de Bolívar, San Ignacio y
Santa Lucía, P r axedis de la Peña, F rnmencio F uentes, Francisco Madero.
Nada prueba mejor el valor moral ele los
«ribereños de abajo&gt; que el anterior documento, cuya publicación ha hecho necesaria
la actitud insolente con que los mismos ribereños han querido apoyar sus inicuns
p retensiones al despojo. Como se ha visto,
los mismos señores Madero, Gurza y Viesca .Y socios, que después de la atentator ia
disposición del Ministro Molina ~· por ella
alentados, se ban lanzado á discuti r .Y á incr iminar el actual Reglamento vigente, son
los mismos que hace algunos años declara-

nes · como arrendatario de E l Relámpago,
Cat~rino Navarro; como arr endatario ~e
La Esmeralda, Garzón Hnos.; arrendatario
Fermín González;, ar rendatadel RefuO'iO
.,
,
A
t'
rio de la Reforma y Nuevo Leon, Agus rn
de la Peña· arrendatario del Recuerdo, por
'
,
Félix Ramírez,
Roberto Ram1rez¡
arrendatar io de Suerte G rande, Roberto Duguy,
Jesús Pámenes; arrendatario de Hidalgo,

'

ban e!&gt;e mismo Reg-lam:'1.to 4-Í! spiraclo rn
los mñs ~anos pr incipios de ju~ticia .r espl'cialmente en el respeto que se debe al
derecho ajeno», á e!-\e mismo derecho a'jeno &lt;.:ontra el cunl se co11spira ho,Y, con un
impudor sólo comparnble á una ambición
&amp;in eserúpulos ni n·spetos.
Hi en 18H-) afirmHban los· exprPsados r ib1'reíios fJ ue el Re,u-lamento vigeute asegurnb,t «de toda expolinción sus derechos tí
las 111_ruas del río Nazas», lcon qué cara se
atrernn hoy :í pretender la moditicación de
t&gt;se Rcghunento que tantos beneficios les
procu , a .\' que defiende sus derechos como
un:t inexpugmtble ciududela?
t Por qué !,i entonc&lt;'s reconocían «los empeíiosos trabajos del Gobierno general y los
particulares &lt;les,·elos y constantes afanes
del Ingeniero en ,Jefe de ht Uomisión InsJH'dora del Nazas~, t ilthw hoy la obra del
Gubirr no de injusta .Y deficiente y clespre&lt;:i;m, en todos los tonos de la ironía, la obra

del señor I barrola que tan calurosamente
elogiaron1
¿Por qué si aseguran que el actual Reglamento vigente se basa &lt;en el trivial
principio de ser el primero en derecho el
que lo es en tiempo&gt;, se niegan hoy á reconocer los derechos antiguos y primordiales de los ribereños de la. región alta1
¿Y qué nombre merecen los que niegan
lo asegurado bajo su firma, y desconocen
sns propias palabras, .r atropellan sus declaraciones, y aseveran hoy una cosa perfectamente contraria á la que afirmaron
ªJ'ed ..... .
Por liviana que sea la conciencia de los
ribereños de abajo, en ella debe existir un
último resto de pudor. El dará, á quienes de tal manera atropellan el derecho que
antes reconocían bajo su firma, la respuesta dura y justiciera q ue sólo un exceso de
consiclernción, quizás inmerecida, puede
impedir pronunciar .... . .

S. M. el Rey D. Alfonso XIII concede,
á una negociación mexicana, el
derecho de poder usar su escudo
UN CASO UNICO EN LA HISTORIA DE NUESTRA
INDUSTRIA NACIONAL
Cuando un gobierno es honorable, fuerte y prestig-ioso; cuando lfls instituciones ele
un país están aceptadas y sólidamente apoyadas por el pueblo; cuando, por último,
hay una. nación que, firme y ampliamente,
se abre paso entre el núcleo respetable y
respetado de las demás naciones, puede decirse que ese gobierno .Y ese país tienen
la más completa de las garantías para su
propio desarrollo y engrandecimiento.
Eso ha sucedido con nuestra patria, con
esta Nación mexicana que, del estado caótico en que se hallaba a.ver, ha surg·ido esplendente y poderosa, para formar parte,
ocupando lugar distinguido, en el .congreso
de los primeros países del m unao.E l prestigio y honorabilidad de nuestro
Gobierno han t raído, como fatal consecuencia, el adelanto y el resurgimiento ele todas las energías vivas de su suelo y de sus
hijos. L as buenas relaciones de amistad que
cu lt iva con los demás gobiernos han se.r vido para que éstos no dejen pasar por alto la ocasión de distinguir y premiar los
t rabajos y la ¡nteligencia de los buenos mexicanos; y así es como vemos, con ha.lag·adora frecuencia, que lo mismo Francia .r
Alemania, España y los Estados Unidos,
rinden á México inequívocas mue!;tras de
estimación y respeto.
iQueréis una pr ueba rde esto últ imo?
iqueréis palpar la verdad de nuestro aserto1 Para ello os basta con fijaros en el último acto público del Gobierno español, en
esa prueba elocuentísima de la estimación
y preferencia con que siempre se distingue
á lo que tiene merecimiento y propio ,·aler.
Esa prueba, única en la historia de la industria mexicana, consiste en el amplio derecho que S. M. el Rey Don Alfonso XIII

ha concedido á la cervecería «Cuauhtemoc&gt;
para que esta negociación haga uso del escudo de la Casa Real de Madrid en todas
sus marcas, t imbres. etiquetas y cuantos
muebles ú objetos aproveche en uso propio. Esa única distinción, abstra_yéndose
de las muchas y si~nificativas que la cervecería. ha recibido, basta para pregonar
muy alto el crédito y la importancia de la
g ran fábrica de Monterre_y. Los mexicanos
debemos estar complacidos con esa distinción tan alta y merecida.
,
Razón hubo para elhl., pues la cervecería
«Cuau htemoc», dedicada solamente al trabajo y á engrandecer el crédito de las industrias nacionales, es el Yi vo ejemplo de, lo
que rnlen la perseverancia .r la inteligencia consagradas á una causa noble: la cat'lsa
del t rabajo.
Hemos dicho lo anterior á propósito de
lo c¡ue hemos visto en las calles de México:
que los carros repartidores de la cervecería
«Cuaubtemoc» ostentan, con legítima .satisfacción por parte de sus dueños, el hermoso escudo de la Casa Real de Don Alfonso. Son los únicos carros, no sólo en
~léxico, sino en toda la República, que pregonan públicamente tan honrosa distinción.
La cervecería sabe corresponder lealmente, y por su parte da pruebas á diario
de su estimación .Y consideración afectuosa hacia la colonia española, que es tan honorable y digna de respeto. Las buenas Telaciones que existen entre esa colonia y la
cervecería descansan sobre base lirme, y
nada habrá que pueda destruirlas ni entibiarlas.
.
Cuando las amistades son sinceras y sólidas, sus lazos son inquebrantables.

�7&lt;H)

EL MUNDO ILUSTRADO
l!lL ~lUl'\Dv ILUSTRADO

Nuestros Concursos ·
Habíamos dejado sin publicar el resultado del
décimocuarto concurso, ó sea el de las siluetas
de edificios, porque teníamos el proyecto de re•
formar completamente el plan de dichos concur•
sos.
Al de las siluetas de edificios no recibimos ninguna solución exacta. La más aproximada fué la
de la señora María G. de Treviño, de Monterrey,
cuya lista contenía los nombres de los siguientes
edificios: monumento á D. Manuel María Contreras; catedral de Guadalajara¡ monumento á Carlos IV, en México; capilla en el cerro de Las
Campanas, donde fué fusilado Maximiliano; edificio de la compañía Sínger en Nueva York; casa que habitó el cura Hidalgo en Dolores; abadía
de Westminster en Londres.
Esa lista sólo tenía un error, pues la primera
silueta es de la Torre de Londres y no del monumento á Contreras.
La lista remitida por el Sr. J. Porras Ugarte, de
c. Camargo, contenía dós errores, pues confundía
la catedral de Guadalajara con la iglesia del San•
to Sepulcro, y la abadía de Westminster con el
edificio dd &lt;World&gt; en Nueva York.
La tercera soh1ción, que fué enviada por la señorita María Núñez, de Puebla, contenía igualmente dos errores, pues confundía los dos prime•

Los monteros a/ú,tándose para la cace,ía imptr,al.

· h I·¡eo rl,. I E tnf)era dor Francisto Jo.sé.
Bnnq1tPle en Chnpuff,-pec e" honn~ rlel Jtl

ros edificios.
A estas personas corresponden los premios ofrecidos.
Hemos resuelto, como dijimos ya, reformar ra•
dicalmente l as bases de nuestros concursos. Muchas de nuestras lectoras nos han indicado que,
siendo muy grande el número de concursantes,
tres premios, por más que sean siempre artísticos
y valiosos, son muy pocos. Desearían que fuese
siempre mayor el número de recompensas, con el
fin de que pocas veces hubiera necesidad de sor•
tear los premios, como ha acontecido ya en dos
ocasiones distintas. Teniendo en cuenta esas jus•
tas razones, hemos pensado hacer un concurso
mensual en vez de hacer uno semanario.
Así es que, en lo sucesivo, haremos, exclusivamente para nuestras lectoras, á partir de Enero
próximo, un concurso mensual, en el que distribuiremos diez premios, todos ellos artísticos Y
elegantes, propios para señoras. En esta misma
página publicamos la fotografía de un lote de
premios que hemos comprado en la Joyería &lt;La
Esmeralda&gt;, y del que se tomarán los premios
pira el primer concurso, que se anunciará en el

Las jauríus u,adus en la cact'ría imperiul.

(FOTS. THOMPS01'1 ESPECIAU:S PARA &lt;EL MUNDO ILUSTRADO&gt;).

Lote de ohsequios para /o.s participante.&lt; en nu?siros conc11r.&lt;o.&lt;.

mes próximo.
Fuera de estos concursos, que serán
exclusivamente destinados á nuestras
l e:toras, tenemos en proyecto, para
el próximo año, concursos trimestrales, literarios, artísticos, deportivos,
etc., para los cuales destinaremos can•
tidades en numerario.
y ya q ne de reformar hablamos,
podemos anunciar á nuestros lectores
que el año próximo sufrirá «El Mundo Ilustrado&gt; grandes mejoras, que
indudablemente agra~arán á nues•
tros lectores. Tratamos de modernizar este semanario lo más posible,
poniéndole á la altura de los últi•
mos adelantos del periodismo sema•
nario en Europa y Estados Unidos.

una persona que niega ó desaprueba, mientras la cola, hacia
adelante y ascendiendo por su extremo libre, ondulaba perezosamente, cual si diera un triste adiós al desventurado niño
que la había sacado de entre la basura para hacerla vivir, por
unos instantes, en el cielo.
Antolín. magullado por los golpes de su madre, no podía incorporarse de la cama al día siguiente. Dolíanle horriblemente
los brazos y las piernas. Sin embargo, urgidc por doña Refugio, habría salido aquella mañana al mercado, á no ser rodos ó tres muy visibles cardenales que cruzaban el rostro
del pobre niño, pues por primera vez temió doña Refugio a J
"qué dirán," y por primera vez también sintió en su espíritu
algo parecido al remordimiento.
A medida que transcurrían las horas, el malestar de Antolín aumentaba. En la tarde, cuando su madre se llegó hasfa él
por ver si era posible que fuera por el maíz, le halló ardiendo
en calentura. Su rostro había enrojecido notablemente, y en
el sitio de los cardenales adquiría, poco á poco, un tinte amorata~
·
Doña Refugio cavilaba. ¿Sería por la terrible felpa ó sería
por el chapuzón aquella calentura? ¡Dios mío!. ...... ¿P.ira
qué castigará su hijo tan cruelmente?
Y la cara seria, muy seria, y la mirada reveladora de la angustia nacida del remordimiento; doña Refugio no paraba en
la cocina, pues de continuo abandonabas ns faenas para llegarse hasta el desmantelado lecho de su hijo.
p.,, •1&lt;.a n perial de caza- El suceso más nolublt: de /u lemµo, uda.
Varias veces mandó llamar al médico sin resultado. ¡Dios
en la corte del Káiser.
mío! Y la fiebre crecía y Antolín deliraba. Un delirio alegre
(FOT. THOMPSON, ESPECIAL PAl'A &lt;EL MUNDO ILUSTRID01),
unas veces; triste, muy triste otras. De vez en cuando, entre
las horripilaciones que parecían querer desbaratar el endeble
cuerpo del niño, un puchero contraía sus labios de color de sangre, y ,·Jr sus quemantes mejillas corrían lenta, muy lentamente gruesas y pesadas lágrimas. Otras veces su boca sonreía con sonrisa de cielo, y, presa el enfermito de un dulcísimo espasmo de placer, decía señalando hacia arriba con temblorosa mano:
-¡Mira, mamá, qué papelotes tan bonito!
A falta de médico, caritativas vecinas encargáronse de prescribir á Antolín cuanto de buena fe creyeron conveniente para lograr la salvación del niño. Pero todo f ué
inútil. Antolín murió, murió al amanecer del día siguiente, delirando con su her·
moso papalote. Y como al morir llorara, en su carita de niño infortunado quedó pintado el triste y dolorido gesto que precede al sollozo.
El padre de Antolín, idiotizado por el alcohol, no vertió ni una lágrima¡ doña
Refugio, sí: doña Refugio lloró mucho, mucho ....
Y todavía hoy, después de largos años, cuando la madre de Antolín, anciana y
sola, oye sonar sobre su cabeza blanca el zumbar de un papalote, siente en su cora•
zón angustia inmensa, y de sus ojos, moribundos por la vejez, brotan lá¡(rimas de
amor y de remordimiento que se estancan y se evaporan en el dédalo de arrugas
de sus mejillas.
Un soplo de la brisa entra en el patio y cruza suspirando por entre los tuliraues
y los floripondios de la cerca.
Y el papalote sigue zumbando.... zumbando ...
CtETO FERNANDEZ.

¡,. i.-!.-Jt (.'/ J)' 111, g r lé, lltl/1•1 ,",C Vc.'ll á ,., P' ,nce.-..a Cecilia Y á
los príncipes Augusto Guillermo y Osear Joaquín.

1111p11

L•~· , u~L" í~1

(FOT. THOMPSON, ESPECIAL PARA «EL MUNDO ILUSTRADO&gt;).

00
EL CENTENARIO DE BAUMIER

Aspecto del salón del Casino Español, durante el hanquelc ofrecid" á B ?rrás el miércoles último.

A:aba de ef~ctuar, e en la ciudad de
Valmondois el ce11te ario de Honoré Daumier. Nacido en Marsella en 1808 el gran
caricaturista vivió mucho tiempo en Valmondois y alll murió en 1879, en una modesta casuca que él quer!ll entrañablemente. Gracias á la iniciativa de algunos amigos y numerosos admiradores de
Daumier, su busto fué erigido e1, la plaza
de ta población. La ceremonia ael centenario, aunque oficial, fué, sobretodo, una
manif .,~tación arttstica, concebida y llevada á cabo por artistas.

.. .,...

.•

---- -

j .

--. -

INSTANTÁNEA TOMADA CON MAGN!!SD PARA «EL .MUNDO ILUSTRADC&gt;.

El Emperador Guillermo observci el ZP¡&gt;pelin, á bordo del vapor
&lt;Reina Carlota&gt;,

El dirigible Ze¡,f)eli,;. lí.,fo pnra ascender llevando á bordJ al
príncipe Tteredero de Alemania,

(FOTS. THOMPSON, ESPECIAUS PAM &lt;EL MUNDO ILUSTRADO&gt;.)

�7it

EL MUNDO ILUSTRADO

El-ENIGMA
Novela por J. Berr de Turiqtte

llu11tracione&amp; de Lillo. ·

Traducida especialmente para "El Mundo I u, trado"
(CONTINUA)

-Mi Lucy, mi querida Lucy, ile juro que usted
~t:rá mi esposa! Y aun cuando yo no tuviera más
que lo necesario para hacerla vivir en un cuarto
de sexto piso, no me sometería á la voluntad de
mis padres .... Mas ahora dependo de ellos¡ si
desobedezco, me quitan todos los medios de subsistencia .... y tampoco puedo hacer que usted
carezca de tod.J.
- Y aun cuando tu viera que hacerla vivir en un
cuarto de sexto piso, no vacilaría en pasarme del
consentimiento de mi padre. Mas dependo de él.
Y si, á pesar de su prohibición, me caso con usted ahora, me quitará los medios de vivir. No podría, de ningún modo, dejar á usted sin lo necesario.
Lucy no se rendía á este argumento.
-¡Pero si mis padres son ricos! Y, además, me
quieren. ¡Harán todo lo posible por hacerme fe.
liz! ¡Su dinero será nuestro!
Máximo se encontraba al pie de la escalinata.
- No puedo aceptarlo-murmuró.
Luego, en un arranque de ternura:
-Sí, quiero á usted sin recibir nada de ellos.....
y esto len¡(o derecho de hacerlo . ..... ¡y lo haré!
Mas, por ahora, mis padres no consienten que me
case con usted sin dote. Y yo no tengo nada mío,
¿usted comprende ...... ?
Lucy se pasó la mano por la frente.
-No, no comprendo ....... ¡Siento volverme
loca!
-Pero será preciso que cedan ....... Y cuando
regrese yo de este viaje ....
-¡Ah! ¿usted se marcha?-dijo Lucy dolorosamente.
Teresa creyó un deber acudir en ayuda de su
hermano.
-Mis padres exigen que Máximo se aleje por
algún tiempo ..... .
-¿Para ol vidarme't
-Así lo creen. Pero cuando regrese y que se
convenzan de la persistencia de mi amor ....
- ¡Oh! sí, estoy muy cierta de que cederánafirmó Teresa. Por lo demás, allí estaré yo, durante su ausencia, para abogar por su causa y la
tu ya. ¡Oh! ¡esto es indudable! ¡Los conozco y sé que
acabarán por enternecerse! Y l11ego, lodo cambiará. ¡Quién sabe! Cuando Máximo regrese, los
obstáculos para el casamiento tal vez habrán desaparecido por sí mismos.
-¡Los obstáculos ..... ! pero ¿qué obstáculos?
-No sé qué negocios de azúcar-dijo Teresa
turbada.
Luego, asustada de haber dicho demasiado:
-Tú no comprendes nada de eso, lo mismo que
yo ......
Lucy suspiró.
-Y... ¿parte usted pronto?-preguntó á Máximo.
-Sí. Mis padres me hicieron prometerles que
no volvería aquí. Pero la idea de expatriarme sin
volverla á ver ..... . ¡Oh, Lucy! Yo ..... .
A su vez, Máximo no lograba dominarse¡ las
palabras se le anudaban en la garganta.
Los dos jóvenes, dominados por invencible
emoción, fueron á caer sollozando el uno en brazos del otro.
Teresa, atenta á los ruidos del exterior, tuvo
miedo de que alguien entrase.
-Van á venir, Máximo. ¡Partamos!
Pero Lucy se había ya calmado.
- ¡Oh! pueden venir! Ya lo ves, estoy tranquila ...... muy tranquila. Y mis padres, á quienes
hubiera querido dar 1.a sorpresa de un casamiento que les hubiera llenado de gozo, no se darán,
j,1más, cuenta de mi .... ( sonrió tristemente) de
mi decepción.
-Y, como hablando consigo misma, añadió:
-iA.h! ¡qué bien hice en no decirles nada! Les

causaría hoy más pe•ar que á mí, puesto q11e, se•
¡!Ún parece, ellos sou á los que no quieren por
p:irientes.
Teresa hizo seña á Máximo para indicarle qnc
era hora de retirarse.
-Al menos á ti, Teresa, vol veré á verte, ¿no rs
verdad?
-Sí. . . .. . sí. .... nos arreglaremos para el lo,
dijo Teresa un poco turbada.
-¡Eu qué tono dices esto! Pero ¿acaso mis padres han cometido un crimen?
Teresa, á su vez, se sentía ya sin fuerza~.
-No ...... Estoy segura de que no hay nada.... .
Pero tú sabes ..... cuando las gentes están en los
negocios .... .
Se oían paso~ en el jardín; había que dar término á la entrevista.
-¡Pronto! ¡Pronto! Alguien viene-dijo Teresa
á su hermano.
El joven quiso, por última vez, tomar la mano
de Lucy y depositar en ella un beso.
Ella le detuvo con un gesto.
-¡Adiós, Máximo!
-No, hasta la vista-replicó éste. Tengo fe en
el porvenir¡ le respondo á usted de que nos casaremos.
Pero el final de su frase se perdió.
Ya Teresa le había arrastrado tras ella.
Lucy, sola, permaneció uu instante como aturdida. Le parecía que ac:ibaba de tener una pesadilla. Le fué necesario un verdadero esfuerzo de
voluntad para confirmarse que se encontraba en
plena realidad.
Olvidaba, por otra parte, completamente el
desgarramiento de su propio corazón, para no
pensar sino en sus padres. ó, más bien, en su padre. ¿De qué podía ser culpable? Recordaba esta
frase lanzada por Teresa: &lt;Aun cuando el señor
y la señora Le Quesnel hubieran sido siempre
pobres, ante las súplicas de Máximo, mis padres
hubieran consentido de todos modos ...... &gt; ¿Era,
pues, su fortuna lo que se les reprochaba'? ¿Habría sido mal adquirida? Pero no: jesta suposición
era imposible! El señor Le Quesnel se habíamostrado siempre, ante su hija, tan recto, tan escrupuloso. Así es que se rebelaba ante esa acusación
estúpida, cobarde, pues que no se habían atrevido á formularla claramente.
Lucy se levantó vivamente hacia la reja, creyendo ver todavía allí á Máximo y á Teresa pa·
ra gritarles: «¡Es falso, es falso! ¡Mi padre es el
hombre más honrado del mundo!&gt;
Fué justamente al señor Le Quesnel á quien vió.
Llegaba en esos momentos con su esposa y Ri·
cardo.
Si hubiera estado solo, Lucy habría corrido
instintivamente á arrojarse á su cuello y probar·
le, cubriéndole de caricias, que no dudaba de él.
Pero la presencia de un extraño detuvo este impulso suyo. Y como todavía tenía los ojos enro·
jecidos y temía que lo pudieran advertir, prefirió
subir á su recámara, dejando, para más tarde, una
manifestación de ternura en la que veía ella algo
como una reparación.

VIII
Ricardo, en el jardín, acababa de terminar su
investigación preparatoria.
En su opinión, hasta estar mejor informado
cuando menos, el ayudante del jardinero, el co·
chero, la cocinera y la recamarera no eran culpa·
bles. El criado era el único sobre quien recaían
sus sospechas.
Sin embargo, la señora Le Quesnel se negaba á
admitir que fuese culpable.

-Figúrese usted, mi querido ~eñor, que Pedro
ha envejecido á nuestro servicio, que está en
nuestr.1 casa desde hace veinte años, y que, repetidas veces, nos ha dado pruebas de la más ah•
soluta devoción.
Pero el procurador no cambiaba de idea.
-Veamos. Razonemos, señora. Acabamos de
entrar en la bodega. ¿Y r¡ué hemos encontrad"
contra la pared en que estaban colocadas, según
dice usted, las botellas en cuestión? Esta bolsa de
tabaco que usted reconoce que pertenece á su
criado.
-Pero Pedro-replicó la señora Le Quesnelpuede haber tenido veinte razones para bajar á la
bod,?ga.
Ricardo contestó:
-A la primera bodega, sí. Pero, si he compren·
dido bien las explicaciones de usted, no pudo
haber entrado á la segunda, que es la del vino de
que se trata, porque, según los recuerdos de usted, que me han parecido particularmente preci·
sos, no ha tenido ocasión de hacer subir este vino
desde hace una semana.
-Pero ese objeto pudo haber caído-de su bolsa
desde hace algún tiempo.
·
-Imposible¡ el tabaco está fresco.
-¿Sin duda por la humedad de la bodega?
-No, porque si el tabaco hubiera permanecido
en la bodega desde hace varios días, tendría olor
de moho, y no lo tiene.
Pero el señor Le Quesnel no parecía estar ple·
namente convencido aún.
Ricardo añadió:
-Por lo demás, nada será más sencillo que to·
mar informes de la tienda de la población. El ten·
dero nos dirá si el criado fué ayer 6 esta mañana
á llenar la bolsa.
La señora Le Quesnel tuvo, entonces, un gesto
de espanto.
-¡Oh, no, se lo ruego! Esperemos todavía an·
tes de hacer pesar públicamente nuestras s~spechas sobre este viejo criado.
Ricardo no insistió.
-Sea. ¿Quién nos dice que no lo confesará él
mismo dentro de un momento?
La señora Le Quesnel alzó los brazos al cielo.
Trat~ba de c?mprender por qué Pedro, que era la
sobriedad misma, había cometido ese robo.
¿Se te~ía el derecho, sin mayores pruebas, de
acusar asi á un hombre cuya probidad, hasta ese
momento, era tan manifiestamente cierta?
A eso el procurador contestó que, si acusaba
á Pedro, no pretendía condenarlo todavía. Ese
objeto, en todo caso, habría podido serle robado
y nada probaba aún que el verdadero ladrón n~
lo hu~iera perdido en ese lugar, ó no lo hubiera
depositado allí expresamente para despistar. Todo era posible, Quizás el culpable sería al fin de
cuen~as, ~lguien en quien no se habí¡ pensa¡:!o.
La historia de las investigaciones actuales era
fértil en sorpresas de ese género, Recordó tma
vieja _pieza de teaJro en la cual se encontraba que
el crimen se habia cometido por el juez mismo
en un acceso de sonambulismo.
-¿Quién sabe-dijo riendo al señor Le Quesnel- si usted no es sonámbulo también, y si, sin
darse cuenta de ello, no ha ido en la noche á dar
una vuelta á su bodega? Creame: á veces se va
tras una pista, pensando que se instruye el asunto más sencillo del mundo, y después de muchos
rodeos .... ¡queda uno estupefacto de lo que se
llega á descubrir!
-Entonces ¿qué va usted á hacer ahora?-preguntó la se~ora Le Quesnel,
-A examinar á ese Pedro, si usted me hiciera
favor de hacerlo venir.

- - Pero ... . ¿qué habrá que decirle?
-Le preguntará usted si sabía que las botellas
habían desaparecido.
Pedro acudió al llamamiento de la ·señora Le
Quesnel.
-¿La señora ha llamado? ¿ Es, sin duda, para
que me lleve la mesa de té?
Ya se dirigía al fondo de la pieza, cuando la
pregunta que se le dirigió le hizo detenerse rápidamente de un salto.
-¿Sabe usted, Pedro; que no hay ya ni una sola botella de Syracusa en la bodega?
-Sí. ... yo .... no ....
-Vea usted, se turba-dijo Ricardo al oído del
señor Le Quesnel.
-En efecto.
La señora Le Quesnel replicó:
-Conté cuatro la semana pasada. ¿No las ha
cambiado usted de sitio por casualidad?
La turbación de Pedro aumentó.
-No, señora¡ yo . ...
El señor Le Quesnel creyó su deber intervenir.
-El vino común que tomamos todos los días
está en la primera bodega.
-Sí, el señor lo sabe bien.
-Sólo el otro vino está en la segunda. Ahora
bien, desde hace una semana no hemos bebido de
él. ¿No ha tenido usted que entrar por cualquie·
ra razón, á la segunda bodega?
'
-No, señor; yo ... .
Ricardo_, que desde la llegada de Pedro, había
p_erm~necido en silencio, hasta indiferente en apanencia, acababa de dar vuelta al salón, de manera de encontrarse en el camino que concluía de recorrer el cria~o; luego, inc~inándose de repente:
-Toma-d1¡0,-no sé quién ha dejado caer esto.
Y mostró la caja de tabaco.
M_aquinalmente, Pedro dijo: &lt;iEs mía, señor!&gt;
Viendo el asombro que producía esta declaración, añadió:
-Pido perdón á la señora. Tal vez la dejé caer
esta mañana al asear esta pieza.
El señor, la señora Le Quesnel y Ricardo se miraron unos á otros.
--Ent_onces - hizo observar Ricardo,-puesto q u teste ob¡eto es de usted, amigo mío, y puesto que
aún lo t~nía en su poder esta mañana, ¿puede usted exphcarme por qué acabo de encontrarlo en
esa bodega, doude no había usted entrado desde
hace ocho días?

•

Pedro, con las facciones sumamente alteradas,
murmuraba:
- No sé, señor . .. . yo.
Las señora Le Quesnel
parecía tan conmovida
como Pedro.
-Vamos, responda us•
ted, ami¡!o mío. Nosotros
no le acusamos. Usted
ha dado, desde el tiempo
que está á nuestro ser•
vicio, demasiadas pruebas de devoción, hasta
de cariño. Pero debe usted comprender que la
situación es grave. Hay
allí un misterio ....
-Que la Justicia tiene
el deber de esclarecerañadió gravemt&gt;nte el
procurador.
Pedro, con acento de
verdaderas in c er idad,
gritó:
-Juro al señor y á la
señora que no soy ladrón.
-Sin ser precisamente
ladrón-respondió el señor Le Quesnel-usted
podría haber tomado, sin
darse cuenta, hábitos de
intemperancia. Y entonces, á pesar suyo . ..
-Tampoco soy un bo·
rrachc,
RicarJo intervino, y,
con tono brusco:
- Sin embargo, usted
ha entrado en la bodega
esta mañana. Vamos, confiéselo.
Pedro, con la cabeza
baja, como fiera acorralada, no intentó resistir.
- Pues bien, sí . . .. Entré á la bodega esta mañana..... . y soy yo quien
ha tomado las botellas.
Ricardo triunfaba.
Se volvió al señor y á
la señora Le Quesnel con
aire satisfecho. Después
volvió á su tarea con
Pedro.
--Puesto que no es usted ni un ladrón ni un
borra~ho, y si u~ted tomó esas botellas, es que
tendria u na razon particular para tomarlas. ¿Puede usted hacérmela conocer?
Pedro volvió la c1beza.
-No.
Ricardo, entonce,, le: puso la mano en el hombro.
-En tal caso, tendré la pena de hacerlo aprehender.
Y como el otro intentara desprenderse:
-;Cuidado! ¡agrava usted su caso! Rebelión contr~ la magistrat.ura: Soy procurador de la Repúb_hca en el terntono de Coulommiers, y Dammarhn se encuentra en mi jurisdicción.
Súbitamente la fisonomía de Pedro cambió. Acababa de tomar el partido de decir todo.
-Pues bien, puesto que asf es, interróJ!ueme
usJed; responderé. Después de todo, tal vez valga
mas.
-¿Dónde están esas cuatro botellas?
-~i; casi de Picnard, el cant inero, frente á la
estac1on.
-¡Ah! ¿El es quien aconsejó á usted?
-No-contestó vivamente,Pedro¡-él nada tiene
que ver en el asunto. El me pagó esas cuatro botellas á quince francos cada una. Yo le dije que
el s_eñor y la señora me las habían dado para mi
mu¡er enferma en el hospital¡ pero que yo prefería ~omprarle, con el producto de la venta, vino
corriente, en vista de que es más tónico.
La señora Le Quesnel comprendía cada vez
menos.
-¿Cómo? ¿Su esposa está enferma en el hospital?
-No; pero había que encontrar una razón para
tener dinero inmediatamente.

-¿A tal punto estaba usted urgido?
-Sí, señora.
-¿Por qué no me lo pidió usted?
Durante estas últimas réplicas Ricardo había
observado fijamente á Pedro.
'
- Acérquese usted-le dijo.
•
Pedro se acercó.
-Quítese usted su delantal.
Pedro obedeció.
Se le vió entonces un jaquet y un traje de persona acomodada.
-Bien l:1)e decía yo-dijo Ricardo- que esos
zapatos lustrosos y ese ¡&gt;antalón de fantasía no
estaban de acuerdo con el delantal.
Preguntó:
-¿Ese traje es todo nuevo?
-_Sí, señor procurador, todo es nuevo.
Ricardo, en este momento, pasó detrás de Pe·
dro, y volteando la parte superior del jaque!
detrás del cuello, leyó: &lt;Al High Life&gt; Jacquin'
Sastre.
'
'
-Mucho mt: complace, amigo mío-le dijoque tengamos los dos el mismo sastre.
Y continuó el examen del traje.
-Espaldas demasiado anchas, talle mal ajustado. Esta es ropa hecha.
Pedro hizo una señal afirma ti va.
--;¿Es qu~ seg~ramente usted trataba de veslirse, o más ~1en disfraza~se .de un momento á otro?
- ~ero ¿~ué puede significar todo eslQ? - mur~uro la senora, Le Quesnel en voz baja 4 su mando que parec1a, por lo demás, tan eslunefa t 0
como cll,.
,
c
Ricardo prosiguió:
-¿ Y cuándo compró usted ese traje?
-Esta mañana, señor.
-En :fecto - hiz~ _notar la señora LeQuesnel, esta manana lo env1e á Coulommiers.
El procurador reflexionó un momento
-No es, ciert_amente, p~ra permanece; aquí par~ lo que ne:esitab~ veshr,se de esta manera. ¿Sa
b1a uste_~, sen ora, si él tenia que ir á París?
La senora Le Quesnel contestó afirmativamente.
E~ efecto, P~dro le había pedido permiso de
partir en la ~1sma tarde para ir á ver á su hermano _en_Pans¡ estaría de regreso al día siguiente.
. Dec1d1damei;t~, esta averiguación comenzaba á
mteresar pr,od1~10samenle á Ricardo. El criado
no le parec1a, sm embargo, tener mal aspecto. Pero ¿por q~é se dejaba arrancar la verdad sólo á
p_edazos? ¿Cuál podría ser el objelo de esta histona de dislraz?
Examinaba á Pedro de pies á cabeza da d
v~e~tas t_ambién detrás de él, cuando, de ~epe!te~
d1s_t1ngu16 un cuerpo voluminoso en la bolsa izquierda de los faldones del jaquel.
-Muéstreme usted lo que hay dentro- orde '
Pedro obedeció y sacó un objeto, envuelto ne:
papel de seda, que extendió al procurador.
Este ~esdobló el paquete y de él sacó una barba poshza.
La señora Le Quesnel estaba aturdida. Imaginaba que ese criado fuera jefe de una banda de
lad1;ones, como aquella de que se había hablado
hacia al¡!unos momentos.
En cuanto á Ri~ardo, fruncía el entrecejo, atent~, como en los d1as de sus más serias investigaciones.
-Las otras bolsas-ordenó-todo, vacíe usted
todo.
Pedro, dócil, ponía una tras otra. en una mesilla, todas las cosas q uc llevaba consigo.
-:-Todo, todo-decía Ricardo después de cada
o~¡eto.-Bueno, la cartera la examinaré después.
S1, el p~rtamonedas también . . .... ¡Ah! cartuchos.
La seno.ra Le Quesnel lanzó un grito.
N~ hab1a duda posible. Pedro no era sino un
asesino. Todos habían visto la muerte de cerca. y
aun: en ese momento, ¿quién podía afirmar que,
teniendo oculta un arma preparada, no . .. .
Instintivamente la señora retrocedió algunos
pasos, tranquilizada.! sin embargo, un poco por el
hecho de que el senor Duroc, que era fuerte y
alto, no perdía de vista á ese hombre.
Por fin, todas las piezas de convicción se encontraban en la mesa.
-Le ~scucho-dijo Ricardoá Pedro.-¿Quégolpe med1tab~ ust_ed? ~eflexione que, si no es culpable,todavia: s1 no tiene en su activo una serie
de cnmenes impunes hasta ahora, está en su interés confesarme todo. En tanto que el delito no
se comete, aun cuando la premeditación esté cla-

( Continuará).

�1!lL MttNDO ILÚSTRADo

USOS DE SOCIEDAD

CCIRONilCCA
A luz no es amiga del invierno¡ despierta tarde ~n los fríos
crepúsculos matutinos y se
levanta de su rosado lecho con
negligencia de reina malhu ·
morada; apenas si deja ver _su
dorada so11risa entre las me·
bla espesa que flota sobre la
atmósiera, y cuando al fin el
cielo aparece azul y sereno en. l~s úl~imas, horas
de la mañana, un sol pálido y hbio vie~~ a besar
los cristales denuestrobalcón,como fugitiva ven·
tura que bien pronto se alejará. Al mediodía pa•
sa veloz y después desaparece¡ la tarde lleg~. y
apenas hay tiempo de ~ontempla: el hermoso c_re•
púsculo invernal, admirable con¡unto _de celap:s,
en los cuales el rojo luminoso '( metálico del. po·
niente se confunde con los hnt~s azul y viole·
ta del horizonte. El día ha termmado¡ su corta
duración tiene la intensa dulzura de todas las be·
llezas pasajeras y breves, tales como las flores, la
ilusión y el amor. Es posible que mi~ amabl~s
lectoras tengan igual opinión sobre el encanto de
las dichas breves¡ esas que pasan rozando ªJ?enas
el alma, semejantes á un ala blanc~ de manpo~_a
sobre los pétalos de la flor; esas. ~ichas que bn·
llan, cual chispas de oro, en las tinieblas de un espíritu triste y sombrío, como las estrellas errantes en el cielo lóbrego de una noch~ obscura; de
es.;.s venturas, en fin, que por la rapidez de _su p~so en nuestro horizonte sentimental, no de¡an si·
no un deslumbramiento delicioso, exento, para
siempre, del sabor amargo del hastío. Uno de ~os
más íntimos y eficaces secretos para conservarin·
tacta la flor del recuerdo, sería, sin .duda, no beber hasta la última gota del dorado. l~~or de la felicidad; acaso la inconforme ambi~ion del al~a
quedaría suspirando; pero, en cambio, n.o vendna
el hasho, el crn. l, el implacable enerr:iigo d~ to·
das las alegrías. r'or esto goc~mos, mis queridas
lectoras, de los breves y hermosc,s d!as invernales¡ no llegarán el calor y 1~ luz á fatigar vu_estros
bellos ojos; cuando el crepusculo haya ~ermrnado,
comenzarán los preparativos para asistir al teatro
ó al baile en cuyos espectáculos las flores de belleza fem~nina superarán, ciertamente, á las flores
naturales que no han podido resist.i~ los rigores
del intenso frío de la presente estacion.
También las blancas y lindas manos, semej_antes á pétalos de rosa, necesitan de calor y abrigo;
la Moda, siempre deseosa de at~nder á l~s necesi ·
dadu 6 á los caprichos femenmos, ha ideado el
uso, útil y elegante, del ~anguit~. Su inv~nto no
es muy moderno, por cierto¡ existen vanos cuadros y grabados en los cuales se representa á las
damas de la época de María Ant?nieta_ llevando
manguitos, y algunos de grand~ dimeusiones. No
se podía pensar, por aquellos !iempos, en la grave
dificultad que presentan, e~téhcamente habland?,
la combinación de los grandes som?reros preler~dos hoy por la Moda, con el voluminoso mau¡tui·
to mucho más ahora que los sombreros se adorn~n con pieles suaves y que los mangu!to~ crecen
cada día más. Para hablar en el lengua¡e irrespe·
tuoso de la geometría, la silueta femenina pu_ede
compararse á una pirámide invertida, pues mien·
tras el traje ciñe cada vez más el cuerpo, sob~e to·
do en l a extremidad de la falda, el voluminoso
aspecto del gran sombrero, del man.guit.o y de los
cuellos rizados aumentan extraordiuanameute la
parte superior de la persona.
Es verdad que las devotas de la línea y de. la
estética tienen el recurso de llevar el manguito
bajo el brazo ó simplemente en la ma110, cvmo lo
hacían las damas de la época de i:1aría Antoni~ta
y del Directorio, para cuya achtn.d s~ n~ce~it~
realmente mucha gracia y extraordmano c~c;
pero nuestras damas no carecen de estos req tnsi ·
tos, y vemos ya en calles y paseos, bellas y elegantes friolentas, ocultando con toda. ,l(racia s.us
delicadas manos bajo la afelpada y brillante piel
de los manguitos.
Como hemos dicho á nuestras lectoras, la Moda
tiende á aumentar cada día más las dimensiones
de este gracioso abrigo fem~~ino; los 11;ás pequ~ños miden á lo largo veinticmco ó tremta centi·
metros; pero los preferidos por el buen gusto son
de mayor tamaño,

Las pieles reinan ahora por completo. En algu·
na otra ocasión daremos cuenta á nuestras lecto•
ras de lo principal que de ellas puede d ..cirles.

C11estiones Trascendentales
LA DICHA

]E

L CONCURSO abierto para que nuestras
lectoras fijen el criterio que debe presidir
á la determinación de las b.tses para en•
contrar la dicha de la mujer, ha sido acogido con entusiasmo. Hemos recibido va:i~s respuestas, todas interesantes, las cuales se ira.n .PU·
blicando según el orden con que se han rec1b1do.
Hoy daremos á conocer algunas de ellas, cuv~ diversidad en la apreciación q11e hacen de la dicha,
demuestra, una vez más, lo personal de este asunto.
Es preciso amar, dicen unas, y entre tormento
y tormento gustar la dulzura de l~s penas amorosas. Al contrario, dicen otras, la ,dicha est~ ~n el
silencio y el descanso del corazon. La fehct~ad,
para algunas, consiste en ser bellas y en_ remar
por este medio; otras opinan que es preferible ser
humilde y pasar inadvertida. Ciertos caracter~s
creen que vencer los . obstáculos co~ la energia
trae la dicha¡ en cambio, algunos piensan que se
encuentra en ser paciente y en tener, como escudo la fortaleza invencible de la resignación. Es,
pu~s, admirable considerar a_biertos, por las dife·
rentes opiniones, tantos caminos para encontrar
la dicha, y sin embargo, tan pocas personas felices.
Mas esa diversidad de ideas demuestra, de un
modo evidente, que no hay un secreto único para
encontrar la ventura y no se reduce á una sola
forma de almas la que pueda franquear el misterioso dintel, siempre cerrado á los mortales. Hay
una dicha propia de cada carácter, y el problema
viene así á ser más complicado para resolverse
de un modo general. Es en vano preguntar si la
dicha se encuentra fuera de nosotros en las circunstancias exteriores ó en lo más íntimo del
propio sér; lo probable es. hallarla cu.ando los
acontecimientos guardan cierta ;,rmonia con el
carácter individual. Hay almas que tienen nece•
sidad, para ensancharse, de gran.des sensaciones,
de luz, bullicio y hasta de obstaculos. que ven•
cer. Sería inútil mostrar á estos espíritus el camino de la dicha, señalándoles una senda de modesta y tranquila mediocri.dad, pues ciert:&gt;! bellas
almas de combate desprecian esas pequenas satisfacciones· hay una fuerza tan ardiente en su
interior, qu~ necesitan de esfuerzos sublimes y
continuos para emplearla.
Esta di visión no es peculiar solamente á la especie humana, ~xiste tambi~n en las plantas, pues
mientras unas tienen necesidad de mucho sol Y
del aire libre y vigoroso de los bosques, otras, en
cambio, no pueden resistir estos elementos en toda su extensión y se desarrollan suavemente bajo la sombra protectora de las altas y frondosas
encinas.
Por ejemplo: á un Bonaparte, es decir, á una de
las almas más ávidas y ambiciosas que han existido, es preciso darles, para su. dich.a, tempestades
y sacudimientos, no sólo propio~, s.mo de !as personas que giran en su extensa orbita social. El
día en que, cerca de Compiegne, bajo una llu_via
torrencial 1 calado hasta los huesos y mal abrigado por el alero derruido de una capilla, vió Napoleón llegar el carruaje en el cual venía la archiduquesa María Luisa, fué intensamen.te feliz;
pero era preciso ésto para llenar la n:1ed1da de la
dicha codiciada por ese carácter dommante y ambicioso. Y como nn contraste completo, hay almas que sólo pueden tomar 1~ felicidad á _pequeñas dosis, como toman los pa¡anllos su alimento:
ue grano en grano.

Para convencernos, estudiemos algnnas de esrs
respuestas. Una dice lo sigu~ente: &lt;L~ verda~P• a
dicha consiste en sacar el meior partido posible
de las condiciones en que la vida no; colo.:,,, y
formarnos una felicidad de lo que tenemos, y no
estar soñando con lo que no poseemos&gt;. Esta respuesta tiene simpatía ~on la de !il_ema ~ranco, la
cual dice: «Es necesario no pedir a la vida aquello que le es imposible dar&gt;. Elena Peterman opina de un modo análogo, pues se expresa en términos más ó menos semejantes: «Vale más ver las
bellezas y las cualidades que las fealdades y defectos de los seres y las cosas; la ilusión perpetua
de la belleza produce un estado de espíritu comparable á lo que es la sonrisa en el rostro; seamos modestos en nuestros deseos y, sobre todo,
seamos optimistas&gt;. Una respuesta anónima se
adhiere á esta opinión diciendo: &lt;Es preciso amar
la vida no viendo sino los buenos lados de ella¡
hay que olvidar lo malo y recordar lo gr,at_o para
contemplarlo aumentado como en, u~ mag~c~ es•
pe¡ismo; se debe pensar en lo prachc?, vivir la
vida diaria alegremente, no volver la vista hacia
los obstáculos pasados, y no pensar en el porvenir sino para esperarlo mejor&gt;.- C. Vemos aquí una
sucesión de espíritus tranquilos, mode~tos y pn~dentes que buscan la dicha por un mismo camino· mas en otras respuestas se observa un vivo
co;traste dé ideas, como lo demuestra la siguiente opinión: &lt;Para ser fel!z, es preciso ~esenvolv_er
todas las facultades, vivir toda la vida propia,
ensanchar todo el sér como las flores hacen con
sus pétalos para recibir la luz, la vida y la alegría en tod~ su hermosa plenitu~&gt;.-Hortensia.
Algo semejante en el fondo, si . no en la forma,
es la respuesta dulce, pero enér.1(1ca, c¡.ue ponem~s
á continuación: &lt;Para seguir el cammo de la di•
cha, se necesita una paciencia obstinada y una
suave fortaleza, á fin de avanzar por entre las espinas del sendero y no escuchar las voces que
nos apartan de él; es preciso ser fuerte, porque el
trayecto es largo, y tener dulzura para hacer ~rotar al paso flores que hagan agradable el cammo.
La senda de la dicha es como aquellas de los
cuentos en las cuales audaces caball-.ros se atrevían á' entrar para conseguir all(nna magnífica
promesa. Al principio, el camino era á.~Pe.ro y fa.
tigoso; poco á poco se hada menos dtfícil, hasta
qne al fin el valiente caballero se encontraba en
delicioso y encantado jardín. Todo el .error consiste en esperar demasiado pronto la dicha; acaso
está á la mitad de la vida, ó quizá al fin de ella,
c-,mo el c-allegro&gt; triunfal al fin de una smton1a&gt;.
Parece increible que en una alma femenina exista una dosis tan alta de energía y perseverancia;
pero no pueden ne.l(arse ciertos ejemplares de es·
tas nobles facultades en el bello sexo.
Para concluir, daremos á conocer una opinión
en la cual se encierran, á nuestro juicio, todas las
condiciones necesarias para encontrar la dicha.
Es esta: &lt;El secreto de la felicidad no debe buscarse en la disposición principal de nuestro
carácter, sobre el cual casi nada podemos, sino
en las cualidades posibles de adquirir y de las
que dependen modificar el carácter persoua_l;
por esto los moralistas enseñan á n~ destrmr
los ímpetus, sino á saber gobernarlos hábilmente.
Las pasiones naturales deben red.ucirs~ con energías adquiridas, empleadas con dtscrecióo, es decir refrenándose las demasiado fogosas y estimu•
la;do las atrofiadas y casi extinguidas, que hacen
falta para el vigor de la acción. Este eq~ilib~io
producirá la armonía, que es la fórmula misterio•
sa de la dicha. El día en que todo el sistema de
fuerzas intelectuales y sensitivas funcione sin
dificultad· cuando esos movimientos conserven
sn energí~ para reglamentar tod3;5 las accion.es,
entonces el espíritu no encontrara obstáculos m•
superables y se hallará pronto y fuerte para las
l 1tchas de la vida. La dicha, pues, está en la per•
fección. Cuando ésta se alcanza, no hay una idea,
un sentimiento, que no se convierta en acorde armonioso y esta es tal vez la significación que tienen las arpas de oro, colocadas entre las manos
de los elegidos&gt;.-HENRI Brnou.
Esta respuesta es, acaso, el resumen más aproximado de lo que constituye la dicha: nuestras lectoras han leído, sin duda con interés, la extensa
variedad de opiniones dadas á ese respecto, y con
su lectura habrán pasado agradablemente al,l(unos
ratos; esto último es más que suficieute para satisfacer nuestros deseos.

S muy sabido que todo conjunto se
compone de grandes ó pequeños detalles, y, casi siempre, de éstos depende el feliz resultado de aquél.
Igualmente podemos decir de la vida
social, en la que nos encontramos
con una multitnd de pequeñeces, al
parecer insignificantes; pero de las
cuales depende la complacencia ó el desagrado al
tratar con las demás personas.
Hoy haremos notar á nuestras lectoras algnnas
de esas citadas pequeñeces que, en realidad, no
carecen de importancia. Una de éstas es, por
ejemplo, la costumbre, muy generalizada, de no
devvlver los libros que los amigos se prestan entre sí. De todos los objetos de uso personal é íntimo, ninguno es tan querido, y á veces necesario,
como los libros preferidos por su dueño, á quien
hacen, de continuo, grata y consoladora compañía. La imperiosa necesidad de comunicar las impresiones propias nos obliga á desear que nuestros ami.l(os conozcan las obras de literatura más
de nuestro agrado, y á esto se debe, precisamente,
la pérdida de aquéllas, pues no todas las perso•
nas juzgan necesario ni oportuno devolverlas inmediatamente después de haberlas leído, como
debía ser, sino que, en algunas ocasiones, las
prestan ellas á su vez, y los pobres libros van de
c.,sa en casa, y de unas manos á otras-no todas
muy limpias por desgracia-hasta que, completamente destruidos, vuelven, al cabo de larga au~cncia, á su dueño, quien recibe no poco disgusto
con esa transformación tan desagradable.
No pncde ser más sencilla la manera de evitar
esa co5tumbre, pues si todas las personas tuviesen en cuenta estos pequeños detalles, considerarían, como una obligación de cortesía, devolver
los libros en seguida de haberlos leído; y si, por
algún motivo, se les dificulta su lectura, entonces
no debían retardar más tiempo la devolución á su
dueño, para no incurrir en esa falta de atención.
En cuanto á prestar los libros ajenos, no hay
para qué ponderar cuán incorrecta es esta costum•
bre, pues bien puede suceder ;,.ue se extravíen de
una manera irremediable, y muchas veces éstos
tienen nn valor estimativo, pues se liga á ellos algún recuerdo particnlar y querido para su dueño.
En vista de tan grande incorrección, se nota
ya marcada dificultad en varias personas para
prestar sus libros y solamente por compromiso
ceden á ello.
No se puede censurar de egoísmo y desconfianza esta conducta, pues queda completamente justificada con las desatenciones dichas anteriormente.
Ya que de cortesía social tratamos, no es posible olvidar algunas fórmulas relegadas, según parece, al capítulo de los buenos recuerdos de otras
épocas, en las cuales la galantería y consideración, para tratará las damas, era como una ley
grata á los que la observaban y á quienes se fa.
vorecía con ella. No está muy remoto el tiempo
en el que, al viajar en los trenes y cuando todos
los sitios estaban ocupados, se consideraba deber
social en un caballero ceder el asiento á cualquiera señora, ya fuese ó no hermosa, de mucha ó de
poca edad. Mas, ahora, esta costumbre de cortesía
social ha desaparecido casi por completo, y, á pesar de toda la buena voluntad posible con que
las damas tratan de acostumbrarse á esta reforma
tan inesperada, no lo consiguen, pues, al entrar á
un tren y ver el espectáculo que presenta su interior, no se puede menosdesentiruna impresión
muy desagradable.
Las eñoras, guardando penosamente de pie el
equilibrio, tratadas frecuentemente con absoluta
brusquedad por parte de los empleados, atrope-

lladas por los pasajeros que entran y salen, en algunas ocasiones llevando niños á quienes lomolesto de la situación hace llorar, y muchas veces
estas señoras son ya de avanzada edad ó de aspecto débil y enfermizo. Mas, entre tanto, los se•
ñores, cómodamente colocados en sus asientos,
van entregados al encanto de la contemplación,
entre las nubes de humo de sus cigarros, ó á la
delicia indiscutible de una grata lectura ....
Cuán amables y galantes consideramos, ahora,
los bnenos tiempos de antaño, en los cuales el
cuadro era totalmente distinto y en el que los
usos de sociedad tenían aspecto tan diverso.
Tal vez se verifique una evolución favorable á
las damas en este sentido; así debemos esperarlo,
lectoras mías, y, entre tanto que esto llega .... sigamos de pie y tengamos paciencia.

La Escritura Derecha
-Sólo la escritura derecha debe aceptarse,-dicen los pedago(os modernos.
Y, á este respecto, se provocan discusiones, se
nombran representantes para que tomen la palabra en las Sociedades de pedagogía, se forman partidos, se citan juntas.
Los E~tados Unidos no son indiferentes á este
movimiento científico, y convocan á los profesores de nombradía para que opinen sobre el particular. La opinión de los hombres competentes es
unánime. &lt;Rehusad la escritora oblicua-dicen
todos;-no aceptéis sino la escritura dereclia&gt;.
Y tienen razón. No hay sino ver la postura forzada que se adopta para la escritura oblicua: un
solo codo apoyado; por tanto, el peso todo del
cuerpo recargado sobre un lado; el pie izquierdo
colocado más adelante que el derecho; el codo
izquierdo muy separado del cuerpo; el codo derecho casi adherido á las costillas. La columna
vertebral, tan frágil en el niño, se desvía de la
dirección vertical y propende, al cabo de algún tiempo, á doblarse visiblemente. Las vértebras sufren una torcedura, y el lado izquierdo del
tórax, apoyándose continuamente sobre la orilla
de la mesa, oprime los pulmones y engendra la
deformación del esternón. Esta posición oblicua
forza la cabeza á inclinarse hacia la izquierda,
los ojos se acercan demasiado al papel, y, cosa importantísima, l a vista se debilita grandemente. Es un hecho indudable: la escritura oblicua engendra la miopía.
Es preciso adoptar la escritura recta. Así, la
posición derecha del papel trae, naturalmente, la
posición derecha del cuerpo, de la cabeza y de la
columna vertebral. No hay, no puede haber miopía en ese caso, ni puede tampoco haber obstáculo ninguno para el desarrollo completo del
pecho.
Jorge Sand lo dijo bien claro: Papel recto, escritura recta, cuerpo recto.
Esta opinión tiende á generalizarse. Es la de
los profesores, de los comerciantes, de los industriales de todos los países civilizados.
Por todas partes se hacen propagandas á su fa.
vor. En algunos colegios de importancia está ya
completamente adoptado este sistema. Nadie se
atreve á ponerle objeciones. Lo que pasa es que
no se generaliza en todo el mundo porque el progreso siempre tuvo sus enemigos. Nadie le pone
objeciones; pero no todos quieren adoptar ese
nuevo sistema que rompe, de una manera brusca
y violenta, con la leyenda sagrada que reza: "el
cuerpo jorobado, los ojos bizcos, la cabeza con
calambres .... " La leyenda está consagrada por el
tiempo y hay que respetarla; quien la toque, será un réprobo, un anatematizado.

HOMBRES YANIMALES

•

ACE algunas semanas se entabló una en•
riosa discusión entre un célebre escritor,
colaborador del &lt;Ladies Home Journal&gt;,
poeta exquisito, y el director de una sociedad feminista.
Se hablaba de &lt;animales&gt;, aunqne el asunto parezca prosaico y ajeno á la reunión de damas y
caballeros que, en esa ocasión, se efectuaba con
motivo del arreglo de una fiesta para la próxima
navidad.
-¿Es posible?-lecía la hermosa Mrs. Brawn¿es posible, como dice nuestro poeta, que todo
ser humano tiene una cabeza de animal? .. . . .. No
puede ser; protesto contra semejante aserto.
Los unos uníanse á sus protestas, l.&gt;s otros estaban por la parte contraria. Se hizo observar que,
en todo tiempo, los artistas se han preocupado por
este pequeño problema y que Leonardo de Vinci,
David, Boilly, hallaron esta semejanza, colocando
siempre, al lado del tipo humano, el tipo animal
que le correspondía.
-¡No¡ esto no es posible-repdía, incrédula y
asombrada, la linda Mrs. Brawn,-no puede ser.
-Sí que lo es -decían unos.
-Yo tengo un vecino -exclamó el poeta-que
tiene cara de perro.
-Y yo otro dijo un escritor,-que cuantas veces hablo con él, me parece que estoy dirigiendo
la palabra á un ganso.
Una ruidosa carcajada acogió esta frase.
-Veamo,-tornó á aecir la interesante Sra.
Brawn, que en esa noche lucía un gracioso traje
amarillo pálido con franjas negras:-no digáis cosas que no podéis probar; el dueño de esta casa
que nos rresta una hospitalidad tan cariñosa, ¿de
qué tendrá la cara, de asno, de hipopótamo, de
jabalí de las Indias? .... . . decidlo, decidlo discretamente ....
-Dejemos en paz á Mr. Gard- -dijo interviniendo en la disensión Rabier, uno de nuestros más
notables pintores de animales, ilustrador de las
fábulas de La Fontaine, humorista espiritual, para quien la Naturaleza es, como para la fábula,
u na amplia comedia con cien actos diversos;·-dejemos, repito, á nuestro amable huésped Mr, Gard
quien se ocupa en estos momentos de preparar
su mejor lunch y ocupémonos de vos misma, señora, de vos misma que semejáis, en perfecto modo, un delicioso animalillo que es vuestro retrato.
T~dos los circunstantes se pusieron de pie,
atraidos por la novedad de la frase.
- ¿A qué animal me parezco?-dijo la linda
Sra. Brawn, picada en e..ctremo y haciendo esfuerzos sobrehumanos para impedir que la sangre de
1'I indignación le subiera al rostro.
-¿A qué animal? -respondió el pintor;-no os
indignéis, 1inda señora, vos toda entera sois ....
una golondrina,
Y, diciendo esto, sacó su lápiz, que él no abandonaba nunca, y trazó en uu papel la silueta de
ese gracioso volátil. Un grito unánime estalló en
la sala, La semejanza era completa. La golondrina
y la Sra. Brawn no eran sino una sola persona.
-Estoy convencida-dijo la hermosa señora, visiblemente halagada.
Y la discusión terminó en vista de esta prueba
concluyente

JHI

•

Bnen tino:
- De las constancias se desprende que usted
arrojó una piedra al señor.
-Y que le pegué, su señoría.

•
••
-El será irlandés; pero sus hijos nacieron en
Francia, y, por lo tanto, son franceses.
-Según eso, si una gata tiene hijos en el horno
de un panadero, serán bizcochos,

�EoT. F1&lt;~LIX. DE PARís.- MoDAS DAILLY.
TRAJE DE-BAILE.-En seda ligera p.e color rosa pálido, hecho en· forma de túnica. En la parte inferior de la falda,
lleva una elegante drapería abierta, sobre muselina de seda del mismo color, recogida con una rica aplicación d
bordado con moti vos orientales. Otra de estas aplicaciones
forma un corselete en el delantero, limitando el escote.
Mangas cortas, de fantasía, recogidas en
hombros, co
aplicaciones.
1

FoT. F.i:;ux, DE PARfs. -MoDAS LEWIS.
ELEGANTE SOMBRERO

ele fieltro, en color violettt.

bscuro, adornado con una banda de list6n Pompaur Y ftores de terciopelo lila,

�776

Et MUNDO tLUSTRADO

LAS MADRES
Sobre la techumbre
que cubre mi Jecho,·
tapa de sepulcro
con quien me confieso
oigo, por las noches, '
la cuna de un niño romper el silencio
Y esa melodía constante acompaña,
'
como un dulce amigo, mis largos recnerdos.
A veces la cuna
se pára un momento,
Y un triste vagido, muy triste, muy triste,
se escucha á Jo lejos
en la noche muda, más triste y más sola
que el mismo lamento;
y la santa madre
vuelve al de la cuna blando bamboleo
Y se acalla el lloro del insomne niño '
mientras el columpio le sigue mecie1;do.
Mas, apenas pára
la cuna su ritmo, que extíoguesc lento,
otra vez el vagido penoso
se clava en el alma más hondo y más trémulo¡
y otra vez la madre, con mano subh•ne,
balancea á su dulce pequeño,
y un suave efluvio, cual de adormideras,
parece que esparcen sus líricos dedos .....
Poco á poco las luengas mecidas
acortan su vuelo,
y de cortas, aun van á más breves,
y de breves, á un leve cuneo
que apenas se siente, que apenas se escucha
cual rumor inefable del cielo,
'
y la mano que mece y que mece
ya es seda que cruje, ya es giro del viento,
ya espuma que pasa,
ya es beso, ya es brisa, ya es roce, ya es sueño.
iOh, cómo las madres
saben esa escala de blandos descensos
que duermen los niños de toias las razas
con la melodía de ritmo materno,
y mueven las cunas con largas mecidas,
después les acortan su armónico vuelo
después les reducen sus lentos vaivenes
como si los ángeles las fuesen midiendo,
hasta que las truecan
sutil movimiento,
el imperceptible rumor de la brisa,
el imperceptible reírse del céfiro,
y, por fin, la música de vagos andares
que se oye en el hondo latir del silencio.
Y en cuantos instantes el niño rebulle
su cuerpo de pájaro y exhala el lamento,
iqné divina paciencia! La madre,
con i)!ual y sublime cuneo,
principia otra escala de largas mecidas,
como una cadencia de ritmos diversos
que trasmite al columpio amoroso
la magia del cielo,
y forma otra larga, menguante escalera ·
de leves mecidas que vanse extinduiendo
cual si reglas divinas y sabias
.,
'
fuesen graduando su dulce descenso
que apenas se nota, que apenas se siente
igual que un crepúsculo que va anocheci~ndo,
hasta que el acento del niño se calla
en un esponjoso dormir de su cuerpo,
y sólo se escuchan mil músicas leves
coa! si respirase la marcha del tiempo.
Alma solitaria que duermes tu niño
con el sacrificio de tu amor más tierno
sin que sobrecoja tu pecho la ira,
'
sin que se impaciente tu santo cerebro
sin que puedas dejar de ser madre
'
ni un solo momento¡
alma solitaria que noches y noches,
todas las larguísimas del lóbrego invierno,

LIBERACION
Hay algo que aun me liga á la existencia.
Yo no sé lo que aguardo¡ pero espero
Con tan honda ansiedad, con tal vehemencia
Que no sé cómo, de esperar, no muero.
'
Que algv vendrá mi corazón presiente
Para hacerme feliz ó hacerme daño.
lQué me traerá lo que aguardé impaciente?
¿La eterna paz ó un nuevo desengaño?
La noche avanza, y siento que á mi p11erta
Llama una mano poderosa y fuerte.
- ¡Entr.1, sombra esperada, ya está abierta!
toda tu cadena de :1oches sin número,
toda tu cadena de insomnios s1u término:
te escucho amorosa meciendo tu cuna,
te escucho tu niño divino meciendo:
¡oh, tú sí que sabes, al són de tu lira,
rimar grandes versos,
y tejer tu vida, tu amor, tus entrañas
al pasar y vol ver de tu péndulo!
Hilandera sublime que hilas
al són de tu cuna los hombres, los tiempos¡
musa excelsa, vestal inmutable,
iquiéu pudiera imitar tus ejemplos
y arrullar, de las penas humanas,
el lloro perpetuo,
y dormir con largas mecidas
que se escalonaran con ntmos eternos!
!Oh, poetas! ¡oh, madres sublimes!
vosotras tan sólo sabéis hacer versos¡
la cona es la lira de todas las razas¡
y el cordaje inmortal, vuestros dedos.
SALVADOR RUEDA.

España, Octubre de 1908.

~,,;

~

CASTA VOLUPTUOSIDAD
Para "El Mundo Ilustrado. "
Una alcoba de doncella,
de doncella casta y bella
que no sabe más de amor
que el que encierra una mirada,
una carta perfumada,
un retrato y una flor.
Diez y siete primaveras¡
ilusiones lisonjeras
bosquejan el porvenir¡
siempre inquieto el pensamiento.
y un espíritu sediento
de volar y de vivir.
Amanece. Luz incierta
por la mal cerrada puerta
y á través del fino tul,
llega al lecho y la despierta
dentro de su estuche azul.
Piensa que es tenaz err peño
de la luz, robarle el sueño,
y suspira al despertar.
Tiende el brazo, perezosa,
cuya piel, tersa y sedosa,
va las sedas á tocar¡
le retira con presteza,
en él hunde su cabeza
y sintiendo su calor
en aquel dulce embeleso,
se oye un beso y, tras el beso,
se escucha un "yo pecador ..... . "
GUSTAVO F. AGUIUR.

¿Quién e~es? -:Y una voz clama afligida:
- Lo que tu quieras .... El amor, la muerte ....
iAlgo que viene á libertar tu vida!
FRANCISCO VILLAESPESA,

MEDALLON
Sol-re el dormido mar de mi tristeza
como al través de la flotante bruma
'
te vi surgir en la argentada espuma'
llena de ingente gracia y gentileza. '
Se me antoja tu espléndida belleza
raro portento de belleza suma
y q1;1e ni un cisne con la blao~ pluma
dt.btera hollar su celestial pureza.
En tus mejillas hay sangre de aurora,
rayos de sol en tus divi¡:¡os ojos
y en tu boca, que incita mis antojos,
del amor la sonrisa tentadora
dulces encantos que en mi ardi~nte anhelo
pienso que irradian sobre el mundo el cielo.
RAN ULFO PENAGOS,

1PAilS ID&gt;IE S\IJIE~O
Deja que empolve tu cabeza blonda
¡Ob, mi amada maligna y hechicera!
Serás, bajo la nívea cabellera,
Una joven duquesa de la Fronda.
Inconstante y fugaz, como la onda
Te llevó tu capricho á mi rieera.
'
Ya sen tí florecer tu prima vera
_i
Sobre mi pena misteriosa y honda.
Y-pues mi cielo tu sonrisa irisa,
Haz que sus alas, en gentil sonrisa,
El ave roja de tus labios tienda ..... .
Aunque después me hieran tus desvíos
Acuñaré en tu honor los versos míos
'
Con tu busto ducal y tu leyenda.
RICARDO JAIMES FREYRE.

'

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                <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado, 1908, Año 15, Tomo 2, No 24, Diciembre 13</text>
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              <text>Reyes Spíndola, Rafael, 1860-1922</text>
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              <text>El Mundo Ilustrado comenzó a circular el domingo 14 de octubre de 1894 en Puebla, inicialmente con el nombre El Mundo Semanario Ilustrado. Su principal objetivo era el de proporcionar una recapitulación de los acontecimientos nacionales e internacionales, así como promover la verdad y la justicia. En un inicio estuvo auspiciado por el gobernador de Puebla, el general Mucio P. Martínez. En 1895 se mudaron los talleres a la Ciudad de México. Para Reyes Spíndola fue primordial dar a conocer artistas y escritores mexicanos, por lo que contó con colaboraciones de ambos para la publicación. Es posible considerar que de 1904 a 1908 fue la época de oro del semanario debido a que la calidad, tanto de contenidos como artísticos, alcanzó un gran nivel. En 1908 Reyes Spíndola tuvo que vender el semanario debido a problemas personales, en junio de ese año se anunció el cambio de administración y, que, a pesar de ello, iban a continuar manteniendo sus estándares de calidad y formato. Sin embargo, Víctor M. Garcés, el nuevo dueño, y su equipo hicieron algunos cambios, se mudaron de domicilio dos veces, cambiaron el formato del periódico, y, debido al abaratamiento de costos, la calidad del papel bajó y sólo se usó el de buena calidad para secciones específicas y el uso de la fotografía para las portadas fue más frecuente. En 1913 la empresa Actualidades, Artes y Literatura adquirió el semanario y en 1914 sus talleres fueron apropiados por el gobierno de Venustiano Carranza, sin embargo pudieron seguir editando el semanario por unos meses más gracias a la existencia de otras imprentas instauradas por Díaz. ​ Este fue un momento de crisis para la editorial ya que se encontraban en aprietos debido a la Revolución, por lo que la falta de recursos y personal fue frecuente, sin embargo, se las arreglaron para no bajar más la calidad de la publicación. Sin embargo, en ese mismo año El Mundo Ilustrado cerró definitivamente, mientras que su fundador, Rafael Reyes Spíndola, se encontraba en el retiro.</text>
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              <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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