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ARo IV

REVISTA MODERNA.
El suelo se agrietaba, eran hostiles
hasta las piedras mismas del camino,
se doblaban las testas más viriles
bajo el adusto ceño del destino.
Mas cuando agujereada por las balas
flotó en Chihuahua, rota, la bander11,
en manos del indígena, las alas
tendió de nuevo el águila altanera;
de la tierra los púgiles brotaron;
llegó hasta el corazón soplo divino,
y á la voz de ¡República! se alzaron
hasta las piedras mismas del camino.

MÉXICO,

l8

QUINCENA. DE ÁGOSTO DE

1901

NúM, 15

REVISTA MODERNA
A. RT E
DIRECTOR: JESUS E."VALENZUELA.

V

CIE N CIA..
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de D1tulát1.

Bajo el cielo del Norte, sin reposo,
sobre este suP.lo á la esperanza abierto,
¡qué uniforme en la historia más glorioso
que el frac de don Benito en el desierto!

........................................

¿Ois .... ? No es el caiión el que resuena,
es la férrea y veloz locomotora
que los mercados y las arcas llena
y su penacho tiile con la aurora.
Oh ¡Juventud! El sol surge radiante.
Empavesa la nave, llega al puerto .. . ..
Juárez no muere! ¡Juárez ..... !y adelanll'!
sobre este suelo :\.la.esperanza abierto.
JEsú.; F,, V ALENZUF:LA.

VENTA DE "LASCAS."
El Gobierno del Estado ha vondido al Sr. D. Ramón de S. N. Araluce toda la edición del libro do Yersos de Salvado:· Dlaz !\lirón. Es, por tanto, á aquel caballero á quien deben dirigirse las personas que
deseen adquil'ir la obra de nuestro egregio vate.
El contrato celebrado entre el Sr. Dehesa y el jefe de la importante casa librera es digno de la aten·
ción del público, por diversos conceptos
En primer lugar, la compra de diez mil Pjemplares de un libro, revela claramente la difusión de la~
letras en el p11ls. El Sr . .Araluce, que conoce su negocio, debd contar con que la mayor parte de los volúmenes sen vendida en la. República, y debe estar seguro de que en ella encontrará gran número do
lectores.
Y la adquisición demuestra que en 11éxico es ya estimado, en todo lo que vale, el esfuerzo del hombre que consagra sus energías al cultivo del arte de la palabra. En periódicos y revistas serán publicacados muchos arllculos en loor del eximio poeta veracruzano; pero ningún elogio será mejor que el que
al bardo ha tributado el Sr. Araluce, al desembolsar no pocos millares de duros, sirviendo de intermediario al autor y sus admiradores.
Por último, el Sr. Diaz Mirón ha procedido con una generosidad verdadernmente insólita. El comprador ha pagado S!l.27 por cada verso, por cada rengloncito del libro, y el poeta ha renunciado á respetnl)le suma en beneficio de la juventud que se educa en el Colegio Preparatorio de Xalapa.
El producto de •Lascas,, será empleado en obras para emiquecer el caudal, ya considerable, de la
biblioteca de ese establecimiento.
La donación parece haber pasado inadvertida. No hemos leido en periódico alguno los encomios
que el desprendimiento del Sr. Dlaz Mirón merece; pero si sabemos que tal acción, digna del alto y fuer·
te cantor, ha suscitado ingente sentimiento de gratitud en los corazones ele los jóvenes estudiantes, y en
los de todos aquellos que se interesan por la instrucción popular.

El Orden. Xalapa- Veracruz.

l\IADONNA DELLA ARPlE,-ANDREA DEL SARTO - FLOKENCa.

�TIPOS QUE SE VAN.
EL HERBOLARIO.
::

N LOS mercados céntl'íco11, en los tianguis de_los pueblos suburbanos ó simplemente en la esquina de un barrio populoso y apartado, habreis visto,
sin duda, sedente en la estoica y melancólica postura del •Indio triste•
hecha célebre por la estatuaria aborígene, al indlgena herbolario.
Tiende en el pavimento su ayate y sobre él dispone los raros y di&amp;imbolos productos con que trafica: ralees y yerbas disecadas, frutos
barrocos y semillas extrañas; despojos de reptiles, quelonios y tartlgrados y restos bizarros de la fauna y la flora nacional.
A él acuden las comadres ignorantes y fanáticas del arrabal, que lo
respetan y lo consideran como pozo de ciencia Empirica y fiel guardián
de los mil secretos de la terapéutica popular. El herbolario vende •ojos
de venado • contra la •jetatura;• piedras 1:ersales para el aire que hace sufrir á los niños; colorines, apizizinques eu nahuatl para el mismo fin; caparachos de armadillo para las fiebres; cuahutecomate para
la pulmonla y toda especie de yerbas aromáticas, de simples, habas, bellotas, regímenes de palmas, tubérculos, bulbos y ralees á los que la superstición del pueblo atribuye virtudes infalibles y eficaces y
que quitan un padecimiento como con la mano, según el gráfico decir popular.
Para las masas ignaras, el herbolario tiene algo de hechicero y en sus pupilas brilla el fulgor misterioso de los espesos bosques donde herboriza al claro de luna.
Pero en el fondo, el arbolario, como se titula á si mismo, no es más que un charlatán que á sabiendas
y hasta maliciosamente especula con la ingenua credulidad de su clientela.
Se han dado casos en que administrando torpemente una de sus drogas despache al parroquiano á
mejor vida, y no es remoto que tercie en los brutales erotismos del pueblo facilitando el Satyrion indígena que engendra furores y locuras, ó que intervenga en las obscuras venganzas facilitando venenos
tan activos como la nuez de cabalonga, la cicuta ú otros semejantes.
Es también este misterioso traficante quien abre al pt•eblo el siniestro paraíso artificial de la mariguana, penetrando furtivamente á cárceles y cuarteles.
El herbolario tiende á desaparecer y se va á la tradición y á la leyenda, mirando de reojo los grandes vasos luminosos y multicolores de las boticas y farmacias que lo arruinan. Se va juntQ con el evangelista á quien la instrucción que se difunde anoja como el rayo de sol al hosco buho; se va á semejanza
del aguador, del pintoresco ctortugo• que usaba en su tráfico como valor fiduciario los encarnados colorines, como tanto tipo tradicional, legendario y pintoresco á quien la civilización destierra y que se ven
substituidos por los fonografistas ambulant\ls, por los motoristas de los tranvlas eléctricos, netos heraldos
del vencedor Progreso.
JOSÉ
Del Libro en prensa: •ROSTROS y MASCARAS.•

JUAN

TABLADA.

De Pnul Vcrlaine.

Somos las niñas ingenuas, de bellos
ojos azules y lisos cabellos,
que en las historias apenas leidas
vivimos dichosas y desconocidas.
Y amos enlazadas de por la cintura
y ni de la aurora la luz es más pura
que de nuestras almas, nuestros ideales
y nuestros ensueños los puros cristales.

Agiles corremos por valles y prados
rien.io y cantando, sin otros cuidados,
todas las mañanas y tardes hermosas,
que cazar a!ligres á las mariposas.
Rústicos sombreros de humilde aldeana
libran nuestro cutis de la resolana,
y nuestros vestidos de tela muy leve
son de UD¡\ extremada blancara de nieve.
Los Richelieux, los Caussad, los Faublas
son los pretendientes que nos buscan más,
los que nos prodigan melosas mirada@,
saludos, suspiros y boquibabiadas.
Mas sus ademanes se quedan corridos
ante el pliegue irónico de nuestros vestidos,
y ruedan de bruces todos en tumulto
cuando nuestras faldas les huyen el bulto.
De las lujuriosas imaginaciones
que forjarse suelen esos moscardones,
en nuestrn perverso candor nos burlamos,
mas algunas veces á sentir Ilegarros
que dan más de prisa sus palpitaciones
bajo de las batas nuestros corazones,
sospechando vagos signos clandestinos
de amantes futuras de los libertinos.
BALBlNO

DÁVALOS.

�LE l\.IISSEL.
Daos un l\Iissel datant du roí Fran~ois Premier
Dont la rouille des ans a jauni le papier
Et dont les doigts dévots ont usé l'armoirie,
Livre mignon vétu d'argent sur parchemin,
L'un de ses fins travaux d'ancienne orfébrerie,
Oi.t se sentent l'audace et la peur de la main,
J'ai trouvé cette fleu(flétrie.
Et pcut-&lt;!tre dans l'air sombre et léger du soir
Un cceur comme une fl.amme autour du vieux formoii·
S'éfforce en palpitant de se livrer passage
Et peut-étre le soir il attend l'Angelus
Daos l'espoir qu1une main viendra tourner la page
El qu'il poul'l'a savoir si ríen ne reste plus
De la fleur qui fut son hommage.
Eh bien! rasure-toi chcvalier qui partait
Pour combattre a Pavie et ne revins jamais,
Ou page qui tout bas aimant comme on adore
Fut un aveu d'amour d'une Ave l\laria ....
Cette fleur qui mourut sous des yeux que j'ignorc
Depuis les trois cents ans qu'elle répose 1:\
Ou tu l'a mise, elle est encore!
SuLLY

PRUDIIOi\lME.

DE SULLY PRUDI-IOMME.
I
En un l\Iisal del tiempo de Fi-ancisco primero,
Obra exquisita y rara de un antiguo joyero,
l~ucologio vestido de plata y pQrgamino
Que los años tiñeron de ,:olor marfilino,
En sus hojas de margen á pincel exornnda
Hallé esta florecilla marchita y disecada.
I[

Tal vez surg.e en el airo sombrlo de la nocli c
Un corazón ardiente como una flama roj11,
Quizá se acerca al libro y en torno al virjo broche
El Angelus espera con la crüel congoja
De que una mano venga para volver la hoja,
l\Iostrándole á su anhelo que ya no queda nada
De aquella flor que fuera su ofrendn enamorada!

m
Consuélate ¡oh guerrero que á Pavía marchaste
A combatir y nunca del campo regresaste!
O tú, tímido paje, que la pas;ón unciosa
Confesaste de hinojo~, en una Ave María ....
Aquella flor marchita con muerte misterio, a
Hace trescientos años, en su lugar reposa
Y donde la de.jaste descansa todavla!
JOSÉ JUAN

TABLADA.

ALGUNAS IDEAS RESPECTO DE INSTRUCCION PRIMARIA
PRESENTADAS EN FORMA OE or:.TAMEN POR CABIDO OARRRDA,
,( LA coi11$tÓN NOMBRAD\ EN VNA JUNTA DE AMIGOS, REUNIDOS CON EL ODJETO DE PROMOVBR LO QUB PUOll!SE se:R ÚTIL
l'ARA DIFL"NOIR LA JLUSTRACIÓ» EN MÉXICO.
APROGADO roR DlCIJA COMISIÓN, TANTO BN LO GENERAL, COMO BN LO kELATIVO /.. LA rAR.1'E
R&amp;SOI.UTIVA

co~ QUE TERMINA.

INDIVIDUOS QUID COMPOSIERON LA COliISION DICTAMINADORA:
CC. Gabino B:1rreda, Ignacio Ramirez, R:ifa.'31 Martínez de la Torre, Guillermo Prieto, Roberto Esteva.
L'education con~titue le prémier des arto le scul
pleinem~nt général. celui qui perfeccionne l'action
en amellorant l'6~cnt.
A. t.:omte. Systcme de Polit poslt, t IV. p P46,

PARTE PRIMERA.
DE LA INSTRUCCIÓN OBLJGA.TORIA.

E algún tiempo á esta parte una :dea preocupa casi exclusivamente los ánimos
en llféxico en materia de instrucción pública: la instrucción primaría. Esta, como la ralz de nuestros conocimientos, y como la única que puede por hoy te,
ner fundada esperanza de lle.gar á ser realmente universal, se ha atrnido todas las miradas de los hombres pensadores y amantes del verdadero prngreso:
todos han comprendido que, la principal y más poderosa rémora. que detiene
á nuestro pafs en el camino de su engrandecimiento, es la ignorancia; todos
más ó menos perciben que la falta de ilustración de nuestro pueblo, es la que lo convierte en pasivo é
incensciente instrumento de los intrigantes y de los parlanchines, que lo explotan sin cesar, so pretexto
de servirlo, haciéndolo á la vez víctima y verdugo de si propio.
Un grito unánime se ha levantado, como una consecuencia necesaria de esta convicción, en favor de
la instrucción primaria universal y aun obligatoria. La perfecta sinceridad de esta creencia se ha sobrepuesto, en fin, por todas partes, á los nimios escrúpulos de ciertas conciencias metafísicas que, creyendo
ver en la instrucción obligato1'ia un ataque :í. la libertad individual, se resignaban á vernos morir de
inanición antes que tomaT una medida que nuestro estallo social demandaba imperiosamente, pero que
violaba, decían ellos, uno de los de1'echos del hombre. ¡Como si su primer derecho no fuese el de vivir y
el de procurarse su desanollo y su bienestar!
La magnitud y la evidencia del mal, haciéndose la. consideración predominante, han hecho en este
caso desaparecer toda concepción ontológica, y en vez de acudir á un articulo del supuesto código expedido por la Entidad llamada Naturaleza, todos, aun á riesgo de ser inconsecuentes, procuran hallar
el remedio en la supresión de aquella circunstancia que han reconocido ser la causa del mal, dando de
esta suerte, sin saberlo, un completo triunfo á las ideas positivas sobre la ontologla.
Todos comienzan por fin á comprender, ó al menos á. dejarse llevar por los que asl lo comprenden,
que el Derecho Natural y todos los demás códigos á que el hombre se ha sometido, más ó menos voluntariamente, son, ein excepción, su propia obra y no tienen ni pueden tener otra sanción real que la de una utilidad común reconocida en sus preceptos considerados como reglas generales de conducta: todos se han
resuelto, por fin, á obrar en esta materia, como si estuviesen convencidos de que la positiva utilidad general es la verdadera piedra de toque, en legislación como en cualquiera otro asunto; todos comienzan
á percibir que la higiene de las sociedades puede, como la de los individuos, libertarse de la obligación
que hasta aquí habla tenido de presentar sus más inconcusas reglas como preceptos de la Divinidad ó de
la entidad Naturaleza: esta sanción teológica ó metafísica de los preceptos de la ciencia, comienza ya á
ser innecesaria en la medicina de las naciones, como ha cesado, hace tiempo, de serlo en la medicina de
los hombres considerados individualmente; todos, en fin, si no en la teorla, al menos en la práctica, han
venido á colocar, siquiera una vez, los de1'echos de la sociedad sobre los derechos del hombre; y nadie vacila ya en imponer, en nombt·e de la utilidad general, la obligación de adquirir y de hacer que los hijos
adquieran la instrucción primaria indispensable.
Nosott-os poddamos, si nuestra misión fuese exclusivamente práctica, conformamos con e~te resultado empírico, y, por decirlo así, instintivo de la evolución de nuestra sociedad, y aprovecharnos de él
para llevar adelante nuestro propósito de contribuir con todas nuestras fuerzas al mPjoramiento y ge-

�238

REVISTA MODERNA.

neralización de la educación de la niñez, sin inquietarnos por las objeciones que se formulan contra una
doctrina que cada día gana más y más partidarios, ni fatigarnos en fundar aqul una opinión q~e cada
vez se hace más y más preponderante; pero la circunstancia de encontrarnos á la cabeza del pnme1· _establecimiento de instrucción secundaria de la Nación, y el hecho de ser todoR los que nos hemos reumdo
para esta noble empresa, profesores de instrucción pública, nos imponen el deber de dat· á nuestros actos y á nuestros propósitos otra base más racional y menos emplrica que el simple hecho de amoldar
nuestra conducta á la opinión tl'iunfante: por otra parte, la circunstancia de que muchas personas del
partido liberal creen todavía de buena fe que la obligación decretada por la ley, de adquirir l_a in~:ruº:
ción primaria, es inconciliable con los principios que profesan, y que están por lo tanto en obhgac10n, s1
quieren ser consecuentes con t&gt;llos, de desecharla y aun de combatirla, exige de nuestra parte algunas
palabras que bagan ver lo infundado de una opinión, cuyo más culminante defecto lógico consiste ?n ~uponer que todas las consecuencias rigurosamente deducidas de un buen precepto práctico, son también
buenos preceptos en la práctica.
Esta lamentable confusión entre lo que es propio de los axiomas y lo que es propio de las reglas; esta creencia, ó más bien, esta rutina de supone1· y dar por cierto que, as! como se pueden sacar indefinidamente consecuencias de un axioma sin temor de llegar á un error, mientras no se quebranten las re.,.las de la deducción, asl también se puede, sin limitación y sin peligro, extender un buen precepto ge:eral á todos los casos que él puede abarcar, sin dejar jamás de ser útil, es un hecho que parecería increlble si la experiencia no hubiese acreditado que él es no sólo posible, sino muy frecuente, y origen fecundo de males de gran trascendencia.
Sin duda son muy pocos los que sostendrian en principio tan absurda doctl'ina; todos repiten á porfía que no hay regla sin excepción, pero cuando llega el caso de sacar fruto de tan importante verdad,
obran como si jamás hubiesen oído habla1· de ella. Tal sucede con lo que respecta á la libertad. Es inconcusamente un precepto muy útil el de respetar la libertad individual; es una regla que forma el credo
liberal, la de que el gobierno no tiene que intervenir en los actos privados del individuo y de la familia;
pero ella tiene por confesión universal un considerable número de excepciones: nadie cree que se falta
á Ja re.,.la cuando la autoridad pública impide que un individuo atente á la vida ó propiedad de otro, ó
cuand; castiga al que ha cometido esas faltas, po1· más que esto haya sido en lo intimo de la vida privada ó aun de la familia; nadie combate como un ataque á la libertad la persecución del fraude ó la falta
de cumplimiento de un contrato. Todos, sin desconocer que estas son restricciones, las aceptan corno indispensables y como una condición sin la cual la sociedad no podrla existir; todos convienen en que si la
libertad se extendiese hasta proteger ó autorizar el asesinato, el robo ó la mala fe, la libertad en vez de
un bien seria una calamidad. Mas luego que se sale de estas verdades trilladas y de estos lugares comunes que están en el dominio público, la oposición sistemática comienza, y cada uno ob_ra_ como si la~ restl'icciones que él por pura rutina admite respecto del principio de libertad, fuesen las umcas excC&gt;pc1ones
á que pudiese estar sujeto.
Yo quiero suponer por un momento que tales personas tengan razón en opinar de ese modo; quiero
conceder que efectivamente no se han encontrado hasta hoy más casos que los ya mencionados, en los
cuales sea conveniente coartar la libertad individual, y que en todos los otros que se han examinado, la
observación ó el raciocinio han hecho ver que la libertad cabalé ilimitada, ha producido y debe producir mayor suma de bien que la coacción legal. Como es evidente que este supuesto examen no ha podi•
do abarcar todas las clases de casos posibles, ni siquiera la mayor parte, es claro que él no podrla garantizar la conclusión absoluta y universal de que: una medida por solo el hecho de no conformarse á
Ja re.,.la, debla forzosamente condenarse como mala. Semejante conclusión sólo podrla ser aceptada como r:gla, para aquellos casos en que, no t~niendo tiemp~ para investigar los re_sul_t~dos de ~na determ!·
nación, ó careciendo por cualquier otro mottvo de los medios de hacer esta aprec1ac10n, nos vtésemos obligados, como sucede con frecuencia, á tomar desde luego una re_solución.
En tales circunstancias, la prudencia y buen sentido aconseJan conformarse con la regla general y
desechar todo aquello que le sea opuesto, porque de este modo se tiene mayor probabilidad de acertar.
Mas cuando las circunstancias son diferentes, cuando, como en el caso de que ahora tratamos, se puede,
con Ja necesaria anticipación y en perfecta calma, apreciar las consecuencias de una ley, pesando y contando con exactitud lo que se pierde con ella y lo que se gana, para lo cual podemos servirnos no sólo
del raciocinio, sino también de los preciosos y abundantes datos que la experienci~ ha suministrado ya,
renunciar á nuestra calidad de hombres y someternos ciegamente á un precepto solo porque él es bueno
en la generalidad de los casos, podrá ser más cómodo, podrá darnos, si se quiere á poca costa, cierto barniz de lógicos y de consecuentes á los ojos de aquellos que no conocen la lógica sino por la superficie;
pero nunca será ni más digna, ni más moral, ni más provechosa pa~·a la nación.
.
¡Convertirse voluntariamente en autómata 6 en máquina que solo ~uede andar por los neles que se le
han tendido de antemano, es apagar temerariamente la luz del porvemr, es aferrarse al pasado como al
non plus ultra de la perfección, es, en fin, renegar para siempre del progreso y del perfeccionamiento de
las sociedades v de sus instituciones!
Para nosot;os la obligación general de adquirir, por lo menos, la instrucción primaria, no es cuestión
de principios ó de rutinas; es cuestión de conveniencia, es cuestión de prog:·eso, y lo que es más aún, de
existencia social.
Nosotros no venimos aqui á sostene1· hipócdtamente que ella no implica una restricción de la líber-

REVISTA MODERNA.

23!)

tad individual y aun de la doméstica, sino tan sólo que ella es tan conveniente y tan necesaria como las
que hemos mencionado ya, y como otras muchas que son aceptadas por todos, y cuyos fundamentos sociales en nada aventajan á los que pueden alegarse en favor de ésta; venimos, en fin, á defender que debe se1· adoptada sin vacilación como sin ambajes.
Se trata únicamente de decidir si la obligación de servir en la guardia nacional ó en la milicia per·
manente; si la de concurrir en calidad de jurado á los juicios criminales; si el deber que impone la ley, y
nadie contradice, de prestar testimonio en juicio sobre los hechos que se conocen, aun cuando sea en con·
tra de nuestra voluntad; si el de pagar los impuestos y otros muchos que se nos imponen en nombre de
la soJiedad y como una condición de su existencia y de su estabilidad, son menos restrictivos de la libertad, ó pueden presentar en su apoyo mejores razones que las que"podrlan aduci1·se en favor del debe_r
que tienen los padres de proporcionará sus hijos la mezquina ración de alimento intelectual que constt·
tuye la inst,ucción primaria indispensable; se trata de saber si los mismos á quienes 1~ ley impone la indeclinable obligación de proveerá sus hijos del alimento del cuerpo, han de tener el mmoral DERECHO
de matar su esplritu de inanición intelectual.
Poner la cuestión en este teneno es decidirla en favor de la instrucción primaria obligatoda, la cual
se resume en la obligación que la ley declara existir en los patlreR, de contl'ibuir, en la esfera de suposibilidad, á la instrucción de sus hijos•
Yo sé bien que aquellos que se pagan de palabras y de ficciones y no buscan el fondo real de los hechos, dirán r¡ue si se admiten ciertas limitaciones á la libertad, como las de respetar la vida, _la ~r?piedad
y Jos derechos de los demás hombres, es sólo porque semejantes deber~s emanan de los prmc1pws ete_r·
nos de justicia, de las prescripciones de la moral y del derecho natural, y que nada de esto puede decirse respecto de la obligación de que ahora nos ocupamos. Puro cuando se despoja ese lenguaje de todo
el misticismo que él encierra y de toda la vana ontologia en que se apoya; cuando con un esplritu de verdadera investigación cientlfica y positiva, se pregunta uno ¿qué hay de común en todos esos actos positivos ó negativos que son tenidos generalmente como deberes universales? ¿Qué circunstancia importante existe 1:1n todos ell9s, que pueda explicar el asentimiento público que han obtenido siempre en lo general, y que cada ilia se hace más universal y más inquebrantable? No es dificil percibir r¡ue todas las
veces que se ha reconocido, de un modo empírico sin duda y como instintivo, pero irrecusable, que un
hecho era imcompatible con la existencia de la sociedad, tal hecho ha sido inmediatamente prohibido
en nombre de la justicia, de la niol'al, del derecho natu1·al ó de la reli,qión, dándole asi una sanción
metaflsica ó teológica, según el estado mental del pueblo correspondiente, ó más bien de la parte
más cultivada de éste, pero eu to&lt;lo caso una sanción muy propia para hacerla aceptar y respetar por
todos.
Asi se comprende por qué las primeras exigencias sociales que han asumido este carácte1· de deberc~ universales, han tomado casi exclusiva.monte la forma negativa, siendo, más que preceptos, prohibiciones. Porque las condiciones de existencia de una sociedad pl'imitiva, son muy poco numerosas, y
pueden en ri"'or limitarse á las garantlas más elementales del individuo y de la familia, tales como la
de Ja v¡'da del\rÍmero, y la propiedad y honra de ambos. De este g(mero son, por ejemplo, casi todas las
consignadas en el Decálogo promulgado por Moisés, bajo la única sanción que podla convenir Auna sociedad en embrión.
En efecto, si se exceptúan las tres primera~, que más que á la moral se refieren al culto, de las otras
siete, pertenecient.is, segt'.m la inmejorable expresión de Ripalda, al provecho del prójimo, seis por lo menos son negativas, á la vez que todas son condiciones de orden y de estabilidad de una sociedad cualquiera, porque tienden á garantizar la existencia y seguridad del individuo y de la familia.
Pero cuando el estado social ha exigido deberes positivos para su estabilidad, nunca se ha vacilado
en prescribidas, aun cuando sean como el de eombatir por la patria, con peligro de la vida y de la propiedad ó á riesgo de caer en la esclavitud.
A ~al grado ha predominado, aunque de un modo puramente instintivo, el intMés social, que en los
pueblos pobres y gueneros, como Esparta, el robo era más permitido que la poltronerla, y en Atenas el
despojo de la propiedad ajena no se castigaba sino en el caso de haber sido ejecutado con poco talento
ó destreza, porque ese pueblo cifraba todo su porvenir en su predominio intelectual, como el pri,uero en
el de sus armas.
Cuando el exceso de la población ha llegado á hacer poco sensible la pérdida de la vida de unos
cuantos individuos, y el bajo precio del trabajo hace muy onerosa la manutención de los individuos que
no pueden trabajar, el precepto positivo de alimentar á los hijos y á los padres ancianos, as[ como el negativo de no atentar á la vida de nuestros semejantes han perdido su vigor, y el padre ha podido, como
en China, sin castigo y aun sin remordimiento, ahogar en los ríos á su prole superabundante, y el hijo
quitar la vida á sus ascendientes á quienes no puede mantener, recobrando as! unos y otros los más
salvajes derechos de la libertad individual (1). Por el contrario, á medida que la civilización ha ido avan(r) Locke es el primero que ha presentado esto_s y otros he~hos semejantes, co_mo _una prueba que hasta hoy nadie ha llegado á refutar, de la falsedad de la opinión que sostiene que existe, en nosotros un mstmto 6 unttdo moral, _en virtud del cual reconocemos instintivamente lo que es bueno y lo que es malo: en si, lo. que es conf?rme y lo que_ es ~on_trano á la m_oral.
Si tal sentido existiese, dice este eminente filósofo, no sena concebible que naciones enter.as in frmg1e;en tra~qu1lament~ y por
siglos enteros las sugestiones de la conciencia. La explicación que se busca en la corrupción y en la perversidad! podna á lo
más servir para uno que otro ca;o aislado, pero no par~ millones de_ hom~res, muchos de l?s cuales cumplen estnctamente ~n
todo Jo demás con lo que consideran sus deberes. Decir lo contrario se~1a, en efecto, _lo mismo 911e sos~ener que to~o~ los mdi viduos de una nación, teniendo vista, extravían voluntariamente su cammo en pleno d1a, como s, anduviesen en las tm1eblas.

...

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

zando1 las condiciones de existencia sociales han ido también creciendo, y la libertad individual del ciu•
dadan 0 ha menguado en proporción de las obligaciones que se le imponen, aunque ganando siempre en
goces y en seguridad y en garantías; as! sucede con la obligación de la guardia nacional, de los cargos
concejiles y demás que he citado arriba. Bajo este respecto la transformación social puedo llegar á ser
completa con el progreso de las ideas, hasta prohibirse como un crimen de lesa sociedad y por lo ta?to
de lesa moral, lo que primero se protegia, no sólo como útil, sino como indispensable. Tal ha sucedido
&lt;ron la institución de los esclavos primero, y luego de los siervos. Mientras se juzgó que la esclavitud Y
la servidumbre eran indispensables para la existencia social, ó para usar el lenguaje de la ciencia, mientt·as se creyó que una y otra institución eran condiciones estdticas esenciales de toda sociedad (1), una
y otra institución se garantizaron y protegieron por las leyes, para proscribirse má~ tarde co~no _del~to,
que la Inglaterra ha equiparado al de piraterla, y perseguido como á tal ol comercio que la mst1tuc1ón
misma hacia indispensable. El periodo de transición se ha visto muy marcado en nuestros dlas cuando
las mismas naciones declaraban legal y moralmente licito en Nueva- Orleans, en la Habana ó en la Mar·
tinica, el mismo hecho que era un crimen en Nueva-York, en Madrid ó en Parls.
Esta aparente anomalfa é inconsecuencia, no lo es en realidad sino para aquellos que crceu en laii
distinciones absolutas en materia de justicia y de legalidad, y bajo este respecto el catolicismo Y el pro·
testantismo, que han tenido la direeción moral de esos pueblos, no podt·án jamás justificarse á su punto
de vista de tan monstruosa contradicción. Sólo la ciencia puede colocarse, aqul como en todo lo demás,
al abrí"'~ de toda inconsecuencia, y sólo la polltica que en ella se funde, verse libre de la penosa obligación
persistir en una medida nociva ó de abandonar otra útil, para ~o quebrantar las reglas d~ la lógica. .Ante la ciencia, todas las de esa clase se reducen á simples_ cuestiones de hecho_s, toda~ cons~itu~en
otros tantos problemas de estdtica social, en los cuales se trata simplemente de averiguar s1 una mst1tución es ó no una condición esencial para la existencia social, ó bien para su indispensable evolución; Y
según que la solución á que se llegue sea en un sentido ó en otro, asf la institución conespondiente será
ó no justificable y moral.
.
.
De esta suerte podrá no haber más inconsecuencia en defender que una ley o una prescnpc1on
cualquiera es buena para una nación ó para una época y mala para otra, que la que habría en afirmar
que la permanencia en el seno de la madre es una condición esencial de vida para el feto, Y de muerte
para el niño, ó que el contacto del aire atmosférico es nocivo y fatal al primero, é indisp~nsable al s~gundo, ó bien que la instrucción primaria obligatoria es inútil é impracticable en Pata goma, y necesana
en México.
Así pues, tratando la cuestión en el terreno cicntffico, llegamos á la misma conclusión que habíamos
alcanzado en el terreno puramente práctico y empirico. La instrucción primaria obligatoria es cuestión
de conveniencia y de estabilidad social. Si declaramos que ella es útil y conveniente, no debemos preo•
cuparnos de que tal obligación pueda parecer contraria al principio de libertad; sillegamos á ~emo_strar
que en el estado de civilización actual la iostrucci~n. ~el pueb~o en ~l grad~ que alcanza_ la pnmana es,
no ya como parece á primera vista, una pura cond1c1on de meJoram1ento, s1~0 una necesidad que es p~eciso llenar para asegurar la existencia, al mismo tiempo que para hacer posible el progreso de.las sociedades actuales, la cuestión quedará definitivamente resuelta, no sólo e~ favor del derecho, smo de la
obligación por parte de la autoridad de imponer ese deberá todos los cmdadan~s.
Tal demostración no presenta dificultad después de la que tenemos establecida.
Hemos visto que la instrucción primaria es un alimento del espíritu, y en la época actual, el más parco y el más elemental, sin dejar poi· eso de ser sustancial, que las sociedades pueden propinará l~s pueblos. La instrucción primaria es para éstos lo que la leche para los infantes, y como tal, necesaria á la
vez para su desarrollo y para su existencia: porque en cierto grado de simplicidad y de esencialíd_ad'. las
condiciones dinámicas se convierten en condiciones estáticas. En efecto, cuando el progreso, o s1 se
quiere, la evolución, es una ley, como sucede en los seres dotados de vida, lo que asegura la existencia
asegura también el progreso, y lo que eR indispensable para el segundo, lo es también para la primera.
El que debe por una necesidad indeclinable marchar, si no lo hace para adelante, fuerza es que lo
haga para atrás; y la marcha hacia atrás ó el retroceso, es la muerte en la vida de las naciones como en
la de los individuos; la muerte, más ó menos próxima, pero segura.
Hoy día la nación que no avanza, y que no avanza á pasos de gigante, 1·etrocede, ó al menos se q1rnda tan atrás, que su posesión equivale á un retroceso, y el retroceso, lo repito, es el suicidio.
Ahora bien, ¿deberá México suicidarse, siquiera sea en nombre del principio de libertad que no
puede él mismo tener otra justificación, sino la mayor suma de bienestar social que está destinado á pro•
porcionar?
¿Habrá quien pueda ya vacilar entre la muerte y el progreso? ....
Esto no tiene más que una contestación, que estoy seguro será el grito unánime de todos los hom·
bres de corazón: ¡MARCHEMOS! ó en el expresivo lenguaje yankee: ¡Go AHEAD: ADELANTE! y sin mirar
atrás.
Asf Jo ha comprendido el pueblo más práctico de la tierra, el pueblo norte americano: para él la ignouncia es la muerte, y por eso ha decretado en todas partes la instrucción obligatoria, pasando por encima de todos los escrúpulos, y cada dla está mi\s satisfecho de su resolución. Une democratie ignoran-

te, dice Laboulaye, est une democratie damnée. De l'autre coté de l'Océan on ne se fait pas illusion su1·ce point ( l). Mas aún, ese pueblo tan apegado á sus prácticas religiosas, ha instituido escuelas lib1·es subvencionadas por el Estado á condición de que en ellas no se enseñe ninguna religión ni se practique nin gún culto. • Á mesure que la liberté c'est afffrmée, dice el mismo autor, on a compris que l'éducation po•pulairn n'intéressait pas seulement le fidéle; on a vu, on a sentie qu'it y avait la pour la republique une
•question de vie ou de mort,• y por eso no han 'Vacilado en sacrificarlo todo ante el porvenir de la sociedad. Por lo demás, en Holanda las escuelas libres funcionan también con beneplácito y provecho general. Y, cosa notable, allf el principal defensor de la separación entre la escuela y la Iglesia hasido el clero católico, porque, dice Reyntiens (2), él se encuentra allí en mi1wria. Lo que condena en México como
una grande inmoralidad allí lo encuentra licito y apetecible. ¡Siempre la misma imposibilidad de aplicar
en la práctica las doctrinas de bondad absoluta!
Ni creencias religiosas, ni opiniones polfticas, han detenido, pues, á la Holanda ni á los Estados- Unidos, para decretar una medida salvadora, luego que se han convencido de que la simple espontaneidad
de los ciudadanos era insu'fi.ciente para satisfacer la necesidad pública. ¿Se detendrá México cuando ya
tiene andada la mitad del camino? La República que ha sabido establecer con más lógica y más franqueza la co~pleta separación, no sólo de la escuela, sino también del Estado y de la Iglesia, ¡se parará
ante un escrupulo de pura palabreria? .... No, no se parará: una pueril vanidad, no le hará suponer
que la simple espontaneidad de los padres que ha sido ineficaz en Prusia, en Holanda, en Bélgica y en
los Estados-Unidos, bastará entre nosotros para curar un mal más gra,·e aún. ¡México decretará la instrucción primaria obligatoria. El diatrito no se quedará atrás de la mayor parte de los Estados de la República!

240

d:

(x) Se sabe que el grande Arist6tele; no podía ni concebir que pudiese existir una sociedad sin esclavos.

2H

GABINO BARRED.A.

LAS CRISÁLIDAS.
Cuando, enferma la niña todavl11,
Salió cierta mañana,
Y reconió con inseguro paso
La vecina montaña,
Trajo, entre un ramo de silvestres flores,
Oculta una crisálida,
Que en su aposento colocó muy cerca
De la camita blanca ....
Y unos días después, en ol instant~
En que ella expiraba,
Y todos la veían con los ojos
Velados por las lágrimas,
Y eu el momento en que murió senLim,,s
Leve rumor de alas,
Y vimo!I escapar, tender el vuelo,
Por la antigua ventana
Que da sobre el jardín una pequeíia
Mariposa dorada .. ..
La prisión, ya vacía, del insecto,
Busqué con vista rápida;
Al verla, vi de la difunta niña
La frente mustia y páliJa,
Y pensé, si al dejar su cárcel tristo
La mariposa alada,
La luz encuentra, y el espacio inmenso
Y las campestres auras,
¿Al dejar la prisión que las encierra,
Qué encontrai:án las almas?
J osÉ Asus c1ós SILV .A.
(1) E. Laboulaye. L'insfruc. pub. et le souffrage univers.
(2) Reyntiens. L'enseignemcnt primaire en Angleterre.

�REVISTA MODERNA.
Finalmente, in cita á sentimientos y actos malos, pues suscita en contra mia como era do suponer la
ira y el 1:encor de los que tienen el entendimiento obscmo é incapaz de razona:·. Algirnos de ellos :Oe
han escnto cartas en las que el furor se desata hasta amena7,arme de muerte. e Ya estás entregado al
anatema. Después ele la muerte serás arrojado á las penas eternas y reventari1s como un perro. Cai"'a
sobre ~f el anatema, demonio viejo .... Maldito seas., Así me habla uno de esos hombres. Otro censu~-a
al gobierno, porque no me ha encerrado todavía en un monasterio, llenando su carta ele groseras inj11-

EL CREDO DE TOLSTOI.

(El célebre escritor ruso que en estos últimos años no sólo ha conmovido hasta los cimientos el Imperio
de los Czares, con sus obras de carácter social, político y religioso, sino que traspasando las fronteras y
cruzando los mares se ha hecho leer con interés en todo el mundo civilizado, fué, como es sabido, excomulgado por el Consejo Sinodal de la Iglesia ortodoxa, de la que es jefo el Czar de Rusia.
La esposa de Tolstoi" publicó una sentida protesta contra aquella medida eclesiástica.
El excomulgado, por su parte, ha contestado á la excomunión con el documento que á continuación
reprod ucimos, con el propósito único de dará conocct· á nuestros lectores los cargos que el Sinodo le
hizo y la dd'ensa que contra ellos formula el escritor condenado).

I
lle who ber,i11s by lovi11,q ch?-istirmU¡¡ bettfr
ll11m trutil, witl vroceetl by toi;inr, hís ott·n Sectm·
l'hurcl, bette,· than clwistianity, and enrl in lo·
ving himself better tl1an all.
Cou :R1LG •:.

(Quien empiece por rtcdicar amor más granda
al uristianismo que á la verrtad, seguirá. dcdi•
eando amor más grande á su particu lar secta ó
iglesia. que al cristianismo, y acabará. ¡,or profosar mis grande amor á sí mismo que á todo lo
existente)

L principio uo pcn~aba yo responder al decreto &amp;iuodal que me concierne. Pero
el decreto me ha proporciouado numerosas cartas de corresponsales desconocidos: unoi,, que me censuran vivamente por negar Jo que no niego; otros, que
me incitan á creer en lo que no he dejado ele creer, y otros, finalmente, que
afirman una coincidencia mental conmigo, probablemente ilusoria, y me deJtw
muestran una simpatía á la cual probablemente no tengo el menor derecho.
l\Ie resolví, pue8, á contestar directamente al decreto, denunciando su iujuhticia, a~í como á las opiniones que de mi han formado tantos corresponsales á quienes no conozco.
El decreto del 8inodo está tachado por numerosos vicios. Es ilegal ó premeditamente ambiguo; pues,
como acto de excomunión, no se conforma con los reglamentos eclesiásticos, á tenor de los cuales son
dictadas las sentencias de tal índole; y si no se ha querido más que declarar que quien no c1·ee en la
Iglesia ni en sus dogmas no pertenece á la Iglesia, como nadie ha de ponerlo en duda, huelga del todo.
¿Qué objeto había de tener el decreto, por consiguiente, sino el de parecer una sentencia de excomunión, sin serlo eu realidad? Y, efectivamente, como una excomunión ha sido estimado.
Es arbitrario, porque me acusa á mi exclusivamente de no crner en puntos de doctrina que enume•
ra, cuando casi todos los hombres instruidos profesan un descreimiento idéntico al mio: descreimiento
que no se han recatado ni se recatan de expresar en todos m:&gt;mentos, en conversaciones, confernncias
públicas, en foJletos y en libros,
Es injustificado, porque el argumento capital en que se apoya es la propaganda de una doctrina
falsa y corruptora; cuando me consta perftlctamente que el número de personas que comparten mis opiniones no pasa de no centenar, y es sabido que la censura ha dificultado la circulación de mis obras hasta el punto de que la mayorla de los que han leido el decreto del Sínodo no tienen la menor idea de lo
que tengo escrito sobre la religión. Lo atestiguan las cartas que he recibido.
Contiene una afirmación á todas luces inexacta, al hablar de tentativas infructuosas, llevadas á
cabo por la Iglesia, á fin de reintt&gt;grarmo en su seno, cuando jamás se han hecho conmigo semejimtes
gestiones.
Representa lo que en lenguaje jurldico se llama una calumnia, pues se ha disfrazado en él la verdad
á sabiendas, mediante afirmaciones que tienden á causarme daño.

1

..

CONDE DE TOLSTOI.

rías. Un tercero escribe: •Si el gobierno no te hace desaparecer, ya sabremos nosotros hacerte callar,• y
acaba la carta con maldiciones. «Para hacerte polvo, malvado-me dice un cuarto-sabré valerme de
medios infalibles .... ;• siguen improperios que la decencia me prohibe copiar.
En algunas personas con quienes me encontré, después de publicarse el decreto sinodal, apercibl ya
señales de esa violenta ira.
El 25 de Febrero, el mismo día de la publicación, pasaba yo por una plaza, cuando oí que alguien
profería estas palabras. «Ahi va el diablo en forma humana., Y si la gente hubiese sido otra, acaso
me habría apaleado como al infeliz muerto á garrotar.os hace años j1rnto á la capilla de Panteleimonovskaia.
El decreto dei Sínodo es malo; pues, en conjunto, los renglones del final, en que los firmantes hacen saber que rnegan á Dios para lograr hacerme igual á ellos, no siL·ven para mejorarlo e n Jo más
mínimo.
Y no es menos injusto en los detalles que en el coujunto. Dice que , un escritor célebre en todo el
mundo, rnso por su nacimiento, ortodoxo por el bautismo y la educación, el conde TolstoY, vendido á las
seducciones de su orgulloso espll'itu, se ha rebelado audazmente contra el Señor, contra su Cristo y sus
santas instituciones, y ha renegado abierta y públicamente á su madre la Iglesia orto don, que Je dió alimento y crianza.,

�244

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

Es exacto, en absoluto, que he renegado á la Iglesia que se llama ortocloxa. Pero no he renegado :\.
la Iglesia por haberme rebelado contra el Señor.
Bien al contrario, la he rl'negado porque he querido servirá Dios con todas las fllerzas t.le mi alma.
Como concibiera dudas acerca de la verdad de la Iglesia, me impuse el deber de consa.gr..r varios años
al estudio teórico y práctico de sus enseñanzas, antes de renegarla y de separarme del pueblo al que me
ligaba amor inefable. Me esforcé en leer cuanto atañe á esas enseñanzas: me dediqué al estudio y examen crítico de la teología. dogmática, y mientras tanto, me sometla escrupulosamente, durante más de un
año, á todos los mandatos de la Iglesia, observando los ayunos, asistiendo á las funciones.
· .A.si me he convencido de que las enseñanzas de la Iglesia forman teóricamente una falsedad hipócrita y dañina, prácticamente una mezcla de bajas supersticiones y de brujería, que oculta por completo
el sentido recto de la doctrina cristiana.
Entonces fué cuando realmente renegué á la lgle:oia, cuando acabé de cumplir sus ritos.
En mi testamento encomiendo á mi famiiia que no permita que se me acerque, á la hora de la muerte, ningún representante de la Iglesia, que procure hacer desaparecer lo más pronto posible mi cadáver,
como se hace con las cosas repugnantes é inútiles, á fin de que no moleste á los vivos.
Me acusan de consagrar mi actividad literaria y el talento que Dios me otorgó á propalar en el pueblo teorías adversas al Cristo y á la Iglesia. Preténdese que con mis escritos-esparcidos profusamente
por los disclpulos que tengo en el mundo, y especialmente dentro de nuestra querida patria,-trabajo
con fanático ardimiento con objeto de echar abajo los dogmas de la Iglesia ortodoxa y aun lo que es
fundamento de la fe cristiana. Todo ello ea falso. Jamás me he cuidado de propagar mi doctrina. Cierto que he escrito obras en las cuales he trntado de formular la interpretación mla, de las enseñanzas de Cristo. Cierto que no he escondido esas obras á cuantos me han mauifesta.do el deseo de cono•
cerlas.
Pero nunca me he ocupado personalmente en hacerlas imprimir. Nunca he dicho mi manera de entender las enseñanzas del Cristo, sino á los que me han interroga.do acerca de ello, explicándoles mis
pensamientos de viva voz, ó bien entregándoles mis escritos cuando los tenia en mi poder.
Dícese en el decreto del Sínodo que niego la existencia de un Dios en tres personas, Creador y Pl'Ovidencia. del universo; que niego á Nuestro Señor Jesucristo, Dios hecho hombre, Redentor y Salvador
del mundo, que padeció por todos los hombres y por la salvación de ellos, y que resucitó de entre los
muertos; que niego la concepción milagrosa de Nuestro Señor Jesucristo; que niego la virginidad de la
Santfsima Madre de Dios, antes y después del nacimiento de su hijo. SI, es verdad, niego una trinidad
incomprensible, ast. como la fábula de la caída del primer hombre, absurda en nuestros días; niego la historia sacrílega de un Dios nacido de una virgen para el rescate de la raza humana.
Niego todo esto, es verdad. Pero á Dios espirita, á Dios a.mor, á Dios único, principio de todas las
cosas, no lo niego, no . .Aún más: solamente en Él reconozco existencia real y se me presenta el sentido de la vida en el cumplimiento de su voluntad, cuya más elevada expresión está en la doctrina cristiana.
Se ha dicho también que no creo en otra. vida, más allá de la tumba, ni en la eternidad de penas y
castigos.
Si no se pone diferencia entre el concepto de otra vida y la idea del Juicio Final, del infierno lleno
de diablos, sitio de tormentos eternos para los réprobos, y del paraíso donde los elegidos gozan de per•
petua felicidad, es muy cierto que no creo en la vida. más allá de la tierra. Pero si creo en la vida eterna, y creo que el hombre es recompensado según sus actos aquf y fuera de aqul, ahora y siempre. Lo creo
tan firmemente, que á mis años, puesto al borde de la sepultura, me debo esforzar á menudo para no pedir
con ansia la muerte de mi cuerpo: es decir, mi nacimiento á una vida nueva.
Y estoy persuadido de que una buena. acción, cualquiera que sea, va acrecentando la dicha de mi
vida eterna, tanto como la va disminuyendo cualquiera mala acción.
Dicen que niego todos los sacramentos, y es del todo exacto. Tengo tocios los sacramentos por sortilegios viles y groseros, inconciliables con la. idea de Dios y las enseñanzas del Cristo, y además, poi'
transgresiones de los preceptos categóricos del Evangelio. En el bautismo de los recién nacidos encuen.
tro una corrupción del significado que puede tener para los adultos que adopten á conciencia el cristia,
nismo. En el sacramento del matrimonio, administrado á dos seres que por adelantado y voluntal'iamente se han unido ya, lo mismo que en la aceptación de casos de divorcio y en la consagración de las se•
gundas nupcias que contraen personas divorciadas, veo contradicciones declaradas del espfritu y de la
letra. de la enseñanza evangélica.
En el perdón periódico de los pecados, conseguido mediante la confesión, veo una ilusión peligrosa
que forzosamente ha de fomentar la inmoralidad y desvanecer toda vacilación del ánimo ante el pecado.
En la extremaunción y en la consagración de los monarcas, en el culto de imágenes y de reliquias,
en todas las ceremonias del culto, como rezos y exorcismos fijados por el ritual, veo prácticas de estúpida brnjeria.
En la comunión veo una divinización de la carne, contraria á la doctrina cristiana. En la canonización veo el acto inicial de una serie de imposturas, junto con una transgresión de la. enseñanza del Cristo, quien prohibió en absoluto hacerse llamar maestro, padreó doctor. (~fateo, XXIlI, 8- 10).
Finalmente, como para presentar el colmo de mi bajeza, dicen que después de haber ultrajado lo más
sagrado que tiene la fe, me he atrevido á escarnecer el más santo de los sacramentos: la Eucaristla. Es

245

ciertlsimo que me atrevl á describir c&lt;,n sencillez, objetivamente, todos los movimientos que ejecuta. el
sacerdote al preparar el pretendido sacramento; pero es completamente falso que ha.ya algo sagrado en
tal ceremonia. y que sea un sacrilegio describirla lisa y llanamente tal como se efectúa. No hay sacrilegio en llamar)abique-á un tabique y no altar¡ ni lo hay en dech- que una copa es una copa y no un cáliz,
Pero comete un sacrilegio, el más horroroso, el más repulsivo de los sacrilegios, quien emplea cuantos medios tiene-á·su disposición para engañar, para embaucará la gente, sacando partido de la inocencia de niños y hombres del pueblo para darles á entender que si se rompe de ci~rta manera un pedazo de
pan,-articulando ciertas palabras, mojado después en vino, recibe la naturaleza. divina; que si el sacerdote: lo eleva en nombre de un vivo ó de un muerto, proporciona al primero la salud y mejora la suerte
del segundo en la otra vida; y, por último, que cualquiera que se coma aquel pedazo de pan, se mete en
el cuerpo al mismo Dios.

II
¿Cómo nadie se da cuenta de lo honible que es todo eso? Las enseñanzas del Cristo son desfiguradas, convertidas en una serie de chabacanos sortilegios: baños, unciones, movimientos del cuerpo, conjuros, deglución de pedazos de pan, etc..... hasta no quedar nada de ellas. Y si alguien viene á declarar que esa brujería, esos rezos, esas misas, esos cirios, esas iconas no tienen nada que ver con las enseñanzas del Cristo, quien tao sólo ha dicho á los hombres: amaos unos á otros, no devolvais mal por mal,
no juzgueis, no mateis al prójimo .... entonces todos cuantos lucran con el engaño, prorrumpen en protestas airadas, y con increlble audacia proclaman públicamente en sus templos, imprimen en sus libros,
en sus periódicos y en sus catecismos que el Cristo no ha prohibido nunca jurar (prestar juramento), ni
matar (ejecuciones capitales, guerras), y que la doctrina de la no resistencia al mal es una invención, una
diabólica añagaza de los enemigos del Cristo (1).
Pero aún hay algo que horripila más que esta fal~íficación, y es la conducta de los hombres que sacan prover.ho de la mentira, no engailaut.lo solamente á los adultos, sino valiéndose del poder que se les
otorga para inducí1· al error á los niño~; á los niños, que hicieron exclamar al Cristo: •Maldito será quien
los engañe.&gt;
Horripila pensa.1· que esas gentes, en pro lle sus mezquinos intereses, se rebajen hasta practicar tan
mala ob1·a, y oculten á los hombres la verdad revelada por el Cristo, cuando esta. Yerdad les proporciona.ria un bien mil veces más preciosa que su triste labor.
Pórtanse como aquel bandolero que asesinó á toda una. familia de cinco ó seis personas para quitarles una blusa vieja y cuarenta kopeks, cuaudo sus victimas le habrlan regalado todas las ropas y todo
el (linero que poselan con tal de que les perdonase la vida. Pero no podía portarse de otra manera, como
les sucede á los impostores en materia religiosa. Con alegria vivisima les multiplicarlamos las rentas considerables que disfrutan, les aumentarlamos la opulencia en que viven ahora, sí renunciasen á perderá
los hombres con sus mentiras. Pero no pueden dr.jar de hacerlo. Y esto es aterrador. Y por esto tenemos
el deber, más que la facultad, de hacer públicas sus supercherlas. Sí algo -puede llamarse sagrado, no
son en verdad sus pretendidos sacramentos, sino esta obligación de denunciar, así que la hemos puesto
en claro, su impostura religiosa
Puedo contemplar indiftlrentc :l un chuvache ocupado en azotará su luolo ó en untarlo con requesón agrio, sin sentirse inducido á molestar sus cl'Cencias, porque sus actos son hijos de supersticiones que
me son extrafl.as y no ultraja nada de lo que consit.lero sagrado.
Pero cuando hablo con hombres que practican sortilegios y profesan bajas supersticiones en el uombre de aquel mismo Dios por quien aliento, y de la misma doctdna. del Cristo que medió la vida y puedo
da1·la á todos los hombres, entonces no me es posible contemplarlos con serenidad, y ni su gran m'1mero,
ni la antigüedad de la superstición que practican, ui su podcdo, ba"Sta~a sofocar mi indignación.
.Al dará sus actos el calificativo adecuado, me limito á hacer lo que deho, lo que no puedo dejar do
hacer, desde el momento que creo en Dios y en la enseñanza. del Cristo. Si á gritos me llaman sacrílego
porque descubro su engaño, solamente demuestran con ello la enormidad del daño que han causado, y
han de alentará todos cuantos creen en Dios y en la enseñanza del Cristo, á redoblar sus 1sfuerzos para
desvanece1· la ilusión que esconde á los hombres el verdadero Dios.
Deberían llamar sacrílego al Gdsto, que arrojó del templo bueyes, carneros y negociantes, y que ~i
volviese ahora y viese lo que en su nombre, en su Iglesia, se hace, con mayor y más legitima ira tirarla
en montón corporales y banderas, cruces y copas, cidos é iconas, todos los ínstt·umentos de brujeria!l, todo lo que ayuda á separar de Dios y de su enseñanza á los hombres.

Tal es lo que contiene, verdadero ó falso, el decreto del Slnodo que me concierne. Es cierto que no
creo en todo Jo que, al parecer de los firmantes, es articulo de fe. Pero creo en muchas cosas, sobre las
cuales quisieran ellos publicar mi incredulidad.
(I) Discurso de Ambrosio, obispo de Jarkol.

�REVISTA MODERNA.

246

Creo eu Dios, que para mí es espiritu, amor, principio de todas las cosas. Creo que está eu mi, como
yo estoy en él. Creo que la voluntad de Dios no ha sido jamás exprnsada con claridad mayor que en la
doctrina del hombre Cristo; mas no es licito considerar á Cristo como Dios y dirigil"le oraciones, sin cometer, á mi juicio, el mayor de los sacrilegios.
Creo que la verdadera felicidad del hombre consiste en cumplir la vJluntad de Dios; creo que lavoluntad de Dios es que cada uno de los hombres ame á su prójimo y le trate como desearía él ser tratado;
lo cual resume, según dicen, el Evangelio, la ley y los profetas.
Creo que el sentido de la vida se reduce á procurar que aumente el caudal de amor en cada uno de
nosotros, y creo que el desarrollo de esta potencia de amar nos proporciona en esta vida un bienestar creciente siempre, y en el otro mundo una felicidad tanto más perfecta cuanto mE'jor hayamos apTendido á
amar; creo, además, que este acrecentamiento del amor contribuirá más que cualquiera otra fuerza a
fundar sobre la tierra el reino de Dioi:; es decir, á snstituil· una organización de la vida en que la división, el engaño y la violencia son omnipotentes, con un estado nuevo en que reinarán la concordia, la
verdad y la fraternidad.
Creo que para progresar en el amor, disponemos de un medio sólo: la oración. No la oración ostentosa en los templos, reprobada categóricamente por el Cristo (Mateo, VI, 5-13), sino la oración de que nos
dió Él ejemplo, la oración solitaria, que restaura y corrobora en nosotros la conciencia del sentido de
nuestra vida y el sentimiento de que dependemos no más que de la voluntad de Dios.
Quizás mis creencias ofendan, aflijan ó escandalicen; y aunque molesten y ofendan, no tengo suficiente poder para mudarlas, como no lo tengo para mudarme el cuerpo. Tengo que vivir, y tendré que
morir muy pronto,-cosas qne no interesan á. nadie más que á mi. No puedo creer más que en lo que creo,
á la hora en que me preparo á volverá Dios, de quien soy emanación. No digo que mi fe haya sido la
única incontestablemeute verdadera en todas las épocas; pero no sé encontrar otra más sencilla, más clara, ni que mejor responda á los anhelos de mi entendimiento y de mi corazón.
Si repentinamente se revelase otra fe que me satisfaciera más completamente, la adoptarla sin perder
momento, pues nada prevalece ante Dios sobre la verdad. En cuanto á. devolver mi adhesión á las doctrinas de que me emancipé á costa de tanto penar, no puedo hacerlo en manera alguna. El pájaro que
tendió el vuelo, no se encerrar/\. otra vez en la cáscara de huevo de la cual salió.
«Quien empiece por amar más al cristianismo que á la verdad, amará pronto á su secta ó Iglesia más
que al cristianismo, y acabará por amar A su propia persona (su descanso) más que á todo el resto del
mundo.• En dirección inversa, he atravesado las fases que describe Coleridge.
Empecé amando á la Iglesia ortodoxa más que mi propio descanso; luego he amado al cristianismo más
que á. la Iglesia ortodoxa; ahora á. la verdad más que al mundo entero. Pero, hasta el momento presente,
la verdad está confundida para mí con el cristianismo, tal como Jo comprendo yo.
Confieso, pues, el cristianismo. Y gracias á los esfuerzos que hago para confü-mar mis acciones con
mis creencias, vivo en paz y alegría, y puedo, en medio de la paz y la ale¡;ria, encaminarme á la muerte.
LEÓN TOLSTOI.
Moscou 4-16 de .Abril.

TELEGRAMA.
De Jalapa, el 5 de Agosto de 1901.-Recibido en México á las 101/ 2 a. m.-Sr. Jesús E Valenzuela.Redacción de •La Revista l\Ioderna •
Te suplico encarecidamente que en tu ya acreditado periódico hagas constar, en mi nombre, que
no soy 1&gt;! autor de los versos que con el titulo de •Sueño, y con mi firma, aparecen en el numero 120 de
•Fin de Siglo• ó sea en la edición correspondiente al 3 del actual mes. De seguro que allí tales rimas
constituyen una rE'producción, pero jamás las he escrito, y ni acostumbro vestirme con el plumaje del
pavo real, ni quiero aceptar culpas ajenas, que ya con las propias tengo sobradas. No es la primera vez
que formulo protesta semE'jante.
SALVADOR

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DÍAZ ~JIRÓN.

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-

TARDE DE OTOÑO.
A RodoÍfo Reyes.

En Oriente las cumbres hirsutas
enderezan sus conos enhiestos
bajo un palio de un lndigo obscuro,
bajo un trágico toldo de estruendos,
en el cual, como alfanjes de plata, ·
resplandecen relámpagos trémulos ....
Ven á ver el paisaje, es hermoso:
tras la gris nublazón de los cielos
se amortiguan los rayos occiduos;
en los cumbres, los pájaros negros,
los que adoran las cosas inmundas,
los que atacan lo inerme, los cuervos,
se revuelven con júbilo, como
soberanos señores del viento,
y la racha, con ímpetu rudo,
silba y silba .... ¿Vendrá el aguacero?
Es la tarde otoñal. ... ¡Qué admirables,
qué gloriosos serian los versos
con que canto tu noble hermosura,
impecable y magnifica, si ellos
desgranaran e! ritmo inefable
de esta tarde de ritmos excelsos
en que un alma sonora palpita
en la tierra, en el aire, en el cielo!
¡Opulenta, grandiosa armonía!
Roncos gritos de cólera, lejos,
ailá arriba, en las nubes preñadas;
aquí abajo, en la fronda, en el viento,
en los rubios trigales que undulan
con su espiga gentil de oro viejo,
ya suspiros que acaban cantando,
ora quejas que acaban riendo,
ó resoplos de mar, ó rumores
de caricias, de arrullos, de besos ....
Mas ya vuelan las hojas en alas
de la racha .... ¿Vendrá el aguacero?
*"'*
¡Oh, qué lindo clavel entreabre
su corola de purpura y fuego,
sobre el oro triunfal de tus bucles
perfumados, sedosos y lnengos!
Me recuerda un maizal que yo he visto
en las milpas cercanas del pueblo ... .
Era un mar con sus hondas doradas ... .
De la mar rumorosa en el centro,
la amapola, ostentando sus flores
del color del clavel de tu pelo . . ..
Pero caen las pristinas gotas
como vividas gemas, fulgiendo,
y las nubes aligeras vuelan,
y rebullen graznando los cuervos,
y el 1·elámpago sigue brillando

�REVISTA MODERNA.

248

bajo el trágico toldo de estruendos
que coronan las cumbres hirsutas,
en Oriente ..... ¿Vendrá el aguacero? ... .

¿Sabes tú, qué pensaba, mi rubia?
No te rlas, declrtelo quiero:
recoger esas llmpidas perlas
en el cáliz a1·diente y bermejo
de la flor de tus labios, más roja
que el clavel de:tu blondo cabello . ...
Mas . ... ¡qué bella explosión de fulgore&amp;!
Ge abrillanta con claros destellos
ese palio de un lndigo obscuro
que cornna los montes enhiestos ....
¡Gloria al sol que ha rasgado la bruma!
Esa nube pr.e liada de estruendos,
era informe montón; hoy pru·ece ... .
¡hoy parece un ideal terciopelo!
La esmeralda del monte revive ... .
H11sta el hosco plumaje del cuervo,
al tocade la luz, ya presenta
primorosos cambiantes de ace1·0!
¡Claro obscuro, tu encanto sub~•uga!
¡Almo sol, tu pincel es soberbio!
¡Gloria á ti, gran artista celeste!
¡Y á ti gloria, oh Rembranrlt, oh m1testro!
Mas .... la racha ha c1tlma&lt;lo su furia. . . ..
¡No vendrá, no ven&lt;l1·á d aguacero!

....

ARo IV

MÉXICO, 21l QUINCENA. DE AGOSTO DE

1901

NóM.

16

REVISTA MODERNA
ARTE V
DLRECTOR: ,TESU S F.. ' VALE~ZUELA.

CIENCIA.
JEJo'F. DF. HEDACCION: ,JESU S URUETA.
Ti¡&gt;. tlt D11bld11.

No vendrá .... Mira el arco de triunfo
que Iris teje, con mágicos dedos,
con los rayos del sol que disuelve
en el agua suspensa en los cielos .. ..
También mi alma, á tu casta hermosur11,
con la luz ide11.l del ensueño,
ha tejido mil arcos de triuufo
en mis trovas de amor, en mis veri;o~!
Pero ¡mira! ¡oh prodigio! Del valle
sube un águila, en rápido vuelo .. . .
Va á la cumbre, á. la roca, á su nido
donde aguardan sus hijos hambriento&amp;:
Mas el ave vacila .... jadea .. . .
¿Qué tendrá? ¿Por qué abate su vuelo?
¿Qué acongoja á. la reina del aire?
¡Ah, tal vez de un combate sangriento,
pero noble, y viril, y pujante,
vuelvr, rotas las garras de acero!
Se desploma, vencida, en la roca . . ..
Al sentir su presencia los cuervos,
azorado11, emprenden In fuga.
en desordeu, temblando de miedo!
Pero no, que ya vuelnm, se agrupan,
exploran, observan con ojo certe1·0 ... .
¡Ya lo saben! ¡El rey agoniza!. . . .
¡Ya le atacan!...... ¡Oh viles!...... ¡Oh...... ¡cuervo&amp;!..... .
DI, mi bien: ¿no te indignan? . . . .
¡Oh gloria!
¡Yo, á tus plantas! Tu frente!. . .. ¡Mi beso!
~lérida.- Yuc11.tán, 1901.

José I. N9VELO.
GAl, ATEA. -l\fARQl' E!!TE,

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                    <text>HEVI~TA MODERNA .

216

ARo IV

Pern, ¿qué psicólogo, para contc~taro~, sabría compal'ar, clasificar, gratluar, pesa1· tautas satisfacciones ó penas iucesivas que tienen su ella. y su hora y que se jnzgan tan diftirentemente A distancia?
¡ Cuántas alegrlas y dolores que se transforman, se atenúan, se volatilizan y palidecen! ¡ Cuántas pasiones que Sll calman!¿ En qué se convierten cuando uno envejec&lt;', c~os triunfos y esas contrariedades, esos
encantos y esas desesperaciones? Sin embargo, quisiera concluir y puesto que interrogais-especialmcnto quizá-al poeta y al autor, siento más facilidad para contestar.
Separemos los grandes asuntos, familia, patria, deber, hechos para el respeto y el silencio; tlcscl'n·
damos Aaventuras más vana~, á impresiones más accesibles y ponderables. Entonces, diré que mi mayor
alegria literaria ha sido conocer el triunfo, iba á decir, la popularidad, sin haberla solicitado ni buscado
PQr ejemplo, en la rno" r&lt;'prcsentación de mi drnma Los Ob1·eros, en el Teatro Francés. ¿ Y el mayor do lor? ¡ Ab ! no os riaif: es el de ser traicionado por su~ amigoF, en las horas decisivas, cuando se tenla In
ingenuidad de contar con clios.-Euyenio Mantu l.
Esta es una confesión completa.
Cualquier comentario 11!. dcbilit11rla y vnlt\ rn:1s to: minar.
JEA:S

(Trad. de •Revista Moderna.•)

CÁNTIGA.
I
Ya sé que es inútil, y adoro tu blanca. hcrmosur11 1
más fú!gida y pura
que el lfmpido ciclo del alba gentil. ... !
Ya sé que es inútil, y amándote voy, alma mi11,
y en honcla agonia,
sin fll ni esperanzas me muero por ti!
JI
Y cómo no amarte? de amor hechiceros
tus húmedos ojos parecen lejanos luceros:
murmullo en las hojas del Ar bol tu voz .. . .
tu imagen parece que flota en el viento ... .
granada es tu boca; tu aliento,
lisonja del airn y aroma de flor!

m
Ya sé que es inútil! .... Jamás nuestras alma~,
á la sombra feliz de las palmas
del verjel do la dicha hallarán,
ni el sueño inefable de blanda ternura,
ni rápidas horas, ni paz, ni ventura,
ni el agua serena del mismo raudal!

Ir
Adios, alma mla! la pálida luna
que oyó de mi canto la queja importuna,
también desdeñosa,
como tú, me negó su fulgor ....
¡Dulclsimos ojos, lejanos luceros,
ay de mi, si jamás he de veros,
y anheloso de luz, en las sombras,
l'l'l'ante camino, muriendo de amor!
:\[ILK.

BERNARD.

MÉxICO,

2¡\

QCJINCENA DE JULIO DE

1901

N-0-M, 14

REVISTA MODERNA
ARTE V
r&gt;il!l~CTOB: ,JESlJ8 F.. VALEN7.UEí,A.

CIENCIA.
,JEFE DE TIEDACCJO::-:: JESl:18 URU ETA.
T i}) d e D11Udn.

�REVISTA MODERNA.

DISCURSO
PRONl 'XCIADO POR El, SR, 1,IC, JESÚS T'RUETA EN LA VELADA ORGANIZADA POR LOS ESTl'DJA1'TES DE
,ltrlHSPR('DlsX('IA EN HONOR DFJ JUÁ1rnz, r, A NOCHE DEL

18 DE ,JULIO DE 1901 EN EL TEATRO DEL RE-

'&lt;ACDIIENTO,

O YESTJ m:: mi discurso con los luengos ropajes luctuosos de las graves oraciones fúnebre~; esta fecha no es una fecha de duelo colecth·o,
sino de universal regocijo; el 18 de Julio no es el día de la muerte, es,
se1iores, el dla de la resurrección. Que resuenen en los aires los himnos favoritos de la patria, y desparramen todas sus flores los verjelfü;
que los jóvenes dancen al son de las músicas sagradas, y los enjambres canoros de la poesía palpiten y vuelen como abejas de oro; que
todos los corazones se fundan al calor de un mi!lmo entusiasmo, y un
inmenso grito de júbilo suha al cielo anunciando los festivales de un pueblo! El versículo de la Snlamita
es eternamente cierto: el amor triunfa de la muerte. Benito Juá.rez no está bajo su lápida mortuoria convertido en ceniza; está dentro de nuestras almas convertido en idea, en sentimiento, en aspiración. Carifio
i1 la patria, deseo de libertad, sacrificios por el deber, luchas contra el mal, recuerdos de dolor y de g loria,
icleales tambiím de dolor y de gloria, todo eso es Juárez. Sublime transfiguración del hombre! Pudo el
pueblo engaiiado por el golpe brusco y por el poder alucinante de la realidad, llorar un día sus más
amargas lágrimas, ver ennegrecido por fatidicas nubes el porvenir, y en torno del pabellón cresponado maldecir al cielo y clamar;\ los infiernos! Juitrez, en su ataúd, descansaba. Se le creía muerto. Alli
acudieron sus discípulos de patriotismo y de infortunio, y en vez ele sentir la dolorosa agonía de la esperanza, sintieron brotar en sus almas una esperanza nueva .... Entonces fné cuando Guillermo Prieto,
infundiendo rn la frase toda la fuerza vital de su infinito anhelo, gritaba: c¡Dc pie, sefíor, ele pie!» y á ese
grito poderoso como nn conjuro, se hizo el milagro: el muerto sacudió el snclario y se puso de pie en la
concil'ncia nacional!
0

De los combatientes de vanguardia muy pocos quedan, y pronto abandonar:ln el puesto de honor.
l'neden caer, no importa! El hombre al morir, retofía en su descendencia, y sus obras no se pierden en
la incesante elaboración de la historia. Bazaine proviene de los grandes traidores y Gambetta de los
grandes defen~ore1,; Esquilo y Cervantes tienen la misma filiación gloriosa de héroes poetas, y en los
anales de nuestro muodo, siempre que el espíritu humano ha estado en peli.,.ro de muerte se han repe°
ti'd o 1as salvadoras epopeyas de Maratón y Salamina. El hombre dura mientras
dura su 'esfuerzo, por
eso son inmortales los que trabajan por la libertad. Las naciones deben sus enorglas más á los muertos
que a los vivos. El polvo que piensa no ,·uelve al polvo. La idea es fuerza de incalculables resultados:
penetra, se difunde, se transforma eternamente, es el espíritu de que habla Goethe, •tejiendo en los talle•
res del tiempo el ropaje viviente de la divinidad. • Toda pal,ibra fecundiza, toda predicación deja su semen en _el surco. Los libros de los enciclopedistas se co11virtieron en la sangre de la revolución burgue~a; los hbros de los pensadores modernos serán la sangre ti•• la t·eyolución obrera. Renan dice bien cuando dice: • pucae la iglesia anatematizar á Yoltafre, puede la influenciada y temerosa mano de la madre
quitarlo de tu biblioteca .. , . de tí no lo arrancarán jamás, porque Yoltaire eres tú mismo!• La idea en ae•
tividad atraviesa la historia en una serie de encarnaciones di,·ersas: Hidalgo con el tiempo se llamará
,Juárez; el T'Pnsador ;\lexicano aparecerá un dla en la Academia de Letrán con las facciones cobrizas del
Xigromante, Y la mirada de lumbre de ;\forelos fnlgurar?1 rle nuevo en los anteojos del "'eneral Zara.,. 0 za' La historia es una pasión, porque rs una pasi ·n lit viin: grandioso combate perclu;able en que las

,

219

Vtll·dadc~ y las bellezas y las virtudc~, se conquistan en lt&lt;'catombes i1imcnsas que marcan con su rastro
rle dolor y ele sangrn el lento itinerario humano!
.
,
.
Ei creencia comunisima que no tll¡temos en nuestro~ anales patnos un solo hecho de Ulllversal trascent!cncia, que nuestro"s martirios y nuestros triunfos son triunfos y martirios puram~nte nacionalei:.
La re,•olución francesa, se dice, es un hecho 1rniversal; la Reforma mexicana es un hecho local. No comprt•ntlo In historia con tan mezquina filosofía.. f:I progreso •~o se m~tila. Todo o~tá_ encadenado, todo
rienci sn 11'1' . El movimiento de un astro coopera á la armon 1a del unfferso; el mov1m1ento de un pueblo
coopera :í ·la armoní1t uo la humaniJatl. Para la obra final de redención y de amor, poco importan las
difon•1tcias de razas y de medios; en el fondo de las más contrapuestas tendencias hay elementos comunc~1 y todos los ideales se fusionan en un ideal supremo, profnnclamente humano, religión de todos, de
los que sufren y de los que gozan, de los parias y ele los libres, Zcus luminoso para los gl'iegos, Dios ~e
misericorJia para los por¡¡•e~ de es¡&gt;iritu, verdad serena. para el sabio, inmaculada belleza para el artista. Sobre todas las patrias está la gran patria, la naturaleza infinita. Todos tenemos obligación de darle
nuestras actividades para fecundarla, toclos tenemos derecho á los brotes de sus entrafías. Para comprender al hombre en sus ohras, es ante todo indispensable estndiar su nacionalidad¡ pero luego, el ani~lisis
tld&gt;e taladrar hasta las últimas capas del cspiritu, descuhrir los e!cmentos irreductibles, despojar do revt•stimientos posteriores el n11cleo primitivo, poner :'L desnudo la fibra humana, la que al vil:lrar hace vi·
brar nul•stro corazbn &lt;'ll sus más atávicas profundidades, arrancándonos !,\grimas con el Quijc,te, esa sublime el&lt;'gia de la risa, ó haciéndonos estrcml'cf'r con los tr:'1gicos 1•stremecimientos ele Hamlct ante los
peligrosos bordl's de lo insondabl&lt;'.

Pues i,icn, llenito Jnárez t•~, ante todo, mexicano: las grnndezas de su carácter son las grandezas del
carácter de su raza, realzadas en (•I como una concreción y como una slntesis¡ pero sobre todo, ea un
miembro ele la humanidad, una figurn de primer orden entre las grandes figuras ele la historia, r.anrlillo,
hc'\ro&lt;',-tomo estas palabras cu su significación épica-de los que se ha dicho, en intencionada frase, que
no tienen patria, porque sns actos son como gotas de sangro que circulan en el organismo entero de la
humanidlld, nutriéudolo de vida y floreciéndolo ele amo1 !
¿Cuáles son los elementos profundamente humanos del carácter de Ju,irez? Lll cou~tancia heróica Y
la fe en Dios. He recogido, seiiores, de los labios de mi padre, un hecho sencillo en su magnitud, que
aiios ha relataba YO ante la tumba del Ilencmérito, y que quiero deposita1· hoy en la memoria ávida de
la juventud porq~te revela mrjor que cualquier análisis, el espíritu de J nárez, espíritu •de hierro Y de
roca,• com~ el del rebelde encadenado esquiliano. Los pat1·iotas que á través del desierto conduelan
el arca santa con las reliquias del pueblo, llegaron á Chihuahua, llevando la patria, como Danton, en las
suelas 1le sus zapatos. En una sala, apenas alumbrada por las agonizantes luces del crepúsculo y eu la
triste penumbra del fondo, estaban sentados J uá.rez, Iglesias, Lerdo, Prieto .... ya dii¡puestos ásalir rnmbo al Norte, pues de un momento á otro se escuchada on las calles do la cilfdad el red~ble de las ava~1.adits francesas. Todo, como esa sala, estaba triste; algo muy querido parecia acompanar en su agoma
al crepúsculo .... La cara ele Juárez tenla la impasibilidad dura de una máscara de bronce. Las tormen•
tas de su alma no relampagueaban en sus ojos. No estaba cansado; no sufría. Se habló de la situación
del país: el señor Lerdo disertó sobre derecho internacional, como siempre, admirahlement~; Guillermo
Prieto dijo algún chiste, como siempre, delicioso. La atmósfera estaba saturada de angustia. • • • Aquellos hombres espectrales no se movían, no se iban, no huían! Juárez dijo á sus visitantes: • Aún hay tiempo de fnmar un cigarro; nada está perdido; creo poder volver dentro de cinco años á cmocar la bandera
en el Palacio Nacional.• Cinco años! No pasó uno, y la bandera ondulaba en la capital de la República,
:'1 los soplos ele la libertad! De manera que ese hombre, sin dinero, sin ejército, en los limites de su país,
cuando nadie crela en él, excepto él mismo, pensaba resistir cinco años más! Con una perspectiva asl de
negra, asi de vacía, desdeiiaba el puiial que le ofreciera la tentadora sombra ele Catón! Nó, no tiene
razón el Nigromante, no fué sublime el suicidio del romano, porque aún algo le quedaba que hacer por
la República, sufrir y espei'ar; no fllé sublime porque perdió la fo, pot•que dudó de su alma. Juárcz es
más grande: derrotado por el destino, todavia pedia cinco afíos de infortunios para vencer al destino!
Bit-n se conoce que la hoguera de Cuahutomoc iluminaba su conciencia!

Nadie creia on él, triste verdad! F.rn el dla sagrado, el 15 do Septiembre, El General Bl'incourt
ocupaba Chihuahua. Al derredor de la humilde pirámide que levantó el cariiio popular sobre los restos
de Hidalgo, se cometla un sacrilegio: los franceses y los traidores celebraban la independencia de nuestro suelo! En cambio, algunos buenos patriotas organizaron on 1-a capilla (le la Parroquia una. lllisa dl'
DuPlo, y alli fneron con sus hijos las madres eulntadas ¡\. llorar la mnerte do la patria, {~ enterrarla
para siempre., .... Las oraciones cra1i gemidos; en las baldosas arrastraban las gasas fonerarias; lo,i
ojos húmedos se clavaban en el llag1\Clo cucl'po iwl Redentor¡ el órgano sollozaba el misererr; el incienso

�HEVT!::&gt;TA MODERNA

REVISTA MODERNA.

euvolvla en uubes seráfica1:, las cabecitas de los muos...... Juárez! Juárcz uo volverla, imposible!
Y uo sólo en las lejanas fronteras, no sólo en la pobre parroquia de mi pueblo, sino en toda la extensión
del pais, hubo un abrazo implo de conquistadores y traidores, y una misa de dueto de todas las madres
y de todos los hijos, bajo la negra, bajo la infinita soledad del cielo! Juarez! oh, Juárez uo volvería, imposible! Juárez volvió. Ah, Señor! si ese hombre, que tuvo que combatir no sólo á los franceses, no só.
lo á los traidores, no s1lo al clero, sino también el escepticismo del pueblo, y que venció no sólo á los
franceses, no sólo á los traidores, no sólo al clero, sino también el escepticismo del pueblo, no figurara
en la historia de la humanidad, no fuera una gloria universal, tendrlamos derecho al mal, á la destrucción, al suicidio, arrojando nuestros fastos y nuestras virtudes y nuestros pensamientos y nuestros ideales y nuestras almas, á la combustión satánica de un infierno devorante y de una muerte ignominiosa;
Benito Juárez no es el Benemérito de las Américas, es Benemérito del mundo entero!
Y hoy que hemos perdido la fe en las quimeras del jacobinismo, pero que la tenemos cada vez ma•
yor en las verdades de la ciencia; hoy que ya no nos exalta la raudalosa elocuencia dantoniana arras!
trando en su furia mantos desgarrados y cetros rotos, pero nos entusiasma la serena voz de la filosofía
que deposita limo fecundo en tas almas y jamás desborda cóleras destrnctoras de su profundo cauce•
hoy que nos burlamos no poco de las disertaciones incoloras y pedantescas de Robespierre y estudiamos
en Ronssean un caso patológico; hoy que los reyes, los frailes y los nobles, que habían perdido la fisonomía humana con los corrosivos de la literatura demagógica que los llamaba y los llama, hidras, vampiros, e11driagos, nos aparecen en la historia cientlfica con sus facciones normales, como hombres semC'.
jan tes á las demás hombres, algunas veces liberaleP, complacientes, a1 tista~; hoy que analizamos y que
nos explicamos, sin odiarlas •á priori,• las etapas más infaustas de la crónica humana; hoy que ya no
creemos que la regeneración universal brote de no discurso epiléptico de encrucijada, aplaudido por el
populacho ebrio que deserta de las escuelas y de los talleres, y armado de formidables picas levanta &lt;'11
triunfo á Marat, grotesco y patibulario, sobre los bonetes rojos; hoy que no creemos en la utópica democracia del •Contrato Social,• idealmente bella, como un diálogo platónico, trazada á maravilla con l1t
armonía matemática de los silogismos, pero falsa de toda falsedad; hoy, por último, que vemos cvapo·
i-orse en el horizonte las últimas humaredas de la Con·,ención, devorada por sus propias llamas, estamos
en aptitud de comprender la personalidad real del señor Juárez, pasándola del mito á la ciencia, pero
sin destrnir el mito que es arte, de la leyenda á la historia, pero sin destrnir la leyenda que es poesía,
cumpliendo así con el deber que como ciudadanos y patriotas tenemos de preservarla de todo homenajr.
falso y de toda injusticia sacrilega, á riesgo de que la posteridad la encuentre mutilada y sucia bajo el
polvo del tiempo, como encuentra el arqueólogo los restos de los palestritas de mármol y de los atletas
de bronce que yacen en la tierra divina del arte, devastada por la ,·iolencia y por ta ingratitud! ( 1)

pavorosos y formidables arreos de combate.- Nó, no puede ser de ellos el scño'.· J_uárez.. El ho1~b~·e q_uu
castiO"ó todos los abusos para defender todos los derechos, el hombre que castigo todos los pnv1leg10s
para"defender todas las garantías, el hombre que castigó to~as las ~presiones para defender todas las
libertades, no es un cismático, no es un sectario, no es un rntrans1gente, e3 un Reformador. La base
de su obra es esencialmente económica; el fin de su obra es esencialmente moral. Fué un hombre de
paz, fué un hombre de amor, fué un hombre de progreso. Su esplritu no está en el odio ciego é inmoral
de las edades muertas, tenddamos entonces que odiarlo y Dios sabe cuánto le veneramos; está en el respeto del pasado, en el trabajo del presente, en la fe del porvenir, en el conocimiento de lo que hemos si•
do, de lo que somos, de lo que seremos, abarcando la prodigiosa evolución que si aún nos ha dejado en
tas extremidades de la mano las garras del carnicero velludo y delincuente y en las capas más hondas
del alma al apetito bestial y la pasión impura, empieza á poner en nuestras f1·entes los primeros destellos de la divinidad, como un beso matinal de la infinita poesla del amor!
y si alguna vez,-qné sabemos!-las pasiones estallan en tragedia, si la lucha se hace inevitable, si
Jos parches de Tirteo resuenan y marchais en las filas •cnbriendoos el pecho con el orbe del escudo,
blandiendo en la diestra la lanza sólida y agitando la terrible cimera sobre el ca.1co,• defended bizarra·
mente la figura de Juárez, dando actos heroicos á la fama clamorosa, defendedla en nombre del arte, cu
nombre de la cie_ncia, en nombre de todos los lienzos pintados, de todas las estatuas esculpidas, de todas las verdades conquistadas, en nombre de los que ostentan cicatrices resplandecientes, en nombre do
los que encienden el astro de ero de la piedad en las cimas de la conciencia, en nomb1·0 de los que bajan
con la lámpara de Aladino á las enh·aiías de la vida., en nomb1·e de los que llevan al costado una lira.madre de la estrofa que se desbarata en c:&gt;lores, en lágl'imas ó en cóleras,-cn nombre de la patria que
nos concreta, en nombre de la humanidad que nos contiene, y viriles, fuertes, invencibles, como hacen
los héroes de la Iliada con los caudillos rotos en la brnga, c:ibdd y proteged la figura de Ju;í.1·ez con una
muralla circular de clavas resonantes!

220

A la juventud toca tarea tan meritoria. Qué mejor homenaje pode1s rendir al muerto ilustre, que
hacerlo vivir incesantemente, con todo amor, en vuestras meditaciones y en vuestros estudios? 03 lo
disputan dos bandos enemigos: el Clero y la Jacobinerla. Uno 11roviene de Jernsalem primero y de Ro
ma después, de la ·ciudad pontifical y hierática, autoritaria y solemne, llena de ascetas con callosidades
en las rodillas y la.minas de oro en las frentes. No es divino; dejó caer en la sangre y en el lodo de la
vida el ideal de Jesús; es humano, es decir, bueno y mato. Sus grandes acciones le han dado lustre, su!!
grandes crímenes le han valido anatema. 8alvó la ciencia antigua de la rapiña de los bárbaros y prendió los leiíos del odio bajo las plantas de Juan Huss y de Jerónimo de Praga. Y hoy, contaminado por
el industdalismo febril del tiempo, en vez de abrir el Reinado de Dios con las llaves de Pedro, penetra it
saco en las ricas heredades del capital con los instrnmentos del agio y de la astucia. Y si desoye la santa palabra de León, de ese anciano blanco y bueno, cuyos labios manan amor como los panales miel, y
cuyo esplritu asciende á la muerte como una hostia sobre la humanidad arrodillada; si no vuelve, en pe1·egrinación expiatoria y en demanda de misericordia fL los huertos de Galilea; si con los supremos cxorcfsmos del arrepentimiento no arroja de su alma el Demonio del Vicio, entonces se entregar:i. ata&lt;lo de
pies y manos á las implacables justicias flamígeras de la Historia!
8i el Clero niega á Juá.rez, la Jacobineria lo deforma, porque lo hace objeto de un fanatismo, colo·
cAndolo como santo del calendario demagógico. Cisma, intransigencia, odio, guillotina, parlamentos clubs
llenos de humo de pipas y de vociferaciones de muerte, la decapitación ele Dios en el cielo y la feliciclad
salvaje sobre la tierra: bellos ideales! Tuvieron los jacobinos su papd en la Historia, tni.g ico siempre y :'t
veces grande. Hoy, han pasado de moda: son siemprn grntescos y nunca grandes. Se parecen al caba·
llero de la Noche y de la Muerte de que habla Tennyson, que oculta las tiacas fuerzas de un niiío bajo
(r ) Co n moti\'O de la calurosa d elensa que hizo de la J acobincría el estudiante D. Lázaro Villarrcal, que me precedió esa
noche en la tribuna, me ví obligado á aludir ásu di!rurso en estos 6 parecidos términos: " El vibrante orador de Ja Escuela de
J urisprudencia ha hecho una entusiasta apología del jacobinismo.. . . Es joven, aún vive con su ensueño en Jns turbulencias de
la Conven c_i,6n francesa. Y quié'.1, no ha sido jyobino en su j u\'cnlud ? Pero nosotros, que hemos perdido la fe en las quime•
ra.~. •• •_et~. Itago esta o~Jserrnc1on, porque algunas personns ha n supuesto q ue yo nirgo esas palab ras, habiendo ordenado que
s'." suprmuernn en la publicación que h i,o " El Imparcial" de mi cliscurso, No las niego, ni contrnrio; p!'ro como fueron improv1,·11das,_ como no estaban en mi mnnu scrito, "El Imparcial" no pudo imprimirlas.

Conclu ,·o. A vosotros os toca, jóvenes egregios, rehacer la patria moral, la patria intelectual, la patria,
viva y verdadera, la bella, la espléndida, la gloriosa patl'Ía, tal cual la contemplaban, con los ojos em ·
briagados de ideal, los hombres generosos que por ella afrontaron las cárceles, los destierros y la muer te. Yuestros padres le dieron el alma y la sang1·e: dadle vosotrns el ingenio. ~o qu.eremos apagarnos
en la historia. Recoged en el corazón la constancia y la gloria. de los magnánimos que hicieron la. Reforma, preocupados por la ciencia y el arte que deblais cultivar. Y el arte y la ciencia amadlos cou
verdadero amor; amadlos pot· si mismos, más que por los frutos que puedan produciros, más que por las
alabanzas que puedan conquistaros; amadlos como el ejercicio y la maniftistación en que la nobleza del
hombre aparece, en que el valor de las naciones se externa. Y sed buenos, y creed: creed CIÍ el aruor,
en la virtud, en la justicia; creed en los altos destinos del gé11e1·0 huma.no que asciende al zenit por las
vlas de su ideal transformación. Que la ciencia os csfaerce, que el arte Ol? consuele, que la patda os
bendiga!

o

y

�REVISTA MODERNA.
La hojarasca crepita dispersa
por las calles tortuosas del rancho,
do se ve agonizar un destello
t1·as los viejos postigos cerrados.
Y se escuchan, al par, el chasquido
de las ramas crujiendo en el árbol
y el pesado caél' de las gotas
en las áridas sendas del campo.
Las tinieblas se cuajan. El cielo
doloroso, en un ch-culo trágico
va ciñendo del torvo paisaje
los perfiles y el hórrido espacio.

Bajo un cielo plomizo y ventoso,
por aristas de piedra cortado,
el paisaje n!onótouo duerme
en profundo y solemne letargo.
Todo es gris: la silueta del·111011tr,
el inmóvil y frío remanso
que refll'ja en sus ondas obscuras
un jirón sepulcral del espacio;
los barbechos de glebas grieta.das,
donde yace el rastrojo hacinado,
olvidadas están las-coy undas
y descansan los roto(arados;
los cona.les de piso fangoso
que han hollado~pezuiias y cascos,
sobre el cual, por el aire impelidos,
flotan acres y fétidos vahos;
el humilde jacal del labriego,
mal envuelto en los-grises andrajos
.que el aliento de Otoño arrebata
del humoso fogón-solitario;
el derruido y vetusto convento
de sillares musgosos y pardos,
otro tiempo de monjes refugio
y hoy albergue de espectros y cárabos;
hasta el río de gárrulas ondas
y cristales bullentes y claros,
so las húmedas nieblas, yacente
hoy está, moribundo y helado.
Ya lobrece. Las sombras nocturnas,
como espesa humarnda, borrando
van el triste confín de occidente
con un negro y furioso brochazo.
Zumba el Bóreas; los vientos aúllan
remolinos de polvo aventando
y barriendo las nubes que conen
en tropel tumultuoso y fantástico.

El relámpago azul fosforece,
una cá1·dena herida trazando
en la lóbrega nube, que se abre
al sentir el feroz latigazo.
Todo es negro: las sombras envuelven
valle y bosques, montañas y llanos
que aparecen tan sólo un instante,
á la eléctrica luz del rel.impago.
Todo es negro: la noche profunda
va extendiendo sus alas de cárai:;o
y el terror culebrea en los nervios '
el cabello y la piel erizando.
'
A lo lejos, al fin ele la senda
que se incrusta en los duros peñascos,
donde empieza á afilar la montaña
sus aristas de pórfido y cuarzo,
empotradas en la áspera roca
y asomándose al hondo barranco,
$US ruinosas paredes levanta
en la sombra rural camposanto.

En la lúgubre noche, las hienas,
espantoso festín husmeando,
el recinto de muerte profanan
con su aullido agudísimo y largo.
A través de 1011 rotos sepulcros,
en la lívida faz de los cráneos,
¡con qué horro1·, con qué horror aparece
terrorífica mueca de espanto!
Tal vez sienten la garra acercarse, . ...
y alli están, impotentes y trágicos,
¡y del mundo, y del cielo, y del alma
olvidados, oh, Dios, olvidados! ....
)IASUEL JOSÉ

OTlJÓN.

3 ·

;:-~-

,~ ·-=--::..;;.=-~~---=--n•::FJ.1-

�REVISTA l\10UEHNA.

225

\·ida dll Lautos trances de angustia¡ me salva.ria de la reciente borrasca del mar d · l\lármara sólo parn
cru:tarme de brazos ante lo conocido, frente al !dolo anciano que ya n:icla pro:nctr, vien&lt;lo la Esfinge
mut•rta en cuyos labios de piedra se cl'istaliza el infantil problema? ....
:\le paseo por el cuarto, en andar instintivo, y me detengo un monrnnto junt1.1 ,le! ta11dour, esa estufa
a pagad 11, semPjante á mi espíritu, porque guarda en el fondo la ccni:ta fda.
l\le acuesto, á la hora en que el sol se va dejando colgado en el Levante su u~carlata manto pérsico,
sobre tapices apilados á la usanza de Oriente. Eso tiene para mi algún encanto, porque as! no se acostaba mi padre. i\Ie duermo creyendo en los fantasmas y en los genios de las leyendac¡ tártaras.
Un canto me despierta, con el alba: es la antigua canción sagrada con que el almohezln sal uda el
nuevo dla en lo alto de los minaretes: Allah illah Allah, -i:é Moltammed 1·e~·oul Allah!

VIAJE AL PAIS DE LA DECADENCIA.
11.
EN STAMBUL.

UANDO desperté, eran ya las diez de la mañana. Habla niebla en mi cabeza. i\lu
incorporé sobre los cojines y pasé la. vista sobre mi raro vestido exótico. Me hallaba trajeado abigal'l'adamente, á la turca. l\le froté los ojos, dejé pasar entre mi
abierta boca un bostezo alicóncavo, moví mi cuerpo soporoso con desenrosques
de boa, y lentamente fué la quilla cortando la neblina letárgica, y los rayos de
luz dijeron de rumbos y latitudes. Luego tendióse la vela mnemotécnica en viaje
reti·oactivo hacia el recuerdo, y fueron pasando las lejanas indecisas riberas: mis
vuelos de pájaro incansable; los escollos, famélicos de cascos, listos siempre á triturar mi nave con la
sáxea mandíbula; mi3 ansias nunca extintas, mi sed de goces, la Dicha en fuga, la Quimera, perseguida
por todos los puntos cardinales, siempre lejos, danzando fantásticamente, espPjismo del inmenso desierto .... todo, todo, hasta no llegar á la fiesta próxima, al desenfreno de la víspera, en que el Placer ebrio
y harto regó su vaso de torpezas sobre el deslumbramiento de los tejidos asiáticos.

Hacia varios .ueses que un steamer me habla llevado á aquella misteriosa Stambul; y el oro que salió profusamente de mi bolsa pródiga franqueóme de un golpe muchos portales esculpidos.
Habla presenciado ya soberbias fiestas; pero el jolgorio de aquel dla anterior estaba muy lejos de las
zambras decentes de los pachás y de los mushires: aquello fué un desborde encanallado, una baraúnda
báquica y priapesca que me hizo amanecer con acérrimos ardores de piel y con vagos dolores de hipocondría. Aún me parece ver las cobrizas bandejas de donde se espil'ala el odorante efl uvio de las pastillas del Serrallo mezclado con el humo del lembaki; músicos árabes sonando su tan tan ó entonando
canciones fantásticas de Oriente; bujías que deseuelgan su leve gaza rosa desde sus globos de tulipanes
de ópalo sobre trajes recamados de perlas y sobre las colgaduras de Smirna. Aún siento un mi boca el
sabor del blanco vino de Ismidt, el único que dejan á labios mahometanos las suras del Profeta; y recuerdo, como en la brumosa lejanía ele un sueño, la salida del salón, la entrada al tugurio, el festival asqueroso, llegado al paroxismo .... De mi vuelta, nada. Sin duda me trajeron en brazos los buenos hijos de
Allah, y me dejaron ali!, sobre el diván, fardo de huesos, carne abita, vestido con mis prendas constantinopolitanas.

E l calor me sofocaba. Tiró el turbante, las polainas doradas, la chupa de flotantes mangas. Me tendi, desnudo, en los cojines, y pensé .... ¿Habrá algo nuevo, algo virgen, algo que desflorar con lamateria ó con el alma, algo que haga temblar las vibraciones entre los viejos flancos de la interna lira?
l\Iás! .... más! .. .. Oh! .... el Hastío! ....

No quise salir. Q11edéme en casa, precioso palacete del barrio del Taxim, de espaldas en mi lecho,
escuchando el ruidoso movimiento de la calle. ¿Ya no me quedará nada que ver? ¿Habré escapado con

Beshir, un negl'illo que se halla á mi servicio, me trae una hurncantu ración de cafc de la Arabia.
Va í1 retirarse y le detengo.
-Oye, vas á conducirme al instante á la casa del hodja más famoso que conozcas.
-¿El señor le tiene miedo á Cheiton? ....
Yo sorbía mi café, abrasándome la boca, precipitadamente.
llablo conmigo, entre dientes:
-Que me dé algún brebaje maldito. Dicen que hay simples en O.-icnte que abren las puertas de los
paraísos y enseñan muchos nuevos á los que nada encuentran en el suyo. Que venga el Artificio! Con
la fiebre se goza, porque pasa el corcel cargado de mentiras y esas mentiras son divinas realidades para
el que oye extasiado el repicar de cascos del Delirio. Quiero que la Verdad esconda sus toscas ubres
laxas y salga la adorada l\Ientira, para que haga brillar sus lentejuelas que dan á mis ojos fulgores de
diamante, y venga la amable Calentura á vaciar en mi vaso su precioso licor de cáñamo indio! Yo quiero
que me engañen! ....
El muchacho se aleja de mi lado, algo medroso.
-El señor no está bueno.
Salimos.
-¿Es muy lejos?
-En el barrio de Gálata, sefior.
Andamos. Yo no hago más que buscar las pilas du Volta du los llam uantes ojos otomanos tras de las
rPjas de los shakisirs y á través de las misteriosas celosías de los haremli!.:es. Es lo único que me queda:
la quimera del goce en el regazo. Siempre que veo de lejos la esperanza es asomándose en el pórtico
rojo de dos labios carnosos; siempre que la dicha me canta sus promesas es sentada-paloma lista al
\·uelo-sobre el torneado alabastro ru:;:algún hombro desnudo. Mas la luz intermitente vacila con el más
débil soplo de mi fantasma negro, y el oro de la débil opulencia solar se anega de tiniebla en angustiosa
11gonia de crepúsculo¡ la Esperanza oculta su anhelosa cabeza y ciel'l'a con pavor sus puertas, y el pájaro emprende el vuelo y va á. perderse entre los hondos enigmas de lo azul. Y, ya en tinieblas, mi vihión abre sobre mi sus alas memb:anosas, más obscuras que la noche profunda, mancha fatídica, condensación ele abismos, rotulada la frente con esta enseña livida: EL HASTio!
Sigo caviloso, sin notar casi á las gentes con quienes topo: el arrogante lilca clarineando color en su
uniforme, los derYiches, que salen de alguna mezquita funeraria y en cuyos labios aún tiembla la oración de difuntos; las viejas j11dias, con sus jubones lentejueleando al sol y sus gorritas verde manzana;
el regimiento que pasa, las fanfarrias, el bey, los alabarderns con trajes recamados de oro y tocados con
luengas plumas glaucas .... Cuanto se agita y bulle y es pe.jea en los trajines de las calles musllmieas
,·ale muy poco para mi. Nada veo. Sólo tengo ojos para mi escenario interior, en donde se ha prendido
un nuevo lampadario, una nueva esperanza, otra dicha en promesa, que no es la de la dama de la puerta roja ni de la arisca paloma del torneado alabastro: una luz de hechicero, luz de santuario tenebroso,
destello tumulario, promesa de ultratumba: el brevaje del hotlja!

Llegamos.
Oyó atentamente el relato Je mi mal, con gravedad de físico, con la indiforeucia de quien ha visto
mucho raro en su cllnica.
-Hágase usted la cuenta de que se halla en un templo de su religión, á. los pies de un sacerdote.
Confiésese usted conmigc. Si después de oír á usted, le juzgo bien listo para recibir la impresión de algo que por el momento me reservo; si es usted bueno para el caso y su organismo se halla preparado
iniciaré á usted en misterios de apariencia vesánica, misterios impenetrables para los seres bien equili'.
brados, para los a~euros felices y para los cerebros que gozan de la pasividad dichosa de lo sano, pero
que para usted-si, como creo, me resulta bueno, esto es, enfermo- constituirán la fuente más eficaz ele
gratas impresiones, gratas por bellas y por nuevas.

�226

Dije:
-Señor! El viajero ha llegado á la ciudad, ha recorrido todas sus barriadas, ha frecuentado todos
sus paseos, ha caldo en todas sus charcas y ha saboreado todos sus encantos. Ya nada le resta, Y aúu
tiene que vivir en ella mucho tiempo. ¿Qué mayor tortura?. . . . . Todo lo he visto, señor! En esa gran
ciudad de cantones dispersos que llamais Mundo todo está ya gastado para mi. Turista fatigado, me
angustia la monotonía. Como los melancólicos hijos de Albión, el spleen me devora.
-¿Habeis agotado vuestros puntos de viaje?
-He estela.do todos los mares y recorrido todos los caminos. Lo he visto todo. Castillos que boste•
zan, como yo, de tedio á las orillas del Rhin y palacios de mármol que reflejan la nostalgia de sus fastuosidades en los canales de Yenecia; el gorro de enfermo de los volcanes escandinavos y el humo que
sale de la ancha pipa del Vesubio, ese criollo ciclópeo que acuesta sus perezas en azules cojines y mira
á su adorada Nápoles, favorita del ardiente Sur, ceñida su cintura con el chal de sus colinas color de
primavera; he oldo la linfa leda de las Castalias y el desplome tonante de los Niágaras ...... Todo .... .
Todo!. .... Vahos ardorosos del trópico y carámbanos árticos; rostros rubicundos, caras morenas, cutis
ebanáceos, ojos oblicuos, pieles rojas ..... Todo ..... todo, señor! Me he adherido á todas las mesnadas; he tenido comercio con todos los rebaños del mundo: con los hijos de Sem y con los hijos de Jafet y
con los de Cam el Maldito. Y nada. Tras la nueva visión, el fantasma que viene y sopla, y la luz que se
apaga, y la sola compañia de la sombra con su letrero lfvido!. ... EL HASTío!
-¿Ha.beis afrontado peligros? ¿Uabeis conocido monstruos espantables? Hay goces en el rirsgo....
¿entendeis? ....
-Del pals de los drusos, descendí á las llanuras beduinas donde hay hombres feroces cuya piel es
un ébano historiado por absurdos tatuajes. Desafié las iras del sacerdocio profanando vuestra l\Iezquita de Eyoub, aquí donde hay esclavos misérrimos cuyas plantas sangran á los chasquidos del com·bash;
me batl con un orangkubub en los hoi;r¡ues de Borneo, y hasta creo haberme sentido aprisionar por el
monstruo hermafrodita que encierran las floridas en sus breñales laberlnticos.
-La mujer! Adormeceos en el desenfreno. Que el bochorno de la caricia cálida dé sopor voluptlto ·
ijO á vuestros miembros, ó que el Céfiro puro de una pasión platónica traiga frescuras nuevas á vuestra
alma. Iníciaos en todos los secretos de la Astarté fenicia; penetrad en los caldeos templos de la Venus
l\Iilita, llevando en las manos los sfmbolos del Falo y del Cteis; desenfrenaos en las fiestas ludicas de lle,·
li, ó buscad una Electra que os descubra sus sueños virginales á través de su cendal blanco y purísimo
corno la intacta evanescencia del ampo.
-lle sufrido todas las iniciaciones. lle descendido por todas las escalas. La mujer de Loth me ha
visto haciendo gala de todo lo inaudito, y sobre mis embriagueces nefandas ha caído mil veces el l\Iar
l\faerto. Los lapones me han cedido sus tálamos nupciales; be mordido sabrosas manzanas lascivas del
país de los Faraones en medio de los recuerdos magníficos de Carnac y entre el tumulto de las fiestas de
Tsis; me he bañado en el Termodonte con las bijas de aquellas soberbias amazonas del Cáucaso; he gozado las dulces mistagogias de la Anaitis armenia y del templo sirio de llierápolis ..... He bebido mucho ..... Me be embriagado con todo! Ya nada tengo que beber!. .... He amado y he poseído. lle saciado el espíritu, y mi vientre ha sufrido las repulsiones del abito. Aquí, en vuestra vieja Stambul, paseé mi amor-un amor casto-por las umbrosas riberas del Bósforo, á la hora en que habla sobre el
agua rieles de luna y som·&gt;ras de yalis, sombras temblorosas en la linfa corriente;. y aqui también crucé
vuestra ensenada, bajo el faro de Diana, en caique aligero, recostado sobre tapiz de seda, entre cojines y mantas '.opulentas, en la bullente combustión de mi sangre, envuelta mi cabeza con una cabellera
de sultana, y sorbiendo en labios,-copa roja de oriental cornalina-todo el incendio de los vinos do
Chipre ..... lle sido en esto muy avaro, señor. Mis arcas han ti,nido hambre y sed de esos tesoros. He
oido el severin saliendo á deleitarme de toda garganta de mujer. Me han arrullado con la frase felpuda
_,. cálida de sus caricias las perezosas odaliscas de los grandes harenes, á través lle la rica muaelina de
los yashrnacks, lo mismo que las hijas del pueblo, bajo el pobre feredjé de sucia lana; la esclava de las
montañas de Circasia y la cristiana armenia que pone sutiles redes de oro sobre la red de su cabello de
endrina. He levantado el habbara azul de las bohemias, he sentido todas las epilepsias del afrodisiasma
bajo el humilde techo de los gourbis y bajo el roble esculpido de vuestros magnates, entre biombos de
Yedo y entre las a.greñas cortinas de las Rarabús de Polinesia. He conocido, señor, todas las carnes. Os
repito que nada tengo ya que ver, y nada nueYo encontrarla ni en el culto de los Cabires ni entre las
orgías de Samotracia,
El viejo me miró fijamente.
-Bien, me dijo, esta.is preparado. Ya1s á emprender un gran viaje ideal que os proporcionará supremos goces.
De un estuche, un frasquito, imposible de pequeíiez, como el dedo meñique de algún Puck nigromántico: Una gota en mis labios, :r una ducal refulgencia en mi cerebro. Vesubianas incandescencias
en mí sér. Transfiguración. El suelo que se escapa, y, por mis ojos atónitos el desfile de una radiosa fuga de soles chispeadores.
l\Ii corteza se helaba. l'IIe rl salir de mi propio cuerpo yerto, y, otro yo, etéreo, impalpable, provisto

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REVISTA MODERNA.

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de suaves alas angélícaP, remonté el vuelo, y seguí á una visión, no fatidica y negra, mas luminosa, son- ,
riente y adorable.
Llegamos, la visión y yo, á la cumbre de un monte, en donde tiene el Yéi-tigo su nido. Entonces ví
á mi gula en toda su verdad. Las formas de un efebo, pero sin materia real, impalpable y et(•reo como
,·o. En sus ojos habla ortos de genio. Sus labios- tan frescos que todos los juzgaran recién apartados
~el matemo seno-eran hechos para la Gran Sabiduría. Cada una de sus sonrisas era una luz de Ciencia. En sus labios estaba la clave de los obscuros enigmas.
- Yamos!
Tal dijo. Y partimoB.
S.lNTJA(;0 ,\RGÜELLO

(Continuará).

IN MICMORIAM.
18 de Julio de 1901.

I
Ah! la humildad en su escarpada. hondura
Lo que ilusiona y resplandece crea;
Anida el ruiseñor en la espesura,
Y se forjan los rayos en la obscura
~ubc que sin cesar relampaguea.

Grano maduro que voraz levaula
El ave, la maleza que te escude,
Y de grano que fuiste serás planta
Y rnn.r pronto tal vez, árbol que cauta
Si eufurcci,lo viento te sacude.

Espíritus geniales, la coyunda
Del dolor, frentes altas encallece;
¿Qué peiíascos el musgo no eircuudal
Aun la misma mujer, mujer fecunda,
Tan sólo por fecunda pa'ídecc.

Y d débil en la lidia titubea;
El paladio que abona tierra inculta
Con sangre, no es alondra que gorjea
Cuando tímida el alba pestañea
Y al funeral atardecer se oculta;

Es el que lucha, como férreo arado
Que repuja el rozar de las arenas;
Se despedaza, pero labra el prado.
¡Oh! Ulises que marchaste á un resultado
Desoyendo el cantar de las sirenas!

A tí el audaz enviado de la. infecta
l\Iansión de los humildes-Oh! videnteEsperan las Repúblicas; inyecta
Tu constancia en sus venas y proyecta
Tu sombra sobrn el Nuevo Continente.

u.

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.
II
Almas sin sueños, sia amor, sin rosas,
Que girais en el mundo atolondradas,
Taciturnas, enfermas, dolorosa11,
Como enjambre de negras mariposas
Eu cristalino globo encarcelada,;

¿Que abógan~e cn el polvo de los añosSeñal de olvido y pequeñez- las grandes
Pirámides de Egipto? Oh! desengaños!
Tú eres más grande que ellas, son peld11i'íos
Para llegar ít donde estás, los AndeR.

No lloreis; ya volvieron las pertlidas
~aves conquistadoras de idcaleF;
Las pupilas secad, enrojecidas
Por angustioso llanto, como hcriJas
.Abiertas con finísimos puñalce.

La. envidia, el dolo y el rencor-serpientrsNo han de morderte mientras fe y anhelo
De una raza patriota representes;
¡Oh! nunca, nunca rasgarán los dientes
De las mont11ii11~, el azul del cielo.

,."'..
Brillan proas, y cascos, y timones,
Y en las olas que cantan, ríen y huyen,
Refléjanse rojizos pabellones
Y parece que extensos cuajarnucs
Sanguíneos, se fragmentan y diluyen.

Y,,¡ 111ito Poli femo- aún no se al1•j11;
J'cro aunque su ojo y su vigor recohrn,
No apagarán sus piedras la. bermt&gt;ja
Lumhre dlll Sol, que al declinar srmPja
lrn incPnRario dn brniihlo colH1•.

De palomas un vuelo inmatulado
Feliz augurio-pasa ante la vista
Centellante del pueblo entusiasmado,
Como si el aire hubiera arrebatado
Un montón de pañuelos de batista.

E11ci11a, estrella, luchador, querube,
,(Quién ha dicho que has muerto? tu almasube
Mientras tu cuerpo lo prott&gt;ge un saucr;
El genio es linfa que se trueca en nube
Y aquf abandona con dcscl(•n su caucn.

Llegan de lejos hálitos de frondas
Y en su brutal respiración de fragua,
El mar anilla sus espumas blondas
Y arremolina sus flexibles ondas
Como si alguien soplase bajo el agua.

Y esos tenues sonidos apaga.dos

Retumban en los montes los cañones,
Como espigas se doblan las cabezas,
Inmóviles están los escuadrones;
Ya viene el vencedor, entre pendones
Y al compás de triunfales l\Iarsellesas.

Ecos claros redobles de tamborrs,

r

De los címbalos presas de temblore~,
,,an iL ti, como pájaros cantores
Que vuelan á los fértiles sembrados.

Oh! pasa triunfador, nadie solloza.
Su lengua el entusiasmo que desatl';
La lid sangtienta terminó, reposa.,
Y en la tumba, panoplia prodigiosa,
Ye [L colgar tu arma.dura de combate.

III
Tú guiaste las naves combatidas
.Atrevido J asón; los idiiales
Son tus leyes en mármol esculpidas,
Radiantes, como antorchas encendidas,
Sólidas, como enormes catedrales.

Oh! Juárez: quién tu excelsitud restringe?
Tú fuiste aquel que viajador se finge,
-1\Ias no pesando sobre tí un estigmaQue del error despedazó la esfinge
Y de las almas descifró el enigma.

Exhalaste un enérgico reproche
Cuando de esclavos la legión gemia;
Como el aljófar bienhechor, de noche
Bajaste raudo de tu Patria al broche
Y la dejaste al dei;puntar el día.

A1rn ,. C. SALAZ,\11.

229

�230

REVISTA .MODER~A.

I

--.-

.
. -._
.....
-'""
.
"'--:Z ..:., --~:·u., ~

:

tIUAREZ.
z

o.,.

..:

( POR ET, COmTt; DJ,J EST UDIANTES DE TOl,l' ( A.)

~

~o era un acto patriótico, &lt;'ril hnmnnn;
la civilización es infinita;
.Y Juárez ~l.'ifalaba con la mann
In tnmba que devora y resucita.
Ln. humanidad, por la difícil sencla
&lt;l&lt;&gt;I Bien y ,Je! Amor, tuvo en el alma
aliento al fin para arrancar la vcn&lt;la
.Y abrir los ojos y ceiíi1· la palma.
La palma del martirio que transforma
&lt;'ll trinnfador al siervo que se agita
cual germen en F.! Cosmos .. . . ¡La lleform11! .. . .
La civilización es infinita.
¿Dónde estaba Jesús? No era &lt;'n &lt;'I t&lt;'mpln.
St1rcaba sin rumor el Tiberiades,
y en onda inmó\'il su divino ejemplo
ma sombra á través ele las Edades.
¿,F.ra fe la mentil'a? ¿Luz la sombrn?
¿Un dolor el placer? ¿''irtud el Yicio?
Oh! Dios! quien te conoce no te nombra
si á ti no se alza en duro sacrificio.
Y surgió el Bien con el Amo1· eterno
&lt;la un estancado mar de odio y maldad&lt;•~;
y se vió que Jesús, sobre el Infiemo,
~meaba sin rumor el Tiberiades.

H
u,

o,_¡

Y vino la traición, ¡con qué perfi&lt;lin!
y alzóse la República, ¡qué gloria!
y fué la roja sangre en esa lidia
la tinta de las hojas de esa historia.
El dolor nunca vence ni quebrantn
si sopla el Ideal sobre la frente;
l:i. libertad! la libertad .... es santa,
si pasa como Dios de gente en gente.
Remembranzas de mártires soldados
que iluminais así nuestra memoria,
triunfásteis al morir, inmaculadoi:,
y alzóse la República, ¡qué gloria!

~

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A

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¡.,
~

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~
~

A

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o
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f'1
¡.,

z
lil
w

'

...

...

¡Citar un episodio, diez ó ciento!
que pulse aquí su lira el Infinito ....
llay uu orgullo enerme, el pensamiento,
y no alcanza á pensa1· lo que está escrito.
i Vencer á vencedores de Magenta! ....
¡Crnzar las bayonetas con los Zuavos! . . . '
Dió Zaragoza afrenta por afrenta
y vió el mundo lucha1· bravos con bravos,
¡Oh madre intelectual, excelsa Francia,
era de nuestras águilas el grito
voz de jueticia, nunca de arrogancia;
que pulse aqul su lira el infinito.

�232

ARo IV

REVISTA MODERNA.
El suelo se agrietaba, eran hostiles
hasta las piedras mismas del camino,
se doblaban las testas más viriles
bajo el adusto ceño del destino.
Mas cuando agujereada por las balas
flotó en Chihuahua, rota, la bander11,
en manos del indígena, las alas
tendió de nuevo el águila altanera;
de la tierra los púgiles brotaron;
llegó hasta el corazón soplo divino,
y á la voz de ¡República! se alzaron
hasta las piedras mismas del camino.

MÉXICO,

l8

QUINCENA. DE ÁGOSTO DE

1901

NúM, 15

REVISTA MODERNA
A. RT E
DIRECTOR: JESUS E."VALENZUELA.

V

CIE N CIA..
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de D1tulát1.

Bajo el cielo del Norte, sin reposo,
sobre este suP.lo á la esperanza abierto,
¡qué uniforme en la historia más glorioso
que el frac de don Benito en el desierto!

........................................

¿Ois .... ? No es el caiión el que resuena,
es la férrea y veloz locomotora
que los mercados y las arcas llena
y su penacho tiile con la aurora.
Oh ¡Juventud! El sol surge radiante.
Empavesa la nave, llega al puerto .. . ..
Juárez no muere! ¡Juárez ..... !y adelanll'!
sobre este suelo :\.la.esperanza abierto.
JEsú.; F,, V ALENZUF:LA.

VENTA DE "LASCAS."
El Gobierno del Estado ha vondido al Sr. D. Ramón de S. N. Araluce toda la edición del libro do Yersos de Salvado:· Dlaz !\lirón. Es, por tanto, á aquel caballero á quien deben dirigirse las personas que
deseen adquil'ir la obra de nuestro egregio vate.
El contrato celebrado entre el Sr. Dehesa y el jefe de la importante casa librera es digno de la aten·
ción del público, por diversos conceptos
En primer lugar, la compra de diez mil Pjemplares de un libro, revela claramente la difusión de la~
letras en el p11ls. El Sr . .Araluce, que conoce su negocio, debd contar con que la mayor parte de los volúmenes sen vendida en la. República, y debe estar seguro de que en ella encontrará gran número do
lectores.
Y la adquisición demuestra que en 11éxico es ya estimado, en todo lo que vale, el esfuerzo del hombre que consagra sus energías al cultivo del arte de la palabra. En periódicos y revistas serán publicacados muchos arllculos en loor del eximio poeta veracruzano; pero ningún elogio será mejor que el que
al bardo ha tributado el Sr. Araluce, al desembolsar no pocos millares de duros, sirviendo de intermediario al autor y sus admiradores.
Por último, el Sr. Diaz Mirón ha procedido con una generosidad verdadernmente insólita. El comprador ha pagado S!l.27 por cada verso, por cada rengloncito del libro, y el poeta ha renunciado á respetnl)le suma en beneficio de la juventud que se educa en el Colegio Preparatorio de Xalapa.
El producto de •Lascas,, será empleado en obras para emiquecer el caudal, ya considerable, de la
biblioteca de ese establecimiento.
La donación parece haber pasado inadvertida. No hemos leido en periódico alguno los encomios
que el desprendimiento del Sr. Dlaz Mirón merece; pero si sabemos que tal acción, digna del alto y fuer·
te cantor, ha suscitado ingente sentimiento de gratitud en los corazones ele los jóvenes estudiantes, y en
los de todos aquellos que se interesan por la instrucción popular.

El Orden. Xalapa- Veracruz.

l\IADONNA DELLA ARPlE,-ANDREA DEL SARTO - FLOKENCa.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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      <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 14, Julio, Segunda quincena</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>ARo IV

MÉXICO,

P

QUINCENA DE J ULIO DE

1901

NúM, 13

REVISTA MODERNA
ARTE Y
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACC ION: JESU S URUETA.
Tip. de Dubldn.

EJM:ERIAGAOS.

S necesario estar siempre ebrio. Todo está en eso: es lo único . Para no sentir el horrible
fardo del Tiempo, que quiebra vuestras espaldas y os inclina hacia la tierra, es necesario embriaga1·se sin tregua.
¿Pero de qué? De vine, de poesla, de virtud, á vuestro antojo. Pero embriagaos.
Y si algunas veces, sobre las gradas de un palacio, sob re la y erba verde de un foso,
en la soledad lúgubre de vuestra habitación os despertais, ya disminuida 6 desapare·
cida la embriaguez, preguntad al viento, á la ola, á. la estrella, al pájaro, al reloj, á todo lo que huye, á
todo lo que gime, á. todo lo que rueda, á todo lo que canta, á todo lo que habla, prnguntad qué hora es;
y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os responderán: Es la hora de embriagarse. Para no ser
loi esclavos mit·tirizados d el Tiemp:&gt;, emb:·iagaos, embria.r ao; sin d esca.n,o! D J vino, d e poesla 6 de
virtud, á vuestro antojo.
CrrALtLES

BAUDELAIRE.

FLOR DE OTOÑO.
Ven á escuchar mi cántig a oportuna
bajo el palio triunfal de la glorieta,
donde está deshojando tu poeta.
sus blancas ilusiones una á una.
Siento un largo Yahido que se adnna.
con la agonla &lt;le la tarde quieta,
ya baja el leñador de la meseta
y se dibuja el peplo de la luna.
Qué bello, junto al lago adormeci&lt;ln,
léjos del cieno y de la humana lidia,
besar tus labios rojos, mi sultana;
Mientras tornan las ave;; á su nid o
y los cisnes contemplan con envidia.
tu elegate perfil de americana!
Jos1~ LÓPEZ DE MAT URANA.
Buenos Aires.

PETA L LES pt;i LA PnurAvERA. -BOTTICELLT. - FIRENZE,

�TIEI, REGINA.

LEN'"DE:hd:AIN'"_
(CAPITULO DE UNA NOVELA).

Clamando á tu piedad en mi suplicio,
Como en un claustro lloro en mi amargma,
Hincándome las puntas de un cilicio
De anhelo que me hiere y me tortura.
Tu solo nombre mi aflicción modera,
Y cuando á ti suspiro y en ti pienso,
Perfuma mi aflicción, como si fuera
Tu nombre un grano de oloroso incienso.
¿Me verás con tus ojos soiladores
Y tne darás tus manos bendecidas
Cuando hayas comprendido mis dolores
Y cuando hayas tocado mis heridas?
Cuando hayas comp1·endido mis dolores

Y cuando hayas tocado mis heridas
Me verás con tus ojos soñadores
Y me darás tus manos bendecidas.

Eres la fuente que la sed apaga,
E res sombra apacible, eres frescura,
Y para el corazón que es una llaga
Un bálsamo divino de ternu ra,
Mi amor fundir espera tus enojos,
Y ya mi amor ha vi!,to á la esperanza
En el azul abismo de tus ojos
Relucir como el signo de la alianza.
Y quiere tu bondad mi sufrimiento,
Y ante tu solio mi pasión se inclina,
Oye mi voz, alivia mi tormento,
Tu1mrs EnuRNEA, STE LLA MATt' TINA.

L camarista había abierto la ventana ... La turbia claridad de una mañana
pluviosa se detuvo bruscamente en la flo1 ación arabesca de la cortina deslavada y derramó en la estancia sus cansadas y opalinas penumbras. Era
triste aquel cuarto de hotel! ... triste como las existencias náufragas ó aventureras ó vagarosas que alli hablan acampado, dejando en los lienzos raldos, en los maderos despintados y en los muros maculados y grasosos las
sucesivas huellas de su paso.
Cuántos, en medio de una vida de crimen, de miseria ó de orfandad habían hecho alto ahi! Los sitios de placer, los parques desiutos, los palacios
inhabitados, los lugares donde ha vivido la alegria, guardan siempre un
grato vestigio de Jo que fueron; tienen basta en sus ruinas una sonrisa melancólica. Pero ahí, entre aquellas cuatro paredes, en aquella atmósfera s:,turada por el miasma humano, la tristeza babia dejado su desconsuelo, la miseria su huella y el
vicio su sombra, lo mismo que el huésped anónimo que sobre la mesa olvidó la caja de medicinas, por
igual que la parrja enamorada que trazó en el muro dos nombres, en recuerdo de una noche nu pcial
misteriosa y furtiva, tal vez improvisada banalmente al azar de un encuentro callejero. Y todos aquellos huéspedes, la miseria que se refugia, la tristeza que se enclaustra, el crimen que vigila y los amores
que se esconden, hablan drjado en aquel cuarto el olor de sus alientos y el polvo de sus vestidos . . .
Aquéllo era la tosca falsificación del hogar; aquéllo era un mercado donde se vendla el reposo como
en otras partes se vende el vestido ó el alimento. Y triste, triste, con esa helada tristeza con que á veces
se despierta del sueño, como si sorprendiéndonos aletargado!:! y rendidos nos hubiese envuelto en sus
brumosos hipnotismos, el genio de las melancollas infinitas, l\Iiguel se incorporó en el lecho ...
Se habla acostado á las dos de la mañana; la tristeza que empañaba su espiritu le permitía verá
penas, como el apoteosis de un teatro radiante á través de un telón obscuro y desgarrado, la fantasmagorla de la noche anterior, las luminosas horas ele una noche, palpitantes con la ternura de un amor,
brillantes con los reflejos lujuriosos de la riqueza, perfumadas por los efluvios florales más que carnales
de una mujer hermosa! Entre los vahos de su presen te hastlo, en la memoria de Miguel hacían este cuadro los recuerdos: La mujer! ese era el sol radiante, ese era el astro, el centro de la pléyade á quien rodeaban los demás recuerdos, brillantes unos como flores de oro y esfumándose otros, los más lejanos, en
opalinas vaguedades de vla- láetea.-Ella vestida con los atavíos de la mujer que espera al Amor, en
postura teatral y lánguida, con la mirada radiante y sorprendida sobre el diván cuyo extremo se levanta como la negra prora de una góndola. Ese era en su memoria el núcleo, y Juego esparcidos en
desórden el mármol de un tocador; el bronce de un candelabro, los pliegues imponentes de u n cortinaje, el frú- frú de una falda, un perfume penetrante y capitoso, la desmadejada cabellera lustrosa
desplomándose lacia y en silencio; el chapln que cae y el ruido de su tacón sonoro. Y luego á las altas
horas de la noche, la salida furtiva, el deslizarse á lo largo de las paredes en la noche fria, flagelado por
un viento glacial que al bañarle el rostro revivla en sus labios el perfume evocador y almizclado, el
efluvio enervante de Ella, asociado á los placeres de la noche, el perfume de su alcoba, de su cuerpo, de
sus besos ...
Ahl Y qué despertar! Y qué maldición, encerrar aquellos recuerdos de erótica gloria entre las paredes de aquel cuarto miserable y vulgar! Si Ella lo viera ahí, ella que alguna vez, en un arrebato de
su libertinaje adorable le habla manifestado el caprichoso deseo de ir á verlo á su casa! ¿Su casa aquel
cuarto alquilado y ella ahl? Y le pareció á Miguel verla entrar y al principio mostrar levantando el velillo, la sonrisa de su rostro divino; pero luego traicionar la extrañeza, el desagrado, el desdén al fin que
debla despertar aquel tugmio en su sensibilidad exquisita de mujer rica y poderosa. Y tal idea, con el
poder que hubiera tenido la misma realidad, colmó el hastlo y la tristeza que aquella maiíana de lasitud
Yde enervamiento habían sucedido en el Animo de Miguel á la noche de excitación y de amor, Una reac-

,.

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA .

ción, algo como una ola de amargura tenebrosa, asomó en su espiritu, se reflejó en el gesto imperioso
de su rostro, y de prento, desbordante y poderosa, ahogó con su cólera las ondas de su tristeza resignada.
Tomó un cigarro que lió distraldamente, mirando á lo alto, con esa mirada que n~ ve cuando una
imaginación trabaja, con el ceño contraldo en el rostro inmóvil. As! estuvo un-minuto, un minuto nada
más; el rApido momento en que los átomos simpáticos se unen, el instante preciso y fatal que engendra
la vida en la unión de dos seres que se aman, el minuto propicio y fecundo en que cae sobre la tierra
que lo aguarda, la semilla que ha de germinar.

Galanes que, á las primeras
tiranías del amor,
más flores pedis al valle
y al firmamento más sol;

20t

Poderosos de es te suelo,
cuya vana ostentación
abismo fué donde el oro
de vuestras arcas rodó,

.. ........ .... .. ..... ....... ... .... ............. ... ............... ... .. .. ..... ..... ............ ....
.... .... ........... ... .... ..................... ... ............ ... .. .... .. ..... . .... .... ............
. . . .. . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . .. . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . .. .. . . . . . . . .. .. .. . . .. . . .... ........ .. .. ..

Y en ese minuto, al ,~alor del egolsmo lastimado, á la sombra de una ambición hambrienta y desaforada, Miguel sintió en su espiritu lacio y desmoralizado, lo que nunca sintió en los veinticinco años de
su vida, una fuerza que se levantaba, un poder que surgla, un impulso que era luz y era potencia y á
cuyo fulgor apareclan empapados en claridad todos los caminos del éxito antes hostiles y llenos de sombra y que ahora se tendlan propicios ante sus ojos, como invitáudolo á emprender una marcha triunfal
hacia el áureo alcázar de sus sueños!
Y sintió algo también, algo tampoco sentido nunca, algo nuevo y doloroso, allá muy recóndito, en
lo más profundo de su sér. Sin explicarse por qué pensó en su madre y sintió un no sé qué abominable
como si la hubiera abofeteado ... Y luego con la misma ignorancia del misterioso por qué, pensó en una
novia muy querida, en una novia de los años juveniles, de esa Primavera en que para exhalar el amor
como un perfume estalla el córazón como una flor; novia querida con ese amor que recordado después
de muchos años, nos hace dudar si alguna vez hemos vivido alguna existencia de ángeles, en algún
mundo de ensueño .. .
Y al pensar en aquella novia cuyo puro recuerdo guardaba en su esplritu lacerado, como uno de
esos relicarios que sorprenden á veces en el cuello de una prostituta ó sobre el pecho de un galeote, Mi•
guel sintió el escalofrlo de una profanación que hubiera cometido en sueños y que al despertar le atel'l'a; sintió como si él mismo hubiera derribado aquel cuerpecito de niña y sobre él, sobre su único afecto
de inviolada purezal-pálido alta1· de misa negra- hubiera él mismo impulsado la epiléptica y cnpulosa
desbandada de un sabbat, los ebrios y ululantes tropeles de una bacanal desenfrenad&amp;!
Jo~lll Ju.aN TABLADA.
México, 1900.

Cuantos lloraís vieja cuita
ó sentls torpe rencor
y en cadena de pesares
oprimido el corazón,
Los ojos por consolaros
volved al árabe Job,
libre de toda.alegría,
presa de toda aflicción.
No de gloriados caudillos
persigais el esplendor,
que á vencidos y triunfantrs
confunde el tiempo veloz.

1'

Y pues dichas vaticinan
concordia, paz y perdón,
sueño de justo no espere
quien sangre humana vertió.
Ni de prócer altanero
demandeis nunca favor
si el yugo vil os reserva
de constante adulación.

JOB.
( Romance arcaico).
¿Quién si penas te rindieron,
- ¡oh, poeta del dolor! al recuerdo de las tuyas,
graves las propias halló . ... ?

Bien haya tu libro hermoso,
astro de tal resplandor
que, en la noche de las almas,
conducirlas sabe á Dios.

¿Cuál retablo, cuál estrofa
ó qué música ni voz,
á disputarte llegara
tan sublime condición?

Más alta poned el alma:
dejadla que vuele en pos
de quien merece más culto
y reverencia-mayor.
Del que, próspero y mendigo,
á las gentes·ofreció
de esperanza y mansedumbre
la no aprendida"_lección.
Del que triunfe de si propio,
y en cada nuevo rigor
canta al brazo que le hie re
un himno de bendición.
Luis BARREDA.

�REVISTA MODERNA.

PECADO DE AMOR.
ADRE! piedad para mi tribulación!-musitaba la pecadora con voz me•
]odiosa y apasionada.-Padre, yo le amé, le amo aún con todas las
potencias de mi alma ...... A pesar de su ingratitud y de mi expiación, á pesar de que él me abandonó á mi dolor como se abandona á
un leproso en su lazareto, yo le amo y le amaré hasta la muerte, basta más allá de la muerte!
La luz violeta del crepúsculo agonizante ponla diafanidaiies alabastrinas en aquel perfil blanquisimo de mujer de amor, mujer de treinta años cuya blancura mate y lumfnea era una profanación de su es•
tructura bizantina, de virgen-mártir inviolada, por la tremenda lasci•
via que despertaba la sola contemplación de sus ojos negrísimos y dolorosos, de su pequeña y purpúrea
boca semejante á un botón de flor reventado, de sus dedos largos, exangües y ardientes de tísica. La luz
violeta del crepúsculo agonizante esquemaba apenas el espectro del septuagenario levita hundido como
una momia asiria en la pequeña cripta del confesionario, los ojos marchitos, las falanges estriadas y
retráctiles, el cuello descarnado cuyos nervios recordaban los bordones de un violón. La luz violeta del
crepúsculo agonizante condensaba sus últimos fulgores en aquel rostro fascinante de mujer de amo1·, y
cstiqueaba con pavorosidad tumularia aquel espectro claudicante.
Y la pecadora proseguía:
-Padre! amor tan culpable y tan divino como el mío, no lo ha habido en la tierra ...... Yo co11ocl
el dolor de la violación y la maternidad sin haber sentido placer, porque me casaron sin amor, tiránica•
mente, y me arrancaron mis dos hijos, con la misma tiránica barbarie, sin que hubieran probado mis pe•
chos. La estirpe de demonios que hizo alianza con mi estirpe de siervos, me enclaustró en un palacio SO·
Jitario cuyos balcones fueron tapiados, cuya puerta férrea y enmohecida no chirriaba Pino para dar pa•
so á mi señor, al odiado fornicario, de cuando en cuando, en noches siniestras para mi!
Una noche, el viejo criado de mi prisión, se presentó en mis habitaciones ¡&gt;or la primera vez, pálido,
temeroso, y me dijo con el rostro abatido, sin osar levantar sus ojos del suelo:-•Sdiora, he cometido
un grave delito y vengo en demanda de perdón .... y lo que es más, de ayuda para encubrir ese delito!•
-Yo me puse á temblar espantada, temiendo una abominable revelación, y él prosiguió:-•Señora, an•
tes de servir aquf, yo serví á los señores de Noguerido muchos años; les debo grandes favoreE; ellos han
muerto, y el último descendiente de ellos, el niño Raúl, caldo en la pobreza y en la lucha por la vida, es
perseguido yo no sé por qué, pero no debe ser poi· un crimen porque no es un criminal; ha venido á pe·
dírme ayuda y yo le he dado asilo, lo he salvado de la policía frenética de cuyas garras pudo escapar...
Señora, yo pido clemencia para él y para mi!
Yo estaba helada por el asombro. ¡Pedirme clemencia, perdón y auxilio á mf, una secuestrada en
cuerpo y alma! ...... Era, acaso, una burla cruel? No! porque el pobre viejo imploraba mi gracia con
sincera humildad; y no bien le contesté que él era el guardián de aquella cárcel y que por mi parte no
diría nada, puesto que no hablaba con nadie, el pobre viejo me miró con un relámpago de sus ojos ríen·
tes, jubiloso, y desapareció á; dar la buena nueva á su protegido.
No pude dormir aquella noche. La presencia de un desconocido en mi prisión, de un joven, puesto
que el viejo criado le había dicho niño; su nombre que oído fugazmente me hirió como un dardo, Raúl
Noguerido, su persecución, su infortunio, todo me pesaba como mi propia desdicha.
A la madrugada dejé el lecho y llamando a Andrés le pregunté si el fugitivo se hallaba todavía
oculto; me contestó que sí y me pidió permiso en su nombre para ofrecerme personalmente sus agrade•
cimientos ..... .
¡Dios mio, qué hermoso era! Fiero, torvo, nervioso, con la cabellera florida al viento, con sus ojos
fulminantes á veces, pero á veces tristes, con su barba precoz y sedeiia del matiz de las avellanas sobre
sus mejillas sonrosadas de sangre pura, á pesa1· de su insomnio y su trance no bastante á domar su al·
ma fuerte. Al verme él se rubol'izó basta los lóbulos, contrastando su rubor con su aspecto altivo, y yo
debo haber estado pálida como la muerte, porque sentí un fluido helado en mis arterias.
-Señora, me dijo con ansiedad, no soy un criminal, soy un perseguido político; se me busca para
suprimirme, para hacerme desaparecer, y mi libertad y mi vida son necesarias para el triunfo de mi par·

207

tido; me acordé que Andrés fué leal á mí casa y be venido á pedirle hospitalidad; yo sabia que guarda•
ba esta propiedad, pero no que la habitara usted ...... Pido solamente un refugio en las habítaci.-.es de-- ~
Andrés por breves días, mientras pasa la efervescencia de mí persecución, para poder comunicarme con
mis partidarios y huí1· de la ciudad. . . . .
Yo no ol, no escuché más, estaba subyugada, fascinada, vencida por el poder magnético de Raúl;
contesté balbuceando que hiciera lo que le pareciera prudente y apenas se retiró, cal anonadada y temblorosa como si fuera á moril' ...... oh, sí! no era criminal, no era reo ...... quó digo! e1·a grande, era
bueno, era noble, era bello!. ..... Temí por su vida con un pavor hasta entonces para mi desconocido,
como si fueran á arrancar de mí corazón algo menos sagrado pei·o más humano que el amor de mis hijos á. quienes no conocí sino por un dolor moral y físico tan tremendo, que me había dejado insensible.
Pero ahora que despertaba de mi catalepsia criminal é inconsciente, de mi pasividad de hembra secues•
trada, de hembra infamada por el arrancamiento de los hijos de mis entl'añas bajo el pretexto de que no
se nutrieran con mi leche enferma, la savia que yo sentía acumularse en ondas rebosantes en mis pechos
úberes, pero con el fin demoniaco de que mi cuerpo no perdiera su hermosura, ahora que mí alma despertaba en rebelión ante el conjuro de algo que es más poderoso que la muerte y que la vida, sentía despertarse todos mis afectos muertos en el amor de aquel hombre&gt;, sentía que todas mis pasiones latentes
haclan erupción condensadas en aquel cráter.
Me levanté de un salto, como una tigre sorprendida en su sueño; llamé á Andrés imperiosamente,
por la primera vez de mi vida, y le ordené que dispusiera y amueblara una habitación digna de su hu ésped, al otro extremo de los aposentos. La orden seca y breve me produjo un temor pueril, el de habe1·
herido al criado y que alejara a Rnúl de la casa; llamé nuevamente y le recomendé con dulzura dijera
al joven que no tenla que temer nada, que aquel alejamiento provenía de mi situación delicada y para
el'itar la murmuración de la servidumbre, por otra parte segregada en su departamento por estricta orden, si llegaba á descubrir ó sospechar su estancia. Le hice llevar libros al solitario, dos ó tres pobres
libros que eran los únicos que poseía, y pasé la mañana y la tarde agitadisima. y febril. Llegó la noche
y mi sufrimiento fué indecible ...... Raúl escaparía, hui ria atormentado por la incertidumbre y la ner•
viosidad de la lucha ...... Huiría al azar, ;\. la ventura, siguiendo su destino, y yo le perderla ...... le
perderla cuando apenas lo habla conocido!. ..... Creí CIÍI' un ruido lejano de una puerta que se abría y
ya no pude más: salté del lecho, eché sobre mis hombros un peinador y salí semidesnuda, azorada, palpitante, creyendo llegar ya tarde para impedir la fuga ...... Bajó los peldaños trémula, sintiendo con
la frescura de la piedra en mis pies desnudos y ardientes un consuelo ...... Era un pleniluriio de Agos•
to, suavemente velado por copos de nubes bogado ras ...... Hollé el césped del pequeño parque perfumado por las lilas ...... y de súbito, frenética, loca, venturosa, hallé refugio en unos brazos constrictores y sentí que una boca anhelante se prendió á. la ardorosa mía ...... !
-Sé tu historia-me decfa después en mis brazos-tu amarga y horrible historia cuya pavorosidacl
me ha relatado Andrés ..... .
Y yo riendo y llorando de felicidad, le respondía:
-Pero hoy ya soy dichosa. contigo, ya soy dichosa por ti!. ..... DJ mis brazos tan sólo to arrancará
la muerte!
... Ah! Padre! Amor tan culpable y tan divino como el mio no lo hubo en la tierra!. .. La dulce can·
tividad de mi prisionero de amor, fué para mi un suicidio insaciable de ventura!. .. Me destruí, me agosté, me eonsumf, me abrasé como liana al fuego, bebí con avidez la copa henchida de mi vida que me
escanciaba mi amado ya tarde! ... Mi csplritu y mi cuerpo manchados se purificaron en mi dón soberano,
011 la donación que de mi sé1· todo y de mi vida toda hice en aquellas perennes nupcias!. .. Mi amado,
ebriante de amor y deleite los primeros días, se dejó mecer en aquel paréntesis extraño de su vida azarosa, se dejó lleva1· á flor de agua en el barco de velamen de púr pura de nuestro lecho flotante en pleno
cxtasis, se dejó aprisionar en la cadena de nardos floridos de mis brazos!. .. Yo supe adunar al ardo1· da
Xoemi la Sulamita, el pudor de Bethsabee, sorprendida infinitas veces por Raúl al borde del lecho ó al
borde del baño, con el solo ropaje de mi tez de azucenas!. .. Oh, Padre! be sido muy culpable! ... pero
yo sabía que la irresistible s.:iducción de mis encantos era mi única arma para detener á mi amado, en
CU)'O corazón, secretamente, sin que él mismo lo comprendiera, comenzaba á germinar la flor envenena•
llora del hastio ... ¿Qué frases mías podian cautivarlo, á él que lo sabia todo, á él, que en los instantes
de ebriedad me decía palabras tan bailas, que á su sonido yo me St:ntia desmayat· y morir de dicha? ...
¿Qué encantos cortesanos desplegar ante él, si yo no poseía ningunos, enterrada viva lej()S del mundo? ... A veces quedábase él pensativo, con la mirada errante por el panorama de lucha y de glol'ia q\1.6
evocaba su imaginación rauda, espoleado por su sed irreductible de brillar, de predominar, de triunfar,
y asaeteado por el remordimiento de su inactividad, contraía su boca un rictus sardónico y plegaba S\I.S
cejas la garra de águila de la ambición. Entonces creía yo perderlo para siempre, y como mi fuerza nQ
era el ruego, cautivá.balo con mi aroma de flor, con mi desnudez de flor, con mi frescura deleitosa ele
flor, con mi alma y mi cuerpo sin artificios ni hipocresías, con mi resignación silenciosa que él lela eQ
mis ojos que le decían: "si te vas me muero" ... y tras esos desfallecimientos volvía como en la rueca de
0ufalia á tejer las hebras de sol de mi amo1· en cenit, y en renovados holocaustos proseguía yo desbor·
dando mi vida, precipitando mi muerte por donar una felicidad que me hizo y me hace aún tan ven•
turnsa!
La tisis q\l.e galopaba furiosamente en i:¡¡i organismo para rper mi juveµtQ.d predestin11-da y atáyica 1

�208

REVISTA MODERNA.

ponla fulgores prodigiosos cu mis ojos quemantes, en torno de ellos ojeras deleitosas que crau la adoración de mi Raitl, y regaba con diafanidades lunescentes mi cuerpo bellisimo, donándole la apariencia de
las manzanas legendarias del Mar llluerto ... La combustión vertiginosa de mi sangre precipitaba mi vida
á. una última explosión do hermosura prodigiosa; pero me moría, Padre, me morfa de amor y ele ventura, me morfa y me muero de tanto haber amado!
La pecadora se detuvo un instante para reanudu entre sollozos la narración de su inmensa desdicha, la huida de su amante que habla bebido el amor hasta las heces y corría á. bchc1· la gloria, la ambición, el poder, sus grandes ideales no saciados ... Pero el sacerdote ya no la ola.
Recorría pesaroso, con la videncia de su claro intelecto, su vida entera semejante á. una sabana desierta, sin anfractuosidades, infecunda y maldita .... su infancia consag1·ada á. Dios, su juventud consagrada á. Dios, su vejez consagrada á. Dios ... ¡Cómo! era posible que una pasión humana pudiera a.si
arrasar una vida cual un tifón un litoral entero? ... ¿Qué cosa era, pues, el amor humano que consumla en breYes dlas una Yida, en tanto que la Yida. de ól no se consumla aún en el amor divino despuéa
de setenta años? ... Qué mal tan tremendo y tan deleitoso era el amor que a.si consumla en una hoguera
de delicias á los predestinados á amar?
Sus ideales de mlstico se le aparecieron como él, envejecidos, ma1·chitos, claudicantes ... De niiío
soñó en los coros seráficos, de adolescente en los principados arcangélicos, de hombre en los tronos y
dominaciones coronadoras de los mártires, de los vencedores por el sacrificio, de los triunfadores de la
carne y del mundo, sublimados por la exaltación y la transfiguración extática ... Pero él no habla conocido las grandes pasiones y por tanto no habla jamás luchado con ellas; su abnegación habla sido estéril, no habla surgido acrisolado en la prueba, no habla ganado la palma en buena lid ... y ahora, en sus
sueños de anciano, vela como premio el descanso, un humilde escaño entre los ancianos celestes, una
pensión vitalicia para la eternidad entre los inútiles, entre los inválidos anónimos ...
Y aquella muje1· de amor estaba ali!, volcánica, trágica, expirante, consumida por el fuego de una
pasión, devastada por todas las amarguras, devorada por todos loe dolores, apuñaleada por todas las ininfamias, por todas las monstruosidades, por todas las tiranlas, por todas las iniquidades humanas ... y
pedla clemencia, ella, para quien jamás clemencia hubo! ... y demandaba gracia, ella, para quien jamás
descendió el roclo de la gracia: ... Ardía encandecida hasta consumirse en su amor, y la infortunada
confesaba humildemente su divino pecado, divino puesto que la fulminaba como un castigo, y venia
arrepentida implorando piedad ... !
Lentamente, los ojos marchitos del viejo llenáronse de lágrimas, que en la penumbra violácea semejaban tenues fosforescencias en las cuencas de una calavera exhumada ...
La pecadora lloraba rauda.losa.mente, y el Jordán de su llanto bañaba lustralmente su alma hasta
dejarla pura, más blanca que su cuerpo blanqulsimo ... Lloraba inconsolable, interpretando la meditación doliente del sacerdote por una negación condenatoria ...
De pronto el espectro levltico se irguió, extendió sus dos manos trémulas y senilmente bendecidoras, y exclamó con voz augusta y conmovida:
-De todo mi corazón te perdono! ... Véte en paz ... !
Pero ya era tarde!
La pecadora habla caldo de bruces, muerta en una hemoptisis, y su pequeña boca florida besaba en
un supremo beso de amor un lago de sangre purpurina.
R U HÉN

1901.

l\f. OAl\IPOS.

&lt;POEMAS CRUELES).
A

JESÚS URUETA-.

I
Despertó; abrió los ojos con la inquieta
Cobarde timidez de un sueiío largo
Súbitamente roto por la brusca
Invasión de la luz .... Amanecla.
Un florón palpitante de reflejos
Se prendió á la ventana, entró en la alcoba,
Hizo arder el cristal de los espejos
Y se estrelló en la puerta de caoba;
Corrió con rapidez por los tapices
En cuyo fondo pálido y obscuro,
Pintó franjas de luz, rojas y vivas,
Que fingieron sangrientas cicatrices
Abiertas de improviso sobre el muro;
Limpió, de un golpe, al oro agonizante
De la cortina, el polvo de la sombra,
Y abrió el cáliz exótico y gigante
De los lirios azules de la alfombra.

Incorporóse Carmen con pereza,
Entreabrió los labios voluptuosos,
.Y con mobln de hastlo y de tristeza
Alzó los brazos finos y nerviosos.
Echó h~cia atrás con movimiento franco
La clara cabellera en que flotaban
Los rizos con rebeldes desenfrenos,
Y apareció por fin, desnudo y blanco,
El torso de alabastro que manchaban
Las dos pálidas rosas de los senos.

Despertaba de un sueño sin visiones,
Negro, brutal, profundo, en el que hundida
Se sintió muchas horas; un abismo
Que, de pronto, en violento cataclismo,
La arrojaba sin fuerzas á la vida.
Y asombro sin palabras era el suyo;
Entre sus ojos que el temor velaba,
Sombríamente g laucos, el cocuyo
Intenso de la fiebre chispeaba.
Miró á su alrededor . . . ¿En dónde estaba?

�210

REVISTA l\WDER.N"A.
Reconoció la alcoba .... De repente,
Sobre el lecho en desorden,
Por inquietudes locas removido,
Contempló con estúpida fijeza
Que habla en la almohada una cabeza
De Holofernes dormido.
¿De quién era la testa innoble y tosca
Que junto á si tenla,
Y entre cuya expresión, salvaje y hosca,
Se deslizaba un gesto de ironia?
¿De quién era esa faz-á. un tiempo llena
De placer, de cinismo y de desg1·acia~
Encuadrada en la indómita melena
Luciente, ruda, sudorosa y lacia?
¿De quién era, de quién, aquel cetrino
Rostro de frente estrecha y boca astuta,
Casi perdida entre la barba hirsuta
Húmeda aún de besos y ele vino?

Carmen parpadeó; las manos trémulas
Hundió en la clara cabellera rubia,
Sacudió la memoria, y una lluvia
De recuerdos cayó, con el esfuerzo
Iracundo y cruel de sus congojas,
Como del árbol que sacude el cierzo
Con temblor invernal, caen las hojas.
Fragmentos de episodios se estrellaron
En su cerebro lóbrego, y silentes
Se desgranaron, duros ó deshechos,
Confundidos, cercanos y remotos,
Sin precisión ni claridad á. trechos,
Y á trechos con facetas relucientes
Como cristales rotos.
Y allí encontró, más firme y más sarcástica
La postrera impresión de lo pasado:
La última noche orgiástica,
Y el último beodo enamorado.
Aquel hombre salvaje y atezado,
De su lecho escondido entre las sedas,
No ora de una visión el devaneo,
No era tampoco un hombre, era un desea
Que le arrojó un puñado de monedas.

Recordó que con hipo y vacilando,
Al terminar la encanallada escena,
La habla ól conducido al lecho blando
Y allí la desnudó, canturreando
Una frase de amor, vulgar y obscena.
No obstante, ¿qué extrañaba? ¿qué era aquellojl
Una aventura sin valor, sin nota
En su vida común .... ¡ah! cuántas veces
Se despertaba así, con languideces,
Triste, cansada, adolorida, idiota.
Pero quizá por sugestión ignota
Venciendo su iudolencia y su quebranto,
Enti-e la luz de ámbar de aquel día
Carmen se puso á meditar, en tanto
Que Holofernes dormía.

lI
Ese mismo florón de oro y grana,
En época feliz, dulce é incierta,

REVISTA l\1ODERNA.
A.sornado al cristal de otra ventana
Muchas veces le dijo en la mailana
Con un bo-rito de luz: • vamos, despierta!•
.
Sólo que entonces ni incendiaba csprJos,
Ni ardía en la caoba de la puerta,
Ni manchaba tapices .... ¡Y quó lejos
Debió de haber volado la memoria
Para traerle, tan brillante y viva,
Aquella evocación intempestiva
De la casta leyenda de su historia!
En la cámara humilde y bien oliente
A salud y á violetas, sin disgusto
Ni cansancio, cala de la altura
De un sueño azul; con Infantil sollurn
Agil erguía el delicado busto,
Flexible, sastlsfecha, sonriente,
Para ver, con mirada pudorosa,
En el intacto lecho una radiosa
Cabeza de Jesús adolescentr.

Era su alegre despertar de esposa!
Su vue:ta de una noche do delicia,
En que sintió, cual rápido aleteo,
La cobarde opresión de la caricia
Que apenas palpa y huye-temerosa
Sonámbula del púdico deseo.y al recordar sus goces juvenilee,
Cayó como una flor en negro río
Una gota de miel en la dantesca
Corriente acibarada de su hastío,
Y temblaron sus senos con la fresca
Sensación de una lluvia de rocío!
Después .... sig11ió sumida en el letargo,
Meditativo y hondo,
En que nada se piensa, y sin embargo,
La idea nos ahoga y nos oprime,
Y de la sima en el obscuro fondo,
Un pensamiento informe, pero amargo,
Combate y clama, y se retuerce y gime!

. ... Y no, no era verdad; no fué su vida
La infeliz y escabrosa confidencia,
La narración compuesta y aprendida,
Elegiaca y vulgat' de una existencia;
El cuento burdo que á la vez clemencia
Y admiración implora,
Dicho en voz baja y con falaz semblante
Por distraer la· necia y repugnante
Embriaguez dél amado.de una hora;
La tragedia que urdía en sus ex~esos
Con el afán de sorprender, de pnsa,
Una lágrima indócil en la risa
Y un ¡ay! de compasión entre los besos.

No fuó su carga de dolor humano
La que la hizo caer; no _fué la ira
Desesperada, ó el despecho insano
Quien la empujó hacia el burdel. .. . ¡mentira!
¿A qué el engaño inútil? Algo era
De lo que en alta noche y en secreto
Le confesaba á alguna compañera

2 ll

�213
212

REVISTA l\lODERNA.
Con frases cortas y ademán inquieto.
Y la verdad iluminó el abismo:
Su desdicha y su mal no estahan fuera;
Se hallaban dentro, en ella, en su organismo.
El psíquico poder que desentraña
Y analiza, formóle una inconsciente
Clarividencia lúcida y extraña.
Corría por su sangre y daba vuelta
Bajo su piel de raso, el invencible
Ardor, porque en su sangrn iba disuelta
Una pasión satánica y horrible
Que dormitaba mucho, y de repente
Se alzaba más resuelta,
i\Iás tenaz, más cruel, más insolente!

Ahora lo vela¡ ya el destino
Desde temprano le marcó el camino. , ..
En la niñez aún, sus ilusiones
De blancura serena y eucarística,
Sus ardientes y largas oraciones,
Sus arrobos y éxtasis de mlstica,
Sus alucinaciones ....
Más tarde, cuando siente la pureza
La primera obsesión de los sentidos,
Sus duros arrebatos concluidos
Y deshechos en llanto y en tristeza;
Y al fin, cuando el amor vino discreto,
En la hora solemne de la cita,
La tentación curiosa, la infinita
Ansiedad de romper con el secreto ....
¿Por qué al verla tan vil y degradada,
Hender su faz doliente con la injuria?
Era forzoso: estaba condenada
A cadena perpetua de lujuria!

La irreflexiva rebelión colérica:
¡Qué dramático fin para un &lt;'medo
Tosco! .... Y aparecla el ansia histérica
De matar .... ¿y por qué?
-¿Por qué? .... Por nada,
Por ver sangre...... y también por asco y miedo.
..**
Para abreviar su vida atormentada
Se entregó hasta sentir que el inseguro
Y débil cuerpo, hermosamente tísico,
Halló en el fondo del placer impuro
El sufrimiento espiritual y el físico!

Y cuando la tormenta se perdla
Y los anhelos fuertes y rabiosos

Una noche sintió que, rebosante,
En la alcoba nupcial, callada y tibia,
Azotaba su cuerpo palpitante
Una pérfida onda de lascivia,
Y el dla en que ella cometió el delito
Alguien le gritó «¡ven!• con un inmenso
Y voraz apetito;
Y entonces fué-¡oh lúgubre descenso!Cuando pasó, sin que ella lo recuerde
Con la precisa claridad que anhela,
Del beso alado que se posa y vuela
Al ósculo bestial que lame y muerde!

•
**
Centelleó la trasparencia verde
De sus ojos de mar! .... ¿Por que brotaba
Del sueño Ain visiones y profundo
Donde acababan de dormir, hundidos,
Sus recuerdos? ¡Qué dulce es ese mundo
De todos los olvidos!
¡De)u locura inicua era la esclava!
¡Cuántas veces, insomn(entre la sombra,
Al concluir un delirante espasmo,
Deslizábase á tientas por la alfombra
Con repentino y trémulo entusiasmo,
En busca de un puñal! .. . . Era obstinada

1

f

Se alejaban y ella resurgla
De aquellos frenesíes dolorosos,
¡Qué mudas y qué dóciles tristezas!
De volver al.hogar .... ¡cuántos empeño~!
¡Qué afán de melancólicas ternezas,
De voces blancas y de castos sueños!
¡Qué despiadado y funeral suplicio
Sentarse de su alma en los escombros!
¡Qué infamante su lúbrico ejercicio!
¡Qué pesado llevar sobre los hombros
El cadáver del vicio!
Viendo niños lloraba-¡oh desventura
De la que vive en el pantano inmundo!Ser hembra y no ser madre¡ ser impura,
Y sufrir ante un niño la tortura
De un vientre ya estrujado é infecundo!
. .. . ¡Qué pobre voluntad! Cuando soplaba
Sobre su vida solitaria y yerma
El cálido huracán que la arrastraba,
No tenla la culpa .... era una enferma,
Una enferma!
Y al ver cómo temblaba
En el cristal el oro de aquel~dla,
Triste, sin fuerzas, reprimiendo el llanto,
Carmen se puso á sollozar ....
En tanto
Holofernee dormla .... !
LUIS G. URBINA,

�215

REVISTA MODERNA.

FIESTAS DE POETAS.

Eugenio Manuel ha sido denotado cinco veces; una más que Víctor Hugo á quien la Academia rehusó en cuatro elecciones. Me parece que la Academia se honrada, dando á este poeta de corazón Y de
sentimiento, el sillón de otro poeta que fué su amigo, el de Henri de Bornier; hay dos competidores probables, pero son jóvenes y pueden esperar.
Manuel ha escrito mil poemas perfectos, de los cuales diez por lo menos son obras maestras.
Si no hubiera escrito el Ausente ese acto que sirvió de debut á Sarah Bernhardt en la Comedia Francesa, ni los Obre1'os, ni esa Robe, q~e es un modelo de emoción, ni los poemas patrióticos del año terrible, bastaría solamente mencionar la • Canción de llluerte,• tan corta y que no puede leerse en voz alta,
sin sentir húmedos los ojos.
Leedla:

CHANSON DE MORT.
Janvie1' 1871.
l\Ion Pcrn, oú done vas- tu ?- Je vais
Demander une arme et me battre ! ....
- Non, pcre! antrefois, tu servais:
A notre tour, les temps mauvais!Nous sommes trois-Nous sel'Ons quatre

ONOCEJS los Conciertos Modernos?
Están organizados por un comité en el que brillan, entrt- otras celebridades, Frani;ois Coppée, Julio Clal'6tie, Anatole France, G. Lanoumet, Julio Lemattre,'Piene
Loti, Massenet, Sully Prudhomme, Richepin y André Thuriet.
Tales nombres imprimen á esta empresa un completo eclecticismo, lo cual ha~e
que los Conciertos obtengan grande éxito. C'ida semana se organiza una especie
de festival, dedicado á la vez, á un poeta y á un compositor, y el festival se repite
dos veces. Primero en Montmartre, en la Sala de los Ag1·icultores, calle de Atena!', y al dfa siguiente en
el otro lado del Sen:i, en la Sociedad de Hoi·ticultura, calle de Grenelle.
Cada salón puede contener mil doscientas personas, y en cada festival se niega la entrada á mucha
gente, l_o cual parecerá extraño, pero es exacto. Es fá cil explicar la afluencia de concurrentes, por dos
motivos: Primero, por lo selecto del programa, pues artistas de talento interpretan las principales obras
ó los principales fragmentos del poeta y del músico en cuyo honor se celebra el festival. .... y además .. . .
(porque es preciso decirlo todo) las localidades son casi gratis.-Copio en apoyo de lo dicho, de uno de
los últimos programas, la insidiosa anotación siguiente:
•Como este festival se da por invitaciones, no se cobran las localidades. Sólo se percibirá un franco
y cincuenta céntimos por derechos de entrada.•
Si hemos de hablar claro, la entrada cuesta treinta céntimos, y uo es caro por escuchar diez actores,
cómicos y cantantes, que interprentan de las dos á las cinco de la tarde, una antologla de dos maestros.
Para dar á estas fiestas artlsticas un carácter literado, la sesión va precedida siempre de una corta
conferencia; las conferencias generalmente se escuchan con gusto y Leo Claretie ha obtenido en ellas
grandes triunfos.

Los organizadores me han dacio la sorpresa de pedi rme las tres últimas conferencias; la primera sobre Alfonso D.1udet y Bizet, la segunda sohre Pailleron y Yerdi y la tercera sobre Eugenio l\Ianuel y
Ambrosio Thomas.
Al estudiar la obra de Eugenio Manuel, una de las cosas que me han sorprendido y que me habrían
escandalizado, si desde hace mucho tiempo no hubiera aprendido á no escandalizarme de nada de lo que
pasa en el mundo de las letras, es mirar que el exquisito poeta de los Obreros, no pertenece á la Academia, donde seglll'amente hay hombres de gran valer; pero donde escasean los poetas.
Observad que Eugenio Manuel no ha desdeñado el ir á llamar á la puerta del edificio del puente de
las Artes. La pdmera tentativa data. de 1876; el sillón de Patln estaba vacante y fué electo Gaston Boissier por veintisiete votos; Eugenio Manuel sólo obtuvo un voto, exactamente como Leconte de Lisie cuando se presentó por primera vez. Cuatro años después, en 1880, á la muerte de Julio Favre, Manuel se
prn11c11tó de nueva cuenta, y esta vez obtuvo trece votos; pero le denotó el abogado Rousse que obtuvo
dieciocho, mientras que Henri de Bornier sólo obtuvo tres, y UDG Paul de Saint-Víctor.
En 1881, tercera tentativa para el sillón de Duvergier de Hauranne y tercera derrota; entonces fué
electo Sully- Prudhomme por dieciocho votos, contra once de ·lllanuel, dos de Fl'ani;ois Coppée y uno de
Bornie1·.
En 1884, á la muerte de d'Haussonville, la Academia nombró en su lugar á Ludovico Halévy por
quince votos y diez del autor de • La Robe.•
Por último,'.en 1° de Mayo de 1890, quinta tentativa para el sillón de Emilio Augier. !labia trece candidatos; ved el resultado de cinco escrutinios:
Thureau- Daugin, ocho votos; Lavisse, diez; l\Ianucl, seis; Pierre Loti, seis; Brunetiern, tres; Ent'ique
Houssaye, dos; Zola, dos; André Theuriet, uno; Barbier, cero; Favre, cero; II. Becque, cero.
Según la costumbre, la elección se difirió para seis meses después y triunfó Freycinet.

-Le jeuue est mort: voici sa croix.
Retourne au logis, pauvre pcre!
La nuit vient, les matins sont froids.
Nou3 le vengerons, je l'espcre,
Nous sommes deux-Nous serons trois !
-Pcr&lt;&gt;, Je sort nous est funeste,
Et ces combats sont hasardeux:
Un autre est mort. l\fais je l'atteste,
Tous seront vengés: Car je reste!
Il suffit d' un! -N ous serons deux.
Mes trois fils sont lá, sous la terrl',
Sans avoir eu meme un linceul.
A toi ce sacrifice austcre,
Patrie! Et moi, vieux volontair&lt;&gt;,
Pour les venger, je serai seul!
El poeta que ha escrito tales versos, tiene derecl~o á sentarse bajo la Cúpul~ y _si la puerta de la Academia se ha cerrado ante ól, cinco veces, deberían 11· á tomarle de la mano é mv1tarle á sentarse en el
sillón vacante por la muerte de otro poeta.
.
Pues qué, ¿ la polltica absorbe á tal grado á esos caballeros del puente de las Art~s, que olvidan que
están alli para nombrar hombres de talento? ¿ Qué haceis, vosotros, Coppée, _Bru_net1ere, France, Claretie, Sardou, Lemaitre, Sully- Prudhomme, Legouvé y otros; todos los que deb1era1s col~¡:ar al talento ante todas las consideraciones de bastidores y de intrigas?
Pero volviendo á Manuel; antes de hablar de é l, le pedí contribuyese á mi información. He aquí las
hojas que me envió:
.
¿ Cuáles han si,.lo, la alegría mayor y el mayo1· dolor de vuestra vida?
.
. .·
Si se trata de la vida intima; contestar, ¿ no serla tocar las más santas emociones ~el alma Y au 1es"'arse á heril' los sentimientos más delicados, abrir ante las miradas de los indiferentes o de los burlones,
santuario en que se alimenta, en culto secreto, el inviolable recuerdo de las felicidades y de las tristezas de este mundo. Amores compartidos, matrimonios benditos, cunas angélicas, duelos no consolados,
¿ no es la materia banal y sagrada de todas esas contestaciones?
_.
y aun cuando yo también evocase_Ia alegría sin igual que hace cxpenmcntar e~~ sí legal, eRe _sí . timido y sonriente que se escapaba de los labios de la joven amada; aun cuando yo_ d1Jese el_ ~olor umco
• h" o ante la faz helada de la madre querida, ¿ habría enriquecido vuestra mformac1on con tales
d e Un
IJ 1
•
•
• ? S'
confidencias? ¿ Quizá sea preciso hablar de la vida moral y poner en Juego la conc1enc1a
1 nos atreviésemos á ser sinceros, la mejor acción serla la mayor de las felicidades, c~mo la peor falta seria el d~lor más agudo. ¿ Esperais tales confesiones? Y si, pasando á otro orden de ideas, despertase la memo na
del ciudadano y del patriota, ¿ habrá dolor comp:i.rable al que sentimos cuando los vencedores de 1871,
pisotearon las calles de París? Pero entonces, ¿ la gran alegria?
¡Ah! esa no ha llegado aún.
.
.
Si separamos todas esas respuestas, ¿ qué queda? La vida cornente con todos los sucesos felices ó
desgraciados que la forman.

:1

�HEVI~TA MODERNA .

216

ARo IV

Pern, ¿qué psicólogo, para contc~taro~, sabría compal'ar, clasificar, gratluar, pesa1· tautas satisfacciones ó penas iucesivas que tienen su ella. y su hora y que se jnzgan tan diftirentemente A distancia?
¡ Cuántas alegrlas y dolores que se transforman, se atenúan, se volatilizan y palidecen! ¡ Cuántas pasiones que Sll calman!¿ En qué se convierten cuando uno envejec&lt;', c~os triunfos y esas contrariedades, esos
encantos y esas desesperaciones? Sin embargo, quisiera concluir y puesto que interrogais-especialmcnto quizá-al poeta y al autor, siento más facilidad para contestar.
Separemos los grandes asuntos, familia, patria, deber, hechos para el respeto y el silencio; tlcscl'n·
damos Aaventuras más vana~, á impresiones más accesibles y ponderables. Entonces, diré que mi mayor
alegria literaria ha sido conocer el triunfo, iba á decir, la popularidad, sin haberla solicitado ni buscado
PQr ejemplo, en la rno" r&lt;'prcsentación de mi drnma Los Ob1·eros, en el Teatro Francés. ¿ Y el mayor do lor? ¡ Ab ! no os riaif: es el de ser traicionado por su~ amigoF, en las horas decisivas, cuando se tenla In
ingenuidad de contar con clios.-Euyenio Mantu l.
Esta es una confesión completa.
Cualquier comentario 11!. dcbilit11rla y vnlt\ rn:1s to: minar.
JEA:S

(Trad. de •Revista Moderna.•)

CÁNTIGA.
I
Ya sé que es inútil, y adoro tu blanca. hcrmosur11 1
más fú!gida y pura
que el lfmpido ciclo del alba gentil. ... !
Ya sé que es inútil, y amándote voy, alma mi11,
y en honcla agonia,
sin fll ni esperanzas me muero por ti!
JI
Y cómo no amarte? de amor hechiceros
tus húmedos ojos parecen lejanos luceros:
murmullo en las hojas del Ar bol tu voz .. . .
tu imagen parece que flota en el viento ... .
granada es tu boca; tu aliento,
lisonja del airn y aroma de flor!

m
Ya sé que es inútil! .... Jamás nuestras alma~,
á la sombra feliz de las palmas
del verjel do la dicha hallarán,
ni el sueño inefable de blanda ternura,
ni rápidas horas, ni paz, ni ventura,
ni el agua serena del mismo raudal!

Ir
Adios, alma mla! la pálida luna
que oyó de mi canto la queja importuna,
también desdeñosa,
como tú, me negó su fulgor ....
¡Dulclsimos ojos, lejanos luceros,
ay de mi, si jamás he de veros,
y anheloso de luz, en las sombras,
l'l'l'ante camino, muriendo de amor!
:\[ILK.

BERNARD.

MÉxICO,

2¡\

QCJINCENA DE JULIO DE

1901

N-0-M, 14

REVISTA MODERNA
ARTE V
r&gt;il!l~CTOB: ,JESlJ8 F.. VALEN7.UEí,A.

CIENCIA.
,JEFE DE TIEDACCJO::-:: JESl:18 URU ETA.
T i}) d e D11Udn.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                    <text>MÉXICO,

ARo IV

2'\

QUINCENA DE JUNIO DE

NóM,

1901

12

REVISTA
A. RT E
DIRECTOR: JESUS, E. VALEN ZUELA.

Y~CIENC I A. .
li.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn,

CRUCIFICAT.

- -----

-

-----

--

AL llU CÓ Ll CO AlllEDICU(()

DR. D . JOAQUIN' ARCADIO FA.GAZA.

'
Al pie del monte el pueblo vocifera,
~laldice, rscupe, hiere .... •¡Profetiza! •
Prorrumpe el eco al estallar con risa
Entre un rugido de enjaulada fiera.

.

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. ...

• Ut!sdt udd• clama por la vez postrera,

La impura voz que al manso martiriza;
•¿Por qué me desamparas?• . . .. y agoniz:i
En medio de una oleada pasRjerr..
El Rey de los Judlos vueh·e ~· clani
Sus ojos de perdón mirando al cielo,
Y al expirar sobre su grry esclava,

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Cada gota de sangre por el suelo,
Del cáliz de su amor, el crimen lava,
De la raza dispersa y bin consuelo.

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LAS GUITARRAS.

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AL J,IO MAXGEL MARRO:- .

Bajo agreste fl!stón de umbrosas panal",
Fresco dosel en la enervante siesta,
La turba campesina está de fiesta
Sueltos los chales, flojas las chamarras.
De mano en roano rebosantes jarras,
S ueltan el jugo que al amor apresta,
Y almas del canto, como sola orquesta,
Dan su alegre concento las guitarras.
\'ibra el aire encendido en cada boca,
Y en cada pecho la pasión respira,
Que en un mar de miradas se entrechoca.
Cada mujer es junco que suspira
Al compás de la danza alegre y loca
Y cnda corazón es una lira.
JOSÉ TRINID.\D

FF.RRER.

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�REVISTA MODERNA.

187

HIMNO A LEON BLOY.
Bienaventurado el que piensa
Pn el pobre: en el dia malo
lo librará Jebovli.
SALMOS, 41

Lámpara del exegeta;
Oleo viril del atleta;
Lira de oro del poeta!
Los relámpagos de sangre de tus prosas iluminan
El tropel de águilas negras que en su larga noche van;
Hay granizos que lapidan, hay centellas que fulminan
En las iras de tu verbo donde truena el huracan! ....
Oh látigo del beluario!
Peregrino del osario;
Saeta del sagitario!
Arrebata sus serpientes á Gorgona y á las furias
Y blandidas por tu diestra como un haz flag~lador
Que sollozen las maldades y que ululen las Lujurias
Azotadas por tu rabia de implacable vengador!
Flor de lis del proxeneta;
Agua clara del asceta;
Clarin aúreo del profeta!
Eres águila surgiendo del plumón de una paloma,
Es el blanco Paracleto quien inspira tu furor
Y por eso entre fragancias pavoroso, tu cdio asoma
Cual león rugiente y negro bajo de un rosal en flor!

Oh liagelo del suplicio!
Crin y acero del cilicio!
Luminar del santo oficio!
Que á tus trágicas hogueras y á tus rojas guillotinas
Del burgués y la hetaira llegue el pálido tropel,
Que el traidor sucumba al fuego de tus cóleras divinas!
Que los réprobos naufraguen en los mares de tu hi el!
Oh brava espada! pelea!
!ncendia: divina tea!
Hacha incansable: golpea!
Pobres ojos empañados que no ven en tu exegésis;
Que son lámparas extintas ante el rostro de Jesús! ....
Miserables de los sordos á tu airada parenésis
Cuyos senos no temblaron al abrazo de la Cruz!
Cruz de hierro del templario;
Oliban del incensario;
Ventanal en el sagrario;
Oh gigante! con montañaR cargarás tu catapulta
Y tu fronda y tus arietes formidables crujirán
Cuando pávida contemple la canalla que te insulta
En el cielo la tormenta y á sus plantas el volcán.
Lucha, hiere y en la meta del cantar en que te ensalzo
Oh verdugo inexorable! Oh profeta del Amor!
Aparece en el sangriento pedestal de tu cadalso
Como un Dios de represalia, de venganza y de pavor!
JOSÉ JUAN TABLADA.

WILLIAM SHAKESPEARE.
OTELO.-IAGO.-DESDÉl\IONA.

I querido amigo Eduardo Herrera tuvo la benevolencia de dedicarme un ehtU·
dio precioso y erndito que ha publicado el Siglo XIX sobre el Sueíip de una
~.{oche de Verano. Atiza mi buen amigo la ardiente lámpara que vigilante con·
servo en el altar de Shakespeare; renueva en mi propósitos pasados de escribir
cuanto pienso y cuanto siento del trágico britano; intentos de reunil· y revisar
lo que ya tengo escrito y publicado acerca de no pocas obras del excelso poet.i"
ta; anhelos de segúir por esa senda, deteniéndome á admirar cada uno de los
dramas que tan maraYillosamente construyó con pentélicos má rmoles; impetus, en suma, no de hacer el
análisis, la crítica, de esos monumentos perdurables de la literatura, pero si de expresar largamente el
efecto que me producen, los estfmulos que me avivan, los sentimientos que me encienden, los recuerdos
que me dejan.
¡Ah, si tuviera la en trada franca de que disfruta el Sr. Herrera en el idioma inglés, y que le permite
registrar hasta sus más secretos recodos y escondrijos! ¡Si tuviera la competencia qu e ti ene él pa1·a j uz•
gar á Shakespearel Pero carezco de tales privilegios y por eso me arredro.
Se entra con miedo al estudio de Sbakespeare como qu ien por primera vez entra e n el bote para
cruiar el Oceano. Con nada puede comparart&lt;e tan propiamente el trágico inglés como con el mar. Co•

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REVISTA MODERNA

REVISTA MODERNA.

mo él tiene pellas y como (:1 tiene mon~tmos. Como él copia, en sus noches de calma, los innúmPros astros, y como él se levanta, enfurecido, en fol'midables ímpetus.
Sentimos en sus dramas que la inmensidad nos abl'uma como si navegáramos en alta mar. Es entre
los trágicos lo que era la fuel'za entre los mithos. Se asemeja á Esquilo y también se asemeja á Rabelais.
Sus carcajadas son de semidios homérico y sus imprecaciones desesperadas son de Job. Nada humano le
es extrl\ño, como no lo era para el hombre de Terencio. Esquilo no sabia l'eir; Rabelais no sabía llorar: Shakespeal'e aterra como el uno y ridiculiza y befa como el otro. Cuando asciende al ideal, es la
más alta cima; cuando baja á. las profundidades recónditas de la observación, es la mina más pl'O·
funda.
Su corona está. hecha de diamantes arrancados y de estrellas desprendidas. Todo el drama está en
él, como estaba todo el universo en la gran nebulosa. Visto fuera de su obra, como creador omnipotente
é impasible, es un dios; visto en sus personajes, es la Humanidad. Su altitud fatiga, desespel'a á veces,
como fatiga y desespera la ascensión á una montaña cuya cúspide es casi inaccesible. Se llega á Euripides, se llega á Sófocles, se llega al talón de Esquilo, se llega á la rodilla de Al'istófanes: no se llega á
Shakespeare.-¡Está más alto!-nos dice Moliere.-Más arriba-nos dice Calderón. Como el gigante de la
balada huguiana, puedo bien exclamar:
Je combattais l'orage et ma bruyante haleine
bans leur vol anguleux eteignait les éclairs;
Ou, joyeux devant moí chassant quelque baleine,
L'Océan á mes pas ouvrait sa vaste plaine
Et mieux que l'ouragan mes jeux troublalent les mers.

Entre sus grandes antepasados, unos son dioses creadores olfmpicos, serenos; otros son hombres
que gozan y sufren, como gozamos y sufrimos. Sólo Shakespeare es dios y hombre. Está á nuestro lado
y está muy arriba de nosotros. Se nada en su obra colosal sin encontl'al' la orilla. Se le ama, pidiéndole
pel'dón. ¡Y qué buzos los que han bajado á sus profundidades!
Todos los grandes entendimientos, todas Jas gl'andes ambiciones v·an á él, como l'ÍOS caudalosos á la
mar. Este, halla perlas; ese, corales; aquél, se ahoga; pero el tesoro inmenso no se agota. Le vemos en
esta de sus fases ó en esta otra, como los griegos veian á Dios, ya arrastrado por caballos marinos, en
la cerúlea superficie, bajo la forma de Poséidon; ya rigiendo en la selva. las energias de la savia bajo la
forma de Pan. Cada critico levanta un templo al dios, para honrarle en una &lt;le sus primacfas, en una de
sus excelencias, en una de sus formas; pero el Dios en su verdadera, total y única substancia, no ha sido
visto por ninguno. Víctor Hugo lo entrevió en uno de sus éxtasis supremos¡ y cayó de rodillas y sus labios sólo pudieron balbufü una oración.
Al perderse en la obra de Shakespeare se experimenta vago terror, como si la noche nos sorprendiera en un bosque intrincado. Hay estrellas en el cielo: Ofelia, Julieta, Desdémona, Cordelia, Perdita ...... Hay buenas hadas que se hacen collares con las gotas de rocío y canuajes con la cáscara. de
las avellanas. Puck, el buen Robín, retoza con Cbicharillo, y traveseando, desnata la leche, desajusta el
molinillo, evita que la cerveza espume, tropieza con los labios de la vieja que apura el jano y hace que
se derrame la bebida; se interpone de súbito entre las bocas trémulas de los enamorados que se besan, y
asusta con sus trápalas á los mozos y mozas del lugar.
Oberon y Titania se abrazan á la somlHa de un·no me olvides. Grano de Mostaza recoge velloritas espigadas y Ariel trenza hilos de perlas con la luz de la luna. Pero duendes y trasgos picarescos, hadas
gentiles y bondadosos geniecillos, no son pobladores únicos del bosque.
Tras el caduco tronco de una encina, chispean, como ojos de jaguar, las pupilas de Otelo. Rozan
nuestra cabeza las alas de murciélago de Galiban. Oímos chocar en el aire los palos de escoba en que
montan las brujas de ~Iacbeth; hervir en la eriaza la marmita hechiceresca y bríncar á los sapos entre
ortigas. El espectro del padre Hamlet, clamando venganza, camina á la plataforma deElsenor. Las sombras'van escondiendo sus puñales, al lecho de Ricardo III; Lady Macbeth vaga insepulta con su fatídica
lámpara en la mano. Es verdad que Falstaff l'le, que Ofelia gorjea, que Desdémona canta, que Julieta
curruca, pero también Shylock gruñe, fago grazna, Gloster ulula, Otelo ruge. En esta selva del teatro
shakespeariano hay cosas espantables que hielan la sangre y que erizan el cabello.
Tiene alondras y tigres, ruiseñores y brujas enamorados y ase6inos. ¿Qué fuerza la de este genio
que tan bien se hace amar como temer; que ora es rendido trovador y ora. implacable justiciero? No hay
para él regiones desconocidas. Es un viajero que está de vuelta de todos los palses. No sólo vivirá siempre: en todos los tiempos ha vívido. No sólo crea: reanima y resucita. El historiador reconstruye labo·
riosamente una figura, dato á dato, con pedazos de viejos crnnicones, con hojas de anales, con páginas
de memorias: Shakespeal'e pone la mano sobre el mármol de la tumba, exclama: ¡Surge! y la estatua yacente cae volcada, la lápida se alza y el héroe muerto se levanta. Asi, al poder de su conjuro, aparecieron en la escena Coriolano, J ulio César, Ricardo III, el rey Juan, Enrique IV. Son ellos, con sus propias
i4eas, con sus mismas pasiones, con su lenguaje peculiar. Y Shakespeare no es su poeta: es su contemporáneo_. Antes que Michelet, el trágico britano, había comprendido que &lt;la historia es una resurrección.•
Antes que Macaulay, habla aplicado los procedimieutos de la anatomla comparada á la reconstrucción de

r

189

las grandes personalidades humanas. Antes que los coriftlos de la moderna escuela histórica, babia dado tanta importancia al pueblo como al héroe.
Los historiadores de su época eran simples analistas: él, poeta, era un supremo historiador. Esta maravillosa adivinación, esta videncia extraordinaria, sólo pueden explicarse con la frase de un tribuno _insigne: ,Los poetas son como las alondras: ven la luz antes que los demás.• Xi el pasado misterioso, m ~¡
porvenir, secretos tienen para él. Creemos haber encontrado una f~rma nueva p_ara expresar los _éxtasis
del amor, el torcedor de la ambición, los arrebatos de los celos; y s1 es exacta, s1 es verdadera, s1 es humana, está en Shakespeare, está en el balcón de J ulieta, en el palacio de l\lacbetb. ó en la alcoba de Desdémona.
Aquel hombre nos saqueó el porvenir. Porque mientras la humanidad exista, las grnndes pasiones
serán siempre iguales, y él domó A todas, y á. todas ellas nos presenta, como á. monstruos enormes, en esas
jaulas de bronce que llamamos sus h'agedias. Shakespeare es sublimemente vulgar. Eso que murmura J~lieta, es lo que nos dice nuestra Amada al despedirnos de ella. Eso que rumia Shylock, es lo que rumta
el usurero al prestarnos algunas monedas. Nada más vulgar que un ¡te a~o! ~ un ¡me muero! Y en es~
frase están todos los idilios y en ésta todas las tragedias. No creo que en nrngun otro poeta haya cabido tanta humanidad como en Shakespeare. Mi admiración, excesiva acaso, podia pronunciar el nombre
de Víctor Huero• pero en Shakespeare está la humanidad; en Vlctor Hugo están la humanidad Y él. El
b 1
•
)
•
con su tradíciñn, con sus pasione.;, con sus amores, con sus odios. Toma á los pcrsonaJes que e sirven
para encarnar una idea suya. Habla en ellos. Su gigantesca voz r~suena siempre, com? la del Océano
cuyos tumbos se escuchan aun antes de que aparezca á nuestros o¡os. Shakespeare, es '.mpersonal. Una
vez concluida, se aleja de su obra, como Dios de la creación. Ya ha dado leyes á sus cnatUl'as; que lue•
go obren por si solas. Y no aparece, no habla ni fi losofa en el curso del drama: está en él; pero como el
cielo, muy arriba.
A mí me atrae el estudio de Shakespeare, como atrae el mar. Bien sé que en mi frágil barca de vela
latina en mi barca construida para que en ella cante barcarolas á muy corta distancia de la playa, voy
á perderme en esa inmensidad. Y sin embargo, me aventuro con la audacia de quien no sabe to~avía lo
que es la alta mar. Pero este grave estudio desespera. Miro á Hamlet, lo observo, creo haberlo visto, haberlo escuchado, haberlo comprendido, que ya es mio, y al volver la hoja al día siguiente, me encuentro
con otro Hamlet que ni siquiera conocía.
Un nuevo critico me Jo describe, una nueva frase me lo revela. Y así siempre. ¡Pero imposible separarse de Shakespeare! Unas veces nos tiene entre sus brazos y otras entre sus garras. Ya nos ata con
lianas, ya nos sujeta con sus uñas. Nos sentimos humillados, y, no obstante, lo admiramos. A ocasiones,
es el canto de un ruiseñor extraordinario y lo olmos extasiados como el monje Alfeo al ave del Paralso¡Oh, qué suavidad! ¡Oh, qué dulzura! ¡Oh, qué terneza! Tiemblan de voluptuosidad las hoj as nuevas'. una
alondra se columpia en la escala de seda por donde Romeo acaba de subir; inunda el bosque, paremdo á
la nave de una catedral gigantesca, un inmenso himno nupcial; las palomas juntan sus cuerpos blancos
y sus picos color de rosa, Ofelia pasa recostada en los almohadones de encaje que le forma la es~uma
del arl'oyo: se inclina el sauce, no para humedecer sus ramas ~n- el agua, si~o para es~uchar meJOr la
canción de la blanca Desdémona; los cristales de la ventana got1ca se rubonzan al senttrse tocados por
la aurora como la mejilla de una vir,,.en besada tímidamente por su amante; se sienten besos que no se
oyen; se ;lln almas de niños en el alb;, y se dice temblando:-¡que no acabe! ¡que no se extinga! esta melodla tan voluptuosamente casta! que suenen siempre esas palabl'as tiernas que son las ;1ue anb.elam~11
auspirar al oido de la mujer á quien queremos! ¡un minuto! ¡un instante! ¡que no acabe! t luego el follaJe
chasca como si una fiera oculta brincara de repente.
La nuca presiente la mordida del tigre. El corazón retrocede encogiéndose como un cazador sorprendido! He ahi el drama! Y las manos de Sb.akespeare son tenaza~ que caen sobre nuestros hombr?s,
y caemos. ¡Oh, qué terror! La hermosa joven muerta, tendida para siempre sobre el mármol; la muJer
que traiciona; el padre, triste y errabundo, abandonado por sus hijas; el niño estran~ulado en su cu~a!
la mancha de sangre, que jamás se desvanece, en la mano de Lady Macbeth; las bruJas que salmodian
en el afre su canto diabólico: ¡lo honible es lo hel'moso! ¡lo hermoso es lo horrible! ¡todo lo monstmoso!
todo lo malo, todo Jo deforme, ventreando,. arrastrándose ó irguiéndose; todo el dolor que nos aguarda
en esta vida1 alzándose y diciéndonos: ¡aqul estoy! y más allá, tras los obscuros lindes de esa comarca
de donde nadie ha regresado, envuelta en la azul obscuridad de la luz hiperbórea, lo desconocido, lo infinito, y Hamlet pensativo, contemplándolo sin poder arrancar!e su secreto. Shakespeare es entonces
brutal.
· •.i
Nos estruja, nos golpea, remueve la daga en la herida, aprieta nuestl'O cue~lo; es el fdroz burgrave
clavando cien y cien veces su puñal en el pecho de la esposa culpable; nos sentimos suyos, como la p~loma del milano· como la oveja del boa; como el niño del oso que lo ahoga; queremos correr y nos sent1 •
mos con ralees; trémulos, é imprecantes mu1·muramos: ¡Piedad! ¡Perdón! ¡Ya no! ¡Ya no! Oíd el •Otelo•
representado poi' Salvini ó por Rossi. El terrol' que se siente es el tenor del árbol que no puede correr.
¿Quién ha hecho cantar ó rugir de esta manera, como en órgano colosal, todas las pasiones. h~manas?
¿Quién nos conoce como Shakespeare nos conoció? Cuando Jo estudio, acércome ~ él con re~1g10s0 l'espeto como se acerca el levita al velado tabernáculo. Parece que me acerco á un Juez. Su mirada entra
' cuerpo y da en el alma. Nada digo, porque adivino que ha ~e contestarme: ya. 1o ~:
él Me. 'si.en
' t
en mi
descubierto, aprehendido, y todo lo malo que ha.y en mi se anebuJa y esconde co-mo s1 qms1era hb1-arse

?

�190

'

..

REVISTA MODERNA.

de ser vlsto. Asl se esconde el robo en la manga del ladrón. Así se bajan los párpados ante el que ya conoce nuestra culpa. Pero seamos audaceF. La vela latina de mi frágil barca se destaca sobre el azul del
horizonte. Naveguemos algunas brazas en el ma1·1 y sirvan de preámbulo estas lineas á lo que me propongo escribir más tarde sobre Shakespeare.
Otelo es el más soberbio león del teatro shakespeariano Sentimos al encontrarnos con él, lo que el
niño al dar con un lobo en lo más intrincado de la selva. Pero la fiera altiva y desdeñosa, pasa sin
hacernos daño. Sólo azuzada, provocada, herida, sacude la melena, encaja la garra, hunde el colmillo.
¡Qué hermoso es este monstruo! No posee la hermosura vulgar, la que todos comprenden, sino la arcana, la recóndita; no la que surge coqueta de la espuma del mar, con un espejo en la mano, sino aquella á que es preciso descender por torcidas y tenebrosas galerlas, llevando en la mano una linterna sorda.
Es bello, porque es bello el valor, porque es bella la gloria, porque es bello el triunfo. Un himno guerrero
acompafia su voz, como el sonido de la flauta acompañaba las palabras de algunos oradores griegos. No
enamora á Desdémona: la conquista. No es ella su amada: es su preaa. La abraza como el mar abraza á
la tierra. La posee como el sol posee á la nieve que sus rayos deshacen. Casi no cuenta sus hazañas:
aparece, y las adivinamos. Se reflejan e.1 su corazón de plata y en sus pnp;las llameantes. Desdémona
las sabe y su amor nos las dice al oldo en voz muy baja.
En •Romeo y Julieta• hay pájaros que cantan; en cHamlet• hay buho, que aletean: en cOtelo• hay
bestias feroces que luchan y se desgarran las entrañas en la arena candente del desierto. Aquel hercúleo molde humano va á recibir, como chono de bronce derretido, la más horrible de todas las pasiones:
los celos. Necesitaba ser tan fuerte y recio, para no romperse y saltar en añicos. Para eso alumbró su
cuna el sol de Africa, para eso endurecieron su corteza carnal las tempestades en el Océano y las batr.llas en la tierra. La vida lo preparó como uua sabia domadora, para esta lucha con el más indómito de
los monstruos.
Llega este drama á la escena, como una flota empavesada al puerto. La luz de la montaña, alumbra
lanzas, cascos, banderas, olas que llegan á la proa de los navíos y se anodillan ante el vencedor. Los
niños cantan un himno triunfal; las mujeres corren al encuentro de sus amantes; los viejos sienten que,
al agudo toque d-el clarln, despiertan y se levantan en sus almas glorias muertas. Otclo, no viene á la
escena por su propia voluntad; el mar lo arroja.
Después, toda esa pompa desaparece. El drama se va ennegreciendo como el cielo cuando sube la
noche de los abismos á los montes y de los montes al espacio. Ya no ondula el raso ele los trajes venecianos; ya no hechizan los ojos la púrpura y el armiño de los mantos. Otclo queda ~olo, como una sombra
más intensa y más negra entre las sombras.
Consideremos brevemente las tres figuras que van á destacarse sobre el lienzo obscuro. Desdémona
es la blanca. Parece una paloma que no encontró su nido y que vuela perdida en medio de la noche.
Ninguna otra figura de mujer, en el teatro de Shakespearc, tiene el encanto místico de ésta. Se va de la
casa de su padre, porque el amor se la lleva. No resiste, como la barca del pescador no resiste á la ola
que la empuja, ni el pétalo de rosa á la ráfaga de aire que lo arranca. El amor la besa en los ojos y ella
le dice como obediente virgen: soy tu esclava! Es el señor ausente que ha venido. Ali! está su sillón, la
copa servida, el lecho preparado. Como la biblica Ruth, dice á su esposo: • tu pueblo es mi pueblo, tu
Dios es mi Dios; alli donde tú mueras, mol'iré yo; y alll donde te entierren, quedaré enterrada.• Es una
niña enamorada de los cuentos. Otelo la cautiva refiriéndole los peligros que ha corrido. Y todavla en
su última noche, Emilia, como nodriza cariñosa, le nana cuentos y la anulla con canciones. No conoce
la vida: va á conocer la muerte nada más. Cuando expil·e, se la llevarán los ángeles entre sus blancos
almohadones, como en una cuna. Está unida á aquel soberbio guerrero, que es el hombre en su expre•
sión más alta, y parece una virgen. Cuando habla con Casio, creemos que va á decirle: jugaremos juntos. Cuando se acerca á Otelo tiene la mirada de la niña que no quiere entrar sola á un tenebroso corre•
dor y que dice muy tímida: acompáñame! Sin impuros deseos la vemos desvestirse, desatar sus trenzas, y
entt·ar al lecho que no parece nupcial, sino de novia. Tiene miedo y reza á la virgen para que la cuide.
¿tiiedo á qué? No ha hecho daño á ninguno, pero siente ese miedo vago de los niños al ladrón, al apare·
cido, al ogro de los cuentos. Sencilla y cándida, quiere volver á ver su blanco traje de novia, y se duerme
con él, como una niña con su muñeca. Su amor es tan quieto, que Otelo la encuentra ya dormida.
¡Qué tranquilo es su sueño! Le cierra suavemente los párpados y le dice á la muerte: •¡hermana, aqul
está ya!, Lo que va á pasar después es una pesadilla de que despertará en el cielo, Pesadilla, esto es,
algo que no es, qu~ no puede ser, algo que serle uno cuando lo recuerda ya despierto. ¡Amar á otro... !
¡Qué sueño tan absurdo! ¿Se puede amar á otro que no sea el esposo? ¡~Iorir ámanos de Otelo .... . . !
¿Matan acaso los que aman? Desdémona se reirá en el cielo de este sueño. Ahora está dormida; suave
respiración mueve sus senos; su brazo blanco cae desnudo á un lado del lecho, mientras con el otro opri·
me todavía, para que no se lo roben, el vestido de novia. Está soñando con las guerras, proezas y campañas de su amado; lo ve soberbio en el fragor de la pelea ó luchando cuerpo á cuerpo con monstruosos
at1imales en los desiertos de Africa. ¡Qué hermoso es! ¡qué bizarro! ¡qué valiente! Pero la pobrecita, acob,rdada, le dice en sueños, con ternura inmensa: Deja que yo te quite la coraza. Todo eso hiciste para
que yo te amara y ya te amo. No me de.jes, ya no te vaya~; tengo miedo! Y si te vas, llévame contigo!
Ninguna de las herolnas de Shakespeare es tan deliciosamente niña como Desdémona. Cuando Otelo r~tlere al Senado las artes que empleó para seducirla, nos la pinta escu ~bando con ávidos o Idos lo que

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él la contaba de caribes, de antropófagos, de seres que tienen la cabeza debajo del hombro, de los riesgos que él corrió por mar y tierra, de cavernas lóbregas, de montañas que llegan casi al cielo. Desdé•
mona oia todo atentamente, y cuando los quehaceres de la casa la llamaban á otra parte, los despachaba
aprisa y volvía al punto. Cuando se encuentran solos, ella, como un amante pide un beso, le ruega que
le refiera e toda su vida por entero., •Y si teneis-le dice-algún amigo que me quiera, enseñadle á que
me cuente esa misma historia y seré suya., ¿No veis? Está enamorada del cuento, está enamorada del
héroe; no del hombre. •Ella me quiso-dice Otelo-por los peligros que yo habla corrido, y yo la amé
por la piedad que de mi tuvo.•

She loven me for the dangers I ad pass'd
And I loved her that she did pity them.

Hay algo de filial en este amor.
Cuando Otelo la rechaza brutalmente, ella se reprocha á si misma culpas que no conoce, que no ha
cometido, con la sumisión de la buena hija que cree siempre justas las reprensiones de su padre. Habla
y su voz tiene deliciosos balbuceos infantiles. Y este es precisamente au mayor encanto. A Juliet1. se la
besa en los labios; á Desdémona en los ojos. Cuando mucho se ama, parece que el corazón se vuelve
niño. Un rayo de sol lo alegra; una palabra seca lo aflige. La voz de la mujer querida, en las supremas
expansiones de ternura, es la voz del niño que despierta en su camita. Mamá! y te amo se parecen mucho.
¡Cómo se encoge el corazón de pena al ver á aquella criatura blanca é indefensa en las garras del
milano! Los hijos de Eduardo abrazandose convulsos en su lecho al oír las pisadas de Gloster, inspiran
menos compasión. Nos rebelamos contra Otelo; se busca el cuchillo de monte para lanzarse contra la
fiera y clavárselo en la nuca; pero á poco, Otelo nos desarma; su dolot· nos arranca la boja aguda: fué
brutal, pero irresponsable como la piedra que cae, como la ola que se encrespa, como el bosque que se
mcendia!
Pongamos en contraposición con la ideal belleza de Desdémona la fealdad torva de lago. Desdémo·
na, es blanca; Otelo, rojo; lago, negro.
Acaso el drama más terrible de Sbakespeare sea el Otelo. Aquella sombra parece hermana de la lnrnensiJ ~oche. Pero Jo negro no está en la tez del africano; lo negro está en el alma de lago.
Cuando suenan loa pasos qe Otelo, creemos oh' las pisadas de uµ león. Cuando lago se aceri:;a per

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cibimos el ruido de una culebra que se arrastra. Otelo es negro. Tago es amarillo Otelo es brutal. lago
es demoniaco.
La progenie de lago es de monstruos; en ella están Caio y Judas. Ni Caliban que personifica la perversidad en el teatro de Shakespeare, es más repugnante. Porque Caliban es como diablo y lago es como hombre. Tiene todas las pasiones reprobadas, todas las pasiones patizambas, todas las pasiones contrahechas, todas las pasiones que se arrastran, que silban, que se esconden, que babean, que detestan
la luz, que caminan torciéndose, que muerden: es envidioso, es cobarde, y para defender su cobardía y
su envidia, las enconcha en la astucia.
Hay pasiones grandes; pasiones que agitan á las poderosas; pasiones que matan; pero como mata el
león ó como mata el águila. Estas pasiones tienen garra; pero tienen también melena hermosa ó recias
alas. Así son los celos, así es la ambición. Las de lago, son vicios ó deformidades. Las otras inspiran
miedo, y éstas asco.
Otelo es la fiera; pero la fiera noble, que no ataca sino acosada, azuzada, urgida. lago es lo contrario de un domador. El acosa, azuza, punza á. Otelo, lo encierra en la jaula, lo excita y provoca su rabia
desde afuera, y cuando ya lo mira enfurecido, entreabre la puerta y le arroja á Desdémona para que la
devore.
En esa fiera babia azuzado antes todas las fieras de los celos. En esa naturaleza primitiva y fecunda, babia sembrado todas las plantas venenosas. Y después ya es Otelo irresponsable, como el león herido
qua devora á su victima, como la tierra que devuelve en árbol lo que en su simiente recibió. Por eso Otelo no inspir11. indignación, sino piedad.
¿Quién no compadece, quién no ama á. Dtisdémona? Shakespeare es incomparable para crear inocencias :sublimes y maldades gigantescas. lago es más perfecto que Luzbel; Desdémona mis hermosa
que Eva. Su misma be.rmosura y su misma bondad la matan, como la propia luz consume al cirio. Porque es tan hermosa y porque es tan buena, la ama mucho su esposo, y porque la ama mucho la asesina.
Es un tesoro .... y por eso la entierran.
Ella es el tipo acabado de la mujer que ama. Por su amado, deja á su padre, y comete la ingratitud inevitable del amor. Nada la detiene y se va con él, como la esclava con su ame, si él la llama. ¿Que
es feo? ¿Que es negro? ¿Y qué importa? ¡Es su dueño! Ella sabe que es hermoso. ¿Qué importa que no
lo sepan los demás? ¡Mejor! Asi sólo será de ella·esa hermosura! La Cordelia del Rey Lear, es la hija por
excelencia, esa hija que es como madre virgen de un anciano. Julieta es la enamorada. Desdémona es
la esposa. En Ofelia llora la hija, habla la hermana, canta la niña. En Desdémona no: sólo babia la esposa. Dió su vida á Otelo: por eso no se queja cuando se la quita. La tenia prestada, era de él.
¡Qué admirable creación! Menos blanca que la de Ofelia, pero más de carne.
Perdonemos á Otelo que la mate, y o.os parecé que dice bien, cuando grita después de sofocarla:
¡Tuve razón! ¡Tuve razón!
SI; tuvo razón! Para él le habla robado ella todo su caudal de amor. ¿Y para qué? Para darlo á. otro.
Y la adúltera merece la muerte. Jesús perdonó 1\. la Magdalena, á la cortesana, á la impura; pero no dijo que perdonaba á la mujer adúltera. Y eso que esa mujer no era la suya.
Otelo mata á Desdémona; pero no deja de amarla: ¡qué honda filosofia! Ya está muerta y todavla
quiere besarla. Ya es cadáver y aún le parece muy hermosa. ¡Que no sepan ni las •castas estrellas, su
delito! El fué justiciero: no será delator.
Cayó sobre esa vida, apagándola tan naturalmente, como cae la noche sobre el mundo.
Después: cuando sabe que es inocente su Desdémona, ¡qué explosión de dolor! El león entonces hinca las garras en su misma carne. Ruge como si le hubieran robado su cachorros .. .. llora como el niño
arrancado de los brazos de la madre. Es una criatura y una fiera.
No se ve criminal, no; Sf. ve solo. No se castiga; no se mata; se va con ella.
MANUEL

GUTIÉRREZ NÁJERA.

LA HERMANA AGUA.
Hcnn:ina Agua, alabemos al Señor.
( Espiriti, de San Francisco de A sis).

Á QUIEN VA Á LEER.
Un hilo de agua que cae de una llave imperfecta; un hilo de agua, manso y diáfano, que gorjea to•
da la noche y tocias las noches cerca de mi alcoba, que canta á mi soledad y en ella me acompaña; un
hilo de agua: ¡qué cosa tan sencilla! Y, sin embal'go, esas gotas incesantes y sonoras me han enseñado
más que los libros.
El alma del Agua me ha hablado en la sombra, el alma santa del Agua, y yo la he oldo con recogimiento y con amor. Lo que me ha dicho está escrito en páginas que pueden compendiarse así: ser dócil,
ser cristalino: ésta es la ley y los profetas; y tales páginas han formado un poema.
Yo sé que quien lo sea sentirá el suave placer que yo he sentido al escucharlo de los labios de Sor
Aqua, y éste será mi galal'dóo en la prueba, hasta que mis huesos se regocijen en la gracia de Dios.
EL AGUA QUE CORRE BAJO LA TlERRA.

Yo canto al Cielo porque mis linfas ignoradas
Hacen que fructifiquen las savias; las llanadas,
Los sotos y las lomas por mi tienen frescura.
Nadie me mira, nadie; mas mi corriente obscura
Se regocija luego que llega Pl'imavera,
Porque si dentro hay sombras, hay muchos tallos fuera.
Los gérmenes conocen mi beso cuando anidan
Bajo la tierra, y luego que son flores me olvidan.
Lejos de sus raíces las corolas felices
No se acuerdan del agua que 1·egó sus ralees .....
¡Qué importa! yo alabanzas digo á Dios con voz suave.
La flor no sabe nada, ¡pero el Señor si sabe!
Yo canto á Dios corriendo por mi ignoto sendero
Dichosa de antemano; porque seré venero
Ante la vara mágica de Moisés; porque un día
Vendrán las caravanas hacia la linfa mía;
Porque mis aguas dulces, mient1·as que la sed matan,
El rostro beatífico del sediento retratan
Sobre el fondo del cielo, que en los cristales yerra;
Porque copiando el cielo lo traslado á la tierra,
Y asi el creyente triste que en él su dicha fragua,
Bebe, al beberme, el cielo que palpita en mi agua,
Y como en ese cielo brillan estrellas bellas,
El hombre que me bebe comulga con estl'ellas.
Yo alabo al Señor bueno, porque con la infinita
Pedrería que encuentro de fnegos policromos,
Forjo en las mistel'iosas grutas la estalactita,
Pórtico del alcázar de ensueño de los gnomos;
Porque en ocultos senos de la caverna umbría.
Doy de beber al monstruo que tiene miedo a.! dia.
¡Qué importa que mi vida bajo la tierra acabe!
Los hombres no lo saben, pero Dios si lo sabe.

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REVISTA :MODERNA.

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La nitidez es ruego, la albura es himno santo,
Ser blanca es orar; siendo yo, pues, blanca, oro y canto.
Ser luminosa es otro de los cantos mejores¡
¿No ves que las estrellas salmodian con fulgores?
Por eso el rey- poeta dijo en himno de amor:
«El firmamento narra la gloria del Señor. •

Asi me dijo el Agua que discurre por los
Antros, y yo:-Agua hermana, bendigamos á Dios.
EL AGUA QUE CORRE SOBRE LA TÍERRA.

Yo alabo al cielo porque me brindó en sus amores
Para mi fondo gemas, para mi margen flores¡
Porque cuando la roca me muerde y me maltrata,
Hay en mi sangre (espuma) filigranas de plata¡
Porque cuando al abismo ruedo en un cataclismo,
Adorno de arco-iris triunfales el abismo,
Y el rocío que salta de mis espumas blancas
Riega las florecitas que esmaltan las barrancas¡
Porque á través del cauce llevando mi caudal,
Soy un camino que anda, como dijo Pascar,
Porque en mi gran llanura donde la brisa vuela,
Deslizanse los élitros nevados de la vela¡
Porque en mi azul espalda, que la quilla acuchilla,
Mezco, aduermo y soporto la audacia de la quílla,
Mientras que no conturba mis ondas el Dios f11erte,
A fin de que originen catástrofes de muerte,
Y la onda que arrulla sea onda que hiere ..... .
¡Quién sabe los designios de Dios que asi lo quiere!
Yo alabo al cielo porque en mi vida errabunda
Soy Niágara que truena, soy Nilo que fecunda,
Maelstroom de remolino fatal, ó golfo amigo;
Porque mar di la vida, y diluvio el castigo.
Docilidad inmensa tengo para mi dueño:
t1 me dice «Anda,• y ando; •Despéñate,• y despeño
Mis aguas en la sima de roca, que da espanto;
Y canto cuando corro y al despeñarme canto,
Y cantando mi linfa, tormentas ó iris fragua,
Fiel al Señor ..... .
-Loemos á Dios, hermana Agua.

t

Sé tú como la Nieve que inmaculada llueve.
Y yo clamé:- Alabemo.s á Dios, hermana Nieve.
EL HIELO.

Para cubrir los peces del fondo, que agonizan
De frío, mis piadosas ondas se cristalizan,
Y yo, la inquietüela, cuyo perenne móvil
Es variar, enmudezco, me aduermo, quedo inmóvil.
¡Ah! Tú no sabes cómo padezco nostalgia
De sol, bajo esa blanca sabana siempre fria!
Tú no sabes la angustia de la ola que inmola
Sus ritmos ondulantes de mujer, su sonrisa,
Al frio, y que se vuelve- mujer de Loth- baoquisa:
Ser banquisa es set· como la estatua ele la ola.
Tú ignoras esa angustia: mas yo no me rebelo,
Y ansiosa de que en todo mi Dios sea loado,
Desprendo radiaciones al bloque de mi hielo,
Y en vez de azul oleaje soy témpano azulado.
Mis crestas en las noches del polo son fanales,
Reflejo el rosa de las auroras boreales,
Las luces fugitivas del sol, y con deleite
De Seraphita, yergo mi cristalina roca
Por donde trepan lentos los morsos y la foca,
Seguidos de lapones hambrientos de su aceite ..... .
¿Ya ves cómo se acata la voluntad del cielo?
Y yo recé:-Loemos á Dios, hermano Hielo.

LA Nll!JVE.
EL GRANIZO.

Yo soy la movediza perenne; nunca dura
En mi una forma; pronto mi sér se trasfigura
Y ya entre guijas de ónix cantando peregrino,
Ya en témpanos helados, detengo mi camino,
Ya vuelo por los aires trocándome en vapores,
Ya soy iris en polvo de todos los colores
Ó rocío que asciende, ó aguacero que llueve ..... .
Mas Dios también me ha dado la albura de la nieve,
La albura de la nieve enigmática y fría
Que cae de los cielos como una eucaristla,
Que por los puntiagudos techos resbala leda
Y que cuando la pisan cruje como la seda.
Cayendo silenciosa, de blanco al mundo arropo:
Subí á la altura niebla, desciendo al suelo copo;
Subl gris de los lagos que la quietud estanca,
Y bajo blanca al mundo ...... ¡Oh, qué bello es ser blanca!
¿Por qué soy blanca? En premio del sacrificio mio,
Porque tiritCI para que nadie tenga frío,
Porque mi lino todos los frlos almacena
Y Dios me torna blanca por haber sido buena!
¿Verdad que es llevadera la palma del martirio
Así? Yo .caigo como los pétalos de un lirio
De lo alto, y no pudiendo cantar mi canción put·ll
Con murmurioa de linfa, la canto con blancura.,

¡Tin !in, tin tio! Yo caigo del cielo, en insensato
Redoble al campo y todos los cóspedes maltrato.
¡Tin tin! ¡muy buenas tardes, mi hermana la pra1lera!
Poeta, buenas tardes, ¡ábreme tu vidriera!
Soy diáfano y geométrico, tengo es,ualte y blancura
Tan finos y suaves como una dentadura,
Y en un derroche de ópalos blancos me multiplico.
La linfa canta, el copo cruje, yo .... yo repico!
Tin tin, tin tin, mi torre es la nube ideal,
¡Oye mis campanitas de !impido cristal!
La nieve es triste, el agua turbulenta, yo sin
Ventura, soy un loco de atar, tin tin, tin tio!
. . . . Censuras? No por cierto, no merezco censuras;
Las tardes calurosas por mi tienen frescura~,
Yo lucho con el hálito rabioso del verano
Y soy bello . . . .
- Loemos á Dios, Granizo hermano.
EL VAPOR .

El Vapor es el alma del agua, hermano mio,
Asi como sonrisa del agua es el rocío,
Y el lago sus miradas y su pensar la fuente,
Sus lágrimas la lluvia, su impaciencia el torrente,

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�REVISTA MODERNA .
Y los dos sus brazos, su cuerpo la llanada
Sin coto de los mares y las olas sus senos;
Su frente las neveras de los montes serenos
Y sus cabellos de oro liquid,,, la ca~cada.
Yo soy alma del agua, y el alma siempre sube:
Las trasfiguraciones de esa alma son la nube,
Su Tabor es la tarde real que la empurpura:
Como el agua fué buena su Dios la trasfigura ... .
Y ya es el albo copo que en el azul ri'ela,
Ya la zona de fuego que parece una estela,
Ya el divino castillo de nácar, ya el plumaje
De un pavo hecho de piedras preciosas, ya el encaje
De un abanico inmenso, ya el cráter que fulgura ....
¡Como el agua fué buena, su Dios la trasfigura!
-¡Dios! Dios siempre en tus labios está como en un templo,
Dios, siempre Dios .... ¡en cambio yo nunca le contemplo!
¿Por qué si Dios existe no deja ver sus huellas,
Por qué perennemente se esconde á nuestro anhelo,
Por qué no se baila escrito su nombre con estrellas
En medio del esmalte magnifico del cielo?
-Poeta, es que lo que buscas con la ensoberbecida
Ciencia que exige pruebas y cifras al abismo .. ..
Asómate á las fuentes obscuras de tu vida,
Y ahí verás su rostro: tu Dios está en ti mismo.
Busca el silencio y ora: tu Dios execra el grito;
Busca la sombra y oye: tu Dios babia en lo arcano;
Depón tu gran penacho de orgullo y de delito ....
-Ya está.
- Qué ves ahora?
-La faz del infinito.
-¿Y eres feliz?
- Loemos á Dios, Vapor hermano.
LA BRUMA,

La Bruma es el ensueño del agua, que se esfuma
En leve gris. ¡Tú ignoras la esencia de la Bruma!
La Bruma es el ensueño del agua, y en su empeño
De inmaterializarse lo vuelve todo ensueño.
A través de sus velos mirificos parece
Como que la materia brutal se desvanece:
La torre es un fantasma de vaguedad que pasma,
Todo en su blonda envuelto, se convierte en fantasma,
Y el mismo hombre que cruza por su zona quYeta
Se convierte en fantasma, es decir, en silueta.
La fü·uma es el ensueño del agua, que se esfuma
En leve gris. ¡Tú ignoras la esencia de la Bruma,
De la Bruma que sueña con la aurora lejana!
y yo dije:-¡Ensalcemos á Dios, oh Bruma hermana!
LAS VOCES DEL AG UA,

-Mi gota busca entrañas de roca y l!ls perfora.
-En mi flota el aceite que en los santuarios vela.
- Por mi raya el milagro de la locomotora
La pauta de los rieles.-Yo pinto la acuarela.
-1\fi bruma y tus recuerdos son por extraño modo
Gemelos; ¿no ves cómo lo divinizan todo?
-Yo presto vibraciones de flautas prodigiosas
A los vasos de vidrio.-Soy triaca y enfermera
En las modernas clinicas.-Y yo, sobre las rosas,
Turiferario santo del a.Iba en primavera.

REVISTA MODER~A.

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-Soy pródiga de fuerza motl'iz en mi caida.
-Yo escarcho los ramajes.-Yo en tiempos muy remotos
Di un canto á las sirenas.-Yo, cuando estoy dormida,
Sueño sueños azules, y esos sueños son lotos.
-Poeta que por gracia del cielo nos conoces,
¿No cantas con nosotras?
- Si canto, hermanas Voces.
EL AGUA )I ULTIFORME,

• El Agua toma siempre la forma de los vasos
Q11e la contienen,• dicen las ciencias que mis pasos
Atisban y pretenden analizarme en vano:
Yo soy la resignada por excelencia, hermano.
¿No ves que á cada instante mi forma se aniquila?
Hoy soy torrente inquieto y ayer fui agua tranquila;
Hoy soy en vaso esférico redonda; ayer apenas
Me mostraba cil[ndl'ica en las ánforas plenas,
Y asi pitagorizo mi sér hora tras hora:
Hielo, corriente, niebla, vapor que el día dora,
Todo lo soy, y á todo me pliego en cuanto cabe;
¡Los hombres no lo saben, pero Dios si lo sabe!
¡Por qué tú te rebelas! ¡por qué tu ánimo agitas!
¡Aymé! ¡Si comprendieras las dichas infinitas
De plegarse iL los fines del Señor que nos rige!
¿Qué quieres? ¿por qué sufres? ¿qué sueñas? ¿qué te aflige?
¡[maginacrones que se extinguen en cuanto
Aparecen .... en cambio yo canto, canto, canto!
Canto, mientras tú penas, la voluntad ignota;
Canto cuando soy linfa¡ canto cuando soy gotn,
Y al ir, Proteo extraño, de mi destino en pos,
Murmuro:-¡Q11e se cumpla la santa ley de Dios!
¡Poi· qué tantos anhelos sin rumbo tu alma fragua!
¿Pretendes ser dichoso? Pues bien, sé como el agua;
Sé como el agua, llena de oblación y herolsmo,
Sangre en el cáliz, gracia de Dios en el bautismo;
Sé como el agua, dócil á la ley infinita,
Que reza en las iglesias en donde está bendita,
Y en el estanque arrulla meciendo la piragua.
¿Pretendes ser dichoso? Pues bien, sé como el agua;
Viste cantando el traje de que el Señor te viste,
Y no estés triste nunca, que es pecado estar triste.
Deja que en U se cumplan los fines de la vida¡
Sé declive, no roca; trasfórmate y anida
Donde al Señor le plazca, y al ir del fin en pos,
Murmura: ¡Que se cumpla la santa ley de Dios!
Lograrás, si lo hicieres así, magno tesoro
De bienes: si eres bruma, serás bruma de oro;
Si eres nube, la tarde te dará su arrebol;
Si eres fuente, en tu seno verás temblando al sol;
Tendrán filetes de ámbar tus ondas si laguna
Et·es, y si océano, te plateará la luna.
Si eres torrente, espuma tendrás tornasolada,
Y una crencha de arco iris en flor si eres cascada.

As! me dijo el Agua con mistico reproche,
Y yo, rendido al santo consejo de la Maga,
Sabiendo que es el Padre quien habla entre la noche,
Clamé con el Apóstol:-¡Seiíor, qué quieres que haga!
A l lADO

Enero de 1901.

NERVO.

�REVISTA MODERNA.

H,9

Habló dunnte una hol'a con exuberancias y entusiasmos de fanático de los terciopelos cortados, de
los viejos facistoles y de la pasta de cedro taraceado y guarnecido con plata sobredorada de un viejo antifonario de Catedral ....
Por fin se agotó su verba, volvió del pasado y al encontrarse de nuevo en esta edad ingrata y estérll p•r• el bibliófilo, tuvo un hondo suspiro y una patética expresión de profunda tristeza. Dejé de verlo largo tiempo y hoy acabo de saber que murió hace meses en la miseria más trágica ....
Un alemán colega suyo en bibliofilismo, estuvo asechando su agonla y dándole algunas sumas de
dinero que después 11e pagó con los mejores libros de la rara y valiosa colección.
Y quizás ese bibliófilo haya sido el último aficionado de corazón, el vástago postrero de una raza de
eru~itos y de obscuros artistas extinguida hoy entre nosotros ....
México, 1901.
JosÉ J uAN TABLADA.

t

'·

TIPOS QUE SE V .AN.

EL BIBLIÓMANO.

O vi durante mucho tiempo husmeando por las alacenas de libros viejo!', en los antiguos
portales ó bajo el cobertizo del jardln del Seminario á la hora matinal en que los jardineros disparan el grueso chorro de las mangueras sobre las auraucarias y los laureles
de la India, en los calurosos mediodlas y aun al atardecer, cuando los estudiantes delas
vecinas escuelas recorren los escaparates en busca de alguna obra de texto al alcance
de su limitado peculio.
Tenia el individuo en cuestión la cara de un buen sujeto y al través de sus toscos
anteojos su mirada azul y desleída brillaba con el vago reflejo de un alma inocente y adormecida. Un
paltó marrón cubría invariablemente su busto encorvado de lector incansable y por sus bolsas asomaban siempre las pastas de pergamino ó marroquln de los raros volúmenes. Era un bibliófilo y lo demostraban sus miradas ansiosas que revisaban pacientemente los anaqueles, el ademán acariciador y sensual con que asía el libro que le parecía de médtÓ y la manera rítmica y parsimoniosa con que volteaba
las hojas para ver al trasluz el exacto registro de las páginas.
Alguna vez lo seguí en las horas vespertinas al cafetln vecino al mercado de libros y punto de reunión de estudiantes famélicos y de empleados en huelga de oficina .... Ah!, después de sentarse, sacaba
uno por uno los libros recientemente adquiridos, pasaba amorosas y satisfechas miradas por la elegante tipografía ó por los anchos márgenes, y si notaba una hoja grasienta ó demasiado amarilla ó llena de
moho, sacaba de su bolsillo un pequeño estuche, aplicaba el ácido oxálico, el cloro ó el polvo mineral
hasta que la página limpiada recobraba su antigua tersura ó su color original.
En cierta ocasión pude convencerme del fervor de su culta manla y de su rara erudición. Habla
entrado al café acompañado de otro individuo con quien durante cierto tiempo estuvo platicando en voz
baja; pero de pronto su voz se elevó y sus vivos ademanes realzaron la viveza de su discurso:
- •Le digo á Ud. que ya no hay libros- decía á su intel'iocutor, que ante la verba torrencial del bibliómnno osaba apenas aventurar uno que otro monosilabo,-le digo á Ud. que el aficionado no tiene
que hacer ya! Yo sigo viniendo ni mercads, por costumbre, po1·que me pesarla dejar pasar una casualidad, una chance imposible; pero es una quimera .... nada se encuentra!
Le parece á Ud. que vale la peua de molestarse este Kempis de 1700 ó estas Fábulas de Esopo; el
cuero repujado del eucologio es un primor¡ los grabados de las Fábulas en cremaille1·e tienen mérito
l'nmo simple xilografía; pero en esencia no son nada .... Ya no hay libros, amigo.
l),•sde las •Cadenas• y los , Portales,• de unos veinte años á acá, no recuerdo haber comprado nada qud valga la pena. Mi última adquisición séria fué un manuscrito del Barón de Humboldt con croquis á lápiz de flores tropicales ....
•Las Cadenas• si vallan la pena; ah! encontró el Padre Grajales aquel in 8°, un Virgilio de 1500 marcado con el ancla y el delfín de Aldo Manuncio! ¡Qué letras aldinas, amigo mio! El Padre compró ese
libro en diez pesos y ahora dicen que está en los Estados Unidos en la biblioteca que fundó el millonario Astor. . . . ¡Calcule lo que los yanquis habrán pagado por éll
Y el bibliómano siguió hablando; deploraba los actuales tiempos y tenla entusiasmos extáticos al hablar del paimdo. Disertó sobre los incunables, sobre los speculum y sobre los donatos, sobre las ediciones xilográficas y á propósito de las encuadernaciones suntuosas de Gascón, de Morris y de Grollier,
Habló de las ediciones de la Cruz de Lorena, de los Libros de Horas y de los Ars moriendi1 del
Oatholicon y de la B iblia Jfazarina, de Venecia y de Maguncia, de Estíene y de Plantln.

VENUS PIA.

Si pues eres hermosa, y el encanto
De tu helada blancura me recuerda
La palidez lunar de las estatuas
Y la adusta expresión de Citerea,
Despoja de prestados atavíos
Y velos importunos tu belleza,
Y revive á mis ojos la tranquila·
Actitud de los mármoles de Grecia.
Nada de cinturones en tu talle,
Ni en tus brazos adornos de pulseras,
Ni sortijas gemadas en tus dedos;
Ni un hilo de diamantes en tu fresca
Garganta, ni coturno que deforme
Tu pie y señale el raso de tu pierna;
Sin que sujete el haz de tus cabellos
La dentadura cruel de tu peineta.
Yo mirué á tus plantas, a1-robado,
El altivo perfil de tu cabeza,
Tu frente de contornos impecables,
Tu afilada nariz, tu frente estrecha,
Y las combas turgentes de tus senos
Y el gálibo triunfal de tus caderas.
Contemplaré tus gracias sin que turbe
Mi culto la malicia, sin que encienda
Mi sangre la lujuria, y exultando
Ante las perfecciones de tu excelsa
Forma, sólo distinta de una estatua
Por tus labios sangl'ientos, por tu trenza
De azabache, y tus ojos sin la fria
Expresión de Latona y de Minerva.

Jea

�ARo IV

MÉXICO,

P

QUINCENA DE J ULIO DE

1901

NúM, 13

REVISTA MODERNA
ARTE Y
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACC ION: JESU S URUETA.
Tip. de Dubldn.

EJM:ERIAGAOS.

S necesario estar siempre ebrio. Todo está en eso: es lo único . Para no sentir el horrible
fardo del Tiempo, que quiebra vuestras espaldas y os inclina hacia la tierra, es necesario embriaga1·se sin tregua.
¿Pero de qué? De vine, de poesla, de virtud, á vuestro antojo. Pero embriagaos.
Y si algunas veces, sobre las gradas de un palacio, sob re la y erba verde de un foso,
en la soledad lúgubre de vuestra habitación os despertais, ya disminuida 6 desapare·
cida la embriaguez, preguntad al viento, á la ola, á. la estrella, al pájaro, al reloj, á todo lo que huye, á
todo lo que gime, á. todo lo que rueda, á todo lo que canta, á todo lo que habla, prnguntad qué hora es;
y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os responderán: Es la hora de embriagarse. Para no ser
loi esclavos mit·tirizados d el Tiemp:&gt;, emb:·iagaos, embria.r ao; sin d esca.n,o! D J vino, d e poesla 6 de
virtud, á vuestro antojo.
CrrALtLES

BAUDELAIRE.

FLOR DE OTOÑO.
Ven á escuchar mi cántig a oportuna
bajo el palio triunfal de la glorieta,
donde está deshojando tu poeta.
sus blancas ilusiones una á una.
Siento un largo Yahido que se adnna.
con la agonla &lt;le la tarde quieta,
ya baja el leñador de la meseta
y se dibuja el peplo de la luna.
Qué bello, junto al lago adormeci&lt;ln,
léjos del cieno y de la humana lidia,
besar tus labios rojos, mi sultana;
Mientras tornan las ave;; á su nid o
y los cisnes contemplan con envidia.
tu elegate perfil de americana!
Jos1~ LÓPEZ DE MAT URANA.
Buenos Aires.

PETA L LES pt;i LA PnurAvERA. -BOTTICELLT. - FIRENZE,

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                    <text>ARo IV

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE JUNIO DE

1901

NlJM, 11

REVISTA MODERNA
ARTE V
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEI•'E DE REDACCION": JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

MAGNA VoLUPTAQ
Eucirnde en la obsidiana de tus ojos
La mirada más tierna y más amante,
Y matiza el marfil de tu semblante
Con la lumbre solar de tus sonrojos.
Cierra tus brazos n ítidos y flojos
En torno de mi cuello palpitante,
Y restrega en mi pecho jadeante
Tus pezones coléricos y rojos.
;'llirame dulcemente, dulcemcntP,
Destilando tu beso disolvente
Y sonoro en mi labio que se inclina,
Y déjame chupar tu lengua u ntuos11.
Que exacerba mi fiebre voluptuosa
Y me tienta como u na golosina.

LA l\IADO)(NA DELT, A l\fELAORA~A.-BOTTICELLI. - FlllENZ~,

�171

REVISTA MODERNA .

ESTAMPA.
A JOSÉ JOAQl' ÍN GAMílOA.

•
No recuerdo &amp;i en un breve antifonario
Que ensangrientan purpurinas inícialeF,
O en las góticas ventanas do un santuario
Encendidas por las luces YC'speralt&gt;s,
Vi un emblema doloroso y amoroso:
Un ardiente corazón que como un cirio
Esparcía sus destellos sin reposo
Atizado por su amor y su martirio
Y clam(•: sC:,lo el divino Nazareno
Puede ser inaccesible á las miserias
Y trocar en mirra y bálsamo el Ycneno
Que difunde In amargura en sus arterías.

Solo El sabe como lámpara fürviente
Mantener su corazón siempre encendido,
Que su sangre sacrifica dulcemente
Por abrojos penetrantes oprimido.
í\Ias los nuestros, corazones infülices,
Enconados por la ortiga del anhelo,
Y con signos de indelebles cicatrices
Aun después de la expiación y del consuelo,
Ob! los nuestros estáu llenos de maldade11,
Son humanoF1 son capaces de perfidias,
Frascos plenos de vitriolos, de impiedades,
De venganzas, de ponzoñas y de envidias.
Y los ojos en el &amp;imbolo doliente
Del piadoso corazón siempre encentliclo 1
Que su sangre sacrifica dulcemente
Por abrojos penetrantes oprimido,

Pedl amor para los tristes corazones
Que son vasos do blasfemias y de agruras,
Porque están envenenados con pasiones
Y apretados por cilicios de amarguras.

BERNARDO COUTO CASTILLO.
cJeune pbilosopbe en dérivc
He ven u sans avoir é té

..

l~-o~~~¡~·o¡-~.~~¡~~:~¡;;,~·q·,;e Ji~·¡·,;¡,?;
,.

•ll ,•&lt;&gt;yait tl'Op-Et voir est un aveuglement.
TRISTAN

m:: un pálido tripulante en el siniestro Buque Fantasma del Tedio.

'

CORBIERE.

De pie sobre
la borda, en los crepúsculos, en las noches y en las auroras, contemplaba sereno
y estoico todas las ilusiones que se perdían y se borraban en la playa cada vez
más distante.. .. Blancos frontones, luminosas columnatas, floridos capiteles
y astragalos, pinares y alamedas, surtidores cayendo en las piscinas, pavanas,
serenatas, madrigales magias del perdido Trianón! Y el bajel errante y siniestro se alejaba con raudas singladuras, con su pesada bandera de terciopelo
que el viento no lograba mover, con sus mil lampiones, como un gran ataúd, como un enorme y oscilante catafalco .. . .
Todavla en el curso del éxodo tristisímo, como el negro navío doblara un cabo del país del Ensueño, el pálido viajero alcanzó á ver, sobre una roca de oro, surgiendo de un bosque de laureles, á la última ilusión que vestida de blanco agitaba su pañuelo blanco como queriendo alcanzarlo, en un impoten•
te, en un vano, en un desesperado aleteo.
Fué la última vez que el pálido viajero sollozó . . . . Después nada, nada, ni las orfobrerias del pleni•
Junio sobre el carey glauco de las aguas, ni las satánicas y rojizas aul'Oras boreales encendidas al paso
del bajel, ni las estrellas enAticas, almas desesperadas que se al'l'ojaban del cielo al mar profundo, na•
da, nada conmovió al viajero pálido que, como una cariátide doliente, vivía y velaba inclinado sobre
el mar.
Ni las sirenas, que fascinantes y al'l'ulladoras florecieron una noche con sus hombros, sus senos y
BUS vientres desnudos el verde jardín océanico, lograron enardecer de deseo aquel eterno rostro pálido¡

�172

REVISTA MODERNA.

REVI~TA MODERNA.

bien sabia él que las sirenas serian al fin tan viles, tan falaces y tan pérfidas como las mujeres- súcubos
de sangrientos labios y ósculos astringentes que sorbieron fragancias y blancuras en su fugaz alma
de niño.
Y sin un deslumbramiento ni un entusiasmo para los prestigios de Armórica, seguia el pálido viajero
inclinado sobre la borda del siniestro navío, como un abrumado atlante, como un telamón doloroso á
cuyos pies el mar, el mar amargo y negro, el mar de tiniebla y de hiel parecía su vida, su pobre vida toda deshecha en Jlanto .... !

La noticia del fallecimiento ele Couto, violenta y cruel como su muerte, se propagó cuando artistas
y literatos reunidos en la exodra honraban la memoria del gran Campoamor. Agravaron su luto los terciopelos de aquel duelo y el gemido de la orquesta resonó más ampliamente como abismándose en las profundidades de la nueva fosa que se abría.
Mi amigo, mi camarada, partió sin que me fuese dado acercarme á su lecho de agonfa; yo hubiera
querido estar ahí para reconfortarlo, para ocultar á sus ojos la paz convulsionada de Gorgona, con que
la vida se asomó por última vez á su lecho de muerte; para darle la seguridad de su triunfo induda )le,
la certidumbre de su misión cumplida á pesar de su existencia breve pero fecunda.
Quién sabe si entre los relámpagos lúcidos d tJ la fiebre no haya visto derrumbarse alguno de sus
proyectos más que;·idos como el de reunir en artístico y refinado volumen, ilustrado por Ruelas, la colecdón de sus e Pierrot, • osos Picnot tan amados por él y á quienes animó con las virtualiiiades de su pro·
pia a lma exquisita, comunicándoles sus ensuefios, sus tedios, sus amores y sus lirismos todos. Porque
el •Pierrot• de Couto no fué el galante •Gilles• de \Vatteau, ni el chic de Gautier, ni el funambulesco y
frívolo de Banville, sino el que con su brumoso crayon ha litografiado \Villete en tanta macabra esc;ena,
el Pierrot que Yerlainc fijó en aquel soneto:
•Ce ll1t!St plus le rcveur lunaire clu vieil air
Qui riait aux areux dans les dessus de porte;
Sa gaité, comme sa chandelle, hélasl est morte,
Et son spectre aujourd' hui nous hante, mince et clair. ,
Pierrot-Hamlet, cuya veste fué tramada en los telares de la Melancolfa con las brumas sutiles del
esplin; Pierrot, que ha hecho su Luxemburgo en la necrópolis y ahí por encima de cenotafios y mausoleo¡J se iergue con los brazos abiertos como una gran cruz blanca sobre el disco a perlado de la luna que
1
tramonta ....
El •Pierrot Sepultul'ero• fué tal ,·ez la última obra firmada por el com;iaiíero á quien lloramos; ¿habeis visto esa exquisita fantasía, ese raro relieve tombal cincelado en un blanco mármol cruzado por jaspes pavorosos; esa inqu_ietante melodía tocada en un Stradivarius de negro ébano y en donde el arco
irqnico mezcla sordos espasmos de dolor y agrias risas estridentes? . . ..
Al pie de ese articulo ya impreso quedó en la página un espacio blanco que el formador, perplejo,
no sabia con qué llenar. ¿Couto verla ese hueco al corregir sus últimas pruebas? Aquel claro, aquel espacio albeaba como una lápida; •no hay con qué llenarlo, • reclamaba el impresor. Y lo llenó el siniestro
Destino y en aquella blancura donde nadie adivinó la piedra de una tumba, una mano amiga y temblornsa trazó un epitafio inesperado!

Artista exquisito, aristócrata y refinado fué Couto, un sediento de Ideal. Casi niño, pero ya virilizado
por una admirable precocidad, hizo un viaje á Eul'opa y en París, en pleno Montmartre, en las basllicas
del Arte Nuevo y de la Belleza de todos los tiempos, fué crismado y armado Caballero. Con qué ardí•
miento, con qué verba elogio&amp;a y entusiasta hablaba en el curso de nuestras sabrosas pláticas, de los episodios de su vida parisiense frente á una tela de Manet ó un bronce de Rodin, en las veladas deun cabaret de intelectuales, á lo largo del Boul'.Mich, ó bien de su Suiza amada, idilios en el lago Leman ó crepusculares éxtasis ante la Jungfl'aU en Interlaken!
De esos episodios que encantaban su vida, de ese viaje temprano, de esos deslumbramientos anticipados provino su mal ulterior. Bruscamente arrancado á aquellos Paraísos que eran la patl'ia digna de
su alma delicada, volvió á México y el purgatorio comenzó con la inaudita hostilidad del medio. El
artista raro y exótico pasó invisible ante los ojos testáceos del burgués estólido . .. ..
Los afanes de gloria se com·irtieron en anhelos de olvido; hay dolores que necesitan cloroformarse
y hay infiernos que á falta ele luz celeste imploran las l'ojas luces de bengala de cualquier Paraíso Artificial.
El caso de Edgarcl Poe con diversa per~pectiva, pero con igual fuerza trágica.

173

Una marina de De Groux; un inquietante lienzo de Amoldo Broklin:
Sobre un mar de tinta va el Buque Fantasma, con su bandera de pesado terciopelo que el viento no
logra mover, con sus mil lampiones como un enorme y vacilante catafalco ....
Tras de inmensas veladas nostálgicas, tras de largas noches polares, el pálido tripulante ha ca{clo
fulminado y muerto.
Un tropel negro y silencioso lo amortaja y el olvido amarra á sus pies una bala ele cañón .... El bajel detiene su marcha y desplomado desde las altas bordas un cacláve1· cae al mar, al negro abismo en
raudo y vertical desplome ....
Algo inaudito. Las aguas fosforeseen y de las ondas glaucas emerge un tropel de sirenas cuyos bt·azos se disputan un pálido cuerpo de efebo, libre de mortaja, iluminado por la lnz de una nueva vida.
Cantando rftmicamente, las sirenas nadán hacia la playa y playa la avanza hacia las sirenas hasta que el
efebo libre, ágil, transfigul'ado, radiante, pisa las arenas de oro de la orilla, lanza un grito de redención
y cae sobre el piadoso seno de una virgen extraterrestre arcángel ele Botticelli-Venus Juminosa- l\fadona celestial!
Son las nupcias eternas del artista en el país del eterno Icleal!
México. l\Iayo 1901.
JOSÉ J UA N

TABLADA.

PAIX.
Tremblement des bannicres de pourpt·e dans les batailles,
Hennissement convulsif des chevaux cabrés sous les lances,
Hurlement des clairons aux poings de la Rage qui s'élance,
Regards hlancs, dans la mc!ée, de ceux qu i defa.illent,
Et ces tas de cadavres, les doigts crisp és aux armes, par la plaine,

Ou le canon, voix me mo de la mauvaise destinée, tonne,
Et la honte du soleil d'été ou le deuil des pluies d'automne
Sur ces charniers d'ou la mort exhale sa noire haleine,
Al'riól'e, o cauchemar du sommeil de la Terre!
Car ce printemps fait éclol'e au sein rosé des meres
La bouehe des petits enfants qui cloucement crient,
Et de la vallée aux !aes Juisants a la montagne, source des eaux,
Voici, parmi les brises et les ailes légcres des oiseaux,
Souner, battant comm3 des cre:Hs, toutes les cloches de la Vie!
STUART

i\IERRIL.

�REVISTA .MODERNA.

175

DEL "LIBRO DEL DOLOR."
LA FIEBRE.
No te vayas, espera, no es la hora;
Abrázate á mi cuerpo;
Cuando te vas me quedo solo y triste
Y vuelven los recuerdos.
Las obscuras cortinas de mi alcoba
l\Ie parecen espectro~;
En el aire hay cabezas que se rlen.
Espera .... A ,er si duermo ....
¿Que va á venir? ¿Quién? ¿Ella?
¿Te burlas? ¡Tienes celos! ....
¡Cómo quieres que venga, si le han dicho
Que la vas á matar, y tiene miedo!

LA ARTERIA ROTA.
Como corre la sangre de la hedda
Dejé correr en vano
El curso inútil de mi estéril vida.
Hoy, que exangüe me siento, á cada gota
Quisiera lo imposible, por mi mano
L igar la arteria rota;
Yivir de nuevo modo la existencia,
Y no del que condeno
Cuando á solas pregunto á mi con,:ieucia,
¿Fui sabio, he-sido artista, he sido bueno?

MUSICA DE ORIENTE.
Cierra el piano: las cadencias
De las danzas orientales no recuerdes,
Las cadencias de las danzas orientales
Que mis sueiios arrullaron tantas vece~.
Xo mul"icron mis rencore~;
Dormitaban en su nido de serpientes,
Y ya asoman las cabezas triangulares
Evocadas por la música de Oriente.
FRAXCIS&lt;;O

A.

DE

!CAZA.

FELIPE VILLANUEVA G.
A )[anza.oo, Elorduy, Valenzuefa, Velázquez,
Fuentes y Lnvat, (amigos del ~Iaestro).

UGUSTO de Plateo, en un heroico poema, cuenta que en la toma de Clesiphon la
l\Iagnifica, habiendo obteuido de Oma1· el sátrapa Harmosan como última gracia, que no se le diese la muerte mientras no bebiera, hizo pedazos la crátera
de ónix henchida de vino, y Ornar impasible exclamó:
- Si hay en la vida algo sagrado es la palabra de un héroe: que el persa viva!
Recordaba yo este generoso poema una tarde en que, en íntimo coloquio de
arte con los fieles amigos del artista muerto, me propuse escribir un estudio sobre el l\Iaestro bienamado, sobre su obra malograda y peregrina, sobre el relieve de su per~onalidad artística, vigorosamente perfilada en unas cuantas composiciones, fragantes aún,
porque no han sido profanadas lo bastante para que se marchiten ...... Recordaba yo ese caballeresco
poema, y una lejana increpación tardía concatenaba la cyocación del sátrapa sagaz como Ulises ante la
imperial generosidad del islamita, y la avidez del moderno artista nuestro para beber su vino hasta las
heces! ...... .Ah! por qué, por qué no estrellaste tu crátera lienchida contrn el mármol del pórtico de la
gloria á que hablas ascendido! ..... Por qué no rompiste tu vaso de ónix, seguro de la clemencia de la
fortuna, que te habla sonreído como querida, y con tu pluma empapada en el vino esparcido no e&amp;crj,
biste una rapsodia á Anakreón, en honor de que llegó á viejo!

�REYlSTA MODERNA.

REVl::3TA ~10DER~A.

Apuraste la vida de un solo trago, como un bttrgrnve huguiano, despreciaclor de la gloria y de la
muerte ...... y las dos te abrieron los 1.u·azos y te besaron en la boca!

va es de nuestro corazón, de nuestra alma, lo que no pudimos decir porque nos fué negado ese don, pero
que sentimos como nuestra interna poesía expresada en notas, expandida en ritmos musicales de morbidez encantadora. Y como la música es el lenguaje de las vaguedades que más satisfacen nuestros sueños
ardientes de idealidad, porgue no pierden su espiritualismo tl'aducidas en palabras, la música de Villanueva-nuestro malogrado poeta del piano-con la psiquis de su poesía virgen, fresca, palpitante, encarnada en notas, nos domina por la ternura que es debilidad, por el fuego intenso de que está poseída, por
su salvaje colorido americano que hace vibrar las cuerdas en ráfagas de pasión hurncanada.
La música de Villanueva es intensa, vehemente, apasionada, ávida de expresar el amor y la vida,
pues no he conocido un artista que tenga la avidez de placeres que Villanueva. El desanollo de sus composiciones es rápido; no hace sino enunciar una frase, abierta, franca, sentida, cuando ya la apasiona, la.
retorna y la crece, expandiendo su vida con los modernos procedimientos musicales y apoderándose del
espíritu para hacerlo vibrnr al través de los nen·ios del organismo humano con la sensación refleja del
arte.

176

Felipe Villauue,1 a vino un dla á México en plena juventud, con la simiente embrionaria dd arte en
su espiritu, con sus dedos ágiles y sus ojos vivos para leer las notas que su violln vibraría ávido de ser
escucha.do. En los escaños de l::s orquestas zahirió de pronto aquella cabeza turbulenta de indio puro,
hirsuta., hosca, de púas de ágave en la rebelión de sus bigotes mongólicos, rostro de frente estrecha y
torva, bajo cuyas cejas ceñudas y airadas, los ojos centellantes, relampagueaban en la lectura febril de
un presto, de un vivace, de alguna suma dificultad que salla., á primera vista, limpia y pura dt! su arco
victorioso. El artista, ignora.do, puesto que era temido, soñaba ardientemente un estadio más vasto para.
luchar: no habla venido á ser corifeo, sino rápsoda: no venia tripulando la trirreme Argas en la banda
de remeros de estribor, sino en la prora, fiero, inflexible, taciturno, en busca de un vellocino de ore,!
Rodó en las orquestas-como tantos artistas obscuros que no han tenido el carácter de Villanueva!Y la audición constante de la música moderna, cuyo renacimiento florecía en l\féxico {i la sazón, exasperó al joven músico y lo decidió á realizar un medio madurado para desligarse de toda colectividad: ser
pianista. Estudió el piano con ardor, con fiebrr, con la tenacidad genuina de su raza; de dla ganab¡i el
pan y de noche velaba en el estudio, y de prrnto, cuando nadie había sospechado su transformación,
surgió como pianista hábil, como técnico disriplinado. La conquista del más ingrato de los instrumentos, pero también el más completo, le abrió amplío horizonte en la vida artlstica de México; su facultad
de leer á primera vista la música polifónica más abrupta, las fugas y los cánones, lo familiarizó con los
compositores inabordables; sus dedos de estructura ingrata fueron domados por su voluntad poderosa
y flexibilizados por su poderoso temperamento artístico, y al adquirir la indepenc.encia en la digitación,
en lucha diaria con los técnicos preceptistas, adquirían la facultad de hacer sentir y soñar, de acariciar
las teclas y matizar los sonidos con una poesía desconocida que principió á delinear dichosamente su
personalidad de artista.
Su interpretación, netamente subjetiva, causaba asombro y placer, No era otro imitativo que su1 •
gla anodino y meticuloso, vaciando una naciente aptitud descolladora en los moldes viejos para anquilozarla lamentablemente. No! era un artista fuerte, un violador de preceptos académicos (valga la frase en
música), un temperamento en rebelión que ponla su espíritu y su corazón en la asimilllcíón de las sensaciones que interpretaba. Era un cerebro creador ansioso de la paternidad, seguro de bi mismo, ávido de
poder increpar á los maestros que evocaba diciéndoles: •¡ahora yo!•-y este predominio innato, esta seguridad de su fuerza, este soberbio reto de su ambición irreductible y consciente, lo hicieron sacudir su
inacción creadora, su catalepsia larvada de compositor. Midió su saber y se encontró débil , y á los veinticinco años, sin aula ni mae.:.tro, sin lee. el francé~, comprl&gt; su D11rand y su diccionario y pú-ose á traducir y á estudiar armonía y composición.
El pianista ambidextro se asimiló la ciencia por virtud de sus facultades analítica~, y F.:lipe Villanueva surgió armonista y compositor.
Conquistó su renombre con una sola composición, su Vals poético, apasionado y tit:ruo, que descubrió súbitamente los tesoros del alma del músico, su sensibilidad y su refinamiento artisticu. El corte
chopeniano de la composición la permitfa, sin embargo, alzarse libre, sin ninguna reminiscencia, con originalidad y frescura envidiables en un te.mperamento americano que tan soberbiamente debutaba. como
creador. La primicia fué echada á volará los vientos del cielo, los artistas y las so:fadoras la interpretaban con avidez, con del13ite, con unanimidad aclamativa; pusiéronla en su selección de poetas dtl! piano, entre las más bellas páginas de Grieg, de Stephen Heller, de Chopin, de Tschaikow.,ki. Su nombre
fué acariciado por la celebridad: Villanueva, y el pacto judío con Syllock-ah! si el artista hubiera surgido en Europa!-el pacto ruin con el editor espoleó al músico á sacudir la savia de su vida malograda.
Diez y nueve son, por desgracia (pues si antes había escrito otras, fueron su juvenilia), las composiciones editadas para piano que nos dejó Villanueva: cuatro mazurkas, la primera en re mayor, la segunda
en la menor, la tercera en re bemol mayor, la cuarta (Au bal) en do mayor; tres valses, Causerie, Amor,
Vals poético; once danzas, dos En el Paraiso, dos Venus y Cupido, tres Amorosas, tres llumoristicas,
una Un sueño después del baile, y por último, un Minueto póstumo. Póstumos son también su ópera
I{eofar, cuya instrumentación fué terminada por su amigo Juan Hernández Acevedo, muerto hoy también, y un Gradual y un Sanctus de Requiero, escritos para voces y orquesta.
Siento restringirme á delinear mi impresión estética de las composiciones de piano solamentt·; pues
la apatla de nuestros snobs dilectantes para todo lo nuestro, que ha atrofiado las facultades lírico- dramáticas de nuestros compositores, si bien se admiró en una sola audición póstuma de que Villanueva
hubiera compuesto tan hermosa música, no volvió á patrocina1· ni á alentar siquiera la resurrección del
Keofar, y yo, lejos de )'léxico, no tuve la ventura. de prnsenciar el póstumo triunfo del Maestro.
La predominante sensación al oír la. música de Villanueva es la de él. Es él. Se le siente, se le oye,
no se confunde con nadie. Y esto que parece tan sencillo, este don de personalidad, ¡cuántos quisieran
poseerlo, aun de los consagrados por la gloria! La poesía de su música entra en el espíritu por derecho
de conquista, en linea recta, como el perfume de una flor que no hace sino brotar para ser sentido y go•
za.do, como una. mujer. bella que no hace sino pasar para ser soiiada y deseada. La música de Villanue-

177

Si estudiamos la estructura de su minneto rn sol sostenido menor (pó:;tumo), su mejor obra, si acaso
no la rn,is característica de su procedimiento, l'11contramos, corno en todas sus composiciones, una ascención rápida que lo hubiera llevado en bre\·es aiios á componer obras de aliento, refinadas por su selección asimilativ11. El alleg1·eto ben legato prescrito para la composición le imprime un aire flébil, galante,
cortesano, que evoca inmediatamente la danza antigua; los ritmos están trazados sabiamente sobre los
periodos musicales, en harmoniosa polifunía c·nco11H•1Hlada á dedos que sepan ligar y sostener cantos dis•
tintos. Con la indicación constante y mi11uciom de las ligaduras rftmicas, era superflua la indicación de
los pedales, supresión que el ¡;ni.fico ingenio de Ernei,to Elor,luy comparaba un día, refiriéndonos al
estudio Si oiseauj'étais .... de Henselt, á fa pn·scripción de los guantes en una recepción de etiqueta.
Bajo la aparente sencillez melódica. riel miuul'lo, fic ,·e que está trabajado con amor y ardimiento para
lograr las bellezas modulatívas y cadt'nciosa,; las progresiones descendentes por semitonos están tersamente harmonizadas; el colorido, que llega apenas al mczzo forte en fas dos primeras partes, se inicia
pia.nlsirno en el trio cantabile, y aquí si, para sostener el bajo en pedal constante y el mismo dibujo de
tres notas de la mano ízquierJa, está prn;cl'ito molto ped., que manejado hábilmente nos lleva por indi•
cación de un crescendo á. un fff appassionato, ulla erupción reprimida del alma del Maestro, de la que
declina en un decre$cendo suave, lánguido, para cam· en un pasaje amoroso en sordina, de un contra•
punto sencillo que se pierde cantando en un l'n~ueño lrjano, y de pronto despierta en otro grito de pa·
dón acompañado de disonantes acordes exasperados y estridentes, espasmódicamente patético, hasta
que descansa en un diminuenclo imitado para volve1· por medio ele una modulación magistral al pri•
mer motivo y terminar con dos frases cortadas, que tanto gu~tllhan á. Villanueva y que son de un efecto
delicioso.
He hecho un esquema del minul'to póstumo-yo que siempre esquivé el aula!-porque es desconocí•
rlo en México y porque su m:izurka en re bemo 1, para mi la más inspirada, la mAs ardiente, la más apa•
sionada de Villanueva, es conocida de cuantos entienden música. En esta composición el músico drjó
encarnada su personalidad,·su fragante y fresca imaginación perfumada de amor, su poder de expandir
hasta un grito de espasmo la pasión de su vida y de su alma: el arte! Arte por él sentido y creado, arto
suyo, netamente suyo, á pesar Je quienes han pretendido ver una reminiscencia ele Massenet en una do
s11s mazurka~, y para regocijo de los cuales hariales oír yo la frase integral del vals amor de Villanueva
en el leit motii:e d~l andante cantabile de la sinfunia núm. 5, opus 6-! de Tschaikowski. Bah!. ... . Esas
cerebracioncs idénticas, y por lo t!Prn.is fugaccl', de una frase de cinco notas, no se tiene sino cuando un
artista se llama Villanucva!
.... De su vida? Ah! ya he dicho que no he conocido uu artista con la avidez de placeres que Villanueva!. ... Su intensa vida pa,ionante, sedienta en nuestro desierto de arte, soñaba en las rosas y las
ninfas de las fiestas danzantes d ,j Eleleo, re.y por el tirso ílorccielo dtJ yedras, rey por la diadema do
pámpanos de oro, y soñando hacer de su juventud una Cleopatra, buscaba con frenesí al despertar de una
noche de amor la perla yacen ti\ en las hece~! .. . ..
Su talento y su carácter le dieron el predominio efímero lid su vida malo;;rada sobre sus contempo·
r,ineos que reconocieron su superioridad intelectual; su sinceridad rnda le abrió los corazones de cuantos le rodearon; sus genialidades eran ingenuamente bella~.
Una noche D'Albert dió un concierto en ~léxico y tocó la mazurka en re mayor de Villanueva. El
pianista comagrado besó en la frente al composito1· desconocido en Europa, y dijo esta frase: cEs el artista más genial que he encontrado Pn América • Y en tanto nuestro músico, frenético de júbilo, decla á
i;us amigos:
-Hasta hoy he sabido que mi mazu1 ka era tan hermosa!
Su facultad de lee1· música á primera. vista era prodigiosa. Cuando se puso en escena por primera
vez en México el Falstaf de Verdi, Gino Golisciani presentó el spartito para orquesta, invitando al artista á revisarlo, y Vi llanueva lo redujo á piano, integro, á. primera vista. Sucedía con frecuencia que Villanueva pasara toda una nGcbe tocando musica suya, y alguna vez una sola composición, su Vals poé·
tico, ante un auditorio de artistas y dilectantes encantados ele oírlo, de su auto-interpretación ardorosa
y deleitosa. En cambio, no babia nerviosidad que lo sublevarn tanto, como la. de ser invitado á. tocar aute per,soQas que m~nifestaran curiosidad de oírlo, y ocasiones hubo en que un salón henchido ele admi ·

�178

REVISTA MODERNA

radores suyos, verdaderos ó falsos por snobismo, se quedara esperándolo inútilmente: lo cual no era obstáculo para que la aristocracia de l\Iéxico se lo disputara en el profesorado.
Pero donde el músico se hallaba en plena bohemia dorada, era entre los suyos. Sentado a l piano con
\' icente Lucio, el exquisito y pundonoroso pianista muerto antes que él, Villanueva devoraba febril las
páginas más abstrusas de Bach, de Beethoven, de Schumann, de Brahms, haciendo la delicia de selectos
oy1:,ntes; y cuando los dos artistas habían encumbrado á su pequeño auditorio al cielo del arte, deseen·
dían á las praderas floridas pobladas de ninfas desnudas de Léo Dé libes, el músico amado de Villanue.
va, el consentido por la semejanza entre la música sem,ual y carnal del artista galo, nieto de Grecia, y
la música esencialmente profana de nuestro artista.
Los ballets del exquisito autor de Sylvia hacían el deleite del músico malogrado, que hubiera hecho de la danza criolla ame1 icana el poema de la sensualidad ritmada - apenas hizo el preludio de ese
poema! - ; poema truncado también por el enervamiento del exquisito cubano Cervantes y que ha necesita.do del talento exótico de Cécile Chaminade y Emíle Pésard para llevar á Europa una ráfaga apenas
del deleitoso ballet indiano! Chopin universalizó la mazurka de su Polonia, pero hasta hoy ningún americano ha podido universalizar la danza. Y Villa.nueva tenia. ese poder! . . . .
Fué en América el portaestandarte de un renacimiento moderno en música; superior á Gottschalkconsagrado por Chopin-y á 1\fílls en procedimiento artístico; superior á nuestros compositores en potencia creadora; superior á las celebridades anónimas neo continentales que prefieren la virtuosidad reproductriz é infecunda á la creación de arte propio, Yillanue,·a, que pudo ser el consumador, fué solamente el precursor! ... . Una mañana- el 28 de i\Iayo hizo ocho afios- cundió {t la hora siniestra del abrevadero en el bar, entre el 1\Iéxico elegante y llaneador abrasado de sed, en la avenida morisca rebosante
de vida, con la celeridad de contagio de las noticias siniestras, la nota del dla: Villa.nueva había sido
muerto por una pulmonla fulminante. Habla muerto en unas cuantas horas, súbitamente, sin que la pasividad atávica de sus parientes,- pasividad genuina de una raza en la que el artista fué excepcional
rebelión,-hubiera opuesto ninguna resistencia al golpe traidor de la muerte. Sus amigos acudieron tarde, á blasfemar del destino impasible sobre el cadáver ó á contemplarlo aterrados y aterradores, y cuando el Maestro bienamado fu6 conducido para siempre al cementerio, pudo decirse como en las Tristes,
que en su morada desierta todos los rincones tenían lágrimas!
·
Cayó! Dísipóse! Extínguióse! Su cuerpo fué devorado y pulverizado, y de su obra póstuma no quedaron ni ,·estigios; fué banida y srp11ltada por sus piadosos y bienaventurados parientes en su pueblo
natal. El Santo Oficio de la estupidez secuestró hasta la última página de música, hasta el último manuscrito del Maestro. De su obra inédita no quedó ni piedra sobre piedra! La fatalidad, á la que él venció en buena lid cuando vivía, con su genio indomable y su voluntad inflexible, tomó la revancha á su
muerte y IH'gÓ hasta el menor brote de recuerdo en muchos que se pregonaron sus amigos!
Empero, como en la canción de Stechettí, el cancionero amado del Maestro, han brotado desu sepulcro ardientes rosas al calor de nuestra evocación de aquella tarde - ¡oh ,·osotros sus fieles amígos!-en que
os prometí perfilar, aunque fuese en esquema la obra malograda y peregrina de Villanueva.... .. Son
flores nacidas de su corazón, de su apasionado y pobre corazón enfermo de sentir y de sofia1· . .. Son las
rosas de su juventud tronchada en flor, las rosas simbólicas de su sangre ardiente y generosa que regaba un cerebro potente y alentaba un espíritu superior y dilecto, consagrado por el arte y por la gloria! .. .. Y hoy que rendimos este pequeño tributo débil y tardío á la sagrada memoria del artista muer•
to, pa1·ece que un eco doliente se levanta de su sepulcro y plafie á vuestra amistad piadosa como en la
canción del poeta, y que el alma del sentido múgico os dice que esas flores son
i canti chi pensai, ma che non scrissí. ....
()h! bieua1nado 1\laestl'o1 lllalogrado l\foestro, duerme ..... duorme ..... !
RuBÉN

U. CAMPOS.

Jl lJJ\fJl JYlARQVE2Jl
Cuando tu boca me bcs11 1
en repetirm e se obstina
que vienes, en línea expresa.
ele una elegante marquesa
que murió ·en la-guillotina.
Pero, si no cuento mal,
mucho más noble soy yr,
pues mi título ducal
es el • Contrato Social •
de Juan Jacabo Rousseau.
Mí uniforme es este craso
y obscuro traj e simplista,
pero ¿hay un contraste acaso
entre tu falda de raso
y mi corbata de artista?
La mejor prueba es que igualas
nuestro amor sin un reproch e
y que, olvidan~o tus galas,
como una estrella con alas
has puesto un beso en mí noche.
Tú creerás que me fascinas
refiriendo los detalles
de tus castas heroínas,
las marquesas libertinas
que pecaban en Versalles.
Pero asisto á tus tiradas
que deshojan flores secas
como á un viejo cuento de hacla11 1
donde hay joyas olvidadas
en teatro de muñecas.
Tu vetusta raza ignora
los modernos despertares
y es por eso que te azora
la violencia Yengad'.lra
ele !ns rachas populares.
P ero si el color te enfada
y si la plebe te enoja,
¿por qué me ofreces, malvada,
tu boca más encarnada
que mi escarapela roja?
París 1901.

MANUEL

UGARTE.

�--EL CRISTO DE LOS ULTRAJES.
CUADRO DE HENRY DE GROUX.

•
OS intelectuales piden un Dios y mucbos no vacilan en implora1· abierta y públicamente á
Nuestro Señor Jesucristo, "des Dieux: le plus incontestable,·• decía Baudelaire.
Es cosa infinitamente digna de observarse esa misteriosa impulsión do los esplritus jó•
venes en el sentido de una renovación del Cristianismo; evolución hasta ahora litera.ria
qu(parece haber comenzado en "Las Flore~ del :\Ial" y que P.ml Yerlaine ha milag1·osl•
mente acelerado en estos últimos tiempos.
E~te, el único gran poeta q 11e haya llevado francamente su corazón á la Iglesia desue hace unos seis
siglos, rejuveneciendo por un prodigio de genio todas las viejas im\genes que el ateismo ó la costumbre
hablan desteñido hasta el ridículo, glorificó el Santo Sacramento y la Oración en tan bellos versos, que
la juventud incrédula do la poesla contempóranea se vió forzada á admirarlos con entusiasmo y á
convertirse en discípula, y eso ha llegado á un extremo tal que hoy el Catolicismo tiene el caráctet· de al•
go como una aristocracia del pensamiento.
Agreguemos que los artistas moderno@, y sobro todo los pintores, ofrecen bien pocos consuelos á los
peticionarios de Sublime
Por todas esas razones, estimo veinte veces asegurado el triunfo del "Cristo de los Ultrajes," la tenta•
tlva más formidable de espil'itualismo cristiano que se haya llevado á cabo en pintura, desde los prede•
cesores de aquel paganismo edulcorado que se llamó el Renacimiento.
Notad que no se trata de ninguna manera, de un asunto que pudiera conjeturar fácilmente la imagi•
nación de los críticos y cuya banalidad salvarla una ejecución más ó menos divina. Poi· el contrario, el
cuadro se encuentra á distancias telescópicas de los lugares comunes imaginables de la iconografla re•
ligiosa.
Es el Sufrimiento del Cristo, tal y como lo han relatado los santos visionarios en los libros de diaman•
te que sobrevivirán al Juicio Final de las literaturas; tal y como lo han certificado los Antiguos Testigos
quti se hicieron "degollar'' por obedecerá la orden de ser "configurados á la muel'te;" en fin, tal y como
la Iglesia, no de la Edad Media, sino de todos los siglos, lo enseña en su terrible Liturgia.
Es el huracán de las torturas inimaginables, sin el contrapeso de ninguna eficaz piedarl p11rJ. ~I agoni·
zante voluntario, cuyo Ultimo Suspiro extingue el Sol y enturbia las constelaciones.
Se ha hablado de "vitrail'' y de Primitivos, de pesadilla y del sombrío genio de Flautlc~; se ha hablado
de Rubens y de Delacroix. De qué-oh Seüor!-no se ha hablado, puesto que tocia la prensa de Bólgica
ha mugido alrededor de ese monstruo de magnificencia cuyo aspecto desconcertaba la corrección de
una raza pi11torera inmovilizada hace doscientos años?
Ah! y sin embargo es bien sencillo y verdaderamente no exige el caso tanta erudición, puesto que es pre•
cisamente lo necesario para que una vi!'ja pescadora del pals vasco ó de la Flandes occidental, se prosterne con la frente sobre la tierr«, exhalando gemidos de piedad, como si se le plantase ante los ojos algún tríptico de Juan ele Brujas ó algún sanguinolento Ecce Horno de Alonso Cano!
Porque es enteramente incontestable que tal debe ser el objetivo supremo de todo trabajo de arte ex·
clusivamente religioso. Una imagen piadosa ante lo cual ningun pobre pucliera orar, no parecerla acafO
lo que puede imaginarse de más idéntico á una prevaricación sacrilega?
Véase, pues, el cuadro de llerny de Gl'Oux en su muy poderosa sencillez:
El Hombre de los DJlores está de pie sobl'e el m'lnte fil.moso que la tradición tlcsigua como el túmulo
del primer Desobediente.
A su derecha un irónico é impasible bl'uto pretoriano coronado por brillante penacho y que podda ser
el pastor de ese rebaño militar de tan completo embrutecimiento que se distingue en último término.
A su izquierda, un individuo inexpresable, mellcla dó eunuco y de descuartizador, que poclrla tomarse
poi· la cu~t?dia viva ó p'Jr el relicario de muchos miles de años de humana crápula.

REVISTA MODERNA.

181

Es e3e el co:nac del lamentable Señor que se ,·a á crucificar, el cicerone indeciblemente abyecto de las
ignominias, de las maldiciones y de los espantos.
Vocifora, designando la Ylctima á la multitud, y esa es la señal del más dem oníaco tropel de canallas
que un pinto1· ardienclo sobre si mismo como una solfatara haya jamás tenido la auclacia de representar.
La rabia de ese populacho de puños crispados parece ten er, según el espfritu delos cuatro Evangelios,
algo, mucho, de profético y de sobrehumano.
Los niños mismos-pánico detalle! - aullan á la muerte y blanden sus débiles brazos contra el pecho
11ngustioso del Cordero divino.
Clovis y sus Francos están endiabladamente lejos, por cierto! y mientras más se mira, más se nota
que están lejos, indiscernibles, más allá de los siglos, en el hormigueo del Caos bárbaro!
Jesús está solo, absolut~mente solo y frente á frente de ese mundo condenado por él, mundo horri•
hle que no es más que la basura del antiguo Paraíso perdido y barrido por los Querubines.
Ese Dios hecho hombre se ha despojado tan completamente á si mismo que no ha querido guarda1·
ni siquiera el átomo de Divinidad que le hubiera sido necesario para no tener miedo. Sufre y tiembla en
su Carne como los débiles entre los más débiles.
Que ahora se sostenga como puecla. Los mismos Angeles han huido, los Angeles brillantes descendidos del cielo para reconfortarlo.
Es tiempo de que aquello concluya, pues de lo contrario no le quedaria más Sangre que derramar
por aquellos poseídos sobrti la pobre Crnz saludable.
S1ngra, en efecto, terriblemente, por todos los piquetes de su Corona y sobre todo por las innuma·
rabies plagas de aquella Flagelación milagl'Osa que la franciscana Maria de Agreda valuaba en más de
cinco mil golpe:; de flagelos emplomados. Y está de tal manera rojo bajo la púrpura de su barapo que
en verdad se creería que es l~l el verdugo de los demás.
Puo sus manos que serán traspasadas en breve, sus manos exangües de supliciado, tan enardecí ·
das por el dolor que se les adivina capace3 de consumir el firmamento, las recomiendo pa.rticularmente
á los exploradores de abismos que no temen inclinarse sobre la miseria infinita ....... .

L1 pt·óxim1 ex:po3ición pública de esta obra extraordinaria, cuya intensidad sobrepasa los pa•
roxismos más proclamados, obli¡(ará de seguro á la critica á modificar un poco sus fórmulas.
Algunos comprenderan sin duda, no solamente que se trata de un lienzo al cual nada se asemeja en
toda la pintura contemporánea, sino ante todo que se está en presencia de una fuerza absoluta repre•
sentada por un extranjero á quien el porvenir pertenecí\.

...................................................... .. ... .... .... .. .... .........................
A parte de algunos jóvenes escritores de quienes Bélgica se asombra, parece que el rey Leopoldo
ha sido el único en su pueblo capaz de adivinar la grandeza del autor, ese adolescente de genio, copiosamente insultado por la multitud, asquerosamente renegado por algunos .,· constreñido á refugiarse en
París que es el eterno pabellón de esos laJ&gt;idados sublimes.
Toca, pues, á Parls exclusivamente, al intelectual Parí~, donde la justa gloria no es siempre escati•
mada, el honor de prohijar á semPjante náufrago del cielo!
LF:ON

(Trad. de e Hevista Moderna•).

BLOY.

�QUE ME MlrtE SIE)lPIU: ......

Hay \'er~os que brotan como hilo e.le agua,
l111y versos que estallan como rna centell:i,
versos que son chispas candentes de f,·agu:i,
~, versos m;\s dulces que labora de Ella.

Y por eso pago con versos los besos
que anhelante libo en su boca roja,
cuando me dci:plomo de sus brsoi-, t&gt;Sos!
. . . . . . como ('lle del árbol tembl;rndo la hoja.

Pero algo los vcrtiOS ap:iga y acrece
el urente encanto; y son sus miradas,
hay en ellas tanto que flota y se mece..... .
en cielos no vistos noches ignoradas.

Cuando me besaba chocaban sus dientes,
calda de perlas en páteras de oro.
l\las eran los versos tan indiferentes
cu:indo me miraba ...... que es lo que yo adoro.

Que me mire ~iempre, como aquella tarde
en que el sol en amplia púrpura cala,
con esas pupilas negras en que arde
la luz de la noche, y la luz del ella.
JESl"S

E. V ALENZUELA.

ACONTECIMIENTO LITERARIO EN LA AMERICA LATINA.
"LASCAS."
«Durante la segunda semana del mes que comienza quedará terminada la
impresión de «Lascas. » El libro es fruto de vigorozo esfuerzo que conquistará
á su autor nuevos é inmarcesibles lauros, y que honrará las letras castellanas .
Las poesías que forman el volumen revisten forma eximia, y encierran
conceptos en que esplende soberana belleza.
«Lascas» constituye, cuanto á la forma, un prodigio de exquisitez. Es la
obra de un poeta para quien el arte no tiene secretos, para quien el verso es
instrumento dócil, y para quien la palabra, austera á veces, á veces suntuosa,
no es más que el ropaje que ha de vestir las ideas.
Salvador Díaz Mirón no es un artífice, sino un artista, y un artista que
tiene la más alta, la más noble, la más exacta noción de lo grande y de lo be•
llo. Y precisamente porque sabe que es la Verdad la eterna inspiradora de to•
do lo que está destinado á perpetuarse en el Tiempo, es profundamente humana la maravillosa labor de nuestro egregio bardo.
En «Lascas,» no hay nada que haya sido visto, ó vivido, y, recuerdos y
esperanzas, anhelos y dolores, propios ó ajenos, han sido engarzados en metros, en ocasiones insólitos, decorados por rimas heroicas.
Todo aquel que conozca Veracrnz habrá de reconocer en el libro edificios
y paisajes, que el poeta ha copiado con fidelidad de espejo.
El libro ad viene al mundo de las letras con buen sino y en momento propicio. En el instante en que el país entra de lleno á la vida intelectual, y en que
el escritor halla estímulo y premio á sus afanes, en el aplauso de un público
inteligente y culto. )&gt;

El Otden, de Xalapa, Veracruz, Junio 2, 1901.

�MÉXICO,

ARo IV

2'\

QUINCENA DE JUNIO DE

NóM,

1901

12

REVISTA
A. RT E
DIRECTOR: JESUS, E. VALEN ZUELA.

Y~CIENC I A. .
li.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn,

CRUCIFICAT.

- -----

-

-----

--

AL llU CÓ Ll CO AlllEDICU(()

DR. D . JOAQUIN' ARCADIO FA.GAZA.

'
Al pie del monte el pueblo vocifera,
~laldice, rscupe, hiere .... •¡Profetiza! •
Prorrumpe el eco al estallar con risa
Entre un rugido de enjaulada fiera.

.

.

..

~

,::7;.

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• •·""
&gt;

. ...

• Ut!sdt udd• clama por la vez postrera,

La impura voz que al manso martiriza;
•¿Por qué me desamparas?• . . .. y agoniz:i
En medio de una oleada pasRjerr..
El Rey de los Judlos vueh·e ~· clani
Sus ojos de perdón mirando al cielo,
Y al expirar sobre su grry esclava,

~

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Cada gota de sangre por el suelo,
Del cáliz de su amor, el crimen lava,
De la raza dispersa y bin consuelo.

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LAS GUITARRAS.

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AL J,IO MAXGEL MARRO:- .

Bajo agreste fl!stón de umbrosas panal",
Fresco dosel en la enervante siesta,
La turba campesina está de fiesta
Sueltos los chales, flojas las chamarras.
De mano en roano rebosantes jarras,
S ueltan el jugo que al amor apresta,
Y almas del canto, como sola orquesta,
Dan su alegre concento las guitarras.
\'ibra el aire encendido en cada boca,
Y en cada pecho la pasión respira,
Que en un mar de miradas se entrechoca.
Cada mujer es junco que suspira
Al compás de la danza alegre y loca
Y cnda corazón es una lira.
JOSÉ TRINID.\D

FF.RRER.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Bernardo Cuoto Castillo</name>
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        <name>El cristo de los ultrajes</name>
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                    <text>A.Ro IV

REVISTA MODERNA.

152

Después de tan extraña escena, el polaco volvió á mi su rostro grave y somb-rio, noble, majestuosi·
simo . . .. ¡No, decididamente, pensé, éste no puede ser un demonio.

-Caballero, me dijo, no se sorprenda usted de esto; es muy natUl'al; estos seres débiles, cobardes,
incapaces de gr&amp;ndes energías, se dominan por 'una voluntad firmz, templada á fuego, sang:-e y dolor,
como la mía .... Pero me conviene una cosa para no provocar la superstición en cualquiera partido de los
ejércitos . .. . que por ahora no refiera nada de Jo que ha visto . .. J\I;\s tarde .. . . á ver si más tarde se
acuerda usted de mi y de este episodio.
-Doctor, le ,loy mi palabra de honor.
-Gracias, amigo. l\Iire, vamos á sorprender, nosotros á los franceses, perJ necesitamos ser pocos y
buenos para no ciar á sospechar . . .. Escójame unos diez ó doce bravos .. . .
-Pero . ... ¿y con qué orden?
·
- Ese es el ayudante del capitán y él mismo ratificará la orden ... . ¡Ya verá usted si nos vengamos!
- ¡Despierta!-ag1·egó1 sacudiendo. el ·cuerpo del traidor dormido. Al instante entreabrió los ojos suspirnndo y mirándonos atónito. Yo partí á escoger gente para la empresa, con ciega confianza en aquel
terrible hombre.

MÉxrco, 2 1 QurNCENA. DE MAYO DE 1901

REVI S TA MODERNA
AR T E
OlRE

cr~
r-~

: JESUS E. VALENZUELA.

V

CIENCIA .
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubldn.

l;~

~
~

~~

Todo fué á pedir !lo bo~a. Avanzamos en las tinieblas; el suriano iba sombrío, mudo, marchando ma·
quinalmrnte como un sonámbulo, delante del Doctor .... Y tras ellos, yo, con la pistola en la mano iz·
quierda y el machete desenYainado en la derecha, y tras de mi, armados con carabinas, reatas, puñales
y machetes, doce lf&amp;mbres de los mejores tepiquei'íos de Corona .... LJc;-gamos al mezquite. Silbidos de
culebras . . . . sombras que se agitan, cuchicheos : ... Nos dejan pasar los puestos avanzados .... y henos
rumbo á Lomas Prietas, donde el campamento francés duerme más tranquilo que nunca .. . .
Pasamos frente al primer centinela, quien, sin un grito, cayó de una buena puñalada .... ¡adelante! .. . ,
Otro ..• . Y ese si gritó, pero rodó de un culatazo .... Un minuto después, frente á los fuegos del vivac francés, llegamos ocultos por una loma y caímos como un rayo .... ¡Quó refriega! y entonces vi que
el más terrible en batirse contra la guardia que nos hacia fuego en dosorden, e1'a el Oficial Ayudaute.
Atroz fué la mortandad .... pero los valientes francescs-¡oh! hay que confesaTlo! al fin se rehicieron á retaguardia, guareciéndose tras otra loma.
Retrocedimos batiéndonos en retirada, cargados de botln .. , . ¡Ay! el polaco quedó tendido de un
balazo en el ct·ímeo, y el cAd,wer del traidor suriano, literalmente acribilla.do, fué conducido por los
nuestros al campamento donde todos ignoraron su traición .... ¿para qu6 deshonrar su memori!l, si habla muerto dándonos un triunfo espléndido, bien que no fuera sino instrumeuto de a.que! sombrío doctor polaco, cuyo nombre verdadero nadie supo en México ... .

,.

llEttlBERTO

FRÍAS.

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.l . . . •

NóM. 10

:

$ANTA BÁRBARA,- PAl.MA EL VlEJO. -YENE Zl¡\,

�REVISTA l\lODERNA.

CUENTO DE ABRIL.
A Don J csús E. Luj,\n,

IGNON, escucha:
Una vez la reina Mab convocó á los genios de los prados-era en el buen tiem·
po en que los pájaros se aparean, macho y hembrita, para gozat· sus nupcias de
primavera: era el buen tiempo en que voz de tórtola se ha oído on nuestra región,
como en el Cántico de los Cánticos;-el tiempo de la canción era venido y la rei·
na Mab envió sus heraldos flordelisados á ordenar á los silfos y á los gnomos que
llevaran A su palacio encantado las llores más preciosas, las gemas do cuna más
ilttstre y más joyantes para aderezar su tocado, pues que la reina Mab languidecía de amor.
Los "'nomos pequeñuelos, enanos, semejantes á nibelungos, con caperuza encarnada, ojos malignos,
barba Ju:nga. y nariz de ave raptatora, con su jubón gris y su calzón corto, con sus calzas de Mephisto
y su pipa bohemia., trajeron divinas flores de piedras preciosas trabajadas por lapidarios invisibles: rosas
simbólicas de una flora extraña, cuyos pétalos eran jacintos y zafiro~, cuyos pistilos oran sardónicas y
berilos, cuyos cálices eran ágatas y calcedonias, cuyos estambres eran crisoprasos y sardios, cuyos sé·
palos eran crisólitos y esmeraldas.
Los gnomos, atropellándose por alhajará la r~ina l\lah, calan de vientre y se l_evantaban derrenga•
dos ó saltaban en un pie como las zancudas, ó teJlan rondas en torno de ella, mientras ella ponía las
ros~s de gemas purísimas y aguas semivivas sobre sus cabellos de Berenice, sobre sus orejas pequeñas
de lóbulos encendidos, sobre su cuello desmayado de hebrea Noeml, sobre sus hombros marmóreos y nutridos de Cleopatra, cual broches siderales de su real clámide impalpa~le, sobre la c~njunción y arr~nque de sus dos pechos culminantes y cupulados, sobre sus dedos gráciles y blanqu[s1_mos,_ sol¡re su cm·
tura que podrla caber en una ,;arreticra ele Venus .... Pero los gnomos huyero_~ cab1zb11Jo~, ~o~·q_uo la
reina Mab desprendió las rosas maravillosas de su cuerpo lttmlneo y las esparc10 como lluvia 1nd1scente sobro el tapiz pérsico de los musgos grumaclos de rocío. .
.
.
Vinieron entonces los silfos senHljantes á risueños amorcillos desnudos, de cbtu·neos carrillos rcdon·
ele morbideces
d os como los de los C(•firos que mecen á las llores y á. las nubes, .de. manos hoyueladas,
·
d
ue harian el deleite de un sádico; vinieron los silfos de alas lep1dopteras y traJeron abraza as, entre
;us pequeños brazos, peonias y stellarias, convólvulus y gloxinias, hya._cint~rns y cala.dios, orquídeas y
lemátides Ja.s flores más raras y más preciosas robadas al a.Iba en los Jardmes y verandahs, nympheas
e hellianth'us tronchados A flor de agua en los lagos, beleños y cactus arrancados á. las grietas de los
y eñascale~, y cubrieron con ellas los pequeños pies de la diosa que parecía 1''lora emergiendo de un bú·
~aro de rosas; pero la reina, que babia sonreido al mirarse ceñida de flores, empenachada de llore~, s~spiró y las deshojó pensativa, y los pétalos cayeron en lluvia de alas de libélula y constelaron su clam1de
transparente enhebrada de haces de sol.
.
..
, .
.
.
Entonces oyóse una música melodiosa de gorJear de paJaros, una mus1ca deleitosa. que hubiera
arrobado á Stephen Heller, que parecia escapada del clavicordio de Boecherini y se esparcía por los bue·
uecillos de los ribazos, poi· los resonantes alcores eu busca de la ninfa Eco: era una parvada de syrin·
;as y plagiaulos asidos á los labios de pequei'íos fa~nos salvaje~, que sem~oc~ltos en una nube de polvo
dorado al sol, flnglan la irrnpción de un hato capnno, pero que al despeJ11r a plena luz mostraron sus
rostros aún imberbes, sonrosados y picarescos y sus pitones tiernos de corzo joven. La polifonía de su
música áulica. no era ritma.da, pero como la música de las ave~, era de una vaguedad embelesadora y
hacia soñar á la reina l\lab en deliquios de amor ... ,
«·Oh reina de los sueños!-meciala el canto-soy el alma silvana de H éllade pastoral, soy el idilio
bióni~o, el que tus poetas brumoso9, desde Ossian á Shelley, no sintieron, sino soñaron! .... Soy el aroma
panida que el Nasson aspiró con su intensa avidez de placeres, y que el mo_ribundo ~yron so~amente be•
bió en un efímero hálito desde la prora de su nave! .... Soy la alegria, la siempre mua alegna, la locue·
la danzal'ina de cosquillsaqte hoca ávida. de besar, que enjoya los deditos nacarados de sus pies desnu-

155

dos en el arroyuelo borbollante mientras pesca conchuelas menos encendidas que sus mejillas de duraz ·
no! .... Si c¡uieres amar, vé á los ciLrmenes 1lichosos en que el verso es llol', en que la cigarra vive do
rocío y de luz de sol, y es vibrante élitro siempre sonoro do la eterna poesía bucólica! ... .
Y el &lt;&gt;11suelio ele la música purísima ele los caramillos se mecla en el viento, encarnando la poesía
de las cosas vil·ientes en el alma de las flautas, y la reina de los sueños languidecía ele amor porque la
primavera iba á su so'.edad y la primavera era su hermana, su so1·0Jlina innamorata, pasionante como ella
de algo más alto que llenara ni vacío de su corazón! .... La música de las syriugas también pasó en un
vuelo; también los pequeños faunos capricornios se dispersaron dando cabriolas, porque la reina l\Iab
oía sin oír la canción alada, oía sin oír el murmurio de agua corriente de las notas y escuchaba otra mú·
sica. sin nombre, la música de los sueños sum:sos á. su imperio, que la arrullaba en un vaivén de hamaca
celeste prendida:\ un cuernecillo de Bebe y;\. una estrella ele la Lyra .... Y t:quella música sin nombre
musitaba. en su alma una balada plañider11, mesta, como el surcar ele las palomas torcaces, y la canción
ora de a.mor .... y la flébil canción era de amor ... .
Y oye, bella l\Iignon, lo que pasó. Un paje rubio y liutlo - el pajll Abril - ¡,idió permiso para besar
los pies ele la hechicera l\fab, y no bien ella son riendo lo besaba en la boca - tan gracioso y gallardo
ora! con sus crenchas bloncllsimas y crespas, su truza y medias de. seda lila, manos sensuales, ojos dor•
mido~, boca pequeñita como botón de flor! - el mozo, dechado ele zalema y gracia, la dijo:
-Reina! mi selior el principo l\Iayo, que so halla á las puertas, to envla este joyel en prenda de amor,
~- desea, rendido de pasión, besar tu boca y dormir en tus brazos ....
- Y acaso tu seño1· es más bello que tú? ....
- 1\Ii príncipe i\fayo es hermoso como Lohengrln y Morsa mor! Las dos sangrns generosas de los hé•
roes de ensnefio parecen florecer en sus ojos azules y en sus cabellos brunos, en su perfil nazareno y en
su altivez latina ! llli señor es el dios de amor, pues que cuando él llega sube la savia, bulle la sangro
embravecida y riega los corazones én pasión y deleite!. ... El imperio de mi seño1· no tiene murallas ni
fronteras! .... Sus siervos son la vida, la juventud, la ftllicidad, el amor! .... Todo lo que florece y es·
plrndr, lo que vibra y se expande, lo que riega dones generoso y fuerte; la vida ebria de salud y poder;
1·ua11to sueña, cuanto vuela, cuanto se encumbra y magnifica está presto al poderlo de l\Iayo que despier•
ta fioros y encienrle hmacanes de pasión, que hace germinar los bienes fecundos de la esperanza y del
:imor!
-Bienvenido! Amor! Alma del ciclo! - cla1J1ó la. enamorada l\fab cuya voz era más hechicera que
las Ha utas, cuya tPz era más suave que las rosas. - Vé, paje mio, puesto que eres su paje, vé y procla•
ma que soy suya porque es mi rey y mi iios y mi amor!. ... Que los prados sean estrellados de flores y
los cielos florecidos do estrellas! .... que las nubes empavesadas boguen y traigan á las sílfides y las ha•
das á presenciar mis reales bodas! .... que las ondinas y las sirenas hiendan las espumas con sus aletas
de pedreria y sus bifurcadas colas de delfín! .... que las amad riadas de cabelleras verdes como crisóli•
tos hechos guedeja•, surjan de los bosques al conjuro de Pan!. ... que las ninfas broten como flores de
c11r11e de los alcores y los boscajes, y vengan danzando en ronda de amor á ceñir como diadema de rosas \'ivas el lecho en que yacerá en mis brazos mi bienamado !
Y cuentan que desde entonces, desde que el paje Abril corrió gozoso á llevará su señor la buena
nue\'11 , á su paso brotaron las yemas do los ramajes, se constelaron los musgos de flores micropétalas,
los céfiros mecieron blandamente á las nubes, la luz sonrió en el cielo brumoso que era imperio de l\fab
~- la esperanza en los corazones apasionados de soñar . ... Y cuando l\Iayo imperator entró á banderas
,le~plegadas por el arco de triunfo de Oriente ....
Poro, aunque yo quisiera contar las bodas de i\íayo y l\Iab, este es solamente, linda i\Iignon, el cuento dll Abril ....
1!)0 l.

fü·¡¡f;N l\1. CAl\IPOS.

AL ESCLAVO ESCANCIADO!\.
C.ATULO.
OD.t X.\ T/1.

Esclavo, que 1"11.lurno aiiejo ~irve~,
\ 'en y escancia en mi copa el más amargo,
Cumpliendo de Postumia, que es más ebria
Que el gnno de las uvas, los maudatos.
Linfas que sois la perdición del vino
ld d~l austero ii. refrescar los vaso~;
Beber el vino puro
Xos !lCOJISE'ja Baco.
1TOAQtrf~ V. CASASÚ:,,

�REVISTA MODERNA.

J·RvtLAS' :Jol'

LA l'?[;VIGT A MoD[;rQNA
ou~

I-IA oRG-ANIZADo

rn

iNviTA Á UD· AL ~[~TiVAL ARTÍSTÍC?o

1-ioMrnAJ~ Á DoN RAMóN DE CAMPoAMoR.

MAYo 3 Db 190!

FROGRA:MA.
D. Ramón de Campoamor,

I.-A. En Réve ................................. .. ..............
B. Le Cíe! sourit aux roses .... . .............................
Canto, Sr. Luis Goda1·d.
]I.-Impresión literaria .........................................
lII. - :Mefistofele... . ............ . ................ ....... ..........
Canto, Sr. Lic . .Jo.si! B. Xava.

G. Campa.
Schumann.

1V.-Campoamor Intimo.. . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . ..............
\'.-A. Solitude de Sapho .........•..............................
R Fleur d'Automme. .. ... . . . . . ........................ . ..
C. Canzonetta... . . . . . . . . . . . . . . . . ...........................
rioloncello, Sr. Arturo Espinosa.

Sr. Francisco A. dti Tcaza.
i'll11ssenet.
Popper.
Phaladhilc.

Sr. Luis G Urhina.
Bono.

\'J.- Recitación: • Los Amores de una Sant11,• de Campoamor.. ..... Sr. Luis Quintanilla.
vrr.-Vision fugitiva..... . . . . . . . . . . . . . . . . . ....................... i'llassenet.
Canto, Sr. r:ustaro Mm·tln cz
ynr.-Poesia .. . ... ..... ............................... .... ..... Sr. Balbino Dávalos.
IX.-Guaran~·, balada..... ......... ... . .. . ...................... Gómez.
Sra. Virginia r:alvdn de Xava.
X. -Discurso ..................... ............. .................. Sr. V. Salado Alvarez.
XL - Dúo de •La Bohemia • ....... .. .............................. Puccini.
S,·a. Virginia r:alvún de Xava y S1·. Lic. José B. Navt.1,.

Xrr.-I. Andante .................................................. Rubinstein.

II.

F1XAL.

A CAMPOAMOR.

Dolientes mis coplas lloren
La muel'te del gran poeta
Campoamor,
Y al Arte consuelo imploren
Contra esta nueva saeta
Del dolor.

El que grabó en las brillantes
Facetas de un par de versos,
Con humor,
Las dichas agonizantes
Bajo los golpes adn•rsos
Del amor;

De las cuerdas enlutadas
Que gimen tristes y sord11s
Al vibrar,
Broten las quPjas ahogadas
Que tú, Juventud, desbordas
De pesar.

l~I que 1Iendo lloraba.
El que cantando gemía
Sin doblez,
Aunque la hiel que ocultaba
Furtirnmente vertia
Cada vez;

Tu poeta, el más humano
Cantor de las emociones
Que te agitan,
1::1 que enhebró con su mano
Estrofas de corazones
Que palpitan;

Tu poeta, el más profundo
Cantor de tu grey dorada,
Juventud,
,\bandonó ya este mundo,
Aun joven en su avanzada
Senectud.

El que dió forma á tus sueños,
Persiguiendo las más Yagas
Fantasías,
Y descubrió los risueños
Ardides con que propagas
Tus falsias;

¡Cuántas veces, en las horas
Que al vivir parece largo,
Campoamor,
~Ie quitaron tus doloras
Con su miel más de un:amargo
Sinsabor!

TRIO Op. 16 Nº. l.
Sr. Julio :lluiron, piano; Sr. Arturo Aguirre, viollo; 8,· Arturo E~pinosa, violoneello.

ló7

�158

REVISTA .MODERNA.
¡Cuántas más, en los anhelo11
Del juvenil arrebato
Comprendl
Que dabas ardor y vuelos
A más de un ensneiio grato
Para mi!

Y halago para el oído,
Y talismán para el alma
Sor.adora,
En el corazón herido
Diseminaban su calm:t
Bienhechora.

Y cuántafi, alegre ó tristr,

Sin ilusión ó soñando
Dulcemente,
A eudir á ti me viste,
Las claras aguas buscando
De tu fuente.

¡Ah! la traición, la mentirn,
La envidia de gente necia
Que te infama,
De;:ongan presto su ira,
Que el almo Dios de la Grecia
Te reclama!

Porque de ti, la poesía
Brotó sin pompa ni aliiio
De ocasión,
Lo mismo que brotarla
J)el alma blanca de un nit1o
La oración.

La admiración franca y viva
Le,·ante para tu gloria
Pedestal
Donde eternice la oliva
Tu fresca Inspiración doria,
Ya inmortal!

Tus quejas, engalanadas
Con dulces rimas por fleco11,
Repartlan
Ayel', risas y humoradas
Que los más lejanos ecos
Repetían.

Sigan doquiera sonando
Tus cantos, tan parecidos
Y diversos,
Eternamente halagando
Los ju,·eniles oídos
Con sus versos.

A tu perspicacia aguda
La vida fué un engañoso
Carnaval,
Donde el filósofo:duda
8i alguna vez es dichoso
El mortal.

Sigue en las almas vertiendo
Tu escepticismo inseguro
De creyente,
Que en el mundanal estruendo
Te dió fü-meza de duro
Combatiente.

Las bandadas de tus verso11,
Con retóricas vulgares
Siempre en guerrn,
Jban, pájaros dispersos,
Hacia todos los lugares
De la tierra.

Y al diapasón de tu estro
Que en la pena y la alegria
Fue jovial,
Hoy que te honramos, maestro,
Extlngase la elegía
Y surja el himno triunfal!
BALBISO

DÁ VA LOS.

UNA OBSESION.
l'A•u JKSÚS URUETA,

~N U:\' pequeiío mueble Luis XV, comprado por mi últirnamentP, encontn\ Pn el fondo de
un cajón, la carta que aquí se lee:

•Querido amigo:
Lo que te escribo va á extraiíarte profundamente; pero no tienes una idea del estado de excitación y de pesar en que me encuentro. Tú, el mejor compañero de otros
dias, el que conoció todas mis dichas y todas mis angustias, eres el único que puede oir
y t'onsolar mi desolación. Ven, ven á vivir al lado mio. á ser el compañero de otros tiemJ ~ pos; sólo que ahora ni reiré, ni seré el bullícioso endemoniado de entonces .... Ven, amigo mio, pues temo por mi pobre razón harto sacudida ya!
Debes recordar que poco tiempo después de haber tú dejado la vida de alboroto y desorden que
juntos arrastráramos tanto tiempo, para, sabiamente, encerrarte en un retiro de paz y labor, te escribi
diciéndote:
• Amigo, al fin encontró lo que necesitaba: la criatura sumisa y tranquila á cuyo lado refugiarme, el
sér hecho para el amor, tolerante con mis caprichos, humilde á mis deseos, y que va, desde hoy, á ser
mi compañera. Te hablaba de ella, de su rostro apacible, de su mirada serena y acogedora, de sus cabe•
llos abriéndose en la mitad de la frente y descendiendo rectos sobre las sienes, como los de una virgen
Pre rnfaelista. Te ex ponla el caso de conciencia en que me hallaba, pues siendo ella una criatura honesta, el deher me exigía darle mi nombre, cuando mis convicciones, ó por mejor decirlo, mis estúpidas
preocupaciones se oponían á todo lazo oficial y definitivo. Sabia bien que ella no deseaba sino obede·
cerme; su madre, su casa, todo estaba pronto á sacrificar á mi menor deseo; con el mismo gusto, qué digo, con el mismo entusiasmo hubiera salido para la iglesia que para el peor de los lugares por mi designado. En su pobre vida de mujer yo era el esperado, el amo indiscutible, el Bienvenido que la mujer
aguarda pronta á entregarse. Con mi habitual egoísmo y abandone.', me dije: •ya habrá tiempo• y )a hice mía.
~Iurió su madre y hube de traerla A vivir conmigo sin pensar en darle estado, preocupado solamente del encanto que de todo su pequeño sér emanabn.
Tú M puedes figurarte los dos años de entera, de completa felicidad que A su lado he pasado. Yo
nunca creí en la felicidad, no creí que un hombre algo refinado pudiera sin gran esfuerzo soportar durante dos años las mismas caricias, las mismas facciones y las mismas cosas. Pues bien, yo, el mismo escéptico egolsta que tú conociste, ho sido f11liz al lado de esa mujer; feliz como sólo puede serlo un hom•
hre destinado á pagarlo inmensamente cnro, tal como ahora me pasa; cada día que se '"ª• cada. hora que
\'UCla, lamento más esos dos años y los deseo con más intensidad; he quedado herido para siempre, he
quedado tal como debe haber quedado Adán después de su expulsión del Parafso.
Durante los dos años que de ,·ida tu,·o mi pasión, nunca pel\,Sé engañarla; no te asombres, pues no
la c(Jnociste; jamAs tuvo dos veces el mismo beso ni repitió la misma caricia; jamás de sus pequeños labios salieron frases vulgares; engendraba todas las seducciones y las bondades todas; era indulgente, y
tú sabes que cuando más deseo se tiene de eugaiíar, cuando el demonio de la pel'versidad se aguza más,
es cuaudo se ven contrariedades é inoportunos celos. En ella, si bien á la hora dada brotaron terribles
como los de la verdadera enamorada, mientras no supo, mientras no hubo quien viniera y dt!stilara las
&lt;ludas en su conciencia, jamás pasó por su mente la idea de que yo pudiera ser falso; yo era para ella
todo lo grande y todo lo hermoso, como elln era para mi todo lo adorable.
Te acuerdas de Carlos X? A él 1 sólo fl el debo mi desgracia; él, la mano negra que se oculta en la11
sombras y hiere para siempre; él, el falso amigo creado para pica1· como la vlbora, mortal y traidoramente; él, el miserable Yago entrado en mi casa para atormentar, para emponzoilar y hacer la noche eu
nuestra felicidad. Tú sabes que lo busquó para provocarlo en un duelo, en el que todavía tuvo la suel'•
te de herirme 1 él á quien debiera aniquilar tan sólo con la fueru de mi odio!

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REVISTA M1JDERNA.

Un dia, al llegar, encontré á Julia toda en llanto; mi asombro, tú puedes imaginarte cuAI fué cuando á mis caricias sólo contestó con reproches. Yo quise saber, lo exigl. ... y supe. El miserable!. ... el
que diariamente se sentaba á mi mesa sonriendo, le habla hablado de mi, de mi pasado, de las mujeres
que yo habla tenido y de todo cuanto yo habla hecho; habla citado fechas, dado pruebas; babia añadido
que mi intención era hacer lo mismo con ella; si no me babia casado, si hasta entonces le habla negado
mi nombre, era para impunemente pode1· abandonarla una vez cansado de ella. La pobre criatura. a.dor11da, se sacudía de dolor cuando entre sollozo y sollozo murmuraba esta declaración.
En \'ano intenté consolarla. Después de las lágrimas vinieron los reproches coléricos; en ella se despertó la rabia de la. mujer que confiada hasta entonces se ve engañada totalmente. Yo no era lo que ella
creía ni lo que ella amaba; vino el despecho que quiere herir, \'engarse, y un nuevo sér se reveló ante mi;
el débfl, el sumiso, el bondadoso, se tornaha en la leona iracunda que sólo quiere arañar y destruir.
• Te casarás conmigo- decía-yo no seré como las otras, no, á mi no me engañarás, oh, no, á mi no! Te
casarA8! te cnsará~!• y este grito brotaba constnntemente de su ir11, como ln espuma del agua que se agita.
En su mirada encendida habin rencor, había 1le~precio, y mi orgullo, mi orgullo estúpido de hombre se levantó contra lo que m.is amab11, contra lo que sentía amar aún en ese momento en que la desconocia. •¿Casarme? y quién podrft oblignrme? acaso tú, que has venido por tu gusto?,
A mis palabras siguió un rato de silencio; la vi asombrada á su vez de ver levantarse una cólera contra la suya, una fuerza contra la que ella creía tener P.n ese momento. Luego, después de brcYe pausa
y de dar unos pasos sin dirección, fué á la mesa de noche que á su lado tenla, y empuñando el revólver
contra mi, rlamaba maquinalmente: Te cas1trá~, te casarás, yo ....
Me rel, hice un esfuerzo para arrojarle mi ironía, y pálid1t, sin decir una palabra, volvió el cañón
contra su frente. Ue miró un instante con una mirada que nunca más he podido olvidar, con una mirada indescriptible que me persigue en la sombra de las noches y me atormenta en los malos sueños. Babia en la expresión de esa mirada decisión, rPproches, pero reproches llenos todavía de amor .... Yo no
di un paso, no hice un gesto, no levanté el brazo para detenerla; al contrario, curioso, con curiosidad
pen-ersa, aguardaba, y aun parecla desafiarla con mi actitud.
Una detonacióo, y yo me precipito á tiempo aún para recibirla en mis brazos ... una última conYulsión, luego nada, un borbotón de sangre cubriendo su rostro, bañándola toda:
Quién podrá exactamente describir y analizar todo lo que yo sentí en esa noche al velar á la que
tanto habla amado, á la que claro sen tia amar más y más ahora que no exis tia. Sólo tengo vagos recuerdos. Su cuerpo, las lineas de su perfecto cuerpo se destacaban sobre la negrura del tapiz fúnebre extendido sobre el lecho bajo de ella. La blancura de sus manos, la lividez cadavérica de su rostro, resal•
taban vi\•amente sobre el negro como los marfiles de una laca. Lll herida de la frente había sido vendada y sólo un pequeño punto rojo manchaba la seda que la cm·olvla; rns cabellos sueltos le sen-ian de a!mohada. En sus pequeños labios, antes tan risueiío~, nido ele caricias y ahora fríos, insensibles como los
de un mAnnol, habla un ligero plil'gue doloroso. Los párpados cerrados apartaban para siempre do mi
su mirada. Luego, no recuerdo mAs .... Ráfagas de aire entrando para mecer la luz de los cirio~, ha•
ciendo pasar resplandores amarillos por el rostro de la mue1 la. Xotas qu&lt;'jumbrosas é irónica.mente alegres de organillos, aletear de moscas y los toques de las horas sucediéndos&lt;', resonando bruscos, pesado@, inexorables, en el silencio lle la nochr, y muchos pensamientos, mucho dar vuelta en mi cabeza á
ideas y recuerdos.
Yo revh·la las escenas y las caricias de esos dos años, y la nla, la vela invariable, impasible, hundida en las profundidades de su sueño de muerte; tomaba. su mano fria, la llamaba, no pudiendo, no queriendo admitir que estuviera muerta Muerta, y por qué? qué habla hecho y qué hablamos hecho? Ella
continu1tba impasible y la seriedad de su rostro me decía todo lo que nos separaba: estaba muy IPjos! yo
no existía más para ella! Aquella desaparición, el pensar en la soledad del dla siguiente y lo definitivo
rle su muerte me ponl11n r11hioso, desesperado contra mi impotencia y la fuerza del que crea seres para
aniquilarlos con tanta. facilidad.
P,msaba en mi culpa, en mi críminal orgullo. Un movimiento, una palahra, una súplica, hubieran
bastado pa1•4 que ella estu,·icra viva, prodigándome sus caricias y murmurando á mi oldo sus palabras
amantes .... Yolvla á verla .... el mismo pliegue en su rostro, los ojos siempre cerrados, los cirios prestándole luminosos resplandores y bronceando los largos hilos de su cabellera suelta.
i\Ie arrepentía, me odiaba, y todo era. en vano; ninguna, absolutamente ninguna fuerza darla dulzurA á sus sonrisas ni brillo á sus ojos. Los días se sucederlan á. loR dias y era. en vano esperarla. Los
hombres continuarían los mismos hechos, los mismos gestos, las mismas palabras, nada ni nadie cambiarla, y ella, ella que debiera agitarse y moverbe como los dPmás, quedaba sumergida para siempre bajo la tierra, y todo por no haberla hablado, por no haberla detenido. Para mí, la constante desolación.
Para ella. .. . . ?
La vi salir y no tuve fuerzas para acJmpañ1trla; manos extrañas cerraron para siempre su nueva
morada; las últimas palabras que le fuel'On dirigidas, salierc,n de labios que jamás la hablan besado; yo
quedé aturdido, anonadado, como se queda después de las grandes catAstrofos.
Cuando resignado ante lo irremediahle do su muerte, comencé la larga peregrinación, la espantosa
revista de los objetos y las menudencias que ella habla escogido y en cuya familiaridad viviera, comen·
zó ese largo via- crncls de la reconstrucción, detalle por detalle, de mi antel'ior felicida1. Todo me la recordaba, en todo la encontraba, y todo estaba lleno todavla. de su presencia.. Los espejos no olvidaban

REVISTA MODERNA.

161

su imagen, los guantes no perdían aún el molde ~e sus manos, babia almohadas que conservaban el
hueco formado por su cabeza, y la mancha., la fatal mancha de un rojo n&lt;&gt;.gruzco, se me presentaba. á ca.tia momento resucitando la escena
·
No pudiendo resistirá todo esto, abandoné la casa donde juntos conociéramos tantas \·enturas y
donde tan amargos ratos pasaba á solas. Comenzaron días largos, tediosos, de continuo errar y huir de
su recuerdo como un ingrato; los días en que se lucha por no vol\'er al relicario donde se esconde su
memoria y donde su imagen flota.. Llegaba hasta la casa, miraba las puertas cerradas, los balcones va·
cios, todo diciendo el abandono y la muerte, y sintiéndome débil, iba y bebia hasta embotar mi dolor;
pero ent'lnces la visión de su cuerpo al caer en mis brazos, la expresión, oh! esa expresión de amoroso
rl'proche salida de sus ojos al d!'jllr la vida, la sangre cubriendo su cucrpt', me atormentaban, apareciéndome como la más espantosa de las pesadillas.
Después de algún tiempo, ,·olví decidido á trabajar sin descanso. !'asé inclinado sobre la mesa muchos dlas y muchas nochrs, lh-n:111llo nerviosamente bojas y hojas, 1¡ucriendo con el cansancio y las ideas
ficticias substraenne á mi plln3amiento. Con frecuencia las mismas palabras que yo escribía, toca•
ban, despcrtahan mi herida, y con frecuencia, oh·idando por un momento, me voh·la buscándola á mi
lado como lo hacia cuando rlla me acompañaba :l trah11j11r; ai no rncontrarla, botaba la pluma, quedando más hundido todavía en mi dolor.
Pero es al liegar 11qul cu11n,Jo comir11z11 lo más nrgro, lo '111", siempre &lt;&gt;.goi~ta, me preocupa más de
10110 este drama. No te rías.
Una nochr, despué,1 de varias ho ras de trabajo, bcnli uu ligero ruido t1·as du mi; como estaba bastantJ nervioso, me vold bruscament.-; excuso decirte que nada encontré. Seguí trabajando algo preocupado ya y desconfiando de las sombras que abundaban fuera del radio luminoso de mi lámpara; poco rato
,tespués sentl ó creí sentir un ligero toque en el hombro; quedé frlo, pensando en que ella me advertía
as! cuando quería interrumpir mi t ·ahajn, y sentí una ansiedad terriblr; no me atreví á volver el rostro,
no respiraba casi, temeroso de encontrar algo tras de mi. D~spnés de un rato de lucha volví al fin la ca•
ra con lentitud, haciendo rui ,lo y e~fuerzos .. .. nada! sólo las medias sombras y el brillo dorado de las
encuadernaciones. Respiré larg11ment&lt;•, sintiendo consuelo; pero temiendo aitn, dejé la pluma y sin vol •
1·erme más, sintiendo frío en la frente, ful directamente á mi cama.
Inútil es decirte que no pude dormir un momento; el menor rnido, el toque de las horas, el crujir de
un mueble, el paso de un rntón, todo me producía sudores fríos y sobresaltos á pesar de cuanto razonamiento juicioso me hacia.
Pero des1e entonces, amigo mio, siempre es lo mismo; todo me sobresalt,t, trabajo siempre con el oi•
de alerta, queriendo sorprcnder cada ruido. En una plllabra, tengo miedo, miedo dt1 la pobre suicida á
quien tanto amé. Tengo miedo de que vuelva, mie_do, sobre todo, de la expresión de su última mirada,
que nunca puedo ni podré olvidar. No estoy loco, no, pero la siento errando invisible á mi alrededor, y
tengo miedo, miedo de ella; pero de tal manera, que nunca. ni por nada lllfl hubiera atrevido á escribir
esto de noche, temeroso de sentir el golpe én el homhro ó s us pasos avanzando silenciosos con precaución: tengo miedo!
Tengo miedo, si, y de ella; ven, vo:1n y libram:i de este pavo r, de esta constante insoportable anguslia. Sintiendo alguien á mi lado, me sen tiró fuerte. Ifo pensarlo en casarme, en traerá mi lado algo que
me escude de ell11; pero no, sentirla celo~, y n11nc11 porlrla bcs1tr ni estrechar á mi mujer, sin sentirla invisible entre nosotros- dos.
No es que haya dP.jado de que1·erla., no; la amo y la deseo como nunc:i, pues mis dlas no serian tan
negros estando ella á mi lado. Pero tú lo Yas; la amé mucho, me amó mucho, fui muy feliz y ahora es
preciso que pague con el peor de los castigos: temiéndola, queriendo refugiarme contra ella.
Lo ve,! ahora mismo al escribirte, el sonido quejumbroso de una puerta al ser empujada por el
viento .... (es por el viento?¡ me ha hecho' estremecer y enfriarse mi frente sin que pueda atreverme li
,·olver el rostro.
T.ingo miedo! Ttmgo miedo! ven, amigo mio, \·en, ó no sé lo que será de mi

BERXAI:DO

COUTO CASTILLO.

�163

REVISTA .MODERNA.

m
Yo unía en mis tli~cursos con cliau1autina sarta
al aticismo Iieleno, la sobriedad de Esparta
~- así recto era el juicio, sabroso era el conceto;
Juntábanse en mis actos Platón y Alcibiades
y siendo bello y grave tenían mis verdades
con amargor de prédicas almfbar del Himelo.

IV
¿Por qué siguió al Olimpo del Gólgota iufccundo
la soledad, y en rapto de amores imprevisto
las razas· empuñaron el lábaro de Cristo
que trajo las tristezas al júbilo del mundo?
¡Qué mal le habla hecho la vida á ese iracundo
demoledor! Dionysos amable, hubieras visto
la sangre de tus twas en el brebaje.misto
del cáliz, y sus hojas servir de pudibundo
Fajero "á las estatuas ollmpicas! En vano
radió en defensa tuya la espada de Juliano,
la humanidad trocaba su primogenitura
Por las lentejas .. . . ó por la ' gloria que se abria
y yo, ateniense, el sello mostraba en mi tonsura
ele! Nazareno, ¡Padre de la melancolía!
F.n Roma, Enero de HJO l.
A~1Ano

N1&lt;:1tvo.

EL FENDULO.

I
Nemcoi~, vil'ja loba, conozco tus desmaucs,
tus dientes han mordido mis carnes de granito,
11acl con la sonrisa del divo Aristofanes
" Tú la hiciste mueca del pálido Heraclito.
• Yo tuve un culto en Delphos;deluzeran mis manea
hoy negros; era fácil el hoy tedioso rito;
por U me son hostiles mis padres los titanes
y no hay un sitio para mi risa en lo infinito.
Ayer me tuteaban los Dioses soberanos
y yo tiraba besos a Zeus á ~os manos,
bebiendo el vino dórico de mi lagar, mas luego
surgió cual monje estéril el dogma que me aflige
y el diáfano Pontífice Máximo que rige
la Iglesia, uncióme al culto del místico borrego.

JI
Ayer apet~a~ _cuánto fulgor en el paisaje,
qué suave desposorio de mitos y de vida!
atado iba coú~cinta de lino el gran follaje
de mis cabellos rubios, y mis áureas cnemidas
Al sol ardian; _era la túnica mi traje,
la túnica que deja contemplar las mullida:1
pan tonillas cubiertas por un vello de encaje,
jleda y cosquilla al beso de tod1\8 las armidaa,

Nadie notó ele pronto la casa abandonada y algún tiempo siguieron Yivicnclo como si nada hubi11ra sucedido. Primero que nadie, enmuclc::ió el grillo invisible desde que la última brasa se extinguió eu
la chimenea.
Luego la única gallina que vagaba en l!l corral subió la escalera, picoteó la puerta cerrada, tC'ndió
el cuello hacia la ventana y como los desperdicios cuolidianos no caían, se salió.
E l gato se cansó de ronronear, acurrucado inútilmente para sentir en su dorso la enjuta mano qu11
tan bien conocía. Olfateó el piso, maulló con despecho, araiíó las sillas y por el granero se escapó.
Una noche las ratas, tras de roer el último mendrugo del cofre, destaparon el azucarero vacío y
no volvieron más.
Las arañas encogidas no esperaban para hilar sus telas mils que el silencio, pues un rnmor regular lo turbaba aún.
Pero bruscamente el péndulo se detuvo. No se había parado poco á poco, sus tic-tac debilitándose
hasta el tic- tac supremo: dejaba ele andar como un;i persona herida en pie y que no se crela enferma.
El corazón de la casa no latía ya.
Las gentes de la aldea vecina empujaron la puerta y ll!rnntaron del suelo á la viPja Maria Teresa
caitla boca abajo, y muerta iL solas, sin prevenir.
JuLKS

(Trad. de ,Revista Moderna•).

RENARD.

�REVISTA MODERNA.

DEL LIBRO ('EN RADE."
Era un inmenso desierto de vcso seco mas allá de todo limite, que hui a indefinidamente de la vista,
un Sahara de lechada endurecid;, en cuyo centro se levantaba un monte circular, gitantesco, de flancos
agrios, agujereados como c~ponja~, micados con puntos rlcslum')J'antes como puntos de azúcar, de cresta de nieve dura, esculpida como una copa.
Separada de este monte por un valle cuyo sucio raso parcela amasado con lodo resecado de cerusa
y de creta, otra montaiía lanzaba :í. alturas prodigiosas una cima de estaiío semejante á. un embudo; dijérase de esta montaiía, repujada, inflarla de enormes gibas, que era una colosal ola, desmochada en la
extremidad, hervida al fuego de innumerables hornos y cuya globulosa ebullición, súbitamente comprimida, congelándose repentinamente hubiese quedado intacta.
-Sin duda, pensó Jacobo, estamos en pleno Océano de las Tempestades y estos dos monstruosos
cAlices tendidos hacia el cielo son las cúspides crateriformes de Copérqino y de Képler.
-No, no me he equi\·o ~ado de \"ia, dijo, contemplando la leche helada de aquella superficie casi pla·
na que solamente se volvía hinchada y granulosa cuando se iba del pie hacia la cima.
Con serena certidumbre se orientó: allá lejos, hacia el Sur, aquello que aparece vagamente, semejante á un gran golfo es el i\Iar de los Humores, y aquellos dos horribles chancros que guarnecen su entrada,
son á no dudar el Monte Gasscndi y el Agatarchites.-Y somiendo, pensó que después de todo era uu
slngularisimo país la Luna, donde no hay ni vapor, ni vegetación, ni tierra, ni agua, nada sino rocas y
corrientes de lava, nada sino circos estratificados y volcanes muertos, y luego, ¿por qué la astronomía
habla conse1Tado aquellos nombres inexactos, aquellos calificativos anticuados y extraños con que los
viejos astrólogos bautizaron aquellas series de llanuras y de montes?
Voh'iósc hacia su mujer, sentada é hipnotizada por aquella blancura y le explicó en pocas palabras
que serla imprudente a\·enturarse en el mediodla de aquel astro porque alll es donde se encuentra la
zona volcánica, la aglomcracióu dP. cráteres extinguidos, de sierras encajadas unas en otras, de cordilleras que casi se tocan y dejan apenas correr entre sus pies rugosas veredas que parecen talladas en lonjas calcáreas ó taladradas en masas de albayalde.
Ayudóla al fin á lernntarsr; ella lo escuchaba escrutando sus labios, comprendiendo sus palabras, pero no oyéndolaF, puesto que ningún medio atmosférico podía propagar el sonido en aquel planeta despro\'isto de aire¡ y volviendo la espalda al paisaje que contemplaban, tornaron i'1 subir al norte, costearon la
cadena de los Kárpatos, flanquearon el desfiladero del Aristarco, cuyos pitones se perfilaban erizados
como colas de cangrejo, dentellados como peines; avanzaban fácilmente, deslizándose más bien que andando sobre una especie de vidrio escarchado bajo el cual aparecían vagos helechos cristalizados cuyas
nervuras y relieves brillaban iguales á surcos de plata bruiíida. Imaginaba pasearse sobre bosques acamados, sobra arborizaciones laminadas extendidas, bajo un agua diáfana y firme.
Desembocaron en una nueva llanura, el mar de las Lluvias, y allí también, apostándose en una emi•
mencia, dominaron un pais11je ilimitado erizado de Alpes de yeso, encascarado por Etnas de sal, hinchado de tubérculos, ab,,tagado de kistes, escorificado como cagafierro.
Y de igual manera que en un plán estratégico, alturas inmensas, innumerables Chímborazos podian
barrer la llanura; el E'uler y el Pytheas, el Timocaris y el Arquímedes, el Autolyus y el Aristilo, y al Norte, casi en los confines del Mar del Frío, cerca del Golfo ele los Tri~, cuyos bordes rocallosos se incurvan
sobre el suelo liso, el ;\Ion te Plato lanzaba, formidable, la costra dislocada de las lavas, a Yarias leguas,
levantaba perchas de estuco y mástiles de mármol, descendlan rolles gigantescos de alabastros, precipi·
tábase en masa de rocas blancas agujereadas como madréporas, lucientes como fondos de criba.
Dijérase que todo aquello se iluminaba solo, la luz parcela irradiarse, subiendo del suelo, porque
arriba el firmamento estaba negro, de un negro intenso, absoluto, regado de astros que ardían por si
mismo@, en su sitio, sin derrama1· ningún fulgor.
En el fondo, el Aristilo asemejábase á una ciudad gótica, con sus pico@, los dientes al aire, cortando
con su sierra el basalto estrellado del cielo; y detrás y delante de esta ciudad superponlanse otras dos
ciudades, mezclando á la edad media de una Heildelberg la arquitectura morisca de una Granada, em·
brollando en un caos de países y ele siglos, minaretes y campaniles, agujas y flechas, troneras y alme·

165

nas, barbacanas y dombos, trinidad monstruosa de una metrópoli muerta, tallada en otro tiempo en una
montaña. de plata por los torrentes en ignición de un suelo.
Y abajo, todas aquellas ciudades se recortaban en somb:-as de un negro crudo, en sombras de dos
leguas de largo, y simulaban un montón de instrumentos de cirugla enormes, sierras colosales, bisturls
desmesurados, sondas hiperbólica·s, agujas monumentales, trépanos titánicos, ventosas ciclópeas, un estuche entero de cirujano para Atlas y Encelado vaciado desordenadam ente sobre un mantel blanco.
Jacobo y su mujer permanecían estúpidos, dudando de la lucidez de su vista. Se frotaron los ojos¡
pero apenas los tornaron á abrir los confundió la misma visión de una ciudad lavada en plata sobre un
fondo de noche y proyectando con los dibujos erizados de las sombras las exactas formas de instrumen·
tos tenebrosos, esparcidos, antes de una operación, sobre un lienzo blanco.
Luisa tomó el brazo de su marido, volvió á bajar á la llanura y ciando vuelta á la derecha aventuníronse en el valle que encajonan de un lado el Timocario y el Arquímides, y del otro los Apeninos cuyos picos, el Eratosthenis y el Huytens, elevan sus vientrns de bombones que se adelgazan poco á poco
y se terminan en cuellos de botellas, con los golletes destapados y rodeados ele cera blanca.
Es extraño, dijo Jacobo, hemos llegado al Pantano de la Podredumbre que ni es pantano ni huele
A nada. Es verdad que el Océano de las Tempestades está perfectamente seco y que el Mar de los Humores que debla aparecer graso como un lago de pus es simplemente un exorbitante plato de porcelana
grietada, rayada con cintas grises por las lavas.
Luisa abría las ventanillas de la nariz, husmeaba la falta de aire. No, ningún olor existla en aquel
Pantano de la Podredumbre. Ninguna exhalación de sulforo de calcio que ocultara la disolu~ión de una
carroña; ningún husmo de cadáver que se saponifica ó de sangre que se descompone, ningún osario, el
vaclo~ la nada, la negación del aroma y del ruido, la supresión de los sentidos del olfato y el oído. Y
Jacobo desprendía, en efecto, con la punta del pie, b'oques de piedra que descendían rodando como bo•
las de papel, sin producir ningún sonido.
Avanzaban con penoso impulso; aquel pantano cristalizado parecido á un lago tle sal, ondulaba, co·
mo descalabrado poi· una viruela g igante, acribillado de marcas rerlondas, tan grandes como esas fuen·
tes construidas en Versalles b11jo el reinado del Gran Rey; á trechos, ficticios arroyos zigzagueaban,
&lt;'stdados por la refracción de no se sabia qué, de hilos del gris violáceo de los yúdos; en algunos sitios,
:ipócrifos canales comunicaban falsos estanques que se teñian del rojo malsano de los bromos; en otro~,
heridas incurables levantaban rosadas veslculas en aquella carne de mineral pálido.
Jacobo consultaba un mapa que conservaba plegado en la bolsa de un vestido de fabricación ingle•
saque no recordaba haber llevado nunca. Aquel mapa, publicado en Gotha, bajo el cuidado de Julius
Po.irthes, le parecía de indiscutible claridad, con sus masas puntuadas, sus detalles en relieve, sus deno•
mi naciones latinas: Lacus l\fortis, Palus Putredinis, Oceanus Procelarum, tomados del viejo mapa Selenográfico deBeer y de l\'Iaedler, del que no ei·a al cabo m:\s que una copia reducida.
Veamos, se elijo, podemos elegir entre dos caminos. O bajar el estrecho formado por los bordes del
Mar tle la Serenidad y el cuello del l\fonte Hoo:n11s ó subir pot· el desfi ladero del Cáucaso hasta el linde
1lel L1go de los Sueño3 y volverá bajar, siguiendo las monta1ias del Taurus hasta el Jansen.
E-;te camino parecía ser el más fácil y el más ancho, pero alargaba millares de leguas el itinerario
que se habla trazado. Rosolvió escabullirse por los senderos del Hremus, pero tropezaba con Luisa á ca ·
u,l p:i.io entre do, m:.iral!as de C3ponjas lapidifica las y de coke blanco, sobre un suelo ve!"rugoso, hin ·
chado p_or borbollones endurecidos de c!oro. Luego se encontraron frente i1 una especie de túnel y de·
bieron soltarse y caminar uno tras otro, en aquella galería semejante á un tubo de cristal cuyos cortes
encendidos como puntas de diamantes alumbraban la ruta. St'tbitamente la bóveda se levantó, ahondán•
uose en una c!1imenea de a'to-!io:-no, tapada en su extremida,J, á distancias incalculabes, encima de ellos,
con una rueda ele cielo ll&lt;'gro.
- H emos llegatlo, murmuró Jacobo, porque esta abert11ra es el pico hueco del i\Ienelaus. Y en efecto, el túnel terminó, desembocaron cerca del Cabo Arechttsia, no lejos del l\Ionte de Plinío, en el ~lar de
la Tranquilidad, cuyos contornos simulaban la blanca imagen de un vientre, marcado con un ombligo
por el Jan.sen, sexuaJ.o como una mujet· por la gran V de un golfo, bifurca&lt;lo en dos piernas separadas
por los Mares de la Fecundidad y del Néctar.
Caminaron rápidamente hacia el ~Ionte Jansen, dejando á la izquierda el Pantano del Sueño, teñido
de amarillo como una charca co11gulada de bilis y el l\lar de las Crisis, una plancha condensada de lodo
del verde lechoso de los jades.
Escalaron taludes escarpados y se sentaron.
Entonces un espectáculo ext1·aorclinario se desarrolló ante ellos.
Hasta desaparecer de la vista, un mar furioso rodaba sus ola,, altas como catedrales y mudas, Por
toJ.as partes cataratas de espuma cuajada, avalanchas petrificadas de oleadas, tonentes de clamores Afo
nos, toda una exasperación de tempestad apila.da, anestesiada en un gesto.
To Jo esto se extendía tan lejos que los ojos desconcertados perdfan la noción de medida .v acumulaban leguas sobre leguas, sin posibilidad de distancia ni de tiempo.
Aqul, sedentarios maelstroms ahuecábanse en inmóviles espirales que descendfan en incolmables
abismos en letargo¡ alll despeiiábanse manteles indeterminados de espuma, convulsivos Niágaras, extcr•
minadoras columnas de agua que lle desplomaban sobre abismos donde babia mugíJ.os adormidos, brincos paralizados, vórtices tullidos y sordos.

�166

REVISTA MODERNA.

Rdlexionaba preguntándose d espué5 d e qué cataclismo se habían cougclado aq uellos lrnracancs y
se hablan extinguido aquellos cráteres? después ele qué formidable compresión de ovarios había sido
contenido el mal sagrado, la epilepsia de aquel mundo, la histeria ele aquel planeta que escupía foego y
soplaba trombas, retorciéndose violentamente en su lecho de lavas? después de qué irrecusable abjura.
ción la fria Setene habla caldo en catalepsia, en aqu el indisoluhle .:.ilencio que reina desd e la eternidad
hajo la inmutable tiniebla de un cielo incomprens ible?
¿De qué espantosos gérmenes habían salido, pues, aquellos montes desolados, aquellos Himalayas do
Clterpos calcinados y huecos? ¿qué ciclones habían secado aquellos Pacíficos y arrancado las vegetacio•
nes desconocidas de sus bordes? ¿qué diluvios supuestos de flamas, qué estallidos desaparecidos de
rayos hablan escarificado la corteza de aquel astro, trazado ranuras más profun&lt;las que á lveos de rios,
ahondado fosos en los cuales hubieran podido correr con facilidad cfüz Brahmapoutrns?
Y m:is ll'jo~, más lejos todavía emergían del circulo de los horizontes adivinados, más cadenas ele
montañas cuyos interminables picos rozaban el cuvérculo tenebroso del cielo, un cu,·i•rc11lo colocado so•
lam~ute sobre puntas de clavos en las cimas, esperando que un sobrenatural martillo lo hnncii esc de un
golpe para cerrar herméticamente la indestructible caja!
Juguete de un Titán iumenso, de una niña gigante y enorme, eufática caja qu e conti.. nc simulac.-os
en azúcar de tempe~tades y de llanuras, de ro cas de cartón y volcanes huecos en cuy o aguj ero el hijo
de un Polyphemo podía encajar su d edo meñique y levantar as!, en el vacío, la colosal osamenta de
aquel juguete inaudito, la luna espantaba la razón, aterrorizaba la debilidad humana.
Y entonces Jacobo sentia esa pesadez del bajo vientre, esa contracción de la vejiga que produce la
angustia prolongada del vaclo.
l\liró á su mujer; estaba trllnquila y con su binoclo, que no movia, consultabn, como una inglesa con•
sulta su guia, la carta que tenla, desplegada, sobre sus rodillas.
Aquella quietud y la evidencia de tener junto de sí, de poder tocar si lo quería un sér manifiesto y
,·ivo, 11paciguaron sus trances. Aquel vértigo que le sacaba los ojos fdera de los párpados y los cond~cla ll•ntamente hacia el fondo de un abismo, se desvanecla en aquel momento en que su vista descansa•
ha, ii dos paso~, sobre una criatura conocida, cuy a existencia era palpable y segura.
Lurgo, se sentía bajo sus vestidos vacío como aquellos montes tubulosos, sin entrañas d e mctaloi•
des, sin corazón de rocas, sin venas de granito, sin pulmones de metales. Se sentia ligero, casi fluido,
presto á elevarse si los vientos desconocidos ele aquel astro fueran á soplar. El frío exasperado de los
polos y las consternant(!S caolculas de los Ecuadores se sucedían sin transición en torn'l suyo, sin que
lo advirtiera, porque experimentaba. la impresión que se habla desemlrn.razad&lt;&gt; al fin de la corteza tempo·
ral de un cuerpo; pero repentinamente revelábase también el horror de aquel Llesierto lúgubre, de aquel
silencio de tumhas, de aquel doble mudo. La agooia atormenta&lt;ia de la Luna. recostada b:ijr¡ la losa funeraria de un cielo lo enloqueció.
Levantó los ojos para huir.
- l\Iira,-dljole ingenuamente su mujer,-ya encienden.
i::n efecto, en aquel momento, el sol rasó las cimas cuyas crestas desgarradas S8 irradia ron dlJ tlamas
IJlancas como un metal en fusión. Rampaban resplandores á lo la.rgo de los picos en cuyo centro el cono
del Tycbo hormigueó, terrible, abriendo sus fauces de fuegos sonrosados, rechinando sus dientes de bra·
s1t~, ladrando sin ruido en el imperturbable silencio de un firmamento sordo.

Jon1s

KAI:L

HÜYSMANS.

MAÑ'ANA .... !
Mañana, cuando lleguen los veutnrosos días,
El amante episo~io que yo anhelo y tú ansia~,
Yo dejaré tu freute de lirios coronada
Y tú armarás mí brazo con la invencible espada!
~n el latid que duerme, tus dedos musicales
Despertarán los himnos gloriosos y trinnfalf'~j
Bordarás, mi princesa, una tapicerla
Donde azul y enlutada, tu pasión y la mla,
Tus cándidos anhelos y mi tristeza bruna
Temblorosos se abracen en un rayo de luna!
Te asomarás al trágico abismo de mí alma,
Con tu mirar tranquilo lo dejarás en calma
Y las virtualidades fecundas de tus ojos
Han de cambiar en lirios los áridos abrojos!
Al ceñirme la espada murmurarás: •combate!•
Y si una sombra impura sobre mi st"n· se abate
Ha de caer al fuego que irradia tu corona,
Sierpe vencida bajo tu planta de madona!

Mañana entre las alas tle un dulce ritomelo
Nuestros seres amantes ascenderán al cielo
Que alumbra co:i sus ala&lt;, dorarlas la Quimera;
Mañana nuestro ensueño tendrá. su Pdmavera!
Borda entre tanto aquella rara tapicería
Donde se unen temblando tu alma blanca y la mi11;
Deshoja lirios albos sobre el hondo misterio,
Toca un claro preludio sobre el negro 5alterio
Que ya brota la aurora de los lll'icos días
Nuestro am'.lr! .. . . el instante que yo anhelo y tú ansías!
1

(Tracl de Revista Moderna.)

Mllxico, l!JOI.
J o 5t,; J UAN

TA131, .\l) .\.

�ARo IV

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE JUNIO DE

1901

NlJM, 11

REVISTA MODERNA
ARTE V
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEI•'E DE REDACCION": JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

MAGNA VoLUPTAQ
Eucirnde en la obsidiana de tus ojos
La mirada más tierna y más amante,
Y matiza el marfil de tu semblante
Con la lumbre solar de tus sonrojos.
Cierra tus brazos n ítidos y flojos
En torno de mi cuello palpitante,
Y restrega en mi pecho jadeante
Tus pezones coléricos y rojos.
;'llirame dulcemente, dulcemcntP,
Destilando tu beso disolvente
Y sonoro en mi labio que se inclina,
Y déjame chupar tu lengua u ntuos11.
Que exacerba mi fiebre voluptuosa
Y me tienta como u na golosina.

LA l\IADO)(NA DELT, A l\fELAORA~A.-BOTTICELLI. - FlllENZ~,

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>ARo IV

REVISTA MODERNA.

136

siquiel'a en unas pocas lineas el nh·el de los otros, eso bastaba á se1· inmediatamente sospechado por lo
menos de oligarca. Habla llegado á entenderse por verdadero demócrata un hombre desnudG de méri•
tos, desprovisto de luces, un semibárbaro atado á groseros vínculos zoológicos, falto de pulimento, re·
cién venido de la hez para honra y glol'ificación de la canalla.,
Como una simple belleza literaria véanse estas consideraciones, cuando dos amantes sin haber for•
mulado sn afecto, comprenden, en silencio, que se aman: •Las palabras no sólo hubieran sido inútiles;
brutales hubieran sido, como las guijas con que un chico vagabundo rompe el claro sueño de una fuen•
ta. Los dos lo co1nprendlan y callaban. Sus almas, hasta esa noche oprimidas, necesitaban del silencio.
En el silencio parecfan dilatarse como en la espes_u ra de las frondas la garganta del ave antes de rom•
per en trinos. Y asl dill\tadas, aquellas dos almas llegaron á rozarse, besándose y acariciándose, al tra•
vés de los brazos trémulos, como deben ele acariciarse dos rubíes, dos llamas, dos rosas, ,si de mal de
amores padecen alguna vez las rosas, los rnbles y las llamas. •

MÉXICO,

11\

QUINCENA DE MAYO DE

1901

REVISTA MODERNA
AR T E
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

V

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dtiblá11,

Concluyo. La novela de Diaz Rodríguez, literariamente considera.da, es· obra que ~erece el amor y
el aplauso, aun de los artistas exquisitos; pero como obra sociológica, como noble reacción de un esplri·
tu re_belionaclo por intolerables infamias, como valerosa protesta contra un vergonzoso y deplorable estado social, su mérito es mucho mayor.
Y al cerrar ·el lihro dos contrarias impresioaes depl'imen y exaltan el ánimo: la ignominia de que
existan sociedades ahogadas por el cieno espeso de tan criminal barbarie y el oí·gulloso placet· de mirar
que en plena frente de esa ciudad beocia y relajada se lev1rnte ht. mano de hierro de un moderno Juve•
nal implacable que á formidables golpes de martillo clave en la frente impura su obra de castigo y ex.
piación, sangrienta y corrosiva como un pasquln, noble y vindicadora como un laudo de tl'iunfante jus·
ticia.

Han llegado á esta Ite&lt;lacción las siguieutes Llevista...~ y Liuro~:
• L'Essai L'ittéraire • Revue mensdelle. Urgane du Salon des poet(•S. Parí,i, Févriér, 1901.
•L'Rrmitage.• París. Févrit'lr, 1901.
•El Cojo ilusfrado.• Edicición quincenal. 1° i\Iarzo, 190L. Carneas.
• La Albol'aJa,• Semanario de letras. 3 Febrero, 1901. :lfontevicleo.
• Venezuela Ilustrada • Quincenario de Ciencia y Letras. 15 y 28 Febrero, 1901.
cl 'ida social.• Semanario de Literatura. Buenos Aires, 3 y 10 Fehrero, 1901.
• El Con·eo Lite1·a1·io.• Semanal. Buenos Aires, Enero y Febrern, 1901.
cEl Pensamiento Latino.• Santiago ele Chile, Enero y Febrero, 1901.
•La Revista.• Parls, Marzo lº, 1901.
• El Tritmfo del Ideal.• Novela de Pedro César Dominici. París, 1901.
•Episodios Militares :Mexicanos• de nuest1·0 colaborador Heriberto Frias.
•Estudios filo~6fico11 y sociales• y •Sociología y Ciencia Económica• de Enrico Piccionr, de Sautia•
go de Chile.
Almanach Popular Brazileirn para o anno de 1901.

J. J. T.

l

NúM. 9

•

'

..

A.urnontA DE J.A PRJl!AV8RA, UN DE1'TAOUO.-J30TTJCET,LT.-FrnEN'ZJi).

�"LAVÓ SU CUERPO CON AMBROSÍA ...... "
CUNO.
« .... e tanto plu supera (il pittore) gl'ingegoi de Ji omi•
ni, che l'ini!uce ad amare e innamorarsi di pittura, che non
rappresenta alcuna donna viva •

Era un perfil austero de lineas de medalla,
Gestos y porte duros, indómita cabeza,
Y en su cruel pupila reflejos de batalla
Y en sus altivos labios blasones de grandeza.
Su acento era como una vibrante sinfonía,
Su cabellera un casco~bruñido y luminoso,
La lumbre de sus ojos, qué ardiente mediodía!
Sus senos, que suave cojín para el reposo!

Oh juventud! y entonces sonaron tus esquila!&lt;,
Y entonces las estrofas de brillos estelares
Bogaron en mi suelio de láminas tranquilas
Como en las quietas fuentes los cisnes familiar!'s,

LF.ONARDO DE VINCI,

UQUESA de Urbino! blanca Eleonora! no han encontrado mis ojos ni han deseado
mis amores, un cuerpo tan incitante como el que ofreciste- desnudo hasta los pies
-ele perfecto modelo á los pinceles del Tiziauo. Eres el fruto maduro de la Forma.
Bien hizo el artista en no convertirte en diosa, bien hizo dejando caliente tu
carne. Caliente es tu cabellera rubia, caliente es tu boca osculante, caliente es tu
s(lno donrle florece el pezón ele fuego, caliente &lt;'S el broche triangular de tu sexo.
Tienrs sa11;.:rn. Tir1rns pasiún. Yives. Rn l11. lfnea del arte q1rndó palpitando tu piel de mujer.

Bramó mi sangre entonces como un turbión deshecho,
Corrió mi sangre hirviente como un alud que rueda,
Y golpeó la dura muralla de mi pecho
Como un tenaz martillo que bate una moneda.

l•: n mi éxtasis inmóvil forjaba su sonido
Afanes de conquista y ardores ele batalla,
Y el golpe de la sangre, fogoso y repetido
Grabó en mi pecho el busto ele lineas de medalla.

V.ENGS DE

URBINO.- TIZIANO.-FLORENCIA.

(lleré e.ntró en la alcoba nupcial qu, su hijo bien a1n'ldo Heph'listos habla hecho. Ent,,ó y cerró las
puertas respla11decientes.
Rhapsodia XIV de la Ilíada.)

�140

REVISTA MODERNA

Y no eres impt'tdica, no eres ptll'\'ersa. No liabitas en el museo secreto del arte de amar. Estils junto
h las madonas de Rafael y del Col'l'eggio, y las vences en esplendor. Estás sobre la Yenus de Medici y
te burlas del mármol amarillento y frágil. Eres el placer, la risa de la vida, la miel del beso, el desmayo
de los ojos, la impaciencia ele la caricia, el frenesí de la posesión, el espasmo rápido y eterno .... Eres el
Pecado, el pecado delicioso, delicioso, delicioso, oh Erótica! Así como no hubieran podido pintarte las
medias tintas anémicas del Botticelli, y así como te pintaron los colores francos del Tiziano, te desdeñarán los hipó~ritas y te amarán-los fuertes. Fuerte, fuerte como condotiero véneto era Guy de l\faupassant,
y dijo de ti que te prefería á todas las mujeres vivas.
(Lavó su cuerpo con ambrosia; después se perfumó con mt aceite divino cuyo aroma se espai·ció en
la mansión de Zeus, sobre ta tierra y en el Uranos.
Rhapsodia XIV de la Iliada.)

Tendida sobre cojines rojos, después del bailo, descansas. Oh, t1'.t no sufres, tú no lloras: es el secreto de tu belleza corporal. Tus ojos bovinos reflejau las harmonias luminosas. No eres excesiva como una
Bacante ó como una Santa; no te entregas ebria de pámpanos ni oliendo á ungüentos claustrales, con las
ropas desceñidas ó las carnes maceradas; no debo llamarte vagabunda, ni circular, ni frenética, ni orgiasta. El limite de tus placeres es el placer mismo. No naciste para ser madre ni par¡:i ser prostituta.
Eres triunfal: te aclamaron en una fiesta de Venezia cuando surgiste desnuda sobre la proa de oro de
tu góndola.
(Una i:ez perfumado su bello cuerpo, peinó .m cabellem y frenzó los cabellos brillantes, bellos y divinos, que flotaban de su cabeza inmortal.
Rhapsodia XIV de la Iliada.)

Tienes un manojo de flores en la mano. En el fondo, cerca de la loggia de columnas abierta á la luz
de Florencia, las siervas sacan de un cofre las ropas fabricadas en Burano para vestir á la Duquesa

(Revfatió una Khlamyde dit:i11a que la misma Athenea habla hecho adornada de mil maratillas, y la
fijó sobre su pecho con broche de oro. Se puso im cinturón de cien franjas, y en .rns 01·ejas bien agujereadas pendientes trabajados con cuidado y adornados con tres piedras p1·eci?sas. J" la gmcia la envvlvia toda entei·a.
llhapsodia Xff &lt;l e la lliada )

No, no te Yestirán nunca. Podré contemplarte siempre así, desnuda, suntuosam ente &lt;lPsnu&lt;la, l\le
parece que todos los amores que he tenido en la vida, juntándose en el nivel de un solo anhelo, funden
sus ritos en loor de tí, blanca F.leonora! Sonad en los bosques, agudos pifanos de Pan! estallad en mi
alma, cláusulas polífonas de la poesla! sea. la Primavera! sea el amor!-Imágenes de mujeres neuróLicas,
imágenes de mujeres sanas, imágenes de mujeres frías, imágenes de mujeres apasionadas, imágenes de
mujeres que amé, imágenes de mujeres que me amaron, insaciables Sulamitas sedientas de riego como
el desierto, tenues Epifanías tejidas de ideal, hijas frondosas del Sol robnsto, hijas impalpables de la Luna histé rica .... , idos lejos, á la bruma, al olvido; dejadme solo con Ella, con la pecadora, con la indeformable, para contemplarla, tanto, tanto, que mi locura la zafe de la tel11 1 y llena de vida :ne ciña con
sus brazos, me dé la miel de su lengua, desmaye sus ojos bajo mis ojos, abra á mi amor el hroche triangular de su sexo, y la posea sobre los reclinatorios negros de una góndola negra, en un canal muerto de
Venezia muerta!

( El h{io de lú·o,ws tomó á la Esposa en sus bi·azos.
Ri1apsodia XI\' de la Iliada.)
Florencia, Marzo de 1899, pensando en el pintor Leandro Izaguirre.
JESÚS

URUETA.

,

VEJECES.
Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
Si n voz y sin color, saben secretos
De las épocas muertas, de las vidas
Que ya nadie conserva en la memoday á veces á. los hombres cuando inquietos
Las miran y las palpan con extrañas
Voces de agonizantes dicen, paso,
Casi al oído, alguna rara historia
Que tiene obscuridad de telaraiías
Son de laúd y suavidad de raso.
Colores de anticuada miniatura
Hay, de algún mueble en el cajón, dormida,
Cincelado puñal, carta borrosa,Tabla en que se deshace la pintura
Poi· el tiempo y el polvo ennegrecida,
Histórico blasón donde se pierde
La divisa latina, presuntuosa,
l\Iedio borrada por el liquen verdr,1'Iisales de las viejas sacristías,
De otros siglos fantásticos espejos
(~ne en el azogue de las lunas fdas
Guardais de lo pasado los reflejos;
Arca, en un tiempo de ducados llena,~_.;:::,;crucifijc, que tanto moribundo
Humedeció con lágrimas de pena
Y besó con amor grave y profundo;
.N'egro sillón de Córdoba, alacena
Que guardaba un tesoro peregrino,y donde anida la polilla, sola,Sortija que adornaste el dedo fino
De algún hidalgo de espadín y gola,1'Iayúsculas del viejo pergamino,Batista tenue que á vainilla hueles,Seda que te deshaces en la trama
Confusa de los ricos broeateles,Arpa olvidada que al sonar, te quejas;Barrotes que formais un monograma
Incomprensible en las antiguas rejas, El vulgo os huye, el soííador os ama
Y en vuestra muda sociedad reclama
Las confidencias de las cosas viejas.
El pasado perfuma los ensueiíos
Con esencias fantásticas y añejas,
I' nos lleva á lugares halagüefios
En épocas distintas y mejores;
Por eso á los poetas soñadores,
Le son dulces, gratísimas y caras,
Las crónicas, historias y consejas,
Las formas, los estilos, los colores,
Las sugestiones místicas y raras
Y los perfumes de las cosas viejas.
JOSÉ ASUNCIÓN

SILVA..

�REVISTA MODERNA.

PIERROT SEPULTURERO.
Esa tarde, otoiíal, lánguida, con tintes de hurafío azul en el cielo y neblinas de invierno, yo me encontré sin saber cómo en el cementerio. Paseando-porque amo infinitamente las estrechas avenidas
donde las casas caprichosas y diminutas, sólo albergan despojos- las horas fueron corriendo y el huraño azul se trocó en morado ennegrecido Ya iba á salir, pero la carretera me pareció monótona y la
blancura de los mármoles me atrajo ..... .

i
De pronto tropecé con una extravagante figura á la que sin embargo reconocl casi inmediatamente, no con poca sorpresa. Ud. aqul!-exclamé casi involuntariamente-y mi aparecido hizo singular mue•
ca de malicia, en cuya expresión leí muchas cosas.

Blanco, con su habitual blancura de lirio, frágil como flor que el viento mece, pálido como hostia
temblando en manos del sacerdote, Pierrot se hallaba ante mf. Pierrot, mi viejo amigo, el incansable
noctámbulo, el que seguía los f1·ac~ y las caravanas ruidosas para sonrefr á sus anchas y desdeñar con
sus gestos de gran señor todos los placeres y todofl los caprichos humanos.

,Qué quiere Ud.-decia- desde que Gautür y Banville murieron, comprendí que mi reino no era
ya de ese mundo. Nadie más hizo caso de mi, y era justo porque yo nunca babia hecho caso de nadie.
Pero á pesa1· de eso me sentí triste. Me h11bian cantado en versos tan hermosos! Había yo resplandecido
tanto á la luz mágica de las rampas! Y luego las gentes eran tan distintas! Ni pizca de ingenio, nada!
El mundo se convirtió en inmenso hormiguero de gentes graves, vestidas de negro, yendo siempre
de prisa, corriendo como almas que lleva el diablo. La verdad es que aquello era muy poco alegre! Hablaban de negocios, de dineros, de empresas de minas, del Transvaal, qué sé yo! Nombres imposibles y
razonamientos más imposibles aún. Los mortales, sin constrnir Babel alguna, olvidaron su propio idio•
ma para expresarse con palabras demasiado largas ó demasiado cortas, sin sonoridad y tan concisas como golpes de martillo; uno, doscientos noventa y nueve, dos mil, y la Lengua, la Bella Lengua, la que se
habla lentamente, la que se escucha con recogimiento al bordll de una mesa mientras vuelan las espira
les salidas de la pipa, la que en la penumbra del humo evoca duda.des fantásticas y mujeres hermosas,
la que con una frase, concisa también, levanta todo un espejismo ante los oyeutes, la Soberana Palabra
la olvidaron, Señor mio, y el mundo se convirtió en una Bolsa, donde cada gesto y cada palabra querían
decir rapiña y que si algo evocaban oran montones de esas ridiculas ruedas doradas ó vulgarmeI1te pla•
teadas que tan mal suenan al oldo, que no están nunca quietas y que por mi parte siempre desdeñé. Eso
era el mundo, y decid! retirarme.
(Aqut Pierrot tuvo exp1·esiones de sentida melancolía, sus oj,;&gt;s pasea1·on vor los árboles que se balanceaban y vo1· las cnices que perdian sus vi1:os colores; luego continuó):
e Yo que como Señor espléndido y no teniendo otra cosa que derrochar, derrochaba ingenio y perdía
solemnemente el tiempo desde que un inglés dijo: Time is nioney, yo, me encontré de más en ese mundo. Apliqué dos puntapiés á Arlequln, di dos fumadas á mi pipa, desdeñé á Colombina que andaba en
combinaciones con un banquero, y resuelto á todo me colé en una trapa. Ay! amigo mio! qué desengaño para mi! Ah! plantaban coles, engordaban puercos y se arrodillaban y levantaban los ojos exactamente como lo hubiera podido hacer un autómata. Recorrí el mundo, oi más necedades de las acostum·
bradas, y por fin, cuando pensaba, no en buscar un duelo, pues ya no hay quien los acepte, y si en arro•
jarme desde la más alta ton·e, mi buena estrella me hizo entrar aqui.
Precioso lugar, mírelo Ud.: arboles, a.venidas, monumentos y silencio; qué más se puede decir? Mi
gran amiga, la única á quien de veras he amado, mi buena compañera me visita con frecuencia, mírela
Ud.: (Pierrot levanta emocionado los ojos). La luna! ah! ella conoce todas mis tristezas y todos mis ca·
ríe.os, ella me ha guiado, á ella he seguido, y con su luz, protectora y tibia, he confundido muchas vecllS

143

mi traje. Si me vi~to de blanco es por ella, porque ella es blanca como una de¡;posada, como una muerta. La luna, Señor mio, es lo único hermoso que en este mundo nos queda, y por eso, porque es de:lcada
v porque es bella, sólo sale. do poche, cuando el común de los hombres duerme, cuando no pueden profa;1arla miflares de mira~as mezquinas. Yer la luna, gustada, caminar bajo su pura luz es placer de unos
cuantos, de escogidos; para el resto, pa,a la interminable muchedumbre allá está el sol, brusco, grosero, aplastando, inflamando rostros bestiales, haciendo sudar y congestionarse! Y mire Ud., yo que tanto
había amado la luna, yo que la conozco y la amo desde que nací, nunca la habla visto tan hermosa. Este jardln de muertos parece ser su propia casa, lo ama, le da brillos singulares: es la lámpara necesaria
A estos edificios, y yo debla estar aquí, puesto que este lugat· Je place; tal vez por eso me encuentro tan
bien. Oh! porque me encuentro perfectamente! Ud. no puede figurarse! para mí esto es un Edén. Du•
rante el día, paseo, riego las plantas, corto las rosas, limpio los mármoles y hago brillar los cobres de
los enrejados. Cuando no estoy de humor para trabajar, me cuelo en las capillas, enciendo los cirios, ha·
go sonar las campanas y de cuando en cuando, así, por juguete, cuento mentiras á los muertos mis
amigos.
Cómo! Ud. no cree que se pueda tener amistad con los muertos? Pues sí, mire Ud.: aquí viene de todo, pero la Seií.ora, la que los trae, es lo más juicioso y lo más sabio que puede concebirse. La mayoria
queda ahí en el fondo de las fosas, entregados á los gnsanos como ellos se entregaron á las mezquindades. Los cerebros que concibieron ideas de vilezas y &lt;le e;;-oi,mos, los cerebros que sólo solÍ.aron con· metal, con metal en diversas formas, en diversos tamaiios, en diversos valores y en diversas leyes, ahi los
tiene Ud., rígidos, frios, insensibles, como el Seiíor á quien adoraron. Otros, á los que generalmente el
mundo llamó vagos, los que eran inútiles y no se preocupaban pot· ruindades, los que eran necios y torpes porque amaban la luna y eran enamorados de las hermosas frases, ,r los matices y las notas, los que
pasaron su vida en iateriores éxtasis, con el pensamiento arrodillado ante interiores altarns, los que ar·
dian con llamas cuyo brilfo no semejaba al del 01·0 y si al del ct·epúsculo; todos esos, los despreocupa•
dos, los que no formaron parte del inmenso rebaiío pastando a lrededor del Buey Bíblico, todos esos,
amigo mio, vienen también aqui; pero la muerte, porque mucho en ella pensaron, les da horas de recreo
y les permite salir y entregarse á sus pláticas, con la lucidez que su nuero estado les da, lucidez que sólo en muy contados habitantes de sobre-tierra, pu,le ver. Se oyen aqui cosas iuteresautísimas; hablan
de todo, conserrnn su ingenio, pero excesivamente a~uzado. No hay camaradas comparables á los
muertos.
Mire Ull., qu0 me cree loco y íija en mi sus ojos absortos, va á presenciar algo ínteresanttsimo. Dentro de un momento jugaremos una partida de bolos, un verdugo que tronchó algunos cuellos reales, un
asesino muy artista c¡ue firmaba con sello especial sus cadáveres como lo hubiera podido hacer el más
eximio pintor de Kakemonos, un hombre que fumó mucho, bebió mucho café y emborronó con singula r
deleite varias gruesas de cuartillas. La luna, buena chica como siempre, vendrá para alumbrarnos; iremos al osario, y con unas cuantas tibias clavadas en tierra y los cráneos que nada sienten porque nada
encerraron en vida que sintiera, harán las mPjores bolas que se hayan visto, Acepta Ud? ..... .
Los bailes que aquí organizamos son superiores. Superan, si no en fausto, si en originalidad á los
más célebres que se han conocido. H.esíde ahí, junto aquel muro, un violinista que hizo algún ruido en
el mundo, y le aseguro á Ud. que jamás esturn tan inspirado como aquí. Yo tuve la ocasión de olrlo en
un Teatro de París, y la verdad es que ha ganado mucho. Aquí se perfllcciona mucho el gusto. Pues
bier:, apoyado en ese árbol que ve Ud., su violin en mano y la actitud grave nos entusiasma. Mis muertos danzan, danzan fos más endiablados rondós; un chiquitín sobre todo, que está ó estuvo enamorado
ele una doncella que vive allá, bajo ese ángel de alas caídas, sabe dar á sus mo,·imientos expresiones tan lujuriosamente amorosas, que el fósforo brilla en algunas espinas dorsales. Durante el Carnaval
y siguiendo mi consejo, se vestirán con mi traje unos, y de magistrados ó académicos otros. Un baile de
Pierrots é Inmortales, será digno de ser visto; siento deseos de invitar á los auténticos casacones del
Pont- Neu.
También solemos tener nuestros malos ratos, no crea Ud. Recién casados que lloran, jóvenes que se
lamentan de morir tau temprano; con unos juegos florales, varias poesías apropiadas y algunas reunio•
nes donde se les presenta con celebridades que se encuentran perfectamente bien aqul, quedan tranquilizados y llegan á tomar gusto á nuestras codtumbres, convencidos de que cuando se ha sabido vivir
bien, la muerto no es tan mala •

)Ii asombro y mi terror iban cu aum ento, y para set· sincero diré que á cada palabra de Pierrot y á
cada arranque de su morboso humorismo, más me aferraba á mi convicción: Pierrot ha perdido por completo el juicio- me decia.-Siempre fué extravagante, pero jamás lo crei capaz de llegará. semejantes
delirios.
El, sin hacer caso de mi asombrado mutismo, fué á. una tumba cercana. Lo ví alearse y su silueta
completamente blanca parecía alguna estatua bajada de su pedestal. •Poca cosa-me dijo al volver-un
amigo mfo, pintor de bastante talento, que me suplica eche las piedras más pesadas sobre el ataúd de
un usurero que debe presentarse aqui mañana. Ah! y se me olvidaba! es otra de mis grandes díversionef; cuando la Seíiora me avisa que tal ó cual no debe levantarse nunca, con qué placer eeho tierra!

�144

REVISTA MODERNA.

Nun ca hubo aquí un sepulturero tan activo; las paletadas van una tras otra, caen, sonando á hueco primero
y luego, cuando la pala produce su sonido metalico, me digo, ele-suena a plata,, y echo, echo mas entusiasmado cada \'ez, mientras mis muertos rlen y ríen. Cuando he logrado levantar un montículo, dejo
mi pala á un latlo, me pongo de pies y haciendo mi cuel'po lo más pesado posible, danzo para apisonar
aquella tierra. En la noche suplico á unos cuantos me ayuden en la tarea y ahí nos tiene Ud., Pierrot en
medio y los esqueletos alrededor apisonando rabiosamente sobre un burgués que no asistir:í jamás á
nuestrns fiestas.
Si, amigo mio, Piel'l'ot ha alcanzado la Sabiduría y la Satisfacción. Ni platicar con las celebridades
más empingorotadas, ni cortejar á las act1·ices más hermosas, ni desdeñar á los más altos, me ha producido placer tan grande como el ser sepulturero. Yo he sido todo, soldado, juez, anarquista, marido celoso, inventor, poeta, actor, todo; pero nada, nada es tan agradable como vivir en un cementerio lleno de
rosas, entenar muchos burgueses y jugar bolos con esqueletos alegres é ingeniosos.
Pero en fin, amigo, me marcho. La Señom tiene que darme órdenes para mañana. Ojalá venga Ud.
pronto por aqul, se divertirá mucho.
- Con tal de que no organice Ud. uno de t.'SOS bailes de apisonadoras, amigo Pierrot!
- Hum!- Es preciso portarse como el Ensueño lo manda; ¡adiós!
Y Pienot, tomando su azadón, desapareció grave, suntuoso, mirando entemecido á la luna queparecla guir'iarle un njo.

B.l!lRNARO0 CO UT0 CASTILLO.

La «Revista Moderna» prende hoy en sus páginas una flor negra en recuerdo del refinado artista Bernardo Oouto Castillo, muerto en la manana del
3 de Mayo.
Aquí donde son tan pocos los luchadores del Ideal, en esta tierra donde son
contados los amantes t.le la Belleza., y raro, muy raro ¡ay! el que después de
satisfacer sus necesidades groseras busca la"! delectaciones intelectuales de la
Ciencia 6 del Arte, más difíciles pero más puras, es irreparable la pérdida de
un companero que enarbola nuestro mismo estandarte.
En su prosa sutilmente bella y brochada de sensaciones pungentes, ha• blaremos sus amigos con su espíritu fecundo en rarezas y exquisiteces, y en su
sepulcro donde lo rodeará el recogimiento de la Naturaleza, sobre su losa funeraria que bordearán sus hermosos cuentos como ramilletes de Flores del
mal, Pierrot, el personaje más querido y más cantado por el artista, murmurará ~n las noches su elegía de gratitud y de lágrimas.

~oMBRA DE UN HE
Yive ¡oh :\lusa! entrn símbolos velada,
Tal como una estatua submergida;
Como luna en la tarde presentida
Y antes de tramontar adivinada .. . ..
En la espiga de oro encarcelada
Como las hostias vivirás dormida,
Y guardarás la esencia de tu vida
Como esconde su sangre la granada!
Sólo el latir del corazón sonol'O,
- No su amor, ni sus ansias, ni su anhelo 1\Iueva el soberbio pectoral de oro ....

Y si sufres ¡oh l\Iusa! que tu duelo
Se deshaga en la sombra, como un lloro
Tras de un negro antifaz de terciopelo! .. . .
l\léxico, 190 l.
Josi JUAN TABLADA.

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REVISTA MODERNA.

RITORNELLO.
Insisto, no importa, mi pasión es terca,
Y será forzoso que el rigor ablandes;
He de ver á solas y cerca, muy cerca,
Tus ojos profundos, azules y grandes.

POES I A D
L EDITOR a rtista ha puesto sobre la seda opaca del fo11do, en una extensión oto1ial, un
vuelo de golondrinas. Quien así denuncia su poesía es el poeta artista que hoy tiene
España, prestado por América mientras brota uno propio: Francisco de Icaza. Son cosas de sol y de galantería rimada; más humo de color de rosa, como en las Efímera¡,
de que habló á su tiempo LA NACIÓN. Es la fiesta de los ojo¡:, de Rodenbnch, pero sin
que las miradas queden con ventanas á lo interior, sino hacia afuern, en donde la navegación en el azul y la harmon ía de las cosas producen la música.
Cuando lo sensitivo es la melodía, el pensar se objetiYa, el ensueño se cristaliza en
una estrofa ó en una sucesión de estrofas. Efimei-as hizo escribirá Julio Ilurell un ar•
ticulo de comprensión y vuele, como suyo; la critica española fué más que corté¡:, en lo general, aunque
~in conocimiento de cau sa. Para juzgar la poesía ,le Jcaza se requiere una cu!tura cosmopolita, una in
formación sabia de literaturns extranjera¡:, porque si no es un abstruso como en las letras de nuestra
. América lo es ese formiclahle Lugone¡:; su puesto está al lado ele i\lanuel Gutiérrez Nájera y del tristemente perdido Julián del Casal. En Lejanías la modulación del verso, la rítmica misma, eu ocasiones
rompe las cintas que u11rn la estética de Icaza á la contemporización con J¡, casa española, y el huésped sabe demostrar que en ese continente hay algo más que la tradición de modalidades literarias hoy
caducas, el soplo de todas partes, el aliento de todos los puntos cardinales. Y que si conservamos la lengua como instrumento propio, en lucha con lo que puede menoscabarla, agrngamos al tesoro de la herencia lo que logramos conseguir en latitudes distintas, en plasticidad, vocabulario, musicalidad y matiz.
Del libro que pronto aparecerá, ,·an como primicias á LA N,1c1óx los Ycrsos siguientes, que el diplonütico mexicano y poeta amable ha querido concederme:

I NVERNAL.
Ce n'est plus Je t ~mp&gt;, d'allcr sur l amer.
Ce n·est plus Je t emps d'nller clnns les h ois.

Parece el mar de bronce y sobre el cielo obscuro
La espuma de las aguas se levanta en los aires ....
¿A dónde n el viajero
Si el tiempo no es propicio para crnzar los mare&amp;!
Hay nieve cu los senderos, en el bosque sin hojas
Esqueletos de ramas, y arriba el cielo blanco ....
¿A dónde va el viajero
Si el tiempo no es propicio para cruzar los campo&amp;!
YuelYa al hogar: le esperan donde hay amor y lumbre;
La llama brilla alegre, y en el rojizo fondo,
De espalrlas á la sombra,
Pensando en él se agrupan muy cerca unos de otros.
¡Ay! para el que regresa y en el hogar vacío
No encuentra quien le espere, ní baila el amor de nadie,
Es el tiempo popicio para cruzar los campos
Y atravesar los mares ....

En noches de ausencia, mirando en las olas
Brillar los reflejos de lejanos mundos,
Pensaba en mirar de cerca y á solas
Tus ojos azules, grandes y profundos.
¿Ruegos, amenazas? ¡Si todo es lo mismo!
Igual que me ofendas, igual que me adules,
Perdóname y mírame. l\Ie atrae el abismo
De tus ojos grandes, profundos y azules.

Otittm cmn dignitate, !caza realiza el tipo del diplomático gran sei'íor que uo solamente taquina la
musa, si no que la cultiva y la fecunda. Es visto en los altos círculos pensantes como un joven maestro
cuya autoridad no se recela. Su escandaloso descubrimiento de los plagios de Doña Emilia le han hecho
poco simpático á todos los que somos amigos de la noble señora de la calle Ancha de San Ilernardo; pero co n todo, ha llegado á ser vicepresidente del Ateneo. Su aristocracia social y literaria le pone á cuhierto de más de un inconveniente, en la frecuencia de los cenáculos de cierta índole, caciquismo bohemio, ó camaradería dificultosa.
l\Ias su poesía se escucha, ya como un viento inusitado entre la arboleda lírica uonnal, ó como la
canción de los chorros de agua, en una fuente, cerca de la Academia, caución de melancolía cuyo secreto psíquico y harmonioso no lo percibe sino el meditabundo y el comprensivo. Usando el instrumento
nacional y tradicional, !caza logra se1· un poeta modernlsimo, y demuestra á los peninsulares que quedan en las orillas de los mares de América, multiplicadas tortugas de oro como 11quclla en que el jorobado Alarcón afianzó las siete cuerdas de su lira.
Rt:BÉN

DA.RÍO.

�LUZ DE LUNA.
l

¡Oh! mátala!-¡i. su oído
dijeron á. la vez'_la torva Ira
y el Despech(brutal. En loquecido
y ciego de furor alzó la-mano;
relampagueó el acero de la hoja,
y mientras hiern y la mujer expira,
parece que abre impe.netrable arcano
con la cuchilla humedecida y ,roja.
II
¿Era culpablc?-dicele muy quedo
una voz honda que le hiela el alma.
¿8ra culpable .... di?-la voz insiste;
.v por primera vez le azota:e1 miedo.
Contempla en torno con fingida calma ....
atravesando la entornada puerta,
la luz crepuscular alumbra triste
1:l p;'tli1l0 semblante de la muerta.

m
En el último rayo enrnjecido
en la sangrienta charca en que reposa
la joven, como un lirio desprendido
del tallo por la racha enfurecida,
mira flotar el alma de su esposa
que µarece volver al cuerpo inerte
y reanimar la llama de la vida
en los despojos mismos de la muerte.

YI
«No soy culpable, 110,-dice la boca
inmóvil del cadáver cuyos ojos
abiertos ,·en al trémulo asesino: firme fné mi virtud como la roca
que no conmueve el huracán.' Abrojos
sólo recogerás en tu camino.
Por tu crimen bestial no lleves duelo.
El abismo eres tú, yo soy el cielo.•
V

Se apagó el rayo de la luz incierta
iL los pies de la noche ennegrecida
que cubrió con su manto
111. faz aterradora de la muerta.
A tientas sacó el hierro de la herida
el matador. Sin pena ni quebranto,
como en la blanca noche de su boda,
cubre d11 besos á. su dulce amada;
amoroso á su lado se acomoda;
y sin una oración,:sin decir nada,
con mano firme y ánimo certero,
á la luz de la luna que nacia,
exhalando_un suspiro de alegria,
se partió el :corazón con:e1 acero.
JESÚS

E. YALENZUELA.

ED HEiiOISMO DED fl1~_AIDOB.
U F.:S ,·can u~tede~, - nos tlijo seriamentP, desp11t'•s de dar un sorbo ;'1 su
taza de café, el virjo Cororrnl retirado- la primera vez que oí eso de
hipnotismo y sugestión n&lt;'i que fuernn palabrotas inventadas para
embaucar imhéciles ...... Xo hice caso; pero más tarde, á fuerza ele
seguir oyendo las mismas palahras en boca de personas respeta.blt'F,
aun en la de mis m(1s vit'jos y serios amigo~, en los periódicos ....... .
¡Oh! sí, hasta en los mismos periódico~, puse mi atención en lo que pudiera ser aquello ..... . ¡Y ralabra de honor que tuve que cor:vencerme de que podía ser verdad esa maravilla!...... No; yo no he creído
nunca en lus mi!agros, ¡qué había de creer, si 111e llamaban en el escuadrón •el rem•gatlo• y las so/daderas fanáticas me odiaban porque blasfemaba con alguna frecuencia; &lt;lespnt_\s, homhre, ¿por qué no lo he de decir? mo he vlwlto más tolerante ..... ¡como ya no me hacen rabia.r las hambres de los campamentos! ...... Bueno, no c,eyendo en los milagros se me figuraba
que, de existir el famoso hipnotismo, tenía que ser un milagro ...... ¡Y si n emhargo, recordaba haber
\' isto con mis propios ojos un milagro! . . . . . . . Pero como no fné ejecut1tdo por un santo, tenía quepa·
sa.r por él, de buena ó mala gana ..... .
Y cuando por fin comprendo que la sugJstión t·s un hccho,-porque asistí á las experiencias del Dr.
Parra, -me persuado que aquel que creía yo milagro do un dem0nio, no fné sino un terrible caso de hipnotismo ó .mgestión ó influencia ó ..... . lo que ustedes quieran llamarle; pero el hecho es cierto; yo lo
ví; yo iotervine en él sin darme cuenta, tan sólo que.dando estupefacto ante lo que me dejó mudo de sorpresa como después de una alucinación vergonzosa.
Verán ustedes cómo pasó el caso:
Vagaba mi escuadrón de • Voluntarios de Tepic• por el Sur de Sin aloa. Se habla separado hacfa
dos meses del grueso de las tropas del General Corona, de ese valiente Jefti que tan altos destinos realizó y debla realizar.
En aquel escuad rón iba yo como alférez, después ele haber pasado á Guadalajara, apartándome del
Ejército del Norte, que principiaba á organizarse para continuar la defensa nacional contra la invasión
francesa.
f&lt;:xpedicionállamos en busca de vlvereb; y en efecto, al principio tuvimos buena suerte, quitándole á
los imperialistas un convoy respetable ya. Nos dirigimos á incorporarnos con nuestro General cuando
110s dieron alcance dos pelotones de caballería fran cesa, que cierta mañana cargaron sobre nosotros en
el recodo de una cuesta, dándonos repentinamentr, cuando menos lo rsperábamos, la más sangrienta y
feroz sabliza de que teugo memoria.
¡Oh! amigos, aquello fué espantoso, tenible it 111!\s no poder!
Figúrense ustedes que desfilábamos tranqui lamente, al sol naciente, dorado y lindo como una gran
onza de oro, acabados de almorzar, cantando esas inolvidab ♦es canciones chinacas que tanto entusias•
ma han á las tropas liberales en sus eternas penurias y constantes miserias, cuando ele no sabemos dónde
brotan gritos ante un estruendo endemoniado; la luz se obscurece por espesa nube de polvo ...... y por
nuestra retaguardia y por las lomas que teníamos á nuestros flancos, aparecen los unirormes azules de
lo; france3es y lo; ra,\' º" de plata de xu q sahles, de sus sables que un minuto después se levantaban ro·
jos de sangre mexicana ...... ! Y nada, - ¡esas cosas son fatales en la guerra! - la desmoralización y el
pánico; no tuvimos tiempo de saca r nuestros machetes .. ...... Emprendimos la retirada, abandonando
nuestros preciosos llagajes ........ ¡Y muy allá, rn el fondo de una bananca de la sierra, fuimos á reunirnos los que quedamos, trí:,,tes y sombríos, rrcouct•ntrando e11 nuestro pecho la cólera noble de los
vencidos sin combate! Nuestro Jefe, el capitán Loza, estaha e~pantosamente frenético. ITubo necesidad
de arrancarlo por fuerza del lugar del peligro, pues desarmado, muerto su caballo, echando espuma por
la boca, negro de pólvora, se obstinaba. en desafiar, -esgrimiendo por el ca1ión una carabina rota,-á los

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

en.Pmígos que por atlmiración-¡Ah! ¿sería también por la sugestión del heroísmo?-no le acabaron allí
junto ít muchos de los nuestros!
- ¡Aqui hay un traidor, aqui hubo un canalla traidor! Yo no comprendo cómo supieron :os france
ses por dónde íbamos ...... ¡Ah! miserables!
La tropa y los oficiales que le rodeamos cariñosamente, le oíamos como si estuviese loco.
¿Quién del Escuadrón, aunque hubiese querido, hubiera llegado á poder realizar una traición?
Gin embargo, instintivamente volvimos el rostro hacia su Secretario, un magnifico oficial polaco, de
ojos azules, barba rubia obscura, profusa y larga, cerrada...... Era éste un doctor que había llegado
á l\Iéxico entre los abastecedores franceses ....... para hacer luego la guerra á los mismos franceses, y
en particular á los austri::i.cos, á quienes decía odiar por ser siervos de un déspota ..... .
¡Amaba la libertad, idolatraba á nuestro gran Juárez y quería batirse contra los invasores, acompañando nuestras tropas y poniéndose á las órdenes de nuestros Jef&lt;:!s, á quienes instruía. asiduamente,
siéndoles utilísimo.
Aquel hermoso médico polaco, tau noble en su ademán, con sus ojos inteligentes, nos era perfoctamante simpático ...... Nos constaba, además, que era un valiente. Su brazo era tremendo, y en los combates esgrimía una larga y gruesa lanza, especial suya, construida por él mismo, y con la cual arremetía
contra sus enemigos, hecho un demonio! Así, pufls, lo admirábamos también como á un diestro y bravo
veterano. l\Ias, aquella mañana de tristísima memoria, al oír las palabras del capitán Loza que hablaba
de traición, no sé por qué algunos de nosotrns tuvimos el rápido pensamiento de creer traidor al polaco.
Habíamos echado pie á tierra y él se disponía á vendar á un oficial herido, cuando al punto y de SÚ·
bito, comprendió:
-¡Capitán-exclamó con acento tranquilo, de entonación extraña, frío, pero enérgico-¿bay quién
crea que yo pueda ser un traidor? .... Si acaso lo hay, le juro [t usted por Dios y mi patria, que se lo en•
trego mañana .... para convencerá todos que yo no soy ese .... ¡Yo sé leer en los ojos de los cobardes!
Y, levantando su noble cabeza rubia, miró de frente á mi capitán, quién bajó sus ojos ante los del
polaco.
- De usted no desconfío, doctor- le contestó:-pero a&lt;Juf hay un traidor.
-Si es asl, mañana sabrá usted quién es.

bueno, vamos á ver si es cierto, acérquese .... Usted y yo \·amos hacer que el traidor repare el mal que
nos ha hecho ... .

150

Cuando rendimos tan penosa jornada, instalada la guardia, avanzadas, escuchas y centinelas entre
unas rocas, al aire libre, en las tinieblas, vi al doctor recorriendo el campamento, deteniéndose á escucha1· la respiración de cada soldado dormido, tocf1ndole la cabeza .... Después se dirigió lentamente á
una cbo?.a donde dormfa el capit.im y su ayudante•, !'ncontranrlo á úste en Pi momento en que salia, en·
vuelto en un amplio zara pe del Saltillo.
Lanzó una breve Pxcl3mación 111 reconocer al doctor, quien al punto le tomó del brazo y alzando
repentinamente la linterna,\. la altura del rostro, al ver que retror¡,dfa asustado, le gritó:
- ¡:\flreme usted! ¡;\Ilreme de frentti!

Y yo, yo ntismo fui testigo de lo que entonces sucedió. El polaco clavab:i en él sus ojos azules iluminados pnr la linterna rojiza; el ayudante babia palidecido .. .. Yo, que creyendo al principio en la trai·
ción del 1·xtranjero lo segufa escurriéndome ~ras la sombra que su luz produjera, comprendí quién era
el traidor .... Pero estuve á la espectativa entre las sombras, ocultándome lo más que podía.
- ¡Doctor, cállese usted!
-OyE", traidor,-dijo muy quedo el polaco,-aho1·a tú nos llevas á sorprenderá los franceses .... te lo
maudo .... Y, óyelo bien, yo y ese oficial que me sigue sabemos que eres un Judas .... ¡Dime dónde está
el enemigo; 11 hora es preciso que tú lo traiciones! Sabes dónde está.
-Señor,- murmnró &lt;'l miserable,- dentro de una hora debe caer aquf. ... Está A media legua, en Lomas Prietas ....

-¡Ahora verán ustcdes,- agregó el Coronel, envolviéndose densamente en el humo de su puro, reta•
miéndose los bigotes, humedecidos en café-ahora verán ustedes si aquello que primero crel milagro es•
tu pendo no pudiera explicarse hoy por ese maldito fenómeno de la sugestión hipnótica.
Les referí cómo el médico polaco alzando la linterna con la cual había alumbrado su camino por el
campamento completamente dormido, habla sorprendido al oficial ayudante que salia, envuelto en su an•
cho zara pe•, de la casucha que servia de alojamiento para él y para nuestro jefe.
-Compaiíero,-medijo luE"go, sin volve1· la cara hacia fi mi-usted me ha seguido, tal vez sospechando
que yo sea el traidor que dió aviso A los franceses de nuestra hora y punto de partida, esta mañana; pero
ya oye lo que acaba de confesar este hombre .... Dice que el enemigo está cerca, en Lomas Prietas ....

151

Yo me acerquú estupefacto, al ver el efecto maravilloso de las miradas del polaco, sobre el que ha·
híamos creído nuestro leal compai'íero, el oficial ayudante, único que conocía los planes y las órdenes
secretas del Jefe do la partida. Llegué cólerico ante ambos, deseando matar al miserable, causa de nues·
tra desgracia.
Yi al infeliz tan pálido y tembloroso que parecía un atacado del mal de San Vito. El terrible doctor
~ostenia aún á la altura del rostro la linterna .... En torno se extendian las tinieblas en el gran silencio
del campamento . . .. Tan sólo allá, cerca de la casucha, se esfumaba. la silueta de un centinela.
-¿Qui(•n está allí?-preguntó el polaco con breve y enérgica frase.
-Nadie, doctor-contesté.
-Yamos, pues.
-Doctor, yo le suplico á usted .... hermano, á ti por lo más que quieras e,1 el mundo, te ruE"go - ballJnció, tartamudeando.
-¡Cállate, sinvergüenza, ó te arranco el alma!- rugl.
-¡Silencio! se echa á perder todo si lo saben-dijo el polaco,- porque despedazan {1 éste y no sorpren·
drmos á los franceses .... ¡\Tamos á allá!

Lo confieso, amigos, ya era más grande que mi cólera el asombro que sentía por el imperio, el dominio, la sutil adivinación del sabio polaco, que á mí se me iba figurando como cosas del demonio,- parece que el demonio debía entonces sor chinaco .... Y, nada, que ahí nos tienen ustedes á los tres rumbo
á mi alojamiento.
Algunas zaleas tendidas en el fondo de un cuarto destartalado, cerca de una maleta; un machete col•
gado en la pared, unos santos de papel en un rincón .... adobes que servían de asiento .... he a.qui todo
el mueblaje. El médi.:o se sentó sobre la maleta, colocando la linterna sobre sus rodillas; yo, [1 una indicación suya me instalé á su lado, sin compl'enrler todavía quú fbamos á hacer, pero .... ¡eso si! no dejaba
en paz la culata de mi pistola!
-Psted allí Pnfrente; no; mf1s cerca de mi .... ¡m,i.s! Yéame bien, amigo .... No baje los ,,jos: ¡mi reme
&lt;le frente!
- ;Ah Doctor! por lo que más quiera usted en el mundo; por su p11tri11!
- ¡Cállese usted; no blasfomp! ¡F:n Polonia no hay traidores, sino márti.-es! .... ¡fü rem e &lt;le frente! ¡yo
se lo mando! .... ¡)Ifreme!
- Anda, canalla; obedece ó te ch:stapo la olla de los sesos! - vociftlré á mi ver..
- No, compaiipro, no hay necesidad; guarde el cachorro, porque nos ha de ser útil dentro &lt;le poco ....
¡\llrame, w lo mando! Así. ¡:\Títs fijamente! Sin parpadear .... ¡Eh! cobardE", no tiembles, que no te vamos
á matar . . ..

E nton ce~, vi con mayor asomb ro aún, que los azules ojos del doctor relampagueaban sobre los del
Judas aquel, heridos al mismo tiempo por la amarillenta luz del farol. ... No se movía; el ayudante no
t&lt;&gt;mblaba ya, ni apartaba del rubio y noble rostro del polaco sus miradas fijas y atónitas .... iY yo fni
mitonces el que empecé á temblar de no sé qué vértigo endiablado! Hubo un momento, palabra, en que
crri 'l ne soííaba. Después volvió á temblar con grandes sacudimientos, anhelante.
B.rpentinamente se incorpora el polaco, se dii-ige al oficial que continúa sacudiéudose, pero siempre
fij:t la vista Pn los ojos de aquel, le toma la cabeza y cerrándole los pftrpados, le ordena:
- ¡D11e1 me! .... ¡Duérmete! Ahora vas á responderme sin mentir .... ¿Dónde están los francesE"s?
- En el rnncho de Lomas Prietas, á un cuarto de legua de nuestro campamento.
- ¿Q,uú ibas it. hacer cuando te encontramos?
- Iba ,í. acercarme á una avanzada que me espera al pie de un mezq uit€.' 1 j unto !t. una cerca, para qu&lt;•
clinan aviso de sorprender al campamento¡\. las doce y media de la noche, g uiándolos yo por donde no
hubiera centinelas .... En caso de que diera el ¿quién vi\·e? yo mismo debía contflstar para que no hicie·
ran fuego: Libe1·ta,l y Re(orma.
- ¿Poi· qué has traicionado á tu patria?
-México no es mi patria. Vine de la América del Sur con el General Gh ilardi. ... quería Yolvcr r ico
it ver a mi familia; teDgo esposa, hijos ....
- Bueno, te ordeno que, cuando despiertes, inmediatamente nos conduzcas hacia el mezquite; dices á
los franceses que uu pelotón nuestro se pasa al Imperio .... que lo esperen sin hacer fuego .... nos llevas
al campamento y allí te ordeno que en la hora del combate te batas como un valiente .... Si as! lo haces
te perdonamos .... Aunque seria mE"jor que una bala ó un sable enemigo te partiera.

�MÉXICO,

REVISTA MODERNA.

152

Después de tan extraña escena, el polaco volvió á mi su rostro grave y somb-rlo, noble, majestuosi·
simo .. .. ¡~o, decididamente, pensé, éste no puede ser un demonio.

-Caballero, me dijo, no se sorprenda usted de esto; es muy nntm·al; estos seres débiles, col)ardes,
incapaces de gr&amp;ndes energías, se domiban por una voluntad íirm~, templada á fuego, sang:-e y dolor,
como la rola .... Pero me conviene una cosa para no provocar la superstición en cualquiera partido de los
ejércitos .... que poi· ahora no refiera nada de lo que ha visto . .. J\Iás tarde .. .. á ver si más tarde se
acuerda usted de mi y de este episodio.
- Doctor, le ,loy mi palabra de honor.
- Gracias, amigo. l\!irc, vamo's á ·sorpi·ender, nosotros á los franceses, per-&gt; necesitamos ser pocos y
buenos para no dar A sospechar . . .. Escójame unos diez ó doce bravos .. . .
- Pero . .. . ¿y con qué orden?
- Ese es el ayudante del capitán y él mismo ratificará la orden .... ¡Ya verá usted si nos vengamos!
- ¡Despierta!- agregó, sacudiendo. el cuerpo del traidor dormido. Al instante entreal,rió los ojos suspirando y mirándonos atónito. Yo partl á escoger gente para la empresa, con ciega confianza en, aquel
terrible hombre.

2i

QCJINCENA. DE MAYO DE

1901

R EVIST A MODERNA
ARTE
DIRECTOR . JESUS E. VALENZUELA.

Y

CIENCIA .
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. dt Dubldn.

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Todo fu(: á pedir de bo~a. Avanzamos en las tinieblas; el suriano il&gt;a sombrío, mudo, marchando ma·
quinalmente como un sonámbulo, delante del Doctor .... Y tras ellos, yo, con la pistola en la mano iz•
quierda y el machete desem·ainado en la derecha, y tras de mi, armados con carabinas, reatas, puñales
y machetes, doce tr&amp;mbres de los mE'jores tepiqueiíos de Corona .... Ll~gamos al mezquite. Silbidos de
culebras . . . . sombras que se agitan, cuchicheos : ... Nos dE'jan pasar los puestós avanzados . ... y henos
rumbo {i Lomas Prietas1 donde el campamento francés duerme más tranquilo que nunca . .. .
Pasamos frente al primer centinela, quien, sin un grito, cayó de una buena puñalada . .. . ¡adelante! .. ••
Otro ..•. Y ese· sl gritó, pero ródó de un culata~o .... Un minuto después, frente á. los fuegos del vi·
vac francés, llegamos ocultos por una loma y caímos como un rayo .... ¡Qué refriega1 y entonces vi que
el más terrible en batirse contra la guardia que nos hacia fuego en dosorden, era el Oficial Ayudaute.
Atroz fui'• la mortandad .... pero los valientes francescs- ¡oh! ha.y que coilfe!!aTlo! al fin se rehicie•
roo l\ retaguardia, guareciéndose tras otra loma.
Retrocedimos batiéndonos en retirada, cargados de botín .. \' ¡Ay! el polaco quedó tendido de un
balazo en el cráneo, y el c,idiwer del trnidor suriano, literalmente acribillado, fué conducido por los
nuestros al campamento donde todos ignoraron su traición . ... ¿para qué deshonrar su memoria si ha•
bla muerto dándonos un triunfo espléndido, bien que no fuera sino instrumento de a,quel sombrío doc·
tor polaco, cuyo nombre verdadero nadie supo en :\léxico . ...
lIEKIDERTO

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FRÍAS.

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NóM. 10

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$ANTA BÁRBARA,- PAUIA EL VJEJO. -YE:SEZI~.

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 9, Mayo, Primera quincena</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>REVISTA MODERNA.

120

E Leonardo: clnnanzi ebb'io la nucla
faccia del Mondo immensa,
come quella dell'Uom che a dentro incisi
Creai la luce in Cristo su la mensa
e creai l'ombra in Giuda;
dell'Infinito feci i miei sorrisi.
Poi, nel vespro, m'assisi
calmo alla sommita. della saggezza
ed ascoltai la musica solenne.
Per qnali vie convenne
meco quest'aspra forza a tale 11.ltezza?
Come questa vecchiezza
semplice e sola attinse
il culmine ove regna il mio pensiero?
Fratelio m'c chi vinse
il suo fato e tento novo sentiero •
E il Buonarroti disse: •lo prima oscuro.
per opra piú perfetta
rinascere, di me nacqui motlello.
roí mi scolpii nella virtú concetta,
come ne! marmo puro
s'adempion le promesse del martello.
E posi me suggello
,·iolento su! secolo carnale
di grandi cose moribonde ea.1 co.
Trato apersi un vareo
nelle rupi all'esercito immortal~
degli eroi soprn il Male
vindici; senza pace,
28 Febrero 1901.

ARo IV

stirpe insonne, anelammo all'alto segno.
Ben costui che or si giace
tal cuore ebbe, s'armi&gt; di tal disdegno.•
~{ella notte cosi gli eterni spirti
riconobbero il Grande
cuí sceso era pe'tempi il lor retaggio.
Il tita.no giacea senza ghirlande,
senza la.mi na mirti,
sol corona.to del suo crin selvaggio.
E, come il primo raggio
dell'alba fu, la maggior voce disse;
• Ü patria, clegna di trionfal fama!•
E parve che una brama
di rinnovanza dalla tena escisse,
e che le zolle scisse
clai vomeri altro seme
chiedessero a nove: seminatore,
e che l'onte supreme
vendicasse la forza del dolore.

MÉXICO,

iª

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

R .E·VISTA MODERNA
ARTE Y
],)!RECTOR: JESUS E. VALENZUELA .

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
1'i11. de Dttblá11.

Canzon, per i tre mari
vola dal cuor che spera oltre il destino,
recando il buon messaggio a chi l'aspetta.
Aquila giovinetta,
batti le penne su per l'Apennino;
p&lt;•r 1·aere latino
ra pidarnente•vola,
poi cliscendi con impeto :nei piani
sacri ove Roma e sola,
getta il piú fiero grido e J¡\ rimani.
GABRIEi.E

D'ANNU).!ZIO.

LAS SEIS NOTAS DE LA FLAUTA.
Eu los campos dn la Sicilia, no lejos del mar, exis·
te un bosque de almendros. Es aquel un sitio antiguo formado cou piedras negras y en el que, desde
hace luengos a11os, se han sentado los pastot·es. En
las ramas de los árboles vecinos, penden jaulitas
de cigarras, tejidas con junco, pino y varas de mimbre verd~ que sirvieron para atrapar pececillos.
La que duerme, Prguida sobre el sitial de negra
piedra, con los pies envueltos en cintas, con la cabeza oculta bajo cónico sombrero de paja, espera
á. un pastor que jamás volvió.
Partió con las manos untadas de cera virgen para corta1· carrizos entre las húmedas trampas para
pájaros, pues quería modelar una flauta de &amp;iete
rnbos, como le había enseñado el dios Pan.
Y cuando hubieron transcurrido siete horas, se
escuchó la primera nota, cerca del sitial de negra
piedra donde vela la que duerme aún.
La nota se oyó cerca, clara y argentina. Después
transcurrieron siete horas más sobre la pradera

(Traducción de •Revi~ta Moderna.• )

azul é iluminada por el sol y la segunda nota se escuchó alegre y dorada. Y cada siete horas la durmiente de ahora, escuchó que sonaba uno de los
tubos de la nueva flauta.
El tercer sonido fué lejano y grave como el clamor del hierro; y la cuarta nota, más lejana, se escuchó como el profundo retintín del cobre; la quin•
ta turbada y breve como el choque de un vaso de
e~tañr, pero la sexta, sorda y ahogada como los
plomos de una red cuando chocan entre si.
La durmiente esperó en vano la séptima nota que
aún no resuena. Los dias envolvieron el bosque de
almendros c.,on brumas blancas y los crepúsculos
con sus brumas grises y las noches con sus brumas
púrpuras y azules.
Quizá el pastor espera la séptima nota á bordo
de luminosa balsa, entre la sombra creciente de las
noches y de los años .... y sentada en el sitial de
piedra negra, la que esperaba al pastor se ha dor•
mido.
MARCEL

NúM. 8

SCHWOB.

SANTA ÁGNIIISE,-ANDREA DBL SABTO,-CATEDR4L DB PISA,

¡

�123

REVISTA MODERNA.

testé, dejé que lo suspendieran y sólo cuando lo vi á punto de ser sumergido, pegué mi rostro al vidrio
del cabezote y lo miré fijamente con todo el furor de mi odio secreto y contenido. Crel verlo palidecer
bajo el cristal verdoso, y momentos después sentl los movimientos desesperados con que desde el fondo
.\vila, atenorizado y agoni~ante sacudia la cuerda de alarma .... Hice de manera que mis compañeros
no se apercibieran, y segul fingiendo que movla el propulsor de la máquina de aire .... Cuando pasaron

TRAGEDIA OBSCURA.

•

1

GITA:N'DO en la mano el último libro de Zola sobre el trágico asunto Dreyfus,
me hablaba mi amigo el Doctor JI .... No cabe duda, medecla, que el número
de inocentes condenados es mucho menor que el de criminales impunes. Y sin
m:\.s preámbulo, como inmediata prueba de su decir, refirióme este episodio:
Descansando en mi superioridad intelectual, en mi posición de médico del
puerto de i\I ... traté siempre á Garnica, á ese turbio Capitán de cabotaje á
quien tenían todos los habitantes del lugar, ni más ni menos que un beluerio
á una fiera .....
Nunca acaricié la esponjada melena de su orgullo, jamás esquivé sus zarpa•
das coléricas, antes hubo momentos en que empuilando el liltigo de la razón consegul arrinconarlo, como el domador á la bestia, en un rincón de la jaula.
Una noche en una obscura taberna del puerto á donde fui á dar tras de una visita profesional, Garnica almnbrndo por continuas libaciones y en vena de siniestras confidencias emprendió encarándose
conmigo lasiguient11 narrnción, que más que desvarlo de a'coholizado parece una verídica y tenebrosa confesión que me explicó claramente el por qué de mi aversión instintiva bácia aquel hombre:
-Doctor, ¿se acuerda Gd. de Rafaela, la que tanto tiempo tuvo la fonda de Puerto Yiejo? Bueno, pues
esa Rafaela ha sido mi gran amor .... Ud. alguna vez me ha contado sus aventuras y yo sé que en cuestión de mujeres Ud. es tan valiente y tan cobarde como yo .... Rafaela fué mi gran amor; pero ¡qué
quiere Ud! me alejé de ella; tal vez lo mucho que la quise fué lo que me perdió; el caso es que mientras
yo me iba á La Paz como segundo á bordo del pailebot Cuafwtémoc, ella .. .. me engailó .... Y lo supe
prcmto porque tenla mi gente; al llegar al lugar de la consignación, ya por el vapor de la Mala me babia llegado una carta contándome todo .... Hafaela había estado en la plaza de gallos, en las •carpas,
de Los Esteros y en la serenata con un tal Avil a, que era antiguo conocido suyo y tapatlo como ella ....
Los dos la habían corrido juntos y nada .... que yo andaba de boca en boca, siendo la irrisión y la
burla de todo el puerto .... !
Avila, quitándome¡\. Rafaela me había quitado cuanto tenía yo en el mundo .... y la verdad, Doctor,
que la vida en mi tierra, después de aquello me parecla imposible! ~le callé, me estuve fuerte; pero juré
vengarme; juré matar á Avila, no á puñaladas, ni á tiros, sino de una manera en que no arriesgara na·
da, ni mi vida riñendo con él, ni mi libertad matándolo sin precauciones. Y ahora verá YJ. lo que lepa·
só á Avila.

«El l\laya, era un vapor que venía cargado de mercanclas muy valiosas, te~oros casi, destinados á va·
rías ciudades y puertos del Pacifico. Para el obispado trala objetos del culto, custodias, copones, can·
delabros, el barandal del altar mayor; para el puerto de San Juan, mucha plata en lingotes y además un
caudal de valores para una casa fuerte y para una oficina federal. La noche de su llegada «El Maya•
fué cogido en la bahla por un chubasco formidable. Todos los pangos se hundieron, los barcos anclados
se fueron mar adentro á coner el temporal; el viento levantó varias techumbres, las andanillas de olas
llegaron hasta la calle del Teatro, y e El l\laya• á. media milla del puerto y con la caldera apagada hizo
agua y se fuú á pique. ~o hubo ahogados, toda la gente se salvó; pero algunos dlas después una casa
armadora del puerto hizo un contrato con los fletadores de • El )laya, para salvar la mercancla y se or·
ganizó el buceo. Yo me contraté junto con Avila. Se limpiaron las escafandras. Avila tenia que bajar
con otro buzo llamado el Botete,• mientras que yo debla hacer funcionar la máquina de aire, siendo lo
que los buceadores llaman •el cabo de vida,, el que tiene á. su merced la existencia del que desciende Alas
profundidades, puesto que por su acción funciona la máquina que lo hace respirar. •El Botete• bajó
primero; se vistió la escafandra, le colgamos los •escapularios,, que son dos enormes lápidas de plomo
pendientes del pecho y de la espalda, y por fin le atornillamos al collar la gran cápsula de bronce, el
pesado cabezote de metal incrustado de gruesos y fuertes cristales. Lo levantamos en peso y suave·
mente lo dejamos sumergirse. La máquina de aire funcionó perfectamente y al cuarto de hora volvla
El Bolete del fondo, trayendo consigo parte de los valores y habiendo ganado casi una fortuna, pues
más de mil duros le iban á ser entregados por su hábil tarea. Avila, ansioso de igual suerte, estaba ya
vestido, abrumado con los escapularios y limpiando el verdoso cristal del •cabezote., Antes de que le
fuera atornillado, dijo dirigiéndose á mi:-Mucbo cuidado, amigo Garnica, ahorita vuelvo. Yo no le ,:oo·

diez minutos .... •
No pude seguir oyendo la narración de aquel infame, prorrumpió el Doctor H ... Todos en el puerto
habíamos creido que aquel fatal accidente se debla á la falta de un perno notada al hacer la inspección
del inyector pneumático .... Hasta esos momentos Garnica me revelaba el monstruoso crimen!. ...
-Y qué tiempo hace de eso, pregunté al homicida, fingiendo indiferencia?
- SI, comprende! me contestó con cinica,y triunfal sonrisa; piensa Ud. que una denuncia acabarla con
un malvado como yo; pero no la intente Ud., Doctorcito, Avila está bien muerto hace veintiún ailos; mi
venganza, mi crimen, como Ud. quiera, ha presc1·ito y el que hoy me denunciara.serla el mejor buzo del
mar. ¡Aguantar veintiún años el resuello! Y con una carcaj al&amp; de ironla y desprecio glosó el soez re•
truécano Garnica ... .
JIJSÉ JUAX TABLADA.

•
LA OFRENDA DE HERODES.
A Rubén Dario.

I
Hinchado el cuello en incitante rscorzo,
Y cimbreando su flexible torso
Con nerviosa elegancia de pantern.
Danza la hermosa hebrea ante el Trtrarra,
Cuya miritda voluptuosa abarca
La escultura triunfal de su cadera.
El arpa en su vibrante nen·adura
Hila los ritmos de la danza impura;
Y cuando el paso bárbaro termina,
Con viril insolencia de sicario
i\Ianifiesta el intento sauguínario
La boca de la virgen asesina.

En el regio vesllbulo aparece
Torvo Idumeo, que impasible ofrece
En cincelado plato, helada y yerta,
Una cabeza que cegó el degüello,
Y sangra el tajo del robusto cuello
Cual la corola de una rosa·abierta
Anubla las arrugas de la frente
Que cincelara en cobre el sol de Oriente,
Una sorda tormenta que reposa.
Y al postrer crispamiento en que agoniza,
En los siniestros pómulos se eriza
El bosque de la barba-tenebrosa.
JI[

Fdo mortal sob1·e la Corte baja:
La inmensa palidez que la amortaja
Se ha encendido en relámpago de enojo11;
Y vibrando fatldico reproche,
Un rayo cruza el fondo de la noche
Que duerme en e(abismo de·sus ojos.

~7~

�REVISTA MODERNA.

UN EGOIS1"'A.

11

- Prímo,- me dijo la pequeñita i\Iaud que parecía una mu11eca de porcelana de Saxen, dieciseis
años, blanquísima, ojos lilas y crenchas rubias-primo, ve á hablar á papá, te lo ruego...... León es tu
mejor amigo, y papá me tiene en una prisión y yo no puedo habla,· con él.. .... Papá te quiere mucho y
no te negará que León entre á casa . .... . Anda!. ... . .
La encantadora decia esto con tal mimo, que yo sonreí subyugado y obedecí. Atravesé e; vasto
salón resplandeciente en la fiesta se1iorial ele la familia congregada; acaricié á uno de los minúsculos sobrinos, un bebé picaruelo como un gorrión, que vino á mi con los brazos abiertos y se asió á mis rodillas
gozoso, y en medio al bullicio de conversaciones y risas de la dichosa velada en que viejos, garzones y
niños celebraban el día de la abuela, me dirigí al buen sesentón que reposaba en una poltrona, pensativo á pesar de sus ojos risueños, pleno todavla de vida juvenil.
-Tlo, me dispensas que te llame aparte?
El tio se levantó apoyándose en mi brazo.- ¿Qué mosca te pica, muchacho?-Y complaciente me llevó á un angulo solitario y agregó en tono zumbón:-Sentaos, caballerito, y decidme qué os pasa.
-Tlo,~reanudé envalentonado con la cariñosa acogida, pues el viejo en verdad me querla como si
fuera un9 de sus hijos-León Valmar está verdaderamente enamorado de la bella :\Iaud ..... .
-YJ . ..... me interrumpió poniéndose en guardia al ver mi súbito desplante.
-Y Maud está impresionada del brn.vo mozo, que bien sabes es un pundonoroso heredero de s u
nombre; por lo cual te ruego encarecidamente, salvo tu experiencia y criterio, le permitas visitar ..... .
..._- Mi casa!. ..... -concluyó el viejo irguicndose. Pero dominándose y venciendo su extraña impetuosidad en él que e ra la bondad misma, ante el afecto que me dispensaba y ante mi sinceritiad irreflexi,·a que á pesar mío lo habla. herido, me dijo en dulce reconvención:
-Bien se ve, Jorge, que no sabes nada de la vida!. .... Vaya! te contaré á. ti, ya que juegas á hombre ..... . aunque no, ya que eres un hombre, puesto que hablas en serio de estas cosas...... te contaré
á ti la pena que me roe lentamente el corazón it pesar de los aiios que todo lo hi elan, aun los pesares
más candentes ..... .
Y ordenando que llevaran dos ta~as de té á su estudio, contó así el buen viejo:
-Antes de que se viera, como esta noche, reunida toda nuestra familia, como bien sabes, azarc•s do
la suerte hicieron que se dispersara en distintas ciudades y países. A los veintisiete años de edad
,·ivia con mis dos hermanas y mi madre en una pequeña casa que el laborioso esmero de ellas hac;¡ aparecer un pequeño palacio de infantas eu exilio. Un trabajo abrumador de escritorio rne tenia alejado to·
do el dla del hogar, y por las noches era para mi un dulce consuelo, la satisfacción heredada de nuestros mayores, pasar breve descanso en la velada familiar, al lado de mi madre, mis hermanas y Alfredo
Orrantia, el consentido ele la casa, guapo mozo de treinta alios á quien yo trataba ceremoniosamente por
serme antipático, pero al que mi hermana mayor, Andrea, nos había impuesto á. mi madre y á mi, después de oposiciones acres, para aceptarlo como novio oficial. El se presentaba todas las noches co rrecto,
atildado, desde hacia cinco años, y saludándonos con galanterías palaciegas, nos platicaba versatilidades, del mal ó del buen tiempo, de la política, porque éste ha sido desde antaño el pais per excelencia
de la polltica, de bailes, y de no sé qué cosas, pero siempre hallaba coyuntura para hablar á solas con
Andrea, hasta que mi madre se levantaba de su asiento indicando que ya era hora de dormir. E l caso
es que mi pobre hermana estaba loca por Orrantia; por él babia despreciado ventajosos partidos que se
hablan iniciado con aprobación de mi madre, que vela en ellos alianzas de famiEa y prendas morales
que solamente con los años se saben escudriñar y justipreciar. ¡Nada! á todos renunció con afabilidad ó
dureza, según que insistieran ellos en su pretensión, para preferir aquel hermoso, es verdad, pero huraño joven, taciturno, hastiado de los pJaceres, según inquirió mi madre, que habla sabido dominará Andrea con su arte maligno para cautivar á las mujeres.
Yo me sublevaba ante aquel noviazgo que contaba un lu~tro, y me sentia herido al ver que para es•
tudiar el carácter de mi hermana, era mucho estudiar, y que la limpieza de nuestro linaje era bastante
blasón á decidirá un joven obscuro, advenedizo, que no posela bienes de fortuna, sino un alto empleo
gubernativo y que estudiando ~l carácter de su prometida con más prolijidad que un psicólogo moderno, se babia enseñoreado en mi hogar gracias á que Andrea era la consentida, la tiranuela por su carácter altivo, pero cautivadora por su hermosura prodigiosa,

"º

125

Andrea era, en verdad, un prodigio de hermosura: cuerpo donairoso y garrido, rostro de diosa grie•
ga, manos ducales, pies pequeños y un porte y una viveza de inteligencia que hacían el delirio de todos
los garzones que tenían la felicidad de tratarla...... ¿Qué esperaba, pues, aquel bausán que no se casaba? Bien llabla que Andrea era tan hermosa moralmente conio era bella en cuerpo y rostro, y que era la
encarnación soñada de la felicidad que él estudiaba concienzudamente para ver si le convenla ó no le
convenla darla su blanca mano.
Por entonces cambió mi vida que yo vela deslizarse inútilmente, cumpliendo mis sagrados deberes
ele heredero, sin otra herencia que sostener á mis hermanas, pues la adversidad había segado todos nuestros bienes, y aprovechando la circunstancia de que mi hermano menor se creaba una posición bastante
para sClstener á la familia como yo la sostuve, después de una entrevista en que me juró cumplir como
vo cumplía, desaparecí exasperado por la mediocridad, á impulsos de la ambición que despertaba en mi
~on los alientos tardíos pero fuertes, de nuestra estirpe conquistadora, y me lancé en busca de fortuna,
animoso, apto, desafiador de los peligros que inventa el temeroso y débil, pero que no existen para el
que en acción lucha por la vida.
Los primeros años fueron crueles y amargos: no parecía sino que la suerte se obstinaba en vencer
mi obstinación, en domar mi voluntad indomable. Bregué como un luchador maldito; saqué fuerzas de
mi flaqueza no moral, sino corporal, por el hambre que roía mis entrañas hambrientas. Emigré al Norte,
á los Estados Unidos, y erré de ciudad en ciudad como perro vagabundo, sin encontrar más que el precio de mi trabajo diario en labores duras é ingratas, jornal cada vez más dificil por mi estigma de extranjero (entonces el cosmopolitismo no era lo que es hoy) y mi aspecto de judío errante; azoté á New
York con mis pies descalzo~, me hartó en el Bawry con basofia inmunda, cargué fardos en los muelles,
todo hice, menos mendigar ni prostituirme al alcohol, porque mi voluntad ele triunfar era inflexible.
Un día vi en un diario la noticia de los placeres de oro de California, y sin saber cómo, á pie ó en
trenes ó en caravanas de cowboys, me encontré de la noche á la mañana en California, en plenos placeres de oro, y me hice gambusino. Luché dla y noche, sin descanso, con el puñal entre los dientes y las
manos ocupadas febrilmente en acaparar oro; y cuando hube reunido lo bastante para emprender trabajos de porvenir, de especulación rápida, fui arriero y contratista y ganadero en gran escala, traje muladas y caballadas á los Estados mexicanod fronterizos; y cuando hube acumulado bastante, cuando mi
tesoro fué codiciado en Arizona y mi actividad celebrada á los dos lados del B raYo, decidí realizar mi
sueño dorado, el sueño de toda mi vida, volverá l\Iéxico, rico, triunfante, poderoso poi· el poder del oro,
salvador de todas las penurias de los mios con quienes babia dPjado de comunicarme, según mi firme
propósito, hasta no hacerme rico.
Yolvl, pues, casado con mi excelente Alicia, y sin previo aviso me presenté en mi antiguo hogar. Pe•
ro no creas que había pasado el tiempo que he tardado en contártelo! Rabian pasado veinte al'íos, toda
mi juventud, y yo volvía á estrechar en mis brazos vigorozos de cuarentón á mi madre anciana y a, de
cabellos blancos y ojos hundidos, aunque por bendición clel cielo todavía no declinante, puesto que la
1·es presidiendo la velada, y á mi hermana Andrea (mi hermana menor se había metido monja y mi hermano se habla casado), pero qué Andrea ¡Dios mio! consumida, hecha una cotorra, coll el rostro marchito, aparentando juventud á fuerza de afeites, macilenta y resignada, sin los antiguos brlos que desaparecieron al claudicar su belleza peregrina.
El corazón me dolía de ver aquellas dos ruinas vacilantes en su soledad por mi abandono. Pero yo
habia vuelto ¡vive el cielo! é iba á resa1·cirlas de tantos males! Nos disponiam:is á pasar la velada como
en otros tiempos, á reanudar las horas felices de que mi esposa Alicia gozaria también, cuando de improviso apareció en la. puerta u:n Vf'jete acicalado, empomadaclo, embetunado; saludó con galantería palaciega y penetró de rondón, con desenYoltura cortesana, deteniéndose á. saludar á And rea que se había
lernntado á. recibirlo.
-¿Quién es?- pregunté á mi madre en voz baja.
-Alfredo Orrantia . . .... ¿No recuerdas de él?
- ¡Alfredo Orrantia ..... ! es verdad, sí, recordaba vagamente al apuesto doncel estudiador de almas,
en aquel rid!culo vejete calvo, de dentadura postiza, pues bien se le notaba en su yoz sibilante, de escasos cabellos y bigote pintados, que me simulaba un esbozo de abrazo r¡ue no contesté, y se sentaba ampliamente, á sus anchas, charlando como un viejo loro, del calor, d e las enfermedades, de sus achaques
.,· reuma, de quién sabe cuánto mi1s, en tanto que yo lo contemplaba as omhrado de su locuacidad.
- ¿Qué viene á hacer? - pregunté de nuevo á mi madre.
- Su visita de siempre ...... - dijo ella con timidez.
- ¿Y viene con frecuencia?
-Como siempre: todas las noches- suspiró mi madre con amargura.
Aquella amargura de mi pobre madre me partió el alma. ¡Cómo! Era este mismo bribón el que segula estudiando á Andrea para ver si le convenía casarse con ella? ...... Era este el monstruoso egois•
ta que babia matado una juventud, que babia marchitado una hermosura preciosa y digna, yacente ahora en resignación dolorosa, convertida en un harapo de belleza, sacrificada al abyecto ~gofsmo de aquel
Narciso verde, de aquel criminal abominable en su inconsciente egolatria? Toda la vida inútil de mi h•·
feliz hermana pasó como una visión tristísima con su cortejo de esperanzas, de rebeliones, de exasperaciones, de resignaciones, de amarguras sin nombre, y de pronto, no pudiendo sufrir la grf'gueria del canalla que charlaba como un papagayo, me levanté y le dije fríamente:

�127

REVISTA MODERNA.
REVISTA .MODERNA.

126

-Salga usted de aqul ...... y no vuelva jamás.
Y no bien él, aterrado ante mi frialdad, obedecía rabo entre piernas y se lal'gó pol' donde vino, me
volvi á mi hermana que también se habla levantado espantada y la estl'eché llol'ando en mis bl'azos ....
-He aqul por qué- concluyó el buen tio-te prohibo que. me vuelvas á hablar de la pretensión de tu
amigo ..... Un novio oficial para mi Maud, que tiene los mismos ojos de mi Alicia!. . . . ¡Cielo santo! . . ..
Que la ganen como yo he ganado á la mla: defendiéndola y arrancándola á una ho1·da de indios salrnjes en los desiertos de Arizona!
Ruat~ i\l. CAMPOS.

1901.

,

LOS CORDEROS.

-..
~-,o1· /

El pastol' los ha conducido á pacerá un dilatado terreno que no está. ,:,urca do todavia. La tiel'ra es
de color obscuro manchada por sitios rubios en las partes donde el rastrojo es más tupido; y los corderos, con sus patas y su vientre encostrados de lodo seco, con su lana amarillí:I, son exactamente del
mismo color de la tierra; y el pastor también, puesto que tiene una piel de cordero sobre las e~paldas.
De manera que no se distingue nada, particulal'mente á aquella hora del cl'epúsculo: apenas una gran
mancha que se mueve de aquí para allá y cuyos contornos cambian de forma; en algunos sitios una
manchita semejante: algún cordero extraviado. Los perros ladran. El rebaño se amontona y la mancha
se obscurece. Después de un g ran silencio, la g1·ey se dispersa, la mancha se extiende. El campo está en
el flanco de una colina, la gran mal\cha amarilla y obscura trepa hacia la cima alargándose, como una
lepra que se propaga. La noche llega y envuelve todo.
Luego, lentamente, la luna emerge. Entonces, bajo su luz blanca é impotente los objetos rea pare·
cen: no recobran sus colores, pero exageran sus relieves.
Los corderos infol'mes parecen pied ras blanquizcas, dominados por su pastor agrandado. Los penos negros, melenudos, brincan y ladran en derredor. Unos primero, luego todos se echan. Semejan un
enorme globo reventado que se desinfla y que se hunde. Se aprietan, se p&lt;.!gan unos á otros como pájaros en su nido. Se amontonan á medida que la noche avanza y que el frio viene. Ocupan menos y menos
lugar, se reducen, disminuyen. El pastor ya no está erguido entre ellos como una bandera. Se ha tumbado también para tener menos frio. Tiene demasiado calor. Se ahoga casi. Sobl'e sus pies está un animal que le impide moverse, otro contra su cuerpo á la izquierda, otro á la del'echa y su piel de cordero
sobre las piernas y el pecho. Está como sepultado entre aquella lana. Sólo la cara tiene descubierta y no
siente frío más que en los párpados y un poco abajo de los ojos.
De hora en hora el frlo se hace más vivo, más agudo; sus párpauos arduu, las lágrimas mojan la
punta de sus pestañas. Quisiera acercar más á su cuerpo á los corderos que le transmiten calor. Pero
siente que uno á uno se separan, se levantan, se desperdigan. Asoma el crepúsculo. Tiembla como si estuviera desnudo, y se endereza, se sienta, se pone en pie. La gl'an mancha vaga que forma el rebaño,
en el crepúsculo matinal como en el crepúsculo de la tarde, otra vez se extiende, crece, se agita, sube,
vuelve á bajar, toma y pierde forma en torno suyo, y él permanece en medio, inmóvil, un poco inclinado hacia adelente.
ÁllEL

(Trad. ele • Revista Moderna• ).

HER~fANT.

Í

o o N;( /

. ~. \¡
e----------.'-'
Destaparé mis ánforas de esencia
Y prenderé mis candelab:os de oro
Cuando la diosa pálida que adoro
Llene mi soledad con su presencia.
Eu su pelo de blonda refulgencia,
Y en su labio odorifico y sonol'o

Hay el fulgor de un candelabro de oro
Y el perfume de una ánfol'a de esencia.
Vendrá con su ropaje de inocencia
Y hostigando mi al'dor con su decoro,
Pero al fin gozaré de su opulencia
Enmedio de mis ánforas de esencia
Y mis ardientes candelabros de oro.

J

!

�REVISTA MODERNA.

129

rar actitudes semejantes en otros órdenes diferentes. Hasta se puede imaginar una cadena de tempera-

mentos análogos, que se eslabonan á lo largo de los tiempos, manifestándóse en un sentido ó en otro con
mayor ó menor intensidad, segun el ambiente. P'i"cquart halMa Sido hugonote en et siglo XVI, y Esterhazy, conde romano bajo Alejando VI.

.. '

Por esa razón, la actitud que cada joven asumió durante el proceso, correspondió casi fatalmente á
sus actos anteriores. Los egoístas, los epicmianos, los bulliciosos, los que se hablan adaptado sin trabajo al mundo en que deblan vivir, fueron los enemigos de Dreyfus. Los tímidos, los estudiosos, los qu_e
hablan sufrido injusticias, los que imaginaban una ci,·ilización superior á la actual, fueron sus part1-

DE FARIS.

I;A JUVENTUD FRANCESA.- SUS TENDENCIAS.-

UN CONGRESO.

Los que aseguran que Francia está en decadencia, olvidan seguramente la actividad y el empuje de
estos últimos años. Después de la tenible crisis que, según un escritor inglés, •ningún otro pais habla
tenido la audacia de afrontar, • se ha realizado un trabajo tan vasto de reconstrucción y saneamiento,
que no sería aventurado decir que la Francia de hoy está preparando el mundo de mañana. En ningún
pals, ni en ninguna época, se han acumulado tantos esfuerzos generosos. En todos los barrios se fundan
universidades populares, se multiplican las confdrencias y se organizan cooperativas. Los grandes sabios, como Buisson, Ducclaux, Reclux y l\Ionad, levantan su cátedra en la plaza pública. Y todo parece
tender a difundil' la ciencia y determinar una época mejor.
Es una nueva era que se abre después de clausurada la exposición y en la que la juventud francesa
desempeña un papel preponderante. Siempre es la juventud la que decreta el porvenir. El siglo que empieza trae el germen de graudes luchas nebulosas, y es muy dificil saber cuál será el resultado del choque de tantas ideas exasperadas y tantas concepciones antagónicas.
Las nuevas generaciones deben cortar el nudo. Por eso es curioso seguidas en su evolución y sorpt·enderlas en sus preferencias actuales. No se trata de •estudiarlas,• sino de apuntar algunos gestos,
currente cálamo, como se escribe una crónica. El reciente Congreso de la juventud, que ha terminado
sus trabajos el 3 de Diciembre, hace que todo cuanto se relaciona con este asunto sea de una actualidad
palpitante.
El proceso Dreyfus, que dividió á los franceses en dos bandos irreconciliables, tuvo la virtud de colocar frente á frente dos temperamentos y dos filosofías. Las gentes se declarat·on instintivamente revisionistas ó anti -revisionistas. Se puede decit· que lo eran desde antes del eno1· judicial que se discutía.
Segun predominase en ellos la energía ó el sentimentalismo, estaban fatalmente destinados á ser enemigos ó defensores del capitán Dreyfus. La conformación cerebral, la educación, las lecturas y, sobre todo, el sistemi: nervioso, bastaron para delimitar los bandos, de manera que los polemistas de un partido
y de otro trnbajaron sobre multitudes ya regimentadas. En una palabra, el asunto Dreyfus dió lugar á
esa clasificación definiva de los espíritus, tan difíciles de obtener en épocas normales,
De un lado se agruparon los individtialistas, los enamorados del principio autoritatorio, tos habituados á obedecer ó á mandar, los hombres de iglesia ó de cuartel: el mundo viejo; del oh-o se reunieron los
altruistas, los científicos, los habituados A razonar y á descubrir la vanidad de los dogmas: el mundo
nuevo. La juventud tuvo un momento de perplejidad entre las dos tendencias decisivas. Luego fué cediendo lentamente á sus lecturas, su idiosincracia, sus preferencias ó sus vicios, y se alistó en un bando
ó en otro. Los tenenos estaban delimitados.
Si la clasificación se hizo más diflcilmente cutre la juvetud que ez:tl'6 los otros ciudadanos, fué porque la juventud estaba trabajada y solicitada. por filosoflas y sistemas contrarios que todavla no hablan
tenido tiempo de imponerse á los espíritus. Cuando las nueyas generaciones vieron que las luchas y las
contrndicciones que la inquietaban en el mundo de las ideas, se transportaban á la vida real, encarnándose en un proceso simbólico, sintieron cierto miedo ante la imperiosa necesidad de elegit·. Sus maestros
y sus condnctores se hablan dividido, ganados por la efervescencia de la ciudad,
Todo parecla dispuesto para una batalla Cl_lmpal de ideas. Fué un momento de pánico. L?s que no
se dejaron absorber por las opiniones de la familia, volvieron los ojos á sus lecturas recientes. Otros, los
aturdidos, cedieron•al ímpetu. Y los más, se dejaron vencer por afinidades sentimentales ó autoritatorias.
Las actitudes y los gestos se conesponden de una manera cul'iosa. Los que prof.isan ideas avanzadas en arte, las profesan también en -política. No es posible ser reaccionario jln la Cámara y aplaudir á
Wagner en el teatro. Un admirador de Rodio ó de Pissarro no puede ser partidario del rey. Parece que
todo está ligado entre sí pot· simetrlas morales. Una actitud eu un orden determinado basta para asegu -

dal'ios.
Es innegable que esta selección había si:lo preparada por los escritores y los filósofos del siglo, cuvas doctrinas contradictol'ias despistaban á la juventud. Unos hablan proclamado la legitimidad de la
fuerza y la ineficacia de la moral; otros habían predicado el renunciamiento y la creación de un régimen
iaoualitario. Aquellos eran cóncavos y éstos eran convexos. F.I por\'enir parecia balancearse entre el
Ainsi parlait Sarathoustra de Nietzsche, y Le Capital, de Karl i\larx. Toda una literatura se babia encargado de vulgarizar las dos concepciones, embell_!lciéndolas igualmeute con et_ ti-ompe l'o~il del arte.
y los espíritus, atormentados ante dos soluciones bruscas, vacilaban antes de onentar sus s1mpatlas.
Las obras de Nietzsche, que acaban de ser popularizadas por las traducciones de Henry Albert, hablan producido una impresión profunda. Todos los dispersos del mal y todos los snobs en busca de originalidad llamat,iva, encontraron en ellas una justificación ó una bande1·a !'ara, propia ~~ra amotina!' ~
las "entes. Muchos escritores jóvenes, !'Oídos por ta pasión de ser originales, hablan utilizado las doctri0
nas del filósofo alemán para fabricarse una contra.moral cínica. N~ les bastaba la indiferencia agresiva
de Stendhal, ni la ironía feroz de Banes. Exigian otros disolvente8, Era una fracción de juventud que
tenia empeño en épater á lo~ transeuntes. Lits monstruosidades miis lamentables parecian tener ~ara
ella un prestigio extraiío. Afectaba una indiferencia falsa ante la vida, como si se creyese supenor á
todo lo que le !'Odeaba. Su doctrina era •el cultivo del yo.• L&lt;i existencia, según ella, sólo tenia por objeto acumular sensaciones, y para obtener esas sensacíQnes, era indispensable gozar inmoderadamente
·,le todo, sin limites, en una explosión de egoísmo.
Nadie ha olvidado que uno de esos snob-~, al regresar de la Roquette después de u1rn t&gt;jecución capititl, llrgó á decir que sólo queda retener un detalle; la poca elegancia con que la~~-í~tima habla subido
las escaleras del cadalscJ. Esa juventud tenía dos novelistas prefdl'idos: Rudyard I-.1plmg Y Wells, que
exaltaban la fuerza y descuidaban los problemas del cHa. El t&gt;jemplo ti pico de lo que podía producir esa
alta filosofía, lo proporcionó Jean de TinánJ el autor .~e Aimienne, muerto á los v.iinticinco años. Nada
más doloroso que su libro, en el que hace cuanto puede para parecer perverso, y en el que, a pesar su~'o, se transparenta una alma que se esconde rindiendo culto á la moda. Jean de Tinán, como todos los
extraviados de su generación, temblaba ante la idea de respetar lo que Nietzsche llama una ,moral de
e;clavos,• y hacia imposibles por convencerse.de que el altruismo •impide el libre desenvolvimiento ele
I L vida.• Nadie tiene la culpa de esos naufragios, ni aun el mismo Nietzscht&gt;.
Su locura real pudo ser anterior á. la lectura oficial que le atribuyen las crónicas. Pero es lo cierto
que gran parte de la juventud francesa se dejó arrebata!" por la doctrinas de ese imitador de Eróstrato.
F:I asunto Dnwfus se prnstó como ninguno á la aplicación de sus teorías.
Frente á ¡sa juventud, se levantó otra juventud más numerosa y consid\'.Jrablemente más sincera,
que se inspiraba en Bakounine, Kari Marx y Tolstoi. Proclamaba su fe en la vida y en la naturaleza Y
tenía Ja inmensa ventaja de ser una juventud joven. Si la otra era el producto de una denota, ésta era
la esperanza de una conquista. Traia una gran confianza en el porvenir y un de§e0 violento de reformar las'. cosas y componerlas de una manera equitativa. No provenía ni de la barricada, ni del salón: era
una juventud de libre examen. Se resistía á transigir con los perjuicios de la ciudad, hacia gala de un
espiritu critico muy severo, y no temia marchar contra el acatamiento de la mayorfa.
Sus novelistas favoritos eran Zola, Franca y Mirbeau. No era un gl'Upo de ideólogos, ni una reunión de adolescentes obstinados en ensayar una pose; formaba una corriente de hombres sanos que salian de las universidades armados para la vida, con una base sólida de positivismo defendido por con,·icciones y empujados por e~peranzas. De esa juventud surgían nombres brillantes como Pierre GuilIard, Paul Fort, Maurice Magre y Saint Georges de Bouhélier. Todos arbolaban el deseo de imponer 1'8·
formas sucesivas, hasta alcanzar un estado mejor.
Eran partidarios de una evolución hacia la humanidad. Y es natural que, en el asunto Dreyfus, fueran defensores de la justicia.
.
Estas dos juventudes, una egoísta superfi~ial, otra desiutercsada y concienzuda, han mantenido su
cará.cter, aun después de apacigi.iada la agitación revisionista. Repl'esent-an dos tendencias independientes ge un caso particular como es el de Dreyfµs.
Aquellos continúan buscando rimas raras, acumulando _paradojas y quemando vidas artificiales; éstos persisten en empujar verdades, influir sobre los aconteeimientos y luchar por él triunfo de la verdad.
Sintetizan las dos únicas soluciones del:eterno problema que se plantea á los veinte años. Unos resuel-

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REVISTA MODERNA
131

REVISTA MODERNA.
ven acaparar todo el bien, otros hacerlo extensivo á los demás: unos someterse al error de la mayorla,
otros defender su certidumbre; unos conseguir el triunfo, y otros merecerle.

Los que se han mantenido alejados de este movimiento y han persistido en su pereza de dilettanti,
se han visto obligados á buscar otros puntos de apoyo para poder resistir. Los que no han caído en el
nacionalismo, como los disclpulos de Barres, se han precipitado en la monarquia como Charles l\faurrás,
cuyos artículos en Le Soleil son por demás curiosos. l\faun-ás defiende
mo~arquia desde el punto ~e
vista del arte. Esto baria casi suponer que el arte se presta á todas las tan tasias, puesto que de él se ieclamó también D'Annunzio cuando se convirtió al colectiYismo.
Pero seria aventurado suponer que los hombres se deciden poi· la república ó poi· el imperio, influen
ciados por la riqueza de las rimas. No es juicioso que :a suerte de una nación esté á la merced ~e un
soneto. Los que como Maurrás se hao r efugiado en el partido reaccionario, siguen siendo los mismos
indiferentes incurables. Quizá les disgusta la monarquía un poco menos que la repúblic11, pero no tienen una opinión definitiva sobre el particular. Si actualmente parecen 11pasionarse por el re~, ~s porque
el rey no existe. Y es justo confesar que son consecuentes. Signen viajando sobre la vi&lt;la srn rnteresar-

!ª

Catulle Mendés, que tiene ingenuidades extravagantes, ha dicho que la verdadera juventud es la que
conserva siempre la esperanza de meterse la luna en el bolsillo. La insensatez de los que confían en la
eficacia del bien, es quizá la mejor tentativa &lt;le religión. Todos los progrnsos realizados hasta hoy son
debidos á los hombres, los partidos ó las naciones que han tenido la audacia de confiar en una iclea
generosa.
De esta polvareda de ideas ha surgido la Escuela de Altas Estudios Sociales que acaba de fundarse
en París, por iniciativa de Emile Duclaux, director del Instituto Pasteur, Ferdinand Buisson, director
general de la enseñanza, Bourgeois, exministl'O de Instrucción pública, Seailles, profesor de la Sorbona,
y muchos otros hombres ilustres. Es una nueva tentativa de evolución hacia el ideal y un nuevo medio
de emancipación ofrecido á la juventud. Se trata de una Universidad donde se enseñará todo lo que se
calla en las universidades oficiales. Tiene el carácter de una protesta. Y es muy digna de atención, puesto que la vemos formulada por notabilidades que han dirigido y dirigen actualmente la enseñanza superior en Francia.
La Universidad se divide en tres secciones: la escuela de moral, la escuela social y la escuela de periodismo. La primera está dirigida por M. Alfred Croizet, decano de la Universidad de París, la segun•
da por M. Emile Duclaux, y la tercera por M. Cornély, el notable escritor, cuyas correspondencias publicadas en este mismo diario, me eximen de todo elogio.
El objeto principal de la nueva Universidad es enseñará la juventud el mecanismo y el estado de la
sociedad en que debe vivir, por medio de innovaciones acertadas y atrevidas, como las conferencias que
ha iniciado el Secretario del Ministerio de Comercio, M. Fontaine, sobre la organización ob1·era. M. Fontaine se propone agotar su tesis, dejando sucesivamente la palabra al Secretario del Sindicato de cada
profesión, para que exponga la situación presente, en cuanto se refiere á trabajo, salario y aspiraciones.
De esa manera la juventud tendrá una noción clara de Jo que es la sociedad actual y de las reformas
que exige.
Por lo demás, los cursos abarcarán todos los temas y todas las doctrinas. Se anuncian las conferen·
cias de: Anatole Leroy- Beaulieu sobre •Las doctdnas del odio;• de Eugene Furniére sobre •Las teorías
sociales desde 1830 hasta 18t8;• y de Albert Croizet sobre • La historia de la moral griega.•
El prospecto programa de que tomamos estos datos proclama que en la Escuela de altos estudios todas las opiniones podrán manifestarse, y que allí no habrá alumnos, sino ciudadanos reunidos para dis•
cutir los intereses generales de la civilización. El mérito y el prestigio de las personas que encabezan
este múvimiento es indiscutible, y los resultados serán forzosamente considerables. La juventud aprenderá á encarar sin miedo los verdadcl'Os problemas de la {&gt;poca y á tener opinión sobre todos los asuntos, sin caer en el arrivisme, ni dejarse influenciar por los prejuicios de las generaciones anteriores.

En ese mismo orden de ideas, pero con un espiritu más juvenil, acaba de fundarse en Montmartre un
colegio de estética moderna, bajo la presidencia honoraria de Zola, France, Bauer, Charpentier, Rodin y
Deseaves.
Esta vez también se trata de Juchar contra la enseñanza oficial y ceder á las necesidades de la vida
moderna y nuestras tendencias democráticas, creando una casa comtm, con biblioteca y sala de conferencias, para que puedan reunirse los jóvenes artistas independientes. Los iniciadores son Adolphe Retté,
Eduard Rod, Emile Verhaeren, Eugéne l\Ionfort y un grupo compacto de escritores, escultores y pintores
ventajosamente conocidos. El origen de este mo,,imiento remonta á un manifiesto publicado hace algunos
meses por Paul Luis Garnier y León Parsons. La idea se fortificó después. Jean Jaurés dió una conferencia sobre el «Arte nuevo. • Y muchas revistas de la nueva generación como L'E!fort, La Revue Naturiste y L'Oeuvre Sociale, iniciaron una activa propaganda reformadora. La orientación babia cambiado.
Los amanerados que antes inundaban las publicaciones del Quai·tier latin con sus excentricidades estu·
diadas, cedieron el campo á otros escritores más robustos y más sanos que se encaraban con la vida.
Todos los diarios franceses han tenido un aplauso para este enérgico sacudimiento.
Según el partido á que pertenecen y la política que predican, han hecho ó no reservas sobre las doctrinas que parecen animará los iniciadores; pero todos se felicitan de que la juventud sacuda su indiferencia culpable y vuelva á. tener entusiasmos y convicciones. Ya vaya encaminada en un sentido ó•en
otro, la a cción es siempre un slntoma favorable. El verdadero mal está en la degeneración fatal de una
j uYent ud aislada en su egofsmo. Pero-como decla Gambetta-cdesde el momento en que los jóvenes
bajan al arroyo y se mezclan á las agitaciones del arrabal, todos los peligros están conjurados., Podrá
discutirse la eficacia de ciertas doctrinas y la oportunidad de ciertas reformas, pero es preferible que la
j uventud se lance tras una pista falsa (admitiendo que sea falsa), á. que se encastille en su •yo• y se momifique en actitudes pueriles.

sc en nada de Jo que les rodea.
.
. .
Estas tendencias acaban de confirmarse en un congreso-el cougrcso de la Juventud - cuya ultima
sesión ha tenido lugar hace algunos días. Todos los intereses estaban representados en esta vasta consulta á las nuevas generaciones. Los congresistas se agruparon por afinida~cs, en un he1?i~iclo ~ue parecía la cámara de diputados del porvenir. Los nacionalistas, los monárquicos y los catohcos, a la de·echa· los republicanos en el centro, y los socialistas á la izquierda. El feminismo estaba representado
1
'
. d I
.
por tres
escritoras de talento, Miles. Bremontier, Pognon y i\Ieyer. No faltaba un so 1o matiz
e a op1·ón ni una sola clase de la sociedad. El congreso presentaba uu aspecto alegre y extraño. Nada menos
~~m~géneo que aquellos delegados de la Francia futura que intentaban una reconcilia_ci?n en el umbral
de un sio-Jo. Las cabelleras largas de los artistas, las blusas azules de los obreros, el habito negro de los
semioar~tas, y el jacquet elegante de los mundanos, se confundlan en un ambiente tibio d e cortesías
.
.
.
11gresivas y hostilidades fraternales.
Las discusiones han sido á veces violentas, pero 110 han tlesbordado hasta el rnsulto. S1 el presidente
se vió una vez obligado á cubrirse y levantar la s,esión, fué á causa de un orador • insuficientemente preparado• que se obstinó en ocupar la tribuna contra la voluntad de todos. En general, el congreso de la
juventud se ha conducido con más orden y más cultura que muchos parlamentos. .
.
Entre los problemas que debía discutir, el más importante era el de la he1·encta. Las dos corrientes
en lucha lo convirtieron en campo de combate, y expusieron á propósito de él, el conjunto de sus doctrinas. l\l. l\fonteil, nacionalista, 1\1. Sangier, católico, y l\I. Vaugeois, partidario del •gobierno del pueblo
por una élite,• abogaron por el mantenimiento de la ley actual. La mayoría se declaró en cont1:a, Y M.
Paul Baucourt secretario del ministro Vi!aldeck, ensanchó el debate mostrando el encadenamiento de
todas las cosa;, Según él, todo hombre consciente debe, en la época actual, tomar partido en pro ó en
contra del colectivismo, en pro ó en contra del capitalismo.
De abi que cuando se examinó el prohlema del • servicio militar,• todos se declarasen co~tra la gu~•
rra, á excepción de un bonapartista que habló • ~n nombre de la n~bleza á la c_ual ~e'.·tenecia. • 1\1. Fn•
beuro- hizo á ciertos delegados una pregunta incomoda: Cuando seáis soldado, s1 rec1b1s la ~rden de hacer f;ego sobre el pueblo, ¿violentaréis vuesti·os sentimientos dA humanidad ó desobedeceréis á vuestros
jefes? l\1. l\farc Sangnicr, católico, respondió: «Un verdadero cristia~~ no tiene el ~l~recho de s~r sol~ado,
"debe sufrir los peores infortunios antes de someterse á la ley m1htar.• El esprntu revolucwnano de
Tolstoi ha penetrado hasta el corazón de los mejores conservadores. La discusión se h_ace ~ás t!bia.
Todos parecen estar de acuerdo. Y cuando Eugéne i\fontfort habla de las tendencias hter~r~as de la
nueva o-eneración «enamorada de vida, de verdad, de clal'idad,• todos los delegados se reconcilian para
manife;tar sus simpatias á. la escuela naturista y á su fundador Saint Georges de Bocuhélier.
El Con"'reso de Ja juventud ha tenido la cordura de no votar ninguna decisión final. Se ha conteo•
tado con la~ ideas Ja juventud no puede decretarse una actitud para el porvenir. Sus convicciones actuales son quizá sólo una etapa de su marcha hacia la •plena verdad.• Pero el Congreso ha sancionado
un principio elemental que dará rumbos nuevos: la nectisidad de in~uir sobr~ la vida..
Las o-eneraciones recientes van á corregir el error de las antenores, aplicándose a operar sobre los
aconteci.'.:iientos. Las indiferencias de antaño han pasado á la historia. Todos tienen interés en reformar
ó conservar lo que les rodea.
Los jóvenes podrán diferir en cuanto á la e intensidad de aplicación• de ciertas ideas, pero todos estan de acuerdo para ocuparse del bien común. Es un primer resultado apreciable que debe tener su repercusión en América.

.,
:11A~UEL

UGARTE.

�M.I.

Giosuc Carducci.
Gabriel D'Annunzio.

DA MILANO.

DA BOLOGNA. *

/ TRIBUNA DI ROi\IA. MARZO 4 1901 ) .

(TRIBGNA DI ROMA. il!ARZO 2 1901 ).

A

A GIOSUE

GABRIELE D'ANNUKZIO.-FIRENZE.

Salute e gloria Italiana pura sul tuo cammino.
CARDUCCI.
• Telegramas cambiados con motivo de la Canzone de D'.A.nnuozio In ·Morte di Giuseppe rerdi.

CARDUCCI.-BOLOGNA.

Caro e grande maestro:
"N essun plauso eguaglia per me il tuo semplice sal u to.
Ho lavorato ostinatamente per meritarlo. Grazie dell'indicibil bene.

D'ANNUNZIO.

�135

REVISTA MODERNA.

cualquiera. Naturalmente ese Ministro •no distingue á un picapedrero de un escultor, ni á un ala.rife de
un arquite~to,• pero eso es poco junto á las monstruosidades que integran la. soez personalidad de todos
aquellos r oliticastros que la pluma del novelista ha colocado en la merecida picota del m:\s sangriento
ridlculo . .. Un bello dia, tras de asonadas y escaramuzas, la. soldadesca de una. • revolución• triunfante
invade la capital, teatro de la novela, y la canalla incendiaria y asesina es acuartelada en templos, edificios públicos, en la. •Academia• por fin. Y los oprobios que el artista Soria sufre, alC'anzan su •clirnax•
cuando temiendo por sus obras llega acompaiiado de un amigo á una. sala del plantel artístico: e Las
renus, al revés del dios de la luz, miraban al techo del salón, no hacia la tierra. Los soldados entre una
frenética explosión de erotismo bestial, con las puntas de sus bayonetas habían simulado en los blancos
cuerpos de las estatuas el sexo de las diosas•......... •En las divinas alburas de las renus aparecían
con toda claridad las huellas ele los abrazos infames y el inmundo rastro de la más ruin semilla de

NOTAS BIBLlOGRAFICAS.
cJOOl,OS ROTOS• l'Olt )!A~l EL DlAZ RouRfGUEZ.-GARNIEH IIER31A\IOS. PAHI:;,

1901.

LIBROS Y REVISTAS.

hombre.,
•Cuando Alberto abarcó, en toda su magnitud, la miseria de sus creaciones, después de considerar·
las en silencio durante un largo espacio, de su garganta l&gt;rotó, rompiéndose, destrozándose, algo que
fué mitad sollozo, mitad rugido• ... ... ............ . .............. • . • • .. • • . • • •. • • • • • • • • • • • • • . • • • • • • •

..... ..................................................................... ............... ........ .
'

• A BIBLIOTECA de la América modernista se ha formado. Veo al aza1· los anaqueles de
mi librero: Versos de Darlo, Lugones, Freyre, Argüello¡ prosas de Estrada, Montero,
Berisso, Fombona .... Bajo marroquines, cueros japoneses y viejos brocateles marchito!!, lucen ahl empastadas obras memorables de eufónicos titulos sonoros: •Los Raros;•
• Prosas Profanas;• •Las l\lontaiias del Oro;• •Belkis¡• •El Color y la Piedra• .... En un
rincón obscuro como el nicho de un mausoleo piadoso, los precursores muestran sus
ol&gt;ras veneral&gt;les y robustas á manera de gruesos troncos ele árbol en cuyo alrededor brillan y cantan
todas las flores y todas las aves de la actual floresta lirica. Son los libros de Gutiérrez Nájera, de Asun·
ción Silva, de Julián del Casal, y en el oro flavo de sus títulos hay chispas mortecinas de la aureola saturnina y triste de los • Poetas Malditos,• loado!! por el Pauvre Lelian .... :\Ialogrado por el asesinato de
temprana muerte como Laforgue, considero il Del Casal¡ estremecido por ráfagas de pavorosa ironla, de
terrible desencanto como Tl'istán CorbH•t·e, discierno á Asunción Silva. Y en el alma aristócrata y mística, sensual y enforma, de Gutiérrez Nájera, no hay acaso resplandores de la regía corona de Yilliers y
granos a1·omos!ls del incienso de Verlaine? Como en un C'lmpo de azucenas enfermas albea una fraternal palidez en esas almas y en esos lamentables destinos se ahonda un negror homogéneo, como en un
cielo adverso y proceloso! Pero de expoliario á expoliario puede sostenerse que el nuestro, en el que ca~·erou esos ilustres, en el que jadean los m'\rtires presentes, e!:I el más cruel, el más implo, el más encarnizado y el más sangriento. Allá es un verdugo que aplasta con decisivo golpe de maza, aqul junto al
victimario ha.y un insólito y sabio cJ:mlln de los Suplicios• y un tropel airado de ululantes masticróforos! Allá el Olvido tiene resurrecciones y hay apoteosis póstumos. Aqul la rama del Olvido puede llevar
la momia de un faraón á la pira crematoria, hacer un tenaplén del hipogeo y arrojar luego las cenizas
al hmacán más raudo del Nirvana. No es idéntico sucumbir crncificado en un calvario á perece1· empa·
lado en Tumbuctú, :i morir bajo el salvaje sílex del scalp ....

•!dolo~ Iloto!:I,• la hcr'.11osa novela de :itanuel Diaz Rodrlguez, que de París acaba. de llegarnos, ha
exacerbado en nuestro_ ánimo las desoladoras ideas acabadas de emitir. Novela de tesis si se quiere, pe·
ro s?brc todo ol&gt;~·a vahen te y noble de verdad y de justicia. Diremos en bre\·es palabras la esencia de
su simple y pal_pirante argumento. El héroe Alberto Soria, enviado por su familia á París para completar en la mond1nl metrópoli sus estudios de ingeniel'O, siente ah[ que su sincera. vocación se levanta sobre las insinuaciones del inter(•s práctico y sobre la voluntad paterna, y el ingeniero dejando monteas v
e_stereotomlas se encierra en los talleres de i\Iontrna.rtre hasta surgir con un hermoso mármol que la criuca celebra Y que en un •Salón• alcanza la medalla de plata. Yuelve A su país por asuntos de familia,
dt&gt; la que es mayorazgo, y con el regreso á ese medio misera.ble y rnin, comienza su •vla-crucis.• La
cultura p?r él alcanz~da no tiene aplicación posible en aquella sociedad de cursis vanidosos, de palur~os ~n.fáuc?s, ~e pollt1cos z~~os, elevados de un dla á otro merced á las turbias revoluciones y á las mAs
1mpud1cas mtr1gas. La env1d1a llega á insinuar que la. escultura premiada en París no fué obra de Soria
sino la de un artista mix abois y sin escrúpulos que cambió su genio por dinero. Para nulificar la vil \'.
grosera calumnia el artista modela con morena arcilla de la •tierruca, la fracrante nubilidad de una V~uus criolla que junta con una ninfa, tambiL•n ob;·a suya, regala generosamen~e ú la Academia de Bellas
Artes. En~relazado con dos ~morfos desgraciados que dan pretexto al autor para pintar magistralmen·
te una sene de cua,lros de genero d'ap1·es nature, vividos y perfectamente observados si.,.ne el martirologio _del artista. _se trata de la. erección de una estatua á un héroe, pero como para ~je;utarla no es
necesario ser el meJor escultor, sino _el adulador más listo y el cómplice de los que de Presidente abajo
quieren robar con ese pretexto; el Mmlstro, dlas antes mayordomo ele hacienda, Je da el encargo á un

-•Alfonso tenla ra.zón-pronumpió-Alfonso tenla razón cuando me dijo que me fuera. Yéndome
entonces, cuando él me lo dijo, me hubiera lleYado quizás algo intacto, me hubiera llevado quizás casi
entero el buen am0i' de la tierruca. Alfonso tenla razón: nadie tiene derecho á sacrificar su ideal. El su·
premo deber de un artista es poner en salvo su ideal de belleza. Y yo nunca., nunca realizaré mi ideal
en mi pals. Nunca, nunca podrá vivir mi ideal en mi patria. ¡'1i patria.! ¡1fi pals! ¿Aca,o es ésta. mi pa·
tria? ¿Acaso es éste mi pals?•
• Y antes que en lengua bárbara, la bota. fúrrea. de nuevos conquistadores, la. de los bárbaros de hoy,
venidos también del norte como los l&gt;árbaros de ayer, la. escriba para. la turba. infame, ciega ante la ver·
dad, sorda al aviso, el artista calumniado, injuriado, humillado, escribió con la sangre de sus idealt-s he·
ricios, dentro de su propio corazón, por sobrn las ruinas de su hogar y sobre las tumbas de sus amores
muertos, una palabra irre,·ocable y fatidica: Frn1s PATRLE, ..... .
Para llegará tan amargo desenlace, que narrado por nosotros puede pa1·ecer violento y atrabiliario,
el protagonista sufre cuanta. humillación y oprobio pueden herir y laeerar á un sér huma.no. La indiferencia, la incomprensión de todos, la bárbara. ironia. del Mufle que al contacto de todo intelectual ruge
como chacal hediondo á la vista de un posible beluario¡ las infames intrigas que tornan por blanco al artista. y acaban con su amor romántico r con su enredo pasional, y por fin el supremo ultraje final. ..... !
El monstruoso caso de barbarie social estudiado en cldolos Roto~• tiene una enorme trascendencia,
y aunque el autor quiera radicado en Caracas, es, á nuestro juicio, un problema. de teratologla social
común á todas ó á casi todas las naciones de la América latina, en donde el Arte y la Belleza son despreciados por quienes deberían comprender sus altos fines, por quienes debel'ian estar persuadidos de
que el Arte y sólo el Arte puede, sobre otros esfuerzos, consagrar una. ci\·iliza.ción! Xo nos sentimos tan
pesimistas para creer que uno por uao de los sangrientos golpes de flagelo con que Dlaz Rodrlguez fustiga á •a bárbara sociedad de !;U novela convengan á todas las sociedades de América. i\It•xico, por ejemplo, está en ese sentido mu,\· por encima respecto de Caracas, pero no por eso ha resuelto el grave problema. de encauzar provechosamente en sus arterias, las corrientes de intelectualidad y suprema cultura
que hoy circulan como perdidas, como sin objeto, sobre la periferia del organismo social. No hay aqui
iconoclastas como los de ,!dolos Rotos,, que á golpes de &amp;us indignas armas destrocen el gálibo sagra·
do de las estatuas, y para encontrar un hecho semejante tendriamos que regresar á un pasado, por fo1··
tuna muerto hoy para siempre¡ pero no por eso deja nuestra sociedad de adolecer de muchos de los morbosos y lamentables síntomas que al rojo fulgor del cauterio de Diaz Rodríguez, vemos corroer como
una inmunda lepra el cuerpo de una nación hermana. La novela cldolos Rotos• toca y mueve los inte·
reses de un grupo que engrosa cada dia más en América, a.l analizar cuál es el estado de la. joven inte·
lectualidad, perdida entre la estultez barnizada. y la barbarie vergonzante de los países la.tino-americanos y por eso está llamada á tener una grande y merecida resonancia.
Como obra literaria cldolos Rotos, es la obra de un escritor que domina su m etier, vertida en un
estilo sobrio, claro, harmonioso y florido, lleno de imágenes j ustas y brillantes, abundante en l(•xico y
con un vigoroso sello de modernismo.
Algo quisiéramos cita1·, ciertas descripciones, una magnifica tirada sobre la influencia de Parls en
el alma de los jóvenes emigrantes americanos, y por no quedarnos con el deseo, véase cómo contesta el
protagonista. á quien le habla laciamente de transigir con la estulta sociedad aquella:
-•No te comprendo, Pedro. Unas veces hablas de luchas y te dices luchador, y ahora hablas de
accmodarse al medio. Son dos términos contrarios. Quien se acomoda. al medio es un s(,r pasivo: no lucha. Acomodarse al medio es deponer las armas, ó el arma por excelencia: el carácter. Y el carácter es
todo el hombre. La lucha no es amoldarse al medio, sino combatirlo, modificándolo, haciéndolo á nues•
tras aspiraciones, á nuestras virtudes, á nuestro ideal.•
Y véase ahora cómo entienden su ejercicio ciertas democracias:
c¡Ay de aquel que revelase de algún modo poseer una facultad sobresaliente! la democracia lo exclula, sometiéndole á cuarentena como á un apestado, ó aislándole para siempre como á un leproso.
Expresar ideas propias, tener un ideal de justicia, aptitudes, orgullo del propio valer, sobrepujar

�ARo IV

REVISTA MODERNA.

136

siquiel'a en unas pocas lineas el nh·el de los otros, eso bastaba á se1· inmediatamente sospechado por lo
menos de oligarca. Habla llegado á entenderse por verdadero demócrata un hombre desnudG de méri•
tos, desprovisto de luces, un semibárbaro atado á groseros vínculos zoológicos, falto de pulimento, re·
cién venido de la hez para honra y glol'ificación de la canalla.,
Como una simple belleza literaria véanse estas consideraciones, cuando dos amantes sin haber for•
mulado sn afecto, comprenden, en silencio, que se aman: •Las palabras no sólo hubieran sido inútiles;
brutales hubieran sido, como las guijas con que un chico vagabundo rompe el claro sueño de una fuen•
ta. Los dos lo co1nprendlan y callaban. Sus almas, hasta esa noche oprimidas, necesitaban del silencio.
En el silencio parecfan dilatarse como en la espes_u ra de las frondas la garganta del ave antes de rom•
per en trinos. Y asl dill\tadas, aquellas dos almas llegaron á rozarse, besándose y acariciándose, al tra•
vés de los brazos trémulos, como deben ele acariciarse dos rubíes, dos llamas, dos rosas, ,si de mal de
amores padecen alguna vez las rosas, los rnbles y las llamas. •

MÉXICO,

11\

QUINCENA DE MAYO DE

1901

REVISTA MODERNA
AR T E
DIRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

V

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dtiblá11,

Concluyo. La novela de Diaz Rodríguez, literariamente considera.da, es· obra que ~erece el amor y
el aplauso, aun de los artistas exquisitos; pero como obra sociológica, como noble reacción de un esplri·
tu re_belionaclo por intolerables infamias, como valerosa protesta contra un vergonzoso y deplorable estado social, su mérito es mucho mayor.
Y al cerrar ·el lihro dos contrarias impresioaes depl'imen y exaltan el ánimo: la ignominia de que
existan sociedades ahogadas por el cieno espeso de tan criminal barbarie y el oí·gulloso placet· de mirar
que en plena frente de esa ciudad beocia y relajada se lev1rnte ht. mano de hierro de un moderno Juve•
nal implacable que á formidables golpes de martillo clave en la frente impura su obra de castigo y ex.
piación, sangrienta y corrosiva como un pasquln, noble y vindicadora como un laudo de tl'iunfante jus·
ticia.

Han llegado á esta Ite&lt;lacción las siguieutes Llevista...~ y Liuro~:
• L'Essai L'ittéraire • Revue mensdelle. Urgane du Salon des poet(•S. Parí,i, Févriér, 1901.
•L'Rrmitage.• París. Févrit'lr, 1901.
•El Cojo ilusfrado.• Edicición quincenal. 1° i\Iarzo, 190L. Carneas.
• La Albol'aJa,• Semanario de letras. 3 Febrero, 1901. :lfontevicleo.
• Venezuela Ilustrada • Quincenario de Ciencia y Letras. 15 y 28 Febrero, 1901.
cl 'ida social.• Semanario de Literatura. Buenos Aires, 3 y 10 Fehrero, 1901.
• El Con·eo Lite1·a1·io.• Semanal. Buenos Aires, Enero y Febrern, 1901.
cEl Pensamiento Latino.• Santiago ele Chile, Enero y Febrero, 1901.
•La Revista.• Parls, Marzo lº, 1901.
• El Tritmfo del Ideal.• Novela de Pedro César Dominici. París, 1901.
•Episodios Militares :Mexicanos• de nuest1·0 colaborador Heriberto Frias.
•Estudios filo~6fico11 y sociales• y •Sociología y Ciencia Económica• de Enrico Piccionr, de Sautia•
go de Chile.
Almanach Popular Brazileirn para o anno de 1901.

J. J. T.

l

NúM. 9

•

'

..

A.urnontA DE J.A PRJl!AV8RA, UN DE1'TAOUO.-J30TTJCET,LT.-FrnEN'ZJi).

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                    <text>ARo IV
104

MÉXICO,

1"

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

NúM.

7

REVISTA MODERNA.

quia orgánica. En fin, sabe que la conciencia clara
y progresiva en él se manifiesta, en el más alto gra•
do sobre el planeta Tierra. Asl, en lugar de levantar
pesadas construcciones que le aplasten, al impulso
del estupor que le cause el Eterno Misterio, otra
tendencia nace en él más natural y más vivificado•
ra. El entusiasmo que le causa esta ftlnomenalidad
omniforme, omniactiva, esa Naturaleza siempre va•
riante, siempre nueva, siempre sorprendente, siem•
pre espléndida, le produce el sentimiento estético,
que, cuando pasivo ó simplemente sensitivo, pro·
&lt;luce el placer de la Contemplación de la Belleza
de los fenómenos de la Vida, y, cuando activo, es
Arte, ó sea la suprema manifestación de la Vida
misma.
Lo inexplicable, bajo el punto de vista de la ra·
zón, eso incomprensible á la inteligencia, eso que
aterroriza á las mentes y :\. los corazonea débileF,
eso inspira admiración al Hombrn fuerte de inte·
lecto, como representación total suprema, eso le
produce el sublime sentimiento ele Belleza. A aquel
que ha alcanzado un alto grado de comprensión ya
no Je aterra el enigma. No teme la esfi nge. La res•
peta, pero sin de.jar que le devore, y admira á dis•
tancia las bellas formas bajo las cuales se le apa•
rece.
b":l sentimiento de la Belleza es el que sur¡;&lt;: en el
humano espíritu como último resultado 1111 la ,·e•
presentación superior del Universo, por él adecuamente sentido. Cada civilización, al llegará su des.
arrollo máximo, después de haber dado grandes
pensadores ha dado grandes artistas, y con ellos
un gran público capaz de sentir el Arte y de for·
marles atmósfera que los sostenga. La Belleza es
la sensación que resulta del Pjercicio del conocimiento, del comprender adecuadamente la reprc·
sentación del Universo; es el resultado más alto de
la Vida, y, por ~anto, el Supremo J&gt;lacer para los
Hombres.
Así Nietzsche resulta ilógico privando al Hombre del placer, en su camino hacia el 8uper-hom·
bt·e, y proclaman lo al mismo tiempo el Arte Apo
Jónico ó Dionisi.lCO, como el único que puede hacerle alcanzar un grado superior de la \'ida y con·
siderando la \'ida como fenómeno esencialmente
estético.
En esto último estáu de acuerdo Nietzsche y
Schopenhauer: ambos miran la \'ida como un fenó·
meno estético; solamente que para Schopenhauer
ol sentimiento de Belleza, el máximun de placer po•
sible, resulta del descubrimiento de su intelecto,
que la \'ida, esta Vida llena de dolores é injustil'ia~, es sólo una representación pura., una ilusión,
la .lf ,ir¡ de los Indos. Por lo tanto, predica la re11u11c1,,l'ión como remedio de que pase esa. ilusión
doloro~a, esa terrible pesadilla, para alcanzar en
el no se,· el estado perfecto. Nietzsche, al contrario,
cree como Schopenha.uer en las penas de la. Vida,
pueR el dolor lo sentla en lo más Intimo de su pro·
pío organismo; cree en la lucha precisa y en el sufrimiento uecesario, y se endurece para luchar mejor. As! el Intelecto convirtiéndose en espectador
de la lucha de la Voluntad, y aconsejándose y aun·

dirigiéndola, da al individuo, en el espectáculo de
su propia acción, el sentimiento supremo de la Belleza. Así el Hombre fuerte, si sufre como actor,
goza como espectador de su propia grandeza. Este es el sentimiento de lo Trágico. Y cuando se es
sólo espectador de una acción no contrariada, de
una acción tranquila y placentera, entonces viene
el sereno goce del Arte Apolónico á coronarlos es•
fuerzos de la Vida.
Para Nietzsche, como para nosotros, el sentí•
miento estético compensa, en el que tiene alma asaz
grande para. sentirlo, de todos los sufrimientos pa•
decidas en la acción dramática de sus instintos vi•
tales.
La Belleza es la redentora del Dolor. Sólo ella
es momlidad pe1'fecta.
El Cristiano, como el Budhista, para librarse del
dolor, se refugiaban en Dios, en el no ser, querían
desaparecer lo más pronto posible de la representación de esa Tragedia'; no se sentían con bastan·
tes fuerzas para llegar á su natural desenlace, y,
en su catitstrofe final, cae1· con dignidad, dejaudo
en pie su protesta, como calan los Héroes Griegos.
Y es que el Griego, en ern sagrada embriaguez de
la Vida, habla sentido la identidad de su yo con to·
das las formas del Universo; había presentido que
todo p,;raba contenido en su alma, que él era el Universo ." tenia derecho á dominarlo. Y esto, que se
le enseiiaba en los Misterios Dionisiacos, le daba
un goce superior, que derivaba del conocimiento
de su propia inmensidad. El Arte Dionisiaco añade
al Arte Apolónico la. conciencia, en el Artista, de la
identidad del espectáculo)" del espectador; un alma común enYuelve al público y :l. la escena. Asl
el verdadero Héroe afronta la realidad, por cruPnta que ésta sea.

~sta sublime posesión de la \'ida como fenómeno estético, no es posible más que después de ha berse libertado de la finalidad. Y biiy que notar
que la revelación de la irrealidad ó sea de la idea•
lidad del fenómeno, en una raza débil como la de
la India después de mezclada con sangre amarilla
condujo al suicidio, como en las razas decadente;
y mezcladas de elementos semíticos del fin del Im·
perio las condujo á renunciar á la Yida; mientras
que hoy, en las naciones de Occidente, en las ac•
tuales razas Americanas y Europeas (Arias), proYistas de una gran abundancia de energla y de
una gran organización comprensiva, esta clara,-¡_
sión del Universo, ese descubrimiento de la Unión
perpetua, son el motivo de una vida nueva, y producen la adoración de la Vida por su belleza suprema.
Allí donde el Bien en si y la Verdad absoluta han
naufragado, el Arte se salva, y erige sus hermosas
construcciones; y el Hombre goza de sus magnlfi·
cos espectáculos como un placer supremo, porque
el Arte, el sentimiento de la Belleza, ya sea activo,
ya pasivo, son la manifestación más genuina del
paroxismo de la Vida.
P0MPEY0

GENER.

REVISTA MODERNA
A RTE Y
DlRE OTO R: JESUS E. VALENZUELA.

C I EN CIA.
JEFE DE REDAOCIO~: JESUS URUETA.
Tip. dt Dublá11.

LA APARICION DE LA \'IlWl~N A SAN BER;\ ,\1{1)O.

F11,1Pr1xo L1rrr.-F1.onENC1A.

�)06

REVISTA MODERNA.

EL DICTADO DEL MUERTO.
éuando entramos al pequeño recinto de las sesiones espiritas, algnnos fanáticos esperaban con rostros de mansedumbre, rostros inclinados oblicuamente como en las figuras congregadas de VanEyck en las re;.les tapicerlas de España. Silenciosos,
mansos, vacuos, en abatimiento de grey carneril,
tenlan su anlmula presta á desligarse del cuerpo
mal alimentado con legumbres al uso de Comaro,
para dejarla pacer anchamente en los Campos Eliseos de la boberla. No pude reprimir mi desagrado al dominar de una ojeada el escenario é imaginarme fugazmente la comedietta que seguiría, y
saludé parsimonioso al Honorable Sr. Llaven que
se adelantaba hacia nosotros mlsticamente afable,
con la beatitud de-lln inquilino de Sión.
La visita procedla de mi amigo que me habla tentado:
-Ven; es un caso curioso y raro: una histérica,
admirable medium escribiente á. quien se le acaba
de mori1· su prometido, que desea saber las primeras impresiones del espiritu amado, en su vida ultra-terrestre.
Y en verdad que los ojos fosforescentes, errantes, flameado res, de la joven enlutada que destacaba fuertemente su perfil asceta de visionaría apocaliptica, irradiaban una fascinación irresistible.
Colocado yo en un ángulo de sombra 1 pude observar sin 1J6r observado la organización admirable
de la medium para la transfiguración cataléptica,
su nervio~idad excesiva, perturbada osten~iblemente por sacudimientos vibrátiles involuntarios, su palidez marmórea y patológica, su lasitud pectoral
amenazada de commnción, en tanto que Panurgo
abrla á su aprisco una estrecha rendija de Jo incognoscible y por ella se precipitaba, atropellándose, la venturosa idiotez del buen Sancho, rediviva en aquel reb11;jo de sanchos auténticos.
Al olr la voz dtll sugestionador que la llamaba
para la prueba suprema, la joven se estremeció
como si s1tliera de un suelio, avanzó dócil, anhelante,-¡por fin iba á realizar su ensuelio de comunicación con el amaclo!-y en breve no fué en manos
del hipnotizador sino una materia dúctil, una máquina humana que provista &lt;le lápiz y papel escri·
bla febrilmente, cou r eligioso pasmo ele la grl'y
cougn•gad11, cscribla con rapidt'z taquigriifica, has•
ta que el Sr. Llaven, co11sult11.nclo su reloj, coitó la
conexión del e~ph itu trnnsmisor, y por merlio de
tres habillsimos p11ses hizo abrir los ojos enloquecidos á la j oven tJU«&gt;, trabt11billante, soñolienta aún,
fué á ocupar su a11t11rior sitio.
El Sr. Llavcn, bin ahandona.r su beatifica flebili·
dad, ib:i. :\ hacer tal nz una blntei;is riel escrito leyendo llll'lltalmcmte, ClHln&lt;l.o á lllS pri,uel'IIS lineas
lo vl palidecer y v11cilar .... El auditorio r~pet:taba, y el 1,uges1io1111.dor, haciendo un gran ebfuerzo
para dominar su turbación, dijo fatigosamente:

- El esplritu evocado goza de bienaventuranzas
eternas .... os bendice y os exhorta al bien .... pero hoy es ya tarde y en la próxima sesión os diré
su voluntad .... Y vos también, bija mla-añadió
dirígiéndose á la joven que escuchaba tremulante
- hasta entonces oireis su palabra .. .. os ruego que
espereis .. . .
Y como todos se levantaran obedientes y se despidieran unos á otros con humildad de bienaventu•
raclos pobres de espíritu para quienes fué hecho el
reino de los cielos, increpé á mi amigo sacu diéndole
un brazo:
- ¿Crees que también soy del vil rebaño? .. . . me
has traldo á ver un caso curioso y raro, y yo quiero
leer lo que hay escrito en ese papel!
-¡Yo también quiero!-dijo él, y aprovechándose del aturdimiento del hipnotizador, se apoderó
del papel olvidado sobre la papelera y huimos á un
café, donde ya solos leimos esto, esto que me pavoriza aún, hoy que procuro reconstruir la espantosa
revelación,
Alma:
Todas las torturas del infierno, todos los suplí·
cios infamantes de los precitos, inventados por la
locura de los hombres, no son comparab!es A la
despedazan te agonla que he i.ufrido en mi lecho de
muerte y en mi sepultura maldita!. ... Yo yacla vivo, vivo, con el infinito deseo de verte, de gozarte,
de perpetuar la fiesta de mi juventud inmortalizada por tu amot! ... . l\Ialdición! y un médico igno•
rante habla declarado que yo estaba bien muerto! .. .. Mi catalepsia provocada por el ataque agu•
dlsimo de neurastenia que sufrí, habla paralizado
todos mis movimientos, las manifestaciones más
sutiles de mi vitalidad latente en el núcleo de mi
corazón, esparciendo un fdo cadavérico en mis
miembros rígidos .... pero yo ola y pensaba, y era
un tormento abominable saber los preparativos de
mi entierro!.... Oia el llanto lamentable de los
mios, el llanto de mi madre que sollozaba dtil fondo
de sus entraiia~, el llanto de mis hermana~, cuyo
amparo ful, y los gritos deRgarradores tuyos, tus
gritos de amor y delirio que me partlan el cora•
zóu! .... Cuando te sujt&gt;t11ron por fuerza y te arran•
Cllron de mi, ol la carc11jad11. estridente tle tu ner•
viobidad exasperada por el dolor, y al alt•jute de
mi ebtaucia compre11di que me arrancaban la últi•
ma esperanza de \'Olver á la vida!.... Mi espanto
crecía desmesuradamente á cada instante que volaba .. . . Los cuchicheo!! de los dolientes que acudían atraídos por el miedo tenebroso de la mue1 te,
me haclan sufrir pavuras indecibles. ¡.\h! ellos no
sablan si estahn11 tan próximos como yo A saber lo
que era la muerte!. ... La impotencia de hacer pal•
pable mi vida me exe.speraba hasta el vé1 tigo¡ mi
razón se entenebrecla con la noche de la locura 1

REVISTA MODERNA.

107

por un prodigioso esfuerzo volvla á la lucidez con del maelstrom, imploraba con la ceguedad de la fe
la sarcástica_ilusión de que pasarla mi catalepsia c?n la venda sempiterna de la esfinge; y mi festina'.
antes de ser rnhumado. ¡Dolo!·osa irrisión de mi an- c~ón _de creyente, de contrito, de piadoso, de propohelo febril de vivir!. .. No parece sino que tenlan s1tano en proclamar á mi Yuelta al mundo las exprisa de deshacerse de mi! Apenas habían dejado celencia~ de la Inmortal ~Iisericordia, se atropellala e_stancia mortuoria tú y mis hermanas, piadosos ba en m1 cerebro enloquecido ante la videncia de
panentes se encargaron de la fúnebre tarea de la ten~brosa realidad!. . . . Cortó mi ruego sin fin
vestirme para tenderme; yo lo sabia por las palabras un ruido de pasos que me circundaban y escuché
que murmuraban en torno mio. Después compren- frases que me cercioraron ele que la hora de llevardi que me p~nlan en el ataúd augosto donde debla me al cementerio habla llegado . ... ¡Maldición!. .. Un
yacer para siempre, y me trasladaban á una pieza terror inconcebible se apoderó de mi, quise gritar
en cuyos ángulos se agrupaban las plañideras en- c~n todo mi ímpetu, quise con un esfuerzo prodicargadas de ronronear camándulas por mi Anima
gioso romper los lazos invisibles que ataban mis
las veladoras de oficio, aborrecibles en su aparien'. miembros rlgidos; pero á despecho de mi voluntad
cia de aves negras de los cadáveres!. . .. Las horas ningún músculo, ni el más noble, ni el más sensible:
pasaban con tediosa mono ton la para ellas pero con me ~bedeció, ni mi lengua vibró con la menos perverti~inosa velocidad para mi, que rene¡aba de la ceptible contracción, ni mi garganta emitió el meestupidez humana y de mi fatalidad inexorable! . . . nor aliento que no al'l'ojaron mis pulmones fosiliYo tenia dos amigos, médicos inteligentes, y anhe- zados, ni mis párpados, ni mis labios, ni mis vértelaba que alguno de ellos me visitara en mi lecho bras, ni los flexores del dorso de mis manos ni mi
de muerte y que por curiosidad, ya que no por tórax, ~ue yo juzgaba jadeante y henchido 1por la
af~cto, me ex~minara para cerciorarse de si ya no angu~tla y el espanto, ni mis flancos que en plena
e~1stla; pero, o no sabian mi fallecimiento ó no qui- posesión d~- mi sensibilidad se hallarían palpitantes
sieron molestarse en concurrir. El silencio del can- c?mo los h1Jarcs de un perro fatigado, ni mts artesancio en quienes me velaban, la suspensión de Jas nas que con tan tremenda sobreexcitación hubiepreces por el sueño de las plañideras, fué para mi ran estallado ... . ¡nada, nada obedecla á. mi volunmás espantoso todavla que el cuchicheo; preveía el tad impotente! ... . Si alguien me hubiese auscul momento definitivamente fatal y un tel'l'or incon- tado el corazón oprimiendo su oIdo sobre mi pecl¡o,
mensurable me hacia luchar inútilmente por rom- n~ habrla percibido sus tenulsimas palpitaciones:
P_~r °:'i odiosa apariencia mo~tal, mas Ja paraliza- m1 pecho erll l.\ losa de mi sepulcro y sobre él hacion rnvencible hacia que se estrellara mi rebeldía brla sido impotente la sensibilidad de un micrófoinútil con una impotencia mil veces cruel! . .. . Re- no!• . • • l\Ie levantaron! .. . . Lo comprendl con tecorrla ya minuciosamente mi vida, con avidez des- rror inmedible en la explosión de lamentaciones laenfre~ada, á fin de recordar qué crimen, qué mons- crimosas, me levantaron y colocaron mi féretro en
truosidad habl'ia cometido para merecei· aquel el pavimento para que, alzada la tapa de mi ataúd
t'.·e~ind~ castigo, y no encontraba en mi requisito- los mios me vieran por la última vez . . . . ¡Dios tre'.
na mflex1ble méritos bastantes á justificar suplicio men~o! Un martillazo estridente, lúgubre y seco,
~an horrendo!. ... ~Ie llevarían, asl, consciente é
me ~izo saber que clavaban la tapa, que me ahemerme, los :e_rdugos sanguinarios é irresponsa- rreoJaban para siempre, que me proscribían de los
bl~s, _los hom1c1das tenebrosos bajo la apariencia vivos, que me condenaban para toda una etemidad
afltct1va de su máscara dolorida, ¡Dios del cielo! y á la muerte, á la putl'Cfacción, á la nada! l\fe veía
m~ en_terra_ri~n _vivo! Dónde estaba, pues, aquella inter!or~ente roldo por los gusanos que holgaban
m1senco1·cl1a mfinita que los hombres han prego- en mis pustulas, que se multiplicaban en mi carne
na~o en su cobardia delincuente como supremo disuelta .. . . ¡Condenación! Y yo estaba vivo vivo
ah'tbuto de la Divinidad? .. . . í mi impiedad se es- Y me entregaba asl, odiosamente inerme, á que
' me'
p_a ntaba de su formidable impr11cación, y cala de la echaran como pasto putrefacto á la voracidad de
cu~a de su soberbia á la sima insondable de sumi- las larvas inmundas!. . . . Contaba con estupor los
sena, Y ~e lo ~~s profundo de mi alma apostasia- mar~illaz~s que daban á cada clavo . . .. ¡era una
b~ de mi_ r_e,behon y me prosternaba en el polvo de horrible smfonia la de los martillazos y el llanto!...
m1 contnc1on demandando gracia cou ardiente fe Cuando se cercioraron de que la clavazón era her•
en _el p~odigio · · · · •¡Señor! que d¿scienda hasta ml mética, de que no podrla escaparme para venir por
tu mfimta misericordia! Tú que resucitaste á Lá- las noches á _llorar mi desventura en los sitios para
~a~o! Tú que resucitaste al hijo de la viuda de mi más quendos, me alzaron en hombros y me lle•
a1m.1 Haz, Seiior, el milagro, pequelio para tu por• varon!. • .. Y mi pobre corazón lacerado, despazatentos_o poder, de redimir mi apariencia mortal! do, triturado, venciendo en su poder de entraña
Auxlhame! Sálvame! Tú, el único Todopodero- más noble que mi cerebro quebrantado, abrió Arau'.
so'•
. m1stico
. Y mi deseo vehemente
· : · · · y mi. d e 1·mo
dales la fuente viva de mi dolor y geml en mi AniY_ m1 locura de vivir para amarte ¡oh alma que has ma con la amargura dolorosa que no ha existido jasido amada como ninguna lo fué en la tiel'l'a! se más'.• • • •. l\Ie pusieron en un tranvla fúnebre cuya
~strell_a~~n como mi rebeldla irreductible ante la trep1dac1ón me torturaba horrorosamente y yo ola
tmpas1b1hdad de lo irremediable! Mi rogación deli- la vid~ resonar en torno mio, la Yida coJmenaria
rante, de amarga y dolorosa vehemencia me abis- de la ciudad estruendosa, y una angustia infinita
maba en
· msondable
·
'
. la voi•ágme
que ha tragado
á la se anudaba como vlbora constrictora á mi corazón
:~m~mdad durante dos milenios en la divinización pasionante Y me mordla para inocularme de nuevo
e milagro; y náufrago, perdido en las entraiias el virus viperino de la rebelión! . . . ¡No! iDioll de
1

�REVISTA MODERNA.

ros

REVISTA MODER~A.

Dios! .... aquello era formidablemente injusto como es omnipotente el poder divino, y yo acusaba á
Dios de implo, y mi alma blasfema lo apostrofaba
con los dicterios más candentes, en explosión de cóleras horrendas·que solamente los conde.nados del
Cócito pueden formidar!. . . . La ciudad quedaba
atrás con una vertiginosidad kaleidoscópica; el trayecto no fué para mi más que una ilusión de trayecto, y con una lejana vislumbre de sensibilidad
exterior, sentí cuando el carro se detuvo definitivamente á la entrada del panteón, y que manos
abominables se apoderahan de mi, y me bajaban
¡oh.... si! me bajaban! y me conduelan atropelladamente al lugar del camposanto, del campo mald!to
donde estaba abierta mí sepultma! Tormentos rndecibles, ~orturas sin nombre me corroían como
corrosivos hirvientes .... ¡Ah! era, pues, consumado mi sacrificio? .. . . Me suspendieron en el aire. . ..

¡Maldición de maldiciones! y :ne bajaron lentamente hasta que cal para siempre en tierra, en el f?ndo de mi sepulcro! .... Entonces sen ti un zumbido
sordo, como de riada que desciende, en mí cráneo,
en mis sienes, en mis arterias. . . . ¡Era la sangre,
la san"'re vivificadora que se precipitaba de nuevo
en mi ~rganismo para bañarlo con su riego de vida!. ... En este instante supremo, oi con terror inconcebible un ruido sonoro y siniestro sobre mi
ataúd ¡la primera paletada de tiena! y luPgo un
redoble furioso que cala cada vez más sordo .. • • .
¡Dios mio! Dios de piedad!. ... Me entenaban!. • • •
Me habían enterrado!... . Dios de misericordia! • • •
Y yo respiraba trabajosamente .. . . Yo abria los
ojos . ... ¡Yivo! . ... al fin vivo! .... Y la asfixia.• ••
(Aquí fué donde el Honorable Sr. Llaven consultó su reloj.)
RUBÉN

1901.

ME~íORIA ETERNA.
En luz medrosa baña los ampHos ventanales
'.\furiente sol de invierno que al misticismo invita;
Mas, dentro, llena el alma de ensueños ideales,
No espera ya los dulces coloquios nocturnales
La. célebre germana, la rubia l\largarita.
l\lirad: cercano al busto de un héroe legendario,
Sus enpolvadas hojas muestra el devocionario
Poder que en esperanza toda amargura trueca;
Y venerable amiga del cofre centenario,
Junto al hogar sin lumbre parada está la rueca.
No suben á la estancia desde el jardín vecino
Canciones de la alondra, ni esencias de las flore~;
Ni, al bienhechor influjo de un hálito divino,
Triunfante del penoso letargo vespertino
Yibrar la niii:i. siente In voz de los amores.
Pasaron como sombras las pláticas aquellas
Gozadas al cobarde fulgor de las estrellas:
Pasó de l\lefistófeles la intensa carcajada .. . . ;
Y en torno i1 la vetusta mansión abandonada,
De Siebel y de Fausto borráronse las huellas.
¡Oh tiempo inexorable! ¡Titánico verdugo!
¿Quién á tu loca marcha de vencedor resiste ... . ?
Humildes y potentes sucumben á tu yugo;
Y sólo vida eterna reconocer te plugo
A la fatal historia del alma de algún triste . . . .
Cuando el linaje humano, viril y:arrepentido,
Al Nazareno siga con paso decidido,
Homéricas legiones que el universo aclama,
Pontlfices y r0yes de cegadora fama,
Cayendo irán al vasto sepulcro del olvido.

M. CA~IPOS.

109

Mas tú, fiel Margarita, por bella sin ventura,
Tendrás férvido culto y adoración segura
'.\fíentras Amor las almas de resplandores vista . . ;
Y habrán de consagrarte eu pago á tu dulzura
S us ansias cada novia, su genio cada artista.
L UIS

BARREDA.

:\1éxico, 1901.

DOLIENTE.
A JESÚS URt:ETA.

ha, la empujaba por la pendiente lúgubre de la miseria.
Vendió sus trajes nuevos; vendió casi toda su ropa blanca, y - pero, oh Dios, ¿no eres bueno?-tuvo que vender casi toda la ropa blanca y los trajes
nuevos de Celia; aquellos trajes queridos que tan
linda hacían á la niña!
Y el otoño corrla; y vendría el invierno. . . . el
invierno del norte, helado, amargo, cruel, espantoso para el pobre. ¡Qué seria entonces de ella, sin
telas gruesas, sin comidas vigorizantes, sin fuego!
¡Qué seria de Celia, que nunca se quejaba porque
todo lo comprendía, pero que iba palideciendo, palideciendo rápidamente, como una joven rosa en•
ferma!
Un día no hubo para comer. El día siguiente
tampoco habría, ni el tercero, ni el cuarto, tal vez
nunca más .... Ah! el espectro fatal cómo le verla
llegar, haciendo su mueca honible, y llevársela, y
llevarse á Celia, á su hija!
Entonces fué cuando recibió una carta del señor
inglés que habitaba el principal de la casa .... Era
soltero; rico. Habla visto á Celia; le gustaba. No
podía casarse con ella, porque pensaba no casarse
jamás. Pero la tendría como á una esposa. La dotarla; la educaría, y si era buena, más tarde ... .
¡quién
sabe!-Y acompañaba la carta con una fuerA la muerte del esposo-destenado de la patria
por causa política-triste, aislada, sin dinero, con te suma de dinero.
Noche tremenda esa noche para la pobre madre.
una hija, Celia, de catorce años, se encontró la po·
bre señora en la ciudad inmensa como el viajero Su hija desde temprano dnrmia un sueño pesado,
producto del desfallecimiento físico.-Empezaba el
perdido en medio de un bosque enorme y feroz.
Sabia de piano; buscó discípulos. Pero ¡bah! qué invierno; la nieve golpeaba, blanda, te; ca, el techo
padres ricos confían la educación musical de los y los cristales de la ventana, en cu~·as rendijas gehijos á una desconocida? Y los padres pobres . . .. mla un viento fino, helado, punzante.-Cubrió A la
bija con la única manta de lana que poseía, y ~o
esos no tienen piano.
¿Trabajar en otra cosa? ¿Cómo? Ella, una plan- sentó á la cabecera del lecho miserable. No sentia
ta de los delicados jardines hispano-americanob! frío; no tenla ya hambre. El sacudimiento rudo
No vislumbraba luz alguna salvadora. El mañana que le había causado en el alma la carta, le hacia
se le ofrecía fatídicamente impenetrable .... Y en- insensible el euerpo .... ,¡:\1añana!• Y en la som tre ella y la patria el océano y tierra, mucha tierra bra, percibiendo como en un sueño tenebroso la
respiración débilmente rltmica de Celia, apretanextraña!
Comenzó á vender sus pocas alhajas. Las vendió do entre la mano crispada la carta salvadora y
todas. Así pudo comer ella; así, sobre todo, pudo cruel, se répetla esta palabra, que en el cerebro
comer la hija un corto tiempo. Luego vendió los enfiebrado le zumbaba siniestra y tenaz.
¿Rehusar? ¡Y su bija! Ella, la madre, podía momuebles, uno á uno. Dejó la habitación cómoda que
ocupaba por un cuartito en el último piso de la rir; estaba ya resignada; bastante babia s-.ifrido, y
misma casa .... Y la existencia se le iba haciendo la muerte seria el descanso, el olvido. ¡Pero su hija!
cada vez menos posible, y el infortunio la empuja- No, eso no debía suceder; no queda que sucediera.

-Cuando veo-me decia el anciano médico mi
amigo, apoyando la barba en el dorso de las manos que descansaban sobre el puño de marfil de su
bastón de ébano, sentados los dos en la banca más
sombda del parque, una noche en que por entre el
follaje espeso esparcía la banda militar sus jocundas fanfarrias- cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas á estas madres sanas, alegres, triunfales, porque sus niñas de nada carecen, porque pueden satisfacerles todos los caprichos, porque las
11guarda, tal vez, un matrimonio honroso que se
celebrará con tocia la pompa de los rituale3 mundanos, recuerdo en seguida á aquella otra madre
desdichada, á quien, en los primeros años de mi
profesorado, asistí en su enfermedad mortal- un
caso de hipertrofia del corazón-y quien me hizo
la confidencia de la última era de su vida, allá en
la mareante y portentosa ciudad de las audacias
imprevistas .... Esa confidencia la escuché una semana antes de morir la enferma; un dla de primavera, en que la tierra toda vibraba en un delirio de
vida y toda la atmósfera rela, con risa feliz, bajo
la caricia intensa del sol.

�REVISTA MODERKA.

REVISTA MODERNA.

110

Ella no tenla el derecho de quebrar la existencia
en capullo de la joven; no tenla el derecho de destruir aquella nave nueva que estaba aún á la OTilla del largo, del hondo, del enigmático mar de la
vida.
¿Aceptar, pues? Y su educación inolvidable; su
educación severa y religiosa, que la hacia mirar el
concubinato como un acto criminal, como el envilecimiento del amor, tan noble si el matrimonio lo
consagra! ¡Y ahora se trataba de su bija! Era su
bija quien se uniría sin matrimonio, sin amor, á un
desconocido!. . .. Y estrujaba entre las manos 111
carta; y, trágicamente visionaria, miraba modelar·
se, poco á poco, en la sombra, al espectro fatal.
Rehusar!. ... Aceptar!. ... Por un rato grande
estos pensamientos contrarios estuvieron luchando, luchando. Después, como cansados, quedaron
inmóviles, y parvadas de recuerdos de la vida pasada le asaltaron el cerebro.
Los recuerdos azules! Tenia quince años, uno
más que Celia; estaba toda de blanco en un baile de
confianza, y valsaba con un joven gallardo y correcto. Le parecia oír, clara, precisa, evocatriz, la
música de aquel valse; le parecía oir, timida, vibrante, turbadora, la voz pasional del joven, del
que fué después su esposo. ¡Ah los placeres dulces
y castos de los amores de novios; las impresiones
profundas, reveladoras, de la primera noche nupcial! .... ¡La bija!
Llegaron los recuerdos grises.-La pasión política del esposo; su ocupación constante en planes
revolucionarios; sus continuas ausencias de la ciudad; su indiferencia de amante, La guerra civil; el
esposo preso. El destierro!
Y llegaron los recuerdos negros.- La enfermedad lenta, indomable, del compañero amado, del
apoyo fuerte; el agotamiento de la escasa fortuna;
el país extraño. La viudez; ella y su bija aisladas;
la pobreza ..... la miseria ..... el hambre ..... la
muerte quizás! Y volvían los pensamientos contrarios á comenzar su lucha, y volvía á estrujar entre
las manos la carta del señor inglés, y volvía á ver
modelarse, poco á poco, en la sombra, al espectro
fatal.
As! la sorprendió el alba; una alba brumosa, anémica, tiritante, como precursora de un día triste,

triste, Y en la gloria lívida de aquella alba, percibiendo como en un sueño tenebroso la respiración
débilmente rítmica de la bija dormida, apretando
entre la mano crispada la carta salvadora y cruel,
•jhoy!•, se repitió mil veces la madre, y esta palabra, en el cerebro enfiebrado, le zumbaba siniestra
y tenaz.
Tuvo que aceptar .... ¿El honor? ¡Oh, es verdad!
El honor! Y que el hambre apuñalée el cuerpo, y
que la desesperanza desgarre el alma, y que se vea
á la hija adorada palidecer, palidecer rápidamente, como una joven rosa enferma que '"ª á morir!
Aceptó, Mas desde aquel dia-á pesar de que su
vida material fué holgada; á pesar de que en su
nueva habitaci&lt;in decente la visitaba todos los dlas
Celia, que sanó del modo rápido como habla enfermado y adquirió toda su frescura brillante, toda
su belleza exquisita, toda su nativa elegancia- sobre el corazón de aquella madre la tristeza lloraba
un llanto continuo, que lo fué hipertrofiando inexornblemente.

Pobre mujer! La última vez que la vi estaba tendida, rlgida y enlutada, sobre el lecho blanco. El
fulgor de una lámpara broncinéa, filtrado por un
globo azul, le envolvía el rostro, contraido por el
supremo escalofrio, en un velo sutil, vago y misterioso; y dos lágrimas se perlaban sobre la raya de
los párpados apenas abiertos, como si la l\luerte,
al beber en aquel doloroso vaso humano, hubiese
arrojado allí las heces del licor amargo de la Vida .... Y aquella noche de primavera la tierra to·
da, en el deleite de un ensueño, suspiraba, y toda
la atmósfera sonreia, con sonrisa feliz, bajo la caricia dulce de la luna!
Ya sabe usted por qué- terminó, irguiéndose, el
anciano médico mi amigo, mientras la banda militar, que babia callado, esp&amp;rcla otra vez por entre
el follaje espeso del parque sus jocundas fanfarrias-cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas á las madres ricas, sanas, alegres, triunfales,
1·ecuerdo en seguida esta historia lejana, triste, triste y fiel. Y ella se sucede en el mundo eternamente, quizá!
DARÍO

Colombia.

H~RRERA.

ELTRANVIA.
Había un obrero muy trabajador cuya mujer era
buena, cuya hijita era preciosa. Habitaban en una
gran ciudad.
Para el día del santo del padre compraron una
hermosa y fresca lechuga y un pollo que asaron.
Y todo el mundo estaba contentísimo aquella maIiana de domingo, hasta el gatito que contemplaba
l11, gallina con aire picaro, prometiéndose tiernos
huesos que roer.
Almorzaron, y el padre dijo:
-Vamos, por esta vez, á pagarnos el tranvía y
pasearemos hasta los alrededores.
Salieron.
Hablan visto, muchas veces, elegantes señores y
Trad. de e Revista l\Ioderna• ).

hermosas damas hacer seflas al cochero del tranvía,
que paraba inmediatamente sus caballos para que
pudieran subir.
El buen obrero cargaba á su hijita y él y su mujer se detuvieron en la esquina de una hermosa
calle.
Un ómnibus barnizado avanzaba hacia ellos, ,:asi vacío. Y sentlan grande alegria pensando que
iban á subir por cinco centavos cada uno. Y el
buen obrero hizo seña al conductor para que detuviera los caballos. Pero el conductor, viendo á
aquella pobre gente, los miró con de~precio y no
detuvo el carruaje.
FRANCIS

JAMi\IES.

\

LA ~[J[Z
A L U IS BARREDA,

Junto con los silvanos juguetones
Animó las florestas sosegadas,
Y ensefíó á las sonoras enramadas
A repetir sus rústicas canciones.
A la sombra de glaucos pabellones
Desfloró pudorosas hamadriadas,
Y corrió tras las ninfas asustadas
Al par de los centauros garañones.

Hoy el soplo glacial de los inviernos
Ha doblado las puntas de sus cuernos,
Su flauta de carrizos está muda,
Y lleno de pesares y congojas,
Al mirar una náyade desnuda
Suspira de impotencia entre las hojas.
EFREN

REBO¡,.LEDO.

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

J 12

PRERRAFAELITA.

DE "EL JARDIN DE LOS SUPLICIOS."
Son los chinos jardineros incomparables, muy superiores á nuestros burdos horticultores que no
piensan más que en destruir la belleza de las plan•
tas por medio de irrespetuosas prácticas y criminales hibridaciones. Estos son verdaderos malhecho·
res y no puedo concebir cómo, en nombre de la vida universal, no se han dictado aún severlsimas leyes penales contra ellos. Hasta que se les guillotinara sin piedad me seria agradable, de preferencia
á esos pálidos asesinos cuyo •seleccionismo• social
es más bien encomiable y generoso, puesto que lamayor parte de las veces no hiere sino á Yiejasmuy feas
y á muy innobles burgueses que de por si son un
perpetuo ultraje á la vida. Y además de que han llevado la infamia hasta deformar la g1·acia conmovedora y delicada de las flores simples, nuestros jardineros han osado la degradante burla que consiste en dar á la fragilidad de las rosas, á la irradiación estelar de las clemátides, á la gloria firmamental de los delpltinium.~, al heráldico misterio de los
iris, al pudor de las violetas, nombres de viejos generales y de políticos deshonrados. No es raro encontrar en nuestros ¡&gt;arques nn lil'io, por ejemplo,
b1mtizado: El Ge11el'al Archina1·d.' . ... Hay narcisosnarcisos! que grotescamente se denominan: Triwifo dtl Presidente Péli.c Faure; rosas que sin protestar aceptan el ridículo apelati,·o de: Duelo de
.,fonsieur Thiers, y violetas, tímidas, friolentas :r
exquisitas violetas á quien los nombres del General Skobeletf y del Almirante Avellan no parecen
apodos injuriosos! .... J.a flor, toda belleza, toda
luz y toda alegria .... toda caricia también, evo·
cando los rezongones mostachos y las pieles de paquidermo de un soldado, ó bien el toupet parlamentario de uu ministro! . ... Las flores lanzando opiniones polfticas y sirviendo para difundir las propagandas electorales! .... A quó aberraciones, á
quó decadencias intelectuales corresponden, pues,
tales blasfemias y tamaños atentados á la divinidad
de las cosas? Si fuese posible la existencia de un
ser bastante desnudo de alma para sentir odio ha.
cía las flores,:los jardines europeos y en particular
los jardineros franceses justificarían esa paradoja
inconcebiblemente sacrilega!. ...
(Trad. de Revista Moderna).

Ai:, PINTOR

.Artistas perft1ctos y poetas ingenuos, los chinos
han conservado piadosamente el amor y el devoto
cnlto por las flores, una de las muy raras y de las
más lejanas tradiciones que han sobrevivido á su
decadencia. Y como es necesario distinguir las flores una de otra, les ban atribuido analoglas graciosas, imágenes de ensueño, nombres de pureza ó de
voluptuosidad que perpetúan y harmonizan en nues•
tro espirito las sensaciones de dulce encanto ó de
violenta embriaguez que nos producen .. ... Asl es
que á ciertas peonias, sus flores favoritas, los chinos las saludan según su forma y su color con estos
nombres delíciosos que son cada uno un poflma ó
una novela: La joven que ofrece sus senos; ó J.,'l
Agua dunniendo bajo la lttna; ó El sol en la selva;
ó El p,·imer deseo de la nrgen acostada; ó'J,[i Túnica no es toda blanca po1·que al desgarrarla el Hijo del Cielo la ti11ó de sangre 1·osa; ó bien, por último: He gozado de mi amigo en el jardln.

Con razón los chinos sienten orgullo por el Jardín de los Suplicios, el más completamente bello
quizás de toda la China, donde sin embargo los hay
maravillosos! Abl están reunidas las esencias más
raras de su flora, las más delicadas como las más
robustas; las que vienen de las neveras montañesas
ó las que crecen en la ardiente hornalla de las llanuras y también las que misteriosas y siniestras se
disimulan en lo más impenetrable de las selvas y
á las cuales las supersticiones populares prestan
almas de genios malhechores. Desde el paletuYario hasta la azálea saxátil, la violeta biflora basta
lli nepentes destilatorio, el hibisco volubita hasta
el helianto estolonlfero, desde la audrosaxa invisible en su grieta de roca hasta la lianas más locamente enlazadoras, cada especie está representada
por numerosos ejemplares que repletos de alimentos orgánicos y tratados, según los rito~, por sabios
jardineros, alcanzan anormales desarrollos y coloraciones cuya intensidad prodigiosa nos es penoso
imaginar bajo nuestros climas morosos y en nuestros jardines sin genio.
ÜCTAVl!l

.MIRBEAli.

Ll!lANDRO JzAGUIRUE.

I
Adorna tu gracia los libros de horas
De piel de cordero que un fraile minió?
O allá en la vidriera que tardes y auroras
Incendian, acaso tu imagen surgió?
Crenchas engarzadas en brillantes nimbos,
Hostias y azucenas en el rostro oval;
Un peplo sembrado de breves corimbos
Do emergen las alas de un pavo real.
Tus manos: dos lirios que oprimen los orbes
Velados y leves de tu seno en flor,
Y á tus pies querubi:s pulsando teórbes
Y ángeles tañendo las violas de amor ....
Asi en el exvoto de un glíptico arcaico
Vi tu misterioso perfil de otra edad,
.Asl entre la pompa de un viejo mosaico
De púrpura y oro, miró tu beldad!
JI
Lanzando á los cielos su gótica aguja
Entre altos cipreses de negro verdor
Surgió en mis ensueños la antigua Cartuja
Donde eras ti'.1 virgen y yo era prior.
Dejando el rosario de huesos de oliva
Asían mis manos paleta y pincel,
La celda me daba la luz de su ojiva
Y el atrio la sombra de un noble laurel.
Del toque de alba, tras la eucaristla,
Extático, lleno de honda beatitud
.Al Angelus lento que el claustro envolvía
En vagas penumbras y eu triste quietud,
Pinté tus encantos con mistica fiebre
Ciñendo tus sienes con nimbos de paz,
Cuajando tu manto con gemas de orfebre,
Formando con hostias y rosas tu faz!
Y mientras creaba tu ingenua sonrisa,
Dejando en tu frente la nieve de un lis,
Hablaban conmigo desde una cornisa
Las llricas aves del Santo de Asis!

Ah mi hábito blanco! mi gótica aguj a,
Mi azul luminoso, mis lirios en flor!
Con cuánta nostálgia mi ser se arrebuja
Eu esos recuerdos de aquella Cartuja
Donde eras tú virgen y yo era prior!
Hoy, ha muerto el iris en el cielo umbrío,
Hoy, en la paleta del fraile sombrío
~o brilla una sola tinta de ilusión,
Sólo el agua fnerte del amargo hastío
).Iuerde el rojo cobre de su corazón!
' JOSÉ JUAN

:;\larzo, 1901.

TABLADA.

�LA HIGIENE.*
ESTUDIO BIBLIOGRÁ~'ICO, Á PROPÓSITO DEL «J!ANUAL POPULAR DE HrGTENE,&gt; DE LA
JUNTA IMPERIAL DE SANIDAD DE ALEMANIA.-TRADUCIDO AL ESpAÑOL
POR E[, DR.

M. l\foNTANER.-(F.

Derivase la palabra Higiene del griego hugaineia,
que quiere decir tener salud; as! podría definirse:
aquella parte de la medicina que se ocupa de los
medios, no ya de curar las enformed11.des, sino de
prevenirlas, es decir, el estudio de todo lo que con•
tribuye al funcionamiento normal del organismo
Un gran sabio ha dicho, que la medicina del porvenir será la medicina preventiva, es decir, la Higiene, pues vale más prevenir la enfermedad que
tener que curarla.
La Higiene preocupó ya en los más antiguos
tiempos, aunque su importancia verdadera y el que
se la haya reunido en un cuerpo de doctrina, sea
obra de los tiempos más modernos.
Los libros del Antiguo Testamento, y antes de
éstos los Vedas, y el Zend Avesta, están llenos de
prescripciones y de reglas para conservar la salud,
prescripciones y reglas qua se presentan siempre
como p,receptos sagrados. As! las abluciones, la
prohibición de comer carne de ciertos animales, las
unciones con bálsamos, eran sólo rPglas higiénicas
indispensables á unos pueblos que vivían en climas
rigurosos, y que ignoraban absolutamente el uso
de lo que hoy día es de sentido común respecto á la
limpieza del cuerpo. En la India en donde ciertos alimentos animales resultaban funestos por las enfermedades eruptivas que producían, su interdicción
eólo pudo hacerse eficaz escudándolos en el dogma de la transmigración de las almas.
En Egipto, en Persia, en Caldea, las leyes contenían prescripciones minuciosas, cuyo único objeto
era el combatir las influencias deletéreas del clima,
ó la purificación de la atmósfera frecuentemente infestada. Tal como los inciensos, minas y bálsamos,
quemados en las asambleas religiosas.
Entre los griegos, las costumbres higiénicas ya
se presentan sin la sanción religiosa. Con un clima
más templado, y, por tanto, más benéfico, el griego,
más que un sistema prohibitivo, en lo que toca á
la alimentación, seguía un sistema organizador del
cuerpo humano. As! la gimnasia adquiere gran
preponderancia, con los baüos, la alimentación sólida, la vida al aire libre, y la danza.
• Sr. D. Jesú¡ E. Valeniuela.-Barcelona, 2.¡. de Febrero de
1901.-........................................ . ....... . .... .

........................ Hoy le mando á vd. un artículo sobre
Higiene. Está escrito á propósito del A/anual Pop11lar de la
Junta Imperial de Sanidad Alemana, que ha traducido un amigo mío, el Dr. Montaner. Es un compendio utilísimo que bacía
falta en Espaíla y que no creo exista en los países de la América
L atina. Espero querrá vd. hacerme el obsequio de insertarlo
en su magnífica .R...is~ Aloder,ia ,. ........ Pm1r&amp;YO GENER.

L'EIX, EDITOR-BARCELONA,

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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1901.)

Entre los rcmanos, la preocupación de la Higiene
pública es aún más grande. Los baños eran, en
tiempo de los Césares, una verdadera institución,
llegándose hasta á exagerar su uso. Dictábanse reglas para la construcción de laij viviendas'!,' para
el saneamiento de los I.Jarrios populosos, llegando
á nombrarse delegados especiales para la inspección de las casas y edificios públicos, á fin de que
hicieran cumplir las reglas más indispensables de
la policía urbana. Llegóse á más, hubo tratadistas
especiales del arte de conservar la salud, tales como Plutarco, Galeno, Oribase, Aetius, Pablo de
Eginas, Alexandro de Tralles, etc. etc.
Con la venida de los Bárbaros, y con el predominio del cristianismo, en que se consideró el cuidado del cuerpo como vanidad y pecado, la higiene
desapareció por completo y las infecciones más horribles diezmaron la Europa. La suciedad y el ayuno predispusieron el cuerpo humano á todo género
de enftirmedades. Sólo los judíos y los árabes, durante este periodo, siguieron y practicaron algunas reglas de higiene; pero al aproximarse el Renacimiento, se reivindicó la personalidad humana
y volvióse á preocupar la Humanidad de la manera
de evitar terl'ibles enfermedades, manera que en la
Edad ll!edia estaba reducida á los amuletos, á las
rogativas, y á las procesiones (á poca diferencia
como hoy en el interior de España).
Los hombres de ciencia, estudiando los elementos de la Naturaleza y su fenomenolidad, fueron
los que sentaron los fundamentos de la verdadera
higiene en los tiempos modernos, desvaneciendo
las antiguas supersticiones. Se vió que el .Aire era
un cuerpo y que con la ayuda de ciertos instrumentos, se podía estudiar su composición, determinar sus materias extrañas y purificarlo, en caso
necesario, de sus g érmenes mortíferos, ó atenuar
sus acciones físicas y químicas. Lervet descubrió
la circulación de la sangre. Santorius el mecanismo
de la transpiración. Estudióse la respiración. Descompúsose el agua. Todús los fluidos elásticos fueron estudiados. Los cuerpos sometidos á análisis
dieron sus componentes simples, y así se pudo determinar su acción sobre la naturaleza humana.
Hal- lé, partiendo de todos estos datos, preparó un
tratado sobre la conservación de la vida, tratado
que la muerte no le permitió que acabara; después
de: él Foderé, Ratiev, Rostan, Loude, Parent du
Chatel, Hings, Pavet de Courteille, y más modernamente, Orfila con su estudio de los tóxicos, Bec.
quen:I, Bouchordat, Leoy, Tardiere y otros, han
preparado los trabajo~ que han venido á formar el

cuerp@ de doctrina que hoy se llama Hi,qiene, reforzados modernisimamente por los Zooqulmicos, y
los Microbiologístas, á la cabeza rle los cuales figuran Geyenbour, y el gran Pasteur.
La higiene hoy dia es un verdadero cuerpo de
doctrina que estudia: 1°, el objeto de la higiene;
2º, los materiales de la higiene y 3° la aplicación
de fa higiene á los diversos estados del hombre, ya
sea individual, ya sea colectivamente.
Así en la primera parte se estudia la constitución
del cuerpo humano, la actividad y el funcionamiento de todos sus órganos. Se parte de los elementos
mitológicos y morfológicos, y en su organización
ascendente se va á parar á la consideración de los
órganos en la plenitud de su desanollo; y en este
estado se estudia su funcionalismo vital, su inte·
gración y su desintegración y las reacciones qui·
micas que las acompañan. Así se llega al conocimiento de la Fisiologia humana, de los temperamentos, y de lo que podríamos llamar prolegómenos
de la patologia.
En el estudio de los materiales higiénicos, entra
el estudio de los agentes favorables y necesarios
á la vida del Hombre en general, así como el de
todos los elementos que influyen sobre ella, directa
ó indirectamente, de una manera favorable ó desfavorable.
En este número entran en primet· término la atmósfera y sus diversos componentes, la temperatu•
ra, las corrientes del aire, la humedad, la electricidad, la luz, la presión, las impurezas, los miasmas,
el agua y todos los medios de su conducción y purificación. Vienen después los alimentos, y la determinación de la cualidad y cantidad nutritiYa
utilizable en las substancias alimenticias; á. cuyo
estudio sigue el del análisis de las mismas para determinar su insalubridad, caso de falsificación, ó
de descomposición natural. Y terminaré el estudio
con los venenos, manera de reconocerlos y medios
de evitarlos ó de neutralizar sus efectos.
Siguen los vestidos, ó medio de preservar el
cuerpo humano de los agentes exteriores; y luego
la habitación ó vivienda, y veremos como ésta debe ser construida para que reuna las condiciones
de ventilación, desagüe, limpieza, protección del
calor y del frío, y aislamiento del ruido, condiciones indispensables para que no se trunque la evolución vital del hombre.
En la tercera parte, estudia la higiene las coudicioues favorables á la conservación y aumento ele
la vida del Hombre, en sus relaciones con la sociedad.
Se estudian las colecti\'idades humanas, ya que
ellas exigen otros cuidados generales, á más de los
del individuo, y en ello se agrupa todo lo que tien •
da á la buena circulación de los materiales que han
de dar la vida, como á la extracción, expulsión y
circulación completa, hasta su reintegración elemental en la Naturaleza de todos los residuos, deyecciones y demás desechos de los seres vivientes.
Se estudia también el tráfico y los medios de evitar que éste sea vehículo de enfermedades conta-

giosas, y se dan las prescripciones generales para
resistirlos.
Luego se pasa á la educación, dedicándose estu·
dios preferentes á la educación física, en lo que entra la gimnasia, el baile, la equitación, los baños,
y todo lo que hoy se comprende con el nombre genérico de Sport. lJ,fens sani.t in corpoi·e sano, es la
máxima que preside á esta sección de estudios.
A partir de aquí ya se especializa la higiene, dedicándose á aplicarse á los hombres según sean sus
oficios, profesiones, ó género de vida que lleven;
habiendo todo un tratado especial para las carreras
militares y marítimas, que tanto difieren de las
otras.
Parecerla aquí term inado el cuerpo de doctrina
conocido con el nombre de Higiene; pero, Je falta
aún tomar en cuenta la acción de las influencias
generales. Estas pueden ser ocasionadas por las
grandes alteraciones atmosféricas, por las infecciones del aire, del agua ó de los objetos (epidemias) y por las infecciones particulares ayudadas
por el contagio, ó sea transmisión de individuo á
individuo.
Por fin, los accidentes desgraciados y el estudio
de los conocimientos más indispensables para la
enfermería, y asistencia en los casos de desgracia,
forma el apéndice de dicha cieocia, sin la cual no
podrían vivir los pueblos modernos. Como indica
muy bien el tratado que nos ha inspirado este articulo, la mortalidad va disminuyendo rápidamente en todos aquellos Estados, comarcas, ó ciudades
en que la higiene es practicada de una manera es·
crupulosa. A principios del pasado siglo la vida
normal humana era como promedio el de 22 á 24
afios. Hoy dia, en los mismos países, como Francia,
Inglaterra, Bélgica y Alemania, es de 32 á 35. Aún
hoy dia, en las poblaciones higiénicas hay sólo una
mortalidad que varia entre 17 y 23 por mil al año;
tales Gi nebra, Londres, Parls, etc. En los que no
se cumplen las leyes de la higiene sino incompletamente, la mortalidad oscila entre 39 y 40 por mil;
tales :\fadrid, Barcelona, Constantinopla. Estas cifras hablan de una manera más elocuente que todos los argumentos posibles.
Luego con la práctica de las reglas de higiene,
los individuos viven sanos y fuertes y pueden ganar
unos en menos tiempo, siendo mayores sus energías para el trabajo. Véase, pues, la gran u tilidad
de la popularización de estos estudios. Estas razones impulsaron al Gobierno alemán á hacer esta publicación económica, y las mismas son las que han
decidido á la Casa F. Leix de Barcelona á popularizarla también entre los países de lengua espafiola, no
escaseando sacrificios para presentar debidamente
con los grabados, cromos y planos que requiere
una obra tan útil, y para hacer una traducción directa en lenguaje claro, sencillo, exento en lo posib le ele tecnicismos, para así ponerla al alcance de
todos.
Creemos que publicaciones como ésta honran á
la persona quti las da á luz y también á las que las
adoptan.

DR. P0)1P.ElYO GENER.

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REVISTA MODERNA.

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LA RAMILLETERA.
Date lilla ......

:\lo1sés.- ;H1ouEL AiwEL.

REl~OVARE .1••••
.=::. Solo tú y yo sabemos el secreto
de nuestro amor como Luzbel caldo;
pero á las puertas del Edén Perdido
lanzando á todo su implacable reto.
Ya con tu ausencia el olt:iaje inquieto
de la murmuración yace dormido¡
mas nunca como ahora te he querido,
con un amor tan grande y tan discreto . . ..
Eres la carne de mi carne, vibra
en mis labios aún tu beso ardiente
y abrasa el corazón, fibra por fibra,
mientras la estrofa escápase candente;
y Amor ceñirla al Huracán le libra,
corona de recuerdos á tu frente!
JEsús E. VALENZUELA,

Marchaba la niiía lentamente, rozando el muro,
por la calle estrecha y tortuosa de los .ilfercanti.
No miraba los almacenes, no levantaba los ojos ha•
cia aquella banda de cielo que aparecía entre las
altas casas, no miraba siquiera delante de ella. Mi·
raba los adoquines como si los fuese contando. Ca•
minaba sin inquietarse por el lodo, por los choques
que recibía de algún raro vehículo que pasaba.
Cuando llegó á la pequeña iglesia de Ce1·1·iglio,
frente A la estatua del Ecce Ilomo vestido de rojo,
coronado de espinas, con los ojos llenos de lágri·
mas congeladas, con la frente y el pecho macula•
dos dt:i sang re coagulada, la niña le dirigió una mi·
rada indiferente y volvió sobre sus pasos, con el
mismo aire rígido.
Era una mendiga. Tenla hambre, tenia sed. Te•
nla las piernas desnudas y sus piececitos sin zapa·
tos s~ deformaban en el fango. En aquel domingo
helado de Febrero, no llevaba más ropa que una
camisa, una faldehuela desgarrada y deshilachada
retenida á su cintura por un cordón y un guiñapo
de chal enrollado en torno de su cuello. Nada más.
La niña era muy flaca, casi desecada¡ por las des•
garraduras de la camisa y de la falda se veía una
carne exangüe, terrosa; bajo el chal los dos huesos
claviculares resaltaban como si hubiesen querido
agujerear la piel, y se adivinaba cuán pobre era
aquel enfermizo y magro pecho de niiía. Las espaldas eran puntiagudas, encorvadas como las de
quien ha tomado la cos:umbre de encogerse siem·
pre á causa del frío ó para calmar los espasmos del
estómago. Un rostro serio y gra,e, con el mismo
tinte plomizo que el cuerpo¡ la frente baja y plega•
da; las finas cejas fruncidas, los ojos de párpados
grises, muy grandes, cercados de hollín, hundidos,
cavernosos; el perfil duro, rígido, acentuado ya co·
mo el de una mujer; la boca est1·echa, apretada, los
labios pálidos sin estremecimientos, con dos plie·
gues en las comisuras. Tenia siete afíos.
Habla trnido una madre descarnada, mendiga
también. Vagaban entrambas por las calles, pidien•
do limosna. Solian comer pan y dormlan en un rin·
eón, bajo una escalera, sobre la paja, la hija con la
cabeza sobre el seno de la madre. Después lamadre habla muerto de tifo y la hija quedó sola en el
arroyo. No lloró, no clamó, salió á mendigar como
de costumbre, pero no se le dió nada; aquel dla no
comió y durmió á la intemperie, sobre los escalo•
nes de la iglesia de Portanova, enrollada en si mis·
ma, como un peno.
Hacia tres años que la niña arrastraba aquella
vida, invariable. No sabia nada, no se acordaba de
nada, no guardaba otra impresión que la de un dla
muy largo en que habla tenido hambre.
Comenzaba sus peregrinaciones desde la maña·
na. La calle de los Mercanti, larga tripa en zigzag,

er1' su casa, y conocía todas sus callejas, sus corre
dores tuertos, sus callejones terroríficos, sus negras
barracas, sus arroyos fétidos, sus puertas angostas
y obscuras, sus escaleras usadas y arruinadas, to•
do alumbrado por una luz débil y gris. Iba y venia
sin descanso de la plazoleta de Porta11o va, que era
su punto de partida, hasta la capilla del Ce1'riglio,
donde era su punto de llegada. Se detenía en la
plazuela de Po1'to, daba una vuelta, dirigía una
mirada al simulacro del dios Orión pegado al muro
que el pueblo llama Pescado Niccolo, luego subía
por .Mezzocannone, mojándose los pies en las aguas
azules, rojas, violetas, de los tintoreros que traba•
jaban en ciertos antros lúgubres, en torno de ne•
gras calderas, agitando una misteriosa mixtura.
Llegada arriba, no osaba ir más lejos, y volvla ii
bajar á la calle de los ..llercanti, sin lanzar siquíe•
ra un vistazo á la posada, donde se doraban, friéndose, pescados y pastas que tomaban vivos y be·
llos tintes dorados y derramaban apetitosos y pe•
netrantes olores, mezclados ii los de los nabos cocí•
dos con vinagre. Yolteaba á la derecha por la sucia escalerilla de Sa,ita Bdrba1·a y trepaba hasta
el almacén del famoso comerciante en bizcochos¡
pero los bizcochos se le antojaban mucho y huía
de alll¡ al volve1· á bajar detenlase ante la puerta
del establecimiento de baños, mirando una fuente
hecha con rocas artificiales, fuente donde no habla
agua, pero donde, de el medio de anchas hojas verdes de hierro pintado, emergía una ninfa; prose•
guía su camino hasta el Cerriglio, y, desandan fo
lo andado, siempre con el mismo porte circunspec•
to, rozando los muros, deslizándose entre las piernas de los transeuntes.
Aquellas calles negras, aquella angustia, aquella
miseria, aquellas casas sudando humedad, aquellos
hedores, aquellos portes sospechosos, aquellos tintes sombríos, aquella ausencia de sol, aquellas ca•
ras usureras de los comerciantes, aquellos rostros
hipócritas de sus compradores, aquellos semblantes
estúpidos de las prostitutas, aquellas mercancías
miserables, polvorientas, averiadas, formaban su
universo. Tenla vagamente el instinto que más allá
de Santa B á1·bara, de Mezzocannone, de Ce1·riglio,
que al extremo de la calle de la Princesa-1\fargari·
ta, existla otro mundo, pero temía aventurarse en
él, le tenia un miedo salvaje; ya en la calle de los
Me1·canti temla á los otros mendigos que la golpeaban, á. los perros que querían morderla, á los
guardias que podlan detenerla, pero era astuta pa•
ra esquivar los peligros. Allá arriba era el peligro
desconocido. Cuando llegaba á. los limites que se
había fijado, lanzaba una mh-ada altanera á lo le•
jos y se escapaba, escondiendo su crespa cabeza
sobre su brazo como si se la hubiese perseguido.
Pedía limosna pero no siempre se le daba. Todas

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REVISTA MODERNA.

aquellas gentes atareadas que trabajaban duramente para ganar un salario exiguo, vendedores
que trataban de engañar á sus compradores, facchini encorvados bajo los paquetes y fardos, criadas sucias y haraposas, no se fijaban en ella.
Si por casualidad algún Setw,· atravesaba el barrio, tomábala por una ladronzuela y tentaba sus
bolsillos diciéndole injurias; otros, vestidos decentemente, pero pobres, la miraban y alzaban los hombros. A algunos inspiraba disgusto y la rechazaban con un gesto fastidiado. En la tortura del estómago que se revelaba, sin haber comido el dla
anterior, pedía primero en voz alta y de una manera
casi imperiosa un céntimo para comprar pan; luego
la voz bajaba y hacíase suplicante, ansiosa, lamentable, y algunas lágrimas fdas escurrían lentamente sobre sus carrillos. Continuaba yendo y viniendo, como maquinalmente, balbuceando palabras
indistintas, hasta que su voz se extinguía en su
garganta seca; entonces pedía limosna por la intensidad de la mirada. Al atardecer, cuando no se le
babia dado nada, era invadida por una gran lasitud, le volteaba la cabeza, y, vacilante, se arrastraba hasta las gradas de la iglesia de l'ortanova,
y allí permanecía inmóvil, encogida, como un paquete de andrajos del que se escapaba un sordo
gemido, Levantábase otra vez á vagar en medio de
las luces que se encendían, de los obreros que tornaban del trabajo y del olor á alimentos que salia
de las tiendas entreabiertas. Entonces solía atrapar dos céntimos ó un cortezón de pan, ó un hueso
de chuleta ó un resto de tripas, y se escapaba á devorarlo sintiendo una insoportable quemadura en
el estómago. Pero eran frecuentes los días en que
no recibía nada y en que se dormía en medio de
una torpeza enfermiza sin haber encontrado otra
cosa que comer que cortezas de naranja podridas
ó vainas de guisante. El sábado era su mejor día:
todos los sábados una mujer vestida con un pañuelo rojo en torno del cuello, una falda corta, zapatos de altos talones, un penacho verde, un peine de
plata. pinchado en el alto rodete de sus cabellos lustrosos de pomada y que tenla las mejillas teñidas
de carmín, le daba un céntimo. Aquella mujer permanecía frecuentemente apoyada contra. el muro,
con las manos en las bolsas de su delantal, canturreando du la mañana á la noche una canción trivial.

Spina de pe.sce
Sla vitá &lt;le.•perata quanno fenesce!
Dla por clía, y varias veces al día, pasaba la niña
11nte 11.quella mujer, pero solamente el sábado Je da1.,,, u11 1·rntimo, y esto durante cinco ó seis meses.
Dti~pu1:~ la mujer desapareció. Se la habla arrojado ó se habla arrojado ella en un pozo.
Cierto domingo la niña se sentía morir. A cada
instante le faltaban las fuerzas y se tiraba al suelo.
Las titindas estaban cerradas, los transeuntes apresurados pasaban sin verla, dirigiéndose todos hacia las calles superiores, desapareciendo allá arriba¡ ella los segula maquinalmente con la mirada.
Entró en la iglesia de Portanova. La iglesia estaba
vacla¡ le pareció inmensa y tenol'ifica¡ tuvo una

sensación de frío con sus pies desnudos sobre el
mármol; el sacristán la echó fuera. Tornó á su carrera por las calles desiertas: se vió sola, desesperada. Todo el mundo estaba allá arriba.
"Entonces, olvidando sus temores, impulsada por
el hambre, por el instinto, pasó la frontera y atravesando la encrucij11.da de la calle Catalana subió
las gradas de San Guiseppe. Quedóse estupefacta;
vela allf lo que nunca habla visto: una calle ancha,
hermosas tiendas, blancos palacios, jardines y cielo. Olvidaba su hambre frente á aq11el maravilloso
espectáculo; quedó atónita ante una juguetería
Allá arriba todo era bello, y seguía á la multitud
que se encaminaba por la Fontana Aledina, deteniéndc,se á cada paso, excitada, curiosa, sin acordarse de pedir limosna.
Sólo los carruajes la espantaban con sus filas ininterrumpidas que se cruzaban, pero ella marchaba sobre la banqueta. En la plaza ]Jfzmicipal, vencida nuevamente por la fatiga y la debilidad se
sentó sobre un banco, cerca del jardín; pero después de un momento saltó á tierra y corrió, también ella, hacia San Ca,·lo¡ allí, pequeñita como
era fu é arrastrada par la multitud hasta San Fernando. No veía nada, apretada en medio de toda
aquella multitud, pero sentía calor y estaba bien.
A cada instante un ramillete de flores atravesaba
el aire, luego otro, luego una lluvia de flores desprendidas; {L cada instante la muchedumbre se hacia á un lado para dejar pasar un coche donde iba
alguna hermosísima dama vestida con telas soberbias y sentada enmedio de flores: visiones rápidas,
fugitivas, brillantes, que casi espantaban á la pobre pequeña. El tiempo transcurrió así: el día declinaba, las flores caían más lentamente, el rumor
era menos fuerte, la turba disminuía. Una graciosa aparición pasó cerca de la niña; estaba vestida
de negro, pero su vestido era corto y rico: tenia el
rostro blanco y sonriente, enormes brillantes en sus
menudas orejas y llevaba en la mano un canastillo
de flores sueltas y en ramilletes. Era una deslumbrante ramilletera que amontonaba dinero en el
fondo de su cesta.
Señora, señora, dame una flor, murmuró una voz
infantil.
Y la ramilletera con un movimiento vivo y encantador dejó caer en las manos de la niña un puñado de claveles. La niña sonrió, fijó un clavel en
un agujero de su camisa y quiso vender flores puesto que tenla tantas. Pero las gentes no se las compraban. Un estudiante le dijo: Cuando seas más
grande podrá,¡ vender flores. Un señor grande y
gordo se puso á declamar contra la mendicidad y
contra la inercia de la policla. La niña no comprendió el sentido de sus palabras, pero si comprendió que Jo enojaba. Tampoco allá arriba las
gentes eran buenas con ella. Era harapienta, fea,
sucia, é iba descalza; sus grandes ojos dilatados
daban miedo, su cabecita enmarañada y selváti~a
daba miedo también. Entonces el hambre volvió,
feroz, quemándole el pecho, desgarrándola. Un soldado que pasaba compró un clavel y le arrojó un
céntimo. La niña entró en la panaderfa y compró
un panecillo. Qué excelente banquete! pero quería
irse; comenzaba á tener miedo¡ aquellos can·uajes

119

REVISTA MODERNA.
Ja aturdian y necesitaba pasar al otro lado de la
calle. Tomó lmpetus, bajando la cabeza. En la elegante victoria, una dama. lanzó un grito Y se desvaneció.
Sobre la v!R, cerca de la banqueta, una inocente
criatura agonizaba con las piernas deshechas. Ago-

nizaba tendida en medio de los claveles regados en
torno suyo, teniendo uno apretado sobre su pecho
con una de sus manecitas y en la otra su panecillo,
con el rostro bl1mco y serio, la boca entreabierta Y
sus grandes ojos asombrados y dolorosos vueltos
hacia el cielo.
MATILDB

SERAO.

IN MORTE DI GIUSEPPE VERDI.
CANZONE-

Si chinaron su Jui tre vaste fronti
terribili, col pondo
degli eterni pensieri e del dolore:
Dante Alighieri che sorresse il mondo
in suo pugno e Je fonti
dell'universa vita ebbe in suo cuore;
Leonardo, signore
di veritá, re dei dominii oscuri,
flssa pupilla a'rai de'Soli ignoti;
il ferreo Buonarroti
che animo del suo gran disd!'gno in duri
massi gli imperiturl
figli, i ribelli eroi
silenziosi onde il destino (· \'into.
Vegliato fu da'suoi
fratelli antichi il creatore estinto.

E cTi sovrnnga!• sia la tua parola.
Vegliato fu da'suoi
fratelli antichi il creator che dorme.
E simile alle fronti degli eroi
era la fronte, sola
e pura come giogo alpestro, enorme.
E profonde eran l'orme
impresse dal suo pie nella materna
zolla, profonde al par! delli anticbe¡
e J'alte sue fatiche
erano intese ad una gioia eterna.
E come !'onda alterna
dei mari fu il suo canto
intorno al mondo, per le genti umane.
E noi, nell'ardor santo,
ci nutrimmo di lui come del pane.

Come la nube, quando é spento il Sole
dietro la opache cime,
di fulgore durabile s'arrossa:
contro all'ombre notturne arde sublime
la titanica mole
e la notte non ha contro leí possa;
cosi dalle affrante ossa
)'anima alzata contrasto la morte,
avverso il buio perdnro splendente,
Dinanzi alfa veggente
tutte a.pea te rimasero le porte
del :i\listero, e la sorte
urna.na fu sospesa
su l'alte soglie ove la Forza trema,
Sul rombo, nell'attesa,
allor sono la. melodía suprema.

Ci nutrimmo di lui come dell'aria
libera ed infinita
cui da la terna tutti i suoi sapori.
La bellezza e la forza di sua vita,
che parve solitaria,
furon come su noi cieli canori.
Egli trasse i suoi cori
dall'imo gorgg dell'ansante folla.
Diede una voce 11.lle speranze e ni lutti.
Pianse ed amo per tutti.
Fu come !'aura, fu come la polla.
:i\Ia, nato dalla zolla,
dalla madre de'buoi
forti e dell'ampie querci e del frumento,
nel bronzo degli eroi
foggio se stesso il creatore spento.

La melodía suprema della Patria
in un inmPnso coro
di popoli salí verso il defunto.
Infinita, dal Brennero al Peloro
e dal Clmino al C11tria,
accompagno ne'cieli il figlio assunto.
E colui, che congiunto
in terra a vea con la virtu de'suoni
tutti gli spirti per la santa guerra,
pur Ji congiunse in terra
col suo silenzio fuuerale e proni
Ji foce innanzi ai troni
ecl ai vetusti altari
ove J'ltalia fu regina e iddia.
Canzon, per í tre n ari
vola dal cuor che S'&gt;era e non oblia!

E disse J'Alighieri in tra gli eguali
nella funebre notte:
cO gloria leí Latin,, come tramonti!
Quivi bianche parean dalle incorrotte
spr.glie grandeggiar le ali
sotto la fiamma delle vaste fronti.
E Dante dh¡se: •O fonti
della divina melodía ricbiusi
in lui per sempre, che tutti li aperse!
Ecco quei che s'aderse,
su la sua gloria, in cieli piú diffusi
e agli uomini confusi
parve subitamente
artefice maggior della sua gloria.
O natura po8sente,
non conoscemmo noi questa vittoria!•

�REVISTA MODERNA.

120

E Leonardo: clnnanzi ebb'io la nucla
faccia del Mondo immensa,
come quella dell'Uom che a dentro incisi
Creai la luce in Cristo su la mensa
e creai l'ombra in Giuda;
dell'Infinito feci i miei sorrisi.
Poi, nel vespro, m'assisi
calmo alla sommita. della saggezza
ed ascoltai la musica solenne.
Per qnali vie convenne
meco quest'aspra forza a tale 11.ltezza?
Come questa vecchiezza
semplice e sola attinse
il culmine ove regna il mio pensiero?
Fratelio m'c chi vinse
il suo fato e tento novo sentiero •
E il Buonarroti disse: •lo prima oscuro.
per opra piú perfetta
rinascere, di me nacqui motlello.
roí mi scolpii nella virtú concetta,
come ne! marmo puro
s'adempion le promesse del martello.
E posi me suggello
,·iolento su! secolo carnale
di grandi cose moribonde ea.1 co.
Trato apersi un vareo
nelle rupi all'esercito immortal~
degli eroi soprn il Male
vindici; senza pace,
28 Febrero 1901.

ARo IV

stirpe insonne, anelammo all'alto segno.
Ben costui che or si giace
tal cuore ebbe, s'armi&gt; di tal disdegno.•
~{ella notte cosi gli eterni spirti
riconobbero il Grande
cuí sceso era pe'tempi il lor retaggio.
Il tita.no giacea senza ghirlande,
senza la.mi na mirti,
sol corona.to del suo crin selvaggio.
E, come il primo raggio
dell'alba fu, la maggior voce disse;
• Ü patria, clegna di trionfal fama!•
E parve che una brama
di rinnovanza dalla tena escisse,
e che le zolle scisse
clai vomeri altro seme
chiedessero a nove: seminatore,
e che l'onte supreme
vendicasse la forza del dolore.

MÉXICO,

iª

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

R .E·VISTA MODERNA
ARTE Y
],)!RECTOR: JESUS E. VALENZUELA .

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
1'i11. de Dttblá11.

Canzon, per i tre mari
vola dal cuor che spera oltre il destino,
recando il buon messaggio a chi l'aspetta.
Aquila giovinetta,
batti le penne su per l'Apennino;
p&lt;•r 1·aere latino
ra pidarnente•vola,
poi cliscendi con impeto :nei piani
sacri ove Roma e sola,
getta il piú fiero grido e J¡\ rimani.
GABRIEi.E

D'ANNU).!ZIO.

LAS SEIS NOTAS DE LA FLAUTA.
Eu los campos dn la Sicilia, no lejos del mar, exis·
te un bosque de almendros. Es aquel un sitio antiguo formado cou piedras negras y en el que, desde
hace luengos a11os, se han sentado los pastot·es. En
las ramas de los árboles vecinos, penden jaulitas
de cigarras, tejidas con junco, pino y varas de mimbre verd~ que sirvieron para atrapar pececillos.
La que duerme, Prguida sobre el sitial de negra
piedra, con los pies envueltos en cintas, con la cabeza oculta bajo cónico sombrero de paja, espera
á. un pastor que jamás volvió.
Partió con las manos untadas de cera virgen para corta1· carrizos entre las húmedas trampas para
pájaros, pues quería modelar una flauta de &amp;iete
rnbos, como le había enseñado el dios Pan.
Y cuando hubieron transcurrido siete horas, se
escuchó la primera nota, cerca del sitial de negra
piedra donde vela la que duerme aún.
La nota se oyó cerca, clara y argentina. Después
transcurrieron siete horas más sobre la pradera

(Traducción de •Revi~ta Moderna.• )

azul é iluminada por el sol y la segunda nota se escuchó alegre y dorada. Y cada siete horas la durmiente de ahora, escuchó que sonaba uno de los
tubos de la nueva flauta.
El tercer sonido fué lejano y grave como el clamor del hierro; y la cuarta nota, más lejana, se escuchó como el profundo retintín del cobre; la quin•
ta turbada y breve como el choque de un vaso de
e~tañr, pero la sexta, sorda y ahogada como los
plomos de una red cuando chocan entre si.
La durmiente esperó en vano la séptima nota que
aún no resuena. Los dias envolvieron el bosque de
almendros c.,on brumas blancas y los crepúsculos
con sus brumas grises y las noches con sus brumas
púrpuras y azules.
Quizá el pastor espera la séptima nota á bordo
de luminosa balsa, entre la sombra creciente de las
noches y de los años .... y sentada en el sitial de
piedra negra, la que esperaba al pastor se ha dor•
mido.
MARCEL

NúM. 8

SCHWOB.

SANTA ÁGNIIISE,-ANDREA DBL SABTO,-CATEDR4L DB PISA,

¡

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                    <text>REVISTA MODERNA.

88

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A8o IV

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M ÉxICO' 21l

QUI NCENA

0 1Rt,;&lt;.Yl'OH: 1JESUS. E.
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1901

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CIENCIA.
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Bajo
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I
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·En el f ud ce esplendidez del cli11:
i
on o de amor d 1 1
Infinita piedad Iiay para
e el
ama
mla,
llanto!
Señor, concede sombr
Amparo a l niüo . h a al peregrino,
v
sin orrai· 0 ·
d
i paz á todo a
. que
º sufre
i ma re
que!
angustia:
. Mas si llorar es su fatal
.
.
Cuando los ames ¡\ tu se desuno,
.
II
Corona de astro
no 10h Padn•!
s su cabeza mustia.
Octubre 15 de 1899.
Jo.SÉ

l;ÚPEZ POR;1LL&lt; 1

i
,.

IWJAS

•

NóM, G

REVISTA MODERNA

e~
,, ~

ARTE V

fr .r1: -""""-

DE M ARZO DE

PAr.As ox BoTTtcztr.t ' -FLOREXCTA ,

Ti¡&gt;. dt Dul,ldn.

�90

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

EN EL P AIS DEL SOL.
LA GLORIA DEL "BAMBÚ."

En el fondo del bosque, en una «clairicre• . .. .
Es una mañana radiante, increíblemente luminosa y sonora! Cada hoja de árbol es un esmalte; ca·
da ruido una grata harmonía, cada color un hala·
go, y una gloria .... una triunfante gloria, cada
rayo de sol! ....
Muchas flores han muerto; henchidos de savia,
muchos frutos han caído! Pasó el verano japo·
nés como un gran deslumbramiento dorado y ahora en los senderos llenos de hojarasca, entre el polvo de flores difuntas, podéis encontrar el cadáver
de una cigarra, intazto y puro en la muerte, como
la pequeña momia de una hada! . . . . Es una de
esas mañanas en que, según SOSEI, el poeta monje,
no saben los ruiseñores si lo que cantan son los pri·
meros copos de la nieve ó las ultimas flores deshojadas! Una mañana en que se mira la lucha de la
Naturaleza, sus sonrojos de virgen, sus pudores temerosos antes de caer desmayada sobre el lecho de
armiño del Invierno! . . ..
Para solazarme en el fondo del bosque, a-¡uella
llnlce mañaua llevé conmigo el ci\Iañiefushifú,• el
thaz de la miríada de hojas,• el joyero en que el
Japón poético, durante varios siglo~, atesora su lírica pedrerfa,. . . .
.
Me tendí sobre la grama. 13yon de Srnyrna y Vir·
-g~io, Teócrito y Fray Luis y Garcilaso mecían mi
esp1rítu entre hexámetroR y romances bucólicos
que la vaguedad del recuerdo atenuaba con sus
músicas distantes y sus perfumes evaporados . . . . .
N-0 habían quizás transcurrido tres semanas desde
mi antel'ior Yisita á aquel mismo sitio y, sin embar•
go, cuánta mudanza!
Las alas de las libélulas de entonces, que raudas
80 estremeclan al ras del agua, parecfan habf\r
deshec:ho sus cristales en el vaho vidrioso de las
nieblas primeras! Los grandes lirios blancos y salpicados de sangre, como vírgenes manchadas en el
dintel de un crimen; las mariposas azules, las cigarras delirantes, los saltamontes que al brincar desplegaban el breve abanico de sus alas .. .. todo babia huido y en aquella fuga de divinos instantes y
de claros dlas, la memoria columbraba á lo lejos,
desvaneciéndose, las mejillas rojas de la Vendimia,
los corimbos de amapolas deFloralia y una melena
rubia y una huella de espigas detrás de ~Iessidor! ...
Ahora . .. . hachazos pertinaces en el fondo de los
sonoros bosques silenciosos y caminatas de leñadores agobiados por senderos blancos de nieve,
dondt, hay huellas de lobos .... .
Felices los que en medio de la desolación invernal tienen un hogar bien cerrado á la ventisca y
junto á la chimenea encendida pueden oír muy Je-

jos, y como en suefíos, los largos alaridos del vi cn·
to y el crnjir de los robles desgajados! ....
Sufrla mi alma la sugestión melancólica del poeta
Heiízeu y aquella frialdad de Octubre y aquellas
tristes rimas volcaban en ella todo un alud de
nieve .. . .
Pero pronto el poder de la gran mañana sonora
y luminosa fundió como á un témpano la fugaz
tristeza; los follajes alardearon de su verdor y el
viejo dios Pan, corazón de la tierra, alma forestal
y poderosa, asomó su máscara irrisoria y augusta
entre la pompa de aquel exótico paisaje ....

El milagro panteísta le dió una alma á cada cosa . . . . En mi libro, enmudecieron los poetas japoneses; pero á mis pies el césped tuvo un rumor; estallaron en un sollozo los juncos acuáticos; un ce·
dro, sobre mi, clamó una solemne frase antigua; á
lo lejos un peñasco tronó . ... Y emergiendo de una
hondonada, destacándose sobre un coro de plantas
ambiguas, se desprendió, avanzando hacia mi, un
ser esbelto como un efebo, vigoroso como un pugil,
suntuoso como un magnate; era un príncipe vestido de esmeraldas, de topacios y de oro ....
Era el Bambú! Y aquel ser habló; sus colores fueron un nuevo encauto en el ambiente encendido y
sus !fricas frases una magia más en la mañana so·
nora ...

Soy el Bambú, como los de Occidente me llaman;
•Také• como me llaman aquf, «Také-Tennó,• como
deher!an llamarme .. .. «Tennó,• si, el sagrado, el
poderoso, el archi benefactor como el propio Mikado se titula; ese soy yo! Los emperadores, l\1ikados
y Shiogunes, pasan y mueren y el país vive; pero
el Japón no seria lo que es si yo muriera!
Leías los cantos de los poetas nipones? ....
Hay pasmosos crímenes injustos!!. . ..
Hay ceguedades sin nombre!!. . . .
Cantan los poetas las supremas vanidades, el rayo del astro, la espuma de la ola, la mirada de la
mujer! Cantan á lo que me rodea al pino longevo,
al colorido arce, al ciruelo flor de un dla!. . . . Y no
me cantan á mi que soy hermosura, fragancia, vigor y omnipotencia!
Asciend~ á la cumbre del Fuziyama y con lapoderosa mirada del águila contempla al Japón!
Me verás en todas partes .. . . En los palacios nobiliaries, en los templos, en la choza del campesino,
en el taller, en la escuela, en la fortaleza con el sol•

dado, en el buque con el naYegante, en el tocador
con la hermosa!. . • .
Soy la fuerza! Mis tallos unidos son las paredes
de las casas; gruesos sustentan las techumbres, delgados las coronan como gráciles astas .... Soy la
fuerza! Rugen los mil rios caudalosos '.de estas comarcas fluviales y entonces tiendo mis cañas y SO·
bre el sólido puente pasan las procesiones de los
festivales y el desfile de los ejércitos!. ... Soy la
fuerza! !\lis anchos troncos son los mástiles de los
buques; hendidos son los costillares de los esquifes
y menudamente rajados forman las crujientes velas de los millares de bajeles que parteo de nuestro
inmenso litoral. . .. En los viejos tiempos feudales
fui lanza pujante, elástico arco y saeta aligera y en
mi tronco se labraron los mangos de ba~ba y los
cetros de los antiguos barones ....
Soy la gracia! Mi madera esculpida en mil bajos
relieves exorna el santuario de la pagoda y el camarln de la princesa! De mi tronco hueco y sólido
hacen los sabios artlfices mil vasos de variadas for•
mas que sustentan los búcaros de nuestros magos
jardineros!. .. . Soy la gracia! Mis fibras son el varillaje de los abanicos que mueven las •musmés•
rltmicamente en las siestas ardorosas! Mi tronco
cortado sutilmente es la armazón de los polícromos
parasoles! Soy la gracia! De mi madera están he-

91

chos los peines y los fi stoles que ostentan las •musmés• en sus negras cabelleras lustrosas . . ..
De mis fibras maceradas se hace una especie de
papel. Mis fibras son la trama de las esteras que
tapizan las mansiones niponas y los transparentes
que cuelgan en los corredores y terrazas .. . . De
mis fibras se hacen vestidos los campesinos. Soy el
callado del rústico, el báculo del anciano y el pincel del poeta y del artista! Y como si todos esos dones no fueran suficientes quise afirmar mi poder
con un don supremo y di mis yemas, mis tiernos
retoños como un dulce manjar al pueblo mio!
¿Lo has visto? Soy todopoderoso, por mi el pueblo tiene armas con que luchar, casas en que vivir
y templos en que orar! Estoy en todas partes, en la
mesa del pobre, en el tocado de la hermosa y en la
diestrn del pintor .... Soy TENNO, el sagrado, el
benefactor y yo solo he hecho más beneficios á esta
tierra que todas las dinastlas de Emperadores!

Al ,·olver de mi halucinación la hojarasca del fin
de Otoño había caldo sobre mi libro de poesías japonesas y como el unico vestigio del ensueño desvanecido, un grupo de bambúes allá á lo lejos sacudía sus plumones de esmeralda ....
JOSÉ J UAN TABLADA.

Yokohama, Octubre 1900.

UNEGOISTA.
Habla en él, cuanto es necesario para ser el azote de su familia.
Sin embargo, nació sano y rico. Durante todo el
curso de su vida, continuó siendo rico y sano, por
lo cual no cometió ningún acto vituperable. No se
dejó arrastrar á ninguna falta de palabra ni de
obra.
Era exquisitamente honrado, y orgulloso de su
honradez, aplastaba con ella á todo el mundo, pa•
rientes, amigos y conocidos. La honradez era un
capital del que sacaba intereses usurarios.
La honradez le daba derecho á ser implacable y
á no hacer sino el bi'en prescrito, y era implacable
y no hacia el bien, porque el bien meramente prescrito no es el bien.
Nunca se babia ocupado mas que de su propia
persona, tan perfecta y ejemplar; y se indignaba
muy sinceramente cuando las demás personas no
se tomaban pot· él ígual cuidado.
Por supuesto, no creía ser egoísta; vituperaba y
escarnecla por encima de todo el egofsmo y los
egoístas. Se comprende: ¡el egofsmo ajeno molesta·
ba al suyo!

No creyendo tener la más pequeña debilidad, no
comprendía ni perdonaba IJinguna debilidad en los
otros. En general, no comprendía nada ni á nadie,
pues por todas partes, por arriba y por abajo, por
delante y por detrás, estaba rodeado por su propia
persona.
Ni siquiera comprendla lo que significa perdonar: no habiendo nunca tenido nada que perdonarse á si mismo, ¿por qué diablo iba á ponerse á per·
donar á los demás?
Ante el juicio de su propia .conciencia, á la faz
de su propio Dios, él, esa maravilla, ese fenómeno
de virtud, poniase la mano en el pecho, alzaba al
cielo los ojos y con voz clara y firme decia:
-Si, soy un hombre digno de toda clase de respetos¡ soy un hombre moral.
Y repetirá estas palabras en su lecho mortuorio¡
y aun entonces, nada temblará en ese corazón de
roca, en ese corazón sin manchas ni grietas.
¡Oh fealdad de la virtud satisfecha de sí misma,
inflexible, adquirida á bien poca costa; eres casi
tan repulsiva como la franca fealdad del vicio!
lVAN TURGUENEF.

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REVISTA MODERNA.
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REVISTA MODERNA.

UN AQUA- FOBTISTA.

OREPUSOULO.
A

J3Al,BIXO DÁVAI.OS.

Dulcementt',
El doliente
Sol se esfuma
Tras la bruma
De áurea espuma
Del Ponientr.

Cuántos dones
E ilusiones
Cuando hay , iudos,
Cuando hay mudos
Y desnudos
Corazones!

De los cielo8
Cuelgan velos
Y brocados
:\lord orados,
Y violados
Terciopelos.

El santual'io
Solitario
Lanza al viento
El lamento
De su lento
Campanario.

Rostros bellos,
Finos cuellos,
Dulces ojos,
Labios l'Ojos,
XuJos flojos
De cabellos!

Y en la bruna

Noche. entre una
Xube errante,
Surge avante
El octante
De la luna.
EFRÉN

REBOLLEDO.

.... En aquel café del boule,·ard, un joven estaba sentado frente á. mi. Su sombrero de fieltro caído sobre los ojos, el paño sin reflejos de su traje,
absorblan y marchitaban la luz l'Ojiza, turbia, yerta,
,. muerta sobre todo aquel hombre, como sobre un
~iejo crespón. Tenia colocadas sus dos manos sobre
los margenes de «La Patria• y clavaba sus ojos que
no Jelan en el centro del periódico. La muchacha
del mostrador contaba las cucharillas. Un mozo
cubrla el billar, otro trala un colchón liado sobre
sus espaldas. La media noche habla apagado el
gas, y el oro del techo y de los mul'os, los bl'illos de
los espejos y el brillo de los vasos, todo habla sido
envuelto por las tinieblas. Una bujla velaba en la
noche.
Un mozo se plantó ante la mesa del joven.
-Ah! si! dijo éste que al fin lo apel'cibió; y con
la mano en la bolsa del chaleco se registró de izquierda á derecha, luego de aniba á abajo .... El
rostro de mármol del mozo tuvo un fruncimiento
olimpico, se echó hacia '.atrás, hizo volar su serví·
lleta de su manga derecha á. su axila izquierda con
movimiento digno, aclaró su voz con un jum! jum!
Y en aquel momento-cóbrese Cd. de aqul- dije
arrojando una moneda de pl/1.ta sobre la mesa de
mármol.
Salimos.-lle aqui una hermosa noche, seiiordijo mi hombre. Caminamos.-Una mu:,- bella noche!-Y andaba, paseando sus ojos en la sombra.Ah! perdón, estoy distraldo; le he pedido ti. t:"d. su
dirección?-L'3 di mi tarjeta.-Señor, son tres iL estas horas en la plaza tlel Carroussel: un hombre, un
gran anteojo y la luna. El hombre espera, el anteojo divisa, la luna .... Ah! Ahl viene un gendar·
me .... dos ... cuatro gendarmes. Señor, hasta la
,·ista!
Al dla biguiente mi portero me entregaba cuatro
centaY0S envueltos en un pedazo de grabado roto.
lI

Le volvl á encontrar; ved cómo.
Domangeot tenla un tlo sin un hijo y sin uncenta\'o, Una locomotora mató al tio de Domangeot.
-Domangeot habla recogido de su tlo los daños y
pilrjuicios. En un cuartito de la calle de la Antigua Comedia, habla una comparsa completa de
bebedores en mangas de camisa y por la ventana,
inclinado como el rojo Baco de una taberna, Domangeot invitaba á los amigos que pasaban por la
calle, á los amigos de los amigos y aun á los amigos de los otros. Yo pasaba; mi nombre cayó de
arriba y subl. Se me dió una silla y un vaso de
champaña cuyo pie estaba roto. Mi hombre estaba
ahi pUido entre los rostros de púrpura. Sin embargo, bebla, bebla como un remordimiento.

Los corazones brindaban.
-Por Ema'.-Por Clorinda!-Por Julieta!
- Por el Calendario!
Yo pregunté á mi derecha:
- Quién es aquel señor, que no habla?
-Es mi amigo! .... Xo le conozco!
~le volvl á mi izquierda:
-Aquél. ... sin cuello? .... Espora ... l'n grabador .... Ya no recuerdo!
Palabras, ,·oces, gritos, choques de vasos y de
nombres, el vino coronado de recuerdos,-parecla
que todos los amores del Barrio Latino fueron lle·
vados en triunfo por los brindis achispados, disputándose las cenizas de los recuerdos muertos y de
los dias fugaces!
-Por Bertha que tenía un canario en la garganta y lunares por todas partes ....
-Por una rubia!
- Por la excelente Panchette que regateaba un
centavo en la tienda.
-Por Anita que bailaba á la sombra de su pier·
na derecha!
- Por Rosa! un ganso .... tonta como un hom·
bre, mentirosa como un anuncio, triste como una
copa vacía, cacariza y mala como una perra á
quien por ol\'iclo no se le pega! Por Rosa á quien
he amado!
-Por unos ojo~!-y la copa u.el bebedor taciturno
subia de repente entre todas las copas entrechocadas .... Por unos ojos!
Cuando me mirnn esos ojos .... Por el diablo!
quién me sostiene aqul que esos ojos no sou dos
rayos de luna?
Ah, es cierto, Utitedes no han leido it ~Iarbodeo,
no saben que hay zafiros y ojos de mujeres que se
forman bajo ciertas influencias siderales .... Todo
lo que yo sú es que esos ojos ahuyentan de mi alrede·
dor las sombras de la noche y los murciélagos que
me beben á gotitas la sangre .... Cuando esos ojos
me miran, vamos, señores, es muy extraño, pero es
como lo digo, Rembrandt tomándome de la mano
me hace entrar en el claro obscuro de una. de sus
planchas,-y repitió cuatt·o ó cinco veces, riendo
estúpidamente-si, en el claro obscuro, en su divino claro obscuro!
Entonces, inclinándose sobre la mesa cayó ahogándose de ebrio.-Después tuvo uu tenible ataque de nervios. El mantel, vaciado sobre la escalera, fué levantado por las cuatro esquinas y el
hombre puesto ahl fué colocado en una cama. Cuan·
do cuatro libras de hielo se hubieron fundido sobre
su cabeza, era plena noche. Yo me propuse acompai:arlo.

111
El aire libre volvió en si á mi compañero.
Los golpes de un l'ientecillo de otoño le volvie-

�REVISTA MODERNA.

94

REVISTA MODERNA.

ron la sangre á las mejillas.-Ali! Señor,-me dijo,
cuántns excusas por hoy y por la otra noche! Soy
grabador, señor, un triste estado, como ve Ud;
manchas, agujeros; un traje de yesca que se va por
pedazos! Los compradores!. . . . ah! los comprado•
res! es necesario mendigar quince francos por una
plancha!. ... Se tiene vergüenza y no me he atre·
vido á ir á dar á Ud. las gracias en las trazas en
que estoy .. . . Esta noche-yo bebo como un niño
y necesitaba beber; tengo aqul y allá, en el corazón y en la frente, visiones, humo, imágenes y nu•
bes que pasan.-Pero ahora estoy bien, muy bien,
tiempo hare que no sentla la cabeza tan ligera.
Perdón otra vez ? gracias por su brazo .... Pero
vnelváse Ud., señor! La noche! he aqui la reina de
las aguas fuerteb! Hace negro donde hay cosas. Se
ha fijado Ud. en cómo los rlos se agrandan en la
noche? París que duerme con los pies en el agua,
es hermoso, muy hermoso! Una ola de sombra salpicada de gas! El agua, un aceite, azul, negro,
violeta, oro! el neutro-la tinta moaré de fuego; un
espejo donde á un tiempo ruedan tinieJ,las y relám•
pagos! El cielo está pálido esta noche.-Cerca del
puente el oleaje.-Yea U d.! es plata azul! mil luciér•
nagas .... eso hormiguea .... y el embarcadero do
grandes piedras blancas que entra en el hueco negro del arco como un galopln que se cuela en un
horno apagado .... Esos reverberos en el agua has•
ta allá como cruci6jos de fuego; ahl delante de no•
sotros como lienzos de ventanas donde las flamas
de los candiles filtran á través de las cortinas de
baile. :No, eso cambia, surgen columnas torcidas
que remueven brasas en el muerto misterio de las
aguas; no, no es eso, es otra cosa-qué tontas son
las frases! Todas esas masas, un garrapateo de tinta donde hay grises pálidos como en las alas de
los murciélagos; señor, los crlticos nos han echado
á perder y yo veo que es estt'tpido querer mezclar
las ideas en la paleta, los fuegos artificiales no pien·
san en nada.-Tenemos á. un pintor que ha sorprendido á la Noche in fraganti¡ se llama .... Lo he ol·
vidado .... Pero no tener más que una aguja con
mango para pintar! Ah! ah! Estamos frente á la ca·
lle de J erusalem .... Algún dla-y es necesario que
me dé prisa, pues los albañiles . ... ; pero salvaré
este motivo. Aquellas dos bolas que se mojan,
¿creerá Ud. que son los dos árboles sin hojas allá
abajo, en el muelle? Yaliente esfumino á estas horas en medio del dibujo de todas las cosas!. .. .
La torrecilla con sus dos fondos umbrlos á diestra
y siniestra y la flechita de la Sainte- Chapelle-eso
es todo! Y allá las ventanas de una lavanderla que
parecen ojos alumbrados con cardenillo .... Y siempre Notre- Dame! como con peldaños hacia arriba:
una escalera tendida al infinito y rota á mitad del
cielo .... Aquello es gracioso! el arco del puente
San Miguel y la sombra que arroja parece un arco
de papel negro por donde como un clo1ni brinca la
luz! Mirad bien: hacia atrás, una casa pintada de
rojo, con ventanas de fuego y mil casitas blancas¡
ante el muelle una casa cuadrada, cinco hoyos en
el muro, un tubo nrgro en medio del techo y algo
gris, algo sucio debajo,-he abi lo que es la Morgue! A9uella gran caRa sombría allá abajo, es una
barca simplemente. Intentad luego pintar todo eso!

Lo sé por experiencia: no hay que cavilar. Las co·
sas nada dicen, ni lloran, ni sueilan, ni se acuerdan
de nada. Las obras maestras no deben hablar; só·
lo los imMciles como yo .... Ah! la crestería, los te•
chos, los domos de zafir: la luna se levanta. Después de todo hay gentes que la imitan muy bien
con una oblea .... Y el Hotel- Dieu no es más que
una barraca! Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, sie•
te, ocho, nueve, diez, quince ... cuarenta y cin·
co . . . . -Caen to las ventanas; tengo esa mania! . . . .
En cinco hileras el total es ....
Cuando hubo pasado Notre- Dame, se sentó so\HC
el pat·apeto. Por atrás contemplábamos la negra
basílica. echada de bruces sobre la azul ciudad con
sus dos torres erectas sobre el orbe de plata como
una. esfinge de basalto de dos testas enormes.
1, .

Tuvimos aquel poeta enformo y yo hermosas vela.das llenas de paseos, de espectáculos, de frases.
Recorrimos la ciudad nocturna y contemplábamos
sobre el rlo la danza de los rayos ,·elados; nos hundlamos en los arrabales, en los barrios lejanos, buscando y sorprendiendo un Parls misterioso, lúgubremente soberbio y terril,Jemente mudo, teatro va·
clo y negro de un pueblo ó bien comiendo algunas
patatas cogidas en &amp;ujardinillo y cocidas en su hornilla (pues sumamente orgulloso nada a&lt;.'.eptaba) charlábamos. Hablaba singular y maravillosamente como jamás he oldo hablar y saltaba de ideas en ideas,
afianzándose en las cimas, arrastrando vuestro buen
sentido tras de su verba, pensando más allá de los
libros, mezclando su arte y su alma. Atropellando
las palabras, arrojándose sobre las verdades v!ra-enes y luego perdiéndose, súhitament&lt;&gt;, nublado,
confundido, batallando contra las nubes, blasfemando de la humanid11d, cayendo á tierra, balbuciente y temeroso, con tonos de voz que de golpe
bajaban como con miedo de decit· no sé c¡ué cosa..
- Luego reacciones y nuevas elocuencias y la mujer volviendo siempre en medio del Arte de "'Olpe
de lmproviso:-Querida, la mujer no tiene r:sgos'.
Su rostro es sólo una claridad v una. irradiación·
bien lo sabéis, no tiene lineas. Toda la cara de 1~
mujer no es mi\s que un boceto con el que la luz
de la fisonomla hace un cuadro acabado que no se
parece a.l boceto. Hay mujeres cuya nariz nadie
ha visto porque la ocultan con una mil'ada; sabéis
bien que las fotografias no tienen semejanza. -Pero, chist! alguien escucha. . . la policla . . . . Cuando
me case tendré hijos.- No aprenderán nada ....
lucharé con la madre, pero no importa; tengo mis
ideas ... nada! El alfabeto ahí está el mal. Oh! te·
ner un cerebro que nada vea ni en los cuadros, ni
en los libros, ni en el cielo; el cerebro: el enemigo!
No, no irán á la escuela para aprender cosas que
matan la dicha .... Cuando me digan: Por qué es.
to, papá? Qué es esto, papá?-Xo sé; nada sé . ... Yivid .. . . !-S6lo que no hay que disgustará los gendarmes, comprendéis? Que qué haré con su cerebro? Un instmto que los protrja contra las ruedas
de los coches, una máquina que verifique la moneda recibida, un gufa de ojos hueros que os lleve á
la muerte, sin deciros: Volved la cara!-¿Paradoja?

95

tamente, construia á tientas castillos en el aire,
abrazando proyectos entre nubes, indolente como
una alba, recreándome en soñar. Soñaba que si me
sucediera vender un libro en trescientos mil francos
los gastarla asl: en el entredós de mis ventanas, en
esos dos listones planos coronados por un glande
de donde pendlan los cuadros del hotel Soubiselos grabados me han most1·ado eso-cuelgo el di·
bujo, que no existe, del Gato enfermo, de Watteau;
las mejillas de la gentil comadre azorada, acariciadas y flageladas de rojo sanguina y su bella pupila
ilumina.da. con crayon negro; la solicitud grotesca
del Doctor y l\Iinet que furiosamente se defiende de
la cur11; todo eso lo veo y hace muy bien. Bajo el
Gato enfermo Yeo instalado ese secrétaire firmado
Riesener en el pie izquierdo del mueble que estaba
á. la venta en 30,000 francos no sé dónde ya. Sobre
el mueble reina, desgreñado, viejo de t;es centu•
rias, un perro de FO, de antiguo azul celeste con la
crinera violeta, las fauces de alcancía, rodando bajo sus cejas dos furibundas bolas, la cola flameante-aquel monstruo chino que me hizo una memorable mueca en el rincón de una Calle de Anvers.
De cada lado, es muy sencillo: los dos grandes pomos de blanco de Saint Cloud, ele pesadas y ricas
flores á la Pillemont, cajas de thé en que la Regen·
cía servia el thé negro con la espátula y el thé verde con la cucharilla chinesca de cabeza de galio:
pomos que me sonrlen desde aqul en casa de Lam·
bert Roy desde el fondo de su caja con las armas
de Felipe de Orleans. El anaquel del gabinete es
largo: qué más aún? Para el delantero serán sobre
Distinguí á mi amigo Thomas al lado de un mú·
su salvilla, seis pequeitas sorbeteras de Sajonia co•
bÍ('.o en los sillones de orquesta. De,·oraba con la
mo bojas de vid, sembradas de florecillas y desean•
mirada á la pequeña Maria que representaba con
sando sobre floridos pies en relieve. Para la izquier8US ojos azules y sus cabellos negros.
da uno de mis amigos me cede la taza de Sevres
Era D'Outreville qu:en me había arrastrado hasfirmada 2,000 - así firmaia. con un caleinbow· el
ta los cDélassements Comiques• para ver Jo que
obrero Yincent- taza real en que Luis XV[ bebía
llamaba su petite machine: , El Amor en el l\lonte
todas las mañanas su agua de achicoria. A la de•
de Piedad.• Aunque fuese U'Outreville amigo mio,
rocha .. . . á la derecha, ~ a veremos qué. Para las
su pieza no me pareció mús estúpida que á otro
ventanas reYolución completa, pues tengo horror
cualquiera.
por los Yisillos de pliegues rectos y cadentes; toma•
-Y bien! te parece o~to en el gi!nero de Heaurt'.• las cortinas de que Saint Aubin dió el modelo en
marcbais, ¿qué dices?
la plancha del Concierto: verdaderas enaguas con
- Absolutamente!
volantes, con abullonados de arriba á abajo y que
.\le apretó la mano. - \'amos al foro!
se suben sin tirar de ellas. Papel en los muros: im-Dime,')Iarla-dijo D'Outreville, hablándole al
posible! Enviaré un ministro plenipotenciario, pero
oido, pero en ,·oz alta- ~· tus 11mores con l\fousieur
hábil, hacia una vieja dama en Troye~, en casa de
Tbomas?
quien hice un excelente almuerzo; necesito las cua-Pero cómo, l'&lt;l. que es un buen muchacho, pre·
tro tapicerlas de su salón, pastorales de Boucher
tende burlarse de ese pobre trastornado que me ama
que regocijan la vista como una salida de sol cogiy yo también á él.- Pues bien! ha pedido mi mada por la naveta en los telares de los Gobelinos.
no; vamos! Y mamá va á ponerlo á la puerta como
Sentados en los rincones de mi chimenea, dos amoA un cualquiera. No tiene ni un ceniaYO v ;\[arla
res- faunos de Clodion, balanceándose en un enlaha vivido, conoce el mundo. ¿Yerdad?
•
zamiento de rocalla dorada de cor moulu&gt; en donde las bujías se elevan. Pero el centt·o? Nada de
n
péndulos! Un reloj es la mano del tiempo sobre
vuestra
vida, como la mano de un médico sobre
Estaba en mi lecho, sin dormir ya, pensando á
penas, con los ojos cerrados, el cuerpo aletargado vuestro puh10.
El centro . .. . ! El centro . . . !
aún, con el espíritu mecido, acurrucado en las sáUn vivo campanillazo y la pequeña l\Iaria baca
banas, bañado pot· las tibiezas del edredón, sabo
reando y prolongando mi pereza, acariciado por inupción en mi recámara.
-Señor, Ud. es amigo de Monsieur Thomas. Me
un rayito del sol que penetraba en la alcoba te·
han
dicho que está. muy enfermo y quiero verlo.
niendo en la mente el más aleare murmura; de
~1edia hora después iin carruaje nos dejaba en Ja
ideas y sin movermP, despertand; poco A poco, bea•

Vamos! decidlo de una vez! Y qué? la paradoja es
un Jugar común que no ha madurado .. .. La Amé·
rica es una paradoja de Cristóbal Colón! La paradoja es la segunda vista del esplritu; la vlspera
que adivina el mañana; un hombre que se adelanta
como un reloj! . .. . Cuando me case- porque es bueno no tan sólo cuando no hay sol-i.e lo digo á Ud.
porque es mi amigo-ella me hará mi comida.Amo el azul y ella estará Yestida con gasa azulimaginad un vapor, trajes como hay en los claros de
la luna! Y la haré que se empolve porque tiene ca.
bellos negros y ojos azules y eso desentonarla,
mientras que empoh·ada será encantador, si, encantador, mi palabra! r sobre sus cabellos empo lvados, adivináis qué? . ... Un disco de plata! Solos,
entregado uno al ot1·0, con los postigos cerradoi;,
nos burlaremos del sol todo el dla. v en la noche
saldremos, andaremos . .. . Ob! enton"ces, trabajart'.i
tAnto! Tendrán que hablar de mi; teudré envidioh0S, ... . críticos . . mi talento .. Pero qué brnto
soy! Pasaré todo el tiempo amándola.-Después de
todo qué se me da:\ mi la posteridad con esas grandes leglas universales por agua ó fuego cada veinte
mil años? Una inmortalidad de á dos centa.os! Y
además hay una injusticia. Si SOY tan fuerte como
Rembrandt, quién me dernh·en\.. la admiración de
que él disfruta hace dos siglos? l\Ie han robado.~:s una injusticia; se lo aseguro á Pd.

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

96

calle Saint Victor. No recuerdo que nos hubiésemos
hablado durante el camino.
La puerta del pasillo estaba abierta. El jardín
sonaba sordamente bajo bruscos golpes y una lluvia finisima caía sin cesar. Thomas en mangas de
camisa manPjaba un azadón furiosamente. La mitad del jardiu estaha ya excavado y Thomas segufa
su tarea sin preocuparse de nuestra presencia.
-Y bien, Tliomas! Así se recibe á los amigo&amp;?
Sin volver el rostro, sin mirarnos, continuando
sus golpes de azadón:
-Concluyo. Cincuenta azadonazos aún ....
-Pero ved siquiera á la dama que viene á vi.itaros!
Thomas pasó el revés de su manga sobre sufren·
te inundada de sudor y miró fijamente á la joven.
-Señora: tengo el honor de saludaros! Tomad
asiento!
No había en el pobrejardinillo sino algunos marchitos tallos de patatas.
Y volviéndose á mi:
-Pues bien, mirad; el golpe esta dado, querido
señor! llfe preguntaba Ud. por qué tenia miedo de
ellos? Ella está aquí debajo. La estoy buscando

porque me la han matado. Oh! no habrá señal; Ud·
lo verá! Los oi perfectamente anoche; apenas desapareció la luna del cielo cuando llegaron-muy
quedo, muy quedo entraron en el jardín los miserables! Yo estaba acostado sobre un colchón de
corcho y toda mi recámara estaba llena de agua fuerte .. .. No podía bajarme, ¿comprende Ud.?
Se detuvo sofocándose.-El resto? Caramba! se
necesita que tenga Ud. la cabeza endemoniadamente dura .... Pues la han enterrado aquí! Sabe
Ud. dónde está acaso?
-Eh ahi! Qultese Ud., señora, que me estorba!
-Pero por Dios á quién han enterrado?-le dijo
~!aria tomando sus dos manos.
-A quién? A nadie! A la pequeña i\Iarfa!
Y volvió á su tarea de sepulturero.

Thomas murió, hace seis semanas. Dos amigos,
el Silencio y el Olvido, lo llevaron á la fosa común
y su propietario ha hecho seis cacerolas con los colores de sus hermosas planchas tituladas: • Los
Amores del Sena y de la Noche.•
Eo. Y JULIO DE GONCOURT.

(Trad. de •Revista Moderna.&gt;)

LUCHAREMOS!

¡Qué iusignificante cosilla puede cambiat· el humor de un hombre!
Abrumado por meditaciones tristes, caminaba yo
un día á lo largo de una carretera.
Tenibles presentimientos me oprimían el pecho,
y la melancolía apoderábase de mi espíritu.
Levanté la cabeza .... Delante de mí, entre dos
hileras de altos chopos, perdía.se á lo lejos la carretera, recta como el trayecto de una flecha.
Y á través de aquel camino, á diez pasos de mi,
saltaba á la cozcojita toda una familia de gorriones, dorada por el sol ardiente del estlo.
Saltaba con atrevimiento, con alegria, con deguridad.

Especialmente uno de ellos, el jefe, avanzaba con
diabóliéa resolución, contoneándose un poco, sacando el pecho, piando con insoleucia. En una palabra: era un perdonavidas, un conquistador.
Y durante ese tiempo, allá en lo alto del cielo,
cerniase un gavilán, que quizá fuese á devorar
precisamente á ese conquistador perdonavidas.
Solté la carcajada, me moví é inmediatamente
se disiparon mis tristes ideas. Scnt! ánimos, audacia, regocijo de vivir.
Y cuando mi gavilán se cierna también encima
de mi cabeza ¡qué diantre! aún lucharemos.
IvAN TURGUENEF.

PIEDAD .... !
El que en la aridez asfixiante de la vida.-¡ay! no tiene el perdón como un oasis-para todos las faltas, todos
los vicios, todos los crímcnes;- el que no llern oculto en el fondo del alma-un cáliz de piedad r de amor
, ,místico - para todas
lasdebilidades, todas
. . ~ ~~ -~:.~ -.. . . .
acechanzas, todos los
\:.¡,_'-&lt;
. su~ errores, to d os 1os_
1fr i mi e ntos;-cl que
no sabe verter los aje' nos dolores en el va
so sin fondo de la misericordia;-el que ha
sellado las fuentes de
su llanto-á los que
gimen sin esperanzas en la vida;- e 1
que petrifica su corazóu con el egoísmo;-el que l\Iidas
macabro transforma
en oro el dolor, la
bondad, la resignación y el esfuerzo,haciendo diamantes,
de todas, todas las
lágrimas,-y rubíes
de todas las derramadas gotas de llanto,el que no sabe sobrellevar la humildad, la
pobreza;-el asesino
coronado por los éxitos malditos;-el que
desarma á la justicia
y la infama y la viola;-el que mancha el
fecundo amor con la
lujuria;- el que inocula sus desengaños
en las almas vírgenes:
-el que roba tesoros
ó creencias ó consuelos á los buenos ;-el
que no ama el Bien
por el Bien sólo ....
-aquel, tú, yo, todos .... no están con
Dios, desventurado.
- Valen menos que
Satán el duro, eterno rebelde;-rebelde
porque no puede
amar y amar ansia.Un instante de amor! ..
y fuera su eternidad
gloriosa.-Mirale llo •
rar bajo el doble cartílago largo de sus

,,¡:---

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REVISTA MODERNA.

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alas-ocultando la bifronte testa sabia entre ellas;-queriendo encontrar dentro de si mismo, en el abis•
mo de su siniestra alma, alma noche sin astros-ese secreto inmenso del amor vivo, triunfante,- -cla•
vado en las cruces por el delirio un ella -y redivivo en los altares por los siglos de los siglos ... . -

RODIN.

En el pálido rostro de Jesús hay muchas lágrimas,-rneuan enrojecidas por Ja sangre de su cárdena
frente-comprimida en un cerco de espinas bajo leyenda infame.-Oh, cuán silenciosas caen sin cesar
11obre la roca del corazón humano inconmovible! .... -Como caen! oh mi Dios! en el mio endurecido~
y desconsolado para siempre de todo, hasta de ti mismo!

DOS RICOS.
Cuando ante mi se cel1:bra al archimillonario
Rotbscbild, quien, con sus inmensas rentas consagra sumas cuantiosas á educar niiíos, curar enfermos y fundar asilos parn 105 ancianos, tambit&gt;n YO
le elogio y le admiro.
·
Pero, al alabarle y admirarle por eso, no puedo
dejar de acordarme de una pobre familia de labriegos que habla recogido :í una huérfana en ~u mi •
Rerable choza.

-S1 nos hacemos cargo de Katia, decía la campesina., nos dt&gt;jar{i sin nuestros últimos cuartos y
ni siquiera tendremos para comprar sal con que
sazonar la sopa.
- Pues liien; la comeremos sin sal, contestó el
marido.
¡Cu/111 lejos está todavía Rothschild de ese la•
briPgo!
lvA:-- TURGUEXEF,

Antes de visitar la exposición Rodin, he leido to•
do lo que del gran artista y su obra se ha publicado, desde los ditirambos de los que le juzgan un
dios, hasta los ataques en que se le declara poco
menos que un imbécil. La bibliografía rodiniana
es ya bastante considerable. Luego me propuse
apartar de mi mente todas esas opiniones, ir sin
perjuicio ninguno á entregarme á. la influencia directa de la magia artística, poniendo tan sólo de
mi parte, el entusiasmo y el amor que guardo por
toda labor mental de sinceridad )' de conciencia,
por todo osado trabajador, por todo combatiente
de bellos combates. Después de mi primera visita,
volví varias ocasiones. Una sola estatua me ocupaba á. veces una hora larga.
Queda oir la voz misteriosa de la plasmada materia, el canto de la linea, la revelación del oculto
sentido de las formas.
:\le atrevo á decir-no sin cierto temor-que com•
prendo á. l\lallarmé; en l\Iadrid me be sublevado
contra los que no entendlan la música de Vicente
D'ludy; he leido á. René Gbil, sacando algún pro•
vecho, cosa que parece bastante dificil¡ soy apasionado de Odilon Redon, de Toroop, de Rops; he
publicado un ingenuo libro de admiración que se
llama Los Ra1·os .. .. Pues bien, al hacer mi suma
de impresiones sobre la obra de este potente escultor, indudablemente el primero de su tiempo, estoy
desconcertado. Los criticos de arte no me han ser\'ido para maldita la cosa, sino para amontonar á
los ojos de mi pensamiento innumerables contradicciones. Ante ellos la obra rodiniana es como
esos barriles de los prestidigitadores, que por un
solo robinete clan el lico1· que rlace á cada cual.
Hay en ella lo que se le antoja á no importa quien.
Es el caos y es el cosmos. El uno habla de filesofla; el otro se ase al generoso símbolo; el otro encuentra su manía social; el otl'O su visión ocultista.
Yo expondré, con toda la transparencia de que me
siento capaz, este resumen: he hallado á. dos Rodines: un Rodin maravilloso de fuerza y de gracia
artística, que domina á. la inmediata, vencedor en
la luz, maestro plástico y prometeano, encendedor
de vida, y otro Rodio cultivador de la fealdad, torturador del movimiento, incomprensible, excesivo,
ultraviolento, ú obrando á. veces como e11fregado á
esa cosa exfrmi.a que se llama la casualiclad. Procuraré explicarme.
Al contemplar la mayor parte ue esas esculturas,
rudos esbozos, lan·as de estatuas, creaciones deliberadamente inconcusas, figuras que solicitan un
complemento de nuestro esfuerzo imaginativo, me
preguntaba: ¿dónde he visto yo algo semejante? Y
era en las rocas de los campos, en los árboles de
los caminos, en el lienzo arrugado, en las manchas
que la hqmec:lad forma en los muros y en los cielos

rasos; ó en la gota de tinta que aplastais ent:·e dos
papeles.
Esto último resaltó súbitamente á. mi vista delante de algunos dibujos que han sido apuntes y documentos para la realización de formas esculpidas
y plasmadas.
Una página de Eugene Ca:-riere vino en mi ayu•
da. "El arte de Rodio, dice el gran pintor, sale de
la tierra y á. ella vuelve, semejante á los bloques
gigantes, rocas ó dólmenes que afirman las socie•
dades, y en cuyo heroico en&amp;'randecimiento se ha
reconocido el hombre. La transmisión del pensamiento por el arte, como la transmisión ele la vida,
es obra de pasión y de amor.
La pasión de que Rodin es el servidor obediente,
le hace descubrir las leyes que sirven para expre•
sarla, es ella la que le da el sentido de los volúme·
nes y de las proporciones, la elección del relieve
expresivo. Asi la tierra proyecta sus formas aparentes, imágenes, estatuas que nos penetran en el
sentido de su vida interior. Son esas fornas terrestres las que fueron iniciadoras verdaderas de Rodio.
Se trata, pues, desde luego, de un gran espíritu
libre, cuyo director es la naturaleza misma.
.Al pasar la cordillera de los Andes, ¿no habéis
visto los colosales frailes de piedra que en la roca
viva ha esculpido un cíclope y divino escultor? Ese
es el maestro de Rodio. Este persigue conscientemente el arte inconsciente de la naturaleza. Tal
figura suya os trae á la memoria el bifurcado tronco de un árbol; otra el gesto extraño que las aguas
han labrado en una piedra, á. la orilla del mar; otra
los caprichos que chorrea en amontonadas estalactitas, la cera de un cirio. Lo qu e se manifiesta más
imperiosamente es el don singular de poner en esas
formas. una suma de vida que al contemplador
causa un insólito pasmo. lilas confieso que hay muchas obras delante de las cuales el pensamiento no
encuentra vía. Algunas figuras en su preconcebida
rudeza, en obligadas posiciones y con el procedimiento rodiniano que descuida el detalle, me despertaron la idea de no sé qué variados hechos en
desenterradas Po mpeyas ó Ilerculanos.
La prensa, las distintits interpretaciones de los
críticos de a,.te, y las exageraciones del snobismo
causaron á Rodin bastante daiio. Se ha querido y
se ha conseguido que su obra excéntrica prive sobre su obra de claridad vibrante, de vigor plástico
indiscutible, que no entraiia más que la formidable
omnipotencia de la belleza, sobre todos los procedimientos y sobre: todas las escuelas. l\Iirbeau ha
tenido razón: los señores de la critica han dicho lo
que se les ha antojado, menos que Rodio es un ar•
tesano genial, que en su oficio y en su consagra•
ción, realiza el milagro, sin imponerse tareas socia•

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les, mitos trascendentales, fórmulas esotéricas. Claro es y es sencillo, que todo espíritu investigador,
y sobre todo el imaginati\•o, puede sacar lo que
quiera de esa misteriosa ó inextricable complicación de formas y de movimientos. El milagro es la
revelación subitánea de la vida, el encuentro en la
materia de la voluntad humana, del designio del
artista, con la voluntad suelta y el designio de la
naturaleza, que tiende á decir su secreto, á formular su intima esencia. Si Rodio no fuera Rodia,
habría franqueado el poco de lo sublime á lo ridlcuto. l~clizmente para él, no le io,·ade la literatura.
Es un dedicado, un.consagrado á su caza de gestos, á su persecución de actitudes. Lo que no Re
pnede poner en duda es su i;inceridad, su lealtitd
1tl arte.
A lo más se podría suponer que la iuflueucia de
sus intérpretes liter.;rios y la humareda de la lucha
intelectual encendida alrededor del Balzac, le han
afianzado en su propósito de firmeza en el choque
deliberado con el ambiente uormal que le rechaza.
El obliga á inclinarse ante su fuerzn, ante su estupendo gozo dionisiaco. Aplico la palabra en el sentido nietzschiano; pues si Rodio demuestra una innegable tendencia á lo feo, ello vendrá de lo que
Nietzsche denomina la necesidad de lo feo - absolutamente griega- • la sincera y áspera inclinación
de los primeros helenos hacia el pesimismo, hacia
el mito trágico, hacia la representación de todo lo
que hay de terror, de crueldad, de misterio, de nada, de fatalidad, en el fondo de las cosas de la vida.• Esplritu aislado, como todos los grandes, va solo. •Es de la raza de los que 111a1•chan solos,• dice
de él un severo y apostólico artista, Jean Paul Laurens. Además, su armadura, á los golpes de los
que le atacan, resuena con hermoso resonar. EstA
constrnlda de lógica, á martillazos ciclópeos. Lo que
constituye su talón aqulleo, es su tácita sujeción á
la idea de los críticos oraculares, el querer hacer
slmbolo é intelectualismo, cuando su fuente propia
está en el sentimiento, en un gran sentimiento, y en
lll pasión, en una gran pasión. Es el divino escultor del JJeso, el robusto creado1· de los Bm·guese.~
de Calais. Por lo tanto, os perturban, os desconciertan, labores como ese Genio clel reposo ete1·no, que
encontrais frusto é incomprensibl11 1 sobre todo,
cuando recordais el Praxltrles del Louvre en idt•n•
tic11 interpretación.

Entre árboles que la primavera anima está la caRa en que el maestro ha juntado su producció::; entre árboles, como un templo antiguo de Grecia.
Hay días de moda, los vieroes:-•¡Oh man¡uise!••;Oh ma chére!» Entra bastante gente, y los ingleses, como ~-a lo debéis suponer, abundan. Hay quie-

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nes sonríen, desde la entrada, como si entraran á
un lugar vedado, y quienes tienen aire de decir A
la humanidad toda: •¡Ah, imbéciles! entro en mi
casa.•
Ya, en el interior, comienza la lucha de sensaciones.
Al pasar, sentís cómo os hacen las manos de la
vida, cómo os penetran los ojos, cómo os envuelYe
el aliento. Súbitamente, al entrar, la Guena. Se
ha hablado al tratar de ella, de la victoria de Samotracia como único parangón. Pero, ante todo,
debo declarar que no concibo en Rodia un repre·
sentativo del esplritu griego; Rodio no tiene de
Grecia más que el concepto de la tragedia; es la
máscara trágica la que le obsede. Vida, si¡ pero vida humana, mientras en el arte puro giego existe
la imposición de la vida divina. Ah! está la supre·
ma particularidad de Hodin, en haber buscado y
encontrado la fórmula de todo lo que el cuerpo humano tiene de extraiio, e11 el movimiento, en el gesto, en la certificación de la vida. Pero no hay en él
la virtud ollmpica de Fidia~, de Praxiteles, de los
antiguos maestros helenos. Se comunica con los
dioses inferiores. Una náyade, un fauno, una sfrena, son suyos; mas con Júpiter ó A polo, se desequilibra. Cuando ha querido representará Apolo, lo
ha concebido soberbiamente, sobre las hidras, sobre las sombras, portador de la luz; la ejecución
nos ha dado un muchacho agradable que no nos
convence en su excelente mlmica, de set· la encarnación de tan estupendo símbolo. La culpa es del
predominio absolutamente humano y realista que
existe en la obra de Rodin. La Guerra es una obra
de pequeiias dimensiones, que, como os he dicho,
está á la entrada. Cuesta, indudablemente, detenerse, y no pasar, sumariamente, á. ver la gran masa blanca, el esfingico volumen, la piedra de escándalo, el Balzac que adrnrtls en el centro de la sala,
entronizado, dominador. Y la Guerra es de fuerte
magnificencia. Esas dos figuras, el genio clamoroso, y el combatiente caldo, son dignas luminares de
!a exposición. Oa certifican la influencia del genio,
ó si queréis mejor, del estupendo instinto, las soberanas anatomias, vibrantes de una idea simbóli·
ca y trascendente. Los brazos del genio abarcan
toda la furia humana. Hasta el detalle del ala doblada, expresa el sorlo de tempestad. El soldado
musculoso que cae herido, dice la muerte y el desastre. Luego, os detiene una muchedumbre de
figu1·as y figuritas inacabadas, como proyectadas,
y que sin embargo, se expresan definitivas. Y os
cuesta convenceros de que sea el autor de esos ca·
prichos minerales, de esas bizarras cristalizaciones, el mismo que ha hecho la belllsima Edad de
bronce que erige su espléndida desnudez en el jardln del Luxemburgo.

Hrni:::s DARÍO.

101

N"OrrAS BIBLIOGRAFIOAS.
"DE TIERRA CALTDA "
POR

SANTIAGO ARGÜELLO A.
Nicaragua, 1900.

Fué una tarde de fiesta para mi la tarde aquella
en que hasta mi bungalo1c de Yokohama llegó em·
bijado con el policromo tatuaje de innúmeros timbres po.stales: • De Tierra Cálida,• el hermoso libro
tle versos de Santiago Argüello, hijo. Seis meses de
Japón, vivido en pleno riñón de las ciudades japonesas, en bonzerlas; teatros, casas de the y matzuris me hablan congestionado de arte, promoviendo
un espasmo en mi espil'itu hecho i1 digerir parsimoniosamente las escasas y tardlas emociones artlsticas de nuestra bárbara América. De Kanaoka y
Zingoro á Guekó y l\litzuhidé el Arte milenario y
suntuoso del Imperio Auroral habla desplomado sus
maravillas sobre mi mente estupefacta aún, de admiraciones exhaustas en la atonla de un sttrmenage abrumador. Por reacción, tal vez poi· larvada
nostalgia, sorprendlaume al tramontar las lunas del
Otoño nipón, ensimismado en ensueños de selvas
americanas, de Cabai·ets de Montparno, de at home
y de amor, ideales perspectivas todas donde no brillaba ni un átomo de la luz de esa luna que emergiendo de las negrns cryptomerlas, dejaba resbalar
sus muselinas hasta rozar ~u sideral carne desnuda
con la nieve pálida del erecto Fuziyama . ... t\li
Budha sobre la cátedra del sagrado loto dormía
con sus ambiguos párpados cerrados irremisiblemente á la vida r frente á él en el zócalo del • toko noma• no ardlan las barras de incienso en el perfumatorio ritual y los crisantemos oh·idados en las
esmaltadas fayenzas lloraban en silencio, dejando
caer como largas lágrimas sus pétalos.-Y era que
los recuerdos como brillantes paraninfos tralan sobre andas de oro, en florido y nupcial cortejo, la
memoria de la mujer amada ó que al estridor de
una cigarra una selva patria, un jardlo tropical, un
costeño bohio, se leYantaban poblando lujuriosamente el yermo del r egret.
En ese estado de alma desfloré el libro de Argüello y lo leí con avidez, con ansia, desde la gentil
evocación á la !\fusa rústica, hasta la pieza final en
que el poeta loa á la divina Grecia antigua, siutien·
do un desdén casi legitimo por el mundo actual.
Principia el libro con una serie de fragantes cautos rurales, henchidos de savia y emanando fuertes
Y gratos aromas forestales; hay en ellos felices imágenes evocadoras á la Jules Renard, concisas y eficaces. En diez ve1·sos está descrita una tempestad
por la atinada elección de dos imágenes: el crujir

del roble al rojo hachazo del rayo y la final no1a
plácida de las torcaces sacudiendo sus plumas.
• Frutas• es un delicioso cuadro de fresca pintura, idilio, bucólica, cerrado con un final en que hay
un grano de malicia, un efluvio de almizcle en el
escote de una pastora, una mano atrevida entre encajes encubridores, el talón rojo de un abate sobre
el césped ingenuo de una pastoral de Lancret.
• En el Edt:•n• es una deliciosa pintura algo tibia
quizás del glorioso idilio primero, y «La Gruta un
triunfante poema en que hay rayos de luna del nim bo de IIeine, orfebrerías Gauterianas y capullos de
símbolos de Regnier ó de Gourmont en una gama
de sonoros versos musica!es.
•Habla Safo de sus tres Amores,• es una pieza
que nuestra Revista reprodujo para dar á. los lectores una muestra de cómo cincela Argiiello. La
admirable, la Inspiradora lesbiana se desprende del
marmóreo bajo- relieve, con la suprema gracia de
una figura tanagrina ó miryniana, avante el seno
turgente y abrasado bajo el vuelo airoso de la exómida leve. Un poema as! hubiera sido rimado por
un egipan en su doble flauta; á su música Psiché
se entregaría, Dyonisos hubiera sonreldo .. ..
cl\Iarica• es un poema ingenuo y campoamoriaoo,
que recuerda A nuestro Gutiérrez Nájera más de
lo que convendría á la originalidad de Argüello;
pero que otro evidencie esa desagradable semejan·
za, para mi es tarea más grata revelar las excelen·
cías del poeta. «El Carpintero• es un canto cuyo
realismo lo iguala i1 un cuadro de género. Minucioso y brillante en la descripción como un interior
flamenco, concluye irradiando una imagen. Tras
del rudo trabajo el bravo obrero se sienta II la mesa:
• Y en su faz brilla una aurora más alegre
Que una aurora sobre el mar! •
1.:0 resumen, aportando como credencial el hermoso libro •De Tierra Cálida, • un nuevo poeta ha
aparecido y como á tal lo saludamos entusiastamen •
te. Argüello, compatriota de Rubén Darlo, parnce
preocuparse á veces con la manera de su culmi nante hermanG. Sin duda en los libros futuros que
Argüello anuncia ya, veremos su interesante personalidad desprendida y airosamente hecha estatua ya
fuera para siempre de la ronde bosse del bajo- relieve. No me aventuro prediciendo que asl sucederá.

�Libros y Revistas (1). Hemos retibido los libros
siguientes:
•Ariel• (***) por José Earique Rodó. - :11ontevi•
deo, 1900.
,Q. Horacio Flaco ("''~* l. Algunas Odas traducidas
en verso castellano• por Joaquin D. Casasús.-Mé:dco, 1900.

,De Autos• (***) por Victoriano Salado Alvarez
-Guadalajara, 1901.
•Poemas Helénicos• por Goycoechea :l[enénd.iz·
-Arge11tina, 1899.
•Cuentos de Poeta, (***) por flufino Blanco Fombona.-Maracaibo, 1900.
cEI Ateneo Nicaragüense.»-Núm. 16, 1900.
cLa Voz social.,-Buenos Aires. Núm. 12, 1900.
cKo-Ka• ("'**). Núm. 12.-Tokio- Japón, 1900.
•L'Ermitaga• (***).-París, 1900.

Y es hoy la tercera vez que vagando por esos
páramos literarios que la prensa de los Estados titula «páginas dominicales,• me encuentro con una
oda al Transvaal .... En todo tiempo sopla en esas
páginas un viento soporoso de modorra y de tedio.
Allá, en el horizonte gris de esas pampas infecundas y calcinadas desfila la theoría irrisoria de las
(r) Los libros ó periódicos marcados con asteriscos serán objeto de especial estudio en alguno de nuestros próximos números. En lo sucesivo toda publicación literaria enviada por su
nutor á esta Redacción será analizada ó mencionada cuando
menos en: "~otas bibliográficas. "

musas prostituidas y de los númenes rnfianes. • • •
La impotencia alardea de pródiga, la miseria se
echa al hombro el jirón de púrpura de un ilustre
guardarropa .... por el horizonte gris, por el pan·
tano donde la procesión claudica, parodiando infe·
lizmente el noble ritmo de las marchas triunfales,
bajo lo más turbio del cielo y sobre lo más hediondo del estuario, va la theorla canalla, un S1mcho
Panza enfático y orondo enlazando el talle desbor·
dante de una Musa maritornes; una Pióride de figón
osculando el hocico de Galiban! Toda la hampa de
una •Cour des 111iracles• literaria, los ropavejeros
de la poesía que con los ilustres brocados de Rubén
Darlo y los ripios propios se han fabricado una Ji.
brea; toda la valetaille famélica que se nutre con
las migajas que Lugones deja caer de su mesa de
prlncipe, todos los rateros audaces que á la espalda
de Díaz Mirón han intentado robar las flechas adamantinas de su épica aljaba!
Toda la hampa, toda la truhanería haciendo un
sabatt literario frente al fetiche Domingo y danzando grotescas barnbulas frente á la belleza que
desvía de la soez turba sus serenos ojos sin pupilas!
Y ahora frente á ese atormentado y gigante bajorelie,·e úpico esculpido en sombrío basalto por la
invencible raza bóera, llega otro audaz arrastrándose para pegar en ese friso sagrado de la historia
su cataplasma de ripios más grotesca que un pasquín. Una fricción de ungüentos de tras-·botica sobre la convulsión dolorosa de un Laocoonte!
Pero perded el tiempo en medirle las orejas á
esos asnos manaderos de la literatura y en anotar
los mil ecos de indignación que deja en el ambiente
sere.io el alarido de sus inconmensurables rebuznos!

J. J. T.

SU MANO.
( )!ANUSCRlTO Dl!l JOSÉ RE.JI L\,

ti. Sufría mucho, sufría mucho, su fria mucho. i\Ii
propio dolor me desarmó. Cal del paroxismo en la
cobardía. Y de rodillas, llorando, besé la media negra que calzaba su pie, y sentí la carne palpitar á
mi beso. La Hembra se apoderó de mis sentidos.
La tomé en mis brazos y bebí toda la miel de su
boca. Fué mía! fué mía! La hice diosa en la pose·
sión.-Desperté en la noche, ahogándome: No pude
tolerar el contacto con esa mujer aletargada, con
ese cuerpo laso, con esas carnes en reposo. Las sábanas estrujadas y revueltas, el aliento denso, el
calor húmedo, la claridad del dla que se filtraba
por las cortinas .... oh, el asco, el deshonor, la náusea! Me fijé, si, su trenza parecía una culebra que
se le enroscaba al cuello. . . No quise despertarla
por miedo de matarla. lile azoté la frente con R gua
fria~- sall!
***

Estaba inspirada, arrancando del piano uua harmonía de bosques meridionales. Su mano-esta
mano-del color de las teclas blancas, enaba entre
un tropel de notas .... Por qué sobre un :oueño in-

..**
. . . . Una noclie que nos insultamos mucho y que
nos besamos mucho, ebrios de vino, de celo y de
carne-por qué no de alma?-esta mano se estamp,', con ral&gt;ia en mi mejilla, y acarició después, con
rn , i,·ias tle hetaira, mi frente calenturienta.

~-

**
Cuando tomaba e11ta mano en la mía, antes de
que Dios nos expulsara del paraíso, la sentla,-timida, tlmida,- arder y temblar . . . . . . Ay! luego,
cuando el Gran Pecado nos unió en el deleite inolvidable y en el eterno dolor, la seutl,-confiada,
confiada,-reposar en el hastío .. ..
*"'•
Un dla, mi amada dulce y cruel vió saltar de mis
ojos una lágrima luminosa como chispa de incen-

dio: la recogió en su anillo, y en su anillo parecía
un brillante. Contemplando su mano ataviada con
mi lágrima, dijo, cruelmente-dulcemente-: •Durára asi, toda una noche de baile!,-Esa vez me
besó con besos helados.

***

Larga, delgada, pálida, con las uñas como láminas de finlsima laca, ciñendo su pequeño dedo una
argolla de oro, esta mano sabia adormir ó enardecer mis fiebres, dibujar ensueños ó borronear pesadillas, jugando, indolente ó nerviosa, entre mis ca·
bellos.

....

Apretando con la extremidad de los dedos un ramo de violetas, lo contemplaba á. ratos y á ratos aspiraba el perfume fresco de las flores.-Yo no le
había dado ese ramo. Estalló mi celo inmenso sin
heril' su indiferencia. La injurié y la maldije. En
mi alma desesperada hubo una tragedia fulminan-

cipiente de felicidad cayó de pronto una mortaja?
por qué las sombras se abatieron sobre el idílico
paisaje? por qué me enloquecí? .... - •Basta, grité,
no me atormentes más, cierra ese piano!, Me respondieron las notas claras y abundantes de su carcajada. Me levanté fllrioso, y clavé mis dientes en
su mano. Un ¡ay! De la vena rota brotó una gota
de sangre. Ella, entre asustada y risueña, la lamió
con la punta de la lengua. Brotó luego otra gota
más gruesa, extendiéndose en hilo carmesí sobre
la palidez de la mano. Entonces, al ver humedecidos sus ojos grises como la niebla, acerqué conmovido mis labios sedientos de veneno y bebí con
amor su sangre. «Oh, perdón, perdón, perdón!• F.sa
yez me besó con besos de cauterio.
• **

. ... Otra noche, la última. . . . Qué horrible! La
serpiente negra enroscada á su cuello blanco ....

•

* *
La amé! la maté!. . . . Qué drama tan intenso de
pasión! Fné suya esta mano-e11ta mano de huesos
duros y fríos!
JESÚS

URUETA.

EL FINAL DEL LIBRO: "INDUCCIONES."
Todo se pasa en el Uundo, que el sabio estudia
como si ningún pensamiento, ninguna conciencia
se encontrara en el fondo de la realidad de las cosas, mas que la conciencia y el pensamiento propio. Una Conciencia, una Inteligencia, un Pensamiento, claro ú obscuro, intermitente ó continuo,
serla también, en verdad, J,fovimiento; pero este
movimiento, esto sólo lo hallamos en los animales
superiores, y en primer grado en el Hombre, y en
especial en el civilizado. En el fondo de lo que se
llama Universo, en ninguna de las manifestaciones
qui, conocemos, hallamos nada de esto: sólo en ella
reina la Inconsciencia, lo que ha hecho que Hart•
mann, personalizando el Todo, lo llamara EL GRAN
lNCONSCIENTll.

La am,'·! la maté! .... Qué ti rama tan intenso de
pasión! L&lt;'ué suya esta mano- eMa mano de huesos
duro~ y fríos.

103

REVISTA MODERNA

REVISTA MODERNA.

102

La finalidad á la que se ha creído que obedecían
las cosas, se ha visto que era un efecto puro, una
atribución gratuita de nuestra mente, un falso modo de ver el Universo. La Mente humana había supuesto una intención productora allí donde había
sólo productos de una autoactividad de la Naturaleza.
El que haya quien no se conforme con la fonomenalidad, con la propia realidad cognoscible, que
aspire á un más allá del Universo, á un mundo infinito, del cual el mundo fenomenal no sea tal vez
más que la misma cosa vista del otro lado; el que
haya quien se desespere porque se le aperciba de
que jamás podrá llegar á ello, esto es, á los orlgenes, al fondo de las profundidades de donde el Ser
y la Vida dimanan, nada de esto arguye en contra
de la Ciencia, nada en contra de la Filosofía. Ellas
se ocupan tan sólo de lo que puede sernos explicable, definible, cognoscible: lo demás i;erá siempre
patrimonio vago de los esplritus poco precisos, ca-

paces sólo de emoción, de vibración dramática. Esta emergencia de lo desconocido, ese querer atribuirle el carácter de infinidad, ese querer darse
cuenta de ello, contentándose con nombres, que al
fin y al cabo corresponden sólo á merns antropo•
morfismos; eso es lo que produce el llamado sentí·
miento religioso, que en sus más altos y más nobles
grados es admiración profunda por ese Indefinido
Incomprensible, Omniactivo, eternamente vivo, eu
si inexplicable.
Pero en los intelectos capaces de dar forma á las
cosas, ó de sentirla, ese sentimiento produce, no la
Religión, h religión positiva, sino el AxTE, en su
modo activo; y, en su modo pasivo, la contemplación estética del Universo, la inmersión de nuestro
espíritu en el uni1·ersal drama de la Naturaleza.
El alma serena del Hombre moderno, llegado ya
ii un alto grado de comprensión científica, no pue•
de interesarse por unos misterios que sabe ya de
antemano que son impenetrables, y que todo lo que
de positivo se haya querido fundar sobre ellos no
ha hecho más que contrariar la Yida y el superior
desarrollo humano, subyugando el Hombre al Todo incomprensible. La Ciencia le ha enseñado que
la fenomenalidad no se tuerce ni se endereza con ,
los ritos de adoración ó las plegarias dirigidas á las
personificaciones del Todo. Sabe que la única mauera de modificar esa fenomenalidad que tanto le
ha aterrorizado, no es prosternandose; sino estudiándola y reaccionando directamente sobre de
ella. Sabe que el Yo no es más que uno de estos
fenómenos, y que, por tanto, su ingerencia ó su dominio sobre los otros es justisima, pues él dimana
de lo mismo que ello¡¡ (caso de que en último término dimanen de algo) y les es superior en jerar-

�ARo IV
104

MÉXICO,

1"

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

NúM.

7

REVISTA MODERNA.

quia orgánica. En fin, sabe que la conciencia clara
y progresiva en él se manifiesta, en el más alto gra•
do sobre el planeta Tierra. Asl, en lugar de levantar
pesadas construcciones que le aplasten, al impulso
del estupor que le cause el Eterno Misterio, otra
tendencia nace en él más natural y más vivificado•
ra. El entusiasmo que le causa esta ftlnomenalidad
omniforme, omniactiva, esa Naturaleza siempre va•
riante, siempre nueva, siempre sorprendente, siem•
pre espléndida, le produce el sentimiento estético,
que, cuando pasivo ó simplemente sensitivo, pro·
&lt;luce el placer de la Contemplación de la Belleza
de los fenómenos de la Vida, y, cuando activo, es
Arte, ó sea la suprema manifestación de la Vida
misma.
Lo inexplicable, bajo el punto de vista de la ra·
zón, eso incomprensible á la inteligencia, eso que
aterroriza á las mentes y :\. los corazonea débileF,
eso inspira admiración al Hombrn fuerte de inte·
lecto, como representación total suprema, eso le
produce el sublime sentimiento ele Belleza. A aquel
que ha alcanzado un alto grado de comprensión ya
no Je aterra el enigma. No teme la esfi nge. La res•
peta, pero sin de.jar que le devore, y admira á dis•
tancia las bellas formas bajo las cuales se le apa•
rece.
b":l sentimiento de la Belleza es el que sur¡;&lt;: en el
humano espíritu como último resultado 1111 la ,·e•
presentación superior del Universo, por él adecuamente sentido. Cada civilización, al llegará su des.
arrollo máximo, después de haber dado grandes
pensadores ha dado grandes artistas, y con ellos
un gran público capaz de sentir el Arte y de for·
marles atmósfera que los sostenga. La Belleza es
la sensación que resulta del Pjercicio del conocimiento, del comprender adecuadamente la reprc·
sentación del Universo; es el resultado más alto de
la Vida, y, por ~anto, el Supremo J&gt;lacer para los
Hombres.
Así Nietzsche resulta ilógico privando al Hombre del placer, en su camino hacia el 8uper-hom·
bt·e, y proclaman lo al mismo tiempo el Arte Apo
Jónico ó Dionisi.lCO, como el único que puede hacerle alcanzar un grado superior de la \'ida y con·
siderando la \'ida como fenómeno esencialmente
estético.
En esto último estáu de acuerdo Nietzsche y
Schopenhauer: ambos miran la \'ida como un fenó·
meno estético; solamente que para Schopenhauer
ol sentimiento de Belleza, el máximun de placer po•
sible, resulta del descubrimiento de su intelecto,
que la \'ida, esta Vida llena de dolores é injustil'ia~, es sólo una representación pura., una ilusión,
la .lf ,ir¡ de los Indos. Por lo tanto, predica la re11u11c1,,l'ión como remedio de que pase esa. ilusión
doloro~a, esa terrible pesadilla, para alcanzar en
el no se,· el estado perfecto. Nietzsche, al contrario,
cree como Schopenha.uer en las penas de la. Vida,
pueR el dolor lo sentla en lo más Intimo de su pro·
pío organismo; cree en la lucha precisa y en el sufrimiento uecesario, y se endurece para luchar mejor. As! el Intelecto convirtiéndose en espectador
de la lucha de la Voluntad, y aconsejándose y aun·

dirigiéndola, da al individuo, en el espectáculo de
su propia acción, el sentimiento supremo de la Belleza. Así el Hombre fuerte, si sufre como actor,
goza como espectador de su propia grandeza. Este es el sentimiento de lo Trágico. Y cuando se es
sólo espectador de una acción no contrariada, de
una acción tranquila y placentera, entonces viene
el sereno goce del Arte Apolónico á coronarlos es•
fuerzos de la Vida.
Para Nietzsche, como para nosotros, el sentí•
miento estético compensa, en el que tiene alma asaz
grande para. sentirlo, de todos los sufrimientos pa•
decidas en la acción dramática de sus instintos vi•
tales.
La Belleza es la redentora del Dolor. Sólo ella
es momlidad pe1'fecta.
El Cristiano, como el Budhista, para librarse del
dolor, se refugiaban en Dios, en el no ser, querían
desaparecer lo más pronto posible de la representación de esa Tragedia'; no se sentían con bastan·
tes fuerzas para llegar á su natural desenlace, y,
en su catitstrofe final, cae1· con dignidad, dejaudo
en pie su protesta, como calan los Héroes Griegos.
Y es que el Griego, en ern sagrada embriaguez de
la Vida, habla sentido la identidad de su yo con to·
das las formas del Universo; había presentido que
todo p,;raba contenido en su alma, que él era el Universo ." tenia derecho á dominarlo. Y esto, que se
le enseiiaba en los Misterios Dionisiacos, le daba
un goce superior, que derivaba del conocimiento
de su propia inmensidad. El Arte Dionisiaco añade
al Arte Apolónico la. conciencia, en el Artista, de la
identidad del espectáculo)" del espectador; un alma común enYuelve al público y :l. la escena. Asl
el verdadero Héroe afronta la realidad, por cruPnta que ésta sea.

~sta sublime posesión de la \'ida como fenómeno estético, no es posible más que después de ha berse libertado de la finalidad. Y biiy que notar
que la revelación de la irrealidad ó sea de la idea•
lidad del fenómeno, en una raza débil como la de
la India después de mezclada con sangre amarilla
condujo al suicidio, como en las razas decadente;
y mezcladas de elementos semíticos del fin del Im·
perio las condujo á renunciar á la Yida; mientras
que hoy, en las naciones de Occidente, en las ac•
tuales razas Americanas y Europeas (Arias), proYistas de una gran abundancia de energla y de
una gran organización comprensiva, esta clara,-¡_
sión del Universo, ese descubrimiento de la Unión
perpetua, son el motivo de una vida nueva, y producen la adoración de la Vida por su belleza suprema.
Allí donde el Bien en si y la Verdad absoluta han
naufragado, el Arte se salva, y erige sus hermosas
construcciones; y el Hombre goza de sus magnlfi·
cos espectáculos como un placer supremo, porque
el Arte, el sentimiento de la Belleza, ya sea activo,
ya pasivo, son la manifestación más genuina del
paroxismo de la Vida.
P0MPEY0

GENER.

REVISTA MODERNA
A RTE Y
DlRE OTO R: JESUS E. VALENZUELA.

C I EN CIA.
JEFE DE REDAOCIO~: JESUS URUETA.
Tip. dt Dublá11.

LA APARICION DE LA \'IlWl~N A SAN BER;\ ,\1{1)O.

F11,1Pr1xo L1rrr.-F1.onENC1A.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 6, Marzo, Segunda quincena</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>72

A~o IV

REVISTA MODERNA.

EL PERRO MUERTO.
Jesús llegó una tarde A las puertas de una Villa
é hizo adelantarse á sus discípulos para preparar
la cena. El, impelido al bien y la caridad, internóse por las calles hasta la plaza del mercado.
Allí vió en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, yacercóse para ver qué cosa podía llamarles la atención.
Era un perro muel'to, atado al cuello por la cuerda que habla serYido para arrastrarle por el lodo.
Jamás cosa más Yil, más repugnante, más impura,
se había ofrecido á los ojos de los hombres.
Y todos los que estaban en el grupo junto á la carroña, miraban con asco.
-Esto emponzeña el aire, dijo uno de los presentes, tapándose la nariz.
-Cuánto tiempo aún, dijo otro, este animal putrefacto estorbará la vía.

111

QUINCENA DE MARZÓ DE

1901

NúM, 5

REVISTA MODERNA

-Mirad su piel, dijo un tercero, no hay un trozo
en ella que pudiera aprovecharse para cortar unas
sandalias.
-Y sus orejas, exclamó un cuarto, asquerosas y
llenas de sangre.
-Habrá sido ahorcado por ladrón, añadió otro.
Jesús les escuchó, y echando una mirada de compasión sobre el animal inmundo:
-Sus dientes son más blancos y hermosos que
las perlas!-dijo.
Entonces, el pueblo admirado, volvióse hacia él,
exclamando:
-¿Quién es éste? ¿Será Jesús Nazareth? El sólo
podía encontrarse alguna cosa de qué condolerse
y hasta algo que alabar en un perro muerto!. ...
Y cada uno, avergonzado, siguió su camino, inclinando la cabeza delante del Hijo de Dios.
LEÓN TOLSTOI.

"LA·W N TENNIS."
Una francesa, queriendo explicar su carácter, ha
escrito lo siguiente: «Nunca me visto para un baile
sin saber por quién voy allá.,-Las muJeres americanas, por el contrario, parecen vestidas con el
objeto de aparecer bellas, porque son mujeres •hermosas y sanas,, como su raza, y en llquel momento ninguna piensa en el fiirting, absorbi&lt;las como
están en seguir el juego, en que cada m ·ién llegado se interesa inmediata mente al i,!?'11a.l de otros.
Aleccioaaclas por cursos de cultura fí ,ica, comp1·enden el atletismo ea donue quiera q ·1c lo encuentran,
con la misma semi-profesional io.tcligencia que en
un asalto de esgrima un espailachln mide con una
mirada la agili&lt;lau de los co111l&gt;atientes y su juego.
En cierto momento, uno tle los jóvenes jugadores que acalla de herir 111 bola, llama á un asistente para qtw le limpie la ~uela de su zapato de caucho, llena de lodo. Dnrante esa plebeya operación,
el joveu logra asu111ir una postura tan gallarda,
que oigo á una muchacha exclamar: , ¡Oh, cuánto

MÉXICO,

desearla que ganase! ¡Es tan buen mozo! Ingenua
exclamación en que se revela la profunda admiración de la mujer americana por la belleza fisica,
considerada al modo pagano. Va tan lejos esta admiracióu, que uno de los más celebrados atletas de
los Estados Unidos, reune en su palco, después de
la representación en que ha tomado parte, á las
mujeres de la mejor sociedad, y con el torso desnudo, les da una disertación sobre su cuerpo, una
conferencia sobre musculatura. La fotografla de
ese torso, realmente muscular, como aquel del Museo del Vaticano que las manos del viejo Miguel
Angel acariciaban, se vende en todas las tiendas, y
más de una de esas bellas espectadoras de laten
tennis posee una de ellas en su sala. ,Hay gentes
que consideran esto indecente,• decía una de las
meucionadas damas, mostrándome ese singular documento de su independencia de ideas. • Yo no lo
creo,, añadía ella. ,Esto es griego; he ahi todo.,
PAUL

BOURGET.

A NUESTRO DIRECTOR.
El alto, el noble amigo nuestro, que ha puesto todo su genio y todo
su corazón en la "Revista Moderna," sufre en estos momentos un nuevo, un hondo dolor por la muerte de su hermano, el Sr. D. José Valenzuela.
Lo acompañamos en su duelo, siempre amantes, siempre fieles.
Los

REDACTORES.

ARTE
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
'l'ip. de Dubldn.

�74

REVISTA MODERNA.

LOS ESTUDIANTES.
Como un homenaje de justa simpatla á los estu•
diantes de la Capital de la RPpública, en este número publica la REVISTA MoDJrnNA el discurso del
Sr. Urueta y la poesía del Sr. Rebolledo, números
entusiastamente aplaudidos en el festival organizado por la juventud de nuestras Escuelas Superiores, y verificado la noche del 8 de Febrero de
1901, bajo la presidencia del Sr. Secretario de la
Guena, General D. Bernardo Reyes.

ARENGA A LA. JUVENTUD.
¡Divina Juventud! á ti mi arte, a ti mi poesla, A
ti mi amor que con sus estrofas helénicas cantará
tu gloria, como cauta el azul Mediterráneo la gloria de Athenas, gallarda en sus palestras, en sus anfiteatros, en sus templos, en sus festivales; con sus
versos hechos estatuas; con su~ diosas que bajan
de la mansión venturosa á ser fecundadas por los
hombres al b9rde de las fuentes y á. la sombra de
los laureles¡ con sus mujeres que el cincel hizo perfectas, inviolables, únicas, slmbolos de la adoración
que tiene la magia de convertir los pecados efim~ros en eternas virtudes; con sus gueneros que hicieron resonar en la historia los parches de Tirteo
y los coros de Esquilo; con sus filósofos, que como
Sócrates al morir, acariciaban la undosa cabellera
del discípulo para sentir en sus dedos la sensación
exuberantti de la juventud; y con sus poetas, que
como Sófokles, bailaban brillantemente desnudos
después de Salamina, bajo los pórticos de los tem~
plos, entre la lluvia de oro y de rosas del Olimpo,
mientras Perikles recitaba el panegírico de los
muertos por la patria con su palabra serena de
verdad, y las miradas de Aspasia se perdían en el
ensueño de las olas de seda que ciñen con rumorosa caricia las islas de mármol, que como enmudecidas sirenas, asomaban sus blancos torsos para
extasiarse con el himno gigantesco de la victoria y
de la paz!
La Juventud, en la historia, se llamará siempre·
Athenas, porque es la risa, la poesía, el heroísmo,
la belleza y el amor. En todas partes y en todos los
tonos, se dice que ya no hay jóvenes. Bueno, pues
desde que en la tierra existen viejos y jóvenes, los
viejos han dicho siempre que ya no hay jóvenes.
Es una manera de consolarse. La expel'iencia rs
ce!osa del ideal; las aves del paralso huyen del alma cuando las floraciones se marchitan; el espíritu
se encorva, como el cuerpo, y encenado en un pequeño y cómodo lote de la vida, se tiende á descansar bajo la sombra de los recuerdos. Qué alto y escarpado se ve el porvenir! cuán IPjos reculan los
horizontes! qué locos los que luchan! Son pocos,
muy pocos, los viejos augustos que conservan una
cima intacta y fuerte sobre sus ilusiones derrum-

badas, como conserva la vieja Roma sobre sus ruinas seculares la altura del Campidoglio, coronado
en la historia moderna con los resplandores de la
espada de Garibaldi y con las odas triunfales de
Carducci!
En cambio, la juventud no niega á sus parlres,
sigue fielmente la respetable máxima latina: «Semper in civitate nostra samectus venerabile fui t.• Las
cabezas blancas son imponentes, los corazones que
se derrumban son augustos, las inteligencias que
tramontan son sagradas. Vosotros, con una amplia
conciencia de la vida intelectual, sabeis que el titulo de nobleza de cada enseñanza está basado en
su parentesco con la ciencia universal, pues nada
se pierde, aunque parezca lo contrario, del esfuerzo
creador y soberano que tantos odios emplea para
fabricar un poco de amor y que tantos errores aprovecha para elaborar una poca de verdad; sabeis que
se siente una satisfacción intima colaborando en la
obra común y suprema de las redenciones; sabeis
que el verdadero orgullo nobillsimo es venir de muy
abajo~para ir muy arriba, del fango:á la montaña,
del rugido'.al salmo, del robo á la caridad, de la posesión á. la adoración, del rencor~á la concordia del
simio al hombre y!del hombre ÁDios; sabeis q~e la
palabra pronunciada allá en el fondo de una caverna por el primer Prometeo: •pedernal, enciende!• fué repetida al cabo de miles de siglos por l\liguel Angel golpeando con el martillo la testa bíblica del Moisés: • marmol, habla!;• sabeis que en
todas las manifestaciones de la vida hay una extraordinaria mezcla de pasado y de presente, mejor
dicho, harmonía de uno y otro, continuidad no in- •
terrumpida de los sentimientos que se depuran, de
las ideas que se abrillantan, de las voluntad.es que
se fortalecen, concurriendo á la formación dei tipo
ideal, del hombre inteligente, bueno y be Jo, que
conquistará el dominio, inmenso aún, del mal moral y del mal físico, poniendo su gloria en el espíritu, su grandeza en la virtud y su magnificencia
en la justicia!
Oí una maiiana, en uno de los anfiteatros de la
Sorbona, estas palabras, que de los disertos labios
del profesor Lavisse, cayeron solell)nes en mi memoria: «Hubo filósofos de la historia. de la humanidad. Hoy, han pasado de moda. Civilizaciones desconocidas á nuestros antecesores son descabiertas
por nosotros; los misterios del Oriente son penetrados; los palacios de los reyes legendarios se transportan á. las grandes capitales. La vida colosal de
Roma se estudia en sus detalles; el almanaque del
imperio se reconstruye; todos los personaJes de la
edad media, papas, emperadores, reyes, iglesias,
monasterios, señol'ios, comunas, son exhumados por
los cronistas y los a1·chiveros .... Vidas humanas honorables vidas laboriosas, se gastan y consu~e~ en

REVISTA .M.ODERNA
escribir una linea, una palabra de ese libro sin fin
que es la histo ria de los hombres .... Pero nadie se
\·anagloriarfa de comprender en su amplitud la historia entera de la humanidad ... . Fragmentos, fragmentos, fragmentos: he aqui toda nuestra riqueza,
que es una gran miseria.•
Pues bien, señores: con esos fragmentos se han
hecho las guerras de la libertad; con esos fragmentos se hará la paz de la justicia. La Paz! qué aspiración! qué sueño! Y por qué no, amigos mios. Sois
jóvenes, soñad. La vida es inagotable. La mirada
se extravla en los orígenes y se pierde en los fines
de la acción infinita. El océano es tumultuoso, in·
números los astros, harmoniosa la poesía .... soñad! No hemos visto surgir, en el breve instante de
miles de siglos, del obscuro cerebro informe de la
humanidad primitiva, habitado por negros fantasmas, la cabeza resplandeciente del Dante llena de
blancas epifanías estelares?; no hemos visto elevarse á la universal comunión, el divino corazón de
Jesús, formado pedazo á pedazo y fibra á fibra, por
el esclavo que sufre, por el asesino que sufre, por
la prostituta que sufre, por el mal que aspira al
bien, por el castigo que aspira á la justicia, por la
blasfemia que aspira á la plegaria, y por el amor
que aspira á Dios? Si eso hemos visto, por qué desesperar de la obra común del arte y de la ciencia,
que mientras más trabajan más fuertes son, y que
con los formidables arreos de Marte harán el cetro
de la nueva divinidad serena y limpia?-No importa que trágicamente irrisorio, el armipotente Nicolás-rey de reyes como Agamemnon-arrojara su
casco de águilas negras en la asamblea cobarde de
la Haya. No importa que el mundo ruja aún: ya
cantará!-Viéneme á la memoria que en la anarquía del Siglo undécimo, cuando reinaba el derecho del puño y cada puño afianzaba una cuchilla,
los obispos de toda la cristiandad se reunieron en
concilios, repitiendo la misma palabra: paz! paz!
Dícicndola, se entusiasmaban, y en uno de esos
concilios, exaltándose hasta el paroxismo con su
idea sublime, se levantaron de sus asientos blandiendo los cayados pastorales y gritando: paz! paz.'
De todos los ámbitos del mundo nos llega la voz de
la concordia, el verbo del amor, que pasa sobre las
cabezas de los atridas como ave sagrada de presa·
gio, y que de Francia fraternal, de Rusia mártir,
de Suecia humana, de Alemania alerta y aun do
Inglaterra pérfida-ay, no puede ser buena!- brota ardiente, sonoro, ensordecedor, como si convertido en Lira Profética, el corazón humano acordara en un himno los gritos de todos los dolores y las
músicas de todas las esperanzas!
Con esos fragmentos se han hecho las patrias;
cou esos fragmentos se hará la pafria. Nuestro Renan escribió: • Una nación es una alma, un principio espiritual. Doe cosas, que, á la verdad, son una
sola, constituyen esta alma, este principio espiritual. Una está en el pasado, otra está en el presente. Una es la posesión en común de un rico legado
de recuerdos, la otra. es el consentimiento actual,
el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar
dando valor á. la herencia que se ha recibido indivisa. Una nación es una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los eacrificios que se

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han hecho y de los que se está dispuesto á seguir
haciendo. La existencia de una nación es un plebiscito diario, como la existencia. del individuo es una
perpetua afirmación de la vida. Se ama en proporción de los sacrificios consentidos, de los males su·
fridos. El sufrimiento en común une más que la
alegría; en materia de recuerdes nacionales, los
duelos valen más que los triunfos.,
El divino maestro no quiso penetrar en la humani dad, no empujó las puertas de oro de la ciudaa
futura, y temeroso de convertir su fe en superstición, limitó su esperanza para no parecer iluso. Las
ilusiones de hoy pueden ser las verdades de mañana. Por qué limitar el alma, el principio espiritnal?
por qué limitar el pasado repleto de ruinas y el
presente fecundo de actil•idades? por qué limitar
los sacrificios hechos y los sacrificios por hacer?
por qué limitar el amor y los recuerdos? por qué limitar los duelos y los triunfos? Si la herencia, el
rico legado, la hemos recibido todos, porque todos
tenemos derecho al bien, porque todos tenemos derecho á la verdad, porque todos tenemos derecho á
la belleza; si el sol calienta á todos y á todos m,tre
la tierra y á todos corona el arte y á todos exalta
el amor; si los duelos son comunes y comunes las
alegrías y comunes los brotes de la sangre y comunes los salmos del sacrificio y comunes los resplandores de la gloria; si somos, en conjunto, como mundo, pequeñísimos, por qué vamos á dividirnos de
montaña á montaña, de río á río, de océano á océa·
no, de cerebro á cerebro, de corazón á corazón,
cuando estamos juntos para siempre en la harmonla infinita, en la ciencia, en la moral, en el arte,
en la patria sin espacio y sin tiempo, en el cosmos,
en el divino universo, sin podernos desprender del
Sol, que no puede desprenderse de Sirio, que no
puede desprenderse de Dios, que no puede desprenderse de la unidad, que no puede desprenderse
del amor, sin que todo ruede en el desquiciamiento
del odio, como rut!da el Rebelde de peña en peña,
de vórtice en vórtice y de maldición en maldición!
Esos fragmentos de historia hicieron la libertad
politica con el triunfo legitimo de la burguesla;
esos fragmentos harán la libertad económica con
el triunfo inminente del proletariado que surgiendo
de los más hondos, de los más viejos dolores de la
humanidad, asoma la cabeza sobre las iniquidades
del siglo y clama revindicaeión! Vol.veremos, después de muchas andadas, cambios y re"olucionea de
todas clases, ú ese estado en que los pueblos eran
Pjércitos y hacían la política con sus instintos; en
que la asamblea de los guerreros votaba la guerra
y partía para la guerra; en que aquellos que deliberaban eran también aquellos que morían. El go•
bierno, que pasó de los pueblos á los reyes, volverá
de los reyes á los pueblos. La política no es ya fo
que era en tiempo en que los talones rojos se deslizaban sobre los entarimados de los gabinetes ue
Versailles y de Yiena. Será esto mejor? Si. Es cierto que el instinto popular está sujeto á cóleras súbi'
tas; pero siempre ha sido más sabio que esos ministros de antaño que ni se disputaban en los clubs ni
se batían en las calles, pero que con una sonrisa
exquisita en los labios, desencadenaban desastres
sobre el mundo. Los pueblos tienen, al menos, dos

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REVISTA MODERNA.

REVI:iTA MODERNA.

grandes virtudes, son sinceros y accesibles á la j usticia. En las capas populares, en las más profundas, en las más áridas, es donde la idea de justicia
debe ser derramada, día á dla, pacientemente, gota
á gota, hasta empaparlas con el fecundo riego.
Vuestra fiesta, oh jóvenes! es solemne. Precaveos de la inercia de! espíritu y de la sedentariedad intelectual. Llamo inertes y sedentarios á los
estudiantes de un solo est'udio, que restringen su
curiosidad á los programas truncos de nuestras escuelas claueicantes. Esos estudiantes se dormirán
en algún empleo tedioso ó en algún oficio mecánico. No conocerán las alegrías de la vida superior.
Hay una rutina en el civismo, como en la agricultura; si ésta esteriliza la tierra, aqm.,lla esteriliza
los espíritus. Para comprender nuestros deberes
actuales hacia el pai1:1 y Lacia la humanidad. es preciso conocer nuestro estado y el del mundo, compararnos con los demás, formar nuestro juicio sobre los fines de la actividad de los hombre~, y saber qué países la dirigen mrjor, haciendo derramar menos lágrimas, no provocando odios y no ba-

ciendo sufrir á nadie. Y sobre todo, reíd y creed,
aun contra la realidad, coronados de mirto, con la
copa de ambrosía en la mano y el epitalamio fresco en los labios. Que vuestros ideales, el ala desplegada, vayan lejos, á vagar sobre las olas rumorosas del l\lediterráneo, que con los innúmeros barcos de guerra, de vela y remo que lo han surcado,
llevó tantas ideas y tanbos sentimientos, como intermediario y como conciliador, mezclando la antigüedad oriental, la antigüedad helénica y la an·
tigüedad romana en su ánfora de azur, para componer una civilización siempre jo,·en, porque está
hecha de arte, ele ciencia y de libertad!-Y viendo
caer en la muerte, es decir, en la vida, un siglocave de paso de la eternidad,•-fuertes del pasado, poderosos del presente y llenod de fo en el porvenir, unid vuestras voces entonadas y viriles al
coro que en el fondo de la Historia, bajo los pórticos blancos, dirige Sófokles, brillantemente desnudo, entre las palpitaciones de oro de las abt-jas platónicas y los rayos de gloria del astro heleno!
JESÚS

,

Y luego los anónimos, después los infolices,
Después las muchedumbres mermadas y confusas,
Los Odios contemplando sus frescas cicatrices,
Y todas las Venganzas irguiendo las cervices,
Y una legión colérica de desgarradas blusas.

Marchaba el siglo hermoso con su botln de gloria
Al frente de sus hijos robustos y bizarros,
Y abriendo con su lanza los gonces de la Historia,
Entraba conduciendo sus relucientes carros
Entre himnos retumbantes y dianas de victoria.
Tendidos en el campo quedaban los protervos
Ladrones ele coronas, los amos de los siervos,
Los déspotas segados por los puñales rojos,
Y enmedio de la arena sembrada de despojos
Rondas ele orlados buitres y de Yoraces cuervos.
Y aquel egregio Siglo batallador y fuerte,
Magnifico en la Ciencia y exótico en el Arte,
Pero caduco al cabo, dobló la testa inerte,
Y se arrojó al misterio, y se entregó a la muerte
Envuelto en la mortaja triunfal de su estandarte.

URUETA .
Y, ¿qué sentiste entonces, Humanidad, qué anhelo
Tuviste en las tinieblas de aquella noche rauda ,
En que miraste llena de luto y desconsuelo
Que muchas de tus rosas rodaban en el suelo
Barridas por los paños de una crujiente cauda?

POEMA OIOLIOO.
Entre un fragor de trueno pasó el desfile heroico:
Chocaban los estoques, sonaban los trE&gt;peles,
Flotaban las banderas, temblaban los laureles,
Y bravos cabal:eros, todos de porte estoico,
Pasaban, y pasaban en rapidos cor~e!es.
F:l aire estaba lleno de toques ele clarines,
De rojos estandartes y flámulas de raso,
Y allá en la linea vaga y azul ele los confint-s,
Enmeclio ele las nubes violetas del Ocaso
Perdlanse los fuertes y r11udos paladines.
Y ¿qué era aquel estrnendo, qué aquel rumor de ola,
Qué aquellos estridentes clamores de campaña,
Quiénes los jefes nobles y la falange extraña
Que simulando un monstruo de formidable cola
Salvaba el escarpado talud oe la montaña?

Aquel era el desfile solemne bacía el Pasado
Dti un siglo que cantaba sus glorias y fatigas,
Y se escuchaba el eco monótono y ritmado
De la imponente marcha, y en el_confín dorado
Brillaban como antorchas los cascos y lorigas.
Iban invictos reyes con férreas armaduras,
Poetas l uyos cantos vibraban como un trino,
Matronas venerables de blancas vestiduras,
Y sabios majestuosos de quietas apoi;turas
Y graves oradores de Yerbo sibilino,!
León Trece volcaba sus cálices ele bienes,
Bismark el inflexible y Bonaparte el duro
Montaban fieramente sus broncos palafrenes,
Y Byron, el más grande, marchaba en el obscuro
Sendero con un nimbo de rayos en las sienes.

¿No viste á muchos sueños volar hacia el Olvido,
No te sentiste herida por dagas de tristeza,
No desgarraste en signo de duelo tu vestido,
Ni te mesaste el largo toisón de la cabeza,
Ni te arrojaste al polvo privada de sentido?
Y cuando consumiste la copa de tu justo
Dolor, ¿no viste un Orto de resplandor poético,
Y enmedio de sus luces al Campeón augusto
Que levantaba el brazo con ademán adusto
Y dominaba el orbe con su mirar profético?

Oh! sí! si lo miraron con ansia tus pupilas,
;)Iiraste si al naciente Siglo avanzar delante
De las Quimeras blancas y los Ensueños lilas,
Y oíste la trompeta rotunda y d~slumbrante
Que te arrastraba al grueso tonentc de sus filas.
Observa al Mensajero: viene con 11n legado
De redentora Ciencia y de Arte sin pecado,
De z11mos de placeres y bálsamos de duelos,
Y alzándose del hondo sepulcro del Pasado
Lo colman de presentes los Siglos sus ::i.bu•;los.
Y vanse victoriosos: despunta la tranquila
Figura del Primero, su blonda cabellera
Es la de Cristo, y vierte bondades su pup;Ia;
Después el rudo Quinto se lanza á la carrera
Trayendo á la memoria los [mpetus de Atila.
El pécimo medroso, metido en su sudario,
Y huyendo·del horribhdantasma del Infierno,
Desgrana en sus huesosas falanges un ·:osario,
Y siguen sus pisadas en desfilar eterno
Los briosos Doce y Trece que vieron el Calvario.
El gran Quince de Italia, de soñadora frente,
Seguido de una corte de blancas escultura¡¡

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REVISTA .MODERNA.

REVISTA .MODERNA.
Desfila sosteniendo su tiara refulgente,
Y en su gloriosa marcha desliza fieramente
En gradas de alabastro sus regias vestiduras.
El trágico Dieciocho, de pie entre las pavesas
De la opresión, desliga sus águilas francesas,
Y lleno de amenazas y con su gorro frigio,
Soberbio y deslumbrante de gloria y de prestigio
Avanza entre dos filas de augustas .\[arsellesas.
Y con los pies cubiertos ele polvo, y con las manos
Heridas, repartiendo la muerte {1 los tiranos,
.\fostrando it los desnudos la rnta hermosa y breve,
Y abriendo un surco de oro, se va con sus herm1rnos
Entre un clamor de voces el pú¡ril Diecinue,·e.

1!:stos viriles Siglos hau sido los .\Iayore11
l&gt;el poderoso Yeinte que agita su bandera
Reuniendo á las falanges de invictos luchadores,
Y al son de sus fanfanias y al son de sus tambores
Traspone con la ,\urora la abrupta cordillera.

"EL MANTO DE PENITENCIA."(*)
•COll&amp;On:TTA• JAPONESA EN UN ACTO

TRADUCIDA DEI, JAPONÉS POR JOSÉ JUAN TADl,ADA.

DRAl\1AT1S PERSON,l~:
Uri .Maritlo.-Su llfüjer.-Taróf;:asha (criado de

ambos )
La escena representa el salón de una casa particular en Kiyauto; á la izquierda, ju11/o al exterior de la casa, un camino
practicable que se pierde en el fondo de la escena
ESCENA l.

Y pues que ya cenaste la gruta funeraria

De tus ilustres ~Ianes; pues que tu cáliz lleno
De luto has derramado, recita tu plegaria,
Y al recorrer la estepa desnuda y solitaria
Sigue á Zola, el Yaliente, y oye A Tolstoi, el Bueno.
Y ahora á la batalla: riega la dura arcilla
Con tu sudor fecundo, recoge la gavilla
De granos de oro, bota tu nave á los estuarios,
~[ueYe tus grandes máquinas, y arroja tu semilla
De sueños á la tierra de fértiles ovarios.

Torna al combate rudo; piensa, fücunda, siente;
Exprimt: tu cerebro; sigue tu austera vida;
Lacera y despedaza tu corazón valiente;
Junta tu llanto acerbo, cuaja tu sangre at·diente
Y enclaustra en el estudio tu juventud querida
Y allá brilla la Xueva Jerusalem, la Santa
Ciudad de tus anhelos; allá en el horizonte
Helucen sus baluartes y pórticos; mas, ¡cuánta
Sangre caliente y roja derramará tu planta
En las hostiles peñas para escalar el mont&lt;'!

All·i. est.'ln sus almenas, atrás de la espesura
Tupida de jaguares; allá tras e~a falda
De enmarai'iado cerro, salvando la hravura
De las crueles rocas, encontrarás la pura
Ciudad de muros de oro, de jaspe y de esmeralda.
AIII e 'CUltuán todos, allf comerá el falto
De bient'S y el magnate, verán los que no han visto,
Y al resplandor del cielo de plata y de cobalto,
:\[ás alto que las cumbres, y con su cruz en alto,
Congregará á los hombres el nuevo Jesucristo.

Enero de 1901.
EFRÉN

REBOLLEDO.

?9

El Marido. Soy un habitante de los suburbios
de la metrópoli y acabo de hacer una expedición á
la~ provincias del Este. En una de las jornadas de
mi viaje, en la aldea de Nogami, llegué á una ,Casa ,te Thé• y fui servido por una linda muchacha
llamada llana, que habiéndome oldo hablar de mi
regreso inmediato á la capital, me ha 11eguido basta aquí, instalándose en Kira-Sbirakaha, adonde
me espera esta misma noche, según halagadora
promesa que me ha hecho por escrito. Pero la zorra de mi mujer ha olfateado el asunto y "ª á hacer muy dificil mi aventura ... . Por lo tanto, pienso llamarla y contarle alguna eficaz fábula para
que me deje libre .... F.ah! eah! Esti1 Ud. ahi, está
Ud. ahl. ...

La ~Uujer. Parece que se ha se, vido Ud. l111m11rme.-¿Puedo sabel' el motivo?
El Marido. Si; escuchadme ....
La ,11. Espero vuestras órdenes.
El M. El motivo porque os he llamado es bien
sencillo; quiero deciros lo mucho que mi espíritu
ha sido últimamente mortificado por los continuos
sueños que be tenido. Por eso os he llamado ....
La JI. Hablais por demás. Los sueños proceden
de trastornos orgánicos y nunca se realizan .... de
modo que haceis mal en mortificar ,uestra mente
sólo por eso.
El M. Casi teneis razón. Los suefios proceden
do trastornos del organismo y no se realizan nueve veces eu diez .... Sin embargo, los mios me han
afectado tanto que pienso hacer alguna peregrinación para ofrecer oraciones en vuestro nombre y
en el mio.
La llf. Y á dónde idais?
El Jf. Pienso (además de los de la ciudad y suburbios) visitar cada templo Budbista y cada capilla Shintoista de los que existen en la provincia.
1•) En el original la pieza se titul&amp;: •Za-Zefb (Abstracción),
pero tan Idóneo y mb grA 8co me parece el titnl•&gt; con que boy
la pnbllco.-.T. J. T.

La 111. No, no! No permitiré que abandoneis la
casa ni una hora! Si de veras estais decidido podeis elegir alguna devoción practicable dentro de
casa ....
El M. Alguna devoción practicable dentro deca•
sa? Quereis decirme, como cuál? ....
La M. Quemar, por ejemplo, incienso sobre n1estra cabeza ó vuestro brazo ... .
El JI[. Hablais A tontas! Tal devoción es demasiado para un seglar como yo!
La }.f. Pues no be de tolerar penitencia alguna
que no pueda practicarse dentro de casal
El ;lf. Bueno, yo tampoco! Xo teneis precio para
hablar á trochemoche.. . . Qué penitencia, pues?
Dádmela! (Reflexiona algunos instantes) Ah! la he
hallado! Ifaré la penitencia de la Abstracción!
La JI(. Abstrae ... . Abstrae . ... qué?
El M. Abstracción! Es natural que no esteis familiarizada con el término .... Es una penitencia
que practicó en ,·ida el santo DARMA (bendito
sea'. ; poneis vuestra cabeza bajo lo que se llama ll
•Manto de Penitencia, y obteneis salvación si lo·
grais olvidar todas las cosas pasadas y por venir
(aparte). Una bien dificil penitencia!
La lll. Y cuánto tiempo dura?
El J\L Bueno; pues una semana ó .. .. dos.
La }.f. Eso no es posible; son muchos dlas!
El lll Entonces cuánto tiempo quereis conceder,
sin quejaros?
La ilf. Pues A mi juicio una hora bastada; pero,
en fin, si qnereis emplear un lila, hacedlo enhorabuena!
El }.f. Imposible! Esa importante penitencia no
es cosa tan sencilla para caber en los limites de un
solo dla! Tal vez . . . concediendo un dia y una noche ....
La J\f. ¿Un dia y una. noche?
El J\f. SI. ...
La llI. Pues aunque no aplauda. mucho la idea,
si con eso os basta, toma•! un dia. y una noche para
vuestra penitencia!
El lll ¿De veras?
La M. Si; de veras!
El M. Oh! eso es delicioso! Pero tengo algo que
deciros: sabed que si alguna mujer impulsada por
su excesiva curiosidad atisba, escucha ó entra al
cuarto en que el devoto se mantiene, el encanto
de la penitencia se rompe al instante. Por lo tanto, es necesario que no llegueis adonde yo esté .. ...
La J.f. Muy bien! No me acercaré; practicad
vuestra penitencia. donde gusteis

�El M. Bueno! Entonces volveremos á vernos .

El M. No, no! Harás esto por mí y no permitiré

cuando esté felizmente cumplida.
, que te toquen un pelo.
La Jjf. Tendré el placer de veros una vez termi- · C. Dispensadme, por favor os lo ruego!
nada!
"' El M. Por los •Kamis,! Este teme lo que mi muEl JlL } Adios! (Ell
d' . á
t )
t
jer haga y no me teme á mi. Sabes que me estás
La M Adios! ', se rnge 1ª puer
encolerizando con tu terquedad.
El M. Eh!. . . .
:
(Le amenaza con p!'garle).
La M. Qué deseais?
; ; C. Oh! Pues tendré que obedecer.
El M . Como os dije ya, acordaos que no hay que
El .Jf. No, no! tú te burlas de mi!
acercarse adonde estoy. E! texto Budhista dice terC. Oh! no seiior! No hay más remedio que obeminantemente: •Basta que un gato entre á la coci- deceros.
na para que el ser arrebatado por la abstracción,
El ]Jf. ¿De veras?
sea una imposibilidad. • De modo que por ningún
C. De veras, si!
motivo os acerqueis á mi.
El M. Bueno, pues entonces hazme el fa,·or de
La llf. No tengais el menor cuidado. Ni siquiera tomar mi Jugar.
pienso en hacerlo.
C. Porsupuesto; Jo haró puesto que lo manEl M. Bueno; entonces cuando la cle,·oción se dais.
cumpla volveremos á vernos.
El !Jf. Muy bien, muy bien. Estate quieto mienLa llf. En cuanto termine tenrlré el placer de Ye- tras yo arreglo lo necesario para ponerte en absros.
tracción.
El !Jf. } Adios!
C. Sereis obedecido.
La 111. Adios!
El III. Vamos! siéntate aquí.
C. Muchas gracias; es mucha honra!
ESCl!)XA IIJ.
El M. Bueno; ahora aunque temo que sea algo
El 1lfarido (riendo). De veras que son tontas las incómodo, hazme el favor de poner tu cabeza demujeres! Pensar que se regocija creyendo cierto bajo de este •manto de penitencia•
C. Sereis obedecido!
que voy á hacer penitencia una noche y un dla!
El
Jf. Bueno! casi está por demás recomendárEah! Tarókasha, Tarókasha!
telo; pero si á la vieja se le ocune decirte antes de
El Criado. Seiior!
mi regreso, que saques la cabeza del •manto de
El !Jf. Estás ahlil
penitencia,• no Jo hagas, por nada!
C. Por supuesto que no. No me descubriré por
ESGE NA IV,
nada; no tengais cuidado!
El Criado (entrando). Para servir á Ud!
El M: Pronto volveré.
El M. Mírate! Qué pronto has venido!
C. Por favor; no tardeis demasiado!
C. Parece que el amo está hoy de buen humor.
El 1l f. Cómo no he de estarlo! Figúrate que Hana
ESCEXA Y.
me ha dado una cita en su casa para esta noche.
El llfarido. Por fin he despachado! Sin duda llaPero como mi vieja ha olfateado algo, mi aventura
se dificulta .... Y he tenido que decirle que voy á na me espera con impaciencia! Me daré prisa por
•
entregarme á la penitencia de la Abstracción du- llegar!
rante una noche y un dla .... Buena invención,
ESCBINA VJ .
¿verdad?. . . . Para llevar á Cl\bo mi plan de ver á
Hana! ....
L a Mujer. Soy el ama de esta casa. Com prendí
C. De veras! es buena la invención!
perfectamente mi papel desde que ese intrigante
El ]Jf. Pero para llevarla á cabo, necesito que tú me pidió que no me acercara á él pretextando la
me ayudes un poco .... Cuento contigo, ¿verdad?
tal penitencia.- Pero hay algo sospechoso en esa
C. Dispensadme; pero quisiera saber cu~l serla marcada insistencia con que me repitió •De modo
mi ayuda.
que por ningún motivo os acercaréis á mi!• Por lo
El M. Oh! muy sencilla .... es que le he dicho íi tanto, voy á espiar ligeramente por un rin cón para
mi mujer que no se mezcle para nada en mis devo - ver cómo anda la casa. (Espiando) ¿Qué es eso?
ciones; pero siendo tan zorra como es, quién sabe Vamos que parece más incómodo de lo que yo mo
si no se ponga á espiar? En cuyo caso armarla un figuraba! (Entrando y acercándose).
mitote si no viera alguna señal de penitencia ....
Dispensadme, por favor .... me habíais dicho que
Por eso aunque dAndote una gran molestia quisie• no entrara y jamAs lo hubiera intentado; pero esra que me hicieras favor de tomar mi lugar hasta toy ,ansiosa, llena de cuidado y por eso he venimi vuelta. ·
do . ... No quereis salir de ese manto de penitencia
&lt;J. Oh! no serla molestia; pero llevaría tal rega• y tomar algo, aunque sea una taza de thé, para
ñada si la verdad se supiera, que mejor quiero ro• dar algún descanso á vuestra mente? (La persona
garos que me dispenseis ....
bajo el manto sacude negativamente la cabeza).
.El, M Qué disparate! Hazme el favor de tomar Haceis muy bien! Mi desobediencia entrando aquí
mi Jugar y te prometo que no permitiré que te re· después de tan terminantes recomendaciones pue•
de haber provocado vuestro enojo; pero dignaos
gañen!
C. Si! todo está. bien; pero suplico A Ud. que por e:tcu11ar mi atrevimiento y quitaos, para descansar,
eae manto! (La persona vuelve á sacudir la cabeza
esta vez me dispense ....

ª

ª·

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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con energla). :No debeis obstinaros y decirme que
no á. porfia, pues deseo que os quiteis eso. Yamos,
arrojadlo! ¿Jie oís? (Ella arranca el manto y Taró•
kasha aparPce). Cómo? tu aqul, canalla? Dónde está mi marido? No respotldes? l\Ie has oido?
El"CENA Vlf,

Rl Criado. AJ! mi ama! yo no sé nada!
La Jluje1·. Oh! Estoy furiosa! La rabia me sofoca. De seguro que se ha ido á casa de esa mujer!
y tú por qué no contestas? O me respondes ó te
ha¡;-o trizas!
El C. En ese caso lo confieso todo! El amo se ha
¡,Jo á casa de la Srita. llana!
La ,lf. Cómo! De la Sei'io1·ita, dices? Di mejor de
la harpía! Oh! q11é rabia! De veras ha ido á casa de
la tal Rana? .... De veras!
Rl Ci·iado. Sí seiíora, muy de veras!
La .ll. Oh! Cuando oigo que ha ido en casa de
esa, me quema la ira! Ah bribón! Ah hipócrita! (Estalla en gritos y sollozos .
El C. SI, mi ama, teneis razón para llorar!
La J[. Ah! No te me hubieras escapado si me hubieras querido enga11ar; pero puesto que todo has
confesado, te perdono! Puedes levantarte!
El C. Gracias! mil gracias! Sois muy buena!
La lll. Ahora cuéntame: Cómo estabas aquí?
El C. El amo me ordenó que me colocara en su
Jugar y aunque me repugnara, no podía hacer nada más que obedecer.
L a JI. Naturalmente! Ahora me vas á prestar tu
nyuda .... ¿quiei·eb?
F,/ C. Decidme para qué; os lo ruego!
La 11[. Es muy sencillo; vas á arreglar el manto sobro mí del mismo modo que tú lo tenlas,
¿eh? ....
El C. Oh! \' uestros deseos son órdenes; pero llev11rla tal rr"'aiíada si la verdad se supiera, que me•
jor quiero r~garos que me dispenseis!
La M. No, no! No le permitiré que te regañe; pero arréglame, ancla!
Rl C. Por favor! disprnsadme, os lo ruego!
La JI. Xo, n o! tienes que arreglarme y te prometo que n o permitiré te toqu e un pelo!
El C. Bueno, entonces, si él quiere maltratarme
cuento con vuestra intercesió n!
La JI. Por supuesto! Intercederó por ti; pero
arréglame; vamob!
El C. En ese caso, hacedme el favor de sentaros
a11ul.
La JI. Perfectamente.
E t C. Temo que sea incómodo, pero teneis que
colocar la cabeza bajo esto ....
L a ~lI. Hazme el favor de arreglarme de modo
que no se note la menor diferencia entre nosotros.
El C. Jamás lo notará. Así está divinamente.
La !JL Divinamente?
El C. Si. ...
L a M. Bien! entonces putides irte á d escansar!
El Criado. Sereis obedecida!
L a ,lL Oye, Tarókasha!
El C. Sí, señora.
La Jl Aunque salga sobrando el decírtelo, cui-

dado con ir á decirle que soy yo quien está aquí.
El C. Por supuesto que no. Buen cuidado tendré
de no hacerlo!
La M. He sabido q ue hace tiempo deseas uu cin•
turón de seda. Te daré uno que yo misma he bordado ....
El C. Ah! qué buena sois!
La llf. Ahora, véte á acostar!
El C. SI, seiiora!
ESCENA

vm.

El ~llarido (avanza desde el fondo del camino en
dirección á la casa, cantando lo siguiente) :
Campana de media noche!
Alondra de triste canto!
Os escucha indiferente
El que duerme solitario ....
Pero qué tristes r esuenan
Esos sones y esos cantos
Si una hermosa ha desceiíido
Su cinturón de damasco! . ...

No se borra de mi mente
S u rostro risueño y pálido
Ni sus rizos por el suei:io
Y el amor desordenados,
Cual del sauce los festones
Entre la brisa flotando ... .
Cual las ansias de mi ardient11
Corazón enamorado! ....
Y aunque como va el mundo, eso sucede raras
veces, Jo cierto es que la linda Rana á cada instante me preocupa más y más:
Cuando miré á mi Hana la vez primera
Fué en la estación florida de Primavera
Y aunque miles de flores ah! veía
Era la flor más linda la niiía mla!
l\1uy bien! muy bien! !leme aqui hablando como en sueiios, hecho un loco y mientras ese
pobre de Tarókasha está de seguro desesperado porque lleg ue. Hay que darse prisa! Y qué tal
me habrá substituido? La verdad es que estoy algo intranquilo .... (Entra á su casa). Hola, hola,
Tarókasha. Ya volví ¿eh? Ya esto,\· de vuelta! Heme aqul. ... ¡Pobre muchacho! el tiempo se te ha
de haber hecho bien largo, ¿no? Ahora (sentándose)
ya voy á quitarte el manto de penitencia; pero antes quiero contarte lo que IIana me ha dicho, porsupuesto si quieres oírlo. . . . Quieres, eh? (seña.les
de asentimien to bajo el man to). Ah! bueno! Puesto
que lo deseas, voy á contártelo todo: Pues me dí
cuanta prisa pude, pero aun así ya era entrada la
noche cuando llegué y me disponía á llamar preo•
cupado con la ansiedad de liana que en su soledad
pensarla quizás con el poeta chino:
i\Ie prometió venir, mas no ha llegado,
Triste es'cucho sonar hora tras hora. ....
Ese rúÍnor que en el silencio implora
Es el 'viénto ó es la voz de mi adorado? ....

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REVISTA MODERNA.
REVISTA MODERNA.

82

cuando de pronto escuché una voz dulcísima que
cantaba en sordina como temiendo ser oída:
Llega pronto amor mio!
Entrn los pinos vaga
Gimiendo el viento fdo,
Mi lámpara se apaga ... .
Llega pronto amor mio!
Y transido de ventura entonces, toqu(i discretamente la puerta, oyendo lo cual, ella se asomó preg untando entre la sombra: cqui(m está ah!? quién
está ahl?• Y como un aguacero torrencial se des
ataba en esos instantes, respondí cantando:
Preguntas , quién está ahh
Entrn el furioso aguacero?
Llegar sólo puedo as!
Yo que por Hana me muero,
Yo que me muero por ti!
A lo que Hana contestó:
Pruebas de que bien me adora
;\Je da el que as! se aventura!
Llega pronto, pues ahora
Te premiará mi ternura!
En vez de la sombra obscura
Arde mi lámpara aqul,
Y el edredón quo tendi,
Tibio, cual la lluvia es fria,
Promete dulce agonla
Al que se muere por mi! ....
y agregó: Seiior, dignaos pasar! Y con esas pala-

bras, descorrió la cortina, abrió la puerta y mientras la brisa de su jardln me cnvolvla en el perfume de todas las flores, apareció ella, diciéndome:
, Para serviros, señor, aunque no soy más que una
pobre campesina!• Y al instante cogidos de la mano entramos al @alón. . . Pero su primera pregunta: •¿quién está ahlP• me había hecho temer quo
estuviera jugando con baraja doble . . . Le volvi
la espalda y con gesto de reconvención lo dije que
tenla unas sospechas de que yo no era el único esperado y que esa idea amenguaba grandemente
mi placer .... Pero ah! qué encantadora es Han a!
Llegándose á. mi, llena de melindres y de halagos,
suspiró este canto en mi oido:
Por burlarme has encendido
En mi el amoroso fuego? ....
Dime por qué, te lo ruego,
A mi te acercas rendido
Y huraño te apartas luego ... ?
Por qué estlls enojado? :Mi juego no es doble, te
lo juro! Y luego preguntó que por qué no te habla
llevado, á ti, Tarókasha, conmigo; y al decirle por
qué causa te hablas quedado en casa, interrumpió:
Pobre! qué solo y qué triste debe estar! Este es el
caso de decir que •nadie sabe para quién trabaja&gt;
y quo •á la sombra del fresno crece el mastuer·
zo• .... Pobre muchacho! prometedme que sereis
un buen amo para él ya que tan bien se ha porta•
do! Eso es lo que Han a dijo de ti . . . . En cuanto á
mi mujer
. en los cien años que tiene la vieja

zorra nunca se le habla volado un pichón tan gordo! (movimiento frenético bajo el manto). Y luego
la linda Hana me sirvió vino y pasteles; mutuamente nos hicimos beber hasta que mutuamente
cansados, fuimos á reposar el mutuo cansancio.
Pero eso si, apenas rompió el alba y manifesté mi
propósito de volver á casa, motivando que la. linda
liana exclamara:
, Pensé haber dicho en el primer momento
Todo lo que anhelaba el alma mla!
Peró al olr tu cAdios• suspiro y siento
que no te he dicho na.da todavía!
.Mira, no seas malo! quédate otro poco! ....
Imposible! exclamé yo; tengo que volver :'L casll!
Todos los templos suenan ya sus campanas.
• Y no tienen corazón los crueles bonzos que Jan
tocan• prorrumpió Hana, • Y su hórrido ding-dong,
ding-do11g, es, además, una m entira, puesto que
tocan el repique de madrugada cuando apenas es
media noche (• . No ha cantado aún el pájaro del
alba y solo han graznado las aves de la sombra!
Pero á pesar de mis pesares y de los dulces argumentos de Hllna., tuve que hacerme el ánimo:
Y me ful con el pecho destrozado,
Murmurando un cAdios• en mi amargurn,
Por su dulce mirada acompañado
Entre las sombras de la noche obscura . . ..

•Volví el rostro! .... á lo lejos murmuraba
tTn tristisimo Adios el aura fria
Y en el cielo la luna se apagaba
Y mi amada vc:&gt;ntura se perdía! ....
Prorrumpe en sollozos,. Y así he vuelto; uo es
una inmensa desdicha? (Con llanto reprimido). Vamos! pero mi historia ha sido bien larga y tú debes
ei:tar muy molesto, pobre Tarókasha! quita ya ese
manto de penitencia! Arrójalo, ya no tengo nada
que decirte! Gracia~! oh divinidades!. ... Pero vamos! por qué no arrojas ese manto? ¿tendré que
quitártelo yo mismo? Pues vamos ... (Ti ra del
manto y bajo de él brinca su mujer).
ESCE:SA IX.

La ~lluje1·. Ah infame, ah traidor! Burlarse así
de mi! Irse en casa de Hana! Ah infame, ah traidor!
El Marido. Oh! eso no es cierto! Yo no he ido
en casa de Hana! Yo estaba cumpliendo mi peniteneia, yo .. ..
La M. Qué insolencia! Qué descaro! Decir que
hacia penitencia, cuando lo que ha hecho es decir
que nunca se le habla volado un pichón tan gordo
á la vieja zorra! La rabia me ahoga! La ira me
1•) Sin pretender estllbleccr comparaciones de todo punto
Inoportunas, lmposlblea. mejor, es curioso notar ta sorprendente semejanza que tos detAlles de esta despedida ofrecen
con tos de 1:,. escena de A dios de Romeo; Jull•ta. en ta. tragedia de Sbakespeare, observando de paso c¡ne P.&amp;ta e pieza bufo
japonesa, es casi una centuria anterior 1\ ta. nbra del Uu~tre
trAgleo.-J..J. T.

quema .... Ah tunante, burlarse asl de mi. (Persiguiendo á. su marido alrededor del escenario .
Et .lf. Xo es cierto, no es verdad! Xada he dicho
de ti. ... Perdón, perdón!!
La JI. Ah! la cólera me mat.. ! A dónde estabas,
pues, bandido, pica.ro, bribón!
Et Jf. ~lira! Cálmate y te lo digo! Estaba ..
pues estaba rogando por ti y por mi. . . . por los
dos! .... en la pagoda de los Quinientos Disclpulos .... en Tsukushi ....
La Jf. Ah! desvergonzado! ah bribón! en la pll·
goda de los Quinientos Discipulos? á doscientas le¡ruas de aquí?. . .

El l,[. Perdón, perdón, perdón!. ...
Sale de la casa á escape
L a .lf. Detenedlo! detened á ese mal marido, á
ese pica.ro sin religión ... á ese canalla sin principios ....

TELON.
Traducido del original japonés titulado genéricamente:
cN OU KIYAU- GE~• por
Jos1:, Jt·AN TABLADA.

EL TIMBRE DE ALARMA.
Uuberto estaba. solo en el departamento. El tren
á todo vapor corría. Quemaba las estaciones, cortaba el viento, saltaba. los puentes y hendía las pra.•
deras. Se sumergía bajo los túneles y volvía á aparecer en los bosques llenos de luz. Alternaban sordos vaivenes con la trepidación de los carriles, y el
ruido de hierro de la carrera se modulaba en un rit·
mo obstinado, que obcecaba junto con el gorjeo de
los vientos. Huberto, cuyos nervios estaban un poco irritados, porque estaba convaleciente, cometió
el error de entregarse al análisis de las sensaciones
especiales provocadas por el galopar del tren.
Viendo huir los árboles y los taludes en sentido
inverso, y subir y descender los hilos del telégrafo,
sintió á la larga una especie de Yértigo. En ocasiones, un relámpago blanco lo deslumbraba: la casucha de un gua.rdavlas ó la rugosidad de un muro.
Sombras de nube volaban sobre la tierra ó seguían
caldas de sombras, como á. la carrera, después de
orlas de claridad. Hacia buen tiempo, la campi11a
estaba en flor, y los bosques, matizados aún de ro•
jo, re,·erdccian. Parajes encantadores, paradas alegres, frescuras de descanso aparecían, fulguraban,
desvaneciéndose Juego. Y Iluberto sufría. casi con
aquel desgarramiento rápido, con aquella sucesión
de frívolos deseos y de nimios sueños, que el tren,
en su carr&lt;'ra loca, mataba en él apenas nacidos.
Se absorbió, prefiriendo no mirar ya hacia fuera,
en la c:intrmplación del vagón: acariciaba suave•
mente el paño de los cojines, contaba las flores de
las tapicorlas, observaba el falso lujo anónimo del
drpartamt&gt;uto de PrimPra que ocupaba. Sufría por
estar solo. La presencia de otros viajeros, de viajeros con~tantcs, sentados alll, ayer, y que subirlan
quizá en la próxima estación, lo era evocada por los
asientos vacíos. El olor á cuero de los cojines sugería la turba de sueiios ahl dormidos, de existencias
furtivas que hablan atravesado aquel vagón. La
impersonalidad del sitio, poblado de vagas remero
branzas, lo obcecó como esos cuartos amueblados
de hotel, donde no se duerme más que una noche.
A poco una inquietud aumentó su malestar. Las
ventanillas trian¡,ulares parecíiQ. ¡in ojo que espía-

ba. La idea de que se le pudiese observar le disgustó. Levantóse, y maquinalmente miró, por las
pequeñas vidriera~, hacia los departamentos vecinos. Uno estaba desocupado. En el otro habla dos
personas: enfrnnto de una. mujer, de la que no vela
más que la nuca bajo un gran sombrero de paja,
un hombre de porte vulgar platicaba, á la. vez que
comla un bizcocho. Casualmente encontró la mirada de 11qud hombre, se creyó adivinado, sorprendido cm flagrante delito de espionaje, y se ocultó
lleno de confusión.
Abrió un libro y quiso leer, pero las lineas brincaban bajo sus ojos; las palabras, privadas de la
magia que las anima y aviva su sentido, le parecieron sin vida, sin interés, muer'.as. Quiso pensar,
pero la idea que creía tener comenzó á correr sin
que lograse alcanzarla, y le pareció entonces que
se lanz11.ba tras ella. con el ímpetu vertiginoso del
tren. ¿En qué pensaba? se preguntó. Y se le figuraba atrapar al vuelo su idea, sin que lo consiguiera.
Como desde su enfermedad tenia frecuentes pérdidas de memoria, creyó ver ~n aquel ligero accidente, una especie de decadencia precoz, y el malestar que experimentaba se tornó casi en angustia.
Reflexionando, se echó en cara su puerilidad y
quiso dormir. Pero un zumbido ritma.do llenaba
sus oldos de ondas sonoras; parecíale zozobrar entre olas estruendosas, en medio de estrépitos de
tempestad; precipitado al mar as! borbotaría el
agua, furibunda y rugiente en sus oidos. Y de aquella sugestión surgía, aunque improbable, uu sentí•
miento de peligro.
Voh·ió á abrir los ojos: ásperos silbidos, estridentes y largos, escapados dol tren loco, simulaban un
grito de angustia. Pensó Huberto en un choque
de trenes, en la sacudida horrible y en el aplastamiento asqueroso que serla aquél, bajo un sol de
Abril, bajo el cielo azul y fres co, donde flotaban nu•
bes blancas y ligeras. De un vistazo abarcó el niti·
tlo paisaje, y un enternecimiento casi mórbido le
empapó de lágrimas los ojos, hizo con-er el calosfrío á lo largo de su espalda. Decididamente, la so-

�84

Jedad en nada le aprovechaba; pensaba mucho, y
en cosas malsanas. Fastidio ó distracción, más le
habría valido la compañia. de otros vi11jeros.
Se puso triste: cuando de esa manera se abando·
naba á. si mismo, sus pensamientos torná.bansc
sombrlos. Aunque no tuviese una razón particular
para ser desgraciado, una postración de debilidad
y de impotencia lo amagaba., revida en él la tris•
teza de tentativas frustradas, de esperanzas traicionadas, enturbiaba su alma el fango removido.
Entonces meditaba en lo poco que la Yida vale, y
cuán pronto pasa y va á arrojarse, lenta.mente ó
con saltos bruscos, á la muerte.
La muerte, á veces informulada, callada, abo•
gada en él, era la que formaha el fondo ele sus en·
sueños turbios como todo lo misterioso y terrorífi•
co que se ve agitar en la noche, en un fondo de ti·
nieblas: rumor de un paso, roce de una presencia.
Frecuentemente, parecíale que la muerte estaba
alli, como un sér material, tras él, que le soplaba
en el cuello, y presa de indecible terror, permanecla
quieto, encogido, no osando volver la cabeza.
El tren corrla más a.prisa, siempre más aprisa; y
habla en aquella rapidez algo de inexplicable, de
ilógico, cuya obsesión empujaba á la pesadilla.
Las ondas sonoras precipitaban su ritmo martillado. El vagón temblaba y jadeaba; campos, bosques,
aldeas, rlos, no aparecían ya más que como imá·
genes de limbos, á. través de una nube de ceniza y
de humo. Puesto el sol, todo, súbitamente se eane·
greció. Par.icía.Ie á. Huberto que su vista disminuia;
sintió frío en el alma. ¿Qué significaba aquella fu.
ga. desolada, sino el ímpetu simbólico de una ver
tiginosa carrera hacia la muerte?
Y era verdad: de una ó de otra manera, Huberto
rodaba hacia el abismo; ca.da segundo, cada vaivén,
cada rugido lo aproximaba á la calda, como el
hombre arrastrado en las enormes a.guas del Niágara ve desvane::erse las riberas, eoner el cielo,
c,scilar el mundo, ·y .se hunde, pavesa girante de
catarata. Lanzó un grito, y con el corazón pal pi.
tante, con las sienes convulsas, cayó, se sintió lite·
ralmente caer en la sima, como en sueños, y asom•
bra.do de vivir aún, se encontró, algunos iastant!'s
después, todo lastimado por un quebrantamiento
imaginario, sobre los cojines.
:\Iaquinalmente, su mano hurgó en un saco de
viaje buscando un frasco de sales ó de éter: n:&gt; en·
contró nada. Entonces su angustia cambió de ca·
rácter; volviendo instintivamente la vista hacia el
timbre de alarma que se suena en los casos desesperados, habla pensado: •Supongamos que me sin·
tiera mal, que fuera á desfallecer: tendrfa el recur-

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REVISTA~ 1\10 DERN A.

REVISTA MODERNA.
so de llamar.• Pero no lo babia acabado de pensar,
cuando la imposibilidad de llamar lo confundió con
una evidencia sin réplica: •l\Ie atreveria, aún moribundo, á sonar ese timbre, á. detener el tren lanzado á toda velocidad, á afrontar el espanto, la sorpresa de los empleados y de los viajeros? Seria un
desorden terrible.•
¡Pensamiento impertinente! ¡importuno análisis!
Desde que concibió la idea de que podría, si quisiera, librarse de su absurda y horrible angustia., haciendo detener el tren, le atenaceó el corazón un
deseo loco, acompañado de una impulsión irresistible. Se decía: «Si un asesino se introdujese aqul, en
este instante, y se arrojara sobre mi, ¿vacila.ria yo
acaso?• Y luego esta duda, mil.s enloquecedora aún
que semejante terror: •Pero, ¿~onada el timbre?
¿Funcionaria el mecanismo? ¿Llegarían á tiempo
para salvarme?•
Dicho esto, fué perdido: la necesidad de sabe1·,
de saber inmediatamente, á cualquier precio, lo hos·
tigó con un deseo de mujer preñada. Y aunque se
decia: , Soy ridículo, lo que hago es idiota,• se le•
vantó á sonar el timbre. Todavia ante él, se dijo,
como herido por el vértigo, entre el estruendo y el
galope del tren: •Pero,¿por qué, por qué hago esto,
estoy Joco acaso?• Y asi pensando, frenéticamente,
desesperadamente, tiraba del puño de cobre hasta
arrancarlo, en una honipilación exquisita y atroz.
Ilecho lo cual, y satisfecho su impulso, tornó á.
sentarse, tranquilo; se habla hecho en él un gran
silencio; y le volvía su aplomo. En el estribo, é in•
clinándose, espió con desinteresada curiosidad Jo
que iba á suceder como si se tratase de un extra.
ño. Bruscamente apre:ados los frenos, patinó el
tren un centenar de metros y murió lentamente, enmedio de espantosa sacudida. Precipitábanse las
cabezas, alarmadas, fuera de los ,·agones. Al ins•
pector que acudía, respondió Huberto con mucha
flema:
-Me fastidiaba, y queda cambiar de vagón.
Lo que ejecutó, con bastante tranquilidad, subiendo de preferencia á un departamento donde
habla señoras.
Llegado á Lyon, se le hizo sufrir un interrogato•
rio; ¿era un loco ó un pésimo bromista? Interpelado por el jefe de estación para que justificara su
acto, respondió con aire cortés, discreto y e,·asivo,
pero un poco fastidiado:
- Era para ve1· si se detenia el tren.
Como era rico, bien emparentado, y daba altas
referencias, fué absuelto mediante una fuerte multa que pagó galantemente.
Y desde entonces evita Yiaja1· solo.
PAu1, MARGUERlTTE.

-

JvuoRvHA~ ~ol·

~--:.;;~==::==:::~-~..-J_,....,---~......___ ·-,

~--.........

LAS TRES APOTEOSIS DE MARGARITA.
I

II

.AURORA.

CENIT.

Ebrio de amor la recibí de hinojos,

Era la juventud, mi mente ardía,
La sangre mis arterias martillaba,
Y mis potencias férvidas llenaba
La expectación de un suspirado dia.

Tode el perfume de su vida santa
)le dió en el cáliz de sus labios rojos.

Sediento de ideal y poesía,
Con fulgores y esencias me embriagaba,
Y loco por la gloria, deliraba
Con lauro y luz para la frente mia.

Y de lauro ciiíendo mis antojos,
Me cercó de esa fe que todo encanta,
Y flores arrojó bajo mi planta,
Y me envolvió en la gloria de sus ojos.

Súbito, del oriente de alba pura
Donde el ensueño dibujó sus trazos,
Surgió una virgen de sin par blancura,

:¡;;.,.ida invicta contra el duelo impío,
)lis ~ristes noches esmaltó de albores
Y llenó de honra y prez el hogar mio;

Y de nubes y luz venciendo lazos,
Bajó hasta mi radiante de hermosura
Y ¡te amo! dijo, y me tendió los brazos,

Yo un altar la erigí de mirto y flores,
Y al rendir á sus plantas mi albedrío,
La coroné con todos mis amores.

Y ella, para pagar ternura tanta,

lII
OCASO.

¿Cómo, ensueño, en Jo azul te deshiciste?
¿A qué estrella, ilusión, tendiste el vuelo?
¡Qué paralso con tu amor el suelo!
Y el vasto mundo sin tu amor ¡qué triste!
Como el sol al morir púrpura viste,
Cuando rasgaste de la vida el velo,
Estallar pareció el zafir del cielo
En un volcán de luz, donde te hundiste.
Con pálido fulgor de lloro ardiente
Orné tu sien de nítido alabastro.
Y con mis lauros tu ala refulgente;

Y, de todo placer perdido el rastro,
Sólo quedó en la noche de mi mente
Tu recuerdo, brillando como un astro.
Guadalajara, Diciembre 27 de 1900.

JosÉ LÓPEZ PORTILLO Y ROJAS.

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REVISTA MODERNA.

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1
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1
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!
·~

TRES SONETOS.
II
~SPERANZA-

FE-

Faro de los abismos, alba pura
Dd un santo amauecel', que en alto brillas,
Luz de las almas buenas y sencillas
A quienes sed de inmensiclad apura:
Por ti, cel'cado de la noche obscura,
Triunfos canto y espel'o de rodillas
La explosión de:soñadas maravillas
En los hondos arcanos de la altura.
l\Ii fuerza es)l a.mol', afán sagrado,
l\Iis alas son las ansias del deseo
Y mi suspiro un himno á lo ignorado;
Y en pos de un sol que siento, aunquo no veo,
Ante el Misterio augusto confiado,
Beso el humilde pol,o, adoro y Cl'eo.

No hubo desdicha ni pasión bastarda
Que no me bil'iesen con su dardo impío:
Desengaño, dolor, desdén y hastio
La tumba abrieron que mis sueños guarda.
La paz que tanto en sonreírme tarda,
Es el laurel que fatigado ansio,
Como la tierra que abrasó el estío
Frescor de lluvia con afán agual'da.
¡Perecer es triunfar! La tumba es puerta
Al infinito y á la luz abierta
En esta cárcel de baldón y escoria.
¡Yenid, penas y abrojos de la vida,
De pie os aguardo, con la frente erguida,
Que es el dolor crisálida de gloria!

•

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·
•,11 " I alma penetra má
.., el- canto.
.
's que
i'iunca
Bajo
la d pensé
I
q u e se llorara tanto
·En el f ud ce esplendidez del cli11:
i
on o de amor d 1 1
Infinita piedad Iiay para
e el
ama
mla,
llanto!
Señor, concede sombr
Amparo a l niüo . h a al peregrino,
v
sin orrai· 0 ·
d
i paz á todo a
. que
º sufre
i ma re
que!
angustia:
. Mas si llorar es su fatal
.
.
Cuando los ames ¡\ tu se desuno,
.
II
Corona de astro
no 10h Padn•!
s su cabeza mustia.
Octubre 15 de 1899.
Jo.SÉ

l;ÚPEZ POR;1LL&lt; 1

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REVISTA MODERNA

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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      <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 5, Marzo, Primera quincena</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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REVISTA MODERNA.

NUPCIAL.

.MÉXICO,

ARo lV

QUINCENA DE :FEBRERO DE

1901

REVISTA MODERNA
ARTE

I
Como una flor rosada, la novia, bajó el diáfano
Cendal que al pelo rubio sujeta la corona,
Frente al altar solemne y entre el incienso mlstico
A las delicias intimas de un sueño se abandona,
Y al novio que la mira, no puede sonrelr.

2'\

OlREC TOH: ,JESUS F,. YALENZUELA,

Y

CIENCIA.
.J FFE DE HEJ)ACC'IO:--: J l.·.Sl '8 lJRUETA.

Y la esperanza
De besos puros,
Que á los futuros
Dlas la avanza,
Y la hace huir
A las fantástica
Horas cercanas,
Vibra en las músicas
De las campanas!
Entre las copas frágiles espira la cbampaila,
En la enervante atmósfera flota un olor de fiesta,
El vals ondula y bulle, y agitanso las últimas
Parejas á los sones lejanos de la orquesta¡
El nupcial cortl'jo se aleja y va á partir!
Y la importuna
MelancoUa
Del muerto dla
Que hace la luna
Lenta, surgh·
Del cielo pálido
Por los confines,
Yibra en las músicas
De los violines!

II
MIO NIGHT DREA:MB.
Anoche, estando solo y ya medio dormido,
Mis sueños de otras épocas se me han aparecido¡
Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrlas
Y de felicidades que nunca ban sido rolas,
Se fueron acercando eu lentas procesiones
Y de la alcoba obscura poblaron los rincones.
Hubo un silencio grave en todo el aposento
Y en el reloj el péndulo detúvose al momento.
La fragancia indecisa de un olor olvidado,
Llegó como un fastasma y me habló del pasado.
Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
Y o! voces oldas ya no recuerdo dónde.

. . .. . . . . . . .. .. .. .. . . .. . . .. .. . . .. . . .. ... . .. . . .. ..
Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
Se fueron alejando sin hacerme ruido
Y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra,
Y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra!
JOSÉ

)U~cAnA OF.: SÁTIRO. - :'III GUEL ANOEl,.-FLORE:SC!A.

ASUNCIÓN SILVA, el Precursor.
¡.

Ti¡&gt;. tlt J&gt;11Ll1í11.

�REVISTA MODERNA.
REVISTA MODERNA.

58

DISCURSO PRONUNCIADO
ENEL

FESTIVAL ASTISTICO QUE ORGANIZO LA "REVISTA MODERNA,"
EN HOMENAJE AL

DUQUE JOB,

r, A Nocm; DEL

El venerable que en el refectorio dt\ Santa llfa•
ría delle Grazie pintó el fresco evangélico del Cenáculo, Leonardo el sabio, decla: •Ay del disclpulo
que no supera á su maestro!•
El degenerado sublime que vagaba en Sorrento
cantando la epopeya de los cruzados, Torcuato
Tasso, exclamó en uno de sus dlas de fiebre y de
videncia: , Sólo son creadores DioR y el Poeta!•

SEÑORAS y SEÑORES:

Es :Manuel Gutiérrez Nájera un hombre de una
belleza moral extraordinaria: belleza que calienta
, alumbra intensamente su rica obra de arte lite~·ario, como un sol sin tramonto irradiando sobre
una flora sin invierno, y que hizo del versificador
elegante un poeta, un poeta santo y puro, que al
recoger en la metáfora las verdades esenciales de
la vida, apagó odios, encendió esperanzas, elaboró piedades y difundió perdones, constelando sus
versos con las almas de luz de las vlrgenes cristianas, y rematando las alturas de su llrica con una
Estrofa de divino amor, que como el Angel de oro
que abre las !'las en la punta del campanile de San
:Mat·co, parece volar hacia el cielo venturoso!
Poeta santo y puro, si. No entiendo la poesía sin
el alma, no comprendo el arte sin el amor. Bajando á las profundidades donde se generan las pavuras que luego serán herolsmos, las blasfemias que
lutgo serán oraciones, los gritos que luego serán
músicas, los despojos que luego serán justicias, los
dolores que luego serán religiones, los odios que
luego scrau frateruidades, 1011 crlmenes que lutgo
serán virtudes, las muertet1 que luego serán vidas;
penetrando con Shakellpeare, con Dante, con Spencer, con Toh,toi, á. la caverna del Instinto repleta
de larvas pavorosas, y ascendiendo con ellos, de
etapa en etapa, de mt:tamórfosis en metamórfosis,
de tipo en tipv, ha~ta la verdad que ei,plende, basta la virtud qu" lu~tra, luu,ta la bt'llt'za que canta,
11e cuw¡,n:n,lc la umdaut dd e~futit zu que A través
dd inhultv mat LlllU y dti ta ettll'Ull gtvria ltl hace crecer el Alma á. la hu111auidad, que á 11emt'janza del
grupo bimbólico de Augusto Hodin, emprnza 11iendo el 111\tiro que ariabtn~ en t:I faugal liU pezuña inmunda, conttuúa lliendo el bombrn que abraza sus
piedades 1\ la cruz, y termina siendo el dios que
clava l' ll .a visión luminosa de las redenciones sus
ojos adorantes!
Amo1 ! ei; la palabra que recogemos de todas las
tllosoflat1 4ut1 t1e buicidan, de todas las civilizacio-

3

DB l ' RilRERO DE

1901.

nes que se derrumban; amor es la leche que nos da
el seno de la madre, la miel que nos escancia la boca de la amada¡ amor es la ciencia; amo1· es la naturaleza; amor es la poesla¡ amor es á veces el odio
mismo, porque hay odios benditos; amor es casi
siempre el dolor, porque hay dolores envidiable~;
amor eres tú, Laooconte trágico, y tú, tranquilo
Apoximenos; amor es Satán que se rebela; amor
es Dios que perdona!
La obra literaria de Manuel Gutiét-rez NAjera es
una obra de fraternidad: contagia, liga, funde. No
conozco una sola linea suya que nos deje frlos. Nos
toma el corazón, y nos hace pasar de la sonrisa á
la lágrima, removiendo nuestras memorias y agitando nuestras aspiraciones¡ como un hermano,
posa su caricia sobre nuestras tristezas, deja su
lágrima en nuestras urnas, dobla la rodilla ante
nuestra fe; como un amigo, nos brinda en el festival la copa de oro de Ganimedes donde han bebido
las diosas de ojos ollmpicos y los aedas de cantos
pindáricos; de los marcos lujosos de su prosa nos
miran dulcemente las madonas rafaelescas, divinas
de belleza y humanas de pasión; de su verso polifono brota el cortejo de las Harmonlas,-Ias de ojos
castos como la fascinación de una quimera, con
frescos tintes de nardo en la mejilla, que echan A
juguetear en campo de flores el tropel de las borbollantes l'isas; las que ungidas de perfumes para
no dar náuseas, con el pe::ado que las muerde en
los flancos, vierten vino á todos los apetitos y besos á. todas las lascivias; las que rápidas, sangrientas, minervinas, cabelleras al aire como flAmulati,
rotas las espadas, desgarradas las clámides, atra·
viesan el tablado de la Tragedia humana, clamorosas como la cólera de Aquileo recorriendo con su
sonante sandalia el campo épico de Ilion, al compás de los venerables hexámetros homéricos! ... . .
Sufrió lo bastante para poder consolar con su palabra piadosa é irónica, musicando toda su juventud en perfectos ritmos, ecos del sagrado metro universal que puso vaivenes azules en el mar, pausas
sinfónicas en el cielo y adoraciones !!ricas en el alma.- Es Guitiérrez Nájera un Anakreonte cristiano que bañó con mirras de Marta de Galilea la cabellera voluptuosa de la Musa griega.-Como el
divino Alfredo, en sus noches de Diciembre vela
junto á él un pálido enlutado que ese le asemejaba
como un hermano,• y su estancia se cubrla entonces de melancollas dolientes coronadas de estrellas
mlsticas¡ pero cuando la naturaleza en primavera
lo despertaba con los almos coros de las selvas y
con los destellos extAticos de los horizontt:S, su ver-

so se ,·oleaba de los búcaros de Flora sobre los tálamos del amor!- Era un convidado del Dolor: se le
vela oficiando bajo las bóvedas de las cartujas, en
meditación ante las sepulturas yacentes. Sollozaba
en ell•gias virginales sus tristezas y sus desilusiones, pero sin maldecil· la lucha cruel, sin temores,
sin angustias, resignado frente al problema incognoscible, viendo á. la muerte como una buena hermana de la vida, tierna, Inefable, consoladora, con
su regazo suavísimo de sueño y de olvido . . .. . . .
-También era un invitado, y asiduo, de la Locura. A esto debió ser siempre jo,•en, pues como dice
Erasmo de Rotterdam, «es en vano que los estúpidos mortales demanden juventud á Medea, á Circe
ó á Venus; sólo la jovial locura puede conceder tan
envidiable beneficio.• En la brillante mesa del palacio imperial de la graciosa reina, al lado de trovadores, de sabios, de moralistas, de metafísicos y
de clérigos, bebla el satyrion, brebsje que confecciona Afrodita, la blanca diosa de pulidas manos,
con los jugos secretos de las secretas rosas del placer; y ese zumo de corolas femeninas que desliga
la elocuente alabanza y que hace chispear los deseos traviesos, desborda, nectárico, de la Oda brere, con que el poeta adorante consagró su vida á
la inmortal belleza de la forma, sacándola pura y
casta de los taperujos de la bipocresla, como surge
de los ropajes del mármol de Milo el desnudo y altivo busto de inviolados senos, con la gloria irra·
diante de una hostia sobre los altares del arte!
Piadoso é irónico, Gutiét-rez Nájera e11 un educador de nuestro corazón. Vive en el amor de la juventud que preserva de todo polvo ingrato su esplritu harmonioso. Su poesla levanta, conforta, ennoblece, salpica ideales. Si os abruma el desencanto, si os grita la venganza, si os envuelve el tedio
con 11us neblinas frias, si la vulgaridad del profano
os desespera y la envidia del impotente os ensucia,
leed al Du4ue Job, oo importa qué, versos querlan,
versos que besen, versos que lloren, y se restablecerá el equilibrio de vuestros esplritus en la suprema conjunción del amor y de la vida.-Cuando lo
pongamos en contacto con el pueblo, no democm·
tizando sino humanizando su arte incomparable,
por medio de lecturas públicas que siembren los
gérmenes de la poesla en el alma nacional; cuando
hagamos e:,to con todos nue:;tros poeta~, cret:dme,
se l.Onseguin~ mb que enju t1111,lo, secando, anemiando en las t'ijCuelas los indefensos espi1 itus de
los niños. El gran maestro es el cantor, es decir, el
poeta. Martln Lutero escribió ASeníels el 14 de Octubre de 15·¡0 que •no es un buen maestro el que
no sabe cantar • Dándole á esta frase toda su amplitud artli,,tica, es una verdad innegable. En ese
sentido, el Duque Job es un maestro. El ritmo es la
obra más alta del amor, y sin el amor no arraiga la
enseftanza. El poeta es el supremo educador, por·
que es el supremo sugestionador. Preguntando Panoenos á F idias qué forma iba á dará la estatua de
Júpiter, el escultor recitaba este fragmento de la
Rapsodia: «El hijo de Saturno, frunciendo las negras cejas, hizo una señal de promesa; luego, la cabellera divina se agitó sobre la cabeza inmóvil del
Rey, y el Olimpo se bamboleó estremecido.• Asi fué
la estatua, augusta y terrible.-La ciencia es lenta

59

porque es analltica; el arte es rápido porque es sin·
tético. Hoy el psiquiatra estudia á Shakespeare, el
criminologista estudia á DostoYevsky. La verdad
es belleza, la belleza es verdad. La ciencia y la poesia se juntan en una sola acción, tienden A un sólo
ideal: la elaboración lenta, dolorosa, trágica, del
amor. Crear amor, crear fraternidad: he aquí el objeto y el fin de todo el esfuerzo humano.
Y si Gutiérrez Ná.jera superó á sus maestros, fué
porque con sentimiento más depurado y con forma
más simple, pudo crear mucha simpatla, mucho
bien, mucha belleza, aumentando el caudal moral
de su pueblo. En la sátira, en la crónica, en el poema, en el cuento, en la charla, fué dulce y apasio·
nado, ligero y fuerte, humano siempre, creyendo
que su misión de cantar alegrías y tristezas era
una misión religiosa que debla cumplir aun á cos·
ta de su sangre y de su vida. Dispersarse, difun·
dirse, alimentar con su propia alma á los otros,
perfumar, iluminar, rimar . . .. , eso hizo.-Claro es
que los empresarios de hecatombes de puercos para hace1· jamón y los empresarios de hecatombes
de gente para hacer gloria, tienen por el arte musical un desprecio tan grande como sus fortunas
bancarias ó como sus pompas reales. Mejor. En
cambio, los selectos admiran y las muchedumbres
sienten; las ralees de todo arte están en el alma colectiva que nutre con su savia prollfica de pasión y
de fe los brotes florales del verso paradisiaco. Sabemos que el valor moral de un poema es incalculable; sabemos que el manto que cuelga de los hombros de la humanidad está tejido con impt:riales
metáforas; sabemos que los inmortales bajan siempre de la montaña de cristal para conversar con
Platón y con Sófocles, á la sombra de los laureles
áticos; sabemos que la poesla preside los grandes
desastres renovadores que empapan de sangre y de
gloria las crónicas formidables de nuestro mundo;
sabemos, en suma, que dijo bien el Tasso cuanrlo
dijo que sólo son capaces de creat· Dios y el Poeta!
SEÑORES:

El arte de Manuel Gutiérrez ~ájera,-ese hombre
&lt;le extraordinaria bt'lleza moral-no alcanzó la sonoridad monocorde y pr11fé1ic1t rle lns bardos revo1ucionarios que sohrn la torm,•nta lauzan las clán·
sula,; ardit'utes del o Rcu l,•; i,,u obra no chocó con
ninguna iuiquidatl, no st~ pl't'cipitó al combate y á
la batalla; sus versos no tuvit'ron ali-tazos de águilas bravas¡ el casco formidable de Ayax indómito
no aparece entre la polvareda de los hoplitas y de
los carros . .. . Pero vosotros, los que herederos de
su sentimiento y de su forma, tenéis el deber de superarlo; vosotros que recibls en las conciencias el
aliento de mil legiones que comienzan á demandar
revindicación¡ vosotros elaboraréis más amor, crearéis más fraternidad, sintiendo que la •voz de todo
lo que duerme,• el non omnis moriar, verbo de los
muertos ilustres, os empuja, con la irresistible fuerza que tiene el esplritu inmortal, hacia el sacrificio
fascinante. Iréis, coronados de bendiciones, entonando la palabra de Zola:
• Vamos A. la humanidad, á la verdad, á !ajusticia!,
Febrero 3- 1901.
JEl&gt;óS URUETA.

�REVISTA MODERNA.
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REVISTA MODERNA.

NON OMNIS MORIAR.
¡No moriré del todo, amiga mla!
De mi ondulante esplritu disperso
Algo, en la uma diáfana del verso,
Piadosa guardará la Poesla.

No moriró del todo! Cuaudo herido
Caiga á los golpes del dolor humano,
Ligera tú, del campo entenebrido
LevantarAs al moribundo hermano.

Tal vez entonces por la boca inerme
Que muda aspire la infinita calma,
Oigas la voz de todo lo que duerme
Con los ojos abiertos en mi alma!

Hondos recuerdos de fugaces dlas,
Ternezas tristes que suspiran solaf;
PAlidas, enfermizas alegrías
Sollozando al compás de las violas .. . .

Todo lo que medroso oculta el hombre
Se escapará, vibrante, del poeta,
En áureo ritmo de oración secreta
Que invoque en cada cláusula tu nombre

Y acaso adviertas que de modo extraño
Suenan mis versos en tu oldo atento,
Y en el cristal, que con mi soplo empaño,
l\Iires aparecer mi pensamiento.

Al ver entonces lo que yo soñaba,
Dirái de mi errabunda poesía:
-Era triste, vulgar lo que cantaba ... .
¡:\las, qué canción tan bella la que ola!

Y p,,rque alzo en tu recuerdo notas
Del coro universal, vh'ido y almo;
Y porque brillan lágrimas ignotas
En el amargo cáliz de mi salmo;

Porque existe la Santa Poesía
Y en ella irradias tú, mientras disperso
Atomo de mi sér esconda el verso,
No moriré del todo, amiga mia!

1893.
M. Gt:TJÉRRl!.Z NÁ.JERA.

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REVISTA MODERNA.
REVISTA MODERNA.

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J n oRvuAS jol

nificó el amor y el entusiasmo con que el alma de
todos los auditores se unla á aquella apologla fo1·mulada tan felizmente.
Y aquellas damas, aquellas mujeres hermosas que
lloraban ó sonrelan cuando Urbina leyó la soberbia prosa del llorado maestro: •Otelo-Yago- Desdémona? .. .. • ó que perdlan su mirada soñadora
y húmeda en las blancas nébulas del tul que Chucho Contreras prendió á tl'avés de su elegante, sobria y simbólica decoración?
Los músicos tal vez, ataron al mármol de la amada memoria el crespón más sombrio! Con alaridos
de voz humana, con los gritos de una Niobe incon·
solable sollozó el violoncello de Espinosa, y Godard
magistralmente elevó las puras notas de su voz en la
desoladora, en la desesperante Elegla de Massenet
Muirón fué un maestro en el piano, Garcla Sagredo
ució sus dotes y su noble escuela, y Martinez dijo

una Romanza de amor que deshizo en el ambiente
recogido de la sala, el alma Sl:'nsual y galante, e l
alma erótica y delicada del poeta llorado

•••

Todos los dobles de la ideal campana silenciosa
que congregó á los dolientes, resonó, como bajo una
bóveda sonora, en la piedad de aquello!! corazones,
y todos los versos, todas las sonoras cláusulas, to•
das las dolientes melodlas que en aquel ft'stival bro·
taron, tuvieron un eco en aquellas almas perfuma
das con un hálito de Ideal, y vibrantes y tensas bajo el áureo plectro del Arte.
La ,Revista Moderna• se enorgullece porque, al
llorar al gran Poeta, pudo agrupar junto al suyo el dolor de tantas almas nobles y porque ha sabido que el clarln de oro del Ideal puede vibrar despertando ecos y sembrando harmonlas en el silen·
cío de las almas!

1

AL DUQUE JOB,

LA f~[;VIGTA MoDt; rNA
ftJU ÍSTICo OLJ~ ~A oRGANIZAOo

f 'EBRERo 3 Of.18'.}5

rn

INVITA Á UD· AL ~[STlvAL
WoMrnAJ~ AL OUQ U~ JOB·

A LAS 8 · P,M

FEB~ERo J Df 19ol

EL FKSTIVAL DE "RKVISTA MODERNA."

Una Noche de Domingo! Los teatros, los circos,
las salas de espectáculos abrlan sus puertas sugestionando la imaginación de ese gros Jmblic que llora cronoló¡:icamente y se solaza con el reloj en la
mano. Aqul en el céntrico coliseo una multitud que
mira sin asco la parodia de las pasiones humanas y
el simulacro erótico de un galán sietemesino y los
remilgos de una traviata impúber que hace el po1·t
d'arme y sabe se fendre como una otoñal hetaira
allá bajo las frondas pecadoras que aclaran las incandescentes aspas del Jfoulin Rouge .. . . Por otro
lado Barnum y sus fieras y su troupe japonesa y el
clown perenne y la eterna ecuyere .. . . La oronda
burguesla se solazaba aquella noche de Domingo!
)lientras, en un salón que es un lararium para los
ritos del Arte y un Buen Retiro para los devotos de
la estética, una ideal y plañidera campana sonaba
un hondo doble sobre el féretro de un prlncipe de
las letras, en la cripta sonora donde ya glorificado
clescansa de su congojosa y trágica vida terrestre,
ese prócer del Arte que se llamó el Duque Job!
En medio del soez tumulto dominguero que lleno
de rlspidas notas resbalaba sobre el asfalto de calles y avenidas, un piadoso cortejo se dirigla a la
Sala Wagner, a ese santuario donde tantas veces
ha oficiado la Belleza y entre cuyas escocias pintadas por el decorador Gallotti parecen aún latir las
harmonlas del majestuoso Beethoven, de Wagner
y de sus gigantomaquias musicales.
Entre el dominical tumulto, aquel cortejo, aquella concurrencia d'élite habla escuchado el doble de

la ideal campana silenciosa que los congregaba en
torno de la memoria del ilustre poeta muerto. Quizás, dlas antes, un dibujo de Rucias, mostrando al
trovador derrumbado sollre el mortuorio lecho, con
el laúd hecho astillas a sus pies, habla predipuesto
los corazones fieles a la solemne piedad de aquella
conmemoración única.
Unica, decimos después que unánime la prensa
diaria ha juzgado la significativa singularidad del
festival en que la •Revista Moderna• glorificó el numeu y consagró la ilustre jerarqula literaria del inmortal Gutiél'rez Nájera. El poeta celebrado por
los poetas; el precursor glorificado por los espiritas
que devotamente siguen sus huellas sangrientas por
el camino áspero del Arte, encumbrado como las
pendientes de un Excelsior, trágico y amargo como
el vla crucis de un Calvario!
Tenemos el orgullo legitimo de asegurar que el
festival artistico organizado por la •Revista :\Ioderna• en honor del Duque J ob, no tiene precedentes
entre nosotros, y ag1·egamos que nunca tampoco
una ceremonia de esa índole ha teuido un carácter
más harmonioso y una más rítmica unidad.
Los poetas que cantaron al Duque-á un lado el
mérito intrlnseco de sus obras que otros juzgaránhicieron que sus rimas resbalaran con la esponta•
neidad de un llanto y exhalaron sus trenos como
hubieran exhalado los su spiros de su hondo pésame.
El aplauso atronador y unánime que rimó una
por una las cláusulas de la alocución de U rueta sig-

lo memorlam

A mi la Musa torva, silenciosa y hermética,
La de ojeras moradas como flores de hiedra .. ..
La de peplo tejido con ensueños y brumas
Cuya frente es el ampo de una pálid11 luna!
La que implora los astros de la bóveda umbrla
Con los ojos en blanco de una virgo tristlsima
Cuyas manos sostienen de su seno las urnas
Cual temiendo que en ellos se desborde la angustia!
A mi las agobiadas rimas de mármol negro
Dolorosas cariátides de un grave Mausoleo,
Esas que en el silencio dejan caer su lloro
Llenando los profllndos vasos lacrimatorios! !
Que la Elegla el coro de sus versos prosterne!
Que suba á las alturas el ronco Miserere!
Que la musa desgarre su pectoral de seda!
Que la ceniza empolve sus lujuriosas trenzas!
Que exhale cual un trágico ritornelo el sollozo
Con que la joven viuda llora al gentil esposo
Y luego, en el crepúsculo, cuando la tarde muere,
Tras de encender los cirios en la capilla ardiente,
Mientras las hojas secas bajo sus pies rumoran
Se aleje, deshaciendo sus ayes en la sombra
Como un cortejo lento, como una marcha fúnebre
Por una interminable calzada de saúces!!!
Silencio! Ya en la Pena sangrienta,los sollozos
Se anudan cual crespones sobre un corazón rojo!
Y al pésame se abren los brazos de la cruz ... .
Mi duelo es una triste Venecia en Viernes Santo
Silencio! ya en sus aguas nocturnas van remando
Las góndo'as que siguen el funeral del Dux!
De los canales torvos en la obsidiana fria
Riela una mascarada la loca fantasía;
Pierrot tiende furtivo su máscara. de harina
Junto á la faz de rosa que asoma Columbina
Y en un rincón de sombras se esconde Pulcinel&amp;

�REVISTA MODERNA
REVISTA l\IODERNA.
Cuando sobre aquel vano rumor de cas cabeles
Pasa angustiosa. y triste la negra carabela,
La fúnebre trirreme cargada de laureles!

Apenas si en los altos balcones palatinos
Sus rostros enigml.\ticos asoman lns tristezas
\ entre el florón que elevan sus dedos marfilinos
De hiedras coronadas, inclinan las c11.bezas.

Contemplan el doliente cortejo del magnate!
Escuchan cómo gimen los negros violonchelo~,
P ero ni el llanto anubla, ni la. tristeza abate
Rus ojos soñadores cla,·ados en los cielos!

La luz del plenilunio sus cabelleras dora .. . .
Una barca de amores se detiene por vedas,
Y los remos 110 olvidan sobre el agua sonora
Que lll sentirlos anojn borbotones de perl1ts!

El Ayer aún murmura su gentil serenata!
Y del mudo palacio sobre la escalinata,
Con sus cien mandolinas llega. hoy como Antes
A llamar al postigo de la. reja de plata
El tropel almizclado de las Fiestas galantes!

No han plegado su rojo parasol los bufones!
Las Infantas que suefian en los altos balcones
Sobre el mármol deja.ron las ligeras escalas
Y aún parece que suben las amantes canciones
Elevando sus labios y extendiendo sus alas!

Es que el bardo no ha muerto! Sobre :iruertc y Oh·ido
Desatando tu numen ¡oh inmortal Duque Job!
Xucstras almas obscuras y tu gloria has unido
Con la escala de luces que soñara Jacob!

El Poeta sediento de fulgores de aurora,
El ilustre guPrrero, la beldad soiladora
Por ti queman la mirra de sus votos adven,os
Y basta ellos descienden por la escala sonora
Entre arpegios y flores deshojadas, tus v~rso~!

Si la virgen amante que el Dolor importuna
Se anebuja en su tedio que es un fúnebre tul,
Son tus rimas consuelo de su amor sin fortuna
Y desciende tu numen en las noches de luna
A besará la virgen como un Príncipe Azul!

Tú no has muerto! tú vives! en la liza te veo
L evantando en la diestra vencedora el trofeo
Mientra:; suena tus triunfos el sonoro clarín
Aún fulgura tu casco bajo el Sol del torneo
Y se alarga tu sombra de triunfal paladio!

Ah! por eso mi Duelo, la Venecia sin luzSe estremece vibrando como un solo laúd ....
Y al pasar esa góndola que es tu negro ataúd
Creo mirar el cortejo de las nupcias del Dux
Desposado suntuoso del Adriático azul!

.. ..... .. ....... .. ......
....... .. ... .... .... ... .... .... ... ......... .. .. .
Ha pasado el Cortejo y en los hondos canales
Las góndolas se alejan; se van los Carnavales; .. . .
Perdiéndose en la sombra solloza un violonchelo . .
Dejaron las Infantas sus altos barandales,
Sólo ,¡uedó la luna, sonámbula en el cielo .. !
. . ... . .. . . .. .. .. .. . . ... .. . .. . ... ............. .
Desfila. ya el cortejo de bardos y hermosuras,
.Nosotros conmovimos los trágicos bordones,
Ellas te dan sus senos-marmóreas sepulturas Oh Prlncípe! ya mueren los últimos blandones,
¡Descansa sobre el blanco plumón de sus ternurab!
Descansa en lo más hondo de nuestros corazones!
Febrero 3 de 1901.
Jo:-;~ J1 AN TAB[.,ADA.

POE S I A
LKIOA

EN HOMENAJE A MANUEL GUTIERREZ NAJERA.
Llégome tembloroso á la capilla
Llena del ritmo gárrulo del Estro,
Llena de m11.jestad grave y sencilla,
Y al postrar en el polvo la rodilla,
)[e inunda. la memoria del Maestro.
Lo miro entretejiendo una guirnalda.
Con su oda griega y con su estilo jonio,
Y en su sien reverdece la esmeralda
De un lauro fresco, y cuelga de su espalda
La lira decadente de Petronio.
)liro al bardo en la fiesta. de la vida
Deslizar sebre mirtos su sandalia,
Y con la ilustre toga des~eñida,
Apurar en su &lt;.rátera esculpida
El alegre licor de la faunalia.
Lo miro en la brumosa Jejania
Revivir el csplritu de Grecia,
Y derramar su frágil Poesla
Desbordante de clásica ambrosla
Y de opalino ajenjo de Lutecia.
En la nave suntuosa y esplendente
Brilla el oro en la cinta de los frisos,
Arde el óleo en recuerdo del Ausente,
Y solloza la Musa adolescente
Coronada de fúnebres narcisos.

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REVISTA :MODERNA.

REVISTA MODERNA.
Viene á ver al lllaestro en el pináculo,
Venimos sus apóstoles en tropa
A repetir las frases de su oráculo,
Y á. rodear la mesa del Cenáculo
Para beber del vino de su copa.
Sócrates y Jesús: su verso incita
A ceñirse la frente de verbena
Y besar los contornos de Afrodita,
Y con su mano blanca y exquisita
Juega con el toisón de Magdalena.
Su estilo vencedor pide tributo
Al molde galo y al decir latino;
Canta á Marte crnel y á Pan hirsuto,
Y demanda al cincel de Benvenuto
Un cáliz para el oro de su vino.
En la alameda eglógica y sombrla,
Donde mora el artista, hay limpios cauces
De estrofas y susurros de armonla,
Y tiendo sus cabellos la Elegla,
Largos como las ramas de los sauces.
Un cortejo de ninfas soñadoras
Abate con sus hoces la gavilla
De las rimas esbeltas y sonoras,
O sumerge en las cláusulas canoras
Sus elegantes ánforas de arcilla.
Y en tanto que en el intimo oratorio

Venimos á. dejar nuestro tributo
De llanto en el sutil lacrimatorio,
Y besamos el túmulo mortuorio
Que vigila una náyade de luto;
En tanto que nosotros los creyentes
Del Poeta, cedemos al quebranto,
Y graves, pensativos y fervientes
Encendemos estrofas refulgentes
Ante el glorioso altar de nuestro Santo;
Mientras aquí volcamos nuestra pena,
Oigo afuera el clamor de los gentiles
Como un ruido discorde de colmena,
Y oigo que nos censura y nos condena
La tropa de los Bá1·baros hostiles.
Afuera los desdenes del pagano,
Y aquí el amor, y el culto, y uu anhelo
Sin limite hacia el Arte soberano,
Y un corazón que espera, y una mano
Que sostiene una rama de asfodelo.
3 de Febrero-1901.
ErnÉx REBOLLEDO.

67

ENRIQUE SIENKIEWICZ.
(DE •REVUE UNIVERSELLE.&gt;)

Estanislao Rzewuski, en un rápido estudio sobre
la literatura polonesa contemporánea, decía hace
más de tres años: •El dla que se traduzca «Por el
fuego y por la espada• ó • Quo Vadis,• el público
francé~, por lo menos aquel que tiene una opinión
que vale, aclamará. á Sit&gt;nkiewicz y dará á su genio y á su triunfo esa con~agración parisiense que
desean desde el fondo del alma, hasta aquellos que
parecen desdeñarla.• Esa predicción se ha realizado más allá de lo que Rzewuski esperaba.
Desde que apareció Quo Vadis, el público francés ha festejado á Sienkiewicz, y no sólo el público
de letrados, sino todo el público, como lo atestiguan
las numerosas ediciones, siempre en aumento, de
esa hermosa novela. Durante todo el verano no se
ha hablado más que de la conmovedora historia de
Ligia y de Vinicio, de la ironía exquisita de Petronio, de las matanzas neronianas y de las predicaciones del apóstol Pedro. Como en la época en que
La Fontaine descubrió á Baruch, las gentes no tenlan en los labios más palabras que éstas:
-¿Ya leyó Ud. Quo Vadis?
Este triunfo coincide con el jubileo que los polacos organizaron en honor de Sienkiewicz; y no fué
simple ceremonia con discursos, ditirambos, orfeones y flore!', la celebrada el 22 de Diciembre de
1900.
Los admiradores del novelista le ofrecieron un
castillo que se llamará Krzemien, amueblado y
provisto desde la bodega hasta la despensa; y hay
ahl seguramente, más de una barrica del famoso
hidromel polaco que desempeña tan importante papel en Por el hierro y por el fuego.
Las paredes de ese castillo están decoradas con
frescos que representan las principales escenas de
las obras de Sienkiewicz. Tal idea puede parecer
extraña en Parls. ,Si se formase un comité, dice
Claretie, para ofrecer una propiedad á cualquier
escritor célebre, ya verlais á los camaradas~ declarar ridicula tal proposición. El pobre hombre se
verla obligado á rehusar ~emejante generosidad, so
pena de ser pasto de periodiquillos y de revistas.,
Sin embargo, si se tratase de recompensar á la polaca y de esta real manera á un autor que á ello
se hiciese acreedor, ¿es crelble que debiera tomarse
en cuenta el tbmor á los gacetilleros? Bastaría dar
el ejemplo y los castillos de nuestros sabios y de
nuestros literatos, no serian castillos . .... en el
aire.

Enrique Sienkiewicz nació el 4 de Mayo de 1816
en \Vola Okrzejska, en el gobierno de Radam, antiguo reino de Polonia. Su abuelo, JoséSienkiewicz,
fué teniente coronel de artillerla y combatió por la
Francia en las filas de las famosas legiones del Yistula.

El futuro novelista debutó en las letras en 1869
con'.artlculos de critica; al año siguiente publicó su
primera novela: En va,w, que después retiró de
la edición de sus obras completas y que con gran
disgusto del autor, acaba de ser traducida al francés. Es una historia contemporánea, los personajes son estudiantes de la Universidad de Kiew
y la acción bastante bien llevada, es Intima. El
amor con sus luchas y sus decepciones, he ahi el
asunto de ese libro; Schwartz el héroe, consiente
por deber en casarse con una viuda joven amando
A otra mujer, la condesa l\Iarfa. Cuando la viuda,
la Sra. Potkanska, sabe el sacrificio de Schwartz,
se ahoga semidesesperada y semiloca. Schwartz
vuelve entonces en si y renuncia á la seductora
l\Iaria.

,Ves querido, le dice su amigo Augustinowicz,
gastamos demasiado nuestras fuerzas en nuestra
caza al amor. Y el amor vuela como un pajarillo
y nuestras fuerzas resultan gastadas ... en vano . .. ,
Asi se explica el titulo de este libro que termina
con tan brusco desenlace. Entre otros ensayos ju•
veniles, pueden citarse: •Nadie es profeta en su tie·
rra,• (1872) refrán al que los triunfos de Sienkiewicz
debían dar más tarde un mentls formal; «Las dos
vías• (1873) y tres narraciones encantadoras: «El
viejo criado,• •llania• y «Selim l\1i1·za., Estos libros firmados con el seudónimo de Litwos no tuvieron gran éxito; se les ha leido y releldo más tarde, cuando Sienkiewicz llegó á ser célebre Y se encontraron en ello.; promesas de verdadero talento,
sobre todo en «Carbones,• donde se destaca una
figura, la mujer de Rzepa, campesina burda, pero
sublime de sacrificio y de abnegación.
Los viajes forman la juventud .... y los novelis·
tas. ¿Cuánto no debemos á las exploraciones literarias de Chateaubriand, de Stendhal, de Flaubert, de
Gautie1· y de Loti? De 1876 á. 1878, Sienkiewicz recorrió la Alemania, la Francia, la Inglaterra, cruzó el Océano,: visitó la América del Norte, recogiendo en el nuevo mundo impresiones frescas y
como una paleta, que le permitirla después di&gt;jar
á un lado sus modestos bocetos al carbón.
Publicó entonces sus •Cartas de viaje• y varias
novelas cortas, que han sido traducidas al francés
y á otras lenguas europeas y que son muy conocidas de los lectores franceses, que buscan ávidamente todo cuanto sale de la pluma del auto1· de
Quo Vadis. Bien conocida es la sencilla y patética
historia ranko el músico, historia que tiene todo el
encanto de un cuento de Daudet ó de una página
de Dickens; el Diario de un profesor de Posen,
narración en la que el héroe es un niño desgraciado y por último dos cuentos que tíen~n la América

�REVISTA MODERNA.
68

REVISTA MODERNA.

por cuadro: A trai:és de la.~ estepas y El gua,·dián
del faro de Aspfowall.
En El guardiá,i del faro, se encuentra bien caracterizado el talento de Sienkiewicz; ahl se hallan
la emoción, la poesía que animan todos sus libros
Y sobre todo un patriotismo, que no por estar contenido deja de ser menos ardiente, pues el novelista es un verdadero autor nacional, el representante de ese pueblo polaco cuya real vida polltica se
ha extinguido; pero cuya alma existe aún en las
obras literarias y artlsticas .... asl como esos campeones que se pasan de mano en mano y á través
de los siglos el fuego sagrado ....
Citemos aún Orso y Bartek el vencedor, este últi·
mo, episodio de la guerra de 1870, en donde se ve á.
un campesino polaco del ducado de Posen (incorpo·
rado á su pesar en el ejército alemán) y á. quien al
regr?so, por prP,mio á sus altos hechos de armas, los
prusianos fanáticos, embriagados con su victoria,
colman de injurias y de malos tratamientos.
En 1834, Sienkiewicz publica Por el hierro y por
el fner¡o, que acaba de publicarse en francés. Esta
es una obra considerable, una epope~·a más bien
que una novela, toda una evocación de la Polonia
del siglo X\'ll. También es una lección, un sursum
C'Ol'da porque no hay que perder de Yista las intencioneR de Sienkiewicz, quien como sus mayoreR,
posee, según la frase de Renan, el arranque impersonal, ese •estado de alma en el que no se hace no
se ddi~e, ni se escribe lo qui:, se quiere, sino lo ~ue
nos 1cta un genio exterior colocado cerca de D!lS·
otros.•
Podrán descubrise en esa novela numerosos defectos; es demasiado enmarañada, demasiado larga, f~ctici~ en algunas _partes; la intriga obligada
está rnhábilmente encaJada en el soberbio y exacto
relato histórico. Pero no puede negarse que ese libro ofrece cualidades completamente superiores.
Al trazar con loable imparcialidad las victorias y
las derrotas de los abuelos; el novelista, mejor dicho, el poeta, quiere levantar los corazones. cllacer servir el pasado, dice perfectamente Garztowt
en instruir y en enseñar á los homb1·es modernos'.
en mostrarles situaciones horribles de las cuales'
el heroísmo de unos y la constancia de otros 1 ha~
permitido surgir al triunfo, he ahl uno de los fines
de la novela histórica, como la concibe Sienkiewicz.
Por el hierro ?J po1· el fuego, es la primera parte de
de una trilogía; las otras dos partes son El diluvio
(1896 y 1'\fessfre Wolodyjoll'sld {1883 ; de estas dos
últimas obras, anúnciase ya la traducción fracesa.
En El Diluvio se pintan las guerras de 165j á
1660 contra los suecos. Es la época de que habla
Bossuet en la oración f1'i0t~bre de Ana de Gonzague:
•Carlos (~ustavo apareció ante la Polonia sorprendida y traicionada, como un león que tiene su pre•
sa entre las garras, lista para ser despedazada ....
¿Dónde están esas almas guerreras y esos martillos de armas tan vanagloriados?. .... Al mismo
tiempo, la Polonia siéntese destrozada por el, rebelde cosaco, por el moscovita infiel v más todavla
por el tártaro, á quien llama desespe;ada en su auxilio.•
.lfessire Wolodyjo11:ski es menos épico y lo novelesco ocupa mayor espacio; sin embargo, en esta

ha qué nueva tortura estaba reservada para la
amada del joven tribuno.
levantado el entusiasmo de millones de lectores.
,La puerta, colocada frente al tablado imperial,
The life in not u·orth living, I hai:ejust fi.nished, rechinó sobre sus goznes y del antro obscuro sur·
Qro YA01s? exclamó una americana fanática. ¿Pa· gió á la arena iluminada, el ligio Urs:is (esclavo
ra qué vivir? Voy á acabar ... Quo l'adis1
abnegado de Ligia ,. Se adelantó hasta el centro y
Sienkiewicz al tratar este asunto antiguo parece sus miradas circulares buscaban qué le opondrlan.
abandonar la Polonia; pero no es asi. En Quo Va·
Los Augusta.nos ~- la mayor parte de los espectatlis encontramos todas las aspiraciones del novelis· dores, sablan que aquel hombre habla ahogado á
ta y bajo los nombres latinizados se disimulan ape· Croton y se levantó un murmullo de grada en gra·
nas figuras simbólicas que representan la nación da .... El permanecía inmóvil en el centro de la lioprimida que sufre.
za, semPjante en su desnudez á coloso de granito,
Ligia, ¿no es la Polonia, convirtiéndose á la reli- llevando en su fisonomla do bárbaro, una expre¡;ión de Cristo? Y los martirios de los cristianos, sión de esperanza y de tristeza .... Estaba sin ar¿no recuerdan los suplicios que más tarde deblan mas y habla resuelto morir pacientemente, como
ser infringidos á los polacos, que luchaban por de- fiel del Cordero. Y, como quería elevar aún su ora·
fender su fe y su patria?
ción hacia el Redentor, se arrodilló, juntó las maLos compatriotas del autor no se han engañado nos y elevó las miradas hacia las estrellas, que paly han colocado más alto que la trilogla, ese fresco pitaban allá en la abertura del velarium. Esa actigrandioso y terrible por donde pasa como un háli- titud desagradó A la multitud; estaba cansada de
to Shakespeariano, y donde los sentimientos que les
ver expirar carneros; si 11I gigante rehusaba defenson queridos están presentados b11jo una luz conderse, el e!'pectáculo resultada desagradable; acá
soladora y poética.
y acullá se escucharon silbidos, oyéronse voces que
El publico cosmopolita, menos asequible á estos llamaban á los mastigóforos... La espera no duró
arcanos, se dejó llevar por la belleza incomparable mucho .... En la liza, entre los clamores de los besdel lihro, por la narración animada y palpitante y tiarios, apareció un monstruoso auroch de Germatambién por el doble interés que el autor ha sabi· nía ron una mujer desnuda sobre la cabeza.
do dará la decadencia del paganismo y al naci -Ligia! Ligia! exclamó Vinicio.
miento de la religión cribtiana, mezclando su rela·
Y ciñéndose las sienes con las manos. se retorció
to con escenas variadas y espléndidas.
como un hombre que siente en sus entrañas el hie·
El argumento de Quo l'adis es muy sencillo: y¡. no de una lanza y gritó con voz ronca é inhunicio,jo,·en patricio de Roma, ama á Ligia, hija de
mana:
Yanio, rey de los Suevios; pero antes q11e Vinicio y
-Tengo fe ..... Cristo. . . . Cristo, yo creo en ti.
Ligia se reunan, surgen numerosos obstáculos.
Cristo .... un milagro.
Es el mom'!nto en que la ciudad eterna va á asís·
Y en la arena pasaba una cosa inaudita; al ver ú
tir á las pei·secuciones del Imperator; Ligia, que es la princesa en los cuernos del toro salvaje, el ligio
cristiana, está presa con millares de neófitos. Vini- cayó oblicuamente sobre la fiera demente ..... De
cio la protege; pero la hermosa princesa es, sin em- un salto llegó hasta el auroch y le asió los cuernos.
bargo, conducida al circo, donde mil3grosamente Hasta un poco más arriba de los tobillos, los pies
escapa de la muerte.
de Ursus estaban hundidos en la arena¡ su espina
Vinicio, tocado it su vez por la gracia divina, se hablase doblado como un arco; su cabeza, hundida
casa con Ligia y el drama termina en un apoteosis, entre sus espaldas, casi babia desaparecido .... y
triunfo del cristianismo que va á regenerar el mundo. el toro inmóvil miraba tan lijamente á su adversaAlgún tiempo antes de la muerte de ~erón, San rio, que los espectadores crelan contemplar un gruPedro, desalentado, abandona Roma y al amanecer, po de los trabajos de Teseo ó de Hércules..... Cé·
ve una claridad que se adelanta hacia él ....
sar hablase puesto en pie.
,Es un hombre que camina entre la irradiacióu
Bruscamente un mugido sordo y gemidor surgió
del sol; el apóstol se arrodilla, extiende sus manos de la liza.
hacia él y exclama:
El brazo de hierro del bárbaro hacia ,,irar á la
-Cristo! Cristo! .... Quo l'adi.~ Domi11e? Dónde monstruosa fiera y de su enorme hocico pendla babosa lengua. Uu instante después, los oldos de los
vas, Señor?
-Puesto que abandonas á mis ovejas, voy á. Ho- espectadores cercanos á la arena escucharon el
ma para que me crucifiquen una vez más ....
ruido sordo de los huesos triturados .... des pues la
. Y desde entonces de las alturas del Vaticano rei- fiera rodó como una masa inerte ... En un momennará sobre la Ciudad y sobre el mundo la basllica to, el gigante habla desligado á :a virgen y tomádola en sus brazos. Su frágil' silueta, su desvanede San Pedro.
An-ancar de Quo l'adis una página caracterlsti• cimiento, el espantoso peligro del que acababa de
ca es cosa sencilla; no hay más que la dificultad de salvarla el gigante, todo, hacia estremecer los coelegir. El suplicio de Ligia es entre otras escenas razones ....
grandiosas, una de las más conmovedoras. Es por
Con gritos y sollozos se exigla el perdón para
la tarde, estamos en el circo; los Augustanos, y en- ambos.... Nerón, indeciso, escuchaha entre los clatre ellos Yinicio, rodean it Nerón; en las gradas se
mores, terribles imprecaciones.
amontona una multitud compacta.
- Ahenobarba! ~[atricida! -Incendiario!
Sablase que César habla decidido ofrecerse coY tuvo miedo; no mirando más que ceños frunmo espectáculo el dolor de Yinicio, pero se ignora-

TRADUCIDA Á VEINTE LEI\GUAS

narración es donde aparece Juan Lobieki, el futuro libertador de la Europa.
Después de esta trilogla heróica, Sienkiewicz escribió Sin dogma, (1890 novela moderna presentada en forma autobiográfica¡ fué traducida al francés en 1895 por el conde Wodzinski; pero casi no
ha sido leida sino despué:1 del triunfo de Quo Vadis. Es un estudio psicológico, sobre lo que se ha
llamado la improductividad eslava y sobre el di·
letantismo. El héroe del libro, León Plozowski edúcase en un colegio de jesuitas en l\1etz, de donde se
escapa para unirse al ejército de Don Carlos¡ vuelve á ser conducido al colegio; termina sus estudios
en la Universidad de Varsovia y va en seguida é
establecerse en Roma con su padre.
Va de cuando en cuando á Polonia, donde inten·
ta casarse con una rica heredera; va tambicn á.Parls .... •No conozco ciudad alguna, dice Plozowski,
donde los gérmenes de ciencia y arte y las más elevadas ideas circulen tan ampliamente en el aire é
impregnen más el cerebro humano. La inteligencia no se asimila alll solameute los descubrimientos del esplritu¡ sino que se despoja de parcialidad
Y se llena de tolerancia; en una palabra, se civiliza.
Podrla suceder que ese respeto {i todas las convicciones de cualquier género, nos condujese á la indiferencia y nos quitase la energía necesaria para la
acción .... Tanto peor, pues yo no sabrla modificar mi naturaleza.•
Y asl diserta 11iempre y sobro todo sin encontrar
ninguna solución¡ parece que camina hacia al"'ún
0
fin .... ¿Pero á qué fin? Plozowdki no lo sabe. Sin
dogma, es deci1·, sin principios, es el representante
de esos neurosados que sufren un nuevo ll'eltschniertz, pero qu~ no tienen la disculpa de un Fausto,
de un ~Iantredo, de un Conrado. Seres inútiles ó
maléficos que activan la decandencia de una sociedad y parece inadmisible que se deslice un mal tan
pernicioso en un pals como la Polonia, donde la vitalidad es moral, donde lo que subsiste de una raza, subsiste solamente gracias á los esfuerzos de
la inteligencia y del trabajo. Plozowski se levanta
la t:9-pa de los sesos .... y esto tampoco es una solución.
Sienkiewicz lo comprendió asi y en otra novela
titulada La Familia Polaniecki (1894. nos ofrece
el remedio, que para él consiste en el 'retorno á la
vida activa y á la sencilla religión di\ tiempos pasados.
El alcance de sus obras, históricas ó modernas
siempre es el mismo. Los polacos encuentran e~
ellas su credo patriótico; Sienkiewicz les enseiía
de dónde puede venir la salvación, y á fuerza de
talento y de genio ha hecho más por el bien de
su d~sdichado pais, que todos los retores que se
embriagan con sus propias palabras y dan consejos teóricos ó ilusorios.
~n c~ant~ á los extranjeros que han asegurado
á S1enk1ew1cz una reputación universal, no deberán ver la lección con indiferencia, pues es grande
Y bastante general para que pueda aprovecharles.
Y Sienkiewicz ha proseguido su hermosa tarea·
en 1895 publicó Quo l'adis, su obra maestra y 1~
obra maestra de la literatura polonesa. ESA MAG·
NiFICA NOV.l'JLA DB LA J;POCA N.l'JRONLUi.\ HA SIDO

•

69

y por doquiera ba

�70

cidos y rostros compasivos, hizo la señal de gracia.•
La muerte de Petronio, el amigo de Vinicio, el
pagana impenitente, forma un constraste exquisito
con este episodio del circo.
Cuando Petronio ve que está perdido y que Ne1·ón, cansado de su ironla, ha decidido condenarle,
se hace abrir las arterias, conservando esa elegancia que nunca le abandona y de la que fué árbitro.
Antes de morir dirige á César una carta en la que
se burla del mal poeta que es el Imperalor y le(esa
carta á sus amigos reunidos en su casa como para
una fiesta.
• El salón huele[~ violeta; los globos de cristal de
Alejandrla filtran luces multicolores. Las cítaras
suspiran á la sordina, mientras que voces alegres
se elevan al unísono. Las bailarinas de Gos, dejan
admirar sus formas sonrosadas entre la muselina
de trasparentes gasas.•
Petronio tiene junto á él á Eunicia, su hermosa
vestiplexia. A una señal del poeta, un médico gl'iego estrecha en un circulo de oro el brazo de aquél
que va á encontrarse en los Campos El1seos con el
alma de Anacreonte y abre la artel'ia en el pufo.
La sang1·e brota é inunda á Eunicia que sostiene
la cabeza de su amante. Ella se inclina hacia él.
•Señor, dice: ¿crees que iba á abandonarte? Si
los dioses me ofrecieran la inmortalidad; si César
me diese el imperio .... te seguirla.•
Eunicia tiende al médico su brazo sonrosado y
un instante después la sangre de los dos se confundla . .. . Entonces Petronio ordena que la música
vuelva á comenzar y las citaras vibraron.
Cuando la última harmonla se hubo apagado, se
volvió hacia los invitados:
-Amigos mios, dijo: conveniú en que con nos•
otros perece ....
Pero no pudo concluir; en un supr&lt;'mo esfuerzo
abrazó á Eunicia y su cabeza volvié, ,l. inclinarse.
Sin embargo, los invitados, ante r~as dos formas
blancas, semejantes á dos mara,..llosas estatuas,
sintieron que se perdla la últimn herencia del mundo romano: su belleza y su poc~la.,
Estas citas justifican elocuentemente el triunfo
de Quo Yadi.~, y mejor qno un comentario harAn
comprender por qué puedoJ decirse que Sienkiewicz
es un pintor y un poeta.
Después Je su esta!1cia en América, Sienklewicz
se ha convertido en un gran viajero; en 1891, estuvo en Africa; escribió de este viaje deliciosas páginas sobre Zanzlbar y el Egipto. Con frecuencia va

71

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.
á Italia, especialmente á \'enecia, ciudad que amit
tanto como Byron; A Roma, á Francia. Estaba en
Parls en 1900 cuando tuvo el dolor de ver morir repentinamente á. uno de sus amigos más fieles, Abakanowicz, cuya casa habitó en el parque de SaintMaur y en Bretaña en la quinta de Ploumanac'b .. .
habla pasado días felices, encontrando placer en
vivil' en un país del que tan bien conoce la lengua
y apreciando todo el intcré3 que Francia puede
ofrecer á un artista.
Pero Sienkíewicz gusta, sobre todo, de la soledad; en París, como en Varsovia ó en Zakopane,
huye de los impertinentes, se contenta con la sociedad de algunos lntimos y de sus dos hijos, que son,
desde su viudez, un recuerdo bien caro de una folicidad pronto pe1·dida.
Siempre trabaja. En 1900 publicó los Caballeros
Cruzados, especie de prólogo para la gran trilc,gia
histórica que pl'incipia en Por el hierro y por el
fuego y te1·mina en Messire Wolodyjotcsld. Sienkiewicz traza en ese libro las luchas de los polacos
contra la Ol'den teutónica, en la segunda mitad del
siglo XIV. Esta nueva epopeya termina con una
descripción de la batalla de Gri.inwald, que fué una
brillante victol'ia y libertó para siempre á la Polo·
nia de las invasiones de los caballeros cruzados.
En una pequeña composición titulada Leyenda
Marítima, Sienkiewicz sintetiza el significado de
su obrn:
•La Púrpura no temla ni las olas ni los más terribles huracanes. El buque navegaba hacia el infinito con los trapos al sol, y la tripulación se entregaba á la orgía .... Una maiían ase escuchó este grito tP,rrible: cLa Púrpura se va á pique.• Y los
marineros desentumecidos quisieron luchar contra
los elementos; pero las olas son más fuertes que los
hombres.
•Algunas voces decían: • Estáis ciegos! Lo que
se necesita, no es disparar cañonazos contra la tormenta, sino carenar el buque. Bajad á la cala y
trabajad .... Aún no ha muerto La Púrpur a.•
Al olr estas palabras, un estremec:miento sacudió á aquellos desesperados... . . y trabajaron desde la mañana basta la noche, retando en un supremo esfuerzo su inercia y su ceguera .... y La Púrpura se salvó .... !•
Y el primer verso del himno nacional os viene á.
la memoria:

NOCTURNO.
Cuando t!Stoy en mi lecho, y afuera
Siento pasos de gente que cruza:
¿De quién son esos pasos, me digo,
Cuando suena en la torre la una?
Si es un padre que busca un alivio
Para el hijo postrado en la cuna,
Que despierte, Señor, ese niño
Sonriendo sin fiebre ni angustia¡
Si es un hombre que vuelve jugando
De su esposa infeliz la fortuna,
Haz que ablanden su pecho de roca
De sus hijos las lágrimas pura~;
Si es la joven quo vuelve del baile
Sofocada de danza y mazurka,
Que los aires no hieran su pecho
Y la tos no la arroje á la tumba;
Si es un pobre ó tal vez mi enemigo
En demanda de pan ó de ayuda,
Dile al punto que toque á mi puerta
Y á mi pecho que olvide la injuria;
Si es malvado que en pos de venganza
En la sombra su victima busca,
Que camine hasta el fin de los siglos
Sin hallar:\. su victima nunca;
Pero si es un amante que Yuela
De la reja á la cita nocturna,
Ilumina, Señor, esa f1·ente
Con un rayo de amor y de luna.
i\l.\:m-:1, S.Í..NCUEZ PESQUERA.

/

Aún no ha muerto la Polonia ....
CASIMIRO

STRYENSKI.

Trad. de Revista llloderna ¡

/

d EN QU~ PENSAR:bj P
¿En qué pensaré cuando me halle á punto de morir, si es que estoy aún en estado de pensar?
¿Pensaré en mi mal aprovechada vida, que pasé
como en un sueño, adormecido, sin saber paladear
sus frutos? ¡Cómo! ¿Es ya la muerte? ¿Tan pronto? ¡Imposible! ¡Aún no he tenido tiempo de hacer
nad11! ¡Sólo que ya me disponla á hacer algo!
¿Recordaré mi pasado? ¿Fijaré mi pensamiento
en los breves instantes radiosos que tuve en la vida, en las fisonomías é imágenes para mi caras?
O bien ¿volverAn á trazarse en mí memol'ia mis
malas acciones é invadirá. mi alma la ardorosa angustia de un remordimiento tardlo? ¿Pensaré en lo

que espera más allá de la tumba y si me espera en
('fecto cosa alguna?
No . ... Paréceme que trataré de no pensar, que
me esforzaré pol' idear alguna pequeñez para distraer la atención de las amenazadoras tinieblas
que se ennegrecen ante mi.
En mi presencia cierto moribundo no cesaba de
condolerse porque no le querlan dar avellanas tostadas. Y sólo allá, en lo más recóndito de sus ojos
ya sin lustre, mientras tartamudeaba sus quejas,
bregaba y se estremecla un no sé qué, como el ala
rota de un pájaro mortalmente herido.
lVAN TURGUENEF,

�72

A~o IV

REVISTA MODERNA.

EL PERRO MUERTO.
Jesús llegó una tarde A las puertas de una Villa
é hizo adelantarse á sus discípulos para preparar
la cena. El, impelido al bien y la caridad, internóse por las calles hasta la plaza del mercado.
Allí vió en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, yacercóse para ver qué cosa podía llamarles la atención.
Era un perro muel'to, atado al cuello por la cuerda que habla serYido para arrastrarle por el lodo.
Jamás cosa más Yil, más repugnante, más impura,
se había ofrecido á los ojos de los hombres.
Y todos los que estaban en el grupo junto á la carroña, miraban con asco.
-Esto emponzeña el aire, dijo uno de los presentes, tapándose la nariz.
-Cuánto tiempo aún, dijo otro, este animal putrefacto estorbará la vía.

111

QUINCENA DE MARZÓ DE

1901

NúM, 5

REVISTA MODERNA

-Mirad su piel, dijo un tercero, no hay un trozo
en ella que pudiera aprovecharse para cortar unas
sandalias.
-Y sus orejas, exclamó un cuarto, asquerosas y
llenas de sangre.
-Habrá sido ahorcado por ladrón, añadió otro.
Jesús les escuchó, y echando una mirada de compasión sobre el animal inmundo:
-Sus dientes son más blancos y hermosos que
las perlas!-dijo.
Entonces, el pueblo admirado, volvióse hacia él,
exclamando:
-¿Quién es éste? ¿Será Jesús Nazareth? El sólo
podía encontrarse alguna cosa de qué condolerse
y hasta algo que alabar en un perro muerto!. ...
Y cada uno, avergonzado, siguió su camino, inclinando la cabeza delante del Hijo de Dios.
LEÓN TOLSTOI.

"LA·W N TENNIS."
Una francesa, queriendo explicar su carácter, ha
escrito lo siguiente: «Nunca me visto para un baile
sin saber por quién voy allá.,-Las muJeres americanas, por el contrario, parecen vestidas con el
objeto de aparecer bellas, porque son mujeres •hermosas y sanas,, como su raza, y en llquel momento ninguna piensa en el fiirting, absorbi&lt;las como
están en seguir el juego, en que cada m ·ién llegado se interesa inmediata mente al i,!?'11a.l de otros.
Aleccioaaclas por cursos de cultura fí ,ica, comp1·enden el atletismo ea donue quiera q ·1c lo encuentran,
con la misma semi-profesional io.tcligencia que en
un asalto de esgrima un espailachln mide con una
mirada la agili&lt;lau de los co111l&gt;atientes y su juego.
En cierto momento, uno tle los jóvenes jugadores que acalla de herir 111 bola, llama á un asistente para qtw le limpie la ~uela de su zapato de caucho, llena de lodo. Dnrante esa plebeya operación,
el joveu logra asu111ir una postura tan gallarda,
que oigo á una muchacha exclamar: , ¡Oh, cuánto

MÉXICO,

desearla que ganase! ¡Es tan buen mozo! Ingenua
exclamación en que se revela la profunda admiración de la mujer americana por la belleza fisica,
considerada al modo pagano. Va tan lejos esta admiracióu, que uno de los más celebrados atletas de
los Estados Unidos, reune en su palco, después de
la representación en que ha tomado parte, á las
mujeres de la mejor sociedad, y con el torso desnudo, les da una disertación sobre su cuerpo, una
conferencia sobre musculatura. La fotografla de
ese torso, realmente muscular, como aquel del Museo del Vaticano que las manos del viejo Miguel
Angel acariciaban, se vende en todas las tiendas, y
más de una de esas bellas espectadoras de laten
tennis posee una de ellas en su sala. ,Hay gentes
que consideran esto indecente,• decía una de las
meucionadas damas, mostrándome ese singular documento de su independencia de ideas. • Yo no lo
creo,, añadía ella. ,Esto es griego; he ahi todo.,
PAUL

BOURGET.

A NUESTRO DIRECTOR.
El alto, el noble amigo nuestro, que ha puesto todo su genio y todo
su corazón en la "Revista Moderna," sufre en estos momentos un nuevo, un hondo dolor por la muerte de su hermano, el Sr. D. José Valenzuela.
Lo acompañamos en su duelo, siempre amantes, siempre fieles.
Los

REDACTORES.

ARTE
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
'l'ip. de Dubldn.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 4, Febrero, Segunda quincena</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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ARo lV

REVISTA MODER~A-

ble me la hablan hecho. Amenguóse el resplandor
molesto de sus ojos, que brillaban, si, pero empañados por tenues celajes; dejó de echar fuego como fragua su hermoso cuerpo, y pude acercarme
libremente á ella, sintiendo, antes que calor, un
dulce temple que á un tiempo confortaba cuerpo y
alma.
Despertóse de improviso en mí Yiva inclinación
hacia á ella. Hablamos, se animó mi conversación
con requiebros y se salpimentó con suspiros, me
entusiasmé, coqueteé, me entusiasmé más, me declaré, hicele proposicioaes de matrimonio. ¡Ay! liumanos, ¿sois mortales porque sois débiles, ó sois
débiles porque sois hombres?
Condújome la taimada á un delicioso lugar, nombrado Sardinero, vecino al Océano, verde y cubierto de flores como un jardín, reuniendo en si la suave tibieza de la tierra y la frescura del mar, un
verjel con playa de doradas arenas, donde las liolgazanas olas se extienden desperezándose al sol,
un montecíllo encantador, primaveral, compendio
de todas las bellez.as de la Naturaleza.

Mi compañera, á quien desde aquel instante llamé mi esposa (porque consintió en serlo con pérfida
complacencia), me sumergió en el mar, me invitó
después á paseos y meriendas. ¡Oh, que felices días
pasamos! ¡Qué apacibles noches! ¡Cómo rodaban las
horas sin que sus pasos sonaran sobre aquel césped
florido ni sobre las cariñosas arenas de la playa!
Yo era el hombre más feliz de la creación basta que
un día, ¡infausto día!. .. Nunca babia visto á mi
compañera tan hermosa, ni tan alegre, ni tan amable ....
Nos bañamos juntos, disfrutando del halago de
las olas, asidos de las manos, mirándonos el uno al
otro, cuando de repente desapareció no sé cómo ni
por dónde, dejándome lelo, lleno de desesperación.
Busquéla por todos lados, dentro y fuera del agua.
No estaba en ninguna parte. Me eché á llorar y sentí frío, un frío que penetraba hasta mis huesos.
¡Triste, tristísimo día, horrible fecha! La recuerdo bien.
Era el 22 de Septiembre.
B. PÉREZ GALDÓS. .

NUESTROS COLABORADORES EN EL EXTRANJERO.

Oomunicamos á nuestros lectores que habiendo adquirido la colaboración
del Sr. Abogado Nicola Rubino, eminente escritor italiano, director de «La
Crítica» de Nápoles, tendremos el gusto de comenzar á publicar artículos suyos, brillantísimos de forma y vibrantes de sentimiento. Tendrán ocasión
nuestros abonados, desde luego, de gustar y de admirar las sensaciones de arte oriental_que nuestro nuevo colaborador nos ha enviado con el título de «Piccoli Azzurri d'Oriente. »

EN _HOMENAJE AL DUQUE JOB,
Organizará en su salón la Revista Moderna, la noche del día 3 del próximo
Febrero, un festival artístico.
Oportunamente se repartirán las invitaciones.

.......

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE FEBRERO DE

1901

NúM,3

REVIST A MO DER NA
ARTE V
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESU S URUETA.
Tip. de Dt1bld11.

�42

REVISTA MODERNA.

REV1STA MODERNA.

UN VIAJE DE BODAS.
A

JESÚS

E.

LUJ,Í.N.

Volaba el tren sobre su doble cinta de acero. La la moda ferrocarrilera. La muchacha decía en
niebla que babia opacado las primeras luces del al· tanto:
-Gracias, gracias, con las manos en el semblanba, se desvanecía bajo el sol vencedor cuyos áureos
dardos chocaban rompiéndose en viva policromia te, dejando coner sus lágrimas entre sus deditos
en los cristales y remates metálicos de nuestro enor- enguantados.
-Señor, balbutió después levantando la frente:
me carro, remolcado con furia á Jo largo de la lla¿va
Ud. á Chihuahua?
nura escueta y secamente melancólica. Crujía y á
-No, señorita, contestó él.
las veces silbaba la locomotora con plañidero acen-¿Pero cómo pagarle á Ud. entonces? ¿A dónde
to de bestia castigada, que aún más honda bacla. la
puedo
enviarle e3e dinero cuando llegue á mi casa?
solemnidad del desierto fronterizo. Ni un hombre,
-Señorita,
replicó él, sentándose á su lado, eso
ni una res, ni un árbol eu la inmensa extensión heno
vale
nada
y
es para mi una caricia de mi buena
rida por el monstruo vibrante, empenachado de ne·
gro humo que tirado al viento á lo largo de la 11· suerte el haber tenido oportunidad de servirá Ud.
nea recorrida, en grandes volutas semiobscuras, to- en algo.
La mujercita sonrió ligeramente entre su llanto,
cadas á fuego por la luz, se deshacían en la transparencia del aire. Los conductores recorrían los ca- un rayito ele sol rompiendo la lluvia. Y siguieron
rros del convoy revisando tickets. Los pasajeros conversando cada vez en voz más y más baja.
contemplábamos por las abiertas ventanillas la tris- Próximo á ellos percibía yo algunas frases: Era
teza de aquellos terrenos si n aprovechamiento. De ella de Chihuahua. Había venido á ;\léxico con su
pronto uu grueso empleado yankee dijo, dirigién- madre, enferma desde la muerte de su papá, la ha•
dose á una linda mujercita, graciosamente vestida bia perdido desgraciadamente á pesar ele médicos
y medicinas, y r egresaba sola á su tierra, á donde
de viaje.
tenían algunos iutereses, porque ... era sola, ente·
-1'icket?
La rubia de aterciopelados ojos, los 6jó bajo el ramente sola. En el mismo tren, el primer dia de
dosel blondo de su cabeller;-. que se escapaba del viaje, se le habla extraviado su saquito (me lo han
sombrerillo en rizos de oro hasta las cejas negras, robado, dijo) en que llevaba su ticket-recalcó lo
palabra-y su dinero. Luego, sacudiendo con deliy repitió.
cada
gracia su cabeza de arcángel, ya secas las lá·
- Ticket?
grimas:
- Yes, ticket, dijo el conductor.
-"Jfi no entiende, abaco, mu1·muró, dilatando
Volvióle á mirar la joven y como &lt;]icho sólo para
desmesuradamente las negras pupilas sobre la llasi misma, murmuró:
mua interminable.... ¿Y qué hubiera hecho yo,
-Si lo he perdido!
El obeso empleado seguía con la mano tlestendi- sola, allá abaco1 agregó estremeciéndose ante la
torva soledad que se extendla á sus ojos; y como
da hacia ella, diciendo:
que se aproximó, refugiándose, á su interlocutor.
-¿No ticket? ¿~o ticket?
En los ojos de la guapa mujercita querían como Más y más bajo prosiguieron hablando, y no pu•
de percibir sino sus mutuas miradas cruzándose
saltarse las lágrimas.
en rayos de luz con interferencias ele sombra mis•
-¿No ticket1
teriosa, mi entras sonrelan sus labios encendidos,
Mas animada elijo con \'OZ clara:
descubriendo el marfil purisimo ele los dientes jó-Lo he perdido con mi seiquito de mano.
- Mi no entiende, replicóle él; y lernntó la dies· venes. Y seguíamos volando hacia el :Norte á través de la llanura y de los escasos accidentes del catra en ademán de llamar para que el tren se detu
mino monótono, envueltos en una no intenumpida
viera, añadienrlo bruscamente:
-Si no tienes ticket, abaco: si no tienes ticket, ráfaga de polvo .....
abaco.
-Gómez Palacio, llegó Ud, dijo, tendiéndole la
Todos los pasajeros nos incorporamos en defen- mano con tristeza.
sa de la joven, pero no tan rápidamente como un
-No, contestó él, iré hasta Chihuahua. Seré su
charro, mocetón hasta de veinte años, moreno, de escudero-si eso cabe en ferrocarril--hasta su caárabes ojos y fino bozo negro bajo la aguileña na- sa, señorita.
riz de amplias fosas mó,·iles como las de los corce-Pero eso no puede ser.
les de pura raza.
-Oh! perfectamente. . . . Ticket! y está hecho.
-Ticl.:et:' dijo, ya junto y frente al conductor,
La rubia sonrió agradecida, volvió el tren á su
tenga Ud., insolente; y le alargó un billete de Ban- carrera y ellos á sus miradas, á sus sonrisas y á
co, cuyo cambio devolvió el obeso empleado con el sus frases imperceptibles.
ticket, exclamando:
-Chi-júa-júa, gritó el extranjero conductor. Ba-All right; alejándose lueg-o con su enorme ab- járonse algunos viajeros.
domen que parecia un aventador de obstáculos a
Ellos no. ¿Qué habla pasado? ....

En Ciudad Juárez descendieron del tren á la vez
que yo, y cogidos del brazo desfilaron por el andén,
serios y callados, entre bullicioso grupo de pasajeros locuaces.

Al instalarme en el pullman del tren americano
que del Paso parUa para New Orleans, miré á mi
arregante charro, disfrazado de catl'in, con la bella
rubia de obscuros ojos en uno de los ángulos del
carro. ¡Con qué confianza se trataban! ¡Oh juventud! ¡Oh belleza! ¡Oh amor! Vi levantarse en mi memoria los hermosos dias.en que el amor me protegió
también y sen ti, contemplándoles con los o,ios entrecerrados, manos que estrechaban mis manos, ojos
que se miraban en los mios al mirarme yo en ellos,
roce de labios frescos en mis labios, dulce aliento
que perfumaba mi aliento, en medio del ensueño
que tejla y destejía bajo una lluvia de pétalos rosa con mis recuerdos ¡ay! muy lejanos, pero muy
vil"os en aquellos momentos. Y ya no hablaban a
hurtadillas. ¿Para qué?_Alli no se conversaba sino
en inglés. Ellos no sabían el inglés. ¿Por qué hablan de eutender su castellano aquellos figurones
de tapíceda que les rodeaban? Y yo seguia saboreando, casi escondido en la penumbra, las frases
de miel de abeja de nuestra lengua en los deliquios
amorosos de dos almas vírgenes, hechas para el
panal inagotable del Amor, travieso como un chicuelo y fecundo como un Dios.
¡Qué epanáforas las de aquella conversación rlt·
mica! Todas las cláusulas comenzadas con la misma frase mágica, vuelta y devuelta como la veloz
mariposa de un volante, de los unos labios á los
otros, velada apenas entre risas soñadoras. Te
amo! Te amo! Oh Rey Sabio! Oh Villcna! Oh l\fanrique! Oh Garcilaso! Oh Lope! Oh castellano! sacra
lengua inmortal del amor y de la poesía!
De repente se enserió la damíta rubia, Blondina,
le decía él.
-¿Qué tienes? le preguntó.
-Tengo miedo, dijo, y se quedó mirándole intensamente. El se puso serio también, y su mirada
de reflejos act:rados se fundió por algunos instantes en los reflejos negros punteados de oro de los
ojos de ella. Sus manos se buscaron y se estrecharon como ante una visión adversa; y de súbito, se
echaron á reir estrepitosamente. Los tiesos yankees
Y las estiradas misses volviéronse á mirarles frios
pero sorprendidos de aquel parlotear y cantar de
pájaros. Ellos no lo notaron. No vivían sino dentro de si mismos. Uua tejanita que tal vez chapurraba en su inglés un jil'ón de español de algún su
antepasado hispano, dijo maliciosamente á otra su
coterránea:
-Son pichonas.
-Oye, José, interrogaba ella, ¿por qué habré yo
tenido miedo junto á ti? Te lo he dicho, estoy sola
en el mundo ....
-No, no, [interrumpió él, estabas sola antes de
encontrarme, ahora ....
-Eso, eso, se apresuró á decir Blondína, estaba

sola, ya no. Pero lo que pasó hace poco, ¿sabes? . .•
tuve miedo por ti, no por mi, y te comuniqué mi
miedo; tú también tuviste miedo, ¿verdad?.... ¿Qué
será eso? .... Presagios? Mi padre no hizo feliz á
mi madre; mi madre, muerto él, no tuvo dia de salud. Desde pequeña, no diré que he vivido triste,
sino entristecida. La tristeza no me brotaba de dentro, me venia de afuera, digo, del exterior se me
deslizaba al interior del alma. No sé, nunca he sido dichosa .... hasta que perdí el ticket, y más después que confiada te he seguido habiéndote desviado de tu camino. Sin el ticket ni nos hubiéramos ha·
hablado jamás .... ¿Crees en el destino, José?
-Blondina, creo en ti. La verdad es que no so}
fatalista. Si hemos de creer en el destino tú y yo,
tenemos que juzgarle como el mejor amigo nuestro. Sin él no nos hubiéramos conocido.
-Bueno, ¿y por qué tuviste miedo?
-Yo, contestó él, yo .... ¿y tú por qué lo tuviste?
Tú me lo sugestionaste a mi.
- Yo! por ti, te he dicho, por ti, por ti; y martillaba Blondina repitiendo, por ti.
-Explicate, dijole él.
-Poi· ti. En medio de nuestras agradables palabras, viéndome en tus ojos vi en el fondo de ellos
un puntito rojo que fué creciendo, creciendo, basta empaparte la mirada en sangre. No te he dicho
cómo murió mi padre: asesinado. Pequeñita yo,
cuando le llevaron á. casa, le vi cubierto de sangre
roja, roja como el puntito que vi en tus ojos y que
fué creciendo, creciendo hasta empaparte la mirada. Yo le tengo horror á la sangre, mucho horror.
-Blondina, no hablemos de estas cosas. Vuelves
á entristecerte y eso me entristece á mi.
-Dices bien, hablemos de otra cosa, contestó
Blondina, y volvieron á sus primeras frases de tór·
tolas enamoradas, de pichonas, que decía la tejanita.
El tren corrla por las llanuras del Sur de Tejas,
tanto ó.más extensas que las nuestras. Habla obscurecido hacia tiempo y el porte1· comenzaba á preparar los camarotes para dormir. Una sección completa habla tomado mi ex-charro, fué arreglada
desde luego por el negro servicial á quien vi que
le deslizaba aquel algo en la mano: monedas sin
duda. A poco, indecisa, despidióse Blondina, recogiéndose eu el camarote de abajo; vi el movimiento
de las cortinas corridas bajo las cuales se desnudaba la joven. Quedóse su compañero algún tiempo
sentado frente á su sección, con los codos sobre las
rodillas, la cabeza entre las manos, después se levantó y desapareció entre las cortinas que cubrieron la toilette de noche de Blondina y ..... .
........ ; al lecho misterioso
Venus conduce á la beldad divina
Que mal esconde el susto fatigoso.
Mirt-ilo, hablando quedo, á ella se inclina,
Y se oye un ¡ay! mas el Pu&lt;}or cuidoso,
Cierra del lecho la nupcial cortina.
Dije con Luis G. Ortiz¡ y me fui á acostat· de un
humor de todos los diablos.
JEsús E. VALENZUELA.

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REVISTA l\1ODERNA.

REVISTA l\lODERNA.

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LA BALANQOIRE.
DeA pet it'11 , nrant:,; jouaiC'nt Ji.
-Plwtn.'ilwt.

Yola comme ces tL.._,,u~ sont
ftno et ' d 611ra ts.-1'1'iotrit•.

Tout un essaim d'enfants au jardin vaga.bonde;
Et leurs petits peplos, mauv~s, pourprés, bleus, verts,
Jaunes, blancs ou gris perle, en des bouquets divers,
Se sont enguirlandés pour danser une ronde.
Myrtale au- dessus passe, avec un bruit de fronde,
En balanc;oire; et rose entre ses bras ouvertJ,
Par volutes, remous, torsades et revers,
Flotte son long manteau que le soleil inonde.
L'agrafe se détache; et l'on dirait soudain
Un vélum frissonnant llUX arbres du jardin,
Pour éventer les fronts de la troupe enfantine;
Ou quelqu' ibis d'Egypte, ébloui des couleurs,
Et dont l'hésitant vol, sans se poser, s'obstine
Et palpite llU dessus d' un parterre de fleurs.
LtoNcm om JONCI~RES.

LE BATTEM ENT DE SES SEINS.
Pt'Ut f tre mo vlenJra l 11 un
songe qul me mettra dan, Je,;
brAA d&lt;' mi\ bl"n nim~~.-An,t
rlti,u

O ma l&gt;elle, 1111liol(}ue tu m'tu
tlonne ti« embh~m,,; c:'.' e tH
M'ins, Je beni8 ce don tt j'en
n1&gt;11réch1 la \*RIN 1r.
P llirl Ir Sil~1t1..,, ;,,.

Elle ue p"ut soitir ce soir; il pleut, il gréle;
Sa mere a clos la porte aussit0t le repas.
Je ne dois pas entendre accourir son cber pas;
Et je dormirai seul, sans me presser contre elle.
Oisea.ux que nous devions, la tete sous votre aile,
Jmmoler :\ Cypris- puisqu elle ne vient pasJ ' ajourne a son retour votre double trépas.
Repost&gt;, ú mon ramier, pri·s de sa tourterelle!
Mais m'approchant de vous en silence, je ,ais,
Sans vous éveiller, tels, da.ns vos ticdes duvets
Roulés, pelotonnés, je vais vous prendre ensemble;
Et je vous placerai, moelleux petits coussins,
Sur ma. poitrine, a.fin qu'en dormant il me semble
Toute la. nuit sentir sur moi battre ses seins.

LÉOXC■

DE

JONCI~RES.

J,

n

UN TEATRO POPULAR.

cTSt:TA-ZA,• el Teatro de la •Hiedra Legendllria,• abrla. sus puertas á las diez de la mañana. de
aquel dla, para. cerrarlas al cabo de quién sabe
cuántas llricas jornadas. El pórtico ornamentado
con la versicolor floración de mil encarrujados farolillos, lucia. una. pintoresca. serie de esos famosos
•affiches• que Félix Régamey introdujo en la. decoración de los salones europeos y que hace dias celebraba. Jean Lol'l'ain, en un entusiasta articulo dedicado á SADA- YAK0, la. actriz japonesa triunfante
en pleno Pa.ris .... Aquellos caffiches• eran la clave
gráfica del drama. que iba á representarse; trazaban los terroríficos episodios, retrataban á los héroes fabulosos y una. multitud pobre, incapaz de
pagar el medio yen de la entrada, ancianos, mujeres y niños, centena.res de niños, se contentaba. con
caer en pasmo ante los cartelones de furiosas lineas
y ardiente colorido . . . .
Avido de tanta novedad halagüeña, hice mi entrada media hora. antes que la función comenzara. Un
vestlbulo destinado á contener los milla.res de zuecos que los concurrentes, uno por uno, van abandonando al entrar y lateralmente dos loca.les, uno lle·
no de dulces, fmtas y pasteles; el otro de todos los
bibelots de la. cocina japonesa y ambos indispensables en una asamblea. que no se disuelve en las do•
ce horas de un dia. .... Avanzando más, la sala. de
espectáculo: un hall inmenso con un patio en medio, dos gradas de pequeños palcos á los la.dos, una
vasta galerla en el fondo, sobre la entrada, y á su
frente el proscenio, cuyos misterios cubrla. en esos

instantes un gran telón en forma. de cortina corrediza, fresca. y deliciosamente pintada. con una tumultuosa. • marina.• Como detalles, cortando el • patio• á lo largo y prolongando el escenario, dos caminos como puentes, por los que entran y salen los
actores que se ven a.si momentáneamente mezclados con el público, y de un extremo á otro del plafón, largas tiras, especie de bambalinas de telas
multiculores que ofrece al actor triunfante el público que lo admira y que son á la vez ex-cotos artísticos y adornos de los más brillantes. La cortina- telón, partla. de un ancho panneau horizontal
cubierto con una gran franja. de hermosisimo damasco, bo1·dada. con el bl1tsón del teatro, la hiedra
japónica que se vela repetida como motivo orna.mental, en multitud de accesorios y detalles. Al
borde de la rampa, una fila de mecheros de gas y
sin palco de orquesta. el patio tendido de uno á otro
extremo.
Comienza. el público á llegar. Son grupos de
cmusmés• y • muskos• ó familias enteras que se
instalan desde luego, se ponen cá son aise• y se
,en al momento rodea.das por mozos que les Uevan
los braserillos para. las pipas, las salvillas llenas de
bombones ó los accesorios para. el thé. En pocos
momentos el teatro está lleno. Me contraria. ver
que los cmuskos• corren persiguiéndose de un la.do á otro, que el ruido es excesivo, pues eso me impedirá el comprender una frase, una palabra. siquie·
ra del parlamento de los actores. Y lo peor es que
aquel barullo no cesará, pues los japoneses tan co-

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rrectos siempre, no tienen tenue en el teatro cuyo
público parece más bien el de una feria al aire Ji.
bre. Los vendedores, los niiíos y sus ayas van y
vienen interceptando la vista del escenario; los auditores comen, fuman, beben, creo que brindan, y
tanto ruido y tanto movimiento amengua las impresiones que del proscenio emanan ....
Parece por fin que el auditorio se aquieta y calla; .... se oye, previniendo, el duro chasquido de
dos trozos de madera; una orquesta invisible redobla en eusurrantes tamboriles y arpegia en trémulos laúdes y por fin dando principio á la función la
gran cortina se descorre y un actor en traje de antiguo sacerdote ejecuta el •SA)IBASHO,• baile emblemático que en el Japón precede á todas las representaciones como un recuerdo de la danza sagrada que h1ice mil años salvó al Yamato de una
pavorosa catástrofe. El baile es breve, su ejecutante des'lparece y en su lugar invade la escena un
tropel ele viejos samw·ai", cubiertos con armaduras
de laca y oro sobre trajes ele seda, tocados con cascos coronados por antenas, cascos que parecen epopeyas de gloria, sobre los negros himnos de las armaduras tenebrosas ....
Los guerreros al andar entre sus rnbles erizados,
crujían como crustáceos enormes .... Sus menores
gestos eran retos, proYocaciones, amenazas y bajo
el duro hierro de sus armaduras, el ímpetu de sus
rabias y el furor de sus gestos encontraba un noble ritmo grave y marcial.
Los agudos brillos de suq cascos partían como
saetas y las oblicuas sombras de sus cuerpos se
tendían como banderas abandonadas.
)Iarchaban, los guerreros, entre el duelo de sus
armaduras parnnadas de laca y el áureo chispear
de sus cascos damasquinados de oro; ernn sombra
y luz, eran el dla del Triunfo y la uoche de las matanzas, eran la muerte, eran la Gloria ....
El paladín de más alta jerarqula hablaba á. los
demás sugestionitndolos imperiosamente. El actor
que desempeñaba aquel papel debla ser un gran
trágico; la boca y la parte baja de su rostro estaban
cubiertas con la máscara de guena; pero á aquel
l,ombre le bastaban los ojos para agolpar en ellos
como en un fanal condensador todos los sentimien
tos de su alma. Indignado y conmovido, como un
caballero andante, narró una gran injusticia, una
suprema iniquidad y sus ojos en blanco imploraron,
y sus pupilas nubladas sugirieron un llanto piadoso y aquellos ojos mismos se inyectaron á poco, se
enrojecieron como una fragua forjadora de rayos
vengadores que eran miradas de indignación fu.
riosa ....
Por momentos, en los episodios más patéticos,
circulaban por el escenario extraños personajes furtivos con trajes y antifaces negros, que yendo y viniendo ayudaban á los actores á. despojarse de un
trnje, los abanicaban, les alumbraban el rostro en
los momentos más pasionales .... Son los •lrnromango, • y se les supone invisibles, aunque á veces
intervengan con demasiado celo ....
Cuando la escena de los samurai terminaba, se
vió de pronto que todo el e~cenario, con decoraciones y actores giraba lentamente y desaparecía, mientras que el mismo movimiento giratorio hacia apa-

47

recer otro escenario diferente con un nue,o grupo
de artistas .... Es que el piso del foro en los teatros
japoneses está formado poi· un gran circulo dividido por el ditimetro en dos partes: mientras en una,
que es ,·isible para el público, est{L representándose un acto, en la posterior los obreros preparan la
decoración inmediata.
La nue,·a escena era el interior ele un yashiki•
palacio señorial, donde tres damas nobles habla,
ban entre si; los trajes eran suntuosos, los peinado&amp;
magníficos y en los hermosos rostros pálidos sangraba el grano de coral de las bocas diminutas ....
A poco sobrevino una inquietante matrona de gris
cabellera, diabólicos ojos amarillos, ostentando un
kimono ele seda, bruno y dorado como la piel de
una pantera .... ; sus movimientos eran elásticos y
folinos y su boca ensangrentada tenía un no sé qué
ele cruel ....
Era un personaje misterioso y se adivinaba que
en su carácter iba á condensarse la tragedia ....
Las tres suntuosas damas se retiraron, dejando
en la escena la nostalgia de su deslumbrante
hermosurn y la misteriosa matrona quedó sola,
después que un grupo de sirYientas la rodeó
con la lámpara veladora ele papel, los edredones,
todos los accesorios para el sueño japonés. Enton•
ces á la izquierda del proscenio la orquesta prorrumpió en una música inquietante, mientras que á
la derecha el coro, un coro como el de la tragedia
antigua, revelaba el misterio de la matrona enigmática y la deYOlvia á la verdad de su sér diabólico y malYado.
El personaje semejaba una bruja partiendo para
el csabbat;• su rostro iba perdiendo lo humano y en
todo su sér la felinidad se acentuaba; hubo un momento en que sacudió la cabeza y sobre sus sienes
quedaron erizados dos mechones grises como las
orejas de un enorme gato; luego cou un sacudimiento resbaló el primer traje y apareció un segun:lo
que era como la piel áspera de una hiena ... Aquel
sér tenia entonces una dudosa ambigüedad y l:i.
mujer por instantes iba transformándose en bestia .... En primer t(•rmino en la escena, había un
biombo transparente y cuando la mujer pasaba
arrastrándose !'rente i, él, el público veía proyectarse en la pantalla la negra y enorme gilueta de
un gato de maravillosa realidad!
Hubo un momento en que en una de las puertas se
escuchó un ruido alarmante y entonces creyéndose
sorprendido el personaje, con tres gestos volvió su
sér humano; su cabello se alisó, el traje perdió su
aspecto de piel de bestia y al pasa1· por el biombo
la sombra que se proyectó entonces, fué la comim
silueta de una mujer! Estos tom· de force de la escena japonesa son pasmosos en verdad y la mistificación es total, absoluta! .... Pero iba á venir algo
en que el triunfo era para el intrínseco talento de
los actores ....
La mujer pantera volviendo de su alarma, había
recobrado su sér bestial, cuando distinguió á una
de las lindas damas pasear á los rayos de la luna
por el verandah de la mansión ,v desde luego comenzó á acechada como acecharía ft una gacela un
hosco chacal. L~ Bestia-hembra)royeetaha su fascinación y alhi. en el e~trem_o del proscenio la her•

�REVISTA ~10DERNA.
REVISTA MODERNA.

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mosa criatura. temblaba sin conocer por qué y luchaba desesperada por no ceder á la siniestra sugestión que la atrala. .... Pero fué en vano! al cabo
las distancias se acortaban y cuando la pobre
,musmé• vió por fin á su verdugo y se explicó la
posesión siniestra, el demoniaco maleficio, quiso
gritar y exhaló un ronco estertor, quiso huir y la
fascinación la arrojó tambaleando en los brazos de
la hechicera! Entonces ésta la abrazó con furia sen·
sual y rasgando la veste de brocado, descubrió un
seno ebúrneo y palpitante, que sus dientes mordie•
ron, que sus labios besaron con un heso ventosa,
brutal y astrin;.{ente que aspiró la sangre y dejó
marcado el orbe de marfil del blanco seno coa un
moretón cárdeno como una flor de hiedra!! ....
Después el \'ampiro, la goule asquerosa jugó eon
el cadáver de su victima como intentando una resurrección .. ! La bestia levantaba un brazo y la muer
ta como galvanizada repetla el ademán. Aqul lo ad·
mirable era la perfecta imitación de la rigidez cadavérica interrumpida por la sugestión de la bruja,
y cuando ésta tomó al cadáver y lo arrastró y lo
hizo tomar diversas posturas y al fin lo arrojó de si,
el realismo de aquellos actos motivó que por momentos el público se sintiera estremecido por ráfagas de verdadero pavor ....
La escena macabra y demoniaca se prolongó aún
llena de espeluznantes detalles, y en toda su duración no hubo ni un solo detalle grotesco, pues los
actores supieron mantenerla en el terreno del gran
Arte ....
Siguieron luego otras escenas, entre ellas un baile infantil, un ballet de •muskos, que fué una delicia: las criaturas ornadas con suntuosos trajes

eran flores cuando inmóviles y mariposas al agitar
las grandes mangas de sus irisados trajes!
Una de las últimas escenas fué una disputa entre
dos •samurai• que terminó con el harakiri, el suicidio voluntario de uno de ellos y los protagonistas
desempeñaron admirablemente sus papeles, representando á maravilla la ironla, la burla, la cólera,
el odio ... Y antes de que el noble vencido se abriera el ,,ientre, una patética escena en que interviene
su mujer intentando a.morosamente disuadirlo de
su trágico y caballeresco empeño.
Y la pieza te1·mina con el apoteosis del bravo samurai: que consiguió matar á la imfame bruja, á. la
mujer chacal que desolaba la comarca ....

Hubiera podido de una manera ordenada y sistemática contar á. los lectores el argumento de esta tragedia japonesa, después de traducir su libreto; pero preferl trasladar mis impresiones como
las recibl, con la incoherencia y el misterio con que
por mi fueron resentidas. . . . En el teatro japonés,
los actores son superiores á los autores, y mucht1s
veces una pieza nimia ó defectuosa es dignificada
por el genio de un DANJUR0. Eso fué lo que me
pasmó y me maravilló: el juego magistral, estupen·
do, poignant de los intérpretes de la pieza que he
abocetado!
Y desgraciadamente es un imposible t1·a.e1· al papel, aquellas máscaras trágicas y dolorosas; las dulees y ambiguas fases de las pálidas •musmés, y los
rostros airados y terribles de los samura\" vengadores!

LA BORDADORA.
A Manuel

José Othón.

JOSÉ JUAN TABLADA.

Yokohama, l::&gt;00.

RECUERDO DE INFANCIA.
Señora mla:
A las demandas de las hijas de Eva, creo que el
partido más sabio y sano sea responder siempre
que nó. Esta vez, tratándose de retornará la infancia, no quiero parecer villano.
De mi infancia no tengo memorias, ni bellas, ni
buenas, ni curiosas.
Mi más antiguo recuerdo me pone súbit11mente,
ay de mi! en relació1i con un sér del otro sexo, como se dirla en lenguaje de cierto uso que, según
los manzonianos, debiera ser la lengua del buen
gusto.
Me encuentro en un lugar ni bello ni feo quizá
un jardincillo cerca de la casa donde nacl,- en un
dla ni de primavera, ni de invierno, ni de estío, ni
de otoño. Me parece que todo, cielo y tierra, arri·
ba, abajo, al derredor, fuese húmedo, gris, estrecho, indeterminado, penoso.
Yo, con una niña de mi edad,-ignoro qué haya
sido de ella,- enrollá.bamos, teniéndola de las dos
puntas, una cuerda¡ y me parece que asl declamos
ó crelamos hacer la serpiente.
Trad. de !11. •Rev. '.\loderna.,

/

De repente descubrimos entre los pies una bella
bodda; es el nombre, en el dialecto de la Yersilia,
de algo semejante á la rana. Grandes admiraciones
y exclamaciones de nosotros, dos criaturas nueva~,
sobre aquella antigua criatura.
Las exclamaciones fueron al parecer un poco ruidosas, porque un señor grave, con gran barba negra y con un libro en la mano, se presentó en la
entrada á reprimirnos, mejor dicho, á reprimirme.
No era mi padre: era, lo supe mucho tiempo después, un marido putativo de una mujer de otro, alojada. por casualidad allí cerca.
Yo, blandiendo la cuerda, como si fuese un flagelo, sall ásuencuentro gritándole: fllera, fuera, feo!
De entonces en adelante, he respondido siempre
a.si á toda autoridad que haya venido á amonestarme, con un libro en la mano y un sobrentendido
en el cuerpo, en nombre de la moral.
Pero esta historia, para niños, no es verdaderamente moral.
Qué queréis que yo haga, Señora? Es historia. Y
yo he obedecido.

' CARDUCCI.
Gt0SUE

Acompañada por un lloroso
Susurro de hojas primaverales,
En su castillo del Norte umbroso
La lluvia tiende sus gi-ises chales.
Con sus madejas de fina lana
Oculta el aire tenue y ligero
Y en el cuadrado de tu ventana
Teje embutidos color de acero.
Entre las blondas de tu cortina
Tu mano á. ratos su dorso asoma:
Mano luciente y alabastrina
Como el plumaje de una paloma.
Tras el hilado brillante y fino
Que forma el ngua, la aguja mueve,
Y en tu pañuelo de blanco lino
Dibuja flores color de nieve.
El ágil duende del aguacero
Toca en los vidrios incomodado
O hace que suene su pie ligero
Como lJJ) martillo sobre el tejado.

Ya en tus oídos risas desgrana,
Ya con las bolas de sus granizos
Mata en los tiestos de porcelana
Tus crisantemas de blondos rizos.
Al fin vencida por sus intentos
Dejas tu aguja que pinta flores
Y vuelves todes tus pensamientos
Al paralso de los amores.
Atrincherado tras mi vidriera
Yo un primoroso libro lela:
Verlaine lleno de fe sincera
Y quejumbrosa melancolla.
Y el mismo duende cabecicano
De ojos lucientes de travesura
Que con sus artes paró tu mano
Quitó los ojos de mi lectura.
A ti tornados, miré tu cuello,
Las frescas rosas de tus mejillas,
Y las agujas de tu cabello
Más relucientes que las gavillas,

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�REVISTA MODERNA.

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REVISTA l\lODER~A.
Al brillo entonces de un raudo sueño
Pensé en las manos llenas de dones,
En un semblante puro y risueño
Y en los bordados de los nipones.

Miré tus brazos, tersos y flojos,
En tus rodillas abandonados,
Y tus amantes y dulces ojos
Por el arrobo transfigurados.

Y deslumbrado por tu belleza
Que más realzas con tu decoro,
En el brocado de mi tristeza
Bordé ilusiones color de oro.
EFRÉS

REBOLLEDO.

EL MULO, EL BURRO YEL CABALLO
es grande ni por el genio; no sirve para mandar ni
para ser mandado; es inútil y discolo, improducti·
vo y vanidoso, estúpido y rebelde, incapaz y temerario ....
Y lo mismo en la especie bípeda implume. También consta de tres familias. También hay en ella
hombres- mulos y hombres- caballos.
De estas tres familias, yo preferiré siempre la de
los hombres-burros y la amaré con infinita ternura. Asimismo toleraré y respetaré al hombre- caballo .... ¡Pero llbreme Dios del hombre mulo, del
tonto con pretensiones, del necio cuya necesidad
empieza por no conocerse á si mismo, del sandio
ingobernable, del burro con pretensiones de caballo.

Para mi, el mulo es inferior al burro, y mucho
más burro que él, pues es un burro con pretensiones de caballo.
Yo amo al burro .... ¿Y cómo no he de amarlo?
-Su modestia, su mansedumbre, su resignación, su
docilidad me lo recomiendan como á un sér bueno,
pero desgraciado, que conoce su ineptitud y i;e con·
forma con ella; que no es presumido, ni ambicioso,
ni aspira á dominar á nadie; que se somete, en fin,
á la humilde rondición de su destino.
Y yo amo al caballo; yo lo admiro; yo lo respeto;
yo le tolero su soberbia, su jactancia, sn osadía tan
propia de su exquisita naturaleza, de su hermosura, de su ardor guerrero, de su generoso instinto,
de su noble caballerosidad.
¡Pero el mulo!. ... el mulo me irrita, el mulo no

P. A.

DE

ALARCÓN.

UN LIBRO DE JUSTO SIERRA.
A

La •Historia General,• de Justo Sierra, ansiosa•
mente esperada y entusiastamente acogida en el
.mundo de las letras, es una obra de ciencia y de arte escrita por un sabio de vasta erudición, por un
filósofo de poderosas miras, por un poeta de exquisita sensibilidad, es decir, por un historiador. Ha
reconstruido el pasado humano tal como fué, con la
característica topografía de los escenarios, con los
personajes a:iimados que se mueven en el drama,
con los hechos capitales y palpitantes unidos por
hábil relato en su dependencia causal; sin omitir el
estudio de las religiones, de las artes industriales,
de lits be~las artes y de las ciencias que forman por
activa reciprocidad-según frase de Littré- los diferentes estados de la civilización; sin descuidar el
análisis do las instituciones públicas, generadas por
el carácter de los pueblos y modificadoras á su vez
de ese carácter cuauuo se convierten en fuerza educativa; y, finalmente, fundiendo todas las historias
parciales-por suprema y comprehensiva síntesis-

JESÚS

E.

VALE.NZUELA.

en la historia unificada de la cultura humana bajo
la ley universal del Progreso, desde el nombre primitivo de '{isonomia p1·of1mdamente zoológica al
hombre moderno embellecido y dignificado por la
constante y laboriosa selección de la naturaleza.
Este libro puede ser examinado desdo muchos
puntos de vista. Reservo, para artículos posteriores, el estudio de dos tesis: historia de las instituciones é historia de las ideas y sentimientos en la
•Historia General• de Justo Sierra. Hoy me propongo abordar un problema más amplio: cómo debe escribirse la historia; cómo la ha escrito Justo
Sierra.

I
Cuando se trata de historiar un país determinado
ó solamente una época do su vida sociológica, el
trabajo preparatorio de erudición consisto en compilar los &lt;Jocqmentos indispensables, tratados de Ji.

5l

g1·andes nombres figuran en ella, los nombres de
teratura y libros de cocina, memorias, corresponlos maestros, antiguos y modernos. Sierra, desde
dencias, inventarios .... todo lo que se empolva en
hace años, los estudia con amor. Ti13ne, además, lo
los archivos y bibliotecas. Se hará, además, nn estuque pudiéramos llamar el olfato de los buenos lidio d'apres nature, de los Jugares en los que pasó la
bros: esto es perfectamente conocido de los señores
acción, interrogando á esos otros libros que se llalibreros de la capital. En plena vida del siglo, al
man el rlo, la montaña, el valle, la ruina, y en los
tanto del movimiento intelectual europeo y ameri·
sitios mismos se recogerán las tradiciones, las le•
cano, puede decirse que ha leido lo mejor sobre la
rendas las fábulas corrientes que á veces enciemateria. Dado esto, y concedida su capacidad, re~ran u~ fondo de verdad importantlsimo. El traba• sulta que su preparación para los estudios histórijo de critica consiste en escoger, en valorar, en cocos es, en Jo que cabe, completa. En cuanto al criordinar los documentos con lógica inexorable y con
tico, sus facultades anallticas son bien sabidas: es
la pasión de la prueba, comprendiendo por ellos y critico de nacimiento, como es poeta. Sin embargo,
A través de ellos, las épocas y los hombres. El crino se atiene á su flair, sino que verifica cientlfica·
ticismo ó facultad de critica no se adquiere, como
mente sus opiniones y no las da ascenso hasta que
no se adquiere la facultad oratoria: lo que nada di•
salen incólumes de la prueba. No acepta por acepce al vulgar compilador será elocuente para los estar á falta de datos y documentos: no acepta tamplritus sagaces. Un hecho, un rasgo, una palabra,
poco por mera simpatla ni desecha por repugnanpodrán ser datos inesperados sobre un periodo ó cia ó cálculo: es honradc, es sincero, y la sincerisobre un carácter, que modifiquen la simple opidad, dice Taine, es un comienzo de buena critica.
nión-nacida del instinto critico-elevándola á la
Si duda, expone dudas; si sabe, afirma. Cuando la
categoria de certidumbre histórica. Detrás de una
ciencia vacila sobre algún punto, lo dice; se conforfrase aparecen un gesto, una actitud, un perfil; en·
ma con indicar los resultados probables, los que
tre las lineas tortuosas de un manuscrito ó entre las
mejor concuerdan con las investigaciones más acregrandes letras de un in folio, se mueven los gruditadas. Muchos puntos de esos se encuentran á
pos de hombres, vivientes, en eterna lucha por la
cada paso en historia, sobre todo, en la historia de
rxistencia, pensativos en la Asamblea, armados en
las primeras edades, y muy particularmente en la
el campamento, clamoreando en la montaña como
pre-historia, por la escasez documentaria y la imJu aves de presa, rugiendo en el Foro como las
posibilidad de la experimentación. En casos tales,
olas del mar. Entonces, bajo el sudario de polvo
Sierra piensa como Beaufort: • .... para los acontede los archivos y bibliotecas, sentirá el historiador
cimientos pasados, no hay demostraciones geoméque algo se mueve y palpita: el alma inmortal de
tricas; á falta de certeza, el historiador debe con·
un pueblo. Y cuando haya vivido la vida propia de
tentarse con lo veroslmil y tener un acontecimienlos lugares, cuando haya experimentado en si misto por Yerdadero cuando no es absurdo .... •
mo las impresiones de la naturaleza que experi·
El método de Sierra, al distribuir y encadenar los
mentara el grupo social que ali! habitó, llevando materiales, es el método natural que á todos se
un poeta de la época para leerlo junto á las ruinas ofrece, pero que muy pocos-sólo los elegidos-sacantadas (leer á Homero bajo un pórtico de már- ben aplicar: omitir Jo superfluo al pensamiento de
mol ó á Tácito entre los escombros del Circo! .... ), la obra, al objeto que se propone, y vivificar lo
cuando se haya compenetrado con el medio am- esencial (sea cierto ó hipotético) en un relato siste•
biente hasta comprender-por sentirlas-sus secre- matizado y elocuente. Si para damos á conocer
tas influencias sobre el alma, puede empezar su una planta ó un animal se nos señalan algunos
obra: tiene escenario, personajes, drama.
órganos prinripales, no todos, y algunos órganos
Pero cuando se trata de la historia universal, es- secundarios, ó todos, nuestro conocimiento tiene
te trabajo es humanamente imposible; el procedi- de ser forzosamente incompleto é inexacto. En
miento tiene que ser distinto. El erudito critico se cambio, si se precisan las estructul'as, si se seservirá de las monografías, de los estudios de los ñalan todos los órganos principales y estables aun
grandes geógrafos é historiadores, haciendo una cuando se olviden los accesorios y sujetos á variacondensación, en un libro, de centenares de libros. ción, entonces nuestro conocimiento, sin ser comAnotará los resultados culminantes, seleccionando pleto, es exacto. Igualmente, en los organismos soy distribuyendo; mas sin perder la personalidad, cialeR hav caracteres necesarios y caracteres accebase de las obras originales; sin estrecharse á ser sorios; .;i.se tienen en cuenta todos los necesarios,
simplemente copista, no: buscará datos y pruebas se comprende el organismo; si sólo algunos de elloP,
y verificará esas pruebas y esos datos para obte· no se comprende el organismo en lo absoluto, pues
ner conclusiones propias, de tal manera que el se· todos sus componentes se ligan en un agregado esllo individual del escritor marque cada una de sus pecial y con su liga contribuyen á fines especialel•
páginas. No pudiendo obtener de cada pals y de Sierra consigue presentamos el cuadro de la civicada periodo los documentos pl'imos, tiene que va• lización humana en su parte esencial. Hay toques
lerse de los trabajos ya. hechos, y al estudiarlos, débiles, segundos planos en simples croquis, claros
debe seguir el mismo sistema de rigurosa y tenaz en los que algo falta; mas no son de tal suerte in·
Investigación lógica que seguirla si tuviera á su al- dispensables que trunquen la harmonla de la obra.
cance las fuentes históricas.
F:s pasmoso el trabajo de erudición y critica en Después de leerla, tenemos una idea precisa del
egipcio, del hebreo, del heleno, del romano .. . . y
el libro de Justo Si~rra. Al final de cada materia
se encuentran sei\aladas, en la Bibliografia, algu- esto basta. Para conseguir este resultado supremo,
para darnos idea de los hombres, no del hombre,
nas de las obras que b&amp;Il servido al autor. Los más

,.

�entra el autor en plena psicología histórica. Cada
pueblo tiene fisonomla exclusiva, propia conformación. Los antepasados, en virtud de la tendencia
que tienen todos los organismos á reproducirse, á
repetirse en sus descendientes (es lo que se llama
herencia) les tram,miten el carácter, el modo de ser,
el tipo; y este tipo, en el molde montañoso ó plano,
seco ó húmedo, regado ó estéril, (el medio fisico)
que habita, se deforma lentamente, adquiere partí·
cularidades de comarca y de clima, volviéndose ca•
zador, traficante, valeroso ó indolente, idealista ó
práctico, que sin destruirlo por completo (pues el
semen de los padres, ese monstruo de que habla
l\Iontaigne, deja tan imborrables impresiones, que
por sobre todas las capas de revestimiento posterior se manifiestan por ley atávica), lo precisan, lo
contornean, complicándolo y diferenciándolo al
mismo tiempo, como de las varias molduras del artista salen diversos objetos, vasos, jarrones, estatuas, de la misma indestructible materia. Y no só·
lo: la materia humana sufre otras transformaciones
al contacto del medio moral, al impulso de fuerzas
latentes que en determinado momento histórico se
manifiestan, á la reacción inevitable de ciertas tendencias genéricas (los ideales), causas todas de la
creciente complexidad individualizada que const¡tuye el progreso. No hay, por tanto, un hombre, sér
abstracto sin vida histórica, con identidad de imaginación y de alma, sino hombres, seres concretos
que piensan, sienten y obran de maneras especiaJisimas, dadas las causas de su nacimiento y las
causas de su desarrollo.-Sierra, con toques de
maestría artlstica, reduciendo á imágenes y metáforas la psícologia, nos da á conocer hombres. No
es posible confundirlos, las lineas de demarcación
son salientes, vivlsimos los coloridos; hieren la retina del espíritu con un rayo especial.

n
El historiador de la antigua escuela, mejor dicho,
el relatador (la ciencia histórica positiva es de nacimiento reciente), el relatador frío de hechos sin
causas y sin efectos, y por lo mismo sin importancia (estilo César Cantú), el relatador moralista según el cual Dios mueve á los hombres como el titi·
ritero á sus muñecos, y cada acto de la vida es una
lección que semeja un palmetazo (estilo Bossuet),
habrán hecho obras de lo que se quiera, no de historia. Cada acontecimiento y cada grupo de acontecimientos tienen su ley, y el erudito critico que
la busca y la señala se convierte en filósofo. Sin
esto, la historia no es ciencia. Cómo conocer un
hecho sin conocer su ley? Es efecto de otro hecho
próximo ó remoto, y causa á su vez del necesario
consiguiente; todos ellos están enlazados, sus relaciones son vitales, como es vital la relación del latí•
do con el corazón, la del pensamiento con el cere•
bro. La historia no es una agrupación de hechos
inertes: no es la anatomía de un esqueleto, es la
fisiologla de un organismo. Se describe una arteria: debe decirse cómo funciona, qué fines tiene.
Se describe un pueblo, el pueblo griego, por ejem·
plo: si nos conformamos con decir, los helenos hicieron ésto y aquéllo, decimos cosas sin interés; en

cainbio, si se estutlian los orígenes del pueblo y su
habitación geográfica, sus cualidades y defectos
de sangre y sus cualidades y defectos de medio; si
se analizan los siglos de formación, las institucio•
nes fllncionando en activo ejercicio, las ideas, las
opiniones, las costumbres que forman como una
atmósfera moral que también se respira y que tam·
bién nutre; si se muestran las causas de las grandes guerras y las del inmenso triunfo, y as! sucesivamente hasta el crepúsculo histórico (no ha tenido ocaso) de aquella raza de héroes- poetas, entonces los hechos serán elocuentes y despertarán pensamientos y emociones porque con vida real se les
sentirá nacer y desarrollarse. . . . Si todavía nos
elevamos más en la síntesis, podemos resumir en
una fórmula generallsima-causa de causas-el
carácter, la esencia misma del caráctei· heleno: el
historiador filósofo señala esa esencia en el poder
de difusión (la simpatla del alma) que lanzó á los
cuatro vientos la semilla de los laureles, que no secaron ni los soplos abrasadores del desierto, in•
formando las civilizaciones posteriores con las palabras harmoniosas de los filósofos y con los versos de miel de los poetas. El Helenismo: en esta
palabra se condensa toda una historia. Unificar los
hechos bajo las leyes; unificar las leyes bajo la ley:
tal es el problema.
Justo Sierra, hábil, no con la habilidad del slm•
ple retórico, sino con la del pensador que abarca
horizontes de águila, ha conseguido ser historia•
dor filósofo, sin ladear, como es muy fácil, al terre•
no de la pura especulación, convirtiendo á la histo•
ria en auxiliar de la filosofla, y no como debe ser
y lo ha hecho, á la filosofía en auxiliar de la historia. El mismo, en el pequeño prólogo de su libro
Jo advierte: entre otras cosas de ardua realización,
se propuso generaliza¡• sistemáticamente, sin converti1· el libro en una filoso/ta de la histo1·ia.
¿Quó sistema sigue en sus generalizaciones? En
primer lugar, se ha valido de la misma narración,
combinando los acontecimientos con arte delicadi·
simo. Combinar equivale A filosofar. De esta ma•
nera, el orden mismo de los hechos indica los cau•
sales y los producidos, los que tienen resortes remotos, y los que por gran acopio de savias podrán
tener lejanas influencias. En la parte de su tratado consagrada á la Edad l\Iedia, se ha excedido,
haciendo un relato que á este respecto nada deja
que desear. Todas las causas están señaladas, y los
resultados se desprenden lógicamente de la expo•
sición, como una consecuencia de sus premisas.
Los hechos agrnpados bajo las leyes, forman un
concierto harmónico de la vida. Léase, sobre todo,
la tercera división de la Edad Media: el Periodo de
las Nacionalidades. En segundo lugar, ha escogí•
do los hechos con tino inequivocable. Escoger,
equivale también á. filosofar. Entre los que forman
un pel'iodo, entre los que pueden reducirse á una
fórmula comprensiva, los hay estériles en el sentido de que no son del todo necesarios á. la produc•
ción de los estados de civilización, y los hay inútiles, por ser de la misma especie de los que se ge•
neralizan, puesto que en este caso basta y sobr.:.
con citar los culminantes, los decisivos, para establecer la. &amp;'eqer~lización. &amp;i con tres ó cuatro de

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

52

interés verdadero se puede fijar el carácter de una
época histórica, ó formular la ley sociológica, el
historiador filósofo, para ser conciso y claro, y ver·
daderamente filósofo, debe concretarse á ellos. Un
cronista apunta día á d!a, y minuto á minuto, las
mil peripecias de la vida y no nos hace compren·
der la vida; el historiador que concentra el drama
en las escenas palpitantes, colocándonos en los focos de pasión, excita nuestro interés, despierta
nuestra curiosidad, nos hace asistir de cerca á la
vida, sentirla y comprenderla. En tercer lugar, Sie·
na, después de la historia de cada etapa dtl la civilización, indica en Observaciones Generales, algu•
nas ideas en orden de filosofla histórica. Incomple•
ta es esta parte del libro, y sin las explicaciones
orales del profesor-y de un profesor como él-in·
inteligible. Por ejemplo, luego de brillante resumen
de la historia orit:ntal, escribe en sus Observacioms: •2 -b":sta historia forma una serie, y desde un
punto de vista superior, una civilización sola, que
desenvolviéndose en cada grupo parcial de lo más
á lo menos heterogéneo, de lo indeterminado :í. lo
diferenciado, en su movimiento total marchó por
varias integraciones ó unidad&lt;',s cada vez más comprensivas, hasta la inmensa que se llamó el impe·
rio persa, la mejor organizada de todas.• Escojo
esta nota poi· ser ti pica. El pensamiento que encierra será un misterio de alta filosofla para quien no
haya estudiado los •Primeros Principios&gt; de Her·
bert Spencer; y nótese que esta obra soberana es
fruto prohibido por el Jehovah de la Escuela Pre•
paratoria. Justo Sierra condensa en tres ó cuatro
lineas-y truncándola algo-la ley de Evolución
que el filósofo inglés desarrolla en más de doscientas inmortales páginas. De este defecto, aun•
que no siempre tan marcado, adolece la •Historia
General,&gt;
III
liemos examinado la obra del sabio y del filóso•
fo; examinemos la obra del poeta.
Resucitar al hombre muerto: este es el ideal en
historia. Animar, como Dios animó al barro, el polvo de los siglos soplándole aliento de etemidad;
sacudir en sus criptas á las momias faraónicas del
sueiio de mil siglos; evocar con magia de arte al
César epiléptico y á la cortesana de intachable seno; hacer que se levanten, al claro de la luna, los
castillos feudales y que cuelguen al aire los jardi·
nes babilónicos y que resplandezcan, en una gloria
de luz, los bailes de la corte ...... ser creador in·
cendiando las tinieblas con las chispas de fuego de
los mundos en combustión de vida, como en el Génesis bíblico: ¡qué tentación para el genio, que
ideal! Por lo menos, el historiador poeta debe darnos la semblanza, como Renan en su ,Vida de Jesús,• como Tácito en las •Costumbres de los Germanos.• Cuando el historiador siente como artista,
cuando vibra á la impresión como la lira al viento,
ve levantarse 8obre su mesa de trabajo (Taine y
Michelet han tenido la visión), la cariátide de:Mirabeau con ceño de dios ollmpico, la rubia cabeza de

Cristo de S. Just, el perfil de Robespierre, acera•
do y frlo como la cuchilla de una guillotina; y trans·
portado á la época, apasionado con las pasiones de
la época, sintiendo cóleras y sintiendo amores, con
una frase mueve, con un adjetivo anima, con una
cláusula resucita. Es como el pintor que guarda
en sus pupilas toda la luz del paisaje, y delante
del caballete parece que no con el pincel, sino con
los rayos de sus oj@s, fija los colores en la tela. En
todas partes busca el historiador motivos de pintu·
ra: penetra á la casta sombra de los gineceos, va á
las comidas báquicas de la sociedad romana guia·
do por Ovidio el libertino, corre en pos del pueblo
que aclama al Imperator en su carro de triunfo;
asiste al combate en que Esquilo es poeta, y al tea•
tro en que Esquilo es guerrero: apunta lineas, tra·
za fisonomlas, bosqueja grupos, y Juego, en la soledad de su gabinete, libra con la tela una batalla
de genio.
Como poeta, Justo Sierra es el primero. Su sensibilidad de flexiones, su imaginación simpática un
tanto liesbridada, su estilo lleno de cortes delica·
dos como las curvas de Fidias y de soberbias en·
tonaciones como las estrofas esquilianas, hacen de
él un gran escritor. Tal se manifiesta en su libro.
Retrata á los hombres con su gesto, con su risa:
Anlbal tiene cara de león, Pericles fl't!nte de mármol. Aquellos hombres alentaron, alientan toda·
vía. Los muertos que la humanidad bendice ó exe•
cra, están vivos en la obra.

IV
En suma: •En el historiador se combinan el crl·
tico que comprueba los hechos, el erudito que los
colecciona, el filósofo que los explica; pero todos
los personajes quedan ocultos detrás del poeta que
narra. Le soplan todas sus palabras y no hablan.
La historia no conserva las huellas ni de la~ con·
troversias de la critica, ni de las compilaciones de
la erudición, ni de las abstracciones de la filosofía.
Abstracciones, compilaciones, controversias, deben
fundirse en,una obra de arte al soplo de la imagi•
nación, como en el molde de aquel escultor de Ita·
lia, la plata, el plomo, el cobre, los vasos preciosos,
se fundieron para formar la estatua de un dios.•
(Taine) -Como el artista italiano, Justo Sierra fundió en el molde los materiales: ::10 fué la suya una
obra divina, fué una obra bella.
Sin separarse de la verdad, sin abrir la dorada
reja al idealismo, Justo Sierra en su libro se maní·
fiesta creyente, creyente de la grande especie, co•
mo el impecable Renan. Amor de la vida, savia de
libertad, legitimas aspfraciones, sanos y nobillsi·
mo!I anhelos, todo esto late, como las pulsaciones
de un corazón inmenso, en la obra.. . . . . ¡Es su corazón de filántropo! •Si el progreso se eclipsa en
un mundo, resucitará en otro; creamos en él.&gt; Son
sus últimas pa!abras. Esta creencia es el gran consuelo que deja en el alma la filosofía positiva mo•
derna, tan combatida como fueron combatidos los
Evangelios, por fariseos, y esto es lo que la hace

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REVISTA MODERNA
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REVISTA MODERNA.

acreedora al entusiasta cariño de la generación ac•
tual y lo que la hará digna del sereno respeto de las
generaciones futuras.

No hemos perdido la fe salvadora; •si el progre·
so se eclipsa en un mundo, resucitará en otro:• es·
ta frase del maestro es el Credo de sus discipulos.

POEMAS EN PROSA.

JEsós URUETA.

México, Mayo 2 de 1892.

(Para la •Revista Moderna.,)

¿Escribiría estas lineas en tu álbum? ... Oh, no!
Si me lo hubieras enviado, estamparla en él frases
de banal galanterla, de esas que, como estirados
caballeros en traje de etiqueta, hacen una genuflexión ceremoniosa y se pierden entre la multilud,
sincera pero vulgarmente aduladora; y no quedaría ahi huella de los pensamientos que has hecho
vibrar en mi cerebro ni de los aleteos de mi cora·
zón, que quiere, cuando te veo, romper su cárcel.
Aqui, en cambio, quedará esa huella, aunque in•
comprensible para ti, que no sabes, que quizá no
sabrás nunca que te son dedicadas estas lineas ni
que has inspirado esos pensamientos y provocado
esos aleteos. Porque ha sido uno de los mejores
triunfos de mi voluntad, al estar á. tu lado, el hablarte de cosas indiferentes, cuando dentro dt, mi
sér, como dentro de un templo cuyos rosetones han
sido cubiertos con tupidos velos, para que no se escape ni un fulgor ni un perfume de las luces y de
los inciensos del altar, ni una nota de los himnos
del órgano, se celebraba el sagrado oficio del más
puro de los amores.
Yo sólo sé que estas lineas hablan de ti, y por
eso me son caras; por eso, después de escritas, me
parece que esplenden y que cantan y que perfuman, como esplende, canta y perfuma mi corazón
cuando te acercas á él.
A mi amigo Okada Asataro.

En su rostro ovalado palidece el marfil,
La granada en sus labios dejó púrpura y miel,
Son sus cejas el rasgo de un oblicuo pincel
Y sus ojos dos gotas de opio negro y sutil.

•••
Cual las hojas de nácar de un extraño clavel
Florecieron las uñas de su mano infantil,
Que agitando en las sombras su abanico febril,
Hace arder en su sedas un dorado ron del ....

•••
Arropada en su manto de brocado turquí,
En la taza de jaspe bebe sorbos de tbé
Mientras arde á. sus plantas aromoso benjuí.

•••
Mas irguióse la Venus .... y el encanto se fué! ....
Pues enjuto, en la cárcel de cruel borcegul,
Era un pie de faunesa de la Venus el pié .... !!
Yokohama, 1900.
JOSÉ JUAN

TABLADA,

l;na maiiana .... Estábamos en plena campiña,
en medio de una turba bulliciosa y regocijada. Al
verte llegar, sencillamente vestida con un traje claro de muselina, te babia apenas saludado, alejándome después precipitadamente, temeroso de que
mi turbación traicionara mi secreto. Pero de lejos
te miraba á. veces, cuando nadie podfa advertirlo.
Un fresno añoso inclinaba hacia ti sus frondosas
ramas y sobre el azul del cielo se destacaba tu perfil de diosa griega. Tu cabellera, que reflejaba los
rayos del sol, cubda tu cabeza como un casco, y
bajo de él la corrección de tus facciones evocaba
el recuerdo de Palas; de Palas la virgen armipo·
tente é impoluta, diosa de la sabiduría y de la fuer·
za. :Me senti creyente, creyente de una religión ex•
tinta: de aquella que deificó las fuerzas de la naturaleza y pobló los bosques de hamadriadas y los
mares de n ereidas; sentl que el credo helénico, á
través de los siglos, por sobre la cruz, inundaba mi
1llma.
Gna tarde .... Encima de las montañas que limi·
1001.

....

tau el mar, habla el crepúsculo construido y esta•
ba derribando, entre fulgores de fragua y á mar·
tillazos de nubes, un edificio enorme, que parecla:
primero un templo, después un circo. Sobre ese te·
Ión de fondo te miré, con un traje obscuro de seve·
ro corte, que realzaba la esbeltez de tu talle y la
frágil delicadeza de tu busto. Una brisa ligerísima
acariciaba y hacia volar, formando aureola, las
guedejas de tu cabellera. T11 cabeza se levantaba
cuando escudriñabas el poniente ó se inclinaba
cuando profundizabas el océano con la mirada,
que era inmensamente dulce ú hondamente tierna.
l\Ie pareciste una mártir cristiana arrojada á las fie·
ras: una nube negruzca antojóseme un tigre que
se apercibía á hincarte sus garras, y una pincela·
da luminosa que brillaba sobre el gris acerado del
cenit, una paloma que bajaba del cielo para pre•
miar t11 martil'io. l\Ie sentí creyente, creyente de
una religión olvidada; de esa que deifica las virtu•
des y los sacrificios y pobló los conventos de páli·
dos monjes y el cielo de radiosos ángeles; sen ti
que el credo católico, á. través de los años, por sobre la incredulidad de la orgnllosa ciencia, inun·
daba mi alma.
Porque en mi despiertas el culto de la forma y el
de la idea, de la impasible Belleza plástica y de la
conmovedora Virtud cristiana.
Por ti quemarla la mirra de mi adoración sobre
el ara de Afrodita, ó comulgaria con la hostia san·
ta en el altar del Crucificado.
Condensas para mi todas las creencias, las que
matan y las que vivifican, las q11e hunden en las
sombras del pasado y las que elevan el alma en
asunción hacia los esplendores del porvenir.
Resumes la historia de mi vida á. tal grado, que
me parece que tu amor no &amp;ólo va á llegar hasta el
instante de mi muerte, sino que, por misteriosa é
inexplicable absorción retrospectiva, aboliendo
aílos transcurridos, destruyendo amores pasados,
se ha apoderado del instante de mi nacimiento.
Eres el alfa y la omega de mi carne y de mi es·
píritu.

•••
Pero yo sólo sé que estas lineas hablan de ti, y
por eso me son caras; por eso, después de escritas,
me parece que esplenden y que cantan y que per·
f11man, como esplende, canta y perfuma mi cora·
zón que, cuando te acercas á. él, aletea para rom·
per su cárcel.
l\IANUBIL PUGA Y ACAL .

�96

REVISTA MODERNA.

NUPCIAL.

.MÉXICO,

ARo lV

QUINCENA DE :FEBRERO DE

1901

REVISTA MODERNA
ARTE

I
Como una flor rosada, la novia, bajó el diáfano
Cendal que al pelo rubio sujeta la corona,
Frente al altar solemne y entre el incienso mlstico
A las delicias intimas de un sueño se abandona,
Y al novio que la mira, no puede sonrelr.

2'\

OlREC TOH: ,JESUS F,. YALENZUELA,

Y

CIENCIA.
.J FFE DE HEJ)ACC'IO:--: J l.·.Sl '8 lJRUETA.

Y la esperanza
De besos puros,
Que á los futuros
Dlas la avanza,
Y la hace huir
A las fantástica
Horas cercanas,
Vibra en las músicas
De las campanas!
Entre las copas frágiles espira la cbampaila,
En la enervante atmósfera flota un olor de fiesta,
El vals ondula y bulle, y agitanso las últimas
Parejas á los sones lejanos de la orquesta¡
El nupcial cortl'jo se aleja y va á partir!
Y la importuna
MelancoUa
Del muerto dla
Que hace la luna
Lenta, surgh·
Del cielo pálido
Por los confines,
Yibra en las músicas
De los violines!

II
MIO NIGHT DREA:MB.
Anoche, estando solo y ya medio dormido,
Mis sueños de otras épocas se me han aparecido¡
Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrlas
Y de felicidades que nunca ban sido rolas,
Se fueron acercando eu lentas procesiones
Y de la alcoba obscura poblaron los rincones.
Hubo un silencio grave en todo el aposento
Y en el reloj el péndulo detúvose al momento.
La fragancia indecisa de un olor olvidado,
Llegó como un fastasma y me habló del pasado.
Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
Y o! voces oldas ya no recuerdo dónde.

. . .. . . . . . . .. .. .. .. . . .. . . .. .. . . .. . . .. ... . .. . . .. ..
Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
Se fueron alejando sin hacerme ruido
Y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra,
Y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra!
JOSÉ

)U~cAnA OF.: SÁTIRO. - :'III GUEL ANOEl,.-FLORE:SC!A.

ASUNCIÓN SILVA, el Precursor.
¡.

Ti¡&gt;. tlt J&gt;11Ll1í11.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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      <description>A resource consisting primarily of words for reading. Examples include books, letters, dissertations, poems, newspapers, articles, archives of mailing lists. Note that facsimiles or images of texts are still of the genre Text.</description>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 3, Febrero Primera quincena</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>ARo IV
24

MÉXICO,

211

QUINCENA DE ENERO DE

1901

NúM,

2

REVISTA M1JDERNA

de la historia los mártires descalzos, los caballeros andantt:s y los profotas videntes; sintetiza
en bellezas los aromas, las músicas y las luces del universo, y cruzan por la humana fauta•
sla la divina Dulcinea con su esperanza y la eucarística Ofolia con su locura! ....

REVISTA MODERNA

,

ARTE Y
PlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA,

CIEN-CIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

CERYANTES.

Siento palpitar la tragedia!

SHAKESPEARE.
SI, es la tragedia de nuestro(dos espíritus que se han:encontrado y van á chocar sus fa~
langes armadas de rayos!

TELON.

..

\

' 'l\foISÉS11 Dl'.l l\lIGUEL ANGEL.-ROMA.

�26

REVISTA MODERNA

REVISTA MODERNA.

27

EL HIMNO DEL ULTRAJE.

En estos momentos, Parls vive en el Odio.
Las palabras de concordia, las santas voluntades las aspiraciones al bien, la ciencia, la moral,
la ~oesía, el espíritu, todo, todo se dobla bajo las
ráfagas formidables de una tormenta ~emoni~~ª·
La gran ciudad está poseída por la fiebre v1s10naria.
El Gobierno tiene miedo, mucho miedo, Y se hace
criminal.
La Iglesia, hipócrita y rufiana, atiza ~encores,
entrechoca intereses, cava sepulturas, sonando un
instante en la: restauración de su tiranía.
El Ejército, asesino latente, sintiendo palpit~r en
su seno el alma de Napoleón, el asesino glor10so,
cree que el Rey se despertará, vengador, del sueño que duerme bajo el domo de oro de los Inválidos.
La Prensa gigantesca, con sus millares de ojos
ardientes, con sus millares de lenguas caldeada~,
oraculiza fatídicamente sobre su trlpode, como Pitonisa demente.
y la gran ciudad poseída por la fiebre visionaria,
lanza á lo largo de sus avenidas y á lo alto de sus
torres, un grito histérico, robusto, e~orme, brutal,
mientras pasan bajo el Arco de Tnunfo, ª?vueltas por las épicas clámides del sol, con la vida es•
pectral de las evocaciones, las legiones de muertos
de la historia! ....
Detrás de los legionarios viene un tropel de perras flacas, bravas, hambrientas, el tropel de las
Envidias, aullando, mordiendo, devorando honras,
vorazmente, vorazmente ... .
Cada vez más sonoro, sonoro hasta vibrar en to•
do el mundo, aquel grito es un himno, es el Himno
del Ultraje,

Es el alma humana el instrumento más perfecto
de la l\lúsica. Los mares rientemente melodiosos ó

turbulentamente sinfóuicos, los cielos con sus ~ulgurantes harmonlas piadosas, ó con s~s. tra~e.d1as
de astros devorados, no alcanzan el d1v100 hnsmo
del alma que arna y del alma. que odia.

Un dla. un Poeta arrojó una. palabra. de justicia
á su pueblo. El pueblo se embraveció, tormentoso.
Pueblo pasional, era grande amando_ y fué grande
odiando. y de su odio brotó el ultraJe,

•*•
Los sarcasmos mordían a 1 P oeta, 1as 1'nJ'urias le
abofeteaban, las calumnias iban hasta el ~ondo de
su corazón á desenterrar sagradas memorias para
profanarlas, á su sed le daban hiel, á su virtud es
pinas, á su dolor latigazos, á su cuerpo cruz, á ~u
alma anatema .... El seguía, en medio del olea.Je,
alumbrando con las iradiaciones de su frente!

PRADERAS DE OTOÑO.

Llora el Otoño que se va! Llora sobre las auroras opacas que se levantan bostezando en lechos

Fué llevado ante la Justicia, Alli dijo que su obra
era buena, de paz, de amor, de poesía, Sancho Panza ¡0 condenó. El pueblo aplaudió á Sancho Panza.

El Hinmo del Ultraje crecla, crecía, crecla., • • •
tocaba los limites de lo humano, entraba al espacio puro de lo divino .. , . . alli era un Himno de
Amor!

y yo pienso que no hay una gloria más grande
que la de ser odiado tanto, puesto que el odio, ¡oh
Zola! no es otra cosa que la cólera del amor.
Paris, 1898.

de frios plumones, en alcobas de muselinas densas;
llora sobre los helados mediodías que pasan, todos
bruma, con un sol eeca.rlata enmedio, como polares osos blancos de jadeante lengua roja .... ; llora
en los largos crepúsculos que ahondan el tedio y
magnifican la. melancolla y en cuyo albor indeciso
palidece un cadáver: el Sol, y albea un fantasma:
la Luna .. ..

Dónde están mis tardes mexicanas, de largas nubes sombrías y vivos ampos dorados, áureas y negras como la piel de una tigresa .... ? Llora el Otoño inconsolablemente .... ! Los vidrios de mi ventana. están llenos de lágrimas, y en estos instantes
en que la nostalgia se obstina en besarme como
una odiosa querida, el primer huracán del Invierno golpea brutalmente la vidriera dolorosa con el
bofewn de un rufián sobre una mejilla inconsolable ....

JESÚS URUETA.

Llega este Invierno sonando una glacial •tocata•
en su clarín de hielo. Lo preceden sombríos heraldos de negras armaduras crujientes, de grandes
airones tempestuosos .... En el yerto campo debatalla se arremolinarán las ventiscas y se desplomarán los a.ludes .... ; hay legionarios que despedazan
los témpanos para hacer hachas; toda una falange
aguza lanzas y dardos de hielo,.,, Y en brutal de ·
safio, en provocación insolente, choca el Invierno
su álgida rodela con el broquel del sol, sonoro y
áureo!. ... Los rayos del sol se tienden lacios como
aljabas de oro lanzadas por brazos pusilánimes ...

Ya no tiene el So! áureos paladines que llenen de
púrpura el estadio, sino efebos c~bardes que tien·
den flavas antorchas nupciales cuando el Invierno,
para preñarla de huracanes, busca en su tálamo á
Nivosa .... Pero aún el Otoño vive, y antes de que
el Invierno triunfe celebrará luminosos festivales
el Otoño, triste y glorioso como un César decaden·
te, sabio en sus magnificencias, pródigo en sus
pompas, agonizando entre flores que se deshojan,
entre perfumes que arden, entre hetairas que can•
tan, dejándose morir suntuosamente como un Em·
perador Bizantino!

Entre los dias álgidos y pluviosos del Invierno
qué avanza, hay en el Japón luminosas maña.nas y
tardes magnificas. Los jardines, antes de dej arse
besar por la nieve, hacen alarde de un brillo inau•
dito, y en praderas y bosques, donde los bambúes
echan á volar sus últimos plumones de esmeralda,
donde los cedros resisten austeros como ascetas y
vigorosos como guerreros, brilla el •momiji,• con
su milagrosa. policromía! El •momiji• es el arce
nuestro, el «era.ble• de Francia, el •maple• de la
corona británica, el •Acer polymorphum,&gt; en fin,
de los botánicos .... Con las otoñales crisantemas,
con la primaveral flor del cerezo forma la regia tri logia en el poema floral del Japón ....
Como los griegos las •Antesteria.s,, como los latinos sus •Floralias,• como la peca.dora Niza con•
temporánea los floridos combates, el Japón ce'ebra

•

�28

las fiestas de sus jardines. La vida social de este
pueblo refinado está regada de flores, está regida
por un ceremonial y uua etiqueta donde las flores
enardecen sus tintas y exhalan sus aromas. Ellas
intervienen en los nacimientos, en las cfian~ailles•
y en las nupcias; acompañan al asceta que se despide de la vida y al paladln que va á encontrar á
la muerte; hay flores para la cabecera del enfermo
y para las canas del anciano; otras riman el ritual
de los sagrarios ó recelan en su corola una muda
plegaria para implorar de las divinidades agrlcolas la lluvia y el buen tiempo; hay flores que sólo
deben ser contempladas al fulgor de la luna, otras
para las fiestas de thé, para los cinco festivales ó
para la ceremonia del incienso y peonias ó camelias, lotos ó iri!i, crisantemas ó claveles, tienen sus
funciones, sus atributos y sus virtualidades ..... .
Un daimio ó una musmé, un samurai ó un bonzo,
poseen su biografla escrita con flores y todos los
actos de su vida, placenteros ó adversos, tiernos ó
ingratos, se sintetizan en unas cuantas flores que
duermen marchitas, siendo la historia de una vida,
en el seno de un cofre de laca.

El cmomiji• esplende bajo los fulgores dorados
del sol de Otoño y las flores de ese árbol único con
sus hojas, sus ramos polimorfos y policromos. Cuando llegando á Oji, el mágico suburbio de Tokio,
contemplais el primer •momiji,• en vuestra admiración surge una duda y vuestras ideas se resisten
á admitir la verdad del prodigio! Tenéis enfrente
un árbol casi arbusto cuyos brazos brunos y caprichosos soportan un follaje milagroso! Aquel árbol
es de un paisaje de las cl\Iil y una Noches• ó surgió de la paleta del Veronés hecha semilla? Es en
realidad, un árbol ó bien una orfebrería, un capricho de los mosaicistas nipones? Las hojas de aquel
arbusto son de un color rojizo-azafranado al primer golpe de vista; pero acercaos y mientras una
ráfaga otoñal sacude sus frondas, ved cómo las bojas cintilan con lumbres doradas, con verdes fosforescencias, con brillos de topacios y granates, con
flamas de fogata, chispas de ascua, brillos de san.
gre en coágulos, rubores de coral y llamas de fuego fatuo!. . . . Tomad una hoja, quizás es amarilla,
surcada por vénulas de carmln, ó color de oro viejo oxidado de escarlata, ó blanca y franjeada de
esmeralda, ó toda de carmln y ocelada con máculas de nieve .... El Sol de Otoño declina; en la casa de thé, frente al bosque de •momijis• hay una
parvada de cmusmés• no del todo honradas, que
beben •Saké,• el licor nacional, en dedales de porcelana. Una turba de estudiantes de grises kimonos y latina alegria aplaude la danza ondulante de
una cgueisha• cuyo rostro es la máscara de un Pierrot y cuya breve boca es un húmedo grano de coral ....
La bailarina ejecuta el paso de baile en que su
cinturón de brocado se desata y en que su hermosura se entrega á los besos de los mil íncubos que
revolotean en torno suyo .... Va á caer el cinturón,
la hermosa va A entregarse; los laudes suspiran
amorosos y femeninos y de las cuerdas de los ne-

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REVISTA MODER ·A.

REVISTA MODERl'\A.
gros salterios parece que surge un tropel de sátiros
jadeantes .... Las miradas se encuentran y desfallecen .... ; los labios avanzan hacia las bocas ....
y en aquel crepúsculo inolvidable se desembozó el
Sol, surgiendo de repente entre una nube obscur&amp;
y cayó sobre los •momijis• en glorioso torrente de
lumbre .... Y aquellos árboles policromos y polimorfos temblaron bajo las últimas caricias de la
tarde, se incendiaron como un fuego de artificio Y
lanzaron su alma al cielo, chispeando, rutilando,
centelleando, como la erupción de un joyero oriental, arrojando á puñados, con sus brazos negros,
rubles y topacios al Sol y glaucas obsidianas y turbias ágatas y perlaa tornasoles y negros diamantes
á la Noche que atropellando el crepúsculo, los envolvió por fin en su tiniebla infinita!. ...
Yokohama, J!JOO.

BUCOLICA.
Pasó el verano japonés de siestas soporosas y
desesperantes bochornos .. .. Las musmés han plegado sus abanicos y cerrado sus sombrillas de pinturas desvanecidas, como decoradas al pastel, ó
pintarrajeadas con la violenta policromía de los
mosaicos .... Breves abanicos y grandes parasoles
yacen ahora en el fondo de los baúles de alcanfor
y sándalo, junto á los brillantes ,Kimonos• que
preserva de la destrucción la momia de una cantárida ("'J .... Al fin se ha nublado aquel Sol implacable cuyo enrojecido yugo dobló á los animales
jadeantes; á las flores que, bajo brutales ósculoi.
de fuego, perdlan sus aromas como una virginidad;
á los árboles que sudaban savia; [i las aguas que
cambiando la alegria de sus cristales por turbios
vahos, se arropaban dolorosamente en la bruma,
desvanecidas por aquella lumbre que llevó su tórrido estupro hasta el seno de los claros manantiales ....
Cuando las Náyades y las Ninfas de las fuentl'B
se sumerglan en lo más hondo de los estanques, huyendo la brutal embestida del Sol lujurioso; cuando al cruzar los aires encendidos, caian sofocada&amp;
las palomas tornasoles .... entonces, sobre los pinos de negras cortezas que lloraban ámbar liquido, en medio de las flores violadas, entre los blancos lirios salpicados por la sangre del hymen bestial, habla un sér único, feliz y jubiloso ....

Era la cigarra aquel sér! Su júbilo era una locura, su dicha una histeria, su felicidad un paroxis¡•¡ Las japonesas creen que "la mujer que posea una cantárida, tendrá siempre hermosos trajes, .. y cuidan siempre de depositar en el fondo de sus armarios el cuerpo de uno de esos
coleópteros .... Esta creencia puede explicarse de dos modos:
las propiedades cáusticas del brillante insecto, ahuyentando á
la polilla mantienen en perfecto estado el guardarropa 6 bien
hay que admitir un sentido perverso y recordar las virtudes
eróticas de la cantárida, que en la Edad Media, incorporada en
los filtros, determinaba los "embovedamientos de amor? .. E l
carácter japonés, ingenuo 11. la vez que refinado, hace inminente
esta duda.-J. J. T.

mol .... El repiqueteo de su cascabel agrio saludaba el albor de las madrugadas serenas; el rechinido de su violln estridente señalaba los medios dlas
y bebiendo gotas de Sol se iba. la cigarra embriagando, hasta que congestionada por la lumbre y
por la luz, borracha de fulgores y destellos, llenaba las siestas abrumadoras con la musical locura
de sus chirridos, inflando su grito de duende hasta
convertirlo en alarido, rompiendo con redobles
inauditos los pequeños tambores de sus élitros, basta que por fin en aquella orgla de sonidos, en aquel
sabbat vibrante alcanzando su máximun, atronaba
los aires un estallido ensordecedor .... Las mil facetas de vidrio caían quizás hechas astillas? reventaban los crótalos y las panderetas? Las sonajas y
los sistros, como racimos estrujados, desgranaban
sus cascabeles? .... Nada de eso! A poco el estridor volvla, el canto se obstinaba y después de los
clamores meridianos y de los alaridos de la siesta,
la cigarra encontraba el modo de profanar, en selvas y jardines, el casto silencio de las noches de
luna!

Ese cauto acompañó mis dlas de más acerba nostalgia ..... Soñando con mi amada cuya imagen
destellaba en mi memoria. como una custodia en
una capilla desierta, me internllba en el misterio
de las selvas profundas, buscando un silencio digno de la doliente majestad de mi amor, anhelando
una intensa penumbra sobre la cual pudieran irradiar todas las claridades de la querida imagen
evocada! Llegaba hasta el seno de los boscajes
donde tienen sus templetes los dioses rústicos; el
césped estaba tibio como si acabara de servir de lecho á las hamadryadas desnudas y bajo la sombra
húmeda se ahondaban al ras de la grama, diáfa-

nas cisternas, en cuyo fondo habla inmóviles car-

pas y murenas dormidas ....
Pero en aquellos dias encendidos, en aquellas
mañanas incandescentes, en aquellos sofocantes
crepúsculos cuyos soles chirriaban al hundirse en
las negras aguas de la noche, mi pupila hastiada
de luz no pudo encontrar una penumbra, y mi oido exasperado por obsesoras vibraciones no pudo
descansar en el silencio ....
La cigarra agria, estridente, convulsiva, profanó
esos silencios absolutos que el alma del poeta llena
de suaves eufonías, de murmullos amantes y de
apasionados suspiros! .... La aterciopelada voz de
mi adorada, la inflexión doliente de sus quejas, el
susurro de sus confidencias, la airada vibración de
sus reproches, la sofocada angustia de sus sollozos
y la alegria infinita ,le sus risas, todo ese tesoro de
melodlas, de arpegios y de trémolos que el silencio
y el amor hubieran evocado eficazmente, se perdieron entre la odiosa vibración infinita de los insectos estivales! ....

•
••
lloy que sopla el viento de Oto ño, caen de las altas frondas, con las hojas amarillas, los enjutos despojos de las cigarras muertas, y las veredas y los
senderos se cubren de hojas mustias y de breves
cadáveres .... Hoy el silencio autumnal es propicio á las amantes evocaciones, y la voz querida encanta mi oldo con hondos arpegios y suspiros de
harmónica.
Y si el aura vesperal hace crepitar la hojarasca,
me halaga la ilusión de que mi amada marcha vengadora, haciendo crujir dolorosos, bajo sus pisadas
leves, los muertos élitros cuya música agreste fué
ayer adversa á los ritos de nuestro amor ... !
Honmoku. Japón, 1900.
Josil Je.1.N TABLADA.

No morirá tu rápida sonrisa
sin que yo la recoja entre mis labios;
es, bañada de olor, soplo de brisa
que el cardo conmovió de mis agravios.

¿Cómo te emocioné?. . . . Con una etitrofa
que nunca olste en tu triunfante marcha,
y era de crueldad, era una mofa
envuelta en los cristales de la escarcha.

Diosa impuible en vano con mis ruegos
ay! puse un ormesl bajo tu planta,
tus ojos todos luz estaban ciegos
y muda á mi reclamo tu garganta.

La heriJa fué de amor .... ó de despecho,
pero á mi te volviste sonriente,
apretando las manos contra, el pecho,
cubierta al punto de rubor la frente.

No era tu desdén; tu indiferencia
lo que en mitad del corazón me heria:
mi presencia A tus ojos era ausencia,
y mis versos sin luz, ni poesla.

Oh secretos sin fondo del cariño!
Oh misterios eternos y sin nombre!
Casi, momentos antes, era un niño;
en el instante aquel, era yo un hombre.
JEsús E. VALENZUELA.

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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FLOR Y FRUTO.

,

La parda sombra de gallardo pino,
El agua amena, !impida y sonora
No tornarás á ver, ni el alba aurora,
Ni la nube, el zafü•, ni el sol divino.
Entre el ramaje de olmo peregrino
Tu volar suspendió liga traidora
Y de esclava el dogal, en negra hora
Te puso al cuello tu infeliz destino.
Y la selva al dejar y aura natía
Tan vivo fué el dolor, tu pena tanta
Que apagó para ti su luz el día.
Si encadena la suerte aquí mi planta
Y si tu patria ¡ay misero! es la mia,
Ven, llégate, avecita . . .. ¡llora, canta!
CLEARCO

MEONIO. (• )

1900.
(") Bajo este pseudónimo, que es su nombr; entre lo~ Arcad~s,
escribe el insigne poeta limo. Sr. D. J oaqum Arcadio Pagaza,
Obispo de Veracruz, á quien la " Revista Modern'.'-" agradece
debidamente la honra que le ha dispensado al enviarle par:t su
publicación este bellísimo soneto.

..

Viola tenia los cabellos blondos, tan rubios como hizo corresponder de ella, que estaba orgullosa de
las espigas de estío, y tan caudalosos que un paje ver rendido á sus pies al galán más famoso entre
bien hubiera podido llevarlos como la cauda de su la garzonia turbulenta; las citas á media noche fuereina.
ron concedidas pronto; las frases quemaderas de
Viola tenla, además, la pequeña boca siempre en- Rogerio abrasaron el corazón apasionado de Viola,
treabierta por una sonrisa; sonreía siempre, son- sus nervios vibrátiles se espasmodiaron en los dulreía sin saber por qué la extrema sensibilidad de sus cisimos coloquios y concluyeron por rendirse á la
nervios cubiertos por una tez blanquísima y sede- soberana voluntad del venc~dor; y una noche en
ña, salia á flor de su boca en una perenne sonrisa que él desplegó todo el prestigio de su palabra
seduciente. Pasó, pequeña y graciosa, abanicando arrolladora, la niña, rendida, le dijo en un suspiro:
con sus blondas la :nesita en que nosotros bebíamos -•¡Ltévame!•-'-y él no"tuvo más trabajo que alzarla
un espumoso bock de cerveza, esparciendo la fres- en sus brazos codiciosos para que salvara las mecura de su sonrisa en la tarde calenturienta de dias rejas de su balcón bajo, y raptarla, semidesAbril .. ..
nuda y palpitante, para hacerla suya.
-¡Qué primor!-dije yo.
El idilio duró breves meses. El seductor, prote- Semeja la encarnación de la alegria, y tiene gido por la. orfandad de Viola, pudo ostentarla en
una historia bien triste,- dijo mi amigo, y prosi. triunfo por la ciudad, más bella que antes de ser
guió:
raptada, florida y joyante, caitla en sus brazos ,coA Viola, que adolescente era un botoncito de ro- mo abejaruco seducido por fascinadora serpiente;
sa, le impresionaban los amorfos románticos de los pero cuando Viola, en su inocencia sorprendida,
pollos más guapos. En las noches de luna, placlale comprendió que su pureza habíase deshojado; cuanflanear con sus amigas por los senderos floridos de do, atada á su amor fatal, vió desaparecer la plélos jardines solitarios, y allá iba t ras ella, tras ella yade de sus amigos y el cortejo de sus amadores,
solamente, una nube de jovencitos blasonados con alejados unos por el estigma social de Viola y otros
los nombres más aristocráticos, á cortejará la pri- por miedo á Rogel'Ío, la dulce niña comenzó á enmorosa Viola que sonreía, sonreía siempre en su tristecer y á marchitarse. Su gracia deleitosa, la
inconsciente promesa de felicidad. Por ella hubo sonrisa, desapareció con su pureza y su alegria, y
desafíos de futuros caballeros, lides de amor por cuando el amante la vió pensativa y desconocida
su sonrisa, navajas abiertas por atavismos macare- en su taciturnidad, pronto se hastió de ella. Las
nos en callejuelas desiertas á donde los pequeños macabeas y el bar lo atrajeron de nuevo; las copas
Don Juanes iban á disputarse á Viola.
desdeñadas por el ardor de la conquista femenina
Su fama de cautivadora esparcióse por la ciudad; llenaron el vacío de su desencanto; pero encontrólas muchachas casaderas la miraban con envidia se súbitamente repudiado por las bellas á quienes
disfrazada de curiosidad; los garzones conquis- saludaba en la calle y friamente acogido por sus
tadores inscribiéronse en la corte de amor del he- amigos: solamente sus camaradas de taberna le
chicero botón de rosa que en breve tiempo, mila- acogieron alegremente pidiéndole noticias intimas
grosamente, se había abierto en magnifica flor de de Viola, con curiosidades de libertinos que olfajuventud, aunque sin dar aún su olor, como el nar- tean un nuevo placer.
do de Sulamita. Y esa flor, abatida por mariposas
Rogerio no era tan depravado que no repugnasedientas, por abejas insaciables, debía ser tron- ra tales preguntas; alejóse también de los antiguos
chada en breve. Una mañana en que pasaba la camaradas que pisoteaban una pureza que solapreciosa por una de las avenidas brillantes, en el mente él habla tenido derecho á hollar, y enconardor del medio día, ataviada y seductora en su trándose súbitamente desencantado, joven, rico, lisonrisa turbadora, al pasar frente á un bar elegan- bre, un día desapareció dejando á Viola bajo un
te, una cortina de seda se alzó con presteza y dos sobre un rollo de billetes. La dulce niña se vió enojos ávidos devoraron á la niña, que acariciada por tonces abandonada y sGla, á la merced de una ronellos, rub11rizóse y sonrió ....
da de codiciosos de su belleza y juventud; pero es-En verdad es guapa!~ dijo Rogerio Aldaz á ta vez no era la garzonia florida de los aristócratas
dos camaradas con quienes libaba alegremente,imberbes, sino una ronda fatídica de banqueros,
y juro por la infancia de Baco que la gozaré como viejos sátiros, libertinos, matronas que la asediagozo esta copa!
ban, la acosaban sin descanso. Pintábanle con aboY vació su bitter de un trago.
rrecible hipocresía su desamparo, su irremediable
Desde entonces el irresistible calavera asedió á miseria, su falta de sostén; unos cínicamente declaViola sin misericordia: más audaz y más práctico rábanle su amor y su deseo; otros cobardemente
que los amadores platónicos de la linda rubia, se franquéaban su puerta en nombre de antiguas

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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amistades de sus hijas ó de sus hermanos con Viola; pero ella se mostró inflexible, incorruptible, inexpugnable.
El amor hablala abierto los ojos á las traiciones
de la vida; comprendió la fatalidad de su calda
cuando la sonrisa desapareció de su boca; lloró la
ausencia de Rogerio y su cobarde abandono con
lágrimas amargas; pero la alivió nn celestial consuelo al sentir en sus entrañas la renovación de su
vida. Desde entonces prometióse, arrepentida y
fuerte, no descender-en·la pendiente, ser toda para su bijo, ofrecer á la adolescencia del niño la
honradez de su vida pura, para que él al comprender la vida no se sonrojara de ser hijo del amor.
Pero en su ignorancia de las necesidades y las miserias no pensó que el dinero se agotarla, y encastillada en su casa fué 1:onsumiendo uno á uno los
billetes que constitulan su efímera fortuna. Una
mañana vió con terror que cambiaba su último billete y que desaparecía rápidamente. Llegó el pri·
mer día en que faltó el dinero y su criada .le aconsejó vender una lámpara; poco á poco fué vendiendo todo lo que poseía, y al aproximarse por momentos su alumbramiento, no le quedaba más que
.un colchón para recibir á su hijo, pues habla ven·dido su lecho para afrontar los gastos del parto.
La criatura nació, linda como un querubín, un ni.ño, y la pobre y feliz Viola, apenas se puso en pie,
lo llevó al Orfanatorio, á que se lo cuidaran mien,tras ella trabajaba en un taller para ganarse la
,vida.
Habían pasado más de dos años cuando el bri~lante calavera Rogerio Aldaz volvía de un viaje
por Europa, donde babia bebido y gozado á sus

anchas, donde habla saboreado todos los placeres
con la avidez con que un día vaciara una copa de
bitter. Volvia con un joven gentilhombre español
á. quien le mostraba su ciudad con el orgullo de
mostrar la única ciudad mexicana de abolengo
ilustrlsimo; y una tarde en que con su tarjeta se
habla hecho abrir las puertas del Orfanatorio, enseñaba á su amigo los diversos departamentos cuando se detuvo de pronto ante una aparición que lo
dejó arrobado y petrificado:
Una rubia primorosa, humildemente vestida, daba el pecho á. un pequeñito bambino, y la púrpura
del pezoncito del casto y culminante pecho era tan
viva como la boquita que se contraía en ávida succión. La joven contemplaba al niño que la sonreía,
y Viola sonreía también, con su antigua risa infantil y cautivadora. En un instante Rogel'io evocó el
paisaje de su felicidad de amor, la sonrisa que lo
habla cautivado y enardecido y que ahora le des•
pertaba una emoción intensa y desconocida, pro_funda y dulcisima, ante aquel niño que era su vivo retrato, el retrato de Rogerio niño en uno de
los cuadros de la galerla señorial de su familia.
Alzó Viola los ojos sonriendo siempre, y al reconocer á Rogerio lanzó un grito; cubrióse el pecho
súbitamente y púsose encendida como la grana,
mientras Rogerio, flaqueante y dichoso, arrepentido y venturoso ante la flor y el fruto de su vida,
decía lacrimoso estrechando á la madre y al niño
contra su corazón:
-Marqués, esta es mi Viola muy amada y este es
mi hijo, y os pido con toda mi alma que apadrintlis
mi boda!
RuBÉN M. CAMPOS.

FAUNALIA.
A Ciro B. Ceballos.

Lloró la Danza en el tecla.do,
Del camarín flordelisado,
Como un suspiro sofocado
Sonó un arrullo de palomas.

Sangraban labios de granate,
Tentaba11 bocas hechiceras,
Y las lÜjurias, su acicate
Encarnizaban en el mate
De las olimpicas caderas.

Atormentaban los turgentes
Senos el lino de las batas,
Y en las alfombras insolentes
Se deslizaban indolentes
Las zapatillas escarlatas.

Bregaba el pecho sofocado
Por el fulgor y los aromas
Del camarín flordelisado,
Y suspiraba en el teclado
Una parvada de palomas.

Desparramaban sus reflejos,
Ojos, turquesas y diamantes,
Y retrataban los espejos
Los azabaches y oros viejos
De los toisones lujuriantes.

Las crespas barbas en horquilla
.Acariciaban la caduca
Coloración de la mejilla,
O deslizaban su cosquilla
Por el armiño de la nuca.

Kipris brindaba su ambrosla,
Baco sus uvas y sus lauros,
Y en el desorden de la orgla
El baile lúbrico segu[a
Como un galope de centauros.

Y en los espejos biselados
De aguas glaciales y serenas,
Se destacaban reflejados
Broncos tritones irritados
Ciñendo grupas de sirenas.

Y entre la luz y los aromas

EFRb REBOLLEDO.

MUSA DE AJENJO.
Tus ojos de ftllpa oscura
tienen extrañas virtudes
que provocan la locura.
Con su fijeza inquietante,
parecen dos ataúdes
que acechan almas de amante.
¡Cuán tristes son tus amoreb!
El lecho en que hemos soñado
fué un cementerio con flores,
y el surco de mi quimera
parece un crespón atado
~n la curva de tu ojera.
Mudos los dos en la sombra
del diván, con miedos vanos
soñamos que alguien nos nombra.
Y en la bruma de las dudas
vemos que pasan gusanos
sobre las carnes desnudas.
No se lo que eres. Tu boca
es un secreto sin dueño,
y hay en tus besos de loca
un vago mar de ambrosía
donde navega un ensueño
como un bajel, hacia el día.
Pero tus ojos de estanque
donde flotan cuerpos muertos,
detienen el noble arranque
y dan al alma angustiada
una impresión de desiertos
por donde marcha la nada.
Cuando la noche ha llegado
y la ciudad se ilumina,
consuelas al que ha llorado:
tu sexo, es un vaso lleno;
tu amor, es una neblina,
y tu espasmo, es un veneno.
Eres diosa y cortesana.
Hoy criminal, tu persona
puede ser santa mañana.
Y es justo que estés serena,
porque, si hay Dios, te perdona,
lo mismo que á Magdalena.
MANUEL

Par!s, 1900.

UGARTE.

(Colaborador Argentino).

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REVISTA MODERNA.

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REVISTA MODERN' A.

UN REFRACTARIO.
A J érome Doucet.

Del zanjón de Waterloo donde se desangraba,
acomodado sobre un codo, Pitois miró la llanura.
Estaba roja de soldados muertos. Entonces el rigodón de la Guardia hipó en su memoria: c¿En dónde puede uno estar mejor que en el seno de su familia?• ..... .
-«Es verdad-dijo Pitois-y me voy á buscar el
camino de la muerte para volver á encontrar á los
antepasados.•
Con firme puño desenvainó su sable, é iba á hundirselo en el corazón, cuando advirtió, acostadas
cerca de su saco, las tristes orejas de un vecino, de
un camarada herido que le miraba resoplando. Era
su viejo caballo Bautzen. Entonces, sintiendo que
dejaba á alguno en la vida, el dragón se levantó,
arrojó su sable, y como hundiese la mirada, indeciso, en los años que tenla que vivir todavía,
distinguió á lo lejos pequeñas cosas, que lo llamaban ..... .
Era un sueño de campiña de los días posibles, un
rincón en las flores y en los recuerdos. Hizo levantar á su caballo y partió.
Después de los Adioses, rico de una renta de quinientos francos que le producían once campañas y
ocho heridas, vino á establecerse en Beaume-JaRoche, en Bourgogne, y llevaba con él, además de
una bala de Blücher que rodaba siempre en su
vientre, un reuma de Borizow-y su camarada
Bautzen.
Era un caballo de dieciocho años, peludo, con los
dientes salidos y las clavículas huecas. Tenia las
pestañas blancas, un poco de roña en la nariz, el
hueso de su quijada cortaba como una navaja de
barba. De gris sangulneo que era en Essling, se
había vuelto tordillo en Waterloo-de pesar tal
vez-en seguida blanco y después amarillo. Y ahora, un poco embrutecido, sin aliento y sin haba, la
cabeza baja, parecla no saber ya qué color tomar.
El burgo que habitaba, en lo alto, en un pequeño pedazo de azul, entre una iglesia de cuatro escudos y dos setos de higueras, contaba diez pequeñas fogatas y treinta buenas almas. F.I soldado se
habla hecho alli un jardln, é inmediatamente, curiosas, apresurándose á ver al veterano, se hablan
presentado bellas damas imperiales, rosas de la
Malmaison.
Pero ¿qué hacer de ellas? Las manazas del soldado no habían manejado sino sables; ignoraban
el arte de los ramilletes. ¿Su perfume? Su vasta nariz era un abismo en donde el alma de las rosas,
timoratas, no pasaba más ali{~ de los bordes. Fueron útiles, sin embargo; como los que hacen matl'imenios, Pitois las sembró de abejas, no las abejas primerizas, sino las bellas rubias del Manto.
Una racha de invierno sobre sus flores, tales eran
hoy sus batallas. La humanidarl, después de la

muerte del Emperador, no era ya sino un sueño
para el soldado. El caballo de Luis XVIII pisoteaba la Redingote; sobre el águila borrada se habla
pintado una flor blanca, no babia felicidad verdadera sino en su propia casa, cerca de su bagage,
liado para la partida.
Y as!, entre sus abejas, su caballo, sus rosas, habla llegado A encajar la Euroi1a en su jardín, á rehacerse un sueño, corolario del grande, una especie de Imperio empequeñecido, pero lleno de flores.
Un dfa el alcalde fué á verlo. Esto pasaba en el
jardín; Pitois escuchaba, la cabeza baja, y á medida que el otro hablaba, palidecía.
-Entonces, dijo, es verdad: el rey, como decfs,
quiere verme?
-A vos y á los otros. Quiere hacerse presentar
todos los viejos soldados del Imperio y examinar
los retiros.
-Es preciso ser educado ..... .
-¡Ah, bueno; si no lo fuéseisl
El viejo suspiró. Era un hombre testarudo que
no había caminado sino sobre cuatro ideas en veinte años.
-Es duro, señor Alcalde, para uno de la Guardia, como yo. Si no fuera este Bautzen que no
quiere sino forraje fresco. . . . . . El otro le tendió
la mano, pero Pitois guardó la suya. Se separaron.
Pero en el jardin quién ha hablado? Qué nueYa
de desgracia repentinamente pone en confusión á
las rosas? Se levantan las faldas, hacen mimos; son
rosas más rosas, y miradlas, rosas de vergüenza.
•Demonio! señor, cantan las abejas, se nos olvida,
nosotros os e,;cuchábamos.•
El padre Pitois las miraba conmovido.
Desde entonces no lo abandonaron. Zumbaban
sobre su cabeza, le cosquilleaban los cabellos, el
cuello y los dedos, entraban en sus orejas, en sus
bolsas, y aun una se posó en la extremidad de su
nariz como una amenaza. Llegado el dfa fué á ver
á Bautzen.
De su jacl\lón de glicina~, todo costroso de gloria, el caballo lo miraba venir. Pitois se instaló, y
con una voz temblorosa que cuchicheaba:
-Dime, Bautzen .. . .
El caballo quiso relinchar. Se inflaron sus narices, de donde cayó un poco de polvo muerto.
-Es preciso que vayamos á Dijon-dijo el soldado-el rey quiere vernos.
Bautzen abrió los ojos repentinamente; en ellos
pasaba 1814 como una triste imagen.
-Si, mi viejo, dijo con una caricia el veterano,
adivino ... Pero es preciso no faltar á esta cita bajo pena de reventar de hambre. No es moco de pavo uo monarca. Levántate.
El caballo no se movió.
-Levántate! gritó Pitois, ó te llamo Cobourg!

El caballo se levantó.
Cuando fué ensillado, quiso salir,-pero era preciso pasar por el jardln ... Alli estaban las abejas.
Defendían la puerta, erizadas, furiosas; se hubiese
-dicho que hablan tomado las armas-y alrededor
de ellas, apeaadumbradas, confusas por el escándalo, las rosas encoglan sus pétalos y bajaban sus
dulces caperuzas.
-Me fastidiais al cabo! gritó el soldado.
No habla concluido, que muertas todas repentinamente, las rosas imperiales se deshojaron ....
-Diantre de historia!. ... se admiró el viejo.
Pero las abejas volvían en multitud. Entonces,
eomo todas pareclan decirle que se quedara, sin
comprender, las arrojó con su bastón, montó en el
caballo, y ya en la silla, con la blusa florecida y la
cruz sobre el corazón, Pitois tomó el camino de Dijon para irá ver á l\1r. Bourbon.
Cuando estuvo en medio del camine,:
-Un pequeño trote, Bautzen.
El caballo alargó el cuello, y temblando sobre
sus cuatro pies, relinchó un reproche. Esto era lo
más lamentable: no podía huir como las abejas, ni
.avergenzarse como las rosas.
-Un galope! Vamos, Bautzen, despiértate.
Pero Bautzen no se despertaba. Aturdido sobre
sus cuatro zancos, miraba la colina; después como
si adivinase que el rey estaba detrás, falseó de las
rodillas, y se detuvo.
-Cojeas! gritó el viejo.
El caballo esta vez no tuvo la fuerza de relinchar. La colina llegaba, llegabl\. No era muy alta;
una cabra la habrfa saltado. Pero el caballo no tenia ya piernas, y á pesar de todos sus deseos, los
celos lo decidían. Tembló y sacudió la cola ... Sus
ocho campañas lo detuvieron.

-Tú. también! gritó Pitois.
Continuar el camino á pie?
El rey habría quizá pasado, y el camino hasta
Dijon es largo. Esta fatiga Jo aterró. Llega un dfa
en la vida en que el granadero cansado encuentra
su colina, él también, la pendiente en que lo espera
la muerte.
-Por el flanco derecho. Volvamos á casa.
Bruscamente volteó la brida y vió esta maravílla:
Bautzen que tomaba el frote. Entonces, estupefacto, se puso á soñar en sus abejas y en sus rosas.
-Estas bestias son como su amo, no quieren hacer sino su antojo. Que se borre mi retiro! Nada de
pan: rosas. Comeremos pasteles de miel, verdad,
Bautzen?
El caballo tomó el galope.
-Ah! dijo Pitois, parece que tú no ama
Diez y Ocho .... Hace un momento no eras tan g
llardo.
Fué obligado á contener á Bautzen que se desbocaba.
Todo era calma en su casa cuando entró. Las rosas hablan reflorecido, se habían abierto; se hubiera dicho una sonrisa sobre cada tallo. La colmena
á su vez se volaba hacia él, acariciadora. Sentía á
las buenas amigas sobre sus brazos, en sus cabellos, en todas partes, á lo largo de su blusa y sobre
su sombrero! El mismo Bautzen estaba cubierto de
ellas;-y como un gran sol, caldo en la tarde, envolvía de púrpura la campiña, para recompensar al
soldado le hicieron como al Otro, un autoritario
manto sangriento, alado de abejas de oro, bajo el
cual, orgullosamente á caballo, entt-ó en su pequeño jardfn, como un emperador!

Traducción de •Revista Moderna.•

GEORGKS

D'ESPARBES.

T HEROS .
I
El tren partió de la estación, machacando con sus
patas de hierro las placas giratorias, como si gustara de expresar con el ruido la alegria que Je po-

see al verse libre. Echaba sin interrupción y á compás bocanadas de humo, como los chicos cuando
fumap su primer cigarro, y al mismo tiempo repar~fa á uno y á otro lado salivazos de vapor, asemeJándose á un jactancioso perdonavidas ó á demonio
travieso. Ni siquiera volvía la cabeza para saludar
á los empleados de la linea, ni á las señoras y caballeros que poblaban el andén. Descortés y sin
otro afán que perderse de vista, dejó atrás los al~acenes, los muelles y oficinas de la pequefia velocidad, ~l cocherón, los talleres, 1a:casilla del guarda aguJas, Y se deslizó por la Co1·tadura un brazo
de tierra cuya mano tiene:la misión de a~ir á Cádiz
para que no se lo lleven las olas.
Corriendo por allí, velamos el mar de Levante,

las turbulentas aguas y el nebuloso horizonte, que
bien podríamos llamar el campo de Trafalgar; veíamos por otro lado la bahía, en cuya margen se asientan sonriendo alegres ciudades y villas; veíamos
también á Cádiz, que daba vueltas lentamente cual
fatigada bolera, y tan pronto se nos presentaba por
la derecha como por la izquierda.
Después, el tren pisó las charcas salobres de la
isla, abriéndose paso por entre montes de sal. Franqueó los famosos caños en cuyos bordes España y
Francia han dirimido sus últimas contiendas· cruzó las célebres aguas en que flotó el manto d~l último rey de los godos, y se dirigió tierra adentro
avivando el anhelante paso. Llevábale sin duda tan
aprisa el exquisito olor de las jerez1mas bodegas,
que más cerca estaban á cada minuto, y por último
la inquieta maquinaria dió resoplidos estrepitosos:
husmeó el aire, cual si quisiera oler el zumo almacenado entre las &lt;:.ercanas paredes, y se detuvo.
Estábamos en la más colosal taberna que han vis-

�-

to los siglo~, llena de lo más fino, delicado y corroborante que en materia de néctares existe. Al llegará aquel punto del globo, ningún viajero puede
permanecer indiferente. Ve un glorioso campo de
batalla sembrado de despojos, los mutilados miembros de la sobriedad vencida y destrozada por su
formidable enemigo. El triunfo de éste es completo.
Su insolente orgullo ha poblado de emblemáticos
trofeos el campo. Millones de vides coronan de ver·
des pámpanos la tierra. Toneles hacinados se alzan
en pilas, ó ruerian como bonachos que han perdido la cabeza. Todo es bulla, animación, mareo.
N'l se puede resistirá la tentación del hijo de Noé.
Es del color del oro y tiene el sabor de la lisonja.
Beberlo es tragarse un rayo de sol. Es el jugo absoluto de la vida, que lleva en sus luminosas partl·
culas fuerza, ingenio, alegria, actividad. Su delicado aroma se parece á un presentimiento feliz; su
gusto estimula la conciencia corporal. Engaña al
tiempo, borra los afios y aligera las cargas que nos
hacen doblar el fatigado cuerpo. Lleva en si un espíritu poderoso que se une al nuestl'O, y juntos forman una especie de seráfico genio, el cual, si se ensoberbece, puede trocarse en demonio.
Yo ful de los seducidos, y antes de que el tren
partiera me llené el cuerpo ele rayos de sol. Poco
después admiraba las viñas, respetables madres de
aquel insigne vencedor de las naciones, cuando sen·
tí que me tocaban el hombro.
Sorprendióme esto, porque me creía solo en el
coche; volv!m~ con presteza y,
II

•

.... en efecto, era una mujer; quiero decir, que
al volverme vl á una mujer. Al partir de Jerez hallábame solo en el coche. ¿Cómo, cuándo, por dónde habla entrado aquella señora? He aquí un pun·
to dificil de aclarar, mayormente cuando mi cabe·
za, forzoso es declararlo, no gozaba del beneficio
de una perspicacia completa.
• Caballero ....
A esta palabra siguieron otras que no pude entender bien. Tengo idea de haber dicho:
«Señora ....
Pero no estoy seguro de lo que tras esta palabra
balbucieron mis torpes labios, aunque debió ser alguna frase de cortesía.
Es indudaLle que yo estaba aturdido, no sé en
realidad por qué, como no fuera por el maldito zumo de oro que había alojado en mi. Hallábame cortado y absorto, y seguramente contribuiría mucho
á esto el aspecto singularisimo y por mi nunca visto de aquel!~ persona.
Causábame estupefacción indecible su persona y
su traje, del cual no podía apartar los asombrados
ojos: y ~n verdad, no es fácil imaginar atavíos más
originales. No debla sostenerse que el traje de la
dama fuese extravagante, sino que no tenla traje
alguno.
Tengo idea de haber dicho á medias palabras, teiiida de rubor la cara y apartando los ojos:
• Señora, tenga usted la bondad de vestirse ....
Ese traje, mejor dicho, esa desnudez no es lo más
á propósito para viajar en pleno dia dentro de un
coche del forrocarril.

37

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

36

Echóse á reír. Era de una hermosura sobrehumana.
Yo recordaba vagamente haberla visto en pintura, no sé dónde, en techos rafaelescos, en cartones,
dibujos, quizás en las célebres Horas, en relieves
de Thornwaldsen, en alguna región, no se cuál, poblada por la imaginación creadora de los dioses del
arte.
Nada de cuanto modelaron griegos, ni de cuanto
cincelaron florentinos, puede superar á la incompable estructura de su cuerpo. Su rostro era como el
que la tradición artística da á todas las ninfas acuáticas y terrestres, á las diosas que fueron,• A las jubiladas matronas simbólicas que durante siglos han
representado en doradas techumbres el pensamiento humano. Más perfecta belleza no vi jamás; pero
no era fácil contemplarla, porque sus ojos eran como pedazos del mismo sol, que dedlumbraban y
ofendían quemando la vista, de tal modo que per·
derla la suya el observador si se obstinara en mirar sin vidrios ahumados la hermosa imagen. De
sus cabellos no diré sino que me parecieron hilos
del más fino oro de Arabia, perfumados de aroma
campesino, y que en ellos se entretejían amapolas
y espigas en preciosa guiarnalda.
Su vestido era, más que tal vestido, una especie
de túnica caliginosa, una flotante neblina que la envolvía, ocultando ó dejando ver, según las posturas
de la dama, ésta ó la otra parte de su cuerpo. No
tenia yo noticia de aquella singularlsima manera
de presentarse en sociedad, y si he de hablar claro,
el atavío de mi noble compañera de viaje parecióme en el primer momento escandaloso y desenvuelto en gran manera. Pero bastaron algunos minutos de observación para formar juicio más favorable. En las divinas formas, en la actitud graciosa
y natural de la viajera, así como en sus palabras y
ademanes, resplandecían la castidad más perfecta
y la más irreprensible decencia.

m
Y eso que la señora, si no era el mismo fuego, lo
parecta. Dílogo, porque echaba de su cuerpo un
calor tan extraordinario, que desde su mis'8riosa
entrada en el wagón empecé á sudar cual si estuviera en el mismo hogar de la máquina.
-Sef:.ora,-le dije respetuosamente, limpiando el
copioso sudor de mi rostro,-perm1tame usted que
me aleje todo Jo posible de su persona, porque, ó
yo no entiendo de verano, ó es usted la misma Ca·
nlcula en c;erpo y alma.
Sonrió con bondad, y rebuscando en cierto monalillo que á la espalda traía, ofrecióme un abanico.
Felizmente yo llevaba espejuelos azules con los que
pude resguardar mi vista de los flamlgeros ojos de
la señora. A pesar de estas precauciones, cuando
el tren se precipitó por las llanuras de la izquierda
del Guadalquivir, la irradiación calorífica de mi
compañera aumentó de tal modo, que destrocé el
abanico sin poder refrescarme. Las perspectivas,
ora interesantes, ora comunes del viaje, aburríanme soberanamente. Los pinos valsaban en mareantes círculos ante mi vista; marchaban en columna
cerrada los olivos de Utrera, como ordenados ejér·
citos que van al combate, sin que estos juegos de

óptica, ni el variado espectáculo de las sucesivas
estaciones, ni la cercana presencia de Sevilla, que
desde el último confín visible nos saludaba con su
.Giralda, aplacaran mi mal humor.
Sevilla nos vió llegar al fin junto á sus achicharrados muros que quemaban como calderas puestas al fuego. Reposaba la placentera ciudad bajo
mil toldos, adormeciéndose en la fresca umbría de
sus patios. Las cien torres, presididas por la veleidosa mujer de bronce que da vueltas, á ciento veiutidos varas del suelo, desafiaban al furioso sol. Cual
condenados, cuyo itinerario de expiación ha sido
invertido, subían á los infiernos.
No pude contenerme, y dije á la dama:
cP1·esumo que usted se quedará en esta estación
que tan bit-n cuadra á su temperamento.
-No señor-repuso con la timidez de una novicia.-Voy á Madrid.
Y diciéndolo, se acercó á mi. Creí hallarme de
súbito en la proximidad de un incendio, porque no
era ya calor, sino llamaradas insoportables, lo que
el misterioso cuerpo de la endemoniada ninfa despedía.
-Señora, señora, por amor de Dios-exclamé.
-Es muy doloroso para un caballero huir .... Es
un desaire, una grosería, pero ....
Me hubiera arrojado por la ventanilla si la rapidez de la locomoción no me lo impidiese. Felizmente, la misma que tan sin piedad me achicharraba,
brindóme con refrescos, que sacó no sé de dónde,
y esto me hizo más tolerable su platónica respiración y aquel tufo de infierno que de su hermoso
cuerpo emanaba.
Ibamos por la alegre comarca que separa las Dos
famosas Hermanas andaluzas á orillas del florido
río, entre naranjales y olivos, saludando cada dos ó
tres leguas á un pueblo amigo, tal como Lora, Peñaflor, Palma. Ya cerca de Córdoba, mi sofocación
puso á prueba mi paciencia, pues sintiendo que los
sesos me burbujaban como si hirvieran, y que mi
sangre se iba pareciendo á un metal derretido, tomé la resolución de librarme de la molesta compa·
ñera que desde Jerez traia, y al punto, una vez parado el tren, apresuréme á poner en ejecución mi
pensamiento, dando parte del caso á los empleados
de la vía.
No sé por qué ae reían de mi aquellos malditos,
oyéndome formular mis justas quejas. Podría colegirse que yo me habría expresado en frases incongruentes y desatinadas. Era para reventar de
cólera. El mismo jefe de la estación tratóme como
á un loco cuando le dije:
-SI señor, si señor. Va en mi coche una señora
que echa fuego por los ojos, y por todo el cuerpo
uu calor tan vivo que se podrían asar chuletas y
freír pescado sobre las palmas de sus manos. Esto
no se debe permitir .... Es un abuso, un escándalo.
Me quejaré al inspector del Gobierno, al Gobernador, al Gobierno mismo.
Movióles la curiosidad, más que otra &lt;:osa á registrar el departamento. En él continuaba la dama.
Yo la vi. . .. era ella misma sin duda; pero no ya
con aquellos ligerísimos ropajes que tanto llamaron
mi atención, sino vestida con el habitual modo de
nuestras damas. Sus ojos picarescos y vivos no des-

!umbra.bao ya; su cuerpo no tenía rastro de haber
pasado por el infierno; llevaba en la cabeza el vulgar sombrerillo adornado de espigas, mas todo conforme al arte de las modistas, sin nada que trajese
á la memoria el tocador de las diosas.
IV
Mudo y perplejo la contemplé, y no es dudoso que
me deshice en cumplimientos y excusas, achacando
á desvanecimiento de mi cabeza la increíble equivocación en que había incurrido; mas apenas marchó el tren camino de las sierras, volvió la dama á
presentarse en su primera forma y desnudez, con
los mismos cendales vaporosos que contorneaban
sus bellas formas, con el mismo ornato de rústicas
espigas en la cabellera de oro, los mismos ojos que
no se podían mirar, y la propia irradiación abrasadora de su cuerpo. El calor que despedía era ya un
calor ecuatorial, intolerablr, un fuego que derretia
mi persona, como si fuese de cera. Quise saltar del
coche, llamar, vocear, pedir socorro; mas ella me
detuvo. Cal exánime, sin fuerzas, todo sudoroso,
desmayado, sin aliento; creo que mis facultades se
alteraron profundamente; perdí la noción de todas
las cosas, se nubló mi juicio, y apenas pude formular este pensamiento angustioso: •Estoy en las calderas infernales.,
Arrojado cual cuerpo muerto sobre los cojines,
aspiraba con ansia el rarificado n.ire. La diabólica
aparición llegóse á mi: sostuvo mi cabeza, dióme á
beber no sé qué delicado y refrigerante licor que
facilitó el trabajo de mis pulmones, difundiendo
, cierta frescura por todo mi cuerpo, y entonces me
senti mejor; mis excitados nervios se dilataron, dándome algún reposo; y al aclarárseme los sentidos,
pude oír el discurso que con dulce voz me dirigió
la señora, y que si mi memoria no me es infiel, fué
de este modo.
V

• Yo soy la plenitud de la vida, la cúspide del año
natural; soy la ley de madurez que prellide al cumplimiento de todas las cosas, la realización de cuantos conatos bullen en el seno infinito de la Naturaleza. .Antes de mi, todo es germen, esfuerzo, crecimiento, aspiración; después de mi, todo decae y
muere. Soy el logro supremo y la victoria que se
llama fruto, victoria admirable de las múltiples
fuerzas que luchan con la muerte. Por mi vive todo lo que vive. Sin mi la Creación serla en vez de
gloria y triunfo, una especie de bostezo perenne,
el fastidio de los elementos al verse sin objeto. En
el hombre, soy la edad del discernimiento y del trabajo; en la mujer, la fecundidad y el amor conyugal; en la Naturaleza, el desanollo de todos los seres que al verse completos se recrean en si mismos,
apreciando por su propia magnificencia la magnificencia del Creador. ins cabellos son el sol; mis
ojos la luz; mi cuerpo el ardoroso ambiente que al
pasar reparte la existencia; mi sombra el rocío que
bautiza las nuevas vidas; mi habitación es el cielo
con sus admirables ritmos; mi trono, el zenit. Soy
la sazón universal.

�REVISTA MODERNA.
REVISTA MODERNA.

ao

•En mi curso infinito, guíame el dedo de Dios.
Cuando aparezco, ya está todo preparado. Bástame sonreir para que el mundo se llene de frutos.
El labrador me espera con ansia, porque mi benignidad ó mi cólera deciden su suerte. Dóile abundantes mieses y regalados frutos; le anuncio los
mostos que llenarán sus tinajas; multiplico sus ganados y sus colmenas; aumento para el pescador
los inmensos rebaños de los mares, y al industrioso
le ofrezco días largos, al enfermo alivio, al sano
alborozo, expansión al rico, consuelo al miserable.
• Celébranme los hombres de todas castas, y los
que cultivan la tierra festejan mis clásicos días destinados al comercio, á la amistad, á los campesinos
banquetes, á las regocijadas bodas. San Antonio,
San Juan, San Pedro, el Carmen, Santiago, Santa
Ana, San Lorenzo, la Virgen de Agosto, San Roque, la Virgen de Septiembre son en el orden religioso mis triunfales fechas.
•Mis dias son fecundos y la vida se duplica en
ellos, porque avivo las pasiones de los hombres, y
exaltando su entusiasmo, les llevo á las acciones
más osadas. Acúsanme de incitar á las revoluciones y de seducir á las muchedumbres, agitando en
mis manos ardientes la bandera roja de la emancipación. Me vituperan por triunfos populares, y yo,
-sin pronunciar sentencia sobre esto, tan sólo digo
-que derribé la Bastilla, que destruí al vencedor de
Europa no lejos de estos sitios por donde vamos,
-que también aqui salvé al mundo cristiano de las
huestes de Mahoma. Yo abolí la Inquisición de España; yo detuve á los turcos á las puertas de Vie,na; yo he realizado mil y mil altísimos hechos cu_yo número no puede contarse, pues son más que
las vueltas que en todo el curso de nuestro viaje
dan las ruedas del coche en que velozmente cami.namos.•

VI
Y era la verdad que caminaba con rapidez, traspasando ya la fragosa sierra que es muro de Castilla. Habla caldo mansamente la tarde, y con la mudanza del cielo la señora aplacaba sus insoportables ardores, como fragua en que mueren durmiéndose las brasas. Sus ojos seguian brillando, mas no
con el resplandor del sol, sino con claridad blanquecina semejante á la de la luna. Su cuerpo despedía tibieza grata, que poco á poco se iba trocando en frescura. De este modo, la repulsiva diorn,
cuyo contacto sofocaba, se convertía en el sér más
bello y amable que imaginarse puede, y todo convidaba á reposar á su lado con sosiego y descuido,
viendo roda1· las horas y los astros, sintiendo pasar
el aire rico en fragancias.
Sus miradas me causaban dulce arrobamiento.
Vi en sus pupilas algo semejante al plateado reflejo de un lago tranquilo, y su sonrisa me sumergia
en dulce éxtasis. En sus labios observé no sé qué
eosa semejante á celestiales puertas que se abrian.
Asi pasamos toda la noche, recoriendo de un cabo á otro la tierra ilustre que sirvió de campo á la
inaginaria contienda de lo ideal con el positivismo.
Pero la noche recogla sus obscuridades para huir
.á punto que salían á saludarnos los primeros árbo-

les de Aranjuez, no lejos de donde celebran pacto
de amistad eterna Tajo y Jarama.
Rueda que rueda y silba que silba, entre polvo y
ruido, llegamos al fin á Madrid, donde mi compañera de viaje, profundamente aficionada á mi persona, no quiso dejarme, y me siguió en el coche, y
se aposentó en mi mismo cuarto, y se sentó á mi
mesa, vuelta ya á su primitivo estado, ó sea á la
desnudez abrasadora en que se apareció, pero conservando siempre aquel natural fantástico que la
hacía invisible para todos, excepto para mi.
Por el dia, hfzome sudar la gota gorda, y me sofocaba con solo acercar á mí las yemas de sus candentes dedo~; mas llegada la noche, recobró su
constitución tibia y placentera, alcanzando de mi
las amistades que no podfa concederle á la luz del
sol.
Lo más extraño es que habiéndola invitado á comer en los Jardines del Buen Retiro, la bendita señora descubrió de súbito unas mañas que me pusieron en gran det1asosiego, y fué que en mitad del
yantar, pretextando que su natu:aleza lo exigía,
empezó á menudear copas y á vaciar botellas con
tanta prestezn, que aquella no era señora, sino más
bien una bacante.
VII
No bien hablamos concluido de comer, cuando
la dama, enteramente transformada por todo aquel
liquido que habla metido entré pecho y espalda, empezó á hacer los más desaforados desatinos que pueden verse. Agitó primero las palmas de las manos,
al modo de abanico, haciendo correr un aire cálido
y seco que tostaba. Después rompió á reir con carcajadas estrepitosas de insensato, y cayó espantosa
lluvia, que puso como nuevos á los parroquianos
de aquel hermoso sitio, obligándoles á dispersarse.
Corrió después la niña con tanta rapidez que parecla vendaval, rompiendo las bombas de vidrio, alzando las faldas á las señoras, arrebatando sus sombreros á los galanes, desgarrando el telón del teatro, dóblando los árboles, haciendo gemir las ramas y cubriendo de hojas los mecheros del gas. No
he visto dispersión tan precipitada, pánico tan horrible ni confusión más grande. ¡Y cómo reta la picara al ver tales estragos! Yo procuraba calmarla,
mas esto no era posible. Temí que la llevaran á la
prevención por sus diabluras; pero la muy tunanta
tuvo la suerte (como todos los pillos) de que no la
viera la policla.
Después que desató sobre Madrid la importuna
lluvia que tanto molestó á los paseantes, sopló á
diestro y siniestro, y he aquí que comienza un frío
seco y displicente que hace tiritar á todo el mundo.
Estirando los cuellos de sus ligeros gabancillos, y
abrigándose con pañuelos de la mano á falta de
otra cosa, los madrileños corrían á sus casas, y gruñendo murmuraban: •¡Qué demonio de clima! ¡:\1aldito sea Madrid y quien aqul puso la corte de España!,
La misma autora de tantos desastres andaba con
capa aquella noche burlándose de los cortesanos y
de su cólera. Yo no pude contenerme y le eché en
cara su conducta, diciéndole que no me parecla pro-

3!)

cia; ningún río caudaloso la ha escogido para pasearse en ella; ningún bosque arraiga en su suelo.
Más allá, arroyos y lagunas, en cuyo espejo se
miran hileras de chopos, anuncian la frescura de
próximos montes cuyas primeras estribaciones acomete el tren sin que le estorben rocas ni pantanos.
Venciendo las grandes masas de la cordillera, que
convidan á la ascensión, el tren se empeña en subir
á Reinosa, la encapotada vecina de las nubes, Y lo
consigue.
Más allá, un monte huraño se empeña en detenernos el paso. ¡Pueril terquedad! En castigo de
su impertinencia es atravesado de parte á parte, Y
el tren pasa como la aguja por la tela. Después todo es fragosidad, aspereza, bosques en declive que
se agarran á la tierra y á las rocas con sus torcidas raíces: anoyos que se precipitan gritando como chicos que salen _de la escuela. Pero antes vimos el Pisuerga, un miserable hilo de agua, que
describiendo más curvas que un borracho se dirige
al Sur, y el Ebro, un niño que pronto será hombre,
y marcha hacia Levante.
Nosotros marchamos con las aguas que van hacia el Norte. A poco de salir de aquel largo túnel,
que parece una pesadilla, se nos presenta á la deViII
recha un chicuelo juguetón que marcha á nuestro
-Madrid es feliz-le dije,-si usted le abandona. lado brincando, haciendo cabriolas, riendo y echan-No, porqué allí dt&gt;jo mis delPgados, que son do bromitas á todas las piedras y troncos que en su
como yo misma.
camino encuentra. Es el Besaya, un modesto do
Excuso decir que la señora, transformada por la que nos acompañará gran trecho.
noche, era la más grata compañera de viaje que
Mientras descendemos con no poco trabajo la gipuede concebirse. De tiempo en tiempo sus ojos gant11sca escalera del Cantabria, el pillete, en vez
despedlan lividos relámpagos, lo que me puso algo de trazar curvas como nosotro~, de monte en monintranquilo; pero no pasó de ahl, y á la claridad te, baja á saltos, y le vemos en la hondura, riendo
que difu_ndlan sus miradas por todo el espacio, vi Y jugando. Pero no quiere abandonarnos, y en Bárel Esconal, monte de arquitectura al pie de otro cena de pie de Concha se nos pone al lado izquiermonte; vi los extensos pinares, cuyo bailoteo al pa- do, y por todos aquell,is valles y cañadas nos va
so de minueto me recordaba los olivos de Andalu- dando conversación con mucha cortesía y sosegacia; traspasamos la alta sierra en cuyo término do estilo.
Santa Teresa ha dejado su imperecedera memoria
En una garganta tapizada de lozano verdor, hasobre un caserío amurallado que parece montón de llamos las Caldas, una gran tina entre dos montaruinas.
ñas, y poco más allá, agujereando montes y franArévalo, Medina, los graneros y las eras de Cas- queando precipicios, salimos á un ancho y hermoso
tilla, nos vieron pasar, y sobre el suelo amarilleaba valle. Allí el Sr. Besaya se despide cortesmente de
la paja recién separada del grano. Pasábamos por nosotros, pues su amigo (el Saja) le espera en Tolos dormidos pueblos, que ni al estrépito del tren rrelavega para il' juntos á tomar baños de mar. Le
despertaban, y cuando avanzó la noche y aumentó damos las gracias por su atención y seguimos.
el silencio de los campos, nuestro inmenso vehlcuLas praderas verdes y limpias á nada del mundo
lo articulado parecla un gran perro fantástico que son comparadas en belleza; los bosques de castacorría ladrando de provincia en pl'Ovincia.
ños se extienden por las laderas, á. cuya falda riValladolid la dormida se quedó á mano izquier- cas huertas y frondosos maizales recrean la vista
da, obscura, grande, glacial, acariciada por su y el ánimo con su lozanla. Atravesamos por entre
amante Pisuerga, que anhela despertarla y apenas rejas un gran río que dicen Pas, y poco después
lo consigue. Atravesamos luego los frescos viñedos olemos el mar. Sin duda está cerca. Anúnciase en
y. deliciosas huertas de Dueñas la tro"'lodita
que irregulares charcas, como dedos retorcidos; vemos
o
1
vive en cuevas. Vino al poco rato Venta de Baños, después sus manos que agarran la tierra, y por úlque es un mesón puesto en una encrucijada de vlas timo un enorme brazo que se introduce entte dos
férreas en desierto campo. Torciendo ligeramente cordilleras.
á. la izquierda, tocamos en Palencia, ya inundada
de sol, sin soltar jamás el manto de polvo que la
X
cubre, y luego atrave,amos la tierra de Campos,
¿Y mi compañera de viaje?
surcada por el arado de uu cabo á otro, toda seca,
llana,_ ardiente, verdadero mapa trazado sobr(\yesAl llegar aqul, mejor dicho, desde que dejamos
ca. Nmguoa montaña grande ni chica ha encontra- aquellas fastidiosas llanuras castellanas, desaparedo apetecibles aquellos sitios para fijar su residen- cieron los accidentes caniculares que tan aborrecípio de personas bien educadas molestar al prójimo
y turbar diversiones licítas.
Echóse á. reir de nuevo, y me dijo que en Madrid
no pasaba semana sin hacer alguna travesura de
aquel jaez; que la alegria de la capital y su constante humor de bromas era contagiosa, por Jo cual
ella no podía resistir á la tentación de dar chascos;
que se complacía en deshacer las fiestas, en trastornar el tiempo, en soltar los frios del Norte después
dtl sofocantes horas, y que se divertla mucho viendo el descontento de la gente madrileña. Añadió
que no pudiendo eximirse de asistir á francachelas
y comilonas, la obligaban á empinar el codo, y que
una vez alterado el sentido, hacia las mayores locuras, casi sin darse cuenta de ellas.
Yo le dije que la vela camino de Leganés si se
repetían sus pesadas bromas; pero ella, riendo de
mi enfado, me contestó que al día sí.gqieqte el calor serla más insoportable.
Así fué en efecto, por Jo cual tomé las de Villadiego hacia el Norte, metiéndome en el tren al pie
de la montaña del Pl'incipe Pío: y he aqul que no
había andado dos metl'OS la máquina, cuando mi
compañera y amiga tomaba asiento junto á mi.

�40

ARo lV

REVISTA MODER~A-

ble me la hablan hecho. Amenguóse el resplandor
molesto de sus ojos, que brillaban, si, pero empañados por tenues celajes; dejó de echar fuego como fragua su hermoso cuerpo, y pude acercarme
libremente á ella, sintiendo, antes que calor, un
dulce temple que á un tiempo confortaba cuerpo y
alma.
Despertóse de improviso en mí Yiva inclinación
hacia á ella. Hablamos, se animó mi conversación
con requiebros y se salpimentó con suspiros, me
entusiasmé, coqueteé, me entusiasmé más, me declaré, hicele proposicioaes de matrimonio. ¡Ay! liumanos, ¿sois mortales porque sois débiles, ó sois
débiles porque sois hombres?
Condújome la taimada á un delicioso lugar, nombrado Sardinero, vecino al Océano, verde y cubierto de flores como un jardín, reuniendo en si la suave tibieza de la tierra y la frescura del mar, un
verjel con playa de doradas arenas, donde las liolgazanas olas se extienden desperezándose al sol,
un montecíllo encantador, primaveral, compendio
de todas las bellez.as de la Naturaleza.

Mi compañera, á quien desde aquel instante llamé mi esposa (porque consintió en serlo con pérfida
complacencia), me sumergió en el mar, me invitó
después á paseos y meriendas. ¡Oh, que felices días
pasamos! ¡Qué apacibles noches! ¡Cómo rodaban las
horas sin que sus pasos sonaran sobre aquel césped
florido ni sobre las cariñosas arenas de la playa!
Yo era el hombre más feliz de la creación basta que
un día, ¡infausto día!. .. Nunca babia visto á mi
compañera tan hermosa, ni tan alegre, ni tan amable ....
Nos bañamos juntos, disfrutando del halago de
las olas, asidos de las manos, mirándonos el uno al
otro, cuando de repente desapareció no sé cómo ni
por dónde, dejándome lelo, lleno de desesperación.
Busquéla por todos lados, dentro y fuera del agua.
No estaba en ninguna parte. Me eché á llorar y sentí frío, un frío que penetraba hasta mis huesos.
¡Triste, tristísimo día, horrible fecha! La recuerdo bien.
Era el 22 de Septiembre.
B. PÉREZ GALDÓS. .

NUESTROS COLABORADORES EN EL EXTRANJERO.

Oomunicamos á nuestros lectores que habiendo adquirido la colaboración
del Sr. Abogado Nicola Rubino, eminente escritor italiano, director de «La
Crítica» de Nápoles, tendremos el gusto de comenzar á publicar artículos suyos, brillantísimos de forma y vibrantes de sentimiento. Tendrán ocasión
nuestros abonados, desde luego, de gustar y de admirar las sensaciones de arte oriental_que nuestro nuevo colaborador nos ha enviado con el título de «Piccoli Azzurri d'Oriente. »

EN _HOMENAJE AL DUQUE JOB,
Organizará en su salón la Revista Moderna, la noche del día 3 del próximo
Febrero, un festival artístico.
Oportunamente se repartirán las invitaciones.

.......

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE FEBRERO DE

1901

NúM,3

REVIST A MO DER NA
ARTE V
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESU S URUETA.
Tip. de Dt1bld11.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                    <text>��I J •
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18LIOTECA CENTRAL
u. A.. N. L.

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!:-ubscr1~íón en Máxic~ ~estre/Jdelantado: $3-00:,:

Er:1 los Estados r: E,J.:nµJero, J~m~StM:. adelantado': $+~•.:....:"'dm!'!ro·SdP1~;:,¼ &lt;«fl~,t

•

Apártado pÓ!tal núm. 49 (h1"). -· ·

, -~DMlNlS'rRADOR!

Gm,.,tFJRMQ

IDMINISTRlCION: GILLB DBL GOLISBO

1)11 LA PEÑA.

mvo ~-608.
J

MBXICO.

•

�REVISTA MODERNA.
INDICE DEL ARO IV.

'

J

Pi,ra.

ALARCON P. A. n.e:.
El mulo, el burro y el caballo.........

to

ARGÜELLO H. SANTIAGO.
Viaje al pala de la decadencia. . . . . . . . . . .
Id.
id.
.. .........
Id.
id.
.. ..........
El poema de la Locura ... . . . . . . . . . . . . . . .
Id.
id.
. ...............
BARREDA GABINO.
Algunas ideas respecto de Instrucción Primaria. ............ .
...... ...... ..
Algunas ideas respecto de Instrucción Primaria........................ . ........
Algunas ideas respecto de Instrucción Primaria........... . .....................
Algunas ideas respecto de Instrucción Primaria.... .............................

224
301
346
365

38!

217

2i6
292
311

BARREDA L uis.
)Iemoria eterna ..... - • • • • • • · · · · · · · · ·
l08
Job.. ..
. ..... • . - . • • • • • · • • · • · · · · · · · · 204
BAUDELAIRE CHARLES.
Embriagaos............ ......... ·; . ... . 200
Cada uno con su quimera..... .. ...... .. . 304

JflvfLA5· 1'}00·

BERNARD JJIJAN.
Fiestas de poetas ......... .

214

BLOY LEÓN.
El Cristo de los ultr11je~ . . . . . . . . . . ..... . 1!:0
HOURGET PAUL.
Lawn Tenni8. . ......... . .............

.

72

HRYAN W. C.
Upon the mouotains distant head ......... 3i1
Oh the fairest of the rural maids . . . . . . . . . 371

01rPRÓXIMAMENTE A LA VENTA.~

CAMPOS RuBÉN M
Flor y Fruto . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31
El dictado del muerto.. . . . . . . . . . . . . . . . . . 106
Un egolsta.................. .. ... . . .. . ... 124

Pi,rs

CA)IPOS RUBl!N i\1.
Cuento de Abril. . .... . ..................
Felipe Yillanueva G .................. . ..
Pecado de amor ....................... , .
Cuento bohemio.
A muerte . . . . . . . . . ............. • .. • • • • •
Paisajes parisienses , . . . . . . . . . . . . .. , . . . .
De Natura rerum ... . ................. ...
lrn noctámbulo.... . ......... . ......... . .
El nocturno en sol. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un suicidio . . . ... .... . .. . . .... ....•.. . .
CARDUCCI GIOSL h.
Recuerdo de infancia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Da Bologna................. • • • • • • · • · ··

154
175

20ti
26f.
~85
29S
:H4
353
:16!-i

:lSl

4S

CASASéS JOAQU1N D.
Al esclavo escanciado1· . . . . . . . . . . . . . . . • . . 157&gt;
La Campesina . ................ .. . . ..... 371
~Iontes, valles y almas... . . . . . . . . . . . . . . . . 371
CLEARCO MEONIO.
A una tórtola ciega............ •• ••••·•·•

:JO

COUTO CASTILLO BERNARDO.
Pierrot sepulturero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 142
Una obsesión.......................... • 159
DÁ VALOS BALBil&lt;O.
A Campoamor.... ... .. .. . ...............
Las Ingenuas. . .. . . . . . . . . . . . . . . .. .. . . . . .
El nombre de l\Iarfa, .... . ...............
Los grandes poetas norte americanos . . . .

157

235
27;,
3:?:1

D'ANNUNZIO GURI.BLE.
In morte di Giuseppe Verdi. .. . .. ... .. .. . 11!)
Da Milano. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . IS3 •
DARÍO R ualllN.
Rodin..... .. . .. . . . . . . . . . . . . . . . .. . .. . . . . !)9
Poesla..... .... ..... ..... .. .. .. . ..... ... HG

I
DELGADO RAFAEL.
;\largarita.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 282

�u

ReVISTA MOIJER A.

. .·

.

Un refractario ...... .

.

-......

. ....•... • ...

:H

t&gt;Í,\Z llIRÓ.'.\ s \LVAlJOR.
Telegrama. .. . ........... . .. ... ...• ... 2hi
ldilio .....•..........•.................. 2fi2
1:1 Riln~asma . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2G'.l
1-'f,llREH Jo,t T&amp;1N10AD.
Cruciticat...... ...... . . . .. ........... lf'i
Las g-uitarra~ .... : ..................... 181
(?ft

HEvu

\NQ¡.; ANATOLE.
~:1 ultimo suciio de Luis X\'... ........... ~ti

FLUAS Jlt;atBBk:ro.
El berolsmo del traidor ....... .

.. 14!'1

LÓPEZ DE ~IATUHA.'.\A Jos•:.
nor de Ototlo ........ . .

LUC:O;'\ES

~I.\RQl'I~A EDt' ARDO.
La mnjer danzando ................
La Balada de los Golfos ... ... .. -~.....

GU l'H:ImEZ NJ\JERA :\IA~UEI,.
Non Omnis .l\foriar............. .• ...... , . 1;1
1\ illiam Shakespeare . , • . . .. ...•.... lSi

JI \LPEf([:-JF'.,..KAMIU Kí E.
l~u In casa do TolstoY . . . . . . . . . . . , ... . . . . 2:-if1
ld.
id.
. . . . . . . . . . . . . , . ... ~iO

HEREDIA Jo f; M. os.

1¡;;

1\(IR.\BEAU OUTAVJ,l .
De •El Jardln de los S,1plicios•... . .. . .

11:!

. . . . . ....... . ~16

La tristeza del Converso.
La luwmana Agua. . . . . • . .
. . . . ..•.
Enigma.
. ....•. .. ..... .
Implacable ..................• • .. • • •. •.

1,¡

. . . .. . . . . . . . ..

l\i:?
193

275
3J5

.

.. ......... ... ..... ....

UF.ltltEUA Jhntc,
Doliente ... ...... .

llUl' SlIA~S JORIS KARL.
Del libro •En Racle• .

..... IOCJ

EtPrnamentt' ..

1:1 Tr,mvla . . ..... .

. .......... 110

JONCl~:HES T.i.ONCD Dl!I.
La Balani;oire.. . . . . . . . . . . . . . . . .
H
Lll battement de ses seins. . . . . . . . . . . . . . 41

:umuc ALsEni o.
Un paisaje I" t un 6tat d'il1M
Lf,; {Arrm: JULJ,5.
Juan Uichepio ....

.. ... .... 2i4

.. . ...• • :Ji:?

(.ÓPEZ PORTILLO y HÓJAS JosE.
Las tres apoteosis de 'Margarita. ... .. .....
Tres sonetos . .. ....... .. ... .......... • . .

l'E IU.:S H. D.
í,R F.voluclou del teatro C1ual4n.

g¡;

il

'.

S ~LAZAH AREL ll.
In memoriam. .

. . . . . . . . . . ..•.. 227
Golondrinas . . .
. . . . . . . . . ... ... . ... 2fiO
!::o Oración .......•.....••.•.•... . ....... !:8.7

SCHWOB MAl:CEL
La ~ds notas de la tlirnta . . . . . . .

. .... 120

. . l li

SILVA Ju • As1·:.-.c1ó:-i.
Xupc1al, ..•....•...•......•..•...• . . .. .
:',[1,1 uight drcams.... .. . .. . .. . . . . . . . . . . .. 511
Vejeces ... ..•... .. •. • . • • • • • • · • • • · · · 141
Las C11~Ahd11s........... .... ....... . .. . . 2H
• ·octurno
............. ........
l\Iur,rto,

. 2-'º..
......

G7

Le ~(isql'l ............. .

...~

l'l'G..\ y A0AI. MA?\ t;.CL.
P.:iemas en prosa.. .. .. ... ...... ...... .
;,~
Para el Aloum de Isabel S. de Coron:t .... :li l
El Bla ón de la Duquesa. . . . . . . . . .
. :k.G

lll-:BOLLEDO J-:rnts.
Faunaha. ..... . ... .
. . . • . . . . :l2
L,i Bordadora.•.....
4!,
l'oesia . ..... .. .. .. • .. . • • • • • • • • • • • • • • • li;j
Poema Cíclico.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . i!i
Crepúsculo. ..
. .. . . . . . . . . . • .
92
La Yejez del SAti ro.. . . . .. . . . . • . .. . • . . . . 11 l
Yoto..... . . . . . . ...................... . 127

................

Cuño ....••..........•........ ..•• .... 13-S

s:;

Nocturno .. ..

Magna \'oluptas.......... ..... .......... J(i.q
Estampa ....... . ............•. -~ ... .. .. 170
Venus P!a... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19!)

TE e A

e

EN TWA

u. A.~&amp;..

TABLAD.\ Jo~g Ju.x.
Poesía en honor rle Jo;; po,•tas :rnglo •ame•
1ka11oi1 ......••..•............ . . . .... !H!l
La IHII~ j- d.: Tjuang To,~ . . . . . . . . . . . . 3i

THECJRlET .boRt.s.
La Mau,;ión .. .. . . .

. . • . . . . . . . . . .... ;¡,9

.TOLSTOI Litó:¡.;¡ Pt:rl'o muerto ..
El credo de Totsroi'.

BE:-lAlm Jm.E~.
El Péndulo... ... ..... .

Sl' LI, Y Pnuonl)llllf'.

Jos1-:.
Lobreguez................ .

OTJI•);\° lil,\I\IH:t..

Dl,l

J A UfE:3 J'ItA?-iCISCO.

i6,I

~TRYES::iKJ CAl&gt;llllRl•.
Enrique Sienkiawlcz ...

onc1 ,h'AI\ n.

... .. IGJ

La Fiebre.. . .. . . . . . . . . . .. . . . . .. . .
1i 4
Ln. ertería rota. . . . . . . . . . . . ......... ... . 171
llú,lca de Oriente .......... . ..... . . . . . 17.J.

Yo no si:........................... ...

La canción del trovero....• .- . . . . . . . . . • 2t.8
Ofrenda .. ... .. .. . .....•.... ..... ... ..... :ll2
Saudade~. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . .•.. n,o
La mirad/\ de tus dulcei; ojos.
:J&amp;O

STEELl:11. D
Bailad of rhe hand,, . .. ...... .

Tarde de Otoiio
.. ••......••.•. . . l!!fi

rn2

SERAII .\h TILDE.
La Hamlll,1 tf'Jrl\

•·on:ui Jo,f.. 1.

1:1 duque de Hroglie.

IC AZA F1tANCUi"O A.

S1

~IEHnIL S n .\RT.
Paix .... . ..... .

:'\CIGALES Jo,,:.
En el pozo .
1&lt;1.

Tibl, Hegina . . . . . . . . . . . . . . . . . • . . •... ..

...,Mwm~z Pr:SQur:1u ~r"xLn.

Timbte de alarma...... . . . . . . . . . . .

NER\'O ,h!AVO.
. • 93

~1:J
:J&lt;:,7

:'II \RGUERITTE PAn.

GONCOURT Eo. ,. Jl'uo

Un aguafortistl\. • . . . . . . . . . . . . . . . . .

200

La ofrenda de Hl"rodes . . . . . . . . . . . . . . . , 12:l
Jiortv:; Delici11rum. . . . . . . . . . . . . . . .. .. 3~~1

MILK.
C4ntiga ..•...

JJE.

ltEBOLLEOO E1'.at!-1 .

LKOPOLDO.

G~:NER POllPEVO.
El final del libro •Tuduccioneb•....
IC3
t.a H,gitne. . . . . . • • . . • . . . . . . . . . . . . • . . . . i 14

UERMANT AcEi..
Los Cordero, ..

r;A M~~. . ,

• ,. Plig,;, • •

"
o

'TABLA!&gt;.\. Josr; ,Jt' A:S-.
tn el Pals del Sol ...........•...
Id
id.
.. . . . . . . . .. • . . .. . . • . .
La \"enus China.... . ....................
Al l&gt;uque Job . .
. .... ....

,t¡¡

r..1
G'l

'fl"RGUEi'.\E FF h'A,·.
¿En qué pen,1tré?.... .. . .. . .. ,
1•u Egoliaa. . . . ... .•
Lucharemos . • . . . . . . . . . . . • . . . .
Do,. rico~ . . ......... ,........ . . . . .
Los; dos hermanos.
.,_... . .
El IlltieCto. . .
... .. .
1·GAHTE )[A.XUEL
Mu,11. de ,\jeujo
ne Parir., . . . . . • . . . . . . . . .
A una marquesa .
De un libro en prcusn . .
En ~¡J.,nc10 . . . .

UNA~It.:NO

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... .. .. .

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PaiSAje,. Jlllri len:,es

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URBINA Lt r,, G
C'armen

• 209

t"Rl"ETA J1:st:,
Dulclnel\ PrE:ludio .
1:1 himno del ultraje
l?u libro de Justo Sierra
l)i.-.curso. . . . . . . . .
A los Estudiantes .

Su mano... . . . . . . . •.
Lavó su cuerpo con nmbrosla. .
Discur~o. . . . . . . . . . . . .
....... ..
Dlecnr:.o. . . . . . . • . . . .
El Cole6 1 '.'lhlitar. . • .

\' A Lr~~ZIJELA JF.st,. 1•:
¡ - - ! ...
Uu viaje dej) da~
Piedad ... ! . .

U manto &lt;le punitenci11 . . . . . . . . . . . . . . . .
7!)
Q t l Pals del Sol.... . . . . . . . . . . . . . • . . 90
Xotas1llbnogr. flcas....
. ... .. .. . .. 101
Henovare. . • • • .
l'rerrafwlista........... . ............. 113
Lu:1.
de luna...... .
Trag~dra Ohscura. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 122
(..!ue tire -ren ieDlpre •
Notas Ilibliogr:\ficas ....... ..... ..... .. .. 131
,Juárez . . . . . ..... .
,\ la sombra de un Hém1e~.. . . . . . . . . . . . l J;;
Otoñal... . ... . . . .
lfaiinn11...... . . . . . . . . . . . . . • . .
rn7
Solo .....
llemar,lo Couto Castillo . . . . . . . . . . . . . . . . . l i l
Himno á Leún Bloy.. . . . . . . • . . . • . . • . . . • . ! SG SI.\' f'mMA.
Tipo,, que se van..... .. . ... , .......... . 1!:18
El Festh·al de la •Hevbtn .)10fféMa•...
Leodemain ............................. :?O:,
A nuestro Director. . .....•.. : .
Tipos que se Vilo •.•...... •••.•.•• . ••. •. .. 2:14
Acontecíniiento literario en la .\mérica la•
De S1111~· Prndhomme. . . . . . . . . . • . . . . . . . . . 236
tina. .. ............ ..... . . . .. . ..•.•••.
Arieta .. ... ...•..•...••.. ....... ....•... 262
\'enta
&lt;le •Lascas• .... ........ .... .......
il'lor de Acanto.................. • ....... 28!
cr;Ua&gt;
de Erne•to Elorduy.... .•....... ..
El Daimlo.. . . . . . . . . . . • . . . . • . . . . . • . . . . . . . 28-1
C(,n-:·ocatoria..
• • . . . . . . . . . . ...........
Las princc~as ....•..........•...... .. .. 300
Programa de la ,•elada Anglo americanA.

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�ARo IV

MÉxICO,

1a

QUINCENA. DE ENERO DE

1901

NúM,

1

REVISTA MODERNA
ARTE Y

D I RECTOR : JESUS E. VALENZUELA.

.

CIENCIA.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubl án.

"LA PIEDAD" DE MIGUEL ANGEL.-ROMA.

�PRELUD/o

Jl-l .Sr. q)on Enrique -e·. {Jreel) al bombre -culto) al prote-ctor -generoso) al an,ligo -cordial) -con mi estima-ción) -con 1ni gratitud ;y -con
.
.mi -carino.

;lfápoles) :Mayo de 1899.

J.

u.

NOTA.- Este es el prólogo de una Tragedia en tres Poemas Liricos, que se publicará
próximamente e n Europa.

�MASCARAS TRAGICAS:

ÜFELIA.
SHAKESPEARE.
CERVANTES.
DoN QuIJOTE DE LA MANCHA.
SANCHO

11

,,

p ANZA.

HAMLET.

Estando sentado en _el antiguo sitio augural en donde se retinen todas las adivinaciones, escuché un ruido estridente de pájaros que gritaban de una manera siniestra y salvaje.
SOPHOKLES.

•
ESTROFAS CORALES:

EucARISTíAs.

ÜFÉLIDAS.
DULCINEAS.
FAUNALIAS.
ALUCINACIONES.
CALUMNIAS.
MALDICIENTES.

j USTICIAS .

. . . . io faro una finzione che significa cosa grande
LEON ARDO DA VINCI.

�~..,,,..._,,....,,,...,,.._,,..-""'....,,,.....,_,_,,.._,,.._,-_............,_,,..,.,,.._,...,,,...../"'..r,J"'.,,,,""..,,...._,,,.....,,....,,,.,..,.,_,...,_,~~_,..~~

N BOSQUE sibilino, antiqitfaimo, de in·
tensa flora ur. erable, sacudido á 'Veces po1·
soplos pode1·osos de génesis y á 'Veces aletargado en hondas pausas de expectación.-Es el reposo de una farde caliente.
-Las 'Vívidas púrpuras solares se desgarran en los ramajes nudosos, y caen,pesadas, ab1 mnantes, sobre los pmdos. Bajo
las bó'Vedas de sombm, al borde de las
fuente.~ rítmica.~, vagan las creaciones femeninas de la humana Fantasía, las que besan, las
que oran, las de carne triunfal, las de alma sacrifican te, altei·nando estrofas afrodisias y
versículos eucarísticos con la infinita avidez del amor .. .. A lo lejos se perfilan, amenazantes, los torreones guei·reros de 1tn castillo feudal; y más alta que el vuelo solemne de las águilas, más alta que el vuelo solemne de los espíritus, se alza, altiva, soberbia, indomable, la
montaña; que siente en si, do1·so la fatigosa ascensión de las 1·azas épicas.-Bajo un pórtico
de mármoles sagrados, Shakespeare contempla á Ofelia, que en el fondo, entre las filtraciones ardientes del sol y las redes frescas de las hojas-nítidamente blanca- c01·ta flores y
persigue ma,·iposa.~, atando y desatando sus ilusienes .. . .

SHAKESPEARE.

· Ob, delicia de mis ojos! hija mártir de mi poesía! Te formé con versos diáfanos y con
sangre virginal; y para hacer más bella tu inocencia, la ofrecí, como una hostia, al divino Dolor. Llevas en tu cuerpo adorablemente frágil, los gérmenes de mis tumultuosos amores desesperados .... En la. ideal transparencia de tus pupilas azules se esfuman crepúsculos de
recuerdos cansatlCls y de esperanzas sensitivas que se marchitan y se descoloran y se mueren
en la anemia de la luz .... Y vas, vas con tus hermanas, en el cortejo trágico que atraviesa
el sendero ensangrentado de los siglo~, en pos de la. histol'Ía muerta, delante ele la historia
viva . ... Tú eres la que mas amo, la que adoro, porque en ti puse la mayor dosis de sufrimiento posible á la vida: un átomo más de dolor te hubiera cle~hecho en la inconsciencia, en
la nada estéril, como queja &lt;le agonía .. . . Pero fuiste mujer, y bella, y casta, y tierna: el
amor te díó el suplicio, el genio te dió la inmortalidad. Naciste estrella de una lágrima, caricia de una lascivia, perdón de una blasf&lt;:1mia. Tu carne está hecha de apetitos de mi carne,
tu alma está hecha de oraciones ele mi fe. Cómo brilla, bajo las claridades del zenit, lamadeja de oro de tu cabellera! Ríe, canta, tiende el alma, como ala de paloma, hacia los ensueños venturosos ... . Seguidla, acompaiiadla, tejiendo la mágica cadencia .de las rimas, oh inmaculadas Eucaristías ele alabastro, Eucaristías de los peplos blancoó!-Te concedo una bo-

�8

REVISTA MODERNA.

ra de felicidad, de felicidad completa, colmada, rebosante, para que tus manos recojan las flores del campo, tus labios los arpegios de la fronda y tus g racias las sonrisas del cielo! Después .. .. ay! después tendrás que aspirará. plenos pulmones el polen del deseo y de la universal fecundación .... amarás .... sufrirás . . .. hasta que el esplritu del amor pueda engendrar
en el espíritu de tu belleza un Dios!- 1\lientras yo pienso en los prol:&gt;lemas inicuos, y forjo atle·
tas con mis gritos de libertad, y justicieros con mis virtudes crucificadas, y asesinos con mis
rencores y con mis odios; mientras contemplo el derrumbamiento de las etapas malditas en los
voraces vórtices del castigo; mientras siento que la duda se afana, cada vez con más ahinco,
cada vez con más rabia, ay! y cada vez con menos fortaleza, en levantar la lápida del secreto, la losa inconmovible que cierra á los efimeros la E.'ntrada de los reinos de la muerte .... ,
tú, gota de bálsamo, cae sobre mí cabeza! harmonfa de paralso, brota de mi lirn! onda de juventud, báñame de primavera!

LAS EUCARISTIAS.

E ST.llOFA.

Pausas prolíficas del Ritmo universal! sonrisas infinitas de Flora exuberante!
palpitaciones azules de la Poesfa creadora!
Ya las diosas invioladas desatan la cadencia de oro de las citaras anacreónticas!. . ..
Ofelia, la niña de cuerpo adorablemente frágil, abre su corazón, como una copa, para recibir el néctar perfumado de la vida.
Gotas de la luz, ambrosias de la rosa, frescuras de la fontana, caed, caed en esa
copa de consagraciones! . . ..

REVISTA .MODERNA.

!)

�REVISTA MODERNA.

ANTIE!.TROFA.

11

As! un cruel destino pesa sobre tu limpia frente: las locuras desenfrenadas, las
pesadillas aterradoras, te encenarán en la torre de la Alucinación ... .
Y serás la Victima.
Nosotras recogeremos tu cuerpo, y se lo llevará, por el camino del cielo, la plegaria piadosa.
Las diosas suspenderán los festivales ..... .
Y el Dolor, poeta inmortal, el Dolor de frente solemne y de ojos proféticos,
arrancará de los bordones llricos los preludios de la esperanza y los credos del
amor! .....

Ofelia, co1i el Coro de E1trofas, desaparece e1i las misteriosas profundidades del bosque. Shakespeare, apoyando en su mano la frente vigorosa, medita . .... . Una r áfaga pasa
sobre los árboles, rápida, com o aliento, como profecla . ..... A lo lejos se escucha un clamo .
1·eo . .. ... Luego, el silencio se abate, infinito . .. . . .

•
OFELIA,

con los ojos llenos de una risión maravillosa:

Padre, padre, escucha! Lo he visto, lo he vuelto á ver ... . .. al caballero sangriento .. . . .
allá, en la explanada del castillo feudal, sobre su caballo flaco ..... , agitando con grandes
movimientos su lanza y dando fuertes voces al viento como si amenazara á alguno .. .... ;
su lanza brillaba, parecía tener una esti-ella en la punta . . .... ; y todo él estaba cubierto de
sangre .. .... de sangre . .. ... . de púrpura! Al verme, espoleó su caballo gritándome: , Oh,
mi señora Doña Dulcinea!» y yo corrl, corrl, tt·opezando y levantando, hasta que un lamento
ensordecedor de mil bocas implorantes detuvo su persecución y mi fuga. VI que hombres,
mujeres, niños, surgi1:mdo como por magia de todos los poros de la tierra, lo arrastraron en
un torbellino ... . . .

SHAKESPEARE.

Oh, si, es verdad, no es ilusión, surgen de todas las grietas de la tierra, de todas las brutalidades de la vida: son los infelices, los mutilados, los que tienen el pan escaso y el alma pro·
diga, los que demandan reparación y justicia. El caballero sangriento es su paladín. No
temas que te cause daño; es uno de los mejores corazones que conozco: más noble que un
blasón, más foerte que una torre, más casto que una vestal, más entusiasta que un enamorado, más loco que un poeta y más poeta que un loco . ..... Se llama Don Quijote de la ~lancha:
asombró á los humanos con sus hechos, y es tan lustrosa su leyenda que ha dado envidias
á la historia.

OFELIA.

Yen, padre, dime esa leyenda; nos sentaremos en el pórtico al abrigo del sol, y te escu
cbaré hasta que se fatigue tu palabra. Me soñaré pdncesa, con un caballero vencedor en la
justa y vencido de mi amor... . . . .

/,pa1·ece Cervantes, el Mutilado, de mirada intensa, de boca irónica, hé1·oe, poeta.

�12

REVISTA MOUER~A.

SHAKESPEAR!i:.

Llegas á tiempo, fiel amigo: de ti hablábamos, es decir, hablábamos de Don Quijote. Ofelia lo ha visto en la explanada y la persiguió confundiéndola con su beldad. Yo he calmado
sus temores; y gustando de los maravillosos relatos tuyos que con su gracia rebosante de
enseñanzas, son diversión sana de la infancia y consuelo apacible de la vejez, quiere saber
los trabajos y los amores del incansable manchego. Yo hubiera sido un eco; tú eres la voz
viva: habla, aqui en el huerto sagrado, y con las frases abundosas de tu fértil elocuencia, mientras el sol estalla en colores triunfales, dinos las hazañas épicas que grabaste en tu poema 1
de bronce.

OFELIA.

Y o premiaré A vuestro caballero con una corona de flores. Son unas flores que semejan
mariposas: tienen los pétalos extendidos, como alas salpicadas de puntos de oro, de gotas de
carmin, de hebras rubias ...... Crecen en un misterio del parque, donde no llegan los pasos
de los sátiros bribones. Cuando las vi por primera vez, ere! que se iban A volar, en banda•
da . . . . . . El creerá, como yo, que se van á volar ...... y me reiré de su engaño .... . .

CERVANTES,
saliendo de un éXtasis:

Galante Ofelia, de más dulce hablar que los coloquiod pastoriles y la miel de las colmenas! presta el oido atento, para lección de tu espiritu y para regocijo de tu curiosidad, á las
proezas que de villorrio en villorJ·io y de corte en corte, legaron al mundo, con la vocingleria de la fama, el nombre de Don Quijote de la Mancha á la risa de los estúpidos, A la coro·
pasión de los sabios, al deleite de los más, al estudio de pocos y á la imitacióñ de los menos.
Nació en la guerra: fué el retoño de mi bt·azo roto de soldado y de mi herida conciencia de
hombre; floreció en mi sangre, en mi deber, en mi aspiración y en mi dolor; contempló, desde
la cumbre de vértigo qlle sólo el genio y la locura escalan, el mundo q:ie trabaja con
tragél:lias en la harmonia del amor y de la virtud, á cada paso tejida y desgar\·ada, tejida a.qui
con la atracción de dos besos y desgarrada allá con la repulsión de dos odios; y como yo,
calóse entonces la dura celada, empuñó la adarga vengadora, y pronunciando el nombre de
su dama, Doña Dulcinea del Toboso, {dama fantástica y real, hecha con todos los anhelos
de la ternura varonil, siempre presente y siempre ausente, verdadera como la esperanza y
alucinante como la verdad), se anojó con su sueño al sueño de la vida en débiles lomos de
flaco rocin, á desfacer entuertos y vengar agravios, regando en el camino heroico su pródiga sangre como semen de venideros mártires y de futuros redentores!-Siempre ha sido cómico lo trágico: su largo cuerpo huesoso-escueto como el Infortunio,-y sus clamorosos
apóstrofes bélicos, excitaban la risa de los venteros locuaces y hacian cosquillas á las mozas festivas, cuando llegaba á los cortijos aporreado y maltrecho por duros puñetazos, pero
orgulloso como un vencedor, pues del:,e saberse que nunca la realidad logró desmentir á los
engendros de su magln, sino antes bien, éstos á ella la desmintieron siempre. Y a.si, por sendas ignoradas y recónditos vericuetos, acudla á donde más llagas necesitaban cura y á donde
más angustias demandaban consuelo, levantando sobre la humana miseria, como egida protectore, la lanza de la andante caballerla y ensordeciendo la comarca con sus voces iracundas de reto y de muerte.-No conoció el egolsmo que nutre su insaciable abdomen con las
ajenas miesf;s, ni los espasmos del amor que se aletarga en mullido lecho de abominaciones,

REVISTA MODERNA.

13

�REVISTA MODERNA.

15

y que de dios fecundador-tronco de las razas bellas-se convierte en bestia lasciva- matriz
de los pecados y de las degeneraciones;--fué, es, y será eternamente un batallador, un guerrero de la gran conquista, un héroe de ideal, un poeta de fortaleza, que en cada etapa del
augusto tiempo, reencarna con su anhelo en la frente, con su Dulcinea en el alma, con su
palabra justiciera y fustigante, con sus miserables y magníficos arreos de guerra, sobre su
paciente y fiel rocln flaco, y sin parar mientes en las cobardes adverteucias del buen sentido
(el buen sentido! escurlero glotón, amante del vino, de la pereza y del chascarrillo, que montado en un asno sigue á su amo malhumorado y jadeante), va en pos de una quimera, ele
una alta justicia, rl e una pura verdad, lanza en ristre contra los molinos de viento que voltean sus paletas, como brazos de gigantes, en la fantasmagorfa sangrienta del ocaso y de la
locura!! ...... i\Iirad!

En el fondo de la escena, bajo el incendio de un sol tropical rojo y devorado1·, sob1·e las
espaldas de roca de la montafía se destaca la figura sangrienta de Don Quijote, rodeado de
viudas impl01·antes, de maldicientes pavorosos, de mutilados trágicos que en coro solemne
claman reparación y justicia.

OFELIA,

extdtica, adorante:

Qué hermoso es vuestro caballero! cómo brilla, sangriento, cobijado en las púrpuras
magnificas del sol!

SHAKESPEARE,

clavando en Ofelia sus ojos de penetración y de ai·cano:

Se levanta hasta las altas heroicidades de la fe, midiendo sus arma~ con el Mal, el
manchego que busca como único premio de sus afanes la frente de Dulcinea, para poner en
ella el beso de todas las purezas y de todos los respetos.

DON QUIJOTE,

agitando su lanza:

Seguidme todos, todos los que tengan cuitas, que yo soy Don Quijote de la Mancha, armado caballero andante, y tengo por misión de mis deberes castigará los cobardes que maltratan á la mujer, á los avaros que roban el grano á los pobres, á los tiranos que cortan la
lengua a los profetas, á todos los hi de puta que han puesto su grandeza y su altivez sobre
cimientos de 11\grímas y de sangre; y asi sean fuertes como titanes, vigorosos como gigantes,
vive Dios que he de dar al traste con ellos y con sus atrincheramientos, para ejemplo en la
historia, para gloria de la orden de la andante caballería, para prestigio de mi nombre en
las generaciones venideras, y como debido homenaje á la Señora de mis pensamientos, la
casta, la intachable, la serena, la tierna Doiia Dulcinea del Toboso, que me sostiene y me
ampara y me guía en estas descomunales proezas contra los malandrines de la tie1·ral

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REVISTA MODERNA.

LOS :\IALDICIENTES.

ESTROFA.

ANTIESTROFA.

Fue de odio el grito primero que exhaló la tierra hacia los cielos impasibles.
Es de odio el grito que se estrella en las márgenes de la historia.
Rueda la turba humana con sus festivales, con sus locuras, con sus himnos
guerreros, ay! y con sus apóstrofes de blasfemia y de muerte.
l\-Iatar, Señor, es un derecho y puede ser una Yirtud!
Si somos, si tenemos un lugar en el planeta, si damos nuestro esfuerzo á la infinita acción, si en nuestras frentes chispea la luz de un pensamiento, si nuestros
indices señalan en los confines del desierto la promisión riente y tranquila, si
nuestras lenguas han dicho la parábola del bien, por qué entonces se nos persigue, se nos acosa, se nos befa, se nos corta la lengua que habló, se nos troza el
dedo que señaló y se nos abate la frente que pensó?!
l\-fatar, Señor, es un derecho y puede ser una virtúd!

Tú eres, noble caballero, el paladJn de nuestros generosos combates; tú eres
el incansable, el proteó, el armipotente, el que se consagra sin transacciones ni
condiciones á la causa de la miseria y de la redención.
El lecho de la infamia es de una aterradora fecundidad.
El golpe de tu brazo no cesa de caer sobre la injusticia, que parece tan eterna
como tu -pQderio.
A la lid! á la epopeya! blandiendo las picas del odio; haciendo puñales con nuestros rencores; tú, mujer, convirtiéndote en Fuda; tú, poeta, calentando el verso
hasta el ex:te~·minio ...... todos, todos en pos de Don Quijote, al asalto de la Tiranía!

Bajo la flámula del Sol implacablé, entonando im Salmo de muerte y de gloria, el grupo trágico se pierde en las qiiiebras de la monta1ia. Del picacho más alto se desprende una
águila, solemne y profética, llevando al Oriente un presagio.

l{EVISTA MODER~A

L7

�REVISTA MODERNA.

19

OFELIA,

deslumbrada, cae en un pensamiento hondo. Luego, rompiendo la pausa, con la voz ligera·
mente nerviosa, voz en que tiembla un, furtivo preludio timidlsimo, como si una nueva cuer•
da, como si una nueva fibra de la harmonía femenina hubie1·a palpitado con el p1·i·
mer acoi·de de sit anunciación:
Y, decidme: todos esos prodigios los cumple poi· su dama? .... . .. Oh! debe ser buena y
bella, como mi doliente hermana Desdémona.

CERVANTES.

Sí, dulce niña, bella y buena es, como Desdémona, como tú misma ..... .

SHAKESPEARE,

interrumpiéndolo vivamente, da d su expresión un tacto de caricia inefable, y salpica gra·
nos de amor y chispas ele poesía en el corazón de Ofelia, que se abre con avidez para recibir la divina simiente:
Dt1lcinea! Dt1lcinea está en tí, no la sientes? es tu linea, toda tu línea, desde el pie que
sostiene el ánfora de tu cuerpo hasta la cabeza que la remata; es la bondad transparente de
tus ojos azules; es tu cabellera que desata su madej a rubia bajo doseles de frondas; es tu ma·
no que en su suave concavidad guarda dones para el elegido; es tu sonrisa brillante como
ala trémula de colibrí; es la exuberancia de tu alma que se proyecta sobre la realidad embelleciéndola con las form LE inmaculadas que flotan en el celaje, que se columpian en las
ramas, que nos miran en los astros y que nos besan en los sueños!. ..... Eso es Dulcinea,
eso eres tú: un delirio de amor, una esperanza de ventura, una necesidad de caricia ...... .
Diosa fabricada con adoraciones secretas, y que con sus flancos henchidos de voluptuosidad
surge de las amargas ondas del mar y de las amargas lágrimas de la vida! Y poi· ella todo,
para ella todo: pensamos, sentimos, luchamos, nos disputamos en el torneo la hoja del laurel
sagrado y nos arrojamos á la pira de los holocaustos para arder en la glorificación esplen·
dente de los dolores! . ... . .

OFE LIA,

c?n el bochoi-no del pudor en la cai·a, como si se sintiera súbitamente desvestida:
Dios mio! sus palabras son manos febriles que palpan mi cuerpo .... alientos qu e me queman los oídos ... ... bocas que se pegan á mi boca..... . . ojos que se desmayan sobre mis
ojos ...... rocio caliente de germinación divina!. ... . .

SHAKESPEARE,

con mds vivacidad:

El te busca, te ama ...... Ama'.o, ámalo y sufre . .... . es tu destino. Yo te empujo! yo
te lanzr•! Que lloren en tus ojos todas las lágrimas con que he llorado! qu e se tuerzan en tus

�RE\'ISTA ~lODER~A.
REVISTA MODERNA.

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labios todas las quejas con que me he quejado! que se extiendan en tus brazos todas las imploraciones con que he implorado! que 11e arrastren en tus rodillas todas las súplicas con que
he suplicado! que la ingratitud, la perfidia y la mentirll, pisándose sus mantos sombríos, te
sigan y te acosen como furiosas erine3 implacables! que seas el carbón que arrojado al fuego se hace diamante, el polvo que arrojado al génesis se hace astro, la belleza que arrojada
al amor se hace alma! Ve, ve á tejer la corona de flores par11. tu caballero andante ... .. Don
Quijote ...... el caballero de sangre .... . . el caballero de amor!. ... . .

Transfigurado, irresistible, ordena á Ofelia que salga, se1ialándole con el indice el bosque
sibilino que flamea de sol occiduo. Ella, con la cabeza sobre el vecho, pálida como virgen exangile, dúctil, inconsciente, hipnotizada, camina hacia el fondo, paso á paso .. . .
En estos instantes aparace llAiJfLET, que, al verá Ofelia, sacude la cabeza para tirar
una preocupación sombría, ?J clava .ms ojos, sus t11·andes ojo.~ intelectuales y tristes, fi·
jos, fijos, en la blanca silueta que se desvanece . ...

CERVANTES,

aparte:
Oh, g&lt;lriio! prendes el fostón de hiedra sobre la ruina, yergues el signo de libertad sobre
el estrago, abres alas seráficas sobre la muerte! Eres compara.ble á esas catedra.les de la alucinación mlstica, donde dla. á dla desfilan ante la cruz las penas enlutadas, se lamentan ante
la madona. las angustias llorosas, se castigan con el silicio los pecados blasfemantes, y donde
todas las almas, en la hora suprema de la igualdad y de la comunión, depositan y juntan sus
arrepentimientos, como átomos de incienso, en la casoleta sagrada de las purificaciones, que
eleva al cielo, hasta las plantas de Dios, la blanca. espiral de la plegaria en demanda de paz
y de misericordia! ....

HAMLET.

Cómo á veces su figura espiritual, de sacerdotisa. extática, oficia el amor dentro de mi
alma! Al verla, .espiro un manojo de flores, echo á vola.r hacia. el oriente un enjambre de
versos, me cercan y me arrastran los coros de las Ofólidas triunfantes! Entonces siento que
se reposa el pensamiento, el psicólogo insomne que me eséarba 'y m'! ma.ltrata y me profana
la conéiencia!
.,
' " · ·· v. • • • • •
• ,

-

,,

-

.

·..,

LAS OFÉLIDAS.

ESTIIOt'} .

Nacimos de un Ideal que se de1,barató en ritmos diáfanos; la santa poesla descolgó del firmamento nuestras diademas, extendió tapetes de margaritas á nuestros pies y enhebró en nuestras cabelleras los r11yos fantomáticos de la luna y
los estambres de la neblina. azul de la mont11iia!
A los compases de nuew·a voz eólica danz11n en rondas las hijas efímeras de
la sonrisa, las Esperanzas de oro.
En nuestras miradas cintila, como Yéspero, la melaocolia piadosa.
Yelamo~, esculturalmeote blancas, sobre los Recuerdos yacentes.
Buscamos los corazones altivos para. unirlos á las inmaculadas bellezas, celebramos con cánticos y con besos los himeneos espirituales que dan inmortalidad
religiosa. al germen ennoblecido ele la fecundación!

1

2i

�REVISTA MODERNA.

ANTI-

23

Ven, príncipe rubio, ven! Tu pensamiento se enloquece entre los espectros del
mundo arcano, oyendo las indescifrables confidencias de los muertos.
Ven, príncipe rubio, ven! Ahuyentaremos de tu lado la Fiebre, pálida, convulsiva, de pupilas hipnóticas, de cabellera flamígera, que arrastra á través de la
vida el coro fatídico de las alucinaciones!
Ven, príncipe rubio, ven! El verso de Dios canta en la harmonía fulgurante de
los espacios y en la plegraria nupcial de las almas. Somos las caricias de la Poesía, somos las ternuras del Amor. Ofelia es el amor; sé tú el Poeta.
Amala, ámala, y Canta!

r

ESTROFA . .,,

l

Arrebatado po1· el coro, desaparece Hamlet en el ensueño . ...

SHAKESPEARE
á Cervantes:

Tu lo sabes, maestro de maestrns: el genio es más poderoso, más creador que el sexo; e.s
el gran Sexo hermafrodita, incubo y súcubo, que á si mismo se fecunda dando vida inmortal y magnifica. Los hijos de la carne humana son eflmeros y miserables; están formados por
dos mitades de amor que se juntan en un espasmo y se separan luego sin haberse complementado, sin haberse fundido. iUiralos labrando el mundo: tal parece que apenas sus manos
arrojan la semilla, caen ellos mismos, unos en pos de otros, á los hambrientos surcos ...... .
Oh, qué rápido abrir y cerrar de ojos, qué rápido abril' y cerrar de conciencias es la vida!
Todos pasan, pasan: polvo que sufrió un momento en una idea, polvo que brilló un momento
en una piedad, polvo que se irguió un momento en un deber, y que vuelve al gran laboratorio donde le dan nueva forma raquítica y nuevo destino frágil las manos febriles de un Dios
incansable. En cambio, qué definitivo es el amor del genio! sopla eu la arcilla perdurables
espiritus de ideal; forma tipos gigantescos con los vicios y los crímenes, y rugen entonces,
por los siglos de los siglos, los reyes trágicos y los papas lascivos y las cortesanas ambiciosas; condensa en figuras épicas los credos de la justicia y del bien, y se alzan en las cumbres

�ARo IV
24

MÉXICO,

211

QUINCENA DE ENERO DE

1901

NúM,

2

REVISTA M1JDERNA

de la historia los mártires descalzos, los caballeros andantt:s y los profotas videntes; sintetiza
en bellezas los aromas, las músicas y las luces del universo, y cruzan por la humana fauta•
sla la divina Dulcinea con su esperanza y la eucarística Ofolia con su locura! ....

REVISTA MODERNA

,

ARTE Y
PlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA,

CIEN-CIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

CERYANTES.

Siento palpitar la tragedia!

SHAKESPEARE.
SI, es la tragedia de nuestro(dos espíritus que se han:encontrado y van á chocar sus fa~
langes armadas de rayos!

TELON.

..

\

' 'l\foISÉS11 Dl'.l l\lIGUEL ANGEL.-ROMA.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 1, Enero, Primera quincena</text>
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                <text>Valenzuela, Jesús E., 1856-1911, Director, Fundador</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Hamlet</name>
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                    <text>��PERSONAJES !LUSTRES
l. Jorge Sànd, porZola, l pta,115. B'arttt1nb1:U1ch, por Ouerra, 25, Sail:1~-Beuve, pol' Zola, 14.
idem.
•
26. Coocepcl6nArenlll, por Pe8. Balzac, por id., id.
dro Dondo, Id.
116. Clinovas, J!ljr Cainpoamor,
4. AlronsoUaudlit, porid., id, / idem.
lfl. Heine, por Te6lllo0autier,
5, Sardou, por Id., fd.
17. Alare6n, por f~. P. 8azlin, !d.
Î/Îem.
O. tlumas (hljo), por !rl., id. 18. 7.orrille, por Fernrm-Flor, 28. [hsen, par L. Pa.!!9argv, U.
7. O. Flauberi.J por id., id. 1 ltlem.
29. T11ine, por Bourg~t, 50 cén,
8, Chateaulu·it,11 J J&gt;Or. H., hl. 19, Stendlla,-\t_P_o_r Zol1t, [,!.
limas.
10 Goncourt, J&gt;C!r 1d.\ id.
_120. M. d, la lW5lL, por M. y Pe•· OO. Bret.ôn, por Molina, l llta.
10, Mu.sS(lt. por 1d., la.
layo, td.
81. Can1poamar, por B. Pardo
Il BI P. Colom&amp;, por E. Pardo 21. Ayala, por J.O. Pi~6n, id,
Baztn, fr!.
Ba.zan, 2 pl.a. ·
22 Ttnnayo, por 1"ern1U1•Flor, 82.1-·ernlin-Caballero,porAsen.
12. Noi'.tez de Arca, por J,l. y
i,lem.
eio,(d.
Pelayo, J pta.
1' 23. goa,
Trueba,porBecerro de Bon- 88. E. Zola, por Maupassa.nt y
JS. Ventnrade la Ve~porVaid.
.Alexia, id
lera,_id.
2-l.
Lord
Macaulay, por Olads- 34. Mouton (Mêrloos), por BerU. Te6nlo GauHer, porZo111, id, 1 tune, f,I.
gernt, id.
t. VfctorHUll'o, poddem., id.1

1

BIBLIQTECA CENTRA.Lo

U. A. N. L

COLECGION DE LIBROS ESCOGIDOS ATRES PESETAS TOMO
1. Tolstoy, La, Sonata de 43. Ihaen, Casa de muileca.
M. Tolatoy, Mi c:011fesl6n.
Kreutzer.
44. Goncourt, La Elisa.
80 y Si. Zola, El Doetor Paa.
2. Barhe-y d'Aurovllly, El 45. Lombro.~o, A.ntropo1ogiay
eual,
Cabeejlla.
ps1qmat11,a.
88. Kropotkln, La Conqulsta
:1. Toletoy, Marl&lt;lo y mujet. 46. D~uclet, Novelà3 ,!el lunes.
del pan.
,&amp;., Wagner, Reeuerdosde mi .fi. Turgueoef, El Roy Laar 89. Turgueoef, Aguaa primavida.
de la ll:stopa.
verales,
5. Tolstoy, Dos i?8nerac!ones, 41:1. Totstoy Los Cosacos.
llO. Tolstoy, Los Hambrten~.
1.1. Goncourt.. Querida.
"19. Salnte-BeuYe, Tres mu- !Il. C!lerliuliez, Paula llferé.
7. TolRtoy, BI Ahorcado.
jeres.
9:2. I•'errôn Obras completaa
1:1. Turgeneff, Humo.
00 y 6l. Zoln., El Naturaliamo ' !l:l. Cherhuile;,:A Met.a.Buldeni;"
li, Zola, Laa Vel&amp;das de Méen el teatro.
94. Tolstov, 6..iuè hacer1
dan.
.
.
~2- Tolstov-, Ivan el lmbècll. 95. !,lem, Lu que ,leha hacerse.
10, Tolstoy, El Principe Ne-, 53. Tb11en, i,;os A.parecutos.
!JQ. '.!;aine, El Art.e en Orecia.
khll.
, M. Balza i, 1,:u~ooia Orandet. 97. 1 urgoooef, Demetrio Ru.
n. Goncourt, Re1uua lllau•. :;li. R~mlllete ae ouentos. 1 Mn.
perlo.
1 56 :r 51 Renan, Memorlas fn- j 98. Gautier, Las Bombas pru12. Barhey, El rlsodls.tno.
t1mas.
sianas.
13y 14. O,mdot, Jack.
!ia. Caro, El Pesimismo en el 1 00. Lubhock, La Vidadiebosa.
15. Tolst,oy, En el Cfaucnso. ' sil?'lo ,a:x..
100. Daudet, Tartarin en. los
16. Turguenef, Ni,Jo de hidal- ' 50. Dnudet, Cartas de ml mo•
Alpes.
gns
l!no. .
101, Taioe, El Tdeal on el arte.
l'l. Zola, Es;tudios llterarios. 00. Turg-uenor, Un n_esespa- 102. Caro, Cll!itumbrea litur.a111. Cherbuliez, Miss Rovol.
rado.
riait.
19. Ren6.n 1 Mi intancùi, y mi 61. OooMnrt, La. Faustin,
103. Tai1te, NépoJ.es.
juventnn.
81.tzae, Papli Ooriot.
101 y 100. Idem, Roma.
l!O. Tolstoy, La Muerte:
O:l. Tolatoy, El Cantodelcisne. 1100. Idem, Flo:reuela.
21. Goncourt, Oermloi&amp; La- &amp;I.. Coppée, Un ldllio.
1111. Idem, Venecla.
eerteux.
05. Caro, El lSuichllo y la clvl• tœ. Mem, Mih\n.
ia. Dau.det, La Evangeliata. f lizaciôn.
100. Tarde, Batudlos penalœ y
23. Zola, La Novcla exprlmeo- 611. Taine, .l,'ilosofla del arte.
socJalea.
tal.
li'l y &amp;!. Zol11, Loa Novellstas UO &amp;rbey d'AurnUly, Veo24 . .Flaubert, Un cornz6n sennaturnlistua.
ganza Ile un&amp; mujer.
1 69. Campoumor-, Ternezas y Ill. Balzac,CésarBtrotteau.
cillo.
115 . Turgneuer,EI Judir&gt;1 flores.-Ayosdel l!Jma.-Fa-112. ld,1m 1 La Quiebra d1t Cé26. Cberbulie.z, La Tems. de, bulll.8,
sar mrotteau.
Juan Tozu&lt;lo.
1 io. Soria Oay, Saloul!ll céle- 118. TolsLoy, Ml infanc.la.
ri. StuartMlll, Mi&amp; memorias.
bres.
114. 1,lem, Ml juveotud.
28 y 20. Macaulay, Bstudlos 11. Tal!ltoy, El Camino de la. Il~. Id., Fisiologiatle laguerra.
JurÎllioos.
vida..
118. V11rios autores, Cuentoa
8(). Zola, Mis Dd!oe,
"
'i'2. Lombroso, El Hipuotlsmo. escogi,los.
BI. Dolltoyuskl, La Casaclfllos 7.:1. Ferri, Nuevos estudh)s de/1117. Tolatoy. LaEscueladeYasmuer1oll,
J antroJl')log(a.
naia Poliana.
32. Zola, Nuevos estndloalite- 14. Taine, La Pintum en los ll8. P. Merimée, Colomb■.
ra.rios.
Paises BajoR.
Ibsen, La Dama del mar y
88. l)ostoyu.skl, La Novela del "15. TolstoybPateero_a viciosœ. Un eoemigo del pueblo.
' prSllidio.
'l6. Balzac, rsula MlroueL. 120 Barbey, Laa Dlab61icaa,
Ill. Tolstoy, El Sitlo de Sebas- 'i1. T , lstoy, El Dmero y el 1:.11. OauUor, Nerval y Ba.uiletopo1.
1 trablljo.
Jaire.
35. Zola, EstudiOll er!ticoa,
78. Shopenhauer, Eetudloa es- 122. S11l nt-e-Beuve, Retratos de
811 y 3'i. Campe, Historia de
cog-ido11.
Mu).E!rea.
Amér!(ltl,
19. Campoamor, Dolorasy bu• 12.f, l'urgnenef, El Reloj,
·ss. Daudet, El Sitlo de Paris. moradllJ:I.
124. Barbey ,!'Aurnvllly, Una
:is• .ueOIIÎo, Plnz6n,
80. Torguener Primer amor.
historia sin nombre.
10. Cherbuliez, AmQJ'ea frjgi- !:li. Tolsloy, EÎ '1 rabajo.
U5. _Daudet, Cueotos y fuot.a•
lès.
1:12. Tasoro oe cuentgg.
s1as.
,n. Heine, Memoriu.
Ela. Cé!llll' Lombroso, Apllca. 126. TolatoyiMi juventud.
&lt;tl ll'erri , .Aotropologia cricio1193 jndiclliles y mélllcas. t.n. Caro, lttré 'I i!l Poa!tîmlnal,
i 84. Sard'lu, La Perla :o.egra.
vismo.

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REVISTA INTERNACION,AL

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INTERN.ACION AL
Director: J. LAZARO

15

MAYO 1894

1YIADR1D ·
EST,1.Bl ,ECJMIENTO T lPOGRÂFlCO DE A. ;I.VRIAI..

San Bernardo, 92.-Teléf, 3.074.

�LOS ZUECOS
A. Leon Fontaine.

Para la reproducciôn de los articulas comprendidos en el presente como, es indilpen1abu el permiso del Director de la Rsv1sT A.
1:NTBRNACIONAL.

E

1 anciano cura farfullaba las cia todas las semanas, los asuntos
ûltimas palabras de su ser- întimos de la localidad. Era un anmôn por cima de las co:6.as ciano de cabellos blancos,queservîa
blancas de las aldeanas y de las ca 13: parroquia hacia cerca de cuarenta
bezas de cabellos crespos apelmaza- aîios, y aprovecbaba el serm6n para
dos de los aldeanos. Las que habian comunicarse familiarmente con tovenido de lejos a oir misa, tenian a jos sus feligreses.
su lado sus grandes cestones, y el -Recomiendo-volvi6 â decircalar pesado de un dia de Julio des- â vuestras oracianes â Desiré Vallui,
prenclia de toda aquella gente un que esta muy enfermo, y lo mismo
alor al ganado y un aroma de esta- a la Paumelle, que no acaba de resblo. La puerta abierta de par en par tablecerse de su sobreparto.
dejaba air el canto de los gallos y . No se acordaba de mas, y se puso
los mugidos de las vacas echadas en a buscar los registras de papel meel campo pr6:ximo. A veces un so- tidos en el Bre-viario. Por fin enplo de aire, impregnado del aroma contr6 dos, y continu6 diciendo:
de- los campos, se colaba por el pôr- .:Que no vengan por la noche al
tico, y haciendo revolotear al paso cementerio, coma hacen los muchalas !argas cintas de los tocados, iba chos y las muchachas, porque daré
a hacer oscilar en el altar las luce- aviso al gaarda de campo&gt;. «M. Oe_citas rajas de las velas.
sario Osmont desearîa encontrar
-jHâgase la voluntad de Dios, una muchacha honrada para sirAménl-decia el sacerdote. Call6 viente:..
luego, abri6 un libro, y se puso Estuvo reflexianando breves insâ recomendar â su grey, como ha- tantes, y luego dijo:

�6

BEVISTA INTEBNA.CIONAL

-Nada mas tengo queadvertiros,
hermanos mios, sino desearos la gracia en nombre del Padre, del Hijo
y del Espiritu Santo.
Y dicho esto, baj6 del pûlpito
para acabar su misa. Cuando los
Malaudin e~traron de vuelta en su
choza, la ultima de la aldea de la
Sablière, en el camino de Fourville,
el padre, un aldeano viejecillo, seco
y arrugado , se sent6 â la mesa
mientras que su mujer descolgaba
la marmita y su hija Adelaida sacaba de la alacena los vasos y los
platos, y dijo:
-Quizâ que no seria malo de colocarte en casa del sen.or Osmont,
que sa quedao viudo, que la nuera
no lo pué ver en pintura, y que
tiene monises. Quizâ que no la marrâramos de meter en su casa â
Adelaida.
La mujer coloc6 sobre la mesa
la marmita ennegrecida, levant6 la
tapa , y en tanto que subia al t~cho
el humo de la sopa impregnada de
olor de coles, se puso â reflexionar.
El marido continu6 diciendo:
-Qué si que tiene monises; pero
era menester ser una despavila, y la
chica no lo es ni miaja.
Entonces dijo la mujer:
-ë,Y pa qué no la probamos?
Luego: volviéndose hacia su hija,
una mocetona con aire de simple,
de cabellos amarillentos y gordos

carrillos encarnados como câscaras
de manzanas, la grit6:
-jHas oido, animal! Que te vas
â ir â casa del sefior Osmont, â ver
si te quié pa cria, y haces -toitico lo
que te mande.
La moza se ech6 â reir estupidamente, y no contest6 nada. Luego
empezaron los tres â corner.
A los diez minutos, el padre dijo:
-Oyes tu , chica, y cuidiao con
que no hagas lo que voy â icirte.
Y con frases lentas y minuciosas,
la traz6 toda una regla de conducta 1 previniendo los menores detaIles y preparândola para la conquista de un viejo viudo, indispuesto
con su familia.
La madre habia dejado de comer
para escuchar, y permanecia con el
tenedor en la mano ymirando alternati vamente â su mari do y â su
hija, siguiendo aquellos consejos
con una atenci6n reconcentrada y
muda.
Adelaida seguia inerte, con la
mirada errante y vaga, d6cil y estûpida.
En cuanto acab6 la comida, la
madre la mand6 ponerse su cofia,
y se fué con ella â casa de M. Cesario Osmont. Vivia ésteen una especie de reducido pabel16n de ladrillo adyacente â las casas de labor
que ocupaban sus eolonos, porque
se habia retirado del negocio y vivia
de sus rentas.

LOS -ZUEOOS

Tenia unos cincuenta y cinco
aiios; era grueso, jovial y brusco,
,como hombre rico. Se reia yvoceabacon estrépito capaz de derribar
una pared; se bebia vasos enteros
de sidra y aguardiente , y pasaba por enamorado â pesar de sus
aiios.
Le gustaba pasearse por el campo con las manos atrâs, hundiendo
sus zuecos de maclera en la tierra
grasa, contemplando c6mo crecian
los higos 6 cômo florecian las colzas,
con la mirada de un aficionado saiisfecho, a quien le gusta la cosa,
pero que no se mata por trabajar.
Decian hablando de él: «Es un
tio Buentiempo, que no todos los
dias se levanta bien templado.»
Recibi6 â las dos mujeres con la
tripa pegada â la mesa, acabando
de tomar su café, y repantigândose
en la silla pregunt6:
-ë,Qué se os ofrece1
La madre tomô la palabra:
-Pues venimos sobre proponerle pa criada â mi hija Adelaida,
.atento â lo que esta mafiana ha dicho el sefior cura.
El tio Osmont examin6 â la ohica,
y luego preguntô bruscamente:
-tCuântos afios tiene esta chivatona1
-Veintiûn afios va â hacer pa
San Miguel,-seiior Osmont.
-Bueno; pues la daré quince
francos al mes y la sisa. Que se

7

venga man.ana para hacerme las
sopas del desayuno.
Y despidi6 â las dos mu.jeres.
Adelaida entr6 en funciones al
siguiente dia, y se puso â trabajar
de firme, sin decir una palabra,
como hacia en casa de sus padres.
A eso de las nueve, estaba fregando los ladrillos de la cocina,
cuando el sefior Osmont la llamô â
grito pelado:
-jAdelaida!
La chica fué corriendo.
-Aqui estoy, mi amo.
En cuanto se present6 delante de
él con las manos encarnadas colgando y con los ojos turbados, la
dijo:
-Escucha tu, que no te Hames â
engaiio. Tu eres mi criada, y nada
mas, i me entiendes1 En la vida hemos de juntar los zuecos.
-Estâ bien, mi amo.
-Cada uno en su puesto, hija
mia. Tu en tu cocina, y yo en mi
sala. Fuera de eso, lo mismo para
tique para mî. ë,Estamos1
-Si, mi amo.
-Bueno, pues anda a tu que);lacer.
Y la moza se volvi6 a poner â
trabajar.
A mediodia sirvi6 la comida al
amo en su salita de papel pintado,
y luego, cuando la sopa estuvo en
la mesa, fué â avisar â M. Osmont.
-Lasopaestaenlamesa,miamo.

�L08 :.nJBCOB

8

9

UVUTA nnzB1'ACIONA.L

Entr6 éste, se sent6, mir6 en de- el café solo, jmil demonios! Si no terredor, desdobl6 la servilleta, va- quieres sentar a tomarlo, te vas a
cil6 un segundo, y luego grit6 con laporra, 1mil demoniosl Lârgate por·
voz de trueno:
una taza, iY jo11ito!
-jAdelaida!
Ella fué â buscar una taza, volLlegô ella azorada, y como s1 vi6 âsentarse, prob6 el negro liquifuese a ase inarla, exclam6:
do, hizo un gesto, pero ante la mi-Y tu, mil demonios, ;,ande vas rada feroz de su amo, se echô al
a ponerte~
cuerpo hasta la ultima. gota. Luego
-Yo... mi amo...
tuvo que beberse el primer vaso de
El sigui6 aullando...
aguardiente para el enj uague, el
-A mi no me gu~ta corner solo, segundo para empujar el enjuamil demonios ... ; vas â sentarte ahi, gue, y el tercero del puntapié en el·
y si no, te vas â la porra. Anda â tras.
buscar tu plato y tu vaso.
Entonces la despidiô M. Osmont,
La chica, espantada, trajo su eu- diciéndola:
bierto, balbuceando:
-Anda ahora a fregar. Eres una
-Ya estoy aqui, mi amo.
buena muchacha.
Y se sent6 en frente de él.
Lo :mismo sucediô â la comida.
Entonces se puso muy jovial, Luego tuvo que hacerle la partida
trincaba,dabagolpecitosenlamesa, al domin6, y por fin la envi6 a
y conta.ha chascarrillos, que ella dormir.
•
escuchaba con los ojos bajos, sin -Anda a acostarte, que yo meatreverse â pronunciar una palabra. subo al instante.
De cuando en cuando se levanta- Y ella se subi6 â su cuarto, que
La para jr a buscar pan, sidra 6 era una buhardilla debajo de las teplatos.
jas. Rez6 sus oraciones, se desnud6
Cuando trajo el café, s6lo puso y se meti6 en la cama.
una taza delante del amo, quien al Pero de pronto diô un brinco esverlo se puso colérico, y dijo gru- pantada. Un grito feroz habia hecho
iiendo:
retemblar la ca a.
-Pues, aY para ti1
-jAdelaida!
-Yo no lo tomo, mi amo.
Esta abri6 su puerta y respondio
-;,Y por qué no lo tomas~
desde su buhardilla:
-Porque nome gusta.
-Voy corriendo, mi amo.
Entonces grit6 de nuevo:
-iD6nde estâsî
-Pues a mi no me gusta tomar -Pues en mi cama, mi amo.

Entonces dijo él con voz de 1 -Si que los heroos ajuntao la
trueno:
1primera nocbe, y luego las otras.
-iVas à bajar, mal rayo! A mi -Pues entonces, estâs preiia,
no me gu ta dormir solo, jmil de- gran pécora.
monios!; y si no quieres, te vas â la Pusose la chica a sollozar, y dijo..
1balbuceando:
porra, jIDil demonios!
Entonces ella, toda asustada, res- - -Y t,qué iba yo a. sabel~ iQué iba
pondi6 desde arriba, mientras bus- yo â sabelî
caba su luz:
El tio Malaudin la ech6 una mi-Voy corriendo, mi amo.
rada socarrona, y con aire satisfeOy6 él el ruido de las ligeras ga- cho la pregunt6:
lochas que machacaban los pelda- -Y i qué es lo que no sabias tul
nos de la escalera, y cuando lleg6 Y la muchacha balbuce6 entre
â los ultimos, la cogi6 por un brazo, sus gipidos:
y en cuanto dej6 delante de la puerta -Yo no sabia que asina se hacian
sus estrechos zuecos al lado de los los chicos.
pesados del amo, la meti6 en su cuar- En aquel momento entr6 la ma-.
to de un empellôn, y dijo grunendo: dre. El padre, ya sin enojo, la
-Y mas deprisita, ieh, mil de- dijo:
monios !
-i 1iala ya preiiâ!
Ella, sin saber ya lo que decia,
La mujer, indignada por instinto,
seguia repitiendo:
se atuf6, y llen6 de insultos a la
-Voy corriendo, voy corriendo, chica, que no hacia mâs que llorar,
mi amo.
llamândola bestia y arrastrâ.
El viejo la mandô callar, y mienSeis meses depués fué un domin- tras cogia el gorro para ir a hablar
go a ver â su familia. El padre la de sus asuntos con el sen.or Cesario
üstuvo examinando con curiosidad, Osmont, decia:
y luego la pregunt6:
-Pues entadia es mas bruta de.
-tEstâs preiiaî
lo que yo creiba; que no sabfa lo
Qued6se ella con la boca abierta, que estaba haciendo esta melona.
:-e mir6 la tripa, y contest6:
En el serm6n del domin~o si1guiente, el anciano cura public6 las
-Yo creo que no.
Entonces el padre, queriendo sa- amonestaciones del seiïor Onufrio
ber la verdad, la volvi6 â preguntar: Cesario Osmont con Oelestina Ade-Di, tu, i,IlO habéis ajuntao al- laida Malaudin.
guna noche los zuecosî
G. DE MAUPASSA.~T.

l

�v1s16N DE CARLOS XI

al!

VISIÔN DE CARLOS XI
There are more things
in heav1n and earth, Horatio, Than are dreant of
in your philosophy.
(SIIAJrESPEAJU! ,

B

Hamlet.J

urlanse de las visiones y de ' p6ticos, pero de los mâs prudentes
las apariciones sobrenatura- que ha tenidoSuecia. Restringiô los
1
les; sin embargo, algunas monstruosos privilegios de la no-estân tan bien comprobadas, que si bleza, aboli6 el poderio del Senado
se rehusase darles crédita, para ser é hizo leyes por su propia autori·consecuente, veriase uno obligado â dad; en una palabra, cambi6 la
rechazar en masa todos los testimo- constituci6n del pais, que era olinios hist6ricos.
gârqu.ica antes de él, y forz6 a los
Una relaci6n escrita en debida Estados â confiarle la autoridad abforma y autorizada con las firmas soluta. Por otra parte, era un homde cuatro testigos dignos de fe: · he bre ilustrado, valiente, muy devoto
aqui lo que garantiza la autentici- de la religion luterana, de un caracdad del hecho que voy â narrar. ter inflexible, frio, positivista, falto
Aii.adiré que la predicciôn conteni- por completo de imaginaci6n.
da en ese relato conociase y se ci- Acababa de perder â su mujer,
t.a.ba mucbo tiempo antes de que Ulrica Leonor. Aun cuando dicese
acontecimientos ocurridos en nues- 1que su dureza para con aquella
tros dias bayan parecido con.su- princes:a acelerô su fin, la estimaba,
marla.
y pareci6 mas emocionado por su
muerte de lo que se hubiera podido
esperar de un coraz6n tan seco
Carlos XI, padre de Câr1os XII, . como el suyo. Desde ese aconteci-era uno de los monaroas mas des- miento volviôse aû.n mas sombrio y

I

1

11

taciturno que antes, y se dedic6
Inicîâronse entonces diversos tetrabajo con un afan que probaba mas de conversaci6n, todos los cuauna necesidad imperiosa de apartar les se agotaban â la segunrla 6 terde su ânimo tristes ideas.
Icera frase. Parecia e-vidente que
Al .fin de una nocbe de otofio es- S. M. se hallaba en uno de sus
taba sentado con bata y zapatillas momentos de mal humor, y en tadelante de una gran chimea encen- les circunstancias es muy delicada
dida en su gabinete, en el palacio la posici6n de un cortesano. Sospede Estokolmo. J unto a él estaban chando el conde Brahé que la trissu gentil hombre de câmara, el teza del rey provenia del pesar por
conde Brahé, â quien distinguia la pérdida de su espo ·a, miro algu..n
con su favor, y el médico Baum- tiempo el retrato de la reina colgagarten, qu.ien, sea dicho de paso, do en el gabinete; y después exechâbaselas delibrepensador, yque- clam6:
ria que se dudase de todo excepto
-jQué parecido esta ese retrato!
de la medicina. Aquella noche le iVéase, en efecto, esa expresi6n a
habia hecho ir para consultarle la vez tan majestuosa y tan dulacerca de no sé qué indisposici6n. •ce! ...
Prolongabase la velada; y, con-jBah!-respondi6 bruscamente
tra su costumbre, el rey no les ha- el rey, quien creia oir una acusacia cornprender, dândoles las bue- ci6n cada vez que delante de él se
nas noches, que ya era tiempo de pronunciaba el nombre de la reina.
retirarse. Con la cabeza baja y los -jEse retrato esta. muyfavorecido!
oj os .fij os en los tizones, guarda ba La rein a era fea.
profundo silencio, aburrido de su Luego, incomodado interiormencompama, pero temiendo sin saber te de su dureza, levant6se y di6 una
por qué quedarse solo. El conde vuelta por el aposento, para ocultar
Brahé notaba que su presencia :no una emoci6n de la cual se ruboriera mur agradable, y varias veces zaba. Se detuvo delante del balc6n
habia expresado ya el temor rl&lt;3 &lt;1 ue que daba al patio. Lanoche era osS. M. necesitase reposo: un ade- 1cura y la luna estaba en su primer
mân del rey le detuvo en su sitio. cuarto.
A sn vez, el médico habl6 del daîio
Aun no estaba concluido el palaque las vigilias hacen â la salud; cio don.de residen hoy los reyes de
pero Carlos le respondi6 entre dien- Suecia, y Carlos Xl, que lo habia
tes: «Quedaos, a(m no tengo ganas comenzado, habi taba en ton ces en el
de dormir.&gt;
antiguo palacio, site en la punta del

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BEVJSTA I.NTEJL~ACIONAL

-

Ritterholm que miraal lago. lœler. \nomia expre aba una especie de teEs un gran edificio en forma de \rror religio o. o obstante, sali6
herradura. El gabinete del rey ha- con paso p.rme; el gentilbombre y
Ha.base en uno de los extremos, y j el médico le s.iguieron, llavando
casi enfrente se encontraba el gran cada uno una vela encendida.
sal6n donde se congregaban los Es- Balla.base acostado ya el portero
tados cuando tenian que recibir al- que tenia a su cargo las Haves.
gûn mensaje de la corona.
Baumgarten fué a despertarlo, y le
Las ventanas de aquella sala pa- orden6 de parte del rey que abriese
recian en e e momento iluminadas en el acto las puertas del sal6n de
por intensa luz. Eso le pareci6 ex- los Estados. Grande fué la sorpretraiio al rey. Al pronto supuso sa de aquel hombre al oir e ta inesque aquel re plandor era producido perada orden; vistiôse depri a y
µor el candelabro de algun criado. corriendo y alcanz6 al rey, con su
Pero, iqué iban â hacer a esas ho- manojo de llaves en la mana. Prira en una sala que desde mucho mero abri6 la puerta de una galetiempo atras no habia sido abierta1 ria que sirvia de antecâmara ô sala
Por otra parte, la luz era demasia- de conferencias del salôn de los
do brillante para provenir de un IEstados. Entr6 el rey. Mas j cuâl
olo candelabro. Hubiera podido no fué su asombro al ver las pareatribuirse â un incendia ; pero no des enteramente colgadas de negro!
se veia huma, los vidrios no esta- -iQuién ha dado la orden de
ban rotos, ningun ruido se oia; to- colgar asi esta sala1-pregunt6 con
do anunciaba mas bien una ilumi- \tono iracundo.
naci6n.
-Sen.or, nadie que yo sepaCarlos mir6 aq uellas ventanas un I respondi6 confuso el portero.-Y
rato sin bablar. Sin embargo, el la (1ltima vez que hice barrer la
conde Brahé, extendiendo la mano galerfa, sus paredes hallabanse chahacia el cord6n de la campanilla, peadas de roble, como siempre lo
disponiase a llamar a un paje para han estado ... Con toda certeza, esenviarlo â que reconociese la eau- tas colgaduras no proceden del
sa de esa singular claridad. Pero le guardamuebles de V. M.
detuvo el rey diciendo:
Y el rey, andando con paso râ-Quiero ir yo mismo â ese sa- pido, babia llegado a recorrer ya
16n.
mas de dos tercios de la galeria.
Al aca.bar de decir estas pala- Seguianle de cerca el conde y el
bras, viôsele palidecer, y su fiso- 1portera; el médico Baumgarten iba

\'l81Ô~ DE CARI OH XI

13

un poco atrâs, vacilando entre el \ tiembla !-dijo Carlos encogiéndotemor de quedarse solo y el de ex- 1se de hombros.- Vamos, conde,
ponerse a las consecuencias de una abridno esta puerta.
aventura que se anunciaba de una -Senor-contest6 el conde, remanera bastante extrafia
trocediendo un paso - mândeme
- i Sen.or , no vaya mas lejos V. ~L ir hasta la boca de un cai'iôn
V. M. !-exclam6 el portero.-Por dinamarqués 6 alemân, y obedecemi alma, que esto es cosa de apare - 1ré sin vacilar. Pero V. M. quiere
cidos. A estas horas... desde la que desafie al infierno. .
muerte de la reina, augusta espo- El rey arranc6 la Have de masa de V. 1\1 .•• dicese que se pasea nos del portera y dijo, con tono
por esta galeria... i Que Dios nos despreciativo :
proteja!
-Bien veo que esta me concier-jSefior, deteneos! -exclamaba ne a mi solo.-Y antes de que su
el conde por su parte.-i o oye séquito hubiese podido impedirselo,
V. M. ese ruido que sale del sal6n habfa abierto la gruesa. puerta de
de los Estados~ jA saber â qué roble y entrado en el gran sal6n,
peligros se expone V. M.!
pronunciando estas palaùras:-1 Con
- Sen.or - decia Baumgarten, a ayuda de Dios !
quien una racha de viento acababa
Con él eniraron sus tres ac6litos
de apagarle la vela,- a lo menos, impelidos por una curiosidad mas'
permitame V. M. que vaya en bus- fuerte que el miedo, y avergonzaca de una veintena de sus guardias dos quiza de abandonar â su rey.
reales.
El gran sal6n estaba alumbrado
-Entremos,-dijo el rey con par una infinidad de candelabros.
voz firme, parandose ante la puer- Negras colgaduras habian reemplata del gran sal6n;-y tu, portera zado a los antiguos tapices con
abre pronto la puerta.
figuras. A lo largo de las parades
La pegô con el pie; y el ruido, aparecian dispuestas con orden, corepetido por el eco de las b6vedas, mo de ordinario, banderas alemaretumb6 en la gale-ria como un ca- nas, dinamarquesas 6 moscovitas,
nonazo.
trofeos de los soldados de Gustavo
El portera temblaba de tal modo, Adolfo. Distinguianse en medio banque con la llave golpeaba en la ce- deras suecas cubiertas de fünebres
rradura sin poder conseguir hacer- crespones.
la entrar.
Unainmensa asambleallenabalos
-1 Vaya un soldado viejo, que escanos. Los cuatro brazos del Es-

�14

REVISTA INTERNACIOSAL

tado, sentabanse cada cual en su I En aquella asamblea sobrehupuesto. Todos iban vestidos de ne- mana, nadie pareciô advertir la pregro; y aquella multitud de caras bu- sencia de Carlos y de las tres permanas, que parecian luminosas so- sonas que le acompafiaban. Al enbre fondo oscuro, deslumbraban de trar, solo oyeron al principio un
tal manera los ojos, que ninguno de murmullo confuso, en medio del
los cuatro testigos de aquella escena cual el oido no podia percibir palaextraordinaria pudo encontrar un bras articuladas; después, el mas
rostro conocido entre esa muche- anciano de los jueces de negras todumbre; como un actor, ante un pû- gas, el que parecia desempefiar las
blico numeroso, nove sino una masa funciones de presidente, levantoseconfusa en la cual sus ojos no pue_ y dio tres golpes con la mano en un
den distinguir ni un solo individuo. libro en folio abierto delante de éL
En el elevado trono desde donde Rein6 en seguida profundo silenel rey tenia la costumbre de aren- cio. Algunos j6venes de buena pregar â la Asamblea, vieron un cadâ- sencia, ricamente vestidos y con las
ver sangriento, revestido con las manos atadas a la espal&lt;la, entraron
insignias de la realeza. A su dere- en la sala por una puerta opuesta â
cha, un nifio, de pie y con la corona la que acababa de abrir Carlos XL
en la cabeza, tenia un cetro en la lban con la cabeza erguida y la mimano; a su izquierda, un hombre rada serena. Detrâs de ellos, un
de edad, o mâs bien otro fantasma, hombre robusto, con coleto de cueapoyâbase en el trono. lba con el ro pardo, tenia en la mano el cabo
manto de ceremonia que llevaban de los cordeles que ligaban las de
los antiguos administradores de Sue- lùs jôvenes. El que iba el primero,
cia, antes de que Gustavo Wasa y parecia ser el mâs importante de
la convirtiese en reino. Frente a1 los prisioneros, detuvose en medio
trono, varios personajes de grave y del salon, delante del tajo, mirânaustera apostura, con largas togas dolo con soberbio desdén. Al misnegras, y que parecian ser jueces, mo tiempo, el cadâver pareci6 temestaban senta&lt;los detras de un a mesa, blar con un movimiento convulsi vo,
encima de la cual veianse gruesos y de su herida brot6 sangre fresca
tomos en folio y algunos pergami- y bermeja. Arrodill6se el joven,
nos. Nntre el trono y los escafios puso la cabeza en el tajo, brillo el
de la asamblea, habia un tajo eu•- hacha en el aire y volvi6 â caer al
bierto con un cresp6n negro, y jun- punto con estrépito. Corri6 por el
to â él descansaba un hacha.
estrado un arroyo de sangre, la

V!Si6N DE CARLOS XI

15

cual se confundiô con la del cadâ- los testigos al murmullo de la briver del trono; y rebotando varias sa entre las hojas de los ârboles, y
veces la cabeza sobre el enrojecido por otro al sonido que emiten las
piso, rodo hasta los pies de Carlos, cuerdas del arpa cuando se rompen
tifiéndolos de sangre.
al templar el instrumento. Todos.
Rasta aquel entonces habiale estuvieron de acuerdo respecto â lo
vuelto mudo la sorpresa; pero con que dur6 la aparicion, juzgando
ese horrible espectâculo ( se le sol- que seria de unos diez minutos.
to la lengua». Dio algunos pasos Las colgaduras negras, la cabeza
hacia el estrado, y dirigiéndose a la cortada, los borbotones de sangre
figura revestida con el manto de que mancbaron el suelo , todo haadministrador, pronunci6 audaz- bia desaparecido con los fantasmas,
mente la tan con0cida formula de solo la zapatilla de Carlos conserv6.
conjura:
una mancha roja, que hubiera bas-Si eres de Dios, habla; si eres tado para recordarle las escenas de
del Otro, déjanos en paz.
aquella nocbe, si por si mismas no
El fantasma le respondiô con len- se hubiesen grabado de sobra en su
titud y solemne tono:
memor1a. ·
-jCarlos, rey ! Esa sangre no De regreso en su gabinete, el rey
correrâ en tu reinado ... (al llegar hizo escribir el relato de lo que haaqui, se hizo men.os clara la voz), bia visto y que lo firmasen sus
sino cinco reinados después. i Des- acompaiiantes, firmândolo él tamventurada, desventurada, desven- bién. Por mas precauciones que se
turada la sangre de los \Vasa!
tomaron para ocultar al pûblico el
Entonces comenzaron a ser me- contenido de ese documento no
.
'
nos prec1sas las formas de los nu- dej6 de ser conocido muy pronto,
merosos personajes de aquella pas- aun en vida de Carlos XI; aûn
mosa asamblea, y ya no parecian existe, y hasta ahora no se le ha
sino sombras &lt;le colores; bien pron- ocurrido a nadie manffestar dudas.
to desapar~cieron por completo. acerca de su autenticidad. Su final
~pagâronse los candelabros fantâs- es notable; «Y si lo que acabo deticos; y los de Carlos y su séquito relatar no es la pura verdad exacta
Y_a no al u°:1braro~ mâs que los an- (dice el rey), renuncio â toda espe-tiguos tap1ces, hgeramente agita- ranza de mejor vida; la cual puedo
~os por el vi1:mto. Duran te algun haber merecido por algunas buenas.
t1empo oy6se aun un ruido bastante acciones, y sobre todo por mi celo
melodioso, comparado por uno de Ien trabajar en pro de la ventura de

�--- - - - - --~--- - - - - -- 16

BEVISTA INTERNACIONAL

mi pueblo y en defender la religion Icia de los Estadôs es Ankarstroem.
·an
tepasados •...,El cadâver coronado, el de Gus.d e mis
Si ahora se rec~erdan la muerte tavo I~I.
..
-de Gustavo III y el juicio de An- El mfio, su h1JO y sucesor, Gusta.karstroem (su asesino) ' se hallarâ vo Adolfo_ IV.
. .
, de una semejanza entre este
Por ûlfamo, el vieJo es el duque
:::so y las circunstancias de aque- de Sudermania, t~o de Gustavo IV;
·
1ar pro fecia.
·
fué regente del remo y. después rey,
.Ua SlllO'U
El joven decapitado en presen- al destronar â su sobrmo.
PROSPERO MERIMÉE.

EL COBARDE

E

n la alcoba silenciosa, apenas iluminada por elresplàndor de las lâmpa:ras â poca
luz, mientras queelsefior deArgelès
dormita un poco fatigado bajo los
cabellos de su querida, ésta le contempla feliz. Es terrible, â lo que
se ha atrevido. Mujer honrada, respetable por todos conceptos, unida
â un hombre de quien era el ûnico
goce y el mayor orgullo, al caer la
noche ha abandonado furtivamente el domicilio conyugal, poniendo
por pretexto â los criados que iba â
ver a su madre; ha bajado de un
cohe de alquiler ante la tapia de un
jardin; trémula de miedo, volv.iendo atrâs la cabeza, con la inquietud
de un ladr6n que fuerza con ganzua
una puerta, ha abierto la verja por
medio de una llavecita que el sefior
de Argelès la entregara la vispera
en la Opera durante e] ultimo entreacto; y después de atravesar el césped y subir la escalera, se ha encontrado en un aposento desconociREVISTA. -

Mt..ï:O

94.

do, donde por primera vez , espantada y extâtica, ha prohado las
criminales delicfas del abrazo adultero. jLamentable aventuraf Porque, nos6lo ha perdido para siempre
el honor, el respeto de si misma,
los hermosos sueiios tranquilos,
sino que esto concluirâ sin duda
por una catâstrofe. Su mari do, corazôn entero y brazo resuelto, es incapaz de doblegarse bajo la afrenta;
con la rabia de la desesperaci6n, la
matarâ 6 se matarâ a si propio.
Morira ella, 6 llorara junto a un
cadaver. Pues bien; jllO importa!
no quiere convencerse de este siniestro porvenir. Expulsa de su
ânimo todos los negros temores.
Entrégase toda entera â la embriaguez de amar y ser amada. La &lt;licha
que ha conocido, que seguira conociendo, no se paga demasiado cara
ni aun â precio de la vida. i Hora
di'1na la de los labios que se un.en,
la de los alientos que se mezclan!
j Cuân estrechamente la abrazaba
2

�18

----

- --------

REVIBTA JNTEkNACIONAL

EL COBABDE

poco ha, con promesas de amor
eterno! Aun muerta ella, la guardaria él fidelidad. o ignora que
hasta ese dia el seftor de Argelès ha
sido frivolo de coraz6n, y riéndose
tras el abanico, se le atr.ibuia mâs de
una aventura galante. Pero ha dejado de ser quien et'a. jAma, ahora
ama! Lo jura y lo ha probado durante seis meses de espera tenaz y
de suplicas dolientes. El es de ella
como ella de él: entera, locamente.
jY lo que su ternura tiene de culpable, sera compensado con creces
por lo que tendra de sublime! Se
rehabilitarân â fuerza de ventura.
Mientras que ella se enorgullece
asi de su afortunado crimen, dan
las doce en un reloj de pared. Y el
seftorde Argelès, despertandose con
un bostezo, dice â su querida en
voz baja, entre la perfumada caricia de los- cabellos:
- jQué pronto pasan las boras
felices! jAy, querida mia ! : lleg6 el
momento de que bas de abandonarma.
Ella se aparta un poco, c~n un
escalofrio; le mira asombrada, como
si no comprendiese.
-jAbandonarte yo ! - exclama.
-Sin duda, querida; para no inspirar sospechas â tus criados, para
estar de vuelta en casa antes de que
tu marido regrese del circulo.
Da ella un grito, salta de la cama,
se viste â escape; después, de lejos,

muy pàlida, con los ojos sumamente abiertos, dice con palabras entrecortadas:
- i Estas loco ! i Abandonarteî
;.Irmeî }.Para no inspi rar sospechasî
tA causa de mis criados y de mi
maridoî aQué criados1 tOué maridoî
tTengo yo ahora servidumbre1 {Me
acuerdo de haber estado casada'?
Me has dicho: «Ven», y he venido.
3Después de tal salida es posible la
-vuelta~ o puedo salir de aqui sino
para ir donde tu vayas, contigo.
Tengo una casa: la tuya. Tengo un
lecho: el tuyo. Si tu no tu-vieses
donde reposar la cabeza, yo seria
una vagabunda. gAbandonarteî jÜh!
He oido mal. Jo bas dicho esa palabra, ô yo no la be comprendido
bien. j C6mo! 3No me re pondes
nadaî 3Vuelves la cabeza~ ï,Con que
es verdad~ iQuieres que me va.ya y
que vuelva maftana, sin duda para
-volverme â marchar como esta nocheî gQuieres que al entrar en casa
le diga a mi marido: « 1i madre va
mucho mejor, no era mas que una
indisposici6n&gt;, y que al dormirme
junto a él me ponga a buscar un
nuevo pretexto para la pr6xima escapatoria~ jÜh, miserable! iY yo,
infeliz ! Has contado con que seria
tu querida sin dejar de ser la esposa de otro. Nosotros nos amariamos
cuando yo me pudiera escapar. Seria tuya después de habel' sido de él.
jA su deseo satisfecho deberfamos

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19

n.ues~r~ pl~cer! jTu beso me acepta-1 en el crimen, pero no en la verria tibia aun del suyo, _Y yo servfria güenza. j o quiero repartirme, no
d~ e~lace entre tus lab10s y su boca. quiero mentir! Acepto, deseo las
Si, si! veo claras las cosas. jLo que hurlas, los desprecios, las iras. He
~e pide_s es un am.or prudente, que podido ser culpable, no sabria ser
tiene m~edo Y se oculta, que toma vil. jLa confesi6n altiva de mi amor
prec~uc1ones y miente; traicionaro! es la unica excusa que me queda!
~o~riendo â él ~or ti y a ti por él! iY pretendo que tu audacia iguale
1S~ que hay muJeres capaces de tal â la mia! Mi coraz6n, mi cuerpo,
haJeza; algunas, que se inquietan la embriaguez que me has debido
poco de su propia estimaci6n, con valen la pena de qae te enor(J'ullez~
tal de no enajenarse el respeto cas y de que proclames tu 0 clicha.
cort?s del mundo, tienen esta hipo- ;Desh6nrame si me amas! iEres un
c~esia abyecta! Todo puede permi- cobarde, 6 no me amas?
tirse, menas el comprometerse. SoHabla y habla, de pie, trémula·
:olor d_e un baiio 6 de una misa, ir sus ademanes parecen arrojar ai
a la cita en coche de alquiler, con vîento, como harapos despreciables
el velo echado a la cara, sin olvi- el vano honor del nombre los fal~
darse de la cajita de polvos de arroz sos pudores sociales y toda~ las prep~ra ocultar a la vuelta el enrojeci- ocupaciones hip6critas.
mibento, que dejan los besos; estar Sin embargo, al fin se calla, y el
1
so re SI en as palabras, en los ges- senor de Araelés se conduce como
tos, en ~as ~iradas; flngir conocer un hombre ~uy hâbil. j Ha cuidado
apenas a q111en se ama, no escribir de no interrumpir â su manceba!
nunca, no dejar cartas tras de si: Pero ahora se acerca se arrodilla
de esto se forma su virtud. jY si les la coge las manos con' d ulzura. iy~
acontece llegar â casa un poco tar- sabe ella. cuâ.n to la adora y que a
d~, hay que acostarse con tanta ra- una sefia suya moriria él con regop1dez, antes del regreso del marido, cijo!Puesbien; precisamenteâcausa
que no siempre tienen tiempo de de esta ternura debe escatimar a su
r~emplazar la camisa del adulterio! amiga los sinsabores y los peligros.
~abete que yo no soy como esas mu- rada mejor an.helaria él que estar
Jeres. Me be entregado por comple- siempre junto a ella. •No deiarse
1
t 0 , Y p~ra s1~~pre
.
.,
. .LNo tedoy una mas el uno al otro! i Qué ensue:iio!
h~ra, smo Illl vida. He roto con todo 'lnglin riesgo, ninguna responsami pasado; detras de mi, ya no bilidad podrian hacerle titobear si
queda nada de mi. He consentido s6lo se tratase de él. z, o adivina

I

�20

BEVI8TA 1NTERNACIONAL

ella sus celos, sus crueles deseos de guras y de la iras, rodea con ambos
posearla é1 soloi Pero, aun al precio brazos desnudos (ad6nde se ha ido
de las peores angustias, es preciso otra vez la ropa~) el cuello del sen.or
que la conserve el respeto y la esti- de Argelés, habla inclinada a su
maci6n de todos. No tiene derecho querido en voz baja, y le besa en el
de arrastrarla â una vida irregular, cabellocon un tenue ruido delabios.
convertirla en una de esas mujeres .En verdad que es otra. Después
a quienes senalan con el dedo. La &lt;lelamor ferozque se exalta, el amor
sociedad es temible y se venga cruel- un poco frivolo que se divierte. Se
mente de los que la retan. Hay ne- rie, con juguetones mimos. No precesidades terribles, las cuales no se gunta mas, con voz ardiente: «;, le
pueden eludir. Y el sen.or de Ar- amarâs siempre, no es asih Y le
gelés dice estas cosas y otras mu- &lt;lice, con coqneteria: «tMe encuenchas mas con tan babil insistencia, tras bonita~ :. Hasta confiesa que
pinta a su amiga un cuadro tan es- hace poco estuvo _m~y novelesca.
pantoso de una existencia an6mala, Los grandes sentmuentos hacen
afiade a este dificil discurso tan za- mejor en los libros que en la vida.
lameras ternezas, que la joven y Es una suerte que él sea razonable
hermosa mujer baja la cabeza, con y que la baya impedido hacer locuaire resignado, . convencida. Sola- ras. Le da las gracias. i r o vol ver
mente pide no salir tan pronto esa â su casa, abandonar â su marido,
noche. Aun puede quedarse sin in- pregonarsusrelaciones! tCômo pudo
conveniente ninguno para su buena imaginar ella tales disparates~ De
reputaci6n. Va a escribir â su ma- ahora en adelante, harâ lo que él
rido que permanecerâ parte de la quiera, sin resistenci~. Y ~o sera
noche junto a su madre, que esta hechicero. Seran fehces, sm zozopeor; y el seiior de Argelés entre- bras. jSe ocultarân tan bien! Ya
gara la esquela â su ayuda de ca- vera él lo ingeniosa que sera ella
mara para que la haga llevar al para encontrar ocasiones p~ra verle
circulo por medio de un manda- con misterio. « Seré tan hsta, que
dero. «i Oh, qué buena idea-dice mi marido nada recelarâ. Hasta,
el amante-y qué buena eres!:. Sién- para des"'liar sus sospechas, seré con
tase ella, escribe, cierra la carta, la él mâs atenta y carinosa que antes.
entrega ella misma por la puerta iÜh, valiente engafio ! ?uando le
entornada al sirviente dandole ra- baya hecho una buena JUgarreta,
pidas instrucciones. Luego, risue- \nos reiremos los dos de él. Esto sera
na, perdido el recuerdo de las amar- muy gracioso, ino te pareceh El

XL COBARDE

21

sen.or deArgelés escucha,conmues- 1 Pero de pronto suena un ruido
t:as de aprobaci6n. Esta contenti- 1de pasos detrâs de la pared, en la
srn:o ~e verla en camino de las ideas escalera que sube del jardin.
practicas, pues no es hombre de en- 1 - i Quién viene aqui î-dice el seredarse con una mujer altiva y de- fi.or de Argelés.
masiado magnânimamente apasio- Entonces yérguese ella, con los
nada. Su buen humor detesta verse ojos echando chispas, y exclama â
sacudido por furiosos arranques pa- gritos:
sionales. Tal como ahora se le pre- -jEl que viene es mi marido a
senta, su queridale agrada por corn- quien se lo he confesado todo ; a
pleto. Hasta se balla decidido a pro- quien mandJ la llave de la verja de
longar un poco esta intriga, nada tujardin!
comprometedora, sin responsabili- Luego, mientras la puerta cede
dad. Y pensando de tal suerte, besa ante un empuje furioso, afiade ella
con un ardor casi sincero los neva- terrible, con la alegria de su amor
dos hombros de donde se deslizan vengado:
los encajes, y se embriaga satisfe- -jMi marido, que nos matarâ â
cho con el tibio olor a sandalo que los dos! j.A ti, por cobarde; â mi,
exhalan los hermosos brazos levan- por traidora!
tados.
ÜA.TULo MENDÉS.

�UN AOOIDD"TE

UN ACCIDENTE

S

an Medàrdo, la vieja iglesia
de la catie Mouffetard, que
en otros tiempos se hizo célebre por la tumba del diâcono Paris y los convulsas, es una parroquia muy pobre. «El arrabal de
Marceau», como se dice por alli, no
tiene religi6n, y el consejo de feligreses distinguidos debe luchar con
muchas d.ificultades para cumplir
los do objetos que le estân encomendado . El domingo , â la hora
de los oficios, a iste poca gente, y
para eso formada casi nad a mâs que
por mujeres; una veintena de burguesas de la vecindad y algunas
criadas con papalina: cuanto â los
hombres, apenas se ven mas que
tres 6 cuatro viejos con traje de
campesinos, que se arrodillan en el
desnudo uelo, cerca de una columna, poniéndo e el gorro debajo del
brazo, mientras bacen pasar por sus
dedos las cuentas de un tosco rosario; balbucean algunas palabras, y

l1evantan sus ojos hacia el techo con
aspecta de santos de vidriera. Pero
durante la emana, ab olutamente
nadie. Los jueves, en el invierno,
las naves resuenan du.rante algunos
minutas con el ruido de los chan.clos
de madera cuando llegan y se van
los discipulos de la doctrina. Sin embargo, algunas vece una mendiga
con paiioleta, llevando de la mano
uno 6 dos nifi.os y otra criatura en
los brazos, va â encender un cirio
en el altar de la capilla de la Virgen; 6 bien junto a la pila bautismal se oyen los gritos del recién
nacido a quien se bautiza; y mas
frecuentemente ocurre el cantar el
responso a algun muerto que llevan
en un ataud de madera recubierto
con un pano negro, ataud que colocan en do banq uillos y que un sacerdote bendice apresuradamente en
presencia de un grupo de mujeres,
en tanto que los hombres, que son
librepensadores, esperan el fin de la

23

~eremonia en la taberna de enfren- las casas de huéspedes de las ce-rcate, ~onde juegan algunos litros al nias van a buscar la absoluciôn para
molmete.
comulgar al dia siguien te, el buen
Por su parte, el P. Faber, uno sacerdote no podia dejar de instad_e los tenientes de la parroquia, 1Jarse en su garita de madera, y de
tiene la seguridad de que lo menos Iabrir, como puntual cajero, su ven&lt;los veces por cada tres que se pre- tanillo â las de votas, para quienes
sente en ~l confesonario no ha de la confesi6n es coma una caja de
tener pemtente , y que solo de vez ahorros del paraiso en donde todas
~~ cuando t~ndra que oir la confe- las semanas depositan sus pecados
s16n , poco mteresante , de alguna veniales.
buena roujer; pero es un hombre También habia salido con dispuntual, y los martes, jueves y sa- gusto el Padre Faber, considerando
bados, â las siet~ en punto, e pre- que aquel sabado era dia de paga,
sen.ta en la cap1lla de an Juan, y ordinariamente, cuando esto ocuaunque tenga que retirarse, después rria, en la calle Mouffetard bullia
&lt;le un corto re~o_, sin q~~ nadie re- la gente, pero una gente poco prodame sus serv1c10s espmtuale .
picia para su sotnna. Es poco agradable para un hombre recto el verse obligado â bajar los ojo ante miradas insolentes y el cerrar los oidos
En una tarde del ûltimo invierno, a palabras jnj uriosas disparadas a
luchando contra una tempestad, con su paso. Ilabia en la calle una tiensu paraguasabierto, el Padre Faber da de licorista que causaba horror
recorria penosamente la calle Mouf- al acerdote, una tienda que rebofetard, en direcci6n a la parroquia; 1 saba de gases y de la que salia un
y como estab~ casi seguro de que se olor alcohôlico insufrible por la
molestaba mut1lmente, 1ba pensan- puerta a medio abrir, de de la que
&lt;:lo con tristeza en el brasero que se veia laper pectiva de tonales con
habia quedado en su hurnilde aloja- etiquetas que decian: Absintho, Bt'tmiento de la calle Lhomond y en el ter, },!Jadera, Vermouth, etc. Alli,
Bollandista in folio que habfa de- de pie, y delante del mostrador
jado abjerto sobre la mesa, don.de I habia siempre un grupo de mozo~
también habia dejado sus gafas; alegres, de larga blnsa y de gorra
pero como era sâbado por la tarde, alta, que saludaban al pobre cura,
y éste es dia en que las viejas viu- el cual dejaba la acera apresuradadas que mascullan sus pensiones en mente con un jhem! jhem! ofensivo.

I

�25

REVISTA INTERNACIONAL

UN ACCIDENTE

No obstante, aquella noche el \pero dé V. por hecho todo lo dePadre Faber lleg6 sin estorbo a su mas. ► El teniente cura entr6 muy
iglesia, porque el mal tiempo habia tranquilo en su confesonario, y
dejado desierta la calle. Moj6 el después de haberse provisto de una
dedo indice en la pila de agua ben- buena toma de tabaco, levant6 la
dita, se santigu6, hizo una corta cortinilla de sarga verde que cerrareverencia ante el altar mayor, y ba el postigo.
se dirigi6 a su confesonario. A lo -Sen.or cura-balbuce6 una voz
menos, su ida no habîa sido inûtil, ruda, que se esforzaba por hablar
porque un penitente lo esperaba.
silenciosamente.
-No soy el cura, amigo mio;
diga V. el Confiteor, y llâmeme
padre.
jUn penitente! j un hombre! ex- El hombre, cuya fisonomîa velatraordinario y excepcional era el da por la sombra no podia ser vista
caso en San Medardo; pero distin- por el Padre Faber, murmur6 lenguiéndose con la media luz de la tamente la oraci6n, que al parecer
lâmpara suspendida en el vértice no recordaba muy bien, y luego
del angulo ojival de la capilla, la dijo sordamente:
blanca blusa corta y las suelas con
- Sen.or cura... no... Padre
gruesos clavos del hombre arrodi- mio ... en :fin, perd6neme V. si no
llado, el Padre Faber pens6 que hablo como debo hablar; pero hace
aquel era un trabajador que habia veinticinco an.os que no me confi.econservado su fe de campesino y so, desde que dejé mi pueblo ... Ya
sus buenos hâbitos de practica reli- sabe V. Io que es un hombre en
giosa. Probablemente la confesi6n Paris ... Y después, yo no era peor
que iba â oir serîa tan vulgar como que otro cualquiera, y me decîa:
la de aquella cocinera de la calle Dios debe ser muy indulgente ...
Monje, que después de haberse Pero boy es tan pesado Io que tenacusado de sisar en la compra, se go sobre la conciencia, que no lo
indignaba de que se le hablase de puedo soportar solo, y es necesario
restituci6n. El sacerdote se . sonri6 que V. me escuche, sefi.or cura ...
acordândose de la sumarisima f6r- He matado a un hombre.
mnla empleada por un vecino de }fil sacerdote salt6 en su banco.
Ios arrabales, el cual fué a pedirle jUn aaesino! No se trataba ahora
una papeleta de confesi6n para ca- de simplezas del ofi.cio, de malos
sarse: c:No he matado ni he robado; -pensamientos contra el pr6jimo y

. 'dd
.. a, qmenes
·
1
·
de mmie
a es de VleJas
m1sma
obra ... pero por la tarde me
escuchaba con oido poco atento y dej6 solo las tres cuartas partes del
absolvia confiadamente. jUn asesi- tiempo; habia ido a divertirse en
no! Aq uella frente que estaba tan compafi.ia de otros amigos... Era
cerca de la suya, habia concebido y muy natural a su edad ... Le gustallevado el pensamiento de un c:çi- ban los placeres, era libre, no tenia
men; aquellas manos, cruzadas aho- obligaciones... en tanto que yo ...
ra en su confesonario, estaban claro es, yo no podia, me era prequizâ todavia manchadas de sangre. ciso trabajar mucho porque tenia â.
En su turbaci6n, mezclada con algun mi madre enfer·ma en mi pais, y porterror, el Padre Faber no encontr6 aquella época le enviaba mis econopalabras, y dijo maquinalmente:
mias ... Entonces yo paraba en el
-Confiésese, hijo mio ... La mi- puesto de una frutera de la casa en
sericordia de Dios es infinita.
que tenîa mi aposento; aquella mu-Entonces escuche V. toda la jer se encargaba de preparar los
historia-dijo el hombre con acento pucheros para los albaniles... Felien que vibraba un profundo dolor. pe no comia alli, se arreglaba en
Soy albaüil, y hace mas de veinte otra parte; verdad es que la comida
an.os que vine a Paris con un corn- no era buena... Pero la frutera era
paii.ero de la nifiez ... Juntos babîa- un.a viuda muy desgraciada, que me
m6s cogidos nidos en el campo y servia con amabilidad, y después ...
aprendido â leer en la escuela ... hay que decirlo, yo me habia encasi como un hermano, i verdadL. amorado perdidamente de su hija ...
Se llamaba Felipe ... ; yo ... yo nie jPobre Catalina! Va V. â saber,
llamo Santiago ... Era arrogante y sefior cura, todo lo ocurrido. Tres
buen mozo; yo siempre he sido ruin afios estuve sin atreverme a declay mal formado, no habia mejor rar mi afici6n a la joven; ya le he
obrero que él, mientras que yo soy dicho a V., no soy mas que un tracualquiera cosa... y bueno, y va- bajador muy mediano, y lopoco que
Iiente,y conelcoraz6nen la mano ... ganaba era apenas lo indispensable
Me sentia orgulloso de ser amigo para mi y para mandar algo a mi
suyo y de pasear con él, y orgulloso madre ... No era posible pensar en
hasta de que me &lt;liera golpes en la establecerse. Al cabo de ese tiempo
espalda y me llamara bestia ... Por mi pobre madre se fué al cielo; yo
:fin, lo queria, porque lo admiraba. quedé menos agobiado, pude ahoUna vez j qué recuerdo! nos ajusta- rrar algun dinerillo, y cuando me
ron â los dos para trabajar en la pareci6 que habia lo necesario para

I

�26

BEVISTA INTEBNAOIONAL

algunos muebles, hablé de mis senti- 1trastienda y acababa de servirme
mientos â Catalina... Por de pronto, mi sopa... ; saqué de mi bolsillo la
no me dtio que si ni me dijo que no. cajita, la abri y le ensené la alhaja.
iPardiez! De sobra sabia que no ha- Entonces prorrumpi6 en la.grimas.
bia de abrazarme; yo no tenia nada
-Perd6neme V., Santiago-me
de seductor ... Sin embargo, Cata- dijo-y guarde ese regalo para la
lina consult6 â su madre, que me que haya de casarse con V .... Y o no
consideraba como trabajador arre- puedo ser su mujer porque amo â
glado, como buen sujeto ... y se con- otro ... Arno â Felipe.
vino el casamiento. ïAhl i Qué feliz
fui durante algunas semanas! Comprendia claramente que Catalina
Ciertamente estuve en ton ces muy
no habiabecho mâs que acepfarme, afligido, me senti mortificado hasta
aunque no sentia mucho afecto por la saciedad; pero i11ué iba â hacer
mi; pero como tenia buen coraz6n, amando como amaba â los dos1 Lo
yo esperaba con el tiempo hacerme que crei que babia de ser su feliciamar mucho, mucho. Por de con- dad: casarlos; y como Felipe no tetado, todo cuanto me pasaba se lo nia dinera, le presté el que yo tenia
referia â Felipe, â quien veia en el en mi hucha para que comprara los
trabajo todos los dias, y cuando Ca- \ muebles.
talina fué mi prometida quise que
Se casaron, y todo fué bien en los
la conociera. Quizâ haya V. adi~i- prim~ros ti~mpos~ tu vie_ron _un hijo,
nado lo demâs, sefi.or cura. Felipe 1de qlllen fm padrmo y a quien puse
era guapo, muy alegre , muy ama- por nombre Camilo, en recuerdo de
ble, todo lo que yo no era, y sin Imi madre. Pero por entonces, Feproponérselo, inocentemente, eau- lipe comenzô a echarse a perder:
tiv6 â Catalina hasta la locura. jAh! rne habia equivocado en el concepto
El coraz6n de Catalina es franco y que de él tenia; aquel hombre no
honrado, y desde que la joven co- era a prop6sito para el matrimonio;
noci6 la pasiôn que experimentaba amaba demasiado los placeres y las
me lo declarô todo ... jJamâs olvi- clistracciones. V. vive en un barrio
daré aquel momento! Era dia del pobre, sen.or cura, y debe saber de
cumpleafi.os tle Catalina, y para ce- memoria aquel relata, la historia
lebrarlo, yo habia comprado una del trabajador que resbala poco â
-crucecita de oro que habîa metido poco por la pereza y la' ernbriaguez,
cuidadosamente en 1rna cajita con que ancla por . tabernas y burdeles
algod6n... Estâbamos solos en la dias seguidos, que nunca cobra la

UN ACOIDENTE

27

semana completa y que no entra en Iperderlos de vista por completo. El
su casa, siempre miserable, mas que sâbado por la noche, cuando Felipe
para dar escândalos y golpear â su se iba con sus compaîieros para gasmujer. Pues bien; en menos de dos tar en bebidas su paga, yo rondaba
aiios, Felipe lleg6 a ser uno de esos por el barrio, encontraba al nino,
desgraciados. Al principio traté de 11e hacia hablar, y si descubria que
que volviera al buen camino, y al- en su casa habia mucha escasez, no
gunas veces, avergonzândose de su lo dejaba ir con las manas vacias;
conducta, prometia corregirse; pero ya lo comprenderâ V. Creo que el
esta situaci6n fué poco durable ... , miserable Felipe se habia enterado
porque mis exbortaciones concluye• de que yo acudia en auxilio de su
ron por exasperarlo, y cuando me mujer, y cerraba los ojos, porque
presentaba en su casa y :fijaba tris- encontraba eso muy c6modo ... En
temente la mirada en la habitaciôn, .fin, para abreviar, porque todo esto
limpia de muebles, porque éstos se es muy triste. Ilan pasado los a:fios;
hallaban depositados en el Monte de Felipe, cada vez mas metido en los
Piedad, y en la pobre Catalina, del- vici.os; pero Catalina, â quien he
gada y pâlida por la pena, Feljpe se Isecundado todo lo que he podido,
enfurecia... En cierta ocasi6n tuvo ha educado â su hijo, que es ahora
el atrevimiento de hacer insinuacio- 1un guapo muchacho de veinte afios,
nes ofensivas para su mujer, que bueno y animoso coma ella ... No es
era honrada como la Virgen, re- obrero, no; se ha instruido, ha
cordânclome que yo habia estado aprendido a dibujar en las escuel.as
enamorado de ella y acusandome nocturnas, y estâ en casa de un arde que lo estaba aûn, y de inconve- quitecto, donde gana buenos suel.:.
nienciàs é infamias que no puedo dos. Asi, aunque el interior esté
repetir ... iAh! Aquel dia estuvimos siempre triste por la presencia del
a punto de llegar a las man os... beodo, las cosas se hallan en mejor
Hice, sin embargo, lo que deb:ia ha- èstado, porque Camilo es muy buecer: renuncié â ver a Catalina y â no para su madre; y desde hàce uno
mi abijado ~ y cuanto â Felipe, no 6 dos afios, cuando encuentro â Cavol via verlo mas que por casuali- talina-jla pobre estâ muy cambiadad, cuando teniamos que trabajar da!-del brazo de su hijo, que va
en la misma obra.
vestido como un· caballero, siento
Pero, ya lo comprenderâ V., mi que el corazôn se me refresca.
afecto hacia Catalina y Camilo era
Pero ayer tarde, al salir de mi
tan grande, que no me permitia flg6n, me en.contré â Camilo, â

�28

UN ACCIDENTE

29

REVISTA. INTEBNA.CIONA.L

quien estreché la mano, porque no por capricbo, y venia â echar una
es orgulloso y no se avergüenza de peonada para tener con qué beber;
mi blusa manchada de yeso, y noté pero el duefio, que debe pagar una
que estaba de muy mal humor.
multa si no concluye la obra en un
- Veamos: i qué ocurre 1
plazo :fijo, admite a cualquiera que
-Que he entrado en sorteo-me le pide trabajo.
respondi6- y he sacado el mimero 10, es decir, que iré â ser victima de la fiebre en las colonias con Hacia mucho tiempo que no veia
los soldados de marina; y en todo â Felipe, y tuve alguna di:ficultad
caso, estaré ausente cinco afios, en para reconocerlo. Quemado y seco
los que no sé qué va a ser de mamâ, por el aguardiente, con la barba casola, sin recursos, con mi padre, nosa y las manos vacilantes, no era
que bebe ahora mâs que nunca y mas que un anciano, una ruina.
tiene peor proceder; y ella morira,
-De modo-le dije-que el mupadrino mio; los pobres estân mal- chacho ha sacado un mal nûmero.
ditos.
-iY qué~-repuso con una vcz
-ïAh, pasé una horrible noche! roncà y dirigiéndome una fiera miConsidere V., sefior cura, los vein- rada.-iVas tu también â marearte afios de esfuerzos de esta pobre me como Catalina y Camilo 1 El
mujer, destruidos en un minute por muchacho ira como los otros a serla ceguera del azar, porque un mu- vir â la patria... ïPardiez! Ya sé lo
chacho ha metido la mano en un que perj udica â mi mujer y a mi
saco y ha cogido un mal nûmero de hijo ... Si yo hubiera muerto, él no
~a loteria. Po~ ese m~tivo, esta ma- tendria que marchar. Pero, ipeor
n~~a me sentia agob1ado comQ un para ellos!, aûn estoy vivo y fuerte,
vieJo que pasa una noche en vela, y Camilo no es hijo de viuda.
y me fui â la casa que estamos edij Hijo de viuda!... i Ah! Sen.or
ficando en la calle Arago. Aunque cura, gpor qué dijo aq uella palabra
se tenga mucha tristeza, es preciso el desgraciado1 Un mal pensamientrabajar como si tal cosa, tno es to se me ocurriô entonces, y no me
verdad 1 Trepé hasta arriba por los dej6 en toda la man.ana, en que esandamios-ya hemos levantado has- tuve trabajando al lado de aquel
ta el cuartopiso-ycomencéâ poner desdichado. Me preocupaba todo lo
los morrillos. De pronto senti que que iba â sufrir la pobre Catalina
~e tocaban en un hombro: era Fe- cuando no tuviese â su hijo para
lipe. Ahora no trabajaba mâs que alimentarla y protegerla, y cuando

quedara sola con aquel miserable perd6n, es claro ... Pero esto no me
beodo, completamente embrutecido privarâ de ver â Catalina con su
ahora, de_ maneras feroces, capaz de vestido negro llena de felicidad,
tod~··· Dieron las once en un reloj apoyada en el brazo de su hijo, y
vecmo, y todos los companeros ba- 1yo seria capaz de no sentir mi delijaron para almorzar ... Nos habia- to. Para evitar esta complacencia,
mos quedado los ûltimos Felipe y emigraré, me embarcaré para Améyo; pero al agarrarse a la escala rica. Cuanto â la penitencia ... Tenpara bajar â su vez, me dirigi6 una ga V., sen.or cura; esta es la crucemirada burlona y me dijo con su cita de oro que Catalina no quiso
voz aguardentosa:
admitir cuando me confes6 que es-2, Lo ves1 Todavia tengo resis- taba enamorada de Felipe: la habia
tencia. Camilo no puede alimentar tenido guardada en recuerdo de
la esperanza de ser pronto hijo de aquellos unicos dias buenos que he
viuda.
tenido en mi vida. T6mela V., vénEntonces senti en el cerebro como dala y destine su dinero para los
un golpe de sangre y de c6lera. pobres. ·
Agarré con niis dos manas las cuerdas de la escala, â la cual Felipe se
afi.anz6 con desesperaci6n, gritando:
jSocorro!, y con un solo esfuerzo la
2,Se levant6 Santiago absuelto por
dejé libre de su carga.
el Padré Faberî Lo cierto es que
Felipe, al caer, quedo muerto en el anciano sacerdote no ha vendido
el acto; se crey6 un accidente; pero la crucecita de oro. Después de haahora Camilo es hijo de viuda, y no ber puesto su valor aproximado en
marcharâ...
el cepillo de la iglesia , colg6 la
Eso es lo que be hecho, sefior alhaja como un ex-voto en el altar
eura, y eso es lo que tenia necesi- de la capilla de la Virgen, adonde
dad de decir â V. y â Dios. Me va â orar frecuentemente por el poarrepiento de m1 cr1men y pido bre albafiil.
FRANCISCO COPPÉE.

�EL HOTEL DE CAPADOCIA
1

EL HOTEL DE CAPADOCIA

E

n lo alto de la calle de Santiago, casi frente â las nuevas construcciones que ha
necesitado la regularizaci6n de la
calle Soufflot, acaban de derribar
11nanegra, horrible, vacilante, agrietada de arriba abajo, en la cual estaba instalado desde 1830 el hotel
de Oapadocia, al que los habitantes
del Barrio Latino habian denominado con mâsfamiliaridady mayorjusticia «Hotel de la Desesperaci6n&gt;.
Sucedianse alli por generaciones los
estudiantes mâs pobres del departamento de la Corrièze, â quienes sus
padres no podian pasar sino mensualidades mezquinas é irrisorias, y
que, sin embargo, ballaban la mâs
amable hospitalidad en casa de su
compatriota Gariel. Este buen hombre (que tiene hoy cu~renta y ocho
an.os) compr6 elhotelenl860ytuvo
la desgracia de perder su mujer el
siguiente afi.o; desde entonces, no
hahiendotenidoning(mcriado, bast6
él solo para el tràbajo, y limpiaba

por si mismo las doce babitaciones,
las cuales bubiera dejado limpias y
aseadas si eso hubiera sido posible
conseguirlo.
Pero convertida desde mucho
tiempo atras en una ruina la estrecha y estrafalaria casa del hotel de
Oapadocia, desafiaba â la escoba y
al plumera; y, recibiendo el polvo
de fuera por sus puertas y ventanas
desvencijadas, era presade una mugre indeleble. Los tabiques habian
dejado caer â pedazos la maclera y
el yeso que los formaban; y Gariel
los habia reemplazadoél mismo, me&lt;liante prodigios de industria, con
trozos de maclera clavados lo mejor
que pudo y sobre los cuales habia
tendido lienzos y pegado pedazos de
papel pintadoque nocasaban; tanto,
que durante el invierno rugia y
silbabael cierzo por todo el edi:fi.cio
como â través de los ârboles de un
desolado claro de bosque.
En cuanto a las reparacionesreales, no habia en manera alguna que

31

esperarlas; porque después de haber figones del barrio, donde reventapertenecido âunaherenciapro indi- ban de bambre al pie de la letra.
viso entremenores, puesta en venta Naturalmente, también bubieran
J~ casa, adquiri6 su propied_ad el tîo /rev~ntado de f~io si, con ayuda de
estre, un us11rero 1 comerciante de Gar1el, no hub1esen derribado dos
trapo y hierro viejo, quien tenia un tabiques (lo cual foé muy fa.cil) y bemodo especial de administrar sus cho un gran sal6n caldeado con un.a
numerosas fincas y que no hubiera lumbre de carb6n mineral quemadogastado dos sueldos para aquella en un hornillo. Reunieron alli las
choza, ni aun cuando su falta de mesas y sillas cojas, los sillones desalineaci6n no la hiciese inevitable- panzurrados, y se congregaban d&amp;
mente ser demolida pronto. Limi- nocbe para trabajar en comûn, alumtabase â coùrar los inquilinatos en brados por lâmparas de desecho adel dia y la hora reglamentarios, sin quiridas en un puesto de trastos viehacer ninguna concesi6n â Gariel, jos y las cuales vivian por la pacienâ quien jamâs otorgô cinco minutos zuda mafia de Gariel. Duran te el
de espera, ni aun durante el afio del dia iban â sus clases en las escuesitio; en lo demas se lavaba las ma- las, estudiaban y escrib:ian en las
nos, por supuesto, abluci~nes nada bibliotecas; pero al llegar la nomas que ideales y en las que se re- che comenzaban su velada, prolonsumian los unicos cuidados que gandola hasta lo mas tarde posible;
aquel s6rdido viejo dedic6 en toda y sôlo en ultimo extremo, molidos
su vida â la limpieza personal.
de cansancio, era cuando se iban â
Pero los inquilinos del hotel de dormir â sus alcobas heladas.
Oapadocia no eran clifîciles y pagaCriados por · esa nodriza que se
ban con exactitud, sabiendo que llama la miseria, cuvas a.ridas tetas
eran demasiado pobres para pedir habian · mamado todos ellos, esos
nada,
y sobre todo para deber a J. 6venes eran investic,adores
pen•
0
'
Gar10l, tan misero como eli_os y que sadores, cavadores intrépidos , reles inspiraba una lâstima profunda. sueltos â domar la vida, costara lo
Si hubieran sido un poco mâs ricos que costase, y que, privados adehubiesen podido ser alimentados por mâs de todos los placeres, s6lo teese buen hombre, que era un exce- nian oomo refugio posible la cienlente cocinero; mas no habia que cia. Afanosos por proporcionarse
pensar en tales lujos, y aquellos in- libros, peritisimos rebuscadores de
felices estudiante tenîan que ir en librotes viejos y capaces todos ellos
busca de la pitanza a los infimos de dar en los montones y en los ces-

�32

REVl8TA l?!iTEB.NACIONAL

tos con los tomos que valen algo y esta.ha prôxima â dar a luz. i Qué
se obtienen por piezas de calderilla, podia hacer ino confiarles madre é
los compraban sucios, descabalados hijo i Los padres_ d~ él e~an ~e la
y ha ta sin tapa , porque Gariel raza de los provmc1anos a qmenes
sabia coserlo y forrarlo , y mien- no se les enternece; y su padre,
tras preparabanse para los exâme- boticario de arra~al y mayo~domo
nes como alumnos de derecho, me- de fâbrica, le hubiese dado mil maldicina 6 farmacia, e tudiaban a fon- diciones con mâs facilidad que una
do la quimica la hi toria, la an- moneda de cinco francos. ~ lo_s estropologîa, los sistema :filos6ficos, tudiantes no se ~es ocurr16 Ill por
la historia natural y la historia de un momento la 1dea de desatender
las reliaione . A i e ta.ban unidos el ruego de su camarada; eran de
en el ~ismo ardiente deseo de esos â quienes ningana faena les
aprender, de saber, de profundi- asusta. y que no ven en la vida s~o
zarlo todo; y se comprendera per- deberes. La co tur_era, Fanny Bu~sfecta.mente su soli&lt;laridad s6lo con son, aunque adm1rablemente as1sdecir que un paseante callejero hu- tida por ello_s, muri~ al echar al
biera cstado fuera de su centro y se mundo una mfla, â quien se le puso
hubie e muerto de aburrimiento en el nombre de Eloi a, y que los esaquel formal y aplicad1 imo falans- tudiantes ll~varon consigo al Hotel
terio. Adviérta e que, forzados y de Capadoc1a, donde con una abn~constrefi.idos por la pobreza , lo gaci6n sin limites l~ criaron _con b1estudiante del Hotel de Capadocia ber6n, pues no hulJieran temdo con
tuvieron que borrar de sus pro- qué pagar las mesadas de una nogramas el inolvidable amor; s6lo driza. .
.
uno de ellos fué excepci6n de esta A partir de en ton ces, hubo stemau tera norma de conducta, lo cual pre, durante el invierno, lumbre en
bast6 para cambiar la vida de los la sala com(m, y in cesar trabaotros como lo vamo a ver.
jaron alguno de ellos alli, rodeanEn11862, uno de ellos, estudian- do de cuidado y ternura â Eloisita
te de farmacia, llamado Perrève, y ocupandose de ella con el esmero
termin6 sus estudios, y obligado a mafioso, la dulzura y la inagotable
obedecer a su padres, que le apre- paciencia de las madres. Las mas
taban para que regre ase a Tulle, linda canciones de nodriza fueron
confe 6 â sus amîo,os que tenîa ana lmurmuradasjunto a su cuna, porquerida una co turera tan pobre que los estudiantes sabian los cancomo él 7, y que la infoliz muchacha tos populares como lo sabian todo;

EL HOTEL DE CAPADOclA

33

mâs farde, Eloisa fué una niiia y hasta se aprendi6 lo lihros, y leia
luego creci6 en ese circulo de hom- Horacio 6 Lucrecio en latin como
bres jovenes, donde se renovaron , una eftorita lee una novela por enla personas, pero quedo la misma tregas. Los e tudiantes no imaginaalma, y en el cual se obedecieron ron ni por asomos enseîiarla un o:fiestrictamente los acuerdos tomados cio para ganar e la vida, abedores
el primer dia.
de la de moralizacion tan grande
Los primitivos tutores de Eloisa, que reina en los talleres; e peraban
los contemporâneos de Perrève, casarla algun dia con uno de ellos,
habian resuelto que seria y se con- con cualquier joven superior y ârservaria honesta y pura; asi, pue , bitro de su propia vida. tDe qué . ei-tenia que permaneccr en medio de viria la inteligencia si no nos enseellos, no habîan de perderla de vista :fiara a creer en los milagros '?
ni un instante, y, sobre todo era Hace tre afios la vi en medio de
preciso in truirla cuanto antes acer- sus amigos. Tenia quince aîios de
cade todas las co as; pues aquellos edad, era alta y e belta, con facciopensadores conocian con dema iada nes correctas, pero algo demacraprofundidad la vida para ignorar &lt;las; extrafiamente hermo a pero
los riesgos â que se ven expuestas de una rara palidez, que hacia rela jovenes solteras por efecto de su saltar atm mâs su prodigiosa cabeignorancia. Por e~o, con todo los llera de un color castaîio o euro,
miramientos necesarios para aquel avivado con resplandores rubios inalma tierna y candida, la enseftaron tensos. Vivia entre los estudiantes,
los sufrimientos, las miserias, las ve tida muy pulcramente con un
tremendas luchas, los horrores de mode to peinador, afable para con
la vida social y todos los viles mar- todos, forma!, llena de gracia, ocutirios que nos acarrea el vicio dis- parla en leer algun libro 6 coserse
frazado con la careta del amor.
la ropa, pero su ropa nada ma ; sus
Protegîala también su misma amigos habianse impuesto eriaciencia, porque, sin advertir que mente la prohibici6n de que ella les
iba aprendiendo algo, vi6se iniciada cosiera ni un bot6n, para evitar por
desde la infancia en los estudios mas completo la menor apariencia de
abstractos· las sôlidas y sanas con- domesticidad, ni aun amistosa. No
versaciones de sus amigos la abrian hablaba casi n unca y permanecia
horizontes inmensos, levantaban a en silencio; i pobre flor que creci6
sus ojos todos los velos; y bien sin aire y sin sol!; pero, cuando se
pronto hizo lo mismo que ellos, la interrogaba, sus palabra tenian
Rsv1su.-Jd.&amp;.yo 94.

3

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la intensa claridad de un buen sen- am6 y por quien fué amad_a, _era
tido sutil y poético. Si se le pedia, un estudiante de derecho rec1én_ mstocaba verdadera musica, de Bach talado en el Hotel de ?apado~1~ y
6 de Mozart, en un pequefio clavi- al cual devoraba lapa 16n pohtica.
cordio de Erard comprado por doce Dotado de un verdadero talento de
francos en casa de un calderero. escritor, fogoso y grave â ~a vez,
A la bora en que los estudiantes mientras ~ablo A~h~nas c?ntinuaba
iban a camer, comia ella sola un sus estudios, e cri b1a _articulas que
plato excelente, aderezado por Ga- llamaron ya la atenc16n en el periel, quien la servia y hallaba el ri6dico dem6_crata mas avanzado,
media de darla un vaso de vino y le pronosticaban un gran porbueno.
vemr.
.
En otro tiempo, los hué pedes del
Eloisa y él f~eron her1dos ~or el
Hotel de Capadocia no comian mismo ra~o; sm ~mbargo, m u_na
nada • entonces comian casi nada; palabra m una mJrada descubriepero' •qué felice eran cuando ha- ron su mutua pasi6n, que todos su
bian 1p~dido robar al bambre ueld? amigo_s adivinaron_, pero de la cunl
a sueldo hasta reunir dos 6 tres lui- no qmso hablar nmguno, pues en
ses, y acompafiaban â Eloisa â com- la mente de todo estaba que no poprarse un vestido! Todas las tardes, dia tratarse ~e ello ha ta ta_nto que
luego de corner, la llevaban varias Athanas pudiera llamar muJer suya
de ellos en verano, al Luxemburgo; â Eloisa.
.
en invi~rno, al bulevar, y en esos
E e intencional y forzado silenpaseos nunca manifest6 la joven ni ci? arrojaba un velo mas denso de
sombra de coqueteria. Ademâs, es- tr1steza obre el Hotel de Capad~taba seO'ura de que sus compafieros cia, donde iban en aumento la ~1matari:U como un perro â cual- 1seria y las dificultade ; porque 1ba
quiera que la mirase con ojos ~tre- extinguié~dose la raza de esos ~ran. dos E to no lo iO'noraba nadie en des trabaJadores pobres el nume~ ba;rio, donde, verla pasar por Iro d~ hué pedes habia disminuido,
la tarde en media de ellos, caùa vez Gariel no lograba alcanz~r~e la or~mâs silenciosa y blanca, la llama- ja con la mano; y aun v1vien~o hban por sobrenombre Eloisa la Pâ- teralmente de nada, los e tudiantes
Irara vez conseguian ahorrar1 una.
lida.
Sin embargo, al a.no siguiente pequena suma, tanto que en e pmam6. •quién puede eximirse de esta nador de rayas de color de ro a
fataliJad di vina~• Aquél a quien 1deEloisa la Pâlida, veianse grandes

al

BL HOTEL DE CAPADOClA

35

zurcidos, hechos por unos dedos de Ide ellos , José Ferrer , subi6 a la
hada. e pre"entia que iba â . obre- sala com(m como si hubiese ido al
venir una gran de. gracia. Y obre- patibulo.
vinù, bru ca, imprevi ta, terrible. 1 Todas las atenuacione fueron
Pablo Athénas tuvo un duelo â inutiles: Eloisa adivin6 u suerte a
consecuencia de un articulo donde la primera ilaba, y desde enfonces,
habia denunciado y orprendido un.a inm6v:il y fiera, como convertida en
gran infamia y que pedia sangre. una estatua de alabastro, permaneCon aquella presciencia que no les ciô en la ventana durante una hora,
falta â la naturalezas â la vez ins- que le pareci6 tan larga coma la
tintivas y profündamente reflexi- eternidad. Al fin, regresaron con el
vas, los estudiantes adivinaron que cadâver de Athénas y lo pu ieron
ese guapo joven iba derecho â la sobre un lecho; Eloi a mis ma lav6
muerte, y piado amen te se distri- la herida, el agujero abi~rto y choùuyeron los papeles â fin de velar rreando sangre, bes6 lo labios y la
lo mejor posible por los dos ere a frente de su amigo con frenética
quienes iba â herir la prev:ista cauis- locura. Sin saber si era de dia ni de
trofe. Para no alarmar â Eloisa, noche, permaneciô alli junto â él
' quedâronse a su lado do de ellos; /hasta que se lo llevaron; y de de
cinco acompaiiaron â Pablo â Meu1 entonces, tranquila, blanca coma
don, en donde tenia que realizarse la nieve, sin hacer mâs ruido que
el encuentro, dos como te tigos, una ombra, dej6 correr lo dia
uno en calidad de cirujano, los otros j con una placidez espanto a.
dos para situarse junto al terreno
Y a no hablaba, jamâs leia, no se
del combate y poder ir â Paris en sentaba · solamente de vez en cuancuanto supieran el desenlace. Los Ido liaba un cigarrillo para alguno
demas hué pede del Hotel de Ca- 1de los que trabajaban, apremiandole
padocia, en nûmero de cinco, e la hora, y se lo alargaba con fünequedaron aguardando fehrilmente bre onrisa. Bien pronto apoder6se
en un cafetucho contiguo al hotel de ella la tisis; la enfermedad fué
y donde penetraban por la vez pri- combatida con genio, tanto como
mera de su vida. Verific6se el de- pudo serlo sin dinera; pero la pobre
safio â las ocho; â las nueve llega- joven era demasiado sabia para enron los mensajeros para anunciar gaiiarse acerca de su estado, aparte
a sus camaradas la muerte de Pablo de que hubiera alejado de i toda
Athénas, herido de un balazo en la falaz ilusiôn. iY para gué necesitaien; y el de mas an.os y prudencia ba ella vivir'?

I

�REVIST.A. INTERNACIONAL

3fi_----~===-=~-------~~
. 'b se el Hotel de Ca- cambi6 después de exhalar el ûltiDesorgamza
a
• t
. 1
t di tes que salian mo ahen o.
padocia; os es u an
Los tres ultimos estucliantes del
de él para siempre ya no eran ree~- Hotel de Oapadocia no quisieron es1 ados por otros. muy pron o
.
.
p azd
'l cuatr~ luego no fue- .cribir â sus amigos y paisanos, m
que ar,on so \
talento bus- siquiera a Perrève; esa -prematura
ron mas que re:~eza se convertia muerte y esa angustia suprema percado entre ~a pol enda Se anun- tenecian â la patria parisiense. Venen una antigua ey
:o la demo- dieron todo lo que ten:ian; Gariel
ciaba para el mes de J~
- vendiô los muebles de su uso persoliciôn de la casa: Gar1~bll, qdue sos nal. y asi bubo flores en el féretro
t • na lucha impos1 e e pro'
'
•d
ema u h b.
dido el reloj ' las de Eloisa la Palida. Oonmo.~ o por
longar, a ia -ven
,
la robidad de Gariel, el YieJ0 usualhajas y l~s ropas. Ello1:a cor;-r::~ re;o Nestre le ha alquilado otra
dia_muy b;e~a q:~:::o:a~a: sino casa y le ha prestado algunos fonam1gos n
b
.
onto dos para instnlar un hotel nue-vo;
muerta. pero desea a mor1r pr
b
clio
'
l
l"vos y sus pero el anciano se a urre en me
esc ,,,
,
.
n
Para. no hacer os
t a· dos Se habia de los estud1antes gomosos que e .
deseos_fueron a e,n. 1 • o el a- sus habitaciones dan ,almuerzos con
vuelto entonces pabd~ :o:setaspen falsos pastelestrufados y champagne
pel blanco' con crue e
er de tres francos y medio â las figulas m~jil1as; y su rostro' que ~ del teatro Folies-Bergères.
maneciô hechicero y herrooso' no rantas

Ei

TEODORO DE BANVILLE,

EL JOVEN MAGO

Historia saoada de un palimpsesto de Pompeya.

D

urantelase-xploraciones hechas â presencia del rey de
Napoles, cuando la restauraci6n de 1815, en uno de los aposentos de la casa de Acteôn se ha116 un gran fresco de particularisima belleza, representandoungrupo de ninfas con los ojos vueltos
hacia la figura principal. Un Amorcillo, galantemente inclinado detrâs de ésta, parecia cuchichearle
al o:ido algûn misterio. La exquisita gracia de las formas, el ademan tan vivaracho y diligente del
pequefio apuntador, el simpatico
talante de las ninfas, y hasta el notable esplendor de los colores, respetados por &lt;liez y siete siglos lo menos, llevâbanse tras de si las miradas de todos los artistas y de todos
los inteligentes. Es natural que la
imaginaci6n italiana anduviese bien
pronto â la b~squeda para encontrar la explicaci6n y la historia de
aquella obra pictôrica incompren-

sible. A dia rio aparecian interpretaciones nuevas, pero faltas igualmente todas ellas del esencial carâcter de la probabilidad.
Sin embargo, la historia del fresco misterioso no estaba destinada
a ser un secreto eterno. En los primeros mesesdel afio 1836, fué abierto uno de esos papiros que ahora se
someten â un excelente procedimiento para desarrollarlos, inventado por el caballero Oollini de Nâpoles, y dejô ver a los ojos atônitos
el fresco, en miniatura, a la cabeza de la primera parte del manuscrito. Desarrollado por cornpleto el papiro, vi6se que contenia la presente historia, la cual habfa servido sin duda ninguna de
tema para el dilmjo con que iba
ilustrada; historia que reproducimos con todas las mutilaciones inevitables por hallarse medio calcinada la frâgil materia del rollo.
La mayor de estas Iagunas se halla

�EL JOVEN HAGO

38

39

REVTIITA INTERNA.CIO. AL

preci~amente en el comienzo; aun I atmôsfera de mi gruta de unium,
de afia â la erudiciôn de todas las en tanto que dure el reinado de esa
academia italianasy dejalibre cam- \ amorosa y pe tilencial estrella.
po â u industriosa fuerza imagi- \ Remonta.base por el espacio Sirio,
nativa.
y el re plandor de este rey de las
.•............................. \ constelaciones tefiia con clara luz
-jOh, Callias! Estoy cansado del \todo el golfo de âpoles. Los ojos
mundo.
del joven y hermoso romano lanza-Te equivocas, Sempronio; estas Iban â la naturaleza una de las mas
cansado de todo menos del mundo. intensas mirada ; y suspir6 mas
-Sé lo que digo, Ca1lias, y hablo \que dijo e ta fra e:
en serio. Pero, i,C6mo convencerte, -jOh! iQueno puedasacudfrcon
c6mo hacer que creas en alguna \el de eo la pesadumbre de la vida
cosa1 Tu, Callia , e céptico de pro- y levantar el vuelo hacia esos g1ofe i6n; tu, incrédulo ateniense; tu, 1riosos viajeros del empireo, tan leindiferente corsario conocido en to- \jos de los cuidados de este mundo
dos los mares del placer de Grecia \ cual alios mismos lo estan de la.s
y de Asia; tû, i oh Callias ! , mari- impuras nubes!
posa nocturna, que revoloteas de Al decir tale palabras, por un
flor en flor a travës de todo los impul o de que no tuvo conciencia,
jardines de lalocurahumana, ;,c6mo sac6 de la vaina un puii.alito y lo
podrias creer en este cansancio in- levant6 â la claridad del ol ponienfinito, en este profundo tedio de te, que hizo relucir la hoja.
todo lo que la tierra contiene~ Pero \ Levant6se Callias de pronto; y
eres un animal epicureo.
echândose â reir, qui o atraer aljo- o, melanc6lico fil6sofo; vuel- ven entusiasta al sentimiento de su
ves a equivocarte. Soy un verdade- 1situaci6n actual.
ro Epicuro. Delicado en mis gus- - i o bay sino dos maneras de exto~, re ervado para familiarizarme, plicar esto-exclamô el cruel zumtierno en mis amistades y en mis Ibôn.-Un homb1·e no mira asi los
amores, no soy cruel ni desdenoso cuchillos sino par amor 6 por venpara mis pobres casas de campo; y I ganza: conquistar una querida ô
de hecho, el ûnico cuidado que en Ideshacer e de una esposa. Pero a
la actualidad me preocupa es el de ti, Sempronio, iqué puede inclinar~aber si iré mafiana â mi villa, en te â tales actas de desesperaciôn'?
la margenes del Tiber, 6 si debo Tu, p11blica y notariamente el mâs
pRSar mis langidos dias en la fresca admirado y envidiado de todos los

hombre que rinden sincero culto Ireunido una colecciôn de las mas
al lujo, a las gracias y a las mâ hermosas pinturas, e cogidas con
bonitas piernas del Palatino; tû, el grandes dificultades en Corinto y
tribuno . de 1~ legi6~ imperial; tû, 1en l~s islas. Aquella estancia, espara qUien vienen directamente los culp1da y adornada del modo mâs
perfumes de la Persia, las togas delicioso, miraba al poniente; y redel ~ilagroso pais donde los gusa- 1creâbase el sol en penetrar dentro
nos truécanse en tejedores, y las jo- \ de ella, tamizando sus rayos carmeyas de las ignotas orillas del Indo; 1sies â través del cristal de las ventû, el primera y màs favorecido de tanas.
los adoradores de la moda, i qué - Y a ves que aqui-dijo Callias,
hermosa ternes que se atreva â re- no sin dejar traslucir en una sonrisistirse a tus innumerables seduc- sa el orgullo satisfecho del colecciociones~
Inista-hc seguido un plan diferente
Y ved cual fué lare pue ta lan- 1del de vuestros romanos que tienen
guideciente de Sempronio:
autoridad en a untos de elegancia.
-Por incapaz me tengo, Caillas, Colocan los cuadros â la luz mëiS
de contestar a tus hurlas. Pero mira amplia, en el sitio mâs claro y mAs
alla lèjos â aquel esclavo que trabaja I pû.blico de us apo ento . Pero yo
y se fatiga aûn, bajo lo po trimeros lo trato cual amigos del alma.
rayas de este sol abrasador. Ahora vengo â conver ar con ellos lo mûs
mismo cambiariaconjubilomisuer- lejos posible del barullo; y para
te por la de ese misero. i Me miras hacer aûn mas interesante nuestra
con unos ojos tan abiertos. Oyeme conversaciôn, ceno en su grata
y me comprendera . "'o puede ha- compaiiia.
ber ahora cleba.jo de la b6veda ce- A pe ar de lape adumbre que le
leste un ser mas sin ventura que tu abrumaba el coraz6n, su amigo no
amigo Sempronio, aun cuando el pudo men os de hallar algùn placer
mundo entera, como dices tu, le ro- en la exquisita. elegancia que refuldee de risuefios halagos.
gia en cada objeto visto por sus
En este momento, los esclavos ojos, y aûn mâs en el modo de estar
domé ticos que entraron a anunciar colocados los cuadros. En vez de
la comida de la tarde impidiéronle exponerlos todos igualmente â la
comenzar su relato. Callias era in- 1misma intensidad de luz, habialos
mensamente rico y tenia el gusto puesto Caillas de manera que cada
exquisito de un griego; condujo â uno de ellos no pudiese recibir mas
su amigo a un triclinio donde habia \1uz que la adecuada para hacer bri1

�40

REVIBTA. INTERNAOIONAL

llar todos sus méritas con su mas yanos. Con esa prodigalidad de los
completa expresi6n. Un Baz'le de millonarios que sacrifican montojovenes lacedemonias a orz'llas del nes de riquezas y tesoros de genio
Eurotas (paisaje de tarde) estaba para el goce de un segundo, pero
situado en el sitio donde vertia el goce supremo y llevado hasta los
sol poniente todo su esplendor; las ûltimos limites de lo posible para
crestas de las montafias refulgian â las imaginaciones mâs delicadas,
poca luz, pero natural y viva, digâ- esa gloriosa producci6n artistica no
moslo asi; los basques escalonados podia verse y comprenderse sino en
en sus faldas balanceaban sus fron- el momento en que el sol tocaba al
das tefiidas por una luz âurea natu- horizonte. Ambos amigos pudieron
ral; los cascos mismos y los ligeros prepararse para ese goce fugaz é
escudos que llevaban lasj6venes en intenso en sumo grado, mientras
sus graciosos simulacros guerreros que una pirâmide de Hamas trepabrillaban como acero, encendidos ba lentamente por la superficie del
por los omnipotentes rayos lumi- cuadro. Toda la parte superior esnosos.
taba envuelta aûn en tinieblas,
En un retirado rinc6n, y sin que cuando la luz comenz6 a tenir el
pudiese llegar â tocarlo sino una pie de la enhiesta montafia. Ese
pobrisima claridad, habia un F;n- rayo, flechado como un dardo incantami'ento tesalico, solemne, se- m6vil, subi6 poco â poco desde los
vero, terrible. La espesura de los valles de vinas y olivares hasta la
bosques, â través de la cual mo- regiôn de las nubes, jamâs hollada
vianse majestuosas formas de espec- por ningûn pie humano. Un minutros, adquiria un aspecta aûn mas to después lleg6 el haz luminoso â
tétrico, pues el débil rayo, como la regiôn de los inmortales y los enun tenue pincel, se limitaba â enl'i- volvi6 en una atm6sfera de oro;
quecer la sombria pintura con al- todo lo que al principio era invisigunos toques mas claros.
ble 6 solo podia entreverse â través
Encima estaba engastada en un de vagas tinieblas, brillaba entonmarco de alabastro, esculpido .con ces con excesivo esplendor.
suma riqueza, un.a obra maestra de
Los tronos de las diversas deidaAlemanes de Jonia. Era el Ohmpo des colocadas encirculo, reverberay la escena descrita por Homero, ban con los colores de todas las
donde Venus acude a la asamblea piedras preciosas conocidas por los
de los ùimortales para implorar â lapidarios mortales, y de los diaJupiter que sea propicio a los tro- mantes que los dioses nada mâs co-

EL JOVEN MA.GO

nocen. El camino que conducia al
gran trono estaba enlosado de estrelias. Un esplendoroso nimbo de diamantes era el velo que aureolaba
con vaguedad la augusta presencia
del soberano de los celestes mundos.
Cuando la râpida invasion del haz
de rayos luminosos atraves6 el
circulo de grandeza y hermosura,
pareciô infundirle una vida y un
movimiento repentinos. Aûn quedaba en el centro una figura, velada
en apariencia por una nube; pero la
toc6 de pronto el rayo de luz y se
h~zo visible entonces, cual si una
mebla real se hubiese evaporado y
fundido con ese beso ardiente. Aquella figura era la de Venus, inclinada
en actitud de dirigir una s6.plica al
padre de los dioses. Toda su belleza
era deliciosamente viva, hubiérase
dicho que acababa de a!zar la bermosa frente; brillaban sus ojos con
nuevos esplendores, y las mejillas
estàban inyectadas de un doble encarnado impelido hacia su rostro
por la agitaciôn de sus sentimientos y por el ardor de su plegaria. Su
actitud era una extraiia mezcla de
nobleza y de humildad; pero su
cara, su indescriptible rostro, era
amor y s6lo amor.
Callias dirigi6 â esa maravillosa
obra la mirada radiante del a:ficionado â las bellas artes; pero eljoven
italiano exhalô un grito, escondi6
la cabeza entre los pliegues de la

41

toga y ech6se de hinojos â los pies
del cuadro, como en un acceso de
adoraci6n.
Cuando se levant6, habia expirado el dia; la pintura estaba en la
oscuridad; toda habia desaparecido
como una obra de nigromancia....
............................•..
-i, Conque estâs decidido â correr mundo, â perseguir al inc6gnito unicornio y monstruo innominado de tu ensuefio, a ver lo invisible, a encontrar lo inhallable~ Mi
joven y galante amigo, atiende a mi
parecer y deja esas peregrinaciones
a los sofiad.ores. Vuélvete â Roma
y di a tu excelente tio que estas
enteramente dispuesto â casarte
con la dote de su hija, aun cuando
tuviese la impudencia de ser diez
veces mas rica; dile que eres unhijo
obediente y que de ningûn modo
tienes proposito de contrariar â tu
excelente padre, aunque la novia
fuese hermosa como las tres Gracias y cligna de ser amada como la
madre de los dos Amores (1). Enton.ces, después de dar humilde
muestra de obediencia filial y de celebrar un casamiento que haga hablar de ti en Roma durante veinticuatro horas, ponte el casco si aun
piensas en viajes; ve honrosamente
â batirte contra los partos, 6 â eclipsar el renombre de Alejandro y ad(1) Eroa y A.nteros.

�42

REVISTA. lNTERNACIONAL

quirir trofeos en el Indo, para ser nos amaseroos, nos acometiô a cada
algllll dia pisoteado por ~a~ sanda- 1 uno un odio invencible contra el
lias del bârbaro, que utihzara las otro, y desde entonces nos separaruinas de tu mausoleo para poner mos ipara no vol ver â vernos nunca!
alli la olla y colgar los Hares encima -Resoluciones de dos chiquillos
de tus ilustres huesos.
sin seso-dijo Callias, que esta vez
Asi hablô Oallias, que nunca po- se puso en guardia y no quiso imdia poner freno â sus zumbas. Pero pacientar a su amigo.-iY son esas
probablementehubiera q?eridocon- l. resoluci~n~s p~ctos indestructibles,
tener la lengua, si hubiese echado una rehg16n mmutable para los
un vistazo â la cara de su amigo. aüos de mas madurez1 Nada hay deEl joven italiano habia escuchado bajo de los astros que no cambie, y
al principio con una sonrisa incré- todo es una crisâlida. ï,Permanecedula y lânguida; pero, al fin, tocan- remos con los ojos fijos en Oriente
dole harto de cerca el asunto, frun- para ver salir el sol, cuando éste se
ciô el entrecejo, y con los labios arregla ya una almohada con las
contraidos y la voz temblona de in- nubes de Poniente1 Tu prima ha
dignaciôn, abrum6 al griego con las pasado de la infancia, y q liizâ es hoy
frias imprecaciones de una ira re- amable cual Hebe y alegre como
concentradà.
Flora, la reina de las flores. i,N unca
-Te he confiado, a ti, â ti solo has tenido curiosidad de saber qué
(i,entiendesî), la infeliz; ino!, la des- tal es, desde aquella batalla que tuconsoladora, la lamentable situa- visteis cuando esta.bais con noci6n de mi ânimo-exclam6 el ar- driza 1
cliente romano.-Ya te he dicho
-jVolverla â ver, â ella, â ese
que la loca, por no decir la feroz instrumenta de tirania paternal!resoluci6n de mi familia, la. cual no replicô Sempronio.-Jamâs tuve talla querido dejarme elegir libre- les deseos, ni jamâs los tendré. Mi
mente en un asunto que es, de to- educaciôn, recibida en Atenas, me
dos los negocios humanos, el que alej6 de Roma desde un principio.
mâs requiere elecci6n, me ha ins- Luego, un dia monté a caballo como
pirado un horror precoz por el ser centurion de caballeria en la legi6n
en aras de quien tenia entonces que imperial, y fui enviado â servir en
sacrificar sentimiento, raz6n y vo- las fronteras de la Pannonia. Desde
luntad; y que desatinadamente uni- entonces he vivido en el Asia Medos en nuestra infancia con el bur- nor, y nunca be visto a Roma. Pero
lesco propôsito de ensenarnos â que\ una palabra te bastarâ.

EL JOVKN MAGO

43

Al llegar àqui Sempronio, hizo dose, la belleza en esencia, tal como
una pausa; y luego prosiguiô:
Vénus alzandose del seno de las sa-He visto al ser creado para lle- Jlobres ondas, ô Pandora descennar el vacio de mi alma y poblarlo diendo de los p6rticos del Olimpo.
para siempre. Era en un banquete I jEntonces presenti que mi destino
ofrecido â los oficiales de la legiôn se habia pronunçiiado, que estaba
por el proconsul Septimio a nues- escrito mi fallo, y para siempre!
tra llegada a Efeso. Todo fué noble I En un instante penetr6 ese conven.Y suntuoso, como presumirâs. Pero cimiento en lo mas bondo de mi
todo quedô eclipsado por un espec- alma. Senti que era claro, brillantet
taculo que hubo en los jardines del acerado, luminoso como las flechas
palacio, y que fué representado por de la verdad. o puêdo decirte ni
los ec6nomos del templo. Era un explicarte con qué ansia, nueva endrama por el estilo de los concebi- teramente en mi, estudié el desarrodos por la imaginaciôn de Ovidio, llo del drama, y cuân violento inbreve, pero deliciosamente hecho: terés ffit} produjo aquella pequefia.
versaba su fàbula acerca del pode- escena. Grave temblor invadi6 torio del Amor. El nifto-dios a.parecia dos mis miembros, cuando la visucon cien formas diferentes, cu:inclo cesivamente tentada por la embriade guerrero, cuândo de poeta 6 mu- gadora lisonja de la poesîa, por la
sico, unas veces de rey, otras de promesa de todo lo que puede halamercader, cargado con una pacotilla gar al corazôn, hecha por el orgude tesoros y joyas: todo ello para llo; por las piedras preciosas y el
acometer la empresa de apoderarse oro que el joven y poderoso mago
del corazôn de una hermosa adoles- de nuestras pasiones desplegaba
cente. Pero también, jqué conquis- ante sus ojos, amontonando visi6n
ta la de aquella contra quien el Jo- sobre visiôn deslumbradora, y haven Maqo ensayaba todos sus po,&lt;le- ciendo sucederse tentaciones cada
res! .r unca he visto ni imaginé nada vez mas peligrosas ante la mas petan hello y tan digno de ser amado. ligrosa de las virgenes de la tierra.
Todo lo mâs excelente que invent6 Resisti6 a todas, y senti palpitarme
la poesia, todo lo que mi a.vida fan- el corazôn de una manera furiosa
tasia ha supuesto como mas lleno de y no acostumbrada â cada nuevo
gracia y de hechizo, de hermosura triunfo; s6lo faltaba una estratay de nobleza, qued6 sepulto entre gema. Desvaneciéronse como ensuelas tinieblas del olvido. Moviase nos los nobles palacios, los aureos
ante mi, viva, mirando y sonrién- \ bosquecillos, los regios camarines,

�44

EL JOVEN MAGO
REVISTA INTERNACIONAL

en los cuales habia evocado el joven mago sus visiones de lujuria,
de orgullo y de riqueza. La escena
fué un sencillo jardin, con magni:ficas vistas â una hermosa montafia
en las riberas del Helesponto. La
bella joven estaba sentada entonces
sobre un mouton de rosas recién
deshojadas, y oia un discurso pronunciado por un joven vestido de
pastor de J onia. Nobles eran su rostro y apostura; pero sus palabras
eran la sencillez, la pasi6n, la elocuencia misma. Nunca he oido nada
tan primorosamente dicho. No - la
ofreci6 ni la pompa ni las riquezas
del mundo, sino que puso a sus pies
un coraz6n lleno de amor:de fe y de
honor hasta desbordarse. Si ella hubiese resistido a esa suplica, hubiera sido mas 6 menos que una mortal. No tué lo uno ni lo otro: fué
mujer, verdadera como la naturaleza, y sensible â los mas dulces
impulses de ésta.
.
Habia yo triunfado con su resistencia de antes, y triunfé con su actual sumisj6n. Vi con delicia que
aquella hermosura, digna de ser celeste, no era una hermosura de estatua. Enrojeciéronseme instintivamente las mejillas cuandose difundi6
el rubor por las suyas. Unalâgrima
que cay6 de sus parpados fué seguida por mis lâgrimas, y me pareci6
que con ellas se me iba el alma. Con
un suspiro y una sonrisa reconoci6

ella el poder del corazôn sobre el

corazôn, y dejôse caer entre el silencioso llanto de su jûbilo sobre el
pecho del jonio. En ese momento
rugiô con estrépito el trueno, levantôse la decoraci6n cual una nube
que se corre, y en lugar del simple
jardin del Helesponto, vimos los inmortales bosquecillos de Idalia. El
jonio era el Amor mismo, vuelto â
su pristina forma: amable, poderoso, festive y semejante â unrey. El
joven dios, volando con sus alas de
purpura, deslizôse entre los brazos
de la hermosa doncella, y la coron6
de amarantoen presenciadelasninfas, como recuerdo de su metamorfosis en inmortal habitante de las
florestas de la isla del Amor.
-De modo-dijo Oallias, confria
mirada, habiéndole preservado de
toda emociôn su caracter satiricode modo que te has enamorado de
una de las bailarinas del templo.
Los hielos del coraz6n son faciles .de
derretir en ese câlido clima delAs1a;
presumo que escuchô ella complacida la repeticiôn que harias del papel del jonio.
_
Sempronio llev6 la mano al pufial,
y exclamô:
--Picaro griego, no me tien tes la
paciencia por segunda vez. Pronuncia otra palabra despreciativa, y
nos separamos para siempre; las estrellas que lucen sobre nuestras cabezasno estan mâs lejos de nosotros

que mi idolo del impuro aliento de
la sospecha. No he vuelto a verla
mâs; fueron vanas todas mis pesquisas. Los devotos que han podido
soportar tus hurlas impias son de
otra raza que yo. Sôlo tu incorre0oible tendencia a ridiculizarlo todo
ha podido hacerte olvidar que las
sacerdotisas son tan sagradas como
las vestales del Oapitolio. Aquella
era una de las hijas del altar.
Callias le pidi6 mil perdones y logr6 calmar lairritaciôn desu amigo,
â quien dijo:
-Pero, inunca has tratado de
encontrar ese cabal modelo de perfeccionesî 3Nunca la ofreciste casarte con ella~
- j Volver â hallarla!-dijo el romano.-Este es el segundo afio que
recorro el Asia, la Grecia y la Italia, siempre impelido por una invencible esperanza. Ha abandonado
el templo, jay!, y he podido creer
que habia vuelto â subir â los cielos. Y aun si pudiese encontrarla
aqui abajo, 3qué podria hacer yoî
En su lecho mortuorio me dejô mi
padre que eligiese entre sus anatemas 6 su bendici6n, si consentia en realizar sus deseos y casarme
con mi prima Eufrosina. Puedo desdeîiar la riqueza y menospreciar la
tirania, pero no puedo pisotear los
mandatos fûnebres de un padre.
Oigo de continuo en mi espàntado
espiritu resonar su voz, que desde

45

el fondo del sepulcro me intima a
que le obedezca. Solo temblando me
dispongo â dormir un suefio corto y
abrumador, porque bien pronto veo
su sombra que me amenaza cruelmente si me atrevo â resistirme
contra su voluntad, mas sagrada.
desde que nos separa la tumba.
-Entonces, bôrrala de tu memoria-replic6 el amable fil6sofo.
El romano levant6 despacio hacia su amigo los rasgados y negros
ojos llenos de desprecio, exclamando:
-jBorrarla de mi memoria! No
tengo mas poder para olvidarla que
para perder la conciencia de mi vida; cada objeto me obliga â recordarla. Musica, luz, estrellas, los sonidos que vagan en el aire de la noche, el balanceo de una rosa y el
aroma de su caliz, las formas ambiguas que flotan allâ arriba en las
nubes, todo loque interesa â mi coraz6n, halaga â mis sentidos y recrea..a mis ojos, todo me conduce
instantaneà.mente hacia ella. No; su
imagen sera indestructible basta el
supremo instante en que se anonade
el sentimiento mismo. Ya viste mi
emociôn la· tarde que cené en tu
quinta de Campania. jÜh, aquella
pintura del Olimpo! En esa Venus
suplicando â Jupiter hallé el idolo
vivo de todos mis pensamientos. La
actitud, las formas, la gracia indescriptible, todo estaba alli, todo lo

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REVISTA INTERNACIONAL

que habia visto en la fatal noche del terrumpidos, y la1:: mismas risotabanquete de Efeso. No me atrevi J. das. Sempronio supuso que â su camirar mas tiempo. Hubiera adora- prichoso amigo le habia picado un
do la viva creaciôn del pincel; 6, âspid 6 una tarântula.
cual nuevo Prometeo, con mis ar- -tEstas loco, Callias~-exclamô
dientes labios hubiera infundido mi por fin.
aliento nuevo fuego en aquella figu- - j Por Mercurio! eso creo-resra. Si hubiese sido duefio de los te- pondiô éste.-Me estoy acordando
soros de la tierra, los hubiera dado de la mas extrafia aventura de mi
por poseer aquella pintura y morir vida. Escuchame.
~on los ojos :fijos en ella. Pero en Pero cuando el romano se acerese momento crei que el severo es- caba para escuchar, el esclavo que
piritu de mi padre se alzaba del solia estar en el vestibulo entrô â
fondo de las tinieblas, y cai en el decirles que una trirreme llegada
terror y en la desesperaci6n.
de Roma acababa de atracar en el
Mientras hablaba con la tétrica Pireo, y que habia cartas a bordo
energia de un corazôn destrozado, para los dos.
echabale Callias una mirada de -Ya ves-dijo Callias levantâncompasi6n mas viva.de lo que ha- dose a todoescape;-miralo que hebia concedido nunca â ningûn ros- mos ganado con huir de las câlidas
tro humano. Pero mientras conti- regiones de la Campania: ni uno de
nuaba, un pensamiento repentino mis mil amigos 6 cortesanos hubiepareciô iluminar el rostro deljoven ra tenido la grata idea de escribirgriego. Sonriéndose, hizo como in- me al pie del Vesubio.
tenciôn de hablar, se guardô las Callias se retir6 â su gabinete
palabras en el cuerpo cual si quisiese para recorrer los preciosos docupesarlas, diô algunos pasos desorde- mentos que le llegaban desde la
nad os por la sala como si se propusie- reina de las ci udades acerca de tose moler el piso y reducir â polvo dos los barbilindos, los vagos y los
los amores de Titôn y de la Aurora locos que habia dejado. Sempronio
pintados en mosaico; por ultimo, se puso â sonar despierto contemse ech6 en uno de los asientos de plando los espléndidos reflejos de
marfil, y prorrumpi6 en carcajadas. una tarde de Grecia sobre la noble
Sempronio le miraba con asom- arquitectura del fireo. Grecia, la
bro. Levantôse de nuevo Callias y tarde , Atenas , han sido siempre
volviô â comenzar la misma panto- fuentes poéticasgratas a losforjadomima: sonrisas, frases y paseos in- res de novelas desde que existe y

EL JOVEN M'.AGO

47

tiene nombre Atenas. Sempronio es- el cual oia la voz de la hermosa
taba enamorado, lo cual trae consi- efesiana repetida por el eco de las
go mil antojos caprichosos; ademâs, bôvedas del templo. Respondiô con
estaba contrariado y ci.esposeido de triste sonrisa, que ya le eran en
ilusiones; en una palabra, era un lo sucesivo indiferentes todas las
amante sin esperanza, enamorado cosas.
de un ensueilo, con una pasiôn de
- Entonces, puedo contarte todo
visionario separada de las regiones lo que acabo de saber - le dijo
de la esperanza por obstâculos in- su amigo.-Estoy seguro de que â
superables. Estaba enamorado de lo menos no aumentaré tus pesaun ser tan ideal como un brillante res. Lee esta carta de tu pr6ximo
morador de las nubes; su amor era pariente Catulo; me informa de
el insensato amor de un hombre que que ha muerto tu prima. Habia
quisiese hacer bajar a Diana de la caido en un estado de extraîia debiesfera donde tiene glorioso trono al lidad que se atribuia a un impruborde de los cielos. Una sacerdotisa dente viaje â los bosques de Ostia,
del gran altar de Efeso estaba tan donde los calores del estio engenlejos como estrella de los mortales. dran mortiferos miasmas ; y en uno
Habiendo leido Callias sus cartas I de los paroxismos de la :fiebre se
mientras Sempronio se abandonaba Iarrojô al Ti ber una noche que, seâ los delirios de su imaginaci6n y gun su peligrosa costumbre, habia
:flotaba sobre el mar de los suefios Iido â tomar el fresco en sus orillas.
del poeta y del amante (suefios que, El cadâver de la desventurada jopor una inexplicable ley de nuestra.l ven füé encontrado una semana annaturaleza, siempre tienen un tinte Ites de salir esta carta. Catulo desmelancôlico hasta en sus mas es- cribe la ceremonia de los funerales
pléndidos fulgores, y que son los con su minuciosidad usual en todos
~as deliciosos de lo_s suefios gra- 1 los asuntos de forma y de etiqueta;
mas tan solo â esta m1sma mefanco- era uno de los principales invitalia), reapareci6 aquél con aire pla- 1 dos, de lo cual esta con toda evicentero y apenado â lavez, dicién- dencia muy orgulloso; y me dà
dole:
cuenta exacta de cada litera, de
- Sempronio, i estas suficiente- cada caballo , y, j â fe mia ! , creo
mente preparado para saber que que de cada guirnalda que adornaba
estâ rota tu cadena?
esos ost.e_ntosos funerales.
El joven italiano sali6 de pronto Ambos amigos guardaron silende un suefio que le arrobaba , y en cio un rato, y concedieron cada .

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REVIBTA INTERNACTO~AL

cual la parte de tristeza que exigian
el bien parecer en sociedad y el inesperado destino de la inocenc~a y
de la juventud...
...............................
- Y ahora- dijo Callias - i â
Efeso!
...............................
Hacia una noche sublimemente
hermosa. La trirreme,zarpando del
Pireo, dejaba en pos de si largo
rastro de luz, como un arado que
abriese surcos en plata fundida. Los
dos amigos iban en la popa: mira"ban â los cielos, las aguas tranquilas y las nobles cumbres del Atica;
y veian huir en torno y detrâs de
ellos todos los objetos, cual si viajasen sobre una nube y :f:lotasen en
el seno de los aires. Gradualmente
se extinguieron las luces y los ruidos del puerto, y sali6 la luna. A
la claridad de ésta, irguiôse en su
colina el Partenôn, pâlido, solemne
y solitario, como un majestuoso espiritu velando de centinela sobre
todo el paisaje. Preparâronse para
la noche los marineros, y mientras
el barco ~vitaba las gruesas olas
que indican el promontorio de Sunium, comenzaron la funciôn religiosa nocturna en obsequio de Palas Atenea. Iluminaron el altarito
que sostiene su imagen en la proa
del barco, é hicieron arder en su
honor canela é incienso, que bien
pronto bafiaron con una nube de

perfume las empavesadas amuras
del buque. Callias pens6 entonces
en la refacciôn de la noche, y baj6
â un elegante camarote para encargar alli una cena digna de un
trirreme imperial. Sempronio se envolvi6 en su manto militar y permaneci6 con los fijos en la constelaci6n de Tauro, que hacia centellear altivamente su corona de
topacios; pero sus pensamientos estaban muy lejos de alli. A la vista
de un templete sito sobre la fruncida frente del promontorio de Sunium, el piloto toc6 la trompeta; y
â esa sefial, la tripulaciôn enton6
el himno â la diosa protectora del
Atica:
« i Oyenos , amorosa Minerval
jOyenos desde el fondo de la esfera
entretejida de estrellas que rodea y
protege, como una zona de fuego,
los âureos tronos de Jupiter y
Juno.
»Mientras surcamos las olas tenebrosas, encadena las tempestades
dentro de sus cavernas, hasta que
tu an torcha arda encima de la montafia, sefial de nuestro feliz regreso;
»Hasta que tu antorcha arda encima de la montana, como la agitada cabellera de las ninfas de los
bosques, que lanza al aire movientes claridades;
»Hasta que la canciôn del hogar
doméstico nos respqnda y aumente
la alegre brisa, elevândose en santo

BL JOVEN MAGQ

49

acorde hacia tu templo de mârmol, plo y desapareci6 en seguida en las
alturas del cielo.
&gt; Diosa de la lira coronada de
Prosternâronse los marinos y tulau~eles , haz que la funeb~e luz del vier_o~ esa seii.al por la respuesta
relampago y la Hama obhcua del fam1har de la diosa. Algunos crer~yo n~ surquenjamâs nuestro glo- yeron ver â Minerva de pie entre
r1osa tr1rreme, desde la hora en que la llama, encima del promontorio.
la perversa criatura nace en su Todos lo tomaron como feliz aaüero
cuna de ro~as, hasta el mornento en de su viaje por las costas asiâticas.
que la tarde corre las cortinas de su ...............................
pabellôn sobre el cielo, la tierra y
El sacerdote de Diana resistîa con
las nubes del Océano, encendidas y valor la elocuencia de los dos amidoradas como las islas de los bien- gos, empefiados â toda costa en ver
aventurad?s.
â la sacerdotisa del santuario. La
&gt;i Oh Mmerv~ ! Raz que nuestra imagen de la diosa, dicese que vevalerosa proa hienda sana y salva nida del cielo, se venera en el fondo
las olas mâs terribles. Haz que de su santuario, custodiada por dinuestras blancas velas no lleven ferentes sacerdotisas que en honor
,
' sin velo
en su seno mas
que brisas favo- de ella, velan guardândola,
rables, hasta que hayamos vuel- puesto, â cara descubierta. Cuanto
to al b~ndito hogar, â través de mas apremiantes eran sus argula suces16n de calmas y de vien- mentos, el rigido sacerdote mas
tos •
t ema
' por un cr1men
·
el escucharlos •
. &gt; Oye la canci6n del alegre ma- Callias le ofreci6 una boisa llena
r~nero, jOh reina virgen de la glo- de oro de Tracia. No bien hubo senriosa Atenas l »
tido el aruspice que le tocaba en la
~es6 el himno y _diôse por con- mano, arrojôla al suelo y huyô,
clmdo el d_evot~ ofic10 nocturno con como si le hubiese picado un âspid.
una gran smfoma de flautas y trom- Desesperado Sempronio al ver huir
peta~. C~ando todo estuvo tranqui- con él sus :ultimas esperanzas, colo, s~n mrse mâs que el ruido ca- rri6 en pos suyo y le detuvo con
denc1oso de los remos golpeando en violencia por la toga. La manoque
las _aguas, reson~ desde el promon- h~bia cogido al incorruptible mitor10 un repe~tmo y estruendoso mstro del altar de Diana tenia por
toque de clarm; una larga Hama adorno una maanifica esmeralda
roja, de intenso color, tembl6 un Fijâronse de pro~to en ella sus ojo;
momento sobre el front6n del tem- y se volvi6. La piedra preciosa paso
â la claridad de la luna.

REVISTA. -

'MA.YO 94,

4

�50

REVISTA INTERNACIONAL
BL JOVl:N MAGO

· y con misterio â su dedo
en silenc10
anular. Sin decir una palabra, sac6
de su toga de pûrpura unà llavecita, y, abriendo una puerta baja,
casi invisible entre las esculturas de
la pared, introdujo sin ruido â los
d s jôvenes en las profundidades
dol
e t emp1o.
El templo de Diana en Efeso era
1 's célebre monumento de dee ma
· , del mundo • Callias se sinti6
VOCIOn
feliz y enorgullecido al hallarse
bajo las b6vedas de aquel famoso
. to , en el cual habiase negado
recm
la entrada a reyes, y que guardaba
en su seno mas tesoros que muchos
reinos. Habian concluido los divifi.cios del dia. Las puertas de
nos o
bronce del colosal edificio estaban
cerradas después de haber salido ~l
pueblo. Todo era tinieblas, silenc10
y soledad. Entonces pudo convencerse Callias de que se hallaba en
1 c:rar cuya magnificencia exceun U0
dia aun a su renombre. Las luces
del altar mayor estaban moribund
y la multitud de altaritos, dond:s durante todo el dia se habian
ofrecido ·sacrificios, brillaban â lo
lejos cual una miriada de estrellas
ext.mgui·d as.
Veianse a cada paso tales persectivas de arcos y columnatas, lairados por la pacienzuda habilidad
del cincel asiâtico y hechos de mârmoles y metales brillantes con todos los colores del cielo y de la

tierra, y que
, la , débil claridad
, t·
,del.
templo hama mas fantas 1cos aun,
tal profusion de estatuas de alabastro y mar~, cuya muc~edumbre
poblaba los mmensos espac10s, como
ejércitos llenos de no~leza y h~rmosura; tal abundanc1a de estandartes de pûrpura recamados de
oro, religiosas ofrend~s del mundo
entero, suspensas encuna de los alb..
tares, los cua1es tam
1en est a. ban
.
enriquecidos con piedras prec1~~as
que despedian sus destellos env1~ndolos â tapices procedentes
·
fide Tiro
y del fondo de la In.dia; en n, u~a
riqueza tan desordenada y ~n ~concebible, que el hombre mas fr10
y mas hastiado del mundo prorrum.
·t d ·
pia â cada mstante en gr1 os e gozo
y de sorpr~sa. En cuanto al ~omano, embeb1do en los pensamientos
de su alma, subyugado por su ~elancolia y aûn mas po_r la so~1sa
de sus esperanzas, at6mto lo m1raba
·
·
·
"d
.
todo, cual_ s1 hub1ese SI o una VIsi6n. Cons1deraba las b6vedas y los
pilares deslumbradores cual obra
de _un mago; y prestaba oido atento
â los vagos ecos de arpàs y d~ fl.autas que devez ~n cuand~ salian de
los aposentos mas recônditos, como
si hubiese escuchado coros que se
oyeran venir de las :florestas_ ~el
Elis~o. Todo era profundas dehc1as
en el coraz6n del ~~ante, ?oce sofiador, ,~udo ens1m1smamiento de
un esp1r1tu levan~ado en alas del

51

poder de la imaginaci6n ytranspor- gloria en este mundo sin afiadir a
tados â
ultimo~ linderos de la ella la de contar las maravillas y las
perspecfava de la dicha.
circunstancias de nuestra evasi6n.
Pros!gui6 e_ntonces el sacerdote ;Lâstima grande, en verdad, no hasu cammo hac1a un retiro mâs pro- ber seguido mi parecer y mi primer
fund? y mâs secreto. Seguiale Sem- impulso, que era clavarle la espada
pro~10, c~ando de pronto sinti6 que en medio del buche â ese pérfido,
Calhas tiraba de él violentamente antes de que nos atrajese â esta. cehacia atr:is. Al pâlido resplandor de lada para reventar aquî como un
una lâmpara, vi6 que medio _sacaba par de perros hambrientos!
la espada con un ademan inequi- Sempronio seguia hacienda siemvoco. Evidentemente, el griego co pre protestas favorables a la honranocîa el riesgo de hacer càso de la &lt;lez del sacerdote. Transcurri6 una
fe asiâtica. Aquel sitio tal vez no bora, después otra, y éste no volera sino un degolladero â prop6sito vi6. En vista de eso, trat6 Callias
para robar y matar. Sempronio se de abrirse camino y subir â la en~on_ri6 co~o si mirase todo con igual trada; pero hubiérase dicho que el
md1ferenc1a, y meti6se entre las viaje se habia hecho doblemente ditinieblas. El griego hizo alto; luego, ficil desde que habfan bajado. A los
desenvainando por completo la es- pocos pasos el pasadizo estaba obspada, sigui6 despacio la huella de truido por anchos sillares de piesu terco compafiero. El pasadizo era dra.
largo y dificultoso, yen do al final
-r Ahora si que es evidente
cuesta abajo; eclips6se del todo la la traici6n!-exclam6.-Estas son
luz. Llegaron â una puertecilla; la unas catacumbas, y ya podemos
voz del sacerdote se dej6 oir de rondar aqui, cual otros fantasmas,
nuevo, cual una especie de cuchi- por siempre jamâs. ;Magnüica y
cheo.
candida simpleza no haber cono-Aguardadme aqui hasta: que cido que ese ~acerdote no habia de
vuelva-dijo; Y se alej6.
atreverse â descubrir los secretos
. -Ahora llevamos nuestro mere- de su templo, como no se atreveria
c1do, Y nada mâs-exclam6 Ca- â ver una espada de frente! Pero ha
llias.---:Pienso que nunca podremos sorteado esta di:ficulta.d de una maprobar â la _hu~anidad la moraleja nera magistral. Y nuestras ocupade nuestra ms1gne locura; porque, ciones ahora se reducen a rondar
o mucho me equivoco, 6 este sacer- por aqui hasta que caiaamos dentro
dote creerâ que ya tenemos harta de algun foso, 6 mori;nos tranqui-

!os

�- --~~-;:~==-- -

EL JOVEN JIU.GO

53

REVlBTA JNTERNACIONAL

·
al cen
·10 pueden conduc1rnos
lamente de hambre encorvados en- \ : : :~ la tierra ! Vamos, .toma es~a.
02

·

cima de esta..&lt;:1 piedras.
.
mas espada y préstame el ultimo ser~Pero el espiritu de su am1go,
. de un romano a su meJor
ltoy mas puro por naturaleza, es- mo. r.
a
,
· elevado amigv.
il · la
taba ya .â un di~?ason ma~
1.
Sempronio cogi6 en s en_c10
Callias-d1Jo-tu fr1a y ma a
d y la rompi6 con un pie. La
fi.l:ofia te hace desconfi.ar de ~od~,
saltar de la piedra alguhasta de ti mismo. En cuanto a:ai'- n~s chispas, al resplandor fugaz de
no tengo tan tas. cosas que me aisi6n las cuales reconocieron •que e~taban
gan alla arriba, para qu_e esta p~ d' d .. en el centro de una vasta b_oveda,
me cause tan tas angustias. Dem
desde donde irradia~an :ar1os camente el sarcerdote es un cana.
. os en diferentes direcc1ones. Me'
b yo que qwen mm
'a ex
Hnbiera debido sa er
l
tiéronse por aquel que parec1
uede
dejarse
corromper
por
e
or_o
t
nderse
hasta
mas
lejos
y
llegar
al
P
'll puede hacer trai- e
.
6 por un am O ,
h d _ aire exter1or.
.
.
. 6 , sus corruptores. Nos a e
A . a -diJ·o Calhas-acuérdac1 n a
. .
ero - :rru. 0 0
.
jado aqui para que,_muram~:;J del te de que no soy hom~re d~ pac1~n~
la muerte es el ultimo rec
,
. Estoy dispuesto a segmrte aun,
· tate y a lo e1a.
·
t do 1as
L
hombre animoso. evan. ' . - - ero si hemos de ir artas ran
menos no perdamos la v\da_ ced1én ~andalias nada mas que para tropedola sin disputar1a. con alt1vez.
r con senulcros, insisto en que se
'
·
a noble· en za
t'
•
nera
El alma del griego er
'
. mita descansar a ro.1 ma
l h bre del mun- me per
él habia muerto e · om .
. · 0 de mis fatigas.
. ,
do, y apret6 la mano ~e su am1g
-Pido otro instante mas-exclacon la i;nano ·de un valiente. ,
m6 enérgicamente el romano;;-~
-ïAdelante, pues!:-exola~o~ro· después p.odras servirme de guia a
Sempronio marcho el pr1~ ' las regiones del eterno descanso,
mas el pasadizo estaba obstru~!o, { donde los infe1ices olvidan y son olâ cada instante cre~ian l~s d~ eu vidados.
.
tades. Por :fin, fué 1m.pos1ble ir m
Al acabar estas palabras' un _d~lejos.
.
bil rito seguido de pasos prec1p1_:Ahora es completa la experien- dg h.' . , sus oidos. Detuviéron.
una ta os, ir10
1
oia - exclamô el griego con .
Un ravo de luz oscilaba en as
•
· d d desprec1a- se.
'J
• t
m
-voz en que unaJocos1 a
,
f didarl.es del laberm o, y a na Rombr1a pro un
d l t
El
tiva se mezclaba con u
~
bos se precipitaron a e an e.
desesperaci6n.-i A qué r(?m~ernos rayo seguia oscilando y :filtrandose
los huesos trepando sobre penascos

~J: ;izo

~1:.

:S

a través de las grietas de una puerta muy delgada. Sempronio miro
por ellas, di6 un grito y precipitôse
&lt;lentro de la estancia. Una mujer
estaba de pie, con los brazos atados.
Delante de ella habia un altar eneendido, y sobre el ara un cuchillo.
El sacerdote que habia hecho traici6n a los dos jôvenes, miraba â la
vfotima humana con los ojos :fijos de
la crueldad. Un grupo de espectros,
de mirar melancôlico y mantos
largos y negros como las tinieblas,
asistia â la sangri~nta obra. Al aparecer Sempronio, levant6se la mujer y se precipit6 hacia él. El
sacerdote se apoder6 del cuchillo y
quiso clavârselo â ella en el seno;
pero esa terrible punalada no debia
de lograr su fin. Oallias habia conservado un trozo de su espada y lo
metiô hasta la empun.adura en el
-0ostado del sacri:ficador, quien desplomôse rugiendo y expirô â los
pies de ellos. Todos los espectros
sacaron las espadas. En un abrir y
-0errar de ojos, aquello no fué mas
que pelea, estruendo, matanza...
...............................
La trirreme entraba en el Pireo,
y Oallias queria que su desventurado amigo consintiese en permanecer alli; pero Sempron.io, horriblemente herido y con la mâs incurable de las heridas (destrozado el coraz6n), imploraba el favor de ser
trasladado â Italia para exhalar alli

el postrimer suspiro y dormir para
siempre en el sepulcro de sus padres. Oallias olvidabase de toda su
filosofia cuando estaba sentado a la
cabecera del noble joven, y lloraba
al oirle desvariar con los extraîios
y diab61icos delirios que le fingia
su imaginaci6n apasionada y desèsperada.
-Me parece-decia el romanoque aquella victima estâ cada noche junto a mi lecho y dirige â
aquellos monstruos palabras pidiendo piedad. En el laberinto la conoci
al instante, vestida y desmelenada
como estaba. Ha sido la p:rimera y sera la ûltima mujer amada
de mi corazôn. Pero dime todo lo
que sabes acerca de ella; dimelo
y vuélvemelo â decir siempre,
para que muera yo oyéndola nombrar.
Oallias pasaba entonces una hora
repitiéndole· que la hermosa sacerdotisa le habia visto :por casualidad
en el banquete del proconsul; habiale amado con una pasi6n involuntaria é ignorândolo ella misma,
como él; y, por ûltimo, habiéndosele escapado su secreto, habia sido
entregada â la venganza de la diosa como una saoerdotisa rebelde.
El simple deseo de abandonar el
templo era un crimen imperdonable. Pero sa consideraba como incompleta la venganza de la divinida.d hasta que fuese también saori-

�M

REVISTA INTERNAOIONAL

ficado el objeto de aquella pasi6n, habia visto aquella figura de exquilo cual explicaba la promesa del sita belleza, pr6xima a quedar anisacerdote de introducirlos en el san- quilada por el cuchillo del fanatistuario. Asi, pues, los habia cogido mo y del crimen.
en el garlito para servir de vîctiEntr6 de pronto Callias en aquel
mas expiatorias, y habian sido re- delicioso retiro, y con su tono habiservados para el sacro cuchillo. A tual preguntô al enfermo c6mo le
consecuencia del combate que hubo iba con los cuidados del nuevo emen la sala del sacrificio, después de pirièo, que habia venido para salun gasto muy inutil de intrepidez, varle de su terquedad y empefio en
habian sido hecho prisioneros, me- morirse.
tidos en una torre y libertados sin
Sempronio se sonriô con tristeza,
saber cômo; tras de lo cual busca- cogiô la mano de su amigo, y con
ron refugio en el palacio del procôn- voz llena de emoci6n le dijo:
sul, y éste les habia hecho aban- -Callias,creotenerelcerebrotan
donar el Asia mas que a escape. libre de ideas supersticiosas como
La sacerdotisa habia perecido, sin cualquiera; pero hay en ese extraduda...
fio médico algo superior al hombre.
. . . . . . . . . . .. . . . . . ... . . . . . . . . .. .
Por salvajes que sean los acenEstaba Sempronio en un lecho tos de su voz, por repulsivo que
con adornos de marfil y perlas ; las sea su rostro de etiope, tiene el don
cortinas que le defendian del sol de ahondar en 1 n iuraleza humaeran de seda de Persia; una estatua na con un poder despôtico. Lee clade ninfa, de plata, llevando en la ros mis pensamientos, y no es memano u:nas riendas de lapislazuli y nos duefio de los secretos de la
conducida por unos caballos mari- naturaleza. En su presencia, casi
nos de berilo, dejaba caer un chorro tiemblo con la idea de que. estoy en
de agua perfumada desde una urna manos de un ser superior â mis fad~ cristal de Antiparos; .el suelo de cultades mortales.
la estancia estaba alfombrado de ro- -jAh! tDe veras? j Se ocupa de
sas. Veianse cubiertas las parades asuntos de magia!~exclamô Calcon las mas brillantes pinturas del lias con tono desdenoso.
arte griego. Todo respiraba la po- -No tengo secretos para ti, Calderosa y delicada profusi6n de là lias. Le be suplicado que me mosvida patricia. Pero todo eso era tra- trase otra vez las visiones de Efeso,
bajo perdido. El espiritu del joven jOtra vez antes de morir! .. .
estaba en Efeso, en la bôveda donde .............................. .

65

EL JOVEN :IUGO

Sempronio entr6 el primero en
la sala. Todo estaba a oscuras; pero
Callias llevaba una lamparita debajo de su manto, y murmur6:
-Esto se asemeja lo suficiente a
nuestra :antigua aventura del laberinto; pero tengo cierta curiosidad
por ver c6mo manejarâ sus demonios tu etiope, ese maestro consumado en artes magicas.
Mientras hablaba, una llamita de
color azul palido subi6 y se detuvo
en el centro del techo. Entonces
vieron que estabanen una vastasala
de forma circular. Dejâbanse oir
cerca de ellos sonidos de instrumentos de un efecto dulcisimo, y
parecian salir del fondo de la tierra, debajo de sus pies. Ante ellos
se elevô con rapidez una neblina
flotante a dereoha é izquierda sobre
las paredes de la estancia, y por
fin se detuvo encima de sus paredes.
Una voz, que parecia partir de en
medio de esa nube,les preguntô cual
era el objeto que mas deseaban ver.
-ïEn nombre de todo el Olimpo,
mi cena!-gritô Callias con unacarcajada.
Un sordo retumbar de truenos
demostrô que habia enfa,dado al Espiritu, y apagôse al instante la
luz. La voz repiti6 la pregunta, y
Sempronio pronunci6 temblando el
nombre de:
-ïLa sacerdotisa de Efeso!
Una musica numerosa y suave

ondul6 de nuevo el aire. Pareci6 disiparse un lienzo de pared del aposento, dejando ver el mar â la puesta del sol. No era el mar languideciente que acaricia las riberas de la
Campania, sino el mar agitado y
rumoroso de la Grecia. Eleva.base
del seno de las aguas una larga hilera de construcciones de mârmol
coronadas por pasmosas estatuas.
Callias exclam6: &lt; iEl Pireo !)) Y
seîialô con el dedo, con ademan de
asombro, la trirreme que parecia
cortar lasolasy dirigirse â altamar.
-Sus demonios son maravillosamente 'd6ciles - murmur6 Callias.
·- Pero tâ d6nde quiere ir a parar~
La trirreme avanzaba entre las
islas y hendia las ondas cual si hubiese tenido alas . .ffich6 el ancla en
las costas de Jonia. Sempron~o sentia palpitarle el ooraz6n cuando
volvi6 a ver los gloriosos rayos de
aquel cielo del Asia iluminando la
tan bien conocida tierra de sus ensuefios.Elsortilegio continuaba vietoriosamente. Dos hermosas figuras, un griego y un italo, aparecieron bajo las copas de los cipreses
que rodeaban el templo de Diana.
Present6se una tercera figura, se
los llev6 consigo, y los tres desaparecieron entre las tinieblas.
-Si ahora nos hace ver todo lo
acontecido en las catacumbas-dijo
Callias al oido â su compaiiero-no

&gt;

�56

EL JOVEN li.A.GO

REVIBTA INTERNA.CIONAL

puede ser sino el mismo malvado las flores de aquel delicioso retiro.
sacerdote 6 el principe de los magos; En el trono habîa una joven reina
pero el sacerdote no representarâ en traje campestre, con los ojos bamucho mas tiempo su papel de im- jos hacia el suelo, y un amorcillo
postor, le ajustaré las cuentas.
le cuchicheaba sus encantamientos
Dichas estas palabras, una linea al oido: la escena del banquete del
de luz se deslizo por el suelo y dej6 proconsul aparecia por segunda vez
ver un estrecho pasadizo, en el cual ante los at6nitos ojos de Semproreconocieron al momento nuestros nio.
dos espectadores la caverna donde Hizose irresistible su emoci6n y
estuvieron a punto de dejarse los se lanz6 hacialafantasmagoria, pero
huesos; mas lejos aparecio otra sala, esta vez no era una vision forjada
con una victima, un sacerdote y un de aire y de humo. Una mujer, una
grupo de gentes de melancolicas verdadera mujer suspirante, rubotrazas.
rizada, hermosa, hechicera, cayo
Sempronio dio un gran grito, en sus brazos entre su turbaci6n y
cuando la victima, joven, hermosa, sus la.grimas. iLa sacerdotisa, el
seductora, con los ojos fijos en el mago y Eufrosina, eran una misma
cuchillo fatal, cayo de rodillas pi- persona!. ..
diendo clemencia. Esforz6se enlan- .............................. .
zarse hacia ella; pero fueron vanos - Contempla mi ventura, insus esfuerzos; sinti6se desfallecer y crédulo amigo - dijo Sempronio
cayo en brazos de su amigo.
echando una mirada de indecible
Cuando volvi6 â abrir los ojos, pasion a la belleza de su mujer, que
habia cambiado la escena. Un jar- tenia ya en brazos un hermoso
din frondoso y florido desplegaba nifio.
ante sus ojos todo su lujo de vege- Oonmovido nuestro epicureo, pero
taci6n oriental; flores y frutas em- sonriéndose siempre, murmuraba
balsamaban el aire con sus aromas en voz, baja el hi~no sentimental
.exoticos. El paisaje se anim6 con del excelente poeta latino (1):
:figuras animadas; un grupo de ninEs la hora â los besos favorable.
La tempestad, en que prorrumpe el cielo
·fas se puso a danzar al son de los
y estremece la arista dtl tejado,
·instrumentos que llevaban en las
convida â bacer bajar desde el granero,
-manos; y cuando abrieron el coro,
con cadencia, los vinos genero.sos
-dejaron ver en medio un trono muy
sencillo sin mâs adorno de ricas (1) ~vidi?: Ars amandi, son el poeta y el
-l- l
'
,
poema a qu1enes pertenecen estos versos.-1,e as y pedrer1as que los musgos y (N. nBL T.)

al conyugal bogar. Pues, de su faego,
el fnt-imo calor hace mejores
à los esposos; y el fulmrneo trueno,
c6mplice del amor, harâ â la esposa,
temblando, d6eil hasta el dfa nuevo.

-El desenlace es una prueba en
tu favor-replic6 decidido el joven
griego ;-pero te diré: encuéntrame
una prima j oven, a quien al principio la odie, sin conocerla, tan intensamente como tu; que me arrie
con un amor novelesco como la
hermosa Eufrosina te ha amado, sin
saber si eras ni aun digno de un
suspiro; qµe huya de su pais y se
haga pasar por muerta, para dejarme entera libertad de hacer el loco
â mi capricho; que se haga sacerdotisa, y después de salvarme de
las garras de un colegio infame de
sacerdotes asesinos, abra las puertas de mi prisi6n y n;i.e siga â través
de los mares; que sacrifique por mi
la fil.tima vanidad de una mujer, es
decir, su hermosura, y se metamorfosee en negra y en hechicera para
salvarme; que sea mil veces mas
hechicera a(m por el encanto de sus
miradas, y que se arroj e en mis
brazos. Enton ces...
·
-jY en.tonces-dijo Sempronio,

57

con ojos radiantes de alegria-entonces te casaras, como yo, con el
dolo de tu alma!
-Si-dijo Callias riéndose;-entonces quiza sea un hombre por el
estilo que tu, si antes no me ahorco
por ser tan loco como para pasar
tantos trabajos , cuando para gozar
la misma dicha no tenia sino que
dejarme llevar.
Lajoven madre leoyo; yechando
una mirada de ternura a su marido,
dijo con voz dulce cual una musica:
-i,NO es una sancion de la amistad cada nueva prueba î Sufrir las
angustias de una bora, i,IlO es comprar a poco precio toda una vida de
amorî
- j Si! j Por ti, mi hermosa Eufrosina, quisiera haber muerto mil
veces!-exclamô Sempronio con la
sencilla elocuencia del coraz6n y
estrechando contra su pecho â aquella noble hermosura.
-Si-repetia Callias mordiéndose los labios y con aire de c6mica
gravedad.-j Sea en buena bora!
Pero, en nombre del Amor y de
Venus, te pregunto otra vez: i,por
qué tomarse tanto trabajo1
CARLOS BAUDELAIRE.

�LITrRÉ Y EL POSITJV18HO

E. LITTRÊ y EL POSITIVISMO
CON.CL usION

CA.PÎTULO III
El valor de la .vida humana en el Positivismo.

I

Si el antiguo.Positivismo esta muer- estar1 t,Basta ella par~ todo~;:~::;;:
to en tanto cuanto sistema, he~os re-

a tod;~;:~r:o;::~~1~:::rse, a todas

conocido quetestda ~as ::t~!geaa!u: {:Se :ondiciones de su suerte~ La Fe
nunca como en encia.
· ·
bajo este
las nuevas generàciones e1 problema cientifu:a que ~1ttre :!o::,sentido li·a a resolverse todo nombre expres1vo y
en el cual ha vem o .
l
·t disimo â. las creencias filos6ficas
el esfuerzo de esta laboriosa escue ~,Y m1 ;. iosa: ·es de naturaleza para reque nosotros hemoe tenido_ ~a ocas1on y re 1_g arla; ôen todos sus empleos y
de indicar: ila ciencia po_s1t~v~ es~ ;n emp1:z licaciones legitimas' después
el caso de ser la institutriz uruca e a sus p
d t ·a ~
1 arbitro de sus ideas que las baya es rm o
.
humamda , e
.
,
No intentaremos reconstrmr aqui,
1h
de sus costumbres~ i,Podra dar a omb . del pensamiento especula.1 t'
d echo a es- en nom re
bre todo lo que e 1ene. er . '6
t' o los objetos de intuici6n 6 de creenperar para 1a vida de la i~agmac1 n y ~v ' e. esta critica ha re1egado a la
,
.
0 la qmere aparen- c1a qu
del corazon, que n
.
b' .
. . de las posibilidades inacces1bles
·b·
a a las am 1c10- reg1on
.
temente proscr1 ir' p r
. . s 6 de las -puras quimeras. Esto ser1a
nes del pensamiento ~ las asp1rac10n~ t d un sistema que desen-vol ver cona la justicia' tan f~mlmente como a: t:a ootro sistema. No pretendemos trahace para la conqmsta gr_adual de lx- tar en este momento la cuestion sino
fuerzas de la naturaleza, para la e
b .
te unto de vista: t,qué llegara
tensi6n del poder humano so~re lai:~ aa;:re:a vrda humana bajo el imperio
teria, para el ornato y el meJoram
1
•
de la fe cien tifica ~ Hasta el
.
h b . 1 satis- exc1us1vo
1
de la mans16n de om re Y as .
te no es casi dudoso , segun la
facciones casi ilimitadas de su bien- presen

. a

y

59

nota de un autor inglés que se ha ocu- serâ menester que el hombre moderno
pado mucbo en esta cuesti6n, que «las se habitue â pensar y â. sentir de otro
dos bases de la vida. moral , en los modo que ha pensado y sentido hasta
pueblos occidentales, hayan sido la el dia; sera necesario formarle para las
existencia de un dios persona! que la nuevas formas de idea y de vida; crear
produëe y la inmortalidad del alma para el espiritu humano otro clima y
que la perpetûa&gt;. Es men.ester anadir hacerle vivir en él de grado o por
â eso la fe en lo absoluto del deber, en fuerza.
una ley independiente de las convenLa naturaleza de este nuevo clima
ciones humanas, de las razas y de los moral, la composici6n, los elementosy
climas. Habia ahi un fondo de doctri- losefectos,es_lo queyoquerriaanalizar.
na implicito en las ideas y las costum- Coloquémonos resueltamente en frente
bres de nuestra civilizaci6n, y como de este problema que preocupa a los
:fijado en los instintos de las genera- entendimientos mas distinguidos de
ciones. La conformidad sobre estos di- este tiempo. Los unos parecen heridos
ferentes puntos existe, â pesar de las de una suerte de espanto, cuando midisidencias de detalle, entre Plat6n y den con el pensamiento los vacios que
San Agustin, Leibnitz y Bossuet, Kant van a cavarse en la conciencia humay el cristianismo. Filosofias famosas, na en el lugar de las creencias desapacomo las de Hobbes, de Spinoza 6 de recidas. Los otros, a la vista de una.
Voltaire, no habian logrado extirpar humanidad transfigurada, se lanzan a
de 1a conciencia humana este coojunto pecho descubierto en las esperanzas y
de creencias. Pero lo que la dialéctica en los entusiasmos sin limites; no perde las ideas 6 la ironia no habian po- ciben mas obstâculo en esta via triundido hacer para la gran mayoria de los fal que se abre ante el hombre consahombres, que quedaron :fieles a estas gra:ndose Dios con sus propias man.os,
doctrinas, ni para la civilizacion, cons- el ultimo Dios, es decir, el ser mas
tante a ella misma y a sus direcciones elevadoque le seadado concebir. Otros,
generales, la critica moderna, en nom- por ultimo, aunque favorables te6ribre de la ciencia positiva, esta dis- camente a las nuevas doctrinas, no
puesta a realizarlo. Se asegura que ella pueden menos de estar recelosos ante
habrâ bien pronto, segun una expre- los grandes cambios que prevén: tiesiém célebre del siglo xvrn, « purgado ne'n visiones tristes sobre este man.ana
al espiritu humano de toda materia de la humanidad que va a sonar en el
supersticiosa». Desde entonces, tiene reloj de los siglos. Todos comprenden
uno el derecho de preguntarse loque que hay alli una cuesti6n a lavez inaconteéera en el mu.ndo, cuando «esas evitablé y dramâtica.
bases» estén derribadas. Si la concepDe este orden de ideas es del que ha
ci6n positivista del mundo acaba por s:ilido recientemente un libro que ha
triunfar en los entendimientos, bien producido sensaci6n en Inglaterra, y

�60

BEVJBTA INTEJl A.CIONAL

I

cuyo titulo es tan significativo como el que cada uno de los hombres de este
a.sunto mismo: Is lift wortk li1;ing'I &lt;tLa tiempo y que piensan, se habitûe â
vida t,vale la pena de ser vivida (1 )'?» tratarla. ~aj_o ~?os sus aspec~o~, con
Vivir, si se debe rechazar como una 1calma, sm Ilus1on, con un espmtu de
qnimera todo ideal superior a los he- sinceridad absoluta.
chos y â las leyes fisicas, vivir de ese
No vamos a. dar el analisis del libro
modo, t, valdra el fastidio y los esfuer- de William Matlock; no seguiremos de
zos de la vida'/ Tal es el tema vehe- él ni el plan, ni el método, ni la argumentemente expresado por ese titulo mentaciôn general ; nos reservamos
original é inquietante. Una critica se- simplemente el derecho de citar el
vera tendria que seiialar en él graves autor en ocasiones como un testigo
defectos: demasiadas cuestiones inter- que merece ser oido, cuantas veces el
caladas en un conjunto y que gana- examen que vamos a intentar nos lleve
rian separadamente, enmiendas y la- al encuentro de sus ide:i.s con las
gunas en el contexto general del ra- nuestras. Pero hay un punto esencial
zonamiento, un desorden que no es que el autor ha puesto perfectamente
siempre un efecto del arte, chistes de en claro, y que nosotros tomaremos
dudoso gusto, un kumour sin ligereza; desde luego, es la fuerza de impulsion
en cambio no se pu~de desconocer en adquirida y muy !enta en perderse, que
él una dialéctica penetrante, tenaz, ejercen desde hace mucho tiempo tamsutil, un estudio profundo del tema, bién las ideas religiosas en los espiriun conocimiento exacto del problema tus, aun cuando se crea que han des..
y de sus c-0ndiciones fundamentales, aparecido. Esa consideraci6n es de una
una probidad de pensamiento y de importancia capital en la cuesti6n que
sentimiento que inspira confianza al nos ocupa. Se pregunta uno lo que
lector. Tal cual es, y â pesar de sus llegara a ser la vida humana cuando
defectos demasiado visibles, el mérito se la haya reducido, no parcialmente
de este libro esta en haber aparecido y en algunas de sus manifestaciones,
oportunamente, en el momento en cada sino toda entera, a los antecedentes de
uno la hacîa a su manera y con su la ciencia positiva. Para contestar seidea, y en haber planteado franca- ria y cientifi.camente â esta pregunta,
mente la cuesti6n, tomandola de la hay que llenar una condici6n prelimiconciencia moderna, que la coloca ella nar, la de eliminar con el cuidado mas
misma en términos irrecusables, cada grande, en el anâlisis de la civilizadfa, con una curiosidad cada vez mas ci6n futura, todos los elementos que
apremiante. Esta cuesti6n, es bueno han podido introducir en ella infl.u~n.cias en lo sucesi vo condenadas, esp1n.
.
. tualistas 6 religiosas.
(1). Dos traducc1ones. han aparec1do s1Es un hecho incontestable que vivi-

multaneamente en Francia. La de M. Salm6n
.
.
ha eido autorizada por el autor.
mos mucho tiempo la vida del pasado,

LITTRÉ Y EL P08ITIV18M0

61

aun cuando teoricamente el pasado no Seria menester desde luego examinar
existe ya para nosotros, y eso es ver- en qué parte entran en tal vida ias indadero, sobre todo en el orden de las fluencias actuales 6 seculares, las ideae
ideas prâcticas y de los sentimientos lambientes, por completo impregnadas
morales. Se ha formado en nosotros de cri tianismo difuso 6 de espirituauna serie de costumbres y de instintos lismo latente, las costumbres colectique no son en si frecuentemente sino vas de la raza, de la _na~i~n 6 de la
costumbres acumuladas en una fami- familia, lascostumbres md1vidualesdel
lia ô en una raza, que nos atan des- 1hombre mismo, contraidas fuera de sus
pués en lo por -venir, prisioneros in- convicciones nuevas. Todo eso es muy
conscientes del pasado, y nos empeii.an dificil, muy delicado, complicadisimo.
en asociaciones casi indisolubles de La cuesti6n del ateo hombre honrado,
impresiones 6 de ideas.
no es, por consiguiente, una cuestiôn
Pongamos un ejemplo que nos ser- de hecho. En_el hecho, esta resue~ta
vira. para medir el alcance de estas in- demasiado fac1lmente. Para hacerla mfl.uencias secretas. Hay una cuesti6n teresante es preciso transformarla en
que se plantea muchas veces en ciertas un problema de l6gica; es necesario
escnelas filosoficas y religiosas, a sa- 1preguntarse si la moral del porvenir,
ber: &lt;tSi un ateo puede ser un hombre deducida unicamente de la experiencia
honrado.» Eso no tiene sentido eviden • positiva, podria producir teôricamente
temente sino entendiendo la honradez lo que la civilizaci6n actual Hama un
segun las reglas de la moral ordina- hombre honrado. Ahi s6lo estaria el
ria; sin eso no,•habria motivo para plan- interés de la discusi6n. Y para resoltear la cuesti6n. Pero entonces no es ver la cuestiôn, seria menester desde
asimismo dudosa la respuesta. Si, sin luego descartar todos los elementos de
duda, y nosotros tenemos ejemplos civilîzacion anterior, fijados desde larante nuestra vista; un ateo puede ser ga fecha en la conciencia que fuera
un hombre honrado, con arreglo a las sometida al examen .. Restaria, en fin,
reglas de la moral generalmente reci- que sa ber si, en el fondo de esta conbida. Vemos de estos cada dia, que con- ciencia, no subsistiré. una serie de insforman su vida, no solo a la mâs es- tinto_s y de aspiraciones primitivas,
tricta justicia, sino que también a la originarias, irreductibles a la moral poequidad mas lata, que la elenn asi- sitiva, fa.erzas secretas dimanantes de
mismo hasta la caridad, que se dedican una esencia incompletamente conocia emplearla. para el trabajo mas util, da por la psicologia cerebral; energias
que saben hacer de ella un modelo, un in~eriores de impulsiôn que, aun en el
tipo bienhechor que admirar. Pero ta- trmnfo aparente de la moral nueva, la
les casos individuales no resuelven 16- sobrepasarân por todas partes, la dogicamente la cnesti6n, ni para. la hu- minaran, elevaran al hombre por enmanidad entera, ni para su parvenir. cima de su doctrina y le reharân, â

I

�6t

REVlSTA INTERNACIONAL

despecho de e1la, una moralidad superior, inexplicable por sus ideas.
De estos diversos elementos de la
cuesti6n, el mas considerable es la infl.uencia oculta del cristianismo, sobreviviente a. su falta oiicial en ciertas
aimas. Nadie ha descrito mejor que
M. Renan, en una circunstancia reciente, este estado de conciencia, tan
frecuente entre nuestros contemporaneos, en los cuales un minimttm de
idea religiosa, persistente a través del
seco racionalismo 6 del empil'ismo riguroso, sostiene todavia y dirige la
vida moral. Este penetrante observador nos trazaba el retrato de un
hombre eminentemente moral , que,
después de los estudios hechos para el
ministerio evangélico, habia roto con
la vieja tradici6n y entrado en el camino de Ja filosofia y de la critica
alemanas (1). «Este cambio-nos dijo
-como acontece frecuentemente, no
modific6 en nada sus reglas morales ...
Una vida entera estaba perfurnada por
el recuerdo de estas creencias fecundas, de que se podia sacrificar la letra
sin abandonar el espiritu. » Senala con
un rasgo muy personal «esta hora excelente del desenvolvimiento psicol6gico, en que se conserva aun la savia
moral de la vieja creencia sin llevar
de ella las cadenas cientificas ... Sin
noticia nuestra, es muchas veces a
esas formulas desechadas â loque debemos los restos de nuestras virtud.
Vivimos de una sombra, del perfume

de un vaso vacio; después de nosotros
se vivira. de la sombra de una sombra.
-Temo a veces que esto sea un poco
ligero »-aiiadia el orador académico,
entre aplansos muy significativos del
auditorio.
Este elemento sutil y casi incompren ible es loque seria meoester desde luego eliminar por una operacion
qui mica, sublimar, como decian los
viejos alquimistas, a fin de poder apreciar con exactitud loque quedara, en
el fondo del crisol, de sustancia solida verdaderamente utilizable para los
adeptos del Positivismo. Pero, jcuan
dificil es el llegar â coger este residuo
puro y sin mezcla ! Una operaci6n tan
delicada exige, para dar resultado,
mucho tacto, delicadeza y sinceridad.
Es una experiencia de quimica moral
por hacer. Hay, en efecto, muchos elementos diversos en la atrnôsfera intelectua l don de vivimos; i, no esta saturada de la vida anterior del mundo
civilizado y de sus condiciones de existencia1 Nosotros la respiramos sin darnos cuenta, y los positivistas tan bien
como nosotros. No es difcil de segregar en sus juicios y sus sentimientos
gran numero de estas ideas cuyo origen deberia serles sospechoso; pero
que son parte de este aire natal y familiar necesario a sus pulmones, de
que su vida se alimenta todavia mucho tiempo después del que se imaginan haberse creado ellos mismos condiciones nuevas de existencia.
Este es el ordinario error de los
(l) Seei6n de la Academia Francesa del 25 positivistas cuando se ocupan de la
de Mayo de 1882.
vida humana. Hacen profesiôn- dice

Ll'l'TBÊ Y EL P081TIVI8HO

63

M. Mallock-de haberla desreligioniza- riencia de intensidad y lo mejor de su
&lt;ID antes de ocuparse de ello. Pero es brillo. Si, por un procedimiento sutil,
una singular equivocaci6n. Se imagi- se la quita, todo se empan.a y se denan, por consiguiente, que la religi6n colora (1 ).
no existe en su forma pura, que es Se puede desposeer a la humanidad
siempre un sentimiento distinto de de- de los dogmas, pero no del efecto que
voci6n, 6 el asentimiento de una fe han producido estos dogmas en el
que tiene conciencia de si misma. ~e transcurso de los siglos. Disimulados
ha desem barazado uno de estas formas bajo formas diversas, han invadido,
y se persuade de que todo ha concluido. penetrado la vida moral, y ahora se
Esto es, cuando apenas se estâ al prin- presentan a nosotros mas o menos
cipio de la operaci6n. La idea religiosa ocultos, en todas nuestras ideas y
no se encuentra sino muy raramente nuestras esperanzas, en todos nuestros
en el estado puro; se combina, de or- intereses y asim.ismo en nuestros pladinario, con los actos y los sentimien- ceres. Nada mas dificil también, para
tos de la. vida; ella les da propiedades, el hombre moderno, que el hacerse pocolores y una consistencia completa- sitivista en realidad y con todas las
mente nuevos. Se encuentra por todas consecuencias que la palabra eo.trana,
partes oculta, aUi mismo donde ha- el abstraerse violentamente de diez y
briamos estado menos tentados de ira ocho siglos de cristianismo, de mas de
buscarla, en el entendimiento y en el veinte siglos de metafisica que pesan
mismo kumour, en nuestras ambiciones sobre él. Que setrate decalcular cuanto
presentes y futuras. Mucho mas aun; espiritualismo, después de este largo
la encontrariamos en cl heroismo, en tiempo, queda incorporado en las nola pureza, en la afecci6n, en el amor ciones y en los sentimientos de la hude la verdad y en todo lo que agrada manidad, qué cantidad de ideas moraa. los positivistas tanto cuanto â los les hay almacena.da en la conciencia
espiritualistas exalta. Piensan apa- de las generaciones; como el calor del
rentemente que les es bastante el eli- sol lo esta en la hulla 6 en el diamanminar a Dios para apoderarse de su te. Esta conciencia historica de la huherencia. Luego que han herido las manidad ha quedado, sin que lo soscreencias, se vuel ven del lado de la peche, religiosa. Se nos censurara
vida, muestran los tesoros de ella y acaso el emplear esta palabra de una
nos llaman a gozar de éstos. Pero se manera demasiado general para desigve que estân muy lejos de cuenta. Todo nar todos los elementos idealistas que
ha cambiado ahora de aspecto. La reli- han entrado por la accion de los sigi6n es uno de los colores de la vida glos en el alma de los pueblos de
que se mezcla lo mas intimamente con Occidente. Tales nociones son, lo sé,
los otros colores conservados en la pa- _ __
leta; es ella quien les presta su apa- (1) w. Mallock, edic. Didot, paginas 91-95.

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REVISTA !NTERNACIONAL

de origenes muy di versos. Muchas
provienen de las filosofias; han tenido
su nacimiento en la libre refl.exi6n del
pensamiento sobre si mismo. Pero
estas ideas filos6ficas, este espiritualismo secular , si puedo decirlo , no
han ejercido su imperio directo sino
sobre un m1mero muy pequefio de inteligencias escogidas. La gran corriente de las generaciones ha permanecido extraiia a ellas. Por esta raz6n es
por lo que las veces que llegamos a
considerar este grau fen6meno historico, la formaciôn de la conciencia
humana a través de las edades, resumimos bajo el término mas claro, mas
comprensivo y mas usual, todos los
elementos similares que han entrado
sucesivamente en la composici6n de
esta compleja esencia. Cualesquiera
que sean la elevaci6n de sus origenes
y la grandeza de los entendimientos
que la representen, la metafisica no
habra tenido en la historia de la humanidad sino un papel secundario, si
se le compara con el que las religiones
han desempeîiado en la escena del
mundo.
He aqui lo que comprenden algunos
de los jefes de las escuelas nuevas. Asi
es c6mo atacan tan directamente al
elemento religioso, no dudando apenas
que él arastre en su r_uirta al espiritualismo todo entero, comprendiendo en
él el idealismo, quees su ultima forma.
En una discusi6n reciente, nno de los
màs ardientes polemistas de este tiempo, M. Henry Maret, ridiculizaba despiadadamente loque otros demoledores convencidos de las religiones, pero

mas timidos para todo lo demâs, quisieran conservar bajo el nombre de
creencias ldicas y mantener en el lugar
y sobre las ruinas mîsmas de los
dogmas. « Creencias laicas-deciame ha gustado la palab1'a. No me disgustaria el saber en qué consisten.
Una creencia religiosa, esto se concibe. Hacéis intervenir un ser superior,
una revelaci6n; os prosternais, obedecéis. Rasta aqui viene bien. Fuera de
eso, yo no sé que haya otra cosa que
la razôn individual. La. raz6n me enseîia ciertas verdades cien tifi.cas, tales
como àos y dos son cuat'fo, y la linea
recta es el camino mas cortode un punto a
ot,ro. Pero yo no creo que esas sean las
creencias laicas de que se nos habla y
que constituyen la moral. No hay una
de esas pretendidas creencias que no
pudiera ser negada por la raz6n .. Uno
no se apercibe, pues, de que las famosas creencias laicas son simplemente
los vestigios del cristianismo que se
ha destruido. » Y dirigiéndose a los
que las sostienen y a quienes él acusa
de inconsecuencia: «Todas las leyes-dice-con lascuales habéis hecho
la moral, debèrian ser consideradas por
vosotros como otros tantos prejuicios;
porque todas vienen de allâ. Habéis
minado la base, p~ro el castillo permanece todavia en el aire, manteniéndose en pie por la fuerza de la costumbre.»
Parece bien demostrado que el mundo moderno vive todavia, a pesar del
empuje de las nuevasdoctrinas sobre el
capital ( aunque amin,orado y cada dia
decreciente) de las ideas morales acu-

LITTRÉ Y EL POSITIVISMO

65

muladas durante luengos siglos. Pero I ciandose por sus condiciones y sus le1,qué sucedera cuando ese sea perdido yes fundamentales de la vida univery disipado'? Es necesario preverque ese sal, que ella representa solo con un
dia, que_ asimismo no puede apenas grado superior de inteligencia que pertar~a~,. s1 uno cree los pron6sticos del mite al hombre darse mejor eu enta de
Pos1tiv1smo, d_ebera contentarse con estas condiciones y de estas leyes. No
loque ~sta. estr1ctamente contenido en hay nioguna parte de interrupci6n
las dac1ones de la experiencia positiva. brusca en la serie de los fen6menos
Y desde entonces «se realizara en el los cuales se reducen todos igualmen~
mundo un cambio, cuyo sentido y al- .â metam6rfosis incesantes de la fuerza
cance se nos escapan aun, pero que y de la materia, apareciendo, bien sea
podemos tratar de adivinar; es la trans- como individuos bajo la forma de un
formaci6~ de una era que acaba en otra mundo ô de un astro, de un cuerpo ô
que com1enza».
de una célula, bien sea como fen6meProcuremos reducir â su mâs simple nos, bajo las formas del movimiento ô
e~presiôn, ?~slig,ând~lo_s de toda alea- de la sensaci6n, del instinto 6 del pencion metafisica o rebg10sa, los datos samionto,irreductibles hasta el presenfundamentales_ de, lo que M. ~ittré te ~os un.os â los otros, pero mâs y mâs
nombra la fe mentifica: todas las 1deas umdos por el anâlisis y destinados a
consti~utivas de cada ~ien~ia. de~erân revelar un dia u. otro su identidad bajo
s~r obJeto de una exper1enc1a md1scu- 1a variedad puramente aparente de las
tible y comprobada; los fenômenos psi- circunstancias y de las condiciones
quicos no p~~ràn se~ estudiados sino que encuentren en la cupula infinita
en su expres10n sensible y en sus con- de las cosas.-No admitir nada no
dicione~ ~rg~nicas; ~n el fondo, nin- creer nada sino con la fe de la expe;ienguna d1st~nc:6n esenmal entre los fen6 • cia positiva, he aqui toda la doctrina
menos ps1qmcos y los fen6menos fisi- y todo el método.-Sobre esta base es
cos; toda distincion de este género como se empeùa en reconstruir la vida
implicara una diferencia de sustancia, moral toda entera, que estaba en riesgo
alla donde no se pueda concebir sino de perecer bajo las ruinas de las viejas
una diferencia de manifestacioiies. La doctrinas. i,Se ha tenido este empe:ilo'?
unidad de la naturaleza esta presumi- Si no se ha tenido aun hasta la hora
da, no diré afirmada, loque seria con- presente, 1,se puede prever que se tentrario al programa de la mas rigurosa dra un dia, que las promesas de los inabstenci6n sobre los origenes y las novadores· seran realizadas y que se
causas primeras; pero los resultados acabara por volver a la humanidad
son los mismos: la base de la psicolo- bajo otra forma, en cambio de 8 ~
gia buscada en la biologia, la base de adhesi6n a la verdad nueva, las riquela moral en la historia natural de las zas intelectuales y morales que esta
especies; la vida humana no diferen- amenazada de perder, 6 por lo menos
REVIBTA.. -MA.YO

94.

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REVIBTA WTERNACIONAL

el equivalente positivo de estas ideas pai:;iones de destruccion, en que muque nos parecen solas capaces de dar à chos est.an dominados por un esceptila. vida su valor y sn precio'I
cismo enervante y por una erroista melancolia, es saludable el mostrar a todos que no hay por qué lamentarse sobre el pasado que se desvanece, ni por
que entregarse a los furores de la desII
truccion negativa, ni por qué perderse
mi~erablemente en las languideces del
escepticismo, sino que se puede y se
La cnestion asi plantetlda no tiene debe vivir con el entendimiento claro,
trazas de enibarazar a los positivistas. el alma serena y el coraz6n aoimoso.
Se les dice: «Vosotros arrebatais a la t,Eso es posible con la doctrina nuevaî
vida humana todo lo que podia, a los Seguramente. iQué impide a los posiojos de los sabios, salvarla de la vani- tivistas esperar, de otra manera y con
dad absolu ta. Probad ahora que lo que otros procedimientos, estos bienes inresta de ello no es vano.-» Ellos acep- estimables, la claridad del entenditan esta presentaci6n en resumen. Se miento, la serenidad del alma, el valor
esfuerzan grandemente para probar del coraz6n~ Amar es la primera conque, después de todo, no han destruido dicion de la felicidad prometida y reamas que quimeras, que no podian ser lizada por la filosofia positiva. Ella
s6lido apoyo para la dicha 6 la morali- inspira el horror de este mundo de viodad, y que al transformar las condicio• lencia, de guerra, de domioacion prines y lo!!t aspectas de la vida, con esto vilegiada, de riqneza egoista en que
no han disminuido ni lo serio, ni el nuestros predecesores han vivido devalor.
masiado largo tiempo. Ella inspira el
M. Littré ha mostrado en muchos enérgico deseo de salir de él. Ella abre
p:irrafos el noble cuidado de no dejar à nuestros instintos simpaticos una camermar en sus manos este tesoro mo- rrera infinita. no a una mansi6n soi-al de la humanidad. ne·sde 1851 es- brenatural, sino sobre nuestra tierra,
bozaba la teoria positiva de la feli- en la intimidad de la vida humana, en
cidad. Vale la pena de ser resumida, la berencia permanente de las generaporque contiene en germen todas las ciones. Conocer es el segnndo término
contestaciones que seran dadas mas de la satisfaccion de nuestra alma, i.Y
tarde por los pensadores de esta escue- quiénmejorquelaciencia positiva puela a la grave pregupta de la snerte.
de darlaesta satisfaccion'? 1Cualmâs poEn estos tiempos de anarqnia-de- deroso revelador que elsaberci.entifico,
cia él-en que unos se ]amen tan sin ostentando ante nosotros el espectaculo
fin sobre la inminencia de la ruina, en real de loque vemos en la naturaleza,
que otros se dejan llevar â ardientes espectâculo de! que los antiguos no te-

LITrBÉ Y EL P081TIVISMO

67

nian idea a1gunaf Las inmensidades se ral. En 1878, sometiendo estas paginas
han abierto; los soles caminan allicomo a un examen profundo y jnzgândolas
puntos luminosos. Las antigüedades se libre,mente segun sn costnmbre, las
han agrandado como los espacios; el aprneba; vuelve a tomar algunas ideas
hombre es antiguo, y ante él la vida para desenvolverlas. Hace notar que
hase manifestado bajotoda suertede for- del mismo modo que las revelaciones
mas, tanto menos complejas cnanto difieren grandemente (revelacion teomas alto se remonta, ha~ta que al fin l6gica, revelaciôn cientifica), del misse encuentra los terrenos primordiales mo las felicidades que procuran a los
vacios de todo organismo. He aqui la hombres no difieren menos. La felicirealidad en toda su grandeza, en toda Idad individual tenia puesto preferente
su belleza, en todo su terror. Graves y en el cristianismo; no se ocupaba éste
saludables emociones se elevan en el de la felicidad social, por lo menos dicorazôn a la vista de esta realidad, y rectamente; trabajaba por la salvaci6n
repetimos con Dante: n naufra!la-t' in inclividual, y por eso, sin duda, conquesto mar è gioia: abismàrse en este tribuia en cierta medidaalmejora:m.ienmar es una alegria. Servir es el tercer to de la comunidad; pero, a la verdad
término de la satisfacci6n humana. -dice él-la ciudad de Dios no tiene
Segun M. Comte, lo que habia de mas ninguna relacion con la ciudad hnmadoloroso, para las almas buenas, en el na, y basta acordarse del pequeiio nurégimen antiguo de la esclavitnd y de mero de los elegidos para ver hasta
la servidumbre, era el no pod.~r consa- qué pnuto divergen las dos concepciograrse libremente al servicio del prô- nes de la felicidad, la felicidad cristiajimo. Nosotros, que no somos ni escla- na y la felicidad positivista . .
vos ni siervos, entramos en esta plena
La felicidad social esta, por consilibertad de devoci6n al servicio de la guiente, en primera categoria entre
humanidad. Siendo tanto mâs devotos los objetos que persigue la :filosofia
cuanto mas libres, eocontramos en positiva. Podriase casi decir que absormayor extension un alimento asegu- be ]a felicidad individua1. Ante todo se
rado a nuestra actividad. Todo en esta ocupa de promover, por todos los meclireccion se ennoblece y se santifica. dios posibles, el perfeccionamiento
Y la conclusion llegaba por si misma: general, intelectual, moral y material;
haber contemplado las leyes eternas se define por el deber de conocer la
del mundo y amar lo que es cligna de marcha de las cosas, de contribuir a
ser amado, vale la pena de haber vi- ella por un trabajo consciente y atravido.
yente, de hacer que cada generaci6n
Tal era, hace treinta aiios, bajo el transmita â la generaci6n que la siga
impulsa directo y persona! de M. Corn- una herencia aumentada. No tiene nete, la doctrina de M. Littré sobre el va- cesidad de sancion, en el sentido vullor y la dignidad de la existencia mo- gar de las recompensas y de las penas

I

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BEVlllTA. INTEBNA.CIONAL

admini.stradas por un juez supremo. ricter de moral soûal. El célebre proHay una sancion, no obstante, pero fesor inglés Huxley, partiendo de prinque no esta bajo la dependencia de un ci pios ana logos, llega poco mas 6 mepoder personal, y, por consiguiente, nos al mismo resultado. Hablando del
arbitrario: esta remitida â uua poten- bien supremo, que comprende dos tércia im.personal, â saber, la acciôn pro- minos, dicha y moralidad, acuerda que
gresiva del medio contcmporaneo; ella se haga una distinci6n. Si se trata de
cambia y se desenvuelve a medida que la dicha, se puede entender la de una
cambia y se desenvuel ve este mismo sociedad o la de los miembros que la
medio. Nada hay en esto de fortuito, componen. Si se trata de la mora.lidad,
de desarreglado, ni de impotente. La se puede distinguirla moralidad social,
gran masa de los hombres obedece, sin que tiene por criterio y por objeto la
resistencia, a la moralidad rein.ante; y dicha de la sociedad, y la moralidad
aquellos que se sustraen â ella no lo personal, en la que la dicha individual
hacen impunemente. La moralidad, es el cnterio y el objeto. iMaravilloso!
como la ciencia y la estética, estâ inti- Pero cuando, en seguida, llega â dar
mamente incorporada a la sociedad explicaciones, éstas no conducen sino
general; existe por ella, cree por ella, a un solo punto: la felicidad social o la
y en cambio ejerce sobre ella su acci6n moralidad social. De aqui se desprende
bienhechora. Por esto es par lo que los que su modo de ser estâ completamenindividuos no pueden nada contra ella, te de acuerdo con las ideas espirituay por loque su sanci6n tiene un poder, listas, y se comprende el que pueda
no sôlo incontestable, sino que, de he- decir:
cho, incontestado (1 ).
«Suceda lo que suceda con nuestras
Se notara en esta teoria un gran es- creencias intelectuales, con nuestra
fuerzo para enlazar la dicha del indi- educaciôn misma; el encanto de la sanviduo a la de la sociedad, para couver- tidad, las fealdades del mal quedaran
tir la una en la otra, un fervor impre- para los que tieneu ojos para verlos, no
80 en los sentim.ientos simpâticos para en simples metâforas, sino en sentiexaltarlos. Segun una formula que mientos rea1es y profundos.»
agrada a M. Littré y que pone en opoCon mayor raz6n oimos a Tynd~l1,
. sici6n las tres teorias de la felicidad en mucho menos avanzado en el sentido
que se resurne el trabajo de la humani- de las negacione~ que Mr. Huxley, dedad, la red~nciôn pagana tenia un ca- clarar que, hab1endo desechado por
râcter mater;al la redencion cristiana completo las creencias de los anos de
tenia un carik~e1: a"e salvaci6n indivi- su juventud, «no hay ningu.na de las
dual, la redenci6n positiva tiene un ca- experiencias espirituales que conocia
·
entonces, ningun cumplimiento del
(1) Teorla positiTJa de la re'Delaci6n '!I de la deber' ninguna obra de misericordia,

felicidad, cap. ::uvrn de Oonserr,aciôn, Rer,oluio1t, Positioismo, paginas 417-429.
ni un acto de abnegaci6n, ni un pen-

69

LJ'ITBÉ Y EL POBITIVIBM:O

samiento solemne, ni una alegria. en la
vida 6 en los aspectos de la naturaleza,
que no quiera conservar él todavia».
Todas estas aspfraciones, muy respetables en si miemas, si no muy logicas, vienen a resultar en este himno de
Jorge Eliot, que las ha recogido en eu
alma de poeta y que las expresa con
una suerte de fe exaltada:
cjOh! jpueda yo unirme al coro invisiblede esos muertos inmortales que viven todavia,-en las vidas que hace mejores su preeencial-jVivir asi es el cielol...-Es producir
en el muutlo une. armonia que no muete,donde respira el orden me.ravilloso que regula,-con un poder creciente, el progreso de
la humanidad .-iPodam.os recibir en herencia
esta dulce pureza,-por la que hemos cornbatido, gemido, agonizado,-perdida la vista
en el vasto pasado que no prod~jo sino desesperaci6n!-Nuestro ser, asi mejor, viviri
haste.que el tiempo hume.no-baya cerrado
su pârpado, y que los cielos hume.nos- estén
plegados como un rollo, en la tumba,-donde
nunca los leerâ nadie. Es la. vida del porvenir,-que han hecho para nosotros mas gloriosa esos mârtires-de los que procuramos
segnir los pasos. jPueda yo alcanzar-esos
cielos purisimos! 1Ser para otras almas-el
eâliz de valentia en alguna gran agonfa,-encender generosos entusiasmos, alimentar puros amores ,-imgendrar sonrisas exentas de
crueldad,-ser la dulce presencia del bien por
todas partes difundido,-y en au difusi6n
siempre mâs intensa!-Asi yo me unirfa a
ese coro invisible-cuya armonfo es la alegria del mundo.~

Ahi es donde se puede tomar la idea
mas alta que el Positivismo se ha hecho de la vida; la mâs alta, pero también la mas vaga. En efecto, 1,qué es
necesario buscar bajo las formas de ese
poema sociologico '? Una inclinaciôn
singular, y en ciertos puntos de vista
enfadosa en los secuaces de lasnuevas

filosofias, a conservar el antiguo lenguaje religioso y traneportarle en un
r,onjunto de ideas, al cual se asombra
de verse adaptado. Resulta de esta
adaptaci6n, a. veces violenta, que la serie de palabras no es mas que una sucesi6n de metaforas que deben ser explicadas, si no se quiere inducir aerror
a las aimas sencillas. Es menester te•
ner la clave de ese simbolismo para
penetrar en el pensamiento que encierra. M. Littré, hacia el fin de su vida,
después de ha ber sido él testigo apenado de los abusas cometidos de este
género por M. Comte, declara cque no
estaba ya tan dfapuesto, como habia estado en otro tiempo, â emplear en un
1:entido de filosofia po itiva los términos consagrados en el lenguaje de los
creyentes teologicos». Pero la tendencia existe en la escuela; él mismo ha
cedido a ella mas de una vez, y en ninguna parte ha tomado mayor desenvolvimiento que en las efusiones poéticas de Eliot. i, Qué hay, pues, bajo la
expresi6n mistica de estas alegrias y
de estas esperanzas '? t,Qué es ese coro

in'DiSible de muert-0s inmortales, y como
puede unirse a ellos en las 1;idas ques11,
presencia ltace rnejo,res y de las que se
.

. .'

.

puede dec1r que 'Dtvi1· ast, es el cielo'!
Si se mira ello seriamente, todo se reduce a esta idea, que los muertos antiguos reviven de cierta manera, coma
pletamente imaginaria, por los beneficios que han asegurado a su posteridad. Lo demas no es sino el desarrollo
lirico de la misma idea. Esa armonia
que no muere, ese o'f'den maravilloso y
siempre c1'eciente, esa 0iàa del parvenir

�LlT'.taË Y EL POSIT1V18KO

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71

REVISTA UiTERNAClONA.L

que esos mârtires kan lieclto mas gloriosa, li la penitencia 6 una canciôn para beesa doble perspectiva extendida hacia ber (1).,
el fJtUto pasado que no produjo sino des- 1 Aqui estaria bien el aplicar una opeesperacwn y hacia ese porfJenir q1M nos raci6n quimica del género de aquélla
desr.ubre la alegria del munào, los cielos que hemos ya indicado, y que con isJYISrlsimos â. que aspira toda alma no- tiria en eliminar todos los elementus
ble, es en un sentido por completo rea- 1disparatados de origen metaflsico 6 relista. como hay necesidad de entender- 1ligio o, en descartar todas esas brillanlo. "Las cielos purlsimos-dice Mr. Mal- tes metâforas que ilusionan, en deslock-esoscielosqueloshombresdeuna ~ embarazar al pensamiento de esta engeneraci6n deben tener a la vi ta, son voltura, en reducirle â su verdadera
un acrecentamiento de la aleJ;rria que sustancia. 1Qué realidad desnuda y
babrân asegu.rado, por su buena con- fria se ofreceria enton.ces â. nuestro!:!
ducta, a la generaciôn por venir. Asi, 1ojosl No es la sensibilidad lo que falel presente, para los positivistas, es la \ t.a a positivistas ta.les como Huxley 6
vida futura del pasado, la tierra es un Littré 6 Jorge Eliot. Es, al contrario,
cielo que la realiza sin cesar. Parece su sensibilidad persona!, ardiente bajo
bien que sea. como un coro eterno en los hielos de la doctrina, lo que proacci6n: los ejecuta.ntes estân aûn un yecta su calor fuera. La idea, reducida
poco fuera de tono, pero van hacién- â. si misma, es muy poca cosa. i Cuân
dose cada vez mas y mas perfectos. En pobre, seca, de un realismo frio, de
este momento existe en torno nuestro una mediocridad desoladora, nos pareun cielo de ese género. Nuestra alegria ce, cuando no estâ animada por los deactual, de que nosotros no nos aperci- lirios 6 las pasiones de estos generosos
bimos apenas, bubiera sido el cielo entendimientos, cuando el analisis la
para nuestros abuelos, si hubiera co- despoja de los prestigios que la confiemenzado un siglo mas pronto., Y el re la belleza de refi~jo presta.do por
humorista inglés aiiade algunas refle- ideas de un orden diferente por comxiones amenas: «Pero esta claro que pleto, 6 el encanto soberano de la eloesa pretendida müsica no se encuentra cuencia y de la poesia !
por todas 1&gt;artes. t, D6nde, pues, estâ
Hay en ella todo un grupo de ilusiones
entonces'? Y cuando la tengamos, i,IDe- quepersistenen.losprincipalesrepresen·
recerâ. todos los elogios que se la han tantes de las escuelas nuevas. Su grau.
concedido'? Bien se nos indica el medio pretensi6n esta en no arrebatar al homde asegurar a cada ejecutante su voz 6 bre ni uno solo de sus nobles goces, y
su instrumento, pero no se nos dice c6- aun en ga-rantirlos dândoles un punto
mo tener buenas voces 6 buenos instru- de apoyoinmovilen lareahdad. Oyéndomentos; no se decide tampoco si la or- les hablar, se engailaria uno fâcilmenquesta tocara de Beethoven ô de Offenbach, si el coro cantara un salmo de

(1) W. Mallock, paginas 42-48.

te. Ellos reivindican el derecbodeconsi- un positivista lôgico y consecn.ente,
derarlamoralidadcomo el finmâseleva- este bien supremo que contiene â. la
do, el término hacia el cual debe tender vez el secreto ùe nuestra vida y la recada uuo de nuestros actos. Para ellos, gla de toda nuestra conducta'? Los poeomo para los e piritualistas de todos sitivistas bablan siempre de la vida
los matices, no e lo que es ino con como si la felicidad personal debiera
una condici6n, que con ella pensamos ser su coronamiento, y tan pronto como
tener las mas altati razones para vivir, ·e les pide que expliquen la naturay sin ella perdemos todo. Mas para leza de eBta felicidad, cambian de temantenerse de conformidad con ellos rreno, y nos contestan exponiendo las
e prudente no obligarles a explicarse. condiciones y las leyes de 1a felicidad
Toda explicaci6n llevada â cabo, ten- social (1). Gracias â esta confusion perdria probabili~ades de d~str~r el en- \ petua de puntos de vista, pueden pereanto que proaucen estas ilus1ones. Es manecer de acuerdo en apariencia con
fa.cil d~ ver a. qué se reduce este sobe- el lenguaje de la moral ordinaria, decir
rano bien, cuando se le conduce â los que cl bian queda siempre como fin de
antecedentes estrictos de la filosofia sus e fuerzos, el solo fin verdaderapositiva. Supone necesariamente ésta. mente deseable de la vida. Pero, t,a.
que la vida presente contiene en si la qué precio, en qué condiciones puede
posibilidad de un cierto género de el hombre realizar este bien, alcanzar
dicha accesible â. todos y superior â este fin1 Para eso no es preciso nada
todas las de.mâs. Esto no es ya como en menos que obtener de él que renuncie
las doctrinas que se procuran un cré- a perseguir su felicidad inclividual, lQ
dito ilimitado sobre la justicia de Dios y que no sera fa.cil; es necesario en seque tienen â su disposicion el doble te- guida exaltar sus sentimientos simpâ.soro de lo ideal y de la eternidad. Aqui, ticos, traerle a punto doude él forel fin por el cual se determina el siste- marâ su felicidad de la fclicidad del
ma moral, este fin, la sola cosaque sea prc.'ljimo, lo que es en verdad heroico y
verdaderamente digna de ser alcanza- raro. He aqui condiciones dificiles de
oa, debe serlo en esta vida y no en otra llenar, y que transforman la felicidad
parte. Es menester que pueda ser bus- y la moralidad en objetos de lujo, fuecada en la existencia presente, sobre ra del alcance y del uso del mayor
la superficie de la tierra, en lo.:s limites mero.
de tiempo en que pueden existir la
Por otra parte, i,COn qué titulo y con
vida y la conciencia, foera de toda qué derecho un positivista podria imconcepci6n de un ser trascendente, de poner al hombre moderno un acto, o
toda idea 6 de toda ley imperativa, de mâs bien un estado de renuncia'1 Que
toda fuerza superior a las fuerzas que se le diga â. un discipulo de Budha:
obran en el mundo.
t,En qué, pues, puede consistir, para (1) W.Mallock,ptginas43,52, 104,p111,i•-

nu.-

�72

REVIBTA INTEBNACIONA.L

~La vida es triste, sera seguida de un de la existencia del soberano juez y de
mimero indeterminado de e:xistencias la necesidad de la sanci6n, y por otra
tan tristes como ésta, y el ciclo fatal parte penetrado de la santidad de la ley
volverà a comenzar sin fin hasta el dia moral y de su inflexible autoridad,
en que tu hayas renunciado volunta- tome la resoluci6n viril de ejecutar
riamente a tu propio ser y desechadode todo lo que esta ley exija y se jure â si
tu seno todo deseo, germen funesto de miemo sacrificar sus fines individuales
las vidas futuras&gt;); se podra inducir a en todas Jas ocasiones en que estén en
estd fatalista del extrema Oriente, â oposici6n con los fines generales, esto
que, sucnmbiendo bajo el doble peso esta en el orden, y el orden es de tal
del clima y de la materia, renuncie sin modo riguroso, que se ha visto â kandemasiada pena al trabajo estéril que tistas intranquilos con su conciencia,
agita y abruma su pobre existencia, â cuando creian tener un relâmpago furinmolarse, a matar en si mismo hasta tivo de placer personal insinuândose
el deseo, a sumirse con feroz alegria en en sus determinacionea morales. Mas
la nocbe sin conciencia del nirvana, 1,en nombre de qué consideraci6n suque no es la nada, sin duda, pero si el perior debe renunciar el hombre nuevo
desvanecimiento en lo infinito. Que el a su dicha personal, si la fe cientifica
cristiano, por consideraciones comple- reina sola en el mundo, destituida de
tamente contrarias, llegue al mismo causas primeras .Y de causas finales,
resultado, la renuncia voluntaria; que abandonada â la soberania de las leyes
bajo la acci6n y la doctrina del Cristo fisicas~ Hay ahi dos cosas en presencia,
que ha amado los hombres hasta JP.0- la una dudosa y que ademâs le es exrir por ellos, imprima en su alma esa traiïa, fuera de las deducciones sutiles
gran leccion, ese gran ejemplo; que de que no percibe claramente el prinexalte en él el sentimiento de lajusti- cipio y las consecuencias, esto es, la
cia hasta la caridad, la caridad hasta felicidad general é indeterminada de la
el sacrifioio; que renuncie a su bien humanidad; la otra, clara y manifiesta
propio, por amor para con Dios, 6 bien y que le toca en modo directo, que le
que se inmole por la vida y la felicidad atrae casi irresistiblemente por medio
del pr6jimo, por un motivo menos no- de todas las seducciones, esto es, su
ble seguramente, pero enérgico, la es- propia felicidad. jQueréis quesacrifique
peranza y la idea de la salvaciôn; que el bien cierto y que estâ en él, si le
por esos dos motivos desiguales, pero quiere, puesto que no tiene mas que
ambos poderosol:l, se obtenga del cris- extender la mano para ello, a un bien
tiano el sacrificio actual de su felici- lejano, equiv0co, indefinible en su nadad momentânea, eso se ooncibe, eso turaleza y del cual no sentira probase ve todos los dias y se explica sin blemente nunca los efectos por su partrabajo. Por ultimo, que el discipulo te: el bien general! Le pedis demasiado.
de Kant, convencido, como su maestro, Es una mix.tificaci6o, si es un calculo

a

LITrRÉ Y EL P08ITlVISMO

'73

loque le sugeris: es una snpersticion,
Para obtener esta renuncia, los posi es una obligaci6n loque le imponéis; sitivistas cnentan con los sentimientos
en todo caso, es un oficiodetontoloque simpâtioos que tratan de llevar a un
queréis que baga, y si él tiene la clara grado de intensidad y de energia en
visi6n de la vida tal cual es, no le hara. que, se nos dice, quedaran necesariaEn verdad, 1,por qué se quiere que le mente victoriosos. La simpatia resu.1haga y como se puede esperarlo, si un taria asi la potencia directora de todos
ser superior no debe saberlo eso con los demâs instintos y la fuerza motriz
gusto, si una ley sagrada por su origen de la felicidad uni versal. 1,No hay en
6 su caracter no le hace un de ber de eso también muchas ilusiones'I En este
ello'? iEntre los dos extremos de esta orden de ideas, nuestro autor inglés
vida se ofrece un iritervalo tan corto1 razona a las mil maravillas. Es esta
t,Va él, pues, â llenarlo con la preocu- una de las buenas partes de su libro;
pacion obstinada de la dicha de lns de- analizaré algunaspaginas deél, procumâs'? iHay tan poco tiempo para pen- rando conservar su sabor original.sar en la soya, tanto trabajo para pro- Estos bellos sentimientos se encuencurârsela, tantos esfuerzos que hacer tran, en la prâctica, muy insuficientes,
para retener el goce râpido y precariol cuando no estân sostenidos y dirigidos
jHay ya tanto que hacer para no pade- ellos mismos por una idea superior a
cer demasiado; tan gran mimero de ellos, que les dé lo que no pueden teprobabilidades y de riesgos que correr, ner, la obligaci6n, la cohesi6n y la dude obstaculos que vencer, de odios que raci6n. Estân desigualment~ distribuiimpedir! Y se quiere que él se olvide dos entre los hombres, obran de una
para trabajar por la felicidad de un ser manera oaprichosa y parcial; basta para
abstracto, el género humano, un ser para paralizarlos una vuelta hacia el
que no tiene asimismo existencia pro- egoismo, que es frecuente, y con el cual
pia, que no tiene ni conciencia ni sen- es precisocontar siempre. Vemos ejemsaci6n personal, que no se realiza sïno plos de heroismo desinteresado prodnpor millares de existencias sucesivas, cirse en. hombres groseros, por comsemejantes 9. la mia, no mas &lt;lignas de pleto espontaneamente, en los naufrare~peto después de todo, estando hechas gios, porejemplo. Sepodria creer, viendo
de las mismas impresiones, de las mis- esta espontaneidad maravillosa en el
mas alegrias y de los mismos dolores sacrificio, que es la verdadera naturaque mis alegrias y mis dolores, con la leza del hombre loque li!e traduce aqui,
diferenria que estos son mios 6 mâs que hay en el hombre una fuerza consbien son yo mismo, y que los otros no tante de benevolencia y de simpatia
me tocan sino por la imsginaci6n. iPor que nosotros aprenderemos poco a poco
qué, pues, sacri:ficar la realidad s61ida â utilizar, a dirigir seguramente. Pero
y sustancial
lo que podria no ser que nuestro optimismo no se duerma.
mas que un delirio'?
He aqui que en los mismos hombres,

a

�74

RBVISTA. INTERNA.ClONAL

en otro orden de hechos, el egoismo va
aestallar con una violencia inesperada.
Este marinero, el mismo que ayer
exponia su vida para salvar una mujer
a bordo de un barco pronto a sumergirse, la derribara y la aplastarâ. hoy
para escapar del fuego en un teatro.
Es menester asimiismo reconocer que la
tendencia mâs comun es la que el marinero personifica en el ultimo caso.
Ninguno de los que han estudiado la
historia dira lo contrario de esto. Las
vidas de los mas grandes· hombres, las
vidas mismas de los que han sido los
mejores en la tierra, no serîan las ultimas en testimoniar la fuerza persistente y vanamente combatida de estas
tendencias. Por mas amplitud que se
conceda a los instintos desinteresados,
es necesario reconocer que, en general,
no tienen sino una potencia muy limitada y que no se muestran fuertes màs
que en muy raros momentos, en circunstancias excepcionales. En la au.renci,a àe ttnmotfoo superiorpredominan
s6lo cuando la ventaja de procurar por
los demas, se encuentra momentaneamente investida de un valor singular,
y cuando la pérdida que se ha de eausar a si mismo, es t-ambién singularmente reducida; o bien también cuando la posibilidad de escoger entre dos
partidos desa parece sû.bitamente, para
no dejar otra alternativa que el heroismo 6 la vergüenza. Pero semE&gt;jante
eosa no acon tee~ sino en los sucesos
raros, los grandes peligros I las grandes catastrofes. Pues bien; lo que merece realmente ocupamos, es el estado
ordinario de la vida, cuando los senti-

mientos estân en su diapason normal.
Y en este caso, el desinterés, quedando por completo un hecho tan cierto
como el egoismo, se encuentra esencialmente mas por bajo que la tarea
que se le pide; es muy necesario que
sea una de las potencias directoras de
la vida.
Ved lo que sucede, lo wismo en un
hombre bien intencionado, cuando se
trata de la comparaci6n, siempre delicada, de las condiciones de su dicha
propia con Jas de la dicha general.
Evidentement.e, si podemos, sin inconveniente alguno para nosotros, reprimir to'.l.os los deseos que, como dice
~fr. Huxley, «van al encuentro del bien
del género humano~, todos-casi todos es menester decir, porque tambien hay que contar la parte de las
malas voluntades-todos, lo haremos
de buena gana. Pero si la represi6n de
si mismo produce graves dificultades,
si exige un combate constante, para
decidirnos a abstenernos de una accî6n, nos sera preciso ver claramente
que la dicha que arrebata a los demas,
sobrPpasa con mucho a la que nos
daria. «Suponed, por ejemplo, que
_un hombre esté enamorado de la mujer de su amigo y que tiene el empefio
de llevarla al teatro. Es evidente que
él renunciarâ a ello si sabe que, realizando su proyecto, causara algun accidente grave y hara arder vivos a todos los espectadores de la galeria. Pero
sin la menor duda no renunciarâ :i ello
por la unica razon de que su ejemplo
hara. bajar un poco el nivel moral para
los que ocupan las butacas. »

l

Ll'ITRÉ Y EL P081TlVIS){0

75

Cnando se trata de poner en una ba- te el demasiado ingenioso razonador
lanza los dos género de dicha que se que llevamos en nosf)tros; y el resultrata de pesar, esta uno sif'mpre mâs 6 tado ordinario de esta doble operacion
menos inclinado a hacer trampas en de aritmética, una adtci6n y ana susprovecho propio. Para lo que es de la tracci6n, es lo que escogAriamos casi
ventura de la comunidad no se pone ciertamentd para evitarnos a nosotros
sino una parte en el platillo, se laper- mismos el mayor mal, a riesgo de un
juàica loque se puede antes de la ope- mal menor para la comunidad. &lt;i:Se si
raci6n; calculo, por ejemplo, que lo gue de ahi que las condic,ones geneque yo debo aumentar mi placer en la rales de una felicidad indeterminacla
proporcion de un mill6n de centenes, forman un ideal absolutamente improno costara a cada miembro de la socie- pio para contrapesar las tentacion 1!s
dad la mitad de un céntimo de peseta. personales, 6, loque es lo mismo, para
Heme aqui en uua alternativa frecuen- inspirarnos la voluntad requerida para
tisima, al menos si considero el pro- las renuncias que se nos piden (1). »
medio de la vida. Sé, por una parte,
No parece, pues, posible hacer de )a
que tal linea de conducta me procura- simpatia exaltada una regla universal
râ grandes ventajas; por otra parte, sé y siempre activa. QuArer gobernar la
que, ci todo el mundo iguiera esta vida humana por la sensibilidad desm.isma linea de conducta, causaria un interesada, es una pura utopia, a megran perjuicio general; pero sé tam- nos que no se inspire ella misma en
bién que de hecbo mi manna de obrar, alguna obligaci6n superior que conen este caso particular, sera apenas da- tenga sus desfallecirnientos, que prenosa ala cornu• idad, 6no !osera.en todo veuga sus caprichos, que descubra sus
caso sino muy ligeramente. También ilusfones mâs 6 menas voluntarias, que
mieleccion noseregularâ por la del ma- 1fije sus incertidumbres y regule su
rinero que se sacrifica en el naufragio, perpetua incon~tancia. Todos edtos llaporque la alternativa es ahi brutal y mamientos elocuentes o liricos a lareviolenta: salvar su vida a costa de la nuncia y â. la abnegacion, quedaran
de una mujer, o sal var la vida de una sin eco y sin r&amp; pu esta j unto â esas
mujer arrie~gando la suya." Aqui se almas med.iocres que son, despµés de
trata de un interés menor, y, por un todo, la muchedumbrehumana. Si ellas
in~enioso artificio de 16gica interior, no se sienten obligadas a la benevola proporci6n de las puestas deljuego lencia, sin rechazarla absolutamente,
esta trastrocada; eso seria, por ejem- la subordinarân a lo que les es mas
plo, la alternativa muy capciosa de intimo y mas querido, la inve tigadejar a esta mujer perder un pendien- cion de su propia felicidad. Quedaran
te, loque es muy ligero, 6 de romper- cerradas, en la costumbre de la vida,
me yo un brazo, lo que es grave. He - - - aqui como razonarâ. frecuentisimamen- (1) W. Mallock, pâg. 69 y siguientes.

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LITTBi Y EL P081TlVI8K0

'iù

REVlSTA INTERNACIONAL

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à estos nobles coni:ejos que no son ni libremente su aptitud para ser dichoso.

pueden ser 6rdenes. Todo eso no ten- .La moralidad 11ocial. a la que se nos
dra resultado problemente sino para las invita, seria el conjunto rle las reglaa
bellas al mas que, precisamente no tie- 1em piricas que es necesario respetar,
nen necesidad de ello. 1,No encuentran de las condiciones negativas de la feen si mismas esos instinto y esos Fen- licidad, es decir, de las condidones
timientos nacidos cou ellas, fortifica- que impiden se levante algun obstacudos por la cultura mas delicada'?
\ lo, en el medio social, contra la feliciPor otra parte, es menester enten- dad de cada uno. Sea, pero ante un
derse sobre loque se nos propone. El I simple consejo guardo siempre mi lihombre modt'rno estâ atenido a no bertad de apreciaciôn y de conducta.
aceptar nada sobre la fe del pr6jimo; Si yo estimo que el fin que se me mueses el precepto de sus m3.estros y la pri- tra no vale, al menos para mi, los memera condici6n del método experimen- dios empleadoa para lograrle; si creo
tal. El tendra cuidado de abdicar su que para una parte tan insignificante
derecho al razouamiento cuando se como yo pueda aportar a la coopera•
trate de defender su derecho personal ci6n social, arriesgo el comprometerr
ala dicha. Se quiere que tome la cos- los bienes que prefiero, mi tranquilitumbre de preferir el bien general al dad, mi seguridad personal, el uso fasuyo. Pero, 1,cual es, pues, e~e bien'? cu1tativo de mis aptitudes, mis ocios y
1,Cuâles son el carâcter y el objeto'l Si mis gustos, 1,qu~, por consiguiente,
yo me sacrifico, al menos debo saber podria razonablemente oponerse a mi
a qué ô a. quién aprovecharâ este sa- câlculo, forzarme a. salir de mi retraicrifi.cio. No habria nada mâs tonto que j miento, suficientemente protegido, y
el inmolar, aunque sôlo fue e un pla- â. lanzarme a. la pelea'? Se pretende que
cer, una sensacion, a. un palabra pom- calculo mal, que seré victima de mi
posa, a. una quimera. Esa ventura ge- egoismo, que por la cooperacion social
neral que se nos pone ante los ojos me hago un servicio a. mi mismo, yque,
bajo forma magoifi.cas de lenguaje en definitiva, es â mi propio â quien
me parece que no es sino la suma de traiciono si la hago traici6n. No estoy
las venturas individuales. Si esto no e~ tan seguro en cuanto a eso. Estimo
mâs que eso, 1,por qué me he de subor- que el estado de la civilizaciôn en que
dinar a. ellv'? Mi dicha vale lo que las estoy y en que estân la mayor parte
de los demas y merece, cuando menos, de los hombres, es un estado soportaotras tantas con:,- ideraciones.-Se me ble, que se puede vivir en él a gusto
dice: El bien de la comunidad no es DO pensando mas que en si, y me guars6lo eso, es también la garantia de los daré muy mucho de ir â buscar en otra
bienes particulares: 1-ignifica el orden parte una fortuna mejor, pero incierta,
y la disciplina de una sociedad, en la de la que DO puedo prever ni los capricual cada uno podrâ. ejercer natural y chos ni las tempestades. Bajo el pnnto

de vista del razonamiento experimen- aunque nece~aria momenta.neamente
tal, 1,qué se me puede buenamenté con- en su relaci6n con las condiciones
teetar, Posible es que yo me engaiie, actuales de existencia del grupo; se ha
pero 1,quién me lo probarâ '? S1 se trata becho sagrada C'&gt;ffiO salvaguardia de
unicamente de la felicidan mia, 1,quién los intere~es comune . Su verdadero
tiene, pues, el derecho de en tender la nombre seria el de higii&gt;ne social.
Ese es el origeny las leyes en la ciu•
mcjor que yo'I
Se nos dice, es verdad, que no hay dad sonada por los po Jtivistas. Implican
nada de arbitrar10 en las reglas empi- ellas la nega ·iôn de la uoidad moral
ricas del bien social a las cuales se nos de la e pecie huinma y el predominio
quiere sujctar; que e tas reglas, aun- del punto de vista. histori"O ô local.
que formadas por la experiencia, son RefteJan, no ya la e. encia de la huleyes verdadera ; que expresan la ne- manidad, con tante en si misma bajo
cesidad de ciertos hechos generalcs, y la. divcrsas f ,rmas, sino mas bien la
traducen, no concepciones arb1trarias multip\ici,lad y la diversidad infinita
del entendimiento, sino fatalidadcs de de intereses de lo-. grupos nacidos y
la naturaleza. Al contrario de lo que repartidos por lus difl!rentes puntos del
hacen los plat6nicos, los espiritualis- globo, que tien.,..n conexi6n vagamentas y los eoi'iadores, é ta no es la po1i- te entre ellus, no una identidad de
tica que se bace depender de la moral, na tu ra lez 1, dao do ori 6 en â los mismos
es la moral de la que se hace una de- deberes y â Lus mi.:mos derechos, sino
pendencia de la politica. A i lo qui~re el azar de las aMlo 7 ias an.atômicas, y
la ciencia nueva, la ciencia mae~tra de la coioc1deocia aproximativa de su adlos hechos humanos, la so 'iologia. venimiento al m1smo pirnto de evoluLos maestros de e~ta ciencia nos de- ci6n en la asceosio:1 de la, formas aniclaran que la sociedad humma es una males. Al mii-mo ti~mpo, estâ demacosa. concreta y viviente, del mi ·mo siado claro q ite , ob re cada una de
orden que las Pociedad,.i:; animaleq. Pues estas reg\as ewpirica;;, que se nos dan
bien; eu. Jas sociedades animales, la por leye3 ~ocial .. R, c ta abierto el deacci6n buena es simplement•~ la acciôn recho de di,cn , iol'I. iQ 1é hay mas
conforme i las leyes orgânicas del ~ujeto â las rlivorsas interpretaciones
• grupo considerado como ser viviente; que esas pr~ten li las condiciones de
por con iguieote, la moral humana existencia de ta\ 6 cual grupo, y las
debe tener también u principio en las leyes qne la&lt;1 expre~ani R.,cordemos
condiciones de exbtencia del grupo la cri.tic,1. atrevida que preguntaba,
social. Siendo otra que la9 que son en la tribu na de la Câmara de dip 1taestas condiciones, viniendo â cambiar dos, lo qu d-1 las creendas laicas que
con el clima ô las circunsta.ndas his- constituyen la moral oodrfa e!:icapar a
toricas, la moral cam biaria al mismo la discusi6n y al peligro '.le ser negatiempo. Ella es en si cosa relativa, do por la razôn. «-Hay-decia-insti-

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REVIST.A. INTERNACIONAL

tuciones sociales que se hare bien en I ti_empo, y l~ ~tilidad de ciertas condirespetarlas en tanto que son del_ gusto Clones empmcas puede siempre ser
de la mayoda, pero que no constitnyen puesta en cuesti6n. La evoluci6n lo
en modo alguno una reunion de prin- quiere asi, i.Y no es ella la maestra de
cipios fodiscntibles »; es un conjunto la moral con el mi mo titulo que lo es
de reglas empiricas, teniPndo buen de la naturaleza y de la historia'?
éxito aqui, no teniendo buen éx.ito
Nada también mas dificil de explialla, dependiendo de tal 6 cual estado car que la formaci6n, 6, como se dice
social, de tal 6 cual grado de lati- en este tiempo en que gusta simplitud, y, por consiguiente, siempre 1m- ficar las palabras disminuyendo las
~etidas aexa ~en, pudicndo ser cam- 1 i\i~a~, el génesis de una conciencia pob1adas tan fac1lmente como una ley de s1bv1sta, es decil', de una conciencia
aduanas por un golpedesufragio, cuan- 1en la que no entra absolutamente nindo cesen de agradar a un grupo que no guna inspiraci6n, ninguna reminisreconozca ya en cUa los signos de la Icencia del pasado, de una conciencia
1 colocada fuera de toda especie de ideas,
utilidad social.
El animal sufre estas condiciones de 6 de leyes superiores al hombre. 1,Qué
exi11tencia, estas leyes especificas, pero sera esta conciencia, y c6rno podra ser
las sufre sin comprenderlas, y, por en el rig-or de las palabras una conconsiguiente, no hay en él peligro de ciencia moral, si se constituye sin
que las discuta; el hombre, llegado por ninguna ]ey que la domine, si rechaza
una larga evoluci6n al grado de inte- todo mandamiento categ6rico, si desligencia actual, ilustrado acerca de la carta toda autoridad que pueda aclahumildad de sus origenes probables, rar sus incertidumbres, romper susreno estara ya ignorante del misterio sistencias 6 condenar sus rebeliones'I
que envolvia para sus a11tepasados el 1,Cômo esta conciencia podra ligarse
principio y el nacimiento de estas le- ella misma, obligarse'? 1,En virtud de
yes. Novera en ellas sino costumbres qué necesidad fisica 6 de gué induchereditarias, contraidas tlurante lar- ci6n experimental, pnesto que se exgas generaciones, y desde el momento cluye toda necesidad racional 6 toda
en que el analisis las haya reducido a obligaci6n moral fuera y por encima
un hecho natural 6 â asociaciones de del hombre~
ideas, quepueden ser muy bien también
No hay error mas extendido que
asociaciones de prejuicios, estas leyes éste, que el otro dia aun encontraba
perderan ipso facto su autoridad. No es intérpretes en nuestras Camaras, donexacto el decir, como lo hacen los po- de gtJsto de recoger el eco mas 6 mesitivistas, que ellas no seran menos nos fiel de las controversias contemposagradas por el solo titulo de que son raneas. Se sostenia que si hay diverla salvaguardia de los intereses cornu- gencias entre los hombres sobre Jas
nes, porque los intereses cambian con cuestiones religiosas y metafisicas, no

I

LYTl'RÉ Y EL POSITIV!B340

79

existen las mismas divergencias rela- una base seria para la institncion ne la
tivamente a ]o justo y a lo injusto, al monogamiaî Y, sin embargo, si hay
bien y al mal. «Todos los hombres-se una instituci6n en que el deber y el
decia-estan unidos en esta comuni6n derecho estén directamente interesamoral del deber, que consiste en pro- dos, siendo el deber del hombre el gaclamar la existencia del derecho como rantirelderecho dela mujer y su perFoobligatorio para todos; y estos mismos nalidad, es evidentemente esa. -i,D6nque violan la justicia lo afirman tam- de, por consiguiente, fuera de una ley
bién; tan bien, que los ladrones ha- superior, se encontrara ese lazo de las
blan de probidad, y los perjuros de Iconciencias que las impida dispersarse
buena fe, y asi todos rinden homenaje en fantasfas particulares 6 en libres
a la conciencia que los une.:. Seme- utopias'? Pero esa ley superior esta ya
jantes aserciones me asombran.t,D6nde en la metafisica 6 en la religiôn, y no
se ha podido comprobar esa «cornu- se quiere ni la una ni la otra.-Se nos
nion moral» de todos los hombres en habla, es cierto, del honor, de la digel deber y en el derecho1 Eso era bueno nidad. Reconozco cuâl es la fuerza
antes de la era del Po itivismo, cuan- prâctica de estos sentimientos; pero
do la generalidad de los hombres, di- todo eso implica otro orden de ideas
vididos por otra parte, se pooia de que las que caen bajo el gol pe de la exacuerdo sobre los principios de la mo- periencia sensible y de las inducciones
ral, sin mirar desde demasiado cerca el que dependen de ella. El honor es un
origen de esos principios.
sentimiento muy enérgico y muy comHoy que se ha 1levado el analisis a plejo, del que se ha podido decir que
ese lado, no hay mas ilusi6n que' ha- era la conciencia exaltada del deber;
cerse sobre esta pretendida unanimi- si el deber esta atacado en sus ma:nandad moral. De hecho es posible que el tiales superiores, el honor no le sobreacuerdo aparente se mantenga largo vivir:i. Cuanto a la dignidad humana
tiempo por la faerza de la costumbre y que se invoca por ella, es por lo que
dela tradici6n. Te6ricamenteese, acuer- se trailuce y se expresa en rasgos dedo esta destruido. Lo esta desde el dia licados y fieros, el sentimiento que teen que se han discutido las .bases de nemos de la excelencia de la n!lturaleeste acuerdo en nombre de la experien- za humana. Es un sentimiento de oricia positiva. El legislador optimista gen espiritualista, y por ese titulo mecuya opinion hemos citado, t,no habia, rece ser sospechoso a los ojos de los
pues, oido la temible voz que, algunos 16gicos de la escnela. Por todas estas
dias antes, en el mismo recinto, pre- razones, parece como que la conciencia
guntaba si, fuera del gusto de la ma- no es mas que la ultima ilusi6n de la
yoria y de sus decisiones, siempre re- metafisica expirante, 6, lo que es lo
vocables, habia una sola ley moral que mismo, como se ha dicho enérgicaestuviera en pie; si, por ejemplo, habia mente por un notable escritor, « el ul-

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REVISTA INTERNACIONAL

timo espectro de la religi6n desvane- dicha, que los positivistas hacen encida.»
trar en la higiene social, no es dudoso
y ved las contradicciones en que se que el dia, mâs 6 menos pr6ximo, en
tocan la naturaleza y la humanidad. que la doctrina nueva se baya apodeTodo loque decimos ahi esta rigurosa- rado del fondo del alma humana, ella
mente decidido; bajo el punto de vist.a debilitara en gran proporci6n muchos
de la 16gica pura, estamos por modo de nuestros mas preciosos môviles de
evidente en el derecho de decirlo. Pero, acciôn. t,Sera posible, en efecto, que
en el hecho, célebres positivistas han unaexpropiaci6ntancompleta de nuespracticado las reglas, las delicadezas tras ideas y de nuestros sentimien_tos
mismas y los escrtipulos de esta con- mas inveterados no teng-s gr~n. mciencia moral quete6ricamente noexis- fluencia en nuestra manera de ~1vir Y
te ya, no deberia ya existir. Porque no lo mismo sobre nuestros motivos de
es ya existir para ella el depender deun vivir'? jÜuantos ~mbios son de p:cver
instinto que no tiene ninguna regla, en nuestros hâb1tos_ ?e _entend1m1ento
que no tiene nada de universal, que cuando esta r~voluc1on mtelectual sea
puede desmentirse de un momento a un hecho reabzado!
otro, que no se revela mas que por una Parece, al pr~mer acces?, que eete
emocion fugitiva, que no puede sin género de cuest10nes no existe para las
gran esfuerzo soportar, a veces, el peso tres cuartas. partes de los hombres.
del egoismo, y â la cualconsejos pu- Muy pocos p1ensan en esto, m~y pocos
raroente humanos, inducciones mas 6 han pensado en ello. La multitud humenos arbitrarias, no pueden conferir mana vive, dia tras dia, sin cuid~rse
un caracter cierto ni de obligaci6n ni de lo que es la vida, de lo que esta
de duraci6n. Felizmente, el manantial vale, tomadola como viene, sufriendo
desconocido de donde brotan las almas sin maldecirla, fâcil de distraer, con bellas y buenas, no esta agotado; na- tentandose con mediocres_ alrgrias q~e
cen éstas aqui y alli, muchas veces en cruzan el curso de s~s JO~nadas, ~m
contradiccî6n flagrante con los siste- gran contenta, y tamb1én sm gran rusmas que deben ellas inaugurar en el gusto, sal vo aquellos que dependen de
mundo, y éstas son esas almas que la marcha de la natur~ 1 eza. i Cuântos
salvan a la"humanidad de la 16gica.
hombres empeîiados as1 en una suerte
de e:ristencia rutinaria formada por la
indolencia y el olvido! Y a pesar de
eso, por vulgares que sean estas exisIII
tencias, limitadas por algunas fanegas
de tierra en el espacio y por algunas
ideas elementales en el orden del enFnera asimismo de esta grave eues- tendimiento, si se les mirase de cerca,
ti6n de la moralidad privada y de la se descubrirîa que han tenido casi to-

81

LITTU Y EL POSITIVISHO

das un cult.o para algo, para una rea- se note bien, en las condiciones socialidad 6 un delirio, para una gran es- les. Est.a elevaci6n 6 esta mediocridad
peranza 6 una quimera. Han tenido un de la existencia no se mide por el azar
aviso de sensibilidad mas 6 menos cla- del nacimiento. Lo que la mide es la
ro, bien sea para la religion, bien para dignidad del espiritu. Pues bien; cuanel arte, siquiera fuese bajo formas ele- tomas subimos en esta jerarquia de
mentales, bien para la naturaleza, bien las âlmas, la sola que debe contarse,
para la amistad. Ha caido sobre ellas, mas vemos manifestarse esta aspirano se sabe de dônde, un rayo de luz ciôn â salir de la vida elemental, a
que ha coloreado alguna temporada de ornar su e:x:istencia con algtin noble
· su vida y echado sobre algun punto de cuidado, a entrar en la regi6n de las
esta superficie empanada un resplan- alegrias desinteresadas. Tales objetos
dor por el cual su existencia entera ha son los verdaderos blancos de la vjda,
sido alumbrada y honrada. Es ese uno los verdaderos fines que la excusan y
de los rasgos propios del hombre y que la absuelven, los que la dan su valor y
le distinguen profundamente del ani- hacen de ella otra cosaque una insigmal, aun cuando se le supusiera naci- nificant.e sucesion de dias y de sensado otras veces en el mismo grado de la ciones vulgares. Pues bien, i,'}Ué aconescala de los organismos. El animal tecera con estas causae r;foenài, como
no ha tenido nunca el rayo de luz; el las llama Juvenal, con estas admirahombre, aun siendo mediocre, siente bles razones de vivir, si laR colocamos
vagamente la obligaci6n de cultivar enfrente del positivismo'? Preguntémoen él otra cosaque la vida instintiva, lnos si cuando la filosofia nueva haya
6, loque viene a ser lo mismo, el re- triunfado de las ultimas resistencias y
mordimiento de no haberlo hecho. Un de las u.ltimas ilusiones, no sufriran
mimero muy pequeiio se eleva hasta la aquéllas algun menoscabo. Ese dia, escultura de la vida razonable. Pero mu- tando reducida la existencia humana a
ehos ceden, aunque solo sea por un una serie de fenômenos de orden biol6mom~nto, a algun atractivo superior gico, estando reducido el mundo a un
que eUos no saben definir, que les arro- sistema mecanico de movimientos y de
ba momentâneamente en sti humildad combinaciones de movimientos, es6 en su miseria, por encima de ellos tando suprimido 6 descartado del penmismos y del medio vulgar en que la samiento, como una tentacion funesta,
suerte les ha lanzado, y que hace bri- todo mas altà, t,no habra que temer que
llar algunas boras privilegiadas sobre se produzca un frio mortal en las almas,
el fondo oscuro de esta existencia.
una noche en las inteligencias, un gran
Lo que es verdadero aun en las exis- desaliento en los mas nobles entusiastencias mas ordinarias, con mucha mos'? Paréceme que entonces habria
mayor raz6n lo es en una esfera mas que lamentar algo coma h. desaparielevada. No esta. la cuestion aqui, que ci6n de este ûltimo resplandor del ideal
RBVISTA,-MA.YO

94.

6

�82

REVIBTA. INTERNACIONA.L

que da el gusto y la fuerza de vivir, sadores que, de cerca 6 de lejos, paralO'o asi como la decoloraci6n de la ticipan del movimiento de la filosofia
vida.
positiva; olvidan que el ·idealismo que
Uno de los rasgos de la crisis actual ha ejercido su acci6n sobre un pueblo,
es el contraste entre ciertas exigen- la ha obtenido por lo mismo que se veia
cias eternas del entendimiento huma- en él otra cosa y que se le tomaba po:r
no y la necesidad intensa que hoy ex- un hecho muy real. T~do cambiara tan
perimenta de darse cuenta de todo. pronto como se le atr1b~ya otra na~Bajo la acci6n de este instinto, como raleza 6 que se le desp?Je d_e su reahse ha notado, el hombre ha perdido dad. No hay en la historia un solo
mucho de su antjgua espontaneidad; ejemplo que nos muestre los hombres
ha llegado é hacerse un ser inquieto, encadenados y esclavizaùos, 6, lo que
desconfiado, que no quiere ser ya ton- es lo mismo, seriame~te afectados por
to, que tiene necesidad de mirar adelan- un ide~lism? re~onoc1do __co~o pur~te y atras; su caracter primitivo de~~- mente 1magmar10. ~.El nmo_ bene m1ecisi6n intelectual y de determinac10n do cuando su nodnza le d1ce que un
practica ha aflojado singularmente ?ajo hombre negro va a deecender por la
la in:fluencia de la re.fle-xi6n.
chimenea para llevarle. El hombre ne«No se admite ya nada al presente gro no es sino un ideal, sin duda, y sin
sin saber el por qué, y se ha aprendi- embargo, el niiio esta afectado. Pero
do a desmontar, roùaje por rodaje, to- dejaria de estarlo desde el momento en
dos los motivos de nuestras acciones. que supiera a que atenerse (1). ►
No solo sabemos mas, sino que no
Es, no obstante, una cosa singular
cesamos de rumiar nuestros conoci- que nunca se nos haya hablado tanto
mientos. » A~i, la critica moderna se del ideal como desde que se le han arrealaba de haber reducido todas las re- batado al entendimiento humano las
ligiones a simples idealismos creados realidades invisibles y superiores que
por el hombre, adroite de buen grado este nombre resumia para él, el orden
q ,1e en esta cualidad y a pesar de ese de las ideas y de las esencias eternas,
vicio de orio-en, han ejercido gran in- el mundo de los tipos concebidos por
ftuencia, pe;o esta in:flaencia va a des- una raz6n superior, la existencia y la
aparecer bajo la luz creciente del ana- perfecci6n divinas. Se ha hecho el valisis. En cambio y como compensaci6n cio sobre nuestras cabezas; se ha roto
se nos promete que la humanidad se el ancla que un célebre orador nos
construira en el porvenir de nuevos exhortaba un dia «a lanzar hacia arriideales, con esta sola diferencia, que ba » ; se 1an destruido todas las formas
eutonces sabremos lo que valen y que austeras 6 encantadoras â. que nuesno .seremos ya los engai'iados de su va- tras creencias estaban unidas. Se ha
lor puramente subjetivo.-Hay un me- - - nosprecio singular de eso en los pen- (1) W. Mallock, pag. 33 y siguientes.

LITTRÉ 7 EL POSITIVIBMO

cerrado el cielo-tanto el cielo inteligible del pensamiento puro cuanto el
cielo teologico.-Desde entonces, esta
bastante claro que nosotros no somos
mas que «apariciones efimeras, fiotando en la superficie de la ilusion infinita», 6 mâs bien, para hablar un lenguaje cientifico, estados de conciencia
momentâneos, salidos del punto de reunion de ciertas fuerzas fisicas y quimicas, infalibles y determinadas. i,Qu13
es, pues, este ultimo idolo que se nos
propone en esta ruina de todo lo demas
Y que se le abandona como un supremo recurso â nuestra adoracion desilusionada'? i,Puede satisfacernos y consolarnos de lo que hemos perdido'?
Se creeria desde luego, de oir el ruido que se hace en torno nuestro, que el
ideal reina boy sobre un gran mimero
de al mas que han arrojado fuera de si
toda otra fe; pero reina sobre ellas engaiiandolas, y la poesia de este noble
culto, sobreviviendo a todaslas demâs,
reposa toda entera sobre una ilusi6n
que no es otra cosa que el re:flejo prolong~do de. realidades desaparecidas,
refleJo pers1stente por una suerte de
incomprensible espejismo. Este mismo
refl.ejo desaparecerâ a su. vez cuando
el hombre esté enteramente persuadido
de que no hay alrededor de él, encima
de él, delante de él, nada mas que el
jue~o eterno de lasfu~rzas ciegas. ~Qué
seria, en efecto, este 1deal en el metodo
riguroso de la escuela '? i, De donde podria salir, sino de un trabajo completamente persona! del entendimiento, que
le crea y le elabora sin ninguna regla,
sin ningun principio objetivo, sin nin-

83

guna otra raz6n de escogimiento que
su fantasia'? Es de lo imaginario puro,
es de lo arbitrario; cada uno le enO'endra en su conciencia, le amolda su
gusto, le acorta 6 le alarga a 11 u medida. Es el espiritu de cada uno que se
adora complacidamente en estaimaO'en
abstracta de si mismo. He aqui lo ~ue
es necesarîo ver bien, he aqui loque es
preciso claramente mostrar a esa multitud inteligente, pero irreflexiva, tan
facilmente engaiiada con palabras, tan
pronta a las ilusiones agradables, que
se consuela de las realidades perdidas
refugiandose en este ultimo sueiio y se
encan ta con la belleza del nombre, que
le toma por una idea, no apercibiéndose
de que este nombre no sirve mas que
para disimular, 6 bien unresto no confesado de supersticion éspiritualista 1 6
la nada mis ma de todo pensamiento, y
para preparar asi un ultimo culto, el
mas vago y el mas inverosimil de todos, para aquellos que no le tienen ya.
Pasemos revista a algunas de las
formas bajo las que se traduce este
culto del ideal, y veamos si, bajo el
punto de vista de la logica nueva alguna de estas formas tiene el der~cho
de mantenerse tan alta en la estimacion y la admiracion de los hombres si
merecen que tan notables actividades
se dediquen a ellas, que tantas existencias laboriosas se consagren a ellas, y
que se consuma asi uno para perseO'uir
fines tan vagamente entrevistos,1\an
pronto desvanecidos, tan poco consistentes y a veces también enteramente
engaiiosos. i,Qué decir, por ejemplo, de
loque nos parece ser uno de lo., fines

â

�84

BEVIBTA. INTEBIUCIONA.L

LITTRÉ Y EL POSITIVI8J,10

,

mas nobles de la vida, el dedicarse {da nos detiene por todos lados, que alli
ciencia'? Ciertamente aplaudiremos con donde la comprobaci6n positiva se para,
toda el alma cuando se celebren en len- alli también se para el derecho del enguaje primoroso esas inteligencias va- tendimiento humano, siempre solicilerosas, esas voluntades apasionadas tado por visiones y siempre descartado
q~e ante n~estros ojo~ h_an construido por manos implacables'? Con el mismo
p1ecira por pied.ra el ed1fic10 de una cien- golpe se le cercenan al pensamiento
cia colosal, que han vivido casi unica- sus ambiciones mas bellas, sus mas
°:1-ente para satisfacer su ardiente nece- Jnobles audacias, se le deshabitua de
Sidad de verdad, quo han empujado el estas hipôtesis, que son como golpes
trabajo hasta el heroismo y por eso de Estado del hombre sobre lo descomerecido ser a su vez «una de las con- nocido. Se podria decir que, en rigor y
ciencias mas completas del uni verso». 16gicamente, estas poderosas y vastas
Disfrutamos de que se nos diga que la conjeturas, que no son con frecuencia
alta vida de tales hombres «les ha pues- sino grandes pensamientos irrealiza~
to en relaci6n con el espiritu eterno bles, no tienen el derecho de existir, y
que obra y se continua a través de los que el entendimiento humano deberia
siglos».
resueltamente sacrificar en él esta alta
Mas ipor qué condici6n nos mueve voluptuosidad cientifica de las intuicio•
ese lenguaje'I Sera porque sea tan nes que sobrepasan la comprobaciôn y
exacto cuanto es hello; porque la nece- son irreducibles a la formula prosidad de verdad no sea una perturba- bada.
ci6n sin objeto y una persecuri6n en
Se ostentan ante nosotros las inel vacio; porque haya en realidad, no mensidades abiertas a nuestras mirapor hipôtesis 6 por metafora, un espi- das 6 a nuestros calculos; se nos
ritu eterno, a la obra del cual el sabio muestra la realidad con toda su granpneda asociarse con el pensamiento; deza. «Nuestras miradas se pasean sin
porque haya en el universo un sistema obstâculo y sin limite hasta los conde ideas que venga a ser el objeto real fines donde los mas brillantes soles
de las contemplaciones de nuestra ra- no son mas que un déhil fulgor, mas
z6n; aJgo, en una palabra, de etèrno alla del cual se puede sonar todo lo
fnera del hombre, que pueda ser pen- que se quiera.» Pero i,qué es toda esa
sado en el hombre bajo la forma de la inmensidad material cuyos limites reeternidad, sub specie aeternitatis, como troceden ante nosotros, y qué importa
decia Spinoza. Pero ~q ué acontecerâ si que sea tal, si esta vacîa para nosel anâlisis desapiadado viene a demos- otros, si no lleva en parte alguna el
trarnos que las formas mâs altas de la sello de una inteligencia '? Hay mâs
ciencia, las que sobrepasan la esfera de grandeza en el pensamiento del sabio
la experiencia sensible, son puras qui- que ha medido la distancia de una es•
meras, que lo inconocible nos limita y trella, pesado en su balanza el peso de

I

80

ese sol, y analizado la polvareda de Si; sin duda, mas z,por qué y en qué
elementos que le componen, que en sentido lo es'? Lo es porque nosotros la
ese infinito côsmico que huye ante relacionamos con alguna cosa augusta
nuestra imaginaciôn inutilmente fati- y eterna, porque expresa para nosotros
gada de perseguirle. Detrâs de esos algo de la soberana raz6n. Llegar â lo
grandes espectaculos, Linneo veia pa- verdadero, dice Mr. Mallock enalgunas
sar la sombra de Dios. Pero si esta mis- paginas que he compendiado, eso sigma sombra ha desaparecido sin retor- nifica que uno se pone en relaci6n con
no, 1,qué restarâ sino espacios sin fin y esta existencia infini ta que nos enocéanos deéter'?i,Qné otracosahay alli, vuelve y nos sostiene. Si tenemos subajo las formas nuevas, que el viejo premos deberes para con la verdad, es
atomismo de Epicuro '? Ciertamente es que entonces, eo el infinito que no es
curioso el asistir con el pensamiento nosotros, algo corresponde â este algo
al desenvolvimiento de las cosas, a la que esta en nosotros, que es la parte
evoluci6n de los fenômenos, a la for- mas alta y la mas fuerte de nosotros
maci6n de los mundos, al nacimiento mismos. Todos los epitetos morales de
de la vida, â la sucesiôn asombrosa de sublime, augusto, sagrado, no tienen
las formas de la vida, si todo esto traabsolutamente sia-nificaci6n
alguna si
•
6
duce. un pensamiento, expresa un plan, no se les aplica a seres conscientes·,
contiene y revela un porvenir. Pero pero, bajo el punto de vista de la crisi eso es , como decian los grie- tica positiva, no hay conciencia en el
gos, una serie de episodios sin enlace, universo fuera de la tierra. Se puede
una historia sin plan, un poema sin oponer el mismo argumento a todos
unidad, si los comienzos son inexpli- aquellos que se niegan a reconocer
cables y los desenlaces incomprensi- francamente un .Espi-ritu 6 un Pensables, si una fuerza ciega ha hecho miento en el origen de las cosas. Recosurgir esta fantasmagoria, en un mo- gemos con emociôn las confesiones
mento dado, de la eternidad muda y que escapan â la piedad cientifica de
debe volver a sumergirla en otro mo- Tyndall, cuando nos dico, en una
mento en el caos informe ., si el A~a1', suerte de himno inspirado, que en las
es decir, una necesidad sin objeto, ha boras de energia, de vigor y de salud,
producido el mundo, y si otro azar en que se detiene el corso de la acci6n,
ùebe ponerle un término, ipara qué e.n que la reflexi6n toma sitio en nosconsumirse por perseguir el secreto de otros, el investigador cientifico se
esas combinaciones extraiïas al orden siente envuelto en la sombra de un tedel pensamiento'? Diremos, noya como rror sagrado. Este le sustrae al conestos griegos que citamos pooo antes, tacto absorbente de los detalles de la
sino wuatç 1tall:E1: la Naturaleza juega tierra y le asocia a la potencia que da
y se burla de nosotros.
é. su existencia todo su nervio y toda
Se nos dice: la verdad es sagrada. su plenitud, sin que él pueda ni corn-

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REVISTA INTERNACIONAL

p~enderla ni ~n~li:zarla ... Hay en eso, j nos_ positivista, «es completamente tan
anade el sab10 mglés, una suerte de racional como hablar de comuniôn con
~i'IJina comuni~n. ïAdmirable! Pero de- una maquina de vapor». No hay mas
Jamos de segmr al celebre doctor cuan- que dos puntos de vista en que el homdo declara que «es co.!l la naturaleza bre pueda compararse al resto de la
c~n lo que entra en comunicaci6n di- naturaleza: desde luego, es porque ella
que la naturaleza es al mismo se revela como una fuerza, y después,
tiempo expoliada y profanada por las porque esta fuerza obedece a leyes.
gratuitas aserciones del teismo ..... Pero la fuerza que se revela en las esOuando yo trato-dice-de dar al po- trellas, por ejemplo, es inmensa, la
der con el cual veo las manifestaciones suya es pequeiia; en cambio, el que las
en el universo una forma objetiva per- considera es un agente que se detersonal
otra, se escapa y se niega
mina por si mismo, en tanto que no
dejarse tocar por mi inteligencia. No hay nada de tal en las estrellas. No
me atreveria de otro modo que en poe- existen, pues, entre estos dos términos
sia a servirme respecto de él _d el pro- sino dos puntos de comparaci6n, y son
nombre .El. No me atrevo a llamarle dos rasgos de contraste y no de semeun Espflritu. Me niego asimismo alla- janza lo que la comparaci6n da por
marie una Oausa. Su misterio me eu- resultado. Bien es verdad que un sentibre con su sombra, pero queda un mis- miento de terrer y de silenciosa solemterio, y las, for:1as objetivas que otros nidad se desprende del espectaculo de
t~atan de aprop1arle no hacen mas que esta aglomeraci6n de soles y de mundisfrazarle- y profanarle (1 ).» Pero en- do que germinan en los cielos como la
tonces, i,qué es, pues, esta àiiiina co- hierba en los prados; bien es verdad
munion de que nos hablaba poco antes'? que una emociém espontanea pone este
Es ~na frase absolutamente vacia de sentimieilto en relaci6n con las profunsentido.
didades de nuestro ser moral. Pero en
No puede haber comuni6n, ni entre rigor de 16gica, no hay ahi mas que
dos objetos m.ateriales, ni entre un una impresi6n y nada mas. No signihombre vivo y un cuerpo inanimado, 6.ca nada; ningun hecho objetivo coni entre un espiritu y una cosa. La rresponde â ello. Es una ilusion, un
comuni6n implica de los dos lados la un engano patético.
existencia de algo comun. Pues bien;
Esto es, gracias a las metâforas cont,qué puede haber en esto de comun tinuas con que los positivistas pueden
entre el doctor Tyndall y los cielos transferir a la naturaleza en general
estrellados'I Hablar de comunion con la las cualidades que, en tanto que las
naturaleza, cuando uno es mas 6 me- conocen ellos, son particulares â la
naturaleza humana y no pertenecen
(1) J. Tyndall: Materialùm and it1 ~po- mas que â ésta. Si uno se atiene â sus
1U#t1.
prin.cipios, «no hay mas sentido en

v_ma,

u

a

LlTTRÉ Y EL POSITIVfBMO

87

decir que el univerao es sagrado, que I qne unirse al horror de sus crlmenes.
en decir que la luna habla francés». i,Cômo, pues, habria algo de noble y
Todas esas adoraciones con que acaban de sagrado en la intimidad de esta
las investigaciones de los sabios, si se gran criminal (l)'?»
descarta de ellas la nociôn de una eau- , Y ved como se interesa por aquellos
sainteligente, no pueden ser mas que que la sirven con pasiôn, por aquel)os
el resultado de una fantasia sin regla que la han amado mis. He aqui un sa6 el acto de una fe sorprendida y mo- , bio que, de ochenta an.os de su vida,
mentâneamente alucinada. En ella, y ha coni:;agrado mas de sesenta a este
fuera de este punto de vista superior culto ferviente de lo verdadero, a la
en que los escandalos se pacifican, 1 persecuciôn de la naturaleza en todos
donde las contradicciones exteriores se sus retiros y !'!US misterios; ha vivido
reconcilian, la naturaleza es cruel, mas que ni ragti.no otro «en esta comumala, inexplicable; es una detestable niôn divina» de que nos habla Tynmaestra de moral. Si nos atenemos al dalL «Ha subordinado â esta pasi6n
punto de vista positivista, segun el Imaestra todos los m6viles inferiores de
cual es el ultimo término asignable, el Ita vida, el interés, los goces, el placer.
ultimo principio del conocimiento, no El fin de una vida tan excelente hatiene el derecho de pretender, ni â bria debido ser tranquilo, dulce y connuestro respeto, ni a nuestra aproba- solado; pero esta madrastra naturalecion. A fuerza de fantasia y de misti- za que recompensa tan mal aqui abajo
cismo mezclados, se ha hecho de ella lo que se hace para cooperar a. sus
una suerte de gran jeroglifico. Pero fines, mostr6 en lo que la concierne su
que se la aplique s6lo una de las re- negra ingratitud. Los ultimos aùos de
glas de la moralidad humana; y el gran M. Littré estuvieron llenos de crueles
jeroglifico, como lo ha mostrado cum- padecimientos_(2)» . t,Y por qué el eloplidamente J. Stuart Mill, resulta un cuente escritor que nos hace oir esta
monstruo. o hay crimen que no sea queja se asombraba de la dureza de la
cometido todos los dfas por la natura- naturaleza'? De seguro M. Littré, en
leza; ésta ignora todo s~ntimiento de verdad positivista, no estaria asombrajusticia 6 de piedad; sus ternuras ilu- do ni escandalizado. S.t.bia que la nasorias y su benevolencia, se cambian turaleza no castiga ni recompensa a
a cadu. momento en perfi.dia; es indife- nadie; impasible, desarrolla en torno
rente ô traidora. « Tan pronto hace el nuestro el orden fatal de sus fen6mepapel de la avaricia, tan pronto el de nos; desenvuelve ante nosotros sns
la prodigalidad; ofrece aqui una pure- mundos y sus sules, sin cuidarse de
za sublime, en otra parte una corrupci6n irritante, y, si es menester juz(1) W. Malloek, paginas 155-165.
garla con arreglo â un tipo moral, sus (2) Discu.rso de M. Renân en la seaiôn de
capacidades admirables no hacen mas recepci6n de M. Pasteur.

�88

REVIBTA. INTEBNA.CIONA.L

nosotros a quienes no conoce. i,C6mo dfas y sus noches tan estrechamente
tendria ninguna terneza para los que medidos, a la conquista de algo que
cooperan a sus fines, cuando ella, si es no debe durar'? Salvo lo que en la
que tiene fines, los persigue a ciegas ciencia interesa directamente a su
y los ignora eternamente'? Suponer asi- bienestar y al mejoramiento de su
mismo que tiene fines, i,nO es ya salir- mansion sobre la tierra, i,qué le imporse de la regla y de las condiciones de tara lo demas, es decir, la ciencia purat
la doctrina'?
iPor qué las grandes especulaciones,
Parece que, si los positivistas fue- en su inutilidad soberbia, podrân ·en
ran comecuentes con ellosmismos, re- adelante conmover su espiritu, absorconocerian lo vano de esta persecu- ber su voluntad y sus fuerzast En los
oi6n de lo verdadero, que no puede trabajos superiores del hombre, en tonunca ser para ellos mas que un ver- dos sus pensamientos elevados, entra
dadero relativo y momentâneo, no te- la esperanza 6 la quimera de algo
niendo nada de estable el orden actual eterno 6 infinito.
de los fen6menos y antes de sufrir un Una ultima creencia subsiste, es la
dia, como wdas las demas combina- fe en la obra misma de la humanidad,
ciones de figuras y de movimientos, la civilizacion, el progreso. De seguro,
una desagregacion total, una disolu- nadie ha sentido mâs profundamente
cion de la que acaso saldrâ otro uni- el religioso amor de la humanidlld que
verso que no sera en nada semejante a el fundador del Positivismo y su suceéste, en el que ni la vida ni el pensa- sor. De M. Littré son estas hermosas
miento podran nacer de él, y puede palabras, inscritas en su testamento
ser también que un caos supremo, ul- filos6fi.co: «Ya desde el seno de la vida
timo términoposible de las cosas, como individual esta permitido el asociarso
ha sido el primer origen de ellas. Ni a este porvenir, el trabajar para prela]ciencia ni la naturaleza, que es el pararle, el convertirse asi, por el penobjeto de ella, son ya cosas eternas. samiento y por el coraz6n, en miembro
Todo eso pasara, todo- eso no es sino de la sociedad eterna, y , el encontrar
un alto entre dos infinitos impenetra- en esta asociaci6n profunda, a pesar
bles; la naturaleza, un momento en que de las anarquias contemporâneas y de
la vida ha snrgido como un accidente los desfallecimientos, la fe que sostiefeliz; la ciencia, un mqmento en que la ne, el ardor que vivifica y la intima
vida ha producido el pensamiento qne satisfaccion de confundirse conscienteha brillado como una llama entre la mente con esta gran existencia, satisoscuridad profunda del ayer y la del facci6n que es el término de ·la beatimaii.ana. ,se puede creer que el hom- tud humana.» Oigo y admiro, pero yo
bre ilustrado sobre la fragilidad de lo me pregunto si esas son esperanzas
que él creia eterno, dara locamente èl muy s6lidas, durables, para el uso, no
tiempo tan rapido de su existencia, sus solo de algunas ·almas elegidas, sino

LITTRÉ 'l EL POSITIVIBMO

89

de todos los hombres, que todos son ci6n, su triunfo sobre un ultimo prellamados igua1mente a la herencia del juicio, y este prejuicio i,Cuâl era'I Todos
ultimo ideal que se les deja todavia. nuestros modernos sufrimient.os, â su
Volvemos â encontrar aqui el mismo parecer, provienen de tres cosas muy
género deilusiones que hemos ya corn- modernas, en efecto, y que es preciso
batido a proposito de la teoria de la fe- tener el valor de reponer en cuesti6n;
licidad.
el ideal, la filantropia y la idea del
Esta participaci6n de la suerte futu-" progreso.-«Nosotros hemos so:ô.ado
ra de las generaciones de que les sepa- un m undo-decia-que no encontraran muchos siglos, esta fusion volun- mos realizado en·ninguna parte, y que
taria y consciente de si mismo en la es, segun toda verosimilitud, irrealizagran existencia de que somos una par- ble; amamos al género humano con un
te infinitesimal, consagrada a una apa- amor lleno de ilusion, como a miemricion tan râpida y a una desaparicion bros de nuestra familia, como a carne
eterna, tes, por consiguiente, para los de nuestra carne; en fin, con un optihombres un premio suficiente de las mismo pasado al estado de instinto;
fatigas y de los sufrimientos que de- éreemos en U:na marcha de las sociedaben aceptar como condiciones de la he- des que las aproxima siempre mas a lo
rencia preparada para otro'?
verdadero y al bien.
Y, por otra 1&gt;arte, t,quién nos asegu&gt;Son tres enfermedades que el sir&amp;., como lo hemos ya preguntado a glo xvm, con su racionalismo hueco,
M. Littré, que esa herencia, adquirida con sus concepciones abstractas, nos
con tanto trabajo para nosotros, les sera ha inoculado, y que son el origen del
fielmente transmitida, que no habra malestar y de la inquietud de que esuna brusca ruptura en la trama sa- tamos trabajados.» M. Schérer protesgrada del progreso, que no habra re- ta, és verdad; no demasiado enérgicatrocesos a la ignorancia y a la barba- mente sin embargo. Confiesa que su
rie, accidentes del atavismo, reminis- amigo estaba equivocado, pero que su
cencias de la vida salvaje y asimismo error se explica. El mal, segun él, no
animal en medio de las maravillas de esta en las nocionés de que se lamen.:,:
la civilizacion, cataclismos en la obra taba, esta acaso solamente en el caracde la humanidad, como los hay en la ter absoluto . que revisten, gracias a
obra de la naturaleza, M. Scbérer nos nuestra ignorancia de la historia, â
confia ba el otro dia, en una pagina muy n uestro desdén hacia el paaado , a
interesante, las confosiones de uno de nuestra impaciencia de transiciones y
sus amigos, un entendimiento libre, y de transaciones ( 1 ). Sea lo que
que se precia de serlo, y a quien no quiera, el golpe esta dado, y pol'
creo juzgar mal pensando que es un manos amigas, al corazon de este
positivista desengaiiado. Hablaba de lo
que él llamaba su ultima emancipa- (i) Bl Tiempo, 27 Mayo 1882.

1

1

�90

REVIBTA INTERNACIONA..L

'

dogmatismo , deberîa decir de este I uno de ellos estaba directamente intemisticismo, del progreso infalible, re- resado, la vida futura, las alegrias del
vestido de una suerte de caracter sa- cielo; y la imaginaci6n se encuentra
grado, tal cual le ha concebido 6 son.a- con mucha frecuencia impotente para
do M. Littré.
mantenerla ante nuestros ojos y para
Esta religion del progreso existe sin contrapesar los placeres actuales. i,06duda en algunas almas. La cuestion mo, pues, esperan los positivistas que
esta en saber si se puede hacer de ella su p{llido y lejano ideal produzca en
una religiôn eficaz y universal. i,Se es- el mundo un efecto màs vivo que el
pera hacer el stirmtlus de la actividad que quieren reemplazar, y que el homde todos los hombres'? El sentimiento bre le vea bdllar muy cerca de él, en
con que se puede contribuir por si mis- el término de su vida y como al alcanmo al progre~o del mundo no produci- cede su mano'?-El desinterés, 1cuanra en la mayor parte sino un efecto to no sera necesario para aceptar ese
muy mediocre. A veces darâ mas ardor fin prâctico I Para reservar a otros esa
a nuestras inclinaciones, servira rara- dicha de que se nos habla, tendriamos
mente para reprimirlas.
en gran parte que sacrificar la nuesEn la mayor parte de los casos, ob- tra. i,Se puede contar con que se motendrâ una aquiescencia pasiva, rara difi.carà la existencia humana hasta el
vez grandes esfuerzos. Se hace notar punto de imponerla sin resistencia semuy justamente que, para que el Po- mejante sacrificio1
sitivismo pueda hacer una obra prâcNos hablais de la felicidad asegurada
tica con esta fe en el progreso, seria para el hombre del porvenir, y os imamenester que la nataraleza hamana ginâis siempre, como si fuera esto la
sufriera una completa metamorfosis, cosa mâs natural, que el hombre del
y esto no hay modo alguno de espe- presente gozara po'I' procuraciôn tanto
rarlo. Seria preciso que se dieran en cuanto si se trat.ase de él mismo. Tonosotros y en grado muy alto dos cua- davia seria necesario persuadirle para
lidades: la imaginaci6n y el desin- eso de que se tratarâ de una felicidad
terés.
considerable; porque la dicha por proLa imaginaci6n desde luego; ésta curaci6n no es posible mas que si el
deberia ser excitada hasta el punto de objeto ganado para otro es inmensapresentarnos con una vivacidad extra- mente mas grande que el que se_ pierde
ordinaria los fines lejanos a que debe para si mi .. mo; y tampoco es s1empre
tender el progreso, se apoderaria en- posible en estas condiciones.-De hetonces de todas nuestras aeipiraciones cho, i,110 sabemos que el porvenir al
personales para dirigirlas hacia ese fin cual queréis que el hombre se inmole
ûnico. Pero i cuân dificil y poco pro- no tendra sobre el presente otra v-entabable es eso ! La religion ha propuesto ,. ja que el contar un poco men~s de mia los hombres un fin en el cual cada serias fisicas'I No en.contraré1s proba-

LITTRÉ Y EL PO.BITIVI.!MO

91

que cada uno colabore a ella en la
medida de sus fuerzas. Si ella debe prodncir mas justicia y luz y ese aumento de justicia y de luz se repartiese
entre almas qnt~ no deban perecer, si es
verdaderamente para una obra eterna
para loque trabajamos, para el progr~so de la conciencia universal, para la
realizaci6n mas y mâs extensa y profunda del mundo moral en la tierra,
como inauguraciqn y comienzo del
reino de Dios, ciertamente no hay fin
mas elevado, mas digno de nuestros
esfuerzos. Pero aqui, 1,qué resulta la
obra para la cual se convida a todos
los hombres à aportar su buena volun~
tad y asimismo a sacrifi.carse en caso
de necesidad si es necesario'? tPara qué
porvenir esta reservada1 i, Para qué consagrarnos asi1 1,Para qué con-vertirnos
en obreroa de una tarea que cesar·â
bruscamente un dia y cuyos resultados,
cR1Aalicua expec!at dum de{1.uat amniB, al file
vanamente
queridos y 5;agrados, seran
labitur et labetur in omne voltibitis oevum ( t).
brutalmente destru.idos1 t,A. qué santo1
Una ultima consideraciôn hay de Este es clamor de las generaciones que
naturaleza para marchitar 6 para de- saben de antemano que serân enganacolorar la regi6n del progreso en el das ensu lejana esperanza, y que, para
espiritn de la humanidad, si ésta lle- den.tro de algunos siglos, calculan que
gara a hacerse positivista.
el tesoro de sus sacrifi.cios perecerâ sin
Es la. que tenemos ya indicada, a remedio. De todos lados nos llegan
prop6sito de la ciencia, y que nace muy profecias siniestras.
naturalmeote de las daciones mismas He aqui una bien hecha seguradel saber positivo y de sus previsiones mente para abatir los esfuerzos de la
acerca de la fragilidad de esta combi- bumanidad. «Ya-se nos dice-el fin
naci6n puramente mecânica que ha del mundo aparece en un porvenir del
formado el uni verso. Se nos habla de cual la ciencia desgarra el velo. Corno
la civilizacion como de una obra admi- las especies f6siles de las di versas éporable, sîempre creciente, y que merece cas geo16gicas, el hombre no habrâ
hecho mâs que pasar sobre la tierra.
Lejana 6 proxima, vendra seguramen(1) W. Mallock, paginas 1'74-180.

blemen.te sino muy pocos vol untarios
que consientan en «combatir, gernir,
agonizar», para apresurar la realizaci6n de una felicidad tan mediocre.
cNada mas vanoque el especular sobre
contingentes imposibles. Los positivistas podrîan hablar absolutamente como
lo hacen si hubieran de decirnos con
qué ?i.ipidez se viajaria si se tuviese
alas; en qué aguas profundas se podria empeiiarse si se tuviera vein.ticuatro pies de alto. Todas sus suposiciones equivaleu â esas. Entre la naturaleza humana que tenemos y la que
ellos ambicionan para noeôtros, se cruza un rio profundo y sin vado; ellos no
pueden lanzar sobre él un puente, y en
todos sus razonamientos suponen que
nosotros volaremos por encima, âmenos que él no llegue a secarse por si
mismo, pero

�92

BEVJBTA. INTERNA.CIONAL

I

te una época en que todo lo que vive ofrece muchas puntos de resistencia insobre la tierra volverâ. de nuevo con el terior y de reacciôn contra las influenhombre al polvo. La lucha por la exis- rcias que hemos tratado de analizar.
te.ncia habrâ terminado. El eterno re- Pero basta a nuestra demostraciôn que
paso de la muerte reioarâ sobre la tie- esas inftuencias sean exactamente derra solitaria. Privada de atm6sfera y ducidas y que se tenga el derecho de
de vida coma la luna, su globo desier- prever los efectos de ellas sobre la huto continuad. girando alrededor de un manidad futura. Por ejemplo, cuando
palido sol. El hombre y su civilizaci6n, mostramos que el valor de la vida seria
sus esfuerzos, su~ artes y s_us cieocias, 1 singularmente aminorado por el triunfo
tod~ eso habra s1do (1) . ., S1 estas pro- de las nnevas doctrinas; que el ideal
focias son verdaderas, si todo perece palideceria en la raz6o; que la devocon la vida sobre nuestro globo, si no ciôn a la verdad 6 al arte, las alegrias
hay en parte alguna un pensamiento desinteresadas de la alta cultura, el
que se acuerde y conciencias que ha- entusiasmo del progreso, no encontrayan recogido el resultado de tantos es- rian tal vez ya alimentas suficientes
f~~rzos y sacrificios, esta ultima reli- en el hombre nuPvo; por ultimo, que
g1on del progreso, con tal ruina por muchos manantiales de la felicidad
fin, t,no es la mas cruel mixtificaciôn humana se secarian bajo la acci6n de
del pobre animal humano, que se ha- estas ideas como bajo un viento helado
br:i. perturbado inûtilmente en su mi- que hace arido todo lo que toca, eviserable dicha para agitarla ea la per- dentemente yo no hago aplicaciôn alsecuci6n de quimeras y forzarla a edi- guna personal de estas deducciones.
fi.car para la nadu 1
He seiialado en modo suficientc mis
Que se note bien, todas estas consi- reservas sobre este punto.
deraciones no tionen su aplicacion sino
Por otra parte, tendria poca gracia
bajo el punto do vista de la _16gica el querer persuadir a las gentes de que
pura, y su exacta realidad mâs que son d~graciadas, fuera loque qu.isiera
para la mediania de los hombres.
loque pudiesen decir, por efecto de sus
Ni una de ellas, verdaderas para la doctrinas, y que la existencia ha degeneralidad de los casos, lo seria acaso bido perder todo su valor a sus ojos
actualmente para uno solo de los re- porque la 16gica lo quiere asi. Se burpresentantes mas 6 menos célebres del larian de la lôgica y de nosotros, y tenPositivismo. Es necesario dar la mayor drian razôn. Me acuerdo siempre de la
parte â. los caracteres, â. los tempera- respnesta ingeniosa que diô Saintementos, alas oaturalezas de inteligen- Beuve a corresponsales demasiado cecia, a la educaci6n inde!eble, â las tra- losos. En los u.ltimos aùo , cuando él
diciones de familia 6 de raza; todo eso se inclinaba sobre muchos puntos hacia el Positivismo practico, escribia a
(1) Julio Soury: Filosofia natwr.zl,pag. 325. uno de ellos. uOs doy las gracias por

I

I

LITTllÊ Y EL POSITIVIBYO

93

todo loque me decis de afectuoso. Mas mientos, que eran continuos y vivos,
dispensadme, 1,por qué las cosas no se- declaraba &lt;tque la filosofia positiva,
ran iguales entre nosotro:!'l Tenéis pie- que tanto le habia ayudadodesde bacia
dad de mi y d9 mi desgracia. Pero 1,os treinta aiios y que le daba un ideal, la
be hablado yo, pues, de mi desgracia~ sed de lo mejor, la penetraci6n de la
;.Y quién os ha dicho que yo esté tan historia y el cuidado de la hnmanidad,
necesitado de compasiôn~ Tened cui- que, en fin, le habia preservado de ser
dado, que el amo. propio, que tiene un simple negador, le acompaiiaba
tantas vueltas, no vaya a deslizaree fielmente en sus filtimas pruebas&gt;. No
tambien en esta pretensiôn de ser mas hay nada tampoco que contestar a eso.
feliz que otro hasta en sus desgracias Por otra parte, tengo mâs confianza en
mismag (1 ).-'&gt;
las declaraciones de Littré que en la
Miss Henriette Martineau escribia de Sainte-Beuve, â quien hemos conoalgo semejante en su Autobiografîa: 1cido en los ultimos afios de su vida de«Algunas pe~son~s _dicen no concebir masiado agitada I demasiado suspicaz
c?mo, con m1s op1mones. no soy des- é irritable, demasiado poco desintered1chada â causa de la muerte, y decla- sado de su yo literario para haber gusra~ que en mi lugar ellas lo serian. A tado una bora de verdadera y tranqu.im1 vez, yo me asombro de que no se la clicha.
aconseje el pen,ar que, acaso, no se
Cuanto a M. Littré, es diferente. La
comprendan ni mis miras ni mis senti- plenitud de la vida intelectual, esta
mientos. El bccho es que mi disposi- moralidad superior, adquirida por su
ci6n general de espirit11 es buena, y fe en el bien, por su tierno amor para
encuentro qt1e uoa buena. disposici6n con los hombres; por su devoci6n absoes un gran punto; pno la solicitud que luta a la verdad, esta natnraleza, de
se atestigua con este motivo y el evi- la que uno de los que mejor la han codente deseo de sacar partido de una nocido ha podido decir que era esta
mala di posicion, si la tenia, son ras- 'lesencialmente religiosa» (cualquiera
gos curioc:;os en mis relaciones, bien que fuese el ideal de su fe); esta volunsea con algunos de mis conocimientos, tad, on fin, heroica consagrada al trabien con extrai'ios que tienen la bon- bajo; este goce profundo del ejercicio
dad de interesarse en mis asuntos. » de su actividad y de sus resultados
Ante semejante prote~ta, no tenemos acumulados; este sentimiento enérgico
mâs que inclmarnos.
y fiero de sus füerzas fecundas, apliNo se discute la manera por medio cadas a. la investigaci6n de lo verdadede la cual Clda uno se encuentra. feliz. ro dunnte el curso de una e:ristencia
Por ultimo, M. Littré, en uno de sus tan larga, to1o esto junto bien parece
ultimos escritos I contando sus padeci- ser prenda de una felicidad s6lida y
elevada.
Quedarian, sin embargo, a1gunas
(1) Oornspondencia, tomo rr, pag. 348.

I

�94

REVIBTA. lNTERNACIONAL

cuestiones muy importantes que resol- justificados por la 16gica. Pero entre
ver en vista del problema general que los hombres que naceran en un siglo
estudiamos. fü.tosnobles instintos que, positivista, lo mismo también que en
al gobernar la vida de M. Littré, le nuesti·as generaciones actuales, i,CUandieron tan excelentes y tan altas satis- tosse podrân contar de este temple'?
facciones i,UO prueban contra su siste- Para los demas, que son la multitud
ma y no son una protesta de la reali- humana, i,qué previsiones se puede
dad viviente contra la 16gica de las hacer razonablemente, al evitar tanto
teorias, en las cualès él ha tratado en ·cuanto sea posible una exageraci6n de
vano de aprisionar su entendimiento'? partido que les desacreditaria't No es
Estos instintos, i,DO serian un residuo dudoso que la vida pierda casi todo su
indisoluble de las antiguas civilizacio- valor para los buscadores de ideal bajo
nes, una resultante hereditaria de las todas las formas y para las aimas simviejas doctrinas, 6 mejor aun, no ten- ple é instintivamente religiosas, cuanderian al fondo mismo de la naturaleza do esté admitido como dogma el que
humana, no serian la expresi6n natu- todo conocimiento esta limitado por la
ral, la aspiraci6n legitima hacia algo experiencia positiva, y cuando este
etemo y absoluto en oontradicci6n con dogma haya tomado puesto en las cosel Positivismo, y de donde se saca el tumbres mentales de las generaciones.
verdadero valor, el verdadero precio de Al contrario, para la gran mayoria
la vida'? En fin, cuando seestudiade cer- de los hombres, la vida, en vez de perca la vida y la conciencia de M. Littré, der de su importancia, habra ganado
cuando se le ve . tan pronto en recono- mucho; ganara asimismo demasiado en
cer sus errores, tan presuroso en recti- un sentido; habra perdido su valor ele:ficarse y corregirse a si mismo, i,nO esta vado, pero su valor vulgar aumentara
permitido creer que él no repos6 nunca tanto mas. Enfrente de este inconocicompletamente en la plen:;i. ytranquila ble 6 acaso de esta nada que nos enposesi6n de la verdad't iQuién puede vuelve por todas partes, que se extiendecir que no le aconteciô un d!a, una de delante de nosotros como detras,
hora, el sentir esta desproporci6n entre ella sola sera. cosa real, sin tien te y sensus instintos y su doctrina'? Son esas tida. Se ligara uno a ella con una
cuestiones reservadas â la psicologia suer te de aspereza, se la defendera con
intima. En todo caso, es men ester abrir f uror, cuando se haya perdid.o las rauna categoria aparte â. estas personali- zones que hacen que, en ciertas cirdades de elecci6n y de excepciôn, que cunstanciBlf!, se la sacrifique con aleencuentran en la cultura intelectual gria, con la embriaguez del honor
mas elevada el empleo de su actividad triunfante 6 de 1a conciencia exaltada.
y motivos de ser suficientemente di- No se tendra mas que a ella, se la pochosas, motivos incontestables de be- seerâ apasionadamente. Asi se formara
cho, cuando asimismo no estuvieran una raza dura, prâctica, calculadora,

Ll'ITBÉ Y EL POSITIVISMO

95

positi'oa a todo trance en el mal sentido I padecer mucho. Aquellos en quienes
de la palabra.
predominan, a pesar de todo, disposiMe figuro esas generaciones nuevas ciones refractarias al nuevo estado de
de gentes j6venes aventureras. confia- cosas, sentimientos indomables y asdas en si mismas, capaces de llevar a piraciones en lo sucesivo sin objeto,
cabo los excesos mas grandes de tra- aquéllos, retrotraidos sobre si mismos,
bajo y de placer, implacables en la c~mprimidos, ca~ran mas y mas en el
gran batalla por la vida, sabios en caso disgusto de la vida. Mas y mass~ lade necesidad, en la medida util de las mentarâ.n de que la verdad es triste.
aplicaciones, porque la ciencia es una fo1n â engrosar la multitud que el
fuerza en la batalla y una probabilidad pesimismo arrastra en pos de si hacia
ademâs para la victoria, que se ence- esos nirvanas peores que los de Orienrraran sin pena y sin cuidado en el hci- te; maldecirân de la conciencia que no
rizonte estrechamente medido por la les ha dado mas que el sentimiento del
fe nueva, que se apoderarân de ella sufrimiento y del vacio. La escuela del
victoriosos de las cosas reale$ y que suicidio renacerâ, como en la d.ecadenextraeran con ardor de ella todo el jugo cia de las füosofias antiguas; ésta teny la sustancia. Seguramente el ideal dra adeptos mas y mas numerosos, no
sin objeto no harâ. ya presa en estas s6lo en la practica, sino que también
almas experimentales y desilusiona- por doctrina.
das. Nada de eso vendra ya â per- Y no seran seguramente ni los mas
turbarles en su entusiasmo razona- mal os, ni los mas cobardes, ni los mas
do para perseguir el género de fe- tontos, ni los menos nobles los q~e se
licidad que esta en su conveniencia vayan de este mundo; seran los irrey a su alcance. Habrân roto para siem- conciliables con la vida, tal cual se les
pre con estas ilusiones valetudinarias habra hecho, y en la que no encontralas circunstan- rân su sitio.
que se llaman. , seg:ûn
0
cias, 6 el escrupulo y el remordimien- Yeso serâ asi hasta el dia en que
to, 6 el delirio y la quimera, productos algun pensador osado se aperciba de
tan enervantes y debilitant-0s de las que hay algo mas alla de la fisica y de
civilizaciones espiritualistas.
la quimica, y por una genial inspiraAl contrario, los que hayan conser- ci6n inesperada descubra el alma y â
vado esta enfermedad y este tormento Dios.
inûtil del i&lt;l.eal, tendrân motivo para
E. ÜARO.

�97

LA SENOBA. GERVAISAIS

LA SENORA GERV AISAIS

I

C

uarenta scuài'J
-Si, Signora.
-0 sean doscientos francos,
en moneda de Francia, t,no es eso'?
-t,Doscientos francos'? ... -dijo la
romana que enseiiaba la habitaciôn a
la extranjera; y pareciô contar y recontar mentalmente.-Si, si... doscientos francos. Pero la Signora no ha
visto bien ...
Y echando con brusquedad el manton encima de una cama deshecha,
pusose a ir de cuarto en cuarto con
vivas ondulaciones de talle, hablando
con la volubilidad de una padrona de
habitaciones amuebla:las:
-Mire V., se fueron esta maii.ana ..•
Una .familia inglesa .... unas gentes
muy cochinas, que por todas partes tiraban agua ... Todo esta en des6rden ...
no ha habido tiempo dearreglar nada .•.
Pero la extranjera no escuchaba:
habiase detenido delante de una ventana con el niiïo que tenia de là mano
y el cual se agarraba a sus faldas; y
le ensefiaba loque desde alli se veia,
la plaza de Espaila y la escalinata de

la Trinidad del Monte. Luego le pregunt6:
--1,Quieres quedarte aqui, Pedro
Carlos'?
El ni.fio no respondi6, pero levantô
hâcia su madre los ojos, llenos de alegria.
-JOiie bellezal-exclamô la alquiladora, con ese grito de la admiraciôn
romana ante todo lo hello.
Al oir esta palabra, la extranjera
miro un minuto al niîio con esa mirada de madre que parece besar en el
rostro de su hijo la hermosura que le
encuentran.
-;,Y esa lengüecita, no habla'?-dijo
la italiana.
-Esta. un poco atrasado para su
edad ... -Y la frente de la extranjera
se puso de pronto seria; y, casi en seguida, prosiguio con tono brusco:De modo que, ;,no es eso'?, hay aqui...
una antesalita, la cocina al otro lado
del rellano, con nna alcoba para un
criado, y estas cuatro piezas seguidas ...
-Sî, Signora ... nosotras nos retiraremos al cuartito del fondo ... No ne--

cesitamos mas para nosotras dos, i,IlO tranjera, ésta dijo, con tono altivo y
es asi, madre'?
breve:
Y la romana volvi6se hacia una vie-Tome V., seno-rita, concluyamos ...
ja, de magnificas facciones ajadas, Aqui estân los doscientos francos del
que estaba de pie, con la dignidad de primer mes ...
su traje de luto, silenciosa, presenY puso el dinero encima de una
ciando esa conversaciôn sostenida en mesa.
una lengua que no comprendia y de
-Veré, después, si me encuentro
lo cual parecia adivinarlo todo, con la bien aqui... ·
inteligencia meridional de sus ojos.
-Mi madre va a quitar el r6tulo de
-Bueno, convenido ... me quedo con «se alquilu-dijo la joven; y mojando
la habitaci6n...
la pluma en el barro de un tinteto se- i Ah! Signora, no es cara... Si co, aùadi6:
este aii.o hubiese mas extranjeros en
-t,A. qué nombre es preciso extenRoma...
der el recibo'I
-Digame V., ;,es tranquila la casa'?
La extr:mjera entreg6 una tarjeta,
i,NO hay ruidos en ella'? Porque, hace en la cual se leia:
poco ... entré en una casa ... Cuando
lei en la calle: Maestro di Mu#ca ...
LA. SKNORA GERV.A.18.A.IS
-jOh! loque es aqui... Abajo, ya
lo ha visto V., hay un librero, con la
calcografia que mi padre tuvo en otros
La italiana se inclino para copiar
tiempos ... y arriba estân sus almace- el apellido, y al volver a levantar la
nes .•. y, respecto a nosotras, nunca cabeza, vi6 al niùo, quien teniendo
recibimos a nadie...
vuelta entre las suyas la enguantada
-Es que estoy delicada, algo malu- mano de su madre, la besaba en el sicha ... Necesito sosiego, mucho so- tio correspondiente a la palma.
siego...
-jC6mo debe V. quererle!
-jA.h!... t,Estâ delicada la seiio-jûhl no tiene mas que â su madre
ra'?- dijo lentamente la paàrona, :i para hacerlo asi...-suspir6 la madre.
quien acababa de entrarle ese miedo -Ya sabe la seiïora que estamos
popular de las alquiladoras de casas obligadas a presentar los pasaportes a
amuebladas de Roma por el contagio la policia ...
de las enfermedades de los pulmones,
-Me han guardado el mio en la
temor encontrado ya por Chateau- fonda. Maiiana se lo entregaré a V., al
briand cuando buscaba alli la ultima tomar posesi6n del cuarto ...
morada para la seâora de Beaumont.
-i,No necesitara la se:iiora que les
Y como tratase de dar vueltas en el hagan el desayuno?
magin a una frase que hiciera expli-No ... me propongo tomar dentro
carse acerca de su dolencia a la ex- de pocos dias un sirviente de aqui,
RRYlBTA.-MAYO

94.

.

7

�.
98

--- - - -

BEVISTA INTEB ••ACJONAL

para la cocina. Hasta mana.na, sefio- vaisais a un camarero que le traia el
ras ... Ven, Pedro Carlos...
potaje de la mesa servida de vigilia,
Y dirigiéndose a su doncella, que en la cnal haiase sentado ella, sin saestaba arrinconada en el fondo de la berlo.
estancia, con el corazon oprimido y la
Al oir esta peticion, un ecle iastico
tristeza pronta a reventar de una bor- coloradote, en actitud de recitar de pie
goiiona fuera de su tierra:
juato â. ella su Benedicite, la echo una
-jA.nda, Honorina, vâmonosl Ya mirada, que reprimi6 casi al punto, é
volveremos, hiJa mia...
hizo retroceder un poco la silla al senY al estar en la puerta, dijo la ita- tarse.
liana corriendo detrâs de ella:
En el monumental comedor donde se
-1A.hl Senora, se me habia olvida- alzaban virtudes, mârtires y heroinas
do. Debo advertir â. V., respecto a la cristianas de yeso, sobre un fondo pinlimpieza de los ,carpe ... a menos que tado imitando mosaico, comia la heteno sea la doncella de V. quien...
rogénea mescolanza de los visitantes
-Mi doncella no hace mas que las de la Ciudad Eterna: hnéspedcs venicamas...
dos de todas partes, cat6licos, laicos
-Entonces... serân a dos /Jaioccos de leviton clerical, sacerdotes de todas
por cada par de zapatos... Eso es el clases y vestimentas, muestras de la
gajecillo de la serta.
clerecia bajs y alta, obispos con soli•
-Pues bien; la ser1Ja tendra sus dos deo de color de violeta, muchas curas
/Jaioccos.
de pueblo, buenos bebedores y de voz
y la seiiora de Gervaisais no pudo recia, :flacos presbiteros de compania
menos de sonreirse al ver a qué poca escoltando à. seiioras ancianas en la
costa se labra en Roma la felicidad del peregrinaciôn de su curiosidad piadopobre.
sa, comerciantes enriquecidos que obsequian a sus mujeres con el viaje de
recreo de las personas distinguidas,
zafios industriales que estropPan los
nombres de las santas corregidos en
Il
alta voz por sus hijas con las lecciones
frescas aun de su educaci6n de convento, viajantes que explican sabiaAquella tarde, estaban llenasde gen- mente a sus vecinos de mesa en qué
te las mesas del H~tel de la .Minuoa, consiste que en los Estados Romanos
y de trecho en trecho los viajeros con- estan dispuestos a. engordar los vinos
cien:t:udos leian la «Guia» en su plato de los paises templados; en fin, todos
esos pasajeros cosmopolitas, an6nisopero, aun vacio.
-No ... sopa de cocido para mi ... y mos, impersonales y vagos, â quienes
para mi hijo-ad virti6 la seîiora Ger- acerca y hace comulgar en su vulga-

LA IŒNORA GERVAISAIB

l

99

ridad la vida de fonda, el codearse con dad~ de no hacer ni siquiera que baellos durante las comidas.
1rriesen todas las maiianas la prision de
En un extremo de la mesa, obser- 1San Pedro.
·
vando con superioridad alos comensaAlegrose la seiiora Gervaisais al pen .
les, destacâ.base de todo aquel gentio sar que esa era su ûltima comida en la
un caballero de una orden de nobleza, Minett&gt;a. Todo aquel ruido necio que
envuelto en esos hâbitos que visten aIoia en torno snyo ha tiabala, casi la
la vejez religiosa con la gracia correc- j ofendia, sintiendo una especie de nâ.uta de lo blanco. Con ademanes de hom• seas al oir hablar alli tan alto â la esb~ d~ la b~en~ sociedad, hablaba al j tupid::::~ .. Su amor propio de fraocesa,
01do a una 1taliana cuyos ca bellos es- de par1s1ense, padecia con esas ineptaban anudados con una cinta de color cias brotadas de labios de cœn patriode faego que recordaba una tira de Itas; y habia alti una humillaci6n para
purpura de peinado antiguo.
ella, al mismo tiempo que un rechinay &lt;'Onforme avanzaba la comida y miento de dientes ca i doloroso, altodifundiase la expansion de los estô- car tan de cerca y en su mas grosera
magos satisfechos, la charla de los expresi6n el «beocismo » exuberante
vecinos de mesa se iba entremezclando que, por singular é irônir.o privitegio,
y se c@nvertia en conversaci6n gene- despierta el espectâculo de la ciudad
ral. Entonces aparecia y se desplegaba mas grandiosa del mundo en el pueblo
la sandez del frances en mesa de fon- mas âtico de la tierra.
da, quien toma todas sus comparacio- -Coge una naraaja y vamonosnes y normas de las ideas, de los pre- acabo por decir a su hijo, concluida ya
juicios y de los productos francese , la paciencia antes de llegar â los posqueriendo toparse otra vez con Francia tres y ofendida por el porte de su veen todas partes del extranjero, y sin cino el capella.a del Benedicite, quien,
admitir nada del derecho de cada uno refocilado por la comida, y con el codo
de los demàs pueblos a ser lo que es. junto â ella. daba e golpecltos en el
Con palabras doctorales y burdas ig- hombro con la lista de los vino-1,
norancias criticabaase las costumbres,
Snhi6 por la e~c tlera principal, ro •
los bâ.bitosylasinstitucionesdel pais. zandose con un capnchino que, arriPor parte de los sen.ores â quienes ha- mado â la garita del portero é inmôvil,
bian servido café con lech~ en vaso, alargaba a los transeuntes una bussola;
alzâ.banse quejas de civilizados que y por los largos corredores, en los rindesembarcaran en una comarca sal- cones de los cuales veianse prelaciales
vaje. A prop6sito de la pequeiiez de los equipajes con aspecta de estuches de
pollos asados, habia quienes decian plateria, de tafilete rojo y estampados
que eso daba triste idea del gobierno; de oro, lleg6 a su cuarto, donJ.e se
y un sen.or calvo, con cara de perso- encerro con su hijo.
naje, acusaba a los ediles «de la localiCaia la tarde, y con la clarinad que

�100

REVIS'îA INTERNAClONAL

se iba entraba en ella el sentimiento penetraba el sol a través de flores
de tristeza de qae las mujeres de cierto puestas en tiestos. Asi que cerr6 la
temperamento no pueden eximirse a la puerta, al irse los mozos de cuerda,
llegada de la noche, en el momento tuvo el placer de esa expansion libre
de desmayar y en el momento de caer que SI.! siente al abandonar la posada,
la tarde.
la fonda, fa casa de todo el mundo.
Poco a poco iba siendo presa de Entreg6se a. la modesta dicha de ver
aquel\a especie de melancolia soii.adora sacar el contenido de su equipaJe, de
é instintivamente medrosa que dan a colocarlo y arreglarlo todo, de sentirlas mujeres, el temor a las tinieblas y se dentro de un hogar en donde por
la ameoaza de la noche. Cogi6 a su largo tiempo iba â encontrar de nuevo
hijo encima de sus rodillas, y se puso a la pulcritud y la duizura del domicilio
mecerlo, estrechando contra su regazo pri vado.
el primer sueno de su niùo, tarareân- La habitaciôn era la ramplona casa
dole quedo la Mecedora, de Schumann, amueblada que Roma alquila a los/ocon la boca en la misma cabeci.ta de él, restiere, y donde, sin embargo, veiase
y echandole la voz entre los cabellos. el caracter del mobiliario romano, soAl de1mudarla para acostarse, la. bre todo en la gran sala que hacia esdijo su doncella:
quioa a la calle delle Oa'l'rozze y a. la
-Pero, t,no toma la seii.ora la poci6n plaza de Espaùa. El techo, pintado de
que el sen.or doctor Andral ha encar- blanco, se dividia en cuatro compartigado tanto que tomase V. todas las mientos con füetes azules y rojos renochesî
cuadraodo ligeros arabescos, de dondt•
-Dios mio, haz el favor de dârmela pendian, balanceandose en la punta
si gu.stas, Honorina ... quiza me impi- de un cord6n, cestillos con flores. Dida sentir las pulgas de la Mine'f'Da.
bujos de adorno a la aguada, en dos
tonos grises, entrelazâbanse sobre el
fondo azul del papel de las paredes.
El entarimado del piso desaparecia
III
bajo las cenefas de una alfombra turca, roias, amarillas, negras y blancas.
Cortinas de algod6n, agitadas por el
aire exterior, ondea ban en los balcoAl siguiente dia entraba la seii.ora nes, bajo guardamalletas de damasco
Gervaisais en la casa que habia toma- con fl.ecos. Sillones de nogal, de una
do en alquiler.
rigidez anticuada, apoya.banse contra
Detrâs del niiio , que iba saltando la pared, con sus curvas patas de malos peldaiios, subi6 por la escalerita dera oscura y su estrecho respaldo, en
de marmol, de losas blancas y negras, el centro del cual se veia en un circuiluminada por ventanas por las cuales lo una Musa taiiendo la lira, cual

LA SENORA GERVAIBAIB

101

un m~l meda~16n de taracea. Sillas 11c6moda, que parecen los juguetes y
del m1smo estilo formaban corro en las reliquias de los dioses Lares de la
torno de un velador sostenido por tres clase media romana.
pies trâgic'ls; y repisas amari\las col- La seiiora Gervaisais pusose bien
gaban de pernios con cab~zas de mu- pronto en esa pieza air de una a otra
jer, de metal dorade.
siUa, cayendo sentada con el resto del
Por la parte contigua â la calle d~lle cansacio del viaje, é inclinândose de
Oarrozu babia uoa. chimenea de mar- continuo hacia su doncelia â. la cual
mol blanco. Su estrecho tablero hori- daba 6rdenes para cambiar de sitio 6
zontal sostenfa. un e~pejo que alzaba de postura esto 6 lo otro; no se levansobre dos garras de grifo doradas sus taba sino cnando el terco ademlm de
tres cuerpos, encerrados en triple mar- su hijo la ensei'iaba con la mano un
code palo rosa coronado por un pe- objeto â mayor altura que la de él y
quefio enta.blamento con una bara11- querfa verlo, como los «tocatodo, de
dilla de cobre: un espejo del pais, se- su edad, teniéndolo un minuto entre
mejante â una vidriera arrancada de sus deditos.
un gabinete.
Por fin fué a descansar al angulo
Enfrente e taba abierto el piano, qu~ del aposento, donde pendi.a una pruela sei'i.ora Gervaisais habia mandado ba antes de rotular de la Tran.ifi,guraponer desde la vispera, d bajo de un ciô11,, en una rinconada mas oscura, y
gran cuadro con la Oronologia de los delante de la cual cruzâbanse sobre la
Papas bordada en negro, en caiiama- alfombra las luces de los dos balcones;
zo, dentro de uoa grau orla de Haves se encontrô bien alli, creyendo haber
y de tiaras; p~adosa obra de la bija de hallado ese lugar querido que toda
la casa, que acompaiiab&amp;n, puestos de mujer elige donde habita para hacerlo
través 1 unos paisajes de Claudio el Lo- su sitio predilecto, est.ar en êl feliz
renés, firmados por el grabador Par- y tranquilamPnte en compaiiia de si
boni.
misma, leer, escribir y sonar. Arrelley por toda la e tancia, encima de la nândose entre los almohadoocillos de
chimenea, de las repisas·, de lo vela- crin del sofa puestos en derredor suyo
dores, estaban puestos, amontonado y para sostenerse, dijo â Bonorina qne
revueltos, mPnudos cachivaches de to- trajese una mesa y pusiese encima la
das clases, reducciones de obeli cos, carpeta y los libros. Por encima de su
muestras de marmoles, copas ne ala- cabeza colgaba un cesto de mimbre,
bastro, columnillas con figuritas de trenzado de oro y blanco; mandô busbronce, un le6n de harro cocido copia car fi.ore. para llenarlo. Y cuando la
del de Canova, imitaciones de vasos cama de su hijo estuvo puesta en el
etruscos dunlr,erquu, ese mont6n de cuarto inmediato de modo que estutrozospequenos degran1es cosas, como viera a la üsta de su coraz6n y pudiercunidos por una solterona sobre su se mirarle dormir por la puerta entor•

�LA 8Jt.:'ORA GERVA lBA.18

102

103

BE\718TA. Th'TEBNACIONAL

nada ... lo qua respiraba y lo que laj vapores, sin una mancha; un cielo
envohia, la luz risueiia, la pieza ale-, profundo, transparente y que subia
gr_e y amena~ insp_iraronla cse movi- como pol villo_ azul ~or e~ éter; un ciem1ento de sabsfacc16n que â las natu- lo con la claridad cnstahna de los cieralezas enfermizas y nerviosas (a las los que mi.ran al agua; la limpidez ùel
cuales impresionan las nonadas en tris- infinito, fl.otante sobre un mar del Metecedoras de las cosas) comunican la diodia; ese cielo romano a qnien la
especie de simpatia, el gran recinto vecindad del Mediterraneo y todas las
de las paredes, el aire dichoso de una causas desconocidas de la felicidad de
mansiôn donde no parece que se deba un cielo hacen conservar durante todo
sufrir.
el dia la juventud, la frescura y el
despertar de su aurora.
Olvidâbase de si misma, reclinada
en la haranda del balcon, apoyada una
IV
mejilla en la mano, aspirando ese
azul, azotado su busto por el bationdeo de las cortinas. Sd abri6 la puerta
En su sueiio de la maiiana, la seiio- detrâs de elia.
ra Gervaisais sinti6 luz y calor, como -iDuerme aun~-preguntô â Honoun suave deslumbramiento que hubie- rina.
se hecho cosquillas en la oscuridad a -No, seiiora ... Y si la seiiora quiere venir ...
sus pârpados cerrados.
Honorina dijo esto sonriéndose; y
Abri6 los ojos: tenia sobre si un
rayo de sol, entrado por una. persiana llevando a la seùora a su cuarto, la
mal cerrada, dan.do de Ueno en el hizo asomarse por una ventanit.a.
· Dt,bajo de la ventana habia un paalmohad6n.
tio,
un agujero, un pozo; pero un pozo
Saliose de la cama, gozosa. con ese
nuevo despertar al placer de vivir, al de luz, como los forma por alla el sol
cual tan poco hab1tuan las desapaci- cayendo a plomo entre cuatro paredes.
bles ma.nanas de Paris a sus morado- Y en el fondo, un jardinillo con colores genuinos. Y echândose un peina- res de decoraciôn de comedia de mador encima. de los hombros, abri6 la gia, donde las frutas parecian frutos
ventana de par en par y se puso a con· de oro, donde el agna de un surtidor
templar el cielo de un hermoso dia de arrojaba al aire un polvo liquido de
Roma, un cielo azul donde creyô ver diamantes y zafiros, â. través de los
la prome.sa de un eterno buen tiempo; resplandores de luces de Bengala que
un cielo azul, de ese tono suave y le- se enviaban unas a otras las paredes
choso que da la aguada â un cielo de pintadas al estilo italiano, agriamente
acuarela; un cielo inmensamente azul, azules. El jubilo del Mediodia deslizâsin una nubecilla, sin una vedija de base y jugueteaba sobre lo reluciente

I

de las hojas y lo brillante de las flores, 1
zu~baba entre el silencio y el calor: y
nubes de moscas, blancas sobre loverV
de y negras sobre lo blanco, entrecruzabanse confu. as en el aire 6 se cernian alli con alas imperceptiblemente 1
te(D.blorosas, cual âtomos de dicha S1;18- I -1Pedro Carlos!-le grit6 11 madre
pensos en la atmôsfera. Un naranjo en desde la venta na.
espaldera, unos limoneros pequeùos en
El niiio salt6 en seguida dela fuente,
grandes tiestos de barro encarnado, y subiendo la escalera â escape, al
!Jotas de nie'De trepando por trozos de cabo de poco tiempo estuvo en brazos
cailizo, donde habiafiascketti vacios de de su madre, fre~co y con olor a flores
vino de Orvieto colgados, junto â ce- mojadas, sin aliento y sonro ado, espillos para los zapatos: tal era, en re- trechândose contra ella, besândola en
sumen, todo ese jardin, al extremo del l 1a cara, los ojos, los brazos, las manos,
cual deshaciase en gotas el delgado en sitios di versos del peinador, con las
chorro de una clara fuente, cayendo \ caricias de un animalito cariii.oso, con
desde lo alto de un nicho de rocas a besos que casi lamian.
un fragmento roto de un sepulcro
-Vamos, Honorina, démonos prisa
antiguo.
a vestirlo... Me encûentro firll).e esta
Alli estaba Pedro Carlos. Habia ido maiiana ... Saldremos para todoeldia ...
naturalmente hacia el agua; y dentro Roy hay que correrla, hijo mio.
del nicho, subido en el trozo de mâ.rY comenzaron las operaciones de
mol de carcomidas e trias, con la ca- tocado. La madre puso al cuello del
misa de dormir pegada en los itie,s niiio una de esas gorgueraR de entonmojados sobre la redondeces de su ces, que formaban tan lindo marco rie
cuerpecito, con los brazos desnudos lienzo blanco encaii.onado alrededor
ha ·ta el bombro, puestas en los pies de la~ mejiltas de los niùos. Ayudada
las botitas altas, sin abotonar, con la por Bonorina, le meti6 lasaltas medias
cabeza un poco reclinada en los peiias- escocesas y el pantal6n corto de tercos, mezclados lo cabellos con plan- 1ciopelo negro. El hombrecito dejaba
tas colgantes, cogiendo el caiio de la hacer, mirando lo que le ponian con
fuente con las dos man os en alto j un- un placer prof undo, casi con recogitas y abiertas, dejaba caer otra vez el I miento, y una ser1edad de dicha que no
agua que se desbordaba al reunirse en tienen los chicos de su eiad. Pusiéla copa de sus dedos, gallardamente ronle la chaqueta de terciopelo. Su
inm6vil, casi serio, con una especie de mad.re le hizo en el cue11o un lazo con
presentimiento de su linda postura, de una cinta de seda de color de cereza.
la hechicera é infantil estatua de Fuen- Luego le calz6 Honorina zapatitos con
te que alli representaba.
tacones, y le cubriô la ca.beza con una

I

�104

REVISTA INTERNA.CIONAL

gorrita de terciopelo negro, tenîendo
por garzota una pluma de garza real,
sujeta con un broche de plata en forma de cardo de Escocia. El niiio estaha vestido; y gozoso con ese traje
artistico, algo teatral, que para él habia inventado el gusto de su madre,
pavoneabase como si se tuviese respeto a si mismo.
-Bueno, Honorina-dijo la seùora
Gervaisais, pasando un dedo por entre
la gorguera y el cuello del niiio;-me
parecen muy buenas perrnnas las mujerea de esta casa ... 1,Te han puesto al
corriente de algo'?
-;Estas mujerea'? ..• Pero, senora,
jsi no comprendo nada de lo que dicen!. .. La miama joven, que habla
francés...
-Tu comprendes muy pronto ...
Eres inteligente y...
-jOh, sefi..ora!--dijo Honorina con
el profundo abatimiento de una mujer
del pueblo que eiente entre ella y los
otros la eterna separaci6n de una lengua que no es la suya, de una lengua
que nunca podra comprender.
-jVaya! Pobre Honorina, yo no tengo la culpa de eso ... Ya sabes que si
estamos aqui...
-Ya lo sé, seiiora, ya lo sé.
Henorina baj6 la cabeza y prosigui6:
-No es por faltar a la seiiora ...
Bien sabe V. que la seguirîa hasta E'll
fin del mua do ... -Y animândose, exaltandose, aîiadio:- jYo sin Vds!... V.,
que ha sido para mi... iYO sin el niii.o!
Oogi6 al nino y lo estrech6 contra
ella, casi con furia, repltiendo:
-jYo ... ·yo!...

-(Estas loca, Honorinal-dijo la seiiora Gervaisais alargando una mano,
que Honorina se apresuro a coger con
una explosi6n de lagrimas.-Anda a
ponerte el sombrero ... ïPronto! que vamos â salir ...
-jPobre chica!-dijo parà si su seiiora, viéndola irse.
Por el tiempo en que comenzaba â
estar embarazada de Pedro Carlos,
acaeciole a la sefiora Gervaisais que
hubo de perder una anciana doncella
que la habia visto nacer. No habiendo
encontrado inmediata.mente con quien
reemplazarla a gusto suyo, mientras
tanto habia tomado de interina a una
costurera que frecuentaba la casa, por
tenerla a jornal dos 6 tres veces por
semana. Al cabo de algun tiempo, hallando en esa joven, a cuya cara estaba acostumbrada, cuidados, atenciones, un aire distinguido y un agrado
en el servir que la complacian, hizo de
esa joven su doncella. Llegado el parto,
tuvo ocasion de ver la devocion que
Ia tenia Honorina, quien velo a su cabecera diez noches seguidas, y la salv6. El dia en que el méd:.co dijo que
habia pasado ya del todo el peligro,
viola entrar por la tarde en su dormitorio con aire de desconsuelo: Honorina dijo que no queria enganarla, que
habia sido procesada por el robo en
casa de la seiiora Wynant, la muJer
del banquero holandés, que ]a habian
declarado inocente y la habian absuelto. Pero estuvo en la carcel con
las ladronas, en el banquillo de los
acusados, entre guardias civiles. Y al
contar esto, casi parecia haber conser-

105

W SENORA GKR~A.I8Al8

vado la vergüenza de ello. Después
trat6 de vol ver a colocarse, pero en
cuanto contaba su «historia» despedianla al momento; y se habfa visto
precisada a. ponerse atrabajar a. jornal.
Al oir esta confesi6n, el primer mal
impulso de la senora Gervaisais habia
sido pagarla sus cuidados con dinero
y quitarsela asi de encima. Después,
al pensar en lo que esa joven habia
sido para ella en su enfermedad y en
que debia estarla agradecida de otro
modo, casi se ruboriz6 de haber tenido
la idea de imputar como un cri men a
esa infeHz un error de la justicia. Pidi6 informes al presidente del tribunal
(un amigo de su marido) que dirigi6
las sesiones del juicio oral; no cabia
ninguna duda respecto a la ino cencia
de Honorina. En vista de eso, la doncella qued6 al servicio de la senora
Gervaisais, agradecida a su seùora por
haberla dado mas que la vida, por la
especie de valor que tuvo en conservarla a su lado a despecho de la opini6n publica; feliz en aquella casa,
pero conservando un fondo de amargura contra el mundo entero por las sospechas y la injusticia que sobre ella
habian pesado. Jamâs lo pudo olvidar,
y a cada momento acometianla como
crisis de un cora:r.6n desgarrado que
estallaba con accesos nerviososde comprimida pasi6n, ana.logos a los de aquel
dia. Imaginâbase que en el banco del
tribunal habia dejado algo de su honradez. Sentia vagamente loque queda
de sospecha, 6 por lo menos de prevenci6n contra una procesaàa como ella.
Su absoluci6n no la habia lavado, ni

aun a los ojos de ella misma, de una
especie de mancha indeleble para siempre, y de la cual aceptaba algo.
Por eso nunca quiso casarse. Su
unica adhesi6n era por aquella madre
y su hijo, los dos unicos seres a los
cuales se habia consagrado en cuerpo
y alma, envolviéndolos en un amorceloso, furibundo, devorador. Todas
estas expresiones se retrataban en su
juvenil y lindo rostro, aunque mohino, contraido, vuelto duro y casi perverso por el martirio de su pasado y
de sus deeconfianzas; y al ir (pisa.ndoles los talones) detrâs de esa madre
y de ese bijo, asemejabase a esos perros fieles, pero tnalos, que gruûen y
ladran, dispuestos a morder a quienes
se acercasen demasiado.
Honorina habia vuelto aentrar.
-Llama un coc,he de punto-dijo la
se:iiora Gervaisais.

VI

-Al Foro... -dijo la seiiora Gervaisais.
El carruaje subi6 por una gran calle
de tiendas, palacios é iglesias, y después por una 'Dia estrecha. De pronto
ensanch6se un espacio, una pequeii.a
llanura abandonada, un erial, un terreno polvoriento, con hierba corta.
El cochero habia detenido a los caballos maquinal é i6stintivamente; levant6se la seftora Gervaisais.
Era el Campo Vaccina: p6rticos su-

�106

BEV18TA INTERSACIONAL

pervivientes de templos derruidos; co- losal Anfi.teatro sobreec:asarcadasconslu.mnatas aisladas que solo se apoya- truidas con sillares ciclôpcos, donde la
ban en el cielo; columnas bennida , furia de los bârbaros no pudo hacer
sosteniendo entablamentos, donde la I otra mella sino agujeros de gusanos,
gramineas roian nombres de empe- \ y se encontr6 en la arena del redondel.
radores; arcos de triunfo enterrados
Abrasaba el sol. Fué â sentarse en
veintepies y veinte siglo.; zanjas ates- la estrecha sombra proyectacia por uno
tadas de fragment.os y migajas de edi- de los altaritos, de pintura de conchaficios; enormes b6vedas de basilicas, da, que rodean el Circo, y abarcô con
con dovelas hundidas, por donde se ve la vist.a el inmenso teatro, que abrumô
lo azul del cielo; al final de la. Via Sa- su mirada y su pensamicnto.
cra, grandes losas yacentes, caoteros Volaban familiarmente las aves en
de lava, pedruscos de fuego enfriado, el monstruoso nido de piedra; alli,
deshechos por el paso de las nacione donde no hay un lugar tamano no mas
encadenadas, ahlmdados por las rode- que como una margarita sin su rocio
ras del carro de la victoria; alla, la ve- de sangre, crecia la hierba, la misma.
jez de oro de las pirdras; acullâ, de- hierba indiferente que en todas partes.
lante de iglesias, el mârmol pagano Lo abrupto de la roca invadia las grapodrido, los fustes de columnas sin das; los palcos derruidos convertianse
brillo, deQconchados, gastados por el en guaridas de fi eras, en las cavernas
tiempo, heridos a golpes, con descan- mi mas de Africa, donde Roma iba a
tillamientos como armaduras guerre- bu car los leones, empobreciendo de
ras y grandes agujeros cual arboles ellos los desiertos para los goces del
viejos; por todas partes restos in men- Pueblo Rey. Crecian arboles, bosques
sos, religiosos y magnificos, sob!'e los d~ malezas trepaban de banco en bancuales parecian ha ber pasado la be- co, saltaban por encima de hoyos de
rrumbre del agua y el hollin de la ochenta pies de sombra. La ruina volllama, un incendio y un diluvio, to- via a la naturaleza ( como vuel ve en
das las iras del hombre y del cielo: tal Roma) con el marmol que se torna en
fué, con su invicta grandeza, la pri- piedra, la piedra que se convierte en
mera aparici6n de Roma antigua a la roca, las termas que se transforman en
senora Gervaisais.
grutas, los palacios que el suelo nivePase6se por largo tiempo sin fatiga, la, las cupulas que una raiz de arbusllevando a tirones de la mano el abu- to hace estallar, los sillares que un
rrimiento remo16n de su hijo.
grano caido del pico de un g'1 rriôn
Luego, pasandopor elArco del Triun- desprende, los coliseos donde se desfo, al final del Foro, se encamin6 al cubre la cantera como en la falda inColiseo. Anduvo por debajo de esas agotable de una montaiia, las tumbas
galerias, semejantes a catacumbas â que se sepultan a si mismas, las estacielo descubierto que sostienen el co- tuas mudadas en cantos rodados, todas

LA !R.NOBA GEBVA18Al8

1'}7

las reivindicaciones y los recobros to- barreando el cielo y sus estrellas. A lo
dos de la tierra eterna sobre la Ciudad Lejus, bajo la curva. del gran arco
Eterna.
triunfal, entre la claridad nocturna,
Poco a poco sumiôse la seiiora Ger- hlanqueaba una especie de valle de
vaisais en una contemplaci6n severa y manes, un como paseo eli. eo y virgien hondas meditaciones. Recod6 lec- liano donde el raro transeunte del senturas, despertaronse en su memoria dero adquiria una apari~ncia vaporosa.
pâginas histôric·as. I.entamente hubo Y todo hubiera dormido alti, sin un
alli una evocacion de lo alli acont,~ci- grillo, que con el ch irriar incisivo de
do. Volviô it. alzarse viva aquella gran- un cincel du.ro cortaba los sef?undos al
diosa escena donde se habian encon- pie de los monument.os ruinosos, pero
trado, como do ca bos y dos extremos inmorta.les y sordos a las horas.
del coraz6n humano, la pasiôn de ver
morir y la locura de morir ... Meditaba,
soiiaba, cuando unos gritos de garraVII
roo el vasto repo~o del cruel lugar;
unos chicuelos astrosos per~eguian a
los lagartos, asentando su resonan les 1
·
pies côrneos encima de las grada~ que
Al dia siguiente de aquella gran jortocaron las tunica de la~ vestales , ô nada da fatiga, la sanora Gervaisais
sobre la b6veda de travertino de una comenzô una vida regular, uniforme,
Porla Libitina.
una vida entrecortada por braves coA la noche prosigui6 la jornada. Asi Irrerias, por paseos en que no se da.ba
que el niii.o estuvo acostado y descao- prisa.
sando con el tranquilo alentar de sus Levant.a.da y vestida à las ocho y
buenas noches, sali6 ella de nuevo media para disfrutar ~e la maii.ana,
para vol ver al For.:&gt;.
hacia una caminata de un par de hoApoy6se en el antepecho del camino I ras, antes del calor y de la deslumbraen escalera que sube al 0apitolio; su Idora luz del dia. Iba a una iglesia, â
coutorno se dibaj6 sobre las rotas es- 1algûn resto antiguo, â un mercado, a
trias del Arco de Septimio S-wno. Y, todo lo que en esa ci~dad-mnseo snsdistraida con una melancolia medita.- pende el paso y la m1rada con un rebnnda, miro la sublime dPcoraciôn de cuerdo, una escultura, una vista panola oscuridad, la quietud de las ruinas, râmica, un hito que es â. veces el pesu tétrica hondura, el augusto sueno de1:,tal de mar.inol de un gran dios y
de la noche sobre su solemniclad firme, hace sonar en su estatua. Al salir de
la sombra de ébano del Capitolio sobre Paris, del morrillo moderno, de la pieel grupo de las tres columna , la ma- dra nueva, de la ciudad sm arte, la
;estuosidad eogranùecida y la soledad parisiense saboreaba un placer de ardesierta de ese «p6rtico sùbre el vacio» tista en vagar por esa ciudad de histo-

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�LA SENORA QJI.BVA18Al8

108

BEVISTA INTERNACIONAL

l'ia, empeàrada, edifkada, l'econstrui- como una comida de enamorados. Ü')nda con las obras maestras y 1os frag- cluido el almuerzo, tenia costumbre de
mentos pl'eciosos de los siglos.
tocar el piano hasta la lle~ada de HoInteresâbale aquella vistosidad de norina, que acudia a coger â Pedro
los muros, de los patios, de los pala- Carlos para hacerle dormir vestido en
cios, de los tabucos, de los lienzos de la cama. Sola entonces, instalâbase en
paredes del pac:ado, donde abriase a su sitio predilecto. Pasando alli las hoveces, como la boca sal vaje y fresca de ras de sol, empleaba su pesadez en una
un antro el neo-ro aO"uJ· ero de una fru- va12:a modorra de siesta, una especie de
1
0
0
teria engalanada con guimaldas df' adormecimiento de ideas; y en medio
verdura , hierbas y matas de hinojo . de la penumbra del aposento, qaedâPor todas partes veia cuadros q•1P. le base con los ojos abiertos y cac:i adorhacian apesararse por el abandono de mecidos en la muelle transparencia de
la piotura, ese sacrificio de uno de lo aqoella semioscuridad producida por
goces mas car,1s de su vida, Elarrifi.cio las persianas cerradas, levantadas tan
ex.igido y logrado de ella por los mé• solo sobres us borquillas, al pie del huedicos. Y casi siempre regresaba por la co del balcon entreabierto donde refulcalle de los Oondctti, la calle de la {]11,- gia un triangulito de luz.
riosidad. Par:i base en las tiendas de
De vez en cuando, seguia con los
mosaicos y de joyas, en los esca pua ojos por entre las tablillas de las pertes de los anticua1·ios, en la exposici6n si':l.nas el cambiante cspectâculo de la
de cachivaches antiguos, en las vitri- plaza de Espaùa, c6mo avanzaba el
nas polvor;enta repletas de lâmparas dia por la gran escalinata de la Trinietruscas, de mayolicas, de fragmen- dad-del-Monte, abandonada poco a
tos de lamioatorios irisados, de jarro- poco por la sombra del caseron de su
nes, de moned.as antiguas; andaba a la derecha, conforme corrian las boras.
rebusca en el fondo de ei!os tenduchos Elevabaseargentado el chorrode agua,
oscuro , leoneras doude esta.ban ente- volviendo a caer como alj6far en el
rrados bustos, escritorios :florentinos, negro pilon de la fuente en forma de
cofrecillos de porfido, mârmoles y oro barco, recordando la nai,e de una tabla
que relncian. A menudo entraba, le- antigua; junto â ella dormian unos
vantando la red azul 6 parda que de una hombres tendidos como al margen de
malla de seda hace unn. puerta aérea un arroyo. Habia alli un puesto de
en los comercios; daba vneltas a un acquainoZo, con su toldo de tela de colobjeto, lo aj ustaba regateandolo, y se c3ones, sujato en lo alto del enhiesto
lo llevaba consigohito :flordelisado. Veiase por la escaliSiempre estaba de regreso antes de nata la ascension lenta y balanceada,
las once, su bora de almorzar. Almor- la subida escultural de las romanas,
zaba despacio, prolongando esa entre- llevando cargas en la cabeza, mientras
vista a solas con su hijo en la mesa, que, sentadas a su lado, esperaban las

109

«modelos» sus sesiones â cincuenta
bayocos, y los perros de venta tira ban
de su cuerda pasada por el agujero de
VIII
un escal6n de piedra.
Iban â. dar las cuatro. Un coche de
punto, llamadù de la plaza, conduciala
al Pincio y la paseaba un par de hoRoma es la ciudad de los ramos de
ras, entreteniéndola hasta la de corner. fi.ores.
Después de la comida no salia ca i En las esquinas de las calles, en la
nunca; quedâbase en el balcôn escu- de los (Jon&lt;itJW,, en la del .Baouino, las
chando el ruido decreciente de la plaza. Jloristas exponen en rusticos tenderePoco a poco, los dos campaniles de te los ramos de colorines, cogido:i1
la Trinidad del-Monte se tornaban pâ.- frescos en eso3 bajos jardine::; del Pinlidamente blancos sobre el cielo pâli- cio desde dondc, sube, cual toque de
damente azul. La senora Gervai ais se trompas, la fl.ùra brillante y chillona
poniaâ contar cuentos â. su hijo; quien, del pais; junto a esos ramos, otros de
rendido de fatiga y parpadeando mu- matices casados, armouizados con lo
cho, bien pronto df'jaba de escuchar- tierno y suave de los touos, verdadelos, pero siempre queria oir la voz de ras obras maestras de lajioraia romasu madre. Honorina trafa al oscuro na; y esos otros ramos que ya no son
aposento la lâmpara con pantalla, pro- ramilleti:!s, sino restos fl.oriJos, velapia del pais. El niùo ponia por un mo- dorcitos de rosas sobre un fondo de
mento los dedos en los pnntos de fue- helechos, con asas de rosas, cestillas
go que represeutaban por encima «la de camelias blanca~ sobre las cualeô
iluminaci6n de San Pedro» y c. la gi- forma curva un.a rama d~ lilas blancag
rândola de la plaza del Puebla&gt;.
6 de azaleas ligeraa como gasas, cana.sEntonces Honorina se lo llevaba tillas de esa menuda ftor qne se Hama
consigo.
iù,a, un soplo, un polvo de fi.or.
La senora Gervaisais velaba hasta Todos los dias regresaba de sa paseo
las diez, sentada ante el escritorio; de la seiiora Gervaisais con uoo de esos
rato eu rato alargaba un poco la cabe canastillos. Durante el dia, abrianse
za y miraba dormir las gracias de su las flores en el apo cmto donde estaba;
hijo. Acostabase a las diez y se dormia y al fin de la jornada comenzaban a
con ese rumor de ag11a, con la armo- morir con suavidades exquisitas, con
nia liquida de esa:1 fuentes que son en aromas expirantes, cual si de sus marRoma la musica adormecedora de la chitos colores se de3prendie~en sus
noche hasta en los patios de las fondas. adioses olorosos. Bien pronto fué una
necesidad para la vida de la seûora
Gervaisais ese ramo que exhalaba una
\l'espiracion junto a· ella, un rayo de

�llO

REVISTA INTERNACIONAL

luz en su cuarto y era casi una corn- tes fl.uye un poco para todos. Y de dia
paîiia en su soledad. Sus ojos sentian en dia notaba nonadas de su vida ir
voluptuosidad al mirar una camelia adquiriendo para ella la intensidad ~e
reluciente y barnizada, una rosa de recreo y d~ placer que las nonadas tlebordes languidecientes y con corazon mm en el amor. En aquel Mediodia se
de azufre, donde parece haber una afinaban todos sus sentidos, volvianse
gota de sangre extravasada. La sefiora delicados y poéticos.
Gervaisais no habia percibido nunca
cual entonces percibia el brillo, el jubilo, la iluminaci6n de la fi.or, su vida
IX
ligera y tierna, la inmaterialidad de
sus colores de sol y de cielo; y el goce
de esta sensaci6n era para ella enteramente nuevo é imprevisto. En Francia,
Con esa disposiei6n, con ese abrirse
cual toda muj er que es mujer, rodea- a los goces naturales que las naturabase también de flores, perojamâs ha- lezas fi oas y escogidas experimentan
bia sentido esta emanaci6n del alma de al cabo de algunas semanas de resila fi.or. Se pasmaba de ese refinamien- dencia en Roma, la visita a la Villa
to de impresi6n que se habia apodera- Panfili fué un encanto para la sefiora
do de ella desde su estancia en Roma, Gervaisais.
con tant.as otras agudezas de percep- Pasaba la carretela por debajo del
ciones. Preguntabase si en los paises arco de ingreso adornado con esas
y en los pueblos que se aproximan al jardineras hechas de sa~cofagos, en los
sol no se da un organismo mas sensi- cuales un arbusto espmoso brota del
ble que en otras partes, mas hecho hu~co donde hubo antes un~s ceniz~s
paragustar y comprender las seduccio- ant1guas. Y encontrâbase baJO un!l. bones sencillas de las cosas naturales, veda de verdor, alta, espes::i. y oscura,
de una luz de un color, de una fres- atraveilada acâ. y alla por rayitas de sol
cura, de u; bonito ramo de flores, de que parecian alumbrar la lluvia recién
un cielo hermoso, de 11na felicidad cai~a sobre el bruiiido negro de las
cualquiera que ofrece alli la tierra por hojas. El bosque, abriéndose â cada
nada. Se acordaba de un vaso de agua momento, dejaba ver â derecha é iztomado por ella en una de las prime- quierda setos de âloes, quebradas con
ras tardes â la puerta de un cafetin, alfombras de césped, luminosas matas
agua que saboreo como la mejor bebi- de argentea, praderas centelleantes,
da que jamâs bebiera. Pareciale que brillos de hierba, rinco~es de ~om~ra
esos paises calidos tienen toda clase de temblorosa donde dorm1a ~na msc:1ppequeïias felicidades de suelo y de cli- ci6n en el remate de una piedra salienma ignoradas de los paises frios, una te de la tierra, una rampa de verdura,
mâgica acqua felice que por todas par- restos a.ntiguos, arbustos en fi.or, su-

LA SENORA GERVAISAJS

Ill

biendo hasta ese fondo mâgico del par- inclina un rio borroso, asaltado de nique su corona de pinos de Italia, esa nos semirroidos por el tiempo, esas
perspecti va cerrada por pisos de ârbo- aguas corrientes, esas a~uas dormidai,:,
les con copas parecidas a inmensos ra- esas isletas de dos arboles en medio de
milletes puestos uno encima de otro, esos laguitos con limoneros en las oridestacândose abiertos y redondeados llas, todo un paisaje de tal ilusiém de
sobre el azul del cielo. Y a veces, a la arrobamiento, que para la seiiora Gervuelta de un camino en la campiiïa, la vaisais era un paisaje de imaginacion,
inesperada grandeza de la cupula de un sitio ideal que hubiese visto ya en
San Pedro, encajândose en un claro, un poema. Crt&gt;y6se en un canto del
llenaba el firmamento.
Tasso, y acudiàle el recuerdo de los
La alameda principal guiabala asi jardines de Armida.
al palacete de la 'fJilta, a esos muros
Se puso de codos en la terraza. El
revestidos de bustos, de estatuas, in- aire del dia, a lavez calido y ventoso,
crustados todos ellos de bajorelieves, ese aire romano que acaricia la piel con
joya del Algarde, que, deslumbrante la onùulacion y el cosquilleo de una
de blancura entre la intensa claridad tela de seda, soplo sutil, vivo, li!z:ero,
y el espeso follaje, ,parecfa el modelo tan infl.uyente sobre la fibra de las me•
en yeso de un taller de orfobreria del lancolias septentrionales; en torno de
siglo xv1 florentino. Y desde a1li ex- ella, esa apariencia de felicidad que
tendiase y se desplegaba delante de todo parecia tener alli, el jubilo, la paz
ella, con su pompa, su esplendor, su espléndida, la universal serenidad que
triunfo, su vegetaci6n de fi.esta, su ar- surgia por todas partes, produjeron en
quitectura de 6pera, su magnificencÎl. ella una absorcion contemplati va, en
de dicha, de voluptuosidad y de arnor, que, desprendiéndose de si propia y deel jardin italiano, el divino jardin de Jânùose deslizar hasta la dulzura amItalia. Al pie de la terraza, cargada de bien te, permanecio por algun tiempo
grandes tiestos de barro cocido con las enternecida, muelle, libre de sus ideas,
armas de· un papa, mas alla de jardi- en un perezoso lazzaronismo del alma.
nillos bajos con arabescos dibujados Descendi6 lueg-o al parque, y hallo
con guijarruelos y aprisionados por la en él bellas sorpresas: aqui, una encifelpa de una cenefa de bojes, abarco na verde, solemne, con una pâtima de
de una mirada la decoraci6n de escali- metal en la corteza, de una rugosidad
natas y de rampas, de estatuas y p6r- como de piel de animal centenario, ceticos, que mezclan con la na turaleza rrando el camino con un vâstago de
bellezas de palacio; esas paredes de ramas que era otro arbol de un verdor
adorno por donde suben fi.ores vistosas sordo, iluminado con el reflejo siempre
de color de violeta, blancas, amarillas movedizo de un chorro de agua que brode oro, que forman randas de fl.or sin taba debajo de él; alli, un plante! de
hoja, esas fuentes sobre las cuales se camelias, pegando sus hojas y sus fl.o-

�112

REVISTA INTERNACIONAL

d
a do de pronto su madre volviô la caberes de cera contra los pedruscos e und
1 ou· la voz de una italiana que
.
E
e.iio de un Yer e za a
galeria de rocas. n m
d
cantaba un trozo de ôpera: era una
tapiz, de lleno a~ sol, el mar:~~n:eu:: 1mujer pobre y decentemente vestida,
columna refulg1a. blanco .e
en medio de un corro de algunos pauna palmera de dâ.tiles, haciend o pend
y detrâs de la cual
.
d 1 'lf
O de seante:1 para os,
sar en el djrmmoi&gt; e u imo pa~ d Iestaba un viejo con un violin en la
un ejército de Roma _p?r un oasis. e ma no sin tocarlo. y enteramente jnnLibia. Mas lt&gt;jos, sem1cuculos de pie- to . los cantores sentado en un tronco
dra con pilastras, con baranda;d con de ;ino derribad~ vi6 la seftora Gernichos, redondeabanse cual espa eras
. ·s ,. su hi1·0 'quien con fa. manita
•
,é ·
donde se vmeai a.
•
salvajes, enz3.das y co r1cas,
1 levantada por encima de la cabeza, Uëretorcian las yucas serpenteadoras, os
ba el ritmo del canto con una fi.or,
cactus punzantes. y ~rotaban fresco - v:seandola or el aire como la batuta
res de faente, con br1llos de brezos de
n di re!tor de orquesta. Mira.hale
canas moj~das y, cuyas lanzas gotea- t:d: el mundo' contemplando su herban luz humeda.
. .
.
mosura la profundidad de su mirada,
Asi llegô_ al _final del Jardin' a e~~ lo blan~o de su frente desde encima ~e
columnata mchnada de los grandes p l
.
ese repenti no rayo de inteh.
e en fi.las la as ce1as,
nos de I~ba, que yergu
y encia y de pasi6n, esa especie de arro•
majestuos1dad de sus na\'es calad~s.
gb . to de todo el ser del pequenue.
d or debaJO de amien
.
conforme 1ba avanzan P
c,.ntico de la "'ran artista al
tal de tron- 10 pore1 ë1
°
ese gran bosque monumen ' .
. .. b y el mismo vit&gt;io con su cat
dos qmtaso- aire 11 re.
J '
•
d
cos grises' e en rdcruza.
d a beza de an tiguo cantante, E!'rave y tr1sles de ramas J.e color de v10leta, e c , con la vista la mano del
d
. ver- te. seo-ma
lido verdor de musgo y e c~mza
niùo :onriéndole como de ·de el fondo
de, encontraba u~a eleganc1a sabros~ 1de s~s aùos juveniles' regocijadameny una esbeltez oriental en esas ~ab1e
·ct con los ojos medio ceras de Italia' erguidas por enmma de t e conmov1 o,
sus terrazas, de sus palacios, de sus rrados.
iglesias, de sus colinas, como reyes del
horizonte. Apareciansele cu~l ârbol~"
X
de sol, de lujo y de ostenta_c16n, baJO
los cuales se fi.gurara uno s1empre las

!

°

faldas de un .Decamerone abrigado por
. la Vl·da de la senora Ger.
d ce a Prosegma
la sombra de esa mma, que pro u
. . ocu ada encerrada. Lo largo
los ojos la ilusi6n ùnica de e\ev~rl de ~a1t~sdias; de ias noches olvidâ.balo
alejar, de iluminar el a~ul ~e ~1e o~e- c~n ~os li bros, perm1neciendo sentada
Un poco cansado e~ n~~o be l~J,iase con frecuencia muchas ho ras en el sofa,
:~;d!~:~:~srve::: p:s~:ra;âs, cuan- 1sin levantarse, leyendo, tomaodo notas

LA SEHOli GllVAI8Ala

113

de loque leia, a bismandose en reflexio- l
nes a la vez distraidas y concentradas,
que devez en cuando hacianla levantar
hacia las sienes, con sus largos dedos,
XI
las ondas sueltas y rigidas de sus negros cabellos.
En esos momentos transfigura.base
su hermosura, belleza de un caracter y
En el reinado de Luis Felipe hubo un
de un estilo superiores â la humana pequeno circulo selecto de mujeres de
belleza de la mujsr: sus grandes ma- la clase media que tuvieron gusto por
sas planas de cabellos en nimbo, su las cosas de la inteligencia: casi ninfrente abombada y lisa, sus grandes guna ha dejado sino la breve memoria
ojos que parecian lejanos entre las de un sal6n intimo, y, a veces, aigusombras de sus ojeras, sus facciones de nas paginas discretas que releen los
finas lineas â las cuales la enfermedad amigos.
habia conservado a los treinta y siete La sefiora Gervaisais era un ejemplo
aüos el aniiiamiento de la juventud, la y un tipo de esa raza de mujeres que
piel pâlida aunque un poco morena, hoy casi ha desaparecido. Su intelidaban a la seùora Gervaisais la seduc- gencia, que naciô seria, habiase visto
ci6n atracti va y extraiia de una per- llevada por la vida hacia los estudios
sona a parte, inolvidable, profunda y serios. Habiendo perdiùo de muy niiia
magnética, de un ser que viviera pura- su madre, educada por un viejo, no
mente de pensamiento apenas terres- recordaba de su io.fancia mas que un
tre, y cuya cara no fuese ya sino la de antiguo y sombrio gabinete de lectura
un espiritu. Y tambien lo largo del del Pasaje de la Opera, donde iba su
cuello, lo estrecho de los hombros, la padre â leer los peri6dicos, y donde a
carencia de redondeces en el busto, la fuerza de suplicas obtenia permiso para
nada del talle dentro de la tela que lo quedarse mientras iba él â darse un
envol via flotando, una delgadez sin paseo hasta la hora de corner. Horas de
sexo y casi serafica, la lioea austera de dicha de la niûa, blanca y sonrosada,
una criatura psiquica, aumentaban ese lejos del ROl que la llamaba desde la.
aire de «mas alla de la vida:. que daba puerta, oculta entre los negros y etera todo su ser la apariencia de una nos lectores de gacetas, sumida y exfigura extramundana.
traviada. en la lectura celeste de un
En las tablillas de madera torneada inocente libraco del repertorioantiguo.
sujetas a la pared por cuadro cordones Sus ûnicas muiiecas fueron los libros
de seda amarilla, estaban al alcance de de ese gabinete de lectura.
su mano sus libros favoritos con esLa musica y la pintura habian vetos graves nombres: Dugald-Steward, nido â agregarse en la joven a. la lecKant, Jouffroy.
tura, para llenar el tiempo solitario de

a

RRv1sTA..-lf.uo 94.

8

�114

LA 8INOBA GEBTAIBAU

BBV. . ~ACIONAL

una existencia ignorante del mundo, persc,nal, la percepcion de un sentido
interior ya toda ella.
intima, i nfinitamente delicado, hecho
Creciendo asi, educada por el alma a seguir en ella la accion pensadora,
severa de su padre, con el aire estoico la serie de impresiones, de operaciones
y el eco casi antiguo de los recuerdos intelectua.les, de determinaciones voque llevaban todas las noches al hogar luntarias, de todas esas modifi.caciones
viejos amigos politicos, compail.eros de que constituyen los hechos de la conlos mismos destinas; habiendo tenido ciencia.
en torno suyo desde su primera juveni Estudio profundo ! Replegada en sf
tud la lecci6n de masculinas ideas y y vuelta hacia adentro, a menudo en
de principios libres; al formarse su es- el silencio donde los oidos no oyen, a.1piritu, habia pasado del frivolo placer gunas veces en la oscuridad donde los
y hueco pasatiempo de las lecturas fa- ojos no ven, en la soledad don.de se
ciles, a los libros que piden esfuerzo y ocupaba en ahondar lo invisible y lo
conceden meditaci6n, â esos libros que incognito de su ser moral, en interroplantean al entendimiento los mas gar â. los movim ientos de su sensibilibondos problemas que se yerguen ante dad â los fenomenos habituales de su
el enigma del mundo, libros de histo- yo .. •, llegaba
alcanzar un notable
ria, de ciencia, de filosofia.
poder de observacion interna; obligâEn estos ultimos era donde sobre base poco a poco â. sentir cosas que los
todo habia encontrado como una re- demâs no sienten; y con la especie de
velaci6n de si misma. En ellos habia lucidez de «vidente» que adquiria para
reconocido su ilimitado deseo de ele- ese mundo indistinto cerrado a la cevarse, segun palabras de Plat6n, desde guera del comtin de los vivos y tan
el escenario inestable de la vida, desde tenebroso aun para la misma ciencia,
la naturaleza continuamente movedi- advertia por instantes en el horizonte,
za, hasta loque no cambia, las verda- â través del desgarramiento de un
des in.mutables, absolutas y eternas: vasto velo, claridades fugaces que allas ideas. Apoderâbase de ella una eu- gun dia darfo luz rei:pecto a todos los
riosidad superior y dominadora, y la grandes misterios del humano pensaim.pelfa a buscar el mecani ~mo secreto miento.
de las facultades, a. tratar de entreSus iniciadores y guias, en medio de
abrir el santuario velado y ocu.lto de esa pereecuci6a de los mas abrumadolos pensamientos y de las sensaciones, res problemas psicologicos, habian
aestudiu en su propia inteligencia el sido esos dos maestros de la sabiduria
espiritu humano entero. Diferente de moderna, Reid y Dugald-Stewart, los
la mayor parte de los hombres y de las ilustres fllI!dadores de la escuela e comujeres, cuya atencion sale afuera y cesa, los enemigos del método anal6gravita en tomo de los objetos exte- gico é hipotético de las escuelas antiriores, aportaba â ese anâlisis un don guas. Después de haber pasado a tra-

a

vés de todo el escepticismo de Locke
de Condillac , sen t'y
hel materialismo
.
1a
ac1a aquellos dos fi16sofos la gratitud
de haber consegu.ido librarse por ellos
de ~a opresié n' de ha ber por ellos
~espll'ado en esas puras cimas' semeJantes a las alturas del «buen sentido»,
d~nde Reid vuelve al hombre el sentim1ento de su di!?Ilidad y fonda la m
01 1
, ':'
ra y a metafis1ca en el poder y en la
excelencia de la naturaleza humana
y al culto de Reid asociaba el de K· t.
que para ella habia hecho suro-ir i:n1·'
ber tad , el Hombre-Dias del ohermo 1. . .
'
so
prmc1p10 desinteresado que es p
.1
como el bonor de la humanida;ra ~
clave de boveda de su fil fi ~ ~
àeber.
oso a. e
_
La senora Gervaisais era pues

fi.16

,
, una
sofa; pero una fil6sofa que habia
permanecido siendo toda entera .
.
una
muJer. De la mujer habia conservado
el amable deseo de agradar y h t
. .
,
as a
ese sentimrnnto de coqueteria general
que permite :i la amistad hacerse
.
un
ta n t1co
amorosa. Gustaba de la .d
v1
a
con 1as cosas que sonrien a la eleoan
cia. al sentido estético y aun al
. h
smo capr1c
ode su sexo. Un vestido era
.
.,
un ves t ir:..o, un tocado era un tocado
P_ara ell a como para otra. Alegre ,
nsueiia a r:ltos' hubiérase dicho q:a
bajo la gravedad de su ingenio hab'
ia
conservado algo de niiia y de adoles
ce te
n ; y muy a menudo envolviase y
se resguardaba con maliciosa travesura
detrâs de una paradoja ligera
ara
ocultar a todos la exi tencia en
d
una !Jlve-stocling y de un pensado; e
.

ri -

~lt

115

XIl

Ademas e
.
vida u , n los COIDI~nzos de su
d .d' na gran tarea hab1ala engraneci O Y madurado.
Su mad
.
l
a
mur16 de parto al dar a
uz 11un ermano ocho aiios menor
que eda. Desde muy niii.a hizose la
acuna ora la madrec·ta
1 de1 mas pe..:
'
queuo que ella LueQ'O
d
· . n , cuan o ese à.erman;. hub~ crec1do, ocurriosele â. la ya
estu iosa JOven la ambicion de ser la
maestra que le educase, de formar y
acrecentar aquella O • t .
.
.
acien e mtehgen1
c1a con a persuas ·
iu .
'6
~va mana, la dulce
t · !'lllualc1 n y la t1erna autoridad que
1eoen as lecciones d
.
iiaba con cr
e un~ muJer. Soh b ear en ese quer1do hermano
un om re segun el ·d 1 f, .
ella
e
.
, I ea orJado por
l . ' y ~ qmen mas adelante recoo-er
0
as1mpatla de un pen
•
.
sam1ento al unisono y cas1 gemelo del
Co
b
suyo.
nsagrâaslel' dpues, a sus estudios con el orgu O e todo su corazon El l ·
hab1' a in
. terrump1do
. de .n. co. eg10 no
esa d'1recc10n.
. . Los dias dmgunl'dmodo
bastaban ar
c_ sa I a no
las r .p a las conversac1ones, para
.d e usJOnes, para la comunion de
1 eas entre la herm
1h
Do 6 t
ana y e ermano.
s
res cartas por sema
.
dura t
na, eecr1tas
a co:s:1~:r r:~reo ô una velada: venian
su .
. a hermana' qu1en' por
pa:te, habiase puesto â seguir aiio
rr :no~s clases del colegial' aprenO lo que éste aprendia y ha~en
c1éndose la pacienzuda pasante de sus

r:

°

�116

REVISTA J.NTERNACIONAL

lecciones, de sus temas, de sus corn- se casada, encontrândose ahora, por el
posiciones.
camino del mar, entre R~ma y Oran.
Llegada la hora inquieta y critiea en donde acababa Je ser dest~na_do el herque la fe del nifio, cuya primera co- ~ano. de ~a senora _G et~a1sa1\t~~n;
muni6n se borra en el joven, entraba· d1do a teruente corone ~ arti ~na
en lucha con sus primeras dudas, el consccuencia de la campanadeCr1mea.
hermano exponia el estado de su alma
A ese herman? ~scribia desde Roma
a aquella bermana que era para èl mas la seîi.or.a Gerva1Sa1s:
que una hermana, que era como una
« •••• •. • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • · • • •
madre, un amigo y un confesor. A esas .• , •.•.•.•.•. Regresaba yo en coch&amp;
confidencias, que venian sin que ella por el Corso, poco dias después de mi
la.s hubiese solicitado, respondfa fran- llegada. Me extrané al ver todos los
camente la joven, comunicandole no- balcone3 y ventanas con colgaduras
tas, investigaciones, un largo trabajo rojas bordadas de oro, tapices antiguos
que acababa de hacer y que rechazaba en las fachadas de los palacios, llenas
en absoluto lo sobrenatural, guardan- las calles de gente que parecia espedo a lavez un respeto de mujer hacia rar algo. « 1La procesion !» me dijo el
la persona de Cristo. Después de esto, cochero, y puso el coche en fila en la.
trazabale -un plan de lecturas, de es- plaza de Trajano. Miro desde alli... Estudios :filos6ficos, ilustrados con resu- pera un poco que recuerde todo el desmenes y analisis, puntos de gula de file: lo primera, bayonetas ... (aqui preun pensamiento libre que pone para el cede a D1os fuerza armada); luego,
pensamiento que le signe los jalones aranas eneendidas brillando al sol; desdel camino de una religion de lo bello, pues, una bandera grande, grandisilo verdadero y lo bueno.
ma, bordada y pintada, donde una faz
Desde entonces, entre hermana y de Cristo lloraba gotas de sangre, y
hermano, entre maestra y &lt;liscipulo, que avanzaba entre dos filas de penihubo uo. continuo cambio, un dia.logo tentes blancos con manto azul; mas
casino interrumpido de sus dos espiritus banderas, en medio de mayordomos
libres, hablando familiarmente del in- ga.loneados todos con escudos de ar6.nito, de la realidad superior, unica mas, é interminables bileras de clérifuente de toda ex:istencia y de torla gos de negro con cirios; en pos de
causalidad; originales conversaciones esto, una enorme cruz nudosa, un
cruzadas al principio entre una sala de gran âtbol de fosa de osos, mantenida
estudios de la Escuela Politécnica y un en equilibrio contra su vientre por un
cuartito con alegres visillos en la calle Hércules de ,cofradia, gimiendo y sude Helder; mas tarde, entre el ûltimo dando; bajo palio, entre prelados de
campamento francés del Sahara ârabe, oro y seda, la Eucaristia incensada
Bl--B.aàjira, oasis a veinte leguas de por un ni:üo con disfraz de angel; en
Tugurt y el gabinete de la parisien- ultimo término, el gran plato montado

117

LA BENORA GERVAIBAIB

.de la ceremonia. una capilla entera, un
.altar donde brillaba el metal de un
-coraz6n de hoja de lata atravesado por
siete espadas, ·un armatoste que apenas podian sostener y mantener en
-equilibrio con cuerdas y en hombros
-0iez y seis hombres (eran diez y seis,
los contè). 1Y la musica en todas las
-estaciones de la larga y lenta procesi6nl ïSi supieses: una verdadera
musica de feria, murgas y serenatas à
la Cruz, donde dominaba el bombo!
Pues iY el pasmo, la embriaguez fanatica, y los gritos y la fe de aquel populacho de aimas!. .. i,Oômo decirte to·das estas cosas'? N&amp;-esitariase otra
pluma que la de tu hermana ...
&gt;)Qniza te hubieses reido delante de
-esa frrisoria y bârbara ovaci6n; yo, no
sé por qué, no me rei. Conforme caminaba aquello, apoderabase de mi una
tristeza como asco y me oprimia el corazon. La imagen que nos hemos formado de Dios, î distaba tanto de aquella! ï,No es asi, hermano'? Decia para
mis adentros: sin embargo, esta es la
fe de la civilizaci6n ! i Y no veia alli
mas que una salvaje y brutal idolatria
de Oriente, algo del abalanzamiento
en mont6n de India bajo un idolo de
Jaggernatl Estaba atacada, herida, humillada en lo mas profundo de mi por
esa exterioridad y esa groseria figurativas, por ese simbolismo ultrajantemente humano. i Impresi6n ex.traiia y
confusa, pero ~incera y penetrante, te
lo asegurol Sufria por aquella escandalosa degradaci6n de un culto que
me parecia profanar creencias abandonadas por mi vida, si, pero que nun-

came ha gustado ver vilipendiar. Lo
que pasaba ante mi, lo que hu.biera
debido dejarme indiferente 6 simplemente euriosa, haciame padecer,
sin que pudiese e:xplicarme bien a las
claras ese sufrimiento. Refl.exionando
en ello, pienso ahora que me veia herida en el sentimiento elevado, delicado
y pu.dico que toda inteligencia distinguida se forma. del concepto de las relaciones de la criatura en el Creador.
En fin, sea como fuere, al vol ver por el
Corso, desierto ya, he dado mil vueltas
a mis ideas acerca de ello, preguntândome 8Î en este pais (y quizâ. en todas
partes) sera menester tanto material,
tanto espectaculo, tanta realidad baja,
tantos esfuerzos de musculos de hombres, i para hacer lo que se Hama una
religi6n!. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ....
.•............. De vez en cuando. cae
en mis manos un periodico cat6lico, al
cual doy un vistazo. En se nos trata
sin urbanidad. He leido alli el otro dia
que losi librepensadores y los filôsofos
habian tenido por ascendientes a:los
orangutanes ... »

el

XIII

Era costumbre del nifio, después del
almuerzo, coger del talle â su madre,
arrastarla al piano, y con la suplica de
su cara y de sus tiernas manos-, la
sentaba casi por fuer.za en el taburete.
Luego, arrimâ.ndos@ mucho â ella, con
la -cabeza inclinada y puesta entre el

�118

BEVISTA IMTEBNACIONAL

hombro y la mejilla maternales, escuchaba, siguiendo el movimiento del
cnerpo amado y recibieodo en él la musica de los dedos de su madre sobre el
instrumenta sonoro.
-i,Aun 1 i,Quieres que toque mas'i
El nifio respondia que si con la barba y los ojos al beso que su madre le
daba volviéndose hacia él. Corto siempre para hablar, vergonzoso de las palabras rotas y estropeadas que le salian
de la boca, trataba de decirlo todo con
loque hacia expresar él a su vivaracha fisonomia, a su ardiente y movible mirada, a la inim.i~a de susensibilidad; y sus impresiones, sus deseos,
sus pregantas, los secretos de su intima exu.tencia pueril reprimida, iban a
su madreen ademanes sobones y acariciadores, subiendo a lo largo de su
brazo, hacia el cuello, con apretoncitos
presurosos, una especie de teclado
errante y expresivo hecho en ella.
-Pero habla; mi querido perezoso ...
-repetia1e su mad.re.
Casi al punto tenia la boca del nino
sobre la suya, y volvia lt. ponerse a
golpear las teclas melanc6licament'3 .
Pedro Carlos habia nacido de un parto dist6cico, de un parto en que las
ramas del forceps le trajeron a.la vida,
y en que su delicado crâneo füé rozado y comprimido por el brutal instnunento. A la edad en que los nifios
hablan y las madres atienden, su desventurada madre habia tenido el imprevisto dolor de no oir la palabra de
los demâs niiios acudir a los labios de
aquella carita de inteligencia: la pal abra de su hijo era tan torpe, tan dift-

cultosa, tan poco clara y comprensible, que dU.I'ante largo tiempo la seiiora Gervaisais prefiri6 que no hablase
delante &lt;le extraftos. Ai.in aguardaba,
confiando en el tiempo, en una crisie, ·
en la vaga Providencia, pero mas a
[Ilenudo desesperada de verle aa:! para
siempre.
Y sin embargo, su hljo, en medio de
la atrofiade su cerebroydesulenguaje,
mostraba al crecer un sentido raro y
unico, un verdadero genio musical de
nino, una precocidad de prodigio para
coger, comprender, retener, gustar y
saborearloqueoia. Lamusicaerasnpasi6n, el goce, el interés, la expansi6n desu vida encogida é incompleta; y antes
de llevarlo consigo a Italia, el mayor
gozo que la madre podia dar al hijo,
gozo que esperaba él con impaciencia
febril, era hacerle ir con ella todos los
martes a la Opera: el dia siguiente se
lo pasaba todo entero Pedro Carlos encerrado con obstinaci6n en el gabinete
de vestir, tecleando en ·los vidrios todos los principales trozos de la vispera.
La mûsica y nn coraz6n, eso era
aquel niô.o: un coraz6n donde parecia
ha ber refluido, ensanchândolo, todo lo
que por los demâs conceptos ]e faltaba.
En aroar ponia jubilo y dicha, exquisiteces y delicadezas inesperadas, una.
afectuosidad inventiva, un arte adorable de la caricia. Tenia un sutil instinto, la inteligep.cia innata de los desventurados como él para reconocer el
cariîio de las gentes; y cuando desde
la ventana veia llegar una persona
que le parecia buena y amable, corriendo al oi.r su campanillazo entre-

LA SENORA GDVAIIAD ,

119

gabase a ella desde el recibimiento, en
un febril acceso de alegria, salta.ndo
con ambos pies como un loquillo, diXIV
ciendo sin resollar:-&lt;qPedro Carlos
contento, contenta, contenta!...» Luego, agarrandose con mano ardorosa a
la mano ·de la seiiora o del caballero,
Una tarde â. fines de Abril, al pasar
abria el salon de su madre, se quedaba junto a la fuente Paulina y â los tres
con los ojôs encandilados de regocijo, torrentes que vierten el agua Trajana,
en un almohad6n sobre el snelo, junto con el estruendo de cataratas, sobre la
al 6 a la visitante, siguiendo las pa.la- plataforma de esa rampa que baja
bras mientras se hablaba. Al levantar- dando vuelta.s por el antiguo Janiculo
se, no queria dejar que se fuese la vi- y por donde caminan con lentitud
sita, reteniéndola, agardndola, po- frailes capucb.inos y asnos cargados de
niéndose con un esfuercillo de deses- verduras, -la senora Gervaisais hizo
peraci6n delante del que partia, para parar el coche ante aquella gran Roma
impedirlo. Notaba en torno suyo el diseminada, esparcida al pie del monbueno y el mal tiempo del alma de las te con una claridad extraiia.
gentes, cuando para él eran amigas,
A la velada luz de las cinco de la
simpâticas y caras; al verlas tristes, tarde, bajo una densa y pesada nube
envolvialas con su muda efosi6n, las de color violâceo con crestas blancas,
concedia miradas dulces, levantaba tenia â su izquierçla, mas alla del cashacia ellas una especie de interroga- tillo del Santo Angel, las lineas de-una
ci6n que parecia comprenderlas. Apre- campifià verdegueante y la prominenciaba. en el rostro de su madre y en el cia de dos cerrillos parecidos â tumulus
de Honorina las -impresiones mas pa- de pueblos enterrados; a la derecha,
sajeras, mas fugaces, y se engran- por encima del Palatino, el aznl o.scudecian en él hasta hace1·se una di- rode las colinas donde se esconde Aicha 6 un pesar. Y era tal la impresio- bano; y ante si toda la llanura edifinabilidad de ese pequeiio ser, que si cada, la infinita extension de Roma, un
su madre olvidaba retener la mas caos y un universo de piedra, un haci•
ligera nota. de impaciencia y de irrita- namieuto, una mezcolanza, una conci6n hablândole, al punto veia correr fusion, una superposici6n de casas, de
la.grimas en los ojos del pobre nifto de palacios, de iglesias, un bosque de arexcesivo coraz6n.
quitecturas de donde se alzaban aguAmante de las personas, éralo tam- jas, campanarios, cupulas, columnast
bién hasta de los objetos que le prodn- estatuas, brazos de ruinas desesperacian placer, diversion, recreo: besaba dos al aire, obeliscos, Césares de bron•
los juguetes con los cuales acababa de ce, puntas de espadas de angeles, nejugar.
gras sobre el fonda del cielo.

�120

LA 8ENOBA. GEBVAI8AIS.

REVISTA INTERNACIONAL

1Vasto panorama en anfiteatro esa tan enferma, tan indispuesta, que no
capital de Dios, puésta y escalonada he visto aun a nadie. Queria tomar un
en sus siete colinas y subiendo esca- poco el aire del pais ... , tomarme el
leras de monumentos é hiladas de tem- tiempo necesario para restablecerme
plos hasta esas bellas lineas acropo- antes de hacer visitas ... , y crea V. que
lienses que la cortan, la perfilan y la la primera estaba destinada a la se:iiora
hacen reinar asentada en un trono so- de Rayneval...
bre el horizonte!
El Sr. de Reyneval se inclin6.
Una solemnidad inm6vil y muda,
-i,D6nde vive V.~
una grandeza de muerte, un reposo pe- -Plaza de Espa:iia, esquinaala calle
trificado, el sue:iio de una ciudad ador- delle Oarrozze.
mecida por un poder magico 6 vaciada -Pues ha hecho V. una especie de
por una peste, pesaban sobre la ciudad hombrada en salir hoy ... Tenemos un
sin vida, de ventanas desiertas, de chi- horrible sirocco ...
meneas sin humo, de silencio sin ruido E indic6 la nube gris extendida sode actîvidad ni de industria, donde bre la ciudad.
nada se oia sino un toque de campana -jAh ! i, Es el sirocco"# Eso es lo que
de minuto en minuto. Pero, en parti- sentia yo desde esta man.ana ... , una :flocu1ar, el cielo era lo que daba a todo jedad, una especie de malestar geneuna apariencia apagada, con una luz ral...
gris y mustia de eclipse que empolvaba -Pues bien, seiiora, permitame V.
lo musgoso de las techumb1·es y lo des- que la dé el consejo de vol verse a casa ...
gastado de las paredes, envolviendo a Yo mismo, a pesar de lo romano viejo
una Roma amarilla y palida en un tono que me empiezo a hacer-y se sonri6que recordaba a la seiiora Gervaisais siento siempre el mal efecto del picaro
cuadros de Africa, paisajes ahogados «viento de plomo», como ya lo llamapor una polvorienta nube del desierto. ba Horacio ...
Miraba desde su coche parad-0, cuan- Y volviendo los ojos hacia Pedro
do se cruz6 cori ella un carruaje. Ape6- Carlos:
se de él un hombre, se acerc6 a la se- -Recordaba a su niiio de V., de Paiiora Gervaisais, y con un ademân de ris ... ,peroaunestâmuchomasguapo ...
afectuoso asombro, dijo:
-Adi6s, hasta la vista , mi querido
-jV., seîiora! ... iV. en Roma~ .•. iY embajador... Dé V. mis recuerdos mas
ni una palabra al palacio Colonna! ... cariiiosos a la seiiora de Reyneval...
Hubiera tenido el honor de presentar- Y el coche ,se puso a bajar, al paso
me en casa de V.
corto de los caballos, las cuestas del
-Mi querido embajador, he llegado Montorio.

que los extranjeros pagan al clima, del
tiempo inàiavolato que estaba haciendo
desde unos dias, y de otras mil cosas
mas, la extrajo de una vena un poco de
sangre sin que casi lo notase ella.
Sin embargo, aquella do1encia con
la cual se divertia el doctor Monterone
(éste era su apellido), fué mas grave de
lo que él crey6 al pronto. Fué preciso
sangrar otras dos 6 tres veces a la seiiora Gervaisais. Durante algunos dias
di6 serias inquietudes a Honorina. Y
cuando qued6 restablecida, conserv6
una gran debilidad unos dos 6 tres
meses.
Durante los primeros dias de ansiedad, Pedro Carlos permanecio como
una piedra, sentado en una silla baja,
al pie de la cama de su madre, con los
ojos :fijos en los de ésta. Grufi.endo
cuando Honorina iba en su busca para
hacerle corner 6 acostarle, pasaba alli
todas las horas, en el mismo sitio, con
la misma intensa mirada de carifio y
esa ternura triste y absorta que tienen
los niiios al ver sufrir.
-Vamos, Honorina-decia la sefiora
Gervaisais en una de las tardes de su
convalecencia-i,qué hay de nuevo por
la casa'? iSe han ioteresado algo por
mi enfermedad ~
-jûhl Si, sei'iora... , sobre todo las
buenas mujeres de aqui ... ; hasta les
daria mucho gusto la seiiora si las recibiese cuando se sienta bastante fuerte ... También han enviado de la embajada, casi todo~ los dias, a saber noticias de la sefiora ... ïAh! También ha
venido muy a menudo un senor... , un
senor... , un auditor de ... de ...

1

XV

Al otro dia le faltaron animos y fuerzas para salir, y permaneci6 tod.o él
tendida y languida sobre el sofa. Mas
débil al dia siguiente, por instancias y
sup1icas de Honorina, decidi6se a hacer llamar al médico recomendado por
el doctor Andral a las i:enoras a quienes
enviaba a Roma, y al que de dia en
dia fué retardandose en ver, con el perezoso «man.ana» que se repiten à si
mismos los enfermos.
Ese médico era el famoso doctor de
los extranjeros, el unico que tenia el
derecho de decir a las pudicas inglesas
de la plaza de Espana Favorisca il
polso, el liberal, el àiputado revolucionario del 48, el viaje:ro en Viena, Londres y Paris, el sabio, el anticuario, el
aficionado y coleccionista de estatuas
y cuadros, el narrador de anécdotas,
el de chispeante charla, el agudo romano que decia al final todo loque ordenaba, de todo lo que contaba, de todo
aquello por lo cual gemia, este eterno
estribillo de la filosofia y de la paciencia de su pais: ~i,Qué quieren Vds.~
1Estamos bajo los clérigos!», frase que
era preciso oirsela decir en italiano:
-Ohe volete'I 8iamo sotto i pretil
Lleg6, no se sent6; y mientras hablaba â la enferma de una magnifica
coltellata que acababa de curar en el
hospital de la Consolaci6n del Vaticano, del pintor Camuccini, del tributo

121

�122

-i,De la Rota'? ... ïAhl si, el bueno hecho unicamente para amar y ser
de Flamen ... No me ha olvidado ... Ni amado, no teniendo para expresarse
siquiera le anuncié mi llegada. .•
nada mas que la.grimas y besos'I i, Y
Hubo un breve silencio.
como podria vivir ese desdichado Y
-Y él... senora ... -prosigui6 Hono- pequeii.o martir del amor'? La idea de
rina, sefialando al niiio-1, 1).0 sabe V. los sufrimientos, del suplicio que eslo que hacia durante la enfermedad de peraban a la inocente alma achacosa,
la sefiora '? Pues bien; rodas las mafia- desarmada de todas las inteligencias Y
nas cogia un pliego de papel de enci- defensas de las demâs, hiri6la con sûma del escritorio de la seii.ora ... Y des- bito espanto y la hizo dar un gran rorués hacia garabatos ... Y luego tenia deo sobre si misma; irgui6se con una
yo que poner un sobre ... Y des pués -vol untad, casi con un juramento de no
ponia él encima un mont6n de obleas morir; no reconocia en ella ese derepara imitar los sellos de correos, como cho. Era de esas madres que no deben
en las cartas de Francia que ve a la se- desertar y a las cuales un hijo asi les
ii.ora .. , Y luego ... ïdeverdad, sen.oral ... manda que -vivan y duren.
tenia yo que escribir la direcci6n: Al
Santo .Dios ... Y a escape tenia yo que
ir a echar la carta en el buz6n de la
plaza ... Me miraba desde el balcon...
XVI
Veiame obligada a hacer evmo que .•.
Si, senora... i escribia al Santo Dios
para pedirle que no hiciese morir a su
marna! ... ïAh, queridisimo! •.. Los deCuando llego â restablecerse por
mas :ao quieren verlo ... Pero, jcuidado completo la seiiora Gervaisais, hallasi tiene talento en el fondo !
base ya en extremo avanzado el estio
El nino escuchaba â Honorina con para ir al campo y alquilar una casa
ojos inquietos, alargando la cabeza en Frascati o en Tivoli. Prosigui6 en su
para oir mejor, timido y confuso, con vida pasada, mas metida en casa, oculmedrosa atenci6n, como siempre que ta en las tinieblas de su cuarto, entre
de él se hablaba ... La seiiora Gervai- la semioscuridad tranquilizadora de las
sais abrio los brazos, y, estrechandole persianas corradas. Solo salia por la
nerviosa contra el pecho, dej6 caer so- tarde, a la puesta ùel sol. Hacia entrar
bre su cabeza dos la.grimas lentas en en fila â su coche por la carrera paudeslizarse.
sada del Coi:so, desde cl Pincio hasta el
Pens6 en ese pobre ângel si hubiera palacio de Venecia, y del palacio de
muerto ella y no la tuviese él ya. Hijo Venecia al Pincio, llevada lentamente,
del dolor, mal y· â medias nacido, bqué con su hijo adormecido contra ella;
seria de él, solo y sin madre, de ese revivia entre el movimiento de los cadulce ser todo sufrimiento y ternura, ballos, de los carruajes, de los prendi-

123

LA SENORA GERV il8A IB

BEVISTA INTERNACIO:MAL

dos y traJes, y la languidez de un resto de debilidad, los fl.otantes desvarios
de una cabeza un poco quebrantada, de
una imaginaci6n convaleciente, hacianla abandonarse al tan poético hechizo dulcemente melancolico del crepusculo italiano, de esa perezosa llegada de la noche, mas tarda en venir
de la oscuridad que en los cielos del
Norte. Decolorâbase el cielo por encima de su cabeza, se volvfa como el
nocturno azul palido de una nevera.
En torno suyo, cual una apariencia de
desmayo, extendiase la palidez de una
muerte humana sobre los colores de las
co.sas, sobre el anaranjado de la piedra y el rojo intenso del ladrillo. Una
luz de un inenarrable tinte expirante,
de una claridad de alba de luna, parecia ser la luz angélica del A 'De Maf'ia. Un reflejo mustio de ese cielo pasaba por encima de las gentes (rostros
que ya no eran los rostros de durante
el dia), envolviendo a las pequenas
procesiones de huérfanos parecidos a
fantasmas de cleriguitos enteramente
blancos, a quienes les arrastraba ya la
cola de la sotana y se perdia en el -vaho
azulenco ascendente del ar.royo de las
calles, de dos escalones de palacios.
En ambos lados del Corso boi:rà.banse
monumentos, casas y paseantes, que
se sumian y disipaban en el misterio.
Hora de Roma casi fantâstica en la
cual diriase que la realidad se retira de
todas las cosas, la vida se evapora, los
pensamientos no tienen ya d6nde posarse y se levantan de la tierra, en que
las visiones comienzan a aproximarse
al alma como a los ojos ... Y conti-

,

nuando en su largo paseo, la sefiora
Gervaisais tenia la impresi6n de concluirlo en un ensueiio cruzado por el
zig-zag de pequenos murciélagos.

XVII

El Agosto ardiente, ese mes tan temido en Roma que los camareros de
café dan las gracias por la propina
deseando «un buen mes de Agosto» al
parroquiano, la senora Gervaisais lo
paso sin sufrir mucho ni ablll'rirse,
distrayéndose de la monotonia de una
completa reclusi6n y descansando de
sus lecturas con las cotidianas visitas
de dos hombres; su médico, que invariablemente pasaba un par de horas
charlando con ella, y un antiguo amigo de Francia, no menos asiduo y no
menos largo en sus visitas.
El doctor Monterone continuaba teniendo con ella la diversion de una de
esas conversaciones deshilvanadas,
mimicas, ~ordaces, que ponen en los
labios del escepticismo romano una
ironia bufa tan profunda. Soltaba la
sin hueso, tomando pie de una noticiat
un rumor del dia, una palabra, diciendo:
-El Papa 1'ojo ... Pues bien, si, el
Papa rojo ,· asi es como aca le Ba.man ...
Y corrian sin atadero sus palabras:
-jAh! i,NO lo sabfa V.~ Tenemos
tres Papas en Roma: el Papa blanco,
que es nuestro muy venerado Padre
Santo; el Papa negro, que es el gene-

�124

REVIST.A. INTERNACIONAL

ral de los Jesuitas, y el Papa 'i'ojo, que
es S. Emma. el Cardena l Antonelli...
jJa, ja, ja!; recuerdo ahora lo que me
contaba el otro dia, una historia de su
juventud' ... Un dia, paseandose por el
Vaticano ... ,no era aun el monsefior de
hoy ... , hallose delante de la puerta de
los archivos ... Estaba abierta ... y entr6 ... El archivero le deja ir y venir,
pasearse, abrir los armarios ... Al dia
siguiente obtuvo una audiencia de
Gregorio XVI. En la conversaciôn con
el Padre Santo se le escapan estas palabras: -«Santisimo Padre , son muy
curiosos los armarios de los archivas ...
Pero los vidrios se encuentran en muy
mal estado ... -ïHas entrado!... i,Entraste en los archivos y dirigiste la
mirada a los papeles'L. -Si, Santisimo Padre; la puerta estaba abierta ...
iY te atreviste! ... Pero, ;,no sabes entonces, hijo mio, que estas excomulgado'l- iDios mio! -Tranquilizate...
Te impongo la penitencia de que hagas colocar a tus expensas todos los
vidrios que faltan ... &gt;) ïOh ! A nuestros
Papas nunca les falta la chispa. Ahi
tiene V.: nuestro Pio IX, con su aire
sencillote •.. , jtiene unas frasecitas!
Consegui una audiencia 'para un musico &lt;ïlle queria obtener la cruz de San
Silvestre. ï,Sabe V. lo que le dijo el
Papa'? «Dirigete a mi colega Apolo ... &gt;)
y después de sus entrevistas con Rossi ... , el pobre Rossi, a quien recibi mo1-ibundo en mis brazos en el palacio de
la Cancilleria (porque fui yo quien
le ... ) ~Sabe V. lo que decla nuestro
Santo Padre cuando su ministro estaba ya de puertas afueraf «Acabo de

oir al profesor: me ha dado un curso
acerca de lo posible y de lo imposible.»
Y palpando encima de una mesa rosarios comprados por la seiiora Gervaiaais para enviarlos de regaloaFrancia, pregunto:
-i,De casa de la seiiora Rosa, lacélebre coronara de la Minerva'L .. Un.a
compatriota de V., una francesa, una
mujer que esta en todas las interioridades del Vaticano ... iLO que sahria
un gobierno que tuviese ~omprada a
esa rnujer!. ..
Y cortando bruscamente su frase,
afiadiô:
- ...Por ejemplo: que tenemos un
Cardenal de la ultima hornada, que
pasa el tiempo en tocar la trompa de
caza ... l@ mas en secreto que puede ...
Aqui, en el fondo, todo se sabe ... Comia yo el otro dia en la embajada de
la naciôn de V., y se me escapa una
palabra imprudente. &lt;qOh! Aqui, doctor-me dice el embajador de Vds.puede V. decirlo todo ... Estoy seguro
de mis gentes: la mitad pertenecen a
la policia del gobierno, y la otra mitad a la de la revolucion.&gt; Clte 'l)Olett'J
Aqui tenemos una comunidad de frailes nobles: todos ellos se quejan de los
mocaroni; es verdad, ya no se saben
hacer. Y es loque ellos dicen: - (The
'Colete1 Siamo sotto i p-reti! ... ïLos clérigos! iLos sacerdotesl Senora, en los
teatros, dw::ante la semana de Pascuas,
el cura de la parroquia hace la lista
àelle anime, el censo de las aimas ...
Esto love V. durante los ensayos: el
libro de los futuros comulgantes en las
tablas; y toda la compania, el apunta-

LA SENORA. GERVAIS.A.IS

125

dor, el que enciende las candilejas, las trado en Roma por la senora Gervaibailarinas, ilas bailarinas ! , precipi- sais, el sefior Flamen de Gerbois, era
tandose para besar la mano del _parro- otro hombre y muy otra compafüa.
co, llamandole: Padre cu-rato I Y les Este ami go la dedicaba su interés emo•
dice_ él: &lt;tNo se mo1e~ten ... » Se sienta cionado, su palabra (palabra grave y
y mira un paso de balle ... Por supues- dulce de una vida quebrantada ), sus
to, nuestras bailarinas no son como las al tas y melanc6licas ideas, los acentos
de la Opera de Vds .... La Ferra ris no de un amplio ingenio, de un alma hersale nunca a escena sino después de mosa, de una fe de tolerante caridad y
una breve invocacion y un beso a un de bondad infini ta.
amuleto ... Sabida es también la frase
Casado en Francia, padre de dos nide la Fuoco, â quien decian: -«Pero, fias pequefias a quienes llevaba para
t,como no se caen Vds. en un tablado que jugasen con Pedro Carlos, la
tan mal barrido'? ... -1Oh, momentos niuerte de su mujer ( en quien adorahay en que preciso es creer que Dios ba)' habiale hecho recibir las Ordenes·,
nos sostiene! ... &lt;&lt;jY tan desinteresadas y llevaba dos aflos en Roma ejerciendo
las nuestras !&gt;) Oiga V. una frase fres- las f~nciones de aujitor de la Rota por
quita, de la semana ûltima, y dicha a Francia, en el Consejo de lo contenun joven agr'egado diplomâtico del pais cioso eclesiastico, en el tribunal de jude V. Habia aqui una balle-rina, y como risprudencia canùnica y civil, AsyZum.
se excusase él por no haberla hecho j1tstitiae, elevado cargo en el siglo xvm,
aun regalos, encontro ella esta frase venido boy muy a menos, donde una
sublime: «Si me los hubiera hecho V., personalidad de valer queda inutil y
estoy muy segura de que hubieran sido enterrada, con el unico pClrvenir del
hermosisimos ... » A proposito, seiïora, Decanato de la Rota, que conduce al
1,no han tratado de hacerle a V. ingre- cardenalazgo.
sar en nuestra benéfica asociaci6n de Galicano, adberido a las doctrinas
las pe-ric~:ante'l ... Si, de las solteras y nacionales y tradicionales de la Iglesia
casadasJovenes que corren peligro ... de Francia, antiguo amigo de LamenïO6mo! t,No ha oido V. hablar de eso'?... nais, decia y confesaba a menudo a la
ïUna instituciém de geniol ... Un.a mu- sefiora Gervaisais sus profundas tristejer pe-ricol~nte se pre~enta a esta exce- zas y sus secretas amarguras por todo
lente somedad y d1ce: -«'No tengo lo que veia en Roma, en esa corte y
p~n, Y °:1e ofrecen dos duros.» Laso- esa politica ciegas como una corte y
c1edad p1de una prueba, una carta... una politica humanas donde los celos
La mujer lleva la carta, toma los dos de los unos, dueiïos de la pusilanimiduros ... Y·:·
dad de los otros, enemigos de toda su-i,Y ~ue hacei...
perioridad, habian perseguido durante
-1,Qu? hace'l i_Cobra los cuatro!
el siglo a todo gran espiritu religioso,
El antiguo am1go de Francia encon- a toda gran voz que subia al pûlpito,

'

�126

â los talentos, â. los genios, basta

alas

de las iglesias g6ticas las prevencioglorias prometidas â. la Iglesia, con- nes, las repugnancias, y le conduce a
tristado â un Lacordaire y desterrado tener casi lâ.stima de la. pobreza de piepor su elocuencia a Flavigny, recha- dra de sus catedrales; dejâbase llevar
-zado al creyente de la Chesnaye al del amor al marmol, al ma.rmol que
ateismo de su fin.
pone alli por todas partes en las parey asi hablaba el sen.or Flamen de des su brilla de espejo, sus esplendoGerboia mirando a la enferma y aca- res escurridizos, sus lisas superficies
riciando con una mano al nino.
acarîciadas por la luz que juguetea
sobre su dureza preciosa, resbalando â.
lo largo de las columnas y pilastras,
perdiéndose en las b6vedas en queXVIII
brados relâmpagos. Conforme vivia
alli, tomaba la costnmbre de estar durante los calores del dia en medio de
Cnando salia entonces por casuali- esa piedra con venas, brillante casi
dad entre dia, â las horas en que las cual nna joya con ese frio relucir de
iglesias no han levantado aun sobre los colores suavemente rosados, suavesus puertas las mamparas de cuero mente amarillos, suavemente verdes,
para la siesta de la oraci6n, gustaba de fundidos en una especie de nacar que
entrar en ellas.
irisa con sus cambiantes matices el
Lo que la atraia y lo que iba a bus- prisma de toda una nave. Iomovil,
car al1i no era una impresi6n religiosa, contemplativa, sentia un placer en
la aproximaci6n al Dios cristiano en su verse envuelta por aquel~a clarid~d
casa sino la sensaci6n de un lugar relumbrante en que la câhda magmtran~uilo, apacible y silenciosamente ficencia de los dorados, la opulencia de
agradable, que ofrece el descanso y la las paredes y la suntuosidad de las co~hospitalidad de un palacio pacifico. gaduras parecian evaporarse y volatiSalir del sol de la calle y entrar en la lizarse en un aire hecho âgata portofresca, entre el adormecimiento del oro dos los re:B.ejos de p6r.6.dos y jaspes.
y de las pinturas, las brillanteces pulidas y las blancuras vagas , éra para
ella el sosiego que podia proporcionar
XIX
una umbria del Generalife escuchando
el surtidor de su fuente. Y poco a poco,
en la ciudad de las iglesias, yendo de
ésta a aquélla, visitandolas, prolonHay en San Pedro una soberbia y
gando sus estaciones, deja.base llevar regia puerta de la M:uerte: es 11D. p6rde e:1e gusto qneadquiereel extranjero, tico de mârmol negrô sobre el cual se
esa pasi6n que hace p~rder al catolico destacan las tibias de un esqueleto do-

127

LA BEHO.BA. GEBVAISA.IB

BEVISTA INTEBNAClONAL

rado que levanta la recia cortina, la
aplastante colgadura que vuelve a
caerle encima del craneo y forma una
ca-reta ciega a. la imagen de la Muerte,
la cual, porencimadel transeunte, alza
con la punta de sus falanges de hueso
el reloj de arena del tiempo interminable.
En una de sus visitas de tarde a las
iglesias, salia. la senora Gervaisais por
aquella puerta de la sacristia de la
basilica, cuando se le apareci6 una
capilla en que sus ojos no se habian
fijado aun entre las innumerables capillas de San l&gt;edro. Detuvose involuntariamente ante los trece confesonarios que estaban alli, como los oidos y
las bocas de la penitencia cristiana
para todas las lenguas del orbe cat61ico, con estas inscripciones en sus frontispicios:
Pro Gallica Zingua.
Pro Graeca lingua.
Pro Hisp(l31,ica ling1Ua.
Pro Lusitana Zingua.
Pro A n!llica Zing'Ua.
Pro Polonica lin!lua,
Pro Illyrica Zingua.
Pro Flanàrica Zingua.
Pro Germanica lin!lua.
Pro Italica Zingua.
Atraida sin saber por qué, entreteniase en deletrear eselatin.que en~loba
el mundo, cuando, al sentir que la tiraban de la falda, volvi6se hacia su
hijo: el niii.o la enseiiô por encima del
baldaquino, entre una claridad aznl, el
fulgor de la b6veda, el oro de las pala-

bras ... Petrv1 et super hanc petra,n aeàiftca!Jo ... , que en ese momento parecian
escritas con letras de fuego sobre el
anillo de la cupula.

XX

Con el otoiio, con el alivio en su salud, la senora Gervaisais cambi6 su
vida estrecha, solitaria, casi claustral,
por una existencia mâs a.ncha, mas esparcida, y que vol via al trato de soniedad.
Alquil6 carruaje por mes; tom6 uno
deesos criados italianos aptos para todo,
que guisan y suben a la trasera del
coche con una eterna camisa de color
bajo una levita negra. Y para dar comienzo â las yjsitas, entreg6 sus cartas de recomendaci6n en casa de la
princesa Livarini.
Por un momento habia pensado en
buscar unas habitaciones mas grandes;
pero detuvola un poco el io.terés lastimero por aquellas onradas patronas
que subsistian miserablemente de un
antiguo plano de Roma cuya plancha
tuvieron por herencia. Yadema.s, ;,donde hubiera vuelto a encontrar una vecindad. tan discreta como la de esas
mujeres que solo entraban a verla
cuando se hallaba enferma, y todo el
dia estabau en la oscuridad y el silencio de su cuartito, con un perro mudo,
la musica de un reloj de pared, ramitos de flores puestos en vasos; una paz
de mediania venturosa, entrecort~da

�REVI.8TA lNTERNACIO:NAL

ii galeria con piesa en una peque a
.
de tarde en tarde por ell gr~~tas~:=~ ~astras revestidas de tr:os ::u;:rJ:o!
erado de antemano, a v1s1
hojas de acanto, puer s
. meesp
d das piso de mosa1co
tia anciana't
molduras ora d~ violeta y amarillo:
nudo de color
· b por
una. fresca estancia que resp1r~t' a ver
. t as y pernu
dos ventanas ab1er
. :i.a ue
XXI
110 de rosales arboreos q
un bosqueci
amos de rosas
abrian en sus cop~s r mente cansada
Alli grac1osa
. .
.6 muchas lenormes.
'
d l talle, los
128

.;;.~:o;~~~:•;t;:~»:~::i~:~::; !:,~~:::•h;m~.!:1;:1 l::~o=~~
quien daba unos banque s

escuchaba con hgereza,. de suros0 con la sonr1sa
hechicerosl
tenia siempre un traida y corn la uebrada conversaUn roantel, que
. ero de la \ tro nada mas,
q
sillas donlecho de flores, el galano viv do all · ci6n del corrillo sentaddo en tapiceria
as conserva
11
resenta as en
sema~a ~e. :::ude botella.s de vino, de e;~a:a:esr:~logales. Suspend(anse
toùo e ano, . 6n de cdstal de roca, las ir ub
El dialo(J'o tenia pausas
sino un gran J~rr
arte de familia, las pala ras.
as ai° aladeo de un
espléndido obJet~!: el triunfo de An- de reposo an!~o!_ cuanXo se prod~cian
donde estaba gra nvidados se pasaban sorbe~- D~ v d los salones itahanos
fitrite, y que los co é de los platos el esos sllenc10s e l tiempo y parecen
unos â. otros; a trav 3
donde desde que dejan correr e.
se desliza.
antiguo libro de .:n~:s:~râa escribia a escuchar ~ gu~: :~:do a los extranmuchas gen~rac1 l lista del almuerzo
En ese rnter
intimidad a la roadiario el com_~eroy \onde los espacios jeros, ce~oso ~ei::acia principal romay de la com1 a, \enos de notas, fe- nera de .a aris
ente por la noche.
blancos estab_an_ ~tos de familia, pen- na, hab1~ p;cl~a geran un pintor del
chas, acontec1mie ales el regocijo de Toda la er u rincipes romanos 1&gt;asamientos' a los eu
- dia reflexio- pais, algunos p
s primas j6velos hués~edes r!:
esto era la rientes 6 al~f:sd;:~c%1:es como las de
nes ' car1catu
oz de la princesa nes de men d v· ci y dos cardenamesa, junto con a :labra (una risa). la Her~diada e c~:re~tes a quienes se
(un canto) y ~~lrana a la bermosura les' a~duos :~:ombrero con alamares

P:i ~~~::

0
: ~ ~ :: : :

:,nora G-:V.~:•:;.,";1; ~:i ;i:,:;..w debal:,d:!'=~~o~

:a:::;

ca.balo siempre Junto
No la
darse de las perso_nas
gozairoportaba el mutismo e
ba con verlo.
. a.base la prin·
Después de comer, situ

LA BENORA. GERVAJSAJI

•

0

una desenvoltura de
q des silloTomaban asiento en sus g:::ca de los
nes de costu~bre' ~u~ecian esas fraoidos de la prmcesa, y

sesentrecortadas, palabrasdesacerdote
y de diplomâtico concluidas por un
gesto, un mohin, a veces una mi rada
de esa negrura peculiar de los ojos del
prelado romano. Y muy pronto, después de golpearse un momento con los
sombreros las purpu.radas pantorrillas,
levanta.banse ambos porporati, saludaban y desaparecian.

129

I

deci6 la ultima noche, queriendo apagar él también los moccoletti, el cabito
de vela que todos soplan a cada uno y
cada uno sopla a todos, al grito vencedor de 8enza moccolot 8enza moccolot

XXIII

xxn

El afio antes , al llegar de Francia,
se habia encontratl.o la seii.ora Gervaisais harto fatigada y débil para presenciar en San Pedro las ceremonias de
Vino el invierno. La salad de la se- Pascuas. Pero en esta segunda Semana
ii.ora Gervaisais continuaba siendo bas- Santa que pasaba en Roma, tuvo eutante buena para permitirle frecuentar riosidad por sentir esas impresiones.
con asiduidad el sal6n Liverani, y cruEl Domingo de Ramos hallabase en
zar por dos 6 tres salones de esas gran- traje de etiqueta (de negro y con velo
des damas de moda, cuya carretela, pa- negro prendido con una margarita de
rada en la terraza del Pincio, se ve cir- J plata) en una de esas grandes tribunas
cuida al instante por un corro de hom- con asientos en graderia para las sebres.
îioras, a derecha é izquierda del coro.
Lleg6 a ser concurrente casi habi- Pasaba su vista a través de las mohatual a las comidas de la embajada y a rras de las alabardas, de los cascos, de
las recepciones de la Villa-Médicis, 1Ias cimeras de oro, de los penachos de
donde las veladas musicales contaban crines blancas; por encima. de las hileaquel aii.o con el talento de j6venes que ras de patriarcas, de dignatarios con
ya prometian un porvenir de composi- , casullas tejidas de oro; por encima de
tores célebres.
las filas de los cardenales sentados,
Llevaba a menudo a Pedro Carlos j cuyas vestiduras corrian en suntuoso
adonde era tan feliz, a la Opera de oleaJe y casi anegaban, con una oleaRoma, al teatro de Apolo. Y al llegar da de sas colas, a los caudatarios senal carnaval, il 8anti1si11w Oarne1J(l,le, tados a sus pies; por encima de los empaseo durante tres dias por entre la al- bajadores y diplomaticos de uniforme,
gazara estruendosa del Corso al niii.o, el estado mayor en traje de gala de los
encantador con su disfraz de guardia I ejércitos de la tierra, ese ilustre publifrancesa, un poco aturdido por la ba- 1co de Europa que a menudo se confuntalla de los confetti, pero que se enar- de y codea con principes y reyes; y
RBVIST A.. -

llA.YO 04.

5

�130

LA SENORA GERVAI8A.I8

REVISTA. INTE!l.NACIO:SAL

llegaron sus miradas al fondo del coro, los protonotarios apost6licos particisombriamente rojo, hasta el Papa.
pantes y honorarios, el regente de la
Jluminaba la basfüca una lu.z reco- cancilleria, el auditor. de las rép~ic.:15,
gida, piadosa y fria, un dia de Marzo los generales de las ordenes rehg10en que el sol, Hamando y deteniéndose sas, los cuatro conservado:es, los auâ las puertas de bronce de la entrada, di tores de la Rota, los escr1b~nos de la
no encendia au.n la gloria amariUa del câmara, los votantes de la S1gnatura~
Espiritu Santo y su nimba de rayos en los abreviadores, los mae~tros de cerela vidriera de la tribu na de San Pedro; monias, los camareros as1stentes, los
una claridad triste que se tenia del re- camareros secretos , los camareros. orftejo violâceo de las grandes colgad1t- dinarios, los camarero~ ex~raordmaras que rodeaban el presbiterio y el se- rios, los abogados consistoriales~ los
miluto de ese domingo con el duelo de escuderos, los chantres, los ~acr1sta·
nes y los ac6litos de la cap1Ua, los
1a purpura.
d
La inmensidad de San Pedro estaba portadores de la Virpa '!'uoea. _to o un
silenciosa. Solo se oia alli el ruido de pueblo eclesiastico y toda la mnumelos pasos de la muchedumbre, seme- rable ~ Familia pontificia &gt; , alargando
·ante sobre el marniol resbaladizo al su lento desfile _c~~o en. es~ -proceJ d
d muchas aauas que por siones de las m1hmas cr1stianas que
sor o rumor e
o
. .
l
de los
1 •1 1
alli corriesen. De -pronto estallo y ele- van â recib1r en e me o a pa ma
v6se el bimno Pueri UelJraeo'!'uim, re- elegidos.
.
cuerdo de los hijos de Judea que iban El Papa, sentado: ofrecie:n~o a los
delante del Sen.or, un cântico de ale- besos de los que subian las rod1llas eu. ·uvenil un 11,ossanna que desga- biertas por un -velo bordado, la mano y
;;~~~ el aire' con argentinas notas que el pie, distribuia a cada uno la Fa~ma
subian y se desparramaban a la altura rizada de San :temo con ~n movim1ende las bôvedas, rodando por ellas â lo to de automatismo g_rand10s0 , un ad~
lejos como un.a griteria de niiios en los man hierâtico y antiguo que le hac1a
de las montanas.
parecer, bajo el dosel de su silla, entre
ecos
b d · ·
t tua san
Al primer acento de ese cântico y de una nu e e mc1enso, una es a
su jûbilo comenzaba la marcha, la ta del pasado.
. .
.
procesi6n eterna y siempre vuelta â
iPasmoso apara.to escen~co, ~dmuaempezar, de toda esa corte de la Igle- ble efecto de t~atro de la hturg1a, ob~a
sia que iba a recibir los ramos de ma- maestra de~ tnunfal espectâc_ulo relinos del Padre San~o: los cardenales, gioso del s1glo x~, de su gemo de arte
los patriarcas, los arzobispos, los obis- catôlico, d_e todas esas gra~des manos
pos no asistentes y asistentes, los aba- de sus artistas ~e sus pmtores q~e
des mitrados, los penitenciarios , el inventaron el d1~~~0, el ord~n, la,actig bernador de Roma el auditor de la tud, la compos1mon y la s1metr1a de
c~mara, el mayord~mo, el tesorero, las posturas, el apiramidamiento de los

!

131

grupos, la belleza de la decoracion viva I bajo seguia haciendo au.n subir, bajar
que e~calona a todos esos fi_~urantes Iy vol ver a subir con su sorda y velada
magmficos con capas de armrno y so- garganta la lamentaci6n del Sacrificio
brepellices de enc~jes, chorreando bro- 1de una ago?ia de Hombre-Dios, modu•cados y sedas, hac1endo destacar el oro laday susp1rada con el timbre humano.
pâlido de sus palmas temblonas sobre
Durante ese cântico en que resuena
el carmesi de los fondos, sobre las ar- la muerte del autor de toda bendiciôn
,
'
momas y los esplendores sordos de un la Iglesia no pide bendiciones · durante
colosal Ticiano!
ese cântico que enarra la no~he de la
La seùora Gervaisais llegaba a ese Iverdadera luz del mundo, la Ig1esia no
estado vago y un poco confuso de de- tiene cirios encendidos, no inciensa no
bilidad que en estas ceremonias produ- responde Gloria tioi, D&lt;&gt;mine.
'
cen el largo cansancio, la fatigada
La senora Gervaisais seguia escuatenci6n de los sentidos. Su contem- chando siempre el bajo, el bajo cada
placiôn estaba diseminada y errante, vez mas penetrante, mâs desgarrado
cuando sintîose de pronto sacudida y de angustia y que parecia la voz de
despierta por un cantico tal como nun- Jesucristo diciendo: «Triste esta mi
ca oyera otro parecido: un lamento en .alma hasta la muertei&gt;, la voz de Jesûs
que gemia el fin del mundo, una
mismo que por un instante, des de los
sica original y desconocida en que se labios del chantre, hizo pasar a través
mezclaban los insultos de un.a turba de los pechos el escalofrio del desfallefuriosa, un recitado lento y solemne cimiento de un Dios.
de una palabra lejana de la historia, un
Y proseguia el recitado, interrumbajo cantante que Uegaba al infi.nito de pido por las respuestas atronadoras de
las profundidades del alma.
jûbilo del coro: toda esa tempestad de
Era el canto llano dramatizado de la clamores, ruido caricaturesco, comico
Pas~6n de J esucristo , segun. el Evan- y feroz del pue blo homicida, regocij o
gelio de San Mateo, cantado por los discordante y blasfemo de las muchetres diaconos.
dumbres pidiendo la sangre de un jusHechizada nerviosamente, con leves to, gritos con voces agrias de Oruciescalofrios detrâs de la cabeza, perma- .fige! y de Barrabas!, que el doloroso
necia la sefiora Gervaisais lânguida- bajo aplastaba con gran desdén resigmente triste ante el rumor grave de nado.
aquel bajo que hacia oscilar la escala
de las melancolias, emitiendo notas
parecîdas al colosal murmullo de una
XXIV
inmensa desolacion, suspensas y tremolantes minutos enteros sobre sila:.
bas de dolor c:uyas ondas sonoras queAquel cantico, aquella voz que habfa
daban en el aire sin querer morir. Y el concluido por la înefable nota moriJ

mù- 1

�132

REVlST.A INTEBNACIONAL

bunda y crucificada, el Lamma, 8abacàtani del Golgota, dejaban en la sefiora
Gervaisais un largo eco que llevaba
XXV
consigo, una vibracion cuyo estremecimiento en los sitios sensibles de su
ser subiale hasta los labios, los cuales
por si solos repetian muy quedo el su- Las lamentaciones alzaban dentro de
premo suspiro. Y al mismo tiempo, con la capilla Sixtina su rumor desolado.
esa memoria interior, sentia alzarse y
En la parte de la Epistola, un trianvolver a subir poco a poco dentro de si gulo de quince cirios de cera amarilla
todo lo doloroso de su vida, todas sus hacia temblequear sus lucecitas como
la.grimas de adentro. Con la amarga velando a un 'muerto. Una pared irafelicidad del recuerdo, acordabase de cunda manchaba con temerosos colotodas sus impresiones tristes de solte- res, embutia en el fondo el alud y la
ra, de esposa y de madre, todos los re- catarata de los condenadosque rodaban
c6nditos y desconocidos dolores opre- a precipitarse en el infi.erno, atormensos de una existencia de mujer. Pare- tados por todos los escorzos de la caiciale que su pasado se aproximaba con da, portodaslas angustiasde losmuscuel encanto melancolico de una armonia los, por todas las agonias del dibujo,
lejana en las cuerdas de un violin que por todas las academias de la desespehubiese llorado. Era como una llamada racion: cuadro 'mudo del sufrimiento
de sus antiguas emociones, en que le fisico contra el cual iba a chocar, a
volvia a fl.or del corazon lo que habia estrellarse y a morir el coro de los dosentido, ahogado y sufrido. Por su- lores del alma.
puesto, nada religioso y que pareciese Las voces no cesaban: voces de
fe se mezclaba en la senora Gervaisais bronce, voces que producian en los
a esa sensaci6n delicada y profunda, versiculos el ruido sordo de la tierra
pero de un sentimentalismo pura mente que se arroja encima de un ataud, vofemenino, que le producia aquella mu- ces de una ternura aguda, voces de
sica.
cristal que se rom pian, voces que se
Y casi dichosa en ese estado dulce y hinchaban con un torrente de lagricruel, no hacia para salir de él ningun: mas, voces que revoloteaban una en
esfuerzo. Abandonâbase con una in- derredor de otra, voces dolientes por
movilidad de ouerpo y un silencio de donde subia y bajaba una queja sinpensamiento , que parecian querer gultuosa, voce~ patéticas , voces de
guardar y retener una pesadilla agra- suplica adoratriz que se llevaba considable. En esta disposicion de animo go et huracan del canto llano, voces
lleg6 al Miserere de la capilla Sixtina. temblorosas con vocalizaciones de sollozos, voces cuyovivo arranque volvia
a caer de pronto en un abismo de si-

133

LA BENORA GERY.Al8AIS

lencio, de donde volvian a surgir en
seguida otras voces sonoras, voces extranas Y turbadoras, voces aflautadas
Y humedas, voces entre de nifio y de
mujer, voces de hombres afeminados,
voces de una ronquera producida en la
garganta de un angel por la muda,
voce~ neutras y sin _sexo, virgenes y
marbres, voces fragiles y penetrantes
q~e atacan_ los nervios co~ lo imprevisto Y antmatural del somdo.
Entre tanto, a largos intervalos, al
fi_n~l de cada salmo, apagabanse los
cmos_ del tenebrario uno a uno, como
por si solos; Y el caos temeroso del
fondo de la pared ~ntraba en. el caos de
la _noche, oscurec1endo al publico, tan
prieto y tan ahogado contra la barrera
del cancel, que los sacerdotes, entre la
multitud, volvian con la lengua las
n.ojas de sus libros de 8emana Santa.
Ya no quedaba un poco de claridad
sino en la tribuna del muro de la derecha, con balcon de estrecho pasamanos, coronado por un facistol en que
aun podia leer la seiiora Gervaisais:
q.Üantate IJomino&gt;) , la tribun.a de los
cantores pontificiqs, unicos que tienen
derecho a cantar delante del Papa y de
l~s cardenales en capilla; y que solo
e~ecutan el canto Gregoriano y la musICa llamada alla Palestrina. Por una
ventana detras de ellos, un filtramiento
de luz ~lanca ilu_minaba con un rayo
ves~ertmo de ~rimavera de la Edad
Media, lo~ enca3es de sus sobrepellices,
1~ seda v10leta de sus sotanas, de sus
cmgulo~, del coUaro de su cuello. Y
por un_ mstante asomô por encima de
un atril la cabeza de un joven cantor

que recordaba los moftetudos nifios de
coro de Lucca della Robia.
. ~ra la bora veintid6s, segtin el reloj
1tallano. Catorce cirios estaban apagados, el ultimo escondido detras del altar, y habia un recogimi.ento de espera entre las tinieblas de la capilla.
Entonces dulce y quedo elev6 su
murmullo, su plegaria, su gemebunda
armonia el cantico del Misere1·e; musica expirante que volaba a Dios y al
descender otra vez desde las nube; parecia por momentos renovar en la Mvedade la Sixtina el milagrode la misa
del Papa Gregorio el Grande, en la cual
oyéronse caer desde el cielo las respuestas por boca de los serafines.

XXVI

Regres6 despacio, deteniéndose en
las iglesias abiertas y brillantes, una
de l;:i.s cuales deslumbr6 sus ojos llenos aun de la oscuridad de la Sixtina.
Desde la b6veda hasta el pie del altar, una cascada de fuego corria por
los peldanos de una escalera de cirios,
por detras de los cuales pasaban y repasaban las rojas sotanas de los sacristanes que los encendian. Y en las paredes, en las pilastras, en toda la rica
y coqueta iglesia de mârmol y oro (San
Antonio de los Portugueses), refu1gian
millares de girandolas, escalas, columnatas, pin.as de araiias, convirtiendo
las paredes en espejos de Hamas repercutidas, lanzando desde sus cristales de
,

�-----------••·- -----------------

LA BE:'ORA GERV AIBAIB

135

BEVIBTA INTERNACIONA.L

134

fuego relâ.mpagos de rub!es, un incendiode diamantes, entre aquella claridad :florida de estrellas, aquella palpitaci6n de resplandores deslumbrantes,
el hormigueo de luces y el iluminado
1oset6n del coro donde parecia abrirse
en el fondo, entre cortinas de piedra, la
cegadora puerta de la gloria di vina.

XXVII

dillas. En la basilica, en la sacrosanta
iglesia que se llama Omnium Urbil
et Orbis eccùsiarum Mater et Oaput,
bajo el techo de relicario con los Ap6stoles de oro, bajo la â.urea escarcha
del mosaico , sobre el enlosado de serpentina y de p6rfido que extiende bajo
los pasos el antiguo tapiz de los templos, el opus alea:andrinum, entre los
grande muros de mârmol, aquel pueblo andrajoso que inundaba las cinco
naves parecia la invasiôn y el acampamiento de una religiôn bârbara, rustica y brutal, febril, impaciente, removiéndose con impaciencia en e pera

En Sâ.bado Santo, el interior de San del golpe de varita de la absoluciôn,
Juan de Letrân presentô a la seiiora alrededor de los confesonarios, de donGervaisais el espectaculo de la piedad de salian entre las sayas de las mujeferoz que, con su fe de animal salvaje, res que alli se hacinaban vaivenes de
lleva alli el pueblo de la campiiia de \chiquillos, revueltos con los lios de
Roma.
comestibles anudados en servilletas.
Después de pasar por debajo de la La seiiora Gervaisais estaba suspenpesada cortina levantada por la cab~za \sa ~e que un gran artista no hubie:e
y la espalda de un anciano mend1go cop1ado aquella escultura de las act1con un gran garrote, el oleaje del gen- tudes, de los cansancios, de las meditio que entraba detras de ella la echô taciones, de los alelamientos, la ceen medio de grupos de mujeres que guedad de aquella devocion deslumcon los {mgulos de la bora sujetaban brada , la estupidez casi bestial de
entre los dientes las dos puntas de sus aquell.as preces. Chocôle sobre todo el
paiiuelos de cabeza; entre hombres cuadro de las confesiones empinadas
con las esparteiias agujereadas por los de mujeres que, alargando la boca,
dedos de los pie , con las chaquetas y puesta contra la rejilla de cobre del
los calzones recosidos con bramante; confesonario, se sostenian de pie y se
bordas campesinas que exhalaban una apoyaban con ambas manos junto ala
fermentaci6n de sudor, el olor de una cabeza, echadas· de bruces contra la
càlida humanidad. De pie, sentados, madera, con el movimiento de esas
puestos de codos, colocados en los pel- bebedoras campesinas que acercan los
daiios de las escaleras y de los altares, labios â un chorro de agua mas alto
unos comian hojas de alcachofas, otros que su boca.
dormitaban con la cabeza entre las roY en el altar, donde se eleva la mag-

nificencia de las cuatro grande8 co- 1popular de esa fi.esta religio a y naciolumnas de bronce dorado (el bronce de nal de Roma: la .B1,ona Pasqua.
las proas de las galeras de Actium),
Encontr6 San Pedro lleuo de gente
admir6 también una triple fila de mu- \ y siempre sin poder llenarse del todo;
jeres, de belleza dura, juntas y prietas oyo la misa de victoria, y luego sigui6
una contra otra, inclinadas y en mon- afuera al pueblo, que se empujaba para
tones, â. trechos, como un rebaiio asus- salir.
tado; las cuales, arrodilladas y a la Estaba en la plaza: ten!a delante de
vez sentadas sobre sus talones, junw ella escalones negros de gente; en las
a la barandilla, tenian aire como de Igrandes escalinatas ascendentes, homrumiar la Eucaristia, unas pasando las bres, mujeres, peregrinos con conchas,
cuentas de un rosario sobre las rodi- 1viajeros con gemelos de campo, pastollas, otras sosteniéndose la frente con res de la Sabina; bajo los piès de la
una mano que mostraba el cobre de muchedumbre, acâ y alla, madres danuna. gruesa sortija, otras ferozmente Ido de mamar a sus hijos con el seno
med1ta?undas con el dedo meùique en Idesnudo; las gentes del Borgo, del
los lab1os.
Transtevere, àei Monti, amontonadas
1en torno del obelisco, trepando por las
barras de bierro que enlazan sus hitos,
en la basa, en su pedestal, formâbanle
XXVIII
Iun zôcalo con la miseria en racimo de
los barrios pobres; mas adelante, el
'11tosciar'l'ellajo, el vendedor de castaiias
y de altramuces, que despacha con un
Por fin llegô el gran dia: el Domin- cubilete de latôn; a los lados de la
go de Pascua.
plaza, harto estrecha, un hacinamienEl pueblo del Agro romano, los cam- 1to de centenares de coches de gala,
pesinos, lo habian esperado envueltos Icarretelas con ruedas rojas, galerias
en sus capas, tendidos en las plazas, de oro, cajas doradas, caballos injioccki
desparramados por las escalinatas, con cintas y penachos, un ejército de
tumbados al aire libre, recordando, en criados, lacayos, cocheros, mayordoesas vigilias de la Resurrecci6n, las mos, extravagantemente engalanados
hermosas lineas de sueiio dadas por con libreas centenarias, galoneados
Rafael a los guardas dormidos delante con escudos de armas en todas las cosdel sepulcro de Jesûs y la losa pronta turas, con todo el lujo venerablemente
a levantarse sobre su inmortalidad. marchito de la ultima de las cortea
Un coche, cuyo caballo tenia una I sacerdotales y de la antigua prelacia.
rosa en la oreja, llevaba a la senora En el fondo refnlgia el ejército papal,
Gervaisais â través del mo·dmiento, l las filas de dragones con el punto rojo
del ruido, del feliz tumulto, del amor de sus petos y el punto blanco del bri-

�136

BEVISTA INTERNAOIONAL

LA 8BNORA GERVAISAIS

a

llo de sus cascos. Y por todas partes dos. Después desfilaron dos dos los
un hormiguero: en los tejados del con- eminentisimos cardenales, patriarcas
torno, en las ventanas, en las terrazas mitrados, cuya barba tenia el blanco de
del Vaticano y de las dos columnatas, oro palido de sus dalmaticas, obispos
cuya corona de estatuas ponia en el orientales, ancianos que recorda ban los
ciEto el corro de un publico de santos. elegidos, los bienav:enturados, los veZumbaba la plaza. La multitud mur- nerables, los doctores de la Iglesia
muradora se caleo.taba con el pesado pintados en las antiguas capillas, somtiempo, cargado con un sol flotante bras de los Gregorios y de los Ambroque no se mostraba aun. Dieron con sios que pasaban por alli con figura
lentitud las doce campanadas de me- de resucitados.
Entre tanto, cada vez mas deprisa,_
diodia, partiô del sol un rayo, y de
mas
furiosos, el bombardeo de los repipronto sonaron los toques de dos campanas pequefi.as echadas al vuelo y de ques de campanas y la tempestad desu
la campana grande de la ultima ven- bronce tronaban a todo vuelo; cuando
tana alta de la fachada. Al oir el rui- en el marco de la ventana, al quedardo, salieron volando de las cornisas se vacia, subiô sua-vemente, con la asunas cornejas; é hicieron un esfuerzo cension de una nube, la punta de una.
para levantarse unas enfermas ancia- tiara, formândole nimbo dos abanicos
nas cubiertas con un velo, vestidas de de pluma de avestruz, centrados con
beatas, sentadas, casi paraliticas, en plumas de pavo real... y hablaba ya
una voz que habia hecho descubrirse
unas sillas.
Una curiosidad inmensa empezô a todas las ca bezas y doblarse todas las
rebullir entre la muchedumbre, que se rodillas, una voz en aumento y que
apretô, se amontonô, avanzô como el llenaba los ambitos de la plaza, 1tanta
oleaje de un mar humano, y luego se era la silencios~ escucha del gentiol
detuvo; y todos los ojos que alli esta- Levantose de pronto la tiara de oro, y
ban aguàrdar.on âvidos y devorando salio el Padre Santo por detras de lo
con una sola mirada la ventana de la que le ocultaba, del libro que le esloggia, que resguardaba un toldo de condia; y surgiendo con todo el canlienzo, y de donde pendia ·una colga- dor magnifico de su vestimenta, viôdura de terciopelo labrado, con las ar- sele inm6vil en su gloria blanca ...
Entonces, con una lentitud augusta?
mas de Clemente XI bordadas en él.
Por largo tiempo estuvo aûn vacia se alzaron las manos del anciano y
la ventana. Por iin, en su oscuridad subieron a tomar ~el cielo la bendimisteriosa aparecieron religiosamente ci6n, que, detenidas un momento, temuna tras otra tres rnitras, tres tiaras, blorosas y cerniéndose en alto, paremudos y solemnes anuncios del sobe- cieron difundir y derramar sobre toda
rano tres veces rey, otra mitra de oro, la tierra, con la frase: JJescendat super
y una cruz entre dos cirios encendi- vos ...

XXIX

137

da la seiiora'?... La moneda de veinte
pesetas que le di el otro dia, de parte
de la sefiora, para aquella cuèntecita ..•
Al principio dijo que solo era una peieta ... que ninguna de las dos habiamos
visto bien ... ·Después ha dicho que
r
no estaba enteramente seguro, que tenia que echar sus cuentas ... Desde entonces be venido hablandole todos los
dias de esa cuenta; por fin me dijo
anteayer que no habia tenido aun tiempo de hacerla, pero que creia que la
razôn estaba de mi parte ... Y boy, senora, me sostiene que positiva.mente
no era mas que una peseta, y que la
seïïora y yo estamos en un error ...
-jVamosl i,Eso te asombra?-dijo la
sefiora Gervaisais, saliendo de su ensimismamiento con una sonrisa.-i,NO
comprendes, mi pobre Honorina '? ...
Pepe no se habia confesado anteayer;
como todos los romanos, ha debido de
confesarse ayer y le habran echado la
absoluciôn ... Y por eso ... por eso, mi
moneda de veinte pesetas ya no vale ni
siquiera veinte piezas de cinco céntimos•..

Por la noche de aquel dia de Pascua,
la se:iïora Gervaisais, rendida por todas
las fatigas y emociones de la semana,
no tuvo animos ni fuerzas para salir
de casa; envi6 a Pedro Carlos a que
viese con Honorina las calles iluminadas, y se quedo sola, con el recuerdo
y los ojos entreabiertos a las flotantes
imâgenes sagradas de esos ocho grandes dias.
Tuvo una impresion como de despertarse, al bullicioso regreso de su
hijo, a1go a1ocado por la fiesta, tratando de describirla é impaciente por
hacérsela contar a Honorina, a quien
destrozaba un lado con sus dos manitas, con el ingenuo ademan de los ni:iïos que quieren hacer soltar a una persona mayor todo lo que con ella han
visto. La doncella hizo el relato de las
piramides de patos desplumados, de las
filas de corderos â medio desollar, de
los escaparates de salchichones y quesos ài cacio cavallo con guirnaldas de
XXX
laure!, de los techos artesonados de
jamones, de las perspectivas de lonjas de tocino con sus dibujos de color,
de las carnicerias y choricerias, de
El espacio y el t~empo de algunas
fiesta, relumbrantes de luces de gas. semanas bastaron para alejar y casi ·
-Ahora que recuerdo, sefiora-dijo borrar en la seiiora Gervaisais la meinterrumpiéndose de pronto_:_ya sabe moria de la Semana Santa. Parecia que
la se:iïora... respecto al seiïor José ...
todo cuanto sinti6 en ella habia sido
-i,Qué seiior José'? jA.b! Pepe ..•
una conmocion de su sensibilidad, un
-Si, senora ... Pues bien; i,Se acuer- f;acudimiento fisico, el choque vibran-

�139

REVISTA INTERNACIONAL

LA SENORA GERVAISAIS

te de la musica sobre su temperamento con sangre pintada; y en derredor adomusical, y al mismo tiempo una espe- raciones de hombres y de mujeres en
cie de desenlace, de desate de su natu- cuatro patas elegian las partes esperaleza comprimida, encerrada, prieta luznantes y cosquillosas del cuerpo dicomo por desventuras, por la altiva fir- vino para pasear por ellas sus besos de
meza de las ideas, por el orgullo de un amor.
estoicismo de mujer duramente duena
La imagen misma del Padre Santo,
de si misma. Reconociase mas triste, tan alta en· San Pedro, en la Sixtina,
mas amorôsa, con el coraz6n dulce- en el balcon de la Loggia, perdi6 de su
mente melanc6lico.
caracter augusto·, amengu6 para ella
Pero, aun hàbiéndose emocionado en un encuentro fortuito. Hallabase
asi, no sentia en ella esas primeras cerca de las Termas de Antonio. Por el
adhesiones con frecuencia ignoradas sendero que va entre las vinas, unos
hasta por la misma alma que comien- campesinos cayeron de hinojos como
zan a enlazar y a quien a la larga de- heridos por el rayo. En la encrucijada
ben ligar por completo y para siem- de la Via Latina, junto a la cruz hepre. De resultas de la Semana Mayor, lrrumbrosa puesta encima de una conada le parecia haber germinado en lumna antigua, delante de una pared,
ella de lo que constituye la primera de una puerta en verjada y de cuatro
semilla de la conversion en la profun- copas de ciprés, apareci6 una figura
didad recondita de la conciencia. Solo blanca, un sombrero rojo, tres dedos
la artista (asi lo creia) era quien se ha- que se levantaron y belidijeron. Un
bia conmovido por esplendores de ope- rostro bondadoso, dos puntitos negros
ra y emociones de oratorio.
en los ojos, una boca grande y fina,
Ademas, habia sucedido que en esos una cabeza donde habia malicia de
dias santos, que enardecen el fervor ro- hombre: eso fué todo loque aquel dia
mano, la imagen de ciertas idolatrias vi6 del Papa la senora Gervaisais.
groseras hirieron a la religi6n natural
y delicàda de su espiritualismo. Un recuerdo del Viernes Santo habiale dejado la ira y el asco que siempre lequeXXXI
daba de la materializacion del culto.
Era una iglesia de la Piazza Colonna:
entre dos cirios, junto a una bandeja
de plata puesta en el suelo para las
Con las prisas y el desorden de un
ofrendas, sobre una alfombra vieja habia una cruz de madera negra y en esa viaje de enfermo, la seùora Gervaisais
cruz un Cristo nervioso, musculoso, habiase dejado su retrato, retrato que
descarnado, pintado con un colorido su hijo pedia a menudo, queriendo temorboso, una anatomia de asesinado ner a su madre junto a su lecho en

Roma, como la tenia en su alcobita de Aun creia oir preguntar en voz baja
Paris.
su nombre por los jovenes que no la
Una tarde, en que abrumada por el conocian.
calor estaba tendida, floja para todo
Y destacândose poco a poco de la
trabajo, en una meditaci6n de remi- lontananza, iban volviéndole la fresca
niscencias, recibi6 el retrato que aca- memoria de su coraz6n y de su cabeza
baba de llegar por el correo de la em- de soltera, su candido pasado de senobajada. Hizo saltar el sello de la caja rita con su anciano padre. Revivia
que conteN.ia el cuadrito, y volvi6 a aquellos anos unidos y asociados a las
verse tal como era a los diez y ocho lecturas, a los trabajos, a las creenaiios de edad, en la miniatura, obra de cias, a los ensuei'ios del hombre polila seiiora de Mirbel.
tico: conversaciones harto pronto conoy como si ante su alma y sus ojos cluidas, relatos que en boca de él resurgiesen al instante, de la ligera sucitaban la gran Revolucion, trozos
acuarela, de la nube de su color sobre dictados de sus Memorias de que era
el marfil, la sensacion conmovida y la ella secretario con delantal de seda,
presencia visible de un tiempo olvida- largos paseos en que su sociedad mudo, reapareci6 ante ella su persona de tua les abastabay apetecianla soledad,
entonces. Iba peinada con los cabellos cursos a que iban juntos asombrando
alzândose en forma de mariposa por con su confraternidad al mundo sabio.
encima de la cabeza, peinado que daba Volvia â encontrar el hechizo inteliel atractivo de una fisonomia exotica gente, independiente y libre de aquella
a las parisienses de los primeros aiios vida de muchaèho y de estudiante,
del reinado de Luis Felipe. Flores de dulce pareja de padre é hija, unidos los
Fombonne, un brezo blanco y unas dos extremos de la edad y tan bien
rosas de zarza, entremezclabanse con mezclados el uno con el otro, que el
sus rizos. Llevaba un vestido de tul padre parecia tener la sonrisa de su
«ilusi6n» de mallas sobre fondo de raso hija, y la hija el pensamiento de su
blanco, con el cintur6n de moda en padre.
aquel invierno, el in vierno de 1836, de
Casi religiosamente repasaba toda su
color azul princesa. Era un traje de amorosa y seria juventud, toda aquella
baile para ir a casa del seîior Laffitte; grave dicha junto al viejo convencioy aquella noche habiala encontrado su nal, al antiguo hombre sanguinario
padre tan encantadora, que quiso con- humanizado por las ternuras desconoservar una imagen de ella que la re- cidas, la paternidad de enamorado y
presentase siempre asi. Recordaba toda abuelo, propias del anciano a quien le
la breve historia de ese retrato, volvia habia sobrevenido el gozo repentino
a ver en la memoria el baile, volvia a de una hija inesperada a los sesenta
ver el tapizado de un saloncillo de ter- aiios de su edad.
ciopelo bordado en sedas, estaba en él.

138

J

�140

BEV18TA INTEBNACIONAL

gia un personal numeroso, manejaba
grandes cantidades y se imponl'.a a la
opinion publica por lo elevado de su
XXXII
cargo y por su importancia oficial.
i Vivir siempre con aquel hombre:
sociedad insoportable para su inteliy, haciéndose de pronto penoso su gencia y ofensiva cual un penoso chorecuerdo, llegaba a su matrimonio, â que fisico; ni un pensàmiento comun,
ese enlace que habia deseado su padre ni una palabra, ni una idea de él, quecon el presentimiento de su proximo no hiriesen alguna fibra delicada 6 esfin, halagadQ, seducido, tranquilo y piritual de ella! 1Y ese momento en que
consolado en su supremo orgullo de a pesar del beroismo de su paciencia,
padre por la gran posici6n lograda de su esfuerzo sobre si misma, del orpara su hija, y con la idea de dejarla, gullo que ponia en disimular aelante
al faltar él, en ese brillante teatro de de los demas su propia humillaci6n·
u~. salôn parisiense que pond ria de ma- ese momento en que cuando su marid~
~ifie~to su_ hermosura, su ingenio, su h~blaba (y hablaba mucho tiempo ), no
mtehgenc1a. Habiase sacrificado ella podia menos de pasarse ella la mano
e~ aras de esa &lt;licha de sus postreros por la frente, encima de los ojos, por
dias, de esa aspiracion proxima a la un ademân involuntario que parecia
~uerte. ~ repasaba mentalmente esos echar lejos de si un sufrimiento!
tr~stes ?rimeros afios grises de su maiY atm asi, sus mejores aii.os fueron
tr1~omo, esos anos vacios, sufridos, aquéllos, los primeros! iPues y los que
r~s1gnados,_ mon6tonos, de una union seguian, cuando aquel hombre, aquel
sm amor, sm amistad, sin estimaci6n; marido se hizo celoso de la superioriesos an.os con aquel hombre que no era dad de su mujer (no obstante ser tan
ni bueno ni malo, ni amante ni egois- modesta y tan discreta), celoso con
ta, ni joven ni viejo, ni guapo ni feo, una baja envidia, celoso con la amarga
ni fu ~i fa, sino una de esas nulidades conciencia de su desigualdad, con ese
que ciertos altos funcionarios mani- odio que envenenan el contacto, el
fi_estan fuera de la oficina y de la so- roce diario, la convivencia doméstica
medad y parecen descargar sin freno conyu.gal, celoso con iras reprimidas y
en el hogar conyugal. Vol via â contar furores blancos de hombre demundo! ...
el tiempo pasado en que cada hora, Una persecuci6n hipocrita, la persecuuna por una, habiale revelado el se- cion fatigosa·, incesante, encarnizada,
c;e~o de la nulidad, de la estupidez sin de una persona sin talento, todos los
limites de aquel hombre, director de suplicios mezquinos y ·tercos que inuna de las cuatro grandes Direcciones venta la mala intenci6n de los imbécidel Estado, que hacia trabajos estima- les, el martirio bajo el tormento de los
bles, pasaba por un economista, diri- rencores de ,un necio que la soltaba

LA. SENORA GERVAIBAIS

siempre y a proposito de todo su ir6nica frase: «iTu, una mujer tan superior! r, Un marido que se convertia en
el enemigo intimo de su vida, de su
reposo, de su tranquilidad , de sus
amistades, de sus gustos y de sus
ideas; que alejaba de su salon las inteligencias que trataba ella ·de agrupar
alli, imponiéndola el suplicio ( cuya
crueldad conocia él) de una perpetua
compaii.ia suya â solas ..• 1Y esto por
espacio de diez anos! Diez afi.os durante los cuales habiase refugiado en
la dîstracci6n seca y el austero consuelo de los libros; diez aùos en que,
como la Raquel de la Escritura, en
vano grit6. â su verdugo: «i Dame hijos ... ô me muero !» i Diez an.os sin ser
madre! Por fin 1 habia tenido ese hijo...
Mir6 â su Pedro Carlos, su dulce
siesta en el sofa, el puro rostro de su
sueii.o, deteniendo en él el recuerdo de
su tardia ventura maternai. Y al mismo tiempo asomo a su cara una gran
tristeza.

.

141

recorrer Roma con un impetu de fuerza
nerviosa.
Desde la ma:iiana a la noche anduvo
por calles, plazas y encrucijadas, a
través de las ruinas, de los edificios,
de los efectos de luz, de lo pintoresco
de las cosas y de los serés, de las piedras y del pueblo. Se la encontraba en
la plaza Navone, plaza arramblada por
las inundaciones del mes de Agosto,
ocupada enteramente por un mercado
de hortalizas, de trastos viejos y de libracos de baratillo, alrededor de esta
dec01·aciôn·de Pannini: el obelisco, los
rios, los caballos marinos, los surtidores de las fuentes. Encontrâbasela en
el P6rtico de Octavio, en pleno Ghetto,
entre esos muros de prestamistas de la
Edad Media , cerrados por pestillos
enormes, horadados por ventanillas
con rejas, tiendas inquietas. de juderia
con un estercc;ilero de guinapos picoteado por gallinas que saltaban encima
de sillas de paja sin asientos. Deteniase
delante del palazzo Farnese; ante el
templo de Antonino Pio, con sus rolumnas prisioneras en la Aduana; ante
la masa renegrida de humo, agujeXXXIII
reada en su base por cavernas de fraguas, que fué el teatro de Marcelo. Iba
a todas partes, acogida por una especie de asombro por las gentes de Roma
Por algun tiempo, su vida pasada la que comenzaban a conocer aquella mapersiguiô, adhiri6se â ella, retirândola dre s_iempre con su hijo, por su traje,
de la presente. Las lecturas que co- por su eterno vestido negro, por aquel
menzaba no conseguian fi.jar su atèn- abrfgo de terciopelo y pieles que lleci6n. Apoderabase de ella un tedio de vaba la sefiora Gervaisais segun su
ocio y de inactividad moral, cuando un costumbre de enferma friolera; y la
dia sacudi6 ese reposo malsano de su fo-restiera, la seiiorona, al andar por el
desvario, y para huir de él se puso â enlosado, parecia una persona extraiia

�142

a las

REVISTA INTERN.ACIONAL

preocupaciones romanas, casi
El calor, el tiempo que los cocheros
orientales, que conceden una especie 11aman tempo matto (tiempo loco), y en
de originalidad escandalosa a la mu- que lloviznas de un minuto mojan el
jer de buena sociedad que sale a pie, empedrado, seco casi en seguida y volaunque seà la mujer de un embajador. viendo a mostrar sus losetas de mosaiLos cotidianos hallazgos de su eu- co blanco, no suspend.ian esus grandes
rioseo, sus encuentros casuales, un pa- caminatas de la seiiora Gervaisais, â
lacio con rejas de hierro y telaraiias, la cual no desagradaba de ningun
el dornajo de un resto de tumba anti- modo el aspecto de un 'l)icolo (una cagua donde se adherian a los relieves de llejuela) cerrado a lo lejos por un violas ninfas y de los tritones despe:rdicios lado nubarr6n de lluvia, y esos cielos
de hortalizas, una baranda de escalera teatrales de tempestad con sus claros
donde dormia un mendigo con sueno paliduchos, sus desgarrones gigant~sde esta tua, una nonada de estilo im- cos y tormentosos detras de todo lo
previsto, el choque de una linea 6 de monumental que Roma eleva al aire.
un color, despertaban sus pasados gusAdmiraba con una vivacidad algo
tos de pinto'I'. Sentia un continuo arro- forzada, excitandose para admirar, dibamiento artîstico al ver este cuadro ciéndose en voz alta a si misma: &lt;qQué
movedizo: el arroyo de la calle con su hermoso es esto !&gt;)
animaci6n, su libertad y su hospitaliLos domingos tenîa. costumbre de
dad meridionales; las industrias, los pasar la man.ana en el Campo di Fio'l'i,
talleres, las freidurîas humeantes y las plaza convertida en el foro de la camcocinas al aire libre, las tiendas casi pin.a romana, resguardando en·una esarabes, los tipos, los trajes, el ac- trechazonadesombracontralasparequaiuolo y su rotonda de naranjas y li- des y los peldaùos de las tiendas la
mon.es, el carnicero de mandil blanco varonil bilera de hombres de pie osencon aires de sacrificador, el despluma- tados, con garrotes de siete pies, mazas
dor de pollos, el tejedor de canastillos de Hércules, en la mano 6 entre las
de junco sobre su rodilla, el ca'l''l'ettiere piernas, cubiertas de pieles de carnero.
di 'Dino con los caballos empenachados En el fondo, algun Albe1-go del 8ole decon plumas de gallo y con la garita de jaba ver la mugre de una gran b6veda
pieles de animales cascabeleando, llena amarilla, toda de oro, detras de jumende campanillas; la calle de Roma, la tos y de cuévanos de niùos mecidos
calle roja donde de pronto brilla y son- con un pie por las chicuelas.
rie como la b~ancura de una flor lo
La plaza entera abrasaba en pleno
blanco de un corpiüo de mujer, con la mediodia, y en la chicharrera de la
transparencia de su delantal sobre la luz, bajo el gran r6tulo de tombola,
saya de color de rosa, y lo rojo de su donde se leia «8cudi mille», agrupâcollar de coral sobre el moreno anaran- banse, charlaban, se confundian y cojado del cuello.
deaban otros hombres, vestidos de sor-

LA. BENORA GERVAlilAIS

143

didos colores, verde musgo 6 yesca,
miseros pingos que todos llevaban con
lento.s ademanes de pastores de la ArXXXIV
cadia. También estaban alli sus mujeres, mirando con esos ojos como de
cabra que se ven por entre los pampanos de vid en la vin.a, inm6v~, con
Quedabaleotra Roma, la Roma muerun cesto de helechos encima de la ca- ta. Ech6se en brazos de este nuevo inbeza, en una actitud que marcaba las terés, y e:rafrascândose en la leetura de
caderas. Algunas iban andando apa- los historiadores, de los anticuarios, de
readas, cogidas por un dedo de la mano, los top6grafos locales 9 de los u.ltimos
con una sonrisa que hacia vivir un trabajos de la ciencia que en estos
momento su tinte de cera, y al punto tiempos han reconstruido la Roma de
moria. Y bajo el sol cayendo a plomo, los reyes, la Roma de la republica, la
la fuentecilla de en medio de la plaza Roma del imperio, libro en mano iba a
desaparecîa bajo la decoraci6n huma- buscar el sitio y las huellas de las lena, el adorno severo, el grandioso des- yendas y de los acon tecimientos. La
canso de un grupo sedente de contadine presencia de los lugares dabale la vi(campesinas) apoyadas de codos en las si6n de los relatos. Lo que hace recorrodillas, con una postura meditabunda dar una historia leida bajo el aire de su
que hubiera dibujado Miguel Angel, cielo, hacia revivir a sus ojos el pasado
con la sombra de su rostro, que pare- reanimado. Junto al templo de la vecia de bronce, entre el blanco deslum- nus Cloacina volvia a ver el ademan
bramiento de su pan110 y de su paîio- de Virginio arrancando en el mostraleta al cuello.
dor de un carnicero el cuchillo que va
La sei'i.ora Gervaisais tomaba alli a matar a su hija. El Foro volvia a ser
apuntes del natural. Rasta hizo ira su para ella el campo de Cincinnato, y se
casa â una de esas mujeres; y sin cui- figuraba -ver a111 a César andando sus
darse de las prohibiciones de los médi- u.ltimos pasos para ir desde la Reggia à
cos, empez6 a hacer un estudio de ella la Curia de Pompeyo.
al 6leo. Pero au.n no habia hecho el
Visitaba los museos, las galerîas,
boceto, cuando despidi6 â la aldean~ y los tesoros de las basilicas, las quintas
ti:6 a un rinc6n paleta y colores, ato- extramuros (villas), los recuerdos que
mta de haberse curado tan pronto de llenaban la ciudad y sus arrabales,
un capricho, donde habîa esperado en: buscando los restos de la vida privada
contrar el pasto de una pasi6n.
y familiar del romano, los detalles de
la habitacion, de los muebles, de la
casa, mostrando a menudo las confidencias de los sepulcros el oficio y el
comercio del muerto. Volvi6 a hallar

�145

LA 8E..'il.1RA GERVAI~AIB

144

BEVISTA lNTERNACIONAL

ese pueblo, sus héroes, sus dueiios y
tiranos, en esas estatuas y esos bustos
saeados por casualidad de las excavaciones del Panteôn 6 de las Gemonia~,
que aproximaban a ella, como a una
contemporanea, el desfile de los monstruos y de los estoicos, de los antecesores de la cordura humana y de los
locos furiosos.del poder pagano: la galeria de los retratos de TacitG, de Salustio, de Suetonio, de la Historia Augusta. Interrogaba a esas figuras, tur•
bândola a menudo el mentis que daban a la posteridad, inquieta por la
contradicci6n, el azar y la injusticia
de esas cabezas que prestaban â Trajano el crâ.neo de la imbecilidad y a
Ner6n la mentira de la belleza moral.
Estudiaba esas frentes, unas aplastadas y deprimidas bajo la carga del
mundo, otras rugosas, surcadas por
mas repliegues que el mapa de Estrab6n, con fisonomias tormentosas ô severamente tranquilas; aca la serenidad
suprema ô dolorosa de un filosofo, acullâ. una imperial majestad porcuna. Y
de la impresi6n casi moderna de un
Antonino merecedor del sobrenombre
de Pio, su atenciôn pasaba en ràpido
descenso a. lo que ordenaron alli la sucesi6n trâgica y la disputa sangrienta
de la purpura en jirones, la caida
desde los emperadores buenos a }a podredum bre de esos Césares modelados
en marmol corrompido, a los tipos extremos de la sensualidad bestial , a la
hez de la omnipotencia.
Entre todas esas estatuas, una le im•
presionô sobre todo: era un César Augusto con los cabellos en haces y cre-

cidos en forma de corona, con una coraza de Iliada, un ropaje tranquilo caido sobre su brazo portacetro, semejante
a un dios del impasible mando ... La
seiiora Gervaisais acudia al JJ-raccio
nuovo, para admirarlo en el momento
en que el sol forma.baie augustos ojos
de sombra.
Aficiones parecidas, goces de analogas visitas a. las horas favorables, sentia por las ruinas, las plazas con columnas decapitadas, los edificios que
aun levantan al aire un.a cupula agujereada y grandezas venidas a menos.
Atraianle los monumentos por ese encanto intimo y familiar, por esa especie de amistad (como con personas)
que solo Roma es capaz de inspirarnos
por lugares y cosas.

XXXV

En medio de esos estudios, un paseo
que di6 al declinar de un dia del mes
de .Mayo por la Via Appi.a, le dej6 uno
de sus mâs grandes recuerdos emocionados de la antigüedad.
IIacia las siete de la tarde, en medio
de una murmuradora armonia, de un
susurro universal, del cansado recogimiento del dia extinto, encontr6se en
el gran campo de la llanura, verde desierto de ruinas heroicas que aun atraviesa el suelo del âguila de los Césares, sembrado, lleno de columnas, restos de templos, lineas de acueductos,
donde se alzan de su sepulcro de hier-

I
I

bas, a dicstro y siniestro, por todas lores el paisaje, las montanas, el ciepartes, hasta perderse de vista, trozos lo. Y, como marchando con ella y bide monumentos, historia tragada por guiendo a su coche, desfilaba lentala naturaleza. Extendiase ante ella el mente aquella calle de sepulcros que
espectâculo de esa campina ondulosa, no concluye nunca, con sus rotondas,
cuyas hondonadas comenzaban a lle- sus piramides, sus ediculos, sus cip s
narse de sombras que alli buscaban su jfunerarios, sus pedestales sin e.:1t.tua,
lecho, y cuyo terreno, afelpado y do- sus bajo relieves borrosos , sus trozos
;ado por una luz que vibra, mostraba de torso hundidos como héroes cortahasta el infinito de sus términos des- dos por el vientre en moutones de casplegados majestades de arquitectura, cotes esculpidos, sus familias de busarcos renacientes de sus quebranta• tos con mirar de piedra desgastatla,
mientos, pu entes victoriosos, eternos sus tu.mu los deshechos y hasta despoy sin fin, que retienen en su tono ana- jados de su forma, los colombarios desranjado el color de la puesta del sol panzurrados, los sarcôfagos vacios,
como una apoteosis. Y aun mas atrâs rata la in vocaci6n JJiis Manib1is. En
volvian â comenzar otros restos, otras vano se inclinaba aca y alla para deleseries de arcos empequeî'iecidos por la trear un nombre, uno de esos nombres
lejania de la perspectiva hasta el fondo de ro::nano que son una memoria del
del horizonte, que se perdia ya en la mundo. Pero las inscripciones de leneblina de las montaùas del Lacio, bo- tras con fusas eran siempre enigmas de
nitas y surcadas por una nube gris la nada. Todo estab1 mudo, la muorte
cortada por una zona raja.
y la tierra; y en el vasto silencio piaFué a lo largo del maQsoleo de Ce- doso de la soledad y el olvido, s6lo oia
cilia Metella. Continuaba la Via Appia. resonar la hoz de un segador a quien
Una brisa vespertina se levant6 de la no veia, y que parecîale hacer el ruido
llanura, cual de la losa alzada de un de la invisible guadaiia del Tiempo.
inmenso sepulcro. La seiiora Gervaisais
Daba la vuelta, regresaba a lo largo
se abrig6 con su chal contra el fresco, del palido cementerio que tornaba a
meditabunda, son.adora, pensando en conducirla a cada lado por la campiiia
aquella gran Roma adonde conducian de luz dudosa donde se erguîan fanavenidas de tumbas y que plantaba â tasmas de olivares. Y bien pronto, enlo largo de sus caminos, a la ida y a la tre dos muros de tinieblas, vi6 la sevuelta, en vez de la sombra de sus iiora Gervaisais el perfil recortado y
ârboles, la sombra de sus muertos. Pa- rigido de las casas, de las construc:ciosaba por encima de las grandes losas, nes, de los tejados, de los pinos de Itapor entre las pequei'ias tapias, cuyas lia, a travég del mi.sterio de la sorda y
bardas recibian un postrer hlgor de poderosa tinta neutra que sube del
sol en lo rojo de las amapolas; en tor- suelo de la comarca al aire sin luz;
no de ella extinguianse con vagos co• Iseguia un camino oscuro por donde

I

RBVISTA -

lu.YO

94.

10

�146

LA BJÛiOBA GEBVAISAI8

REVIBTA mTERNACIONAL

al final, alla lejos, estaban Roma y sus
cûpulas , destacandose dibujadas en
fila con una negrura vio\â.cea sobre
una faja de cielo amarillo, con la amarillez de una rosa de te.

po, envuelto todo él por una tela mojada que lo abraza, lo bana y lo oprime
adhiriéndose a todos sus miembros: el
velo de mârmol, desde el botôn de los
pechos que lo levantan con su blancura; desciende en caricias por los perfi.les del seno y la redondez del vientre,
rizase alii y se arrt1oCJ1l con mil peq neXX.XVI
,
nos pliegues que van rectos y r(gidos
a quebrarse en tierra; al paso que la
Al frecuentar el Vaticano y el Capi- tunica, casi invisible, pegandose a los
tolio, al vivir largas horas entre esos muslos y como aspirada por la carne
tesoros, esas reliquias de mârmol, de de las piernas, forma grandes trozos de
piedra, de bronce, ese mundo de es- desnudo sobre los cnales corren fruncultura, bien pronto lleg6 a domina? ces, repliegues alto~ arrugados, meanen la seiiora Gervaisais un sentimiento dros de remolinos en la corriente rota
sobre el puro interés arqueologico.
de una onda. En esos vastos museos,
La mujer, de un gusto artistico su- no se hartaba de pasearse ante la eterperior al de su sexo, eleva.base â. la in- nidad de los movimientos en suspenso,
teligencia y al goce de esta belleza de rozarse con un fauno joven tentando
absoluta, b. lo hello de la estatuaria an- con un racimo de uvas la garra alzada
tigua. Su admiraci6n se apasionaba. y los colmillos de una pantera; el borde
por la perfecciôn de esas imagenes hu- de un jarr6n donde se enroscaba una
manas en que el cincel del artista pa- ronda b:iquica; el zôcalo sobre el cual
reciale haber excedido al genio del se ergnia algun tipo admirable del
hombre. Permanecia en contemplaci6n efebismo griego, de aquella. juventud
ante aquellas efi.gies de diosas y de griega que copiaba el dibujo de la de
diosas materiales y sagradas, las Isis Apolo.
serenas y pacificas, las Junos soberY jama.s concluia su larga visita sin
bias, altivas y viriles, las Miner-vas hacer una postrera estaci6n de recogiimponentes que llevan la majestad en miento en el banco frente al trozo de
los pan.os de sus tunicas, las Venus de mârmol mutilado y sublime ante el
piel de marmol, pulidas y acariciadas cual pasa y vuelve â. pasar, centinela
como por el beso de amor de los siglos, del siglo que lo encontr6, un alabardero
la turba de las inmortales del Olimpo suizo: el Torso. iEl torso de Apolonio,
y de las emperatrices del Imperio, a tronco que parece desprendido del cielo
menudo representadas casi di vina- de Grecit1. en sus màs hermosos dias, y
mente desnudas, como Sabina, la mu- que esta alli, rotos los cuatro miemjer de Adriano, que detenia cada visita bros, cual una grande obra maestra
de la senora Gervaisais ante su cuer- caida de otro mundo!

147

con la rigidez de sus rostros y de sus
togas, con sus arrugas lugubres, mostrb.banle la inclemente aspereza prâcti~a de~ genio latino. En las galerias se
imagmaba hallarserodeada de un pueb~o de muertos de mârmol que, cuando

1

XXXVII

Esa pasion por lo bello pagano ese v1v;s, tnvieron la dnreza de él; las
ultimo refugio de aqnel alma in~uie- ::i i°nas, repo~ando ensitiales tiesos,
ta y atormentada' esa pasi6n sincera d
e daban m1edo con lo inexorable
por la Roma antigua que habia lle d
e sus posturas; y cada vez mas temiâ ocultarle la Roma cat6lica con el~:t~ :lei crecia para ella la implacabilidad
vivo de sus estatuas y de sus imagenes eA~ e_statu;.s y de ~os bustos.
petrifi.cadas, sentiala atenuarse poco a so d m1Smo iempo, influyendo en ella
poco en si la seii.ora Gervaisais bor : y secret~mente la memoria de
rrarse Y volverse de pronto 0 ; una SW! ~turas, sm que se diese cuenta,
evoluci6n de sus ideas, cont;a
ad- :o~:1~ a tr~nsportarse â la barbarie de
miraciones de la vispera. Ese arte no d~ba i°s bempos. Le~tamente recorse le aparecia ya sino como una re re- n
a crueldad del cm?adano romasentaci6n de la fuerza, de la salul de
la cr.ue~dad dela mu3er romana, el
la belleza fisica: descubria en él u' na ~ ace: publico por la sangre ,· el circo
.
msac1able y nunca
· d
.
sensual fr1aldad, el cuerpo enteramen- dad funda
sac1a o, una soc1ete solo. Bajo la ejecuci6n, bajo los mi- d
da en el esclavo, aquel munlagros del cincel, comenzaba porno _o en trqu~ el hombre nacia y vivfa
. •
sm en anas para el ho b
·
ver. a il1 smo el ideal escueto de 1a ma-. peto para su 'd
· m re, sm restena. En la perfecta herml)sura de las .
. VI a m para su muerte,
obras maestras ya no veia sino â veces s~n ~ompam6n para sus sufrimientos,
una belleza inm6vil, insensible, inex- s1~ ernura para sus desdichas' sin lâpresiva, casi inhumana; otras una gr mas par~ su llanto, mundo de hiebelleza faunesca' anima da por ei go
rro que cons1d~raba como una de bilidad
ebrio, caprichoso y malhechor de :: y ~na_ ~obard1a la conmiseraci6n.
primera edad campestre y bestial del .
, a _a postre, en aque_llas salas' su
hombre primitivo. La cabeza de Lucio ==~ID.lento _s~ el~vaba mvoluntariaVer~, el rizado vel16n de su cabellera vez al ~l cr1stiamsmo, haciendo otra
COIID~ndosele la escasa frente, losgran- tra end ombre he~mano del_ hombr~,
des OJOs bovinos y duros, la nariz de fuer- co:azono la humarudad al umverso sm
te energia, esas mandibulas con barbas
.
lan~das, ya no eran para ella mas que
el ~1po bruto del violento y magru'.fico
ammal romano · Todos sus antecesores 1

:us

t

I

�14-8

REVIBTA INTERNACIONAL

149

LA BENORA GERVAIBAIB

no probando ni siquiera â leer 6 escribir, cayendo en una tristeza quebrantada.

xxxvm
XXXIX

Asi, el mismo arte paganô volvia a
conducirla hacia las creencias recha·
zadas por las masculinas y firmes re- j Un dia, .sin raz6n, sin m~tivo, sin
fl.exiones de su juventud y para las causa, alzose la figura de Cristo en el
cuales tan muerta se creia la seiiora vacio de su pensamiento, en la soledad
Gervaisais. En vano intent6 resistir y de su cabeza. Sinti6 el choque repenno abrirse a ellas; en vano se esforz6 tino de lo que un moderno Padre de la
contra ese sordo trabajo de sentimien- Iglesia Hama «el encuentro con Jesutos confusos y tiernos, intima sacudi- cristo», como qui en se encuentra ~on
da que fué la primera conmoci6n de la 1ma persona â la vuelta de la esquma
seguridad y de la confianza en su ra- en una calle. La imaginac,ion de la
z6n; en vano emple6 los medios que mujer acababa de encontrarse asi con
una personalidad inteligente y enér- El cara a cara, y quedâbale una consgica usa para fortalecerse y aliviarse, tante obsesi6n de ello.
ded.icândose â alguna ocupaci6n ele- El amoroso Maestro estaba presente
vada que levante el alma. Por un mo- en ella, con la presencia de los seras
mento tuvo la ilusi6n de un completo de la historia· y de la leyenda en el
apego a lo antiguo; pero cay6 también recuerdocontinuoque les hace renacer.
de ella, mâ.s cansada de luchar y sin- Le recordaba con su vida errante y su
tiéndose mas vencida que antes de la predicaci6n vagabunda por los desieraspiraci6n de independencia y libertad tos y las cam pifias de J udea, tomando
de sus pensamieritos, abrumada, des- la sencillez natural y el agreste hechifallecida ante los fen6menos morales zo de sus palab.ras de los arboles, las
contra los que se sentia inerme é im- hierbas, las siegas, las vendimias, la
patente, y desliza.ndose hacia las cosas simiente de mostaza, mostrando el
religiosas, como por invisible atrac- camino del cielo en la senda â lo largo
ci6n a la pendiente de un dulce abis- de los trigos maduros, por donde le
mo, dejabase llevar por la angustia y seguian. sus discipulos comiendo espilangu.idez de una c1.mciencia desatenr gas. Recorda.hale hablando desde esos
tada en absoluto.
horizontes ~l aire libre, desde esas triCedfa al disgusto de todas. las ocu- bunas del infinito que punian detras
paciones que hasta entonces habian de su palabra el monte 6 el mar; y
sido la ftlerza y el impulso de su vida, otras veces desde el extremo de una

barca, donde tuteaba a la tempestad y
la decia: &lt;qCallate!» Y gustaba de pararse , sin creer en ellos , â considerar
esos tiernos milagros en que el Sal vador dejaba caer una lagrima humana
sobre el cadaver de L:izaro; porque
aun no era màs que el hombre lo que
ella veia en El, un hombre que sembraba el bien, aproximandose a los
enfermos , tocando los sufrimientos,
consolando las languideces y los achaques, anunciando la ley de caridad y
de perd6n, humilde y popular, fraternal con los pobres, llamando al reino
-de Dios a los desgraciados, a los oprimidos , a los desheredados, a los pequeiios y sencillos , dando a la afl.iccion la frase del nuevo Evangelio.
J Biena1)enturados los que lloran, porque
ellos serdn consoladosl Poético caminante por la tierra, rey del dolor, que
habia de dejar al mundo en pos de si
la melancolia.
Apegabase también a su suave memoria, como la del patrono de su sexo;
tan. amante de la mujer y tan lleno de
ella, tan misericordioso para sus debilidades y tan agradecido a sus perfumes, que a una mujer eligi6 para obsequiarla con la primera aurora de su
resurrecci6n.
Y mezclando su pensamiento a una
contemplaci6n de Rafael, con la hermosura de las lineas y la pureza de los
rostros del pintor, trataba de fi.jar y
retener con un retrato material la visi6n de la cara de ese Jesus que fl.otaba
y temblaba ante la ensoiiadora vista
de sus ojos, como en la efigie borrosa
del lienzo de la Ver6nica.

XL

Una perversa burla de amiguitot
una de esas crueles frases de nifio contra el achaque de su hijo, oida por casualidad por la sefiora Gervaisais, inspir6le la idea de enseiiar aleer a Pedro
Carlos, y de tomarse, para distraerse
de la holganza de su mente, esa tarea
pesada y fatigosa que de antemano sabia que iba a ser la prueba de toda sn
paciencia y de todo su orgullo de
madre.
Algun tiempo después de su llegada,
para dar lecciones a su hijo, llam6 a
un teniente cura de la parroquia, el
cual, en cuanto vi6 a su alumno tuvo
por inutil hasta el intento de enseïi.arle
nada; se limitaba unicamente a tènerle
a su lado dos horas al dia, entreteniéndose la mayor parte del tiempo en jngara las cartas con José.
La seiiora Gervaisais despidi6 al t.eniente cura; y al otro dia, después del
almuerzo, ense:iiando a su hijo un abecedario nuevecito, abierto encima de
sus rodillas, llam6le junto a si. Habia
en su rostro una voluntad tan resuelta,
que el ni:iio huy6 a escape con ese temblorcillo de todo el cuerpo que le acometia al ver aquella cara a su madre.
Acerc6se luego sumiso y se aplicé&gt; docil a repetir después de ella cada letra
que le indic.aba, poniendo. encima uno
de esos papelillos de color de rosa, retorcidos por la distracci6n de sus de-

�LA BENORA GEBVAI8A.18

150

151

BEVlSTA I&gt;iTE.Bl!IACIONAL

dos, a la tarde, luego de comer. Las antes, con el aire oprim.ido y triste
repetia; pero con un esfuerzo, una con- como la injusta desventura de un niiio.
tenci6n, una contracci6n de garganta,
un trabajo para arrancarlas y un crispamiento que daba pena el verlo y le
XLI
ponia en torno de los ojos la palidez de
las emociones dolorosas en el niiio.
La seiiora Gervaisais habiase prometido no desmayar; sufriendo ella -8eilora-decia Honorina a la mam.isma todo lo que le hacia sufrir â él, dre-ta.mpoco ha dormido en toda la
alli le tuvo durante la hora entera que noche ... ïOh picaras letras! ... Trata de
se propuso.
decirlas él solo en la cama ... y luego
El niiio habia pronunciado poco mâs llora ... 1Llora, el hombrecitol. .. La se6 menos las letras que le deletre6, y, nora acabarâ por ponerle e.nfermo ... ,
por decirlo asi, le maec6 su madre;
La seiiora Gervaisais no respondi6.
pero el dia en que fué preciso acordar- No renunciaba â su proyecto, a su dtr
se, tener memoria de los caracteres de seo, pero proponiase quitar de las lecimprenta, decirlos salteados, dar mues- ciones lo doloroso. Buscaba medios
tra de un entendimiento que sabe y mecânicos de hacer que el nino recorque retiene; cuando la lecci6n exigi6 dase, procedimientos de memoria que
al infeliz niiio este imposible, imposi- recordaba haber leido en los libros de
bilidad de la que él tenia conciencia, educaciôn. Ensayaba esa mnemotecun pequeiio rapto de ira, por la impo- nia que halla la ingeniosa imaginaciôn
tencia de hacer lo que el deseo de su de las madres para las cabecitas tormadre apetecia, surgiô de su corazon- pes. Sus lecciones sin severidad no
cito amoroso. Con la rabia de una dés- eran mas que lecciones de cariiio, de
esperaciôn ciega y loca, se puso de dulzura, de ânimo, de estimulo para el
pronto â patear frenético con ambos nino mismo, tiernos efl.uvios de la edupies. Saltando siempre, cada -vez mas caciôn materna!. A veces parecia acuexritado, mas agitado, repetia:-«jNo dir en suplica a la inteligencia de Pepuede Pedro Carlos, no puedel»-Para dro Carlos, diciéndole: «Vamos, hijito
contenerse, tuvo necesidad de la mano mio, es preciso que leas como los dede su madre puesta sobre él, y de una mas. t,Acaso tu amiguito Renato no
mirada. fija que, como la de un doma.- lee'l t,No quieres leer tu también ... en
dor, dejôle inm6vil y clavado en el este hermoso libro'?»
suelo. Sesiôn desgarradora para. la ma- Y el niiio, inclinândose y encogiéndre; horrible y detestable recuerdo para dose sobre la pagina del libro abierto,
el .nino, que se qued6 enervado, absor- estaba. casi sentado sobre sus corvas
to, sin ganas ,de divertirse, tartamu- dobladas, como si recogiese y concendeando todavia menos palabras que 1trase toda. su persona con atenci6n

l

I

para hacer salir de ella loque su madre le exigia.
-1Vaya! no es tan dificil. ..-continuaba la senora Gervaisais.- Y luego,
iquieres tanto a mamita!. .. 1Mira! nada
mâs que hasta aquî. ..
Y suspendiase la lecci6n con las
efusiones del pobre niiio, que no siempre podia leer, y al cual no decia su
madre una palabra afectuosa sin que
se deshiciese en sollozos, en llanto, en
Cl'isis nerviosas que dejaban en surostro un extravio de sensibilidad entre
una turbaci6n lacrimosa.

XLII

tiene que encontrar donde le duele a
su hijo.
-No sabe... -repiti6 el niiio, cuyos
ojos giraban dentro de las 6rbitas y
cuyas manos se dirigian maquinalmente a Jas ventanas de la nariz.
Toc6le ella la frente:
-ïAbrasa!
Le cogiô las manos:
-1Tiene fiebre!. .. jEl médico, pronto, Honorina!
Al oir esta frase, contrajér,&gt;Ilsele 2.l
nif'io ambas comisuras de los labios; y
con esa expresi6n sardônica, horrible
en u.n nino, que le daba este primer
sintoma de su dolencia, dijo apretando
los dientes:
-Médico... Pedro Carlos no leer

mas ...
La seiiora Gervaisais se puso muy
Pocos dias después, al acudir Hono- pâlida, cayô de rodillas ante el nino y
rina é. la puerta exclam6:
le cogi6 las manos, cuyo perdôn, hu-1Seiioral
medo y acariciador, conserv6 junto a
La seiiora Gervaisais regresaba de su boca hasta el regreso de Honorina
paseo; y ese dia, sintiéndose perezoso, trayendo al doctor Monterone.
no habia querido acompaiiarla Pedro El doctor mir6 al niiio con cierto
Carlos.
aire descontento, murmurô entre dien-8eiiora, bien se lo dije a V.... Ya tes la palabra «convulsiones)) como
esta malo, esta enfermo el pobrecito... consultando consigo mismo, y pregun-ï Enfermo !
tô, volviéndose hacia la madre:
La seiiora Gervaisais corriô al cuarto --1,No habra tenido el amiguito alde su hijo y le encontr6 acostado en la guna contrariedad, una fatigacerebral'l
cama.
-tAh, bien lo sé, doct.ort-exclam6
-1,Estâs malo, hijo querido'l- le la senora Gervaisais. 1 Me dice V. que
dijo, precipitândose hacia él.-Diselo yo lo he muerto'l ... 1Porque yo soy
a tu mamita... i,D6nde te duele'l
quien le ha matado! ... Si muere, puedo
-Pedro Carlos no sabe...
decir que yo fu.i! Quise ... 1oh! ... (1vaya
-Aqui 1 1,eh'l... t,Allâ'? di...
una idea imbécil!) que fuese como los
Y le tocaùa todo el cuerpo, con ese demâs ... 1,Qué neces1dad tenia yo de
tacto de la mano de una madre que eso, pregunto'l... i,Acaso no estaba bien

�152

REYIBT.A. INTERNACIONAL

para mi como era'I ... Vamos, 1,qué po- resuelta, como si fuese otra persona y
dia importarme que mi hijo supiese 6 otra palabra quienes hablasen, dijo:
-ïA nosotros nos toca ahora! Estoy
no supiese leer'I
Y arrebatandose asi, extraviandose en mis cabalei:t ... no tema V.... enteraen una exaltaciôn, en un delirio que mente en mis cabales...
Decia la pura verdad: habiale vuelto
en todos los momentos de peligro para
la vida de su hijo habia apt·oximado a la sangre fria, y la conserv6.
La conserv6 entre los cuidados, los
la locura su espiritu y su raz6n, no escucha ba al doctor, sin parar de ha- remedios, los sinapismos que ponia y
blar, paseândose a paso largo desde el aplicaba ella misma, en una eterna vilecho a la ventana, detallando el su- gilia de una noche entera, inclinandoplicio que le habia impuesto, repitién- se sobre aquella enfermedad, la mas
dose a si propia con tono de despre- barbara de las de la infancia, convulsiones, cuyos accesos, redobles y sacucio:
-iUna madre, orgullo! jOrgullo dimientos de ira parecian querer dE&gt;Suna madi·e cuando se trata de la vida arraigar la vida en el pobre sera quien
retorcian.
de su hijo!
Hubo un momento en que la imagen
Luego, de pronto, inm6vil, con el
del
pequeiïo poseso de la :I'ransjigurabrazo extendido ante si, con la voz involuntaria y suspensa de mujer que cion llen6la de espanto al cruzar por
dijera lo que vie.se en una pesadilla, su mente: i vi6 la misma boca en su
hijo!
exclama con palabra entrecortada:
La crisis no ces6 hasta la man.ana.
-Una cuna dorada ... unlienzo blanco ... un cuerpecito debajo del lienzo .•. Y por la man.ana, el doctor no pudo
un. gran ramo de flores en la cabeza ... ocultar a la madre los temores de un
una corona blanca alos pies ... ïEso es, nuevo acceso, una de esas crisis diurnas que parecen exasperarse con la luz
en efectol
El doctor miro adonde miraba la ma- solar.
dre en la plaza: entre el suave misterio de aquella hora de los muertos en
Roma, verdadera anunciaciém de la
XLIII
noc~e, pasaba el blanco entierro de un
niii.o.
La madre se habia vuelto para echar-iQué hay'?-dijo con dureza la sese a su hijo, sentirle vivo, abrazarle,
poseerle aûn. Pero ante los rasgos del fiora Gervaisais a Honorina, que regrenifio, confusos ya y trastornados por saba del recibimiento, donde habian
sus contracciones nerviosas, detuvose llamado.
-Senora, son las de casa, que vede pronto, se alis6 con viveza las crenchas de sus cabellos con los dedos, y nian para ver al nino.

LA BENORA GERVAIBAIB

-iYo no quiero que le vean!
Y notando a las mujeres, que se deslizaban timidas detras de Honorina,
les dijo con extraneza, como a personas que apenas conociese:
-iQué quieren Vds.'?
-jOh, seii.ora!-dijeron ambas mujeres intimidadas-nos retiramos .. . Dispénsenos ... Vamos a ir por él a SantAgostino .. .
-i, Sant-~gostino'? 1,Qué es eso de
Sant-Agostino'? i,Qué quieren decirme
Vds. con su Sant-Agostino'?
-jûhl Ya lo sabe la senora ... la
Haaona d~l Parto, abogada de los niiïos y de las madres ...
La seiiora Gervaisais, en su estado de
preocupacion fija, no pensaba sino en
un médico, en un curandero, en un
charlatan. Al oir la palabra Madona,
tuvo una sonrisa despreciativa, casi
amarga.
Luego, de pronto, bruscamente, por
un cambio repentino, involuntario, inconsciente, exclam6:
-Vamos, Honorina, _i,qué haces ahi1
t,No me das el chal y el sombrero'? Ya
ves que me esperan estas senoras ...
Estaba en la calle. Ambas mujeres
la aturdian con curaciones obradas por
la Virgen, historias de ninos salvados,
de mujeres parturientes restablecidas.
Hablabanle del ultimo y reciente milagro que hizo ruido y fué la edificaci6n
de Roma: una princesa (â quien designaron por su nombre), habiendo hecho
voto de dar a la Virgen su diadema
con veinticinco mil pesetas en diamantes si devolvia la salud a su hijo, una
vez curado éste, quiso recobrar su dia-

153

dema dando mas dinero del que valia;
dijéronle que no se atrevian a quitàrsela y que la quitase ella misma. Hicieron que se subiese encima de una
silla, pero no pudo arrancar la diadema
de la cabeza de la estatua. La sefi.ora
Gervaisais no escuchaba, no oia. Todas
esas palabi'as no eran mas que un zumbido para ella. Y sin darse cuenta de
nada iba andando obediente a un motor mecânico que la impelia adelante.
Al sabir los peldafios de la iglesia,
las mujeres mostrâ.ronle una joven recién parida, sumamente palida, y mas
aun por la rosa y la seda de su tocado
de primera salida, del hrazo de su marido, quien con sumo trabajo la hacfa
subir sosteniéndola.
Pasada la puerta, en un refuerzo de
oscuridad, bajo el retiro del 6rgano
polvoriento, en la turbia sombra de
viejos cristal es verdosos, en medio de
maderamen carcomido, en un escoudite de tinieblas, s6rdido y podrido,
donde la suciedad parecia una santidad
virgen y respetada, la sefiora Gervaisais vi6 un llamear de cirios y de lâmparas, un altar de fùego, ante una joyeria encendida y hecha un ascua, un
manto de piedras preciosas vistiendo el
marmol de una Virgen y de un .Bambino: el calido mârmol se iluminaba y
se dibujaba poco a poco, de un color
negro amarillento, como renegrido por
el huma de las velas de cera, con esa
patina del culto que tienen los marmoles adorados, con el tono recocido y la
tez mulata del idolo.
Y la seùora G-ervaisais acabo por
distinguir una hermosa Virgen de San-

�154

:REVISTA INTERNACIOl!IAL

sovino, su bella mano larga y sus de- nalm~nte e~ torno de ella, ent~e la
dos en forma de husillos saliendo de oscundad p1adosa, las genuflex1ones
aquel cuerpo ahumador incierto y du- de mujeres de panuelo, a la cabeza,
doso, entenebrecido por el caparaz6n que dobladas como un ho se daban de
de los joyeles, las sartas de perlas de testarazos en la frente contra 1~ malos collares, la abrumadora corona de dera de un_ banco; los rev~lcam1entos
un cimborrio :le oro, los diamantes de de los labr1egos que _hundi~n con :os
las orejas, la gola de pedreria del pe- codos la paja ~e las sill~s, sm ensen~
cho, los brazaletes de oro de las mu- mas que sus OJOS salvaJes, don~~ br1îiecas, el ba.rbaro resplandor de una llaba la reverberaci6n de los cmos, Y
emperatriz acorazada con orfcbreria el tremendo claveteado de las s~elas
bizantina; al cual se anadia el deslum. de los zapatos ; un proster~am1ento
bramiento del Nino Jesu.s que la Madre general, incesante, que se d1sputaba
llevaba encima coronado de oro, bar- las losas del suelo; gentes de todas esdado de oro, en;uelto el brazo por una pecies, de todas clases, de todas las
capa de rosarios de oro, de medallones trazas; sacerdotes de fi.no per~l, con la
de oro, de cadenas de oro, con el vien- barba apoyada en las manos Junta~, Y
tre ceiiido de oro y una pierna metida entrecruzados los dedos con la a_cti~ud
en una pernera de esmeraldas. Lo que de los donantes al pie de una v1dr1era
aun -veia de esa Virgen al borde de la de colores; oraciones reptantes_ de faltunica de marmol era su pie; ese pie das de seda y saya~ de algod~n unas
desgastado, devorado por los besos, y junto a otras, tendién_dose cas1 por. el
cuya mitad rehecha de oro se ha pal- suelo en sus ~enuflex1ones; plegar1as
meado en los dedos bajo la adoraci6n de desesperaci6n que aca?an de abande las bocas y el desgaste de los labios. donar el lecho de un monbundo, donA los dÔs lados del altar habia ala- de no quieren que haya un muerto;
cenas cuadros torrentes de corazones, rabiosas preces de madres que se agade ch~pas de ~lata, exvotos de todas rran a un milagro.
.
clases, bordados, mosai.cos, pinturas,
A cada_ momento el bat_1ente de la
ingenuos chafarrinones figurando ni- puerta deJaba entrar a algmen, co~ un
nos en la cama, heridos O enfermos, poco de lu~ tras él; uno que vema de
con el eterno agujero celestial hecho afuera, qmen apenas entraba converen la pared por la aparici6n de la Vir- tiase en una sombr~, tomab~ agua
gen y del Bambino en el fondo del apo- bendita _en la neg1·a p.üa soste~1da por
sento, encima de los médicos àe levita un angel blanco, ca1a ~e rodlllas de
negra: imagenes que por un momento golpe doblandosele las piernas,_ se lepasmaron los ojos de la senora Ger- vantaba, iba en derechura a: pie de la
· ··
VirO'en da.hala un beso, poma un mova1sa1s.
t:. • ,
La unica que estaba de pie delante mento la frente encima del dedo.gordo
de la estatua se puso a mirar maqui- del pie y volvia a besarlo despues, un-

LA BENO.RA GERVAISAIS

155

taba el dedo de su mano derecha en el Las dos romanas, que habian acaaceite de una lâmpara y se tocaba la bado sus rezos, esperaban en la puerfrente con él. Esto nada mas, y siem- ta. La sei'iora Gervaisais seguia siempre lo mismo, en medio de las adora- pre de pie, quieta, con el rostro mudo
ciones balbucientes, de las contempla- y absorto; cuando una madre que lleciones extâticas, de las actitudes fas- vaba un nifiito con fiebre, le inclin6 la
cinadas , de las inmovilidades muertas cabeza encima del pie de la Virgen,
interrumpidas por la senal de la cruz, donde la pobre criaturita dejo caer un
debajo de aquella Virg-en que de se- beso dormido. De pronto, movida como
gundo en segundo oye el ruido de un por un resorte, atropellando sillas y
beso en su pie, jel pie mas adorado del personas, sin verlas, la otra madre fué
mundo y del cual nunca se despega la derecha al pedestal, ech6se locamente
idolatria de las bocas !
sobre el pie besado, puso la boca y
1Conmovedor y turbador santuario pego la frente en el frio del oro; una
ese rinc6n de Sant-Agostino, esa ca- oraci6n de su infancia, que volvi6 a
pilla de tinieblas ardientes, de oscu- subir a sus labios, quebrôse entre sus
ridad y oro, con el aspecto de aquel sollozos ...
gran mârmol enranciado, el pesado Fuera de la iglesia, las mujeres iban
olor de los cirios y del aceite de las detras de ella: las habia olvidado, no
lâmparas, lo que en el aire queda de les habl6.
una eternidad de oraciones; los recuerdos de los muros, las imâgenes parlantes de las victorias sobre la muerXLIV
te, ese silencio lleno de fervores aho gados, la palpitaci6n oprimida. de
todos los corazones, un cuchicheo de
fe amorosa que suplica é invoca, lo
Dos dias después, ~ecia el doctor â
que por todas partes se sien te fiotar de la seiiora Gervaisais:
todos los dolores entraiiables de la -Querida sefiora, mire V. àsu hijo ...
mujer llevados alli ! i Lugar de vértigo vea los ojos naturales del todo ... la puy de misterio, uno de esos antros de pila ya no esta dila1ada ... los antebrasuperstici6n designados siempre fatal- citos sin extension brusca... sin chamente en algun rinc6n de la tierra, en petas amoratadas en la tez ... Ahora le
un templo , en una iglesia, adonde la respondo a V. de él, esta salvado ... Es
humanidad, bajo los golpes que des- un milagro, mire V.... (Y recalc6 matrozan su raz6n, va en busca de lare- licioso la palabra ~milagro». )Tuve mis
ligion de una estatua, de una piedra, ratos de inquietu~ ... Con una organide alguna cosa que le escuche en al- zacion como la de su hijo, este mal
guna parte del mundo con los oidos siempre da que temer ... En fin, dentro
del cielo!
de quince clias estara tan bueno como

�156

LA SENOR.A. GERVAIBAIB
REVISTA INTERN.A.CIONAL

antes y seguirâ siendo guapo. gracia que estas enfermedades no otorgan
siempre... i Ah! Sant-Agostino hace
magnificascuraciones-prosigui6,sonriéndose;-y si la Maàonna no hubiese
arrimado un poquillo el hombro al indigno doctor Monterone...
-Vamos, querido doctor, t,es cosa
concluida? t., V. me promete... ? z,Esta
V. segurO....'l
-Pero, querida sefl.ora, mirele V.
otra vez: ese sosiego, no mas agitaci6n ... Todo vuelve al equilibrio en el
sistema nervioso...
Inclin6se hacia el niiio, lo examin6
algunos segundos, escuch6 como un se•
creto en aquel cuerpecito; y luego, con
una voz grave, que tenia la emoci6n
de la ciencia, dijo:
-Yo no sé, no quisiera darle â V.
falsas y mentirosas esperanzas ... Pero
seria interesante que esta crisis pudiera producir una revoluciôn interior ... que esta pequefi.a inteligencia
que duerme...
-No hablemos de eso; mire V., doctor ... 1Que viva, que viva!. .. No pido
otra cosa ... Que me lo dejen como ha
venido y como me lo han dado ... Vea
V.: si Dios me le quitase la hermosura, si. .. 1ni aun entonces diria yo nada!
-Tiene V. raz6n, pobre madre ...
Tales ilusiones ..• Lo cual no impide
que si aconteciese una cosa asi-prosigui6 el médico con su _tono de chacota-con las dos parlanchinas de las
patronas de V., que ya han corrido la
historia por el barrio, con los curas y
los fratoni (frallucos) ... iAh, vaya un
estrépito en nuestra Roma! jUna fran-

cesa, una mujer del pais de Voltaire a
la cual habia devuelto la 11fadonna el
cuerpo y el alma de su hijo! ïOb! La
Oongregacion de Ritos se ocuparia de
ello: le obligarian â V. a dar un certificado a la Virgen ...
-ïDOctor, no sea V. malo! jSoy tan
feliz! i Mire V., dejemos eso !-replic6
ella con aire apurado.
Al dia süruiente,
u
habiendo venido
las dos mujeres a buscarla para llevarsela consigo a que diese gracias en
Sant-Agostino, les entreg6 una rica
ofrenda en oro para la iglesia, dispens{mdose con un pretextode volver alla.
Y siem pre que en torno suyo se recordaba 6 se hacia alguna !l.lusi6n a aquella visita, cortaba la conversaci6n, no
permitiendo a los demas el derecho de
tocar a ese recuerdo ahogado en el
fondo de ella misma.
.
Llenabala ahora un pensam1ento
unico, un solo sentimiento: 1su hijo
vivia! Inundada de ese jûbilo inmenso
que sigue arterror de una enfermedad,
con aquel alivio venturoso, aquella posesi6n y aquel abrazo de Pedro Carlos
salvado, con los regocijos de una de
esas convalecencias que hacen renacer
y dan por segunda vez el hijo asu madre, la seüora Gervaisais ya no se ocupaba nada mas que en ver revivir
a ese hijo que aun estaba alli, y que
hubiera podido no estar ya. Amarle en
lo sucesivo, amarle con un amor mas
celoso y mas aspero, con un amor empapado en la.grimas Y_ en ansi~dades,
mimarle, hacerle olv1dar, abr1r otra
vez ese corazoncito cerrado por un momento, hacerle ensancharse al dulce

157

calor de las caricias, devolverle la efu- Castel-Gandolfo, donde habia resuelto
sion y la expansion de las sensibilida- pasar aquel aiio los calores de los
des que eran su salud: no habfa en ese meses de Julio y Agosto. El nifio parmomento mâs que esto en la cabcza de tia con la satisfacci6n de los niiios en
la madre.
cambiar de lugares, a la vez serio y
Rodeado de ese cari:iio que le daba bailandole los ojos. El coche abandon6
calor, el niiio iba resucitando con ra- los ardientes muros de Roma y entr6
pidez; pero sin que en su estado se rea- en la campiiia seca y tostada, con
lizase nada de loque medio prometido manchas negras aca y alla, parecidas
habia el doctor. Persistia la dificultad, a sitios quemados. Grandes bueyes
el apuro en su pronunciaci6n, sus con- marchaban por cauces de riachuelos
cepciones no eran mas vivas. Siempre secos, llevando las grandes astas con
le costaba el mismo trabajo coordinar la majestad de ciervos rendidos de falas ideas. Sin embargo, su madre creia tiga; carneros de color de piedra raadvertir en él mayor conciencia de su mone1ban en la llanura, inm6viles,
invalidez, una repugnancia aun mas bajo un cielo enteramente estriado de
marcada para hablar y expresarse de blanco. A lo lejos aparecian las monotro modo que por el conmovedor len- taiias como las costas que se ven desguaje de sus ojos y de sus manos.
de un barco, con aspecto de pei'iascos
Pero el doctor estuvo en lo cierto en azulados que sobresalen de los densos
cuanto a su belleza. Hubiérase dicho va pores de un Mediterraneo.
que el enfermo habia desarmado a la
El camino comenzaba a subir, y un
enfermedad: las convulsiones pasaron 1&gt;enticello procedente del mar traia su
sin dejar huella, sin tocar a sus lineas, frescura a los viajeros. Set0s de rosas,
a su naricita aguileîia, a esa boca ator- campesinos con rosas en las orejas,
mentada y entreabierta de ternura, a . anunciaban a Albano: el cochero atraese moreno rostro de ângel bajo los ves6 al trote largo las calles con casas
cabellos cortados al estilo breton; y el de un color gris ceniciento; 1uego se
unico cambio que hubo después de meti6 por la Galeria, camino en coraquella crisis fué, en las comisuras de nisa sobre olivares en cuesta, donde,
los labios, la sombra de un bozo fini- bajo la b6veda de arboles centenarios
simo que parecia una precocidad de que formaban la sombra de un bosque,
naturaleza y de pubertad en el niiio de unos estrechos claros mostraban en el
tarda inteligencia.
horizon te lejanisimo u~ polvillo de luz
marina.
Y bien pronto, en una muralla alXLV
menada, abri6se la ancha y unica calle
de Castel-Gandolfo, con el palacio del
Cuando Pedro Carlos estuvo resta- Papa en el fondo y su balcon para las
blecido, la se:iiora Gervaisais lo llev6 a bendiciones ; la calle con sus casas

�159

EEVISTA INTERNACIONAL

LA SdORA GEBVA.I8Al8

alto hizo blanquear con cal, fué donde
se instal6 la sefiora Gervaisais, con
muebles alquilados en Roma, con :flores y cortinas; prefi.riendo a las comodidades que hubiera podido encontrar
en una habitaci6n de la gran calle, el
placer de estar todo el dia al resguardo
del sol, vivir al aire, gozar del paisaje
del lago con su agna solitaria de un
azul durmiente, de su rotunda plenitud en el crâter de un volcân extinto,
XLVI
de su inmovilid~d sin arrugas dentro
de aquel cintur6n de arbolado y aquella agreste coqueteria, que han hecho
Hay en Castel-Gandolfo un sitio llamar tan poéticamente a esos laguiabandonado, un rinc6n desierto por tos del pais «espejos de Diana».
donde nadie pasa, una plaza inanimada y muda donde los chicuelos juegan
a la rayuela italiana, al .filo molino,
XLVII
nna terraza con antepecho de tierra y
piedra, desde donde se derrumban a
pico hasta el lago ribazos de àrboles y
de arbustes que se achican a la vista
Un mes llevaha de estar alli, cnando
segun descienden y â orilla del agua escribi6 a su hermano: « ••••••••.•••
ya no parecen sino tallos de grami- .••..•.•...•.•.••••••.•.•.....•.•
neas. Esta par la parte del ab.side de la Comienzo a creer, querido hermano,
iglesia, una iglesia que muestra el ol- que nosotros los occidentales traemos
vido y la decrepitud de los siglos en al Mediodia cierta provision de fuerza
su fronton borroso, sus ventanas ta- nerviosa que se agota al cabo de algun
piadas, su balcon descuajado del cual tiempo y que no nos esposible renovar
pende un trozo de reja, su grau puerta alli donde estamos. Llamalo como
podrida, su yeso viejo comiào por los quieras: esto es, paréceme, lo que me
mohos amarillos. A cada lado se apel- falta ahora. Voy tan bien como puedo
mazan, derrotadas y leprosas como ir, mejor que desde hace muchas aii.os.
aquella ruina de îglesia, pobres casas Sufro menos y me veo libre del contide campesinos terminadas por esos nuo temor ansioso de tener que sufrir
grandes corredores con ventanales cua- siempre. Honorina me ve salvada, y no
drados que permiten abarcar con la tengo valor para desengafiarla. Y, sin
vista la campiii.a.
embargo, en este mejoramiento de mi
Alli, en nna de esas casas, cuyo piso salud , me noto acometida por una es-

pecie de languidez. No es fîsica: ando, 'trana: desde algun tiempo a esta parte
me paseo; tengo placer al rodar el co- noto dentro de mi un vacio, una soleche que me lleva por estos deliciosos dad. i,Es el destierro, el extranjero, la
contornos. Estoy yendo y viniendo, ausencia '1 No y no, es preciso no hadi~puesta a. moverme, sin que cueste a cerse ilusiones. Mi soledad proviene de
mi cuerpo el esfuerzo y el malestar mi misma, y no es efecto de mi medio
que suole exigir el movimiento a. una actual ni de las condiciones actuales
enferma. Hasta si hubiese aqui alguna de mi vida. Tengo a mi hijo, le quiero
so~ed~, estoy por ~e_cirte que casi es- mâs que nunca. Y, sin embargo,
tana d1spuesta a vis1tarme con ella. amarle y no amar mas que a él no
Por ese lado ya ves que soy valiente. me llena ya por completo como en
Lo que me ha sobrevi'nido es una in- otros tiempos. Al llegar agui, estoy
mensa pereza mental, una fatiga para segura de que me vas a embromar, a.
leer, pensar, ocuparme seria y espiri- forjarte una novela en que me casa.ras
tual1:°e~te. Un libro se me cae del en- con algun principe romano; en fin,
tend1m10nto, como se me caeria de las achacarâs lo que te digo a un tierno y
manos. Me cuesta trabajo raciocinar amoroso sentimiento de mujer ... Te
acerca de lo que leo. Las facultades, equivocarâs de medio a medio, querido
las funciones, las decisiones de mi ce- hermano: mi coraz6n no tiene nada
rebro se aletargan. Tengo la impresi6n que ver con eso. En materia de afectos
de un semisueiio, de un èallejeo al humanos, tiene todo cuanto necesita.
azar de mi inteligencia. A ratos paré- tY qué me falta '? i,Por qué este vacio,
ceme que la vida de mis ideas se aleja donde casi tiene miedo mi pensamiende mi, se dispersa en loque me rodea, t.o, cuando â él desciende'? ..•.•.....
se funde en yo no sé qué embrutece- ..•....•..•......•....•.•.•...•. ,,
dora contemplaci6n ... Me pregunto a
mi misma si no lo producira este pais,
este lago de aguas inm6viles, esta tieXLVIII
rra con su muda serenidad, este cielo
y el tenaz esplendor de su impasible
azul... i Ah I Mira , esta naturaleza de
Italia siempre es harto hermosa ; esto
Después de algunos paseos, la sees hello hasta aburrir mortalmente ... fiora Gervaisais eligi6 para pasar alli
jOh, un poco de lluvia de Francia!. .. las horas pesadas del dia un lugar de
»Despues de eso, la crisis por la cual grata costum bre, al cual conducia un
ha pasado mi pobre hijito querido, jha corto camino sin fatiga y resguardado
sido tal golp~ para mil iMehequedado, en toda su longitud por la magnifi.ca
de resultas , como aturdida ! ïSi le vie- avenida de la Galeria. No le faltaban
ses ahora! Aun se le han agrandado mas que &lt;liez minutos para pasar de la
màs los ojos ... Me sucerfe una oosa ex- pequeiia Virgen de madera que hay en

158

amarillas, las sayas encarnadas de sus
mujeres, su chiquilleria pnlulando sobre pelda:îios de escalera; y esos agujeros extraiios, esas puertas y ventanas de edificios hundidos, abiertas y
vacias sobre trozos azules, que son el
azul del lago y que se tomaria por el
azul del cielo invertido.

1

�160

161

REVIBTA INTERNAClONAL

LA E::ENORA. GERVAI8.A.IS

el camino y Ilegar al final de la ala- ojos apartados del libro que solia llemeda que termina en una plaza redon- var y que muy pronto se olvidaba de
da, al pie de una iglesia de francisca- leer para mirar el paisaje, desemboc6
nos, plaza rodeada por doce estaciones por la f:Jaleria una mujer alta, con ru6 altaritos, cuatro 6 cinco de los cuà- bîos rizos que le azotaban las mejillas
les se erguian alzando sobre el lago el y le caian hasta el pecho, con un veshierro y la sen.al de su cruz.
tirexcéntrico. Al ver a alguien debajo
En medio, una enorme encina ver- del ârbol, dijo un &lt;qAh!» con extraiiede, semejante a un monstruoso naran- za. Luego salud6 a la senora Gervaijo podado como una rueda de molino, sais, sent6se junto a ella, atrajo silendejaba caer bajo él, hacia las dos de la ciosamente hacia si à Pedro Carlos
tarde, desde su masa redondeada y como si conociese al nifio, y entr6 con
plana como un techo, solida y densa, el hijo y conlamadre en una especie de
la sombra de una mesa gigantesca; a inmediata vecindad amistosa, sin mas
pie y medio de sn base, cercâ.bala un presentaci6n que un encuentro simpâcirculo de piedra y de musgo, apoyan- tico, sin una frase ni una palabra, con
do en su tronco el redondo asiento de la original facilidad de trato y la fa.un banco rustico que invitaba al des- miliaridad conquistadora cuyo secreto
canso en aquel sitio donde dormia poseen las grandes seiïoras rusas. Lueel dia, donde el sol no caia sino a go, viendo el libro que estaba junto a
gotas.
la seiiora Gervaisais, con un ademan
Desde alli podia abarcarse todo el ho- cuya gracia ligera excusaba la indisrizonte, parecido a una grau sonrisa, crecion, de una uùada.rechazo la tapa
el lago, la suave linea serpenteadora del tomo que, al abrirse, dejo ver su tide las fronteras colinas, ondulosas y tulo: Ensayo acerca àe la indiferencia
humeantes, cual una playa perdida en- en materia de religion.
tre el vapor, a1zandose a la derecha,
-1:tn el fondo del abismo... ahora
ascendentes, marcadisimas, dibujando esta en el fondo del abismo el presbien su cima el recuerdo del extinto seno tero senor de Lamennais ...
de un volcan, volviendo luego a desDijo esto secamente; y volviendo a
cender y yendo a morir en la muelle cerrar el tomo, su mirada, su atenci6n,
perspecti va radiante y polvorien ta, es- sus ideas, parecieron separarse de su
pléndida y azulad.a, donde se destaca- vecina é ir a perderse en el cielo, en el
ba la achicharrada mina de Rocca di lago.
Papa, Monte Oa'Ci, el punto blanco de Levant6se, una vez concluida su
la Madonna del Tuffo, y alla a lo lejos contemplacion, é inclinandose con exlos grandes paredones del Palaizo de quisita cortesia ante la seùora GerFrati.
vaisaist dijo:
Un dia en que la seùora Gervaisais
-E~te no es ya mi ârbol... Espero,
estaba debajo de la encina, con los seiiora, que serâ el nuestro ...

de difuntos, sin saber si era el muerto
6 la voz interior quien me hacia HoXLIX
rar... He contado a V. la desesperaci6n
que senti â la edad de quince afios,
cuando mi madre me anuncio que se
Menos de dos semanas después, de- habia convertido â la religion cat61ica
bajo del mismo ârbol, por una de esas y abandonado la religion griega; las
comuniones râpidas, de esas intimida- noches que pasé llorando; eljuramento
des repentinas entre dos almas que se que en la oscuridad me hice de no camesperan y a las cuales aproxima una biar nunca de religion, el cual repetia
casualidad abriéndolas una a otra, la todas las noches antes de dormirme •..
extranjera expandia asi la confi.dencia Pues bien; aquella noche, la noche del
y el secreto de su vida ante la seiiora entierro, después de pronunciado mi
Gervaisais: ·
juramento ... i me puse a rezar por los
- ... Tomaba yo lecciones de italia- Jesuitas! ....•....•..............••
no de un sacerdote romano, un viejo .••...•..•...•..•...........••.••
muy simpatico; era alegre, no me ha- Mi madre no ha querido que pronunblaba nunca de religion y me agradaba ciase los votos antes de tener la edad
in:finito estudiar con él. Cayo enfermo de treinta ·anos; pero estoy en corresy falleci6. Mi madre me propuso ira pondenoia con la Madre general del
su entierro. Acepté con toda mi alma. Sagrado Uoraz6n, la cual se ha digPareciame que debia ese recuerdo â nado consentir en recibirme y consiaquel pobre hombre... Apenas hube derarme como miembro de la Congreentrado en la iglesia, cuando una voz gaci6n, aunque retenida aun en el
interior me dijo: «Odias â la religion mundo ... Pero ya no estoy lejos de los
catolica, y sin embargo llegarâ un dia treinta aiios: voy â cumplirlos dentro
en que tu misma seras catolica... &gt; de pocoll meses ... -dijo, para concluir,
Lloré todo el tiempo que dur6 el oficio la condesa Lomanossow.
(Goncluira.)

RBVISTA..-MA.YO

EmroNDO y JULIO DE GONCOURT.

94.

11

�MI JUVENTUD

MI JUVENTUD
CONTINUACION

XX

Donde se me felicita.

Dubkof y Volodia conocian a todo puedo recordar, no dije aquella noche
el persona! de Iar por su nombre, y nada de particularmente candido ).
todo el personal, desde el portero hasta Cuando sirvieron el champagne , todo
el duefio, les mostraban una gran con- el mundo me felicitô; Dubkof y Dmitri
sideracion. Nos dieron inmediatamente bebieron conmigo «a nuestro f~turo
un gabinete reservado, y nos sirvieron tuteo», y me abrazaron. No sabiendo
una comida maravillosa, encargada quién pagaba el champagne (se me
por Dubkof, con ar~eglo a una lista explico después que paga~amos cada
en francés. Estaba preparada la botella uno nuestra parte), y quer1endo regade champagne frappé, y yo me esfor- lar a mis amigos co~ mi propio di?ero,
zaba por mirarla con aire indiferente. que palpaba a cada mstante e~ m1 bolLa comida fué muy alegre y muy agra- sillo, saqué dulc~mente un _billet~. d~
dable, aunque Dubkof nos contara, diez rublos, llame al mozo, y le d1Je a
segun su costumbre, las historias mas media voz, per~ de modo ~ue ~os deextraordinarias. Después de todo, aca- mas, que me m1raban en s1lenc10, me
80 eran val'Ïadas. Nos cont6, entre oyeran: «Otra media botella de chamotras, que su abuela, habiendo sido pagne.» Volodia enr?~eciô, f~é acomeatacada por tres ladrones, los mato a tido de su contracc:on nerv1osa_ en el
todos a mosquetazos. Al oir esto, me hombro, y nos lanzo a todos m1radàs
puse colorado ,- bajé los ojos y volvi 1~ tan_ esp~~~adas, que vi ~i falta, lo que
cara. Volodia, por su parte, estaba Vl- no 1mp1d10 que nos bebieramos la mesiblemente inquieto siempre que yo dia botella con mucho placer. La
abria la boca (hacia mal; en cuanto comida continuo muy alegremente.

163

Dubkof mentia sin interrupciôn y Vo- dirigiéndose é. Dmitri.-Vamos juntos,
lodia contaba también bromas, y las ya verâs qué excelente seiïora es la tia.
contaba tan bien, que nunca lo habria -ïNo solo no iré, sino que le prohicreido de él. Nos reimos mucho. Su bo que vaya!-respondi6 Dmitri enrogracia consistia en imitar, forzando la jeciendo.
nota, la anécdota tan conocida: &lt;q,Ha
-1.A quién'? 1,Al diplomâtico'? Tu,
estado V. en el extranjero '?-No, pero diplomâ.tico, 1,quieres '? Mira su cara: se
mi hermano toca el violin.» Habian le ha llenado de gozo desde que se ha
llevado el género â la perfeccion de lo hablado de la tla.
absurdo. Por ejemplo: en la anécdota -No se lo prohibo-prosiguio Dmique acabo de citar, el segundo respon- tri levantândose y dando pa.seos sin
dia: «No; pero mi hermano no ha to- mirarme-pero le digo que no vaya,
cado nunca el violin.» A cada pre- se lo ruego. jBahl Ya no es un nino, y,
gunta se daban contestaciones de este si quiere, puede ir sin vosotros. Deberia
género; hasta sin preguntas, hacian darte vergüenza, Dubkof: porque haces
por asociar dos ideas por completo dis- mal, quieres arrastrar a los demas.
tintas, soltaban aquellos desproposi-1,Qué mal hay-dijo Dubkof hatos con tono serio, y la cosa resultaba ciendo unaseiiaconlos ojos aVolodiamuy graciosa. Comenzaba yo â coger en invitaros a todos a venir a tomar
el procedimiento, y quise también con- una taza de café en casa de la tia '? Si
tar algo gracioso; pero los demâs te- esto te disgusta, no vengas. Iré yo con
nian el aire embarazado mientras yo Volodia. i, Vienes, Volodia'?
hablaba, volvieron lo9 ojos, y mi his-1Jem, jeml-contesto Volodia con
toria no salio. Dubkof declar6 que el tono afirmativo.-Vamos, y al volver,
«diplomâ.tico divagaba»; pero el cham- iremos a mi casa a acabar nuestro
pagne y la compania de los grandes piquet.
me habîan puesto ·en un estado tan
-Veamos, 1,quieres ir con ellos, si é
agradable, que apenas senti esta ob- no'?-dijo Dmitri acercandose a mi.
servaci6n. Solo Dmitri no se reia, aun-No-contesté, replegândome sobre
que habia bebido tanto como nosotros, el divan para hacerle sitio. No tengo
y su aire avinagrado comprimia un ganas de ello, y aun cuando tu me
poco la alegria general.
aconsejaras lo contrario, no iria.
-Oigan Vds., seiiores-dijo Dubkof Se sent6 a mi lado, y yo anadi en
-después de corner, es preciso que nos voz baja.
encarguemos del diplomatico. Lléve- -No, no hedicho la verdad; querria
moslo a casa de la tia.
ir con ellos, pero estoy contento de no
-Nekhliudof no querra venir-ob- hacerlo.
servo Volodia.
-Bien hecho-dijo.-Vive a tu gas-ïEres insoportable con tu formali- to, y no te dejes gobernar por nadie;
dad, eres insoportable!-dijo Dubkof esto es lo mejor.

�164

.BEVISTA INTERNACIONAL

Ill JUVENTUD

165

,

Esta disputilla, no solo no turb6
nuestra diversi6n, sinoque contribny6
6. ella. Dmitri se torn6 de pronto buen
muchacho, como tanto me gustaba
verlo. Después noté mucha veces que
talera sobre él la infl.uencia de una
buena conciencia. Estaba contento de
haberme salvado, y se anim6 por completo. Pidi6 otra botella de champagne
-esto era contrario a sus principios
-invit6 a un caballero que pasaba, y
le hizo beber; canto el Gaudeamusigitur,
diciendonos que le hiciéramos el coro,
y propuso ir â pasearnos en carruaje
a Sokolnik, a lo que Dnbkof observ6
que la cosa era muy sentimental.
-Divirtamonos-dijo Dmitri sonriendo. Me .he emborrachado en su honor por primera vez en mi vida.
Este genero de alegria no sentaba
muy bien a Dmitri. Tenia el aire de un
preceptor 6 de un buen padre de familia que, estando contento de_los niûos,
saliera de gira para divertirlos, y para
demostrarles al mismo tiempo que se
puede divertirse honestamente. Sin
embargo, su animaci6n inesperada se
comunicaba a nosotros, tanto mas,
cuanto que cada uno habriamos bebido
cerca de media botella de champagne.
En aquella agradable disposici6nfué
c6mo sali con los dema.s para fumar un
cigarrillo que me babia dado Dubkof.
En el momento en que me levantaba,
noté que la cabeza se me iba un poco;
mis pies no andaban, y mis manos no
• estabanen una posici6nnormal masque
cuando ponia atenci6n en ello, si no,
mis pies iban a un lado y â otro y
mis man.os gesticulaban. Concentrb

toda mi atenci6n sobre mis miembros
y ordené a mis manos que se levantaran para abotonarme la levita y arreglarme los cabellos, 1o que ejecutaron,
pero alzando los codos de una manera
extraordinaria. Ordené en seguida a
mis pies que me llevaran a la puerta,
y obedecieron; perô en tanto golpeaban
pesadamente el suelo, en tanto se posaban apenas. Una voz me grito: «i,A
d6nde vas'h&gt; Traen luz. Adiviné que
aquella voz era la de Volodia y me felicité de haberlo adivinado; pero sonrei
por toda respuesta, y segui mi camino.

XXI
Me preparo para hacer visitas .

El dia siguiente era nuestro ûltimo
dia en Moscû, y estaba obligado a hacer visitas. Papa me lo habia ordenado,
y él mismo habia apuntado en un papel las visitas que debia hacer. Nuestro padre se cuidaba mucho menos de
nuestra educaci6n y de nuestra direcci6n moral que de nuestras relaciones
sociales. Habia puesto en el papel con
su escritura râpida y nerviosa:
l.D' A casa del principe han Ivanovitchi inàispensaflle.
2. 0 A· casa de los Ivine; inàispen.-

sa'ble.
3.0 A casa del principe Mikhaïl.
4. 0 A casa de la princesa Nekhliudof y de la seîi.ora Va1akhine; si tie-

nes tiempo.

Venian después el rector y los pro- ' colocados en sillas, y hacia mis prefesores, pero Dmitri me asegur6 que parativos para salir, cuando recibi la
estas ultimas visitas eran mas que in- visita del anciano Grapp y de Lino.
utiles. Habia que hacer todas las otras Venian a felicitarme. Grapp era un aleen el dia, y las dos primeras, aquellas man rusificado, dulz6nycumpliment.eque tenian el inài&amp;pensdle, me inti- ro hasta ser insoportable, borrachomuy
midaban muy particularmente. El prin- a menudo. La mayor parte de las veces
cipe Ivan Ivan.o-vitch habia sido gene- venia a nuestra casa porque tenîa. algo
ral enjefe, era viejo, rico y solo; las quepedirnos, y papâ lo invitaba algurelaciones entre él y un estudiante de n.as veces â sentarse en su despacho,
diez y seis afios no podian tener nada pero jamas le habria hecho comer con
de halagüeîi.o para el estudiante, y yo nosotros~ Aun siendo tan servil y pedilo presentia. Los !vine eran también güefio como era, mezclabase esto congentes ricas: el padre era un elevado cîerta bonachoneria aparente, y de tal
funcionario que habia venido una vez modo era familiar en la casa, que se
nada mas â uuestra casa, en tiempo le tenia en cuenta la adhesi6n que se
de mi abuela. Des pués de la muerte le suponia por todos nosotros. A pesar
de ésta habia yo notado que él mas j6- de todo, no sé por qué, yo no lo queria,
vende los !vine nos evitaba y adopta- y cuando hablaba me avergonzaba
ba grandes aires. Sabia de oidas que él siempre por él.
mayor habia acabado la carrera de de- La llegada de aquelia visita me conrecho y entrado en la administracion trari6 vivamente, y no traté de disimuen Petersburgo. El segundo, Sergio, larlo. Lino habia sido recibido al mismi antiguo idolo, ya grande, era, mo tiempo que yo. Estaba yo tan aoostambién en Petersburgo, cadete en el tumbrado a mirarlo desde alto, y él
cuerpo de pajes.
estaba tan acostumbrado a considerar
En mi j uventud, no solo no me gus- esto como un derecho mio, que me destaba ver las gentes que se considera- agradaba algo verlo· estudiante lo misban por encima de mi, sino que esto mo que yo. Me pareci6 que él mi~mo
me era un verdadero suplicio, porque se sentia molesto con esta igualdad. Le
esta.ba en. un temor perpetuo de recibir saludé friamente, y di orden de enganuna afrenta y mi espiritu tendia siem- char, sin invitarlos â sen tarse, porque
pre hacia un mismo objeto: afirmar me parecia que bien podrian sentarse
enfrente de ellos mi in.dependencia. solos. Lino era un buen muchacho,
Sin embargo, desde el momento en nada tonto, pero tenia loque se Hama
que yo suprim.ia el final del programa un lunar; estaba siempre, sin causa
de papa, tratabase de atenuar su falta ninguna, en estado violento, en tanejecutando la primera parte. Iba y ve,.. to lloriqu.eando, en tanto riendo apronia por la habitaci6n, contemplando posito de todo, en tanto ofendiéndose
mi uniforme, mi sombrero y mi espada, por todo; en aquel momento era est&amp;

�166

REVI8TA JNTERNACIONAL

ultima clisposicion la que prevalecia.
No decia nada, nos miraba a su padre
y a mi con aire furioso, y se contentaba, cuando se le hablaba, con sonreir
con sonrisa humilde y forzada; estaba
ya acostumbrado a ocultar bajo ag_uella sonrisa todos sus sentimientos, en
particular la vergüenza que le inspiraba su padre y que no podia experimentar delante de nosotros.
-Si, Nicolas Petrovitch - dijo el
viejo, siguiéndome por el cuarto mientras que yo me vestia y dando vueltas
lentamente entre sus dedos â la tabaquera de plata que lé hahia regalado
mi abuela;-asf que he sabido por mi
hijo los brillantes examenes que ha becho V.-todo el mundo conoee su inteligencia-he acudido a darle mi enhorahuena, padrecito. Lo he llevado â
V. en brazos, y Dios sabe que los quiero a todos Vd.s. coino si fueran demi tam.ilia. Y aqui esta mi Lino; siempre
esta queriendo venir â. esta casa. Tarnbién él se ha acostumbrado â Vdis.
Durante este cliscursot Lino se habia
sentado en la ventana, y parecia contemplar mi tricornio, pero refunfuiiaba algo entre dientes con tono irritado.
-También queria preguntar â V.
Nicolas Petrovitch-prosigui6 el viejo
-si mi Lino ha hecho buen examen.
Dice que estarâ con V.; asi V. no lo
aballdonarâ, lo vigilarâ, le darâ consejos.
-Ha hecho muy buen examen-repliqué, mirando â Lino, que sinti6 mi
mirada y ces6 de mover los lahios.
-b Podria pasar el dia con V. 'l-pre-

gunt6 el viejo con una sonrisa timida,
como si yole hubiera dado miedo.
Desde que habia entrado, fuera yo
adonde fuera, no se apartaba de mi, de
suerte que yo no habia cesado un
segundo de respirar el olor a vino y â
tabaco de que siempre estaba impregnado. Estaba disgustado, porque me
ponia en una situacion falsa respecto
de su hijo; me irritaba que me distrajera durante una operacion tan importante como mi tocado ; sobre todo ,
aquel olor a vino que me perseguia me
exasperaba. Todo reunido, hizo que
contestara muy friamente que era imposible que se quedara Lino, porque yo
estaria ausente todo el dia.
-i,El padrecito va sin duda â ver
a su hermanito'?-dijo Lino sonriendo
sin mirarme.-Por lo demas, yo tamhién tengo que hacer.
Yo estaba cada vez mas irritado y
contrariado. Para tratar de dulcificar
mi negativa, me apresuré â explicarles
que no estaria en la casa porque estaba
obligado air a casa del principe Ivan
Ivanovitch, â casa de la p~incesa Kornakof, a casa de Ivine «el alto funcionario», y que comeria probablemente
en casa de la princesa Nekhliudof.
Me parecia que cuando supieran a casa
de qué personajes iba, no podrian ya
pretender nada de mi. Cuando se disponian a salir, invité a Lino a venir
otro dia, ·pero se content6 con dejar oir
un sonido inarticulado , sonriendo con
su sonrisa forzada. Era visible que
jamâs pondria yo lo pies en su casa.
Asi que se fueron, subi al carruaje
para hacer mis visitas. Habia pedido

MI JUVENTUD

167

bio, un aire serio é imponente; por 1~
demâ.s, extremamente seductora. .Mi
imaginaci6n se negaba a representa~mel~ con un rostro désfig~rado p~r mcatrices. Muy al contrario, habiendo
oido hahlar, no sé.d6nde, de un amante
apasionado que habia seguido fiel al
objeto de su culto después de haber
XXII
quedado éste desfi.gurado por la viruela, me esforzaba por persuadirme de
En casa de los Valakhine.
que estaba enamorado de Sonia para
tener el mérito de serle fiel a despecho
de sus cicatrices. La verdad es que, al
Parti, pues, solo. La primera visita, llegar acasa de los Valakhine, no estasegu.n el barrio, era â la seiiora de Va- ha enamorado lo mas minimo; solamenlakhine. Hacia tres an.os que yo no ha- te, habiendo removido todos aquel~os
bia visto a Sonia, y no hay que decir. antiguos recuerdos, estaba muy disque mi pasion por ella se habia desva- pue_sto a estarlo ot~a vez, y lo d~seaba
necido hacia mucho tiempo. Sin em- ard1entemente; hacia ya mucho t1empo
bargo, me habia quedado de ella un que me avergonzaba, al ver a todos mia
recuerdo muy vivo, que aiin me pro- amigos enamorados, de estar tan poco
ducia emocion. Durante aquellos tres a su altura.
an.os, me habia ocurrido pensar en Los Valakhine vivian en una casita
ella con tanta fuerza y representarme- de madera, muy limpia, que daba a
la tan claramente, que la lloraba y un jardin. Tiré de la campanilla-laa
volvia a enamorarme de ella. De todos campanillas eran tod~via una gran ramodos, esto no duraba mas que algu- reza en Moscu-y me abri6 la puerta
nos m.inutos, y no se producia mas que un criadito joven, v~tido c?n lim?iea largos intervalos.
za. No supo 6 no qmso dec1rme s1 su
Sabia yo que Sonia y su madre ha- ama estaba en casa, y desapareci6 por
bian pasado dos aiios en el extranjero. un oscuro corredor, dejandome en la
Se contaba que habian volcado en una sombria antecâmara.
.
diligencia, que aSonia se le habian claQuedé solo bastante tiempo en aquevado en la cara trozos de cristal y que lla pieza oscura, â la que daba una
esto la habia afeado mucho. Al diri- puerta cerrada, sin contar la de entragirme a su casa, recordaba la Sonia da y la del corredor. Me asombraba
de otro tiempo y me preguntaba como algo de la fisonomia tenehrosa de la
iha a encontrarla. A causa de los dos casa, pero me decia, por otra parte, que
an.os en el extranjero, me la repre- la cosa debiera ser asi en casa de gen1:1entaba muy alta, con un tall~ sober- tes que habian estado en el extranjere.

por la man.ana a Volodia que me acompan.ara, par~ estar menos intimidado.
Se habia negado, bajo pretexto de que
seria muy sentimental ir juntos, dos
ltermanos en el mismo drosbki.
'

�168

REVISTA INTERNAOIONA.L

Al cabo de cinco minutos, el mismo de nuevo en aquel estado de alegria en
criado abri6 por dentro la puerta de la que me habia encontrado cinco an.os
sala y me condujo a un salon modesto, antes, bailando « el abuelo » con ella
pero limpio. Casi al mismo tiempo en- en casa de mi abuela.
tr6 Sonia.
-Me he puesto muy fea, t, verdadîTenia diez y siete an.os. Era muy pregunt6 moviendo la cabeza.
pequeiia, muy delgada, amarilla, y te-De ninguna manera-me apresurénia aspecto de mala salud. No se vefan a responder.-Ha crecido V. un poco,
sen.ales de cicatrices en su rostro, y es V. mayor; pero, al contrario .. hasta
seguia teniendo los ojos encantadores, encuentro ...
y la linda sonrisa, buenay alegre, que -Bueno, eso no importa. - i, Se
yo habia conocido y amado en nuestra acuerda V. de nuestros bailes, de nuesinfancia. No esperândome de ningun tros juegos, y de Lanit, y de la seiiora
modo encontrarla asi, me fué imposi- DoraU (Yo no habia conocido a la seble, en el primer instante,_dirigir hacia nora de Dorat; evidentemente era arrasella el sentimiento que habia prepara- trada por el placer de los recuerdos de
do en el camino . .Me alarg6 la mano a la infancia y los confundia.) 1Ah, que
la moda inglesa, que era entonces una hermosotiempol-continu6con suantï
rareza como las campanillas, me di6 gua sonrisa, aun mas linda que en mis
un buen apret6n y me hizo sentar a su recuerdos, y su misma mirada lumilado en el divan.
nosa.
- i Qué feliz soy vié~dole, mi queriMientras que ella hablaba, tuve tiemdo Nicolas-diio mirândome de frente po de re:flexionar sobre la situaci6n en
con un aire tan sinceramente feliz, que me encontraba, y de decidir conque .no sorprendi nada de protector en migo mismo que estaba enamorado.
el tono amistoso con que pronunci6 las Apenas hube tomado esta resoluci6n,
palabras: « Mi querido Nicolas.»
cuando en el mismo momento desapaYo estaba asombrado de encontrarla reci6 mi dichosa indiferencia; una estodavia mas sencilla, mas cariiiosa y pecie de niebla me ocult6 la vista de
mâs familiar después de haber vivido todos los objetos, hasta de sus ojos y
en el extranjero. Descubri dos peque- de su sonrisa; me senti vergonzoso,
nas cicatrices, la una junto a la nariz, me puse colorado y perdi la facultad
la .otra en una ceja, pero sus admira- de hablar.
"bles ojos y su sonrisa eran exactamen-Hari cambiado los tiempos-proie los mismos de mis recuerdos y siem- sigui6 suspirando y enarcando ligerapre tan brillantes.
mente las cejas.-Todo se ha vuelto
- ,1C6mo ha cambiado V.-dijo.-Ya mucho mâs malo, y nosotros también,
u V. todo un buen hombre. Y a mi, i, verdad, Nicolas?
,me encuentra V. muy cambiadai
No pude responder, y la miré en si. -No la habia reconocido. Me sentia lencio.

MI JUVENTUD

1 Qué se ha hecho de los Ivine, los
Kornakof'? i,Se acuerda V. de ellos?continuo, contemplando con cierta euriosidadmi rostro empurpurado y asustado.-j Ah, gué buen tiempo!
Seguia siéndome imposible responder.
La entrada de la seiiora de Valakhine me sac6 por el momento de aquella
situaci6n penosa. Me levanté, saludé
y recobré la palabra. En cambio, Sonia se transform6 de repente de la manera mas extraiia. Toda su alegria y
su familiaridad se desvanecieron, la
sonrisa ya no era la misma; se convirtj6 de pronto en la seiiorita extranjera
que yo me habia :figurado al llegar.
Aquella metamorfosis no tenia raz6n
de ser aparente, porque nada habia
conservado su amable sonrisa y su aire
dulce, que se mostraba en sus menores
movimientos.
La seiiora de Valakhine se sento en
un gran sillon y me indicé&gt; un asiento a
su lado. Dijo algo en ingles a su hija, y
Soniasali6 en seguida, loque acab6 de
serenarme.Lase:iiora Valakhinemehizo
preguntas sobre mi hermano, mi padre,
todos los mios; después me hablo de
su pena, la muerte de su marido. Al
fin, viendo que era imposible hablar
conmigo, me miro como para decirme:
« Deberias levantarte, saludar é irte;
esto seria una buena idea, querido.»
Pero me sucedia una cosa singular.
Sonia habia vuelto, trayendo costura,
y se habia sentado al otro extremo del
salon; sentia sus ojos sobre mi. Por
otra parte, mientras que la seiiora de
Valakhine me hablaba de la muerte de

169

su marido, habfa yo tenido tiempo de
acordarme de que estaba enamorado y
de rcfl.exionar que la madre lo notaba
ciertamente. Todo esto combinado me
habia dado un nuevo aceso de timidez
tan violento, que me senti fuera de estado de hacer un solo movimiento de
de una manera natural. Comprendi queme veria obligado, para levantarme y
salir, a fijarme en donde ponia el pie,
en qué haria con mi cabeza y mis brazos; en una palabra, casi me sentia
como la vispera, al salir después de
haberme bebido media botella dechacnpagne. El instinto me decia que jamâ.s
podria salir del paso y que no poària
levantarme; y, en efecto, no podia levantarme. La seii.ora de Valakhine estaba sin duda a~ombrada de mi cara
carmesi y de mi completa inmovilidad,
pero yo habia decidido que mas valia
quedar sentado en aquella situaci6n
estupida, que arriesgarme à cometeruna torpeza al levantarme y al salir.
Segui, pues, sentado, sin moverme
basta!lte tiempo, esperando que un
acontccimiento imp,revistg viniera a
sacarme de alli. El acontecimiento se
present6 bajo la forma de un joven de
pobre aspecto, que entr6 con el aire de
persona de la casa y me salud6 cortésmente. La seiiora de Valakhine se levant6, se excus6 diciendo que tenfa
que hablar a su apoderado, y me miro
con aire perplejo que queria decir: «Si
quiere V. estar ahi cien ail.os, yo no lo
echo.&gt;} Hice un esfuerzo desesperado y
me levanté, pero fué superior a mis
fuerzas saludar. Me dirigi hacia la
puerta seguido por las miradas com-

�170

MI JUVENTUD

:REVISTA INTERNACIONAL

pasivas de la madre y de la hij a, y en
mi preocupaci6n de no enredarme los
pies en la alfombra, me los enredé en
una silla que no estaba del todo en mi
camino. Una vez al aire libre, cuando
me hube sacudido y lanzado un refunfu:ii.o talque Kozuma me pregunt6 muchas vecesqué queria, la crisis se disip6
y me puse a reftexionar con bastante
calma en mi amor por Sonia y en las
relaciones entre la madre y la hija,
que me parecianextraùas. Cuando conté después a mi padre que la seii.ora
Valakhine y su hija no me habian parecido muy unidas, dijo:
-Si atormenta a esa pobre niiia con
su horrible avaricia. Es singular-aùadi6 con mas emoci6n de la que correspondia a una simple parienta lejana.jEra una mujer tan encantadora!,amable, original! No puedo comprender qué la ha cambiado hasta tal punto.
iNo has visto en su casa una especie
de secretario'? '-Qué significan esas
maneras'? jUna sei'iora rusa que tiene
secretariol-ai'iadi6 alejandose de mi
con aire irritado.
-Lo he visto-respondi.
-,Y qué'? t,Es guapo al menos'?
-No, es muy feo.
-Es incomprensible-dijo papa contrayendo el hombro con irritaci6n.
«Herne enamorado »-pensaba yo siguiendo mi camino en el droshki.

XXIII
En casa de los Kornakof.

La segunda visita fué la de los Kornakof. Habitaban el primer piso de una
gran casa. La esculera era majestuosa
y bien puesta, pero no lujosa. Habia
en ella una alfombra sujeta con varillas de cobre, pero ni flores ni -espejos.
La sala que crucé para entrar en el sa16n tenia un piso bien barnizado y estaba bien amueblada; pero todo aquello
era triste y fric. El mobiliario, aunque
algo viejo, era brillante y de aspecto
s6lido; pero no se veia ni un cuadro,
ni una cortina, ni un adorno. Encontré en el sal6n cierto mimero de las
j6venes princesas. Se mantenian erguidas en sus sillas, y tenian tal aire
de ceremonia, que se decia uno al verlas: « No estân asi cuando no hay
visitas.:.
-En seguida viene marna-me dijo
la mayor sentandose a mi lado.
Durante un cuarto de hora me habl6 con tanta facilidad y tanto tacto,
que la conversaci6n no languideci6 un
instante. S61o que se comprendia que
aquello era un trabajo; asi me desagrad6. Me cont6, entre otras cosas,
que su hermano Esteban, que habia
ingresado dos aiios antes en la escuela
de sargentos nobles, era ya oficial. Al
hablar de su hermano, y sobre todo al
contar que habia entrado en husares

171

apesardesu madre, puso una caramuy Esteban son primos hermanos.-Esteasustaua, y todas sus hermanas meno- ban es ya oficial, t,sabe V.? Pero me
res, sentadas en silencio, pusieron la desagrada que se le deje demasiado limisma cara asustada. Habl6 de la muer- bre. i Hay que sujetar a la juventud!. ..
te de mi abuelay adopt6 un aire triste, i,No dispe.nsar:1 V. a una vieja tia que
Y todas las jovenes princesas tomaron le dîga la verdad? Yo sujetaba a Esteel m.ismo aire t:1,'iste. Record6 el dia en ban muy severamente, y me parece
que yo habia pegado a Saint-Jerome que esto es nece.sario ... Yo soy asi. He
Y e~ que ~e habian e~cerrado; se ech6 aqui como somos parientes: el princiâ reir ense.1,mdo los d1entes muy fe-os, j pe Ivan Ivanovitch es tio mio, y tamy todas las hermanas se echaron â reir bién era tio de su madre de V. Yo era,
enseiiando los clientes muy feos.
pues, prima hermana de su marna ...
Entro su ma.dre. Seguia siendo la A prop6sito, 1,ha ido V. a casa del prinmisma mujercita delgada, con su mi- cipe Ivan Ivanovitch'l
rada que huia siempre de la persona Le respondi que iba â ir.
a quien hablaba. Me cogi6 la mano y
-ïC6moesposible!-exclam6.-Esa
alz6 la suya hasta mis labios; sin esto debia haber sido su primera visita. V.
no se me habria ocurrido la idea de be- sabe que el principe Ivan Ivanoviteh
sarle la mano; no me parecia que la es ~omo un padre para V. NQ tiene hicosa fuera indispensable.
·
jos. Sus unicos herederos son Vds. y
-ï Qué contenta estoy de vede a V.! mis hijos. Hay que considerarlo a cau-dijo _con su tono ~~r1anchin, echando sa de su edad, de su posici6n, y de todo.
una m1rada â sus h1Jas.-i 06mo se pa- Sé que la juventud de hoy no tiene en
rece a su marna! i, Verdad, l;,isa ~
cuenta los lazos de familia y no ama !
Lisa dijo que era verdad. Yo sabfa las personas de edad; pero crea V. a
que no me parecia lo mas . minimo a su anciana tia que le quiere y que quesu madre.
ria a su marna; también queria a su
-jYa es V. un hombre! Y mi Este- ~buela con mucho afecto y respeto. Es
ban .. • i. se acuerda V. de él '? ... Es pri- preciso absolutamente ir, a-bsolutamo hermano de V.; no, primo hermano, mente.
no ... i,C6mo hay que decir, Lisa? Mi Dije que iria con seguridad, y me
madre era Barbara Dmitrievna, hija de levanté. La visita me parecia suficienDmitri Nicolaievitch; su madre de V. temente larga, y ya saludaba para
era Natalia Nicolaievna.
irme, pero la princesa me detuvo.
-Entonces es primo en cuarto gra-No, espere V. un minuto. 1iP6nde
do, mamâ-dijo la mayor de las prin- esta tu padre, Lisa? Vé â buscarlo. Le
cesas.
gustara mucho verlo a V. - continuo
-jTodo lo embrollas siempre! -le dirigiéndose a mi.
grit6 agriamente su madre.-Esto noes
Al cabo de dos minutos entr6 el
por completo en cuarto grado-él y principe Mikhaïl. Era un: hombrecillo

�1?2

BEVISTA INTERNACIONAL

rechoncho, 1os vestidos extremada- mi camino. Habitaban una grande y
mente sucios, sin afeitar, la :fisonomia hermosa casa en el bulevar Tzerskoë·
casi estupida a fnerza de indiferencia. Con un sentimiento de temor subi la
No le gust6 lo mas minimo verme; en escalinata, donde habia un portera con
todo caso no lo demostr6. La princesa, su baston de porno. Cuando subi la.
a quien seguramente tenia gran mie- gran escalera me pareci6 que me quedo, le dijo:
daba muy pequefi.o, en el sentido pro-1, Verdad que Valdemar (habia ol-- pio de la palabra. Ya habia tenido esvidado mi nombre) se parece mucbo a-ta impresion, cuando mi droshki se
su marna'/
par6 de1ante de la gran escalinata:
Acompan6 estas palabras con tal droshki, caballo, cochera, todo me paseiia de los ojos, que el principe, adi- reci6 que se empequeiiecia.
vinando 16 que ella queria, se acerc6
Encontré al joven !vine tendido en
à mi, que estaba muy lejos de hallar- un divan y dormido delante de un libro
me encantado, y me alarg6 su cara sin abierto. Su ayo, que me habia seguido,
afeitar, que tuve que besar.
despert6 a su discipulo. Ivineno ma- ï Todavia no te has vestido! ïY tie- nifest6 ninguna alegrfa al verme, y
nes qu,e salir !-prosigui6 la princesa noté que al hab1arme me miraba las
con el tono agrio que le era evidente- cejas. Aunque estuvo extremadamente
mente habitual con las personas de cortés, me pareci6 que no experimenla casa.
taba ninguna simpatîa particular por
-A.Ila voy, alla voy, madrecita- mi, y que no veia la necesidad de hacer
dijo el principe Mikhaïl, y sali6.
mi conocimiento, teniendo ya sin duda
Aquella era la prime.r a vez que yo relaciori.es diferentes de las mias. Todo
oia decir que nosotros éramos los he- esto resaltaba principalmente para mi
rederos del principe Ivan Ivanovitch, de su manera de mirarme las oejas. En
y esta noticia me habia producido un una palabra, y aunque me cueste hacer
efecto desagradable.
esta confesi6n, me trataba poco mas o
menos como yo trataba a Lino. Comenzaban a irritarseme los nervios. Sorprend-i al vuelo todas las miradas de
XXIII
!vine, y ttaduje una ojeada que cambi6
con su ayo por esta pregunta:
En casa de 101 lvine.
-i,Qué viene a hacer a nuestra casat
Después de un instante de conversaci6n, !vine me dijo que su padre y
La visita indispensable que yo debia su madre estaban en la casa, y me
hacerle me costaba aun mas. Pero an- propuso llevarme hasta ellos.
_tes de ira casa del principe, tenia que Me condujo a una. pequeiia habitaver a1~ Ivine, que se encontraban en tacio_n al lado del salon. Su madre en-

MI JUVENTUD

tr6 al mismo tiempo que nosotros por
otra puerta. Me acogi6 muy amistosamente, me hizo sentarme a sa lado y
se inform6 con interés de toda mi familia.
La seii.ora de Ivine, a quien yo no
habia hecho mas que entrever una vez
6 dos y a quien consideraba ahora con
atencion, me agrad6 mucho. Era alta,
delgada, muy blanca, y tenia siempre
un aire triste y abrumado. Su sonrisa
era melancolica, pero de una gran bondad; sus grandes ojos fatigados, le daban todavia una expresi6n mas triste
y mas atractiva. Cuando se sentaba 6
se movia, aquello era como un debilitamiento y un hundimiento de todo su
cuerpo. Hablaba blandamente y pronunciaba con tan poca claridad, que
se oia una letra por otra; sin embargo,
el timbre de su voz y su hablar eran
muy agradables. Se veia que tomaba
un interés melanc6lico en lo que yo
le decia de mi familia, como si mis
respuestas le recordaran tiempos mejores. Sali6 su bijo. Ella me considero
un instante en silencio, y de pronto se
echo a llorar. Yo seguia sentado enfrente de ella, sin saber absolutamenqué decir niqué hacer. Seguia llorando sin mirarme. Mi primer movimiento
fué la compasi6n, el segundo fué preguntarme: &lt;&lt;i,Hay que consolarla '? i. Y
c6mo arreglarme para ello?~ El ultimo
fùé disgustarme que me pusiera en una
situacion tan falsa. «t,A.caso tengo aspecto tan digno de lâstima- pensaba
yo. i.Ü bien lo hace expresamente para
ver c6mo me porto en estos casos'?»
«No seria conveniente irme-seguia

173

pensando;-jpareceria que huia de sus
la.grimas!»
-ï Que tonta soyl-dijo mirandome
y esforzândose por sonreir. Hay dias
asi, en que se llora sin saber por qué.
Se puso a buscar su paiiuelo por el
divan, y de pronto ech6 a llorar con
mas fuerza.
- i Ah Dios mio ! Es ridiculo estar
siempre llorando. i Amaba tanto â su
madre de V., estabamos ... tan unidas ... y ... !
Encontr6 el paùuelo, se tap6 con él
la cara y sigui6 llorando. Yo vol via a
caer en mis perplejidades. Aquella situaci6n se prolong6 bastante tiempo.
Yo estaba molesta, pero sobre todo le
tenia lâstima. Sus la.grimas parecian
sinceras, y pensé que lloraba menos a
causa de mi madre que porque no era
dichosa ahora y porque lo habia sido
antes, en el tiempo de mi madre. No
sé c6mo habria acabado aquello, si no
hubiera entrado su hijo diciendo que la
llamaba su padre. Se levant6, é iba a
salir, -cuando apareci6 su marido. Era
éste un senor pequeiio, muy bien conservado, a pesar de sus cabellos grises,
con espesas cejas negras, cabellos cortados al rape y una boca de expresi6n
muy dura.
Me levanté y saludé, pero el seiior
Ivine, que llevaba tres condecoraciones
sobre su frac verde, no me devolvi6 el
saludo y apenas si me miro.
Tuve de pronto el sentimiento de que
yo no era una person~, sino un objeto
cualquiera~ indigna de atenci6n-algo
como un sillon, 6 una ventana;-al menos, si era una persona, era de las

�MI JUVENTUD

174

175

BEVISTA JNTERNACIONAL

que no se diferencian nada de los mueb~s.
XXIV
1 No b~s escri:? to,davia a ~a con- 1
· desa, querida '?-dtJO a su muJer con 1
aire impasible y duro.
El principe Ivan lvanovitch.
-Dispénseme V., sefior Irteneffdijo con una inclinacion de cabeza la
sefiora de Ivine, haciéndose de pronto
«:Ahora la ultima visita »-dije aKualtanera y mirandome las cejas como zana-y rodamos h~cia la casa del
.
principe Ivan Ivanov1tch.
su hiJO,
. d
. d
.
Le saludé y me incliné de nuevo
De ordinar1O, e~~ues e una ser~e
ante el viejo Ivine, en quien produjo de visitas, yo adquma a~lom~. -~e diesto tanto efecto como si se hubiera rigia, pues, en una d1~pos1c10~ de
abierto 6 cerrado una ventana. Eljoven espiritu bastante tranqmla hac:a la
!vine me acompaii6, sin embargo, has- rada del principe, cuand~ me acud1eron
ta la puerta, contandome que iba a en- suhitamente a la memor1a las p~labr~s
·
·dad
trar en 1a Un1vers1
· de sa·n Peters- de la princesa Kornakof sob:.-e m1 cuah.
burgo, porque su padre acababa de ser dad de heredero. A mayo~ abundamiendelante de
desti.. nado a11'1 (me diJ·o que para un to, vi parados dos carmaJes
· , l
· ·a
·
t
nte)
la
escalinata.
Me
vol,;10
a
hm1
ez.
puest o muy 1mpor a
.
..
. .
«Papa dira lo que quiera-refanfuMe p_a;ec1O que el ~1e30 portero que
îiaba yo entre dientes al subir al ca- me abr10 la _puerta, e. laca!o que me
rruaje, -pero no volveré a poner los pies quit6 el abr1go, las tres se~oras Y los
i La una lloriquea. al verme, como dos caballeros que encontre en el sal6n,
aqu •
1 · · I ' I no
si yoj fuera un pobre desdichado, y ese y, sobre todo, e prrnc1 pe van ;' 3 · 1 e no saluda... me la pa- vitch, que estaba sentaJo, de pa1sano,
amma qu
. .
··6 a·CJ'
ue toara. » De qué r:1anera queria yo ha- en el divan, me parem , 1':' o, ,q
gcersela pagar, es cosa que no se· ver- dos me miraban como se. mua a. un
, he.
redero: con malevolenc1a. El prmcipe
daderamente.
d
·
M b ·
Posteriormente tuve que sufrir nu- estuvo enca~ta _or co~m1go. e eso,
merosos asaltos de mi padre, que decia es decir, rozo_m1s meJ11las con.sus laque era indispensable cultivar' aquella bios des_coloridos '. secos Y_ fnos, ~e
relaci6n, y que yo no podia exigir que pregunto sobre ~1s ocupac10nes y mis
un hombre en la situaci6n del sefior proyectos, me d10 broma, me pregunt6
Ivine se ocupara de un chiquillo como si seguia haciendo versos como los qu~
yo Pero yo me mantuve firme mucho habia hecho el dia del santo de mi
··
abuela y me hizo quedarme a corner.
tiempo.
'
,.
Cuanto mas amable estaba, mll.s me
figuraba yo que no me acariciaba sino
para no dejarme ver hasta qué punto
1

le desagradaba el pensamiento de que tinué, deseoso de mostrar a mi anrigo,
yo era su heredero. Hacia un gesto entre otras cosas, que f!i yo decia todo
que procedia de su dentadura postiza. esto, no era porque me hubiera sentido
Siempre que acababa de hablar alzaba niùo ante el principe, sinoque me era
el labio superior hacia la narit y aspi- odiosa la idea de que se me pueda miraba con un ligero ronquido, como si rar del mismo modo que aquella prinsorbiera. En aquel momento, cuando cesa que vive en su casa y que se arrashacia aquel gesto, me parecia siempre tra ante él. Es un viejo a.sombroso,
oirle decirse aparte:
admirablemente bueno y delicado con
(&lt;Hijo mio, hijo mio; ya lo sé sin que todo el mundo, pero maltrataaesa prinme lo digas: heredero, heredero», etc. cesa de un modo que da pena. ïEsas miCuando éramos pequeùos, nosotros serables cuestiones de dinero lo echan
llama.bamos al principe Ivan Ivano- a perder todo!
vitch «abuelo». Ahora, siendo herede-i,Sabes una cosa'?-prosegui.-Yo
ro, mi lengua se negaba a decirle creo que lo mejor seria que yo tuviera
«abuelo». Deliirle su excelencia, como una explicaci6n franca con el principe;
uno de los caballeros que habia alti, decirle que lo venero como hombre
me parecia bajo. Traté, pues, durante pero que no pienso en su herencia y que'
toda la conversaci6n, de no llamarle le suplico que no me deje nada; que no
de ningun modo. Lo que mas me tur-: iré a verle mas que con esta condibaba era una vieja princesa que era ci6n.
también heredera del principe y que
Dmitri no solt6 la carcajada en mis
vivia con él. En la comida estaba yo narices. Refiexion6, y mè dijo después
colocado al lado de ella. Me :figuraba de algunos instantes de silencio:
constantemente que no me hab1aba
-2.Sabes una cosa1 Haces mal. 0 bien
porque me detestaba, sabiendo que yo· no debes suponer que se puede tener de
era heredero como ella, y que el prin- ti la misma idea que de tu princesa,
cipe no se ocupaba de nuestro lado de 6 bien, si lo supones, ve mas lejos: de
la mesa porque ambos le éramos igual- que sabes que se te puedenatribuir esos
mente od10sos, en calidad de herederos. pensamientos, pero que estan tan lejos
-No puèdes figurarte cuan desagra- de ti, que los desprecias y que jamâs
da.ble me ha sido-dije a Dmitri la no- haràs nada que sea consecuencia suya.
che misma de aquel dia afin de hacerle Supon que supones ... En una palabra,
admirar mi repugnancia a la idea de -a:iiadiô, siutiendo que se embrollaque era heredero ( me parecia ·que esto ba en sus razonamientos,-lo mejor es
era un hello sentimiento )-no puedes no suponer nada absolutamente.
figurarte cuan desagradable me ha sido
Mi amigo tenia completamente rapasar hoy dos horas enteras en casa del z6n. No fué sino mucho, mucho mas
principe. Es un hombre excelente y tarde, cuando aµrendi, por la experienha estado muy cariiïoso conmigo-con· cia de la vida, qué malo es pensar, y

�176

REVI8TA INTERNACIONAL

aun mas decir una multitud de cosas ira â. su madre por la maiiana, y fué â
que nos parecen muy nobles, pero que recogerme después de comer para padeberian quedar eternamente sepulta-1 sar la velada, y hasta ~o~a la n~~e,
das en el fondo del coraz6n del hombre.\ en el campo, _donde vivia su fam1l~a.
Aprendi también que las palabras no- Cuando estuvimos ~aera d~ la cm•
bles van raramente al par con las ac- dad y los colores_ sucios y ab1gar~~os
ciones nobles. Estoy convencido de que de la calle, el rmdo ensordecedor e 1m~l solo hecho de haber expresado una posible del empedrado fue_r,on reempla· tenci·6n hace su realizaci6n zados por la vasta extension del camb uena m
,
.
d 1
d
diflcil, imposible la mayor parte de las po y el ligero rechinar . c as rue as
~Pero cômo impedir a la juven- por la carretera polvor1enta; cuando
veces. o
1
·
1
tud que ha~ ostentacion de hermosos el aire perfu°:1ado de la pr1mavera Y os
sentimientos't Mucho después, al re- 1 grandes hor1zontes me rodearon ~or
cordar e:ios nobles arranqueq, se expe- todas partes: s~lo entonces comence a
· en~ft la misma imprcsi6n de pena encontrar Illl oriente, enteramente pe_rr1m w.
1
d'
b . l . ft
que a la vista de una tlor que no se ha Idido h~cia do~ 1as, aJô a m uenc1~
antes de que de las 1mpres10nes nuevas y del sentldido l·mpedir coO'er
O
po
1
•
d
.. t '
abriera, y que ahora se vé por los sne- 1miento de la hbert~ . Dmitr1 ema su
los marchita y ajada con los pies.
bumor dulce y fücil; no se aco~oda~a
y 0 que acababa de decir hacia un \ la c~rb~ta estirand~ el cuello m h~c1a
momento a mi amigo Dmitri que las mov1m1entos nerv1osos con los OJO~cuestiones de dinera lo echaban â per- Yo estaba contento d~ los bellos sentider tod.o, le pedi ul dia siguiente pres- mientos que le expoma y hablâba~o_s
tados, antes de partir para el campo, amistosamente de mur~as cosa~ mti. ticinco rublos en papel para mi mas de que no se .esta
vem
. s1empre, d1spues1
viaje. Habia ocurrido que me habia to_ a hablar. Dm1_t~1 me poma a cogastado todo e1 dinera en acuarelas y rr1ente de su fam1lia, que yo no conon pipas turcas· Dmitri me di6 los vein- cia: me hablaba de su madre, de su tia,
:icinco rublos, 'ios tomé y tardé mucho \ de su hermana y de la roj~ ~ue Volodia
tiempo en devolvérselos.
y Dubkof llamaban su p~s1on. Hab:aba
dl, su madre con elog10 , con c1erto
\
tono frio y s0lemne, como para prevel
nir toda discusi6n sobre este asunto, y
XXV
de su tia, con un entusiasmo mezclano
1 con un dejo de indulgencia. Me dijo
Conversacl6n Intima con un amigo.
muy poco de su hermana; parecia embarazado al hablar de ella. En cambio
Esta conversaci6n se desaroll6 en Iseextendi6con animaci6n so~relaroja,
faet6n en el camino de Kuntzof. Dmi- de su verdadero nombre, L1ubor Sertri me' habia aconsejado que no visita-\ gueievna, que era una joven algo ma-

I

l

MI JUVDTUD

177

~ura que vi~a en casa_ de los Nekh- Hay que decirte que Liubor Sergueievhudof .en cahda~ de par1ente.
na es muy religiosa y comprende per-S1, es una Joven admirable-dijo fectamente â Ivan Iacorlevitch. Va â
rnborizandose, _Y al mismo tiempo mi- ~menudo â verlo, y Je da para los pobreq
rândome atrev1damente a la cara.- el dinera que ella gana con sn trabajo.
Ya no es una niiia, no es muy linda; Ya veras qué admirable mujer. y 0 voy
pero i qué _tonteria amar la belleza I con ella a casa de Ivân Iacorlevitch, y
iqué absurdo I No puedo comprender le estoy muy reconocido por baberme
e~to, de ~l modo es necio. ( Se habria I hecho conocer a ese hombre notable.
d1cho al 01rle, que habia descubierto la Pues bien; mam{I. no puede absolutaverdaù_ mas extraordinaria.) Pero jqué mente comprender esto: dice que es
~~a ;1ene ! jQué coraz6n I i Y princi- supers_tici6n. Ayer disputé con marna
c1p10s .... Estoy seguro de que no en- por primera vez en mi vida. y con bascontrar_as otra parecida en toda nues- tante calor r,0ncluy6 con un movitra soc1edad ac~ual.
miento nervioso del cuello, que era
_Ignoro de qmén habi~ tomado Dmi- coma una remiriiscencia del efecto que
tri la costumbre de dec1r que todo lo le habfa producido aquella disputa.
que estaba bien era raro en la sociedad
-Bueno, t,y cual es tu idea Y-preactual. Era una frase que repetia mu- gunté para distraerlo de aquel recuercho y que le sentaba bien.
. do desagradable.-;, C6mo crees que
-No temo mas que una cosa-pros1- acabara... quiero decir hablo de lo
gui6 tranquilamente deqpués de ha ber que sucedera y de la madera c6mo acafulminado asi su indignaci6n sobre barâ vuestra pasi6n , vuestra amislas gentes bastante necias para amar tad 't
la belleza.-Temo que no la compren- -;Preguntas si pienso en casarme
das en seguida, que te cueste trabajo con ella'1-dijo, ruboriza.ndose de nueconocerla. E&lt;J reservada y hasta. algo vo y de nuevo volviéndose hacia mi
reconcentrada i no le gusta mostrar sus para mirarme.
be_llas y asombrosas cualidades I Mira,
«B11eno; he aqui, pensaba yo mienmi maùre, que, como vas â. ver, es una tras que me serenaba: somos hJmbres
~ujer excelen~e, jnteligente, conoce â y amigos, y bablamos, en un faet6n,
Lmbor Ser?'ue~evna hace mucbos aiios; de nuestro porvenir. Serîa agradable a
no_ pued.e ru qmere comprenderla. Ayer cualquiera escucharnos en este mom1smo ... Voy a contarte por qué esta- mento y mirarnos.»
ba yo de mal humor cuando me lo -;Por q11é no'?-prosigui6.-Mi obpr~untaste. Anteayer, Liubor Ser- jeto, como para todo hombre razonague1evna me rog6 que fuera con ella ble, es ser, en cuanto sea posible, dia casa de Ivân Iacorlevitcb. 1,Has oido choso y bueno. Con ella, si ella conhablar de I~â.n Iacorlevitch 1 Pasa por siente, cuando yo sea completamente
loco; en reahdad es un hombre notable. independiente seré mas dichoso y eRBVTBTA.-MATO

94.

'

.

12

m

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-- - - - - - ----

REVISTA. lliTE.11..NAClONAL

jor que con la belleza mayor del :ribles comenzaban â espigar, mostranmundo.
rlo su cruda verdura. El aire estaba
Durante esta conversaci6n, no notâ• inm6vil y fresco. Las hojas de los arbamos que nos acercabamos â Kunt- boles y los centenos, extraordinariasof, ni que el cielo se cubria y amena- mente clarvs y en relieve, no se mozaba llover. El sol estaba ya bajo, y la vian. Se habria dicho que cada hoja,
mitad de su rojo disco estaba ocultoi a cada brizna de hierba vivia con su
nuestra derecha, por una nube gris vida individual, intensa y dichosa.
casi opaca, justamente por encima de Notaba yo cerca del camino un sendero
los grandes ârboles del jardin de Kunt• negruzco que serpenteaba entre los
sof. De la otra mitad del disco se esca- \ centenos de un verde sombrio, ya alpaban fragmentas de rayos inJlamados tos, y aquel sendero me record6 muy
que inundaban ~e te~plada luz ~as \ vivam~nte nuestro campo; lo que me
masas espesas é mm6viles de los vie- conduJO, por un e.x.traiio encadenajos ârboles, que se destacaban en verde mieot.o de ideas, â pensar en Sonia y
sobre la parte del cielo que seguia azul â acordarme de que estaba enamorado
y luminoso. El brillo y las tintas de de ella.
aquella parte del cielo forma ban un
A pesar de toda mi aID1stad por Dmicontraste violento con la gran nube de tri y todo el placer que me producian
color de lila colocada enfrente de nos- las confidencias de sn corazon, notenia
otros sobre los al'boles que cerraban el ganas de saber mas acerca de sus senhorizonte.
timientos y sus intenciones respec.to
Un poco mas a la derecha todavia, de Liubor Sergueievna, mientras que
se veia detras de los arboles las tejas senti.a unas ganas terribles de partide diferentes colores de las casas de ciparle mi amor por Sonia, que me pacampo. Entre aquellas tejas, las unas recia uo sentimiento de orden mucho
repercutian los rayos deslumbradores mas elevado. No sé por gué, no me dedel sol, las otras teaian el aspecto tris- cidi a decirle directarnente c6mo sente de la parte sornbria del cielo. En un tia yo qne serfamos dichosos cuando
claro é. la izquierda azuleaba un estan- me casara con Sonia, que habitaria en
que inm6vil rodeado de citeros de fo- el campo, que tendrîa ninos que me
llaje verde palido que se reflejaban en llamarian papa y correrian a gatas, que
negro en su superficie mate. Detras lo veria llegar en traje de viaje con su
del estanque extendiase en pendiente mnjer, Liubor Serg-ueievna ... En vez
un barbecho, dividido en dos por una de todo esfo, le dije se:iialandole el sol
Hsta de un verde pâlido, cnya linea poniente:
recta iba a juntarse con el horizon te
-ïDmitri, mira que hermoso!
p]omizo y amenazador. A los dos la.dos
Dmitri no respondi6. Estaba visibledel camino por donde rodaba blanda- mente descontento de que en respuesta
mente el faet6n, centenos tiernos y fie- a una confesi6n que le era costosa, le
J

179

MI JUVENTOD

hiciera yo admirar la naturaleza, que
lo dejaba, en general, mq.y fdo. La naturaleza le producfa un efecto completamente distinto que a mi. Le interesaba, mas bien que lo conmovfa, por su
belleza. La amaba por la inteligencia
mas bien qne la sentia.
-Soy muy dichoso-continuè sin
ocuparme de que estaba absorto en sus
pensamientos y par completo indiferente a lo que yo pudiera decirle. Te
he hablado-1,lo recuerdas~e una seîiorita dequienestabaenamoradocuando era niîio; hoy la he vuelto a ver,
prosegni con calor-y ahoraestoy decididamente enamorado de ella ...
A pesar de la indiferencia persistante
que se pintaba en su rostro, le conté
mi pasi6n y todos mis planes de clicha
conyugal. Cosa extraiia: asi que me
pUBe a describir la violencia de mi sentimiento, senti que éste disminuia.
La lluvia nos sorprendi6 en la alameda de los abednles de la casa. Pero
no la sentiamos. No noté que llovia

sioo porque me cayeron algunas gotas
en la nariz y en la mano, y porque s3
oia un ligero ruido en las hojas de los
ârboles; las ramas de los abedules colgaban inm6viles y parecian recibir
aquellas hermosas gotas de agua transparentes con delirio; expresaban su
gozo desprendiendo un olor proounciado de que estaba llena toda la alameda. Bajamos del carruaje, a fin de
llegar mas pronto cruzando el jardin.
A la entrada de la casa nos encont1•amos con cuatro sefioras que entraban
precipitadamente del lado opuesto, y
dos de las cuales llevaban labor de costura, la tercera un libro un libro y la
cuarta un perrito. Dmitri me presentô
inmediatamente a su madre, su hermana, su tia y Liubor Sergueivna. Se
detuvieron un segundo, pero la llu via
aumentaba rapi&lt;lamente.
-Entremos en la galeria y nos Jo
presentaras-dijo la seô.ora , que me
pareciô ser la madre de Drnitri, y subimos todos j untos la escalera.
CoNDE LE6N ToLSTOY.

( llontinuara. J

�HONORATO DE BALZAO

HONORATO DE BALZAC

CONTINUACIÔN

El Poeta y Pitâgoras fueron, lla primera obra, que bosqueja so ·
pues, una excepci6n, una vida fue- meramente en Luis Lambert, y rera de la vida comun. El instinto tan fiere con una emoci6n no disminuipenetrante, el amor propio tan de- da por el tiempo el decomiso de la
licado de los escolares, les hicieron I caja en donde estaba guardado el
presentir en nosotros inteligencias precioso manuscrito. Unos condissituadas mâs arriba 6 mâs abajo I cipulos envidiosos tratan de arranque las de ellos; de aqui, en unos car el cofrecillo a los dos amigos,
odio anuestramudaaristocracia, en quienes lo defienden con tenacidad.
otros desprecio a nuestra inutilidad; «De pronto, atraido por el estrépito
estos sentimientos existian entre de la batalla, intervino bruscamennosotros sin darnos cuenta, y quizâ te el Padre llaugoult y se enter6
no los he adivinado hasta hoy. Vi- de la disputa. Ese terrible Haugoult
viamos, pues, exactamente como nos mand6 entregarle la cajita;
dos ratones agachados en el rinc6n Lambert le di6 la lia ve, el regente
de la sala donde estaban nuestros cogi6 los papales y los hojeô; luego
pupitres, retenidos alli lo mismo dijo, confiscândolos: - iEstas son
durante las horas de estudio que las necedades por las que Vds.
durante las horas de recreo. »
abandonan sus deberes !-De los
El resultado de estos trabajos ojos de Lambert cayeron gruesas
ocultos, de estas meditaciones que lâgrimas, arrancadas tanto por la
ocupaban el lugar de los estudios, 1conciencia de su superioridad mofué ese famoso Tratado de la volun- ral ofendida, cuanto por el insulto
tad del que varias veces se habla en gratuito y la traici6n que nos afliLa Comedia humana. Balzac de- gîan. El Padre Ilaugoult, probableplorô siempre la. pérdida de aque- mente vendi6 â algun tendero de

181

1~endôme el 1.r~tadode ùi ~oluntad, 1vida fué como un largo castigo de
Slil conocer la 1mportancia de los colegial. Amante afeminado de la
tesoros cientifico , cuyos gérmenes perezn oriental, enamorado do mis
abortados se disiparon en ignoran- emmeîios y sen ual, he trabajado
tes man os.»
Isiempre, negândome â gozar de los
Después de este relato, aiiade: placeres de la vida parisiense; afi«En memoria de la catâstrofe ocu- ' cionado a corner bien, he sido sorrida al libro de Luis en la obra, Ibrio; gm~tandome el andar y los viapor la cual com.ienzan estos estu- 1jes maritimos, deseando visitar pai- ·
clios, me he servido para una obra Ises, encontrando todavia gusto en
tlcticin. del titulo realmente inven- 1hacer como un chico recoveco sotado por La~bert; y he ~ado el :bre el agua, he permanecido consnombre (Paulina) de una mnJer para tantemente sentado con una pluma
·
--nena ' en 1a mano; parlanchin por naturaes1 muy quer1·d a a· una Joven
de almegaci6n. »
leza, he ido a escucbar en silencio
En efecto, si abrimos La· Piel de â los profesores en los cursos pCihliza~J~, encontramos alli en ~a ~on cos d~ la Bibli~ca y del 1Iu ~eo; he
fcs10n de Rafael las frases s1gmen- dormdo en m1 camnstro solitario
tes: «Tu solo admirarâs mi Teoria I como un reli !rioso de la orden de
de la voluntad, e a largn obra para ISan Benito, y0 sin embargo, ·1a roula cual ~abia yo aprendido las len- !jer era mi ûnica ilusiôn, jUna quiguas onenta'les, la anatomia y la I mera que yo acaricjaba y la cual
fi ·iologia, y â la cual habia consa- 1hu.ia siempre de mil&gt;
gra&lt;lo la m~yor parte de mi tiempo; 1 Si Balzac ech6 de menos con peobra que, s1 no
me engaîio, comple- 1 sar el Tratado de la voluntad, debi6
•
tara los trabaJOS de Mesmer, de La- ser menos sensible a la pér&lt;lida de
vater, de Gall y de Richat, abrien- '. su poema épico acerca de los Incas,
do un nuevo camino â la ciencia l que comenzaba a~i:
h?mana. Ahi se detiene mi hermosa
jOhinca, rey infortunado y tri~te,
n~a, ese sacrificio a diario, ese tra- desdichada im;piraci6n que le vali6,
bn;10 de gusano de seda, desconocido todo el tiempo que estuvo en el copara el mundo y cuya ùnica recom- legio. el irrisorio sobrenombre de
pe_nsa quiza consista en el trabajo ' Poeta! Preciso es confesar que Balm.Ismo; desde la edad de la raz6n zac no tuvo nunca el don de poe ia,
h~. ta el m_oment_o en que hube ter- 1de v_ersificaci6n à lo m_enos; su penmmado m1 Teorta, observé, apren- sallllento, tan complejo, siempre
di, escribi, lei sin descanso, y mi Ifué rebelde al ritmo.

1

�182

REVISTA INTERNAOIONAL

HONORATO DE BALZAC

183

1

De esas meditaciones tan inten- ba con la misma :fidelidad de las
sas, de esos esfuerzos intelectuales ideas adquiridas por lalectura, como
verdaderamente prodigiosos en un de las que la reflexiôn 6 la convernifio de doce 6 catorce afios, resul- saci6n le habian sugerido. En fin,
t6 una enfermedad extrafia, u.na poseia todas las memorias; la de
fiebre nerviosa , una especie de lugares, la de nombres, la de palacoma, del todo inexplicable para bras, la de cosas, la de fisonomias;
los profesores que no estaban en el no s6lo recordaba los objetos â vosecreto de las lecturas y de los tra- luntad, sinoque hast.a volvia a verbajos del joven Honorato, en apa- los dentro de si mismo iluminados
riencia ocioso y estûpido; en el co- y coloridos tal y conforme estaban
legio, nadie sospechaba esos ferooes en el momento de haberlos visto
excesos de inteligencia , ni sabia por vez primera. Este poder aplicâque en el calabozo ( donde diaria- base igualmente â los actos mâs inmente hacia que le metiesen â fin tangibles del entendimiento. Segllll
de estar libre) el escolar tenido por expresi6n suya, no s6lo se acordaba
vago habia devorado toda una bi- del sitio de las ideas en el libro
blioteca de libros serios y superio- donde las habia adquirido , sino
res al alcance de su edad.
también de las disposiciones de su
Transcribamos aqui algunas eu- ânimo en épocas remotas.
riosas lineas acerca de la facultad
Balzac conserv6 toda su vida este
delecturaatribuida a Luis Lambert, maravilloso don de su juventud,
es decir, a Balzac.
hasta aumentado ; y por él pueden
«Entres afios, Luis Lambert ha- explicarse sus inmensos trabajos,
biase asimilado la sustancia de los verdaderos trabajos de Hércules.
libros que en la biblioteca de su tio
Asustados los profesores, escrimerecian ser leidos. La absorci6n bieron â los padres de Balzac que
de las ideas por la lectura habia fueran en su busca â toda prisa.
llegado en él a un fen6meno curio- Corri6 su madre y le sac6 de alli
so. Su vista abarcaba de un golpe para llevârselo â Tours. Grande fué
siete uocbo lîneas, y su mente apre- el asombro de la familia cuando vi6
ciaba el sentido de ellas con una el nifio flaco y enfermizo que le develocidad anâloga a la de su mirada. volvia el colegio, en lugar del queCon frecuencia, hasta una palabra rubin que habia recibido; la abuede la frase basta.bale para bacerle la de Honorato hizo esta triste obtomar el jugo de esta ultima. Su servaciôn. No sôlo habia perdido
memoria el'a prodigiosa. Se acorda- sus hermosos colores y su fresca

gordura, sino que ademâs, por efec- , de ser mujer superior, le decia:
to de una congestion de ideas, pa- «Pero Honorato , i, eres capaz de
recia imbécil. Su actitud era la de comprender loqueacabasde decirh
un exta.tico, la de un somnâmbulo IY Balzac rie que te rie, sin explique duerme con los ojos abiertos; carse mas, con aquella bondadosa
perdido en un profundo ensuefio, no risa que tenia. El sefior de Balzac
oia lo que le hablaban, 6 su espiri- padre, mezcla â la vez de Montaitu, viniendo de muy lejos, llegaba gne/de Rabelais y del tio Toby, por
demasiado tarde para dar la res- su filosofia , su originalidad y su
puesta. Pero el aire libre, el des- bondad (la sefiora de Gerville es
canso, el carifioso medio ambiente quien habla) tenia un poco mejor
de la familia, las distracciones â concepto de su hijo, segun cierto
que le obligaban y la enérgica sa via sistema genésico que profesaba y en
de la adolescencia, triunfaron bien virtud del cual un hijo procreado
pronto de ese estado enfermizo. por él no podia ser tonto ; sin emApacigu6se el tumulto causado en bargo, no sospechaba en él, de
aquel cerebro juvenil por el zum- ningûn modo, el futuro grande
bar de las ideas. Las lecturas con- hombre.
fusas se clasificaron poco â poco;
Habiendo vuelto â Paris la famiâ las abstracciones vinieron â unir- lia de Balzac, entrô en el colegio del
se imagenes reales, observaciones sefior Lepitre, calle de Saint-Louü1,
hecbas silenciosamente en el vivo. y luego en el de los sefiores Scaucer
Paseândose y jugando estudiaba los y Beuzelin, calle de Thorigny, en el
lindos paisajes del Loira, los tipos Marais. En ellos, como en el colede provincia, la catedral de Saint- gio de Vendôme, no se revel6 su
Gatien y las :fisonomias caracterîs- genio , y permaneci6 confundido
ticas de los sacerdotes y de los ca- entre el rebafio de los escolares conônigos; varios cartones, que sir- munes. Nadie le habia dicho con
vieron mas tarde parael gran fresco entusiasmo: Tu Marcellus eris, o
de La Comedi"a humana, fueron de Sic itur ad astra.
seguro bosquejados durante aquella
'l'erminados los estudios de hufecunda inacciôn. Sin embargo, en manidades, Balzac diôse â si mismo
la familia, lo mismo que en el co- esa segunda educaciôn que es la verlegio, no fué adivinada 6 compren- dadera. Estudi6, se perfeccion6, sidida la inteligencia de Balzac. Has- gui6 los cursos de la Sorbona y
ta, cuando se le escapaba alguna aprob6 la carrera de derecho, miencosa ingeniosa, su madre, â pesar tras estaba trabajando con escriba-

�184

REVI8TA INTERNACIONAL

nos y notarios. Ese tiempo, perdido veiutiun afios, en la que se enconen la apariencia, puesto que Balzac traba Balzac. Pero si el ensuefio de
no fué escribano, ni notario, ni àbo- todo nifio consiste en tener botas,.
gado, ni juez, le hizo conocer el el de todo joven estriba en tener un
persona! de la curia y le puso en cuartito, un cuartito enteramente
estado de poder escribir mas ade- suyo, del cual se tenga la llave en
lante, de un modo que asombra â el bolsillo, aunque se pueda estai~
las personas del oficio, lo que pu- de pie sino en medio de él. i Un
cliéramos denominar «lo contencio- cuartito es la toga viril, la indeso» de La Comedia humana.
pendencia, la personalidad, el amorf
Tomado el titulo, present6se la Hete aqui, pues, â maese Honoragran cuestiôn del rumbo que debia to encaramado cerca del cielo, sen•
seguir. Quisose hacer de Balzac un tado ante la mesa y ensayandose
notario; pero ·elfuturo gran escritor, en la obra maestra que habia de
que tenia la conciencia de su genio ·dar la razôn â la indulgencia de su
aun cuando nadie cr~yese en éste, padre y un mentis a los desfavorase neg6 con el mayor respeto del bles horôscopos de los amigos de
mundo, por mas que le buscaron éste. jCosa extrana: Balzac emp~zô
una notarîa con las mejores condi- por una tragedia, por un Cromwell!
ciones. Su padre le concecliô dos Aproximadamente al mismo tiemafios para que hiciese sus pruebas; po daba Victor Hugo la ultima
y como la familia se volvi6 a la mano â su Cromwell, cuyo prefacio
provincîa, la seîi.ora de Balzac ins- fué el manifiesto de la joven escuetalô â su htjo Honorio en un sota- la dramatica.
banco , seüalândole una pension
apenas suficiente para las mas estrictas necesidades, esperando que
un poco de miseria le haria mâs
II
prudente.
Esa buhardilla estaba en la calle
de Lesdiguières , nûm. 9 , cerca
Releyendo con atenci6n La Codel arsenal, cuya biblioteca ofrecia media hùmana cuando se ha conosus recursos al joven trabajador· cido familiarmente a Balzac, enSin duda, pasar de un.a casa abun- cuéntranse alli esparcidos multitud
dante y lujosa a un miserable chi- de curiosos defalles acerca de su
ribitil seria muy duro en cualquîe- carâcter y de su vida, sobre todo
ra otra edad que no fuese la de en sus primeras obras, donde aun

BONORA.Tû DE BALZAC

185

----------------------------no se ha desprendido por completo Ipos, verles cerrar sus tratos, y disde su personalidad, y â falta de su- putar unos con otros â la hora en
jetos se observa y se diseca a si que dejan el trabajo. En mi habia
mismo. Hemos dicho que comenz6 llegado â ser intuitiva la observael rudo noviciado de la vida litera- ci6n y penetraba hasta el alma, sin
ria en una buhardilla de la · calle descuidar el cuerpo; 6 mas bien, se
Lesdiguières, cerca del arsenal. La apoderaba con tal exactitud de los
novela Faci'no Cane, fechada en detalles exteriores, que al momento
Paris en Marzo de 1836 y dedicada ahondaba mas allâ; me daba la faâ Luisa, contiene algunas preciosas cultad de vivir la vida del individuo
indicaciones acerca de la existencia sobre el cual se ejercia , permitiénque llevaba en ese nido aéreo el jo- dome sustituirle, como el dervich de
ven aspirante â la gloria.
Las Mil y una noches tomaba el
«Vivia yo entonces en una calle cuerpo y el alma de las personas
que sin duda no conoceréis, la calle sobre las cuales decia ciertas pade Lesdiguières : principia en la labras.
calle de Saint-Antoine, frente â una
))Cuando entre once y doce de la
fuente cerca de la plaza de la Bas- noche me encontraba â un obrero
tilla, y desemboca en la calle de la y su mujer volviendo juntos del
Cerisaie. El amor â ht cienciameha~ Iteatro del Ambigû 06mico, diverbia metido en una buhardilla donde tiame en seguirles desde el bulevar
trabajaba durante la noche, y pasa- del Pont-aux-Choux hasta el buleba el dia en una biblioteca, la de Su Ivar Beaumarchais. Esas buenas
Alteza; vivia frugalmente, habien- jgentes hablaban primero de la obra
do aceptado todas las condiciones que habian visto; 4e ahi pasaban :i
de la vida monastica, tan necesarîa tratar de sus asuntos, y la madre
para los trabajadores. Cuando hacia tiraba de la mano de su chico sin
buen tiempo, me daba un paseito Iescuchar los lamentos ni las prepor el bulevar Bourdon. Una sola guntas de éste. Ambos esposos echapasiôn me sacaba de mis ha.bitos es- ban cuentas del dinero que iban a
tudiosos; wero no era también un I recibir man.ana, gastandolo de veinestudio~ Iba â observar las costum- 1 te maneras diferentes. Entonces
bres de los arrabales, sus habitan- 1eran los detalles del hogar, las quetes y sus caracteres. Tan mal vesti- jas por el excesivo precio de las pado como los obreros, indiferente al tatas, 6 lo largo del invierno y
lujo, no les ponia en guardia contra el encarecimiento del combustible,
mi; podia mezclarme con sus gru- enérgicas representaciones acerca

I

�•
HONORA'l'O Dl!: BALZAC

.

186

187

RE.VIBTA lNTERNACl••NAL

1

die

. .

ll

de loque àebian al panadero, y, por Icue~pos 1erente_s _Y v1vll' en e os
ultimo, disputas acres en que cada el tiempo que quis1era; s6lo que el
cual revelaba su caracter con pala- 1m'J.mero de avatares de Vichnû se
bras pintorescas. Oyendo a esas fija en diez, mientras los de Balzac
gentes podia compenetrarme con su son incontables y ademàs pod.ia provida, sentir sus harapos en mi cuer- vocarlos â voluntad. Aunque papo, andar con mis pies metidos en rezca extrafio decir esto en pleno
sus zapatos agujereados; sus deseos, siglo nx, Balzac fué un vidente. Su
sus necesidades, todo pasaba â mi mérito como observador, su persalma, y mi alma pasaba a la suya; picacia de fisi6logo, su genio de esesto era el sueno de un hombre des- critor, no bastan para explicar la
pierto. Enardeciame con ellos con- grandisima variedad de los dos 6
tra los mae tros de taller que les ti- tres mil tipos que representan un
ranizaban, 6 contra los malos pa.- papel mas 6 menos importante en
rroquianosqueles obligaban â hacer La Comedia humana. r o los copiavarios viajes sin pagarles. Abando- ba, los vivia idealmente, poniase la
nar mis costumùres, volverme otra vestimenta de ellos, contraia sus
persona por la embriaguez de las fa- costumbres, se rodeaba de su amcultades morales y hacer este jue- biente, era « ellos mismos &gt; todo el
go â voluntad: tal era mi distrac- tiempo necesario. De ahi provienen
ciôn. tA qué debo este donî tA. una esos personajes sostenidos, lôgicos,
segunda vistaî gEs una de esas cua- que no e desmienten ni olvidan
lidades cuyo abuso me conduciria nunca quiénes son, dot.ados de una
a.la locura~Jamâs he investigado las existencia intima y protunda, que
causas de este poder; lo poseo, me (sirviéndonos de una de sus expresirvo de él, y he agui todo.&gt;
siones) hacen competencia al estado
Ilemos transcrite estas lineas, do- civil. Verdadera sangre roja circula
blemente interesantes, porque ilu- por sus venas, en vez de la tinta
minan un lado poco conocido de la que infunden en sus creaciones los
vida de Balzac y manifiestan en él autores corrientes.
la conciencia de aquella potente fa- Por lo demâs, Balzac sôlo poseia
cultad de intuiciôn que poseia ya en I aquella facultad respecte al presentan alto grado, y sin la cual hubiera te. Podîa transportar su pensasido imposible la realizaci6n de su miento â un marqués, a un hombre
obra. Lo mismo que el indico dios Ide negocios, â un burgués, â un
Vichnù, Balzac tenia el don deava- 1hombre del pueblo, â una mujer de
1
tar, es decir, el de encarnarse en Isociedad, â una cortesana ... , pero

I

las sombras del pasado no obede- los rasgos de varios caracteres hocian su llamamiento; nunca supo, mogéneos, quizâ pudiera llegar yo
como &lt;Jœ_t~~' evocar desde el fondo a escribir la historia olvidada por
de la anfaguedad a la hermosa He- tantos historiadores: la de las cosl~na y ha~erla h~bitar en la seii.o- tumbres. Con mucha paciencia y
nal mans16n g6tica ~e Fausto. Sal- grandes ânimos realizal'ia, respecvo dos 6 tres excepc1ones , toda su to a la Francia del siglo xrx, ese liobra es moderna; habiase asimilado bro que tanto echamos de men os
a los vivos y no resucitaba a los todos, que Roma, Atenas, Tiro,
mu~rtos. La misma. historia le se- Menfis, la Persia, la India, no nos
duc1a poco , segun puede verse en ban legado, por desgracia, acerca
este _pasaje del proemio de La Co- de las civilizaciones, y que, a ejemmedia humana: « Leyendo las a.ri- plo del abate Barthélemy, el ani•das y apestosas nomenclaturas de moso y pacienzudo Monteil habia
hechos llamadas historias, i quién ensayado acerca de la Edad Media
no ha adv~rtido que los escritores pero con una forma poco atractiva.;
se han olv1dado en todos tiempos,
Pero volvamos â. la buhardilla de
en Egipto, en Persia, en Grecia, en la calle Lesdiguières. Balzac no haRoma, de darnos la historia de las bia concebido el plan de la obra que
co tumbresî El fragmento de Pe- debia inmortilizarle · buscâbase aun
tronio acerca de la vida privada de a si mismo con inq;ietud, anhelo y
los. romanos, mas b~e~ irrita que trabajo, ensayândolo todo y sin sosatlsface nuestra cur10s1dad.&gt;
bresalir en nada; sin embargo, po~sta laguna que d~jaron los his- seia ya aquella tenacidad para el
to~1adores de las somedades extin- trabajo, ante la cual tiene que ceder
grudas, propû o e Balzac llenarla un dia û otro Minerva, por arisca
en lo que se refiere â la nuestra, y que sea. Esbozaba 6peras cômicas
bien sabe Dios si cumpli6 :fielmente planeaba comedias, dramas y nove~
el programa que se habia trazado. las, cuyos titulos nos ha conservado
. « La sociedad iba a ser el bisto- la seiiora de Surville (Stella, Coqr1ad.or_, yo no debia ser sino el se- sigrue, Los Dos filosofos), sin conc~etar10; al catalogar los vicios y Itar con el terrible Cromwell, cuyos
virtudes, al coleccionar los princi- 1versos, que tantos afanes le costapales hechos de las pasiones, al pin- ron, no valian muchomâs queaquel
~:r los caracter_es,_ al elegir los prin- por el cual emp~zaba su poema épic1pales acontecim1entos de la socie- co de los Incas.
dad, al componer tipos reuniendo Figuraos al joven Honorato con

�188

11.EVISTA ThTIIBSACIONAL

las piernas iapujadas con un carrick Iaquella buhardilla, de paredes amaremendado, protegida la caja del rillentas y sucias, que olia â misecuerpo por un viej o mantôn mater• ria y llamaba â gritos â su sabio. El
no, tocado con una especie de gorro tecno descendia alli con regularidantesco, cuyo corte tan s6lo era dacl, y las tejas desunidas d~jaban
conocido por la seiiora de Balzac, ver el cielo; habia sitio alli para
la cafetera a la izquierda, el tintero una cama, una mesa, algunas sia la derecha, trabajando con todas llas, y bajo el ângulo agudo del tesus fuerzas y con la cabeza incli- lcho podia alojar mi piano ... En ese
nada adelante, como un buey que sepulcro aéreo vivi durante mas de
tira del arado en el pedregoso cam- 1tres aîios, trabajando noche y dia,
po del pensamiento, no roturado Isin descanso, con tanto placer, que
antes por él, donde trazô mâs tarde el estudio me parecia ser el mâs
surcos tan fértiles. En el fondo de hermoso tema, la mâs feliz soluci6n
la oscura casa brilla la lâmpara de la vida humana. La tranquilidad
como una estrella ; la nieve cae en y el silencio necesarios para el sasilencio sobre las desunidas tejas; bio tienen un no sé qué dulce y
sopla el viento â través de la puerta ebrioso como el amor ... El estudio
y de la ventana «como Tulii dentro presta una especie de magia a todo
de su :flauta», pero menos agrada- cuanto nos rodea. La desvencijada
blemente.
1mesa en que escribia, su pardo taSi algùn transeunte trasnochador pete de badana, el piano la cama,
hubiese alzado la vista hacia aquella el sillôn, los caprichosos dibujos y
siempre temblorosa lucecilla, de se- colores del empapelado, los muegul'o que no hubiera sospechado \ bles, todas estas cosas se animaron
que era la a uro ra de una de las mas y fueron para mi humildes amigos,
grandes glorias de nuestro siglo.
silenciosos c6mpüces de mi porveiQuiere verse un croquis del lu- nir. jCuântas veces les comuniqué
gar (transportado, es verdad, pero mi alma al mirarlos! Con Irecuenexactisimo) dibujado por el autor cia, al tender la vista hacia una
en La Piel de zapa, efm obra que moldu.ra alabeada, encontraba nuecontiene tanto de él mismo1
.vos desarrollos, una asombrosa
«... Un cuarto con vi tas â los prueba de mi sistema, ô palabras
patios de las casas inmediatas, por que me hacian feliz para expresar
las ventanas de las cuales pasaban ideas casi inexpresables.-»
largas perchas cargadas de ropa En este mismo pasaje alude a
blanca; nada era mas horrible que sus trabajos: ~habiaemprendido dos
I

HONORATO DE BALZAC

grandes obras: una comedia, en pocos &lt;lias, habia de &lt;larme renombre,
un dineral y entrada en esa sociedad donde queria yo reaparecer
ejercitando los regalistas derechos
del hombre de genio. jTodos habéis
visto en esa obra maestra el primer
error de un joven que sale del colegio, una inocentada de criatura!
Vuestra chacota destruyô fecundas
ilusiones, que desde entonces no
han vuelto â resucitar ... &gt;
Recon6cese aqui el desdichado
Cromwell, que, leido ante la familia
y los amigos con vocados, hizo fiasco
por completo.
Honorato apelô de la sentencia
ante un ârbitro â quien acept6 como
competente, un buen viejo, antiguo
profesor en la Escuela Politécnica.
El fallo fué que el autor debia ocuparse «en cualquier cosa, excepto
en literatura».
jQué pérdida para las letras, qué
laguna en el ingenio humano, si el
joven se hubiera inclinado ante la
experiencia del viejo y hubiese escuchado su consejo, que en verdad
era de los mâs prudentes, puesto
que en aquella tragedia de retôrico
no habia la menor chispa de genio,
ni siquiera de talento! Felizmente
Balzac, con el seudônimo de Luis
Lambert, por algo habia hecho en
el colegio de Vendôme la Teoria de
la voluntad.
Someti6se a la sentencia, pero

189

sôlo con respecto a la tragedia;
comprendi6 que debia renunciar â
ir â la zaga de Corneille y de Racine, â quienes admiraba entonces â
beneficio de inventario, pues jamâs
bubo genios mas contrarios al suyo.
La novela le ofrecia un molde mâs
c6modo, y por aquella época escribi6
gran nûmero de tomos que no firm6
y que siempre rechaz6 como de él.
El Balzac que conocemos y admiramos estaba aun en el limbo y luchachaba en vano por salir. Los que no
le juzgaban capaz mâs que de ser
memorialista tenian raz6n en apariencia; y acaso le hubiera faltado
este recurso, porque su hermoso cardcter de letra debia de haberse ya
echado a perder en los borradores
como papeles viejos , tachados y
vueltos â tachar, casi jeroglificos,
del escritor en lucha con la idea y
a quien ya no le importa la buena
letra.
Asi, pues, nada habia resultado
de aquel rigido encierro claustral,
de aquella vida de eremita enla Tebaida, cuyo presupuesto de gastos
traza Rafael: «Tres sueldos de pan,
dos sueldos de leche, tres sueldos de
embutido me impedian morir de
hambre y mantenian mi espiritu
en un estado de singular lucidez.
El cuarto me costaba tres sueldos
diarios; quemaba tres sueldos de
aceite cada noche; yo mismo arreglaba la habitaci6n; gastaba cami-

�190

REVIB'i'A INTERNAClONAL

sas de franela para no gastar mas ta celebridad) esta ya alimentado
que d9s sueldos de lavado al dia. enteramente lo mismo que un gran
Me calentaba con carbôn mineral, hombre,esdecir,muerto dehambre.
cuyo precio, dividido por los dias del
Otro siniestro: el café pinta hoano, nunca ha dado mas de dos rribles mamarrachos en el suelo.
sueldos diarios. Tenia vestidos, ropa Necesitase mucha agua para repablanca y calzado para tres afios; no rar el desastre; y como quiera que
queria vestirme sino para ira cier- el agua no sube â mi celeste buhartos cursos pûblicos y a las bibliote- dilla (sôlo desciende a ella los dias
cas; estos gastos juntos sumaban un de tempestad), después de comprar
total de dieciocho sueldos; quedaban el piano -serâ preciso pensar en podos sueldos para gastos imprevistos. ner una maquina hidrâulica si el
Durante este largo periodo de tra- café sigue en sus trece de escaparse
bajo no recuerdo haber pasado por mientras amo y criado se estân pael puente de las Artes, ni haber pando moscas.»
comprado jamâs agua. »
En otra parte, continuando de
Sin duda, Rafael exagera un poco broma, reprende al perezoso Yo
la economia; pero la corresponden- mismo que deja colgar del techo
cia de Balzac con su hermana de- las telaraîias, que se paseen los carmuestra que la novela no difiere neros por debajo de la cama, y que
mucho de la realidad. La anciana en las vidrieras se tamice un polvo
designada en sus cartas con el titulo cegador.
de Iris la Mensajera, de setenta En otra carta exclama: «He coafios de edad, no podîa ser un ama de mido dos melones ... ; habra que pagobierno mny activa. Por eso es- garlos â fuerza de nueces y pan a
cribe Balzac: « Las nuevas de mi secas.»
hogar doméstico son desastrosas:
Uno de los escasos recreos que se
los trabajos van en perjuicio de la permitia era ir al Jardin Botânico
limpieza. Ese gandul de Yo mismo 6 al cementerio del Padre Lachaise.
se abandona caJa vez mas: no baja Desde lo alto de la fûnebre colina
sino cada tres 6 cuatro dias â la domina~a Paris , como Rastignac
compra , acude a las tiendas mas en el ent.ierro del padre Goriot. Cer•
prôximas y peor provistas de todo niase su mirada sobre este océano
el barrio, porque las demas estân de pizarras y de tejas que cubren
demasiado lejos y el muchacho e.co- tanto lujo, miseria, intrigas y panomiza al menos los pasos; de suer- siones. Corno un aguilucho, codite que tu hermano (destinado â tan- Iciaba su presa con el mirar, pero

HONORATO DE BALZAC

191

aun no tenia alas, ni pico, ni ga- de libreria, â las que solo faltaron
rras, aunque sus ojos podîan fijarse capitales para ser afortunadas. Esya en el sol. Al contemplar las tas tentativasle llenaron de deudas,
tumbas, exclamaba: «No hay epita- comprometieron su parvenir; y, â
fios mas hermosos que éstos: La pesar de los desinteresados pero deFontaine, Massena, Molière; jUil masiado tardos auxilios de su famisolo nombre que lo dice todo y lia, le hicieron llevar esa roca de
hace meditarl&gt;
Sîsifo, que tantas veces logr6 subir
Esta frase contiene como una hasta el borde de la meseta y que
vaga percepci6n profética que el cada vez mas abrumadora caia soporvenir j ay ! realiz6 demasiado bre sus hombros de Atlas, cargados
pronto. En la pendiente de la colina, juntamente con todo un mundo.
sobre una piedra sepulcral, debajo Aquella deuda, que reputabacomo
de un busto de bronce fundido por un deber sagrado pagar porque era
el modelo ~e mârmol de David la fortuna de seres queridos, fué
d'Angers, esta palabra, BALZAC, lo para él la Necesidad armada con su
dice todo y hace meditar al pasean- latigo de espinas, con la mano llena
te solitario.
de clavos de bronce, que le acos6
El régimen dietético preconiza- noche y dia, sin tregua ni sosiego,
do por Rafael podfa ser favorable y que le hacia considerar como un
para la lucidez del cerehro, pero de robo cada hora de descanso 6 de
seguro no valia nada para unjoven distracciôn. Domino dolorosamente
habituado â las comodidades de la toda su vida, y con frecuencia la
vida de familia. Quince meses trans- hizo inexplicable para quienes no
curridos bajo aquellos plomos inte- estaban en el secreto.
lectuales, con seguridad mâs tristes Indicados estos indispensables deque los de Venecia, habia hecho del talles biograficos, lleguemos â nuesfresco turense de mejillas satinadas tras impresiones directas y persoy brillantes un esqueleto parisiense, nales acerca de Balzac.
macilento y amarillo, casi imposi- Balzac, ese cerebro inmenso, ese
ble de reconocer. Balzac volvi6 â -fisiôlogo tan penetrante, ese obserla casa paterna, donde sacrificaron vador tan profundo, ese espiritu tan
la ternera cebada para fest~jar el intuitivo, no tenîa el don literario;
regreso de aquel hijo nada prôdigo. abriase en él un abismo entre el
Pasaremos de ligero el tiempo de pensamiento y la forma. Desesper6
~u vida en q~e trat6 de asegur~r su \ defranqueareste abismo, sobre todo
mdependenc1a con especulac10nes en los primeras tiempos. Echaba en

�193

HONORATO DE BALZAC

192

REVISTA INTERNA.ClONAL

,él sin colmarlo tomo sobre tomo, quedara, no podia creer que hubiévigilia sobre vigilia, ensayo solire semas puesto en él todo nuestro ta~nsayo; paso alli toda una bibliote- lento. «Retoc:indolo dos 6 tres veca de libros no confesados. Una vo- ces- nos decia -hubiera estado
luntad menas robusta se hubiera mejor. i.
descorazonado mil veces; pero, por Poniéndosenosél mismoporejemn
fortuna, Balzac tenîa una confianza plo, nos predicaba una extraüa hiinquebrantable en su propio genio, giene literaria. Era preciso encerrardesconocido por todo el mundo. nos â cal y canto dos 6 tres aüos
Queria ser un grande hombre, y lo como en un claustra, beber agua
fué por incesantes proyecciones de sola, corner altramuces remojados,
ese .fluido mas poderoso que la elec- cual Prot6genes, acostarnos â las
tricidad y del que tan sutiles anâli- seis de la tarde, levantarnos â mesis hizo en Luis Lambert.
dia noche y trabajar hasta el amaContrariamente â los escritores necer; emplear el dia en revisar,
de la escuela romântica todos los ampliar, escamondar, perfeccionar
' una- osa- y pulir el trabajo nocturno, corre&lt;males distinguiéronse por
dia y una facilidad de ejecuci6n gir las pruebas, tomar notas, hacer
asombrosas, produjeron sus frutos los estudios necesarios, y, sobre
al mismo tiempo que sus fi.ores, todo, vivir con la castidad mâs abcon un brote, digâmoslo asi, invo- soluta. Insistia mucha acerca de
luntario ... Balzac, igual en genio â este ultimo consejo, bien rigido
todos ellos, no encontraba su me- para un joven de veinticuatro 6
dio de expresiôn, ô no lo hallaba veinticinco afios. Segun él , la cassino al cabo de infinitos afanes. Con tidad real desarrollaba en el mas
su altivez castellana, decia Hugo en alto grado las potencias del alma,
unù de sus prefacios : «Ignora el y daba â quienes la practicaban faarte de soldar una belleza en re- cultades desconocidas. Nosotros obemplazo de un defecto, y me corri- jetâbamos timidamente que los majo â mi mismo en otra obra. » Pero yores genios no se habian privado
Balzac llenaba de tachones hasta del amor , _de la pasi6n , ni aun sidécimas pruebas; y cuando nos veia quiera del placer, y citâbamos nomdevol ver â La Cronica de Paris la bres ilustres. Balzac meneaba la
prueba de un articulo escrito de una cabeza y respondia: «Sin las muplumada en el rinc6n de una mesa, jeres, hubieran hecho cosas mesin mas correcciones que las tipo- jores.&gt;
gra:ficas, por muy satisfecho que se I Todas las concesiones que se dig-

/

n6 otorgarnos, y eso con pesar caido en el tesoro secreto de laresuyo, consistieron en ver media publica, buena parte del cual hahora cada afio â la mujer amada. biase llevado con ayuda de un carcePermitia las cartas: « eso forma el lero comprado. Facino Cane, vuelto
estilo.»
ciego y dedicado â tocar el clariMediante este régimen, prome- nete con el nombre vulgar de «el
tiase hacer de nosotros un escritor padre Can eh, habia conservado la
de primer orden , contando con las doble vista del oro, â pesar de su
disposicioncs naturales que tenia â ceguera; lo adivinaba â través de
bien reconocernos. Bien se ve por las paredes y de las b6vedas, y ofrenuestras obras, que no hemos se- cia guiar al autor, en una boda del
guido este plan de estudios tan pru- arrabal Saint-Antoine, si queria
dente.
pagarle los gastos de viaje, hacia
Y no hay que creer que Balzac aquel inmenso mont6n de riquezas
se chunguease al trazarnos esta re- cuyo yacimiento habia hecho la
gla, que hubieran hallado dura has- caidade la Republica veneciana que
ta los trapenses y los cartujos. Es- se perdiese en el olvido. Conforme
taba perfectamente convencido y hemos dicho, Balzac vi via sus perhablaba con una elocuencia tal, que sonajes, y en aquel momento era
en varias ocasiones intentamos â Facino Cane en persona, excepto
conciencia ensayar aquel método la ceguera, pues jamas centellearon
de tener genio; varias veces nos en rostro humano ojos mas refullevantamos â media noche, y des- gentes. Asi, pues, no soiiaba mâs
pués de ha ber tomado el café ins- que con toneladas de oro, montones
pirador, becho seg(m la fôrmula, de diamantes y carbunclos, y por
nos sentamos delante de la mesa medio del magnetismo, con cuyas
sobre la cual no tardô mucp.o el practicas estaba de mucha atras
suefio en hacernos apoyar la cabe- familiarizado, bacia que lassomnamza. La Muerta enamorada, que sali6 . bulas buscasen el sitio de los tesoâ luz eu La Cr6nfoa de Paris, fué ros sepultos y perdidos. Pretendia
nuestra ûnica obra nocturna.
haber sabido de la manera mas
Hacia aquella época habia escrito precisa el sitio donde, cerca del liBalzac, para una revista, Faci°no mite de la Pointe-à-Pitre, habia
Cane, la historia de un noble ve- hecho enterrar Santos Louverture
neciano, que, prisionero en los Po- su botin, por negros en seguida fuzos del palacio ducal , al hacer un silados. El Escarabajo de oro, de
subterraneo para evadirse , habia Edgard Poe, no iguala en grandeza
REVIBTA..-MAYO

94.

13

�HONORATO DE BALZAC

191

llEVISTA. INTERNA.CIONAL

deinducci6n,enclaridad de plan, en \ No es necesario decir que no desadivinaciôn dedetalles, al febril rela- enterramos el tesoro de Santos Louto que nos hizo de la expeclici6n que verturè. Nos falta?a dinero para
debia intentarse para hacerse due- pagar nuestro pasaJe; entre los tres
fio de aquel tesoro, mucho mas rico apenas teniamos con qué comprar
queelenterradopor Tom Kidd al pie las azadas. _
del Talipot de la cabeza de muerto.
Este ensueno de una fortuna reRogamos al lector que no se bur- pentina debida â. cualquier ,medio
le en sumo grado de nosotros, sl extrafi.o y marav11loso acud1a con
confesarle con toda humildad q_ue frecuencia al cerebro de Balzac.
bien pronto participamos del con- Algunos a~o~ a~tes (en_ 1833) habia
vencimiento de Ba1zac.-i Qué ce- hecho un v1aJe a Oerdena para exarebro hubiera pod.ido seguir su ver- minar las escorias de las minas de
tiginosa palabra~-Bien pronto fué plata abandonadas por los romano~,
también seducido Julio Sandeau; y y las cuales, tratadas por procedtcomo hacian falta dos amigos se- mientos imperfectos, segun él, deguros, dos compaiieros re-sueltos y bian co~tener aun mucho metal
robustas pat·a hac~r las excavacio- :fino. La 1dea era exacta; y confiada
nes nocturnas siguiendo la indica- imprudentemente, hizo la fortuna
ciôn del vidente, Balzac se d.ignô de otro.
admi tirnos por la cuarta parte â
cada uno en el reparto de aquella
prodigiosa fortuna. Una mitad le
III
correspondia â él de derecho , eomo
descubridor de la cosa y director de
la empresa.
Teniamos que coinprar zapapi- Hemos referido la anécdota del
cos, azadones y palas, embarcarlos tesoro enterrado por Santos Louen secreto a bordo de un buq_ue, verture, no por el gusto de narrar
dirigirnos al punto designado por una historieta ~xtravagante, ~ino
camînos dif-erentes para no excitar porque se relac10na con una 1dea
sospechas, y, dado el golpe, tras- dominante de Balzac: el dinero.
bordar nuestras riq_uezas â un brick. .Ciertamente, nadie fué menos avaro
fletado de antemano; en una pala- que el autor de La Comedia humabra, toda una novela, que hubiera na;pero su genio le hacia presentir
sido admirable si Balzac la hubiese el inmenso papel que en el arte esescrito en vez de hablarla.
taba llamado a desempe:iiar este

195

1

héroe metâlico, mâs interesante ~el dinero-y en La Piel de zapa
para la sociedad moderna que los tuvo el valor de representar un
Grandisson, Desgrieux, Oswald, amante intranquilo, no s6lo por saW erther, Malek-Adhel, René, Lara, ber si ha interesado el coraz6n de
Waverley, Quentin Durward, etc. aquella â 'quien ama, sino ademâs
Rasta entonces habiase limitado pensando en si tendra dinero sufila novela â la pintura de una sola ciente para pagar el coche alquil6n
pasi6n, el amor; pero el amor en en que la vuel ve â dejar en su casa.
una esfera ideal, fuera de las nece- Este atrevimiento es quizâ uno de
sidades y miscrias de la vida. Los los mayores que nad.ie se ha permipersonajes de esos relatos entera- tido en literatura, y él solo bastaria
mente psicolôgicos, no comian, ni para inmortalizar â Balzac. Fué
bebian, ni tenian casa alquilada, ni profundo el asombro, y los puros se
cuentas con el sastre. Movianse en indignaron contra esta infracci6n
un media abstracto, como el de la de las leyes del género; pero todos
tragedia. Si querian viajar sin to- los j6venes que para ira una velada
mar pasaporte, .metian en el fondo a casa de alguna dama, poniéndose
del bolsillo algunos pufiados de dia- guantes blancos limpios con goma
mantes, y con esta moneda pagaban elastica, habian atravesado Paris â
â los postillones, q_uienes nunca de- guisa de bailarines sobre la puntita
jaban de reventar los caballos â de los zapatos, temiendo mâs una
cada releva; al fin de sus caminatas leve mota de barro que un pistolerecibianles entre sus paredes, casti- tazo, compadecieron las congojas
llos de vaga arquitectura, y con su de Valentin por haberlas experisangre escribian a sus amadas in- mentado, é interesaronse vivamente
terminables cartas fechadas en la por ese sombrero que no puede retorre del Norte. Las heroinas, no novar y que conserva con tan mimenos inmateriales, se ase.mejaban nuciosos cuidados. En los momenâ los agua-tinta de Angélica Kauff- tos de împrema miseria, el hallazgo
mann: gran sombrero de paja, ca- de una moneda de cien sueldos, desbellos semi-rizados a la inglesa, lizada entre los papeles ~el caj6n
largo vestido de muselina blanca por la pudica conmiseraci6n de
cefiido al talle por una cinta azul. Paulina, producia el efecto de los
Con su profundo instinto de la golpes teatrales mâs novelescos 6
realidad, comprendia Balzac que la de la intervenci6n de una Peri en
vida moderna que queria pintar es- los cuentos arabes. âQuién no ha
taba dominada por un gran hecho descubierto en los dias de apuro,

�196

REVIDTA INTERNA.CIONAL

olvidado en un pantal6n 6 en un viste con trajes sin lujo, pero li~chaleco a1gun glorioso escudo que pios y c6modos. Los pone de pup1aparece' con oportunidad y liberta los en la casa de huéspedes de la
de la desdicba mâs temida por la «mamâ Vauquer» 6 los bace agajuventud, que consiste en verse charse bajo el_ ângulo agudo de un
afrentado ante una mujer amada techo abuhard11lado, los pone de copor un carruaje, un ramo de flores, dos en las grasien~as mesas d~ infiuna banqueta para los pies, un pro- mes figones, los vISte con tr.1Je negrama de espectâculo, una gratifi- gro de costuras grises, y _no tem_e
caci6n â la acomodadora 6 cual- enviarlos al Monte de Prndad s1,
quiera frusleria por el estilo 1
cosa rara, todavia conservan el rePor otra parte, Balzac sobresale loj de su padre.
en la pin tu ra de la juventud pobre,
iÜh Corina! Tu que en el cabo
como lo es casi siempre, ensayân- Miseno dejas colgar tu. brazo_ de
dose en las primeras lu chas de la nieve sobre tu eburnea lira, mienvida, presa de la tentaci6n de los tras el hijo _de Albion, envuelto en
placeres y del lujo, y resi~tiendo una soberb1a capa fla~ant~ y calprofundas miserias con el auxilio de zado con botas de corazon bien lus ·
elevadas esperanzas. Valentin, Ras- trosas, te contempla y te_ escuch~
tignac, B:anchon, D' Arthez, Lu- con elegant~ apostura; Co_rma, 2,q~e
ciano de Rubempré, Lousteau, to- hubieras d1cho de s~meJantes ~edos ellos han dado buenos mordis- roes1 Sin embargo, faenen una mcos a los duros beefsteaks de la vaca significante cualidad que le faltaba
rabz"osa (1), alimenta fortificante a Oswald, _Y es que viven, y con una
para los est6mao·os robustas indi- vida tan mtensa, que parece que
gesto para los :st6magos d~biles. nos hemos encontrado con ellos mil
A todos esos simpâticos jôvenes no veces; por eso enamoran con ~ocura
los aloja en buhardillas convencio- â Paul~na, â Delfina_de Nu~mgen,
nales, con cort(nillas de percal es- â la prmcesa de Cad1g,nan, a ~a se~
tam pado, con ventana festoneada iiora de Barge ton, a Coraha, a
con guisantes de olor y que dan â Esther. .
.
algun jardin; no les hace camer Por 1a época en que aparemeron
«manjares sencillos, adobados por las primeras novelas fi~madas por
las manos de la naturaleza », ni los Balzac, no habîa en el m1smo grado
que boy la preocupaci6n, 6, mejor
(1) Vacke mragée. Asi llaman los franceses dicho, la fiebre del oro; no se habia
a la necesidad. Por exigencia del simil, hedescubierto la California; apenas
mos tenido que traducir literalmente.

UNA NUEVA REVISTA ESPANOLA

]97

habia unàs cuantas leguas de ferro- sima, sin embargo, y que fué reco-earriles, cuyo porvenir no se sos- nocida mâs tarde. Stendhal, con
pechaba lo mâs minima, y que eran una especie de fatuidad desdenosa
considerados como unas especies de del estilo, decia: « Antes de escrideslizaderos llamados â suceder a bir, leo siempre tres 6 cuatro pâgilas mon tafias rusas, caidas en des- nas del Côdigo civil para ponerme
uso; el pûblico ignoraba, digâmoslo en tono. &gt; Balzac, que habia comasi, lo que boy se denomina «los prendido tan bien el diuero, descunegocios », y los banqueros eran bri6 igualmente poemas y dramas
quienes ûnicamente jugaban â la en el Côdigo: El Contrato matrinwBolsa. Este manejo de capitales, nial, donde, con los personajes de
este chorreo de oro, estas câlculos, Matthias y Solonnet, pone en pugna
estas cifras, esta importancia con- el antiguo y el nuevo notariado,
cedida al dinero en obras que aun tiene todo el interés de la comedia
se tomaban como simples ficciones de capa y espada mâs movida. En
n-ovelescas y no como serias pin.tu- Grandeza y decadencia de César Biras de la vida, asombraban extra- rotteau, la !Jancarrota nos hace palfiamente â los abonados en los ga- pitar el coraz6n como la historia de
binetes de lectura, y la critica ha- la caida de un imperio. La Jucha
llaba el total de las sumas gastadas entre el castillo y la choza, en Los
6 puestas en circulaci6n por el au- Aldeanos, ofrece tantas peripecias
tor. Los millones del padre Goriot como el sitio de Troya. Balzac sabe
daban margen â disputas aritméti- dar vida a una parcela de tierra, a
-0as, y las gentes graves, conmovi- una casa, a una herencia, â un cadas por la enormidad de los totales, pital, y los convierte en héroes y
ponian en duda la capacidad hacen- heroinas, cuyas aventuras se devodista de Balzac, capacidad grandi- ran con ansiosa avidez.
TE6FILO GAUTIER.

( C'o-ntinuara. )

�mu

UNA NUEVA REVISTA ESPANOLA

S

11)

abido es que no son muchas ac- y que acusan conocimiento de la vida
tualmente las relaciones que Eu- Intima del pueblo espaüol é igualmente
ropa mantiene con Espaüa, pais criterio exacto en los asuntos exteriores,
poco menos que aisla.do entre los pero que al mismo tiempo reYelan en su
Pirineos y el mar, llegando esta situaci6n autor escasa competencia tocante â las
al extremo de ser pro,erbial casi, y de modernas ideas rein antes, y en particuque li. lo mas raro y ex6tico lo llamemos lar respecto al movimiento cientifico y
espanol. Lo propio ocurre en el comercio los circulos doctos de Madrid. Por lo de literario y periodlstico; son escasos los mas, ningun pueblo ha influido tanto
corresponsales extranjeros en Espa:fia, y como el francés para confundir y extrapor loque hace a los diarios de este pais, viar las nociones referentes al suelo y a
sôlo uno circula por los cafés de Viena, los habitantes de allende el Pirineo, y
La Epoca; y cuenta que estos centros son hasta para entorpecer sus relaciones con
los que mas han contribuido entre nos- las demâ.s naciones civilizadas; y huelga
otros a la difusi6n de revistas y peri6di- aiiadir que de ello tiene la principal c,ùcos extranjeros, entre los cuales se dis- pa el pseudopatriotismo 6 cltau'l)inisme
tinguen los franceses por sus informes, Ide los franceses, causante taro bién de
en su mayoria frivolos é insustanciales, que suela dar· al traste la •joven Galia,
cuando no mal intencionados, siendo con su mas atractiva cualidad: el tacto.
honrosa excepci6n, casi unica, el corres- el sentimiento delicado de lo hâ.bil y lo
ponsa.l ma.drilefio de El Figaro, con sus ingenioso. Si nada mils agradable y simcartas semanales nutridas de ideas, es- 1patico que el interior, el nido familiar
critas con riguroso sentido monilrquico, ~ del francés, nada mas desapacible que el
(l) Este articula ha sido publicado en el ' francés viajando, y lo mismo exactamen.Diario eu Viena.
te pasa con su politica y sus juicios soi

''1EV.A. Rl!.Yl.STA ESPA!ÎiOLA

199

bre la tierra extranjera.: Yanidoso y or- 1dices de sus tomos, que pasan, con mugulloso, para él el resto del mundo se cho, de ciento, para convencerse de que
compone de semi-bâ.rbaros. Siquiera de no es su contenido el que tuvo la culpa
los ~bâ.rbaros de allende el Rhint habla de que se viese precisada. â. suspender su
con cierto temeroso respeto: son para él publicaci6n después de tantos afios de
los ingleses personificaci6n de una ta- ,ida. Otra revista notable parecia destilega de diuero 6 de un mostrador; pero ' nada â. llenar aquel sensible vacio: El
al tratarse de espafioles, ni aun disimula Ateneo, 6rgano de la antigua Instituci6n
el desdén. Tal afan de dep!imir todo lo madrileii.a, hoy tan espléndidamente aloultrapirenaico, 6por ventura se deberil. al jada y organizaùa, cuyo. fines son anillorecuerdo indeleble que conservan del Igos é. los del Club cientffico de Viena,
primer pais que resisti6 con éxito a la aunque le sobrcpuja en importancia, no
marcha triunfal del gran César francés? s6lo por el numero de socios, sino por su
El espafiol, por su parte, sien te en lo mayor significaci6n en la totalidad de la.
mas vivo el proceder de sus vecinos, y de vida nacional, pues al A.teneo pertenecen,
algûn tiempo acâ. trata de emanciparse casi sin excepci6n, los hombres ilustres
de su influjo predominante y de la con- 1que brillan en todas las esferas intelectuacurrencia que le hacen en casi todos los les; revista. que, tomando por punto de
terrenos, asi como de sacar las conse- partida los debates de aquel centro, foco
cuencias de esta nctitud. Entre los esfuer- natural de los intereses cientificos, de la
~os realizados en tal sentido, merece no- literatura y de las artes, debia aspirar a
tarse la fundaci6n de La .Espa'iia Moder- reunir en sus trabajos lo mas selecto de
na, cuyo primer cua.derno lleva reciente la cultura humana y sus progre.c;os denfecha, y que por las indicadas circuns- 1tro, claro esta, de la esfera intelectual de
tancias y los risuefios auspicios que pre- 1la naci6n. Tampoco se e:x.plica satisfacto,,iden é. su nacimiento, es publicaci6n que riamente el c6mo no pudo sostenerse sino
ao debe pasar inadvertida para los ex- pocos meses revista que parecia llamada
tranjeros amantes de la cultura espaiiola. é. tan lucido porYenir.
No es que, en rigor, hayan escaseado Tomado en cuentu el apreciable movien Espafia las revistas literarias y cienti- miento intelectual de Madrid, por sus
ficas: en corto tiempo han apa.recido la Academias de Ciencias, de Bellas artes,
/l,81)ista espanola, la Revista àe Madrid, E ·cuelas de oficios y socieda.des doctas,
la Re'/J1·sta de ciencias, la Rmsta à,e bi- amén de una producci6n literaria que
bliotecas, arcki,;os y museos, todas ellas I s6lo al conocerla se puede apreciar debicon amplisimos horizontes, con nutrida. damente su mérito; Yiendo una poblaci6n
y provechosa lectura; el Anuario del tan aficionada al espectàculo teatral que
cu-erpo de Arckit:eros, con idénticas exce- \ con la mitad de habitantes que encierra.
lencias, y algunas mas. La. que logr6 Vienai sostiene doble mimero de teatros:
existencia. mas duradera. fué la R('//)ista I donde se agitan las cuestiones politicas y
de Espatia, y basta una ojeada a los in- 1sociales mus que en el resto de Espaiia y

�,.
200

REVISTA INTERNACIONAL

con una viveza y ard.imiento de que ni otros estimamos poco porque no la. conosiquiera. tenemos idea aqui en A.ustria, cemos. No; la causa verdadera de que
no es fâcil adivinar por qué faîlecen las I deba luchar al.if con tan graves dïficultaRevistas, â. pesar de sus excelentes condi- des una Revista literaria y cientifica, esta
oiones de estar madnramente meditadas en la fabulosa exuberancia, en el monoen el fondo, escritas en forma esmerada, 1 polio de la preusadiaria, en el afan delos
a diferencia de los peri6dicos diarios, que lectores por los ext.ensos telegramas que
por su efimero caracter pneden aspirar â 110s peri6clicos le ofrecen en sus ediciones
tanta perfecci6n.
de la mana.na, de la tarde y la noche, y
Decia en cierta ocasi6n Castelar-el ~ci- 1que no bas ta â satisfacer, por las ine,icer6n espaiioh&gt;, segun por antonomasia tables condiciones â que se sujeta la rese le nombra-que los espafioles de hoy vista trimestral ni aun la mensual, con
prefieren escuchar a leer; que se impre- sus reposados é interesantes trabajos. Es
sionan mas con la palabra viva, percibida decir; se atiende unicamente al minutero
directa y gratamente por el oido y la ima- del reloj intelectual del pais, sin mirar siginaci6n, que con las letras inertes del quiera al horario.
escrito 6 del impreso, incapaces de exciA.hora bien; ï,aceptara el combate y
tar en tanto grado el entusiasmo de las j triunfara en él La Espana Maderna, que
gentes neolatinas. Y tiene raz6n Cartelar tan digna de recomendaci6n y encomio
hasta cierto punto: la coodici6n primera consideramos'? En rigor, es publicaci6n
del hombre que ha de influir en el publi- que ya cuenta algunos afi.os de vida, s6lo
co y quiere ser considerado como repre- que hoy ostenta su cubierta anaranjada
sentante de la publicidad misma, son las un titulo nuevo, cosa en verdad que no
dotes oratorias; por eso no es hiperbc'ilico me parece bùen presagio. En cambio, ha
el comparar los circulos literarios de Es- tenido la suerte de asociar â su empresa â.
pana con los ingenios atenienses, que ya un hombre capaz, por sf. solo, de consolise sabe ejercian acerada. criticasobre sus dar la exfatencia y prosperidad de cualoradores, tanto del agora como de la es- quier empresa cientifica. Podemos comcena. En efecto; con igual 6 mayor inte- parar su figura a la de dos ilustres alerés que si se tratase de un asunto de .Es- manes reunidos en una sola persona y
ta.do, se juzga y examina en Espafia el trasladados al suelo espaiiol: Guillermo
discurso que acaba de pronunciar en las Scherer y Juan Janssen; sôlo a.si formareCortes; analizase como con escalpelo su mos idea de_l doct-0 académico y profesor
construcci6n; discutese la exactitud de la de literatura espafi.ola en la Universidad
frase, el empleo de los t6picosy galas ora- de Madrid, D. Marcelino Menéndez yPetorias propias del asunto. Pero no alcan- layo. Es de aquellos seres privilegiados a
za la frase de Castelar al fondo dela eues . quienes ha sido otorgado el don de que
ti6n; de ser asi no se halls.ria en Espaii.a sus grandes facultades naturales, unidas
la bella literatura en el estado y a la al- b. admirable aplicaci6n é inquebrantable
ura que a.lcanza realmente, y que nos- per.severancia, no sufran el dafiino y per-

l

U~A NUEVA BEVlSTA. ESP.ANOLA

201

turbador influjo exterior ni los apuros de! un cristiano patriota, a quien-y en esto
la. di'i'a 'Ditm necessitas. Ya casi, desde se asemeja â. mucbos de sus compatrioni.iïo, lleg6 a fijar la atenci6n general pro- tas-nada repugnaria tanto como ciertas
fundizando los mas arduos problemas de atrocidades cometidas por otras naciones
la literatura clâsica y la nacional; por engreidas que acostumbran sonreir con
eso, siendo joven todavia, ha podido gus- lâ.stima ante el pueblo espanol, «todavia
tar en toda su extension los frutos que· no llegado a la madurez».
s6Jo tarde, muy tarde, suele alcanzar el
Ha probado Menéndez y Pelayo que
trabajador en el campo de la ciencia, cabe poner la literatura y la ciencia essembrado de abrojos, como iguahnente pa:iiola al nivel mas alto que conocen los
fijar la atenci6n y capta.rse la admiraci6n pueblos cultos, por medio de una stlbita
de todos los hombres cultos de su patria, y decisiva restauraci6n; y claro esta que
ouando en oposici6n publica y despertan• desde el momento en que toma parte imdo vivo interés entre lo mas selecto de la portante en los trabajos de determinada.
sociedad madrileùa, gan6 victoriosamen- Revista, de nueva creaci6n, ha de imprite la câtedra de literatura espafi.ola. que mir a esa obra el sello de su espiritu, y
habia dejado vacante la muerte del an. que en torno del caudillo habran de agruciano y sapientisimo profesor A.mador de parse, a guisa de estado mayor, otros
los Rios.
muchos jefes del ejército de pensadores
No se vieron defraudadas las esperan- y literatos.
zas que en él se cifraran; cumpli6se el
Sin género alguno de violencia, sin ne•
hor6scopo segun el cual aparecia como cesidad de programa ni glosas, merced
majestuosa personificaci6n del saber na- unicamente a la elecci6n de materiales y
cional, y asi lo prueban sus obras Los â .su contenido , trata La Espano, MoReteroào:oos espaii,oles (ya en su segunda der,na desde sus primeros mimeros de
edici6n), la Historia de las iàeas estéti- plantear la tendencia que se propone secas en Espana y La Oiencia espanola, en- guir, verdadero estandarte que en sus taciclopedia bibliografi.co-critica, sin con- reas ha de guiar a todos sus ilustres
tar docenas de opusculos varios 6 libros colaboradores, a saber: el progreso integruesos, entre los cuales forma época el lectual de la naci6n, basa.do sobre el proestudio en dos tomos: Horacio en .Espafia. pio trabajo patri6tico, asi como la estima
Es Menéndez cat61ico sincero, animado debida a todo cmrnto a él contribuya con
del proposito de enseiiar y demostrar que sentido imparcial. Corno deciamosalprinno es posible arreglarlo todo con s6lo el cipio, es fücil comprender que tal prodogma y los cânones ; pero al m.ismo grama envuelve uoa ta.cita polémica contiempo un cristiano para quien es como tra el vecino pais francés, y en realidad
segunda na.turaleza el clasicismo, el ele- no se ven ya en La llspana Mode1rna las
vado sentimiento de las formas, y al mis- traducciones francesas antes indispensamo tiempo dotado de una facultad deli- bles, ni el influjo decisivo de la literatura
cada para discernir lo mesurado y moral; galica , al menos en lo que afecta. al ca-

�202

REV16TA INTERNACIONAL

No intentamos resefiar todo su conterâcter general de la Revista. En cambio,
puede inferirse de las declaraciones mis- nido en sus varios aspectas, porque mumas de D. Marcelino Menéndez, que se cha parte de él hâllase. lejos de nuestra espropone aquélla trabar relaci6n directa fera de estudios, y debe reservarse para
con los paises donde se hable el idioma los que se consagran a las especialidades,
aleman y estudiar su producci6n intelec- dejando la ancha via de la comûn y getual, demostrando asi el justo reconoci- neral cultura por los fatigosos senderillos
miento hacia un pueblo que, antes que de la erudici6n: nuestro prop6sito es ocudesdefiar lo extranjerD, puede ser acusa- parnos solamente en las cosas de primera
do de estimarlo excesivamente. La Re- magnitud, en aquello que revela la cavista llegara, pues, a ser conocida en racteristica del moderno espiritu espaftol
Alemania y Austria, y por muchas razo- y a cuyo conocimiento invita aun a los
nes es de desear que su empefio se vea que, como nosotros, vivimos alejados de
coronado de éxito, pues de nuestra parte él; todttYia con esta limitaci6n hay amtenemos en la tierra espafiola mas inte - plisimo campo en qué moverse.
Presenta con justicia, a la ca.beza de
reses a que atender de lo que en general
todos
los epigrafes, una rica joya literase cree, principalmente por lo que toca
al conocimiento de la situaci6n del pais ria. Tal es el comienza dela novela Adan
mismo. En este punto es de muy prove- y Eva, por Emilia Pa:rdo Bazim. A. su auchosa lectura el nûmero presente de la tora, por mas que aun sea poco conocida
Revista, y habremos de permitirnos exa- entre nosotros, se la estima en Espa:iia,
minar circunstanciadamente su notable conceptuandola una de las primeras figusumario, y en particular lo que pertene- ras que verdaderamente cosechan los lauce a la pluma de su primer colaborador. reles del escritor; y a esta representaci6n
suma otra, pues es la mas elevada personalidad de su sexo, que con la propaganda del hecho de:fienden su derecho
a la emancipaci6n en el terreno literario. Bastara, para dar idea de la im})Ortancia de la sefiora Pardo Bazan, recordar que se pens6 seriamente en proponerla
para un sill6n en la Academia
Con sumo acierto se propuso la redacci6n de La JJ,spana Maderna presentar en Espafiola, asi coma mâs tarde se trat6 de
su primer nûmero un sumario tan abun- dar ingreso en otra Academia, la de la
dante como variado, de suerte que pudie- Historia, a otra ilustre dama, una duquese ofrecer algo de alto interés para todos, sa que public6 documentas preciosos saasi para los amantes de la literatura,, de la cados del A.rchivo de su gloriosa casa,
historia. y de la arqueologia, como para con eruditas explicaciones, y ofreci6 li.los
aficionados a la politica, la lingüistica y sabios la grata sorpresa de una notable
colecci6n de aut6grafos relativos a Cohasta a las oiencias exactas.

UNA NUEVA REVIl!TA ESPANOLA

16n. Al presentarse otra aspirante a la
Academia de Ciencias morales y politicas, la sefi.ora Arenal, hubo que deliberar
sobre la cuesti6n de si podian tomar
asiento bajo el dosel de la ciencia aca.démica las mujeres, una vez que &lt;(estaba ya
justifi.cado su puesto hist6rico» como soberanas, y aun coma caudillos en el campo de batalla, etc., etc. En aquella sazon
public6se un folleto ingeniosisimo y lleno
de sal atica~ Las Mujeres y las Acatlemias, de Eleuterio Filogino, el cual proponià instituir academias mixtas, alternando la elecci6n entre hombres -y mujeres, y haciéndoseprimeramente laprueba
de si con el infl.ujo del bello sexo padecia
6 no la dignidad de los sabios encanecidos en el estudio y la investigacicin de la
verdad. Produjo sensaci6n en Madrid
aquel escrito, excitando la hilaridady por
tanto ganandose las simpatias de los lectores.
Sin pretender rasgar indiscretamente
el velo del seudonimo, indicaremos la
circunstancia, interesante para Vïena, de
que el desconocido amigo del sexo débil
ocupa en ésta un lugar honroso entre las
personas que representan â las potencias
extranjeras. Mas volviendo a nuestro
examen, es claro que no cabe formular
un juicio completo sobre la producci6n
ultima de la académica in spe hasta que
la novela Adan y E1;a esté terminada.
Lo que si puede anticipar.se es que el comienzo promete grandes bellezas ( aunque el relieve de las descripciones quizâ.
sea excesivamente acentuado) y que acusa un espiritu de alto vuelo ( aunque es
lastima que se incline tanto hacia la
eseuela naturalista). El que dude no

203

tiene sino leer atentamente el prefacio
mismo donde se satiriza y trata desenfadadamente lo mas sagrado; y precisamente ha de dolerme el consignar este
cambio en dofia Emilia, porque la conozco_y admiro como poetisa lirica de
sentimiento delicado, y porque he tenido
el placer de escuchar sus lecturas en el
Ateneo, donde fascin6 a lo mas escogido
de la sociedad madrilefia por la profundidad, claridad y calor de su prosa. Mas
lo que es împosible perder en un talento
tan indiscutible como el de la Pardo Bazan, el vigor de intuici6n, el vuelo de
aguila de sus pensamientos, la elocuci6n
deslumbradora, la musica del lenguaje,
todo se encuentra reunido en la ültima
producci6n de nuestra escritora. i A.h, la
mûsica de su palabra! Este es el mas precioso legado que los espaii.oles de hoy
han recibido de su.s maestros en la «lengua de Dios», y que es de esperar conserven inc6lume para sus descendientes.
Poderoso atractivo ejerce el titulo del
trabajo que sigue, firmado por José Echegaray, y que se titula Los Ea:plosivos.
Tiénese hoy a su autor por uno de los
primeros poetas dramaticos modernos de
Espa:iia, quiza el primero; sus obras se
han insinuado hasts en la escena alemana; bien conocidos son los efectos arrebatadores de sus dramas, ninguno de los
cuales tiene mas desenlace que el trâgico, como si no hubiese en la tierra piedad
ni compasi6n, sino s6lo calamidades,
desastres y asolamientos. Lo que no saben todos es que por su profesi6n esta
Echegaray consagrado a los estudios técnicos, y que goza de gran autoridad en

�UNA ~'UEVA REVIBTA ESPANOLA

204

kEVlSTA lNTERNACIONAL

Espafia como ingeniero y matematico.
Véa.3e por qué es maestro en el arte /11,l,..
minante desùe ambos aspectos, el ideal y
el materiul; sus recientes aforismos explosivos-pues realmente son pensamientos sueltos los que presenta-tratan unicamente del panico, del terror que los
petardos infunden en la sociedad.
Dejando aparte otros trabajos igualmente caracteristicos, como el del conocido cervantista José Maria Asensio, sobre JJon Quijote, el de Eduardo Ibarra
sobre la conquista de Melilla en 1497, y
de César Sili6 acerca de las cuestiones
sociales de actualidad, ciérrase este cuad.ro arm6nico de la vida entera con el articulo cientifico a nuestro J'uicio mas
' el m'unero, escrito' por
importante de todo
l[enéndez y Pelayo, director facultativo
de la nueva empresa. Titulase JJon José

Es la biografia de un sabio hecha por
una inteligancia igualmente genial y que
puede justificar en su trabajo los altos
fines que le muenn Hay en ella perfecto
concepto de la cultura humana, de la labor cienti:fica; profundo conocimiento de
aquella importante personalidad, en si y
con relaci6n a los progresos contemporaneos; sejiâ.lanse clarnmente los puntos en
que se destaca con todo relieve la figura
de su biografiado, visto por todas sus fases; nada de superfluidades aquellas minucias que se complacen en rebuscar los
bi6grafos modernos, ni de esos detalles
euf6nicos que en ,ez de ilustrar perturban. Bien clara y significati-ça. prueba de
c6mo ha penetrado Menèndez y Pelayo
en lo fntimo de su ilustre amigo, e~ la
pregunta que en primer término se dirige, y que seguramente nace de lo mas
Ma1'ia Quaà;raào, S'ltviàay sus escritos. hondo de su alma. tC6mo se explica que
Quadrado es de la profesi6n misma de su IQuadrado, el cual analiza y registra la
bi6grafo, por mas que es düfcil determi- mitad de Espafia en sus obras hist6ricas
narlo asi en concreto; es el representante y arqueologicas, que se ocupa con tal
de una cultura universal, que en Alema- acierto en las cuestiones politicas y sonia, el pais de las especialidades por ex- ciales, que continûa el trabajo de Bossuet
celencia, ya va escaseando mucho; de sobre la historia univer.sal, y no terne
una poligrafia, en el buen sentido de la emprender con afortunada mano el retopalabra, que ha sabido mantener la con- que de los dramas mismos de Shakesciencia antigua del intimo encadena- peare; que al par de Balmes, esa lummiento que existe entre todas las artes brera de la controversia teol6gica, toma
liberales. Es historiador arqueol6gico y parte principal en las candentes cuestioestético; como buen espanol ha revuelto nes religiosas cuando son precisamente
también la teologia, la politica, y sobra mas graves las circunstancias; el homa:ôadir que la poesia. Menéndez es, hasta bre, capaz de redactar y editar por si
cierto punto, émulo suyo, pero le ha so- solo dos peri6dicos a la vez-c6mo es que
brepujado, y no deja de ser espectaculo pasa inadvertido para sus coetaneos al
conmovedor ver cômo el eminente joven bajar ya lapendiente de su fecu:ida vida,
otorga la palma al venerable y anciano cual si fuese una sombra, un inutil'? Memaestro.
néndez y Pelayo declara que no conoce

I

otro oaso semejante en toda la historia de I tan lejos de los apasionamientos de cualla Jiterntura.
quier e-,cuela, cuanto del pseudo-patrioy quiza no lo haya en la naci6n espa- tismo, y, por ultimo, arte soberano en la
iiola, que, dicho sea en loor suyo, no re- narraciôn, sin el cual caera al nive! de la
gatea el reconocimiento de que son clig- mediania en la historia mas discreta, la
nas las al tas inteligeucias que la honran, 1mas imparoial y de mayor solidez de
como tampoeo, y esto importa mas, los base. Las tres condiciones encuentra remedios de estimularlas a superiores pro- ,• unidas en Quadrado del modo mas feliz.
cedimientos. Mas en el fondo, y esto lo Es Quadrado de aquellos hombres que, en
indica el joven académico, existe entre una época que estimaba poco menos que
la actividaù del infatigable sabio que indigestos mamotretos los documento.s
pasa los mejores clias de su vida en for- ' de la mas respetable antigüedad ( casa no
zoso aislamiento, y el traqueteo de la exclusi:va de Espa:iia), no s6lo poseian enmultitud que corre tras la fama escu- Itera convicci6n-y la declaraban- reschando los sonidos de su trompa, un in- pecto al imprescindible ,alor de la insondable abismo que permanecerâ abierto vestigaci6n documenta!, sinoque lo demientras haya santuarios de la cienoia mostraron efectivamente con trabajos
que contemplar. En ultimo térrnino, el propios de esta indole. Duran te medio sigrau juez, el mas justo de todos, la his- glo los continu6 Quadrado en un terreno
toria, no le niega los bien merecidos lau- inexplorado casi, de lo cual es fa.cil inferos; mas tarde 6 mas temprano, aquella rir que llegase a dominar, como ninguno
figura que en su campo ha trabajado in- ! domin6, antes ni â. lavez que él, la biscesantemeute, hallasu dignificaci6n. Me- toria de Espaiia, partieularmentela catanéndez y Pelayo ha demostrado (comple- lana. De aquel persistente estudio en los
tamente a nuestro juicio) que Quadrado archivas, fiuye por modo natural un criobtiene el respeto y obtendra la gloria; terio libre de toda prevencion, cual se
Quadrado, como dejamos clicho, ha pro- halla en sus escritos, Es un hombre crisducido excelentes obras en di versos te- tiano, algun tanto romantico, lo cual se
rrenos, ya en los de mas caracteristico deriva espontâ.neamente del estudio del
matiz local, par ejemplo, el politico y el arte y de la historia medioeval; mas con
religioso, ya también, y en no menor es- todo eso no sale del mundo terrestre, no
cala, en aquellos que despiertan general impngna su pluma la creencia mistica ni
interés, a saber: en la historia, y, espe- la teocratica, y evita toda confusion y
cialmente, en la arqueologia. Tres son las mezcla del cielo y la tierra.
cualidades que exige Menéndez y Pelayo
Coïncide con esto juntamente un estilo
al historiador como imprescindibles: co- enérgico y claro , una vigorosa facultad
nocimiento cabal y extenso I bien ordena- descriptiva, merced a la cual representa
do, del material, asi en sus minimes de- 1plasticamenteel objeto de su exposici6n y
talles como en la concepci6n total; inde- cumple asi las exigencias del lector cuanpendencia y precisi6n de juicio, colocado \ do quiere, no s6lo oir contar, sino ver las

I

I

�206

U~A NUEVA REVI8TA ESPANOLA
11.EVIBTA lNTERNACIONAL

cosas. Dicese esto, en primer lugar, de Imas extensos horizon tes que ellos, puesto
sus trabajos arqueol6gicos, que no vaci- que podia desde luego apoyarse sobre lo
!am.os en califi.car como los de mayor que aque1los hicieron, tampoco oscurece
mérita, por lo cual diremos alg·unas pa- · la personalidad de Quadrado el prestigio
labras mas acerca de ellos. El nombre de de los colaboradores que en uni6n suya
Quadrado va unido de modo imperecedero aportaron a la gran obra un trabajo ina una de las obras mas sobresalientes de teligente y lleno de originalidad. Rasta
la arqueologia espaiiola, Recuerdos y oe- nos sera licito exponer nuestra opini6n,
llezas ile Bspana, donde se describen, quiza demasiado indivîdual y subjetiva,
provincia por provincia, minuciosamente de que es superior a la del mismo Quacuantos restos not~bles h~ legado la Edad drado la colaboraci6n de otro de los esMedia, aunque sin omitir los usos y cos- critores de los Recue1·dos: aludimos a don
tumbres de cada uno de aquéllos, ni las Pedro de Madrazo, el sabio é ingenioso
obras del arte moderno, constituyendo critico de bellas artes, el primera seguasi una especie de pendant, algo anticua- rameute que Espaiïa puede ostentar hoy
do, de nuestro popular libro.Aust?-io,-Hun- dia.
gria descrita con 11luma y con lrl_piz (l ).
Sea como quiera, tendra siempre QuaRace Mené_ndez y Pelayo resaltar con la drado el mérita inmarcesible de haber
debida justicia los méritos de Quadrado tomado parte importantisima, y que ha
en la composicion de aquella obra, donde de formar época, en el renacimiento arse estudian las regiones de Asturias, queologico de Espafia durante la actual
Le6n, Castilla la Nueva, todo A.rag6n Y centuria, renacimiento que no s6lo ata-la mayor parte de Castilla la Vieja y las iie ala investigaci6n y juicio critico delos
Baleares, aunque quiza va demasiado monumentos antiguos, sino que empelejos al ponderar estos trabajos, siendo zando ya a formar parte de la cultura
éste el unieo punto en que nos sea 1icito popular, ha contribuido a despertar y
ponernos frente a tan respetable autori- mantener el respeto hacia las joyas de
dad como la de Menéndez. Cierto que los tiempos anteriores y a ejercer el moralimannales de Jordy Bourgoing, muy usa- zador in.fl.ujo que ha sido siempre el obje dos hoy todavia, dejan mucho, muchi- tivo ultimo-de las investigaciones arqueosim.o que desear; pero lo es también que 16gicas: aprender, en suma, de las granno llegô Quadrado a hacer otro tanto sin dezas del pasado, y acomodar a ellas el
género alguno de preparaci6n.
presente con senti do prudente y discreto.
Asi coma seria rebajar la importancia No hay pueblo tan afortunado como el
de un Ambrosio de Morales, de un Enri- espafi.ol en cuanto a la posesi6n de rique~
que Fl6rez 6 de un Jaime Villanueva zas legadas por la antigüedad; el extranpretender negar que Quadrado divis6 jero, de cualquier pais que proceda, siéntese poseido de una admiraci6n no exenta de envidia, ante la grandiosidad y
(1) Oesterrcich: Unpam in Wort-iinà Bild. abundancia de monumentos de arte que

207

por doquiera se ofrecen en aquel pais a inmensa, easi inagotable materia. Abrisu veneracion Y recreo.
gamos la confianza- de que es segura
Fué verdaderamente feliz idea la de garantia la direcci6n de la nueva Revispresentar ante el publico el tema de las ta-de que habrân de lleg:ar a nosotros
g_randezas de Espana, con ocasi6n de n.uevas produceiones, no menos acreeb1ografiar una personalidad tan impor- doras a encomio que la presente, y que
tante en este respecta, y de comenzar / surjan del mismo campo cienti:fico.
con esa simpatica figura el examen de la
DB. RODOLFO :BEER.

I

�.
INDICE
,

.;:;;,;,, Z.,00,, pot G. de Maupassant••••••.•....•........•.........•
~ 4, Q«rlOI I [, p,r Prospero lrlerimée. . . . . . •.....•.••.••••••

';,,}I_I (Jo'/Jdr41, por Catulo lrlendés. • • • • • . • . • • • • . . . . . • . . . . . • . . . • • ••
;/Ja, • ~ • pot Francisco Coppée ••.••••.•••••.......••..••.•.•

JII Jlot,l d, CapulocÏ&amp;, p01' Teodoro de Banville •••••.........•• ••

M.,_,. Jfago,por Carlos Baudelaire. • • • . • . • .. . • • • • . . . • • • . .. . •
-w~ IJ,tlrly el Porilit1int0 (conclOBion), pot E, Caro, .•.•.....•....••

-,. pdAr• 8,nd8&amp;Î8, por Edmundo y Julio de Goncourt. • ••...•••
• ,.,,,.,_ (continuaci6n}, l)OT el Conde Leon Tolstoy••...•.••.•••
~ ù B"lw:, por Teofilo Gautier••.••.•.•••.•.••..•.•••.•••
bu ..,.. r,oilla ,~aol•, pot el Dr. Rodolfo Beer ••••...••.••••••

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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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        <name>Carlos Baudelaire</name>
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        <name>Hotel de Capadocia</name>
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                    <text>LA PLUMA
Erasmo Buceta,-El entusiasmo por España en algunas románticos ingleses.De la •Revista de Fil. Esp., Madrid. Sucesores de Hemando.
Erasmo Buceta, nuestro colaborador dilecto y profesor de español en la
Universidad de California, estudia en este opúsculo la relación de simpatía
que las «cosas de España, despertaron en algunos románticos ingleses: Byroo,
Sheridao, Landor, Southey, Wordsworth, Walter Scott Coleridge, Wilson
Crocker, Thomas Campbell, Shelley cTodas estas grandes figuras de la literatura inglesa de la época aparecen, como se ha visto-dice-, mencionadas
aquí. Se observa claramente que todas ellas-no ob!;tante la gran diversidad
de su temperamento y puntos de vista -sintieron entusiasmo vehemente por
España. Y este ardor, esta emoción, este entusiasmo, fueron acaso motivados
por la atracción que en todos los románticos ejercieron los viejos temas de
nuestras literatura e historia; pero, por encima de todo, fué factor importantísima la simpatía política producida por los dramáticos acontecimit:ntos de di•
vnsa significación que tuvieron lugar en la Penínsuia en el primer cuarto del
siglo xrx, es decir, por la guerra de la Independencia y las luchas civiles por
la libertad ,
Con sagacidad y donosura, pone de relieve Erasmo Buceta la manifestación
en los sucesos políticos de entonces, de las virtudes heroicas ¡:-or las cuales el
romancero y el quijotismo españoles transcendían, a ojos de los románticos ingleses, de la historia literaria a la realidad. De la misma manera que en este
folleto la erudición del profesor se adornd de bonísima gracia literaria.

* * *
Nicolás BeauduJn.-Les enfants des kommes·-Mystére,-París. J. Povolozky
et Cíe. ed.
c .. desde hace algunos años, vemos que nuevas aspiraciones levantan el es¡
pfritu de los creadores selectos. En primer lugar, la de rehuir la vulgaridad de
teatro en versos tradicionales, creando de nuevo en la escena una •atmósfera
de poesía pura, de dramatismo transcendente, volviendo a la tradición del arte
grande y eterno, de Esquilo, de Shakespeare, de Goethe y del Hugo de J.,os
Burgraves,, dice el poeta Beauduin en la nota preliminar a su misterio de Les
enfatzts des lzommes.
El propósito no puede ser más noble. Y por mejor restaurar el concep~o de
teatro, venido tan a menos con el industrialismo del boulevard y sus múltiples
sucursales en el mundo entero intenta la tragedia de nuestros primeros padres bíblicos, gobernados por la.lucha fatal entre las potencias celestiales y las
del infierne.
Digno de expresión retórica en todo momento, adolece quizás el po_ema de
falta de interés dramático. Con todo, no deja de tenerlo para los cunosos, y
más aún, para los propulsores de la tendencia de que han sido an_unciadores
Maeterlinck y Claudel, Georges Polti y Saint Paul Roux, )'. más recientemente
Gide, Suares y el lituano Milosz, tendencia para~ela, en cierto_ modo, a la dt&gt;l
teatro de Valle-lnclán, si bien nuestro don Ramon haya obtemdo desde luegouna realización muy superior a la de sus casuales congéneres.

C. R. C.

AÑO I \'.

1

MADRID, JUNIO 1925

NÚM. 37.

LA QUINTA DE PALMYRA

&lt;•&gt;

(Continuación.)

m

a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les
convenía. Todo iba a retroceder.
- Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
- Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
-¡No tanto!-dijo Samuel sonriendo-. A lo más soy un marinero despierto y animoso.
Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con
aquel nuevo caballero al lado, de que era calvo, y que, por lo tanto.
debía tener la marrullería que ella achacaba a los calvos, su aire de
hombres de mundo un poco cínicos, como si sus pensamientos se
creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo tanto, estuviesen en el deber
siempre de afrontarlo todo con demasiada suspicacia.
Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de
aquel hombre a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con
OLVÍAN

(1)

xxvn

Véanse los números 34, 35 y 36 de Lt. PLUMA.

�LA PLUMA
una mujer desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de
esa sorpresa inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquellas que lo probaron mucho.
Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana
desde más temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que tenía curiosidades que había que saciar, llevándole a la ventana y haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana, que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran al ser comidas la neta impresión del
terrenal mundo que se contempla, en plena alegria toda su materia
y sus éteres.
Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como
se rizan los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los
días, salió con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer
desayuno.
«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud
y de quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas•-pensaba Palmyra.
Samuel andaba por la terraza como viajero de trasantlántico, con
cierta inseguridad aún. Se asomó a la balustrada de la terraz I como
quien se asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas frenéticas de infantilismo mañanero.
-Cantan su perfume como coros de colegio de niñas, en los hosannas de la mañana-dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo
de playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas
al medio día, cuando estaban hartos del sombrío comedor.
-Parece que has puesto al cielo traje de baño-dijo Samuel, refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azul en círculos concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas
de salón de los aviadores ..

LA PLU .\ 1A
-Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol
-contestó Palmyra.
-Como que es el pabellón de las buenas mañrnas, sólo de las
buenas mañanas-repuso Samuel.
El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado uno1 mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida
que brotaba después de haber sido propietario de una linda mujer,
mucho más encantadora que «la otra•. Lo que no digería, de lo que
no acababa de poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo
en vez de preámbulo ... Era como si el día comenzase por el ocaso,
por lo realizado, en vez de comenzar por el rosicler.
No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La
mañana entera aterrizaba en la terraza.
Desayunaron. Él se sentía person~je un poco inverosímil de una
estampa que había soñado alguna vez. Así había visto él la ;lustra- •
ción más viva de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con pájaros posados en el barandal...
-Mi estancia aquí-dijo Samuel queriendo foclarar la verdad de
lo que seutía-es como si náufrago feliz me hubiese despertado en
una isla encantada ...
-Con tal de que pienses siemrre eso-dijo Palmyra con su más
rogativa entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del
«siempre• , que hizo que Samuel mirdse con cierto susto, con
aquel recelo inevitable, con aquella cosa de cogido que quiere escapar.
Se hizo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con
manteca en la palma del pan, pareciendo después como si quisiera
afilar el cuchillo en la reconfortante maculatura.
-¿Es que todos los amores son de travesía~-preguntó Palmyra
con cierta incongruencia y para sor;1renJerle con la pregunta.

�LA PLUMA
-¿Cómo, qué quiéres decir?-intervino Samuel, envuelto en la
mentira de la embriaguez y del hospedaje desinteresado...
-Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de
vivir, y, sin embargo, temo que te ausentes-replicó con sumisi611
Palmyra.
-Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa
de la dicha hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no pueden escaparse nunca, no tendré otro traje más que
el pijama...
.
-No, ¡qué horror!. .. Aborrezco el pijama... Todo hombre ~n pijama es trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de
teatro galante ... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, ~ue no han
podido menos de usarlo también las mujeres, que en su:5 ~uegos con
los hombres jugarán a la ambigüedad, por más que lo d1s1mulen.
-Pues retiro lo del pijama.. -1
En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de mariposas. No se sentía ninguna impaciencia alrededor. El
apartamiento arcádico de Portugal se sentía en rededor.
Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era
judío no se había dado cuenta de nada y le h_abía recibi~o con m~nagnimidad queriendo mostrarle que no hab1a en ella m la más m1nima rencilla contra su raza, ahora recapacitaba y pensaba en que la
idea de errante va unida a la idea de judío, y pensaba que había escogido más e_xprofesamente que nunca al que había de huir indefectiblemente.
El pronto de la huida de Samuel sería más subitáneo que _en _los
demás. Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equ1paJes.
Se había quejado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse
de un camino para tomar cualquier otro, por su condición de errante.
Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, Y la lucha

LA PLUMA

•

1

contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo
contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico, invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa,
porque hubiera parecido brotar de la raza.
Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.
Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía
ya la voz del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al señorito?&gt; «Si, se le ha visto cruzar la Quinta corriendo a
todo correr&gt;, y como en medio de esa pesadilla en que se despierta
la voz, dijo Palmyra a Samuel en voz al ta:
-Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me acabo de arreglar...
-Yo no... No me muevo de la terraza ... Nunca me he sentido tan
arraigado como hoy ... Me parece como si la terraza estuviese cimentada sobre una pirámide incrustada del revés de la tierra.
-Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días ... -dijo
Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda
pinzado como esos cigarros o esos claveles que se ponen así los chulines.
La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo de una
mujer que acepta al turista que se queda, al nuevo copista que se
preparaba a hacer la misma copia que tantos otros con igual pasión.
Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a
todo enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le
dan un número.

XV
OTRA RETIRA DA

Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de
él, no para gozar el placer que se infunde en el mundo después de

�LA PLUMA

LA PLUMA

brotar en el hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un
último gesto sórdido en que se concentraba mucho y escondía el
placer que conseguía.
Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué
disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es
que fuese de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la desconfianza y la prevención en vez de en los demás.
Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente
de sus hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia,
y eso le hacía un poco antipático, como si llamase a intervenir en
sus amores con Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros terribles y rencorosos, con convenciones
especiales a las que debieran obedecer.
-Porque mis hermanos de Salónica...
-Porque mis hermanas de ...
Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que
le hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra con nostalgias fortísimas.

* * *
Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y
de plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde
en que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón
Siglo XJx, estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en
que caería sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y
sus persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como
un hombre, había envuelta una especie de maldición gitana. «¡Que maldecido y perseguido te veas por judío si me abandonas!• No había vez

e

..

que no se dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con
los párpados y los dientes apretados unos contra otros, en tensión
rabiosa y obcecada.
Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como
dispuesto a contarla una nueva vejación de las que había sufrido.
Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos
en la hora mejor del idilio, al atardecido.
En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno, porque la humedad y el olor a humedad era de lo que la resultaba
más refrescante. Aquella humedad era tan grande que levantaba las
hojas de la pared.
- ¡Qué sabroso es este Salón Siglo x1x! Me deja un mayor anhelo de tu carne-la había dicho una vez el huido Armando y Palmyra no se había olvidado de la frase.
-En este salón-la dijo Samuel- tu blusa de seda es un incitante. En este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y
se ve que aún rescoldan sobre los sofás ... Eran de los que no se
acostaban, de los que lo hacían todo muy abrazados sobre los
sofás ...
Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa impon~nte que había en los otros salones del palacio, llenos de un aire
demasiado suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los
amantes.
Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo
en los besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en s us besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad,
pues muchas veces en esos torvos silencios se .prepara el arrebato del amor.
Impaciente Palmyra, le preguntó·
- ¿En qué piensas?

�LA PLUMA

-En que te llevaría a un viaje...
-¿A un viaje?
-Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le ponen sucios los fondos ... Si pudiésemos empujar hacia el
mar esta Quinta y que navegase ...
-De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas
de los árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los
que más me gustan ...
-No te comprendo... No te acabo de comprender.
-Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más
que vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarlo todo, no
distraerme, no perder palabra, no perder ripio ...
-Pero donde más interesante es la vida es en los viajes-repuso
Samuel, siempre poseído por el mal intrépido de la huida ...
-No ... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el
texto de la vida... Un libro con láminas está aviado ... Casi no se lee
nunca... Lo importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas ...
-¿Y los monumentos?
- Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para
encubrirla...
- ¿Así es que según tu opinión las pirámides ... ?
- Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que
no está mal... Pero casi todos los monumentos distraen, haceu daño
a la vida ...
Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta.
Ni una carreta de bueyes la podía sacar de su predio.
¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo
de la vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver

•

. \.
. 1

LA PLUMA
y que pasar por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz

y continua junto a las ventanas de la Quinta.
Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los
grandes ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los
árboles, pero ese mundo es demasiado soporífero.
Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba
de rebeldía contra la Quinta, se echó en la chaisse-longue que daba
al gran ventanal sobre el paisaje del atardecido. Otra \'ez volvía a
tomar cómoda posesión de los almohadones de la melancolía.
Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia
de la huida de los hombres.
Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días,
~on entera novedad, que era a un puerto antiguo al que acababa de
llegar, y en el que se unían las carabelas del ayer más remoto como
las del más próximo presente.
«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación diaria:.-se decía Pal111yra, que había encontrado el cierre, la
pulsera para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa
Teresa del anonimato.
Era más largo y más denso que el resto del día el pedazo de día
-en que el día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad, caramelitos y guindas de inmortalidad.
Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos
fritos trasparentes enmedio de las claras numerosas.
- A esta hora me olvidas-la dijo por fin Samuel-rompiendo el
silencio y la situación penosa y desconfiada- . Pareces de la religión
egipcia que mira con veneración y miedo al sol que se pone rara
juzgar a los muertos.
La cena de todos los días :,e iba cuajnndo poco a poco y echaba

�LA PLUM A

LA PLUMA
en su salsa perejiles, romeros y mil yerbas, mas todo el paisaje. En
esa paz severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se
cenará. En las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta et fuego depende de las nóminas oficiales, y el
cenar es un acto improvisado y de última hora.
«Todo cocina en mi guiso»-se decía Palmyra y tomaba una postura más cómoda en su dtaisse-longue.
En aquel silencio Samuel, que veía el bosque por el ventanal, se
sentía irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la arboleda que rodea demasiado una vida.
Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los
páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la desnudez del mundo.
«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco
tienen que ver con él!-pensaba Samuel-. Si el perro aúlla cuando
encuentra un hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica sua ;emente sobre el hombre caído y en el que van quedando al descubierto
las costillas como si se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas al gafo corsé.»
Et sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, y
que anunciaba por su largura y su calidad, su fondo rencoroso.
-Los árboles-dijo Samuel por fin-cubren la vida de una hipocresía verde y ostentosa ... Cada día que pasa veo que los odio más..•
Palmyra con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si hubiese sido ofendida ella misma, repuso:
-Como que te ahorcaste de ellos una vez ...
Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como
un soldado que se cuadra y después abrió la puerta que daba al pasillo de las alcobas y se fué.

No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo-se dijo
Palmyra-tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los
que se fueron.»
Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el
mismo automóvil de los turistas en que vino de tan intempestiva
manera, en el enorme automóvil blanco que envían de las Agencias
cuando se pide un automóvil por teléfono desde un punto distante.
Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué
llorando en el coche que le libertaba.

XVI
RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS

Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la
falda que marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda,
bajándola más, asentándosela sobre las piernas con un gesto más
amazonesco que nunca.
Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía,
en paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.
-No... no quiero irme ... No me iré nunca...-se decía en sus gabinetes-. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender
esto para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré desposeer ... Es como la capilla de mi vida mi Quinta ... Es para
mí iglesia, cuna, panteón ...
Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no
podía explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de
cosas inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar
las sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articu427

�LA PLUMA
l. A P L U.\\ A

larse todas las hojas, del miedo al ·mar y de la cosa que entraba al
que lo contemplaba, de esa especie de niñez de niños bonitos que
gestaba en las sombras como queriendo echarse en sus brazos...
No, no se podía especificar.
La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se movía como con vida propia.

• * *
Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes, frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida
de pista y constantes pavos parecidos a los viejos de los asilos.
Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a
ella. Pero, de todos modos, el peligro combatía detrás de los montes,
aunque siempre moriría en las arenas de la playa, en la angosta explanada del mar.

* * •
Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos
cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas
de sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos
los grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más
fama, todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener
consultas imposibles con gente esperándoles siempre en todos los
gabinetes de todos los pisos de la casa, convertidos en salas de espera, etc., etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando en trenes sin ruido y sin carril.
Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo
trecho estab:1. lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas
gentes que había visto sentarse al borde de las aceras,

• * •

Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra
lo que era más dificil reaccionar. No sabía de donde procedían aquellas impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban
el rostro.
Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que
se encerraron con el Palacete como con la estancia eterna v sólo
fueron viajeros que se iban y que por un momento veían destacarse
en sus ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de
todo su futuro.
• * •
Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban
un postre que convertía en mielados cristales los de los tarros en
que se guardaba la gran cosecha de los jardines.
En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas
que iban fajadas en la gran carga recogida.
Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que
la vida se concentraba y tenía ánimos de creación.
«Debemos tener en el alma nosotros un colmenar activo e interior al que traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo
esa labor de recoger y trasegar bien las miradas se cumple con
todos los deberes.&gt;
Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto de su alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día y
a esa hora de vuelta, se congregaba más en su alma y recababa todos
los pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en
la erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber
visto a los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el
haber encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la pobre solitaria que espera que vengan por ella como niña que tiene la

�LA PLUMA

LA PLUMA

misma inquietud en el colegio; la pena de las rosas cortadas en
el jardín y la persecución con que se persigue con la mirada al
que va formando un ramo con las tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor de las columnas caídas en ese
hotel que no ce acaba nunca; el olor a las redes ennegrecidas por la
brea que cicatriza instantáneamente las heridas de los pulmones; el
fenómeno de sentir cómo los pinos caminan hacia el poblado, se
aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos que se acercan
por la espalda y ent:lblan su conversa con uno, etc., etc.
Vivir por vivir. activando esos colmenares dd alma, afanándose
por esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas
extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al ent ar en
el recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.
Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba
las láminas alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras cereras que se entremezclaban realizando una unión esforzada
para conse~uir dar presión a la cera que iba haciendo el panal.

* * *
Como aliciente de sus pensamientos inextirpables de voluptuosidad, repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, con los adornos de cartón, había unas niñas que venían a ver gentes de Lisboa,
dos niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote. que se reían de todas las mujeres de más de veinte años que se
encontrabm en el camino.
!:-iempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de recién acostadas.
Debían tener sus retr&lt;1tos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a
43o

1

.e

verlas, encerrándose unos días en la casa con baños de inocencia y
de perversidad, como se mezcla el agua caliente y la fría.
Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.
El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con
dos niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las piernas del que pasa.
Iluminada en la noche parecía presenciarse, mirando a sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio
puntualizaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al
paisaje el dulz"r manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de
poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de
las niñas malas, dP. las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las piernas de los caballeros sentados.
Palmyra tenía curiosioad por verlas asomadas con lazos celestes
y corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los
cabellos como una peineta olegitanal, a unos viajeros hipotéticos,
que venían generalmente en automóviles amarillos.
También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a parejas distintas, allá en Lisboa, dándolas la llave para que
pasasen los días del contrato en amorosa soledad. Siempre miraba
con gran curim,idad a la terraza para ver una pareja-la misma a
través de todas sus variaciones-que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba hasta las plantas submarinas, de absorciones profundas que hacían con sus narices ansiosas.
«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos•
-se decía Palmyra como sino fuese Jo mismo tratar a distintos huéspedes que a uno seguido, y ya sin el respeto por las cosas que tiene
unos días el recién advenido.
431

�LA PLUMA

L A PLUMA
Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando,
la vida suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas
amoro;as que si se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen
en la recepción la misma intensidad que en los aparatos receptores.,
sin que importe que estén detrás de los cristales y las maderas de
sus casas.

A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuro_s
cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos secretos y profundos, en los que se forman los gases que la
hacen explotar de vez en cuando.
Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portu_g~esa. No
se podía decir que no se veía la posibilidad de un engullumento de
el mar. Se contaba con eso como sazón de la tarde.

•

* * *

En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta!
No me vea el tren y me lleve.»
.
Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión para sus oídos oír el último esterto~. .
,
«¡Ya pasó! ¡Ya pasól»-se decía frenetica de alegr'.ª·
Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba,
sobre todo, a ta Venus que remataba el frontistipicio.
•

* *

Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo
todos los aviadores.
Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la costa brisa.
431

Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas
tibias.
Se bebían en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el gusto de la fabricación.
Todo el valle era como una rosa de te, en la que se.fuese la cochinilla escondida.

* * *
Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada
como los gimnastas que hacen exhibición de su pecho.
«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.»
«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.»
«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.»
Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones.
Tenía la Quinta independencia del paisaje.
A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el
campo solo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos
como cuernos de caracol.
¿Por qué había llovido dentro? Las arañas, las cornucopias, la
eristalería que al pasar los carros por el camino lloraba como un
niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro.

* * *
No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas
donde cazar patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas.
«Tiene mi vida-se decía Palmyra-algo de prisión de reina.»
Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y

xxvm

�,
LA PLUMA

LA PLUMA

ha concedido el bienestar los ritos de
.
mar, a lo bonancible del ti~mpo~
gratitud a la naturaleza, al

en el otoño se sentia vestida con trajes de larga cola, trajes verdes
hechos con hojas ensartadas.

¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos des a
.
ceros, como gritos de pavo real de e
.
. g rrados y smde los gritos felices!
. ,
sa misma calidad destemplada

* * *
Hasta para ese dia de locura, de gritos, de estar con los cabellos
sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta
muy perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el
resto de la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces
un pájaro que dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo

* * *
L?~ ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estran
emoc10n. Se levantaban de la naturaIeza coros de soledadguiaban de
Aunque toda Quinta está detrás de los cami
.
los caminos, entre boscajes que la sirven
n_os, en la revuelta de
resultaba más oculta que nt"ng
t
de b1o~bo, pero aquella
una o ra en lo m,
, d"
en un paraje digno de un cementerio. '
as recon ito, como

divino.

* * *
Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabia qué
cosas en la ciudad, pero se consolaba diciéndose «aquí pasa lo mismo y deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en
colchones de pluma y una cosa que es como una miel que se respira.&gt;
Pensando como siempre en lo qo.e dejaba el día que pasa, pues
de eso era destilería su Quinta, la daba la sensación el final de su palacio de estar lleno de tiempo mielado y de tener los sótanos atestados de baúles y tinajas de lo mismo.
«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas
-pensaba Palmyra volviendo a su obsesión-. No saben sentir los
besos en las manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas, cuando apenas ven a nadie.:.
Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.

• *

* *

El reloj de sol marchaba cada vez mejor.
~lla ya ~istinguía unos días de otros y encontraba en
la vida reunida, cernida, hecha un fino flan.
ellos toda
Era golosa de todos los días. «Sé como el que más lo 1 .
estoy del mundo--se decia-pero en esto está el é ·t
eJos que
Ses r f
XI o.~
en ta uera del camino de la muerte.
* * •

1

!?

~ f~ndo de todos ~os hotelitos se habían ido dando la untura
ta_ a go mucho meJor que un baño de sol-y ya estaban
suavec1dos con bastante gozo para dar por bien sucedido el dí endent~ ~asar por los caminos se pensaba eso: que ya babia e:¡rado
d' e cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de
un ta, envuelto en papeles de seda azul.
del

• 1.

*

Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde,
unos gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se
434

*

La Quinta se ponia cada vez más melancólica
,
t
árboles se llenaban de más mirlos.
' mas ve usta y sus

•

* *
435

�LA P L UMA

LA

PLUMA

Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca
nada y que hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las gentes del camino para no tenerlas que saludar. Eran
perros filosóficos que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con deleite la harina del camino.
Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir
una moneda, pero también pasaba de largo.

* * *
Los hombres volvían a tentada haciéndoles señas de que fuese ,
desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de
los gestos varoniles incitantes y coactivos:
«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué
necesitada está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá
ser la Quinta solitaria, toda llena de zarzas y cuyo in~erior no se sabe
si ha sido o no ha sido robado!•
«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en
jardín abandonado además de estar en tan lejano rincón del mundo.»

* * •
La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien detrás de
ellas algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa
tapa que se desploma de los bargueños fraileros y que forma unancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.
Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas blancas.
La blancura de las noches hasta de invierno que era posible contemplar con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.
Creía haber encontrado la colaboración de lo demás en su alegría
frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del
mundo.

Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo que le hubiera
g~stado lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los
grito~ de los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las
rend1Jas de las puertas.

*

*

*

Pero enmedi_o de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones
e?contraba sus mgles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia dentro que de continuo. Querían el amor como después queman
la muerte. La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.
En aquell~ soltería fatal la entraba Ja sensualidad enjuta de los
galgos Y senba como se afilaban las aristas de su cuerpo.
XVII
EL GENIO ARREBATADO

Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en
que la recomen~~ba un pianista célebre. «Como sé que te hará pasar un rato dehc1oso-decía la carta-me atrevo a enviártelo con
esta carta de presentación, que debía estar escrita con notas musicales en vez de con palabras.»
Aquel pianista portugués que le era expedido desde Lisbc,a se lo
expedían desde París, la tenía preocupada. Además la amistad con
Mafra era sospechosa Y ya le hacía complicado. Parecía una osadía
~ás de Mafra regalándola un pianista usado aunque de la mejor cahdad.
. ~almyra preparó una fiesta en sus salones para recibir a aquel
pianista sospechoso. Invitó a todos sus viejos amigos que estaban
un poco retraídos al verla tan voluble.
'
RAMÓN GóMJ.:Z DE LA S.!RNA.

(Se continuará.)
437

�LA PLUMA
Slay que cambiar de rumbo
y como quien se lleva las flores del paisaje
cargar sobre los hombros el perpetuo equipaje
,Surtidores maduros
que ojreceis en las márgenes vuestros intactos frutos
8s preciso pasar como los vientos cas'tos
sin coger de los árbole1; los astros

CANCIÓN FLUVIAL
A

JUAN GRIS.

!Por las praderas giratorias
pasa solo una vez el rlo taciturno
cuando la noche toca su disco de gramófono
y los pájaros cuelgan de los árboles mustios

fM.irad las lavanderas
nutriendo de colores las limpias faltriqueras

.l:a espuma que levantan
sube a la misma altura
que esa copla que cantan
.Ca luna muele estrellas
sin música y sin agua
y et amor aburrido
sube y baja
.Ca marea es tu vientre
traspasado de gracia
y el amor derrite el nido
rueda rueda
como el molino turbio
de la arboleda

9l.ún las últimas gotas de luna
perfuman de alcoholes los mantos de la bruma
:1 el tren que iba bendiciendo el panorama
no perdió los kilómetros ni el compás de la ruta
!Pero dejemos esto
y descifremos bien este libro de texto
que el sol nos ha legado
con una sola página herida en el costado
.Ca araña telegráfica
distribuye la noche
y .mientras en su jaula de cristal
reposa el pozo vecinal
yo veo que la estrella y el pájaro de amor
enojan al poeta que ha volado al portal

'JI por todo recuerdo
en el bolsillo mío el rumor de La presa
y un sabor de jabón en el remanso
Los puentes fatigados

sobre la orilla derecha
duermen en espiral como los gatos
439

�LA PLUMA

'Gan solo los devotos pescadores
se arrodillan y esperan
que de su caña broten flores g banderas
.Ca noche se derrama
y rompe el horizonte
l;stamos terminando el drama
.Cos puentes de resorte
caminan de sur a norte

HISTORIA ANACRÓNICA DE
LÁZARO EL RESUCITADO

Y mi barca se ha dormido
sin hace, ruido

1.- NUEVA DESCRIPCIÓN DE UNA PARÁBOLA

'llna hora sube al cielo

'JI en lu cruz hacen su nido
la golondrina y mi pañuelo
'3on las brisas del mar
las que cierran la noche y mi cantar
GBRARDO

tDel libro inédito 4Manual de Espumas•)

u.12
1:
1
1

nació el 24 de diciembre de 1888, y fué bautizado en la
iglesia de Santa María la Mayor de su pueblo el 6 de enero
de 1889, según atestiguan las correspondientes partidas de
los Registros Civil y Parroquial. De su primera infancia, apenas si puede colegir el historiador dato alguno cierto. Quiere una tradición, harto popular y fantástica, atribuir a misteriosa fatalidad el suceso que en edad tempranísima le valió el sobrenombre de «el perdido• ,
con que le distinguieron siempre sus paisanos; suceso cuya vaga memoria cobra en boca de la gente prestigio de augurio, pero al que las referencias familiares, más fidedignas, sólo conceden la transcendencia debida a un simple extravío de la criatura, por negligencia del ama seca a
que estaba encomendada. Todo compañero de escuela de Lázaro pretende recordar ahora mentidos pormenores de su niñez, queriendo ver
en ellos señales ciertas de su estrella maravillosa. La crítica histórica no
acierta a verificar en esta leyenda ningún hecho anterior al año en que
Lázaro cumplió los diez y siete.
Un mes escaso le faltaba para terminar el bachillerato, cuando una
noche de primavera se escapó del colegio, y echando a correr camino
ÁZARO

tJ

Diaoo

-441

�LA PLUMA

'Gan solo los devotos pescadores
se arrodillan y esperan
que de su caña broten flores g banderas
.Ca noche se derrama
y rompe el horizonte
l;stamos terminando el drama
.Cos puentes de resorte
caminan de sur a norte

HISTORIA ANACRÓNICA DE
LÁZARO EL RESUCITADO

Y mi barca se ha dormido
sin hace, ruido

1.- NUEVA DESCRIPCIÓN DE UNA PARÁBOLA

'llna hora sube al cielo

'JI en lu cruz hacen su nido
la golondrina y mi pañuelo
'3on las brisas del mar
las que cierran la noche y mi cantar
GBRARDO

tDel libro inédito 4Manual de Espumas•)

u.12
1:
1
1

nació el 24 de diciembre de 1888, y fué bautizado en la
iglesia de Santa María la Mayor de su pueblo el 6 de enero
de 1889, según atestiguan las correspondientes partidas de
los Registros Civil y Parroquial. De su primera infancia, apenas si puede colegir el historiador dato alguno cierto. Quiere una tradición, harto popular y fantástica, atribuir a misteriosa fatalidad el suceso que en edad tempranísima le valió el sobrenombre de «el perdido• ,
con que le distinguieron siempre sus paisanos; suceso cuya vaga memoria cobra en boca de la gente prestigio de augurio, pero al que las referencias familiares, más fidedignas, sólo conceden la transcendencia debida a un simple extravío de la criatura, por negligencia del ama seca a
que estaba encomendada. Todo compañero de escuela de Lázaro pretende recordar ahora mentidos pormenores de su niñez, queriendo ver
en ellos señales ciertas de su estrella maravillosa. La crítica histórica no
acierta a verificar en esta leyenda ningún hecho anterior al año en que
Lázaro cumplió los diez y siete.
Un mes escaso le faltaba para terminar el bachillerato, cuando una
noche de primavera se escapó del colegio, y echando a correr camino
ÁZARO

tJ

Diaoo

-441

�LA PLUMA

11

de su pueblo, entró en él a la mañana, con un arriero que le cobijó en
su carro, compadecido de tan exageradas miserias como el muchacho
contó que le hacían pasar !os frailes. Furibundo su padre ante la callada con que respondía a cuantas solicitudes se le hicieron para que declarase los motivos de la escapatoria, a punto estuvo Lázaro de dar con
sus huesos en un correccional. De que le libró la intercesión de su madre, cuya susceptibilidad nerviosa era menester sortear de continuo con
mimos y halagos. Prometió Lázaro revalidarse aquel mismo septiembre,
mediante la lección diaria de don Terencio el maestro, que en tiempos
se la había dado de primeras letras. Y todo fué paz en el Chalet, nombre
con que ya empezaba a conocerse la que los viejos del lugar llamaban
todavía la Casa Grande, de las dos en que se dividía, surcado de pleitos y rencillas inmemoriales, el solar de la familia principal del pueblo.
Reacio el muchacho a sujetarse a nuevas tutelas frailunas, temerosos doña Salomé y don Samuel, sus padres, de los peligros de la vida
estudiantil en cualquier ciudad universitaria, quedóse Lázaro en su casa
aquel invierno, en ánimo de seguir repasando con el bueno de don Terencio las tres asignaturas del preparatorio de Derecho. Mas, engañado
de la facilidad con que hasta entonces había salvado cursos y exámenes,
dejó pasar lo más del tiempo en cazas menores, partidas de tute arrastrao, rondas moceriles y paseos holgazanes por los Porches arriba y
abajo; con lo que, llegado el otro junio, cosechó con crece_s las calabazas que su desidia, junto con la lenidad del maestrillo, habían sembrado.
Perdida Lázaro la moral, y su padre la paciencia y el tino que hu_
bieran sido menester para encarrilar su voluntad, fué el chico dando
traspiés de una en otra vocación fugaz, sin empeño fijo. Hasta parar en
que, pues era el sólo varón de la casa, y muchos los cuidados que esta
necesitaba, ningún mejor empleo para su actividad que el atender a la
hacienda propia. Excelente pretexto para seguir criando galgos con que
correr liebres.
Y aún hubieran transigido doña Salomé y don Samuel con la poca
afición del muchacho a cualquier clase de trabajo, a no dar Lázaro en

LA PLUM A.

.l

cortejar a su prima fa leoncilla, tal llamada de público, no por su fiereza, que antes bien era de carácter apacible, más por ser de la casa y
linaje de los Leones, que así se conocía a su madre, sus tías y su tío don
León, cuyo nombre de pila, heredado por tradición de sus antepasados,
dábaselo a toda la familia. Los Leones y sus irreconciliables enemigos y
parientes del Chalet, convirtiéronse, pues, por aquellos amoríos, en los .
Capuletos y Montescos de una Verona insospechada en el mapa moral
de España.
.
.
Diéronse prisa doña Salomé y don Samuel a cortar el hilo sutil de
los sueños de Lázaro y la leoncilla, y so pretexto de imponer al chico e::i
la dirección del molino harinero que constituía una de ' las rentas más
saneadas de la Casa Grande, me lo desterraron a diez leguas del pueblo.
Sin precaver los mayores males qtie podía acarrear tal acicate al olvido de su pasión ingenua. Pues despierta la capacidad amatoria del
mancebo, y golosa por demás a la vista la de una hija del molinero, que
le decían Marica la Rufa, cuando quisieron proveer fuera ya tarde, a no
dotar con cierta largueza a la mozuela para casarla con un sacristán,
consentido de puro bobo, o de puro avisado.
Ni fué esto sólo. Que para subvenir a la timba que con otros amigos
solía armar en el propio molino, cuando no se jugaba los cuartos por
las ferias de los alrededores, llegó a vender clandestinamente algunas
partidas del trigo y la harina de su padre. De suerte que al entrar Lá~ro en quintas, determinó don Samuel para castigarle que fuera a servir
al rey.
No obstante comprendiera doña Salomé las razones que al padre
asistían para tratar a su hijo con aquel rigor, rebelábanse en contra _los
maternales impulsos del ánimo, traducidos en ayes, lloros y sopo~c1os,
combatidos a fuerza de oler éter. Sobre que su natural amor propio no
se avenía a renunciar al orgullo que tenía puesto en su hijo frente a sus
primas las leonas. Amor propio harto más ~e~e en don_ Samuel, pr~meramente por su condición de catalán, y en ultimo término por su situación de advenedizo a las diferencias entre la familia de su mujer. Al
llegar al pueblo años atrás, viajando en comisión por una casa de San
443

�LA PLUMA
Feliú de Guixols, calculó artero su cortejo a la Salomita, que fué con el
tiempo doña Salomé, y se casó con ella, ahondando más la boda la división con los Leones, iniciada de antiguo por la de no sé qué bienes de
remota herencia. Y aunque la convivencia con sus enemigos y la animosidad siempre viva de su mujer contra ellos le hacia participar del
enojo familiar, era su actitud a tal respecto un tanto postiza y forzada.
En aquella ocasión, a dejarse llevar de su intención primera, Lázaro hubiera ido sin apelación al cuartel. Cedió, con todo, don Samuel a los
requerimientos de su mujer, y consintió en que, por mediación de los
Jesuitas, el coronel del regimiento a que fué destinado Lizaro, de guarnición en Barcelona, lo reclamara para su asistencia.
La casa del coronel daba poco que hacer, y la coronela, además, si
al principio :i.parentó tratarle igual que al otro asistente, pronto le declaró la verdad de su situación, distinguiéndole sobremanera e intercediendo con el coronel para que no extremase con él los rigores de la disciplina militar. Linda no desmentía su nombre, característico de la isla
de Cuba, donde había visto la luz, cuyo esplendor añoraba. Suave, melosa, y en ese punto de irresistible gachonería de las mujeres extremadamente sensuales rayanas en los treinta-el coronel le llevaba veinte,
consumidos los más de ellos en pacientes estudios histórico-críticos de
las campañas de César-, Linda se enamoró de Lázaro, cuya mocedad
granaba en ese desenfado exuberante, propio de la juventud sana. Empezaron cantando ella, a lo que era muy aficionada, las cancioncillas
que él le acompañaba de oído al piano, con graciosisimo desparpajo.
Y acabaron fugándose en un vaporcito costero, que se hizo a la mar
en plena revuelta, el último día de la semana trágica de 1909, el mismo en que Lázaro con su coronel debía embarcar para la guerra de
Melilla.
En Marsella, donde desembarcaron confundidos con unos incendiarios de los conventos de Barcelona, corrieron los chamizos del puerto,
compla..:iéndose, con estúpida alegria estudiantil, en hundir la mirada
torpe en aquellos bajos prostíbulos encanallados por el perfume vicioso
de .tan diversos climas como vierten allí su veneno.
444

l

L A P L U :\1 A

1
1.
1

1

1

Con el dinero que Linda había sacado de Barcelona, al que añadieron el que les produjo la pignoración de sus alhajas, continuaron la
ruta de Niza y Montecarlo. Soplóles el viento de la buena suerte, y ya
bien repleta la cartera de miles de francos, entráronse por la n ·v1tra italiana cuando las viñas que enguirnaldan aquellos campos empezaban a
tomar los encendidos oros del otoño.
Dieron en Milán y en su Galería de Víctor-Manuel, rumoroso mercado· del arte lírico, con un aprendiz de cantante, antiguo conocido de la
coronela. El cual acabó por llevárselos a vivir con él a una casa de huéspedes, regida por una española vieja, soprano en sus buenos tiempos, y
zurcidora de voluntades, so pretexto de agenciarse a concertar las de
empresarios y artistas en ciernes. La Garcini, pseudónimo con que la
patrona había italianizado su españolísimo apellido, consiguió a la vuelta de pocos meses que Linda, cediendo a las instancias de un director
de ópera barata, y deslumbrada por la luz de la batería, se lanzara a
cantar Cannen, cuando ya los dineros de las alha1as y de Monte Cario
empezaban a escasear.
No pudo Lázaro resistir, en un resto de hispano donjuanismo, aquella prueba a que Linda, mujer .al fin, quiso someterle pretendiendo
compaginar el amor y el interés. Sin más oficio ni beneficio que el que
pudiera repotarle su vocación de púgil profesional, a que se asió como
última esperanza, tomó sin despedirse de ella el tren de París. Y en París entró con el año de once y muy poco dinero en el bolsillo.
El estruendoso tumulto de la capital del mundo le conturbó el ánimo. Por primera vez sentíase sólo. Nos remitimos en este punto a una
carta de Lázaro a un su antiguo compañero de colegio, de fecha posterior, pero en que se hace referencia a esta data y otras decisivas en su
vida. Dice así, copiada a la letra:
«Querido C: Adiós. Me voy a la guerra, ¿cómo Mambrú? No te rías.
Es en serio. Ya ves que vuelvo a escribirte al cabo del tiempo. Perdona
que no lo haya hecho desde que nos encontramos después de tantos
años. Cuando te marchaste volví a sentir la misma tremenda soledad
tic mi llegada a París. Te debo, no sólo dinero, sino fa confianza en mí
445

�LA PLUMA

LA PLUMA
mismo, que perdí apenas te fuiste, y con la confianza el puesto que me
proporcionaste en casa del editor judío. Aquello no era para m!. Sudaba de tal manera el puñado de francos que me daba que, la verdad, en
cuanto tuve un respiro volví a las andadas. ¡No comprendo cómo hay
quien se dedique a la literatura! ¡Sobre todo a traducir! Volví a las andadas, y como ya estaba desentrenado del boxeo, se me ocurrió en mala
hora meterme a hacer películas. No quieras saber. Es una explotación.
No es verdad que paguen tanto y cuanto. Hay que levantarse temprano.
Nada, que no serví.
¡Para qué te voy a decir dónde fui a parar, cuesta abajo siempre! Lo
menos malo que hice fué cargar y descargar banastas en los mercados,
de cinco de la mañana a seis de la tarde. En fin, que me voy a la guerra. ¡Yo que de ninguna manera quise, incluso arriesgando el pellejo,
ir a pelear con los moros! Aún me queda un resto de ideal. Porque el
caso es que no he solicitado mi admisión en la legión extranjera porque
esté desesperadísimo. Ahora me iba bastante bien. Una amiga mía me
proporcionó el año pasado una plaza de croupier en el casino de Trouvil1e, donde hice el verano. Es una mujer como sólo se encuentran en
Francia. En España, por lo que me dicen, ya va habiendo algunas así.
Pero a la gente le choca todavía que los ministros se casen con ellas. No
tiene razón la gente.
Bueno, adiós, acuérdate de mí, y adviértele a mi novia que fué, de
quien he sabido que sigue soltera y en el pueblo, que si me matan, ella
-será quien reciba la sortija de sello que llevo puesta. Al pie te van su:.
señas y las mías por ahora.
Tuyo, con un abrazo, Lázaro.»
Cuando corrió por el pueblo la noticia del alistamien :o de Lázaro en
los ejércitos aliados contra Alemania, recrudecióse el encono entre los
partidos león y grande, adscritos a la sazón, con su particular fisonomía,
a la nueva división estratégica de la Península en germanófila y francófila. Cuyos límites vino a confirmar Lázaro con el designio en favor de
.su antigua novia, que trocaba las perspectivas sentimentales de la cues446

tión. Pues soliviantado de nuevo el ánimo belicoso de los contendientes, hubo de renegar don Samuel de aquel hijo que así subvertía toda
ley de obediencia, y afirmar, con denuedo parejo del de Guzmán el
Bueno, su fe en la justicia encarnada en la espada del káiser angélico;
en tanto los leones llegaban a disculpar sus alocadas correrías en gracia
.a haber tomado Lázaro partido por los aliados, de cuya causa eran ello,
los principales valedores en el lugar, no por otra razón que el llevar la
contraria a sus primos; y doña Salomé, trabajada de encontradas pasiones, redoblaba sus ayes y se asfixiaba en continuos ahogos cardiacos.
'
De tiempo en tiempo llegaban al pueblo confusas referencias de las
acciones guerreras más importantes, siempre a base de una fantástica
intervención, decisiva las más de las veces, del hijo pródigo de la Casa
Grande. Súpose que había estado herido, que tenía ya una citación, que
era sargento. El compañero de colegio, a quien debemos la carta anterior, logró verle con motivo de una expedición de periodistas neutrales
al frente francés.
No estaba contento. La tremenda realidad de la trinchera había agotado su capacidad de entusiasmo por la aventura, harto monótona. Sentía, sobre todo, la angustia de no saber nada de la guerra de que hablaban los periódicos.
El mismo día que se supo en el pueblo de Lázaro la derrota alemana, celebrada con general regocijo de los Leones, pero sin repique general de campanas, por la acendrada adhesión del arcipreste a la Casa
Grande, recibió la leonálla un paquete postal con la indicación de procedencia de la Oficina de Informaciones del ministerio de la Guerra de
Francia. La muchacha, al abrirlo y descubrir la fatídica sortija de sello
que Lázaro le prometiera, se dejó caer sin sentido.II.-LEVANTATE Y ANDA
Lázaro era el primogénito, el hereu y único varón de los tres hijos
.q ue constituían la familia de don Samuel y doña Salomé. Sus hermanas
447

�LA PLUMA

L A PLUMA
Marta y Maria, muy niñas aún cuando Lázaro abandonó la casa paterna sustraídas al conocimiento de lo que había pasado, a no ser lo que
ati~baban al descuido o sabían por indiscreción de criadas y amigas solícitas en demasía, viéronse de pronto envueltas en el tráfago que de
punta a cabo soliviantó el Chalet y el pueblo todo, una vez c~mprobad,a
la muerte del hijo pródigo. A las puertas de ella estuvo dona Salome,
pugnando el corazón por escapársele del p~cho en pos de ~ázaro, contra
los médicos que, inhumanos, lograron su¡etarla a esta vida. Don Samuel anonadado, no tuvo fuerzas sino para sacarlas de flaqueza y,
com; un autómata, seguir asistiendo diariamente al escritorio, donde
acudían engañados sus míseros deudores esperando encontrarlo, con ~I
dolor más blando a sus súplicas. Pero el judío catalán antes parec1a
halla; consuelo en vengar con tercas negativas la muerte de Lázaro, en
que no les cabía culpa alguna a los infelices que habían de pagarla con
su dinero. Marta tuvo que hacerse cargo de la casa, correr con lutos y
funerales, acomodar, en fin, el duelo familiar a los usos y costumbres
establecidas en el pueblo. María, la más pequeña, que acababa de cumplir quince años, cayó como en éxtasis doloroso.
Recluida como se halla hoy, por invencible voluntad propia, en un
convento; pendiente de revisión el proceso de Jesús Nazareo?, cu~a. ~árbara condena suscitó la protesta unánime de todos los pa1ses clVlhzados; en suspenso las garantías científicas que ha mcnes~er el estudioso,
no hemos vacilado en recoger, siquiera sea provisionalmente, cuantos.
testimonios de la conciencia popular puedan aportar alguna luz al esclarecimiento de los sucesos objeto de nuestra investigación.
Transcribimos, a tal efecto, el siguiente romance obtenido de viva
voz entre los judíos espáñoles de Oriente emigrados a los Estados Unidos huyendo de la gran guerra, y que ~on raras variantes_ se co~serva
asimismo en las regiones hurdanas, segun leemos en el cunoso opusculo
El rey en /as Batuecas por Uno de a ple, pseudónimo_ ~r~s de que s~
oculta, sin duda, un agudo crítico cuanto filólogo erud1t1s1mo. He aqu,
rl romance:
(Faltan versos.)

...... ...... .......... ............................
..................................................
.....................................................

1
1

Entrando el tercero día que ya que es muerto se sabe
los sus deudos y amigos le hacían funerale
todos cantándole a una obispos y cardenales
que sólo faltaba el Papa que de Roma nunca sale.
Tocada de negra pena allí iba la su madre,
su padre que era judío y catalán de linaje.
(Hay otra laguna.)

........... ......... ... ... . ............. ..........
¿En dónde estaba María que no pisaba la calle?
Encerradica en su cuarto sin hacer más que rezalle
cerrados ojos y boca, huyendo la luz y el aire
no quería beber agua no quería comer pane
tan baja la color tiene como sin gota de sangre.
Aceptó a pasar Jesús con sus hábitos de fraile
todo de blanco vestido como cura ante el altare
sin cíngulo que le ciña sin báculo ni misale
como le pintan andando por el mar de Tiberiade.
Allí oyerais a Jesús que se para a preguntalle:
qué llorais la linda niña con tan callado llorare
esas lágrimas que os ruedan como cuentas de cristale
si llorais por vuestro padre si llorais por vuestra madre
si llorais por el amor de un bizarro capitane.
La niña así de que oyó la voz sobrenaturale
desfalleció que no supo si era sueño o realidade:
Allí hablara Jesús por ganar su voluntade.
Por tu nombre de María la niña quiero llamarte
te llamaré la una vez y aún la segunda te vale
,i la tercera callabas Dios Padre te lo demande.
Allí hablara la niña sin acertar a tratalle:
Estas lágrimas que lloro no son por padre ni madre
XXIX

..

449

�LA PLUMA

LA PLUMA
ni por ningún capitán nin novio para casare
que un hermano que tenía del otro lado del mare
matáronmelo en la guerra los pérfidos alemanes
matáronmelo a traición alevosos y cobardes
sin poderse confesar nin el alma encomendare
que ahora estará en el infierno por los sus pecados grandes
salvo si hacéis un milagro que lo devuelva a este v_alle
yo os lo pido buen Jesús que lo traigais Dios mediante
que yo os prometo mi amor y sólo con ~~s casare
para ser la vuestra esclava y esposa_espmtu~le.
De que os de guardar siempre rendida fidehda_de
pongo por testigo a Dios vuestro padre celest1ale.
Hasta qué punto concuerda con la realidad la versión transcrita, n~
es cosa que nos cumpla dilucidar ahora, ni compro~ar las notabl~s diferencias con el relato del extr.:1ordinario suceso segun el evangelio de
SanJuan(cap. 11,vers.31ysig.)
,
.
.
Pero si consideramos pertinente, por mas que este en _l~ ~emona d_e
todos copiar aquí la información sensacional de un penod1co de Pans
de fe~ha posterior al romance, cuyo relato continúa en cierto modo:

«¿Alemanes

O

bolcheviques? - La tumba del soldado de11conocido bárbaramente violada.

Poseídos aún de la emoción que han de compartir con nosotr&lt;'s el
pueblo de París, toda Francia, nuestros aliados y el mundo entero, ~ea~
nuestras primeras palabras de protesta y excitación .ª los Poderes pubhcos para ver de castigar el salvaje atentado cometido esta ~adrug~da
ante el Arco de la Estrella. La tumba del soldado desconocido ha sido
bárbaramente violada; los gloriosos despojos que encerraba han ~esaparecido A la hora en que escribimos estas lineas los autores no an
·
· lo de tal , que la
sido habidos.
Se asegura, y recogemos el rumor a t1tu
Policía tiene una pista que estima segura.

EL SUCESO

Esta mañana, entre seis y siete, el guarda del Arco y encargado espe.
cial de la vigilancia del monumento al héroe desconocido, observó, al
hacer el barrido diario, evidentes señales de que alguien había hollado la
tumba durante la noche, en ánimo, a lo que creyó primeramente, de
lucrarse con las flores que adornan el sepulcro, óbolo renovado cuanto
piadoso que sin cesar ofrendan personajes y vulgo anónimo (reciente está
la visita del emperador de Anam) a la memoria de nuestros gloriosos
muertos.
Comunicado que hubo sus temores a su mujer, apresuráronse a dar
parte al puesto de Policía más próximo, de donde, sin pérdida de tiempo, se destacaron cuatro parejas al mando de un cabo, quienes pudie.
ron comprobar luego la triste realidad de los temores del guarda. Pronto
cundió la noticia por el aristocrático barrio, y transmitida desde allí a
todo París, a media mañana era tal la cantidad de público congregada
en aquellos alrededores, que fué necesario m ,ntar un servicio de orden
para contener a los curiosos y facilitar la labor de la Comisaría y el Juzgado correspondientes. Constituido éste, a las doce, en el lugar del suceso, se procedió a la requisa de la sepultura, que se halló vacía, a no
ser las flores y coronas que los profanadores habían dejado en revuelta
confusión sobre el féretro, cuya tapa aparecía forzada. Dato curioso, los
primeros que descendieron a la tumba afirman haber percibido un gratísimo olor a incienso .
LO QUE HAN VISTO UNOS TRAS'iOCHADORES

Nadie se explica cómo dado Jo muy concurrido del sitio en que se
halla la tumba, aún habiendo escogido los profanadores, para su criminal fechoría, las horas más solitarias de la madrugada, han podido llevar
a cabo su intento sin que nadie lo estorbase. ¿Tenían preparado el golpe
de mano? De todas suertes, han tardado necesariamente en levantar la
pesada lápida, descender a la tumba, forzar la caja mortuoria y escapar
con la fúnebre carga.

�LA

t

PLUMA

A última hora de la mañana se han presentado a declarar espontáneamente hasta cinco o seis jóvenes, ingleses tres de ellos, uno frapcés
y dos: rumanos, que acompañados de sus res~ectivas pa:ejas, salían a
eso de las cinco de la madrugada de un dancing establecido en una de
las avenidas próximas. Aseguran haber visto, desde cierta distancia, un
automóvil parado ante el Arco, al que subían tres, al parecer mujeres dos de ellas vestidas de blanco. El automóvil tomó, a gran velocidad, la dirección de los Campos Elíseos. Un momento después cruzaron ellos la plaza, y aunque es verdad que no se detuvieron, nada anormal observaron. Los seis han quedado detenidos e incomunicados, así
como el guarda y su mujer.
°¿BOLCHEVIQUES O ALEMANES?

Henos aquí, a raíz de la victoria, ante la repetición, con may~r escarnio del robo de la Gioconda antes de la guerra. ¿Es que el cnmen
ha de ~uedar impune? Por si la Policía no lo sabe ¿ignora el Gobierno
las maquinaciones y complots que minan nuevamente el sagrado s~elo
de Francia para hacernos otra vez víctima~ de nuestro ~ecula: descuido?
•Se tiene conocimiento en los centros oficiales de la ex1stenc1a en pleno
iarís de una sucursal de la «A. A. A.» (Acción Anárquica Analfabeta),
organizada por los Soviets de Rusia para la propag~nda revolucionaria
en el Extranjero, en franca connivencia con la «Ho Ho&gt; (~osan_na Hohenzollern), asociación pangermánica de los contrarrevoluc1onanos alemanes? Nada más por hoy. ¡Alerta!»
Según el informe médico de los cinco doctores que vieron a María
la hermana de Lázaro, en éxtasis, al parecer hipnótico, dc..c;de la noc_he
en que se recibió la noticia de la muerte del muchacho hasta la man~na del quinto día, sufría un fuerte acceso histérico, con síntomas evidentes de epilepsia larvada, padecimiento que, por otra parte, no se había manifestado en ella hasta la fecha.
La ermitaña del Cristo de la Luz, capilla a extramuros del pueblo,

LA PLUMA
donde se venera úna imagen milagrosa, de que es devota toda la comarca, asegura· _hab_er vi_s!o a la señorita María entrar en la ermita y saludar1~ con ~na mchnac1on de cabeza, uno de los días que permaneció extát1ca y a1ena a toda solicitación exterior, encerrada en casa. La mujer
confiesa que no volvió a verla salir, pese a no haberse movido de la
puerta donde estaba haciendo punto de media. La fecha coincide con
las p~imeras manifestaciones milagrosas del Cristo de Limpias y, lo que
es mas sorp~ende~te, con la maravillosa traslación acaecida en )a capilla de Yasnaia Pohana, en Rusia, residencia que fué del Conde Tolstoi
a la sazón ocupada por los campesinos revolucionarios. En ese mism~
día y a la misn:ia hora, computadas las diferencias de la Europa Oriental con la Occidental y el Calendario Griego con el Romano, una imagen del Crucificado de tamaño natural, se desclavó como por ensalmo
del m_adero, descendió, sangrándole los pies, fuese a la sacristía, sacó de
un ca16n un alba y vistiendo sus desnudeces salió andando camino adeIa_n~e. Lq cual atestiguan hasta diez personas que de una en otra comu~1caro~se el prodigio a sus primeras señales, sin acertar, detenidos por
insensible fuerza, a oponer la menor resistencia al designio del Cristo.

* * *
Cuatro personas suelen disputarse, a falta de gacetas, la prioridad en
saber y propalar en el pueblo de Lázaro cuanto se cuece del Mercadillo
a la Lonja vieja y de los Porches a la Colegiata: Anuncia la peinadora,
cuyo oficio mañanero parece facultarle especialmente para el ejercicio
de su cometido principal de noticiera, de que es sólo pretexto el de pei~ar a sus clientes; la tía Correa, mujer del Corno, antiguo peatón en los
tiempos en que había de ir a recogerlo a la estación próxima del mismo
tren que hoy llega al pueblo, y repartidor en la actualidad de la correspondencia; la señá Erótida la Paradora, como siguen apodando a la patrona de la Fonda Nueva del Comercio, los que se obstinan en no ver a
través de su flamante rótulo, sino el Antiguo Parador de Afuera; Bartolo el barbero, en fin, en cuya tienda acostumbra reunirse a diario buen
453

,.

�LA PL UMA
golpe de contertulios, que sólo de vez en vez se sirven de la barbería
para otra cosa que no sea charlar, comentar, tijeretear, entreteniendo
el tiempo,
La suerte quiso, una vez más, que fuese Anuncia quien se llevara la
palma en punto a fijar las circunstancias de la vuelta de Lázaro el resucitado a la casa paterna. De sus propios labios hemos oíJo los mismos
pormenores que constan en autos de la información judicial abierta en
consecuencia:
Las ocho daban en el reloj de la Colegiata cuando la peinadora entraba en el zaguán-jo/ que le dicen-del Clzatet. A tiempo que bajaban
la escalera el médico don Saturio y su colega del pueblo próximo. Don
Saturio acostumbraba saludar a la peinadora, a quien había conocido
niña siendo él ya maduro, con piropos protectores como: «¿Adónde bueno la picoterilla resalada?» «Anda, corre, que se te va la lengua.» «Qué
sabe la gracia de Dios•, y otros por el orden, muestra todos ellos del reconocimiento implícito de sus dotes de investigación. Pues aquella mañana, tan enfrascado iba, que si Anuncia no le detiene, amparada de la
confianza de otras veces, ni para mientes en ella.
Anuncia le detuvo para preguntarle por María. Y sólo obtuvo una
respuesta rápida, de que seguía lo mismo: Como dormida, pero despierta, muy abiertos los ojos y boca arriba en la cama, donde le habían
acostado rígida como una muerta cuatro días atrás, cuando la encontraron mirándose fija fija al espejo; ella, que tan poco se cuidaba de acicalarse como suelen hacerlo las muchachas de su edad.
Subió Anuncia a peinar a Marta; doña Salomé apenas si se movía
día y noche del sillón donde yacía medio ahogada, que ni aun acostarse le era dado. Y Marta confirmó lo que ya el médico le había dicho de
su hermana. Marta se lamentaba con la peinadora de la mala fortuna
que como un ave negra parecía cernerse sobre su casa dándole la mala
sombra de sus alas. Y era tanto el afán que ponía en reducir a las normas corrientes el duelo, por demás extraordinario, que a todos traía
anonades en el Chalet, que su misma actividad enérgica servíale de lenitivo, y hasta parecía inmunizarle contra el contagio de aquel dolor.
4S4

LA PLUMA
Peinándola estaba Anuncia y refiriéndole murmuraciones y cabildeos, a cuenta sobre todo de sus parientes los Leones, de quienes, por
mediación del Prior de los Padres habían recibido la noticia de la muerte de Lázaro, cuando se oyeron agudos gritos de mujer hacia el fondo
del pasillo a que daba la puerta del tocador donde Marta y Anuncia se
hallaban. Quedaron ambas suspensas un momento poniendo atención
a los gritos, que se acercaban por momentos; levantóse Marta con el
pelo suelto aún, y al ir a salir tras ella la peinadora, se precipita en la
habitación una de las criadas, q ue era quien daba tales voces:
- ¡La señorita, la señorita, que habla como loca!
Corrieron las tres a la alcoba de María, donde ya llegaba a su vez
don Samuel todo trémulo, en tanto acudían otra criada, la lavandera y
el hortelano, al reclamo del tumulto y en socorro de doña Salomé, que
pugnaba, ahogándose y llamando también a todos, por ir con su hija.
La cual, viendo entrar precipitadamente a su hermana, a su padre, a
la peinadora, a la criada que había dado el aviso, procurando calmarlos
con pausado movimiento de una mano, que parecía costarle mucho
trabajo levantar de la colcha, sobre que yacía el otro brazo inerte a lo
largo del cuerpo, dijo ~on voz cansada, como de convaleciente:
-No os asustéis, que no pasa nada. He llamado a ésa-y señaló a la
doncella-para que vaya a despertar a Lázaro, que me ha dicho que
quiere, ahora que puede hacer vida de campo, aprovechar las mañanas.
Ya sabéis que le gusta que le abran una de las maderas del balcón nada
más, de modo que no le dé el sol en la cara.
El primer momento fué de estupor. Don Samuel, juzgando que su
hija había perdido por completo la razón, abrazóse a ella llorando . Marta y la peinadora tuvieron que hacer grandes esfuerzos para separarle
de ella y que no la ahogase. Cuando consiguieron apartarle de allí y
mandarle con su mujer, diéronse una y otra a conllevar el delirio de
María, que atribuía su hermana al mismo histerismo nervioso, que, por
efecto de la impresión sufrida con la muerte de Lázaro, habíale tenido
tan postrada. En vano la muchacha repetía que no estaba loca ni soñando, y que no tenían más que ir al cuarto de su hermano y conven455

�LA PLUMA

LA PLUMA
cerse. Creían que la fuerza del dolor le había borrado la memoria de
aquellos días atrás y de todos los años que el hijo pródigo faltaba de su
casa, retrotrayéndole a los ya lejanos en que salió del Colegio -y ella era
una niña, que no podía acordarse tampoco.
Ya iba el hortelano en busca del médico otra vez, corriendo a la par
por el pueblo de puerta en puerta la noticia del despertar terrible de
María. Sonó en esto en la casa un timbre que la doncella creyó llamamiento de los señores, a cuya habitación fué diligentísima. Como allí
le dijeron atribulados doña Salomé y don Samuel que nadie llamaba,
bajó a la puerta de la calle, en la que no vió a nadie, volvió a subir, sin
que el timbre callara, y ya se precipitaban todos de nuevo de una parte
a otra sin saber dónde acudir, cuando se oyó clara y distintamente una
voz velada por la distancia que podía naber hasta la alcoba que fué de
Lázaro, clamando al par que una mano impaciente golpeaba por dentro la puerta de la habitación:
-Pero ¿qué pasa? ¡Abridme! ¡Acabo de oir las nueve en el reloj de la
Colegiata! ¿Quién ha cerrado la puerta por fuera? ¡Vamos! ¡Mica! ¡Abre
Mica!
Micaela se llamaba el ama de cría que fué de Lázaro, muerta al servicio de la casa todavía, de la peste que asoló al pueblo al tercer año de
la guerra.
Ill.-COSAS DEL OTRO MUNDO
Yo fui, en calidad de escribano de actuaciones, acompañando a).
juez especial nombrado para entender en lo que se llamó «La Causa del
resucitado•.
Llegamos al alborotado pueblo en el tren de la mañana. Durante el
viaje no oímos hablar de otra cosa. El juez y yo, sin dejar traslucir
nuestra misión, escuchábamos atentos. Quién, aceptaba a cierra ojos la
evidencia del suceso sobrenatural; quién, desconfiaba de cuanto se decía atribuyéndolo a manejos electorales de tal o clial cacique; creíanl1t
los unos en nombres de Dios y como señal manifiesta de su divino po-

./

-d er; negaban los otros su posibilidad en nombre de Dios también, por
acatar las severas disposiciones del alto clero contrarias a la validez de
un milagro producido fuer1.&amp; de toda jurisdicción; se aducían doctrinas
científicas pretendiendo explicar tan extraordinarios acontecimientos y
las consecuencias que de ellos se siguieron, como un vasto contagio hiperestésico de alucinación colectiva; se alegaban textos admitiendo la
interpretación espiritista de tales fenómenos con la hipótesis de un desdoblamiento de María, la hermana de Lázaro, y aun de la posibilidad
&lt;le la aparición del muerto, reencarnado por pocos días en la misma envoltura corporal que había tenido en vida; se cruzaban apuestas; se enzarzaban disputas. Nunca la opinión española se pronunció con tal entusiasmo, en pro y en contra, salvo en la guerra carlista o en tomo a
dos toreros rivales. El pueblo «presentaba-al decir de un diario localel aspecto de las ferias más animadas». El comercio hizo su agosto, y
no faltó quien aventurara maliciosamente la probabilidad de una confabulación de mercaderes-a que suele llamarse «fuerzas vi vas»-para
implantar una Lourdes ibérica sobre las ruinas morales del Pilar de Zaragoza, el sepulcro de Santiago y la Pradera de San Isidro. El gobernador, a instancias del alcalde, mandó un piquete de la Guardia civil para
garantir el orden póblico.
Fuimos a la fonda, de donde nos trasladamos al Juzgado para instruir las primeras diligencias. El rumor popular propagó la novedad de
nuestra llegada, lo que acabó de soliviantar los ánimos, harto excitados
ya. Hubo una procesión del Cristo de la Luz, sin permiso del Obispo
ni más responsabilidad que la del ecónomo adjunto a la ermita, en acción de gracias al cielo por el señalado favor que dispensaba al pueblo,
devolviéndole a su «hijo predilecto» honor concedido a Lázaro en sesión extraordinaria del Ayuntamiento con el voto en contra de los concejales Leones. Se organizó una manifestación republicana, como protesta contra la pasividad de las autoridades locales ante los desmanes de
la reacción fanática.
Copiada queda en síntesis la declaración de Anuncia la peinadora.
Por el Juzgado desfilaron, en espontánea información, cuantos tenían a
45T

�LA PLUMA
gala contribuir al esclarecimiento del suceso con su testimonio, falso
casi siempre. Fué menester después que una pareja de a caballo nos
abriera paso hasta la puerta del Chalet donde se agolpaban insensatos
los curiosos vociferando. Las habitaciones de la planta baja estaban llenas de amigos y allegados, en hábito y continente de duelo. En tanto
advertían de nuestra llegada al dueño de lá casa, Marta nos recirió en un
despacho, del cual desalojó a cuantos estaban.
Marta declaró la primera. Parecía muy serena. Vestía un traje de
tonos claros. Contestaba con seguridad. Y sugirió con un sentido que
pudiéramos llamar terrenal la explicación más humana: ¿qué noticia
cierta tenían de la muerte de su hermano, si no era la transmitida, de
acuerdo con un antiguo compañero de Lázaro, por su novia de un día la
Jeoncilla? ¿No era una manera de volver a su casa el hijo pródigo sin
que su padre pudiera cerrarle la puerta-y la gaveta-el dárselas de resucitado, superchería a que había de ayudar con toda su buena fe y su
misticismo loco su hermana María?
Su hermana María se presentó temblando, los ojos en el suelo, las
manos juntas, ruborosa y pálida a cada pregunta, vestida de negro. No
hubo modo de que declarara otra cosa que su fe en Dios y en Jesús su
divino hijo, por cuya intercesión había vuelto a la vida su hermano
Lázaro. Dulce Jesús, Jesús alabado, Jesús mío, Jesús me valga, fueron
las únicas palabras que pudimos arrancarle en consonancia con lo que
el Juez le preguntaba; pues no obstante el abus&lt;&gt; que de ellas suele hacerse las haya desprovisto de su sentido religioso y pese a la intención
de María la hermana de Lázaro de soslayar toda respuesta categórica, le
delató el acendrado entusiasmo, rayano en el deliquio, con que escudaba su mutismo tras de aquellas sólitas frases.
Declaró don Samuel exculpando la severidad, tal vez excesiva, con
que había tratado antaño a su hijo por encaminarle al bien. Y rehuyó
una opinión explícita que pudiera orientar al juez en el caso concreto
de la supuesta resurrección, si bien se inclinó a admitir como buena la
hipótesis de la desaparición de Lázaro del campamento francés donde le dieron por muerto y donde con otros heridos graves pudieron

LA P L U ,\J A
hacerle prisioneros los alemanes. Las penalidades sufridas por escapar
al cautiverio, ¿no eran bastante para perder, siquiera fuese temporalmente, la memoria y alterar el funcio!'lamiento normal de la mente?
Don Samuel se adhería con tal suposición a la ingeniosa teoría expuesta por un catedrático de Medicina Legal en cierta sonada conferencia en
el Ateneo de Madrid.
Doña Salomé, rompiendo su amor de madre por entre los hipos,
lloros, ayes, ahogos y suspiros del histérico. no supo decir más sino que,
habiendo recobrado al hijo que creía perdido para siempre, su sola vista le aplacaba todo deseo de saber cómo ello había sido, por lo que nos
rogaba a los que teníamos encomendado por ministerio de la ley esclarecer la Justicia, que dejáramos hacer a Dios la suya sin meternos en
más averiguaciones.
Consideró pertinente el juez efectuar un careo entre la leondlla, presunta cómplice del resucitado, con el propio Lázaro. Como éste, convaleciente aún de las heridas que le causaron la muerte en el campo de
batalla, no se hallaba, según dictamen de los forenses, en disposición de
salir de su domicilio, se intentó la diligencia en el Chalet adonde llegó
la muchacha acompañada del Prior de los Padres, de la Superiora de
las Hermanitas y de don Dámaso el abogado de los Leones, que por
neutrales los dos primeros en la contienda familiar y en cumplimiento
el otro de su deber profesional, podían, sin menoscabo de la dignidad
propia ni abdicación de sus convicciones, entrar en casa de don Samuel
viniendo de la de enfrente.
Presentes la leoncilla y sus valedores, llamó el juez a su presencia al
interfecto. Pude advertir que su novia de un tiempo, no bien oyó pronunciar el nombre de Lázaro, apretó con fuerza las manos de la monja
que atenta permanecía a su lado.
Lázaro apareció en el umbral del despacho. Digo que apareció y
aún fuera más propio decir que se apareció; tan espectral era su aspecto. No sabría decir cómo iba vestido, ni si andaba o se deslizaba como
una sombra. Recuerdo que las facciones de su rostro palidísimo, sus
movimientros de brazos y piernas, no ie acusaban delimitados en una
459

�L A PLUMA

L A PLUMA
.atmósfera clara. Una sonrisa que intentara, por leve que fuese, desdibu'ábale el rostro diluyendo la expresión y borrando súbitamente sus ras¡
'
.
d.
gos característicos. Su estatura, su volumen, parec1an aumentar o 1sminuir a medida que avanzaba una pierna o la retiraba para dar un
paso adelante o atrás.
.
. .
Pero lo inefable era la voz, sorda, sin matiz, sin tono, y, sobre todo,
desproporcionadísima con la distancia a que se h~llaba de nosotros. No
porque hablara alto O bajo, mas porque no ~arec1a yroceder de su boca,
ni aun de su cuerpo, es decir, que no la tenia loc~hzada aparentemente
como algunas personas en el estómago, o _en el vientre,_ o estra_n_gulada
en la garganta, 0 subida a la cabeza, o alo¡ada en la nan~, o ~~1e~~osele por los ojos, pero que surgía, envolviéndole, de no ~e que mv1s1bles
receptáculos flotando en derredor nu stro. _Era_ como s1 en ve~ de alzar
la voz O bajarla, se alejara, no en la d1stanc1~ sm.o en prof~~d1dad, o se
.acercara hasta parecernos que nuestro propio 01do la em1t1a._ Algo semejante a esas cabezas figuradas, metidas dentro de una ca¡a, que el
ventrílocuo de circo abre y cierra paulatinamente a la par que modula
sus palabras con un efecto de alejamiento o proximidad para demostrar
su fenomenal maestría.
. . . ..
No esperó a que el juez le interrogara ni a nadie saludo n'. p1d10 venia para empezar a declarar, con tal rapidez e incansable aliento, ~ual
si no hubiera menester la breve pausa que yo necesitara para seguirle.
Pese a la imposibilidad en que me ví de transcribir sus pala?ras~ apareció luego su declaración, escrita de mi letra ya ~ue no ~e ~1 puno..
-«No es fácil-dijo luego Lázaro-que el digno senor ¡uez en e¡ercicio de las atribuciones que la ley le confiere, ni los demás presentes
que con él me escuchan, puedan, así de primera~, ponerse a. tono co~migo. Ni yo mismo logro relacionar las ap?rtac1ones de mi _memona
ordenándolas con una lógica adecuada al tiempo y al espacio en que
los mortales viven. No veo, sin embargo, otro modo de ayud_ar al repr~sentante de la Justicia en la investigación que se p~opone, sin~ el de ir
exponiendo los hechos físicos y psíquicos cuya pasión ~e atane. Declarándolos, consigo, además, reducir a términos asequibles a la mutua

7

comprensión las inefables experiencias a que la fatalidad me tiene sujeto .
~una voz imperiosa, de acento irrefable, me ha sacado de las tinieblas del sueño en que mi conciencia, dispersa, andaba a tientas. Esa voz,
cuyos ecos parecíanme resonar en una bóveda fría, decíame: «Lázaro,
levántate y anda~. Había en ella no sé que dulces inflexiones que en el
fondo de m1 ánimo dormido, adonde la voz llegaba mansa, se confun dían con el recuerdo que el tiempo día tras día había ido acumulando
de la voz maternal interrumpiendo mi sueño mañanero: «Anda, hijo,
Lázaro, levántate que son las diez~. Sentía al mismo tiempo aquel suave resplandor que, al abrir mi madre las maderas del balcón, me hería
los párpados iluminándome los ojos por dentro con sólo el calor del sol.
~y empecé a soñar a sabiendas, haciendo equilibrios en la raya inmaterial que separa por la mañana Jo real de lo soñado. Soñé que estaba enterrado vivo. No, enterrado vivo no. Cuando alguien se da a pensar en tan atroz posibilidad, se atormenta sólo con imaginar el tremendo suplicio que sería hallarse bajo tierra, sujeto por una mortaja, rígido
en el ataúd y con el deseo y la voluntad libres. Y yo no experimentaba
martirio tan terrible, sino 1a sensación voluptuosa de quien descansa
mecido en un sueño profundo. Este pensamiento: «Estoy enterrado
vivo~ era tan puro en mí, me lo formulaba tan desprovisto de toda contingencia utilitaria que pudiese implicar dolor físico alguno, que no me
hacía mella en el ánimo. Es más, decir lo que ahora digo es inexacto
por falta de elementos expresivos. Mal podía ese pensamiento ni ningún otro hacer mella en el ánimo, lo cual supondría la existencia del
ánimo, de los sentimientos, sensaciones e ideas armonizados a que llamamos tal, considerándolo en el todo indivisible del espíritu humano
encerrado en los límites del cuerpo mortal. No; no pueden el señor juez
ni ninguno de los presentes darse cuenta de lo que quiere decir un pensamiento puro desligado de toda relación con otros pensamientos, com~
un resto de memoria asido a la experiencia de un hombre cadáver ya.
-.Estoy enterrado vivo.~ Por este hilo fuí sacando poco a poco el
ovillo de mis recuerdos personales. «Me van a comer los gusanos~ pensé después. Pero sin sobresalto. Y empecé, sin valerme de las manos.

�LA PLUMA

LA PLUMA
materialmente, a comprobar por el tacto la integridad de mi propio cadáver. El dominio de los sentidos, sin necesidad de emplear los órganos
a que en vida estén afectos, es otra de las sensaciones cuya explicación
me parece imposible. Se puede, no obstante, ver a cierra ojos, oír con
la sordera total de la muerte, oler con las naric&lt;'s taponadas con el fétido algodón en rama de las funerarias, gustar sin mover la lengua ni
tragar saliva, tocar sin manos ni pies.
«Fui comprobando, repito, la integridad de mi propio cadáver. No
me comían los gusanos. Estaba entero. Me palpé bien las piernas, el pecho: no me faltaba nada. De pronto sentí cierto calorcillo flúido: saqué
las manos llenas de sangre. Si, no me cabía duda, se me salían las tripas. Me llevé las manos a la cabeza. ¡Horror! ¡Ah, qué desgarramiento
instantáneo! ¿Me había cogido la descarga? En el mismo momento del
vuelo porque estaba volando, señor juez-, en el preciso instante del
vuelo fué sólo un instante, señor juez-, al perder el peso de la conciencia, vi en una llamarada, sentí en un espasmo, cuanto había visto

y sentido.

»Renuncio a explicarlo. No me entienden ustedes. En la Naturaleza
nada se pierde, han dicho los sabios. Todo estaba allí, en mi recuerdo.
Verá el señor juez cómo fué: Yo no podía resistir más la trinchera.
Y eché a correr, eché a correr como un loco para entregarme; las manos en alto. Corriendo, corriendo, perdí tierra bajo los pies; me subí al
tren de un salto inverosímil. En París había olvidado ya todo lo sucedido; mejor dicho, no puedo precisar s1 lo había olvidado todo o no me
había sucedido aún; me vi haciendo cola en la oficina de alistamiento,
sentado ante la ruleta de Trouv1lle y diciendo estúpidamente: «Rien ne
va plus•. Cocó me besaba en la boca. Perdón, señor juez. Cocó era mi
mejor amiga. Sin ella ¿cómo me hubiera librado nunca de las garras de
Raoul-la-Philosophie? Raoul-la-Philosophie era un apache, señor juez.
No serví para el oficio; es incómodo Me volví a Milán. No puedo referir, ajustándolas a la medida usual del tiempo y del espacio, repito, las peripecias de mi viaje aéreo. Pretendo contar unas después de
otras impresiones que viví en un segundo. ¿Simple recuerdo de la vida

1

{

que se ap~rece a la ':onciencia en los últimos instantes? Quizá baste eso
para explica~. el fenomeno. Nunca para dar idea, siquiera fuese lejana,
de_ la sensac1on que se experimenta, como si, disgregados los pensam1~ntos a~umulados en la mente, a punto de perderse en la nada del
Umverso mmemorial, revivieran todo lo vivido y lo soñado lo r r d
I ·
'bl
.
,
ea iza o
y o 1m~os1 e, sin que se pudiera separar la intención del acto; cada
pensamiento, ~ada sensación, cada partícula del alma, siguiendo el hilo
de su ex1stenc1a propia, con la misma fuerza el recuerdo del primer beso
d_e amor que la mcmo~ia est~pida del estornudo de un gato en u n día
sm claroscuro de la primera mfancia.
»'.'Ji responde ahora tampoco mi declaración a la verdad de mis últi11tQs momentos. A_hora ya he conseguido, mal que bien, asociar lo que
una granada hab1a disperso al destrozarme el vientre y tirar mi cabeza
por el alto. A~1ora, por e!empl~, destaco perfectamente de aquel número
de r~cuer~~s iguales en 10tens1dad, el que me sirve para reconstruir mi
contm_uac1on perso~al en_ ~l orden humano, dentro de la jerarquía física
y sentimental de m1 fam1ha: la fatal oposición a mi padre.
»Estoy seguro de que mi padre no se ha enterado de nada. Y, sin embargo,. tuve con él un~ ~ntrevista emocionante. Entrevista que yo sé
muy _bien que no ha ex1st1do en el orden del tiempo con la misma evid_enc1a que otr.:&gt;s encuentros con él. Entrevista que yo no me explico
smo_ como la concreción, en un deseo supremo, de la voluntad que m;
h~b1era llevado algún día al extremo de abordarle como entonces lo
hice zn mente. Mi padre, en aquel momento de mi ascensión delirante al
ot_ro mundo, m~ ~ecibió en su escritorio sin dejar de despachar con los
clientes q~e sohc1taban su usuraria ayuda económica. Me presenté a él
como el d1a que me escapé del colegio. Y como entonces, sostuvimos
una ~onvers~ción sin atadero. Sólo que ahora era yo el que hablaba y
él quien rumiaba pensamientos ajenos a mi intención. De la misma manera que entonces fué él quien habló iracundo y yo quien callé soslayando su menuda requisitoria. e Te has matado-me dijo no más-. Te
has matado.» Y el pobre hombre lloraba; pero la razón que en quel momento supremo se manifestaba elocuente, aducía: c¿Ves? ¿No te lo de463

�J.A PLUMA
.
l héroe? ¡Toma heroicidades!• Yo Je concia yo? ¿Por que has hech? e "bl que no me entiendas? Mira. Había
testé: «Padre, padre, ¿sera _pos1 heb' os cantado un himno: • Viva el
"d I
t'c·ón de premios, a iam
.
s1 o a ~epar i i
.
de la clase había recitado una poes~a en
padre director•, y el pn'?1ero
l
erdo perfectamente: La prtmera
honor de Cervantes. Se utulabla, o recu o eran suyos que eran del Pa.
L'da T d sabíamos que os versos n
.ra t . o os
1·
t ra Por la noche, cuando ya nos
dre Curiambro, el profesor d_eb itera ~ez~ndo alineados de rodillas a lo
íbamos a acostar, y según esta ~mos t me di¡·o al oído: «Lázaro, )eld
·t ·o el Padre mspec or
.
largo de ormi on ,
. ~
é
el breviario, que debo haberYántate; anda, ve al Paramn o ydtra me ·os en el último banco de la izmelo dejado _duran~e el repar;:me !~~l:~acilenta que alumbraba en el
quierda. • Ba¡é comen~o. La de ~an Estanislao de Kotchsk.a empujaba
recodo del claustro la image~
d
El Paraninfo estaba a oscuras.
mi sombra vacilante contra as pare es. t ba la luna y me inundó la
,
por cuyo montante en ra
·
.
Abn la ventan_a,
n los rillos un cri-crí tan agudo, que hacia
Primavera. Le¡os, cantaba
g
ento callado de codos en l?. venllorar a las estrellas. Me estuv~ un mol~da Salté al huerto de un brinco.
D
to pensé· La primera .ra i •
d .d
tana. _e pron
. .
M i uió durante mucho tiempo el la n o
El portillo estaba abierto. e s g
y
padre cómo no podía es'
d 1 perros del campo. a veS,
alerte de. to mes
os os
,
.
.
el bachillerato para salir ael
ni
un
d1a
mas
a
termmar
perar m un
,
colegio.
d
i padre ya no se acordaba. Me dijo:
,Me di cuenta entonces e ~:\;hé a llorar como un niño. Como un
• Yo te hablaba ~e la guerra.&gt;
M apretaban las narices para que
niño que no quiere tomar una pur~~o e ué risa!, como un recién nacíabriera la boca. y lloraba gan~uea b' ¡~s del ama chupándole goloso
do. Me dormí pe~ueño, p~que;;~ e\c~:rme en la ~una, me desperté.
un pezón. Al retirarme e pe
y
.
t' . de la cama
Oí dar las nueve en el relojf~ed la C~le~o1:::yy :~le~t~as de todas. clases.
tonccs he su n o ve¡ac1
d
D d
,. es e e~ .
.
todos los eriodistas, i:etratarme to os
Han pretendido mterviuvar~e t do todoflos partidos, contratarme tolos fotógrafos, presentari:ne dd1pu a
dar conferencias con proyecciodas las empresas de vaneda es ) ' para

L ,-\ P L U ~l A

nes, todas las Universidades americanas. Los médicos se disputan mi
cadáver redivivo. Fruncido el entrecejo, una mano metida entre las solapas de la levita, atrás la otra como Napoleones, pretenden los más
volterianos que soy un simple traficante de imposturas mejor o peor urdidas; los menos dados a compro'lleter una opinión, un catalépico. Los
incrédulos me piden definiciones concretas de la otra vida. No les basta
que yo les diga sinceramente que no es vida ni tiene definición posible .
Los creyentes desean ver confirmadas sus esperanzas de una existencia
ultraterrena de acuerdo con las pinturas más inocentes del Paraíso.
Y aun entre estos últimos andan las opiniones divididas sobre si la música celestial de las orquestas seráficas ha de ser a base de la quinta sinfonía o de la suite en re. Tengo hace días un secretario exclusivamente
destinado a contestar las tarjetas postales en que remotas coleccionist:1s
me piden un pensamiento autógrafo. Me he visto precisado a adoptar
en general los versos de Santa Teresa, que me vienen como anillo al
dedo: «Vivo sin vivir en mi y muero porque no muero.•
•En cuanto a Jesús Nazareno, no le cono:1co ni de vista. Están, por
lo tanto, desprovistos de todo fundamento los rumores acogidos, con
diversa intención, por la Prensa de la izquierda o de la derecha, referentes a mi aquiescencia a la campaña de Galileo con miras políticas en
relación con las próximas elecciones. Protesto tanto o más contra esa
campaña cuanto que mi reintegración al mundo de los vivos no ha sido
acompañada de las inexcusables garantías humanas que son menester
para la mutua convivencia social. Desde mi resurrección no me pertenezco, no me debo a mi mismo, no se me otorga la simple condición
de ciudadado libre. Por si no bastaba la inaguantable solicitud con que
familiares y amigos se disputaban mi nueva existencia, se me ha pre
sentado incluso mi mayor enemigo, dispuesto a cancelar, pues que mi
muerte borró toda diferencia entre nosotros, los rencores que mantenían
viva nuestra disparidad irreconciliable. No hay, no puede haber tormento mayor que este de ver aniquilada la memoria propia, hasta el punto
de perdonar la enemistad eterna. Tan duro es el suplicio, que me he frotado los ojos muchas veces por convencerme de que, en efecto, he revi-

XXX

�J

L .-\ PLUMA
vido y que no estoy en el peor de los infiernos, en el limbo de losinocentes.
Ved si no, aturrullados representantes de la justicia menos humana,
el espectáculo que ofrece mi casa, donde, por la rapidez del milagro y
lo insólito del suceso, nadie sabe atemperar sus actitudes a la emoción
debida. Y hay quien duda entre si llorar o reír alborozado. No ha mucho que las plañideras han venido a cobrar el llanto que hicieron en mi
servicio fúnebre. Sólo mi madre parece, por su gozoso martirio, haberme parido de nuevo ... &gt;
Don Dámaso, en ésto, interrumpiendo a Lázaro, se dirigió al juez,
que no menos confuso que yo, escuchaba sin pestañear el alegato del
resucitado. Y dentro de los términos de la ley se permitió preguntarle
cómo se entendía que pudiera Lázaro responder a ningún requerimiento judicial sin personalidad que le capacitara. Que mal podía si estaba
muerto, según las correspondientes partidas de defunción en Francia y
en España, declarar como vivo ni menos sostener careos con nadie hasta
que una ley especialísima y extraconstitucional no diera validez a las resurrecciones.
Volviéndose a estas palabras el interfecto adonde su novia estaba,
desfallecida casi sobre la monja, sq acompañante, prorrumpió con voz
horrísona, a que acompañaba hórrida máscara de sarcasmo: «Si estoy
muerto o no, lo diga mi amor, deshojando esa margarita más.&gt; Y atrayendo hacia sí a la muchacha, salvando la distancia que los separaba,
sólo con alargar el brazo a doble o triple alcance del que parecía corresponder a su tamaño, le dió un beso en la boca.
-Está frío-murr,rnró la !to11cilla, trocando como por ensalmo su
espanto por una expresión de inocente simplicidad-. Está frío.
Y sin dar lugar a que se repusieran de la sorpresa el fraile ni la superiora, poco habituados a reaccionar tan violentamente como las circunstancias requerían, sin que don Dámaso tuviera tiempo de solicitar
auxilio alguno, corriendo por entre la gente que cuchicheaba en el vestíbulo, salió al jardín y pasó al huerto en pos de Lázaro que, desnudo
y ágil, la precedía huyendo como satírico fantasma.
~

466

LA PLUMA
~i ?ºr la ventana o por la chimenea
.
.
la tun1ca, que se dejó prendida de
, nadie le vimos salir, ni perder
hubo a la alberca, se zambulló 1 una zarza. Todos tras él, JJegado que
La leoncilla dió en reír en • ~vanta~do una gran salpicadura.
,
reir, a liempo
.
nu d arse. En tanto el ho t 1
.
que 1igera pretendía desre ano se arro¡ab 1
rrando el aire los gritos de doña Salomé
a~ agua, y se oían desgamurmuraba calladamente con
. . , Marsa, de rodilJas a mi lado
expres1on beat 'fi
,
• E 1 cuerpo de Lázaro no fué hall d p
i ca: «¡Dulce Jesús mío!,
trola corriente de la alberca por u/ º·. reten~en los más que le arrasen tiempo de los árabes daba salºd a mina antlgua, hoy inundada que
I a secreta
1 1
•
una trad1· . .
a a a cazaba del otro lado
d el monte, seoún
~
c1on oral no co
b d
La leoncilla sigue riéndose, mientras
.
se mpro
de
da a. .
en una celda del manicomio de...
snu a y viste de continuo
C. R1vAs Cm:RrF.

FIN

�LA P L U ~l A

ARTHUR SCHN ITZLER
(LA ESCUELA

VIENESA y

LA )iQVELA PSICOLÓGICA)

le faltaba a Ja novela alemana.
europ~a. era lo q~e
tales osaban hacer de ello un
Criticuelos e_ idiotas sen~1m:o~. Grimmelhausen era aún alg?
mérito espec1~l: Se~:~s A.1!mania Central tenía una marav1grande, y la_ ep1c~
l Perdióse arrebozóse en lo auto~iollosa matena ~mversa :
erso~ales no arrastraba consigo
ráfico y el canal del d~stmo de vidas de la rosa no fueron ar~d~s
~I mundo y la existencia¡ Losdc~p;a tradici6n-el delirio de lo md1sino rayados. No había a a ver a h~sta Thomas l\1ann-, sino que era
vidual corría desde~- ~- Mey~~ca acidad ue frisaba osadam~nt~ con
impotencia y renunciamientoL
ierioridad se proclamaba a s1 misma
la obstinación del nodquerrj s!c:~ fueoo espiritual de los ale!11a~~~ Y
como tipo y guarda ora e. .
e lo buscaban en lo qmmen~o,
escarnec1a a los grandes _sohtanos q~ aislamiento. Más honrado y d1gterreno en el cua1 lo cultivaban, ed s de haber sido incapaz, durante
no es la confesión ?e haber ~eca. ºn{os del espíritu. Las razones se exdecenios, de cumphr los man am1e
.
.
plican por sí mismas.
d I vida no se deduce del estilo m1~mo,
Pues el estilo del arte y e a ó . s que fluyendo a su tra,·es_, se
sino de hostigadoras fuerzas arml n;~:as en 'Europa; Francia, R~sia y
alzan tras él. No son, e~fi genera ~te Acaso la militarística Rusta ha
Austria las poseen mam ~stamFon~ane aunque sólo como corr~ctor
hecho con ellas hasta al m1smod más Al~mania no estaba ya en s1tuade la insuficiencia. Pero pr
~ los bávaros, badenses y suavos no
ci6n de poseerlas. 1:a tra ich n r cuna literatura universal, y sólo proera lo bastante cósmica para ace

[I

LENITUD

f

~g

dujo una cpigónica guardia de poetas locales que reputaban por estilo,
por fuerza torrencial y formadora, a las costumbres, esa perezosa mezcla de pensamientos hereditarios y comodidad. La literatura alemana
no necesita estar orgullosa de Frau Supper, Herrn Finkh, Herrn von
Bodmann. Absorben aún algo de fuerza corrompida en la tumba del
siempre grande Gottfried Keller. Hermano Hesse es quien es digno de
ser discutido en esta serie, el cual, aun9ue sucesor en este terreno de la
manera de escribir, se extiende más alla de lo únicamente literario con
un espíritu idílico sur-alt&gt;mán y un prestigio de raras opiniones. Es uno
de aquellos alemanes que, aun cuando siempre les permanezca ajena la
manera de ser del mundo y anchura y profundidad del destino, alcanzan una belleza casi clásica y vuelven a zambullirse en los tiempos juveniles. Hay que considerar toda la obra y la vida de un pensamiento
ya de antiguo artístico. Capacidad para grandes complejos de creación
también la poseen otros después de Keller. Carl Hauptmann se reduce
a una sensibilidad impresionista, con frecuencia tierna y dulce, pero
siempre desordenada. Stehr, que en realidad tiene a veces algo realmente penetrante, es uno de los menos capacitados, aunque en él
siempre se trate de grandes dimensiones, y que jamás puede traer a
unidad lo naturalista y lo visionario. Tiene manos siempre temblorosas
y no alcanza a realizar cosa alguna. Schaffener gusta de insertar reflexivamente el círculo de ideas de la época en el curso de la acción, pero
permanece en la sombra, diluido, aburrido, pesado, mostrando su impotencia. Lo más fuerte y viril de todos elfos aparece en Wilhclm
Schafer. Aquí vuelve a acumularse lo procedt!nte de KeUer co::1 un
oscuro ardor masculino y trata de dar forma arquitectónica a Jo propio
de su generación y a lo eterno con aquella validez general de lo supernacional. No obstante, está fuera del tiempo, muéstrase aquietado de
un modo harto contranatural en un tiempo de estáticas búsquedas. Es
una buena tradición, aunque no la del espíritu investigador, sino una
forma de vida, que no esta hoy penetrada por el satánico borboteo de
la evolución, y que más tarde tampoco será típica, cuando el suelo general de la cultura vuelva a ser clásico; esto es, dotado de claridad.
Pues sólo puede aquietarse lo que estaba antes en movimiento. Y lo
otro se hará fósil porque siempre fué pacífico y sólo por las viejas venas
le corre aún a veces un aliento de fuego. Todos estos son artistas de
cierta categoría, algunos de mucha, por su poder cr~ador, pero no enlazados en aquella mística conexión con la conciencia del mundo y con
sus transformaciones, que, sea como quiera, crean lo representativo.
Para esto se precisa una raigambre profunda y jugosa. No sólo una
-469

�L:\ PLU MA

continuidad en la producción de la forma: estar arraigado en lo esencial, en lo popular, en las aguas subterráneas, en el jugo de ideas del
suelo popular. Para esto se precisa una cultura, no sólo capacidad productiva y flexibilidad como de goma en la manera de escribir y concebir.
Con el creciente excepticismo y la vanidad interna, con la conciencia de la forma negativa de la pasada época, comenzaron perturbaciones en la ingeniosa construcción del relato de los clásicos sur-alemanes. Influyeron los escandinavos. No se comprendió la magnitud de
Hamsum, y, lo mismo que a van Gogh los pintores, tuviéronfo los literatos por un impresionista, igual que a los sutiles daneses Bang y Jakobsen. De todo esto resultó una mezcla de impresionismo con buen
juicio como en Bahr, con virtuosismo como en Kellermann, con aperfUS como en Altenberg. Con las sorprendentes y excesivamente bien
acogidas ciencias naturales fueron rebajadas las almas a la categoría de
preparados. La poesía cayó en servidumbre; tuvo temas de análisis químicos, de diagnósticos medicinales. Hubo casos clínicos que fueron Ji.
teralmente asunto de representación. Desde Ibsen hasta Hans Heinz
Ewers no es muy largo el camino. A Wassermann lo salvó su gran talento, apartado tambien de tales bajezas espirituales.
A Schnitzler lo salvó Viena, lo hizo representativo.
Ha habido en la Alemania prusiana muchas bromas para despreciar
el Austria. Si la combinación política era imposible, poseía, sin embargo, una cultura ampliamente reflexiva. Al decir «rococo&gt; se piensa en
la armonía de las cosas desde el bidet a la tragedia. Al decirle a uno
Viena ocurre lo propio. Hay aquí, sin que su valor deba ser calculado,
una cultura de la cual no tienen ni huella los alemanes. Allí y en las
montañas bávaras, en Inglaterra, en Estocolmo, hase dotado a lo germánico de los ejes de su expresión en el mundo. Por todas partes hay
allí corrección, un selecto principio puesto en ejecución, paisaje, costumbres y espíritu y hombres que traer a una unidad, que llevar bien
cobijados a través de las combatientes épocas. Lo vienés es lo más débil de ello, pero es algo definido. Teatro, manjares, dessous femeninos,
y mentalidad y formas sociales tienen el mismo ritmo unificador. Si
hablan los prusianos de sus Grandes Electores, de los gestos de Federico,
de deber, y casta, y espíritu, se trata de esta o aquella actitud, de la defensa, la coquetería y hábitos de una casta dominante que, a veces, en
su unilateralidad, se ha poetizado en ciertas sorprendentes formas, pero
que no posee ninguna amplitud, ninguna base vital, ningún jugo popular, cosa quizá muy digna de asombrar pero sencillamente abomina-

L A PLUM .-\
ble. Lo que ~e ~xtiendc entre las estirpes de las montañas de Baviera,
donde ~n !111st1co z~mo del suel? hace al hombr~ g1andc y engarzado
en el pa1sa1e, y Suecia, es caos e 10cultura. Es asombroso en sus erróneas carreras, sus ~randes . hechos heroicos, sus sacrificios y mártires
para formar u~ esulo aleman. Pero aún no es nada. Lo que aparta a la
actua\ gener:1c1ón de la ~nterior y de toda la escuela de Keller es, en lo
esenc!~l, la idea de servir a este fin y vivir de nu ~vo como dilatada generac1on.
Porq~~ ~ólo fuera de ese complejo puede ser comprendido Schnitzler, es d1ftc1l. l\egar pl~_namente a él y a su significación. Lo mismo que,
no por una uni;~ acc1on _a los hombres y a las mujeres, según un sólo
abrazo, no e~ l_1c1to con~1derarlo por esta o aquella exteriorización. El
c~mcepto sena 1~sul~o e 10fantil. Lo mismo que para el hombre, sólo la
vida entera es criterio y saldo de cuentas, y para la mujer haber gozado
:igotadoramente de ella hasta los últimos limites del alma y del cuerpo
en este poeta sólo lo es el ha~er cogid? en las manos y sopesádola toda
obr3: sono~a, rotunda y maciza. No importa un miembro, sino toda la
tensión. S1 s~ P:1lpa hasta ta.n lejos, de los muchos rebozos surge primero el_ J?~esent1m1ento, de~pucs el contorno, por último la tersa forma. Su
trad1c10n,_ su porte, su c1.u_d ad, su fuerza, es la atmósfera que respira, lo
q_ue lo alienta en lo poht1co, lo oscurece melancólic;. mente, lo seduce
tiernamente, lo excita y lo satisface: Viena. Esto es su arte. Ambiente
como figuras. Exterioridad y penetración. Rendidas y amadas. Forma y
amor. Por lo tanto: su sensibilidad del mundo.
Natualmente que _el c_uerpo vienés, comparando su desarrollo con el
del mundo, no_ es nmgun gran. mundo. Pero como Schnitzler es proJuct? suyo! recibe su sello, Jo mismo que Paris se formó un Musset, y
detras d~l tierno mundo de Tchekof, tan próximo al gracioso y de suave colorido de Schnitzler, se alza la gran tristeza espiritual del oriente
eslavo. J.,o_s alemanes c~een con frecuencia e~tar cerca de una gran cultura el 1m1tar ~o extran¡ero y los hombres están orgullosos de que los taJles de. sus mu¡cres lleven faldas que sólo convienen a caderas francesas.
Se esta entre _no_sotros en un _grado aun mayor en la imitación, pero no
e~ el apren_d1za.1e. Las austri_acas y las suecas tienen sus faldas propias,
cierto q~e 10sp1radas en occidente, pero cierto también que acomodadas or&amp;ani ~amente a la forma de la vida, del carácter y del muslo. Y
hasta el ~as espant~so embrollo de los talleres vieneses, en los tiempos
Je la t.ernble care~c1a de forma, tenía siempre un estilo.
As1 se caracteriza la obra de Schnitzler, surge a veces vi vamente impregnada de aroma, fluye otras con tenuidad; pero jamás ha llegado a

1;

471
470

�l. A P L U l\J A

,

una definitiva y plena ejecució~ . Se puede destrozar por completo cad_a
cosa aislada suya. Pero de un hbro a otro, ton~ tras_~ono, en una plenitud siempre nueva, en una forma cada vez mas cemda, se v~ construyendo una melodía fundamental. Esta y la otra parte de la cmdad, los
latidos del corazón humano en la altura y en las profundidades de las
capas del aire, las excitaciones, desde la sonrisa al dolor, sólo 1_1n movimiento de secundos y, sin embargo, todo queda comprendido entre
ellos .. . así se entrega a su tiempo. El escepticismo de! su época lo coloca a cierta distancia de lo que crea y aunque_ todos sus eJement~s ~acen
de él un maravilloso ejemplar de sus pro_pie~ades. ~s1 . mane¡a el sus
figuras, no sin mezclar su sangre en sus exc1tac1ones, smtiendo algo se~timentalmente sus caídas, tragando sus _placeres y grandezas con el tragico grito de la duda en la trém_ula mune,ea y algo de ~ofa en torno.ª
los labios. En esta oscura serenidad fluctuan las evoluciones del Destino. Es tratado poéticamente el _espa~io que va de ~o ~iudad_a,no a lo humano el terreno de la existencia. Sm voluntad. Sm mtenc1on. La obra
recibe' repentinamente la significación de val?r gene~al que imprit?e el
arte más alto. Dentro de cién años se tomaran los hbros de Schmtzler
como medida del tiempo, y se dirá: -Así era Austri~-.
No es poco. Está innegablemente por la, construc~ion y al~ura y r~sonancia fuera de la marca de los otros. En estos se unifica casi exclusivamente (excepto en Keyserling) obra y tiempo y pueblo. Pero no se desprende de ello el pronunciar un juicio sobre el valo~ de es_t~ época de
vida y tiempo. Ei; el mórbido miembro final de una d1soluc10n, el bello
momento antes de un punto final, el sentimie_nto d_el tiempo que tam bién antes de la guillotina se muestra et?polvado, vivaz y e_~ buena salud. La cima del arte de Schnitzler es, sm duda, una elevac10n muy pequeña al lado de Lessing, Laotse, Cervan~es, Ekkehard, Notker, Balzac.
Pero es a!ouicn, ese es su orgullo. Es su tiempo, que lo ha crea_do y formado de ºnuevo a él mismo. La cuestión del valor de Schmtzler no
hay que apuntarla solamente e~ la llanura artística, se anuncia paralelamente con la del valor de su tiempo.
.
Se cubren por completo uno a _otro,- ~o hay_ lugar a equivocarse: ~l
alicnoo de este arte es con frecuencia deb1l y sutilmente exhalado, sentiI!lientos de segunda mano, heroismo c?n ~ritos excesiv~s, ajenas materias en que sólo se presenta el acento vienes. El ntmo vital de estos trabajos no hace palpitar el corazón cálido, veloz y hondat?ente. E~ estas
novelas y cuentos se da la tierna y encantadora s_uperfic1e y !_as idas Y
venidas de inflamados corazones, y con frecuencia es lo uno igual a _lo
otro . Y, finalmente, ninguno de estos libros es por completo un si Y
472

LA PLUMA

i

r

ninguno un no. Sino que todo queda sentido y juzgado de un modo intermedio. Ese es el caso y el problema.
, _Pero no bien la cuestión surge, aparta el semblante, no se planta
ngida ante ~l hombre,. el creador, dependiente, sino muy lejos de él
ante la plemtud d~ s~ tiempo. Pues_ de ahí.viene él. Hacia allí se dirigen
ambos: el reconoc~~1~nto y la que¡a. 1:,0 unico yue hay que anunciar
acerca de_ él es e~ ¡mc10 ~e s~ humamdad. Que posee un indudable
amor h~c~a las criaturas d1bu¡a~as y mo~tradas por él, era un aliento
~emocratic~ en su obr_a ya en tiempos aun muy absolutistas. Esto ya no
tiene ahora unportancia, pero vuelve a designar la retornan te línea del
decoro. En esto no es ningún sectario extático ni activo, ningún csacador de consecuencias• . Sino que también en la oposición está lleno de
reservas. Intachabl~ como pocos, como apenas ninguno en su categoría,
fué su p1;1nto de_ v1st~ europeo durante la guerra. La gritería de odio y
los delmos nacionalistas no encontraron en él un heraldo. Tampo~o ~n lo artístico a_nduvo jamás a la busca de conjeturas, ni estuvo
¡a~as lleno de cambios como Gerhard Hauptmann. Intachable, disting~ud~ repr~s:ntante, no sólo de su tiempo y ciudad, sino de la conc1e~c1a_ art1st1ca, penetra ~n los nuevos tiempos, cuyos precursores y
guias t1~nen poco en ~?mun con su obra, con su atmósfera, pero cuya
~ran estima y venerac1on, cuyo saludo y aprecio es por el ardorosamente
bien recibido, como por todo hombre verdadero.
. ~a técnica de su manera de escribir, que analizaba el hombre y lo
adivinaba avanzando a tientas por sus nervios en vez de determinarlo,
q~e lo clavaba fi~memente con alfileres en lugar de arrebatarlo por lo ilimitado de lo divmo y lo humano, era la más cuidada y moderna antes
del tiempo «expresionístico». Viena criaba, a modo de conejos, legiones
en~eras de estos_ poetas de rango inferior. Schnitzler parece cada vez
mas, ya que el tiempo se ha deslizado entre sus obras y nosotros, como
su mejor y más sano representante. El valor de lá forma de arte que él
represe~ta, la frontera de toda la prosa psicológica se determina ya por
su propio confin. Es arte como todos, limitado como todos. Pero menos en el terreno de los asuntos y en lo ancho que hacía la altura.
Lo trágico, lo elemental, por lo tanto 1o que conmueve y afecta a
los hombres no puede surgir de él. Sólo amables consecuencias y voluntad de explicar en el mejor caso cuando ante el destino, la muerte y
la _eternidad no hay nada que decir en el fondo . Este arte no tiene embriaguez, no tiene una inmediata referencia a las grandes estrellas que
g~~an nuestra vida. No adivina, no se queja. No canta de júbilo como
pa¡aro. Es más bien ingenioso. No conoce lo inconmovible de todo es473

�LA PLUMA

LA PL U .\1 A

píritu determinado, pues describe su alrededor. Por último, no es sencillo. Tampoco quiere serlo. Tiene su medida, se extiende en su proporción. Con un cauto saber, no cae por falso orgullo más allá de las
fronteras de lo para él posible. Considerada en su totalidad, la ohra de
Schnitzler ocupa su puesto con dignidad y maestría. Las últimas magnitudes le son denegadas, pero eso no le preocupa. Dirígese por ello a
bastarse a sí mismo, a ser porteador no lanzador ni nuevo formador.
Quiere justicia ante su tiempo. El tiempo está en él como en un espejo.
Eso es mucho.
KASIMIR EnsCHMID.

BIOMBO JAPONÉS
Loto.
Como la IR.isa
flue tiene prisa
!Para ir a f.Misa
flbis .
9l,quel 'Genorio
C:ual un notorio
:Zar ilusorio
9&gt;ragón,
clonaja
!Para la caja
!Para la caja g la mortaia
l'Y él
flarolillo japonés,

(Traducción de Ramón M. Tcnrci ro.)

';I

CRUZ DE NOVIEMBRE
flechas ;}{oviembre. 93ruma esmeril
fhf.iro una Cruz. 'Veo la Cruz
'll obscuro el 9in.

~

Cristo en marfil. fMármol g fi'e
f.6lanca la piedra. flfosco el saíz
,, ¿:Dónde estaré? ¿$iempre seré?
-C:irio encendido. 'Garde esmeril
Como mi alma¡C:enizag luz/

(fJ a veces, solo
duda g esplín)
ANTONIO ESPINA

47S

�"(

1
J

&lt;!

CRÓNICAS LITERARIAS
BÉLGICA
no puede darse cuenta, a pesar de la rivalidad del catalán Y
del castellano, de la im.p ortancia, que me atrevería a llamar trágica, de un conflicto lingüístico como el que está planteado en Bélgica. El catalán no deja de ser, con todo, un movimiento regionalista; el flamenco, lengua tan antigua como el francés, es utilizado
desde la cuna por más de la mitad de la población. De mane ra que es fuerza
elegir entre dos soluciones: separatismo o bilingüismo.
· En la doctrina oficial por lo menos, el bilingüismo aparece contrapuesto a
las aspiraciont-s separatistas de buena parte &lt;le la población flamenca. Pero
es una paradoja predicar el empleo simultáneo de dos lenguas por un pueblo.
Un pueblo, sea el que quiera, no tiene nunca ni puede tener dos lenguas ma•
ternas, porque un pueblo-aunque esto se desconozca bastante, después de la
guerra-no es más que un conjunto de individuos, y un individuo, aunque
aprenda diez idiomas en su infancia, sólo puede poseer una lengua materna.
El sólo nombre de separatismo basta para enardece r a los que han absorbido el espíritu nacionalista, desarrollado en todas partes por la guerra, y
-creado enteramente en Bélgica. Se le mira, además, en su acepción extremista, es decir, como si condujese fatalmente a la guerra civil y a la división del
país en dos Estados independi.!ntes. De hecho, si se quisiera examinar el caso
razonablemente, sin pasión, sin prejuicios, sin cultivar el barullo, se echaría
de ver que el separatismo puede concebirse muy bien dentro del marco de
un Estado federativo, sólidamente organizado sobre la base de la unidad.

11

SPAÑA

LA PLUMA
Razonablem~nte, he dicho. La historia de Bélgica desde la guerra, muestra, por desgracia, que la solución razonable tropieza con la oposición desesperada de todos los partidos. Un alboroto sentimental se sustituye en todas
pa~tes al estudio objetivo de la situación, y con preocupaciones políticas
-mcluso las electorales-envenenan un problema que por su naturaleza debería estar a salvo de los regateos y de los compromisos. Desde que la disputa
de las lenguas se ha materializado en la cuestión de la universidad flamenca
f'S imposible discutir a sangre fría. Los fenómenos que se presentaron e~
Francia cor. ocasión del asunto Dreyfus, reaparecen en la Bélgica actual
a
.
1es se contesta rabiosamente con homilías sentimenta' y
1as h om1·¡·1as sent1menta
les, sin preocuparse de delimitar el conflicto.
P~eciso es reconocer que la política internacional-elemento satánico y
maldito entre todos-desempeña un papel importante en esta crisis; el Gobierno francés, que subvenciona a buena parte de la Prensa belga. desde que
por la aventura del Ruhr y otras, Bélgica se ha convertido en satélite cuando
no ea vasallo de Francia-moviliza la opinión pública contra todo lo que a su
entender puede disminuir el prestigio y la acción directa de la cultura france
sa en nuestras provincias. De ahí, toda una argumentación contra el flamenco
•vehículo de la cultura germánica•.
•
Estas presiones ocultas de Gobiernos extranjeros aguzdn las pasiones y
ahondan las heridas . Paralizan al Gobierno belga, y le condujeron a desentenderse d~l problem~ más grave planteado en la vida nacional. Sabido es que
esta sabia estrategia produjo su caída, y producirá, bajo apariencias nuevas,
un caos irremediable.
Un país colocado en una encrucijada lingüística, sólo puede subsistir adoptando ~na ~onstitución basada en la autonomía provincial. Abundan los ejemplos h1stóncos y contemporáneos que confirman esta lección. Pero nadie lo
toma en cuenta, y menos que n.tdie los pseudo- nacionalistas belgas, probando
así que son únicamente agentes de la política fraucesa. Poco a poco, como en
la Francia del dreyfusismo, el país se quiebra interiormente.
La cuestión de la Universidad de Gante absorbe hoy la atención de todos.
La vida intelectual que, acabada la guerra, renacía débilmente, decae cada
Yez n:ás. No sé si existen académicos y academias en Honolulu, pero estoy
cierto de que el pensamiento humano encuentra :tllí un campo más propicio
que en la Bélgica actual. ¡No se fíen de apariencias los extranjeros! Si prestan
crédito a ciertos informes de agencias y a las revistillas que nacen, mueren ..
477

�LA PLUMA
cambian de estado civil, renacen, desaparecen de nuevo, se fusionan, o se deshacen, podrán imaginarse que, en estos países de Flandes y Walonia existen
escritores simpáticos, o interesantes. ¡Que arrojen de sus cerebros tales ideas,
v rechacen con energía tales fábulas! La escuela literaria belga es una cosa
amorfa y ridícula, un conglomerado de jovenzuelos o de ancianos distinguidos
a quien las revistas y los editores franceses cierran rigurosamentf" sus puertas, y que pretenden alimentar la ilusión del trabajo y del triunfo .
Entiéndase bien: hablo de los escritores «belgas• cuyas Sociedades, Federaciones, Asociaciones y otros grupos alimentan los periódicos de este país
malaventurado. No hablo del grupo de artistas que, como ya he dicho, honran
las letras francesas actuales, entre los que figuran hombres como Crommelynck
y Baillon, o que la han honrado ayer, como Elskamp, Maeterlinck y Eekhoud·
No hablo tampoco del grupo flamenco, al que me referí en mi crónica anterior, y que, en conjunto, es muy superior en cohesióo y eo verdadera savia a
los escritores de lengua francesa.
La descomposición intelectual precederá casi inevitablemente a la descomposición política. Cuando se compara el movimiento artístico de 1923 con
el de 1f98, por ejemplo, se queda uno estupefacto, y edificado. En literatura,
Lemonnier, Picard, Verhaeren, Vao Lerberghe formaban núclos de interés y
atracción internacionales; en pintura, James Ensor y Henri Evenepoel; en
escultura, Constantin Meunier; en arquitectura, Henri van de Velde, inauguraban caminos nuevos y se hacían obedecer por la elite europea; en música, la
escuela belga revolucionaba la técnica e imponía sus lecdooes. Revistas como
L.i Société Nouvelle, de Brouez, agrupaban a los mejores espíritus de Francia,
Alemania, Holanda e Inglaterra. Fiel a sus tradiciones y a los imperiosos mandatos de la geografía, Bélgica cumplía sus funciones de intermediari.. , su papel
de encrucijada de Occidente,
Hoy, los elementos buenos huyen, y una muchedumbre de desventurados
ofrece al mundo el espectáculo de la impotencia y del odio. El conflicto de la
Universidad de Gante es, en este respeto, un símbolo horrendo.
Y, sin embargo, ¡qué importa la lengua en que un hombre se expresa, si el
hombre es una medianía y su cerebro flaquea! ¡Qué importa la lengua en que
está escrito un libro, si el libro es una obra maestra que enriquece a la humanidad! ¡Qué importa la lengua en que un maestro enseña, si sus discípulos no
confían en él! El idioma es un instrumento, y sólo vale en razón de quien lo
maneja. Esto, que es evidente para un pintor, debiera serlo también para un

LA PLUMA
filósofo, un poeta o un sabio, Sólo el alma importa, sea la de un hombre o la
de un pueblo, y lo demás pertenece a la política y al desprecio.
Que los tácticos del Parlamento denieguen u otorguen al pueblo flamenco
la Universidad íntegramente flamenca a que tiene derecho ante la historia;
que una campaña de Prensa pretenda humillarlo o no, cuando reclama un privilegio nunca rehusado a un pueblo libre; que las Academias luchen a fueria
de votos y de órdenes del día... ¡son cosas que se lleva el viento! Una es verdadera: Guido Gezelle, que escribió en un patois flamenco, es uno de los más
grandes poetas de siglo x1x; Verhaeren, que escribió en francés, ha salvado su
nombre del olvido, y dentro de diez años, los hombres no guardarán en su
memoria ni rastros de las polémicas miserables de estos ,lías.
PAuL CoL111.

FRANCIA

m

novela más a propósito de la guerra!... ·Pero cómo no hablar
del Reveil des morts, de Roland Dorgeles, que alcanza un éxito de
público considerable.
Con justicia se ha dicho que Roland Dorgeles es hoy el más
notable de los herederos de Emilio Zola. Si este último no hubiese muerto
antes de la guerra, habría escrito sin duda una novela de las regiones liberadas, angustiosa, grave y pintoresca a la vez, como esta novela de Dorgelei.
Estas tierras por decirlo así vírgenes, restituidas por el crimeo de los hombres al estado de naturaleza, en las que, trabajadores de todas las naciones se
afanan por reparar las ruinas, ofrecen un cuadro extraordinario de esfuerzo,
de codicia y de intrigas.
Chinos, kabilas, italianos, rusos, polacos, españoles, checoeslovacos, todas
las razas, todas las lenguas, sin hablar de corredores y zurupetos, de los industriales sin escrúpulos, de los traficantes en indemnizaciones de guerra, de
falsos sin;estrados, coa toda la banda de vividores de Europa que han acudido
a disputarse esta presa, ya casi despedazada. Setecientas mil casas que reconstruir, y millones de hectáreas que roturar: ¡magnífico cebo!
La parte descriptiva del libro de Dorgeles es muy notable, con su hormiNA

�LA P L U t.1 A

LA PLUMA
·
la muchedumbre ululante y trepidante,
gueo de personaJeS,
. y vastos cuadros
ill
· t dos al fresco. La intriga nos ha parecido menos fehz. Es harto sene a,
~::i:siado sencilla para nuestro gusto. Pero di~ícilmeote ~odia ser de otra
manera en una obra de este ;género, descriptiva y estudio de costumbres
al mismo tiempo; de todo!I modos, Roland Dorgeles ha escrito un hermoso
libro.

fecto, pero grave: carecerán precisamente de la unidad indispensable en una
obra de esa índole. Por otrd parte, los especialistas a quien se ha confiado el
trabajo, son hombres eminentes, cada uno en su linea; demasiado eminentes,
si hemos de decir nuestra impresión. Es de temer que escriban una obra retórica o una obra trivial.
Debe hacerse una excepción en favor de M. Henri Robert, que acaba de
publicar en esa colacción un volumen: L'Aoocat. Cou fina percepción psicológica, mucha habilidad, nutrido de consideracioues sociales interesantes, monsieur Henri Robert nos ofrece un bello resumen de lo que es, en estos tiempos, la vida de un ahogado de París. Desde el principiante hasta el decano,
sigue paso a paso las diversas especies del género, y de todas hace una descripción notable.

* * *
Hemos de ser más severos con La Brir!re, de M. Alphonse de Ch~teaubriant. Sabido es que este joven novelista obtuvo, hace uua docena de an~s, el
mio Goocourt con una obra, M. de Lou,·dines, que alcanzó gran éxito Y
pre
, t o, un a dt las meJ·ores
que era, en e,ec
. novelas ,de estos . últimos
_ años.
E lºbDesde
entonces, M. Al p bonse de Chateaubnant no hab1a producido n ..da. 1 1. ro
, que
ahora nos da no es, pues, improvisado; es una obra muy madurada, qu1zas con

º"

También es excelente el libro que ha escrito M. Jeao Rostand: Ignace
I Ecrivain. En este estudio, donde la ironía, el humor y el ingenio se juntan
para formar un todo seductor, M. Jean Rostand ha trazado un retrato veddico
y co:npleto del escritor de hoy.

exceso.
B t M. de Chateaubriant nos cuenta que ha vivido muchos. mese~ en re aoa,
en un país muy pintoresco, situado entre Nantes y St. Naza_1re, pa1s _panta~oso,
donde estudió los seres, las costumbres y la lengua, y se 1~pregn~, en c1_erto
odo de la atmósfera de la comarca. Acaso haya estado alh demasiado heme~ efecto, sin contacto con el público. Su libro se presenta como una obr~
n: ionalista muy densa, y de un peso m·á s que exagerado. M. de Chat~au
~ausa la impresión, no de haber traducido, sino de haber copiado
b ~ t
nos La ha copiado toda en todos sus deta¡¡ es, me
· 1uso coa 1as p alabras
lanan
realidad.
.
del patois. Todo esto es excesivo, y por ahí peca el libro, :" nuestro_seot1r.
Hubiéramos preferido algo más de ligereza, un poco mas de gracia Y de
abandono.

Estos estudios, estos •caracteres,, cuando están ,logrados, lo están a maravilla, porque pertenecen a la inspiración más típicamente francesa que
existe.

;0,

* * *

* * *
Vuetven a estar de moda en Francia las que llamaban ha~e cien años cfisi~loaías•; es decir, los estudios de ciertos caracteres y pr?f~siones. La_ hbrena
H;chette ha tenido la idea de confiar a algunos especialistas y escritor~~. el
estudio de «caracteres• a la manera de La Bruyere. M. Louis Barthou escno1rá
el Político; M. Loucheur el Hombre de negocios; el cura BrémonCP, el Sacer~
dote; M. Maurice Paléologue, el Diplomático; M. A~el Hermant, el Burgués,
M. Pierre Mille, el Escritor; M. Charles Richet, el Sabio.
Va se echa de ver la vanidad de esos estudios; no tendrán más que un de-

I•

Ya he mentado aquí otra vez la Corresprmdance de Paul Ve,·/aine, que publica y anota con su conocido celo M. Ad. Van Bever. Acaba de publicarse el
segundo volumen. La mayoría de las cartas que contiene están dirigidas a
León Vanier, que fué, como es sabido, el editor predilecto del poeta. Cierto
número de cartas han sido clasificadas bajo el título general: Lettres aux Cñeries amies. Estas amigas se llamaban Eugénie Krantz o Engéoie Mouton-mote
que le pusieron por tener el cabello rizoso-, y Philomene B.audio, o, más
fawiliarmente, Esther. De la misma clase social, de la misma edad, sin duda,
pero ya maduras, ambas se disputaron los favores del poeta en los últimos
años de su vida. Sabido es que la primera le cerró los ojos. Desaparecieron en
silencio poco después de muerto Verlaine, y muchas veces, en la correspondencia de su ilustre amante, no es posible distinguir a una de otra. La mayor
parte de las cartas, además, no tienen fecha, y han sido clasificadas al azar.
Esta correspondencia es un documento curieso, y en lo sucesivo no podri
intentarse una biografía verleniana sin consultarla.

XXXI

�..,
LA PLUMA
LA PLUMA
Puesto que hablamos del autor de los Poimu Saturniens no dejemos de
llamar la atención sobre un buen volumen de crítica, Le Probtéme de Rimbaud,
poéte maudit, de que es autor M. Marce! Coulon. Cuantos se interesan por
aquel admirable artista, gustarán de leer la obra de M. Marce! Coulon, donde
el talento del autor del Bateau ivre se somete a un análisis meticuloso y amplio a la vez.

* *

*

Los teatros no nos han traído novedades importantes, bien que el verdadero suceso teatral del año sea la abundancia de teatros d-coté. ¡Qué diferencia de aquellos tiempos, no muy lejanos, eu qne los teatros de vanguardia se
resumían en uno, fuese el Theatre Libre de Antoine, o l'Oeuvre, o el Theatre
d'Art! Hoy, con I'Oeuvre, la Comedie des Champs Elysées, l'Atelier, el te~tro
del Vieux Colombier, la Baraque de la Chimere, la Licorne, les Eschohers,
Art et Action-y algunos más-, poseemos o vamos a poseer una doc::.na lar~•
de teatros que representan obras de autores ióvenes y que están en potencia
de revelarnos dramaturgias nuevas.
Esa plétora de teatritos tiene su lado bueno y su lado _malo. El p_ri~ero es
harto visible y no hay para qué insistir. El segundo consiste en la md1ferenc·a de la cdtica ante tan multiplicados tanteos. Poco a poco, la Prensa va dej~ndo de hablar de )os teatros de vanguardia. Si su n(Im~ro sigue creciendo,
será imposible obtener información de los teatros no clasificados.
Digamos, además, que las últimas obras representadas en, ~sos teatr~s de
vanguardia no hao sido sensacionales. Ya he habl~do de _los .Seis persona;es en
J;usca de autor, del italiano Pirandello. Esta ha sido, ev1dentement~, la gran
novedad del año, la que tendrá influencia decisiva, y una resonancia que ha
de prolongarse mucho tiempo.
.
En la Comedia Francesa hemos visto Un komme en marche, de M. Henn
Marx. Confesemos nuestra decepción. Tema muy trillado, sentimientos rancios, fraseología caduca, estilo deplorable e hinchado, nada fal~a para que
estos tres actos sean rematadamente malos. La obra de M. Henn Marx es el
drama social que se estilaba hacia 1900. Todo el diálogo podría estar firmado
en aquella fecha, y tal anacronismo es insoportable. Mucho se esperaba de
M. Henri Marx; lo que nos ha dado es muy poca cosa.

Jut'ss

BEllTAUT.

CATALUÑA
BARcKtou.-Posee nuestra bella ciudad de Barcelona
una gran virtud para sobrellevar bien las graves enfermedades
que sufre. Esta virtud es su alegría. Barcelona ríe felizmente, ple'
namente; pero no con la alegría triste del enfermo que para esconder a los suyos sus padecimientos, se afana a cubrir sus facciones demacradas con una máscarra de alegría ficticia. La risa de Barcelona es
la del que se siente fuerte y joven, con unas grandes ansias de vivir.
Y la situación es muy mala, lo bastante para matar en flor la alegría de otro
pueblo. Las calles más bellas han estado c.:mvertidas durante más de un mes
en inmundos estercoleros. Se ha llegada a la creencia de que la vida · de un
hombre no tiene ningún valor, y se asesinan a tiros por las calles. Cada día
aumenta el número de los obreros en huelga forzosa. La Exposición del Mueble y Decoración está ya aplazada para septiembre.
Pero Barcelona, la indefensa, la abandonada, ríe a pesar de todo. Magníficamente situada, entre el mar y la montaña y las llanuras fecundas surcadas
por los ríos, ríe y vive y crece a pesar de todo, porque la ley de su vida es
algo más fuerte que la indefensión y el abandono en que la tienen. Ríe con
la risa del mar y de las montaiias, con la inmensa gloria de haber nacido
hermosa.
Unos dicen que su risa es inconciencia, otros dicen que es una gran virtud
Pero eila puede pedir a los dioses, como la princesita de la tragedia inmortal
de Maragall, que le conserven:
«Viva la clara font de !'alegria.•
En la hora sensual de la Rambla, dificultada por las vallas del Metropolitano, la multitud pasa alegremente. Son risas de bellas muchachas, encuentrm:
celebrados con grandes exclamaciones, conversaciones regocijadas. Mirando
los rostros, nadie está serio, y hasta el paseante solitario se ríe de la alegría
contagiadora de los demás.
¿Quién diría pasando por ese nervio candente de la vida d~ una ciudad, que
múltiples problemas aquejan su vida, que muchos desean su ruina?
Y frente a la ~legría popular de la Rambla, be aquí las tardes de las Carreras de caballos rebosantes de gente elegante, y el desfile de coches por el Paseo de Gracia después, hasta muy entrada la noche, mientras las bellas mujeres
A ALKGIÚA DK

�,
LA PLUMA
pasan al rápido trepidar de los motores, expuestas a la pública admiración
de los adoradores.
Mientras los industriales se quejan y la gente pesimista asegura que vamos
a la ruina. los teatros se llenan. Margarita Xirgu, nuestra actriz catalana a pesar de todo, y a pesar también de su poco interesante Cristalina, reúne a sus
licles admiradores en el teatro Eldorado, resonante aún de los aplausos calurosos a las más cel.cbradas cupletistas y bailarinas. Y Enrique Borrás, otro gran
preMigio nuestro, acordándose más que Margaritu Xirgu de que es catalán,
nos ofrece en Romea, en catalán, sus grandes creaccioncs de Guimerá, ante un
púltlico ferviente y agradecido. Y el momento de emoción culminante e!&lt; cuando, después de los actos de Terra Baixa, de Mari celo de Mossen Janot, aparece sobre la escena, casi ciego, arrastrado por los bra~os de Borrás y por l.i.
cenhl Esperanza Ortiz, esa reliquia venerable que es don Angel Guimerá,
nuestro primer prestigio internacional, viejo, tembloroso y heroico como nuestra tradición.
Y a pesar del malestar reina:ite se publican libros, se llenan los teatros, los
pa~eos y los campos de fútbol y las montañas cercanas de la gran risa de Barcelona, la abandonada, la indefensa, la que no puede celebrar ahora su Exposición del Mueble y la Decoración, que hubiera sido la nota culminante de su
clara primavera.
Pero a pesar de no haberse abierto aún la Exposición, los jardines de Montjuich están de moda. La gran avenida central es el lugar escogido para deliciosos paseos a caballo. El espectáculo de aquellos jardines en constante crecimiento, desde donde se descubre la perspectiva de la ciudad extendida al pie,
resulta admirable en los días claros de verano.
Desde luego, la obra más bella hecha por la futura Exposición de Industrias Eléctricas es la conquista de la montafia de Montjuich, que permanecía
ignorada de la mayor parte de los barceloneses, siendo la más bella de las
montañas que circundan la ciudad. Su nombre mismo tenía tristes resonancias
de días negros, de martirios inhumanos llevados a cabo en el interior de s~
castillo, de rincones abyectos de miseria, de cosa muy lejana de las vías aristocráticas de la ciudad nueva, infinitamente perdida en la lejanía de unas casuchas medio desmoronadas, en cuyos caminos y cuevas profundas no se aventuraría sin miedo el ciudadano concurrente al Paseo de Gracia. Toda esa vida
de gente baja y miserable nos era algo conocida por las obras vividas de Julio
Vallmitjana, el evocador de los ambientes lejanos.

LA PLUMA
Pero la leyenda negra está hoy del todo desvanecida. Se tiene la sensación
de que la montaña se ha acercado a nosotros con ,11n ornamento de jardines
"Yer~es noblemente dispuestos y de aguas que cantan en múltiples artificios y
~e ~meones donde. o~cilan los follajes floridos en pérgolas dignas de una vill~
1tahana del Renac1m1ento. El nombre mismo de la montaña despierta ho el
eco _galante de una avenida que circunda su falda por donde pasean autos
cub1ertos en las benévolas mañanas de sol, y los caballos al trote son dominados por la gracia elegante de una amazona, cuyas manos enguantadas castigan
levemente el cuello erguido con la fusta de mlngo de oro.
En cambio el viejo parque de la Ciudadela, en uno de cuyos palacios,
d_e~echos del gran esfuerzo de la Exposición de I888, se ha celebrado ta Expo-s1c16? ~e ~rte: da una sensación de abandono. No es el abandono poético de
los v1e1os Jardtne~ romántico~, sino un abandono sucio, desprovisto de gracia.
Claro ~ue a medida q~e la ciudad se ha expansionado y se han prodigado las
c?~od1dades para sahr a las montañas vecinas y a sus alrededores todos, el
v1eJo parque queda en un rincón húmedo y poco sano si se compara con las
laderas de verdes pinos del Tibidabo o Vallvidrera, o la perspectiva magnífica
del nuevo parque de Montjuich. Pero eso no es un motivo para abandonar la
única expansión urbana del tiempo de nuestros padres. ¿No puede tener una
grau ciudad uno, dos, doce, veinte parques cuidados? ¿No tiene París, ideal ciudad, un parque noblemente cuidado en cada barrio?
Todo es triste en el parque de la Ciudadela; los bellos tilos de los paseos,
las fieras enjauladas con gestos de profundo aburrimiento, las verdes eflorescencias que crecen ya libremente. Todos hemos hecho allí nuestras primeras
armas en el arte de conducir el autom6vil. ¿Dónde iremos a probar nuestro
manejo del volante y nuestro dominio del motor? Al Parque-nos han contestado-, donde no se encuentra a nadie ...
No se encuentra a nadie, efectivamente. Algún viejo sentado en un banco
Alguna pareja idílica un poco más lejos. Algunos niños, muy pocos, jugando
más allá. Ya casi ni despierta interés la colección zoológica. En verano se llena
de una multitud ávida de emocionantes atracciones que hacen mucho ruido.
Pero el alma del viejo Parque aband:&gt;nado, ¿qué tiene qut" ver con esto? Duerme solo en las noches de verano, mientras se descuelgan estrepitosamente las
montañas rusas.
Sóio se cuida en el viejo Parque un pedazo de jardín egregio recientemente
construido. Sobre muros de recortado ciprés se recuestan bancos de mármol.

:es-

�LA

..

PLUMA

Es la antigua Plaza de Armas, entre el soberbio edificio del Musco y el bello
Palacete de la Junta de Museos. Al centro, circundada por una temblorosa superficie de agua límpida, se alza en mármol blanco una de las obra'S maestras
de la escultura catalana: el Desconsol, de José Uimona, cubierto el casto desnudo por la ola deshecha de los lacios cabellos.
Cerca de allí, en el Palacio de la Industria, lleno aún de los reclamos de la
Feria de Muestras, se celebra anualmente la Exposición de Arte de Primavera.
Poco intc1·csaotc siempre, porque la pintura catalana no da para una Exposición anual, atrae escaso público. No interesan las prolijas extravagancias que
llenan las salas. Pero la verdadera obra positiva de estas Exposiciones son las
salas consagradas a las obras reunidas de viejos pintores, casi olvidados, y la
publicación de un estudio crítico, como se hizo en años anteriores con Vayrcda
y Martí Alsina, como se ha hecho este año con Simón Gómez, cuyo estudio biográfico y crítico ha sido encomendado a Fcliú Elías. Cuadros perdidos en casas particulares se reúnen allí para Juzgar la obra plena de un pintor que ya
pertenece a la historia. Así como Martín Alsiua y Vayreda fueron dos formidables maestros, cuyas obras alcanzarán en breve precios fabulosos, se ha
comprobado que Simón Gómez no desmerece de los anteriores. Así se va adiYinando que hubo en el siglo pasado una gran escuela catalana de pintura, para
cuyo estudio son preciosos documentos las biografías críticas de Joaquín Folc y

Torres, Rafael Renct y Feliú Elías.

J.

MASSÓ VBMTÓS.

LIBROS Y REVISTAS

•

Jaato Martínez Aguiar.-José Enrique li'odó.-Prólogo de Daniel Martínei

Vigil.-Montevidco, Ed. Renacimiento.
¿Será el joven escritor uruguayo, autor de este folleto, el grao exégeta que
ya pide la figura de Rodó, apóstol del amcricanismo, y, sobre todo. gran escritor español? Más que un ditirambo en honor del maestro, es una impugnación
de algunos extremos que le menoscaban, en el ánimo de su apologista, vertidos
en el nómcro que la revista «Nosotros• de Buenos Aires dedicó a su memoria
con ocasión de su muerte.
A cuenta de esa impugnación, el señor Martínez Aguiar apunta sobre todo
la condición de apóstol americanista de Rodó, vocado a un ideal continental
que corresponde, en espíritu, a la acción de Bollvar. Para nosotros, la actividad literaria del autor de «Arich y los «Motivos de Proteo•, su estilo rotundo
y magnífico, su elevada contemplac.ión crítica, de creador de normas, le sustrae
a toda querella circunstancial. Y precisamente su virtud literaria desmiente su
yocación política. Por lo que hace a la literatura, Rodó es fundamentalmente
español, es decir, conservador de las normas clásicas de la lengua. Concepto en un todo opuesto al criollismo que propugnan los americanizantes del
idioma.
He aquí una cuestión interesante, que no es ocasión ni de plantear siquiera en sus verdaderos términos; pero que tiene quizá en José Enrique Rodó encarnación personalísima.

* * *
Antonio Heras: De las Horas Vividas; Andanzas y divagaciones; Desfile de sombras.-Madrid. Lib. y Ed. Rivadcneyra.
Un lforo de versos; otro de impresiones literario-sentimentales de tipos y
paisajes españoles; un tercero de cuentos encuadrados en el mismo ambiente
y escritos con el mismo estado de ánimo: consideración del país natal por un
emigrante sensible. Aunque separados en el tiempo, no en balde transcurrido
desde el tomo de poesías al Desfile de sombras, con indudable ventaja a favor

�LA

..

PLUMA

Es la antigua Plaza de Armas, entre el soberbio edificio del Musco y el bello
Palacete de la Junta de Museos. Al centro, circundada por una temblorosa superficie de agua límpida, se alza en mármol blanco una de las obra'S maestras
de la escultura catalana: el Desconsol, de José Uimona, cubierto el casto desnudo por la ola deshecha de los lacios cabellos.
Cerca de allí, en el Palacio de la Industria, lleno aún de los reclamos de la
Feria de Muestras, se celebra anualmente la Exposición de Arte de Primavera.
Poco intc1·csaotc siempre, porque la pintura catalana no da para una Exposición anual, atrae escaso público. No interesan las prolijas extravagancias que
llenan las salas. Pero la verdadera obra positiva de estas Exposiciones son las
salas consagradas a las obras reunidas de viejos pintores, casi olvidados, y la
publicación de un estudio crítico, como se hizo en años anteriores con Vayrcda
y Martí Alsina, como se ha hecho este año con Simón Gómez, cuyo estudio biográfico y crítico ha sido encomendado a Fcliú Elías. Cuadros perdidos en casas particulares se reúnen allí para Juzgar la obra plena de un pintor que ya
pertenece a la historia. Así como Martín Alsiua y Vayreda fueron dos formidables maestros, cuyas obras alcanzarán en breve precios fabulosos, se ha
comprobado que Simón Gómez no desmerece de los anteriores. Así se va adiYinando que hubo en el siglo pasado una gran escuela catalana de pintura, para
cuyo estudio son preciosos documentos las biografías críticas de Joaquín Folc y

Torres, Rafael Renct y Feliú Elías.

J.

MASSÓ VBMTÓS.

LIBROS Y REVISTAS

•

Jaato Martínez Aguiar.-José Enrique li'odó.-Prólogo de Daniel Martínei

Vigil.-Montevidco, Ed. Renacimiento.
¿Será el joven escritor uruguayo, autor de este folleto, el grao exégeta que
ya pide la figura de Rodó, apóstol del amcricanismo, y, sobre todo. gran escritor español? Más que un ditirambo en honor del maestro, es una impugnación
de algunos extremos que le menoscaban, en el ánimo de su apologista, vertidos
en el nómcro que la revista «Nosotros• de Buenos Aires dedicó a su memoria
con ocasión de su muerte.
A cuenta de esa impugnación, el señor Martínez Aguiar apunta sobre todo
la condición de apóstol americanista de Rodó, vocado a un ideal continental
que corresponde, en espíritu, a la acción de Bollvar. Para nosotros, la actividad literaria del autor de «Arich y los «Motivos de Proteo•, su estilo rotundo
y magnífico, su elevada contemplac.ión crítica, de creador de normas, le sustrae
a toda querella circunstancial. Y precisamente su virtud literaria desmiente su
yocación política. Por lo que hace a la literatura, Rodó es fundamentalmente
español, es decir, conservador de las normas clásicas de la lengua. Concepto en un todo opuesto al criollismo que propugnan los americanizantes del
idioma.
He aquí una cuestión interesante, que no es ocasión ni de plantear siquiera en sus verdaderos términos; pero que tiene quizá en José Enrique Rodó encarnación personalísima.

* * *
Antonio Heras: De las Horas Vividas; Andanzas y divagaciones; Desfile de sombras.-Madrid. Lib. y Ed. Rivadcneyra.
Un lforo de versos; otro de impresiones literario-sentimentales de tipos y
paisajes españoles; un tercero de cuentos encuadrados en el mismo ambiente
y escritos con el mismo estado de ánimo: consideración del país natal por un
emigrante sensible. Aunque separados en el tiempo, no en balde transcurrido
desde el tomo de poesías al Desfile de sombras, con indudable ventaja a favor

�LA PLUMA

t

del último, los tres tomos del señor Herai. denotan a través de sus distintas
modalidades una misma preocupación: la de contemplarse con cierto narcisismo elegiaco en el paisaje al que la ausencia ha dotado de un valor que el regreso contrasta dramáticamente.
Influído, sin duda, por Azorín, revela el señor Heras, profesor en los Estados Unidos, innegable temperamento de escritor, templado en la visión de eso
que se ha dado en llamar la re;:lidad española, cuya miserable tragedia, más
fuerte que todas las estilizaciones, está pidiendo el crudo Maupassant, que
apunta quizás eo las mejores páginas de estas Ho,·as vividas entre las sombras
de tales Andanzas y divagaciones en torno a los yermos patrios.

José 1\laria Souviron Huello: Gárg-ola.-Primt:r libro de Poemas.-Málaga, 1923.
Componen el lindo tomito, muy finamente editado, hasta trece o catorce
pequeños poemas, romances y romancillos, fáciles, gustosos, en los que se
combinan, con certero instinto poético, temas populares de corro infantil, coa
alegorías e impresiones de 3entimiento lírico del paisaje. Una leve nota melancólica, corregida por cierto dejo de graciosa comicidad, templa y acuerda la
sencilla música de esta poesía juvenil, clara y amable.

* * *
Ciana Valdés Roig: La fz,ente sono,·a.- Repertorio Americano. Biblioteca.
J. G.ª Monge, Ed. San José de Costa Rica.
cCiana Valdés Roig-dice al presentárnosla Enrique Gay Calbó, en Elogí~
preliminar-es profundamente tropical. Y tropicales son sus emociones· escritas. Tropicales y paganas. Es esa la expresión: un como paganismo indígena,
que recuerda la religión de los incas y de los mayas.•
La señora Valdés Roig, poetisa cubana, tan solo conocida hasta ahora por
las muestras que de sus libros inéditos se han publicado en varias revistas del
continente americano, se nos revela en la colección de poesías en prosa de La
fuente sonora, c.&gt;mo acertadísima intérprete de esa hiperestesia lírica característic¡¡ de la literatura femenina de allende e l Atlántico, heredera con la Ibarbourou, la Mistral, h Luisi, de! espíritu de rebelión sentimental de que es su
predecesora en Europa la italiana Ada Negri.

*

* *

Plavio Herrera: La lente opaca. El hilo de so/.-Cuentos.
Ne se define el acento nativo del autor de estos cuentos poi· el propósito
deliberado de hacer color local, y, sin embargo, ese acento americano es lo que

LA PLUMA
~n ellos nos atrae. Ni sé tampoco si les cuadra tal denominador común; América es gran~e y varia su _humanidad. El narrador de La lente opaca es guatemalteco, y sm que, repetimos, se haya propuesto desde luego dar un carácter
nacional determinado a sus breves invenciones, ese perfume colonial que de
las páginas del librito transciende, constituye su principal encanto. Literatura
experimental la de Flavio Herrera, mal podía siendo tan joven como demuestra, acusar una personalidad sustraída a las preocupaciones de la juventud.
Pero si la invención no nos sorprende, nos complace el ver la emocióa con que
acierta a infundir en sus ficciones un aliento del espíritu social, del ambiente
natural en que vive. Y todo ello por alusiones indirectas, en que se refleja la
historia trivial de muchas vidas, iguales Pn uno que en otro continente, iluminada por los resplandores volcánicos, agitada por las hondas convulsibnes det
suelo guatemalteco.
Alejadas en cierto apartamiento provinciano de que va redimiéndolas el
yanqui, esas repúblicas de Centro-América tienen para nosotros la sugestión
de un pasado que revive poetizado por la interpretación, tan fina, tan moderna, de escrit0res prometedores de frutos sabrosísimos como Flavio Herrera,
de quien LA PLUMA y Espa1ia han ofrecido recientemente a sus lector~s bellas ·
primicias poéticas.

Oliverio Girondo: Veinte Poemas para ser leídos en el tranvía.
Es posible que no haya todavía un ve:so en el que poder cifrar el sentimiento lírico de nuestra época. Es, pues, posible también que aun esté del todo inédito el gran poeta represenfativo dPl siglo. Quizá no sea menester que una gran
figura resuma en sí «la poesía» de una generación, para que esa poesía exista
con su color y acento propios. Es innegable que hay una nueva manera de imaginar poéticamente el mur.do en que vivimos soñando. No es muy difícil establecer la génesis dPI movimiento a que se ajusta la inspiración de los poetas,
una vez logrados en un poeta cabal los objetivos del simbolismo. Eee poeta, en
Francia, por ejemplo, son varios grandes poetas. En el mundo que habla español el genio lírko de Rubén Darío cierra una época, más que abrir horizontes.
Era la perfección que resumía con su personalidad definitiva, patriarcal, en la
arquitectura del templo parnasiano, los símbolos vagos que sólo la música pue-de expresar.
Después, los poetas se han dado a reconstruir, de las ruinas del concepto
antiguo, una poesía escueta, con el mayor ahorro posible de Gramática (sin
analogía, sintáxis, prosodía ni ortografía académicas), una poesía hermana de
la música balbuciente con que los músicos están rebaciénaonos el oído a la.
sim plicidad perdida en la sinfonía dramática de Wagner; una poesía hermana
sobre todo de la pintura elemental de los dibujantes rebelados contra el impresionismo de puro aire libre.
Los Veinte poemas pará ser leídos en el tranvt'a, ilustrados preciosament~ por
el propio poeta y magníficamente editados, como cumple a tales academias de

�l

LA PLUMA
lujo, nos muestran a Oliverio G!rondo como P?eta fi,n(simo y atento a conseguir, sin rebasar las normas estrictas del humorismo hnco moderno, la perfección del gusto nuevo.
No hay, no, e:i la escuela del pe~samiento poético del día la libertad que
el vulgo cree. Ni por no e~tar codificadas ~n manuales las reglas pa_ra u_so d~
jóvenes vocados a la poes1a, soQ menos ngurosas. El tale11to de ?liv~no _G1rondo se manifiesta precisamente, más que por la oovedad_de la 10sl?1r_ac1?,n,
por el seguro instinto con que acusa la agudeza de sus se?~1dos, su d1stmc1on
espiritual, su bonísima gracia, m~nejando, n~ sólo con h~b_1hdad de malabanstu, con r,irtuoszdad de poeta sensible, los tópicos del clas1c1smo ultra moderno.
Empieza ya a ser tan difícil reirse con las muecas de la luna, como cantar su
pureza de doncella que fué.
.
.
.
Breve, conciso, sugestivo en ~vocaciones tao p1_otoresca~ como ~rec1sas, d~
climas y ambientes diversos, vano y ~no en esencia humons,ta, el libro_de G1rondo cuenta, sin duda, entre los meJores de la nueva poes1a de Espana y de
América.

*

* *

•

LA P L U ,\! A
apasion~nte sie?1pre Mario Puccini: cuyo reiterado empeño literario tiende a
descubnr en Vir,a la anarqida!-úmca de sus obras traducida h%ta ahora en
l':ngua española-el virus de descomposición, cuyo remedio inmediato ha pod1~0 parecer después y hasta ahor~ el fenómeno político Mussoliui, nos da en
L mganno del~a car11~, nueva colección de_ cuentos y cmoralidades,. otra muestra del empeno realista con que va adquiriendo firme conciencia de su Ita.ia.
No es, enti~ndase bien, que la literatura de Puccioi se proponga el mismofin de los escritores que fueron contemporáneos del triunfo de la fotoaraf(a
sobre la pintu:ª· SJ reali~m&lt;;&gt;, su verism&lt;;&gt;, no derivan rí¡(idamente del con~epto
que pudo en tiempo~ atribuir a la m~quma fotográfica una superioridad absoluta en la reproducción del mund~ sm artificio. Sabe que la fotografía es, en
todo caso, una n_uev~ mane:ª de pmtar. As(, los caracteres representativos que
encuadra con m10uc1oso ahmco en el escenario sobre que destacan a diario su
figura más o menos vulgar, adquieren una consistt'ocia y basta una ejemplaridad que su autor no ha menester subrayar para que los lectores se sientan penetrados de su verdad y de su realismo.

• • •

~ugtne Montfort: L'ouóli des .Mo,-/s.--Roman.-París. Librairie de France,

Alfredo Pimenta.-0 lir,ro da minha saudade.-Lisboa, 1923.

1923.
El ilustre autor de La Niña Bonita o el Amor a los cuarenta años ha dado ya
su contribución literaria a la guerra. Voluntariamente ajeno, dur~nte los cuatro
aiíos terribles, al fragor obse~ionante de las b~tal_l~s! en cuya ~1~t~r.a se han
esforzado tantos ánimos, po111endo a prueba d1fic1hs1ma la seos1b1b1hdad propia, Euger.e Montfort publica ahora la _novela cruel del día del armisticio.
No ha sido nunca Mootfort un novelista de escándalo de escaparate. La probidad; condición desprestigiada por el abuso que se hace de la palabra atribuyéndosela sin recato a los m~diocres de q~ienes no se puede decir ~ás,
como si eso fuera poco, la probidad, es su cualidad excelente. Pocos se aplican
con tan seguro dominio del arte de escribir, a descubrir la veroad humana en
la vida de siempre. Poquísimas pinturas, tao sinceras. tan de fuera adentro, tan
justas, tan patéticas, ningún alegato contra la estúpida fatalidad de la guerra,
como esta novela de L'oul,li des Morts. en que jamás el novelista, atento a la
yeracidad artística de su crónica, deja traslucir su personalidad impasible, repartida con desinteresada voluntad de creador en las almas de sus criaturas.

Nuestro cronista en Portugal ha publicado uo nuevo libro de versos Un
libro. de vers~s tao . profund~mt'nte portugués, más portugués si cabe," que
O L1vro da.t S,mphomas morb1das y O Libro das lhymeras con que no ha mucho no_s regaló su musa, Y no es que haya disimulado nunca el poeta Pi menta
ese_ ámmo saudoso que ahora se declara desnudo casi; pero en sus poesías anteriores, el gusto un tanto barroco por las formas decadentes del simbolismo v
el par?asi~nis~o traducidos o, mejor diríamos, adaptados al instinto nacionál
de_ su 1nsp1~ac1ón, prestábanle no sé qu~ de exótico, de 111anueli110, que en este
L,hro da mml1a saudade, d_esapar~ct' ca,s~ por entero. Tampoco porque el poeta
abandone del to?o su_achtud anstocrahca, desdeñosa de lo vulgar; antes biea,
nos parec_e seguirle viendo blandamente recostado en cómodo sillón; pero en
yez ~e enJoyarse e( alma como antañ? y contemplar los sentimientos propios
r~fle1ados en las mil facetas de las piedras preciosas de que se adornaba, ~e
aisla, se adentra y deja escapar esa voz de nostalgia pura con que, de siglos
llora al borde del Atlántico la sire~a de Portugal
'

• * *
Mario Pucclnl: L'inganno della carne. -Edizioni A. Mondaderi.-RomaMilano.
El especbáculo de la reconstrucción moral de un grao pueblo, d_espués de. la
guerra en que ha podido contrastar por modo espantoso los se~t1m1entos innatos a la condición humana y las ideas recibidas en una educación secular, es

• * *
Antoulo B1pina.-Sig11ario.-Biblioteca de l11dice. Madrid 1923.
J:3 revista Ind~cf ~e ha transformado_ en una bi_blioteca, cuyas ediciones garantiZa el gusto d1f1c1l de Juan Ramón J1mtnez, siempre poeta. Unica y rara
~uestra de los vol&lt;imenes publicados basta ahora, inspirados en una pretens1_ón renovada del conceptismo gongorino, nos llega el libro de Antonio Esptna.

�LA PLUMA
Poca m&lt;i,,ica y apretada letra; pero llena de intenciones poéticas. Nada de
tarareo, todo canto interior y cautela humorística, salvaguardia del sentimiento lírico para evitar que se pierda en la blandura del verso cadencioso.
Hay rit:no, pero con sorpresa, ajustado a cercbracioncs conscientes. La musa
no manda, no mangonea, apenas si la entrevemos el rostro pá.lido. Nos hace
una mueca y se esconde. No quiere llorar para no ponerse fea. No admite convencionalismos. Se entretiene en turbarnos la vista con actitudes desmesuradas. Esta poesía de Espina quizá. no se nos clave en el corazón, ni haya q11c
arrancarla después, casi con una operación quirúrgica, como la de Zorrilla o
Campoamor . No nos envuelve en ondas sonoras; no ahoga, pero aprieta. Hace
pensar como un jeroglífico. El qnc lo acierta da con C: resorte de la m&lt;isica y
con la fucntecilla escondida de su ternura secreta.
C. R. C.·

ÍNDICE DEL VOLUMEN VI

1923
ENERO A JUNIO

* * *
Ramón Pérez de Ayala: A;ollonius et Bellarmin.-Roman traduit de l'cspagnol par Jcan et Marce! Carayon.-París. Librairic Plon.-Cotlection d'auteurs étrangers, publiée sous la dircclion de Charles Du Bos.
Tan agudas son las perfecciones de la prosa de Ramón Pércz de Ayala que
su devoto lector podría temer, más que desear, un nuevo Ramón Pércz de Ayala en traza extranjera, despojado Aventura peligrosísima, ciertamente, la del
sumo estilista puesto en otro estilo-que eso es por fuerza la versión má.s fiel.
He aquí Apollonius el Belarmin, traducido por Jcan y Marcel Carayoo, en la
cCollcctioo d'auteurs étraogers•, que publica la casa Pion, de París. Conviene,
ante todo, anotar la importancia de esta biblioteca, que dirige M. Charles Ou
Bos, una de las personalidades má.s convincentes que en la litcratun francesa
se han revelado después de la guerra. Su volumen de crítica Approximations,
que vió la luz en 192J, acredita una inteligencia muy ducha en la sutileza, que
pone a su servicio una cultura en extremo jerarquizada; su riqueza está. siempre sometida al rigor de un criterio. Añádase la más cumplida nobleza moral,
una distincidn íntegra, que va de la conciencia a los modales, la imposibilidad
de pecar contra el espíritu. Era necesario este retrato sumarísimo de M. Charles Du Bos para subrayar con justeza la aparición de Apolonio y Delarmino en
una plaza que exige los mas árduos µasaportcs. Halagador es el ser traducido;
importa mucho el seuún y cómo. Han afrancesado la novela Jcan y Marccl Carayon con un acicrto"constante. Sin ninguna premura en su pericia han sabidG
desenvolver la sabia sinuosidad que requería el texto español.
J. G.
FIN DEL VOLUMEN VI

NÚMERO 32 (enero).
~SPl&lt;CIAL.

,
1

1
1

OEOICAOO A

VALLE-INCLÁN

Dedicatoria ......................... . .................... .
E. Gómez de Baquero: Valle- lnclán, novelista ............. . . .
E. Díez-Canedo: Va.lle-Inclán, lírico ........................ .
Ramón Perez de Ayala: Valle-lnclán, dramaturgo ............ .
Antonio Machado: Iris de luna ............................. .
Alfonso Reyes: Vallé-lnclán y América ..................... ·.
Ramón M.ª Tenreiro: Valle-lnclán y Galicia .................. .
C. Rivas Cherif: Soneto estrambótico . . ..................... .
Manuel Bueno: Días de bohemia ........................... .
Ricardo Baroja: Valle-lnclán en el café ................•......
Corpus Barga: Valle-lnclán en París ........................ .
J. Moya del Pino: Valle-Inclán y los artistas ................. .
Facsímile de un autógrafo de Valle-lnclán ................... .

�LA PLUMA

LA PLUMA

Jean Cassou: Ramón del Valle-Inclán........................
Francis de Miomandre: Don Ramón del Valle-Inclán..... . ....
Jorge Guillén: Valle-Inclán y el 98 ... ............. . •. • • .. • • • •
Ramón G6mez de la Serna: La personalidad fantasmagórica
de Don Ramón ............. ....... ••••••••••••••••••••
Manuel Azaña: El secreto de Valle-Inclán... . . . . . . . . . . . . . . . .
C. R. C.: Más cosas de Don Ramón. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Dibujos de Moya del Pino y de Vivanco.

Félix Delgado: Visión de la noche. Amanecer. . . . . . . . . . . . . • . . . 236
Crónicas literarias: Paul Colin: Alemania; Jules Bertaut: Francia.
Un crítico incipiente: Teatros..... . . . . . • . . . . . . . . . . . . • . . 237
Libros: José María Salaverría: El Rey Nicéjoro.-Luisa Luisi:
/nquietud.-Ramón Gómez de la Serna: El secreto del acueducto. Senos.-Agustín Remón: Unagirt.................. 254

68

69
70
71

82
go

NÚMERO ~5 (abril).
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta de Palmyra. . . . . . . . . . . . .
Ricardo Baroja: Olimpia de Toledo..........................
Rogelio Buendía: Canto cautivo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . .
Werner Krauss: Un moderno dramaturgo alemán..............
Flavio Herrera: El navío medroso............................
Crónicas literarias: Mario Puccini: Italia; Paul Colin: Bélgica;
J. Massó y Ventós: Cataluña; Un crítico incipiente: Teatros.
Libros: Rabindranath Tagore: El cartero del Rey.-Marmouset:
Att /ion tranquille.-Giorgio del Vecchio: l!,l collegio di
Espagna a Bolog-na.-Silvio Kosti: - Epigramas.-Fernando González: Manantiales en la ruta.-Guillermo de Torre:
Hélices.-Luis Calvo Revilla: Actores del Tea/ro del Prindpe.

NÚMERO 33 (febrero)
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta de Palmyra. . . . . . . . . . . .
Ernesto López Parra: Lienzos del crepúsculo. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Salvador de Madariaga: Ramón Pérez de Ayala................
Ricardo Baroja: Olimpia de Toledo..........................
Erasmo Buceta: La cuasi-tragedia de un «Horno Hispanus•. . . . .
Crónica literaria: Alfredo Pimenta: Portugal; J. Massó
Vcntós: Cataluña......................................
Libros: A. Hernandez Catá: La Casa de Fieras. Isabel O. de
Palencia (8.!atnz G11indo): El .wnim.1dor sembró su semilla.
Rafael L1rbano: El Diablo, su iüia y su pod~r. María Enriqueta: Attmores de mi /zuerto. Rincones románticos. Valentín de
Pedro: España Renacimlt.

97
115
117
131
159
163

-494

299
303
309
311

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NÚMERO 36 (mayo).
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta Je Palmyra... . .........
Jorge Guillén: Poesías......................................
Erasmo Buceta: Acerca de «Los Intereses Creados•.............
C. Rivas Cherif: Trance ................•.............. •....
Fernando González: Sonetos diversos . .................. • .. •.
Mario Puccini: Retrato entre real e imaginario de la señorita
Monnier ....................•.......... • .. • • • • • • • • • • • •

NÚMERO 34 (marzo).
Ramón G6mez de la Serna: La Quinta de Palmyra .......... •.
Ricardo Baroja: Olimpia de Toledo..........................
Jorge Guillén: La hermosura de Octubre ............. ,........
Antología: Francisco Manuel de Melo: Los Catalanes..........
Tartufito: El novelista se mete a critico.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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49S

•

�LA PLUMA

•

Crónicas literarias: Jules Bertaut: Francia; Paul Colín: Alemania 401
Libros: Ramón Pérez de Ayala: Luna de mitl, luna de hiel;§ los
Trabajos de Urbano y Simona.-W. Fernández Flórez:
El secreto de Barba-Azul.-Gerardo Diego: Soría.-E. Giménez Caballero: Notas marruecas de un soldado.- Erasmo
Buceta: El entusiasmo por España m algunos rumántícos
ingleses.-Nícolás Beauduin: Les enfanls tks hommes....... 409
NUMERO 37 (junio).
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta de Palmyra . . . . . . . . . . . .
Gerardo Diego: Canción fluvial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: Historia anacrónica de Lázaro el resucitado....
Kasimir Edschmid: Arthur Schnitzler. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Antonio Espina: Biombo japonés .......................... •
Crónicas literarias: Paul Colin: Bélgica; Jules Bertaut: Francia;
J. Massó y Ventós: Cataluña . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Justo Martínez Aguiar: Josl /.!,nrique Rodó.-Antonío Hcras: De láS horas vívidas. Andanzas y divagaciones. Des.file de
sombras.-José María Souviron: Gárgola.-Cíana Valdés
Roig: la fuente sonora.-Flavío Herrera: La lente opaca. El
1,ílo de sol.-Oliverio Girondo: Veinte poemas para ser lritios
en el tranvfa.-Eugene Monfort: L'oublí des ,norts.-Mario
Puccini: L'inganntJ della carne.- -Alfredo Pimenta: O livro da
minha saudade.-Antonío Espina: Signario.-Ramón Pérez
de Ayala: Apollonlus et Belarmin.........................

417
438
4,p
468
475
476

487'

'

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Bromas aparte, Guillermo de Torre es poeta y joven. Tiene, pues, derecho
a divertirse y a ir, si quiere, marcando~¡ paso delante de los más avanzados
de la vanguardia literaria.

Luis Calvo Revilla.-Ac/ores célebres del teat,·o del Príncipe o Español-Madrid. Imprenta Municipal, 1823,
No es verdad que la gloria del actor muera con él. Antes al contrario, pudiéramos creer más bien, por los ejemplos que tenemos vistos, en el beneficio
póstumo que añade el recuC'rdo de las grandes figuras escénicas a su mérito
efectivo. ¿Fueron Talma, Máiquez o Vico lo que sus contemporáneos r;os
dicen? ¿No hay en ese reconocimiento entusiasta un afán de participar, en
cierto modo, de semejante triunfo para sobrevivir, siquiera sea tan (de rechazo a la ruina de la vida propia?
Hay, con todo, indudablemente, una norma para discernir el oro de ley del
oropel de los laureles escénicos: el recuento de los entes de ficción a que dieron apariencia escénica los grandes cómicos de tiem pos mejores. En ese resp ecto, basta con comparar el repertorio de los actores cuya fisonomía estudia
don Luis Calvo RevilJa en su curiosísimo libro, para echar de ver la diferencia que va, a favor de los de.l siglo pasado, de los actuales intérpretes de Muñnz
Seca. ¿Calvo y Vico gustaron de ser aplaudidos a los buenos textos dramáticos de la gran época española? Pues son, sin duda alguna. superiores a Vilches.
¿Coincidieron con la capa y la espada de Ecbegaray? He ahí, asímismo, su contra·
El libro del señor Calvo, hermano del actor ilustre y autor aplaudido en su
tiempo, será leído con agrado y provecho por todos los buenos aficionados al
teatro, y aun desearíamos, para que tuviera muchos lectores, que por todos loSque dicen gustar del teatro sólo porque van a él con frecnencia.

AÑO IV.

MADRID, MAYO 1925

NÚM. 36.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)
X
LA SOLEDAD INAPETENTE

.e quedó anonadada, pero sintió la sospecha que
cerró sus lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huida de Armando y que ya la hizo descon,
fiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había llevado todas las cosas?»
« Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta
encontró el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre
delante en su mesa de despacho.
-No tendré ninguna carta de él-se decía Palmyra-dándose
cuenta de la crueldad necesaria en la huida. Para borrar su arrepentimiento le olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer
ALMYRA

C.R. C.

¡,

(1)

336

1

XXII

Véanse los números 34 y 35 de La PtuM.t..
337

�LA PLUMA
LA PLUMA
aquel camino de vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo
de todo.
Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se
acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve
el último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos cuando ya se va decididamente al otro mundo».
.
¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo as1
como la dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle
partir!
Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador refugio para el amor apasionado de unos meses.
.
El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir
eso. Tenía el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.
Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó vivir más intensamente. Cada nuevo día sin carta de él, la hacia más trabajadora.
Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la
hierba; del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los
cadáveres de los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas
del dios de las aguas.
Aquella limpieza del estanque fué para ella como
alivio._ Todos los posos que habían dejado en ella sus amores últm~os ~aheron
con aquel desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de
la matriz del estanque fué también una limpieza para la suya.
Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de
luna la fosforecía el alma y se la ponía más engatusada. Brillaban
las claraboyas y los cristales como si algo en el paisaje pusiese loi
ojos en blanco.
.
:Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba ~ra cierta limpieza y una entrada discreta, bien llevada, bien dicha.

ª.

u?

Palmyra daba vuelta a las habitaciones solitarias, encendía luces,
buscaba. ¡Gata desalada!
No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero insistía en encontrar al que reconociese en ese único día
-todos los días d único-en que se removía la vida.
¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo
era inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.
Lo que hay que ser es decente para no repugnar a los demas y
para que no haya bajezas en el amor; pero deglutir en la noche la
fruta sensual y, sobre todo si no se digiere, si siempre su siembra
es inútil y estéril. Si sólo resulta un juego la cosa, y un juego en el
que se oye el eco del mundo y del que no se espera ningún contagio, no h 1y ley que lo pueda discutir, ni razón que lo roce.
Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba el rincón del coche y se reclinaba en su rincón con
gesto displicente y desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado
bien para permanecer sola.
Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa
duplicidad sensual en que la mujer, si pudiera, crearía el hombre.
¡Y qué hombre la saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo
en su relación con los demás hombres.
Ella.-Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo
que pueda atraparme.
ÉL-Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.
Ella.-Sería la alcoba triste sin ti.
ÉL-Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.
Ella. -Lo que tú quieras ... Haré como que paso el río del amor.
ÉL-Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor
de tus piedras metió el dedo crean sombras que acaban de exaltar
tu dulzura...

ua
339

�LA PLUMA

LA PLUMA
Ella.-Ya quería yo, ya, que se fuese justa con mi blancura...
ÉL-Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala
la forma.
Ella.-Acércate... Cógeme como un ánfora.
ÉL-Tus sábanas están limpias como una virginidad ...
Ella.-Tengo un cuadrante para ti... Yo no necesito más que uno...
ÉL-A mí me basta la almohada... Tu iabeza es la que necesita
tener un trono sobre el lecho.
Ella (apagando la luz).-Ven...
En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en un monólogo con sordina.
De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla,
salían los cisnes ledos que buscaban a Leda.
Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse más atenta a sus
pensamientos, y se dormía baldía.
A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los jardines de la Quinta como la protagonista de una novela
que no encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a
la verja de la puerta como «la protagonista» y buscaba el belvedere
estilo portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en
otra orientación extrema.
Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles
como gatos que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya sangre se va tornando roja muy poco a poco.
Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese
gran brillante que cuelga en medio y debajo de ellas.
En aquellos días de perdición en la Quinta-de mucha más perdición que lo que se llama perdición en el amor-hasta entró en la
Biblioteca. Se escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan
demasiado en medio de los grandes salones.
340

r

La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían
que haber muerto para dejarla a ella aquella biblioteca casi inesperada por sus manos, pero que 1a pertenecía!
Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orej~s perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la
señal, ya sería inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de
!ºs libros, pero la d_ió pe_na estropear aquella labor y borrar lo que
ingenuamente segma allí creyendo que alguna vez podría volver el
depositario.
La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas
qu~ se curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era prefenble a aquella soledad con la esfera armilar.
Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso
Y ~penas inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del
umverso que la hacía microscópica, ya inexistente, y polvo vil.
La sobraban los libros; todos eran como libros de medicina en
un sitio en que se está sano. Prefería mirar por el balcón al mar,
a leer.
Los libros ya daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón Ja
gustaba 1~ás que los otros, precisamente por eso, porque los libros
mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.
La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo
porque no había mesa ni estante que la sostuviese, era como el reflejo en cóncavo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que
se veía por el gran ventanar.
Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se
desbaratasen y se escapasen a la vez de un meridiano y se vertiesen
sobre el verdadero.
341

�LA PLUMA

LA PLUMA
El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían
a la esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.
Palmyra rehuía en seguida de la biblioteca.
El hombre apetecido no surgía ya entre sus visitas formales, y de
retirados y retirados no lo podía elegir.

XI
AL CASINO

En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.
Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «A charming festival in honour of the British Colony of Ardantes
to be held in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc ..,,
Nunca había querido ir a aquel casino en que no se sabía qué
gentes se jugaban el dinero.
Iría e iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.
Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a
pasar y estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.
Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del casino con
la llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar
con más desparpajo la sombrilla sobre el borde de la mesa de juego
mientras abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.
Pasó por entre los chalets, cuyas ventanas respiraban el aire embalsamado con la misma vagorosidad que los peces el agua.
Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un
chal sobre los hombros.
Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había
que peinar por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de
su palacio con las mismas morenas yedras por si no podía as.earlas

con el ancho peine que necesitaban para no llenarse de demasiados
bichos.
El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas
por completo de hojarasca y llenas de melenas verdinegras.
Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al
mundo después de una viudez.
Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus
palabras.
-Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos
-había dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba
el camino de los pueblos.
No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en la prisión.
-Atado en ese sofá estuvo él-sentiría siempre ansias de explicar a los que por primera vez fueran a la Quinta.
-Las cazoletas del telégrafo son palomas ahorcadas-había dicho
también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en la
Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras pasajeras.
Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.
Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes nunca para sus invitados de casino que se invitan solos y
que no se sabe de qué recóndito rincón habían salido.
Se sentó en la mesa de juego y puso uno de aquellos grandes
billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.
Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba
entre sus lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hi343

�LA PLUMA
pocresía, buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta
más carnal.
Ella apuntó a cualquier número.
-No ..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá nunca-la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector, con verdadera congoja.
Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le
preguntó:
-¿Pero, por qué?
-Porque yo he perdido todo mi dinero a esa postura.
-Entonces-dijo Palmyra con la misma voz trémula-quiero yo
ver si le venzo, arrancándole al banquero todo el dinero que le
quitó a usted ...
Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emoción conjunta que había de hacerles ir juntos a la Quinta al final de la tarde
de jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la fortuna de Fausto, ingeniero de minas que ahorraba la mitad de su sueldo y con la otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.
Tomaron el te de después del juego, te reconfortante, cuyo azúcar dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el
mismo friunfo.
Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero, galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la intimidad de la mujer distinguida con quien habla.
No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos:
-A mí la naturaleza me encanta ... Llevo siempre en mi maleta,
cuando voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del hotel...
344

LA PLUMA

-¿Y los pinos? iCómo va usted con los pinos?
-Los pinos ... -y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar, él amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en los pinos... Pero hizo un esfuerzo... Debía hacer un
esfuerzo por decir algo ingenioso ... Miró por las ventanas de.l Casino
al campo, y dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:
-Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes ...
Palmyra le animó con una larga sonrisa a que siempre fuese tan
ingenioso.
Tomaba Fausto el te con avidez de jugador arruinado, como si
encontrase en su líquido dorado el restituyente.
La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran
mesa de pino blanco, llena de los puntazos de los chinches:..
Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como
huésped extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las
cosas en distinto sitio, acercando su butaca al balcón.
-La acompañaría, si no perdiese el tren ...
-Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo ... Como no
pensaba retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay
mucha distancia.
Salieron del Casino ... El camino era el camino campestre, largo,
con muchas cruzadas, coa humo de hojas quemadas en las cunetas,
como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos los matojos.
«El camino va a bastan, pensaba Palmyra. «Este es de los amantes de la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».
En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que
le veía ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que
resbala, que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla
cae en la barbilla o se queda colgado de la sotabarba.
345

�LA

Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de
mujer que no quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...
-Sí... Realmente no nos ve nadie...
-Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre
apasionado por un camino tan solitario a esta hora ...
-Lo malo-dijo ella-es que todo el camino es tan solitario y es
muy largo ...
-Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.
-Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero ...
-Soy más: soy un salteador de caminos.
- ¡Qué miedo!-dijo ella haciendo un mohín.
El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a
encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la curiosidad.
A veces le tenía que decir:
-Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña de Egipto ...
Ella prefirió aquel atrevimiento desde luego, en la opulenta sinceridad del camino, como caza clandestina en medio del campo, con
anhelos de chico que ha encontrado un nido, con deseo de llevarla
pronto a casa, que lo que sucede después de la cena mezclándoseal arrebato el vino y la carne.
Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que
la mujer sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para
matarle. Cuand;l se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de
gran jaula, volvió la cabeza desconfiado.
Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles
la casa de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una lluvia clara.
Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no
346

L A PL U MA

PLUMA

I
1

e padre, la sombra del padre se albergaba y les vería pasar por los.
pasillos como en plena ilegitimidad.
-Otro cubierto en la mesa-dijo Palmyra a su vieja doncella-,.
Y prepárenle el cuarto de los huéspedes ... Se llama don Fausto, y es
mi primo el ingeniero ...
Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra,.
pero también tasaba que aquello no era usual, que no acostumbraba
a guardar allí al hombre elegido ...
El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones 1 sin
pasar de ese asombro de ver la proporción del palacio del que es un
hombre modesto y habitante de las casas bajas de techo. Se sentía
apasionado por Palmyra, no sentía ningún inconveniente de apasionarse de una mujer que no le había exigido en cambio de admitirle
en su casa. No había visto nunca nada tan deslumbrador y generoso.
Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de que hacía tiempo que volviese este amigo antiguo y que por
fin era aquél el día deseado de la llegada.
Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e ins~spe~hable, así como tenía al hombre de quien esperar los despotncam1entos más extraños del instinto y las seriedades más curiosas.
-Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compa~es y ese platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un páJaro en su bebedero.
Fausto se dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba:
trató a aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.

'I

347

�LA PLUMA

LA PLUMA
XII
ERA EL HOMBRE VIOLENTO

El solaz de la Quinta apretó. Como después de la lluvia deseada
brotó en la plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el
jardín.
El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las
cifras exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números
más que por palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia y de mantener las ilusiones que prov0caba la Quinta.
Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos·
Palmyra le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más
que por ella le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado-se decía ella-, no conoce la farsa de la vida ... Cree que ya
le ha llecrado
una cosa y no necesita hacer más.:.
o
•
En vista de que le vió a él laborar en una labor tonta y tan sordida, se puso ella a coser. La hubiera prostituido el que aquello hubiese sido demasiado breve. Tenía que aprenderse más a aquel hom'bre y agotar su psicología.
·
Tenía mucho miedo a que en su imaginación se volviese confusa
y casi irrecordable la silueta de un hombre. Entonces sí que se podía
decir que era una mala mujer.
Veía en él el chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedi.cado como un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora simpática y cariñosa, a la que apenas conocía,
en vez de con su familia.
Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la
.miraba veía menos que nunca.

Así como ella pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba
otras sobre el papel cebolla de sus planos.
Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos
de puentes sobre el mar, pero no había soñado una mujer como
aquella. ~¿Por qué me la habrá regalado el destino?»-se preguntaba, y en vano buscaba la respuesta.
Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que
da masaje.
Le tuvo que llamar la atención ella, porque la hostigaba el brazo
con aquella insistencia.
Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un
amante, había elegido un testigo con profesión seria, un testigo del
que quedasen en limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al aire, es decir, sin encubrimiento; pues las
líneas y los cálculos del ingeniero no perturban al hombre, le dejan
en medio. Sobre una ~vagoneta y unos carriles y debajo de una
serie de cables, de puentes y de señales.
Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias de la vida.
En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados
haciendo la S confidencial, sentía ella le fascinaba su descote, con el
hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente, llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de
las manos, arrancada de su asiento, ansioso, más que de abrazarla,
de estar dormidos pronto, sólo eso.
Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no
adoraba su Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de

�LA PLUMA

ella y miraba el paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada
más. De todas maneras la acompañaba.
Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho,
y como su tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al
volver fué tan grande, que Palmyra le mandó callar.
-No quiero, mujerzuela-respondió encolerizado, y la empujó
contra la pared.
Palmyra se quedó en el rincón de la habitación en que había sido
empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede hablar ya.
Él quiso borrar su palabra. No había querido ir tan lejos. Pedía
perdón.
-No puede ser-decía ella-, has vuelto a ser el extraño, como
-si aquel señor G}Ue recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en vez de ser galante y apasionado ... Jamás se oyó en
la Quinta esa palabra... No la podré olvidar... Parece que la han
aprendido ya hasta las inocentes tórtolas... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y te vas.
Palmyra llamó al criado ...
-Prepare el coche rara las siete ...
Se vengaba Palmyra de la huida del otro echando a éste. Ya le
había encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la
Quinta en los hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta
necesitaba un voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora esperaría la llegada del que fuere.
La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con un hombre oscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda
-enamorado de la Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.
3S0

LA PLUMA

XIII
LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS

. Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo lo
que la daba la palpitación máxima del corazón era ver los auto:Uóviles que unidos a los trasatlánticos que hacían escala en Lisboa trasp~rtaban a los viajeros más inquietos para que viesen aq1,1ellos pal'aJes de la costa y el faro estratégico.
Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les
lanzaba destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes
volanderos.
Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros.
Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momen_to perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranJeros apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los
otros, tres donde cabían solo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de
embarazadas en meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos
afiond ad as, como s1· las obligase
·
'
a esa postura sus preñeces.
Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos
~n la mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué
iban a ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que
ofrecen los «chauffeurs» listos.
Ni tení~n tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse
de.él, Y deJaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud abandonada en medio del bosque. La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte hubiera querido irse con
351

�LA PLUMA
los excursionistas, continuando su viaje hacia ciudades más en el
centro del mundo.
Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas
distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre
en el sitio que ocupa.
A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión
del camino recién rizado por., todos los automóviles, esperando ver
uno más, el rezagado, el de los más degustadores del paisaje, que se
hubiesen detenido más largo rato bajo el faro engallado.
Había recoo-ido-sobre todo cuando lucía blusas de mucho coº amorosas de todos, como si todos ellos quisieran
lor-las miradas
ser sus esposos y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas.
¡Pero ninguno se tiraba de su automóvil como quien saltase la barrera!
¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?
Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con
los ojos de lupa puesta. Aquellos barcos que ella veía en alta mar
con su tarta blanca en medio, como los que vertían sus viajeros extrañados por un momento de la lisura estable de la tierra.
«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse:.
-pensaba Palmyra.
Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su
vida aquellos seres? ... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál
creían que era? ¿Sólo aspirarían a llevarse visto un punto más del
mundo para sólo pregonarlo?»
Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento puestas en movimiento dándolas a un manubrio para las ocasiones.
Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de
soledad en que aquel rubio la había tirado el sombrero como brindis.

de torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó
más pensativa que nunca.
El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba E:!n el forro de fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de Nueva York
al parecer el mayor fabricante del mundo, porque en todos los som~
breros es el que aparece. Eso no era bastante para saber su nacionalidad Y tampoco decía nada apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.
No dejaba do tener una íntima galantería bastante original aquel
regalo del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el
rápido pasaje del automóvil, de te tomo y te dejo en el mismo sitio
que te dejé.
Palmyra lo dejó en su perchero, y cuando volvió al salón pensó
en que había entrado en él con aquel hombre que había dejado su
sombrero en el perchero, y lo buscó a su alrededor. Estaba íntimamente con ellos y, sin'embargo, estaba lejos ya en alta mar con un
sombrero nuevo que extrañaba en su cabeza.
«Con él encasquetado ya no se a~ordar'á de mí»-pensaba Palmyra-, pero después rectificaba:«Se acordará aún, porque un sombrero nuevo le estará chico, más chico que este que me ha dejado,
por lo menos durante algunos días.»
Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar
de los espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el
dintel del espejo.
Cuando la sirvieron el te tardío, porque se había olvidado dellamar, estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que he pedido?»
Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol
del que se ahorcara, los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el imperio del sombrero det dueño y señor. Había dejado
libre el cabello oleaginoso que ella buscaba para peinarlo con sus
XXIII

353

�LA PLUMA
LA PLUMA

manos y sentir los chisporroteos eléctricos que brotan de los peines
de concha y de los dedos entreabiertos como la parte ancha de los
peines.

-¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si hubiera sido una señora
casada?

«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado pero
no está viejoit-pensaba Palmyra.

y cómo vivía... La tiré mi sombrero porque no-;me dió tiempo de

Del salón se iban colgando las cortinas del baile de arte, sólo el
espejo de la playa tenía luz y copiaba la tarde de ojeras irisadas.
En eso llamó la criada:
-Madama... Un señor sin sombrero pregunta por madama ...
Lo de «sin sombrero,. lo decía la criada para que madama no le
recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno
que viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a
un amigo querido que llega de muy lejos, la dijo:
-¡Que pase! ¡Que pase!
Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle
pasar en el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la
llaga de un beso apasionado y largo ...
-Señora-dijo-, he torcido mi viaje sólo por usted ...
-¿Pero se fué su barco sin usted?-preguntó con ingenua perogrullada Palmyra ...
-Sí..., sin mí-respondió sonriendo el desconocido...
-¿Y sus baúles?-volvió a preguntar Palmyra desacertada, como
si esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo
a instalarse en la Quinta desconocida ...

-¿lfü baúles? ... En el Hotel Francfort de Lisboa-respondió extrañado el extranjero.
Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de
marino que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia
de allende el mar.
354

-:fo hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted
tirarla otra cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo
que quería decirla es que volvería...
--Yo sólo creía que fué un chicoleo.
-De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle,
1
más o menos pisado por la dama, pero se recoge.. .
-Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he
puesto en el sombrerero...
-Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que
lo dejaba al entrar, ajustándole más a su colgandero ...
-Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquelia visita que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando...
Quizá hasta cuando viese aparecer de nuevo en lontananza un barco
con la ruta del otro ...
-¿Y qué es usted?-preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.
-Yo ... Doctor...
-No ... Quiero decir de qué nacionalidad.
-Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con usted tal vez siempre...
Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando;
el caso era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos
como palomas flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón ...
El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un
paisaje en el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de
casi todas, uno de esos rostros que confunden siempre al que les
355

�.,

LA PLUMA
1

mira, pues habiendo parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que se encuentra.
-Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que
me echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después de cenar, cuatro, siempre los mismos cuatro ...
¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había
perdido su barco y tenía derecho...
-¿Y hasta cuándo estará usted aquí?
-Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es
que me puedo quedar aquí a estudiarla a usted.
-¡Ah! No... A estudiarme, no ... Me ha dado un escalofrío atroz ...
Parece que al estudiarme tanto tendría que hacerme la disección...
-Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.
-¿Y de qué región es usted?
-Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa treinta

\l

días ...
-¿Y cómo es su pueblo?

-No tiene nada de interesante ... Esto sí que es bello... Es el digno marco que la corresponde ... Cuando me saludó usted al pasar,
perdí la brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado
.por delante de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en pintor de quintas.
-Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado ...
-La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted ...
-Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser franca ... El
mote del~ escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar
pasar el primer instante... » Venga después ...
-¿A qué hora?
-A las doce ... Traiga sus equipajes en el «auto» ...

LA PLUMA
Se hizo una pausa en que el norteameri~ano se puso en pie. Tení;:i en el rostro timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto
logro y entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos y sólo descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles, no casados como en una policromía mal tirada, tenían cincuenta txpresiones distintas.
-¿Y si ahora no la gusta mi nombre?
-¿Tan extravagante es?
-No; es Samuel.
-Pues no es feo.
-Es que como es judío...
Pal~yra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran
aprens10n, Y eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina
antisemita... Reponiéndose y queriéndole quitar toda suspicacia, dijo:
-¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...
Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la
puerta. Palmyra salió con él.
En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero
pero Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a J~
mano y la retuvo...
-No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de
su afecto... Sólo lo arrancará a su sitio el día que me olvide, el día
que tome el barco que se dejó escapar hoy ...
-Pues entonces quedará ahí para siempre...
Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.

1

.{

3S7
356

�-LA PLUMA

LA PLUMA
XIV
EN ALTA MAR DEL AMOR

La noche estuvo llena de las reticencias, los silencios tímidos y
Jas cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado. Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado todo.
Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la mañana siguiente despertado por las moscas que trajinaban en la luz, pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.
No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del
amor. Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los
boscajes de Ja Quinta.~
• Sintió ganas de hacerla cosquiJlas en la garganta, que ofrecía
curvada y graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?&gt;
-se preguntó Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como
si se tratase de una boda acordada por toda la familia, en lo que
sólo era una aventura...
-Palmyra-llamó en voz baja Samuel para que al despertar encontrase que desde luego era su conocido aquel hombre, puesto que
la llamaba por su nombre y con un gran tono de confianza:
-Palmyra.
-Palmyra.
-Palmyra.
-1Palmyral. ..
Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza
358

r,;

de la playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del
toldo azul de sus ojos.
Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó
los cuadros. Esperaba una escena del Talmud que no había.
Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor. Como
el que sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada
que desde allí se atalayara.
Ya estaba confimado con la sonrisa de aquel despertar que se
había nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que
recompusiese con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los
abrazos.
Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño
que se sueña de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la oreaba las moscas.
Poco tardó ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra
se despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire
con sus manos osendosas y osadas.
«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de los caravanas de los automóviles con gente de los barcos-pensaba Palmyra-. Mi única inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado... &gt;
Se rió con risa osada, mirándole.
- ¿De qué se ríe?
-De que me parece usted un barco embarrancado ...

.r

(Se continuará.)

Rrnó:-1 GóM.Ez

DE LA SERNA.

�.,
LA PLUMA

III

'JI se inició el asalto a la inmortalidad
cSeria y oscura.

'JI columbró el !/)estino toda su libertad
sin aventura.

POESÍAS
I
~etumban por todos los cielos
~eligiosamente, en vuelos
C:orales, toques de campanas.
¿&lt;Son vítores a la victoria
!/)e los que hincaron en la gloria
cSus altaneras cerbatanas?

'

¿rl preguntas de un campanero
91.congojado por el cero
!/)e la boca de las campanas?

11
C:ementerio entre la bruma:
'G'u gozo y tu desventura
:Posibles, ¿son en tu suma
'fNube de pereza oscura?

9U padre inmortal pían las aves de la aurora:
/ cSu-fMa-jes-tad!
(¿(;l nuevo sol antiguo inventa o rememora?)
¡cSu fMajestadl

IV
(;l niño llora su atroz pena.
.Cas entrañas de los planetas
cSe parten en partos de peñas.
V
(DICIEMBRE

.Eas onzas del sol,
!/)iscretas, furtivas,
lucen su esplendor
como calderilla.

VI
¡'fNoche, noche! [}obierna el cielo, finto
C:on la tinta en que moja !/)ios la pluma
:Para tachar el ~fliat lux» de antaño.

'JI truécase en primor de laberinto
.Ca calle, antes sabida, que se esfuma,
;M,uy reticente, en el astral amaño.

�LA PLUMA

VII
!.Blancores en curva
'Griunfalmente una,
{}uían su equilibrio
feo, entre el tumulto
¿ffasado,futuro?
:í)e un gran albor vivo.

l
ACERCA DE "LOS INTERESES CREADOS"

9ttanantial, doncella:
8scorzo de piernas,
'Gornasol de guijas ...
Y el sumo platero
repuja en el cielo
:Nubes argentinas.

( E N S A Y O D E A N Á L I S'I S )

I

' [I'"

describir la acogida aquí dispensada a la concesión del
premio Nobel a Benavente, sería cosa de reproducir-si es, tuviese permitido el citar versos de Núñez de Arce-los en;;-decasilabos iniciales del poema A la muerte de don Antonio
RlOs Rosas. Sin embargo, con la esperanza de que algún día Azorín
-este lord Carnavon de las modernas letras hispanas-, e!l sus exhumaciones, saque a luz al vallisoletano e hipotecario poeta, me lanzo
atrevido a transcribirlos:
ARA

l:1)

VIII
¡t)h sol en el porte del cisne!
¿cSuman las alas en su lustre
.LtJ. claridad que esparce tJctubre
8ntre sus estrictas canicies?

¡{}loria autumnal!: campo de gules
flue de pulcra agudeza ciñen
$ayos, ramas, remos de esquifes:
eorte del gran !.Blancor ilustre.
JORGE GUILLÉN.

¡Cayó como la piedra en la laguna
con rudo golpe en la insondable fosa!
Nuestro ambiente literario, falto de densidad y de inquietud, no
podía obrar de otro modo. La camarilla literaria es el ineludible producto de la lamentable falta de objetivación que racialmente padecemos. Pasadas unas pruebas de tal levedad, que cerca andamos de decJararlas inexistentes, ya que se caracterizan, llana y simplemente, por la
volición de adherencia del candidato a neófito, éste recibe sus cartas patentes ... , y helo consagrado. Lo malo es que estos reinos de taifas-que
363

�LA PLUMA
LA P L U ~1 :\
para el no iniciado se diferencian tan poeo-guardan celosamente sus
prerrogativas, y los adscritos a una u otra cofradía, casi pudiera decir
&lt;:onventículo, se comportan como si estuviesen separados por las más
antagónicas ideologías, por inaccesibles muros, por perfectamente ajustados compartimentos estancos. Así no hay manera de que se ejerza la
crítica. Si uno forma parte de una banda, ha de obligarse a mantener
como bravo paladín, en toda ocasión y en cualquter instante, el código
fundamental de las simpatías o antipatías personales del grupo. El hombre es-hagamos el pedante: ya lo ha dicho Aristóteles-gregario por
natura, y las vertientes de la vida le llevan a uno, quiera que no, hacia
éste o aquél remanso. Si cae en la equivocación-debilidad,_ o ~ortaleza,
pero error craso, desdicha indudable-de no pertenecer a nmgun,corro,
peña, facción o bandería, el equivocado viene~ tener-el, pabell~n c~bre la mercancía-, el tratamicmto del buque pirata, segun las d1spos1&lt;:iones del Derecho internacional: está fuera del manto de la ley.
Movidos todos por reacciones personales, no hay manera de practi-car la crítica, que ha de pesar y medir según ciertas normas, que _pueden ser falsas-humano es el errar-; pero que, al menos, requieren
sinceridad y desembarazo para que la valorización resultante nazca en
condiciones .de posible acierto, de mediana viabilidad. Y aquí no hay
más 1 en el terreno privado-entonemos todos nuestro «mea culpa»-,
-que gesto humildoso o comentario vitriólico, o se es turiferario re~erente o se apiica dentellada de fiero mastín. Esto en ~~ parte conv nc_10nal e irresponsable-repito-que en lo que a relac1on con el. publico
respecta-y esto es lo verdaderamente trágico-reina por doquier, ante
el espectáculo de la obra artística, una indiferencia de Baal-Moloch cananeo, según el consabido mito, o un je m'm jichisme, de gentes que
creen estar de vuelta de todo.
Excluyamos, ni que decir tiene, algunas figuras, que, dadas las anteriores premisas, sin hipérbole, podemos calificarJde adm~rables:
.
Lo que acabo de decir puede adolecer, lo confieso, de 1mpert1~enc1a
y de intemperancia; pero sin duda _explica-co~ algu_na excepción, ,Y
usted, amigo Rivas Cherif, ha constituido una bien brillante en las pa-

7

364

1

'

ginas de esta Revista-el gris y beocio desapego con que ha sido acogida
la concesión del premio Nobel a Benavente.
Viene ya, desde bastante tiempo atrás, sufriendo una crisis grav,e la
consideración del dramaturgo, justificada, en parte, por la actitud docente y predicadora que últimamente había adoptado, y que hay que
reconocer que no le sentaba ni medio bien. No hay manera con la forzada brillantez del diálogo, o por medio de la jaracandosa tirada de un
parlamento, de inyectarle- más bien de frotarle las narices-al auditorio con una tesis por muy respetable que ésta sea. Es admisible la tesis.
con la técnica realista de un John Galsworthy, que es capaz de crear
aquella desdichada chair-wooman de The sí/ver box, verdadera agua
fuerte, emocionadora y palpitante, o que puede dejar que el público,
por su cuenta, saque de Juslice la honda impresión de la mórbida organización social presente. Pero el dramaturgo inglés sabe ocultar la armazón constructora como el alarife hace con su fábrica arquitectónica~
y si las cabezas de las vigas tratan de asomar, las convierte en trialifos.
Pero Benavente no es artista de esta escuela, y parece que se complacía
en dejarnos al descubierto el andamiaje de su pensamiento.
Empero, y de todos modos, resulta innegable que Benavente ha sido~
en los últimos veinticinco años, el más eximio prove::dor teatral, el autor que cultiva todos los géneros de la moderna dramaturgia-si se exceptúa el teatro poético en verso-( 1), desde el monólogo y sainete de corte
zumbón (De alivio, Fodos somos unos) hasta la alta comedia (la princesa
Bebé, Rosas1de otoño), el drama emocional (Sacrificios, Más fuerte que tl
amor) y la tragedia dilacerante (La Malquen'da); desde las producciones
que nos presentan un ambiente aristocrático, de círculos exclusivos (La
escuela de las princesas), hasta las que nos transportan a un medio rústico y primitivo (Señora ama); lo mismo el teatro lírico (Viaje de i1zstrucdón) y el teatro de ideas (Por las nubes) que el teatro infantil y deen-

(1) Recuérdese, sin embargo, La princesa sin coraun, •cuento de hadas. en
ritmos ingenuos•, como se lee en el epílogo de la obra.

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LA PLUMA

sueño (El prínápe que toa'o lo aprendíó ~n los libros); engendra piezas de
un carácter no tan fácilmente aprehens1ble, que no entran de modo tan
holgado en las habituales casillas de las clasificaciones retóricas, como
El dragón de fuego, ante la que el penetrante Manuel Bueno se preguntaba perplejo: «¿Es comedia? ¿Es drama? ¿Es melodrama? ¿Se _trata de
un poema?» (i) u ofrece un gran númer~ de arregl~s y traducciones de
las obras y autores más diversos, de Moliere a Herv1~u, desdr
Tragedy of King Lear hasta 7 he Yellow 'Jacket, que Ce¡ad~r, con v'.st~ de
águila, estimó original, acuñada en el troquel benaventmo (2). ¡Como
se habrá sonreído nuestro ironista!
.
..
Su «espíritu inquieto», como él mismo se ha reconocido; ~u espmtu
casi protéico, es de una pasmosa ductilidad y riq?eza de cambiantes,_debido a que, como el más grande vate contemporaneo de lengua e~panola
ha dicho-y nadie más idóneo que Rubén para dar tales sentenc1~s con
&lt;:arácter de inapelables-: «E! verdadero poder de Benavente consiste en
que posee la intra y supervisión de un poeta, y en que a todo lo que toca
le comunica la virtud mágica de su secreto (3).
Ante la tan variada producción del artista, un estudio de conjunto
requeriría largo tiempo y especiales aptitudes. Previamente, ~ poc~ a
poco, habrá que ir cortando las piedras_ de_ la ca~tera con un ~1e~to_ 10terés desinteresado, sin intenciones de diatnba, m anhelos apnonsttcos
de alabanza.
.
Aunque con toda seguridad, Benavente ha ~scrito piezas que, ba¡o
apariencias menos ambiciosas que los de Los intereses creados, ~e han
.adelantado más en la real entraña humana, el enh1ce de_l ambiente ~
personajes con tipos y atmósfera de tradición vivaz en la literatura um-

1h:

(1)

(z)

7eatro españotconle1npo1·áneo, Madrid (1909], pág. 152.
Historia de la lengua y literatura castellana, T X, páginas 239-240

y 247-248.
,
.
( 3) Obras completas, Madrid [s. a.], T. XXII, pag. 8. Tamb1~n le alabó _calu.rosamente en su crónica La joven literatu,·a. Véase Espana contempo, ánea,
T. XIX, págs. 77-80.

366

r
1

versal, ha atraído mi curiosidad hacia el análisis de esta tan famosa comedía de «polichinelas», como el autor la calificó, y con la cual recibió
la consagración popular.
Si se considera la obra en relación con las máximas producciones del
espíritu humano, puede carecer del sello de lo genial; pero actitud de
tan vigoroso, de tan extremado transcendentalismo crítico no conduce,
ante lo contemporáneo, sino a un amargo desencanto, a una mórbida
tristeza infinita. Las labores realizadas en nuestros días se desvanecerían
o perderían gran parte de su relieve, y lo moderno se ofrecería a nuestra
vista cual campo de desolación. Con cánon menos absoluto y más flexible, se reconocen en seguida en los z·ntereses creados cualidades maestras: gracia, finura, agudeza y vivacidad brillantes, mordacidad simpática porque es ágil y jovial, armonía de líneas en su composición, encanto innegable de atmósfera, que justifican plenamente el interés que
en mí ha despertado la farsa.

II
El gran sentido de humanidad, que es la base o eje de los intereses
creados, su trama ingeniosa, el bien cortado y agudo diálogo, la sonoridad de la forma, todo el acabado conocimiento de los secretos de la técnica teatral explican, ante el páramo de la literatura dramática contemporánea, los rendimientos de la crítica y el ferviente aplauso del público. Nada de tretas del oficio, en las que siempre es parco nuestro autor.
La acción va directa como una flecha, las escenas aparecen tejidas de
modo compacto y con una economía de esfuerzos y con una simplicidad tal de recursos, que no en vano el fino crítico Andrenio ha recordado (1), hablando de los medios de que Crispín se vale para favorecer
a su señor, los graciosos procedimientos que le chat botté emplea para
hacer que el marqués de Carabas llegue a casarse con la hija del rey (2),
(ll La España Moderna, T. XX, págs. 169-177.
(2) Les Contes de Charles PerrauJt, París, 1876, págs. 47-56.

�LA PLUMA
aunque-estos felinos son siempre un tanto &lt;'g?ístas-«le Cha~ de~int
grand seigneur, et ne courut plus apres les s~uns que pour se ~1vert1r».
Ya veremos que Crispín, con mayor generosidad, emprende las aventuras, y las lleva a cabo, sin alcanzar ninguna ve?taja.
El diálogo de Benavente, que suele, las mas de las veces, pecar de
artificioso cuando trata de transvasar la vida de la realidad a la escena,
va aquí en consonancia perfecta con unos personajes que son símbolos
de pasiones y sentimientos. Esta ausencia de lo real, esta oquedad de lo
individ"al, actuando en función de caja de resonancia, avalora la frase
sonante del dramaturgo, que en otras ocasiones, con su si es no es de
pseudo-profundidad, incurre en vicio de efectismo, y ella de?i~ de hab~r,
contribuido al éxito franco y rotundo, alcanzado, con unamme sentir
en todas las esferas.
Después de un prólogo en que se vierten a raudales la ?alanur~ Y
el buen decir, pero con una sobriedad y un sentido del matiz de su innato ingenio aristocrático, después de un prólogo escrito en un castellano de finos quilates, en forma primorosamente matizada, que da una
nota sutil, tierna y levemente melancóly:a, de música en tono menor, al
que van a responder en acorde ideal las más delicadas vibraciones del
ánimo del auditorio, entramos de lleno en la fábula.
Bien ha hecho el autor, dentro de la vaguedad de las indicaciones
topográficas, en presentar la escena en Italia (1). Tiene la obra, Andrenio lo ha observado (2), un marcado carácter mediterráneo, de luz Y claridad, connatural a aquellas tierras, donde el arado encuentra, renovan( 1)
En las escasas direcciones escénicas dice someramente: «La acci?n.pasa
en un país imaginario, a principios del siglo XVll&gt;, pero en el desenvolv1m1ento
de la obra se habla de Mántua, Venecia, Bolonia, Florencia, Nápoles, Y de alguna de ellas más de una vez (Act. I, Cuadro I, E se. 2; Cuadro II, Eses. 5 Y 7;
Act. II, Eses. 4 y 5).
( 2)
Loco citado, pág. 17 1. Sin exagerar, hay algo cierto en esto, a pesar d~
Jo que indigna al perspicaz y querido filós0fo Ortega y Gasset (Cfr. sus Meditaciones del Quijote, Madrid, 1914, págs. 89 y siguientes).

LA PLUMA
do el milagro partenopeo, el pliegue suave del mármol clásico. Mas no
sólo por esta transparencia y armonía; no sólo porque aquellas ciudades, flores de una pulida civilización, exhalan un perfume de refinamiento que ofrendan, cual ninguna otra, las cortes italianas del Renacimiento, ha sido un acierto el lugar de la escena. Como Moland ha dicho
de Les Fourbt'ert!s de Scapúz, de Moliere, «indique tout de suite une
reuvre aux libres allures, dans laquelle le poete met de coté la verité actuelle des mreurs et du costume, et donne carriere asa fantaisie» (t).
Acoge Benavente en la trama de la farsa los personajes, que, ora engendrados en la comedia latina-originarios, según algunos, de los mimos de las comarcas dorias-, ora formados por elementos populares y
literarios; ya creados, ya conservados y renovados por la italiana commedia dell' arte (2), se esparcen por la Europa entera, pero de todos los
países extranjeros arraigan principalmente en Francia, y son recibidos
con igual complacencia en Versalles que en la plaza pública.
Si el tipo de padre o curador, viejo Argos vigilante de la conducta
de su hija o pupila; si el aventurero, el enamorado generoso, el criado
o paje, llenos de gracejo, contrafigura de sus amos, son corrientes en
nuestra comedia, la derivación y entronque inmediato de los personajes
de Benavente, no ya por sus nombres, que eso nada significaría, sino
por su orientación, no pueden hacerse arrancar del siglo de oro. Grandes
concomitancias tienen en cambio, con la comedia italiana-no la sostenuta, sino más bien la jugosa de los repentistas actores de la commedia
dell' arte all 'zºmprovvis~-máscaras que influyen vagamente en Shakespeare y Lope de Vega, que perduran en el género mixto de Gozzi y Goldoni, y llegan de modo especial, a Moliere y aun a Marivaux, alcanzan(1) fEuv1·es com¡,létes de Moliere, collationnées et comentés par Moland, segunda edición. T. XI, pág. 168.
(2) Cifr. Winifred Srnith, l he Commedia delt' Arte, New York, 1912; Caps. II
y JU donde discute su origen. Recuérdese en la literatura latina prehelénica,
las ate lanas (laó1,/ae Atellanae, del nombre de la ciudad osca; comedias bufas,
parte improvisadas).

XXIV

3.69

�l,

LA PLUMA

1

do, pues, si no en su pristino estado, en combinación con otros elementos, las más nobles esferas del arte literario moderno, con ias naturales
modificaciones que imponen los tiempos y la espiritualidad más refinada
de los autores.
III

Hagamos de las principales dramatis personae que en ella intervienen,
verdaderas personificaciones de valores humanos, un ligero examen.
Leandro.-Tipo, en su origen, de galán joven, perfumado, atractivo,
vestido de sedas y encajes; un refinado, un exquisito. Benavente le hace
aventurero y nos lo presenta en descubierto con la justicia. Sin embargo, todo su modo de actuar recuerda, sin sus amaneramientos, el papel
que tradicionalmente le estaba encomendado, ya con este nombre, ya
con los de Lelio, Orazio, Cinthio u Ottavio. No se comprende cómo
puede ser perseguido en calidad de redomado bribón. Las gentes de orden debieron de haberle considerado más temible de lo que en realidad
es. Otros más advertidos, no obstante, han comprendido que se trata de
un buen muchacho y no han tenido inconveniente en darle cartas de introducción para personas de valimiento. Desde el principio muestra un
fondo ingenuo, sentimental, carente de condiciones para marchar por la
vida a salto de mata. Tiene un vago espíritu de colegial a quien aterra
cualquier inocente desaguisado. Tiene gentileza, gallardía, elevación de
ideas. Puede decirse, en paralelo con Crispín, que constituyen el anverso y el reverso del alma humana. Pero seamos indulgentes con éste, que
además de la inteligencia tiene la salvadora cualidad de ser altruista.
Crispín.-Henos aquí con el personaje astuto, fuerte, un tanto prendido a la tierra. Él ha de remolcar la acción. Maestro en truhá.nerías
-no en vano es veterano de galeras-, artífice de picarismo, sutil psicólogo, sabe sorprender en todos los procesos de conducta el móvil real
de las humanas acciones . De todas se aprovecha a maravilla para sus
ulteriores fines. Reconoce la fuerza prepotente del idealismo y lo acepta
por aliado. Sabe bien «que no conviene siempre rastrear. Alguna vez
370

LA PLUMA

hay que volar por el cielo para mejor dominar la tierra». (Acto 11, Cuadro II. Ese. 9.)
Aparece por primera vez este personaje en L'Écolíer de Salamanque (1), de Scarron, y fué popularizado por un famoso autor y actor
contemporáneo de Moliere. Me refiero a Raymond Poisson (1633- 1690),
el cual poseía un talento superior «pour les roles comiques, &amp; principalement pour celui de Crispin, qu' il imagina &amp; qu 'il adopta» (2). Su
linaje lo encontramos en Brighella. Pero ya los amores no le preocupan,
aunque no ha olvidado los circunloquios galantes. («Mi mayor deseo fué
el de saludaros, y el señor Arlequín no anduviera tan discreto en complacerme a no fiar tanto de mi amistad, que sin ella, fuera ponerme a
riesgo de amaros sólo con haberme puesto en ocasión de veros». dice
con obsequiosa y rendida cortesanía a Colombina en la escena segunda
del cuadro segundo del primer acto). Tampoco, por efecto, sin duda, de
los siglos de civilización y decantación transcurridos, se halla tan presto
a dar, como su ilustre antepasado, la temible y famosa coltellata. («Soy..•
lo que fuiste. Y quien llegará a ser lo que eres ... , como tú llegaste. No
con tanta violencia como tú, porque los tiempos son otros y ya sólo asesinan los locos y los enamorados y cuatro pobretes que aun asaltan a
mano armada al transeunte por calles oscuras o caminos solitarios .
¡Carne de horca, despreciable!» (Acto II, ese. 7.) Deja sus maneras de
violencia para trocarse en un simple autor de fraudes.
El papel de pícaro, el Epicidio de Plauto, encarna en Brighella, que
es el tronco de gli Beltrame, glt Scaplno, y todos los criados trapaceros e
intrigantes. Cambia la librea y algo el carácter, pero en lo fundamental
son lo mismo, incluyendo a Fígaro, el criado da far tutto.
Crispín puede hacer suya la confesión de aquel otro criado, de otro
Leandro que nos presenta Moliere: «A vous dire la verite, il y a peu de
choses qui me soient impossibles, quand je veux m'en meler. J'ai saos
(1) Parfaict, Franc;0is y Claude, Histoire du Thidtrefranfois depuis /'origine
jusqu 'á present, Paris, '745·1749, T. VIU, pág, 95.
2) Parfait, obra citada, T. VII, pág. 345.
37¡

.

.

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LA PLUMA
doutc rc~u du ciel un génic assez beau pour toutes les fabriques de ces
gentillesses d 'esprit, de ces galanteries ingénieuses, a qui le vulgaire ignorant donne le nom de fourberies; et je puis dire, sans vanite, qu' on n' a
guerc vu d'homme qui fnt plus habile ouvrier de resorts _et d'int~gues;
qui ait acquis plus de gloire que moi dans ce noble métier. Ma1s, ma
foi, le merite est trop maltraité aujour 'hui» (1) de la misma mane~a
que a él puede referirse lo que dice Sainte-Beuve de los vale~s ~e .Manvaux: ~Les Scapin, les Crispin, les Mascarille, sont assez ordinairement
des gens de sac et de corde, chez Marivaux, les valets sont plus decents;
ils se rapprochent davantage de leurs martres.» (4).
Los genios de Leandro y de Crispín son antípodas: representan el
antagonismo de los temperamentos sentimental y sanguíneo.
.
La sensibilidad de Leandro es mayor que en el otro; en cambio, la
actividad, o facultad de convertir una emoción en acción, que es en él
casi nula sobresale distintamente en Crispín, verdadero profesor de
Energía c~mo dicen los locos de hoy. La función secundaria, el resabio
o gustillo, el sentimiento que queda cuando una emoción se ha convertido en acción, o ha muerto, es, sin duda, más perceptible en Leandro
que en Crispín, aunque éste no se halla, por completo,_ ~xento de ella.
Uno es impresionable, nada práctico, con pocas cond1c1ones de adaptación, tímido y con ideas vagas, con tendencia al aislamiento, obrando
espasmódicamente, unilateral y sedentario, propenso a la contem?lación e introspección, más inclinado a arrojarse de cabeza ~ un peligro
que le asuste que a aguantar el pánico. Los antónimos describen a_l otr~,
que es poco emocional, práctico y con claro sentido de las cosas, 1ma?1ginativo y realista al mismo tierno, de carácter vivo, con buena labia,
optimista, abierto y generoso, versátil, nómada y ambicioso de contrastar sus fuerzas en grandes peligos, que puedan traer grandes_ ~esultad_os.
El Doctor.-Maneras graves, como conviene a su alta m1S1ón social.
(1) Les l'ourberies de Scapin, Acto I, Ese. 2.
(2) Causeries du Lundi, T. IX, pág. 373.

373

La más sencilla acción requiere el auxilio del sorites. Le veremos justificarse, y ha de agobiarnos en sus chalaneos con esclarecimientos tomados de la nebulosa primitiva. Fué, naturalmente, muy corriente su actuación en la comedia. Siempre los hombres de ley fueron blanco de sátiras (recuérdese nuestra picaresca, recuérdese nuestro Queved&lt;&gt;), objeto
de acerados serventesios. Desempeñan otras veces este papel de víctimas
los Notarios y Procuradores. Es característico de este tipo el presentar
ante las cálidas y vehementes imprecaciones de los engañados la ecuánime frialdad de los procedimientos legales. (Viene ahora a mi memoria, a este respecto, la escena final de La Jemme vengle, estrenada •par
les Comediens Italiens du Roi dans leur hoste! de Bourgogne» en 1689,
y que puede leerse en Le Yeátre ltalien de Gerardi, Tomo II de la edición de Amsterdam, 1701.)
Polichinela.-Parece, dado su modo de actuar, que convendríale más
el nombre de Pantalón, Pandolfo o cualquiera de los apodos que tuvo
una de las cuatro máscaras bufas de la comedia dell' arle. Es cierto que
en las comedias napolitanas hay dos tipos de Polichinela: ei uno marrullero, y estúpido el otro. (Veamos la deliciosa explicación que nos suministra Riccoboni, actor con el nombre de Lelio, autor dramático y
tratadista del teatro-nadie está obligado a tomar tal ingeniosa declaración muy en serio-«Dans le pays, l'opinion conmune est que c'est de
la ville de Bcnevent, qui est la Capitale des Samnites des Latins, qu'on
a tire ces deux caracteres opposes, quoiqu' habilles de meme. On dit
que cette ville qui est moitie sur la hauteur d'une montagne, &amp; moitie
au bas, produit les homnes d'un caractere tout différent. Ceux de la
haute ville sont vifs, spirituels &amp; tres actifs. Ceu de la basse ville sont
paresseux, ignorans, &amp; presque stupides.~) (1) Pero de ambos tipos el
que se popularizó fué el primero. En el desenvolvimiento de la farsa de
nuestro comediógrafo no se acomoda, en realidad, a la índole de tal carácter, que fué el que halló arraigo en el resto de Europa. El árbol ge(1) 1.ouis Riccoboai, Histofre du Tlu!dtre italien, París, 1728-1731, T. II,
páginas 318-319.
373

�LA PLUMA

LA PLUMA
nealógico del Polichinela benaventino debe de tener unas ramas que Je
emparientan con ias buenas gentes de la ciudad alta, y debe de tener
otras ramas, sin duda un poquito más numerosas, que le hacen descendiente en línea direc :a de los graves ciudadanos de la ciudad baja.
..::. Pantalón.-Con antecedentes literarios en Aristófanes, Plauto y Terencio. Era el tal nombre inherente al papel de viejo avaro, meticuloso,
unas veces :suspicaz,:receloso; otras sencillo y de buena fe; pero siempre
engañado por su hija, querida o cualquier intrigante. Representa, en
general, el negociante ordenado, el comerciante enriquecido, el padre
de hijas de difícil guarda. Tal como Benavente nos lo muestra, ridículo,
plañidero, sigue encarnando la parte de mercader incauto y petardeado.
El Capítán.-Las hazañas de este valeroso caudillo no son para contadas. «Italia tiembla al nombre del Capitán Spavento. España me reverencia bajo la denominación de Matamoros,&gt; y ¡hombre espantable!
«terrorífico a Francia con el nombre de Capitán Fracassa» (1). (Recuérdese el barón de Sigognac, señor del Chateau de la Misere, que nos
presenta Théophile Gautier en su novela, evocación del siglo xv11, Le
Capitai·ne Fracassa.)
Acaso como los grandes tiene envidiosos:
Ce capitan fait grand éclat:
Et sa valeur est si parfaite,
Qu 'il est des derniers au combat,
Et des premiers a la retraite.
Hijo del _miles glorlosus, nuestra magna Celestz"na (la obra más grande en prosa de la lengua castellana, después del Qui.Jote, en la opinión
del maestro de maestros, Menéndez Pelayo) le acoge con el nombre de
Centurío.
Existía en calidad de capitán italiano, pero el paso por aquella Península de los ejércitos victoriosos de Carlos V, hace que sea reemplaza(1) Sand, M., Masques et Bouffons, París, 1860, II, pág. 177; obra que be
consultado con utilidad.

\.

do, adquiriendo la nacionalidad española, por la impresión que causan
:rnestros soldados, que tienen la gravedad y altivez de Castilla, y que
son, acaso, algo tragediantes, acaso, algo fanfarrones.
Tanto arraigó en la Península hermana, que Croce ha podido decir,
«11 tipo del Capitano dalla seconda meta del cinquecento, e per quasi
tutto il seicento, soffoco tutte le altre rappresentazioni, vive, dirette, libere, realistiche che si potevano fare sul teatro del carattere della nazione spagnuola» (1).
Arlequín.-Hasta el siglo xvu el desempeño de su parte requería
movimientos violentos, contorsiones, bufonadas de baja especie. Va
evolucionando, adquiere flexibilidad y gracia. Se transforma y convierte en agudo decidor de buenas palabras. Giuseppe-Domenico Biancolelli, llamado a París por Mazarino y que llega a tener prestigio en la corte del Rey Sol es quien le representa siempre. El artista, que era hombre de mérito, instruido, amigo de literatos, eleva sus maneras. Ahora,
en la pieza dramatica de que me ocupo, ya-todo se pega menos la hermosura-sabe manejar el plectro, y astuto y mercenario-este poeta es
digno sucesor del Aretino-conoce los medios de cambiar sus sonantes
estrofas por una bolsa de sonantes escudos ... o, hasta si se tercia, por
un plato sabroso de perdices estofadas o algún pastel de liebre.
Si.lvia.-En 1697 una compañia italiana que actuaba en el teatro del
Palais-Royal se permitió ciertas alusiones satíricas a Madame de Maintenon. Esta indiscreción trajo incontinenti una orden de destierro de
Luis x1v. El Regente, Felipe de Orleáns, en 1716, volvió a llamar a un
grupo de cómicos, que dirigidos por Riccoboni, de quien ya he hablado, trabajaron en el Hotel de Bourgogne. Con ellos venía una mujer de

(1) Ricerche ispano-ita/iane, II, Napoli, 1898, µág. 26. También se han ocupado de este punto Farinelli y Mele. Para este tipo en nuestra literatura
cfr. J. P. W. Crawford, The braggart soldier and tlle rufián in the Spanish d,-ama of tite sixteenth centu1·y, en Romanic Review, I, págs. 186 y siguientes.

375
374

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LA PLU~A
cabellos castaños, ojos azules y tez clara, llamada (1) Giovanna-Rosa
Bennozzi, conocida por' Silvia.
El caballero Casanova de Seingalt nos ha legado su retrato cuando la
conoció-ella andaba entonces alrectecor de los cincuenta-. Habla de
«la taille elégante, l'air noble, les manieres aisées, affable, riante, fine
dans ser propos, obligeante pour tout le monde, remplie d'csprit et
sans le moindre air de prétention. Sa figure était une énigme, car elle
inspirait un intéret tres-vif, plaisait a tout le monde, et, malgré cela, a
!'examen elle n'avait pas un seul beau trait marqué: on ne pouvait pas
dire qu'elle fot belle, mais personne sans donte ne s'était avisé de la
trouver laide» (2).
Entre ella y Pierre Carlet de Chamblain de Marivaux nació una estrecha amistad. Para ella compuso más de un papel. La actriz taliana supo
encarnar a maravilla los tipos del poeta parisiense y supo dar una admirable interpretación a su diálogo fino y agudo. Tanto es esto así
que Casanova llega a aseverar con evidente ex:ageración, que «son talent fot le soutien de toutes les comédies que les plus grands auteurs
écrivirent pour elle, et particulierement Marivaux. Saos elle ses comédies ne seraient pas passées a la postérité»,
Hay en la dulce e ingenua burguesita benaventiana un cierto parentesco-no sólo en el nombre-con las heroinas del marivaudage. ¿No
podría poner en su divisa-si la empresa de su adinerado padre, demasiado apegado a los bienes materiales, no le agradase-aquella frase:
«Fierté, raison, et nchesse, il faudra que tout se rende. Quand l'amour
parle, il est le maitre»? (3).
Doíla .51ºrena.-El papel de confidenta o tercera de amores es bien
antiguo en la literatura clásica. Piénsese en la Dipsas de Ovidio, en la

(1)

Syra de Tercncio y en más de una lena del teatro plautino (1). Recuérdese en la literatura española la Trota-conventos del buen Arciprestl!
dc Hita, la Celestina, antes mencionada; la Doña Claudia de Astudillo
y Quiñones de La Tia Fingida, la Gerarda de La D01·otta, de Lopc,
Sin tantas complicaciones y sin tanta riqueza de caracterización, dicho
papel pasa en la fábula de Benavente a ser desempeñado por esta ilustre
dama, último vástago de un ínclito y claro linaje. Su facilitación de los
amores de Leandro y Silvia, mediante un estipendio; su siempre diplomática intervención, tienen un fuerte acento epigramático y fervorosamente incisivo, tajante. Colombina, como la Areusa de la Celestina, seguirá algún día los pasos de su ama.
0

IV
Todas estas figuras, y algunas otras secundarias, conspiran en su
acción a la tesis de la obra: la fortaleza, la in\'encibilidad de Los Inte, eses
creados. He aquí claramente la posición del autor. Ellos vencen los escrúpulos de la nobleza, quebrantan las leyes del honor, desvían las indeclinables sanciones de la Justicia; mandan y rigen la sociedad, son poderosos señores que gobiernan nuestra vida.
Un extremista del pesimismo podría afirmar, un tanto arbitrariamente (y tal parece la actitud adoptada por algún crítico a raíz del estreno), que no puede el feliz coronamiento de las generosidades caballerescas de Leandro, el triunfo del amor, significar la suprema redención de estas dilacerantes acritudes. En el fondo-pudiera el imaginario
Heráclito escoliasta seguir argumentando-se siente el amargor de la
impotencia. Si los fraudes, bajezas, mentiras, miserias, conducen, no
embargante, a un resultado deseable, no es por el poder de las nobles

Gaston Deschamps, Les gra,1ds kriuoi11s fr,Hfais, .t'Í&lt;lriu,w.&gt;:, París,

189¡, pág. 28.

(2) Al principio del Cap. XI del T. II.
(3) !lfarivaux, Les fiauues Confidences, acto I, e:;c. 3.

(1) Cfr. el &lt;"xcelente trabajo de Bonilla y San .Martín, Antecede11tes del lijo
cdeslimsco en la liter,1fllra l&lt;llina, que vi6 la lm: en la Rnme Híspa11ique, XV,
p;íginas 3 72-386.
3i7

�LA PLUMA
ideas, de los levantados pensamientos; ellos de por sí no fructificarían
en la aridez roqueña de los malos instintos, de las bajas pasiones. Es
necesario que Crispín, sutilmente, audazmente, les haga converger
hacia el ansiado final. Sin su intervención, Leandro, candoroso, pasaría a galeras, y la autoridad paternal, victimaria, impondría un matrimonio de conveniencia. Con remate feliz deja un insuperable y amargo
sabor de desaliento. ¿Qué son los grandes sueños sin contar con otras
fuerzas vitales, magnas e invencibles? La punzadora sátira causa sus
efectos. El nervio de la obra es desazonante, incisivo, burlón, demoledor. Las últimas frases parecen simplemente un desagravio al burgués
y optimista público del teatro de Lara. Comprendamos-podría agregar
como remate-que no es cosa de alterar las pacíficas digestiones del
bien abastado abono de la bombonera, venturoso y gentil.
Pero, aunque algo de esto sea cierto, y sin incidir-¡Dios melibrelen un lamentable panglossismo, vemos que sin la nobleza de Leandro, sin su arranque sincero (escena última), sin su amor que le encumbra, sin la afección de la cándida doncella, que le envuelve en un manto
de luz-que como el maravilloso velo de la Reina Mab exalta todo_ lo
que toca-y le hace otro hombre, y sin Silvia, que, a pesar de la vida
pasada del mancebo, tiene fe en él y hace surgir en Leandro la f~ en sí
propio, todo el tinglado de Crispín se vendría al suelo como castillo de
naipes.
Es verdad, como dice Jorge Santayana-este filósofo español de nacimiento y extranjero de educación, tan apreciado en los países de le_n
gua inglesa y tan poco conocido aquí- que es un prodigio n~estra e~scia &lt;&lt;in which the luminous and the opaque are so. romant1cally mmgled», pero el sobrepujamiento de la parte noble, la determinación_ de
Leandro a sacrificarse, su disposición a dejar su amor, que es su vida,
adquiere un verdadero, aunque simbólico, significado. Porque tal im. pulso trae, como consecuencia, el reconocimiento, por parte de Silvia,
si es que tuviese alguna duda, del profundo y devoto amor que él le profesa. Y este sentimiento les transfigura, de modo milagroso, trocando,
al proyectar el irisado cambiante de su resplandor, todo lo que antes nos

1

LA PLUMA

1

parecía opaco, bajo y desdeñable, en raudales de luz; y nos descubre 1&lt;&gt;
esotérico, como en evidencia angélica y cuasi divinal, mágica escala que
baja desde el empíreo-cual en la visión de Jacob-para ofrecernos un
trasunto de la celestial perfección. La fe , que surge, nos da la plenitud
del futuro incógnito, sombrío y brumoso en un presente tangible, brillante y fecundador,
Esta exaltación pudiera relacionarse con la teoría platónica, que el
filósofo de las Ideas nos legó en su admirable Stºmposío, y que halló un
eco en el místico salmantino, cuando hablando de
la música estremada
del ciego Salinas, nos dice:
a cuyo son divino,
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino ·
y memoria perdida,
de su origen primera esclarecida.
Pero, no olvidemos al pobre Crispía, que ha sido demasiado maltratado; a él se podría aplicar lo que, muy atinadamente, afirma Paul de
Saint-Víctor del Scapzn de Moliere (1): «Miente, roba y perjura, y, sin
embargo, el más severo moralista ríe ante la brillantez de sus jugarretas;
dignas de la horca. ¡Es tan vivo, tan alegre, tan ingenuamente exento
de conciencia y sentido moral! El indignarse ante sus latrocinios es como
indignarse ante un gato que robe un queso. Además, es desinteresado en
sus maulerías; nada en el agua turbia sin pescar nada.» Es cierto que eT
voluminoso proceso de Bolonia (¿cuántos folios? ¿Dos mil trescientos?
¿Dos mil novecientos?) ha quedado aniquilado; pero, ¿no tiene que ir
otra vez por el mundo a ganarse su diario sustento y a caza de aventuras? Esta indiferencia ante las luchas de la vida nos le muestra en un estrecho parentesco con los pícaros de la novela de nuestra literatura clá(1)

Citado por Moland, loco citat o, pág. 262.

378
379-

�LA PLUM.A.

LA PLUMA
sica, un poco cínicos y un mucho estoicos, Lazarillo, Guzmán de Alfa.
rache, y los otros eíusdem fuifzm's.
Pudiéramos decir, siguiendo a Saint-Víctor, que Crispín no es sino
.a medias real, es la encarnación del espíritu de intriga que se burla de
las leyes humanas, se mantiene en la tierra en la punta de uno de sus
sutiles pies: la fantasía Jo purifica todo y la fantasía es el elemento de
Crispín.
La absoluta perfección en este planeta sublunar es imposible, y ante
la estolidez de los otros-que no son mucho mejores-hallamos modo
-de reconciliarnos con el personaje que hace, con tanta gracia, sus piruetas y tornátiles cerebraciones.

V
Esta obra, que ha presentado la evolución de tipos bien conocido~,
infundiéndoles nueva vida, merece indicación de algunas de las reminiscencias literarias que revela. Tiene como el perfume de recientes lecturas que paso a señalar.
Un docto amigo mío, ya citado, el Profesor J. P. Wick~rsha~ ~r~wford, de la Universidad de Pensilvania, a quien los estudios h1spamcos
deben trabajos admirables, especialmente sobre el teatro antiguo, tuvo
un día la bondad de llamar mi atención sobre el hecho de que la .Farsa Salamanti11a , de Bartolomé Palau, ofrece una composición bastante
similar a la de Los Intereses; que la relación entre amo y criado es la
misma en ambas piezas, aunque la poesía y deliciosa fantasía de lamo-.
derna se hallan lamentablemente ausentes de la del siglo xv1. He aqu,
un dato curioso y que descubre cuán lejos, cuán fuera del camino ordinario puede ir uno en la busca y captura de fue~tes. Pero con toda pro:
habilidad, como el propio Mr. Crawford añad,a, Benaven~e _no habra
visto jamás tal producción-que es sólo conocida por espec1ahstas de la
historia de las letras españolas, podría agregarse.
Me voy a limitar, pues, a indicar algunas leves relaciones con obras

más difundidas. Excuso decir que, en mi opinión, ningún mérito restan
a Los Intereses, y por si hubiese malévola sospecha de que in cauda.venen#m, me apresuraré a manifestar que puede este «ensayo de análisi~ ser
de calidad inferior-¡conccdidol-pero que no me han movido a escribirlo ideas mezquinas de mostrar deudas del autor a otros ingenios, posición que seria de detonante ridiculez.
El prólogo de Los Intereses, con su visión del París congregado para
admirar a Tabarin, recuerda bastante de cerca el sesgo de la descripción
que hace Paul de Saint-Víctor de la vida de aquella ciudad durante el
siglo xvu. La diferencia estriba en que Benavente Je da más relieve literario, y que, así como el critico francés nos muestra primero las gentes
discurriendo por el Pont Neuf, y habla después de Tabarin, encantador
de aquella sociedad con sus representaciones en la Place Dauphine, el comediógrafo español acumula sensaciones. «Le Pont Neuf au dix-septieme siecle, c'etait le caravanserail de Paris. La campait toute une peuplade de mendiants, de bohemes... Courtisanes en chaises a porteurs, médicastres trottant sur leurs moles ... et les mendiants ... s'accrochent aux
portieres des lourds carrosses et aux brancards des chaises a porteurs ...
Mais le roi de cette nouvellc Cour des Miracles c'etait Tabarin ... Leur
glorieux tréteau se dressait sur la place Dauphine, et pendant dix ans,
le peuple de Paris fit cercle autour, avalant par mille bouches béantes ...» (1). Si el tratamiento artístico es lo fundamental hay que reconocer que el comediógrafo sale victorioso. No soy yo especialista en lo que
al suave eufemismo toca, y cuando hablo de «reminiscencias» y «perfumes de recientes lecturas, no lo hago con más o menos jesuitas reservas
mentales. De hecho no pasan de ahí; pero aun cuando llegasen al extremo de patente plagio, sin duda, en este caso, podría Benavente solicitar
Yconseguir exención de responsabilidad, acudiendo a la conocida y gráfica expresión de Claude-Carloman de Rulhiere-precepto tan digno de
acatamiento como cualquier disposición de las XII Tablas-, «Ce n'est
(1) Sand, Op. ril., II, págs. 296-98.

�LA PLUMA
LA P L U ~1 A
pas tout que de voler son homme, il faut le tuer»; y desde el paraíso de
los poetas Shakespeare y Calderón le saludarían como camarada.
Destaquemos unos trozos de The Nlerchaut of Venice, Acto V, Escena I (1), que pueden compararse con el final del Acto I de Los Intereses.
Uso la versión de Guillermo Macpherson.
LoRENZO.-La luna esplendorosa resplandece
En semejante noche, cuando besa
Dulcemente a los árboles el aire,
Y ni el rumor más leve se produce . .. ;
LoRENzo.-Y que al aire los músicos se salgan. ( Vase Esteban.)
De la luna la luz, ¡cuán apacible
Sobre este altillo duerme! En este sitio
Sentémonos, y acordes musicales
Penetrarán en los oídos nuestros.
Este silencio plácido, y la noche
Con melodiosa música se avienen.
Siéntate aquí, Jesica. Mira al cielo
Cuán incrustado está de lentejuelas
De o~o brillantísimo; 01 uno
De esos globos que ves, al par que gira
Cual ángel, deja de cantar de acuerdo
Con la voz de inocentes querubines.
Oye el alma inmortal esa armonía;
Pero, mientras la encierra toscamente
Esta envoltura de corrupto cieno.
No podemos nosotros entenderla.
(1) Menéndez Pela yo en Orígenes de la novela, T. 111, pág. CCVII, ha notado
-ciertas coincidencias de esta esceca shakespiriana con la Segunda Celestiná, de
Feliciano de Silva; pero indudablem,,nte son menos patentes que las que hay
-con ::,os Intereses, las cuales parecen que aún se muestran más claras si leemos
Et Mercader en su original inglés.
382

Luego Jesica dice:
Dulce música a mí nunca me alegra.

,Y_ cuando entran Porcia y Nerisa, dice aquélla, refiriéndose a la
mus1ca:
...Me parece
Que me suena más dulce que de día.
NERISA. -Le da el silencio semejante encanto.
Los gritos de Shylock, que relata Solanio en la Ese. VII del Acto II:
-«¡Ay mis ducados! ... ¡Ay mis ducados!. .. ¡Justicia, ley, ducados ... !», y
la Ese. I ?el Acto !V, ante el Dux, tienen bastantes puntos de semejanza
con las 1mprecac1ones y dolor de Pantalón en la Ese. VIII del Acto II
de Los Intereses.
También en Lafollejoumée ou Le mariage de F;garo, de Beaumarcha1s, se hallan frases en Fígaro que podrían ir muy bien en boca de Crispín: «Ce n_'est rien d'entrependre une chose dangereuse, mais d'échapper au penl en le menant a bien» (Acto I, Ese. 1). La parodia del juicio
&lt;lel Acto III, Ese. XV, tiene un juego de vz·rgules que trae a la memoria
la «¡admirable coma!, ¡maravillosa coma!», de la última escena de Los
intereses.
Y, ¿no, es, después de todo, la base de la obra de Benavente lo que
observa F1garo en la Ese. I del Acto IV, •qu'avec le temps vieilles folies
deviennent sagesse, et qu' anciens petits mensonges assez mal plantés
out product de grosses, grosses verités»?
Para que ello resulte así en los lnte,eses se necesita de la habilidad de
C_rispín. Para recoger, en la obra que nos ocupa, viejas máscaras, poniendo, donde primitivamente habían existido sólo deseos de entretenertemas o motivos también de emocionar-lo que va en el campo de la
ópera entre un Pergolesi y un Mozart-se requieren ingenio excelso y un
talento grande, que no merecen el injustificado desvío de que aquí se ha
hecho gala en los últimos tiempos.
ERASMO BucET A .

�i..A PLUMA

(

otra mujer tan independiente como yo, tan heroica defensora de su libertad.

TRANCE
oR aquí, por aquí! Permítame usted, yo le haré camino. Pase
usted. Adelante. ¿Tiene usted miedo?
¿Miedo yo? ¿Y de qué? No me asusto tan fácilmente; pero
a tener miedo, sus precauciones me hubiesen tranquilizado,
desde luego. Es usted un hombre discreto y que sabe recibir en su casa
a una mujer, sin comprometerla.
-Ríase, ríase usted. Veo que me he excedido. Espero que no por
eso me juzgue mal. Demasiado sabe usted que en mi discrección no
puede haber asomo de petulancia.
-No insista usted en sus disculpas, amigo mío, o, en efecto, me
hará dudar de su intención.
-Bueno, ríase usted.
-La verdad es que cualquiera que nos hubiese visto ...
-Todas las apariencias nos !condenan.
• -Nadie que me conozca, sin embargo, me creería víctima de un
abuso de confianza.
-Mis amigos saben hasta qué punto soy incapaz de abusar de la confianza de nadie.
-¿Habrá dos personas en el mundo en quienes las malas lenguas
puedan cebarse con menos verosilimitud? Desde Juego, no se encuentra
384

-Ni un hombre tan ajeno a toda solicitación amorosa. ¿Se ríe
usted?
-Me sonrío.
-:-No me desilusione usted tan pronto. Hágame gracia de esas reticencias, que a duras penas tolero otras veces; pero que en usted me producen doble desengaño. Usted no es una de tantas señoritingas.
-¿Merezco tales reproches por una sonrisa?
-:-Perdón otra vez por mi descortesía. Pese a mi serenidad, su presencia de usted, en esta casa, me produce no sé qué extraña desazón.
Lo confieso; estoy emocionado.
-Pu.es si no quiere hacerme reir, pórtese como Je corresponde. Esa
galantena, t~n descompasada, no le va, a quien como usted, presume
de hombre a¡eno a toda solicitación femenina.
-Al cabo, su juego no puede ser más inocente. Ríase o sonríase a
gusto. Pero de una vez y para siempre: no crea en esas patrañas que sin
duda le han contado a cuenta mía.
-¡Qué curiosidad más vulgar!
-En mi vocación no entra para nada la necesidad de consuelo alguno. Mi entusiasmo científico está puro de toda contaminación sentimental.
-A mí nada me han dicho.
-A usted le han dicho...
-¡Qué mal cómico hace usted! ¡No sabe usted reírse sin ganas!
-A usted le han dicho que en mi vocación hay un misterio terrible.
-¡Oh! ¡Ya no creo en cuentos de brujas!
-Soy un hombre muy poco interesante.
-~¡Quién sabe! _Eso no es usted quien lo puede decir. Yo tampoco
cre1 mteresar a nadie, hasta que usted me descubrió. Si no quiere usted
que me da, no me mire usted así. Ya le he dicho que no me da miedo
de nada.
-Tranquilícese usted. Siéntese.
XXV

�LA PLUMA

LA PLUMA

-Pues, no crea usted. Estoy cansada. Y no sé de qué, porque hoy
no he andado mucho.
-¿Siempre ha sido usted sonámbula? ¿Recuerda usted, sobre poco
mas o menos, cuándo empezó usted a levantarse dormida?
-De muy pequeña; pero no me acuerdo sino de haberlo oído contar en mi casa. La primera vez, de que tengo memoria cierta, fué hace
ya bastantes años. Llevaba una temporada tan nerviosa e inquieta, que
mis padres temieron que tuviera el baile de San Vito. Recurrdo que la
menor cosa me hacía llorar. Pasaba de la risa a las lágrimas con unl?
facilidad enfermiza.
-¿Qué edad tenía usted entonces?
-Trece años. Una noche ... Ahora me río; pero el susto fué morrocotudo, y el que di a los demás no menos flojo ... Una noche me levanté
dormida, sin que nadie me oyera, me fui al cuarto de baño ... y me desperté de la impresión de la ducha de agua fría, que inconscientememe
yo misma me di... De) esultas, estuve grave, con ataques nerviosos y
convulsiones. 1Cuando me levanté había crecido tanto, que luego me
pusieron de largo.
-¿Y ahora?
-¡Ahora soy yo la que se va a enfadar! Porque voy viendo que
usted, tan suspicaz e irritable, no ha vacilado en sacrificarme a su curiosidad científica...
-¡Matilde!
-No se asuste usted, que es pura broma. Yo, si le he de ser a usted
franca, tengo muy poca fe en estas cosas. Pero la aventura me divierte.
Únicamente le ruego, profesor, que no me saque en papele~. ¡Qué diría
el mundo! Todo lo más en revistas científicas. Aunque, refractaria como
soy al matrimonio, poco puede perjudicarme el que los pretendientes se
asusten de mi caso. ¡Vaya! veo que tambisn los profesores tienen cosquillas:y se ríen.
-Me río de que con todas sus pretensiones de espíritu fuerte tiene
usted miedo.

1

1

-¡Tendré que confesarle~ usted mi deseo más firme hoy por hoy!
Pu~s _no es otro que ~l de ~ervirle plenamente en sus investigaciones psicolog1cas-¿n~ se dice as1? ¡yo soy muy bachillera!-, e irnos por esos
mundos de Dios usted y yo ganando los dólares.
-¿De manera que es la primera vez que se somete usted a estas
pruebas?
- Sí señor. Mis padres se han negado siempre a cuantas indicaciones
l~s han h;cho en ese sentido algunos de los especialistas que me han
visto sonambula.
•
.
. Preferían atenerse al diagnóstico de mi ama, de cna
que siempre atribuyó tales fenómenos a las lombrices.
-Deme ~sted las manos. Siéntese usted cómoda. ¿Le molesta a usted ,la luz? S1, voy a apagar. ¿Así? ¡Ajajál No se distraiga. Míreme usted.
Duermase...
. -Un i:nomento, profesor. Me parece ridículo que nos demos tratamiento. Si los espíritus advierten nuestra falta de camaradería no van a
querer ve ...
. -Cállate, ~atilde, calla~~· ·· Du_ér~ete, duérmete tranquilamente... ,
sm esfuer~o, sm preocupac10n. As1. Cierra los ojos. ¡Matilde! ¡Matilde!
-¿Que?
-¿Me oyes?
-Sí.
-¿Qué te pasa, Matilde? Vamos, sosiega; duérmete, duérmete.
¿Qué te pasa?
-Nada.
~Así. Así me gusta. ¿Estás ya tranquila? Duerme, duerme. ¡Matilde!
¡Mat1ldel ¿No me oyes?
-Sí.
-°Me obedecerás, ¿verdad?
-Sí.
-¿Qué te pasa? ¡Tranquilízate! ¿Qué tienes?
-¿No me conoces? Soy yo.
-¿Tú? ¿Y quién eres tú? ¿No eres Matilde?
-No, no soy Matilde. Soy yo.

�LA PLUMA
-Dí quién eres.
-¿No me conoces? Soy Alma.
-¡Ah! ¡No! Basta de bromas. ¡Matilde! ¡Matilde! ¡No, eso no! Se lo
he advertido a u:ted. Cierta clase de reticencias,~no. ¡Matilde! ¡Matilde!
-¡Ay! ¡Qué!... ¡Uf! ¡Cómo me duele la cabezal ¿Estás ahí, profesor?
¿Qué te pasa, hombre? ¡Ay! ¿Tienes a mano una tableta de aspirina?
¿Sabes que la experiencia no ha podido ser más dolorosa para mí?
-No creo merecer de usted semejante trato. En efecto, trae usted el
papel ensayado a maravilla. No se le puede hacer el menor reparo. Si
acaso, cierta exageración en los primeros accesos... Pero no, Matilde, no
tenía usted derecho a hacerme objeto de una broma cruel.
-Te juro que no sé lo que me estás diciendo. Por favor, dame una
tableta de aspirina, un sello, algo que me quite este dolor que me rompe
las sienes.
-Espera. Quieta. Ya se te va pasando. Ya no te duele. Así ¡Matilde!
¿Duermes?
-¡No soy Matilde! ¡No soy Matildel ¿Me niegas? ¿Es posible? ¡No, no
puede ser! ¡Sácame, sácame de aquí, o ven conmigo! Óyeme, escúchame, y, sobre todo, háblame, llámame tu Alma!
-¡Calla, calla!
-¡Ay!
-¡Almal ¿Eres tú la que llora?
-¡Sí, yo soy, Alma, tu Alma!
-¿En dónde estás?
-Aquí, aquí; ven, tengo frío.
-¿En dónde estás?
-Aquí. No sé, no me puedo mover. Si me muevo, siento que voy a
deshacerme. Me desangro por la herida.
-¿Estás herida?
-Sí, tengo una herida fría, no sé dónde. He perdido el sentido.
Abrázame, amor mío, dame un poco de calor.

LA PLUMA
- ¿Has perdido el sentido y sientes?
-¡Es tan difícil, tan difícil de explicar!. .. Estoy ciega de toda luz.
Lloro sir. lágrimas, y hablo sin aliento. Me faltan los pies para correr a
ti. Sólo los deseos me atormentan y tu memoria. Cada día, sin embargo, me voy más lejos, como hundiéndome en nieblas cada vez más frías.
Despiértame ya, no me tengas así. ¿Por qué dura tanto esta sesión?
-¡Basta, Matilde, basta! Si ha apostado usted a costa mía, bien ha
ganado usted. Pero no, no crea lo que le han dicho. ¡Es mentira, mentira! No es verdad que Alma se quedara muerta en una experiencia. ¡Sí
que murió de un ataque al corazón; pero nunca, nunca la utilicé como
médium, nunca! ¡Ni una sola vez conseguí dormirlal Su broma de usted
es, pues, tan inocente como de mal gusto.
-¡Amor mío, quiéreme! ¿Con quién hablas? No te entiendo. Despiértame ya, y seré tu Alma obediente de siempre. ¿Cuántos días hace
que me tienes aquí dormida? El dolor fué muy agudo, aquí, aquí; pero
ya se me ha pasado. Me ha dejado ciega, tullida, sin sangre en las venas,
no sé si tengo figura humana. Vivo como suspenst. en el aire, en una
atmósfera tan fría, tan fría ... que me ha penetrado los huesos y me ha
deshecho ... ¡Quiéreme, vida! ¡Despiértame!
-¡Calla, Matilde, calla! ¿Qué te propones, dí? ¿Qué perversidad te
guía en mi tormento? ¡Ven, calla, calla! ¿Qué qui'!res? ¿Que te selle la
boca? ¡Basta ya de bromas infames!
-¡Ah, no! ¿Me niegas? ¡Ven conmigo! ¡Ven conmigo! ¡Te tengo! ¡Te
tengo!
-¡Suelta! ¡Que me ahogas!
-¡Ven con tu Alma!
-¡Socor... !
-¡Ay! ¡Qué cansancio! ¡Estoy rendida! ¡M&lt;! duele mucho la cabeza!
¡Oye, profesor! ¿Estás enfadado conmigo? ¿Dónde estás? ¡Enciende la
luz, anda! Debe ser muy tarde. Bueno, iré yo. ¿Eh? ¿Qué es esto? ¡Eh!
¡S¿~~;r'o'! ·¡Al -~s·e·s¡~~i · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
C. RivAs CHERIF.

�LA PLUMA

SONETOS DIVERSOS
MUTUO AMOR

;María: Yo te amo
con el amor del mar a la ribera,
con el cariño del mastín al amo,
con la vehemencia de una primaveral
cSé que es tu clara voz la que remansa
mis bravas tempestades interiores,
y que es tu su(lve mano la que amansa
al potro de mi edad en sus furores ...
Y por que eres risueña y compasiva
y nunca estás al sufrimiento esquiva
cuando mi angustia exige tus desvelos,
sé que me adoras como yo te adoro...
¿~e oyes...?
(fll,lza la frente hacia los cielos
y sus ojos son dos luceros de oro.. )
DOLOR DE AUSENCIA
. .. la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura ...
SAN JUAN DR LA CRUZ,&gt;

¡fNo me hagas esperar un solo día
más! ¡ fforque llegues pronto desespero,
pues tu presencia traerá el venero
que ha de curar esta dolencia mía...!
J90

¡.Ciega y enciende la morada fría
de mi apagado corazón! Yo muero
sobre las nieves de este ventisquero
que entre tú y ,¡o finge la lejanía . .!
¿.Ca llama de amor viva se consume,
o está más hondo el leño que la aviva
y en la cueva recóndita fulgura ...?
fll,cércate, mi amo~... 1Ya tu perfume
me alienta el corazón/ ¡~i alma es ya viva
por la caliente luz de fu hermosura...!
ELEGÍA DE LOS OJOS

fll,quellos ojos que al mirar tenían
la recia luz de un corazón en celo,
y que si me miraban encendían
los más húmedos silos de mi anhelo,
¡ya se han cerrado para siempre! CVivo
tanto de su recuerdo prisionero,
que es más libre que el aire el más cautivo
si en parangón a mí lo considero...
cSi antes mirarlos era mi tormento
y esperar que me vieran, mi agonía,
todo f ué paz ante el padecimiento
que es hallar sólo en el recuerdo inerte,
lo que en su vida f ué a mi vida el día
y las perpetuas sombras en su muerte...
39 1

�LA PLUMA

ANTONIO MACHADO
!lJ011

ojos que avizoran g un ceño que medita.
A.M.

cSus soledosas galerías puebla
de músicas, recuerdo.,; y cantares;
él, que duda de S)fos, y entre la niebla
busca al que anduvo a pie sobre los mares...

RETRATO ENTRE REAL E IMAGINARIO,
DE LA SEÑORITA MONNIER

'iNo es de marfil su torre, es de granito:
-en la honda tierra sus raíces graves
y el claro pensamiento en lo infinito.fHermano es de las flores y las aves.
¡$ondad recoge el sembrador de bienes!
5Kas, no corten laurel para sus sienes;
nada en su honor la voz del vulgo clame,
que él es silencio, soledad, camino...
'JI el día que la muerte lo reclame
se irá monologando como vino...
FERNANDO GoNZÁLEZ.

(9Jel libro inédito «:Jlogueras en la ~ontaña.•)

392

(DE LOS «SOGNI o'UN SOLITARIO»)

'

todos los solitarios cerrados obstinadamente a todo contacto y por naturaleza sensibles, asaz frecuentemente sufro,
o gozo, momentos casi hipnóticos que no son precisamente
de sueño, pero que al sueño se asemejan mucho. Me sucede
en pleno día y en aquellas horas en que la mente empieza a
l&gt;c::¡."11&lt;11:.c:: de los papeles y los libros y pide, casi agotada, descanso. Puede
sucederme de noche o de día; en días lluviosos o soleados; pero de sólito,
cua~d~ he trabajado mucho y con fervor. Viajes imaginarios; rápidas
apariciones en mundos que no conozco; el primer paso procede siempre
de una emoción literaria; y. aunque sea mía, de un cuento ¡;ue he escrito.º tengo que escribir. 1\tis ojos no se cierran; ninguna parte de mi yo
físico está en efecto adormida; y con todo, la sensación del sueño es
casi perfecta. A veces, basta una carta de un país lejano; o la lectura de
una revista extranjera; o la vista de un paisaje en fotografía. El abandono rs exclusivamente cerebral; porque no me entusiasmo, no me enard_ezco; aparezco y desaparezco en mi sueño con voluntad plena y consciente. Más frecuentemente, salgo de estos límites, busco contactos difíciles y acaso imposibles; me imagino amigo e incluso comensal de
grandes artistas con quienes no he tenido relación nunca, ni siquiera
epistolar. Recuerdo (y podría incluso escribirlos) ciertos coloquios míos
con Hamsum, ¡y cuánto me enfadaba cuando él, en vez de responder a
mis preguntas, me aturdía con sus interminables discursos! ¡Recuerdo

(1

OMO

393

�LA PLUMA

cierto guiño de sus ojos, tan irónico y mordaz que casi me dejaba sin
respiro! Yo le observaba (i~uán tímidamente!) que había hecho mal en
prolongar la agonía de Nagel, uno de sus héroes, aunque aquellas
páginas fuesen igualmente fuertes y bellas. Pero él no me escuchaba; y
luego, largas parrafadas acerca de Tolstoi, intercaládas de a~plios gestos de la mano, que yo no acertaba a comprender si eran serios o sarcásticos en su hieratismo; y de cuando en cuando, en medio del discurso un grito: ¡es un cura! ¡Tolstoi es un cura!
Así, pues, quiero describiros una librería parisiense y retrataros una
figura de mujer que conozco, admiro y amo solamente por carta, y a
quien en uno de mis sueños recientes me he acercado y conocido tan
familiarmente que creo incluso haber hablado en francé.; con agilidad,
franqueza y soltura tales que Flaubert, desde su retrato semiescondido
tras el escritorio de Adriana Monnier, me sonreía satisfecho. ¡Maravillosa potencia del sueño!
Abro, un tanto asustado, la puerta de cristales ... ¡Qué diantre! Sé
que a aquella librería van hombres de fama mundial: y ¿quién me dice
que el buen señor encorvado sobre una revista no es André Gide? ¿Y
aquél calvo con gruesos lentes y el cigarrillo entre los dedos, Duhamel?
¿Y ac¡uél otro alto, desgalichado, de ojos ansiosos y vigilantes, Vildrac?
En fin, es un paso que hay que calcular. Pero ¡que curioso escaparate el
de esta señorita Monnierl Se diría que es y no es el escaparate de una
librería: Que hay libros, es verdad, y muchos; pero también manifiestos del Vieux-Colombier, música, algún cuadro, algún dibujo ... ¡Mira,
mira! Hay hasta uno de esos nítidos retratos de Bécat, el pintor de mis
escritores preferidos ... Y el retrato es ... Que sí, este es el propio ValeryLarbaud con su sonrisa entre irónica y dulce de hombre que sabe a qué
atenerse ...
Pongo la mano en el picaporte; y, vencidas las últimas dudas (soy
tímido hasta en sueños), entro. Cierto, me he puesto colorado ... Y eso
que ninguno de aquellos señores se ha movido. Vildrac-pero ¿será él
al cabo?-ha dado un paso hacia Duhamel, el cual está sentado examinando con mucha atención un librito ilustrado con xilografías. Conozco
también ese libro ¡qué diantre! Es una edición de Le Sablier, fresca todavía la tinta.
Yo soy ...
Pero ¿por qué he de decirle mi nombre a esta gente que no se preocupa de mí y que piensa en otra cosa? Preguntaré por la señorita Monnier, eso es; y si viene un dependiente; le daré-y será más fácil-mi
tarjeta. Entre tanto, y puesto que el dependiente no comparece, estudio
394

LA Pl.U:vJA
las espaldas del que debe de ser Gide. Gide, Gide ... pronuncio entre mí
con mucha reverencia. Y pienso, mientras, en el retrato de Gide qu;
la señorita Monnier ha delineado con tanta gracia, humanidad y verdad:
«Fils d u ciel et de l 'En fer
11 con~ut avec ses freres
L'hymen dout il voulait naitre.
Un Anglais visionnaire
Fit les images qu'il faut
Pour prédire saus défaut
L'avenemeut du mystere.
Vinrent Poe et Baudelaire
Lautreamont et Rimbaud
Ce Russe qui lui est cher.
Et d 'autres qui sont moins beaux.
Et lui , de tons le plus sage,
Plus qu 'eux habile a jouir
Des liens du double héritage
Tour a tour il fait servir
Ces extremes qui le touchent
Et qui perfument sa bouche
De miels exempts de fadeur.
Certains, goO.tant la saveur
Du singulier mélange,
Disent qu'il contient de l'ange ...
D'autres, au faible palais,
sont brnlés par les épices,
Lui crient: Demon! tes vices
Savent noircir jusqu'au lait.»
«¡Dicen que en él hay algo de ángel!» Bueno. Pero los otros, aunque
sean gentes de poco gusto, o difícil ¿por qué le llaman demonio? ¡Te1:Íblel "'! con todo, la fascinación de esas espaldas-pero ¿será él?s1gue siendo enorme.
¡Esta señorita Monnierl ¿Es posible que sea aquella niña-es una
niña, sí-desenvuelta y agil que habla detrás de aquella mesa con aquellas dos señoras? ¡Oh, no puedo creerlo! Es una directora: guía, mueve,
manda; ha escrito y hace observar a los socios de su gabinete de lectura
normas severas. «La sociedad no comprenderá nunca más de mil miembros.» Ese nunca, vamos, es varonil; no puede salir semejante nunca
395

�LA PLUMA
LA PLUMA
-de una boca tan modosa y delicada. Además: esos labios tan rojos no
pueden pronunciar más que palabras dulces, poéticas, qué se yo, de
amor. Ciertamente estarán hablando de no sé qué artista, nuevo o antiguo ... ¡quién sabe! Tal vez del pobre Philippe tan delicado y fino: o de
Samain, que también murió. Sí, no pueden hablar más que de un poeta gentil, que tal vez es ya sólo una sombra, un leve recuerdo ...
Miraré los libros, eso es. Y compraré algo: una novela de Romains,
por ejemplo. Mi amigo Cremieux me escribe de c_ontinuo: Tiene usted
que conocer a Romains, porque en usted, acaso sm saberlo, hay algo de
unanimista ... Bien; o el ultimo libro de Valery-Larbaud de quien toda
la Europa intelectual empieza a interesarse. De Valery que tiene un
aliento tan amplio, tan seguro, tan rico ...
Mas he aquí las obras de Vildrac: de ese señor tan alto y des~alichado que ahora habla, tranquilamente al parecer, con Duhamel. ¡Qué
bien se entienden los dos! Por lo demás, su amistad data de antiguo.,.
Se ve que se quieren y se estiman desde hace años. ¡Qué diantre! ¡Seria
tonto si no lo recordase!. .. Han escrito juntos una comedia; y luego,
luego ... Les plaisi·rs et les jeu.x de Duhamel es de ayer apenas. Ta~bién el Cuib es amigo de Vildrac; ¡muy desmemoriado estoy yo! El Cu!b,
el niño de Duhamel, tiene gran amistad con Vildrac; y Vildrac sabe ¡ugar con él tan bien ... Sin duda son los dos poetas que me son tan caros ... Pero, cómo intentar un pas_o hacia ellos, cóm~ decirles: Y? SOY:··
¡Oh, no! ¡Y con mi francés ademas! Duhamel me quiere, ya lo se, y Vil' d rae tam b"'
1en; pero ...
He aquí Le livre d' Amou1-. Tercera edic_ión. Cuando yo _también ~ra
librero (¡cuantos años han pasado, ay de mil) como la senonta Monmer,
he sembrado ejemplares de este libro puro v blanco. Leed -dedales a
amigos y clientes-, leed a Vildrac; y aquellos buenos muchachos le
leían con pasión ... Y luego cu~ndo volvía_n: ¡Ay, Puccini! qué poet~! ~o,
feliz, esperaba, e invocaba casi, nuevos Vildrac ... Pero V1ld~ac hab1a ido
a la guerra ... Y La Nountle Revue no tenía más que un V1l~rac: el del
Lz"vre d' Amour. ¡Bellos tiempos! Luego, a la guerra yo también_; y uno a
uno, todos aquellos jóvenes que admiraban a Vildrac. _Despues, el re~reso, y el adiós a la lib~eria, y_la noticiad~ que tantos_Jóve~es de aquellos que admiraban y le1an a V1ldrac conmigo y por m1, hab1an ~uert~.
Y he aquí los libros de Larbaud. ¡También quisiera ver a m1 quendo Larbaud! Pero encontrar a Larbaud en París es un problema. Me escribe desde todas las partes del mundo; y luego, de repente, me avisa
que está en Roma. Su carta está escrita en un italiano tan puro, tan se.guro, que no se cree que pueda ser de un francés ... Luego, mañana, ya

l.

no está en Roma. Su nueva carta viene de Génova. Esta vez se expresa
en español: en un castellano tan neto, que yo, antes de contestarle en
la mi~ma lengua tengo necesidad de Henarme la boca de castellano
puro ... Y lt0 dos páginas de Ayala, firmes y transparentes ... Podría,
pues, comprar un libro de Larbaud. Apenas si conozco la .Fermina Mdrqun y EnJantines.:. ¡Pero si hubiese un dependiente!
-¿El señor Puccinil
Me vuelvo de pronto, como si en vez de una voz hubiese sido una
mano o un gemido, o no sé qué, lo que me llama ...
--¿Entonces es usted?-pregunta.
No veo a nadie más en el local. Gide, aquellas terribles espaldas encorvadas, ha desaparecido; y también Duhamel y Vildrac y las señoras.
Sola ante mi vista la señorita de los labios rojos; y detrás de ella, libros.
libros, libros.
-¿No es usted, entonces?
((La societé ne comprendra1a111aú plus de mille membres.~
Si, esa es su voz. Lavo:&amp; de la señorita Monnier. Pero yo soy un extranjero. Yo no podré ser nunca socio, aunque quisiera, de la Societé de.
Lecture. Yo vivo en una J)rovincia, en Italia.
-La biblioteca de la Casa de los Amigos del Libro que yo dirijo-me
parece decir la señorita, con voz enérgica, casi de pregonera-, representa sobre todo a la literatura moderna. Moderna, ¿entiende usted? Aquí
sería inútil buscar Bordeaux o Margueritte; aquí mando yo, yo guío, yo
soy la ley. ¿Quiere usted teatro? Pues yo tengo teatro, ¿Quiere usted
crítica, filosofía? Tengo critica y filosofía ... Y clásicos también, y éstos.
sin reservas. En cuanto a los modernos-modernos, ¿entiende?-, aquí
no falta ninguno. Claudel, Duhamel, Durtain, Vildrac.
-Aquellas espaldas ...
-¿Qué quiere usted decir?
-¿No era Gide ese señor que hace un momento, con las espaldas
encorvadas, miraba aquella revista?
Carcajada.
-Pues usted me ha escrito una vez que Gide viene aquí muchas veces.
Carcajada.
-Usted perdone ...
-i,_A estas horas? ¿Qué escritor sa)e de casa a estas horas en Parí~?
-Pero entonces ... , Duhamel... V1ldrac ... ¿No eran Duhamel y V1ldrac aquellos dos señores?
-En efecto, si; un cierto parecido si que tienen. Pero no; no eran
Duhamel y Vildrac.

�LA PLUMA
Y nueva carcajada.
-Entonces ...
-¿~ntonces?
-Yo hubiera querido conocer per~on3:lmente a _esos escritores, señorita. Y Durtain. ¿No viene nunca mi amigo Durtain?
-Sí; pero de ningún modo a estas horas.
Silencio.
.
Miro estudio considero a la señorita Monmer. Puesto que tengo de
ella una'¡mpresión completamente mía, quiero ver si corresponde o no
a la realidad.
Es delgada y rubia. ¡Y yo que la creía robusta!
-¿Quiere usted decirme ... ?
-¿El qué?
- Ese jamaís de su reglamento:·· sabe usted ... ~l. reglamento ~e
quien quiera formar parte de la ~oc1edad que usted ~mge .. . y para_o1r
las conferencias que usted organiza... esas conferencias que luego imprime usted tan señorilmente... Las tengo todas ... sabe usted .. : Bueno,
esejamat"s ... ¿Lo ha escrito un hermano suyo, verdad, o su pnmo?
- ·Moi, moi, moi!
. .
-Pero entonces la librería, la sociedad de lectura, la casa ed1t?nal,
todo ese mundo del número siete de la calle del Ode~n ... Y los libros
Ta ros, la rebusca de los folletos agotados, las conferencias .. .
-¡Moi, moi, moi!
.
,
_y los versos que leo en lntenhons, en Les Ecrits Nouveata en Le
A1outon blanc ...
--'-·!Moi, moi, moi!
Y uego, rápida, ágil, casi febril:
.
,
- Yo lo soy todo aquí dentro. He creado, ante todo, una hbrena.
En París, donde las hay a miles. Sí, d;5~e 1915_, e~ plena guerra. Y he
tenido en derredor mío, primero la t1m1da cunos,dad de unos po~os,
luego la simpatía cada vez más expresiva y concreta d_e, muchos. ~1re,
mire. Soy la hermana de mis hermanos, pero tamb1en._ soy ~dnana
Monnier, la inspiradora, la creadora, la ves_tal que mantiene vivo es~e
fuego sagrado, que no tiene nada de comercial aunque en, un come~c10
se base. Vea, mire. Sí, amigo, esos versos qu~ usted ha le1d~ s_on mios,
míos. No es poesía de todos los días: es, dinamos, el •prec1¡&gt;ltado»_ de
innumerables sensaciones vividas por mí hora ~ras hora. Vea_, mir~.
Aquí vienen Claudel, Romains, Duhamel, Durtain, Fargue, G1de, G1a-audoux...
- · M l ·
·
-¿También Giraudoux? Quisiera saludarlo, senonta. e o 1magmo,

LA PLUMA
,1~ _sé

porq_ue un si es no es esquivo y como sus imágenes, líquido, fugittvo, casi etéreo ...
-E~ efecto ... Y Jammes, y Larbaud, y Suares y Valery, y Vildrac,
y Durtarn, y Arcos ...
-¿También Arcos? ¿Verdad que es un hombre más bien deloado
.ágil, de palabra franca y pronta? Su prosa y sus versos son densts d~
pensamiei;ito y_ túrgidos de angustia; pero él, él, el hombre ...
-¡Que cunosoT Arcos no se parece a sus libros, es verdad.
-¿Y Fargue?
-Fargue es un poeta. Pero ya leerá usted mis síntesis líricas, mis retratos. Eso~ _retratos son el col!lentario más vivo y neto de mi acción;
¿p~rccen fac1le1,, verdad? Pues 1ls me demandent une tres longue preparatton!
-Lo creo.
-Pronto leerá usted mi Romains, mi Valery ... Pero he hecho otros
muchos ... No se los leo porque usted no conoce los originales. Precisamente ayer le he hecho uno a Sylvia Beach, una amiga mía americana;
ya la conocerá usted. Ha fundado aquí, en París, una «Shakespeare and
company», una casa editorial.¡
-¿Como la Casa de los amigos del libro?
-~obre poco más o menos. Es una mujer que se me parece. Y he
retratado a mi hermana. ¿La conoce usted? Tiene mucho talento. Es
una música genial. .. Y luego ... 1u ego moi meme. Yo soy el centro, la
vida de este interior, Una mujer modesta, pero ¡quién sabe si soy modesta!
. -Ninguna mujer es modesta. Por lo que hace a usted, tiene usted
títulos de sobra ...
Y así diciendo, miraba en derredor mío, en aquella dulce penumbra,
do,nde brillaba toda la sabiduría y el ingenio de la Francia más viva y
mas muerta.
Los ojos luminosos de Adriana Monnier se encienden más aún, y dedeclama:
MOI MÉME
Comme la religeuse ancienne
Qui trouvait en elle sa regle
Et qui, aidée par ses compagnes,
Etablissait une maison
Moitié ferme et moitié couvent,
J'ai fait ainsi ma Librarie.
Mais moi, je n'ai pas de Dieu!

�LA PLUMA

Ce nom m'offense, me b)esse
Jusqu'au coeur de mes racines,
Il m'ote le gout de vivre,
Il arrache le bandeau
Qui couvre la vieille plaie
Dont rien ne peut nous guérir.
Quelques uns de mes freres
Ont un pouvoir sur moi,
Leurs ordres me rassurent,
Je travaille pour eux,
J'oublie alors ma peine,
Je les console aussi.
Le voyageur perdu
C'est moi qui Je raméne.
Je me réchauffe au feu
Que j'allume pour lui,
Je mele a ses prieres
Ma voix pleine de nuit.
-·Deliciosamente femenino!-exclamo.
.
-La señorita Monnier sonríe; luego me alarga una ho¡a, donde su
letra enérgica, casi varonil, ha escrito estas pequeñas señales.de un alma
deliciosamente ávida e inquieta y, con todo, se_rena; y me dice:_
. .
-Vous serez, Puccini, la seule personne qm po~sede!a le P?eme ecnt
de ma main; il me plait de vous. marquer par ~e. ~a1ble s1gne-1mpor~ant
pour moi seule - ma reconna1ssance et am1t1e. Parce que vous etes.
d 'ltalie, cette seur profonde de la France.
Yo me inclino.
MARIO PuccIN1.

CRÓNICAS LITERARIAS
FRANCIA

l]

Paul Morand, que obtuvo el año pasado tan gran triunfo
con su colección de cuentos intitulada Ouvert la nut't, :reincide
este año con una cole.:ción similar, que intitul~ Permé la nuit. De
un año a otro, el procedimiento de M. Paul llforand no ha variado,
como tampoco los temas habituales de sus cuentos.
Sigue buscando en la sociedad,cosmopolita personajes curiosos o pintorescos para retratarlos. En Ouvert la nuit servíanle de modelo las mujeres. En
Fermé la nuil los modelos son hombres. Un .irlandés, un alemán, un oriental, un francés, son los cuatro protagonista~ de estos pequeños dramas y comedias,
ONSIEUR

De los cuatro, el retrato del francés es el menos afortunado; pero los otros
son notables. Moosieur Paul Morand no se propone tanto trazar la silueta de
un irlandés o de un alemán determinados, como la del irlandés o del alemán
en general. Recoge los rasgos y las particularidades de cierto número de representantes de la misma raza, y amalgama esos elementos en un ser ficticio
que viene a ser el prototipo de la raza entera.
El procedimiento no ha variado desde La Bruyere, pero M. Paul Morand
lo aplica de una manera muy original, que procede de la escuela de M. Jcan
Giraudoux.
00

XXVI

401

�LA PLUMA
LA PLUMA
El autor de Fenné la nuit procede por pequeñas pinceladas como un pintor impresionista, por breves rasgos de pluma, yuxtaponiendo los epítetos, las
comparaciones originales, con referencias repentinas a objetos y seres muy
distantes, y acierta a dar la ilusión de la vida, vida contemplada por uu observador cargado de experiencia, que hubiese reunido el mundo entero y echado
una mirada a la literatura universal.
Libro de viajero en efecto, de un soñador errante, que después de recorrér
el m1mdo se apasionara únicamente por el espectáculo del ser humano. Es,
además, un discípulo hábil de M. Jean Gira.idoux, que ha hecho más maleable
la manera del autor de Suzanne el le Paci"fique, la ha hecho más comprensible,
la ha vulgarizado.

* •

*

Monsieur Eugéne Montfort ha abordado el difícil problema de dibujar en
una acción rápida los tipos más representativos de la gran guerra, por lo menos los que vivían fuera de la zona de guerra y de ejecutar así un cuadro lleno
de color y de vida. Puede decirse qne lo ha logrado, y su Uubli des tnorts figurará entre sus mejores novelas.
La narración comienza el dia de Todos los Santos de 1918 para concluir el
12 de noviembre al siguiente día del armisticio. Monsieur Alexandre Martín es
el hombre de entre dos guerras, que era demasiado joven para hacer la
de 1870 y demasiado viejo para participar en la última. Es un espíritu vanidoso, patriota exasperado, que de pequeño industrial necesitado ha subido a
gran fabricante y a nuevo rico. Su mujer, tan vanidosa como él, se pavonea en
las obras de beneficencia.
Monsieur Alexandre Martín tiene dos hijos muy característicos también
Uno, René, alistado a los diez y ocho años, oficial, herido varias veces, condecorado, etc., es un ser esclavo del deber y del sacrificio. El otro, Luis, inteligente y en demasía escéptico para conservar algún entusiasmo, se consagra a
la guerra como su hermano, pero de distinto modo. Temeroso de que lo enTÍen al frente, se embosca en la Maison de la Presse, donde se entrega a vagos
trabajos de pluma, cortejando al propio tiempo a una linda mecanógrafa.
Añádase a esos personajes principales unos cuantos comparsas, y tendremos las muestras más características de los no combatientes. M. Eugene Montfort los ha visto muy bien y nos los muestra excelentemente. Su talento se ha

divertido en h~ce_r ir y venir a estos muñecos, en prestarles discursos extravagantes, Y en d1bu¡arlos en ?etalle y en conjunto. El autor ha visto muy bien,
expres~ndolo c?n gran acierto, lo bufonesco de ciertas actitudes, de ciertas
expresiones .y ciertos pensamientos, propios de aquella é poca smgu
·
1ar. s u novela es el pnmer ensayo, sobre la gente de l'arriere, que posee valor literario.

* * *
Pierre Mille ~o ha concluido de asombrarnos: Su última novela, La détresse
des Harpagon senala un nuevo esfuerzo en su carrera de novelista, tan brillante, pero que no se amolda a la rutina.
La détre:se des Harpagon es un cuento filosófico sumarr.ente divertido rebosante de ingenio, de ironía, y de observaci6n. Pierre Mille ha imaoi~ado
que el ~amoso ava:o de Moliere, Harpagon, dejó descendencia y nos tran:porta
en medio de los metos de aquel famoso garduña. Los Harpaaon se encuentran
en el '.11ayor apuro Y en vísperas de vender todos sus bie:es. Su situaci6n
financiera
·
•
. es
. , pues , m uy poco seme¡ante
a 1a de su ilustre
abuelo; sin embargo
la prodigalidad les salva.
'
Rebuscando en los inmensos desvanes de su castillo, un anticuario parisiense, ~ue ha llegado para comprarles algunos muebles, no tarda en descubrir una
sene de admirables tapices, procedentes de Cleanto, el hijo del Harpaaon cont~mporáneo de Moliere, quien les había recibido del usurero Sim6n, ;ara justificar_ un préstamo de quince mil libras. La prodigalidad del hijo salva así · a
una distancia de siglos, a la descendencia del avaro, y esto ya es un buen te~a
para filosofar. Pero hay más, la figura de todos los personajes agrupados en
torno del castillo de los Harpagones, está trabajada con una maestría asomb_rosa: el padre, víctima de los usureros, magistrado cesante, reducido a la ociosidad·, la madre , incapaz,· 1a h"º
'
1¡a, ya eii ma Jos pasos y en v1speras
de cometer
los mayores desat_inos,_y todo un núcleo de gente fósil evocado a grandes rasgos. En fin, el anticuario, el hom ado León Meyer, llamado para tasar los muebles Y ~ue salva a toda la familia, descubriendo las riquezas sepultadas en las
po_lvonentas guardillas, todo ello forma un relato atrayente, vivo, coloreado,
chispeante de ingenio y de malicia, de lo mejor de Pierre Mille.

* * *
403

402

�LA PLUMA
Todos los devotos de Balzac, y los hay creo yo en todos los países de Europa, se alegrarán de saber que ha nacido una publicación llamada Les cakiers
óaJr.aciens, cuyo objeto es sacar a luz muchos documentos relativos al autor de
Comedie Humaine, correspondencias inéditas, fragmentos de obras inacabadas,
memorias, etc. Está dirigida por M. Marce! Bouteron, bibliotecario del Institut, el hombre que en Francia mejor conoce, sin disputa, al gran novelista.
Les uikiers óair.aciens comienzan con la correspondencia inédita del autor de
La cousine Berte con el teniente coronel Periolas, el mismo que Balzac ha pintado con el nombre de Genestas en Le Médecin de Campagne. Son cartas muy
curiosas, donde su corresponsal ponía al escritor al corriente de una multitud
de cosas militares y respondía a las preguntas sin número que le dirigía el nove)ista. Nada de lo que atañe a Balzac no5 es indiferente, pero es de justicia
añadir que la publicación de M. Marce! Boutcron es muy esmerada en el fondo y en la forma.

* * *
M . Eugene Marsan es un delicioso ensayista, que en Passantes nos ofrece
algunos croquis femeninos, bosquejados al margen de su cuaderno de notas.
Escritos en el francés más puro, sin epítetos inútiles, sin redundancias, esas
págiaas, de un observador finísimo, son también de un hombre muy sensible,
pero que disimula su sensibilidad debajo de un fuerte intelectualismo.
Como todos los de La Action fran;aise, M. Eugene Marsan es un intelectual
puro, que pone por encima de todo la razón y no se entretiene más que en los
juegos de la inteligencia. Las notas que firma On"on en La Aclionfran;aise han
llamado siempre la atención, lo mismo que los ensayos literarios, en demasía
breves, que ha esparcido aquí y allá. Passantes es su verdadero primer libro: el
lector saboreará la extremada delicadeza del fondo y de la forma.

Terminaremos esta rápida reseña de las últimas novelas francesas publicadas, citando Monsieur Quaton&amp;e, de Fran,;ois Fosca, que viene a ser una novela de aventuras sacada de la fórmula balzaciana. Fran,;ois Fosca se ha entre-

LA PLUMA
tenido en reanimar a los principales personajes de los T,·eir.e en una serie de
historias tan complicadas como regocijantes.
Muy distinto es Le vagaóond sentimental de A. t'Serstevens, admirable historia de amor, contada en una lengua muy bella, a través de páginas descriptivas realmente conmovedoras.
En fin, el nuevo libro de M. Emile Henriot, Aventure de Sylr,ain IJutou,·,
no cede, ni por la gracia un poco arcaica, ni por la originalidad, a sus amables
predecesores. M. Emile Henriot está en camino de llegar a ser uno de nuestros
primeros novelistas.

El teatro en París parece consagrado, por el momento, a la opereta. Todo
se vuelve cancioncillas, coplas, arias célebres o en trances de llegar a serlo;
romanzas y estribillos. La época, que todo lo comercializa, ha puesto en ello su
garra, El éxito fabuloso de Phi-Phi y de Ta óoucke ·ha encalabrinado a los
autores, que ,;ueñan con enriquecerse con la opereta más insignificante. Para
lograrlo, ¿qué medios emplearemos?, se han preguntado. Clavetear en la memoria del espectador una canción célebre y hartarle de ella en cualquier
forma. Apenas se entra en el teatro, le entregan a uno un cuadernito con la
letra que se va a cantar. Al punto, surge la musiquilla famosa y la repiten
cinco veces, diez veces, la cantan en la sala para arrastrar a I auditorio,
quiéralo o no, aficionándolo, durante meses y meses, a una melodía, a una cancioncilla, a una lata pop:.ilar. Esta manía no durará mucho tiempo, sin duda;
pero me ha parecido bastante característica y chusca para señalarla aquí.
Fuera de esas obras alimenticias, el teatro no nos ha traído más novedad
interesante que la comedia de Jules Romains, intituiada Monsicur Le Troukadec saisi par la debaucke, representada en la Comedie des Ckamps Elysées.
La figura literaria de M. Jules Romains es lo bastante conocida para que
sea necesario bosquejarla de nuevo. Su obra es muy divertida y está notablemente escrita. Louis Jouvet, qne desde hoy se iguala a Copea:i, la ha puesto
en escena y la representa a maravilla. Es un género de teatro joco-serio
donde se disimula una 'bufonada muy próxima a la farsa clásica, y al que acaso
pueda reprocharse tan sólo cierla tiesura y demasiadas pretensiones. Es una
muestra más que honrosa, casi notable, del teatro nuevo.

�LA PL U.\\ A

LA PLUMA
Otra obra muy curiosa: Le Ptre Flote, de M. René Bruyez, representada en
una scéne d coté, la Compagnie du G,·ijf,n. No nos sor prenderÍII que M. René
Bruyez llegase a ser un gran autor óramático. Su primera obra, muy violenta'
paradójica, algo alocada, está llena de cosas excelentes. También aquí encon•
tramos la farsa. la bufonería extremada. Todo el teatro de la nueva escuela
parece dirigirse en ese sentido, o en el de una acción muy violenta y muy concentrada.
JuLl!S BnTAUT.

ALEMANIA
que no he hablado de la Alemania de las Letras y del Pensa•
miento a los lectores de LA PLUM.A, han ocurrido allí cosas bastantes para engendrar una situación nueva. No quitro mentar las locuras cometidas en el Ruhr, ni todo lo que va concluyendo de
asesinar al pueblo vencido. Hablo, sencillamente, del derrumbamiento moral que ha seguido, como era fatal, al hundimiento financiero y a la
rebelión de tanta miseria.
En la época en que vivimos, el arte, ¡ay!, pasa por ser, y es realmente, un
lujo. Quizás sea el único gran lujo colectivo de una generación entregada por
entero a los progresos de la mecánica y de las cienci3S nuevas. De ahí que, en
tiempos de crisis, el arte sea la primera cosa de que esta generación se des•
embaraza. Antes que vender los autos, antes que abandonar sus trabajos en la
telefonía sin hilos, antes que interrumpir sus gastos para la navegación aé1ea,
suprimirá, viéndose necesitada, s11s expensas artísticas o literarias, no comprará
más cuadros, no visitará las librerías, renunciará al palco en el teatro, no sub•
vcncionará a las orquestas sinfónicas, que ya vivían sólo de la liberalidad de
algunos mecenas. Esta huelga de consumidores acarrea sin duda un cambio radical en la situación de los productores.
Así acaba de ocurrir en Alemania. Espectáculo sin ejemplo. Cuando se hundió Austria, en efecto, los artistas y escritores de Viena bailaron en Alemania.
todavía a flote, mercados y apoyos valiosos. Para los pintores y músicos, la for•
midable clientela de extranjeros que afluyó de golpe en Viena reemplazó con
ventaja a la clientela indígena. En Alemania no ha ocurrido ni podia ocu•
rrir cosa igual: herida de muerte, lucha sola, entre la desesperación y la quiebra, y nada puede aguardar de un vecino compasivo ni de un enemigo generoso.

ffl]

406

BSDB

l

Vivir a expensas propias. En 1914 el problema era igual, pero el pueblo
tenía confianza en sí mismo, y entró en la Gran Aventura con alegre frenesí, dd
que tardó en curarse cuatro años. Hoy, la fatiga, el pesimismo, la descoohanzo,
y, digámoslo, el hambre, hao apagado el ardimiento, y el nacionalismo intelectual (empleando el vocablo nacionalismo en su mejor sentido), en que consistía la fuerz:i del grupo expresionista, falta por completo.
Vivir a expensas propias. Eso significa tener que alimentarse de Ersatz di:
toda especie, como en lo más recio de la guerra, beber café de bellotas, comer
pan K. K., empanadas de carne siu carnt", sopa de hierbas sin hierbas. Significa
vestirse con ropas usadas, dándoles la vuelta; llevar en invierno pantalones
blancos de tenois, chaquetas cortas, sacadas de los fraquei- viejos, y gaban~s
cortados de la manta de la cama. Y significa, sobre todo, suprimir lodo gasto
inútil, todos los que no sirven para obtener vestidos o a,imeotos.
Bien sé que estas cosas las han publicado los periódicos, pero no es malo
seguir repitiéndolas, porque n-sumen mejor que nada el drama en que sucumbe la Alemania contemporánea: el billett" de cien fraucos que hace un año valía dos mil marcos, vale actualmente ciento cuarenta mil marcos. El libro co,
rriente, la novela, que hace un año valía cien marcos, cuesta hoy veinte mil,
cada ejemplar. La entrada en un teatro, que hace un año costaba de veinticinco
a doscientos marcos, cuesta ahora de tres mil a ochenta mil.
El resultado brutal de la situación es este: los editores se niegan a correr
los riesgos insólitos de una edición nueva; venden (o mejor dicho, no venden),
las existem.ias, pero no quieren aumentarlas; los pintores tienen que ganarse
el sustento en oficios distintos de su arte, porqu(: no hay compradores de cuadros; los teatros de Bcnín representan operetas u obras ligeras, para solaz de
extranjeros, y los de provincias, donde se había refugiado, de tiempo atrás. el
alma de la literatura dramática alemana, cierran sus puertas uno tras otro; las
orquestas se disuelven; en suma: el admirable monumento del arte alemán se
cuartea y se desmorona piedra por piedra.
·
Basta conocer la situación del pueblo, cuyos salarios y emolumentos de
todas clases son apenas trt"S o cuatro veces mayores (numéricamente) que
doce meses ha, mientras que el marco vale setenta veces menos, y que los gastos han crecido en igual proporción. Alguien me responderá: ,Sí: todo eso
será cierto, tratándose de funcionarios o de obreros, pero no será con los industriales. los rentistas y ,os comerciantes., Es verdad que los indu!.triales,
algunos industriales, bao realizado considerables beneficios en estos (:!timos
4b7

�LA PLUMA
tiempos; pero intervienen otros factores: el miedo al Fisco, v el miedo, no
menor, a la opinión pública; la necesidad de exportar la mayor cantidad de
capitales para continuar las relaciones con los proveedores de Ultramar; y las
perturbaciones del Ruhr. Además, esa clase industrial, no representa, en lapoblación alemana, el uno por diez mil; apuesto a que esa proporción es dos o
tres veces superior a la realidad. Refiriéndome ahora a los millares de médicos, de abogados, de ingenieros estrangulados por la miseria, podría tomar de
la vida cotidiana diez ejemplos olJservados por mí directameute, tales como el
del médico especialista, célebre en la mayor parte de Alemania, y que estos
días me contaba el problema que le agobia: •Hace un año cobraba cien marcos
por visita; para mucha gente era caro, y a menudo he tenido que rehusar el
dinero que me ofrecían, obtenido a costa de mil privaciones. Hoy, por sucesivos aumentos, mis honorarios son mil marcos; me es absolutamente imposible
aumentarlos más, porque ya he perdido la mitad de mi antigua clientela. Pero
hace un año, con cien marcos, compraba una libra de manteca, o tres kilos de
pan, y pagaba un par de botas con quinientos marcos; hoy, los mil marcos me
dan parn cincuenta gramos de manteca, o media libra de pan, y he de pagar
sesenta mil marcos por el par de botas. Saque la consecuencia.•
Es necesario que en el Extranjero se conozca la situación lastimosa de los
intelectuales, de los escritores, de los artistas, de los sabios alemanes. No
hago aquí un artículo de periodista, ni me propongo llevar agua al molino del
señor Cuno, qne es un político como todos, es decir, un hombre desprovisto
de interés, Pero me daría vergüenza hablar como si las cosas fueran desenvolviéndose normalmente, y echar un velo sobre la espantosa miseria que mata
lentamente a la élite de un país, orgullo de Europa, por más de un motivo. No
hay que figurarse que la baja del marco se compensa con la elevación de las
ganancias, y que tras un breve trastorno la vida se estabiliza. Nada más falso.
Hasta ahora, a pesar de la guerra y de la derrota, he podido venir hablando de
los libros y de los teatros alemanes, porque la energía de ese pueblo le hacía
sobreponerse a todo, y no había abdicado. Pero en la hora presente, todo
cambia, y reina la desolación donde antes hubo vida.
Llegará un día, y no tardando, ea que Europa se percate de que se ha empobrecido_para siempre, dejando dilapidar asi la herencia de Beethoven, de
Goethe, de Kant, de Nietzsche, y permitiendo que sus herederos se mueran de
hambre y desesperación sobre las ruit1as de la joven República.
PAuL CouN.
408

LIBROS y

REVISTAS

Ramón Pérez de Ayala.-Lzma de mid, luna 1e kiel, novela. L~s trabajos
de Urbano v Simona, novela.-Madrid, 1923, Editorial Mundo Latmo.
Belarmino, zapatero filósofo,_criat_ura del iag~nio de Ramón P~rez d~ Ayala, acometió la reconstrucción 1deahsta del universo. Pues~o a 1~vest1gar el
sentido oculto de la vida y del mundo, fué repensándolos, e mveato a su modo
los conceptos, libertándolos de las palabras triviales o ma~osea~as d~nde los
hallaba prisioneros. Era un creador ea el orden especulativo .. S1 hubiese poseído algunas lecturas elementales, no habría dejado ~e repetir: •H~Y. hemos
&lt;:reado el mundo; mañana crearemos a Dios». La ac!iv1dad de su esp1ntu era_
puramente interpretativa y crítica; movíale el ansia de coa~cer, que ~n s1
misma se completa y se acaba. Su actitud personal ant_e los ~b¡etos sensibles,
ante la sociedad v ante los fines inmediatos de la ex1steac1a, era de apartamiento O despegó, en cuanto tales objetos y fines no fueran pasto ~e la voracidad de su cinteleto•. En la historia de los amores ~e. Urbano y Sunoaa, n~s
presenta Pérez de Ayala otro espíritu no meaos am_b1c10so q~e el d!; Belarm1no pero su ambición tira a distinto blaoco. Doña M1caela, mu¡er ternble , muéve;e también por un afán de creación: quiere crear ea el orden moral Y práctico. Si Berlamiao pensaba la vida, doña Micaela pretende re?acerla, enmendarla y lo quiere con exaltación y brío_ a~ ~eaores, con la misma entrega d:
sí que el zapatero pooía en hilar su rac10cm10. Son dos modo~ opues!os_de en
cararse con el destino, llevados en cada uno d~ esos pers?na¡es al ultimo extremo, al sacrificio. Belarmioo, pensador má_rtir, se habna sustentado-y de_
hecho se sustentaba- de unas hierbas o del aire que sopla, corno cumpl~ a los
verdaderos filósofos con dársele un ardite de la fortuna y m~nos aún importarle que el mundo 'sea de otro modo que como es. Doña M1caela hunde s_u~
manos en el barro palpitante de la realidad inmediata, lo modela a su anto¡o,
oprime el corazón aj,.no y el suyo propio, para obligarlos a entrar _en el &lt;.:áao~
de su idea. Aproximar y compara1· esas figuras.novelescas, se ~e 1mp_oae -~ª
turalmente· en cierto modo se completan: mirando en la misma d1recc1oa,

•

409

�LA

PLUMA

pero en sentido ~ontrario, (el pensamiento, la acción) entre las dos abarcan la
redon_d,ez del h~nzo?te que se ofrece a la iniciativa personal. Importa poco que
la acc1on d~ dona M1caela no se enderece a fines grandiosos y se desenvuelva
en el reducido marco de u~.ª familia oscura: Jo que importa es la idea que se
propone ensayar, y la tens1on de la voluntad, la energía de que es capaz en el
lo~ro de su empre~~- Co~p~rándolos ~on su idea motriz, los manejos de doña
M1cael_a, la confecc1on art1_fic1al del caracter de su hijo Urbano, vienen a ser un
expe~1me_nto de laboratorio, la prueba, con datos reducidos, del valor de una
do~tnn! rnventada. La novela nos muestra, tal como fué, el experimento de
dona ~1ca_ela, y sus resultados, con el desquite de la vida incoercible sobre las
maqmoaciones de una voluntad imperiosa.
Hablamos d~ una «idea que doña Micaela se obstina en realizar, imponiéndo_s~ a todos Si. En la bas~ d_e la conducta _de doña Micaela hay una operación
c:~hca, un _fallo del entend1m1ento. Su cualidad natural dominante es la ambic10n, t"l afan de ascender por la escala social, de llegar al se1zorío· ambición
her7~ada con la sangre. Pero los propósitos de doña Micaela, toca~tes con su
pOS)CIÓn y la de su familia_ en el_ mundo, son, !?ara mi gusto al menos, secundan.os en la nov7~a. Lo pnmord1al es la creación, reflexiva, determinada, del
ca_r~cter de su h1¡0. Doña Micaela se vale de Urbano para enriquecer a la fam1!1a .. P_udo ser ~enos o nada ambiciosa, y educar a Urbano según los mismos
pnnc1p10s y por iguales motivos que tuvo para educarlo como lo educó· la novel_a, e~ su esencia y en lo que tiene de ejemplo, sería como ahora e;. Pudo
dona M1caela desenfrenarse en una ambición napoleónica, pero dejando a Urb?no forrnars~ al azar, como cualquier otro jovenzuelo destinado por su prov1de1;1te mama a cazar una d?te, y la nov:la, ~orrado el raro conflicto en que
consiste, desaparecía. También para dona M1c11ela lo más importante en el
ensa_Yo que acon:_iet1; es la educación de Urbano; más importante que el logro
de :1qu~zas y senono, aunque las dos empresas vayan revueltas en su espíritu.
D~na M1caela se hunde en la locura, no tanto por la pesadumbre de verse inopmadamente en la miseria como por la insurrección del hijo, que adviene
ta:de a ser hombre cabal renegando de la obra cumplida por su madre. Doña
M1caela se desesp,era, ordena a Urbano que desaparezca, quiere sepultarlo en
un ~on 1_ento. Ansia, en fin, tener otro hijo, para renovar con mayor tino su expe:ienc_1a. Y todo ello, ¿por qué? En virtud de una apreciación de la vida que
d~na M1caela_ formula en su juv_e ntud; senten~ia expresa, Jrticul..da ea palab_ias_ y de?uc1da de su ob~ervac1ón personal, impuesta como norma ob!igatona,_rnfle_x1ble, a cuanto_s _giran en_ derredor suyo o están bajo su dependencia.
Dona M1caela «no adrn1t1a la realidad ta.l cual espontáneamente se ofrece, sino
que, ,antes de aceptar}a, pretendía convertirla en lo que ella, doña Micaela,
quena, que fuese y cre1a que debía ser. En lugar de someterse a la realidad, la
sorneha ... Esta1;&gt;a segura _de la oi:inipotencia de la vida, y asimismo de su cegue?ª? y e_stup1?ez .. La 1:1d~ podia hacerlo todo, pero, como andaba a tientas
Y srn mtehgencrn m des1g010, no hacía más que disparatar; objetos feos, animal~s feos y brutos, gente fea, bruta y mala. La vida necesitaba de alguien
que .a tomase como de la mano y acertase a aprovechar su misteriosa fuerza
410

L ..\ P L U 1\1 A
todopoderosa, conforme a una idea neta y propósito elevado•. Má&amp; 2delante:
cMicaela no había nacido para dejarse formar por la realidad circundante ui
arrastrar por el flujo de la vida. antes para corregir y encauzar la realidad próxima y el caudal de vida que le había caído en suerte, dentro de sí y eIJ to:ºº
suyo•. Micaela, en su m?cedad, n~ tu_vo por qu~ alabar_ 1~ 1;&gt;la1;1dura del destmo.
Casada por cOn\·eniencrn, soporto s111 repub,on las m1c1ac1ones cony ugales.
Todos los hombres le parecían «unos asquerosos•. Viéndose con un hijo, brota de súbito la idea (matriz de la acción novelesca), donde Micaela resume su
apreciaciól'I del mundo en que vive. Con su niño en brazos. exclama: •~qui
tengo la vida. la vida ciega, que puede ser rnal~ad y dolo'.: o bondad y d1ch~ .
sujeta a mi arbitrio&gt;. Y resuelve domarla: «Hana de su h1¡0 todo lo contrario
de lo que había sido ella. Ella sabía todo Jo repug~ante_ de la vida ~ los ocho
años. Su hijo llegada a casarse sm haber presentido m_ menos sabido na?ª·
Sería el primer ejemplar de hombre perfecto&gt;. En la disparatada resolución
de doña Micaela hay una protesta contra lo feo, un ansia de l'lulcritud que ennoblecen sus facciones de mujer autoritaria y «mandona,.
Urbano, hechura de tal madre, es un monstruo. En sus veinte años, es t_an
inocente corno un reciénnacido; ángel y papanatas. El autor salva, con donaire
y audacia, la inverosimilitud aparente del caso, interesáodonos desde el primer
momento en la turbación de este espíritu puro, que arna sin saber lo que es el
amor. La increíble inocencia de Urbano parece que nos satisface y nos convence más en completándose con la necesaria inocencia de Simona, so a~ada;
la pareja cobra una representació1~ ~upe_ri_or; vamos a obs~r_v~r en _ella el ¡uego·
de fuerzas puras: un amor sin mahc1a hir!endo una se_~s1b1l!dad intacta. Los
dos esposos son más inocentes que Dafn1s y Cloc; agm¡ados por el deseo, )os
pastorcillos de Longo intentaban saciarlo, rem~dando mal. faltos de_ técmc_a
amatoria, a las bestias del campo. Urbano y S1mona no han descubierto siquiera el deseo, ni sosp~chan-aunque los eche,1 de rneno~-que su a~o_r ~eb!
llegar a más cabales saciedad y complemento. Son dos cn~turas pa1ad1s1aca--del Paraíso anterior a la caída-por el saber. El autor ha mcorporado Y des·
crito en Urbano y Simona una experiencia inasequible ,Para el común d~ los
mortales: gustar por vez primera, ya en la edad de la razon, aquellas.~moc1ones
eróticas, cu vo sabor primitivo se deslíe entre los rl:!cuerdos d~ l_a mnez ,y que
son imposibles de reconstit~ir en t?da su novedad y en s_u positiva fuerza. Urbano es tan gracioso en su mocenc1a que, rnrdo a los estimulos del cuerpo Y a
la incitación de la naturaleza lujuriosa que le rodea, pretende hallar la clave
del enigma a fuerza de razonar consigo mismo y_con su _Pedante. maestro; las
peripecias de la novela conducen a Urba_no a sallr ?~ su ignorancia del modo
más brutal imaginable: por enseñanza directa rec1b!da de un cu:a soez, para
que-como era debido-ninguna t_?rtu:a le fuese evitada ~ su delicadeza. Este
es el punto en que la obra de Dona M1caela se derrumba. la absurda pretensión de enmendarle la plana a la vida, a~ab_a en dolor y llanto. Urb~no se hace
hombre por el desengaño, por los padec1m1entos morales~ y .~n siendo ~ombre, despliega la energía, los nobles impulsos, que su ta~d1a nu~ez mantem~ sofocados. El autor ha sacado, a mi parecer, todo el partido posible de la situa411

�LA PLUMA
LA PLUMA
--ción de sus héroes, ha agotado en cada escena lo qttc podían dar de sí los
afectos de los personajes como fuente de emoción estética sin olvidar su fase
cómica, ni menos-preocupación profunda de la novela__:_b turbación de la
conciencia moral al descubrir los apetitos groseros, ineludibles debajo de los
.afectos más tiernos.
'
Urbano se nos apaga un poco después de su entrevista con el cura. Su vida
interior, tan jugosa, descrita tao por lo menudo hasta ese momento pierde
fluencia y calor en cuanto se resuelve a conquistar a Simona, como v~rdaduo
amante, en lugar de adorarla como niño embobado. Urbano, metido en ese
empeño, es ya todo acción exterior. Triunfa.lVemos a los amantes esposos, apoyadas las cabezas por vez prime~·a en la misma almohada, boca con boca, y
creemos que, pasado el susto primero, entrambos estarán muy divertidos con
lo que acaban de descubrir. ¡Gócense mil años! La vida espontánea recobra su imperio. Doña Micaela queda presa de su locura y paga su culpa, que
no fué de maldad, ni de haber concedido tanto señorío a la inteligencia sino
,de haberla empleado :1. zurdas, de haber tenido, en suma, muy poco tale~to en
-el gobierno de su vida. La solución de esta novela me paTece '.an optimista y
placentera como la de Belarmino y Apolonio, y su humorismo benévolo, paternal.
Notemos entre los personajes de segundo plano a Doña Rosita, la dama de
~lcurnia, perfecta de estilo; la Conchona, hembra bárbara, al natural, empareJada con el pedante Don Cástulo, criatura literaria de quier. Pérez de Ayala se
vale para jugar con las humanidades clásicas; y las siete solteronas, presentadas. ~l final de la obra con tales empuje y dec_isión que parecen inaugurar una
acc1on nueva. La novela transcurre en Astunas. Salvo los rústicos, todos los
personajes pudieran ser de otro lugar; pero al idilio de Urbano y Simona Je
cuadran la primavera asturiana, la cariciosa ternura del campo, el misterio de
las frondas sonoras, el aroma de las praderas, el cántico de los pájaros emboscados. E! paisaje y los héroes de la novela se funden a maravilla. El autor pasa
&lt;le! uno a los otros, de los colores y sonidos a los sentimientos, llanamente.
Parecen nacidos de la misma emoción, y fundidos quedan en el recuerdo del
lector. Otras muestras admirables de la virtud comunicativa de su pluma nos
había dado Pérez de Ayala; creo que en estas novelas últimas llega adonde no
había llegado hasta hoy. Ha tenido que forzar, como todo escritor de valía, la
atención del gran público; no se ha impuesto, ciertamente, por las descomedidas alabanzas de un corro de amigos. Se reprochaba a s11 estilo cierta propensión a la rotundidad oratoria, y más que ~1ada, el encadenamiento de las frases
en períodos muy dilatados, que podía perjudicar a la rapidez del relato y a la
.evidencia de los sentimientos en sus obras narrativas.
Tal propensión-dominada, corregida por completo en la historia de Urbano
Y Simona-debíase, a mi parecer, a una riqueza verbal nada común, y a la estructura discursiva y demostrativa de su mente; en estas novelas acorta los períodos, contiene la frase, y su prosa gana en fuerza sugestiva todo lo que cede
en suntuosa opulencia. Los vocablos, que siempre han sido propios en los es•critos de Pérez de Ayala y pertenecientes a lo que dice, están ahora más carga-

dos de sentido, reventones, como una flor no acabada de abrir; adviértese Ja·
fuerza en ellos contenida, temblorosa; la notación es rápida; la frase, ceñida a
la idea; y con ser tales su vigor y precisión, por esta prosa circula cierta virtud ,
ternura sonriente, emoción inefable, no sé como llamarla, que no es de una palabra señaladamente y a todas las empapa.
M. A .

* * *
'

'

Wenceslao Fernández Flórez.-Et secreto de Ba,·ba-Azut.-Novela.-Madrid. Editorial Atlántida, 1923.
El joven Mauricio Dosart está aburrido. porque no le halla un fin a la existencia, o más concretamente, porque no sabe qué hacer. El anciano Michaelis.
su mentor circunstancial, señala un objeto definido¡¡ su pasión: el amor patrio.
No sin antes advertirle sabiamente: cla vida tiene una finalidad y una significación que todos podemos conocer. Pero ninguna sabiduría cuesta tan cara
como ésta. Nuestra felicidad es el precio del conocimiento... Como Barba-Azul
a sus mujeres, la vida nos da las llaves de todos los cuartos; de las estancias.
donde están los goces y los sufrimientos vulgares; donde el amor, sosegado, espera; donde el oro relumbra ... Es una felicidad que se basa en no meditar demasiado, en no querer saber demasiado, en cierta inconsciencia de tosco y buen
sentido que nos lleve a recorrer el camino entre nuestro nacimiento y nuestra
muerte sin alzar los ojos hacia lo metafísico. Pero hay una estancia que no se
debe abrir, es la más tentadora: la que guarda ese secreto que usted busca ..
Como las mujeres de Barba-Azul no podían borrar la mancha de sangre, después de conocer la habitación prohibida, as_í no se puede borrar nunca del es-·
píritu la melancolía de saber la verdad ... Muchas veces, como en el cuarto de
Barba-Azul, la revelación es trágica también y sangrante... •
Mauricio Dosart, ciudadano de Surlandia, reino de opereta, derrotado en su
experiencia de patriota revolucionario, cree hallar er. el amor romántico, en
el matrimonio, en un adulterio fugaz, en la paternidad. en fin, el secreto de la
felicidad que va buscando con ir viviendo. Pero abierta la puerta y traspasadoel umbral, ce! misterioso cuarto de Barba-Azul estaba vacío•.
La última novela de Fernández Flórez cae de lleno dentrc ele la tendencia
general por que se caracteriza la literatura española contemporánea, y aun todas las literaturas occidentales en sus ejemplos más recientes: el humorismo.
Por no citar sino las muestras más a mano de la producción novelesca en España, Las coln,nnas de Hércules, de Araquistain; Et ave blanca, de López Ro.
berts; ü1·bano y Simona, de Pérez de Ayala; El rey Niciforo, de Salaverría; todas las de Gómez de la Serna, acusan evidentemente un estado de ánimo humorista, en que ha venido, sin duda, a remansarse el nietzscbeanismo violento
de principios de siglo. Esa tendencia humorística toma además un carácter
francamente alegórico, cada vez más ajeno a la pintura de tipos naturales, es
decir, entreverados de vicios y virtudes sin consecuencia moral alguna. Em413

�LA P L U !11 A

LA PLUMA

,

blemas abstractos los personajes dt" la fábula, concepto filosófico o meraleja
precoi¡cebida la narración, la novela actual se restringe a los límites de la sátira, ya cobre significación y sentido intelectuales, como en Pérez de Ayala,
bien en una esfera puramente sentimentdl, como &lt;"D Fernández Flórez.
Posee el autor de Et secreto de Barba-Azul, como muy pocos, la facultad de
atemperar al gusto de un público medio, la preocupación moralizadora, que
revela el afán de Mauricio Dosart. Entre su humorismo y el de un Luis Taboada, pongo por caso típico de humorista anterior a la evolución literaria señalada de la protesta contra Echegaray a la focha, hay, ea efecto, una diferencia
de intención muy favorable a Fernández Flórez y a quienes, como él, o como
Camba en una labor exclusivamente periodística y desde un punto de vista
más liberal, procuran con tan buen éxito acordar el deleite cómico con un
~ropósito re¡;enerador, de los sentimientos más que de las costumbres.
Como tal novela cómica, Et ser.nto de Ba,·ba-A:mt es sumamente divertida,
especialmente en su segunda parte, y sobre todo para mi gusto, en una escena
de cita amorosa turbada por cierto leve desasosiego intestinal de los protagonistas. Escrita con desenvoltura y sin empacho. acredita a su autor una vez más
de buen conocedor de las aficiones y los alcances de los lectores qu&lt;" le siguen
asiduamente en sus afortunanas crónicas del A B C.

• • •
·Gerardo Die~o.-Soria.-Galería de estampas y efusiones.-Imp. y Lib. Viuda de Montero. Valladolid, 1923.
Amabilísima idea la de José María de Cossío, imprimiendo a sus expensas
los «Libros para amigos», no destinados a la venta, en que ahora se publica
este precioso tomito de Gerardo Diego, del que recibimos un ejemplar editado
con gusto y sencillez.
Gerardo Diego se reveló hace muy poco en los poemas colt"ccionados con
el título de Imagen, como poeta verdadero. es decir, sensible. Sensible no quiere decir en ningún género de arte sinceridad y efusión tan sólo-; de sentir es
capaz todo el mundo-si no facultad de comunicar el sentimiento propio; poder
emotivo.
Este librito de pequeños poemas dedicados a Soria, afirman nuestra seguridad en Gerardo Diego como tal poeta amigo. No hay en estas pál(ioas alarde
alguno de novedad extravagante; es más, ~ta parece complacerse el autor en
contemplar los mismos temas que algún otro poeta mayor, e incluso, a veces,
a la misma luz suavemente elegíaca. Y, con todo, cuán agudo, cuán personal,
cuán distinto se nos muestra.
Soria: el Duero, las campanitas argentinas en el aire ht"lado, los rebaños
bíblicos perfumando de campo la ciudad, el paseo de noria, los tejados de nacimiento; y hasta una admonición: contra la arqueología, la tresillería y lacastellanía que matan el espíritu propio de la Soria de Gerardo Diego:

cTotal, precisa, exacta, Soria: bien te aprendí.
Yo no sabré cantarte; pero te llevo en mí
toda entr~ñable, toda humilde
sin quitar ni poner una tilde.•
Poesía íntim\, recogida, para pocos, casi para leída en silencio. Y en ella
.algunos romances delicadísimos, dignos de ese ~omancero sentimental moderno, por colegir, y que ha de empezar en el ánimo de los futuro'!! exégetas por
los m&lt;"jores romances jóvenes de Juan Ramón Jill'énez y Antonio .Machado
como el que dice:
'
cCómo llamais a mi puerta,
llamais siempre sin pasar.
horas vivas que venís,
horas muertas que os vais.
Siento que alguien me despierta:
Levántate que va está-.
Pero yo sij?O clurÓ1ie•1do
porque todo sigae igual..
o los de &lt;Por la ciudad adormida• y «Río Duero, río Duero•.

*

* *

B. Giménez Caballero.-No/as Afarruecas de un Soldado.-Madrid.
Este libro, al que la Censura oficial ha añadido el encanto de lo prohibido•
es, que sepamos, el único testimonio literario de la última campaña española
en Marruecos.
A semejanza de loi. que, en su mismo género, bao aportado a todas las literaturas. especia!mente a l_a francesa, la visión inmediata y sensible de la Guerra europea, el hbro de G1ménez Caballero consigue dar!!OS la emoción directa,
fragmentaria cuanto sincera, de sus impresiones personales. Por esa misma
sinceridad, ni pretende rehuir siquiera el prurito de hacer, en ocasiones, arte
por el arte, sustrayendo el ánimo a la tremenda realidad del campamt:nto.
Tres tonos distintos, si no contrarios, se advierten en estas Notas: el simple apunte observado del natural, el relato con tendencia marcada al cuento
sentimental, el comentario de intención política. De todos eilos preferimos,
sin duda, los toques impresionistas.
El libro, por demás interesante, cumple e! propósito del autor, de suscitar
e~ el ánimo de los jóvenes la contemplación del desastre. no para lamenta~se
s1mplemente, mas aceptando la realidad de un destino cuya fatalidad hay que
vencer de uno u otro modo, y, en todo caso, afrontar decididamente, al menos
&lt;:on espíritu de curiosidad.

�LA PLUMA
Erasmo Buceta,-El entusiasmo por España en algunas románticos ingleses.De la •Revista de Fil. Esp., Madrid. Sucesores de Hemando.
Erasmo Buceta, nuestro colaborador dilecto y profesor de español en la
Universidad de California, estudia en este opúsculo la relación de simpatía
que las «cosas de España, despertaron en algunos románticos ingleses: Byroo,
Sheridao, Landor, Southey, Wordsworth, Walter Scott Coleridge, Wilson
Crocker, Thomas Campbell, Shelley cTodas estas grandes figuras de la literatura inglesa de la época aparecen, como se ha visto-dice-, mencionadas
aquí. Se observa claramente que todas ellas-no ob!;tante la gran diversidad
de su temperamento y puntos de vista -sintieron entusiasmo vehemente por
España. Y este ardor, esta emoción, este entusiasmo, fueron acaso motivados
por la atracción que en todos los románticos ejercieron los viejos temas de
nuestras literatura e historia; pero, por encima de todo, fué factor importantísima la simpatía política producida por los dramáticos acontecimit:ntos de di•
vnsa significación que tuvieron lugar en la Penínsuia en el primer cuarto del
siglo xrx, es decir, por la guerra de la Independencia y las luchas civiles por
la libertad ,
Con sagacidad y donosura, pone de relieve Erasmo Buceta la manifestación
en los sucesos políticos de entonces, de las virtudes heroicas ¡:-or las cuales el
romancero y el quijotismo españoles transcendían, a ojos de los románticos ingleses, de la historia literaria a la realidad. De la misma manera que en este
folleto la erudición del profesor se adornd de bonísima gracia literaria.

* * *
Nicolás BeauduJn.-Les enfants des kommes·-Mystére,-París. J. Povolozky
et Cíe. ed.
c .. desde hace algunos años, vemos que nuevas aspiraciones levantan el es¡
pfritu de los creadores selectos. En primer lugar, la de rehuir la vulgaridad de
teatro en versos tradicionales, creando de nuevo en la escena una •atmósfera
de poesía pura, de dramatismo transcendente, volviendo a la tradición del arte
grande y eterno, de Esquilo, de Shakespeare, de Goethe y del Hugo de J.,os
Burgraves,, dice el poeta Beauduin en la nota preliminar a su misterio de Les
enfatzts des lzommes.
El propósito no puede ser más noble. Y por mejor restaurar el concep~o de
teatro, venido tan a menos con el industrialismo del boulevard y sus múltiples
sucursales en el mundo entero intenta la tragedia de nuestros primeros padres bíblicos, gobernados por la.lucha fatal entre las potencias celestiales y las
del infierne.
Digno de expresión retórica en todo momento, adolece quizás el po_ema de
falta de interés dramático. Con todo, no deja de tenerlo para los cunosos, y
más aún, para los propulsores de la tendencia de que han sido an_unciadores
Maeterlinck y Claudel, Georges Polti y Saint Paul Roux, )'. más recientemente
Gide, Suares y el lituano Milosz, tendencia para~ela, en cierto_ modo, a la dt&gt;l
teatro de Valle-lnclán, si bien nuestro don Ramon haya obtemdo desde luegouna realización muy superior a la de sus casuales congéneres.

C. R. C.

AÑO I \'.

1

MADRID, JUNIO 1925

NÚM. 37.

LA QUINTA DE PALMYRA

&lt;•&gt;

(Continuación.)

m

a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les
convenía. Todo iba a retroceder.
- Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
- Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
-¡No tanto!-dijo Samuel sonriendo-. A lo más soy un marinero despierto y animoso.
Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con
aquel nuevo caballero al lado, de que era calvo, y que, por lo tanto.
debía tener la marrullería que ella achacaba a los calvos, su aire de
hombres de mundo un poco cínicos, como si sus pensamientos se
creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo tanto, estuviesen en el deber
siempre de afrontarlo todo con demasiada suspicacia.
Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de
aquel hombre a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con
OLVÍAN

(1)

xxvn

Véanse los números 34, 35 y 36 de Lt. PLUMA.

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Ramón Gómez de la Serna.-E/ Secreto ael Acueduclo.-Novela.-Bib. Nueva. Senos.-Tip. «El Adelantado&gt;, 1923.
Ramón prosigue su marcha victoriosa. He aquí dos libros más. El uno de
ellos nuevo, el otro reeditado, pero tan aumentado de la edición 1nterior que,.
en realidad, es tan nuevo o más que el primero que aquí se anuncia. Nuevo y
viejo son, además, conceptos cuya significación corriente no suele corresponder con la que sería adecuada a una crítica rigurosa de los libros de Ramón .
Ramón, por otra parte, a pesar de escribir tanto, no es un escritor: es un espectáculo. Un espectáculo ql!le él se da a sí mismo, pero en el que quiere que
participemos todos, coreuta del gran teatro del mundo, capaz de infundir su
espíritu burlón a todas las cosas.
En cualquiera de loe libros oe Ra¡nón está todo Ramón y Ramón no está..
en ninguno por entero. Su obra empieza a ser un universo nacido con su propio creador. Et Secreto det Acueducto y Senos son dos libros más de Ramón. Nos
parece sie mpre que los hemos leído todos y que no hemos leído ninguno. Su
gracia, enemiga de la perfección, se muerde la cola. Es una sirena, cuyo ascendiente darw1niano fuese la pescadilla. De ese círculo vicioso Ramón ha hecho,
una pista, en la que. nuevo Hamlet, monologa como el señor Leonard l'arish,
o de la cual hace mesa redonda para un eterno banquete de Pombo. Su gran.
risa mana de la fuente de h Salud.

AÑO IV.

1

MADRJD, ABRIL 192.3

NÚM. .35.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)

VI

* * *

EL

TELEGRAMA

Agustín Remón.-Una girl.-Novela.-Madrid, 1923.
Es el señor Remón muy distinguido escritor argentino. Varias veces hemos.
dado ya nuestra opinión, adversa a diferenciaciones establecidas únicamente
cttendiendo a la nacionalidad oficial de los escritores, cuando estos escritores,
por muy distantes unos de otros en la vastedad del continente americano, lo
son en lengua española. Con todo, el señor Remón es argentino. Hay en su
propósito la determinación sincera de reflejar artísticamente en su obra un
punto de vista del mundo contemplado desde el Plata. Pero entendámonos; eso
no quiere decir que de la lecbira de Una girl se deduzca la filiación de este novelista entre los cultivadores del color local. Sus aspiraciones reb1san el cuadro
de costumbres. Lo que tampoco implica ninguna vocación transcendental ni
pedantesca.
Toda la primera parte de Una l(Írl nos engaña placenteramente con laSsimples perspectivas de un cuento ligero. No sospecha1el lector a buen seguro
las derivaciones trágicas del destino de la protagonista. La aventura se complica después de un modo extraño; el novelista bordea en los límites extremos
de una psicología exótica, los peligros fascinadores del folletín. Cuando el lector quiere defend«rse con sentido crítico de las asechanzas sentimentales de:
Una girl, el novelista tiene ganada la partida.
C.R C.

(I

el h~ésped. Pal~yra no le había regateado nada. Todas
las mananas le variaban las rosas de su cuarto y recogía
·
las caídas sobre la gran mesa de pórfido.
El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban más, y las hojas caídas eran como papelillos
suyos en aquella mesa prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano misteriosa.
Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado todo sobre la camá, alguien viniese y lo colocase en su
sitio, colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se le
caían siempre y producían un gran ruido dentro del armario.
RA

(1) Véase el número 34 de Ll PLUMA.

XVII

�LA PLUMA
Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar
aquella hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por
el gran palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, emboba~o _
frente a ]os grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de marmoles de colores en que se veía un puerto, sus barcos de vela, sus
pescadores, y después, como si el que los había confeccionado se
hubiese dejado la escuadra, el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, todo aparecía también incrustrado en mármoles de color, dando
mayor realidad a la mesa.
.
.
Lo único que hubiera hecho de buena gana hubiera sido comprarle un traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba mal con su
categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que
él procuraba exagerar.
-¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado?
-Bien, bien ... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un
obispo ...
Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran
deseo de continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se
podían amar hasta los visillos de linón de las ventanas, le hací~ ~ceptar a aquel caballero casposo, con la enjutez del hombre v~c1oso.
¡Cómo que había sido croupier durante alglÍn tiempo en el Casmo de
Invierno!
. .
Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitah.dad encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino
. vidrio que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en
ellos el licor, estuviesen llenos hasta el borde.
La purera, que representaba una pequeña pagoda'. t~caba de _vez
en cuando la.pieza de música, que era como el ofrecimiento dehcado para que se tomase de nuevo un puro más.
.
Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones.

LA PLUMA
Ponía una gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.
Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la
rogaba con gran zalamería:
-Palmyra toca un rato el arpa.
Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas lentas.
Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como
cuando la lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del
cielo como de los aleros porque estaba al caer.
De pronto llamaron a la campanela. El arpa se quedó desoída.
Las manos de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que hiciesen sonar su jaula.
El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.
-¿Para quién?-preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo tiempo sino de suspender su música y escuchar.
-Para el Excelentisimo Señor Don Enrique ...
Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de
contrariedad .
Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó
rompiendo el silencio:
-¿Alguna desgracia, don Enrique?
Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.
Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo leyó, no con
la tristeza que hacía al caso, sino con una tristeza sardónica extraña,
Y que por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole

�LA PLUMA
a don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar
y que esperaba el criado:
-No será nada... Firme ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.
Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una
mirada de ladrón al compañero desconocido que de pronto se encuentra viajando en el mismo tren. Después firmó.
Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper
a llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.
-Dale algo al telegrafista-dijo Armando a Palmyra, con ese recordar súbitamente una propina que no se dió.
Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando
por las propinas, salió a dársela.
Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le
arrancó la espada de dolor que aún esgrimía.
-No seas «parvo:. ... Ese mismo telegrama fué el que recibimos
en aquel pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era
el telegrama que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido
para poder huir del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyoen que sólo escribes «Pronto» ... ¿Ves qué memoria tengo?
Enrique no supo qué responder, pero sonrió.
-Por lo menos, que lo crea Palmyra...
-Eso, bueno ...
-Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, pudo costar un
millólil de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me
aburro...
Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire de simpatía extrema.
-Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa encantadora mujer con la carne de las miniaturas.
-Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos
260

LA PLUMA
dado la mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has
hecho por primera vez todas las excursiones que hay que hacer.
No has tenido tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa
hablar de su casa de Londres, ni al viejo español retirado alabar este
clima... No has tenido que ser fiel a una mujer y has flirteado con
todas las de los contornos y a los quince días estás cansado.
-A los veinte si te es igual...
-Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos
meses.
-Si mi estafa me dejase volver a España yo te rogaría que me
pusieses el mismo telegrama ...
En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su
cintura, Y se abismó todo en una conversación melancólica, que predpitó la caída de la tarde.

VII
EL ENVENENADO

. Armando encontraba siempre lo de niño cargante que había en
Palmyra. Todo se lo había oído numerosas veces. Estaba en crisis.
Lo que había en ella de mujer-casi completamente io-ual a lo que
pudiese ofrecer otra mujer-no le era suficiente. Su s:xo era como
un volcán apagado.
Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a tono.
- Todos son techos de pagoda al atardecer-decía asomado a la
bella ventana encelosada de la Quinta.
-La misión del mar es una misión sin descanso ... Lava los pies
a la tierra constantemente para ganar el cielo.
Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la

�LA PLUMA
que se veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar~
salía más desconsolado porque el mar necesita fuertes caricias para
poder reaccionar de él.
No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de
una graR pasión, a aquel hotelito en que pasaron su luna de miel
dos príncipes románticos.
Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien en el
último tren, pero después se desengañaba.
Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en
que estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la
isla central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.
Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el
faro que resultaba con su páhilo tembloroso algo así como el gran
cirio pascual del paisaje.
- ¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro? ...-se preguntaba
Armando al mirarle-. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de farero ... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta sole7
dad y en esta Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos
palacios que los reyes tienen para pasar un mes de su vida.
El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje.
Le parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le
respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como una medicina de digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se
ponía a mirar también el faro como si fuese la estrella fija de todos
los días, aun de los más nublados.
Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.
¿Es que sólo iba a tener derecho a los mimos de aquel día ya
lejano en que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa

LA PLUMA
misma alegría exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y
Armando no se daba cuenta.
Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer
día y, sin embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en chorro inútil como esas fuentes que se desangran
sin que las oiga siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos
de todo.
-En esta soledad se llena de musgo el alma - pensaba Armando.
Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.
Encontraba Armando en Palmyra algo así como una conquista de
solista de colegio de las Ursulinas, de tren y de «cabaret» y se dedicaba a la galantería.
Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato,
cómo los criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban
en una larga tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz eléctrica, como de una cordialidad especial, como si
la luz eléctrica en vez de acabar en cada instante pudiese dejar algún
residuo clarividente densado en el andito.
Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que hacerle:
-Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho
nunca...
-¿Cuál? Cuenta-y Armando se aproxima, a oir su voz, a sentir
el perfume de sus cedillas.
-Que mi abuelo murió envenenado.... En una gran comilona
que dió en nuestro comedor-todo estaba igual a como está hoyJe dieron en el vino polvos de muerte.
-¿Y cómo no lo notó?

�LA PLUMA
-Tú sabes que las viejas botellas se sirven en la canastilla que
sirve para que no se despierten.
-Sí en su cureña de paja...
-Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se
remueven y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta...
Pues se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se
supo ni se pudo descubrir al asesino ...
Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al
cabo de los años, al posible envenenador.
Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inserí ta
en el ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo
Joao?» Se repetía en todas las habitaciones esa pregunta. La historia
de Portugal está llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el
Brasil envenenaron a toda la familia real, salvándose sólo uno de sus
miembro:,.
En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno
los magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez
del monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y
echándose mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»
Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso
de envenenamiento. La aislaba más del mundo.
Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el
encanto de la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más necesitada de protección, con mayor deseo de retenerle, y
la besó con afán, rozando con ella tanto la mejilla como la boca, que
era como le gustaba besar, mientras apretaba sus manos como si la
consolase de la horfandad de aquel abuelo envenenado.
Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente que después de saber que aquel era el comedor de los envene•
namientos se dirige a él sin titubear.

LA PLUMA
El comedor, después de la comunicac10n del secreto, resultaba
más pétreo y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.
Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para
ias solemnidades, del que un amigo había bebido para huir másHgero
y vivo de la Quinta.
Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que merecen algo así como la presentación a la corte del infante
recién nacido.
Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar. Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo
que aquello significaba o como si pudiese ser el nuevo envenenador.
Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.
Armando disparaba constantemente cañonazos en su vaso. Estaba alegre.
-¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el vino...
-No seas blasfemo ... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se
quedó para siempre en el comedor, detenida en aquella cena...
-Vamos ... Es un comendador convidado perpetuamente a la
mesa...
-Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran
alacena de puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos
de plata estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.
-Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno
y que no está mal...
Palmyra le dió más detalles, mientras el criado salió. Fué en una
cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento
que estuvo agonizando cinco días.
Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el
primer plato estuvo por decir Armando:

�LA PLUMA
-¡Qué venenoso está esto!-cuando sólo era que estaba u» poco
quemado.

.,
,,

Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha-mitad
con mitad para siempre jamás-de una comida tan alegre como todas las comidas perturbadas por la muerte.
La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.
La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido en una ocasión que movió la gran lámpara del comedor y se quedó oscilando y como haciendo oscilar toda la habitación
•
como si el terremoto hubiese removido los cimientos.
Al salir del comedor él la dijo:
-Estoy envenenado de amor.
-¡Falso!-repuso ella dándole con una cadera .
El envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte
incorrupta de asesinado sin justiciar daba valor y temblorosidad a la
vida mortal.
El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, pero
que pedía su colgajo.
-¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi
misantropíal-se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus
fundas, como desesperada que se arranca su piel en lucha con alguna prenda que no quería salir.
·
Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes.
del corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si
quisiese curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí.
Tan solemne era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas,
y el collar de perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el
hueco de sus senos.
266

LA PLUMA

Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón nuevo de la barbilla.
Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.
Armando luchaba por alcanzar aquel ¡Ay Jesú! sin ese final, y sin
la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento
al amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en
ella toda la dulzura portuguesa .
Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura suprema.

EL ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO

-¿Quieres que vayamos a la playa de Mor!(a?
-Vamos.
Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado preparada la excursión que por algo imprevisto había fallido.
Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como
a él le libertó, debía llegar a través de todo aquel día.
Salieron a las diez de la mañana. El coche, con la capota echada,.
tenia ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo
para las excursiones bajo la luz muy clara y llevaba su fusta de niño
bien regalado, la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito
infantil en el puño.

�L A PLUMA

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Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa
•~n que se echa tomillo y romero.
Se olía ese perfume a «chiero» que huelen los burros con los anillos de las narices muy abiertos.
Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al
margen del camino... Al verlos, Palmyra dijo:
-¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría
la cabeza con palmas de saúco ... Quiero una rama ... Di que pare...
-D:spués ... La cogeremos a la vuelta ...-repuso Armando, que
no quena mandar parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado
ni decir que no trajesen ya una cosa que se había encargado. Tod~
marchaba ya, pues a seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de
parar el coche y retardarlo todo y hacer volver la cabeza, inquiriendo
lo que pasase, al cochero, y solemnizar el capricho pueril en medio
de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas.
, Los bordes _de los caminos dejaban ver todas las raíoes, y por eso
olía tanto a ra1ces, a ese hondo olor que más que hondo olor es
hondo sabor.
Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el campo.
Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los
caballos, su idea de que arrastran la cola del coche.
Las puertas de los corralados tenían dignidad de puertas de palacio Y se veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que
los dueños reposan de todo, son como reyes tristes del paraje.
Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia,junto al que
hacía tres años que había un gran barco roto, un barco que todos
.los que acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al fin
..aún le quedaba más de la mitad. ¡Era tan dificil de desatornillar y
,.desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que resultaba una caja
..268

LA PLUMA
de sardinas dificil de abrir, sin herramienta lo bastante perforadora·
para abrirle.
En la grupa, aún completamente al mar, había blindajes agujereados, por donde salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no
se sabía por qué, toda la aguda tristeza del naufragio.
Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.
Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:
-Es como si nos comiésemos un cangrejo ...
Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.
Habían construido los camarotes del naufragio, aprovechando
los ojo de buey de algunos como ventanuca de la casita.
El barco, partido en dos, debía hacer que todos los barcos pasasen muy lejos temerosos de incurrir en la misma suerte. Era como
un espantapájaros fatal puesto en el camino de la navegación para
contener y ejemplarizar a los barcos incautos.
Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco
roto.
Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la hora de las hambres .. .
El mar estaba sin barcos ... Era como si todos se hubiesen ido a
comer... Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba
en medio de él como para justificar la navegación.
Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:
En la cruz de Portugal, me doy ahora cuenta de que se une el
signo divino de la cruz con la humana aspa en cruz del molino.
-Es verdad ... Tienes razón-dijo Palmyra .
Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas
buscan un refugio y sus retiros estratégicos. El camino era un camino patinoso, verdinoso, en el que todos los árboles estaban cubier-

�LA

11

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..

P L U 1\1 A

tos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de
una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun
estando en la cima del monte, llega a su base.
Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya habían esparcido
los barcos en el mar, y ahora parecía frente a la humosa chimenea
que el capitán comía constantemente.
Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad celestial del mar.
En las tapias había bancos constantes para los caminantes más
románticos del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios
una vieja, como chiflada pero cuerda, se asomaba como alucinada,
y de vez en cuando leía un periódico, un periódico indudablemenle
viejo, antiguo, de hace lo menos veinte años.
Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy
pueblerino el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en
todos los restaurantes .
Igual que en las mesas en que están de etiqueta las botellas
-pechera blanca y traje negro-, estaba aquí junto a sus fábricas,
en su pueblo.
Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las
puertas de esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholiza.d os ya, con la nariz roja.
Por fin llegaron a la playa de Morga. No había nada en el hotel,
pero mataron un conejo salteado, y compusieron en seguida un
menú.
El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan
los barcos al mar.
-Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino
-aconsejó Armando, y en silencio comieron deprisa el modesto condumio.

LA PLGMA

L

En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse para siempre que tiene-¡después del rizo ruidoso de las tres
olas!-, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios,
preparado todos los días con puntualidad.
Después de comer tomaron de nue~o un coche, con gusto de
principio de paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.
Era la hora de las cuatro.
En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen
poca saliva para tanto cacareo.
Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.
Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos
los molinillos, como a esos vilanos que fuesen las palomas mensajeras
entre unas y otras plantas.
En lo más bajo del paisaje se vieron unas casitas abrigadas tan
en lo hondo, porque en lo hondo prosperan sus viñas.
Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de !ajofaina en que
se ha lavado alguien.
Se veían cimientos de casas que no acabaron de con~truirse, sin
que nadie sepa qué pasó.
Se veían mendigos oarbudos, que, sentados en el camino, se ponían las alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su
morral.
-Las amapolas-dijo Palmyra-son como corbatas que se pone
el campo.
En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos
romanos, entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las
estatuas, como la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas de plasticidad propia.
Armando se quedó dormido después del largo memorial del pai-

�LA PLUMA
LA PLUMA

..'

,'

saje. Al despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo
mismo, sin enterarse de nada&gt;.
El pesimismo del campo volvía a él:
«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes
que de un siglo después.»
«Todo el campo, además espera a los muertos.»
El coche seguía al trote de los coches que vuelven seguido, sin
descanso, como si el cochero gastase a sus bestias en la carrera.
-Aquí-dijo volviéndose a sus amos-fué donde se estrelló el
otro día un automóvil.
Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que odia al automóvil
El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran
como sus últimas luces.
Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido solo
todo el día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles, medio de ternura, medio de vida.
El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.
Palmyra alargó la cabeza para leer.
«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.-Luis.&gt;
- ¿Has entendido?
·Que• desgrac1a.
. '
- S.1. •• 1
-Me voy esta noche ... No tengo otro remedio... Si no salgo esta
noche tú sabes que no podía tomar el tren de mañana... Dormiré en
el Francfort.
Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto,

\

que la doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una
gran avidez en su «Mía Señora».
-¿Qué le pasa «Mía Señora»?
Tornando en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación,
y gritó:
-¡Las maletasl
Fué preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En
aquel apresuramiento el hecho tenía algo de verdad.
Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.
-¿Pero te lo llevas todo?
Él se volvió desconfiado. «¿Quizá desconfiaba?»
-Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no sabe uno qué
va a pasar... , qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una
enferma ...
Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas.
Todo lo tenía arreglado desde hacia días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de Gillette desparramadas como tarjetas de acero del
hombre.
-Vete fuera si has de llorar tanto ... No puedo consolarte, no
puedo hacer las maletas ... Se me olvidará todo ...
Palmyra salió de la alcoba.
Armando estaba apesadumbrado.
Era como el que guarda los pedazos del cadáver en la maleta.
Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue resignación de la Quinta, cár,;el venturosa de la intimidad humana.
Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una
mujer.
Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en

xvm

273

�LA PLUMA

!,
que el alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su
pliegue ideal.
La Quinta ofrecía el día interminable que no necesita paseos ni
nada, pero él no los podía soportar.
Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.
- Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato ...
Eso va a pasar.
- No puedo ... No puedo-decía ella llorando-, me matarán las
saudades de un solo día sin ti...
Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido
evitar que sucediera eso.
Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose
con una hora de anticipación.
Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que
devolver saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la que parecía irse a tirar.
Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no
despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.
Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus
reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no
dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.
¡En qué día más feo le tocaba viajar!
En una temperatura bondadosa le habría entrado en Portugal una
llantina como aquella en que se derretiría Palmyra.
Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.
Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Portugal iba a acabar de un momento a otro.
Entró en los valles plácidos en que aún no había llegado la lluvia.
Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra
quinta en medio del campo.

LA PLUMA
«Yo me hubiera convertido en un señor como este&gt;, se decía Armando. Aún le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir.
Le obsesionó aquel caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un criado de patillas, que, con el sombrero
en la mano, tomó su maleta y la metió en un coche de dos caballos.
Después echó a andar, y al pasar frente al paso nivel volvió a verle
esperando que el tren pasase. Debía haber tenido influencia para pasar antes él.
El tren hacía árboles, hojarascas de humo.
Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores... »-se decía Armando con reticencia optimista, pues en los viajes se ve la estabilidad duradera de todo.
«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»-pensaba en la soledad genial del vagón, con genialidad que le es
propia.
Iba hacia los días oscuros en que se está como en los profundos
estanques del invierno, allí en España.
Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas
sobre un límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a
cambiar el mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los chamizos, en los «cabarets», en los cafés.
Aquella mañana tenía una punta de sol, cuchillos de sol, aun los
días nublados. La claraboya del mar también era luminosa siempre.
«¡Si no lloviese tanto!»-se decía Armando para contradecir su
nostalgia, que era 'demasiado amorosa, tan amorosa que la reprendía, diciéndola: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en
lo alto, junto a la luz, no como aquel Madrid que se sumergía y sólo
vivía con empuje la luz artificial de los «cabarets».
Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía el panorama de
los alrededores de la Quinta.

�LA PLUMA

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1

Los hotelitos en la tarde oscura quedaban a flote, como barcos
amarrados en el puerto seguro.
Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo.
tenía la placidez de lo que disfruta luces, vacaciones amenas entre
dos muertes: la del nacer y la de morir. Todos aprovechan el interregno.
La noche vino, y Armando se perdía en el sueño pesado de los
viajes. Ya estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos, pero cuyo suplicio quería vivir.

'·

OLIMPIA DE TOLEDO
DRAMA EN TRES ACTOS

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA .

(Se continuará.)

TERCER ACTO
(La misma escena del primer acto.)

ESCENA PRIMERA
PACA y DOÑA LORENZA entran por la derecha.
PACA

La señorita está en Contaduría. No creo que tarde. Pero, a lo mejor,
se entretiene, porque hoy es el último día que trabaja en este teatro.
LORENZA

De todas maneras esperaré, porque tengo verdadera necesidad de hablar con su señorita de usted.
PACA

¿Quiere usted hablar a solas con ella?
LORENZA

Sí, me gustaría eso.
PACA

Entonces, lo mejor es que usted se quede aquí, y yo esperáré en la
puerta, para decirle que está usted en el cuarto.
277

�LA PLUMA

LA PLUMA
LORENZA
LORENZA

Gracias. Muchas gracias.

¿Y quiere usted decirme lo que Augusto le ha contestado?
.l'ACA

¿Quiere decirme la señora quién es, para decírselo a la señorita
cuando venga?

PACA

El señorito Augusto la decía riéndose: ¡Chica, aquél no se acuerda
de ti para nada, se ha metido en el estudio y pinta!

LORENZA
LORENZA

Soy ... la madre de Julio ...

¿Y su señorita lo ha creído?
PACA

¿Del señorito Julio? ... ¡La madre!...

PACA

LORENZA

No lo sé, señora, si lo ha creído; lo que sí dijo fué: «Tanto mejor,
dentro de dos semanas, para Julio, como si yo no existiera en el mundo ... ¡Mejor!»

PACA

LORENZA

Sí.
¿Y quiere usted verse con la señorita?

Dispénseme usted tanta pregunta.

LORENZA

PACA

PACA

No, señora; yo le contestaré con mucho gusto. Siempre me ha sido
simpático el señorito Julio; porque de todos los que han venido por
aquí, es el que tiene más corazón ...

Si.
¡Qué raro!

LORENZA (reprimiendo

LORENZA

un sollozo.)

¡Gracias! ... ¡Gracias!... ¿Y por qué dice la señorita que dentro de dos
semanas?...

Si, es muy raro.
PACA

PACA

El señorito Julio ha reñido con la señorita y ya no ha vuelto por aquí.

Porque mañana sale para el Extranjero.
LORENZA
LORENZA

Su señorita de usted ¿ha preguntado por mi hijo?

¿Mañana se va? ¿Ese es su retrato?
PACA

Ha preguntado, si..., pero poco. Alguna vez ha preguntado al señorito Augusto por él.

PACA

Sí... Creo que viene la señorita. Voy a decirla que usted la espera.
(Vase.)

�LA PLUMA

LA PLUMA

_ (Lorenza se kva~ta, va al tocador, donde hay una fotografía de OlimlJia, la coge¡ la mira durante un gran rato; al dejarla, toca el puñal q~
está sobreel tocador.)

nada,. créamelo usted, de nada absolutamente. Nosotras, las mujeres de
mi condición, tenemos que ser como yo he sido con Julio, y con los demás, con todos, con todos... Me río porque esto me recuerda una escena de comedia.

ESCENA SEGUNDA

LORENZA

DOÑA LORENZA y OLIMPIA

Mi hijo ...
OLIMPIA

OLIMPIA

¡Señora!... ¡Qué cosa más extraña! ¿Por qué ha venido usted aquí?
LORENZA

Su hijo llorará, se desesperará, me nombrará mil veces, y dentro de
un mes, todo lo más, bromeará con sus amigos a mi costa ...

¿Le ha dicho a usted la muchacha que soy la madre de Julio?
OLIMPIA
"I

He venido porque creo que es mi deber... ¡Qué se yo!... ¡Será inútil
el paso que doy!... ¡Adiós!... No; he venido a hablar con usted, y no puedo marcharme sin hacerlo.

~ 1¡¡ ':

/, 1

Mi hijo no puede vivir sin usted ... (Pausa.)

Sí..., es lo que me hace no comprender... ¿Le pasa algo a su hijo?
LORENZ.\

1 :

LORENZA

OLIMPlA

Lo mismo que en La Dama de las Camelias, sólo que al revés ... Ya ...
Ya... A una mujer como yo le debía halagar lo que usted acaba de decir;
a mi no me halaga porque no creo en ello. Bueno, señora; y si es cierto
que su hijo no puede vivir sin mí, ¿qué es lo que usted pretende? Ha venido a decírmelo y deseo que me lo diga claramente cuanto antes.

OLIMPIA
LORENZA

Siéntese usted y dígame por qué ha venido aquí.

"1

LORENZA

Mi hijo Julio ... hace días que no vive, no descansa, se ha encerrado
en el estudio, y llora ... , llora siempre... Cuando me acerco a la puerta
le oigo llorar, y cuando_ no llora se pasea... , suenan sus pasos día y noch~. ~ntre sollozos dice: «¡Olimpia! ¡Olimpia! ¡Siempre! ¡Siempre
Ohmpial...»
OLIMPIA

. Mire usted, señora ... , yo me marcho de Madrid y de España mañana
mismo. Estaré ¡qué sé yo cuánto tiempo fuera! ¿Quién sabe si volveré?
Yo siento muchísimo cuanto ha pasado ... , pero no tengo la culpa de
280

¡Me duele decirlo!...
OLiMP1A

Lo comprendo, le duele a usted decirlo ... En el dolor de usted está
1a verdad... Supóngase usted, madre de Julio, que yo fuera la que, enamorada de su hijo, no pudiera vivir sin él, y loca de dolor al ver que su
hijo desaparecía de mi lado, quizás para siempre, le suplicara a usted
que me dejara vivir con su hijo, y su hijo, que no me querría, como yo
no le quiero a él, ¿qué contestaría usted a mis súplicas? Diría usted:
«¿Cómo usted, Olimpia de Toledo, mujer de escándalo, pretende unirse
para siempre con el hijo de una familia honrada, y sin tacha, para que
todo el mundo se ría de él y le señale con el dedo? ¡Imposible! ¡ 'Jna ma281

�LA PLUMA

LA PLUMA

dre no puede consentir semejante cosa!:. Eso es lo que le duele a 1.16ted.
Ahora, si fuera lo contrario, no le dolería nada ... Señora, yo creo que
nuestra entrevista debe terminar... Yo, mañana desaparezco, y el tiempo
lo borra todo ...
LORENZA

OLIMPIA

Me pide usted la compasión que no tendría usted conmigo ... Además, que no creo en semejante cosa. ¡Adiós, señora! ¡Adiós!. .. Paca,.
acompaña a esta señora hasta la puerta. (Vanse Olt'mpia, doña Lormza.
7 Paca. Pausa.)

¡Por el amor de Dios! ¡Compasión para mi hijo!...
1
1

OLIMPIA

ESCENA TERCERA

¿Compasión? Yo la tengo. ¿Pero qué sacan ustedes de mi compasión?¿Mi compasión les sirve para algo?

PACA Y PAQUIRO

"il

, 'l~I

¡~•
J1¡

,

(Entra Paca seguida de Paquíro.)

•1111,, ,
¡¡.,,

~··,

LORi:NZA

Yo le suplico que le llame, que le atienda...
OLIMPIA

;'--,\
-~I ¡I

Lo único que puedo hacer es desengañarle. Ni eso, porque ya lo he
intentado y él quiere seguir con el engaño ... Usted no tiene nada que
echarme en cara. No he distinguido a su hijo de los demás. Todos han
sido iguales para mí. ¿Qué exige usted? ¿Qué quiere usted? ¿Qué puedo
hacer por él? Dígamelo.

PAQUIRO

Hay que seguirte hasta Ía cueva de la leona.
PACA

Al que algo quiere, algo le cuesta.
PAQUIRO

¿Y qué dice esa fierecita?
PACA

LORENZA

Si usted le llamara...

Se pasó estos días con el duque... Ahora acaba de marcharse la madre del señorito Julio.

OLIMPIA

Que venga cuando quiera.

PAQUIRO

¡La madrel ¿Qué me dices? ...
LORBNZ,\

¿Puedo decirle que usted le llama?

PACA

Como lo oye usted.
FAQUIRO

OLIMPIA

Dígaselo usted; que venga hoy, porque mañana será difícil verme.
LORENZA

Y por el amor de Dios. Un poco de compasión.

Pues no lo comprendo.
PACA

Usted no comprende las cosas del querer.

�LA PLUMA

LA PLUMA
PAQUIRO

!º comprendo las cosas del querer, y porque las comprendo estoy
,aqu,.

PACA

¡Vaya, señor matador! ¡Ahora le da a usted gana de embromarmel'
PAQUlllO

PACA

No es broma.

¡Ah, vamos! Es verdad que usted viene aquí por la Modes. ¡Ya no
me acordaba!
PAQOIRO

No es por ahí.

PACA

Pues sí que sabe usted ocultar su sentir. Ha venido usted días y días.
aquí, y nada; ha sido necesario el reñir con la señorita, para que me
venga usted con esa embajada.

PACA

Entonces será por la señorita Perrín, que habrá tarifado con don Esleban.

PAQUIRO

No he tenido por esa más que una ventolera.
PACA.

,,,..
•

,1

'•·, ,1,

PAQUIRO

, Ni la una,. ni la ~tra,_ ?i la Modes, ni la Perrín. La que me tiene a
m1 muerto, sin resp1rac1on, ni nada, tiene un nombre que empieza
,con P y acaba con A.
PACA

Y ahora le da a usted la ventolera de decírmelo a mí. Vamos, señorPaquiro; eso, pal gato .
PAQUIRO,

&lt;Qué hay que hacer para convencerte, pimpollo?

Pa quien lo crea.

PACA.
PAQUIRO

Sí, eso que tú dices; empieza con P y termina con A pero no es un
:nombre. ¡Aciértalo, mujer!
,
'

¡Ni nada de trabajo que se necesita! ...
PAQUIRO

¿Mucho, mucho?

PACA
PACA

Pues no doy con ello.

¡Figúrese usted si habré aprendido con esa maestral
PAQUIRO

Pa ... ca.
ESCENA CUARTA
(señalándose a si misma.)
Pa ... ca, eso no es nombre.
PACA

DICHOS y la MOGIGONA
MOGIGONA

PAQUIRO

Bueno, pues Francisca, Pacorra, Paquilla, Paca.
..284

A la paz de Dios, señor Paquiro. ¡Hola, Paca! ¿Habéis visto ustedes..
a mi niña por acá?

•

�LA PLUMA

LA PLUMA
PAQUIRO

PACA

Demasiado sabe usted que su niña no viene aquí.

Oye, después de la sección, tengo que hablarte.
PACA

PAQU!RO

Yo la he visto de parla con un pollo en el foyer.

Pues hasta luego. (Vase Paca.)

MOGIGONA

•

ESCENA QUINTA

. ¿A ver si es ese p_elan~s? ¡Le voy a arrancar el bigotito a ese nene!. ..
&lt;Viene usted por alla, senor Paquiro?

PAQUIRO y AUGUSTO
AUGUSTO

PAQUIRO

Si; ahora iré. ¿Qué me contestas, Paca?
PACA

Hola, torero; ¿qué andas tú por aquí? ¿A la querencia antigua o a la
nueva?
PAQUIRO

Que hay mucho que hablar.
¿Y tú?
MOGIGONA

~De móo y manera que se va la señorita Olimpia y que hoy es la despedida?

AUGUSTO

Yo, chico, estoy enamorado de tal modo, que no sé vivir si no veo a
esta pantera negra. ¿Y don Esteban, tu inseparable?

PAQUIRO

Lo sé ... lo sé ... vamos, Paca; dime algo, mujer.

PAQU!RO

Ha descubierto una cupletera nueva ...

PACA

~, 1

Que hablaremos, hombre. Ahora tengo que hacer.

AUGUSTO

Don Esteban es un verdadero coche de puuto, siempre alquilado.

PAQUIRO
PAQUIRO

Pero ...
(desde la puuta.)
Pero, ¿viene usted, señor Paquiro?
MOGIGONA

PAQUIRO

¡Vaya usted c~n ~iosl... Que en seguida le alcanzo. Oye, Paca; ¿vas
a marchar con Ohmp1a al Extranjero? ( Vase la Mogigona.)
PACA

No quisiera ... Bueno, y usted, ¿qué?
286

¿Y qué, cómo marcha esa fiera con su duque?
AUGUSTO

¿Esa? ... , bien; creo que el duque es el tío más a propósito del mundo
para Olimpia. Todavía, el señor embajador extraordinario de Su Majestad Karpática, no se ha permitido dar su opinión sobre nada; Olimpia
le sirve de cerebro, y él paga; ni eso siquiera, porque el que da los cuartos es una especie de secretario que el duque lleva siempre cosido a los
faldones del frac.

�LA PLUMA
LA PLUMA
PAQUIRO

PAQUIRO

A ella, no.

¿Sabes que ahora mismo se ha marchado de aquí la madre de Julio~
AUGUSTO

AUGUSTO

¡Pobre mujer! por fin ha venido a pesar de que la dije que sería inútil su visita.

¿A la Paca?

PAQUIRO

A la mesmi.

AUGUSTO

La va a echar.

PAQl'IRO

¿Pero a qué ha venido?
AUGUSTO

A una cosa absurda, pero clara; una madre no puede discurrir friamente cuando se trata de su hijo. Ha venido a ver si convence a Olimpia, a ver si ésta abandona el teatro, cambia de vida y se la dedica a
Julio. Figúrate tú. ¡Qué existencia les esperaba a Julio, a su madre y a
su hermana viviendo con Olimpial Naturalmente, Olimpia le habrá
mandado a paseo, como si lo viera, y habrá hecho bien, además.

PAQUIRO

Mejor, que la eche. La Paquilla está deseándolo.
AUGUSTO

¡Pues sí, que va a ser un espectáculo!. .. Ahí está.

PAQUIRO

ESCENA SEXTA

Pues yo, que tengo que darle a Olimpia un disgusti!lo. Oye. ¿Cuánto
vendrá a valer ese solitario que el duque regaló a Olimpia?

DICHOS y OLIMPIA

AUGt:sTO

OLIMPIA.

Pues te lo puedo decir, porque Olimpia, en cuestión de cuartos, es
bastante calculadora, y no Je gusta conocer las cifras aproximadas,
sino exactas. Me dijo anteayer: «Mira, Augusto, ten este solitario y pregunta por ahí lo que vale». Por intermedio de un distinguido prestamista, con el que he hecho algunas operaciones, y que sabe de joyas, me
enteré de que el brillante del duque, vale unas ocho mil pesetas ...

¡Hola! ¡Traidor! ¡Mal torero! Ya ni acordarte de mí... Vamos, ¡y que
yo te haya tratado como lo hice siempre!... ¡Infiel!
PAQUJRO

¡Olimpia!. .. Te veo más barbiana que nunca ... , con cara de satisfacción.
OLIMPIA

PAQUJRO

Es lo que yo había calculado.

Ya no me dáis disgustos. ¿Y qué? ¿Con Ja gitanilla, eh? ¡Buenas tragaderas! La chica es negra como un zapato.

AUGUSTO

¿Y qué, es que vas a regalarla otro mejor?
~88

PAQUIRv

No es la Mogigona, chica, la que me trae por acá.
XIX

�LA PLUMA
LA PLUMA
OLIMPIA

Entonces, ¿por quién vienes tú, matador de toros y de corazones de
hembra? Dí, &lt;Pºr quién vienes? ¿Acaso por mí?
PAQUIRO

te pusiste entusiasmada, pues he dicho: voy a darle d
._
qué cara pone.
os a esa mna, a ver
OLI~IA

¿A mi?

Que no es por ahí, Olimpia. Que no es por ahí.
OLIMPIA

PAQUIRO

No, hija, no; a otra A ver qué t

a Oitmpia.)

.

E
e parecen. ( ntrega el estuche abierto

Entonces, ¿por dónde es?
OLIMPIA

PAQUIRO

(Pausa)

eonm1go
. has sido ma's rona,
- p aqurro.
.

.
'
1Prec1osos....

¡Una chavalilla que quita el hipo!

PAQUIRO
OLIMPIA

¡La Pelitos! ¡Jal ¡Ja! Te ádvierto que la vas a hacer mal tercio, porque don Manuel está cada vez más coladito con ella, y la chica espera
recoger el cetro de aquí, cuando yo me vaya.
PAQUIRO

Como aquí, según parece, para que le hagan a uno caso es necesario
marcarse unos brillantes, he tenido que agenciarme unos, así, medianejos; me cuestan unas corridas; pero no me importa, la chica se lo merece todo.
OLIMPIA

¡Caramba! Unas cuantas corridas...

Señal de que a ella la quiero más.
OLIMPIA

(Devolviendo el estuche)

¿Pero quién es? ¿La has conocido ahora?
PAQUIRO

No; la conozco desde que te conozco a ti.
OLIMPIA

Pues no caigo.
ESCENA SÉPTIMA
DICHOS y PACA
PACA

PAQUIRO

Está uno medio gilí por ella ... y no repara uno, Aquí los traigo.
OLIMPIA

Señorita ... ¿Primero va el baile con el miriñaque?
PAQUIRO ( Ofreciendo

el estuche a Paca)

A ~os dos lados de esa carucha preciosa, irán estos brillantes si ella
l os quiere.
,

A ver, a ver.
PAQUIRO

(Sacando un estuche del bolsillo)

Dos pedruscos rodeados ahí, de una cosa así, como una coronilla.
Para colgarlos en las orejitas de la gachí. Como a ti te regalaron unos y

OUMPIA

¡Canallal... Para mi criada! Bah .. . bah ... , para ti; está bien. ¿Sabes
Paca que no creía que fueras tan solapada?

�LA PLUMA
PACA

LA PLUMA

¿Yo ... señorita?
OLI.MPIA

OLIMPIA

Vamos ... No sabía que hubiera a mi lado quien me roía los zancajos ...

·'1
'l

11111,

No; yo no le he roído a usted nada, ni consiento que me lo diga.

Si quiere usted que cobre, me dará usted el dinero en la mano.
OLIMPIA

OLIMPIA

Mira... Coge lo que tengas por ahí y te largas.

('

1....,,1J

.

PACA

PACA

. 'I

~,

~i sé a qué has venido. ¡Ah! ¿A cobrar? ... Te debo el mes. Coge un
/Jotstllo. saca un óíllete y se lo líra á Paca.)

Lo recoges, si quieres.

PAQUIRO

Aquí fuera te aguardo, Paca. Tengo un palquito, y verás bailar a
Olimpia de Toledo el día de su beneficio y despedida. También estará
don Esteban con la francesa. (Vase Paca.)

rr
r.

Ten, Paca.
PACA

No, señorito Augusto. Gracias. Usted es muy bueno.

OLIMPIA

Chulo idiota, así te destripe el primer toro ...

·,

ÁUGusto (recog{mdo el bllúte.j

• , tr

...

r • •

IJLIMPIA

u
J.:

Menos conversatión, y largo.
n

PAQUIRO

¡Adiós, Olimpial Si no nos vemos, que lo pases bien. (V~se.)

AUGUSTO

Ten el dinero que has ganado honradamente. El último quizá.
PACA

ESCENA OCTAVA
OLIMPIA y AUGUSTO; luego PACA
AUGUSTO

¿Tú no habías notado ... ?

(

ESCENA NOVENA
OLIMPIA

¿Me voy a fijar yo en mi criada?
PACA

.Por eso, ya no lo g~iero. _Y entre mujeres como nosotras, ya para
~ue andar con ceremonias. Mira, Engracia, te aplaudiré desde mi palco
s1 me gustas. ( Vase.)

(Sín delantal§ con el mantón)

Señorita... He dejado todo en su sitio. Como es el último día, si usted quiere la ayudaré.

OLIMPIA y AUGUSTO
OLIMPIA

¡Qué asco! Por supuesto que el maleta la abandonará en cuanto se
harte de esa fregona.
AUGUSTO

Qué sé yo; la'Paca no es ninguna boba y no me chocaría que hiciera
carrera entre las señoritas de mala vida y costumbres.

�LA PLUMA

LA PLUM A
OLIMPIA

ESCENA DÉCIMA

No me interesa. ¿Sabes que estuvo la madre de Julio?

DICHOS Y JULIO
AUGUSTO
OLIMPIA

La recomendé que no viniera.
OLIMPIA

No hay nada tan egoísta como una buena madre. Indudablemente
pretendía que yo dedicara mi vida a su hijo; porque al niño se le ha
ocurrido pensar que no puede vivir sin mí. ¡Como si se pudiera creer
semejante cosa! Ahora soy yo la que he de tener lástima de los que
dicen que sufren porque no pueden satisfacer sus caprichos, sus ventoleras de amor. Pues cuando yo sufría nadie se apiadó de mí; si yo en
aquella época le hubiera confesado al hombre que quería, sí, al que
quería con toda mi alma, que yo no podía vivir sin él... ¡Qué risa! ¡Qué
burlas! ¿De modo que la Engracia te ha dicho que está chalada por tí?
Bueno, hombre; te la llevas por unos días, y luego, ¡quién da la vez!,
como el verano en la Fuentecilla para llenar el botijo.
PAQUIRO

Pero, Olimpia: porque tú hayas sido desgraciada, no vayas a creer
que ...

Pasa, Julio. Te dije que esa puerta estaba abierta para ti para entrar,
y para mí para salir. Me alegro que hayas venido; así tendremos la última explicación.
]Ul.10

¡Olimpia!
OLIMPIA

Calla un poco y óyeme. Estaba hablando de ti con Augusto y le
decía lo mismo que he dicho a tu madre...
JULIO

¿Mi madre ha estado aquí? ...
OLIMPIA

Sí, tu madre ha ido a decirte que te esperaba. Óyeme, y estate tranquilo. Tú, Julio, te crees loco, completamente loco; pero tu locura será
bien corta. Ahora no tienes sentido común. Tú insistes en que yo abandone por ti mi vida, mis éxitos, mis contratas, mi fama ...

OLIMPIA

Yo soy como me han hecho. Todos fueron crueles conmigo, y ahora
soy yo la que grita: ¡Quién da la vez para llegar al corazón de Olimpiat
¿Qui~n da la vez? El que dé más dinero.
AUGUSTO

OLIMPIA

Con tal de que yo te quiera. Bueno. Suponte que yo, fascinada por

ese amor, que crees sincero, enorme, lo abandono todo. ¿Tú crees· eiue

Te calumnias.
OLIMPIA

Digo la verdad.

JULIO

Yo lo aceptaría todo con tal...

nuestra vida sería posible? No; tú serías siempre, siempre, un desgraciado, y yo también. Tendrías que separarte de tu hermana, d! tu madre. Tú eres celoso, terriblemente celoso, y tendrías celos de mi vida
pasada. Porque yo, Julio, he sido una mujer perdida. ¿Lo oyes? ¡Una
mujer perdida! Porque había que comer y yo no sabía trabajar, no me
habían enseñado a trabajar. ¿Sabes? ¡Ah! Si entonces te hubieras pre-

�LA PLUMA
LA PLUMA
sentado, cuando yo era la pobre Engracia R.odrígnez, cuando un mantón raído me cubría. Pero no, entonces yo no llamaba la atención.
~hora vienes tú como vienen otros, cuando me veis llena de joyas, vestida de seda, y q_ueréis ser los dueños únicos de la mujer aplaudida, celebrada por el publico. Ahora no os lo agradezco. Entonces era la ocasión de hacerse dueño de mi alma.

ESCENA UNDÉCIMA
AUGUSTO y JULIO
AUGUSTO

Ya lo has oído. Vamos.
JULIO

JULIO

Déjame.

Yo no te conocí.

AUGUSTO
OLIMPIA

¡Cuántas veces, quizás, habrás pasado cerca de mí! ¡Y no me habrás
mirado! Y ahora, ¿a qué vienes? ¿Tienes dinero? No, no lo tienes. Entonces no me quieras. Has de comprender que yo soy una mujer de
lujo, de postín-como diría el imbécil de Paquiro-. ¿Crees que con tus
dibujos, con tus cuadros, vas a sostenerme a mí, acostumbrada mal? Te
concedo que estoy muy mal acostumbrada. Te engañas. Te he dado
cuanto una mujer como yo podía darte: todo menos el corazón.
JULIO

Porque no lo tienes.
OLIMPIA

Mejor. Si no tengo corazón no puedo entregárselo a otro. ¡Sin corazón! Entonces, ¿qué quieres de mí? Mira, Julio, vete; vete ya. Despídete
de mí para siempre, y dentro de unas semanas, quizás aquí mismo con
Augusto, comentaréis, delante de otra bailarina o de una cupletista, la
chifladura tuya, que te hacía tener la ilusión de adorarme. Terminemos de una vez. Olvídame y sé feliz. (Vase.) ¡Tu amor! ¿Tú amor? Es
una camama.

Vamos, hombre, vamos.
JULIO

No, todavía no.
AUGUSTO

Pero, ¿no lo ves?, ella misma lo ha dicho. Es una criatura egoísta,
cruel, calculadora. Lo dice ella misma. Y lo dice con razón. Hay que
pensar en aquella infeliz, en la pobre muchacha, engañada, abandonada, que iba rodando por los tablados de los cafés cantantes de los barrios bajos. Hay que pensar en lo que tuvo que sufrir, en lo que lloró,
en lo que tuvo que hacer aquella desgraciada, para ir ascendiendo en su
carrera. Cada protector que aparecía en aquellos tiempos era un indiferente o un canalla que se llevaba una ilusión, un jirón de vergüenza, y
que no había amparo, no había sostén en todo el mundo, y la pobre
Engracia Rodríguez, para no caer muerta, tenía que apoyarse en lo más
fangoso, en lo más podrido ... Vamos.
JULIO

¡Déjame!
AUGUSTO

No cree en tu amor, se ríe de él y tiene razón en no creer.
JULIO

Yo la quiero.
AUGUSTO

&lt;Por qué la quieres tú? Por su fama, por sus trajes, por sus éxitos,

�LA PLUMA
por que esos afeites de la bailarina te emborrachan, por el brillo de sus
joyas y de las lentejuelas que bordan su falda, porque ves que produce
ansia en los demás ...
JULIO

La quiero porque sí...
AUGUSTO

Vamos Julio, hermano Julio, por tu madre, por tu hermana, vamos ya.
JULIO (se levanta)' va hacia la puerta.)
No... , no puedo ... , déjame solo, déjame mirar esto por última vez.

CANTO CAUTIVO

AUGUSTO

I

Ven.
JULIO

!Por la pipa de kiff
se me•salía el alma
desvanecida en rosas
desbaratadas.

.

No ... (Augusto vase.)

ESCENA DECIMASEGUNDA
JULIO (Va al tocador y ve la joto~ajla de Olimpia, la toma, la besa, vuelve a dejarla en et tocador, y coge el puñal, se desabrocha el chaleco,§ mirando el retrato alza la mano para clavárselo en el pecho.)

2

Gn el rabab sin cuerdas

ESCENA DÉCIMATERCERA
JULIO y OLIMPIA en la puerta.
OLIMPIA (mira a :Julí/J y serle).

¡A que no!
JULIO (se precipita sobre Olimpi·a y la hiere,§ sale huyendo. Olimpt"a grita al caer. Entra gente.
TELÓN

RICARDO BAROJA.

enredaste la barba
santón que por la calle
floreces las sandalias.
3
'Guba de sol candente
sobre las azoteas blancas
y el mar arrellenado
en cojines de playa.

�LA PLUMA
LA PLUMA

•

9
4

.Ca yerbabuena dulce
dewanecida en ámbar
para el sol de los ojos
esta música esclava.

-.~ ...

s
!IJel monte piel de moro
fuera de las chilabas
pan negro requemado
bajo orin de las barbas.
6
~

.Cuces en las callejas
dentro de las tiendas
el amor entre lágrimas.

7
:Parasol de los negros
rojos y azules. 9l,rdo
en delirio de luces.
Por la noche de carne
van trémulos los aros.
8

6n el cielo el sol
pebetero apagado
en montones de oro
pacen los asnos.
_3 00

!Palabras divergentes
en el abiga"ado
enjambre de los gritos.
(;l cuento tremelúcido
abre su cuarto
con los ojos estáticos.
IO

Cambiantes de palabras
cambiantes de ojos
por el sol de la boca
corren arroyos.
11

Camellos en el verde
pabellón del sultán
atlas caídos
en medio del mar.
12

'Gé moro y en la pipa
de caña el rojo sangre
como un beso se da
que no va a nadíe.
13

.Los pies corrían
cuando el alma
dormia despacio.
301

�LA PLUMA

14

!Dientes blancos
que no se ven bajo
la tela blanca.
.los ojos
en una mezquita dos arcos.

15
.laúd del café cantante
la voz era el sueño
tú el hatschisch en el aire.

UN MODERNO DRAMATURGO ALEMÁN
GEORG KAISER

16

'Gragaluz en la vida
banderas en el mar
vivas alegorías
para soñar.
17
.Ca gumia de la luna
segaba estrellas
el mar las recogía
para hacer perlas.

'1

[I

18

cSelam, selam
en mi fuego
te derretirás.
'f;ánzer, 1923.
302

ROGELIO BUENDU..

situación difícil que el fracaso de la economía alemana,
impone al crecido número de teatros literarios, coincide con
¡
una crisis íntima de la producción. Ha llegado la dramaturgia contemporánea a un punto cuya prosecución sería la
esterilidad irremediable. Por otra parte, las deformaciones sociales y el
derrumbamiento de la clase media ha hecho desaparecer el público que
ofrecía a los dramaturgos la garantía de la tradición y un juicio independiente.
La divergencia entre el gusto frívolo del nuevo público, poco informado de asuntos artísticos, y las producciones de una espiritualidad
atrevida de los literatos que dominan la escena, nunca había llegado al
abismo actual. Verdad es que el porvenir de los teatros alemanes, como
el de todas sus instituciones civilizadoras, pende del problema de la reconstitución económica.
Un grupo de escritores resuéltos y cerebralmente íntegros ha conse-guido conformar la opinión literaria de la Alemania de la post-guerra.
Uno de los más característicos es el dramaturgo Georg Kaiser. Su vida
singular refleja toda la tragedia en que está enredado el intelectualismo
A

�LA PLUMA
LA PLUMA
de alta vocación. Su obra revela la despierta sensibilidad de un genio al
que agota el afán de descubrir la realidad de un concepto _f~ntasmagórico de una constitución social más justa, humana y defimtiva.
'Muy escasas son las noticias sobre la formació~ del_ poeta Georg Ka!ser. Pasó la juventud muy lejos de la patria y m_as leJOS d: la_ bohe~~~
literaria de la que salieron tantos ingenios en la epoca romant1ca. V1V10
en la Argentina, dedicado al comercio.
Al regresar a Alemania, aportaba varios manuscritos teatral~s, obras
de calidad escénica insuperable, maestras en cierto modo. Careciendo de
relaciones literarias, sin apoyo, ofreció sus obras, se aceptaron y se representaron. Die Yiidúche witwe, la viuda judía, es la primer~ de esta serie de comedias originalísima de Judit-asunto tratado hacia o~henta
años por Federico Hebbel-, obra de principi~nte'. c~n un_a audacia que
ponía a descubierto los trazos de un extraord10ano in~emo.
En cuanto a la fuerza del realismo y a la vehemencia de los caracteres, Georg Kaiser no puede competir con su anteceso:; su ma~era más
delicada, fluctuante y nerviosa, hace de la figura heroica un~ v1rg~n precoz y patológica. El rey Marke (Konig Hahnrei) ~ierte las m_fimtas lamentaciones de su edad vieja y perversa en el deleite clandestino que le
produce la afición ardiente y muy ca:nal de Isolda co~ Tristán.
Con un estilo de ligereza coreografica o de pantomima, en otra ob:ª•
Europa, se glorifica la idolatría de la carne vigorosa. El padre de los dioses debe adoptar el papel brutal y estúpido de un toro para vencer a los
sutiles rivales que asedian la hermosura de la hija del rey Agenor. El nacimiento de Europa como el triunfo bárbaro y juvenil sobre la decadencia griega es la alegoría de la obra. Es un concepto que pertenece al romanticismo de Nietzsche y de Wedekind como reacción a una época
de naturalismo y determinismo. En rigor no se plantea aún la cuesti~n,
sino que se veía en el culto de la vitalidad firme un elemento de sociabilidad más integral y apremiante.
, .
.
La ruptura definitiva con los dogmas arttsticos del siglo pasado decide el éxito de su obra con las dos producciones inmediatas de Georg
Kaiser. Son estas dos obras Von Morgeus bis Mittenzaehls y Die Burger
304

von Calais. De modo rico, maravilloso, pintoresco, sabe recoger la versión de un suceso dándole la plena y palpitante realidad de Ja vida. Un
pobre cajero, estrangulado años y años entre las paredes de su despacho,
concibe en un momento de visión una inspiración divina. Prendida la
chispa de un anhelo en la tristeza desesperada de su vida, el afán de conocer ésta por completo le sugiere lograr esta vida verdadera defraudando los dineros que le están confiados. De la mañana a la noche ( Von
Jforgms bis Mz'tte-rnaclzs) recorre todos los estados que el dinero avalora.
Fallida su creencia, traicionado por el dinero, se da cuenta de su nulo
valor y de la nulidad de la vida que aquél promete. Tal sencill-ez y rapidez del desenlace psicológico parece exigir ya las dimensiones sobrenaturales y más efectistas de la cinematografía. En cambio Die Burger
von Calés, inspirado en la obra de Rodin, conserva toda la austeridad y
solemne dignidad de la piedra. Es un recinto sagrado al que ingresamos
aún desalentados por el compás atropellado de las aventuras cajeriles.
Nos encontramos en el ambiente de una realidad superior y atractiva.
En las líneas armónicas del relieve simboliza el poeta el valor eterno de
nuestra acción. Estas dos obras, surgiendo casi a la vez de la imaginación del dramaturgo, acentuaron la perplejidad de los críticos ante el
fenómeno que se les aparecía. ¿Cómo eran posibles en la misma fantasía -dos conceptos contradictorios en extremo? ¿Era Kaiser un ecléctico
que abusaba de las ricas dotes de su sensibilidad? La condescendencia
con los problemas que afrontaba hasta sus últimas consecuencias, ¿era
la temeridad revolucionaria de un temperamento creador? Hay que darse cuenta de la producción dramática que dominaba la escena septentrional. En el fondo, desde Goethe y Schiller, eran románticos los autores que soñaban con un teatro nacional. Romántico es un poeta cuya
obra exige alguna trascendencia más allá de la forma en que fué concebida. Romántica es una obra que vista en sí significa menos que quien
la engendra. Para el poeta romántico la sustancia de la vida está alejada
de las cosas que se nos presentan, no como símbolos, sino como recuerdos lejanos de un sentido inasequible. De modo que el éxito de la
obra necesita el contacto íntimo con la vida de su creador; su valor es
XX

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LA PLUMA
relativo, y tan sólo deja de serlo comprendido en la totalidad del individuo que se apodera de él. El último empuje contra la cultura romántica lo dió Goethe.
La esencia de la vida que encontrabá era quimérica; se vió precisado
a sustituirla, diríamos químicamente, y la imitación estaba condenada a
una esterilidad irremediable. En efecto, la formación de los grandes teatros nacionales es anterior o posterior al romanticismo.
Sumergido en el suceso que constituía su asunto, el dramaturgo
reúne la mayor libertad con la humildad más profunda. Nada hay de
problemático en su vida; presta su sensibilidad a un público reunido
por la curiosidad del acaecimiento. Es este el germen del cuento y del
drama (entre las dos formas hubo siempre una estrecha conexión); es
además la garantía más concreta de una realidad religiosa, y suponiendo
en la transfiguración poética una plenitud universal, cósmica, aparece
en él la transcendencia ideal de la vida misma.
Así podremos apercibir el punto decisivo al que nos conduce la ambigüedad del dramaturgo de Bürger von Calaú y Von Morgens bis Mitternaclzs. Celebra las virtudes nacionales y descubre el fracaso de una sociedad que no existe sino en sustituciones lamentables incapaces de suplir la vida.
En sus obras siguientes aparece más dentro de esta controversia. Una
trilogía, Die VraraLle, Gos I, Gos II, pretende la solución de la cuestión
social. El héroe de la primera obra asciende desde los bajos fondos de la
masa a una riqueza fantástica. El fracaso personal de su soberbia de capitalista hace posible un socialismo que llevará a cabo su hijo. Renuncia
al usufructo de la herencia paterna, trocándose de explotador en organizador de las inmensas riquezas pertenecientes a sus subordinados. El
problema está latente en aquella paradoja. No podía consistir la exigencia de los oprimidos en una mera participación formal que aumentase
la fuerza del grillete, sino en el deseo sencillo de una suerte más humana y personal. Envenenados por el cc,mpás extenuante de las máquinas,
no pueden acertar la verdadera causa de su desdicha, no comprenden
que sólo en su propio ser deberían encontrar la salida del círculo en el

que están cautivos. La fábrica se hunde y los obreros vuelven a los escombros para que se reconstruya. El hijo del millonario, el único herido por
el rayo de un presentimiento, quiere impedirlo, y será expulsado, lapidado, condenado a arrastrar el secreto que liberaría a todos en una soledad estéril y mortal.
Otra obra, Bolle Weg Erde, completa esta serie, añadiendo a la realización del socialismo su último y más afirmativo elemento: el utopismo. El drama nació bajo la sombra de Dostoyeusky y en él domina un
concepto vago e in undante de la agudeza acostumbrada en el desenlace.
La fantástica extravagancia del asunto nos conduce a las heladas regiones cerebrales, sustituyendo esta falta de vitalidad con lirismos amplios.
Georg Kaiser niega radicalmente la posibilidad de que exista el delito,
cometido por todos y nadie: se abren los cuarteles, se rompen los calabozos, se abandonan ciudades y todos acuden a escuchar el discurso del
poeta, que muy bien nos puede sugerir la cuadratura del círculo, sin
impedir con ello que el resultado de tal maniobra cerebral se sustraiga
a nuestra imaginación con la misma ligereza con que figuraba en las
manos agitadas de su autor. La masa en estas obras se condensa en
energías casi dinámicas y perdiendo su vida individual, su variedad pintoresca, llega a ser como una cifra en mano de su creador.
El papel de pensador austero, platónico, lo adopta definitivamente
en su tragedia Der gerettete Alkibiades, quitándose la máscara hipertrófica y enigmática que cubría su inteligencia. Viendo el engarce de sus
numerosas obras, hemos de hacer constar que la promesa ofrecida no se
cumple, que ha limitado el ámbito de su sensibilidad, que se ha hundido en la oscuridad de un problema cuya complicación la luz de su
fantasía pétrea no habría iluminado por entero.
El éxito exterior de la obra de Georg Kaiser había alcanzado el
colmo el año 1921. Figuraba en los repertorios de todos los teatros que
presumían de alguna transcendencia; un estreno del autor se esperaba
con interés y curiosidad acuciadora; se representaban traducciones de
sus obras en Inglaterra, América y Escandinavia. La fecundidad de su
genio parecía inagotable y casi eruptiva. Se propalaba que estaba dedi307

306

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cado siempre a la elaboración simultánea de cuatro o cinco obras y que
proyectaba además la explotación poética del vasto yermo de la cinematografía.

l:n medio de esta esperanza orgullosa que emulaba la joYen Alemania con el nombre de Georg Kaiser, un hecho alarmante, además de
quitarle el honor civil, debía desacreditarle a los ojos de la mayoría robándole su actitud preeminente. El delito, que había sido el germen integral de tanta¡ obras suyas, fué cruda e irreparablé realidad en su pro
pia vida.
Convicto de defraudación, los jueces hubieron de cumplir las leyes y
condenarle. Él creía justificarse declarando con soberbia que las leyes
eran inadmisibles a la singularidad de su ingenio.
Tenemos aquí toda la tragedia del intelectualismo contemporáneo.
Incapaz de engendrar la síntesis íntima con la actualidad de la vida, vacila sin apoyo entre una resignación suicida y una soberbia desenfrenada y sacrílega.
Ha sido Carl Sternheim quien pronunció la verdad tremenda de
que la palabra pueblo había dejado de corresponder a una realidad y
que desde ahora sería rechazada como metáfora atrasada y remota del
ámbito de su poesía.
Así, aislado y estrechado en la vitalidad de su propio ser, necesitaba
el dramaturgo la tragedia de su vida para justificar y profundizar su.
obra.
WERNER

KRAuss.

LA PLUMA

EL NAVÍO MEDROSO
!Paquebot de seis puentes
g cuatro chimen.eas
!I ascensores eléctricos !/ hélice triplicada.
Ciudad mecánica, trémula !/ errante
g babélica
por que a través de los siglos
encarnaste la bíblica legenda de la promiscuidad de los hombres !/
[de las lenguas!Paquebot. ¿!Por qué tiemblas?
¿'Giemblas porque allá en tus entrañas
tu corazón de acero,
tu corazón inquieto
como es el corazón del siglo XX;
tu corazón lleno de bielas !/ de tubos
te da una pulsación viril g rítmica
para ir violando el agua
g desflorar la carne de las olas
cuya virginidad se reintegra tras de tu estela a cada instante?
¿{) también tiemblas
porque esta tarde
comentaba el termómetro una posibilidad de tempestades
g, en tu proa medrosa
corta un alfange masas de neblina
pero va tiritando
no solo al frío

�LA PLUMA

sino al mordisco del presentimiento ... ,
¡oh el obsesor recuerdo de tragedias oceánicas!
{;vocación de trombas g naufragios
que pasa en remolino apocalíptico
sobre el alma del paquebot espeluznado;
el pobre paquebot que en esta noche
desvela sus pupilas perforando la niebla
g solloza con asma
ese! asmtr que persiste
desde que el humo raspa su cuádruple garganta!,
solloza con amagos de locura
que apuñalan el alma de la noche
en cugo añil solapan mar g viento
sus confabuladas agresiones...
!Pero la noche, aviesa, dice al barco:
¿qué más da hog que mañana
si sólo el mar contiene tu destino
g en él cierra su hipérbole tu suerte?
.Ca onda que para tu cuna se hizo cóncava
se hará convexa para tu ataúd.

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALIA
D'ANNUNzro A NOSOTRos: ANTE PAPINI. - Un nuevo libro de Papini, esta vez en colaboración con el ferocísimo católico Domenico
Giuliotti, aparece ahora en los escaparates de las librerías italianas: el Dizionario del/'01110 selvatico. ¿Poesía? ¿Novela? ¿Filosofía?
Nada de bromas. Papini tiene ya escogido camino; y sería absuldo y hasta pueril esperar de él un libro de verdadero sufrimiento interior;
la 1bra que sus admiradores-si todavía los tiene -esperan e invocan.
Y como el Diziona,·io dell'omo selvatico, aun con tantas páginas bellas y papin,nas como contiene, no nos da un nuevo Papini. y como. digámoslo también un nuevo Papini ya no vendrá acaso nunca, intentemos con voluntad e
intell{encia, antes de pasar a otros nombres, ('Stablecer. aunque sea a nuestro
modo y sin pr"tensiones críticas, lo que ha dado a nuestra generación y
de qu, suerte ésta Je considera ahora.
¡¡

* * *
FLAVIO HERRERA.

La µrte que ha representado Papini en los años oscuros de la última fase
del domnio dannunziano, no fué en modo alguno pobre ni sin irradiación
Antes bi•n, se puede decir que ha sido el único ingenio vivo de su época; tan
ansioso d: verdad aparecíó; tan vario y mudable en sus investigaciones y experiencias En efecto, mientras los más creían a cierraojos en los viejos dogmas }iteraros espirituales y morales, él los combatió; y no superficial y débilmente, sino con todas las fuerzas del ingenio y del ánimo. quijotescamente
3I 1

�LA PLUMA

LA PLUMA

ávido de descubrimientos cada vez mis nuevos y límpidos. Los primeros diez
años de su actividad documentan por modo admirable la frescura de su ingenio y la gallardía y el ímpetu de su condición. Investigador por instinto, pasa
descontento y febril de una experiencia a otra; y aunque cada superación es
para él en el fondo más una derrota que una victoria, su ánimo no cede, su
vehe mencia no decrece; de suerte que el lector tiene la sensación de una renovación continua de fuerzas y de cultura, que se alimenta en la tragedia misma del hombre y lo lleva a la obra maestra. Un documento de este ansia deberá darlo, en efecto, en Uomo finito, que es precisamente el libro producido
al margen del cansancio, el libro cálido y ansioso de la propia pena interior
insuperable. Desde I' Uomo finito empezarnos a comprender al mismo tiempo
las grandes posibilidades de Papini y sus imposibilidades. Porque aquella
renovación de fuerzas no fué efectiva en realidad, sino aparente; que el esfuerzo del pensamiento, por ascendente que pareciese, no era otra cosa que
un giro, vivo sí, pero desesperado, en torno al eje propio espiritual y sensible

*

11

J

-t

\

* *

No hay ya quien no sepa cuánto hemos amado a Papini (y no sólo los illlianos) los jóvenes que hoy cuentan treinta o treinta y cinco años; porque odos vernos representado en él con verdadera masculinidad nuestro drama, t:&gt;&lt;iavía en formación o apenas naciente; y esta representación tenía momen:os
de tal novedad, puntos y pasajes de tal frescura, que el estupor superó I la
admiración misma.
Históricamente hablando, repetía, aunque fuera renovándolas, actiodes
que ya no eran nuevas en el curso del pensamiento humano; porque tod;S las
épocas en su parábola de cansancio han encontrado, sobre poco más o nenas,
un Papini; pero si pensamos en el momento en que surgió, bland ucho 'retó1 ico, no se puede por menos de reconocer a Papini una audacia de acitud y
de expresióu absolutamente insólitas.
Nosotros nacíamos entonces n las letras; y como autómatas aceptál)mos lo
que bailábamos, sin evaluar, no ya nuestra literatura, que rara vez el sentido
crítico es innato en los jóvenes; pero ni los hombres como tales homb:es, para
ver si la producción de los más famosos era sincera o trabajada, : quiénes
e:-an los tales, en fin, en la vida diaria. En aquel éxtasis de todas la, energías
estéticas y morales, nos encontramos, pues, con Papini; y la seisacióo fué
312

como de un gran vendaval repentino; que al mismo tiempo ilumina y aturde.
Gustan, por otra parte, los jóvenes de quien demuestra, y retóricamente mejor aún, audacia y decisión; e incluso los más arraigados, como aplicadas sensibilidades, en el arte entonces de moda-D'Annunzio y epigonos-no pudieron sustraerse a aquel improvisado aliento juvenilmente burlón; y aun cuan&lt;lo remisos, presto o tarde lo advirtieron y se congratularon.
La fortuna de Papini no irradió por lo demás, inmediatamente como hoy
parece; si no con un lento proceso de penetración, al cual no fueron ajenas
ciertas murmuraciones y leyendas. Y si la realidad era más bien modesta o,
al menos, no tan extraordinaria, la leyenda la enriqueció, la coloreó, le dió
aspectos y fisonomías de tal manera misteriosos, que la difusión de aquel
nombre y de aquella obra y la polarización de aquellas actitudes salió muy
beneficiada. Leyenda que cambiaba según el sitio; pero a través de la cual
vcfase a Papioi ya como un jorobado rabioso, bien como un Satanás redivivo;
que vivía, eso sí, en Florencia, pero no se sabía cómo; enemigo de todo el
mundo, antes bien, satisfecho de las enemistades y los odios desencadenados
en derredor suyo.
La realidad era otra como vemos y sabemos después, porque aquel joven,
mientras repartía g&lt;íllpcs a diestro y siniestro, pasaba febril y duramente sus
vigilias de estudio en las bibliotecas públicas; trabajando y buscándose; creán&lt;lose y recreándose de continuo.
Su natural, por otra parte, más de dialéctico que de artista, más de polemista que de constructor no encontraba, por más que lo buscase, un terreno
llano ea que abandonarse. Y sus posibilidades emotivas no son extraordinarias: más cerebro que corazón. Cuando, en efecto, intenta aislar la sensación
propi~ del mundo libresco en que se baila surnergide hasta el asco, construye
sí, pero siempre con intenciones críticas y sofísticas; y rara vez una emoción
profunda ayuda los vuelos caprichosos de su potente fantasía. Han de pasar
muchos años ¡y cuán trabajosos! antes de que encuentre un acento verdaderamente interior y sufrido y, corno en todos los cerebrales, casi nunca le produce amoción el espectáculo de la miseria ajena, mas de la propia; ya sea un recuerdo de la infancia (cl\fartín La Palma»), ya su misma biografía de hombre y
&lt;le escritor ( Uomo finito).

* * *
1:on todo, no es posible dejar a un lado sus obras menores-de creación y
&lt;le crítica-por más que el releerlas hoy nos produzcan cierto fastidio; es me313

�LA PLUMA
LA PLUM A
nester pensar en la época en que nacieron y en el enorme consenso que suscitaron. Era, como se ha visto, la época del dannunzianismo; en la que triunfaban
en poesía temas y motivos frívolos o retóricos, en el género narrativo anotaciones e invenciones extricta, perezosamente adherentes a la vida: sin un hálito
de poesía y, lo que es peor, con formas y modos periodísticos, prosa corriente,
Papini no era todavía el prosador excelente del Uomo finito y sobre todo de
las Cento pagine di f,oesia; pero ayudado por la lengua nativa, tiene ya un paso
de estilo discretamente disciplinado; y si todavía no sufre precisamente el escrúpulo de la palabra, su innato espíritu crítico le veda al menos los abandonos y caídas sólitos en las tres caartas partes de los escritores italianos, los
dannunzianos incluso. Por otra parte, el odio instinti·10 hacia las invenciones
manidas le lleva a investicaciones y motivos de cualidad más interna; y aunque por evitar unos modelos siga otros (lo cual les pasa siempre a cuantos intentan algo nuevo) su fantasía es tan rica y dúctil que incluso en las composiciones más calcadas en Poe, hay siempre alguna señal, algút1 momento que son
verdaderamente suyos, inconfundibles. Cierto que estos libros (Lo trágico cotidiano, El piloto ciego, Paro/e e san¡¡ue, Butfonate) no representan al mejor Papini; pero erraría a buen seguro quien del todo los menospreciase. Pudiera
decirse que es menester partir a toda costa de estos esfuerzos y tentativas para
comprender al Papini venidero; :e incluso para explicar su conversión repen•
tina de hoy. Ingenio más apto para expeler que para asimilar, su trabajo de los.
primeros años sobre todo se desenvuelve sí para comprender, pero dinámica.
mente; es decir, para sobrepujar para seguir adelante. Acepta en un cierto
momento; iucluso padece; pero su aceptación no es nunca total y definitiva.
Hasta cuando parece llegado a una atmósfera adecuada (se ve en la experiencia
pragmatista) su inquietud, aunque sea no más latente, continúa; y en un momento dado, nuevas dudas, nuevas recriminaciones le intranquilizan, que si
no le llevan decididamente a la negación despiertan su instinto crítico.
Estos flujos y reflujos, estas aceptaciones y rebeliones, estas tragedias cerebrales e interiores, no son por Jo demás de Papini sólo, sino de toda aquella
generación que, nacida en una época cansada y atea, materialista y escéptica.
siente la proximidad de una gran crisis: que será precisamente la guerra mundial con la consiguiente decadencia de todos los demás principios morales. Por
eso, Papini no es tan sólo un fenómeno italiano y mediterráneo, sino que su
tragedia cerebral se inserta en la europea; y, aunque sea con una obra discutible y no grande tal vez, se convierte en uno de sus intérpretes más sinceres-

Otros podrán quizá superarlo en fuerza creadora o en sentimiento, pero también es verdad que ninguno de los italianos de la época antibélica supo como,
él asomarse a tautos problemas actuales y darse cuenta de ellos, aunque fuera
de prisa y periodísticamente.
De suerte que, durante muchos años, dominó en Italia; y si como todos los
dominadores perdió muchas veces el sentido del equilibrio, cayendo-él tan·
enemigo del lugar común y de la retórica-en la retórica misma y en el periodismo, no es menos cierto que nos deja su epopeya espiritual en el Uomo jini- to; obra indudablemente defectuosa (en modo alguno obra maestra) pero po-tente y febril; una de las más vivas, si no la más viva, de cuantas la época post·
dannunziana ha visto nacer.

* * *

j
,i

Este es el Papini que la juventud italiana ha conocido y amado en la época.
prebélica. Pero, ¿cuántos de los que le hemos amado, que le hemos seguido,
que hemos creído en él, le son todavía fieles? Históricamente hablando, todavía es alguien; pero en la vida espiritual de hoy ya no cuenta: aventajado y·
olvidado. Con una c.aída casi tan repentina como l.; conquista, Papini se encaentra hoy, aunque todavía con muchos lectores, en una atmósfera qúe no
sólo no domina ya, sino donde ni siquiera se advierte su presencia. No e-s este
un fenómeno extraño ni uno de esos cansancios o náuseas que les toca sufrir a•
los escritores muy popul:ires; porque ya digo que la tirada de sus libros sigue
siendo grande y que, antes bien, aumenta; se trata, por el contrario, de un
hecho humano y moral, simple azar y pudiéramos decir que lógico. En efecto,
los. jóvenes que cuentan hoy en la vida italiana (y que mañana contarán más
todavía) casi todos vuelven de la guerra; y la guerra, además de darles uu
gran equilibrio, les ha hecho ávidos de muy otra cosa que bellas paradojas y
ágiles extravagancias. Lo que menos había gustado y amado en Papini era,.
por otra parte, de ayer: de una época frágil y desnutrida moral, literaria y políticamente; y el hoy se les muestn a estos jóvenes tan distante y diverso d&lt;'!l
ayer, que ciertas experiencias de antes de la guerra incluso parecen anacrónicas, cuando no retórica pura. Allá en la guerra los libros de l'apini siguieron
teniendo muchos lectores; pero, acabada la guerra, estos lectores esperabandel escritor amado no sé qué, pero sí ciertamente un libro digno de la tragedia
que ellos y el mundo habían padeci&lt;jo; libro que Papini no dió y que tal vez no,

�LA PLUMA

LA PLUMA

•dará nunca. No diré si esa expectativa era o no justa y lógica, que si bien se
mira la conclusión del impulso papiniano está precisamente en el Uomo finito,
allí donde se constriñe a una confesión estricta y disciplinada de las propias
aventuras interiores; y las pruebas y experiencias acaecidas a este libro no eran
en el fondo otra cosa que reincidencias, retornos, retoques de motivos autobiográficos, estilizados esta vez y arracimados en poemas. El he~h~ es que _Papini no volvió a ser hallado, y aparte sus posibilidades, tal _vez hm1ta~as, c1cr"tamente más cerebrales que emotiva!, a esta descentración repentma de su
posición en la vida intelectual italiana, contribuyó s11 ausencia casi absoluta
del mundo de la guerra, y no tanto física como espiritual. En efecto, todos re•&lt;:ordamos lo que en aquella época e-scribió: o literatura periodística o poemitas en prosa. unos y otros expresados como con voz indiferente y lejana, como
si no viese ni viviese con los demás, sino cncerndo en un mundo remoto,
ausente en absoluto de la tragedia que todos padecíamos.
A falta, pues, del milagro o de la obra maestra, los jóvenes a~miradores_d_e
.ayer advirtieron de improviso en él y en su óbra lo que en rcc1h~ad lo~ cnti-cos más sagaces habían ya notado antes de la gue-rra: una ausencia casi absoluta de sensibilidad, un esfuerzo completamente cerebral por épater al lector a
toda costa, una facilidad abundante, un escritor, en fin, más apt~ para disertar
-gustosamente de esto o lo otro que para crear. Incluso, se olvidaron los _momentos más bellos y padecidos de su obra, en la que babia, hay y se verá siempre un esfuerzo nobilísimo de comprensión y de eliminación, y le dejaron atrás
con fastidio y antipatía.
·
,
. .
Acaso él mismo presagiara que el consecso en torno suyo tema que d1sm1•
nuir, pero no tan repentinamente, y, sobre todo, no por parte de aquellos que
hasta ayer le habían sido fi~les: los jóvenes.

* * *
Lejos de los nuevos ya, la separación, lejos de disminuir, se act"nt~ó cuand_o
publicó la Storia di Cristo. Porque no sólo faltaba, después de do_s anos ~e silencio, la obra maestra esperada, sino lo que es peor, reaparec1a cambiado,
con una resignación súbita de viejo o de vencido. Los ideales de la generación
surgida de la guerra, podían quizá tender hacia una vida más nucv_a, más pur~,
más moral vibrar c:n ellos una necesidad de apoyos más sustanciosos, sentir
con urgen~ia cierta inexplicable inquietud, antes nunca sentida; pero entre cs316

tos 11eotimieotos confusos y la afinación ortodoxa de Papini hay harto espacio
vacío. Intuyó que, ciespués de la guerra, la generación que de ella volvía traería una fe; pero se apresuró harto a traducir esta intuición en acto, a darle wna
forma y un nombre. Por un lado, pues, espera inquietud y confusión; pero de.
otro una afirmación en demasía rápida y decidida. En suma; la Storia di Cristo
y la conversión consiguiente no dieron al desmovilizado la sensación del drama, sí más bien de un acomodo rápido, que no persuadió. En efecto, con todo
su éxito, la Storia di Cristo no esclareció ni medicó el trastorno espiritual que
la generación sufre, porque la expectativa era todavía caótica, en formación, y
pocos sentíansc ya maduros para un retorno decidido y total (no dramá~ico) a
la fe de la infancia. Por esto, el suceso fué ficticio, por cuanto en vez del camino soñado tuvo que seguir el libro otro más ortodoxo y más fácil, y encontrar la mayor parte de los lectores en los seminarios, en los conventos, en las
sacristías. Creían los jóvenes que después de la guerra Papini expresaría su
drama, ta l vez ayudando al aquietamiento de sus inquietudes; y. por el contrario, salió con un hábito nuevo: co::1 los cabellos blancos de ceniza, con un rosario en la mano. O harto poco, o demasiado.
En realidad habían creído exageradamente en él y en sus fuerzas. No era
un taumaturgo: era un hombre. Y su ingenio no podía encontrar nuevos acentos después de la guerra porque había estado harto solitario y ausente del dnma de todos; y porque, en fin, su drama, enteramente egoísta, había ya cerrado,
la propia parábola.
Entonces apareció, no como un genio del que se puede esperar quién sabe
qué, ni como figura mística de proporciones insólitas, sino como uu hombre de
gran talento que se había malgastado en las más bellas avunturas cerebrales, y
que, en un momento dado, encontraba cansado y maltrecho, reposo en Dios.
No era ya tampoco un hermano mayor de los que con la persuasión y el amor
pueden ayudar a los pequeños a zafarse de una dttda o un dolor. No podía
dar, repito, más de Jo que había dado (que es mucho), y si la Storia di Cristo
no es una obra maestra, si el Dizionario dell'omo selvático no nos da otro Papini nuevo-si su estatura, en fin, no sobrepasa la d~ sus contemporáneos-,
no por ello debe serles menos caro y próximo. Consciente o no, con ellos estuvo en su primera juventud, enseñándoles a despreciar tantas cosas falsas y
a reconocer la brizna de oro en el oropel, guía audaz y prote:vo, dcsenvuc:lto
y animos() ca una t.poca de retórica y de énfasis.
En la historia de su formación espiritual, encuentre un día o no quien Jo.

�LA P L U ~1 A

LA PLUMA

supere, ha obrado como un ácido corrosivo, y si los jóvenes de hoy y de ayer
se ver. libres de muchas escorias a él se lo deben también, y tal vez a él sobre
todo. Si hoy está encerrado en el círculo de una fe y ha perdido todo motivo
de drama, los que queriendo creer no creen todavía, deben mirarle, no como
vencido en todo caso, mas como a un liberto, pues que se ven ligados a la ca•dena de su tragedia cotidiana y sin haber escrito, ¡ay!, su Uomo finito .
MARIO

Puccuu.

Sobre Papmi: Renato Fondi: (.Ju construttore: Giovanni Papini (Ed Valeccki,
Firen:;e).-Donatello D'Oratiio: Giovanni Pappmi.-Giuseppe Prezzolini: Discorso
su Gior,anni Papini (La Voce-Firenze).

BÉLGICA
FLAMENCA. Deseo consagrar la· crónica de este trimestre a una parte de la literatura belga, donde todavía no he
tenido ocasión de llevar a los lectores de LA PLuMA: me refiero a
la literatura de expresión flamenca.
No ha de olvidarse qu~ más de la mitad del pueblo belga no
posee el francés como lengua materna ni como lengua usual, y sería soberanamente injusto dejar correr b. leyenda de que el flamenco no es un idioma, sino
un patois, que no merece ser estudiado. Si fuese a enumerar, aunque sucintamente, las obras pujantes y ricas de verdad que constituyen el patrimonio de
la lengua flamenca en el pasado, un cuaderno entero de esta revista no sería
bastante. Nadie puede ignorar que el místico Ruysbroeck, el Admirable, escribió en flamenco sus ,Naces Spirituelles•; que flamenca halló su primera expresión el célebre fabliau medieval Le Roman dr, Renard; que en flamenco
escribió el buen Cats, el moralista más popular de todo Occidente en el siglo xvu, y que el flamenco fué la lengua preferida por la pléyade de sabios y
artistas q11e hicieron del Renacimiento Septentrional uno de los momentos más
emocionantes de la vida universal.
Dien sé que la horrenda política, muy pronta en todo país a degradar las
causas más bellas, y a oscurecer lo que está claro, se ha cebado en la cuestión
•de la literatura flamenca, como en todo lo que, de cerca o de lejos, atañe a la
tTnATUllA

318

disputa de razas y de lenguas que actualmente amenaza la existencia misma de
Bélgica. En cuanto a mí, que no soy flamenco, y que tengo la fortuna de vivir
apartado de la política, me encuentro bien situado para estudiar cdesde fuera•
la eflorescencia literaria flamenca, desdeñando los puc.tos de vista accesorios,
y tomando en cuenta únicamente el carácter de eternidad que aporta al espíritu europeo.

Es innegable, para todo ei que no esté ciego por los prejuicios, que la literatura belga de expresión flami-nca es actualmente mucho más rica v viva que
1a de expresión francesa. Esta sufre con rara violencia la atracción de los
grandes movimientos literarios de París, y todos sus elementos de valor son
uno tras otro, absorbidos por Francia. Los literatos flamencos encuentran e~
Holanda editores y público, pero no sufren espejismo alguno, ni alucinación
ni anexión intelectual. Holanda es un país muy poco centralizado; esto le ca~
racteriza. No hay cu el mundo un país en que las grandes ciudades se bailen
tan próximas, Y donde el espíritu local o de campanario se desenvuelva tan
p?co. Flandes es simplemente una provincia de la literatura holandesa, y nadie, en Amsterdam ni en parte alguna, pretende atraer a nuestros mejores escritores y desnacionalizarlos.
La literatura flamenca ofrece, pues, el doble carácter de ser el fruto de una
escuela regional y de ser totalmonte independiente. En fin-privilegio de un
pue~l~ pequeño a qui~n le está vedado el proteccionismo moral-, repudia el
narc1s1smo que en la literatura francesa, por ejemplo, ha causado tantos estragos durante el siglo último.
No me detendré en la historia de la literatura flamenca desde la liberación
de Bélgica en 1830. Diré tan sólo que el movimie'.ltO de renovación que trast?rnó, hacia 1830, la vida intelectual de los belgas de lengua francesa, repercutió en Flandes. Frente a la •Jeune-Belgique• de Max Weller, frente a cL'Art
.Moderne•, de Eumile Verhaeren y de Edmond Picard, hubo la famosa revista
de Auguste Vermeylen, e Van Nu en Straks• (literalmente: De ahora y en seguida¡ paráfrasis del folleto de Charles Marice: cLa litterature de Tout-á1•Heure• ). Diré también que esa revista vivió más de diez años y que fué una
de las pocas •encrucijadas• europeas que los diez últimos años del siglo pasado ofrecieron a los jó\•enes ya cansados del estribillo realista en estética y del

�LA PLUMA
chauvinisme en política. Auguste Vermeylen, novelista pujante, fué sobre todo
uno de los críticos más grandes de su época, y s6lo Albert Verwey, el genial
ensayista holandés, pudo hombrearse con él. En torno suyo se agrup6 una pléyade de poetas, de novelistas y de dramaturgos. No entraré a enumerarlos,
para evocar tan s6lo el nombre de Guido Gezelle, cuya gloria habrá llegado
probablemente a España, pues en los últimos diez años le han consagrado en
Francia algunos libros.
Todo esto, es el pasado. Si me he detenido tanto en ello, sírvame de excusa el que la generaci6n actual es muy digna de sus ~ntecesores. Digna por la
efervescencia cordial y mental de los jóvenes, y también por el talento excepcional y la importancia verdadera de muchos novelistas.
Desconfío un poco de lá fiebre que devora a la juventud, porque descubro
demasiados móviles politicos, y no puedo establecer una se¡,aración entre los
elementos sanos y los sospechosos que rivalizan en ardimiento en la recia lucha empeñada entre Flandes, vanguardia del germanismo en Occidente, y los
fanatismos pseudo-latinos. Algunas revistas, como «Ter Waarheid• (Hacia la
verdad), cuentan seguramente entre las más simpáticas y mejores de este período de la post-guerra; pero aguardemos, para hablar de ellas a fondo, a que
resistan las tentaciones de la política y la prueba del tiempo.
Pero no me valdría excusa alguna si en esta revista donde tengo el honor,
ya va pz.ra dos años, de escribir la crónica de las letras belgas, continuase sin
decir nada de hombres como Cyriel Buysse, Styn Streuvels y Félix Timmermans, cuya significación rebasa infinitamente las fronteras de su país. Pertenecen a tres edades diferentes del pueblo flamenco-donde, como en la Alemania expresionista, las generaciones se han sucedido desde hace un cuarto de
siglo. al paso de carga, ~iguiendo la una a la otra con diez años de diferencia
apenas-; representan toda la vida intelectual, todas las tradiciones, todos los
atavismos que una nación vieja puede descubrir en sí después de edades de
!silencio y de las pruebas de la ocupación extranjera. Cada uno de ellos ha
profundizado un poco más que su predecesor en el viejo corazón flamenco;
cada uno ha hecho su descubrimiento en esa excavación sentimental; cada uno
ha sacado a luz, honrándolo, un poco del patrimonio de los antepasados. En
tanto que Buysse se detenía en el espectáculo externo de la vida flamenca Y
describía su candor fastuoso y sonante, Streuvels interrogaba al campesino,
sondeaba su alma, y reconstituía su ánimo tradicional en sus marcos inmutables y-el vocablo no es excesivo-trágicos, Timmermans resucitaba a LJylens.
320

LA PLUMA
diegel. es decir, el misticismo, el heroismo generoso y descuidado y la jovialidad de esa Flandes «tenaz de corazón• que Verhaeren ha ca, tado
d" ·
mente.
'
pro 1g1osaCyriel Buysse pa~a ya de los cincuenta. Físicamente, evoca bashnte bien
el flamenco de la caricatura y de la fábula: alto colorado s
,
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•
.
.
•
, angurneo, e arrnaan recia, gran reidor y parlanchín traaón y bebedor te "bl
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"
mt e, un poco salaz y
romtsta. Vive cómodamente en una vasta finca cercana a G t
•
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ao e, con cierto
aire e sen~r del lugar. Su capacidad de trabajo asombra. Ha escrito y publicado unas crncuenta novelas y colecciones de novelas cortas a ·t' ¡
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, 1 1cu os que reum os ormarian cien volúmenes y varios dramas Ad · d d M
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·
mira or e aupassaot
y_ de todos los naturalistas
franceses y extranJ· eros él solo O
•
1
.
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,
, casi so o, representa desde hace trernta anos el naturalismo flamenco H l
d
d
.
. a 0gra o ver ade ras obras maestras prntando la vida rural y campesina, y ciertos cuadros de
cost1,1m~~-es aldeanas, como Het Ezelken (traducido al francés con el título de
Le Bou1r1quet), o _como &lt;La Novela de un ciclista, son absolutamente perfectos.
No ocultaré, ~m embargo, que todo el talento de Buysse no basta para ate1:uar la. monotoma q_ue de uno a otro de sus libros reaparece y persiste. Estétic~ anhcuada,_en pr~m_er lugar; pero, sobre todo, una mentalidad algo rudimentaria, y demasiado raptda satisfacción ante el aspecto externo
1 · l
fl ·
.
, Y a veces ante
e s1mp .: re eJo de la_ vida ~am~nca. Sus campesinos son demasiado simples
Y regoc1Jantes, dema~1ado bien diseñados. En todos sus libros resalta demasiado el af.ln_ de crear tipos, y de jugar con cuatro O cinco temperamentos, siempre los mismos, por el gusto de contar anécdotas.
No hay siquiera en Buysse, como lo había en Zola, el propósito de escribir
una ep.opeya de la vida cotidiana y de la burguesía contemporánea; en vano
buscanamos la sombra de un estudio psicológico; como en Maupassant, a quien
;entaba hace un m?mento, no hay más que una selva de anécdotas, un rosario
: sucesos, una sene de «cuadros de génern• siempre ejecutados leal y limpiamente, pero muy faltos de lirismo.

* * *
Styn Streuvels el! u11 artista de más fina calidad. Hijo de un panadero de
aldea, fué taho~ero muchos años, y al fulgor del horno paterno, vigilando la
cochura,, a~rend1ó a leer, y devoró Juego las obras de los grandes clásicos y de
los romanticos famosos, que adquiría en ediciones populares, a diez céntimos

XXI
32 1

�LA PLUMA

LA PLUMA

el volumen. Para ensanchar el área de sus lecturas, Streuvels aprendió, solo,
el alemán, el francés y rudimentos de inglés. Para penetrar mejor en las dificultades técnicas vencidas por los maestros cuyas obras estudiaba, trató de escribir y de imitarlos. Cuando se lee el relato de la juventud de Styn Streuvels,
que acaba de llegar a los cuarenta y sólo hace quince años que abandonó e l
oficio paterno, nos parece leer un cuento de hadas o la historia legendaria de
un héroe de la Edad Media. Sin embargo, bajo su pintoresca traza, nada más
auténtico.
Styn Streuvels es grande, sobre todo porque ha logrado manifestar los elementos de eternidad que hacen solidarios a los hombres a través de los siglos
y de los pueblos. Flandes no es yd para él un tema de pintura truculento, sino
el cristal de aumento a través del que descubre a la humanidad. Dos de sus
libros, por lo menos, figuran entre las grandes obras que han enriquecí?º al
espíritu humano en estos cincuenta años últimos: cl\linnehandel» (comerc1~-de
amor), y el muy reciente cPrutske• (diminutivo afectuoso que se da a un mno):
Este último libro, sobre todo, es superior a todos los elogios; desde cHenn
Brulard•, de Stendhal, no había vuelto a leer una evocación de la infancia tan
conmovedora, un cuadro tan minucioso y tierno de las emociones r;imples, de
)os descubrimientos triviales, de las tranquilas alegrías que constituyen la trama de la vida desde el albor de la conciencia hasta el ingreso en la escuela.
¡No más color local! ¡No más sabor flamenco! El espectáculo df: la vida e? su
carácter de eternidad, simplemente bello. No sé si Styn Streuvels nos dara algún día un libro de calidad superior a este; pero sé que con este le sobra para
ocupar un puesto en primera línea entre los maestros de la época.

*

*

*

Félix Timmermans es más joven: apenas treinta años. Puede decirse que
basta ahora lo que ha hecho es una magnífica salida. También él desempeñará
su papel en este nuevo Renacimiento del Norte que se amplía desde hace veinte años. Estoy seguro de que París, que muy pronto descnbrirá uno de sus
libros, publicado en la excelente Colección de Prosistas Extranjeros Modernos
(F. Rieder, editor; en la misma colección se han publicado dos novelas de
Buysse. De Styo Streuvels nada se ha traducido aún, desgraciadamente), le
acogerá con el entusiasmo que Holanda y Alemania han puesto en el elogio del
joven escritor.
322

Félix Timmermans se ha dedicado sobre todo a describir la Flandes místi-ca y grave, la Flandes unánime en su fe rudimentaria, pero tenaz. Su cKindeke
Jesus in Vlaanderen• (El Niño Jesús en Flandes), posee la dulzura y la serenidad de un cuadro de Breughel el Viejo, y •Pallieter» es una de las rarísimas
novelas que se substraen a la clasificación. Pero ni uno ni otro Yalen lo que un
breve relato, satírico y místico a la i,ez, como los cuadros de los viejos artesanos de los siglos xv y xvr, que Félix Timmermans acaba de publicar con este
delicioso título: cDe zeer schoone Uren van Juffrou Symfforosa, bcgfntje• (Las
bellísimas horas de la joven Sinforosa, beguina).

* * *
No quiero sacar una conclusión prematura de esta crónica, que no tiene más
fin que el de revelar la existencia de tres escritores notables a los lectores de
LA PLUMA, que probablemente no los conocían. Me creerán por mi palabra si
les digo que esos tres maestros, por razones y en grado diferentes, merecen
los mayores afedos y respetos; son los abogados admirables de un pueblo pequeño, que, en todas las épocas, ha. sabido honrar el pensamiento y el arte europeo. Los tres siguen trabajando, y su apasionada evolución no ha concluido, ni
mucho menos. Otros muchos escritores de talento les rodean, el noyeJista
Toussaint de Boelare, el poeta Van de Woestyne, etc., de quienes hablaré en
otra ocasión.
España ha vivido mucho tiempo en estrecha cohesión con Flandes, y no
puede desentenderse de su vida actual ni de la resurrección que aquí está
-cumpliéndose. Y Flandes no ha olvidado que Rubens, su pintor más grande y
su embajador más ilustre, escribió en una de sus últimas cartas, que viene a
ser un testamento político: «Sólo dos países merecen que uno dé la vida por
ellos: el mío, y luego España. O mejor dicho: España, y luego el mío!»
PAUL

COLIN.

�LA PLUMA
CATALUÑA

[I

,

poeta Ventura Gassol acaba de publicar un cuaderno de poesías.
patrióticas con el título de Les tombes flamejants. En la portada se
ve una nave simbólica, llevando como leyenda dos versos del pequeño libro:
cCatalunya, pátria nostra
vola com un nau!,

L

Los versos son una continuación, interrumpida durante algunos años, delas viejas Englantines de los Juegos Florales de otras épocas. Un joven poeta
de la nueva generación, tan llena de inquietudes espirituales, :iigue los pasos
de Picó y Campamar, del propio Guimerá, de Arturo Masriera, de Matheu.
Aquellos acentos de poesía patriótica que llenaron los ámbitos del noble salón
gótico de Llotja, en el clásico primer domingo de mayo, se renuevan hoy deUI'a manera idéntica. Gassol sigue escribiendo en la forma fácil del romance
arcáico, con los mismos tópicos. Et Calzer de Pau Clarís, L'ombrá den Jascint
Vilossa, son hijos directos de El cap den Josep Moragas y de Poblet, del gran
maestro Guimerá, sin ir a buscar otras ascender.das más o manos remotas.
Constatar tales hechos, después de los J3oemas ultramodernistas de PérezJorba y de Salvat Papasseit y del.hermetismo de difícil interpretación de LópezPicó, es casi una sabrosa venganza de los viejos maestros olvidados.
Parece que Ventura Gassol quiere especializarse en esa corriente de imitación de viejos modelos. Parece existir en él un prurito de prescindir de su
personalidad para fundirse en la personalidad de los demás. En los actuales
tie mpos de orgullosa presunción, el caso de humildad de Gassol es único. Cia.
ro está que nosotros preferimos de su breve libro aquellas cosas donde la personalidad del poeta sobresale, como, por ejemplo, en aquella Oració de l'onzede setembre, que es la más acabada de las composiciones del cuaderno:
«Santa María del punyal daurat
que vetlleu el meu son de cada día ...

........ ............. ...................

I em sento el front i hi veig el ce! mes blau
i em sento el llavi i tinc la veu mes clara
i cm sento el pit i hi neix una ample pan,
que J 'esperit se n'omple i se n'amara.,
324

LA PLUMA
El poeta que nos acaba de producir una sorpresa profunda es Joan Arús,
con su libro, de verdadera transcendencia para Jas letras catalanas, llibre
d'amor.
. Si hemos de ser francos, y esa es la primera condición del crítico, no nos
11_1teresaba la producción poética de Joan Arús. Por curiosidad leímos concienzudamente su primer libro de versos Canfóns al vent. Admiramos allí una
gran facilidad de versificación, aquella facilidad que es en los jóvenes un defecto. Poseía º?tables condicic,nes ¡;¡ara el cultivo de la poesía. Para un joven
q~e hac~ las primera~ a_rmas en el campo publicando su primer libro, no s~ pod1a pedir más. Pero v101eron nuevos libros, Sonets, Noves Canfóns, Et !libre de
les donzelles, El cant dispers, La mare i l'infant i a/tres poemes. El poeta no hallaba su verdadero camino renovador. Seguía, por apartadas rutas de facilidad
Y d~ repetid~~• su canto joven. Creíamos que sus pies no pisarían ya nunca el
c_am1no defimhvo. Glosando madrigales creíamos verle siempre, publicando sus
1
1bros C&lt;,11 admirable constancia, pero sin ningún interés para nosotros.
Por eso la sorpresa de Llibre d'Amor ha sido como un milagro. El poeta ha
encontra~o su verdadera inspiración, ha producido algo nuevo y único en
nuestra literatura catalana. El adolescente se ha hecho hombre. Ha sido una
mujer quien ha obrado el generoso milagro, ha sido la esposa, la madre. El
poeta ha roto con todos sus libros anteriores, con los madrigales demasiado
fácile~. He empuñado la nueva lira de la felicidad doméstica para hallar su
verdadera e inconfundible personalidad.
Ya el soneto de ofrenda a su musa viva, no mero concepto de idealidad
como Beatriz o Laura, sino musa de carne y hueso, nervio de poesía inicial,
vale por todo un poema:
•Si !'amor ens va fer 13 mercé d'un infant
que innndá nostra llar d'un esclat d'alegria
-Oh, suprema eclosió del contacte vibrant
que sap fer de dos cossos una sola armonia!d'altre guisa també !'amor nostre floria,
que l'espós al poeta no llevava son cant,
i el contacte deis nostres esperits, palpitant
d'emoció, la virtut del meu vers dexondia.
Dins les meves entranyes jo també !'he portat.
aquest fruit, i, com tu, n'e sentit el combat;

�LA PLUMA
mes ja !'ánima meva n'es avui afranquida.
Oh, Muller! Si tu em daves aquell fill tan formós.
aquest fil! t'ofereixo, que es també de tots dos;
pren-lo, donos, i enarbora'l a la llum de la vida!&gt;
De su pasada eclosión de madrigales habla el mismo poeta con palabra cálida de emoción, con frases lapidarias:
cCalia !lenca al vent totes les roses velles
i aspirá en una sola l'encís de totes elles.
Calia recullir en un tots els meus cants
i posá el meu destí en unes soles mans,.
Pero la perla del libro son esos diez Sonets a l'Esposa. Para recibir ese breve y gran poema de amor la poesía catalana debería vestirse de fiesta, sonando a gloria todas las campanas. Aunque Joan Arús no escriba nada más que
esos diez sonetos, ya tiene su inmortalidad ganada, junto con su musa, dispensadora de felicidad. Nada de inquietudes; todo es serenidad, apacible remanso
de aguas límpidas. Yo denominaría esos admirables sonetos, siguiendo los pa·
sos de Baudelaire, Flores del Bien. Da la sensación de uno de aquellos frisos de
Puvis de Chavannes, como el que ciñe de serenidad el espléndido anfiteatro
de la Sor6onne o los muros inmensos y glaciales del Panteón. Allí todo es re·
poso, los tonos cálidos se apagan, las figuras se yerguen puras, los árboles son
esbeltos, los símbolos aparecen como almas de inmateriales vestiduras. Así, en
nuestro momento actual de fiebres y de luchas, esos diez sonetos aparecen
como un remanso de serenidad donde el alma descansa, donde no hay crudezas de sol y de coloraciones, sino una luz suave que difunde su pureza sobre
esa trinidad de figuras admirablemente vivas: el poeta, la esposa y el hijo.
Pere, súbitamente, aparece otra imagen más pálida: la de la madre muerta del
poeta, como aquellas almas que surcan el cielo en los frisos simbólicos de
Puvis.
•Jo no sepas quina divina cosa,
quina guisa de joia i de conhort,
cada vegada a vibrar mon cor
quan el meu nom en el teu llavi es posa.
Nova virtut ha aparés de tu, oh, esposa,
i un drinc mes bell q11.e ni !'argent ni l'or.

')

LA PLUM:\
Com un metal] que soterrat reposa,
tu !'has brunyt i l'has toroat sonor.
En els teus llavis el meu nom s'aclara
i s'acolora d'intim sentiment;
si algun cop em fou tan dolc com ara;
si algm1a veu cm porta al pensament,
aquesta veu se ]'ha emportada el vent,
car es la veu llunyana de la Mare.

........................................

Oh, dolca pau! Oh, nit lenta i profunda!
Pels homes i les coses ets fecunda,
i ara que tot sembla morí un instant,
al ventre invulnerable de !'esposa,
qui al meu costat quietament reposa,
creix la llevor divina d'un infaat.
Després vindrá la clara primavera,
esdevindrá la llum mes riallera
i floriráa la rosa i el clavell,
perqué quaa ell desclogui la parpella
copsin sos ulls !'alegre maravella
de veure el mon amb son esclat mes bell.

............ ............ ................

Voltea mon coll tos bracos, fent garlanda;
un foc de besos el meu front abranda;
talment diria que jo soc l'infant.,
Esos acentos no son poesía de hoy ni de mañana, son poesía eterna, la que
no sabe de cenáculos ni de modas literarias, ni de artículos periodísticos, ni de
éxitos de estime.
Que la aparición de Lli61·e d'Amor haya despertado más o menos el entusiasmo de los «pseudo-críticos, de los periódicos y revistas catalanas, no im·
porta. De toda la juventud catalana, incluso de muchos que ostentan ya la adoración de maestros, no quedará nada. Y Llib,·e d' Amor, en cambio, quedará
siempre.

J.

MASSÓ

V IINTÓS.

�í..,A PLUMA

LA PLUMA

' [1-

TEATROS

POÉTICA.-Eduardo Marquina y Luis Fernándcz Ardavín,
cuyo Pavo Heal y cuyo Doncel romántico han sostenido por sí solos
brillantemente el peso de las responsabilidades del teatro de ver•
so en la temporada de invierno de la corte, se han unido para re;.
cibir a la Primavera, trayéndonos la Rosa de Francia, que la compañía de Carmita Oliver Cobeña ha repre.;entado como único aliciente de su
breve temporada.
Felicísimo maridaje el de estos colaboradores circunstanci3les, el fruto ha
sido logrado en toda su intención. Juego de comedia llaman a la lindísima farsa Marquina y Ardavín, como dando a entender desde luego que no entra en
su propósito ninguna transcendencia perturbadora del ·simple agrado natural
que p!ieda buscar en un teatro el espectador descuidado. Pero ya este propósito sencillo implica cierta importancia, por el hecho sólo de que se salven con
'6ª intención los fueros del teatro poético, menoscabados estos últimos tiempos en el ánimo de las gentes por la presunción de que toda comedia en verso
estaba irremediablemente vocada a1 heroísmo más sonoro.
Con gracioso desenfado y despreocupación de la Historia, los poetas de
Rosa de Francia han inventado una intriga picaresca tomando como pretexto
la corte de Luis I, pacatísimo Dafnis de la avispada y pizpireta Cloc-Isabel•
fior~s de un día en los reales jardines de España.
Pese a la intolerable representación que la comedia ha padecido, especialmente en lo que hace al papel de protagonista, sacriácaóo a los ratimagos que
una torpe experiencia ha injertado en la presunción descaraduela y b.mentable de la señorita Oliver Cobeña, Rosa de Francia ha producido el efecto que
sus a:.itores se proponían, trayendo a la escena del desacreditado teatrito de la
calle de Cedaceros el espectáculo insólito de una gracia sin chocarrería, de
una poesía sin retórica, de una composición de estilo en fin, proporcionada, justa y gustosísima.
No obstante la compenetración de los autores haya sido cabal, de suerte
que no se advierten ensambladuras ni parches o enmiendas de distinta mano,
es patente el buen resultado de una colaboración tan atinada. Pues sin que aea
dado atribuir distintamente a uno o a otro este o aquel pasaje o escena, son
de notar cierta gracia como más juvenil y suelta, cierta desenvoltura y ligereza
en la acción, cierta seguridad en el vocabulario, cierta contención y rigor lógi-

~

RlllAVERA

cos, con que, sin duda, se han compensado muy afortunadamente defectos y
faltas de otras obras de Ardavín o de Marquina.
No creemos, en cambio, que los que afean La Seca, drama rural en verso
del señor Alvarez Sotomayor, puesto en escena con todo ccl grito en el cielo•
-que la obra requiere, por Borrás, tengan enmienda posible. Sólo, si posible
fuera, que varios ingenios se avinieran a aunar sus esfuerzos a semejanza de lo
que otros clásicos hicieron en siglos áureos, sería de desear la coofa:.iulación
-de poetas del estro y la vena del señor Alvarez de Sotomayor, el señor López
Martín, el señor Ch:imizo, que urdiendo, con la recia trama que sólo son capaces de hilar el señor López .Merino y el señor Martí Orberá, pongo por temperamentos acusados, un engendro dramático, consintieran en darnos la cifra
y compendio de las posibilidades perdidas en vanos esfuerzos de una a otra
temporada, siquie1a sean tan estentórean:ente premiados como lo fué, por el
entusiasmo entre mercenario y amistoso, La .Seca el día de su estre ■ o.
EMBRUJAMunrro.-Más preocupado Borrás que otras veces de remozar los títulos, ya que no el sistema de su repertorio, no bien agotado el éxito de La
Seca. ha puesto en escena el drama póstumo de López Pinillos. Truncado como
los anteriores, estropeados por efectos arbitrarios rasgos dramáticos de indu dable fuerza y originalidad, hay en el último drama del autor de Et caudal de
tos hi_jos un tipo labrado en la cantera de Las águilas, tipo cuya humanidad,
muy bien realzada por la interpretación del señor Ruiz Tatay, uno de los pocos actores de conciencia y entendimiento que pisan escenarios españoles, llega a penetrar el artificio del drama de un aliento de pasión y vida.
Y hay en Embru_jamienlo también el mismo dfán, apuntado siempre y logrado algunas veces, de concisión dramática, de adecuación de los sentimientos a
un diálogo corto y expresivo, matizado de réplicas violentas, dispuestas a obt~ner un afecto creciente de atención sobre el drama mismo, y no a distraerla
con adornos y apliques.
De desear sería que el propio Borrás-si no fuera gollería pedirle tanto a
su deonplicación inveterada-intentase una serie de representaciones escogida
de las obras de Pinillos, con tendencia a afianzar en e: repertorio tres o cuatro
al menos de las más conseguidas, o de las más intercsa1'tes, pese a su mal éxito
de estreno-Las alas, por ejemplo.
No estos dramas de falso ambiente rm·al como Embru_jamienlo o Esclavitud,
sino algunas comedias satíricas, Los senderos del mal o A tiro limpio pudieran
ser buena escuela, ya que la suerte ciega mató para siempre el ánimo de lu-

�LA PLUMA
LA PLUM.-\

I

cbador denodado que fué Pinillos, de dramaturgos en ciernes, capaces de intentar la vinculacióR de una realidad dramática moderna a la tradición española.
.
HACIA UN TBATltO Nuavo.-Adrián Gual ha dado una conferencia en el Ateneo de Madrid. No hemos de incurrir en la vulgaridad de todos los presentadores de conferenciantes, dando por sup11esto el perfecto conocimiento en qut"
el público se halla de la personalidad del orador. Adrián Gual lleva un cuart_o
de siglo trabajando, y trabajando en un~ labor espectacula: ~or e~cclenc1a
como es el teatro, y, sin embargo, el público, fuera del restringido circulo de
la actividad artística barcelonesa, le desconoce. Mucho ha tenido que influir,
sin duda, eo ese vacío, la limitación catalanista a que se ha visto sujeto dentro
de su actividad. No quiere esto decir que Adrián Gual se baya encerrado voluntariamente en un criterio nacionalista que pugne en modo alguno con los
fueros intangibles del Arte; pero es lo cierto que el Estado espaiiol no ha hallado ocasión de ayudar sus iniciativas, que la Mancomunidad catalana ha podido amparar al cabo creando la Escuela Dramática de que Gual es director en
Barcelona.
No es esta oportunidad de su conferencia razón bastante para soslayar con
pocas palabras Ja teoría de Gua! acerca del teatro. En términos_ generales, ~ua¡
sueña cen el ideal de un teatro no religioso ni social por adscrito a determ1na·
da religión o política, sino social y religioso en sí mismo, como_ el templo d~l
Arte, religión del porvenir. La irregularidad, pues, o mejor dicho, el espacio
que Gual pone siempre entre una y otra de las manifestaciones pública_s de su
teatro, no responde a dificultades materiales que impidan la celebración ~el
rito diario más precisamente a la !lecesidad de que el espectáculo sea un nto,
una participación espiritual del p(iblico, vocado de antemano a la religión teatral. Gua! mantiene, por lo tanto, la barrera entre teatro artístico y teatro al
uso y, Jo que es más, cree imposible por razones fundamentales de constitución la fusión del teatro artístico y el teatro industrial.
No es esta ocasión de dilucidar su teoría, expuesta en la conferencia del
Ateneo. Pero Gua!, repito, lleva veinticinco años trabajando en su Teat,·o Íntimo de Barcelona, donde su labor semejante y superior en muchos aspectos a
la de un Lugné-Poe, a la de un Copeau, a la de Gordon Craig, a la de los rusos
célebres ya, no ha tt"nido en España y América el influjo que debiera.
.
Autor dramático desconocido en Madrid, pese al revuelo que con motivo
del estreno de La Malquerida suscitó la semejanza manifiesta de la obra de Be-

navente con Misterio de Dolor, estrenado con gran éxito en Barcelona años antes, su concepto del arte dramático, por más que en sus intenciones últimas no ,
coincida con el nuestro, encierra las ónicas posibilidades de salvación del teatro agonizante en la mentecatez de sus actuales detentadores. Sean cualesqlliera las consecuencias de su doctrina de redención de la humanidad por el teatro, hay un punto en que sus aspiraciones ac~uales coinciden con las de todo •
eJ mundo civilizado en punto al arte teatral, a saber, en la necesidad de que la
representación dramática dependa no de la voluntad omnímoda del autor, ni ,
menos en la de los cómicos en libertad, sino de la del director de escena que
acopla al texto la declamación, los gestos, los movimientos de los actores en el
cuadro y la luz convenientes, dentro de un ritmo total, de una coloración, de
un concepto orgánico del que él sólo es responsable.
Esa es la labor del Tea/ro Íntimo, donde han tenido acogida digna lbsen y
Haoptmann, a su hora, Benavente en sus comienzos, los grandes griegos y los .
catalanes de cada momento, presididos por alguna representación magna,
como la de la Nausicaa de Maragall, Shakespeare y Moliere siempre. Esa es la
labor del Teatro Íntimo, nombre que no significa exclusión del elemento popular, sino el recogimiento, en todo caso, de la cripta de la catedral en construcción, donde se alimenta la fe con el oficio divino en la capilla provisional; la- .
bor que nos apercibimos a exteuder de Barcelona a Madrid y por toda España
después, unas cuantas gentes de buena voluotad que vemos en la dirección de
Gual no un intento sin realización posible, más la realidad halagüeña de uu camino de perfección por entre jardine!'I floridos.
UN cúneo

I!fCIPUWTa.

3:IO

33 1

�LA PLU~lA

LIBROS y

REVISTAS

Rabindranath Taf{ore.-El Ca,·tero del Rey.-(Poema dramático.) (Con una
canción de Juan Ra111ón Jiménez.) Trad. de Zenobia Camprubí de Jiménez y
Juan Ramón Ji:nénez, editores de su propia y sola obra.-Madrid, 192?.
Hemos recibido este nuevo ejemplar de la preciosa traducción de las obras
de Tagore, con una dedicatoria expresiva: •A C. R. C. por gusto y recreo, no
por nora.• En esa dedicatoria está todo Juan Ramón Jiménez, su finura, sus
complicadas reservas mentales, su recato, su pudoroso orgullo. Solemos los
españoles respetar demasiado el privad&lt;:&gt; del homb~e públic&lt;:&gt;· La costumbr_e
literaria francesa permite, no ya al admirador, 31 simple cunoso, t?marse_hbertades que aquí diputaríamos escandalosas Yo prefi~ro,. en gracia a la!ºtendón, arrostrar el sincero descontento de Juan Ramon J1ménez y anunciar
así a los gustadores selectos de su poesía, la nueva llegada de Et Cartero del
Re'II, cuyo pertume quisiéramos inundara las salas infectas donde todo dramón
tiene acomodo.
De antiguo tiene asignada la esperanza un color, el verde; un verde sobrenatural, más tierno, más ciaro, más regado de lágrimas consoladoras que el
verde del campo, que el verde del mar, que el verde de los ojos verdes: el verde-esperanza no admite definición ni cotejo. No sabíamos que:el verde-esperanza tuviese tan suave olor. Ni cómo-milagro de la poesía-Zenobia y Juan
Ram1n Jiménez han podido transvasado del arca hermética de Oriente a nuestro corazón, sin que su aroma se diluya. Gracias sean dadas al poeta y a su
musa compañera.

*

* *

Marmom1et.-Au Lion tranquille.-Roman. Bib. des Marges. París, Librairie
de France.

Esta novela ha suscitado en el ambiente literario de París una curiosidad
primero, una opin!ón favorable después, muy por encima de la bullanga recla,mista de los prem10s al uso y de lai grandes tiradas escandalosas. Se trata de
332

una nov~la de ªI?aches, escrita por un tipógrafo, conocedor por experiencia,
del medio que pmta y, lo que vale más, fiel traductor en argot sin contaminación de literatura melodramática, del espíritu de sus héroes. A.u Lion tranqu;lle es el título de la hberna donde acostumbraba reunirse !\farmouset con su
J\len_tor y_ compañeros de la pequ_eñ:i b~nda .. La simplicidad narrativa con que
el historiador refiere la novela, sm mtnga 111 trucos, de sus andanzas. la natu-ralidad con que se cumple la ley del destino cotidiano de los hombres, hacen
de esta cróni~a de París un documento inapreciable. Alguien ha llegado a citar, a propósito de Marmouset, los nombres de Saint-Simon y de Madame de
Stai::l.
Seda de desear que apareciese entre nosotro•, alguien capaz de imitar el
ejen:iplo ,·ealista del tipógrafo que esconde su nombre honrado bajo el pseudómmo de Marmouset. Su labor, tan difícil como la de suscitar en la literatura
española otra cualquier derivación de las últimas tendencias ultrapirenáicas,
rendiría mejores frutos.

* *

*

Giorgio Del Vecchio.-Tt Collegio di Sja!(na a Bologna.-Estratto dall'Annvario della Cultura Italiana•. f'er il MCMXXIII presso «La Fionda•, in
Roma.
El Prcf. Giorgio Del Vecc.hio, catedrático de la Universidad de Roma, fué
nuestro maestro en Bolonia. b:I recuerdo de las horas amables en que nos &lt;lis- pensaba el placer de su compañía, revive nuestro agradecimiento por el ftlósofo ilustre, que con exquisito gusto se ha complacido en trazar en breve monografía las vicesitudes d el antiguo Colegio de San Clemente de los Españoles.
cuyas piedras nobles pregonan todavía la gloria de su fundador insigne, el
cardenal Albornoz.
Restaurada recientemente la fábrica del Colegio, ya que no el decaído espíritu de la fundación albornociana, la discretísima contribución del Prof. Del
Vecchi~ a(ª obra de aproximación ítalo-hispánica, tan eficazmente propuganda
hace sets siglos por el gran arzobispo de Toledo, merece la gratitud rendida de
cuantos hemos gustado nuestros años mejores en el grato descuido de la cfosca
turrita Bologna•, cuya nobleza secular turbaban ya, en magnífico trance, los vivos destellos de la Cuarta Italia.

*

* *

Silvio Kossti. -Ejzgramas.-Ed. Pueyo.-xcMxx.
He aquí un libro inactual. Ningún pretexto justifica el que lo señalemos
ahora a la intención del lector curioso de novedades. Hace algún tiampo que
se publicó; no tanto, sin embargo, que ningún «Azorín, pueda ensayar en él
sus facultades de inventor de tesoros literarios cuyo gusto poder compartir
con la lengua de los académicos. Quizás nos haya movido a hablar de él cierto
prurito innato de llevar la contraria-al propio autor de Epigramas en este
caso, vaticinador, en el prólogo, de la indiferencia con que habían de acogerle
los mismos que jalearon Las la,·des del San«lorio-. Ello es que hasta ahora no ,
nos ha sido dado leerlos y que su lectura, bien que t3rdía con relación al tiem333

�LA PLUMA
LA PLUMA
po en que el libro se publicó, abona, por su misma inoportunidad, el reclamo.
La personalidad literaria de Sil vio Kossti se destacó sobradamente en su
primero cuanto sonado libro con los caracteres que distinguen a estos Epigra.mas. Es uno de sus rasgos más simpáticos la ostentación de dilettan/ismo en
que se complace. La producción literaria ha llegado a un punto de profesionalismo, que casi no se eocuentra nunca esa belleza propia de toda obra desinteresada, inútil en sus aplicaciones inmediatas, es decir, artística. Silvio Kossti
presume de aficionado. De aficionado excele,:ite tiene el gusto del clasicismo,
un gusto oo por chapado a la moda retórica del siglo pasado-prurito helénico
•de Valera, socarronería de Campoamor, vastedad de lecturas latinas de Menéndez y Pelayo-y aun del antepasado- últimos poetas salmantinos, primerns volterianos enciclopedistas-menos sincero y, sobre todo, fructífero.
Los Epigramas de Kossti remedan la intención antigua de] bilbilitano Marcial, a cuya memoria están dedicados, zahieren y satirizan, a lo que parece,
personas coaocidas del autor y de sus paisanos, aluden a circunstancias que
nos son del todo ajenas; y, con todo, uos gustan, nos deleita□. Sí, nos deleitan.
Hay ve1 bos, confinados ya en el uso retórico que convienen especialmente a
la gracia rebuscada por el autor de estos Epigramas. Ni les resta encantos, antes les añade actualidad viva, ciertos destellos de sal baturra por los que se
entrevé la pasión humanísima del jacobino, la desvergonzada picardía del sátiro, que la literatura cela pudorosa y circuospecta.

* * *

Fernando González: ,Manantiales en la ru:a.-Rivadeneyra, Madrid.
Hay todavía gentes que, por haberlo oído referir en son de burla, creen todavía en los poetas melenudos, para tener un pretexto de risa agresiva contra
las personas de finos sentimientos. Pero hay también quieoes creen simple
.Y llanamente en la poesía y en los que para tan desinteresada dedicación viven
como pájaros.
Entre estas gentes seocillas ha de encontrar rápidamente un público devoto
y extenso Fernando González, otro hijo de las Islas Afortunadas-que nunca,
sin duda, merecieron tanto el nombre como ahora que la Naturaleza se les
muestra tan pródiga con alumbrar en su suelo las puras linfas de Manantiales,
en que hay un eco lejano de las glorias del amor y del mar cantadas por Morales, y ese lirismo congénito, que exhalan con vario perfume las voces amigas
de un Alonso Quesada, un Claudia de la Torre, una Josefina de la Torre, un
Saulo Torón, y tantos otros naturalmente inspirados, sensitivos y tiernos.
Tierna, sensitiva e inspirada en recuerdos y deseos blandos, suaves, quedos,
nostálgicos, es la poesía de Fernando González, de que han gustado y seguirán
gustando repetidas m11estras los lectores de LA PLUMA, A los afectos más humanos, al amor filial y fraternal, a la piedad de sí mismo en la vastedad del
mundo, a las dulces cosas de todos los días, consagra sus versos este poeta
nuevo, nuevo en la vida, no porque pretenda romper los moldes en que ha ha llado fácil acomodo para la expansión de su sentir.
La música de este agua clara no nos sorprenderá por el prurito de inven334

-ci6n mel?dica,_ ni con raras armonías. Nos suena a conocida. Al dejar el libro,
esta voz JUVen1l se uue en el recuerdo con el coro dilecto de muchos otros
cantores que ~n el m~ndo han sido, pero no se pierde ni se confunde. No obstante parezca 1r !l un_1sono _con otras más potentes, se destaca su acento, no
P?r la agudeza 01 res1stenc1? de la nota! mas _por c_ierto dejo interior que nos
h iere e n lo hondo, con esa rncomprens1ble s1mpatia emotiva que hace llorar a
las estrellas cuando las sonreímos entre lágrimas.

*

* *

Guillermo de T o rre. -Hélices.- Poemas.-Ed. Mundo Latino. Madrid.
Libros como el último de Guillermo de Torre, joven poeta y poeta joven
ya no causan estupefacción, en Madrid por lo menos. Es verdad que tampoc~
sus autores parecen proponérselo C?mo 'Única aspiración al escribirlos y publicarlos. En todo caso, la extravagancia de una determinada disposición tipográfica con que _se sustituye, ~~a el uso inveterado de los renglones cortos para
los versos, bien !_a puntuac1on y sus signos gramaticales, por otras convenciones_, en nad! atane al fin y al cabo a las cualidades de una poesía adornada con
.afeites un s1 es no es desconcertantes. Por lo demás la oriainalidad absoluta
sobre q~e ~s imposible,.ºº. añade por sí sola complacencia"a los sentidos, ni
por cóns1gu1ente al sentimiento y la razón del lector. Bienvenidos, pues, los
nuevos vat~s tan presto vacados a una disciplina como el autor de Hélices.
Las_ curiosas an~taciones, los atisbos, los rasgos, las ocurrencias líricohumon~tas a 9.ue Guillermo de Torre llama poemas, tienen sin duda antece •
dente¡¡ mmed~atos en todas las literaturas europeas, principalmente en la francesa;~' en revistas modernísimas de París y de Amberes figura con alguna frecuencia el nombre del poeta español, junto a otros tan impersonales como el
suyo. Porq~~• _apa_rt~ un&lt;;&gt;s pocos, más sutiles o agudos, más recios o más delicados, es d1f1cil d1st1ngu1r a primera vista a los celadores líricos de los hangares don?e zumban:los motores de la nueva tendencia poética. ¿Quiere esto decir
que Gmll~rmo de To~re sea inferior en mérito a los cultivadores de los anti~uos _penslles ro~~ntlcos, _donde_ las libélulas volaban de flor en flor y las abeJas libaban dulc1s1mas mieles simétricamente trabajadas en redondillas, en
octavas o en sonetos? No.
Antes b!en, el sometimiento a una disciplina tan rigurosa en la elección de
temas poéticos_ como la 9.ue Guillermo de Torre acata, implica un desasimiento d~ toda realidad_ ~gotis~a, merecedora de elogio. La iabor de Guillermo de
Ton&lt;; Y sus correlig1onanos e?- la _fe exaltada del aeroplano y de la síntesis
cósm1_c,a e_xpresada en sentencias sm moraleja, denota cierto espíritu de colabora~1~11 ideal de que e;tábamos muy faltos. Sólo cua~do un tema poético se
C&lt;;&gt;nv1e_1te en lugar comun ha ganado a la masa. cLa princesa está triste» tam bién dicen que chocó bace veinte años. Cuando salió el primer cTreo expreso»
sólo. ~e cotizaba el valor poético de la diligencia entre los medios de Jocomoc1on.
3JS

�LA PLUMA
Bromas aparte, Guillermo de Torre es poeta y joven. Tiene, pues, derecho
a divertirse y a ir, si quiere, marcando~¡ paso delante de los más avanzados
de la vanguardia literaria.

Luis Calvo Revilla.-Ac/ores célebres del teat,·o del Príncipe o Español-Madrid. Imprenta Municipal, 1823,
No es verdad que la gloria del actor muera con él. Antes al contrario, pudiéramos creer más bien, por los ejemplos que tenemos vistos, en el beneficio
póstumo que añade el recuC'rdo de las grandes figuras escénicas a su mérito
efectivo. ¿Fueron Talma, Máiquez o Vico lo que sus contemporáneos r;os
dicen? ¿No hay en ese reconocimiento entusiasta un afán de participar, en
cierto modo, de semejante triunfo para sobrevivir, siquiera sea tan (de rechazo a la ruina de la vida propia?
Hay, con todo, indudablemente, una norma para discernir el oro de ley del
oropel de los laureles escénicos: el recuento de los entes de ficción a que dieron apariencia escénica los grandes cómicos de tiem pos mejores. En ese resp ecto, basta con comparar el repertorio de los actores cuya fisonomía estudia
don Luis Calvo RevilJa en su curiosísimo libro, para echar de ver la diferencia que va, a favor de los de.l siglo pasado, de los actuales intérpretes de Muñnz
Seca. ¿Calvo y Vico gustaron de ser aplaudidos a los buenos textos dramáticos de la gran época española? Pues son, sin duda alguna. superiores a Vilches.
¿Coincidieron con la capa y la espada de Ecbegaray? He ahí, asímismo, su contra·
El libro del señor Calvo, hermano del actor ilustre y autor aplaudido en su
tiempo, será leído con agrado y provecho por todos los buenos aficionados al
teatro, y aun desearíamos, para que tuviera muchos lectores, que por todos loSque dicen gustar del teatro sólo porque van a él con frecnencia.

AÑO IV.

MADRID, MAYO 1925

NÚM. 36.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)
X
LA SOLEDAD INAPETENTE

.e quedó anonadada, pero sintió la sospecha que
cerró sus lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huida de Armando y que ya la hizo descon,
fiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había llevado todas las cosas?»
« Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta
encontró el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre
delante en su mesa de despacho.
-No tendré ninguna carta de él-se decía Palmyra-dándose
cuenta de la crueldad necesaria en la huida. Para borrar su arrepentimiento le olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer
ALMYRA

C.R. C.

¡,

(1)

336

1

XXII

Véanse los números 34 y 35 de La PtuM.t..
337

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
María Bnriqneta.-Rumores de mi huerto. Rincones románticos.-Madrid.
Imprenta de Juan Pueyo.
Se ha honrado alguna vez LA Pw:r,u. publicando versos de María Enriqueta,
distinguida poetisa mejicana. En el volumen que ahora recoge todos los com·
prendidos en dos ediciones ya agotadas de Rumons de mi huerto, con más la
copiosa colección de inéditos de Rincones romJnticos, se advierte clara la formación de la autora en la escuela post-romántica.
Es verdad que la poesía no es de ayer ni de hoy; pero es innegable que en
tanto no borra el paso del Tiempo las diferencias de los tiempos, hay una especie de barrera que delimita los gustos de una a otra generación. La gracia de
los versos de María Enriqueta es, sobre todo, tan espontánea, que aún sometido su estro a leyes ha tiempo vencidas por usos y costumbres más arbitrarios, nos ganan por la tierna efusión que los dicta.
De Norte a Sur corre por el Continente americano un blando movimiento
de liras, acordes al íntimo sentir de tantas gráciles musas como se han dado a
cultivar la poesía, que ya no se contentan con inapirar en pechos varoniles.
María Enriqueta las preside.

*

*

AÑO IV.

1

MADRID, MARZO 1925

NÚM. 34.

LA QUINTA DE P·ALMYRA

*

&lt;1 &gt;

(Continuación.)

Valcntín de Pedro.-España .Re:-zaciente.-Opiniones, Hombres, Ciudades,
Paisajes.-Los Núevos. Calpe.
Valentín de Pedro es español. Español de España, como dicen muy just11m&lt;!nte en París para distinguir a los de aquende el Océano, de los españoles
americanos. Su internacionalismo no le perrr.ite reivindicar exageradamente su
condición de nacido en la Arge ntina. Tiene, no obstante, cierta timidez de extranjero para contemplar a España. El generoso optimismo de su España Renaciente, y más que nada el tono de descubrimiento con que celebra sus impresiones, le delatan. Ha abordado, en los capítulos que componen este libro, el
tema fundamental de la literatura superviviente del desastre nacional en que
seguimos viviendo. Admite el dogma de un renacirnrento actual de España.
Vamos, indudablemente, camino del éxito mundial. Hora es ya de que pensemos en afinar el sentido critico. No, no es oro todo lo que reluce.
Estas ligeras apreciaciones en nada quieren menoscabar la intención, el -i nterés, la amenidad del libro de Valentín de Pedro, en cuyas páginas se alían la
información curiosa, el detalle significativo, el apunte, el toque, y el impulso
ditirámbico, cálido, juvenil, entusiasta, esperanzado siempre.

C. R. C.

.. .

U

ooos pa:ecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias
de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas
de todo y frente al mar.
. Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba
b~:n mal que ésta tuviese a Armando a su lado. Le saludaban tambien con mucho aprecio Y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.
Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los
que permaneciesen en la vida.
-Por fin van a aprobar el tren eléctrico-dijo don Vasco dando
una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto i(jeal, el magno proyecto

°

(1) Véase el n&lt;imero 33 de La. PLUMA.

XII

177

�LA PLUMA
que comparte medio universo, la electrificación. Parece que entonces
se irá a todos sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin re-

1

¡.

servas.
-¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!-dijo doña Beatriz,
que sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que
pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de un
modo fabuloso las rentas de su dinerito.
La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía allí por ver si
perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto no la importab&amp;. nada que electrificasen aquello, preocupándole
íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía
electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevió a decir esa aprensión de su ignorancia.
Don Mariano opinó:
-No está mal... Habrá,,chispazos de gran ciudad en la carretera,
chispazos que las noches de verano parecerán relámpagos.
Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que
cuando había una entrada alegre, dijo:
-Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...
Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso, para distraerle de ella:
-Así podremos ir más veces al teatro, a Lisboa...
-Lo malo-insistió Armando-es que tenga tipo de tren en vez
de tener tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo.
Don Vasco, usted que conoce al Director de la Compañía se lo puede proponer.
.
El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como gmón que
suprimiría el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el
viaje todo aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel
viejo primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no po-

LA P L U 1\1 A
dría conseguirse
aquel raudo traslado telefóni·co en q ue matena
· 1men- b
te sona an.
Se hiz~ una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos reaccion_aban an~e la electrificación, pues veían al pensar en el
caso con mas atención
.
. que se corrompería un poco s u re t·u-o, que
aquello que hab1an ido a buscar iba a verse muy accedido por las
gentes que se enganchan en los viajes rápidos y fáciles.
-¡Qué tar~e- ha hecho ?oy!-exclamó el alegre español, en cuyo
pecho anfisemahco la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la cordialidad del tiempo abría todas las válbulas defectuosas.
-Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia-dijo Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.
Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:
-Ha sido una mañana de luar...
-Muy bien, muy bien; eso ha sido-dijo doña Manolita, y todos
l~s prese~tes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan
bien babia caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en
noche llena de luna, borracha de luna como un bizcocho borracho.
-Realmente es verdad ...-intervino don Vasco-. El sol era el
sol, de eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave
luz o más que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera de
luz suavizada aquí abajo, en el valle nuestro...
'
La tard~ les ~abía convidado a todos con sus vinos dulces y estaban embnagados como después de un día de santo. Veían con pena
Y aun con sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.
Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas
antes, cuando Palmyra estaba sola e indecisa, de la pasión inútil que
se escapaba a su juventud, de lo que no acaba de salir de las habitaciones, aunque se abran los balcones, porque se agarra a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de las butacas y los
1 79

17.8''

�LA PLUMA
sofás, y ahora, con más absorción de lo que flotaba de la pasión que
todos aquellos vejámenes suponían frenética, más frenética que tierna, sus pasiones, y eso que alguno, como don Vasco, las tuvo de
serpiente de tierra caliente.
Como esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así
parecía haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos
que se habían dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como
todo lo condensado en la alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.
Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra no; a
Palmyra le gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro,
ofrecer el te...
-A propósito del te, ¿ustedes saben una historia india...?-dijo
Vasco.
-Ya nos la ha contado usted tres veces, señor Vasco-dijo
Armando.
-Quizá a ustedes sí, pero, Nué espíritus nos acompañan esta.
tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.
-Espiritismos, de ningún modo-dijo Armando, riendo de la
disculpa que había buscado para contar la noventa y nueve vez la
historia del te.
-Este es siempre un te cada vez más tardío-dijo la inglesa con
su construcción y portugués estrambótico...
-Acabaremos convirtiéndole en vermú-dijo Armando.
-¡Qué mas da! El te no hace daño a ninguna }lora-aseguró la
pobre doña Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos
bizcochos y cuatro o cinco tazas, en cuyo fondo quedaba después
algo así como un final de sopas de ajo.
Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba
180

LA PLUMA
en aquella hora en que había llegado el último tren, después del que
ya no podía esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni
recibir un telegrama. Quedaban desligados del mundo como si fuesen
un islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.
Palmyra servía a Armando mirándole mucho a los ojos, queriendo dialogar secretamente con él enmedio de todas las visitas, pero
Armando rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella,
con esa insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.
-Ha vuelto la gripe-dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la consolasen los demás de su miedo; pero los pánicos se esparcen y se siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.
-La gripe siempre vuelve-dijo el anciano don Mariano-. Yo
siempre la he visto volver desde que era niño ... Es el vaho de la
muerte, ese humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No kay nada más sutil ni de qtie pueda uno defenderse
menos.
-No está mal la teoría-repuso don Vasco-. A la gripe la he
visto yo, devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella
como ahuyenta la peste ...
-Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí
mata-dijo doña Beatriz.
-¿Y de dónde podrá venir a aquí?-preguntó Palmyra.
-No la he dicho a usted, señora-volvió a intervenir don Mariano-, sale de los cementerios... Si quemásemos todos los cadáveres no pasaría eso.
Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido
el aire con la mano como quien aparta un contagio invisible.
Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde,
181

�LA PLUM A

LA PLUMA
sino como si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la
noche se declarase en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor
soledad.
Así era una tarde de visitas en la quinta de Palmyra.
V
DÍA DK LLUVIA AMOROSA

Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia
en los cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los
pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.
¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de
los flecos interminables!
Le faltaban palabras para Palmyra, esa era su principal tragedia,
y acariciarla la barbilla con ternura constante no era suficiente.
No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y
las ocho de la noche, pero esas como de breve duración.
Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y
de mirar la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un
reloj en cuya lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de
Palmyra.
Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió
tener una gran bondad.
En la lenteja del reloj-¡qué ocurrencia!-parecía vivir con palpitaciones de reloj, como si su corazón, en vez de moverse de arriba
a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.
Asomado a las ventanas de la quinta, pensaba que aquellas eran
las ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas fina-

les que daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del Océano Atlántico.
Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desalada que
al llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira
con fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se remonta y se va. Por eso había un suspiro claro de luz
aun siendo un día lluvioso.
En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.
-La lluvia borra el mundo- dijo Armando.
-No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad ... Hoy la
quinta está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí sola!»-repuso Palmyra.
Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que
resultaba más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y
confundía la luz.
Lo que en su rostro pálido había de herpético-ese poco de herpético que es como el principio inicial de la corrupción-se acentuaba más en la tarde, que devolvía a su condición de greda la carne
humana.
Lo que hay de más dificil de entretener es la mañana, y una mañana lluviosa sobre todo.
-Estamos como dentro de una pecera, colocados así detrás del
cristal y viendo caer agua-dijo Armando.
-¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera los dos juntitos?-repuso Palmyra.
Armando tenía odio ,a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.
Así, por ejemplo, al ver sus brazos desnudos, pues era lo que a
Palmyra la gustaba más desnudar, la ha dicho Armando con tono
desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:

�LA PLUMA

Ir

-Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los
brazos desnudos.
Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra ha
cruzado sus brazos y se ha cubierto con las manos los biceps mullidos y con plástica de aparatos musicales de la sensibilidad.
Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba cohibida como una,cordera bajo un eclipse.
La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se
compra en el dintel de la puerta.
Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni
por la mañana, y se miraba y le volvía a m-4"ar y se volvía a mirar
para ver si le podía complacer a él lo entreabierto y le volvía a mirar
ella para encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como
premio. Pero él la miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la quito el polvo, con mirada burda de doméstico.
Después Armando se ponía a pensar en la comida.
«Qué pez e.5 el del día es lo que hay que preguntar-se decía
Armando-, que la carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer
como la de la ternera.»
A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la discusión de la cancela el pez más extraordinario de las
banastas, hacía Armando su pregunta con voz alta:
-¿Qué pez es el del día?
-Hoy es pargo-le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:
-Es un pez muy bueno que aquí llaman jubel.
-¡Sí, sí!... Ya sé-dijo Armando, que no quería recibir tantas explicaciones como un sordo.

LA PLUMA
La nieve del mantel caía ya sobre la mesa, él lo veía desde lejos,
a través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Los
largos copos iban después reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.
Ya estaba al borde de beber su vino predilecto, al que desde su
sitio veía enrubiecido por la luz que caía del sol a través de las
nubes.
Y para el vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar,
para aquel Busellas claro como sangre éordial de mujer rubia. Muchas veces levantaba su copa para ver el día a través del licor y del
cristal y encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el suficiente optimismo.
El «Busellas vielho&gt; le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, que suele buscar el fondo del vino para posarse, que lo adensa
y lo mejora.
«¡Es que me he bebido la esencia de tantos díasl&gt;-se decía Armando al sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de segundos.
Él se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aún en los días
grises en la hora del almuerzo, mirando por la vidriera el mar como
si fuese motivo Je una vidriera polic:-omada, en que cada ola se emplomaba en la de al lado y en la de delante.
Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y lo
atraían, jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del
diábolo, se movían dentro del ángulo del brazo y le eran devueltas
después d~ saciadas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste
que queda entre el brazo y el antebrazo.
Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy
señora.
Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con
185

�LA PLUMA

LA PLUMA

mueca tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los ojos vivos y la nariz esculpida.
¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas! ¡Qué lindas!
¡Cómo tiraban las mejillas y todo el rostro de su perfill Pero lo
presentaba escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien las dos orlas de brillantes de sus lóbulos.
En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo a Palmyra:
-Sabes ... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también
aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.
-Bien, bien... Escríbele esta tarde mismo-dijo Palmyra con verdadero deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus
ilusiones insatisfechas, la de tener siempre un huésped.
Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas se fueron recomponiendo, atusándose, diciéndose: «¡Viene por fin un huésped!. .•
¡Viene por fin un huéspedli.

VI
LA ÚLTIMA AMA.ZONA

Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía irse antes al montar a caballo. La paseaba 5ólo por los paseos
transitados y sabidos.
Eno-añaba
aún a las gentes la amazona, pero ella tenía, una gran
b
tristeza en el corazón porque a caballo sobre todo se decta que no
había sitio a donde ir.
Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados,
un caballo francés, al que llamaba «Rey».

-¡Roi...1-decía a veces en francés, como si eso la diese un aire·
más aristocrático y el caballo se calmase así más.
La última amazona salía sola a la tarde-muy pocas veces con
Armando-y adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era
su hora de generalísima.
Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud
dentro de su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente,
enredado hasta muy tarde con los licores y con el café ideal que ell'i
le preparaba en tazas de oro, en cuyo fondo se tiraba el último sorbo y era como esencia de escarabajo pura.
La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al
aire con sus senos y eso hacía que le fuese difícil al caballo romper
el aire, porque todo venia a recibir el encontronazo.
Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como sisobre su caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de
la noche.
El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la
amazona. Necesitaba esa emulación. Si transitas por los caminos,
amazona justa, habrá más florecillas en las márgenes.
Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole
con una guirnalda de moños de gran rodete.
La devolvía nueva aquel paseo de después de comer sobre el caballo favorito, al que daba terrones como una ecuyere.
Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra
y se notaba después en el resto de la tarde la dulzura que la había
impuesto el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino que la rozaron, que la quisieron abrazar.
Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta.

�LA PLUMA
LA PLUMA
,de la Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje
de etiqueta que exige el paisaje, que es la vanidad del paisaje. Armando la había dicho:
-Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela, igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche
·sobre la superficie un tanto encallecida del arroz con leche.
Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con aquella
vuelta por los caminos de la fina amazona de breve cintura clásica y
busto en punta. Con los gestos que la amazona hacía con la fusta y
,que eran como de batir el aire, se quedaba flagelado y enervado como
después de flagelación el mismo aire de la tarde.
-Día que no sales- la había dicho también Armando-es día en
-que todo parece más hostil y como si algo faltase en la toilette del
panorama.
Es como si el muy cochino del día no se afeitase, al no recibir tu
visíta estuviese descuidado y salvajinoso.
-Mi amazona, ven-la decía Armando con un mimo nuevo abra.zándola efusivamente, encontrando un apresto y una dureza en su
busto que había adquirido petando con todo el camino, sobre tod0
con las vueltas.
Ya era una cosa más de su toilette volver así, triunfadora, con
la levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con
·1a nariz agudizada.
-Traes las enaguas purificadas de la amazona-la decía Arman,do-, y traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como
se recoge el frescor de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.
También la repetía entre sorprendido e irónico:
-Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la
madrina del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mis-mo tiempo.
188

Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo esose iba adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el
botín que traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras-oleaginosas, que se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber sido arrancadas.
Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos,
soleados y le.fanos, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas.
fábulas y las viejas consejas.
Había hecho la dueña de la quinta lo que tenía que hacer. Se había sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres
que para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la oreación serena de sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía
propicio. Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho enlevitado, en el que tropezaba con la doble fila de,
botones.
Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo
sus brazos desnudos. Eso la volvia la mujer débil, íntima, delicada,,
cohibida. Él, como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los.
brazos, de a1Tiba a abajo, de arriba a abajo.
El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de
luz en que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a
intrigar y a hacer la tertulia. Así sólo era una jaula demasiado grande, de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que
las jaulas íntimas.
En el patio del estanque gritaban los patos como si siempre les
persiguiese la mano del matarife., como si fuesen a cogerles para
echarles al caldo hirviente.
Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.
Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:
189,

�LA P L U 11 A

-¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que
.cobardes!
Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas, porque su secreto es que eran de plata. Se hundían en el lan&lt;ló, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban
como a darse un paseo como en hamaca por el paisaje.
Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la cap ital.
Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en
ellos la felicidad deseada.
Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba el raudal feliz
,de un principio de primavera siempre. Se leían en él, desperezando
los brazos largos, los periódicos tostados, luminosos, felices del
verano.
Como en butacas de pt::luquería alegre iban todos los viajeros. La
tijera del buen día les acariciaba el cogote.
Había risas de las enemistades lejanas en estos extranjeros solos
,embriagados en el viaje. Su sarcasmo era por los malos que se tenían que estar allí por su ambición o por su torpeza. Los anónímos
1·ecibidos se habían borrado definitivamente en este ambiente.
Después volvían al campo, y ya en aquella carretera peor, el
landó sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes zanjas
.abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.
Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en
medio del miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más
.arriba, en terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar:
«¿Es que su padre fué un náufrago y no -quieren volver a ver el
,mar?»
En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto

LA PLUMA
{¡que sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las
atalayas bien dispuestas para verlo más tiempo.
Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre, primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde
siempre sentados frente a los últimos cristales- debieron hacer más
bajo el alféizar.
Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto
particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu
avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.
El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado.
Al bajar las cuestas los caballos torcían las cabezas como si se las
descoyuntasen, unidas las dos cabezas en un delirio de espanto,
siempre como si ya no pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.
Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos,
ya con la blanca espuma en que se notaba un poco su espanto.
Pero siempre se salía con bien de ese momento dificil de la cuesta
abajo en que el torno intervenía como una máquina de someter al
Destino.
Otra vez en el campo llano volvían a su serenidad.
¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan
.a veces su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor correspondiente al ensueño de su sabor.
Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina, pero la conmovía con su finura.
- Huele casi como la flor de almendro- dijo Armando.
-Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...
-El campo nos ofrece lo que puede ... No es para que le llames
ordinario a lo que te regala.

�LA PLUMA
-¿Que no es ordinario? ¿A que no te atreves a que tengamos en
la vivienda sobre los veladores flores de habas? Si nos preguntase
alguien qué flores eran, ¿té atreverías a decir la verdad?...
Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras sentimentales. Era más fino su perfume porque se filtraba a
través de los demasiados cercos de piedra en que abundaba el valle.
-Debe tener dolor de muelas el paisaje-dijo Armando.
Pasaban por caminos de pinos constantemente.
Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras
oscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.
Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas
de la tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.
«Un día-pensaba Palmyra-se le ocurrirá hablar a uno de esos
humanos pinos, y dirá recitales de profundo sentido.•
Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que
van al lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo
con un movimiento propio.
Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.
Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que
daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver
todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no
alcanzan• y él opinaba, señalando es:!s minas o esas montañas que
parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, decía otras
veces, y quiere que se la dote de castillos y de fosos de los castillos&gt;.
Cada cual halla un sentido al mundo y se Je hallan matices constantemente, sobre todo cuando las lenguas se desatan de verdad al
atardecer.

LA PLUMA
Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese
su gesto buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como
paloma que buscase el pico del palomo. Armando la rehuía un poco.
Era de suyo temeroso de la avidez que hay en los gemelos de los
ociosos dueños de los «chalets&gt;. Palmyra tenía la hermosa pasión que
no se racata.
Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida
con los ojos abiertos.
-¡Qué turulata eres!-la decía Armando.
-¿Y qué es eso?-preguataba Palmyra.
-Que te quedas turulata y no sales de ser una t uru ¡ata... Un
ocaso te dejo un día así y no sales de tu arrobo ...
-¿Te burlas?
-Jamás ... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en
brazos tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu
desmayo, como si el suplicio de un momento del Don Juan Jo aceptase yo para siempre ...
-¡Qué poca ternura tienes!-le dijo ella.
Se es insaciable de ternura en medio del paísaje.
. -Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide,
smo de una huerta de corazones-le dijo Armando.
Volvían hacia casa. Contracorriente volvían también Jos trabajadores, que miraban cínicamente a los coches.
~iemp~e parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía
el vientecillo sutil que da la pulmonía.
El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el
listón de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada..Ese
salto del coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era como el salto que dan los caballos de circo cuando ya han
trabajado, cuando ya se meten dentro.
XIII

1 93

�LA PLUMA
LA PLUMA

.

f

La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había
más luz, una luz que había estado sola en las habitaciones y que se
había llenado de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado la luz.
Es cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su
entonación 1 la serenidad de otro tiempo en que abundaba.
Él sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889,
cuando en casa de su abuela, en la calle de Montelen, llegaba la hora
de la siesta y se quedaban entornadas las maderas._
.
Era un aire de hacía treinta años aquel que hab1a en la Quinta, Y
por eso resultaba tan virgen y tan sabroso.
Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los ~brazos
de la desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, Y, sm embargo, estaban en pie y con la etiqueta del traje.
Armando, displicente, apenas le hacía caso, y ella, entonces, se
iba como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber
llorado, pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.
Armando miraba al cielo como si aquel tipo del rostro de Palmyra señalase muchas nubes y una luz lluviosa.
«¿Pero es que han nacido para llorar?», se preguntab~ ~rmando,
y sin poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que
justificase sus lágrimas.
En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella
propensión a las lágrimas.
.
A lo lejos el polvillo del mar hacía hermoso el sol y aleJaba el
poblado extremó de la costa. Le daba un tipo de ensueño de la realidad.
Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a
a los pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus casas de refugio.

Palmyra se dirigía a esa hora hacia atrás buscando el apoyo de alguien, buscando con todo el reposo.
Las butacas muy echadas hacia atrás, de abrazo antiguo la recibían a esa hora en que a los seres finos les entra el desmayo de amor.
Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de Ja soledad. Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño
lleno de sueño verdadero, se iba a la cama.
Armando que había soñado tanta cosa para cuando se acostase,
se encontraba ensoñarrado y cansado.
La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer
que entra en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.
Tenía costumbres antiguas y cuidadoras como guardar en su joyero de cristal de un fondo azul enguatado, las joyas de que se
despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos severos que imponen las joyas antiguas que son como de las
severas mujeres de la familia.
En el clima de aquel paraje podía sacar las manos de entre las
sábanas y jugar con ellas.
Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada. En vez de tenerla más por completo y más para él solo que
nunca, se sentía sin ella como si se quitase la camisa en el vacío supremo.
La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba
el sol, el aire denso y vivo.
Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los
insaciables envuelva a la mujer que se desnuda por muy a cubierto
de ellos que lo haga.
(Se continuará.)

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA.
1 95

�LA PLUMA
OLUIPIA

Esta chica tiene buen gusto. Dí, Julio, tú que me has visto desde las
butacas. ¿Dónde hará más efecto? Me lo voy a poner aquí.
JULIO

Creo que ahí resultará demasiado cínico. (Entra Paca.)
OLIMPIA

OLIMPIA DE TOLEDO

¡Qué simple! ¡Cínico! ¡Cómo si fuera yo a hacer un papel de colegiala!
¿No comprendes lo que voy a bailar? ¡Es terrible, una danza de seducción, de puñaladas y de sangre! Una mujer que tiene que satisfacer su
venganza. Seré cruel, caprichosa, fría.
JULIO

DRAMA EN TRES ACTOS

Entonces no te disfraces.
OLIMPIA

SEGUNDO ACTO
Gabinete de Olimpia en el teatro. A la derecha, puerta de entrada. A la izquierda puerta que da al cuarto tocador donde ocurre el primer acto. Noche, luces
'
encendidas.

¡Qué soso de hombre! Una mujer por la que se suicidan los hombres
a montones. Una tigre, una pantera, una ... no se me ocurre todo lo que
tengo que ser en este baile. ¡Una vampiro! Mira, que un viento de furia
amorosa renueva los volantes de mi falda, que mi abanico con suave
movimiento atraiga a la víctima, que mis ojos le fascinen, mirándole
así, clavados en los suyos y con el ademán le rechace.

ESCENA PRIMERA
JULIO, después OLIMPIA y PACA entran por la puerta de la izquierda,
JULIO ( Pensativo está

PACA

Como en aquel cantar que dice:
Con una mano me echaba,
con la otra me recogía.

esperando).

(Traje Jantástíco de manola, escote exagerado, abanico enorme, se
pasea contoneándose).
Este traje me sienta muy bien ... ¡Estoy maravillosa! Paca, tráeme el
blanquete y la caja de los lunares. Oye, Julio. ¿Me dejo el lunar donde
está o lo pongo aquí?

OLINPIA

PACA

De todas maneras estará bien. (Vase.)

JULIO

Así eres tú.
OLIMPIA

Mira, Julito; no te me pongas cursi, por Dios. Habrá un revuelo hoy
con la presencia del duque. Todas ellas, que de seguro están sobre aviso,
tratarán de camelarle. El empresario es capaz de meterle por las narices a
197

�LA PLUMA

LA PLUMA

su Pelitos. Pero no me importa. Ya verán, ya verán. Voy a patearlas la cabecita a todas esas envidiosas. ¡Me como al duque, me lo como! Le voy a
asesinar a fuerza de ojos. Verás, Julio; v&lt;&gt;y a estar en este número inspiradísima. Tienes tu localidad, ¿no? Que te traigan una.

ESCENA SEGUNDA
DICHOS y AUGUSTO
AUGC"STO

JULIO

Lo que tú hagas le parecerá bien a ese duque y a todo el mundo.

No; te veré desde los bastidores.

OLIMPIA

OLIMPIA

Te juro que van a rabiar esas. Después de ese garrotín de la Pelitos,
que parece un ataque de nervios, vas a ver el efecto que produzco. Verás. Yo empezaré despacio, muy despacio, con movimientos de paloma,
así (acompañando la acaon a la palabra), como esas palomas que al andar mueven el buche ... Poco a poco el ritmo de la música se va animando y yo también. Provocativa, insinuante, miradas ... , sonrisas ... ,
coqueterías. Con la promesa de mis ojos y de mi gesto, el mendigo de
amor se anima, se acerca. Yo, cada vez más gallarda, me alzaré en la
punta de los pies y le miraré despreciativa. Luego bajaré los ojos arrepentida, pudorosa, me cubriré la cara con el abanico y correré a pasitos
cortos, volviendo la cabeza, guiñando un ojo tras el encaje de la manti
lla, le echaré un beso, y como si un;¡. furia de amor y de locura se apoderara de mí, bailaré frenética y la mantilla volará por el aire, se soltará
mi pelo, las flores y las peinetas rodarán por el tablado y la falda será
como una flor inmensa... Y el enamorado se acercará, quiere estrecharme contra su pecho. Yo entonces saco el puñal que guardo en el pecho
y se lo hundo en el corazón.

Pues a Julio no le gusta.
AUGUSTO

Este es un turco celoso que todo lo quiere para sí. Un egoísta. Lascosas buenas no deben pertenecer a uno solo, sino a todos. Ser del dominio
público. ¿No han venido ni Paquiro ni don Esteban?
PACA

No, señorito Augusto, porque ahí fuera está un señor que espera a
don Esteban hace lo menos una hora. Dice que es de su pueblo.
AUGUSTO

Pues me han fastidiado, porque unos ~migos míos querían verte bailar y no han encontrado localidades.
v LIMPIA

Y luego ese majadero de empresario a quien le lleno el teatro todavía
me escatima los reclamos.

ESCENA TERCERA

JULIO

¡Lo haces de veras!

DICHOS, ·PAQUIRO y DON ESTEBAN
OLIMPIA

Calla, bobo. ¿Eh? ¿Qué te parece? ¿Tendrá éxito? Hice una españolada semejante en Munich, y creía que aquellos alemanotes me comían
de entusiasmo. (Augusto aparece en la derecha.) Verás, verás qué efectito
le hace al duque ...

PAQUIRO

Buenas noches. ¡Qué guapa estás, Olimpia!
ESTEBAN

¿Qué? ¿Se pasó aquel arrechucho?

198
/

199

�LA PLUMA
LA PLUMA
AUGUSTO

Paquiro y usted, don Esteban. ¿Quieren hacerme el favor de darme
sus butacas? Las necesito para un paisano. Por favor. Veremos a Olimpia desde el escenario.
BSTEBAN

ESTEBAN

Bueno, ¿qué quiere usted?
VICE."TE

Deseaba saludar a usted, don Esteban.

Téngalas.

ESTEBAN

(Va a la puerta de la dt'Yecka)
¡Chico! ¡Ehl ¡Botones!. .. Vete a la puerta del escenario, y allí veras a
dos señores con pinta de paletos. Les das estas localidades de mi parte.
AUGUSTO

Dígalo pronto porque usted no se contenta con saludar.
VICENTE

Necesitaba una recomendación.

PACA (Dando una tarjeta a Esteban)
Don Esteban, aquí fuera hay uno que le busca a usted que me ha
dlldo esta tarjeta.

ESTEBAN

VICENTE

la tar:feta y la lee)
¡A ver! ¡Calla, si es mi recomendado! ¡Menuda lata me está dando!
¿Te importará que pase? Lo despacho en un voleo.
ESTEBAN ( Toma

r

A riesgo de abusar.
ESTEBAN

¿Qué es?

OLIMPIA

Que pase; conoceremos a tu recomendado.
ESTEBAN

Paca, dile que entre. (Vase Paca por la derecha)

ESCENA CUARTA

VICENTE

Gracias a las recomendaciones de usted, entré en la oficina de Fomento de la provincia y pude conseguir también la plaza en el Catastro;
pero como a mí me convenía estar en Madrid, me valía del medio reglamentario para no ir a mis oficinas.
AUGUSTO

Claro que le pagarían los dos sueldos.
DICHOS Y VICENTE
VICENTE
ESTEBAN

¿Qué hay Vicente? ¿Me va usted a perseguir hasta aquí?
VICENTE

Tengo un verdadero honor, mucho honor.

¡Ahl Sí señor. Naturalmente. Ahora hay una plaza que me conviene
mucho, para la cual, concursan dos personas que pueden hacerme daño:
un ingeniero y otro que la está desempeñando interinamente, hace diez
.años, y yo, aunque el ingeniero estará mejor preparado, creo que si me
ayudara don Esteban podría inutilizarlo. En cuanto al meritorio, pare-

200
201

�LA PLUMA

LA PLUMA

ce que tiene la benevolencia del Tribunal que ha de juzgar porque es
hombre de mucha familia y de pocos recursos. Sería lastimoso que el
Tribunal, dejándose llevar de un sentimiento de conmiseración y fundándose en que ya ha desempeñado interinamente este cargo, vaya a
dárselo en propiedad produciéndome a mí un verdadero trastorno.

VICENTE

Tendría un verdadero placer.
OLIMP1A

Vaya, se ve que puede usted andar solo por el mundo.
VICENTE

PAQUIRO

Señorita, a sus órdenes.

¡Vaya un gachó!

ESTEBAN

ESTEBAN

Bueno, hasta mañana.

¡Bien, hombre, bien!

VICENTE

VICENTE

Yo, claro, por mi empleo en el Catastro, he podido hacer algún favor evitando el pago de una contribución y por eso tengo simpatías entre los adinerados, don Esteban ya sabe...

...

1

¡

..

r

Señorita... , caballeros ... , tengo mucho honor...

ESCENA QUINTA
DICHOS, MENOS VICENTE

ESTEBAN

Sí, ya sé que gracias a usted, me dijo mi administrador...
OLIMPIA
VICENTE

Don Esteban. ¡Vaya un tío que estás hecho!

Sí, que el Coto del Espino que es tierra de huerta paga como de secano.

ESTEBAN

Chica, ¡cosas de allá!

ESTEBAN

Bueno, ¿y qué?

PAQUIRO
VICENTE

Una carta de usted para don Federico y creo que me lo arreglará
todo.

Y de acá, porque aunque se rían ustedes, he de decir, que gracias ~
mi amistad con un ministro paisano, fué nombrado un chico simpático,.
eso sí, profesor de Filosofía. (Ríen.)

ESTEBAN

Mañana vaya a recogerla a casa.

.,

PAQUIRO

Pues sabe usted que siento no tener algún chanchullito en esa provincia para que usted me lo arreglara.
202

ESCENA SEXTA
DICHOS y un AVISADOR a la puerta.
AVISADOR

¡Señorita Olimpia! Voy a empezar cuando usted guste.
203,,

�LA PLUMA
LA PLUMA
OLIMPIA

¿Venís?

PAQUIRO
JULIO

Yo, sí voy.

(Ríe)

¡Pchs! La cuestión es poder hacerlo.
AUGUSTO

ESCENA SÉPTWA
.AUGUSTO, PAQUIRO, DON ESTEBAN y PACA (que entra en la izquierda).

Yo, la verdad, tomo a Olimpia como un excitante. Su gracia, su belleza, su desparpajo, sus cualidades ...
ESTEBAN

AUGUSTO

Si es que tiene alguna cualidad fuera de su hermosura y de su instinto artístico del baile.

Este Julio, es cosa perdida.
PAQUIRO

AUGUSTO

Sí, se le ha metido esa mujer en el alma.
ESTEBAN

Ese chico, no tiene sentido común. Buena diferencia va de la manera de ser con Olimpia de usted, de ti, Paquiro, o de mí.
PAQUIRO

La diferencia es, que ni usted, ni Augusto, ni yo, queremos de verdad a Olimpia, y Julio está chalao por ella.

Bien, sí. Pero aparte de eso. Sean cualidades o defectos. Yo me embriago con Olimpia, como Poc con aguardiente, o Verlaine con ajenjo.
Es el más poderoso estimulante poético que he encontrado en mi vida.
Tienen para mí sus gestos, su figura, los faralares de su falda, un sentido igual al que para un poeta geórgico ...
PAQUIRO

No te entiendo una palabra.

ESTEBAN

No me explico, no me explico esa manera de ser. Yo, no tengo la
pretensión de ponerme de modelo de nadie. Tengo mis líos como cualquiera; pero, eso sí, ante todo, mi mujer y mi hija. Yo vengo por estos
·sitios, donde, para qué negarlo, no hay una moralidad excesiva, y a veces empiezo a tontear con una, que unas veces puede ser una bailarina,
otras, una cupletista, quizás, una camarera. La obsequio, la distraigo,
se divierte conmigo, me cuesta mi dinero, y me lo gasto con verdadero
placer. Pero en cuanto yo noto que la muchacha me va interesando demasiado, me pongo en guardia; eso no, ante todo la tranquilidad de mi
mujer y de mi familia. Ya digo, en cuanto noto que una muchacha de
-estas empieza a interesarme, la dejo y busco otra. ¿No estoy en lo cierto?
204

AUGUSTO

Hombre. Como el sentido que tiene para uno que haga versos del
campo, una gavilla de mieses o un rebaño ...
PAQUIRO

Si te oye ella, te ahoga.
AUGUSTO

¡Pero si es un elogio! Me gusta verla ... , pero de lejos, sin meterme
en honduras, como a un hermoso cuadro. Si te acercas a un lienzo pintado, ves barniz, pelos del pincel, gotas de aceite endurecido, resquebrajaduras ... ; esas cosas son las que no quiero ver en el hermoso cuadro
de Olimria.
205

�LA PLUMA

LA PLUMA

PAQUIRO (Rt'endo)
¿Pero tú crees que ella tiene esas porquerías? Vamos, para mí que
.tú estás todavía más chalao que Julio.

PAQUIRO

1Bah, la vida!...
AUGUSTO

AUGUSTO

Entre tú, Paquiro; usted, Don Esteban, y Julio, han establecido un
-«match», cuyo premio puede ser Olimpia. Don Esteban va empujado
_por su dinero, su trato con las mujeres ...
(Riendo)
Pues el J ulito se las tiene tiesas con usted, Don Esteban.
PAQUIRO

AUGUSTO

Tú, Paquiro, tienes en tu favor toda la prestancia del torero. Porque
tú no eres de esos toreros que parecen, fuera de la plaza, unos buenos
.empleados de oficina. No, tú er_es el torero tradicional, valiente, gasta•dor y buen mozo.
ESTEBAN (Rt"endo)
Pues Julio se sostiene a tu lado, Paquiro.
AUGUSTO

Lo sabe, y lo sabemos todos. Pero es, poniendo ustedes lo de menos
.Y él lo de más. Para usted representa Olimpia unos fajos de billetes de
menos en su cartera, que su administrador se encargará de reponer.
Para Paquiro, Olimpia es un capricho. Volver un día de la plaza de toros con la mujer de más postín de Madrid, y que alguno rabie de envidia y que alguna palidezca y se muerda los labios al decir: «Olimpia de
Toledo, está ahora con el Paquiro».
ESTEBAN

Para Julio, Olimpia debía ser la modelo, el Arte.
AUGUSTO

Pues eso es lo que no ocurre. Para Julio, Olimpia es la vida, la vida
.misma.
206

Todas esas ropas, esos perfumes, esos afeites de la bailarina, exha\an un relente que a todos nos marean como un vino encabezado. A
nosotros es aquí, aquí sólo. En cuanto yo salgo de aquí, desaparece el
efecto de embriaguez. Pero en Julio, no. La imagen de Olimpia le per.sigue. En su estudio de pintor...
ESTEBAN

Está bien. En el estudio, está bien.
AUGUSTO

Sí, en un estudio puede reinar el recuerdo de las mujeres como
Olimpia. Pero que Julio, en el humilde comedor de su casa, mientras
su madre hace calceta a la luz de la lámpara y su hermana borda, piense en Olimpia, y que él, que aquí es un esclavo, el más miserable de los
esclavos, capaz de barrer con la lengua el polvo que pisan los tacones
de Olimpia, sea allá un tirano caprichoso, que atormenta a su madre y
.a su hermana. Y todo, ¿por qué? Porque Olimpia no le quiere, como
él quiere que le quiera .
ESTEBAN ( Rt'endo)

Ya sabía yo que nuestro amigo Augusto sueña con la muchacha que
borda bajo la lámpara, al lado de su madre.
AUGUSTO

(Riendo)

Es verdad. Bueno, don Esteban. Me dirá usted que no merece la
pena de emborronar cuartillas con sonetos dedicados a Olimpia, para
Juego salir con cantinelas burguesas.
,
ESTEBAN

Por eso, vuelvo a repetir, que mi sistema es el mejor. En cuanto se
siente el menor interés por una ... a otra .
207

�LA PLUM A

LA PLUMA
PAQUIRO

Es que a Julio se le ha metido Olimpia en la cabeza, y en ella le da
vueltas como un chiquillo goloso a un caramelo.
ESTEBAN

Y a juzgar por el ruido que llega hasta aquí, debe estar volviendoloco al público.
PAQUIRO

Con tanto charlar no la vamos a ver. ( Vanse.)

pia: ¡Qué magnífica! ¡Qué estupenda has estado! ¡Olimpia, qué bien!
Era lo mismo que ahora.
JULIO

No, Paca; no me digas eso.
PACA (Ríendo)
¡Ay qué gracia que tiene, lo q_ue ~ste_d dice, señorito Julio! ¡Ja ... jal
¿De modo que usted cree que m1 senonta ha cambiado en estos ocho
días? ¡Vamos, que aquí el que ha dado el cambiazo es usted!

JULIO

ESCENA OCTAVA
PACA se acerca a la puerta de la derecha y escucha el ruido lejano de los
aplausos, después JULIO

atropelladame!tte)
¡No! ¡No quiero verla. (Se sienta en un diván, la cabeza entre las manos.) ¡Qué asco! ¡Qué vergüenza!

¿Pero tú la has visto en este baile?
PACA

1Anda! ¡La mar de veces!

(Sonrte it-ónt"ca)

¡Ay, señorito Julio! ¡Cómo varían ustedes los hombres!
JULIO

¡Nunca! ¡Nunca ha estado así esa mujer! ¡Nunca!

I

JUUO

JULIO ( l:!,ntra

PACA

&lt;,

Asómate a mirarla, asómate; verás cómo nunca la has visto tan desvergonzada, tan... asquerosa.
PACA

¡Bah! ¡Bah!, señorito Julio. Que todas esas cosas son figuraciones de
usted. No necesito verla, porque me la sé de memoria. Hoy, no digo,
puede que cargue la mano para entusiasmar al duque. Como dicen que
es el amo, en algunos teatros extranjeros, porque allá se deja un porción
de pesetas... ·

PACA

ESCENA NOVENA

Vamos, señorito Julio. No hace todavía ocho días que estaba usted
entusiasmado con las cosas que la señorita hace en el escenario.

DICHOS, PAQUJRO y AUGUSTO

JULIO

PAQUIRO

¿Tú crees? ¿Tú crees de verdad que Olimpia hacia esos gestos, esos
desplantes, cuando empezó a bailar aquí?

¡Vaya final! ¡Ha estado superior! ¡Daba miedo cuando se marcó la
puñalada!
AUGUSTO

PACA

¡Pues claro, señorito Julio, pues claro! Cuando usted la decía a Olim.208

Si, parecía que clavaba de verdad.
XIV

�~PLUMA

LA PLUMA

ESCENA DÉCIMA
DICHOS y OLUIPIA
OLIMPIA

(Jadeante, despeínada, flores en la mano izquierda,
y el puñal en la derecha)

¡Ah!... ¡Ah!... ¡Qué ovación!. .. ¡Así!... ¡Así me gusta!... ¡Oh! ... ¡Volverlos locos!... ¡Que griten!... ¡Que rujan!... Cientos y cientos de ojos ...
que quieren comerme .. . , atravesarme con la mirada ... , cientos y cientos
de cabezas congestionadas ... de amor... ; bueno, de lujuria... mejor. Y
la vibración de las manos que aplauden. ¡Eso!.,. ¡Eso es lo que a mí me
vuelve local ¡Ah, Paquirol Aquí, tú y yo solos hemos sentido eso. Ven,
Paquiro; dame un abrazo, compañero ... Tú y yo solos ... , no éstos. El
uno con sus poemas, el otro con sus cuadros ... ¡Valientes éxitos!... De
sonrisas, de cuchicheos ... , no de alaridos ... de rugidos. ¡Eh, Paquirol
¿Cómo alienta? ¿Cómo gruñe? ... Late como una jauría de perros rabiosos... ¡Ah, qué gusto! (Se deja caer sobre un diván .)
PAQUIRO

Sí, eso, la verdad puede mucho.
OUMPIA

¡Jal ¡Jal ¡El duque loco! ¡Loco! Sacaba medio cuerpo fuera del palco
y gritaba: «¡Bravo! ¡Bravo!» ¡Que rabien esas idiotas! La Pelitos ... ¡Bah!
Cuatro aplausos pagados de la clac. Pero a mí... ¡Oh, cuando di la puñalada casi tuve miedo, creí que se me echaban encima! ¡Oh, qué bien!
(Pensativa.) Bueno, Paquiro, tú tienes una ventaja .. . Claro.

AUGUSTO

Cuando dabas la puñalada parecía
cruz. Tal era la intensidad de tu gesto. que el arma se teñía hasta la
PAQumo (Tomando el (Juña!)
Sí que tiene lo suyo el aguijón.
•

OLIMPIA

¿Viste que mustiás estaban esas Pa uiro? Q
.
ranl... Pero este Julio ... ¡Me incom'od q
I ue rabien! ¡Que se muete da envidia?
ª verte con esa cara triste ¿Es que
JULIO

¡Oh, no!. ..
AUGUSTO

Julio se alegra de tus triunfos , como tod os.
OUMPIA

Pues entonces ¿a qué corromperme las
.
grada? Es lo que me indigna ·No h
. o;ac1ones con esa cara avinaver contento a todo el mundo' cuan:~ satis acción completa! Me gusta
nes tú que ser el que ponga una gota a yo estoy co~tenta, y siempre tie.
marga en mis alegr'a p
b
no, ¿a que me meto yo a filosofar? Pa uiro d"
. i s. ero, uede champagne. Trincaremos.
q
' I que traigan una botella
PAQ'JIRO

(Desde la puerta de la derecha)

¡Eh! ¡Botones!. .. Que traigan una botell d h
Pronto. Si las traes en s•guida
te ganas dos pesetas.
a e c ampagne y copas.
-

PAQUIRO

ESCENA UNDÉCTh1A

¿Cuál, chiquilla?
OLIMPIA

Cuando tú clavas .. . clavas de verdad. ¡Salta la sangre!.. .

DICHOS Y la MOGIGONA
111OGIGONA

PAQUIRO

¿Dan ustedes su permiso?

Es verdad, se moja uno.
211

210

�LA PLUMA
LA PLUMA
OLIMPIA
OLIMPIA

¿Quién es?

Y ahora ¿qué hace usted? (Paquíro descorcha.)
MOGIGONA

Ana Montoya, señorita Olim pia; Ana Montoya la Mogigona.
AUGUSTO

MOGIGONA

Pues ahora acompañando a mi niña, que me ha salio bolera y trabaja en la sección de la tarde, en el cuadro de flamenco.

Adelante la cali.

OLIMPIA

¿Y cómo se llama su hija?

YOGIGONA

¡Ay, señorita Olimpia! O me dejas darte un beso o aquí mesmo me
da un soponcio.

MOGIGONA

Quería ponella la Mogigona chica.

OLIMPIA

.,

.

PAQUIRO

¿Pero qué quiere usted?

¡Parece mote de novillero!
MOGIGONA

MOGIGONA

Besalla, besalla, y na más que besalla. ¡Jesús y vaya una marnerita
de bailá! Como las mismas santas del sielo ha bailao esta endina. Y dejarme que la vea. ¡Y es paya! Pa ~ue alueg~ d,igan qu~ para ~ailar hay
necesiá de tener sangre de gitanena! Ven aca tu, escamlal ¿Quién te ha
enseñao a ti eso? Ven acá tú, ojos de terciopelo. ¡Nombre bendito de
Dios y de la Virgen! Que yo he visto boleras de chipén y 1~ 'he s~o; s_í,
que yo lo he sío. Pero bailar como tú, por éstá.s que n_o lo v1~e en ¡am.~s
de los jamases. Déjame, déjame miralte, paJ~ma zonta. ~s, que esta,s
vosotros hechos cachos por esta gloria. ¡So bnbones escamlaosl
OLIMPIA

¿De modo que usted ha bailado, señora Mogigona?
KOGIGONA

Por eso mismo, ella no quiso, y la llaman la Modes.
AUGUSTO

¿Pero eso es francés?
!IIOGIGONA

¡Qué va a ser francés! El francés serasté. La niña se apellida la Modes, porque se llama Modesta. ¡Vaya ahora!
OLIMPIA

Bueno, Mogigona, bueno. ¿Tomará usted una copita de champagne?
¿Y por qué no ha traído usted a su niña?
(fltbe)
Vaya, salud. Pues mi niña no se atrevió a venir. «No vayasté-me
decía-, que la O!impia tiene una fama de orgullosa ...» Y yo voy-la
respondí-, porque una mujer que baila como ella baila, tiene que ser
una buena mujer. Pero mi niña no quedría venir ni a pedazos. ¿Que por
qué? Porque hay un tío que me la trae enarbolá, y no hace más que
suspirar y tener unas ojeras descolgás que le llegan a la boca.
MOGIGONA

?e

¿Que si he bailao? Que se lo pregunten a los calos viejos
Sevilla.
•Que si he bailao? En el café del Burrero. Con bata, eso s1, con bata
;arga· porque eso de la farda de campaniya no es de tablao legítimo.
(El b~tonts con una botella de champagne y copas en una bandtja.)
212

213

�LA PLUMA

LA P L U ~1 A
OLD!PfA

¿Y quién es ese bribón que enarbola a la Mogigona chica?

hubiera enseñado la parma de la mano, de seguro, de seguro que encuentro, que entre tus amigos está el que te dará un disgusto. ¡Descarrilaos! ¡Lipendiosos! ( Vase.)

MOGIGONA

La Modes quedrás decir.

ESCENA DÉCIMOSEGUNDA

OLIMP!A

DICHOS menos la MOGIGONA

Es lo mismo.
MOGIGONA

Que no es lo mesmo, que no es lo mesmo, que si a mi niña la ponen ese alias la han matado para su porvenir del baile. Y ese gachó que
me la tiene martirisá, no es este payo que escribe versos, ni tampoco ese
poyo que lo tienes crucificado. Ni el payo ni el poyo, es el piyo de Paquiro, que con el aquel de que es mataor, se le figura que puede pisotear la honra de los probes.
PAQl'IRO

Vaya usted ...
NOGIGONA

AUGUSIO

¡Es un tipo curioso!
OLDIPIA

Voy a arreglarme. (Pasa por la puerta de la izquierda.)
Paca, me vas a dar el traje azul de cachemira. Creo que es el que me
hace más endemoniada. Voy a ver si consigo volverle el juicio a ese embajador extraordinario de su majestad Karpática. ¡Vaya un tío que debe
estar hecho el tal duque! Tienen cierto chic, esos tipos rojos con el pelo
casi blanco. ¡Es un gran modelo, Julio! (Entra en la puerta de la izquierda.)

¿Vayaste?... So vayaste'.
PAQUlRO
PAQUIRO

¡Demonio de bruja! Que me está metiendo a su niña por las narices.

Si viene por aquí, le toreas tú con ese traje que te estás poniendo, yo
le doy la estocada y Julio la puntilla.

MOGIGONA

Yo no le he metido a usted náa.

OLIMPIA

(Dentro)

Pues me ha gustado el duque.

OLIMPIA

Vamos, señora Mogigona, que venir aquí en busca de apaños para la
chica. ¡Está bonito! ¡Bien!

AUGUSTO

¡Adiós, la veleta!

PAQUJRO

OLilllPIA

MOGIGONA

¿Qué veleta? ¿Me habéis clavado el alma alguno de vosotros, para que
esté siempre mirando al mismo sitio? Eres tú muy poquita cosa para sujetarme, Paquiro de mi vida; ni tú, poetastro. ¡Ja, jal ¿Y el mustio? ¿Qué

Vamos, señora; largo ...
Sí que me voy, torero de la jindama, y tú, Olimpia, no te fíes. Si me

�LA PLUMA

LA PLUMA

dice el mustio? ¿Qué dices tú, Julito monono? ¿También te da coraje
que el duque pueda venir aqu1?
JULIO

.

...

f

En cuanto a don Esteban, como parece que iba interesándose por ti,
te ha cambiado en el altar de su corazón por madamuasel Perrin, la em-

Yo no digo nada, nada.

.,

AUGUSTO

peratriz de la barra fija.
OLIMPIA

OLIMPIA

Pero qué, ¿os váis a incomodar por eso? ¿Por un enamorado más con
quien tenéis que compartirme? ¡Tontos! Uno más. ¡Bah! Si todavía os
tocan a muchas (sale abrochándose el traje). ¡Sois insoportables! Vamos
a ver, viene aquí el duque, y qué ¿es que aquí no hay sitio para uno
más?

¡Bah! El volverá .. , ¡Poco miedo tengo de que os vayáis! Estáis seguros•.. Vosotros sois veletas roñosas, a las que el viento no puede mover, siempre miraréis al mismo sitio, hacia donde esté Olimpia, ¿No es
verdad, Julio?

A.UGUSTO

Vaya, vamos a brindar por la mujer de gran cabeza y corazón, estrictamente necesario. Por Carmen la Cigarrera, de Merimée, puesta en
solfa por Bizet, por la que cien años después deja la serranía de Ronda y
se hace bailarina de Music-Hall .

Te diré, Olimpia. Nosotros habíamos formado una especie de sociedad por acciones, para explotar el caudal de tus sonrisas, de tus miradas.
Si ahora nos metes aquí un elemento extraño, todo este tinglado, tan
bien establecido, se viene abajo .
OLIMPIA.

AUGUSTO

OLIMPIA

Esa soy yo.

¡Me alegro!... ¡Abajo todos los tinglados! ¡Abajo lo existente! Paquiro, dame una copa. Bebamos al cambio general, a lo imprevisto, a
las veletas, a los pájaros, a las mujeres variables y los amores inconstantes.
AUGUSTO

AUGUSTO

Tú misma, que tienes la suerte de no tropezar con don José el Navarro que te pudiera dar un disgusto.
ESCEKA DUODÉCIMA

Bebamos. Desde esta noche me pongo a componer versos para la
Pelitos.

DICHOS y el EMPRESARIO y un BOTONES con un ramo de flores.

OLIMPIA

EMPRESARIO

¡Olimpial ¡Olimpia! El duque de Bistonia me ha llamado a su palco... Quiere verte ... ¡Mira qué ramo te envía!... Pero fíjate en lo que
cuelga de esa cinta... He venido con el chico por eso...

Te guardarás muy bien, mamarracho.
PAQUIRO

Yo también tengo echado el ojo a una chavalilla ...

OLIMPIA

OLIMPIA

¡Oh!. .. ¡Qué magnifico!. .. ¡Es un regalo de príncipe!... Mirad. ¿Eh?
1Es estupendo! Trae las tijeras, Paca, para cortar esta cinta .•. ¡Cómo

Te mato, Paquiro.
216

217

,

�LA PLUM A

LA PLUMA

destella! (Corta !ti cinta y mira un anillo a la luz.) Siempre he presumido de brillantes ... pero como este no tenía ninguno. ¡Qué hermosura!. ..
¿Va a venir el Duque? ¿Va a venir?
BOTONES

Aquí tengo una tarjeta ...
OLIMPIA

A ver... (lee.) Sí, sí, dígale usted... ¿ Porque usted volverá al
palco?

los quite durante unas horas. (Va qm·tándose las s01tijas.) Este es el de
Esteban, el infiel... es monísimo, se ve que Esteban tiene mejor gusto
para los anillos que para las mujeres. El otro es el del poeta, ópalo, mala
suerte dicen que da, y yo, desde que lo llevo en mi mano, no he tenido
más que satisfacciones. Este es el tuyo, Paquiro. Aquí se ve el rumbo ...
¡Qué verde es tu esmeralda! Parece una gota de veneno. ¿Eh? ¿No es
verdad que tiene un aire malévolo esta piedra achatada? Este es el sujetador de Julio. ¿Le pusiste en el interior la fecha en que me conociste?...
Sí... hace hoy diez días justos.

EMPRESARIO

Sí.

r

PAQUIRO

Bueno, Olimpia, te dejo ... adiós.
OLTMPIA

Pues le dice usted que con mucho gusto ... ahora mismo ... que me
espere en el Hotel,

OLIMPIA

¿Apuesto a que te vas incomodado?
PAQUIRO

EMPR.ESARIO

Bueno, mujer. No dirás que no me porto bien contigo.

¡Adiós, mujer... adiós! (Vase.)

OLIMPIA

ESCENA DÉCIMACUARTA

Es usted, ¡el rey de los empresarios!

DICHOS menos PAQUIRO

PAQUJRO
AUGJSTO

¡El rey de los alcahuetes! (Vase el empresario y el botones.)
ESCENA DÉCIMATERCERA
DICHOS menos EMPRESARIO y el BOTONES
OLIMPIA

¡Qué delicia!. .. A tout seigneur, tout honneur ... Tendré que llevarlo
solo ... con las manos limpias de joyas ... solo ... el solitario. Me tenéis
que perdonar, ¿eh?, amigos ... No, si yo aprecio tanto como éste vuestros regalos y siempre, siempre, los llevaré. Pero hoy dejadme que me
.218

En un sitio tan moderno, tan actual, como es el cuarto de una bailarina, se ven cosas parecidas a las que ocurren en una selva virgen.
¡Vaya un poemita que me está brotando en la cabeza!
OLIMPIA

(Poniéndose el sombrero ante un espe.fo)

¿De verdad? ¿Un poema en que salgo yo? Me gusta eso.
AUGUSTO

Mira: en un picacho del monte hay una oveja, y por el cielo los buitres vuelan en grandes círculos. El olor de la res les atrae y van bajando
lentamente para clavar sus garras y su pico. De repente, en el fondo del,.
.219

�LA PLUMA

LA PLUMA
,cielo aparece un punto negro, cada vez es más grande. Es un pájaro de
largas alas, es el condor, el más fuerte, viene, abate su vuelo sobre la
presa ...
OLIMPIA

JULIO

Te suplico que no vayas.
OLIMPIA

Augusto, haz el favor de convencer a Julio. ¡Vamos, no seas bobínt

Pues no sé que tiene eso que ver conmigo.
AUGUSTO

JULIO

¡Por lo que más quieras, no vayas!

Contigo ...

OLIMPIA
OLIMPIA

¡Ay, poeta, cómo te equivocas! Haz que la corderita que está en el
.monte no sea cordera. ¿Sabes lo que es?

Por lo que más quiero iré.
JULIO

¿Qué es lo que más quieres?

AUGUSTO

OLIMPIA

¿Qué?
OLIMPIA

¡Una loba! Haz que sea una loba. Bueno, chicos ... me voy. Paca,
,guarda estas cosas.

¿Pero no lo sabes? ¡Torpe! ¿No lo has comprendido? Lo que ~ás.
quiero soy yo, yo misma ... Me conviene intimar con el duque. Quiero
ser amiga suya. Lo necesito y lo seré. Anda Julio, déjame en paz con tus.
tonterías.

JULIO

¿Vas a buscar al duque?

(Impaciente:)

JULIO

Olimpia, no quiero que vayas.
OLIMPIA

Sí, chico.

OLIMPIA

¿Que tú no quieres que vaya?
JULIO

~A cenar con él?

JULIO

No, no quiero.
OLIMPIA

Sí, eso me dice en la tarjeta.
JULIO

¡Olimpia!, no vayas.

OLIMPIA

No te sienta bien el papel de chulo, no tienes el tipo ... mira que_ yo,
los conozco bien. Todavía no ha habido ninguno que se me haya impuesto.

OLIMPIA

JULIO

¡Pero Julio!..., ¡por Dios!, no seas simple. ¿Qué tonterías se te
,ocurren?

Yo no soy un chulo, ni quiero serlo. Pero no irás a cenar con el
duque.

.220

221

�LA PLUMA

LA PLUMA
OLIMPIA

Augus:º• llévatelo ... , no vayamos a dar un escándalo en el teatro ...
.Anda, Jubo ... , vete ... , vete ...
JULIO

No me iré y no saldrás de aquí.
OLIMPIA

¿Pero quién va a impedírmelo?
JULIO

Yo.
OLIMPIA

'Ni tú, ni nadie.
JULIO (Va a la puerta y la cierra con llave.)
No saldrás ... , no saldrás.
OLIMPIA

.Abre, abre la puerta; dame esa llave.
JULIO

OLIMPIA

(Tú-a.el puñal.)

¡Bien!... ¡Está bien!... La escena resultaba tragicómica (coge tma copa
.de champaña y se la bebe.) ¡Paca!... ¡Paca!
PACA

(Al otro lado de la puerta de la derecha.)

Mande usted, señorita.
OLIMPIA

Mira, pregunta por ahí si hay una llave que venga bien a esta puerta,
ysi no, que avisen a un cerrajero, ¿sabes?, porque el señorito Julio ha
hecho la gracia de cerrar y guardarse la llave. Chico, conmigo la trage-0ia no va a resultar. Todo lo más, un mal sainete. (Con sorna.) ¿Me das
la llave, precioso?
(Augusto quüa la llave a Juli'o y abre la puerta.)
OLIMPIA

Adiós chicos ... Ya sabéis que mientras esté yo aquí esta puerta está
.abierta de par en par para vosotros, pero también para mí. ( Vase.)
(:lult'o se cubre la cara con las manos. Augusto sigue a Olimpia con la
~nirada.)
TELON

No.
OLIMP1A

(Amenazando con el tmñal.)

FIN DEL SEGUNDO ACTO

..¿Me darás la llave?

RtCARDO BAROJA.
AUGUSTO

,¡Olimpia! ¡Olimpia! Vamos, Julio, abre.
JULIO

.No.
OLIMPIA

(Marchando hacía :Julio.)

¡Maldita sea! ... Te clavo.
JULIO

Clava ... ¿no querías sangre? .. , clava.
. 222
I

223

�LA PLUMA
Bctubre. C:ustilla.

fferjiles dorados
$e otero y de árbol.
C:laridad cernida.
.Ca tierra caliza
(:},ue fué polvareda
0s ahora tersa
C:alma adamantina.

LA HERMOSURA DE OCTUBRE

¡$iáfanas vistillas!
fllsombra a la gema
?;anta trasparencia.
.Cos aires se atildan.

&lt;::astillo en la cima,
rSoto, raso, era,
$eso! en la aldea,
rSoledcd, ermita.

fNiña el agua verde,
rSeñorón el puente,
'Y la aceña, en ruina$.

¡0ncumbrada ínsula
$e contorno estricto
(:},ue pone eu olvido
.Ca onda indecisa/

¡&lt;Salve, ronda ínclita!
CJluelan los vencejos
rSin cesar, por miedo
$el ala abatida.

9l.mor a la línea:
.Ca vid se desnuda
$e una vestidura
$emasiado rica.

'Un cazador mira,
rSimple, hacia el confin,

'JI una canastilla
$e a/acres racimos
~raza un laberinto
$e sueños encinta.

0n el río, niña,

J:ebrel zahorí
.Ca liebre adivina.
XV

225

�LA PLUMA

LA PLUMA
C:úspide rojiza,
f;ualda y verde coda,
61 follaje, a solas,
6n los chopos pía.

{;rávida de prisa
C:ae en el futuro
-¡flly cuán cejijunto!.Ca buena semílla.
fl)uda la sibila
C:avilosa, y calla.
cSonríen las hadas
fil un rey en mantillas.
¿'J/a se ruboriza
61 adolescente
&lt;:lue, sin beber, cree
cSu sed infinita?
¿$rillará a hurtadillas
6n la mano blanca
fDe la desposada
.Ca nueva sortija?

1

¡;Invisible brisa
6ntre chopo y astro!
'JI todo el espacio
fDe consuno vibra.
6sta luz antigua
fDe tarde feliz
fNo puede morir.
/6terna luz íntima!
- ¡ :Pronto, pronto, ensilla

tlrt.i mejor caballo!
¡{;[ camino es ancho
:Para mi porfía!
JoRGE G u 1LLÉN.

6stilo en la dicha,
cSapiencia en el pasmo,
6ntre errante fausto
.Ca rama sencilla.
'l;enue melodía
9?.ecorre el follaje.
¿:Por ventura un ave
f;orjea escondida?
:z:t6

227

�LA PLUMA

ANTOLOGÍA

LOS CATALANES
los catalanes por la mayor parte hombres de durísimo natural; sus p11,labras pocas, a que parece les inclina también
su propio lenguaje, cuyas cláusulas y dicciones son brevísi-mas; en las injurias muestran gran sentimiento, y por eso
son inclinados a la venganza; estiman mucho su honor y su palabra; no
menos su exención, por lo que entre las más naciones de España son
amantes de stt libertad. La tierra, abundante de asperezas, ay11da y
dispo~e su ánimo vengativo a terribles efectos con pequeña ocasión; el
quejoso o agraviado deja los pueblos y se entra a vivir en los bosques,
donde en continuos asaltos fatigan los caminos; otros, sin más ocasión
que su propia insolencia, siguen a estotros; estosy aquéllos se mantienen
por la industria de sus insultos. Llaman comunmente andar en trab,1jo
aquel espacio de tiempo que gastan en este modo de vivír, como en señal
de que le conocen por desconcierto; no es acción entre ellos reputada por
afrentosa, antes al ofendido ayudan siempre sus deudos y amigos. Algztnos han tenido por cosa política fomentar sus parcialidades por hallarse poderosos en los acontecimientos civiles: con este motivo han conservado sien-pre entre sí los dos famosos bandos de narros y cadells,
ON

.228

no menos alebrados y dañosos a su patria que los güelfos y gibelinos
de Milán, los pajos y medicis de Florencia, los beamonteses y agramonteses de Navarra, y los gamboinos y oñasinos de la antigua Vizcaya.
Todavía se wnservan en Cataluña aquellas diferentes voces, bien
que espantosamente unidas y conformes en el fin de su defensa: cosa
asaz digna de notar, que siendo ellos entre sí tan varios en las opiniones y sentimientos, se hayan ajustado de tal suerte en un propósito, que
iamás esta diversidad y antigua coutienda les dió ocasión de dividirse;
buen ejemplo para enseñar o confundir el orgullo y disparidad de otras
naciones en aquellas o~ras cuyo acierto pende de la unión de los ánimos.
Habitan los quejosos por los boscajes y espesuras, y entre sus cuad, illas hay uno que gobierna, a quien obedecen los demás. Ya de este
pernicioso mando han salido para mejores empleos Roque Guinart, Pedraza y algunos capitanes de bandoleros, y últimamente don Pedro de
Santa Cilia y Paz, caballero de nación mallorquín, hombre cuya vida
hicieron notable en Europa las muertes de trescientas y veinticinco personas, que por sus manos o industria hizo morir violentamente, caminando veinticinccJ años tras la venganza de la injusta muerte de un hermano. Ocúpase estos tiempos dou Pedro sirviendo al Rey Católico en
honrados puestos de la guerra, en que ahora le da al mundo satisfacción del escándalo pasado.
Es el hábito común acomodado a su ejercicio: acompáñanst siempre
de arcabuces cortos, llamados pedreñales, colgados de una ancha faja
de cuero, que dicen charpa, atravesada desde el hombro al lado opuesto.
Los más desprecian las espadas como cosa embarazosa a sus caminos;
tampoco se acomodan a sombreros, mas en su lugar usan bonetes de estambre listados de diferentes colores, cosa que algunas veces traen como
señai, diferenciándose unos de otros por las listas; visten larguísima.,
capas de jerga blanca, resistiendo gallardamente al traba.fo, con que St'
reparan y disimulan; sus calzados son de cáiiamo tejído, a que llamau
229

'

�LA PLUMA
sandalias; usan poco el vino,y con agua sola, de que se acompañan,
guardada en vasos rústicos, y algu1tos panes áspnos que se llevan,
siempre pasados del cordel con q11.e se ciñen, caminan y se mantienen los
muchos días que gastan sin acudir a los pueblos.
Los labradores y gente del campo, a quien su ejercicio en todas provincias ha hecho llanos y pacijicos, también son oprimidos ae esta c,stumbre; de tal suerte, que unos y otros, todos viven ocasionados a la
venganza y discordia por su natural, por su habitación y por el eji mplo. El uso antiguo facilitó tanto el escándalo común, que, templado el
rigor d4 la justicia, o por menos atenta o por menos poderosa, tácitamente permite su entrada y conservación en los lugares comarcanos,
donde ya los reciben como vecinos.
No por esto se debe entender que toda la provincia y sus moradores
vivan pobres, sueltos y sin policía; antes, por el contraríe,, es la tierra,
principalmente en las llanuras, abundantísima de toda suerte de frutos,
en cuya fertilidad compite con la gruesa Andalucía, y vence cualquiera
otra de las provincias de España; ennoblécenla muchas ciudades, algunas famosas en antigüedad y lustre; tiene gran número de villas y lugares, algunos buenos puertos y plazas fuertes; su cabez..z y corte, Barcelona, está llena de nobleza, letras, ingenios y hermosura, y esto 1ttismo se 1 eparte con más que medianía a los otros lugares del Principado.
Fabricó la piedad de sus príncipes, señalados en religion,famosos templos consagrados a Dios. Entre ellos luce, como el sol entre las estrellas, el santuario de Monserrate, célebre en todas las memorias cristianas del universo. Reconocen el valor de sus naturales las historias antiguas y modernas en el Asia y Europa; ¿África también no se lo confiesa? Es, en fin, Cataluña y los catalaues una de las provincias y gentes de más primor, reputación y estima que se halla en la grande congregación de estados y reinos de que se formó la monarquía española.
FRANCISCO MANUEL DE MELO.
2JO

HOJEANDO REVISTAS

EL NOVELISTA SE METE A CR1TICO
señor don Vicente Blasco Ibáñez es, si el lector gusta de símiles de orden botánico, a modo de cedro del Líbano que se
,
yergue sobre la retama literaria hispá~ica contemporáne~; ~l
señor' don Vicente Blasco lbáñez, es, s1 el lector prefiere s1m1les de carácter ornitológico, a modo de águila caudal que se remonta
por encima de ]a bandada de pequeños plumíferos, tipo gorrión.
Si la grey de las gentes de letras, en lugar de esa vaga rep~blica
-cañamazo de floja urdimbre-en que metafóricamente se hallan m_s,ertadas, constituyesen un verdadero organismo político de_f~e_r~e cohes10n,
que tuviese un jefe que fuese un autócrata-nada de d1v1~1on de p~deres y a tout signeur tout honneur-el señor Blasc? a~c~nzana la max1ma
jerarquía: la de Gran Preboste de las Letras Hispamcas ~e Aq~en~e_y
Allende los Mares-con, ni que decir tiene, el correspondiente e¡erc1c10
de mero y mixto imperio.
Si tal puesto se lograse por conquista este hombre de éxitos retumbantes, ensordecedores, bajaría de su carro triunfal (que a no ser un
Rolls-Royce debe ser una carroza en que las bestias que tiren de ella lleven, en lugar de campanillas, tintineantes piezas de 20 pesos, muchas
tintineantes piezas de 20 pesos) y lo ganaría con su esfuerzo potente Y
energía maravillosa.
L

231

�LA PLUMA
LA P L U l\l A

r

Si tal puesto fuese electivo, este hombre, que espiritual y materialmente ha seguido los treinta y dos rumbos de la rosa de los vientos, que
posee un ánima llena de complejidades porque ha contemplado el fulgor
de las constelaciones de los hemisferios boreal y austral, este hombre
que es ciudadano del mundo tendría que luchar con un partido de estrecho, de mezquino nacionalismo (jefe a tambor batiente Ricardo León,
lugarteniente a pífano enronquecido Diego San José, director espiritual,
guía e inspirador a ... a ... abecesco José María Salaverría); pero Blasco
podría repetir el hecho de Maulio el Capitolino-mas como buen levantino con una mayor visión de la realidad, videlicet, menos altruismoy sin que, por consiguiente, tuviésemos que llorar respecto al valenciano
el desastrado fin del romano.
Y hay que hacer especial hincapié en este punto, en esta espléndida
posibilidad económica, porque ella es la concreción, el símbolo exaltado,
la patente más gloriosa del alto, del excelso mérito artístico del señor
Blasco. ¿Cómo pueden literariamente compararse con él, afortunado
poseedor de una mansión para invernar en Niza, sus congéneres que
sólo tienen, como Baroja, una casa en Vera. o Valle-Inclán, cuyo nombre sólo figura en los libros del Registro de la Propiedad de Cambados?
Y no hablemos de esas pobres gentes que viven a merced de caseros ...
Decididamente, el señor Blasco Ibáñez es el más grande, es el Sol de los
literatos españoles actuales.
Natural es, pues, que produzca curiosidad ilimitada en el lector de
carácter sencillo y respetuoso la visión, que desde el Himalaya de su
gloria y bien ganada fama, ofrece al público norteamericano-esa bonanza, esa rica veta que descubrió en momentos de turbación universalacerca de El sensadonal traspiés de la novela española. (En el número
correspondiente al mes de febrero de 1 he Lt'teray Digest Jnternatíonal
Book Review, New York. El título en inglés del artículo es «The Sensational Lapse of the Spanish Novel»).
El extractarlo hace perder al documento su excelso valor de vulgaridad e incomprensión, de falsedad y egotismo.
En una primera parte el autor de Los Cuatro y,·netes galopa a través

de los campos acotados con el nombre de s1iflo de oro y se detiene para
hablar de la generación de novelistas que florece en la segunda mitad de
la décima nona centuria. En la segunda se remansa a filosofar acerca de
la novela inmoral. En la tercera pone el paño al púlpito y se dedica a
sermonear acerca del novelista cabal.
Permítaseme que traduzca y subraye algunas de sus afirmaciones.
Trata un si es no es desdeñosamente a Galdós porque de él dice que es
«el más prolífico de todos, una mezcla de Dickens y de Balzac, que produjo cerca de unos cien volúmenes, creador de innumerables tipos y trabajador infatigable en todas las diversas variedades de este género de
ficción-la novela histórica, de costumbres, la política, la dialogada, la
epistolar, etc.»-. He aquí, pues, simple y llanamente un mérito cuantitativo, No hay sino comparar este párrafo con el que dedica a Pedro
Antonio de Alarcón: «el más genial y el más arrebatado por el genio de
todos ellos, el que mantuvo viva una visión de personas y cosas, de la
cual se puede decir que fué la más puramente típica de un artista». Prolífico sólo el uno, gemal el otro. ¿Com-ence la caracterización?
En la segunda parte afirma más de una vez que «en los últimos
años-«en los últimos veinte años», puntualiza luego-la novela dió un
serio traspiés que la hizo caer en la inmoralidad». Los autores escribían
«a sangre fría» novelas inmorales, sin sentirlas, con el solo pensamiento
de que cuanto más repugnantes fuesen esas novelas tanto mayor sería su
venta. Algunos de esos autores eran padres de familias, que, en la dulce
calma de sus propios hogares, urdían verdaderas abominaciones literarias por dinero. Y a seguida «la novela que empezó llamándose sensual
acabó siendo francamente pornográfica». Un nombre sólo cita en esta
enfurecida oración reprobatoria. Es el de Felipe Trigo. ¿Es que la lascivia es la exclusiva marca de su producción? ¿Por qué no reconocer-aparte
de que «no carecía de talento literario»-otras altas cualidades de su labor? De hecho don Vicente se ensaña. Por fortuna «la novela española
se ha liberado completamente de esta epidemia de salacidad y prosigue
su verdadero camino». ¡Sursum corda! Pero el ánimo del lector de carácter sencillo y respetuoso se sobrecoge al ver en un párrafo amontonados
233

�LA P L U ::\1 A
LA PLUMA
como en un cajón de sastre los nombres de «los más notables autores.
contemporáneos», donde hay que suponer que estén todos los que se
han «liberado completamente de esa epidemia de salacidad». Helos
aquí: «Puedo citar los nombres de Baroja, Valle-Inclán, León, Concha
Espina, Ayala, Zamacois, Pedro Mata, Carmen Burgos, La Serna, Hoyos y Vinent, Carretero, José Francés, José Más, Insúa, Belda, Catá, etcétera». ¡Dios santo! ¿Por qué antes tantos repulgos? Dejando a un lado
aquel absurdo López Bago, ¿no es precisamente Zamacois el que inicia
en España el tipo de novela que tanto irrita a don Vicente? Algunos de:
los que llama don Vicente «liberadores» o «liberados» no han ido mucho, muchísimo, más lejos que el propio Trigo, a quien él pone en la
picota? A los novelistas que dicen cosas arbitrarias cuando a críticos se
meten, se les lee con gusto porque ofrecen visiones de interés, ya que la
realidad está teñida con la materia colorante de su temperamento, pero
cuando quieren presentar cosas más objetivas tienen qu(respctar como
cada quisque los hechos. En este punto no hay fuero exento.
En la tercera parte señala como «un defecto de la novela española
moderna su exceso de lo que podemos llamar nacionalismo ... Como
regla general los viejos maestros de la novela española hicieron cuando
más un corto viaje a París, y alguno de ellos ni eso, muriendo sin haber
cruzado las fronteras de España. Por esta razón sus narraciones, a pesar
de estar bellamente pensadas y escritas, con frecuencia cayeron en la
monotonía ... » Más tarde: «Aquí se halla la gran dificultad-esta es lo
piedra de toque del verdadero novelista: producir un libro que sea una
fiel pintura del país en cuyo idioma esté escrito, y que al mismo tiempo
al ser traducido interese a los lectores de otros países y de otras lenguas.
Este milagro lo consiguen sólo los novelistas que, aunque sean ingleses,
españoles o franceses de nacimiento, se hallan por encima de su nacionalidad-novelistas que podemos llamar humanos.» Paréceme sospechar quién pueda ser un novelista HUMANO.
«Los novelistas actuales de España son menos sedentarios que sus
grandes predecesores», pero aún viajan poco. «Además de la España de
Europa hay en el mundo diez y nueve naciones que hablan español.
234

Parece natural y lógico que los autores de ficción española viajasen portodas las Repúblicas de Hispano-América estudiando de cerca las costumbres y psicología de sus habitantes ... En esta conexión séame permitido decir que yo fui el primer novelista que realizó la idea de tomar
un barco para conocer los pueblos de habla española en América y ser
capaz para describirlos en mis novelas.»
Es verdad que los viajes-en decir de Cervantes-hacen a las gentes
discretas; pero don Vicente indudablemente hiperboliza. Don Vicente
parece un anuncio de esos tours a que son tan aficionados los norteamericanos. ¿Es que el señor Blasco va a echar por la borda toda su producción primigenia? Somos muchos los que tenemos el mal gusto, la miopía, de admirarle por ellas y por mor de elJas, por el recuerdo de aquellos estudios psicológicos en que ahondaba en almas groseras y primitivas, apegadas al terruño, no nos incomodamos mucho con esas monografías anímicas, de gentes del des.rus du paníer, atrayentes sólo para
pobres chicas de la clase media, como son sus fantoches de Los enentigos de la mujer.
Y para terminar. No hace mucho, un fino espíritu que en los Estados
Unidos ha sorprendido con justeza el arte de Baroja, Mr. Ernest Boyd,
al hacer en The Natzon, de Nueva York {27 diciembre 1922), la reseña
de una traducción de La Busca, decía que «la boga de Blasco ha hecho
mucho daño a la literatura española porque ha suministrado a editores
y lectores un tipo de valores falsos, de medidas falsas, que el que carece
de dotes críticas aplica a todo libro que llega de España». Acaso lo que
expone Mr. Boyd sea muy verdadero. Pero indudablemente don Vicente
Blasco Ibáñez puede hacer muchísimo más daño metiéndose a crítico
de la literatura española contemporánea en revistas norteamericanas degran circulación.
TARTUFITO.

�VISIÓN DE LA NOCHE
cSurge la luna
y hay un jirón de nube,
que la muerde
dejándola íncompleta
a la mirada
como un pandero roto...
.Cas estrellas,
son como las sonajas de lata
dispersadas ...

AMANECER
Gstán las nubes quietas
y el paisaje
tiene quietud
de madre resignada...;
los cercados de trigo
derritieron
sus espigas de oro
en la mañana,
a la mirada ardiente
del sol nuevo
que allá, en el horizonte
se encarama.
F ELIX DELGADO.

CRÓNICAS LITERARIAS
ALE~IAI\IA
IBRERfas.-No voy a tratar de los escritores que cultivan el éxito.
Pero antes de abandonar la librería donde entré para revisar r ápidamente mis notas sobre literatura alemana, quisiera bosquejar
la posición literaria de dos o tres escritores q ue no caben en las
clasificaciones de escuelas y que merecen que se les otorgue crédito. Subrayo la diversa índole de sus talentos porque no pueden estar más distantes unos de ot ros.
El primero es Hcrman Hesse, que simboliza la persistencia de la tradición
en una escuela nerviosa, viva, acaso malsana a fuerza de ser febril. Debe tenerse presente que el realismo no ha desaparecido, y que si al margen del Expresionismo viven expresionistas independientes como Sternheim, al margen
del realismo caduco viven también realistas independientes, cuyos esfuerzos y
obras exigen respeto.
Una receta artística nunca mucre por completo, y menos aún si se trata
de un modo de crear tan infinitamente tradicional, tan en la rutina de todos
los pueblos y tiempos. El realismo ha sido destronado, pero no ha muerto. Es
como el muro, contra el que va a rebotar la pelota disparada por los jugadodores. Constituye una especie de fondo, una base de resistenc.ia y de reacción,
despreciada en ciertos momentos por su monotonía, olvidada también para
atender a los complicados movimie ntos del juego. Pero cuando el juego languidece, de nuevo se ve el muro triste, raso, imperturbable y tiránico.
El realismo no muere. Nunca le faltan adeptos, y si ciertos días no le son
propicios, algunos llegarán después que traigan un renacimiento de su influjo
237

�LA P L U ~I

A

y de su gloria. Entre los realistas de hoy no falta quien merezca algo mejor
que el público de rentistas y de profesores que le sigue.
Uno de ellos, y no de poca monta, es Herman Hesse. No puede negarse su
positivo talento; si sus dotes le amarran a una forma de expresión ya gastada,
.no sería justo, sin embargo, pasarle en silencio. Su obra es considerable. Por
desgracia, alcanza tan copiosas tiradas, que el autor se ha dejado arrastrar a
·una faci lidad dt" emociones e inc.luso de medios literarios muy lamentables.
Su temperamento clásico de alemán del Sur, con todo el sentimentalismo y la
·imprecisión romántica que esa cualidad lleva consigo, constituía ya para Herman Hesse un peligro, puesto que para contrarrestarlo no alimentaba una curiosidad como la de Heinrich Mano, ni sufría el tirón q:ie da una ascendencia
extranjera. Únicamente la escuela suiza, con Gottfried Keller a la cabeza, parece habe r influido algo sobre él, y esa escuela no era muy a propósito para
salvarle del doble peligro de su temperamento y de la popularidad. Rossltalde
es ya una declinación hacia la novela de folletín, a pesar de ciertas páginas
muy bellas y de ciertos capítulos muy honrosos. Peter Came11ziud es más firme
d ~ ]!'!anta y más origical, pero es obra sin eco y de una infecundidad angustios a. Hacia 1920 pudo verse hasta qué extremo llega la intoxicación de Herrnan
Hesse, cuando publicó una colección de poemali en prosa y en verso, Wandel'ung, cuyo nivel general no rebasa el de una honrada medianía. Añadiré que
Herrnan Hesse continúa escribiendo articulos críticos, no exentos de grandeza
y clarividencia.
Poca cosa voy a decir de \Valdemar Bonsels. Le menciono porque 3Jguoos
pretende n presentarlo corno un adalid de la literatura alemana joven. Nada
más iaexacto, y en cierto sentido, nada más pernicioso.
Waldemar Bonsels es, en efecto, un escritor distinguido; pero que no posee ningún carácter específicamente alemán, que no desempeña ningún papel
en la dirección literaria de su país, y que no participa en ninguna de las gran,des corrientes, contradictorias a veces, que constituirán la fisonomía del nuevo
siglQ. Su reputación es bastante extensa, y-como Henri de Regnier, desde que
es académico. o como Edmond Jaloux- -recluta &amp;u público entre aquella gente
a quienes la literatura popular (en Francia, la literatura de los Bourget, Bazin
Y otros Henri Bordeaux) ya no les satisface y que encuentran fatigosa y descar riada la otra.
La obra de \Valdemar Bonsels consiste en una decena de volúmenes. Los
primeros, publicados entre 1905 y 19121 cayeron a µlomo en el olvido. Una no-

238

LA PLUt-.lA
vela, .Die Biene Maja und {/n·e Aóenteuer, le valió su primer triunfo; pero tuvo
que esperar varios años hasta lograr la cousagración con el lndienfaltrt, libro
pintoresco y muy hábil, donde la intriga novelesca adquiere gran relieve, merced a los detalles exóticos y a las descripciones que la acompañan y la envuelven. Después ha publicado una colección de novelas cortas, algunas muy
buenas, Menschenwege, que ha ensanchado el círculo de sus lectores, y Eros
und die Evangelien, que responde perfectamenie a los deseos y gustos de
aquéllos.
Más importaute es conocer la obra de :\lartin lluber, que ha escrito varios
volúmenes de novelas cortas, Raóói Nachman, Baalscltem y Der lteilige íf-eg, y
-cosa de mayor monta, en mi sentir-algnnos volúmenes de ensayos y de historia. Pongo aparte Der grosse Maggid, que pertenece a los dos géneros, porque los quince capítulos de -anécdotas y narraciones que contiene, van precedidos de un largo prefacio teórico.
Martin Buber no es un gran escritor alemán, y no cometo ninguna confusión
-0e valores, pero constituye un &lt;Caso• muy interesante; para definirlo por comparación diría que Martín Buber es el Zangwill alemán. Como todas las comparaciones ésta es cómoda, pero injusta e imprecisa, porque las preocupaciones
de Buber se apartan claramente de la de Zangwill. He querido sencillamente
indicar el puesto que uno y otro ocupan en la literatura de su país y la direc&lt;:ióo de su actividad.
Martín Buber es uno de los más grandes escritores judaístas de la Europa
occidental. Zangwill también lo es. Pero éste observa sobre todo la vida coti&lt;liana de un correligionario, y, en modo realista, nota, por ejemplo, las escenas del ghetto, al paso que Buber, más místico, o si se quiere, más atento a las
tradiciones de su Iglesia y de su pueblo, se aplica a recoger, a evocar y a fijar
las leyendas que en la una y en el otro abundan. Su papel se asemeja al del folklorista, al del erudito, al del historiador de religiones, y también al del poeta,
por su propósito de rehacer un ambiente y por el talento con que restituye a
las figures rr:ás episódicas, un relieve acentuado. Pero en todo lo que escribe
hay una base científica, y de uno en otro libro, su obra descubre las mismas
esperanzas y las mismas ternuras místicas.
Buber está muy lejos y, bajando el tono, añadiría que muy por encima de
Zangwill. Posee aquel sentido de eternidad que confiere a los libros fundamentales de cualquier religión un prestigio poético; por su amor a la doctrina y
por la contemplación de los hombres que a ella se sacrificaron, transmi~e una

239

�LA PLUMA

LA PLUMA
ilusión de calma y de seguridad a todos los que viven en el hervor de la desorganización contemporánea.
Aun podría citar otros nombres; p~ro quiero poner fin a esta enumeración,
ya muy larga y caótica. En la librería están los ensayos de Stefan Zwcig-su
afectuoso ensayo R ,m1ai11 Rolla11d, sus excelentes Drei ,Ueister, sus Eri11eru11gen an Emile Verhae,·en-; los libros de Arnim Wegner, cuyo Der Weg o/me
Heimkehr es casi una obra maestra de la literatura de guerra; las novelas de
Rudolf Leonhard y las de Paul Zech; los poemas de Alfred Wolfenstein. Pero
ya llevo demasiado tiempo encerrado en este mundillo de la biblioteca. Tengo
prisa por volver a la calle apasionada y febril que a pocos pasos me aguarda.
PAoL

Couir.

FRANC IA

I]

o:&lt;isaua Alcxandre Arnoux tiene mucho talento. Los amantes de las
letras lo sabían desde que publicó Abisa¡; ott f Egliue transporté,.
Todo el mundo está convencido de ello desde Le Cabaret, uno de
los buenos libros nacidos de la guerra. Indice 33 y la Nu,·t de Saint
Barnabé han venido a confirmar, no las promesas, sino los primeros triunfos de M. Alexandre Arnoux. Ecoute s'il pleut viene a corroborarlos.
¿Qué podrá decirse de un libro como éste, de tanta espontaneidad y frescura en los sentimientos, tan matizado en las sensaciones? ¿Cómo describir un
libro inanalizable?... Es propio del talento de M. Alexandre Arnoux desconcertar a sus admiradores . Cree uno apoderarse de él y se escurre de las manos.
Su imaginación es extraordinaria: va al galope por todos los caminos, se mete
por todas las revueltas, se abandona a todas las fantasías. ¡Hermosa imaginación, mucho más admirable cuando la hallamos en un mundo como el nuestro,
tan burgués y tan perfectamente ordeNdo!
M. Alexandre Arnoux se burla de todas las traba3 de los asuntos catalogados, de los planes bien hechos, de los temas cuadriculados: se preocupa únicamente de su fantasía. Quien se le entrega se ve transportado a un país de ensueño, siempre bello, quimérico, a un mundo de cosas imposibles y de paisajes
inverosímiles. Posee el don, no sólo de crear todos esos seres, sino de animar240

los, de exaltarlos.•. Léase a Alexandre Arnoux y se verá hasta dónde puede
llegar una imaginación desbordada.

* * *
Colín ou les Volujtls tropicales, de M. Paul Rcboux, es una obra deliciosa,
figuración del pasado, en que se pintan las costumbres antiguas ea ua lenguaje
muy sabroso. La isla de Santo Domingo en 1767 sirve de fondo a la acción.
Plantadores con peluca empolvada, damas en gran tocado, rodeadas de cocoteros y de esclavos; una atmósfera tropical coa la magia de un país opulento,
bajo ua cielo bellísimo. Asistimos a una fiesta en casa de un rico plantador, a
los amores de un ingenuo y de una condesa sensible, a los suplicios infligidos
a los negros, a una representación ca el teatro de Puerto Príncipe, a una insurrección de esclavos que se adornan con los vestidos de sus antiguos amos, a
ua duelo, a una fuga amorosa; ca fin, a una serie de episodios, unas veces cómicos, otras apasionantes, que constituyen el encanto de este libro.

* *

*

NiÑ.y, de .M. Jean Vignaud, figura entre los buenos libros publicados en estos
últimos tiempos. Es un cuadro muy curioso de la emigración rusa, tal como
podemos verla en París en algunos de sus representantes. En torno de una pareja de muy elevada alcurnia, que huye del terror bolchevista, descubrimos un
muadi110 bohemio: traficantes de todo orde n, grandes señores arruinados, místicos de uno y otro se-xo, cocainómanos, las heces que lleva consigo una emigración, con el hechizo y la incurable melancolía eslavos. Libro de fuerte color,
tratado como una pintura al fresco, con personajes bien delineados, cuyo perfil se graba en la imaginación.

• * *
Le ,lfartyre de l'Obese, de M. Henri Beraud, ha obtenido el premio Goncourt.
Por esta razón conviene hablar aquí de ese libro, construido sobre una idea
muy divertida y que agrada durante las primeras cincuenta páginas por el giro
chispeante del pensamiento, que a veces recuerda el de Voltairc. Pero, si he
de decirlo todo, la obra es demasiado larga y no tarda en producir una scnsa-

XVI

241

�LA PLUMA

LA PLUMA

ci6n de monotonía. M. Henri Beraud es un periodista avispado y un buen cronista; a mi parecer, no es novelista.

.*

*

*

Señalaré la aparici6n del primer volumen de la edici6n definitiva de Ba!lades fran;aises, de M. Paul P'ort. Se titula La Ronde autour du monde, y nos conduce, a través de montañas, bosques y llanuras, hasta la arcaica cíté de París,
a ese cParís sentimental• donde Paul Fort ha cosechado las imágenes más bellas y los más deliciosos sentimientos.
Este poeta-el más grande, sin duda, de los que poseemos-está en camino
de dar cima a una de las obras líricas más bellas que se han publicado en francés. Seguramente su nombre se ha de engrandecer todavía con el tiempo. Su
inspiraci6n es tan francesa, la forma de prosa asonantada que ha escogido es
tan original que eclipsa a todos sus émulos de hoy día y más los eclipsará en
lo futuro. En un hermoso prefacio, Pierre Louys dice lo que piensa de Paul
Fort, y la estimaci6n que le profesa. Es un noble poeta que habla de un igual.

* • *
Sorprendente libro es el que acaba de publicar M. Maurice Levaillant con
el título .Splendeurs et miseres de M. de Chateaub,·iand. En doscientas cincuenta páginas nos muestra la parte material de la existencia de aquel hombre
superior.
El autor de los Ma,·tyrs sale de esta prueba ni engrandecido ni disminuido
pero comprendemos mejor lo que fué aquella vida extraordinaria, que oscil6
siempre de la riqueza a la ingrata' pobreza.
En realidad, el héroe del libro de M. Levaillant no es Chateaubriand, es...
M. Le Moine, el hombre de negocios a quien cupo el cuidado de regir la fortuna del gran escritor. Ese «ministro de Hacienda», constituido en administrador abnegado y admirable de una impecuniosidad que, gracias a él, no acab6
en catástrofe, es un héroe a su modo.
Desde 1814 a 1829, fecha de su muerte, M. Le Moine sirvió fielmente a
Chateaubriand. Son los años de gloria del escritor, pero también sus años de
apuro, apuro discreto al comienzo, y que se hizo poco a poco insoportable. Sin
la abnegaci6n de su «ministro de Hacienda&gt; Chateaubriand hubiera sucumbido, sin duda.
242

. Aquel hombre providencial acab6 por ser admitido en el hogar del autor
de los Natclztr en un pie de igualdad. Al parecer se necesitó algún tiempo para
domesticarle: M. Le Moine era altivo y un poco ceremonioso; temía importunar
a madame de Chateaubriand, quien necesitaba invitarle reiteradamente.
No faltaban disputas entre el matrimonio Chateaubriand y M. Le Moine. El
«ministro de Hacienda» hablaba el lenguaje de la raz6n, el más dificil de enseñar a gentes tan apasionadas como los Cbateaubriand. Sin embargo, las tormentas eran pasajeras. Como tenían mucha necesidad de él, no podían alejarle para siempre, y basta lo último fué el confidente leal de unos apuros que
pugnaban por disimularse lo mejor que podían.
El libro de M. Maurice Levaillant es animado y curioso como pocos. Está
nutrido de cartas inéditas, y realmente ilumina la figura del gran escritor con
luz nueva.

* * *
En estos últimos meses el teatro no ha producido verdaderamente en Francia más que una obra muy buena: la de M. Francois de Cure!, titulada J'erre
inhumaíne, estrenada en el Tbéatre des Arts.
La guerra de 1914 ha dado tema a tantas obras mediocres, que bien podía,
una vez al menos. servir de pretexto a una producción de n1érito. La obra de
M. Francois de Cure! no supera quizá en elevación de pensamiento al Coup
d'aile ni a la Nouvelle Idole, pero iguala a las obras magistrales de nuestro gran
autor dramático.
Lo que parece haber impresionado al autor del Repas du lt'on en la última
guerra, como en todas, es su carácter inhumano, la transgresión de las leyes
más primitivas de nuestra especie. Los sentimientos más elementales, las id~as
de moral más tenues. los instintos más espontáneos, quedan violados, abandonados, martirizados. En ese infierno todo es contrario a la humanidad, a la naturaleza. El héroe de M. De Cure! mata a su amante, o, por lo menos, está
pronto a matarla, y la madre del héroe se dispone a ayudarle en esa obra
simplemente porque la amante es extranjera, de otra naci6n, de aquella con
quien están batiéndose. Ni un punto de vacilaci6n en los corazones del hijo y
de la madre, tan burgueses por inclinación, tan respetuosos de la moral, del
honor y de las convenciones sociales.
Tampoco vacila un momento el corazón de la mujer a quien su amante va
243

�LA PLUMA
a dar de ~uñaladas. La mujer sabe que es una enemiga y se somete dócilmente
a su destmo. Acepta de antemano que su amante quiera matarla, es decir, que
de antemano acepta la_lucha con él. ¿Quiere asesinarla? Bien. Se defenderá y
nada más. Y con los mismos brazos, con las mismas manos que un momento
antes le estrechaban y acariciaban intentará estrangularlo.
Al fi?, la que mat~ es la madre con el consentimiento tácito de su hijo, el
cual no ignora que as1 entrega a su madre al enemigo y la condena a morir
f~silad~, sentimientos que dejan de ser monstruosos, puesto que nacen en esa
tierra mhumana donde, por esencia, todo está desorbitado, fuera de la ley,
fuera de lo natural, nada se mide por los antiguos valores.
Pocas veces ha llegado M. Franc;ois de Curel a tanta pujanza con un estilo
tan concentrad~. :ocas veces ha concebido personajes de tan singular li&gt;elleza.
Los que han as1st1do a las representaciones de Terre inhumaine conservan una
impresión imborrable. El talento del autor del Coup d'aile está en el apogeo.
El teatro del Vieux Colombier no se prodiga este año. Esta empresa artística tan interesante parece vivir desde hace meses de su pasado, muy notable,
sin duda, pero que no la exime de nuevos esfuerzos en lo futuro. No nos ha
dado más que una obra de M. Charles Vildrac, Michel Auclair, que dista mucho del Paquebot J'enacity, del mismo autor, y que es incluso, hablando francamente, una mala comedia. Personajes de un realismo y de una vulgaridad asombrosas, carencia de acción, discursos interminables, una especie de sermón sin
convicciones. La Princesse 1urandot, adaptada del italiano Gozzi, ha parecido
u? e~pe~táculo más animado y pintoresco, pero el traductor no ha logrado
d1sm10u1r la pesadez de la obra ni dar interés a una comedia harto anticuada.
La Comedie des Cbamps Elysées nos ha ofrecido una cosa original: Mademoiselle Bou,·rat, de M. C!aude Anet, es también una obra realista, pero de un
realismo pintoresco, adaptado a las tablas por Pitoeff de una manera eu extremo curiosa y nueva. Son escenas de la vida de provincias, transportadas y estilizadas por un artista, e incorporadas en escena por otro artista que ha puesto a la disposición del autor los recursos ingeniosos de su talento. Mademoiselle Bourrat ha obtenida un suceso grande y merecido.
En fin, en el Vaudeville 2e ha estrenado una obra interesante de M. Alf1ed
Savoir, La couturiere de Ltml!'Dille, de asunto muy divertido: un personaje doble de mujer bien tratado por un autor hábil.
Mencionemos la fütima obra de M. Sacha Guitry, Un sujet de roman. Ha sido244

LA PLUMA

í
l

l

un gran fracaso. El asunto-un gran literato torturado por su mujer, demasia·
do burguesa-era, en efecto, más propio de una novela que de una comedia.
El autor lo ha tratado en forma demasiado esquemática. La vida estaba ausente de esa obra, prodigiosamente representada por M. Luden Guitry.
Juus BsRTAnT.

MÉXICO (1)
la generación de «Revista Azul&gt;, y después del grupo de cRevista Moderna&gt;, donde floreció aquel genial dibujante Julio Ruelas, son Balbino Dávalos, poeta exquisito, de enorme cultura y
parco en la producción; tengo entendido que después de la aparición de «Las ofrendas•, libro que mereció un sedo estudio de Rubén Darío,
y digo serio porque sabido es que el nicaragüense fué un gran derrochaJor de
alabanzas, no ha publicado otra cosa, sin referirme a sus «Ensayos de Crítica
Literaria&gt;, ni a sus interesantísimas traducciones del francés, del inglés, del
italiano, del alemán, del latín y del griego.
Efrén Rebolledo, parnasiano, artífice del soneto, obrero de la palabra; sus
últimos bellos versos, estuchados en el cLibro de Loco Amor&gt;, son de un benedictino enamorado de la cadencia.
Aunque en la prosa también es un paciente, un obstinado trabajador, sus
intentos de novela corta, cEl desencanto de Dnlcinea,, cSalamandra• y e Saga
de Sigrida la Blonda•, que acaba de publicar en la brumosi, Cristianía, no corresponden a la prosapia de sus rimas.
Tiene una tragedia: «Aguila que cae&gt;, y es uno de los primeros que tradujeron al español a Osear Wilde.
Uno de los fundadores del «Ateneo de la Juventud•, pero de los que colaboraron en «Revista Moderna&gt;, es Rafael López, suntuoso cincelador, dueño
del matiz, de la melodía, y garboso en el decir, de clarividencia íntegra; s.u libro cCon los ojos abiertos&gt;, que tiene algo de Lugones y algo de Darío, indicó
una senda serpenteada de sonoridad que han buscado devotamente algunos de
E

(1)

Véase LA PLUMA del mes de diciembre de 1922.
245

�LA PLUMA

LA PLUMA
los nue~os, entre ellos Francisco González Guerrero, uno de los más sugestivos
poetas Jóvenes, por su inteligencia y su emoción.
Chro~ir¡mu,· de esmerilada elegancia es también Rafael López y en sus prosas espeJeantes fluye Y cabrillea deliciosa ironía, pulimentando sus períodos
con gotas de gracia.
Descendiente de Heine y de Bécquer, por lo delicado y Jo sentimental, se
nos presenta Rafael Cabrera en «Presagios», libro publicado en 1912; desde
ent?~ces se ha dedicado a las traducciones, las que hace escrupulosamente,
ap_n~ionando en su sentir el espíritu de los atttores; su «Antología del Amor
asiático&gt; fué un suceso literario, y ha vertido también, en colaboración de Rebolledo, cLa Muerte,, de Maeterlinck.
h ~e admir~ cómo Alfonso ~r.avjoto y Eduardo Colín, dos temperamentos tan
ábiles para mterpretar sus visiones, tan estilizados, tan bruñidos, tan dúctiles
ª la belleza, sean al mismo tiempo tan avaros, y sólo un libro hayan lanzado
cada uno de ellos: •El alma nueva de las cosas viejas, y cLa vida intacta.,
. -~duardo Colín, en estas últimas fechas, ha aplicado su extraordinaria sensi~ihdad Y su cultura cosmopolita a elaborar libros de alta crítica, como son:
•Siete ~abezas,, donde comenta, pesa y clasifica en siete estudios desenfadados, ágiles Y largamente meditados, la producción de poetas y literatos frances:s, belga~ Y españoles; Y «Verbo selecto• en que se ocupa de intelectuales Iat1no-amencanos.
_Los poemas de Alfonso Reyes se encuentran relegados en revistas, tanto espa~olas ~orno americanas, así como en algunas antologías; ahora aparecerá su
pnmer hbr?, «Huellas•, coleccionando la mayor parte de sus trabajos de ju~entud; recientemente, en «Indice,, de Madrid, ha publicado páginas de su
libro en prensa.
Ligeramente he querido en~arzar la figura de Alfonso Reyes como poeta,
porque él guarda fueros supenores respaldados por la intelectualidad más severa de Francia, España Y del continente latino, debido a la brillantez de su
cul~ura, a su incomparable maestría ideológica y a su estética novedosa v
oblicua.
•
_ Luis Rosa~o Vega es una cuenta desensartada de un collar preciado; su cLibi O de En~ueno Y de Dolor&gt; es una caja de música que tiene la dulzura y la
tenue sencillez de lejanas canciones; su verso suave, fervoroso eleaante y lleno
de pureza ~motiva, pregona Ja aristocracia suprema del poeta:
"'
Romántico, de lírica en sordina, recónditamente sensual, es José de J. N~246

l.

ñez y Domínguez-aunque en un principio sus rimas llevaron el eco titilante de
Luis G. Urbina--; tiene constantemente los sentidos abiertos al rumor y a las;
pulsaciones de la vidd; ba publicado e Holocaustos,, • La hora del Ticiano• y
«Música suave•.
No creo que Núñez y Domínguez sea el último romántico; sí tengo la seguridad de que engargola jirones de su corazón en cada verso, como lo hace
Samuel Ruiz Cabañas en su mínimo y cautivante «Cancionero de Pierrot&gt;,
donde las palabras se insinúan y dan la sensación de musical secreto.
A esta n::isma época pertenecen Jesús Villalpando y Luis Castillo Ledón;
éste con Alfonso Cravioto fué uno de los directores de «Savia Moderna•, revista precursora del «Ateneo•, del glorioso Ateneo de 1910-comenta Agustín
Loera y Chávez-que, con todos sus sectarismos y malevolencias domésticas,
produjo el grupo contemporáneo más serio de artistas y escritores.
Uno de los mejores triunfos de Luis Castillo Ledón fué la publicación de
«Los Caballos• y «Elogio de los senos&gt;; más tarde, en 1916, apareció en Madrid su libro «Lo que miro y lo que siento,, que es un gallardo poemario recatado y sentimental, que ostenta como rico florón esa linda página que se
llama ,La familia Joyeuse&gt;.
A la manera invertebrada de Ramón L6pez V el arde-de traviesa musa pueblerina, de voz gorjeante, de trenzas flojas f vestida de nítido percal-es Enrique Fernández Ledesma.
En su libro «Con la sed en los labios•, de estética quebradiza y arrogante
pasan bailando y cantando coronadas de rosas las muchachas provincianas, los
ojos asesinos de Esperanza brillan como carbunclos y el descaro gentil Y bullicioso de Natalia diluye en el ambiente fresco, grato aroma de mujer.
Cierto es que e~te poeta tiene algunos titubeos; pero ¿qué importa esto
ante el frenesí de_las nuevas teorías? La depuración llega siempre serenamenteLa poesía de Carlos Barrera está cuajada de vitalidad, de rebeldías y de raras inquietudes; su libro cCara al mar. Odas campestre5 y otros poemas&gt;, esconde como un caracol el ruido sinfónico de las olas, y, a veces, la temblorosa
diafanía del éter.
¿Y la mujer?
La única, a mi juicio, que después de Sor Juana ha escrito verdadero• poe_
mas, es María Enriqueta; su dominio intacto en el métier, la exterioriz11ción
límpida de sus pensares, sin cursiledas, pero sí muy femeninamente, y su sentido artístko, sigiloso y sobrio, hacen de ella una poetisa absoluta.
247

�LA PLUMA

LA PLUMA
No dudo que entre los poetas de la nueva hora hay espíritus tan sensibles,
tan sutiles, taa familiarizados con la manera y con la melodía, como cualquiera
de los valores consagrados; almas ielectas que han descubierto el secreto de
lo inefable y que obedientes han seguido el mandamiento de González Martfnez:
cTuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje.&gt;
Pero hay que confesar que algunos poetas-y este es un defecto continental-, sin llegar a los dieciocho años, ya cantan csu desencanto,, c5u corazón
deshecho&gt;, «su tristeza hermana de la tarde, o csu dolor crepuscular&gt;; por fortuna estos lloriqueos van desapareciendo, y ya se van curando de esa contagiosa enfermedad que se llama •literatura•, y muchos de los nuevos, labran estrofas varoniles a la vida y al petróleo y son perennes adoradores de la:! palpitaciones avanzadas.
Conocedor de varias literaturas, José D. Frías es uno de los llamados para
producir frutos espléndidos; tiene en preparación un libro, cLa Emoción Cautiva•; lástima que las agobiantes labores del diarismo le roben preciosos instantes que debía consagrar a la poesía.
Hace dos años, poco más o menos, algunos jóvenes que entonces eran alumnos en la Universidad, quisieron hacer un remedo del Ateneo de 1910, y se reunieron José Gorostiza Alcalá, Carlos Pellicer, Martín Gómez Palacio, Enrique
González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano y Jaime Torres Ilodet, casi todos
parvos acólitos de la poesía de Enrique González Martínez.
.Muertos sus amables impulsos, se disgregaron, y algunos de ellos han impuesto su nombre en la moderna poesía, lo mismo que han hecho desde la provincia Francisco González León, con su libro •Campanas de la tarde• , y desde
Madrid, Humberto Esquive! Medina con «Fuente de Gracia&gt;.
Quisiera hablar con más amplitud de esta legión de rapsodas de sangre
nueva; pero a este barrio encantador, bohemio y galante de París, de estudiantes y mt"dinetles, apenas llega el rumor de sus triunfos y el eco de sus canciones.
GOILLiRMO JnltNEZ.
BIBLIOGllAFÍA:

Genaro Estrada: Poetas Nuevos de México, México, 1916.-J. de J. Núñez y
Domínguez: Los poetas jóvenes de México Bouret, 1918.-Lírica Mexicana, edición de la Leg. de México, Madrid, 1919. - Antología de Poetas Nuevos de México, Cultura. México, 1920.-La Joven Literatura Mexicana, Agustín Loera
y Chávez, México Moderno, 1920-1921.

TEATROS
PÁJARO AZUL y OTRAS A.VES DE PASO.-Ayuna de sentido artístico la
temporada invernal de los teatros madrileños. naJa tendríamos
que agradecer a los empresarios, si las pocas pero valiosas representaciones de las compañías extranjeras que nos han visitado no
remediaran en parte el fastidio de tan lamentables espectáculos
como de ordinario padecemos. Después de Ruth Draper, Zacconi, los Sakharof
y los rusos del Pájaro Azul, han sido, de Enero a la fecha, aves &lt;le paso, un
punto anidadas en nuestro páramo para volar luego en busca de climas espirituales más propicios.
Han servido las representaciones de Ermete Zacconi, en pleno dominio aun
de sus grandes facultades de actor, para darnos, sobre todo, la medida del genio italiano de Sbakespeare. El Otello, el Re Lear, La Bisbética de Zacconi
realzan, hasta la exagt&gt;ración, sin duda, el sistema dramático de la composición
shakespeariana, en torno a un carácter central heroico, a un protagonista
emergente del vasto coro de luces y sombras que le asaltan por doquier.
Marca el arte de Zacconi uno de esos puntos culminantes en que la perfección excluye por extemporáneo el debate secular, agudizado en nuestro tiempo, acerca de la relación artística entre la obra dramática y sus intérpretes en
las tablas: ¿la obra para el cómico o el cómico para la obra? Shakespeare, hombre del oficio. y Zacconi, actor-creador, se entienden a maravilla ... con el público. No le cabe al exégeta, sino comprobar la ecuación. He ahí el teatro.
Menos expontáneo, más culto, en todos los sentidos de la palabra, el espectáculo de los Sakharof, bailarines de nombre ruso y estética muniquesa, apenas si b:i. podido ser gustado por las pocas personas que en Madrid sentimos
la curiosidad y el gusto de !a novedad y la belleza. Excelentisimos músicos,
los Sakharof no se limitan a bailar caprichosamente piezas más o menos clásicas. Todo lo contrario. Es decir, que quizá les falta esa virtud alada d el bai!arín nato, característica de los rusos de Diaghilef y de las gr;indes bailadoras
españolas como la Argentina o la Pastora que fué. Los Sakharof interpretan
cabalmente la música, traducen con agudísima fidelidad, :10 ya el ritmo, la melodía y hasta el concepto armónico del concierto en que son instrumento plástico. Para e1,pectadores de fina sensibilidad, ca?aces de resumir en un solo
goce los que la vista y el oído disocian, los Sakharof podían bailar sin acompamiento de orquesta. Lástima grande que la interesantísima pareja no haya te-

11

L

249

�LA PLUMA
nido ocasion de dar para los buenos aficionados algún recital de cámara en escena más reducida, y sobre todo para público menos disperso que el de la
Comedia, donde actuaron casi sin anuncio ni reclamo.
No suelen tener en cuenta los empresarios madrileños las condiciones delos teatros donde fracasan espectáculos aplaudidos y de rendimiento en el extranjero. Cierto que los gustos del público no se improvisan; por eso mis:no se
ha de tener especial cuidado en no desvirtuar la significación y el escenario
adecuados en cada caso.
El Pája1·0 Azul era un cabaret de Moscú, emigrado a Berlín, donde en un
local apropiado por su misma excentricidad, y sin la solemnidad y el empaque
de los grandes teatros, ha venido obteniendo el éxito halé1güeño que entre
nosotros le ha faltado en el coliseo cuna del Niño de Oro de don Tirso Fscudero.
Mezcla de opereta y music-hall, sin el pretexto enfadoso de los argumentos
latos, ni la monotonía exasperante del turno impar de bailarina y cupletista
los artistas del Pájaro Azul, presididos por un ingenioso prologuista, ilustrado;
del público respecto a la intención de las representaciones, cantan, bailan, hac'!n cuadros vivos, yuxtaponen con fantasía, acertadísima casi siempre, elementos desconocidos desee uu nuevo punto de vista escénico, eternos en el teatro,
cuyas virtudes primigenias, espontaneidad, buen humor, alegría, ligereza, pretenden restaurar con un sentido intelectual muy acusado en punto a decoración, trajes, escuela-esencialmente escénica-de canto y baile, pero que en
modo alguno excluye la claridad, la visualidad del espectáculo.
F.l público dado al engaño del oropel de las malas revistas, se ha mostrado
insensible al arte de estos rusos, cuyos recursos dramáticos rehuyen de intento
todo gasto inútil. Prueba de paletismo inconfundible, los números de menos
éxito han sido todos aquellos e n que la realidad aparecía deformada humorísticamente. Las escenas dramáticas, en cambio, lograban desde luego el consenso unánime.
UN DRAMATUltGO NUEVO.-Desafiando la rutinaria incomprensión y desgana
de los cómicos que, temiendo quizá la enemiga del periodista influyente, se han
avenido al cabo a representar la obra de un intelectual, Luis Araquistain ha estrenado en el Español su primer drama.
Ha coincidido con el estreno su publicación en un volumen de la «Editorial
Mundo Latino,. Del prólogo en que el autor justifica su intento, nos importa
señalar el propósito fundamental que denotan estas palabras: «Cuando una
250

LA PLUMA
obra dramática es una elaboración orgánica, formada acaso en un lento proceso psicológico, en una serie de mutuas reacciones entre la conciencia del autor
y el mundo circundante, la obra participa entonces a la vez de documento biográfico e histórico, en cuanto que refleja un punto del alma que la ha dado el
ser y un instante de la sociedad que la ha dado la pauta ética, ya para ensalzarla, ya para combatirla. Obra de arte donde no hay nada personal del autor
ni nada de la sociedad en torno, es obra muerta antes de nacer.•
Remedios heroicos es un drama de género perfectamente definido: teatro de
ideas. Pese a la concesión que hace Araquistain a la última moda literaria, resignándose a reconocer en el prólogo susodicho la inactualidad de los modosibseniaoos, creemos que nunca como ahora ha sido tan manifiesta la influencia
del grao noruego en el resto de EurGpa. Ahora y no antes es cuando hao sido
asequibles al gran público, al público, las cbras de Bernard Shaw y De Cure!.
Hasta el éxito reciente de Pirandello no había sido fecunda la unión del
pino del Norte con la palmera del Mediodía. La verdad matemática de Ibsen,
se demuestra, a través del sofisma espiritualísimo de Bernard Sbaw, por la reducción al absurdo d el dramaturgo italiano. El teatro de ideas puede estar anticuado porque así se ha llamado al teatro de hace unos cuantos años, es decir,
a la expresión teatral, a la disposición escénica, a los cánones consagrados en
unas cuantas obras maestras, cuyas formas corresponden harto precisamente
a las faldas de campana y a las mangas de jamón. La facilidad con que Araquistain ha abordado el género, por no suscitar en el público una curiosidad que
distrajera su atención :le la idea del drama, es lo que para nosotros le perjudica.
Hecho este reparo, saludemos en el autor de Remedios keroicos a un dramaturgo nue-;o. ¿Al dramaturgo nuevo? Las cualidades que hacen del drama de
Araquistain la única obra que puede interesarnos de cuantas los empresarios
nos haa ofrecido e n la mala temporada última, son las propias de toda buena
producción dramática: caracteres, conflicto fatal, patetismo comunicativo, desenlace purgatorio. Es tan raro, sin embargo, que los sedicentes autores de comedias se propongan noblemente esa comunión con el público, ese acuerdo de
voluntades que constituye el propósito batallón de Araquistaio, es tan inusitado el que haya un hombre vocado al teatro que afronte sin eufemismos las
responsabilidades de su creación, obligándose a justificar la vida de sus criaturas de ficción con ponerlas frente a frente, y no rehuyendo la lógica trágica de
su destino, que el solo hecho de que Remedios heroicos sea un buen drama nos
autoriza a cifrar desde luego en su autor las esperanzas sin empleo con que un

�LA PLUMA
día tras otro vamos engañando el tiempo perdido en las salas de espectáculos.
La señora Xirgu ha representado la protagonista de Remedios heroicos mu•cho mejor que Cristalina y que Marianela.
Pfo BAROJA EN ESCENA.-Casi en secreto, economizando la publicidad que todas las empresas acostumbran prodigar qtras veces inútilmente, se ha representado en el teatro Cervantes dé Madrid Adiós a la bohemia, boceto dramático
escrito por Pío Baroja años ha, y publicado entonces en El tablado de Arlequ{n,
con otros primeros ensayos.
Se prestaba el cuadro, a falta de grandes papeles que, por lo demás, son
incapaces de representar nuestros cómicos, a un lucido conjunto escénico. Ni
la ;decoración, ni la disposición de las figuras, ni la recitación de los actores
-con la sola excepción de Juan Espantaleón, justo, expresivo, irónico y tierno
·-en su papel, mímico casi por entero, de «Un señor que lee el Heraldo•-acertaron a dar la impresión de ambiente trasnochado que la obra requiere. Un director artístico que mereciera tal nombre hubie$e en.cargado la mise en scene
.a Ricardo Baroja; y la representación de Adiós a la bohemia podría haber significado algo más que la graciosa concesión de la empresa de Cervantes a los deseos de «los literatos que no saben de teatro•.
El público, sin .embargo, se dió perfecta cuenta de todo, y al terminar manifestó a Pío Baroja su adhesión entusiasta con aclamaciones y vítores, a que
se unieron, aplaudiendo de~de la escena, la señorita Pérez de Vargas y sus
compañeros, quizá avergonzados en su fuero interno de haber desaprovechado
tan buena ocasión de aprenderse sus papeles.
Pío Baroja, cuyas declaraciones anteriores al estreno en El Sol y La Voi
revelaban ya exacto cuanto despreocupado conocimiento de la situación en
que abordaba la escena, pisó las tablas con una gracia sin ejemplo. Su actitud,
entre encogida y escrutadora, su naturalidad forzada hasta la caricatura, su
socrisa de agradecimiento e inhibición, fueron un espi-ctáculo único del hom•
bre de «la caverna del humorismo,. Los Barojas son, sin duda, hombres de teatro. Puede que los cómicos y los empresarios acaben por enterarse algún día.
UN TEATRO POPULAR.-Existe un teatro en Madrid, desconocido para el público de Lara, desde cuya escena, a poco que ayudara la buena voluntad de los
cómicos, sería posible intentar de lleno la reforma del teatro español. El teatro de ·1a Latina ha sido el único en que la Empresa no ha perdido dinero este
año. El público asiduo que lo llena toda la semana merece en verdad mejor
·.-trato del que los cómicos le dispensan.

LA PLUM.-\
Hemos tenido ocasión de oir hablar al primer actor de ese teatro con un
desprecio tan injusto de su público habitual-desprecio que extendía luego en.
general a todos los públicos-que, de no estar acostumbrados a la iecivilidad
de nuestros comediantes, nos hubiera dejado perplejos. ¿Cómo sin contar con
la colaboración del público-colaboración no significa fl,rzoso servilismo para,
nadie-se puede hacer teatro?
Es lo cierto que el público de la Latina es muy superior a los cómicos que
aplaude. Su buena fe, su excelente instinto, le hacen discernir con harto mejor
sentido que el director artístico, que ha osado ofrecerle una tras otra, por toda·
novedad dramática, La Víctima, La cabra, El drama de un loco, Lo que no se
compra, pobrísimos engendros sin posible vitalidad escénica.
El éxito feliz de los dramas románticos del repertorio, de Responsables incluso, a través de cuya ridiculez sentía latir el buen pueblo su propia protesta contra la podredumbre social causa de la derrota, revelan sin duda una conciencia
artística de que carecen, del primero al último, todos los cómicos españoles.
UN CRÍTICO INCIPlliNTE.

�LA PLUMA
Luisa Lulai.-lnquietud.-Poesías.-Montevideo, Cooperativa Editorial •Pegaso&gt;.
Al cabo, de entre las voces, más estentóreas, o más agudas, de la lírica americana que lograban vencer la distancia transatlántica, nos llegan rezagadas
,otras más puras, que incluso parece como si despertasen en nuestro ánimo el
eco remoto de una música que las olas nos devuelven. De entre esas voces, la
-de Luisa Luisi nos penetra más hondo quizá que ninguna:
Ah! la iaquietud constante de mi alma
En perpetuo buscarse en ella misma!

LIBROS

y

•José Maria Salaverria.-E/ Rey Nicéforo.-Lib. y Ed. Rivadeneyra. Madrid,
Advi~r~: el novelista en breves p;labras liminares que entre la época en
que escnb10 su _obra y la des~ reciente publicación median quince años. «Des•de entonces-dice-han ocurrido muchas cosas en el mundo... El mismo autor
de ~s~a nove!a ¡qué hondos cambios ideológicos y sentimentales ha tenido que
suf~1r .... La liberto, pues, de su poco piadosa ocultación entre los montones de
v1e}os pap~les y la entrego al público con el título de El Rey Nt'céfo1·0 que
quiere decir el rey extraño que pretendió)ocializar a la manera quijotesca&gt;.
~stamos ante ~na alegoría polític-a de clarísimo sentido e indudable oportunidad. El rey N1c-éforo el Bueno, llevado de la curiosidad a mezclarse disimula~do su condició~, entre las gentes del pueblo más ajenas a su co;te, se
co~~1erte luego en N1céforo el Tirano, y muere al cabo derrotado en la revoluc1~n fraguada contra su benéfica dictadura, en aras de un ideal de Justicia...
fascista.
·Decidámonos a decir la palabra. No obstante la reciente constitución del
fascio italiano y su recentísimo triunfo, la intención que se deduce de la novela del señor Sa(av_erría no difiere esencialmente del quijotismo(?) de Mussolini.
Ap~rte la graC1a 1!1dudable con que e~tá llevada la fábula, su mayor interés
radica ~n el camb10 operado en el espíritu del autor, según la confesión suso
transen!~• y que se nos rev:ela, transfundido en la ficción novelesca, por la
conv,ers10!1 del Rey. Dol;,le 111terés, porque implica la adhesión del señor Salaverna .ª cierto estado de ánimo social que ve en la violencia ilustrada el único
remedio a los males que la nación sufre.
Como tal no_v_ela. _Et Rey Nicéforo se lee sin empacho. E incluso hay páginas
en qu_e la emoc1on directa del relato vence la preocupación ejemplar que el
,novelista se propuso.

* *

L~· b~;q~~~ia" ~~g~~tids•a• •· · · · · · ·· · · · · · ·· ·· ··
0

REVISTAS

*

Del propio ser que en nuestro ser se esconde
Por debajo la herencia, el hálito, el prejuicio.
El leit-motif constante de las poesías de Luisa Luisi es la Inquietud por hallar el propio yo, la pureza del sentimiento individual trabajado por la subcons-ciencia grávida de fatalidades ineludibles, con que el tiempo ha ido señalando
¿desde c~ándo? la oscura generación del poeta, que ahora se ~or_t~ra.
_
Habna que remontarse a los manantiales más altos del m1shc1smo espanol
para encontrar acaso el rico venero de esta Inquietud de la poetisa uruguaya.
-Cuyo acento no participa empero de la preocupación cristiana de una Santa
Te~esa, más sí del ~rdor combativo, que ilumina los deliquios de la doctora de
Avila, en luch~ espiritual consigo misma.
.,
No basta, sin embargo, establecer caprichosamente esta relac1on rem&lt;;&gt;t~. La
Inquietud de Luisa Luisi es moderna y su expresión más próxima al. hr_1sn:io
romántico del siglo pasado que a la rigidez de la poesía española del d1cc1sé1s,
-o a la engañosa libertad de ahora:
La noche inmensa y palpitante, oprime
Su ardiente corazón contra nosotros ...
Es tan hondo el latir de las estrellas
Que nuestro amor se ha vuelto luminoso ...
El alma toda entera está suspensa
De los labios de Dios... Se :,iente, en torno,
Estremecerse la Creación ... Escucha...
El silencio magnífico es de oro.

.......................................

At;;r:i~~-~~;~tr~~- ~1~;~ ·;1·iú~t;;i~· ..... .
Que se quiere explicar para nosotros...
. Poesía clásica la de Luisa Luisi, en cuanto revela la continuidad del senti1mento, de Safo a nuestros días, y de Grecia al Uruguay, su música nos estreme~e por la sinceridad del canto y la belleza de la voz. Nuestra emoción no
esta pervertida por sorpresa alguna. Mientras haya una mujer así en el mundo... habrá poesía.
* * *

�LA PLUMA
Ramón Gómez de la Serna.-E/ Secreto ael Acueduclo.-Novela.-Bib. Nueva. Senos.-Tip. «El Adelantado&gt;, 1923.
Ramón prosigue su marcha victoriosa. He aquí dos libros más. El uno de
ellos nuevo, el otro reeditado, pero tan aumentado de la edición 1nterior que,.
en realidad, es tan nuevo o más que el primero que aquí se anuncia. Nuevo y
viejo son, además, conceptos cuya significación corriente no suele corresponder con la que sería adecuada a una crítica rigurosa de los libros de Ramón .
Ramón, por otra parte, a pesar de escribir tanto, no es un escritor: es un espectáculo. Un espectáculo ql!le él se da a sí mismo, pero en el que quiere que
participemos todos, coreuta del gran teatro del mundo, capaz de infundir su
espíritu burlón a todas las cosas.
En cualquiera de loe libros oe Ra¡nón está todo Ramón y Ramón no está..
en ninguno por entero. Su obra empieza a ser un universo nacido con su propio creador. Et Secreto det Acueducto y Senos son dos libros más de Ramón. Nos
parece sie mpre que los hemos leído todos y que no hemos leído ninguno. Su
gracia, enemiga de la perfección, se muerde la cola. Es una sirena, cuyo ascendiente darw1niano fuese la pescadilla. De ese círculo vicioso Ramón ha hecho,
una pista, en la que. nuevo Hamlet, monologa como el señor Leonard l'arish,
o de la cual hace mesa redonda para un eterno banquete de Pombo. Su gran.
risa mana de la fuente de h Salud.

AÑO IV.

1

MADRJD, ABRIL 192.3

NÚM. .35.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)

VI

* * *

EL

TELEGRAMA

Agustín Remón.-Una girl.-Novela.-Madrid, 1923.
Es el señor Remón muy distinguido escritor argentino. Varias veces hemos.
dado ya nuestra opinión, adversa a diferenciaciones establecidas únicamente
cttendiendo a la nacionalidad oficial de los escritores, cuando estos escritores,
por muy distantes unos de otros en la vastedad del continente americano, lo
son en lengua española. Con todo, el señor Remón es argentino. Hay en su
propósito la determinación sincera de reflejar artísticamente en su obra un
punto de vista del mundo contemplado desde el Plata. Pero entendámonos; eso
no quiere decir que de la lecbira de Una girl se deduzca la filiación de este novelista entre los cultivadores del color local. Sus aspiraciones reb1san el cuadro
de costumbres. Lo que tampoco implica ninguna vocación transcendental ni
pedantesca.
Toda la primera parte de Una l(Írl nos engaña placenteramente con laSsimples perspectivas de un cuento ligero. No sospecha1el lector a buen seguro
las derivaciones trágicas del destino de la protagonista. La aventura se complica después de un modo extraño; el novelista bordea en los límites extremos
de una psicología exótica, los peligros fascinadores del folletín. Cuando el lector quiere defend«rse con sentido crítico de las asechanzas sentimentales de:
Una girl, el novelista tiene ganada la partida.
C.R C.

(I

el h~ésped. Pal~yra no le había regateado nada. Todas
las mananas le variaban las rosas de su cuarto y recogía
·
las caídas sobre la gran mesa de pórfido.
El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban más, y las hojas caídas eran como papelillos
suyos en aquella mesa prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano misteriosa.
Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado todo sobre la camá, alguien viniese y lo colocase en su
sitio, colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se le
caían siempre y producían un gran ruido dentro del armario.
RA

(1) Véase el número 34 de Ll PLUMA.

XVII

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>La Pluma, 1923, Año 4, Vol 6, No 34, Marzo</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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