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                    <text>ARo IV
104

MÉXICO,

1"

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

NúM.

7

REVISTA MODERNA.

quia orgánica. En fin, sabe que la conciencia clara
y progresiva en él se manifiesta, en el más alto gra•
do sobre el planeta Tierra. Asl, en lugar de levantar
pesadas construcciones que le aplasten, al impulso
del estupor que le cause el Eterno Misterio, otra
tendencia nace en él más natural y más vivificado•
ra. El entusiasmo que le causa esta ftlnomenalidad
omniforme, omniactiva, esa Naturaleza siempre va•
riante, siempre nueva, siempre sorprendente, siem•
pre espléndida, le produce el sentimiento estético,
que, cuando pasivo ó simplemente sensitivo, pro·
&lt;luce el placer de la Contemplación de la Belleza
de los fenómenos de la Vida, y, cuando activo, es
Arte, ó sea la suprema manifestación de la Vida
misma.
Lo inexplicable, bajo el punto de vista de la ra·
zón, eso incomprensible á la inteligencia, eso que
aterroriza á las mentes y :\. los corazonea débileF,
eso inspira admiración al Hombrn fuerte de inte·
lecto, como representación total suprema, eso le
produce el sublime sentimiento ele Belleza. A aquel
que ha alcanzado un alto grado de comprensión ya
no Je aterra el enigma. No teme la esfi nge. La res•
peta, pero sin de.jar que le devore, y admira á dis•
tancia las bellas formas bajo las cuales se le apa•
rece.
b":l sentimiento de la Belleza es el que sur¡;&lt;: en el
humano espíritu como último resultado 1111 la ,·e•
presentación superior del Universo, por él adecuamente sentido. Cada civilización, al llegará su des.
arrollo máximo, después de haber dado grandes
pensadores ha dado grandes artistas, y con ellos
un gran público capaz de sentir el Arte y de for·
marles atmósfera que los sostenga. La Belleza es
la sensación que resulta del Pjercicio del conocimiento, del comprender adecuadamente la reprc·
sentación del Universo; es el resultado más alto de
la Vida, y, por ~anto, el Supremo J&gt;lacer para los
Hombres.
Así Nietzsche resulta ilógico privando al Hombre del placer, en su camino hacia el 8uper-hom·
bt·e, y proclaman lo al mismo tiempo el Arte Apo
Jónico ó Dionisi.lCO, como el único que puede hacerle alcanzar un grado superior de la \'ida y con·
siderando la \'ida como fenómeno esencialmente
estético.
En esto último estáu de acuerdo Nietzsche y
Schopenhauer: ambos miran la \'ida como un fenó·
meno estético; solamente que para Schopenhauer
ol sentimiento de Belleza, el máximun de placer po•
sible, resulta del descubrimiento de su intelecto,
que la \'ida, esta Vida llena de dolores é injustil'ia~, es sólo una representación pura., una ilusión,
la .lf ,ir¡ de los Indos. Por lo tanto, predica la re11u11c1,,l'ión como remedio de que pase esa. ilusión
doloro~a, esa terrible pesadilla, para alcanzar en
el no se,· el estado perfecto. Nietzsche, al contrario,
cree como Schopenha.uer en las penas de la. Vida,
pueR el dolor lo sentla en lo más Intimo de su pro·
pío organismo; cree en la lucha precisa y en el sufrimiento uecesario, y se endurece para luchar mejor. As! el Intelecto convirtiéndose en espectador
de la lucha de la Voluntad, y aconsejándose y aun·

dirigiéndola, da al individuo, en el espectáculo de
su propia acción, el sentimiento supremo de la Belleza. Así el Hombre fuerte, si sufre como actor,
goza como espectador de su propia grandeza. Este es el sentimiento de lo Trágico. Y cuando se es
sólo espectador de una acción no contrariada, de
una acción tranquila y placentera, entonces viene
el sereno goce del Arte Apolónico á coronarlos es•
fuerzos de la Vida.
Para Nietzsche, como para nosotros, el sentí•
miento estético compensa, en el que tiene alma asaz
grande para. sentirlo, de todos los sufrimientos pa•
decidas en la acción dramática de sus instintos vi•
tales.
La Belleza es la redentora del Dolor. Sólo ella
es momlidad pe1'fecta.
El Cristiano, como el Budhista, para librarse del
dolor, se refugiaban en Dios, en el no ser, querían
desaparecer lo más pronto posible de la representación de esa Tragedia'; no se sentían con bastan·
tes fuerzas para llegar á su natural desenlace, y,
en su catitstrofe final, cae1· con dignidad, dejaudo
en pie su protesta, como calan los Héroes Griegos.
Y es que el Griego, en ern sagrada embriaguez de
la Vida, habla sentido la identidad de su yo con to·
das las formas del Universo; había presentido que
todo p,;raba contenido en su alma, que él era el Universo ." tenia derecho á dominarlo. Y esto, que se
le enseiiaba en los Misterios Dionisiacos, le daba
un goce superior, que derivaba del conocimiento
de su propia inmensidad. El Arte Dionisiaco añade
al Arte Apolónico la. conciencia, en el Artista, de la
identidad del espectáculo)" del espectador; un alma común enYuelve al público y :l. la escena. Asl
el verdadero Héroe afronta la realidad, por cruPnta que ésta sea.

~sta sublime posesión de la \'ida como fenómeno estético, no es posible más que después de ha berse libertado de la finalidad. Y biiy que notar
que la revelación de la irrealidad ó sea de la idea•
lidad del fenómeno, en una raza débil como la de
la India después de mezclada con sangre amarilla
condujo al suicidio, como en las razas decadente;
y mezcladas de elementos semíticos del fin del Im·
perio las condujo á renunciar á la Yida; mientras
que hoy, en las naciones de Occidente, en las ac•
tuales razas Americanas y Europeas (Arias), proYistas de una gran abundancia de energla y de
una gran organización comprensiva, esta clara,-¡_
sión del Universo, ese descubrimiento de la Unión
perpetua, son el motivo de una vida nueva, y producen la adoración de la Vida por su belleza suprema.
Allí donde el Bien en si y la Verdad absoluta han
naufragado, el Arte se salva, y erige sus hermosas
construcciones; y el Hombre goza de sus magnlfi·
cos espectáculos como un placer supremo, porque
el Arte, el sentimiento de la Belleza, ya sea activo,
ya pasivo, son la manifestación más genuina del
paroxismo de la Vida.
P0MPEY0

GENER.

REVISTA MODERNA
A RTE Y
DlRE OTO R: JESUS E. VALENZUELA.

C I EN CIA.
JEFE DE REDAOCIO~: JESUS URUETA.
Tip. dt Dublá11.

LA APARICION DE LA \'IlWl~N A SAN BER;\ ,\1{1)O.

F11,1Pr1xo L1rrr.-F1.onENC1A.

�)06

REVISTA MODERNA.

EL DICTADO DEL MUERTO.
éuando entramos al pequeño recinto de las sesiones espiritas, algnnos fanáticos esperaban con rostros de mansedumbre, rostros inclinados oblicuamente como en las figuras congregadas de VanEyck en las re;.les tapicerlas de España. Silenciosos,
mansos, vacuos, en abatimiento de grey carneril,
tenlan su anlmula presta á desligarse del cuerpo
mal alimentado con legumbres al uso de Comaro,
para dejarla pacer anchamente en los Campos Eliseos de la boberla. No pude reprimir mi desagrado al dominar de una ojeada el escenario é imaginarme fugazmente la comedietta que seguiría, y
saludé parsimonioso al Honorable Sr. Llaven que
se adelantaba hacia nosotros mlsticamente afable,
con la beatitud de-lln inquilino de Sión.
La visita procedla de mi amigo que me habla tentado:
-Ven; es un caso curioso y raro: una histérica,
admirable medium escribiente á. quien se le acaba
de mori1· su prometido, que desea saber las primeras impresiones del espiritu amado, en su vida ultra-terrestre.
Y en verdad que los ojos fosforescentes, errantes, flameado res, de la joven enlutada que destacaba fuertemente su perfil asceta de visionaría apocaliptica, irradiaban una fascinación irresistible.
Colocado yo en un ángulo de sombra 1 pude observar sin 1J6r observado la organización admirable
de la medium para la transfiguración cataléptica,
su nervio~idad excesiva, perturbada osten~iblemente por sacudimientos vibrátiles involuntarios, su palidez marmórea y patológica, su lasitud pectoral
amenazada de commnción, en tanto que Panurgo
abrla á su aprisco una estrecha rendija de Jo incognoscible y por ella se precipitaba, atropellándose, la venturosa idiotez del buen Sancho, rediviva en aquel reb11;jo de sanchos auténticos.
Al olr la voz dtll sugestionador que la llamaba
para la prueba suprema, la joven se estremeció
como si s1tliera de un suelio, avanzó dócil, anhelante,-¡por fin iba á realizar su ensuelio de comunicación con el amaclo!-y en breve no fué en manos
del hipnotizador sino una materia dúctil, una máquina humana que provista &lt;le lápiz y papel escri·
bla febrilmente, cou r eligioso pasmo ele la grl'y
cougn•gad11, cscribla con rapidt'z taquigriifica, has•
ta que el Sr. Llaven, co11sult11.nclo su reloj, coitó la
conexión del e~ph itu trnnsmisor, y por merlio de
tres habillsimos p11ses hizo abrir los ojos enloquecidos á la j oven tJU«&gt;, trabt11billante, soñolienta aún,
fué á ocupar su a11t11rior sitio.
El Sr. Llavcn, bin ahandona.r su beatifica flebili·
dad, ib:i. :\ hacer tal nz una blntei;is riel escrito leyendo llll'lltalmcmte, ClHln&lt;l.o á lllS pri,uel'IIS lineas
lo vl palidecer y v11cilar .... El auditorio r~pet:taba, y el 1,uges1io1111.dor, haciendo un gran ebfuerzo
para dominar su turbación, dijo fatigosamente:

- El esplritu evocado goza de bienaventuranzas
eternas .... os bendice y os exhorta al bien .... pero hoy es ya tarde y en la próxima sesión os diré
su voluntad .... Y vos también, bija mla-añadió
dirígiéndose á la joven que escuchaba tremulante
- hasta entonces oireis su palabra .. .. os ruego que
espereis .. . .
Y como todos se levantaran obedientes y se despidieran unos á otros con humildad de bienaventu•
raclos pobres de espíritu para quienes fué hecho el
reino de los cielos, increpé á mi amigo sacu diéndole
un brazo:
- ¿Crees que también soy del vil rebaño? .. . . me
has traldo á ver un caso curioso y raro, y yo quiero
leer lo que hay escrito en ese papel!
-¡Yo también quiero!-dijo él, y aprovechándose del aturdimiento del hipnotizador, se apoderó
del papel olvidado sobre la papelera y huimos á un
café, donde ya solos leimos esto, esto que me pavoriza aún, hoy que procuro reconstruir la espantosa
revelación,
Alma:
Todas las torturas del infierno, todos los suplí·
cios infamantes de los precitos, inventados por la
locura de los hombres, no son comparab!es A la
despedazan te agonla que he i.ufrido en mi lecho de
muerte y en mi sepultura maldita!. ... Yo yacla vivo, vivo, con el infinito deseo de verte, de gozarte,
de perpetuar la fiesta de mi juventud inmortalizada por tu amot! ... . l\Ialdición! y un médico igno•
rante habla declarado que yo estaba bien muerto! .. .. Mi catalepsia provocada por el ataque agu•
dlsimo de neurastenia que sufrí, habla paralizado
todos mis movimientos, las manifestaciones más
sutiles de mi vitalidad latente en el núcleo de mi
corazón, esparciendo un fdo cadavérico en mis
miembros rígidos .... pero yo ola y pensaba, y era
un tormento abominable saber los preparativos de
mi entierro!.... Oia el llanto lamentable de los
mios, el llanto de mi madre que sollozaba dtil fondo
de sus entraiia~, el llanto de mis hermana~, cuyo
amparo ful, y los gritos deRgarradores tuyos, tus
gritos de amor y delirio que me partlan el cora•
zóu! .... Cuando te sujt&gt;t11ron por fuerza y te arran•
Cllron de mi, ol la carc11jad11. estridente tle tu ner•
viobidad exasperada por el dolor, y al alt•jute de
mi ebtaucia compre11di que me arrancaban la últi•
ma esperanza de \'Olver á la vida!.... Mi espanto
crecía desmesuradamente á cada instante que volaba .. . . Los cuchicheo!! de los dolientes que acudían atraídos por el miedo tenebroso de la mue1 te,
me haclan sufrir pavuras indecibles. ¡.\h! ellos no
sablan si estahn11 tan próximos como yo A saber lo
que era la muerte!. ... La impotencia de hacer pal•
pable mi vida me exe.speraba hasta el vé1 tigo¡ mi
razón se entenebrecla con la noche de la locura 1

REVISTA MODERNA.

107

por un prodigioso esfuerzo volvla á la lucidez con del maelstrom, imploraba con la ceguedad de la fe
la sarcástica_ilusión de que pasarla mi catalepsia c?n la venda sempiterna de la esfinge; y mi festina'.
antes de ser rnhumado. ¡Dolo!·osa irrisión de mi an- c~ón _de creyente, de contrito, de piadoso, de propohelo febril de vivir!. .. No parece sino que tenlan s1tano en proclamar á mi Yuelta al mundo las exprisa de deshacerse de mi! Apenas habían dejado celencia~ de la Inmortal ~Iisericordia, se atropellala e_stancia mortuoria tú y mis hermanas, piadosos ba en m1 cerebro enloquecido ante la videncia de
panentes se encargaron de la fúnebre tarea de la ten~brosa realidad!. . . . Cortó mi ruego sin fin
vestirme para tenderme; yo lo sabia por las palabras un ruido de pasos que me circundaban y escuché
que murmuraban en torno mio. Después compren- frases que me cercioraron ele que la hora de llevardi que me p~nlan en el ataúd augosto donde debla me al cementerio habla llegado . ... ¡Maldición!. .. Un
yacer para siempre, y me trasladaban á una pieza terror inconcebible se apoderó de mi, quise gritar
en cuyos ángulos se agrupaban las plañideras en- c~n todo mi ímpetu, quise con un esfuerzo prodicargadas de ronronear camándulas por mi Anima
gioso romper los lazos invisibles que ataban mis
las veladoras de oficio, aborrecibles en su aparien'. miembros rlgidos; pero á despecho de mi voluntad
cia de aves negras de los cadáveres!. . .. Las horas ningún músculo, ni el más noble, ni el más sensible:
pasaban con tediosa mono ton la para ellas pero con me ~bedeció, ni mi lengua vibró con la menos perverti~inosa velocidad para mi, que rene¡aba de la ceptible contracción, ni mi garganta emitió el meestupidez humana y de mi fatalidad inexorable! . . . nor aliento que no al'l'ojaron mis pulmones fosiliYo tenia dos amigos, médicos inteligentes, y anhe- zados, ni mis párpados, ni mis labios, ni mis vértelaba que alguno de ellos me visitara en mi lecho bras, ni los flexores del dorso de mis manos ni mi
de muerte y que por curiosidad, ya que no por tórax, ~ue yo juzgaba jadeante y henchido 1por la
af~cto, me ex~minara para cerciorarse de si ya no angu~tla y el espanto, ni mis flancos que en plena
e~1stla; pero, o no sabian mi fallecimiento ó no qui- posesión d~- mi sensibilidad se hallarían palpitantes
sieron molestarse en concurrir. El silencio del can- c?mo los h1Jarcs de un perro fatigado, ni mts artesancio en quienes me velaban, la suspensión de Jas nas que con tan tremenda sobreexcitación hubiepreces por el sueño de las plañideras, fué para mi ran estallado ... . ¡nada, nada obedecla á. mi volunmás espantoso todavla que el cuchicheo; preveía el tad impotente! ... . Si alguien me hubiese auscul momento definitivamente fatal y un tel'l'or incon- tado el corazón oprimiendo su oIdo sobre mi pecl¡o,
mensurable me hacia luchar inútilmente por rom- n~ habrla percibido sus tenulsimas palpitaciones:
P_~r °:'i odiosa apariencia mo~tal, mas Ja paraliza- m1 pecho erll l.\ losa de mi sepulcro y sobre él hacion rnvencible hacia que se estrellara mi rebeldía brla sido impotente la sensibilidad de un micrófoinútil con una impotencia mil veces cruel! . .. . Re- no!• . • • l\Ie levantaron! .. . . Lo comprendl con tecorrla ya minuciosamente mi vida, con avidez des- rror inmedible en la explosión de lamentaciones laenfre~ada, á fin de recordar qué crimen, qué mons- crimosas, me levantaron y colocaron mi féretro en
truosidad habl'ia cometido para merecei· aquel el pavimento para que, alzada la tapa de mi ataúd
t'.·e~ind~ castigo, y no encontraba en mi requisito- los mios me vieran por la última vez . . . . ¡Dios tre'.
na mflex1ble méritos bastantes á justificar suplicio men~o! Un martillazo estridente, lúgubre y seco,
~an horrendo!. ... ~Ie llevarían, asl, consciente é
me ~izo saber que clavaban la tapa, que me ahemerme, los :e_rdugos sanguinarios é irresponsa- rreoJaban para siempre, que me proscribían de los
bl~s, _los hom1c1das tenebrosos bajo la apariencia vivos, que me condenaban para toda una etemidad
afltct1va de su máscara dolorida, ¡Dios del cielo! y á la muerte, á la putl'Cfacción, á la nada! l\fe veía
m~ en_terra_ri~n _vivo! Dónde estaba, pues, aquella inter!or~ente roldo por los gusanos que holgaban
m1senco1·cl1a mfinita que los hombres han prego- en mis pustulas, que se multiplicaban en mi carne
na~o en su cobardia delincuente como supremo disuelta .. . . ¡Condenación! Y yo estaba vivo vivo
ah'tbuto de la Divinidad? .. . . í mi impiedad se es- Y me entregaba asl, odiosamente inerme, á que
' me'
p_a ntaba de su formidable impr11cación, y cala de la echaran como pasto putrefacto á la voracidad de
cu~a de su soberbia á la sima insondable de sumi- las larvas inmundas!. . . . Contaba con estupor los
sena, Y ~e lo ~~s profundo de mi alma apostasia- mar~illaz~s que daban á cada clavo . . .. ¡era una
b~ de mi_ r_e,behon y me prosternaba en el polvo de horrible smfonia la de los martillazos y el llanto!...
m1 contnc1on demandando gracia cou ardiente fe Cuando se cercioraron de que la clavazón era her•
en _el p~odigio · · · · •¡Señor! que d¿scienda hasta ml mética, de que no podrla escaparme para venir por
tu mfimta misericordia! Tú que resucitaste á Lá- las noches á _llorar mi desventura en los sitios para
~a~o! Tú que resucitaste al hijo de la viuda de mi más quendos, me alzaron en hombros y me lle•
a1m.1 Haz, Seiior, el milagro, pequelio para tu por• varon!. • .. Y mi pobre corazón lacerado, despazatentos_o poder, de redimir mi apariencia mortal! do, triturado, venciendo en su poder de entraña
Auxlhame! Sálvame! Tú, el único Todopodero- más noble que mi cerebro quebrantado, abrió Arau'.
so'•
. m1stico
. Y mi deseo vehemente
· : · · · y mi. d e 1·mo
dales la fuente viva de mi dolor y geml en mi AniY_ m1 locura de vivir para amarte ¡oh alma que has ma con la amargura dolorosa que no ha existido jasido amada como ninguna lo fué en la tiel'l'a! se más'.• • • •. l\Ie pusieron en un tranvla fúnebre cuya
~strell_a~~n como mi rebeldla irreductible ante la trep1dac1ón me torturaba horrorosamente y yo ola
tmpas1b1hdad de lo irremediable! Mi rogación deli- la vid~ resonar en torno mio, la Yida coJmenaria
rante, de amarga y dolorosa vehemencia me abis- de la ciudad estruendosa, y una angustia infinita
maba en
· msondable
·
'
. la voi•ágme
que ha tragado
á la se anudaba como vlbora constrictora á mi corazón
:~m~mdad durante dos milenios en la divinización pasionante Y me mordla para inocularme de nuevo
e milagro; y náufrago, perdido en las entraiias el virus viperino de la rebelión! . . . ¡No! iDioll de
1

�REVISTA MODERNA.

ros

REVISTA MODER~A.

Dios! .... aquello era formidablemente injusto como es omnipotente el poder divino, y yo acusaba á
Dios de implo, y mi alma blasfema lo apostrofaba
con los dicterios más candentes, en explosión de cóleras horrendas·que solamente los conde.nados del
Cócito pueden formidar!. . . . La ciudad quedaba
atrás con una vertiginosidad kaleidoscópica; el trayecto no fué para mi más que una ilusión de trayecto, y con una lejana vislumbre de sensibilidad
exterior, sentí cuando el carro se detuvo definitivamente á la entrada del panteón, y que manos
abominables se apoderahan de mi, y me bajaban
¡oh.... si! me bajaban! y me conduelan atropelladamente al lugar del camposanto, del campo mald!to
donde estaba abierta mí sepultma! Tormentos rndecibles, ~orturas sin nombre me corroían como
corrosivos hirvientes .... ¡Ah! era, pues, consumado mi sacrificio? .. . . Me suspendieron en el aire. . ..

¡Maldición de maldiciones! y :ne bajaron lentamente hasta que cal para siempre en tierra, en el f?ndo de mi sepulcro! .... Entonces sen ti un zumbido
sordo, como de riada que desciende, en mí cráneo,
en mis sienes, en mis arterias. . . . ¡Era la sangre,
la san"'re vivificadora que se precipitaba de nuevo
en mi ~rganismo para bañarlo con su riego de vida!. ... En este instante supremo, oi con terror inconcebible un ruido sonoro y siniestro sobre mi
ataúd ¡la primera paletada de tiena! y luPgo un
redoble furioso que cala cada vez más sordo .. • • .
¡Dios mio! Dios de piedad!. ... Me entenaban!. • • •
Me habían enterrado!... . Dios de misericordia! • • •
Y yo respiraba trabajosamente .. . . Yo abria los
ojos . ... ¡Yivo! . ... al fin vivo! .... Y la asfixia.• ••
(Aquí fué donde el Honorable Sr. Llaven consultó su reloj.)
RUBÉN

1901.

ME~íORIA ETERNA.
En luz medrosa baña los ampHos ventanales
'.\furiente sol de invierno que al misticismo invita;
Mas, dentro, llena el alma de ensueños ideales,
No espera ya los dulces coloquios nocturnales
La. célebre germana, la rubia l\largarita.
l\lirad: cercano al busto de un héroe legendario,
Sus enpolvadas hojas muestra el devocionario
Poder que en esperanza toda amargura trueca;
Y venerable amiga del cofre centenario,
Junto al hogar sin lumbre parada está la rueca.
No suben á la estancia desde el jardín vecino
Canciones de la alondra, ni esencias de las flore~;
Ni, al bienhechor influjo de un hálito divino,
Triunfante del penoso letargo vespertino
Yibrar la niii:i. siente In voz de los amores.
Pasaron como sombras las pláticas aquellas
Gozadas al cobarde fulgor de las estrellas:
Pasó de l\lefistófeles la intensa carcajada .. . . ;
Y en torno i1 la vetusta mansión abandonada,
De Siebel y de Fausto borráronse las huellas.
¡Oh tiempo inexorable! ¡Titánico verdugo!
¿Quién á tu loca marcha de vencedor resiste ... . ?
Humildes y potentes sucumben á tu yugo;
Y sólo vida eterna reconocer te plugo
A la fatal historia del alma de algún triste . . . .
Cuando el linaje humano, viril y:arrepentido,
Al Nazareno siga con paso decidido,
Homéricas legiones que el universo aclama,
Pontlfices y r0yes de cegadora fama,
Cayendo irán al vasto sepulcro del olvido.

M. CA~IPOS.

109

Mas tú, fiel Margarita, por bella sin ventura,
Tendrás férvido culto y adoración segura
'.\fíentras Amor las almas de resplandores vista . . ;
Y habrán de consagrarte eu pago á tu dulzura
S us ansias cada novia, su genio cada artista.
L UIS

BARREDA.

:\1éxico, 1901.

DOLIENTE.
A JESÚS URt:ETA.

ha, la empujaba por la pendiente lúgubre de la miseria.
Vendió sus trajes nuevos; vendió casi toda su ropa blanca, y - pero, oh Dios, ¿no eres bueno?-tuvo que vender casi toda la ropa blanca y los trajes
nuevos de Celia; aquellos trajes queridos que tan
linda hacían á la niña!
Y el otoño corrla; y vendría el invierno. . . . el
invierno del norte, helado, amargo, cruel, espantoso para el pobre. ¡Qué seria entonces de ella, sin
telas gruesas, sin comidas vigorizantes, sin fuego!
¡Qué seria de Celia, que nunca se quejaba porque
todo lo comprendía, pero que iba palideciendo, palideciendo rápidamente, como una joven rosa en•
ferma!
Un día no hubo para comer. El día siguiente
tampoco habría, ni el tercero, ni el cuarto, tal vez
nunca más .... Ah! el espectro fatal cómo le verla
llegar, haciendo su mueca honible, y llevársela, y
llevarse á Celia, á su hija!
Entonces fué cuando recibió una carta del señor
inglés que habitaba el principal de la casa .... Era
soltero; rico. Habla visto á Celia; le gustaba. No
podía casarse con ella, porque pensaba no casarse
jamás. Pero la tendría como á una esposa. La dotarla; la educaría, y si era buena, más tarde ... .
¡quién
sabe!-Y acompañaba la carta con una fuerA la muerte del esposo-destenado de la patria
por causa política-triste, aislada, sin dinero, con te suma de dinero.
Noche tremenda esa noche para la pobre madre.
una hija, Celia, de catorce años, se encontró la po·
bre señora en la ciudad inmensa como el viajero Su hija desde temprano dnrmia un sueño pesado,
producto del desfallecimiento físico.-Empezaba el
perdido en medio de un bosque enorme y feroz.
Sabia de piano; buscó discípulos. Pero ¡bah! qué invierno; la nieve golpeaba, blanda, te; ca, el techo
padres ricos confían la educación musical de los y los cristales de la ventana, en cu~·as rendijas gehijos á una desconocida? Y los padres pobres . . .. mla un viento fino, helado, punzante.-Cubrió A la
bija con la única manta de lana que poseía, y ~o
esos no tienen piano.
¿Trabajar en otra cosa? ¿Cómo? Ella, una plan- sentó á la cabecera del lecho miserable. No sentia
ta de los delicados jardines hispano-americanob! frío; no tenla ya hambre. El sacudimiento rudo
No vislumbraba luz alguna salvadora. El mañana que le había causado en el alma la carta, le hacia
se le ofrecía fatídicamente impenetrable .... Y en- insensible el euerpo .... ,¡:\1añana!• Y en la som tre ella y la patria el océano y tierra, mucha tierra bra, percibiendo como en un sueño tenebroso la
respiración débilmente rltmica de Celia, apretanextraña!
Comenzó á vender sus pocas alhajas. Las vendió do entre la mano crispada la carta salvadora y
todas. Así pudo comer ella; así, sobre todo, pudo cruel, se répetla esta palabra, que en el cerebro
comer la hija un corto tiempo. Luego vendió los enfiebrado le zumbaba siniestra y tenaz.
¿Rehusar? ¡Y su bija! Ella, la madre, podía momuebles, uno á uno. Dejó la habitación cómoda que
ocupaba por un cuartito en el último piso de la rir; estaba ya resignada; bastante babia s-.ifrido, y
misma casa .... Y la existencia se le iba haciendo la muerte seria el descanso, el olvido. ¡Pero su hija!
cada vez menos posible, y el infortunio la empuja- No, eso no debía suceder; no queda que sucediera.

-Cuando veo-me decia el anciano médico mi
amigo, apoyando la barba en el dorso de las manos que descansaban sobre el puño de marfil de su
bastón de ébano, sentados los dos en la banca más
sombda del parque, una noche en que por entre el
follaje espeso esparcía la banda militar sus jocundas fanfarrias- cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas á estas madres sanas, alegres, triunfales, porque sus niñas de nada carecen, porque pueden satisfacerles todos los caprichos, porque las
11guarda, tal vez, un matrimonio honroso que se
celebrará con tocia la pompa de los rituale3 mundanos, recuerdo en seguida á aquella otra madre
desdichada, á quien, en los primeros años de mi
profesorado, asistí en su enfermedad mortal- un
caso de hipertrofia del corazón-y quien me hizo
la confidencia de la última era de su vida, allá en
la mareante y portentosa ciudad de las audacias
imprevistas .... Esa confidencia la escuché una semana antes de morir la enferma; un dla de primavera, en que la tierra toda vibraba en un delirio de
vida y toda la atmósfera rela, con risa feliz, bajo
la caricia intensa del sol.

�REVISTA MODERKA.

REVISTA MODERNA.

110

Ella no tenla el derecho de quebrar la existencia
en capullo de la joven; no tenla el derecho de destruir aquella nave nueva que estaba aún á la OTilla del largo, del hondo, del enigmático mar de la
vida.
¿Aceptar, pues? Y su educación inolvidable; su
educación severa y religiosa, que la hacia mirar el
concubinato como un acto criminal, como el envilecimiento del amor, tan noble si el matrimonio lo
consagra! ¡Y ahora se trataba de su bija! Era su
bija quien se uniría sin matrimonio, sin amor, á un
desconocido!. . .. Y estrujaba entre las manos 111
carta; y, trágicamente visionaria, miraba modelar·
se, poco á poco, en la sombra, al espectro fatal.
Rehusar!. ... Aceptar!. ... Por un rato grande
estos pensamientos contrarios estuvieron luchando, luchando. Después, como cansados, quedaron
inmóviles, y parvadas de recuerdos de la vida pasada le asaltaron el cerebro.
Los recuerdos azules! Tenia quince años, uno
más que Celia; estaba toda de blanco en un baile de
confianza, y valsaba con un joven gallardo y correcto. Le parecia oír, clara, precisa, evocatriz, la
música de aquel valse; le parecía oir, timida, vibrante, turbadora, la voz pasional del joven, del
que fué después su esposo. ¡Ah los placeres dulces
y castos de los amores de novios; las impresiones
profundas, reveladoras, de la primera noche nupcial! .... ¡La bija!
Llegaron los recuerdos grises.-La pasión política del esposo; su ocupación constante en planes
revolucionarios; sus continuas ausencias de la ciudad; su indiferencia de amante, La guerra civil; el
esposo preso. El destierro!
Y llegaron los recuerdos negros.- La enfermedad lenta, indomable, del compañero amado, del
apoyo fuerte; el agotamiento de la escasa fortuna;
el país extraño. La viudez; ella y su bija aisladas;
la pobreza ..... la miseria ..... el hambre ..... la
muerte quizás! Y volvían los pensamientos contrarios á comenzar su lucha, y volvía á estrujar entre
las manos la carta del señor inglés, y volvía á ver
modelarse, poco á poco, en la sombra, al espectro
fatal.
As! la sorprendió el alba; una alba brumosa, anémica, tiritante, como precursora de un día triste,

triste, Y en la gloria lívida de aquella alba, percibiendo como en un sueño tenebroso la respiración
débilmente rítmica de la bija dormida, apretando
entre la mano crispada la carta salvadora y cruel,
•jhoy!•, se repitió mil veces la madre, y esta palabra, en el cerebro enfiebrado, le zumbaba siniestra
y tenaz.
Tuvo que aceptar .... ¿El honor? ¡Oh, es verdad!
El honor! Y que el hambre apuñalée el cuerpo, y
que la desesperanza desgarre el alma, y que se vea
á la hija adorada palidecer, palidecer rápidamente, como una joven rosa enferma que '"ª á morir!
Aceptó, Mas desde aquel dia-á pesar de que su
vida material fué holgada; á pesar de que en su
nueva habitaci&lt;in decente la visitaba todos los dlas
Celia, que sanó del modo rápido como habla enfermado y adquirió toda su frescura brillante, toda
su belleza exquisita, toda su nativa elegancia- sobre el corazón de aquella madre la tristeza lloraba
un llanto continuo, que lo fué hipertrofiando inexornblemente.

Pobre mujer! La última vez que la vi estaba tendida, rlgida y enlutada, sobre el lecho blanco. El
fulgor de una lámpara broncinéa, filtrado por un
globo azul, le envolvía el rostro, contraido por el
supremo escalofrio, en un velo sutil, vago y misterioso; y dos lágrimas se perlaban sobre la raya de
los párpados apenas abiertos, como si la l\luerte,
al beber en aquel doloroso vaso humano, hubiese
arrojado allí las heces del licor amargo de la Vida .... Y aquella noche de primavera la tierra to·
da, en el deleite de un ensueño, suspiraba, y toda
la atmósfera sonreia, con sonrisa feliz, bajo la caricia dulce de la luna!
Ya sabe usted por qué- terminó, irguiéndose, el
anciano médico mi amigo, mientras la banda militar, que babia callado, esp&amp;rcla otra vez por entre
el follaje espeso del parque sus jocundas fanfarrias-cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas á las madres ricas, sanas, alegres, triunfales,
1·ecuerdo en seguida esta historia lejana, triste, triste y fiel. Y ella se sucede en el mundo eternamente, quizá!
DARÍO

Colombia.

H~RRERA.

ELTRANVIA.
Había un obrero muy trabajador cuya mujer era
buena, cuya hijita era preciosa. Habitaban en una
gran ciudad.
Para el día del santo del padre compraron una
hermosa y fresca lechuga y un pollo que asaron.
Y todo el mundo estaba contentísimo aquella maIiana de domingo, hasta el gatito que contemplaba
l11, gallina con aire picaro, prometiéndose tiernos
huesos que roer.
Almorzaron, y el padre dijo:
-Vamos, por esta vez, á pagarnos el tranvía y
pasearemos hasta los alrededores.
Salieron.
Hablan visto, muchas veces, elegantes señores y
Trad. de e Revista l\Ioderna• ).

hermosas damas hacer seflas al cochero del tranvía,
que paraba inmediatamente sus caballos para que
pudieran subir.
El buen obrero cargaba á su hijita y él y su mujer se detuvieron en la esquina de una hermosa
calle.
Un ómnibus barnizado avanzaba hacia ellos, ,:asi vacío. Y sentlan grande alegria pensando que
iban á subir por cinco centavos cada uno. Y el
buen obrero hizo seña al conductor para que detuviera los caballos. Pero el conductor, viendo á
aquella pobre gente, los miró con de~precio y no
detuvo el carruaje.
FRANCIS

JAMi\IES.

\

LA ~[J[Z
A L U IS BARREDA,

Junto con los silvanos juguetones
Animó las florestas sosegadas,
Y ensefíó á las sonoras enramadas
A repetir sus rústicas canciones.
A la sombra de glaucos pabellones
Desfloró pudorosas hamadriadas,
Y corrió tras las ninfas asustadas
Al par de los centauros garañones.

Hoy el soplo glacial de los inviernos
Ha doblado las puntas de sus cuernos,
Su flauta de carrizos está muda,
Y lleno de pesares y congojas,
Al mirar una náyade desnuda
Suspira de impotencia entre las hojas.
EFREN

REBO¡,.LEDO.

111

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

J 12

PRERRAFAELITA.

DE "EL JARDIN DE LOS SUPLICIOS."
Son los chinos jardineros incomparables, muy superiores á nuestros burdos horticultores que no
piensan más que en destruir la belleza de las plan•
tas por medio de irrespetuosas prácticas y criminales hibridaciones. Estos son verdaderos malhecho·
res y no puedo concebir cómo, en nombre de la vida universal, no se han dictado aún severlsimas leyes penales contra ellos. Hasta que se les guillotinara sin piedad me seria agradable, de preferencia
á esos pálidos asesinos cuyo •seleccionismo• social
es más bien encomiable y generoso, puesto que lamayor parte de las veces no hiere sino á Yiejasmuy feas
y á muy innobles burgueses que de por si son un
perpetuo ultraje á la vida. Y además de que han llevado la infamia hasta deformar la g1·acia conmovedora y delicada de las flores simples, nuestros jardineros han osado la degradante burla que consiste en dar á la fragilidad de las rosas, á la irradiación estelar de las clemátides, á la gloria firmamental de los delpltinium.~, al heráldico misterio de los
iris, al pudor de las violetas, nombres de viejos generales y de políticos deshonrados. No es raro encontrar en nuestros ¡&gt;arques nn lil'io, por ejemplo,
b1mtizado: El Ge11el'al Archina1·d.' . ... Hay narcisosnarcisos! que grotescamente se denominan: Triwifo dtl Presidente Péli.c Faure; rosas que sin protestar aceptan el ridículo apelati,·o de: Duelo de
.,fonsieur Thiers, y violetas, tímidas, friolentas :r
exquisitas violetas á quien los nombres del General Skobeletf y del Almirante Avellan no parecen
apodos injuriosos! .... J.a flor, toda belleza, toda
luz y toda alegria .... toda caricia también, evo·
cando los rezongones mostachos y las pieles de paquidermo de un soldado, ó bien el toupet parlamentario de uu ministro! . ... Las flores lanzando opiniones polfticas y sirviendo para difundir las propagandas electorales! .... A quó aberraciones, á
quó decadencias intelectuales corresponden, pues,
tales blasfemias y tamaños atentados á la divinidad
de las cosas? Si fuese posible la existencia de un
ser bastante desnudo de alma para sentir odio ha.
cía las flores,:los jardines europeos y en particular
los jardineros franceses justificarían esa paradoja
inconcebiblemente sacrilega!. ...
(Trad. de Revista Moderna).

Ai:, PINTOR

.Artistas perft1ctos y poetas ingenuos, los chinos
han conservado piadosamente el amor y el devoto
cnlto por las flores, una de las muy raras y de las
más lejanas tradiciones que han sobrevivido á su
decadencia. Y como es necesario distinguir las flores una de otra, les ban atribuido analoglas graciosas, imágenes de ensueño, nombres de pureza ó de
voluptuosidad que perpetúan y harmonizan en nues•
tro espirito las sensaciones de dulce encanto ó de
violenta embriaguez que nos producen .. ... Asl es
que á ciertas peonias, sus flores favoritas, los chinos las saludan según su forma y su color con estos
nombres delíciosos que son cada uno un poflma ó
una novela: La joven que ofrece sus senos; ó J.,'l
Agua dunniendo bajo la lttna; ó El sol en la selva;
ó El p,·imer deseo de la nrgen acostada; ó'J,[i Túnica no es toda blanca po1·que al desgarrarla el Hijo del Cielo la ti11ó de sangre 1·osa; ó bien, por último: He gozado de mi amigo en el jardln.

Con razón los chinos sienten orgullo por el Jardín de los Suplicios, el más completamente bello
quizás de toda la China, donde sin embargo los hay
maravillosos! Abl están reunidas las esencias más
raras de su flora, las más delicadas como las más
robustas; las que vienen de las neveras montañesas
ó las que crecen en la ardiente hornalla de las llanuras y también las que misteriosas y siniestras se
disimulan en lo más impenetrable de las selvas y
á las cuales las supersticiones populares prestan
almas de genios malhechores. Desde el paletuYario hasta la azálea saxátil, la violeta biflora basta
lli nepentes destilatorio, el hibisco volubita hasta
el helianto estolonlfero, desde la audrosaxa invisible en su grieta de roca hasta la lianas más locamente enlazadoras, cada especie está representada
por numerosos ejemplares que repletos de alimentos orgánicos y tratados, según los rito~, por sabios
jardineros, alcanzan anormales desarrollos y coloraciones cuya intensidad prodigiosa nos es penoso
imaginar bajo nuestros climas morosos y en nuestros jardines sin genio.
ÜCTAVl!l

.MIRBEAli.

Ll!lANDRO JzAGUIRUE.

I
Adorna tu gracia los libros de horas
De piel de cordero que un fraile minió?
O allá en la vidriera que tardes y auroras
Incendian, acaso tu imagen surgió?
Crenchas engarzadas en brillantes nimbos,
Hostias y azucenas en el rostro oval;
Un peplo sembrado de breves corimbos
Do emergen las alas de un pavo real.
Tus manos: dos lirios que oprimen los orbes
Velados y leves de tu seno en flor,
Y á tus pies querubi:s pulsando teórbes
Y ángeles tañendo las violas de amor ....
Asi en el exvoto de un glíptico arcaico
Vi tu misterioso perfil de otra edad,
.Asl entre la pompa de un viejo mosaico
De púrpura y oro, miró tu beldad!
JI
Lanzando á los cielos su gótica aguja
Entre altos cipreses de negro verdor
Surgió en mis ensueños la antigua Cartuja
Donde eras ti'.1 virgen y yo era prior.
Dejando el rosario de huesos de oliva
Asían mis manos paleta y pincel,
La celda me daba la luz de su ojiva
Y el atrio la sombra de un noble laurel.
Del toque de alba, tras la eucaristla,
Extático, lleno de honda beatitud
.Al Angelus lento que el claustro envolvía
En vagas penumbras y eu triste quietud,
Pinté tus encantos con mistica fiebre
Ciñendo tus sienes con nimbos de paz,
Cuajando tu manto con gemas de orfebre,
Formando con hostias y rosas tu faz!
Y mientras creaba tu ingenua sonrisa,
Dejando en tu frente la nieve de un lis,
Hablaban conmigo desde una cornisa
Las llricas aves del Santo de Asis!

Ah mi hábito blanco! mi gótica aguj a,
Mi azul luminoso, mis lirios en flor!
Con cuánta nostálgia mi ser se arrebuja
Eu esos recuerdos de aquella Cartuja
Donde eras tú virgen y yo era prior!
Hoy, ha muerto el iris en el cielo umbrío,
Hoy, en la paleta del fraile sombrío
~o brilla una sola tinta de ilusión,
Sólo el agua fnerte del amargo hastío
).Iuerde el rojo cobre de su corazón!
' JOSÉ JUAN

:;\larzo, 1901.

TABLADA.

�LA HIGIENE.*
ESTUDIO BIBLIOGRÁ~'ICO, Á PROPÓSITO DEL «J!ANUAL POPULAR DE HrGTENE,&gt; DE LA
JUNTA IMPERIAL DE SANIDAD DE ALEMANIA.-TRADUCIDO AL ESpAÑOL
POR E[, DR.

M. l\foNTANER.-(F.

Derivase la palabra Higiene del griego hugaineia,
que quiere decir tener salud; as! podría definirse:
aquella parte de la medicina que se ocupa de los
medios, no ya de curar las enformed11.des, sino de
prevenirlas, es decir, el estudio de todo lo que con•
tribuye al funcionamiento normal del organismo
Un gran sabio ha dicho, que la medicina del porvenir será la medicina preventiva, es decir, la Higiene, pues vale más prevenir la enfermedad que
tener que curarla.
La Higiene preocupó ya en los más antiguos
tiempos, aunque su importancia verdadera y el que
se la haya reunido en un cuerpo de doctrina, sea
obra de los tiempos más modernos.
Los libros del Antiguo Testamento, y antes de
éstos los Vedas, y el Zend Avesta, están llenos de
prescripciones y de reglas para conservar la salud,
prescripciones y reglas qua se presentan siempre
como p,receptos sagrados. As! las abluciones, la
prohibición de comer carne de ciertos animales, las
unciones con bálsamos, eran sólo rPglas higiénicas
indispensables á unos pueblos que vivían en climas
rigurosos, y que ignoraban absolutamente el uso
de lo que hoy día es de sentido común respecto á la
limpieza del cuerpo. En la India en donde ciertos alimentos animales resultaban funestos por las enfermedades eruptivas que producían, su interdicción
eólo pudo hacerse eficaz escudándolos en el dogma de la transmigración de las almas.
En Egipto, en Persia, en Caldea, las leyes contenían prescripciones minuciosas, cuyo único objeto
era el combatir las influencias deletéreas del clima,
ó la purificación de la atmósfera frecuentemente infestada. Tal como los inciensos, minas y bálsamos,
quemados en las asambleas religiosas.
Entre los griegos, las costumbres higiénicas ya
se presentan sin la sanción religiosa. Con un clima
más templado, y, por tanto, más benéfico, el griego,
más que un sistema prohibitivo, en lo que toca á
la alimentación, seguía un sistema organizador del
cuerpo humano. As! la gimnasia adquiere gran
preponderancia, con los baüos, la alimentación sólida, la vida al aire libre, y la danza.
• Sr. D. Jesú¡ E. Valeniuela.-Barcelona, 2.¡. de Febrero de
1901.-........................................ . ....... . .... .

........................ Hoy le mando á vd. un artículo sobre
Higiene. Está escrito á propósito del A/anual Pop11lar de la
Junta Imperial de Sanidad Alemana, que ha traducido un amigo mío, el Dr. Montaner. Es un compendio utilísimo que bacía
falta en Espaíla y que no creo exista en los países de la América
L atina. Espero querrá vd. hacerme el obsequio de insertarlo
en su magnífica .R...is~ Aloder,ia ,. ........ Pm1r&amp;YO GENER.

L'EIX, EDITOR-BARCELONA,

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

114

1901.)

Entre los rcmanos, la preocupación de la Higiene
pública es aún más grande. Los baños eran, en
tiempo de los Césares, una verdadera institución,
llegándose hasta á exagerar su uso. Dictábanse reglas para la construcción de laij viviendas'!,' para
el saneamiento de los I.Jarrios populosos, llegando
á nombrarse delegados especiales para la inspección de las casas y edificios públicos, á fin de que
hicieran cumplir las reglas más indispensables de
la policía urbana. Llegóse á más, hubo tratadistas
especiales del arte de conservar la salud, tales como Plutarco, Galeno, Oribase, Aetius, Pablo de
Eginas, Alexandro de Tralles, etc. etc.
Con la venida de los Bárbaros, y con el predominio del cristianismo, en que se consideró el cuidado del cuerpo como vanidad y pecado, la higiene
desapareció por completo y las infecciones más horribles diezmaron la Europa. La suciedad y el ayuno predispusieron el cuerpo humano á todo género
de enftirmedades. Sólo los judíos y los árabes, durante este periodo, siguieron y practicaron algunas reglas de higiene; pero al aproximarse el Renacimiento, se reivindicó la personalidad humana
y volvióse á preocupar la Humanidad de la manera
de evitar terl'ibles enfermedades, manera que en la
Edad ll!edia estaba reducida á los amuletos, á las
rogativas, y á las procesiones (á poca diferencia
como hoy en el interior de España).
Los hombres de ciencia, estudiando los elementos de la Naturaleza y su fenomenolidad, fueron
los que sentaron los fundamentos de la verdadera
higiene en los tiempos modernos, desvaneciendo
las antiguas supersticiones. Se vió que el .Aire era
un cuerpo y que con la ayuda de ciertos instrumentos, se podía estudiar su composición, determinar sus materias extrañas y purificarlo, en caso
necesario, de sus g érmenes mortíferos, ó atenuar
sus acciones físicas y químicas. Lervet descubrió
la circulación de la sangre. Santorius el mecanismo
de la transpiración. Estudióse la respiración. Descompúsose el agua. Todús los fluidos elásticos fueron estudiados. Los cuerpos sometidos á análisis
dieron sus componentes simples, y así se pudo determinar su acción sobre la naturaleza humana.
Hal- lé, partiendo de todos estos datos, preparó un
tratado sobre la conservación de la vida, tratado
que la muerte no le permitió que acabara; después
de: él Foderé, Ratiev, Rostan, Loude, Parent du
Chatel, Hings, Pavet de Courteille, y más modernamente, Orfila con su estudio de los tóxicos, Bec.
quen:I, Bouchordat, Leoy, Tardiere y otros, han
preparado los trabajo~ que han venido á formar el

cuerp@ de doctrina que hoy se llama Hi,qiene, reforzados modernisimamente por los Zooqulmicos, y
los Microbiologístas, á la cabeza rle los cuales figuran Geyenbour, y el gran Pasteur.
La higiene hoy dia es un verdadero cuerpo de
doctrina que estudia: 1°, el objeto de la higiene;
2º, los materiales de la higiene y 3° la aplicación
de fa higiene á los diversos estados del hombre, ya
sea individual, ya sea colectivamente.
Así en la primera parte se estudia la constitución
del cuerpo humano, la actividad y el funcionamiento de todos sus órganos. Se parte de los elementos
mitológicos y morfológicos, y en su organización
ascendente se va á parar á la consideración de los
órganos en la plenitud de su desanollo; y en este
estado se estudia su funcionalismo vital, su inte·
gración y su desintegración y las reacciones qui·
micas que las acompañan. Así se llega al conocimiento de la Fisiologia humana, de los temperamentos, y de lo que podríamos llamar prolegómenos
de la patologia.
En el estudio de los materiales higiénicos, entra
el estudio de los agentes favorables y necesarios
á la vida del Hombre en general, así como el de
todos los elementos que influyen sobre ella, directa
ó indirectamente, de una manera favorable ó desfavorable.
En este número entran en primet· término la atmósfera y sus diversos componentes, la temperatu•
ra, las corrientes del aire, la humedad, la electricidad, la luz, la presión, las impurezas, los miasmas,
el agua y todos los medios de su conducción y purificación. Vienen después los alimentos, y la determinación de la cualidad y cantidad nutritiYa
utilizable en las substancias alimenticias; á. cuyo
estudio sigue el del análisis de las mismas para determinar su insalubridad, caso de falsificación, ó
de descomposición natural. Y terminaré el estudio
con los venenos, manera de reconocerlos y medios
de evitarlos ó de neutralizar sus efectos.
Siguen los vestidos, ó medio de preservar el
cuerpo humano de los agentes exteriores; y luego
la habitación ó vivienda, y veremos como ésta debe ser construida para que reuna las condiciones
de ventilación, desagüe, limpieza, protección del
calor y del frío, y aislamiento del ruido, condiciones indispensables para que no se trunque la evolución vital del hombre.
En la tercera parte, estudia la higiene las coudicioues favorables á la conservación y aumento ele
la vida del Hombre, en sus relaciones con la sociedad.
Se estudian las colecti\'idades humanas, ya que
ellas exigen otros cuidados generales, á más de los
del individuo, y en ello se agrupa todo lo que tien •
da á la buena circulación de los materiales que han
de dar la vida, como á la extracción, expulsión y
circulación completa, hasta su reintegración elemental en la Naturaleza de todos los residuos, deyecciones y demás desechos de los seres vivientes.
Se estudia también el tráfico y los medios de evitar que éste sea vehículo de enfermedades conta-

giosas, y se dan las prescripciones generales para
resistirlos.
Luego se pasa á la educación, dedicándose estu·
dios preferentes á la educación física, en lo que entra la gimnasia, el baile, la equitación, los baños,
y todo lo que hoy se comprende con el nombre genérico de Sport. lJ,fens sani.t in corpoi·e sano, es la
máxima que preside á esta sección de estudios.
A partir de aquí ya se especializa la higiene, dedicándose á aplicarse á los hombres según sean sus
oficios, profesiones, ó género de vida que lleven;
habiendo todo un tratado especial para las carreras
militares y marítimas, que tanto difieren de las
otras.
Parecerla aquí term inado el cuerpo de doctrina
conocido con el nombre de Higiene; pero, Je falta
aún tomar en cuenta la acción de las influencias
generales. Estas pueden ser ocasionadas por las
grandes alteraciones atmosféricas, por las infecciones del aire, del agua ó de los objetos (epidemias) y por las infecciones particulares ayudadas
por el contagio, ó sea transmisión de individuo á
individuo.
Por fin, los accidentes desgraciados y el estudio
de los conocimientos más indispensables para la
enfermería, y asistencia en los casos de desgracia,
forma el apéndice de dicha cieocia, sin la cual no
podrían vivir los pueblos modernos. Como indica
muy bien el tratado que nos ha inspirado este articulo, la mortalidad va disminuyendo rápidamente en todos aquellos Estados, comarcas, ó ciudades
en que la higiene es practicada de una manera es·
crupulosa. A principios del pasado siglo la vida
normal humana era como promedio el de 22 á 24
afios. Hoy dia, en los mismos países, como Francia,
Inglaterra, Bélgica y Alemania, es de 32 á 35. Aún
hoy dia, en las poblaciones higiénicas hay sólo una
mortalidad que varia entre 17 y 23 por mil al año;
tales Gi nebra, Londres, Parls, etc. En los que no
se cumplen las leyes de la higiene sino incompletamente, la mortalidad oscila entre 39 y 40 por mil;
tales :\fadrid, Barcelona, Constantinopla. Estas cifras hablan de una manera más elocuente que todos los argumentos posibles.
Luego con la práctica de las reglas de higiene,
los individuos viven sanos y fuertes y pueden ganar
unos en menos tiempo, siendo mayores sus energías para el trabajo. Véase, pues, la gran u tilidad
de la popularización de estos estudios. Estas razones impulsaron al Gobierno alemán á hacer esta publicación económica, y las mismas son las que han
decidido á la Casa F. Leix de Barcelona á popularizarla también entre los países de lengua espafiola, no
escaseando sacrificios para presentar debidamente
con los grabados, cromos y planos que requiere
una obra tan útil, y para hacer una traducción directa en lenguaje claro, sencillo, exento en lo posib le ele tecnicismos, para así ponerla al alcance de
todos.
Creemos que publicaciones como ésta honran á
la persona quti las da á luz y también á las que las
adoptan.

DR. P0)1P.ElYO GENER.

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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LA RAMILLETERA.
Date lilla ......

:\lo1sés.- ;H1ouEL AiwEL.

REl~OVARE .1••••
.=::. Solo tú y yo sabemos el secreto
de nuestro amor como Luzbel caldo;
pero á las puertas del Edén Perdido
lanzando á todo su implacable reto.
Ya con tu ausencia el olt:iaje inquieto
de la murmuración yace dormido¡
mas nunca como ahora te he querido,
con un amor tan grande y tan discreto . . ..
Eres la carne de mi carne, vibra
en mis labios aún tu beso ardiente
y abrasa el corazón, fibra por fibra,
mientras la estrofa escápase candente;
y Amor ceñirla al Huracán le libra,
corona de recuerdos á tu frente!
JEsús E. VALENZUELA,

Marchaba la niiía lentamente, rozando el muro,
por la calle estrecha y tortuosa de los .ilfercanti.
No miraba los almacenes, no levantaba los ojos ha•
cia aquella banda de cielo que aparecía entre las
altas casas, no miraba siquiera delante de ella. Mi·
raba los adoquines como si los fuese contando. Ca•
minaba sin inquietarse por el lodo, por los choques
que recibía de algún raro vehículo que pasaba.
Cuando llegó á la pequeña iglesia de Ce1·1·iglio,
frente A la estatua del Ecce Ilomo vestido de rojo,
coronado de espinas, con los ojos llenos de lágri·
mas congeladas, con la frente y el pecho macula•
dos dt:i sang re coagulada, la niña le dirigió una mi·
rada indiferente y volvió sobre sus pasos, con el
mismo aire rígido.
Era una mendiga. Tenla hambre, tenia sed. Te•
nla las piernas desnudas y sus piececitos sin zapa·
tos s~ deformaban en el fango. En aquel domingo
helado de Febrero, no llevaba más ropa que una
camisa, una faldehuela desgarrada y deshilachada
retenida á su cintura por un cordón y un guiñapo
de chal enrollado en torno de su cuello. Nada más.
La niña era muy flaca, casi desecada¡ por las des•
garraduras de la camisa y de la falda se veía una
carne exangüe, terrosa; bajo el chal los dos huesos
claviculares resaltaban como si hubiesen querido
agujerear la piel, y se adivinaba cuán pobre era
aquel enfermizo y magro pecho de niiía. Las espaldas eran puntiagudas, encorvadas como las de
quien ha tomado la cos:umbre de encogerse siem·
pre á causa del frío ó para calmar los espasmos del
estómago. Un rostro serio y gra,e, con el mismo
tinte plomizo que el cuerpo¡ la frente baja y plega•
da; las finas cejas fruncidas, los ojos de párpados
grises, muy grandes, cercados de hollín, hundidos,
cavernosos; el perfil duro, rígido, acentuado ya co·
mo el de una mujer; la boca est1·echa, apretada, los
labios pálidos sin estremecimientos, con dos plie·
gues en las comisuras. Tenia siete afíos.
Habla trnido una madre descarnada, mendiga
también. Vagaban entrambas por las calles, pidien•
do limosna. Solian comer pan y dormlan en un rin·
eón, bajo una escalera, sobre la paja, la hija con la
cabeza sobre el seno de la madre. Después lamadre habla muerto de tifo y la hija quedó sola en el
arroyo. No lloró, no clamó, salió á mendigar como
de costumbre, pero no se le dió nada; aquel dla no
comió y durmió á la intemperie, sobre los escalo•
nes de la iglesia de Portanova, enrollada en si mis·
ma, como un peno.
Hacia tres años que la niña arrastraba aquella
vida, invariable. No sabia nada, no se acordaba de
nada, no guardaba otra impresión que la de un dla
muy largo en que habla tenido hambre.
Comenzaba sus peregrinaciones desde la maña·
na. La calle de los Mercanti, larga tripa en zigzag,

er1' su casa, y conocía todas sus callejas, sus corre
dores tuertos, sus callejones terroríficos, sus negras
barracas, sus arroyos fétidos, sus puertas angostas
y obscuras, sus escaleras usadas y arruinadas, to•
do alumbrado por una luz débil y gris. Iba y venia
sin descanso de la plazoleta de Porta11o va, que era
su punto de partida, hasta la capilla del Ce1'riglio,
donde era su punto de llegada. Se detenía en la
plazuela de Po1'to, daba una vuelta, dirigía una
mirada al simulacro del dios Orión pegado al muro
que el pueblo llama Pescado Niccolo, luego subía
por .Mezzocannone, mojándose los pies en las aguas
azules, rojas, violetas, de los tintoreros que traba•
jaban en ciertos antros lúgubres, en torno de ne•
gras calderas, agitando una misteriosa mixtura.
Llegada arriba, no osaba ir más lejos, y volvla ii
bajar á la calle de los ..llercanti, sin lanzar siquíe•
ra un vistazo á la posada, donde se doraban, friéndose, pescados y pastas que tomaban vivos y be·
llos tintes dorados y derramaban apetitosos y pe•
netrantes olores, mezclados ii los de los nabos cocí•
dos con vinagre. Yolteaba á la derecha por la sucia escalerilla de Sa,ita Bdrba1·a y trepaba hasta
el almacén del famoso comerciante en bizcochos¡
pero los bizcochos se le antojaban mucho y huía
de alll¡ al volve1· á bajar detenlase ante la puerta
del establecimiento de baños, mirando una fuente
hecha con rocas artificiales, fuente donde no habla
agua, pero donde, de el medio de anchas hojas verdes de hierro pintado, emergía una ninfa; prose•
guía su camino hasta el Cerriglio, y, desandan fo
lo andado, siempre con el mismo porte circunspec•
to, rozando los muros, deslizándose entre las piernas de los transeuntes.
Aquellas calles negras, aquella angustia, aquella
miseria, aquellas casas sudando humedad, aquellos
hedores, aquellos portes sospechosos, aquellos tintes sombríos, aquella ausencia de sol, aquellas ca•
ras usureras de los comerciantes, aquellos rostros
hipócritas de sus compradores, aquellos semblantes
estúpidos de las prostitutas, aquellas mercancías
miserables, polvorientas, averiadas, formaban su
universo. Tenla vagamente el instinto que más allá
de Santa B á1·bara, de Mezzocannone, de Ce1·riglio,
que al extremo de la calle de la Princesa-1\fargari·
ta, existla otro mundo, pero temía aventurarse en
él, le tenia un miedo salvaje; ya en la calle de los
Me1·canti temla á los otros mendigos que la golpeaban, á. los perros que querían morderla, á los
guardias que podlan detenerla, pero era astuta pa•
ra esquivar los peligros. Allá arriba era el peligro
desconocido. Cuando llegaba á. los limites que se
había fijado, lanzaba una mh-ada altanera á lo le•
jos y se escapaba, escondiendo su crespa cabeza
sobre su brazo como si se la hubiese perseguido.
Pedía limosna pero no siempre se le daba. Todas

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REVISTA MODERNA.

aquellas gentes atareadas que trabajaban duramente para ganar un salario exiguo, vendedores
que trataban de engañar á sus compradores, facchini encorvados bajo los paquetes y fardos, criadas sucias y haraposas, no se fijaban en ella.
Si por casualidad algún Setw,· atravesaba el barrio, tomábala por una ladronzuela y tentaba sus
bolsillos diciéndole injurias; otros, vestidos decentemente, pero pobres, la miraban y alzaban los hombros. A algunos inspiraba disgusto y la rechazaban con un gesto fastidiado. En la tortura del estómago que se revelaba, sin haber comido el dla
anterior, pedía primero en voz alta y de una manera
casi imperiosa un céntimo para comprar pan; luego
la voz bajaba y hacíase suplicante, ansiosa, lamentable, y algunas lágrimas fdas escurrían lentamente sobre sus carrillos. Continuaba yendo y viniendo, como maquinalmente, balbuceando palabras
indistintas, hasta que su voz se extinguía en su
garganta seca; entonces pedía limosna por la intensidad de la mirada. Al atardecer, cuando no se le
babia dado nada, era invadida por una gran lasitud, le volteaba la cabeza, y, vacilante, se arrastraba hasta las gradas de la iglesia de l'ortanova,
y allí permanecía inmóvil, encogida, como un paquete de andrajos del que se escapaba un sordo
gemido, Levantábase otra vez á vagar en medio de
las luces que se encendían, de los obreros que tornaban del trabajo y del olor á alimentos que salia
de las tiendas entreabiertas. Entonces solía atrapar dos céntimos ó un cortezón de pan, ó un hueso
de chuleta ó un resto de tripas, y se escapaba á devorarlo sintiendo una insoportable quemadura en
el estómago. Pero eran frecuentes los días en que
no recibía nada y en que se dormía en medio de
una torpeza enfermiza sin haber encontrado otra
cosa que comer que cortezas de naranja podridas
ó vainas de guisante. El sábado era su mejor día:
todos los sábados una mujer vestida con un pañuelo rojo en torno del cuello, una falda corta, zapatos de altos talones, un penacho verde, un peine de
plata. pinchado en el alto rodete de sus cabellos lustrosos de pomada y que tenla las mejillas teñidas
de carmín, le daba un céntimo. Aquella mujer permanecía frecuentemente apoyada contra. el muro,
con las manos en las bolsas de su delantal, canturreando du la mañana á la noche una canción trivial.

Spina de pe.sce
Sla vitá &lt;le.•perata quanno fenesce!
Dla por clía, y varias veces al día, pasaba la niña
11nte 11.quella mujer, pero solamente el sábado Je da1.,,, u11 1·rntimo, y esto durante cinco ó seis meses.
Dti~pu1:~ la mujer desapareció. Se la habla arrojado ó se habla arrojado ella en un pozo.
Cierto domingo la niña se sentía morir. A cada
instante le faltaban las fuerzas y se tiraba al suelo.
Las titindas estaban cerradas, los transeuntes apresurados pasaban sin verla, dirigiéndose todos hacia las calles superiores, desapareciendo allá arriba¡ ella los segula maquinalmente con la mirada.
Entró en la iglesia de Portanova. La iglesia estaba
vacla¡ le pareció inmensa y tenol'ifica¡ tuvo una

sensación de frío con sus pies desnudos sobre el
mármol; el sacristán la echó fuera. Tornó á su carrera por las calles desiertas: se vió sola, desesperada. Todo el mundo estaba allá arriba.
"Entonces, olvidando sus temores, impulsada por
el hambre, por el instinto, pasó la frontera y atravesando la encrucij11.da de la calle Catalana subió
las gradas de San Guiseppe. Quedóse estupefacta;
vela allf lo que nunca habla visto: una calle ancha,
hermosas tiendas, blancos palacios, jardines y cielo. Olvidaba su hambre frente á aq11el maravilloso
espectáculo; quedó atónita ante una juguetería
Allá arriba todo era bello, y seguía á la multitud
que se encaminaba por la Fontana Aledina, deteniéndc,se á cada paso, excitada, curiosa, sin acordarse de pedir limosna.
Sólo los carruajes la espantaban con sus filas ininterrumpidas que se cruzaban, pero ella marchaba sobre la banqueta. En la plaza ]Jfzmicipal, vencida nuevamente por la fatiga y la debilidad se
sentó sobre un banco, cerca del jardín; pero después de un momento saltó á tierra y corrió, también ella, hacia San Ca,·lo¡ allí, pequeñita como
era fu é arrastrada par la multitud hasta San Fernando. No veía nada, apretada en medio de toda
aquella multitud, pero sentía calor y estaba bien.
A cada instante un ramillete de flores atravesaba
el aire, luego otro, luego una lluvia de flores desprendidas; {L cada instante la muchedumbre se hacia á un lado para dejar pasar un coche donde iba
alguna hermosísima dama vestida con telas soberbias y sentada enmedio de flores: visiones rápidas,
fugitivas, brillantes, que casi espantaban á la pobre pequeña. El tiempo transcurrió así: el día declinaba, las flores caían más lentamente, el rumor
era menos fuerte, la turba disminuía. Una graciosa aparición pasó cerca de la niña; estaba vestida
de negro, pero su vestido era corto y rico: tenia el
rostro blanco y sonriente, enormes brillantes en sus
menudas orejas y llevaba en la mano un canastillo
de flores sueltas y en ramilletes. Era una deslumbrante ramilletera que amontonaba dinero en el
fondo de su cesta.
Señora, señora, dame una flor, murmuró una voz
infantil.
Y la ramilletera con un movimiento vivo y encantador dejó caer en las manos de la niña un puñado de claveles. La niña sonrió, fijó un clavel en
un agujero de su camisa y quiso vender flores puesto que tenla tantas. Pero las gentes no se las compraban. Un estudiante le dijo: Cuando seas más
grande podrá,¡ vender flores. Un señor grande y
gordo se puso á declamar contra la mendicidad y
contra la inercia de la policla. La niña no comprendió el sentido de sus palabras, pero si comprendió que Jo enojaba. Tampoco allá arriba las
gentes eran buenas con ella. Era harapienta, fea,
sucia, é iba descalza; sus grandes ojos dilatados
daban miedo, su cabecita enmarañada y selváti~a
daba miedo también. Entonces el hambre volvió,
feroz, quemándole el pecho, desgarrándola. Un soldado que pasaba compró un clavel y le arrojó un
céntimo. La niña entró en la panaderfa y compró
un panecillo. Qué excelente banquete! pero quería
irse; comenzaba á tener miedo¡ aquellos can·uajes

119

REVISTA MODERNA.
Ja aturdian y necesitaba pasar al otro lado de la
calle. Tomó lmpetus, bajando la cabeza. En la elegante victoria, una dama. lanzó un grito Y se desvaneció.
Sobre la v!R, cerca de la banqueta, una inocente
criatura agonizaba con las piernas deshechas. Ago-

nizaba tendida en medio de los claveles regados en
torno suyo, teniendo uno apretado sobre su pecho
con una de sus manecitas y en la otra su panecillo,
con el rostro bl1mco y serio, la boca entreabierta Y
sus grandes ojos asombrados y dolorosos vueltos
hacia el cielo.
MATILDB

SERAO.

IN MORTE DI GIUSEPPE VERDI.
CANZONE-

Si chinaron su Jui tre vaste fronti
terribili, col pondo
degli eterni pensieri e del dolore:
Dante Alighieri che sorresse il mondo
in suo pugno e Je fonti
dell'universa vita ebbe in suo cuore;
Leonardo, signore
di veritá, re dei dominii oscuri,
flssa pupilla a'rai de'Soli ignoti;
il ferreo Buonarroti
che animo del suo gran disd!'gno in duri
massi gli imperiturl
figli, i ribelli eroi
silenziosi onde il destino (· \'into.
Vegliato fu da'suoi
fratelli antichi il creatore estinto.

E cTi sovrnnga!• sia la tua parola.
Vegliato fu da'suoi
fratelli antichi il creator che dorme.
E simile alle fronti degli eroi
era la fronte, sola
e pura come giogo alpestro, enorme.
E profonde eran l'orme
impresse dal suo pie nella materna
zolla, profonde al par! delli anticbe¡
e J'alte sue fatiche
erano intese ad una gioia eterna.
E come !'onda alterna
dei mari fu il suo canto
intorno al mondo, per le genti umane.
E noi, nell'ardor santo,
ci nutrimmo di lui come del pane.

Come la nube, quando é spento il Sole
dietro la opache cime,
di fulgore durabile s'arrossa:
contro all'ombre notturne arde sublime
la titanica mole
e la notte non ha contro leí possa;
cosi dalle affrante ossa
)'anima alzata contrasto la morte,
avverso il buio perdnro splendente,
Dinanzi alfa veggente
tutte a.pea te rimasero le porte
del :i\listero, e la sorte
urna.na fu sospesa
su l'alte soglie ove la Forza trema,
Sul rombo, nell'attesa,
allor sono la. melodía suprema.

Ci nutrimmo di lui come dell'aria
libera ed infinita
cui da la terna tutti i suoi sapori.
La bellezza e la forza di sua vita,
che parve solitaria,
furon come su noi cieli canori.
Egli trasse i suoi cori
dall'imo gorgg dell'ansante folla.
Diede una voce 11.lle speranze e ni lutti.
Pianse ed amo per tutti.
Fu come !'aura, fu come la polla.
:i\Ia, nato dalla zolla,
dalla madre de'buoi
forti e dell'ampie querci e del frumento,
nel bronzo degli eroi
foggio se stesso il creatore spento.

La melodía suprema della Patria
in un inmPnso coro
di popoli salí verso il defunto.
Infinita, dal Brennero al Peloro
e dal Clmino al C11tria,
accompagno ne'cieli il figlio assunto.
E colui, che congiunto
in terra a vea con la virtu de'suoni
tutti gli spirti per la santa guerra,
pur Ji congiunse in terra
col suo silenzio fuuerale e proni
Ji foce innanzi ai troni
ecl ai vetusti altari
ove J'ltalia fu regina e iddia.
Canzon, per í tre n ari
vola dal cuor che S'&gt;era e non oblia!

E disse J'Alighieri in tra gli eguali
nella funebre notte:
cO gloria leí Latin,, come tramonti!
Quivi bianche parean dalle incorrotte
spr.glie grandeggiar le ali
sotto la fiamma delle vaste fronti.
E Dante dh¡se: •O fonti
della divina melodía ricbiusi
in lui per sempre, che tutti li aperse!
Ecco quei che s'aderse,
su la sua gloria, in cieli piú diffusi
e agli uomini confusi
parve subitamente
artefice maggior della sua gloria.
O natura po8sente,
non conoscemmo noi questa vittoria!•

�REVISTA MODERNA.

120

E Leonardo: clnnanzi ebb'io la nucla
faccia del Mondo immensa,
come quella dell'Uom che a dentro incisi
Creai la luce in Cristo su la mensa
e creai l'ombra in Giuda;
dell'Infinito feci i miei sorrisi.
Poi, nel vespro, m'assisi
calmo alla sommita. della saggezza
ed ascoltai la musica solenne.
Per qnali vie convenne
meco quest'aspra forza a tale 11.ltezza?
Come questa vecchiezza
semplice e sola attinse
il culmine ove regna il mio pensiero?
Fratelio m'c chi vinse
il suo fato e tento novo sentiero •
E il Buonarroti disse: •lo prima oscuro.
per opra piú perfetta
rinascere, di me nacqui motlello.
roí mi scolpii nella virtú concetta,
come ne! marmo puro
s'adempion le promesse del martello.
E posi me suggello
,·iolento su! secolo carnale
di grandi cose moribonde ea.1 co.
Trato apersi un vareo
nelle rupi all'esercito immortal~
degli eroi soprn il Male
vindici; senza pace,
28 Febrero 1901.

ARo IV

stirpe insonne, anelammo all'alto segno.
Ben costui che or si giace
tal cuore ebbe, s'armi&gt; di tal disdegno.•
~{ella notte cosi gli eterni spirti
riconobbero il Grande
cuí sceso era pe'tempi il lor retaggio.
Il tita.no giacea senza ghirlande,
senza la.mi na mirti,
sol corona.to del suo crin selvaggio.
E, come il primo raggio
dell'alba fu, la maggior voce disse;
• Ü patria, clegna di trionfal fama!•
E parve che una brama
di rinnovanza dalla tena escisse,
e che le zolle scisse
clai vomeri altro seme
chiedessero a nove: seminatore,
e che l'onte supreme
vendicasse la forza del dolore.

MÉXICO,

iª

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

R .E·VISTA MODERNA
ARTE Y
],)!RECTOR: JESUS E. VALENZUELA .

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
1'i11. de Dttblá11.

Canzon, per i tre mari
vola dal cuor che spera oltre il destino,
recando il buon messaggio a chi l'aspetta.
Aquila giovinetta,
batti le penne su per l'Apennino;
p&lt;•r 1·aere latino
ra pidarnente•vola,
poi cliscendi con impeto :nei piani
sacri ove Roma e sola,
getta il piú fiero grido e J¡\ rimani.
GABRIEi.E

D'ANNU).!ZIO.

LAS SEIS NOTAS DE LA FLAUTA.
Eu los campos dn la Sicilia, no lejos del mar, exis·
te un bosque de almendros. Es aquel un sitio antiguo formado cou piedras negras y en el que, desde
hace luengos a11os, se han sentado los pastot·es. En
las ramas de los árboles vecinos, penden jaulitas
de cigarras, tejidas con junco, pino y varas de mimbre verd~ que sirvieron para atrapar pececillos.
La que duerme, Prguida sobre el sitial de negra
piedra, con los pies envueltos en cintas, con la cabeza oculta bajo cónico sombrero de paja, espera
á. un pastor que jamás volvió.
Partió con las manos untadas de cera virgen para corta1· carrizos entre las húmedas trampas para
pájaros, pues quería modelar una flauta de &amp;iete
rnbos, como le había enseñado el dios Pan.
Y cuando hubieron transcurrido siete horas, se
escuchó la primera nota, cerca del sitial de negra
piedra donde vela la que duerme aún.
La nota se oyó cerca, clara y argentina. Después
transcurrieron siete horas más sobre la pradera

(Traducción de •Revi~ta Moderna.• )

azul é iluminada por el sol y la segunda nota se escuchó alegre y dorada. Y cada siete horas la durmiente de ahora, escuchó que sonaba uno de los
tubos de la nueva flauta.
El tercer sonido fué lejano y grave como el clamor del hierro; y la cuarta nota, más lejana, se escuchó como el profundo retintín del cobre; la quin•
ta turbada y breve como el choque de un vaso de
e~tañr, pero la sexta, sorda y ahogada como los
plomos de una red cuando chocan entre si.
La durmiente esperó en vano la séptima nota que
aún no resuena. Los dias envolvieron el bosque de
almendros c.,on brumas blancas y los crepúsculos
con sus brumas grises y las noches con sus brumas
púrpuras y azules.
Quizá el pastor espera la séptima nota á bordo
de luminosa balsa, entre la sombra creciente de las
noches y de los años .... y sentada en el sitial de
piedra negra, la que esperaba al pastor se ha dor•
mido.
MARCEL

NúM. 8

SCHWOB.

SANTA ÁGNIIISE,-ANDREA DBL SABTO,-CATEDR4L DB PISA,

¡

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>REVISTA MODERNA.

88

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A8o IV

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QUI NCENA

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Bajo
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I
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·En el f ud ce esplendidez del cli11:
i
on o de amor d 1 1
Infinita piedad Iiay para
e el
ama
mla,
llanto!
Señor, concede sombr
Amparo a l niüo . h a al peregrino,
v
sin orrai· 0 ·
d
i paz á todo a
. que
º sufre
i ma re
que!
angustia:
. Mas si llorar es su fatal
.
.
Cuando los ames ¡\ tu se desuno,
.
II
Corona de astro
no 10h Padn•!
s su cabeza mustia.
Octubre 15 de 1899.
Jo.SÉ

l;ÚPEZ POR;1LL&lt; 1

i
,.

IWJAS

•

NóM, G

REVISTA MODERNA

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ARTE V

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DE M ARZO DE

PAr.As ox BoTTtcztr.t ' -FLOREXCTA ,

Ti¡&gt;. dt Dul,ldn.

�90

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

EN EL P AIS DEL SOL.
LA GLORIA DEL "BAMBÚ."

En el fondo del bosque, en una «clairicre• . .. .
Es una mañana radiante, increíblemente luminosa y sonora! Cada hoja de árbol es un esmalte; ca·
da ruido una grata harmonía, cada color un hala·
go, y una gloria .... una triunfante gloria, cada
rayo de sol! ....
Muchas flores han muerto; henchidos de savia,
muchos frutos han caído! Pasó el verano japo·
nés como un gran deslumbramiento dorado y ahora en los senderos llenos de hojarasca, entre el polvo de flores difuntas, podéis encontrar el cadáver
de una cigarra, intazto y puro en la muerte, como
la pequeña momia de una hada! . . . . Es una de
esas mañanas en que, según SOSEI, el poeta monje,
no saben los ruiseñores si lo que cantan son los pri·
meros copos de la nieve ó las ultimas flores deshojadas! Una mañana en que se mira la lucha de la
Naturaleza, sus sonrojos de virgen, sus pudores temerosos antes de caer desmayada sobre el lecho de
armiño del Invierno! . . ..
Para solazarme en el fondo del bosque, a-¡uella
llnlce mañaua llevé conmigo el ci\Iañiefushifú,• el
thaz de la miríada de hojas,• el joyero en que el
Japón poético, durante varios siglo~, atesora su lírica pedrerfa,. . . .
.
Me tendí sobre la grama. 13yon de Srnyrna y Vir·
-g~io, Teócrito y Fray Luis y Garcilaso mecían mi
esp1rítu entre hexámetroR y romances bucólicos
que la vaguedad del recuerdo atenuaba con sus
músicas distantes y sus perfumes evaporados . . . . .
N-0 habían quizás transcurrido tres semanas desde
mi antel'ior Yisita á aquel mismo sitio y, sin embar•
go, cuánta mudanza!
Las alas de las libélulas de entonces, que raudas
80 estremeclan al ras del agua, parecfan habf\r
deshec:ho sus cristales en el vaho vidrioso de las
nieblas primeras! Los grandes lirios blancos y salpicados de sangre, como vírgenes manchadas en el
dintel de un crimen; las mariposas azules, las cigarras delirantes, los saltamontes que al brincar desplegaban el breve abanico de sus alas .. .. todo babia huido y en aquella fuga de divinos instantes y
de claros dlas, la memoria columbraba á lo lejos,
desvaneciéndose, las mejillas rojas de la Vendimia,
los corimbos de amapolas deFloralia y una melena
rubia y una huella de espigas detrás de ~Iessidor! ...
Ahora . .. . hachazos pertinaces en el fondo de los
sonoros bosques silenciosos y caminatas de leñadores agobiados por senderos blancos de nieve,
dondt, hay huellas de lobos .... .
Felices los que en medio de la desolación invernal tienen un hogar bien cerrado á la ventisca y
junto á la chimenea encendida pueden oír muy Je-

jos, y como en suefíos, los largos alaridos del vi cn·
to y el crnjir de los robles desgajados! ....
Sufrla mi alma la sugestión melancólica del poeta
Heiízeu y aquella frialdad de Octubre y aquellas
tristes rimas volcaban en ella todo un alud de
nieve .. . .
Pero pronto el poder de la gran mañana sonora
y luminosa fundió como á un témpano la fugaz
tristeza; los follajes alardearon de su verdor y el
viejo dios Pan, corazón de la tierra, alma forestal
y poderosa, asomó su máscara irrisoria y augusta
entre la pompa de aquel exótico paisaje ....

El milagro panteísta le dió una alma á cada cosa . . . . En mi libro, enmudecieron los poetas japoneses; pero á mis pies el césped tuvo un rumor; estallaron en un sollozo los juncos acuáticos; un ce·
dro, sobre mi, clamó una solemne frase antigua; á
lo lejos un peñasco tronó . ... Y emergiendo de una
hondonada, destacándose sobre un coro de plantas
ambiguas, se desprendió, avanzando hacia mi, un
ser esbelto como un efebo, vigoroso como un pugil,
suntuoso como un magnate; era un príncipe vestido de esmeraldas, de topacios y de oro ....
Era el Bambú! Y aquel ser habló; sus colores fueron un nuevo encauto en el ambiente encendido y
sus !fricas frases una magia más en la mañana so·
nora ...

Soy el Bambú, como los de Occidente me llaman;
•Také• como me llaman aquf, «Také-Tennó,• como
deher!an llamarme .. .. «Tennó,• si, el sagrado, el
poderoso, el archi benefactor como el propio Mikado se titula; ese soy yo! Los emperadores, l\1ikados
y Shiogunes, pasan y mueren y el país vive; pero
el Japón no seria lo que es si yo muriera!
Leías los cantos de los poetas nipones? ....
Hay pasmosos crímenes injustos!!. . ..
Hay ceguedades sin nombre!!. . . .
Cantan los poetas las supremas vanidades, el rayo del astro, la espuma de la ola, la mirada de la
mujer! Cantan á lo que me rodea al pino longevo,
al colorido arce, al ciruelo flor de un dla!. . . . Y no
me cantan á mi que soy hermosura, fragancia, vigor y omnipotencia!
Asciend~ á la cumbre del Fuziyama y con lapoderosa mirada del águila contempla al Japón!
Me verás en todas partes .. . . En los palacios nobiliaries, en los templos, en la choza del campesino,
en el taller, en la escuela, en la fortaleza con el sol•

dado, en el buque con el naYegante, en el tocador
con la hermosa!. . • .
Soy la fuerza! Mis tallos unidos son las paredes
de las casas; gruesos sustentan las techumbres, delgados las coronan como gráciles astas .... Soy la
fuerza! Rugen los mil rios caudalosos '.de estas comarcas fluviales y entonces tiendo mis cañas y SO·
bre el sólido puente pasan las procesiones de los
festivales y el desfile de los ejércitos!. ... Soy la
fuerza! !\lis anchos troncos son los mástiles de los
buques; hendidos son los costillares de los esquifes
y menudamente rajados forman las crujientes velas de los millares de bajeles que parteo de nuestro
inmenso litoral. . .. En los viejos tiempos feudales
fui lanza pujante, elástico arco y saeta aligera y en
mi tronco se labraron los mangos de ba~ba y los
cetros de los antiguos barones ....
Soy la gracia! Mi madera esculpida en mil bajos
relieves exorna el santuario de la pagoda y el camarln de la princesa! De mi tronco hueco y sólido
hacen los sabios artlfices mil vasos de variadas for•
mas que sustentan los búcaros de nuestros magos
jardineros!. .. . Soy la gracia! Mis fibras son el varillaje de los abanicos que mueven las •musmés•
rltmicamente en las siestas ardorosas! Mi tronco
cortado sutilmente es la armazón de los polícromos
parasoles! Soy la gracia! De mi madera están he-

91

chos los peines y los fi stoles que ostentan las •musmés• en sus negras cabelleras lustrosas . . ..
De mis fibras maceradas se hace una especie de
papel. Mis fibras son la trama de las esteras que
tapizan las mansiones niponas y los transparentes
que cuelgan en los corredores y terrazas .. . . De
mis fibras se hacen vestidos los campesinos. Soy el
callado del rústico, el báculo del anciano y el pincel del poeta y del artista! Y como si todos esos dones no fueran suficientes quise afirmar mi poder
con un don supremo y di mis yemas, mis tiernos
retoños como un dulce manjar al pueblo mio!
¿Lo has visto? Soy todopoderoso, por mi el pueblo tiene armas con que luchar, casas en que vivir
y templos en que orar! Estoy en todas partes, en la
mesa del pobre, en el tocado de la hermosa y en la
diestrn del pintor .... Soy TENNO, el sagrado, el
benefactor y yo solo he hecho más beneficios á esta
tierra que todas las dinastlas de Emperadores!

Al ,·olver de mi halucinación la hojarasca del fin
de Otoño había caldo sobre mi libro de poesías japonesas y como el unico vestigio del ensueño desvanecido, un grupo de bambúes allá á lo lejos sacudía sus plumones de esmeralda ....
JOSÉ J UAN TABLADA.

Yokohama, Octubre 1900.

UNEGOISTA.
Habla en él, cuanto es necesario para ser el azote de su familia.
Sin embargo, nació sano y rico. Durante todo el
curso de su vida, continuó siendo rico y sano, por
lo cual no cometió ningún acto vituperable. No se
dejó arrastrar á ninguna falta de palabra ni de
obra.
Era exquisitamente honrado, y orgulloso de su
honradez, aplastaba con ella á todo el mundo, pa•
rientes, amigos y conocidos. La honradez era un
capital del que sacaba intereses usurarios.
La honradez le daba derecho á ser implacable y
á no hacer sino el bi'en prescrito, y era implacable
y no hacia el bien, porque el bien meramente prescrito no es el bien.
Nunca se babia ocupado mas que de su propia
persona, tan perfecta y ejemplar; y se indignaba
muy sinceramente cuando las demás personas no
se tomaban pot· él ígual cuidado.
Por supuesto, no creía ser egoísta; vituperaba y
escarnecla por encima de todo el egofsmo y los
egoístas. Se comprende: ¡el egofsmo ajeno molesta·
ba al suyo!

No creyendo tener la más pequeña debilidad, no
comprendía ni perdonaba IJinguna debilidad en los
otros. En general, no comprendía nada ni á nadie,
pues por todas partes, por arriba y por abajo, por
delante y por detrás, estaba rodeado por su propia
persona.
Ni siquiera comprendla lo que significa perdonar: no habiendo nunca tenido nada que perdonarse á si mismo, ¿por qué diablo iba á ponerse á per·
donar á los demás?
Ante el juicio de su propia .conciencia, á la faz
de su propio Dios, él, esa maravilla, ese fenómeno
de virtud, poniase la mano en el pecho, alzaba al
cielo los ojos y con voz clara y firme decia:
-Si, soy un hombre digno de toda clase de respetos¡ soy un hombre moral.
Y repetirá estas palabras en su lecho mortuorio¡
y aun entonces, nada temblará en ese corazón de
roca, en ese corazón sin manchas ni grietas.
¡Oh fealdad de la virtud satisfecha de sí misma,
inflexible, adquirida á bien poca costa; eres casi
tan repulsiva como la franca fealdad del vicio!
lVAN TURGUENEF.

�93

REVISTA MODERNA.
92

REVISTA MODERNA.

UN AQUA- FOBTISTA.

OREPUSOULO.
A

J3Al,BIXO DÁVAI.OS.

Dulcementt',
El doliente
Sol se esfuma
Tras la bruma
De áurea espuma
Del Ponientr.

Cuántos dones
E ilusiones
Cuando hay , iudos,
Cuando hay mudos
Y desnudos
Corazones!

De los cielo8
Cuelgan velos
Y brocados
:\lord orados,
Y violados
Terciopelos.

El santual'io
Solitario
Lanza al viento
El lamento
De su lento
Campanario.

Rostros bellos,
Finos cuellos,
Dulces ojos,
Labios l'Ojos,
XuJos flojos
De cabellos!

Y en la bruna

Noche. entre una
Xube errante,
Surge avante
El octante
De la luna.
EFRÉN

REBOLLEDO.

.... En aquel café del boule,·ard, un joven estaba sentado frente á. mi. Su sombrero de fieltro caído sobre los ojos, el paño sin reflejos de su traje,
absorblan y marchitaban la luz l'Ojiza, turbia, yerta,
,. muerta sobre todo aquel hombre, como sobre un
~iejo crespón. Tenia colocadas sus dos manos sobre
los margenes de «La Patria• y clavaba sus ojos que
no Jelan en el centro del periódico. La muchacha
del mostrador contaba las cucharillas. Un mozo
cubrla el billar, otro trala un colchón liado sobre
sus espaldas. La media noche habla apagado el
gas, y el oro del techo y de los mul'os, los bl'illos de
los espejos y el brillo de los vasos, todo habla sido
envuelto por las tinieblas. Una bujla velaba en la
noche.
Un mozo se plantó ante la mesa del joven.
-Ah! si! dijo éste que al fin lo apel'cibió; y con
la mano en la bolsa del chaleco se registró de izquierda á derecha, luego de aniba á abajo .... El
rostro de mármol del mozo tuvo un fruncimiento
olimpico, se echó hacia '.atrás, hizo volar su serví·
lleta de su manga derecha á. su axila izquierda con
movimiento digno, aclaró su voz con un jum! jum!
Y en aquel momento-cóbrese Cd. de aqul- dije
arrojando una moneda de pl/1.ta sobre la mesa de
mármol.
Salimos.-lle aqui una hermosa noche, seiiordijo mi hombre. Caminamos.-Una mu:,- bella noche!-Y andaba, paseando sus ojos en la sombra.Ah! perdón, estoy distraldo; le he pedido ti. t:"d. su
dirección?-L'3 di mi tarjeta.-Señor, son tres iL estas horas en la plaza tlel Carroussel: un hombre, un
gran anteojo y la luna. El hombre espera, el anteojo divisa, la luna .... Ah! Ahl viene un gendar·
me .... dos ... cuatro gendarmes. Señor, hasta la
,·ista!
Al dla biguiente mi portero me entregaba cuatro
centaY0S envueltos en un pedazo de grabado roto.
lI

Le volvl á encontrar; ved cómo.
Domangeot tenla un tlo sin un hijo y sin uncenta\'o, Una locomotora mató al tio de Domangeot.
-Domangeot habla recogido de su tlo los daños y
pilrjuicios. En un cuartito de la calle de la Antigua Comedia, habla una comparsa completa de
bebedores en mangas de camisa y por la ventana,
inclinado como el rojo Baco de una taberna, Domangeot invitaba á los amigos que pasaban por la
calle, á los amigos de los amigos y aun á los amigos de los otros. Yo pasaba; mi nombre cayó de
arriba y subl. Se me dió una silla y un vaso de
champaña cuyo pie estaba roto. Mi hombre estaba
ahi pUido entre los rostros de púrpura. Sin embargo, bebla, bebla como un remordimiento.

Los corazones brindaban.
-Por Ema'.-Por Clorinda!-Por Julieta!
- Por el Calendario!
Yo pregunté á mi derecha:
- Quién es aquel señor, que no habla?
-Es mi amigo! .... Xo le conozco!
~le volvl á mi izquierda:
-Aquél. ... sin cuello? .... Espora ... l'n grabador .... Ya no recuerdo!
Palabras, ,·oces, gritos, choques de vasos y de
nombres, el vino coronado de recuerdos,-parecla
que todos los amores del Barrio Latino fueron lle·
vados en triunfo por los brindis achispados, disputándose las cenizas de los recuerdos muertos y de
los dias fugaces!
-Por Bertha que tenía un canario en la garganta y lunares por todas partes ....
-Por una rubia!
- Por la excelente Panchette que regateaba un
centavo en la tienda.
-Por Anita que bailaba á la sombra de su pier·
na derecha!
- Por Rosa! un ganso .... tonta como un hom·
bre, mentirosa como un anuncio, triste como una
copa vacía, cacariza y mala como una perra á
quien por ol\'iclo no se le pega! Por Rosa á quien
he amado!
-Por unos ojo~!-y la copa u.el bebedor taciturno
subia de repente entre todas las copas entrechocadas .... Por unos ojos!
Cuando me mirnn esos ojos .... Por el diablo!
quién me sostiene aqul que esos ojos no sou dos
rayos de luna?
Ah, es cierto, Utitedes no han leido it ~Iarbodeo,
no saben que hay zafiros y ojos de mujeres que se
forman bajo ciertas influencias siderales .... Todo
lo que yo sú es que esos ojos ahuyentan de mi alrede·
dor las sombras de la noche y los murciélagos que
me beben á gotitas la sangre .... Cuando esos ojos
me miran, vamos, señores, es muy extraño, pero es
como lo digo, Rembrandt tomándome de la mano
me hace entrar en el claro obscuro de una. de sus
planchas,-y repitió cuatt·o ó cinco veces, riendo
estúpidamente-si, en el claro obscuro, en su divino claro obscuro!
Entonces, inclinándose sobre la mesa cayó ahogándose de ebrio.-Después tuvo uu tenible ataque de nervios. El mantel, vaciado sobre la escalera, fué levantado por las cuatro esquinas y el
hombre puesto ahl fué colocado en una cama. Cuan·
do cuatro libras de hielo se hubieron fundido sobre
su cabeza, era plena noche. Yo me propuse acompai:arlo.

111
El aire libre volvió en si á mi compañero.
Los golpes de un l'ientecillo de otoño le volvie-

�REVISTA MODERNA.

94

REVISTA MODERNA.

ron la sangre á las mejillas.-Ali! Señor,-me dijo,
cuántns excusas por hoy y por la otra noche! Soy
grabador, señor, un triste estado, como ve Ud;
manchas, agujeros; un traje de yesca que se va por
pedazos! Los compradores!. . . . ah! los comprado•
res! es necesario mendigar quince francos por una
plancha!. ... Se tiene vergüenza y no me he atre·
vido á ir á dar á Ud. las gracias en las trazas en
que estoy .. . . Esta noche-yo bebo como un niño
y necesitaba beber; tengo aqul y allá, en el corazón y en la frente, visiones, humo, imágenes y nu•
bes que pasan.-Pero ahora estoy bien, muy bien,
tiempo hare que no sentla la cabeza tan ligera.
Perdón otra vez ? gracias por su brazo .... Pero
vnelváse Ud., señor! La noche! he aqui la reina de
las aguas fuerteb! Hace negro donde hay cosas. Se
ha fijado Ud. en cómo los rlos se agrandan en la
noche? París que duerme con los pies en el agua,
es hermoso, muy hermoso! Una ola de sombra salpicada de gas! El agua, un aceite, azul, negro,
violeta, oro! el neutro-la tinta moaré de fuego; un
espejo donde á un tiempo ruedan tinieJ,las y relám•
pagos! El cielo está pálido esta noche.-Cerca del
puente el oleaje.-Yea U d.! es plata azul! mil luciér•
nagas .... eso hormiguea .... y el embarcadero do
grandes piedras blancas que entra en el hueco negro del arco como un galopln que se cuela en un
horno apagado .... Esos reverberos en el agua has•
ta allá como cruci6jos de fuego; ahl delante de no•
sotros como lienzos de ventanas donde las flamas
de los candiles filtran á través de las cortinas de
baile. :No, eso cambia, surgen columnas torcidas
que remueven brasas en el muerto misterio de las
aguas; no, no es eso, es otra cosa-qué tontas son
las frases! Todas esas masas, un garrapateo de tinta donde hay grises pálidos como en las alas de
los murciélagos; señor, los crlticos nos han echado
á perder y yo veo que es estt'tpido querer mezclar
las ideas en la paleta, los fuegos artificiales no pien·
san en nada.-Tenemos á. un pintor que ha sorprendido á la Noche in fraganti¡ se llama .... Lo he ol·
vidado .... Pero no tener más que una aguja con
mango para pintar! Ah! ah! Estamos frente á la ca·
lle de J erusalem .... Algún dla-y es necesario que
me dé prisa, pues los albañiles . ... ; pero salvaré
este motivo. Aquellas dos bolas que se mojan,
¿creerá Ud. que son los dos árboles sin hojas allá
abajo, en el muelle? Yaliente esfumino á estas horas en medio del dibujo de todas las cosas!. .. .
La torrecilla con sus dos fondos umbrlos á diestra
y siniestra y la flechita de la Sainte- Chapelle-eso
es todo! Y allá las ventanas de una lavanderla que
parecen ojos alumbrados con cardenillo .... Y siempre Notre- Dame! como con peldaños hacia arriba:
una escalera tendida al infinito y rota á mitad del
cielo .... Aquello es gracioso! el arco del puente
San Miguel y la sombra que arroja parece un arco
de papel negro por donde como un clo1ni brinca la
luz! Mirad bien: hacia atrás, una casa pintada de
rojo, con ventanas de fuego y mil casitas blancas¡
ante el muelle una casa cuadrada, cinco hoyos en
el muro, un tubo nrgro en medio del techo y algo
gris, algo sucio debajo,-he abi lo que es la Morgue! A9uella gran caRa sombría allá abajo, es una
barca simplemente. Intentad luego pintar todo eso!

Lo sé por experiencia: no hay que cavilar. Las co·
sas nada dicen, ni lloran, ni sueilan, ni se acuerdan
de nada. Las obras maestras no deben hablar; só·
lo los imMciles como yo .... Ah! la crestería, los te•
chos, los domos de zafir: la luna se levanta. Después de todo hay gentes que la imitan muy bien
con una oblea .... Y el Hotel- Dieu no es más que
una barraca! Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, sie•
te, ocho, nueve, diez, quince ... cuarenta y cin·
co . . . . -Caen to las ventanas; tengo esa mania! . . . .
En cinco hileras el total es ....
Cuando hubo pasado Notre- Dame, se sentó so\HC
el pat·apeto. Por atrás contemplábamos la negra
basílica. echada de bruces sobre la azul ciudad con
sus dos torres erectas sobre el orbe de plata como
una. esfinge de basalto de dos testas enormes.
1, .

Tuvimos aquel poeta enformo y yo hermosas vela.das llenas de paseos, de espectáculos, de frases.
Recorrimos la ciudad nocturna y contemplábamos
sobre el rlo la danza de los rayos ,·elados; nos hundlamos en los arrabales, en los barrios lejanos, buscando y sorprendiendo un Parls misterioso, lúgubremente soberbio y terril,Jemente mudo, teatro va·
clo y negro de un pueblo ó bien comiendo algunas
patatas cogidas en &amp;ujardinillo y cocidas en su hornilla (pues sumamente orgulloso nada a&lt;.'.eptaba) charlábamos. Hablaba singular y maravillosamente como jamás he oldo hablar y saltaba de ideas en ideas,
afianzándose en las cimas, arrastrando vuestro buen
sentido tras de su verba, pensando más allá de los
libros, mezclando su arte y su alma. Atropellando
las palabras, arrojándose sobre las verdades v!ra-enes y luego perdiéndose, súhitament&lt;&gt;, nublado,
confundido, batallando contra las nubes, blasfemando de la humanid11d, cayendo á tierra, balbuciente y temeroso, con tonos de voz que de golpe
bajaban como con miedo de decit· no sé c¡ué cosa..
- Luego reacciones y nuevas elocuencias y la mujer volviendo siempre en medio del Arte de "'Olpe
de lmproviso:-Querida, la mujer no tiene r:sgos'.
Su rostro es sólo una claridad v una. irradiación·
bien lo sabéis, no tiene lineas. Toda la cara de 1~
mujer no es mi\s que un boceto con el que la luz
de la fisonomla hace un cuadro acabado que no se
parece a.l boceto. Hay mujeres cuya nariz nadie
ha visto porque la ocultan con una mil'ada; sabéis
bien que las fotografias no tienen semejanza. -Pero, chist! alguien escucha. . . la policla . . . . Cuando
me case tendré hijos.- No aprenderán nada ....
lucharé con la madre, pero no importa; tengo mis
ideas ... nada! El alfabeto ahí está el mal. Oh! te·
ner un cerebro que nada vea ni en los cuadros, ni
en los libros, ni en el cielo; el cerebro: el enemigo!
No, no irán á la escuela para aprender cosas que
matan la dicha .... Cuando me digan: Por qué es.
to, papá? Qué es esto, papá?-Xo sé; nada sé . ... Yivid .. . . !-S6lo que no hay que disgustará los gendarmes, comprendéis? Que qué haré con su cerebro? Un instmto que los protrja contra las ruedas
de los coches, una máquina que verifique la moneda recibida, un gufa de ojos hueros que os lleve á
la muerte, sin deciros: Volved la cara!-¿Paradoja?

95

tamente, construia á tientas castillos en el aire,
abrazando proyectos entre nubes, indolente como
una alba, recreándome en soñar. Soñaba que si me
sucediera vender un libro en trescientos mil francos
los gastarla asl: en el entredós de mis ventanas, en
esos dos listones planos coronados por un glande
de donde pendlan los cuadros del hotel Soubiselos grabados me han most1·ado eso-cuelgo el di·
bujo, que no existe, del Gato enfermo, de Watteau;
las mejillas de la gentil comadre azorada, acariciadas y flageladas de rojo sanguina y su bella pupila
ilumina.da. con crayon negro; la solicitud grotesca
del Doctor y l\Iinet que furiosamente se defiende de
la cur11; todo eso lo veo y hace muy bien. Bajo el
Gato enfermo Yeo instalado ese secrétaire firmado
Riesener en el pie izquierdo del mueble que estaba
á. la venta en 30,000 francos no sé dónde ya. Sobre
el mueble reina, desgreñado, viejo de t;es centu•
rias, un perro de FO, de antiguo azul celeste con la
crinera violeta, las fauces de alcancía, rodando bajo sus cejas dos furibundas bolas, la cola flameante-aquel monstruo chino que me hizo una memorable mueca en el rincón de una Calle de Anvers.
De cada lado, es muy sencillo: los dos grandes pomos de blanco de Saint Cloud, ele pesadas y ricas
flores á la Pillemont, cajas de thé en que la Regen·
cía servia el thé negro con la espátula y el thé verde con la cucharilla chinesca de cabeza de galio:
pomos que me sonrlen desde aqul en casa de Lam·
bert Roy desde el fondo de su caja con las armas
de Felipe de Orleans. El anaquel del gabinete es
largo: qué más aún? Para el delantero serán sobre
Distinguí á mi amigo Thomas al lado de un mú·
su salvilla, seis pequeitas sorbeteras de Sajonia co•
bÍ('.o en los sillones de orquesta. De,·oraba con la
mo bojas de vid, sembradas de florecillas y desean•
mirada á la pequeña Maria que representaba con
sando sobre floridos pies en relieve. Para la izquier8US ojos azules y sus cabellos negros.
da uno de mis amigos me cede la taza de Sevres
Era D'Outreville qu:en me había arrastrado hasfirmada 2,000 - así firmaia. con un caleinbow· el
ta los cDélassements Comiques• para ver Jo que
obrero Yincent- taza real en que Luis XV[ bebía
llamaba su petite machine: , El Amor en el l\lonte
todas las mañanas su agua de achicoria. A la de•
de Piedad.• Aunque fuese U'Outreville amigo mio,
rocha .. . . á la derecha, ~ a veremos qué. Para las
su pieza no me pareció mús estúpida que á otro
ventanas reYolución completa, pues tengo horror
cualquiera.
por los Yisillos de pliegues rectos y cadentes; toma•
-Y bien! te parece o~to en el gi!nero de Heaurt'.• las cortinas de que Saint Aubin dió el modelo en
marcbais, ¿qué dices?
la plancha del Concierto: verdaderas enaguas con
- Absolutamente!
volantes, con abullonados de arriba á abajo y que
.\le apretó la mano. - \'amos al foro!
se suben sin tirar de ellas. Papel en los muros: im-Dime,')Iarla-dijo D'Outreville, hablándole al
posible! Enviaré un ministro plenipotenciario, pero
oido, pero en ,·oz alta- ~· tus 11mores con l\fousieur
hábil, hacia una vieja dama en Troye~, en casa de
Tbomas?
quien hice un excelente almuerzo; necesito las cua-Pero cómo, l'&lt;l. que es un buen muchacho, pre·
tro tapicerlas de su salón, pastorales de Boucher
tende burlarse de ese pobre trastornado que me ama
que regocijan la vista como una salida de sol cogiy yo también á él.- Pues bien! ha pedido mi mada por la naveta en los telares de los Gobelinos.
no; vamos! Y mamá va á ponerlo á la puerta como
Sentados en los rincones de mi chimenea, dos amoA un cualquiera. No tiene ni un ceniaYO v ;\[arla
res- faunos de Clodion, balanceándose en un enlaha vivido, conoce el mundo. ¿Yerdad?
•
zamiento de rocalla dorada de cor moulu&gt; en donde las bujías se elevan. Pero el centt·o? Nada de
n
péndulos! Un reloj es la mano del tiempo sobre
vuestra
vida, como la mano de un médico sobre
Estaba en mi lecho, sin dormir ya, pensando á
penas, con los ojos cerrados, el cuerpo aletargado vuestro puh10.
El centro . .. . ! El centro . . . !
aún, con el espíritu mecido, acurrucado en las sáUn vivo campanillazo y la pequeña l\Iaria baca
banas, bañado pot· las tibiezas del edredón, sabo
reando y prolongando mi pereza, acariciado por inupción en mi recámara.
-Señor, Ud. es amigo de Monsieur Thomas. Me
un rayito del sol que penetraba en la alcoba te·
han
dicho que está. muy enfermo y quiero verlo.
niendo en la mente el más aleare murmura; de
~1edia hora después iin carruaje nos dejaba en Ja
ideas y sin movermP, despertand; poco A poco, bea•

Vamos! decidlo de una vez! Y qué? la paradoja es
un Jugar común que no ha madurado .. .. La Amé·
rica es una paradoja de Cristóbal Colón! La paradoja es la segunda vista del esplritu; la vlspera
que adivina el mañana; un hombre que se adelanta
como un reloj! . .. . Cuando me case- porque es bueno no tan sólo cuando no hay sol-i.e lo digo á Ud.
porque es mi amigo-ella me hará mi comida.Amo el azul y ella estará Yestida con gasa azulimaginad un vapor, trajes como hay en los claros de
la luna! Y la haré que se empolve porque tiene ca.
bellos negros y ojos azules y eso desentonarla,
mientras que empoh·ada será encantador, si, encantador, mi palabra! r sobre sus cabellos empo lvados, adivináis qué? . ... Un disco de plata! Solos,
entregado uno al ot1·0, con los postigos cerradoi;,
nos burlaremos del sol todo el dla. v en la noche
saldremos, andaremos . .. . Ob! enton"ces, trabajart'.i
tAnto! Tendrán que hablar de mi; teudré envidioh0S, ... . críticos . . mi talento .. Pero qué brnto
soy! Pasaré todo el tiempo amándola.-Después de
todo qué se me da:\ mi la posteridad con esas grandes leglas universales por agua ó fuego cada veinte
mil años? Una inmortalidad de á dos centa.os! Y
además hay una injusticia. Si SOY tan fuerte como
Rembrandt, quién me dernh·en\.. la admiración de
que él disfruta hace dos siglos? l\Ie han robado.~:s una injusticia; se lo aseguro á Pd.

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

96

calle Saint Victor. No recuerdo que nos hubiésemos
hablado durante el camino.
La puerta del pasillo estaba abierta. El jardín
sonaba sordamente bajo bruscos golpes y una lluvia finisima caía sin cesar. Thomas en mangas de
camisa manPjaba un azadón furiosamente. La mitad del jardiu estaha ya excavado y Thomas segufa
su tarea sin preocuparse de nuestra presencia.
-Y bien, Tliomas! Así se recibe á los amigo&amp;?
Sin volver el rostro, sin mirarnos, continuando
sus golpes de azadón:
-Concluyo. Cincuenta azadonazos aún ....
-Pero ved siquiera á la dama que viene á vi.itaros!
Thomas pasó el revés de su manga sobre sufren·
te inundada de sudor y miró fijamente á la joven.
-Señora: tengo el honor de saludaros! Tomad
asiento!
No había en el pobrejardinillo sino algunos marchitos tallos de patatas.
Y volviéndose á mi:
-Pues bien, mirad; el golpe esta dado, querido
señor! llfe preguntaba Ud. por qué tenia miedo de
ellos? Ella está aquí debajo. La estoy buscando

porque me la han matado. Oh! no habrá señal; Ud·
lo verá! Los oi perfectamente anoche; apenas desapareció la luna del cielo cuando llegaron-muy
quedo, muy quedo entraron en el jardín los miserables! Yo estaba acostado sobre un colchón de
corcho y toda mi recámara estaba llena de agua fuerte .. .. No podía bajarme, ¿comprende Ud.?
Se detuvo sofocándose.-El resto? Caramba! se
necesita que tenga Ud. la cabeza endemoniadamente dura .... Pues la han enterrado aquí! Sabe
Ud. dónde está acaso?
-Eh ahi! Qultese Ud., señora, que me estorba!
-Pero por Dios á quién han enterrado?-le dijo
~!aria tomando sus dos manos.
-A quién? A nadie! A la pequeña i\Iarfa!
Y volvió á su tarea de sepulturero.

Thomas murió, hace seis semanas. Dos amigos,
el Silencio y el Olvido, lo llevaron á la fosa común
y su propietario ha hecho seis cacerolas con los colores de sus hermosas planchas tituladas: • Los
Amores del Sena y de la Noche.•
Eo. Y JULIO DE GONCOURT.

(Trad. de •Revista Moderna.&gt;)

LUCHAREMOS!

¡Qué iusignificante cosilla puede cambiat· el humor de un hombre!
Abrumado por meditaciones tristes, caminaba yo
un día á lo largo de una carretera.
Tenibles presentimientos me oprimían el pecho,
y la melancolía apoderábase de mi espíritu.
Levanté la cabeza .... Delante de mí, entre dos
hileras de altos chopos, perdía.se á lo lejos la carretera, recta como el trayecto de una flecha.
Y á través de aquel camino, á diez pasos de mi,
saltaba á la cozcojita toda una familia de gorriones, dorada por el sol ardiente del estlo.
Saltaba con atrevimiento, con alegria, con deguridad.

Especialmente uno de ellos, el jefe, avanzaba con
diabóliéa resolución, contoneándose un poco, sacando el pecho, piando con insoleucia. En una palabra: era un perdonavidas, un conquistador.
Y durante ese tiempo, allá en lo alto del cielo,
cerniase un gavilán, que quizá fuese á devorar
precisamente á ese conquistador perdonavidas.
Solté la carcajada, me moví é inmediatamente
se disiparon mis tristes ideas. Scnt! ánimos, audacia, regocijo de vivir.
Y cuando mi gavilán se cierna también encima
de mi cabeza ¡qué diantre! aún lucharemos.
IvAN TURGUENEF.

PIEDAD .... !
El que en la aridez asfixiante de la vida.-¡ay! no tiene el perdón como un oasis-para todos las faltas, todos
los vicios, todos los crímcnes;- el que no llern oculto en el fondo del alma-un cáliz de piedad r de amor
, ,místico - para todas
lasdebilidades, todas
. . ~ ~~ -~:.~ -.. . . .
acechanzas, todos los
\:.¡,_'-&lt;
. su~ errores, to d os 1os_
1fr i mi e ntos;-cl que
no sabe verter los aje' nos dolores en el va
so sin fondo de la misericordia;-el que ha
sellado las fuentes de
su llanto-á los que
gimen sin esperanzas en la vida;- e 1
que petrifica su corazóu con el egoísmo;-el que l\Iidas
macabro transforma
en oro el dolor, la
bondad, la resignación y el esfuerzo,haciendo diamantes,
de todas, todas las
lágrimas,-y rubíes
de todas las derramadas gotas de llanto,el que no sabe sobrellevar la humildad, la
pobreza;-el asesino
coronado por los éxitos malditos;-el que
desarma á la justicia
y la infama y la viola;-el que mancha el
fecundo amor con la
lujuria;- el que inocula sus desengaños
en las almas vírgenes:
-el que roba tesoros
ó creencias ó consuelos á los buenos ;-el
que no ama el Bien
por el Bien sólo ....
-aquel, tú, yo, todos .... no están con
Dios, desventurado.
- Valen menos que
Satán el duro, eterno rebelde;-rebelde
porque no puede
amar y amar ansia.Un instante de amor! ..
y fuera su eternidad
gloriosa.-Mirale llo •
rar bajo el doble cartílago largo de sus

,,¡:---

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

alas-ocultando la bifronte testa sabia entre ellas;-queriendo encontrar dentro de si mismo, en el abis•
mo de su siniestra alma, alma noche sin astros-ese secreto inmenso del amor vivo, triunfante,- -cla•
vado en las cruces por el delirio un ella -y redivivo en los altares por los siglos de los siglos ... . -

RODIN.

En el pálido rostro de Jesús hay muchas lágrimas,-rneuan enrojecidas por Ja sangre de su cárdena
frente-comprimida en un cerco de espinas bajo leyenda infame.-Oh, cuán silenciosas caen sin cesar
11obre la roca del corazón humano inconmovible! .... -Como caen! oh mi Dios! en el mio endurecido~
y desconsolado para siempre de todo, hasta de ti mismo!

DOS RICOS.
Cuando ante mi se cel1:bra al archimillonario
Rotbscbild, quien, con sus inmensas rentas consagra sumas cuantiosas á educar niiíos, curar enfermos y fundar asilos parn 105 ancianos, tambit&gt;n YO
le elogio y le admiro.
·
Pero, al alabarle y admirarle por eso, no puedo
dejar de acordarme de una pobre familia de labriegos que habla recogido :í una huérfana en ~u mi •
Rerable choza.

-S1 nos hacemos cargo de Katia, decía la campesina., nos dt&gt;jar{i sin nuestros últimos cuartos y
ni siquiera tendremos para comprar sal con que
sazonar la sopa.
- Pues liien; la comeremos sin sal, contestó el
marido.
¡Cu/111 lejos está todavía Rothschild de ese la•
briPgo!
lvA:-- TURGUEXEF,

Antes de visitar la exposición Rodin, he leido to•
do lo que del gran artista y su obra se ha publicado, desde los ditirambos de los que le juzgan un
dios, hasta los ataques en que se le declara poco
menos que un imbécil. La bibliografía rodiniana
es ya bastante considerable. Luego me propuse
apartar de mi mente todas esas opiniones, ir sin
perjuicio ninguno á entregarme á. la influencia directa de la magia artística, poniendo tan sólo de
mi parte, el entusiasmo y el amor que guardo por
toda labor mental de sinceridad )' de conciencia,
por todo osado trabajador, por todo combatiente
de bellos combates. Después de mi primera visita,
volví varias ocasiones. Una sola estatua me ocupaba á. veces una hora larga.
Queda oir la voz misteriosa de la plasmada materia, el canto de la linea, la revelación del oculto
sentido de las formas.
:\le atrevo á decir-no sin cierto temor-que com•
prendo á. l\lallarmé; en l\Iadrid me be sublevado
contra los que no entendlan la música de Vicente
D'ludy; he leido á. René Gbil, sacando algún pro•
vecho, cosa que parece bastante dificil¡ soy apasionado de Odilon Redon, de Toroop, de Rops; he
publicado un ingenuo libro de admiración que se
llama Los Ra1·os .. .. Pues bien, al hacer mi suma
de impresiones sobre la obra de este potente escultor, indudablemente el primero de su tiempo, estoy
desconcertado. Los criticos de arte no me han ser\'ido para maldita la cosa, sino para amontonar á
los ojos de mi pensamiento innumerables contradicciones. Ante ellos la obra rodiniana es como
esos barriles de los prestidigitadores, que por un
solo robinete clan el lico1· que rlace á cada cual.
Hay en ella lo que se le antoja á no importa quien.
Es el caos y es el cosmos. El uno habla de filesofla; el otro se ase al generoso símbolo; el otro encuentra su manía social; el otl'O su visión ocultista.
Yo expondré, con toda la transparencia de que me
siento capaz, este resumen: he hallado á. dos Rodines: un Rodin maravilloso de fuerza y de gracia
artística, que domina á. la inmediata, vencedor en
la luz, maestro plástico y prometeano, encendedor
de vida, y otro Rodio cultivador de la fealdad, torturador del movimiento, incomprensible, excesivo,
ultraviolento, ú obrando á. veces como e11fregado á
esa cosa exfrmi.a que se llama la casualiclad. Procuraré explicarme.
Al contemplar la mayor parte ue esas esculturas,
rudos esbozos, lan·as de estatuas, creaciones deliberadamente inconcusas, figuras que solicitan un
complemento de nuestro esfuerzo imaginativo, me
preguntaba: ¿dónde he visto yo algo semejante? Y
era en las rocas de los campos, en los árboles de
los caminos, en el lienzo arrugado, en las manchas
que la hqmec:lad forma en los muros y en los cielos

rasos; ó en la gota de tinta que aplastais ent:·e dos
papeles.
Esto último resaltó súbitamente á. mi vista delante de algunos dibujos que han sido apuntes y documentos para la realización de formas esculpidas
y plasmadas.
Una página de Eugene Ca:-riere vino en mi ayu•
da. "El arte de Rodio, dice el gran pintor, sale de
la tierra y á. ella vuelve, semejante á los bloques
gigantes, rocas ó dólmenes que afirman las socie•
dades, y en cuyo heroico en&amp;'randecimiento se ha
reconocido el hombre. La transmisión del pensamiento por el arte, como la transmisión ele la vida,
es obra de pasión y de amor.
La pasión de que Rodin es el servidor obediente,
le hace descubrir las leyes que sirven para expre•
sarla, es ella la que le da el sentido de los volúme·
nes y de las proporciones, la elección del relieve
expresivo. Asi la tierra proyecta sus formas aparentes, imágenes, estatuas que nos penetran en el
sentido de su vida interior. Son esas fornas terrestres las que fueron iniciadoras verdaderas de Rodio.
Se trata, pues, desde luego, de un gran espíritu
libre, cuyo director es la naturaleza misma.
.Al pasar la cordillera de los Andes, ¿no habéis
visto los colosales frailes de piedra que en la roca
viva ha esculpido un cíclope y divino escultor? Ese
es el maestro de Rodio. Este persigue conscientemente el arte inconsciente de la naturaleza. Tal
figura suya os trae á la memoria el bifurcado tronco de un árbol; otra el gesto extraño que las aguas
han labrado en una piedra, á. la orilla del mar; otra
los caprichos que chorrea en amontonadas estalactitas, la cera de un cirio. Lo qu e se manifiesta más
imperiosamente es el don singular de poner en esas
formas. una suma de vida que al contemplador
causa un insólito pasmo. lilas confieso que hay muchas obras delante de las cuales el pensamiento no
encuentra vía. Algunas figuras en su preconcebida
rudeza, en obligadas posiciones y con el procedimiento rodiniano que descuida el detalle, me despertaron la idea de no sé qué variados hechos en
desenterradas Po mpeyas ó Ilerculanos.
La prensa, las distintits interpretaciones de los
críticos de a,.te, y las exageraciones del snobismo
causaron á Rodin bastante daiio. Se ha querido y
se ha conseguido que su obra excéntrica prive sobre su obra de claridad vibrante, de vigor plástico
indiscutible, que no entraiia más que la formidable
omnipotencia de la belleza, sobre todos los procedimientos y sobre: todas las escuelas. l\Iirbeau ha
tenido razón: los señores de la critica han dicho lo
que se les ha antojado, menos que Rodio es un ar•
tesano genial, que en su oficio y en su consagra•
ción, realiza el milagro, sin imponerse tareas socia•

�100

REVISTA MODERNA.

les, mitos trascendentales, fórmulas esotéricas. Claro es y es sencillo, que todo espíritu investigador,
y sobre todo el imaginati\•o, puede sacar lo que
quiera de esa misteriosa ó inextricable complicación de formas y de movimientos. El milagro es la
revelación subitánea de la vida, el encuentro en la
materia de la voluntad humana, del designio del
artista, con la voluntad suelta y el designio de la
naturaleza, que tiende á decir su secreto, á formular su intima esencia. Si Rodio no fuera Rodia,
habría franqueado el poco de lo sublime á lo ridlcuto. l~clizmente para él, no le io,·ade la literatura.
Es un dedicado, un.consagrado á su caza de gestos, á su persecución de actitudes. Lo que no Re
pnede poner en duda es su i;inceridad, su lealtitd
1tl arte.
A lo más se podría suponer que la iuflueucia de
sus intérpretes liter.;rios y la humareda de la lucha
intelectual encendida alrededor del Balzac, le han
afianzado en su propósito de firmeza en el choque
deliberado con el ambiente uormal que le rechaza.
El obliga á inclinarse ante su fuerzn, ante su estupendo gozo dionisiaco. Aplico la palabra en el sentido nietzschiano; pues si Rodio demuestra una innegable tendencia á lo feo, ello vendrá de lo que
Nietzsche denomina la necesidad de lo feo - absolutamente griega- • la sincera y áspera inclinación
de los primeros helenos hacia el pesimismo, hacia
el mito trágico, hacia la representación de todo lo
que hay de terror, de crueldad, de misterio, de nada, de fatalidad, en el fondo de las cosas de la vida.• Esplritu aislado, como todos los grandes, va solo. •Es de la raza de los que 111a1•chan solos,• dice
de él un severo y apostólico artista, Jean Paul Laurens. Además, su armadura, á los golpes de los
que le atacan, resuena con hermoso resonar. EstA
constrnlda de lógica, á martillazos ciclópeos. Lo que
constituye su talón aqulleo, es su tácita sujeción á
la idea de los críticos oraculares, el querer hacer
slmbolo é intelectualismo, cuando su fuente propia
está en el sentimiento, en un gran sentimiento, y en
lll pasión, en una gran pasión. Es el divino escultor del JJeso, el robusto creado1· de los Bm·guese.~
de Calais. Por lo tanto, os perturban, os desconciertan, labores como ese Genio clel reposo ete1·no, que
encontrais frusto é incomprensibl11 1 sobre todo,
cuando recordais el Praxltrles del Louvre en idt•n•
tic11 interpretación.

Entre árboles que la primavera anima está la caRa en que el maestro ha juntado su producció::; entre árboles, como un templo antiguo de Grecia.
Hay días de moda, los vieroes:-•¡Oh man¡uise!••;Oh ma chére!» Entra bastante gente, y los ingleses, como ~-a lo debéis suponer, abundan. Hay quie-

REVISTA MODERNA.

nes sonríen, desde la entrada, como si entraran á
un lugar vedado, y quienes tienen aire de decir A
la humanidad toda: •¡Ah, imbéciles! entro en mi
casa.•
Ya, en el interior, comienza la lucha de sensaciones.
Al pasar, sentís cómo os hacen las manos de la
vida, cómo os penetran los ojos, cómo os envuelYe
el aliento. Súbitamente, al entrar, la Guena. Se
ha hablado al tratar de ella, de la victoria de Samotracia como único parangón. Pero, ante todo,
debo declarar que no concibo en Rodia un repre·
sentativo del esplritu griego; Rodio no tiene de
Grecia más que el concepto de la tragedia; es la
máscara trágica la que le obsede. Vida, si¡ pero vida humana, mientras en el arte puro giego existe
la imposición de la vida divina. Ah! está la supre·
ma particularidad de Hodin, en haber buscado y
encontrado la fórmula de todo lo que el cuerpo humano tiene de extraiio, e11 el movimiento, en el gesto, en la certificación de la vida. Pero no hay en él
la virtud ollmpica de Fidia~, de Praxiteles, de los
antiguos maestros helenos. Se comunica con los
dioses inferiores. Una náyade, un fauno, una sfrena, son suyos; mas con Júpiter ó A polo, se desequilibra. Cuando ha querido representará Apolo, lo
ha concebido soberbiamente, sobre las hidras, sobre las sombras, portador de la luz; la ejecución
nos ha dado un muchacho agradable que no nos
convence en su excelente mlmica, de set· la encarnación de tan estupendo símbolo. La culpa es del
predominio absolutamente humano y realista que
existe en la obra de Rodin. La Guerra es una obra
de pequeiias dimensiones, que, como os he dicho,
está á la entrada. Cuesta, indudablemente, detenerse, y no pasar, sumariamente, á. ver la gran masa blanca, el esfingico volumen, la piedra de escándalo, el Balzac que adrnrtls en el centro de la sala,
entronizado, dominador. Y la Guerra es de fuerte
magnificencia. Esas dos figuras, el genio clamoroso, y el combatiente caldo, son dignas luminares de
!a exposición. Oa certifican la influencia del genio,
ó si queréis mejor, del estupendo instinto, las soberanas anatomias, vibrantes de una idea simbóli·
ca y trascendente. Los brazos del genio abarcan
toda la furia humana. Hasta el detalle del ala doblada, expresa el sorlo de tempestad. El soldado
musculoso que cae herido, dice la muerte y el desastre. Luego, os detiene una muchedumbre de
figu1·as y figuritas inacabadas, como proyectadas,
y que sin embargo, se expresan definitivas. Y os
cuesta convenceros de que sea el autor de esos ca·
prichos minerales, de esas bizarras cristalizaciones, el mismo que ha hecho la belllsima Edad de
bronce que erige su espléndida desnudez en el jardln del Luxemburgo.

Hrni:::s DARÍO.

101

N"OrrAS BIBLIOGRAFIOAS.
"DE TIERRA CALTDA "
POR

SANTIAGO ARGÜELLO A.
Nicaragua, 1900.

Fué una tarde de fiesta para mi la tarde aquella
en que hasta mi bungalo1c de Yokohama llegó em·
bijado con el policromo tatuaje de innúmeros timbres po.stales: • De Tierra Cálida,• el hermoso libro
tle versos de Santiago Argüello, hijo. Seis meses de
Japón, vivido en pleno riñón de las ciudades japonesas, en bonzerlas; teatros, casas de the y matzuris me hablan congestionado de arte, promoviendo
un espasmo en mi espil'itu hecho i1 digerir parsimoniosamente las escasas y tardlas emociones artlsticas de nuestra bárbara América. De Kanaoka y
Zingoro á Guekó y l\litzuhidé el Arte milenario y
suntuoso del Imperio Auroral habla desplomado sus
maravillas sobre mi mente estupefacta aún, de admiraciones exhaustas en la atonla de un sttrmenage abrumador. Por reacción, tal vez poi· larvada
nostalgia, sorprendlaume al tramontar las lunas del
Otoño nipón, ensimismado en ensueños de selvas
americanas, de Cabai·ets de Montparno, de at home
y de amor, ideales perspectivas todas donde no brillaba ni un átomo de la luz de esa luna que emergiendo de las negrns cryptomerlas, dejaba resbalar
sus muselinas hasta rozar ~u sideral carne desnuda
con la nieve pálida del erecto Fuziyama . ... t\li
Budha sobre la cátedra del sagrado loto dormía
con sus ambiguos párpados cerrados irremisiblemente á la vida r frente á él en el zócalo del • toko noma• no ardlan las barras de incienso en el perfumatorio ritual y los crisantemos oh·idados en las
esmaltadas fayenzas lloraban en silencio, dejando
caer como largas lágrimas sus pétalos.-Y era que
los recuerdos como brillantes paraninfos tralan sobre andas de oro, en florido y nupcial cortejo, la
memoria de la mujer amada ó que al estridor de
una cigarra una selva patria, un jardlo tropical, un
costeño bohio, se leYantaban poblando lujuriosamente el yermo del r egret.
En ese estado de alma desfloré el libro de Argüello y lo leí con avidez, con ansia, desde la gentil
evocación á la !\fusa rústica, hasta la pieza final en
que el poeta loa á la divina Grecia antigua, siutien·
do un desdén casi legitimo por el mundo actual.
Principia el libro con una serie de fragantes cautos rurales, henchidos de savia y emanando fuertes
Y gratos aromas forestales; hay en ellos felices imágenes evocadoras á la Jules Renard, concisas y eficaces. En diez ve1·sos está descrita una tempestad
por la atinada elección de dos imágenes: el crujir

del roble al rojo hachazo del rayo y la final no1a
plácida de las torcaces sacudiendo sus plumas.
• Frutas• es un delicioso cuadro de fresca pintura, idilio, bucólica, cerrado con un final en que hay
un grano de malicia, un efluvio de almizcle en el
escote de una pastora, una mano atrevida entre encajes encubridores, el talón rojo de un abate sobre
el césped ingenuo de una pastoral de Lancret.
• En el Edt:•n• es una deliciosa pintura algo tibia
quizás del glorioso idilio primero, y «La Gruta un
triunfante poema en que hay rayos de luna del nim bo de IIeine, orfebrerías Gauterianas y capullos de
símbolos de Regnier ó de Gourmont en una gama
de sonoros versos musica!es.
•Habla Safo de sus tres Amores,• es una pieza
que nuestra Revista reprodujo para dar á. los lectores una muestra de cómo cincela Argiiello. La
admirable, la Inspiradora lesbiana se desprende del
marmóreo bajo- relieve, con la suprema gracia de
una figura tanagrina ó miryniana, avante el seno
turgente y abrasado bajo el vuelo airoso de la exómida leve. Un poema as! hubiera sido rimado por
un egipan en su doble flauta; á su música Psiché
se entregaría, Dyonisos hubiera sonreldo .. ..
cl\Iarica• es un poema ingenuo y campoamoriaoo,
que recuerda A nuestro Gutiérrez Nájera más de
lo que convendría á la originalidad de Argüello;
pero que otro evidencie esa desagradable semejan·
za, para mi es tarea más grata revelar las excelen·
cías del poeta. «El Carpintero• es un canto cuyo
realismo lo iguala i1 un cuadro de género. Minucioso y brillante en la descripción como un interior
flamenco, concluye irradiando una imagen. Tras
del rudo trabajo el bravo obrero se sienta II la mesa:
• Y en su faz brilla una aurora más alegre
Que una aurora sobre el mar! •
1.:0 resumen, aportando como credencial el hermoso libro •De Tierra Cálida, • un nuevo poeta ha
aparecido y como á tal lo saludamos entusiastamen •
te. Argüello, compatriota de Rubén Darlo, parnce
preocuparse á veces con la manera de su culmi nante hermanG. Sin duda en los libros futuros que
Argüello anuncia ya, veremos su interesante personalidad desprendida y airosamente hecha estatua ya
fuera para siempre de la ronde bosse del bajo- relieve. No me aventuro prediciendo que asl sucederá.

�Libros y Revistas (1). Hemos retibido los libros
siguientes:
•Ariel• (***) por José Earique Rodó. - :11ontevi•
deo, 1900.
,Q. Horacio Flaco ("''~* l. Algunas Odas traducidas
en verso castellano• por Joaquin D. Casasús.-Mé:dco, 1900.

,De Autos• (***) por Victoriano Salado Alvarez
-Guadalajara, 1901.
•Poemas Helénicos• por Goycoechea :l[enénd.iz·
-Arge11tina, 1899.
•Cuentos de Poeta, (***) por flufino Blanco Fombona.-Maracaibo, 1900.
cEI Ateneo Nicaragüense.»-Núm. 16, 1900.
cLa Voz social.,-Buenos Aires. Núm. 12, 1900.
cKo-Ka• ("'**). Núm. 12.-Tokio- Japón, 1900.
•L'Ermitaga• (***).-París, 1900.

Y es hoy la tercera vez que vagando por esos
páramos literarios que la prensa de los Estados titula «páginas dominicales,• me encuentro con una
oda al Transvaal .... En todo tiempo sopla en esas
páginas un viento soporoso de modorra y de tedio.
Allá, en el horizonte gris de esas pampas infecundas y calcinadas desfila la theoría irrisoria de las
(r) Los libros ó periódicos marcados con asteriscos serán objeto de especial estudio en alguno de nuestros próximos números. En lo sucesivo toda publicación literaria enviada por su
nutor á esta Redacción será analizada ó mencionada cuando
menos en: "~otas bibliográficas. "

musas prostituidas y de los númenes rnfianes. • • •
La impotencia alardea de pródiga, la miseria se
echa al hombro el jirón de púrpura de un ilustre
guardarropa .... por el horizonte gris, por el pan·
tano donde la procesión claudica, parodiando infe·
lizmente el noble ritmo de las marchas triunfales,
bajo lo más turbio del cielo y sobre lo más hediondo del estuario, va la theorla canalla, un S1mcho
Panza enfático y orondo enlazando el talle desbor·
dante de una Musa maritornes; una Pióride de figón
osculando el hocico de Galiban! Toda la hampa de
una •Cour des 111iracles• literaria, los ropavejeros
de la poesía que con los ilustres brocados de Rubén
Darlo y los ripios propios se han fabricado una Ji.
brea; toda la valetaille famélica que se nutre con
las migajas que Lugones deja caer de su mesa de
prlncipe, todos los rateros audaces que á la espalda
de Díaz Mirón han intentado robar las flechas adamantinas de su épica aljaba!
Toda la hampa, toda la truhanería haciendo un
sabatt literario frente al fetiche Domingo y danzando grotescas barnbulas frente á la belleza que
desvía de la soez turba sus serenos ojos sin pupilas!
Y ahora frente á ese atormentado y gigante bajorelie,·e úpico esculpido en sombrío basalto por la
invencible raza bóera, llega otro audaz arrastrándose para pegar en ese friso sagrado de la historia
su cataplasma de ripios más grotesca que un pasquín. Una fricción de ungüentos de tras-·botica sobre la convulsión dolorosa de un Laocoonte!
Pero perded el tiempo en medirle las orejas á
esos asnos manaderos de la literatura y en anotar
los mil ecos de indignación que deja en el ambiente
sere.io el alarido de sus inconmensurables rebuznos!

J. J. T.

SU MANO.
( )!ANUSCRlTO Dl!l JOSÉ RE.JI L\,

ti. Sufría mucho, sufría mucho, su fria mucho. i\Ii
propio dolor me desarmó. Cal del paroxismo en la
cobardía. Y de rodillas, llorando, besé la media negra que calzaba su pie, y sentí la carne palpitar á
mi beso. La Hembra se apoderó de mis sentidos.
La tomé en mis brazos y bebí toda la miel de su
boca. Fué mía! fué mía! La hice diosa en la pose·
sión.-Desperté en la noche, ahogándome: No pude
tolerar el contacto con esa mujer aletargada, con
ese cuerpo laso, con esas carnes en reposo. Las sábanas estrujadas y revueltas, el aliento denso, el
calor húmedo, la claridad del dla que se filtraba
por las cortinas .... oh, el asco, el deshonor, la náusea! Me fijé, si, su trenza parecía una culebra que
se le enroscaba al cuello. . . No quise despertarla
por miedo de matarla. lile azoté la frente con R gua
fria~- sall!
***

Estaba inspirada, arrancando del piano uua harmonía de bosques meridionales. Su mano-esta
mano-del color de las teclas blancas, enaba entre
un tropel de notas .... Por qué sobre un :oueño in-

..**
. . . . Una noclie que nos insultamos mucho y que
nos besamos mucho, ebrios de vino, de celo y de
carne-por qué no de alma?-esta mano se estamp,', con ral&gt;ia en mi mejilla, y acarició después, con
rn , i,·ias tle hetaira, mi frente calenturienta.

~-

**
Cuando tomaba e11ta mano en la mía, antes de
que Dios nos expulsara del paraíso, la sentla,-timida, tlmida,- arder y temblar . . . . . . Ay! luego,
cuando el Gran Pecado nos unió en el deleite inolvidable y en el eterno dolor, la seutl,-confiada,
confiada,-reposar en el hastío .. ..
*"'•
Un dla, mi amada dulce y cruel vió saltar de mis
ojos una lágrima luminosa como chispa de incen-

dio: la recogió en su anillo, y en su anillo parecía
un brillante. Contemplando su mano ataviada con
mi lágrima, dijo, cruelmente-dulcemente-: •Durára asi, toda una noche de baile!,-Esa vez me
besó con besos helados.

***

Larga, delgada, pálida, con las uñas como láminas de finlsima laca, ciñendo su pequeño dedo una
argolla de oro, esta mano sabia adormir ó enardecer mis fiebres, dibujar ensueños ó borronear pesadillas, jugando, indolente ó nerviosa, entre mis ca·
bellos.

....

Apretando con la extremidad de los dedos un ramo de violetas, lo contemplaba á. ratos y á ratos aspiraba el perfume fresco de las flores.-Yo no le
había dado ese ramo. Estalló mi celo inmenso sin
heril' su indiferencia. La injurié y la maldije. En
mi alma desesperada hubo una tragedia fulminan-

cipiente de felicidad cayó de pronto una mortaja?
por qué las sombras se abatieron sobre el idílico
paisaje? por qué me enloquecí? .... - •Basta, grité,
no me atormentes más, cierra ese piano!, Me respondieron las notas claras y abundantes de su carcajada. Me levanté fllrioso, y clavé mis dientes en
su mano. Un ¡ay! De la vena rota brotó una gota
de sangre. Ella, entre asustada y risueña, la lamió
con la punta de la lengua. Brotó luego otra gota
más gruesa, extendiéndose en hilo carmesí sobre
la palidez de la mano. Entonces, al ver humedecidos sus ojos grises como la niebla, acerqué conmovido mis labios sedientos de veneno y bebí con
amor su sangre. «Oh, perdón, perdón, perdón!• F.sa
yez me besó con besos de cauterio.
• **

. ... Otra noche, la última. . . . Qué horrible! La
serpiente negra enroscada á su cuello blanco ....

•

* *
La amé! la maté!. . . . Qué drama tan intenso de
pasión! Fné suya esta mano-e11ta mano de huesos
duros y fríos!
JESÚS

URUETA.

EL FINAL DEL LIBRO: "INDUCCIONES."
Todo se pasa en el Uundo, que el sabio estudia
como si ningún pensamiento, ninguna conciencia
se encontrara en el fondo de la realidad de las cosas, mas que la conciencia y el pensamiento propio. Una Conciencia, una Inteligencia, un Pensamiento, claro ú obscuro, intermitente ó continuo,
serla también, en verdad, J,fovimiento; pero este
movimiento, esto sólo lo hallamos en los animales
superiores, y en primer grado en el Hombre, y en
especial en el civilizado. En el fondo de lo que se
llama Universo, en ninguna de las manifestaciones
qui, conocemos, hallamos nada de esto: sólo en ella
reina la Inconsciencia, lo que ha hecho que Hart•
mann, personalizando el Todo, lo llamara EL GRAN
lNCONSCIENTll.

La am,'·! la maté! .... Qué ti rama tan intenso de
pasión! L&lt;'ué suya esta mano- eMa mano de huesos
duro~ y fríos.

103

REVISTA MODERNA

REVISTA MODERNA.

102

La finalidad á la que se ha creído que obedecían
las cosas, se ha visto que era un efecto puro, una
atribución gratuita de nuestra mente, un falso modo de ver el Universo. La Mente humana había supuesto una intención productora allí donde había
sólo productos de una autoactividad de la Naturaleza.
El que haya quien no se conforme con la fonomenalidad, con la propia realidad cognoscible, que
aspire á un más allá del Universo, á un mundo infinito, del cual el mundo fenomenal no sea tal vez
más que la misma cosa vista del otro lado; el que
haya quien se desespere porque se le aperciba de
que jamás podrá llegar á ello, esto es, á los orlgenes, al fondo de las profundidades de donde el Ser
y la Vida dimanan, nada de esto arguye en contra
de la Ciencia, nada en contra de la Filosofía. Ellas
se ocupan tan sólo de lo que puede sernos explicable, definible, cognoscible: lo demás i;erá siempre
patrimonio vago de los esplritus poco precisos, ca-

paces sólo de emoción, de vibración dramática. Esta emergencia de lo desconocido, ese querer atribuirle el carácter de infinidad, ese querer darse
cuenta de ello, contentándose con nombres, que al
fin y al cabo corresponden sólo á merns antropo•
morfismos; eso es lo que produce el llamado sentí·
miento religioso, que en sus más altos y más nobles
grados es admiración profunda por ese Indefinido
Incomprensible, Omniactivo, eternamente vivo, eu
si inexplicable.
Pero en los intelectos capaces de dar forma á las
cosas, ó de sentirla, ese sentimiento produce, no la
Religión, h religión positiva, sino el AxTE, en su
modo activo; y, en su modo pasivo, la contemplación estética del Universo, la inmersión de nuestro
espíritu en el uni1·ersal drama de la Naturaleza.
El alma serena del Hombre moderno, llegado ya
ii un alto grado de comprensión científica, no pue•
de interesarse por unos misterios que sabe ya de
antemano que son impenetrables, y que todo lo que
de positivo se haya querido fundar sobre ellos no
ha hecho más que contrariar la Yida y el superior
desarrollo humano, subyugando el Hombre al Todo incomprensible. La Ciencia le ha enseñado que
la fenomenalidad no se tuerce ni se endereza con ,
los ritos de adoración ó las plegarias dirigidas á las
personificaciones del Todo. Sabe que la única mauera de modificar esa fenomenalidad que tanto le
ha aterrorizado, no es prosternandose; sino estudiándola y reaccionando directamente sobre de
ella. Sabe que el Yo no es más que uno de estos
fenómenos, y que, por tanto, su ingerencia ó su dominio sobre los otros es justisima, pues él dimana
de lo mismo que ello¡¡ (caso de que en último término dimanen de algo) y les es superior en jerar-

�ARo IV
104

MÉXICO,

1"

QUINCENA DE ABRIL DE

1901

NúM.

7

REVISTA MODERNA.

quia orgánica. En fin, sabe que la conciencia clara
y progresiva en él se manifiesta, en el más alto gra•
do sobre el planeta Tierra. Asl, en lugar de levantar
pesadas construcciones que le aplasten, al impulso
del estupor que le cause el Eterno Misterio, otra
tendencia nace en él más natural y más vivificado•
ra. El entusiasmo que le causa esta ftlnomenalidad
omniforme, omniactiva, esa Naturaleza siempre va•
riante, siempre nueva, siempre sorprendente, siem•
pre espléndida, le produce el sentimiento estético,
que, cuando pasivo ó simplemente sensitivo, pro·
&lt;luce el placer de la Contemplación de la Belleza
de los fenómenos de la Vida, y, cuando activo, es
Arte, ó sea la suprema manifestación de la Vida
misma.
Lo inexplicable, bajo el punto de vista de la ra·
zón, eso incomprensible á la inteligencia, eso que
aterroriza á las mentes y :\. los corazonea débileF,
eso inspira admiración al Hombrn fuerte de inte·
lecto, como representación total suprema, eso le
produce el sublime sentimiento ele Belleza. A aquel
que ha alcanzado un alto grado de comprensión ya
no Je aterra el enigma. No teme la esfi nge. La res•
peta, pero sin de.jar que le devore, y admira á dis•
tancia las bellas formas bajo las cuales se le apa•
rece.
b":l sentimiento de la Belleza es el que sur¡;&lt;: en el
humano espíritu como último resultado 1111 la ,·e•
presentación superior del Universo, por él adecuamente sentido. Cada civilización, al llegará su des.
arrollo máximo, después de haber dado grandes
pensadores ha dado grandes artistas, y con ellos
un gran público capaz de sentir el Arte y de for·
marles atmósfera que los sostenga. La Belleza es
la sensación que resulta del Pjercicio del conocimiento, del comprender adecuadamente la reprc·
sentación del Universo; es el resultado más alto de
la Vida, y, por ~anto, el Supremo J&gt;lacer para los
Hombres.
Así Nietzsche resulta ilógico privando al Hombre del placer, en su camino hacia el 8uper-hom·
bt·e, y proclaman lo al mismo tiempo el Arte Apo
Jónico ó Dionisi.lCO, como el único que puede hacerle alcanzar un grado superior de la \'ida y con·
siderando la \'ida como fenómeno esencialmente
estético.
En esto último estáu de acuerdo Nietzsche y
Schopenhauer: ambos miran la \'ida como un fenó·
meno estético; solamente que para Schopenhauer
ol sentimiento de Belleza, el máximun de placer po•
sible, resulta del descubrimiento de su intelecto,
que la \'ida, esta Vida llena de dolores é injustil'ia~, es sólo una representación pura., una ilusión,
la .lf ,ir¡ de los Indos. Por lo tanto, predica la re11u11c1,,l'ión como remedio de que pase esa. ilusión
doloro~a, esa terrible pesadilla, para alcanzar en
el no se,· el estado perfecto. Nietzsche, al contrario,
cree como Schopenha.uer en las penas de la. Vida,
pueR el dolor lo sentla en lo más Intimo de su pro·
pío organismo; cree en la lucha precisa y en el sufrimiento uecesario, y se endurece para luchar mejor. As! el Intelecto convirtiéndose en espectador
de la lucha de la Voluntad, y aconsejándose y aun·

dirigiéndola, da al individuo, en el espectáculo de
su propia acción, el sentimiento supremo de la Belleza. Así el Hombre fuerte, si sufre como actor,
goza como espectador de su propia grandeza. Este es el sentimiento de lo Trágico. Y cuando se es
sólo espectador de una acción no contrariada, de
una acción tranquila y placentera, entonces viene
el sereno goce del Arte Apolónico á coronarlos es•
fuerzos de la Vida.
Para Nietzsche, como para nosotros, el sentí•
miento estético compensa, en el que tiene alma asaz
grande para. sentirlo, de todos los sufrimientos pa•
decidas en la acción dramática de sus instintos vi•
tales.
La Belleza es la redentora del Dolor. Sólo ella
es momlidad pe1'fecta.
El Cristiano, como el Budhista, para librarse del
dolor, se refugiaban en Dios, en el no ser, querían
desaparecer lo más pronto posible de la representación de esa Tragedia'; no se sentían con bastan·
tes fuerzas para llegar á su natural desenlace, y,
en su catitstrofe final, cae1· con dignidad, dejaudo
en pie su protesta, como calan los Héroes Griegos.
Y es que el Griego, en ern sagrada embriaguez de
la Vida, habla sentido la identidad de su yo con to·
das las formas del Universo; había presentido que
todo p,;raba contenido en su alma, que él era el Universo ." tenia derecho á dominarlo. Y esto, que se
le enseiiaba en los Misterios Dionisiacos, le daba
un goce superior, que derivaba del conocimiento
de su propia inmensidad. El Arte Dionisiaco añade
al Arte Apolónico la. conciencia, en el Artista, de la
identidad del espectáculo)" del espectador; un alma común enYuelve al público y :l. la escena. Asl
el verdadero Héroe afronta la realidad, por cruPnta que ésta sea.

~sta sublime posesión de la \'ida como fenómeno estético, no es posible más que después de ha berse libertado de la finalidad. Y biiy que notar
que la revelación de la irrealidad ó sea de la idea•
lidad del fenómeno, en una raza débil como la de
la India después de mezclada con sangre amarilla
condujo al suicidio, como en las razas decadente;
y mezcladas de elementos semíticos del fin del Im·
perio las condujo á renunciar á la Yida; mientras
que hoy, en las naciones de Occidente, en las ac•
tuales razas Americanas y Europeas (Arias), proYistas de una gran abundancia de energla y de
una gran organización comprensiva, esta clara,-¡_
sión del Universo, ese descubrimiento de la Unión
perpetua, son el motivo de una vida nueva, y producen la adoración de la Vida por su belleza suprema.
Allí donde el Bien en si y la Verdad absoluta han
naufragado, el Arte se salva, y erige sus hermosas
construcciones; y el Hombre goza de sus magnlfi·
cos espectáculos como un placer supremo, porque
el Arte, el sentimiento de la Belleza, ya sea activo,
ya pasivo, son la manifestación más genuina del
paroxismo de la Vida.
P0MPEY0

GENER.

REVISTA MODERNA
A RTE Y
DlRE OTO R: JESUS E. VALENZUELA.

C I EN CIA.
JEFE DE REDAOCIO~: JESUS URUETA.
Tip. dt Dublá11.

LA APARICION DE LA \'IlWl~N A SAN BER;\ ,\1{1)O.

F11,1Pr1xo L1rrr.-F1.onENC1A.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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          <name>Título Uniforme</name>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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        <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 6, Marzo, Segunda quincena</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>72

A~o IV

REVISTA MODERNA.

EL PERRO MUERTO.
Jesús llegó una tarde A las puertas de una Villa
é hizo adelantarse á sus discípulos para preparar
la cena. El, impelido al bien y la caridad, internóse por las calles hasta la plaza del mercado.
Allí vió en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, yacercóse para ver qué cosa podía llamarles la atención.
Era un perro muel'to, atado al cuello por la cuerda que habla serYido para arrastrarle por el lodo.
Jamás cosa más Yil, más repugnante, más impura,
se había ofrecido á los ojos de los hombres.
Y todos los que estaban en el grupo junto á la carroña, miraban con asco.
-Esto emponzeña el aire, dijo uno de los presentes, tapándose la nariz.
-Cuánto tiempo aún, dijo otro, este animal putrefacto estorbará la vía.

111

QUINCENA DE MARZÓ DE

1901

NúM, 5

REVISTA MODERNA

-Mirad su piel, dijo un tercero, no hay un trozo
en ella que pudiera aprovecharse para cortar unas
sandalias.
-Y sus orejas, exclamó un cuarto, asquerosas y
llenas de sangre.
-Habrá sido ahorcado por ladrón, añadió otro.
Jesús les escuchó, y echando una mirada de compasión sobre el animal inmundo:
-Sus dientes son más blancos y hermosos que
las perlas!-dijo.
Entonces, el pueblo admirado, volvióse hacia él,
exclamando:
-¿Quién es éste? ¿Será Jesús Nazareth? El sólo
podía encontrarse alguna cosa de qué condolerse
y hasta algo que alabar en un perro muerto!. ...
Y cada uno, avergonzado, siguió su camino, inclinando la cabeza delante del Hijo de Dios.
LEÓN TOLSTOI.

"LA·W N TENNIS."
Una francesa, queriendo explicar su carácter, ha
escrito lo siguiente: «Nunca me visto para un baile
sin saber por quién voy allá.,-Las muJeres americanas, por el contrario, parecen vestidas con el
objeto de aparecer bellas, porque son mujeres •hermosas y sanas,, como su raza, y en llquel momento ninguna piensa en el fiirting, absorbi&lt;las como
están en seguir el juego, en que cada m ·ién llegado se interesa inmediata mente al i,!?'11a.l de otros.
Aleccioaaclas por cursos de cultura fí ,ica, comp1·enden el atletismo ea donue quiera q ·1c lo encuentran,
con la misma semi-profesional io.tcligencia que en
un asalto de esgrima un espailachln mide con una
mirada la agili&lt;lau de los co111l&gt;atientes y su juego.
En cierto momento, uno tle los jóvenes jugadores que acalla de herir 111 bola, llama á un asistente para qtw le limpie la ~uela de su zapato de caucho, llena de lodo. Dnrante esa plebeya operación,
el joveu logra asu111ir una postura tan gallarda,
que oigo á una muchacha exclamar: , ¡Oh, cuánto

MÉXICO,

desearla que ganase! ¡Es tan buen mozo! Ingenua
exclamación en que se revela la profunda admiración de la mujer americana por la belleza fisica,
considerada al modo pagano. Va tan lejos esta admiracióu, que uno de los más celebrados atletas de
los Estados Unidos, reune en su palco, después de
la representación en que ha tomado parte, á las
mujeres de la mejor sociedad, y con el torso desnudo, les da una disertación sobre su cuerpo, una
conferencia sobre musculatura. La fotografla de
ese torso, realmente muscular, como aquel del Museo del Vaticano que las manos del viejo Miguel
Angel acariciaban, se vende en todas las tiendas, y
más de una de esas bellas espectadoras de laten
tennis posee una de ellas en su sala. ,Hay gentes
que consideran esto indecente,• decía una de las
meucionadas damas, mostrándome ese singular documento de su independencia de ideas. • Yo no lo
creo,, añadía ella. ,Esto es griego; he ahi todo.,
PAUL

BOURGET.

A NUESTRO DIRECTOR.
El alto, el noble amigo nuestro, que ha puesto todo su genio y todo
su corazón en la "Revista Moderna," sufre en estos momentos un nuevo, un hondo dolor por la muerte de su hermano, el Sr. D. José Valenzuela.
Lo acompañamos en su duelo, siempre amantes, siempre fieles.
Los

REDACTORES.

ARTE
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
'l'ip. de Dubldn.

�74

REVISTA MODERNA.

LOS ESTUDIANTES.
Como un homenaje de justa simpatla á los estu•
diantes de la Capital de la RPpública, en este número publica la REVISTA MoDJrnNA el discurso del
Sr. Urueta y la poesía del Sr. Rebolledo, números
entusiastamente aplaudidos en el festival organizado por la juventud de nuestras Escuelas Superiores, y verificado la noche del 8 de Febrero de
1901, bajo la presidencia del Sr. Secretario de la
Guena, General D. Bernardo Reyes.

ARENGA A LA. JUVENTUD.
¡Divina Juventud! á ti mi arte, a ti mi poesla, A
ti mi amor que con sus estrofas helénicas cantará
tu gloria, como cauta el azul Mediterráneo la gloria de Athenas, gallarda en sus palestras, en sus anfiteatros, en sus templos, en sus festivales; con sus
versos hechos estatuas; con su~ diosas que bajan
de la mansión venturosa á ser fecundadas por los
hombres al b9rde de las fuentes y á. la sombra de
los laureles¡ con sus mujeres que el cincel hizo perfectas, inviolables, únicas, slmbolos de la adoración
que tiene la magia de convertir los pecados efim~ros en eternas virtudes; con sus gueneros que hicieron resonar en la historia los parches de Tirteo
y los coros de Esquilo; con sus filósofos, que como
Sócrates al morir, acariciaban la undosa cabellera
del discípulo para sentir en sus dedos la sensación
exuberantti de la juventud; y con sus poetas, que
como Sófokles, bailaban brillantemente desnudos
después de Salamina, bajo los pórticos de los tem~
plos, entre la lluvia de oro y de rosas del Olimpo,
mientras Perikles recitaba el panegírico de los
muertos por la patria con su palabra serena de
verdad, y las miradas de Aspasia se perdían en el
ensueño de las olas de seda que ciñen con rumorosa caricia las islas de mármol, que como enmudecidas sirenas, asomaban sus blancos torsos para
extasiarse con el himno gigantesco de la victoria y
de la paz!
La Juventud, en la historia, se llamará siempre·
Athenas, porque es la risa, la poesía, el heroísmo,
la belleza y el amor. En todas partes y en todos los
tonos, se dice que ya no hay jóvenes. Bueno, pues
desde que en la tierra existen viejos y jóvenes, los
viejos han dicho siempre que ya no hay jóvenes.
Es una manera de consolarse. La expel'iencia rs
ce!osa del ideal; las aves del paralso huyen del alma cuando las floraciones se marchitan; el espíritu
se encorva, como el cuerpo, y encenado en un pequeño y cómodo lote de la vida, se tiende á descansar bajo la sombra de los recuerdos. Qué alto y escarpado se ve el porvenir! cuán IPjos reculan los
horizontes! qué locos los que luchan! Son pocos,
muy pocos, los viejos augustos que conservan una
cima intacta y fuerte sobre sus ilusiones derrum-

badas, como conserva la vieja Roma sobre sus ruinas seculares la altura del Campidoglio, coronado
en la historia moderna con los resplandores de la
espada de Garibaldi y con las odas triunfales de
Carducci!
En cambio, la juventud no niega á sus parlres,
sigue fielmente la respetable máxima latina: «Semper in civitate nostra samectus venerabile fui t.• Las
cabezas blancas son imponentes, los corazones que
se derrumban son augustos, las inteligencias que
tramontan son sagradas. Vosotros, con una amplia
conciencia de la vida intelectual, sabeis que el titulo de nobleza de cada enseñanza está basado en
su parentesco con la ciencia universal, pues nada
se pierde, aunque parezca lo contrario, del esfuerzo
creador y soberano que tantos odios emplea para
fabricar un poco de amor y que tantos errores aprovecha para elaborar una poca de verdad; sabeis que
se siente una satisfacción intima colaborando en la
obra común y suprema de las redenciones; sabeis
que el verdadero orgullo nobillsimo es venir de muy
abajo~para ir muy arriba, del fango:á la montaña,
del rugido'.al salmo, del robo á la caridad, de la posesión á. la adoración, del rencor~á la concordia del
simio al hombre y!del hombre ÁDios; sabeis q~e la
palabra pronunciada allá en el fondo de una caverna por el primer Prometeo: •pedernal, enciende!• fué repetida al cabo de miles de siglos por l\liguel Angel golpeando con el martillo la testa bíblica del Moisés: • marmol, habla!;• sabeis que en
todas las manifestaciones de la vida hay una extraordinaria mezcla de pasado y de presente, mejor
dicho, harmonía de uno y otro, continuidad no in- •
terrumpida de los sentimientos que se depuran, de
las ideas que se abrillantan, de las voluntad.es que
se fortalecen, concurriendo á la formación dei tipo
ideal, del hombre inteligente, bueno y be Jo, que
conquistará el dominio, inmenso aún, del mal moral y del mal físico, poniendo su gloria en el espíritu, su grandeza en la virtud y su magnificencia
en la justicia!
Oí una maiiana, en uno de los anfiteatros de la
Sorbona, estas palabras, que de los disertos labios
del profesor Lavisse, cayeron solell)nes en mi memoria: «Hubo filósofos de la historia. de la humanidad. Hoy, han pasado de moda. Civilizaciones desconocidas á nuestros antecesores son descabiertas
por nosotros; los misterios del Oriente son penetrados; los palacios de los reyes legendarios se transportan á. las grandes capitales. La vida colosal de
Roma se estudia en sus detalles; el almanaque del
imperio se reconstruye; todos los personaJes de la
edad media, papas, emperadores, reyes, iglesias,
monasterios, señol'ios, comunas, son exhumados por
los cronistas y los a1·chiveros .... Vidas humanas honorables vidas laboriosas, se gastan y consu~e~ en

REVISTA .M.ODERNA
escribir una linea, una palabra de ese libro sin fin
que es la histo ria de los hombres .... Pero nadie se
\·anagloriarfa de comprender en su amplitud la historia entera de la humanidad ... . Fragmentos, fragmentos, fragmentos: he aqui toda nuestra riqueza,
que es una gran miseria.•
Pues bien, señores: con esos fragmentos se han
hecho las guerras de la libertad; con esos fragmentos se hará la paz de la justicia. La Paz! qué aspiración! qué sueño! Y por qué no, amigos mios. Sois
jóvenes, soñad. La vida es inagotable. La mirada
se extravla en los orígenes y se pierde en los fines
de la acción infinita. El océano es tumultuoso, in·
números los astros, harmoniosa la poesía .... soñad! No hemos visto surgir, en el breve instante de
miles de siglos, del obscuro cerebro informe de la
humanidad primitiva, habitado por negros fantasmas, la cabeza resplandeciente del Dante llena de
blancas epifanías estelares?; no hemos visto elevarse á la universal comunión, el divino corazón de
Jesús, formado pedazo á pedazo y fibra á fibra, por
el esclavo que sufre, por el asesino que sufre, por
la prostituta que sufre, por el mal que aspira al
bien, por el castigo que aspira á la justicia, por la
blasfemia que aspira á la plegaria, y por el amor
que aspira á Dios? Si eso hemos visto, por qué desesperar de la obra común del arte y de la ciencia,
que mientras más trabajan más fuertes son, y que
con los formidables arreos de Marte harán el cetro
de la nueva divinidad serena y limpia?-No importa que trágicamente irrisorio, el armipotente Nicolás-rey de reyes como Agamemnon-arrojara su
casco de águilas negras en la asamblea cobarde de
la Haya. No importa que el mundo ruja aún: ya
cantará!-Viéneme á la memoria que en la anarquía del Siglo undécimo, cuando reinaba el derecho del puño y cada puño afianzaba una cuchilla,
los obispos de toda la cristiandad se reunieron en
concilios, repitiendo la misma palabra: paz! paz!
Dícicndola, se entusiasmaban, y en uno de esos
concilios, exaltándose hasta el paroxismo con su
idea sublime, se levantaron de sus asientos blandiendo los cayados pastorales y gritando: paz! paz.'
De todos los ámbitos del mundo nos llega la voz de
la concordia, el verbo del amor, que pasa sobre las
cabezas de los atridas como ave sagrada de presa·
gio, y que de Francia fraternal, de Rusia mártir,
de Suecia humana, de Alemania alerta y aun do
Inglaterra pérfida-ay, no puede ser buena!- brota ardiente, sonoro, ensordecedor, como si convertido en Lira Profética, el corazón humano acordara en un himno los gritos de todos los dolores y las
músicas de todas las esperanzas!
Con esos fragmentos se han hecho las patrias;
cou esos fragmentos se hará la pafria. Nuestro Renan escribió: • Una nación es una alma, un principio espiritual. Doe cosas, que, á la verdad, son una
sola, constituyen esta alma, este principio espiritual. Una está en el pasado, otra está en el presente. Una es la posesión en común de un rico legado
de recuerdos, la otra. es el consentimiento actual,
el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar
dando valor á. la herencia que se ha recibido indivisa. Una nación es una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los eacrificios que se

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han hecho y de los que se está dispuesto á seguir
haciendo. La existencia de una nación es un plebiscito diario, como la existencia. del individuo es una
perpetua afirmación de la vida. Se ama en proporción de los sacrificios consentidos, de los males su·
fridos. El sufrimiento en común une más que la
alegría; en materia de recuerdes nacionales, los
duelos valen más que los triunfos.,
El divino maestro no quiso penetrar en la humani dad, no empujó las puertas de oro de la ciudaa
futura, y temeroso de convertir su fe en superstición, limitó su esperanza para no parecer iluso. Las
ilusiones de hoy pueden ser las verdades de mañana. Por qué limitar el alma, el principio espiritnal?
por qué limitar el pasado repleto de ruinas y el
presente fecundo de actil•idades? por qué limitar
los sacrificios hechos y los sacrificios por hacer?
por qué limitar el amor y los recuerdos? por qué limitar los duelos y los triunfos? Si la herencia, el
rico legado, la hemos recibido todos, porque todos
tenemos derecho al bien, porque todos tenemos derecho á la verdad, porque todos tenemos derecho á
la belleza; si el sol calienta á todos y á todos m,tre
la tierra y á todos corona el arte y á todos exalta
el amor; si los duelos son comunes y comunes las
alegrías y comunes los brotes de la sangre y comunes los salmos del sacrificio y comunes los resplandores de la gloria; si somos, en conjunto, como mundo, pequeñísimos, por qué vamos á dividirnos de
montaña á montaña, de río á río, de océano á océa·
no, de cerebro á cerebro, de corazón á corazón,
cuando estamos juntos para siempre en la harmonla infinita, en la ciencia, en la moral, en el arte,
en la patria sin espacio y sin tiempo, en el cosmos,
en el divino universo, sin podernos desprender del
Sol, que no puede desprenderse de Sirio, que no
puede desprenderse de Dios, que no puede desprenderse de la unidad, que no puede desprenderse
del amor, sin que todo ruede en el desquiciamiento
del odio, como rut!da el Rebelde de peña en peña,
de vórtice en vórtice y de maldición en maldición!
Esos fragmentos de historia hicieron la libertad
politica con el triunfo legitimo de la burguesla;
esos fragmentos harán la libertad económica con
el triunfo inminente del proletariado que surgiendo
de los más hondos, de los más viejos dolores de la
humanidad, asoma la cabeza sobre las iniquidades
del siglo y clama revindicaeión! Vol.veremos, después de muchas andadas, cambios y re"olucionea de
todas clases, ú ese estado en que los pueblos eran
Pjércitos y hacían la política con sus instintos; en
que la asamblea de los guerreros votaba la guerra
y partía para la guerra; en que aquellos que deliberaban eran también aquellos que morían. El go•
bierno, que pasó de los pueblos á los reyes, volverá
de los reyes á los pueblos. La política no es ya fo
que era en tiempo en que los talones rojos se deslizaban sobre los entarimados de los gabinetes ue
Versailles y de Yiena. Será esto mejor? Si. Es cierto que el instinto popular está sujeto á cóleras súbi'
tas; pero siempre ha sido más sabio que esos ministros de antaño que ni se disputaban en los clubs ni
se batían en las calles, pero que con una sonrisa
exquisita en los labios, desencadenaban desastres
sobre el mundo. Los pueblos tienen, al menos, dos

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REVISTA MODERNA.

REVI:iTA MODERNA.

grandes virtudes, son sinceros y accesibles á la j usticia. En las capas populares, en las más profundas, en las más áridas, es donde la idea de justicia
debe ser derramada, día á dla, pacientemente, gota
á gota, hasta empaparlas con el fecundo riego.
Vuestra fiesta, oh jóvenes! es solemne. Precaveos de la inercia de! espíritu y de la sedentariedad intelectual. Llamo inertes y sedentarios á los
estudiantes de un solo est'udio, que restringen su
curiosidad á los programas truncos de nuestras escuelas claueicantes. Esos estudiantes se dormirán
en algún empleo tedioso ó en algún oficio mecánico. No conocerán las alegrías de la vida superior.
Hay una rutina en el civismo, como en la agricultura; si ésta esteriliza la tierra, aqm.,lla esteriliza
los espíritus. Para comprender nuestros deberes
actuales hacia el pai1:1 y Lacia la humanidad. es preciso conocer nuestro estado y el del mundo, compararnos con los demás, formar nuestro juicio sobre los fines de la actividad de los hombre~, y saber qué países la dirigen mrjor, haciendo derramar menos lágrimas, no provocando odios y no ba-

ciendo sufrir á nadie. Y sobre todo, reíd y creed,
aun contra la realidad, coronados de mirto, con la
copa de ambrosía en la mano y el epitalamio fresco en los labios. Que vuestros ideales, el ala desplegada, vayan lejos, á vagar sobre las olas rumorosas del l\lediterráneo, que con los innúmeros barcos de guerra, de vela y remo que lo han surcado,
llevó tantas ideas y tanbos sentimientos, como intermediario y como conciliador, mezclando la antigüedad oriental, la antigüedad helénica y la an·
tigüedad romana en su ánfora de azur, para componer una civilización siempre jo,·en, porque está
hecha de arte, ele ciencia y de libertad!-Y viendo
caer en la muerte, es decir, en la vida, un siglocave de paso de la eternidad,•-fuertes del pasado, poderosos del presente y llenod de fo en el porvenir, unid vuestras voces entonadas y viriles al
coro que en el fondo de la Historia, bajo los pórticos blancos, dirige Sófokles, brillantemente desnudo, entre las palpitaciones de oro de las abt-jas platónicas y los rayos de gloria del astro heleno!
JESÚS

,

Y luego los anónimos, después los infolices,
Después las muchedumbres mermadas y confusas,
Los Odios contemplando sus frescas cicatrices,
Y todas las Venganzas irguiendo las cervices,
Y una legión colérica de desgarradas blusas.

Marchaba el siglo hermoso con su botln de gloria
Al frente de sus hijos robustos y bizarros,
Y abriendo con su lanza los gonces de la Historia,
Entraba conduciendo sus relucientes carros
Entre himnos retumbantes y dianas de victoria.
Tendidos en el campo quedaban los protervos
Ladrones ele coronas, los amos de los siervos,
Los déspotas segados por los puñales rojos,
Y enmedio de la arena sembrada de despojos
Rondas ele orlados buitres y de Yoraces cuervos.
Y aquel egregio Siglo batallador y fuerte,
Magnifico en la Ciencia y exótico en el Arte,
Pero caduco al cabo, dobló la testa inerte,
Y se arrojó al misterio, y se entregó a la muerte
Envuelto en la mortaja triunfal de su estandarte.

URUETA .
Y, ¿qué sentiste entonces, Humanidad, qué anhelo
Tuviste en las tinieblas de aquella noche rauda ,
En que miraste llena de luto y desconsuelo
Que muchas de tus rosas rodaban en el suelo
Barridas por los paños de una crujiente cauda?

POEMA OIOLIOO.
Entre un fragor de trueno pasó el desfile heroico:
Chocaban los estoques, sonaban los trE&gt;peles,
Flotaban las banderas, temblaban los laureles,
Y bravos cabal:eros, todos de porte estoico,
Pasaban, y pasaban en rapidos cor~e!es.
F:l aire estaba lleno de toques ele clarines,
De rojos estandartes y flámulas de raso,
Y allá en la linea vaga y azul ele los confint-s,
Enmeclio ele las nubes violetas del Ocaso
Perdlanse los fuertes y r11udos paladines.
Y ¿qué era aquel estrnendo, qué aquel rumor de ola,
Qué aquellos estridentes clamores de campaña,
Quiénes los jefes nobles y la falange extraña
Que simulando un monstruo de formidable cola
Salvaba el escarpado talud oe la montaña?

Aquel era el desfile solemne bacía el Pasado
Dti un siglo que cantaba sus glorias y fatigas,
Y se escuchaba el eco monótono y ritmado
De la imponente marcha, y en el_confín dorado
Brillaban como antorchas los cascos y lorigas.
Iban invictos reyes con férreas armaduras,
Poetas l uyos cantos vibraban como un trino,
Matronas venerables de blancas vestiduras,
Y sabios majestuosos de quietas apoi;turas
Y graves oradores de Yerbo sibilino,!
León Trece volcaba sus cálices ele bienes,
Bismark el inflexible y Bonaparte el duro
Montaban fieramente sus broncos palafrenes,
Y Byron, el más grande, marchaba en el obscuro
Sendero con un nimbo de rayos en las sienes.

¿No viste á muchos sueños volar hacia el Olvido,
No te sentiste herida por dagas de tristeza,
No desgarraste en signo de duelo tu vestido,
Ni te mesaste el largo toisón de la cabeza,
Ni te arrojaste al polvo privada de sentido?
Y cuando consumiste la copa de tu justo
Dolor, ¿no viste un Orto de resplandor poético,
Y enmedio de sus luces al Campeón augusto
Que levantaba el brazo con ademán adusto
Y dominaba el orbe con su mirar profético?

Oh! sí! si lo miraron con ansia tus pupilas,
;)Iiraste si al naciente Siglo avanzar delante
De las Quimeras blancas y los Ensueños lilas,
Y oíste la trompeta rotunda y d~slumbrante
Que te arrastraba al grueso tonentc de sus filas.
Observa al Mensajero: viene con 11n legado
De redentora Ciencia y de Arte sin pecado,
De z11mos de placeres y bálsamos de duelos,
Y alzándose del hondo sepulcro del Pasado
Lo colman de presentes los Siglos sus ::i.bu•;los.
Y vanse victoriosos: despunta la tranquila
Figura del Primero, su blonda cabellera
Es la de Cristo, y vierte bondades su pup;Ia;
Después el rudo Quinto se lanza á la carrera
Trayendo á la memoria los [mpetus de Atila.
El pécimo medroso, metido en su sudario,
Y huyendo·del horribhdantasma del Infierno,
Desgrana en sus huesosas falanges un ·:osario,
Y siguen sus pisadas en desfilar eterno
Los briosos Doce y Trece que vieron el Calvario.
El gran Quince de Italia, de soñadora frente,
Seguido de una corte de blancas escultura¡¡

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REVISTA .MODERNA.

REVISTA .MODERNA.
Desfila sosteniendo su tiara refulgente,
Y en su gloriosa marcha desliza fieramente
En gradas de alabastro sus regias vestiduras.
El trágico Dieciocho, de pie entre las pavesas
De la opresión, desliga sus águilas francesas,
Y lleno de amenazas y con su gorro frigio,
Soberbio y deslumbrante de gloria y de prestigio
Avanza entre dos filas de augustas .\[arsellesas.
Y con los pies cubiertos ele polvo, y con las manos
Heridas, repartiendo la muerte {1 los tiranos,
.\fostrando it los desnudos la rnta hermosa y breve,
Y abriendo un surco de oro, se va con sus herm1rnos
Entre un clamor de voces el pú¡ril Diecinue,·e.

1!:stos viriles Siglos hau sido los .\Iayore11
l&gt;el poderoso Yeinte que agita su bandera
Reuniendo á las falanges de invictos luchadores,
Y al son de sus fanfanias y al son de sus tambores
Traspone con la ,\urora la abrupta cordillera.

"EL MANTO DE PENITENCIA."(*)
•COll&amp;On:TTA• JAPONESA EN UN ACTO

TRADUCIDA DEI, JAPONÉS POR JOSÉ JUAN TADl,ADA.

DRAl\1AT1S PERSON,l~:
Uri .Maritlo.-Su llfüjer.-Taróf;:asha (criado de

ambos )
La escena representa el salón de una casa particular en Kiyauto; á la izquierda, ju11/o al exterior de la casa, un camino
practicable que se pierde en el fondo de la escena
ESCENA l.

Y pues que ya cenaste la gruta funeraria

De tus ilustres ~Ianes; pues que tu cáliz lleno
De luto has derramado, recita tu plegaria,
Y al recorrer la estepa desnuda y solitaria
Sigue á Zola, el Yaliente, y oye A Tolstoi, el Bueno.
Y ahora á la batalla: riega la dura arcilla
Con tu sudor fecundo, recoge la gavilla
De granos de oro, bota tu nave á los estuarios,
~[ueYe tus grandes máquinas, y arroja tu semilla
De sueños á la tierra de fértiles ovarios.

Torna al combate rudo; piensa, fücunda, siente;
Exprimt: tu cerebro; sigue tu austera vida;
Lacera y despedaza tu corazón valiente;
Junta tu llanto acerbo, cuaja tu sangre at·diente
Y enclaustra en el estudio tu juventud querida
Y allá brilla la Xueva Jerusalem, la Santa
Ciudad de tus anhelos; allá en el horizonte
Helucen sus baluartes y pórticos; mas, ¡cuánta
Sangre caliente y roja derramará tu planta
En las hostiles peñas para escalar el mont&lt;'!

All·i. est.'ln sus almenas, atrás de la espesura
Tupida de jaguares; allá tras e~a falda
De enmarai'iado cerro, salvando la hravura
De las crueles rocas, encontrarás la pura
Ciudad de muros de oro, de jaspe y de esmeralda.
AIII e 'CUltuán todos, allf comerá el falto
De bient'S y el magnate, verán los que no han visto,
Y al resplandor del cielo de plata y de cobalto,
:\[ás alto que las cumbres, y con su cruz en alto,
Congregará á los hombres el nuevo Jesucristo.

Enero de 1901.
EFRÉN

REBOLLEDO.

?9

El Marido. Soy un habitante de los suburbios
de la metrópoli y acabo de hacer una expedición á
la~ provincias del Este. En una de las jornadas de
mi viaje, en la aldea de Nogami, llegué á una ,Casa ,te Thé• y fui servido por una linda muchacha
llamada llana, que habiéndome oldo hablar de mi
regreso inmediato á la capital, me ha 11eguido basta aquí, instalándose en Kira-Sbirakaha, adonde
me espera esta misma noche, según halagadora
promesa que me ha hecho por escrito. Pero la zorra de mi mujer ha olfateado el asunto y "ª á hacer muy dificil mi aventura ... . Por lo tanto, pienso llamarla y contarle alguna eficaz fábula para
que me deje libre .... F.ah! eah! Esti1 Ud. ahi, está
Ud. ahl. ...

La ~Uujer. Parece que se ha se, vido Ud. l111m11rme.-¿Puedo sabel' el motivo?
El Marido. Si; escuchadme ....
La ,11. Espero vuestras órdenes.
El M. El motivo porque os he llamado es bien
sencillo; quiero deciros lo mucho que mi espíritu
ha sido últimamente mortificado por los continuos
sueños que be tenido. Por eso os he llamado ....
La JI. Hablais por demás. Los sueños proceden
de trastornos orgánicos y nunca se realizan .... de
modo que haceis mal en mortificar ,uestra mente
sólo por eso.
El M. Casi teneis razón. Los suefios proceden
do trastornos del organismo y no se realizan nueve veces eu diez .... Sin embargo, los mios me han
afectado tanto que pienso hacer alguna peregrinación para ofrecer oraciones en vuestro nombre y
en el mio.
La llf. Y á dónde idais?
El Jf. Pienso (además de los de la ciudad y suburbios) visitar cada templo Budbista y cada capilla Shintoista de los que existen en la provincia.
1•) En el original la pieza se titul&amp;: •Za-Zefb (Abstracción),
pero tan Idóneo y mb grA 8co me parece el titnl•&gt; con que boy
la pnbllco.-.T. J. T.

La 111. No, no! No permitiré que abandoneis la
casa ni una hora! Si de veras estais decidido podeis elegir alguna devoción practicable dentro de
casa ....
El M. Alguna devoción practicable dentro deca•
sa? Quereis decirme, como cuál? ....
La M. Quemar, por ejemplo, incienso sobre n1estra cabeza ó vuestro brazo ... .
El JI[. Hablais A tontas! Tal devoción es demasiado para un seglar como yo!
La }.f. Pues no be de tolerar penitencia alguna
que no pueda practicarse dentro de casal
El ;lf. Bueno, yo tampoco! Xo teneis precio para
hablar á trochemoche.. . . Qué penitencia, pues?
Dádmela! (Reflexiona algunos instantes) Ah! la he
hallado! Ifaré la penitencia de la Abstracción!
La JI(. Abstrae ... . Abstrae . ... qué?
El M. Abstracción! Es natural que no esteis familiarizada con el término .... Es una penitencia
que practicó en ,·ida el santo DARMA (bendito
sea'. ; poneis vuestra cabeza bajo lo que se llama ll
•Manto de Penitencia, y obteneis salvación si lo·
grais olvidar todas las cosas pasadas y por venir
(aparte). Una bien dificil penitencia!
La lll. Y cuánto tiempo dura?
El J\L Bueno; pues una semana ó .. .. dos.
La }.f. Eso no es posible; son muchos dlas!
El lll Entonces cuánto tiempo quereis conceder,
sin quejaros?
La ilf. Pues A mi juicio una hora bastada; pero,
en fin, si qnereis emplear un lila, hacedlo enhorabuena!
El }.f. Imposible! Esa importante penitencia no
es cosa tan sencilla para caber en los limites de un
solo dla! Tal vez . . . concediendo un dia y una noche ....
La J\f. ¿Un dia y una. noche?
El J\f. SI. ...
La llI. Pues aunque no aplauda. mucho la idea,
si con eso os basta, toma•! un dia. y una noche para
vuestra penitencia!
El lll ¿De veras?
La M. Si; de veras!
El M. Oh! eso es delicioso! Pero tengo algo que
deciros: sabed que si alguna mujer impulsada por
su excesiva curiosidad atisba, escucha ó entra al
cuarto en que el devoto se mantiene, el encanto
de la penitencia se rompe al instante. Por lo tanto, es necesario que no llegueis adonde yo esté .. ...
La J.f. Muy bien! No me acercaré; practicad
vuestra penitencia. donde gusteis

�El M. Bueno! Entonces volveremos á vernos .

El M. No, no! Harás esto por mí y no permitiré

cuando esté felizmente cumplida.
, que te toquen un pelo.
La Jjf. Tendré el placer de veros una vez termi- · C. Dispensadme, por favor os lo ruego!
nada!
"' El M. Por los •Kamis,! Este teme lo que mi muEl JlL } Adios! (Ell
d' . á
t )
t
jer haga y no me teme á mi. Sabes que me estás
La M Adios! ', se rnge 1ª puer
encolerizando con tu terquedad.
El M. Eh!. . . .
:
(Le amenaza con p!'garle).
La M. Qué deseais?
; ; C. Oh! Pues tendré que obedecer.
El M . Como os dije ya, acordaos que no hay que
El .Jf. No, no! tú te burlas de mi!
acercarse adonde estoy. E! texto Budhista dice terC. Oh! no seiior! No hay más remedio que obeminantemente: •Basta que un gato entre á la coci- deceros.
na para que el ser arrebatado por la abstracción,
El ]Jf. ¿De veras?
sea una imposibilidad. • De modo que por ningún
C. De veras, si!
motivo os acerqueis á mi.
El M. Bueno, pues entonces hazme el fa,·or de
La llf. No tengais el menor cuidado. Ni siquiera tomar mi Jugar.
pienso en hacerlo.
C. Porsupuesto; Jo haró puesto que lo manEl M. Bueno; entonces cuando la cle,·oción se dais.
cumpla volveremos á vernos.
El !Jf. Muy bien, muy bien. Estate quieto mienLa llf. En cuanto termine tenrlré el placer de Ye- tras yo arreglo lo necesario para ponerte en absros.
tracción.
El !Jf. } Adios!
C. Sereis obedecido.
La 111. Adios!
El III. Vamos! siéntate aquí.
C. Muchas gracias; es mucha honra!
ESCl!)XA IIJ.
El M. Bueno; ahora aunque temo que sea algo
El 1lfarido (riendo). De veras que son tontas las incómodo, hazme el favor de poner tu cabeza demujeres! Pensar que se regocija creyendo cierto bajo de este •manto de penitencia•
C. Sereis obedecido!
que voy á hacer penitencia una noche y un dla!
El
Jf. Bueno! casi está por demás recomendárEah! Tarókasha, Tarókasha!
telo; pero si á la vieja se le ocune decirte antes de
El Criado. Seiior!
mi regreso, que saques la cabeza del •manto de
El !Jf. Estás ahlil
penitencia,• no Jo hagas, por nada!
C. Por supuesto que no. No me descubriré por
ESGE NA IV,
nada; no tengais cuidado!
El Criado (entrando). Para servir á Ud!
El M: Pronto volveré.
El M. Mírate! Qué pronto has venido!
C. Por favor; no tardeis demasiado!
C. Parece que el amo está hoy de buen humor.
El 1l f. Cómo no he de estarlo! Figúrate que Hana
ESCEXA Y.
me ha dado una cita en su casa para esta noche.
El llfarido. Por fin he despachado! Sin duda llaPero como mi vieja ha olfateado algo, mi aventura
se dificulta .... Y he tenido que decirle que voy á na me espera con impaciencia! Me daré prisa por
•
entregarme á la penitencia de la Abstracción du- llegar!
rante una noche y un dla .... Buena invención,
ESCBINA VJ .
¿verdad?. . . . Para llevar á Cl\bo mi plan de ver á
Hana! ....
L a Mujer. Soy el ama de esta casa. Com prendí
C. De veras! es buena la invención!
perfectamente mi papel desde que ese intrigante
El ]Jf. Pero para llevarla á cabo, necesito que tú me pidió que no me acercara á él pretextando la
me ayudes un poco .... Cuento contigo, ¿verdad?
tal penitencia.- Pero hay algo sospechoso en esa
C. Dispensadme; pero quisiera saber cu~l serla marcada insistencia con que me repitió •De modo
mi ayuda.
que por ningún motivo os acercaréis á mi!• Por lo
El M. Oh! muy sencilla .... es que le he dicho íi tanto, voy á espiar ligeramente por un rin cón para
mi mujer que no se mezcle para nada en mis devo - ver cómo anda la casa. (Espiando) ¿Qué es eso?
ciones; pero siendo tan zorra como es, quién sabe Vamos que parece más incómodo de lo que yo mo
si no se ponga á espiar? En cuyo caso armarla un figuraba! (Entrando y acercándose).
mitote si no viera alguna señal de penitencia ....
Dispensadme, por favor .... me habíais dicho que
Por eso aunque dAndote una gran molestia quisie• no entrara y jamAs lo hubiera intentado; pero esra que me hicieras favor de tomar mi lugar hasta toy ,ansiosa, llena de cuidado y por eso he venimi vuelta. ·
do . ... No quereis salir de ese manto de penitencia
&lt;J. Oh! no serla molestia; pero llevaría tal rega• y tomar algo, aunque sea una taza de thé, para
ñada si la verdad se supiera, que mejor quiero ro• dar algún descanso á vuestra mente? (La persona
garos que me dispenseis ....
bajo el manto sacude negativamente la cabeza).
.El, M Qué disparate! Hazme el favor de tomar Haceis muy bien! Mi desobediencia entrando aquí
mi Jugar y te prometo que no permitiré que te re· después de tan terminantes recomendaciones pue•
de haber provocado vuestro enojo; pero dignaos
gañen!
C. Si! todo está. bien; pero suplico A Ud. que por e:tcu11ar mi atrevimiento y quitaos, para descansar,
eae manto! (La persona vuelve á sacudir la cabeza
esta vez me dispense ....

ª

ª·

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con energla). :No debeis obstinaros y decirme que
no á. porfia, pues deseo que os quiteis eso. Yamos,
arrojadlo! ¿Jie oís? (Ella arranca el manto y Taró•
kasha aparPce). Cómo? tu aqul, canalla? Dónde está mi marido? No respotldes? l\Ie has oido?
El"CENA Vlf,

Rl Criado. AJ! mi ama! yo no sé nada!
La Jluje1·. Oh! Estoy furiosa! La rabia me sofoca. De seguro que se ha ido á casa de esa mujer!
y tú por qué no contestas? O me respondes ó te
ha¡;-o trizas!
El C. En ese caso lo confieso todo! El amo se ha
¡,Jo á casa de la Srita. llana!
La ,lf. Cómo! De la Sei'io1·ita, dices? Di mejor de
la harpía! Oh! q11é rabia! De veras ha ido á casa de
la tal Rana? .... De veras!
Rl Ci·iado. Sí seiíora, muy de veras!
La .ll. Oh! Cuando oigo que ha ido en casa de
esa, me quema la ira! Ah bribón! Ah hipócrita! (Estalla en gritos y sollozos .
El C. SI, mi ama, teneis razón para llorar!
La J[. Ah! No te me hubieras escapado si me hubieras querido enga11ar; pero puesto que todo has
confesado, te perdono! Puedes levantarte!
El C. Gracias! mil gracias! Sois muy buena!
La lll. Ahora cuéntame: Cómo estabas aquí?
El C. El amo me ordenó que me colocara en su
Jugar y aunque me repugnara, no podía hacer nada más que obedecer.
L a JI. Naturalmente! Ahora me vas á prestar tu
nyuda .... ¿quiei·eb?
F,/ C. Decidme para qué; os lo ruego!
La 11[. Es muy sencillo; vas á arreglar el manto sobro mí del mismo modo que tú lo tenlas,
¿eh? ....
El C. Oh! \' uestros deseos son órdenes; pero llev11rla tal rr"'aiíada si la verdad se supiera, que me•
jor quiero r~garos que me dispenseis!
La M. No, no! No le permitiré que te regañe; pero arréglame, ancla!
Rl C. Por favor! disprnsadme, os lo ruego!
La JI. Xo, n o! tienes que arreglarme y te prometo que n o permitiré te toqu e un pelo!
El C. Bueno, entonces, si él quiere maltratarme
cuento con vuestra intercesió n!
La JI. Por supuesto! Intercederó por ti; pero
arréglame; vamob!
El C. En ese caso, hacedme el favor de sentaros
a11ul.
La JI. Perfectamente.
E t C. Temo que sea incómodo, pero teneis que
colocar la cabeza bajo esto ....
L a ~lI. Hazme el favor de arreglarme de modo
que no se note la menor diferencia entre nosotros.
El C. Jamás lo notará. Así está divinamente.
La !JL Divinamente?
El C. Si. ...
L a M. Bien! entonces putides irte á d escansar!
El Criado. Sereis obedecida!
L a ,lL Oye, Tarókasha!
El C. Sí, señora.
La Jl Aunque salga sobrando el decírtelo, cui-

dado con ir á decirle que soy yo quien está aquí.
El C. Por supuesto que no. Buen cuidado tendré
de no hacerlo!
La M. He sabido q ue hace tiempo deseas uu cin•
turón de seda. Te daré uno que yo misma he bordado ....
El C. Ah! qué buena sois!
La llf. Ahora, véte á acostar!
El C. SI, seiiora!
ESCENA

vm.

El ~llarido (avanza desde el fondo del camino en
dirección á la casa, cantando lo siguiente) :
Campana de media noche!
Alondra de triste canto!
Os escucha indiferente
El que duerme solitario ....
Pero qué tristes r esuenan
Esos sones y esos cantos
Si una hermosa ha desceiíido
Su cinturón de damasco! . ...

No se borra de mi mente
S u rostro risueño y pálido
Ni sus rizos por el suei:io
Y el amor desordenados,
Cual del sauce los festones
Entre la brisa flotando ... .
Cual las ansias de mi ardient11
Corazón enamorado! ....
Y aunque como va el mundo, eso sucede raras
veces, Jo cierto es que la linda Rana á cada instante me preocupa más y más:
Cuando miré á mi Hana la vez primera
Fué en la estación florida de Primavera
Y aunque miles de flores ah! veía
Era la flor más linda la niiía mla!
l\1uy bien! muy bien! !leme aqui hablando como en sueiios, hecho un loco y mientras ese
pobre de Tarókasha está de seguro desesperado porque lleg ue. Hay que darse prisa! Y qué tal
me habrá substituido? La verdad es que estoy algo intranquilo .... (Entra á su casa). Hola, hola,
Tarókasha. Ya volví ¿eh? Ya esto,\· de vuelta! Heme aqul. ... ¡Pobre muchacho! el tiempo se te ha
de haber hecho bien largo, ¿no? Ahora (sentándose)
ya voy á quitarte el manto de penitencia; pero antes quiero contarte lo que IIana me ha dicho, porsupuesto si quieres oírlo. . . . Quieres, eh? (seña.les
de asentimien to bajo el man to). Ah! bueno! Puesto
que lo deseas, voy á contártelo todo: Pues me dí
cuanta prisa pude, pero aun así ya era entrada la
noche cuando llegué y me disponía á llamar preo•
cupado con la ansiedad de liana que en su soledad
pensarla quizás con el poeta chino:
i\Ie prometió venir, mas no ha llegado,
Triste es'cucho sonar hora tras hora. ....
Ese rúÍnor que en el silencio implora
Es el 'viénto ó es la voz de mi adorado? ....

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cuando de pronto escuché una voz dulcísima que
cantaba en sordina como temiendo ser oída:
Llega pronto amor mio!
Entrn los pinos vaga
Gimiendo el viento fdo,
Mi lámpara se apaga ... .
Llega pronto amor mio!
Y transido de ventura entonces, toqu(i discretamente la puerta, oyendo lo cual, ella se asomó preg untando entre la sombra: cqui(m está ah!? quién
está ahl?• Y como un aguacero torrencial se des
ataba en esos instantes, respondí cantando:
Preguntas , quién está ahh
Entrn el furioso aguacero?
Llegar sólo puedo as!
Yo que por Hana me muero,
Yo que me muero por ti!
A lo que Hana contestó:
Pruebas de que bien me adora
;\Je da el que as! se aventura!
Llega pronto, pues ahora
Te premiará mi ternura!
En vez de la sombra obscura
Arde mi lámpara aqul,
Y el edredón quo tendi,
Tibio, cual la lluvia es fria,
Promete dulce agonla
Al que se muere por mi! ....
y agregó: Seiior, dignaos pasar! Y con esas pala-

bras, descorrió la cortina, abrió la puerta y mientras la brisa de su jardln me cnvolvla en el perfume de todas las flores, apareció ella, diciéndome:
, Para serviros, señor, aunque no soy más que una
pobre campesina!• Y al instante cogidos de la mano entramos al @alón. . . Pero su primera pregunta: •¿quién está ahlP• me había hecho temer quo
estuviera jugando con baraja doble . . . Le volvi
la espalda y con gesto de reconvención lo dije que
tenla unas sospechas de que yo no era el único esperado y que esa idea amenguaba grandemente
mi placer .... Pero ah! qué encantadora es Han a!
Llegándose á. mi, llena de melindres y de halagos,
suspiró este canto en mi oido:
Por burlarme has encendido
En mi el amoroso fuego? ....
Dime por qué, te lo ruego,
A mi te acercas rendido
Y huraño te apartas luego ... ?
Por qué estlls enojado? :Mi juego no es doble, te
lo juro! Y luego preguntó que por qué no te habla
llevado, á ti, Tarókasha, conmigo; y al decirle por
qué causa te hablas quedado en casa, interrumpió:
Pobre! qué solo y qué triste debe estar! Este es el
caso de decir que •nadie sabe para quién trabaja&gt;
y quo •á la sombra del fresno crece el mastuer·
zo• .... Pobre muchacho! prometedme que sereis
un buen amo para él ya que tan bien se ha porta•
do! Eso es lo que Han a dijo de ti . . . . En cuanto á
mi mujer
. en los cien años que tiene la vieja

zorra nunca se le habla volado un pichón tan gordo! (movimiento frenético bajo el manto). Y luego
la linda Hana me sirvió vino y pasteles; mutuamente nos hicimos beber hasta que mutuamente
cansados, fuimos á reposar el mutuo cansancio.
Pero eso si, apenas rompió el alba y manifesté mi
propósito de volver á casa, motivando que la. linda
liana exclamara:
, Pensé haber dicho en el primer momento
Todo lo que anhelaba el alma mla!
Peró al olr tu cAdios• suspiro y siento
que no te he dicho na.da todavía!
.Mira, no seas malo! quédate otro poco! ....
Imposible! exclamé yo; tengo que volver :'L casll!
Todos los templos suenan ya sus campanas.
• Y no tienen corazón los crueles bonzos que Jan
tocan• prorrumpió Hana, • Y su hórrido ding-dong,
ding-do11g, es, además, una m entira, puesto que
tocan el repique de madrugada cuando apenas es
media noche (• . No ha cantado aún el pájaro del
alba y solo han graznado las aves de la sombra!
Pero á pesar de mis pesares y de los dulces argumentos de Hllna., tuve que hacerme el ánimo:
Y me ful con el pecho destrozado,
Murmurando un cAdios• en mi amargurn,
Por su dulce mirada acompañado
Entre las sombras de la noche obscura . . ..

•Volví el rostro! .... á lo lejos murmuraba
tTn tristisimo Adios el aura fria
Y en el cielo la luna se apagaba
Y mi amada vc:&gt;ntura se perdía! ....
Prorrumpe en sollozos,. Y así he vuelto; uo es
una inmensa desdicha? (Con llanto reprimido). Vamos! pero mi historia ha sido bien larga y tú debes
ei:tar muy molesto, pobre Tarókasha! quita ya ese
manto de penitencia! Arrójalo, ya no tengo nada
que decirte! Gracia~! oh divinidades!. ... Pero vamos! por qué no arrojas ese manto? ¿tendré que
quitártelo yo mismo? Pues vamos ... (Ti ra del
manto y bajo de él brinca su mujer).
ESCE:SA IX.

La ~lluje1·. Ah infame, ah traidor! Burlarse así
de mi! Irse en casa de Hana! Ah infame, ah traidor!
El Marido. Oh! eso no es cierto! Yo no he ido
en casa de Hana! Yo estaba cumpliendo mi peniteneia, yo .. ..
La M. Qué insolencia! Qué descaro! Decir que
hacia penitencia, cuando lo que ha hecho es decir
que nunca se le habla volado un pichón tan gordo
á la vieja zorra! La rabia me ahoga! La ira me
1•) Sin pretender estllbleccr comparaciones de todo punto
Inoportunas, lmposlblea. mejor, es curioso notar ta sorprendente semejanza que tos detAlles de esta despedida ofrecen
con tos de 1:,. escena de A dios de Romeo; Jull•ta. en ta. tragedia de Sbakespeare, observando de paso c¡ne P.&amp;ta e pieza bufo
japonesa, es casi una centuria anterior 1\ ta. nbra del Uu~tre
trAgleo.-J..J. T.

quema .... Ah tunante, burlarse asl de mi. (Persiguiendo á. su marido alrededor del escenario .
Et .lf. Xo es cierto, no es verdad! Xada he dicho
de ti. ... Perdón, perdón!!
La JI. Ah! la cólera me mat.. ! A dónde estabas,
pues, bandido, pica.ro, bribón!
Et Jf. ~lira! Cálmate y te lo digo! Estaba ..
pues estaba rogando por ti y por mi. . . . por los
dos! .... en la pagoda de los Quinientos Disclpulos .... en Tsukushi ....
La Jf. Ah! desvergonzado! ah bribón! en la pll·
goda de los Quinientos Discipulos? á doscientas le¡ruas de aquí?. . .

El l,[. Perdón, perdón, perdón!. ...
Sale de la casa á escape
L a .lf. Detenedlo! detened á ese mal marido, á
ese pica.ro sin religión ... á ese canalla sin principios ....

TELON.
Traducido del original japonés titulado genéricamente:
cN OU KIYAU- GE~• por
Jos1:, Jt·AN TABLADA.

EL TIMBRE DE ALARMA.
Uuberto estaba. solo en el departamento. El tren
á todo vapor corría. Quemaba las estaciones, cortaba el viento, saltaba. los puentes y hendía las pra.•
deras. Se sumergía bajo los túneles y volvía á aparecer en los bosques llenos de luz. Alternaban sordos vaivenes con la trepidación de los carriles, y el
ruido de hierro de la carrera se modulaba en un rit·
mo obstinado, que obcecaba junto con el gorjeo de
los vientos. Huberto, cuyos nervios estaban un poco irritados, porque estaba convaleciente, cometió
el error de entregarse al análisis de las sensaciones
especiales provocadas por el galopar del tren.
Viendo huir los árboles y los taludes en sentido
inverso, y subir y descender los hilos del telégrafo,
sintió á la larga una especie de Yértigo. En ocasiones, un relámpago blanco lo deslumbraba: la casucha de un gua.rdavlas ó la rugosidad de un muro.
Sombras de nube volaban sobre la tierra ó seguían
caldas de sombras, como á. la carrera, después de
orlas de claridad. Hacia buen tiempo, la campi11a
estaba en flor, y los bosques, matizados aún de ro•
jo, re,·erdccian. Parajes encantadores, paradas alegres, frescuras de descanso aparecían, fulguraban,
desvaneciéndose Juego. Y Iluberto sufría. casi con
aquel desgarramiento rápido, con aquella sucesión
de frívolos deseos y de nimios sueños, que el tren,
en su carr&lt;'ra loca, mataba en él apenas nacidos.
Se absorbió, prefiriendo no mirar ya hacia fuera,
en la c:intrmplación del vagón: acariciaba suave•
mente el paño de los cojines, contaba las flores de
las tapicorlas, observaba el falso lujo anónimo del
drpartamt&gt;uto de PrimPra que ocupaba. Sufría por
estar solo. La presencia de otros viajeros, de viajeros con~tantcs, sentados alll, ayer, y que subirlan
quizá en la próxima estación, lo era evocada por los
asientos vacíos. El olor á cuero de los cojines sugería la turba de sueiios ahl dormidos, de existencias
furtivas que hablan atravesado aquel vagón. La
impersonalidad del sitio, poblado de vagas remero
branzas, lo obcecó como esos cuartos amueblados
de hotel, donde no se duerme más que una noche.
A poco una inquietud aumentó su malestar. Las
ventanillas trian¡,ulares parecíiQ. ¡in ojo que espía-

ba. La idea de que se le pudiese observar le disgustó. Levantóse, y maquinalmente miró, por las
pequeñas vidriera~, hacia los departamentos vecinos. Uno estaba desocupado. En el otro habla dos
personas: enfrnnto de una. mujer, de la que no vela
más que la nuca bajo un gran sombrero de paja,
un hombre de porte vulgar platicaba, á la. vez que
comla un bizcocho. Casualmente encontró la mirada de 11qud hombre, se creyó adivinado, sorprendido cm flagrante delito de espionaje, y se ocultó
lleno de confusión.
Abrió un libro y quiso leer, pero las lineas brincaban bajo sus ojos; las palabras, privadas de la
magia que las anima y aviva su sentido, le parecieron sin vida, sin interés, muer'.as. Quiso pensar,
pero la idea que creía tener comenzó á correr sin
que lograse alcanzarla, y le pareció entonces que
se lanz11.ba tras ella. con el ímpetu vertiginoso del
tren. ¿En qué pensaba? se preguntó. Y se le figuraba atrapar al vuelo su idea, sin que lo consiguiera.
Como desde su enfermedad tenia frecuentes pérdidas de memoria, creyó ver ~n aquel ligero accidente, una especie de decadencia precoz, y el malestar que experimentaba se tornó casi en angustia.
Reflexionando, se echó en cara su puerilidad y
quiso dormir. Pero un zumbido ritma.do llenaba
sus oldos de ondas sonoras; parecíale zozobrar entre olas estruendosas, en medio de estrépitos de
tempestad; precipitado al mar as! borbotaría el
agua, furibunda y rugiente en sus oidos. Y de aquella sugestión surgía, aunque improbable, uu sentí•
miento de peligro.
Voh·ió á abrir los ojos: ásperos silbidos, estridentes y largos, escapados dol tren loco, simulaban un
grito de angustia. Pensó Huberto en un choque
de trenes, en la sacudida horrible y en el aplastamiento asqueroso que serla aquél, bajo un sol de
Abril, bajo el cielo azul y fres co, donde flotaban nu•
bes blancas y ligeras. De un vistazo abarcó el niti·
tlo paisaje, y un enternecimiento casi mórbido le
empapó de lágrimas los ojos, hizo con-er el calosfrío á lo largo de su espalda. Decididamente, la so-

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Jedad en nada le aprovechaba; pensaba mucho, y
en cosas malsanas. Fastidio ó distracción, más le
habría valido la compañia. de otros vi11jeros.
Se puso triste: cuando de esa manera se abando·
naba á. si mismo, sus pensamientos torná.bansc
sombrlos. Aunque no tuviese una razón particular
para ser desgraciado, una postración de debilidad
y de impotencia lo amagaba., revida en él la tris•
teza de tentativas frustradas, de esperanzas traicionadas, enturbiaba su alma el fango removido.
Entonces meditaba en lo poco que la Yida vale, y
cuán pronto pasa y va á arrojarse, lenta.mente ó
con saltos bruscos, á la muerte.
La muerte, á veces informulada, callada, abo•
gada en él, era la que formaha el fondo ele sus en·
sueños turbios como todo lo misterioso y terrorífi•
co que se ve agitar en la noche, en un fondo de ti·
nieblas: rumor de un paso, roce de una presencia.
Frecuentemente, parecíale que la muerte estaba
alli, como un sér material, tras él, que le soplaba
en el cuello, y presa de indecible terror, permanecla
quieto, encogido, no osando volver la cabeza.
El tren corrla más a.prisa, siempre más aprisa; y
habla en aquella rapidez algo de inexplicable, de
ilógico, cuya obsesión empujaba á la pesadilla.
Las ondas sonoras precipitaban su ritmo martillado. El vagón temblaba y jadeaba; campos, bosques,
aldeas, rlos, no aparecían ya más que como imá·
genes de limbos, á. través de una nube de ceniza y
de humo. Puesto el sol, todo, súbitamente se eane·
greció. Par.icía.Ie á. Huberto que su vista disminuia;
sintió frío en el alma. ¿Qué significaba aquella fu.
ga. desolada, sino el ímpetu simbólico de una ver
tiginosa carrera hacia la muerte?
Y era verdad: de una ó de otra manera, Huberto
rodaba hacia el abismo; ca.da segundo, cada vaivén,
cada rugido lo aproximaba á la calda, como el
hombre arrastrado en las enormes a.guas del Niágara ve desvane::erse las riberas, eoner el cielo,
c,scilar el mundo, ·y .se hunde, pavesa girante de
catarata. Lanzó un grito, y con el corazón pal pi.
tante, con las sienes convulsas, cayó, se sintió lite·
ralmente caer en la sima, como en sueños, y asom•
bra.do de vivir aún, se encontró, algunos iastant!'s
después, todo lastimado por un quebrantamiento
imaginario, sobre los cojines.
:\Iaquinalmente, su mano hurgó en un saco de
viaje buscando un frasco de sales ó de éter: n:&gt; en·
contró nada. Entonces su angustia cambió de ca·
rácter; volviendo instintivamente la vista hacia el
timbre de alarma que se suena en los casos desesperados, habla pensado: •Supongamos que me sin·
tiera mal, que fuera á desfallecer: tendrfa el recur-

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REVISTA~ 1\10 DERN A.

REVISTA MODERNA.
so de llamar.• Pero no lo babia acabado de pensar,
cuando la imposibilidad de llamar lo confundió con
una evidencia sin réplica: •l\Ie atreveria, aún moribundo, á sonar ese timbre, á. detener el tren lanzado á toda velocidad, á afrontar el espanto, la sorpresa de los empleados y de los viajeros? Seria un
desorden terrible.•
¡Pensamiento impertinente! ¡importuno análisis!
Desde que concibió la idea de que podría, si quisiera, librarse de su absurda y horrible angustia., haciendo detener el tren, le atenaceó el corazón un
deseo loco, acompañado de una impulsión irresistible. Se decía: «Si un asesino se introdujese aqul, en
este instante, y se arrojara sobre mi, ¿vacila.ria yo
acaso?• Y luego esta duda, mil.s enloquecedora aún
que semejante terror: •Pero, ¿~onada el timbre?
¿Funcionaria el mecanismo? ¿Llegarían á tiempo
para salvarme?•
Dicho esto, fué perdido: la necesidad de sabe1·,
de saber inmediatamente, á cualquier precio, lo hos·
tigó con un deseo de mujer preñada. Y aunque se
decia: , Soy ridículo, lo que hago es idiota,• se le•
vantó á sonar el timbre. Todavia ante él, se dijo,
como herido por el vértigo, entre el estruendo y el
galope del tren: •Pero,¿por qué, por qué hago esto,
estoy Joco acaso?• Y asi pensando, frenéticamente,
desesperadamente, tiraba del puño de cobre hasta
arrancarlo, en una honipilación exquisita y atroz.
Ilecho lo cual, y satisfecho su impulso, tornó á.
sentarse, tranquilo; se habla hecho en él un gran
silencio; y le volvía su aplomo. En el estribo, é in•
clinándose, espió con desinteresada curiosidad Jo
que iba á suceder como si se tratase de un extra.
ño. Bruscamente apre:ados los frenos, patinó el
tren un centenar de metros y murió lentamente, enmedio de espantosa sacudida. Precipitábanse las
cabezas, alarmadas, fuera de los ,·agones. Al ins•
pector que acudía, respondió Huberto con mucha
flema:
-Me fastidiaba, y queda cambiar de vagón.
Lo que ejecutó, con bastante tranquilidad, subiendo de preferencia á un departamento donde
habla señoras.
Llegado á Lyon, se le hizo sufrir un interrogato•
rio; ¿era un loco ó un pésimo bromista? Interpelado por el jefe de estación para que justificara su
acto, respondió con aire cortés, discreto y e,·asivo,
pero un poco fastidiado:
- Era para ve1· si se detenia el tren.
Como era rico, bien emparentado, y daba altas
referencias, fué absuelto mediante una fuerte multa que pagó galantemente.
Y desde entonces evita Yiaja1· solo.
PAu1, MARGUERlTTE.

-

JvuoRvHA~ ~ol·

~--:.;;~==::==:::~-~..-J_,....,---~......___ ·-,

~--.........

LAS TRES APOTEOSIS DE MARGARITA.
I

II

.AURORA.

CENIT.

Ebrio de amor la recibí de hinojos,

Era la juventud, mi mente ardía,
La sangre mis arterias martillaba,
Y mis potencias férvidas llenaba
La expectación de un suspirado dia.

Tode el perfume de su vida santa
)le dió en el cáliz de sus labios rojos.

Sediento de ideal y poesía,
Con fulgores y esencias me embriagaba,
Y loco por la gloria, deliraba
Con lauro y luz para la frente mia.

Y de lauro ciiíendo mis antojos,
Me cercó de esa fe que todo encanta,
Y flores arrojó bajo mi planta,
Y me envolvió en la gloria de sus ojos.

Súbito, del oriente de alba pura
Donde el ensueño dibujó sus trazos,
Surgió una virgen de sin par blancura,

:¡;;.,.ida invicta contra el duelo impío,
)lis ~ristes noches esmaltó de albores
Y llenó de honra y prez el hogar mio;

Y de nubes y luz venciendo lazos,
Bajó hasta mi radiante de hermosura
Y ¡te amo! dijo, y me tendió los brazos,

Yo un altar la erigí de mirto y flores,
Y al rendir á sus plantas mi albedrío,
La coroné con todos mis amores.

Y ella, para pagar ternura tanta,

lII
OCASO.

¿Cómo, ensueño, en Jo azul te deshiciste?
¿A qué estrella, ilusión, tendiste el vuelo?
¡Qué paralso con tu amor el suelo!
Y el vasto mundo sin tu amor ¡qué triste!
Como el sol al morir púrpura viste,
Cuando rasgaste de la vida el velo,
Estallar pareció el zafir del cielo
En un volcán de luz, donde te hundiste.
Con pálido fulgor de lloro ardiente
Orné tu sien de nítido alabastro.
Y con mis lauros tu ala refulgente;

Y, de todo placer perdido el rastro,
Sólo quedó en la noche de mi mente
Tu recuerdo, brillando como un astro.
Guadalajara, Diciembre 27 de 1900.

JosÉ LÓPEZ PORTILLO Y ROJAS.

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1
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!
·~

TRES SONETOS.
II
~SPERANZA-

FE-

Faro de los abismos, alba pura
Dd un santo amauecel', que en alto brillas,
Luz de las almas buenas y sencillas
A quienes sed de inmensiclad apura:
Por ti, cel'cado de la noche obscura,
Triunfos canto y espel'o de rodillas
La explosión de:soñadas maravillas
En los hondos arcanos de la altura.
l\Ii fuerza es)l a.mol', afán sagrado,
l\Iis alas son las ansias del deseo
Y mi suspiro un himno á lo ignorado;
Y en pos de un sol que siento, aunquo no veo,
Ante el Misterio augusto confiado,
Beso el humilde pol,o, adoro y Cl'eo.

No hubo desdicha ni pasión bastarda
Que no me bil'iesen con su dardo impío:
Desengaño, dolor, desdén y hastio
La tumba abrieron que mis sueños guarda.
La paz que tanto en sonreírme tarda,
Es el laurel que fatigado ansio,
Como la tierra que abrasó el estío
Frescor de lluvia con afán agual'da.
¡Perecer es triunfar! La tumba es puerta
Al infinito y á la luz abierta
En esta cárcel de baldón y escoria.
¡Yenid, penas y abrojos de la vida,
De pie os aguardo, con la frente erguida,
Que es el dolor crisálida de gloria!

•

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Señor, concede sombr
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. Mas si llorar es su fatal
.
.
Cuando los ames ¡\ tu se desuno,
.
II
Corona de astro
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s su cabeza mustia.
Octubre 15 de 1899.
Jo.SÉ

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REVISTA MODERNA

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          <name>Dublin Core</name>
          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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          <name>Título Uniforme</name>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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REVISTA MODERNA.

NUPCIAL.

.MÉXICO,

ARo lV

QUINCENA DE :FEBRERO DE

1901

REVISTA MODERNA
ARTE

I
Como una flor rosada, la novia, bajó el diáfano
Cendal que al pelo rubio sujeta la corona,
Frente al altar solemne y entre el incienso mlstico
A las delicias intimas de un sueño se abandona,
Y al novio que la mira, no puede sonrelr.

2'\

OlREC TOH: ,JESUS F,. YALENZUELA,

Y

CIENCIA.
.J FFE DE HEJ)ACC'IO:--: J l.·.Sl '8 lJRUETA.

Y la esperanza
De besos puros,
Que á los futuros
Dlas la avanza,
Y la hace huir
A las fantástica
Horas cercanas,
Vibra en las músicas
De las campanas!
Entre las copas frágiles espira la cbampaila,
En la enervante atmósfera flota un olor de fiesta,
El vals ondula y bulle, y agitanso las últimas
Parejas á los sones lejanos de la orquesta¡
El nupcial cortl'jo se aleja y va á partir!
Y la importuna
MelancoUa
Del muerto dla
Que hace la luna
Lenta, surgh·
Del cielo pálido
Por los confines,
Yibra en las músicas
De los violines!

II
MIO NIGHT DREA:MB.
Anoche, estando solo y ya medio dormido,
Mis sueños de otras épocas se me han aparecido¡
Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrlas
Y de felicidades que nunca ban sido rolas,
Se fueron acercando eu lentas procesiones
Y de la alcoba obscura poblaron los rincones.
Hubo un silencio grave en todo el aposento
Y en el reloj el péndulo detúvose al momento.
La fragancia indecisa de un olor olvidado,
Llegó como un fastasma y me habló del pasado.
Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
Y o! voces oldas ya no recuerdo dónde.

. . .. . . . . . . .. .. .. .. . . .. . . .. .. . . .. . . .. ... . .. . . .. ..
Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
Se fueron alejando sin hacerme ruido
Y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra,
Y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra!
JOSÉ

)U~cAnA OF.: SÁTIRO. - :'III GUEL ANOEl,.-FLORE:SC!A.

ASUNCIÓN SILVA, el Precursor.
¡.

Ti¡&gt;. tlt J&gt;11Ll1í11.

�REVISTA MODERNA.
REVISTA MODERNA.

58

DISCURSO PRONUNCIADO
ENEL

FESTIVAL ASTISTICO QUE ORGANIZO LA "REVISTA MODERNA,"
EN HOMENAJE AL

DUQUE JOB,

r, A Nocm; DEL

El venerable que en el refectorio dt\ Santa llfa•
ría delle Grazie pintó el fresco evangélico del Cenáculo, Leonardo el sabio, decla: •Ay del disclpulo
que no supera á su maestro!•
El degenerado sublime que vagaba en Sorrento
cantando la epopeya de los cruzados, Torcuato
Tasso, exclamó en uno de sus dlas de fiebre y de
videncia: , Sólo son creadores DioR y el Poeta!•

SEÑORAS y SEÑORES:

Es :Manuel Gutiérrez Nájera un hombre de una
belleza moral extraordinaria: belleza que calienta
, alumbra intensamente su rica obra de arte lite~·ario, como un sol sin tramonto irradiando sobre
una flora sin invierno, y que hizo del versificador
elegante un poeta, un poeta santo y puro, que al
recoger en la metáfora las verdades esenciales de
la vida, apagó odios, encendió esperanzas, elaboró piedades y difundió perdones, constelando sus
versos con las almas de luz de las vlrgenes cristianas, y rematando las alturas de su llrica con una
Estrofa de divino amor, que como el Angel de oro
que abre las !'las en la punta del campanile de San
:Mat·co, parece volar hacia el cielo venturoso!
Poeta santo y puro, si. No entiendo la poesía sin
el alma, no comprendo el arte sin el amor. Bajando á las profundidades donde se generan las pavuras que luego serán herolsmos, las blasfemias que
lutgo serán oraciones, los gritos que luego serán
músicas, los despojos que luego serán justicias, los
dolores que luego serán religiones, los odios que
luego scrau frateruidades, 1011 crlmenes que lutgo
serán virtudes, las muertet1 que luego serán vidas;
penetrando con Shakellpeare, con Dante, con Spencer, con Toh,toi, á. la caverna del Instinto repleta
de larvas pavorosas, y ascendiendo con ellos, de
etapa en etapa, de mt:tamórfosis en metamórfosis,
de tipo en tipv, ha~ta la verdad que ei,plende, basta la virtud qu" lu~tra, luu,ta la bt'llt'za que canta,
11e cuw¡,n:n,lc la umdaut dd e~futit zu que A través
dd inhultv mat LlllU y dti ta ettll'Ull gtvria ltl hace crecer el Alma á. la hu111auidad, que á 11emt'janza del
grupo bimbólico de Augusto Hodin, emprnza 11iendo el 111\tiro que ariabtn~ en t:I faugal liU pezuña inmunda, conttuúa lliendo el bombrn que abraza sus
piedades 1\ la cruz, y termina siendo el dios que
clava l' ll .a visión luminosa de las redenciones sus
ojos adorantes!
Amo1 ! ei; la palabra que recogemos de todas las
tllosoflat1 4ut1 t1e buicidan, de todas las civilizacio-

3

DB l ' RilRERO DE

1901.

nes que se derrumban; amor es la leche que nos da
el seno de la madre, la miel que nos escancia la boca de la amada¡ amor es la ciencia; amo1· es la naturaleza; amor es la poesla¡ amor es á veces el odio
mismo, porque hay odios benditos; amor es casi
siempre el dolor, porque hay dolores envidiable~;
amor eres tú, Laooconte trágico, y tú, tranquilo
Apoximenos; amor es Satán que se rebela; amor
es Dios que perdona!
La obra literaria de Manuel Gutiét-rez NAjera es
una obra de fraternidad: contagia, liga, funde. No
conozco una sola linea suya que nos deje frlos. Nos
toma el corazón, y nos hace pasar de la sonrisa á
la lágrima, removiendo nuestras memorias y agitando nuestras aspiraciones¡ como un hermano,
posa su caricia sobre nuestras tristezas, deja su
lágrima en nuestras urnas, dobla la rodilla ante
nuestra fe; como un amigo, nos brinda en el festival la copa de oro de Ganimedes donde han bebido
las diosas de ojos ollmpicos y los aedas de cantos
pindáricos; de los marcos lujosos de su prosa nos
miran dulcemente las madonas rafaelescas, divinas
de belleza y humanas de pasión; de su verso polifono brota el cortejo de las Harmonlas,-Ias de ojos
castos como la fascinación de una quimera, con
frescos tintes de nardo en la mejilla, que echan A
juguetear en campo de flores el tropel de las borbollantes l'isas; las que ungidas de perfumes para
no dar náuseas, con el pe::ado que las muerde en
los flancos, vierten vino á todos los apetitos y besos á. todas las lascivias; las que rápidas, sangrientas, minervinas, cabelleras al aire como flAmulati,
rotas las espadas, desgarradas las clámides, atra·
viesan el tablado de la Tragedia humana, clamorosas como la cólera de Aquileo recorriendo con su
sonante sandalia el campo épico de Ilion, al compás de los venerables hexámetros homéricos! ... . .
Sufrió lo bastante para poder consolar con su palabra piadosa é irónica, musicando toda su juventud en perfectos ritmos, ecos del sagrado metro universal que puso vaivenes azules en el mar, pausas
sinfónicas en el cielo y adoraciones !!ricas en el alma.- Es Guitiérrez Nájera un Anakreonte cristiano que bañó con mirras de Marta de Galilea la cabellera voluptuosa de la Musa griega.-Como el
divino Alfredo, en sus noches de Diciembre vela
junto á él un pálido enlutado que ese le asemejaba
como un hermano,• y su estancia se cubrla entonces de melancollas dolientes coronadas de estrellas
mlsticas¡ pero cuando la naturaleza en primavera
lo despertaba con los almos coros de las selvas y
con los destellos extAticos de los horizontt:S, su ver-

so se ,·oleaba de los búcaros de Flora sobre los tálamos del amor!- Era un convidado del Dolor: se le
vela oficiando bajo las bóvedas de las cartujas, en
meditación ante las sepulturas yacentes. Sollozaba
en ell•gias virginales sus tristezas y sus desilusiones, pero sin maldecil· la lucha cruel, sin temores,
sin angustias, resignado frente al problema incognoscible, viendo á. la muerte como una buena hermana de la vida, tierna, Inefable, consoladora, con
su regazo suavísimo de sueño y de olvido . . .. . . .
-También era un invitado, y asiduo, de la Locura. A esto debió ser siempre jo,•en, pues como dice
Erasmo de Rotterdam, «es en vano que los estúpidos mortales demanden juventud á Medea, á Circe
ó á Venus; sólo la jovial locura puede conceder tan
envidiable beneficio.• En la brillante mesa del palacio imperial de la graciosa reina, al lado de trovadores, de sabios, de moralistas, de metafísicos y
de clérigos, bebla el satyrion, brebsje que confecciona Afrodita, la blanca diosa de pulidas manos,
con los jugos secretos de las secretas rosas del placer; y ese zumo de corolas femeninas que desliga
la elocuente alabanza y que hace chispear los deseos traviesos, desborda, nectárico, de la Oda brere, con que el poeta adorante consagró su vida á
la inmortal belleza de la forma, sacándola pura y
casta de los taperujos de la bipocresla, como surge
de los ropajes del mármol de Milo el desnudo y altivo busto de inviolados senos, con la gloria irra·
diante de una hostia sobre los altares del arte!
Piadoso é irónico, Gutiét-rez Nájera e11 un educador de nuestro corazón. Vive en el amor de la juventud que preserva de todo polvo ingrato su esplritu harmonioso. Su poesla levanta, conforta, ennoblece, salpica ideales. Si os abruma el desencanto, si os grita la venganza, si os envuelve el tedio
con 11us neblinas frias, si la vulgaridad del profano
os desespera y la envidia del impotente os ensucia,
leed al Du4ue Job, oo importa qué, versos querlan,
versos que besen, versos que lloren, y se restablecerá el equilibrio de vuestros esplritus en la suprema conjunción del amor y de la vida.-Cuando lo
pongamos en contacto con el pueblo, no democm·
tizando sino humanizando su arte incomparable,
por medio de lecturas públicas que siembren los
gérmenes de la poesla en el alma nacional; cuando
hagamos e:,to con todos nue:;tros poeta~, cret:dme,
se l.Onseguin~ mb que enju t1111,lo, secando, anemiando en las t'ijCuelas los indefensos espi1 itus de
los niños. El gran maestro es el cantor, es decir, el
poeta. Martln Lutero escribió ASeníels el 14 de Octubre de 15·¡0 que •no es un buen maestro el que
no sabe cantar • Dándole á esta frase toda su amplitud artli,,tica, es una verdad innegable. En ese
sentido, el Duque Job es un maestro. El ritmo es la
obra más alta del amor, y sin el amor no arraiga la
enseftanza. El poeta es el supremo educador, por·
que es el supremo sugestionador. Preguntando Panoenos á F idias qué forma iba á dará la estatua de
Júpiter, el escultor recitaba este fragmento de la
Rapsodia: «El hijo de Saturno, frunciendo las negras cejas, hizo una señal de promesa; luego, la cabellera divina se agitó sobre la cabeza inmóvil del
Rey, y el Olimpo se bamboleó estremecido.• Asi fué
la estatua, augusta y terrible.-La ciencia es lenta

59

porque es analltica; el arte es rápido porque es sin·
tético. Hoy el psiquiatra estudia á Shakespeare, el
criminologista estudia á DostoYevsky. La verdad
es belleza, la belleza es verdad. La ciencia y la poesia se juntan en una sola acción, tienden A un sólo
ideal: la elaboración lenta, dolorosa, trágica, del
amor. Crear amor, crear fraternidad: he aquí el objeto y el fin de todo el esfuerzo humano.
Y si Gutiérrez Ná.jera superó á sus maestros, fué
porque con sentimiento más depurado y con forma
más simple, pudo crear mucha simpatla, mucho
bien, mucha belleza, aumentando el caudal moral
de su pueblo. En la sátira, en la crónica, en el poema, en el cuento, en la charla, fué dulce y apasio·
nado, ligero y fuerte, humano siempre, creyendo
que su misión de cantar alegrías y tristezas era
una misión religiosa que debla cumplir aun á cos·
ta de su sangre y de su vida. Dispersarse, difun·
dirse, alimentar con su propia alma á los otros,
perfumar, iluminar, rimar . . .. , eso hizo.-Claro es
que los empresarios de hecatombes de puercos para hace1· jamón y los empresarios de hecatombes
de gente para hacer gloria, tienen por el arte musical un desprecio tan grande como sus fortunas
bancarias ó como sus pompas reales. Mejor. En
cambio, los selectos admiran y las muchedumbres
sienten; las ralees de todo arte están en el alma colectiva que nutre con su savia prollfica de pasión y
de fe los brotes florales del verso paradisiaco. Sabemos que el valor moral de un poema es incalculable; sabemos que el manto que cuelga de los hombros de la humanidad está tejido con impt:riales
metáforas; sabemos que los inmortales bajan siempre de la montaña de cristal para conversar con
Platón y con Sófocles, á la sombra de los laureles
áticos; sabemos que la poesla preside los grandes
desastres renovadores que empapan de sangre y de
gloria las crónicas formidables de nuestro mundo;
sabemos, en suma, que dijo bien el Tasso cuanrlo
dijo que sólo son capaces de creat· Dios y el Poeta!
SEÑORES:

El arte de Manuel Gutiérrez ~ájera,-ese hombre
&lt;le extraordinaria bt'lleza moral-no alcanzó la sonoridad monocorde y pr11fé1ic1t rle lns bardos revo1ucionarios que sohrn la torm,•nta lauzan las clán·
sula,; ardit'utes del o Rcu l,•; i,,u obra no chocó con
ninguna iuiquidatl, no st~ pl't'cipitó al combate y á
la batalla; sus versos no tuvit'ron ali-tazos de águilas bravas¡ el casco formidable de Ayax indómito
no aparece entre la polvareda de los hoplitas y de
los carros . .. . Pero vosotros, los que herederos de
su sentimiento y de su forma, tenéis el deber de superarlo; vosotros que recibls en las conciencias el
aliento de mil legiones que comienzan á demandar
revindicación¡ vosotros elaboraréis más amor, crearéis más fraternidad, sintiendo que la •voz de todo
lo que duerme,• el non omnis moriar, verbo de los
muertos ilustres, os empuja, con la irresistible fuerza que tiene el esplritu inmortal, hacia el sacrificio
fascinante. Iréis, coronados de bendiciones, entonando la palabra de Zola:
• Vamos A. la humanidad, á la verdad, á !ajusticia!,
Febrero 3- 1901.
JEl&gt;óS URUETA.

�REVISTA MODERNA.
60

REVISTA MODERNA.

NON OMNIS MORIAR.
¡No moriré del todo, amiga mla!
De mi ondulante esplritu disperso
Algo, en la uma diáfana del verso,
Piadosa guardará la Poesla.

No moriró del todo! Cuaudo herido
Caiga á los golpes del dolor humano,
Ligera tú, del campo entenebrido
LevantarAs al moribundo hermano.

Tal vez entonces por la boca inerme
Que muda aspire la infinita calma,
Oigas la voz de todo lo que duerme
Con los ojos abiertos en mi alma!

Hondos recuerdos de fugaces dlas,
Ternezas tristes que suspiran solaf;
PAlidas, enfermizas alegrías
Sollozando al compás de las violas .. . .

Todo lo que medroso oculta el hombre
Se escapará, vibrante, del poeta,
En áureo ritmo de oración secreta
Que invoque en cada cláusula tu nombre

Y acaso adviertas que de modo extraño
Suenan mis versos en tu oldo atento,
Y en el cristal, que con mi soplo empaño,
l\Iires aparecer mi pensamiento.

Al ver entonces lo que yo soñaba,
Dirái de mi errabunda poesía:
-Era triste, vulgar lo que cantaba ... .
¡:\las, qué canción tan bella la que ola!

Y p,,rque alzo en tu recuerdo notas
Del coro universal, vh'ido y almo;
Y porque brillan lágrimas ignotas
En el amargo cáliz de mi salmo;

Porque existe la Santa Poesía
Y en ella irradias tú, mientras disperso
Atomo de mi sér esconda el verso,
No moriré del todo, amiga mia!

1893.
M. Gt:TJÉRRl!.Z NÁ.JERA.

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REVISTA MODERNA.
REVISTA MODERNA.

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J n oRvuAS jol

nificó el amor y el entusiasmo con que el alma de
todos los auditores se unla á aquella apologla fo1·mulada tan felizmente.
Y aquellas damas, aquellas mujeres hermosas que
lloraban ó sonrelan cuando Urbina leyó la soberbia prosa del llorado maestro: •Otelo-Yago- Desdémona? .. .. • ó que perdlan su mirada soñadora
y húmeda en las blancas nébulas del tul que Chucho Contreras prendió á tl'avés de su elegante, sobria y simbólica decoración?
Los músicos tal vez, ataron al mármol de la amada memoria el crespón más sombrio! Con alaridos
de voz humana, con los gritos de una Niobe incon·
solable sollozó el violoncello de Espinosa, y Godard
magistralmente elevó las puras notas de su voz en la
desoladora, en la desesperante Elegla de Massenet
Muirón fué un maestro en el piano, Garcla Sagredo
ució sus dotes y su noble escuela, y Martinez dijo

una Romanza de amor que deshizo en el ambiente
recogido de la sala, el alma Sl:'nsual y galante, e l
alma erótica y delicada del poeta llorado

•••

Todos los dobles de la ideal campana silenciosa
que congregó á los dolientes, resonó, como bajo una
bóveda sonora, en la piedad de aquello!! corazones,
y todos los versos, todas las sonoras cláusulas, to•
das las dolientes melodlas que en aquel ft'stival bro·
taron, tuvieron un eco en aquellas almas perfuma
das con un hálito de Ideal, y vibrantes y tensas bajo el áureo plectro del Arte.
La ,Revista Moderna• se enorgullece porque, al
llorar al gran Poeta, pudo agrupar junto al suyo el dolor de tantas almas nobles y porque ha sabido que el clarln de oro del Ideal puede vibrar despertando ecos y sembrando harmonlas en el silen·
cío de las almas!

1

AL DUQUE JOB,

LA f~[;VIGTA MoDt; rNA
ftJU ÍSTICo OLJ~ ~A oRGANIZAOo

f 'EBRERo 3 Of.18'.}5

rn

INVITA Á UD· AL ~[STlvAL
WoMrnAJ~ AL OUQ U~ JOB·

A LAS 8 · P,M

FEB~ERo J Df 19ol

EL FKSTIVAL DE "RKVISTA MODERNA."

Una Noche de Domingo! Los teatros, los circos,
las salas de espectáculos abrlan sus puertas sugestionando la imaginación de ese gros Jmblic que llora cronoló¡:icamente y se solaza con el reloj en la
mano. Aqul en el céntrico coliseo una multitud que
mira sin asco la parodia de las pasiones humanas y
el simulacro erótico de un galán sietemesino y los
remilgos de una traviata impúber que hace el po1·t
d'arme y sabe se fendre como una otoñal hetaira
allá bajo las frondas pecadoras que aclaran las incandescentes aspas del Jfoulin Rouge .. . . Por otro
lado Barnum y sus fieras y su troupe japonesa y el
clown perenne y la eterna ecuyere .. . . La oronda
burguesla se solazaba aquella noche de Domingo!
)lientras, en un salón que es un lararium para los
ritos del Arte y un Buen Retiro para los devotos de
la estética, una ideal y plañidera campana sonaba
un hondo doble sobre el féretro de un prlncipe de
las letras, en la cripta sonora donde ya glorificado
clescansa de su congojosa y trágica vida terrestre,
ese prócer del Arte que se llamó el Duque Job!
En medio del soez tumulto dominguero que lleno
de rlspidas notas resbalaba sobre el asfalto de calles y avenidas, un piadoso cortejo se dirigla a la
Sala Wagner, a ese santuario donde tantas veces
ha oficiado la Belleza y entre cuyas escocias pintadas por el decorador Gallotti parecen aún latir las
harmonlas del majestuoso Beethoven, de Wagner
y de sus gigantomaquias musicales.
Entre el dominical tumulto, aquel cortejo, aquella concurrencia d'élite habla escuchado el doble de

la ideal campana silenciosa que los congregaba en
torno de la memoria del ilustre poeta muerto. Quizás, dlas antes, un dibujo de Rucias, mostrando al
trovador derrumbado sollre el mortuorio lecho, con
el laúd hecho astillas a sus pies, habla predipuesto
los corazones fieles a la solemne piedad de aquella
conmemoración única.
Unica, decimos después que unánime la prensa
diaria ha juzgado la significativa singularidad del
festival en que la •Revista Moderna• glorificó el numeu y consagró la ilustre jerarqula literaria del inmortal Gutiél'rez Nájera. El poeta celebrado por
los poetas; el precursor glorificado por los espiritas
que devotamente siguen sus huellas sangrientas por
el camino áspero del Arte, encumbrado como las
pendientes de un Excelsior, trágico y amargo como
el vla crucis de un Calvario!
Tenemos el orgullo legitimo de asegurar que el
festival artistico organizado por la •Revista :\Ioderna• en honor del Duque J ob, no tiene precedentes
entre nosotros, y ag1·egamos que nunca tampoco
una ceremonia de esa índole ha teuido un carácter
más harmonioso y una más rítmica unidad.
Los poetas que cantaron al Duque-á un lado el
mérito intrlnseco de sus obras que otros juzgaránhicieron que sus rimas resbalaran con la esponta•
neidad de un llanto y exhalaron sus trenos como
hubieran exhalado los su spiros de su hondo pésame.
El aplauso atronador y unánime que rimó una
por una las cláusulas de la alocución de U rueta sig-

lo memorlam

A mi la Musa torva, silenciosa y hermética,
La de ojeras moradas como flores de hiedra .. ..
La de peplo tejido con ensueños y brumas
Cuya frente es el ampo de una pálid11 luna!
La que implora los astros de la bóveda umbrla
Con los ojos en blanco de una virgo tristlsima
Cuyas manos sostienen de su seno las urnas
Cual temiendo que en ellos se desborde la angustia!
A mi las agobiadas rimas de mármol negro
Dolorosas cariátides de un grave Mausoleo,
Esas que en el silencio dejan caer su lloro
Llenando los profllndos vasos lacrimatorios! !
Que la Elegla el coro de sus versos prosterne!
Que suba á las alturas el ronco Miserere!
Que la musa desgarre su pectoral de seda!
Que la ceniza empolve sus lujuriosas trenzas!
Que exhale cual un trágico ritornelo el sollozo
Con que la joven viuda llora al gentil esposo
Y luego, en el crepúsculo, cuando la tarde muere,
Tras de encender los cirios en la capilla ardiente,
Mientras las hojas secas bajo sus pies rumoran
Se aleje, deshaciendo sus ayes en la sombra
Como un cortejo lento, como una marcha fúnebre
Por una interminable calzada de saúces!!!
Silencio! Ya en la Pena sangrienta,los sollozos
Se anudan cual crespones sobre un corazón rojo!
Y al pésame se abren los brazos de la cruz ... .
Mi duelo es una triste Venecia en Viernes Santo
Silencio! ya en sus aguas nocturnas van remando
Las góndo'as que siguen el funeral del Dux!
De los canales torvos en la obsidiana fria
Riela una mascarada la loca fantasía;
Pierrot tiende furtivo su máscara. de harina
Junto á la faz de rosa que asoma Columbina
Y en un rincón de sombras se esconde Pulcinel&amp;

�REVISTA MODERNA
REVISTA l\IODERNA.
Cuando sobre aquel vano rumor de cas cabeles
Pasa angustiosa. y triste la negra carabela,
La fúnebre trirreme cargada de laureles!

Apenas si en los altos balcones palatinos
Sus rostros enigml.\ticos asoman lns tristezas
\ entre el florón que elevan sus dedos marfilinos
De hiedras coronadas, inclinan las c11.bezas.

Contemplan el doliente cortejo del magnate!
Escuchan cómo gimen los negros violonchelo~,
P ero ni el llanto anubla, ni la. tristeza abate
Rus ojos soñadores cla,·ados en los cielos!

La luz del plenilunio sus cabelleras dora .. . .
Una barca de amores se detiene por vedas,
Y los remos 110 olvidan sobre el agua sonora
Que lll sentirlos anojn borbotones de perl1ts!

El Ayer aún murmura su gentil serenata!
Y del mudo palacio sobre la escalinata,
Con sus cien mandolinas llega. hoy como Antes
A llamar al postigo de la. reja de plata
El tropel almizclado de las Fiestas galantes!

No han plegado su rojo parasol los bufones!
Las Infantas que suefian en los altos balcones
Sobre el mármol deja.ron las ligeras escalas
Y aún parece que suben las amantes canciones
Elevando sus labios y extendiendo sus alas!

Es que el bardo no ha muerto! Sobre :iruertc y Oh·ido
Desatando tu numen ¡oh inmortal Duque Job!
Xucstras almas obscuras y tu gloria has unido
Con la escala de luces que soñara Jacob!

El Poeta sediento de fulgores de aurora,
El ilustre guPrrero, la beldad soiladora
Por ti queman la mirra de sus votos adven,os
Y basta ellos descienden por la escala sonora
Entre arpegios y flores deshojadas, tus v~rso~!

Si la virgen amante que el Dolor importuna
Se anebuja en su tedio que es un fúnebre tul,
Son tus rimas consuelo de su amor sin fortuna
Y desciende tu numen en las noches de luna
A besará la virgen como un Príncipe Azul!

Tú no has muerto! tú vives! en la liza te veo
L evantando en la diestra vencedora el trofeo
Mientra:; suena tus triunfos el sonoro clarín
Aún fulgura tu casco bajo el Sol del torneo
Y se alarga tu sombra de triunfal paladio!

Ah! por eso mi Duelo, la Venecia sin luzSe estremece vibrando como un solo laúd ....
Y al pasar esa góndola que es tu negro ataúd
Creo mirar el cortejo de las nupcias del Dux
Desposado suntuoso del Adriático azul!

.. ..... .. ....... .. ......
....... .. ... .... .... ... .... .... ... ......... .. .. .
Ha pasado el Cortejo y en los hondos canales
Las góndolas se alejan; se van los Carnavales; .. . .
Perdiéndose en la sombra solloza un violonchelo . .
Dejaron las Infantas sus altos barandales,
Sólo ,¡uedó la luna, sonámbula en el cielo .. !
. . ... . .. . . .. .. .. .. . . ... .. . .. . ... ............. .
Desfila. ya el cortejo de bardos y hermosuras,
.Nosotros conmovimos los trágicos bordones,
Ellas te dan sus senos-marmóreas sepulturas Oh Prlncípe! ya mueren los últimos blandones,
¡Descansa sobre el blanco plumón de sus ternurab!
Descansa en lo más hondo de nuestros corazones!
Febrero 3 de 1901.
Jo:-;~ J1 AN TAB[.,ADA.

POE S I A
LKIOA

EN HOMENAJE A MANUEL GUTIERREZ NAJERA.
Llégome tembloroso á la capilla
Llena del ritmo gárrulo del Estro,
Llena de m11.jestad grave y sencilla,
Y al postrar en el polvo la rodilla,
)[e inunda. la memoria del Maestro.
Lo miro entretejiendo una guirnalda.
Con su oda griega y con su estilo jonio,
Y en su sien reverdece la esmeralda
De un lauro fresco, y cuelga de su espalda
La lira decadente de Petronio.
)liro al bardo en la fiesta. de la vida
Deslizar sebre mirtos su sandalia,
Y con la ilustre toga des~eñida,
Apurar en su &lt;.rátera esculpida
El alegre licor de la faunalia.
Lo miro en la brumosa Jejania
Revivir el csplritu de Grecia,
Y derramar su frágil Poesla
Desbordante de clásica ambrosla
Y de opalino ajenjo de Lutecia.
En la nave suntuosa y esplendente
Brilla el oro en la cinta de los frisos,
Arde el óleo en recuerdo del Ausente,
Y solloza la Musa adolescente
Coronada de fúnebres narcisos.

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REVISTA :MODERNA.

REVISTA MODERNA.
Viene á ver al lllaestro en el pináculo,
Venimos sus apóstoles en tropa
A repetir las frases de su oráculo,
Y á. rodear la mesa del Cenáculo
Para beber del vino de su copa.
Sócrates y Jesús: su verso incita
A ceñirse la frente de verbena
Y besar los contornos de Afrodita,
Y con su mano blanca y exquisita
Juega con el toisón de Magdalena.
Su estilo vencedor pide tributo
Al molde galo y al decir latino;
Canta á Marte crnel y á Pan hirsuto,
Y demanda al cincel de Benvenuto
Un cáliz para el oro de su vino.
En la alameda eglógica y sombrla,
Donde mora el artista, hay limpios cauces
De estrofas y susurros de armonla,
Y tiendo sus cabellos la Elegla,
Largos como las ramas de los sauces.
Un cortejo de ninfas soñadoras
Abate con sus hoces la gavilla
De las rimas esbeltas y sonoras,
O sumerge en las cláusulas canoras
Sus elegantes ánforas de arcilla.
Y en tanto que en el intimo oratorio

Venimos á. dejar nuestro tributo
De llanto en el sutil lacrimatorio,
Y besamos el túmulo mortuorio
Que vigila una náyade de luto;
En tanto que nosotros los creyentes
Del Poeta, cedemos al quebranto,
Y graves, pensativos y fervientes
Encendemos estrofas refulgentes
Ante el glorioso altar de nuestro Santo;
Mientras aquí volcamos nuestra pena,
Oigo afuera el clamor de los gentiles
Como un ruido discorde de colmena,
Y oigo que nos censura y nos condena
La tropa de los Bá1·baros hostiles.
Afuera los desdenes del pagano,
Y aquí el amor, y el culto, y uu anhelo
Sin limite hacia el Arte soberano,
Y un corazón que espera, y una mano
Que sostiene una rama de asfodelo.
3 de Febrero-1901.
ErnÉx REBOLLEDO.

67

ENRIQUE SIENKIEWICZ.
(DE •REVUE UNIVERSELLE.&gt;)

Estanislao Rzewuski, en un rápido estudio sobre
la literatura polonesa contemporánea, decía hace
más de tres años: •El dla que se traduzca «Por el
fuego y por la espada• ó • Quo Vadis,• el público
francé~, por lo menos aquel que tiene una opinión
que vale, aclamará. á Sit&gt;nkiewicz y dará á su genio y á su triunfo esa con~agración parisiense que
desean desde el fondo del alma, hasta aquellos que
parecen desdeñarla.• Esa predicción se ha realizado más allá de lo que Rzewuski esperaba.
Desde que apareció Quo Vadis, el público francés ha festejado á Sienkiewicz, y no sólo el público
de letrados, sino todo el público, como lo atestiguan
las numerosas ediciones, siempre en aumento, de
esa hermosa novela. Durante todo el verano no se
ha hablado más que de la conmovedora historia de
Ligia y de Vinicio, de la ironía exquisita de Petronio, de las matanzas neronianas y de las predicaciones del apóstol Pedro. Como en la época en que
La Fontaine descubrió á Baruch, las gentes no tenlan en los labios más palabras que éstas:
-¿Ya leyó Ud. Quo Vadis?
Este triunfo coincide con el jubileo que los polacos organizaron en honor de Sienkiewicz; y no fué
simple ceremonia con discursos, ditirambos, orfeones y flore!', la celebrada el 22 de Diciembre de
1900.
Los admiradores del novelista le ofrecieron un
castillo que se llamará Krzemien, amueblado y
provisto desde la bodega hasta la despensa; y hay
ahl seguramente, más de una barrica del famoso
hidromel polaco que desempeña tan importante papel en Por el hierro y por el fuego.
Las paredes de ese castillo están decoradas con
frescos que representan las principales escenas de
las obras de Sienkiewicz. Tal idea puede parecer
extraña en Parls. ,Si se formase un comité, dice
Claretie, para ofrecer una propiedad á cualquier
escritor célebre, ya verlais á los camaradas~ declarar ridicula tal proposición. El pobre hombre se
verla obligado á rehusar ~emejante generosidad, so
pena de ser pasto de periodiquillos y de revistas.,
Sin embargo, si se tratase de recompensar á la polaca y de esta real manera á un autor que á ello
se hiciese acreedor, ¿es crelble que debiera tomarse
en cuenta el tbmor á los gacetilleros? Bastaría dar
el ejemplo y los castillos de nuestros sabios y de
nuestros literatos, no serian castillos . .... en el
aire.

Enrique Sienkiewicz nació el 4 de Mayo de 1816
en \Vola Okrzejska, en el gobierno de Radam, antiguo reino de Polonia. Su abuelo, JoséSienkiewicz,
fué teniente coronel de artillerla y combatió por la
Francia en las filas de las famosas legiones del Yistula.

El futuro novelista debutó en las letras en 1869
con'.artlculos de critica; al año siguiente publicó su
primera novela: En va,w, que después retiró de
la edición de sus obras completas y que con gran
disgusto del autor, acaba de ser traducida al francés. Es una historia contemporánea, los personajes son estudiantes de la Universidad de Kiew
y la acción bastante bien llevada, es Intima. El
amor con sus luchas y sus decepciones, he ahi el
asunto de ese libro; Schwartz el héroe, consiente
por deber en casarse con una viuda joven amando
A otra mujer, la condesa l\Iarfa. Cuando la viuda,
la Sra. Potkanska, sabe el sacrificio de Schwartz,
se ahoga semidesesperada y semiloca. Schwartz
vuelve entonces en si y renuncia á la seductora
l\Iaria.

,Ves querido, le dice su amigo Augustinowicz,
gastamos demasiado nuestras fuerzas en nuestra
caza al amor. Y el amor vuela como un pajarillo
y nuestras fuerzas resultan gastadas ... en vano . .. ,
Asi se explica el titulo de este libro que termina
con tan brusco desenlace. Entre otros ensayos ju•
veniles, pueden citarse: •Nadie es profeta en su tie·
rra,• (1872) refrán al que los triunfos de Sienkiewicz
debían dar más tarde un mentls formal; «Las dos
vías• (1873) y tres narraciones encantadoras: «El
viejo criado,• •llania• y «Selim l\1i1·za., Estos libros firmados con el seudónimo de Litwos no tuvieron gran éxito; se les ha leido y releldo más tarde, cuando Sienkiewicz llegó á ser célebre Y se encontraron en ello.; promesas de verdadero talento,
sobre todo en «Carbones,• donde se destaca una
figura, la mujer de Rzepa, campesina burda, pero
sublime de sacrificio y de abnegación.
Los viajes forman la juventud .... y los novelis·
tas. ¿Cuánto no debemos á las exploraciones literarias de Chateaubriand, de Stendhal, de Flaubert, de
Gautie1· y de Loti? De 1876 á. 1878, Sienkiewicz recorrió la Alemania, la Francia, la Inglaterra, cruzó el Océano,: visitó la América del Norte, recogiendo en el nuevo mundo impresiones frescas y
como una paleta, que le permitirla después di&gt;jar
á un lado sus modestos bocetos al carbón.
Publicó entonces sus •Cartas de viaje• y varias
novelas cortas, que han sido traducidas al francés
y á otras lenguas europeas y que son muy conocidas de los lectores franceses, que buscan ávidamente todo cuanto sale de la pluma del auto1· de
Quo Vadis. Bien conocida es la sencilla y patética
historia ranko el músico, historia que tiene todo el
encanto de un cuento de Daudet ó de una página
de Dickens; el Diario de un profesor de Posen,
narración en la que el héroe es un niño desgraciado y por último dos cuentos que tíen~n la América

�REVISTA MODERNA.
68

REVISTA MODERNA.

por cuadro: A trai:és de la.~ estepas y El gua,·dián
del faro de Aspfowall.
En El guardiá,i del faro, se encuentra bien caracterizado el talento de Sienkiewicz; ahl se hallan
la emoción, la poesía que animan todos sus libros
Y sobre todo un patriotismo, que no por estar contenido deja de ser menos ardiente, pues el novelista es un verdadero autor nacional, el representante de ese pueblo polaco cuya real vida polltica se
ha extinguido; pero cuya alma existe aún en las
obras literarias y artlsticas .... asl como esos campeones que se pasan de mano en mano y á través
de los siglos el fuego sagrado ....
Citemos aún Orso y Bartek el vencedor, este últi·
mo, episodio de la guerra de 1870, en donde se ve á.
un campesino polaco del ducado de Posen (incorpo·
rado á su pesar en el ejército alemán) y á. quien al
regr?so, por prP,mio á sus altos hechos de armas, los
prusianos fanáticos, embriagados con su victoria,
colman de injurias y de malos tratamientos.
En 1834, Sienkiewicz publica Por el hierro y por
el fner¡o, que acaba de publicarse en francés. Esta
es una obra considerable, una epope~·a más bien
que una novela, toda una evocación de la Polonia
del siglo X\'ll. También es una lección, un sursum
C'Ol'da porque no hay que perder de Yista las intencioneR de Sienkiewicz, quien como sus mayoreR,
posee, según la frase de Renan, el arranque impersonal, ese •estado de alma en el que no se hace no
se ddi~e, ni se escribe lo qui:, se quiere, sino lo ~ue
nos 1cta un genio exterior colocado cerca de D!lS·
otros.•
Podrán descubrise en esa novela numerosos defectos; es demasiado enmarañada, demasiado larga, f~ctici~ en algunas _partes; la intriga obligada
está rnhábilmente encaJada en el soberbio y exacto
relato histórico. Pero no puede negarse que ese libro ofrece cualidades completamente superiores.
Al trazar con loable imparcialidad las victorias y
las derrotas de los abuelos; el novelista, mejor dicho, el poeta, quiere levantar los corazones. cllacer servir el pasado, dice perfectamente Garztowt
en instruir y en enseñar á los homb1·es modernos'.
en mostrarles situaciones horribles de las cuales'
el heroísmo de unos y la constancia de otros 1 ha~
permitido surgir al triunfo, he ahl uno de los fines
de la novela histórica, como la concibe Sienkiewicz.
Por el hierro ?J po1· el fuego, es la primera parte de
de una trilogía; las otras dos partes son El diluvio
(1896 y 1'\fessfre Wolodyjoll'sld {1883 ; de estas dos
últimas obras, anúnciase ya la traducción fracesa.
En El Diluvio se pintan las guerras de 165j á
1660 contra los suecos. Es la época de que habla
Bossuet en la oración f1'i0t~bre de Ana de Gonzague:
•Carlos (~ustavo apareció ante la Polonia sorprendida y traicionada, como un león que tiene su pre•
sa entre las garras, lista para ser despedazada ....
¿Dónde están esas almas guerreras y esos martillos de armas tan vanagloriados?. .... Al mismo
tiempo, la Polonia siéntese destrozada por el, rebelde cosaco, por el moscovita infiel v más todavla
por el tártaro, á quien llama desespe;ada en su auxilio.•
.lfessire Wolodyjo11:ski es menos épico y lo novelesco ocupa mayor espacio; sin embargo, en esta

ha qué nueva tortura estaba reservada para la
amada del joven tribuno.
levantado el entusiasmo de millones de lectores.
,La puerta, colocada frente al tablado imperial,
The life in not u·orth living, I hai:ejust fi.nished, rechinó sobre sus goznes y del antro obscuro sur·
Qro YA01s? exclamó una americana fanática. ¿Pa· gió á la arena iluminada, el ligio Urs:is (esclavo
ra qué vivir? Voy á acabar ... Quo l'adis1
abnegado de Ligia ,. Se adelantó hasta el centro y
Sienkiewicz al tratar este asunto antiguo parece sus miradas circulares buscaban qué le opondrlan.
abandonar la Polonia; pero no es asi. En Quo Va·
Los Augusta.nos ~- la mayor parte de los espectatlis encontramos todas las aspiraciones del novelis· dores, sablan que aquel hombre habla ahogado á
ta y bajo los nombres latinizados se disimulan ape· Croton y se levantó un murmullo de grada en gra·
nas figuras simbólicas que representan la nación da .... El permanecía inmóvil en el centro de la lioprimida que sufre.
za, semPjante en su desnudez á coloso de granito,
Ligia, ¿no es la Polonia, convirtiéndose á la reli- llevando en su fisonomla do bárbaro, una expre¡;ión de Cristo? Y los martirios de los cristianos, sión de esperanza y de tristeza .... Estaba sin ar¿no recuerdan los suplicios que más tarde deblan mas y habla resuelto morir pacientemente, como
ser infringidos á los polacos, que luchaban por de- fiel del Cordero. Y, como quería elevar aún su ora·
fender su fe y su patria?
ción hacia el Redentor, se arrodilló, juntó las maLos compatriotas del autor no se han engañado nos y elevó las miradas hacia las estrellas, que paly han colocado más alto que la trilogla, ese fresco pitaban allá en la abertura del velarium. Esa actigrandioso y terrible por donde pasa como un háli- titud desagradó A la multitud; estaba cansada de
to Shakespeariano, y donde los sentimientos que les
ver expirar carneros; si 11I gigante rehusaba defenson queridos están presentados b11jo una luz conderse, el e!'pectáculo resultada desagradable; acá
soladora y poética.
y acullá se escucharon silbidos, oyéronse voces que
El publico cosmopolita, menos asequible á estos llamaban á los mastigóforos... La espera no duró
arcanos, se dejó llevar por la belleza incomparable mucho .... En la liza, entre los clamores de los besdel lihro, por la narración animada y palpitante y tiarios, apareció un monstruoso auroch de Germatambién por el doble interés que el autor ha sabi· nía ron una mujer desnuda sobre la cabeza.
do dará la decadencia del paganismo y al naci -Ligia! Ligia! exclamó Vinicio.
miento de la religión cribtiana, mezclando su rela·
Y ciñéndose las sienes con las manos. se retorció
to con escenas variadas y espléndidas.
como un hombre que siente en sus entrañas el hie·
El argumento de Quo l'adis es muy sencillo: y¡. no de una lanza y gritó con voz ronca é inhunicio,jo,·en patricio de Roma, ama á Ligia, hija de
mana:
Yanio, rey de los Suevios; pero antes q11e Vinicio y
-Tengo fe ..... Cristo. . . . Cristo, yo creo en ti.
Ligia se reunan, surgen numerosos obstáculos.
Cristo .... un milagro.
Es el mom'!nto en que la ciudad eterna va á asís·
Y en la arena pasaba una cosa inaudita; al ver ú
tir á las pei·secuciones del Imperator; Ligia, que es la princesa en los cuernos del toro salvaje, el ligio
cristiana, está presa con millares de neófitos. Vini- cayó oblicuamente sobre la fiera demente ..... De
cio la protege; pero la hermosa princesa es, sin em- un salto llegó hasta el auroch y le asió los cuernos.
bargo, conducida al circo, donde mil3grosamente Hasta un poco más arriba de los tobillos, los pies
escapa de la muerte.
de Ursus estaban hundidos en la arena¡ su espina
Vinicio, tocado it su vez por la gracia divina, se hablase doblado como un arco; su cabeza, hundida
casa con Ligia y el drama termina en un apoteosis, entre sus espaldas, casi babia desaparecido .... y
triunfo del cristianismo que va á regenerar el mundo. el toro inmóvil miraba tan lijamente á su adversaAlgún tiempo antes de la muerte de ~erón, San rio, que los espectadores crelan contemplar un gruPedro, desalentado, abandona Roma y al amanecer, po de los trabajos de Teseo ó de Hércules..... Cé·
ve una claridad que se adelanta hacia él ....
sar hablase puesto en pie.
,Es un hombre que camina entre la irradiacióu
Bruscamente un mugido sordo y gemidor surgió
del sol; el apóstol se arrodilla, extiende sus manos de la liza.
hacia él y exclama:
El brazo de hierro del bárbaro hacia ,,irar á la
-Cristo! Cristo! .... Quo l'adi.~ Domi11e? Dónde monstruosa fiera y de su enorme hocico pendla babosa lengua. Uu instante después, los oldos de los
vas, Señor?
-Puesto que abandonas á mis ovejas, voy á. Ho- espectadores cercanos á la arena escucharon el
ma para que me crucifiquen una vez más ....
ruido sordo de los huesos triturados .... des pues la
. Y desde entonces de las alturas del Vaticano rei- fiera rodó como una masa inerte ... En un momennará sobre la Ciudad y sobre el mundo la basllica to, el gigante habla desligado á :a virgen y tomádola en sus brazos. Su frágil' silueta, su desvanede San Pedro.
An-ancar de Quo l'adis una página caracterlsti• cimiento, el espantoso peligro del que acababa de
ca es cosa sencilla; no hay más que la dificultad de salvarla el gigante, todo, hacia estremecer los coelegir. El suplicio de Ligia es entre otras escenas razones ....
grandiosas, una de las más conmovedoras. Es por
Con gritos y sollozos se exigla el perdón para
la tarde, estamos en el circo; los Augustanos, y en- ambos.... Nerón, indeciso, escuchaha entre los clatre ellos Yinicio, rodean it Nerón; en las gradas se
mores, terribles imprecaciones.
amontona una multitud compacta.
- Ahenobarba! ~[atricida! -Incendiario!
Sablase que César habla decidido ofrecerse coY tuvo miedo; no mirando más que ceños frunmo espectáculo el dolor de Yinicio, pero se ignora-

TRADUCIDA Á VEINTE LEI\GUAS

narración es donde aparece Juan Lobieki, el futuro libertador de la Europa.
Después de esta trilogla heróica, Sienkiewicz escribió Sin dogma, (1890 novela moderna presentada en forma autobiográfica¡ fué traducida al francés en 1895 por el conde Wodzinski; pero casi no
ha sido leida sino despué:1 del triunfo de Quo Vadis. Es un estudio psicológico, sobre lo que se ha
llamado la improductividad eslava y sobre el di·
letantismo. El héroe del libro, León Plozowski edúcase en un colegio de jesuitas en l\1etz, de donde se
escapa para unirse al ejército de Don Carlos¡ vuelve á ser conducido al colegio; termina sus estudios
en la Universidad de Varsovia y va en seguida é
establecerse en Roma con su padre.
Va de cuando en cuando á Polonia, donde inten·
ta casarse con una rica heredera; va tambicn á.Parls .... •No conozco ciudad alguna, dice Plozowski,
donde los gérmenes de ciencia y arte y las más elevadas ideas circulen tan ampliamente en el aire é
impregnen más el cerebro humano. La inteligencia no se asimila alll solameute los descubrimientos del esplritu¡ sino que se despoja de parcialidad
Y se llena de tolerancia; en una palabra, se civiliza.
Podrla suceder que ese respeto {i todas las convicciones de cualquier género, nos condujese á la indiferencia y nos quitase la energía necesaria para la
acción .... Tanto peor, pues yo no sabrla modificar mi naturaleza.•
Y asl diserta 11iempre y sobro todo sin encontrar
ninguna solución¡ parece que camina hacia al"'ún
0
fin .... ¿Pero á qué fin? Plozowdki no lo sabe. Sin
dogma, es deci1·, sin principios, es el representante
de esos neurosados que sufren un nuevo ll'eltschniertz, pero qu~ no tienen la disculpa de un Fausto,
de un ~Iantredo, de un Conrado. Seres inútiles ó
maléficos que activan la decandencia de una sociedad y parece inadmisible que se deslice un mal tan
pernicioso en un pals como la Polonia, donde la vitalidad es moral, donde lo que subsiste de una raza, subsiste solamente gracias á los esfuerzos de
la inteligencia y del trabajo. Plozowski se levanta
la t:9-pa de los sesos .... y esto tampoco es una solución.
Sienkiewicz lo comprendió asi y en otra novela
titulada La Familia Polaniecki (1894. nos ofrece
el remedio, que para él consiste en el 'retorno á la
vida activa y á la sencilla religión di\ tiempos pasados.
El alcance de sus obras, históricas ó modernas
siempre es el mismo. Los polacos encuentran e~
ellas su credo patriótico; Sienkiewicz les enseiía
de dónde puede venir la salvación, y á fuerza de
talento y de genio ha hecho más por el bien de
su d~sdichado pais, que todos los retores que se
embriagan con sus propias palabras y dan consejos teóricos ó ilusorios.
~n c~ant~ á los extranjeros que han asegurado
á S1enk1ew1cz una reputación universal, no deberán ver la lección con indiferencia, pues es grande
Y bastante general para que pueda aprovecharles.
Y Sienkiewicz ha proseguido su hermosa tarea·
en 1895 publicó Quo l'adis, su obra maestra y 1~
obra maestra de la literatura polonesa. ESA MAG·
NiFICA NOV.l'JLA DB LA J;POCA N.l'JRONLUi.\ HA SIDO

•

69

y por doquiera ba

�70

cidos y rostros compasivos, hizo la señal de gracia.•
La muerte de Petronio, el amigo de Vinicio, el
pagana impenitente, forma un constraste exquisito
con este episodio del circo.
Cuando Petronio ve que está perdido y que Ne1·ón, cansado de su ironla, ha decidido condenarle,
se hace abrir las arterias, conservando esa elegancia que nunca le abandona y de la que fué árbitro.
Antes de morir dirige á César una carta en la que
se burla del mal poeta que es el Imperalor y le(esa
carta á sus amigos reunidos en su casa como para
una fiesta.
• El salón huele[~ violeta; los globos de cristal de
Alejandrla filtran luces multicolores. Las cítaras
suspiran á la sordina, mientras que voces alegres
se elevan al unísono. Las bailarinas de Gos, dejan
admirar sus formas sonrosadas entre la muselina
de trasparentes gasas.•
Petronio tiene junto á él á Eunicia, su hermosa
vestiplexia. A una señal del poeta, un médico gl'iego estrecha en un circulo de oro el brazo de aquél
que va á encontrarse en los Campos El1seos con el
alma de Anacreonte y abre la artel'ia en el pufo.
La sang1·e brota é inunda á Eunicia que sostiene
la cabeza de su amante. Ella se inclina hacia él.
•Señor, dice: ¿crees que iba á abandonarte? Si
los dioses me ofrecieran la inmortalidad; si César
me diese el imperio .... te seguirla.•
Eunicia tiende al médico su brazo sonrosado y
un instante después la sangre de los dos se confundla . .. . Entonces Petronio ordena que la música
vuelva á comenzar y las citaras vibraron.
Cuando la última harmonla se hubo apagado, se
volvió hacia los invitados:
-Amigos mios, dijo: conveniú en que con nos•
otros perece ....
Pero no pudo concluir; en un supr&lt;'mo esfuerzo
abrazó á Eunicia y su cabeza volvié, ,l. inclinarse.
Sin embargo, los invitados, ante r~as dos formas
blancas, semejantes á dos mara,..llosas estatuas,
sintieron que se perdla la últimn herencia del mundo romano: su belleza y su poc~la.,
Estas citas justifican elocuentemente el triunfo
de Quo Yadi.~, y mejor qno un comentario harAn
comprender por qué puedoJ decirse que Sienkiewicz
es un pintor y un poeta.
Después Je su esta!1cia en América, Sienklewicz
se ha convertido en un gran viajero; en 1891, estuvo en Africa; escribió de este viaje deliciosas páginas sobre Zanzlbar y el Egipto. Con frecuencia va

71

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.
á Italia, especialmente á \'enecia, ciudad que amit
tanto como Byron; A Roma, á Francia. Estaba en
Parls en 1900 cuando tuvo el dolor de ver morir repentinamente á. uno de sus amigos más fieles, Abakanowicz, cuya casa habitó en el parque de SaintMaur y en Bretaña en la quinta de Ploumanac'b .. .
habla pasado días felices, encontrando placer en
vivil' en un país del que tan bien conoce la lengua
y apreciando todo el intcré3 que Francia puede
ofrecer á un artista.
Pero Sienkíewicz gusta, sobre todo, de la soledad; en París, como en Varsovia ó en Zakopane,
huye de los impertinentes, se contenta con la sociedad de algunos lntimos y de sus dos hijos, que son,
desde su viudez, un recuerdo bien caro de una folicidad pronto pe1·dida.
Siempre trabaja. En 1900 publicó los Caballeros
Cruzados, especie de prólogo para la gran trilc,gia
histórica que pl'incipia en Por el hierro y por el
fuego y te1·mina en Messire Wolodyjotcsld. Sienkiewicz traza en ese libro las luchas de los polacos
contra la Ol'den teutónica, en la segunda mitad del
siglo XIV. Esta nueva epopeya termina con una
descripción de la batalla de Gri.inwald, que fué una
brillante victol'ia y libertó para siempre á la Polo·
nia de las invasiones de los caballeros cruzados.
En una pequeña composición titulada Leyenda
Marítima, Sienkiewicz sintetiza el significado de
su obrn:
•La Púrpura no temla ni las olas ni los más terribles huracanes. El buque navegaba hacia el infinito con los trapos al sol, y la tripulación se entregaba á la orgía .... Una maiían ase escuchó este grito tP,rrible: cLa Púrpura se va á pique.• Y los
marineros desentumecidos quisieron luchar contra
los elementos; pero las olas son más fuertes que los
hombres.
•Algunas voces decían: • Estáis ciegos! Lo que
se necesita, no es disparar cañonazos contra la tormenta, sino carenar el buque. Bajad á la cala y
trabajad .... Aún no ha muerto La Púrpur a.•
Al olr estas palabras, un estremec:miento sacudió á aquellos desesperados... . . y trabajaron desde la mañana basta la noche, retando en un supremo esfuerzo su inercia y su ceguera .... y La Púrpura se salvó .... !•
Y el primer verso del himno nacional os viene á.
la memoria:

NOCTURNO.
Cuando t!Stoy en mi lecho, y afuera
Siento pasos de gente que cruza:
¿De quién son esos pasos, me digo,
Cuando suena en la torre la una?
Si es un padre que busca un alivio
Para el hijo postrado en la cuna,
Que despierte, Señor, ese niño
Sonriendo sin fiebre ni angustia¡
Si es un hombre que vuelve jugando
De su esposa infeliz la fortuna,
Haz que ablanden su pecho de roca
De sus hijos las lágrimas pura~;
Si es la joven quo vuelve del baile
Sofocada de danza y mazurka,
Que los aires no hieran su pecho
Y la tos no la arroje á la tumba;
Si es un pobre ó tal vez mi enemigo
En demanda de pan ó de ayuda,
Dile al punto que toque á mi puerta
Y á mi pecho que olvide la injuria;
Si es malvado que en pos de venganza
En la sombra su victima busca,
Que camine hasta el fin de los siglos
Sin hallar:\. su victima nunca;
Pero si es un amante que Yuela
De la reja á la cita nocturna,
Ilumina, Señor, esa f1·ente
Con un rayo de amor y de luna.
i\l.\:m-:1, S.Í..NCUEZ PESQUERA.

/

Aún no ha muerto la Polonia ....
CASIMIRO

STRYENSKI.

Trad. de Revista llloderna ¡

/

d EN QU~ PENSAR:bj P
¿En qué pensaré cuando me halle á punto de morir, si es que estoy aún en estado de pensar?
¿Pensaré en mi mal aprovechada vida, que pasé
como en un sueño, adormecido, sin saber paladear
sus frutos? ¡Cómo! ¿Es ya la muerte? ¿Tan pronto? ¡Imposible! ¡Aún no he tenido tiempo de hacer
nad11! ¡Sólo que ya me disponla á hacer algo!
¿Recordaré mi pasado? ¿Fijaré mi pensamiento
en los breves instantes radiosos que tuve en la vida, en las fisonomías é imágenes para mi caras?
O bien ¿volverAn á trazarse en mí memol'ia mis
malas acciones é invadirá. mi alma la ardorosa angustia de un remordimiento tardlo? ¿Pensaré en lo

que espera más allá de la tumba y si me espera en
('fecto cosa alguna?
No . ... Paréceme que trataré de no pensar, que
me esforzaré pol' idear alguna pequeñez para distraer la atención de las amenazadoras tinieblas
que se ennegrecen ante mi.
En mi presencia cierto moribundo no cesaba de
condolerse porque no le querlan dar avellanas tostadas. Y sólo allá, en lo más recóndito de sus ojos
ya sin lustre, mientras tartamudeaba sus quejas,
bregaba y se estremecla un no sé qué, como el ala
rota de un pájaro mortalmente herido.
lVAN TURGUENEF,

�72

A~o IV

REVISTA MODERNA.

EL PERRO MUERTO.
Jesús llegó una tarde A las puertas de una Villa
é hizo adelantarse á sus discípulos para preparar
la cena. El, impelido al bien y la caridad, internóse por las calles hasta la plaza del mercado.
Allí vió en un rincón algunas personas agrupadas que contemplaban un objeto en el suelo, yacercóse para ver qué cosa podía llamarles la atención.
Era un perro muel'to, atado al cuello por la cuerda que habla serYido para arrastrarle por el lodo.
Jamás cosa más Yil, más repugnante, más impura,
se había ofrecido á los ojos de los hombres.
Y todos los que estaban en el grupo junto á la carroña, miraban con asco.
-Esto emponzeña el aire, dijo uno de los presentes, tapándose la nariz.
-Cuánto tiempo aún, dijo otro, este animal putrefacto estorbará la vía.

111

QUINCENA DE MARZÓ DE

1901

NúM, 5

REVISTA MODERNA

-Mirad su piel, dijo un tercero, no hay un trozo
en ella que pudiera aprovecharse para cortar unas
sandalias.
-Y sus orejas, exclamó un cuarto, asquerosas y
llenas de sangre.
-Habrá sido ahorcado por ladrón, añadió otro.
Jesús les escuchó, y echando una mirada de compasión sobre el animal inmundo:
-Sus dientes son más blancos y hermosos que
las perlas!-dijo.
Entonces, el pueblo admirado, volvióse hacia él,
exclamando:
-¿Quién es éste? ¿Será Jesús Nazareth? El sólo
podía encontrarse alguna cosa de qué condolerse
y hasta algo que alabar en un perro muerto!. ...
Y cada uno, avergonzado, siguió su camino, inclinando la cabeza delante del Hijo de Dios.
LEÓN TOLSTOI.

"LA·W N TENNIS."
Una francesa, queriendo explicar su carácter, ha
escrito lo siguiente: «Nunca me visto para un baile
sin saber por quién voy allá.,-Las muJeres americanas, por el contrario, parecen vestidas con el
objeto de aparecer bellas, porque son mujeres •hermosas y sanas,, como su raza, y en llquel momento ninguna piensa en el fiirting, absorbi&lt;las como
están en seguir el juego, en que cada m ·ién llegado se interesa inmediata mente al i,!?'11a.l de otros.
Aleccioaaclas por cursos de cultura fí ,ica, comp1·enden el atletismo ea donue quiera q ·1c lo encuentran,
con la misma semi-profesional io.tcligencia que en
un asalto de esgrima un espailachln mide con una
mirada la agili&lt;lau de los co111l&gt;atientes y su juego.
En cierto momento, uno tle los jóvenes jugadores que acalla de herir 111 bola, llama á un asistente para qtw le limpie la ~uela de su zapato de caucho, llena de lodo. Dnrante esa plebeya operación,
el joveu logra asu111ir una postura tan gallarda,
que oigo á una muchacha exclamar: , ¡Oh, cuánto

MÉXICO,

desearla que ganase! ¡Es tan buen mozo! Ingenua
exclamación en que se revela la profunda admiración de la mujer americana por la belleza fisica,
considerada al modo pagano. Va tan lejos esta admiracióu, que uno de los más celebrados atletas de
los Estados Unidos, reune en su palco, después de
la representación en que ha tomado parte, á las
mujeres de la mejor sociedad, y con el torso desnudo, les da una disertación sobre su cuerpo, una
conferencia sobre musculatura. La fotografla de
ese torso, realmente muscular, como aquel del Museo del Vaticano que las manos del viejo Miguel
Angel acariciaban, se vende en todas las tiendas, y
más de una de esas bellas espectadoras de laten
tennis posee una de ellas en su sala. ,Hay gentes
que consideran esto indecente,• decía una de las
meucionadas damas, mostrándome ese singular documento de su independencia de ideas. • Yo no lo
creo,, añadía ella. ,Esto es griego; he ahi todo.,
PAUL

BOURGET.

A NUESTRO DIRECTOR.
El alto, el noble amigo nuestro, que ha puesto todo su genio y todo
su corazón en la "Revista Moderna," sufre en estos momentos un nuevo, un hondo dolor por la muerte de su hermano, el Sr. D. José Valenzuela.
Lo acompañamos en su duelo, siempre amantes, siempre fieles.
Los

REDACTORES.

ARTE
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
'l'ip. de Dubldn.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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          <name>Título Uniforme</name>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 4, Febrero, Segunda quincena</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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ARo lV

REVISTA MODER~A-

ble me la hablan hecho. Amenguóse el resplandor
molesto de sus ojos, que brillaban, si, pero empañados por tenues celajes; dejó de echar fuego como fragua su hermoso cuerpo, y pude acercarme
libremente á ella, sintiendo, antes que calor, un
dulce temple que á un tiempo confortaba cuerpo y
alma.
Despertóse de improviso en mí Yiva inclinación
hacia á ella. Hablamos, se animó mi conversación
con requiebros y se salpimentó con suspiros, me
entusiasmé, coqueteé, me entusiasmé más, me declaré, hicele proposicioaes de matrimonio. ¡Ay! liumanos, ¿sois mortales porque sois débiles, ó sois
débiles porque sois hombres?
Condújome la taimada á un delicioso lugar, nombrado Sardinero, vecino al Océano, verde y cubierto de flores como un jardín, reuniendo en si la suave tibieza de la tierra y la frescura del mar, un
verjel con playa de doradas arenas, donde las liolgazanas olas se extienden desperezándose al sol,
un montecíllo encantador, primaveral, compendio
de todas las bellez.as de la Naturaleza.

Mi compañera, á quien desde aquel instante llamé mi esposa (porque consintió en serlo con pérfida
complacencia), me sumergió en el mar, me invitó
después á paseos y meriendas. ¡Oh, que felices días
pasamos! ¡Qué apacibles noches! ¡Cómo rodaban las
horas sin que sus pasos sonaran sobre aquel césped
florido ni sobre las cariñosas arenas de la playa!
Yo era el hombre más feliz de la creación basta que
un día, ¡infausto día!. .. Nunca babia visto á mi
compañera tan hermosa, ni tan alegre, ni tan amable ....
Nos bañamos juntos, disfrutando del halago de
las olas, asidos de las manos, mirándonos el uno al
otro, cuando de repente desapareció no sé cómo ni
por dónde, dejándome lelo, lleno de desesperación.
Busquéla por todos lados, dentro y fuera del agua.
No estaba en ninguna parte. Me eché á llorar y sentí frío, un frío que penetraba hasta mis huesos.
¡Triste, tristísimo día, horrible fecha! La recuerdo bien.
Era el 22 de Septiembre.
B. PÉREZ GALDÓS. .

NUESTROS COLABORADORES EN EL EXTRANJERO.

Oomunicamos á nuestros lectores que habiendo adquirido la colaboración
del Sr. Abogado Nicola Rubino, eminente escritor italiano, director de «La
Crítica» de Nápoles, tendremos el gusto de comenzar á publicar artículos suyos, brillantísimos de forma y vibrantes de sentimiento. Tendrán ocasión
nuestros abonados, desde luego, de gustar y de admirar las sensaciones de arte oriental_que nuestro nuevo colaborador nos ha enviado con el título de «Piccoli Azzurri d'Oriente. »

EN _HOMENAJE AL DUQUE JOB,
Organizará en su salón la Revista Moderna, la noche del día 3 del próximo
Febrero, un festival artístico.
Oportunamente se repartirán las invitaciones.

.......

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE FEBRERO DE

1901

NúM,3

REVIST A MO DER NA
ARTE V
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESU S URUETA.
Tip. de Dt1bld11.

�42

REVISTA MODERNA.

REV1STA MODERNA.

UN VIAJE DE BODAS.
A

JESÚS

E.

LUJ,Í.N.

Volaba el tren sobre su doble cinta de acero. La la moda ferrocarrilera. La muchacha decía en
niebla que babia opacado las primeras luces del al· tanto:
-Gracias, gracias, con las manos en el semblanba, se desvanecía bajo el sol vencedor cuyos áureos
dardos chocaban rompiéndose en viva policromia te, dejando coner sus lágrimas entre sus deditos
en los cristales y remates metálicos de nuestro enor- enguantados.
-Señor, balbutió después levantando la frente:
me carro, remolcado con furia á Jo largo de la lla¿va
Ud. á Chihuahua?
nura escueta y secamente melancólica. Crujía y á
-No, señorita, contestó él.
las veces silbaba la locomotora con plañidero acen-¿Pero cómo pagarle á Ud. entonces? ¿A dónde
to de bestia castigada, que aún más honda bacla. la
puedo
enviarle e3e dinero cuando llegue á mi casa?
solemnidad del desierto fronterizo. Ni un hombre,
-Señorita,
replicó él, sentándose á su lado, eso
ni una res, ni un árbol eu la inmensa extensión heno
vale
nada
y
es para mi una caricia de mi buena
rida por el monstruo vibrante, empenachado de ne·
gro humo que tirado al viento á lo largo de la 11· suerte el haber tenido oportunidad de servirá Ud.
nea recorrida, en grandes volutas semiobscuras, to- en algo.
La mujercita sonrió ligeramente entre su llanto,
cadas á fuego por la luz, se deshacían en la transparencia del aire. Los conductores recorrían los ca- un rayito ele sol rompiendo la lluvia. Y siguieron
rros del convoy revisando tickets. Los pasajeros conversando cada vez en voz más y más baja.
contemplábamos por las abiertas ventanillas la tris- Próximo á ellos percibía yo algunas frases: Era
teza de aquellos terrenos si n aprovechamiento. De ella de Chihuahua. Había venido á ;\léxico con su
pronto uu grueso empleado yankee dijo, dirigién- madre, enferma desde la muerte de su papá, la ha•
dose á una linda mujercita, graciosamente vestida bia perdido desgraciadamente á pesar ele médicos
y medicinas, y r egresaba sola á su tierra, á donde
de viaje.
tenían algunos iutereses, porque ... era sola, ente·
-1'icket?
La rubia de aterciopelados ojos, los 6jó bajo el ramente sola. En el mismo tren, el primer dia de
dosel blondo de su cabeller;-. que se escapaba del viaje, se le habla extraviado su saquito (me lo han
sombrerillo en rizos de oro hasta las cejas negras, robado, dijo) en que llevaba su ticket-recalcó lo
palabra-y su dinero. Luego, sacudiendo con deliy repitió.
cada
gracia su cabeza de arcángel, ya secas las lá·
- Ticket?
grimas:
- Yes, ticket, dijo el conductor.
-"Jfi no entiende, abaco, mu1·muró, dilatando
Volvióle á mirar la joven y como &lt;]icho sólo para
desmesuradamente las negras pupilas sobre la llasi misma, murmuró:
mua interminable.... ¿Y qué hubiera hecho yo,
-Si lo he perdido!
El obeso empleado seguía con la mano tlestendi- sola, allá abaco1 agregó estremeciéndose ante la
torva soledad que se extendla á sus ojos; y como
da hacia ella, diciendo:
que se aproximó, refugiándose, á su interlocutor.
-¿No ticket? ¿~o ticket?
En los ojos de la guapa mujercita querían como Más y más bajo prosiguieron hablando, y no pu•
de percibir sino sus mutuas miradas cruzándose
saltarse las lágrimas.
en rayos de luz con interferencias ele sombra mis•
-¿No ticket1
teriosa, mi entras sonrelan sus labios encendidos,
Mas animada elijo con \'OZ clara:
descubriendo el marfil purisimo ele los dientes jó-Lo he perdido con mi seiquito de mano.
- Mi no entiende, replicóle él; y lernntó la dies· venes. Y seguíamos volando hacia el :Norte á través de la llanura y de los escasos accidentes del catra en ademán de llamar para que el tren se detu
mino monótono, envueltos en una no intenumpida
viera, añadienrlo bruscamente:
-Si no tienes ticket, abaco: si no tienes ticket, ráfaga de polvo .....
abaco.
-Gómez Palacio, llegó Ud, dijo, tendiéndole la
Todos los pasajeros nos incorporamos en defen- mano con tristeza.
sa de la joven, pero no tan rápidamente como un
-No, contestó él, iré hasta Chihuahua. Seré su
charro, mocetón hasta de veinte años, moreno, de escudero-si eso cabe en ferrocarril--hasta su caárabes ojos y fino bozo negro bajo la aguileña na- sa, señorita.
riz de amplias fosas mó,·iles como las de los corce-Pero eso no puede ser.
les de pura raza.
-Oh! perfectamente. . . . Ticket! y está hecho.
-Ticl.:et:' dijo, ya junto y frente al conductor,
La rubia sonrió agradecida, volvió el tren á su
tenga Ud., insolente; y le alargó un billete de Ban- carrera y ellos á sus miradas, á sus sonrisas y á
co, cuyo cambio devolvió el obeso empleado con el sus frases imperceptibles.
ticket, exclamando:
-Chi-júa-júa, gritó el extranjero conductor. Ba-All right; alejándose lueg-o con su enorme ab- járonse algunos viajeros.
domen que parecia un aventador de obstáculos a
Ellos no. ¿Qué habla pasado? ....

En Ciudad Juárez descendieron del tren á la vez
que yo, y cogidos del brazo desfilaron por el andén,
serios y callados, entre bullicioso grupo de pasajeros locuaces.

Al instalarme en el pullman del tren americano
que del Paso parUa para New Orleans, miré á mi
arregante charro, disfrazado de catl'in, con la bella
rubia de obscuros ojos en uno de los ángulos del
carro. ¡Con qué confianza se trataban! ¡Oh juventud! ¡Oh belleza! ¡Oh amor! Vi levantarse en mi memoria los hermosos dias.en que el amor me protegió
también y sen ti, contemplándoles con los o,ios entrecerrados, manos que estrechaban mis manos, ojos
que se miraban en los mios al mirarme yo en ellos,
roce de labios frescos en mis labios, dulce aliento
que perfumaba mi aliento, en medio del ensueño
que tejla y destejía bajo una lluvia de pétalos rosa con mis recuerdos ¡ay! muy lejanos, pero muy
vil"os en aquellos momentos. Y ya no hablaban a
hurtadillas. ¿Para qué?_Alli no se conversaba sino
en inglés. Ellos no sabían el inglés. ¿Por qué hablan de eutender su castellano aquellos figurones
de tapíceda que les rodeaban? Y yo seguia saboreando, casi escondido en la penumbra, las frases
de miel de abeja de nuestra lengua en los deliquios
amorosos de dos almas vírgenes, hechas para el
panal inagotable del Amor, travieso como un chicuelo y fecundo como un Dios.
¡Qué epanáforas las de aquella conversación rlt·
mica! Todas las cláusulas comenzadas con la misma frase mágica, vuelta y devuelta como la veloz
mariposa de un volante, de los unos labios á los
otros, velada apenas entre risas soñadoras. Te
amo! Te amo! Oh Rey Sabio! Oh Villcna! Oh l\fanrique! Oh Garcilaso! Oh Lope! Oh castellano! sacra
lengua inmortal del amor y de la poesía!
De repente se enserió la damíta rubia, Blondina,
le decía él.
-¿Qué tienes? le preguntó.
-Tengo miedo, dijo, y se quedó mirándole intensamente. El se puso serio también, y su mirada
de reflejos act:rados se fundió por algunos instantes en los reflejos negros punteados de oro de los
ojos de ella. Sus manos se buscaron y se estrecharon como ante una visión adversa; y de súbito, se
echaron á reir estrepitosamente. Los tiesos yankees
Y las estiradas misses volviéronse á mirarles frios
pero sorprendidos de aquel parlotear y cantar de
pájaros. Ellos no lo notaron. No vivían sino dentro de si mismos. Uua tejanita que tal vez chapurraba en su inglés un jil'ón de español de algún su
antepasado hispano, dijo maliciosamente á otra su
coterránea:
-Son pichonas.
-Oye, José, interrogaba ella, ¿por qué habré yo
tenido miedo junto á ti? Te lo he dicho, estoy sola
en el mundo ....
-No, no, [interrumpió él, estabas sola antes de
encontrarme, ahora ....
-Eso, eso, se apresuró á decir Blondína, estaba

sola, ya no. Pero lo que pasó hace poco, ¿sabes? . .•
tuve miedo por ti, no por mi, y te comuniqué mi
miedo; tú también tuviste miedo, ¿verdad?.... ¿Qué
será eso? .... Presagios? Mi padre no hizo feliz á
mi madre; mi madre, muerto él, no tuvo dia de salud. Desde pequeña, no diré que he vivido triste,
sino entristecida. La tristeza no me brotaba de dentro, me venia de afuera, digo, del exterior se me
deslizaba al interior del alma. No sé, nunca he sido dichosa .... hasta que perdí el ticket, y más después que confiada te he seguido habiéndote desviado de tu camino. Sin el ticket ni nos hubiéramos ha·
hablado jamás .... ¿Crees en el destino, José?
-Blondina, creo en ti. La verdad es que no so}
fatalista. Si hemos de creer en el destino tú y yo,
tenemos que juzgarle como el mejor amigo nuestro. Sin él no nos hubiéramos conocido.
-Bueno, ¿y por qué tuviste miedo?
-Yo, contestó él, yo .... ¿y tú por qué lo tuviste?
Tú me lo sugestionaste a mi.
- Yo! por ti, te he dicho, por ti, por ti; y martillaba Blondina repitiendo, por ti.
-Explicate, dijole él.
-Poi· ti. En medio de nuestras agradables palabras, viéndome en tus ojos vi en el fondo de ellos
un puntito rojo que fué creciendo, creciendo, basta empaparte la mirada en sangre. No te he dicho
cómo murió mi padre: asesinado. Pequeñita yo,
cuando le llevaron á. casa, le vi cubierto de sangre
roja, roja como el puntito que vi en tus ojos y que
fué creciendo, creciendo hasta empaparte la mirada. Yo le tengo horror á la sangre, mucho horror.
-Blondina, no hablemos de estas cosas. Vuelves
á entristecerte y eso me entristece á mi.
-Dices bien, hablemos de otra cosa, contestó
Blondina, y volvieron á sus primeras frases de tór·
tolas enamoradas, de pichonas, que decía la tejanita.
El tren corrla por las llanuras del Sur de Tejas,
tanto ó.más extensas que las nuestras. Habla obscurecido hacia tiempo y el porte1· comenzaba á preparar los camarotes para dormir. Una sección completa habla tomado mi ex-charro, fué arreglada
desde luego por el negro servicial á quien vi que
le deslizaba aquel algo en la mano: monedas sin
duda. A poco, indecisa, despidióse Blondina, recogiéndose eu el camarote de abajo; vi el movimiento
de las cortinas corridas bajo las cuales se desnudaba la joven. Quedóse su compañero algún tiempo
sentado frente á su sección, con los codos sobre las
rodillas, la cabeza entre las manos, después se levantó y desapareció entre las cortinas que cubrieron la toilette de noche de Blondina y ..... .
........ ; al lecho misterioso
Venus conduce á la beldad divina
Que mal esconde el susto fatigoso.
Mirt-ilo, hablando quedo, á ella se inclina,
Y se oye un ¡ay! mas el Pu&lt;}or cuidoso,
Cierra del lecho la nupcial cortina.
Dije con Luis G. Ortiz¡ y me fui á acostat· de un
humor de todos los diablos.
JEsús E. VALENZUELA.

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REVISTA l\1ODERNA.

REVISTA l\lODERNA.

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LA BALANQOIRE.
DeA pet it'11 , nrant:,; jouaiC'nt Ji.
-Plwtn.'ilwt.

Yola comme ces tL.._,,u~ sont
ftno et ' d 611ra ts.-1'1'iotrit•.

Tout un essaim d'enfants au jardin vaga.bonde;
Et leurs petits peplos, mauv~s, pourprés, bleus, verts,
Jaunes, blancs ou gris perle, en des bouquets divers,
Se sont enguirlandés pour danser une ronde.
Myrtale au- dessus passe, avec un bruit de fronde,
En balanc;oire; et rose entre ses bras ouvertJ,
Par volutes, remous, torsades et revers,
Flotte son long manteau que le soleil inonde.
L'agrafe se détache; et l'on dirait soudain
Un vélum frissonnant llUX arbres du jardin,
Pour éventer les fronts de la troupe enfantine;
Ou quelqu' ibis d'Egypte, ébloui des couleurs,
Et dont l'hésitant vol, sans se poser, s'obstine
Et palpite llU dessus d' un parterre de fleurs.
LtoNcm om JONCI~RES.

LE BATTEM ENT DE SES SEINS.
Pt'Ut f tre mo vlenJra l 11 un
songe qul me mettra dan, Je,;
brAA d&lt;' mi\ bl"n nim~~.-An,t
rlti,u

O ma l&gt;elle, 1111liol(}ue tu m'tu
tlonne ti« embh~m,,; c:'.' e tH
M'ins, Je beni8 ce don tt j'en
n1&gt;11réch1 la \*RIN 1r.
P llirl Ir Sil~1t1..,, ;,,.

Elle ue p"ut soitir ce soir; il pleut, il gréle;
Sa mere a clos la porte aussit0t le repas.
Je ne dois pas entendre accourir son cber pas;
Et je dormirai seul, sans me presser contre elle.
Oisea.ux que nous devions, la tete sous votre aile,
Jmmoler :\ Cypris- puisqu elle ne vient pasJ ' ajourne a son retour votre double trépas.
Repost&gt;, ú mon ramier, pri·s de sa tourterelle!
Mais m'approchant de vous en silence, je ,ais,
Sans vous éveiller, tels, da.ns vos ticdes duvets
Roulés, pelotonnés, je vais vous prendre ensemble;
Et je vous placerai, moelleux petits coussins,
Sur ma. poitrine, a.fin qu'en dormant il me semble
Toute la. nuit sentir sur moi battre ses seins.

LÉOXC■

DE

JONCI~RES.

J,

n

UN TEATRO POPULAR.

cTSt:TA-ZA,• el Teatro de la •Hiedra Legendllria,• abrla. sus puertas á las diez de la mañana. de
aquel dla, para. cerrarlas al cabo de quién sabe
cuántas llricas jornadas. El pórtico ornamentado
con la versicolor floración de mil encarrujados farolillos, lucia. una. pintoresca. serie de esos famosos
•affiches• que Félix Régamey introdujo en la. decoración de los salones europeos y que hace dias celebraba. Jean Lol'l'ain, en un entusiasta articulo dedicado á SADA- YAK0, la. actriz japonesa triunfante
en pleno Pa.ris .... Aquellos caffiches• eran la clave
gráfica del drama. que iba á representarse; trazaban los terroríficos episodios, retrataban á los héroes fabulosos y una. multitud pobre, incapaz de
pagar el medio yen de la entrada, ancianos, mujeres y niños, centena.res de niños, se contentaba. con
caer en pasmo ante los cartelones de furiosas lineas
y ardiente colorido . . . .
Avido de tanta novedad halagüeña, hice mi entrada media hora. antes que la función comenzara. Un
vestlbulo destinado á contener los milla.res de zuecos que los concurrentes, uno por uno, van abandonando al entrar y lateralmente dos loca.les, uno lle·
no de dulces, fmtas y pasteles; el otro de todos los
bibelots de la. cocina japonesa y ambos indispensables en una asamblea. que no se disuelve en las do•
ce horas de un dia. .... Avanzando más, la sala. de
espectáculo: un hall inmenso con un patio en medio, dos gradas de pequeños palcos á los la.dos, una
vasta galerla en el fondo, sobre la entrada, y á su
frente el proscenio, cuyos misterios cubrla. en esos

instantes un gran telón en forma. de cortina corrediza, fresca. y deliciosamente pintada. con una tumultuosa. • marina.• Como detalles, cortando el • patio• á lo largo y prolongando el escenario, dos caminos como puentes, por los que entran y salen los
actores que se ven a.si momentáneamente mezclados con el público, y de un extremo á otro del plafón, largas tiras, especie de bambalinas de telas
multiculores que ofrece al actor triunfante el público que lo admira y que son á la vez ex-cotos artísticos y adornos de los más brillantes. La cortina- telón, partla. de un ancho panneau horizontal
cubierto con una gran franja. de hermosisimo damasco, bo1·dada. con el bl1tsón del teatro, la hiedra
japónica que se vela repetida como motivo orna.mental, en multitud de accesorios y detalles. Al
borde de la rampa, una fila de mecheros de gas y
sin palco de orquesta. el patio tendido de uno á otro
extremo.
Comienza. el público á llegar. Son grupos de
cmusmés• y • muskos• ó familias enteras que se
instalan desde luego, se ponen cá son aise• y se
,en al momento rodea.das por mozos que les Uevan
los braserillos para. las pipas, las salvillas llenas de
bombones ó los accesorios para. el thé. En pocos
momentos el teatro está lleno. Me contraria. ver
que los cmuskos• corren persiguiéndose de un la.do á otro, que el ruido es excesivo, pues eso me impedirá el comprender una frase, una palabra. siquie·
ra del parlamento de los actores. Y lo peor es que
aquel barullo no cesará, pues los japoneses tan co-

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rrectos siempre, no tienen tenue en el teatro cuyo
público parece más bien el de una feria al aire Ji.
bre. Los vendedores, los niiíos y sus ayas van y
vienen interceptando la vista del escenario; los auditores comen, fuman, beben, creo que brindan, y
tanto ruido y tanto movimiento amengua las impresiones que del proscenio emanan ....
Parece por fin que el auditorio se aquieta y calla; .... se oye, previniendo, el duro chasquido de
dos trozos de madera; una orquesta invisible redobla en eusurrantes tamboriles y arpegia en trémulos laúdes y por fin dando principio á la función la
gran cortina se descorre y un actor en traje de antiguo sacerdote ejecuta el •SA)IBASHO,• baile emblemático que en el Japón precede á todas las representaciones como un recuerdo de la danza sagrada que h1ice mil años salvó al Yamato de una
pavorosa catástrofe. El baile es breve, su ejecutante des'lparece y en su lugar invade la escena un
tropel ele viejos samw·ai", cubiertos con armaduras
de laca y oro sobre trajes ele seda, tocados con cascos coronados por antenas, cascos que parecen epopeyas de gloria, sobre los negros himnos de las armaduras tenebrosas ....
Los guerreros al andar entre sus rnbles erizados,
crujían como crustáceos enormes .... Sus menores
gestos eran retos, proYocaciones, amenazas y bajo
el duro hierro de sus armaduras, el ímpetu de sus
rabias y el furor de sus gestos encontraba un noble ritmo grave y marcial.
Los agudos brillos de suq cascos partían como
saetas y las oblicuas sombras de sus cuerpos se
tendían como banderas abandonadas.
)Iarchaban, los guerreros, entre el duelo de sus
armaduras parnnadas de laca y el áureo chispear
de sus cascos damasquinados de oro; ernn sombra
y luz, eran el dla del Triunfo y la uoche de las matanzas, eran la muerte, eran la Gloria ....
El paladín de más alta jerarqula hablaba á. los
demás sugestionitndolos imperiosamente. El actor
que desempeñaba aquel papel debla ser un gran
trágico; la boca y la parte baja de su rostro estaban
cubiertas con la máscara de guena; pero á aquel
l,ombre le bastaban los ojos para agolpar en ellos
como en un fanal condensador todos los sentimien
tos de su alma. Indignado y conmovido, como un
caballero andante, narró una gran injusticia, una
suprema iniquidad y sus ojos en blanco imploraron,
y sus pupilas nubladas sugirieron un llanto piadoso y aquellos ojos mismos se inyectaron á poco, se
enrojecieron como una fragua forjadora de rayos
vengadores que eran miradas de indignación fu.
riosa ....
Por momentos, en los episodios más patéticos,
circulaban por el escenario extraños personajes furtivos con trajes y antifaces negros, que yendo y viniendo ayudaban á los actores á. despojarse de un
trnje, los abanicaban, les alumbraban el rostro en
los momentos más pasionales .... Son los •lrnromango, • y se les supone invisibles, aunque á veces
intervengan con demasiado celo ....
Cuando la escena de los samurai terminaba, se
vió de pronto que todo el e~cenario, con decoraciones y actores giraba lentamente y desaparecía, mientras que el mismo movimiento giratorio hacia apa-

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recer otro escenario diferente con un nue,o grupo
de artistas .... Es que el piso del foro en los teatros
japoneses está formado poi· un gran circulo dividido por el ditimetro en dos partes: mientras en una,
que es ,·isible para el público, est{L representándose un acto, en la posterior los obreros preparan la
decoración inmediata.
La nue,·a escena era el interior ele un yashiki•
palacio señorial, donde tres damas nobles habla,
ban entre si; los trajes eran suntuosos, los peinado&amp;
magníficos y en los hermosos rostros pálidos sangraba el grano de coral de las bocas diminutas ....
A poco sobrevino una inquietante matrona de gris
cabellera, diabólicos ojos amarillos, ostentando un
kimono ele seda, bruno y dorado como la piel de
una pantera .... ; sus movimientos eran elásticos y
folinos y su boca ensangrentada tenía un no sé qué
ele cruel ....
Era un personaje misterioso y se adivinaba que
en su carácter iba á condensarse la tragedia ....
Las tres suntuosas damas se retiraron, dejando
en la escena la nostalgia de su deslumbrante
hermosurn y la misteriosa matrona quedó sola,
después que un grupo de sirYientas la rodeó
con la lámpara veladora ele papel, los edredones,
todos los accesorios para el sueño japonés. Enton•
ces á la izquierda del proscenio la orquesta prorrumpió en una música inquietante, mientras que á
la derecha el coro, un coro como el de la tragedia
antigua, revelaba el misterio de la matrona enigmática y la deYOlvia á la verdad de su sér diabólico y malYado.
El personaje semejaba una bruja partiendo para
el csabbat;• su rostro iba perdiendo lo humano y en
todo su sér la felinidad se acentuaba; hubo un momento en que sacudió la cabeza y sobre sus sienes
quedaron erizados dos mechones grises como las
orejas de un enorme gato; luego cou un sacudimiento resbaló el primer traje y apareció un segun:lo
que era como la piel áspera de una hiena ... Aquel
sér tenia entonces una dudosa ambigüedad y l:i.
mujer por instantes iba transformándose en bestia .... En primer t(•rmino en la escena, había un
biombo transparente y cuando la mujer pasaba
arrastrándose !'rente i, él, el público veía proyectarse en la pantalla la negra y enorme gilueta de
un gato de maravillosa realidad!
Hubo un momento en que en una de las puertas se
escuchó un ruido alarmante y entonces creyéndose
sorprendido el personaje, con tres gestos volvió su
sér humano; su cabello se alisó, el traje perdió su
aspecto de piel de bestia y al pasa1· por el biombo
la sombra que se proyectó entonces, fué la comim
silueta de una mujer! Estos tom· de force de la escena japonesa son pasmosos en verdad y la mistificación es total, absoluta! .... Pero iba á venir algo
en que el triunfo era para el intrínseco talento de
los actores ....
La mujer pantera volviendo de su alarma, había
recobrado su sér bestial, cuando distinguió á una
de las lindas damas pasear á los rayos de la luna
por el verandah de la mansión ,v desde luego comenzó á acechada como acecharía ft una gacela un
hosco chacal. L~ Bestia-hembra)royeetaha su fascinación y alhi. en el e~trem_o del proscenio la her•

�REVISTA ~10DERNA.
REVISTA MODERNA.

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mosa criatura. temblaba sin conocer por qué y luchaba desesperada por no ceder á la siniestra sugestión que la atrala. .... Pero fué en vano! al cabo
las distancias se acortaban y cuando la pobre
,musmé• vió por fin á su verdugo y se explicó la
posesión siniestra, el demoniaco maleficio, quiso
gritar y exhaló un ronco estertor, quiso huir y la
fascinación la arrojó tambaleando en los brazos de
la hechicera! Entonces ésta la abrazó con furia sen·
sual y rasgando la veste de brocado, descubrió un
seno ebúrneo y palpitante, que sus dientes mordie•
ron, que sus labios besaron con un heso ventosa,
brutal y astrin;.{ente que aspiró la sangre y dejó
marcado el orbe de marfil del blanco seno coa un
moretón cárdeno como una flor de hiedra!! ....
Después el \'ampiro, la goule asquerosa jugó eon
el cadáver de su victima como intentando una resurrección .. ! La bestia levantaba un brazo y la muer
ta como galvanizada repetla el ademán. Aqul lo ad·
mirable era la perfecta imitación de la rigidez cadavérica interrumpida por la sugestión de la bruja,
y cuando ésta tomó al cadáver y lo arrastró y lo
hizo tomar diversas posturas y al fin lo arrojó de si,
el realismo de aquellos actos motivó que por momentos el público se sintiera estremecido por ráfagas de verdadero pavor ....
La escena macabra y demoniaca se prolongó aún
llena de espeluznantes detalles, y en toda su duración no hubo ni un solo detalle grotesco, pues los
actores supieron mantenerla en el terreno del gran
Arte ....
Siguieron luego otras escenas, entre ellas un baile infantil, un ballet de •muskos, que fué una delicia: las criaturas ornadas con suntuosos trajes

eran flores cuando inmóviles y mariposas al agitar
las grandes mangas de sus irisados trajes!
Una de las últimas escenas fué una disputa entre
dos •samurai• que terminó con el harakiri, el suicidio voluntario de uno de ellos y los protagonistas
desempeñaron admirablemente sus papeles, representando á maravilla la ironla, la burla, la cólera,
el odio ... Y antes de que el noble vencido se abriera el ,,ientre, una patética escena en que interviene
su mujer intentando a.morosamente disuadirlo de
su trágico y caballeresco empeño.
Y la pieza te1·mina con el apoteosis del bravo samurai: que consiguió matar á la imfame bruja, á. la
mujer chacal que desolaba la comarca ....

Hubiera podido de una manera ordenada y sistemática contar á. los lectores el argumento de esta tragedia japonesa, después de traducir su libreto; pero preferl trasladar mis impresiones como
las recibl, con la incoherencia y el misterio con que
por mi fueron resentidas. . . . En el teatro japonés,
los actores son superiores á los autores, y mucht1s
veces una pieza nimia ó defectuosa es dignificada
por el genio de un DANJUR0. Eso fué lo que me
pasmó y me maravilló: el juego magistral, estupen·
do, poignant de los intérpretes de la pieza que he
abocetado!
Y desgraciadamente es un imposible t1·a.e1· al papel, aquellas máscaras trágicas y dolorosas; las dulees y ambiguas fases de las pálidas •musmés, y los
rostros airados y terribles de los samura\" vengadores!

LA BORDADORA.
A Manuel

José Othón.

JOSÉ JUAN TABLADA.

Yokohama, l::&gt;00.

RECUERDO DE INFANCIA.
Señora mla:
A las demandas de las hijas de Eva, creo que el
partido más sabio y sano sea responder siempre
que nó. Esta vez, tratándose de retornará la infancia, no quiero parecer villano.
De mi infancia no tengo memorias, ni bellas, ni
buenas, ni curiosas.
Mi más antiguo recuerdo me pone súbit11mente,
ay de mi! en relació1i con un sér del otro sexo, como se dirla en lenguaje de cierto uso que, según
los manzonianos, debiera ser la lengua del buen
gusto.
Me encuentro en un lugar ni bello ni feo quizá
un jardincillo cerca de la casa donde nacl,- en un
dla ni de primavera, ni de invierno, ni de estío, ni
de otoño. Me parece que todo, cielo y tierra, arri·
ba, abajo, al derredor, fuese húmedo, gris, estrecho, indeterminado, penoso.
Yo, con una niña de mi edad,-ignoro qué haya
sido de ella,- enrollá.bamos, teniéndola de las dos
puntas, una cuerda¡ y me parece que asl declamos
ó crelamos hacer la serpiente.
Trad. de !11. •Rev. '.\loderna.,

/

De repente descubrimos entre los pies una bella
bodda; es el nombre, en el dialecto de la Yersilia,
de algo semejante á la rana. Grandes admiraciones
y exclamaciones de nosotros, dos criaturas nueva~,
sobre aquella antigua criatura.
Las exclamaciones fueron al parecer un poco ruidosas, porque un señor grave, con gran barba negra y con un libro en la mano, se presentó en la
entrada á reprimirnos, mejor dicho, á reprimirme.
No era mi padre: era, lo supe mucho tiempo después, un marido putativo de una mujer de otro, alojada. por casualidad allí cerca.
Yo, blandiendo la cuerda, como si fuese un flagelo, sall ásuencuentro gritándole: fllera, fuera, feo!
De entonces en adelante, he respondido siempre
a.si á toda autoridad que haya venido á amonestarme, con un libro en la mano y un sobrentendido
en el cuerpo, en nombre de la moral.
Pero esta historia, para niños, no es verdaderamente moral.
Qué queréis que yo haga, Señora? Es historia. Y
yo he obedecido.

' CARDUCCI.
Gt0SUE

Acompañada por un lloroso
Susurro de hojas primaverales,
En su castillo del Norte umbroso
La lluvia tiende sus gi-ises chales.
Con sus madejas de fina lana
Oculta el aire tenue y ligero
Y en el cuadrado de tu ventana
Teje embutidos color de acero.
Entre las blondas de tu cortina
Tu mano á. ratos su dorso asoma:
Mano luciente y alabastrina
Como el plumaje de una paloma.
Tras el hilado brillante y fino
Que forma el ngua, la aguja mueve,
Y en tu pañuelo de blanco lino
Dibuja flores color de nieve.
El ágil duende del aguacero
Toca en los vidrios incomodado
O hace que suene su pie ligero
Como lJJ) martillo sobre el tejado.

Ya en tus oídos risas desgrana,
Ya con las bolas de sus granizos
Mata en los tiestos de porcelana
Tus crisantemas de blondos rizos.
Al fin vencida por sus intentos
Dejas tu aguja que pinta flores
Y vuelves todes tus pensamientos
Al paralso de los amores.
Atrincherado tras mi vidriera
Yo un primoroso libro lela:
Verlaine lleno de fe sincera
Y quejumbrosa melancolla.
Y el mismo duende cabecicano
De ojos lucientes de travesura
Que con sus artes paró tu mano
Quitó los ojos de mi lectura.
A ti tornados, miré tu cuello,
Las frescas rosas de tus mejillas,
Y las agujas de tu cabello
Más relucientes que las gavillas,

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�REVISTA MODERNA.

50

REVISTA l\lODER~A.
Al brillo entonces de un raudo sueño
Pensé en las manos llenas de dones,
En un semblante puro y risueño
Y en los bordados de los nipones.

Miré tus brazos, tersos y flojos,
En tus rodillas abandonados,
Y tus amantes y dulces ojos
Por el arrobo transfigurados.

Y deslumbrado por tu belleza
Que más realzas con tu decoro,
En el brocado de mi tristeza
Bordé ilusiones color de oro.
EFRÉS

REBOLLEDO.

EL MULO, EL BURRO YEL CABALLO
es grande ni por el genio; no sirve para mandar ni
para ser mandado; es inútil y discolo, improducti·
vo y vanidoso, estúpido y rebelde, incapaz y temerario ....
Y lo mismo en la especie bípeda implume. También consta de tres familias. También hay en ella
hombres- mulos y hombres- caballos.
De estas tres familias, yo preferiré siempre la de
los hombres-burros y la amaré con infinita ternura. Asimismo toleraré y respetaré al hombre- caballo .... ¡Pero llbreme Dios del hombre mulo, del
tonto con pretensiones, del necio cuya necesidad
empieza por no conocerse á si mismo, del sandio
ingobernable, del burro con pretensiones de caballo.

Para mi, el mulo es inferior al burro, y mucho
más burro que él, pues es un burro con pretensiones de caballo.
Yo amo al burro .... ¿Y cómo no he de amarlo?
-Su modestia, su mansedumbre, su resignación, su
docilidad me lo recomiendan como á un sér bueno,
pero desgraciado, que conoce su ineptitud y i;e con·
forma con ella; que no es presumido, ni ambicioso,
ni aspira á dominar á nadie; que se somete, en fin,
á la humilde rondición de su destino.
Y yo amo al caballo; yo lo admiro; yo lo respeto;
yo le tolero su soberbia, su jactancia, sn osadía tan
propia de su exquisita naturaleza, de su hermosura, de su ardor guerrero, de su generoso instinto,
de su noble caballerosidad.
¡Pero el mulo!. ... el mulo me irrita, el mulo no

P. A.

DE

ALARCÓN.

UN LIBRO DE JUSTO SIERRA.
A

La •Historia General,• de Justo Sierra, ansiosa•
mente esperada y entusiastamente acogida en el
.mundo de las letras, es una obra de ciencia y de arte escrita por un sabio de vasta erudición, por un
filósofo de poderosas miras, por un poeta de exquisita sensibilidad, es decir, por un historiador. Ha
reconstruido el pasado humano tal como fué, con la
característica topografía de los escenarios, con los
personajes a:iimados que se mueven en el drama,
con los hechos capitales y palpitantes unidos por
hábil relato en su dependencia causal; sin omitir el
estudio de las religiones, de las artes industriales,
de lits be~las artes y de las ciencias que forman por
activa reciprocidad-según frase de Littré- los diferentes estados de la civilización; sin descuidar el
análisis do las instituciones públicas, generadas por
el carácter de los pueblos y modificadoras á su vez
de ese carácter cuauuo se convierten en fuerza educativa; y, finalmente, fundiendo todas las historias
parciales-por suprema y comprehensiva síntesis-

JESÚS

E.

VALE.NZUELA.

en la historia unificada de la cultura humana bajo
la ley universal del Progreso, desde el nombre primitivo de '{isonomia p1·of1mdamente zoológica al
hombre moderno embellecido y dignificado por la
constante y laboriosa selección de la naturaleza.
Este libro puede ser examinado desdo muchos
puntos de vista. Reservo, para artículos posteriores, el estudio de dos tesis: historia de las instituciones é historia de las ideas y sentimientos en la
•Historia General• de Justo Sierra. Hoy me propongo abordar un problema más amplio: cómo debe escribirse la historia; cómo la ha escrito Justo
Sierra.

I
Cuando se trata de historiar un país determinado
ó solamente una época do su vida sociológica, el
trabajo preparatorio de erudición consisto en compilar los &lt;Jocqmentos indispensables, tratados de Ji.

5l

g1·andes nombres figuran en ella, los nombres de
teratura y libros de cocina, memorias, corresponlos maestros, antiguos y modernos. Sierra, desde
dencias, inventarios .... todo lo que se empolva en
hace años, los estudia con amor. Ti13ne, además, lo
los archivos y bibliotecas. Se hará, además, nn estuque pudiéramos llamar el olfato de los buenos lidio d'apres nature, de los Jugares en los que pasó la
bros: esto es perfectamente conocido de los señores
acción, interrogando á esos otros libros que se llalibreros de la capital. En plena vida del siglo, al
man el rlo, la montaña, el valle, la ruina, y en los
tanto del movimiento intelectual europeo y ameri·
sitios mismos se recogerán las tradiciones, las le•
cano, puede decirse que ha leido lo mejor sobre la
rendas las fábulas corrientes que á veces enciemateria. Dado esto, y concedida su capacidad, re~ran u~ fondo de verdad importantlsimo. El traba• sulta que su preparación para los estudios histórijo de critica consiste en escoger, en valorar, en cocos es, en Jo que cabe, completa. En cuanto al criordinar los documentos con lógica inexorable y con
tico, sus facultades anallticas son bien sabidas: es
la pasión de la prueba, comprendiendo por ellos y critico de nacimiento, como es poeta. Sin embargo,
A través de ellos, las épocas y los hombres. El crino se atiene á su flair, sino que verifica cientlfica·
ticismo ó facultad de critica no se adquiere, como
mente sus opiniones y no las da ascenso hasta que
no se adquiere la facultad oratoria: lo que nada di•
salen incólumes de la prueba. No acepta por acepce al vulgar compilador será elocuente para los estar á falta de datos y documentos: no acepta tamplritus sagaces. Un hecho, un rasgo, una palabra,
poco por mera simpatla ni desecha por repugnanpodrán ser datos inesperados sobre un periodo ó cia ó cálculo: es honradc, es sincero, y la sincerisobre un carácter, que modifiquen la simple opidad, dice Taine, es un comienzo de buena critica.
nión-nacida del instinto critico-elevándola á la
Si duda, expone dudas; si sabe, afirma. Cuando la
categoria de certidumbre histórica. Detrás de una
ciencia vacila sobre algún punto, lo dice; se conforfrase aparecen un gesto, una actitud, un perfil; en·
ma con indicar los resultados probables, los que
tre las lineas tortuosas de un manuscrito ó entre las
mejor concuerdan con las investigaciones más acregrandes letras de un in folio, se mueven los gruditadas. Muchos puntos de esos se encuentran á
pos de hombres, vivientes, en eterna lucha por la
cada paso en historia, sobre todo, en la historia de
rxistencia, pensativos en la Asamblea, armados en
las primeras edades, y muy particularmente en la
el campamento, clamoreando en la montaña como
pre-historia, por la escasez documentaria y la imJu aves de presa, rugiendo en el Foro como las
posibilidad de la experimentación. En casos tales,
olas del mar. Entonces, bajo el sudario de polvo
Sierra piensa como Beaufort: • .... para los acontede los archivos y bibliotecas, sentirá el historiador
cimientos pasados, no hay demostraciones geoméque algo se mueve y palpita: el alma inmortal de
tricas; á falta de certeza, el historiador debe con·
un pueblo. Y cuando haya vivido la vida propia de
tentarse con lo veroslmil y tener un acontecimienlos lugares, cuando haya experimentado en si misto por Yerdadero cuando no es absurdo .... •
mo las impresiones de la naturaleza que experi·
El método de Sierra, al distribuir y encadenar los
mentara el grupo social que ali! habitó, llevando materiales, es el método natural que á todos se
un poeta de la época para leerlo junto á las ruinas ofrece, pero que muy pocos-sólo los elegidos-sacantadas (leer á Homero bajo un pórtico de már- ben aplicar: omitir Jo superfluo al pensamiento de
mol ó á Tácito entre los escombros del Circo! .... ), la obra, al objeto que se propone, y vivificar lo
cuando se haya compenetrado con el medio am- esencial (sea cierto ó hipotético) en un relato siste•
biente hasta comprender-por sentirlas-sus secre- matizado y elocuente. Si para damos á conocer
tas influencias sobre el alma, puede empezar su una planta ó un animal se nos señalan algunos
obra: tiene escenario, personajes, drama.
órganos prinripales, no todos, y algunos órganos
Pero cuando se trata de la historia universal, es- secundarios, ó todos, nuestro conocimiento tiene
te trabajo es humanamente imposible; el procedi- de ser forzosamente incompleto é inexacto. En
miento tiene que ser distinto. El erudito critico se cambio, si se precisan las estructul'as, si se seservirá de las monografías, de los estudios de los ñalan todos los órganos principales y estables aun
grandes geógrafos é historiadores, haciendo una cuando se olviden los accesorios y sujetos á variacondensación, en un libro, de centenares de libros. ción, entonces nuestro conocimiento, sin ser comAnotará los resultados culminantes, seleccionando pleto, es exacto. Igualmente, en los organismos soy distribuyendo; mas sin perder la personalidad, cialeR hav caracteres necesarios y caracteres accebase de las obras originales; sin estrecharse á ser sorios; .;i.se tienen en cuenta todos los necesarios,
simplemente copista, no: buscará datos y pruebas se comprende el organismo; si sólo algunos de elloP,
y verificará esas pruebas y esos datos para obte· no se comprende el organismo en lo absoluto, pues
ner conclusiones propias, de tal manera que el se· todos sus componentes se ligan en un agregado esllo individual del escritor marque cada una de sus pecial y con su liga contribuyen á fines especialel•
páginas. No pudiendo obtener de cada pals y de Sierra consigue presentamos el cuadro de la civicada periodo los documentos pl'imos, tiene que va• lización humana en su parte esencial. Hay toques
lerse de los trabajos ya. hechos, y al estudiarlos, débiles, segundos planos en simples croquis, claros
debe seguir el mismo sistema de rigurosa y tenaz en los que algo falta; mas no son de tal suerte in·
Investigación lógica que seguirla si tuviera á su al- dispensables que trunquen la harmonla de la obra.
cance las fuentes históricas.
F:s pasmoso el trabajo de erudición y critica en Después de leerla, tenemos una idea precisa del
egipcio, del hebreo, del heleno, del romano .. . . y
el libro de Justo Si~rra. Al final de cada materia
se encuentran sei\aladas, en la Bibliografia, algu- esto basta. Para conseguir este resultado supremo,
para darnos idea de los hombres, no del hombre,
nas de las obras que b&amp;Il servido al autor. Los más

,.

�entra el autor en plena psicología histórica. Cada
pueblo tiene fisonomla exclusiva, propia conformación. Los antepasados, en virtud de la tendencia
que tienen todos los organismos á reproducirse, á
repetirse en sus descendientes (es lo que se llama
herencia) les tram,miten el carácter, el modo de ser,
el tipo; y este tipo, en el molde montañoso ó plano,
seco ó húmedo, regado ó estéril, (el medio fisico)
que habita, se deforma lentamente, adquiere partí·
cularidades de comarca y de clima, volviéndose ca•
zador, traficante, valeroso ó indolente, idealista ó
práctico, que sin destruirlo por completo (pues el
semen de los padres, ese monstruo de que habla
l\Iontaigne, deja tan imborrables impresiones, que
por sobre todas las capas de revestimiento posterior se manifiestan por ley atávica), lo precisan, lo
contornean, complicándolo y diferenciándolo al
mismo tiempo, como de las varias molduras del artista salen diversos objetos, vasos, jarrones, estatuas, de la misma indestructible materia. Y no só·
lo: la materia humana sufre otras transformaciones
al contacto del medio moral, al impulso de fuerzas
latentes que en determinado momento histórico se
manifiestan, á la reacción inevitable de ciertas tendencias genéricas (los ideales), causas todas de la
creciente complexidad individualizada que const¡tuye el progreso. No hay, por tanto, un hombre, sér
abstracto sin vida histórica, con identidad de imaginación y de alma, sino hombres, seres concretos
que piensan, sienten y obran de maneras especiaJisimas, dadas las causas de su nacimiento y las
causas de su desarrollo.-Sierra, con toques de
maestría artlstica, reduciendo á imágenes y metáforas la psícologia, nos da á conocer hombres. No
es posible confundirlos, las lineas de demarcación
son salientes, vivlsimos los coloridos; hieren la retina del espíritu con un rayo especial.

n
El historiador de la antigua escuela, mejor dicho,
el relatador (la ciencia histórica positiva es de nacimiento reciente), el relatador frío de hechos sin
causas y sin efectos, y por lo mismo sin importancia (estilo César Cantú), el relatador moralista según el cual Dios mueve á los hombres como el titi·
ritero á sus muñecos, y cada acto de la vida es una
lección que semeja un palmetazo (estilo Bossuet),
habrán hecho obras de lo que se quiera, no de historia. Cada acontecimiento y cada grupo de acontecimientos tienen su ley, y el erudito critico que
la busca y la señala se convierte en filósofo. Sin
esto, la historia no es ciencia. Cómo conocer un
hecho sin conocer su ley? Es efecto de otro hecho
próximo ó remoto, y causa á su vez del necesario
consiguiente; todos ellos están enlazados, sus relaciones son vitales, como es vital la relación del latí•
do con el corazón, la del pensamiento con el cere•
bro. La historia no es una agrupación de hechos
inertes: no es la anatomía de un esqueleto, es la
fisiologla de un organismo. Se describe una arteria: debe decirse cómo funciona, qué fines tiene.
Se describe un pueblo, el pueblo griego, por ejem·
plo: si nos conformamos con decir, los helenos hicieron ésto y aquéllo, decimos cosas sin interés; en

cainbio, si se estutlian los orígenes del pueblo y su
habitación geográfica, sus cualidades y defectos
de sangre y sus cualidades y defectos de medio; si
se analizan los siglos de formación, las institucio•
nes fllncionando en activo ejercicio, las ideas, las
opiniones, las costumbres que forman como una
atmósfera moral que también se respira y que tam·
bién nutre; si se muestran las causas de las grandes guerras y las del inmenso triunfo, y as! sucesivamente hasta el crepúsculo histórico (no ha tenido ocaso) de aquella raza de héroes- poetas, entonces los hechos serán elocuentes y despertarán pensamientos y emociones porque con vida real se les
sentirá nacer y desarrollarse. . . . Si todavía nos
elevamos más en la síntesis, podemos resumir en
una fórmula generallsima-causa de causas-el
carácter, la esencia misma del caráctei· heleno: el
historiador filósofo señala esa esencia en el poder
de difusión (la simpatla del alma) que lanzó á los
cuatro vientos la semilla de los laureles, que no secaron ni los soplos abrasadores del desierto, in•
formando las civilizaciones posteriores con las palabras harmoniosas de los filósofos y con los versos de miel de los poetas. El Helenismo: en esta
palabra se condensa toda una historia. Unificar los
hechos bajo las leyes; unificar las leyes bajo la ley:
tal es el problema.
Justo Sierra, hábil, no con la habilidad del slm•
ple retórico, sino con la del pensador que abarca
horizontes de águila, ha conseguido ser historia•
dor filósofo, sin ladear, como es muy fácil, al terre•
no de la pura especulación, convirtiendo á la histo•
ria en auxiliar de la filosofla, y no como debe ser
y lo ha hecho, á la filosofía en auxiliar de la historia. El mismo, en el pequeño prólogo de su libro
Jo advierte: entre otras cosas de ardua realización,
se propuso generaliza¡• sistemáticamente, sin converti1· el libro en una filoso/ta de la histo1·ia.
¿Quó sistema sigue en sus generalizaciones? En
primer lugar, se ha valido de la misma narración,
combinando los acontecimientos con arte delicadi·
simo. Combinar equivale A filosofar. De esta ma•
nera, el orden mismo de los hechos indica los cau•
sales y los producidos, los que tienen resortes remotos, y los que por gran acopio de savias podrán
tener lejanas influencias. En la parte de su tratado consagrada á la Edad l\Iedia, se ha excedido,
haciendo un relato que á este respecto nada deja
que desear. Todas las causas están señaladas, y los
resultados se desprenden lógicamente de la expo•
sición, como una consecuencia de sus premisas.
Los hechos agrnpados bajo las leyes, forman un
concierto harmónico de la vida. Léase, sobre todo,
la tercera división de la Edad Media: el Periodo de
las Nacionalidades. En segundo lugar, ha escogí•
do los hechos con tino inequivocable. Escoger,
equivale también á. filosofar. Entre los que forman
un pel'iodo, entre los que pueden reducirse á una
fórmula comprensiva, los hay estériles en el sentido de que no son del todo necesarios á. la produc•
ción de los estados de civilización, y los hay inútiles, por ser de la misma especie de los que se ge•
neralizan, puesto que en este caso basta y sobr.:.
con citar los culminantes, los decisivos, para establecer la. &amp;'eqer~lización. &amp;i con tres ó cuatro de

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REVISTA MODERNA.

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interés verdadero se puede fijar el carácter de una
época histórica, ó formular la ley sociológica, el
historiador filósofo, para ser conciso y claro, y ver·
daderamente filósofo, debe concretarse á ellos. Un
cronista apunta día á d!a, y minuto á minuto, las
mil peripecias de la vida y no nos hace compren·
der la vida; el historiador que concentra el drama
en las escenas palpitantes, colocándonos en los focos de pasión, excita nuestro interés, despierta
nuestra curiosidad, nos hace asistir de cerca á la
vida, sentirla y comprenderla. En tercer lugar, Sie·
na, después de la historia de cada etapa dtl la civilización, indica en Observaciones Generales, algu•
nas ideas en orden de filosofla histórica. Incomple•
ta es esta parte del libro, y sin las explicaciones
orales del profesor-y de un profesor como él-in·
inteligible. Por ejemplo, luego de brillante resumen
de la historia orit:ntal, escribe en sus Observacioms: •2 -b":sta historia forma una serie, y desde un
punto de vista superior, una civilización sola, que
desenvolviéndose en cada grupo parcial de lo más
á lo menos heterogéneo, de lo indeterminado :í. lo
diferenciado, en su movimiento total marchó por
varias integraciones ó unidad&lt;',s cada vez más comprensivas, hasta la inmensa que se llamó el impe·
rio persa, la mejor organizada de todas.• Escojo
esta nota poi· ser ti pica. El pensamiento que encierra será un misterio de alta filosofla para quien no
haya estudiado los •Primeros Principios&gt; de Her·
bert Spencer; y nótese que esta obra soberana es
fruto prohibido por el Jehovah de la Escuela Pre•
paratoria. Justo Sierra condensa en tres ó cuatro
lineas-y truncándola algo-la ley de Evolución
que el filósofo inglés desarrolla en más de doscientas inmortales páginas. De este defecto, aun•
que no siempre tan marcado, adolece la •Historia
General,&gt;
III
liemos examinado la obra del sabio y del filóso•
fo; examinemos la obra del poeta.
Resucitar al hombre muerto: este es el ideal en
historia. Animar, como Dios animó al barro, el polvo de los siglos soplándole aliento de etemidad;
sacudir en sus criptas á las momias faraónicas del
sueiio de mil siglos; evocar con magia de arte al
César epiléptico y á la cortesana de intachable seno; hacer que se levanten, al claro de la luna, los
castillos feudales y que cuelguen al aire los jardi·
nes babilónicos y que resplandezcan, en una gloria
de luz, los bailes de la corte ...... ser creador in·
cendiando las tinieblas con las chispas de fuego de
los mundos en combustión de vida, como en el Génesis bíblico: ¡qué tentación para el genio, que
ideal! Por lo menos, el historiador poeta debe darnos la semblanza, como Renan en su ,Vida de Jesús,• como Tácito en las •Costumbres de los Germanos.• Cuando el historiador siente como artista,
cuando vibra á la impresión como la lira al viento,
ve levantarse 8obre su mesa de trabajo (Taine y
Michelet han tenido la visión), la cariátide de:Mirabeau con ceño de dios ollmpico, la rubia cabeza de

Cristo de S. Just, el perfil de Robespierre, acera•
do y frlo como la cuchilla de una guillotina; y trans·
portado á la época, apasionado con las pasiones de
la época, sintiendo cóleras y sintiendo amores, con
una frase mueve, con un adjetivo anima, con una
cláusula resucita. Es como el pintor que guarda
en sus pupilas toda la luz del paisaje, y delante
del caballete parece que no con el pincel, sino con
los rayos de sus oj@s, fija los colores en la tela. En
todas partes busca el historiador motivos de pintu·
ra: penetra á la casta sombra de los gineceos, va á
las comidas báquicas de la sociedad romana guia·
do por Ovidio el libertino, corre en pos del pueblo
que aclama al Imperator en su carro de triunfo;
asiste al combate en que Esquilo es poeta, y al tea•
tro en que Esquilo es guerrero: apunta lineas, tra·
za fisonomlas, bosqueja grupos, y Juego, en la soledad de su gabinete, libra con la tela una batalla
de genio.
Como poeta, Justo Sierra es el primero. Su sensibilidad de flexiones, su imaginación simpática un
tanto liesbridada, su estilo lleno de cortes delica·
dos como las curvas de Fidias y de soberbias en·
tonaciones como las estrofas esquilianas, hacen de
él un gran escritor. Tal se manifiesta en su libro.
Retrata á los hombres con su gesto, con su risa:
Anlbal tiene cara de león, Pericles fl't!nte de mármol. Aquellos hombres alentaron, alientan toda·
vía. Los muertos que la humanidad bendice ó exe•
cra, están vivos en la obra.

IV
En suma: •En el historiador se combinan el crl·
tico que comprueba los hechos, el erudito que los
colecciona, el filósofo que los explica; pero todos
los personajes quedan ocultos detrás del poeta que
narra. Le soplan todas sus palabras y no hablan.
La historia no conserva las huellas ni de la~ con·
troversias de la critica, ni de las compilaciones de
la erudición, ni de las abstracciones de la filosofía.
Abstracciones, compilaciones, controversias, deben
fundirse en,una obra de arte al soplo de la imagi•
nación, como en el molde de aquel escultor de Ita·
lia, la plata, el plomo, el cobre, los vasos preciosos,
se fundieron para formar la estatua de un dios.•
(Taine) -Como el artista italiano, Justo Sierra fundió en el molde los materiales: ::10 fué la suya una
obra divina, fué una obra bella.
Sin separarse de la verdad, sin abrir la dorada
reja al idealismo, Justo Sierra en su libro se maní·
fiesta creyente, creyente de la grande especie, co•
mo el impecable Renan. Amor de la vida, savia de
libertad, legitimas aspfraciones, sanos y nobillsi·
mo!I anhelos, todo esto late, como las pulsaciones
de un corazón inmenso, en la obra.. . . . . ¡Es su corazón de filántropo! •Si el progreso se eclipsa en
un mundo, resucitará en otro; creamos en él.&gt; Son
sus últimas pa!abras. Esta creencia es el gran consuelo que deja en el alma la filosofía positiva mo•
derna, tan combatida como fueron combatidos los
Evangelios, por fariseos, y esto es lo que la hace

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REVISTA MODERNA
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REVISTA MODERNA.

acreedora al entusiasta cariño de la generación ac•
tual y lo que la hará digna del sereno respeto de las
generaciones futuras.

No hemos perdido la fe salvadora; •si el progre·
so se eclipsa en un mundo, resucitará en otro:• es·
ta frase del maestro es el Credo de sus discipulos.

POEMAS EN PROSA.

JEsós URUETA.

México, Mayo 2 de 1892.

(Para la •Revista Moderna.,)

¿Escribiría estas lineas en tu álbum? ... Oh, no!
Si me lo hubieras enviado, estamparla en él frases
de banal galanterla, de esas que, como estirados
caballeros en traje de etiqueta, hacen una genuflexión ceremoniosa y se pierden entre la multilud,
sincera pero vulgarmente aduladora; y no quedaría ahi huella de los pensamientos que has hecho
vibrar en mi cerebro ni de los aleteos de mi cora·
zón, que quiere, cuando te veo, romper su cárcel.
Aqui, en cambio, quedará esa huella, aunque in•
comprensible para ti, que no sabes, que quizá no
sabrás nunca que te son dedicadas estas lineas ni
que has inspirado esos pensamientos y provocado
esos aleteos. Porque ha sido uno de los mejores
triunfos de mi voluntad, al estar á. tu lado, el hablarte de cosas indiferentes, cuando dentro dt, mi
sér, como dentro de un templo cuyos rosetones han
sido cubiertos con tupidos velos, para que no se escape ni un fulgor ni un perfume de las luces y de
los inciensos del altar, ni una nota de los himnos
del órgano, se celebraba el sagrado oficio del más
puro de los amores.
Yo sólo sé que estas lineas hablan de ti, y por
eso me son caras; por eso, después de escritas, me
parece que esplenden y que cantan y que perfuman, como esplende, canta y perfuma mi corazón
cuando te acercas á él.
A mi amigo Okada Asataro.

En su rostro ovalado palidece el marfil,
La granada en sus labios dejó púrpura y miel,
Son sus cejas el rasgo de un oblicuo pincel
Y sus ojos dos gotas de opio negro y sutil.

•••
Cual las hojas de nácar de un extraño clavel
Florecieron las uñas de su mano infantil,
Que agitando en las sombras su abanico febril,
Hace arder en su sedas un dorado ron del ....

•••
Arropada en su manto de brocado turquí,
En la taza de jaspe bebe sorbos de tbé
Mientras arde á. sus plantas aromoso benjuí.

•••
Mas irguióse la Venus .... y el encanto se fué! ....
Pues enjuto, en la cárcel de cruel borcegul,
Era un pie de faunesa de la Venus el pié .... !!
Yokohama, 1900.
JOSÉ JUAN

TABLADA,

l;na maiiana .... Estábamos en plena campiña,
en medio de una turba bulliciosa y regocijada. Al
verte llegar, sencillamente vestida con un traje claro de muselina, te babia apenas saludado, alejándome después precipitadamente, temeroso de que
mi turbación traicionara mi secreto. Pero de lejos
te miraba á. veces, cuando nadie podfa advertirlo.
Un fresno añoso inclinaba hacia ti sus frondosas
ramas y sobre el azul del cielo se destacaba tu perfil de diosa griega. Tu cabellera, que reflejaba los
rayos del sol, cubda tu cabeza como un casco, y
bajo de él la corrección de tus facciones evocaba
el recuerdo de Palas; de Palas la virgen armipo·
tente é impoluta, diosa de la sabiduría y de la fuer·
za. :Me senti creyente, creyente de una religión ex•
tinta: de aquella que deificó las fuerzas de la naturaleza y pobló los bosques de hamadriadas y los
mares de n ereidas; sentl que el credo helénico, á
través de los siglos, por sobre la cruz, inundaba mi
1llma.
Gna tarde .... Encima de las montañas que limi·
1001.

....

tau el mar, habla el crepúsculo construido y esta•
ba derribando, entre fulgores de fragua y á mar·
tillazos de nubes, un edificio enorme, que parecla:
primero un templo, después un circo. Sobre ese te·
Ión de fondo te miré, con un traje obscuro de seve·
ro corte, que realzaba la esbeltez de tu talle y la
frágil delicadeza de tu busto. Una brisa ligerísima
acariciaba y hacia volar, formando aureola, las
guedejas de tu cabellera. T11 cabeza se levantaba
cuando escudriñabas el poniente ó se inclinaba
cuando profundizabas el océano con la mirada,
que era inmensamente dulce ú hondamente tierna.
l\Ie pareciste una mártir cristiana arrojada á las fie·
ras: una nube negruzca antojóseme un tigre que
se apercibía á hincarte sus garras, y una pincela·
da luminosa que brillaba sobre el gris acerado del
cenit, una paloma que bajaba del cielo para pre•
miar t11 martil'io. l\Ie sentí creyente, creyente de
una religión olvidada; de esa que deifica las virtu•
des y los sacrificios y pobló los conventos de páli·
dos monjes y el cielo de radiosos ángeles; sen ti
que el credo católico, á. través de los años, por sobre la incredulidad de la orgnllosa ciencia, inun·
daba mi alma.
Porque en mi despiertas el culto de la forma y el
de la idea, de la impasible Belleza plástica y de la
conmovedora Virtud cristiana.
Por ti quemarla la mirra de mi adoración sobre
el ara de Afrodita, ó comulgaria con la hostia san·
ta en el altar del Crucificado.
Condensas para mi todas las creencias, las que
matan y las que vivifican, las q11e hunden en las
sombras del pasado y las que elevan el alma en
asunción hacia los esplendores del porvenir.
Resumes la historia de mi vida á. tal grado, que
me parece que tu amor no &amp;ólo va á llegar hasta el
instante de mi muerte, sino que, por misteriosa é
inexplicable absorción retrospectiva, aboliendo
aílos transcurridos, destruyendo amores pasados,
se ha apoderado del instante de mi nacimiento.
Eres el alfa y la omega de mi carne y de mi es·
píritu.

•••
Pero yo sólo sé que estas lineas hablan de ti, y
por eso me son caras; por eso, después de escritas,
me parece que esplenden y que cantan y que per·
f11man, como esplende, canta y perfuma mi cora·
zón que, cuando te acercas á. él, aletea para rom·
per su cárcel.
l\IANUBIL PUGA Y ACAL .

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REVISTA MODERNA.

NUPCIAL.

.MÉXICO,

ARo lV

QUINCENA DE :FEBRERO DE

1901

REVISTA MODERNA
ARTE

I
Como una flor rosada, la novia, bajó el diáfano
Cendal que al pelo rubio sujeta la corona,
Frente al altar solemne y entre el incienso mlstico
A las delicias intimas de un sueño se abandona,
Y al novio que la mira, no puede sonrelr.

2'\

OlREC TOH: ,JESUS F,. YALENZUELA,

Y

CIENCIA.
.J FFE DE HEJ)ACC'IO:--: J l.·.Sl '8 lJRUETA.

Y la esperanza
De besos puros,
Que á los futuros
Dlas la avanza,
Y la hace huir
A las fantástica
Horas cercanas,
Vibra en las músicas
De las campanas!
Entre las copas frágiles espira la cbampaila,
En la enervante atmósfera flota un olor de fiesta,
El vals ondula y bulle, y agitanso las últimas
Parejas á los sones lejanos de la orquesta¡
El nupcial cortl'jo se aleja y va á partir!
Y la importuna
MelancoUa
Del muerto dla
Que hace la luna
Lenta, surgh·
Del cielo pálido
Por los confines,
Yibra en las músicas
De los violines!

II
MIO NIGHT DREA:MB.
Anoche, estando solo y ya medio dormido,
Mis sueños de otras épocas se me han aparecido¡
Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrlas
Y de felicidades que nunca ban sido rolas,
Se fueron acercando eu lentas procesiones
Y de la alcoba obscura poblaron los rincones.
Hubo un silencio grave en todo el aposento
Y en el reloj el péndulo detúvose al momento.
La fragancia indecisa de un olor olvidado,
Llegó como un fastasma y me habló del pasado.
Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde,
Y o! voces oldas ya no recuerdo dónde.

. . .. . . . . . . .. .. .. .. . . .. . . .. .. . . .. . . .. ... . .. . . .. ..
Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
Se fueron alejando sin hacerme ruido
Y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra,
Y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra!
JOSÉ

)U~cAnA OF.: SÁTIRO. - :'III GUEL ANOEl,.-FLORE:SC!A.

ASUNCIÓN SILVA, el Precursor.
¡.

Ti¡&gt;. tlt J&gt;11Ll1í11.

�</text>
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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                    <text>ARo IV
24

MÉXICO,

211

QUINCENA DE ENERO DE

1901

NúM,

2

REVISTA M1JDERNA

de la historia los mártires descalzos, los caballeros andantt:s y los profotas videntes; sintetiza
en bellezas los aromas, las músicas y las luces del universo, y cruzan por la humana fauta•
sla la divina Dulcinea con su esperanza y la eucarística Ofolia con su locura! ....

REVISTA MODERNA

,

ARTE Y
PlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA,

CIEN-CIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

CERYANTES.

Siento palpitar la tragedia!

SHAKESPEARE.
SI, es la tragedia de nuestro(dos espíritus que se han:encontrado y van á chocar sus fa~
langes armadas de rayos!

TELON.

..

\

' 'l\foISÉS11 Dl'.l l\lIGUEL ANGEL.-ROMA.

�26

REVISTA MODERNA

REVISTA MODERNA.

27

EL HIMNO DEL ULTRAJE.

En estos momentos, Parls vive en el Odio.
Las palabras de concordia, las santas voluntades las aspiraciones al bien, la ciencia, la moral,
la ~oesía, el espíritu, todo, todo se dobla bajo las
ráfagas formidables de una tormenta ~emoni~~ª·
La gran ciudad está poseída por la fiebre v1s10naria.
El Gobierno tiene miedo, mucho miedo, Y se hace
criminal.
La Iglesia, hipócrita y rufiana, atiza ~encores,
entrechoca intereses, cava sepulturas, sonando un
instante en la: restauración de su tiranía.
El Ejército, asesino latente, sintiendo palpit~r en
su seno el alma de Napoleón, el asesino glor10so,
cree que el Rey se despertará, vengador, del sueño que duerme bajo el domo de oro de los Inválidos.
La Prensa gigantesca, con sus millares de ojos
ardientes, con sus millares de lenguas caldeada~,
oraculiza fatídicamente sobre su trlpode, como Pitonisa demente.
y la gran ciudad poseída por la fiebre visionaria,
lanza á lo largo de sus avenidas y á lo alto de sus
torres, un grito histérico, robusto, e~orme, brutal,
mientras pasan bajo el Arco de Tnunfo, ª?vueltas por las épicas clámides del sol, con la vida es•
pectral de las evocaciones, las legiones de muertos
de la historia! ....
Detrás de los legionarios viene un tropel de perras flacas, bravas, hambrientas, el tropel de las
Envidias, aullando, mordiendo, devorando honras,
vorazmente, vorazmente ... .
Cada vez más sonoro, sonoro hasta vibrar en to•
do el mundo, aquel grito es un himno, es el Himno
del Ultraje,

Es el alma humana el instrumento más perfecto
de la l\lúsica. Los mares rientemente melodiosos ó

turbulentamente sinfóuicos, los cielos con sus ~ulgurantes harmonlas piadosas, ó con s~s. tra~e.d1as
de astros devorados, no alcanzan el d1v100 hnsmo
del alma que arna y del alma. que odia.

Un dla. un Poeta arrojó una. palabra. de justicia
á su pueblo. El pueblo se embraveció, tormentoso.
Pueblo pasional, era grande amando_ y fué grande
odiando. y de su odio brotó el ultraJe,

•*•
Los sarcasmos mordían a 1 P oeta, 1as 1'nJ'urias le
abofeteaban, las calumnias iban hasta el ~ondo de
su corazón á desenterrar sagradas memorias para
profanarlas, á su sed le daban hiel, á su virtud es
pinas, á su dolor latigazos, á su cuerpo cruz, á ~u
alma anatema .... El seguía, en medio del olea.Je,
alumbrando con las iradiaciones de su frente!

PRADERAS DE OTOÑO.

Llora el Otoño que se va! Llora sobre las auroras opacas que se levantan bostezando en lechos

Fué llevado ante la Justicia, Alli dijo que su obra
era buena, de paz, de amor, de poesía, Sancho Panza ¡0 condenó. El pueblo aplaudió á Sancho Panza.

El Hinmo del Ultraje crecla, crecía, crecla., • • •
tocaba los limites de lo humano, entraba al espacio puro de lo divino .. , . . alli era un Himno de
Amor!

y yo pienso que no hay una gloria más grande
que la de ser odiado tanto, puesto que el odio, ¡oh
Zola! no es otra cosa que la cólera del amor.
Paris, 1898.

de frios plumones, en alcobas de muselinas densas;
llora sobre los helados mediodías que pasan, todos
bruma, con un sol eeca.rlata enmedio, como polares osos blancos de jadeante lengua roja .... ; llora
en los largos crepúsculos que ahondan el tedio y
magnifican la. melancolla y en cuyo albor indeciso
palidece un cadáver: el Sol, y albea un fantasma:
la Luna .. ..

Dónde están mis tardes mexicanas, de largas nubes sombrías y vivos ampos dorados, áureas y negras como la piel de una tigresa .... ? Llora el Otoño inconsolablemente .... ! Los vidrios de mi ventana. están llenos de lágrimas, y en estos instantes
en que la nostalgia se obstina en besarme como
una odiosa querida, el primer huracán del Invierno golpea brutalmente la vidriera dolorosa con el
bofewn de un rufián sobre una mejilla inconsolable ....

JESÚS URUETA.

Llega este Invierno sonando una glacial •tocata•
en su clarín de hielo. Lo preceden sombríos heraldos de negras armaduras crujientes, de grandes
airones tempestuosos .... En el yerto campo debatalla se arremolinarán las ventiscas y se desplomarán los a.ludes .... ; hay legionarios que despedazan
los témpanos para hacer hachas; toda una falange
aguza lanzas y dardos de hielo,.,, Y en brutal de ·
safio, en provocación insolente, choca el Invierno
su álgida rodela con el broquel del sol, sonoro y
áureo!. ... Los rayos del sol se tienden lacios como
aljabas de oro lanzadas por brazos pusilánimes ...

Ya no tiene el So! áureos paladines que llenen de
púrpura el estadio, sino efebos c~bardes que tien·
den flavas antorchas nupciales cuando el Invierno,
para preñarla de huracanes, busca en su tálamo á
Nivosa .... Pero aún el Otoño vive, y antes de que
el Invierno triunfe celebrará luminosos festivales
el Otoño, triste y glorioso como un César decaden·
te, sabio en sus magnificencias, pródigo en sus
pompas, agonizando entre flores que se deshojan,
entre perfumes que arden, entre hetairas que can•
tan, dejándose morir suntuosamente como un Em·
perador Bizantino!

Entre los dias álgidos y pluviosos del Invierno
qué avanza, hay en el Japón luminosas maña.nas y
tardes magnificas. Los jardines, antes de dej arse
besar por la nieve, hacen alarde de un brillo inau•
dito, y en praderas y bosques, donde los bambúes
echan á volar sus últimos plumones de esmeralda,
donde los cedros resisten austeros como ascetas y
vigorosos como guerreros, brilla el •momiji,• con
su milagrosa. policromía! El •momiji• es el arce
nuestro, el «era.ble• de Francia, el •maple• de la
corona británica, el •Acer polymorphum,&gt; en fin,
de los botánicos .... Con las otoñales crisantemas,
con la primaveral flor del cerezo forma la regia tri logia en el poema floral del Japón ....
Como los griegos las •Antesteria.s,, como los latinos sus •Floralias,• como la peca.dora Niza con•
temporánea los floridos combates, el Japón ce'ebra

•

�28

las fiestas de sus jardines. La vida social de este
pueblo refinado está regada de flores, está regida
por un ceremonial y uua etiqueta donde las flores
enardecen sus tintas y exhalan sus aromas. Ellas
intervienen en los nacimientos, en las cfian~ailles•
y en las nupcias; acompañan al asceta que se despide de la vida y al paladln que va á encontrar á
la muerte; hay flores para la cabecera del enfermo
y para las canas del anciano; otras riman el ritual
de los sagrarios ó recelan en su corola una muda
plegaria para implorar de las divinidades agrlcolas la lluvia y el buen tiempo; hay flores que sólo
deben ser contempladas al fulgor de la luna, otras
para las fiestas de thé, para los cinco festivales ó
para la ceremonia del incienso y peonias ó camelias, lotos ó iri!i, crisantemas ó claveles, tienen sus
funciones, sus atributos y sus virtualidades ..... .
Un daimio ó una musmé, un samurai ó un bonzo,
poseen su biografla escrita con flores y todos los
actos de su vida, placenteros ó adversos, tiernos ó
ingratos, se sintetizan en unas cuantas flores que
duermen marchitas, siendo la historia de una vida,
en el seno de un cofre de laca.

El cmomiji• esplende bajo los fulgores dorados
del sol de Otoño y las flores de ese árbol único con
sus hojas, sus ramos polimorfos y policromos. Cuando llegando á Oji, el mágico suburbio de Tokio,
contemplais el primer •momiji,• en vuestra admiración surge una duda y vuestras ideas se resisten
á admitir la verdad del prodigio! Tenéis enfrente
un árbol casi arbusto cuyos brazos brunos y caprichosos soportan un follaje milagroso! Aquel árbol
es de un paisaje de las cl\Iil y una Noches• ó surgió de la paleta del Veronés hecha semilla? Es en
realidad, un árbol ó bien una orfebrería, un capricho de los mosaicistas nipones? Las hojas de aquel
arbusto son de un color rojizo-azafranado al primer golpe de vista; pero acercaos y mientras una
ráfaga otoñal sacude sus frondas, ved cómo las bojas cintilan con lumbres doradas, con verdes fosforescencias, con brillos de topacios y granates, con
flamas de fogata, chispas de ascua, brillos de san.
gre en coágulos, rubores de coral y llamas de fuego fatuo!. . . . Tomad una hoja, quizás es amarilla,
surcada por vénulas de carmln, ó color de oro viejo oxidado de escarlata, ó blanca y franjeada de
esmeralda, ó toda de carmln y ocelada con máculas de nieve .... El Sol de Otoño declina; en la casa de thé, frente al bosque de •momijis• hay una
parvada de cmusmés• no del todo honradas, que
beben •Saké,• el licor nacional, en dedales de porcelana. Una turba de estudiantes de grises kimonos y latina alegria aplaude la danza ondulante de
una cgueisha• cuyo rostro es la máscara de un Pierrot y cuya breve boca es un húmedo grano de coral ....
La bailarina ejecuta el paso de baile en que su
cinturón de brocado se desata y en que su hermosura se entrega á los besos de los mil íncubos que
revolotean en torno suyo .... Va á caer el cinturón,
la hermosa va A entregarse; los laudes suspiran
amorosos y femeninos y de las cuerdas de los ne-

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REVISTA MODER ·A.

REVISTA MODERl'\A.
gros salterios parece que surge un tropel de sátiros
jadeantes .... Las miradas se encuentran y desfallecen .... ; los labios avanzan hacia las bocas ....
y en aquel crepúsculo inolvidable se desembozó el
Sol, surgiendo de repente entre una nube obscur&amp;
y cayó sobre los •momijis• en glorioso torrente de
lumbre .... Y aquellos árboles policromos y polimorfos temblaron bajo las últimas caricias de la
tarde, se incendiaron como un fuego de artificio Y
lanzaron su alma al cielo, chispeando, rutilando,
centelleando, como la erupción de un joyero oriental, arrojando á puñados, con sus brazos negros,
rubles y topacios al Sol y glaucas obsidianas y turbias ágatas y perlaa tornasoles y negros diamantes
á la Noche que atropellando el crepúsculo, los envolvió por fin en su tiniebla infinita!. ...
Yokohama, J!JOO.

BUCOLICA.
Pasó el verano japonés de siestas soporosas y
desesperantes bochornos .. .. Las musmés han plegado sus abanicos y cerrado sus sombrillas de pinturas desvanecidas, como decoradas al pastel, ó
pintarrajeadas con la violenta policromía de los
mosaicos .... Breves abanicos y grandes parasoles
yacen ahora en el fondo de los baúles de alcanfor
y sándalo, junto á los brillantes ,Kimonos• que
preserva de la destrucción la momia de una cantárida ("'J .... Al fin se ha nublado aquel Sol implacable cuyo enrojecido yugo dobló á los animales
jadeantes; á las flores que, bajo brutales ósculoi.
de fuego, perdlan sus aromas como una virginidad;
á los árboles que sudaban savia; [i las aguas que
cambiando la alegria de sus cristales por turbios
vahos, se arropaban dolorosamente en la bruma,
desvanecidas por aquella lumbre que llevó su tórrido estupro hasta el seno de los claros manantiales ....
Cuando las Náyades y las Ninfas de las fuentl'B
se sumerglan en lo más hondo de los estanques, huyendo la brutal embestida del Sol lujurioso; cuando al cruzar los aires encendidos, caian sofocada&amp;
las palomas tornasoles .... entonces, sobre los pinos de negras cortezas que lloraban ámbar liquido, en medio de las flores violadas, entre los blancos lirios salpicados por la sangre del hymen bestial, habla un sér único, feliz y jubiloso ....

Era la cigarra aquel sér! Su júbilo era una locura, su dicha una histeria, su felicidad un paroxis¡•¡ Las japonesas creen que "la mujer que posea una cantárida, tendrá siempre hermosos trajes, .. y cuidan siempre de depositar en el fondo de sus armarios el cuerpo de uno de esos
coleópteros .... Esta creencia puede explicarse de dos modos:
las propiedades cáusticas del brillante insecto, ahuyentando á
la polilla mantienen en perfecto estado el guardarropa 6 bien
hay que admitir un sentido perverso y recordar las virtudes
eróticas de la cantárida, que en la Edad Media, incorporada en
los filtros, determinaba los "embovedamientos de amor? .. E l
carácter japonés, ingenuo 11. la vez que refinado, hace inminente
esta duda.-J. J. T.

mol .... El repiqueteo de su cascabel agrio saludaba el albor de las madrugadas serenas; el rechinido de su violln estridente señalaba los medios dlas
y bebiendo gotas de Sol se iba. la cigarra embriagando, hasta que congestionada por la lumbre y
por la luz, borracha de fulgores y destellos, llenaba las siestas abrumadoras con la musical locura
de sus chirridos, inflando su grito de duende hasta
convertirlo en alarido, rompiendo con redobles
inauditos los pequeños tambores de sus élitros, basta que por fin en aquella orgla de sonidos, en aquel
sabbat vibrante alcanzando su máximun, atronaba
los aires un estallido ensordecedor .... Las mil facetas de vidrio caían quizás hechas astillas? reventaban los crótalos y las panderetas? Las sonajas y
los sistros, como racimos estrujados, desgranaban
sus cascabeles? .... Nada de eso! A poco el estridor volvla, el canto se obstinaba y después de los
clamores meridianos y de los alaridos de la siesta,
la cigarra encontraba el modo de profanar, en selvas y jardines, el casto silencio de las noches de
luna!

Ese cauto acompañó mis dlas de más acerba nostalgia ..... Soñando con mi amada cuya imagen
destellaba en mi memoria. como una custodia en
una capilla desierta, me internllba en el misterio
de las selvas profundas, buscando un silencio digno de la doliente majestad de mi amor, anhelando
una intensa penumbra sobre la cual pudieran irradiar todas las claridades de la querida imagen
evocada! Llegaba hasta el seno de los boscajes
donde tienen sus templetes los dioses rústicos; el
césped estaba tibio como si acabara de servir de lecho á las hamadryadas desnudas y bajo la sombra
húmeda se ahondaban al ras de la grama, diáfa-

nas cisternas, en cuyo fondo habla inmóviles car-

pas y murenas dormidas ....
Pero en aquellos dias encendidos, en aquellas
mañanas incandescentes, en aquellos sofocantes
crepúsculos cuyos soles chirriaban al hundirse en
las negras aguas de la noche, mi pupila hastiada
de luz no pudo encontrar una penumbra, y mi oido exasperado por obsesoras vibraciones no pudo
descansar en el silencio ....
La cigarra agria, estridente, convulsiva, profanó
esos silencios absolutos que el alma del poeta llena
de suaves eufonías, de murmullos amantes y de
apasionados suspiros! .... La aterciopelada voz de
mi adorada, la inflexión doliente de sus quejas, el
susurro de sus confidencias, la airada vibración de
sus reproches, la sofocada angustia de sus sollozos
y la alegria infinita ,le sus risas, todo ese tesoro de
melodlas, de arpegios y de trémolos que el silencio
y el amor hubieran evocado eficazmente, se perdieron entre la odiosa vibración infinita de los insectos estivales! ....

•
••
lloy que sopla el viento de Oto ño, caen de las altas frondas, con las hojas amarillas, los enjutos despojos de las cigarras muertas, y las veredas y los
senderos se cubren de hojas mustias y de breves
cadáveres .... Hoy el silencio autumnal es propicio á las amantes evocaciones, y la voz querida encanta mi oldo con hondos arpegios y suspiros de
harmónica.
Y si el aura vesperal hace crepitar la hojarasca,
me halaga la ilusión de que mi amada marcha vengadora, haciendo crujir dolorosos, bajo sus pisadas
leves, los muertos élitros cuya música agreste fué
ayer adversa á los ritos de nuestro amor ... !
Honmoku. Japón, 1900.
Josil Je.1.N TABLADA.

No morirá tu rápida sonrisa
sin que yo la recoja entre mis labios;
es, bañada de olor, soplo de brisa
que el cardo conmovió de mis agravios.

¿Cómo te emocioné?. . . . Con una etitrofa
que nunca olste en tu triunfante marcha,
y era de crueldad, era una mofa
envuelta en los cristales de la escarcha.

Diosa impuible en vano con mis ruegos
ay! puse un ormesl bajo tu planta,
tus ojos todos luz estaban ciegos
y muda á mi reclamo tu garganta.

La heriJa fué de amor .... ó de despecho,
pero á mi te volviste sonriente,
apretando las manos contra, el pecho,
cubierta al punto de rubor la frente.

No era tu desdén; tu indiferencia
lo que en mitad del corazón me heria:
mi presencia A tus ojos era ausencia,
y mis versos sin luz, ni poesla.

Oh secretos sin fondo del cariño!
Oh misterios eternos y sin nombre!
Casi, momentos antes, era un niño;
en el instante aquel, era yo un hombre.
JEsús E. VALENZUELA.

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REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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FLOR Y FRUTO.

,

La parda sombra de gallardo pino,
El agua amena, !impida y sonora
No tornarás á ver, ni el alba aurora,
Ni la nube, el zafü•, ni el sol divino.
Entre el ramaje de olmo peregrino
Tu volar suspendió liga traidora
Y de esclava el dogal, en negra hora
Te puso al cuello tu infeliz destino.
Y la selva al dejar y aura natía
Tan vivo fué el dolor, tu pena tanta
Que apagó para ti su luz el día.
Si encadena la suerte aquí mi planta
Y si tu patria ¡ay misero! es la mia,
Ven, llégate, avecita . . .. ¡llora, canta!
CLEARCO

MEONIO. (• )

1900.
(") Bajo este pseudónimo, que es su nombr; entre lo~ Arcad~s,
escribe el insigne poeta limo. Sr. D. J oaqum Arcadio Pagaza,
Obispo de Veracruz, á quien la " Revista Modern'.'-" agradece
debidamente la honra que le ha dispensado al enviarle par:t su
publicación este bellísimo soneto.

..

Viola tenia los cabellos blondos, tan rubios como hizo corresponder de ella, que estaba orgullosa de
las espigas de estío, y tan caudalosos que un paje ver rendido á sus pies al galán más famoso entre
bien hubiera podido llevarlos como la cauda de su la garzonia turbulenta; las citas á media noche fuereina.
ron concedidas pronto; las frases quemaderas de
Viola tenla, además, la pequeña boca siempre en- Rogerio abrasaron el corazón apasionado de Viola,
treabierta por una sonrisa; sonreía siempre, son- sus nervios vibrátiles se espasmodiaron en los dulreía sin saber por qué la extrema sensibilidad de sus cisimos coloquios y concluyeron por rendirse á la
nervios cubiertos por una tez blanquísima y sede- soberana voluntad del venc~dor; y una noche en
ña, salia á flor de su boca en una perenne sonrisa que él desplegó todo el prestigio de su palabra
seduciente. Pasó, pequeña y graciosa, abanicando arrolladora, la niña, rendida, le dijo en un suspiro:
con sus blondas la :nesita en que nosotros bebíamos -•¡Ltévame!•-'-y él no"tuvo más trabajo que alzarla
un espumoso bock de cerveza, esparciendo la fres- en sus brazos codiciosos para que salvara las mecura de su sonrisa en la tarde calenturienta de dias rejas de su balcón bajo, y raptarla, semidesAbril .. ..
nuda y palpitante, para hacerla suya.
-¡Qué primor!-dije yo.
El idilio duró breves meses. El seductor, prote- Semeja la encarnación de la alegria, y tiene gido por la. orfandad de Viola, pudo ostentarla en
una historia bien triste,- dijo mi amigo, y prosi. triunfo por la ciudad, más bella que antes de ser
guió:
raptada, florida y joyante, caitla en sus brazos ,coA Viola, que adolescente era un botoncito de ro- mo abejaruco seducido por fascinadora serpiente;
sa, le impresionaban los amorfos románticos de los pero cuando Viola, en su inocencia sorprendida,
pollos más guapos. En las noches de luna, placlale comprendió que su pureza habíase deshojado; cuanflanear con sus amigas por los senderos floridos de do, atada á su amor fatal, vió desaparecer la plélos jardines solitarios, y allá iba t ras ella, tras ella yade de sus amigos y el cortejo de sus amadores,
solamente, una nube de jovencitos blasonados con alejados unos por el estigma social de Viola y otros
los nombres más aristocráticos, á cortejará la pri- por miedo á Rogel'Ío, la dulce niña comenzó á enmorosa Viola que sonreía, sonreía siempre en su tristecer y á marchitarse. Su gracia deleitosa, la
inconsciente promesa de felicidad. Por ella hubo sonrisa, desapareció con su pureza y su alegria, y
desafíos de futuros caballeros, lides de amor por cuando el amante la vió pensativa y desconocida
su sonrisa, navajas abiertas por atavismos macare- en su taciturnidad, pronto se hastió de ella. Las
nos en callejuelas desiertas á donde los pequeños macabeas y el bar lo atrajeron de nuevo; las copas
Don Juanes iban á disputarse á Viola.
desdeñadas por el ardor de la conquista femenina
Su fama de cautivadora esparcióse por la ciudad; llenaron el vacío de su desencanto; pero encontrólas muchachas casaderas la miraban con envidia se súbitamente repudiado por las bellas á quienes
disfrazada de curiosidad; los garzones conquis- saludaba en la calle y friamente acogido por sus
tadores inscribiéronse en la corte de amor del he- amigos: solamente sus camaradas de taberna le
chicero botón de rosa que en breve tiempo, mila- acogieron alegremente pidiéndole noticias intimas
grosamente, se había abierto en magnifica flor de de Viola, con curiosidades de libertinos que olfajuventud, aunque sin dar aún su olor, como el nar- tean un nuevo placer.
do de Sulamita. Y esa flor, abatida por mariposas
Rogerio no era tan depravado que no repugnasedientas, por abejas insaciables, debía ser tron- ra tales preguntas; alejóse también de los antiguos
chada en breve. Una mañana en que pasaba la camaradas que pisoteaban una pureza que solapreciosa por una de las avenidas brillantes, en el mente él habla tenido derecho á hollar, y enconardor del medio día, ataviada y seductora en su trándose súbitamente desencantado, joven, rico, lisonrisa turbadora, al pasar frente á un bar elegan- bre, un día desapareció dejando á Viola bajo un
te, una cortina de seda se alzó con presteza y dos sobre un rollo de billetes. La dulce niña se vió enojos ávidos devoraron á la niña, que acariciada por tonces abandonada y sGla, á la merced de una ronellos, rub11rizóse y sonrió ....
da de codiciosos de su belleza y juventud; pero es-En verdad es guapa!~ dijo Rogerio Aldaz á ta vez no era la garzonia florida de los aristócratas
dos camaradas con quienes libaba alegremente,imberbes, sino una ronda fatídica de banqueros,
y juro por la infancia de Baco que la gozaré como viejos sátiros, libertinos, matronas que la asediagozo esta copa!
ban, la acosaban sin descanso. Pintábanle con aboY vació su bitter de un trago.
rrecible hipocresía su desamparo, su irremediable
Desde entonces el irresistible calavera asedió á miseria, su falta de sostén; unos cínicamente declaViola sin misericordia: más audaz y más práctico rábanle su amor y su deseo; otros cobardemente
que los amadores platónicos de la linda rubia, se franquéaban su puerta en nombre de antiguas

�REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

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amistades de sus hijas ó de sus hermanos con Viola; pero ella se mostró inflexible, incorruptible, inexpugnable.
El amor hablala abierto los ojos á las traiciones
de la vida; comprendió la fatalidad de su calda
cuando la sonrisa desapareció de su boca; lloró la
ausencia de Rogerio y su cobarde abandono con
lágrimas amargas; pero la alivió nn celestial consuelo al sentir en sus entrañas la renovación de su
vida. Desde entonces prometióse, arrepentida y
fuerte, no descender-en·la pendiente, ser toda para su bijo, ofrecer á la adolescencia del niño la
honradez de su vida pura, para que él al comprender la vida no se sonrojara de ser hijo del amor.
Pero en su ignorancia de las necesidades y las miserias no pensó que el dinero se agotarla, y encastillada en su casa fué 1:onsumiendo uno á uno los
billetes que constitulan su efímera fortuna. Una
mañana vió con terror que cambiaba su último billete y que desaparecía rápidamente. Llegó el pri·
mer día en que faltó el dinero y su criada .le aconsejó vender una lámpara; poco á poco fué vendiendo todo lo que poseía, y al aproximarse por momentos su alumbramiento, no le quedaba más que
.un colchón para recibir á su hijo, pues habla ven·dido su lecho para afrontar los gastos del parto.
La criatura nació, linda como un querubín, un ni.ño, y la pobre y feliz Viola, apenas se puso en pie,
lo llevó al Orfanatorio, á que se lo cuidaran mien,tras ella trabajaba en un taller para ganarse la
,vida.
Habían pasado más de dos años cuando el bri~lante calavera Rogerio Aldaz volvía de un viaje
por Europa, donde babia bebido y gozado á sus

anchas, donde habla saboreado todos los placeres
con la avidez con que un día vaciara una copa de
bitter. Volvia con un joven gentilhombre español
á. quien le mostraba su ciudad con el orgullo de
mostrar la única ciudad mexicana de abolengo
ilustrlsimo; y una tarde en que con su tarjeta se
habla hecho abrir las puertas del Orfanatorio, enseñaba á su amigo los diversos departamentos cuando se detuvo de pronto ante una aparición que lo
dejó arrobado y petrificado:
Una rubia primorosa, humildemente vestida, daba el pecho á. un pequeñito bambino, y la púrpura
del pezoncito del casto y culminante pecho era tan
viva como la boquita que se contraía en ávida succión. La joven contemplaba al niño que la sonreía,
y Viola sonreía también, con su antigua risa infantil y cautivadora. En un instante Rogel'io evocó el
paisaje de su felicidad de amor, la sonrisa que lo
habla cautivado y enardecido y que ahora le des•
pertaba una emoción intensa y desconocida, pro_funda y dulcisima, ante aquel niño que era su vivo retrato, el retrato de Rogerio niño en uno de
los cuadros de la galerla señorial de su familia.
Alzó Viola los ojos sonriendo siempre, y al reconocer á Rogerio lanzó un grito; cubrióse el pecho
súbitamente y púsose encendida como la grana,
mientras Rogerio, flaqueante y dichoso, arrepentido y venturoso ante la flor y el fruto de su vida,
decía lacrimoso estrechando á la madre y al niño
contra su corazón:
-Marqués, esta es mi Viola muy amada y este es
mi hijo, y os pido con toda mi alma que apadrintlis
mi boda!
RuBÉN M. CAMPOS.

FAUNALIA.
A Ciro B. Ceballos.

Lloró la Danza en el tecla.do,
Del camarín flordelisado,
Como un suspiro sofocado
Sonó un arrullo de palomas.

Sangraban labios de granate,
Tentaba11 bocas hechiceras,
Y las lÜjurias, su acicate
Encarnizaban en el mate
De las olimpicas caderas.

Atormentaban los turgentes
Senos el lino de las batas,
Y en las alfombras insolentes
Se deslizaban indolentes
Las zapatillas escarlatas.

Bregaba el pecho sofocado
Por el fulgor y los aromas
Del camarín flordelisado,
Y suspiraba en el teclado
Una parvada de palomas.

Desparramaban sus reflejos,
Ojos, turquesas y diamantes,
Y retrataban los espejos
Los azabaches y oros viejos
De los toisones lujuriantes.

Las crespas barbas en horquilla
.Acariciaban la caduca
Coloración de la mejilla,
O deslizaban su cosquilla
Por el armiño de la nuca.

Kipris brindaba su ambrosla,
Baco sus uvas y sus lauros,
Y en el desorden de la orgla
El baile lúbrico segu[a
Como un galope de centauros.

Y en los espejos biselados
De aguas glaciales y serenas,
Se destacaban reflejados
Broncos tritones irritados
Ciñendo grupas de sirenas.

Y entre la luz y los aromas

EFRb REBOLLEDO.

MUSA DE AJENJO.
Tus ojos de ftllpa oscura
tienen extrañas virtudes
que provocan la locura.
Con su fijeza inquietante,
parecen dos ataúdes
que acechan almas de amante.
¡Cuán tristes son tus amoreb!
El lecho en que hemos soñado
fué un cementerio con flores,
y el surco de mi quimera
parece un crespón atado
~n la curva de tu ojera.
Mudos los dos en la sombra
del diván, con miedos vanos
soñamos que alguien nos nombra.
Y en la bruma de las dudas
vemos que pasan gusanos
sobre las carnes desnudas.
No se lo que eres. Tu boca
es un secreto sin dueño,
y hay en tus besos de loca
un vago mar de ambrosía
donde navega un ensueño
como un bajel, hacia el día.
Pero tus ojos de estanque
donde flotan cuerpos muertos,
detienen el noble arranque
y dan al alma angustiada
una impresión de desiertos
por donde marcha la nada.
Cuando la noche ha llegado
y la ciudad se ilumina,
consuelas al que ha llorado:
tu sexo, es un vaso lleno;
tu amor, es una neblina,
y tu espasmo, es un veneno.
Eres diosa y cortesana.
Hoy criminal, tu persona
puede ser santa mañana.
Y es justo que estés serena,
porque, si hay Dios, te perdona,
lo mismo que á Magdalena.
MANUEL

Par!s, 1900.

UGARTE.

(Colaborador Argentino).

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REVISTA MODERNA.

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REVISTA MODERN' A.

UN REFRACTARIO.
A J érome Doucet.

Del zanjón de Waterloo donde se desangraba,
acomodado sobre un codo, Pitois miró la llanura.
Estaba roja de soldados muertos. Entonces el rigodón de la Guardia hipó en su memoria: c¿En dónde puede uno estar mejor que en el seno de su familia?• ..... .
-«Es verdad-dijo Pitois-y me voy á buscar el
camino de la muerte para volver á encontrar á los
antepasados.•
Con firme puño desenvainó su sable, é iba á hundirselo en el corazón, cuando advirtió, acostadas
cerca de su saco, las tristes orejas de un vecino, de
un camarada herido que le miraba resoplando. Era
su viejo caballo Bautzen. Entonces, sintiendo que
dejaba á alguno en la vida, el dragón se levantó,
arrojó su sable, y como hundiese la mirada, indeciso, en los años que tenla que vivir todavía,
distinguió á lo lejos pequeñas cosas, que lo llamaban ..... .
Era un sueño de campiña de los días posibles, un
rincón en las flores y en los recuerdos. Hizo levantar á su caballo y partió.
Después de los Adioses, rico de una renta de quinientos francos que le producían once campañas y
ocho heridas, vino á establecerse en Beaume-JaRoche, en Bourgogne, y llevaba con él, además de
una bala de Blücher que rodaba siempre en su
vientre, un reuma de Borizow-y su camarada
Bautzen.
Era un caballo de dieciocho años, peludo, con los
dientes salidos y las clavículas huecas. Tenia las
pestañas blancas, un poco de roña en la nariz, el
hueso de su quijada cortaba como una navaja de
barba. De gris sangulneo que era en Essling, se
había vuelto tordillo en Waterloo-de pesar tal
vez-en seguida blanco y después amarillo. Y ahora, un poco embrutecido, sin aliento y sin haba, la
cabeza baja, parecla no saber ya qué color tomar.
El burgo que habitaba, en lo alto, en un pequeño pedazo de azul, entre una iglesia de cuatro escudos y dos setos de higueras, contaba diez pequeñas fogatas y treinta buenas almas. F.I soldado se
habla hecho alli un jardln, é inmediatamente, curiosas, apresurándose á ver al veterano, se hablan
presentado bellas damas imperiales, rosas de la
Malmaison.
Pero ¿qué hacer de ellas? Las manazas del soldado no habían manejado sino sables; ignoraban
el arte de los ramilletes. ¿Su perfume? Su vasta nariz era un abismo en donde el alma de las rosas,
timoratas, no pasaba más ali{~ de los bordes. Fueron útiles, sin embargo; como los que hacen matl'imenios, Pitois las sembró de abejas, no las abejas primerizas, sino las bellas rubias del Manto.
Una racha de invierno sobre sus flores, tales eran
hoy sus batallas. La humanidarl, después de la

muerte del Emperador, no era ya sino un sueño
para el soldado. El caballo de Luis XVIII pisoteaba la Redingote; sobre el águila borrada se habla
pintado una flor blanca, no babia felicidad verdadera sino en su propia casa, cerca de su bagage,
liado para la partida.
Y as!, entre sus abejas, su caballo, sus rosas, habla llegado A encajar la Euroi1a en su jardín, á rehacerse un sueño, corolario del grande, una especie de Imperio empequeñecido, pero lleno de flores.
Un dfa el alcalde fué á verlo. Esto pasaba en el
jardín; Pitois escuchaba, la cabeza baja, y á medida que el otro hablaba, palidecía.
-Entonces, dijo, es verdad: el rey, como decfs,
quiere verme?
-A vos y á los otros. Quiere hacerse presentar
todos los viejos soldados del Imperio y examinar
los retiros.
-Es preciso ser educado ..... .
-¡Ah, bueno; si no lo fuéseisl
El viejo suspiró. Era un hombre testarudo que
no había caminado sino sobre cuatro ideas en veinte años.
-Es duro, señor Alcalde, para uno de la Guardia, como yo. Si no fuera este Bautzen que no
quiere sino forraje fresco. . . . . . El otro le tendió
la mano, pero Pitois guardó la suya. Se separaron.
Pero en el jardin quién ha hablado? Qué nueYa
de desgracia repentinamente pone en confusión á
las rosas? Se levantan las faldas, hacen mimos; son
rosas más rosas, y miradlas, rosas de vergüenza.
•Demonio! señor, cantan las abejas, se nos olvida,
nosotros os e,;cuchábamos.•
El padre Pitois las miraba conmovido.
Desde entonces no lo abandonaron. Zumbaban
sobre su cabeza, le cosquilleaban los cabellos, el
cuello y los dedos, entraban en sus orejas, en sus
bolsas, y aun una se posó en la extremidad de su
nariz como una amenaza. Llegado el dfa fué á ver
á Bautzen.
De su jacl\lón de glicina~, todo costroso de gloria, el caballo lo miraba venir. Pitois se instaló, y
con una voz temblorosa que cuchicheaba:
-Dime, Bautzen .. . .
El caballo quiso relinchar. Se inflaron sus narices, de donde cayó un poco de polvo muerto.
-Es preciso que vayamos á Dijon-dijo el soldado-el rey quiere vernos.
Bautzen abrió los ojos repentinamente; en ellos
pasaba 1814 como una triste imagen.
-Si, mi viejo, dijo con una caricia el veterano,
adivino ... Pero es preciso no faltar á esta cita bajo pena de reventar de hambre. No es moco de pavo uo monarca. Levántate.
El caballo no se movió.
-Levántate! gritó Pitois, ó te llamo Cobourg!

El caballo se levantó.
Cuando fué ensillado, quiso salir,-pero era preciso pasar por el jardln ... Alli estaban las abejas.
Defendían la puerta, erizadas, furiosas; se hubiese
-dicho que hablan tomado las armas-y alrededor
de ellas, apeaadumbradas, confusas por el escándalo, las rosas encoglan sus pétalos y bajaban sus
dulces caperuzas.
-Me fastidiais al cabo! gritó el soldado.
No habla concluido, que muertas todas repentinamente, las rosas imperiales se deshojaron ....
-Diantre de historia!. ... se admiró el viejo.
Pero las abejas volvían en multitud. Entonces,
eomo todas pareclan decirle que se quedara, sin
comprender, las arrojó con su bastón, montó en el
caballo, y ya en la silla, con la blusa florecida y la
cruz sobre el corazón, Pitois tomó el camino de Dijon para irá ver á l\1r. Bourbon.
Cuando estuvo en medio del camine,:
-Un pequeño trote, Bautzen.
El caballo alargó el cuello, y temblando sobre
sus cuatro pies, relinchó un reproche. Esto era lo
más lamentable: no podía huir como las abejas, ni
.avergenzarse como las rosas.
-Un galope! Vamos, Bautzen, despiértate.
Pero Bautzen no se despertaba. Aturdido sobre
sus cuatro zancos, miraba la colina; después como
si adivinase que el rey estaba detrás, falseó de las
rodillas, y se detuvo.
-Cojeas! gritó el viejo.
El caballo esta vez no tuvo la fuerza de relinchar. La colina llegaba, llegabl\. No era muy alta;
una cabra la habrfa saltado. Pero el caballo no tenia ya piernas, y á pesar de todos sus deseos, los
celos lo decidían. Tembló y sacudió la cola ... Sus
ocho campañas lo detuvieron.

-Tú. también! gritó Pitois.
Continuar el camino á pie?
El rey habría quizá pasado, y el camino hasta
Dijon es largo. Esta fatiga Jo aterró. Llega un dfa
en la vida en que el granadero cansado encuentra
su colina, él también, la pendiente en que lo espera
la muerte.
-Por el flanco derecho. Volvamos á casa.
Bruscamente volteó la brida y vió esta maravílla:
Bautzen que tomaba el frote. Entonces, estupefacto, se puso á soñar en sus abejas y en sus rosas.
-Estas bestias son como su amo, no quieren hacer sino su antojo. Que se borre mi retiro! Nada de
pan: rosas. Comeremos pasteles de miel, verdad,
Bautzen?
El caballo tomó el galope.
-Ah! dijo Pitois, parece que tú no ama
Diez y Ocho .... Hace un momento no eras tan g
llardo.
Fué obligado á contener á Bautzen que se desbocaba.
Todo era calma en su casa cuando entró. Las rosas hablan reflorecido, se habían abierto; se hubiera dicho una sonrisa sobre cada tallo. La colmena
á su vez se volaba hacia él, acariciadora. Sentía á
las buenas amigas sobre sus brazos, en sus cabellos, en todas partes, á lo largo de su blusa y sobre
su sombrero! El mismo Bautzen estaba cubierto de
ellas;-y como un gran sol, caldo en la tarde, envolvía de púrpura la campiña, para recompensar al
soldado le hicieron como al Otro, un autoritario
manto sangriento, alado de abejas de oro, bajo el
cual, orgullosamente á caballo, entt-ó en su pequeño jardfn, como un emperador!

Traducción de •Revista Moderna.•

GEORGKS

D'ESPARBES.

T HEROS .
I
El tren partió de la estación, machacando con sus
patas de hierro las placas giratorias, como si gustara de expresar con el ruido la alegria que Je po-

see al verse libre. Echaba sin interrupción y á compás bocanadas de humo, como los chicos cuando
fumap su primer cigarro, y al mismo tiempo repar~fa á uno y á otro lado salivazos de vapor, asemeJándose á un jactancioso perdonavidas ó á demonio
travieso. Ni siquiera volvía la cabeza para saludar
á los empleados de la linea, ni á las señoras y caballeros que poblaban el andén. Descortés y sin
otro afán que perderse de vista, dejó atrás los al~acenes, los muelles y oficinas de la pequefia velocidad, ~l cocherón, los talleres, 1a:casilla del guarda aguJas, Y se deslizó por la Co1·tadura un brazo
de tierra cuya mano tiene:la misión de a~ir á Cádiz
para que no se lo lleven las olas.
Corriendo por allí, velamos el mar de Levante,

las turbulentas aguas y el nebuloso horizonte, que
bien podríamos llamar el campo de Trafalgar; veíamos por otro lado la bahía, en cuya margen se asientan sonriendo alegres ciudades y villas; veíamos
también á Cádiz, que daba vueltas lentamente cual
fatigada bolera, y tan pronto se nos presentaba por
la derecha como por la izquierda.
Después, el tren pisó las charcas salobres de la
isla, abriéndose paso por entre montes de sal. Franqueó los famosos caños en cuyos bordes España y
Francia han dirimido sus últimas contiendas· cruzó las célebres aguas en que flotó el manto d~l último rey de los godos, y se dirigió tierra adentro
avivando el anhelante paso. Llevábale sin duda tan
aprisa el exquisito olor de las jerez1mas bodegas,
que más cerca estaban á cada minuto, y por último
la inquieta maquinaria dió resoplidos estrepitosos:
husmeó el aire, cual si quisiera oler el zumo almacenado entre las &lt;:.ercanas paredes, y se detuvo.
Estábamos en la más colosal taberna que han vis-

�-

to los siglo~, llena de lo más fino, delicado y corroborante que en materia de néctares existe. Al llegará aquel punto del globo, ningún viajero puede
permanecer indiferente. Ve un glorioso campo de
batalla sembrado de despojos, los mutilados miembros de la sobriedad vencida y destrozada por su
formidable enemigo. El triunfo de éste es completo.
Su insolente orgullo ha poblado de emblemáticos
trofeos el campo. Millones de vides coronan de ver·
des pámpanos la tierra. Toneles hacinados se alzan
en pilas, ó ruerian como bonachos que han perdido la cabeza. Todo es bulla, animación, mareo.
N'l se puede resistirá la tentación del hijo de Noé.
Es del color del oro y tiene el sabor de la lisonja.
Beberlo es tragarse un rayo de sol. Es el jugo absoluto de la vida, que lleva en sus luminosas partl·
culas fuerza, ingenio, alegria, actividad. Su delicado aroma se parece á un presentimiento feliz; su
gusto estimula la conciencia corporal. Engaña al
tiempo, borra los afios y aligera las cargas que nos
hacen doblar el fatigado cuerpo. Lleva en si un espíritu poderoso que se une al nuestl'O, y juntos forman una especie de seráfico genio, el cual, si se ensoberbece, puede trocarse en demonio.
Yo ful de los seducidos, y antes de que el tren
partiera me llené el cuerpo ele rayos de sol. Poco
después admiraba las viñas, respetables madres de
aquel insigne vencedor de las naciones, cuando sen·
tí que me tocaban el hombro.
Sorprendióme esto, porque me creía solo en el
coche; volv!m~ con presteza y,
II

•

.... en efecto, era una mujer; quiero decir, que
al volverme vl á una mujer. Al partir de Jerez hallábame solo en el coche. ¿Cómo, cuándo, por dónde habla entrado aquella señora? He aquí un pun·
to dificil de aclarar, mayormente cuando mi cabe·
za, forzoso es declararlo, no gozaba del beneficio
de una perspicacia completa.
• Caballero ....
A esta palabra siguieron otras que no pude entender bien. Tengo idea de haber dicho:
«Señora ....
Pero no estoy seguro de lo que tras esta palabra
balbucieron mis torpes labios, aunque debió ser alguna frase de cortesía.
Es indudaLle que yo estaba aturdido, no sé en
realidad por qué, como no fuera por el maldito zumo de oro que había alojado en mi. Hallábame cortado y absorto, y seguramente contribuiría mucho
á esto el aspecto singularisimo y por mi nunca visto de aquel!~ persona.
Causábame estupefacción indecible su persona y
su traje, del cual no podía apartar los asombrados
ojos: y ~n verdad, no es fácil imaginar atavíos más
originales. No debla sostenerse que el traje de la
dama fuese extravagante, sino que no tenla traje
alguno.
Tengo idea de haber dicho á medias palabras, teiiida de rubor la cara y apartando los ojos:
• Señora, tenga usted la bondad de vestirse ....
Ese traje, mejor dicho, esa desnudez no es lo más
á propósito para viajar en pleno dia dentro de un
coche del forrocarril.

37

REVISTA MODERNA.

REVISTA MODERNA.

36

Echóse á reír. Era de una hermosura sobrehumana.
Yo recordaba vagamente haberla visto en pintura, no sé dónde, en techos rafaelescos, en cartones,
dibujos, quizás en las célebres Horas, en relieves
de Thornwaldsen, en alguna región, no se cuál, poblada por la imaginación creadora de los dioses del
arte.
Nada de cuanto modelaron griegos, ni de cuanto
cincelaron florentinos, puede superar á la incompable estructura de su cuerpo. Su rostro era como el
que la tradición artística da á todas las ninfas acuáticas y terrestres, á las diosas que fueron,• A las jubiladas matronas simbólicas que durante siglos han
representado en doradas techumbres el pensamiento humano. Más perfecta belleza no vi jamás; pero
no era fácil contemplarla, porque sus ojos eran como pedazos del mismo sol, que dedlumbraban y
ofendían quemando la vista, de tal modo que per·
derla la suya el observador si se obstinara en mirar sin vidrios ahumados la hermosa imagen. De
sus cabellos no diré sino que me parecieron hilos
del más fino oro de Arabia, perfumados de aroma
campesino, y que en ellos se entretejían amapolas
y espigas en preciosa guiarnalda.
Su vestido era, más que tal vestido, una especie
de túnica caliginosa, una flotante neblina que la envolvía, ocultando ó dejando ver, según las posturas
de la dama, ésta ó la otra parte de su cuerpo. No
tenia yo noticia de aquella singularlsima manera
de presentarse en sociedad, y si he de hablar claro,
el atavío de mi noble compañera de viaje parecióme en el primer momento escandaloso y desenvuelto en gran manera. Pero bastaron algunos minutos de observación para formar juicio más favorable. En las divinas formas, en la actitud graciosa
y natural de la viajera, así como en sus palabras y
ademanes, resplandecían la castidad más perfecta
y la más irreprensible decencia.

m
Y eso que la señora, si no era el mismo fuego, lo
parecta. Dílogo, porque echaba de su cuerpo un
calor tan extraordinario, que desde su mis'8riosa
entrada en el wagón empecé á sudar cual si estuviera en el mismo hogar de la máquina.
-Sef:.ora,-le dije respetuosamente, limpiando el
copioso sudor de mi rostro,-perm1tame usted que
me aleje todo Jo posible de su persona, porque, ó
yo no entiendo de verano, ó es usted la misma Ca·
nlcula en c;erpo y alma.
Sonrió con bondad, y rebuscando en cierto monalillo que á la espalda traía, ofrecióme un abanico.
Felizmente yo llevaba espejuelos azules con los que
pude resguardar mi vista de los flamlgeros ojos de
la señora. A pesar de estas precauciones, cuando
el tren se precipitó por las llanuras de la izquierda
del Guadalquivir, la irradiación calorífica de mi
compañera aumentó de tal modo, que destrocé el
abanico sin poder refrescarme. Las perspectivas,
ora interesantes, ora comunes del viaje, aburríanme soberanamente. Los pinos valsaban en mareantes círculos ante mi vista; marchaban en columna
cerrada los olivos de Utrera, como ordenados ejér·
citos que van al combate, sin que estos juegos de

óptica, ni el variado espectáculo de las sucesivas
estaciones, ni la cercana presencia de Sevilla, que
desde el último confín visible nos saludaba con su
.Giralda, aplacaran mi mal humor.
Sevilla nos vió llegar al fin junto á sus achicharrados muros que quemaban como calderas puestas al fuego. Reposaba la placentera ciudad bajo
mil toldos, adormeciéndose en la fresca umbría de
sus patios. Las cien torres, presididas por la veleidosa mujer de bronce que da vueltas, á ciento veiutidos varas del suelo, desafiaban al furioso sol. Cual
condenados, cuyo itinerario de expiación ha sido
invertido, subían á los infiernos.
No pude contenerme, y dije á la dama:
cP1·esumo que usted se quedará en esta estación
que tan bit-n cuadra á su temperamento.
-No señor-repuso con la timidez de una novicia.-Voy á Madrid.
Y diciéndolo, se acercó á mi. Creí hallarme de
súbito en la proximidad de un incendio, porque no
era ya calor, sino llamaradas insoportables, lo que
el misterioso cuerpo de la endemoniada ninfa despedía.
-Señora, señora, por amor de Dios-exclamé.
-Es muy doloroso para un caballero huir .... Es
un desaire, una grosería, pero ....
Me hubiera arrojado por la ventanilla si la rapidez de la locomoción no me lo impidiese. Felizmente, la misma que tan sin piedad me achicharraba,
brindóme con refrescos, que sacó no sé de dónde,
y esto me hizo más tolerable su platónica respiración y aquel tufo de infierno que de su hermoso
cuerpo emanaba.
Ibamos por la alegre comarca que separa las Dos
famosas Hermanas andaluzas á orillas del florido
río, entre naranjales y olivos, saludando cada dos ó
tres leguas á un pueblo amigo, tal como Lora, Peñaflor, Palma. Ya cerca de Córdoba, mi sofocación
puso á prueba mi paciencia, pues sintiendo que los
sesos me burbujaban como si hirvieran, y que mi
sangre se iba pareciendo á un metal derretido, tomé la resolución de librarme de la molesta compa·
ñera que desde Jerez traia, y al punto, una vez parado el tren, apresuréme á poner en ejecución mi
pensamiento, dando parte del caso á los empleados
de la vía.
No sé por qué ae reían de mi aquellos malditos,
oyéndome formular mis justas quejas. Podría colegirse que yo me habría expresado en frases incongruentes y desatinadas. Era para reventar de
cólera. El mismo jefe de la estación tratóme como
á un loco cuando le dije:
-SI señor, si señor. Va en mi coche una señora
que echa fuego por los ojos, y por todo el cuerpo
uu calor tan vivo que se podrían asar chuletas y
freír pescado sobre las palmas de sus manos. Esto
no se debe permitir .... Es un abuso, un escándalo.
Me quejaré al inspector del Gobierno, al Gobernador, al Gobierno mismo.
Movióles la curiosidad, más que otra &lt;:osa á registrar el departamento. En él continuaba la dama.
Yo la vi. . .. era ella misma sin duda; pero no ya
con aquellos ligerísimos ropajes que tanto llamaron
mi atención, sino vestida con el habitual modo de
nuestras damas. Sus ojos picarescos y vivos no des-

!umbra.bao ya; su cuerpo no tenía rastro de haber
pasado por el infierno; llevaba en la cabeza el vulgar sombrerillo adornado de espigas, mas todo conforme al arte de las modistas, sin nada que trajese
á la memoria el tocador de las diosas.
IV
Mudo y perplejo la contemplé, y no es dudoso que
me deshice en cumplimientos y excusas, achacando
á desvanecimiento de mi cabeza la increíble equivocación en que había incurrido; mas apenas marchó el tren camino de las sierras, volvió la dama á
presentarse en su primera forma y desnudez, con
los mismos cendales vaporosos que contorneaban
sus bellas formas, con el mismo ornato de rústicas
espigas en la cabellera de oro, los mismos ojos que
no se podían mirar, y la propia irradiación abrasadora de su cuerpo. El calor que despedía era ya un
calor ecuatorial, intolerablr, un fuego que derretia
mi persona, como si fuese de cera. Quise saltar del
coche, llamar, vocear, pedir socorro; mas ella me
detuvo. Cal exánime, sin fuerzas, todo sudoroso,
desmayado, sin aliento; creo que mis facultades se
alteraron profundamente; perdí la noción de todas
las cosas, se nubló mi juicio, y apenas pude formular este pensamiento angustioso: •Estoy en las calderas infernales.,
Arrojado cual cuerpo muerto sobre los cojines,
aspiraba con ansia el rarificado n.ire. La diabólica
aparición llegóse á mi: sostuvo mi cabeza, dióme á
beber no sé qué delicado y refrigerante licor que
facilitó el trabajo de mis pulmones, difundiendo
, cierta frescura por todo mi cuerpo, y entonces me
senti mejor; mis excitados nervios se dilataron, dándome algún reposo; y al aclarárseme los sentidos,
pude oír el discurso que con dulce voz me dirigió
la señora, y que si mi memoria no me es infiel, fué
de este modo.
V

• Yo soy la plenitud de la vida, la cúspide del año
natural; soy la ley de madurez que prellide al cumplimiento de todas las cosas, la realización de cuantos conatos bullen en el seno infinito de la Naturaleza. .Antes de mi, todo es germen, esfuerzo, crecimiento, aspiración; después de mi, todo decae y
muere. Soy el logro supremo y la victoria que se
llama fruto, victoria admirable de las múltiples
fuerzas que luchan con la muerte. Por mi vive todo lo que vive. Sin mi la Creación serla en vez de
gloria y triunfo, una especie de bostezo perenne,
el fastidio de los elementos al verse sin objeto. En
el hombre, soy la edad del discernimiento y del trabajo; en la mujer, la fecundidad y el amor conyugal; en la Naturaleza, el desanollo de todos los seres que al verse completos se recrean en si mismos,
apreciando por su propia magnificencia la magnificencia del Creador. ins cabellos son el sol; mis
ojos la luz; mi cuerpo el ardoroso ambiente que al
pasar reparte la existencia; mi sombra el rocío que
bautiza las nuevas vidas; mi habitación es el cielo
con sus admirables ritmos; mi trono, el zenit. Soy
la sazón universal.

�REVISTA MODERNA.
REVISTA MODERNA.

ao

•En mi curso infinito, guíame el dedo de Dios.
Cuando aparezco, ya está todo preparado. Bástame sonreir para que el mundo se llene de frutos.
El labrador me espera con ansia, porque mi benignidad ó mi cólera deciden su suerte. Dóile abundantes mieses y regalados frutos; le anuncio los
mostos que llenarán sus tinajas; multiplico sus ganados y sus colmenas; aumento para el pescador
los inmensos rebaños de los mares, y al industrioso
le ofrezco días largos, al enfermo alivio, al sano
alborozo, expansión al rico, consuelo al miserable.
• Celébranme los hombres de todas castas, y los
que cultivan la tierra festejan mis clásicos días destinados al comercio, á la amistad, á los campesinos
banquetes, á las regocijadas bodas. San Antonio,
San Juan, San Pedro, el Carmen, Santiago, Santa
Ana, San Lorenzo, la Virgen de Agosto, San Roque, la Virgen de Septiembre son en el orden religioso mis triunfales fechas.
•Mis dias son fecundos y la vida se duplica en
ellos, porque avivo las pasiones de los hombres, y
exaltando su entusiasmo, les llevo á las acciones
más osadas. Acúsanme de incitar á las revoluciones y de seducir á las muchedumbres, agitando en
mis manos ardientes la bandera roja de la emancipación. Me vituperan por triunfos populares, y yo,
-sin pronunciar sentencia sobre esto, tan sólo digo
-que derribé la Bastilla, que destruí al vencedor de
Europa no lejos de estos sitios por donde vamos,
-que también aqui salvé al mundo cristiano de las
huestes de Mahoma. Yo abolí la Inquisición de España; yo detuve á los turcos á las puertas de Vie,na; yo he realizado mil y mil altísimos hechos cu_yo número no puede contarse, pues son más que
las vueltas que en todo el curso de nuestro viaje
dan las ruedas del coche en que velozmente cami.namos.•

VI
Y era la verdad que caminaba con rapidez, traspasando ya la fragosa sierra que es muro de Castilla. Habla caldo mansamente la tarde, y con la mudanza del cielo la señora aplacaba sus insoportables ardores, como fragua en que mueren durmiéndose las brasas. Sus ojos seguian brillando, mas no
con el resplandor del sol, sino con claridad blanquecina semejante á la de la luna. Su cuerpo despedía tibieza grata, que poco á poco se iba trocando en frescura. De este modo, la repulsiva diorn,
cuyo contacto sofocaba, se convertía en el sér más
bello y amable que imaginarse puede, y todo convidaba á reposar á su lado con sosiego y descuido,
viendo roda1· las horas y los astros, sintiendo pasar
el aire rico en fragancias.
Sus miradas me causaban dulce arrobamiento.
Vi en sus pupilas algo semejante al plateado reflejo de un lago tranquilo, y su sonrisa me sumergia
en dulce éxtasis. En sus labios observé no sé qué
eosa semejante á celestiales puertas que se abrian.
Asi pasamos toda la noche, recoriendo de un cabo á otro la tierra ilustre que sirvió de campo á la
inaginaria contienda de lo ideal con el positivismo.
Pero la noche recogla sus obscuridades para huir
.á punto que salían á saludarnos los primeros árbo-

les de Aranjuez, no lejos de donde celebran pacto
de amistad eterna Tajo y Jarama.
Rueda que rueda y silba que silba, entre polvo y
ruido, llegamos al fin á Madrid, donde mi compañera de viaje, profundamente aficionada á mi persona, no quiso dejarme, y me siguió en el coche, y
se aposentó en mi mismo cuarto, y se sentó á mi
mesa, vuelta ya á su primitivo estado, ó sea á la
desnudez abrasadora en que se apareció, pero conservando siempre aquel natural fantástico que la
hacía invisible para todos, excepto para mi.
Por el dia, hfzome sudar la gota gorda, y me sofocaba con solo acercar á mí las yemas de sus candentes dedo~; mas llegada la noche, recobró su
constitución tibia y placentera, alcanzando de mi
las amistades que no podfa concederle á la luz del
sol.
Lo más extraño es que habiéndola invitado á comer en los Jardines del Buen Retiro, la bendita señora descubrió de súbito unas mañas que me pusieron en gran det1asosiego, y fué que en mitad del
yantar, pretextando que su natu:aleza lo exigía,
empezó á menudear copas y á vaciar botellas con
tanta prestezn, que aquella no era señora, sino más
bien una bacante.
VII
No bien hablamos concluido de comer, cuando
la dama, enteramente transformada por todo aquel
liquido que habla metido entré pecho y espalda, empezó á hacer los más desaforados desatinos que pueden verse. Agitó primero las palmas de las manos,
al modo de abanico, haciendo correr un aire cálido
y seco que tostaba. Después rompió á reir con carcajadas estrepitosas de insensato, y cayó espantosa
lluvia, que puso como nuevos á los parroquianos
de aquel hermoso sitio, obligándoles á dispersarse.
Corrió después la niña con tanta rapidez que parecla vendaval, rompiendo las bombas de vidrio, alzando las faldas á las señoras, arrebatando sus sombreros á los galanes, desgarrando el telón del teatro, dóblando los árboles, haciendo gemir las ramas y cubriendo de hojas los mecheros del gas. No
he visto dispersión tan precipitada, pánico tan horrible ni confusión más grande. ¡Y cómo reta la picara al ver tales estragos! Yo procuraba calmarla,
mas esto no era posible. Temí que la llevaran á la
prevención por sus diabluras; pero la muy tunanta
tuvo la suerte (como todos los pillos) de que no la
viera la policla.
Después que desató sobre Madrid la importuna
lluvia que tanto molestó á los paseantes, sopló á
diestro y siniestro, y he aquí que comienza un frío
seco y displicente que hace tiritar á todo el mundo.
Estirando los cuellos de sus ligeros gabancillos, y
abrigándose con pañuelos de la mano á falta de
otra cosa, los madrileños corrían á sus casas, y gruñendo murmuraban: •¡Qué demonio de clima! ¡:\1aldito sea Madrid y quien aqul puso la corte de España!,
La misma autora de tantos desastres andaba con
capa aquella noche burlándose de los cortesanos y
de su cólera. Yo no pude contenerme y le eché en
cara su conducta, diciéndole que no me parecla pro-

3!)

cia; ningún río caudaloso la ha escogido para pasearse en ella; ningún bosque arraiga en su suelo.
Más allá, arroyos y lagunas, en cuyo espejo se
miran hileras de chopos, anuncian la frescura de
próximos montes cuyas primeras estribaciones acomete el tren sin que le estorben rocas ni pantanos.
Venciendo las grandes masas de la cordillera, que
convidan á la ascensión, el tren se empeña en subir
á Reinosa, la encapotada vecina de las nubes, Y lo
consigue.
Más allá, un monte huraño se empeña en detenernos el paso. ¡Pueril terquedad! En castigo de
su impertinencia es atravesado de parte á parte, Y
el tren pasa como la aguja por la tela. Después todo es fragosidad, aspereza, bosques en declive que
se agarran á la tierra y á las rocas con sus torcidas raíces: anoyos que se precipitan gritando como chicos que salen _de la escuela. Pero antes vimos el Pisuerga, un miserable hilo de agua, que
describiendo más curvas que un borracho se dirige
al Sur, y el Ebro, un niño que pronto será hombre,
y marcha hacia Levante.
Nosotros marchamos con las aguas que van hacia el Norte. A poco de salir de aquel largo túnel,
que parece una pesadilla, se nos presenta á la deViII
recha un chicuelo juguetón que marcha á nuestro
-Madrid es feliz-le dije,-si usted le abandona. lado brincando, haciendo cabriolas, riendo y echan-No, porqué allí dt&gt;jo mis delPgados, que son do bromitas á todas las piedras y troncos que en su
como yo misma.
camino encuentra. Es el Besaya, un modesto do
Excuso decir que la señora, transformada por la que nos acompañará gran trecho.
noche, era la más grata compañera de viaje que
Mientras descendemos con no poco trabajo la gipuede concebirse. De tiempo en tiempo sus ojos gant11sca escalera del Cantabria, el pillete, en vez
despedlan lividos relámpagos, lo que me puso algo de trazar curvas como nosotro~, de monte en monintranquilo; pero no pasó de ahl, y á la claridad te, baja á saltos, y le vemos en la hondura, riendo
que difu_ndlan sus miradas por todo el espacio, vi Y jugando. Pero no quiere abandonarnos, y en Bárel Esconal, monte de arquitectura al pie de otro cena de pie de Concha se nos pone al lado izquiermonte; vi los extensos pinares, cuyo bailoteo al pa- do, y por todos aquell,is valles y cañadas nos va
so de minueto me recordaba los olivos de Andalu- dando conversación con mucha cortesía y sosegacia; traspasamos la alta sierra en cuyo término do estilo.
Santa Teresa ha dejado su imperecedera memoria
En una garganta tapizada de lozano verdor, hasobre un caserío amurallado que parece montón de llamos las Caldas, una gran tina entre dos montaruinas.
ñas, y poco más allá, agujereando montes y franArévalo, Medina, los graneros y las eras de Cas- queando precipicios, salimos á un ancho y hermoso
tilla, nos vieron pasar, y sobre el suelo amarilleaba valle. Allí el Sr. Besaya se despide cortesmente de
la paja recién separada del grano. Pasábamos por nosotros, pues su amigo (el Saja) le espera en Tolos dormidos pueblos, que ni al estrépito del tren rrelavega para il' juntos á tomar baños de mar. Le
despertaban, y cuando avanzó la noche y aumentó damos las gracias por su atención y seguimos.
el silencio de los campos, nuestro inmenso vehlcuLas praderas verdes y limpias á nada del mundo
lo articulado parecla un gran perro fantástico que son comparadas en belleza; los bosques de castacorría ladrando de provincia en pl'Ovincia.
ños se extienden por las laderas, á. cuya falda riValladolid la dormida se quedó á mano izquier- cas huertas y frondosos maizales recrean la vista
da, obscura, grande, glacial, acariciada por su y el ánimo con su lozanla. Atravesamos por entre
amante Pisuerga, que anhela despertarla y apenas rejas un gran río que dicen Pas, y poco después
lo consigue. Atravesamos luego los frescos viñedos olemos el mar. Sin duda está cerca. Anúnciase en
y. deliciosas huertas de Dueñas la tro"'lodita
que irregulares charcas, como dedos retorcidos; vemos
o
1
vive en cuevas. Vino al poco rato Venta de Baños, después sus manos que agarran la tierra, y por úlque es un mesón puesto en una encrucijada de vlas timo un enorme brazo que se introduce entte dos
férreas en desierto campo. Torciendo ligeramente cordilleras.
á. la izquierda, tocamos en Palencia, ya inundada
de sol, sin soltar jamás el manto de polvo que la
X
cubre, y luego atrave,amos la tierra de Campos,
¿Y mi compañera de viaje?
surcada por el arado de uu cabo á otro, toda seca,
llana,_ ardiente, verdadero mapa trazado sobr(\yesAl llegar aqul, mejor dicho, desde que dejamos
ca. Nmguoa montaña grande ni chica ha encontra- aquellas fastidiosas llanuras castellanas, desaparedo apetecibles aquellos sitios para fijar su residen- cieron los accidentes caniculares que tan aborrecípio de personas bien educadas molestar al prójimo
y turbar diversiones licítas.
Echóse á. reir de nuevo, y me dijo que en Madrid
no pasaba semana sin hacer alguna travesura de
aquel jaez; que la alegria de la capital y su constante humor de bromas era contagiosa, por Jo cual
ella no podía resistir á la tentación de dar chascos;
que se complacía en deshacer las fiestas, en trastornar el tiempo, en soltar los frios del Norte después
dtl sofocantes horas, y que se divertla mucho viendo el descontento de la gente madrileña. Añadió
que no pudiendo eximirse de asistir á francachelas
y comilonas, la obligaban á empinar el codo, y que
una vez alterado el sentido, hacia las mayores locuras, casi sin darse cuenta de ellas.
Yo le dije que la vela camino de Leganés si se
repetían sus pesadas bromas; pero ella, riendo de
mi enfado, me contestó que al día sí.gqieqte el calor serla más insoportable.
Así fué en efecto, por Jo cual tomé las de Villadiego hacia el Norte, metiéndome en el tren al pie
de la montaña del Pl'incipe Pío: y he aqul que no
había andado dos metl'OS la máquina, cuando mi
compañera y amiga tomaba asiento junto á mi.

�40

ARo lV

REVISTA MODER~A-

ble me la hablan hecho. Amenguóse el resplandor
molesto de sus ojos, que brillaban, si, pero empañados por tenues celajes; dejó de echar fuego como fragua su hermoso cuerpo, y pude acercarme
libremente á ella, sintiendo, antes que calor, un
dulce temple que á un tiempo confortaba cuerpo y
alma.
Despertóse de improviso en mí Yiva inclinación
hacia á ella. Hablamos, se animó mi conversación
con requiebros y se salpimentó con suspiros, me
entusiasmé, coqueteé, me entusiasmé más, me declaré, hicele proposicioaes de matrimonio. ¡Ay! liumanos, ¿sois mortales porque sois débiles, ó sois
débiles porque sois hombres?
Condújome la taimada á un delicioso lugar, nombrado Sardinero, vecino al Océano, verde y cubierto de flores como un jardín, reuniendo en si la suave tibieza de la tierra y la frescura del mar, un
verjel con playa de doradas arenas, donde las liolgazanas olas se extienden desperezándose al sol,
un montecíllo encantador, primaveral, compendio
de todas las bellez.as de la Naturaleza.

Mi compañera, á quien desde aquel instante llamé mi esposa (porque consintió en serlo con pérfida
complacencia), me sumergió en el mar, me invitó
después á paseos y meriendas. ¡Oh, que felices días
pasamos! ¡Qué apacibles noches! ¡Cómo rodaban las
horas sin que sus pasos sonaran sobre aquel césped
florido ni sobre las cariñosas arenas de la playa!
Yo era el hombre más feliz de la creación basta que
un día, ¡infausto día!. .. Nunca babia visto á mi
compañera tan hermosa, ni tan alegre, ni tan amable ....
Nos bañamos juntos, disfrutando del halago de
las olas, asidos de las manos, mirándonos el uno al
otro, cuando de repente desapareció no sé cómo ni
por dónde, dejándome lelo, lleno de desesperación.
Busquéla por todos lados, dentro y fuera del agua.
No estaba en ninguna parte. Me eché á llorar y sentí frío, un frío que penetraba hasta mis huesos.
¡Triste, tristísimo día, horrible fecha! La recuerdo bien.
Era el 22 de Septiembre.
B. PÉREZ GALDÓS. .

NUESTROS COLABORADORES EN EL EXTRANJERO.

Oomunicamos á nuestros lectores que habiendo adquirido la colaboración
del Sr. Abogado Nicola Rubino, eminente escritor italiano, director de «La
Crítica» de Nápoles, tendremos el gusto de comenzar á publicar artículos suyos, brillantísimos de forma y vibrantes de sentimiento. Tendrán ocasión
nuestros abonados, desde luego, de gustar y de admirar las sensaciones de arte oriental_que nuestro nuevo colaborador nos ha enviado con el título de «Piccoli Azzurri d'Oriente. »

EN _HOMENAJE AL DUQUE JOB,
Organizará en su salón la Revista Moderna, la noche del día 3 del próximo
Febrero, un festival artístico.
Oportunamente se repartirán las invitaciones.

.......

MÉXICO,

1ª

QUINCENA DE FEBRERO DE

1901

NúM,3

REVIST A MO DER NA
ARTE V
DlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA.

CIENCIA.
JEFE DE REDACCION: JESU S URUETA.
Tip. de Dt1bld11.

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Universidad Autónoma de Nuevo León</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>��I J •
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18LIOTECA CENTRAL
u. A.. N. L.

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!:-ubscr1~íón en Máxic~ ~estre/Jdelantado: $3-00:,:

Er:1 los Estados r: E,J.:nµJero, J~m~StM:. adelantado': $+~•.:....:"'dm!'!ro·SdP1~;:,¼ &lt;«fl~,t

•

Apártado pÓ!tal núm. 49 (h1"). -· ·

, -~DMlNlS'rRADOR!

Gm,.,tFJRMQ

IDMINISTRlCION: GILLB DBL GOLISBO

1)11 LA PEÑA.

mvo ~-608.
J

MBXICO.

•

�REVISTA MODERNA.
INDICE DEL ARO IV.

'

J

Pi,ra.

ALARCON P. A. n.e:.
El mulo, el burro y el caballo.........

to

ARGÜELLO H. SANTIAGO.
Viaje al pala de la decadencia. . . . . . . . . . .
Id.
id.
.. .........
Id.
id.
.. ..........
El poema de la Locura ... . . . . . . . . . . . . . . .
Id.
id.
. ...............
BARREDA GABINO.
Algunas ideas respecto de Instrucción Primaria. ............ .
...... ...... ..
Algunas ideas respecto de Instrucción Primaria........................ . ........
Algunas ideas respecto de Instrucción Primaria........... . .....................
Algunas ideas respecto de Instrucción Primaria.... .............................

224
301
346
365

38!

217

2i6
292
311

BARREDA L uis.
)Iemoria eterna ..... - • • • • • • · · · · · · · · ·
l08
Job.. ..
. ..... • . - . • • • • • · • • · • · · · · · · · · 204
BAUDELAIRE CHARLES.
Embriagaos............ ......... ·; . ... . 200
Cada uno con su quimera..... .. ...... .. . 304

JflvfLA5· 1'}00·

BERNARD JJIJAN.
Fiestas de poetas ......... .

214

BLOY LEÓN.
El Cristo de los ultr11je~ . . . . . . . . . . ..... . 1!:0
HOURGET PAUL.
Lawn Tenni8. . ......... . .............

.

72

HRYAN W. C.
Upon the mouotains distant head ......... 3i1
Oh the fairest of the rural maids . . . . . . . . . 371

01rPRÓXIMAMENTE A LA VENTA.~

CAMPOS RuBÉN M
Flor y Fruto . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31
El dictado del muerto.. . . . . . . . . . . . . . . . . . 106
Un egolsta.................. .. ... . . .. . ... 124

Pi,rs

CA)IPOS RUBl!N i\1.
Cuento de Abril. . .... . ..................
Felipe Yillanueva G .................. . ..
Pecado de amor ....................... , .
Cuento bohemio.
A muerte . . . . . . . . . ............. • .. • • • • •
Paisajes parisienses , . . . . . . . . . . . . .. , . . . .
De Natura rerum ... . ................. ...
lrn noctámbulo.... . ......... . ......... . .
El nocturno en sol. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un suicidio . . . ... .... . .. . . .... ....•.. . .
CARDUCCI GIOSL h.
Recuerdo de infancia. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Da Bologna................. • • • • • • · • · ··

154
175

20ti
26f.
~85
29S
:H4
353
:16!-i

:lSl

4S

CASASéS JOAQU1N D.
Al esclavo escanciado1· . . . . . . . . . . . . . . . • . . 157&gt;
La Campesina . ................ .. . . ..... 371
~Iontes, valles y almas... . . . . . . . . . . . . . . . . 371
CLEARCO MEONIO.
A una tórtola ciega............ •• ••••·•·•

:JO

COUTO CASTILLO BERNARDO.
Pierrot sepulturero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 142
Una obsesión.......................... • 159
DÁ VALOS BALBil&lt;O.
A Campoamor.... ... .. .. . ...............
Las Ingenuas. . .. . . . . . . . . . . . . . . .. .. . . . . .
El nombre de l\Iarfa, .... . ...............
Los grandes poetas norte americanos . . . .

157

235
27;,
3:?:1

D'ANNUNZIO GURI.BLE.
In morte di Giuseppe Verdi. .. . .. ... .. .. . 11!)
Da Milano. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . IS3 •
DARÍO R ualllN.
Rodin..... .. . .. . . . . . . . . . . . . . . . .. . .. . . . . !)9
Poesla..... .... ..... ..... .. .. .. . ..... ... HG

I
DELGADO RAFAEL.
;\largarita.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 282

�u

ReVISTA MOIJER A.

. .·

.

Un refractario ...... .

.

-......

. ....•... • ...

:H

t&gt;Í,\Z llIRÓ.'.\ s \LVAlJOR.
Telegrama. .. . ........... . .. ... ...• ... 2hi
ldilio .....•..........•.................. 2fi2
1:1 Riln~asma . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 2G'.l
1-'f,llREH Jo,t T&amp;1N10AD.
Cruciticat...... ...... . . . .. ........... lf'i
Las g-uitarra~ .... : ..................... 181
(?ft

HEvu

\NQ¡.; ANATOLE.
~:1 ultimo suciio de Luis X\'... ........... ~ti

FLUAS Jlt;atBBk:ro.
El berolsmo del traidor ....... .

.. 14!'1

LÓPEZ DE ~IATUHA.'.\A Jos•:.
nor de Ototlo ........ . .

LUC:O;'\ES

~I.\RQl'I~A EDt' ARDO.
La mnjer danzando ................
La Balada de los Golfos ... ... .. -~.....

GU l'H:ImEZ NJ\JERA :\IA~UEI,.
Non Omnis .l\foriar............. .• ...... , . 1;1
1\ illiam Shakespeare . , • . . .. ...•.... lSi

JI \LPEf([:-JF'.,..KAMIU Kí E.
l~u In casa do TolstoY . . . . . . . . . . . , ... . . . . 2:-if1
ld.
id.
. . . . . . . . . . . . . , . ... ~iO

HEREDIA Jo f; M. os.

1¡;;

1\(IR.\BEAU OUTAVJ,l .
De •El Jardln de los S,1plicios•... . .. . .

11:!

. . . . . ....... . ~16

La tristeza del Converso.
La luwmana Agua. . . . . • . .
. . . . ..•.
Enigma.
. ....•. .. ..... .
Implacable ..................• • .. • • •. •.

1,¡

. . . .. . . . . . . . ..

l\i:?
193

275
3J5

.

.. ......... ... ..... ....

UF.ltltEUA Jhntc,
Doliente ... ...... .

llUl' SlIA~S JORIS KARL.
Del libro •En Racle• .

..... IOCJ

EtPrnamentt' ..

1:1 Tr,mvla . . ..... .

. .......... 110

JONCl~:HES T.i.ONCD Dl!I.
La Balani;oire.. . . . . . . . . . . . . . . . .
H
Lll battement de ses seins. . . . . . . . . . . . . . 41

:umuc ALsEni o.
Un paisaje I" t un 6tat d'il1M
Lf,; {Arrm: JULJ,5.
Juan Uichepio ....

.. ... .... 2i4

.. . ...• • :Ji:?

(.ÓPEZ PORTILLO y HÓJAS JosE.
Las tres apoteosis de 'Margarita. ... .. .....
Tres sonetos . .. ....... .. ... .......... • . .

l'E IU.:S H. D.
í,R F.voluclou del teatro C1ual4n.

g¡;

il

'.

S ~LAZAH AREL ll.
In memoriam. .

. . . . . . . . . . ..•.. 227
Golondrinas . . .
. . . . . . . . . ... ... . ... 2fiO
!::o Oración .......•.....••.•.•... . ....... !:8.7

SCHWOB MAl:CEL
La ~ds notas de la tlirnta . . . . . . .

. .... 120

. . l li

SILVA Ju • As1·:.-.c1ó:-i.
Xupc1al, ..•....•...•......•..•...• . . .. .
:',[1,1 uight drcams.... .. . .. . .. . . . . . . . . . . .. 511
Vejeces ... ..•... .. •. • . • • • • • • · • • • · · · 141
Las C11~Ahd11s........... .... ....... . .. . . 2H
• ·octurno
............. ........
l\Iur,rto,

. 2-'º..
......

G7

Le ~(isql'l ............. .

...~

l'l'G..\ y A0AI. MA?\ t;.CL.
P.:iemas en prosa.. .. .. ... ...... ...... .
;,~
Para el Aloum de Isabel S. de Coron:t .... :li l
El Bla ón de la Duquesa. . . . . . . . . .
. :k.G

lll-:BOLLEDO J-:rnts.
Faunaha. ..... . ... .
. . . • . . . . :l2
L,i Bordadora.•.....
4!,
l'oesia . ..... .. .. .. • .. . • • • • • • • • • • • • • • • li;j
Poema Cíclico.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . i!i
Crepúsculo. ..
. .. . . . . . . . . . • .
92
La Yejez del SAti ro.. . . . .. . . . . • . .. . • . . . . 11 l
Yoto..... . . . . . . ...................... . 127

................

Cuño ....••..........•........ ..•• .... 13-S

s:;

Nocturno .. ..

Magna \'oluptas.......... ..... .......... J(i.q
Estampa ....... . ............•. -~ ... .. .. 170
Venus P!a... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19!)

TE e A

e

EN TWA

u. A.~&amp;..

TABLAD.\ Jo~g Ju.x.
Poesía en honor rle Jo;; po,•tas :rnglo •ame•
1ka11oi1 ......••..•............ . . . .... !H!l
La IHII~ j- d.: Tjuang To,~ . . . . . . . . . . . . 3i

THECJRlET .boRt.s.
La Mau,;ión .. .. . . .

. . • . . . . . . . . . .... ;¡,9

.TOLSTOI Litó:¡.;¡ Pt:rl'o muerto ..
El credo de Totsroi'.

BE:-lAlm Jm.E~.
El Péndulo... ... ..... .

Sl' LI, Y Pnuonl)llllf'.

Jos1-:.
Lobreguez................ .

OTJI•);\° lil,\I\IH:t..

Dl,l

J A UfE:3 J'ItA?-iCISCO.

i6,I

~TRYES::iKJ CAl&gt;llllRl•.
Enrique Sienkiawlcz ...

onc1 ,h'AI\ n.

... .. IGJ

La Fiebre.. . .. . . . . . . . . . .. . . . . .. . .
1i 4
Ln. ertería rota. . . . . . . . . . . . ......... ... . 171
llú,lca de Oriente .......... . ..... . . . . . 17.J.

Yo no si:........................... ...

La canción del trovero....• .- . . . . . . . . . • 2t.8
Ofrenda .. ... .. .. . .....•.... ..... ... ..... :ll2
Saudade~. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . .•.. n,o
La mirad/\ de tus dulcei; ojos.
:J&amp;O

STEELl:11. D
Bailad of rhe hand,, . .. ...... .

Tarde de Otoiio
.. ••......••.•. . . l!!fi

rn2

SERAII .\h TILDE.
La Hamlll,1 tf'Jrl\

•·on:ui Jo,f.. 1.

1:1 duque de Hroglie.

IC AZA F1tANCUi"O A.

S1

~IEHnIL S n .\RT.
Paix .... . ..... .

:'\CIGALES Jo,,:.
En el pozo .
1&lt;1.

Tibl, Hegina . . . . . . . . . . . . . . . . . • . . •... ..

...,Mwm~z Pr:SQur:1u ~r"xLn.

Timbte de alarma...... . . . . . . . . . . .

NER\'O ,h!AVO.
. • 93

~1:J
:J&lt;:,7

:'II \RGUERITTE PAn.

GONCOURT Eo. ,. Jl'uo

Un aguafortistl\. • . . . . . . . . . . . . . . . . .

200

La ofrenda de Hl"rodes . . . . . . . . . . . . . . . , 12:l
Jiortv:; Delici11rum. . . . . . . . . . . . . . . .. .. 3~~1

MILK.
C4ntiga ..•...

JJE.

ltEBOLLEOO E1'.at!-1 .

LKOPOLDO.

G~:NER POllPEVO.
El final del libro •Tuduccioneb•....
IC3
t.a H,gitne. . . . . . • • . . • . . . . . . . . . . . . • . . . . i 14

UERMANT AcEi..
Los Cordero, ..

r;A M~~. . ,

• ,. Plig,;, • •

"
o

'TABLA!&gt;.\. Josr; ,Jt' A:S-.
tn el Pals del Sol ...........•...
Id
id.
.. . . . . . . . .. • . . .. . . • . .
La \"enus China.... . ....................
Al l&gt;uque Job . .
. .... ....

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r..1
G'l

'fl"RGUEi'.\E FF h'A,·.
¿En qué pen,1tré?.... .. . .. . .. ,
1•u Egoliaa. . . . ... .•
Lucharemos . • . . . . . . . . . . . • . . . .
Do,. rico~ . . ......... ,........ . . . . .
Los; dos hermanos.
.,_... . .
El IlltieCto. . .
... .. .
1·GAHTE )[A.XUEL
Mu,11. de ,\jeujo
ne Parir., . . . . . • . . . . . . . . .
A una marquesa .
De un libro en prcusn . .
En ~¡J.,nc10 . . . .

UNA~It.:NO

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... .. .. .

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PaiSAje,. Jlllri len:,es

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URBINA Lt r,, G
C'armen

• 209

t"Rl"ETA J1:st:,
Dulclnel\ PrE:ludio .
1:1 himno del ultraje
l?u libro de Justo Sierra
l)i.-.curso. . . . . . . . .
A los Estudiantes .

Su mano... . . . . . . . •.
Lavó su cuerpo con nmbrosla. .
Discur~o. . . . . . . . . . . . .
....... ..
Dlecnr:.o. . . . . . . • . . . .
El Cole6 1 '.'lhlitar. . • .

\' A Lr~~ZIJELA JF.st,. 1•:
¡ - - ! ...
Uu viaje dej) da~
Piedad ... ! . .

U manto &lt;le punitenci11 . . . . . . . . . . . . . . . .
7!)
Q t l Pals del Sol.... . . . . . . . . . . . . . • . . 90
Xotas1llbnogr. flcas....
. ... .. .. . .. 101
Henovare. . • • • .
l'rerrafwlista........... . ............. 113
Lu:1.
de luna...... .
Trag~dra Ohscura. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 122
(..!ue tire -ren ieDlpre •
Notas Ilibliogr:\ficas ....... ..... ..... .. .. 131
,Juárez . . . . . ..... .
,\ la sombra de un Hém1e~.. . . . . . . . . . . . l J;;
Otoñal... . ... . . . .
lfaiinn11...... . . . . . . . . . . . . . • . .
rn7
Solo .....
llemar,lo Couto Castillo . . . . . . . . . . . . . . . . . l i l
Himno á Leún Bloy.. . . . . . . • . . . • . . • . . . • . ! SG SI.\' f'mMA.
Tipo,, que se van..... .. . ... , .......... . 1!:18
El Festh·al de la •Hevbtn .)10fféMa•...
Leodemain ............................. :?O:,
A nuestro Director. . .....•.. : .
Tipos que se Vilo •.•...... •••.•.•• . ••. •. .. 2:14
Acontecíniiento literario en la .\mérica la•
De S1111~· Prndhomme. . . . . . . . . . • . . . . . . . . . 236
tina. .. ............ ..... . . . .. . ..•.•••.
Arieta .. ... ...•..•...••.. ....... ....•... 262
\'enta
&lt;le •Lascas• .... ........ .... .......
il'lor de Acanto.................. • ....... 28!
cr;Ua&gt;
de Erne•to Elorduy.... .•....... ..
El Daimlo.. . . . . . . . . . . • . . . . • . . . . . • . . . . . . . 28-1
C(,n-:·ocatoria..
• • . . . . . . . . . . ...........
Las princc~as ....•..........•...... .. .. 300
Programa de la ,•elada Anglo americanA.

--

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i. -··:

�ARo IV

MÉxICO,

1a

QUINCENA. DE ENERO DE

1901

NúM,

1

REVISTA MODERNA
ARTE Y

D I RECTOR : JESUS E. VALENZUELA.

.

CIENCIA.

JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dubl án.

"LA PIEDAD" DE MIGUEL ANGEL.-ROMA.

�PRELUD/o

Jl-l .Sr. q)on Enrique -e·. {Jreel) al bombre -culto) al prote-ctor -generoso) al an,ligo -cordial) -con mi estima-ción) -con 1ni gratitud ;y -con
.
.mi -carino.

;lfápoles) :Mayo de 1899.

J.

u.

NOTA.- Este es el prólogo de una Tragedia en tres Poemas Liricos, que se publicará
próximamente e n Europa.

�MASCARAS TRAGICAS:

ÜFELIA.
SHAKESPEARE.
CERVANTES.
DoN QuIJOTE DE LA MANCHA.
SANCHO

11

,,

p ANZA.

HAMLET.

Estando sentado en _el antiguo sitio augural en donde se retinen todas las adivinaciones, escuché un ruido estridente de pájaros que gritaban de una manera siniestra y salvaje.
SOPHOKLES.

•
ESTROFAS CORALES:

EucARISTíAs.

ÜFÉLIDAS.
DULCINEAS.
FAUNALIAS.
ALUCINACIONES.
CALUMNIAS.
MALDICIENTES.

j USTICIAS .

. . . . io faro una finzione che significa cosa grande
LEON ARDO DA VINCI.

�~..,,,..._,,....,,,...,,.._,,..-""'....,,,.....,_,_,,.._,,.._,-_............,_,,..,.,,.._,...,,,...../"'..r,J"'.,,,,""..,,...._,,,.....,,....,,,.,..,.,_,...,_,~~_,..~~

N BOSQUE sibilino, antiqitfaimo, de in·
tensa flora ur. erable, sacudido á 'Veces po1·
soplos pode1·osos de génesis y á 'Veces aletargado en hondas pausas de expectación.-Es el reposo de una farde caliente.
-Las 'Vívidas púrpuras solares se desgarran en los ramajes nudosos, y caen,pesadas, ab1 mnantes, sobre los pmdos. Bajo
las bó'Vedas de sombm, al borde de las
fuente.~ rítmica.~, vagan las creaciones femeninas de la humana Fantasía, las que besan, las
que oran, las de carne triunfal, las de alma sacrifican te, altei·nando estrofas afrodisias y
versículos eucarísticos con la infinita avidez del amor .. .. A lo lejos se perfilan, amenazantes, los torreones guei·reros de 1tn castillo feudal; y más alta que el vuelo solemne de las águilas, más alta que el vuelo solemne de los espíritus, se alza, altiva, soberbia, indomable, la
montaña; que siente en si, do1·so la fatigosa ascensión de las 1·azas épicas.-Bajo un pórtico
de mármoles sagrados, Shakespeare contempla á Ofelia, que en el fondo, entre las filtraciones ardientes del sol y las redes frescas de las hojas-nítidamente blanca- c01·ta flores y
persigue ma,·iposa.~, atando y desatando sus ilusienes .. . .

SHAKESPEARE.

· Ob, delicia de mis ojos! hija mártir de mi poesía! Te formé con versos diáfanos y con
sangre virginal; y para hacer más bella tu inocencia, la ofrecí, como una hostia, al divino Dolor. Llevas en tu cuerpo adorablemente frágil, los gérmenes de mis tumultuosos amores desesperados .... En la. ideal transparencia de tus pupilas azules se esfuman crepúsculos de
recuerdos cansatlCls y de esperanzas sensitivas que se marchitan y se descoloran y se mueren
en la anemia de la luz .... Y vas, vas con tus hermanas, en el cortejo trágico que atraviesa
el sendero ensangrentado de los siglo~, en pos de la. histol'Ía muerta, delante ele la historia
viva . ... Tú eres la que mas amo, la que adoro, porque en ti puse la mayor dosis de sufrimiento posible á la vida: un átomo más de dolor te hubiera cle~hecho en la inconsciencia, en
la nada estéril, como queja &lt;le agonía .. . . Pero fuiste mujer, y bella, y casta, y tierna: el
amor te díó el suplicio, el genio te dió la inmortalidad. Naciste estrella de una lágrima, caricia de una lascivia, perdón de una blasf&lt;:1mia. Tu carne está hecha de apetitos de mi carne,
tu alma está hecha de oraciones ele mi fe. Cómo brilla, bajo las claridades del zenit, lamadeja de oro de tu cabellera! Ríe, canta, tiende el alma, como ala de paloma, hacia los ensueños venturosos ... . Seguidla, acompaiiadla, tejiendo la mágica cadencia .de las rimas, oh inmaculadas Eucaristías ele alabastro, Eucaristías de los peplos blancoó!-Te concedo una bo-

�8

REVISTA MODERNA.

ra de felicidad, de felicidad completa, colmada, rebosante, para que tus manos recojan las flores del campo, tus labios los arpegios de la fronda y tus g racias las sonrisas del cielo! Después .. .. ay! después tendrás que aspirará. plenos pulmones el polen del deseo y de la universal fecundación .... amarás .... sufrirás . . .. hasta que el esplritu del amor pueda engendrar
en el espíritu de tu belleza un Dios!- 1\lientras yo pienso en los prol:&gt;lemas inicuos, y forjo atle·
tas con mis gritos de libertad, y justicieros con mis virtudes crucificadas, y asesinos con mis
rencores y con mis odios; mientras contemplo el derrumbamiento de las etapas malditas en los
voraces vórtices del castigo; mientras siento que la duda se afana, cada vez con más ahinco,
cada vez con más rabia, ay! y cada vez con menos fortaleza, en levantar la lápida del secreto, la losa inconmovible que cierra á los efimeros la E.'ntrada de los reinos de la muerte .... ,
tú, gota de bálsamo, cae sobre mí cabeza! harmonfa de paralso, brota de mi lirn! onda de juventud, báñame de primavera!

LAS EUCARISTIAS.

E ST.llOFA.

Pausas prolíficas del Ritmo universal! sonrisas infinitas de Flora exuberante!
palpitaciones azules de la Poesfa creadora!
Ya las diosas invioladas desatan la cadencia de oro de las citaras anacreónticas!. . ..
Ofelia, la niña de cuerpo adorablemente frágil, abre su corazón, como una copa, para recibir el néctar perfumado de la vida.
Gotas de la luz, ambrosias de la rosa, frescuras de la fontana, caed, caed en esa
copa de consagraciones! . . ..

REVISTA .MODERNA.

!)

�REVISTA MODERNA.

ANTIE!.TROFA.

11

As! un cruel destino pesa sobre tu limpia frente: las locuras desenfrenadas, las
pesadillas aterradoras, te encenarán en la torre de la Alucinación ... .
Y serás la Victima.
Nosotras recogeremos tu cuerpo, y se lo llevará, por el camino del cielo, la plegaria piadosa.
Las diosas suspenderán los festivales ..... .
Y el Dolor, poeta inmortal, el Dolor de frente solemne y de ojos proféticos,
arrancará de los bordones llricos los preludios de la esperanza y los credos del
amor! .....

Ofelia, co1i el Coro de E1trofas, desaparece e1i las misteriosas profundidades del bosque. Shakespeare, apoyando en su mano la frente vigorosa, medita . .... . Una r áfaga pasa
sobre los árboles, rápida, com o aliento, como profecla . ..... A lo lejos se escucha un clamo .
1·eo . .. ... Luego, el silencio se abate, infinito . .. . . .

•
OFELIA,

con los ojos llenos de una risión maravillosa:

Padre, padre, escucha! Lo he visto, lo he vuelto á ver ... . .. al caballero sangriento .. . . .
allá, en la explanada del castillo feudal, sobre su caballo flaco ..... , agitando con grandes
movimientos su lanza y dando fuertes voces al viento como si amenazara á alguno .. .... ;
su lanza brillaba, parecía tener una esti-ella en la punta . . .... ; y todo él estaba cubierto de
sangre .. .... de sangre . .. ... . de púrpura! Al verme, espoleó su caballo gritándome: , Oh,
mi señora Doña Dulcinea!» y yo corrl, corrl, tt·opezando y levantando, hasta que un lamento
ensordecedor de mil bocas implorantes detuvo su persecución y mi fuga. VI que hombres,
mujeres, niños, surgi1:mdo como por magia de todos los poros de la tierra, lo arrastraron en
un torbellino ... . . .

SHAKESPEARE.

Oh, si, es verdad, no es ilusión, surgen de todas las grietas de la tierra, de todas las brutalidades de la vida: son los infelices, los mutilados, los que tienen el pan escaso y el alma pro·
diga, los que demandan reparación y justicia. El caballero sangriento es su paladín. No
temas que te cause daño; es uno de los mejores corazones que conozco: más noble que un
blasón, más foerte que una torre, más casto que una vestal, más entusiasta que un enamorado, más loco que un poeta y más poeta que un loco . ..... Se llama Don Quijote de la ~lancha:
asombró á los humanos con sus hechos, y es tan lustrosa su leyenda que ha dado envidias
á la historia.

OFELIA.

Yen, padre, dime esa leyenda; nos sentaremos en el pórtico al abrigo del sol, y te escu
cbaré hasta que se fatigue tu palabra. Me soñaré pdncesa, con un caballero vencedor en la
justa y vencido de mi amor... . . . .

/,pa1·ece Cervantes, el Mutilado, de mirada intensa, de boca irónica, hé1·oe, poeta.

�12

REVISTA MOUER~A.

SHAKESPEAR!i:.

Llegas á tiempo, fiel amigo: de ti hablábamos, es decir, hablábamos de Don Quijote. Ofelia lo ha visto en la explanada y la persiguió confundiéndola con su beldad. Yo he calmado
sus temores; y gustando de los maravillosos relatos tuyos que con su gracia rebosante de
enseñanzas, son diversión sana de la infancia y consuelo apacible de la vejez, quiere saber
los trabajos y los amores del incansable manchego. Yo hubiera sido un eco; tú eres la voz
viva: habla, aqui en el huerto sagrado, y con las frases abundosas de tu fértil elocuencia, mientras el sol estalla en colores triunfales, dinos las hazañas épicas que grabaste en tu poema 1
de bronce.

OFELIA.

Y o premiaré A vuestro caballero con una corona de flores. Son unas flores que semejan
mariposas: tienen los pétalos extendidos, como alas salpicadas de puntos de oro, de gotas de
carmin, de hebras rubias ...... Crecen en un misterio del parque, donde no llegan los pasos
de los sátiros bribones. Cuando las vi por primera vez, ere! que se iban A volar, en banda•
da . . . . . . El creerá, como yo, que se van á volar ...... y me reiré de su engaño .... . .

CERVANTES,
saliendo de un éXtasis:

Galante Ofelia, de más dulce hablar que los coloquiod pastoriles y la miel de las colmenas! presta el oido atento, para lección de tu espiritu y para regocijo de tu curiosidad, á las
proezas que de villorrio en villorJ·io y de corte en corte, legaron al mundo, con la vocingleria de la fama, el nombre de Don Quijote de la Mancha á la risa de los estúpidos, A la coro·
pasión de los sabios, al deleite de los más, al estudio de pocos y á la imitacióñ de los menos.
Nació en la guerra: fué el retoño de mi bt·azo roto de soldado y de mi herida conciencia de
hombre; floreció en mi sangre, en mi deber, en mi aspiración y en mi dolor; contempló, desde
la cumbre de vértigo qlle sólo el genio y la locura escalan, el mundo q:ie trabaja con
tragél:lias en la harmonia del amor y de la virtud, á cada paso tejida y desgar\·ada, tejida a.qui
con la atracción de dos besos y desgarrada allá con la repulsión de dos odios; y como yo,
calóse entonces la dura celada, empuñó la adarga vengadora, y pronunciando el nombre de
su dama, Doña Dulcinea del Toboso, {dama fantástica y real, hecha con todos los anhelos
de la ternura varonil, siempre presente y siempre ausente, verdadera como la esperanza y
alucinante como la verdad), se anojó con su sueño al sueño de la vida en débiles lomos de
flaco rocin, á desfacer entuertos y vengar agravios, regando en el camino heroico su pródiga sangre como semen de venideros mártires y de futuros redentores!-Siempre ha sido cómico lo trágico: su largo cuerpo huesoso-escueto como el Infortunio,-y sus clamorosos
apóstrofes bélicos, excitaban la risa de los venteros locuaces y hacian cosquillas á las mozas festivas, cuando llegaba á los cortijos aporreado y maltrecho por duros puñetazos, pero
orgulloso como un vencedor, pues del:,e saberse que nunca la realidad logró desmentir á los
engendros de su magln, sino antes bien, éstos á ella la desmintieron siempre. Y a.si, por sendas ignoradas y recónditos vericuetos, acudla á donde más llagas necesitaban cura y á donde
más angustias demandaban consuelo, levantando sobre la humana miseria, como egida protectore, la lanza de la andante caballerla y ensordeciendo la comarca con sus voces iracundas de reto y de muerte.-No conoció el egolsmo que nutre su insaciable abdomen con las
ajenas miesf;s, ni los espasmos del amor que se aletarga en mullido lecho de abominaciones,

REVISTA MODERNA.

13

�REVISTA MODERNA.

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y que de dios fecundador-tronco de las razas bellas-se convierte en bestia lasciva- matriz
de los pecados y de las degeneraciones;--fué, es, y será eternamente un batallador, un guerrero de la gran conquista, un héroe de ideal, un poeta de fortaleza, que en cada etapa del
augusto tiempo, reencarna con su anhelo en la frente, con su Dulcinea en el alma, con su
palabra justiciera y fustigante, con sus miserables y magníficos arreos de guerra, sobre su
paciente y fiel rocln flaco, y sin parar mientes en las cobardes adverteucias del buen sentido
(el buen sentido! escurlero glotón, amante del vino, de la pereza y del chascarrillo, que montado en un asno sigue á su amo malhumorado y jadeante), va en pos de una quimera, ele
una alta justicia, rl e una pura verdad, lanza en ristre contra los molinos de viento que voltean sus paletas, como brazos de gigantes, en la fantasmagorfa sangrienta del ocaso y de la
locura!! ...... i\Iirad!

En el fondo de la escena, bajo el incendio de un sol tropical rojo y devorado1·, sob1·e las
espaldas de roca de la montafía se destaca la figura sangrienta de Don Quijote, rodeado de
viudas impl01·antes, de maldicientes pavorosos, de mutilados trágicos que en coro solemne
claman reparación y justicia.

OFELIA,

extdtica, adorante:

Qué hermoso es vuestro caballero! cómo brilla, sangriento, cobijado en las púrpuras
magnificas del sol!

SHAKESPEARE,

clavando en Ofelia sus ojos de penetración y de ai·cano:

Se levanta hasta las altas heroicidades de la fe, midiendo sus arma~ con el Mal, el
manchego que busca como único premio de sus afanes la frente de Dulcinea, para poner en
ella el beso de todas las purezas y de todos los respetos.

DON QUIJOTE,

agitando su lanza:

Seguidme todos, todos los que tengan cuitas, que yo soy Don Quijote de la Mancha, armado caballero andante, y tengo por misión de mis deberes castigará los cobardes que maltratan á la mujer, á los avaros que roban el grano á los pobres, á los tiranos que cortan la
lengua a los profetas, á todos los hi de puta que han puesto su grandeza y su altivez sobre
cimientos de 11\grímas y de sangre; y asi sean fuertes como titanes, vigorosos como gigantes,
vive Dios que he de dar al traste con ellos y con sus atrincheramientos, para ejemplo en la
historia, para gloria de la orden de la andante caballería, para prestigio de mi nombre en
las generaciones venideras, y como debido homenaje á la Señora de mis pensamientos, la
casta, la intachable, la serena, la tierna Doiia Dulcinea del Toboso, que me sostiene y me
ampara y me guía en estas descomunales proezas contra los malandrines de la tie1·ral

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REVISTA MODERNA.

LOS :\IALDICIENTES.

ESTROFA.

ANTIESTROFA.

Fue de odio el grito primero que exhaló la tierra hacia los cielos impasibles.
Es de odio el grito que se estrella en las márgenes de la historia.
Rueda la turba humana con sus festivales, con sus locuras, con sus himnos
guerreros, ay! y con sus apóstrofes de blasfemia y de muerte.
l\-Iatar, Señor, es un derecho y puede ser una Yirtud!
Si somos, si tenemos un lugar en el planeta, si damos nuestro esfuerzo á la infinita acción, si en nuestras frentes chispea la luz de un pensamiento, si nuestros
indices señalan en los confines del desierto la promisión riente y tranquila, si
nuestras lenguas han dicho la parábola del bien, por qué entonces se nos persigue, se nos acosa, se nos befa, se nos corta la lengua que habló, se nos troza el
dedo que señaló y se nos abate la frente que pensó?!
l\-fatar, Señor, es un derecho y puede ser una virtúd!

Tú eres, noble caballero, el paladJn de nuestros generosos combates; tú eres
el incansable, el proteó, el armipotente, el que se consagra sin transacciones ni
condiciones á la causa de la miseria y de la redención.
El lecho de la infamia es de una aterradora fecundidad.
El golpe de tu brazo no cesa de caer sobre la injusticia, que parece tan eterna
como tu -pQderio.
A la lid! á la epopeya! blandiendo las picas del odio; haciendo puñales con nuestros rencores; tú, mujer, convirtiéndote en Fuda; tú, poeta, calentando el verso
hasta el ex:te~·minio ...... todos, todos en pos de Don Quijote, al asalto de la Tiranía!

Bajo la flámula del Sol implacablé, entonando im Salmo de muerte y de gloria, el grupo trágico se pierde en las qiiiebras de la monta1ia. Del picacho más alto se desprende una
águila, solemne y profética, llevando al Oriente un presagio.

l{EVISTA MODER~A

L7

�REVISTA MODERNA.

19

OFELIA,

deslumbrada, cae en un pensamiento hondo. Luego, rompiendo la pausa, con la voz ligera·
mente nerviosa, voz en que tiembla un, furtivo preludio timidlsimo, como si una nueva cuer•
da, como si una nueva fibra de la harmonía femenina hubie1·a palpitado con el p1·i·
mer acoi·de de sit anunciación:
Y, decidme: todos esos prodigios los cumple poi· su dama? .... . .. Oh! debe ser buena y
bella, como mi doliente hermana Desdémona.

CERVANTES.

Sí, dulce niña, bella y buena es, como Desdémona, como tú misma ..... .

SHAKESPEARE,

interrumpiéndolo vivamente, da d su expresión un tacto de caricia inefable, y salpica gra·
nos de amor y chispas ele poesía en el corazón de Ofelia, que se abre con avidez para recibir la divina simiente:
Dt1lcinea! Dt1lcinea está en tí, no la sientes? es tu linea, toda tu línea, desde el pie que
sostiene el ánfora de tu cuerpo hasta la cabeza que la remata; es la bondad transparente de
tus ojos azules; es tu cabellera que desata su madej a rubia bajo doseles de frondas; es tu ma·
no que en su suave concavidad guarda dones para el elegido; es tu sonrisa brillante como
ala trémula de colibrí; es la exuberancia de tu alma que se proyecta sobre la realidad embelleciéndola con las form LE inmaculadas que flotan en el celaje, que se columpian en las
ramas, que nos miran en los astros y que nos besan en los sueños!. ..... Eso es Dulcinea,
eso eres tú: un delirio de amor, una esperanza de ventura, una necesidad de caricia ...... .
Diosa fabricada con adoraciones secretas, y que con sus flancos henchidos de voluptuosidad
surge de las amargas ondas del mar y de las amargas lágrimas de la vida! Y poi· ella todo,
para ella todo: pensamos, sentimos, luchamos, nos disputamos en el torneo la hoja del laurel
sagrado y nos arrojamos á la pira de los holocaustos para arder en la glorificación esplen·
dente de los dolores! . ... . .

OFE LIA,

c?n el bochoi-no del pudor en la cai·a, como si se sintiera súbitamente desvestida:
Dios mio! sus palabras son manos febriles que palpan mi cuerpo .... alientos qu e me queman los oídos ... ... bocas que se pegan á mi boca..... . . ojos que se desmayan sobre mis
ojos ...... rocio caliente de germinación divina!. ... . .

SHAKESPEARE,

con mds vivacidad:

El te busca, te ama ...... Ama'.o, ámalo y sufre . .... . es tu destino. Yo te empujo! yo
te lanzr•! Que lloren en tus ojos todas las lágrimas con que he llorado! qu e se tuerzan en tus

�RE\'ISTA ~lODER~A.
REVISTA MODERNA.

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labios todas las quejas con que me he quejado! que se extiendan en tus brazos todas las imploraciones con que he implorado! que 11e arrastren en tus rodillas todas las súplicas con que
he suplicado! que la ingratitud, la perfidia y la mentirll, pisándose sus mantos sombríos, te
sigan y te acosen como furiosas erine3 implacables! que seas el carbón que arrojado al fuego se hace diamante, el polvo que arrojado al génesis se hace astro, la belleza que arrojada
al amor se hace alma! Ve, ve á tejer la corona de flores par11. tu caballero andante ... .. Don
Quijote ...... el caballero de sangre .... . . el caballero de amor!. ... . .

Transfigurado, irresistible, ordena á Ofelia que salga, se1ialándole con el indice el bosque
sibilino que flamea de sol occiduo. Ella, con la cabeza sobre el vecho, pálida como virgen exangile, dúctil, inconsciente, hipnotizada, camina hacia el fondo, paso á paso .. . .
En estos instantes aparace llAiJfLET, que, al verá Ofelia, sacude la cabeza para tirar
una preocupación sombría, ?J clava .ms ojos, sus t11·andes ojo.~ intelectuales y tristes, fi·
jos, fijos, en la blanca silueta que se desvanece . ...

CERVANTES,

aparte:
Oh, g&lt;lriio! prendes el fostón de hiedra sobre la ruina, yergues el signo de libertad sobre
el estrago, abres alas seráficas sobre la muerte! Eres compara.ble á esas catedra.les de la alucinación mlstica, donde dla. á dla desfilan ante la cruz las penas enlutadas, se lamentan ante
la madona. las angustias llorosas, se castigan con el silicio los pecados blasfemantes, y donde
todas las almas, en la hora suprema de la igualdad y de la comunión, depositan y juntan sus
arrepentimientos, como átomos de incienso, en la casoleta sagrada de las purificaciones, que
eleva al cielo, hasta las plantas de Dios, la blanca. espiral de la plegaria en demanda de paz
y de misericordia! ....

HAMLET.

Cómo á veces su figura espiritual, de sacerdotisa. extática, oficia el amor dentro de mi
alma! Al verla, .espiro un manojo de flores, echo á vola.r hacia. el oriente un enjambre de
versos, me cercan y me arrastran los coros de las Ofólidas triunfantes! Entonces siento que
se reposa el pensamiento, el psicólogo insomne que me eséarba 'y m'! ma.ltrata y me profana
la conéiencia!
.,
' " · ·· v. • • • • •
• ,

-

,,

-

.

·..,

LAS OFÉLIDAS.

ESTIIOt'} .

Nacimos de un Ideal que se de1,barató en ritmos diáfanos; la santa poesla descolgó del firmamento nuestras diademas, extendió tapetes de margaritas á nuestros pies y enhebró en nuestras cabelleras los r11yos fantomáticos de la luna y
los estambres de la neblina. azul de la mont11iia!
A los compases de nuew·a voz eólica danz11n en rondas las hijas efímeras de
la sonrisa, las Esperanzas de oro.
En nuestras miradas cintila, como Yéspero, la melaocolia piadosa.
Yelamo~, esculturalmeote blancas, sobre los Recuerdos yacentes.
Buscamos los corazones altivos para. unirlos á las inmaculadas bellezas, celebramos con cánticos y con besos los himeneos espirituales que dan inmortalidad
religiosa. al germen ennoblecido ele la fecundación!

1

2i

�REVISTA MODERNA.

ANTI-

23

Ven, príncipe rubio, ven! Tu pensamiento se enloquece entre los espectros del
mundo arcano, oyendo las indescifrables confidencias de los muertos.
Ven, príncipe rubio, ven! Ahuyentaremos de tu lado la Fiebre, pálida, convulsiva, de pupilas hipnóticas, de cabellera flamígera, que arrastra á través de la
vida el coro fatídico de las alucinaciones!
Ven, príncipe rubio, ven! El verso de Dios canta en la harmonía fulgurante de
los espacios y en la plegraria nupcial de las almas. Somos las caricias de la Poesía, somos las ternuras del Amor. Ofelia es el amor; sé tú el Poeta.
Amala, ámala, y Canta!

r

ESTROFA . .,,

l

Arrebatado po1· el coro, desaparece Hamlet en el ensueño . ...

SHAKESPEARE
á Cervantes:

Tu lo sabes, maestro de maestrns: el genio es más poderoso, más creador que el sexo; e.s
el gran Sexo hermafrodita, incubo y súcubo, que á si mismo se fecunda dando vida inmortal y magnifica. Los hijos de la carne humana son eflmeros y miserables; están formados por
dos mitades de amor que se juntan en un espasmo y se separan luego sin haberse complementado, sin haberse fundido. iUiralos labrando el mundo: tal parece que apenas sus manos
arrojan la semilla, caen ellos mismos, unos en pos de otros, á los hambrientos surcos ...... .
Oh, qué rápido abrir y cerrar de ojos, qué rápido abril' y cerrar de conciencias es la vida!
Todos pasan, pasan: polvo que sufrió un momento en una idea, polvo que brilló un momento
en una piedad, polvo que se irguió un momento en un deber, y que vuelve al gran laboratorio donde le dan nueva forma raquítica y nuevo destino frágil las manos febriles de un Dios
incansable. En cambio, qué definitivo es el amor del genio! sopla eu la arcilla perdurables
espiritus de ideal; forma tipos gigantescos con los vicios y los crímenes, y rugen entonces,
por los siglos de los siglos, los reyes trágicos y los papas lascivos y las cortesanas ambiciosas; condensa en figuras épicas los credos de la justicia y del bien, y se alzan en las cumbres

�ARo IV
24

MÉXICO,

211

QUINCENA DE ENERO DE

1901

NúM,

2

REVISTA M1JDERNA

de la historia los mártires descalzos, los caballeros andantt:s y los profotas videntes; sintetiza
en bellezas los aromas, las músicas y las luces del universo, y cruzan por la humana fauta•
sla la divina Dulcinea con su esperanza y la eucarística Ofolia con su locura! ....

REVISTA MODERNA

,

ARTE Y
PlRECTOR: JESUS E. VALENZUELA,

CIEN-CIA.
JEFE DE REDACCION: JESUS URUETA.
Tip. de Dublán.

CERYANTES.

Siento palpitar la tragedia!

SHAKESPEARE.
SI, es la tragedia de nuestro(dos espíritus que se han:encontrado y van á chocar sus fa~
langes armadas de rayos!

TELON.

..

\

' 'l\foISÉS11 Dl'.l l\lIGUEL ANGEL.-ROMA.

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                  <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753953&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>Revista Moderna Arte y Ciencia, 1901, Año 4, No 1, Enero, Primera quincena</text>
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                <text>Valenzuela, Jesús E., 1856-1911, Director, Fundador</text>
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                <text>Couto Castillo, Bernardo, 1880-1901, Fundador</text>
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                <text>Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la república y, esporádicamente, en el extranjero. Aunque los contenidos eran en su mayoría literarios, también se aceptaban artículos de divulgación científica, notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos, de entre los cuales, el principal fue Julio Ruelas. Se incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos. En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903, pasó a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899). Posteriormente volvió a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando terminó su primera época y se convirtió en la Revista Moderna de México –que dejó de publicarse en 1911.</text>
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                <text>Urueta, Jesús, 1868-1920, Jefe de Redacción</text>
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                <text>Peña, Guillermo de la, Administrador</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>��PERSONAJES !LUSTRES
l. Jorge Sànd, porZola, l pta,115. B'arttt1nb1:U1ch, por Ouerra, 25, Sail:1~-Beuve, pol' Zola, 14.
idem.
•
26. Coocepcl6nArenlll, por Pe8. Balzac, por id., id.
dro Dondo, Id.
116. Clinovas, J!ljr Cainpoamor,
4. AlronsoUaudlit, porid., id, / idem.
lfl. Heine, por Te6lllo0autier,
5, Sardou, por Id., fd.
17. Alare6n, por f~. P. 8azlin, !d.
Î/Îem.
O. tlumas (hljo), por !rl., id. 18. 7.orrille, por Fernrm-Flor, 28. [hsen, par L. Pa.!!9argv, U.
7. O. Flauberi.J por id., id. 1 ltlem.
29. T11ine, por Bourg~t, 50 cén,
8, Chateaulu·it,11 J J&gt;Or. H., hl. 19, Stendlla,-\t_P_o_r Zol1t, [,!.
limas.
10 Goncourt, J&gt;C!r 1d.\ id.
_120. M. d, la lW5lL, por M. y Pe•· OO. Bret.ôn, por Molina, l llta.
10, Mu.sS(lt. por 1d., la.
layo, td.
81. Can1poamar, por B. Pardo
Il BI P. Colom&amp;, por E. Pardo 21. Ayala, por J.O. Pi~6n, id,
Baztn, fr!.
Ba.zan, 2 pl.a. ·
22 Ttnnayo, por 1"ern1U1•Flor, 82.1-·ernlin-Caballero,porAsen.
12. Noi'.tez de Arca, por J,l. y
i,lem.
eio,(d.
Pelayo, J pta.
1' 23. goa,
Trueba,porBecerro de Bon- 88. E. Zola, por Maupassa.nt y
JS. Ventnrade la Ve~porVaid.
.Alexia, id
lera,_id.
2-l.
Lord
Macaulay, por Olads- 34. Mouton (Mêrloos), por BerU. Te6nlo GauHer, porZo111, id, 1 tune, f,I.
gernt, id.
t. VfctorHUll'o, poddem., id.1

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BIBLIQTECA CENTRA.Lo

U. A. N. L

COLECGION DE LIBROS ESCOGIDOS ATRES PESETAS TOMO
1. Tolstoy, La, Sonata de 43. Ihaen, Casa de muileca.
M. Tolatoy, Mi c:011fesl6n.
Kreutzer.
44. Goncourt, La Elisa.
80 y Si. Zola, El Doetor Paa.
2. Barhe-y d'Aurovllly, El 45. Lombro.~o, A.ntropo1ogiay
eual,
Cabeejlla.
ps1qmat11,a.
88. Kropotkln, La Conqulsta
:1. Toletoy, Marl&lt;lo y mujet. 46. D~uclet, Novelà3 ,!el lunes.
del pan.
,&amp;., Wagner, Reeuerdosde mi .fi. Turgueoef, El Roy Laar 89. Turgueoef, Aguaa primavida.
de la ll:stopa.
verales,
5. Tolstoy, Dos i?8nerac!ones, 41:1. Totstoy Los Cosacos.
llO. Tolstoy, Los Hambrten~.
1.1. Goncourt.. Querida.
"19. Salnte-BeuYe, Tres mu- !Il. C!lerliuliez, Paula llferé.
7. TolRtoy, BI Ahorcado.
jeres.
9:2. I•'errôn Obras completaa
1:1. Turgeneff, Humo.
00 y 6l. Zoln., El Naturaliamo ' !l:l. Cherhuile;,:A Met.a.Buldeni;"
li, Zola, Laa Vel&amp;das de Méen el teatro.
94. Tolstov, 6..iuè hacer1
dan.
.
.
~2- Tolstov-, Ivan el lmbècll. 95. !,lem, Lu que ,leha hacerse.
10, Tolstoy, El Principe Ne-, 53. Tb11en, i,;os A.parecutos.
!JQ. '.!;aine, El Art.e en Orecia.
khll.
, M. Balza i, 1,:u~ooia Orandet. 97. 1 urgoooef, Demetrio Ru.
n. Goncourt, Re1uua lllau•. :;li. R~mlllete ae ouentos. 1 Mn.
perlo.
1 56 :r 51 Renan, Memorlas fn- j 98. Gautier, Las Bombas pru12. Barhey, El rlsodls.tno.
t1mas.
sianas.
13y 14. O,mdot, Jack.
!ia. Caro, El Pesimismo en el 1 00. Lubhock, La Vidadiebosa.
15. Tolst,oy, En el Cfaucnso. ' sil?'lo ,a:x..
100. Daudet, Tartarin en. los
16. Turguenef, Ni,Jo de hidal- ' 50. Dnudet, Cartas de ml mo•
Alpes.
gns
l!no. .
101, Taioe, El Tdeal on el arte.
l'l. Zola, Es;tudios llterarios. 00. Turg-uenor, Un n_esespa- 102. Caro, Cll!itumbrea litur.a111. Cherbuliez, Miss Rovol.
rado.
riait.
19. Ren6.n 1 Mi intancùi, y mi 61. OooMnrt, La. Faustin,
103. Tai1te, NépoJ.es.
juventnn.
81.tzae, Papli Ooriot.
101 y 100. Idem, Roma.
l!O. Tolstoy, La Muerte:
O:l. Tolatoy, El Cantodelcisne. 1100. Idem, Flo:reuela.
21. Goncourt, Oermloi&amp; La- &amp;I.. Coppée, Un ldllio.
1111. Idem, Venecla.
eerteux.
05. Caro, El lSuichllo y la clvl• tœ. Mem, Mih\n.
ia. Dau.det, La Evangeliata. f lizaciôn.
100. Tarde, Batudlos penalœ y
23. Zola, La Novcla exprlmeo- 611. Taine, .l,'ilosofla del arte.
socJalea.
tal.
li'l y &amp;!. Zol11, Loa Novellstas UO &amp;rbey d'AurnUly, Veo24 . .Flaubert, Un cornz6n sennaturnlistua.
ganza Ile un&amp; mujer.
1 69. Campoumor-, Ternezas y Ill. Balzac,CésarBtrotteau.
cillo.
115 . Turgneuer,EI Judir&gt;1 flores.-Ayosdel l!Jma.-Fa-112. ld,1m 1 La Quiebra d1t Cé26. Cberbulie.z, La Tems. de, bulll.8,
sar mrotteau.
Juan Tozu&lt;lo.
1 io. Soria Oay, Saloul!ll céle- 118. TolsLoy, Ml infanc.la.
ri. StuartMlll, Mi&amp; memorias.
bres.
114. 1,lem, Ml juveotud.
28 y 20. Macaulay, Bstudlos 11. Tal!ltoy, El Camino de la. Il~. Id., Fisiologiatle laguerra.
JurÎllioos.
vida..
118. V11rios autores, Cuentoa
8(). Zola, Mis Dd!oe,
"
'i'2. Lombroso, El Hipuotlsmo. escogi,los.
BI. Dolltoyuskl, La Casaclfllos 7.:1. Ferri, Nuevos estudh)s de/1117. Tolatoy. LaEscueladeYasmuer1oll,
J antroJl')log(a.
naia Poliana.
32. Zola, Nuevos estndloalite- 14. Taine, La Pintum en los ll8. P. Merimée, Colomb■.
ra.rios.
Paises BajoR.
Ibsen, La Dama del mar y
88. l)ostoyu.skl, La Novela del "15. TolstoybPateero_a viciosœ. Un eoemigo del pueblo.
' prSllidio.
'l6. Balzac, rsula MlroueL. 120 Barbey, Laa Dlab61icaa,
Ill. Tolstoy, El Sitlo de Sebas- 'i1. T , lstoy, El Dmero y el 1:.11. OauUor, Nerval y Ba.uiletopo1.
1 trablljo.
Jaire.
35. Zola, EstudiOll er!ticoa,
78. Shopenhauer, Eetudloa es- 122. S11l nt-e-Beuve, Retratos de
811 y 3'i. Campe, Historia de
cog-ido11.
Mu).E!rea.
Amér!(ltl,
19. Campoamor, Dolorasy bu• 12.f, l'urgnenef, El Reloj,
·ss. Daudet, El Sitlo de Paris. moradllJ:I.
124. Barbey ,!'Aurnvllly, Una
:is• .ueOIIÎo, Plnz6n,
80. Torguener Primer amor.
historia sin nombre.
10. Cherbuliez, AmQJ'ea frjgi- !:li. Tolsloy, EÎ '1 rabajo.
U5. _Daudet, Cueotos y fuot.a•
lès.
1:12. Tasoro oe cuentgg.
s1as.
,n. Heine, Memoriu.
Ela. Cé!llll' Lombroso, Apllca. 126. TolatoyiMi juventud.
&lt;tl ll'erri , .Aotropologia cricio1193 jndiclliles y mélllcas. t.n. Caro, lttré 'I i!l Poa!tîmlnal,
i 84. Sard'lu, La Perla :o.egra.
vismo.

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REVISTA INTERNACION,AL

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INTERN.ACION AL
Director: J. LAZARO

15

MAYO 1894

1YIADR1D ·
EST,1.Bl ,ECJMIENTO T lPOGRÂFlCO DE A. ;I.VRIAI..

San Bernardo, 92.-Teléf, 3.074.

�LOS ZUECOS
A. Leon Fontaine.

Para la reproducciôn de los articulas comprendidos en el presente como, es indilpen1abu el permiso del Director de la Rsv1sT A.
1:NTBRNACIONAL.

E

1 anciano cura farfullaba las cia todas las semanas, los asuntos
ûltimas palabras de su ser- întimos de la localidad. Era un anmôn por cima de las co:6.as ciano de cabellos blancos,queservîa
blancas de las aldeanas y de las ca 13: parroquia hacia cerca de cuarenta
bezas de cabellos crespos apelmaza- aîios, y aprovecbaba el serm6n para
dos de los aldeanos. Las que habian comunicarse familiarmente con tovenido de lejos a oir misa, tenian a jos sus feligreses.
su lado sus grandes cestones, y el -Recomiendo-volvi6 â decircalar pesado de un dia de Julio des- â vuestras oracianes â Desiré Vallui,
prenclia de toda aquella gente un que esta muy enfermo, y lo mismo
alor al ganado y un aroma de esta- a la Paumelle, que no acaba de resblo. La puerta abierta de par en par tablecerse de su sobreparto.
dejaba air el canto de los gallos y . No se acordaba de mas, y se puso
los mugidos de las vacas echadas en a buscar los registras de papel meel campo pr6:ximo. A veces un so- tidos en el Bre-viario. Por fin enplo de aire, impregnado del aroma contr6 dos, y continu6 diciendo:
de- los campos, se colaba por el pôr- .:Que no vengan por la noche al
tico, y haciendo revolotear al paso cementerio, coma hacen los muchalas !argas cintas de los tocados, iba chos y las muchachas, porque daré
a hacer oscilar en el altar las luce- aviso al gaarda de campo&gt;. «M. Oe_citas rajas de las velas.
sario Osmont desearîa encontrar
-jHâgase la voluntad de Dios, una muchacha honrada para sirAménl-decia el sacerdote. Call6 viente:..
luego, abri6 un libro, y se puso Estuvo reflexianando breves insâ recomendar â su grey, como ha- tantes, y luego dijo:

�6

BEVISTA INTEBNA.CIONAL

-Nada mas tengo queadvertiros,
hermanos mios, sino desearos la gracia en nombre del Padre, del Hijo
y del Espiritu Santo.
Y dicho esto, baj6 del pûlpito
para acabar su misa. Cuando los
Malaudin e~traron de vuelta en su
choza, la ultima de la aldea de la
Sablière, en el camino de Fourville,
el padre, un aldeano viejecillo, seco
y arrugado , se sent6 â la mesa
mientras que su mujer descolgaba
la marmita y su hija Adelaida sacaba de la alacena los vasos y los
platos, y dijo:
-Quizâ que no seria malo de colocarte en casa del sen.or Osmont,
que sa quedao viudo, que la nuera
no lo pué ver en pintura, y que
tiene monises. Quizâ que no la marrâramos de meter en su casa â
Adelaida.
La mujer coloc6 sobre la mesa
la marmita ennegrecida, levant6 la
tapa , y en tanto que subia al t~cho
el humo de la sopa impregnada de
olor de coles, se puso â reflexionar.
El marido continu6 diciendo:
-Qué si que tiene monises; pero
era menester ser una despavila, y la
chica no lo es ni miaja.
Entonces dijo la mujer:
-ë,Y pa qué no la probamos?
Luego: volviéndose hacia su hija,
una mocetona con aire de simple,
de cabellos amarillentos y gordos

carrillos encarnados como câscaras
de manzanas, la grit6:
-jHas oido, animal! Que te vas
â ir â casa del sefior Osmont, â ver
si te quié pa cria, y haces -toitico lo
que te mande.
La moza se ech6 â reir estupidamente, y no contest6 nada. Luego
empezaron los tres â corner.
A los diez minutos, el padre dijo:
-Oyes tu , chica, y cuidiao con
que no hagas lo que voy â icirte.
Y con frases lentas y minuciosas,
la traz6 toda una regla de conducta 1 previniendo los menores detaIles y preparândola para la conquista de un viejo viudo, indispuesto
con su familia.
La madre habia dejado de comer
para escuchar, y permanecia con el
tenedor en la mano ymirando alternati vamente â su mari do y â su
hija, siguiendo aquellos consejos
con una atenci6n reconcentrada y
muda.
Adelaida seguia inerte, con la
mirada errante y vaga, d6cil y estûpida.
En cuanto acab6 la comida, la
madre la mand6 ponerse su cofia,
y se fué con ella â casa de M. Cesario Osmont. Vivia ésteen una especie de reducido pabel16n de ladrillo adyacente â las casas de labor
que ocupaban sus eolonos, porque
se habia retirado del negocio y vivia
de sus rentas.

LOS -ZUEOOS

Tenia unos cincuenta y cinco
aiios; era grueso, jovial y brusco,
,como hombre rico. Se reia yvoceabacon estrépito capaz de derribar
una pared; se bebia vasos enteros
de sidra y aguardiente , y pasaba por enamorado â pesar de sus
aiios.
Le gustaba pasearse por el campo con las manos atrâs, hundiendo
sus zuecos de maclera en la tierra
grasa, contemplando c6mo crecian
los higos 6 cômo florecian las colzas,
con la mirada de un aficionado saiisfecho, a quien le gusta la cosa,
pero que no se mata por trabajar.
Decian hablando de él: «Es un
tio Buentiempo, que no todos los
dias se levanta bien templado.»
Recibi6 â las dos mujeres con la
tripa pegada â la mesa, acabando
de tomar su café, y repantigândose
en la silla pregunt6:
-ë,Qué se os ofrece1
La madre tomô la palabra:
-Pues venimos sobre proponerle pa criada â mi hija Adelaida,
.atento â lo que esta mafiana ha dicho el sefior cura.
El tio Osmont examin6 â la ohica,
y luego preguntô bruscamente:
-tCuântos afios tiene esta chivatona1
-Veintiûn afios va â hacer pa
San Miguel,-seiior Osmont.
-Bueno; pues la daré quince
francos al mes y la sisa. Que se

7

venga man.ana para hacerme las
sopas del desayuno.
Y despidi6 â las dos mu.jeres.
Adelaida entr6 en funciones al
siguiente dia, y se puso â trabajar
de firme, sin decir una palabra,
como hacia en casa de sus padres.
A eso de las nueve, estaba fregando los ladrillos de la cocina,
cuando el sefior Osmont la llamô â
grito pelado:
-jAdelaida!
La chica fué corriendo.
-Aqui estoy, mi amo.
En cuanto se present6 delante de
él con las manos encarnadas colgando y con los ojos turbados, la
dijo:
-Escucha tu, que no te Hames â
engaiio. Tu eres mi criada, y nada
mas, i me entiendes1 En la vida hemos de juntar los zuecos.
-Estâ bien, mi amo.
-Cada uno en su puesto, hija
mia. Tu en tu cocina, y yo en mi
sala. Fuera de eso, lo mismo para
tique para mî. ë,Estamos1
-Si, mi amo.
-Bueno, pues anda a tu que);lacer.
Y la moza se volvi6 a poner â
trabajar.
A mediodia sirvi6 la comida al
amo en su salita de papel pintado,
y luego, cuando la sopa estuvo en
la mesa, fué â avisar â M. Osmont.
-Lasopaestaenlamesa,miamo.

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8

9

UVUTA nnzB1'ACIONA.L

Entr6 éste, se sent6, mir6 en de- el café solo, jmil demonios! Si no terredor, desdobl6 la servilleta, va- quieres sentar a tomarlo, te vas a
cil6 un segundo, y luego grit6 con laporra, 1mil demoniosl Lârgate por·
voz de trueno:
una taza, iY jo11ito!
-jAdelaida!
Ella fué â buscar una taza, volLlegô ella azorada, y como s1 vi6 âsentarse, prob6 el negro liquifuese a ase inarla, exclam6:
do, hizo un gesto, pero ante la mi-Y tu, mil demonios, ;,ande vas rada feroz de su amo, se echô al
a ponerte~
cuerpo hasta la ultima. gota. Luego
-Yo... mi amo...
tuvo que beberse el primer vaso de
El sigui6 aullando...
aguardiente para el enj uague, el
-A mi no me gu~ta corner solo, segundo para empujar el enjuamil demonios ... ; vas â sentarte ahi, gue, y el tercero del puntapié en el·
y si no, te vas â la porra. Anda â tras.
buscar tu plato y tu vaso.
Entonces la despidiô M. Osmont,
La chica, espantada, trajo su eu- diciéndola:
bierto, balbuceando:
-Anda ahora a fregar. Eres una
-Ya estoy aqui, mi amo.
buena muchacha.
Y se sent6 en frente de él.
Lo :mismo sucediô â la comida.
Entonces se puso muy jovial, Luego tuvo que hacerle la partida
trincaba,dabagolpecitosenlamesa, al domin6, y por fin la envi6 a
y conta.ha chascarrillos, que ella dormir.
•
escuchaba con los ojos bajos, sin -Anda a acostarte, que yo meatreverse â pronunciar una palabra. subo al instante.
De cuando en cuando se levanta- Y ella se subi6 â su cuarto, que
La para jr a buscar pan, sidra 6 era una buhardilla debajo de las teplatos.
jas. Rez6 sus oraciones, se desnud6
Cuando trajo el café, s6lo puso y se meti6 en la cama.
una taza delante del amo, quien al Pero de pronto diô un brinco esverlo se puso colérico, y dijo gru- pantada. Un grito feroz habia hecho
iiendo:
retemblar la ca a.
-Pues, aY para ti1
-jAdelaida!
-Yo no lo tomo, mi amo.
Esta abri6 su puerta y respondio
-;,Y por qué no lo tomas~
desde su buhardilla:
-Porque nome gusta.
-Voy corriendo, mi amo.
Entonces grit6 de nuevo:
-iD6nde estâsî
-Pues a mi no me gusta tomar -Pues en mi cama, mi amo.

Entonces dijo él con voz de 1 -Si que los heroos ajuntao la
trueno:
1primera nocbe, y luego las otras.
-iVas à bajar, mal rayo! A mi -Pues entonces, estâs preiia,
no me gu ta dormir solo, jmil de- gran pécora.
monios!; y si no quieres, te vas â la Pusose la chica a sollozar, y dijo..
1balbuceando:
porra, jIDil demonios!
Entonces ella, toda asustada, res- - -Y t,qué iba yo a. sabel~ iQué iba
pondi6 desde arriba, mientras bus- yo â sabelî
caba su luz:
El tio Malaudin la ech6 una mi-Voy corriendo, mi amo.
rada socarrona, y con aire satisfeOy6 él el ruido de las ligeras ga- cho la pregunt6:
lochas que machacaban los pelda- -Y i qué es lo que no sabias tul
nos de la escalera, y cuando lleg6 Y la muchacha balbuce6 entre
â los ultimos, la cogi6 por un brazo, sus gipidos:
y en cuanto dej6 delante de la puerta -Yo no sabia que asina se hacian
sus estrechos zuecos al lado de los los chicos.
pesados del amo, la meti6 en su cuar- En aquel momento entr6 la ma-.
to de un empellôn, y dijo grunendo: dre. El padre, ya sin enojo, la
-Y mas deprisita, ieh, mil de- dijo:
monios !
-i 1iala ya preiiâ!
Ella, sin saber ya lo que decia,
La mujer, indignada por instinto,
seguia repitiendo:
se atuf6, y llen6 de insultos a la
-Voy corriendo, voy corriendo, chica, que no hacia mâs que llorar,
mi amo.
llamândola bestia y arrastrâ.
El viejo la mandô callar, y mienSeis meses depués fué un domin- tras cogia el gorro para ir a hablar
go a ver â su familia. El padre la de sus asuntos con el sen.or Cesario
üstuvo examinando con curiosidad, Osmont, decia:
y luego la pregunt6:
-Pues entadia es mas bruta de.
-tEstâs preiiaî
lo que yo creiba; que no sabfa lo
Qued6se ella con la boca abierta, que estaba haciendo esta melona.
:-e mir6 la tripa, y contest6:
En el serm6n del domin~o si1guiente, el anciano cura public6 las
-Yo creo que no.
Entonces el padre, queriendo sa- amonestaciones del seiïor Onufrio
ber la verdad, la volvi6 â preguntar: Cesario Osmont con Oelestina Ade-Di, tu, i,IlO habéis ajuntao al- laida Malaudin.
guna noche los zuecosî
G. DE MAUPASSA.~T.

l

�v1s16N DE CARLOS XI

al!

VISIÔN DE CARLOS XI
There are more things
in heav1n and earth, Horatio, Than are dreant of
in your philosophy.
(SIIAJrESPEAJU! ,

B

Hamlet.J

urlanse de las visiones y de ' p6ticos, pero de los mâs prudentes
las apariciones sobrenatura- que ha tenidoSuecia. Restringiô los
1
les; sin embargo, algunas monstruosos privilegios de la no-estân tan bien comprobadas, que si bleza, aboli6 el poderio del Senado
se rehusase darles crédita, para ser é hizo leyes por su propia autori·consecuente, veriase uno obligado â dad; en una palabra, cambi6 la
rechazar en masa todos los testimo- constituci6n del pais, que era olinios hist6ricos.
gârqu.ica antes de él, y forz6 a los
Una relaci6n escrita en debida Estados â confiarle la autoridad abforma y autorizada con las firmas soluta. Por otra parte, era un homde cuatro testigos dignos de fe: · he bre ilustrado, valiente, muy devoto
aqui lo que garantiza la autentici- de la religion luterana, de un caracdad del hecho que voy â narrar. ter inflexible, frio, positivista, falto
Aii.adiré que la predicciôn conteni- por completo de imaginaci6n.
da en ese relato conociase y se ci- Acababa de perder â su mujer,
t.a.ba mucbo tiempo antes de que Ulrica Leonor. Aun cuando dicese
acontecimientos ocurridos en nues- 1que su dureza para con aquella
tros dias bayan parecido con.su- princes:a acelerô su fin, la estimaba,
marla.
y pareci6 mas emocionado por su
muerte de lo que se hubiera podido
esperar de un coraz6n tan seco
Carlos XI, padre de Câr1os XII, . como el suyo. Desde ese aconteci-era uno de los monaroas mas des- miento volviôse aû.n mas sombrio y

I

1

11

taciturno que antes, y se dedic6
Inicîâronse entonces diversos tetrabajo con un afan que probaba mas de conversaci6n, todos los cuauna necesidad imperiosa de apartar les se agotaban â la segunrla 6 terde su ânimo tristes ideas.
Icera frase. Parecia e-vidente que
Al .fin de una nocbe de otofio es- S. M. se hallaba en uno de sus
taba sentado con bata y zapatillas momentos de mal humor, y en tadelante de una gran chimea encen- les circunstancias es muy delicada
dida en su gabinete, en el palacio la posici6n de un cortesano. Sospede Estokolmo. J unto a él estaban chando el conde Brahé que la trissu gentil hombre de câmara, el teza del rey provenia del pesar por
conde Brahé, â quien distinguia la pérdida de su espo ·a, miro algu..n
con su favor, y el médico Baum- tiempo el retrato de la reina colgagarten, qu.ien, sea dicho de paso, do en el gabinete; y después exechâbaselas delibrepensador, yque- clam6:
ria que se dudase de todo excepto
-jQué parecido esta ese retrato!
de la medicina. Aquella noche le iVéase, en efecto, esa expresi6n a
habia hecho ir para consultarle la vez tan majestuosa y tan dulacerca de no sé qué indisposici6n. •ce! ...
Prolongabase la velada; y, con-jBah!-respondi6 bruscamente
tra su costumbre, el rey no les ha- el rey, quien creia oir una acusacia cornprender, dândoles las bue- ci6n cada vez que delante de él se
nas noches, que ya era tiempo de pronunciaba el nombre de la reina.
retirarse. Con la cabeza baja y los -jEse retrato esta. muyfavorecido!
oj os .fij os en los tizones, guarda ba La rein a era fea.
profundo silencio, aburrido de su Luego, incomodado interiormencompama, pero temiendo sin saber te de su dureza, levant6se y di6 una
por qué quedarse solo. El conde vuelta por el aposento, para ocultar
Brahé notaba que su presencia :no una emoci6n de la cual se ruboriera mur agradable, y varias veces zaba. Se detuvo delante del balc6n
habia expresado ya el temor rl&lt;3 &lt;1 ue que daba al patio. Lanoche era osS. M. necesitase reposo: un ade- 1cura y la luna estaba en su primer
mân del rey le detuvo en su sitio. cuarto.
A sn vez, el médico habl6 del daîio
Aun no estaba concluido el palaque las vigilias hacen â la salud; cio don.de residen hoy los reyes de
pero Carlos le respondi6 entre dien- Suecia, y Carlos Xl, que lo habia
tes: «Quedaos, a(m no tengo ganas comenzado, habi taba en ton ces en el
de dormir.&gt;
antiguo palacio, site en la punta del

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---

BEVJSTA I.NTEJL~ACIONAL

-

Ritterholm que miraal lago. lœler. \nomia expre aba una especie de teEs un gran edificio en forma de \rror religio o. o obstante, sali6
herradura. El gabinete del rey ha- con paso p.rme; el gentilbombre y
Ha.base en uno de los extremos, y j el médico le s.iguieron, llavando
casi enfrente se encontraba el gran cada uno una vela encendida.
sal6n donde se congregaban los Es- Balla.base acostado ya el portero
tados cuando tenian que recibir al- que tenia a su cargo las Haves.
gûn mensaje de la corona.
Baumgarten fué a despertarlo, y le
Las ventanas de aquella sala pa- orden6 de parte del rey que abriese
recian en e e momento iluminadas en el acto las puertas del sal6n de
por intensa luz. Eso le pareci6 ex- los Estados. Grande fué la sorpretraiio al rey. Al pronto supuso sa de aquel hombre al oir e ta inesque aquel re plandor era producido perada orden; vistiôse depri a y
µor el candelabro de algun criado. corriendo y alcanz6 al rey, con su
Pero, iqué iban â hacer a esas ho- manojo de llaves en la mana. Prira en una sala que desde mucho mero abri6 la puerta de una galetiempo atras no habia sido abierta1 ria que sirvia de antecâmara ô sala
Por otra parte, la luz era demasia- de conferencias del salôn de los
do brillante para provenir de un IEstados. Entr6 el rey. Mas j cuâl
olo candelabro. Hubiera podido no fué su asombro al ver las pareatribuirse â un incendia ; pero no des enteramente colgadas de negro!
se veia huma, los vidrios no esta- -iQuién ha dado la orden de
ban rotos, ningun ruido se oia; to- colgar asi esta sala1-pregunt6 con
do anunciaba mas bien una ilumi- \tono iracundo.
naci6n.
-Sen.or, nadie que yo sepaCarlos mir6 aq uellas ventanas un I respondi6 confuso el portero.-Y
rato sin bablar. Sin embargo, el la (1ltima vez que hice barrer la
conde Brahé, extendiendo la mano galerfa, sus paredes hallabanse chahacia el cord6n de la campanilla, peadas de roble, como siempre lo
disponiase a llamar a un paje para han estado ... Con toda certeza, esenviarlo â que reconociese la eau- tas colgaduras no proceden del
sa de esa singular claridad. Pero le guardamuebles de V. M.
detuvo el rey diciendo:
Y el rey, andando con paso râ-Quiero ir yo mismo â ese sa- pido, babia llegado a recorrer ya
16n.
mas de dos tercios de la galeria.
Al aca.bar de decir estas pala- Seguianle de cerca el conde y el
bras, viôsele palidecer, y su fiso- 1portera; el médico Baumgarten iba

\'l81Ô~ DE CARI OH XI

13

un poco atrâs, vacilando entre el \ tiembla !-dijo Carlos encogiéndotemor de quedarse solo y el de ex- 1se de hombros.- Vamos, conde,
ponerse a las consecuencias de una abridno esta puerta.
aventura que se anunciaba de una -Senor-contest6 el conde, remanera bastante extrafia
trocediendo un paso - mândeme
- i Sen.or , no vaya mas lejos V. ~L ir hasta la boca de un cai'iôn
V. M. !-exclam6 el portero.-Por dinamarqués 6 alemân, y obedecemi alma, que esto es cosa de apare - 1ré sin vacilar. Pero V. M. quiere
cidos. A estas horas... desde la que desafie al infierno. .
muerte de la reina, augusta espo- El rey arranc6 la Have de masa de V. 1\1 .•• dicese que se pasea nos del portera y dijo, con tono
por esta galeria... i Que Dios nos despreciativo :
proteja!
-Bien veo que esta me concier-jSefior, deteneos! -exclamaba ne a mi solo.-Y antes de que su
el conde por su parte.-i o oye séquito hubiese podido impedirselo,
V. M. ese ruido que sale del sal6n habfa abierto la gruesa. puerta de
de los Estados~ jA saber â qué roble y entrado en el gran sal6n,
peligros se expone V. M.!
pronunciando estas palaùras:-1 Con
- Sen.or - decia Baumgarten, a ayuda de Dios !
quien una racha de viento acababa
Con él eniraron sus tres ac6litos
de apagarle la vela,- a lo menos, impelidos por una curiosidad mas'
permitame V. M. que vaya en bus- fuerte que el miedo, y avergonzaca de una veintena de sus guardias dos quiza de abandonar â su rey.
reales.
El gran sal6n estaba alumbrado
-Entremos,-dijo el rey con par una infinidad de candelabros.
voz firme, parandose ante la puer- Negras colgaduras habian reemplata del gran sal6n;-y tu, portera zado a los antiguos tapices con
abre pronto la puerta.
figuras. A lo largo de las parades
La pegô con el pie; y el ruido, aparecian dispuestas con orden, corepetido por el eco de las b6vedas, mo de ordinario, banderas alemaretumb6 en la gale-ria como un ca- nas, dinamarquesas 6 moscovitas,
nonazo.
trofeos de los soldados de Gustavo
El portera temblaba de tal modo, Adolfo. Distinguianse en medio banque con la llave golpeaba en la ce- deras suecas cubiertas de fünebres
rradura sin poder conseguir hacer- crespones.
la entrar.
Unainmensa asambleallenabalos
-1 Vaya un soldado viejo, que escanos. Los cuatro brazos del Es-

�14

REVISTA INTERNACIOSAL

tado, sentabanse cada cual en su I En aquella asamblea sobrehupuesto. Todos iban vestidos de ne- mana, nadie pareciô advertir la pregro; y aquella multitud de caras bu- sencia de Carlos y de las tres permanas, que parecian luminosas so- sonas que le acompafiaban. Al enbre fondo oscuro, deslumbraban de trar, solo oyeron al principio un
tal manera los ojos, que ninguno de murmullo confuso, en medio del
los cuatro testigos de aquella escena cual el oido no podia percibir palaextraordinaria pudo encontrar un bras articuladas; después, el mas
rostro conocido entre esa muche- anciano de los jueces de negras todumbre; como un actor, ante un pû- gas, el que parecia desempefiar las
blico numeroso, nove sino una masa funciones de presidente, levantoseconfusa en la cual sus ojos no pue_ y dio tres golpes con la mano en un
den distinguir ni un solo individuo. libro en folio abierto delante de éL
En el elevado trono desde donde Rein6 en seguida profundo silenel rey tenia la costumbre de aren- cio. Algunos j6venes de buena pregar â la Asamblea, vieron un cadâ- sencia, ricamente vestidos y con las
ver sangriento, revestido con las manos atadas a la espal&lt;la, entraron
insignias de la realeza. A su dere- en la sala por una puerta opuesta â
cha, un nifio, de pie y con la corona la que acababa de abrir Carlos XL
en la cabeza, tenia un cetro en la lban con la cabeza erguida y la mimano; a su izquierda, un hombre rada serena. Detrâs de ellos, un
de edad, o mâs bien otro fantasma, hombre robusto, con coleto de cueapoyâbase en el trono. lba con el ro pardo, tenia en la mano el cabo
manto de ceremonia que llevaban de los cordeles que ligaban las de
los antiguos administradores de Sue- lùs jôvenes. El que iba el primero,
cia, antes de que Gustavo Wasa y parecia ser el mâs importante de
la convirtiese en reino. Frente a1 los prisioneros, detuvose en medio
trono, varios personajes de grave y del salon, delante del tajo, mirânaustera apostura, con largas togas dolo con soberbio desdén. Al misnegras, y que parecian ser jueces, mo tiempo, el cadâver pareci6 temestaban senta&lt;los detras de un a mesa, blar con un movimiento convulsi vo,
encima de la cual veianse gruesos y de su herida brot6 sangre fresca
tomos en folio y algunos pergami- y bermeja. Arrodill6se el joven,
nos. Nntre el trono y los escafios puso la cabeza en el tajo, brillo el
de la asamblea, habia un tajo eu•- hacha en el aire y volvi6 â caer al
bierto con un cresp6n negro, y jun- punto con estrépito. Corri6 por el
to â él descansaba un hacha.
estrado un arroyo de sangre, la

V!Si6N DE CARLOS XI

15

cual se confundiô con la del cadâ- los testigos al murmullo de la briver del trono; y rebotando varias sa entre las hojas de los ârboles, y
veces la cabeza sobre el enrojecido por otro al sonido que emiten las
piso, rodo hasta los pies de Carlos, cuerdas del arpa cuando se rompen
tifiéndolos de sangre.
al templar el instrumento. Todos.
Rasta aquel entonces habiale estuvieron de acuerdo respecto â lo
vuelto mudo la sorpresa; pero con que dur6 la aparicion, juzgando
ese horrible espectâculo ( se le sol- que seria de unos diez minutos.
to la lengua». Dio algunos pasos Las colgaduras negras, la cabeza
hacia el estrado, y dirigiéndose a la cortada, los borbotones de sangre
figura revestida con el manto de que mancbaron el suelo , todo haadministrador, pronunci6 audaz- bia desaparecido con los fantasmas,
mente la tan con0cida formula de solo la zapatilla de Carlos conserv6.
conjura:
una mancha roja, que hubiera bas-Si eres de Dios, habla; si eres tado para recordarle las escenas de
del Otro, déjanos en paz.
aquella nocbe, si por si mismas no
El fantasma le respondiô con len- se hubiesen grabado de sobra en su
titud y solemne tono:
memor1a. ·
-jCarlos, rey ! Esa sangre no De regreso en su gabinete, el rey
correrâ en tu reinado ... (al llegar hizo escribir el relato de lo que haaqui, se hizo men.os clara la voz), bia visto y que lo firmasen sus
sino cinco reinados después. i Des- acompaiiantes, firmândolo él tamventurada, desventurada, desven- bién. Por mas precauciones que se
turada la sangre de los \Vasa!
tomaron para ocultar al pûblico el
Entonces comenzaron a ser me- contenido de ese documento no
.
'
nos prec1sas las formas de los nu- dej6 de ser conocido muy pronto,
merosos personajes de aquella pas- aun en vida de Carlos XI; aûn
mosa asamblea, y ya no parecian existe, y hasta ahora no se le ha
sino sombras &lt;le colores; bien pron- ocurrido a nadie manffestar dudas.
to desapar~cieron por completo. acerca de su autenticidad. Su final
~pagâronse los candelabros fantâs- es notable; «Y si lo que acabo deticos; y los de Carlos y su séquito relatar no es la pura verdad exacta
Y_a no al u°:1braro~ mâs que los an- (dice el rey), renuncio â toda espe-tiguos tap1ces, hgeramente agita- ranza de mejor vida; la cual puedo
~os por el vi1:mto. Duran te algun haber merecido por algunas buenas.
t1empo oy6se aun un ruido bastante acciones, y sobre todo por mi celo
melodioso, comparado por uno de Ien trabajar en pro de la ventura de

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BEVISTA INTERNACIONAL

mi pueblo y en defender la religion Icia de los Estadôs es Ankarstroem.
·an
tepasados •...,El cadâver coronado, el de Gus.d e mis
Si ahora se rec~erdan la muerte tavo I~I.
..
-de Gustavo III y el juicio de An- El mfio, su h1JO y sucesor, Gusta.karstroem (su asesino) ' se hallarâ vo Adolfo_ IV.
. .
, de una semejanza entre este
Por ûlfamo, el vieJo es el duque
:::so y las circunstancias de aque- de Sudermania, t~o de Gustavo IV;
·
1ar pro fecia.
·
fué regente del remo y. después rey,
.Ua SlllO'U
El joven decapitado en presen- al destronar â su sobrmo.
PROSPERO MERIMÉE.

EL COBARDE

E

n la alcoba silenciosa, apenas iluminada por elresplàndor de las lâmpa:ras â poca
luz, mientras queelsefior deArgelès
dormita un poco fatigado bajo los
cabellos de su querida, ésta le contempla feliz. Es terrible, â lo que
se ha atrevido. Mujer honrada, respetable por todos conceptos, unida
â un hombre de quien era el ûnico
goce y el mayor orgullo, al caer la
noche ha abandonado furtivamente el domicilio conyugal, poniendo
por pretexto â los criados que iba â
ver a su madre; ha bajado de un
cohe de alquiler ante la tapia de un
jardin; trémula de miedo, volv.iendo atrâs la cabeza, con la inquietud
de un ladr6n que fuerza con ganzua
una puerta, ha abierto la verja por
medio de una llavecita que el sefior
de Argelès la entregara la vispera
en la Opera durante e] ultimo entreacto; y después de atravesar el césped y subir la escalera, se ha encontrado en un aposento desconociREVISTA. -

Mt..ï:O

94.

do, donde por primera vez , espantada y extâtica, ha prohado las
criminales delicfas del abrazo adultero. jLamentable aventuraf Porque, nos6lo ha perdido para siempre
el honor, el respeto de si misma,
los hermosos sueiios tranquilos,
sino que esto concluirâ sin duda
por una catâstrofe. Su mari do, corazôn entero y brazo resuelto, es incapaz de doblegarse bajo la afrenta;
con la rabia de la desesperaci6n, la
matarâ 6 se matarâ a si propio.
Morira ella, 6 llorara junto a un
cadaver. Pues bien; jllO importa!
no quiere convencerse de este siniestro porvenir. Expulsa de su
ânimo todos los negros temores.
Entrégase toda entera â la embriaguez de amar y ser amada. La &lt;licha
que ha conocido, que seguira conociendo, no se paga demasiado cara
ni aun â precio de la vida. i Hora
di'1na la de los labios que se un.en,
la de los alientos que se mezclan!
j Cuân estrechamente la abrazaba
2

�18

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- --------

REVIBTA JNTEkNACIONAL

EL COBABDE

poco ha, con promesas de amor
eterno! Aun muerta ella, la guardaria él fidelidad. o ignora que
hasta ese dia el seftor de Argelès ha
sido frivolo de coraz6n, y riéndose
tras el abanico, se le atr.ibuia mâs de
una aventura galante. Pero ha dejado de ser quien et'a. jAma, ahora
ama! Lo jura y lo ha probado durante seis meses de espera tenaz y
de suplicas dolientes. El es de ella
como ella de él: entera, locamente.
jY lo que su ternura tiene de culpable, sera compensado con creces
por lo que tendra de sublime! Se
rehabilitarân â fuerza de ventura.
Mientras que ella se enorgullece
asi de su afortunado crimen, dan
las doce en un reloj de pared. Y el
seftorde Argelès, despertandose con
un bostezo, dice â su querida en
voz baja, entre la perfumada caricia de los- cabellos:
- jQué pronto pasan las boras
felices! jAy, querida mia ! : lleg6 el
momento de que bas de abandonarma.
Ella se aparta un poco, c~n un
escalofrio; le mira asombrada, como
si no comprendiese.
-jAbandonarte yo ! - exclama.
-Sin duda, querida; para no inspirar sospechas â tus criados, para
estar de vuelta en casa antes de que
tu marido regrese del circulo.
Da ella un grito, salta de la cama,
se viste â escape; después, de lejos,

muy pàlida, con los ojos sumamente abiertos, dice con palabras entrecortadas:
- i Estas loco ! i Abandonarteî
;.Irmeî }.Para no inspi rar sospechasî
tA causa de mis criados y de mi
maridoî aQué criados1 tOué maridoî
tTengo yo ahora servidumbre1 {Me
acuerdo de haber estado casada'?
Me has dicho: «Ven», y he venido.
3Después de tal salida es posible la
-vuelta~ o puedo salir de aqui sino
para ir donde tu vayas, contigo.
Tengo una casa: la tuya. Tengo un
lecho: el tuyo. Si tu no tu-vieses
donde reposar la cabeza, yo seria
una vagabunda. gAbandonarteî jÜh!
He oido mal. Jo bas dicho esa palabra, ô yo no la be comprendido
bien. j C6mo! 3No me re pondes
nadaî 3Vuelves la cabeza~ ï,Con que
es verdad~ iQuieres que me va.ya y
que vuelva maftana, sin duda para
-volverme â marchar como esta nocheî gQuieres que al entrar en casa
le diga a mi marido: « 1i madre va
mucho mejor, no era mas que una
indisposici6n&gt;, y que al dormirme
junto a él me ponga a buscar un
nuevo pretexto para la pr6xima escapatoria~ jÜh, miserable! iY yo,
infeliz ! Has contado con que seria
tu querida sin dejar de ser la esposa de otro. Nosotros nos amariamos
cuando yo me pudiera escapar. Seria tuya después de habel' sido de él.
jA su deseo satisfecho deberfamos

------------

19

n.ues~r~ pl~cer! jTu beso me acepta-1 en el crimen, pero no en la verria tibia aun del suyo, _Y yo servfria güenza. j o quiero repartirme, no
d~ e~lace entre tus lab10s y su boca. quiero mentir! Acepto, deseo las
Si, si! veo claras las cosas. jLo que hurlas, los desprecios, las iras. He
~e pide_s es un am.or prudente, que podido ser culpable, no sabria ser
tiene m~edo Y se oculta, que toma vil. jLa confesi6n altiva de mi amor
prec~uc1ones y miente; traicionaro! es la unica excusa que me queda!
~o~riendo â él ~or ti y a ti por él! iY pretendo que tu audacia iguale
1S~ que hay muJeres capaces de tal â la mia! Mi coraz6n, mi cuerpo,
haJeza; algunas, que se inquietan la embriaguez que me has debido
poco de su propia estimaci6n, con valen la pena de qae te enor(J'ullez~
tal de no enajenarse el respeto cas y de que proclames tu 0 clicha.
cort?s del mundo, tienen esta hipo- ;Desh6nrame si me amas! iEres un
c~esia abyecta! Todo puede permi- cobarde, 6 no me amas?
tirse, menas el comprometerse. SoHabla y habla, de pie, trémula·
:olor d_e un baiio 6 de una misa, ir sus ademanes parecen arrojar ai
a la cita en coche de alquiler, con vîento, como harapos despreciables
el velo echado a la cara, sin olvi- el vano honor del nombre los fal~
darse de la cajita de polvos de arroz sos pudores sociales y toda~ las prep~ra ocultar a la vuelta el enrojeci- ocupaciones hip6critas.
mibento, que dejan los besos; estar Sin embargo, al fin se calla, y el
1
so re SI en as palabras, en los ges- senor de Araelés se conduce como
tos, en ~as ~iradas; flngir conocer un hombre ~uy hâbil. j Ha cuidado
apenas a q111en se ama, no escribir de no interrumpir â su manceba!
nunca, no dejar cartas tras de si: Pero ahora se acerca se arrodilla
de esto se forma su virtud. jY si les la coge las manos con' d ulzura. iy~
acontece llegar â casa un poco tar- sabe ella. cuâ.n to la adora y que a
d~, hay que acostarse con tanta ra- una sefia suya moriria él con regop1dez, antes del regreso del marido, cijo!Puesbien; precisamenteâcausa
que no siempre tienen tiempo de de esta ternura debe escatimar a su
r~emplazar la camisa del adulterio! amiga los sinsabores y los peligros.
~abete que yo no soy como esas mu- rada mejor an.helaria él que estar
Jeres. Me be entregado por comple- siempre junto a ella. •No deiarse
1
t 0 , Y p~ra s1~~pre
.
.,
. .LNo tedoy una mas el uno al otro! i Qué ensue:iio!
h~ra, smo Illl vida. He roto con todo 'lnglin riesgo, ninguna responsami pasado; detras de mi, ya no bilidad podrian hacerle titobear si
queda nada de mi. He consentido s6lo se tratase de él. z, o adivina

I

�20

BEVI8TA 1NTERNACIONAL

ella sus celos, sus crueles deseos de guras y de la iras, rodea con ambos
posearla é1 soloi Pero, aun al precio brazos desnudos (ad6nde se ha ido
de las peores angustias, es preciso otra vez la ropa~) el cuello del sen.or
que la conserve el respeto y la esti- de Argelés, habla inclinada a su
maci6n de todos. No tiene derecho querido en voz baja, y le besa en el
de arrastrarla â una vida irregular, cabellocon un tenue ruido delabios.
convertirla en una de esas mujeres .En verdad que es otra. Después
a quienes senalan con el dedo. La &lt;lelamor ferozque se exalta, el amor
sociedad es temible y se venga cruel- un poco frivolo que se divierte. Se
mente de los que la retan. Hay ne- rie, con juguetones mimos. No precesidades terribles, las cuales no se gunta mas, con voz ardiente: «;, le
pueden eludir. Y el sen.or de Ar- amarâs siempre, no es asih Y le
gelés dice estas cosas y otras mu- &lt;lice, con coqneteria: «tMe encuenchas mas con tan babil insistencia, tras bonita~ :. Hasta confiesa que
pinta a su amiga un cuadro tan es- hace poco estuvo _m~y novelesca.
pantoso de una existencia an6mala, Los grandes sentmuentos hacen
afiade a este dificil discurso tan za- mejor en los libros que en la vida.
lameras ternezas, que la joven y Es una suerte que él sea razonable
hermosa mujer baja la cabeza, con y que la baya impedido hacer locuaire resignado, . convencida. Sola- ras. Le da las gracias. i r o vol ver
mente pide no salir tan pronto esa â su casa, abandonar â su marido,
noche. Aun puede quedarse sin in- pregonarsusrelaciones! tCômo pudo
conveniente ninguno para su buena imaginar ella tales disparates~ De
reputaci6n. Va a escribir â su ma- ahora en adelante, harâ lo que él
rido que permanecerâ parte de la quiera, sin resistenci~. Y ~o sera
noche junto a su madre, que esta hechicero. Seran fehces, sm zozopeor; y el seiior de Argelés entre- bras. jSe ocultarân tan bien! Ya
gara la esquela â su ayuda de ca- vera él lo ingeniosa que sera ella
mara para que la haga llevar al para encontrar ocasiones p~ra verle
circulo por medio de un manda- con misterio. « Seré tan hsta, que
dero. «i Oh, qué buena idea-dice mi marido nada recelarâ. Hasta,
el amante-y qué buena eres!:. Sién- para des"'liar sus sospechas, seré con
tase ella, escribe, cierra la carta, la él mâs atenta y carinosa que antes.
entrega ella misma por la puerta iÜh, valiente engafio ! ?uando le
entornada al sirviente dandole ra- baya hecho una buena JUgarreta,
pidas instrucciones. Luego, risue- \nos reiremos los dos de él. Esto sera
na, perdido el recuerdo de las amar- muy gracioso, ino te pareceh El

XL COBARDE

21

sen.or deArgelés escucha,conmues- 1 Pero de pronto suena un ruido
t:as de aprobaci6n. Esta contenti- 1de pasos detrâs de la pared, en la
srn:o ~e verla en camino de las ideas escalera que sube del jardin.
practicas, pues no es hombre de en- 1 - i Quién viene aqui î-dice el seredarse con una mujer altiva y de- fi.or de Argelés.
masiado magnânimamente apasio- Entonces yérguese ella, con los
nada. Su buen humor detesta verse ojos echando chispas, y exclama â
sacudido por furiosos arranques pa- gritos:
sionales. Tal como ahora se le pre- -jEl que viene es mi marido a
senta, su queridale agrada por corn- quien se lo he confesado todo ; a
pleto. Hasta se balla decidido a pro- quien mandJ la llave de la verja de
longar un poco esta intriga, nada tujardin!
comprometedora, sin responsabili- Luego, mientras la puerta cede
dad. Y pensando de tal suerte, besa ante un empuje furioso, afiade ella
con un ardor casi sincero los neva- terrible, con la alegria de su amor
dos hombros de donde se deslizan vengado:
los encajes, y se embriaga satisfe- -jMi marido, que nos matarâ â
cho con el tibio olor a sandalo que los dos! j.A ti, por cobarde; â mi,
exhalan los hermosos brazos levan- por traidora!
tados.
ÜA.TULo MENDÉS.

�UN AOOIDD"TE

UN ACCIDENTE

S

an Medàrdo, la vieja iglesia
de la catie Mouffetard, que
en otros tiempos se hizo célebre por la tumba del diâcono Paris y los convulsas, es una parroquia muy pobre. «El arrabal de
Marceau», como se dice por alli, no
tiene religi6n, y el consejo de feligreses distinguidos debe luchar con
muchas d.ificultades para cumplir
los do objetos que le estân encomendado . El domingo , â la hora
de los oficios, a iste poca gente, y
para eso formada casi nad a mâs que
por mujeres; una veintena de burguesas de la vecindad y algunas
criadas con papalina: cuanto â los
hombres, apenas se ven mas que
tres 6 cuatro viejos con traje de
campesinos, que se arrodillan en el
desnudo uelo, cerca de una columna, poniéndo e el gorro debajo del
brazo, mientras bacen pasar por sus
dedos las cuentas de un tosco rosario; balbucean algunas palabras, y

l1evantan sus ojos hacia el techo con
aspecta de santos de vidriera. Pero
durante la emana, ab olutamente
nadie. Los jueves, en el invierno,
las naves resuenan du.rante algunos
minutas con el ruido de los chan.clos
de madera cuando llegan y se van
los discipulos de la doctrina. Sin embargo, algunas vece una mendiga
con paiioleta, llevando de la mano
uno 6 dos nifi.os y otra criatura en
los brazos, va â encender un cirio
en el altar de la capilla de la Virgen; 6 bien junto a la pila bautismal se oyen los gritos del recién
nacido a quien se bautiza; y mas
frecuentemente ocurre el cantar el
responso a algun muerto que llevan
en un ataud de madera recubierto
con un pano negro, ataud que colocan en do banq uillos y que un sacerdote bendice apresuradamente en
presencia de un grupo de mujeres,
en tanto que los hombres, que son
librepensadores, esperan el fin de la

23

~eremonia en la taberna de enfren- las casas de huéspedes de las ce-rcate, ~onde juegan algunos litros al nias van a buscar la absoluciôn para
molmete.
comulgar al dia siguien te, el buen
Por su parte, el P. Faber, uno sacerdote no podia dejar de instad_e los tenientes de la parroquia, 1Jarse en su garita de madera, y de
tiene la seguridad de que lo menos Iabrir, como puntual cajero, su ven&lt;los veces por cada tres que se pre- tanillo â las de votas, para quienes
sente en ~l confesonario no ha de la confesi6n es coma una caja de
tener pemtente , y que solo de vez ahorros del paraiso en donde todas
~~ cuando t~ndra que oir la confe- las semanas depositan sus pecados
s16n , poco mteresante , de alguna veniales.
buena roujer; pero es un hombre También habia salido con dispuntual, y los martes, jueves y sa- gusto el Padre Faber, considerando
bados, â las siet~ en punto, e pre- que aquel sabado era dia de paga,
sen.ta en la cap1lla de an Juan, y ordinariamente, cuando esto ocuaunque tenga que retirarse, después rria, en la calle Mouffetard bullia
&lt;le un corto re~o_, sin q~~ nadie re- la gente, pero una gente poco prodame sus serv1c10s espmtuale .
picia para su sotnna. Es poco agradable para un hombre recto el verse obligado â bajar los ojo ante miradas insolentes y el cerrar los oidos
En una tarde del ûltimo invierno, a palabras jnj uriosas disparadas a
luchando contra una tempestad, con su paso. Ilabia en la calle una tiensu paraguasabierto, el Padre Faber da de licorista que causaba horror
recorria penosamente la calle Mouf- al acerdote, una tienda que rebofetard, en direcci6n a la parroquia; 1 saba de gases y de la que salia un
y como estab~ casi seguro de que se olor alcohôlico insufrible por la
molestaba mut1lmente, 1ba pensan- puerta a medio abrir, de de la que
&lt;:lo con tristeza en el brasero que se veia laper pectiva de tonales con
habia quedado en su hurnilde aloja- etiquetas que decian: Absintho, Bt'tmiento de la calle Lhomond y en el ter, },!Jadera, Vermouth, etc. Alli,
Bollandista in folio que habfa de- de pie, y delante del mostrador
jado abjerto sobre la mesa, don.de I habia siempre un grupo de mozo~
también habia dejado sus gafas; alegres, de larga blnsa y de gorra
pero como era sâbado por la tarde, alta, que saludaban al pobre cura,
y éste es dia en que las viejas viu- el cual dejaba la acera apresuradadas que mascullan sus pensiones en mente con un jhem! jhem! ofensivo.

I

�25

REVISTA INTERNACIONAL

UN ACCIDENTE

No obstante, aquella noche el \pero dé V. por hecho todo lo dePadre Faber lleg6 sin estorbo a su mas. ► El teniente cura entr6 muy
iglesia, porque el mal tiempo habia tranquilo en su confesonario, y
dejado desierta la calle. Moj6 el después de haberse provisto de una
dedo indice en la pila de agua ben- buena toma de tabaco, levant6 la
dita, se santigu6, hizo una corta cortinilla de sarga verde que cerrareverencia ante el altar mayor, y ba el postigo.
se dirigi6 a su confesonario. A lo -Sen.or cura-balbuce6 una voz
menos, su ida no habîa sido inûtil, ruda, que se esforzaba por hablar
porque un penitente lo esperaba.
silenciosamente.
-No soy el cura, amigo mio;
diga V. el Confiteor, y llâmeme
padre.
jUn penitente! j un hombre! ex- El hombre, cuya fisonomîa velatraordinario y excepcional era el da por la sombra no podia ser vista
caso en San Medardo; pero distin- por el Padre Faber, murmur6 lenguiéndose con la media luz de la tamente la oraci6n, que al parecer
lâmpara suspendida en el vértice no recordaba muy bien, y luego
del angulo ojival de la capilla, la dijo sordamente:
blanca blusa corta y las suelas con
- Sen.or cura... no... Padre
gruesos clavos del hombre arrodi- mio ... en :fin, perd6neme V. si no
llado, el Padre Faber pens6 que hablo como debo hablar; pero hace
aquel era un trabajador que habia veinticinco an.os que no me confi.econservado su fe de campesino y so, desde que dejé mi pueblo ... Ya
sus buenos hâbitos de practica reli- sabe V. Io que es un hombre en
giosa. Probablemente la confesi6n Paris ... Y después, yo no era peor
que iba â oir serîa tan vulgar como que otro cualquiera, y me decîa:
la de aquella cocinera de la calle Dios debe ser muy indulgente ...
Monje, que después de haberse Pero boy es tan pesado Io que tenacusado de sisar en la compra, se go sobre la conciencia, que no lo
indignaba de que se le hablase de puedo soportar solo, y es necesario
restituci6n. El sacerdote se . sonri6 que V. me escuche, sefi.or cura ...
acordândose de la sumarisima f6r- He matado a un hombre.
mnla empleada por un vecino de }fil sacerdote salt6 en su banco.
Ios arrabales, el cual fué a pedirle jUn aaesino! No se trataba ahora
una papeleta de confesi6n para ca- de simplezas del ofi.cio, de malos
sarse: c:No he matado ni he robado; -pensamientos contra el pr6jimo y

. 'dd
.. a, qmenes
·
1
·
de mmie
a es de VleJas
m1sma
obra ... pero por la tarde me
escuchaba con oido poco atento y dej6 solo las tres cuartas partes del
absolvia confiadamente. jUn asesi- tiempo; habia ido a divertirse en
no! Aq uella frente que estaba tan compafi.ia de otros amigos... Era
cerca de la suya, habia concebido y muy natural a su edad ... Le gustallevado el pensamiento de un c:çi- ban los placeres, era libre, no tenia
men; aquellas manos, cruzadas aho- obligaciones... en tanto que yo ...
ra en su confesonario, estaban claro es, yo no podia, me era prequizâ todavia manchadas de sangre. ciso trabajar mucho porque tenia â.
En su turbaci6n, mezclada con algun mi madre enfer·ma en mi pais, y porterror, el Padre Faber no encontr6 aquella época le enviaba mis econopalabras, y dijo maquinalmente:
mias ... Entonces yo paraba en el
-Confiésese, hijo mio ... La mi- puesto de una frutera de la casa en
sericordia de Dios es infinita.
que tenîa mi aposento; aquella mu-Entonces escuche V. toda la jer se encargaba de preparar los
historia-dijo el hombre con acento pucheros para los albaniles... Felien que vibraba un profundo dolor. pe no comia alli, se arreglaba en
Soy albaüil, y hace mas de veinte otra parte; verdad es que la comida
an.os que vine a Paris con un corn- no era buena... Pero la frutera era
paii.ero de la nifiez ... Juntos babîa- un.a viuda muy desgraciada, que me
m6s cogidos nidos en el campo y servia con amabilidad, y después ...
aprendido â leer en la escuela ... hay que decirlo, yo me habia encasi como un hermano, i verdadL. amorado perdidamente de su hija ...
Se llamaba Felipe ... ; yo ... yo nie jPobre Catalina! Va V. â saber,
llamo Santiago ... Era arrogante y sefior cura, todo lo ocurrido. Tres
buen mozo; yo siempre he sido ruin afios estuve sin atreverme a declay mal formado, no habia mejor rar mi afici6n a la joven; ya le he
obrero que él, mientras que yo soy dicho a V., no soy mas que un tracualquiera cosa... y bueno, y va- bajador muy mediano, y lopoco que
Iiente,y conelcoraz6nen la mano ... ganaba era apenas lo indispensable
Me sentia orgulloso de ser amigo para mi y para mandar algo a mi
suyo y de pasear con él, y orgulloso madre ... No era posible pensar en
hasta de que me &lt;liera golpes en la establecerse. Al cabo de ese tiempo
espalda y me llamara bestia ... Por mi pobre madre se fué al cielo; yo
:fin, lo queria, porque lo admiraba. quedé menos agobiado, pude ahoUna vez j qué recuerdo! nos ajusta- rrar algun dinerillo, y cuando me
ron â los dos para trabajar en la pareci6 que habia lo necesario para

I

�26

BEVISTA INTEBNAOIONAL

algunos muebles, hablé de mis senti- 1trastienda y acababa de servirme
mientos â Catalina... Por de pronto, mi sopa... ; saqué de mi bolsillo la
no me dtio que si ni me dijo que no. cajita, la abri y le ensené la alhaja.
iPardiez! De sobra sabia que no ha- Entonces prorrumpi6 en la.grimas.
bia de abrazarme; yo no tenia nada
-Perd6neme V., Santiago-me
de seductor ... Sin embargo, Cata- dijo-y guarde ese regalo para la
lina consult6 â su madre, que me que haya de casarse con V .... Y o no
consideraba como trabajador arre- puedo ser su mujer porque amo â
glado, como buen sujeto ... y se con- otro ... Arno â Felipe.
vino el casamiento. ïAhl i Qué feliz
fui durante algunas semanas! Comprendia claramente que Catalina
Ciertamente estuve en ton ces muy
no habiabecho mâs que acepfarme, afligido, me senti mortificado hasta
aunque no sentia mucho afecto por la saciedad; pero i11ué iba â hacer
mi; pero como tenia buen coraz6n, amando como amaba â los dos1 Lo
yo esperaba con el tiempo hacerme que crei que babia de ser su feliciamar mucho, mucho. Por de con- dad: casarlos; y como Felipe no tetado, todo cuanto me pasaba se lo nia dinera, le presté el que yo tenia
referia â Felipe, â quien veia en el en mi hucha para que comprara los
trabajo todos los dias, y cuando Ca- \ muebles.
talina fué mi prometida quise que
Se casaron, y todo fué bien en los
la conociera. Quizâ haya V. adi~i- prim~ros ti~mpos~ tu vie_ron _un hijo,
nado lo demâs, sefi.or cura. Felipe 1de qlllen fm padrmo y a quien puse
era guapo, muy alegre , muy ama- por nombre Camilo, en recuerdo de
ble, todo lo que yo no era, y sin Imi madre. Pero por entonces, Feproponérselo, inocentemente, eau- lipe comenzô a echarse a perder:
tiv6 â Catalina hasta la locura. jAh! rne habia equivocado en el concepto
El coraz6n de Catalina es franco y que de él tenia; aquel hombre no
honrado, y desde que la joven co- era a prop6sito para el matrimonio;
noci6 la pasiôn que experimentaba amaba demasiado los placeres y las
me lo declarô todo ... jJamâs olvi- clistracciones. V. vive en un barrio
daré aquel momento! Era dia del pobre, sen.or cura, y debe saber de
cumpleafi.os tle Catalina, y para ce- memoria aquel relata, la historia
lebrarlo, yo habia comprado una del trabajador que resbala poco â
-crucecita de oro que habîa metido poco por la pereza y la' ernbriaguez,
cuidadosamente en 1rna cajita con que ancla por . tabernas y burdeles
algod6n... Estâbamos solos en la dias seguidos, que nunca cobra la

UN ACOIDENTE

27

semana completa y que no entra en Iperderlos de vista por completo. El
su casa, siempre miserable, mas que sâbado por la noche, cuando Felipe
para dar escândalos y golpear â su se iba con sus compaîieros para gasmujer. Pues bien; en menos de dos tar en bebidas su paga, yo rondaba
aiios, Felipe lleg6 a ser uno de esos por el barrio, encontraba al nino,
desgraciados. Al principio traté de 11e hacia hablar, y si descubria que
que volviera al buen camino, y al- en su casa habia mucha escasez, no
gunas veces, avergonzândose de su lo dejaba ir con las manas vacias;
conducta, prometia corregirse; pero ya lo comprenderâ V. Creo que el
esta situaci6n fué poco durable ... , miserable Felipe se habia enterado
porque mis exbortaciones concluye• de que yo acudia en auxilio de su
ron por exasperarlo, y cuando me mujer, y cerraba los ojos, porque
presentaba en su casa y :fijaba tris- encontraba eso muy c6modo ... En
temente la mirada en la habitaciôn, .fin, para abreviar, porque todo esto
limpia de muebles, porque éstos se es muy triste. Ilan pasado los a:fios;
hallaban depositados en el Monte de Felipe, cada vez mas metido en los
Piedad, y en la pobre Catalina, del- vici.os; pero Catalina, â quien he
gada y pâlida por la pena, Feljpe se Isecundado todo lo que he podido,
enfurecia... En cierta ocasi6n tuvo ha educado â su hijo, que es ahora
el atrevimiento de hacer insinuacio- 1un guapo muchacho de veinte afios,
nes ofensivas para su mujer, que bueno y animoso coma ella ... No es
era honrada como la Virgen, re- obrero, no; se ha instruido, ha
cordânclome que yo habia estado aprendido a dibujar en las escuel.as
enamorado de ella y acusandome nocturnas, y estâ en casa de un arde que lo estaba aûn, y de inconve- quitecto, donde gana buenos suel.:.
nienciàs é infamias que no puedo dos. Asi, aunque el interior esté
repetir ... iAh! Aquel dia estuvimos siempre triste por la presencia del
a punto de llegar a las man os... beodo, las cosas se hallan en mejor
Hice, sin embargo, lo que deb:ia ha- èstado, porque Camilo es muy buecer: renuncié â ver a Catalina y â no para su madre; y desde hàce uno
mi abijado ~ y cuanto â Felipe, no 6 dos afios, cuando encuentro â Cavol via verlo mas que por casuali- talina-jla pobre estâ muy cambiadad, cuando teniamos que trabajar da!-del brazo de su hijo, que va
en la misma obra.
vestido como un· caballero, siento
Pero, ya lo comprenderâ V., mi que el corazôn se me refresca.
afecto hacia Catalina y Camilo era
Pero ayer tarde, al salir de mi
tan grande, que no me permitia flg6n, me en.contré â Camilo, â

�28

UN ACCIDENTE

29

REVISTA. INTEBNA.CIONA.L

quien estreché la mano, porque no por capricbo, y venia â echar una
es orgulloso y no se avergüenza de peonada para tener con qué beber;
mi blusa manchada de yeso, y noté pero el duefio, que debe pagar una
que estaba de muy mal humor.
multa si no concluye la obra en un
- Veamos: i qué ocurre 1
plazo :fijo, admite a cualquiera que
-Que he entrado en sorteo-me le pide trabajo.
respondi6- y he sacado el mimero 10, es decir, que iré â ser victima de la fiebre en las colonias con Hacia mucho tiempo que no veia
los soldados de marina; y en todo â Felipe, y tuve alguna di:ficultad
caso, estaré ausente cinco afios, en para reconocerlo. Quemado y seco
los que no sé qué va a ser de mamâ, por el aguardiente, con la barba casola, sin recursos, con mi padre, nosa y las manos vacilantes, no era
que bebe ahora mâs que nunca y mas que un anciano, una ruina.
tiene peor proceder; y ella morira,
-De modo-le dije-que el mupadrino mio; los pobres estân mal- chacho ha sacado un mal nûmero.
ditos.
-iY qué~-repuso con una vcz
-ïAh, pasé una horrible noche! roncà y dirigiéndome una fiera miConsidere V., sefior cura, los vein- rada.-iVas tu también â marearte afios de esfuerzos de esta pobre me como Catalina y Camilo 1 El
mujer, destruidos en un minute por muchacho ira como los otros a serla ceguera del azar, porque un mu- vir â la patria... ïPardiez! Ya sé lo
chacho ha metido la mano en un que perj udica â mi mujer y a mi
saco y ha cogido un mal nûmero de hijo ... Si yo hubiera muerto, él no
~a loteria. Po~ ese m~tivo, esta ma- tendria que marchar. Pero, ipeor
n~~a me sentia agob1ado comQ un para ellos!, aûn estoy vivo y fuerte,
vieJo que pasa una noche en vela, y Camilo no es hijo de viuda.
y me fui â la casa que estamos edij Hijo de viuda!... i Ah! Sen.or
ficando en la calle Arago. Aunque cura, gpor qué dijo aq uella palabra
se tenga mucha tristeza, es preciso el desgraciado1 Un mal pensamientrabajar como si tal cosa, tno es to se me ocurriô entonces, y no me
verdad 1 Trepé hasta arriba por los dej6 en toda la man.ana, en que esandamios-ya hemos levantado has- tuve trabajando al lado de aquel
ta el cuartopiso-ycomencéâ poner desdichado. Me preocupaba todo lo
los morrillos. De pronto senti que que iba â sufrir la pobre Catalina
~e tocaban en un hombro: era Fe- cuando no tuviese â su hijo para
lipe. Ahora no trabajaba mâs que alimentarla y protegerla, y cuando

quedara sola con aquel miserable perd6n, es claro ... Pero esto no me
beodo, completamente embrutecido privarâ de ver â Catalina con su
ahora, de_ maneras feroces, capaz de vestido negro llena de felicidad,
tod~··· Dieron las once en un reloj apoyada en el brazo de su hijo, y
vecmo, y todos los companeros ba- 1yo seria capaz de no sentir mi delijaron para almorzar ... Nos habia- to. Para evitar esta complacencia,
mos quedado los ûltimos Felipe y emigraré, me embarcaré para Améyo; pero al agarrarse a la escala rica. Cuanto â la penitencia ... Tenpara bajar â su vez, me dirigi6 una ga V., sen.or cura; esta es la crucemirada burlona y me dijo con su cita de oro que Catalina no quiso
voz aguardentosa:
admitir cuando me confes6 que es-2, Lo ves1 Todavia tengo resis- taba enamorada de Felipe: la habia
tencia. Camilo no puede alimentar tenido guardada en recuerdo de
la esperanza de ser pronto hijo de aquellos unicos dias buenos que he
viuda.
tenido en mi vida. T6mela V., vénEntonces senti en el cerebro como dala y destine su dinero para los
un golpe de sangre y de c6lera. pobres. ·
Agarré con niis dos manas las cuerdas de la escala, â la cual Felipe se
afi.anz6 con desesperaci6n, gritando:
jSocorro!, y con un solo esfuerzo la
2,Se levant6 Santiago absuelto por
dejé libre de su carga.
el Padré Faberî Lo cierto es que
Felipe, al caer, quedo muerto en el anciano sacerdote no ha vendido
el acto; se crey6 un accidente; pero la crucecita de oro. Después de haahora Camilo es hijo de viuda, y no ber puesto su valor aproximado en
marcharâ...
el cepillo de la iglesia , colg6 la
Eso es lo que be hecho, sefior alhaja como un ex-voto en el altar
eura, y eso es lo que tenia necesi- de la capilla de la Virgen, adonde
dad de decir â V. y â Dios. Me va â orar frecuentemente por el poarrepiento de m1 cr1men y pido bre albafiil.
FRANCISCO COPPÉE.

�EL HOTEL DE CAPADOCIA
1

EL HOTEL DE CAPADOCIA

E

n lo alto de la calle de Santiago, casi frente â las nuevas construcciones que ha
necesitado la regularizaci6n de la
calle Soufflot, acaban de derribar
11nanegra, horrible, vacilante, agrietada de arriba abajo, en la cual estaba instalado desde 1830 el hotel
de Oapadocia, al que los habitantes
del Barrio Latino habian denominado con mâsfamiliaridady mayorjusticia «Hotel de la Desesperaci6n&gt;.
Sucedianse alli por generaciones los
estudiantes mâs pobres del departamento de la Corrièze, â quienes sus
padres no podian pasar sino mensualidades mezquinas é irrisorias, y
que, sin embargo, ballaban la mâs
amable hospitalidad en casa de su
compatriota Gariel. Este buen hombre (que tiene hoy cu~renta y ocho
an.os) compr6 elhotelenl860ytuvo
la desgracia de perder su mujer el
siguiente afi.o; desde entonces, no
hahiendotenidoning(mcriado, bast6
él solo para el tràbajo, y limpiaba

por si mismo las doce babitaciones,
las cuales bubiera dejado limpias y
aseadas si eso hubiera sido posible
conseguirlo.
Pero convertida desde mucho
tiempo atras en una ruina la estrecha y estrafalaria casa del hotel de
Oapadocia, desafiaba â la escoba y
al plumera; y, recibiendo el polvo
de fuera por sus puertas y ventanas
desvencijadas, era presade una mugre indeleble. Los tabiques habian
dejado caer â pedazos la maclera y
el yeso que los formaban; y Gariel
los habia reemplazadoél mismo, me&lt;liante prodigios de industria, con
trozos de maclera clavados lo mejor
que pudo y sobre los cuales habia
tendido lienzos y pegado pedazos de
papel pintadoque nocasaban; tanto,
que durante el invierno rugia y
silbabael cierzo por todo el edi:fi.cio
como â través de los ârboles de un
desolado claro de bosque.
En cuanto a las reparacionesreales, no habia en manera alguna que

31

esperarlas; porque después de haber figones del barrio, donde reventapertenecido âunaherenciapro indi- ban de bambre al pie de la letra.
viso entremenores, puesta en venta Naturalmente, también bubieran
J~ casa, adquiri6 su propied_ad el tîo /rev~ntado de f~io si, con ayuda de
estre, un us11rero 1 comerciante de Gar1el, no hub1esen derribado dos
trapo y hierro viejo, quien tenia un tabiques (lo cual foé muy fa.cil) y bemodo especial de administrar sus cho un gran sal6n caldeado con un.a
numerosas fincas y que no hubiera lumbre de carb6n mineral quemadogastado dos sueldos para aquella en un hornillo. Reunieron alli las
choza, ni aun cuando su falta de mesas y sillas cojas, los sillones desalineaci6n no la hiciese inevitable- panzurrados, y se congregaban d&amp;
mente ser demolida pronto. Limi- nocbe para trabajar en comûn, alumtabase â coùrar los inquilinatos en brados por lâmparas de desecho adel dia y la hora reglamentarios, sin quiridas en un puesto de trastos viehacer ninguna concesi6n â Gariel, jos y las cuales vivian por la pacienâ quien jamâs otorgô cinco minutos zuda mafia de Gariel. Duran te el
de espera, ni aun durante el afio del dia iban â sus clases en las escuesitio; en lo demas se lavaba las ma- las, estudiaban y escrib:ian en las
nos, por supuesto, abluci~nes nada bibliotecas; pero al llegar la nomas que ideales y en las que se re- che comenzaban su velada, prolonsumian los unicos cuidados que gandola hasta lo mas tarde posible;
aquel s6rdido viejo dedic6 en toda y sôlo en ultimo extremo, molidos
su vida â la limpieza personal.
de cansancio, era cuando se iban â
Pero los inquilinos del hotel de dormir â sus alcobas heladas.
Oapadocia no eran clifîciles y pagaCriados por · esa nodriza que se
ban con exactitud, sabiendo que llama la miseria, cuvas a.ridas tetas
eran demasiado pobres para pedir habian · mamado todos ellos, esos
nada,
y sobre todo para deber a J. 6venes eran investic,adores
pen•
0
'
Gar10l, tan misero como eli_os y que sadores, cavadores intrépidos , reles inspiraba una lâstima profunda. sueltos â domar la vida, costara lo
Si hubieran sido un poco mâs ricos que costase, y que, privados adehubiesen podido ser alimentados por mâs de todos los placeres, s6lo teese buen hombre, que era un exce- nian oomo refugio posible la cienlente cocinero; mas no habia que cia. Afanosos por proporcionarse
pensar en tales lujos, y aquellos in- libros, peritisimos rebuscadores de
felices estudiante tenîan que ir en librotes viejos y capaces todos ellos
busca de la pitanza a los infimos de dar en los montones y en los ces-

�32

REVl8TA l?!iTEB.NACIONAL

tos con los tomos que valen algo y esta.ha prôxima â dar a luz. i Qué
se obtienen por piezas de calderilla, podia hacer ino confiarles madre é
los compraban sucios, descabalados hijo i Los padres_ d~ él e~an ~e la
y ha ta sin tapa , porque Gariel raza de los provmc1anos a qmenes
sabia coserlo y forrarlo , y mien- no se les enternece; y su padre,
tras preparabanse para los exâme- boticario de arra~al y mayo~domo
nes como alumnos de derecho, me- de fâbrica, le hubiese dado mil maldicina 6 farmacia, e tudiaban a fon- diciones con mâs facilidad que una
do la quimica la hi toria, la an- moneda de cinco francos. ~ lo_s estropologîa, los sistema :filos6ficos, tudiantes no se ~es ocurr16 Ill por
la historia natural y la historia de un momento la 1dea de desatender
las reliaione . A i e ta.ban unidos el ruego de su camarada; eran de
en el ~ismo ardiente deseo de esos â quienes ningana faena les
aprender, de saber, de profundi- asusta. y que no ven en la vida s~o
zarlo todo; y se comprendera per- deberes. La co tur_era, Fanny Bu~sfecta.mente su soli&lt;laridad s6lo con son, aunque adm1rablemente as1sdecir que un paseante callejero hu- tida por ello_s, muri~ al echar al
biera cstado fuera de su centro y se mundo una mfla, â quien se le puso
hubie e muerto de aburrimiento en el nombre de Eloi a, y que los esaquel formal y aplicad1 imo falans- tudiantes ll~varon consigo al Hotel
terio. Adviérta e que, forzados y de Capadoc1a, donde con una abn~constrefi.idos por la pobreza , lo gaci6n sin limites l~ criaron _con b1estudiante del Hotel de Capadocia ber6n, pues no hulJieran temdo con
tuvieron que borrar de sus pro- qué pagar las mesadas de una nogramas el inolvidable amor; s6lo driza. .
.
uno de ellos fué excepci6n de esta A partir de en ton ces, hubo stemau tera norma de conducta, lo cual pre, durante el invierno, lumbre en
bast6 para cambiar la vida de los la sala com(m, y in cesar trabaotros como lo vamo a ver.
jaron alguno de ellos alli, rodeanEn11862, uno de ellos, estudian- do de cuidado y ternura â Eloisita
te de farmacia, llamado Perrève, y ocupandose de ella con el esmero
termin6 sus estudios, y obligado a mafioso, la dulzura y la inagotable
obedecer a su padres, que le apre- paciencia de las madres. Las mas
taban para que regre ase a Tulle, linda canciones de nodriza fueron
confe 6 â sus amîo,os que tenîa ana lmurmuradasjunto a su cuna, porquerida una co turera tan pobre que los estudiantes sabian los cancomo él 7, y que la infoliz muchacha tos populares como lo sabian todo;

EL HOTEL DE CAPADOclA

33

mâs farde, Eloisa fué una niiia y hasta se aprendi6 lo lihros, y leia
luego creci6 en ese circulo de hom- Horacio 6 Lucrecio en latin como
bres jovenes, donde se renovaron , una eftorita lee una novela por enla personas, pero quedo la misma tregas. Los e tudiantes no imaginaalma, y en el cual se obedecieron ron ni por asomos enseîiarla un o:fiestrictamente los acuerdos tomados cio para ganar e la vida, abedores
el primer dia.
de la de moralizacion tan grande
Los primitivos tutores de Eloisa, que reina en los talleres; e peraban
los contemporâneos de Perrève, casarla algun dia con uno de ellos,
habian resuelto que seria y se con- con cualquier joven superior y ârservaria honesta y pura; asi, pue , bitro de su propia vida. tDe qué . ei-tenia que permaneccr en medio de viria la inteligencia si no nos enseellos, no habîan de perderla de vista :fiara a creer en los milagros '?
ni un instante, y, sobre todo era Hace tre afios la vi en medio de
preciso in truirla cuanto antes acer- sus amigos. Tenia quince aîios de
cade todas las co as; pues aquellos edad, era alta y e belta, con facciopensadores conocian con dema iada nes correctas, pero algo demacraprofundidad la vida para ignorar &lt;las; extrafiamente hermo a pero
los riesgos â que se ven expuestas de una rara palidez, que hacia rela jovenes solteras por efecto de su saltar atm mâs su prodigiosa cabeignorancia. Por e~o, con todo los llera de un color castaîio o euro,
miramientos necesarios para aquel avivado con resplandores rubios inalma tierna y candida, la enseftaron tensos. Vivia entre los estudiantes,
los sufrimientos, las miserias, las ve tida muy pulcramente con un
tremendas luchas, los horrores de mode to peinador, afable para con
la vida social y todos los viles mar- todos, forma!, llena de gracia, ocutirios que nos acarrea el vicio dis- parla en leer algun libro 6 coserse
frazado con la careta del amor.
la ropa, pero su ropa nada ma ; sus
Protegîala también su misma amigos habianse impuesto eriaciencia, porque, sin advertir que mente la prohibici6n de que ella les
iba aprendiendo algo, vi6se iniciada cosiera ni un bot6n, para evitar por
desde la infancia en los estudios mas completo la menor apariencia de
abstractos· las sôlidas y sanas con- domesticidad, ni aun amistosa. No
versaciones de sus amigos la abrian hablaba casi n unca y permanecia
horizontes inmensos, levantaban a en silencio; i pobre flor que creci6
sus ojos todos los velos; y bien sin aire y sin sol!; pero, cuando se
pronto hizo lo mismo que ellos, la interrogaba, sus palabra tenian
Rsv1su.-Jd.&amp;.yo 94.

3

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la intensa claridad de un buen sen- am6 y por quien fué amad_a, _era
tido sutil y poético. Si se le pedia, un estudiante de derecho rec1én_ mstocaba verdadera musica, de Bach talado en el Hotel de ?apado~1~ y
6 de Mozart, en un pequefio clavi- al cual devoraba lapa 16n pohtica.
cordio de Erard comprado por doce Dotado de un verdadero talento de
francos en casa de un calderero. escritor, fogoso y grave â ~a vez,
A la bora en que los estudiantes mientras ~ablo A~h~nas c?ntinuaba
iban a camer, comia ella sola un sus estudios, e cri b1a _articulas que
plato excelente, aderezado por Ga- llamaron ya la atenc16n en el periel, quien la servia y hallaba el ri6dico dem6_crata mas avanzado,
media de darla un vaso de vino y le pronosticaban un gran porbueno.
vemr.
.
En otro tiempo, los hué pedes del
Eloisa y él f~eron her1dos ~or el
Hotel de Capadocia no comian mismo ra~o; sm ~mbargo, m u_na
nada • entonces comian casi nada; palabra m una mJrada descubriepero' •qué felice eran cuando ha- ron su mutua pasi6n, que todos su
bian 1p~dido robar al bambre ueld? amigo_s adivinaron_, pero de la cunl
a sueldo hasta reunir dos 6 tres lui- no qmso hablar nmguno, pues en
ses, y acompafiaban â Eloisa â com- la mente de todo estaba que no poprarse un vestido! Todas las tardes, dia tratarse ~e ello ha ta ta_nto que
luego de corner, la llevaban varias Athanas pudiera llamar muJer suya
de ellos en verano, al Luxemburgo; â Eloisa.
.
en invi~rno, al bulevar, y en esos
E e intencional y forzado silenpaseos nunca manifest6 la joven ni ci? arrojaba un velo mas denso de
sombra de coqueteria. Ademâs, es- tr1steza obre el Hotel de Capad~taba seO'ura de que sus compafieros cia, donde iban en aumento la ~1matari:U como un perro â cual- 1seria y las dificultade ; porque 1ba
quiera que la mirase con ojos ~tre- extinguié~dose la raza de esos ~ran. dos E to no lo iO'noraba nadie en des trabaJadores pobres el nume~ ba;rio, donde, verla pasar por Iro d~ hué pedes habia disminuido,
la tarde en media de ellos, caùa vez Gariel no lograba alcanz~r~e la or~mâs silenciosa y blanca, la llama- ja con la mano; y aun v1vien~o hban por sobrenombre Eloisa la Pâ- teralmente de nada, los e tudiantes
Irara vez conseguian ahorrar1 una.
lida.
Sin embargo, al a.no siguiente pequena suma, tanto que en e pmam6. •quién puede eximirse de esta nador de rayas de color de ro a
fataliJad di vina~• Aquél a quien 1deEloisa la Pâlida, veianse grandes

al

BL HOTEL DE CAPADOClA

35

zurcidos, hechos por unos dedos de Ide ellos , José Ferrer , subi6 a la
hada. e pre"entia que iba â . obre- sala com(m como si hubiese ido al
venir una gran de. gracia. Y obre- patibulo.
vinù, bru ca, imprevi ta, terrible. 1 Todas las atenuacione fueron
Pablo Athénas tuvo un duelo â inutiles: Eloisa adivin6 u suerte a
consecuencia de un articulo donde la primera ilaba, y desde enfonces,
habia denunciado y orprendido un.a inm6v:il y fiera, como convertida en
gran infamia y que pedia sangre. una estatua de alabastro, permaneCon aquella presciencia que no les ciô en la ventana durante una hora,
falta â la naturalezas â la vez ins- que le pareci6 tan larga coma la
tintivas y profündamente reflexi- eternidad. Al fin, regresaron con el
vas, los estudiantes adivinaron que cadâver de Athénas y lo pu ieron
ese guapo joven iba derecho â la sobre un lecho; Eloi a mis ma lav6
muerte, y piado amen te se distri- la herida, el agujero abi~rto y choùuyeron los papeles â fin de velar rreando sangre, bes6 lo labios y la
lo mejor posible por los dos ere a frente de su amigo con frenética
quienes iba â herir la prev:ista cauis- locura. Sin saber si era de dia ni de
trofe. Para no alarmar â Eloisa, noche, permaneciô alli junto â él
' quedâronse a su lado do de ellos; /hasta que se lo llevaron; y de de
cinco acompaiiaron â Pablo â Meu1 entonces, tranquila, blanca coma
don, en donde tenia que realizarse la nieve, sin hacer mâs ruido que
el encuentro, dos como te tigos, una ombra, dej6 correr lo dia
uno en calidad de cirujano, los otros j con una placidez espanto a.
dos para situarse junto al terreno
Y a no hablaba, jamâs leia, no se
del combate y poder ir â Paris en sentaba · solamente de vez en cuancuanto supieran el desenlace. Los Ido liaba un cigarrillo para alguno
demas hué pede del Hotel de Ca- 1de los que trabajaban, apremiandole
padocia, en nûmero de cinco, e la hora, y se lo alargaba con fünequedaron aguardando fehrilmente bre onrisa. Bien pronto apoder6se
en un cafetucho contiguo al hotel de ella la tisis; la enfermedad fué
y donde penetraban por la vez pri- combatida con genio, tanto como
mera de su vida. Verific6se el de- pudo serlo sin dinera; pero la pobre
safio â las ocho; â las nueve llega- joven era demasiado sabia para enron los mensajeros para anunciar gaiiarse acerca de su estado, aparte
a sus camaradas la muerte de Pablo de que hubiera alejado de i toda
Athénas, herido de un balazo en la falaz ilusiôn. iY para gué necesitaien; y el de mas an.os y prudencia ba ella vivir'?

I

�REVIST.A. INTERNACIONAL

3fi_----~===-=~-------~~
. 'b se el Hotel de Ca- cambi6 después de exhalar el ûltiDesorgamza
a
• t
. 1
t di tes que salian mo ahen o.
padocia; os es u an
Los tres ultimos estucliantes del
de él para siempre ya no eran ree~- Hotel de Oapadocia no quisieron es1 ados por otros. muy pron o
.
.
p azd
'l cuatr~ luego no fue- .cribir â sus amigos y paisanos, m
que ar,on so \
talento bus- siquiera a Perrève; esa -prematura
ron mas que re:~eza se convertia muerte y esa angustia suprema percado entre ~a pol enda Se anun- tenecian â la patria parisiense. Venen una antigua ey
:o la demo- dieron todo lo que ten:ian; Gariel
ciaba para el mes de J~
- vendiô los muebles de su uso persoliciôn de la casa: Gar1~bll, qdue sos nal. y asi bubo flores en el féretro
t • na lucha impos1 e e pro'
'
•d
ema u h b.
dido el reloj ' las de Eloisa la Palida. Oonmo.~ o por
longar, a ia -ven
,
la robidad de Gariel, el YieJ0 usualhajas y l~s ropas. Ello1:a cor;-r::~ re;o Nestre le ha alquilado otra
dia_muy b;e~a q:~:::o:a~a: sino casa y le ha prestado algunos fonam1gos n
b
.
onto dos para instnlar un hotel nue-vo;
muerta. pero desea a mor1r pr
b
clio
'
l
l"vos y sus pero el anciano se a urre en me
esc ,,,
,
.
n
Para. no hacer os
t a· dos Se habia de los estud1antes gomosos que e .
deseos_fueron a e,n. 1 • o el a- sus habitaciones dan ,almuerzos con
vuelto entonces pabd~ :o:setaspen falsos pastelestrufados y champagne
pel blanco' con crue e
er de tres francos y medio â las figulas m~jil1as; y su rostro' que ~ del teatro Folies-Bergères.
maneciô hechicero y herrooso' no rantas

Ei

TEODORO DE BANVILLE,

EL JOVEN MAGO

Historia saoada de un palimpsesto de Pompeya.

D

urantelase-xploraciones hechas â presencia del rey de
Napoles, cuando la restauraci6n de 1815, en uno de los aposentos de la casa de Acteôn se ha116 un gran fresco de particularisima belleza, representandoungrupo de ninfas con los ojos vueltos
hacia la figura principal. Un Amorcillo, galantemente inclinado detrâs de ésta, parecia cuchichearle
al o:ido algûn misterio. La exquisita gracia de las formas, el ademan tan vivaracho y diligente del
pequefio apuntador, el simpatico
talante de las ninfas, y hasta el notable esplendor de los colores, respetados por &lt;liez y siete siglos lo menos, llevâbanse tras de si las miradas de todos los artistas y de todos
los inteligentes. Es natural que la
imaginaci6n italiana anduviese bien
pronto â la b~squeda para encontrar la explicaci6n y la historia de
aquella obra pictôrica incompren-

sible. A dia rio aparecian interpretaciones nuevas, pero faltas igualmente todas ellas del esencial carâcter de la probabilidad.
Sin embargo, la historia del fresco misterioso no estaba destinada
a ser un secreto eterno. En los primeros mesesdel afio 1836, fué abierto uno de esos papiros que ahora se
someten â un excelente procedimiento para desarrollarlos, inventado por el caballero Oollini de Nâpoles, y dejô ver a los ojos atônitos
el fresco, en miniatura, a la cabeza de la primera parte del manuscrito. Desarrollado por cornpleto el papiro, vi6se que contenia la presente historia, la cual habfa servido sin duda ninguna de
tema para el dilmjo con que iba
ilustrada; historia que reproducimos con todas las mutilaciones inevitables por hallarse medio calcinada la frâgil materia del rollo.
La mayor de estas Iagunas se halla

�EL JOVEN HAGO

38

39

REVTIITA INTERNA.CIO. AL

preci~amente en el comienzo; aun I atmôsfera de mi gruta de unium,
de afia â la erudiciôn de todas las en tanto que dure el reinado de esa
academia italianasy dejalibre cam- \ amorosa y pe tilencial estrella.
po â u industriosa fuerza imagi- \ Remonta.base por el espacio Sirio,
nativa.
y el re plandor de este rey de las
.•............................. \ constelaciones tefiia con clara luz
-jOh, Callias! Estoy cansado del \todo el golfo de âpoles. Los ojos
mundo.
del joven y hermoso romano lanza-Te equivocas, Sempronio; estas Iban â la naturaleza una de las mas
cansado de todo menos del mundo. intensas mirada ; y suspir6 mas
-Sé lo que digo, Ca1lias, y hablo \que dijo e ta fra e:
en serio. Pero, i,C6mo convencerte, -jOh! iQueno puedasacudfrcon
c6mo hacer que creas en alguna \el de eo la pesadumbre de la vida
cosa1 Tu, Callia , e céptico de pro- y levantar el vuelo hacia esos g1ofe i6n; tu, incrédulo ateniense; tu, 1riosos viajeros del empireo, tan leindiferente corsario conocido en to- \jos de los cuidados de este mundo
dos los mares del placer de Grecia \ cual alios mismos lo estan de la.s
y de Asia; tû, i oh Callias ! , mari- impuras nubes!
posa nocturna, que revoloteas de Al decir tale palabras, por un
flor en flor a travës de todo los impul o de que no tuvo conciencia,
jardines de lalocurahumana, ;,c6mo sac6 de la vaina un puii.alito y lo
podrias creer en este cansancio in- levant6 â la claridad del ol ponienfinito, en este profundo tedio de te, que hizo relucir la hoja.
todo lo que la tierra contiene~ Pero \ Levant6se Callias de pronto; y
eres un animal epicureo.
echândose â reir, qui o atraer aljo- o, melanc6lico fil6sofo; vuel- ven entusiasta al sentimiento de su
ves a equivocarte. Soy un verdade- 1situaci6n actual.
ro Epicuro. Delicado en mis gus- - i o bay sino dos maneras de exto~, re ervado para familiarizarme, plicar esto-exclamô el cruel zumtierno en mis amistades y en mis Ibôn.-Un homb1·e no mira asi los
amores, no soy cruel ni desdenoso cuchillos sino par amor 6 por venpara mis pobres casas de campo; y I ganza: conquistar una querida ô
de hecho, el ûnico cuidado que en Ideshacer e de una esposa. Pero a
la actualidad me preocupa es el de ti, Sempronio, iqué puede inclinar~aber si iré mafiana â mi villa, en te â tales actas de desesperaciôn'?
la margenes del Tiber, 6 si debo Tu, p11blica y notariamente el mâs
pRSar mis langidos dias en la fresca admirado y envidiado de todos los

hombre que rinden sincero culto Ireunido una colecciôn de las mas
al lujo, a las gracias y a las mâ hermosas pinturas, e cogidas con
bonitas piernas del Palatino; tû, el grandes dificultades en Corinto y
tribuno . de 1~ legi6~ imperial; tû, 1en l~s islas. Aquella estancia, espara qUien vienen directamente los culp1da y adornada del modo mâs
perfumes de la Persia, las togas delicioso, miraba al poniente; y redel ~ilagroso pais donde los gusa- 1creâbase el sol en penetrar dentro
nos truécanse en tejedores, y las jo- \ de ella, tamizando sus rayos carmeyas de las ignotas orillas del Indo; 1sies â través del cristal de las ventû, el primera y màs favorecido de tanas.
los adoradores de la moda, i qué - Y a ves que aqui-dijo Callias,
hermosa ternes que se atreva â re- no sin dejar traslucir en una sonrisistirse a tus innumerables seduc- sa el orgullo satisfecho del colecciociones~
Inista-hc seguido un plan diferente
Y ved cual fué lare pue ta lan- 1del de vuestros romanos que tienen
guideciente de Sempronio:
autoridad en a untos de elegancia.
-Por incapaz me tengo, Caillas, Colocan los cuadros â la luz mëiS
de contestar a tus hurlas. Pero mira amplia, en el sitio mâs claro y mAs
alla lèjos â aquel esclavo que trabaja I pû.blico de us apo ento . Pero yo
y se fatiga aûn, bajo lo po trimeros lo trato cual amigos del alma.
rayas de este sol abrasador. Ahora vengo â conver ar con ellos lo mûs
mismo cambiariaconjubilomisuer- lejos posible del barullo; y para
te por la de ese misero. i Me miras hacer aûn mas interesante nuestra
con unos ojos tan abiertos. Oyeme conversaciôn, ceno en su grata
y me comprendera . "'o puede ha- compaiiia.
ber ahora cleba.jo de la b6veda ce- A pe ar de lape adumbre que le
leste un ser mas sin ventura que tu abrumaba el coraz6n, su amigo no
amigo Sempronio, aun cuando el pudo men os de hallar algùn placer
mundo entera, como dices tu, le ro- en la exquisita. elegancia que refuldee de risuefios halagos.
gia en cada objeto visto por sus
En este momento, los esclavos ojos, y aûn mâs en el modo de estar
domé ticos que entraron a anunciar colocados los cuadros. En vez de
la comida de la tarde impidiéronle exponerlos todos igualmente â la
comenzar su relato. Callias era in- 1misma intensidad de luz, habialos
mensamente rico y tenia el gusto puesto Caillas de manera que cada
exquisito de un griego; condujo â uno de ellos no pudiese recibir mas
su amigo a un triclinio donde habia \1uz que la adecuada para hacer bri1

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REVIBTA. INTERNAOIONAL

llar todos sus méritas con su mas yanos. Con esa prodigalidad de los
completa expresi6n. Un Baz'le de millonarios que sacrifican montojovenes lacedemonias a orz'llas del nes de riquezas y tesoros de genio
Eurotas (paisaje de tarde) estaba para el goce de un segundo, pero
situado en el sitio donde vertia el goce supremo y llevado hasta los
sol poniente todo su esplendor; las ûltimos limites de lo posible para
crestas de las montafias refulgian â las imaginaciones mâs delicadas,
poca luz, pero natural y viva, digâ- esa gloriosa producci6n artistica no
moslo asi; los basques escalonados podia verse y comprenderse sino en
en sus faldas balanceaban sus fron- el momento en que el sol tocaba al
das tefiidas por una luz âurea natu- horizonte. Ambos amigos pudieron
ral; los cascos mismos y los ligeros prepararse para ese goce fugaz é
escudos que llevaban lasj6venes en intenso en sumo grado, mientras
sus graciosos simulacros guerreros que una pirâmide de Hamas trepabrillaban como acero, encendidos ba lentamente por la superficie del
por los omnipotentes rayos lumi- cuadro. Toda la parte superior esnosos.
taba envuelta aûn en tinieblas,
En un retirado rinc6n, y sin que cuando la luz comenz6 a tenir el
pudiese llegar â tocarlo sino una pie de la enhiesta montafia. Ese
pobrisima claridad, habia un F;n- rayo, flechado como un dardo incantami'ento tesalico, solemne, se- m6vil, subi6 poco â poco desde los
vero, terrible. La espesura de los valles de vinas y olivares hasta la
bosques, â través de la cual mo- regiôn de las nubes, jamâs hollada
vianse majestuosas formas de espec- por ningûn pie humano. Un minutros, adquiria un aspecta aûn mas to después lleg6 el haz luminoso â
tétrico, pues el débil rayo, como la regiôn de los inmortales y los enun tenue pincel, se limitaba â enl'i- volvi6 en una atm6sfera de oro;
quecer la sombria pintura con al- todo lo que al principio era invisigunos toques mas claros.
ble 6 solo podia entreverse â través
Encima estaba engastada en un de vagas tinieblas, brillaba entonmarco de alabastro, esculpido .con ces con excesivo esplendor.
suma riqueza, un.a obra maestra de
Los tronos de las diversas deidaAlemanes de Jonia. Era el Ohmpo des colocadas encirculo, reverberay la escena descrita por Homero, ban con los colores de todas las
donde Venus acude a la asamblea piedras preciosas conocidas por los
de los ùimortales para implorar â lapidarios mortales, y de los diaJupiter que sea propicio a los tro- mantes que los dioses nada mâs co-

EL JOVEN MA.GO

nocen. El camino que conducia al
gran trono estaba enlosado de estrelias. Un esplendoroso nimbo de diamantes era el velo que aureolaba
con vaguedad la augusta presencia
del soberano de los celestes mundos.
Cuando la râpida invasion del haz
de rayos luminosos atraves6 el
circulo de grandeza y hermosura,
pareciô infundirle una vida y un
movimiento repentinos. Aûn quedaba en el centro una figura, velada
en apariencia por una nube; pero la
toc6 de pronto el rayo de luz y se
h~zo visible entonces, cual si una
mebla real se hubiese evaporado y
fundido con ese beso ardiente. Aquella figura era la de Venus, inclinada
en actitud de dirigir una s6.plica al
padre de los dioses. Toda su belleza
era deliciosamente viva, hubiérase
dicho que acababa de a!zar la bermosa frente; brillaban sus ojos con
nuevos esplendores, y las mejillas
estàban inyectadas de un doble encarnado impelido hacia su rostro
por la agitaciôn de sus sentimientos y por el ardor de su plegaria. Su
actitud era una extraiia mezcla de
nobleza y de humildad; pero su
cara, su indescriptible rostro, era
amor y s6lo amor.
Callias dirigi6 â esa maravillosa
obra la mirada radiante del a:ficionado â las bellas artes; pero eljoven
italiano exhalô un grito, escondi6
la cabeza entre los pliegues de la

41

toga y ech6se de hinojos â los pies
del cuadro, como en un acceso de
adoraci6n.
Cuando se levant6, habia expirado el dia; la pintura estaba en la
oscuridad; toda habia desaparecido
como una obra de nigromancia....
............................•..
-i, Conque estâs decidido â correr mundo, â perseguir al inc6gnito unicornio y monstruo innominado de tu ensuefio, a ver lo invisible, a encontrar lo inhallable~ Mi
joven y galante amigo, atiende a mi
parecer y deja esas peregrinaciones
a los sofiad.ores. Vuélvete â Roma
y di a tu excelente tio que estas
enteramente dispuesto â casarte
con la dote de su hija, aun cuando
tuviese la impudencia de ser diez
veces mas rica; dile que eres unhijo
obediente y que de ningûn modo
tienes proposito de contrariar â tu
excelente padre, aunque la novia
fuese hermosa como las tres Gracias y cligna de ser amada como la
madre de los dos Amores (1). Enton.ces, después de dar humilde
muestra de obediencia filial y de celebrar un casamiento que haga hablar de ti en Roma durante veinticuatro horas, ponte el casco si aun
piensas en viajes; ve honrosamente
â batirte contra los partos, 6 â eclipsar el renombre de Alejandro y ad(1) Eroa y A.nteros.

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REVISTA. lNTERNACIONAL

quirir trofeos en el Indo, para ser nos amaseroos, nos acometiô a cada
algllll dia pisoteado por ~a~ sanda- 1 uno un odio invencible contra el
lias del bârbaro, que utihzara las otro, y desde entonces nos separaruinas de tu mausoleo para poner mos ipara no vol ver â vernos nunca!
alli la olla y colgar los Hares encima -Resoluciones de dos chiquillos
de tus ilustres huesos.
sin seso-dijo Callias, que esta vez
Asi hablô Oallias, que nunca po- se puso en guardia y no quiso imdia poner freno â sus zumbas. Pero pacientar a su amigo.-iY son esas
probablementehubiera q?eridocon- l. resoluci~n~s p~ctos indestructibles,
tener la lengua, si hubiese echado una rehg16n mmutable para los
un vistazo â la cara de su amigo. aüos de mas madurez1 Nada hay deEl joven italiano habia escuchado bajo de los astros que no cambie, y
al principio con una sonrisa incré- todo es una crisâlida. ï,Permanecedula y lânguida; pero, al fin, tocan- remos con los ojos fijos en Oriente
dole harto de cerca el asunto, frun- para ver salir el sol, cuando éste se
ciô el entrecejo, y con los labios arregla ya una almohada con las
contraidos y la voz temblona de in- nubes de Poniente1 Tu prima ha
dignaciôn, abrum6 al griego con las pasado de la infancia, y q liizâ es hoy
frias imprecaciones de una ira re- amable cual Hebe y alegre como
concentradà.
Flora, la reina de las flores. i,N unca
-Te he confiado, a ti, â ti solo has tenido curiosidad de saber qué
(i,entiendesî), la infeliz; ino!, la des- tal es, desde aquella batalla que tuconsoladora, la lamentable situa- visteis cuando esta.bais con noci6n de mi ânimo-exclam6 el ar- driza 1
cliente romano.-Ya te he dicho
-jVolverla â ver, â ella, â ese
que la loca, por no decir la feroz instrumenta de tirania paternal!resoluci6n de mi familia, la. cual no replicô Sempronio.-Jamâs tuve talla querido dejarme elegir libre- les deseos, ni jamâs los tendré. Mi
mente en un asunto que es, de to- educaciôn, recibida en Atenas, me
dos los negocios humanos, el que alej6 de Roma desde un principio.
mâs requiere elecci6n, me ha ins- Luego, un dia monté a caballo como
pirado un horror precoz por el ser centurion de caballeria en la legi6n
en aras de quien tenia entonces que imperial, y fui enviado â servir en
sacrificar sentimiento, raz6n y vo- las fronteras de la Pannonia. Desde
luntad; y que desatinadamente uni- entonces he vivido en el Asia Medos en nuestra infancia con el bur- nor, y nunca be visto a Roma. Pero
lesco propôsito de ensenarnos â que\ una palabra te bastarâ.

EL JOVKN MAGO

43

Al llegar àqui Sempronio, hizo dose, la belleza en esencia, tal como
una pausa; y luego prosiguiô:
Vénus alzandose del seno de las sa-He visto al ser creado para lle- Jlobres ondas, ô Pandora descennar el vacio de mi alma y poblarlo diendo de los p6rticos del Olimpo.
para siempre. Era en un banquete I jEntonces presenti que mi destino
ofrecido â los oficiales de la legiôn se habia pronunçiiado, que estaba
por el proconsul Septimio a nues- escrito mi fallo, y para siempre!
tra llegada a Efeso. Todo fué noble I En un instante penetr6 ese conven.Y suntuoso, como presumirâs. Pero cimiento en lo mas bondo de mi
todo quedô eclipsado por un espec- alma. Senti que era claro, brillantet
taculo que hubo en los jardines del acerado, luminoso como las flechas
palacio, y que fué representado por de la verdad. o puêdo decirte ni
los ec6nomos del templo. Era un explicarte con qué ansia, nueva endrama por el estilo de los concebi- teramente en mi, estudié el desarrodos por la imaginaciôn de Ovidio, llo del drama, y cuân violento inbreve, pero deliciosamente hecho: terés ffit} produjo aquella pequefia.
versaba su fàbula acerca del pode- escena. Grave temblor invadi6 torio del Amor. El nifto-dios a.parecia dos mis miembros, cuando la visucon cien formas diferentes, cu:inclo cesivamente tentada por la embriade guerrero, cuândo de poeta 6 mu- gadora lisonja de la poesîa, por la
sico, unas veces de rey, otras de promesa de todo lo que puede halamercader, cargado con una pacotilla gar al corazôn, hecha por el orgude tesoros y joyas: todo ello para llo; por las piedras preciosas y el
acometer la empresa de apoderarse oro que el joven y poderoso mago
del corazôn de una hermosa adoles- de nuestras pasiones desplegaba
cente. Pero también, jqué conquis- ante sus ojos, amontonando visi6n
ta la de aquella contra quien el Jo- sobre visiôn deslumbradora, y haven Maqo ensayaba todos sus po,&lt;le- ciendo sucederse tentaciones cada
res! .r unca he visto ni imaginé nada vez mas peligrosas ante la mas petan hello y tan digno de ser amado. ligrosa de las virgenes de la tierra.
Todo lo mâs excelente que invent6 Resisti6 a todas, y senti palpitarme
la poesia, todo lo que mi a.vida fan- el corazôn de una manera furiosa
tasia ha supuesto como mas lleno de y no acostumbrada â cada nuevo
gracia y de hechizo, de hermosura triunfo; s6lo faltaba una estratay de nobleza, qued6 sepulto entre gema. Desvaneciéronse como ensuelas tinieblas del olvido. Moviase nos los nobles palacios, los aureos
ante mi, viva, mirando y sonrién- \ bosquecillos, los regios camarines,

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EL JOVEN MAGO
REVISTA INTERNACIONAL

en los cuales habia evocado el joven mago sus visiones de lujuria,
de orgullo y de riqueza. La escena
fué un sencillo jardin, con magni:ficas vistas â una hermosa montafia
en las riberas del Helesponto. La
bella joven estaba sentada entonces
sobre un mouton de rosas recién
deshojadas, y oia un discurso pronunciado por un joven vestido de
pastor de J onia. Nobles eran su rostro y apostura; pero sus palabras
eran la sencillez, la pasi6n, la elocuencia misma. Nunca he oido nada
tan primorosamente dicho. No - la
ofreci6 ni la pompa ni las riquezas
del mundo, sino que puso a sus pies
un coraz6n lleno de amor:de fe y de
honor hasta desbordarse. Si ella hubiese resistido a esa suplica, hubiera sido mas 6 menos que una mortal. No tué lo uno ni lo otro: fué
mujer, verdadera como la naturaleza, y sensible â los mas dulces
impulses de ésta.
.
Habia yo triunfado con su resistencia de antes, y triunfé con su actual sumisj6n. Vi con delicia que
aquella hermosura, digna de ser celeste, no era una hermosura de estatua. Enrojeciéronseme instintivamente las mejillas cuandose difundi6
el rubor por las suyas. Unalâgrima
que cay6 de sus parpados fué seguida por mis lâgrimas, y me pareci6
que con ellas se me iba el alma. Con
un suspiro y una sonrisa reconoci6

ella el poder del corazôn sobre el

corazôn, y dejôse caer entre el silencioso llanto de su jûbilo sobre el
pecho del jonio. En ese momento
rugiô con estrépito el trueno, levantôse la decoraci6n cual una nube
que se corre, y en lugar del simple
jardin del Helesponto, vimos los inmortales bosquecillos de Idalia. El
jonio era el Amor mismo, vuelto â
su pristina forma: amable, poderoso, festive y semejante â unrey. El
joven dios, volando con sus alas de
purpura, deslizôse entre los brazos
de la hermosa doncella, y la coron6
de amarantoen presenciadelasninfas, como recuerdo de su metamorfosis en inmortal habitante de las
florestas de la isla del Amor.
-De modo-dijo Oallias, confria
mirada, habiéndole preservado de
toda emociôn su caracter satiricode modo que te has enamorado de
una de las bailarinas del templo.
Los hielos del coraz6n son faciles .de
derretir en ese câlido clima delAs1a;
presumo que escuchô ella complacida la repeticiôn que harias del papel del jonio.
_
Sempronio llev6 la mano al pufial,
y exclamô:
--Picaro griego, no me tien tes la
paciencia por segunda vez. Pronuncia otra palabra despreciativa, y
nos separamos para siempre; las estrellas que lucen sobre nuestras cabezasno estan mâs lejos de nosotros

que mi idolo del impuro aliento de
la sospecha. No he vuelto a verla
mâs; fueron vanas todas mis pesquisas. Los devotos que han podido
soportar tus hurlas impias son de
otra raza que yo. Sôlo tu incorre0oible tendencia a ridiculizarlo todo
ha podido hacerte olvidar que las
sacerdotisas son tan sagradas como
las vestales del Oapitolio. Aquella
era una de las hijas del altar.
Callias le pidi6 mil perdones y logr6 calmar lairritaciôn desu amigo,
â quien dijo:
-Pero, inunca has tratado de
encontrar ese cabal modelo de perfeccionesî 3Nunca la ofreciste casarte con ella~
- j Volver â hallarla!-dijo el romano.-Este es el segundo afio que
recorro el Asia, la Grecia y la Italia, siempre impelido por una invencible esperanza. Ha abandonado
el templo, jay!, y he podido creer
que habia vuelto â subir â los cielos. Y aun si pudiese encontrarla
aqui abajo, 3qué podria hacer yoî
En su lecho mortuorio me dejô mi
padre que eligiese entre sus anatemas 6 su bendici6n, si consentia en realizar sus deseos y casarme
con mi prima Eufrosina. Puedo desdeîiar la riqueza y menospreciar la
tirania, pero no puedo pisotear los
mandatos fûnebres de un padre.
Oigo de continuo en mi espàntado
espiritu resonar su voz, que desde

45

el fondo del sepulcro me intima a
que le obedezca. Solo temblando me
dispongo â dormir un suefio corto y
abrumador, porque bien pronto veo
su sombra que me amenaza cruelmente si me atrevo â resistirme
contra su voluntad, mas sagrada.
desde que nos separa la tumba.
-Entonces, bôrrala de tu memoria-replic6 el amable fil6sofo.
El romano levant6 despacio hacia su amigo los rasgados y negros
ojos llenos de desprecio, exclamando:
-jBorrarla de mi memoria! No
tengo mas poder para olvidarla que
para perder la conciencia de mi vida; cada objeto me obliga â recordarla. Musica, luz, estrellas, los sonidos que vagan en el aire de la noche, el balanceo de una rosa y el
aroma de su caliz, las formas ambiguas que flotan allâ arriba en las
nubes, todo loque interesa â mi coraz6n, halaga â mis sentidos y recrea..a mis ojos, todo me conduce
instantaneà.mente hacia ella. No; su
imagen sera indestructible basta el
supremo instante en que se anonade
el sentimiento mismo. Ya viste mi
emociôn la· tarde que cené en tu
quinta de Campania. jÜh, aquella
pintura del Olimpo! En esa Venus
suplicando â Jupiter hallé el idolo
vivo de todos mis pensamientos. La
actitud, las formas, la gracia indescriptible, todo estaba alli, todo lo

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REVISTA INTERNACIONAL

que habia visto en la fatal noche del terrumpidos, y la1:: mismas risotabanquete de Efeso. No me atrevi J. das. Sempronio supuso que â su camirar mas tiempo. Hubiera adora- prichoso amigo le habia picado un
do la viva creaciôn del pincel; 6, âspid 6 una tarântula.
cual nuevo Prometeo, con mis ar- -tEstas loco, Callias~-exclamô
dientes labios hubiera infundido mi por fin.
aliento nuevo fuego en aquella figu- - j Por Mercurio! eso creo-resra. Si hubiese sido duefio de los te- pondiô éste.-Me estoy acordando
soros de la tierra, los hubiera dado de la mas extrafia aventura de mi
por poseer aquella pintura y morir vida. Escuchame.
~on los ojos :fijos en ella. Pero en Pero cuando el romano se acerese momento crei que el severo es- caba para escuchar, el esclavo que
piritu de mi padre se alzaba del solia estar en el vestibulo entrô â
fondo de las tinieblas, y cai en el decirles que una trirreme llegada
terror y en la desesperaci6n.
de Roma acababa de atracar en el
Mientras hablaba con la tétrica Pireo, y que habia cartas a bordo
energia de un corazôn destrozado, para los dos.
echabale Callias una mirada de -Ya ves-dijo Callias levantâncompasi6n mas viva.de lo que ha- dose a todoescape;-miralo que hebia concedido nunca â ningûn ros- mos ganado con huir de las câlidas
tro humano. Pero mientras conti- regiones de la Campania: ni uno de
nuaba, un pensamiento repentino mis mil amigos 6 cortesanos hubiepareciô iluminar el rostro deljoven ra tenido la grata idea de escribirgriego. Sonriéndose, hizo como in- me al pie del Vesubio.
tenciôn de hablar, se guardô las Callias se retir6 â su gabinete
palabras en el cuerpo cual si quisiese para recorrer los preciosos docupesarlas, diô algunos pasos desorde- mentos que le llegaban desde la
nad os por la sala como si se propusie- reina de las ci udades acerca de tose moler el piso y reducir â polvo dos los barbilindos, los vagos y los
los amores de Titôn y de la Aurora locos que habia dejado. Sempronio
pintados en mosaico; por ultimo, se puso â sonar despierto contemse ech6 en uno de los asientos de plando los espléndidos reflejos de
marfil, y prorrumpi6 en carcajadas. una tarde de Grecia sobre la noble
Sempronio le miraba con asom- arquitectura del fireo. Grecia, la
bro. Levantôse de nuevo Callias y tarde , Atenas , han sido siempre
volviô â comenzar la misma panto- fuentes poéticasgratas a losforjadomima: sonrisas, frases y paseos in- res de novelas desde que existe y

EL JOVEN M'.AGO

47

tiene nombre Atenas. Sempronio es- el cual oia la voz de la hermosa
taba enamorado, lo cual trae consi- efesiana repetida por el eco de las
go mil antojos caprichosos; ademâs, bôvedas del templo. Respondiô con
estaba contrariado y ci.esposeido de triste sonrisa, que ya le eran en
ilusiones; en una palabra, era un lo sucesivo indiferentes todas las
amante sin esperanza, enamorado cosas.
de un ensueilo, con una pasiôn de
- Entonces, puedo contarte todo
visionario separada de las regiones lo que acabo de saber - le dijo
de la esperanza por obstâculos in- su amigo.-Estoy seguro de que â
superables. Estaba enamorado de lo menos no aumentaré tus pesaun ser tan ideal como un brillante res. Lee esta carta de tu pr6ximo
morador de las nubes; su amor era pariente Catulo; me informa de
el insensato amor de un hombre que que ha muerto tu prima. Habia
quisiese hacer bajar a Diana de la caido en un estado de extraîia debiesfera donde tiene glorioso trono al lidad que se atribuia a un impruborde de los cielos. Una sacerdotisa dente viaje â los bosques de Ostia,
del gran altar de Efeso estaba tan donde los calores del estio engenlejos como estrella de los mortales. dran mortiferos miasmas ; y en uno
Habiendo leido Callias sus cartas I de los paroxismos de la :fiebre se
mientras Sempronio se abandonaba Iarrojô al Ti ber una noche que, seâ los delirios de su imaginaci6n y gun su peligrosa costumbre, habia
:flotaba sobre el mar de los suefios Iido â tomar el fresco en sus orillas.
del poeta y del amante (suefios que, El cadâver de la desventurada jopor una inexplicable ley de nuestra.l ven füé encontrado una semana annaturaleza, siempre tienen un tinte Ites de salir esta carta. Catulo desmelancôlico hasta en sus mas es- cribe la ceremonia de los funerales
pléndidos fulgores, y que son los con su minuciosidad usual en todos
~as deliciosos de lo_s suefios gra- 1 los asuntos de forma y de etiqueta;
mas tan solo â esta m1sma mefanco- era uno de los principales invitalia), reapareci6 aquél con aire pla- 1 dos, de lo cual esta con toda evicentero y apenado â lavez, dicién- dencia muy orgulloso; y me dà
dole:
cuenta exacta de cada litera, de
- Sempronio, i estas suficiente- cada caballo , y, j â fe mia ! , creo
mente preparado para saber que que de cada guirnalda que adornaba
estâ rota tu cadena?
esos ost.e_ntosos funerales.
El joven italiano sali6 de pronto Ambos amigos guardaron silende un suefio que le arrobaba , y en cio un rato, y concedieron cada .

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REVIBTA INTERNACTO~AL

cual la parte de tristeza que exigian
el bien parecer en sociedad y el inesperado destino de la inocenc~a y
de la juventud...
...............................
- Y ahora- dijo Callias - i â
Efeso!
...............................
Hacia una noche sublimemente
hermosa. La trirreme,zarpando del
Pireo, dejaba en pos de si largo
rastro de luz, como un arado que
abriese surcos en plata fundida. Los
dos amigos iban en la popa: mira"ban â los cielos, las aguas tranquilas y las nobles cumbres del Atica;
y veian huir en torno y detrâs de
ellos todos los objetos, cual si viajasen sobre una nube y :f:lotasen en
el seno de los aires. Gradualmente
se extinguieron las luces y los ruidos del puerto, y sali6 la luna. A
la claridad de ésta, irguiôse en su
colina el Partenôn, pâlido, solemne
y solitario, como un majestuoso espiritu velando de centinela sobre
todo el paisaje. Preparâronse para
la noche los marineros, y mientras
el barco ~vitaba las gruesas olas
que indican el promontorio de Sunium, comenzaron la funciôn religiosa nocturna en obsequio de Palas Atenea. Iluminaron el altarito
que sostiene su imagen en la proa
del barco, é hicieron arder en su
honor canela é incienso, que bien
pronto bafiaron con una nube de

perfume las empavesadas amuras
del buque. Callias pens6 entonces
en la refacciôn de la noche, y baj6
â un elegante camarote para encargar alli una cena digna de un
trirreme imperial. Sempronio se envolvi6 en su manto militar y permaneci6 con los fijos en la constelaci6n de Tauro, que hacia centellear altivamente su corona de
topacios; pero sus pensamientos estaban muy lejos de alli. A la vista
de un templete sito sobre la fruncida frente del promontorio de Sunium, el piloto toc6 la trompeta; y
â esa sefial, la tripulaciôn enton6
el himno â la diosa protectora del
Atica:
« i Oyenos , amorosa Minerval
jOyenos desde el fondo de la esfera
entretejida de estrellas que rodea y
protege, como una zona de fuego,
los âureos tronos de Jupiter y
Juno.
»Mientras surcamos las olas tenebrosas, encadena las tempestades
dentro de sus cavernas, hasta que
tu an torcha arda encima de la montafia, sefial de nuestro feliz regreso;
»Hasta que tu antorcha arda encima de la montana, como la agitada cabellera de las ninfas de los
bosques, que lanza al aire movientes claridades;
»Hasta que la canciôn del hogar
doméstico nos respqnda y aumente
la alegre brisa, elevândose en santo

BL JOVEN MAGQ

49

acorde hacia tu templo de mârmol, plo y desapareci6 en seguida en las
alturas del cielo.
&gt; Diosa de la lira coronada de
Prosternâronse los marinos y tulau~eles , haz que la funeb~e luz del vier_o~ esa seii.al por la respuesta
relampago y la Hama obhcua del fam1har de la diosa. Algunos crer~yo n~ surquenjamâs nuestro glo- yeron ver â Minerva de pie entre
r1osa tr1rreme, desde la hora en que la llama, encima del promontorio.
la perversa criatura nace en su Todos lo tomaron como feliz aaüero
cuna de ro~as, hasta el mornento en de su viaje por las costas asiâticas.
que la tarde corre las cortinas de su ...............................
pabellôn sobre el cielo, la tierra y
El sacerdote de Diana resistîa con
las nubes del Océano, encendidas y valor la elocuencia de los dos amidoradas como las islas de los bien- gos, empefiados â toda costa en ver
aventurad?s.
â la sacerdotisa del santuario. La
&gt;i Oh Mmerv~ ! Raz que nuestra imagen de la diosa, dicese que vevalerosa proa hienda sana y salva nida del cielo, se venera en el fondo
las olas mâs terribles. Haz que de su santuario, custodiada por dinuestras blancas velas no lleven ferentes sacerdotisas que en honor
,
' sin velo
en su seno mas
que brisas favo- de ella, velan guardândola,
rables, hasta que hayamos vuel- puesto, â cara descubierta. Cuanto
to al b~ndito hogar, â través de mas apremiantes eran sus argula suces16n de calmas y de vien- mentos, el rigido sacerdote mas
tos •
t ema
' por un cr1men
·
el escucharlos •
. &gt; Oye la canci6n del alegre ma- Callias le ofreci6 una boisa llena
r~nero, jOh reina virgen de la glo- de oro de Tracia. No bien hubo senriosa Atenas l »
tido el aruspice que le tocaba en la
~es6 el himno y _diôse por con- mano, arrojôla al suelo y huyô,
clmdo el d_evot~ ofic10 nocturno con como si le hubiese picado un âspid.
una gran smfoma de flautas y trom- Desesperado Sempronio al ver huir
peta~. C~ando todo estuvo tranqui- con él sus :ultimas esperanzas, colo, s~n mrse mâs que el ruido ca- rri6 en pos suyo y le detuvo con
denc1oso de los remos golpeando en violencia por la toga. La manoque
las _aguas, reson~ desde el promon- h~bia cogido al incorruptible mitor10 un repe~tmo y estruendoso mstro del altar de Diana tenia por
toque de clarm; una larga Hama adorno una maanifica esmeralda
roja, de intenso color, tembl6 un Fijâronse de pro~to en ella sus ojo;
momento sobre el front6n del tem- y se volvi6. La piedra preciosa paso
â la claridad de la luna.

REVISTA. -

'MA.YO 94,

4

�50

REVISTA INTERNACIONAL
BL JOVl:N MAGO

· y con misterio â su dedo
en silenc10
anular. Sin decir una palabra, sac6
de su toga de pûrpura unà llavecita, y, abriendo una puerta baja,
casi invisible entre las esculturas de
la pared, introdujo sin ruido â los
d s jôvenes en las profundidades
dol
e t emp1o.
El templo de Diana en Efeso era
1 's célebre monumento de dee ma
· , del mundo • Callias se sinti6
VOCIOn
feliz y enorgullecido al hallarse
bajo las b6vedas de aquel famoso
. to , en el cual habiase negado
recm
la entrada a reyes, y que guardaba
en su seno mas tesoros que muchos
reinos. Habian concluido los divifi.cios del dia. Las puertas de
nos o
bronce del colosal edificio estaban
cerradas después de haber salido ~l
pueblo. Todo era tinieblas, silenc10
y soledad. Entonces pudo convencerse Callias de que se hallaba en
1 c:rar cuya magnificencia exceun U0
dia aun a su renombre. Las luces
del altar mayor estaban moribund
y la multitud de altaritos, dond:s durante todo el dia se habian
ofrecido ·sacrificios, brillaban â lo
lejos cual una miriada de estrellas
ext.mgui·d as.
Veianse a cada paso tales persectivas de arcos y columnatas, lairados por la pacienzuda habilidad
del cincel asiâtico y hechos de mârmoles y metales brillantes con todos los colores del cielo y de la

tierra, y que
, la , débil claridad
, t·
,del.
templo hama mas fantas 1cos aun,
tal profusion de estatuas de alabastro y mar~, cuya muc~edumbre
poblaba los mmensos espac10s, como
ejércitos llenos de no~leza y h~rmosura; tal abundanc1a de estandartes de pûrpura recamados de
oro, religiosas ofrend~s del mundo
entero, suspensas encuna de los alb..
tares, los cua1es tam
1en est a. ban
.
enriquecidos con piedras prec1~~as
que despedian sus destellos env1~ndolos â tapices procedentes
·
fide Tiro
y del fondo de la In.dia; en n, u~a
riqueza tan desordenada y ~n ~concebible, que el hombre mas fr10
y mas hastiado del mundo prorrum.
·t d ·
pia â cada mstante en gr1 os e gozo
y de sorpr~sa. En cuanto al ~omano, embeb1do en los pensamientos
de su alma, subyugado por su ~elancolia y aûn mas po_r la so~1sa
de sus esperanzas, at6mto lo m1raba
·
·
·
"d
.
todo, cual_ s1 hub1ese SI o una VIsi6n. Cons1deraba las b6vedas y los
pilares deslumbradores cual obra
de _un mago; y prestaba oido atento
â los vagos ecos de arpàs y d~ fl.autas que devez ~n cuand~ salian de
los aposentos mas recônditos, como
si hubiese escuchado coros que se
oyeran venir de las :florestas_ ~el
Elis~o. Todo era profundas dehc1as
en el coraz6n del ~~ante, ?oce sofiador, ,~udo ens1m1smamiento de
un esp1r1tu levan~ado en alas del

51

poder de la imaginaci6n ytranspor- gloria en este mundo sin afiadir a
tados â
ultimo~ linderos de la ella la de contar las maravillas y las
perspecfava de la dicha.
circunstancias de nuestra evasi6n.
Pros!gui6 e_ntonces el sacerdote ;Lâstima grande, en verdad, no hasu cammo hac1a un retiro mâs pro- ber seguido mi parecer y mi primer
fund? y mâs secreto. Seguiale Sem- impulso, que era clavarle la espada
pro~10, c~ando de pronto sinti6 que en medio del buche â ese pérfido,
Calhas tiraba de él violentamente antes de que nos atrajese â esta. cehacia atr:is. Al pâlido resplandor de lada para reventar aquî como un
una lâmpara, vi6 que medio _sacaba par de perros hambrientos!
la espada con un ademan inequi- Sempronio seguia hacienda siemvoco. Evidentemente, el griego co pre protestas favorables a la honranocîa el riesgo de hacer càso de la &lt;lez del sacerdote. Transcurri6 una
fe asiâtica. Aquel sitio tal vez no bora, después otra, y éste no volera sino un degolladero â prop6sito vi6. En vista de eso, trat6 Callias
para robar y matar. Sempronio se de abrirse camino y subir â la en~on_ri6 co~o si mirase todo con igual trada; pero hubiérase dicho que el
md1ferenc1a, y meti6se entre las viaje se habia hecho doblemente ditinieblas. El griego hizo alto; luego, ficil desde que habfan bajado. A los
desenvainando por completo la es- pocos pasos el pasadizo estaba obspada, sigui6 despacio la huella de truido por anchos sillares de piesu terco compafiero. El pasadizo era dra.
largo y dificultoso, yen do al final
-r Ahora si que es evidente
cuesta abajo; eclips6se del todo la la traici6n!-exclam6.-Estas son
luz. Llegaron â una puertecilla; la unas catacumbas, y ya podemos
voz del sacerdote se dej6 oir de rondar aqui, cual otros fantasmas,
nuevo, cual una especie de cuchi- por siempre jamâs. ;Magnüica y
cheo.
candida simpleza no haber cono-Aguardadme aqui hasta: que cido que ese ~acerdote no habia de
vuelva-dijo; Y se alej6.
atreverse â descubrir los secretos
. -Ahora llevamos nuestro mere- de su templo, como no se atreveria
c1do, Y nada mâs-exclam6 Ca- â ver una espada de frente! Pero ha
llias.---:Pienso que nunca podremos sorteado esta di:ficulta.d de una maprobar â la _hu~anidad la moraleja nera magistral. Y nuestras ocupade nuestra ms1gne locura; porque, ciones ahora se reducen a rondar
o mucho me equivoco, 6 este sacer- por aqui hasta que caiaamos dentro
dote creerâ que ya tenemos harta de algun foso, 6 mori;nos tranqui-

!os

�- --~~-;:~==-- -

EL JOVEN JIU.GO

53

REVlBTA JNTERNACIONAL

·
al cen
·10 pueden conduc1rnos
lamente de hambre encorvados en- \ : : :~ la tierra ! Vamos, .toma es~a.
02

·

cima de esta..&lt;:1 piedras.
.
mas espada y préstame el ultimo ser~Pero el espiritu de su am1go,
. de un romano a su meJor
ltoy mas puro por naturaleza, es- mo. r.
a
,
· elevado amigv.
il · la
taba ya .â un di~?ason ma~
1.
Sempronio cogi6 en s en_c10
Callias-d1Jo-tu fr1a y ma a
d y la rompi6 con un pie. La
fi.l:ofia te hace desconfi.ar de ~od~,
saltar de la piedra alguhasta de ti mismo. En cuanto a:ai'- n~s chispas, al resplandor fugaz de
no tengo tan tas. cosas que me aisi6n las cuales reconocieron •que e~taban
gan alla arriba, para qu_e esta p~ d' d .. en el centro de una vasta b_oveda,
me cause tan tas angustias. Dem
desde donde irradia~an :ar1os camente el sarcerdote es un cana.
. os en diferentes direcc1ones. Me'
b yo que qwen mm
'a ex
Hnbiera debido sa er
l
tiéronse por aquel que parec1
uede
dejarse
corromper
por
e
or_o
t
nderse
hasta
mas
lejos
y
llegar
al
P
'll puede hacer trai- e
.
6 por un am O ,
h d _ aire exter1or.
.
.
. 6 , sus corruptores. Nos a e
A . a -diJ·o Calhas-acuérdac1 n a
. .
ero - :rru. 0 0
.
jado aqui para que,_muram~:;J del te de que no soy hom~re d~ pac1~n~
la muerte es el ultimo rec
,
. Estoy dispuesto a segmrte aun,
· tate y a lo e1a.
·
t do 1as
L
hombre animoso. evan. ' . - - ero si hemos de ir artas ran
menos no perdamos la v\da_ ced1én ~andalias nada mas que para tropedola sin disputar1a. con alt1vez.
r con senulcros, insisto en que se
'
·
a noble· en za
t'
•
nera
El alma del griego er
'
. mita descansar a ro.1 ma
l h bre del mun- me per
él habia muerto e · om .
. · 0 de mis fatigas.
. ,
do, y apret6 la mano ~e su am1g
-Pido otro instante mas-exclacon la i;nano ·de un valiente. ,
m6 enérgicamente el romano;;-~
-ïAdelante, pues!:-exola~o~ro· después p.odras servirme de guia a
Sempronio marcho el pr1~ ' las regiones del eterno descanso,
mas el pasadizo estaba obstru~!o, { donde los infe1ices olvidan y son olâ cada instante cre~ian l~s d~ eu vidados.
.
tades. Por :fin, fué 1m.pos1ble ir m
Al acabar estas palabras' un _d~lejos.
.
bil rito seguido de pasos prec1p1_:Ahora es completa la experien- dg h.' . , sus oidos. Detuviéron.
una ta os, ir10
1
oia - exclamô el griego con .
Un ravo de luz oscilaba en as
•
· d d desprec1a- se.
'J
• t
m
-voz en que unaJocos1 a
,
f didarl.es del laberm o, y a na Rombr1a pro un
d l t
El
tiva se mezclaba con u
~
bos se precipitaron a e an e.
desesperaci6n.-i A qué r(?m~ernos rayo seguia oscilando y :filtrandose
los huesos trepando sobre penascos

~J: ;izo

~1:.

:S

a través de las grietas de una puerta muy delgada. Sempronio miro
por ellas, di6 un grito y precipitôse
&lt;lentro de la estancia. Una mujer
estaba de pie, con los brazos atados.
Delante de ella habia un altar eneendido, y sobre el ara un cuchillo.
El sacerdote que habia hecho traici6n a los dos jôvenes, miraba â la
vfotima humana con los ojos :fijos de
la crueldad. Un grupo de espectros,
de mirar melancôlico y mantos
largos y negros como las tinieblas,
asistia â la sangri~nta obra. Al aparecer Sempronio, levant6se la mujer y se precipit6 hacia él. El
sacerdote se apoder6 del cuchillo y
quiso clavârselo â ella en el seno;
pero esa terrible punalada no debia
de lograr su fin. Oallias habia conservado un trozo de su espada y lo
metiô hasta la empun.adura en el
-0ostado del sacri:ficador, quien desplomôse rugiendo y expirô â los
pies de ellos. Todos los espectros
sacaron las espadas. En un abrir y
-0errar de ojos, aquello no fué mas
que pelea, estruendo, matanza...
...............................
La trirreme entraba en el Pireo,
y Oallias queria que su desventurado amigo consintiese en permanecer alli; pero Sempron.io, horriblemente herido y con la mâs incurable de las heridas (destrozado el coraz6n), imploraba el favor de ser
trasladado â Italia para exhalar alli

el postrimer suspiro y dormir para
siempre en el sepulcro de sus padres. Oallias olvidabase de toda su
filosofia cuando estaba sentado a la
cabecera del noble joven, y lloraba
al oirle desvariar con los extraîios
y diab61icos delirios que le fingia
su imaginaci6n apasionada y desèsperada.
-Me parece-decia el romanoque aquella victima estâ cada noche junto a mi lecho y dirige â
aquellos monstruos palabras pidiendo piedad. En el laberinto la conoci
al instante, vestida y desmelenada
como estaba. Ha sido la p:rimera y sera la ûltima mujer amada
de mi corazôn. Pero dime todo lo
que sabes acerca de ella; dimelo
y vuélvemelo â decir siempre,
para que muera yo oyéndola nombrar.
Oallias pasaba entonces una hora
repitiéndole· que la hermosa sacerdotisa le habia visto :por casualidad
en el banquete del proconsul; habiale amado con una pasi6n involuntaria é ignorândolo ella misma,
como él; y, por ûltimo, habiéndosele escapado su secreto, habia sido
entregada â la venganza de la diosa como una saoerdotisa rebelde.
El simple deseo de abandonar el
templo era un crimen imperdonable. Pero sa consideraba como incompleta la venganza de la divinida.d hasta que fuese también saori-

�M

REVISTA INTERNAOIONAL

ficado el objeto de aquella pasi6n, habia visto aquella figura de exquilo cual explicaba la promesa del sita belleza, pr6xima a quedar anisacerdote de introducirlos en el san- quilada por el cuchillo del fanatistuario. Asi, pues, los habia cogido mo y del crimen.
en el garlito para servir de vîctiEntr6 de pronto Callias en aquel
mas expiatorias, y habian sido re- delicioso retiro, y con su tono habiservados para el sacro cuchillo. A tual preguntô al enfermo c6mo le
consecuencia del combate que hubo iba con los cuidados del nuevo emen la sala del sacrificio, después de pirièo, que habia venido para salun gasto muy inutil de intrepidez, varle de su terquedad y empefio en
habian sido hecho prisioneros, me- morirse.
tidos en una torre y libertados sin
Sempronio se sonriô con tristeza,
saber cômo; tras de lo cual busca- cogiô la mano de su amigo, y con
ron refugio en el palacio del procôn- voz llena de emoci6n le dijo:
sul, y éste les habia hecho aban- -Callias,creotenerelcerebrotan
donar el Asia mas que a escape. libre de ideas supersticiosas como
La sacerdotisa habia perecido, sin cualquiera; pero hay en ese extraduda...
fio médico algo superior al hombre.
. . . . . . . . . . .. . . . . . ... . . . . . . . . .. .
Por salvajes que sean los acenEstaba Sempronio en un lecho tos de su voz, por repulsivo que
con adornos de marfil y perlas ; las sea su rostro de etiope, tiene el don
cortinas que le defendian del sol de ahondar en 1 n iuraleza humaeran de seda de Persia; una estatua na con un poder despôtico. Lee clade ninfa, de plata, llevando en la ros mis pensamientos, y no es memano u:nas riendas de lapislazuli y nos duefio de los secretos de la
conducida por unos caballos mari- naturaleza. En su presencia, casi
nos de berilo, dejaba caer un chorro tiemblo con la idea de que. estoy en
de agua perfumada desde una urna manos de un ser superior â mis fad~ cristal de Antiparos; .el suelo de cultades mortales.
la estancia estaba alfombrado de ro- -jAh! tDe veras? j Se ocupa de
sas. Veianse cubiertas las parades asuntos de magia!~exclamô Calcon las mas brillantes pinturas del lias con tono desdenoso.
arte griego. Todo respiraba la po- -No tengo secretos para ti, Calderosa y delicada profusi6n de là lias. Le be suplicado que me mosvida patricia. Pero todo eso era tra- trase otra vez las visiones de Efeso,
bajo perdido. El espiritu del joven jOtra vez antes de morir! .. .
estaba en Efeso, en la bôveda donde .............................. .

65

EL JOVEN :IUGO

Sempronio entr6 el primero en
la sala. Todo estaba a oscuras; pero
Callias llevaba una lamparita debajo de su manto, y murmur6:
-Esto se asemeja lo suficiente a
nuestra :antigua aventura del laberinto; pero tengo cierta curiosidad
por ver c6mo manejarâ sus demonios tu etiope, ese maestro consumado en artes magicas.
Mientras hablaba, una llamita de
color azul palido subi6 y se detuvo
en el centro del techo. Entonces
vieron que estabanen una vastasala
de forma circular. Dejâbanse oir
cerca de ellos sonidos de instrumentos de un efecto dulcisimo, y
parecian salir del fondo de la tierra, debajo de sus pies. Ante ellos
se elevô con rapidez una neblina
flotante a dereoha é izquierda sobre
las paredes de la estancia, y por
fin se detuvo encima de sus paredes.
Una voz, que parecia partir de en
medio de esa nube,les preguntô cual
era el objeto que mas deseaban ver.
-ïEn nombre de todo el Olimpo,
mi cena!-gritô Callias con unacarcajada.
Un sordo retumbar de truenos
demostrô que habia enfa,dado al Espiritu, y apagôse al instante la
luz. La voz repiti6 la pregunta, y
Sempronio pronunci6 temblando el
nombre de:
-ïLa sacerdotisa de Efeso!
Una musica numerosa y suave

ondul6 de nuevo el aire. Pareci6 disiparse un lienzo de pared del aposento, dejando ver el mar â la puesta del sol. No era el mar languideciente que acaricia las riberas de la
Campania, sino el mar agitado y
rumoroso de la Grecia. Eleva.base
del seno de las aguas una larga hilera de construcciones de mârmol
coronadas por pasmosas estatuas.
Callias exclam6: &lt; iEl Pireo !)) Y
seîialô con el dedo, con ademan de
asombro, la trirreme que parecia
cortar lasolasy dirigirse â altamar.
-Sus demonios son maravillosamente 'd6ciles - murmur6 Callias.
·- Pero tâ d6nde quiere ir a parar~
La trirreme avanzaba entre las
islas y hendia las ondas cual si hubiese tenido alas . .ffich6 el ancla en
las costas de Jonia. Sempron~o sentia palpitarle el ooraz6n cuando
volvi6 a ver los gloriosos rayos de
aquel cielo del Asia iluminando la
tan bien conocida tierra de sus ensuefios.Elsortilegio continuaba vietoriosamente. Dos hermosas figuras, un griego y un italo, aparecieron bajo las copas de los cipreses
que rodeaban el templo de Diana.
Present6se una tercera figura, se
los llev6 consigo, y los tres desaparecieron entre las tinieblas.
-Si ahora nos hace ver todo lo
acontecido en las catacumbas-dijo
Callias al oido â su compaiiero-no

&gt;

�56

EL JOVEN li.A.GO

REVIBTA INTERNA.CIONAL

puede ser sino el mismo malvado las flores de aquel delicioso retiro.
sacerdote 6 el principe de los magos; En el trono habîa una joven reina
pero el sacerdote no representarâ en traje campestre, con los ojos bamucho mas tiempo su papel de im- jos hacia el suelo, y un amorcillo
postor, le ajustaré las cuentas.
le cuchicheaba sus encantamientos
Dichas estas palabras, una linea al oido: la escena del banquete del
de luz se deslizo por el suelo y dej6 proconsul aparecia por segunda vez
ver un estrecho pasadizo, en el cual ante los at6nitos ojos de Semproreconocieron al momento nuestros nio.
dos espectadores la caverna donde Hizose irresistible su emoci6n y
estuvieron a punto de dejarse los se lanz6 hacialafantasmagoria, pero
huesos; mas lejos aparecio otra sala, esta vez no era una vision forjada
con una victima, un sacerdote y un de aire y de humo. Una mujer, una
grupo de gentes de melancolicas verdadera mujer suspirante, rubotrazas.
rizada, hermosa, hechicera, cayo
Sempronio dio un gran grito, en sus brazos entre su turbaci6n y
cuando la victima, joven, hermosa, sus la.grimas. iLa sacerdotisa, el
seductora, con los ojos fijos en el mago y Eufrosina, eran una misma
cuchillo fatal, cayo de rodillas pi- persona!. ..
diendo clemencia. Esforz6se enlan- .............................. .
zarse hacia ella; pero fueron vanos - Contempla mi ventura, insus esfuerzos; sinti6se desfallecer y crédulo amigo - dijo Sempronio
cayo en brazos de su amigo.
echando una mirada de indecible
Cuando volvi6 â abrir los ojos, pasion a la belleza de su mujer, que
habia cambiado la escena. Un jar- tenia ya en brazos un hermoso
din frondoso y florido desplegaba nifio.
ante sus ojos todo su lujo de vege- Oonmovido nuestro epicureo, pero
taci6n oriental; flores y frutas em- sonriéndose siempre, murmuraba
balsamaban el aire con sus aromas en voz, baja el hi~no sentimental
.exoticos. El paisaje se anim6 con del excelente poeta latino (1):
:figuras animadas; un grupo de ninEs la hora â los besos favorable.
La tempestad, en que prorrumpe el cielo
·fas se puso a danzar al son de los
y estremece la arista dtl tejado,
·instrumentos que llevaban en las
convida â bacer bajar desde el granero,
-manos; y cuando abrieron el coro,
con cadencia, los vinos genero.sos
-dejaron ver en medio un trono muy
sencillo sin mâs adorno de ricas (1) ~vidi?: Ars amandi, son el poeta y el
-l- l
'
,
poema a qu1enes pertenecen estos versos.-1,e as y pedrer1as que los musgos y (N. nBL T.)

al conyugal bogar. Pues, de su faego,
el fnt-imo calor hace mejores
à los esposos; y el fulmrneo trueno,
c6mplice del amor, harâ â la esposa,
temblando, d6eil hasta el dfa nuevo.

-El desenlace es una prueba en
tu favor-replic6 decidido el joven
griego ;-pero te diré: encuéntrame
una prima j oven, a quien al principio la odie, sin conocerla, tan intensamente como tu; que me arrie
con un amor novelesco como la
hermosa Eufrosina te ha amado, sin
saber si eras ni aun digno de un
suspiro; qµe huya de su pais y se
haga pasar por muerta, para dejarme entera libertad de hacer el loco
â mi capricho; que se haga sacerdotisa, y después de salvarme de
las garras de un colegio infame de
sacerdotes asesinos, abra las puertas de mi prisi6n y n;i.e siga â través
de los mares; que sacrifique por mi
la fil.tima vanidad de una mujer, es
decir, su hermosura, y se metamorfosee en negra y en hechicera para
salvarme; que sea mil veces mas
hechicera a(m por el encanto de sus
miradas, y que se arroj e en mis
brazos. Enton ces...
·
-jY en.tonces-dijo Sempronio,

57

con ojos radiantes de alegria-entonces te casaras, como yo, con el
dolo de tu alma!
-Si-dijo Callias riéndose;-entonces quiza sea un hombre por el
estilo que tu, si antes no me ahorco
por ser tan loco como para pasar
tantos trabajos , cuando para gozar
la misma dicha no tenia sino que
dejarme llevar.
Lajoven madre leoyo; yechando
una mirada de ternura a su marido,
dijo con voz dulce cual una musica:
-i,NO es una sancion de la amistad cada nueva prueba î Sufrir las
angustias de una bora, i,IlO es comprar a poco precio toda una vida de
amorî
- j Si! j Por ti, mi hermosa Eufrosina, quisiera haber muerto mil
veces!-exclamô Sempronio con la
sencilla elocuencia del coraz6n y
estrechando contra su pecho â aquella noble hermosura.
-Si-repetia Callias mordiéndose los labios y con aire de c6mica
gravedad.-j Sea en buena bora!
Pero, en nombre del Amor y de
Venus, te pregunto otra vez: i,por
qué tomarse tanto trabajo1
CARLOS BAUDELAIRE.

�LITrRÉ Y EL POSITJV18HO

E. LITTRÊ y EL POSITIVISMO
CON.CL usION

CA.PÎTULO III
El valor de la .vida humana en el Positivismo.

I

Si el antiguo.Positivismo esta muer- estar1 t,Basta ella par~ todo~;:~::;;:
to en tanto cuanto sistema, he~os re-

a tod;~;:~r:o;::~~1~:::rse, a todas

conocido quetestda ~as ::t~!geaa!u: {:Se :ondiciones de su suerte~ La Fe
nunca como en encia.
· ·
bajo este
las nuevas generàciones e1 problema cientifu:a que ~1ttre :!o::,sentido li·a a resolverse todo nombre expres1vo y
en el cual ha vem o .
l
·t disimo â. las creencias filos6ficas
el esfuerzo de esta laboriosa escue ~,Y m1 ;. iosa: ·es de naturaleza para reque nosotros hemoe tenido_ ~a ocas1on y re 1_g arla; ôen todos sus empleos y
de indicar: ila ciencia po_s1t~v~ es~ ;n emp1:z licaciones legitimas' después
el caso de ser la institutriz uruca e a sus p
d t ·a ~
1 arbitro de sus ideas que las baya es rm o
.
humamda , e
.
,
No intentaremos reconstrmr aqui,
1h
de sus costumbres~ i,Podra dar a omb . del pensamiento especula.1 t'
d echo a es- en nom re
bre todo lo que e 1ene. er . '6
t' o los objetos de intuici6n 6 de creenperar para 1a vida de la i~agmac1 n y ~v ' e. esta critica ha re1egado a la
,
.
0 la qmere aparen- c1a qu
del corazon, que n
.
b' .
. . de las posibilidades inacces1bles
·b·
a a las am 1c10- reg1on
.
temente proscr1 ir' p r
. . s 6 de las -puras quimeras. Esto ser1a
nes del pensamiento ~ las asp1rac10n~ t d un sistema que desen-vol ver cona la justicia' tan f~mlmente como a: t:a ootro sistema. No pretendemos trahace para la conqmsta gr_adual de lx- tar en este momento la cuestion sino
fuerzas de la naturaleza, para la e
b .
te unto de vista: t,qué llegara
tensi6n del poder humano so~re lai:~ aa;:re:a vrda humana bajo el imperio
teria, para el ornato y el meJoram
1
•
de la fe cien tifica ~ Hasta el
.
h b . 1 satis- exc1us1vo
1
de la mans16n de om re Y as .
te no es casi dudoso , segun la
facciones casi ilimitadas de su bien- presen

. a

y

59

nota de un autor inglés que se ha ocu- serâ menester que el hombre moderno
pado mucbo en esta cuesti6n, que «las se habitue â pensar y â. sentir de otro
dos bases de la vida. moral , en los modo que ha pensado y sentido hasta
pueblos occidentales, hayan sido la el dia; sera necesario formarle para las
existencia de un dios persona! que la nuevas formas de idea y de vida; crear
produëe y la inmortalidad del alma para el espiritu humano otro clima y
que la perpetûa&gt;. Es men.ester anadir hacerle vivir en él de grado o por
â eso la fe en lo absoluto del deber, en fuerza.
una ley independiente de las convenLa naturaleza de este nuevo clima
ciones humanas, de las razas y de los moral, la composici6n, los elementosy
climas. Habia ahi un fondo de doctri- losefectos,es_lo queyoquerriaanalizar.
na implicito en las ideas y las costum- Coloquémonos resueltamente en frente
bres de nuestra civilizaci6n, y como de este problema que preocupa a los
:fijado en los instintos de las genera- entendimientos mas distinguidos de
ciones. La conformidad sobre estos di- este tiempo. Los unos parecen heridos
ferentes puntos existe, â pesar de las de una suerte de espanto, cuando midisidencias de detalle, entre Plat6n y den con el pensamiento los vacios que
San Agustin, Leibnitz y Bossuet, Kant van a cavarse en la conciencia humay el cristianismo. Filosofias famosas, na en el lugar de las creencias desapacomo las de Hobbes, de Spinoza 6 de recidas. Los otros, a la vista de una.
Voltaire, no habian logrado extirpar humanidad transfigurada, se lanzan a
de 1a conciencia humana este coojunto pecho descubierto en las esperanzas y
de creencias. Pero lo que la dialéctica en los entusiasmos sin limites; no perde las ideas 6 la ironia no habian po- ciben mas obstâculo en esta via triundido hacer para la gran mayoria de los fal que se abre ante el hombre consahombres, que quedaron :fieles a estas gra:ndose Dios con sus propias man.os,
doctrinas, ni para la civilizacion, cons- el ultimo Dios, es decir, el ser mas
tante a ella misma y a sus direcciones elevadoque le seadado concebir. Otros,
generales, la critica moderna, en nom- por ultimo, aunque favorables te6ribre de la ciencia positiva, esta dis- camente a las nuevas doctrinas, no
puesta a realizarlo. Se asegura que ella pueden menos de estar recelosos ante
habrâ bien pronto, segun una expre- los grandes cambios que prevén: tiesiém célebre del siglo xvrn, « purgado ne'n visiones tristes sobre este man.ana
al espiritu humano de toda materia de la humanidad que va a sonar en el
supersticiosa». Desde entonces, tiene reloj de los siglos. Todos comprenden
uno el derecho de preguntarse loque que hay alli una cuesti6n a lavez inaconteéera en el mu.ndo, cuando «esas evitablé y dramâtica.
bases» estén derribadas. Si la concepDe este orden de ideas es del que ha
ci6n positivista del mundo acaba por s:ilido recientemente un libro que ha
triunfar en los entendimientos, bien producido sensaci6n en Inglaterra, y

�60

BEVJBTA INTEJl A.CIONAL

I

cuyo titulo es tan significativo como el que cada uno de los hombres de este
a.sunto mismo: Is lift wortk li1;ing'I &lt;tLa tiempo y que piensan, se habitûe â
vida t,vale la pena de ser vivida (1 )'?» tratarla. ~aj_o ~?os sus aspec~o~, con
Vivir, si se debe rechazar como una 1calma, sm Ilus1on, con un espmtu de
qnimera todo ideal superior a los he- sinceridad absoluta.
chos y â las leyes fisicas, vivir de ese
No vamos a. dar el analisis del libro
modo, t, valdra el fastidio y los esfuer- de William Matlock; no seguiremos de
zos de la vida'/ Tal es el tema vehe- él ni el plan, ni el método, ni la argumentemente expresado por ese titulo mentaciôn general ; nos reservamos
original é inquietante. Una critica se- simplemente el derecho de citar el
vera tendria que seiialar en él graves autor en ocasiones como un testigo
defectos: demasiadas cuestiones inter- que merece ser oido, cuantas veces el
caladas en un conjunto y que gana- examen que vamos a intentar nos lleve
rian separadamente, enmiendas y la- al encuentro de sus ide:i.s con las
gunas en el contexto general del ra- nuestras. Pero hay un punto esencial
zonamiento, un desorden que no es que el autor ha puesto perfectamente
siempre un efecto del arte, chistes de en claro, y que nosotros tomaremos
dudoso gusto, un kumour sin ligereza; desde luego, es la fuerza de impulsion
en cambio no se pu~de desconocer en adquirida y muy !enta en perderse, que
él una dialéctica penetrante, tenaz, ejercen desde hace mucho tiempo tamsutil, un estudio profundo del tema, bién las ideas religiosas en los espiriun conocimiento exacto del problema tus, aun cuando se crea que han des..
y de sus c-0ndiciones fundamentales, aparecido. Esa consideraci6n es de una
una probidad de pensamiento y de importancia capital en la cuesti6n que
sentimiento que inspira confianza al nos ocupa. Se pregunta uno lo que
lector. Tal cual es, y â pesar de sus llegara a ser la vida humana cuando
defectos demasiado visibles, el mérito se la haya reducido, no parcialmente
de este libro esta en haber aparecido y en algunas de sus manifestaciones,
oportunamente, en el momento en cada sino toda entera, a los antecedentes de
uno la hacîa a su manera y con su la ciencia positiva. Para contestar seidea, y en haber planteado franca- ria y cientifi.camente â esta pregunta,
mente la cuesti6n, tomandola de la hay que llenar una condici6n prelimiconciencia moderna, que la coloca ella nar, la de eliminar con el cuidado mas
misma en términos irrecusables, cada grande, en el anâlisis de la civilizadfa, con una curiosidad cada vez mas ci6n futura, todos los elementos que
apremiante. Esta cuesti6n, es bueno han podido introducir en ella infl.u~n.cias en lo sucesi vo condenadas, esp1n.
.
. tualistas 6 religiosas.
(1). Dos traducc1ones. han aparec1do s1Es un hecho incontestable que vivi-

multaneamente en Francia. La de M. Salm6n
.
.
ha eido autorizada por el autor.
mos mucho tiempo la vida del pasado,

LITTRÉ Y EL P08ITIV18M0

61

aun cuando teoricamente el pasado no Seria menester desde luego examinar
existe ya para nosotros, y eso es ver- en qué parte entran en tal vida ias indadero, sobre todo en el orden de las fluencias actuales 6 seculares, las ideae
ideas prâcticas y de los sentimientos lambientes, por completo impregnadas
morales. Se ha formado en nosotros de cri tianismo difuso 6 de espirituauna serie de costumbres y de instintos lismo latente, las costumbres colectique no son en si frecuentemente sino vas de la raza, de la _na~i~n 6 de la
costumbres acumuladas en una fami- familia, lascostumbres md1vidualesdel
lia ô en una raza, que nos atan des- 1hombre mismo, contraidas fuera de sus
pués en lo por -venir, prisioneros in- convicciones nuevas. Todo eso es muy
conscientes del pasado, y nos empeii.an dificil, muy delicado, complicadisimo.
en asociaciones casi indisolubles de La cuesti6n del ateo hombre honrado,
impresiones 6 de ideas.
no es, por consiguiente, una cuestiôn
Pongamos un ejemplo que nos ser- de hecho. En_el hecho, esta resue~ta
vira. para medir el alcance de estas in- demasiado fac1lmente. Para hacerla mfl.uencias secretas. Hay una cuesti6n teresante es preciso transformarla en
que se plantea muchas veces en ciertas un problema de l6gica; es necesario
escnelas filosoficas y religiosas, a sa- 1preguntarse si la moral del porvenir,
ber: &lt;tSi un ateo puede ser un hombre deducida unicamente de la experiencia
honrado.» Eso no tiene sentido eviden • positiva, podria producir teôricamente
temente sino entendiendo la honradez lo que la civilizaci6n actual Hama un
segun las reglas de la moral ordina- hombre honrado. Ahi s6lo estaria el
ria; sin eso no,•habria motivo para plan- interés de la discusi6n. Y para resoltear la cuesti6n. Pero entonces no es ver la cuestiôn, seria menester desde
asimismo dudosa la respuesta. Si, sin luego descartar todos los elementos de
duda, y nosotros tenemos ejemplos civilîzacion anterior, fijados desde larante nuestra vista; un ateo puede ser ga fecha en la conciencia que fuera
un hombre honrado, con arreglo a las sometida al examen .. Restaria, en fin,
reglas de la moral generalmente reci- que sa ber si, en el fondo de esta conbida. Vemos de estos cada dia, que con- ciencia, no subsistiré. una serie de insforman su vida, no solo a la mâs es- tinto_s y de aspiraciones primitivas,
tricta justicia, sino que también a la originarias, irreductibles a la moral poequidad mas lata, que la elenn asi- sitiva, fa.erzas secretas dimanantes de
mismo hasta la caridad, que se dedican una esencia incompletamente conocia emplearla. para el trabajo mas util, da por la psicologia cerebral; energias
que saben hacer de ella un modelo, un in~eriores de impulsiôn que, aun en el
tipo bienhechor que admirar. Pero ta- trmnfo aparente de la moral nueva, la
les casos individuales no resuelven 16- sobrepasarân por todas partes, la dogicamente la cnesti6n, ni para. la hu- minaran, elevaran al hombre por enmanidad entera, ni para su parvenir. cima de su doctrina y le reharân, â

I

�6t

REVlSTA INTERNACIONAL

despecho de e1la, una moralidad superior, inexplicable por sus ideas.
De estos diversos elementos de la
cuesti6n, el mas considerable es la infl.uencia oculta del cristianismo, sobreviviente a. su falta oiicial en ciertas
aimas. Nadie ha descrito mejor que
M. Renan, en una circunstancia reciente, este estado de conciencia, tan
frecuente entre nuestros contemporaneos, en los cuales un minimttm de
idea religiosa, persistente a través del
seco racionalismo 6 del empil'ismo riguroso, sostiene todavia y dirige la
vida moral. Este penetrante observador nos trazaba el retrato de un
hombre eminentemente moral , que,
después de los estudios hechos para el
ministerio evangélico, habia roto con
la vieja tradici6n y entrado en el camino de Ja filosofia y de la critica
alemanas (1). «Este cambio-nos dijo
-como acontece frecuentemente, no
modific6 en nada sus reglas morales ...
Una vida entera estaba perfurnada por
el recuerdo de estas creencias fecundas, de que se podia sacrificar la letra
sin abandonar el espiritu. » Senala con
un rasgo muy personal «esta hora excelente del desenvolvimiento psicol6gico, en que se conserva aun la savia
moral de la vieja creencia sin llevar
de ella las cadenas cientificas ... Sin
noticia nuestra, es muchas veces a
esas formulas desechadas â loque debemos los restos de nuestras virtud.
Vivimos de una sombra, del perfume

de un vaso vacio; después de nosotros
se vivira. de la sombra de una sombra.
-Temo a veces que esto sea un poco
ligero »-aiiadia el orador académico,
entre aplansos muy significativos del
auditorio.
Este elemento sutil y casi incompren ible es loque seria meoester desde luego eliminar por una operacion
qui mica, sublimar, como decian los
viejos alquimistas, a fin de poder apreciar con exactitud loque quedara, en
el fondo del crisol, de sustancia solida verdaderamente utilizable para los
adeptos del Positivismo. Pero, jcuan
dificil es el llegar â coger este residuo
puro y sin mezcla ! Una operaci6n tan
delicada exige, para dar resultado,
mucho tacto, delicadeza y sinceridad.
Es una experiencia de quimica moral
por hacer. Hay, en efecto, muchos elementos diversos en la atrnôsfera intelectua l don de vivimos; i, no esta saturada de la vida anterior del mundo
civilizado y de sus condiciones de existencia1 Nosotros la respiramos sin darnos cuenta, y los positivistas tan bien
como nosotros. No es difcil de segregar en sus juicios y sus sentimientos
gran numero de estas ideas cuyo origen deberia serles sospechoso; pero
que son parte de este aire natal y familiar necesario a sus pulmones, de
que su vida se alimenta todavia mucho tiempo después del que se imaginan haberse creado ellos mismos condiciones nuevas de existencia.
Este es el ordinario error de los
(l) Seei6n de la Academia Francesa del 25 positivistas cuando se ocupan de la
de Mayo de 1882.
vida humana. Hacen profesiôn- dice

Ll'l'TBÊ Y EL P081TIVI8HO

63

M. Mallock-de haberla desreligioniza- riencia de intensidad y lo mejor de su
&lt;ID antes de ocuparse de ello. Pero es brillo. Si, por un procedimiento sutil,
una singular equivocaci6n. Se imagi- se la quita, todo se empan.a y se denan, por consiguiente, que la religi6n colora (1 ).
no existe en su forma pura, que es Se puede desposeer a la humanidad
siempre un sentimiento distinto de de- de los dogmas, pero no del efecto que
voci6n, 6 el asentimiento de una fe han producido estos dogmas en el
que tiene conciencia de si misma. ~e transcurso de los siglos. Disimulados
ha desem barazado uno de estas formas bajo formas diversas, han invadido,
y se persuade de que todo ha concluido. penetrado la vida moral, y ahora se
Esto es, cuando apenas se estâ al prin- presentan a nosotros mas o menos
cipio de la operaci6n. La idea religiosa ocultos, en todas nuestras ideas y
no se encuentra sino muy raramente nuestras esperanzas, en todos nuestros
en el estado puro; se combina, de or- intereses y asim.ismo en nuestros pladinario, con los actos y los sentimien- ceres. Nada mas dificil también, para
tos de la. vida; ella les da propiedades, el hombre moderno, que el hacerse pocolores y una consistencia completa- sitivista en realidad y con todas las
mente nuevos. Se encuentra por todas consecuencias que la palabra eo.trana,
partes oculta, aUi mismo donde ha- el abstraerse violentamente de diez y
briamos estado menos tentados de ira ocho siglos de cristianismo, de mas de
buscarla, en el entendimiento y en el veinte siglos de metafisica que pesan
mismo kumour, en nuestras ambiciones sobre él. Que setrate decalcular cuanto
presentes y futuras. Mucho mas aun; espiritualismo, después de este largo
la encontrariamos en cl heroismo, en tiempo, queda incorporado en las nola pureza, en la afecci6n, en el amor ciones y en los sentimientos de la hude la verdad y en todo lo que agrada manidad, qué cantidad de ideas moraa. los positivistas tanto cuanto â los les hay almacena.da en la conciencia
espiritualistas exalta. Piensan apa- de las generaciones; como el calor del
rentemente que les es bastante el eli- sol lo esta en la hulla 6 en el diamanminar a Dios para apoderarse de su te. Esta conciencia historica de la huherencia. Luego que han herido las manidad ha quedado, sin que lo soscreencias, se vuel ven del lado de la peche, religiosa. Se nos censurara
vida, muestran los tesoros de ella y acaso el emplear esta palabra de una
nos llaman a gozar de éstos. Pero se manera demasiado general para desigve que estân muy lejos de cuenta. Todo nar todos los elementos idealistas que
ha cambiado ahora de aspecto. La reli- han entrado por la accion de los sigi6n es uno de los colores de la vida glos en el alma de los pueblos de
que se mezcla lo mas intimamente con Occidente. Tales nociones son, lo sé,
los otros colores conservados en la pa- _ __
leta; es ella quien les presta su apa- (1) w. Mallock, edic. Didot, paginas 91-95.

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REVISTA !NTERNACIONAL

de origenes muy di versos. Muchas
provienen de las filosofias; han tenido
su nacimiento en la libre refl.exi6n del
pensamiento sobre si mismo. Pero
estas ideas filos6ficas, este espiritualismo secular , si puedo decirlo , no
han ejercido su imperio directo sino
sobre un m1mero muy pequefio de inteligencias escogidas. La gran corriente de las generaciones ha permanecido extraiia a ellas. Por esta raz6n es
por lo que las veces que llegamos a
considerar este grau fen6meno historico, la formaciôn de la conciencia
humana a través de las edades, resumimos bajo el término mas claro, mas
comprensivo y mas usual, todos los
elementos similares que han entrado
sucesivamente en la composici6n de
esta compleja esencia. Cualesquiera
que sean la elevaci6n de sus origenes
y la grandeza de los entendimientos
que la representen, la metafisica no
habra tenido en la historia de la humanidad sino un papel secundario, si
se le compara con el que las religiones
han desempeîiado en la escena del
mundo.
He aqui lo que comprenden algunos
de los jefes de las escuelas nuevas. Asi
es c6mo atacan tan directamente al
elemento religioso, no dudando apenas
que él arastre en su r_uirta al espiritualismo todo entero, comprendiendo en
él el idealismo, quees su ultima forma.
En una discusi6n reciente, nno de los
màs ardientes polemistas de este tiempo, M. Henry Maret, ridiculizaba despiadadamente loque otros demoledores convencidos de las religiones, pero

mas timidos para todo lo demâs, quisieran conservar bajo el nombre de
creencias ldicas y mantener en el lugar
y sobre las ruinas mîsmas de los
dogmas. « Creencias laicas-deciame ha gustado la palab1'a. No me disgustaria el saber en qué consisten.
Una creencia religiosa, esto se concibe. Hacéis intervenir un ser superior,
una revelaci6n; os prosternais, obedecéis. Rasta aqui viene bien. Fuera de
eso, yo no sé que haya otra cosa que
la razôn individual. La. raz6n me enseîia ciertas verdades cien tifi.cas, tales
como àos y dos son cuat'fo, y la linea
recta es el camino mas cortode un punto a
ot,ro. Pero yo no creo que esas sean las
creencias laicas de que se nos habla y
que constituyen la moral. No hay una
de esas pretendidas creencias que no
pudiera ser negada por la raz6n .. Uno
no se apercibe, pues, de que las famosas creencias laicas son simplemente
los vestigios del cristianismo que se
ha destruido. » Y dirigiéndose a los
que las sostienen y a quienes él acusa
de inconsecuencia: «Todas las leyes-dice-con lascuales habéis hecho
la moral, debèrian ser consideradas por
vosotros como otros tantos prejuicios;
porque todas vienen de allâ. Habéis
minado la base, p~ro el castillo permanece todavia en el aire, manteniéndose en pie por la fuerza de la costumbre.»
Parece bien demostrado que el mundo moderno vive todavia, a pesar del
empuje de las nuevasdoctrinas sobre el
capital ( aunque amin,orado y cada dia
decreciente) de las ideas morales acu-

LITTRÉ Y EL POSITIVISMO

65

muladas durante luengos siglos. Pero I ciandose por sus condiciones y sus le1,qué sucedera cuando ese sea perdido yes fundamentales de la vida univery disipado'? Es necesario preverque ese sal, que ella representa solo con un
dia, que_ asimismo no puede apenas grado superior de inteligencia que pertar~a~,. s1 uno cree los pron6sticos del mite al hombre darse mejor eu enta de
Pos1tiv1smo, d_ebera contentarse con estas condiciones y de estas leyes. No
loque ~sta. estr1ctamente contenido en hay nioguna parte de interrupci6n
las dac1ones de la experiencia positiva. brusca en la serie de los fen6menos
Y desde entonces «se realizara en el los cuales se reducen todos igualmen~
mundo un cambio, cuyo sentido y al- .â metam6rfosis incesantes de la fuerza
cance se nos escapan aun, pero que y de la materia, apareciendo, bien sea
podemos tratar de adivinar; es la trans- como individuos bajo la forma de un
formaci6~ de una era que acaba en otra mundo ô de un astro, de un cuerpo ô
que com1enza».
de una célula, bien sea como fen6meProcuremos reducir â su mâs simple nos, bajo las formas del movimiento ô
e~presiôn, ?~slig,ând~lo_s de toda alea- de la sensaci6n, del instinto 6 del pencion metafisica o rebg10sa, los datos samionto,irreductibles hasta el presenfundamentales_ de, lo que M. ~ittré te ~os un.os â los otros, pero mâs y mâs
nombra la fe mentifica: todas las 1deas umdos por el anâlisis y destinados a
consti~utivas de cada ~ien~ia. de~erân revelar un dia u. otro su identidad bajo
s~r obJeto de una exper1enc1a md1scu- 1a variedad puramente aparente de las
tible y comprobada; los fenômenos psi- circunstancias y de las condiciones
quicos no p~~ràn se~ estudiados sino que encuentren en la cupula infinita
en su expres10n sensible y en sus con- de las cosas.-No admitir nada no
dicione~ ~rg~nicas; ~n el fondo, nin- creer nada sino con la fe de la expe;ienguna d1st~nc:6n esenmal entre los fen6 • cia positiva, he aqui toda la doctrina
menos ps1qmcos y los fen6menos fisi- y todo el método.-Sobre esta base es
cos; toda distincion de este género como se empeùa en reconstruir la vida
implicara una diferencia de sustancia, moral toda entera, que estaba en riesgo
alla donde no se pueda concebir sino de perecer bajo las ruinas de las viejas
una diferencia de manifestacioiies. La doctrinas. i,Se ha tenido este empe:ilo'?
unidad de la naturaleza esta presumi- Si no se ha tenido aun hasta la hora
da, no diré afirmada, loque seria con- presente, 1,se puede prever que se tentrario al programa de la mas rigurosa dra un dia, que las promesas de los inabstenci6n sobre los origenes y las novadores· seran realizadas y que se
causas primeras; pero los resultados acabara por volver a la humanidad
son los mismos: la base de la psicolo- bajo otra forma, en cambio de 8 ~
gia buscada en la biologia, la base de adhesi6n a la verdad nueva, las riquela moral en la historia natural de las zas intelectuales y morales que esta
especies; la vida humana no diferen- amenazada de perder, 6 por lo menos
REVIBTA.. -MA.YO

94.

5

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REVIBTA WTERNACIONAL

el equivalente positivo de estas ideas pai:;iones de destruccion, en que muque nos parecen solas capaces de dar à chos est.an dominados por un esceptila. vida su valor y sn precio'I
cismo enervante y por una erroista melancolia, es saludable el mostrar a todos que no hay por qué lamentarse sobre el pasado que se desvanece, ni por
que entregarse a los furores de la desII
truccion negativa, ni por qué perderse
mi~erablemente en las languideces del
escepticismo, sino que se puede y se
La cnestion asi plantetlda no tiene debe vivir con el entendimiento claro,
trazas de enibarazar a los positivistas. el alma serena y el coraz6n aoimoso.
Se les dice: «Vosotros arrebatais a la t,Eso es posible con la doctrina nuevaî
vida humana todo lo que podia, a los Seguramente. iQué impide a los posiojos de los sabios, salvarla de la vani- tivistas esperar, de otra manera y con
dad absolu ta. Probad ahora que lo que otros procedimientos, estos bienes inresta de ello no es vano.-» Ellos acep- estimables, la claridad del entenditan esta presentaci6n en resumen. Se miento, la serenidad del alma, el valor
esfuerzan grandemente para probar del coraz6n~ Amar es la primera conque, después de todo, no han destruido dicion de la felicidad prometida y reamas que quimeras, que no podian ser lizada por la filosofia positiva. Ella
s6lido apoyo para la dicha 6 la morali- inspira el horror de este mundo de viodad, y que al transformar las condicio• lencia, de guerra, de domioacion prines y lo!!t aspectas de la vida, con esto vilegiada, de riqneza egoista en que
no han disminuido ni lo serio, ni el nuestros predecesores han vivido devalor.
masiado largo tiempo. Ella inspira el
M. Littré ha mostrado en muchos enérgico deseo de salir de él. Ella abre
p:irrafos el noble cuidado de no dejar à nuestros instintos simpaticos una camermar en sus manos este tesoro mo- rrera infinita. no a una mansi6n soi-al de la humanidad. ne·sde 1851 es- brenatural, sino sobre nuestra tierra,
bozaba la teoria positiva de la feli- en la intimidad de la vida humana, en
cidad. Vale la pena de ser resumida, la berencia permanente de las generaporque contiene en germen todas las ciones. Conocer es el segnndo término
contestaciones que seran dadas mas de la satisfaccion de nuestra alma, i.Y
tarde por los pensadores de esta escue- quiénmejorquelaciencia positiva puela a la grave pregupta de la snerte.
de darlaesta satisfaccion'? 1Cualmâs poEn estos tiempos de anarqnia-de- deroso revelador que elsaberci.entifico,
cia él-en que unos se ]amen tan sin ostentando ante nosotros el espectaculo
fin sobre la inminencia de la ruina, en real de loque vemos en la naturaleza,
que otros se dejan llevar â ardientes espectâculo de! que los antiguos no te-

LITrBÉ Y EL P081TIVISMO

67

nian idea a1gunaf Las inmensidades se ral. En 1878, sometiendo estas paginas
han abierto; los soles caminan allicomo a un examen profundo y jnzgândolas
puntos luminosos. Las antigüedades se libre,mente segun sn costnmbre, las
han agrandado como los espacios; el aprneba; vuelve a tomar algunas ideas
hombre es antiguo, y ante él la vida para desenvolverlas. Hace notar que
hase manifestado bajotoda suertede for- del mismo modo que las revelaciones
mas, tanto menos complejas cnanto difieren grandemente (revelacion teomas alto se remonta, ha~ta que al fin l6gica, revelaciôn cientifica), del misse encuentra los terrenos primordiales mo las felicidades que procuran a los
vacios de todo organismo. He aqui la hombres no difieren menos. La felicirealidad en toda su grandeza, en toda Idad individual tenia puesto preferente
su belleza, en todo su terror. Graves y en el cristianismo; no se ocupaba éste
saludables emociones se elevan en el de la felicidad social, por lo menos dicorazôn a la vista de esta realidad, y rectamente; trabajaba por la salvaci6n
repetimos con Dante: n naufra!la-t' in inclividual, y por eso, sin duda, conquesto mar è gioia: abismàrse en este tribuia en cierta medidaalmejora:m.ienmar es una alegria. Servir es el tercer to de la comunidad; pero, a la verdad
término de la satisfacci6n humana. -dice él-la ciudad de Dios no tiene
Segun M. Comte, lo que habia de mas ninguna relacion con la ciudad hnmadoloroso, para las almas buenas, en el na, y basta acordarse del pequeiio nurégimen antiguo de la esclavitnd y de mero de los elegidos para ver hasta
la servidumbre, era el no pod.~r consa- qué pnuto divergen las dos concepciograrse libremente al servicio del prô- nes de la felicidad, la felicidad cristiajimo. Nosotros, que no somos ni escla- na y la felicidad positivista . .
vos ni siervos, entramos en esta plena
La felicidad social esta, por consilibertad de devoci6n al servicio de la guiente, en primera categoria entre
humanidad. Siendo tanto mâs devotos los objetos que persigue la :filosofia
cuanto mas libres, eocontramos en positiva. Podriase casi decir que absormayor extension un alimento asegu- be ]a felicidad individua1. Ante todo se
rado a nuestra actividad. Todo en esta ocupa de promover, por todos los meclireccion se ennoblece y se santifica. dios posibles, el perfeccionamiento
Y la conclusion llegaba por si misma: general, intelectual, moral y material;
haber contemplado las leyes eternas se define por el deber de conocer la
del mundo y amar lo que es cligna de marcha de las cosas, de contribuir a
ser amado, vale la pena de haber vi- ella por un trabajo consciente y atravido.
yente, de hacer que cada generaci6n
Tal era, hace treinta aiios, bajo el transmita â la generaci6n que la siga
impulsa directo y persona! de M. Corn- una herencia aumentada. No tiene nete, la doctrina de M. Littré sobre el va- cesidad de sancion, en el sentido vullor y la dignidad de la existencia mo- gar de las recompensas y de las penas

I

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BEVlllTA. INTEBNA.CIONAL

admini.stradas por un juez supremo. ricter de moral soûal. El célebre proHay una sancion, no obstante, pero fesor inglés Huxley, partiendo de prinque no esta bajo la dependencia de un ci pios ana logos, llega poco mas 6 mepoder personal, y, por consiguiente, nos al mismo resultado. Hablando del
arbitrario: esta remitida â uua poten- bien supremo, que comprende dos tércia im.personal, â saber, la acciôn pro- minos, dicha y moralidad, acuerda que
gresiva del medio contcmporaneo; ella se haga una distinci6n. Si se trata de
cambia y se desenvuelve a medida que la dicha, se puede entender la de una
cambia y se desenvuel ve este mismo sociedad o la de los miembros que la
medio. Nada hay en esto de fortuito, componen. Si se trata de la mora.lidad,
de desarreglado, ni de impotente. La se puede distinguirla moralidad social,
gran masa de los hombres obedece, sin que tiene por criterio y por objeto la
resistencia, a la moralidad rein.ante; y dicha de la sociedad, y la moralidad
aquellos que se sustraen â ella no lo personal, en la que la dicha individual
hacen impunemente. La moralidad, es el cnterio y el objeto. iMaravilloso!
como la ciencia y la estética, estâ inti- Pero cuando, en seguida, llega â dar
mamente incorporada a la sociedad explicaciones, éstas no conducen sino
general; existe por ella, cree por ella, a un solo punto: la felicidad social o la
y en cambio ejerce sobre ella su acci6n moralidad social. De aqui se desprende
bienhechora. Por esto es par lo que los que su modo de ser estâ completamenindividuos no pueden nada contra ella, te de acuerdo con las ideas espirituay por loque su sanci6n tiene un poder, listas, y se comprende el que pueda
no sôlo incontestable, sino que, de he- decir:
cho, incontestado (1 ).
«Suceda lo que suceda con nuestras
Se notara en esta teoria un gran es- creencias intelectuales, con nuestra
fuerzo para enlazar la dicha del indi- educaciôn misma; el encanto de la sanviduo a la de la sociedad, para couver- tidad, las fealdades del mal quedaran
tir la una en la otra, un fervor impre- para los que tieneu ojos para verlos, no
80 en los sentim.ientos simpâticos para en simples metâforas, sino en sentiexaltarlos. Segun una formula que mientos rea1es y profundos.»
agrada a M. Littré y que pone en opoCon mayor raz6n oimos a Tynd~l1,
. sici6n las tres teorias de la felicidad en mucho menos avanzado en el sentido
que se resurne el trabajo de la humani- de las negacione~ que Mr. Huxley, dedad, la red~nciôn pagana tenia un ca- clarar que, hab1endo desechado por
râcter mater;al la redencion cristiana completo las creencias de los anos de
tenia un carik~e1: a"e salvaci6n indivi- su juventud, «no hay ningu.na de las
dual, la redenci6n positiva tiene un ca- experiencias espirituales que conocia
·
entonces, ningun cumplimiento del
(1) Teorla positiTJa de la re'Delaci6n '!I de la deber' ninguna obra de misericordia,

felicidad, cap. ::uvrn de Oonserr,aciôn, Rer,oluio1t, Positioismo, paginas 417-429.
ni un acto de abnegaci6n, ni un pen-

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LJ'ITBÉ Y EL POBITIVIBM:O

samiento solemne, ni una alegria. en la
vida 6 en los aspectos de la naturaleza,
que no quiera conservar él todavia».
Todas estas aspfraciones, muy respetables en si miemas, si no muy logicas, vienen a resultar en este himno de
Jorge Eliot, que las ha recogido en eu
alma de poeta y que las expresa con
una suerte de fe exaltada:
cjOh! jpueda yo unirme al coro invisiblede esos muertos inmortales que viven todavia,-en las vidas que hace mejores su preeencial-jVivir asi es el cielol...-Es producir
en el muutlo une. armonia que no muete,donde respira el orden me.ravilloso que regula,-con un poder creciente, el progreso de
la humanidad .-iPodam.os recibir en herencia
esta dulce pureza,-por la que hemos cornbatido, gemido, agonizado,-perdida la vista
en el vasto pasado que no prod~jo sino desesperaci6n!-Nuestro ser, asi mejor, viviri
haste.que el tiempo hume.no-baya cerrado
su pârpado, y que los cielos hume.nos- estén
plegados como un rollo, en la tumba,-donde
nunca los leerâ nadie. Es la. vida del porvenir,-que han hecho para nosotros mas gloriosa esos mârtires-de los que procuramos
segnir los pasos. jPueda yo alcanzar-esos
cielos purisimos! 1Ser para otras almas-el
eâliz de valentia en alguna gran agonfa,-encender generosos entusiasmos, alimentar puros amores ,-imgendrar sonrisas exentas de
crueldad,-ser la dulce presencia del bien por
todas partes difundido,-y en au difusi6n
siempre mâs intensa!-Asi yo me unirfa a
ese coro invisible-cuya armonfo es la alegria del mundo.~

Ahi es donde se puede tomar la idea
mas alta que el Positivismo se ha hecho de la vida; la mâs alta, pero también la mas vaga. En efecto, 1,qué es
necesario buscar bajo las formas de ese
poema sociologico '? Una inclinaciôn
singular, y en ciertos puntos de vista
enfadosa en los secuaces de lasnuevas

filosofias, a conservar el antiguo lenguaje religioso y traneportarle en un
r,onjunto de ideas, al cual se asombra
de verse adaptado. Resulta de esta
adaptaci6n, a. veces violenta, que la serie de palabras no es mas que una sucesi6n de metaforas que deben ser explicadas, si no se quiere inducir aerror
a las aimas sencillas. Es menester te•
ner la clave de ese simbolismo para
penetrar en el pensamiento que encierra. M. Littré, hacia el fin de su vida,
después de ha ber sido él testigo apenado de los abusas cometidos de este
género por M. Comte, declara cque no
estaba ya tan dfapuesto, como habia estado en otro tiempo, â emplear en un
1:entido de filosofia po itiva los términos consagrados en el lenguaje de los
creyentes teologicos». Pero la tendencia existe en la escuela; él mismo ha
cedido a ella mas de una vez, y en ninguna parte ha tomado mayor desenvolvimiento que en las efusiones poéticas de Eliot. i, Qué hay, pues, bajo la
expresi6n mistica de estas alegrias y
de estas esperanzas '? t,Qué es ese coro

in'DiSible de muert-0s inmortales, y como
puede unirse a ellos en las 1;idas ques11,
presencia ltace rnejo,res y de las que se
.

. .'

.

puede dec1r que 'Dtvi1· ast, es el cielo'!
Si se mira ello seriamente, todo se reduce a esta idea, que los muertos antiguos reviven de cierta manera, coma
pletamente imaginaria, por los beneficios que han asegurado a su posteridad. Lo demas no es sino el desarrollo
lirico de la misma idea. Esa armonia
que no muere, ese o'f'den maravilloso y
siempre c1'eciente, esa 0iàa del parvenir

�LlT'.taË Y EL POSIT1V18KO

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REVISTA UiTERNAClONA.L

que esos mârtires kan lieclto mas gloriosa, li la penitencia 6 una canciôn para beesa doble perspectiva extendida hacia ber (1).,
el fJtUto pasado que no produjo sino des- 1 Aqui estaria bien el aplicar una opeesperacwn y hacia ese porfJenir q1M nos raci6n quimica del género de aquélla
desr.ubre la alegria del munào, los cielos que hemos ya indicado, y que con isJYISrlsimos â. que aspira toda alma no- tiria en eliminar todos los elementus
ble, es en un sentido por completo rea- 1disparatados de origen metaflsico 6 relista. como hay necesidad de entender- 1ligio o, en descartar todas esas brillanlo. "Las cielos purlsimos-dice Mr. Mal- tes metâforas que ilusionan, en deslock-esoscielosqueloshombresdeuna ~ embarazar al pensamiento de esta engeneraci6n deben tener a la vi ta, son voltura, en reducirle â su verdadera
un acrecentamiento de la aleJ;rria que sustancia. 1Qué realidad desnuda y
babrân asegu.rado, por su buena con- fria se ofreceria enton.ces â. nuestro!:!
ducta, a la generaciôn por venir. Asi, 1ojosl No es la sensibilidad lo que falel presente, para los positivistas, es la \ t.a a positivistas ta.les como Huxley 6
vida futura del pasado, la tierra es un Littré 6 Jorge Eliot. Es, al contrario,
cielo que la realiza sin cesar. Parece su sensibilidad persona!, ardiente bajo
bien que sea. como un coro eterno en los hielos de la doctrina, lo que proacci6n: los ejecuta.ntes estân aûn un yecta su calor fuera. La idea, reducida
poco fuera de tono, pero van hacién- â. si misma, es muy poca cosa. i Cuân
dose cada vez mas y mas perfectos. En pobre, seca, de un realismo frio, de
este momento existe en torno nuestro una mediocridad desoladora, nos pareun cielo de ese género. Nuestra alegria ce, cuando no estâ animada por los deactual, de que nosotros no nos aperci- lirios 6 las pasiones de estos generosos
bimos apenas, bubiera sido el cielo entendimientos, cuando el analisis la
para nuestros abuelos, si hubiera co- despoja de los prestigios que la confiemenzado un siglo mas pronto., Y el re la belleza de refi~jo presta.do por
humorista inglés aiiade algunas refle- ideas de un orden diferente por comxiones amenas: «Pero esta claro que pleto, 6 el encanto soberano de la eloesa pretendida müsica no se encuentra cuencia y de la poesia !
por todas 1&gt;artes. t, D6nde, pues, estâ
Hay en ella todo un grupo de ilusiones
entonces'? Y cuando la tengamos, i,IDe- quepersistenen.losprincipalesrepresen·
recerâ. todos los elogios que se la han tantes de las escuelas nuevas. Su grau.
concedido'? Bien se nos indica el medio pretensi6n esta en no arrebatar al homde asegurar a cada ejecutante su voz 6 bre ni uno solo de sus nobles goces, y
su instrumento, pero no se nos dice c6- aun en ga-rantirlos dândoles un punto
mo tener buenas voces 6 buenos instru- de apoyoinmovilen lareahdad. Oyéndomentos; no se decide tampoco si la or- les hablar, se engailaria uno fâcilmenquesta tocara de Beethoven ô de Offenbach, si el coro cantara un salmo de

(1) W. Mallock, paginas 42-48.

te. Ellos reivindican el derecbodeconsi- un positivista lôgico y consecn.ente,
derarlamoralidadcomo el finmâseleva- este bien supremo que contiene â. la
do, el término hacia el cual debe tender vez el secreto ùe nuestra vida y la recada uuo de nuestros actos. Para ellos, gla de toda nuestra conducta'? Los poeomo para los e piritualistas de todos sitivistas bablan siempre de la vida
los matices, no e lo que es ino con como si la felicidad personal debiera
una condici6n, que con ella pensamos ser su coronamiento, y tan pronto como
tener las mas altati razones para vivir, ·e les pide que expliquen la naturay sin ella perdemos todo. Mas para leza de eBta felicidad, cambian de temantenerse de conformidad con ellos rreno, y nos contestan exponiendo las
e prudente no obligarles a explicarse. condiciones y las leyes de 1a felicidad
Toda explicaci6n llevada â cabo, ten- social (1). Gracias â esta confusion perdria probabili~ades de d~str~r el en- \ petua de puntos de vista, pueden pereanto que proaucen estas ilus1ones. Es manecer de acuerdo en apariencia con
fa.cil d~ ver a. qué se reduce este sobe- el lenguaje de la moral ordinaria, decir
rano bien, cuando se le conduce â los que cl bian queda siempre como fin de
antecedentes estrictos de la filosofia sus e fuerzos, el solo fin verdaderapositiva. Supone necesariamente ésta. mente deseable de la vida. Pero, t,a.
que la vida presente contiene en si la qué precio, en qué condiciones puede
posibilidad de un cierto género de el hombre realizar este bien, alcanzar
dicha accesible â. todos y superior â este fin1 Para eso no es preciso nada
todas las de.mâs. Esto no es ya como en menos que obtener de él que renuncie
las doctrinas que se procuran un cré- a perseguir su felicidad inclividual, lQ
dito ilimitado sobre la justicia de Dios y que no sera fa.cil; es necesario en seque tienen â su disposicion el doble te- guida exaltar sus sentimientos simpâ.soro de lo ideal y de la eternidad. Aqui, ticos, traerle a punto doude él forel fin por el cual se determina el siste- marâ su felicidad de la fclicidad del
ma moral, este fin, la sola cosaque sea prc.'ljimo, lo que es en verdad heroico y
verdaderamente digna de ser alcanza- raro. He aqui condiciones dificiles de
oa, debe serlo en esta vida y no en otra llenar, y que transforman la felicidad
parte. Es menester que pueda ser bus- y la moralidad en objetos de lujo, fuecada en la existencia presente, sobre ra del alcance y del uso del mayor
la superficie de la tierra, en lo.:s limites mero.
de tiempo en que pueden existir la
Por otra parte, i,COn qué titulo y con
vida y la conciencia, foera de toda qué derecho un positivista podria imconcepci6n de un ser trascendente, de poner al hombre moderno un acto, o
toda idea 6 de toda ley imperativa, de mâs bien un estado de renuncia'1 Que
toda fuerza superior a las fuerzas que se le diga â. un discipulo de Budha:
obran en el mundo.
t,En qué, pues, puede consistir, para (1) W.Mallock,ptginas43,52, 104,p111,i•-

nu.-

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REVIBTA INTEBNACIONA.L

~La vida es triste, sera seguida de un de la existencia del soberano juez y de
mimero indeterminado de e:xistencias la necesidad de la sanci6n, y por otra
tan tristes como ésta, y el ciclo fatal parte penetrado de la santidad de la ley
volverà a comenzar sin fin hasta el dia moral y de su inflexible autoridad,
en que tu hayas renunciado volunta- tome la resoluci6n viril de ejecutar
riamente a tu propio ser y desechadode todo lo que esta ley exija y se jure â si
tu seno todo deseo, germen funesto de miemo sacrificar sus fines individuales
las vidas futuras&gt;); se podra inducir a en todas Jas ocasiones en que estén en
estd fatalista del extrema Oriente, â oposici6n con los fines generales, esto
que, sucnmbiendo bajo el doble peso esta en el orden, y el orden es de tal
del clima y de la materia, renuncie sin modo riguroso, que se ha visto â kandemasiada pena al trabajo estéril que tistas intranquilos con su conciencia,
agita y abruma su pobre existencia, â cuando creian tener un relâmpago furinmolarse, a matar en si mismo hasta tivo de placer personal insinuândose
el deseo, a sumirse con feroz alegria en en sus determinacionea morales. Mas
la nocbe sin conciencia del nirvana, 1,en nombre de qué consideraci6n suque no es la nada, sin duda, pero si el perior debe renunciar el hombre nuevo
desvanecimiento en lo infinito. Que el a su dicha personal, si la fe cientifica
cristiano, por consideraciones comple- reina sola en el mundo, destituida de
tamente contrarias, llegue al mismo causas primeras .Y de causas finales,
resultado, la renuncia voluntaria; que abandonada â la soberania de las leyes
bajo la acci6n y la doctrina del Cristo fisicas~ Hay ahi dos cosas en presencia,
que ha amado los hombres hasta JP.0- la una dudosa y que ademâs le es exrir por ellos, imprima en su alma esa traiïa, fuera de las deducciones sutiles
gran leccion, ese gran ejemplo; que de que no percibe claramente el prinexalte en él el sentimiento de lajusti- cipio y las consecuencias, esto es, la
cia hasta la caridad, la caridad hasta felicidad general é indeterminada de la
el sacrifioio; que renuncie a su bien humanidad; la otra, clara y manifiesta
propio, por amor para con Dios, 6 bien y que le toca en modo directo, que le
que se inmole por la vida y la felicidad atrae casi irresistiblemente por medio
del pr6jimo, por un motivo menos no- de todas las seducciones, esto es, su
ble seguramente, pero enérgico, la es- propia felicidad. jQueréis quesacrifique
peranza y la idea de la salvaciôn; que el bien cierto y que estâ en él, si le
por esos dos motivos desiguales, pero quiere, puesto que no tiene mas que
ambos poderosol:l, se obtenga del cris- extender la mano para ello, a un bien
tiano el sacrificio actual de su felici- lejano, equiv0co, indefinible en su nadad momentânea, eso se ooncibe, eso turaleza y del cual no sentira probase ve todos los dias y se explica sin blemente nunca los efectos por su partrabajo. Por ultimo, que el discipulo te: el bien general! Le pedis demasiado.
de Kant, convencido, como su maestro, Es una mix.tificaci6o, si es un calculo

a

LITrRÉ Y EL P08ITlVISMO

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loque le sugeris: es una snpersticion,
Para obtener esta renuncia, los posi es una obligaci6n loque le imponéis; sitivistas cnentan con los sentimientos
en todo caso, es un oficiodetontoloque simpâtioos que tratan de llevar a un
queréis que baga, y si él tiene la clara grado de intensidad y de energia en
visi6n de la vida tal cual es, no le hara. que, se nos dice, quedaran necesariaEn verdad, 1,por qué se quiere que le mente victoriosos. La simpatia resu.1haga y como se puede esperarlo, si un taria asi la potencia directora de todos
ser superior no debe saberlo eso con los demâs instintos y la fuerza motriz
gusto, si una ley sagrada por su origen de la felicidad uni versal. 1,No hay en
6 su caracter no le hace un de ber de eso también muchas ilusiones'I En este
ello'? iEntre los dos extremos de esta orden de ideas, nuestro autor inglés
vida se ofrece un iritervalo tan corto1 razona a las mil maravillas. Es esta
t,Va él, pues, â llenarlo con la preocu- una de las buenas partes de su libro;
pacion obstinada de la dicha de lns de- analizaré algunaspaginas deél, procumâs'? iHay tan poco tiempo para pen- rando conservar su sabor original.sar en la soya, tanto trabajo para pro- Estos bellos sentimientos se encuencurârsela, tantos esfuerzos que hacer tran, en la prâctica, muy insuficientes,
para retener el goce râpido y precariol cuando no estân sostenidos y dirigidos
jHay ya tanto que hacer para no pade- ellos mismos por una idea superior a
cer demasiado; tan gran mimero de ellos, que les dé lo que no pueden teprobabilidades y de riesgos que correr, ner, la obligaci6n, la cohesi6n y la dude obstaculos que vencer, de odios que raci6n. Estân desigualment~ distribuiimpedir! Y se quiere que él se olvide dos entre los hombres, obran de una
para trabajar por la felicidad de un ser manera oaprichosa y parcial; basta para
abstracto, el género humano, un ser para paralizarlos una vuelta hacia el
que no tiene asimismo existencia pro- egoismo, que es frecuente, y con el cual
pia, que no tiene ni conciencia ni sen- es precisocontar siempre. Vemos ejemsaci6n personal, que no se realiza sïno plos de heroismo desinteresado prodnpor millares de existencias sucesivas, cirse en. hombres groseros, por comsemejantes 9. la mia, no mas &lt;lignas de pleto espontaneamente, en los naufrare~peto después de todo, estando hechas gios, porejemplo. Sepodria creer, viendo
de las mismas impresiones, de las mis- esta espontaneidad maravillosa en el
mas alegrias y de los mismos dolores sacrificio, que es la verdadera naturaque mis alegrias y mis dolores, con la leza del hombre loque li!e traduce aqui,
diferenria que estos son mios 6 mâs que hay en el hombre una fuerza consbien son yo mismo, y que los otros no tante de benevolencia y de simpatia
me tocan sino por la imsginaci6n. iPor que nosotros aprenderemos poco a poco
qué, pues, sacri:ficar la realidad s61ida â utilizar, a dirigir seguramente. Pero
y sustancial
lo que podria no ser que nuestro optimismo no se duerma.
mas que un delirio'?
He aqui que en los mismos hombres,

a

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RBVISTA. INTERNA.ClONAL

en otro orden de hechos, el egoismo va
aestallar con una violencia inesperada.
Este marinero, el mismo que ayer
exponia su vida para salvar una mujer
a bordo de un barco pronto a sumergirse, la derribara y la aplastarâ. hoy
para escapar del fuego en un teatro.
Es menester asimiismo reconocer que la
tendencia mâs comun es la que el marinero personifica en el ultimo caso.
Ninguno de los que han estudiado la
historia dira lo contrario de esto. Las
vidas de los mas grandes· hombres, las
vidas mismas de los que han sido los
mejores en la tierra, no serîan las ultimas en testimoniar la fuerza persistente y vanamente combatida de estas
tendencias. Por mas amplitud que se
conceda a los instintos desinteresados,
es necesario reconocer que, en general,
no tienen sino una potencia muy limitada y que no se muestran fuertes màs
que en muy raros momentos, en circunstancias excepcionales. En la au.renci,a àe ttnmotfoo superiorpredominan
s6lo cuando la ventaja de procurar por
los demas, se encuentra momentaneamente investida de un valor singular,
y cuando la pérdida que se ha de eausar a si mismo, es t-ambién singularmente reducida; o bien también cuando la posibilidad de escoger entre dos
partidos desa parece sû.bitamente, para
no dejar otra alternativa que el heroismo 6 la vergüenza. Pero semE&gt;jante
eosa no acon tee~ sino en los sucesos
raros, los grandes peligros I las grandes catastrofes. Pues bien; lo que merece realmente ocupamos, es el estado
ordinario de la vida, cuando los senti-

mientos estân en su diapason normal.
Y en este caso, el desinterés, quedando por completo un hecho tan cierto
como el egoismo, se encuentra esencialmente mas por bajo que la tarea
que se le pide; es muy necesario que
sea una de las potencias directoras de
la vida.
Ved lo que sucede, lo wismo en un
hombre bien intencionado, cuando se
trata de la comparaci6n, siempre delicada, de las condiciones de su dicha
propia con Jas de la dicha general.
Evidentement.e, si podemos, sin inconveniente alguno para nosotros, reprimir to'.l.os los deseos que, como dice
~fr. Huxley, «van al encuentro del bien
del género humano~, todos-casi todos es menester decir, porque tambien hay que contar la parte de las
malas voluntades-todos, lo haremos
de buena gana. Pero si la represi6n de
si mismo produce graves dificultades,
si exige un combate constante, para
decidirnos a abstenernos de una accî6n, nos sera preciso ver claramente
que la dicha que arrebata a los demas,
sobrPpasa con mucho a la que nos
daria. «Suponed, por ejemplo, que
_un hombre esté enamorado de la mujer de su amigo y que tiene el empefio
de llevarla al teatro. Es evidente que
él renunciarâ a ello si sabe que, realizando su proyecto, causara algun accidente grave y hara arder vivos a todos los espectadores de la galeria. Pero
sin la menor duda no renunciarâ :i ello
por la unica razon de que su ejemplo
hara. bajar un poco el nivel moral para
los que ocupan las butacas. »

l

Ll'ITRÉ Y EL P081TlVIS){0

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Cnando se trata de poner en una ba- te el demasiado ingenioso razonador
lanza los dos género de dicha que se que llevamos en nosf)tros; y el resultrata de pesar, esta uno sif'mpre mâs 6 tado ordinario de esta doble operacion
menos inclinado a hacer trampas en de aritmética, una adtci6n y ana susprovecho propio. Para lo que es de la tracci6n, es lo que escogAriamos casi
ventura de la comunidad no se pone ciertamentd para evitarnos a nosotros
sino una parte en el platillo, se laper- mismos el mayor mal, a riesgo de un
juàica loque se puede antes de la ope- mal menor para la comunidad. &lt;i:Se si
raci6n; calculo, por ejemplo, que lo gue de ahi que las condic,ones geneque yo debo aumentar mi placer en la rales de una felicidad indeterminacla
proporcion de un mill6n de centenes, forman un ideal absolutamente improno costara a cada miembro de la socie- pio para contrapesar las tentacion 1!s
dad la mitad de un céntimo de peseta. personales, 6, loque es lo mismo, para
Heme aqui en uua alternativa frecuen- inspirarnos la voluntad requerida para
tisima, al menos si considero el pro- las renuncias que se nos piden (1). »
medio de la vida. Sé, por una parte,
No parece, pues, posible hacer de )a
que tal linea de conducta me procura- simpatia exaltada una regla universal
râ grandes ventajas; por otra parte, sé y siempre activa. QuArer gobernar la
que, ci todo el mundo iguiera esta vida humana por la sensibilidad desm.isma linea de conducta, causaria un interesada, es una pura utopia, a megran perjuicio general; pero sé tam- nos que no se inspire ella misma en
bién que de hecbo mi manna de obrar, alguna obligaci6n superior que conen este caso particular, sera apenas da- tenga sus desfallecirnientos, que prenosa ala cornu• idad, 6no !osera.en todo veuga sus caprichos, que descubra sus
caso sino muy ligeramente. También ilusfones mâs 6 menas voluntarias, que
mieleccion noseregularâ por la del ma- 1fije sus incertidumbres y regule su
rinero que se sacrifica en el naufragio, perpetua incon~tancia. Todos edtos llaporque la alternativa es ahi brutal y mamientos elocuentes o liricos a lareviolenta: salvar su vida a costa de la nuncia y â. la abnegacion, quedaran
de una mujer, o sal var la vida de una sin eco y sin r&amp; pu esta j unto â esas
mujer arrie~gando la suya." Aqui se almas med.iocres que son, despµés de
trata de un interés menor, y, por un todo, la muchedumbrehumana. Si ellas
in~enioso artificio de 16gica interior, no se sienten obligadas a la benevola proporci6n de las puestas deljuego lencia, sin rechazarla absolutamente,
esta trastrocada; eso seria, por ejem- la subordinarân a lo que les es mas
plo, la alternativa muy capciosa de intimo y mas querido, la inve tigadejar a esta mujer perder un pendien- cion de su propia felicidad. Quedaran
te, loque es muy ligero, 6 de romper- cerradas, en la costumbre de la vida,
me yo un brazo, lo que es grave. He - - - aqui como razonarâ. frecuentisimamen- (1) W. Mallock, pâg. 69 y siguientes.

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REVlSTA INTERNACIONAL

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à estos nobles coni:ejos que no son ni libremente su aptitud para ser dichoso.

pueden ser 6rdenes. Todo eso no ten- .La moralidad 11ocial. a la que se nos
dra resultado problemente sino para las invita, seria el conjunto rle las reglaa
bellas al mas que, precisamente no tie- 1em piricas que es necesario respetar,
nen necesidad de ello. 1,No encuentran de las condiciones negativas de la feen si mismas esos instinto y esos Fen- licidad, es decir, de las condidones
timientos nacidos cou ellas, fortifica- que impiden se levante algun obstacudos por la cultura mas delicada'?
\ lo, en el medio social, contra la feliciPor otra parte, es menester enten- dad de cada uno. Sea, pero ante un
derse sobre loque se nos propone. El I simple consejo guardo siempre mi lihombre modt'rno estâ atenido a no bertad de apreciaciôn y de conducta.
aceptar nada sobre la fe del pr6jimo; Si yo estimo que el fin que se me mueses el precepto de sus m3.estros y la pri- tra no vale, al menos para mi, los memera condici6n del método experimen- dios empleadoa para lograrle; si creo
tal. El tendra cuidado de abdicar su que para una parte tan insignificante
derecho al razouamiento cuando se como yo pueda aportar a la coopera•
trate de defender su derecho personal ci6n social, arriesgo el comprometerr
ala dicha. Se quiere que tome la cos- los bienes que prefiero, mi tranquilitumbre de preferir el bien general al dad, mi seguridad personal, el uso fasuyo. Pero, 1,cual es, pues, e~e bien'? cu1tativo de mis aptitudes, mis ocios y
1,Cuâles son el carâcter y el objeto'l Si mis gustos, 1,qu~, por consiguiente,
yo me sacrifico, al menos debo saber podria razonablemente oponerse a mi
a qué ô a. quién aprovecharâ este sa- câlculo, forzarme a. salir de mi retraicrifi.cio. No habria nada mâs tonto que j miento, suficientemente protegido, y
el inmolar, aunque sôlo fue e un pla- â. lanzarme a. la pelea'? Se pretende que
cer, una sensacion, a. un palabra pom- calculo mal, que seré victima de mi
posa, a. una quimera. Esa ventura ge- egoismo, que por la cooperacion social
neral que se nos pone ante los ojos me hago un servicio a. mi mismo, yque,
bajo forma magoifi.cas de lenguaje en definitiva, es â mi propio â quien
me parece que no es sino la suma de traiciono si la hago traici6n. No estoy
las venturas individuales. Si esto no e~ tan seguro en cuanto a eso. Estimo
mâs que eso, 1,por qué me he de subor- que el estado de la civilizaciôn en que
dinar a. ellv'? Mi dicha vale lo que las estoy y en que estân la mayor parte
de los demas y merece, cuando menos, de los hombres, es un estado soportaotras tantas con:,- ideraciones.-Se me ble, que se puede vivir en él a gusto
dice: El bien de la comunidad no es DO pensando mas que en si, y me guars6lo eso, es también la garantia de los daré muy mucho de ir â buscar en otra
bienes particulares: 1-ignifica el orden parte una fortuna mejor, pero incierta,
y la disciplina de una sociedad, en la de la que DO puedo prever ni los capricual cada uno podrâ. ejercer natural y chos ni las tempestades. Bajo el pnnto

de vista del razonamiento experimen- aunque nece~aria momenta.neamente
tal, 1,qué se me puede buenamenté con- en su relaci6n con las condiciones
teetar, Posible es que yo me engaiie, actuales de existencia del grupo; se ha
pero 1,quién me lo probarâ '? S1 se trata becho sagrada C'&gt;ffiO salvaguardia de
unicamente de la felicidan mia, 1,quién los intere~es comune . Su verdadero
tiene, pues, el derecho de en tender la nombre seria el de higii&gt;ne social.
Ese es el origeny las leyes en la ciu•
mcjor que yo'I
Se nos dice, es verdad, que no hay dad sonada por los po Jtivistas. Implican
nada de arbitrar10 en las reglas empi- ellas la nega ·iôn de la uoidad moral
ricas del bien social a las cuales se nos de la e pecie huinma y el predominio
quiere sujctar; que e tas reglas, aun- del punto de vista. histori"O ô local.
que formadas por la experiencia, son RefteJan, no ya la e. encia de la huleyes verdadera ; que expresan la ne- manidad, con tante en si misma bajo
cesidad de ciertos hechos generalcs, y la. divcrsas f ,rmas, sino mas bien la
traducen, no concepciones arb1trarias multip\ici,lad y la diversidad infinita
del entendimiento, sino fatalidadcs de de intereses de lo-. grupos nacidos y
la naturaleza. Al contrario de lo que repartidos por lus difl!rentes puntos del
hacen los plat6nicos, los espiritualis- globo, que tien.,..n conexi6n vagamentas y los eoi'iadores, é ta no es la po1i- te entre ellus, no una identidad de
tica que se bace depender de la moral, na tu ra lez 1, dao do ori 6 en â los mismos
es la moral de la que se hace una de- deberes y â Lus mi.:mos derechos, sino
pendencia de la politica. A i lo qui~re el azar de las aMlo 7 ias an.atômicas, y
la ciencia nueva, la ciencia mae~tra de la coioc1deocia aproximativa de su adlos hechos humanos, la so 'iologia. venimiento al m1smo pirnto de evoluLos maestros de e~ta ciencia nos de- ci6n en la asceosio:1 de la, formas aniclaran que la sociedad humma es una males. Al mii-mo ti~mpo, estâ demacosa. concreta y viviente, del mi ·mo siado claro q ite , ob re cada una de
orden que las Pociedad,.i:; animaleq. Pues estas reg\as ewpirica;;, que se nos dan
bien; eu. Jas sociedades animales, la por leye3 ~ocial .. R, c ta abierto el deacci6n buena es simplement•~ la acciôn recho de di,cn , iol'I. iQ 1é hay mas
conforme i las leyes orgânicas del ~ujeto â las rlivorsas interpretaciones
• grupo considerado como ser viviente; que esas pr~ten li las condiciones de
por con iguieote, la moral humana existencia de ta\ 6 cual grupo, y las
debe tener también u principio en las leyes qne la&lt;1 expre~ani R.,cordemos
condiciones de exbtencia del grupo la cri.tic,1. atrevida que preguntaba,
social. Siendo otra que la9 que son en la tribu na de la Câmara de dip 1taestas condiciones, viniendo â cambiar dos, lo qu d-1 las creendas laicas que
con el clima ô las circunsta.ndas his- constituyen la moral oodrfa e!:icapar a
toricas, la moral cam biaria al mismo la discusi6n y al peligro '.le ser negatiempo. Ella es en si cosa relativa, do por la razôn. «-Hay-decia-insti-

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REVIST.A. INTERNACIONAL

tuciones sociales que se hare bien en I ti_empo, y l~ ~tilidad de ciertas condirespetarlas en tanto que son del_ gusto Clones empmcas puede siempre ser
de la mayoda, pero que no constitnyen puesta en cuesti6n. La evoluci6n lo
en modo alguno una reunion de prin- quiere asi, i.Y no es ella la maestra de
cipios fodiscntibles »; es un conjunto la moral con el mi mo titulo que lo es
de reglas empiricas, teniPndo buen de la naturaleza y de la historia'?
éxito aqui, no teniendo buen éx.ito
Nada también mas dificil de explialla, dependiendo de tal 6 cual estado car que la formaci6n, 6, como se dice
social, de tal 6 cual grado de lati- en este tiempo en que gusta simplitud, y, por consiguiente, siempre 1m- ficar las palabras disminuyendo las
~etidas aexa ~en, pudicndo ser cam- 1 i\i~a~, el génesis de una conciencia pob1adas tan fac1lmente como una ley de s1bv1sta, es decil', de una conciencia
aduanas por un golpedesufragio, cuan- 1en la que no entra absolutamente nindo cesen de agradar a un grupo que no guna inspiraci6n, ninguna reminisreconozca ya en cUa los signos de la Icencia del pasado, de una conciencia
1 colocada fuera de toda especie de ideas,
utilidad social.
El animal sufre estas condiciones de 6 de leyes superiores al hombre. 1,Qué
exi11tencia, estas leyes especificas, pero sera esta conciencia, y c6rno podra ser
las sufre sin comprenderlas, y, por en el rig-or de las palabras una conconsiguiente, no hay en él peligro de ciencia moral, si se constituye sin
que las discuta; el hombre, llegado por ninguna ]ey que la domine, si rechaza
una larga evoluci6n al grado de inte- todo mandamiento categ6rico, si desligencia actual, ilustrado acerca de la carta toda autoridad que pueda aclahumildad de sus origenes probables, rar sus incertidumbres, romper susreno estara ya ignorante del misterio sistencias 6 condenar sus rebeliones'I
que envolvia para sus a11tepasados el 1,Cômo esta conciencia podra ligarse
principio y el nacimiento de estas le- ella misma, obligarse'? 1,En virtud de
yes. Novera en ellas sino costumbres qué necesidad fisica 6 de gué induchereditarias, contraidas tlurante lar- ci6n experimental, pnesto que se exgas generaciones, y desde el momento cluye toda necesidad racional 6 toda
en que el analisis las haya reducido a obligaci6n moral fuera y por encima
un hecho natural 6 â asociaciones de del hombre~
ideas, quepueden ser muy bien también
No hay error mas extendido que
asociaciones de prejuicios, estas leyes éste, que el otro dia aun encontraba
perderan ipso facto su autoridad. No es intérpretes en nuestras Camaras, donexacto el decir, como lo hacen los po- de gtJsto de recoger el eco mas 6 mesitivistas, que ellas no seran menos nos fiel de las controversias contemposagradas por el solo titulo de que son raneas. Se sostenia que si hay diverla salvaguardia de los intereses cornu- gencias entre los hombres sobre Jas
nes, porque los intereses cambian con cuestiones religiosas y metafisicas, no

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LYTl'RÉ Y EL POSITIV!B340

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existen las mismas divergencias rela- una base seria para la institncion ne la
tivamente a ]o justo y a lo injusto, al monogamiaî Y, sin embargo, si hay
bien y al mal. «Todos los hombres-se una instituci6n en que el deber y el
decia-estan unidos en esta comuni6n derecho estén directamente interesamoral del deber, que consiste en pro- dos, siendo el deber del hombre el gaclamar la existencia del derecho como rantirelderecho dela mujer y su perFoobligatorio para todos; y estos mismos nalidad, es evidentemente esa. -i,D6nque violan la justicia lo afirman tam- de, por consiguiente, fuera de una ley
bién; tan bien, que los ladrones ha- superior, se encontrara ese lazo de las
blan de probidad, y los perjuros de Iconciencias que las impida dispersarse
buena fe, y asi todos rinden homenaje en fantasfas particulares 6 en libres
a la conciencia que los une.:. Seme- utopias'? Pero esa ley superior esta ya
jantes aserciones me asombran.t,D6nde en la metafisica 6 en la religiôn, y no
se ha podido comprobar esa «cornu- se quiere ni la una ni la otra.-Se nos
nion moral» de todos los hombres en habla, es cierto, del honor, de la digel deber y en el derecho1 Eso era bueno nidad. Reconozco cuâl es la fuerza
antes de la era del Po itivismo, cuan- prâctica de estos sentimientos; pero
do la generalidad de los hombres, di- todo eso implica otro orden de ideas
vididos por otra parte, se pooia de que las que caen bajo el gol pe de la exacuerdo sobre los principios de la mo- periencia sensible y de las inducciones
ral, sin mirar desde demasiado cerca el que dependen de ella. El honor es un
origen de esos principios.
sentimiento muy enérgico y muy comHoy que se ha 1levado el analisis a plejo, del que se ha podido decir que
ese lado, no hay mas ilusi6n que' ha- era la conciencia exaltada del deber;
cerse sobre esta pretendida unanimi- si el deber esta atacado en sus ma:nandad moral. De hecho es posible que el tiales superiores, el honor no le sobreacuerdo aparente se mantenga largo vivir:i. Cuanto a la dignidad humana
tiempo por la faerza de la costumbre y que se invoca por ella, es por lo que
dela tradici6n. Te6ricamenteese, acuer- se trailuce y se expresa en rasgos dedo esta destruido. Lo esta desde el dia licados y fieros, el sentimiento que teen que se han discutido las .bases de nemos de la excelencia de la n!lturaleeste acuerdo en nombre de la experien- za humana. Es un sentimiento de oricia positiva. El legislador optimista gen espiritualista, y por ese titulo mecuya opinion hemos citado, t,no habia, rece ser sospechoso a los ojos de los
pues, oido la temible voz que, algunos 16gicos de la escnela. Por todas estas
dias antes, en el mismo recinto, pre- razones, parece como que la conciencia
guntaba si, fuera del gusto de la ma- no es mas que la ultima ilusi6n de la
yoria y de sus decisiones, siempre re- metafisica expirante, 6, lo que es lo
vocables, habia una sola ley moral que mismo, como se ha dicho enérgicaestuviera en pie; si, por ejemplo, habia mente por un notable escritor, « el ul-

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REVISTA INTERNACIONAL

timo espectro de la religi6n desvane- dicha, que los positivistas hacen encida.»
trar en la higiene social, no es dudoso
y ved las contradicciones en que se que el dia, mâs 6 menos pr6ximo, en
tocan la naturaleza y la humanidad. que la doctrina nueva se baya apodeTodo loque decimos ahi esta rigurosa- rado del fondo del alma humana, ella
mente decidido; bajo el punto de vist.a debilitara en gran proporci6n muchos
de la 16gica pura, estamos por modo de nuestros mas preciosos môviles de
evidente en el derecho de decirlo. Pero, acciôn. t,Sera posible, en efecto, que
en el hecho, célebres positivistas han unaexpropiaci6ntancompleta de nuespracticado las reglas, las delicadezas tras ideas y de nuestros sentimien_tos
mismas y los escrtipulos de esta con- mas inveterados no teng-s gr~n. mciencia moral quete6ricamente noexis- fluencia en nuestra manera de ~1vir Y
te ya, no deberia ya existir. Porque no lo mismo sobre nuestros motivos de
es ya existir para ella el depender deun vivir'? jÜuantos ~mbios son de p:cver
instinto que no tiene ninguna regla, en nuestros hâb1tos_ ?e _entend1m1ento
que no tiene nada de universal, que cuando esta r~voluc1on mtelectual sea
puede desmentirse de un momento a un hecho reabzado!
otro, que no se revela mas que por una Parece, al pr~mer acces?, que eete
emocion fugitiva, que no puede sin género de cuest10nes no existe para las
gran esfuerzo soportar, a veces, el peso tres cuartas. partes de los hombres.
del egoismo, y â la cualconsejos pu- Muy pocos p1ensan en esto, m~y pocos
raroente humanos, inducciones mas 6 han pensado en ello. La multitud humenos arbitrarias, no pueden conferir mana vive, dia tras dia, sin cuid~rse
un caracter cierto ni de obligaci6n ni de lo que es la vida, de lo que esta
de duraci6n. Felizmente, el manantial vale, tomadola como viene, sufriendo
desconocido de donde brotan las almas sin maldecirla, fâcil de distraer, con bellas y buenas, no esta agotado; na- tentandose con mediocres_ alrgrias q~e
cen éstas aqui y alli, muchas veces en cruzan el curso de s~s JO~nadas, ~m
contradiccî6n flagrante con los siste- gran contenta, y tamb1én sm gran rusmas que deben ellas inaugurar en el gusto, sal vo aquellos que dependen de
mundo, y éstas son esas almas que la marcha de la natur~ 1 eza. i Cuântos
salvan a la"humanidad de la 16gica.
hombres empeîiados as1 en una suerte
de e:ristencia rutinaria formada por la
indolencia y el olvido! Y a pesar de
eso, por vulgares que sean estas exisIII
tencias, limitadas por algunas fanegas
de tierra en el espacio y por algunas
ideas elementales en el orden del enFnera asimismo de esta grave eues- tendimiento, si se les mirase de cerca,
ti6n de la moralidad privada y de la se descubrirîa que han tenido casi to-

81

LITTU Y EL POSITIVISHO

das un cult.o para algo, para una rea- se note bien, en las condiciones socialidad 6 un delirio, para una gran es- les. Est.a elevaci6n 6 esta mediocridad
peranza 6 una quimera. Han tenido un de la existencia no se mide por el azar
aviso de sensibilidad mas 6 menos cla- del nacimiento. Lo que la mide es la
ro, bien sea para la religion, bien para dignidad del espiritu. Pues bien; cuanel arte, siquiera fuese bajo formas ele- tomas subimos en esta jerarquia de
mentales, bien para la naturaleza, bien las âlmas, la sola que debe contarse,
para la amistad. Ha caido sobre ellas, mas vemos manifestarse esta aspirano se sabe de dônde, un rayo de luz ciôn â salir de la vida elemental, a
que ha coloreado alguna temporada de ornar su e:x:istencia con algtin noble
· su vida y echado sobre algun punto de cuidado, a entrar en la regi6n de las
esta superficie empanada un resplan- alegrias desinteresadas. Tales objetos
dor por el cual su existencia entera ha son los verdaderos blancos de la vjda,
sido alumbrada y honrada. Es ese uno los verdaderos fines que la excusan y
de los rasgos propios del hombre y que la absuelven, los que la dan su valor y
le distinguen profundamente del ani- hacen de ella otra cosaque una insigmal, aun cuando se le supusiera naci- nificant.e sucesion de dias y de sensado otras veces en el mismo grado de la ciones vulgares. Pues bien, i,'}Ué aconescala de los organismos. El animal tecera con estas causae r;foenài, como
no ha tenido nunca el rayo de luz; el las llama Juvenal, con estas admirahombre, aun siendo mediocre, siente bles razones de vivir, si laR colocamos
vagamente la obligaci6n de cultivar enfrente del positivismo'? Preguntémoen él otra cosaque la vida instintiva, lnos si cuando la filosofia nueva haya
6, loque viene a ser lo mismo, el re- triunfado de las ultimas resistencias y
mordimiento de no haberlo hecho. Un de las u.ltimas ilusiones, no sufriran
mimero muy pequeiio se eleva hasta la aquéllas algun menoscabo. Ese dia, escultura de la vida razonable. Pero mu- tando reducida la existencia humana a
ehos ceden, aunque solo sea por un una serie de fenômenos de orden biol6mom~nto, a algun atractivo superior gico, estando reducido el mundo a un
que eUos no saben definir, que les arro- sistema mecanico de movimientos y de
ba momentâneamente en sti humildad combinaciones de movimientos, es6 en su miseria, por encima de ellos tando suprimido 6 descartado del penmismos y del medio vulgar en que la samiento, como una tentacion funesta,
suerte les ha lanzado, y que hace bri- todo mas altà, t,no habra que temer que
llar algunas boras privilegiadas sobre se produzca un frio mortal en las almas,
el fondo oscuro de esta existencia.
una noche en las inteligencias, un gran
Lo que es verdadero aun en las exis- desaliento en los mas nobles entusiastencias mas ordinarias, con mucha mos'? Paréceme que entonces habria
mayor raz6n lo es en una esfera mas que lamentar algo coma h. desaparielevada. No esta. la cuestion aqui, que ci6n de este ûltimo resplandor del ideal
RBVISTA,-MA.YO

94.

6

�82

REVIBTA. INTERNACIONA.L

que da el gusto y la fuerza de vivir, sadores que, de cerca 6 de lejos, paralO'o asi como la decoloraci6n de la ticipan del movimiento de la filosofia
vida.
positiva; olvidan que el ·idealismo que
Uno de los rasgos de la crisis actual ha ejercido su acci6n sobre un pueblo,
es el contraste entre ciertas exigen- la ha obtenido por lo mismo que se veia
cias eternas del entendimiento huma- en él otra cosa y que se le tomaba po:r
no y la necesidad intensa que hoy ex- un hecho muy real. T~do cambiara tan
perimenta de darse cuenta de todo. pronto como se le atr1b~ya otra na~Bajo la acci6n de este instinto, como raleza 6 que se le desp?Je d_e su reahse ha notado, el hombre ha perdido dad. No hay en la historia un solo
mucho de su antjgua espontaneidad; ejemplo que nos muestre los hombres
ha llegado é hacerse un ser inquieto, encadenados y esclavizaùos, 6, lo que
desconfiado, que no quiere ser ya ton- es lo mismo, seriame~te afectados por
to, que tiene necesidad de mirar adelan- un ide~lism? re~onoc1do __co~o pur~te y atras; su caracter primitivo de~~- mente 1magmar10. ~.El nmo_ bene m1ecisi6n intelectual y de determinac10n do cuando su nodnza le d1ce que un
practica ha aflojado singularmente ?ajo hombre negro va a deecender por la
la in:fluencia de la re.fle-xi6n.
chimenea para llevarle. El hombre ne«No se admite ya nada al presente gro no es sino un ideal, sin duda, y sin
sin saber el por qué, y se ha aprendi- embargo, el niiio esta afectado. Pero
do a desmontar, roùaje por rodaje, to- dejaria de estarlo desde el momento en
dos los motivos de nuestras acciones. que supiera a que atenerse (1). ►
No solo sabemos mas, sino que no
Es, no obstante, una cosa singular
cesamos de rumiar nuestros conoci- que nunca se nos haya hablado tanto
mientos. » A~i, la critica moderna se del ideal como desde que se le han arrealaba de haber reducido todas las re- batado al entendimiento humano las
ligiones a simples idealismos creados realidades invisibles y superiores que
por el hombre, adroite de buen grado este nombre resumia para él, el orden
q ,1e en esta cualidad y a pesar de ese de las ideas y de las esencias eternas,
vicio de orio-en, han ejercido gran in- el mundo de los tipos concebidos por
ftuencia, pe;o esta in:flaencia va a des- una raz6n superior, la existencia y la
aparecer bajo la luz creciente del ana- perfecci6n divinas. Se ha hecho el valisis. En cambio y como compensaci6n cio sobre nuestras cabezas; se ha roto
se nos promete que la humanidad se el ancla que un célebre orador nos
construira en el porvenir de nuevos exhortaba un dia «a lanzar hacia arriideales, con esta sola diferencia, que ba » ; se 1an destruido todas las formas
eutonces sabremos lo que valen y que austeras 6 encantadoras â. que nuesno .seremos ya los engai'iados de su va- tras creencias estaban unidas. Se ha
lor puramente subjetivo.-Hay un me- - - nosprecio singular de eso en los pen- (1) W. Mallock, pag. 33 y siguientes.

LITTRÉ 7 EL POSITIVIBMO

cerrado el cielo-tanto el cielo inteligible del pensamiento puro cuanto el
cielo teologico.-Desde entonces, esta
bastante claro que nosotros no somos
mas que «apariciones efimeras, fiotando en la superficie de la ilusion infinita», 6 mâs bien, para hablar un lenguaje cientifico, estados de conciencia
momentâneos, salidos del punto de reunion de ciertas fuerzas fisicas y quimicas, infalibles y determinadas. i,Qu13
es, pues, este ultimo idolo que se nos
propone en esta ruina de todo lo demas
Y que se le abandona como un supremo recurso â nuestra adoracion desilusionada'? i,Puede satisfacernos y consolarnos de lo que hemos perdido'?
Se creeria desde luego, de oir el ruido que se hace en torno nuestro, que el
ideal reina boy sobre un gran mimero
de al mas que han arrojado fuera de si
toda otra fe; pero reina sobre ellas engaiiandolas, y la poesia de este noble
culto, sobreviviendo a todaslas demâs,
reposa toda entera sobre una ilusi6n
que no es otra cosa que el re:flejo prolong~do de. realidades desaparecidas,
refleJo pers1stente por una suerte de
incomprensible espejismo. Este mismo
refl.ejo desaparecerâ a su. vez cuando
el hombre esté enteramente persuadido
de que no hay alrededor de él, encima
de él, delante de él, nada mas que el
jue~o eterno de lasfu~rzas ciegas. ~Qué
seria, en efecto, este 1deal en el metodo
riguroso de la escuela '? i, De donde podria salir, sino de un trabajo completamente persona! del entendimiento, que
le crea y le elabora sin ninguna regla,
sin ningun principio objetivo, sin nin-

83

guna otra raz6n de escogimiento que
su fantasia'? Es de lo imaginario puro,
es de lo arbitrario; cada uno le enO'endra en su conciencia, le amolda su
gusto, le acorta 6 le alarga a 11 u medida. Es el espiritu de cada uno que se
adora complacidamente en estaimaO'en
abstracta de si mismo. He aqui lo ~ue
es necesarîo ver bien, he aqui loque es
preciso claramente mostrar a esa multitud inteligente, pero irreflexiva, tan
facilmente engaiiada con palabras, tan
pronta a las ilusiones agradables, que
se consuela de las realidades perdidas
refugiandose en este ultimo sueiio y se
encan ta con la belleza del nombre, que
le toma por una idea, no apercibiéndose
de que este nombre no sirve mas que
para disimular, 6 bien unresto no confesado de supersticion éspiritualista 1 6
la nada mis ma de todo pensamiento, y
para preparar asi un ultimo culto, el
mas vago y el mas inverosimil de todos, para aquellos que no le tienen ya.
Pasemos revista a algunas de las
formas bajo las que se traduce este
culto del ideal, y veamos si, bajo el
punto de vista de la logica nueva alguna de estas formas tiene el der~cho
de mantenerse tan alta en la estimacion y la admiracion de los hombres si
merecen que tan notables actividades
se dediquen a ellas, que tantas existencias laboriosas se consagren a ellas, y
que se consuma asi uno para perseO'uir
fines tan vagamente entrevistos,1\an
pronto desvanecidos, tan poco consistentes y a veces también enteramente
engaiiosos. i,Qué decir, por ejemplo, de
loque nos parece ser uno de lo., fines

â

�84

BEVIBTA. INTEBIUCIONA.L

LITTRÉ Y EL POSITIVI8J,10

,

mas nobles de la vida, el dedicarse {da nos detiene por todos lados, que alli
ciencia'? Ciertamente aplaudiremos con donde la comprobaci6n positiva se para,
toda el alma cuando se celebren en len- alli también se para el derecho del enguaje primoroso esas inteligencias va- tendimiento humano, siempre solicilerosas, esas voluntades apasionadas tado por visiones y siempre descartado
q~e ante n~estros ojo~ h_an construido por manos implacables'? Con el mismo
p1ecira por pied.ra el ed1fic10 de una cien- golpe se le cercenan al pensamiento
cia colosal, que han vivido casi unica- sus ambiciones mas bellas, sus mas
°:1-ente para satisfacer su ardiente nece- Jnobles audacias, se le deshabitua de
Sidad de verdad, quo han empujado el estas hipôtesis, que son como golpes
trabajo hasta el heroismo y por eso de Estado del hombre sobre lo descomerecido ser a su vez «una de las con- nocido. Se podria decir que, en rigor y
ciencias mas completas del uni verso». 16gicamente, estas poderosas y vastas
Disfrutamos de que se nos diga que la conjeturas, que no son con frecuencia
alta vida de tales hombres «les ha pues- sino grandes pensamientos irrealiza~
to en relaci6n con el espiritu eterno bles, no tienen el derecho de existir, y
que obra y se continua a través de los que el entendimiento humano deberia
siglos».
resueltamente sacrificar en él esta alta
Mas ipor qué condici6n nos mueve voluptuosidad cientifica de las intuicio•
ese lenguaje'I Sera porque sea tan nes que sobrepasan la comprobaciôn y
exacto cuanto es hello; porque la nece- son irreducibles a la formula prosidad de verdad no sea una perturba- bada.
ci6n sin objeto y una persecuri6n en
Se ostentan ante nosotros las inel vacio; porque haya en realidad, no mensidades abiertas a nuestras mirapor hipôtesis 6 por metafora, un espi- das 6 a nuestros calculos; se nos
ritu eterno, a la obra del cual el sabio muestra la realidad con toda su granpneda asociarse con el pensamiento; deza. «Nuestras miradas se pasean sin
porque haya en el universo un sistema obstâculo y sin limite hasta los conde ideas que venga a ser el objeto real fines donde los mas brillantes soles
de las contemplaciones de nuestra ra- no son mas que un déhil fulgor, mas
z6n; aJgo, en una palabra, de etèrno alla del cual se puede sonar todo lo
fnera del hombre, que pueda ser pen- que se quiera.» Pero i,qué es toda esa
sado en el hombre bajo la forma de la inmensidad material cuyos limites reeternidad, sub specie aeternitatis, como troceden ante nosotros, y qué importa
decia Spinoza. Pero ~q ué acontecerâ si que sea tal, si esta vacîa para nosel anâlisis desapiadado viene a demos- otros, si no lleva en parte alguna el
trarnos que las formas mâs altas de la sello de una inteligencia '? Hay mâs
ciencia, las que sobrepasan la esfera de grandeza en el pensamiento del sabio
la experiencia sensible, son puras qui- que ha medido la distancia de una es•
meras, que lo inconocible nos limita y trella, pesado en su balanza el peso de

I

80

ese sol, y analizado la polvareda de Si; sin duda, mas z,por qué y en qué
elementos que le componen, que en sentido lo es'? Lo es porque nosotros la
ese infinito côsmico que huye ante relacionamos con alguna cosa augusta
nuestra imaginaciôn inutilmente fati- y eterna, porque expresa para nosotros
gada de perseguirle. Detrâs de esos algo de la soberana raz6n. Llegar â lo
grandes espectaculos, Linneo veia pa- verdadero, dice Mr. Mallock enalgunas
sar la sombra de Dios. Pero si esta mis- paginas que he compendiado, eso sigma sombra ha desaparecido sin retor- nifica que uno se pone en relaci6n con
no, 1,qué restarâ sino espacios sin fin y esta existencia infini ta que nos enocéanos deéter'?i,Qné otracosahay alli, vuelve y nos sostiene. Si tenemos subajo las formas nuevas, que el viejo premos deberes para con la verdad, es
atomismo de Epicuro '? Ciertamente es que entonces, eo el infinito que no es
curioso el asistir con el pensamiento nosotros, algo corresponde â este algo
al desenvolvimiento de las cosas, a la que esta en nosotros, que es la parte
evoluci6n de los fenômenos, a la for- mas alta y la mas fuerte de nosotros
maci6n de los mundos, al nacimiento mismos. Todos los epitetos morales de
de la vida, â la sucesiôn asombrosa de sublime, augusto, sagrado, no tienen
las formas de la vida, si todo esto traabsolutamente sia-nificaci6n
alguna si
•
6
duce. un pensamiento, expresa un plan, no se les aplica a seres conscientes·,
contiene y revela un porvenir. Pero pero, bajo el punto de vista de la crisi eso es , como decian los grie- tica positiva, no hay conciencia en el
gos, una serie de episodios sin enlace, universo fuera de la tierra. Se puede
una historia sin plan, un poema sin oponer el mismo argumento a todos
unidad, si los comienzos son inexpli- aquellos que se niegan a reconocer
cables y los desenlaces incomprensi- francamente un .Espi-ritu 6 un Pensables, si una fuerza ciega ha hecho miento en el origen de las cosas. Recosurgir esta fantasmagoria, en un mo- gemos con emociôn las confesiones
mento dado, de la eternidad muda y que escapan â la piedad cientifica de
debe volver a sumergirla en otro mo- Tyndall, cuando nos dico, en una
mento en el caos informe ., si el A~a1', suerte de himno inspirado, que en las
es decir, una necesidad sin objeto, ha boras de energia, de vigor y de salud,
producido el mundo, y si otro azar en que se detiene el corso de la acci6n,
ùebe ponerle un término, ipara qué e.n que la reflexi6n toma sitio en nosconsumirse por perseguir el secreto de otros, el investigador cientifico se
esas combinaciones extraiïas al orden siente envuelto en la sombra de un tedel pensamiento'? Diremos, noya como rror sagrado. Este le sustrae al conestos griegos que citamos pooo antes, tacto absorbente de los detalles de la
sino wuatç 1tall:E1: la Naturaleza juega tierra y le asocia a la potencia que da
y se burla de nosotros.
é. su existencia todo su nervio y toda
Se nos dice: la verdad es sagrada. su plenitud, sin que él pueda ni corn-

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REVISTA INTERNACIONAL

p~enderla ni ~n~li:zarla ... Hay en eso, j nos_ positivista, «es completamente tan
anade el sab10 mglés, una suerte de racional como hablar de comuniôn con
~i'IJina comuni~n. ïAdmirable! Pero de- una maquina de vapor». No hay mas
Jamos de segmr al celebre doctor cuan- que dos puntos de vista en que el homdo declara que «es co.!l la naturaleza bre pueda compararse al resto de la
c~n lo que entra en comunicaci6n di- naturaleza: desde luego, es porque ella
que la naturaleza es al mismo se revela como una fuerza, y después,
tiempo expoliada y profanada por las porque esta fuerza obedece a leyes.
gratuitas aserciones del teismo ..... Pero la fuerza que se revela en las esOuando yo trato-dice-de dar al po- trellas, por ejemplo, es inmensa, la
der con el cual veo las manifestaciones suya es pequeiia; en cambio, el que las
en el universo una forma objetiva per- considera es un agente que se detersonal
otra, se escapa y se niega
mina por si mismo, en tanto que no
dejarse tocar por mi inteligencia. No hay nada de tal en las estrellas. No
me atreveria de otro modo que en poe- existen, pues, entre estos dos términos
sia a servirme respecto de él _d el pro- sino dos puntos de comparaci6n, y son
nombre .El. No me atrevo a llamarle dos rasgos de contraste y no de semeun Espflritu. Me niego asimismo alla- janza lo que la comparaci6n da por
marie una Oausa. Su misterio me eu- resultado. Bien es verdad que un sentibre con su sombra, pero queda un mis- miento de terrer y de silenciosa solemterio, y las, for:1as objetivas que otros nidad se desprende del espectaculo de
t~atan de aprop1arle no hacen mas que esta aglomeraci6n de soles y de mundisfrazarle- y profanarle (1 ).» Pero en- do que germinan en los cielos como la
tonces, i,qué es, pues, esta àiiiina co- hierba en los prados; bien es verdad
munion de que nos hablaba poco antes'? que una emociém espontanea pone este
Es ~na frase absolutamente vacia de sentimieilto en relaci6n con las profunsentido.
didades de nuestro ser moral. Pero en
No puede haber comuni6n, ni entre rigor de 16gica, no hay ahi mas que
dos objetos m.ateriales, ni entre un una impresi6n y nada mas. No signihombre vivo y un cuerpo inanimado, 6.ca nada; ningun hecho objetivo coni entre un espiritu y una cosa. La rresponde â ello. Es una ilusion, un
comuni6n implica de los dos lados la un engano patético.
existencia de algo comun. Pues bien;
Esto es, gracias a las metâforas cont,qué puede haber en esto de comun tinuas con que los positivistas pueden
entre el doctor Tyndall y los cielos transferir a la naturaleza en general
estrellados'I Hablar de comunion con la las cualidades que, en tanto que las
naturaleza, cuando uno es mas 6 me- conocen ellos, son particulares â la
naturaleza humana y no pertenecen
(1) J. Tyndall: Materialùm and it1 ~po- mas que â ésta. Si uno se atiene â sus
1U#t1.
prin.cipios, «no hay mas sentido en

v_ma,

u

a

LlTTRÉ Y EL POSITIVfBMO

87

decir que el univerao es sagrado, que I qne unirse al horror de sus crlmenes.
en decir que la luna habla francés». i,Cômo, pues, habria algo de noble y
Todas esas adoraciones con que acaban de sagrado en la intimidad de esta
las investigaciones de los sabios, si se gran criminal (l)'?»
descarta de ellas la nociôn de una eau- , Y ved como se interesa por aquellos
sainteligente, no pueden ser mas que que la sirven con pasiôn, por aquel)os
el resultado de una fantasia sin regla que la han amado mis. He aqui un sa6 el acto de una fe sorprendida y mo- , bio que, de ochenta an.os de su vida,
mentâneamente alucinada. En ella, y ha coni:;agrado mas de sesenta a este
fuera de este punto de vista superior culto ferviente de lo verdadero, a la
en que los escandalos se pacifican, 1 persecuciôn de la naturaleza en todos
donde las contradicciones exteriores se sus retiros y !'!US misterios; ha vivido
reconcilian, la naturaleza es cruel, mas que ni ragti.no otro «en esta comumala, inexplicable; es una detestable niôn divina» de que nos habla Tynmaestra de moral. Si nos atenemos al dalL «Ha subordinado â esta pasi6n
punto de vista positivista, segun el Imaestra todos los m6viles inferiores de
cual es el ultimo término asignable, el Ita vida, el interés, los goces, el placer.
ultimo principio del conocimiento, no El fin de una vida tan excelente hatiene el derecho de pretender, ni â bria debido ser tranquilo, dulce y connuestro respeto, ni a nuestra aproba- solado; pero esta madrastra naturalecion. A fuerza de fantasia y de misti- za que recompensa tan mal aqui abajo
cismo mezclados, se ha hecho de ella lo que se hace para cooperar a. sus
una suerte de gran jeroglifico. Pero fines, mostr6 en lo que la concierne su
que se la aplique s6lo una de las re- negra ingratitud. Los ultimos aùos de
glas de la moralidad humana; y el gran M. Littré estuvieron llenos de crueles
jeroglifico, como lo ha mostrado cum- padecimientos_(2)» . t,Y por qué el eloplidamente J. Stuart Mill, resulta un cuente escritor que nos hace oir esta
monstruo. o hay crimen que no sea queja se asombraba de la dureza de la
cometido todos los dfas por la natura- naturaleza'? De seguro M. Littré, en
leza; ésta ignora todo s~ntimiento de verdad positivista, no estaria asombrajusticia 6 de piedad; sus ternuras ilu- do ni escandalizado. S.t.bia que la nasorias y su benevolencia, se cambian turaleza no castiga ni recompensa a
a cadu. momento en perfi.dia; es indife- nadie; impasible, desarrolla en torno
rente ô traidora. « Tan pronto hace el nuestro el orden fatal de sus fen6mepapel de la avaricia, tan pronto el de nos; desenvuelve ante nosotros sns
la prodigalidad; ofrece aqui una pure- mundos y sus sules, sin cuidarse de
za sublime, en otra parte una corrupci6n irritante, y, si es menester juz(1) W. Malloek, paginas 155-165.
garla con arreglo â un tipo moral, sus (2) Discu.rso de M. Renân en la seaiôn de
capacidades admirables no hacen mas recepci6n de M. Pasteur.

�88

REVIBTA. INTEBNA.CIONA.L

nosotros a quienes no conoce. i,C6mo dfas y sus noches tan estrechamente
tendria ninguna terneza para los que medidos, a la conquista de algo que
cooperan a sus fines, cuando ella, si es no debe durar'? Salvo lo que en la
que tiene fines, los persigue a ciegas ciencia interesa directamente a su
y los ignora eternamente'? Suponer asi- bienestar y al mejoramiento de su
mismo que tiene fines, i,nO es ya salir- mansion sobre la tierra, i,qué le imporse de la regla y de las condiciones de tara lo demas, es decir, la ciencia purat
la doctrina'?
iPor qué las grandes especulaciones,
Parece que, si los positivistas fue- en su inutilidad soberbia, podrân ·en
ran comecuentes con ellosmismos, re- adelante conmover su espiritu, absorconocerian lo vano de esta persecu- ber su voluntad y sus fuerzast En los
oi6n de lo verdadero, que no puede trabajos superiores del hombre, en tonunca ser para ellos mas que un ver- dos sus pensamientos elevados, entra
dadero relativo y momentâneo, no te- la esperanza 6 la quimera de algo
niendo nada de estable el orden actual eterno 6 infinito.
de los fen6menos y antes de sufrir un Una ultima creencia subsiste, es la
dia, como wdas las demas combina- fe en la obra misma de la humanidad,
ciones de figuras y de movimientos, la civilizacion, el progreso. De seguro,
una desagregacion total, una disolu- nadie ha sentido mâs profundamente
cion de la que acaso saldrâ otro uni- el religioso amor de la humanidlld que
verso que no sera en nada semejante a el fundador del Positivismo y su suceéste, en el que ni la vida ni el pensa- sor. De M. Littré son estas hermosas
miento podran nacer de él, y puede palabras, inscritas en su testamento
ser también que un caos supremo, ul- filos6fi.co: «Ya desde el seno de la vida
timo términoposible de las cosas, como individual esta permitido el asociarso
ha sido el primer origen de ellas. Ni a este porvenir, el trabajar para prela]ciencia ni la naturaleza, que es el pararle, el convertirse asi, por el penobjeto de ella, son ya cosas eternas. samiento y por el coraz6n, en miembro
Todo eso pasara, todo- eso no es sino de la sociedad eterna, y , el encontrar
un alto entre dos infinitos impenetra- en esta asociaci6n profunda, a pesar
bles; la naturaleza, un momento en que de las anarquias contemporâneas y de
la vida ha snrgido como un accidente los desfallecimientos, la fe que sostiefeliz; la ciencia, un mqmento en que la ne, el ardor que vivifica y la intima
vida ha producido el pensamiento qne satisfaccion de confundirse conscienteha brillado como una llama entre la mente con esta gran existencia, satisoscuridad profunda del ayer y la del facci6n que es el término de ·la beatimaii.ana. ,se puede creer que el hom- tud humana.» Oigo y admiro, pero yo
bre ilustrado sobre la fragilidad de lo me pregunto si esas son esperanzas
que él creia eterno, dara locamente èl muy s6lidas, durables, para el uso, no
tiempo tan rapido de su existencia, sus solo de algunas ·almas elegidas, sino

LITTRÉ 'l EL POSITIVIBMO

89

de todos los hombres, que todos son ci6n, su triunfo sobre un ultimo prellamados igua1mente a la herencia del juicio, y este prejuicio i,Cuâl era'I Todos
ultimo ideal que se les deja todavia. nuestros modernos sufrimient.os, â su
Volvemos â encontrar aqui el mismo parecer, provienen de tres cosas muy
género deilusiones que hemos ya corn- modernas, en efecto, y que es preciso
batido a proposito de la teoria de la fe- tener el valor de reponer en cuesti6n;
licidad.
el ideal, la filantropia y la idea del
Esta participaci6n de la suerte futu-" progreso.-«Nosotros hemos so:ô.ado
ra de las generaciones de que les sepa- un m undo-decia-que no encontraran muchos siglos, esta fusion volun- mos realizado en·ninguna parte, y que
taria y consciente de si mismo en la es, segun toda verosimilitud, irrealizagran existencia de que somos una par- ble; amamos al género humano con un
te infinitesimal, consagrada a una apa- amor lleno de ilusion, como a miemricion tan râpida y a una desaparicion bros de nuestra familia, como a carne
eterna, tes, por consiguiente, para los de nuestra carne; en fin, con un optihombres un premio suficiente de las mismo pasado al estado de instinto;
fatigas y de los sufrimientos que de- éreemos en U:na marcha de las sociedaben aceptar como condiciones de la he- des que las aproxima siempre mas a lo
rencia preparada para otro'?
verdadero y al bien.
Y, por otra 1&gt;arte, t,quién nos asegu&gt;Son tres enfermedades que el sir&amp;., como lo hemos ya preguntado a glo xvm, con su racionalismo hueco,
M. Littré, que esa herencia, adquirida con sus concepciones abstractas, nos
con tanto trabajo para nosotros, les sera ha inoculado, y que son el origen del
fielmente transmitida, que no habra malestar y de la inquietud de que esuna brusca ruptura en la trama sa- tamos trabajados.» M. Schérer protesgrada del progreso, que no habra re- ta, és verdad; no demasiado enérgicatrocesos a la ignorancia y a la barba- mente sin embargo. Confiesa que su
rie, accidentes del atavismo, reminis- amigo estaba equivocado, pero que su
cencias de la vida salvaje y asimismo error se explica. El mal, segun él, no
animal en medio de las maravillas de esta en las nocionés de que se lamen.:,:
la civilizacion, cataclismos en la obra taba, esta acaso solamente en el caracde la humanidad, como los hay en la ter absoluto . que revisten, gracias a
obra de la naturaleza, M. Scbérer nos nuestra ignorancia de la historia, â
confia ba el otro dia, en una pagina muy n uestro desdén hacia el paaado , a
interesante, las confosiones de uno de nuestra impaciencia de transiciones y
sus amigos, un entendimiento libre, y de transaciones ( 1 ). Sea lo que
que se precia de serlo, y a quien no quiera, el golpe esta dado, y pol'
creo juzgar mal pensando que es un manos amigas, al corazon de este
positivista desengaiiado. Hablaba de lo
que él llamaba su ultima emancipa- (i) Bl Tiempo, 27 Mayo 1882.

1

1

�90

REVIBTA INTERNACIONA..L

'

dogmatismo , deberîa decir de este I uno de ellos estaba directamente intemisticismo, del progreso infalible, re- resado, la vida futura, las alegrias del
vestido de una suerte de caracter sa- cielo; y la imaginaci6n se encuentra
grado, tal cual le ha concebido 6 son.a- con mucha frecuencia impotente para
do M. Littré.
mantenerla ante nuestros ojos y para
Esta religion del progreso existe sin contrapesar los placeres actuales. i,06duda en algunas almas. La cuestion mo, pues, esperan los positivistas que
esta en saber si se puede hacer de ella su p{llido y lejano ideal produzca en
una religiôn eficaz y universal. i,Se es- el mundo un efecto màs vivo que el
pera hacer el stirmtlus de la actividad que quieren reemplazar, y que el homde todos los hombres'? El sentimiento bre le vea bdllar muy cerca de él, en
con que se puede contribuir por si mis- el término de su vida y como al alcanmo al progre~o del mundo no produci- cede su mano'?-El desinterés, 1cuanra en la mayor parte sino un efecto to no sera necesario para aceptar ese
muy mediocre. A veces darâ mas ardor fin prâctico I Para reservar a otros esa
a nuestras inclinaciones, servira rara- dicha de que se nos habla, tendriamos
mente para reprimirlas.
en gran parte que sacrificar la nuesEn la mayor parte de los casos, ob- tra. i,Se puede contar con que se motendrâ una aquiescencia pasiva, rara difi.carà la existencia humana hasta el
vez grandes esfuerzos. Se hace notar punto de imponerla sin resistencia semuy justamente que, para que el Po- mejante sacrificio1
sitivismo pueda hacer una obra prâcNos hablais de la felicidad asegurada
tica con esta fe en el progreso, seria para el hombre del porvenir, y os imamenester que la nataraleza hamana ginâis siempre, como si fuera esto la
sufriera una completa metamorfosis, cosa mâs natural, que el hombre del
y esto no hay modo alguno de espe- presente gozara po'I' procuraciôn tanto
rarlo. Seria preciso que se dieran en cuanto si se trat.ase de él mismo. Tonosotros y en grado muy alto dos cua- davia seria necesario persuadirle para
lidades: la imaginaci6n y el desin- eso de que se tratarâ de una felicidad
terés.
considerable; porque la dicha por proLa imaginaci6n desde luego; ésta curaci6n no es posible mas que si el
deberia ser excitada hasta el punto de objeto ganado para otro es inmensapresentarnos con una vivacidad extra- mente mas grande que el que se_ pierde
ordinaria los fines lejanos a que debe para si mi .. mo; y tampoco es s1empre
tender el progreso, se apoderaria en- posible en estas condiciones.-De hetonces de todas nuestras aeipiraciones cho, i,110 sabemos que el porvenir al
personales para dirigirlas hacia ese fin cual queréis que el hombre se inmole
ûnico. Pero i cuân dificil y poco pro- no tendra sobre el presente otra v-entabable es eso ! La religion ha propuesto ,. ja que el contar un poco men~s de mia los hombres un fin en el cual cada serias fisicas'I No en.contraré1s proba-

LITTRÉ Y EL PO.BITIVI.!MO

91

que cada uno colabore a ella en la
medida de sus fuerzas. Si ella debe prodncir mas justicia y luz y ese aumento de justicia y de luz se repartiese
entre almas qnt~ no deban perecer, si es
verdaderamente para una obra eterna
para loque trabajamos, para el progr~so de la conciencia universal, para la
realizaci6n mas y mâs extensa y profunda del mundo moral en la tierra,
como inauguraciqn y comienzo del
reino de Dios, ciertamente no hay fin
mas elevado, mas digno de nuestros
esfuerzos. Pero aqui, 1,qué resulta la
obra para la cual se convida a todos
los hombres à aportar su buena volun~
tad y asimismo a sacrifi.carse en caso
de necesidad si es necesario'? tPara qué
porvenir esta reservada1 i, Para qué consagrarnos asi1 1,Para qué con-vertirnos
en obreroa de una tarea que cesar·â
bruscamente un dia y cuyos resultados,
cR1Aalicua expec!at dum de{1.uat amniB, al file
vanamente
queridos y 5;agrados, seran
labitur et labetur in omne voltibitis oevum ( t).
brutalmente destru.idos1 t,A. qué santo1
Una ultima consideraciôn hay de Este es clamor de las generaciones que
naturaleza para marchitar 6 para de- saben de antemano que serân enganacolorar la regi6n del progreso en el das ensu lejana esperanza, y que, para
espiritn de la humanidad, si ésta lle- den.tro de algunos siglos, calculan que
gara a hacerse positivista.
el tesoro de sus sacrifi.cios perecerâ sin
Es la. que tenemos ya indicada, a remedio. De todos lados nos llegan
prop6sito de la ciencia, y que nace muy profecias siniestras.
naturalmeote de las daciones mismas He aqui una bien hecha seguradel saber positivo y de sus previsiones mente para abatir los esfuerzos de la
acerca de la fragilidad de esta combi- bumanidad. «Ya-se nos dice-el fin
naci6n puramente mecânica que ha del mundo aparece en un porvenir del
formado el uni verso. Se nos habla de cual la ciencia desgarra el velo. Corno
la civilizacion como de una obra admi- las especies f6siles de las di versas éporable, sîempre creciente, y que merece cas geo16gicas, el hombre no habrâ
hecho mâs que pasar sobre la tierra.
Lejana 6 proxima, vendra seguramen(1) W. Mallock, paginas 1'74-180.

blemen.te sino muy pocos vol untarios
que consientan en «combatir, gernir,
agonizar», para apresurar la realizaci6n de una felicidad tan mediocre.
cNada mas vanoque el especular sobre
contingentes imposibles. Los positivistas podrîan hablar absolutamente como
lo hacen si hubieran de decirnos con
qué ?i.ipidez se viajaria si se tuviese
alas; en qué aguas profundas se podria empeiiarse si se tuviera vein.ticuatro pies de alto. Todas sus suposiciones equivaleu â esas. Entre la naturaleza humana que tenemos y la que
ellos ambicionan para noeôtros, se cruza un rio profundo y sin vado; ellos no
pueden lanzar sobre él un puente, y en
todos sus razonamientos suponen que
nosotros volaremos por encima, âmenos que él no llegue a secarse por si
mismo, pero

�92

BEVJBTA. INTERNA.CIONAL

I

te una época en que todo lo que vive ofrece muchas puntos de resistencia insobre la tierra volverâ. de nuevo con el terior y de reacciôn contra las influenhombre al polvo. La lucha por la exis- rcias que hemos tratado de analizar.
te.ncia habrâ terminado. El eterno re- Pero basta a nuestra demostraciôn que
paso de la muerte reioarâ sobre la tie- esas inftuencias sean exactamente derra solitaria. Privada de atm6sfera y ducidas y que se tenga el derecho de
de vida coma la luna, su globo desier- prever los efectos de ellas sobre la huto continuad. girando alrededor de un manidad futura. Por ejemplo, cuando
palido sol. El hombre y su civilizaci6n, mostramos que el valor de la vida seria
sus esfuerzos, su~ artes y s_us cieocias, 1 singularmente aminorado por el triunfo
tod~ eso habra s1do (1) . ., S1 estas pro- de las nnevas doctrinas; que el ideal
focias son verdaderas, si todo perece palideceria en la raz6o; que la devocon la vida sobre nuestro globo, si no ciôn a la verdad 6 al arte, las alegrias
hay en parte alguna un pensamiento desinteresadas de la alta cultura, el
que se acuerde y conciencias que ha- entusiasmo del progreso, no encontrayan recogido el resultado de tantos es- rian tal vez ya alimentas suficientes
f~~rzos y sacrificios, esta ultima reli- en el hombre nuPvo; por ultimo, que
g1on del progreso, con tal ruina por muchos manantiales de la felicidad
fin, t,no es la mas cruel mixtificaciôn humana se secarian bajo la acci6n de
del pobre animal humano, que se ha- estas ideas como bajo un viento helado
br:i. perturbado inûtilmente en su mi- que hace arido todo lo que toca, eviserable dicha para agitarla ea la per- dentemente yo no hago aplicaciôn alsecuci6n de quimeras y forzarla a edi- guna personal de estas deducciones.
fi.car para la nadu 1
He seiialado en modo suficientc mis
Que se note bien, todas estas consi- reservas sobre este punto.
deraciones no tionen su aplicacion sino
Por otra parte, tendria poca gracia
bajo el punto do vista de la _16gica el querer persuadir a las gentes de que
pura, y su exacta realidad mâs que son d~graciadas, fuera loque qu.isiera
para la mediania de los hombres.
loque pudiesen decir, por efecto de sus
Ni una de ellas, verdaderas para la doctrinas, y que la existencia ha degeneralidad de los casos, lo seria acaso bido perder todo su valor a sus ojos
actualmente para uno solo de los re- porque la 16gica lo quiere asi. Se burpresentantes mas 6 menos célebres del larian de la lôgica y de nosotros, y tenPositivismo. Es necesario dar la mayor drian razôn. Me acuerdo siempre de la
parte â. los caracteres, â. los tempera- respnesta ingeniosa que diô Saintementos, alas oaturalezas de inteligen- Beuve a corresponsales demasiado cecia, a la educaci6n inde!eble, â las tra- losos. En los u.ltimos aùo , cuando él
diciones de familia 6 de raza; todo eso se inclinaba sobre muchos puntos hacia el Positivismo practico, escribia a
(1) Julio Soury: Filosofia natwr.zl,pag. 325. uno de ellos. uOs doy las gracias por

I

I

LITTllÊ Y EL POSITIVIBYO

93

todo loque me decis de afectuoso. Mas mientos, que eran continuos y vivos,
dispensadme, 1,por qué las cosas no se- declaraba &lt;tque la filosofia positiva,
ran iguales entre nosotro:!'l Tenéis pie- que tanto le habia ayudadodesde bacia
dad de mi y d9 mi desgracia. Pero 1,os treinta aiios y que le daba un ideal, la
be hablado yo, pues, de mi desgracia~ sed de lo mejor, la penetraci6n de la
;.Y quién os ha dicho que yo esté tan historia y el cuidado de la hnmanidad,
necesitado de compasiôn~ Tened cui- que, en fin, le habia preservado de ser
dado, que el amo. propio, que tiene un simple negador, le acompaiiaba
tantas vueltas, no vaya a deslizaree fielmente en sus filtimas pruebas&gt;. No
tambien en esta pretensiôn de ser mas hay nada tampoco que contestar a eso.
feliz que otro hasta en sus desgracias Por otra parte, tengo mâs confianza en
mismag (1 ).-'&gt;
las declaraciones de Littré que en la
Miss Henriette Martineau escribia de Sainte-Beuve, â quien hemos conoalgo semejante en su Autobiografîa: 1cido en los ultimos afios de su vida de«Algunas pe~son~s _dicen no concebir masiado agitada I demasiado suspicaz
c?mo, con m1s op1mones. no soy des- é irritable, demasiado poco desintered1chada â causa de la muerte, y decla- sado de su yo literario para haber gusra~ que en mi lugar ellas lo serian. A tado una bora de verdadera y tranqu.im1 vez, yo me asombro de que no se la clicha.
aconseje el pen,ar que, acaso, no se
Cuanto a M. Littré, es diferente. La
comprendan ni mis miras ni mis senti- plenitud de la vida intelectual, esta
mientos. El bccho es que mi disposi- moralidad superior, adquirida por su
ci6n general de espirit11 es buena, y fe en el bien, por su tierno amor para
encuentro qt1e uoa buena. disposici6n con los hombres; por su devoci6n absoes un gran punto; pno la solicitud que luta a la verdad, esta natnraleza, de
se atestigua con este motivo y el evi- la que uno de los que mejor la han codente deseo de sacar partido de una nocido ha podido decir que era esta
mala di posicion, si la tenia, son ras- 'lesencialmente religiosa» (cualquiera
gos curioc:;os en mis relaciones, bien que fuese el ideal de su fe); esta volunsea con algunos de mis conocimientos, tad, on fin, heroica consagrada al trabien con extrai'ios que tienen la bon- bajo; este goce profundo del ejercicio
dad de interesarse en mis asuntos. » de su actividad y de sus resultados
Ante semejante prote~ta, no tenemos acumulados; este sentimiento enérgico
mâs que inclmarnos.
y fiero de sus füerzas fecundas, apliNo se discute la manera por medio cadas a. la investigaci6n de lo verdadede la cual Clda uno se encuentra. feliz. ro dunnte el curso de una e:ristencia
Por ultimo, M. Littré, en uno de sus tan larga, to1o esto junto bien parece
ultimos escritos I contando sus padeci- ser prenda de una felicidad s6lida y
elevada.
Quedarian, sin embargo, a1gunas
(1) Oornspondencia, tomo rr, pag. 348.

I

�94

REVIBTA. lNTERNACIONAL

cuestiones muy importantes que resol- justificados por la 16gica. Pero entre
ver en vista del problema general que los hombres que naceran en un siglo
estudiamos. fü.tosnobles instintos que, positivista, lo mismo también que en
al gobernar la vida de M. Littré, le nuesti·as generaciones actuales, i,CUandieron tan excelentes y tan altas satis- tosse podrân contar de este temple'?
facciones i,UO prueban contra su siste- Para los demas, que son la multitud
ma y no son una protesta de la reali- humana, i,qué previsiones se puede
dad viviente contra la 16gica de las hacer razonablemente, al evitar tanto
teorias, en las cualès él ha tratado en ·cuanto sea posible una exageraci6n de
vano de aprisionar su entendimiento'? partido que les desacreditaria't No es
Estos instintos, i,DO serian un residuo dudoso que la vida pierda casi todo su
indisoluble de las antiguas civilizacio- valor para los buscadores de ideal bajo
nes, una resultante hereditaria de las todas las formas y para las aimas simviejas doctrinas, 6 mejor aun, no ten- ple é instintivamente religiosas, cuanderian al fondo mismo de la naturaleza do esté admitido como dogma el que
humana, no serian la expresi6n natu- todo conocimiento esta limitado por la
ral, la aspiraci6n legitima hacia algo experiencia positiva, y cuando este
etemo y absoluto en oontradicci6n con dogma haya tomado puesto en las cosel Positivismo, y de donde se saca el tumbres mentales de las generaciones.
verdadero valor, el verdadero precio de Al contrario, para la gran mayoria
la vida'? En fin, cuando seestudiade cer- de los hombres, la vida, en vez de perca la vida y la conciencia de M. Littré, der de su importancia, habra ganado
cuando se le ve . tan pronto en recono- mucho; ganara asimismo demasiado en
cer sus errores, tan presuroso en recti- un sentido; habra perdido su valor ele:ficarse y corregirse a si mismo, i,nO esta vado, pero su valor vulgar aumentara
permitido creer que él no repos6 nunca tanto mas. Enfrente de este inconocicompletamente en la plen:;i. ytranquila ble 6 acaso de esta nada que nos enposesi6n de la verdad't iQuién puede vuelve por todas partes, que se extiendecir que no le aconteciô un d!a, una de delante de nosotros como detras,
hora, el sentir esta desproporci6n entre ella sola sera. cosa real, sin tien te y sensus instintos y su doctrina'? Son esas tida. Se ligara uno a ella con una
cuestiones reservadas â la psicologia suer te de aspereza, se la defendera con
intima. En todo caso, es men ester abrir f uror, cuando se haya perdid.o las rauna categoria aparte â. estas personali- zones que hacen que, en ciertas cirdades de elecci6n y de excepciôn, que cunstanciBlf!, se la sacrifique con aleencuentran en la cultura intelectual gria, con la embriaguez del honor
mas elevada el empleo de su actividad triunfante 6 de 1a conciencia exaltada.
y motivos de ser suficientemente di- No se tendra mas que a ella, se la pochosas, motivos incontestables de be- seerâ apasionadamente. Asi se formara
cho, cuando asimismo no estuvieran una raza dura, prâctica, calculadora,

Ll'ITBÉ Y EL POSITIVISMO

95

positi'oa a todo trance en el mal sentido I padecer mucho. Aquellos en quienes
de la palabra.
predominan, a pesar de todo, disposiMe figuro esas generaciones nuevas ciones refractarias al nuevo estado de
de gentes j6venes aventureras. confia- cosas, sentimientos indomables y asdas en si mismas, capaces de llevar a piraciones en lo sucesivo sin objeto,
cabo los excesos mas grandes de tra- aquéllos, retrotraidos sobre si mismos,
bajo y de placer, implacables en la c~mprimidos, ca~ran mas y mas en el
gran batalla por la vida, sabios en caso disgusto de la vida. Mas y mass~ lade necesidad, en la medida util de las mentarâ.n de que la verdad es triste.
aplicaciones, porque la ciencia es una fo1n â engrosar la multitud que el
fuerza en la batalla y una probabilidad pesimismo arrastra en pos de si hacia
ademâs para la victoria, que se ence- esos nirvanas peores que los de Orienrraran sin pena y sin cuidado en el hci- te; maldecirân de la conciencia que no
rizonte estrechamente medido por la les ha dado mas que el sentimiento del
fe nueva, que se apoderarân de ella sufrimiento y del vacio. La escuela del
victoriosos de las cosas reale$ y que suicidio renacerâ, como en la d.ecadenextraeran con ardor de ella todo el jugo cia de las füosofias antiguas; ésta teny la sustancia. Seguramente el ideal dra adeptos mas y mas numerosos, no
sin objeto no harâ. ya presa en estas s6lo en la practica, sino que también
almas experimentales y desilusiona- por doctrina.
das. Nada de eso vendra ya â per- Y no seran seguramente ni los mas
turbarles en su entusiasmo razona- mal os, ni los mas cobardes, ni los mas
do para perseguir el género de fe- tontos, ni los menos nobles los q~e se
licidad que esta en su conveniencia vayan de este mundo; seran los irrey a su alcance. Habrân roto para siem- conciliables con la vida, tal cual se les
pre con estas ilusiones valetudinarias habra hecho, y en la que no encontralas circunstan- rân su sitio.
que se llaman. , seg:ûn
0
cias, 6 el escrupulo y el remordimien- Yeso serâ asi hasta el dia en que
to, 6 el delirio y la quimera, productos algun pensador osado se aperciba de
tan enervantes y debilitant-0s de las que hay algo mas alla de la fisica y de
civilizaciones espiritualistas.
la quimica, y por una genial inspiraAl contrario, los que hayan conser- ci6n inesperada descubra el alma y â
vado esta enfermedad y este tormento Dios.
inûtil del i&lt;l.eal, tendrân motivo para
E. ÜARO.

�97

LA SENOBA. GERVAISAIS

LA SENORA GERV AISAIS

I

C

uarenta scuài'J
-Si, Signora.
-0 sean doscientos francos,
en moneda de Francia, t,no es eso'?
-t,Doscientos francos'? ... -dijo la
romana que enseiiaba la habitaciôn a
la extranjera; y pareciô contar y recontar mentalmente.-Si, si... doscientos francos. Pero la Signora no ha
visto bien ...
Y echando con brusquedad el manton encima de una cama deshecha,
pusose a ir de cuarto en cuarto con
vivas ondulaciones de talle, hablando
con la volubilidad de una padrona de
habitaciones amuebla:las:
-Mire V., se fueron esta maii.ana ..•
Una .familia inglesa .... unas gentes
muy cochinas, que por todas partes tiraban agua ... Todo esta en des6rden ...
no ha habido tiempo dearreglar nada .•.
Pero la extranjera no escuchaba:
habiase detenido delante de una ventana con el niiïo que tenia de là mano
y el cual se agarraba a sus faldas; y
le ensefiaba loque desde alli se veia,
la plaza de Espaila y la escalinata de

la Trinidad del Monte. Luego le pregunt6:
--1,Quieres quedarte aqui, Pedro
Carlos'?
El ni.fio no respondi6, pero levantô
hâcia su madre los ojos, llenos de alegria.
-JOiie bellezal-exclamô la alquiladora, con ese grito de la admiraciôn
romana ante todo lo hello.
Al oir esta palabra, la extranjera
miro un minuto al niîio con esa mirada de madre que parece besar en el
rostro de su hijo la hermosura que le
encuentran.
-;,Y esa lengüecita, no habla'?-dijo
la italiana.
-Esta. un poco atrasado para su
edad ... -Y la frente de la extranjera
se puso de pronto seria; y, casi en seguida, prosiguio con tono brusco:De modo que, ;,no es eso'?, hay aqui...
una antesalita, la cocina al otro lado
del rellano, con nna alcoba para un
criado, y estas cuatro piezas seguidas ...
-Sî, Signora ... nosotras nos retiraremos al cuartito del fondo ... No ne--

cesitamos mas para nosotras dos, i,IlO tranjera, ésta dijo, con tono altivo y
es asi, madre'?
breve:
Y la romana volvi6se hacia una vie-Tome V., seno-rita, concluyamos ...
ja, de magnificas facciones ajadas, Aqui estân los doscientos francos del
que estaba de pie, con la dignidad de primer mes ...
su traje de luto, silenciosa, presenY puso el dinero encima de una
ciando esa conversaciôn sostenida en mesa.
una lengua que no comprendia y de
-Veré, después, si me encuentro
lo cual parecia adivinarlo todo, con la bien aqui... ·
inteligencia meridional de sus ojos.
-Mi madre va a quitar el r6tulo de
-Bueno, convenido ... me quedo con «se alquilu-dijo la joven; y mojando
la habitaci6n...
la pluma en el barro de un tinteto se- i Ah! Signora, no es cara... Si co, aùadi6:
este aii.o hubiese mas extranjeros en
-t,A. qué nombre es preciso extenRoma...
der el recibo'I
-Digame V., ;,es tranquila la casa'?
La extr:mjera entreg6 una tarjeta,
i,NO hay ruidos en ella'? Porque, hace en la cual se leia:
poco ... entré en una casa ... Cuando
lei en la calle: Maestro di Mu#ca ...
LA. SKNORA GERV.A.18.A.IS
-jOh! loque es aqui... Abajo, ya
lo ha visto V., hay un librero, con la
calcografia que mi padre tuvo en otros
La italiana se inclino para copiar
tiempos ... y arriba estân sus almace- el apellido, y al volver a levantar la
nes .•. y, respecto a nosotras, nunca cabeza, vi6 al niùo, quien teniendo
recibimos a nadie...
vuelta entre las suyas la enguantada
-Es que estoy delicada, algo malu- mano de su madre, la besaba en el sicha ... Necesito sosiego, mucho so- tio correspondiente a la palma.
siego...
-jC6mo debe V. quererle!
-jA.h!... t,Estâ delicada la seiio-jûhl no tiene mas que â su madre
ra'?- dijo lentamente la paàrona, :i para hacerlo asi...-suspir6 la madre.
quien acababa de entrarle ese miedo -Ya sabe la seiïora que estamos
popular de las alquiladoras de casas obligadas a presentar los pasaportes a
amuebladas de Roma por el contagio la policia ...
de las enfermedades de los pulmones,
-Me han guardado el mio en la
temor encontrado ya por Chateau- fonda. Maiiana se lo entregaré a V., al
briand cuando buscaba alli la ultima tomar posesi6n del cuarto ...
morada para la seâora de Beaumont.
-i,No necesitara la se:iiora que les
Y como tratase de dar vueltas en el hagan el desayuno?
magin a una frase que hiciera expli-No ... me propongo tomar dentro
carse acerca de su dolencia a la ex- de pocos dias un sirviente de aqui,
RRYlBTA.-MAYO

94.

.

7

�.
98

--- - - -

BEVISTA INTEB ••ACJONAL

para la cocina. Hasta mana.na, sefio- vaisais a un camarero que le traia el
ras ... Ven, Pedro Carlos...
potaje de la mesa servida de vigilia,
Y dirigiéndose a su doncella, que en la cnal haiase sentado ella, sin saestaba arrinconada en el fondo de la berlo.
estancia, con el corazon oprimido y la
Al oir esta peticion, un ecle iastico
tristeza pronta a reventar de una bor- coloradote, en actitud de recitar de pie
goiiona fuera de su tierra:
juato â. ella su Benedicite, la echo una
-jA.nda, Honorina, vâmonosl Ya mirada, que reprimi6 casi al punto, é
volveremos, hiJa mia...
hizo retroceder un poco la silla al senY al estar en la puerta, dijo la ita- tarse.
liana corriendo detrâs de ella:
En el monumental comedor donde se
-1A.hl Senora, se me habia olvida- alzaban virtudes, mârtires y heroinas
do. Debo advertir â. V., respecto a la cristianas de yeso, sobre un fondo pinlimpieza de los ,carpe ... a menos que tado imitando mosaico, comia la heteno sea la doncella de V. quien...
rogénea mescolanza de los visitantes
-Mi doncella no hace mas que las de la Ciudad Eterna: hnéspedcs venicamas...
dos de todas partes, cat6licos, laicos
-Entonces... serân a dos /Jaioccos de leviton clerical, sacerdotes de todas
por cada par de zapatos... Eso es el clases y vestimentas, muestras de la
gajecillo de la serta.
clerecia bajs y alta, obispos con soli•
-Pues bien; la ser1Ja tendra sus dos deo de color de violeta, muchas curas
/Jaioccos.
de pueblo, buenos bebedores y de voz
y la seiiora de Gervaisais no pudo recia, :flacos presbiteros de compania
menos de sonreirse al ver a qué poca escoltando à. seiioras ancianas en la
costa se labra en Roma la felicidad del peregrinaciôn de su curiosidad piadopobre.
sa, comerciantes enriquecidos que obsequian a sus mujeres con el viaje de
recreo de las personas distinguidas,
zafios industriales que estropPan los
nombres de las santas corregidos en
Il
alta voz por sus hijas con las lecciones
frescas aun de su educaci6n de convento, viajantes que explican sabiaAquella tarde, estaban llenasde gen- mente a sus vecinos de mesa en qué
te las mesas del H~tel de la .Minuoa, consiste que en los Estados Romanos
y de trecho en trecho los viajeros con- estan dispuestos a. engordar los vinos
cien:t:udos leian la «Guia» en su plato de los paises templados; en fin, todos
esos pasajeros cosmopolitas, an6nisopero, aun vacio.
-No ... sopa de cocido para mi ... y mos, impersonales y vagos, â quienes
para mi hijo-ad virti6 la seîiora Ger- acerca y hace comulgar en su vulga-

LA IŒNORA GERVAISAIB

l

99

ridad la vida de fonda, el codearse con dad~ de no hacer ni siquiera que baellos durante las comidas.
1rriesen todas las maiianas la prision de
En un extremo de la mesa, obser- 1San Pedro.
·
vando con superioridad alos comensaAlegrose la seiiora Gervaisais al pen .
les, destacâ.base de todo aquel gentio sar que esa era su ûltima comida en la
un caballero de una orden de nobleza, Minett&gt;a. Todo aquel ruido necio que
envuelto en esos hâbitos que visten aIoia en torno snyo ha tiabala, casi la
la vejez religiosa con la gracia correc- j ofendia, sintiendo una especie de nâ.uta de lo blanco. Con ademanes de hom• seas al oir hablar alli tan alto â la esb~ d~ la b~en~ sociedad, hablaba al j tupid::::~ .. Su amor propio de fraocesa,
01do a una 1taliana cuyos ca bellos es- de par1s1ense, padecia con esas ineptaban anudados con una cinta de color cias brotadas de labios de cœn patriode faego que recordaba una tira de Itas; y habia alti una humillaci6n para
purpura de peinado antiguo.
ella, al mismo tiempo que un rechinay &lt;'Onforme avanzaba la comida y miento de dientes ca i doloroso, altodifundiase la expansion de los estô- car tan de cerca y en su mas grosera
magos satisfechos, la charla de los expresi6n el «beocismo » exuberante
vecinos de mesa se iba entremezclando que, por singular é irônir.o privitegio,
y se c@nvertia en conversaci6n gene- despierta el espectâculo de la ciudad
ral. Entonces aparecia y se desplegaba mas grandiosa del mundo en el pueblo
la sandez del frances en mesa de fon- mas âtico de la tierra.
da, quien toma todas sus comparacio- -Coge una naraaja y vamonosnes y normas de las ideas, de los pre- acabo por decir a su hijo, concluida ya
juicios y de los productos francese , la paciencia antes de llegar â los posqueriendo toparse otra vez con Francia tres y ofendida por el porte de su veen todas partes del extranjero, y sin cino el capella.a del Benedicite, quien,
admitir nada del derecho de cada uno refocilado por la comida, y con el codo
de los demàs pueblos a ser lo que es. junto â ella. daba e golpecltos en el
Con palabras doctorales y burdas ig- hombro con la lista de los vino-1,
norancias criticabaase las costumbres,
Snhi6 por la e~c tlera principal, ro •
los bâ.bitosylasinstitucionesdel pais. zandose con un capnchino que, arriPor parte de los sen.ores â quienes ha- mado â la garita del portero é inmôvil,
bian servido café con lech~ en vaso, alargaba a los transeuntes una bussola;
alzâ.banse quejas de civilizados que y por los largos corredores, en los rindesembarcaran en una comarca sal- cones de los cuales veianse prelaciales
vaje. A prop6sito de la pequeiiez de los equipajes con aspecta de estuches de
pollos asados, habia quienes decian plateria, de tafilete rojo y estampados
que eso daba triste idea del gobierno; de oro, lleg6 a su cuarto, donJ.e se
y un sen.or calvo, con cara de perso- encerro con su hijo.
naje, acusaba a los ediles «de la localiCaia la tarde, y con la clarinad que

�100

REVIS'îA INTERNAClONAL

se iba entraba en ella el sentimiento penetraba el sol a través de flores
de tristeza de qae las mujeres de cierto puestas en tiestos. Asi que cerr6 la
temperamento no pueden eximirse a la puerta, al irse los mozos de cuerda,
llegada de la noche, en el momento tuvo el placer de esa expansion libre
de desmayar y en el momento de caer que SI.! siente al abandonar la posada,
la tarde.
la fonda, fa casa de todo el mundo.
Poco a poco iba siendo presa de Entreg6se a. la modesta dicha de ver
aquel\a especie de melancolia soii.adora sacar el contenido de su equipaJe, de
é instintivamente medrosa que dan a colocarlo y arreglarlo todo, de sentirlas mujeres, el temor a las tinieblas y se dentro de un hogar en donde por
la ameoaza de la noche. Cogi6 a su largo tiempo iba â encontrar de nuevo
hijo encima de sus rodillas, y se puso a la pulcritud y la duizura del domicilio
mecerlo, estrechando contra su regazo pri vado.
el primer sueno de su niùo, tarareân- La habitaciôn era la ramplona casa
dole quedo la Mecedora, de Schumann, amueblada que Roma alquila a los/ocon la boca en la misma cabeci.ta de él, restiere, y donde, sin embargo, veiase
y echandole la voz entre los cabellos. el caracter del mobiliario romano, soAl de1mudarla para acostarse, la. bre todo en la gran sala que hacia esdijo su doncella:
quioa a la calle delle Oa'l'rozze y a. la
-Pero, t,no toma la seii.ora la poci6n plaza de Espaùa. El techo, pintado de
que el sen.or doctor Andral ha encar- blanco, se dividia en cuatro compartigado tanto que tomase V. todas las mientos con füetes azules y rojos renochesî
cuadraodo ligeros arabescos, de dondt•
-Dios mio, haz el favor de dârmela pendian, balanceandose en la punta
si gu.stas, Honorina ... quiza me impi- de un cord6n, cestillos con flores. Dida sentir las pulgas de la Mine'f'Da.
bujos de adorno a la aguada, en dos
tonos grises, entrelazâbanse sobre el
fondo azul del papel de las paredes.
El entarimado del piso desaparecia
III
bajo las cenefas de una alfombra turca, roias, amarillas, negras y blancas.
Cortinas de algod6n, agitadas por el
aire exterior, ondea ban en los balcoAl siguiente dia entraba la seii.ora nes, bajo guardamalletas de damasco
Gervaisais en la casa que habia toma- con fl.ecos. Sillones de nogal, de una
do en alquiler.
rigidez anticuada, apoya.banse contra
Detrâs del niiio , que iba saltando la pared, con sus curvas patas de malos peldaiios, subi6 por la escalerita dera oscura y su estrecho respaldo, en
de marmol, de losas blancas y negras, el centro del cual se veia en un circuiluminada por ventanas por las cuales lo una Musa taiiendo la lira, cual

LA SENORA GERVAIBAIB

101

un m~l meda~16n de taracea. Sillas 11c6moda, que parecen los juguetes y
del m1smo estilo formaban corro en las reliquias de los dioses Lares de la
torno de un velador sostenido por tres clase media romana.
pies trâgic'ls; y repisas amari\las col- La seiiora Gervaisais pusose bien
gaban de pernios con cab~zas de mu- pronto en esa pieza air de una a otra
jer, de metal dorade.
siUa, cayendo sentada con el resto del
Por la parte contigua â la calle d~lle cansacio del viaje, é inclinândose de
Oarrozu babia uoa. chimenea de mar- continuo hacia su doncelia â. la cual
mol blanco. Su estrecho tablero hori- daba 6rdenes para cambiar de sitio 6
zontal sostenfa. un e~pejo que alzaba de postura esto 6 lo otro; no se levansobre dos garras de grifo doradas sus taba sino cnando el terco ademlm de
tres cuerpos, encerrados en triple mar- su hijo la ensei'iaba con la mano un
code palo rosa coronado por un pe- objeto â mayor altura que la de él y
quefio enta.blamento con una bara11- querfa verlo, como los «tocatodo, de
dilla de cobre: un espejo del pais, se- su edad, teniéndolo un minuto entre
mejante â una vidriera arrancada de sus deditos.
un gabinete.
Por fin fué a descansar al angulo
Enfrente e taba abierto el piano, qu~ del aposento, donde pendi.a una pruela sei'i.ora Gervaisais habia mandado ba antes de rotular de la Tran.ifi,guraponer desde la vispera, d bajo de un ciô11,, en una rinconada mas oscura, y
gran cuadro con la Oronologia de los delante de la cual cruzâbanse sobre la
Papas bordada en negro, en caiiama- alfombra las luces de los dos balcones;
zo, dentro de uoa grau orla de Haves se encontrô bien alli, creyendo haber
y de tiaras; p~adosa obra de la bija de hallado ese lugar querido que toda
la casa, que acompaiiab&amp;n, puestos de mujer elige donde habita para hacerlo
través 1 unos paisajes de Claudio el Lo- su sitio predilecto, est.ar en êl feliz
renés, firmados por el grabador Par- y tranquilamPnte en compaiiia de si
boni.
misma, leer, escribir y sonar. Arrelley por toda la e tancia, encima de la nândose entre los almohadoocillos de
chimenea, de las repisas·, de lo vela- crin del sofa puestos en derredor suyo
dores, estaban puestos, amontonado y para sostenerse, dijo â Bonorina qne
revueltos, mPnudos cachivaches de to- trajese una mesa y pusiese encima la
das clases, reducciones de obeli cos, carpeta y los libros. Por encima de su
muestras de marmoles, copas ne ala- cabeza colgaba un cesto de mimbre,
bastro, columnillas con figuritas de trenzado de oro y blanco; mandô busbronce, un le6n de harro cocido copia car fi.ore. para llenarlo. Y cuando la
del de Canova, imitaciones de vasos cama de su hijo estuvo puesta en el
etruscos dunlr,erquu, ese mont6n de cuarto inmediato de modo que estutrozospequenos degran1es cosas, como viera a la üsta de su coraz6n y pudiercunidos por una solterona sobre su se mirarle dormir por la puerta entor•

�LA 8Jt.:'ORA GERVA lBA.18

102

103

BE\718TA. Th'TEBNACIONAL

nada ... lo qua respiraba y lo que laj vapores, sin una mancha; un cielo
envohia, la luz risueiia, la pieza ale-, profundo, transparente y que subia
gr_e y amena~ insp_iraronla cse movi- como pol villo_ azul ~or e~ éter; un ciem1ento de sabsfacc16n que â las natu- lo con la claridad cnstahna de los cieralezas enfermizas y nerviosas (a las los que mi.ran al agua; la limpidez ùel
cuales impresionan las nonadas en tris- infinito, fl.otante sobre un mar del Metecedoras de las cosas) comunican la diodia; ese cielo romano a qnien la
especie de simpatia, el gran recinto vecindad del Mediterraneo y todas las
de las paredes, el aire dichoso de una causas desconocidas de la felicidad de
mansiôn donde no parece que se deba un cielo hacen conservar durante todo
sufrir.
el dia la juventud, la frescura y el
despertar de su aurora.
Olvidâbase de si misma, reclinada
en la haranda del balcon, apoyada una
IV
mejilla en la mano, aspirando ese
azul, azotado su busto por el bationdeo de las cortinas. Sd abri6 la puerta
En su sueiio de la maiiana, la seiio- detrâs de elia.
ra Gervaisais sinti6 luz y calor, como -iDuerme aun~-preguntô â Honoun suave deslumbramiento que hubie- rina.
se hecho cosquillas en la oscuridad a -No, seiiora ... Y si la seiiora quiere venir ...
sus pârpados cerrados.
Honorina dijo esto sonriéndose; y
Abri6 los ojos: tenia sobre si un
rayo de sol, entrado por una. persiana llevando a la seùora a su cuarto, la
mal cerrada, dan.do de Ueno en el hizo asomarse por una ventanit.a.
· Dt,bajo de la ventana habia un paalmohad6n.
tio,
un agujero, un pozo; pero un pozo
Saliose de la cama, gozosa. con ese
nuevo despertar al placer de vivir, al de luz, como los forma por alla el sol
cual tan poco hab1tuan las desapaci- cayendo a plomo entre cuatro paredes.
bles ma.nanas de Paris a sus morado- Y en el fondo, un jardinillo con colores genuinos. Y echândose un peina- res de decoraciôn de comedia de mador encima. de los hombros, abri6 la gia, donde las frutas parecian frutos
ventana de par en par y se puso a con· de oro, donde el agna de un surtidor
templar el cielo de un hermoso dia de arrojaba al aire un polvo liquido de
Roma, un cielo azul donde creyô ver diamantes y zafiros, â. través de los
la prome.sa de un eterno buen tiempo; resplandores de luces de Bengala que
un cielo azul, de ese tono suave y le- se enviaban unas a otras las paredes
choso que da la aguada â un cielo de pintadas al estilo italiano, agriamente
acuarela; un cielo inmensamente azul, azules. El jubilo del Mediodia deslizâsin una nubecilla, sin una vedija de base y jugueteaba sobre lo reluciente

I

de las hojas y lo brillante de las flores, 1
zu~baba entre el silencio y el calor: y
nubes de moscas, blancas sobre loverV
de y negras sobre lo blanco, entrecruzabanse confu. as en el aire 6 se cernian alli con alas imperceptiblemente 1
te(D.blorosas, cual âtomos de dicha S1;18- I -1Pedro Carlos!-le grit6 11 madre
pensos en la atmôsfera. Un naranjo en desde la venta na.
espaldera, unos limoneros pequeùos en
El niiio salt6 en seguida dela fuente,
grandes tiestos de barro encarnado, y subiendo la escalera â escape, al
!Jotas de nie'De trepando por trozos de cabo de poco tiempo estuvo en brazos
cailizo, donde habiafiascketti vacios de de su madre, fre~co y con olor a flores
vino de Orvieto colgados, junto â ce- mojadas, sin aliento y sonro ado, espillos para los zapatos: tal era, en re- trechândose contra ella, besândola en
sumen, todo ese jardin, al extremo del l 1a cara, los ojos, los brazos, las manos,
cual deshaciase en gotas el delgado en sitios di versos del peinador, con las
chorro de una clara fuente, cayendo \ caricias de un animalito cariii.oso, con
desde lo alto de un nicho de rocas a besos que casi lamian.
un fragmento roto de un sepulcro
-Vamos, Honorina, démonos prisa
antiguo.
a vestirlo... Me encûentro firll).e esta
Alli estaba Pedro Carlos. Habia ido maiiana ... Saldremos para todoeldia ...
naturalmente hacia el agua; y dentro Roy hay que correrla, hijo mio.
del nicho, subido en el trozo de mâ.rY comenzaron las operaciones de
mol de carcomidas e trias, con la ca- tocado. La madre puso al cuello del
misa de dormir pegada en los itie,s niiio una de esas gorgueraR de entonmojados sobre la redondeces de su ces, que formaban tan lindo marco rie
cuerpecito, con los brazos desnudos lienzo blanco encaii.onado alrededor
ha ·ta el bombro, puestas en los pies de la~ mejiltas de los niùos. Ayudada
las botitas altas, sin abotonar, con la por Bonorina, le meti6 lasaltas medias
cabeza un poco reclinada en los peiias- escocesas y el pantal6n corto de tercos, mezclados lo cabellos con plan- 1ciopelo negro. El hombrecito dejaba
tas colgantes, cogiendo el caiio de la hacer, mirando lo que le ponian con
fuente con las dos man os en alto j un- un placer prof undo, casi con recogitas y abiertas, dejaba caer otra vez el I miento, y una ser1edad de dicha que no
agua que se desbordaba al reunirse en tienen los chicos de su eiad. Pusiéla copa de sus dedos, gallardamente ronle la chaqueta de terciopelo. Su
inm6vil, casi serio, con una especie de mad.re le hizo en el cue11o un lazo con
presentimiento de su linda postura, de una cinta de seda de color de cereza.
la hechicera é infantil estatua de Fuen- Luego le calz6 Honorina zapatitos con
te que alli representaba.
tacones, y le cubriô la ca.beza con una

I

�104

REVISTA INTERNA.CIONAL

gorrita de terciopelo negro, tenîendo
por garzota una pluma de garza real,
sujeta con un broche de plata en forma de cardo de Escocia. El niiio estaha vestido; y gozoso con ese traje
artistico, algo teatral, que para él habia inventado el gusto de su madre,
pavoneabase como si se tuviese respeto a si mismo.
-Bueno, Honorina-dijo la seùora
Gervaisais, pasando un dedo por entre
la gorguera y el cuello del niiio;-me
parecen muy buenas perrnnas las mujerea de esta casa ... 1,Te han puesto al
corriente de algo'?
-;Estas mujerea'? ..• Pero, senora,
jsi no comprendo nada de lo que dicen!. .. La miama joven, que habla
francés...
-Tu comprendes muy pronto ...
Eres inteligente y...
-jOh, sefi..ora!--dijo Honorina con
el profundo abatimiento de una mujer
del pueblo que eiente entre ella y los
otros la eterna separaci6n de una lengua que no es la suya, de una lengua
que nunca podra comprender.
-jVaya! Pobre Honorina, yo no tengo la culpa de eso ... Ya sabes que si
estamos aqui...
-Ya lo sé, seiiora, ya lo sé.
Henorina baj6 la cabeza y prosigui6:
-No es por faltar a la seiiora ...
Bien sabe V. que la seguirîa hasta E'll
fin del mua do ... -Y animândose, exaltandose, aîiadio:- jYo sin Vds!... V.,
que ha sido para mi... iYO sin el niii.o!
Oogi6 al nino y lo estrech6 contra
ella, casi con furia, repltiendo:
-jYo ... ·yo!...

-(Estas loca, Honorinal-dijo la seiiora Gervaisais alargando una mano,
que Honorina se apresuro a coger con
una explosi6n de lagrimas.-Anda a
ponerte el sombrero ... ïPronto! que vamos â salir ...
-jPobre chica!-dijo parà si su seiiora, viéndola irse.
Por el tiempo en que comenzaba â
estar embarazada de Pedro Carlos,
acaeciole a la sefiora Gervaisais que
hubo de perder una anciana doncella
que la habia visto nacer. No habiendo
encontrado inmediata.mente con quien
reemplazarla a gusto suyo, mientras
tanto habia tomado de interina a una
costurera que frecuentaba la casa, por
tenerla a jornal dos 6 tres veces por
semana. Al cabo de algun tiempo, hallando en esa joven, a cuya cara estaba acostumbrada, cuidados, atenciones, un aire distinguido y un agrado
en el servir que la complacian, hizo de
esa joven su doncella. Llegado el parto,
tuvo ocasion de ver la devocion que
Ia tenia Honorina, quien velo a su cabecera diez noches seguidas, y la salv6. El dia en que el méd:.co dijo que
habia pasado ya del todo el peligro,
viola entrar por la tarde en su dormitorio con aire de desconsuelo: Honorina dijo que no queria enganarla, que
habia sido procesada por el robo en
casa de la seiiora Wynant, la muJer
del banquero holandés, que ]a habian
declarado inocente y la habian absuelto. Pero estuvo en la carcel con
las ladronas, en el banquillo de los
acusados, entre guardias civiles. Y al
contar esto, casi parecia haber conser-

105

W SENORA GKR~A.I8Al8

vado la vergüenza de ello. Después
trat6 de vol ver a colocarse, pero en
cuanto contaba su «historia» despedianla al momento; y se habfa visto
precisada a. ponerse atrabajar a. jornal.
Al oir esta confesi6n, el primer mal
impulso de la senora Gervaisais habia
sido pagarla sus cuidados con dinero
y quitarsela asi de encima. Después,
al pensar en lo que esa joven habia
sido para ella en su enfermedad y en
que debia estarla agradecida de otro
modo, casi se ruboriz6 de haber tenido
la idea de imputar como un cri men a
esa infeHz un error de la justicia. Pidi6 informes al presidente del tribunal
(un amigo de su marido) que dirigi6
las sesiones del juicio oral; no cabia
ninguna duda respecto a la ino cencia
de Honorina. En vista de eso, la doncella qued6 al servicio de la senora
Gervaisais, agradecida a su seùora por
haberla dado mas que la vida, por la
especie de valor que tuvo en conservarla a su lado a despecho de la opini6n publica; feliz en aquella casa,
pero conservando un fondo de amargura contra el mundo entero por las sospechas y la injusticia que sobre ella
habian pesado. Jamâs lo pudo olvidar,
y a cada momento acometianla como
crisis de un cora:r.6n desgarrado que
estallaba con accesos nerviososde comprimida pasi6n, ana.logos a los de aquel
dia. Imaginâbase que en el banco del
tribunal habia dejado algo de su honradez. Sentia vagamente loque queda
de sospecha, 6 por lo menos de prevenci6n contra una procesaàa como ella.
Su absoluci6n no la habia lavado, ni

aun a los ojos de ella misma, de una
especie de mancha indeleble para siempre, y de la cual aceptaba algo.
Por eso nunca quiso casarse. Su
unica adhesi6n era por aquella madre
y su hijo, los dos unicos seres a los
cuales se habia consagrado en cuerpo
y alma, envolviéndolos en un amorceloso, furibundo, devorador. Todas
estas expresiones se retrataban en su
juvenil y lindo rostro, aunque mohino, contraido, vuelto duro y casi perverso por el martirio de su pasado y
de sus deeconfianzas; y al ir (pisa.ndoles los talones) detrâs de esa madre
y de ese bijo, asemejabase a esos perros fieles, pero tnalos, que gruûen y
ladran, dispuestos a morder a quienes
se acercasen demasiado.
Honorina habia vuelto aentrar.
-Llama un coc,he de punto-dijo la
se:iiora Gervaisais.

VI

-Al Foro... -dijo la seiiora Gervaisais.
El carruaje subi6 por una gran calle
de tiendas, palacios é iglesias, y después por una 'Dia estrecha. De pronto
ensanch6se un espacio, una pequeii.a
llanura abandonada, un erial, un terreno polvoriento, con hierba corta.
El cochero habia detenido a los caballos maquinal é i6stintivamente; levant6se la seftora Gervaisais.
Era el Campo Vaccina: p6rticos su-

�106

BEV18TA INTERSACIONAL

pervivientes de templos derruidos; co- losal Anfi.teatro sobreec:asarcadasconslu.mnatas aisladas que solo se apoya- truidas con sillares ciclôpcos, donde la
ban en el cielo; columnas bennida , furia de los bârbaros no pudo hacer
sosteniendo entablamentos, donde la I otra mella sino agujeros de gusanos,
gramineas roian nombres de empe- \ y se encontr6 en la arena del redondel.
radores; arcos de triunfo enterrados
Abrasaba el sol. Fué â sentarse en
veintepies y veinte siglo.; zanjas ates- la estrecha sombra proyectacia por uno
tadas de fragment.os y migajas de edi- de los altaritos, de pintura de conchaficios; enormes b6vedas de basilicas, da, que rodean el Circo, y abarcô con
con dovelas hundidas, por donde se ve la vist.a el inmenso teatro, que abrumô
lo azul del cielo; al final de la. Via Sa- su mirada y su pensamicnto.
cra, grandes losas yacentes, caoteros Volaban familiarmente las aves en
de lava, pedruscos de fuego enfriado, el monstruoso nido de piedra; alli,
deshechos por el paso de las nacione donde no hay un lugar tamano no mas
encadenadas, ahlmdados por las rode- que como una margarita sin su rocio
ras del carro de la victoria; alla, la ve- de sangre, crecia la hierba, la misma.
jez de oro de las pirdras; acullâ, de- hierba indiferente que en todas partes.
lante de iglesias, el mârmol pagano Lo abrupto de la roca invadia las grapodrido, los fustes de columnas sin das; los palcos derruidos convertianse
brillo, deQconchados, gastados por el en guaridas de fi eras, en las cavernas
tiempo, heridos a golpes, con descan- mi mas de Africa, donde Roma iba a
tillamientos como armaduras guerre- bu car los leones, empobreciendo de
ras y grandes agujeros cual arboles ellos los desiertos para los goces del
viejos; por todas partes restos in men- Pueblo Rey. Crecian arboles, bosques
sos, religiosos y magnificos, sob!'e los d~ malezas trepaban de banco en bancuales parecian ha ber pasado la be- co, saltaban por encima de hoyos de
rrumbre del agua y el hollin de la ochenta pies de sombra. La ruina volllama, un incendio y un diluvio, to- via a la naturaleza ( como vuel ve en
das las iras del hombre y del cielo: tal Roma) con el marmol que se torna en
fué, con su invicta grandeza, la pri- piedra, la piedra que se convierte en
mera aparici6n de Roma antigua a la roca, las termas que se transforman en
senora Gervaisais.
grutas, los palacios que el suelo nivePase6se por largo tiempo sin fatiga, la, las cupulas que una raiz de arbusllevando a tirones de la mano el abu- to hace estallar, los sillares que un
rrimiento remo16n de su hijo.
grano caido del pico de un g'1 rriôn
Luego, pasandopor elArco del Triun- desprende, los coliseos donde se desfo, al final del Foro, se encamin6 al cubre la cantera como en la falda inColiseo. Anduvo por debajo de esas agotable de una montaiia, las tumbas
galerias, semejantes a catacumbas â que se sepultan a si mismas, las estacielo descubierto que sostienen el co- tuas mudadas en cantos rodados, todas

LA !R.NOBA GEBVA18Al8

1'}7

las reivindicaciones y los recobros to- barreando el cielo y sus estrellas. A lo
dos de la tierra eterna sobre la Ciudad Lejus, bajo la curva. del gran arco
Eterna.
triunfal, entre la claridad nocturna,
Poco a poco sumiôse la seiiora Ger- hlanqueaba una especie de valle de
vaisais en una contemplaci6n severa y manes, un como paseo eli. eo y virgien hondas meditaciones. Recod6 lec- liano donde el raro transeunte del senturas, despertaronse en su memoria dero adquiria una apari~ncia vaporosa.
pâginas histôric·as. I.entamente hubo Y todo hubiera dormido alti, sin un
alli una evocacion de lo alli acont,~ci- grillo, que con el ch irriar incisivo de
do. Volviô it. alzarse viva aquella gran- un cincel du.ro cortaba los sef?undos al
diosa escena donde se habian encon- pie de los monument.os ruinosos, pero
trado, como do ca bos y dos extremos inmorta.les y sordos a las horas.
del coraz6n humano, la pasiôn de ver
morir y la locura de morir ... Meditaba,
soiiaba, cuando unos gritos de garraVII
roo el vasto repo~o del cruel lugar;
unos chicuelos astrosos per~eguian a
los lagartos, asentando su resonan les 1
·
pies côrneos encima de las grada~ que
Al dia siguiente de aquella gran jortocaron las tunica de la~ vestales , ô nada da fatiga, la sanora Gervaisais
sobre la b6veda de travertino de una comenzô una vida regular, uniforme,
Porla Libitina.
una vida entrecortada por braves coA la noche prosigui6 la jornada. Asi Irrerias, por paseos en que no se da.ba
que el niii.o estuvo acostado y descao- prisa.
sando con el tranquilo alentar de sus Levant.a.da y vestida à las ocho y
buenas noches, sali6 ella de nuevo media para disfrutar ~e la maii.ana,
para vol ver al For.:&gt;.
hacia una caminata de un par de hoApoy6se en el antepecho del camino I ras, antes del calor y de la deslumbraen escalera que sube al 0apitolio; su Idora luz del dia. Iba a una iglesia, â
coutorno se dibaj6 sobre las rotas es- 1algûn resto antiguo, â un mercado, a
trias del Arco de Septimio S-wno. Y, todo lo que en esa ci~dad-mnseo snsdistraida con una melancolia medita.- pende el paso y la m1rada con un rebnnda, miro la sublime dPcoraciôn de cuerdo, una escultura, una vista panola oscuridad, la quietud de las ruinas, râmica, un hito que es â. veces el pesu tétrica hondura, el augusto sueno de1:,tal de mar.inol de un gran dios y
de la noche sobre su solemniclad firme, hace sonar en su estatua. Al salir de
la sombra de ébano del Capitolio sobre Paris, del morrillo moderno, de la pieel grupo de las tres columna , la ma- dra nueva, de la ciudad sm arte, la
;estuosidad eogranùecida y la soledad parisiense saboreaba un placer de ardesierta de ese «p6rtico sùbre el vacio» tista en vagar por esa ciudad de histo-

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�LA SENORA QJI.BVA18Al8

108

BEVISTA INTERNACIONAL

l'ia, empeàrada, edifkada, l'econstrui- como una comida de enamorados. Ü')nda con las obras maestras y 1os frag- cluido el almuerzo, tenia costumbre de
mentos pl'eciosos de los siglos.
tocar el piano hasta la lle~ada de HoInteresâbale aquella vistosidad de norina, que acudia a coger â Pedro
los muros, de los patios, de los pala- Carlos para hacerle dormir vestido en
cios, de los tabucos, de los lienzos de la cama. Sola entonces, instalâbase en
paredes del pac:ado, donde abriase a su sitio predilecto. Pasando alli las hoveces, como la boca sal vaje y fresca de ras de sol, empleaba su pesadez en una
un antro el neo-ro aO"uJ· ero de una fru- va12:a modorra de siesta, una especie de
1
0
0
teria engalanada con guimaldas df' adormecimiento de ideas; y en medio
verdura , hierbas y matas de hinojo . de la penumbra del aposento, qaedâPor todas partes veia cuadros q•1P. le base con los ojos abiertos y cac:i adorhacian apesararse por el abandono de mecidos en la muelle transparencia de
la piotura, ese sacrificio de uno de lo aqoella semioscuridad producida por
goces mas car,1s de su vida, Elarrifi.cio las persianas cerradas, levantadas tan
ex.igido y logrado de ella por los mé• solo sobres us borquillas, al pie del huedicos. Y casi siempre regresaba por la co del balcon entreabierto donde refulcalle de los Oondctti, la calle de la {]11,- gia un triangulito de luz.
riosidad. Par:i base en las tiendas de
De vez en cuando, seguia con los
mosaicos y de joyas, en los esca pua ojos por entre las tablillas de las pertes de los anticua1·ios, en la exposici6n si':l.nas el cambiante cspectâculo de la
de cachivaches antiguos, en las vitri- plaza de Espaùa, c6mo avanzaba el
nas polvor;enta repletas de lâmparas dia por la gran escalinata de la Trinietruscas, de mayolicas, de fragmen- dad-del-Monte, abandonada poco a
tos de lamioatorios irisados, de jarro- poco por la sombra del caseron de su
nes, de moned.as antiguas; andaba a la derecha, conforme corrian las boras.
rebusca en el fondo de ei!os tenduchos Elevabaseargentado el chorrode agua,
oscuro , leoneras doude esta.ban ente- volviendo a caer como alj6far en el
rrados bustos, escritorios :florentinos, negro pilon de la fuente en forma de
cofrecillos de porfido, mârmoles y oro barco, recordando la nai,e de una tabla
que relncian. A menudo entraba, le- antigua; junto â ella dormian unos
vantando la red azul 6 parda que de una hombres tendidos como al margen de
malla de seda hace unn. puerta aérea un arroyo. Habia alli un puesto de
en los comercios; daba vneltas a un acquainoZo, con su toldo de tela de colobjeto, lo aj ustaba regateandolo, y se c3ones, sujato en lo alto del enhiesto
lo llevaba consigohito :flordelisado. Veiase por la escaliSiempre estaba de regreso antes de nata la ascension lenta y balanceada,
las once, su bora de almorzar. Almor- la subida escultural de las romanas,
zaba despacio, prolongando esa entre- llevando cargas en la cabeza, mientras
vista a solas con su hijo en la mesa, que, sentadas a su lado, esperaban las

109

«modelos» sus sesiones â cincuenta
bayocos, y los perros de venta tira ban
de su cuerda pasada por el agujero de
VIII
un escal6n de piedra.
Iban â. dar las cuatro. Un coche de
punto, llamadù de la plaza, conduciala
al Pincio y la paseaba un par de hoRoma es la ciudad de los ramos de
ras, entreteniéndola hasta la de corner. fi.ores.
Después de la comida no salia ca i En las esquinas de las calles, en la
nunca; quedâbase en el balcôn escu- de los (Jon&lt;itJW,, en la del .Baouino, las
chando el ruido decreciente de la plaza. Jloristas exponen en rusticos tenderePoco a poco, los dos campaniles de te los ramos de colorines, cogido:i1
la Trinidad del-Monte se tornaban pâ.- frescos en eso3 bajos jardine::; del Pinlidamente blancos sobre el cielo pâli- cio desde dondc, sube, cual toque de
damente azul. La senora Gervai ais se trompas, la fl.ùra brillante y chillona
poniaâ contar cuentos â. su hijo; quien, del pais; junto a esos ramos, otros de
rendido de fatiga y parpadeando mu- matices casados, armouizados con lo
cho, bien pronto df'jaba de escuchar- tierno y suave de los touos, verdadelos, pero siempre queria oir la voz de ras obras maestras de lajioraia romasu madre. Honorina trafa al oscuro na; y esos otros ramos que ya no son
aposento la lâmpara con pantalla, pro- ramilleti:!s, sino restos fl.oriJos, velapia del pais. El niùo ponia por un mo- dorcitos de rosas sobre un fondo de
mento los dedos en los pnntos de fue- helechos, con asas de rosas, cestillas
go que represeutaban por encima «la de camelias blanca~ sobre las cualeô
iluminaci6n de San Pedro» y c. la gi- forma curva un.a rama d~ lilas blancag
rândola de la plaza del Puebla&gt;.
6 de azaleas ligeraa como gasas, cana.sEntonces Honorina se lo llevaba tillas de esa menuda ftor qne se Hama
consigo.
iù,a, un soplo, un polvo de fi.or.
La senora Gervaisais velaba hasta Todos los dias regresaba de sa paseo
las diez, sentada ante el escritorio; de la seiiora Gervaisais con uoo de esos
rato eu rato alargaba un poco la cabe canastillos. Durante el dia, abrianse
za y miraba dormir las gracias de su las flores en el apo cmto donde estaba;
hijo. Acostabase a las diez y se dormia y al fin de la jornada comenzaban a
con ese rumor de ag11a, con la armo- morir con suavidades exquisitas, con
nia liquida de esa:1 fuentes que son en aromas expirantes, cual si de sus marRoma la musica adormecedora de la chitos colores se de3prendie~en sus
noche hasta en los patios de las fondas. adioses olorosos. Bien pronto fué una
necesidad para la vida de la seûora
Gervaisais ese ramo que exhalaba una
\l'espiracion junto a· ella, un rayo de

�llO

REVISTA INTERNACIONAL

luz en su cuarto y era casi una corn- tes fl.uye un poco para todos. Y de dia
paîiia en su soledad. Sus ojos sentian en dia notaba nonadas de su vida ir
voluptuosidad al mirar una camelia adquiriendo para ella la intensidad ~e
reluciente y barnizada, una rosa de recreo y d~ placer que las nonadas tlebordes languidecientes y con corazon mm en el amor. En aquel Mediodia se
de azufre, donde parece haber una afinaban todos sus sentidos, volvianse
gota de sangre extravasada. La sefiora delicados y poéticos.
Gervaisais no habia percibido nunca
cual entonces percibia el brillo, el jubilo, la iluminaci6n de la fi.or, su vida
IX
ligera y tierna, la inmaterialidad de
sus colores de sol y de cielo; y el goce
de esta sensaci6n era para ella enteramente nuevo é imprevisto. En Francia,
Con esa disposiei6n, con ese abrirse
cual toda muj er que es mujer, rodea- a los goces naturales que las naturabase también de flores, perojamâs ha- lezas fi oas y escogidas experimentan
bia sentido esta emanaci6n del alma de al cabo de algunas semanas de resila fi.or. Se pasmaba de ese refinamien- dencia en Roma, la visita a la Villa
to de impresi6n que se habia apodera- Panfili fué un encanto para la sefiora
do de ella desde su estancia en Roma, Gervaisais.
con tant.as otras agudezas de percep- Pasaba la carretela por debajo del
ciones. Preguntabase si en los paises arco de ingreso adornado con esas
y en los pueblos que se aproximan al jardineras hechas de sa~cofagos, en los
sol no se da un organismo mas sensi- cuales un arbusto espmoso brota del
ble que en otras partes, mas hecho hu~co donde hubo antes un~s ceniz~s
paragustar y comprender las seduccio- ant1guas. Y encontrâbase baJO un!l. bones sencillas de las cosas naturales, veda de verdor, alta, espes::i. y oscura,
de una luz de un color, de una fres- atraveilada acâ. y alla por rayitas de sol
cura, de u; bonito ramo de flores, de que parecian alumbrar la lluvia recién
un cielo hermoso, de 11na felicidad cai~a sobre el bruiiido negro de las
cualquiera que ofrece alli la tierra por hojas. El bosque, abriéndose â cada
nada. Se acordaba de un vaso de agua momento, dejaba ver â derecha é iztomado por ella en una de las prime- quierda setos de âloes, quebradas con
ras tardes â la puerta de un cafetin, alfombras de césped, luminosas matas
agua que saboreo como la mejor bebi- de argentea, praderas centelleantes,
da que jamâs bebiera. Pareciale que brillos de hierba, rinco~es de ~om~ra
esos paises calidos tienen toda clase de temblorosa donde dorm1a ~na msc:1ppequeïias felicidades de suelo y de cli- ci6n en el remate de una piedra salienma ignoradas de los paises frios, una te de la tierra, una rampa de verdura,
mâgica acqua felice que por todas par- restos a.ntiguos, arbustos en fi.or, su-

LA SENORA GERVAISAJS

Ill

biendo hasta ese fondo mâgico del par- inclina un rio borroso, asaltado de nique su corona de pinos de Italia, esa nos semirroidos por el tiempo, esas
perspecti va cerrada por pisos de ârbo- aguas corrientes, esas a~uas dormidai,:,
les con copas parecidas a inmensos ra- esas isletas de dos arboles en medio de
milletes puestos uno encima de otro, esos laguitos con limoneros en las oridestacândose abiertos y redondeados llas, todo un paisaje de tal ilusiém de
sobre el azul del cielo. Y a veces, a la arrobamiento, que para la seiiora Gervuelta de un camino en la campiiïa, la vaisais era un paisaje de imaginacion,
inesperada grandeza de la cupula de un sitio ideal que hubiese visto ya en
San Pedro, encajândose en un claro, un poema. Crt&gt;y6se en un canto del
llenaba el firmamento.
Tasso, y acudiàle el recuerdo de los
La alameda principal guiabala asi jardines de Armida.
al palacete de la 'fJilta, a esos muros
Se puso de codos en la terraza. El
revestidos de bustos, de estatuas, in- aire del dia, a lavez calido y ventoso,
crustados todos ellos de bajorelieves, ese aire romano que acaricia la piel con
joya del Algarde, que, deslumbrante la onùulacion y el cosquilleo de una
de blancura entre la intensa claridad tela de seda, soplo sutil, vivo, li!z:ero,
y el espeso follaje, ,parecfa el modelo tan infl.uyente sobre la fibra de las me•
en yeso de un taller de orfobreria del lancolias septentrionales; en torno de
siglo xv1 florentino. Y desde a1li ex- ella, esa apariencia de felicidad que
tendiase y se desplegaba delante de todo parecia tener alli, el jubilo, la paz
ella, con su pompa, su esplendor, su espléndida, la universal serenidad que
triunfo, su vegetaci6n de fi.esta, su ar- surgia por todas partes, produjeron en
quitectura de 6pera, su magnificencÎl. ella una absorcion contemplati va, en
de dicha, de voluptuosidad y de arnor, que, desprendiéndose de si propia y deel jardin italiano, el divino jardin de Jânùose deslizar hasta la dulzura amItalia. Al pie de la terraza, cargada de bien te, permanecio por algun tiempo
grandes tiestos de barro cocido con las enternecida, muelle, libre de sus ideas,
armas de· un papa, mas alla de jardi- en un perezoso lazzaronismo del alma.
nillos bajos con arabescos dibujados Descendi6 lueg-o al parque, y hallo
con guijarruelos y aprisionados por la en él bellas sorpresas: aqui, una encifelpa de una cenefa de bojes, abarco na verde, solemne, con una pâtima de
de una mirada la decoraci6n de escali- metal en la corteza, de una rugosidad
natas y de rampas, de estatuas y p6r- como de piel de animal centenario, ceticos, que mezclan con la na turaleza rrando el camino con un vâstago de
bellezas de palacio; esas paredes de ramas que era otro arbol de un verdor
adorno por donde suben fi.ores vistosas sordo, iluminado con el reflejo siempre
de color de violeta, blancas, amarillas movedizo de un chorro de agua que brode oro, que forman randas de fl.or sin taba debajo de él; alli, un plante! de
hoja, esas fuentes sobre las cuales se camelias, pegando sus hojas y sus fl.o-

�112

REVISTA INTERNACIONAL

d
a do de pronto su madre volviô la caberes de cera contra los pedruscos e und
1 ou· la voz de una italiana que
.
E
e.iio de un Yer e za a
galeria de rocas. n m
d
cantaba un trozo de ôpera: era una
tapiz, de lleno a~ sol, el mar:~~n:eu:: 1mujer pobre y decentemente vestida,
columna refulg1a. blanco .e
en medio de un corro de algunos pauna palmera de dâ.tiles, haciend o pend
y detrâs de la cual
.
d 1 'lf
O de seante:1 para os,
sar en el djrmmoi&gt; e u imo pa~ d Iestaba un viejo con un violin en la
un ejército de Roma _p?r un oasis. e ma no sin tocarlo. y enteramente jnnLibia. Mas lt&gt;jos, sem1cuculos de pie- to . los cantores sentado en un tronco
dra con pilastras, con baranda;d con de ;ino derribad~ vi6 la seftora Gernichos, redondeabanse cual espa eras
. ·s ,. su hi1·0 'quien con fa. manita
•
,é ·
donde se vmeai a.
•
salvajes, enz3.das y co r1cas,
1 levantada por encima de la cabeza, Uëretorcian las yucas serpenteadoras, os
ba el ritmo del canto con una fi.or,
cactus punzantes. y ~rotaban fresco - v:seandola or el aire como la batuta
res de faente, con br1llos de brezos de
n di re!tor de orquesta. Mira.hale
canas moj~das y, cuyas lanzas gotea- t:d: el mundo' contemplando su herban luz humeda.
. .
.
mosura la profundidad de su mirada,
Asi llegô_ al _final del Jardin' a e~~ lo blan~o de su frente desde encima ~e
columnata mchnada de los grandes p l
.
ese repenti no rayo de inteh.
e en fi.las la as ce1as,
nos de I~ba, que yergu
y encia y de pasi6n, esa especie de arro•
majestuos1dad de sus na\'es calad~s.
gb . to de todo el ser del pequenue.
d or debaJO de amien
.
conforme 1ba avanzan P
c,.ntico de la "'ran artista al
tal de tron- 10 pore1 ë1
°
ese gran bosque monumen ' .
. .. b y el mismo vit&gt;io con su cat
dos qmtaso- aire 11 re.
J '
•
d
cos grises' e en rdcruza.
d a beza de an tiguo cantante, E!'rave y tr1sles de ramas J.e color de v10leta, e c , con la vista la mano del
d
. ver- te. seo-ma
lido verdor de musgo y e c~mza
niùo :onriéndole como de ·de el fondo
de, encontraba u~a eleganc1a sabros~ 1de s~s aùos juveniles' regocijadameny una esbeltez oriental en esas ~ab1e
·ct con los ojos medio ceras de Italia' erguidas por enmma de t e conmov1 o,
sus terrazas, de sus palacios, de sus rrados.
iglesias, de sus colinas, como reyes del
horizonte. Apareciansele cu~l ârbol~"
X
de sol, de lujo y de ostenta_c16n, baJO
los cuales se fi.gurara uno s1empre las

!

°

faldas de un .Decamerone abrigado por
. la Vl·da de la senora Ger.
d ce a Prosegma
la sombra de esa mma, que pro u
. . ocu ada encerrada. Lo largo
los ojos la ilusi6n ùnica de e\ev~rl de ~a1t~sdias; de ias noches olvidâ.balo
alejar, de iluminar el a~ul ~e ~1e o~e- c~n ~os li bros, perm1neciendo sentada
Un poco cansado e~ n~~o be l~J,iase con frecuencia muchas ho ras en el sofa,
:~;d!~:~:~srve::: p:s~:ra;âs, cuan- 1sin levantarse, leyendo, tomaodo notas

LA SEHOli GllVAI8Ala

113

de loque leia, a bismandose en reflexio- l
nes a la vez distraidas y concentradas,
que devez en cuando hacianla levantar
hacia las sienes, con sus largos dedos,
XI
las ondas sueltas y rigidas de sus negros cabellos.
En esos momentos transfigura.base
su hermosura, belleza de un caracter y
En el reinado de Luis Felipe hubo un
de un estilo superiores â la humana pequeno circulo selecto de mujeres de
belleza de la mujsr: sus grandes ma- la clase media que tuvieron gusto por
sas planas de cabellos en nimbo, su las cosas de la inteligencia: casi ninfrente abombada y lisa, sus grandes guna ha dejado sino la breve memoria
ojos que parecian lejanos entre las de un sal6n intimo, y, a veces, aigusombras de sus ojeras, sus facciones de nas paginas discretas que releen los
finas lineas â las cuales la enfermedad amigos.
habia conservado a los treinta y siete La sefiora Gervaisais era un ejemplo
aüos el aniiiamiento de la juventud, la y un tipo de esa raza de mujeres que
piel pâlida aunque un poco morena, hoy casi ha desaparecido. Su intelidaban a la seùora Gervaisais la seduc- gencia, que naciô seria, habiase visto
ci6n atracti va y extraiia de una per- llevada por la vida hacia los estudios
sona a parte, inolvidable, profunda y serios. Habiendo perdiùo de muy niiia
magnética, de un ser que viviera pura- su madre, educada por un viejo, no
mente de pensamiento apenas terres- recordaba de su io.fancia mas que un
tre, y cuya cara no fuese ya sino la de antiguo y sombrio gabinete de lectura
un espiritu. Y tambien lo largo del del Pasaje de la Opera, donde iba su
cuello, lo estrecho de los hombros, la padre â leer los peri6dicos, y donde a
carencia de redondeces en el busto, la fuerza de suplicas obtenia permiso para
nada del talle dentro de la tela que lo quedarse mientras iba él â darse un
envol via flotando, una delgadez sin paseo hasta la hora de corner. Horas de
sexo y casi serafica, la lioea austera de dicha de la niûa, blanca y sonrosada,
una criatura psiquica, aumentaban ese lejos del ROl que la llamaba desde la.
aire de «mas alla de la vida:. que daba puerta, oculta entre los negros y etera todo su ser la apariencia de una nos lectores de gacetas, sumida y exfigura extramundana.
traviada. en la lectura celeste de un
En las tablillas de madera torneada inocente libraco del repertorioantiguo.
sujetas a la pared por cuadro cordones Sus ûnicas muiiecas fueron los libros
de seda amarilla, estaban al alcance de de ese gabinete de lectura.
su mano sus libros favoritos con esLa musica y la pintura habian vetos graves nombres: Dugald-Steward, nido â agregarse en la joven a. la lecKant, Jouffroy.
tura, para llenar el tiempo solitario de

a

RRv1sTA..-lf.uo 94.

8

�114

LA 8INOBA GEBTAIBAU

BBV. . ~ACIONAL

una existencia ignorante del mundo, persc,nal, la percepcion de un sentido
interior ya toda ella.
intima, i nfinitamente delicado, hecho
Creciendo asi, educada por el alma a seguir en ella la accion pensadora,
severa de su padre, con el aire estoico la serie de impresiones, de operaciones
y el eco casi antiguo de los recuerdos intelectua.les, de determinaciones voque llevaban todas las noches al hogar luntarias, de todas esas modifi.caciones
viejos amigos politicos, compail.eros de que constituyen los hechos de la conlos mismos destinas; habiendo tenido ciencia.
en torno suyo desde su primera juveni Estudio profundo ! Replegada en sf
tud la lecci6n de masculinas ideas y y vuelta hacia adentro, a menudo en
de principios libres; al formarse su es- el silencio donde los oidos no oyen, a.1piritu, habia pasado del frivolo placer gunas veces en la oscuridad donde los
y hueco pasatiempo de las lecturas fa- ojos no ven, en la soledad don.de se
ciles, a los libros que piden esfuerzo y ocupaba en ahondar lo invisible y lo
conceden meditaci6n, â esos libros que incognito de su ser moral, en interroplantean al entendimiento los mas gar â. los movim ientos de su sensibilibondos problemas que se yerguen ante dad â los fenomenos habituales de su
el enigma del mundo, libros de histo- yo .. •, llegaba
alcanzar un notable
ria, de ciencia, de filosofia.
poder de observacion interna; obligâEn estos ultimos era donde sobre base poco a poco â. sentir cosas que los
todo habia encontrado como una re- demâs no sienten; y con la especie de
velaci6n de si misma. En ellos habia lucidez de «vidente» que adquiria para
reconocido su ilimitado deseo de ele- ese mundo indistinto cerrado a la cevarse, segun palabras de Plat6n, desde guera del comtin de los vivos y tan
el escenario inestable de la vida, desde tenebroso aun para la misma ciencia,
la naturaleza continuamente movedi- advertia por instantes en el horizonte,
za, hasta loque no cambia, las verda- â través del desgarramiento de un
des in.mutables, absolutas y eternas: vasto velo, claridades fugaces que allas ideas. Apoderâbase de ella una eu- gun dia darfo luz rei:pecto a todos los
riosidad superior y dominadora, y la grandes misterios del humano pensaim.pelfa a buscar el mecani ~mo secreto miento.
de las facultades, a. tratar de entreSus iniciadores y guias, en medio de
abrir el santuario velado y ocu.lto de esa pereecuci6a de los mas abrumadolos pensamientos y de las sensaciones, res problemas psicologicos, habian
aestudiu en su propia inteligencia el sido esos dos maestros de la sabiduria
espiritu humano entero. Diferente de moderna, Reid y Dugald-Stewart, los
la mayor parte de los hombres y de las ilustres fllI!dadores de la escuela e comujeres, cuya atencion sale afuera y cesa, los enemigos del método anal6gravita en tomo de los objetos exte- gico é hipotético de las escuelas antiriores, aportaba â ese anâlisis un don guas. Después de haber pasado a tra-

a

vés de todo el escepticismo de Locke
de Condillac , sen t'y
hel materialismo
.
1a
ac1a aquellos dos fi16sofos la gratitud
de haber consegu.ido librarse por ellos
de ~a opresié n' de ha ber por ellos
~espll'ado en esas puras cimas' semeJantes a las alturas del «buen sentido»,
d~nde Reid vuelve al hombre el sentim1ento de su di!?Ilidad y fonda la m
01 1
, ':'
ra y a metafis1ca en el poder y en la
excelencia de la naturaleza humana
y al culto de Reid asociaba el de K· t.
que para ella habia hecho suro-ir i:n1·'
ber tad , el Hombre-Dias del ohermo 1. . .
'
so
prmc1p10 desinteresado que es p
.1
como el bonor de la humanida;ra ~
clave de boveda de su fil fi ~ ~
àeber.
oso a. e
_
La senora Gervaisais era pues

fi.16

,
, una
sofa; pero una fil6sofa que habia
permanecido siendo toda entera .
.
una
muJer. De la mujer habia conservado
el amable deseo de agradar y h t
. .
,
as a
ese sentimrnnto de coqueteria general
que permite :i la amistad hacerse
.
un
ta n t1co
amorosa. Gustaba de la .d
v1
a
con 1as cosas que sonrien a la eleoan
cia. al sentido estético y aun al
. h
smo capr1c
ode su sexo. Un vestido era
.
.,
un ves t ir:..o, un tocado era un tocado
P_ara ell a como para otra. Alegre ,
nsueiia a r:ltos' hubiérase dicho q:a
bajo la gravedad de su ingenio hab'
ia
conservado algo de niiia y de adoles
ce te
n ; y muy a menudo envolviase y
se resguardaba con maliciosa travesura
detrâs de una paradoja ligera
ara
ocultar a todos la exi tencia en
d
una !Jlve-stocling y de un pensado; e
.

ri -

~lt

115

XIl

Ademas e
.
vida u , n los COIDI~nzos de su
d .d' na gran tarea hab1ala engraneci O Y madurado.
Su mad
.
l
a
mur16 de parto al dar a
uz 11un ermano ocho aiios menor
que eda. Desde muy niii.a hizose la
acuna ora la madrec·ta
1 de1 mas pe..:
'
queuo que ella LueQ'O
d
· . n , cuan o ese à.erman;. hub~ crec1do, ocurriosele â. la ya
estu iosa JOven la ambicion de ser la
maestra que le educase, de formar y
acrecentar aquella O • t .
.
.
acien e mtehgen1
c1a con a persuas ·
iu .
'6
~va mana, la dulce
t · !'lllualc1 n y la t1erna autoridad que
1eoen as lecciones d
.
iiaba con cr
e un~ muJer. Soh b ear en ese quer1do hermano
un om re segun el ·d 1 f, .
ella
e
.
, I ea orJado por
l . ' y ~ qmen mas adelante recoo-er
0
as1mpatla de un pen
•
.
sam1ento al unisono y cas1 gemelo del
Co
b
suyo.
nsagrâaslel' dpues, a sus estudios con el orgu O e todo su corazon El l ·
hab1' a in
. terrump1do
. de .n. co. eg10 no
esa d'1recc10n.
. . Los dias dmgunl'dmodo
bastaban ar
c_ sa I a no
las r .p a las conversac1ones, para
.d e usJOnes, para la comunion de
1 eas entre la herm
1h
Do 6 t
ana y e ermano.
s
res cartas por sema
.
dura t
na, eecr1tas
a co:s:1~:r r:~reo ô una velada: venian
su .
. a hermana' qu1en' por
pa:te, habiase puesto â seguir aiio
rr :no~s clases del colegial' aprenO lo que éste aprendia y ha~en
c1éndose la pacienzuda pasante de sus

r:

°

�116

REVISTA J.NTERNACIONAL

lecciones, de sus temas, de sus corn- se casada, encontrândose ahora, por el
posiciones.
camino del mar, entre R~ma y Oran.
Llegada la hora inquieta y critiea en donde acababa Je ser dest~na_do el herque la fe del nifio, cuya primera co- ~ano. de ~a senora _G et~a1sa1\t~~n;
muni6n se borra en el joven, entraba· d1do a teruente corone ~ arti ~na
en lucha con sus primeras dudas, el consccuencia de la campanadeCr1mea.
hermano exponia el estado de su alma
A ese herman? ~scribia desde Roma
a aquella bermana que era para èl mas la seîi.or.a Gerva1Sa1s:
que una hermana, que era como una
« •••• •. • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • · • • •
madre, un amigo y un confesor. A esas .• , •.•.•.•.•. Regresaba yo en coch&amp;
confidencias, que venian sin que ella por el Corso, poco dias después de mi
la.s hubiese solicitado, respondfa fran- llegada. Me extrané al ver todos los
camente la joven, comunicandole no- balcone3 y ventanas con colgaduras
tas, investigaciones, un largo trabajo rojas bordadas de oro, tapices antiguos
que acababa de hacer y que rechazaba en las fachadas de los palacios, llenas
en absoluto lo sobrenatural, guardan- las calles de gente que parecia espedo a lavez un respeto de mujer hacia rar algo. « 1La procesion !» me dijo el
la persona de Cristo. Después de esto, cochero, y puso el coche en fila en la.
trazabale -un plan de lecturas, de es- plaza de Trajano. Miro desde alli... Estudios :filos6ficos, ilustrados con resu- pera un poco que recuerde todo el desmenes y analisis, puntos de gula de file: lo primera, bayonetas ... (aqui preun pensamiento libre que pone para el cede a D1os fuerza armada); luego,
pensamiento que le signe los jalones aranas eneendidas brillando al sol; desdel camino de una religion de lo bello, pues, una bandera grande, grandisilo verdadero y lo bueno.
ma, bordada y pintada, donde una faz
Desde entonces, entre hermana y de Cristo lloraba gotas de sangre, y
hermano, entre maestra y &lt;liscipulo, que avanzaba entre dos filas de penihubo uo. continuo cambio, un dia.logo tentes blancos con manto azul; mas
casino interrumpido de sus dos espiritus banderas, en medio de mayordomos
libres, hablando familiarmente del in- ga.loneados todos con escudos de ar6.nito, de la realidad superior, unica mas, é interminables bileras de clérifuente de toda ex:istencia y de torla gos de negro con cirios; en pos de
causalidad; originales conversaciones esto, una enorme cruz nudosa, un
cruzadas al principio entre una sala de gran âtbol de fosa de osos, mantenida
estudios de la Escuela Politécnica y un en equilibrio contra su vientre por un
cuartito con alegres visillos en la calle Hércules de ,cofradia, gimiendo y sude Helder; mas tarde, entre el ûltimo dando; bajo palio, entre prelados de
campamento francés del Sahara ârabe, oro y seda, la Eucaristia incensada
Bl--B.aàjira, oasis a veinte leguas de por un ni:üo con disfraz de angel; en
Tugurt y el gabinete de la parisien- ultimo término, el gran plato montado

117

LA BENORA GERVAIBAIB

.de la ceremonia. una capilla entera, un
.altar donde brillaba el metal de un
-coraz6n de hoja de lata atravesado por
siete espadas, ·un armatoste que apenas podian sostener y mantener en
-equilibrio con cuerdas y en hombros
-0iez y seis hombres (eran diez y seis,
los contè). 1Y la musica en todas las
-estaciones de la larga y lenta procesi6nl ïSi supieses: una verdadera
musica de feria, murgas y serenatas à
la Cruz, donde dominaba el bombo!
Pues iY el pasmo, la embriaguez fanatica, y los gritos y la fe de aquel populacho de aimas!. .. i,Oômo decirte to·das estas cosas'? N&amp;-esitariase otra
pluma que la de tu hermana ...
&gt;)Qniza te hubieses reido delante de
-esa frrisoria y bârbara ovaci6n; yo, no
sé por qué, no me rei. Conforme caminaba aquello, apoderabase de mi una
tristeza como asco y me oprimia el corazon. La imagen que nos hemos formado de Dios, î distaba tanto de aquella! ï,No es asi, hermano'? Decia para
mis adentros: sin embargo, esta es la
fe de la civilizaci6n ! i Y no veia alli
mas que una salvaje y brutal idolatria
de Oriente, algo del abalanzamiento
en mont6n de India bajo un idolo de
Jaggernatl Estaba atacada, herida, humillada en lo mas profundo de mi por
esa exterioridad y esa groseria figurativas, por ese simbolismo ultrajantemente humano. i Impresi6n ex.traiia y
confusa, pero ~incera y penetrante, te
lo asegurol Sufria por aquella escandalosa degradaci6n de un culto que
me parecia profanar creencias abandonadas por mi vida, si, pero que nun-

came ha gustado ver vilipendiar. Lo
que pasaba ante mi, lo que hu.biera
debido dejarme indiferente 6 simplemente euriosa, haciame padecer,
sin que pudiese e:xplicarme bien a las
claras ese sufrimiento. Refl.exionando
en ello, pienso ahora que me veia herida en el sentimiento elevado, delicado
y pu.dico que toda inteligencia distinguida se forma. del concepto de las relaciones de la criatura en el Creador.
En fin, sea como fuere, al vol ver por el
Corso, desierto ya, he dado mil vueltas
a mis ideas acerca de ello, preguntândome 8Î en este pais (y quizâ. en todas
partes) sera menester tanto material,
tanto espectaculo, tanta realidad baja,
tantos esfuerzos de musculos de hombres, i para hacer lo que se Hama una
religi6n!. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ....
.•............. De vez en cuando. cae
en mis manos un periodico cat6lico, al
cual doy un vistazo. En se nos trata
sin urbanidad. He leido alli el otro dia
que losi librepensadores y los filôsofos
habian tenido por ascendientes a:los
orangutanes ... »

el

XIII

Era costumbre del nifio, después del
almuerzo, coger del talle â su madre,
arrastarla al piano, y con la suplica de
su cara y de sus tiernas manos-, la
sentaba casi por fuer.za en el taburete.
Luego, arrimâ.ndos@ mucho â ella, con
la -cabeza inclinada y puesta entre el

�118

BEVISTA IMTEBNACIONAL

hombro y la mejilla maternales, escuchaba, siguiendo el movimiento del
cnerpo amado y recibieodo en él la musica de los dedos de su madre sobre el
instrumenta sonoro.
-i,Aun 1 i,Quieres que toque mas'i
El nifio respondia que si con la barba y los ojos al beso que su madre le
daba volviéndose hacia él. Corto siempre para hablar, vergonzoso de las palabras rotas y estropeadas que le salian
de la boca, trataba de decirlo todo con
loque hacia expresar él a su vivaracha fisonomia, a su ardiente y movible mirada, a la inim.i~a de susensibilidad; y sus impresiones, sus deseos,
sus pregantas, los secretos de su intima exu.tencia pueril reprimida, iban a
su madreen ademanes sobones y acariciadores, subiendo a lo largo de su
brazo, hacia el cuello, con apretoncitos
presurosos, una especie de teclado
errante y expresivo hecho en ella.
-Pero habla; mi querido perezoso ...
-repetia1e su mad.re.
Casi al punto tenia la boca del nino
sobre la suya, y volvia lt. ponerse a
golpear las teclas melanc6licament'3 .
Pedro Carlos habia nacido de un parto dist6cico, de un parto en que las
ramas del forceps le trajeron a.la vida,
y en que su delicado crâneo füé rozado y comprimido por el brutal instnunento. A la edad en que los nifios
hablan y las madres atienden, su desventurada madre habia tenido el imprevisto dolor de no oir la palabra de
los demâs niiios acudir a los labios de
aquella carita de inteligencia: la pal abra de su hijo era tan torpe, tan dift-

cultosa, tan poco clara y comprensible, que dU.I'ante largo tiempo la seiiora Gervaisais prefiri6 que no hablase
delante &lt;le extraftos. Ai.in aguardaba,
confiando en el tiempo, en una crisie, ·
en la vaga Providencia, pero mas a
[Ilenudo desesperada de verle aa:! para
siempre.
Y sin embargo, su hljo, en medio de
la atrofiade su cerebroydesulenguaje,
mostraba al crecer un sentido raro y
unico, un verdadero genio musical de
nino, una precocidad de prodigio para
coger, comprender, retener, gustar y
saborearloqueoia. Lamusicaerasnpasi6n, el goce, el interés, la expansi6n desu vida encogida é incompleta; y antes
de llevarlo consigo a Italia, el mayor
gozo que la madre podia dar al hijo,
gozo que esperaba él con impaciencia
febril, era hacerle ir con ella todos los
martes a la Opera: el dia siguiente se
lo pasaba todo entero Pedro Carlos encerrado con obstinaci6n en el gabinete
de vestir, tecleando en ·los vidrios todos los principales trozos de la vispera.
La mûsica y nn coraz6n, eso era
aquel niô.o: un coraz6n donde parecia
ha ber refluido, ensanchândolo, todo lo
que por los demâs conceptos ]e faltaba.
En aroar ponia jubilo y dicha, exquisiteces y delicadezas inesperadas, una.
afectuosidad inventiva, un arte adorable de la caricia. Tenia un sutil instinto, la inteligep.cia innata de los desventurados como él para reconocer el
cariîio de las gentes; y cuando desde
la ventana veia llegar una persona
que le parecia buena y amable, corriendo al oi.r su campanillazo entre-

LA SENORA GDVAIIAD ,

119

gabase a ella desde el recibimiento, en
un febril acceso de alegria, salta.ndo
con ambos pies como un loquillo, diXIV
ciendo sin resollar:-&lt;qPedro Carlos
contento, contenta, contenta!...» Luego, agarrandose con mano ardorosa a
la mano ·de la seiiora o del caballero,
Una tarde â. fines de Abril, al pasar
abria el salon de su madre, se quedaba junto a la fuente Paulina y â los tres
con los ojôs encandilados de regocijo, torrentes que vierten el agua Trajana,
en un almohad6n sobre el snelo, junto con el estruendo de cataratas, sobre la
al 6 a la visitante, siguiendo las pa.la- plataforma de esa rampa que baja
bras mientras se hablaba. Al levantar- dando vuelta.s por el antiguo Janiculo
se, no queria dejar que se fuese la vi- y por donde caminan con lentitud
sita, reteniéndola, agardndola, po- frailes capucb.inos y asnos cargados de
niéndose con un esfuercillo de deses- verduras, -la senora Gervaisais hizo
peraci6n delante del que partia, para parar el coche ante aquella gran Roma
impedirlo. Notaba en torno suyo el diseminada, esparcida al pie del monbueno y el mal tiempo del alma de las te con una claridad extraiia.
gentes, cuando para él eran amigas,
A la velada luz de las cinco de la
simpâticas y caras; al verlas tristes, tarde, bajo una densa y pesada nube
envolvialas con su muda efosi6n, las de color violâceo con crestas blancas,
concedia miradas dulces, levantaba tenia â su izquierçla, mas alla del cashacia ellas una especie de interroga- tillo del Santo Angel, las lineas de-una
ci6n que parecia comprenderlas. Apre- campifià verdegueante y la prominenciaba. en el rostro de su madre y en el cia de dos cerrillos parecidos â tumulus
de Honorina las -impresiones mas pa- de pueblos enterrados; a la derecha,
sajeras, mas fugaces, y se engran- por encima del Palatino, el aznl o.scudecian en él hasta hace1·se una di- rode las colinas donde se esconde Aicha 6 un pesar. Y era tal la impresio- bano; y ante si toda la llanura edifinabilidad de ese pequeiio ser, que si cada, la infinita extension de Roma, un
su madre olvidaba retener la mas caos y un universo de piedra, un haci•
ligera nota. de impaciencia y de irrita- namieuto, una mezcolanza, una conci6n hablândole, al punto veia correr fusion, una superposici6n de casas, de
la.grimas en los ojos del pobre nifto de palacios, de iglesias, un bosque de arexcesivo coraz6n.
quitecturas de donde se alzaban aguAmante de las personas, éralo tam- jas, campanarios, cupulas, columnast
bién hasta de los objetos que le prodn- estatuas, brazos de ruinas desesperacian placer, diversion, recreo: besaba dos al aire, obeliscos, Césares de bron•
los juguetes con los cuales acababa de ce, puntas de espadas de angeles, nejugar.
gras sobre el fonda del cielo.

�120

LA 8ENOBA. GEBVAI8AIS.

REVISTA INTERNACIONAL

1Vasto panorama en anfiteatro esa tan enferma, tan indispuesta, que no
capital de Dios, puésta y escalonada he visto aun a nadie. Queria tomar un
en sus siete colinas y subiendo esca- poco el aire del pais ... , tomarme el
leras de monumentos é hiladas de tem- tiempo necesario para restablecerme
plos hasta esas bellas lineas acropo- antes de hacer visitas ... , y crea V. que
lienses que la cortan, la perfilan y la la primera estaba destinada a la se:iiora
hacen reinar asentada en un trono so- de Rayneval...
bre el horizonte!
El Sr. de Reyneval se inclin6.
Una solemnidad inm6vil y muda,
-i,D6nde vive V.~
una grandeza de muerte, un reposo pe- -Plaza de Espa:iia, esquinaala calle
trificado, el sue:iio de una ciudad ador- delle Oarrozze.
mecida por un poder magico 6 vaciada -Pues ha hecho V. una especie de
por una peste, pesaban sobre la ciudad hombrada en salir hoy ... Tenemos un
sin vida, de ventanas desiertas, de chi- horrible sirocco ...
meneas sin humo, de silencio sin ruido E indic6 la nube gris extendida sode actîvidad ni de industria, donde bre la ciudad.
nada se oia sino un toque de campana -jAh ! i, Es el sirocco"# Eso es lo que
de minuto en minuto. Pero, en parti- sentia yo desde esta man.ana ... , una :flocu1ar, el cielo era lo que daba a todo jedad, una especie de malestar geneuna apariencia apagada, con una luz ral...
gris y mustia de eclipse que empolvaba -Pues bien, seiiora, permitame V.
lo musgoso de las techumb1·es y lo des- que la dé el consejo de vol verse a casa ...
gastado de las paredes, envolviendo a Yo mismo, a pesar de lo romano viejo
una Roma amarilla y palida en un tono que me empiezo a hacer-y se sonri6que recordaba a la seiiora Gervaisais siento siempre el mal efecto del picaro
cuadros de Africa, paisajes ahogados «viento de plomo», como ya lo llamapor una polvorienta nube del desierto. ba Horacio ...
Miraba desde su coche parad-0, cuan- Y volviendo los ojos hacia Pedro
do se cruz6 cori ella un carruaje. Ape6- Carlos:
se de él un hombre, se acerc6 a la se- -Recordaba a su niiio de V., de Paiiora Gervaisais, y con un ademân de ris ... ,peroaunestâmuchomasguapo ...
afectuoso asombro, dijo:
-Adi6s, hasta la vista , mi querido
-jV., seîiora! ... iV. en Roma~ .•. iY embajador... Dé V. mis recuerdos mas
ni una palabra al palacio Colonna! ... cariiiosos a la seiiora de Reyneval...
Hubiera tenido el honor de presentar- Y el coche ,se puso a bajar, al paso
me en casa de V.
corto de los caballos, las cuestas del
-Mi querido embajador, he llegado Montorio.

que los extranjeros pagan al clima, del
tiempo inàiavolato que estaba haciendo
desde unos dias, y de otras mil cosas
mas, la extrajo de una vena un poco de
sangre sin que casi lo notase ella.
Sin embargo, aquella do1encia con
la cual se divertia el doctor Monterone
(éste era su apellido), fué mas grave de
lo que él crey6 al pronto. Fué preciso
sangrar otras dos 6 tres veces a la seiiora Gervaisais. Durante algunos dias
di6 serias inquietudes a Honorina. Y
cuando qued6 restablecida, conserv6
una gran debilidad unos dos 6 tres
meses.
Durante los primeros dias de ansiedad, Pedro Carlos permanecio como
una piedra, sentado en una silla baja,
al pie de la cama de su madre, con los
ojos :fijos en los de ésta. Grufi.endo
cuando Honorina iba en su busca para
hacerle corner 6 acostarle, pasaba alli
todas las horas, en el mismo sitio, con
la misma intensa mirada de carifio y
esa ternura triste y absorta que tienen
los niiios al ver sufrir.
-Vamos, Honorina-decia la sefiora
Gervaisais en una de las tardes de su
convalecencia-i,qué hay de nuevo por
la casa'? iSe han ioteresado algo por
mi enfermedad ~
-jûhl Si, sei'iora... , sobre todo las
buenas mujeres de aqui ... ; hasta les
daria mucho gusto la seiiora si las recibiese cuando se sienta bastante fuerte ... También han enviado de la embajada, casi todo~ los dias, a saber noticias de la sefiora ... ïAh! También ha
venido muy a menudo un senor... , un
senor... , un auditor de ... de ...

1

XV

Al otro dia le faltaron animos y fuerzas para salir, y permaneci6 tod.o él
tendida y languida sobre el sofa. Mas
débil al dia siguiente, por instancias y
sup1icas de Honorina, decidi6se a hacer llamar al médico recomendado por
el doctor Andral a las i:enoras a quienes
enviaba a Roma, y al que de dia en
dia fué retardandose en ver, con el perezoso «man.ana» que se repiten à si
mismos los enfermos.
Ese médico era el famoso doctor de
los extranjeros, el unico que tenia el
derecho de decir a las pudicas inglesas
de la plaza de Espana Favorisca il
polso, el liberal, el àiputado revolucionario del 48, el viaje:ro en Viena, Londres y Paris, el sabio, el anticuario, el
aficionado y coleccionista de estatuas
y cuadros, el narrador de anécdotas,
el de chispeante charla, el agudo romano que decia al final todo loque ordenaba, de todo lo que contaba, de todo
aquello por lo cual gemia, este eterno
estribillo de la filosofia y de la paciencia de su pais: ~i,Qué quieren Vds.~
1Estamos bajo los clérigos!», frase que
era preciso oirsela decir en italiano:
-Ohe volete'I 8iamo sotto i pretil
Lleg6, no se sent6; y mientras hablaba â la enferma de una magnifica
coltellata que acababa de curar en el
hospital de la Consolaci6n del Vaticano, del pintor Camuccini, del tributo

121

�122

-i,De la Rota'? ... ïAhl si, el bueno hecho unicamente para amar y ser
de Flamen ... No me ha olvidado ... Ni amado, no teniendo para expresarse
siquiera le anuncié mi llegada. .•
nada mas que la.grimas y besos'I i, Y
Hubo un breve silencio.
como podria vivir ese desdichado Y
-Y él... senora ... -prosigui6 Hono- pequeii.o martir del amor'? La idea de
rina, sefialando al niiio-1, 1).0 sabe V. los sufrimientos, del suplicio que eslo que hacia durante la enfermedad de peraban a la inocente alma achacosa,
la sefiora '? Pues bien; rodas las mafia- desarmada de todas las inteligencias Y
nas cogia un pliego de papel de enci- defensas de las demâs, hiri6la con sûma del escritorio de la seii.ora ... Y des- bito espanto y la hizo dar un gran rorués hacia garabatos ... Y luego tenia deo sobre si misma; irgui6se con una
yo que poner un sobre ... Y des pués -vol untad, casi con un juramento de no
ponia él encima un mont6n de obleas morir; no reconocia en ella ese derepara imitar los sellos de correos, como cho. Era de esas madres que no deben
en las cartas de Francia que ve a la se- desertar y a las cuales un hijo asi les
ii.ora .. , Y luego ... ïdeverdad, sen.oral ... manda que -vivan y duren.
tenia yo que escribir la direcci6n: Al
Santo .Dios ... Y a escape tenia yo que
ir a echar la carta en el buz6n de la
plaza ... Me miraba desde el balcon...
XVI
Veiame obligada a hacer evmo que .•.
Si, senora... i escribia al Santo Dios
para pedirle que no hiciese morir a su
marna! ... ïAh, queridisimo! •.. Los deCuando llego â restablecerse por
mas :ao quieren verlo ... Pero, jcuidado completo la seiiora Gervaisais, hallasi tiene talento en el fondo !
base ya en extremo avanzado el estio
El nino escuchaba â Honorina con para ir al campo y alquilar una casa
ojos inquietos, alargando la cabeza en Frascati o en Tivoli. Prosigui6 en su
para oir mejor, timido y confuso, con vida pasada, mas metida en casa, oculmedrosa atenci6n, como siempre que ta en las tinieblas de su cuarto, entre
de él se hablaba ... La seiiora Gervai- la semioscuridad tranquilizadora de las
sais abrio los brazos, y, estrechandole persianas corradas. Solo salia por la
nerviosa contra el pecho, dej6 caer so- tarde, a la puesta ùel sol. Hacia entrar
bre su cabeza dos la.grimas lentas en en fila â su coche por la carrera paudeslizarse.
sada del Coi:so, desde cl Pincio hasta el
Pens6 en ese pobre ângel si hubiera palacio de Venecia, y del palacio de
muerto ella y no la tuviese él ya. Hijo Venecia al Pincio, llevada lentamente,
del dolor, mal y· â medias nacido, bqué con su hijo adormecido contra ella;
seria de él, solo y sin madre, de ese revivia entre el movimiento de los cadulce ser todo sufrimiento y ternura, ballos, de los carruajes, de los prendi-

123

LA SENORA GERV il8A IB

BEVISTA INTERNACIO:MAL

dos y traJes, y la languidez de un resto de debilidad, los fl.otantes desvarios
de una cabeza un poco quebrantada, de
una imaginaci6n convaleciente, hacianla abandonarse al tan poético hechizo dulcemente melancolico del crepusculo italiano, de esa perezosa llegada de la noche, mas tarda en venir
de la oscuridad que en los cielos del
Norte. Decolorâbase el cielo por encima de su cabeza, se volvfa como el
nocturno azul palido de una nevera.
En torno suyo, cual una apariencia de
desmayo, extendiase la palidez de una
muerte humana sobre los colores de las
co.sas, sobre el anaranjado de la piedra y el rojo intenso del ladrillo. Una
luz de un inenarrable tinte expirante,
de una claridad de alba de luna, parecia ser la luz angélica del A 'De Maf'ia. Un reflejo mustio de ese cielo pasaba por encima de las gentes (rostros
que ya no eran los rostros de durante
el dia), envolviendo a las pequenas
procesiones de huérfanos parecidos a
fantasmas de cleriguitos enteramente
blancos, a quienes les arrastraba ya la
cola de la sotana y se perdia en el -vaho
azulenco ascendente del ar.royo de las
calles, de dos escalones de palacios.
En ambos lados del Corso boi:rà.banse
monumentos, casas y paseantes, que
se sumian y disipaban en el misterio.
Hora de Roma casi fantâstica en la
cual diriase que la realidad se retira de
todas las cosas, la vida se evapora, los
pensamientos no tienen ya d6nde posarse y se levantan de la tierra, en que
las visiones comienzan a aproximarse
al alma como a los ojos ... Y conti-

,

nuando en su largo paseo, la sefiora
Gervaisais tenia la impresi6n de concluirlo en un ensueiio cruzado por el
zig-zag de pequenos murciélagos.

XVII

El Agosto ardiente, ese mes tan temido en Roma que los camareros de
café dan las gracias por la propina
deseando «un buen mes de Agosto» al
parroquiano, la senora Gervaisais lo
paso sin sufrir mucho ni ablll'rirse,
distrayéndose de la monotonia de una
completa reclusi6n y descansando de
sus lecturas con las cotidianas visitas
de dos hombres; su médico, que invariablemente pasaba un par de horas
charlando con ella, y un antiguo amigo de Francia, no menos asiduo y no
menos largo en sus visitas.
El doctor Monterone continuaba teniendo con ella la diversion de una de
esas conversaciones deshilvanadas,
mimicas, ~ordaces, que ponen en los
labios del escepticismo romano una
ironia bufa tan profunda. Soltaba la
sin hueso, tomando pie de una noticiat
un rumor del dia, una palabra, diciendo:
-El Papa 1'ojo ... Pues bien, si, el
Papa rojo ,· asi es como aca le Ba.man ...
Y corrian sin atadero sus palabras:
-jAh! i,NO lo sabfa V.~ Tenemos
tres Papas en Roma: el Papa blanco,
que es nuestro muy venerado Padre
Santo; el Papa negro, que es el gene-

�124

REVIST.A. INTERNACIONAL

ral de los Jesuitas, y el Papa 'i'ojo, que
es S. Emma. el Cardena l Antonelli...
jJa, ja, ja!; recuerdo ahora lo que me
contaba el otro dia, una historia de su
juventud' ... Un dia, paseandose por el
Vaticano ... ,no era aun el monsefior de
hoy ... , hallose delante de la puerta de
los archivos ... Estaba abierta ... y entr6 ... El archivero le deja ir y venir,
pasearse, abrir los armarios ... Al dia
siguiente obtuvo una audiencia de
Gregorio XVI. En la conversaciôn con
el Padre Santo se le escapan estas palabras: -«Santisimo Padre , son muy
curiosos los armarios de los archivas ...
Pero los vidrios se encuentran en muy
mal estado ... -ïHas entrado!... i,Entraste en los archivos y dirigiste la
mirada a los papeles'L. -Si, Santisimo Padre; la puerta estaba abierta ...
iY te atreviste! ... Pero, ;,no sabes entonces, hijo mio, que estas excomulgado'l- iDios mio! -Tranquilizate...
Te impongo la penitencia de que hagas colocar a tus expensas todos los
vidrios que faltan ... &gt;) ïOh ! A nuestros
Papas nunca les falta la chispa. Ahi
tiene V.: nuestro Pio IX, con su aire
sencillote •.. , jtiene unas frasecitas!
Consegui una audiencia 'para un musico &lt;ïlle queria obtener la cruz de San
Silvestre. ï,Sabe V. lo que le dijo el
Papa'? «Dirigete a mi colega Apolo ... &gt;)
y después de sus entrevistas con Rossi ... , el pobre Rossi, a quien recibi mo1-ibundo en mis brazos en el palacio de
la Cancilleria (porque fui yo quien
le ... ) ~Sabe V. lo que decla nuestro
Santo Padre cuando su ministro estaba ya de puertas afueraf «Acabo de

oir al profesor: me ha dado un curso
acerca de lo posible y de lo imposible.»
Y palpando encima de una mesa rosarios comprados por la seiiora Gervaiaais para enviarlos de regaloaFrancia, pregunto:
-i,De casa de la seiiora Rosa, lacélebre coronara de la Minerva'L .. Un.a
compatriota de V., una francesa, una
mujer que esta en todas las interioridades del Vaticano ... iLO que sahria
un gobierno que tuviese ~omprada a
esa rnujer!. ..
Y cortando bruscamente su frase,
afiadiô:
- ...Por ejemplo: que tenemos un
Cardenal de la ultima hornada, que
pasa el tiempo en tocar la trompa de
caza ... l@ mas en secreto que puede ...
Aqui, en el fondo, todo se sabe ... Comia yo el otro dia en la embajada de
la naciôn de V., y se me escapa una
palabra imprudente. &lt;qOh! Aqui, doctor-me dice el embajador de Vds.puede V. decirlo todo ... Estoy seguro
de mis gentes: la mitad pertenecen a
la policia del gobierno, y la otra mitad a la de la revolucion.&gt; Clte 'l)Olett'J
Aqui tenemos una comunidad de frailes nobles: todos ellos se quejan de los
mocaroni; es verdad, ya no se saben
hacer. Y es loque ellos dicen: - (The
'Colete1 Siamo sotto i p-reti! ... ïLos clérigos! iLos sacerdotesl Senora, en los
teatros, dw::ante la semana de Pascuas,
el cura de la parroquia hace la lista
àelle anime, el censo de las aimas ...
Esto love V. durante los ensayos: el
libro de los futuros comulgantes en las
tablas; y toda la compania, el apunta-

LA SENORA. GERVAIS.A.IS

125

dor, el que enciende las candilejas, las trado en Roma por la senora Gervaibailarinas, ilas bailarinas ! , precipi- sais, el sefior Flamen de Gerbois, era
tandose para besar la mano del _parro- otro hombre y muy otra compafüa.
co, llamandole: Padre cu-rato I Y les Este ami go la dedicaba su interés emo•
dice_ él: &lt;tNo se mo1e~ten ... » Se sienta cionado, su palabra (palabra grave y
y mira un paso de balle ... Por supues- dulce de una vida quebrantada ), sus
to, nuestras bailarinas no son como las al tas y melanc6licas ideas, los acentos
de la Opera de Vds .... La Ferra ris no de un amplio ingenio, de un alma hersale nunca a escena sino después de mosa, de una fe de tolerante caridad y
una breve invocacion y un beso a un de bondad infini ta.
amuleto ... Sabida es también la frase
Casado en Francia, padre de dos nide la Fuoco, â quien decian: -«Pero, fias pequefias a quienes llevaba para
t,como no se caen Vds. en un tablado que jugasen con Pedro Carlos, la
tan mal barrido'? ... -1Oh, momentos niuerte de su mujer ( en quien adorahay en que preciso es creer que Dios ba)' habiale hecho recibir las Ordenes·,
nos sostiene! ... &lt;&lt;jY tan desinteresadas y llevaba dos aflos en Roma ejerciendo
las nuestras !&gt;) Oiga V. una frase fres- las f~nciones de aujitor de la Rota por
quita, de la semana ûltima, y dicha a Francia, en el Consejo de lo contenun joven agr'egado diplomâtico del pais cioso eclesiastico, en el tribunal de jude V. Habia aqui una balle-rina, y como risprudencia canùnica y civil, AsyZum.
se excusase él por no haberla hecho j1tstitiae, elevado cargo en el siglo xvm,
aun regalos, encontro ella esta frase venido boy muy a menos, donde una
sublime: «Si me los hubiera hecho V., personalidad de valer queda inutil y
estoy muy segura de que hubieran sido enterrada, con el unico pClrvenir del
hermosisimos ... » A proposito, seiïora, Decanato de la Rota, que conduce al
1,no han tratado de hacerle a V. ingre- cardenalazgo.
sar en nuestra benéfica asociaci6n de Galicano, adberido a las doctrinas
las pe-ric~:ante'l ... Si, de las solteras y nacionales y tradicionales de la Iglesia
casadasJovenes que corren peligro ... de Francia, antiguo amigo de LamenïO6mo! t,No ha oido V. hablar de eso'?... nais, decia y confesaba a menudo a la
ïUna instituciém de geniol ... Un.a mu- sefiora Gervaisais sus profundas tristejer pe-ricol~nte se pre~enta a esta exce- zas y sus secretas amarguras por todo
lente somedad y d1ce: -«'No tengo lo que veia en Roma, en esa corte y
p~n, Y °:1e ofrecen dos duros.» Laso- esa politica ciegas como una corte y
c1edad p1de una prueba, una carta... una politica humanas donde los celos
La mujer lleva la carta, toma los dos de los unos, dueiïos de la pusilanimiduros ... Y·:·
dad de los otros, enemigos de toda su-i,Y ~ue hacei...
perioridad, habian perseguido durante
-1,Qu? hace'l i_Cobra los cuatro!
el siglo a todo gran espiritu religioso,
El antiguo am1go de Francia encon- a toda gran voz que subia al pûlpito,

'

�126

â los talentos, â. los genios, basta

alas

de las iglesias g6ticas las prevencioglorias prometidas â. la Iglesia, con- nes, las repugnancias, y le conduce a
tristado â un Lacordaire y desterrado tener casi lâ.stima de la. pobreza de piepor su elocuencia a Flavigny, recha- dra de sus catedrales; dejâbase llevar
-zado al creyente de la Chesnaye al del amor al marmol, al ma.rmol que
ateismo de su fin.
pone alli por todas partes en las parey asi hablaba el sen.or Flamen de des su brilla de espejo, sus esplendoGerboia mirando a la enferma y aca- res escurridizos, sus lisas superficies
riciando con una mano al nino.
acarîciadas por la luz que juguetea
sobre su dureza preciosa, resbalando â.
lo largo de las columnas y pilastras,
perdiéndose en las b6vedas en queXVIII
brados relâmpagos. Conforme vivia
alli, tomaba la costnmbre de estar durante los calores del dia en medio de
Cnando salia entonces por casuali- esa piedra con venas, brillante casi
dad entre dia, â las horas en que las cual nna joya con ese frio relucir de
iglesias no han levantado aun sobre los colores suavemente rosados, suavesus puertas las mamparas de cuero mente amarillos, suavemente verdes,
para la siesta de la oraci6n, gustaba de fundidos en una especie de nacar que
entrar en ellas.
irisa con sus cambiantes matices el
Lo que la atraia y lo que iba a bus- prisma de toda una nave. Iomovil,
car al1i no era una impresi6n religiosa, contemplativa, sentia un placer en
la aproximaci6n al Dios cristiano en su verse envuelta por aquel~a clarid~d
casa sino la sensaci6n de un lugar relumbrante en que la câhda magmtran~uilo, apacible y silenciosamente ficencia de los dorados, la opulencia de
agradable, que ofrece el descanso y la las paredes y la suntuosidad de las co~hospitalidad de un palacio pacifico. gaduras parecian evaporarse y volatiSalir del sol de la calle y entrar en la lizarse en un aire hecho âgata portofresca, entre el adormecimiento del oro dos los re:B.ejos de p6r.6.dos y jaspes.
y de las pinturas, las brillanteces pulidas y las blancuras vagas , éra para
ella el sosiego que podia proporcionar
XIX
una umbria del Generalife escuchando
el surtidor de su fuente. Y poco a poco,
en la ciudad de las iglesias, yendo de
ésta a aquélla, visitandolas, prolonHay en San Pedro una soberbia y
gando sus estaciones, deja.base llevar regia puerta de la M:uerte: es 11D. p6rde e:1e gusto qneadquiereel extranjero, tico de mârmol negrô sobre el cual se
esa pasi6n que hace p~rder al catolico destacan las tibias de un esqueleto do-

127

LA BEHO.BA. GEBVAISA.IB

BEVISTA INTEBNAClONAL

rado que levanta la recia cortina, la
aplastante colgadura que vuelve a
caerle encima del craneo y forma una
ca-reta ciega a. la imagen de la Muerte,
la cual, porencimadel transeunte, alza
con la punta de sus falanges de hueso
el reloj de arena del tiempo interminable.
En una de sus visitas de tarde a las
iglesias, salia. la senora Gervaisais por
aquella puerta de la sacristia de la
basilica, cuando se le apareci6 una
capilla en que sus ojos no se habian
fijado aun entre las innumerables capillas de San l&gt;edro. Detuvose involuntariamente ante los trece confesonarios que estaban alli, como los oidos y
las bocas de la penitencia cristiana
para todas las lenguas del orbe cat61ico, con estas inscripciones en sus frontispicios:
Pro Gallica Zingua.
Pro Graeca lingua.
Pro Hisp(l31,ica ling1Ua.
Pro Lusitana Zingua.
Pro A n!llica Zing'Ua.
Pro Polonica lin!lua,
Pro Illyrica Zingua.
Pro Flanàrica Zingua.
Pro Germanica lin!lua.
Pro Italica Zingua.
Atraida sin saber por qué, entreteniase en deletrear eselatin.que en~loba
el mundo, cuando, al sentir que la tiraban de la falda, volvi6se hacia su
hijo: el niii.o la enseiiô por encima del
baldaquino, entre una claridad aznl, el
fulgor de la b6veda, el oro de las pala-

bras ... Petrv1 et super hanc petra,n aeàiftca!Jo ... , que en ese momento parecian
escritas con letras de fuego sobre el
anillo de la cupula.

XX

Con el otoiio, con el alivio en su salud, la senora Gervaisais cambi6 su
vida estrecha, solitaria, casi claustral,
por una existencia mâs a.ncha, mas esparcida, y que vol via al trato de soniedad.
Alquil6 carruaje por mes; tom6 uno
deesos criados italianos aptos para todo,
que guisan y suben a la trasera del
coche con una eterna camisa de color
bajo una levita negra. Y para dar comienzo â las yjsitas, entreg6 sus cartas de recomendaci6n en casa de la
princesa Livarini.
Por un momento habia pensado en
buscar unas habitaciones mas grandes;
pero detuvola un poco el io.terés lastimero por aquellas onradas patronas
que subsistian miserablemente de un
antiguo plano de Roma cuya plancha
tuvieron por herencia. Yadema.s, ;,donde hubiera vuelto a encontrar una vecindad. tan discreta como la de esas
mujeres que solo entraban a verla
cuando se hallaba enferma, y todo el
dia estabau en la oscuridad y el silencio de su cuartito, con un perro mudo,
la musica de un reloj de pared, ramitos de flores puestos en vasos; una paz
de mediania venturosa, entrecort~da

�REVI.8TA lNTERNACIO:NAL

ii galeria con piesa en una peque a
.
de tarde en tarde por ell gr~~tas~:=~ ~astras revestidas de tr:os ::u;:rJ:o!
erado de antemano, a v1s1
hojas de acanto, puer s
. meesp
d das piso de mosa1co
tia anciana't
molduras ora d~ violeta y amarillo:
nudo de color
· b por
una. fresca estancia que resp1r~t' a ver
. t as y pernu
dos ventanas ab1er
. :i.a ue
XXI
110 de rosales arboreos q
un bosqueci
amos de rosas
abrian en sus cop~s r mente cansada
Alli grac1osa
. .
.6 muchas lenormes.
'
d l talle, los
128

.;;.~:o;~~~:•;t;:~»:~::i~:~::; !:,~~:::•h;m~.!:1;:1 l::~o=~~
quien daba unos banque s

escuchaba con hgereza,. de suros0 con la sonr1sa
hechicerosl
tenia siempre un traida y corn la uebrada conversaUn roantel, que
. ero de la \ tro nada mas,
q
sillas donlecho de flores, el galano viv do all · ci6n del corrillo sentaddo en tapiceria
as conserva
11
resenta as en
sema~a ~e. :::ude botella.s de vino, de e;~a:a:esr:~logales. Suspend(anse
toùo e ano, . 6n de cdstal de roca, las ir ub
El dialo(J'o tenia pausas
sino un gran J~rr
arte de familia, las pala ras.
as ai° aladeo de un
espléndido obJet~!: el triunfo de An- de reposo an!~o!_ cuanXo se prod~cian
donde estaba gra nvidados se pasaban sorbe~- D~ v d los salones itahanos
fitrite, y que los co é de los platos el esos sllenc10s e l tiempo y parecen
unos â. otros; a trav 3
donde desde que dejan correr e.
se desliza.
antiguo libro de .:n~:s:~râa escribia a escuchar ~ gu~: :~:do a los extranmuchas gen~rac1 l lista del almuerzo
En ese rnter
intimidad a la roadiario el com_~eroy \onde los espacios jeros, ce~oso ~ei::acia principal romay de la com1 a, \enos de notas, fe- nera de .a aris
ente por la noche.
blancos estab_an_ ~tos de familia, pen- na, hab1~ p;cl~a geran un pintor del
chas, acontec1mie ales el regocijo de Toda la er u rincipes romanos 1&gt;asamientos' a los eu
- dia reflexio- pais, algunos p
s primas j6velos hués~edes r!:
esto era la rientes 6 al~f:sd;:~c%1:es como las de
nes ' car1catu
oz de la princesa nes de men d v· ci y dos cardenamesa, junto con a :labra (una risa). la Her~diada e c~:re~tes a quienes se
(un canto) y ~~lrana a la bermosura les' a~duos :~:ombrero con alamares

P:i ~~~::

0
: ~ ~ :: : :

:,nora G-:V.~:•:;.,";1; ~:i ;i:,:;..w debal:,d:!'=~~o~

:a:::;

ca.balo siempre Junto
No la
darse de las perso_nas
gozairoportaba el mutismo e
ba con verlo.
. a.base la prin·
Después de comer, situ

LA BENORA. GERVAJSAJI

•

0

una desenvoltura de
q des silloTomaban asiento en sus g:::ca de los
nes de costu~bre' ~u~ecian esas fraoidos de la prmcesa, y

sesentrecortadas, palabrasdesacerdote
y de diplomâtico concluidas por un
gesto, un mohin, a veces una mi rada
de esa negrura peculiar de los ojos del
prelado romano. Y muy pronto, después de golpearse un momento con los
sombreros las purpu.radas pantorrillas,
levanta.banse ambos porporati, saludaban y desaparecian.

129

I

deci6 la ultima noche, queriendo apagar él también los moccoletti, el cabito
de vela que todos soplan a cada uno y
cada uno sopla a todos, al grito vencedor de 8enza moccolot 8enza moccolot

XXIII

xxn

El afio antes , al llegar de Francia,
se habia encontratl.o la seii.ora Gervaisais harto fatigada y débil para presenciar en San Pedro las ceremonias de
Vino el invierno. La salad de la se- Pascuas. Pero en esta segunda Semana
ii.ora Gervaisais continuaba siendo bas- Santa que pasaba en Roma, tuvo eutante buena para permitirle frecuentar riosidad por sentir esas impresiones.
con asiduidad el sal6n Liverani, y cruEl Domingo de Ramos hallabase en
zar por dos 6 tres salones de esas gran- traje de etiqueta (de negro y con velo
des damas de moda, cuya carretela, pa- negro prendido con una margarita de
rada en la terraza del Pincio, se ve cir- J plata) en una de esas grandes tribunas
cuida al instante por un corro de hom- con asientos en graderia para las sebres.
îioras, a derecha é izquierda del coro.
Lleg6 a ser concurrente casi habi- Pasaba su vista a través de las mohatual a las comidas de la embajada y a rras de las alabardas, de los cascos, de
las recepciones de la Villa-Médicis, 1Ias cimeras de oro, de los penachos de
donde las veladas musicales contaban crines blancas; por encima. de las hileaquel aii.o con el talento de j6venes que ras de patriarcas, de dignatarios con
ya prometian un porvenir de composi- , casullas tejidas de oro; por encima de
tores célebres.
las filas de los cardenales sentados,
Llevaba a menudo a Pedro Carlos j cuyas vestiduras corrian en suntuoso
adonde era tan feliz, a la Opera de oleaJe y casi anegaban, con una oleaRoma, al teatro de Apolo. Y al llegar da de sas colas, a los caudatarios senal carnaval, il 8anti1si11w Oarne1J(l,le, tados a sus pies; por encima de los empaseo durante tres dias por entre la al- bajadores y diplomaticos de uniforme,
gazara estruendosa del Corso al niii.o, el estado mayor en traje de gala de los
encantador con su disfraz de guardia I ejércitos de la tierra, ese ilustre publifrancesa, un poco aturdido por la ba- 1co de Europa que a menudo se confuntalla de los confetti, pero que se enar- de y codea con principes y reyes; y
RBVIST A.. -

llA.YO 04.

5

�130

LA SENORA GERVAI8A.I8

REVISTA. INTE!l.NACIO:SAL

llegaron sus miradas al fondo del coro, los protonotarios apost6licos particisombriamente rojo, hasta el Papa.
pantes y honorarios, el regente de la
Jluminaba la basfüca una lu.z reco- cancilleria, el auditor. de las rép~ic.:15,
gida, piadosa y fria, un dia de Marzo los generales de las ordenes rehg10en que el sol, Hamando y deteniéndose sas, los cuatro conservado:es, los auâ las puertas de bronce de la entrada, di tores de la Rota, los escr1b~nos de la
no encendia au.n la gloria amariUa del câmara, los votantes de la S1gnatura~
Espiritu Santo y su nimba de rayos en los abreviadores, los mae~tros de cerela vidriera de la tribu na de San Pedro; monias, los camareros as1stentes, los
una claridad triste que se tenia del re- camareros secretos , los camareros. orftejo violâceo de las grandes colgad1t- dinarios, los camarero~ ex~raordmaras que rodeaban el presbiterio y el se- rios, los abogados consistoriales~ los
miluto de ese domingo con el duelo de escuderos, los chantres, los ~acr1sta·
nes y los ac6litos de la cap1Ua, los
1a purpura.
d
La inmensidad de San Pedro estaba portadores de la Virpa '!'uoea. _to o un
silenciosa. Solo se oia alli el ruido de pueblo eclesiastico y toda la mnumelos pasos de la muchedumbre, seme- rable ~ Familia pontificia &gt; , alargando
·ante sobre el marniol resbaladizo al su lento desfile _c~~o en. es~ -proceJ d
d muchas aauas que por siones de las m1hmas cr1stianas que
sor o rumor e
o
. .
l
de los
1 •1 1
alli corriesen. De -pronto estallo y ele- van â recib1r en e me o a pa ma
v6se el bimno Pueri UelJraeo'!'uim, re- elegidos.
.
cuerdo de los hijos de Judea que iban El Papa, sentado: ofrecie:n~o a los
delante del Sen.or, un cântico de ale- besos de los que subian las rod1llas eu. ·uvenil un 11,ossanna que desga- biertas por un -velo bordado, la mano y
;;~~~ el aire' con argentinas notas que el pie, distribuia a cada uno la Fa~ma
subian y se desparramaban a la altura rizada de San :temo con ~n movim1ende las bôvedas, rodando por ellas â lo to de automatismo g_rand10s0 , un ad~
lejos como un.a griteria de niiios en los man hierâtico y antiguo que le hac1a
de las montanas.
parecer, bajo el dosel de su silla, entre
ecos
b d · ·
t tua san
Al primer acento de ese cântico y de una nu e e mc1enso, una es a
su jûbilo comenzaba la marcha, la ta del pasado.
. .
.
procesi6n eterna y siempre vuelta â
iPasmoso apara.to escen~co, ~dmuaempezar, de toda esa corte de la Igle- ble efecto de t~atro de la hturg1a, ob~a
sia que iba a recibir los ramos de ma- maestra de~ tnunfal espectâc_ulo relinos del Padre San~o: los cardenales, gioso del s1glo x~, de su gemo de arte
los patriarcas, los arzobispos, los obis- catôlico, d_e todas esas gra~des manos
pos no asistentes y asistentes, los aba- de sus artistas ~e sus pmtores q~e
des mitrados, los penitenciarios , el inventaron el d1~~~0, el ord~n, la,actig bernador de Roma el auditor de la tud, la compos1mon y la s1metr1a de
c~mara, el mayord~mo, el tesorero, las posturas, el apiramidamiento de los

!

131

grupos, la belleza de la decoracion viva I bajo seguia haciendo au.n subir, bajar
que e~calona a todos esos fi_~urantes Iy vol ver a subir con su sorda y velada
magmficos con capas de armrno y so- garganta la lamentaci6n del Sacrificio
brepellices de enc~jes, chorreando bro- 1de una ago?ia de Hombre-Dios, modu•cados y sedas, hac1endo destacar el oro laday susp1rada con el timbre humano.
pâlido de sus palmas temblonas sobre
Durante ese cântico en que resuena
el carmesi de los fondos, sobre las ar- la muerte del autor de toda bendiciôn
,
'
momas y los esplendores sordos de un la Iglesia no pide bendiciones · durante
colosal Ticiano!
ese cântico que enarra la no~he de la
La seùora Gervaisais llegaba a ese Iverdadera luz del mundo, la Ig1esia no
estado vago y un poco confuso de de- tiene cirios encendidos, no inciensa no
bilidad que en estas ceremonias produ- responde Gloria tioi, D&lt;&gt;mine.
'
cen el largo cansancio, la fatigada
La senora Gervaisais seguia escuatenci6n de los sentidos. Su contem- chando siempre el bajo, el bajo cada
placiôn estaba diseminada y errante, vez mas penetrante, mâs desgarrado
cuando sintîose de pronto sacudida y de angustia y que parecia la voz de
despierta por un cantico tal como nun- Jesucristo diciendo: «Triste esta mi
ca oyera otro parecido: un lamento en .alma hasta la muertei&gt;, la voz de Jesûs
que gemia el fin del mundo, una
mismo que por un instante, des de los
sica original y desconocida en que se labios del chantre, hizo pasar a través
mezclaban los insultos de un.a turba de los pechos el escalofrio del desfallefuriosa, un recitado lento y solemne cimiento de un Dios.
de una palabra lejana de la historia, un
Y proseguia el recitado, interrumbajo cantante que Uegaba al infi.nito de pido por las respuestas atronadoras de
las profundidades del alma.
jûbilo del coro: toda esa tempestad de
Era el canto llano dramatizado de la clamores, ruido caricaturesco, comico
Pas~6n de J esucristo , segun. el Evan- y feroz del pue blo homicida, regocij o
gelio de San Mateo, cantado por los discordante y blasfemo de las muchetres diaconos.
dumbres pidiendo la sangre de un jusHechizada nerviosamente, con leves to, gritos con voces agrias de Oruciescalofrios detrâs de la cabeza, perma- .fige! y de Barrabas!, que el doloroso
necia la sefiora Gervaisais lânguida- bajo aplastaba con gran desdén resigmente triste ante el rumor grave de nado.
aquel bajo que hacia oscilar la escala
de las melancolias, emitiendo notas
parecîdas al colosal murmullo de una
XXIV
inmensa desolacion, suspensas y tremolantes minutos enteros sobre sila:.
bas de dolor c:uyas ondas sonoras queAquel cantico, aquella voz que habfa
daban en el aire sin querer morir. Y el concluido por la înefable nota moriJ

mù- 1

�132

REVlST.A INTEBNACIONAL

bunda y crucificada, el Lamma, 8abacàtani del Golgota, dejaban en la sefiora
Gervaisais un largo eco que llevaba
XXV
consigo, una vibracion cuyo estremecimiento en los sitios sensibles de su
ser subiale hasta los labios, los cuales
por si solos repetian muy quedo el su- Las lamentaciones alzaban dentro de
premo suspiro. Y al mismo tiempo, con la capilla Sixtina su rumor desolado.
esa memoria interior, sentia alzarse y
En la parte de la Epistola, un trianvolver a subir poco a poco dentro de si gulo de quince cirios de cera amarilla
todo lo doloroso de su vida, todas sus hacia temblequear sus lucecitas como
la.grimas de adentro. Con la amarga velando a un 'muerto. Una pared irafelicidad del recuerdo, acordabase de cunda manchaba con temerosos colotodas sus impresiones tristes de solte- res, embutia en el fondo el alud y la
ra, de esposa y de madre, todos los re- catarata de los condenadosque rodaban
c6nditos y desconocidos dolores opre- a precipitarse en el infi.erno, atormensos de una existencia de mujer. Pare- tados por todos los escorzos de la caiciale que su pasado se aproximaba con da, portodaslas angustiasde losmuscuel encanto melancolico de una armonia los, por todas las agonias del dibujo,
lejana en las cuerdas de un violin que por todas las academias de la desespehubiese llorado. Era como una llamada racion: cuadro 'mudo del sufrimiento
de sus antiguas emociones, en que le fisico contra el cual iba a chocar, a
volvia a fl.or del corazon lo que habia estrellarse y a morir el coro de los dosentido, ahogado y sufrido. Por su- lores del alma.
puesto, nada religioso y que pareciese Las voces no cesaban: voces de
fe se mezclaba en la senora Gervaisais bronce, voces que producian en los
a esa sensaci6n delicada y profunda, versiculos el ruido sordo de la tierra
pero de un sentimentalismo pura mente que se arroja encima de un ataud, vofemenino, que le producia aquella mu- ces de una ternura aguda, voces de
sica.
cristal que se rom pian, voces que se
Y casi dichosa en ese estado dulce y hinchaban con un torrente de lagricruel, no hacia para salir de él ningun: mas, voces que revoloteaban una en
esfuerzo. Abandonâbase con una in- derredor de otra, voces dolientes por
movilidad de ouerpo y un silencio de donde subia y bajaba una queja sinpensamiento , que parecian querer gultuosa, voce~ patéticas , voces de
guardar y retener una pesadilla agra- suplica adoratriz que se llevaba considable. En esta disposicion de animo go et huracan del canto llano, voces
lleg6 al Miserere de la capilla Sixtina. temblorosas con vocalizaciones de sollozos, voces cuyovivo arranque volvia
a caer de pronto en un abismo de si-

133

LA BENORA GERY.Al8AIS

lencio, de donde volvian a surgir en
seguida otras voces sonoras, voces extranas Y turbadoras, voces aflautadas
Y humedas, voces entre de nifio y de
mujer, voces de hombres afeminados,
voces de una ronquera producida en la
garganta de un angel por la muda,
voce~ neutras y sin _sexo, virgenes y
marbres, voces fragiles y penetrantes
q~e atacan_ los nervios co~ lo imprevisto Y antmatural del somdo.
Entre tanto, a largos intervalos, al
fi_n~l de cada salmo, apagabanse los
cmos_ del tenebrario uno a uno, como
por si solos; Y el caos temeroso del
fondo de la pared ~ntraba en. el caos de
la _noche, oscurec1endo al publico, tan
prieto y tan ahogado contra la barrera
del cancel, que los sacerdotes, entre la
multitud, volvian con la lengua las
n.ojas de sus libros de 8emana Santa.
Ya no quedaba un poco de claridad
sino en la tribuna del muro de la derecha, con balcon de estrecho pasamanos, coronado por un facistol en que
aun podia leer la seiiora Gervaisais:
q.Üantate IJomino&gt;) , la tribun.a de los
cantores pontificiqs, unicos que tienen
derecho a cantar delante del Papa y de
l~s cardenales en capilla; y que solo
e~ecutan el canto Gregoriano y la musICa llamada alla Palestrina. Por una
ventana detras de ellos, un filtramiento
de luz ~lanca ilu_minaba con un rayo
ves~ertmo de ~rimavera de la Edad
Media, lo~ enca3es de sus sobrepellices,
1~ seda v10leta de sus sotanas, de sus
cmgulo~, del coUaro de su cuello. Y
por un_ mstante asomô por encima de
un atril la cabeza de un joven cantor

que recordaba los moftetudos nifios de
coro de Lucca della Robia.
. ~ra la bora veintid6s, segtin el reloj
1tallano. Catorce cirios estaban apagados, el ultimo escondido detras del altar, y habia un recogimi.ento de espera entre las tinieblas de la capilla.
Entonces dulce y quedo elev6 su
murmullo, su plegaria, su gemebunda
armonia el cantico del Misere1·e; musica expirante que volaba a Dios y al
descender otra vez desde las nube; parecia por momentos renovar en la Mvedade la Sixtina el milagrode la misa
del Papa Gregorio el Grande, en la cual
oyéronse caer desde el cielo las respuestas por boca de los serafines.

XXVI

Regres6 despacio, deteniéndose en
las iglesias abiertas y brillantes, una
de l;:i.s cuales deslumbr6 sus ojos llenos aun de la oscuridad de la Sixtina.
Desde la b6veda hasta el pie del altar, una cascada de fuego corria por
los peldanos de una escalera de cirios,
por detras de los cuales pasaban y repasaban las rojas sotanas de los sacristanes que los encendian. Y en las paredes, en las pilastras, en toda la rica
y coqueta iglesia de mârmol y oro (San
Antonio de los Portugueses), refu1gian
millares de girandolas, escalas, columnatas, pin.as de araiias, convirtiendo
las paredes en espejos de Hamas repercutidas, lanzando desde sus cristales de
,

�-----------••·- -----------------

LA BE:'ORA GERV AIBAIB

135

BEVIBTA INTERNACIONA.L

134

fuego relâ.mpagos de rub!es, un incendiode diamantes, entre aquella claridad :florida de estrellas, aquella palpitaci6n de resplandores deslumbrantes,
el hormigueo de luces y el iluminado
1oset6n del coro donde parecia abrirse
en el fondo, entre cortinas de piedra, la
cegadora puerta de la gloria di vina.

XXVII

dillas. En la basilica, en la sacrosanta
iglesia que se llama Omnium Urbil
et Orbis eccùsiarum Mater et Oaput,
bajo el techo de relicario con los Ap6stoles de oro, bajo la â.urea escarcha
del mosaico , sobre el enlosado de serpentina y de p6rfido que extiende bajo
los pasos el antiguo tapiz de los templos, el opus alea:andrinum, entre los
grande muros de mârmol, aquel pueblo andrajoso que inundaba las cinco
naves parecia la invasiôn y el acampamiento de una religiôn bârbara, rustica y brutal, febril, impaciente, removiéndose con impaciencia en e pera

En Sâ.bado Santo, el interior de San del golpe de varita de la absoluciôn,
Juan de Letrân presentô a la seiiora alrededor de los confesonarios, de donGervaisais el espectaculo de la piedad de salian entre las sayas de las mujeferoz que, con su fe de animal salvaje, res que alli se hacinaban vaivenes de
lleva alli el pueblo de la campiiia de \chiquillos, revueltos con los lios de
Roma.
comestibles anudados en servilletas.
Después de pasar por debajo de la La seiiora Gervaisais estaba suspenpesada cortina levantada por la cab~za \sa ~e que un gran artista no hubie:e
y la espalda de un anciano mend1go cop1ado aquella escultura de las act1con un gran garrote, el oleaje del gen- tudes, de los cansancios, de las meditio que entraba detras de ella la echô taciones, de los alelamientos, la ceen medio de grupos de mujeres que guedad de aquella devocion deslumcon los {mgulos de la bora sujetaban brada , la estupidez casi bestial de
entre los dientes las dos puntas de sus aquell.as preces. Chocôle sobre todo el
paiiuelos de cabeza; entre hombres cuadro de las confesiones empinadas
con las esparteiias agujereadas por los de mujeres que, alargando la boca,
dedos de los pie , con las chaquetas y puesta contra la rejilla de cobre del
los calzones recosidos con bramante; confesonario, se sostenian de pie y se
bordas campesinas que exhalaban una apoyaban con ambas manos junto ala
fermentaci6n de sudor, el olor de una cabeza, echadas· de bruces contra la
càlida humanidad. De pie, sentados, madera, con el movimiento de esas
puestos de codos, colocados en los pel- bebedoras campesinas que acercan los
daiios de las escaleras y de los altares, labios â un chorro de agua mas alto
unos comian hojas de alcachofas, otros que su boca.
dormitaban con la cabeza entre las roY en el altar, donde se eleva la mag-

nificencia de las cuatro grande8 co- 1popular de esa fi.esta religio a y naciolumnas de bronce dorado (el bronce de nal de Roma: la .B1,ona Pasqua.
las proas de las galeras de Actium),
Encontr6 San Pedro lleuo de gente
admir6 también una triple fila de mu- \ y siempre sin poder llenarse del todo;
jeres, de belleza dura, juntas y prietas oyo la misa de victoria, y luego sigui6
una contra otra, inclinadas y en mon- afuera al pueblo, que se empujaba para
tones, â. trechos, como un rebaiio asus- salir.
tado; las cuales, arrodilladas y a la Estaba en la plaza: ten!a delante de
vez sentadas sobre sus talones, junw ella escalones negros de gente; en las
a la barandilla, tenian aire como de Igrandes escalinatas ascendentes, homrumiar la Eucaristia, unas pasando las bres, mujeres, peregrinos con conchas,
cuentas de un rosario sobre las rodi- 1viajeros con gemelos de campo, pastollas, otras sosteniéndose la frente con res de la Sabina; bajo los piès de la
una mano que mostraba el cobre de muchedumbre, acâ y alla, madres danuna. gruesa sortija, otras ferozmente Ido de mamar a sus hijos con el seno
med1ta?undas con el dedo meùique en Idesnudo; las gentes del Borgo, del
los lab1os.
Transtevere, àei Monti, amontonadas
1en torno del obelisco, trepando por las
barras de bierro que enlazan sus hitos,
en la basa, en su pedestal, formâbanle
XXVIII
Iun zôcalo con la miseria en racimo de
los barrios pobres; mas adelante, el
'11tosciar'l'ellajo, el vendedor de castaiias
y de altramuces, que despacha con un
Por fin llegô el gran dia: el Domin- cubilete de latôn; a los lados de la
go de Pascua.
plaza, harto estrecha, un hacinamienEl pueblo del Agro romano, los cam- 1to de centenares de coches de gala,
pesinos, lo habian esperado envueltos Icarretelas con ruedas rojas, galerias
en sus capas, tendidos en las plazas, de oro, cajas doradas, caballos injioccki
desparramados por las escalinatas, con cintas y penachos, un ejército de
tumbados al aire libre, recordando, en criados, lacayos, cocheros, mayordoesas vigilias de la Resurrecci6n, las mos, extravagantemente engalanados
hermosas lineas de sueiio dadas por con libreas centenarias, galoneados
Rafael a los guardas dormidos delante con escudos de armas en todas las cosdel sepulcro de Jesûs y la losa pronta turas, con todo el lujo venerablemente
a levantarse sobre su inmortalidad. marchito de la ultima de las cortea
Un coche, cuyo caballo tenia una I sacerdotales y de la antigua prelacia.
rosa en la oreja, llevaba a la senora En el fondo refnlgia el ejército papal,
Gervaisais â través del mo·dmiento, l las filas de dragones con el punto rojo
del ruido, del feliz tumulto, del amor de sus petos y el punto blanco del bri-

�136

BEVISTA INTERNAOIONAL

LA 8BNORA GERVAISAIS

a

llo de sus cascos. Y por todas partes dos. Después desfilaron dos dos los
un hormiguero: en los tejados del con- eminentisimos cardenales, patriarcas
torno, en las ventanas, en las terrazas mitrados, cuya barba tenia el blanco de
del Vaticano y de las dos columnatas, oro palido de sus dalmaticas, obispos
cuya corona de estatuas ponia en el orientales, ancianos que recorda ban los
ciEto el corro de un publico de santos. elegidos, los bienav:enturados, los veZumbaba la plaza. La multitud mur- nerables, los doctores de la Iglesia
muradora se caleo.taba con el pesado pintados en las antiguas capillas, somtiempo, cargado con un sol flotante bras de los Gregorios y de los Ambroque no se mostraba aun. Dieron con sios que pasaban por alli con figura
lentitud las doce campanadas de me- de resucitados.
Entre tanto, cada vez mas deprisa,_
diodia, partiô del sol un rayo, y de
mas
furiosos, el bombardeo de los repipronto sonaron los toques de dos campanas pequefi.as echadas al vuelo y de ques de campanas y la tempestad desu
la campana grande de la ultima ven- bronce tronaban a todo vuelo; cuando
tana alta de la fachada. Al oir el rui- en el marco de la ventana, al quedardo, salieron volando de las cornisas se vacia, subiô sua-vemente, con la asunas cornejas; é hicieron un esfuerzo cension de una nube, la punta de una.
para levantarse unas enfermas ancia- tiara, formândole nimbo dos abanicos
nas cubiertas con un velo, vestidas de de pluma de avestruz, centrados con
beatas, sentadas, casi paraliticas, en plumas de pavo real... y hablaba ya
una voz que habia hecho descubrirse
unas sillas.
Una curiosidad inmensa empezô a todas las ca bezas y doblarse todas las
rebullir entre la muchedumbre, que se rodillas, una voz en aumento y que
apretô, se amontonô, avanzô como el llenaba los ambitos de la plaza, 1tanta
oleaje de un mar humano, y luego se era la silencios~ escucha del gentiol
detuvo; y todos los ojos que alli esta- Levantose de pronto la tiara de oro, y
ban aguàrdar.on âvidos y devorando salio el Padre Santo por detras de lo
con una sola mirada la ventana de la que le ocultaba, del libro que le esloggia, que resguardaba un toldo de condia; y surgiendo con todo el canlienzo, y de donde pendia ·una colga- dor magnifico de su vestimenta, viôdura de terciopelo labrado, con las ar- sele inm6vil en su gloria blanca ...
Entonces, con una lentitud augusta?
mas de Clemente XI bordadas en él.
Por largo tiempo estuvo aûn vacia se alzaron las manos del anciano y
la ventana. Por iin, en su oscuridad subieron a tomar ~el cielo la bendimisteriosa aparecieron religiosamente ci6n, que, detenidas un momento, temuna tras otra tres rnitras, tres tiaras, blorosas y cerniéndose en alto, paremudos y solemnes anuncios del sobe- cieron difundir y derramar sobre toda
rano tres veces rey, otra mitra de oro, la tierra, con la frase: JJescendat super
y una cruz entre dos cirios encendi- vos ...

XXIX

137

da la seiiora'?... La moneda de veinte
pesetas que le di el otro dia, de parte
de la sefiora, para aquella cuèntecita ..•
Al principio dijo que solo era una peieta ... que ninguna de las dos habiamos
visto bien ... ·Después ha dicho que
r
no estaba enteramente seguro, que tenia que echar sus cuentas ... Desde entonces be venido hablandole todos los
dias de esa cuenta; por fin me dijo
anteayer que no habia tenido aun tiempo de hacerla, pero que creia que la
razôn estaba de mi parte ... Y boy, senora, me sostiene que positiva.mente
no era mas que una peseta, y que la
seïïora y yo estamos en un error ...
-jVamosl i,Eso te asombra?-dijo la
sefiora Gervaisais, saliendo de su ensimismamiento con una sonrisa.-i,NO
comprendes, mi pobre Honorina '? ...
Pepe no se habia confesado anteayer;
como todos los romanos, ha debido de
confesarse ayer y le habran echado la
absoluciôn ... Y por eso ... por eso, mi
moneda de veinte pesetas ya no vale ni
siquiera veinte piezas de cinco céntimos•..

Por la noche de aquel dia de Pascua,
la se:iïora Gervaisais, rendida por todas
las fatigas y emociones de la semana,
no tuvo animos ni fuerzas para salir
de casa; envi6 a Pedro Carlos a que
viese con Honorina las calles iluminadas, y se quedo sola, con el recuerdo
y los ojos entreabiertos a las flotantes
imâgenes sagradas de esos ocho grandes dias.
Tuvo una impresion como de despertarse, al bullicioso regreso de su
hijo, a1go a1ocado por la fiesta, tratando de describirla é impaciente por
hacérsela contar a Honorina, a quien
destrozaba un lado con sus dos manitas, con el ingenuo ademan de los ni:iïos que quieren hacer soltar a una persona mayor todo lo que con ella han
visto. La doncella hizo el relato de las
piramides de patos desplumados, de las
filas de corderos â medio desollar, de
los escaparates de salchichones y quesos ài cacio cavallo con guirnaldas de
XXX
laure!, de los techos artesonados de
jamones, de las perspectivas de lonjas de tocino con sus dibujos de color,
de las carnicerias y choricerias, de
El espacio y el t~empo de algunas
fiesta, relumbrantes de luces de gas. semanas bastaron para alejar y casi ·
-Ahora que recuerdo, sefiora-dijo borrar en la seiiora Gervaisais la meinterrumpiéndose de pronto_:_ya sabe moria de la Semana Santa. Parecia que
la se:iïora... respecto al seiïor José ...
todo cuanto sinti6 en ella habia sido
-i,Qué seiior José'? jA.b! Pepe ..•
una conmocion de su sensibilidad, un
-Si, senora ... Pues bien; i,Se acuer- f;acudimiento fisico, el choque vibran-

�139

REVISTA INTERNACIONAL

LA SENORA GERVAISAIS

te de la musica sobre su temperamento con sangre pintada; y en derredor adomusical, y al mismo tiempo una espe- raciones de hombres y de mujeres en
cie de desenlace, de desate de su natu- cuatro patas elegian las partes esperaleza comprimida, encerrada, prieta luznantes y cosquillosas del cuerpo dicomo por desventuras, por la altiva fir- vino para pasear por ellas sus besos de
meza de las ideas, por el orgullo de un amor.
estoicismo de mujer duramente duena
La imagen misma del Padre Santo,
de si misma. Reconociase mas triste, tan alta en· San Pedro, en la Sixtina,
mas amorôsa, con el coraz6n dulce- en el balcon de la Loggia, perdi6 de su
mente melanc6lico.
caracter augusto·, amengu6 para ella
Pero, aun hàbiéndose emocionado en un encuentro fortuito. Hallabase
asi, no sentia en ella esas primeras cerca de las Termas de Antonio. Por el
adhesiones con frecuencia ignoradas sendero que va entre las vinas, unos
hasta por la misma alma que comien- campesinos cayeron de hinojos como
zan a enlazar y a quien a la larga de- heridos por el rayo. En la encrucijada
ben ligar por completo y para siem- de la Via Latina, junto a la cruz hepre. De resultas de la Semana Mayor, lrrumbrosa puesta encima de una conada le parecia haber germinado en lumna antigua, delante de una pared,
ella de lo que constituye la primera de una puerta en verjada y de cuatro
semilla de la conversion en la profun- copas de ciprés, apareci6 una figura
didad recondita de la conciencia. Solo blanca, un sombrero rojo, tres dedos
la artista (asi lo creia) era quien se ha- que se levantaron y belidijeron. Un
bia conmovido por esplendores de ope- rostro bondadoso, dos puntitos negros
ra y emociones de oratorio.
en los ojos, una boca grande y fina,
Ademas, habia sucedido que en esos una cabeza donde habia malicia de
dias santos, que enardecen el fervor ro- hombre: eso fué todo loque aquel dia
mano, la imagen de ciertas idolatrias vi6 del Papa la senora Gervaisais.
groseras hirieron a la religi6n natural
y delicàda de su espiritualismo. Un recuerdo del Viernes Santo habiale dejado la ira y el asco que siempre lequeXXXI
daba de la materializacion del culto.
Era una iglesia de la Piazza Colonna:
entre dos cirios, junto a una bandeja
de plata puesta en el suelo para las
Con las prisas y el desorden de un
ofrendas, sobre una alfombra vieja habia una cruz de madera negra y en esa viaje de enfermo, la seùora Gervaisais
cruz un Cristo nervioso, musculoso, habiase dejado su retrato, retrato que
descarnado, pintado con un colorido su hijo pedia a menudo, queriendo temorboso, una anatomia de asesinado ner a su madre junto a su lecho en

Roma, como la tenia en su alcobita de Aun creia oir preguntar en voz baja
Paris.
su nombre por los jovenes que no la
Una tarde, en que abrumada por el conocian.
calor estaba tendida, floja para todo
Y destacândose poco a poco de la
trabajo, en una meditaci6n de remi- lontananza, iban volviéndole la fresca
niscencias, recibi6 el retrato que aca- memoria de su coraz6n y de su cabeza
baba de llegar por el correo de la em- de soltera, su candido pasado de senobajada. Hizo saltar el sello de la caja rita con su anciano padre. Revivia
que conteN.ia el cuadrito, y volvi6 a aquellos anos unidos y asociados a las
verse tal como era a los diez y ocho lecturas, a los trabajos, a las creenaiios de edad, en la miniatura, obra de cias, a los ensuei'ios del hombre polila seiiora de Mirbel.
tico: conversaciones harto pronto conoy como si ante su alma y sus ojos cluidas, relatos que en boca de él resurgiesen al instante, de la ligera sucitaban la gran Revolucion, trozos
acuarela, de la nube de su color sobre dictados de sus Memorias de que era
el marfil, la sensacion conmovida y la ella secretario con delantal de seda,
presencia visible de un tiempo olvida- largos paseos en que su sociedad mudo, reapareci6 ante ella su persona de tua les abastabay apetecianla soledad,
entonces. Iba peinada con los cabellos cursos a que iban juntos asombrando
alzândose en forma de mariposa por con su confraternidad al mundo sabio.
encima de la cabeza, peinado que daba Volvia â encontrar el hechizo inteliel atractivo de una fisonomia exotica gente, independiente y libre de aquella
a las parisienses de los primeros aiios vida de muchaèho y de estudiante,
del reinado de Luis Felipe. Flores de dulce pareja de padre é hija, unidos los
Fombonne, un brezo blanco y unas dos extremos de la edad y tan bien
rosas de zarza, entremezclabanse con mezclados el uno con el otro, que el
sus rizos. Llevaba un vestido de tul padre parecia tener la sonrisa de su
«ilusi6n» de mallas sobre fondo de raso hija, y la hija el pensamiento de su
blanco, con el cintur6n de moda en padre.
aquel invierno, el in vierno de 1836, de
Casi religiosamente repasaba toda su
color azul princesa. Era un traje de amorosa y seria juventud, toda aquella
baile para ir a casa del seîior Laffitte; grave dicha junto al viejo convencioy aquella noche habiala encontrado su nal, al antiguo hombre sanguinario
padre tan encantadora, que quiso con- humanizado por las ternuras desconoservar una imagen de ella que la re- cidas, la paternidad de enamorado y
presentase siempre asi. Recordaba toda abuelo, propias del anciano a quien le
la breve historia de ese retrato, volvia habia sobrevenido el gozo repentino
a ver en la memoria el baile, volvia a de una hija inesperada a los sesenta
ver el tapizado de un saloncillo de ter- aiios de su edad.
ciopelo bordado en sedas, estaba en él.

138

J

�140

BEV18TA INTEBNACIONAL

gia un personal numeroso, manejaba
grandes cantidades y se imponl'.a a la
opinion publica por lo elevado de su
XXXII
cargo y por su importancia oficial.
i Vivir siempre con aquel hombre:
sociedad insoportable para su inteliy, haciéndose de pronto penoso su gencia y ofensiva cual un penoso chorecuerdo, llegaba a su matrimonio, â que fisico; ni un pensàmiento comun,
ese enlace que habia deseado su padre ni una palabra, ni una idea de él, quecon el presentimiento de su proximo no hiriesen alguna fibra delicada 6 esfin, halagadQ, seducido, tranquilo y piritual de ella! 1Y ese momento en que
consolado en su supremo orgullo de a pesar del beroismo de su paciencia,
padre por la gran posici6n lograda de su esfuerzo sobre si misma, del orpara su hija, y con la idea de dejarla, gullo que ponia en disimular aelante
al faltar él, en ese brillante teatro de de los demas su propia humillaci6n·
u~. salôn parisiense que pond ria de ma- ese momento en que cuando su marid~
~ifie~to su_ hermosura, su ingenio, su h~blaba (y hablaba mucho tiempo ), no
mtehgenc1a. Habiase sacrificado ella podia menos de pasarse ella la mano
e~ aras de esa &lt;licha de sus postreros por la frente, encima de los ojos, por
dias, de esa aspiracion proxima a la un ademân involuntario que parecia
~uerte. ~ repasaba mentalmente esos echar lejos de si un sufrimiento!
tr~stes ?rimeros afios grises de su maiY atm asi, sus mejores aii.os fueron
tr1~omo, esos anos vacios, sufridos, aquéllos, los primeros! iPues y los que
r~s1gnados,_ mon6tonos, de una union seguian, cuando aquel hombre, aquel
sm amor, sm amistad, sin estimaci6n; marido se hizo celoso de la superioriesos an.os con aquel hombre que no era dad de su mujer (no obstante ser tan
ni bueno ni malo, ni amante ni egois- modesta y tan discreta), celoso con
ta, ni joven ni viejo, ni guapo ni feo, una baja envidia, celoso con la amarga
ni fu ~i fa, sino una de esas nulidades conciencia de su desigualdad, con ese
que ciertos altos funcionarios mani- odio que envenenan el contacto, el
fi_estan fuera de la oficina y de la so- roce diario, la convivencia doméstica
medad y parecen descargar sin freno conyu.gal, celoso con iras reprimidas y
en el hogar conyugal. Vol via â contar furores blancos de hombre demundo! ...
el tiempo pasado en que cada hora, Una persecuci6n hipocrita, la persecuuna por una, habiale revelado el se- cion fatigosa·, incesante, encarnizada,
c;e~o de la nulidad, de la estupidez sin de una persona sin talento, todos los
limites de aquel hombre, director de suplicios mezquinos y ·tercos que inuna de las cuatro grandes Direcciones venta la mala intenci6n de los imbécidel Estado, que hacia trabajos estima- les, el martirio bajo el tormento de los
bles, pasaba por un economista, diri- rencores de ,un necio que la soltaba

LA. SENORA GERVAIBAIS

siempre y a proposito de todo su ir6nica frase: «iTu, una mujer tan superior! r, Un marido que se convertia en
el enemigo intimo de su vida, de su
reposo, de su tranquilidad , de sus
amistades, de sus gustos y de sus
ideas; que alejaba de su salon las inteligencias que trataba ella ·de agrupar
alli, imponiéndola el suplicio ( cuya
crueldad conocia él) de una perpetua
compaii.ia suya â solas ..• 1Y esto por
espacio de diez anos! Diez afi.os durante los cuales habiase refugiado en
la dîstracci6n seca y el austero consuelo de los libros; diez aùos en que,
como la Raquel de la Escritura, en
vano grit6. â su verdugo: «i Dame hijos ... ô me muero !» i Diez an.os sin ser
madre! Por fin 1 habia tenido ese hijo...
Mir6 â su Pedro Carlos, su dulce
siesta en el sofa, el puro rostro de su
sueii.o, deteniendo en él el recuerdo de
su tardia ventura maternai. Y al mismo tiempo asomo a su cara una gran
tristeza.

.

141

recorrer Roma con un impetu de fuerza
nerviosa.
Desde la ma:iiana a la noche anduvo
por calles, plazas y encrucijadas, a
través de las ruinas, de los edificios,
de los efectos de luz, de lo pintoresco
de las cosas y de los serés, de las piedras y del pueblo. Se la encontraba en
la plaza Navone, plaza arramblada por
las inundaciones del mes de Agosto,
ocupada enteramente por un mercado
de hortalizas, de trastos viejos y de libracos de baratillo, alrededor de esta
dec01·aciôn·de Pannini: el obelisco, los
rios, los caballos marinos, los surtidores de las fuentes. Encontrâbasela en
el P6rtico de Octavio, en pleno Ghetto,
entre esos muros de prestamistas de la
Edad Media , cerrados por pestillos
enormes, horadados por ventanillas
con rejas, tiendas inquietas. de juderia
con un estercc;ilero de guinapos picoteado por gallinas que saltaban encima
de sillas de paja sin asientos. Deteniase
delante del palazzo Farnese; ante el
templo de Antonino Pio, con sus rolumnas prisioneras en la Aduana; ante
la masa renegrida de humo, agujeXXXIII
reada en su base por cavernas de fraguas, que fué el teatro de Marcelo. Iba
a todas partes, acogida por una especie de asombro por las gentes de Roma
Por algun tiempo, su vida pasada la que comenzaban a conocer aquella mapersiguiô, adhiri6se â ella, retirândola dre s_iempre con su hijo, por su traje,
de la presente. Las lecturas que co- por su eterno vestido negro, por aquel
menzaba no conseguian fi.jar su atèn- abrfgo de terciopelo y pieles que lleci6n. Apoderabase de ella un tedio de vaba la sefiora Gervaisais segun su
ocio y de inactividad moral, cuando un costumbre de enferma friolera; y la
dia sacudi6 ese reposo malsano de su fo-restiera, la seiiorona, al andar por el
desvario, y para huir de él se puso â enlosado, parecia una persona extraiia

�142

a las

REVISTA INTERN.ACIONAL

preocupaciones romanas, casi
El calor, el tiempo que los cocheros
orientales, que conceden una especie 11aman tempo matto (tiempo loco), y en
de originalidad escandalosa a la mu- que lloviznas de un minuto mojan el
jer de buena sociedad que sale a pie, empedrado, seco casi en seguida y volaunque seà la mujer de un embajador. viendo a mostrar sus losetas de mosaiLos cotidianos hallazgos de su eu- co blanco, no suspend.ian esus grandes
rioseo, sus encuentros casuales, un pa- caminatas de la seiiora Gervaisais, â
lacio con rejas de hierro y telaraiias, la cual no desagradaba de ningun
el dornajo de un resto de tumba anti- modo el aspecto de un 'l)icolo (una cagua donde se adherian a los relieves de llejuela) cerrado a lo lejos por un violas ninfas y de los tritones despe:rdicios lado nubarr6n de lluvia, y esos cielos
de hortalizas, una baranda de escalera teatrales de tempestad con sus claros
donde dormia un mendigo con sueno paliduchos, sus desgarrones gigant~sde esta tua, una nonada de estilo im- cos y tormentosos detras de todo lo
previsto, el choque de una linea 6 de monumental que Roma eleva al aire.
un color, despertaban sus pasados gusAdmiraba con una vivacidad algo
tos de pinto'I'. Sentia un continuo arro- forzada, excitandose para admirar, dibamiento artîstico al ver este cuadro ciéndose en voz alta a si misma: &lt;qQué
movedizo: el arroyo de la calle con su hermoso es esto !&gt;)
animaci6n, su libertad y su hospitaliLos domingos tenîa. costumbre de
dad meridionales; las industrias, los pasar la man.ana en el Campo di Fio'l'i,
talleres, las freidurîas humeantes y las plaza convertida en el foro de la camcocinas al aire libre, las tiendas casi pin.a romana, resguardando en·una esarabes, los tipos, los trajes, el ac- trechazonadesombracontralasparequaiuolo y su rotonda de naranjas y li- des y los peldaùos de las tiendas la
mon.es, el carnicero de mandil blanco varonil bilera de hombres de pie osencon aires de sacrificador, el despluma- tados, con garrotes de siete pies, mazas
dor de pollos, el tejedor de canastillos de Hércules, en la mano 6 entre las
de junco sobre su rodilla, el ca'l''l'ettiere piernas, cubiertas de pieles de carnero.
di 'Dino con los caballos empenachados En el fondo, algun Albe1-go del 8ole decon plumas de gallo y con la garita de jaba ver la mugre de una gran b6veda
pieles de animales cascabeleando, llena amarilla, toda de oro, detras de jumende campanillas; la calle de Roma, la tos y de cuévanos de niùos mecidos
calle roja donde de pronto brilla y son- con un pie por las chicuelas.
rie como la b~ancura de una flor lo
La plaza entera abrasaba en pleno
blanco de un corpiüo de mujer, con la mediodia, y en la chicharrera de la
transparencia de su delantal sobre la luz, bajo el gran r6tulo de tombola,
saya de color de rosa, y lo rojo de su donde se leia «8cudi mille», agrupâcollar de coral sobre el moreno anaran- banse, charlaban, se confundian y cojado del cuello.
deaban otros hombres, vestidos de sor-

LA. BENORA GERVAlilAIS

143

didos colores, verde musgo 6 yesca,
miseros pingos que todos llevaban con
lento.s ademanes de pastores de la ArXXXIV
cadia. También estaban alli sus mujeres, mirando con esos ojos como de
cabra que se ven por entre los pampanos de vid en la vin.a, inm6v~, con
Quedabaleotra Roma, la Roma muerun cesto de helechos encima de la ca- ta. Ech6se en brazos de este nuevo inbeza, en una actitud que marcaba las terés, y e:rafrascândose en la leetura de
caderas. Algunas iban andando apa- los historiadores, de los anticuarios, de
readas, cogidas por un dedo de la mano, los top6grafos locales 9 de los u.ltimos
con una sonrisa que hacia vivir un trabajos de la ciencia que en estos
momento su tinte de cera, y al punto tiempos han reconstruido la Roma de
moria. Y bajo el sol cayendo a plomo, los reyes, la Roma de la republica, la
la fuentecilla de en medio de la plaza Roma del imperio, libro en mano iba a
desaparecîa bajo la decoraci6n huma- buscar el sitio y las huellas de las lena, el adorno severo, el grandioso des- yendas y de los acon tecimientos. La
canso de un grupo sedente de contadine presencia de los lugares dabale la vi(campesinas) apoyadas de codos en las si6n de los relatos. Lo que hace recorrodillas, con una postura meditabunda dar una historia leida bajo el aire de su
que hubiera dibujado Miguel Angel, cielo, hacia revivir a sus ojos el pasado
con la sombra de su rostro, que pare- reanimado. Junto al templo de la vecia de bronce, entre el blanco deslum- nus Cloacina volvia a ver el ademan
bramiento de su pan110 y de su paîio- de Virginio arrancando en el mostraleta al cuello.
dor de un carnicero el cuchillo que va
La sei'i.ora Gervaisais tomaba alli a matar a su hija. El Foro volvia a ser
apuntes del natural. Rasta hizo ira su para ella el campo de Cincinnato, y se
casa â una de esas mujeres; y sin cui- figuraba -ver a111 a César andando sus
darse de las prohibiciones de los médi- u.ltimos pasos para ir desde la Reggia à
cos, empez6 a hacer un estudio de ella la Curia de Pompeyo.
al 6leo. Pero au.n no habia hecho el
Visitaba los museos, las galerîas,
boceto, cuando despidi6 â la aldean~ y los tesoros de las basilicas, las quintas
ti:6 a un rinc6n paleta y colores, ato- extramuros (villas), los recuerdos que
mta de haberse curado tan pronto de llenaban la ciudad y sus arrabales,
un capricho, donde habîa esperado en: buscando los restos de la vida privada
contrar el pasto de una pasi6n.
y familiar del romano, los detalles de
la habitacion, de los muebles, de la
casa, mostrando a menudo las confidencias de los sepulcros el oficio y el
comercio del muerto. Volvi6 a hallar

�145

LA 8E..'il.1RA GERVAI~AIB

144

BEVISTA lNTERNACIONAL

ese pueblo, sus héroes, sus dueiios y
tiranos, en esas estatuas y esos bustos
saeados por casualidad de las excavaciones del Panteôn 6 de las Gemonia~,
que aproximaban a ella, como a una
contemporanea, el desfile de los monstruos y de los estoicos, de los antecesores de la cordura humana y de los
locos furiosos.del poder pagano: la galeria de los retratos de TacitG, de Salustio, de Suetonio, de la Historia Augusta. Interrogaba a esas figuras, tur•
bândola a menudo el mentis que daban a la posteridad, inquieta por la
contradicci6n, el azar y la injusticia
de esas cabezas que prestaban â Trajano el crâ.neo de la imbecilidad y a
Ner6n la mentira de la belleza moral.
Estudiaba esas frentes, unas aplastadas y deprimidas bajo la carga del
mundo, otras rugosas, surcadas por
mas repliegues que el mapa de Estrab6n, con fisonomias tormentosas ô severamente tranquilas; aca la serenidad
suprema ô dolorosa de un filosofo, acullâ. una imperial majestad porcuna. Y
de la impresi6n casi moderna de un
Antonino merecedor del sobrenombre
de Pio, su atenciôn pasaba en ràpido
descenso a. lo que ordenaron alli la sucesi6n trâgica y la disputa sangrienta
de la purpura en jirones, la caida
desde los emperadores buenos a }a podredum bre de esos Césares modelados
en marmol corrompido, a los tipos extremos de la sensualidad bestial , a la
hez de la omnipotencia.
Entre todas esas estatuas, una le im•
presionô sobre todo: era un César Augusto con los cabellos en haces y cre-

cidos en forma de corona, con una coraza de Iliada, un ropaje tranquilo caido sobre su brazo portacetro, semejante
a un dios del impasible mando ... La
seiiora Gervaisais acudia al JJ-raccio
nuovo, para admirarlo en el momento
en que el sol forma.baie augustos ojos
de sombra.
Aficiones parecidas, goces de analogas visitas a. las horas favorables, sentia por las ruinas, las plazas con columnas decapitadas, los edificios que
aun levantan al aire un.a cupula agujereada y grandezas venidas a menos.
Atraianle los monumentos por ese encanto intimo y familiar, por esa especie de amistad (como con personas)
que solo Roma es capaz de inspirarnos
por lugares y cosas.

XXXV

En medio de esos estudios, un paseo
que di6 al declinar de un dia del mes
de .Mayo por la Via Appi.a, le dej6 uno
de sus mâs grandes recuerdos emocionados de la antigüedad.
IIacia las siete de la tarde, en medio
de una murmuradora armonia, de un
susurro universal, del cansado recogimiento del dia extinto, encontr6se en
el gran campo de la llanura, verde desierto de ruinas heroicas que aun atraviesa el suelo del âguila de los Césares, sembrado, lleno de columnas, restos de templos, lineas de acueductos,
donde se alzan de su sepulcro de hier-

I
I

bas, a dicstro y siniestro, por todas lores el paisaje, las montanas, el ciepartes, hasta perderse de vista, trozos lo. Y, como marchando con ella y bide monumentos, historia tragada por guiendo a su coche, desfilaba lentala naturaleza. Extendiase ante ella el mente aquella calle de sepulcros que
espectâculo de esa campina ondulosa, no concluye nunca, con sus rotondas,
cuyas hondonadas comenzaban a lle- sus piramides, sus ediculos, sus cip s
narse de sombras que alli buscaban su jfunerarios, sus pedestales sin e.:1t.tua,
lecho, y cuyo terreno, afelpado y do- sus bajo relieves borrosos , sus trozos
;ado por una luz que vibra, mostraba de torso hundidos como héroes cortahasta el infinito de sus términos des- dos por el vientre en moutones de casplegados majestades de arquitectura, cotes esculpidos, sus familias de busarcos renacientes de sus quebranta• tos con mirar de piedra desgastatla,
mientos, pu entes victoriosos, eternos sus tu.mu los deshechos y hasta despoy sin fin, que retienen en su tono ana- jados de su forma, los colombarios desranjado el color de la puesta del sol panzurrados, los sarcôfagos vacios,
como una apoteosis. Y aun mas atrâs rata la in vocaci6n JJiis Manib1is. En
volvian â comenzar otros restos, otras vano se inclinaba aca y alla para deleseries de arcos empequeî'iecidos por la trear un nombre, uno de esos nombres
lejania de la perspectiva hasta el fondo de ro::nano que son una memoria del
del horizonte, que se perdia ya en la mundo. Pero las inscripciones de leneblina de las montaùas del Lacio, bo- tras con fusas eran siempre enigmas de
nitas y surcadas por una nube gris la nada. Todo estab1 mudo, la muorte
cortada por una zona raja.
y la tierra; y en el vasto silencio piaFué a lo largo del maQsoleo de Ce- doso de la soledad y el olvido, s6lo oia
cilia Metella. Continuaba la Via Appia. resonar la hoz de un segador a quien
Una brisa vespertina se levant6 de la no veia, y que parecîale hacer el ruido
llanura, cual de la losa alzada de un de la invisible guadaiia del Tiempo.
inmenso sepulcro. La seiiora Gervaisais
Daba la vuelta, regresaba a lo largo
se abrig6 con su chal contra el fresco, del palido cementerio que tornaba a
meditabunda, son.adora, pensando en conducirla a cada lado por la campiiia
aquella gran Roma adonde conducian de luz dudosa donde se erguîan fanavenidas de tumbas y que plantaba â tasmas de olivares. Y bien pronto, enlo largo de sus caminos, a la ida y a la tre dos muros de tinieblas, vi6 la sevuelta, en vez de la sombra de sus iiora Gervaisais el perfil recortado y
ârboles, la sombra de sus muertos. Pa- rigido de las casas, de las construc:ciosaba por encima de las grandes losas, nes, de los tejados, de los pinos de Itapor entre las pequei'ias tapias, cuyas lia, a travég del mi.sterio de la sorda y
bardas recibian un postrer hlgor de poderosa tinta neutra que sube del
sol en lo rojo de las amapolas; en tor- suelo de la comarca al aire sin luz;
no de ella extinguianse con vagos co• Iseguia un camino oscuro por donde

I

RBVISTA -

lu.YO

94.

10

�146

LA BJÛiOBA GEBVAISAI8

REVIBTA mTERNACIONAL

al final, alla lejos, estaban Roma y sus
cûpulas , destacandose dibujadas en
fila con una negrura vio\â.cea sobre
una faja de cielo amarillo, con la amarillez de una rosa de te.

po, envuelto todo él por una tela mojada que lo abraza, lo bana y lo oprime
adhiriéndose a todos sus miembros: el
velo de mârmol, desde el botôn de los
pechos que lo levantan con su blancura; desciende en caricias por los perfi.les del seno y la redondez del vientre,
rizase alii y se arrt1oCJ1l con mil peq neXX.XVI
,
nos pliegues que van rectos y r(gidos
a quebrarse en tierra; al paso que la
Al frecuentar el Vaticano y el Capi- tunica, casi invisible, pegandose a los
tolio, al vivir largas horas entre esos muslos y como aspirada por la carne
tesoros, esas reliquias de mârmol, de de las piernas, forma grandes trozos de
piedra, de bronce, ese mundo de es- desnudo sobre los cnales corren fruncultura, bien pronto lleg6 a domina? ces, repliegues alto~ arrugados, meanen la seiiora Gervaisais un sentimiento dros de remolinos en la corriente rota
sobre el puro interés arqueologico.
de una onda. En esos vastos museos,
La mujer, de un gusto artistico su- no se hartaba de pasearse ante la eterperior al de su sexo, eleva.base â. la in- nidad de los movimientos en suspenso,
teligencia y al goce de esta belleza de rozarse con un fauno joven tentando
absoluta, b. lo hello de la estatuaria an- con un racimo de uvas la garra alzada
tigua. Su admiraci6n se apasionaba. y los colmillos de una pantera; el borde
por la perfecciôn de esas imagenes hu- de un jarr6n donde se enroscaba una
manas en que el cincel del artista pa- ronda b:iquica; el zôcalo sobre el cual
reciale haber excedido al genio del se ergnia algun tipo admirable del
hombre. Permanecia en contemplaci6n efebismo griego, de aquella. juventud
ante aquellas efi.gies de diosas y de griega que copiaba el dibujo de la de
diosas materiales y sagradas, las Isis Apolo.
serenas y pacificas, las Junos soberY jama.s concluia su larga visita sin
bias, altivas y viriles, las Miner-vas hacer una postrera estaci6n de recogiimponentes que llevan la majestad en miento en el banco frente al trozo de
los pan.os de sus tunicas, las Venus de mârmol mutilado y sublime ante el
piel de marmol, pulidas y acariciadas cual pasa y vuelve â. pasar, centinela
como por el beso de amor de los siglos, del siglo que lo encontr6, un alabardero
la turba de las inmortales del Olimpo suizo: el Torso. iEl torso de Apolonio,
y de las emperatrices del Imperio, a tronco que parece desprendido del cielo
menudo representadas casi di vina- de Grecit1. en sus màs hermosos dias, y
mente desnudas, como Sabina, la mu- que esta alli, rotos los cuatro miemjer de Adriano, que detenia cada visita bros, cual una grande obra maestra
de la senora Gervaisais ante su cuer- caida de otro mundo!

147

con la rigidez de sus rostros y de sus
togas, con sus arrugas lugubres, mostrb.banle la inclemente aspereza prâcti~a de~ genio latino. En las galerias se
imagmaba hallarserodeada de un pueb~o de muertos de mârmol que, cuando

1

XXXVII

Esa pasion por lo bello pagano ese v1v;s, tnvieron la dnreza de él; las
ultimo refugio de aqnel alma in~uie- ::i i°nas, repo~ando ensitiales tiesos,
ta y atormentada' esa pasi6n sincera d
e daban m1edo con lo inexorable
por la Roma antigua que habia lle d
e sus posturas; y cada vez mas temiâ ocultarle la Roma cat6lica con el~:t~ :lei crecia para ella la implacabilidad
vivo de sus estatuas y de sus imagenes eA~ e_statu;.s y de ~os bustos.
petrifi.cadas, sentiala atenuarse poco a so d m1Smo iempo, influyendo en ella
poco en si la seii.ora Gervaisais bor : y secret~mente la memoria de
rrarse Y volverse de pronto 0 ; una SW! ~turas, sm que se diese cuenta,
evoluci6n de sus ideas, cont;a
ad- :o~:1~ a tr~nsportarse â la barbarie de
miraciones de la vispera. Ese arte no d~ba i°s bempos. Le~tamente recorse le aparecia ya sino como una re re- n
a crueldad del cm?adano romasentaci6n de la fuerza, de la salul de
la cr.ue~dad dela mu3er romana, el
la belleza fisica: descubria en él u' na ~ ace: publico por la sangre ,· el circo
.
msac1able y nunca
· d
.
sensual fr1aldad, el cuerpo enteramen- dad funda
sac1a o, una soc1ete solo. Bajo la ejecuci6n, bajo los mi- d
da en el esclavo, aquel munlagros del cincel, comenzaba porno _o en trqu~ el hombre nacia y vivfa
. •
sm en anas para el ho b
·
ver. a il1 smo el ideal escueto de 1a ma-. peto para su 'd
· m re, sm restena. En la perfecta herml)sura de las .
. VI a m para su muerte,
obras maestras ya no veia sino â veces s~n ~ompam6n para sus sufrimientos,
una belleza inm6vil, insensible, inex- s1~ ernura para sus desdichas' sin lâpresiva, casi inhumana; otras una gr mas par~ su llanto, mundo de hiebelleza faunesca' anima da por ei go
rro que cons1d~raba como una de bilidad
ebrio, caprichoso y malhechor de :: y ~na_ ~obard1a la conmiseraci6n.
primera edad campestre y bestial del .
, a _a postre, en aque_llas salas' su
hombre primitivo. La cabeza de Lucio ==~ID.lento _s~ el~vaba mvoluntariaVer~, el rizado vel16n de su cabellera vez al ~l cr1stiamsmo, haciendo otra
COIID~ndosele la escasa frente, losgran- tra end ombre he~mano del_ hombr~,
des OJOs bovinos y duros, la nariz de fuer- co:azono la humarudad al umverso sm
te energia, esas mandibulas con barbas
.
lan~das, ya no eran para ella mas que
el ~1po bruto del violento y magru'.fico
ammal romano · Todos sus antecesores 1

:us

t

I

�14-8

REVIBTA INTERNACIONAL

149

LA BENORA GERVAIBAIB

no probando ni siquiera â leer 6 escribir, cayendo en una tristeza quebrantada.

xxxvm
XXXIX

Asi, el mismo arte paganô volvia a
conducirla hacia las creencias recha·
zadas por las masculinas y firmes re- j Un dia, .sin raz6n, sin m~tivo, sin
fl.exiones de su juventud y para las causa, alzose la figura de Cristo en el
cuales tan muerta se creia la seiiora vacio de su pensamiento, en la soledad
Gervaisais. En vano intent6 resistir y de su cabeza. Sinti6 el choque repenno abrirse a ellas; en vano se esforz6 tino de lo que un moderno Padre de la
contra ese sordo trabajo de sentimien- Iglesia Hama «el encuentro con Jesutos confusos y tiernos, intima sacudi- cristo», como qui en se encuentra ~on
da que fué la primera conmoci6n de la 1ma persona â la vuelta de la esquma
seguridad y de la confianza en su ra- en una calle. La imaginac,ion de la
z6n; en vano emple6 los medios que mujer acababa de encontrarse asi con
una personalidad inteligente y enér- El cara a cara, y quedâbale una consgica usa para fortalecerse y aliviarse, tante obsesi6n de ello.
ded.icândose â alguna ocupaci6n ele- El amoroso Maestro estaba presente
vada que levante el alma. Por un mo- en ella, con la presencia de los seras
mento tuvo la ilusi6n de un completo de la historia· y de la leyenda en el
apego a lo antiguo; pero cay6 también recuerdocontinuoque les hace renacer.
de ella, mâ.s cansada de luchar y sin- Le recordaba con su vida errante y su
tiéndose mas vencida que antes de la predicaci6n vagabunda por los desieraspiraci6n de independencia y libertad tos y las cam pifias de J udea, tomando
de sus pensamieritos, abrumada, des- la sencillez natural y el agreste hechifallecida ante los fen6menos morales zo de sus palab.ras de los arboles, las
contra los que se sentia inerme é im- hierbas, las siegas, las vendimias, la
patente, y desliza.ndose hacia las cosas simiente de mostaza, mostrando el
religiosas, como por invisible atrac- camino del cielo en la senda â lo largo
ci6n a la pendiente de un dulce abis- de los trigos maduros, por donde le
mo, dejabase llevar por la angustia y seguian. sus discipulos comiendo espilangu.idez de una c1.mciencia desatenr gas. Recorda.hale hablando desde esos
tada en absoluto.
horizontes ~l aire libre, desde esas triCedfa al disgusto de todas. las ocu- bunas del infinito que punian detras
paciones que hasta entonces habian de su palabra el monte 6 el mar; y
sido la ftlerza y el impulso de su vida, otras veces desde el extremo de una

barca, donde tuteaba a la tempestad y
la decia: &lt;qCallate!» Y gustaba de pararse , sin creer en ellos , â considerar
esos tiernos milagros en que el Sal vador dejaba caer una lagrima humana
sobre el cadaver de L:izaro; porque
aun no era màs que el hombre lo que
ella veia en El, un hombre que sembraba el bien, aproximandose a los
enfermos , tocando los sufrimientos,
consolando las languideces y los achaques, anunciando la ley de caridad y
de perd6n, humilde y popular, fraternal con los pobres, llamando al reino
-de Dios a los desgraciados, a los oprimidos , a los desheredados, a los pequeiios y sencillos , dando a la afl.iccion la frase del nuevo Evangelio.
J Biena1)enturados los que lloran, porque
ellos serdn consoladosl Poético caminante por la tierra, rey del dolor, que
habia de dejar al mundo en pos de si
la melancolia.
Apegabase también a su suave memoria, como la del patrono de su sexo;
tan. amante de la mujer y tan lleno de
ella, tan misericordioso para sus debilidades y tan agradecido a sus perfumes, que a una mujer eligi6 para obsequiarla con la primera aurora de su
resurrecci6n.
Y mezclando su pensamiento a una
contemplaci6n de Rafael, con la hermosura de las lineas y la pureza de los
rostros del pintor, trataba de fi.jar y
retener con un retrato material la visi6n de la cara de ese Jesus que fl.otaba
y temblaba ante la ensoiiadora vista
de sus ojos, como en la efigie borrosa
del lienzo de la Ver6nica.

XL

Una perversa burla de amiguitot
una de esas crueles frases de nifio contra el achaque de su hijo, oida por casualidad por la sefiora Gervaisais, inspir6le la idea de enseiiar aleer a Pedro
Carlos, y de tomarse, para distraerse
de la holganza de su mente, esa tarea
pesada y fatigosa que de antemano sabia que iba a ser la prueba de toda sn
paciencia y de todo su orgullo de
madre.
Algun tiempo después de su llegada,
para dar lecciones a su hijo, llam6 a
un teniente cura de la parroquia, el
cual, en cuanto vi6 a su alumno tuvo
por inutil hasta el intento de enseïi.arle
nada; se limitaba unicamente a tènerle
a su lado dos horas al dia, entreteniéndose la mayor parte del tiempo en jngara las cartas con José.
La seiiora Gervaisais despidi6 al t.eniente cura; y al otro dia, después del
almuerzo, ense:iiando a su hijo un abecedario nuevecito, abierto encima de
sus rodillas, llam6le junto a si. Habia
en su rostro una voluntad tan resuelta,
que el ni:iio huy6 a escape con ese temblorcillo de todo el cuerpo que le acometia al ver aquella cara a su madre.
Acerc6se luego sumiso y se aplicé&gt; docil a repetir después de ella cada letra
que le indic.aba, poniendo. encima uno
de esos papelillos de color de rosa, retorcidos por la distracci6n de sus de-

�LA BENORA GEBVAI8A.18

150

151

BEVlSTA I&gt;iTE.Bl!IACIONAL

dos, a la tarde, luego de comer. Las antes, con el aire oprim.ido y triste
repetia; pero con un esfuerzo, una con- como la injusta desventura de un niiio.
tenci6n, una contracci6n de garganta,
un trabajo para arrancarlas y un crispamiento que daba pena el verlo y le
XLI
ponia en torno de los ojos la palidez de
las emociones dolorosas en el niiio.
La seiiora Gervaisais habiase prometido no desmayar; sufriendo ella -8eilora-decia Honorina a la mam.isma todo lo que le hacia sufrir â él, dre-ta.mpoco ha dormido en toda la
alli le tuvo durante la hora entera que noche ... ïOh picaras letras! ... Trata de
se propuso.
decirlas él solo en la cama ... y luego
El niiio habia pronunciado poco mâs llora ... 1Llora, el hombrecitol. .. La se6 menos las letras que le deletre6, y, nora acabarâ por ponerle e.nfermo ... ,
por decirlo asi, le maec6 su madre;
La seiiora Gervaisais no respondi6.
pero el dia en que fué preciso acordar- No renunciaba â su proyecto, a su dtr
se, tener memoria de los caracteres de seo, pero proponiase quitar de las lecimprenta, decirlos salteados, dar mues- ciones lo doloroso. Buscaba medios
tra de un entendimiento que sabe y mecânicos de hacer que el nino recorque retiene; cuando la lecci6n exigi6 dase, procedimientos de memoria que
al infeliz niiio este imposible, imposi- recordaba haber leido en los libros de
bilidad de la que él tenia conciencia, educaciôn. Ensayaba esa mnemotecun pequeiio rapto de ira, por la impo- nia que halla la ingeniosa imaginaciôn
tencia de hacer lo que el deseo de su de las madres para las cabecitas tormadre apetecia, surgiô de su corazon- pes. Sus lecciones sin severidad no
cito amoroso. Con la rabia de una dés- eran mas que lecciones de cariiio, de
esperaciôn ciega y loca, se puso de dulzura, de ânimo, de estimulo para el
pronto â patear frenético con ambos nino mismo, tiernos efl.uvios de la edupies. Saltando siempre, cada -vez mas caciôn materna!. A veces parecia acuexritado, mas agitado, repetia:-«jNo dir en suplica a la inteligencia de Pepuede Pedro Carlos, no puedel»-Para dro Carlos, diciéndole: «Vamos, hijito
contenerse, tuvo necesidad de la mano mio, es preciso que leas como los dede su madre puesta sobre él, y de una mas. t,Acaso tu amiguito Renato no
mirada. fija que, como la de un doma.- lee'l t,No quieres leer tu también ... en
dor, dejôle inm6vil y clavado en el este hermoso libro'?»
suelo. Sesiôn desgarradora para. la ma- Y el niiio, inclinândose y encogiéndre; horrible y detestable recuerdo para dose sobre la pagina del libro abierto,
el .nino, que se qued6 enervado, absor- estaba. casi sentado sobre sus corvas
to, sin ganas ,de divertirse, tartamu- dobladas, como si recogiese y concendeando todavia menos palabras que 1trase toda. su persona con atenci6n

l

I

para hacer salir de ella loque su madre le exigia.
-1Vaya! no es tan dificil. ..-continuaba la senora Gervaisais.- Y luego,
iquieres tanto a mamita!. .. 1Mira! nada
mâs que hasta aquî. ..
Y suspendiase la lecci6n con las
efusiones del pobre niiio, que no siempre podia leer, y al cual no decia su
madre una palabra afectuosa sin que
se deshiciese en sollozos, en llanto, en
Cl'isis nerviosas que dejaban en surostro un extravio de sensibilidad entre
una turbaci6n lacrimosa.

XLII

tiene que encontrar donde le duele a
su hijo.
-No sabe... -repiti6 el niiio, cuyos
ojos giraban dentro de las 6rbitas y
cuyas manos se dirigian maquinalmente a Jas ventanas de la nariz.
Toc6le ella la frente:
-ïAbrasa!
Le cogiô las manos:
-1Tiene fiebre!. .. jEl médico, pronto, Honorina!
Al oir esta frase, contrajér,&gt;Ilsele 2.l
nif'io ambas comisuras de los labios; y
con esa expresi6n sardônica, horrible
en u.n nino, que le daba este primer
sintoma de su dolencia, dijo apretando
los dientes:
-Médico... Pedro Carlos no leer

mas ...
La seiiora Gervaisais se puso muy
Pocos dias después, al acudir Hono- pâlida, cayô de rodillas ante el nino y
rina é. la puerta exclam6:
le cogi6 las manos, cuyo perdôn, hu-1Seiioral
medo y acariciador, conserv6 junto a
La seiiora Gervaisais regresaba de su boca hasta el regreso de Honorina
paseo; y ese dia, sintiéndose perezoso, trayendo al doctor Monterone.
no habia querido acompaiiarla Pedro El doctor mir6 al niiio con cierto
Carlos.
aire descontento, murmurô entre dien-8eiiora, bien se lo dije a V.... Ya tes la palabra «convulsiones)) como
esta malo, esta enfermo el pobrecito... consultando consigo mismo, y pregun-ï Enfermo !
tô, volviéndose hacia la madre:
La seiiora Gervaisais corriô al cuarto --1,No habra tenido el amiguito alde su hijo y le encontr6 acostado en la guna contrariedad, una fatigacerebral'l
cama.
-tAh, bien lo sé, doct.ort-exclam6
-1,Estâs malo, hijo querido'l- le la senora Gervaisais. 1 Me dice V. que
dijo, precipitândose hacia él.-Diselo yo lo he muerto'l ... 1Porque yo soy
a tu mamita... i,D6nde te duele'l
quien le ha matado! ... Si muere, puedo
-Pedro Carlos no sabe...
decir que yo fu.i! Quise ... 1oh! ... (1vaya
-Aqui 1 1,eh'l... t,Allâ'? di...
una idea imbécil!) que fuese como los
Y le tocaùa todo el cuerpo, con ese demâs ... 1,Qué neces1dad tenia yo de
tacto de la mano de una madre que eso, pregunto'l... i,Acaso no estaba bien

�152

REYIBT.A. INTERNACIONAL

para mi como era'I ... Vamos, 1,qué po- resuelta, como si fuese otra persona y
dia importarme que mi hijo supiese 6 otra palabra quienes hablasen, dijo:
-ïA nosotros nos toca ahora! Estoy
no supiese leer'I
Y arrebatandose asi, extraviandose en mis cabalei:t ... no tema V.... enteraen una exaltaciôn, en un delirio que mente en mis cabales...
Decia la pura verdad: habiale vuelto
en todos los momentos de peligro para
la vida de su hijo habia apt·oximado a la sangre fria, y la conserv6.
La conserv6 entre los cuidados, los
la locura su espiritu y su raz6n, no escucha ba al doctor, sin parar de ha- remedios, los sinapismos que ponia y
blar, paseândose a paso largo desde el aplicaba ella misma, en una eterna vilecho a la ventana, detallando el su- gilia de una noche entera, inclinandoplicio que le habia impuesto, repitién- se sobre aquella enfermedad, la mas
dose a si propia con tono de despre- barbara de las de la infancia, convulsiones, cuyos accesos, redobles y sacucio:
-iUna madre, orgullo! jOrgullo dimientos de ira parecian querer dE&gt;Suna madi·e cuando se trata de la vida arraigar la vida en el pobre sera quien
retorcian.
de su hijo!
Hubo un momento en que la imagen
Luego, de pronto, inm6vil, con el
del
pequeiïo poseso de la :I'ransjigurabrazo extendido ante si, con la voz involuntaria y suspensa de mujer que cion llen6la de espanto al cruzar por
dijera lo que vie.se en una pesadilla, su mente: i vi6 la misma boca en su
hijo!
exclama con palabra entrecortada:
La crisis no ces6 hasta la man.ana.
-Una cuna dorada ... unlienzo blanco ... un cuerpecito debajo del lienzo .•. Y por la man.ana, el doctor no pudo
un. gran ramo de flores en la cabeza ... ocultar a la madre los temores de un
una corona blanca alos pies ... ïEso es, nuevo acceso, una de esas crisis diurnas que parecen exasperarse con la luz
en efectol
El doctor miro adonde miraba la ma- solar.
dre en la plaza: entre el suave misterio de aquella hora de los muertos en
Roma, verdadera anunciaciém de la
XLIII
noc~e, pasaba el blanco entierro de un
niii.o.
La madre se habia vuelto para echar-iQué hay'?-dijo con dureza la sese a su hijo, sentirle vivo, abrazarle,
poseerle aûn. Pero ante los rasgos del fiora Gervaisais a Honorina, que regrenifio, confusos ya y trastornados por saba del recibimiento, donde habian
sus contracciones nerviosas, detuvose llamado.
-Senora, son las de casa, que vede pronto, se alis6 con viveza las crenchas de sus cabellos con los dedos, y nian para ver al nino.

LA BENORA GERVAIBAIB

-iYo no quiero que le vean!
Y notando a las mujeres, que se deslizaban timidas detras de Honorina,
les dijo con extraneza, como a personas que apenas conociese:
-iQué quieren Vds.'?
-jOh, seii.ora!-dijeron ambas mujeres intimidadas-nos retiramos .. . Dispénsenos ... Vamos a ir por él a SantAgostino .. .
-i, Sant-~gostino'? 1,Qué es eso de
Sant-Agostino'? i,Qué quieren decirme
Vds. con su Sant-Agostino'?
-jûhl Ya lo sabe la senora ... la
Haaona d~l Parto, abogada de los niiïos y de las madres ...
La seiiora Gervaisais, en su estado de
preocupacion fija, no pensaba sino en
un médico, en un curandero, en un
charlatan. Al oir la palabra Madona,
tuvo una sonrisa despreciativa, casi
amarga.
Luego, de pronto, bruscamente, por
un cambio repentino, involuntario, inconsciente, exclam6:
-Vamos, Honorina, _i,qué haces ahi1
t,No me das el chal y el sombrero'? Ya
ves que me esperan estas senoras ...
Estaba en la calle. Ambas mujeres
la aturdian con curaciones obradas por
la Virgen, historias de ninos salvados,
de mujeres parturientes restablecidas.
Hablabanle del ultimo y reciente milagro que hizo ruido y fué la edificaci6n
de Roma: una princesa (â quien designaron por su nombre), habiendo hecho
voto de dar a la Virgen su diadema
con veinticinco mil pesetas en diamantes si devolvia la salud a su hijo, una
vez curado éste, quiso recobrar su dia-

153

dema dando mas dinero del que valia;
dijéronle que no se atrevian a quitàrsela y que la quitase ella misma. Hicieron que se subiese encima de una
silla, pero no pudo arrancar la diadema
de la cabeza de la estatua. La sefi.ora
Gervaisais no escuchaba, no oia. Todas
esas palabi'as no eran mas que un zumbido para ella. Y sin darse cuenta de
nada iba andando obediente a un motor mecânico que la impelia adelante.
Al sabir los peldafios de la iglesia,
las mujeres mostrâ.ronle una joven recién parida, sumamente palida, y mas
aun por la rosa y la seda de su tocado
de primera salida, del hrazo de su marido, quien con sumo trabajo la hacfa
subir sosteniéndola.
Pasada la puerta, en un refuerzo de
oscuridad, bajo el retiro del 6rgano
polvoriento, en la turbia sombra de
viejos cristal es verdosos, en medio de
maderamen carcomido, en un escoudite de tinieblas, s6rdido y podrido,
donde la suciedad parecia una santidad
virgen y respetada, la sefiora Gervaisais vi6 un llamear de cirios y de lâmparas, un altar de fùego, ante una joyeria encendida y hecha un ascua, un
manto de piedras preciosas vistiendo el
marmol de una Virgen y de un .Bambino: el calido mârmol se iluminaba y
se dibujaba poco a poco, de un color
negro amarillento, como renegrido por
el huma de las velas de cera, con esa
patina del culto que tienen los marmoles adorados, con el tono recocido y la
tez mulata del idolo.
Y la seùora G-ervaisais acabo por
distinguir una hermosa Virgen de San-

�154

:REVISTA INTERNACIOl!IAL

sovino, su bella mano larga y sus de- nalm~nte e~ torno de ella, ent~e la
dos en forma de husillos saliendo de oscundad p1adosa, las genuflex1ones
aquel cuerpo ahumador incierto y du- de mujeres de panuelo, a la cabeza,
doso, entenebrecido por el caparaz6n que dobladas como un ho se daban de
de los joyeles, las sartas de perlas de testarazos en la frente contra 1~ malos collares, la abrumadora corona de dera de un_ banco; los rev~lcam1entos
un cimborrio :le oro, los diamantes de de los labr1egos que _hundi~n con :os
las orejas, la gola de pedreria del pe- codos la paja ~e las sill~s, sm ensen~
cho, los brazaletes de oro de las mu- mas que sus OJOS salvaJes, don~~ br1îiecas, el ba.rbaro resplandor de una llaba la reverberaci6n de los cmos, Y
emperatriz acorazada con orfcbreria el tremendo claveteado de las s~elas
bizantina; al cual se anadia el deslum. de los zapatos ; un proster~am1ento
bramiento del Nino Jesu.s que la Madre general, incesante, que se d1sputaba
llevaba encima coronado de oro, bar- las losas del suelo; gentes de todas esdado de oro, en;uelto el brazo por una pecies, de todas clases, de todas las
capa de rosarios de oro, de medallones trazas; sacerdotes de fi.no per~l, con la
de oro, de cadenas de oro, con el vien- barba apoyada en las manos Junta~, Y
tre ceiiido de oro y una pierna metida entrecruzados los dedos con la a_cti~ud
en una pernera de esmeraldas. Lo que de los donantes al pie de una v1dr1era
aun -veia de esa Virgen al borde de la de colores; oraciones reptantes_ de faltunica de marmol era su pie; ese pie das de seda y saya~ de algod~n unas
desgastado, devorado por los besos, y junto a otras, tendién_dose cas1 por. el
cuya mitad rehecha de oro se ha pal- suelo en sus ~enuflex1ones; plegar1as
meado en los dedos bajo la adoraci6n de desesperaci6n que aca?an de abande las bocas y el desgaste de los labios. donar el lecho de un monbundo, donA los dÔs lados del altar habia ala- de no quieren que haya un muerto;
cenas cuadros torrentes de corazones, rabiosas preces de madres que se agade ch~pas de ~lata, exvotos de todas rran a un milagro.
.
clases, bordados, mosai.cos, pinturas,
A cada_ momento el bat_1ente de la
ingenuos chafarrinones figurando ni- puerta deJaba entrar a algmen, co~ un
nos en la cama, heridos O enfermos, poco de lu~ tras él; uno que vema de
con el eterno agujero celestial hecho afuera, qmen apenas entraba converen la pared por la aparici6n de la Vir- tiase en una sombr~, tomab~ agua
gen y del Bambino en el fondo del apo- bendita _en la neg1·a p.üa soste~1da por
sento, encima de los médicos àe levita un angel blanco, ca1a ~e rodlllas de
negra: imagenes que por un momento golpe doblandosele las piernas,_ se lepasmaron los ojos de la senora Ger- vantaba, iba en derechura a: pie de la
· ··
VirO'en da.hala un beso, poma un mova1sa1s.
t:. • ,
La unica que estaba de pie delante mento la frente encima del dedo.gordo
de la estatua se puso a mirar maqui- del pie y volvia a besarlo despues, un-

LA BENO.RA GERVAISAIS

155

taba el dedo de su mano derecha en el Las dos romanas, que habian acaaceite de una lâmpara y se tocaba la bado sus rezos, esperaban en la puerfrente con él. Esto nada mas, y siem- ta. La sei'iora Gervaisais seguia siempre lo mismo, en medio de las adora- pre de pie, quieta, con el rostro mudo
ciones balbucientes, de las contempla- y absorto; cuando una madre que lleciones extâticas, de las actitudes fas- vaba un nifiito con fiebre, le inclin6 la
cinadas , de las inmovilidades muertas cabeza encima del pie de la Virgen,
interrumpidas por la senal de la cruz, donde la pobre criaturita dejo caer un
debajo de aquella Virg-en que de se- beso dormido. De pronto, movida como
gundo en segundo oye el ruido de un por un resorte, atropellando sillas y
beso en su pie, jel pie mas adorado del personas, sin verlas, la otra madre fué
mundo y del cual nunca se despega la derecha al pedestal, ech6se locamente
idolatria de las bocas !
sobre el pie besado, puso la boca y
1Conmovedor y turbador santuario pego la frente en el frio del oro; una
ese rinc6n de Sant-Agostino, esa ca- oraci6n de su infancia, que volvi6 a
pilla de tinieblas ardientes, de oscu- subir a sus labios, quebrôse entre sus
ridad y oro, con el aspecto de aquel sollozos ...
gran mârmol enranciado, el pesado Fuera de la iglesia, las mujeres iban
olor de los cirios y del aceite de las detras de ella: las habia olvidado, no
lâmparas, lo que en el aire queda de les habl6.
una eternidad de oraciones; los recuerdos de los muros, las imâgenes parlantes de las victorias sobre la muerXLIV
te, ese silencio lleno de fervores aho gados, la palpitaci6n oprimida. de
todos los corazones, un cuchicheo de
fe amorosa que suplica é invoca, lo
Dos dias después, ~ecia el doctor â
que por todas partes se sien te fiotar de la seiiora Gervaisais:
todos los dolores entraiiables de la -Querida sefiora, mire V. àsu hijo ...
mujer llevados alli ! i Lugar de vértigo vea los ojos naturales del todo ... la puy de misterio, uno de esos antros de pila ya no esta dila1ada ... los antebrasuperstici6n designados siempre fatal- citos sin extension brusca... sin chamente en algun rinc6n de la tierra, en petas amoratadas en la tez ... Ahora le
un templo , en una iglesia, adonde la respondo a V. de él, esta salvado ... Es
humanidad, bajo los golpes que des- un milagro, mire V.... (Y recalc6 matrozan su raz6n, va en busca de lare- licioso la palabra ~milagro». )Tuve mis
ligion de una estatua, de una piedra, ratos de inquietu~ ... Con una organide alguna cosa que le escuche en al- zacion como la de su hijo, este mal
guna parte del mundo con los oidos siempre da que temer ... En fin, dentro
del cielo!
de quince clias estara tan bueno como

�156

LA SENOR.A. GERVAIBAIB
REVISTA INTERN.A.CIONAL

antes y seguirâ siendo guapo. gracia que estas enfermedades no otorgan
siempre... i Ah! Sant-Agostino hace
magnificascuraciones-prosigui6,sonriéndose;-y si la Maàonna no hubiese
arrimado un poquillo el hombro al indigno doctor Monterone...
-Vamos, querido doctor, t,es cosa
concluida? t., V. me promete... ? z,Esta
V. segurO....'l
-Pero, querida sefl.ora, mirele V.
otra vez: ese sosiego, no mas agitaci6n ... Todo vuelve al equilibrio en el
sistema nervioso...
Inclin6se hacia el niiio, lo examin6
algunos segundos, escuch6 como un se•
creto en aquel cuerpecito; y luego, con
una voz grave, que tenia la emoci6n
de la ciencia, dijo:
-Yo no sé, no quisiera darle â V.
falsas y mentirosas esperanzas ... Pero
seria interesante que esta crisis pudiera producir una revoluciôn interior ... que esta pequefi.a inteligencia
que duerme...
-No hablemos de eso; mire V., doctor ... 1Que viva, que viva!. .. No pido
otra cosa ... Que me lo dejen como ha
venido y como me lo han dado ... Vea
V.: si Dios me le quitase la hermosura, si. .. 1ni aun entonces diria yo nada!
-Tiene V. raz6n, pobre madre ...
Tales ilusiones ..• Lo cual no impide
que si aconteciese una cosa asi-prosigui6 el médico con su _tono de chacota-con las dos parlanchinas de las
patronas de V., que ya han corrido la
historia por el barrio, con los curas y
los fratoni (frallucos) ... iAh, vaya un
estrépito en nuestra Roma! jUna fran-

cesa, una mujer del pais de Voltaire a
la cual habia devuelto la 11fadonna el
cuerpo y el alma de su hijo! ïOb! La
Oongregacion de Ritos se ocuparia de
ello: le obligarian â V. a dar un certificado a la Virgen ...
-ïDOctor, no sea V. malo! jSoy tan
feliz! i Mire V., dejemos eso !-replic6
ella con aire apurado.
Al dia süruiente,
u
habiendo venido
las dos mujeres a buscarla para llevarsela consigo a que diese gracias en
Sant-Agostino, les entreg6 una rica
ofrenda en oro para la iglesia, dispens{mdose con un pretextode volver alla.
Y siem pre que en torno suyo se recordaba 6 se hacia alguna !l.lusi6n a aquella visita, cortaba la conversaci6n, no
permitiendo a los demas el derecho de
tocar a ese recuerdo ahogado en el
fondo de ella misma.
.
Llenabala ahora un pensam1ento
unico, un solo sentimiento: 1su hijo
vivia! Inundada de ese jûbilo inmenso
que sigue arterror de una enfermedad,
con aquel alivio venturoso, aquella posesi6n y aquel abrazo de Pedro Carlos
salvado, con los regocijos de una de
esas convalecencias que hacen renacer
y dan por segunda vez el hijo asu madre, la seüora Gervaisais ya no se ocupaba nada mas que en ver revivir
a ese hijo que aun estaba alli, y que
hubiera podido no estar ya. Amarle en
lo sucesivo, amarle con un amor mas
celoso y mas aspero, con un amor empapado en la.grimas Y_ en ansi~dades,
mimarle, hacerle olv1dar, abr1r otra
vez ese corazoncito cerrado por un momento, hacerle ensancharse al dulce

157

calor de las caricias, devolverle la efu- Castel-Gandolfo, donde habia resuelto
sion y la expansion de las sensibilida- pasar aquel aiio los calores de los
des que eran su salud: no habfa en ese meses de Julio y Agosto. El nifio parmomento mâs que esto en la cabcza de tia con la satisfacci6n de los niiios en
la madre.
cambiar de lugares, a la vez serio y
Rodeado de ese cari:iio que le daba bailandole los ojos. El coche abandon6
calor, el niiio iba resucitando con ra- los ardientes muros de Roma y entr6
pidez; pero sin que en su estado se rea- en la campiiia seca y tostada, con
lizase nada de loque medio prometido manchas negras aca y alla, parecidas
habia el doctor. Persistia la dificultad, a sitios quemados. Grandes bueyes
el apuro en su pronunciaci6n, sus con- marchaban por cauces de riachuelos
cepciones no eran mas vivas. Siempre secos, llevando las grandes astas con
le costaba el mismo trabajo coordinar la majestad de ciervos rendidos de falas ideas. Sin embargo, su madre creia tiga; carneros de color de piedra raadvertir en él mayor conciencia de su mone1ban en la llanura, inm6viles,
invalidez, una repugnancia aun mas bajo un cielo enteramente estriado de
marcada para hablar y expresarse de blanco. A lo lejos aparecian las monotro modo que por el conmovedor len- taiias como las costas que se ven desguaje de sus ojos y de sus manos.
de un barco, con aspecto de pei'iascos
Pero el doctor estuvo en lo cierto en azulados que sobresalen de los densos
cuanto a su belleza. Hubiérase dicho va pores de un Mediterraneo.
que el enfermo habia desarmado a la
El camino comenzaba a subir, y un
enfermedad: las convulsiones pasaron 1&gt;enticello procedente del mar traia su
sin dejar huella, sin tocar a sus lineas, frescura a los viajeros. Set0s de rosas,
a su naricita aguileîia, a esa boca ator- campesinos con rosas en las orejas,
mentada y entreabierta de ternura, a . anunciaban a Albano: el cochero atraese moreno rostro de ângel bajo los ves6 al trote largo las calles con casas
cabellos cortados al estilo breton; y el de un color gris ceniciento; 1uego se
unico cambio que hubo después de meti6 por la Galeria, camino en coraquella crisis fué, en las comisuras de nisa sobre olivares en cuesta, donde,
los labios, la sombra de un bozo fini- bajo la b6veda de arboles centenarios
simo que parecia una precocidad de que formaban la sombra de un bosque,
naturaleza y de pubertad en el niiio de unos estrechos claros mostraban en el
tarda inteligencia.
horizon te lejanisimo u~ polvillo de luz
marina.
Y bien pronto, en una muralla alXLV
menada, abri6se la ancha y unica calle
de Castel-Gandolfo, con el palacio del
Cuando Pedro Carlos estuvo resta- Papa en el fondo y su balcon para las
blecido, la se:iiora Gervaisais lo llev6 a bendiciones ; la calle con sus casas

�159

EEVISTA INTERNACIONAL

LA SdORA GEBVA.I8Al8

alto hizo blanquear con cal, fué donde
se instal6 la sefiora Gervaisais, con
muebles alquilados en Roma, con :flores y cortinas; prefi.riendo a las comodidades que hubiera podido encontrar
en una habitaci6n de la gran calle, el
placer de estar todo el dia al resguardo
del sol, vivir al aire, gozar del paisaje
del lago con su agna solitaria de un
azul durmiente, de su rotunda plenitud en el crâter de un volcân extinto,
XLVI
de su inmovilid~d sin arrugas dentro
de aquel cintur6n de arbolado y aquella agreste coqueteria, que han hecho
Hay en Castel-Gandolfo un sitio llamar tan poéticamente a esos laguiabandonado, un rinc6n desierto por tos del pais «espejos de Diana».
donde nadie pasa, una plaza inanimada y muda donde los chicuelos juegan
a la rayuela italiana, al .filo molino,
XLVII
nna terraza con antepecho de tierra y
piedra, desde donde se derrumban a
pico hasta el lago ribazos de àrboles y
de arbustes que se achican a la vista
Un mes llevaha de estar alli, cnando
segun descienden y â orilla del agua escribi6 a su hermano: « ••••••••.•••
ya no parecen sino tallos de grami- .••..•.•...•.•.••••••.•.•.....•.•
neas. Esta par la parte del ab.side de la Comienzo a creer, querido hermano,
iglesia, una iglesia que muestra el ol- que nosotros los occidentales traemos
vido y la decrepitud de los siglos en al Mediodia cierta provision de fuerza
su fronton borroso, sus ventanas ta- nerviosa que se agota al cabo de algun
piadas, su balcon descuajado del cual tiempo y que no nos esposible renovar
pende un trozo de reja, su grau puerta alli donde estamos. Llamalo como
podrida, su yeso viejo comiào por los quieras: esto es, paréceme, lo que me
mohos amarillos. A cada lado se apel- falta ahora. Voy tan bien como puedo
mazan, derrotadas y leprosas como ir, mejor que desde hace muchas aii.os.
aquella ruina de îglesia, pobres casas Sufro menos y me veo libre del contide campesinos terminadas por esos nuo temor ansioso de tener que sufrir
grandes corredores con ventanales cua- siempre. Honorina me ve salvada, y no
drados que permiten abarcar con la tengo valor para desengafiarla. Y, sin
vista la campiii.a.
embargo, en este mejoramiento de mi
Alli, en nna de esas casas, cuyo piso salud , me noto acometida por una es-

pecie de languidez. No es fîsica: ando, 'trana: desde algun tiempo a esta parte
me paseo; tengo placer al rodar el co- noto dentro de mi un vacio, una soleche que me lleva por estos deliciosos dad. i,Es el destierro, el extranjero, la
contornos. Estoy yendo y viniendo, ausencia '1 No y no, es preciso no hadi~puesta a. moverme, sin que cueste a cerse ilusiones. Mi soledad proviene de
mi cuerpo el esfuerzo y el malestar mi misma, y no es efecto de mi medio
que suole exigir el movimiento a. una actual ni de las condiciones actuales
enferma. Hasta si hubiese aqui alguna de mi vida. Tengo a mi hijo, le quiero
so~ed~, estoy por ~e_cirte que casi es- mâs que nunca. Y, sin embargo,
tana d1spuesta a vis1tarme con ella. amarle y no amar mas que a él no
Por ese lado ya ves que soy valiente. me llena ya por completo como en
Lo que me ha sobrevi'nido es una in- otros tiempos. Al llegar agui, estoy
mensa pereza mental, una fatiga para segura de que me vas a embromar, a.
leer, pensar, ocuparme seria y espiri- forjarte una novela en que me casa.ras
tual1:°e~te. Un libro se me cae del en- con algun principe romano; en fin,
tend1m10nto, como se me caeria de las achacarâs lo que te digo a un tierno y
manos. Me cuesta trabajo raciocinar amoroso sentimiento de mujer ... Te
acerca de lo que leo. Las facultades, equivocarâs de medio a medio, querido
las funciones, las decisiones de mi ce- hermano: mi coraz6n no tiene nada
rebro se aletargan. Tengo la impresi6n que ver con eso. En materia de afectos
de un semisueiio, de un èallejeo al humanos, tiene todo cuanto necesita.
azar de mi inteligencia. A ratos paré- tY qué me falta '? i,Por qué este vacio,
ceme que la vida de mis ideas se aleja donde casi tiene miedo mi pensamiende mi, se dispersa en loque me rodea, t.o, cuando â él desciende'? ..•.•.....
se funde en yo no sé qué embrutece- ..•....•..•......•....•.•.•...•. ,,
dora contemplaci6n ... Me pregunto a
mi misma si no lo producira este pais,
este lago de aguas inm6viles, esta tieXLVIII
rra con su muda serenidad, este cielo
y el tenaz esplendor de su impasible
azul... i Ah I Mira , esta naturaleza de
Italia siempre es harto hermosa ; esto
Después de algunos paseos, la sees hello hasta aburrir mortalmente ... fiora Gervaisais eligi6 para pasar alli
jOh, un poco de lluvia de Francia!. .. las horas pesadas del dia un lugar de
»Despues de eso, la crisis por la cual grata costum bre, al cual conducia un
ha pasado mi pobre hijito querido, jha corto camino sin fatiga y resguardado
sido tal golp~ para mil iMehequedado, en toda su longitud por la magnifi.ca
de resultas , como aturdida ! ïSi le vie- avenida de la Galeria. No le faltaban
ses ahora! Aun se le han agrandado mas que &lt;liez minutos para pasar de la
màs los ojos ... Me sucerfe una oosa ex- pequeiia Virgen de madera que hay en

158

amarillas, las sayas encarnadas de sus
mujeres, su chiquilleria pnlulando sobre pelda:îios de escalera; y esos agujeros extraiios, esas puertas y ventanas de edificios hundidos, abiertas y
vacias sobre trozos azules, que son el
azul del lago y que se tomaria por el
azul del cielo invertido.

1

�160

161

REVIBTA INTERNAClONAL

LA E::ENORA. GERVAI8.A.IS

el camino y Ilegar al final de la ala- ojos apartados del libro que solia llemeda que termina en una plaza redon- var y que muy pronto se olvidaba de
da, al pie de una iglesia de francisca- leer para mirar el paisaje, desemboc6
nos, plaza rodeada por doce estaciones por la f:Jaleria una mujer alta, con ru6 altaritos, cuatro 6 cinco de los cuà- bîos rizos que le azotaban las mejillas
les se erguian alzando sobre el lago el y le caian hasta el pecho, con un veshierro y la sen.al de su cruz.
tirexcéntrico. Al ver a alguien debajo
En medio, una enorme encina ver- del ârbol, dijo un &lt;qAh!» con extraiiede, semejante a un monstruoso naran- za. Luego salud6 a la senora Gervaijo podado como una rueda de molino, sais, sent6se junto a ella, atrajo silendejaba caer bajo él, hacia las dos de la ciosamente hacia si à Pedro Carlos
tarde, desde su masa redondeada y como si conociese al nifio, y entr6 con
plana como un techo, solida y densa, el hijo y conlamadre en una especie de
la sombra de una mesa gigantesca; a inmediata vecindad amistosa, sin mas
pie y medio de sn base, cercâ.bala un presentaci6n que un encuentro simpâcirculo de piedra y de musgo, apoyan- tico, sin una frase ni una palabra, con
do en su tronco el redondo asiento de la original facilidad de trato y la fa.un banco rustico que invitaba al des- miliaridad conquistadora cuyo secreto
canso en aquel sitio donde dormia poseen las grandes seiïoras rusas. Lueel dia, donde el sol no caia sino a go, viendo el libro que estaba junto a
gotas.
la seiiora Gervaisais, con un ademan
Desde alli podia abarcarse todo el ho- cuya gracia ligera excusaba la indisrizonte, parecido a una grau sonrisa, crecion, de una uùada.rechazo la tapa
el lago, la suave linea serpenteadora del tomo que, al abrirse, dejo ver su tide las fronteras colinas, ondulosas y tulo: Ensayo acerca àe la indiferencia
humeantes, cual una playa perdida en- en materia de religion.
tre el vapor, a1zandose a la derecha,
-1:tn el fondo del abismo... ahora
ascendentes, marcadisimas, dibujando esta en el fondo del abismo el presbien su cima el recuerdo del extinto seno tero senor de Lamennais ...
de un volcan, volviendo luego a desDijo esto secamente; y volviendo a
cender y yendo a morir en la muelle cerrar el tomo, su mirada, su atenci6n,
perspecti va radiante y polvorien ta, es- sus ideas, parecieron separarse de su
pléndida y azulad.a, donde se destaca- vecina é ir a perderse en el cielo, en el
ba la achicharrada mina de Rocca di lago.
Papa, Monte Oa'Ci, el punto blanco de Levant6se, una vez concluida su
la Madonna del Tuffo, y alla a lo lejos contemplacion, é inclinandose con exlos grandes paredones del Palaizo de quisita cortesia ante la seùora GerFrati.
vaisaist dijo:
Un dia en que la seùora Gervaisais
-E~te no es ya mi ârbol... Espero,
estaba debajo de la encina, con los seiiora, que serâ el nuestro ...

de difuntos, sin saber si era el muerto
6 la voz interior quien me hacia HoXLIX
rar... He contado a V. la desesperaci6n
que senti â la edad de quince afios,
cuando mi madre me anuncio que se
Menos de dos semanas después, de- habia convertido â la religion cat61ica
bajo del mismo ârbol, por una de esas y abandonado la religion griega; las
comuniones râpidas, de esas intimida- noches que pasé llorando; eljuramento
des repentinas entre dos almas que se que en la oscuridad me hice de no camesperan y a las cuales aproxima una biar nunca de religion, el cual repetia
casualidad abriéndolas una a otra, la todas las noches antes de dormirme •..
extranjera expandia asi la confi.dencia Pues bien; aquella noche, la noche del
y el secreto de su vida ante la seiiora entierro, después de pronunciado mi
Gervaisais: ·
juramento ... i me puse a rezar por los
- ... Tomaba yo lecciones de italia- Jesuitas! ....•....•..............••
no de un sacerdote romano, un viejo .••...•..•...•..•...........••.••
muy simpatico; era alegre, no me ha- Mi madre no ha querido que pronunblaba nunca de religion y me agradaba ciase los votos antes de tener la edad
in:finito estudiar con él. Cayo enfermo de treinta ·anos; pero estoy en corresy falleci6. Mi madre me propuso ira pondenoia con la Madre general del
su entierro. Acepté con toda mi alma. Sagrado Uoraz6n, la cual se ha digPareciame que debia ese recuerdo â nado consentir en recibirme y consiaquel pobre hombre... Apenas hube derarme como miembro de la Congreentrado en la iglesia, cuando una voz gaci6n, aunque retenida aun en el
interior me dijo: «Odias â la religion mundo ... Pero ya no estoy lejos de los
catolica, y sin embargo llegarâ un dia treinta aiios: voy â cumplirlos dentro
en que tu misma seras catolica... &gt; de pocoll meses ... -dijo, para concluir,
Lloré todo el tiempo que dur6 el oficio la condesa Lomanossow.
(Goncluira.)

RBVISTA..-MA.YO

EmroNDO y JULIO DE GONCOURT.

94.

11

�MI JUVENTUD

MI JUVENTUD
CONTINUACION

XX

Donde se me felicita.

Dubkof y Volodia conocian a todo puedo recordar, no dije aquella noche
el persona! de Iar por su nombre, y nada de particularmente candido ).
todo el personal, desde el portero hasta Cuando sirvieron el champagne , todo
el duefio, les mostraban una gran con- el mundo me felicitô; Dubkof y Dmitri
sideracion. Nos dieron inmediatamente bebieron conmigo «a nuestro f~turo
un gabinete reservado, y nos sirvieron tuteo», y me abrazaron. No sabiendo
una comida maravillosa, encargada quién pagaba el champagne (se me
por Dubkof, con ar~eglo a una lista explico después que paga~amos cada
en francés. Estaba preparada la botella uno nuestra parte), y quer1endo regade champagne frappé, y yo me esfor- lar a mis amigos co~ mi propio di?ero,
zaba por mirarla con aire indiferente. que palpaba a cada mstante e~ m1 bolLa comida fué muy alegre y muy agra- sillo, saqué dulc~mente un _billet~. d~
dable, aunque Dubkof nos contara, diez rublos, llame al mozo, y le d1Je a
segun su costumbre, las historias mas media voz, per~ de modo ~ue ~os deextraordinarias. Después de todo, aca- mas, que me m1raban en s1lenc10, me
80 eran val'Ïadas. Nos cont6, entre oyeran: «Otra media botella de chamotras, que su abuela, habiendo sido pagne.» Volodia enr?~eciô, f~é acomeatacada por tres ladrones, los mato a tido de su contracc:on nerv1osa_ en el
todos a mosquetazos. Al oir esto, me hombro, y nos lanzo a todos m1radàs
puse colorado ,- bajé los ojos y volvi 1~ tan_ esp~~~adas, que vi ~i falta, lo que
cara. Volodia, por su parte, estaba Vl- no 1mp1d10 que nos bebieramos la mesiblemente inquieto siempre que yo dia botella con mucho placer. La
abria la boca (hacia mal; en cuanto comida continuo muy alegremente.

163

Dubkof mentia sin interrupciôn y Vo- dirigiéndose é. Dmitri.-Vamos juntos,
lodia contaba también bromas, y las ya verâs qué excelente seiïora es la tia.
contaba tan bien, que nunca lo habria -ïNo solo no iré, sino que le prohicreido de él. Nos reimos mucho. Su bo que vaya!-respondi6 Dmitri enrogracia consistia en imitar, forzando la jeciendo.
nota, la anécdota tan conocida: &lt;q,Ha
-1.A quién'? 1,Al diplomâtico'? Tu,
estado V. en el extranjero '?-No, pero diplomâ.tico, 1,quieres '? Mira su cara: se
mi hermano toca el violin.» Habian le ha llenado de gozo desde que se ha
llevado el género â la perfeccion de lo hablado de la tla.
absurdo. Por ejemplo: en la anécdota -No se lo prohibo-prosiguio Dmique acabo de citar, el segundo respon- tri levantândose y dando pa.seos sin
dia: «No; pero mi hermano no ha to- mirarme-pero le digo que no vaya,
cado nunca el violin.» A cada pre- se lo ruego. jBahl Ya no es un nino, y,
gunta se daban contestaciones de este si quiere, puede ir sin vosotros. Deberia
género; hasta sin preguntas, hacian darte vergüenza, Dubkof: porque haces
por asociar dos ideas por completo dis- mal, quieres arrastrar a los demas.
tintas, soltaban aquellos desproposi-1,Qué mal hay-dijo Dubkof hatos con tono serio, y la cosa resultaba ciendo unaseiiaconlos ojos aVolodiamuy graciosa. Comenzaba yo â coger en invitaros a todos a venir a tomar
el procedimiento, y quise también con- una taza de café en casa de la tia '? Si
tar algo gracioso; pero los demâs te- esto te disgusta, no vengas. Iré yo con
nian el aire embarazado mientras yo Volodia. i, Vienes, Volodia'?
hablaba, volvieron lo9 ojos, y mi his-1Jem, jeml-contesto Volodia con
toria no salio. Dubkof declar6 que el tono afirmativo.-Vamos, y al volver,
«diplomâ.tico divagaba»; pero el cham- iremos a mi casa a acabar nuestro
pagne y la compania de los grandes piquet.
me habîan puesto ·en un estado tan
-Veamos, 1,quieres ir con ellos, si é
agradable, que apenas senti esta ob- no'?-dijo Dmitri acercandose a mi.
servaci6n. Solo Dmitri no se reia, aun-No-contesté, replegândome sobre
que habia bebido tanto como nosotros, el divan para hacerle sitio. No tengo
y su aire avinagrado comprimia un ganas de ello, y aun cuando tu me
poco la alegria general.
aconsejaras lo contrario, no iria.
-Oigan Vds., seiiores-dijo Dubkof Se sent6 a mi lado, y yo anadi en
-después de corner, es preciso que nos voz baja.
encarguemos del diplomatico. Lléve- -No, no hedicho la verdad; querria
moslo a casa de la tia.
ir con ellos, pero estoy contento de no
-Nekhliudof no querra venir-ob- hacerlo.
servo Volodia.
-Bien hecho-dijo.-Vive a tu gas-ïEres insoportable con tu formali- to, y no te dejes gobernar por nadie;
dad, eres insoportable!-dijo Dubkof esto es lo mejor.

�164

.BEVISTA INTERNACIONAL

Ill JUVENTUD

165

,

Esta disputilla, no solo no turb6
nuestra diversi6n, sinoque contribny6
6. ella. Dmitri se torn6 de pronto buen
muchacho, como tanto me gustaba
verlo. Después noté mucha veces que
talera sobre él la infl.uencia de una
buena conciencia. Estaba contento de
haberme salvado, y se anim6 por completo. Pidi6 otra botella de champagne
-esto era contrario a sus principios
-invit6 a un caballero que pasaba, y
le hizo beber; canto el Gaudeamusigitur,
diciendonos que le hiciéramos el coro,
y propuso ir â pasearnos en carruaje
a Sokolnik, a lo que Dnbkof observ6
que la cosa era muy sentimental.
-Divirtamonos-dijo Dmitri sonriendo. Me .he emborrachado en su honor por primera vez en mi vida.
Este genero de alegria no sentaba
muy bien a Dmitri. Tenia el aire de un
preceptor 6 de un buen padre de familia que, estando contento de_los niûos,
saliera de gira para divertirlos, y para
demostrarles al mismo tiempo que se
puede divertirse honestamente. Sin
embargo, su animaci6n inesperada se
comunicaba a nosotros, tanto mas,
cuanto que cada uno habriamos bebido
cerca de media botella de champagne.
En aquella agradable disposici6nfué
c6mo sali con los dema.s para fumar un
cigarrillo que me babia dado Dubkof.
En el momento en que me levantaba,
noté que la cabeza se me iba un poco;
mis pies no andaban, y mis manos no
• estabanen una posici6nnormal masque
cuando ponia atenci6n en ello, si no,
mis pies iban a un lado y â otro y
mis man.os gesticulaban. Concentrb

toda mi atenci6n sobre mis miembros
y ordené a mis manos que se levantaran para abotonarme la levita y arreglarme los cabellos, 1o que ejecutaron,
pero alzando los codos de una manera
extraordinaria. Ordené en seguida a
mis pies que me llevaran a la puerta,
y obedecieron; perô en tanto golpeaban
pesadamente el suelo, en tanto se posaban apenas. Una voz me grito: «i,A
d6nde vas'h&gt; Traen luz. Adiviné que
aquella voz era la de Volodia y me felicité de haberlo adivinado; pero sonrei
por toda respuesta, y segui mi camino.

XXI
Me preparo para hacer visitas .

El dia siguiente era nuestro ûltimo
dia en Moscû, y estaba obligado a hacer visitas. Papa me lo habia ordenado,
y él mismo habia apuntado en un papel las visitas que debia hacer. Nuestro padre se cuidaba mucho menos de
nuestra educaci6n y de nuestra direcci6n moral que de nuestras relaciones
sociales. Habia puesto en el papel con
su escritura râpida y nerviosa:
l.D' A casa del principe han Ivanovitchi inàispensaflle.
2. 0 A· casa de los Ivine; inàispen.-

sa'ble.
3.0 A casa del principe Mikhaïl.
4. 0 A casa de la princesa Nekhliudof y de la seîi.ora Va1akhine; si tie-

nes tiempo.

Venian después el rector y los pro- ' colocados en sillas, y hacia mis prefesores, pero Dmitri me asegur6 que parativos para salir, cuando recibi la
estas ultimas visitas eran mas que in- visita del anciano Grapp y de Lino.
utiles. Habia que hacer todas las otras Venian a felicitarme. Grapp era un aleen el dia, y las dos primeras, aquellas man rusificado, dulz6nycumpliment.eque tenian el inài&amp;pensdle, me inti- ro hasta ser insoportable, borrachomuy
midaban muy particularmente. El prin- a menudo. La mayor parte de las veces
cipe Ivan Ivan.o-vitch habia sido gene- venia a nuestra casa porque tenîa. algo
ral enjefe, era viejo, rico y solo; las quepedirnos, y papâ lo invitaba algurelaciones entre él y un estudiante de n.as veces â sentarse en su despacho,
diez y seis afios no podian tener nada pero jamas le habria hecho comer con
de halagüeîi.o para el estudiante, y yo nosotros~ Aun siendo tan servil y pedilo presentia. Los !vine eran también güefio como era, mezclabase esto congentes ricas: el padre era un elevado cîerta bonachoneria aparente, y de tal
funcionario que habia venido una vez modo era familiar en la casa, que se
nada mas â uuestra casa, en tiempo le tenia en cuenta la adhesi6n que se
de mi abuela. Des pués de la muerte le suponia por todos nosotros. A pesar
de ésta habia yo notado que él mas j6- de todo, no sé por qué, yo no lo queria,
vende los !vine nos evitaba y adopta- y cuando hablaba me avergonzaba
ba grandes aires. Sabia de oidas que él siempre por él.
mayor habia acabado la carrera de de- La llegada de aquelia visita me conrecho y entrado en la administracion trari6 vivamente, y no traté de disimuen Petersburgo. El segundo, Sergio, larlo. Lino habia sido recibido al mismi antiguo idolo, ya grande, era, mo tiempo que yo. Estaba yo tan aoostambién en Petersburgo, cadete en el tumbrado a mirarlo desde alto, y él
cuerpo de pajes.
estaba tan acostumbrado a considerar
En mi j uventud, no solo no me gus- esto como un derecho mio, que me destaba ver las gentes que se considera- agradaba algo verlo· estudiante lo misban por encima de mi, sino que esto mo que yo. Me pareci6 que él mi~mo
me era un verdadero suplicio, porque se sentia molesto con esta igualdad. Le
esta.ba en. un temor perpetuo de recibir saludé friamente, y di orden de enganuna afrenta y mi espiritu tendia siem- char, sin invitarlos â sen tarse, porque
pre hacia un mismo objeto: afirmar me parecia que bien podrian sentarse
enfrente de ellos mi in.dependencia. solos. Lino era un buen muchacho,
Sin embargo, desde el momento en nada tonto, pero tenia loque se Hama
que yo suprim.ia el final del programa un lunar; estaba siempre, sin causa
de papa, tratabase de atenuar su falta ninguna, en estado violento, en tanejecutando la primera parte. Iba y ve,.. to lloriqu.eando, en tanto riendo apronia por la habitaci6n, contemplando posito de todo, en tanto ofendiéndose
mi uniforme, mi sombrero y mi espada, por todo; en aquel momento era est&amp;

�166

REVI8TA JNTERNACIONAL

ultima clisposicion la que prevalecia.
No decia nada, nos miraba a su padre
y a mi con aire furioso, y se contentaba, cuando se le hablaba, con sonreir
con sonrisa humilde y forzada; estaba
ya acostumbrado a ocultar bajo ag_uella sonrisa todos sus sentimientos, en
particular la vergüenza que le inspiraba su padre y que no podia experimentar delante de nosotros.
-Si, Nicolas Petrovitch - dijo el
viejo, siguiéndome por el cuarto mientras que yo me vestia y dando vueltas
lentamente entre sus dedos â la tabaquera de plata que lé hahia regalado
mi abuela;-asf que he sabido por mi
hijo los brillantes examenes que ha becho V.-todo el mundo conoee su inteligencia-he acudido a darle mi enhorahuena, padrecito. Lo he llevado â
V. en brazos, y Dios sabe que los quiero a todos Vd.s. coino si fueran demi tam.ilia. Y aqui esta mi Lino; siempre
esta queriendo venir â. esta casa. Tarnbién él se ha acostumbrado â Vdis.
Durante este cliscursot Lino se habia
sentado en la ventana, y parecia contemplar mi tricornio, pero refunfuiiaba algo entre dientes con tono irritado.
-También queria preguntar â V.
Nicolas Petrovitch-prosigui6 el viejo
-si mi Lino ha hecho buen examen.
Dice que estarâ con V.; asi V. no lo
aballdonarâ, lo vigilarâ, le darâ consejos.
-Ha hecho muy buen examen-repliqué, mirando â Lino, que sinti6 mi
mirada y ces6 de mover los lahios.
-b Podria pasar el dia con V. 'l-pre-

gunt6 el viejo con una sonrisa timida,
como si yole hubiera dado miedo.
Desde que habia entrado, fuera yo
adonde fuera, no se apartaba de mi, de
suerte que yo no habia cesado un
segundo de respirar el olor a vino y â
tabaco de que siempre estaba impregnado. Estaba disgustado, porque me
ponia en una situacion falsa respecto
de su hijo; me irritaba que me distrajera durante una operacion tan importante como mi tocado ; sobre todo ,
aquel olor a vino que me perseguia me
exasperaba. Todo reunido, hizo que
contestara muy friamente que era imposible que se quedara Lino, porque yo
estaria ausente todo el dia.
-i,El padrecito va sin duda â ver
a su hermanito'?-dijo Lino sonriendo
sin mirarme.-Por lo demas, yo tamhién tengo que hacer.
Yo estaba cada vez mas irritado y
contrariado. Para tratar de dulcificar
mi negativa, me apresuré â explicarles
que no estaria en la casa porque estaba
obligado air a casa del principe Ivan
Ivanovitch, â casa de la p~incesa Kornakof, a casa de Ivine «el alto funcionario», y que comeria probablemente
en casa de la princesa Nekhliudof.
Me parecia que cuando supieran a casa
de qué personajes iba, no podrian ya
pretender nada de mi. Cuando se disponian a salir, invité a Lino a venir
otro dia, ·pero se content6 con dejar oir
un sonido inarticulado , sonriendo con
su sonrisa forzada. Era visible que
jamâs pondria yo lo pies en su casa.
Asi que se fueron, subi al carruaje
para hacer mis visitas. Habia pedido

MI JUVENTUD

167

bio, un aire serio é imponente; por 1~
demâ.s, extremamente seductora. .Mi
imaginaci6n se negaba a representa~mel~ con un rostro désfig~rado p~r mcatrices. Muy al contrario, habiendo
oido hahlar, no sé.d6nde, de un amante
apasionado que habia seguido fiel al
objeto de su culto después de haber
XXII
quedado éste desfi.gurado por la viruela, me esforzaba por persuadirme de
En casa de los Valakhine.
que estaba enamorado de Sonia para
tener el mérito de serle fiel a despecho
de sus cicatrices. La verdad es que, al
Parti, pues, solo. La primera visita, llegar acasa de los Valakhine, no estasegu.n el barrio, era â la seiiora de Va- ha enamorado lo mas minimo; solamenlakhine. Hacia tres an.os que yo no ha- te, habiendo removido todos aquel~os
bia visto a Sonia, y no hay que decir. antiguos recuerdos, estaba muy disque mi pasion por ella se habia desva- pue_sto a estarlo ot~a vez, y lo d~seaba
necido hacia mucho tiempo. Sin em- ard1entemente; hacia ya mucho t1empo
bargo, me habia quedado de ella un que me avergonzaba, al ver a todos mia
recuerdo muy vivo, que aiin me pro- amigos enamorados, de estar tan poco
ducia emocion. Durante aquellos tres a su altura.
an.os, me habia ocurrido pensar en Los Valakhine vivian en una casita
ella con tanta fuerza y representarme- de madera, muy limpia, que daba a
la tan claramente, que la lloraba y un jardin. Tiré de la campanilla-laa
volvia a enamorarme de ella. De todos campanillas eran tod~via una gran ramodos, esto no duraba mas que algu- reza en Moscu-y me abri6 la puerta
nos m.inutos, y no se producia mas que un criadito joven, v~tido c?n lim?iea largos intervalos.
za. No supo 6 no qmso dec1rme s1 su
Sabia yo que Sonia y su madre ha- ama estaba en casa, y desapareci6 por
bian pasado dos aiios en el extranjero. un oscuro corredor, dejandome en la
Se contaba que habian volcado en una sombria antecâmara.
.
diligencia, que aSonia se le habian claQuedé solo bastante tiempo en aquevado en la cara trozos de cristal y que lla pieza oscura, â la que daba una
esto la habia afeado mucho. Al diri- puerta cerrada, sin contar la de entragirme a su casa, recordaba la Sonia da y la del corredor. Me asombraba
de otro tiempo y me preguntaba como algo de la fisonomia tenehrosa de la
iha a encontrarla. A causa de los dos casa, pero me decia, por otra parte, que
an.os en el extranjero, me la repre- la cosa debiera ser asi en casa de gen1:1entaba muy alta, con un tall~ sober- tes que habian estado en el extranjere.

por la man.ana a Volodia que me acompan.ara, par~ estar menos intimidado.
Se habia negado, bajo pretexto de que
seria muy sentimental ir juntos, dos
ltermanos en el mismo drosbki.
'

�168

REVISTA INTERNAOIONA.L

Al cabo de cinco minutos, el mismo de nuevo en aquel estado de alegria en
criado abri6 por dentro la puerta de la que me habia encontrado cinco an.os
sala y me condujo a un salon modesto, antes, bailando « el abuelo » con ella
pero limpio. Casi al mismo tiempo en- en casa de mi abuela.
tr6 Sonia.
-Me he puesto muy fea, t, verdadîTenia diez y siete an.os. Era muy pregunt6 moviendo la cabeza.
pequeiia, muy delgada, amarilla, y te-De ninguna manera-me apresurénia aspecto de mala salud. No se vefan a responder.-Ha crecido V. un poco,
sen.ales de cicatrices en su rostro, y es V. mayor; pero, al contrario .. hasta
seguia teniendo los ojos encantadores, encuentro ...
y la linda sonrisa, buenay alegre, que -Bueno, eso no importa. - i, Se
yo habia conocido y amado en nuestra acuerda V. de nuestros bailes, de nuesinfancia. No esperândome de ningun tros juegos, y de Lanit, y de la seiiora
modo encontrarla asi, me fué imposi- DoraU (Yo no habia conocido a la seble, en el primer instante,_dirigir hacia nora de Dorat; evidentemente era arrasella el sentimiento que habia prepara- trada por el placer de los recuerdos de
do en el camino . .Me alarg6 la mano a la infancia y los confundia.) 1Ah, que
la moda inglesa, que era entonces una hermosotiempol-continu6con suantï
rareza como las campanillas, me di6 gua sonrisa, aun mas linda que en mis
un buen apret6n y me hizo sentar a su recuerdos, y su misma mirada lumilado en el divan.
nosa.
- i Qué feliz soy vié~dole, mi queriMientras que ella hablaba, tuve tiemdo Nicolas-diio mirândome de frente po de re:flexionar sobre la situaci6n en
con un aire tan sinceramente feliz, que me encontraba, y de decidir conque .no sorprendi nada de protector en migo mismo que estaba enamorado.
el tono amistoso con que pronunci6 las Apenas hube tomado esta resoluci6n,
palabras: « Mi querido Nicolas.»
cuando en el mismo momento desapaYo estaba asombrado de encontrarla reci6 mi dichosa indiferencia; una estodavia mas sencilla, mas cariiiosa y pecie de niebla me ocult6 la vista de
mâs familiar después de haber vivido todos los objetos, hasta de sus ojos y
en el extranjero. Descubri dos peque- de su sonrisa; me senti vergonzoso,
nas cicatrices, la una junto a la nariz, me puse colorado y perdi la facultad
la .otra en una ceja, pero sus admira- de hablar.
"bles ojos y su sonrisa eran exactamen-Hari cambiado los tiempos-proie los mismos de mis recuerdos y siem- sigui6 suspirando y enarcando ligerapre tan brillantes.
mente las cejas.-Todo se ha vuelto
- ,1C6mo ha cambiado V.-dijo.-Ya mucho mâs malo, y nosotros también,
u V. todo un buen hombre. Y a mi, i, verdad, Nicolas?
,me encuentra V. muy cambiadai
No pude responder, y la miré en si. -No la habia reconocido. Me sentia lencio.

MI JUVENTUD

1 Qué se ha hecho de los Ivine, los
Kornakof'? i,Se acuerda V. de ellos?continuo, contemplando con cierta euriosidadmi rostro empurpurado y asustado.-j Ah, gué buen tiempo!
Seguia siéndome imposible responder.
La entrada de la seiiora de Valakhine me sac6 por el momento de aquella
situaci6n penosa. Me levanté, saludé
y recobré la palabra. En cambio, Sonia se transform6 de repente de la manera mas extraiia. Toda su alegria y
su familiaridad se desvanecieron, la
sonrisa ya no era la misma; se convirtj6 de pronto en la seiiorita extranjera
que yo me habia :figurado al llegar.
Aquella metamorfosis no tenia raz6n
de ser aparente, porque nada habia
conservado su amable sonrisa y su aire
dulce, que se mostraba en sus menores
movimientos.
La seiiora de Valakhine se sento en
un gran sillon y me indicé&gt; un asiento a
su lado. Dijo algo en ingles a su hija, y
Soniasali6 en seguida, loque acab6 de
serenarme.Lase:iiora Valakhinemehizo
preguntas sobre mi hermano, mi padre,
todos los mios; después me hablo de
su pena, la muerte de su marido. Al
fin, viendo que era imposible hablar
conmigo, me miro como para decirme:
« Deberias levantarte, saludar é irte;
esto seria una buena idea, querido.»
Pero me sucedia una cosa singular.
Sonia habia vuelto, trayendo costura,
y se habia sentado al otro extremo del
salon; sentia sus ojos sobre mi. Por
otra parte, mientras que la seiiora de
Valakhine me hablaba de la muerte de

169

su marido, habfa yo tenido tiempo de
acordarme de que estaba enamorado y
de rcfl.exionar que la madre lo notaba
ciertamente. Todo esto combinado me
habia dado un nuevo aceso de timidez
tan violento, que me senti fuera de estado de hacer un solo movimiento de
de una manera natural. Comprendi queme veria obligado, para levantarme y
salir, a fijarme en donde ponia el pie,
en qué haria con mi cabeza y mis brazos; en una palabra, casi me sentia
como la vispera, al salir después de
haberme bebido media botella dechacnpagne. El instinto me decia que jamâ.s
podria salir del paso y que no poària
levantarme; y, en efecto, no podia levantarme. La seii.ora de Valakhine estaba sin duda a~ombrada de mi cara
carmesi y de mi completa inmovilidad,
pero yo habia decidido que mas valia
quedar sentado en aquella situaci6n
estupida, que arriesgarme à cometeruna torpeza al levantarme y al salir.
Segui, pues, sentado, sin moverme
basta!lte tiempo, esperando que un
acontccimiento imp,revistg viniera a
sacarme de alli. El acontecimiento se
present6 bajo la forma de un joven de
pobre aspecto, que entr6 con el aire de
persona de la casa y me salud6 cortésmente. La seiiora de Valakhine se levant6, se excus6 diciendo que tenfa
que hablar a su apoderado, y me miro
con aire perplejo que queria decir: «Si
quiere V. estar ahi cien ail.os, yo no lo
echo.&gt;} Hice un esfuerzo desesperado y
me levanté, pero fué superior a mis
fuerzas saludar. Me dirigi hacia la
puerta seguido por las miradas com-

�170

MI JUVENTUD

:REVISTA INTERNACIONAL

pasivas de la madre y de la hij a, y en
mi preocupaci6n de no enredarme los
pies en la alfombra, me los enredé en
una silla que no estaba del todo en mi
camino. Una vez al aire libre, cuando
me hube sacudido y lanzado un refunfu:ii.o talque Kozuma me pregunt6 muchas vecesqué queria, la crisis se disip6
y me puse a reftexionar con bastante
calma en mi amor por Sonia y en las
relaciones entre la madre y la hija,
que me parecianextraùas. Cuando conté después a mi padre que la seii.ora
Valakhine y su hija no me habian parecido muy unidas, dijo:
-Si atormenta a esa pobre niiia con
su horrible avaricia. Es singular-aùadi6 con mas emoci6n de la que correspondia a una simple parienta lejana.jEra una mujer tan encantadora!,amable, original! No puedo comprender qué la ha cambiado hasta tal punto.
iNo has visto en su casa una especie
de secretario'? '-Qué significan esas
maneras'? jUna sei'iora rusa que tiene
secretariol-ai'iadi6 alejandose de mi
con aire irritado.
-Lo he visto-respondi.
-,Y qué'? t,Es guapo al menos'?
-No, es muy feo.
-Es incomprensible-dijo papa contrayendo el hombro con irritaci6n.
«Herne enamorado »-pensaba yo siguiendo mi camino en el droshki.

XXIII
En casa de los Kornakof.

La segunda visita fué la de los Kornakof. Habitaban el primer piso de una
gran casa. La esculera era majestuosa
y bien puesta, pero no lujosa. Habia
en ella una alfombra sujeta con varillas de cobre, pero ni flores ni -espejos.
La sala que crucé para entrar en el sa16n tenia un piso bien barnizado y estaba bien amueblada; pero todo aquello
era triste y fric. El mobiliario, aunque
algo viejo, era brillante y de aspecto
s6lido; pero no se veia ni un cuadro,
ni una cortina, ni un adorno. Encontré en el sal6n cierto mimero de las
j6venes princesas. Se mantenian erguidas en sus sillas, y tenian tal aire
de ceremonia, que se decia uno al verlas: « No estân asi cuando no hay
visitas.:.
-En seguida viene marna-me dijo
la mayor sentandose a mi lado.
Durante un cuarto de hora me habl6 con tanta facilidad y tanto tacto,
que la conversaci6n no languideci6 un
instante. S61o que se comprendia que
aquello era un trabajo; asi me desagrad6. Me cont6, entre otras cosas,
que su hermano Esteban, que habia
ingresado dos aiios antes en la escuela
de sargentos nobles, era ya oficial. Al
hablar de su hermano, y sobre todo al
contar que habia entrado en husares

171

apesardesu madre, puso una caramuy Esteban son primos hermanos.-Esteasustaua, y todas sus hermanas meno- ban es ya oficial, t,sabe V.? Pero me
res, sentadas en silencio, pusieron la desagrada que se le deje demasiado limisma cara asustada. Habl6 de la muer- bre. i Hay que sujetar a la juventud!. ..
te de mi abuelay adopt6 un aire triste, i,No dispe.nsar:1 V. a una vieja tia que
Y todas las jovenes princesas tomaron le dîga la verdad? Yo sujetaba a Esteel m.ismo aire t:1,'iste. Record6 el dia en ban muy severamente, y me parece
que yo habia pegado a Saint-Jerome que esto es nece.sario ... Yo soy asi. He
Y e~ que ~e habian e~cerrado; se ech6 aqui como somos parientes: el princiâ reir ense.1,mdo los d1entes muy fe-os, j pe Ivan Ivanovitch es tio mio, y tamy todas las hermanas se echaron â reir bién era tio de su madre de V. Yo era,
enseiiando los clientes muy feos.
pues, prima hermana de su marna ...
Entro su ma.dre. Seguia siendo la A prop6sito, 1,ha ido V. a casa del prinmisma mujercita delgada, con su mi- cipe Ivan Ivanovitch'l
rada que huia siempre de la persona Le respondi que iba â ir.
a quien hablaba. Me cogi6 la mano y
-ïC6moesposible!-exclam6.-Esa
alz6 la suya hasta mis labios; sin esto debia haber sido su primera visita. V.
no se me habria ocurrido la idea de be- sabe que el principe Ivan Ivanoviteh
sarle la mano; no me parecia que la es ~omo un padre para V. NQ tiene hicosa fuera indispensable.
·
jos. Sus unicos herederos son Vds. y
-ï Qué contenta estoy de vede a V.! mis hijos. Hay que considerarlo a cau-dijo _con su tono ~~r1anchin, echando sa de su edad, de su posici6n, y de todo.
una m1rada â sus h1Jas.-i 06mo se pa- Sé que la juventud de hoy no tiene en
rece a su marna! i, Verdad, l;,isa ~
cuenta los lazos de familia y no ama !
Lisa dijo que era verdad. Yo sabfa las personas de edad; pero crea V. a
que no me parecia lo mas . minimo a su anciana tia que le quiere y que quesu madre.
ria a su marna; también queria a su
-jYa es V. un hombre! Y mi Este- ~buela con mucho afecto y respeto. Es
ban .. • i. se acuerda V. de él '? ... Es pri- preciso absolutamente ir, a-bsolutamo hermano de V.; no, primo hermano, mente.
no ... i,C6mo hay que decir, Lisa? Mi Dije que iria con seguridad, y me
madre era Barbara Dmitrievna, hija de levanté. La visita me parecia suficienDmitri Nicolaievitch; su madre de V. temente larga, y ya saludaba para
era Natalia Nicolaievna.
irme, pero la princesa me detuvo.
-Entonces es primo en cuarto gra-No, espere V. un minuto. 1iP6nde
do, mamâ-dijo la mayor de las prin- esta tu padre, Lisa? Vé â buscarlo. Le
cesas.
gustara mucho verlo a V. - continuo
-jTodo lo embrollas siempre! -le dirigiéndose a mi.
grit6 agriamente su madre.-Esto noes
Al cabo de dos minutos entr6 el
por completo en cuarto grado-él y principe Mikhaïl. Era un: hombrecillo

�1?2

BEVISTA INTERNACIONAL

rechoncho, 1os vestidos extremada- mi camino. Habitaban una grande y
mente sucios, sin afeitar, la :fisonomia hermosa casa en el bulevar Tzerskoë·
casi estupida a fnerza de indiferencia. Con un sentimiento de temor subi la
No le gust6 lo mas minimo verme; en escalinata, donde habia un portera con
todo caso no lo demostr6. La princesa, su baston de porno. Cuando subi la.
a quien seguramente tenia gran mie- gran escalera me pareci6 que me quedo, le dijo:
daba muy pequefi.o, en el sentido pro-1, Verdad que Valdemar (habia ol-- pio de la palabra. Ya habia tenido esvidado mi nombre) se parece mucbo a-ta impresion, cuando mi droshki se
su marna'/
par6 de1ante de la gran escalinata:
Acompan6 estas palabras con tal droshki, caballo, cochera, todo me paseiia de los ojos, que el principe, adi- reci6 que se empequeiiecia.
vinando 16 que ella queria, se acerc6
Encontré al joven !vine tendido en
à mi, que estaba muy lejos de hallar- un divan y dormido delante de un libro
me encantado, y me alarg6 su cara sin abierto. Su ayo, que me habia seguido,
afeitar, que tuve que besar.
despert6 a su discipulo. Ivineno ma- ï Todavia no te has vestido! ïY tie- nifest6 ninguna alegrfa al verme, y
nes qu,e salir !-prosigui6 la princesa noté que al hab1arme me miraba las
con el tono agrio que le era evidente- cejas. Aunque estuvo extremadamente
mente habitual con las personas de cortés, me pareci6 que no experimenla casa.
taba ninguna simpatîa particular por
-A.Ila voy, alla voy, madrecita- mi, y que no veia la necesidad de hacer
dijo el principe Mikhaïl, y sali6.
mi conocimiento, teniendo ya sin duda
Aquella era la prime.r a vez que yo relaciori.es diferentes de las mias. Todo
oia decir que nosotros éramos los he- esto resaltaba principalmente para mi
rederos del principe Ivan Ivanovitch, de su manera de mirarme las oejas. En
y esta noticia me habia producido un una palabra, y aunque me cueste hacer
efecto desagradable.
esta confesi6n, me trataba poco mas o
menos como yo trataba a Lino. Comenzaban a irritarseme los nervios. Sorprend-i al vuelo todas las miradas de
XXIII
!vine, y ttaduje una ojeada que cambi6
con su ayo por esta pregunta:
En casa de 101 lvine.
-i,Qué viene a hacer a nuestra casat
Después de un instante de conversaci6n, !vine me dijo que su padre y
La visita indispensable que yo debia su madre estaban en la casa, y me
hacerle me costaba aun mas. Pero an- propuso llevarme hasta ellos.
_tes de ira casa del principe, tenia que Me condujo a una. pequeiia habitaver a1~ Ivine, que se encontraban en tacio_n al lado del salon. Su madre en-

MI JUVENTUD

tr6 al mismo tiempo que nosotros por
otra puerta. Me acogi6 muy amistosamente, me hizo sentarme a sa lado y
se inform6 con interés de toda mi familia.
La seii.ora de Ivine, a quien yo no
habia hecho mas que entrever una vez
6 dos y a quien consideraba ahora con
atencion, me agrad6 mucho. Era alta,
delgada, muy blanca, y tenia siempre
un aire triste y abrumado. Su sonrisa
era melancolica, pero de una gran bondad; sus grandes ojos fatigados, le daban todavia una expresi6n mas triste
y mas atractiva. Cuando se sentaba 6
se movia, aquello era como un debilitamiento y un hundimiento de todo su
cuerpo. Hablaba blandamente y pronunciaba con tan poca claridad, que
se oia una letra por otra; sin embargo,
el timbre de su voz y su hablar eran
muy agradables. Se veia que tomaba
un interés melanc6lico en lo que yo
le decia de mi familia, como si mis
respuestas le recordaran tiempos mejores. Sali6 su bijo. Ella me considero
un instante en silencio, y de pronto se
echo a llorar. Yo seguia sentado enfrente de ella, sin saber absolutamenqué decir niqué hacer. Seguia llorando sin mirarme. Mi primer movimiento
fué la compasi6n, el segundo fué preguntarme: &lt;&lt;i,Hay que consolarla '? i. Y
c6mo arreglarme para ello?~ El ultimo
fùé disgustarme que me pusiera en una
situacion tan falsa. «t,A.caso tengo aspecto tan digno de lâstima- pensaba
yo. i.Ü bien lo hace expresamente para
ver c6mo me porto en estos casos'?»
«No seria conveniente irme-seguia

173

pensando;-jpareceria que huia de sus
la.grimas!»
-ï Que tonta soyl-dijo mirandome
y esforzândose por sonreir. Hay dias
asi, en que se llora sin saber por qué.
Se puso a buscar su paiiuelo por el
divan, y de pronto ech6 a llorar con
mas fuerza.
- i Ah Dios mio ! Es ridiculo estar
siempre llorando. i Amaba tanto â su
madre de V., estabamos ... tan unidas ... y ... !
Encontr6 el paùuelo, se tap6 con él
la cara y sigui6 llorando. Yo vol via a
caer en mis perplejidades. Aquella situaci6n se prolong6 bastante tiempo.
Yo estaba molesta, pero sobre todo le
tenia lâstima. Sus la.grimas parecian
sinceras, y pensé que lloraba menos a
causa de mi madre que porque no era
dichosa ahora y porque lo habia sido
antes, en el tiempo de mi madre. No
sé c6mo habria acabado aquello, si no
hubiera entrado su hijo diciendo que la
llamaba su padre. Se levant6, é iba a
salir, -cuando apareci6 su marido. Era
éste un senor pequeiio, muy bien conservado, a pesar de sus cabellos grises,
con espesas cejas negras, cabellos cortados al rape y una boca de expresi6n
muy dura.
Me levanté y saludé, pero el seiior
Ivine, que llevaba tres condecoraciones
sobre su frac verde, no me devolvi6 el
saludo y apenas si me miro.
Tuve de pronto el sentimiento de que
yo no era una person~, sino un objeto
cualquiera~ indigna de atenci6n-algo
como un sillon, 6 una ventana;-al menos, si era una persona, era de las

�MI JUVENTUD

174

175

BEVISTA JNTERNACIONAL

que no se diferencian nada de los mueb~s.
XXIV
1 No b~s escri:? to,davia a ~a con- 1
· desa, querida '?-dtJO a su muJer con 1
aire impasible y duro.
El principe Ivan lvanovitch.
-Dispénseme V., sefior Irteneffdijo con una inclinacion de cabeza la
sefiora de Ivine, haciéndose de pronto
«:Ahora la ultima visita »-dije aKualtanera y mirandome las cejas como zana-y rodamos h~cia la casa del
.
principe Ivan Ivanov1tch.
su hiJO,
. d
. d
.
Le saludé y me incliné de nuevo
De ordinar1O, e~~ues e una ser~e
ante el viejo Ivine, en quien produjo de visitas, yo adquma a~lom~. -~e diesto tanto efecto como si se hubiera rigia, pues, en una d1~pos1c10~ de
abierto 6 cerrado una ventana. Eljoven espiritu bastante tranqmla hac:a la
!vine me acompaii6, sin embargo, has- rada del principe, cuand~ me acud1eron
ta la puerta, contandome que iba a en- suhitamente a la memor1a las p~labr~s
·
·dad
trar en 1a Un1vers1
· de sa·n Peters- de la princesa Kornakof sob:.-e m1 cuah.
burgo, porque su padre acababa de ser dad de heredero. A mayo~ abundamiendelante de
desti.. nado a11'1 (me diJ·o que para un to, vi parados dos carmaJes
· , l
· ·a
·
t
nte)
la
escalinata.
Me
vol,;10
a
hm1
ez.
puest o muy 1mpor a
.
..
. .
«Papa dira lo que quiera-refanfuMe p_a;ec1O que el ~1e30 portero que
îiaba yo entre dientes al subir al ca- me abr10 la _puerta, e. laca!o que me
rruaje, -pero no volveré a poner los pies quit6 el abr1go, las tres se~oras Y los
i La una lloriquea. al verme, como dos caballeros que encontre en el sal6n,
aqu •
1 · · I ' I no
si yoj fuera un pobre desdichado, y ese y, sobre todo, e prrnc1 pe van ;' 3 · 1 e no saluda... me la pa- vitch, que estaba sentaJo, de pa1sano,
amma qu
. .
··6 a·CJ'
ue toara. » De qué r:1anera queria yo ha- en el divan, me parem , 1':' o, ,q
gcersela pagar, es cosa que no se· ver- dos me miraban como se. mua a. un
, he.
redero: con malevolenc1a. El prmcipe
daderamente.
d
·
M b ·
Posteriormente tuve que sufrir nu- estuvo enca~ta _or co~m1go. e eso,
merosos asaltos de mi padre, que decia es decir, rozo_m1s meJ11las con.sus laque era indispensable cultivar' aquella bios des_coloridos '. secos Y_ fnos, ~e
relaci6n, y que yo no podia exigir que pregunto sobre ~1s ocupac10nes y mis
un hombre en la situaci6n del sefior proyectos, me d10 broma, me pregunt6
Ivine se ocupara de un chiquillo como si seguia haciendo versos como los qu~
yo Pero yo me mantuve firme mucho habia hecho el dia del santo de mi
··
abuela y me hizo quedarme a corner.
tiempo.
'
,.
Cuanto mas amable estaba, mll.s me
figuraba yo que no me acariciaba sino
para no dejarme ver hasta qué punto
1

le desagradaba el pensamiento de que tinué, deseoso de mostrar a mi anrigo,
yo era su heredero. Hacia un gesto entre otras cosas, que f!i yo decia todo
que procedia de su dentadura postiza. esto, no era porque me hubiera sentido
Siempre que acababa de hablar alzaba niùo ante el principe, sinoque me era
el labio superior hacia la narit y aspi- odiosa la idea de que se me pueda miraba con un ligero ronquido, como si rar del mismo modo que aquella prinsorbiera. En aquel momento, cuando cesa que vive en su casa y que se arrashacia aquel gesto, me parecia siempre tra ante él. Es un viejo a.sombroso,
oirle decirse aparte:
admirablemente bueno y delicado con
(&lt;Hijo mio, hijo mio; ya lo sé sin que todo el mundo, pero maltrataaesa prinme lo digas: heredero, heredero», etc. cesa de un modo que da pena. ïEsas miCuando éramos pequeùos, nosotros serables cuestiones de dinero lo echan
llama.bamos al principe Ivan Ivano- a perder todo!
vitch «abuelo». Ahora, siendo herede-i,Sabes una cosa'?-prosegui.-Yo
ro, mi lengua se negaba a decirle creo que lo mejor seria que yo tuviera
«abuelo». Deliirle su excelencia, como una explicaci6n franca con el principe;
uno de los caballeros que habia alti, decirle que lo venero como hombre
me parecia bajo. Traté, pues, durante pero que no pienso en su herencia y que'
toda la conversaci6n, de no llamarle le suplico que no me deje nada; que no
de ningun modo. Lo que mas me tur-: iré a verle mas que con esta condibaba era una vieja princesa que era ci6n.
también heredera del principe y que
Dmitri no solt6 la carcajada en mis
vivia con él. En la comida estaba yo narices. Refiexion6, y mè dijo después
colocado al lado de ella. Me :figuraba de algunos instantes de silencio:
constantemente que no me hab1aba
-2.Sabes una cosa1 Haces mal. 0 bien
porque me detestaba, sabiendo que yo· no debes suponer que se puede tener de
era heredero como ella, y que el prin- ti la misma idea que de tu princesa,
cipe no se ocupaba de nuestro lado de 6 bien, si lo supones, ve mas lejos: de
la mesa porque ambos le éramos igual- que sabes que se te puedenatribuir esos
mente od10sos, en calidad de herederos. pensamientos, pero que estan tan lejos
-No puèdes figurarte cuan desagra- de ti, que los desprecias y que jamâs
da.ble me ha sido-dije a Dmitri la no- haràs nada que sea consecuencia suya.
che misma de aquel dia afin de hacerle Supon que supones ... En una palabra,
admirar mi repugnancia a la idea de -a:iiadiô, siutiendo que se embrollaque era heredero ( me parecia ·que esto ba en sus razonamientos,-lo mejor es
era un hello sentimiento )-no puedes no suponer nada absolutamente.
figurarte cuan desagradable me ha sido
Mi amigo tenia completamente rapasar hoy dos horas enteras en casa del z6n. No fué sino mucho, mucho mas
principe. Es un hombre excelente y tarde, cuando aµrendi, por la experienha estado muy cariiïoso conmigo-con· cia de la vida, qué malo es pensar, y

�176

REVI8TA INTERNACIONAL

aun mas decir una multitud de cosas ira â. su madre por la maiiana, y fué â
que nos parecen muy nobles, pero que recogerme después de comer para padeberian quedar eternamente sepulta-1 sar la velada, y hasta ~o~a la n~~e,
das en el fondo del coraz6n del hombre.\ en el campo, _donde vivia su fam1l~a.
Aprendi también que las palabras no- Cuando estuvimos ~aera d~ la cm•
bles van raramente al par con las ac- dad y los colores_ sucios y ab1gar~~os
ciones nobles. Estoy convencido de que de la calle, el rmdo ensordecedor e 1m~l solo hecho de haber expresado una posible del empedrado fue_r,on reempla· tenci·6n hace su realizaci6n zados por la vasta extension del camb uena m
,
.
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d
diflcil, imposible la mayor parte de las po y el ligero rechinar . c as rue as
~Pero cômo impedir a la juven- por la carretera polvor1enta; cuando
veces. o
1
·
1
tud que ha~ ostentacion de hermosos el aire perfu°:1ado de la pr1mavera Y os
sentimientos't Mucho después, al re- 1 grandes hor1zontes me rodearon ~or
cordar e:ios nobles arranqueq, se expe- todas partes: s~lo entonces comence a
· en~ft la misma imprcsi6n de pena encontrar Illl oriente, enteramente pe_rr1m w.
1
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b . l . ft
que a la vista de una tlor que no se ha Idido h~cia do~ 1as, aJô a m uenc1~
antes de que de las 1mpres10nes nuevas y del sentldido l·mpedir coO'er
O
po
1
•
d
.. t '
abriera, y que ahora se vé por los sne- 1miento de la hbert~ . Dmitr1 ema su
los marchita y ajada con los pies.
bumor dulce y fücil; no se aco~oda~a
y 0 que acababa de decir hacia un \ la c~rb~ta estirand~ el cuello m h~c1a
momento a mi amigo Dmitri que las mov1m1entos nerv1osos con los OJO~cuestiones de dinera lo echaban â per- Yo estaba contento d~ los bellos sentider tod.o, le pedi ul dia siguiente pres- mientos que le expoma y hablâba~o_s
tados, antes de partir para el campo, amistosamente de mur~as cosa~ mti. ticinco rublos en papel para mi mas de que no se .esta
vem
. s1empre, d1spues1
viaje. Habia ocurrido que me habia to_ a hablar. Dm1_t~1 me poma a cogastado todo e1 dinera en acuarelas y rr1ente de su fam1lia, que yo no conon pipas turcas· Dmitri me di6 los vein- cia: me hablaba de su madre, de su tia,
:icinco rublos, 'ios tomé y tardé mucho \ de su hermana y de la roj~ ~ue Volodia
tiempo en devolvérselos.
y Dubkof llamaban su p~s1on. Hab:aba
dl, su madre con elog10 , con c1erto
\
tono frio y s0lemne, como para prevel
nir toda discusi6n sobre este asunto, y
XXV
de su tia, con un entusiasmo mezclano
1 con un dejo de indulgencia. Me dijo
Conversacl6n Intima con un amigo.
muy poco de su hermana; parecia embarazado al hablar de ella. En cambio
Esta conversaci6n se desaroll6 en Iseextendi6con animaci6n so~relaroja,
faet6n en el camino de Kuntzof. Dmi- de su verdadero nombre, L1ubor Sertri me' habia aconsejado que no visita-\ gueievna, que era una joven algo ma-

I

l

MI JUVDTUD

177

~ura que vi~a en casa_ de los Nekh- Hay que decirte que Liubor Sergueievhudof .en cahda~ de par1ente.
na es muy religiosa y comprende per-S1, es una Joven admirable-dijo fectamente â Ivan Iacorlevitch. Va â
rnborizandose, _Y al mismo tiempo mi- ~menudo â verlo, y Je da para los pobreq
rândome atrev1damente a la cara.- el dinera que ella gana con sn trabajo.
Ya no es una niiia, no es muy linda; Ya veras qué admirable mujer. y 0 voy
pero i qué _tonteria amar la belleza I con ella a casa de Ivân Iacorlevitch, y
iqué absurdo I No puedo comprender le estoy muy reconocido por baberme
e~to, de ~l modo es necio. ( Se habria I hecho conocer a ese hombre notable.
d1cho al 01rle, que habia descubierto la Pues bien; mam{I. no puede absolutaverdaù_ mas extraordinaria.) Pero jqué mente comprender esto: dice que es
~~a ;1ene ! jQué coraz6n I i Y princi- supers_tici6n. Ayer disputé con marna
c1p10s .... Estoy seguro de que no en- por primera vez en mi vida. y con bascontrar_as otra parecida en toda nues- tante calor r,0ncluy6 con un movitra soc1edad ac~ual.
miento nervioso del cuello, que era
_Ignoro de qmén habi~ tomado Dmi- coma una remiriiscencia del efecto que
tri la costumbre de dec1r que todo lo le habfa producido aquella disputa.
que estaba bien era raro en la sociedad
-Bueno, t,y cual es tu idea Y-preactual. Era una frase que repetia mu- gunté para distraerlo de aquel recuercho y que le sentaba bien.
. do desagradable.-;, C6mo crees que
-No temo mas que una cosa-pros1- acabara... quiero decir hablo de lo
gui6 tranquilamente deqpués de ha ber que sucedera y de la madera c6mo acafulminado asi su indignaci6n sobre barâ vuestra pasi6n , vuestra amislas gentes bastante necias para amar tad 't
la belleza.-Temo que no la compren- -;Preguntas si pienso en casarme
das en seguida, que te cueste trabajo con ella'1-dijo, ruboriza.ndose de nueconocerla. E&lt;J reservada y hasta. algo vo y de nuevo volviéndose hacia mi
reconcentrada i no le gusta mostrar sus para mirarme.
be_llas y asombrosas cualidades I Mira,
«B11eno; he aqui, pensaba yo mienmi maùre, que, como vas â. ver, es una tras que me serenaba: somos hJmbres
~ujer excelen~e, jnteligente, conoce â y amigos, y bablamos, en un faet6n,
Lmbor Ser?'ue~evna hace mucbos aiios; de nuestro porvenir. Serîa agradable a
no_ pued.e ru qmere comprenderla. Ayer cualquiera escucharnos en este mom1smo ... Voy a contarte por qué esta- mento y mirarnos.»
ba yo de mal humor cuando me lo -;Por q11é no'?-prosigui6.-Mi obpr~untaste. Anteayer, Liubor Ser- jeto, como para todo hombre razonague1evna me rog6 que fuera con ella ble, es ser, en cuanto sea posible, dia casa de Ivân Iacorlevitcb. 1,Has oido choso y bueno. Con ella, si ella conhablar de I~â.n Iacorlevitch 1 Pasa por siente, cuando yo sea completamente
loco; en reahdad es un hombre notable. independiente seré mas dichoso y eRBVTBTA.-MATO

94.

'

.

12

m

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REVISTA. lliTE.11..NAClONAL

jor que con la belleza mayor del :ribles comenzaban â espigar, mostranmundo.
rlo su cruda verdura. El aire estaba
Durante esta conversaci6n, no notâ• inm6vil y fresco. Las hojas de los arbamos que nos acercabamos â Kunt- boles y los centenos, extraordinariasof, ni que el cielo se cubria y amena- mente clarvs y en relieve, no se mozaba llover. El sol estaba ya bajo, y la vian. Se habria dicho que cada hoja,
mitad de su rojo disco estaba ocultoi a cada brizna de hierba vivia con su
nuestra derecha, por una nube gris vida individual, intensa y dichosa.
casi opaca, justamente por encima de Notaba yo cerca del camino un sendero
los grandes ârboles del jardin de Kunt• negruzco que serpenteaba entre los
sof. De la otra mitad del disco se esca- \ centenos de un verde sombrio, ya alpaban fragmentas de rayos inJlamados tos, y aquel sendero me record6 muy
que inundaban ~e te~plada luz ~as \ vivam~nte nuestro campo; lo que me
masas espesas é mm6viles de los vie- conduJO, por un e.x.traiio encadenajos ârboles, que se destacaban en verde mieot.o de ideas, â pensar en Sonia y
sobre la parte del cielo que seguia azul â acordarme de que estaba enamorado
y luminoso. El brillo y las tintas de de ella.
aquella parte del cielo forma ban un
A pesar de toda mi aID1stad por Dmicontraste violento con la gran nube de tri y todo el placer que me producian
color de lila colocada enfrente de nos- las confidencias de sn corazon, notenia
otros sobre los al'boles que cerraban el ganas de saber mas acerca de sus senhorizonte.
timientos y sus intenciones respec.to
Un poco mas a la derecha todavia, de Liubor Sergueievna, mientras que
se veia detras de los arboles las tejas senti.a unas ganas terribles de partide diferentes colores de las casas de ciparle mi amor por Sonia, que me pacampo. Entre aquellas tejas, las unas recia uo sentimiento de orden mucho
repercutian los rayos deslumbradores mas elevado. No sé por gué, no me dedel sol, las otras teaian el aspecto tris- cidi a decirle directarnente c6mo sente de la parte sornbria del cielo. En un tia yo qne serfamos dichosos cuando
claro é. la izquierda azuleaba un estan- me casara con Sonia, que habitaria en
que inm6vil rodeado de citeros de fo- el campo, que tendrîa ninos que me
llaje verde palido que se reflejaban en llamarian papa y correrian a gatas, que
negro en su superficie mate. Detras lo veria llegar en traje de viaje con su
del estanque extendiase en pendiente mnjer, Liubor Serg-ueievna ... En vez
un barbecho, dividido en dos por una de todo esfo, le dije se:iialandole el sol
Hsta de un verde pâlido, cnya linea poniente:
recta iba a juntarse con el horizon te
-ïDmitri, mira que hermoso!
p]omizo y amenazador. A los dos la.dos
Dmitri no respondi6. Estaba visibledel camino por donde rodaba blanda- mente descontento de que en respuesta
mente el faet6n, centenos tiernos y fie- a una confesi6n que le era costosa, le
J

179

MI JUVENTOD

hiciera yo admirar la naturaleza, que
lo dejaba, en general, mq.y fdo. La naturaleza le producfa un efecto completamente distinto que a mi. Le interesaba, mas bien que lo conmovfa, por su
belleza. La amaba por la inteligencia
mas bien qne la sentia.
-Soy muy dichoso-continuè sin
ocuparme de que estaba absorto en sus
pensamientos y par completo indiferente a lo que yo pudiera decirle. Te
he hablado-1,lo recuerdas~e una seîiorita dequienestabaenamoradocuando era niîio; hoy la he vuelto a ver,
prosegni con calor-y ahoraestoy decididamente enamorado de ella ...
A pesar de la indiferencia persistante
que se pintaba en su rostro, le conté
mi pasi6n y todos mis planes de clicha
conyugal. Cosa extraiia: asi que me
pUBe a describir la violencia de mi sentimiento, senti que éste disminuia.
La lluvia nos sorprendi6 en la alameda de los abednles de la casa. Pero
no la sentiamos. No noté que llovia

sioo porque me cayeron algunas gotas
en la nariz y en la mano, y porque s3
oia un ligero ruido en las hojas de los
ârboles; las ramas de los abedules colgaban inm6viles y parecian recibir
aquellas hermosas gotas de agua transparentes con delirio; expresaban su
gozo desprendiendo un olor proounciado de que estaba llena toda la alameda. Bajamos del carruaje, a fin de
llegar mas pronto cruzando el jardin.
A la entrada de la casa nos encont1•amos con cuatro sefioras que entraban
precipitadamente del lado opuesto, y
dos de las cuales llevaban labor de costura, la tercera un libro un libro y la
cuarta un perrito. Dmitri me presentô
inmediatamente a su madre, su hermana, su tia y Liubor Sergueivna. Se
detuvieron un segundo, pero la llu via
aumentaba rapi&lt;lamente.
-Entremos en la galeria y nos Jo
presentaras-dijo la seô.ora , que me
pareciô ser la madre de Drnitri, y subimos todos j untos la escalera.
CoNDE LE6N ToLSTOY.

( llontinuara. J

�HONORATO DE BALZAO

HONORATO DE BALZAC

CONTINUACIÔN

El Poeta y Pitâgoras fueron, lla primera obra, que bosqueja so ·
pues, una excepci6n, una vida fue- meramente en Luis Lambert, y rera de la vida comun. El instinto tan fiere con una emoci6n no disminuipenetrante, el amor propio tan de- da por el tiempo el decomiso de la
licado de los escolares, les hicieron I caja en donde estaba guardado el
presentir en nosotros inteligencias precioso manuscrito. Unos condissituadas mâs arriba 6 mâs abajo I cipulos envidiosos tratan de arranque las de ellos; de aqui, en unos car el cofrecillo a los dos amigos,
odio anuestramudaaristocracia, en quienes lo defienden con tenacidad.
otros desprecio a nuestra inutilidad; «De pronto, atraido por el estrépito
estos sentimientos existian entre de la batalla, intervino bruscamennosotros sin darnos cuenta, y quizâ te el Padre llaugoult y se enter6
no los he adivinado hasta hoy. Vi- de la disputa. Ese terrible Haugoult
viamos, pues, exactamente como nos mand6 entregarle la cajita;
dos ratones agachados en el rinc6n Lambert le di6 la lia ve, el regente
de la sala donde estaban nuestros cogi6 los papales y los hojeô; luego
pupitres, retenidos alli lo mismo dijo, confiscândolos: - iEstas son
durante las horas de estudio que las necedades por las que Vds.
durante las horas de recreo. »
abandonan sus deberes !-De los
El resultado de estos trabajos ojos de Lambert cayeron gruesas
ocultos, de estas meditaciones que lâgrimas, arrancadas tanto por la
ocupaban el lugar de los estudios, 1conciencia de su superioridad mofué ese famoso Tratado de la volun- ral ofendida, cuanto por el insulto
tad del que varias veces se habla en gratuito y la traici6n que nos afliLa Comedia humana. Balzac de- gîan. El Padre Ilaugoult, probableplorô siempre la. pérdida de aque- mente vendi6 â algun tendero de

181

1~endôme el 1.r~tadode ùi ~oluntad, 1vida fué como un largo castigo de
Slil conocer la 1mportancia de los colegial. Amante afeminado de la
tesoros cientifico , cuyos gérmenes perezn oriental, enamorado do mis
abortados se disiparon en ignoran- emmeîios y sen ual, he trabajado
tes man os.»
Isiempre, negândome â gozar de los
Después de este relato, aiiade: placeres de la vida parisiense; afi«En memoria de la catâstrofe ocu- ' cionado a corner bien, he sido sorrida al libro de Luis en la obra, Ibrio; gm~tandome el andar y los viapor la cual com.ienzan estos estu- 1jes maritimos, deseando visitar pai- ·
clios, me he servido para una obra Ises, encontrando todavia gusto en
tlcticin. del titulo realmente inven- 1hacer como un chico recoveco sotado por La~bert; y he ~ado el :bre el agua, he permanecido consnombre (Paulina) de una mnJer para tantemente sentado con una pluma
·
--nena ' en 1a mano; parlanchin por naturaes1 muy quer1·d a a· una Joven
de almegaci6n. »
leza, he ido a escucbar en silencio
En efecto, si abrimos La· Piel de â los profesores en los cursos pCihliza~J~, encontramos alli en ~a ~on cos d~ la Bibli~ca y del 1Iu ~eo; he
fcs10n de Rafael las frases s1gmen- dormdo en m1 camnstro solitario
tes: «Tu solo admirarâs mi Teoria I como un reli !rioso de la orden de
de la voluntad, e a largn obra para ISan Benito, y0 sin embargo, ·1a roula cual ~abia yo aprendido las len- !jer era mi ûnica ilusiôn, jUna quiguas onenta'les, la anatomia y la I mera que yo acaricjaba y la cual
fi ·iologia, y â la cual habia consa- 1hu.ia siempre de mil&gt;
gra&lt;lo la m~yor parte de mi tiempo; 1 Si Balzac ech6 de menos con peobra que, s1 no
me engaîio, comple- 1 sar el Tratado de la voluntad, debi6
•
tara los trabaJOS de Mesmer, de La- ser menos sensible a la pér&lt;lida de
vater, de Gall y de Richat, abrien- '. su poema épico acerca de los Incas,
do un nuevo camino â la ciencia l que comenzaba a~i:
h?mana. Ahi se detiene mi hermosa
jOhinca, rey infortunado y tri~te,
n~a, ese sacrificio a diario, ese tra- desdichada im;piraci6n que le vali6,
bn;10 de gusano de seda, desconocido todo el tiempo que estuvo en el copara el mundo y cuya ùnica recom- legio. el irrisorio sobrenombre de
pe_nsa quiza consista en el trabajo ' Poeta! Preciso es confesar que Balm.Ismo; desde la edad de la raz6n zac no tuvo nunca el don de poe ia,
h~. ta el m_oment_o en que hube ter- 1de v_ersificaci6n à lo m_enos; su penmmado m1 Teorta, observé, apren- sallllento, tan complejo, siempre
di, escribi, lei sin descanso, y mi Ifué rebelde al ritmo.

1

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REVISTA INTERNAOIONAL

HONORATO DE BALZAC

183

1

De esas meditaciones tan inten- ba con la misma :fidelidad de las
sas, de esos esfuerzos intelectuales ideas adquiridas por lalectura, como
verdaderamente prodigiosos en un de las que la reflexiôn 6 la convernifio de doce 6 catorce afios, resul- saci6n le habian sugerido. En fin,
t6 una enfermedad extrafia, u.na poseia todas las memorias; la de
fiebre nerviosa , una especie de lugares, la de nombres, la de palacoma, del todo inexplicable para bras, la de cosas, la de fisonomias;
los profesores que no estaban en el no s6lo recordaba los objetos â vosecreto de las lecturas y de los tra- luntad, sinoque hast.a volvia a verbajos del joven Honorato, en apa- los dentro de si mismo iluminados
riencia ocioso y estûpido; en el co- y coloridos tal y conforme estaban
legio, nadie sospechaba esos ferooes en el momento de haberlos visto
excesos de inteligencia , ni sabia por vez primera. Este poder aplicâque en el calabozo ( donde diaria- base igualmente â los actos mâs inmente hacia que le metiesen â fin tangibles del entendimiento. Segllll
de estar libre) el escolar tenido por expresi6n suya, no s6lo se acordaba
vago habia devorado toda una bi- del sitio de las ideas en el libro
blioteca de libros serios y superio- donde las habia adquirido , sino
res al alcance de su edad.
también de las disposiciones de su
Transcribamos aqui algunas eu- ânimo en épocas remotas.
riosas lineas acerca de la facultad
Balzac conserv6 toda su vida este
delecturaatribuida a Luis Lambert, maravilloso don de su juventud,
es decir, a Balzac.
hasta aumentado ; y por él pueden
«Entres afios, Luis Lambert ha- explicarse sus inmensos trabajos,
biase asimilado la sustancia de los verdaderos trabajos de Hércules.
libros que en la biblioteca de su tio
Asustados los profesores, escrimerecian ser leidos. La absorci6n bieron â los padres de Balzac que
de las ideas por la lectura habia fueran en su busca â toda prisa.
llegado en él a un fen6meno curio- Corri6 su madre y le sac6 de alli
so. Su vista abarcaba de un golpe para llevârselo â Tours. Grande fué
siete uocbo lîneas, y su mente apre- el asombro de la familia cuando vi6
ciaba el sentido de ellas con una el nifio flaco y enfermizo que le develocidad anâloga a la de su mirada. volvia el colegio, en lugar del queCon frecuencia, hasta una palabra rubin que habia recibido; la abuede la frase basta.bale para bacerle la de Honorato hizo esta triste obtomar el jugo de esta ultima. Su servaciôn. No sôlo habia perdido
memoria el'a prodigiosa. Se acorda- sus hermosos colores y su fresca

gordura, sino que ademâs, por efec- , de ser mujer superior, le decia:
to de una congestion de ideas, pa- «Pero Honorato , i, eres capaz de
recia imbécil. Su actitud era la de comprender loqueacabasde decirh
un exta.tico, la de un somnâmbulo IY Balzac rie que te rie, sin explique duerme con los ojos abiertos; carse mas, con aquella bondadosa
perdido en un profundo ensuefio, no risa que tenia. El sefior de Balzac
oia lo que le hablaban, 6 su espiri- padre, mezcla â la vez de Montaitu, viniendo de muy lejos, llegaba gne/de Rabelais y del tio Toby, por
demasiado tarde para dar la res- su filosofia , su originalidad y su
puesta. Pero el aire libre, el des- bondad (la sefiora de Gerville es
canso, el carifioso medio ambiente quien habla) tenia un poco mejor
de la familia, las distracciones â concepto de su hijo, segun cierto
que le obligaban y la enérgica sa via sistema genésico que profesaba y en
de la adolescencia, triunfaron bien virtud del cual un hijo procreado
pronto de ese estado enfermizo. por él no podia ser tonto ; sin emApacigu6se el tumulto causado en bargo, no sospechaba en él, de
aquel cerebro juvenil por el zum- ningûn modo, el futuro grande
bar de las ideas. Las lecturas con- hombre.
fusas se clasificaron poco â poco;
Habiendo vuelto â Paris la famiâ las abstracciones vinieron â unir- lia de Balzac, entrô en el colegio del
se imagenes reales, observaciones sefior Lepitre, calle de Saint-Louü1,
hecbas silenciosamente en el vivo. y luego en el de los sefiores Scaucer
Paseândose y jugando estudiaba los y Beuzelin, calle de Thorigny, en el
lindos paisajes del Loira, los tipos Marais. En ellos, como en el colede provincia, la catedral de Saint- gio de Vendôme, no se revel6 su
Gatien y las :fisonomias caracterîs- genio , y permaneci6 confundido
ticas de los sacerdotes y de los ca- entre el rebafio de los escolares conônigos; varios cartones, que sir- munes. Nadie le habia dicho con
vieron mas tarde parael gran fresco entusiasmo: Tu Marcellus eris, o
de La Comedi"a humana, fueron de Sic itur ad astra.
seguro bosquejados durante aquella
'l'erminados los estudios de hufecunda inacciôn. Sin embargo, en manidades, Balzac diôse â si mismo
la familia, lo mismo que en el co- esa segunda educaciôn que es la verlegio, no fué adivinada 6 compren- dadera. Estudi6, se perfeccion6, sidida la inteligencia de Balzac. Has- gui6 los cursos de la Sorbona y
ta, cuando se le escapaba alguna aprob6 la carrera de derecho, miencosa ingeniosa, su madre, â pesar tras estaba trabajando con escriba-

�184

REVI8TA INTERNACIONAL

nos y notarios. Ese tiempo, perdido veiutiun afios, en la que se enconen la apariencia, puesto que Balzac traba Balzac. Pero si el ensuefio de
no fué escribano, ni notario, ni àbo- todo nifio consiste en tener botas,.
gado, ni juez, le hizo conocer el el de todo joven estriba en tener un
persona! de la curia y le puso en cuartito, un cuartito enteramente
estado de poder escribir mas ade- suyo, del cual se tenga la llave en
lante, de un modo que asombra â el bolsillo, aunque se pueda estai~
las personas del oficio, lo que pu- de pie sino en medio de él. i Un
cliéramos denominar «lo contencio- cuartito es la toga viril, la indeso» de La Comedia humana.
pendencia, la personalidad, el amorf
Tomado el titulo, present6se la Hete aqui, pues, â maese Honoragran cuestiôn del rumbo que debia to encaramado cerca del cielo, sen•
seguir. Quisose hacer de Balzac un tado ante la mesa y ensayandose
notario; pero ·elfuturo gran escritor, en la obra maestra que habia de
que tenia la conciencia de su genio ·dar la razôn â la indulgencia de su
aun cuando nadie cr~yese en éste, padre y un mentis a los desfavorase neg6 con el mayor respeto del bles horôscopos de los amigos de
mundo, por mas que le buscaron éste. jCosa extrana: Balzac emp~zô
una notarîa con las mejores condi- por una tragedia, por un Cromwell!
ciones. Su padre le concecliô dos Aproximadamente al mismo tiemafios para que hiciese sus pruebas; po daba Victor Hugo la ultima
y como la familia se volvi6 a la mano â su Cromwell, cuyo prefacio
provincîa, la seîi.ora de Balzac ins- fué el manifiesto de la joven escuetalô â su htjo Honorio en un sota- la dramatica.
banco , seüalândole una pension
apenas suficiente para las mas estrictas necesidades, esperando que
un poco de miseria le haria mâs
II
prudente.
Esa buhardilla estaba en la calle
de Lesdiguières , nûm. 9 , cerca
Releyendo con atenci6n La Codel arsenal, cuya biblioteca ofrecia media hùmana cuando se ha conosus recursos al joven trabajador· cido familiarmente a Balzac, enSin duda, pasar de un.a casa abun- cuéntranse alli esparcidos multitud
dante y lujosa a un miserable chi- de curiosos defalles acerca de su
ribitil seria muy duro en cualquîe- carâcter y de su vida, sobre todo
ra otra edad que no fuese la de en sus primeras obras, donde aun

BONORA.Tû DE BALZAC

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----------------------------no se ha desprendido por completo Ipos, verles cerrar sus tratos, y disde su personalidad, y â falta de su- putar unos con otros â la hora en
jetos se observa y se diseca a si que dejan el trabajo. En mi habia
mismo. Hemos dicho que comenz6 llegado â ser intuitiva la observael rudo noviciado de la vida litera- ci6n y penetraba hasta el alma, sin
ria en una buhardilla de la · calle descuidar el cuerpo; 6 mas bien, se
Lesdiguières, cerca del arsenal. La apoderaba con tal exactitud de los
novela Faci'no Cane, fechada en detalles exteriores, que al momento
Paris en Marzo de 1836 y dedicada ahondaba mas allâ; me daba la faâ Luisa, contiene algunas preciosas cultad de vivir la vida del individuo
indicaciones acerca de la existencia sobre el cual se ejercia , permitiénque llevaba en ese nido aéreo el jo- dome sustituirle, como el dervich de
ven aspirante â la gloria.
Las Mil y una noches tomaba el
«Vivia yo entonces en una calle cuerpo y el alma de las personas
que sin duda no conoceréis, la calle sobre las cuales decia ciertas pade Lesdiguières : principia en la labras.
calle de Saint-Antoine, frente â una
))Cuando entre once y doce de la
fuente cerca de la plaza de la Bas- noche me encontraba â un obrero
tilla, y desemboca en la calle de la y su mujer volviendo juntos del
Cerisaie. El amor â ht cienciameha~ Iteatro del Ambigû 06mico, diverbia metido en una buhardilla donde tiame en seguirles desde el bulevar
trabajaba durante la noche, y pasa- del Pont-aux-Choux hasta el buleba el dia en una biblioteca, la de Su Ivar Beaumarchais. Esas buenas
Alteza; vivia frugalmente, habien- jgentes hablaban primero de la obra
do aceptado todas las condiciones que habian visto; 4e ahi pasaban :i
de la vida monastica, tan necesarîa tratar de sus asuntos, y la madre
para los trabajadores. Cuando hacia tiraba de la mano de su chico sin
buen tiempo, me daba un paseito Iescuchar los lamentos ni las prepor el bulevar Bourdon. Una sola guntas de éste. Ambos esposos echapasiôn me sacaba de mis ha.bitos es- ban cuentas del dinero que iban a
tudiosos; wero no era también un I recibir man.ana, gastandolo de veinestudio~ Iba â observar las costum- 1 te maneras diferentes. Entonces
bres de los arrabales, sus habitan- 1eran los detalles del hogar, las quetes y sus caracteres. Tan mal vesti- jas por el excesivo precio de las pado como los obreros, indiferente al tatas, 6 lo largo del invierno y
lujo, no les ponia en guardia contra el encarecimiento del combustible,
mi; podia mezclarme con sus gru- enérgicas representaciones acerca

I

�•
HONORA'l'O Dl!: BALZAC

.

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RE.VIBTA lNTERNACl••NAL

1

die

. .

ll

de loque àebian al panadero, y, por Icue~pos 1erente_s _Y v1vll' en e os
ultimo, disputas acres en que cada el tiempo que quis1era; s6lo que el
cual revelaba su caracter con pala- 1m'J.mero de avatares de Vichnû se
bras pintorescas. Oyendo a esas fija en diez, mientras los de Balzac
gentes podia compenetrarme con su son incontables y ademàs pod.ia provida, sentir sus harapos en mi cuer- vocarlos â voluntad. Aunque papo, andar con mis pies metidos en rezca extrafio decir esto en pleno
sus zapatos agujereados; sus deseos, siglo nx, Balzac fué un vidente. Su
sus necesidades, todo pasaba â mi mérito como observador, su persalma, y mi alma pasaba a la suya; picacia de fisi6logo, su genio de esesto era el sueno de un hombre des- critor, no bastan para explicar la
pierto. Enardeciame con ellos con- grandisima variedad de los dos 6
tra los mae tros de taller que les ti- tres mil tipos que representan un
ranizaban, 6 contra los malos pa.- papel mas 6 menos importante en
rroquianosqueles obligaban â hacer La Comedia humana. r o los copiavarios viajes sin pagarles. Abando- ba, los vivia idealmente, poniase la
nar mis costumùres, volverme otra vestimenta de ellos, contraia sus
persona por la embriaguez de las fa- costumbres, se rodeaba de su amcultades morales y hacer este jue- biente, era « ellos mismos &gt; todo el
go â voluntad: tal era mi distrac- tiempo necesario. De ahi provienen
ciôn. tA qué debo este donî tA. una esos personajes sostenidos, lôgicos,
segunda vistaî gEs una de esas cua- que no e desmienten ni olvidan
lidades cuyo abuso me conduciria nunca quiénes son, dot.ados de una
a.la locura~Jamâs he investigado las existencia intima y protunda, que
causas de este poder; lo poseo, me (sirviéndonos de una de sus expresirvo de él, y he agui todo.&gt;
siones) hacen competencia al estado
Ilemos transcrite estas lineas, do- civil. Verdadera sangre roja circula
blemente interesantes, porque ilu- por sus venas, en vez de la tinta
minan un lado poco conocido de la que infunden en sus creaciones los
vida de Balzac y manifiestan en él autores corrientes.
la conciencia de aquella potente fa- Por lo demâs, Balzac sôlo poseia
cultad de intuiciôn que poseia ya en I aquella facultad respecte al presentan alto grado, y sin la cual hubiera te. Podîa transportar su pensasido imposible la realizaci6n de su miento â un marqués, a un hombre
obra. Lo mismo que el indico dios Ide negocios, â un burgués, â un
Vichnù, Balzac tenia el don deava- 1hombre del pueblo, â una mujer de
1
tar, es decir, el de encarnarse en Isociedad, â una cortesana ... , pero

I

las sombras del pasado no obede- los rasgos de varios caracteres hocian su llamamiento; nunca supo, mogéneos, quizâ pudiera llegar yo
como &lt;Jœ_t~~' evocar desde el fondo a escribir la historia olvidada por
de la anfaguedad a la hermosa He- tantos historiadores: la de las cosl~na y ha~erla h~bitar en la seii.o- tumbres. Con mucha paciencia y
nal mans16n g6tica ~e Fausto. Sal- grandes ânimos realizal'ia, respecvo dos 6 tres excepc1ones , toda su to a la Francia del siglo xrx, ese liobra es moderna; habiase asimilado bro que tanto echamos de men os
a los vivos y no resucitaba a los todos, que Roma, Atenas, Tiro,
mu~rtos. La misma. historia le se- Menfis, la Persia, la India, no nos
duc1a poco , segun puede verse en ban legado, por desgracia, acerca
este _pasaje del proemio de La Co- de las civilizaciones, y que, a ejemmedia humana: « Leyendo las a.ri- plo del abate Barthélemy, el ani•das y apestosas nomenclaturas de moso y pacienzudo Monteil habia
hechos llamadas historias, i quién ensayado acerca de la Edad Media
no ha adv~rtido que los escritores pero con una forma poco atractiva.;
se han olv1dado en todos tiempos,
Pero volvamos â. la buhardilla de
en Egipto, en Persia, en Grecia, en la calle Lesdiguières. Balzac no haRoma, de darnos la historia de las bia concebido el plan de la obra que
co tumbresî El fragmento de Pe- debia inmortilizarle · buscâbase aun
tronio acerca de la vida privada de a si mismo con inq;ietud, anhelo y
los. romanos, mas b~e~ irrita que trabajo, ensayândolo todo y sin sosatlsface nuestra cur10s1dad.&gt;
bresalir en nada; sin embargo, po~sta laguna que d~jaron los his- seia ya aquella tenacidad para el
to~1adores de las somedades extin- trabajo, ante la cual tiene que ceder
grudas, propû o e Balzac llenarla un dia û otro Minerva, por arisca
en lo que se refiere â la nuestra, y que sea. Esbozaba 6peras cômicas
bien sabe Dios si cumpli6 :fielmente planeaba comedias, dramas y nove~
el programa que se habia trazado. las, cuyos titulos nos ha conservado
. « La sociedad iba a ser el bisto- la seiiora de Surville (Stella, Coqr1ad.or_, yo no debia ser sino el se- sigrue, Los Dos filosofos), sin conc~etar10; al catalogar los vicios y Itar con el terrible Cromwell, cuyos
virtudes, al coleccionar los princi- 1versos, que tantos afanes le costapales hechos de las pasiones, al pin- ron, no valian muchomâs queaquel
~:r los caracter_es,_ al elegir los prin- por el cual emp~zaba su poema épic1pales acontecim1entos de la socie- co de los Incas.
dad, al componer tipos reuniendo Figuraos al joven Honorato con

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11.EVISTA ThTIIBSACIONAL

las piernas iapujadas con un carrick Iaquella buhardilla, de paredes amaremendado, protegida la caja del rillentas y sucias, que olia â misecuerpo por un viej o mantôn mater• ria y llamaba â gritos â su sabio. El
no, tocado con una especie de gorro tecno descendia alli con regularidantesco, cuyo corte tan s6lo era dacl, y las tejas desunidas d~jaban
conocido por la seiiora de Balzac, ver el cielo; habia sitio alli para
la cafetera a la izquierda, el tintero una cama, una mesa, algunas sia la derecha, trabajando con todas llas, y bajo el ângulo agudo del tesus fuerzas y con la cabeza incli- lcho podia alojar mi piano ... En ese
nada adelante, como un buey que sepulcro aéreo vivi durante mas de
tira del arado en el pedregoso cam- 1tres aîios, trabajando noche y dia,
po del pensamiento, no roturado Isin descanso, con tanto placer, que
antes por él, donde trazô mâs tarde el estudio me parecia ser el mâs
surcos tan fértiles. En el fondo de hermoso tema, la mâs feliz soluci6n
la oscura casa brilla la lâmpara de la vida humana. La tranquilidad
como una estrella ; la nieve cae en y el silencio necesarios para el sasilencio sobre las desunidas tejas; bio tienen un no sé qué dulce y
sopla el viento â través de la puerta ebrioso como el amor ... El estudio
y de la ventana «como Tulii dentro presta una especie de magia a todo
de su :flauta», pero menos agrada- cuanto nos rodea. La desvencijada
blemente.
1mesa en que escribia, su pardo taSi algùn transeunte trasnochador pete de badana, el piano la cama,
hubiese alzado la vista hacia aquella el sillôn, los caprichosos dibujos y
siempre temblorosa lucecilla, de se- colores del empapelado, los muegul'o que no hubiera sospechado \ bles, todas estas cosas se animaron
que era la a uro ra de una de las mas y fueron para mi humildes amigos,
grandes glorias de nuestro siglo.
silenciosos c6mpüces de mi porveiQuiere verse un croquis del lu- nir. jCuântas veces les comuniqué
gar (transportado, es verdad, pero mi alma al mirarlos! Con Irecuenexactisimo) dibujado por el autor cia, al tender la vista hacia una
en La Piel de zapa, efm obra que moldu.ra alabeada, encontraba nuecontiene tanto de él mismo1
.vos desarrollos, una asombrosa
«... Un cuarto con vi tas â los prueba de mi sistema, ô palabras
patios de las casas inmediatas, por que me hacian feliz para expresar
las ventanas de las cuales pasaban ideas casi inexpresables.-»
largas perchas cargadas de ropa En este mismo pasaje alude a
blanca; nada era mas horrible que sus trabajos: ~habiaemprendido dos
I

HONORATO DE BALZAC

grandes obras: una comedia, en pocos &lt;lias, habia de &lt;larme renombre,
un dineral y entrada en esa sociedad donde queria yo reaparecer
ejercitando los regalistas derechos
del hombre de genio. jTodos habéis
visto en esa obra maestra el primer
error de un joven que sale del colegio, una inocentada de criatura!
Vuestra chacota destruyô fecundas
ilusiones, que desde entonces no
han vuelto â resucitar ... &gt;
Recon6cese aqui el desdichado
Cromwell, que, leido ante la familia
y los amigos con vocados, hizo fiasco
por completo.
Honorato apelô de la sentencia
ante un ârbitro â quien acept6 como
competente, un buen viejo, antiguo
profesor en la Escuela Politécnica.
El fallo fué que el autor debia ocuparse «en cualquier cosa, excepto
en literatura».
jQué pérdida para las letras, qué
laguna en el ingenio humano, si el
joven se hubiera inclinado ante la
experiencia del viejo y hubiese escuchado su consejo, que en verdad
era de los mâs prudentes, puesto
que en aquella tragedia de retôrico
no habia la menor chispa de genio,
ni siquiera de talento! Felizmente
Balzac, con el seudônimo de Luis
Lambert, por algo habia hecho en
el colegio de Vendôme la Teoria de
la voluntad.
Someti6se a la sentencia, pero

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sôlo con respecto a la tragedia;
comprendi6 que debia renunciar â
ir â la zaga de Corneille y de Racine, â quienes admiraba entonces â
beneficio de inventario, pues jamâs
bubo genios mas contrarios al suyo.
La novela le ofrecia un molde mâs
c6modo, y por aquella época escribi6
gran nûmero de tomos que no firm6
y que siempre rechaz6 como de él.
El Balzac que conocemos y admiramos estaba aun en el limbo y luchachaba en vano por salir. Los que no
le juzgaban capaz mâs que de ser
memorialista tenian raz6n en apariencia; y acaso le hubiera faltado
este recurso, porque su hermoso cardcter de letra debia de haberse ya
echado a perder en los borradores
como papeles viejos , tachados y
vueltos â tachar, casi jeroglificos,
del escritor en lucha con la idea y
a quien ya no le importa la buena
letra.
Asi, pues, nada habia resultado
de aquel rigido encierro claustral,
de aquella vida de eremita enla Tebaida, cuyo presupuesto de gastos
traza Rafael: «Tres sueldos de pan,
dos sueldos de leche, tres sueldos de
embutido me impedian morir de
hambre y mantenian mi espiritu
en un estado de singular lucidez.
El cuarto me costaba tres sueldos
diarios; quemaba tres sueldos de
aceite cada noche; yo mismo arreglaba la habitaci6n; gastaba cami-

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REVIB'i'A INTERNAClONAL

sas de franela para no gastar mas ta celebridad) esta ya alimentado
que d9s sueldos de lavado al dia. enteramente lo mismo que un gran
Me calentaba con carbôn mineral, hombre,esdecir,muerto dehambre.
cuyo precio, dividido por los dias del
Otro siniestro: el café pinta hoano, nunca ha dado mas de dos rribles mamarrachos en el suelo.
sueldos diarios. Tenia vestidos, ropa Necesitase mucha agua para repablanca y calzado para tres afios; no rar el desastre; y como quiera que
queria vestirme sino para ira cier- el agua no sube â mi celeste buhartos cursos pûblicos y a las bibliote- dilla (sôlo desciende a ella los dias
cas; estos gastos juntos sumaban un de tempestad), después de comprar
total de dieciocho sueldos; quedaban el piano -serâ preciso pensar en podos sueldos para gastos imprevistos. ner una maquina hidrâulica si el
Durante este largo periodo de tra- café sigue en sus trece de escaparse
bajo no recuerdo haber pasado por mientras amo y criado se estân pael puente de las Artes, ni haber pando moscas.»
comprado jamâs agua. »
En otra parte, continuando de
Sin duda, Rafael exagera un poco broma, reprende al perezoso Yo
la economia; pero la corresponden- mismo que deja colgar del techo
cia de Balzac con su hermana de- las telaraîias, que se paseen los carmuestra que la novela no difiere neros por debajo de la cama, y que
mucho de la realidad. La anciana en las vidrieras se tamice un polvo
designada en sus cartas con el titulo cegador.
de Iris la Mensajera, de setenta En otra carta exclama: «He coafios de edad, no podîa ser un ama de mido dos melones ... ; habra que pagobierno mny activa. Por eso es- garlos â fuerza de nueces y pan a
cribe Balzac: « Las nuevas de mi secas.»
hogar doméstico son desastrosas:
Uno de los escasos recreos que se
los trabajos van en perjuicio de la permitia era ir al Jardin Botânico
limpieza. Ese gandul de Yo mismo 6 al cementerio del Padre Lachaise.
se abandona caJa vez mas: no baja Desde lo alto de la fûnebre colina
sino cada tres 6 cuatro dias â la domina~a Paris , como Rastignac
compra , acude a las tiendas mas en el ent.ierro del padre Goriot. Cer•
prôximas y peor provistas de todo niase su mirada sobre este océano
el barrio, porque las demas estân de pizarras y de tejas que cubren
demasiado lejos y el muchacho e.co- tanto lujo, miseria, intrigas y panomiza al menos los pasos; de suer- siones. Corno un aguilucho, codite que tu hermano (destinado â tan- Iciaba su presa con el mirar, pero

HONORATO DE BALZAC

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aun no tenia alas, ni pico, ni ga- de libreria, â las que solo faltaron
rras, aunque sus ojos podîan fijarse capitales para ser afortunadas. Esya en el sol. Al contemplar las tas tentativasle llenaron de deudas,
tumbas, exclamaba: «No hay epita- comprometieron su parvenir; y, â
fios mas hermosos que éstos: La pesar de los desinteresados pero deFontaine, Massena, Molière; jUil masiado tardos auxilios de su famisolo nombre que lo dice todo y lia, le hicieron llevar esa roca de
hace meditarl&gt;
Sîsifo, que tantas veces logr6 subir
Esta frase contiene como una hasta el borde de la meseta y que
vaga percepci6n profética que el cada vez mas abrumadora caia soporvenir j ay ! realiz6 demasiado bre sus hombros de Atlas, cargados
pronto. En la pendiente de la colina, juntamente con todo un mundo.
sobre una piedra sepulcral, debajo Aquella deuda, que reputabacomo
de un busto de bronce fundido por un deber sagrado pagar porque era
el modelo ~e mârmol de David la fortuna de seres queridos, fué
d'Angers, esta palabra, BALZAC, lo para él la Necesidad armada con su
dice todo y hace meditar al pasean- latigo de espinas, con la mano llena
te solitario.
de clavos de bronce, que le acos6
El régimen dietético preconiza- noche y dia, sin tregua ni sosiego,
do por Rafael podfa ser favorable y que le hacia considerar como un
para la lucidez del cerehro, pero de robo cada hora de descanso 6 de
seguro no valia nada para unjoven distracciôn. Domino dolorosamente
habituado â las comodidades de la toda su vida, y con frecuencia la
vida de familia. Quince meses trans- hizo inexplicable para quienes no
curridos bajo aquellos plomos inte- estaban en el secreto.
lectuales, con seguridad mâs tristes Indicados estos indispensables deque los de Venecia, habia hecho del talles biograficos, lleguemos â nuesfresco turense de mejillas satinadas tras impresiones directas y persoy brillantes un esqueleto parisiense, nales acerca de Balzac.
macilento y amarillo, casi imposi- Balzac, ese cerebro inmenso, ese
ble de reconocer. Balzac volvi6 â -fisiôlogo tan penetrante, ese obserla casa paterna, donde sacrificaron vador tan profundo, ese espiritu tan
la ternera cebada para fest~jar el intuitivo, no tenîa el don literario;
regreso de aquel hijo nada prôdigo. abriase en él un abismo entre el
Pasaremos de ligero el tiempo de pensamiento y la forma. Desesper6
~u vida en q~e trat6 de asegur~r su \ defranqueareste abismo, sobre todo
mdependenc1a con especulac10nes en los primeras tiempos. Echaba en

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HONORATO DE BALZAC

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REVISTA INTERNA.ClONAL

,él sin colmarlo tomo sobre tomo, quedara, no podia creer que hubiévigilia sobre vigilia, ensayo solire semas puesto en él todo nuestro ta~nsayo; paso alli toda una bibliote- lento. «Retoc:indolo dos 6 tres veca de libros no confesados. Una vo- ces- nos decia -hubiera estado
luntad menas robusta se hubiera mejor. i.
descorazonado mil veces; pero, por Poniéndosenosél mismoporejemn
fortuna, Balzac tenîa una confianza plo, nos predicaba una extraüa hiinquebrantable en su propio genio, giene literaria. Era preciso encerrardesconocido por todo el mundo. nos â cal y canto dos 6 tres aüos
Queria ser un grande hombre, y lo como en un claustra, beber agua
fué por incesantes proyecciones de sola, corner altramuces remojados,
ese .fluido mas poderoso que la elec- cual Prot6genes, acostarnos â las
tricidad y del que tan sutiles anâli- seis de la tarde, levantarnos â mesis hizo en Luis Lambert.
dia noche y trabajar hasta el amaContrariamente â los escritores necer; emplear el dia en revisar,
de la escuela romântica todos los ampliar, escamondar, perfeccionar
' una- osa- y pulir el trabajo nocturno, corre&lt;males distinguiéronse por
dia y una facilidad de ejecuci6n gir las pruebas, tomar notas, hacer
asombrosas, produjeron sus frutos los estudios necesarios, y, sobre
al mismo tiempo que sus fi.ores, todo, vivir con la castidad mâs abcon un brote, digâmoslo asi, invo- soluta. Insistia mucha acerca de
luntario ... Balzac, igual en genio â este ultimo consejo, bien rigido
todos ellos, no encontraba su me- para un joven de veinticuatro 6
dio de expresiôn, ô no lo hallaba veinticinco afios. Segun él , la cassino al cabo de infinitos afanes. Con tidad real desarrollaba en el mas
su altivez castellana, decia Hugo en alto grado las potencias del alma,
unù de sus prefacios : «Ignora el y daba â quienes la practicaban faarte de soldar una belleza en re- cultades desconocidas. Nosotros obemplazo de un defecto, y me corri- jetâbamos timidamente que los majo â mi mismo en otra obra. » Pero yores genios no se habian privado
Balzac llenaba de tachones hasta del amor , _de la pasi6n , ni aun sidécimas pruebas; y cuando nos veia quiera del placer, y citâbamos nomdevol ver â La Cronica de Paris la bres ilustres. Balzac meneaba la
prueba de un articulo escrito de una cabeza y respondia: «Sin las muplumada en el rinc6n de una mesa, jeres, hubieran hecho cosas mesin mas correcciones que las tipo- jores.&gt;
gra:ficas, por muy satisfecho que se I Todas las concesiones que se dig-

/

n6 otorgarnos, y eso con pesar caido en el tesoro secreto de laresuyo, consistieron en ver media publica, buena parte del cual hahora cada afio â la mujer amada. biase llevado con ayuda de un carcePermitia las cartas: « eso forma el lero comprado. Facino Cane, vuelto
estilo.»
ciego y dedicado â tocar el clariMediante este régimen, prome- nete con el nombre vulgar de «el
tiase hacer de nosotros un escritor padre Can eh, habia conservado la
de primer orden , contando con las doble vista del oro, â pesar de su
disposicioncs naturales que tenia â ceguera; lo adivinaba â través de
bien reconocernos. Bien se ve por las paredes y de las b6vedas, y ofrenuestras obras, que no hemos se- cia guiar al autor, en una boda del
guido este plan de estudios tan pru- arrabal Saint-Antoine, si queria
dente.
pagarle los gastos de viaje, hacia
Y no hay que creer que Balzac aquel inmenso mont6n de riquezas
se chunguease al trazarnos esta re- cuyo yacimiento habia hecho la
gla, que hubieran hallado dura has- caidade la Republica veneciana que
ta los trapenses y los cartujos. Es- se perdiese en el olvido. Conforme
taba perfectamente convencido y hemos dicho, Balzac vi via sus perhablaba con una elocuencia tal, que sonajes, y en aquel momento era
en varias ocasiones intentamos â Facino Cane en persona, excepto
conciencia ensayar aquel método la ceguera, pues jamas centellearon
de tener genio; varias veces nos en rostro humano ojos mas refullevantamos â media noche, y des- gentes. Asi, pues, no soiiaba mâs
pués de ha ber tomado el café ins- que con toneladas de oro, montones
pirador, becho seg(m la fôrmula, de diamantes y carbunclos, y por
nos sentamos delante de la mesa medio del magnetismo, con cuyas
sobre la cual no tardô mucp.o el practicas estaba de mucha atras
suefio en hacernos apoyar la cabe- familiarizado, bacia que lassomnamza. La Muerta enamorada, que sali6 . bulas buscasen el sitio de los tesoâ luz eu La Cr6nfoa de Paris, fué ros sepultos y perdidos. Pretendia
nuestra ûnica obra nocturna.
haber sabido de la manera mas
Hacia aquella época habia escrito precisa el sitio donde, cerca del liBalzac, para una revista, Faci°no mite de la Pointe-à-Pitre, habia
Cane, la historia de un noble ve- hecho enterrar Santos Louverture
neciano, que, prisionero en los Po- su botin, por negros en seguida fuzos del palacio ducal , al hacer un silados. El Escarabajo de oro, de
subterraneo para evadirse , habia Edgard Poe, no iguala en grandeza
REVIBTA..-MAYO

94.

13

�HONORATO DE BALZAC

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llEVISTA. INTERNA.CIONAL

deinducci6n,enclaridad de plan, en \ No es necesario decir que no desadivinaciôn dedetalles, al febril rela- enterramos el tesoro de Santos Louto que nos hizo de la expeclici6n que verturè. Nos falta?a dinero para
debia intentarse para hacerse due- pagar nuestro pasaJe; entre los tres
fio de aquel tesoro, mucho mas rico apenas teniamos con qué comprar
queelenterradopor Tom Kidd al pie las azadas. _
del Talipot de la cabeza de muerto.
Este ensueno de una fortuna reRogamos al lector que no se bur- pentina debida â. cualquier ,medio
le en sumo grado de nosotros, sl extrafi.o y marav11loso acud1a con
confesarle con toda humildad q_ue frecuencia al cerebro de Balzac.
bien pronto participamos del con- Algunos a~o~ a~tes (en_ 1833) habia
vencimiento de Ba1zac.-i Qué ce- hecho un v1aJe a Oerdena para exarebro hubiera pod.ido seguir su ver- minar las escorias de las minas de
tiginosa palabra~-Bien pronto fué plata abandonadas por los romano~,
también seducido Julio Sandeau; y y las cuales, tratadas por procedtcomo hacian falta dos amigos se- mientos imperfectos, segun él, deguros, dos compaiieros re-sueltos y bian co~tener aun mucho metal
robustas pat·a hac~r las excavacio- :fino. La 1dea era exacta; y confiada
nes nocturnas siguiendo la indica- imprudentemente, hizo la fortuna
ciôn del vidente, Balzac se d.ignô de otro.
admi tirnos por la cuarta parte â
cada uno en el reparto de aquella
prodigiosa fortuna. Una mitad le
III
correspondia â él de derecho , eomo
descubridor de la cosa y director de
la empresa.
Teniamos que coinprar zapapi- Hemos referido la anécdota del
cos, azadones y palas, embarcarlos tesoro enterrado por Santos Louen secreto a bordo de un buq_ue, verture, no por el gusto de narrar
dirigirnos al punto designado por una historieta ~xtravagante, ~ino
camînos dif-erentes para no excitar porque se relac10na con una 1dea
sospechas, y, dado el golpe, tras- dominante de Balzac: el dinero.
bordar nuestras riq_uezas â un brick. .Ciertamente, nadie fué menos avaro
fletado de antemano; en una pala- que el autor de La Comedia humabra, toda una novela, que hubiera na;pero su genio le hacia presentir
sido admirable si Balzac la hubiese el inmenso papel que en el arte esescrito en vez de hablarla.
taba llamado a desempe:iiar este

195

1

héroe metâlico, mâs interesante ~el dinero-y en La Piel de zapa
para la sociedad moderna que los tuvo el valor de representar un
Grandisson, Desgrieux, Oswald, amante intranquilo, no s6lo por saW erther, Malek-Adhel, René, Lara, ber si ha interesado el coraz6n de
Waverley, Quentin Durward, etc. aquella â 'quien ama, sino ademâs
Rasta entonces habiase limitado pensando en si tendra dinero sufila novela â la pintura de una sola ciente para pagar el coche alquil6n
pasi6n, el amor; pero el amor en en que la vuel ve â dejar en su casa.
una esfera ideal, fuera de las nece- Este atrevimiento es quizâ uno de
sidades y miscrias de la vida. Los los mayores que nad.ie se ha permipersonajes de esos relatos entera- tido en literatura, y él solo bastaria
mente psicolôgicos, no comian, ni para inmortalizar â Balzac. Fué
bebian, ni tenian casa alquilada, ni profundo el asombro, y los puros se
cuentas con el sastre. Movianse en indignaron contra esta infracci6n
un media abstracto, como el de la de las leyes del género; pero todos
tragedia. Si querian viajar sin to- los j6venes que para ira una velada
mar pasaporte, .metian en el fondo a casa de alguna dama, poniéndose
del bolsillo algunos pufiados de dia- guantes blancos limpios con goma
mantes, y con esta moneda pagaban elastica, habian atravesado Paris â
â los postillones, q_uienes nunca de- guisa de bailarines sobre la puntita
jaban de reventar los caballos â de los zapatos, temiendo mâs una
cada releva; al fin de sus caminatas leve mota de barro que un pistolerecibianles entre sus paredes, casti- tazo, compadecieron las congojas
llos de vaga arquitectura, y con su de Valentin por haberlas experisangre escribian a sus amadas in- mentado, é interesaronse vivamente
terminables cartas fechadas en la por ese sombrero que no puede retorre del Norte. Las heroinas, no novar y que conserva con tan mimenos inmateriales, se ase.mejaban nuciosos cuidados. En los momenâ los agua-tinta de Angélica Kauff- tos de împrema miseria, el hallazgo
mann: gran sombrero de paja, ca- de una moneda de cien sueldos, desbellos semi-rizados a la inglesa, lizada entre los papeles ~el caj6n
largo vestido de muselina blanca por la pudica conmiseraci6n de
cefiido al talle por una cinta azul. Paulina, producia el efecto de los
Con su profundo instinto de la golpes teatrales mâs novelescos 6
realidad, comprendia Balzac que la de la intervenci6n de una Peri en
vida moderna que queria pintar es- los cuentos arabes. âQuién no ha
taba dominada por un gran hecho descubierto en los dias de apuro,

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REVIDTA INTERNA.CIONAL

olvidado en un pantal6n 6 en un viste con trajes sin lujo, pero li~chaleco a1gun glorioso escudo que pios y c6modos. Los pone de pup1aparece' con oportunidad y liberta los en la casa de huéspedes de la
de la desdicba mâs temida por la «mamâ Vauquer» 6 los bace agajuventud, que consiste en verse charse bajo el_ ângulo agudo de un
afrentado ante una mujer amada techo abuhard11lado, los pone de copor un carruaje, un ramo de flores, dos en las grasien~as mesas d~ infiuna banqueta para los pies, un pro- mes figones, los vISte con tr.1Je negrama de espectâculo, una gratifi- gro de costuras grises, y _no tem_e
caci6n â la acomodadora 6 cual- enviarlos al Monte de Prndad s1,
quiera frusleria por el estilo 1
cosa rara, todavia conservan el rePor otra parte, Balzac sobresale loj de su padre.
en la pin tu ra de la juventud pobre,
iÜh Corina! Tu que en el cabo
como lo es casi siempre, ensayân- Miseno dejas colgar tu. brazo_ de
dose en las primeras lu chas de la nieve sobre tu eburnea lira, mienvida, presa de la tentaci6n de los tras el hijo _de Albion, envuelto en
placeres y del lujo, y resi~tiendo una soberb1a capa fla~ant~ y calprofundas miserias con el auxilio de zado con botas de corazon bien lus ·
elevadas esperanzas. Valentin, Ras- trosas, te contempla y te_ escuch~
tignac, B:anchon, D' Arthez, Lu- con elegant~ apostura; Co_rma, 2,q~e
ciano de Rubempré, Lousteau, to- hubieras d1cho de s~meJantes ~edos ellos han dado buenos mordis- roes1 Sin embargo, faenen una mcos a los duros beefsteaks de la vaca significante cualidad que le faltaba
rabz"osa (1), alimenta fortificante a Oswald, _Y es que viven, y con una
para los est6mao·os robustas indi- vida tan mtensa, que parece que
gesto para los :st6magos d~biles. nos hemos encontrado con ellos mil
A todos esos simpâticos jôvenes no veces; por eso enamoran con ~ocura
los aloja en buhardillas convencio- â Paul~na, â Delfina_de Nu~mgen,
nales, con cort(nillas de percal es- â la prmcesa de Cad1g,nan, a ~a se~
tam pado, con ventana festoneada iiora de Barge ton, a Coraha, a
con guisantes de olor y que dan â Esther. .
.
algun jardin; no les hace camer Por 1a época en que aparemeron
«manjares sencillos, adobados por las primeras novelas fi~madas por
las manos de la naturaleza », ni los Balzac, no habîa en el m1smo grado
que boy la preocupaci6n, 6, mejor
(1) Vacke mragée. Asi llaman los franceses dicho, la fiebre del oro; no se habia
a la necesidad. Por exigencia del simil, hedescubierto la California; apenas
mos tenido que traducir literalmente.

UNA NUEVA REVISTA ESPANOLA

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habia unàs cuantas leguas de ferro- sima, sin embargo, y que fué reco-earriles, cuyo porvenir no se sos- nocida mâs tarde. Stendhal, con
pechaba lo mâs minima, y que eran una especie de fatuidad desdenosa
considerados como unas especies de del estilo, decia: « Antes de escrideslizaderos llamados â suceder a bir, leo siempre tres 6 cuatro pâgilas mon tafias rusas, caidas en des- nas del Côdigo civil para ponerme
uso; el pûblico ignoraba, digâmoslo en tono. &gt; Balzac, que habia comasi, lo que boy se denomina «los prendido tan bien el diuero, descunegocios », y los banqueros eran bri6 igualmente poemas y dramas
quienes ûnicamente jugaban â la en el Côdigo: El Contrato matrinwBolsa. Este manejo de capitales, nial, donde, con los personajes de
este chorreo de oro, estas câlculos, Matthias y Solonnet, pone en pugna
estas cifras, esta importancia con- el antiguo y el nuevo notariado,
cedida al dinero en obras que aun tiene todo el interés de la comedia
se tomaban como simples ficciones de capa y espada mâs movida. En
n-ovelescas y no como serias pin.tu- Grandeza y decadencia de César Biras de la vida, asombraban extra- rotteau, la !Jancarrota nos hace palfiamente â los abonados en los ga- pitar el coraz6n como la historia de
binetes de lectura, y la critica ha- la caida de un imperio. La Jucha
llaba el total de las sumas gastadas entre el castillo y la choza, en Los
6 puestas en circulaci6n por el au- Aldeanos, ofrece tantas peripecias
tor. Los millones del padre Goriot como el sitio de Troya. Balzac sabe
daban margen â disputas aritméti- dar vida a una parcela de tierra, a
-0as, y las gentes graves, conmovi- una casa, a una herencia, â un cadas por la enormidad de los totales, pital, y los convierte en héroes y
ponian en duda la capacidad hacen- heroinas, cuyas aventuras se devodista de Balzac, capacidad grandi- ran con ansiosa avidez.
TE6FILO GAUTIER.

( C'o-ntinuara. )

�mu

UNA NUEVA REVISTA ESPANOLA

S

11)

abido es que no son muchas ac- y que acusan conocimiento de la vida
tualmente las relaciones que Eu- Intima del pueblo espaüol é igualmente
ropa mantiene con Espaüa, pais criterio exacto en los asuntos exteriores,
poco menos que aisla.do entre los pero que al mismo tiempo reYelan en su
Pirineos y el mar, llegando esta situaci6n autor escasa competencia tocante â las
al extremo de ser pro,erbial casi, y de modernas ideas rein antes, y en particuque li. lo mas raro y ex6tico lo llamemos lar respecto al movimiento cientifico y
espanol. Lo propio ocurre en el comercio los circulos doctos de Madrid. Por lo de literario y periodlstico; son escasos los mas, ningun pueblo ha influido tanto
corresponsales extranjeros en Espa:fia, y como el francés para confundir y extrapor loque hace a los diarios de este pais, viar las nociones referentes al suelo y a
sôlo uno circula por los cafés de Viena, los habitantes de allende el Pirineo, y
La Epoca; y cuenta que estos centros son hasta para entorpecer sus relaciones con
los que mas han contribuido entre nos- las demâ.s naciones civilizadas; y huelga
otros a la difusi6n de revistas y peri6di- aiiadir que de ello tiene la principal c,ùcos extranjeros, entre los cuales se dis- pa el pseudopatriotismo 6 cltau'l)inisme
tinguen los franceses por sus informes, Ide los franceses, causante taro bién de
en su mayoria frivolos é insustanciales, que suela dar· al traste la •joven Galia,
cuando no mal intencionados, siendo con su mas atractiva cualidad: el tacto.
honrosa excepci6n, casi unica, el corres- el sentimiento delicado de lo hâ.bil y lo
ponsa.l ma.drilefio de El Figaro, con sus ingenioso. Si nada mils agradable y simcartas semanales nutridas de ideas, es- 1patico que el interior, el nido familiar
critas con riguroso sentido monilrquico, ~ del francés, nada mas desapacible que el
(l) Este articula ha sido publicado en el ' francés viajando, y lo mismo exactamen.Diario eu Viena.
te pasa con su politica y sus juicios soi

''1EV.A. Rl!.Yl.STA ESPA!ÎiOLA

199

bre la tierra extranjera.: Yanidoso y or- 1dices de sus tomos, que pasan, con mugulloso, para él el resto del mundo se cho, de ciento, para convencerse de que
compone de semi-bâ.rbaros. Siquiera de no es su contenido el que tuvo la culpa
los ~bâ.rbaros de allende el Rhint habla de que se viese precisada. â. suspender su
con cierto temeroso respeto: son para él publicaci6n después de tantos afios de
los ingleses personificaci6n de una ta- ,ida. Otra revista notable parecia destilega de diuero 6 de un mostrador; pero ' nada â. llenar aquel sensible vacio: El
al tratarse de espafioles, ni aun disimula Ateneo, 6rgano de la antigua Instituci6n
el desdén. Tal afan de dep!imir todo lo madrileii.a, hoy tan espléndidamente aloultrapirenaico, 6por ventura se deberil. al jada y organizaùa, cuyo. fines son anillorecuerdo indeleble que conservan del Igos é. los del Club cientffico de Viena,
primer pais que resisti6 con éxito a la aunque le sobrcpuja en importancia, no
marcha triunfal del gran César francés? s6lo por el numero de socios, sino por su
El espafiol, por su parte, sien te en lo mayor significaci6n en la totalidad de la.
mas vivo el proceder de sus vecinos, y de vida nacional, pues al A.teneo pertenecen,
algûn tiempo acâ. trata de emanciparse casi sin excepci6n, los hombres ilustres
de su influjo predominante y de la con- 1que brillan en todas las esferas intelectuacurrencia que le hacen en casi todos los les; revista. que, tomando por punto de
terrenos, asi como de sacar las conse- partida los debates de aquel centro, foco
cuencias de esta nctitud. Entre los esfuer- natural de los intereses cientificos, de la
~os realizados en tal sentido, merece no- literatura y de las artes, debia aspirar a
tarse la fundaci6n de La .Espa'iia Moder- reunir en sus trabajos lo mas selecto de
na, cuyo primer cua.derno lleva reciente la cultura humana y sus progre.c;os denfecha, y que por las indicadas circuns- 1tro, claro esta, de la esfera intelectual de
tancias y los risuefios auspicios que pre- 1la naci6n. Tampoco se e:x.plica satisfacto,,iden é. su nacimiento, es publicaci6n que riamente el c6mo no pudo sostenerse sino
ao debe pasar inadvertida para los ex- pocos meses revista que parecia llamada
tranjeros amantes de la cultura espaiiola. é. tan lucido porYenir.
No es que, en rigor, hayan escaseado Tomado en cuentu el apreciable movien Espafia las revistas literarias y cienti- miento intelectual de Madrid, por sus
ficas: en corto tiempo han apa.recido la Academias de Ciencias, de Bellas artes,
/l,81)ista espanola, la Revista àe Madrid, E ·cuelas de oficios y socieda.des doctas,
la Re'/J1·sta de ciencias, la Rmsta à,e bi- amén de una producci6n literaria que
bliotecas, arcki,;os y museos, todas ellas I s6lo al conocerla se puede apreciar debicon amplisimos horizontes, con nutrida. damente su mérito; Yiendo una poblaci6n
y provechosa lectura; el Anuario del tan aficionada al espectàculo teatral que
cu-erpo de Arckit:eros, con idénticas exce- \ con la mitad de habitantes que encierra.
lencias, y algunas mas. La. que logr6 Vienai sostiene doble mimero de teatros:
existencia. mas duradera. fué la R('//)ista I donde se agitan las cuestiones politicas y
de Espatia, y basta una ojeada a los in- 1sociales mus que en el resto de Espaiia y

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200

REVISTA INTERNACIONAL

con una viveza y ard.imiento de que ni otros estimamos poco porque no la. conosiquiera. tenemos idea aqui en A.ustria, cemos. No; la causa verdadera de que
no es fâcil adivinar por qué faîlecen las I deba luchar al.if con tan graves dïficultaRevistas, â. pesar de sus excelentes condi- des una Revista literaria y cientifica, esta
oiones de estar madnramente meditadas en la fabulosa exuberancia, en el monoen el fondo, escritas en forma esmerada, 1 polio de la preusadiaria, en el afan delos
a diferencia de los peri6dicos diarios, que lectores por los ext.ensos telegramas que
por su efimero caracter pneden aspirar â 110s peri6clicos le ofrecen en sus ediciones
tanta perfecci6n.
de la mana.na, de la tarde y la noche, y
Decia en cierta ocasi6n Castelar-el ~ci- 1que no bas ta â satisfacer, por las ine,icer6n espaiioh&gt;, segun por antonomasia tables condiciones â que se sujeta la rese le nombra-que los espafioles de hoy vista trimestral ni aun la mensual, con
prefieren escuchar a leer; que se impre- sus reposados é interesantes trabajos. Es
sionan mas con la palabra viva, percibida decir; se atiende unicamente al minutero
directa y gratamente por el oido y la ima- del reloj intelectual del pais, sin mirar siginaci6n, que con las letras inertes del quiera al horario.
escrito 6 del impreso, incapaces de exciA.hora bien; ï,aceptara el combate y
tar en tanto grado el entusiasmo de las j triunfara en él La Espana Maderna, que
gentes neolatinas. Y tiene raz6n Cartelar tan digna de recomendaci6n y encomio
hasta cierto punto: la coodici6n primera consideramos'? En rigor, es publicaci6n
del hombre que ha de influir en el publi- que ya cuenta algunos afi.os de vida, s6lo
co y quiere ser considerado como repre- que hoy ostenta su cubierta anaranjada
sentante de la publicidad misma, son las un titulo nuevo, cosa en verdad que no
dotes oratorias; por eso no es hiperbc'ilico me parece bùen presagio. En cambio, ha
el comparar los circulos literarios de Es- tenido la suerte de asociar â su empresa â.
pana con los ingenios atenienses, que ya un hombre capaz, por sf. solo, de consolise sabe ejercian acerada. criticasobre sus dar la exfatencia y prosperidad de cualoradores, tanto del agora como de la es- quier empresa cientifica. Podemos comcena. En efecto; con igual 6 mayor inte- parar su figura a la de dos ilustres alerés que si se tratase de un asunto de .Es- manes reunidos en una sola persona y
ta.do, se juzga y examina en Espafia el trasladados al suelo espaiiol: Guillermo
discurso que acaba de pronunciar en las Scherer y Juan Janssen; sôlo a.si formareCortes; analizase como con escalpelo su mos idea de_l doct-0 académico y profesor
construcci6n; discutese la exactitud de la de literatura espafi.ola en la Universidad
frase, el empleo de los t6picosy galas ora- de Madrid, D. Marcelino Menéndez yPetorias propias del asunto. Pero no alcan- layo. Es de aquellos seres privilegiados a
za la frase de Castelar al fondo dela eues . quienes ha sido otorgado el don de que
ti6n; de ser asi no se halls.ria en Espaii.a sus grandes facultades naturales, unidas
la bella literatura en el estado y a la al- b. admirable aplicaci6n é inquebrantable
ura que a.lcanza realmente, y que nos- per.severancia, no sufran el dafiino y per-

l

U~A NUEVA BEVlSTA. ESP.ANOLA

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turbador influjo exterior ni los apuros de! un cristiano patriota, a quien-y en esto
la. di'i'a 'Ditm necessitas. Ya casi, desde se asemeja â. mucbos de sus compatrioni.iïo, lleg6 a fijar la atenci6n general pro- tas-nada repugnaria tanto como ciertas
fundizando los mas arduos problemas de atrocidades cometidas por otras naciones
la literatura clâsica y la nacional; por engreidas que acostumbran sonreir con
eso, siendo joven todavia, ha podido gus- lâ.stima ante el pueblo espanol, «todavia
tar en toda su extension los frutos que· no llegado a la madurez».
s6Jo tarde, muy tarde, suele alcanzar el
Ha probado Menéndez y Pelayo que
trabajador en el campo de la ciencia, cabe poner la literatura y la ciencia essembrado de abrojos, como iguahnente pa:iiola al nivel mas alto que conocen los
fijar la atenci6n y capta.rse la admiraci6n pueblos cultos, por medio de una stlbita
de todos los hombres cultos de su patria, y decisiva restauraci6n; y claro esta que
ouando en oposici6n publica y despertan• desde el momento en que toma parte imdo vivo interés entre lo mas selecto de la portante en los trabajos de determinada.
sociedad madrileùa, gan6 victoriosamen- Revista, de nueva creaci6n, ha de imprite la câtedra de literatura espafi.ola. que mir a esa obra el sello de su espiritu, y
habia dejado vacante la muerte del an. que en torno del caudillo habran de agruciano y sapientisimo profesor A.mador de parse, a guisa de estado mayor, otros
los Rios.
muchos jefes del ejército de pensadores
No se vieron defraudadas las esperan- y literatos.
zas que en él se cifraran; cumpli6se el
Sin género alguno de violencia, sin ne•
hor6scopo segun el cual aparecia como cesidad de programa ni glosas, merced
majestuosa personificaci6n del saber na- unicamente a la elecci6n de materiales y
cional, y asi lo prueban sus obras Los â .su contenido , trata La Espano, MoReteroào:oos espaii,oles (ya en su segunda der,na desde sus primeros mimeros de
edici6n), la Historia de las iàeas estéti- plantear la tendencia que se propone secas en Espana y La Oiencia espanola, en- guir, verdadero estandarte que en sus taciclopedia bibliografi.co-critica, sin con- reas ha de guiar a todos sus ilustres
tar docenas de opusculos varios 6 libros colaboradores, a saber: el progreso integruesos, entre los cuales forma época el lectual de la naci6n, basa.do sobre el proestudio en dos tomos: Horacio en .Espafia. pio trabajo patri6tico, asi como la estima
Es Menéndez cat61ico sincero, animado debida a todo cmrnto a él contribuya con
del proposito de enseiiar y demostrar que sentido imparcial. Corno deciamosalprinno es posible arreglarlo todo con s6lo el cipio, es fücil comprender que tal prodogma y los cânones ; pero al m.ismo grama envuelve uoa ta.cita polémica contiempo un cristiano para quien es como tra el vecino pais francés, y en realidad
segunda na.turaleza el clasicismo, el ele- no se ven ya en La llspana Mode1rna las
vado sentimiento de las formas, y al mis- traducciones francesas antes indispensamo tiempo dotado de una facultad deli- bles, ni el influjo decisivo de la literatura
cada para discernir lo mesurado y moral; galica , al menos en lo que afecta. al ca-

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REV16TA INTERNACIONAL

No intentamos resefiar todo su conterâcter general de la Revista. En cambio,
puede inferirse de las declaraciones mis- nido en sus varios aspectas, porque mumas de D. Marcelino Menéndez, que se cha parte de él hâllase. lejos de nuestra espropone aquélla trabar relaci6n directa fera de estudios, y debe reservarse para
con los paises donde se hable el idioma los que se consagran a las especialidades,
aleman y estudiar su producci6n intelec- dejando la ancha via de la comûn y getual, demostrando asi el justo reconoci- neral cultura por los fatigosos senderillos
miento hacia un pueblo que, antes que de la erudici6n: nuestro prop6sito es ocudesdefiar lo extranjerD, puede ser acusa- parnos solamente en las cosas de primera
do de estimarlo excesivamente. La Re- magnitud, en aquello que revela la cavista llegara, pues, a ser conocida en racteristica del moderno espiritu espaftol
Alemania y Austria, y por muchas razo- y a cuyo conocimiento invita aun a los
nes es de desear que su empefio se vea que, como nosotros, vivimos alejados de
coronado de éxito, pues de nuestra parte él; todttYia con esta limitaci6n hay amtenemos en la tierra espafiola mas inte - plisimo campo en qué moverse.
Presenta con justicia, a la ca.beza de
reses a que atender de lo que en general
todos
los epigrafes, una rica joya literase cree, principalmente por lo que toca
al conocimiento de la situaci6n del pais ria. Tal es el comienza dela novela Adan
mismo. En este punto es de muy prove- y Eva, por Emilia Pa:rdo Bazim. A. su auchosa lectura el nûmero presente de la tora, por mas que aun sea poco conocida
Revista, y habremos de permitirnos exa- entre nosotros, se la estima en Espa:iia,
minar circunstanciadamente su notable conceptuandola una de las primeras figusumario, y en particular lo que pertene- ras que verdaderamente cosechan los lauce a la pluma de su primer colaborador. reles del escritor; y a esta representaci6n
suma otra, pues es la mas elevada personalidad de su sexo, que con la propaganda del hecho de:fienden su derecho
a la emancipaci6n en el terreno literario. Bastara, para dar idea de la im})Ortancia de la sefiora Pardo Bazan, recordar que se pens6 seriamente en proponerla
para un sill6n en la Academia
Con sumo acierto se propuso la redacci6n de La JJ,spana Maderna presentar en Espafiola, asi coma mâs tarde se trat6 de
su primer nûmero un sumario tan abun- dar ingreso en otra Academia, la de la
dante como variado, de suerte que pudie- Historia, a otra ilustre dama, una duquese ofrecer algo de alto interés para todos, sa que public6 documentas preciosos saasi para los amantes de la literatura,, de la cados del A.rchivo de su gloriosa casa,
historia. y de la arqueologia, como para con eruditas explicaciones, y ofreci6 li.los
aficionados a la politica, la lingüistica y sabios la grata sorpresa de una notable
colecci6n de aut6grafos relativos a Cohasta a las oiencias exactas.

UNA NUEVA REVIl!TA ESPANOLA

16n. Al presentarse otra aspirante a la
Academia de Ciencias morales y politicas, la sefi.ora Arenal, hubo que deliberar
sobre la cuesti6n de si podian tomar
asiento bajo el dosel de la ciencia aca.démica las mujeres, una vez que &lt;(estaba ya
justifi.cado su puesto hist6rico» como soberanas, y aun coma caudillos en el campo de batalla, etc., etc. En aquella sazon
public6se un folleto ingeniosisimo y lleno
de sal atica~ Las Mujeres y las Acatlemias, de Eleuterio Filogino, el cual proponià instituir academias mixtas, alternando la elecci6n entre hombres -y mujeres, y haciéndoseprimeramente laprueba
de si con el infl.ujo del bello sexo padecia
6 no la dignidad de los sabios encanecidos en el estudio y la investigacicin de la
verdad. Produjo sensaci6n en Madrid
aquel escrito, excitando la hilaridady por
tanto ganandose las simpatias de los lectores.
Sin pretender rasgar indiscretamente
el velo del seudonimo, indicaremos la
circunstancia, interesante para Vïena, de
que el desconocido amigo del sexo débil
ocupa en ésta un lugar honroso entre las
personas que representan â las potencias
extranjeras. Mas volviendo a nuestro
examen, es claro que no cabe formular
un juicio completo sobre la producci6n
ultima de la académica in spe hasta que
la novela Adan y E1;a esté terminada.
Lo que si puede anticipar.se es que el comienzo promete grandes bellezas ( aunque el relieve de las descripciones quizâ.
sea excesivamente acentuado) y que acusa un espiritu de alto vuelo ( aunque es
lastima que se incline tanto hacia la
eseuela naturalista). El que dude no

203

tiene sino leer atentamente el prefacio
mismo donde se satiriza y trata desenfadadamente lo mas sagrado; y precisamente ha de dolerme el consignar este
cambio en dofia Emilia, porque la conozco_y admiro como poetisa lirica de
sentimiento delicado, y porque he tenido
el placer de escuchar sus lecturas en el
Ateneo, donde fascin6 a lo mas escogido
de la sociedad madrilefia por la profundidad, claridad y calor de su prosa. Mas
lo que es împosible perder en un talento
tan indiscutible como el de la Pardo Bazan, el vigor de intuici6n, el vuelo de
aguila de sus pensamientos, la elocuci6n
deslumbradora, la musica del lenguaje,
todo se encuentra reunido en la ültima
producci6n de nuestra escritora. i A.h, la
mûsica de su palabra! Este es el mas precioso legado que los espaii.oles de hoy
han recibido de su.s maestros en la «lengua de Dios», y que es de esperar conserven inc6lume para sus descendientes.
Poderoso atractivo ejerce el titulo del
trabajo que sigue, firmado por José Echegaray, y que se titula Los Ea:plosivos.
Tiénese hoy a su autor por uno de los
primeros poetas dramaticos modernos de
Espa:iia, quiza el primero; sus obras se
han insinuado hasts en la escena alemana; bien conocidos son los efectos arrebatadores de sus dramas, ninguno de los
cuales tiene mas desenlace que el trâgico, como si no hubiese en la tierra piedad
ni compasi6n, sino s6lo calamidades,
desastres y asolamientos. Lo que no saben todos es que por su profesi6n esta
Echegaray consagrado a los estudios técnicos, y que goza de gran autoridad en

�UNA ~'UEVA REVIBTA ESPANOLA

204

kEVlSTA lNTERNACIONAL

Espafia como ingeniero y matematico.
Véa.3e por qué es maestro en el arte /11,l,..
minante desùe ambos aspectos, el ideal y
el materiul; sus recientes aforismos explosivos-pues realmente son pensamientos sueltos los que presenta-tratan unicamente del panico, del terror que los
petardos infunden en la sociedad.
Dejando aparte otros trabajos igualmente caracteristicos, como el del conocido cervantista José Maria Asensio, sobre JJon Quijote, el de Eduardo Ibarra
sobre la conquista de Melilla en 1497, y
de César Sili6 acerca de las cuestiones
sociales de actualidad, ciérrase este cuad.ro arm6nico de la vida entera con el articulo cientifico a nuestro J'uicio mas
' el m'unero, escrito' por
importante de todo
l[enéndez y Pelayo, director facultativo
de la nueva empresa. Titulase JJon José

Es la biografia de un sabio hecha por
una inteligancia igualmente genial y que
puede justificar en su trabajo los altos
fines que le muenn Hay en ella perfecto
concepto de la cultura humana, de la labor cienti:fica; profundo conocimiento de
aquella importante personalidad, en si y
con relaci6n a los progresos contemporaneos; sejiâ.lanse clarnmente los puntos en
que se destaca con todo relieve la figura
de su biografiado, visto por todas sus fases; nada de superfluidades aquellas minucias que se complacen en rebuscar los
bi6grafos modernos, ni de esos detalles
euf6nicos que en ,ez de ilustrar perturban. Bien clara y significati-ça. prueba de
c6mo ha penetrado Menèndez y Pelayo
en lo fntimo de su ilustre amigo, e~ la
pregunta que en primer término se dirige, y que seguramente nace de lo mas
Ma1'ia Quaà;raào, S'ltviàay sus escritos. hondo de su alma. tC6mo se explica que
Quadrado es de la profesi6n misma de su IQuadrado, el cual analiza y registra la
bi6grafo, por mas que es düfcil determi- mitad de Espafia en sus obras hist6ricas
narlo asi en concreto; es el representante y arqueologicas, que se ocupa con tal
de una cultura universal, que en Alema- acierto en las cuestiones politicas y sonia, el pais de las especialidades por ex- ciales, que continûa el trabajo de Bossuet
celencia, ya va escaseando mucho; de sobre la historia univer.sal, y no terne
una poligrafia, en el buen sentido de la emprender con afortunada mano el retopalabra, que ha sabido mantener la con- que de los dramas mismos de Shakesciencia antigua del intimo encadena- peare; que al par de Balmes, esa lummiento que existe entre todas las artes brera de la controversia teol6gica, toma
liberales. Es historiador arqueol6gico y parte principal en las candentes cuestioestético; como buen espanol ha revuelto nes religiosas cuando son precisamente
también la teologia, la politica, y sobra mas graves las circunstancias; el homa:ôadir que la poesia. Menéndez es, hasta bre, capaz de redactar y editar por si
cierto punto, émulo suyo, pero le ha so- solo dos peri6dicos a la vez-c6mo es que
brepujado, y no deja de ser espectaculo pasa inadvertido para sus coetaneos al
conmovedor ver cômo el eminente joven bajar ya lapendiente de su fecu:ida vida,
otorga la palma al venerable y anciano cual si fuese una sombra, un inutil'? Memaestro.
néndez y Pelayo declara que no conoce

I

otro oaso semejante en toda la historia de I tan lejos de los apasionamientos de cualla Jiterntura.
quier e-,cuela, cuanto del pseudo-patrioy quiza no lo haya en la naci6n espa- tismo, y, por ultimo, arte soberano en la
iiola, que, dicho sea en loor suyo, no re- narraciôn, sin el cual caera al nive! de la
gatea el reconocimiento de que son clig- mediania en la historia mas discreta, la
nas las al tas inteligeucias que la honran, 1mas imparoial y de mayor solidez de
como tampoeo, y esto importa mas, los base. Las tres condiciones encuentra remedios de estimularlas a superiores pro- ,• unidas en Quadrado del modo mas feliz.
cedimientos. Mas en el fondo, y esto lo Es Quadrado de aquellos hombres que, en
indica el joven académico, existe entre una época que estimaba poco menos que
la actividaù del infatigable sabio que indigestos mamotretos los documento.s
pasa los mejores clias de su vida en for- ' de la mas respetable antigüedad ( casa no
zoso aislamiento, y el traqueteo de la exclusi:va de Espa:iia), no s6lo poseian enmultitud que corre tras la fama escu- Itera convicci6n-y la declaraban- reschando los sonidos de su trompa, un in- pecto al imprescindible ,alor de la insondable abismo que permanecerâ abierto vestigaci6n documenta!, sinoque lo demientras haya santuarios de la cienoia mostraron efectivamente con trabajos
que contemplar. En ultimo térrnino, el propios de esta indole. Duran te medio sigrau juez, el mas justo de todos, la his- glo los continu6 Quadrado en un terreno
toria, no le niega los bien merecidos lau- inexplorado casi, de lo cual es fa.cil inferos; mas tarde 6 mas temprano, aquella rir que llegase a dominar, como ninguno
figura que en su campo ha trabajado in- ! domin6, antes ni â. lavez que él, la biscesantemeute, hallasu dignificaci6n. Me- toria de Espaiia, partieularmentela catanéndez y Pelayo ha demostrado (comple- lana. De aquel persistente estudio en los
tamente a nuestro juicio) que Quadrado archivas, fiuye por modo natural un criobtiene el respeto y obtendra la gloria; terio libre de toda prevencion, cual se
Quadrado, como dejamos clicho, ha pro- halla en sus escritos, Es un hombre crisducido excelentes obras en di versos te- tiano, algun tanto romantico, lo cual se
rrenos, ya en los de mas caracteristico deriva espontâ.neamente del estudio del
matiz local, par ejemplo, el politico y el arte y de la historia medioeval; mas con
religioso, ya también, y en no menor es- todo eso no sale del mundo terrestre, no
cala, en aquellos que despiertan general impngna su pluma la creencia mistica ni
interés, a saber: en la historia, y, espe- la teocratica, y evita toda confusion y
cialmente, en la arqueologia. Tres son las mezcla del cielo y la tierra.
cualidades que exige Menéndez y Pelayo
Coïncide con esto juntamente un estilo
al historiador como imprescindibles: co- enérgico y claro , una vigorosa facultad
nocimiento cabal y extenso I bien ordena- descriptiva, merced a la cual representa
do, del material, asi en sus minimes de- 1plasticamenteel objeto de su exposici6n y
talles como en la concepci6n total; inde- cumple asi las exigencias del lector cuanpendencia y precisi6n de juicio, colocado \ do quiere, no s6lo oir contar, sino ver las

I

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U~A NUEVA REVI8TA ESPANOLA
11.EVIBTA lNTERNACIONAL

cosas. Dicese esto, en primer lugar, de Imas extensos horizon tes que ellos, puesto
sus trabajos arqueol6gicos, que no vaci- que podia desde luego apoyarse sobre lo
!am.os en califi.car como los de mayor que aque1los hicieron, tampoco oscurece
mérita, por lo cual diremos alg·unas pa- · la personalidad de Quadrado el prestigio
labras mas acerca de ellos. El nombre de de los colaboradores que en uni6n suya
Quadrado va unido de modo imperecedero aportaron a la gran obra un trabajo ina una de las obras mas sobresalientes de teligente y lleno de originalidad. Rasta
la arqueologia espaiiola, Recuerdos y oe- nos sera licito exponer nuestra opini6n,
llezas ile Bspana, donde se describen, quiza demasiado indivîdual y subjetiva,
provincia por provincia, minuciosamente de que es superior a la del mismo Quacuantos restos not~bles h~ legado la Edad drado la colaboraci6n de otro de los esMedia, aunque sin omitir los usos y cos- critores de los Recue1·dos: aludimos a don
tumbres de cada uno de aquéllos, ni las Pedro de Madrazo, el sabio é ingenioso
obras del arte moderno, constituyendo critico de bellas artes, el primera seguasi una especie de pendant, algo anticua- rameute que Espaiïa puede ostentar hoy
do, de nuestro popular libro.Aust?-io,-Hun- dia.
gria descrita con 11luma y con lrl_piz (l ).
Sea como quiera, tendra siempre QuaRace Mené_ndez y Pelayo resaltar con la drado el mérita inmarcesible de haber
debida justicia los méritos de Quadrado tomado parte importantisima, y que ha
en la composicion de aquella obra, donde de formar época, en el renacimiento arse estudian las regiones de Asturias, queologico de Espafia durante la actual
Le6n, Castilla la Nueva, todo A.rag6n Y centuria, renacimiento que no s6lo ata-la mayor parte de Castilla la Vieja y las iie ala investigaci6n y juicio critico delos
Baleares, aunque quiza va demasiado monumentos antiguos, sino que empelejos al ponderar estos trabajos, siendo zando ya a formar parte de la cultura
éste el unieo punto en que nos sea 1icito popular, ha contribuido a despertar y
ponernos frente a tan respetable autori- mantener el respeto hacia las joyas de
dad como la de Menéndez. Cierto que los tiempos anteriores y a ejercer el moralimannales de Jordy Bourgoing, muy usa- zador in.fl.ujo que ha sido siempre el obje dos hoy todavia, dejan mucho, muchi- tivo ultimo-de las investigaciones arqueosim.o que desear; pero lo es también que 16gicas: aprender, en suma, de las granno llegô Quadrado a hacer otro tanto sin dezas del pasado, y acomodar a ellas el
género alguno de preparaci6n.
presente con senti do prudente y discreto.
Asi coma seria rebajar la importancia No hay pueblo tan afortunado como el
de un Ambrosio de Morales, de un Enri- espafi.ol en cuanto a la posesi6n de rique~
que Fl6rez 6 de un Jaime Villanueva zas legadas por la antigüedad; el extranpretender negar que Quadrado divis6 jero, de cualquier pais que proceda, siéntese poseido de una admiraci6n no exenta de envidia, ante la grandiosidad y
(1) Oesterrcich: Unpam in Wort-iinà Bild. abundancia de monumentos de arte que

207

por doquiera se ofrecen en aquel pais a inmensa, easi inagotable materia. Abrisu veneracion Y recreo.
gamos la confianza- de que es segura
Fué verdaderamente feliz idea la de garantia la direcci6n de la nueva Revispresentar ante el publico el tema de las ta-de que habrân de lleg:ar a nosotros
g_randezas de Espana, con ocasi6n de n.uevas produceiones, no menos acreeb1ografiar una personalidad tan impor- doras a encomio que la presente, y que
tante en este respecta, y de comenzar / surjan del mismo campo cienti:fico.
con esa simpatica figura el examen de la
DB. RODOLFO :BEER.

I

�.
INDICE
,

.;:;;,;,, Z.,00,, pot G. de Maupassant••••••.•....•........•.........•
~ 4, Q«rlOI I [, p,r Prospero lrlerimée. . . . . . •.....•.••.••••••

';,,}I_I (Jo'/Jdr41, por Catulo lrlendés. • • • • • . • . • • • • . . . . . • . . . . . • . . . • • ••
;/Ja, • ~ • pot Francisco Coppée ••.••••.•••••.......••..••.•.•

JII Jlot,l d, CapulocÏ&amp;, p01' Teodoro de Banville •••••.........•• ••

M.,_,. Jfago,por Carlos Baudelaire. • • • . • . • .. . • • • • . . . • • • . .. . •
-w~ IJ,tlrly el Porilit1int0 (conclOBion), pot E, Caro, .•.•.....•....••

-,. pdAr• 8,nd8&amp;Î8, por Edmundo y Julio de Goncourt. • ••...•••
• ,.,,,.,_ (continuaci6n}, l)OT el Conde Leon Tolstoy••...•.••.•••
~ ù B"lw:, por Teofilo Gautier••.••.•.•••.•.••..•.•••.•••
bu ..,.. r,oilla ,~aol•, pot el Dr. Rodolfo Beer ••••...••.••••••

��</text>
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                    <text>LA PLUMA
Erasmo Buceta,-El entusiasmo por España en algunas románticos ingleses.De la •Revista de Fil. Esp., Madrid. Sucesores de Hemando.
Erasmo Buceta, nuestro colaborador dilecto y profesor de español en la
Universidad de California, estudia en este opúsculo la relación de simpatía
que las «cosas de España, despertaron en algunos románticos ingleses: Byroo,
Sheridao, Landor, Southey, Wordsworth, Walter Scott Coleridge, Wilson
Crocker, Thomas Campbell, Shelley cTodas estas grandes figuras de la literatura inglesa de la época aparecen, como se ha visto-dice-, mencionadas
aquí. Se observa claramente que todas ellas-no ob!;tante la gran diversidad
de su temperamento y puntos de vista -sintieron entusiasmo vehemente por
España. Y este ardor, esta emoción, este entusiasmo, fueron acaso motivados
por la atracción que en todos los románticos ejercieron los viejos temas de
nuestras literatura e historia; pero, por encima de todo, fué factor importantísima la simpatía política producida por los dramáticos acontecimit:ntos de di•
vnsa significación que tuvieron lugar en la Penínsuia en el primer cuarto del
siglo xrx, es decir, por la guerra de la Independencia y las luchas civiles por
la libertad ,
Con sagacidad y donosura, pone de relieve Erasmo Buceta la manifestación
en los sucesos políticos de entonces, de las virtudes heroicas ¡:-or las cuales el
romancero y el quijotismo españoles transcendían, a ojos de los románticos ingleses, de la historia literaria a la realidad. De la misma manera que en este
folleto la erudición del profesor se adornd de bonísima gracia literaria.

* * *
Nicolás BeauduJn.-Les enfants des kommes·-Mystére,-París. J. Povolozky
et Cíe. ed.
c .. desde hace algunos años, vemos que nuevas aspiraciones levantan el es¡
pfritu de los creadores selectos. En primer lugar, la de rehuir la vulgaridad de
teatro en versos tradicionales, creando de nuevo en la escena una •atmósfera
de poesía pura, de dramatismo transcendente, volviendo a la tradición del arte
grande y eterno, de Esquilo, de Shakespeare, de Goethe y del Hugo de J.,os
Burgraves,, dice el poeta Beauduin en la nota preliminar a su misterio de Les
enfatzts des lzommes.
El propósito no puede ser más noble. Y por mejor restaurar el concep~o de
teatro, venido tan a menos con el industrialismo del boulevard y sus múltiples
sucursales en el mundo entero intenta la tragedia de nuestros primeros padres bíblicos, gobernados por la.lucha fatal entre las potencias celestiales y las
del infierne.
Digno de expresión retórica en todo momento, adolece quizás el po_ema de
falta de interés dramático. Con todo, no deja de tenerlo para los cunosos, y
más aún, para los propulsores de la tendencia de que han sido an_unciadores
Maeterlinck y Claudel, Georges Polti y Saint Paul Roux, )'. más recientemente
Gide, Suares y el lituano Milosz, tendencia para~ela, en cierto_ modo, a la dt&gt;l
teatro de Valle-lnclán, si bien nuestro don Ramon haya obtemdo desde luegouna realización muy superior a la de sus casuales congéneres.

C. R. C.

AÑO I \'.

1

MADRID, JUNIO 1925

NÚM. 37.

LA QUINTA DE PALMYRA

&lt;•&gt;

(Continuación.)

m

a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les
convenía. Todo iba a retroceder.
- Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
- Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
-¡No tanto!-dijo Samuel sonriendo-. A lo más soy un marinero despierto y animoso.
Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con
aquel nuevo caballero al lado, de que era calvo, y que, por lo tanto.
debía tener la marrullería que ella achacaba a los calvos, su aire de
hombres de mundo un poco cínicos, como si sus pensamientos se
creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo tanto, estuviesen en el deber
siempre de afrontarlo todo con demasiada suspicacia.
Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de
aquel hombre a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con
OLVÍAN

(1)

xxvn

Véanse los números 34, 35 y 36 de Lt. PLUMA.

�LA PLUMA
una mujer desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de
esa sorpresa inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquellas que lo probaron mucho.
Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana
desde más temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que tenía curiosidades que había que saciar, llevándole a la ventana y haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana, que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran al ser comidas la neta impresión del
terrenal mundo que se contempla, en plena alegria toda su materia
y sus éteres.
Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como
se rizan los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los
días, salió con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer
desayuno.
«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud
y de quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas•-pensaba Palmyra.
Samuel andaba por la terraza como viajero de trasantlántico, con
cierta inseguridad aún. Se asomó a la balustrada de la terraz I como
quien se asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas frenéticas de infantilismo mañanero.
-Cantan su perfume como coros de colegio de niñas, en los hosannas de la mañana-dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo
de playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas
al medio día, cuando estaban hartos del sombrío comedor.
-Parece que has puesto al cielo traje de baño-dijo Samuel, refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azul en círculos concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas
de salón de los aviadores ..

LA PLU .\ 1A
-Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol
-contestó Palmyra.
-Como que es el pabellón de las buenas mañrnas, sólo de las
buenas mañanas-repuso Samuel.
El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado uno1 mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida
que brotaba después de haber sido propietario de una linda mujer,
mucho más encantadora que «la otra•. Lo que no digería, de lo que
no acababa de poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo
en vez de preámbulo ... Era como si el día comenzase por el ocaso,
por lo realizado, en vez de comenzar por el rosicler.
No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La
mañana entera aterrizaba en la terraza.
Desayunaron. Él se sentía person~je un poco inverosímil de una
estampa que había soñado alguna vez. Así había visto él la ;lustra- •
ción más viva de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con pájaros posados en el barandal...
-Mi estancia aquí-dijo Samuel queriendo foclarar la verdad de
lo que seutía-es como si náufrago feliz me hubiese despertado en
una isla encantada ...
-Con tal de que pienses siemrre eso-dijo Palmyra con su más
rogativa entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del
«siempre• , que hizo que Samuel mirdse con cierto susto, con
aquel recelo inevitable, con aquella cosa de cogido que quiere escapar.
Se hizo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con
manteca en la palma del pan, pareciendo después como si quisiera
afilar el cuchillo en la reconfortante maculatura.
-¿Es que todos los amores son de travesía~-preguntó Palmyra
con cierta incongruencia y para sor;1renJerle con la pregunta.

�LA PLUMA
-¿Cómo, qué quiéres decir?-intervino Samuel, envuelto en la
mentira de la embriaguez y del hospedaje desinteresado...
-Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de
vivir, y, sin embargo, temo que te ausentes-replicó con sumisi611
Palmyra.
-Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa
de la dicha hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no pueden escaparse nunca, no tendré otro traje más que
el pijama...
.
-No, ¡qué horror!. .. Aborrezco el pijama... Todo hombre ~n pijama es trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de
teatro galante ... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, ~ue no han
podido menos de usarlo también las mujeres, que en su:5 ~uegos con
los hombres jugarán a la ambigüedad, por más que lo d1s1mulen.
-Pues retiro lo del pijama.. -1
En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de mariposas. No se sentía ninguna impaciencia alrededor. El
apartamiento arcádico de Portugal se sentía en rededor.
Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era
judío no se había dado cuenta de nada y le h_abía recibi~o con m~nagnimidad queriendo mostrarle que no hab1a en ella m la más m1nima rencilla contra su raza, ahora recapacitaba y pensaba en que la
idea de errante va unida a la idea de judío, y pensaba que había escogido más e_xprofesamente que nunca al que había de huir indefectiblemente.
El pronto de la huida de Samuel sería más subitáneo que _en _los
demás. Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equ1paJes.
Se había quejado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse
de un camino para tomar cualquier otro, por su condición de errante.
Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, Y la lucha

LA PLUMA

•

1

contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo
contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico, invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa,
porque hubiera parecido brotar de la raza.
Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.
Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía
ya la voz del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al señorito?&gt; «Si, se le ha visto cruzar la Quinta corriendo a
todo correr&gt;, y como en medio de esa pesadilla en que se despierta
la voz, dijo Palmyra a Samuel en voz al ta:
-Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me acabo de arreglar...
-Yo no... No me muevo de la terraza ... Nunca me he sentido tan
arraigado como hoy ... Me parece como si la terraza estuviese cimentada sobre una pirámide incrustada del revés de la tierra.
-Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días ... -dijo
Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda
pinzado como esos cigarros o esos claveles que se ponen así los chulines.
La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo de una
mujer que acepta al turista que se queda, al nuevo copista que se
preparaba a hacer la misma copia que tantos otros con igual pasión.
Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a
todo enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le
dan un número.

XV
OTRA RETIRA DA

Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de
él, no para gozar el placer que se infunde en el mundo después de

�LA PLUMA

LA PLUMA

brotar en el hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un
último gesto sórdido en que se concentraba mucho y escondía el
placer que conseguía.
Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué
disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es
que fuese de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la desconfianza y la prevención en vez de en los demás.
Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente
de sus hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia,
y eso le hacía un poco antipático, como si llamase a intervenir en
sus amores con Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros terribles y rencorosos, con convenciones
especiales a las que debieran obedecer.
-Porque mis hermanos de Salónica...
-Porque mis hermanas de ...
Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que
le hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra con nostalgias fortísimas.

* * *
Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y
de plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde
en que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón
Siglo XJx, estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en
que caería sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y
sus persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como
un hombre, había envuelta una especie de maldición gitana. «¡Que maldecido y perseguido te veas por judío si me abandonas!• No había vez

e

..

que no se dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con
los párpados y los dientes apretados unos contra otros, en tensión
rabiosa y obcecada.
Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como
dispuesto a contarla una nueva vejación de las que había sufrido.
Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos
en la hora mejor del idilio, al atardecido.
En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno, porque la humedad y el olor a humedad era de lo que la resultaba
más refrescante. Aquella humedad era tan grande que levantaba las
hojas de la pared.
- ¡Qué sabroso es este Salón Siglo x1x! Me deja un mayor anhelo de tu carne-la había dicho una vez el huido Armando y Palmyra no se había olvidado de la frase.
-En este salón-la dijo Samuel- tu blusa de seda es un incitante. En este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y
se ve que aún rescoldan sobre los sofás ... Eran de los que no se
acostaban, de los que lo hacían todo muy abrazados sobre los
sofás ...
Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa impon~nte que había en los otros salones del palacio, llenos de un aire
demasiado suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los
amantes.
Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo
en los besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en s us besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad,
pues muchas veces en esos torvos silencios se .prepara el arrebato del amor.
Impaciente Palmyra, le preguntó·
- ¿En qué piensas?

�LA PLUMA

-En que te llevaría a un viaje...
-¿A un viaje?
-Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le ponen sucios los fondos ... Si pudiésemos empujar hacia el
mar esta Quinta y que navegase ...
-De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas
de los árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los
que más me gustan ...
-No te comprendo... No te acabo de comprender.
-Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más
que vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarlo todo, no
distraerme, no perder palabra, no perder ripio ...
-Pero donde más interesante es la vida es en los viajes-repuso
Samuel, siempre poseído por el mal intrépido de la huida ...
-No ... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el
texto de la vida... Un libro con láminas está aviado ... Casi no se lee
nunca... Lo importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas ...
-¿Y los monumentos?
- Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para
encubrirla...
- ¿Así es que según tu opinión las pirámides ... ?
- Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que
no está mal... Pero casi todos los monumentos distraen, haceu daño
a la vida ...
Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta.
Ni una carreta de bueyes la podía sacar de su predio.
¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo
de la vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver

•

. \.
. 1

LA PLUMA
y que pasar por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz

y continua junto a las ventanas de la Quinta.
Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los
grandes ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los
árboles, pero ese mundo es demasiado soporífero.
Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba
de rebeldía contra la Quinta, se echó en la chaisse-longue que daba
al gran ventanal sobre el paisaje del atardecido. Otra \'ez volvía a
tomar cómoda posesión de los almohadones de la melancolía.
Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia
de la huida de los hombres.
Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días,
~on entera novedad, que era a un puerto antiguo al que acababa de
llegar, y en el que se unían las carabelas del ayer más remoto como
las del más próximo presente.
«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación diaria:.-se decía Pal111yra, que había encontrado el cierre, la
pulsera para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa
Teresa del anonimato.
Era más largo y más denso que el resto del día el pedazo de día
-en que el día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad, caramelitos y guindas de inmortalidad.
Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos
fritos trasparentes enmedio de las claras numerosas.
- A esta hora me olvidas-la dijo por fin Samuel-rompiendo el
silencio y la situación penosa y desconfiada- . Pareces de la religión
egipcia que mira con veneración y miedo al sol que se pone rara
juzgar a los muertos.
La cena de todos los días :,e iba cuajnndo poco a poco y echaba

�LA PLUM A

LA PLUMA
en su salsa perejiles, romeros y mil yerbas, mas todo el paisaje. En
esa paz severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se
cenará. En las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta et fuego depende de las nóminas oficiales, y el
cenar es un acto improvisado y de última hora.
«Todo cocina en mi guiso»-se decía Palmyra y tomaba una postura más cómoda en su dtaisse-longue.
En aquel silencio Samuel, que veía el bosque por el ventanal, se
sentía irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la arboleda que rodea demasiado una vida.
Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los
páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la desnudez del mundo.
«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco
tienen que ver con él!-pensaba Samuel-. Si el perro aúlla cuando
encuentra un hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica sua ;emente sobre el hombre caído y en el que van quedando al descubierto
las costillas como si se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas al gafo corsé.»
Et sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, y
que anunciaba por su largura y su calidad, su fondo rencoroso.
-Los árboles-dijo Samuel por fin-cubren la vida de una hipocresía verde y ostentosa ... Cada día que pasa veo que los odio más..•
Palmyra con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si hubiese sido ofendida ella misma, repuso:
-Como que te ahorcaste de ellos una vez ...
Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como
un soldado que se cuadra y después abrió la puerta que daba al pasillo de las alcobas y se fué.

No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo-se dijo
Palmyra-tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los
que se fueron.»
Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el
mismo automóvil de los turistas en que vino de tan intempestiva
manera, en el enorme automóvil blanco que envían de las Agencias
cuando se pide un automóvil por teléfono desde un punto distante.
Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué
llorando en el coche que le libertaba.

XVI
RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS

Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la
falda que marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda,
bajándola más, asentándosela sobre las piernas con un gesto más
amazonesco que nunca.
Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía,
en paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.
-No... no quiero irme ... No me iré nunca...-se decía en sus gabinetes-. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender
esto para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré desposeer ... Es como la capilla de mi vida mi Quinta ... Es para
mí iglesia, cuna, panteón ...
Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no
podía explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de
cosas inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar
las sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articu427

�LA PLUMA
l. A P L U.\\ A

larse todas las hojas, del miedo al ·mar y de la cosa que entraba al
que lo contemplaba, de esa especie de niñez de niños bonitos que
gestaba en las sombras como queriendo echarse en sus brazos...
No, no se podía especificar.
La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se movía como con vida propia.

• * *
Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes, frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida
de pista y constantes pavos parecidos a los viejos de los asilos.
Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a
ella. Pero, de todos modos, el peligro combatía detrás de los montes,
aunque siempre moriría en las arenas de la playa, en la angosta explanada del mar.

* * •
Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos
cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas
de sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos
los grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más
fama, todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener
consultas imposibles con gente esperándoles siempre en todos los
gabinetes de todos los pisos de la casa, convertidos en salas de espera, etc., etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando en trenes sin ruido y sin carril.
Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo
trecho estab:1. lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas
gentes que había visto sentarse al borde de las aceras,

• * •

Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra
lo que era más dificil reaccionar. No sabía de donde procedían aquellas impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban
el rostro.
Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que
se encerraron con el Palacete como con la estancia eterna v sólo
fueron viajeros que se iban y que por un momento veían destacarse
en sus ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de
todo su futuro.
• * •
Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban
un postre que convertía en mielados cristales los de los tarros en
que se guardaba la gran cosecha de los jardines.
En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas
que iban fajadas en la gran carga recogida.
Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que
la vida se concentraba y tenía ánimos de creación.
«Debemos tener en el alma nosotros un colmenar activo e interior al que traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo
esa labor de recoger y trasegar bien las miradas se cumple con
todos los deberes.&gt;
Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto de su alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día y
a esa hora de vuelta, se congregaba más en su alma y recababa todos
los pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en
la erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber
visto a los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el
haber encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la pobre solitaria que espera que vengan por ella como niña que tiene la

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LA PLUMA

misma inquietud en el colegio; la pena de las rosas cortadas en
el jardín y la persecución con que se persigue con la mirada al
que va formando un ramo con las tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor de las columnas caídas en ese
hotel que no ce acaba nunca; el olor a las redes ennegrecidas por la
brea que cicatriza instantáneamente las heridas de los pulmones; el
fenómeno de sentir cómo los pinos caminan hacia el poblado, se
aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos que se acercan
por la espalda y ent:lblan su conversa con uno, etc., etc.
Vivir por vivir. activando esos colmenares dd alma, afanándose
por esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas
extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al ent ar en
el recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.
Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba
las láminas alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras cereras que se entremezclaban realizando una unión esforzada
para conse~uir dar presión a la cera que iba haciendo el panal.

* * *
Como aliciente de sus pensamientos inextirpables de voluptuosidad, repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, con los adornos de cartón, había unas niñas que venían a ver gentes de Lisboa,
dos niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote. que se reían de todas las mujeres de más de veinte años que se
encontrabm en el camino.
!:-iempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de recién acostadas.
Debían tener sus retr&lt;1tos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a
43o

1

.e

verlas, encerrándose unos días en la casa con baños de inocencia y
de perversidad, como se mezcla el agua caliente y la fría.
Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.
El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con
dos niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las piernas del que pasa.
Iluminada en la noche parecía presenciarse, mirando a sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio
puntualizaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al
paisaje el dulz"r manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de
poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de
las niñas malas, dP. las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las piernas de los caballeros sentados.
Palmyra tenía curiosioad por verlas asomadas con lazos celestes
y corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los
cabellos como una peineta olegitanal, a unos viajeros hipotéticos,
que venían generalmente en automóviles amarillos.
También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a parejas distintas, allá en Lisboa, dándolas la llave para que
pasasen los días del contrato en amorosa soledad. Siempre miraba
con gran curim,idad a la terraza para ver una pareja-la misma a
través de todas sus variaciones-que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba hasta las plantas submarinas, de absorciones profundas que hacían con sus narices ansiosas.
«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos•
-se decía Palmyra como sino fuese Jo mismo tratar a distintos huéspedes que a uno seguido, y ya sin el respeto por las cosas que tiene
unos días el recién advenido.
431

�LA PLUMA

L A PLUMA
Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando,
la vida suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas
amoro;as que si se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen
en la recepción la misma intensidad que en los aparatos receptores.,
sin que importe que estén detrás de los cristales y las maderas de
sus casas.

A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuro_s
cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos secretos y profundos, en los que se forman los gases que la
hacen explotar de vez en cuando.
Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portu_g~esa. No
se podía decir que no se veía la posibilidad de un engullumento de
el mar. Se contaba con eso como sazón de la tarde.

•

* * *

En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta!
No me vea el tren y me lleve.»
.
Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión para sus oídos oír el último esterto~. .
,
«¡Ya pasó! ¡Ya pasól»-se decía frenetica de alegr'.ª·
Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba,
sobre todo, a ta Venus que remataba el frontistipicio.
•

* *

Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo
todos los aviadores.
Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la costa brisa.
431

Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas
tibias.
Se bebían en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el gusto de la fabricación.
Todo el valle era como una rosa de te, en la que se.fuese la cochinilla escondida.

* * *
Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada
como los gimnastas que hacen exhibición de su pecho.
«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.»
«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.»
«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.»
Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones.
Tenía la Quinta independencia del paisaje.
A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el
campo solo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos
como cuernos de caracol.
¿Por qué había llovido dentro? Las arañas, las cornucopias, la
eristalería que al pasar los carros por el camino lloraba como un
niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro.

* * *
No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas
donde cazar patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas.
«Tiene mi vida-se decía Palmyra-algo de prisión de reina.»
Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y

xxvm

�,
LA PLUMA

LA PLUMA

ha concedido el bienestar los ritos de
.
mar, a lo bonancible del ti~mpo~
gratitud a la naturaleza, al

en el otoño se sentia vestida con trajes de larga cola, trajes verdes
hechos con hojas ensartadas.

¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos des a
.
ceros, como gritos de pavo real de e
.
. g rrados y smde los gritos felices!
. ,
sa misma calidad destemplada

* * *
Hasta para ese dia de locura, de gritos, de estar con los cabellos
sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta
muy perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el
resto de la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces
un pájaro que dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo

* * *
L?~ ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estran
emoc10n. Se levantaban de la naturaIeza coros de soledadguiaban de
Aunque toda Quinta está detrás de los cami
.
los caminos, entre boscajes que la sirven
n_os, en la revuelta de
resultaba más oculta que nt"ng
t
de b1o~bo, pero aquella
una o ra en lo m,
, d"
en un paraje digno de un cementerio. '
as recon ito, como

divino.

* * *
Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabia qué
cosas en la ciudad, pero se consolaba diciéndose «aquí pasa lo mismo y deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en
colchones de pluma y una cosa que es como una miel que se respira.&gt;
Pensando como siempre en lo qo.e dejaba el día que pasa, pues
de eso era destilería su Quinta, la daba la sensación el final de su palacio de estar lleno de tiempo mielado y de tener los sótanos atestados de baúles y tinajas de lo mismo.
«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas
-pensaba Palmyra volviendo a su obsesión-. No saben sentir los
besos en las manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas, cuando apenas ven a nadie.:.
Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.

• *

* *

El reloj de sol marchaba cada vez mejor.
~lla ya ~istinguía unos días de otros y encontraba en
la vida reunida, cernida, hecha un fino flan.
ellos toda
Era golosa de todos los días. «Sé como el que más lo 1 .
estoy del mundo--se decia-pero en esto está el é ·t
eJos que
Ses r f
XI o.~
en ta uera del camino de la muerte.
* * •

1

!?

~ f~ndo de todos ~os hotelitos se habían ido dando la untura
ta_ a go mucho meJor que un baño de sol-y ya estaban
suavec1dos con bastante gozo para dar por bien sucedido el dí endent~ ~asar por los caminos se pensaba eso: que ya babia e:¡rado
d' e cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de
un ta, envuelto en papeles de seda azul.
del

• 1.

*

Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde,
unos gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se
434

*

La Quinta se ponia cada vez más melancólica
,
t
árboles se llenaban de más mirlos.
' mas ve usta y sus

•

* *
435

�LA P L UMA

LA

PLUMA

Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca
nada y que hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las gentes del camino para no tenerlas que saludar. Eran
perros filosóficos que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con deleite la harina del camino.
Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir
una moneda, pero también pasaba de largo.

* * *
Los hombres volvían a tentada haciéndoles señas de que fuese ,
desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de
los gestos varoniles incitantes y coactivos:
«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué
necesitada está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá
ser la Quinta solitaria, toda llena de zarzas y cuyo in~erior no se sabe
si ha sido o no ha sido robado!•
«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en
jardín abandonado además de estar en tan lejano rincón del mundo.»

* * •
La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien detrás de
ellas algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa
tapa que se desploma de los bargueños fraileros y que forma unancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.
Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas blancas.
La blancura de las noches hasta de invierno que era posible contemplar con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.
Creía haber encontrado la colaboración de lo demás en su alegría
frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del
mundo.

Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo que le hubiera
g~stado lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los
grito~ de los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las
rend1Jas de las puertas.

*

*

*

Pero enmedi_o de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones
e?contraba sus mgles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia dentro que de continuo. Querían el amor como después queman
la muerte. La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.
En aquell~ soltería fatal la entraba Ja sensualidad enjuta de los
galgos Y senba como se afilaban las aristas de su cuerpo.
XVII
EL GENIO ARREBATADO

Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en
que la recomen~~ba un pianista célebre. «Como sé que te hará pasar un rato dehc1oso-decía la carta-me atrevo a enviártelo con
esta carta de presentación, que debía estar escrita con notas musicales en vez de con palabras.»
Aquel pianista portugués que le era expedido desde Lisbc,a se lo
expedían desde París, la tenía preocupada. Además la amistad con
Mafra era sospechosa Y ya le hacía complicado. Parecía una osadía
~ás de Mafra regalándola un pianista usado aunque de la mejor cahdad.
. ~almyra preparó una fiesta en sus salones para recibir a aquel
pianista sospechoso. Invitó a todos sus viejos amigos que estaban
un poco retraídos al verla tan voluble.
'
RAMÓN GóMJ.:Z DE LA S.!RNA.

(Se continuará.)
437

�LA PLUMA
Slay que cambiar de rumbo
y como quien se lleva las flores del paisaje
cargar sobre los hombros el perpetuo equipaje
,Surtidores maduros
que ojreceis en las márgenes vuestros intactos frutos
8s preciso pasar como los vientos cas'tos
sin coger de los árbole1; los astros

CANCIÓN FLUVIAL
A

JUAN GRIS.

!Por las praderas giratorias
pasa solo una vez el rlo taciturno
cuando la noche toca su disco de gramófono
y los pájaros cuelgan de los árboles mustios

fM.irad las lavanderas
nutriendo de colores las limpias faltriqueras

.l:a espuma que levantan
sube a la misma altura
que esa copla que cantan
.Ca luna muele estrellas
sin música y sin agua
y et amor aburrido
sube y baja
.Ca marea es tu vientre
traspasado de gracia
y el amor derrite el nido
rueda rueda
como el molino turbio
de la arboleda

9l.ún las últimas gotas de luna
perfuman de alcoholes los mantos de la bruma
:1 el tren que iba bendiciendo el panorama
no perdió los kilómetros ni el compás de la ruta
!Pero dejemos esto
y descifremos bien este libro de texto
que el sol nos ha legado
con una sola página herida en el costado
.Ca araña telegráfica
distribuye la noche
y .mientras en su jaula de cristal
reposa el pozo vecinal
yo veo que la estrella y el pájaro de amor
enojan al poeta que ha volado al portal

'JI por todo recuerdo
en el bolsillo mío el rumor de La presa
y un sabor de jabón en el remanso
Los puentes fatigados

sobre la orilla derecha
duermen en espiral como los gatos
439

�LA PLUMA

'Gan solo los devotos pescadores
se arrodillan y esperan
que de su caña broten flores g banderas
.Ca noche se derrama
y rompe el horizonte
l;stamos terminando el drama
.Cos puentes de resorte
caminan de sur a norte

HISTORIA ANACRÓNICA DE
LÁZARO EL RESUCITADO

Y mi barca se ha dormido
sin hace, ruido

1.- NUEVA DESCRIPCIÓN DE UNA PARÁBOLA

'llna hora sube al cielo

'JI en lu cruz hacen su nido
la golondrina y mi pañuelo
'3on las brisas del mar
las que cierran la noche y mi cantar
GBRARDO

tDel libro inédito 4Manual de Espumas•)

u.12
1:
1
1

nació el 24 de diciembre de 1888, y fué bautizado en la
iglesia de Santa María la Mayor de su pueblo el 6 de enero
de 1889, según atestiguan las correspondientes partidas de
los Registros Civil y Parroquial. De su primera infancia, apenas si puede colegir el historiador dato alguno cierto. Quiere una tradición, harto popular y fantástica, atribuir a misteriosa fatalidad el suceso que en edad tempranísima le valió el sobrenombre de «el perdido• ,
con que le distinguieron siempre sus paisanos; suceso cuya vaga memoria cobra en boca de la gente prestigio de augurio, pero al que las referencias familiares, más fidedignas, sólo conceden la transcendencia debida a un simple extravío de la criatura, por negligencia del ama seca a
que estaba encomendada. Todo compañero de escuela de Lázaro pretende recordar ahora mentidos pormenores de su niñez, queriendo ver
en ellos señales ciertas de su estrella maravillosa. La crítica histórica no
acierta a verificar en esta leyenda ningún hecho anterior al año en que
Lázaro cumplió los diez y siete.
Un mes escaso le faltaba para terminar el bachillerato, cuando una
noche de primavera se escapó del colegio, y echando a correr camino
ÁZARO

tJ

Diaoo

-441

�LA PLUMA

'Gan solo los devotos pescadores
se arrodillan y esperan
que de su caña broten flores g banderas
.Ca noche se derrama
y rompe el horizonte
l;stamos terminando el drama
.Cos puentes de resorte
caminan de sur a norte

HISTORIA ANACRÓNICA DE
LÁZARO EL RESUCITADO

Y mi barca se ha dormido
sin hace, ruido

1.- NUEVA DESCRIPCIÓN DE UNA PARÁBOLA

'llna hora sube al cielo

'JI en lu cruz hacen su nido
la golondrina y mi pañuelo
'3on las brisas del mar
las que cierran la noche y mi cantar
GBRARDO

tDel libro inédito 4Manual de Espumas•)

u.12
1:
1
1

nació el 24 de diciembre de 1888, y fué bautizado en la
iglesia de Santa María la Mayor de su pueblo el 6 de enero
de 1889, según atestiguan las correspondientes partidas de
los Registros Civil y Parroquial. De su primera infancia, apenas si puede colegir el historiador dato alguno cierto. Quiere una tradición, harto popular y fantástica, atribuir a misteriosa fatalidad el suceso que en edad tempranísima le valió el sobrenombre de «el perdido• ,
con que le distinguieron siempre sus paisanos; suceso cuya vaga memoria cobra en boca de la gente prestigio de augurio, pero al que las referencias familiares, más fidedignas, sólo conceden la transcendencia debida a un simple extravío de la criatura, por negligencia del ama seca a
que estaba encomendada. Todo compañero de escuela de Lázaro pretende recordar ahora mentidos pormenores de su niñez, queriendo ver
en ellos señales ciertas de su estrella maravillosa. La crítica histórica no
acierta a verificar en esta leyenda ningún hecho anterior al año en que
Lázaro cumplió los diez y siete.
Un mes escaso le faltaba para terminar el bachillerato, cuando una
noche de primavera se escapó del colegio, y echando a correr camino
ÁZARO

tJ

Diaoo

-441

�LA PLUMA

11

de su pueblo, entró en él a la mañana, con un arriero que le cobijó en
su carro, compadecido de tan exageradas miserias como el muchacho
contó que le hacían pasar !os frailes. Furibundo su padre ante la callada con que respondía a cuantas solicitudes se le hicieron para que declarase los motivos de la escapatoria, a punto estuvo Lázaro de dar con
sus huesos en un correccional. De que le libró la intercesión de su madre, cuya susceptibilidad nerviosa era menester sortear de continuo con
mimos y halagos. Prometió Lázaro revalidarse aquel mismo septiembre,
mediante la lección diaria de don Terencio el maestro, que en tiempos
se la había dado de primeras letras. Y todo fué paz en el Chalet, nombre
con que ya empezaba a conocerse la que los viejos del lugar llamaban
todavía la Casa Grande, de las dos en que se dividía, surcado de pleitos y rencillas inmemoriales, el solar de la familia principal del pueblo.
Reacio el muchacho a sujetarse a nuevas tutelas frailunas, temerosos doña Salomé y don Samuel, sus padres, de los peligros de la vida
estudiantil en cualquier ciudad universitaria, quedóse Lázaro en su casa
aquel invierno, en ánimo de seguir repasando con el bueno de don Terencio las tres asignaturas del preparatorio de Derecho. Mas, engañado
de la facilidad con que hasta entonces había salvado cursos y exámenes,
dejó pasar lo más del tiempo en cazas menores, partidas de tute arrastrao, rondas moceriles y paseos holgazanes por los Porches arriba y
abajo; con lo que, llegado el otro junio, cosechó con crece_s las calabazas que su desidia, junto con la lenidad del maestrillo, habían sembrado.
Perdida Lázaro la moral, y su padre la paciencia y el tino que hu_
bieran sido menester para encarrilar su voluntad, fué el chico dando
traspiés de una en otra vocación fugaz, sin empeño fijo. Hasta parar en
que, pues era el sólo varón de la casa, y muchos los cuidados que esta
necesitaba, ningún mejor empleo para su actividad que el atender a la
hacienda propia. Excelente pretexto para seguir criando galgos con que
correr liebres.
Y aún hubieran transigido doña Salomé y don Samuel con la poca
afición del muchacho a cualquier clase de trabajo, a no dar Lázaro en

LA PLUM A.

.l

cortejar a su prima fa leoncilla, tal llamada de público, no por su fiereza, que antes bien era de carácter apacible, más por ser de la casa y
linaje de los Leones, que así se conocía a su madre, sus tías y su tío don
León, cuyo nombre de pila, heredado por tradición de sus antepasados,
dábaselo a toda la familia. Los Leones y sus irreconciliables enemigos y
parientes del Chalet, convirtiéronse, pues, por aquellos amoríos, en los .
Capuletos y Montescos de una Verona insospechada en el mapa moral
de España.
.
.
Diéronse prisa doña Salomé y don Samuel a cortar el hilo sutil de
los sueños de Lázaro y la leoncilla, y so pretexto de imponer al chico e::i
la dirección del molino harinero que constituía una de ' las rentas más
saneadas de la Casa Grande, me lo desterraron a diez leguas del pueblo.
Sin precaver los mayores males qtie podía acarrear tal acicate al olvido de su pasión ingenua. Pues despierta la capacidad amatoria del
mancebo, y golosa por demás a la vista la de una hija del molinero, que
le decían Marica la Rufa, cuando quisieron proveer fuera ya tarde, a no
dotar con cierta largueza a la mozuela para casarla con un sacristán,
consentido de puro bobo, o de puro avisado.
Ni fué esto sólo. Que para subvenir a la timba que con otros amigos
solía armar en el propio molino, cuando no se jugaba los cuartos por
las ferias de los alrededores, llegó a vender clandestinamente algunas
partidas del trigo y la harina de su padre. De suerte que al entrar Lá~ro en quintas, determinó don Samuel para castigarle que fuera a servir
al rey.
No obstante comprendiera doña Salomé las razones que al padre
asistían para tratar a su hijo con aquel rigor, rebelábanse en contra _los
maternales impulsos del ánimo, traducidos en ayes, lloros y sopo~c1os,
combatidos a fuerza de oler éter. Sobre que su natural amor propio no
se avenía a renunciar al orgullo que tenía puesto en su hijo frente a sus
primas las leonas. Amor propio harto más ~e~e en don_ Samuel, pr~meramente por su condición de catalán, y en ultimo término por su situación de advenedizo a las diferencias entre la familia de su mujer. Al
llegar al pueblo años atrás, viajando en comisión por una casa de San
443

�LA PLUMA
Feliú de Guixols, calculó artero su cortejo a la Salomita, que fué con el
tiempo doña Salomé, y se casó con ella, ahondando más la boda la división con los Leones, iniciada de antiguo por la de no sé qué bienes de
remota herencia. Y aunque la convivencia con sus enemigos y la animosidad siempre viva de su mujer contra ellos le hacia participar del
enojo familiar, era su actitud a tal respecto un tanto postiza y forzada.
En aquella ocasión, a dejarse llevar de su intención primera, Lázaro hubiera ido sin apelación al cuartel. Cedió, con todo, don Samuel a los
requerimientos de su mujer, y consintió en que, por mediación de los
Jesuitas, el coronel del regimiento a que fué destinado Lizaro, de guarnición en Barcelona, lo reclamara para su asistencia.
La casa del coronel daba poco que hacer, y la coronela, además, si
al principio :i.parentó tratarle igual que al otro asistente, pronto le declaró la verdad de su situación, distinguiéndole sobremanera e intercediendo con el coronel para que no extremase con él los rigores de la disciplina militar. Linda no desmentía su nombre, característico de la isla
de Cuba, donde había visto la luz, cuyo esplendor añoraba. Suave, melosa, y en ese punto de irresistible gachonería de las mujeres extremadamente sensuales rayanas en los treinta-el coronel le llevaba veinte,
consumidos los más de ellos en pacientes estudios histórico-críticos de
las campañas de César-, Linda se enamoró de Lázaro, cuya mocedad
granaba en ese desenfado exuberante, propio de la juventud sana. Empezaron cantando ella, a lo que era muy aficionada, las cancioncillas
que él le acompañaba de oído al piano, con graciosisimo desparpajo.
Y acabaron fugándose en un vaporcito costero, que se hizo a la mar
en plena revuelta, el último día de la semana trágica de 1909, el mismo en que Lázaro con su coronel debía embarcar para la guerra de
Melilla.
En Marsella, donde desembarcaron confundidos con unos incendiarios de los conventos de Barcelona, corrieron los chamizos del puerto,
compla..:iéndose, con estúpida alegria estudiantil, en hundir la mirada
torpe en aquellos bajos prostíbulos encanallados por el perfume vicioso
de .tan diversos climas como vierten allí su veneno.
444

l

L A P L U :\1 A

1
1.
1

1

1

Con el dinero que Linda había sacado de Barcelona, al que añadieron el que les produjo la pignoración de sus alhajas, continuaron la
ruta de Niza y Montecarlo. Soplóles el viento de la buena suerte, y ya
bien repleta la cartera de miles de francos, entráronse por la n ·v1tra italiana cuando las viñas que enguirnaldan aquellos campos empezaban a
tomar los encendidos oros del otoño.
Dieron en Milán y en su Galería de Víctor-Manuel, rumoroso mercado· del arte lírico, con un aprendiz de cantante, antiguo conocido de la
coronela. El cual acabó por llevárselos a vivir con él a una casa de huéspedes, regida por una española vieja, soprano en sus buenos tiempos, y
zurcidora de voluntades, so pretexto de agenciarse a concertar las de
empresarios y artistas en ciernes. La Garcini, pseudónimo con que la
patrona había italianizado su españolísimo apellido, consiguió a la vuelta de pocos meses que Linda, cediendo a las instancias de un director
de ópera barata, y deslumbrada por la luz de la batería, se lanzara a
cantar Cannen, cuando ya los dineros de las alha1as y de Monte Cario
empezaban a escasear.
No pudo Lázaro resistir, en un resto de hispano donjuanismo, aquella prueba a que Linda, mujer .al fin, quiso someterle pretendiendo
compaginar el amor y el interés. Sin más oficio ni beneficio que el que
pudiera repotarle su vocación de púgil profesional, a que se asió como
última esperanza, tomó sin despedirse de ella el tren de París. Y en París entró con el año de once y muy poco dinero en el bolsillo.
El estruendoso tumulto de la capital del mundo le conturbó el ánimo. Por primera vez sentíase sólo. Nos remitimos en este punto a una
carta de Lázaro a un su antiguo compañero de colegio, de fecha posterior, pero en que se hace referencia a esta data y otras decisivas en su
vida. Dice así, copiada a la letra:
«Querido C: Adiós. Me voy a la guerra, ¿cómo Mambrú? No te rías.
Es en serio. Ya ves que vuelvo a escribirte al cabo del tiempo. Perdona
que no lo haya hecho desde que nos encontramos después de tantos
años. Cuando te marchaste volví a sentir la misma tremenda soledad
tic mi llegada a París. Te debo, no sólo dinero, sino fa confianza en mí
445

�LA PLUMA

LA PLUMA
mismo, que perdí apenas te fuiste, y con la confianza el puesto que me
proporcionaste en casa del editor judío. Aquello no era para m!. Sudaba de tal manera el puñado de francos que me daba que, la verdad, en
cuanto tuve un respiro volví a las andadas. ¡No comprendo cómo hay
quien se dedique a la literatura! ¡Sobre todo a traducir! Volví a las andadas, y como ya estaba desentrenado del boxeo, se me ocurrió en mala
hora meterme a hacer películas. No quieras saber. Es una explotación.
No es verdad que paguen tanto y cuanto. Hay que levantarse temprano.
Nada, que no serví.
¡Para qué te voy a decir dónde fui a parar, cuesta abajo siempre! Lo
menos malo que hice fué cargar y descargar banastas en los mercados,
de cinco de la mañana a seis de la tarde. En fin, que me voy a la guerra. ¡Yo que de ninguna manera quise, incluso arriesgando el pellejo,
ir a pelear con los moros! Aún me queda un resto de ideal. Porque el
caso es que no he solicitado mi admisión en la legión extranjera porque
esté desesperadísimo. Ahora me iba bastante bien. Una amiga mía me
proporcionó el año pasado una plaza de croupier en el casino de Trouvil1e, donde hice el verano. Es una mujer como sólo se encuentran en
Francia. En España, por lo que me dicen, ya va habiendo algunas así.
Pero a la gente le choca todavía que los ministros se casen con ellas. No
tiene razón la gente.
Bueno, adiós, acuérdate de mí, y adviértele a mi novia que fué, de
quien he sabido que sigue soltera y en el pueblo, que si me matan, ella
-será quien reciba la sortija de sello que llevo puesta. Al pie te van su:.
señas y las mías por ahora.
Tuyo, con un abrazo, Lázaro.»
Cuando corrió por el pueblo la noticia del alistamien :o de Lázaro en
los ejércitos aliados contra Alemania, recrudecióse el encono entre los
partidos león y grande, adscritos a la sazón, con su particular fisonomía,
a la nueva división estratégica de la Península en germanófila y francófila. Cuyos límites vino a confirmar Lázaro con el designio en favor de
.su antigua novia, que trocaba las perspectivas sentimentales de la cues446

tión. Pues soliviantado de nuevo el ánimo belicoso de los contendientes, hubo de renegar don Samuel de aquel hijo que así subvertía toda
ley de obediencia, y afirmar, con denuedo parejo del de Guzmán el
Bueno, su fe en la justicia encarnada en la espada del káiser angélico;
en tanto los leones llegaban a disculpar sus alocadas correrías en gracia
.a haber tomado Lázaro partido por los aliados, de cuya causa eran ello,
los principales valedores en el lugar, no por otra razón que el llevar la
contraria a sus primos; y doña Salomé, trabajada de encontradas pasiones, redoblaba sus ayes y se asfixiaba en continuos ahogos cardiacos.
'
De tiempo en tiempo llegaban al pueblo confusas referencias de las
acciones guerreras más importantes, siempre a base de una fantástica
intervención, decisiva las más de las veces, del hijo pródigo de la Casa
Grande. Súpose que había estado herido, que tenía ya una citación, que
era sargento. El compañero de colegio, a quien debemos la carta anterior, logró verle con motivo de una expedición de periodistas neutrales
al frente francés.
No estaba contento. La tremenda realidad de la trinchera había agotado su capacidad de entusiasmo por la aventura, harto monótona. Sentía, sobre todo, la angustia de no saber nada de la guerra de que hablaban los periódicos.
El mismo día que se supo en el pueblo de Lázaro la derrota alemana, celebrada con general regocijo de los Leones, pero sin repique general de campanas, por la acendrada adhesión del arcipreste a la Casa
Grande, recibió la leonálla un paquete postal con la indicación de procedencia de la Oficina de Informaciones del ministerio de la Guerra de
Francia. La muchacha, al abrirlo y descubrir la fatídica sortija de sello
que Lázaro le prometiera, se dejó caer sin sentido.II.-LEVANTATE Y ANDA
Lázaro era el primogénito, el hereu y único varón de los tres hijos
.q ue constituían la familia de don Samuel y doña Salomé. Sus hermanas
447

�LA PLUMA

L A PLUMA
Marta y Maria, muy niñas aún cuando Lázaro abandonó la casa paterna sustraídas al conocimiento de lo que había pasado, a no ser lo que
ati~baban al descuido o sabían por indiscreción de criadas y amigas solícitas en demasía, viéronse de pronto envueltas en el tráfago que de
punta a cabo soliviantó el Chalet y el pueblo todo, una vez c~mprobad,a
la muerte del hijo pródigo. A las puertas de ella estuvo dona Salome,
pugnando el corazón por escapársele del p~cho en pos de ~ázaro, contra
los médicos que, inhumanos, lograron su¡etarla a esta vida. Don Samuel anonadado, no tuvo fuerzas sino para sacarlas de flaqueza y,
com; un autómata, seguir asistiendo diariamente al escritorio, donde
acudían engañados sus míseros deudores esperando encontrarlo, con ~I
dolor más blando a sus súplicas. Pero el judío catalán antes parec1a
halla; consuelo en vengar con tercas negativas la muerte de Lázaro, en
que no les cabía culpa alguna a los infelices que habían de pagarla con
su dinero. Marta tuvo que hacerse cargo de la casa, correr con lutos y
funerales, acomodar, en fin, el duelo familiar a los usos y costumbres
establecidas en el pueblo. María, la más pequeña, que acababa de cumplir quince años, cayó como en éxtasis doloroso.
Recluida como se halla hoy, por invencible voluntad propia, en un
convento; pendiente de revisión el proceso de Jesús Nazareo?, cu~a. ~árbara condena suscitó la protesta unánime de todos los pa1ses clVlhzados; en suspenso las garantías científicas que ha mcnes~er el estudioso,
no hemos vacilado en recoger, siquiera sea provisionalmente, cuantos.
testimonios de la conciencia popular puedan aportar alguna luz al esclarecimiento de los sucesos objeto de nuestra investigación.
Transcribimos, a tal efecto, el siguiente romance obtenido de viva
voz entre los judíos espáñoles de Oriente emigrados a los Estados Unidos huyendo de la gran guerra, y que ~on raras variantes_ se co~serva
asimismo en las regiones hurdanas, segun leemos en el cunoso opusculo
El rey en /as Batuecas por Uno de a ple, pseudónimo_ ~r~s de que s~
oculta, sin duda, un agudo crítico cuanto filólogo erud1t1s1mo. He aqu,
rl romance:
(Faltan versos.)

...... ...... .......... ............................
..................................................
.....................................................

1
1

Entrando el tercero día que ya que es muerto se sabe
los sus deudos y amigos le hacían funerale
todos cantándole a una obispos y cardenales
que sólo faltaba el Papa que de Roma nunca sale.
Tocada de negra pena allí iba la su madre,
su padre que era judío y catalán de linaje.
(Hay otra laguna.)

........... ......... ... ... . ............. ..........
¿En dónde estaba María que no pisaba la calle?
Encerradica en su cuarto sin hacer más que rezalle
cerrados ojos y boca, huyendo la luz y el aire
no quería beber agua no quería comer pane
tan baja la color tiene como sin gota de sangre.
Aceptó a pasar Jesús con sus hábitos de fraile
todo de blanco vestido como cura ante el altare
sin cíngulo que le ciña sin báculo ni misale
como le pintan andando por el mar de Tiberiade.
Allí oyerais a Jesús que se para a preguntalle:
qué llorais la linda niña con tan callado llorare
esas lágrimas que os ruedan como cuentas de cristale
si llorais por vuestro padre si llorais por vuestra madre
si llorais por el amor de un bizarro capitane.
La niña así de que oyó la voz sobrenaturale
desfalleció que no supo si era sueño o realidade:
Allí hablara Jesús por ganar su voluntade.
Por tu nombre de María la niña quiero llamarte
te llamaré la una vez y aún la segunda te vale
,i la tercera callabas Dios Padre te lo demande.
Allí hablara la niña sin acertar a tratalle:
Estas lágrimas que lloro no son por padre ni madre
XXIX

..

449

�LA PLUMA

LA PLUMA
ni por ningún capitán nin novio para casare
que un hermano que tenía del otro lado del mare
matáronmelo en la guerra los pérfidos alemanes
matáronmelo a traición alevosos y cobardes
sin poderse confesar nin el alma encomendare
que ahora estará en el infierno por los sus pecados grandes
salvo si hacéis un milagro que lo devuelva a este v_alle
yo os lo pido buen Jesús que lo traigais Dios mediante
que yo os prometo mi amor y sólo con ~~s casare
para ser la vuestra esclava y esposa_espmtu~le.
De que os de guardar siempre rendida fidehda_de
pongo por testigo a Dios vuestro padre celest1ale.
Hasta qué punto concuerda con la realidad la versión transcrita, n~
es cosa que nos cumpla dilucidar ahora, ni compro~ar las notabl~s diferencias con el relato del extr.:1ordinario suceso segun el evangelio de
SanJuan(cap. 11,vers.31ysig.)
,
.
.
Pero si consideramos pertinente, por mas que este en _l~ ~emona d_e
todos copiar aquí la información sensacional de un penod1co de Pans
de fe~ha posterior al romance, cuyo relato continúa en cierto modo:

«¿Alemanes

O

bolcheviques? - La tumba del soldado de11conocido bárbaramente violada.

Poseídos aún de la emoción que han de compartir con nosotr&lt;'s el
pueblo de París, toda Francia, nuestros aliados y el mundo entero, ~ea~
nuestras primeras palabras de protesta y excitación .ª los Poderes pubhcos para ver de castigar el salvaje atentado cometido esta ~adrug~da
ante el Arco de la Estrella. La tumba del soldado desconocido ha sido
bárbaramente violada; los gloriosos despojos que encerraba han ~esaparecido A la hora en que escribimos estas lineas los autores no an
·
· lo de tal , que la
sido habidos.
Se asegura, y recogemos el rumor a t1tu
Policía tiene una pista que estima segura.

EL SUCESO

Esta mañana, entre seis y siete, el guarda del Arco y encargado espe.
cial de la vigilancia del monumento al héroe desconocido, observó, al
hacer el barrido diario, evidentes señales de que alguien había hollado la
tumba durante la noche, en ánimo, a lo que creyó primeramente, de
lucrarse con las flores que adornan el sepulcro, óbolo renovado cuanto
piadoso que sin cesar ofrendan personajes y vulgo anónimo (reciente está
la visita del emperador de Anam) a la memoria de nuestros gloriosos
muertos.
Comunicado que hubo sus temores a su mujer, apresuráronse a dar
parte al puesto de Policía más próximo, de donde, sin pérdida de tiempo, se destacaron cuatro parejas al mando de un cabo, quienes pudie.
ron comprobar luego la triste realidad de los temores del guarda. Pronto
cundió la noticia por el aristocrático barrio, y transmitida desde allí a
todo París, a media mañana era tal la cantidad de público congregada
en aquellos alrededores, que fué necesario m ,ntar un servicio de orden
para contener a los curiosos y facilitar la labor de la Comisaría y el Juzgado correspondientes. Constituido éste, a las doce, en el lugar del suceso, se procedió a la requisa de la sepultura, que se halló vacía, a no
ser las flores y coronas que los profanadores habían dejado en revuelta
confusión sobre el féretro, cuya tapa aparecía forzada. Dato curioso, los
primeros que descendieron a la tumba afirman haber percibido un gratísimo olor a incienso .
LO QUE HAN VISTO UNOS TRAS'iOCHADORES

Nadie se explica cómo dado Jo muy concurrido del sitio en que se
halla la tumba, aún habiendo escogido los profanadores, para su criminal fechoría, las horas más solitarias de la madrugada, han podido llevar
a cabo su intento sin que nadie lo estorbase. ¿Tenían preparado el golpe
de mano? De todas suertes, han tardado necesariamente en levantar la
pesada lápida, descender a la tumba, forzar la caja mortuoria y escapar
con la fúnebre carga.

�LA

t

PLUMA

A última hora de la mañana se han presentado a declarar espontáneamente hasta cinco o seis jóvenes, ingleses tres de ellos, uno frapcés
y dos: rumanos, que acompañados de sus res~ectivas pa:ejas, salían a
eso de las cinco de la madrugada de un dancing establecido en una de
las avenidas próximas. Aseguran haber visto, desde cierta distancia, un
automóvil parado ante el Arco, al que subían tres, al parecer mujeres dos de ellas vestidas de blanco. El automóvil tomó, a gran velocidad, la dirección de los Campos Elíseos. Un momento después cruzaron ellos la plaza, y aunque es verdad que no se detuvieron, nada anormal observaron. Los seis han quedado detenidos e incomunicados, así
como el guarda y su mujer.
°¿BOLCHEVIQUES O ALEMANES?

Henos aquí, a raíz de la victoria, ante la repetición, con may~r escarnio del robo de la Gioconda antes de la guerra. ¿Es que el cnmen
ha de ~uedar impune? Por si la Policía no lo sabe ¿ignora el Gobierno
las maquinaciones y complots que minan nuevamente el sagrado s~elo
de Francia para hacernos otra vez víctima~ de nuestro ~ecula: descuido?
•Se tiene conocimiento en los centros oficiales de la ex1stenc1a en pleno
iarís de una sucursal de la «A. A. A.» (Acción Anárquica Analfabeta),
organizada por los Soviets de Rusia para la propag~nda revolucionaria
en el Extranjero, en franca connivencia con la «Ho Ho&gt; (~osan_na Hohenzollern), asociación pangermánica de los contrarrevoluc1onanos alemanes? Nada más por hoy. ¡Alerta!»
Según el informe médico de los cinco doctores que vieron a María
la hermana de Lázaro, en éxtasis, al parecer hipnótico, dc..c;de la noc_he
en que se recibió la noticia de la muerte del muchacho hasta la man~na del quinto día, sufría un fuerte acceso histérico, con síntomas evidentes de epilepsia larvada, padecimiento que, por otra parte, no se había manifestado en ella hasta la fecha.
La ermitaña del Cristo de la Luz, capilla a extramuros del pueblo,

LA PLUMA
donde se venera úna imagen milagrosa, de que es devota toda la comarca, asegura· _hab_er vi_s!o a la señorita María entrar en la ermita y saludar1~ con ~na mchnac1on de cabeza, uno de los días que permaneció extát1ca y a1ena a toda solicitación exterior, encerrada en casa. La mujer
confiesa que no volvió a verla salir, pese a no haberse movido de la
puerta donde estaba haciendo punto de media. La fecha coincide con
las p~imeras manifestaciones milagrosas del Cristo de Limpias y, lo que
es mas sorp~ende~te, con la maravillosa traslación acaecida en )a capilla de Yasnaia Pohana, en Rusia, residencia que fué del Conde Tolstoi
a la sazón ocupada por los campesinos revolucionarios. En ese mism~
día y a la misn:ia hora, computadas las diferencias de la Europa Oriental con la Occidental y el Calendario Griego con el Romano, una imagen del Crucificado de tamaño natural, se desclavó como por ensalmo
del m_adero, descendió, sangrándole los pies, fuese a la sacristía, sacó de
un ca16n un alba y vistiendo sus desnudeces salió andando camino adeIa_n~e. Lq cual atestiguan hasta diez personas que de una en otra comu~1caro~se el prodigio a sus primeras señales, sin acertar, detenidos por
insensible fuerza, a oponer la menor resistencia al designio del Cristo.

* * *
Cuatro personas suelen disputarse, a falta de gacetas, la prioridad en
saber y propalar en el pueblo de Lázaro cuanto se cuece del Mercadillo
a la Lonja vieja y de los Porches a la Colegiata: Anuncia la peinadora,
cuyo oficio mañanero parece facultarle especialmente para el ejercicio
de su cometido principal de noticiera, de que es sólo pretexto el de pei~ar a sus clientes; la tía Correa, mujer del Corno, antiguo peatón en los
tiempos en que había de ir a recogerlo a la estación próxima del mismo
tren que hoy llega al pueblo, y repartidor en la actualidad de la correspondencia; la señá Erótida la Paradora, como siguen apodando a la patrona de la Fonda Nueva del Comercio, los que se obstinan en no ver a
través de su flamante rótulo, sino el Antiguo Parador de Afuera; Bartolo el barbero, en fin, en cuya tienda acostumbra reunirse a diario buen
453

,.

�LA PL UMA
golpe de contertulios, que sólo de vez en vez se sirven de la barbería
para otra cosa que no sea charlar, comentar, tijeretear, entreteniendo
el tiempo,
La suerte quiso, una vez más, que fuese Anuncia quien se llevara la
palma en punto a fijar las circunstancias de la vuelta de Lázaro el resucitado a la casa paterna. De sus propios labios hemos oíJo los mismos
pormenores que constan en autos de la información judicial abierta en
consecuencia:
Las ocho daban en el reloj de la Colegiata cuando la peinadora entraba en el zaguán-jo/ que le dicen-del Clzatet. A tiempo que bajaban
la escalera el médico don Saturio y su colega del pueblo próximo. Don
Saturio acostumbraba saludar a la peinadora, a quien había conocido
niña siendo él ya maduro, con piropos protectores como: «¿Adónde bueno la picoterilla resalada?» «Anda, corre, que se te va la lengua.» «Qué
sabe la gracia de Dios•, y otros por el orden, muestra todos ellos del reconocimiento implícito de sus dotes de investigación. Pues aquella mañana, tan enfrascado iba, que si Anuncia no le detiene, amparada de la
confianza de otras veces, ni para mientes en ella.
Anuncia le detuvo para preguntarle por María. Y sólo obtuvo una
respuesta rápida, de que seguía lo mismo: Como dormida, pero despierta, muy abiertos los ojos y boca arriba en la cama, donde le habían
acostado rígida como una muerta cuatro días atrás, cuando la encontraron mirándose fija fija al espejo; ella, que tan poco se cuidaba de acicalarse como suelen hacerlo las muchachas de su edad.
Subió Anuncia a peinar a Marta; doña Salomé apenas si se movía
día y noche del sillón donde yacía medio ahogada, que ni aun acostarse le era dado. Y Marta confirmó lo que ya el médico le había dicho de
su hermana. Marta se lamentaba con la peinadora de la mala fortuna
que como un ave negra parecía cernerse sobre su casa dándole la mala
sombra de sus alas. Y era tanto el afán que ponía en reducir a las normas corrientes el duelo, por demás extraordinario, que a todos traía
anonades en el Chalet, que su misma actividad enérgica servíale de lenitivo, y hasta parecía inmunizarle contra el contagio de aquel dolor.
4S4

LA PLUMA
Peinándola estaba Anuncia y refiriéndole murmuraciones y cabildeos, a cuenta sobre todo de sus parientes los Leones, de quienes, por
mediación del Prior de los Padres habían recibido la noticia de la muerte de Lázaro, cuando se oyeron agudos gritos de mujer hacia el fondo
del pasillo a que daba la puerta del tocador donde Marta y Anuncia se
hallaban. Quedaron ambas suspensas un momento poniendo atención
a los gritos, que se acercaban por momentos; levantóse Marta con el
pelo suelto aún, y al ir a salir tras ella la peinadora, se precipita en la
habitación una de las criadas, q ue era quien daba tales voces:
- ¡La señorita, la señorita, que habla como loca!
Corrieron las tres a la alcoba de María, donde ya llegaba a su vez
don Samuel todo trémulo, en tanto acudían otra criada, la lavandera y
el hortelano, al reclamo del tumulto y en socorro de doña Salomé, que
pugnaba, ahogándose y llamando también a todos, por ir con su hija.
La cual, viendo entrar precipitadamente a su hermana, a su padre, a
la peinadora, a la criada que había dado el aviso, procurando calmarlos
con pausado movimiento de una mano, que parecía costarle mucho
trabajo levantar de la colcha, sobre que yacía el otro brazo inerte a lo
largo del cuerpo, dijo ~on voz cansada, como de convaleciente:
-No os asustéis, que no pasa nada. He llamado a ésa-y señaló a la
doncella-para que vaya a despertar a Lázaro, que me ha dicho que
quiere, ahora que puede hacer vida de campo, aprovechar las mañanas.
Ya sabéis que le gusta que le abran una de las maderas del balcón nada
más, de modo que no le dé el sol en la cara.
El primer momento fué de estupor. Don Samuel, juzgando que su
hija había perdido por completo la razón, abrazóse a ella llorando . Marta y la peinadora tuvieron que hacer grandes esfuerzos para separarle
de ella y que no la ahogase. Cuando consiguieron apartarle de allí y
mandarle con su mujer, diéronse una y otra a conllevar el delirio de
María, que atribuía su hermana al mismo histerismo nervioso, que, por
efecto de la impresión sufrida con la muerte de Lázaro, habíale tenido
tan postrada. En vano la muchacha repetía que no estaba loca ni soñando, y que no tenían más que ir al cuarto de su hermano y conven455

�LA PLUMA

LA PLUMA
cerse. Creían que la fuerza del dolor le había borrado la memoria de
aquellos días atrás y de todos los años que el hijo pródigo faltaba de su
casa, retrotrayéndole a los ya lejanos en que salió del Colegio -y ella era
una niña, que no podía acordarse tampoco.
Ya iba el hortelano en busca del médico otra vez, corriendo a la par
por el pueblo de puerta en puerta la noticia del despertar terrible de
María. Sonó en esto en la casa un timbre que la doncella creyó llamamiento de los señores, a cuya habitación fué diligentísima. Como allí
le dijeron atribulados doña Salomé y don Samuel que nadie llamaba,
bajó a la puerta de la calle, en la que no vió a nadie, volvió a subir, sin
que el timbre callara, y ya se precipitaban todos de nuevo de una parte
a otra sin saber dónde acudir, cuando se oyó clara y distintamente una
voz velada por la distancia que podía naber hasta la alcoba que fué de
Lázaro, clamando al par que una mano impaciente golpeaba por dentro la puerta de la habitación:
-Pero ¿qué pasa? ¡Abridme! ¡Acabo de oir las nueve en el reloj de la
Colegiata! ¿Quién ha cerrado la puerta por fuera? ¡Vamos! ¡Mica! ¡Abre
Mica!
Micaela se llamaba el ama de cría que fué de Lázaro, muerta al servicio de la casa todavía, de la peste que asoló al pueblo al tercer año de
la guerra.
Ill.-COSAS DEL OTRO MUNDO
Yo fui, en calidad de escribano de actuaciones, acompañando a).
juez especial nombrado para entender en lo que se llamó «La Causa del
resucitado•.
Llegamos al alborotado pueblo en el tren de la mañana. Durante el
viaje no oímos hablar de otra cosa. El juez y yo, sin dejar traslucir
nuestra misión, escuchábamos atentos. Quién, aceptaba a cierra ojos la
evidencia del suceso sobrenatural; quién, desconfiaba de cuanto se decía atribuyéndolo a manejos electorales de tal o clial cacique; creíanl1t
los unos en nombres de Dios y como señal manifiesta de su divino po-

./

-d er; negaban los otros su posibilidad en nombre de Dios también, por
acatar las severas disposiciones del alto clero contrarias a la validez de
un milagro producido fuer1.&amp; de toda jurisdicción; se aducían doctrinas
científicas pretendiendo explicar tan extraordinarios acontecimientos y
las consecuencias que de ellos se siguieron, como un vasto contagio hiperestésico de alucinación colectiva; se alegaban textos admitiendo la
interpretación espiritista de tales fenómenos con la hipótesis de un desdoblamiento de María, la hermana de Lázaro, y aun de la posibilidad
&lt;le la aparición del muerto, reencarnado por pocos días en la misma envoltura corporal que había tenido en vida; se cruzaban apuestas; se enzarzaban disputas. Nunca la opinión española se pronunció con tal entusiasmo, en pro y en contra, salvo en la guerra carlista o en tomo a
dos toreros rivales. El pueblo «presentaba-al decir de un diario localel aspecto de las ferias más animadas». El comercio hizo su agosto, y
no faltó quien aventurara maliciosamente la probabilidad de una confabulación de mercaderes-a que suele llamarse «fuerzas vi vas»-para
implantar una Lourdes ibérica sobre las ruinas morales del Pilar de Zaragoza, el sepulcro de Santiago y la Pradera de San Isidro. El gobernador, a instancias del alcalde, mandó un piquete de la Guardia civil para
garantir el orden póblico.
Fuimos a la fonda, de donde nos trasladamos al Juzgado para instruir las primeras diligencias. El rumor popular propagó la novedad de
nuestra llegada, lo que acabó de soliviantar los ánimos, harto excitados
ya. Hubo una procesión del Cristo de la Luz, sin permiso del Obispo
ni más responsabilidad que la del ecónomo adjunto a la ermita, en acción de gracias al cielo por el señalado favor que dispensaba al pueblo,
devolviéndole a su «hijo predilecto» honor concedido a Lázaro en sesión extraordinaria del Ayuntamiento con el voto en contra de los concejales Leones. Se organizó una manifestación republicana, como protesta contra la pasividad de las autoridades locales ante los desmanes de
la reacción fanática.
Copiada queda en síntesis la declaración de Anuncia la peinadora.
Por el Juzgado desfilaron, en espontánea información, cuantos tenían a
45T

�LA PLUMA
gala contribuir al esclarecimiento del suceso con su testimonio, falso
casi siempre. Fué menester después que una pareja de a caballo nos
abriera paso hasta la puerta del Chalet donde se agolpaban insensatos
los curiosos vociferando. Las habitaciones de la planta baja estaban llenas de amigos y allegados, en hábito y continente de duelo. En tanto
advertían de nuestra llegada al dueño de lá casa, Marta nos recirió en un
despacho, del cual desalojó a cuantos estaban.
Marta declaró la primera. Parecía muy serena. Vestía un traje de
tonos claros. Contestaba con seguridad. Y sugirió con un sentido que
pudiéramos llamar terrenal la explicación más humana: ¿qué noticia
cierta tenían de la muerte de su hermano, si no era la transmitida, de
acuerdo con un antiguo compañero de Lázaro, por su novia de un día la
Jeoncilla? ¿No era una manera de volver a su casa el hijo pródigo sin
que su padre pudiera cerrarle la puerta-y la gaveta-el dárselas de resucitado, superchería a que había de ayudar con toda su buena fe y su
misticismo loco su hermana María?
Su hermana María se presentó temblando, los ojos en el suelo, las
manos juntas, ruborosa y pálida a cada pregunta, vestida de negro. No
hubo modo de que declarara otra cosa que su fe en Dios y en Jesús su
divino hijo, por cuya intercesión había vuelto a la vida su hermano
Lázaro. Dulce Jesús, Jesús alabado, Jesús mío, Jesús me valga, fueron
las únicas palabras que pudimos arrancarle en consonancia con lo que
el Juez le preguntaba; pues no obstante el abus&lt;&gt; que de ellas suele hacerse las haya desprovisto de su sentido religioso y pese a la intención
de María la hermana de Lázaro de soslayar toda respuesta categórica, le
delató el acendrado entusiasmo, rayano en el deliquio, con que escudaba su mutismo tras de aquellas sólitas frases.
Declaró don Samuel exculpando la severidad, tal vez excesiva, con
que había tratado antaño a su hijo por encaminarle al bien. Y rehuyó
una opinión explícita que pudiera orientar al juez en el caso concreto
de la supuesta resurrección, si bien se inclinó a admitir como buena la
hipótesis de la desaparición de Lázaro del campamento francés donde le dieron por muerto y donde con otros heridos graves pudieron

LA P L U ,\J A
hacerle prisioneros los alemanes. Las penalidades sufridas por escapar
al cautiverio, ¿no eran bastante para perder, siquiera fuese temporalmente, la memoria y alterar el funcio!'lamiento normal de la mente?
Don Samuel se adhería con tal suposición a la ingeniosa teoría expuesta por un catedrático de Medicina Legal en cierta sonada conferencia en
el Ateneo de Madrid.
Doña Salomé, rompiendo su amor de madre por entre los hipos,
lloros, ayes, ahogos y suspiros del histérico. no supo decir más sino que,
habiendo recobrado al hijo que creía perdido para siempre, su sola vista le aplacaba todo deseo de saber cómo ello había sido, por lo que nos
rogaba a los que teníamos encomendado por ministerio de la ley esclarecer la Justicia, que dejáramos hacer a Dios la suya sin meternos en
más averiguaciones.
Consideró pertinente el juez efectuar un careo entre la leondlla, presunta cómplice del resucitado, con el propio Lázaro. Como éste, convaleciente aún de las heridas que le causaron la muerte en el campo de
batalla, no se hallaba, según dictamen de los forenses, en disposición de
salir de su domicilio, se intentó la diligencia en el Chalet adonde llegó
la muchacha acompañada del Prior de los Padres, de la Superiora de
las Hermanitas y de don Dámaso el abogado de los Leones, que por
neutrales los dos primeros en la contienda familiar y en cumplimiento
el otro de su deber profesional, podían, sin menoscabo de la dignidad
propia ni abdicación de sus convicciones, entrar en casa de don Samuel
viniendo de la de enfrente.
Presentes la leoncilla y sus valedores, llamó el juez a su presencia al
interfecto. Pude advertir que su novia de un tiempo, no bien oyó pronunciar el nombre de Lázaro, apretó con fuerza las manos de la monja
que atenta permanecía a su lado.
Lázaro apareció en el umbral del despacho. Digo que apareció y
aún fuera más propio decir que se apareció; tan espectral era su aspecto. No sabría decir cómo iba vestido, ni si andaba o se deslizaba como
una sombra. Recuerdo que las facciones de su rostro palidísimo, sus
movimientros de brazos y piernas, no ie acusaban delimitados en una
459

�L A PLUMA

L A PLUMA
.atmósfera clara. Una sonrisa que intentara, por leve que fuese, desdibu'ábale el rostro diluyendo la expresión y borrando súbitamente sus ras¡
'
.
d.
gos característicos. Su estatura, su volumen, parec1an aumentar o 1sminuir a medida que avanzaba una pierna o la retiraba para dar un
paso adelante o atrás.
.
. .
Pero lo inefable era la voz, sorda, sin matiz, sin tono, y, sobre todo,
desproporcionadísima con la distancia a que se h~llaba de nosotros. No
porque hablara alto O bajo, mas porque no ~arec1a yroceder de su boca,
ni aun de su cuerpo, es decir, que no la tenia loc~hzada aparentemente
como algunas personas en el estómago, o _en el vientre,_ o estra_n_gulada
en la garganta, 0 subida a la cabeza, o alo¡ada en la nan~, o ~~1e~~osele por los ojos, pero que surgía, envolviéndole, de no ~e que mv1s1bles
receptáculos flotando en derredor nu stro. _Era_ como s1 en ve~ de alzar
la voz O bajarla, se alejara, no en la d1stanc1~ sm.o en prof~~d1dad, o se
.acercara hasta parecernos que nuestro propio 01do la em1t1a._ Algo semejante a esas cabezas figuradas, metidas dentro de una ca¡a, que el
ventrílocuo de circo abre y cierra paulatinamente a la par que modula
sus palabras con un efecto de alejamiento o proximidad para demostrar
su fenomenal maestría.
. . . ..
No esperó a que el juez le interrogara ni a nadie saludo n'. p1d10 venia para empezar a declarar, con tal rapidez e incansable aliento, ~ual
si no hubiera menester la breve pausa que yo necesitara para seguirle.
Pese a la imposibilidad en que me ví de transcribir sus pala?ras~ apareció luego su declaración, escrita de mi letra ya ~ue no ~e ~1 puno..
-«No es fácil-dijo luego Lázaro-que el digno senor ¡uez en e¡ercicio de las atribuciones que la ley le confiere, ni los demás presentes
que con él me escuchan, puedan, así de primera~, ponerse a. tono co~migo. Ni yo mismo logro relacionar las ap?rtac1ones de mi _memona
ordenándolas con una lógica adecuada al tiempo y al espacio en que
los mortales viven. No veo, sin embargo, otro modo de ayud_ar al repr~sentante de la Justicia en la investigación que se p~opone, sin~ el de ir
exponiendo los hechos físicos y psíquicos cuya pasión ~e atane. Declarándolos, consigo, además, reducir a términos asequibles a la mutua

7

comprensión las inefables experiencias a que la fatalidad me tiene sujeto .
~una voz imperiosa, de acento irrefable, me ha sacado de las tinieblas del sueño en que mi conciencia, dispersa, andaba a tientas. Esa voz,
cuyos ecos parecíanme resonar en una bóveda fría, decíame: «Lázaro,
levántate y anda~. Había en ella no sé que dulces inflexiones que en el
fondo de m1 ánimo dormido, adonde la voz llegaba mansa, se confun dían con el recuerdo que el tiempo día tras día había ido acumulando
de la voz maternal interrumpiendo mi sueño mañanero: «Anda, hijo,
Lázaro, levántate que son las diez~. Sentía al mismo tiempo aquel suave resplandor que, al abrir mi madre las maderas del balcón, me hería
los párpados iluminándome los ojos por dentro con sólo el calor del sol.
~y empecé a soñar a sabiendas, haciendo equilibrios en la raya inmaterial que separa por la mañana Jo real de lo soñado. Soñé que estaba enterrado vivo. No, enterrado vivo no. Cuando alguien se da a pensar en tan atroz posibilidad, se atormenta sólo con imaginar el tremendo suplicio que sería hallarse bajo tierra, sujeto por una mortaja, rígido
en el ataúd y con el deseo y la voluntad libres. Y yo no experimentaba
martirio tan terrible, sino 1a sensación voluptuosa de quien descansa
mecido en un sueño profundo. Este pensamiento: «Estoy enterrado
vivo~ era tan puro en mí, me lo formulaba tan desprovisto de toda contingencia utilitaria que pudiese implicar dolor físico alguno, que no me
hacía mella en el ánimo. Es más, decir lo que ahora digo es inexacto
por falta de elementos expresivos. Mal podía ese pensamiento ni ningún otro hacer mella en el ánimo, lo cual supondría la existencia del
ánimo, de los sentimientos, sensaciones e ideas armonizados a que llamamos tal, considerándolo en el todo indivisible del espíritu humano
encerrado en los límites del cuerpo mortal. No; no pueden el señor juez
ni ninguno de los presentes darse cuenta de lo que quiere decir un pensamiento puro desligado de toda relación con otros pensamientos, com~
un resto de memoria asido a la experiencia de un hombre cadáver ya.
-.Estoy enterrado vivo.~ Por este hilo fuí sacando poco a poco el
ovillo de mis recuerdos personales. «Me van a comer los gusanos~ pensé después. Pero sin sobresalto. Y empecé, sin valerme de las manos.

�LA PLUMA

LA PLUMA
materialmente, a comprobar por el tacto la integridad de mi propio cadáver. El dominio de los sentidos, sin necesidad de emplear los órganos
a que en vida estén afectos, es otra de las sensaciones cuya explicación
me parece imposible. Se puede, no obstante, ver a cierra ojos, oír con
la sordera total de la muerte, oler con las naric&lt;'s taponadas con el fétido algodón en rama de las funerarias, gustar sin mover la lengua ni
tragar saliva, tocar sin manos ni pies.
«Fui comprobando, repito, la integridad de mi propio cadáver. No
me comían los gusanos. Estaba entero. Me palpé bien las piernas, el pecho: no me faltaba nada. De pronto sentí cierto calorcillo flúido: saqué
las manos llenas de sangre. Si, no me cabía duda, se me salían las tripas. Me llevé las manos a la cabeza. ¡Horror! ¡Ah, qué desgarramiento
instantáneo! ¿Me había cogido la descarga? En el mismo momento del
vuelo porque estaba volando, señor juez-, en el preciso instante del
vuelo fué sólo un instante, señor juez-, al perder el peso de la conciencia, vi en una llamarada, sentí en un espasmo, cuanto había visto

y sentido.

»Renuncio a explicarlo. No me entienden ustedes. En la Naturaleza
nada se pierde, han dicho los sabios. Todo estaba allí, en mi recuerdo.
Verá el señor juez cómo fué: Yo no podía resistir más la trinchera.
Y eché a correr, eché a correr como un loco para entregarme; las manos en alto. Corriendo, corriendo, perdí tierra bajo los pies; me subí al
tren de un salto inverosímil. En París había olvidado ya todo lo sucedido; mejor dicho, no puedo precisar s1 lo había olvidado todo o no me
había sucedido aún; me vi haciendo cola en la oficina de alistamiento,
sentado ante la ruleta de Trouv1lle y diciendo estúpidamente: «Rien ne
va plus•. Cocó me besaba en la boca. Perdón, señor juez. Cocó era mi
mejor amiga. Sin ella ¿cómo me hubiera librado nunca de las garras de
Raoul-la-Philosophie? Raoul-la-Philosophie era un apache, señor juez.
No serví para el oficio; es incómodo Me volví a Milán. No puedo referir, ajustándolas a la medida usual del tiempo y del espacio, repito, las peripecias de mi viaje aéreo. Pretendo contar unas después de
otras impresiones que viví en un segundo. ¿Simple recuerdo de la vida

1

{

que se ap~rece a la ':onciencia en los últimos instantes? Quizá baste eso
para explica~. el fenomeno. Nunca para dar idea, siquiera fuese lejana,
de_ la sensac1on que se experimenta, como si, disgregados los pensam1~ntos a~umulados en la mente, a punto de perderse en la nada del
Umverso mmemorial, revivieran todo lo vivido y lo soñado lo r r d
I ·
'bl
.
,
ea iza o
y o 1m~os1 e, sin que se pudiera separar la intención del acto; cada
pensamiento, ~ada sensación, cada partícula del alma, siguiendo el hilo
de su ex1stenc1a propia, con la misma fuerza el recuerdo del primer beso
d_e amor que la mcmo~ia est~pida del estornudo de un gato en u n día
sm claroscuro de la primera mfancia.
»'.'Ji responde ahora tampoco mi declaración a la verdad de mis últi11tQs momentos. A_hora ya he conseguido, mal que bien, asociar lo que
una granada hab1a disperso al destrozarme el vientre y tirar mi cabeza
por el alto. A~1ora, por e!empl~, destaco perfectamente de aquel número
de r~cuer~~s iguales en 10tens1dad, el que me sirve para reconstruir mi
contm_uac1on perso~al en_ ~l orden humano, dentro de la jerarquía física
y sentimental de m1 fam1ha: la fatal oposición a mi padre.
»Estoy seguro de que mi padre no se ha enterado de nada. Y, sin embargo,. tuve con él un~ ~ntrevista emocionante. Entrevista que yo sé
muy _bien que no ha ex1st1do en el orden del tiempo con la misma evid_enc1a que otr.:&gt;s encuentros con él. Entrevista que yo no me explico
smo_ como la concreción, en un deseo supremo, de la voluntad que m;
h~b1era llevado algún día al extremo de abordarle como entonces lo
hice zn mente. Mi padre, en aquel momento de mi ascensión delirante al
ot_ro mundo, m~ ~ecibió en su escritorio sin dejar de despachar con los
clientes q~e sohc1taban su usuraria ayuda económica. Me presenté a él
como el d1a que me escapé del colegio. Y como entonces, sostuvimos
una ~onvers~ción sin atadero. Sólo que ahora era yo el que hablaba y
él quien rumiaba pensamientos ajenos a mi intención. De la misma manera que entonces fué él quien habló iracundo y yo quien callé soslayando su menuda requisitoria. e Te has matado-me dijo no más-. Te
has matado.» Y el pobre hombre lloraba; pero la razón que en quel momento supremo se manifestaba elocuente, aducía: c¿Ves? ¿No te lo de463

�J.A PLUMA
.
l héroe? ¡Toma heroicidades!• Yo Je concia yo? ¿Por que has hech? e "bl que no me entiendas? Mira. Había
testé: «Padre, padre, ¿sera _pos1 heb' os cantado un himno: • Viva el
"d I
t'c·ón de premios, a iam
.
s1 o a ~epar i i
.
de la clase había recitado una poes~a en
padre director•, y el pn'?1ero
l
erdo perfectamente: La prtmera
honor de Cervantes. Se utulabla, o recu o eran suyos que eran del Pa.
L'da T d sabíamos que os versos n
.ra t . o os
1·
t ra Por la noche, cuando ya nos
dre Curiambro, el profesor d_eb itera ~ez~ndo alineados de rodillas a lo
íbamos a acostar, y según esta ~mos t me di¡·o al oído: «Lázaro, )eld
·t ·o el Padre mspec or
.
largo de ormi on ,
. ~
é
el breviario, que debo haberYántate; anda, ve al Paramn o ydtra me ·os en el último banco de la izmelo dejado _duran~e el repar;:me !~~l:~acilenta que alumbraba en el
quierda. • Ba¡é comen~o. La de ~an Estanislao de Kotchsk.a empujaba
recodo del claustro la image~
d
El Paraninfo estaba a oscuras.
mi sombra vacilante contra as pare es. t ba la luna y me inundó la
,
por cuyo montante en ra
·
.
Abn la ventan_a,
n los rillos un cri-crí tan agudo, que hacia
Primavera. Le¡os, cantaba
g
ento callado de codos en l?. venllorar a las estrellas. Me estuv~ un mol~da Salté al huerto de un brinco.
D
to pensé· La primera .ra i •
d .d
tana. _e pron
. .
M i uió durante mucho tiempo el la n o
El portillo estaba abierto. e s g
y
padre cómo no podía es'
d 1 perros del campo. a veS,
alerte de. to mes
os os
,
.
.
el bachillerato para salir ael
ni
un
d1a
mas
a
termmar
perar m un
,
colegio.
d
i padre ya no se acordaba. Me dijo:
,Me di cuenta entonces e ~:\;hé a llorar como un niño. Como un
• Yo te hablaba ~e la guerra.&gt;
M apretaban las narices para que
niño que no quiere tomar una pur~~o e ué risa!, como un recién nacíabriera la boca. y lloraba gan~uea b' ¡~s del ama chupándole goloso
do. Me dormí pe~ueño, p~que;;~ e\c~:rme en la ~una, me desperté.
un pezón. Al retirarme e pe
y
.
t' . de la cama
Oí dar las nueve en el relojf~ed la C~le~o1:::yy :~le~t~as de todas. clases.
tonccs he su n o ve¡ac1
d
D d
,. es e e~ .
.
todos los eriodistas, i:etratarme to os
Han pretendido mterviuvar~e t do todoflos partidos, contratarme tolos fotógrafos, presentari:ne dd1pu a
dar conferencias con proyecciodas las empresas de vaneda es ) ' para

L ,-\ P L U ~l A

nes, todas las Universidades americanas. Los médicos se disputan mi
cadáver redivivo. Fruncido el entrecejo, una mano metida entre las solapas de la levita, atrás la otra como Napoleones, pretenden los más
volterianos que soy un simple traficante de imposturas mejor o peor urdidas; los menos dados a compro'lleter una opinión, un catalépico. Los
incrédulos me piden definiciones concretas de la otra vida. No les basta
que yo les diga sinceramente que no es vida ni tiene definición posible .
Los creyentes desean ver confirmadas sus esperanzas de una existencia
ultraterrena de acuerdo con las pinturas más inocentes del Paraíso.
Y aun entre estos últimos andan las opiniones divididas sobre si la música celestial de las orquestas seráficas ha de ser a base de la quinta sinfonía o de la suite en re. Tengo hace días un secretario exclusivamente
destinado a contestar las tarjetas postales en que remotas coleccionist:1s
me piden un pensamiento autógrafo. Me he visto precisado a adoptar
en general los versos de Santa Teresa, que me vienen como anillo al
dedo: «Vivo sin vivir en mi y muero porque no muero.•
•En cuanto a Jesús Nazareno, no le cono:1co ni de vista. Están, por
lo tanto, desprovistos de todo fundamento los rumores acogidos, con
diversa intención, por la Prensa de la izquierda o de la derecha, referentes a mi aquiescencia a la campaña de Galileo con miras políticas en
relación con las próximas elecciones. Protesto tanto o más contra esa
campaña cuanto que mi reintegración al mundo de los vivos no ha sido
acompañada de las inexcusables garantías humanas que son menester
para la mutua convivencia social. Desde mi resurrección no me pertenezco, no me debo a mi mismo, no se me otorga la simple condición
de ciudadado libre. Por si no bastaba la inaguantable solicitud con que
familiares y amigos se disputaban mi nueva existencia, se me ha pre
sentado incluso mi mayor enemigo, dispuesto a cancelar, pues que mi
muerte borró toda diferencia entre nosotros, los rencores que mantenían
viva nuestra disparidad irreconciliable. No hay, no puede haber tormento mayor que este de ver aniquilada la memoria propia, hasta el punto
de perdonar la enemistad eterna. Tan duro es el suplicio, que me he frotado los ojos muchas veces por convencerme de que, en efecto, he revi-

XXX

�J

L .-\ PLUMA
vido y que no estoy en el peor de los infiernos, en el limbo de losinocentes.
Ved si no, aturrullados representantes de la justicia menos humana,
el espectáculo que ofrece mi casa, donde, por la rapidez del milagro y
lo insólito del suceso, nadie sabe atemperar sus actitudes a la emoción
debida. Y hay quien duda entre si llorar o reír alborozado. No ha mucho que las plañideras han venido a cobrar el llanto que hicieron en mi
servicio fúnebre. Sólo mi madre parece, por su gozoso martirio, haberme parido de nuevo ... &gt;
Don Dámaso, en ésto, interrumpiendo a Lázaro, se dirigió al juez,
que no menos confuso que yo, escuchaba sin pestañear el alegato del
resucitado. Y dentro de los términos de la ley se permitió preguntarle
cómo se entendía que pudiera Lázaro responder a ningún requerimiento judicial sin personalidad que le capacitara. Que mal podía si estaba
muerto, según las correspondientes partidas de defunción en Francia y
en España, declarar como vivo ni menos sostener careos con nadie hasta
que una ley especialísima y extraconstitucional no diera validez a las resurrecciones.
Volviéndose a estas palabras el interfecto adonde su novia estaba,
desfallecida casi sobre la monja, sq acompañante, prorrumpió con voz
horrísona, a que acompañaba hórrida máscara de sarcasmo: «Si estoy
muerto o no, lo diga mi amor, deshojando esa margarita más.&gt; Y atrayendo hacia sí a la muchacha, salvando la distancia que los separaba,
sólo con alargar el brazo a doble o triple alcance del que parecía corresponder a su tamaño, le dió un beso en la boca.
-Está frío-murr,rnró la !to11cilla, trocando como por ensalmo su
espanto por una expresión de inocente simplicidad-. Está frío.
Y sin dar lugar a que se repusieran de la sorpresa el fraile ni la superiora, poco habituados a reaccionar tan violentamente como las circunstancias requerían, sin que don Dámaso tuviera tiempo de solicitar
auxilio alguno, corriendo por entre la gente que cuchicheaba en el vestíbulo, salió al jardín y pasó al huerto en pos de Lázaro que, desnudo
y ágil, la precedía huyendo como satírico fantasma.
~

466

LA PLUMA
~i ?ºr la ventana o por la chimenea
.
.
la tun1ca, que se dejó prendida de
, nadie le vimos salir, ni perder
hubo a la alberca, se zambulló 1 una zarza. Todos tras él, JJegado que
La leoncilla dió en reír en • ~vanta~do una gran salpicadura.
,
reir, a liempo
.
nu d arse. En tanto el ho t 1
.
que 1igera pretendía desre ano se arro¡ab 1
rrando el aire los gritos de doña Salomé
a~ agua, y se oían desgamurmuraba calladamente con
. . , Marsa, de rodilJas a mi lado
expres1on beat 'fi
,
• E 1 cuerpo de Lázaro no fué hall d p
i ca: «¡Dulce Jesús mío!,
trola corriente de la alberca por u/ º·. reten~en los más que le arrasen tiempo de los árabes daba salºd a mina antlgua, hoy inundada que
I a secreta
1 1
•
una trad1· . .
a a a cazaba del otro lado
d el monte, seoún
~
c1on oral no co
b d
La leoncilla sigue riéndose, mientras
.
se mpro
de
da a. .
en una celda del manicomio de...
snu a y viste de continuo
C. R1vAs Cm:RrF.

FIN

�LA P L U ~l A

ARTHUR SCHN ITZLER
(LA ESCUELA

VIENESA y

LA )iQVELA PSICOLÓGICA)

le faltaba a Ja novela alemana.
europ~a. era lo q~e
tales osaban hacer de ello un
Criticuelos e_ idiotas sen~1m:o~. Grimmelhausen era aún alg?
mérito espec1~l: Se~:~s A.1!mania Central tenía una marav1grande, y la_ ep1c~
l Perdióse arrebozóse en lo auto~iollosa matena ~mversa :
erso~ales no arrastraba consigo
ráfico y el canal del d~stmo de vidas de la rosa no fueron ar~d~s
~I mundo y la existencia¡ Losdc~p;a tradici6n-el delirio de lo md1sino rayados. No había a a ver a h~sta Thomas l\1ann-, sino que era
vidual corría desde~- ~- Mey~~ca acidad ue frisaba osadam~nt~ con
impotencia y renunciamientoL
ierioridad se proclamaba a s1 misma
la obstinación del nodquerrj s!c:~ fueoo espiritual de los ale!11a~~~ Y
como tipo y guarda ora e. .
e lo buscaban en lo qmmen~o,
escarnec1a a los grandes _sohtanos q~ aislamiento. Más honrado y d1gterreno en el cua1 lo cultivaban, ed s de haber sido incapaz, durante
no es la confesión ?e haber ~eca. ºn{os del espíritu. Las razones se exdecenios, de cumphr los man am1e
.
.
plican por sí mismas.
d I vida no se deduce del estilo m1~mo,
Pues el estilo del arte y e a ó . s que fluyendo a su tra,·es_, se
sino de hostigadoras fuerzas arml n;~:as en 'Europa; Francia, R~sia y
alzan tras él. No son, e~fi genera ~te Acaso la militarística Rusta ha
Austria las poseen mam ~stamFon~ane aunque sólo como corr~ctor
hecho con ellas hasta al m1smod más Al~mania no estaba ya en s1tuade la insuficiencia. Pero pr
~ los bávaros, badenses y suavos no
ci6n de poseerlas. 1:a tra ich n r cuna literatura universal, y sólo proera lo bastante cósmica para ace

[I

LENITUD

f

~g

dujo una cpigónica guardia de poetas locales que reputaban por estilo,
por fuerza torrencial y formadora, a las costumbres, esa perezosa mezcla de pensamientos hereditarios y comodidad. La literatura alemana
no necesita estar orgullosa de Frau Supper, Herrn Finkh, Herrn von
Bodmann. Absorben aún algo de fuerza corrompida en la tumba del
siempre grande Gottfried Keller. Hermano Hesse es quien es digno de
ser discutido en esta serie, el cual, aun9ue sucesor en este terreno de la
manera de escribir, se extiende más alla de lo únicamente literario con
un espíritu idílico sur-alt&gt;mán y un prestigio de raras opiniones. Es uno
de aquellos alemanes que, aun cuando siempre les permanezca ajena la
manera de ser del mundo y anchura y profundidad del destino, alcanzan una belleza casi clásica y vuelven a zambullirse en los tiempos juveniles. Hay que considerar toda la obra y la vida de un pensamiento
ya de antiguo artístico. Capacidad para grandes complejos de creación
también la poseen otros después de Keller. Carl Hauptmann se reduce
a una sensibilidad impresionista, con frecuencia tierna y dulce, pero
siempre desordenada. Stehr, que en realidad tiene a veces algo realmente penetrante, es uno de los menos capacitados, aunque en él
siempre se trate de grandes dimensiones, y que jamás puede traer a
unidad lo naturalista y lo visionario. Tiene manos siempre temblorosas
y no alcanza a realizar cosa alguna. Schaffener gusta de insertar reflexivamente el círculo de ideas de la época en el curso de la acción, pero
permanece en la sombra, diluido, aburrido, pesado, mostrando su impotencia. Lo más fuerte y viril de todos elfos aparece en Wilhclm
Schafer. Aquí vuelve a acumularse lo procedt!nte de KeUer co::1 un
oscuro ardor masculino y trata de dar forma arquitectónica a Jo propio
de su generación y a lo eterno con aquella validez general de lo supernacional. No obstante, está fuera del tiempo, muéstrase aquietado de
un modo harto contranatural en un tiempo de estáticas búsquedas. Es
una buena tradición, aunque no la del espíritu investigador, sino una
forma de vida, que no esta hoy penetrada por el satánico borboteo de
la evolución, y que más tarde tampoco será típica, cuando el suelo general de la cultura vuelva a ser clásico; esto es, dotado de claridad.
Pues sólo puede aquietarse lo que estaba antes en movimiento. Y lo
otro se hará fósil porque siempre fué pacífico y sólo por las viejas venas
le corre aún a veces un aliento de fuego. Todos estos son artistas de
cierta categoría, algunos de mucha, por su poder cr~ador, pero no enlazados en aquella mística conexión con la conciencia del mundo y con
sus transformaciones, que, sea como quiera, crean lo representativo.
Para esto se precisa una raigambre profunda y jugosa. No sólo una
-469

�L:\ PLU MA

continuidad en la producción de la forma: estar arraigado en lo esencial, en lo popular, en las aguas subterráneas, en el jugo de ideas del
suelo popular. Para esto se precisa una cultura, no sólo capacidad productiva y flexibilidad como de goma en la manera de escribir y concebir.
Con el creciente excepticismo y la vanidad interna, con la conciencia de la forma negativa de la pasada época, comenzaron perturbaciones en la ingeniosa construcción del relato de los clásicos sur-alemanes. Influyeron los escandinavos. No se comprendió la magnitud de
Hamsum, y, lo mismo que a van Gogh los pintores, tuviéronfo los literatos por un impresionista, igual que a los sutiles daneses Bang y Jakobsen. De todo esto resultó una mezcla de impresionismo con buen
juicio como en Bahr, con virtuosismo como en Kellermann, con aperfUS como en Altenberg. Con las sorprendentes y excesivamente bien
acogidas ciencias naturales fueron rebajadas las almas a la categoría de
preparados. La poesía cayó en servidumbre; tuvo temas de análisis químicos, de diagnósticos medicinales. Hubo casos clínicos que fueron Ji.
teralmente asunto de representación. Desde Ibsen hasta Hans Heinz
Ewers no es muy largo el camino. A Wassermann lo salvó su gran talento, apartado tambien de tales bajezas espirituales.
A Schnitzler lo salvó Viena, lo hizo representativo.
Ha habido en la Alemania prusiana muchas bromas para despreciar
el Austria. Si la combinación política era imposible, poseía, sin embargo, una cultura ampliamente reflexiva. Al decir «rococo&gt; se piensa en
la armonía de las cosas desde el bidet a la tragedia. Al decirle a uno
Viena ocurre lo propio. Hay aquí, sin que su valor deba ser calculado,
una cultura de la cual no tienen ni huella los alemanes. Allí y en las
montañas bávaras, en Inglaterra, en Estocolmo, hase dotado a lo germánico de los ejes de su expresión en el mundo. Por todas partes hay
allí corrección, un selecto principio puesto en ejecución, paisaje, costumbres y espíritu y hombres que traer a una unidad, que llevar bien
cobijados a través de las combatientes épocas. Lo vienés es lo más débil de ello, pero es algo definido. Teatro, manjares, dessous femeninos,
y mentalidad y formas sociales tienen el mismo ritmo unificador. Si
hablan los prusianos de sus Grandes Electores, de los gestos de Federico,
de deber, y casta, y espíritu, se trata de esta o aquella actitud, de la defensa, la coquetería y hábitos de una casta dominante que, a veces, en
su unilateralidad, se ha poetizado en ciertas sorprendentes formas, pero
que no posee ninguna amplitud, ninguna base vital, ningún jugo popular, cosa quizá muy digna de asombrar pero sencillamente abomina-

L A PLUM .-\
ble. Lo que ~e ~xtiendc entre las estirpes de las montañas de Baviera,
donde ~n !111st1co z~mo del suel? hace al hombr~ g1andc y engarzado
en el pa1sa1e, y Suecia, es caos e 10cultura. Es asombroso en sus erróneas carreras, sus ~randes . hechos heroicos, sus sacrificios y mártires
para formar u~ esulo aleman. Pero aún no es nada. Lo que aparta a la
actua\ gener:1c1ón de la ~nterior y de toda la escuela de Keller es, en lo
esenc!~l, la idea de servir a este fin y vivir de nu ~vo como dilatada generac1on.
Porq~~ ~ólo fuera de ese complejo puede ser comprendido Schnitzler, es d1ftc1l. l\egar pl~_namente a él y a su significación. Lo mismo que,
no por una uni;~ acc1on _a los hombres y a las mujeres, según un sólo
abrazo, no e~ l_1c1to con~1derarlo por esta o aquella exteriorización. El
c~mcepto sena 1~sul~o e 10fantil. Lo mismo que para el hombre, sólo la
vida entera es criterio y saldo de cuentas, y para la mujer haber gozado
:igotadoramente de ella hasta los últimos limites del alma y del cuerpo
en este poeta sólo lo es el ha~er cogid? en las manos y sopesádola toda
obr3: sono~a, rotunda y maciza. No importa un miembro, sino toda la
tensión. S1 s~ P:1lpa hasta ta.n lejos, de los muchos rebozos surge primero el_ J?~esent1m1ento, de~pucs el contorno, por último la tersa forma. Su
trad1c10n,_ su porte, su c1.u_d ad, su fuerza, es la atmósfera que respira, lo
q_ue lo alienta en lo poht1co, lo oscurece melancólic;. mente, lo seduce
tiernamente, lo excita y lo satisface: Viena. Esto es su arte. Ambiente
como figuras. Exterioridad y penetración. Rendidas y amadas. Forma y
amor. Por lo tanto: su sensibilidad del mundo.
Natualmente que _el c_uerpo vienés, comparando su desarrollo con el
del mundo, no_ es nmgun gran. mundo. Pero como Schnitzler es proJuct? suyo! recibe su sello, Jo mismo que Paris se formó un Musset, y
detras d~l tierno mundo de Tchekof, tan próximo al gracioso y de suave colorido de Schnitzler, se alza la gran tristeza espiritual del oriente
eslavo. J.,o_s alemanes c~een con frecuencia e~tar cerca de una gran cultura el 1m1tar ~o extran¡ero y los hombres están orgullosos de que los taJles de. sus mu¡cres lleven faldas que sólo convienen a caderas francesas.
Se esta entre _no_sotros en un _grado aun mayor en la imitación, pero no
e~ el apren_d1za.1e. Las austri_acas y las suecas tienen sus faldas propias,
cierto q~e 10sp1radas en occidente, pero cierto también que acomodadas or&amp;ani ~amente a la forma de la vida, del carácter y del muslo. Y
hasta el ~as espant~so embrollo de los talleres vieneses, en los tiempos
Je la t.ernble care~c1a de forma, tenía siempre un estilo.
As1 se caracteriza la obra de Schnitzler, surge a veces vi vamente impregnada de aroma, fluye otras con tenuidad; pero jamás ha llegado a

1;

471
470

�l. A P L U l\J A

,

una definitiva y plena ejecució~ . Se puede destrozar por completo cad_a
cosa aislada suya. Pero de un hbro a otro, ton~ tras_~ono, en una plenitud siempre nueva, en una forma cada vez mas cemda, se v~ construyendo una melodía fundamental. Esta y la otra parte de la cmdad, los
latidos del corazón humano en la altura y en las profundidades de las
capas del aire, las excitaciones, desde la sonrisa al dolor, sólo 1_1n movimiento de secundos y, sin embargo, todo queda comprendido entre
ellos .. . así se entrega a su tiempo. El escepticismo de! su época lo coloca a cierta distancia de lo que crea y aunque_ todos sus eJement~s ~acen
de él un maravilloso ejemplar de sus pro_pie~ades. ~s1 . mane¡a el sus
figuras, no sin mezclar su sangre en sus exc1tac1ones, smtiendo algo se~timentalmente sus caídas, tragando sus _placeres y grandezas con el tragico grito de la duda en la trém_ula mune,ea y algo de ~ofa en torno.ª
los labios. En esta oscura serenidad fluctuan las evoluciones del Destino. Es tratado poéticamente el _espa~io que va de ~o ~iudad_a,no a lo humano el terreno de la existencia. Sm voluntad. Sm mtenc1on. La obra
recibe' repentinamente la significación de val?r gene~al que imprit?e el
arte más alto. Dentro de cién años se tomaran los hbros de Schmtzler
como medida del tiempo, y se dirá: -Así era Austri~-.
No es poco. Está innegablemente por la, construc~ion y al~ura y r~sonancia fuera de la marca de los otros. En estos se unifica casi exclusivamente (excepto en Keyserling) obra y tiempo y pueblo. Pero no se desprende de ello el pronunciar un juicio sobre el valo~ de es_t~ época de
vida y tiempo. Ei; el mórbido miembro final de una d1soluc10n, el bello
momento antes de un punto final, el sentimie_nto d_el tiempo que tam bién antes de la guillotina se muestra et?polvado, vivaz y e_~ buena salud. La cima del arte de Schnitzler es, sm duda, una elevac10n muy pequeña al lado de Lessing, Laotse, Cervan~es, Ekkehard, Notker, Balzac.
Pero es a!ouicn, ese es su orgullo. Es su tiempo, que lo ha crea_do y formado de ºnuevo a él mismo. La cuestión del valor de Schmtzler no
hay que apuntarla solamente e~ la llanura artística, se anuncia paralelamente con la del valor de su tiempo.
.
Se cubren por completo uno a _otro,- ~o hay_ lugar a equivocarse: ~l
alicnoo de este arte es con frecuencia deb1l y sutilmente exhalado, sentiI!lientos de segunda mano, heroismo c?n ~ritos excesiv~s, ajenas materias en que sólo se presenta el acento vienes. El ntmo vital de estos trabajos no hace palpitar el corazón cálido, veloz y hondat?ente. E~ estas
novelas y cuentos se da la tierna y encantadora s_uperfic1e y !_as idas Y
venidas de inflamados corazones, y con frecuencia es lo uno igual a _lo
otro . Y, finalmente, ninguno de estos libros es por completo un si Y
472

LA PLUMA

i

r

ninguno un no. Sino que todo queda sentido y juzgado de un modo intermedio. Ese es el caso y el problema.
, _Pero no bien la cuestión surge, aparta el semblante, no se planta
ngida ante ~l hombre,. el creador, dependiente, sino muy lejos de él
ante la plemtud d~ s~ tiempo. Pues_ de ahí.viene él. Hacia allí se dirigen
ambos: el reconoc~~1~nto y la que¡a. 1:,0 unico yue hay que anunciar
acerca de_ él es e~ ¡mc10 ~e s~ humamdad. Que posee un indudable
amor h~c~a las criaturas d1bu¡a~as y mo~tradas por él, era un aliento
~emocratic~ en su obr_a ya en tiempos aun muy absolutistas. Esto ya no
tiene ahora unportancia, pero vuelve a designar la retornan te línea del
decoro. En esto no es ningún sectario extático ni activo, ningún csacador de consecuencias• . Sino que también en la oposición está lleno de
reservas. Intachabl~ como pocos, como apenas ninguno en su categoría,
fué su p1;1nto de_ v1st~ europeo durante la guerra. La gritería de odio y
los delmos nacionalistas no encontraron en él un heraldo. Tampo~o ~n lo artístico a_nduvo jamás a la busca de conjeturas, ni estuvo
¡a~as lleno de cambios como Gerhard Hauptmann. Intachable, disting~ud~ repr~s:ntante, no sólo de su tiempo y ciudad, sino de la conc1e~c1a_ art1st1ca, penetra ~n los nuevos tiempos, cuyos precursores y
guias t1~nen poco en ~?mun con su obra, con su atmósfera, pero cuya
~ran estima y venerac1on, cuyo saludo y aprecio es por el ardorosamente
bien recibido, como por todo hombre verdadero.
. ~a técnica de su manera de escribir, que analizaba el hombre y lo
adivinaba avanzando a tientas por sus nervios en vez de determinarlo,
q~e lo clavaba fi~memente con alfileres en lugar de arrebatarlo por lo ilimitado de lo divmo y lo humano, era la más cuidada y moderna antes
del tiempo «expresionístico». Viena criaba, a modo de conejos, legiones
en~eras de estos_ poetas de rango inferior. Schnitzler parece cada vez
mas, ya que el tiempo se ha deslizado entre sus obras y nosotros, como
su mejor y más sano representante. El valor de lá forma de arte que él
represe~ta, la frontera de toda la prosa psicológica se determina ya por
su propio confin. Es arte como todos, limitado como todos. Pero menos en el terreno de los asuntos y en lo ancho que hacía la altura.
Lo trágico, lo elemental, por lo tanto 1o que conmueve y afecta a
los hombres no puede surgir de él. Sólo amables consecuencias y voluntad de explicar en el mejor caso cuando ante el destino, la muerte y
la _eternidad no hay nada que decir en el fondo . Este arte no tiene embriaguez, no tiene una inmediata referencia a las grandes estrellas que
g~~an nuestra vida. No adivina, no se queja. No canta de júbilo como
pa¡aro. Es más bien ingenioso. No conoce lo inconmovible de todo es473

�LA PLUMA

LA PL U .\1 A

píritu determinado, pues describe su alrededor. Por último, no es sencillo. Tampoco quiere serlo. Tiene su medida, se extiende en su proporción. Con un cauto saber, no cae por falso orgullo más allá de las
fronteras de lo para él posible. Considerada en su totalidad, la ohra de
Schnitzler ocupa su puesto con dignidad y maestría. Las últimas magnitudes le son denegadas, pero eso no le preocupa. Dirígese por ello a
bastarse a sí mismo, a ser porteador no lanzador ni nuevo formador.
Quiere justicia ante su tiempo. El tiempo está en él como en un espejo.
Eso es mucho.
KASIMIR EnsCHMID.

BIOMBO JAPONÉS
Loto.
Como la IR.isa
flue tiene prisa
!Para ir a f.Misa
flbis .
9l,quel 'Genorio
C:ual un notorio
:Zar ilusorio
9&gt;ragón,
clonaja
!Para la caja
!Para la caja g la mortaia
l'Y él
flarolillo japonés,

(Traducción de Ramón M. Tcnrci ro.)

';I

CRUZ DE NOVIEMBRE
flechas ;}{oviembre. 93ruma esmeril
fhf.iro una Cruz. 'Veo la Cruz
'll obscuro el 9in.

~

Cristo en marfil. fMármol g fi'e
f.6lanca la piedra. flfosco el saíz
,, ¿:Dónde estaré? ¿$iempre seré?
-C:irio encendido. 'Garde esmeril
Como mi alma¡C:enizag luz/

(fJ a veces, solo
duda g esplín)
ANTONIO ESPINA

47S

�"(

1
J

&lt;!

CRÓNICAS LITERARIAS
BÉLGICA
no puede darse cuenta, a pesar de la rivalidad del catalán Y
del castellano, de la im.p ortancia, que me atrevería a llamar trágica, de un conflicto lingüístico como el que está planteado en Bélgica. El catalán no deja de ser, con todo, un movimiento regionalista; el flamenco, lengua tan antigua como el francés, es utilizado
desde la cuna por más de la mitad de la población. De mane ra que es fuerza
elegir entre dos soluciones: separatismo o bilingüismo.
· En la doctrina oficial por lo menos, el bilingüismo aparece contrapuesto a
las aspiraciont-s separatistas de buena parte &lt;le la población flamenca. Pero
es una paradoja predicar el empleo simultáneo de dos lenguas por un pueblo.
Un pueblo, sea el que quiera, no tiene nunca ni puede tener dos lenguas ma•
ternas, porque un pueblo-aunque esto se desconozca bastante, después de la
guerra-no es más que un conjunto de individuos, y un individuo, aunque
aprenda diez idiomas en su infancia, sólo puede poseer una lengua materna.
El sólo nombre de separatismo basta para enardece r a los que han absorbido el espíritu nacionalista, desarrollado en todas partes por la guerra, y
-creado enteramente en Bélgica. Se le mira, además, en su acepción extremista, es decir, como si condujese fatalmente a la guerra civil y a la división del
país en dos Estados independi.!ntes. De hecho, si se quisiera examinar el caso
razonablemente, sin pasión, sin prejuicios, sin cultivar el barullo, se echaría
de ver que el separatismo puede concebirse muy bien dentro del marco de
un Estado federativo, sólidamente organizado sobre la base de la unidad.

11

SPAÑA

LA PLUMA
Razonablem~nte, he dicho. La historia de Bélgica desde la guerra, muestra, por desgracia, que la solución razonable tropieza con la oposición desesperada de todos los partidos. Un alboroto sentimental se sustituye en todas
pa~tes al estudio objetivo de la situación, y con preocupaciones políticas
-mcluso las electorales-envenenan un problema que por su naturaleza debería estar a salvo de los regateos y de los compromisos. Desde que la disputa
de las lenguas se ha materializado en la cuestión de la universidad flamenca
f'S imposible discutir a sangre fría. Los fenómenos que se presentaron e~
Francia cor. ocasión del asunto Dreyfus, reaparecen en la Bélgica actual
a
.
1es se contesta rabiosamente con homilías sentimenta' y
1as h om1·¡·1as sent1menta
les, sin preocuparse de delimitar el conflicto.
P~eciso es reconocer que la política internacional-elemento satánico y
maldito entre todos-desempeña un papel importante en esta crisis; el Gobierno francés, que subvenciona a buena parte de la Prensa belga. desde que
por la aventura del Ruhr y otras, Bélgica se ha convertido en satélite cuando
no ea vasallo de Francia-moviliza la opinión pública contra todo lo que a su
entender puede disminuir el prestigio y la acción directa de la cultura france
sa en nuestras provincias. De ahí, toda una argumentación contra el flamenco
•vehículo de la cultura germánica•.
•
Estas presiones ocultas de Gobiernos extranjeros aguzdn las pasiones y
ahondan las heridas . Paralizan al Gobierno belga, y le condujeron a desentenderse d~l problem~ más grave planteado en la vida nacional. Sabido es que
esta sabia estrategia produjo su caída, y producirá, bajo apariencias nuevas,
un caos irremediable.
Un país colocado en una encrucijada lingüística, sólo puede subsistir adoptando ~na ~onstitución basada en la autonomía provincial. Abundan los ejemplos h1stóncos y contemporáneos que confirman esta lección. Pero nadie lo
toma en cuenta, y menos que n.tdie los pseudo- nacionalistas belgas, probando
así que son únicamente agentes de la política fraucesa. Poco a poco, como en
la Francia del dreyfusismo, el país se quiebra interiormente.
La cuestión de la Universidad de Gante absorbe hoy la atención de todos.
La vida intelectual que, acabada la guerra, renacía débilmente, decae cada
Yez n:ás. No sé si existen académicos y academias en Honolulu, pero estoy
cierto de que el pensamiento humano encuentra :tllí un campo más propicio
que en la Bélgica actual. ¡No se fíen de apariencias los extranjeros! Si prestan
crédito a ciertos informes de agencias y a las revistillas que nacen, mueren ..
477

�LA PLUMA
cambian de estado civil, renacen, desaparecen de nuevo, se fusionan, o se deshacen, podrán imaginarse que, en estos países de Flandes y Walonia existen
escritores simpáticos, o interesantes. ¡Que arrojen de sus cerebros tales ideas,
v rechacen con energía tales fábulas! La escuela literaria belga es una cosa
amorfa y ridícula, un conglomerado de jovenzuelos o de ancianos distinguidos
a quien las revistas y los editores franceses cierran rigurosamentf" sus puertas, y que pretenden alimentar la ilusión del trabajo y del triunfo .
Entiéndase bien: hablo de los escritores «belgas• cuyas Sociedades, Federaciones, Asociaciones y otros grupos alimentan los periódicos de este país
malaventurado. No hablo del grupo de artistas que, como ya he dicho, honran
las letras francesas actuales, entre los que figuran hombres como Crommelynck
y Baillon, o que la han honrado ayer, como Elskamp, Maeterlinck y Eekhoud·
No hablo tampoco del grupo flamenco, al que me referí en mi crónica anterior, y que, en conjunto, es muy superior en cohesióo y eo verdadera savia a
los escritores de lengua francesa.
La descomposición intelectual precederá casi inevitablemente a la descomposición política. Cuando se compara el movimiento artístico de 1923 con
el de 1f98, por ejemplo, se queda uno estupefacto, y edificado. En literatura,
Lemonnier, Picard, Verhaeren, Vao Lerberghe formaban núclos de interés y
atracción internacionales; en pintura, James Ensor y Henri Evenepoel; en
escultura, Constantin Meunier; en arquitectura, Henri van de Velde, inauguraban caminos nuevos y se hacían obedecer por la elite europea; en música, la
escuela belga revolucionaba la técnica e imponía sus lecdooes. Revistas como
L.i Société Nouvelle, de Brouez, agrupaban a los mejores espíritus de Francia,
Alemania, Holanda e Inglaterra. Fiel a sus tradiciones y a los imperiosos mandatos de la geografía, Bélgica cumplía sus funciones de intermediari.. , su papel
de encrucijada de Occidente,
Hoy, los elementos buenos huyen, y una muchedumbre de desventurados
ofrece al mundo el espectáculo de la impotencia y del odio. El conflicto de la
Universidad de Gante es, en este respeto, un símbolo horrendo.
Y, sin embargo, ¡qué importa la lengua en que un hombre se expresa, si el
hombre es una medianía y su cerebro flaquea! ¡Qué importa la lengua en que
está escrito un libro, si el libro es una obra maestra que enriquece a la humanidad! ¡Qué importa la lengua en que un maestro enseña, si sus discípulos no
confían en él! El idioma es un instrumento, y sólo vale en razón de quien lo
maneja. Esto, que es evidente para un pintor, debiera serlo también para un

LA PLUMA
filósofo, un poeta o un sabio, Sólo el alma importa, sea la de un hombre o la
de un pueblo, y lo demás pertenece a la política y al desprecio.
Que los tácticos del Parlamento denieguen u otorguen al pueblo flamenco
la Universidad íntegramente flamenca a que tiene derecho ante la historia;
que una campaña de Prensa pretenda humillarlo o no, cuando reclama un privilegio nunca rehusado a un pueblo libre; que las Academias luchen a fueria
de votos y de órdenes del día... ¡son cosas que se lleva el viento! Una es verdadera: Guido Gezelle, que escribió en un patois flamenco, es uno de los más
grandes poetas de siglo x1x; Verhaeren, que escribió en francés, ha salvado su
nombre del olvido, y dentro de diez años, los hombres no guardarán en su
memoria ni rastros de las polémicas miserables de estos ,lías.
PAuL CoL111.

FRANCIA

m

novela más a propósito de la guerra!... ·Pero cómo no hablar
del Reveil des morts, de Roland Dorgeles, que alcanza un éxito de
público considerable.
Con justicia se ha dicho que Roland Dorgeles es hoy el más
notable de los herederos de Emilio Zola. Si este último no hubiese muerto
antes de la guerra, habría escrito sin duda una novela de las regiones liberadas, angustiosa, grave y pintoresca a la vez, como esta novela de Dorgelei.
Estas tierras por decirlo así vírgenes, restituidas por el crimeo de los hombres al estado de naturaleza, en las que, trabajadores de todas las naciones se
afanan por reparar las ruinas, ofrecen un cuadro extraordinario de esfuerzo,
de codicia y de intrigas.
Chinos, kabilas, italianos, rusos, polacos, españoles, checoeslovacos, todas
las razas, todas las lenguas, sin hablar de corredores y zurupetos, de los industriales sin escrúpulos, de los traficantes en indemnizaciones de guerra, de
falsos sin;estrados, coa toda la banda de vividores de Europa que han acudido
a disputarse esta presa, ya casi despedazada. Setecientas mil casas que reconstruir, y millones de hectáreas que roturar: ¡magnífico cebo!
La parte descriptiva del libro de Dorgeles es muy notable, con su hormiNA

�LA P L U t.1 A

LA PLUMA
·
la muchedumbre ululante y trepidante,
gueo de personaJeS,
. y vastos cuadros
ill
· t dos al fresco. La intriga nos ha parecido menos fehz. Es harto sene a,
~::i:siado sencilla para nuestro gusto. Pero di~ícilmeote ~odia ser de otra
manera en una obra de este ;género, descriptiva y estudio de costumbres
al mismo tiempo; de todo!I modos, Roland Dorgeles ha escrito un hermoso
libro.

fecto, pero grave: carecerán precisamente de la unidad indispensable en una
obra de esa índole. Por otrd parte, los especialistas a quien se ha confiado el
trabajo, son hombres eminentes, cada uno en su linea; demasiado eminentes,
si hemos de decir nuestra impresión. Es de temer que escriban una obra retórica o una obra trivial.
Debe hacerse una excepción en favor de M. Henri Robert, que acaba de
publicar en esa colacción un volumen: L'Aoocat. Cou fina percepción psicológica, mucha habilidad, nutrido de consideracioues sociales interesantes, monsieur Henri Robert nos ofrece un bello resumen de lo que es, en estos tiempos, la vida de un ahogado de París. Desde el principiante hasta el decano,
sigue paso a paso las diversas especies del género, y de todas hace una descripción notable.

* * *
Hemos de ser más severos con La Brir!re, de M. Alphonse de Ch~teaubriant. Sabido es que este joven novelista obtuvo, hace uua docena de an~s, el
mio Goocourt con una obra, M. de Lou,·dines, que alcanzó gran éxito Y
pre
, t o, un a dt las meJ·ores
que era, en e,ec
. novelas ,de estos . últimos
_ años.
E lºbDesde
entonces, M. Al p bonse de Chateaubnant no hab1a producido n ..da. 1 1. ro
, que
ahora nos da no es, pues, improvisado; es una obra muy madurada, qu1zas con

º"

También es excelente el libro que ha escrito M. Jeao Rostand: Ignace
I Ecrivain. En este estudio, donde la ironía, el humor y el ingenio se juntan
para formar un todo seductor, M. Jean Rostand ha trazado un retrato veddico
y co:npleto del escritor de hoy.

exceso.
B t M. de Chateaubriant nos cuenta que ha vivido muchos. mese~ en re aoa,
en un país muy pintoresco, situado entre Nantes y St. Naza_1re, pa1s _panta~oso,
donde estudió los seres, las costumbres y la lengua, y se 1~pregn~, en c1_erto
odo de la atmósfera de la comarca. Acaso haya estado alh demasiado heme~ efecto, sin contacto con el público. Su libro se presenta como una obr~
n: ionalista muy densa, y de un peso m·á s que exagerado. M. de Chat~au
~ausa la impresión, no de haber traducido, sino de haber copiado
b ~ t
nos La ha copiado toda en todos sus deta¡¡ es, me
· 1uso coa 1as p alabras
lanan
realidad.
.
del patois. Todo esto es excesivo, y por ahí peca el libro, :" nuestro_seot1r.
Hubiéramos preferido algo más de ligereza, un poco mas de gracia Y de
abandono.

Estos estudios, estos •caracteres,, cuando están ,logrados, lo están a maravilla, porque pertenecen a la inspiración más típicamente francesa que
existe.

;0,

* * *

* * *
Vuetven a estar de moda en Francia las que llamaban ha~e cien años cfisi~loaías•; es decir, los estudios de ciertos caracteres y pr?f~siones. La_ hbrena
H;chette ha tenido la idea de confiar a algunos especialistas y escritor~~. el
estudio de «caracteres• a la manera de La Bruyere. M. Louis Barthou escno1rá
el Político; M. Loucheur el Hombre de negocios; el cura BrémonCP, el Sacer~
dote; M. Maurice Paléologue, el Diplomático; M. A~el Hermant, el Burgués,
M. Pierre Mille, el Escritor; M. Charles Richet, el Sabio.
Va se echa de ver la vanidad de esos estudios; no tendrán más que un de-

I•

Ya he mentado aquí otra vez la Corresprmdance de Paul Ve,·/aine, que publica y anota con su conocido celo M. Ad. Van Bever. Acaba de publicarse el
segundo volumen. La mayoría de las cartas que contiene están dirigidas a
León Vanier, que fué, como es sabido, el editor predilecto del poeta. Cierto
número de cartas han sido clasificadas bajo el título general: Lettres aux Cñeries amies. Estas amigas se llamaban Eugénie Krantz o Engéoie Mouton-mote
que le pusieron por tener el cabello rizoso-, y Philomene B.audio, o, más
fawiliarmente, Esther. De la misma clase social, de la misma edad, sin duda,
pero ya maduras, ambas se disputaron los favores del poeta en los últimos
años de su vida. Sabido es que la primera le cerró los ojos. Desaparecieron en
silencio poco después de muerto Verlaine, y muchas veces, en la correspondencia de su ilustre amante, no es posible distinguir a una de otra. La mayor
parte de las cartas, además, no tienen fecha, y han sido clasificadas al azar.
Esta correspondencia es un documento curieso, y en lo sucesivo no podri
intentarse una biografía verleniana sin consultarla.

XXXI

�..,
LA PLUMA
LA PLUMA
Puesto que hablamos del autor de los Poimu Saturniens no dejemos de
llamar la atención sobre un buen volumen de crítica, Le Probtéme de Rimbaud,
poéte maudit, de que es autor M. Marce! Coulon. Cuantos se interesan por
aquel admirable artista, gustarán de leer la obra de M. Marce! Coulon, donde
el talento del autor del Bateau ivre se somete a un análisis meticuloso y amplio a la vez.

* *

*

Los teatros no nos han traído novedades importantes, bien que el verdadero suceso teatral del año sea la abundancia de teatros d-coté. ¡Qué diferencia de aquellos tiempos, no muy lejanos, eu qne los teatros de vanguardia se
resumían en uno, fuese el Theatre Libre de Antoine, o l'Oeuvre, o el Theatre
d'Art! Hoy, con I'Oeuvre, la Comedie des Champs Elysées, l'Atelier, el te~tro
del Vieux Colombier, la Baraque de la Chimere, la Licorne, les Eschohers,
Art et Action-y algunos más-, poseemos o vamos a poseer una doc::.na lar~•
de teatros que representan obras de autores ióvenes y que están en potencia
de revelarnos dramaturgias nuevas.
Esa plétora de teatritos tiene su lado bueno y su lado _malo. El p_ri~ero es
harto visible y no hay para qué insistir. El segundo consiste en la md1ferenc·a de la cdtica ante tan multiplicados tanteos. Poco a poco, la Prensa va dej~ndo de hablar de )os teatros de vanguardia. Si su n(Im~ro sigue creciendo,
será imposible obtener información de los teatros no clasificados.
Digamos, además, que las últimas obras representadas en, ~sos teatr~s de
vanguardia no hao sido sensacionales. Ya he habl~do de _los .Seis persona;es en
J;usca de autor, del italiano Pirandello. Esta ha sido, ev1dentement~, la gran
novedad del año, la que tendrá influencia decisiva, y una resonancia que ha
de prolongarse mucho tiempo.
.
En la Comedia Francesa hemos visto Un komme en marche, de M. Henn
Marx. Confesemos nuestra decepción. Tema muy trillado, sentimientos rancios, fraseología caduca, estilo deplorable e hinchado, nada fal~a para que
estos tres actos sean rematadamente malos. La obra de M. Henn Marx es el
drama social que se estilaba hacia 1900. Todo el diálogo podría estar firmado
en aquella fecha, y tal anacronismo es insoportable. Mucho se esperaba de
M. Henri Marx; lo que nos ha dado es muy poca cosa.

Jut'ss

BEllTAUT.

CATALUÑA
BARcKtou.-Posee nuestra bella ciudad de Barcelona
una gran virtud para sobrellevar bien las graves enfermedades
que sufre. Esta virtud es su alegría. Barcelona ríe felizmente, ple'
namente; pero no con la alegría triste del enfermo que para esconder a los suyos sus padecimientos, se afana a cubrir sus facciones demacradas con una máscarra de alegría ficticia. La risa de Barcelona es
la del que se siente fuerte y joven, con unas grandes ansias de vivir.
Y la situación es muy mala, lo bastante para matar en flor la alegría de otro
pueblo. Las calles más bellas han estado c.:mvertidas durante más de un mes
en inmundos estercoleros. Se ha llegada a la creencia de que la vida · de un
hombre no tiene ningún valor, y se asesinan a tiros por las calles. Cada día
aumenta el número de los obreros en huelga forzosa. La Exposición del Mueble y Decoración está ya aplazada para septiembre.
Pero Barcelona, la indefensa, la abandonada, ríe a pesar de todo. Magníficamente situada, entre el mar y la montaña y las llanuras fecundas surcadas
por los ríos, ríe y vive y crece a pesar de todo, porque la ley de su vida es
algo más fuerte que la indefensión y el abandono en que la tienen. Ríe con
la risa del mar y de las montaiias, con la inmensa gloria de haber nacido
hermosa.
Unos dicen que su risa es inconciencia, otros dicen que es una gran virtud
Pero eila puede pedir a los dioses, como la princesita de la tragedia inmortal
de Maragall, que le conserven:
«Viva la clara font de !'alegria.•
En la hora sensual de la Rambla, dificultada por las vallas del Metropolitano, la multitud pasa alegremente. Son risas de bellas muchachas, encuentrm:
celebrados con grandes exclamaciones, conversaciones regocijadas. Mirando
los rostros, nadie está serio, y hasta el paseante solitario se ríe de la alegría
contagiadora de los demás.
¿Quién diría pasando por ese nervio candente de la vida d~ una ciudad, que
múltiples problemas aquejan su vida, que muchos desean su ruina?
Y frente a la ~legría popular de la Rambla, be aquí las tardes de las Carreras de caballos rebosantes de gente elegante, y el desfile de coches por el Paseo de Gracia después, hasta muy entrada la noche, mientras las bellas mujeres
A ALKGIÚA DK

�,
LA PLUMA
pasan al rápido trepidar de los motores, expuestas a la pública admiración
de los adoradores.
Mientras los industriales se quejan y la gente pesimista asegura que vamos
a la ruina. los teatros se llenan. Margarita Xirgu, nuestra actriz catalana a pesar de todo, y a pesar también de su poco interesante Cristalina, reúne a sus
licles admiradores en el teatro Eldorado, resonante aún de los aplausos calurosos a las más cel.cbradas cupletistas y bailarinas. Y Enrique Borrás, otro gran
preMigio nuestro, acordándose más que Margaritu Xirgu de que es catalán,
nos ofrece en Romea, en catalán, sus grandes creaccioncs de Guimerá, ante un
púltlico ferviente y agradecido. Y el momento de emoción culminante e!&lt; cuando, después de los actos de Terra Baixa, de Mari celo de Mossen Janot, aparece sobre la escena, casi ciego, arrastrado por los bra~os de Borrás y por l.i.
cenhl Esperanza Ortiz, esa reliquia venerable que es don Angel Guimerá,
nuestro primer prestigio internacional, viejo, tembloroso y heroico como nuestra tradición.
Y a pesar del malestar reina:ite se publican libros, se llenan los teatros, los
pa~eos y los campos de fútbol y las montañas cercanas de la gran risa de Barcelona, la abandonada, la indefensa, la que no puede celebrar ahora su Exposición del Mueble y la Decoración, que hubiera sido la nota culminante de su
clara primavera.
Pero a pesar de no haberse abierto aún la Exposición, los jardines de Montjuich están de moda. La gran avenida central es el lugar escogido para deliciosos paseos a caballo. El espectáculo de aquellos jardines en constante crecimiento, desde donde se descubre la perspectiva de la ciudad extendida al pie,
resulta admirable en los días claros de verano.
Desde luego, la obra más bella hecha por la futura Exposición de Industrias Eléctricas es la conquista de la montafia de Montjuich, que permanecía
ignorada de la mayor parte de los barceloneses, siendo la más bella de las
montañas que circundan la ciudad. Su nombre mismo tenía tristes resonancias
de días negros, de martirios inhumanos llevados a cabo en el interior de s~
castillo, de rincones abyectos de miseria, de cosa muy lejana de las vías aristocráticas de la ciudad nueva, infinitamente perdida en la lejanía de unas casuchas medio desmoronadas, en cuyos caminos y cuevas profundas no se aventuraría sin miedo el ciudadano concurrente al Paseo de Gracia. Toda esa vida
de gente baja y miserable nos era algo conocida por las obras vividas de Julio
Vallmitjana, el evocador de los ambientes lejanos.

LA PLUMA
Pero la leyenda negra está hoy del todo desvanecida. Se tiene la sensación
de que la montaña se ha acercado a nosotros con ,11n ornamento de jardines
"Yer~es noblemente dispuestos y de aguas que cantan en múltiples artificios y
~e ~meones donde. o~cilan los follajes floridos en pérgolas dignas de una vill~
1tahana del Renac1m1ento. El nombre mismo de la montaña despierta ho el
eco _galante de una avenida que circunda su falda por donde pasean autos
cub1ertos en las benévolas mañanas de sol, y los caballos al trote son dominados por la gracia elegante de una amazona, cuyas manos enguantadas castigan
levemente el cuello erguido con la fusta de mlngo de oro.
En cambio el viejo parque de la Ciudadela, en uno de cuyos palacios,
d_e~echos del gran esfuerzo de la Exposición de I888, se ha celebrado ta Expo-s1c16? ~e ~rte: da una sensación de abandono. No es el abandono poético de
los v1e1os Jardtne~ romántico~, sino un abandono sucio, desprovisto de gracia.
Claro ~ue a medida q~e la ciudad se ha expansionado y se han prodigado las
c?~od1dades para sahr a las montañas vecinas y a sus alrededores todos, el
v1eJo parque queda en un rincón húmedo y poco sano si se compara con las
laderas de verdes pinos del Tibidabo o Vallvidrera, o la perspectiva magnífica
del nuevo parque de Montjuich. Pero eso no es un motivo para abandonar la
única expansión urbana del tiempo de nuestros padres. ¿No puede tener una
grau ciudad uno, dos, doce, veinte parques cuidados? ¿No tiene París, ideal ciudad, un parque noblemente cuidado en cada barrio?
Todo es triste en el parque de la Ciudadela; los bellos tilos de los paseos,
las fieras enjauladas con gestos de profundo aburrimiento, las verdes eflorescencias que crecen ya libremente. Todos hemos hecho allí nuestras primeras
armas en el arte de conducir el autom6vil. ¿Dónde iremos a probar nuestro
manejo del volante y nuestro dominio del motor? Al Parque-nos han contestado-, donde no se encuentra a nadie ...
No se encuentra a nadie, efectivamente. Algún viejo sentado en un banco
Alguna pareja idílica un poco más lejos. Algunos niños, muy pocos, jugando
más allá. Ya casi ni despierta interés la colección zoológica. En verano se llena
de una multitud ávida de emocionantes atracciones que hacen mucho ruido.
Pero el alma del viejo Parque aband:&gt;nado, ¿qué tiene qut" ver con esto? Duerme solo en las noches de verano, mientras se descuelgan estrepitosamente las
montañas rusas.
Sóio se cuida en el viejo Parque un pedazo de jardín egregio recientemente
construido. Sobre muros de recortado ciprés se recuestan bancos de mármol.

:es-

�LA

..

PLUMA

Es la antigua Plaza de Armas, entre el soberbio edificio del Musco y el bello
Palacete de la Junta de Museos. Al centro, circundada por una temblorosa superficie de agua límpida, se alza en mármol blanco una de las obra'S maestras
de la escultura catalana: el Desconsol, de José Uimona, cubierto el casto desnudo por la ola deshecha de los lacios cabellos.
Cerca de allí, en el Palacio de la Industria, lleno aún de los reclamos de la
Feria de Muestras, se celebra anualmente la Exposición de Arte de Primavera.
Poco intc1·csaotc siempre, porque la pintura catalana no da para una Exposición anual, atrae escaso público. No interesan las prolijas extravagancias que
llenan las salas. Pero la verdadera obra positiva de estas Exposiciones son las
salas consagradas a las obras reunidas de viejos pintores, casi olvidados, y la
publicación de un estudio crítico, como se hizo en años anteriores con Vayrcda
y Martí Alsina, como se ha hecho este año con Simón Gómez, cuyo estudio biográfico y crítico ha sido encomendado a Fcliú Elías. Cuadros perdidos en casas particulares se reúnen allí para Juzgar la obra plena de un pintor que ya
pertenece a la historia. Así como Martín Alsiua y Vayreda fueron dos formidables maestros, cuyas obras alcanzarán en breve precios fabulosos, se ha
comprobado que Simón Gómez no desmerece de los anteriores. Así se va adiYinando que hubo en el siglo pasado una gran escuela catalana de pintura, para
cuyo estudio son preciosos documentos las biografías críticas de Joaquín Folc y

Torres, Rafael Renct y Feliú Elías.

J.

MASSÓ VBMTÓS.

LIBROS Y REVISTAS

•

Jaato Martínez Aguiar.-José Enrique li'odó.-Prólogo de Daniel Martínei

Vigil.-Montevidco, Ed. Renacimiento.
¿Será el joven escritor uruguayo, autor de este folleto, el grao exégeta que
ya pide la figura de Rodó, apóstol del amcricanismo, y, sobre todo. gran escritor español? Más que un ditirambo en honor del maestro, es una impugnación
de algunos extremos que le menoscaban, en el ánimo de su apologista, vertidos
en el nómcro que la revista «Nosotros• de Buenos Aires dedicó a su memoria
con ocasión de su muerte.
A cuenta de esa impugnación, el señor Martínez Aguiar apunta sobre todo
la condición de apóstol americanista de Rodó, vocado a un ideal continental
que corresponde, en espíritu, a la acción de Bollvar. Para nosotros, la actividad literaria del autor de «Arich y los «Motivos de Proteo•, su estilo rotundo
y magnífico, su elevada contemplac.ión crítica, de creador de normas, le sustrae
a toda querella circunstancial. Y precisamente su virtud literaria desmiente su
yocación política. Por lo que hace a la literatura, Rodó es fundamentalmente
español, es decir, conservador de las normas clásicas de la lengua. Concepto en un todo opuesto al criollismo que propugnan los americanizantes del
idioma.
He aquí una cuestión interesante, que no es ocasión ni de plantear siquiera en sus verdaderos términos; pero que tiene quizá en José Enrique Rodó encarnación personalísima.

* * *
Antonio Heras: De las Horas Vividas; Andanzas y divagaciones; Desfile de sombras.-Madrid. Lib. y Ed. Rivadcneyra.
Un lforo de versos; otro de impresiones literario-sentimentales de tipos y
paisajes españoles; un tercero de cuentos encuadrados en el mismo ambiente
y escritos con el mismo estado de ánimo: consideración del país natal por un
emigrante sensible. Aunque separados en el tiempo, no en balde transcurrido
desde el tomo de poesías al Desfile de sombras, con indudable ventaja a favor

�LA

..

PLUMA

Es la antigua Plaza de Armas, entre el soberbio edificio del Musco y el bello
Palacete de la Junta de Museos. Al centro, circundada por una temblorosa superficie de agua límpida, se alza en mármol blanco una de las obra'S maestras
de la escultura catalana: el Desconsol, de José Uimona, cubierto el casto desnudo por la ola deshecha de los lacios cabellos.
Cerca de allí, en el Palacio de la Industria, lleno aún de los reclamos de la
Feria de Muestras, se celebra anualmente la Exposición de Arte de Primavera.
Poco intc1·csaotc siempre, porque la pintura catalana no da para una Exposición anual, atrae escaso público. No interesan las prolijas extravagancias que
llenan las salas. Pero la verdadera obra positiva de estas Exposiciones son las
salas consagradas a las obras reunidas de viejos pintores, casi olvidados, y la
publicación de un estudio crítico, como se hizo en años anteriores con Vayrcda
y Martí Alsina, como se ha hecho este año con Simón Gómez, cuyo estudio biográfico y crítico ha sido encomendado a Fcliú Elías. Cuadros perdidos en casas particulares se reúnen allí para Juzgar la obra plena de un pintor que ya
pertenece a la historia. Así como Martín Alsiua y Vayreda fueron dos formidables maestros, cuyas obras alcanzarán en breve precios fabulosos, se ha
comprobado que Simón Gómez no desmerece de los anteriores. Así se va adiYinando que hubo en el siglo pasado una gran escuela catalana de pintura, para
cuyo estudio son preciosos documentos las biografías críticas de Joaquín Folc y

Torres, Rafael Renct y Feliú Elías.

J.

MASSÓ VBMTÓS.

LIBROS Y REVISTAS

•

Jaato Martínez Aguiar.-José Enrique li'odó.-Prólogo de Daniel Martínei

Vigil.-Montevidco, Ed. Renacimiento.
¿Será el joven escritor uruguayo, autor de este folleto, el grao exégeta que
ya pide la figura de Rodó, apóstol del amcricanismo, y, sobre todo. gran escritor español? Más que un ditirambo en honor del maestro, es una impugnación
de algunos extremos que le menoscaban, en el ánimo de su apologista, vertidos
en el nómcro que la revista «Nosotros• de Buenos Aires dedicó a su memoria
con ocasión de su muerte.
A cuenta de esa impugnación, el señor Martínez Aguiar apunta sobre todo
la condición de apóstol americanista de Rodó, vocado a un ideal continental
que corresponde, en espíritu, a la acción de Bollvar. Para nosotros, la actividad literaria del autor de «Arich y los «Motivos de Proteo•, su estilo rotundo
y magnífico, su elevada contemplac.ión crítica, de creador de normas, le sustrae
a toda querella circunstancial. Y precisamente su virtud literaria desmiente su
yocación política. Por lo que hace a la literatura, Rodó es fundamentalmente
español, es decir, conservador de las normas clásicas de la lengua. Concepto en un todo opuesto al criollismo que propugnan los americanizantes del
idioma.
He aquí una cuestión interesante, que no es ocasión ni de plantear siquiera en sus verdaderos términos; pero que tiene quizá en José Enrique Rodó encarnación personalísima.

* * *
Antonio Heras: De las Horas Vividas; Andanzas y divagaciones; Desfile de sombras.-Madrid. Lib. y Ed. Rivadcneyra.
Un lforo de versos; otro de impresiones literario-sentimentales de tipos y
paisajes españoles; un tercero de cuentos encuadrados en el mismo ambiente
y escritos con el mismo estado de ánimo: consideración del país natal por un
emigrante sensible. Aunque separados en el tiempo, no en balde transcurrido
desde el tomo de poesías al Desfile de sombras, con indudable ventaja a favor

�LA PLUMA

t

del último, los tres tomos del señor Herai. denotan a través de sus distintas
modalidades una misma preocupación: la de contemplarse con cierto narcisismo elegiaco en el paisaje al que la ausencia ha dotado de un valor que el regreso contrasta dramáticamente.
Influído, sin duda, por Azorín, revela el señor Heras, profesor en los Estados Unidos, innegable temperamento de escritor, templado en la visión de eso
que se ha dado en llamar la re;:lidad española, cuya miserable tragedia, más
fuerte que todas las estilizaciones, está pidiendo el crudo Maupassant, que
apunta quizás eo las mejores páginas de estas Ho,·as vividas entre las sombras
de tales Andanzas y divagaciones en torno a los yermos patrios.

José 1\laria Souviron Huello: Gárg-ola.-Primt:r libro de Poemas.-Málaga, 1923.
Componen el lindo tomito, muy finamente editado, hasta trece o catorce
pequeños poemas, romances y romancillos, fáciles, gustosos, en los que se
combinan, con certero instinto poético, temas populares de corro infantil, coa
alegorías e impresiones de 3entimiento lírico del paisaje. Una leve nota melancólica, corregida por cierto dejo de graciosa comicidad, templa y acuerda la
sencilla música de esta poesía juvenil, clara y amable.

* * *
Ciana Valdés Roig: La fz,ente sono,·a.- Repertorio Americano. Biblioteca.
J. G.ª Monge, Ed. San José de Costa Rica.
cCiana Valdés Roig-dice al presentárnosla Enrique Gay Calbó, en Elogí~
preliminar-es profundamente tropical. Y tropicales son sus emociones· escritas. Tropicales y paganas. Es esa la expresión: un como paganismo indígena,
que recuerda la religión de los incas y de los mayas.•
La señora Valdés Roig, poetisa cubana, tan solo conocida hasta ahora por
las muestras que de sus libros inéditos se han publicado en varias revistas del
continente americano, se nos revela en la colección de poesías en prosa de La
fuente sonora, c.&gt;mo acertadísima intérprete de esa hiperestesia lírica característic¡¡ de la literatura femenina de allende e l Atlántico, heredera con la Ibarbourou, la Mistral, h Luisi, de! espíritu de rebelión sentimental de que es su
predecesora en Europa la italiana Ada Negri.

*

* *

Plavio Herrera: La lente opaca. El hilo de so/.-Cuentos.
Ne se define el acento nativo del autor de estos cuentos poi· el propósito
deliberado de hacer color local, y, sin embargo, ese acento americano es lo que

LA PLUMA
~n ellos nos atrae. Ni sé tampoco si les cuadra tal denominador común; América es gran~e y varia su _humanidad. El narrador de La lente opaca es guatemalteco, y sm que, repetimos, se haya propuesto desde luego dar un carácter
nacional determinado a sus breves invenciones, ese perfume colonial que de
las páginas del librito transciende, constituye su principal encanto. Literatura
experimental la de Flavio Herrera, mal podía siendo tan joven como demuestra, acusar una personalidad sustraída a las preocupaciones de la juventud.
Pero si la invención no nos sorprende, nos complace el ver la emocióa con que
acierta a infundir en sus ficciones un aliento del espíritu social, del ambiente
natural en que vive. Y todo ello por alusiones indirectas, en que se refleja la
historia trivial de muchas vidas, iguales Pn uno que en otro continente, iluminada por los resplandores volcánicos, agitada por las hondas convulsibnes det
suelo guatemalteco.
Alejadas en cierto apartamiento provinciano de que va redimiéndolas el
yanqui, esas repúblicas de Centro-América tienen para nosotros la sugestión
de un pasado que revive poetizado por la interpretación, tan fina, tan moderna, de escrit0res prometedores de frutos sabrosísimos como Flavio Herrera,
de quien LA PLUMA y Espa1ia han ofrecido recientemente a sus lector~s bellas ·
primicias poéticas.

Oliverio Girondo: Veinte Poemas para ser leídos en el tranvía.
Es posible que no haya todavía un ve:so en el que poder cifrar el sentimiento lírico de nuestra época. Es, pues, posible también que aun esté del todo inédito el gran poeta represenfativo dPl siglo. Quizá no sea menester que una gran
figura resuma en sí «la poesía» de una generación, para que esa poesía exista
con su color y acento propios. Es innegable que hay una nueva manera de imaginar poéticamente el mur.do en que vivimos soñando. No es muy difícil establecer la génesis dPI movimiento a que se ajusta la inspiración de los poetas,
una vez logrados en un poeta cabal los objetivos del simbolismo. Eee poeta, en
Francia, por ejemplo, son varios grandes poetas. En el mundo que habla español el genio lírko de Rubén Darío cierra una época, más que abrir horizontes.
Era la perfección que resumía con su personalidad definitiva, patriarcal, en la
arquitectura del templo parnasiano, los símbolos vagos que sólo la música pue-de expresar.
Después, los poetas se han dado a reconstruir, de las ruinas del concepto
antiguo, una poesía escueta, con el mayor ahorro posible de Gramática (sin
analogía, sintáxis, prosodía ni ortografía académicas), una poesía hermana de
la música balbuciente con que los músicos están rebaciénaonos el oído a la.
sim plicidad perdida en la sinfonía dramática de Wagner; una poesía hermana
sobre todo de la pintura elemental de los dibujantes rebelados contra el impresionismo de puro aire libre.
Los Veinte poemas pará ser leídos en el tranvt'a, ilustrados preciosament~ por
el propio poeta y magníficamente editados, como cumple a tales academias de

�l

LA PLUMA
lujo, nos muestran a Oliverio G!rondo como P?eta fi,n(simo y atento a conseguir, sin rebasar las normas estrictas del humorismo hnco moderno, la perfección del gusto nuevo.
No hay, no, e:i la escuela del pe~samiento poético del día la libertad que
el vulgo cree. Ni por no e~tar codificadas ~n manuales las reglas pa_ra u_so d~
jóvenes vocados a la poes1a, soQ menos ngurosas. El tale11to de ?liv~no _G1rondo se manifiesta precisamente, más que por la oovedad_de la 10sl?1r_ac1?,n,
por el seguro instinto con que acusa la agudeza de sus se?~1dos, su d1stmc1on
espiritual, su bonísima gracia, m~nejando, n~ sólo con h~b_1hdad de malabanstu, con r,irtuoszdad de poeta sensible, los tópicos del clas1c1smo ultra moderno.
Empieza ya a ser tan difícil reirse con las muecas de la luna, como cantar su
pureza de doncella que fué.
.
.
.
Breve, conciso, sugestivo en ~vocaciones tao p1_otoresca~ como ~rec1sas, d~
climas y ambientes diversos, vano y ~no en esencia humons,ta, el libro_de G1rondo cuenta, sin duda, entre los meJores de la nueva poes1a de Espana y de
América.

*

* *

•

LA P L U ,\! A
apasion~nte sie?1pre Mario Puccini: cuyo reiterado empeño literario tiende a
descubnr en Vir,a la anarqida!-úmca de sus obras traducida h%ta ahora en
l':ngua española-el virus de descomposición, cuyo remedio inmediato ha pod1~0 parecer después y hasta ahor~ el fenómeno político Mussoliui, nos da en
L mganno del~a car11~, nueva colección de_ cuentos y cmoralidades,. otra muestra del empeno realista con que va adquiriendo firme conciencia de su Ita.ia.
No es, enti~ndase bien, que la literatura de Puccioi se proponga el mismofin de los escritores que fueron contemporáneos del triunfo de la fotoaraf(a
sobre la pintu:ª· SJ reali~m&lt;;&gt;, su verism&lt;;&gt;, no derivan rí¡(idamente del con~epto
que pudo en tiempo~ atribuir a la m~quma fotográfica una superioridad absoluta en la reproducción del mund~ sm artificio. Sabe que la fotografía es, en
todo caso, una n_uev~ mane:ª de pmtar. As(, los caracteres representativos que
encuadra con m10uc1oso ahmco en el escenario sobre que destacan a diario su
figura más o menos vulgar, adquieren una consistt'ocia y basta una ejemplaridad que su autor no ha menester subrayar para que los lectores se sientan penetrados de su verdad y de su realismo.

• • •

~ugtne Montfort: L'ouóli des .Mo,-/s.--Roman.-París. Librairie de France,

Alfredo Pimenta.-0 lir,ro da minha saudade.-Lisboa, 1923.

1923.
El ilustre autor de La Niña Bonita o el Amor a los cuarenta años ha dado ya
su contribución literaria a la guerra. Voluntariamente ajeno, dur~nte los cuatro
aiíos terribles, al fragor obse~ionante de las b~tal_l~s! en cuya ~1~t~r.a se han
esforzado tantos ánimos, po111endo a prueba d1fic1hs1ma la seos1b1b1hdad propia, Euger.e Montfort publica ahora la _novela cruel del día del armisticio.
No ha sido nunca Mootfort un novelista de escándalo de escaparate. La probidad; condición desprestigiada por el abuso que se hace de la palabra atribuyéndosela sin recato a los m~diocres de q~ienes no se puede decir ~ás,
como si eso fuera poco, la probidad, es su cualidad excelente. Pocos se aplican
con tan seguro dominio del arte de escribir, a descubrir la veroad humana en
la vida de siempre. Poquísimas pinturas, tao sinceras. tan de fuera adentro, tan
justas, tan patéticas, ningún alegato contra la estúpida fatalidad de la guerra,
como esta novela de L'oul,li des Morts. en que jamás el novelista, atento a la
yeracidad artística de su crónica, deja traslucir su personalidad impasible, repartida con desinteresada voluntad de creador en las almas de sus criaturas.

Nuestro cronista en Portugal ha publicado uo nuevo libro de versos Un
libro. de vers~s tao . profund~mt'nte portugués, más portugués si cabe," que
O L1vro da.t S,mphomas morb1das y O Libro das lhymeras con que no ha mucho no_s regaló su musa, Y no es que haya disimulado nunca el poeta Pi menta
ese_ ámmo saudoso que ahora se declara desnudo casi; pero en sus poesías anteriores, el gusto un tanto barroco por las formas decadentes del simbolismo v
el par?asi~nis~o traducidos o, mejor diríamos, adaptados al instinto nacionál
de_ su 1nsp1~ac1ón, prestábanle no sé qu~ de exótico, de 111anueli110, que en este
L,hro da mml1a saudade, d_esapar~ct' ca,s~ por entero. Tampoco porque el poeta
abandone del to?o su_achtud anstocrahca, desdeñosa de lo vulgar; antes biea,
nos parec_e seguirle viendo blandamente recostado en cómodo sillón; pero en
yez ~e enJoyarse e( alma como antañ? y contemplar los sentimientos propios
r~fle1ados en las mil facetas de las piedras preciosas de que se adornaba, ~e
aisla, se adentra y deja escapar esa voz de nostalgia pura con que, de siglos
llora al borde del Atlántico la sire~a de Portugal
'

• * *
Mario Pucclnl: L'inganno della carne. -Edizioni A. Mondaderi.-RomaMilano.
El especbáculo de la reconstrucción moral de un grao pueblo, d_espués de. la
guerra en que ha podido contrastar por modo espantoso los se~t1m1entos innatos a la condición humana y las ideas recibidas en una educación secular, es

• * *
Antoulo B1pina.-Sig11ario.-Biblioteca de l11dice. Madrid 1923.
J:3 revista Ind~cf ~e ha transformado_ en una bi_blioteca, cuyas ediciones garantiZa el gusto d1f1c1l de Juan Ramón J1mtnez, siempre poeta. Unica y rara
~uestra de los vol&lt;imenes publicados basta ahora, inspirados en una pretens1_ón renovada del conceptismo gongorino, nos llega el libro de Antonio Esptna.

�LA PLUMA
Poca m&lt;i,,ica y apretada letra; pero llena de intenciones poéticas. Nada de
tarareo, todo canto interior y cautela humorística, salvaguardia del sentimiento lírico para evitar que se pierda en la blandura del verso cadencioso.
Hay rit:no, pero con sorpresa, ajustado a cercbracioncs conscientes. La musa
no manda, no mangonea, apenas si la entrevemos el rostro pá.lido. Nos hace
una mueca y se esconde. No quiere llorar para no ponerse fea. No admite convencionalismos. Se entretiene en turbarnos la vista con actitudes desmesuradas. Esta poesía de Espina quizá. no se nos clave en el corazón, ni haya q11c
arrancarla después, casi con una operación quirúrgica, como la de Zorrilla o
Campoamor . No nos envuelve en ondas sonoras; no ahoga, pero aprieta. Hace
pensar como un jeroglífico. El qnc lo acierta da con C: resorte de la m&lt;isica y
con la fucntecilla escondida de su ternura secreta.
C. R. C.·

ÍNDICE DEL VOLUMEN VI

1923
ENERO A JUNIO

* * *
Ramón Pérez de Ayala: A;ollonius et Bellarmin.-Roman traduit de l'cspagnol par Jcan et Marce! Carayon.-París. Librairic Plon.-Cotlection d'auteurs étrangers, publiée sous la dircclion de Charles Du Bos.
Tan agudas son las perfecciones de la prosa de Ramón Pércz de Ayala que
su devoto lector podría temer, más que desear, un nuevo Ramón Pércz de Ayala en traza extranjera, despojado Aventura peligrosísima, ciertamente, la del
sumo estilista puesto en otro estilo-que eso es por fuerza la versión má.s fiel.
He aquí Apollonius el Belarmin, traducido por Jcan y Marcel Carayoo, en la
cCollcctioo d'auteurs étraogers•, que publica la casa Pion, de París. Conviene,
ante todo, anotar la importancia de esta biblioteca, que dirige M. Charles Ou
Bos, una de las personalidades má.s convincentes que en la litcratun francesa
se han revelado después de la guerra. Su volumen de crítica Approximations,
que vió la luz en 192J, acredita una inteligencia muy ducha en la sutileza, que
pone a su servicio una cultura en extremo jerarquizada; su riqueza está. siempre sometida al rigor de un criterio. Añádase la más cumplida nobleza moral,
una distincidn íntegra, que va de la conciencia a los modales, la imposibilidad
de pecar contra el espíritu. Era necesario este retrato sumarísimo de M. Charles Du Bos para subrayar con justeza la aparición de Apolonio y Delarmino en
una plaza que exige los mas árduos µasaportcs. Halagador es el ser traducido;
importa mucho el seuún y cómo. Han afrancesado la novela Jcan y Marccl Carayon con un acicrto"constante. Sin ninguna premura en su pericia han sabidG
desenvolver la sabia sinuosidad que requería el texto español.
J. G.
FIN DEL VOLUMEN VI

NÚMERO 32 (enero).
~SPl&lt;CIAL.

,
1

1
1

OEOICAOO A

VALLE-INCLÁN

Dedicatoria ......................... . .................... .
E. Gómez de Baquero: Valle- lnclán, novelista ............. . . .
E. Díez-Canedo: Va.lle-Inclán, lírico ........................ .
Ramón Perez de Ayala: Valle-lnclán, dramaturgo ............ .
Antonio Machado: Iris de luna ............................. .
Alfonso Reyes: Vallé-lnclán y América ..................... ·.
Ramón M.ª Tenreiro: Valle-lnclán y Galicia .................. .
C. Rivas Cherif: Soneto estrambótico . . ..................... .
Manuel Bueno: Días de bohemia ........................... .
Ricardo Baroja: Valle-lnclán en el café ................•......
Corpus Barga: Valle-lnclán en París ........................ .
J. Moya del Pino: Valle-Inclán y los artistas ................. .
Facsímile de un autógrafo de Valle-lnclán ................... .

�LA PLUMA

LA PLUMA

Jean Cassou: Ramón del Valle-Inclán........................
Francis de Miomandre: Don Ramón del Valle-Inclán..... . ....
Jorge Guillén: Valle-Inclán y el 98 ... ............. . •. • • .. • • • •
Ramón G6mez de la Serna: La personalidad fantasmagórica
de Don Ramón ............. ....... ••••••••••••••••••••
Manuel Azaña: El secreto de Valle-Inclán... . . . . . . . . . . . . . . . .
C. R. C.: Más cosas de Don Ramón. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Dibujos de Moya del Pino y de Vivanco.

Félix Delgado: Visión de la noche. Amanecer. . . . . . . . . . . . . • . . . 236
Crónicas literarias: Paul Colin: Alemania; Jules Bertaut: Francia.
Un crítico incipiente: Teatros..... . . . . . • . . . . . . . . . . . . • . . 237
Libros: José María Salaverría: El Rey Nicéjoro.-Luisa Luisi:
/nquietud.-Ramón Gómez de la Serna: El secreto del acueducto. Senos.-Agustín Remón: Unagirt.................. 254

68

69
70
71

82
go

NÚMERO ~5 (abril).
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta de Palmyra. . . . . . . . . . . . .
Ricardo Baroja: Olimpia de Toledo..........................
Rogelio Buendía: Canto cautivo. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . .
Werner Krauss: Un moderno dramaturgo alemán..............
Flavio Herrera: El navío medroso............................
Crónicas literarias: Mario Puccini: Italia; Paul Colin: Bélgica;
J. Massó y Ventós: Cataluña; Un crítico incipiente: Teatros.
Libros: Rabindranath Tagore: El cartero del Rey.-Marmouset:
Att /ion tranquille.-Giorgio del Vecchio: l!,l collegio di
Espagna a Bolog-na.-Silvio Kosti: - Epigramas.-Fernando González: Manantiales en la ruta.-Guillermo de Torre:
Hélices.-Luis Calvo Revilla: Actores del Tea/ro del Prindpe.

NÚMERO 33 (febrero)
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta de Palmyra. . . . . . . . . . . .
Ernesto López Parra: Lienzos del crepúsculo. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Salvador de Madariaga: Ramón Pérez de Ayala................
Ricardo Baroja: Olimpia de Toledo..........................
Erasmo Buceta: La cuasi-tragedia de un «Horno Hispanus•. . . . .
Crónica literaria: Alfredo Pimenta: Portugal; J. Massó
Vcntós: Cataluña......................................
Libros: A. Hernandez Catá: La Casa de Fieras. Isabel O. de
Palencia (8.!atnz G11indo): El .wnim.1dor sembró su semilla.
Rafael L1rbano: El Diablo, su iüia y su pod~r. María Enriqueta: Attmores de mi /zuerto. Rincones románticos. Valentín de
Pedro: España Renacimlt.

97
115
117
131
159
163

-494

299
303
309
311

332

NÚMERO 36 (mayo).
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta Je Palmyra... . .........
Jorge Guillén: Poesías......................................
Erasmo Buceta: Acerca de «Los Intereses Creados•.............
C. Rivas Cherif: Trance ................•.............. •....
Fernando González: Sonetos diversos . .................. • .. •.
Mario Puccini: Retrato entre real e imaginario de la señorita
Monnier ....................•.......... • .. • • • • • • • • • • • •

NÚMERO 34 (marzo).
Ramón G6mez de la Serna: La Quinta de Palmyra .......... •.
Ricardo Baroja: Olimpia de Toledo..........................
Jorge Guillén: La hermosura de Octubre ............. ,........
Antología: Francisco Manuel de Melo: Los Catalanes..........
Tartufito: El novelista se mete a critico.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

257

2n

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231

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360

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393
49S

•

�LA PLUMA

•

Crónicas literarias: Jules Bertaut: Francia; Paul Colín: Alemania 401
Libros: Ramón Pérez de Ayala: Luna de mitl, luna de hiel;§ los
Trabajos de Urbano y Simona.-W. Fernández Flórez:
El secreto de Barba-Azul.-Gerardo Diego: Soría.-E. Giménez Caballero: Notas marruecas de un soldado.- Erasmo
Buceta: El entusiasmo por España m algunos rumántícos
ingleses.-Nícolás Beauduin: Les enfanls tks hommes....... 409
NUMERO 37 (junio).
Ramón Gómez de la Serna: La Quinta de Palmyra . . . . . . . . . . . .
Gerardo Diego: Canción fluvial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: Historia anacrónica de Lázaro el resucitado....
Kasimir Edschmid: Arthur Schnitzler. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Antonio Espina: Biombo japonés .......................... •
Crónicas literarias: Paul Colin: Bélgica; Jules Bertaut: Francia;
J. Massó y Ventós: Cataluña . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Justo Martínez Aguiar: Josl /.!,nrique Rodó.-Antonío Hcras: De láS horas vívidas. Andanzas y divagaciones. Des.file de
sombras.-José María Souviron: Gárgola.-Cíana Valdés
Roig: la fuente sonora.-Flavío Herrera: La lente opaca. El
1,ílo de sol.-Oliverio Girondo: Veinte poemas para ser lritios
en el tranvfa.-Eugene Monfort: L'oublí des ,norts.-Mario
Puccini: L'inganntJ della carne.- -Alfredo Pimenta: O livro da
minha saudade.-Antonío Espina: Signario.-Ramón Pérez
de Ayala: Apollonlus et Belarmin.........................

417
438
4,p
468
475
476

487'

'

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>La Pluma, 1923, Año 4, Vol 6, No 37, Junio</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Bromas aparte, Guillermo de Torre es poeta y joven. Tiene, pues, derecho
a divertirse y a ir, si quiere, marcando~¡ paso delante de los más avanzados
de la vanguardia literaria.

Luis Calvo Revilla.-Ac/ores célebres del teat,·o del Príncipe o Español-Madrid. Imprenta Municipal, 1823,
No es verdad que la gloria del actor muera con él. Antes al contrario, pudiéramos creer más bien, por los ejemplos que tenemos vistos, en el beneficio
póstumo que añade el recuC'rdo de las grandes figuras escénicas a su mérito
efectivo. ¿Fueron Talma, Máiquez o Vico lo que sus contemporáneos r;os
dicen? ¿No hay en ese reconocimiento entusiasta un afán de participar, en
cierto modo, de semejante triunfo para sobrevivir, siquiera sea tan (de rechazo a la ruina de la vida propia?
Hay, con todo, indudablemente, una norma para discernir el oro de ley del
oropel de los laureles escénicos: el recuento de los entes de ficción a que dieron apariencia escénica los grandes cómicos de tiem pos mejores. En ese resp ecto, basta con comparar el repertorio de los actores cuya fisonomía estudia
don Luis Calvo RevilJa en su curiosísimo libro, para echar de ver la diferencia que va, a favor de los de.l siglo pasado, de los actuales intérpretes de Muñnz
Seca. ¿Calvo y Vico gustaron de ser aplaudidos a los buenos textos dramáticos de la gran época española? Pues son, sin duda alguna. superiores a Vilches.
¿Coincidieron con la capa y la espada de Ecbegaray? He ahí, asímismo, su contra·
El libro del señor Calvo, hermano del actor ilustre y autor aplaudido en su
tiempo, será leído con agrado y provecho por todos los buenos aficionados al
teatro, y aun desearíamos, para que tuviera muchos lectores, que por todos loSque dicen gustar del teatro sólo porque van a él con frecnencia.

AÑO IV.

MADRID, MAYO 1925

NÚM. 36.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)
X
LA SOLEDAD INAPETENTE

.e quedó anonadada, pero sintió la sospecha que
cerró sus lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huida de Armando y que ya la hizo descon,
fiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había llevado todas las cosas?»
« Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta
encontró el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre
delante en su mesa de despacho.
-No tendré ninguna carta de él-se decía Palmyra-dándose
cuenta de la crueldad necesaria en la huida. Para borrar su arrepentimiento le olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer
ALMYRA

C.R. C.

¡,

(1)

336

1

XXII

Véanse los números 34 y 35 de La PtuM.t..
337

�LA PLUMA
LA PLUMA
aquel camino de vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo
de todo.
Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se
acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve
el último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos cuando ya se va decididamente al otro mundo».
.
¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo as1
como la dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle
partir!
Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador refugio para el amor apasionado de unos meses.
.
El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir
eso. Tenía el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.
Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó vivir más intensamente. Cada nuevo día sin carta de él, la hacia más trabajadora.
Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la
hierba; del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los
cadáveres de los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas
del dios de las aguas.
Aquella limpieza del estanque fué para ella como
alivio._ Todos los posos que habían dejado en ella sus amores últm~os ~aheron
con aquel desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de
la matriz del estanque fué también una limpieza para la suya.
Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de
luna la fosforecía el alma y se la ponía más engatusada. Brillaban
las claraboyas y los cristales como si algo en el paisaje pusiese loi
ojos en blanco.
.
:Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba ~ra cierta limpieza y una entrada discreta, bien llevada, bien dicha.

ª.

u?

Palmyra daba vuelta a las habitaciones solitarias, encendía luces,
buscaba. ¡Gata desalada!
No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero insistía en encontrar al que reconociese en ese único día
-todos los días d único-en que se removía la vida.
¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo
era inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.
Lo que hay que ser es decente para no repugnar a los demas y
para que no haya bajezas en el amor; pero deglutir en la noche la
fruta sensual y, sobre todo si no se digiere, si siempre su siembra
es inútil y estéril. Si sólo resulta un juego la cosa, y un juego en el
que se oye el eco del mundo y del que no se espera ningún contagio, no h 1y ley que lo pueda discutir, ni razón que lo roce.
Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba el rincón del coche y se reclinaba en su rincón con
gesto displicente y desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado
bien para permanecer sola.
Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa
duplicidad sensual en que la mujer, si pudiera, crearía el hombre.
¡Y qué hombre la saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo
en su relación con los demás hombres.
Ella.-Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo
que pueda atraparme.
ÉL-Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.
Ella.-Sería la alcoba triste sin ti.
ÉL-Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.
Ella. -Lo que tú quieras ... Haré como que paso el río del amor.
ÉL-Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor
de tus piedras metió el dedo crean sombras que acaban de exaltar
tu dulzura...

ua
339

�LA PLUMA

LA PLUMA
Ella.-Ya quería yo, ya, que se fuese justa con mi blancura...
ÉL-Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala
la forma.
Ella.-Acércate... Cógeme como un ánfora.
ÉL-Tus sábanas están limpias como una virginidad ...
Ella.-Tengo un cuadrante para ti... Yo no necesito más que uno...
ÉL-A mí me basta la almohada... Tu iabeza es la que necesita
tener un trono sobre el lecho.
Ella (apagando la luz).-Ven...
En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en un monólogo con sordina.
De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla,
salían los cisnes ledos que buscaban a Leda.
Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse más atenta a sus
pensamientos, y se dormía baldía.
A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los jardines de la Quinta como la protagonista de una novela
que no encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a
la verja de la puerta como «la protagonista» y buscaba el belvedere
estilo portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en
otra orientación extrema.
Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles
como gatos que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya sangre se va tornando roja muy poco a poco.
Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese
gran brillante que cuelga en medio y debajo de ellas.
En aquellos días de perdición en la Quinta-de mucha más perdición que lo que se llama perdición en el amor-hasta entró en la
Biblioteca. Se escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan
demasiado en medio de los grandes salones.
340

r

La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían
que haber muerto para dejarla a ella aquella biblioteca casi inesperada por sus manos, pero que 1a pertenecía!
Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orej~s perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la
señal, ya sería inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de
!ºs libros, pero la d_ió pe_na estropear aquella labor y borrar lo que
ingenuamente segma allí creyendo que alguna vez podría volver el
depositario.
La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas
qu~ se curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era prefenble a aquella soledad con la esfera armilar.
Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso
Y ~penas inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del
umverso que la hacía microscópica, ya inexistente, y polvo vil.
La sobraban los libros; todos eran como libros de medicina en
un sitio en que se está sano. Prefería mirar por el balcón al mar,
a leer.
Los libros ya daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón Ja
gustaba 1~ás que los otros, precisamente por eso, porque los libros
mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.
La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo
porque no había mesa ni estante que la sostuviese, era como el reflejo en cóncavo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que
se veía por el gran ventanar.
Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se
desbaratasen y se escapasen a la vez de un meridiano y se vertiesen
sobre el verdadero.
341

�LA PLUMA

LA PLUMA
El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían
a la esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.
Palmyra rehuía en seguida de la biblioteca.
El hombre apetecido no surgía ya entre sus visitas formales, y de
retirados y retirados no lo podía elegir.

XI
AL CASINO

En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.
Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «A charming festival in honour of the British Colony of Ardantes
to be held in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc ..,,
Nunca había querido ir a aquel casino en que no se sabía qué
gentes se jugaban el dinero.
Iría e iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.
Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a
pasar y estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.
Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del casino con
la llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar
con más desparpajo la sombrilla sobre el borde de la mesa de juego
mientras abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.
Pasó por entre los chalets, cuyas ventanas respiraban el aire embalsamado con la misma vagorosidad que los peces el agua.
Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un
chal sobre los hombros.
Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había
que peinar por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de
su palacio con las mismas morenas yedras por si no podía as.earlas

con el ancho peine que necesitaban para no llenarse de demasiados
bichos.
El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas
por completo de hojarasca y llenas de melenas verdinegras.
Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al
mundo después de una viudez.
Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus
palabras.
-Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos
-había dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba
el camino de los pueblos.
No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en la prisión.
-Atado en ese sofá estuvo él-sentiría siempre ansias de explicar a los que por primera vez fueran a la Quinta.
-Las cazoletas del telégrafo son palomas ahorcadas-había dicho
también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en la
Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras pasajeras.
Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.
Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes nunca para sus invitados de casino que se invitan solos y
que no se sabe de qué recóndito rincón habían salido.
Se sentó en la mesa de juego y puso uno de aquellos grandes
billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.
Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba
entre sus lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hi343

�LA PLUMA
pocresía, buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta
más carnal.
Ella apuntó a cualquier número.
-No ..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá nunca-la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector, con verdadera congoja.
Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le
preguntó:
-¿Pero, por qué?
-Porque yo he perdido todo mi dinero a esa postura.
-Entonces-dijo Palmyra con la misma voz trémula-quiero yo
ver si le venzo, arrancándole al banquero todo el dinero que le
quitó a usted ...
Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emoción conjunta que había de hacerles ir juntos a la Quinta al final de la tarde
de jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la fortuna de Fausto, ingeniero de minas que ahorraba la mitad de su sueldo y con la otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.
Tomaron el te de después del juego, te reconfortante, cuyo azúcar dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el
mismo friunfo.
Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero, galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la intimidad de la mujer distinguida con quien habla.
No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos:
-A mí la naturaleza me encanta ... Llevo siempre en mi maleta,
cuando voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del hotel...
344

LA PLUMA

-¿Y los pinos? iCómo va usted con los pinos?
-Los pinos ... -y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar, él amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en los pinos... Pero hizo un esfuerzo... Debía hacer un
esfuerzo por decir algo ingenioso ... Miró por las ventanas de.l Casino
al campo, y dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:
-Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes ...
Palmyra le animó con una larga sonrisa a que siempre fuese tan
ingenioso.
Tomaba Fausto el te con avidez de jugador arruinado, como si
encontrase en su líquido dorado el restituyente.
La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran
mesa de pino blanco, llena de los puntazos de los chinches:..
Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como
huésped extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las
cosas en distinto sitio, acercando su butaca al balcón.
-La acompañaría, si no perdiese el tren ...
-Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo ... Como no
pensaba retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay
mucha distancia.
Salieron del Casino ... El camino era el camino campestre, largo,
con muchas cruzadas, coa humo de hojas quemadas en las cunetas,
como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos los matojos.
«El camino va a bastan, pensaba Palmyra. «Este es de los amantes de la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».
En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que
le veía ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que
resbala, que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla
cae en la barbilla o se queda colgado de la sotabarba.
345

�LA

Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de
mujer que no quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...
-Sí... Realmente no nos ve nadie...
-Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre
apasionado por un camino tan solitario a esta hora ...
-Lo malo-dijo ella-es que todo el camino es tan solitario y es
muy largo ...
-Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.
-Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero ...
-Soy más: soy un salteador de caminos.
- ¡Qué miedo!-dijo ella haciendo un mohín.
El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a
encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la curiosidad.
A veces le tenía que decir:
-Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña de Egipto ...
Ella prefirió aquel atrevimiento desde luego, en la opulenta sinceridad del camino, como caza clandestina en medio del campo, con
anhelos de chico que ha encontrado un nido, con deseo de llevarla
pronto a casa, que lo que sucede después de la cena mezclándoseal arrebato el vino y la carne.
Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que
la mujer sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para
matarle. Cuand;l se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de
gran jaula, volvió la cabeza desconfiado.
Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles
la casa de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una lluvia clara.
Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no
346

L A PL U MA

PLUMA

I
1

e padre, la sombra del padre se albergaba y les vería pasar por los.
pasillos como en plena ilegitimidad.
-Otro cubierto en la mesa-dijo Palmyra a su vieja doncella-,.
Y prepárenle el cuarto de los huéspedes ... Se llama don Fausto, y es
mi primo el ingeniero ...
Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra,.
pero también tasaba que aquello no era usual, que no acostumbraba
a guardar allí al hombre elegido ...
El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones 1 sin
pasar de ese asombro de ver la proporción del palacio del que es un
hombre modesto y habitante de las casas bajas de techo. Se sentía
apasionado por Palmyra, no sentía ningún inconveniente de apasionarse de una mujer que no le había exigido en cambio de admitirle
en su casa. No había visto nunca nada tan deslumbrador y generoso.
Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de que hacía tiempo que volviese este amigo antiguo y que por
fin era aquél el día deseado de la llegada.
Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e ins~spe~hable, así como tenía al hombre de quien esperar los despotncam1entos más extraños del instinto y las seriedades más curiosas.
-Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compa~es y ese platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un páJaro en su bebedero.
Fausto se dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba:
trató a aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.

'I

347

�LA PLUMA

LA PLUMA
XII
ERA EL HOMBRE VIOLENTO

El solaz de la Quinta apretó. Como después de la lluvia deseada
brotó en la plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el
jardín.
El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las
cifras exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números
más que por palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia y de mantener las ilusiones que prov0caba la Quinta.
Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos·
Palmyra le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más
que por ella le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado-se decía ella-, no conoce la farsa de la vida ... Cree que ya
le ha llecrado
una cosa y no necesita hacer más.:.
o
•
En vista de que le vió a él laborar en una labor tonta y tan sordida, se puso ella a coser. La hubiera prostituido el que aquello hubiese sido demasiado breve. Tenía que aprenderse más a aquel hom'bre y agotar su psicología.
·
Tenía mucho miedo a que en su imaginación se volviese confusa
y casi irrecordable la silueta de un hombre. Entonces sí que se podía
decir que era una mala mujer.
Veía en él el chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedi.cado como un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora simpática y cariñosa, a la que apenas conocía,
en vez de con su familia.
Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la
.miraba veía menos que nunca.

Así como ella pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba
otras sobre el papel cebolla de sus planos.
Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos
de puentes sobre el mar, pero no había soñado una mujer como
aquella. ~¿Por qué me la habrá regalado el destino?»-se preguntaba, y en vano buscaba la respuesta.
Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que
da masaje.
Le tuvo que llamar la atención ella, porque la hostigaba el brazo
con aquella insistencia.
Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un
amante, había elegido un testigo con profesión seria, un testigo del
que quedasen en limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al aire, es decir, sin encubrimiento; pues las
líneas y los cálculos del ingeniero no perturban al hombre, le dejan
en medio. Sobre una ~vagoneta y unos carriles y debajo de una
serie de cables, de puentes y de señales.
Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias de la vida.
En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados
haciendo la S confidencial, sentía ella le fascinaba su descote, con el
hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente, llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de
las manos, arrancada de su asiento, ansioso, más que de abrazarla,
de estar dormidos pronto, sólo eso.
Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no
adoraba su Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de

�LA PLUMA

ella y miraba el paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada
más. De todas maneras la acompañaba.
Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho,
y como su tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al
volver fué tan grande, que Palmyra le mandó callar.
-No quiero, mujerzuela-respondió encolerizado, y la empujó
contra la pared.
Palmyra se quedó en el rincón de la habitación en que había sido
empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede hablar ya.
Él quiso borrar su palabra. No había querido ir tan lejos. Pedía
perdón.
-No puede ser-decía ella-, has vuelto a ser el extraño, como
-si aquel señor G}Ue recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en vez de ser galante y apasionado ... Jamás se oyó en
la Quinta esa palabra... No la podré olvidar... Parece que la han
aprendido ya hasta las inocentes tórtolas... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y te vas.
Palmyra llamó al criado ...
-Prepare el coche rara las siete ...
Se vengaba Palmyra de la huida del otro echando a éste. Ya le
había encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la
Quinta en los hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta
necesitaba un voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora esperaría la llegada del que fuere.
La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con un hombre oscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda
-enamorado de la Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.
3S0

LA PLUMA

XIII
LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS

. Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo lo
que la daba la palpitación máxima del corazón era ver los auto:Uóviles que unidos a los trasatlánticos que hacían escala en Lisboa trasp~rtaban a los viajeros más inquietos para que viesen aq1,1ellos pal'aJes de la costa y el faro estratégico.
Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les
lanzaba destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes
volanderos.
Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros.
Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momen_to perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranJeros apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los
otros, tres donde cabían solo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de
embarazadas en meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos
afiond ad as, como s1· las obligase
·
'
a esa postura sus preñeces.
Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos
~n la mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué
iban a ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que
ofrecen los «chauffeurs» listos.
Ni tení~n tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse
de.él, Y deJaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud abandonada en medio del bosque. La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte hubiera querido irse con
351

�LA PLUMA
los excursionistas, continuando su viaje hacia ciudades más en el
centro del mundo.
Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas
distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre
en el sitio que ocupa.
A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión
del camino recién rizado por., todos los automóviles, esperando ver
uno más, el rezagado, el de los más degustadores del paisaje, que se
hubiesen detenido más largo rato bajo el faro engallado.
Había recoo-ido-sobre todo cuando lucía blusas de mucho coº amorosas de todos, como si todos ellos quisieran
lor-las miradas
ser sus esposos y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas.
¡Pero ninguno se tiraba de su automóvil como quien saltase la barrera!
¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?
Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con
los ojos de lupa puesta. Aquellos barcos que ella veía en alta mar
con su tarta blanca en medio, como los que vertían sus viajeros extrañados por un momento de la lisura estable de la tierra.
«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse:.
-pensaba Palmyra.
Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su
vida aquellos seres? ... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál
creían que era? ¿Sólo aspirarían a llevarse visto un punto más del
mundo para sólo pregonarlo?»
Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento puestas en movimiento dándolas a un manubrio para las ocasiones.
Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de
soledad en que aquel rubio la había tirado el sombrero como brindis.

de torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó
más pensativa que nunca.
El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba E:!n el forro de fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de Nueva York
al parecer el mayor fabricante del mundo, porque en todos los som~
breros es el que aparece. Eso no era bastante para saber su nacionalidad Y tampoco decía nada apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.
No dejaba do tener una íntima galantería bastante original aquel
regalo del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el
rápido pasaje del automóvil, de te tomo y te dejo en el mismo sitio
que te dejé.
Palmyra lo dejó en su perchero, y cuando volvió al salón pensó
en que había entrado en él con aquel hombre que había dejado su
sombrero en el perchero, y lo buscó a su alrededor. Estaba íntimamente con ellos y, sin'embargo, estaba lejos ya en alta mar con un
sombrero nuevo que extrañaba en su cabeza.
«Con él encasquetado ya no se a~ordar'á de mí»-pensaba Palmyra-, pero después rectificaba:«Se acordará aún, porque un sombrero nuevo le estará chico, más chico que este que me ha dejado,
por lo menos durante algunos días.»
Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar
de los espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el
dintel del espejo.
Cuando la sirvieron el te tardío, porque se había olvidado dellamar, estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que he pedido?»
Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol
del que se ahorcara, los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el imperio del sombrero det dueño y señor. Había dejado
libre el cabello oleaginoso que ella buscaba para peinarlo con sus
XXIII

353

�LA PLUMA
LA PLUMA

manos y sentir los chisporroteos eléctricos que brotan de los peines
de concha y de los dedos entreabiertos como la parte ancha de los
peines.

-¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si hubiera sido una señora
casada?

«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado pero
no está viejoit-pensaba Palmyra.

y cómo vivía... La tiré mi sombrero porque no-;me dió tiempo de

Del salón se iban colgando las cortinas del baile de arte, sólo el
espejo de la playa tenía luz y copiaba la tarde de ojeras irisadas.
En eso llamó la criada:
-Madama... Un señor sin sombrero pregunta por madama ...
Lo de «sin sombrero,. lo decía la criada para que madama no le
recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno
que viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a
un amigo querido que llega de muy lejos, la dijo:
-¡Que pase! ¡Que pase!
Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle
pasar en el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la
llaga de un beso apasionado y largo ...
-Señora-dijo-, he torcido mi viaje sólo por usted ...
-¿Pero se fué su barco sin usted?-preguntó con ingenua perogrullada Palmyra ...
-Sí..., sin mí-respondió sonriendo el desconocido...
-¿Y sus baúles?-volvió a preguntar Palmyra desacertada, como
si esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo
a instalarse en la Quinta desconocida ...

-¿lfü baúles? ... En el Hotel Francfort de Lisboa-respondió extrañado el extranjero.
Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de
marino que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia
de allende el mar.
354

-:fo hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted
tirarla otra cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo
que quería decirla es que volvería...
--Yo sólo creía que fué un chicoleo.
-De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle,
1
más o menos pisado por la dama, pero se recoge.. .
-Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he
puesto en el sombrerero...
-Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que
lo dejaba al entrar, ajustándole más a su colgandero ...
-Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquelia visita que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando...
Quizá hasta cuando viese aparecer de nuevo en lontananza un barco
con la ruta del otro ...
-¿Y qué es usted?-preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.
-Yo ... Doctor...
-No ... Quiero decir de qué nacionalidad.
-Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con usted tal vez siempre...
Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando;
el caso era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos
como palomas flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón ...
El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un
paisaje en el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de
casi todas, uno de esos rostros que confunden siempre al que les
355

�.,

LA PLUMA
1

mira, pues habiendo parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que se encuentra.
-Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que
me echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después de cenar, cuatro, siempre los mismos cuatro ...
¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había
perdido su barco y tenía derecho...
-¿Y hasta cuándo estará usted aquí?
-Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es
que me puedo quedar aquí a estudiarla a usted.
-¡Ah! No... A estudiarme, no ... Me ha dado un escalofrío atroz ...
Parece que al estudiarme tanto tendría que hacerme la disección...
-Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.
-¿Y de qué región es usted?
-Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa treinta

\l

días ...
-¿Y cómo es su pueblo?

-No tiene nada de interesante ... Esto sí que es bello... Es el digno marco que la corresponde ... Cuando me saludó usted al pasar,
perdí la brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado
.por delante de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en pintor de quintas.
-Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado ...
-La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted ...
-Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser franca ... El
mote del~ escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar
pasar el primer instante... » Venga después ...
-¿A qué hora?
-A las doce ... Traiga sus equipajes en el «auto» ...

LA PLUMA
Se hizo una pausa en que el norteameri~ano se puso en pie. Tení;:i en el rostro timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto
logro y entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos y sólo descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles, no casados como en una policromía mal tirada, tenían cincuenta txpresiones distintas.
-¿Y si ahora no la gusta mi nombre?
-¿Tan extravagante es?
-No; es Samuel.
-Pues no es feo.
-Es que como es judío...
Pal~yra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran
aprens10n, Y eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina
antisemita... Reponiéndose y queriéndole quitar toda suspicacia, dijo:
-¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...
Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la
puerta. Palmyra salió con él.
En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero
pero Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a J~
mano y la retuvo...
-No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de
su afecto... Sólo lo arrancará a su sitio el día que me olvide, el día
que tome el barco que se dejó escapar hoy ...
-Pues entonces quedará ahí para siempre...
Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.

1

.{

3S7
356

�-LA PLUMA

LA PLUMA
XIV
EN ALTA MAR DEL AMOR

La noche estuvo llena de las reticencias, los silencios tímidos y
Jas cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado. Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado todo.
Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la mañana siguiente despertado por las moscas que trajinaban en la luz, pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.
No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del
amor. Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los
boscajes de Ja Quinta.~
• Sintió ganas de hacerla cosquiJlas en la garganta, que ofrecía
curvada y graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?&gt;
-se preguntó Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como
si se tratase de una boda acordada por toda la familia, en lo que
sólo era una aventura...
-Palmyra-llamó en voz baja Samuel para que al despertar encontrase que desde luego era su conocido aquel hombre, puesto que
la llamaba por su nombre y con un gran tono de confianza:
-Palmyra.
-Palmyra.
-Palmyra.
-1Palmyral. ..
Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza
358

r,;

de la playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del
toldo azul de sus ojos.
Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó
los cuadros. Esperaba una escena del Talmud que no había.
Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor. Como
el que sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada
que desde allí se atalayara.
Ya estaba confimado con la sonrisa de aquel despertar que se
había nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que
recompusiese con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los
abrazos.
Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño
que se sueña de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la oreaba las moscas.
Poco tardó ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra
se despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire
con sus manos osendosas y osadas.
«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de los caravanas de los automóviles con gente de los barcos-pensaba Palmyra-. Mi única inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado... &gt;
Se rió con risa osada, mirándole.
- ¿De qué se ríe?
-De que me parece usted un barco embarrancado ...

.r

(Se continuará.)

Rrnó:-1 GóM.Ez

DE LA SERNA.

�.,
LA PLUMA

III

'JI se inició el asalto a la inmortalidad
cSeria y oscura.

'JI columbró el !/)estino toda su libertad
sin aventura.

POESÍAS
I
~etumban por todos los cielos
~eligiosamente, en vuelos
C:orales, toques de campanas.
¿&lt;Son vítores a la victoria
!/)e los que hincaron en la gloria
cSus altaneras cerbatanas?

'

¿rl preguntas de un campanero
91.congojado por el cero
!/)e la boca de las campanas?

11
C:ementerio entre la bruma:
'G'u gozo y tu desventura
:Posibles, ¿son en tu suma
'fNube de pereza oscura?

9U padre inmortal pían las aves de la aurora:
/ cSu-fMa-jes-tad!
(¿(;l nuevo sol antiguo inventa o rememora?)
¡cSu fMajestadl

IV
(;l niño llora su atroz pena.
.Cas entrañas de los planetas
cSe parten en partos de peñas.
V
(DICIEMBRE

.Eas onzas del sol,
!/)iscretas, furtivas,
lucen su esplendor
como calderilla.

VI
¡'fNoche, noche! [}obierna el cielo, finto
C:on la tinta en que moja !/)ios la pluma
:Para tachar el ~fliat lux» de antaño.

'JI truécase en primor de laberinto
.Ca calle, antes sabida, que se esfuma,
;M,uy reticente, en el astral amaño.

�LA PLUMA

VII
!.Blancores en curva
'Griunfalmente una,
{}uían su equilibrio
feo, entre el tumulto
¿ffasado,futuro?
:í)e un gran albor vivo.

l
ACERCA DE "LOS INTERESES CREADOS"

9ttanantial, doncella:
8scorzo de piernas,
'Gornasol de guijas ...
Y el sumo platero
repuja en el cielo
:Nubes argentinas.

( E N S A Y O D E A N Á L I S'I S )

I

' [I'"

describir la acogida aquí dispensada a la concesión del
premio Nobel a Benavente, sería cosa de reproducir-si es, tuviese permitido el citar versos de Núñez de Arce-los en;;-decasilabos iniciales del poema A la muerte de don Antonio
RlOs Rosas. Sin embargo, con la esperanza de que algún día Azorín
-este lord Carnavon de las modernas letras hispanas-, e!l sus exhumaciones, saque a luz al vallisoletano e hipotecario poeta, me lanzo
atrevido a transcribirlos:
ARA

l:1)

VIII
¡t)h sol en el porte del cisne!
¿cSuman las alas en su lustre
.LtJ. claridad que esparce tJctubre
8ntre sus estrictas canicies?

¡{}loria autumnal!: campo de gules
flue de pulcra agudeza ciñen
$ayos, ramas, remos de esquifes:
eorte del gran !.Blancor ilustre.
JORGE GUILLÉN.

¡Cayó como la piedra en la laguna
con rudo golpe en la insondable fosa!
Nuestro ambiente literario, falto de densidad y de inquietud, no
podía obrar de otro modo. La camarilla literaria es el ineludible producto de la lamentable falta de objetivación que racialmente padecemos. Pasadas unas pruebas de tal levedad, que cerca andamos de decJararlas inexistentes, ya que se caracterizan, llana y simplemente, por la
volición de adherencia del candidato a neófito, éste recibe sus cartas patentes ... , y helo consagrado. Lo malo es que estos reinos de taifas-que
363

�LA PLUMA
LA P L U ~1 :\
para el no iniciado se diferencian tan poeo-guardan celosamente sus
prerrogativas, y los adscritos a una u otra cofradía, casi pudiera decir
&lt;:onventículo, se comportan como si estuviesen separados por las más
antagónicas ideologías, por inaccesibles muros, por perfectamente ajustados compartimentos estancos. Así no hay manera de que se ejerza la
crítica. Si uno forma parte de una banda, ha de obligarse a mantener
como bravo paladín, en toda ocasión y en cualquter instante, el código
fundamental de las simpatías o antipatías personales del grupo. El hombre es-hagamos el pedante: ya lo ha dicho Aristóteles-gregario por
natura, y las vertientes de la vida le llevan a uno, quiera que no, hacia
éste o aquél remanso. Si cae en la equivocación-debilidad,_ o ~ortaleza,
pero error craso, desdicha indudable-de no pertenecer a nmgun,corro,
peña, facción o bandería, el equivocado viene~ tener-el, pabell~n c~bre la mercancía-, el tratamicmto del buque pirata, segun las d1spos1&lt;:iones del Derecho internacional: está fuera del manto de la ley.
Movidos todos por reacciones personales, no hay manera de practi-car la crítica, que ha de pesar y medir según ciertas normas, que _pueden ser falsas-humano es el errar-; pero que, al menos, requieren
sinceridad y desembarazo para que la valorización resultante nazca en
condiciones .de posible acierto, de mediana viabilidad. Y aquí no hay
más 1 en el terreno privado-entonemos todos nuestro «mea culpa»-,
-que gesto humildoso o comentario vitriólico, o se es turiferario re~erente o se apiica dentellada de fiero mastín. Esto en ~~ parte conv nc_10nal e irresponsable-repito-que en lo que a relac1on con el. publico
respecta-y esto es lo verdaderamente trágico-reina por doquier, ante
el espectáculo de la obra artística, una indiferencia de Baal-Moloch cananeo, según el consabido mito, o un je m'm jichisme, de gentes que
creen estar de vuelta de todo.
Excluyamos, ni que decir tiene, algunas figuras, que, dadas las anteriores premisas, sin hipérbole, podemos calificarJde adm~rables:
.
Lo que acabo de decir puede adolecer, lo confieso, de 1mpert1~enc1a
y de intemperancia; pero sin duda _explica-co~ algu_na excepción, ,Y
usted, amigo Rivas Cherif, ha constituido una bien brillante en las pa-

7

364

1

'

ginas de esta Revista-el gris y beocio desapego con que ha sido acogida
la concesión del premio Nobel a Benavente.
Viene ya, desde bastante tiempo atrás, sufriendo una crisis grav,e la
consideración del dramaturgo, justificada, en parte, por la actitud docente y predicadora que últimamente había adoptado, y que hay que
reconocer que no le sentaba ni medio bien. No hay manera con la forzada brillantez del diálogo, o por medio de la jaracandosa tirada de un
parlamento, de inyectarle- más bien de frotarle las narices-al auditorio con una tesis por muy respetable que ésta sea. Es admisible la tesis.
con la técnica realista de un John Galsworthy, que es capaz de crear
aquella desdichada chair-wooman de The sí/ver box, verdadera agua
fuerte, emocionadora y palpitante, o que puede dejar que el público,
por su cuenta, saque de Juslice la honda impresión de la mórbida organización social presente. Pero el dramaturgo inglés sabe ocultar la armazón constructora como el alarife hace con su fábrica arquitectónica~
y si las cabezas de las vigas tratan de asomar, las convierte en trialifos.
Pero Benavente no es artista de esta escuela, y parece que se complacía
en dejarnos al descubierto el andamiaje de su pensamiento.
Empero, y de todos modos, resulta innegable que Benavente ha sido~
en los últimos veinticinco años, el más eximio prove::dor teatral, el autor que cultiva todos los géneros de la moderna dramaturgia-si se exceptúa el teatro poético en verso-( 1), desde el monólogo y sainete de corte
zumbón (De alivio, Fodos somos unos) hasta la alta comedia (la princesa
Bebé, Rosas1de otoño), el drama emocional (Sacrificios, Más fuerte que tl
amor) y la tragedia dilacerante (La Malquen'da); desde las producciones
que nos presentan un ambiente aristocrático, de círculos exclusivos (La
escuela de las princesas), hasta las que nos transportan a un medio rústico y primitivo (Señora ama); lo mismo el teatro lírico (Viaje de i1zstrucdón) y el teatro de ideas (Por las nubes) que el teatro infantil y deen-

(1) Recuérdese, sin embargo, La princesa sin coraun, •cuento de hadas. en
ritmos ingenuos•, como se lee en el epílogo de la obra.

�LA PLUMA

LA PLUMA

sueño (El prínápe que toa'o lo aprendíó ~n los libros); engendra piezas de
un carácter no tan fácilmente aprehens1ble, que no entran de modo tan
holgado en las habituales casillas de las clasificaciones retóricas, como
El dragón de fuego, ante la que el penetrante Manuel Bueno se preguntaba perplejo: «¿Es comedia? ¿Es drama? ¿Es melodrama? ¿Se _trata de
un poema?» (i) u ofrece un gran númer~ de arregl~s y traducciones de
las obras y autores más diversos, de Moliere a Herv1~u, desdr
Tragedy of King Lear hasta 7 he Yellow 'Jacket, que Ce¡ad~r, con v'.st~ de
águila, estimó original, acuñada en el troquel benaventmo (2). ¡Como
se habrá sonreído nuestro ironista!
.
..
Su «espíritu inquieto», como él mismo se ha reconocido; ~u espmtu
casi protéico, es de una pasmosa ductilidad y riq?eza de cambiantes,_debido a que, como el más grande vate contemporaneo de lengua e~panola
ha dicho-y nadie más idóneo que Rubén para dar tales sentenc1~s con
&lt;:arácter de inapelables-: «E! verdadero poder de Benavente consiste en
que posee la intra y supervisión de un poeta, y en que a todo lo que toca
le comunica la virtud mágica de su secreto (3).
Ante la tan variada producción del artista, un estudio de conjunto
requeriría largo tiempo y especiales aptitudes. Previamente, ~ poc~ a
poco, habrá que ir cortando las piedras_ de_ la ca~tera con un ~1e~to_ 10terés desinteresado, sin intenciones de diatnba, m anhelos apnonsttcos
de alabanza.
.
Aunque con toda seguridad, Benavente ha ~scrito piezas que, ba¡o
apariencias menos ambiciosas que los de Los intereses creados, ~e han
.adelantado más en la real entraña humana, el enh1ce de_l ambiente ~
personajes con tipos y atmósfera de tradición vivaz en la literatura um-

1h:

(1)

(z)

7eatro españotconle1npo1·áneo, Madrid (1909], pág. 152.
Historia de la lengua y literatura castellana, T X, páginas 239-240

y 247-248.
,
.
( 3) Obras completas, Madrid [s. a.], T. XXII, pag. 8. Tamb1~n le alabó _calu.rosamente en su crónica La joven literatu,·a. Véase Espana contempo, ánea,
T. XIX, págs. 77-80.

366

r
1

versal, ha atraído mi curiosidad hacia el análisis de esta tan famosa comedía de «polichinelas», como el autor la calificó, y con la cual recibió
la consagración popular.
Si se considera la obra en relación con las máximas producciones del
espíritu humano, puede carecer del sello de lo genial; pero actitud de
tan vigoroso, de tan extremado transcendentalismo crítico no conduce,
ante lo contemporáneo, sino a un amargo desencanto, a una mórbida
tristeza infinita. Las labores realizadas en nuestros días se desvanecerían
o perderían gran parte de su relieve, y lo moderno se ofrecería a nuestra
vista cual campo de desolación. Con cánon menos absoluto y más flexible, se reconocen en seguida en los z·ntereses creados cualidades maestras: gracia, finura, agudeza y vivacidad brillantes, mordacidad simpática porque es ágil y jovial, armonía de líneas en su composición, encanto innegable de atmósfera, que justifican plenamente el interés que
en mí ha despertado la farsa.

II
El gran sentido de humanidad, que es la base o eje de los intereses
creados, su trama ingeniosa, el bien cortado y agudo diálogo, la sonoridad de la forma, todo el acabado conocimiento de los secretos de la técnica teatral explican, ante el páramo de la literatura dramática contemporánea, los rendimientos de la crítica y el ferviente aplauso del público. Nada de tretas del oficio, en las que siempre es parco nuestro autor.
La acción va directa como una flecha, las escenas aparecen tejidas de
modo compacto y con una economía de esfuerzos y con una simplicidad tal de recursos, que no en vano el fino crítico Andrenio ha recordado (1), hablando de los medios de que Crispín se vale para favorecer
a su señor, los graciosos procedimientos que le chat botté emplea para
hacer que el marqués de Carabas llegue a casarse con la hija del rey (2),
(ll La España Moderna, T. XX, págs. 169-177.
(2) Les Contes de Charles PerrauJt, París, 1876, págs. 47-56.

�LA PLUMA
aunque-estos felinos son siempre un tanto &lt;'g?ístas-«le Cha~ de~int
grand seigneur, et ne courut plus apres les s~uns que pour se ~1vert1r».
Ya veremos que Crispín, con mayor generosidad, emprende las aventuras, y las lleva a cabo, sin alcanzar ninguna ve?taja.
El diálogo de Benavente, que suele, las mas de las veces, pecar de
artificioso cuando trata de transvasar la vida de la realidad a la escena,
va aquí en consonancia perfecta con unos personajes que son símbolos
de pasiones y sentimientos. Esta ausencia de lo real, esta oquedad de lo
individ"al, actuando en función de caja de resonancia, avalora la frase
sonante del dramaturgo, que en otras ocasiones, con su si es no es de
pseudo-profundidad, incurre en vicio de efectismo, y ella de?i~ de hab~r,
contribuido al éxito franco y rotundo, alcanzado, con unamme sentir
en todas las esferas.
Después de un prólogo en que se vierten a raudales la ?alanur~ Y
el buen decir, pero con una sobriedad y un sentido del matiz de su innato ingenio aristocrático, después de un prólogo escrito en un castellano de finos quilates, en forma primorosamente matizada, que da una
nota sutil, tierna y levemente melancóly:a, de música en tono menor, al
que van a responder en acorde ideal las más delicadas vibraciones del
ánimo del auditorio, entramos de lleno en la fábula.
Bien ha hecho el autor, dentro de la vaguedad de las indicaciones
topográficas, en presentar la escena en Italia (1). Tiene la obra, Andrenio lo ha observado (2), un marcado carácter mediterráneo, de luz Y claridad, connatural a aquellas tierras, donde el arado encuentra, renovan( 1)
En las escasas direcciones escénicas dice someramente: «La acci?n.pasa
en un país imaginario, a principios del siglo XVll&gt;, pero en el desenvolv1m1ento
de la obra se habla de Mántua, Venecia, Bolonia, Florencia, Nápoles, Y de alguna de ellas más de una vez (Act. I, Cuadro I, E se. 2; Cuadro II, Eses. 5 Y 7;
Act. II, Eses. 4 y 5).
( 2)
Loco citado, pág. 17 1. Sin exagerar, hay algo cierto en esto, a pesar d~
Jo que indigna al perspicaz y querido filós0fo Ortega y Gasset (Cfr. sus Meditaciones del Quijote, Madrid, 1914, págs. 89 y siguientes).

LA PLUMA
do el milagro partenopeo, el pliegue suave del mármol clásico. Mas no
sólo por esta transparencia y armonía; no sólo porque aquellas ciudades, flores de una pulida civilización, exhalan un perfume de refinamiento que ofrendan, cual ninguna otra, las cortes italianas del Renacimiento, ha sido un acierto el lugar de la escena. Como Moland ha dicho
de Les Fourbt'ert!s de Scapúz, de Moliere, «indique tout de suite une
reuvre aux libres allures, dans laquelle le poete met de coté la verité actuelle des mreurs et du costume, et donne carriere asa fantaisie» (t).
Acoge Benavente en la trama de la farsa los personajes, que, ora engendrados en la comedia latina-originarios, según algunos, de los mimos de las comarcas dorias-, ora formados por elementos populares y
literarios; ya creados, ya conservados y renovados por la italiana commedia dell' arte (2), se esparcen por la Europa entera, pero de todos los
países extranjeros arraigan principalmente en Francia, y son recibidos
con igual complacencia en Versalles que en la plaza pública.
Si el tipo de padre o curador, viejo Argos vigilante de la conducta
de su hija o pupila; si el aventurero, el enamorado generoso, el criado
o paje, llenos de gracejo, contrafigura de sus amos, son corrientes en
nuestra comedia, la derivación y entronque inmediato de los personajes
de Benavente, no ya por sus nombres, que eso nada significaría, sino
por su orientación, no pueden hacerse arrancar del siglo de oro. Grandes
concomitancias tienen en cambio, con la comedia italiana-no la sostenuta, sino más bien la jugosa de los repentistas actores de la commedia
dell' arte all 'zºmprovvis~-máscaras que influyen vagamente en Shakespeare y Lope de Vega, que perduran en el género mixto de Gozzi y Goldoni, y llegan de modo especial, a Moliere y aun a Marivaux, alcanzan(1) fEuv1·es com¡,létes de Moliere, collationnées et comentés par Moland, segunda edición. T. XI, pág. 168.
(2) Cifr. Winifred Srnith, l he Commedia delt' Arte, New York, 1912; Caps. II
y JU donde discute su origen. Recuérdese en la literatura latina prehelénica,
las ate lanas (laó1,/ae Atellanae, del nombre de la ciudad osca; comedias bufas,
parte improvisadas).

XXIV

3.69

�l,

LA PLUMA

1

do, pues, si no en su pristino estado, en combinación con otros elementos, las más nobles esferas del arte literario moderno, con ias naturales
modificaciones que imponen los tiempos y la espiritualidad más refinada
de los autores.
III

Hagamos de las principales dramatis personae que en ella intervienen,
verdaderas personificaciones de valores humanos, un ligero examen.
Leandro.-Tipo, en su origen, de galán joven, perfumado, atractivo,
vestido de sedas y encajes; un refinado, un exquisito. Benavente le hace
aventurero y nos lo presenta en descubierto con la justicia. Sin embargo, todo su modo de actuar recuerda, sin sus amaneramientos, el papel
que tradicionalmente le estaba encomendado, ya con este nombre, ya
con los de Lelio, Orazio, Cinthio u Ottavio. No se comprende cómo
puede ser perseguido en calidad de redomado bribón. Las gentes de orden debieron de haberle considerado más temible de lo que en realidad
es. Otros más advertidos, no obstante, han comprendido que se trata de
un buen muchacho y no han tenido inconveniente en darle cartas de introducción para personas de valimiento. Desde el principio muestra un
fondo ingenuo, sentimental, carente de condiciones para marchar por la
vida a salto de mata. Tiene un vago espíritu de colegial a quien aterra
cualquier inocente desaguisado. Tiene gentileza, gallardía, elevación de
ideas. Puede decirse, en paralelo con Crispín, que constituyen el anverso y el reverso del alma humana. Pero seamos indulgentes con éste, que
además de la inteligencia tiene la salvadora cualidad de ser altruista.
Crispín.-Henos aquí con el personaje astuto, fuerte, un tanto prendido a la tierra. Él ha de remolcar la acción. Maestro en truhá.nerías
-no en vano es veterano de galeras-, artífice de picarismo, sutil psicólogo, sabe sorprender en todos los procesos de conducta el móvil real
de las humanas acciones . De todas se aprovecha a maravilla para sus
ulteriores fines. Reconoce la fuerza prepotente del idealismo y lo acepta
por aliado. Sabe bien «que no conviene siempre rastrear. Alguna vez
370

LA PLUMA

hay que volar por el cielo para mejor dominar la tierra». (Acto 11, Cuadro II. Ese. 9.)
Aparece por primera vez este personaje en L'Écolíer de Salamanque (1), de Scarron, y fué popularizado por un famoso autor y actor
contemporáneo de Moliere. Me refiero a Raymond Poisson (1633- 1690),
el cual poseía un talento superior «pour les roles comiques, &amp; principalement pour celui de Crispin, qu' il imagina &amp; qu 'il adopta» (2). Su
linaje lo encontramos en Brighella. Pero ya los amores no le preocupan,
aunque no ha olvidado los circunloquios galantes. («Mi mayor deseo fué
el de saludaros, y el señor Arlequín no anduviera tan discreto en complacerme a no fiar tanto de mi amistad, que sin ella, fuera ponerme a
riesgo de amaros sólo con haberme puesto en ocasión de veros». dice
con obsequiosa y rendida cortesanía a Colombina en la escena segunda
del cuadro segundo del primer acto). Tampoco, por efecto, sin duda, de
los siglos de civilización y decantación transcurridos, se halla tan presto
a dar, como su ilustre antepasado, la temible y famosa coltellata. («Soy..•
lo que fuiste. Y quien llegará a ser lo que eres ... , como tú llegaste. No
con tanta violencia como tú, porque los tiempos son otros y ya sólo asesinan los locos y los enamorados y cuatro pobretes que aun asaltan a
mano armada al transeunte por calles oscuras o caminos solitarios .
¡Carne de horca, despreciable!» (Acto II, ese. 7.) Deja sus maneras de
violencia para trocarse en un simple autor de fraudes.
El papel de pícaro, el Epicidio de Plauto, encarna en Brighella, que
es el tronco de gli Beltrame, glt Scaplno, y todos los criados trapaceros e
intrigantes. Cambia la librea y algo el carácter, pero en lo fundamental
son lo mismo, incluyendo a Fígaro, el criado da far tutto.
Crispín puede hacer suya la confesión de aquel otro criado, de otro
Leandro que nos presenta Moliere: «A vous dire la verite, il y a peu de
choses qui me soient impossibles, quand je veux m'en meler. J'ai saos
(1) Parfaict, Franc;0is y Claude, Histoire du Thidtrefranfois depuis /'origine
jusqu 'á present, Paris, '745·1749, T. VIU, pág, 95.
2) Parfait, obra citada, T. VII, pág. 345.
37¡

.

.

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LA PLUMA
doutc rc~u du ciel un génic assez beau pour toutes les fabriques de ces
gentillesses d 'esprit, de ces galanteries ingénieuses, a qui le vulgaire ignorant donne le nom de fourberies; et je puis dire, sans vanite, qu' on n' a
guerc vu d'homme qui fnt plus habile ouvrier de resorts _et d'int~gues;
qui ait acquis plus de gloire que moi dans ce noble métier. Ma1s, ma
foi, le merite est trop maltraité aujour 'hui» (1) de la misma mane~a
que a él puede referirse lo que dice Sainte-Beuve de los vale~s ~e .Manvaux: ~Les Scapin, les Crispin, les Mascarille, sont assez ordinairement
des gens de sac et de corde, chez Marivaux, les valets sont plus decents;
ils se rapprochent davantage de leurs martres.» (4).
Los genios de Leandro y de Crispín son antípodas: representan el
antagonismo de los temperamentos sentimental y sanguíneo.
.
La sensibilidad de Leandro es mayor que en el otro; en cambio, la
actividad, o facultad de convertir una emoción en acción, que es en él
casi nula sobresale distintamente en Crispín, verdadero profesor de
Energía c~mo dicen los locos de hoy. La función secundaria, el resabio
o gustillo, el sentimiento que queda cuando una emoción se ha convertido en acción, o ha muerto, es, sin duda, más perceptible en Leandro
que en Crispín, aunque éste no se halla, por completo,_ ~xento de ella.
Uno es impresionable, nada práctico, con pocas cond1c1ones de adaptación, tímido y con ideas vagas, con tendencia al aislamiento, obrando
espasmódicamente, unilateral y sedentario, propenso a la contem?lación e introspección, más inclinado a arrojarse de cabeza ~ un peligro
que le asuste que a aguantar el pánico. Los antónimos describen a_l otr~,
que es poco emocional, práctico y con claro sentido de las cosas, 1ma?1ginativo y realista al mismo tierno, de carácter vivo, con buena labia,
optimista, abierto y generoso, versátil, nómada y ambicioso de contrastar sus fuerzas en grandes peligos, que puedan traer grandes_ ~esultad_os.
El Doctor.-Maneras graves, como conviene a su alta m1S1ón social.
(1) Les l'ourberies de Scapin, Acto I, Ese. 2.
(2) Causeries du Lundi, T. IX, pág. 373.

373

La más sencilla acción requiere el auxilio del sorites. Le veremos justificarse, y ha de agobiarnos en sus chalaneos con esclarecimientos tomados de la nebulosa primitiva. Fué, naturalmente, muy corriente su actuación en la comedia. Siempre los hombres de ley fueron blanco de sátiras (recuérdese nuestra picaresca, recuérdese nuestro Queved&lt;&gt;), objeto
de acerados serventesios. Desempeñan otras veces este papel de víctimas
los Notarios y Procuradores. Es característico de este tipo el presentar
ante las cálidas y vehementes imprecaciones de los engañados la ecuánime frialdad de los procedimientos legales. (Viene ahora a mi memoria, a este respecto, la escena final de La Jemme vengle, estrenada •par
les Comediens Italiens du Roi dans leur hoste! de Bourgogne» en 1689,
y que puede leerse en Le Yeátre ltalien de Gerardi, Tomo II de la edición de Amsterdam, 1701.)
Polichinela.-Parece, dado su modo de actuar, que convendríale más
el nombre de Pantalón, Pandolfo o cualquiera de los apodos que tuvo
una de las cuatro máscaras bufas de la comedia dell' arle. Es cierto que
en las comedias napolitanas hay dos tipos de Polichinela: ei uno marrullero, y estúpido el otro. (Veamos la deliciosa explicación que nos suministra Riccoboni, actor con el nombre de Lelio, autor dramático y
tratadista del teatro-nadie está obligado a tomar tal ingeniosa declaración muy en serio-«Dans le pays, l'opinion conmune est que c'est de
la ville de Bcnevent, qui est la Capitale des Samnites des Latins, qu'on
a tire ces deux caracteres opposes, quoiqu' habilles de meme. On dit
que cette ville qui est moitie sur la hauteur d'une montagne, &amp; moitie
au bas, produit les homnes d'un caractere tout différent. Ceux de la
haute ville sont vifs, spirituels &amp; tres actifs. Ceu de la basse ville sont
paresseux, ignorans, &amp; presque stupides.~) (1) Pero de ambos tipos el
que se popularizó fué el primero. En el desenvolvimiento de la farsa de
nuestro comediógrafo no se acomoda, en realidad, a la índole de tal carácter, que fué el que halló arraigo en el resto de Europa. El árbol ge(1) 1.ouis Riccoboai, Histofre du Tlu!dtre italien, París, 1728-1731, T. II,
páginas 318-319.
373

�LA PLUMA

LA PLUMA
nealógico del Polichinela benaventino debe de tener unas ramas que Je
emparientan con ias buenas gentes de la ciudad alta, y debe de tener
otras ramas, sin duda un poquito más numerosas, que le hacen descendiente en línea direc :a de los graves ciudadanos de la ciudad baja.
..::. Pantalón.-Con antecedentes literarios en Aristófanes, Plauto y Terencio. Era el tal nombre inherente al papel de viejo avaro, meticuloso,
unas veces :suspicaz,:receloso; otras sencillo y de buena fe; pero siempre
engañado por su hija, querida o cualquier intrigante. Representa, en
general, el negociante ordenado, el comerciante enriquecido, el padre
de hijas de difícil guarda. Tal como Benavente nos lo muestra, ridículo,
plañidero, sigue encarnando la parte de mercader incauto y petardeado.
El Capítán.-Las hazañas de este valeroso caudillo no son para contadas. «Italia tiembla al nombre del Capitán Spavento. España me reverencia bajo la denominación de Matamoros,&gt; y ¡hombre espantable!
«terrorífico a Francia con el nombre de Capitán Fracassa» (1). (Recuérdese el barón de Sigognac, señor del Chateau de la Misere, que nos
presenta Théophile Gautier en su novela, evocación del siglo xv11, Le
Capitai·ne Fracassa.)
Acaso como los grandes tiene envidiosos:
Ce capitan fait grand éclat:
Et sa valeur est si parfaite,
Qu 'il est des derniers au combat,
Et des premiers a la retraite.
Hijo del _miles glorlosus, nuestra magna Celestz"na (la obra más grande en prosa de la lengua castellana, después del Qui.Jote, en la opinión
del maestro de maestros, Menéndez Pelayo) le acoge con el nombre de
Centurío.
Existía en calidad de capitán italiano, pero el paso por aquella Península de los ejércitos victoriosos de Carlos V, hace que sea reemplaza(1) Sand, M., Masques et Bouffons, París, 1860, II, pág. 177; obra que be
consultado con utilidad.

\.

do, adquiriendo la nacionalidad española, por la impresión que causan
:rnestros soldados, que tienen la gravedad y altivez de Castilla, y que
son, acaso, algo tragediantes, acaso, algo fanfarrones.
Tanto arraigó en la Península hermana, que Croce ha podido decir,
«11 tipo del Capitano dalla seconda meta del cinquecento, e per quasi
tutto il seicento, soffoco tutte le altre rappresentazioni, vive, dirette, libere, realistiche che si potevano fare sul teatro del carattere della nazione spagnuola» (1).
Arlequín.-Hasta el siglo xvu el desempeño de su parte requería
movimientos violentos, contorsiones, bufonadas de baja especie. Va
evolucionando, adquiere flexibilidad y gracia. Se transforma y convierte en agudo decidor de buenas palabras. Giuseppe-Domenico Biancolelli, llamado a París por Mazarino y que llega a tener prestigio en la corte del Rey Sol es quien le representa siempre. El artista, que era hombre de mérito, instruido, amigo de literatos, eleva sus maneras. Ahora,
en la pieza dramatica de que me ocupo, ya-todo se pega menos la hermosura-sabe manejar el plectro, y astuto y mercenario-este poeta es
digno sucesor del Aretino-conoce los medios de cambiar sus sonantes
estrofas por una bolsa de sonantes escudos ... o, hasta si se tercia, por
un plato sabroso de perdices estofadas o algún pastel de liebre.
Si.lvia.-En 1697 una compañia italiana que actuaba en el teatro del
Palais-Royal se permitió ciertas alusiones satíricas a Madame de Maintenon. Esta indiscreción trajo incontinenti una orden de destierro de
Luis x1v. El Regente, Felipe de Orleáns, en 1716, volvió a llamar a un
grupo de cómicos, que dirigidos por Riccoboni, de quien ya he hablado, trabajaron en el Hotel de Bourgogne. Con ellos venía una mujer de

(1) Ricerche ispano-ita/iane, II, Napoli, 1898, µág. 26. También se han ocupado de este punto Farinelli y Mele. Para este tipo en nuestra literatura
cfr. J. P. W. Crawford, The braggart soldier and tlle rufián in the Spanish d,-ama of tite sixteenth centu1·y, en Romanic Review, I, págs. 186 y siguientes.

375
374

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LA PLU~A
cabellos castaños, ojos azules y tez clara, llamada (1) Giovanna-Rosa
Bennozzi, conocida por' Silvia.
El caballero Casanova de Seingalt nos ha legado su retrato cuando la
conoció-ella andaba entonces alrectecor de los cincuenta-. Habla de
«la taille elégante, l'air noble, les manieres aisées, affable, riante, fine
dans ser propos, obligeante pour tout le monde, remplie d'csprit et
sans le moindre air de prétention. Sa figure était une énigme, car elle
inspirait un intéret tres-vif, plaisait a tout le monde, et, malgré cela, a
!'examen elle n'avait pas un seul beau trait marqué: on ne pouvait pas
dire qu'elle fot belle, mais personne sans donte ne s'était avisé de la
trouver laide» (2).
Entre ella y Pierre Carlet de Chamblain de Marivaux nació una estrecha amistad. Para ella compuso más de un papel. La actriz taliana supo
encarnar a maravilla los tipos del poeta parisiense y supo dar una admirable interpretación a su diálogo fino y agudo. Tanto es esto así
que Casanova llega a aseverar con evidente ex:ageración, que «son talent fot le soutien de toutes les comédies que les plus grands auteurs
écrivirent pour elle, et particulierement Marivaux. Saos elle ses comédies ne seraient pas passées a la postérité»,
Hay en la dulce e ingenua burguesita benaventiana un cierto parentesco-no sólo en el nombre-con las heroinas del marivaudage. ¿No
podría poner en su divisa-si la empresa de su adinerado padre, demasiado apegado a los bienes materiales, no le agradase-aquella frase:
«Fierté, raison, et nchesse, il faudra que tout se rende. Quand l'amour
parle, il est le maitre»? (3).
Doíla .51ºrena.-El papel de confidenta o tercera de amores es bien
antiguo en la literatura clásica. Piénsese en la Dipsas de Ovidio, en la

(1)

Syra de Tercncio y en más de una lena del teatro plautino (1). Recuérdese en la literatura española la Trota-conventos del buen Arciprestl!
dc Hita, la Celestina, antes mencionada; la Doña Claudia de Astudillo
y Quiñones de La Tia Fingida, la Gerarda de La D01·otta, de Lopc,
Sin tantas complicaciones y sin tanta riqueza de caracterización, dicho
papel pasa en la fábula de Benavente a ser desempeñado por esta ilustre
dama, último vástago de un ínclito y claro linaje. Su facilitación de los
amores de Leandro y Silvia, mediante un estipendio; su siempre diplomática intervención, tienen un fuerte acento epigramático y fervorosamente incisivo, tajante. Colombina, como la Areusa de la Celestina, seguirá algún día los pasos de su ama.
0

IV
Todas estas figuras, y algunas otras secundarias, conspiran en su
acción a la tesis de la obra: la fortaleza, la in\'encibilidad de Los Inte, eses
creados. He aquí claramente la posición del autor. Ellos vencen los escrúpulos de la nobleza, quebrantan las leyes del honor, desvían las indeclinables sanciones de la Justicia; mandan y rigen la sociedad, son poderosos señores que gobiernan nuestra vida.
Un extremista del pesimismo podría afirmar, un tanto arbitrariamente (y tal parece la actitud adoptada por algún crítico a raíz del estreno), que no puede el feliz coronamiento de las generosidades caballerescas de Leandro, el triunfo del amor, significar la suprema redención de estas dilacerantes acritudes. En el fondo-pudiera el imaginario
Heráclito escoliasta seguir argumentando-se siente el amargor de la
impotencia. Si los fraudes, bajezas, mentiras, miserias, conducen, no
embargante, a un resultado deseable, no es por el poder de las nobles

Gaston Deschamps, Les gra,1ds kriuoi11s fr,Hfais, .t'Í&lt;lriu,w.&gt;:, París,

189¡, pág. 28.

(2) Al principio del Cap. XI del T. II.
(3) !lfarivaux, Les fiauues Confidences, acto I, e:;c. 3.

(1) Cfr. el &lt;"xcelente trabajo de Bonilla y San .Martín, Antecede11tes del lijo
cdeslimsco en la liter,1fllra l&lt;llina, que vi6 la lm: en la Rnme Híspa11ique, XV,
p;íginas 3 72-386.
3i7

�LA PLUMA
ideas, de los levantados pensamientos; ellos de por sí no fructificarían
en la aridez roqueña de los malos instintos, de las bajas pasiones. Es
necesario que Crispín, sutilmente, audazmente, les haga converger
hacia el ansiado final. Sin su intervención, Leandro, candoroso, pasaría a galeras, y la autoridad paternal, victimaria, impondría un matrimonio de conveniencia. Con remate feliz deja un insuperable y amargo
sabor de desaliento. ¿Qué son los grandes sueños sin contar con otras
fuerzas vitales, magnas e invencibles? La punzadora sátira causa sus
efectos. El nervio de la obra es desazonante, incisivo, burlón, demoledor. Las últimas frases parecen simplemente un desagravio al burgués
y optimista público del teatro de Lara. Comprendamos-podría agregar
como remate-que no es cosa de alterar las pacíficas digestiones del
bien abastado abono de la bombonera, venturoso y gentil.
Pero, aunque algo de esto sea cierto, y sin incidir-¡Dios melibrelen un lamentable panglossismo, vemos que sin la nobleza de Leandro, sin su arranque sincero (escena última), sin su amor que le encumbra, sin la afección de la cándida doncella, que le envuelve en un manto
de luz-que como el maravilloso velo de la Reina Mab exalta todo_ lo
que toca-y le hace otro hombre, y sin Silvia, que, a pesar de la vida
pasada del mancebo, tiene fe en él y hace surgir en Leandro la f~ en sí
propio, todo el tinglado de Crispín se vendría al suelo como castillo de
naipes.
Es verdad, como dice Jorge Santayana-este filósofo español de nacimiento y extranjero de educación, tan apreciado en los países de le_n
gua inglesa y tan poco conocido aquí- que es un prodigio n~estra e~scia &lt;&lt;in which the luminous and the opaque are so. romant1cally mmgled», pero el sobrepujamiento de la parte noble, la determinación_ de
Leandro a sacrificarse, su disposición a dejar su amor, que es su vida,
adquiere un verdadero, aunque simbólico, significado. Porque tal im. pulso trae, como consecuencia, el reconocimiento, por parte de Silvia,
si es que tuviese alguna duda, del profundo y devoto amor que él le profesa. Y este sentimiento les transfigura, de modo milagroso, trocando,
al proyectar el irisado cambiante de su resplandor, todo lo que antes nos

1

LA PLUMA

1

parecía opaco, bajo y desdeñable, en raudales de luz; y nos descubre 1&lt;&gt;
esotérico, como en evidencia angélica y cuasi divinal, mágica escala que
baja desde el empíreo-cual en la visión de Jacob-para ofrecernos un
trasunto de la celestial perfección. La fe , que surge, nos da la plenitud
del futuro incógnito, sombrío y brumoso en un presente tangible, brillante y fecundador,
Esta exaltación pudiera relacionarse con la teoría platónica, que el
filósofo de las Ideas nos legó en su admirable Stºmposío, y que halló un
eco en el místico salmantino, cuando hablando de
la música estremada
del ciego Salinas, nos dice:
a cuyo son divino,
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino ·
y memoria perdida,
de su origen primera esclarecida.
Pero, no olvidemos al pobre Crispía, que ha sido demasiado maltratado; a él se podría aplicar lo que, muy atinadamente, afirma Paul de
Saint-Víctor del Scapzn de Moliere (1): «Miente, roba y perjura, y, sin
embargo, el más severo moralista ríe ante la brillantez de sus jugarretas;
dignas de la horca. ¡Es tan vivo, tan alegre, tan ingenuamente exento
de conciencia y sentido moral! El indignarse ante sus latrocinios es como
indignarse ante un gato que robe un queso. Además, es desinteresado en
sus maulerías; nada en el agua turbia sin pescar nada.» Es cierto que eT
voluminoso proceso de Bolonia (¿cuántos folios? ¿Dos mil trescientos?
¿Dos mil novecientos?) ha quedado aniquilado; pero, ¿no tiene que ir
otra vez por el mundo a ganarse su diario sustento y a caza de aventuras? Esta indiferencia ante las luchas de la vida nos le muestra en un estrecho parentesco con los pícaros de la novela de nuestra literatura clá(1)

Citado por Moland, loco citat o, pág. 262.

378
379-

�LA PLUM.A.

LA PLUMA
sica, un poco cínicos y un mucho estoicos, Lazarillo, Guzmán de Alfa.
rache, y los otros eíusdem fuifzm's.
Pudiéramos decir, siguiendo a Saint-Víctor, que Crispín no es sino
.a medias real, es la encarnación del espíritu de intriga que se burla de
las leyes humanas, se mantiene en la tierra en la punta de uno de sus
sutiles pies: la fantasía Jo purifica todo y la fantasía es el elemento de
Crispín.
La absoluta perfección en este planeta sublunar es imposible, y ante
la estolidez de los otros-que no son mucho mejores-hallamos modo
-de reconciliarnos con el personaje que hace, con tanta gracia, sus piruetas y tornátiles cerebraciones.

V
Esta obra, que ha presentado la evolución de tipos bien conocido~,
infundiéndoles nueva vida, merece indicación de algunas de las reminiscencias literarias que revela. Tiene como el perfume de recientes lecturas que paso a señalar.
Un docto amigo mío, ya citado, el Profesor J. P. Wick~rsha~ ~r~wford, de la Universidad de Pensilvania, a quien los estudios h1spamcos
deben trabajos admirables, especialmente sobre el teatro antiguo, tuvo
un día la bondad de llamar mi atención sobre el hecho de que la .Farsa Salamanti11a , de Bartolomé Palau, ofrece una composición bastante
similar a la de Los Intereses; que la relación entre amo y criado es la
misma en ambas piezas, aunque la poesía y deliciosa fantasía de lamo-.
derna se hallan lamentablemente ausentes de la del siglo xv1. He aqu,
un dato curioso y que descubre cuán lejos, cuán fuera del camino ordinario puede ir uno en la busca y captura de fue~tes. Pero con toda pro:
habilidad, como el propio Mr. Crawford añad,a, Benaven~e _no habra
visto jamás tal producción-que es sólo conocida por espec1ahstas de la
historia de las letras españolas, podría agregarse.
Me voy a limitar, pues, a indicar algunas leves relaciones con obras

más difundidas. Excuso decir que, en mi opinión, ningún mérito restan
a Los Intereses, y por si hubiese malévola sospecha de que in cauda.venen#m, me apresuraré a manifestar que puede este «ensayo de análisi~ ser
de calidad inferior-¡conccdidol-pero que no me han movido a escribirlo ideas mezquinas de mostrar deudas del autor a otros ingenios, posición que seria de detonante ridiculez.
El prólogo de Los Intereses, con su visión del París congregado para
admirar a Tabarin, recuerda bastante de cerca el sesgo de la descripción
que hace Paul de Saint-Víctor de la vida de aquella ciudad durante el
siglo xvu. La diferencia estriba en que Benavente Je da más relieve literario, y que, así como el critico francés nos muestra primero las gentes
discurriendo por el Pont Neuf, y habla después de Tabarin, encantador
de aquella sociedad con sus representaciones en la Place Dauphine, el comediógrafo español acumula sensaciones. «Le Pont Neuf au dix-septieme siecle, c'etait le caravanserail de Paris. La campait toute une peuplade de mendiants, de bohemes... Courtisanes en chaises a porteurs, médicastres trottant sur leurs moles ... et les mendiants ... s'accrochent aux
portieres des lourds carrosses et aux brancards des chaises a porteurs ...
Mais le roi de cette nouvellc Cour des Miracles c'etait Tabarin ... Leur
glorieux tréteau se dressait sur la place Dauphine, et pendant dix ans,
le peuple de Paris fit cercle autour, avalant par mille bouches béantes ...» (1). Si el tratamiento artístico es lo fundamental hay que reconocer que el comediógrafo sale victorioso. No soy yo especialista en lo que
al suave eufemismo toca, y cuando hablo de «reminiscencias» y «perfumes de recientes lecturas, no lo hago con más o menos jesuitas reservas
mentales. De hecho no pasan de ahí; pero aun cuando llegasen al extremo de patente plagio, sin duda, en este caso, podría Benavente solicitar
Yconseguir exención de responsabilidad, acudiendo a la conocida y gráfica expresión de Claude-Carloman de Rulhiere-precepto tan digno de
acatamiento como cualquier disposición de las XII Tablas-, «Ce n'est
(1) Sand, Op. ril., II, págs. 296-98.

�LA PLUMA
LA P L U ~1 A
pas tout que de voler son homme, il faut le tuer»; y desde el paraíso de
los poetas Shakespeare y Calderón le saludarían como camarada.
Destaquemos unos trozos de The Nlerchaut of Venice, Acto V, Escena I (1), que pueden compararse con el final del Acto I de Los Intereses.
Uso la versión de Guillermo Macpherson.
LoRENZO.-La luna esplendorosa resplandece
En semejante noche, cuando besa
Dulcemente a los árboles el aire,
Y ni el rumor más leve se produce . .. ;
LoRENzo.-Y que al aire los músicos se salgan. ( Vase Esteban.)
De la luna la luz, ¡cuán apacible
Sobre este altillo duerme! En este sitio
Sentémonos, y acordes musicales
Penetrarán en los oídos nuestros.
Este silencio plácido, y la noche
Con melodiosa música se avienen.
Siéntate aquí, Jesica. Mira al cielo
Cuán incrustado está de lentejuelas
De o~o brillantísimo; 01 uno
De esos globos que ves, al par que gira
Cual ángel, deja de cantar de acuerdo
Con la voz de inocentes querubines.
Oye el alma inmortal esa armonía;
Pero, mientras la encierra toscamente
Esta envoltura de corrupto cieno.
No podemos nosotros entenderla.
(1) Menéndez Pela yo en Orígenes de la novela, T. 111, pág. CCVII, ha notado
-ciertas coincidencias de esta esceca shakespiriana con la Segunda Celestiná, de
Feliciano de Silva; pero indudablem,,nte son menos patentes que las que hay
-con ::,os Intereses, las cuales parecen que aún se muestran más claras si leemos
Et Mercader en su original inglés.
382

Luego Jesica dice:
Dulce música a mí nunca me alegra.

,Y_ cuando entran Porcia y Nerisa, dice aquélla, refiriéndose a la
mus1ca:
...Me parece
Que me suena más dulce que de día.
NERISA. -Le da el silencio semejante encanto.
Los gritos de Shylock, que relata Solanio en la Ese. VII del Acto II:
-«¡Ay mis ducados! ... ¡Ay mis ducados!. .. ¡Justicia, ley, ducados ... !», y
la Ese. I ?el Acto !V, ante el Dux, tienen bastantes puntos de semejanza
con las 1mprecac1ones y dolor de Pantalón en la Ese. VIII del Acto II
de Los Intereses.
También en Lafollejoumée ou Le mariage de F;garo, de Beaumarcha1s, se hallan frases en Fígaro que podrían ir muy bien en boca de Crispín: «Ce n_'est rien d'entrependre une chose dangereuse, mais d'échapper au penl en le menant a bien» (Acto I, Ese. 1). La parodia del juicio
&lt;lel Acto III, Ese. XV, tiene un juego de vz·rgules que trae a la memoria
la «¡admirable coma!, ¡maravillosa coma!», de la última escena de Los
intereses.
Y, ¿no, es, después de todo, la base de la obra de Benavente lo que
observa F1garo en la Ese. I del Acto IV, •qu'avec le temps vieilles folies
deviennent sagesse, et qu' anciens petits mensonges assez mal plantés
out product de grosses, grosses verités»?
Para que ello resulte así en los lnte,eses se necesita de la habilidad de
C_rispín. Para recoger, en la obra que nos ocupa, viejas máscaras, poniendo, donde primitivamente habían existido sólo deseos de entretenertemas o motivos también de emocionar-lo que va en el campo de la
ópera entre un Pergolesi y un Mozart-se requieren ingenio excelso y un
talento grande, que no merecen el injustificado desvío de que aquí se ha
hecho gala en los últimos tiempos.
ERASMO BucET A .

�i..A PLUMA

(

otra mujer tan independiente como yo, tan heroica defensora de su libertad.

TRANCE
oR aquí, por aquí! Permítame usted, yo le haré camino. Pase
usted. Adelante. ¿Tiene usted miedo?
¿Miedo yo? ¿Y de qué? No me asusto tan fácilmente; pero
a tener miedo, sus precauciones me hubiesen tranquilizado,
desde luego. Es usted un hombre discreto y que sabe recibir en su casa
a una mujer, sin comprometerla.
-Ríase, ríase usted. Veo que me he excedido. Espero que no por
eso me juzgue mal. Demasiado sabe usted que en mi discrección no
puede haber asomo de petulancia.
-No insista usted en sus disculpas, amigo mío, o, en efecto, me
hará dudar de su intención.
-Bueno, ríase usted.
-La verdad es que cualquiera que nos hubiese visto ...
-Todas las apariencias nos !condenan.
• -Nadie que me conozca, sin embargo, me creería víctima de un
abuso de confianza.
-Mis amigos saben hasta qué punto soy incapaz de abusar de la confianza de nadie.
-¿Habrá dos personas en el mundo en quienes las malas lenguas
puedan cebarse con menos verosilimitud? Desde Juego, no se encuentra
384

-Ni un hombre tan ajeno a toda solicitación amorosa. ¿Se ríe
usted?
-Me sonrío.
-:-No me desilusione usted tan pronto. Hágame gracia de esas reticencias, que a duras penas tolero otras veces; pero que en usted me producen doble desengaño. Usted no es una de tantas señoritingas.
-¿Merezco tales reproches por una sonrisa?
-:-Perdón otra vez por mi descortesía. Pese a mi serenidad, su presencia de usted, en esta casa, me produce no sé qué extraña desazón.
Lo confieso; estoy emocionado.
-Pu.es si no quiere hacerme reir, pórtese como Je corresponde. Esa
galantena, t~n descompasada, no le va, a quien como usted, presume
de hombre a¡eno a toda solicitación femenina.
-Al cabo, su juego no puede ser más inocente. Ríase o sonríase a
gusto. Pero de una vez y para siempre: no crea en esas patrañas que sin
duda le han contado a cuenta mía.
-¡Qué curiosidad más vulgar!
-En mi vocación no entra para nada la necesidad de consuelo alguno. Mi entusiasmo científico está puro de toda contaminación sentimental.
-A mí nada me han dicho.
-A usted le han dicho...
-¡Qué mal cómico hace usted! ¡No sabe usted reírse sin ganas!
-A usted le han dicho que en mi vocación hay un misterio terrible.
-¡Oh! ¡Ya no creo en cuentos de brujas!
-Soy un hombre muy poco interesante.
-~¡Quién sabe! _Eso no es usted quien lo puede decir. Yo tampoco
cre1 mteresar a nadie, hasta que usted me descubrió. Si no quiere usted
que me da, no me mire usted así. Ya le he dicho que no me da miedo
de nada.
-Tranquilícese usted. Siéntese.
XXV

�LA PLUMA

LA PLUMA

-Pues, no crea usted. Estoy cansada. Y no sé de qué, porque hoy
no he andado mucho.
-¿Siempre ha sido usted sonámbula? ¿Recuerda usted, sobre poco
mas o menos, cuándo empezó usted a levantarse dormida?
-De muy pequeña; pero no me acuerdo sino de haberlo oído contar en mi casa. La primera vez, de que tengo memoria cierta, fué hace
ya bastantes años. Llevaba una temporada tan nerviosa e inquieta, que
mis padres temieron que tuviera el baile de San Vito. Recurrdo que la
menor cosa me hacía llorar. Pasaba de la risa a las lágrimas con unl?
facilidad enfermiza.
-¿Qué edad tenía usted entonces?
-Trece años. Una noche ... Ahora me río; pero el susto fué morrocotudo, y el que di a los demás no menos flojo ... Una noche me levanté
dormida, sin que nadie me oyera, me fui al cuarto de baño ... y me desperté de la impresión de la ducha de agua fría, que inconscientememe
yo misma me di... De) esultas, estuve grave, con ataques nerviosos y
convulsiones. 1Cuando me levanté había crecido tanto, que luego me
pusieron de largo.
-¿Y ahora?
-¡Ahora soy yo la que se va a enfadar! Porque voy viendo que
usted, tan suspicaz e irritable, no ha vacilado en sacrificarme a su curiosidad científica...
-¡Matilde!
-No se asuste usted, que es pura broma. Yo, si le he de ser a usted
franca, tengo muy poca fe en estas cosas. Pero la aventura me divierte.
Únicamente le ruego, profesor, que no me saque en papele~. ¡Qué diría
el mundo! Todo lo más en revistas científicas. Aunque, refractaria como
soy al matrimonio, poco puede perjudicarme el que los pretendientes se
asusten de mi caso. ¡Vaya! veo que tambisn los profesores tienen cosquillas:y se ríen.
-Me río de que con todas sus pretensiones de espíritu fuerte tiene
usted miedo.

1

1

-¡Tendré que confesarle~ usted mi deseo más firme hoy por hoy!
Pu~s _no es otro que ~l de ~ervirle plenamente en sus investigaciones psicolog1cas-¿n~ se dice as1? ¡yo soy muy bachillera!-, e irnos por esos
mundos de Dios usted y yo ganando los dólares.
-¿De manera que es la primera vez que se somete usted a estas
pruebas?
- Sí señor. Mis padres se han negado siempre a cuantas indicaciones
l~s han h;cho en ese sentido algunos de los especialistas que me han
visto sonambula.
•
.
. Preferían atenerse al diagnóstico de mi ama, de cna
que siempre atribuyó tales fenómenos a las lombrices.
-Deme ~sted las manos. Siéntese usted cómoda. ¿Le molesta a usted ,la luz? S1, voy a apagar. ¿Así? ¡Ajajál No se distraiga. Míreme usted.
Duermase...
. -Un i:nomento, profesor. Me parece ridículo que nos demos tratamiento. Si los espíritus advierten nuestra falta de camaradería no van a
querer ve ...
. -Cállate, ~atilde, calla~~· ·· Du_ér~ete, duérmete tranquilamente... ,
sm esfuer~o, sm preocupac10n. As1. Cierra los ojos. ¡Matilde! ¡Matilde!
-¿Que?
-¿Me oyes?
-Sí.
-¿Qué te pasa, Matilde? Vamos, sosiega; duérmete, duérmete.
¿Qué te pasa?
-Nada.
~Así. Así me gusta. ¿Estás ya tranquila? Duerme, duerme. ¡Matilde!
¡Mat1ldel ¿No me oyes?
-Sí.
-°Me obedecerás, ¿verdad?
-Sí.
-¿Qué te pasa? ¡Tranquilízate! ¿Qué tienes?
-¿No me conoces? Soy yo.
-¿Tú? ¿Y quién eres tú? ¿No eres Matilde?
-No, no soy Matilde. Soy yo.

�LA PLUMA
-Dí quién eres.
-¿No me conoces? Soy Alma.
-¡Ah! ¡No! Basta de bromas. ¡Matilde! ¡Matilde! ¡No, eso no! Se lo
he advertido a u:ted. Cierta clase de reticencias,~no. ¡Matilde! ¡Matilde!
-¡Ay! ¡Qué!... ¡Uf! ¡Cómo me duele la cabezal ¿Estás ahí, profesor?
¿Qué te pasa, hombre? ¡Ay! ¿Tienes a mano una tableta de aspirina?
¿Sabes que la experiencia no ha podido ser más dolorosa para mí?
-No creo merecer de usted semejante trato. En efecto, trae usted el
papel ensayado a maravilla. No se le puede hacer el menor reparo. Si
acaso, cierta exageración en los primeros accesos... Pero no, Matilde, no
tenía usted derecho a hacerme objeto de una broma cruel.
-Te juro que no sé lo que me estás diciendo. Por favor, dame una
tableta de aspirina, un sello, algo que me quite este dolor que me rompe
las sienes.
-Espera. Quieta. Ya se te va pasando. Ya no te duele. Así ¡Matilde!
¿Duermes?
-¡No soy Matilde! ¡No soy Matildel ¿Me niegas? ¿Es posible? ¡No, no
puede ser! ¡Sácame, sácame de aquí, o ven conmigo! Óyeme, escúchame, y, sobre todo, háblame, llámame tu Alma!
-¡Calla, calla!
-¡Ay!
-¡Almal ¿Eres tú la que llora?
-¡Sí, yo soy, Alma, tu Alma!
-¿En dónde estás?
-Aquí, aquí; ven, tengo frío.
-¿En dónde estás?
-Aquí. No sé, no me puedo mover. Si me muevo, siento que voy a
deshacerme. Me desangro por la herida.
-¿Estás herida?
-Sí, tengo una herida fría, no sé dónde. He perdido el sentido.
Abrázame, amor mío, dame un poco de calor.

LA PLUMA
- ¿Has perdido el sentido y sientes?
-¡Es tan difícil, tan difícil de explicar!. .. Estoy ciega de toda luz.
Lloro sir. lágrimas, y hablo sin aliento. Me faltan los pies para correr a
ti. Sólo los deseos me atormentan y tu memoria. Cada día, sin embargo, me voy más lejos, como hundiéndome en nieblas cada vez más frías.
Despiértame ya, no me tengas así. ¿Por qué dura tanto esta sesión?
-¡Basta, Matilde, basta! Si ha apostado usted a costa mía, bien ha
ganado usted. Pero no, no crea lo que le han dicho. ¡Es mentira, mentira! No es verdad que Alma se quedara muerta en una experiencia. ¡Sí
que murió de un ataque al corazón; pero nunca, nunca la utilicé como
médium, nunca! ¡Ni una sola vez conseguí dormirlal Su broma de usted
es, pues, tan inocente como de mal gusto.
-¡Amor mío, quiéreme! ¿Con quién hablas? No te entiendo. Despiértame ya, y seré tu Alma obediente de siempre. ¿Cuántos días hace
que me tienes aquí dormida? El dolor fué muy agudo, aquí, aquí; pero
ya se me ha pasado. Me ha dejado ciega, tullida, sin sangre en las venas,
no sé si tengo figura humana. Vivo como suspenst. en el aire, en una
atmósfera tan fría, tan fría ... que me ha penetrado los huesos y me ha
deshecho ... ¡Quiéreme, vida! ¡Despiértame!
-¡Calla, Matilde, calla! ¿Qué te propones, dí? ¿Qué perversidad te
guía en mi tormento? ¡Ven, calla, calla! ¿Qué qui'!res? ¿Que te selle la
boca? ¡Basta ya de bromas infames!
-¡Ah, no! ¿Me niegas? ¡Ven conmigo! ¡Ven conmigo! ¡Te tengo! ¡Te
tengo!
-¡Suelta! ¡Que me ahogas!
-¡Ven con tu Alma!
-¡Socor... !
-¡Ay! ¡Qué cansancio! ¡Estoy rendida! ¡M&lt;! duele mucho la cabeza!
¡Oye, profesor! ¿Estás enfadado conmigo? ¿Dónde estás? ¡Enciende la
luz, anda! Debe ser muy tarde. Bueno, iré yo. ¿Eh? ¿Qué es esto? ¡Eh!
¡S¿~~;r'o'! ·¡Al -~s·e·s¡~~i · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
C. RivAs CHERIF.

�LA PLUMA

SONETOS DIVERSOS
MUTUO AMOR

;María: Yo te amo
con el amor del mar a la ribera,
con el cariño del mastín al amo,
con la vehemencia de una primaveral
cSé que es tu clara voz la que remansa
mis bravas tempestades interiores,
y que es tu su(lve mano la que amansa
al potro de mi edad en sus furores ...
Y por que eres risueña y compasiva
y nunca estás al sufrimiento esquiva
cuando mi angustia exige tus desvelos,
sé que me adoras como yo te adoro...
¿~e oyes...?
(fll,lza la frente hacia los cielos
y sus ojos son dos luceros de oro.. )
DOLOR DE AUSENCIA
. .. la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura ...
SAN JUAN DR LA CRUZ,&gt;

¡fNo me hagas esperar un solo día
más! ¡ fforque llegues pronto desespero,
pues tu presencia traerá el venero
que ha de curar esta dolencia mía...!
J90

¡.Ciega y enciende la morada fría
de mi apagado corazón! Yo muero
sobre las nieves de este ventisquero
que entre tú y ,¡o finge la lejanía . .!
¿.Ca llama de amor viva se consume,
o está más hondo el leño que la aviva
y en la cueva recóndita fulgura ...?
fll,cércate, mi amo~... 1Ya tu perfume
me alienta el corazón/ ¡~i alma es ya viva
por la caliente luz de fu hermosura...!
ELEGÍA DE LOS OJOS

fll,quellos ojos que al mirar tenían
la recia luz de un corazón en celo,
y que si me miraban encendían
los más húmedos silos de mi anhelo,
¡ya se han cerrado para siempre! CVivo
tanto de su recuerdo prisionero,
que es más libre que el aire el más cautivo
si en parangón a mí lo considero...
cSi antes mirarlos era mi tormento
y esperar que me vieran, mi agonía,
todo f ué paz ante el padecimiento
que es hallar sólo en el recuerdo inerte,
lo que en su vida f ué a mi vida el día
y las perpetuas sombras en su muerte...
39 1

�LA PLUMA

ANTONIO MACHADO
!lJ011

ojos que avizoran g un ceño que medita.
A.M.

cSus soledosas galerías puebla
de músicas, recuerdo.,; y cantares;
él, que duda de S)fos, y entre la niebla
busca al que anduvo a pie sobre los mares...

RETRATO ENTRE REAL E IMAGINARIO,
DE LA SEÑORITA MONNIER

'iNo es de marfil su torre, es de granito:
-en la honda tierra sus raíces graves
y el claro pensamiento en lo infinito.fHermano es de las flores y las aves.
¡$ondad recoge el sembrador de bienes!
5Kas, no corten laurel para sus sienes;
nada en su honor la voz del vulgo clame,
que él es silencio, soledad, camino...
'JI el día que la muerte lo reclame
se irá monologando como vino...
FERNANDO GoNZÁLEZ.

(9Jel libro inédito «:Jlogueras en la ~ontaña.•)

392

(DE LOS «SOGNI o'UN SOLITARIO»)

'

todos los solitarios cerrados obstinadamente a todo contacto y por naturaleza sensibles, asaz frecuentemente sufro,
o gozo, momentos casi hipnóticos que no son precisamente
de sueño, pero que al sueño se asemejan mucho. Me sucede
en pleno día y en aquellas horas en que la mente empieza a
l&gt;c::¡."11&lt;11:.c:: de los papeles y los libros y pide, casi agotada, descanso. Puede
sucederme de noche o de día; en días lluviosos o soleados; pero de sólito,
cua~d~ he trabajado mucho y con fervor. Viajes imaginarios; rápidas
apariciones en mundos que no conozco; el primer paso procede siempre
de una emoción literaria; y. aunque sea mía, de un cuento ¡;ue he escrito.º tengo que escribir. 1\tis ojos no se cierran; ninguna parte de mi yo
físico está en efecto adormida; y con todo, la sensación del sueño es
casi perfecta. A veces, basta una carta de un país lejano; o la lectura de
una revista extranjera; o la vista de un paisaje en fotografía. El abandono rs exclusivamente cerebral; porque no me entusiasmo, no me enard_ezco; aparezco y desaparezco en mi sueño con voluntad plena y consciente. Más frecuentemente, salgo de estos límites, busco contactos difíciles y acaso imposibles; me imagino amigo e incluso comensal de
grandes artistas con quienes no he tenido relación nunca, ni siquiera
epistolar. Recuerdo (y podría incluso escribirlos) ciertos coloquios míos
con Hamsum, ¡y cuánto me enfadaba cuando él, en vez de responder a
mis preguntas, me aturdía con sus interminables discursos! ¡Recuerdo

(1

OMO

393

�LA PLUMA

cierto guiño de sus ojos, tan irónico y mordaz que casi me dejaba sin
respiro! Yo le observaba (i~uán tímidamente!) que había hecho mal en
prolongar la agonía de Nagel, uno de sus héroes, aunque aquellas
páginas fuesen igualmente fuertes y bellas. Pero él no me escuchaba; y
luego, largas parrafadas acerca de Tolstoi, intercaládas de a~plios gestos de la mano, que yo no acertaba a comprender si eran serios o sarcásticos en su hieratismo; y de cuando en cuando, en medio del discurso un grito: ¡es un cura! ¡Tolstoi es un cura!
Así, pues, quiero describiros una librería parisiense y retrataros una
figura de mujer que conozco, admiro y amo solamente por carta, y a
quien en uno de mis sueños recientes me he acercado y conocido tan
familiarmente que creo incluso haber hablado en francé.; con agilidad,
franqueza y soltura tales que Flaubert, desde su retrato semiescondido
tras el escritorio de Adriana Monnier, me sonreía satisfecho. ¡Maravillosa potencia del sueño!
Abro, un tanto asustado, la puerta de cristales ... ¡Qué diantre! Sé
que a aquella librería van hombres de fama mundial: y ¿quién me dice
que el buen señor encorvado sobre una revista no es André Gide? ¿Y
aquél calvo con gruesos lentes y el cigarrillo entre los dedos, Duhamel?
¿Y ac¡uél otro alto, desgalichado, de ojos ansiosos y vigilantes, Vildrac?
En fin, es un paso que hay que calcular. Pero ¡que curioso escaparate el
de esta señorita Monnierl Se diría que es y no es el escaparate de una
librería: Que hay libros, es verdad, y muchos; pero también manifiestos del Vieux-Colombier, música, algún cuadro, algún dibujo ... ¡Mira,
mira! Hay hasta uno de esos nítidos retratos de Bécat, el pintor de mis
escritores preferidos ... Y el retrato es ... Que sí, este es el propio ValeryLarbaud con su sonrisa entre irónica y dulce de hombre que sabe a qué
atenerse ...
Pongo la mano en el picaporte; y, vencidas las últimas dudas (soy
tímido hasta en sueños), entro. Cierto, me he puesto colorado ... Y eso
que ninguno de aquellos señores se ha movido. Vildrac-pero ¿será él
al cabo?-ha dado un paso hacia Duhamel, el cual está sentado examinando con mucha atención un librito ilustrado con xilografías. Conozco
también ese libro ¡qué diantre! Es una edición de Le Sablier, fresca todavía la tinta.
Yo soy ...
Pero ¿por qué he de decirle mi nombre a esta gente que no se preocupa de mí y que piensa en otra cosa? Preguntaré por la señorita Monnier, eso es; y si viene un dependiente; le daré-y será más fácil-mi
tarjeta. Entre tanto, y puesto que el dependiente no comparece, estudio
394

LA Pl.U:vJA
las espaldas del que debe de ser Gide. Gide, Gide ... pronuncio entre mí
con mucha reverencia. Y pienso, mientras, en el retrato de Gide qu;
la señorita Monnier ha delineado con tanta gracia, humanidad y verdad:
«Fils d u ciel et de l 'En fer
11 con~ut avec ses freres
L'hymen dout il voulait naitre.
Un Anglais visionnaire
Fit les images qu'il faut
Pour prédire saus défaut
L'avenemeut du mystere.
Vinrent Poe et Baudelaire
Lautreamont et Rimbaud
Ce Russe qui lui est cher.
Et d 'autres qui sont moins beaux.
Et lui , de tons le plus sage,
Plus qu 'eux habile a jouir
Des liens du double héritage
Tour a tour il fait servir
Ces extremes qui le touchent
Et qui perfument sa bouche
De miels exempts de fadeur.
Certains, goO.tant la saveur
Du singulier mélange,
Disent qu'il contient de l'ange ...
D'autres, au faible palais,
sont brnlés par les épices,
Lui crient: Demon! tes vices
Savent noircir jusqu'au lait.»
«¡Dicen que en él hay algo de ángel!» Bueno. Pero los otros, aunque
sean gentes de poco gusto, o difícil ¿por qué le llaman demonio? ¡Te1:Íblel "'! con todo, la fascinación de esas espaldas-pero ¿será él?s1gue siendo enorme.
¡Esta señorita Monnierl ¿Es posible que sea aquella niña-es una
niña, sí-desenvuelta y agil que habla detrás de aquella mesa con aquellas dos señoras? ¡Oh, no puedo creerlo! Es una directora: guía, mueve,
manda; ha escrito y hace observar a los socios de su gabinete de lectura
normas severas. «La sociedad no comprenderá nunca más de mil miembros.» Ese nunca, vamos, es varonil; no puede salir semejante nunca
395

�LA PLUMA
LA PLUMA
-de una boca tan modosa y delicada. Además: esos labios tan rojos no
pueden pronunciar más que palabras dulces, poéticas, qué se yo, de
amor. Ciertamente estarán hablando de no sé qué artista, nuevo o antiguo ... ¡quién sabe! Tal vez del pobre Philippe tan delicado y fino: o de
Samain, que también murió. Sí, no pueden hablar más que de un poeta gentil, que tal vez es ya sólo una sombra, un leve recuerdo ...
Miraré los libros, eso es. Y compraré algo: una novela de Romains,
por ejemplo. Mi amigo Cremieux me escribe de c_ontinuo: Tiene usted
que conocer a Romains, porque en usted, acaso sm saberlo, hay algo de
unanimista ... Bien; o el ultimo libro de Valery-Larbaud de quien toda
la Europa intelectual empieza a interesarse. De Valery que tiene un
aliento tan amplio, tan seguro, tan rico ...
Mas he aquí las obras de Vildrac: de ese señor tan alto y des~alichado que ahora habla, tranquilamente al parecer, con Duhamel. ¡Qué
bien se entienden los dos! Por lo demás, su amistad data de antiguo.,.
Se ve que se quieren y se estiman desde hace años. ¡Qué diantre! ¡Seria
tonto si no lo recordase!. .. Han escrito juntos una comedia; y luego,
luego ... Les plaisi·rs et les jeu.x de Duhamel es de ayer apenas. Ta~bién el Cuib es amigo de Vildrac; ¡muy desmemoriado estoy yo! El Cu!b,
el niño de Duhamel, tiene gran amistad con Vildrac; y Vildrac sabe ¡ugar con él tan bien ... Sin duda son los dos poetas que me son tan caros ... Pero, cómo intentar un pas_o hacia ellos, cóm~ decirles: Y? SOY:··
¡Oh, no! ¡Y con mi francés ademas! Duhamel me quiere, ya lo se, y Vil' d rae tam b"'
1en; pero ...
He aquí Le livre d' Amou1-. Tercera edic_ión. Cuando yo _también ~ra
librero (¡cuantos años han pasado, ay de mil) como la senonta Monmer,
he sembrado ejemplares de este libro puro v blanco. Leed -dedales a
amigos y clientes-, leed a Vildrac; y aquellos buenos muchachos le
leían con pasión ... Y luego cu~ndo volvía_n: ¡Ay, Puccini! qué poet~! ~o,
feliz, esperaba, e invocaba casi, nuevos Vildrac ... Pero V1ld~ac hab1a ido
a la guerra ... Y La Nountle Revue no tenía más que un V1l~rac: el del
Lz"vre d' Amour. ¡Bellos tiempos! Luego, a la guerra yo también_; y uno a
uno, todos aquellos jóvenes que admiraban a Vildrac. _Despues, el re~reso, y el adiós a la lib~eria, y_la noticiad~ que tantos_Jóve~es de aquellos que admiraban y le1an a V1ldrac conmigo y por m1, hab1an ~uert~.
Y he aquí los libros de Larbaud. ¡También quisiera ver a m1 quendo Larbaud! Pero encontrar a Larbaud en París es un problema. Me escribe desde todas las partes del mundo; y luego, de repente, me avisa
que está en Roma. Su carta está escrita en un italiano tan puro, tan se.guro, que no se cree que pueda ser de un francés ... Luego, mañana, ya

l.

no está en Roma. Su nueva carta viene de Génova. Esta vez se expresa
en español: en un castellano tan neto, que yo, antes de contestarle en
la mi~ma lengua tengo necesidad de Henarme la boca de castellano
puro ... Y lt0 dos páginas de Ayala, firmes y transparentes ... Podría,
pues, comprar un libro de Larbaud. Apenas si conozco la .Fermina Mdrqun y EnJantines.:. ¡Pero si hubiese un dependiente!
-¿El señor Puccinil
Me vuelvo de pronto, como si en vez de una voz hubiese sido una
mano o un gemido, o no sé qué, lo que me llama ...
--¿Entonces es usted?-pregunta.
No veo a nadie más en el local. Gide, aquellas terribles espaldas encorvadas, ha desaparecido; y también Duhamel y Vildrac y las señoras.
Sola ante mi vista la señorita de los labios rojos; y detrás de ella, libros.
libros, libros.
-¿No es usted, entonces?
((La societé ne comprendra1a111aú plus de mille membres.~
Si, esa es su voz. Lavo:&amp; de la señorita Monnier. Pero yo soy un extranjero. Yo no podré ser nunca socio, aunque quisiera, de la Societé de.
Lecture. Yo vivo en una J)rovincia, en Italia.
-La biblioteca de la Casa de los Amigos del Libro que yo dirijo-me
parece decir la señorita, con voz enérgica, casi de pregonera-, representa sobre todo a la literatura moderna. Moderna, ¿entiende usted? Aquí
sería inútil buscar Bordeaux o Margueritte; aquí mando yo, yo guío, yo
soy la ley. ¿Quiere usted teatro? Pues yo tengo teatro, ¿Quiere usted
crítica, filosofía? Tengo critica y filosofía ... Y clásicos también, y éstos.
sin reservas. En cuanto a los modernos-modernos, ¿entiende?-, aquí
no falta ninguno. Claudel, Duhamel, Durtain, Vildrac.
-Aquellas espaldas ...
-¿Qué quiere usted decir?
-¿No era Gide ese señor que hace un momento, con las espaldas
encorvadas, miraba aquella revista?
Carcajada.
-Pues usted me ha escrito una vez que Gide viene aquí muchas veces.
Carcajada.
-Usted perdone ...
-i,_A estas horas? ¿Qué escritor sa)e de casa a estas horas en Parí~?
-Pero entonces ... , Duhamel... V1ldrac ... ¿No eran Duhamel y V1ldrac aquellos dos señores?
-En efecto, si; un cierto parecido si que tienen. Pero no; no eran
Duhamel y Vildrac.

�LA PLUMA
Y nueva carcajada.
-Entonces ...
-¿~ntonces?
-Yo hubiera querido conocer per~on3:lmente a _esos escritores, señorita. Y Durtain. ¿No viene nunca mi amigo Durtain?
-Sí; pero de ningún modo a estas horas.
Silencio.
.
Miro estudio considero a la señorita Monmer. Puesto que tengo de
ella una'¡mpresión completamente mía, quiero ver si corresponde o no
a la realidad.
Es delgada y rubia. ¡Y yo que la creía robusta!
-¿Quiere usted decirme ... ?
-¿El qué?
- Ese jamaís de su reglamento:·· sabe usted ... ~l. reglamento ~e
quien quiera formar parte de la ~oc1edad que usted ~mge .. . y para_o1r
las conferencias que usted organiza... esas conferencias que luego imprime usted tan señorilmente... Las tengo todas ... sabe usted .. : Bueno,
esejamat"s ... ¿Lo ha escrito un hermano suyo, verdad, o su pnmo?
- ·Moi, moi, moi!
. .
-Pero entonces la librería, la sociedad de lectura, la casa ed1t?nal,
todo ese mundo del número siete de la calle del Ode~n ... Y los libros
Ta ros, la rebusca de los folletos agotados, las conferencias .. .
-¡Moi, moi, moi!
.
,
_y los versos que leo en lntenhons, en Les Ecrits Nouveata en Le
A1outon blanc ...
--'-·!Moi, moi, moi!
Y uego, rápida, ágil, casi febril:
.
,
- Yo lo soy todo aquí dentro. He creado, ante todo, una hbrena.
En París, donde las hay a miles. Sí, d;5~e 1915_, e~ plena guerra. Y he
tenido en derredor mío, primero la t1m1da cunos,dad de unos po~os,
luego la simpatía cada vez más expresiva y concreta d_e, muchos. ~1re,
mire. Soy la hermana de mis hermanos, pero tamb1en._ soy ~dnana
Monnier, la inspiradora, la creadora, la ves_tal que mantiene vivo es~e
fuego sagrado, que no tiene nada de comercial aunque en, un come~c10
se base. Vea, mire. Sí, amigo, esos versos qu~ usted ha le1d~ s_on mios,
míos. No es poesía de todos los días: es, dinamos, el •prec1¡&gt;ltado»_ de
innumerables sensaciones vividas por mí hora ~ras hora. Vea_, mir~.
Aquí vienen Claudel, Romains, Duhamel, Durtain, Fargue, G1de, G1a-audoux...
- · M l ·
·
-¿También Giraudoux? Quisiera saludarlo, senonta. e o 1magmo,

LA PLUMA
,1~ _sé

porq_ue un si es no es esquivo y como sus imágenes, líquido, fugittvo, casi etéreo ...
-E~ efecto ... Y Jammes, y Larbaud, y Suares y Valery, y Vildrac,
y Durtarn, y Arcos ...
-¿También Arcos? ¿Verdad que es un hombre más bien deloado
.ágil, de palabra franca y pronta? Su prosa y sus versos son densts d~
pensamiei;ito y_ túrgidos de angustia; pero él, él, el hombre ...
-¡Que cunosoT Arcos no se parece a sus libros, es verdad.
-¿Y Fargue?
-Fargue es un poeta. Pero ya leerá usted mis síntesis líricas, mis retratos. Eso~ _retratos son el col!lentario más vivo y neto de mi acción;
¿p~rccen fac1le1,, verdad? Pues 1ls me demandent une tres longue preparatton!
-Lo creo.
-Pronto leerá usted mi Romains, mi Valery ... Pero he hecho otros
muchos ... No se los leo porque usted no conoce los originales. Precisamente ayer le he hecho uno a Sylvia Beach, una amiga mía americana;
ya la conocerá usted. Ha fundado aquí, en París, una «Shakespeare and
company», una casa editorial.¡
-¿Como la Casa de los amigos del libro?
-~obre poco más o menos. Es una mujer que se me parece. Y he
retratado a mi hermana. ¿La conoce usted? Tiene mucho talento. Es
una música genial. .. Y luego ... 1u ego moi meme. Yo soy el centro, la
vida de este interior, Una mujer modesta, pero ¡quién sabe si soy modesta!
. -Ninguna mujer es modesta. Por lo que hace a usted, tiene usted
títulos de sobra ...
Y así diciendo, miraba en derredor mío, en aquella dulce penumbra,
do,nde brillaba toda la sabiduría y el ingenio de la Francia más viva y
mas muerta.
Los ojos luminosos de Adriana Monnier se encienden más aún, y dedeclama:
MOI MÉME
Comme la religeuse ancienne
Qui trouvait en elle sa regle
Et qui, aidée par ses compagnes,
Etablissait une maison
Moitié ferme et moitié couvent,
J'ai fait ainsi ma Librarie.
Mais moi, je n'ai pas de Dieu!

�LA PLUMA

Ce nom m'offense, me b)esse
Jusqu'au coeur de mes racines,
Il m'ote le gout de vivre,
Il arrache le bandeau
Qui couvre la vieille plaie
Dont rien ne peut nous guérir.
Quelques uns de mes freres
Ont un pouvoir sur moi,
Leurs ordres me rassurent,
Je travaille pour eux,
J'oublie alors ma peine,
Je les console aussi.
Le voyageur perdu
C'est moi qui Je raméne.
Je me réchauffe au feu
Que j'allume pour lui,
Je mele a ses prieres
Ma voix pleine de nuit.
-·Deliciosamente femenino!-exclamo.
.
-La señorita Monnier sonríe; luego me alarga una ho¡a, donde su
letra enérgica, casi varonil, ha escrito estas pequeñas señales.de un alma
deliciosamente ávida e inquieta y, con todo, se_rena; y me dice:_
. .
-Vous serez, Puccini, la seule personne qm po~sede!a le P?eme ecnt
de ma main; il me plait de vous. marquer par ~e. ~a1ble s1gne-1mpor~ant
pour moi seule - ma reconna1ssance et am1t1e. Parce que vous etes.
d 'ltalie, cette seur profonde de la France.
Yo me inclino.
MARIO PuccIN1.

CRÓNICAS LITERARIAS
FRANCIA

l]

Paul Morand, que obtuvo el año pasado tan gran triunfo
con su colección de cuentos intitulada Ouvert la nut't, :reincide
este año con una cole.:ción similar, que intitul~ Permé la nuit. De
un año a otro, el procedimiento de M. Paul llforand no ha variado,
como tampoco los temas habituales de sus cuentos.
Sigue buscando en la sociedad,cosmopolita personajes curiosos o pintorescos para retratarlos. En Ouvert la nuit servíanle de modelo las mujeres. En
Fermé la nuil los modelos son hombres. Un .irlandés, un alemán, un oriental, un francés, son los cuatro protagonista~ de estos pequeños dramas y comedias,
ONSIEUR

De los cuatro, el retrato del francés es el menos afortunado; pero los otros
son notables. Moosieur Paul Morand no se propone tanto trazar la silueta de
un irlandés o de un alemán determinados, como la del irlandés o del alemán
en general. Recoge los rasgos y las particularidades de cierto número de representantes de la misma raza, y amalgama esos elementos en un ser ficticio
que viene a ser el prototipo de la raza entera.
El procedimiento no ha variado desde La Bruyere, pero M. Paul Morand
lo aplica de una manera muy original, que procede de la escuela de M. Jcan
Giraudoux.
00

XXVI

401

�LA PLUMA
LA PLUMA
El autor de Fenné la nuit procede por pequeñas pinceladas como un pintor impresionista, por breves rasgos de pluma, yuxtaponiendo los epítetos, las
comparaciones originales, con referencias repentinas a objetos y seres muy
distantes, y acierta a dar la ilusión de la vida, vida contemplada por uu observador cargado de experiencia, que hubiese reunido el mundo entero y echado
una mirada a la literatura universal.
Libro de viajero en efecto, de un soñador errante, que después de recorrér
el m1mdo se apasionara únicamente por el espectáculo del ser humano. Es,
además, un discípulo hábil de M. Jean Gira.idoux, que ha hecho más maleable
la manera del autor de Suzanne el le Paci"fique, la ha hecho más comprensible,
la ha vulgarizado.

* •

*

Monsieur Eugéne Montfort ha abordado el difícil problema de dibujar en
una acción rápida los tipos más representativos de la gran guerra, por lo menos los que vivían fuera de la zona de guerra y de ejecutar así un cuadro lleno
de color y de vida. Puede decirse qne lo ha logrado, y su Uubli des tnorts figurará entre sus mejores novelas.
La narración comienza el dia de Todos los Santos de 1918 para concluir el
12 de noviembre al siguiente día del armisticio. Monsieur Alexandre Martín es
el hombre de entre dos guerras, que era demasiado joven para hacer la
de 1870 y demasiado viejo para participar en la última. Es un espíritu vanidoso, patriota exasperado, que de pequeño industrial necesitado ha subido a
gran fabricante y a nuevo rico. Su mujer, tan vanidosa como él, se pavonea en
las obras de beneficencia.
Monsieur Alexandre Martín tiene dos hijos muy característicos también
Uno, René, alistado a los diez y ocho años, oficial, herido varias veces, condecorado, etc., es un ser esclavo del deber y del sacrificio. El otro, Luis, inteligente y en demasía escéptico para conservar algún entusiasmo, se consagra a
la guerra como su hermano, pero de distinto modo. Temeroso de que lo enTÍen al frente, se embosca en la Maison de la Presse, donde se entrega a vagos
trabajos de pluma, cortejando al propio tiempo a una linda mecanógrafa.
Añádase a esos personajes principales unos cuantos comparsas, y tendremos las muestras más características de los no combatientes. M. Eugene Montfort los ha visto muy bien y nos los muestra excelentemente. Su talento se ha

divertido en h~ce_r ir y venir a estos muñecos, en prestarles discursos extravagantes, Y en d1bu¡arlos en ?etalle y en conjunto. El autor ha visto muy bien,
expres~ndolo c?n gran acierto, lo bufonesco de ciertas actitudes, de ciertas
expresiones .y ciertos pensamientos, propios de aquella é poca smgu
·
1ar. s u novela es el pnmer ensayo, sobre la gente de l'arriere, que posee valor literario.

* * *
Pierre Mille ~o ha concluido de asombrarnos: Su última novela, La détresse
des Harpagon senala un nuevo esfuerzo en su carrera de novelista, tan brillante, pero que no se amolda a la rutina.
La détre:se des Harpagon es un cuento filosófico sumarr.ente divertido rebosante de ingenio, de ironía, y de observaci6n. Pierre Mille ha imaoi~ado
que el ~amoso ava:o de Moliere, Harpagon, dejó descendencia y nos tran:porta
en medio de los metos de aquel famoso garduña. Los Harpaaon se encuentran
en el '.11ayor apuro Y en vísperas de vender todos sus bie:es. Su situaci6n
financiera
·
•
. es
. , pues , m uy poco seme¡ante
a 1a de su ilustre
abuelo; sin embargo
la prodigalidad les salva.
'
Rebuscando en los inmensos desvanes de su castillo, un anticuario parisiense, ~ue ha llegado para comprarles algunos muebles, no tarda en descubrir una
sene de admirables tapices, procedentes de Cleanto, el hijo del Harpaaon cont~mporáneo de Moliere, quien les había recibido del usurero Sim6n, ;ara justificar_ un préstamo de quince mil libras. La prodigalidad del hijo salva así · a
una distancia de siglos, a la descendencia del avaro, y esto ya es un buen te~a
para filosofar. Pero hay más, la figura de todos los personajes agrupados en
torno del castillo de los Harpagones, está trabajada con una maestría asomb_rosa: el padre, víctima de los usureros, magistrado cesante, reducido a la ociosidad·, la madre , incapaz,· 1a h"º
'
1¡a, ya eii ma Jos pasos y en v1speras
de cometer
los mayores desat_inos,_y todo un núcleo de gente fósil evocado a grandes rasgos. En fin, el anticuario, el hom ado León Meyer, llamado para tasar los muebles Y ~ue salva a toda la familia, descubriendo las riquezas sepultadas en las
po_lvonentas guardillas, todo ello forma un relato atrayente, vivo, coloreado,
chispeante de ingenio y de malicia, de lo mejor de Pierre Mille.

* * *
403

402

�LA PLUMA
Todos los devotos de Balzac, y los hay creo yo en todos los países de Europa, se alegrarán de saber que ha nacido una publicación llamada Les cakiers
óaJr.aciens, cuyo objeto es sacar a luz muchos documentos relativos al autor de
Comedie Humaine, correspondencias inéditas, fragmentos de obras inacabadas,
memorias, etc. Está dirigida por M. Marce! Bouteron, bibliotecario del Institut, el hombre que en Francia mejor conoce, sin disputa, al gran novelista.
Les uikiers óair.aciens comienzan con la correspondencia inédita del autor de
La cousine Berte con el teniente coronel Periolas, el mismo que Balzac ha pintado con el nombre de Genestas en Le Médecin de Campagne. Son cartas muy
curiosas, donde su corresponsal ponía al escritor al corriente de una multitud
de cosas militares y respondía a las preguntas sin número que le dirigía el nove)ista. Nada de lo que atañe a Balzac no5 es indiferente, pero es de justicia
añadir que la publicación de M. Marce! Boutcron es muy esmerada en el fondo y en la forma.

* * *
M . Eugene Marsan es un delicioso ensayista, que en Passantes nos ofrece
algunos croquis femeninos, bosquejados al margen de su cuaderno de notas.
Escritos en el francés más puro, sin epítetos inútiles, sin redundancias, esas
págiaas, de un observador finísimo, son también de un hombre muy sensible,
pero que disimula su sensibilidad debajo de un fuerte intelectualismo.
Como todos los de La Action fran;aise, M. Eugene Marsan es un intelectual
puro, que pone por encima de todo la razón y no se entretiene más que en los
juegos de la inteligencia. Las notas que firma On"on en La Aclionfran;aise han
llamado siempre la atención, lo mismo que los ensayos literarios, en demasía
breves, que ha esparcido aquí y allá. Passantes es su verdadero primer libro: el
lector saboreará la extremada delicadeza del fondo y de la forma.

Terminaremos esta rápida reseña de las últimas novelas francesas publicadas, citando Monsieur Quaton&amp;e, de Fran,;ois Fosca, que viene a ser una novela de aventuras sacada de la fórmula balzaciana. Fran,;ois Fosca se ha entre-

LA PLUMA
tenido en reanimar a los principales personajes de los T,·eir.e en una serie de
historias tan complicadas como regocijantes.
Muy distinto es Le vagaóond sentimental de A. t'Serstevens, admirable historia de amor, contada en una lengua muy bella, a través de páginas descriptivas realmente conmovedoras.
En fin, el nuevo libro de M. Emile Henriot, Aventure de Sylr,ain IJutou,·,
no cede, ni por la gracia un poco arcaica, ni por la originalidad, a sus amables
predecesores. M. Emile Henriot está en camino de llegar a ser uno de nuestros
primeros novelistas.

El teatro en París parece consagrado, por el momento, a la opereta. Todo
se vuelve cancioncillas, coplas, arias célebres o en trances de llegar a serlo;
romanzas y estribillos. La época, que todo lo comercializa, ha puesto en ello su
garra, El éxito fabuloso de Phi-Phi y de Ta óoucke ·ha encalabrinado a los
autores, que ,;ueñan con enriquecerse con la opereta más insignificante. Para
lograrlo, ¿qué medios emplearemos?, se han preguntado. Clavetear en la memoria del espectador una canción célebre y hartarle de ella en cualquier
forma. Apenas se entra en el teatro, le entregan a uno un cuadernito con la
letra que se va a cantar. Al punto, surge la musiquilla famosa y la repiten
cinco veces, diez veces, la cantan en la sala para arrastrar a I auditorio,
quiéralo o no, aficionándolo, durante meses y meses, a una melodía, a una cancioncilla, a una lata pop:.ilar. Esta manía no durará mucho tiempo, sin duda;
pero me ha parecido bastante característica y chusca para señalarla aquí.
Fuera de esas obras alimenticias, el teatro no nos ha traído más novedad
interesante que la comedia de Jules Romains, intituiada Monsicur Le Troukadec saisi par la debaucke, representada en la Comedie des Ckamps Elysées.
La figura literaria de M. Jules Romains es lo bastante conocida para que
sea necesario bosquejarla de nuevo. Su obra es muy divertida y está notablemente escrita. Louis Jouvet, qne desde hoy se iguala a Copea:i, la ha puesto
en escena y la representa a maravilla. Es un género de teatro joco-serio
donde se disimula una 'bufonada muy próxima a la farsa clásica, y al que acaso
pueda reprocharse tan sólo cierla tiesura y demasiadas pretensiones. Es una
muestra más que honrosa, casi notable, del teatro nuevo.

�LA PL U.\\ A

LA PLUMA
Otra obra muy curiosa: Le Ptre Flote, de M. René Bruyez, representada en
una scéne d coté, la Compagnie du G,·ijf,n. No nos sor prenderÍII que M. René
Bruyez llegase a ser un gran autor óramático. Su primera obra, muy violenta'
paradójica, algo alocada, está llena de cosas excelentes. También aquí encon•
tramos la farsa. la bufonería extremada. Todo el teatro de la nueva escuela
parece dirigirse en ese sentido, o en el de una acción muy violenta y muy concentrada.
JuLl!S BnTAUT.

ALEMANIA
que no he hablado de la Alemania de las Letras y del Pensa•
miento a los lectores de LA PLUM.A, han ocurrido allí cosas bastantes para engendrar una situación nueva. No quitro mentar las locuras cometidas en el Ruhr, ni todo lo que va concluyendo de
asesinar al pueblo vencido. Hablo, sencillamente, del derrumbamiento moral que ha seguido, como era fatal, al hundimiento financiero y a la
rebelión de tanta miseria.
En la época en que vivimos, el arte, ¡ay!, pasa por ser, y es realmente, un
lujo. Quizás sea el único gran lujo colectivo de una generación entregada por
entero a los progresos de la mecánica y de las cienci3S nuevas. De ahí que, en
tiempos de crisis, el arte sea la primera cosa de que esta generación se des•
embaraza. Antes que vender los autos, antes que abandonar sus trabajos en la
telefonía sin hilos, antes que interrumpir sus gastos para la navegación aé1ea,
suprimirá, viéndose necesitada, s11s expensas artísticas o literarias, no comprará
más cuadros, no visitará las librerías, renunciará al palco en el teatro, no sub•
vcncionará a las orquestas sinfónicas, que ya vivían sólo de la liberalidad de
algunos mecenas. Esta huelga de consumidores acarrea sin duda un cambio radical en la situación de los productores.
Así acaba de ocurrir en Alemania. Espectáculo sin ejemplo. Cuando se hundió Austria, en efecto, los artistas y escritores de Viena bailaron en Alemania.
todavía a flote, mercados y apoyos valiosos. Para los pintores y músicos, la for•
midable clientela de extranjeros que afluyó de golpe en Viena reemplazó con
ventaja a la clientela indígena. En Alemania no ha ocurrido ni podia ocu•
rrir cosa igual: herida de muerte, lucha sola, entre la desesperación y la quiebra, y nada puede aguardar de un vecino compasivo ni de un enemigo generoso.

ffl]

406

BSDB

l

Vivir a expensas propias. En 1914 el problema era igual, pero el pueblo
tenía confianza en sí mismo, y entró en la Gran Aventura con alegre frenesí, dd
que tardó en curarse cuatro años. Hoy, la fatiga, el pesimismo, la descoohanzo,
y, digámoslo, el hambre, hao apagado el ardimiento, y el nacionalismo intelectual (empleando el vocablo nacionalismo en su mejor sentido), en que consistía la fuerz:i del grupo expresionista, falta por completo.
Vivir a expensas propias. Eso significa tener que alimentarse de Ersatz di:
toda especie, como en lo más recio de la guerra, beber café de bellotas, comer
pan K. K., empanadas de carne siu carnt", sopa de hierbas sin hierbas. Significa
vestirse con ropas usadas, dándoles la vuelta; llevar en invierno pantalones
blancos de tenois, chaquetas cortas, sacadas de los fraquei- viejos, y gaban~s
cortados de la manta de la cama. Y significa, sobre todo, suprimir lodo gasto
inútil, todos los que no sirven para obtener vestidos o a,imeotos.
Bien sé que estas cosas las han publicado los periódicos, pero no es malo
seguir repitiéndolas, porque n-sumen mejor que nada el drama en que sucumbe la Alemania contemporánea: el billett" de cien fraucos que hace un año valía dos mil marcos, vale actualmente ciento cuarenta mil marcos. El libro co,
rriente, la novela, que hace un año valía cien marcos, cuesta hoy veinte mil,
cada ejemplar. La entrada en un teatro, que hace un año costaba de veinticinco
a doscientos marcos, cuesta ahora de tres mil a ochenta mil.
El resultado brutal de la situación es este: los editores se niegan a correr
los riesgos insólitos de una edición nueva; venden (o mejor dicho, no venden),
las existem.ias, pero no quieren aumentarlas; los pintores tienen que ganarse
el sustento en oficios distintos de su arte, porqu(: no hay compradores de cuadros; los teatros de Bcnín representan operetas u obras ligeras, para solaz de
extranjeros, y los de provincias, donde se había refugiado, de tiempo atrás. el
alma de la literatura dramática alemana, cierran sus puertas uno tras otro; las
orquestas se disuelven; en suma: el admirable monumento del arte alemán se
cuartea y se desmorona piedra por piedra.
·
Basta conocer la situación del pueblo, cuyos salarios y emolumentos de
todas clases son apenas trt"S o cuatro veces mayores (numéricamente) que
doce meses ha, mientras que el marco vale setenta veces menos, y que los gastos han crecido en igual proporción. Alguien me responderá: ,Sí: todo eso
será cierto, tratándose de funcionarios o de obreros, pero no será con los industriales. los rentistas y ,os comerciantes., Es verdad que los indu!.triales,
algunos industriales, bao realizado considerables beneficios en estos (:!timos
4b7

�LA PLUMA
tiempos; pero intervienen otros factores: el miedo al Fisco, v el miedo, no
menor, a la opinión pública; la necesidad de exportar la mayor cantidad de
capitales para continuar las relaciones con los proveedores de Ultramar; y las
perturbaciones del Ruhr. Además, esa clase industrial, no representa, en lapoblación alemana, el uno por diez mil; apuesto a que esa proporción es dos o
tres veces superior a la realidad. Refiriéndome ahora a los millares de médicos, de abogados, de ingenieros estrangulados por la miseria, podría tomar de
la vida cotidiana diez ejemplos olJservados por mí directameute, tales como el
del médico especialista, célebre en la mayor parte de Alemania, y que estos
días me contaba el problema que le agobia: •Hace un año cobraba cien marcos
por visita; para mucha gente era caro, y a menudo he tenido que rehusar el
dinero que me ofrecían, obtenido a costa de mil privaciones. Hoy, por sucesivos aumentos, mis honorarios son mil marcos; me es absolutamente imposible
aumentarlos más, porque ya he perdido la mitad de mi antigua clientela. Pero
hace un año, con cien marcos, compraba una libra de manteca, o tres kilos de
pan, y pagaba un par de botas con quinientos marcos; hoy, los mil marcos me
dan parn cincuenta gramos de manteca, o media libra de pan, y he de pagar
sesenta mil marcos por el par de botas. Saque la consecuencia.•
Es necesario que en el Extranjero se conozca la situación lastimosa de los
intelectuales, de los escritores, de los artistas, de los sabios alemanes. No
hago aquí un artículo de periodista, ni me propongo llevar agua al molino del
señor Cuno, qne es un político como todos, es decir, un hombre desprovisto
de interés, Pero me daría vergüenza hablar como si las cosas fueran desenvolviéndose normalmente, y echar un velo sobre la espantosa miseria que mata
lentamente a la élite de un país, orgullo de Europa, por más de un motivo. No
hay que figurarse que la baja del marco se compensa con la elevación de las
ganancias, y que tras un breve trastorno la vida se estabiliza. Nada más falso.
Hasta ahora, a pesar de la guerra y de la derrota, he podido venir hablando de
los libros y de los teatros alemanes, porque la energía de ese pueblo le hacía
sobreponerse a todo, y no había abdicado. Pero en la hora presente, todo
cambia, y reina la desolación donde antes hubo vida.
Llegará un día, y no tardando, ea que Europa se percate de que se ha empobrecido_para siempre, dejando dilapidar asi la herencia de Beethoven, de
Goethe, de Kant, de Nietzsche, y permitiendo que sus herederos se mueran de
hambre y desesperación sobre las ruit1as de la joven República.
PAuL CouN.
408

LIBROS y

REVISTAS

Ramón Pérez de Ayala.-Lzma de mid, luna 1e kiel, novela. L~s trabajos
de Urbano v Simona, novela.-Madrid, 1923, Editorial Mundo Latmo.
Belarmino, zapatero filósofo,_criat_ura del iag~nio de Ramón P~rez d~ Ayala, acometió la reconstrucción 1deahsta del universo. Pues~o a 1~vest1gar el
sentido oculto de la vida y del mundo, fué repensándolos, e mveato a su modo
los conceptos, libertándolos de las palabras triviales o ma~osea~as d~nde los
hallaba prisioneros. Era un creador ea el orden especulativo .. S1 hubiese poseído algunas lecturas elementales, no habría dejado ~e repetir: •H~Y. hemos
&lt;:reado el mundo; mañana crearemos a Dios». La ac!iv1dad de su esp1ntu era_
puramente interpretativa y crítica; movíale el ansia de coa~cer, que ~n s1
misma se completa y se acaba. Su actitud personal ant_e los ~b¡etos sensibles,
ante la sociedad v ante los fines inmediatos de la ex1steac1a, era de apartamiento O despegó, en cuanto tales objetos y fines no fueran pasto ~e la voracidad de su cinteleto•. En la historia de los amores ~e. Urbano y Sunoaa, n~s
presenta Pérez de Ayala otro espíritu no meaos am_b1c10so q~e el d!; Belarm1no pero su ambición tira a distinto blaoco. Doña M1caela, mu¡er ternble , muéve;e también por un afán de creación: quiere crear ea el orden moral Y práctico. Si Berlamiao pensaba la vida, doña Micaela pretende re?acerla, enmendarla y lo quiere con exaltación y brío_ a~ ~eaores, con la misma entrega d:
sí que el zapatero pooía en hilar su rac10cm10. Son dos modo~ opues!os_de en
cararse con el destino, llevados en cada uno d~ esos pers?na¡es al ultimo extremo, al sacrificio. Belarmioo, pensador má_rtir, se habna sustentado-y de_
hecho se sustentaba- de unas hierbas o del aire que sopla, corno cumpl~ a los
verdaderos filósofos con dársele un ardite de la fortuna y m~nos aún importarle que el mundo 'sea de otro modo que como es. Doña M1caela hunde s_u~
manos en el barro palpitante de la realidad inmediata, lo modela a su anto¡o,
oprime el corazón aj,.no y el suyo propio, para obligarlos a entrar _en el &lt;.:áao~
de su idea. Aproximar y compara1· esas figuras.novelescas, se ~e 1mp_oae -~ª
turalmente· en cierto modo se completan: mirando en la misma d1recc1oa,

•

409

�LA

PLUMA

pero en sentido ~ontrario, (el pensamiento, la acción) entre las dos abarcan la
redon_d,ez del h~nzo?te que se ofrece a la iniciativa personal. Importa poco que
la acc1on d~ dona M1caela no se enderece a fines grandiosos y se desenvuelva
en el reducido marco de u~.ª familia oscura: Jo que importa es la idea que se
propone ensayar, y la tens1on de la voluntad, la energía de que es capaz en el
lo~ro de su empre~~- Co~p~rándolos ~on su idea motriz, los manejos de doña
M1cael_a, la confecc1on art1_fic1al del caracter de su hijo Urbano, vienen a ser un
expe~1me_nto de laboratorio, la prueba, con datos reducidos, del valor de una
do~tnn! rnventada. La novela nos muestra, tal como fué, el experimento de
dona ~1ca_ela, y sus resultados, con el desquite de la vida incoercible sobre las
maqmoaciones de una voluntad imperiosa.
Hablamos d~ una «idea que doña Micaela se obstina en realizar, imponiéndo_s~ a todos Si. En la bas~ d_e la conducta _de doña Micaela hay una operación
c:~hca, un _fallo del entend1m1ento. Su cualidad natural dominante es la ambic10n, t"l afan de ascender por la escala social, de llegar al se1zorío· ambición
her7~ada con la sangre. Pero los propósitos de doña Micaela, toca~tes con su
pOS)CIÓn y la de su familia_ en el_ mundo, son, !?ara mi gusto al menos, secundan.os en la nov7~a. Lo pnmord1al es la creación, reflexiva, determinada, del
ca_r~cter de su h1¡0. Doña Micaela se vale de Urbano para enriquecer a la fam1!1a .. P_udo ser ~enos o nada ambiciosa, y educar a Urbano según los mismos
pnnc1p10s y por iguales motivos que tuvo para educarlo como lo educó· la novel_a, e~ su esencia y en lo que tiene de ejemplo, sería como ahora e;. Pudo
dona M1caela desenfrenarse en una ambición napoleónica, pero dejando a Urb?no forrnars~ al azar, como cualquier otro jovenzuelo destinado por su prov1de1;1te mama a cazar una d?te, y la nov:la, ~orrado el raro conflicto en que
consiste, desaparecía. También para dona M1c11ela lo más importante en el
ensa_Yo que acon:_iet1; es la educación de Urbano; más importante que el logro
de :1qu~zas y senono, aunque las dos empresas vayan revueltas en su espíritu.
D~na M1caela se hunde en la locura, no tanto por la pesadumbre de verse inopmadamente en la miseria como por la insurrección del hijo, que adviene
ta:de a ser hombre cabal renegando de la obra cumplida por su madre. Doña
M1caela se desesp,era, ordena a Urbano que desaparezca, quiere sepultarlo en
un ~on 1_ento. Ansia, en fin, tener otro hijo, para renovar con mayor tino su expe:ienc_1a. Y todo ello, ¿por qué? En virtud de una apreciación de la vida que
d~na M1caela_ formula en su juv_e ntud; senten~ia expresa, Jrticul..da ea palab_ias_ y de?uc1da de su ob~ervac1ón personal, impuesta como norma ob!igatona,_rnfle_x1ble, a cuanto_s _giran en_ derredor suyo o están bajo su dependencia.
Dona M1caela «no adrn1t1a la realidad ta.l cual espontáneamente se ofrece, sino
que, ,antes de aceptar}a, pretendía convertirla en lo que ella, doña Micaela,
quena, que fuese y cre1a que debía ser. En lugar de someterse a la realidad, la
sorneha ... Esta1;&gt;a segura _de la oi:inipotencia de la vida, y asimismo de su cegue?ª? y e_stup1?ez .. La 1:1d~ podia hacerlo todo, pero, como andaba a tientas
Y srn mtehgencrn m des1g010, no hacía más que disparatar; objetos feos, animal~s feos y brutos, gente fea, bruta y mala. La vida necesitaba de alguien
que .a tomase como de la mano y acertase a aprovechar su misteriosa fuerza
410

L ..\ P L U 1\1 A
todopoderosa, conforme a una idea neta y propósito elevado•. Má&amp; 2delante:
cMicaela no había nacido para dejarse formar por la realidad circundante ui
arrastrar por el flujo de la vida. antes para corregir y encauzar la realidad próxima y el caudal de vida que le había caído en suerte, dentro de sí y eIJ to:ºº
suyo•. Micaela, en su m?cedad, n~ tu_vo por qu~ alabar_ 1~ 1;&gt;la1;1dura del destmo.
Casada por cOn\·eniencrn, soporto s111 repub,on las m1c1ac1ones cony ugales.
Todos los hombres le parecían «unos asquerosos•. Viéndose con un hijo, brota de súbito la idea (matriz de la acción novelesca), donde Micaela resume su
apreciaciól'I del mundo en que vive. Con su niño en brazos. exclama: •~qui
tengo la vida. la vida ciega, que puede ser rnal~ad y dolo'.: o bondad y d1ch~ .
sujeta a mi arbitrio&gt;. Y resuelve domarla: «Hana de su h1¡0 todo lo contrario
de lo que había sido ella. Ella sabía todo Jo repug~ante_ de la vida ~ los ocho
años. Su hijo llegada a casarse sm haber presentido m_ menos sabido na?ª·
Sería el primer ejemplar de hombre perfecto&gt;. En la disparatada resolución
de doña Micaela hay una protesta contra lo feo, un ansia de l'lulcritud que ennoblecen sus facciones de mujer autoritaria y «mandona,.
Urbano, hechura de tal madre, es un monstruo. En sus veinte años, es t_an
inocente corno un reciénnacido; ángel y papanatas. El autor salva, con donaire
y audacia, la inverosimilitud aparente del caso, interesáodonos desde el primer
momento en la turbación de este espíritu puro, que arna sin saber lo que es el
amor. La increíble inocencia de Urbano parece que nos satisface y nos convence más en completándose con la necesaria inocencia de Simona, so a~ada;
la pareja cobra una representació1~ ~upe_ri_or; vamos a obs~r_v~r en _ella el ¡uego·
de fuerzas puras: un amor sin mahc1a hir!endo una se_~s1b1l!dad intacta. Los
dos esposos son más inocentes que Dafn1s y Cloc; agm¡ados por el deseo, )os
pastorcillos de Longo intentaban saciarlo, rem~dando mal. faltos de_ técmc_a
amatoria, a las bestias del campo. Urbano y S1mona no han descubierto siquiera el deseo, ni sosp~chan-aunque los eche,1 de rneno~-que su a~o_r ~eb!
llegar a más cabales saciedad y complemento. Son dos cn~turas pa1ad1s1aca--del Paraíso anterior a la caída-por el saber. El autor ha mcorporado Y des·
crito en Urbano y Simona una experiencia inasequible ,Para el común d~ los
mortales: gustar por vez primera, ya en la edad de la razon, aquellas.~moc1ones
eróticas, cu vo sabor primitivo se deslíe entre los rl:!cuerdos d~ l_a mnez ,y que
son imposibles de reconstit~ir en t?da su novedad y en s_u positiva fuerza. Urbano es tan gracioso en su mocenc1a que, rnrdo a los estimulos del cuerpo Y a
la incitación de la naturaleza lujuriosa que le rodea, pretende hallar la clave
del enigma a fuerza de razonar consigo mismo y_con su _Pedante. maestro; las
peripecias de la novela conducen a Urba_no a sallr ?~ su ignorancia del modo
más brutal imaginable: por enseñanza directa rec1b!da de un cu:a soez, para
que-como era debido-ninguna t_?rtu:a le fuese evitada ~ su delicadeza. Este
es el punto en que la obra de Dona M1caela se derrumba. la absurda pretensión de enmendarle la plana a la vida, a~ab_a en dolor y llanto. Urb~no se hace
hombre por el desengaño, por los padec1m1entos morales~ y .~n siendo ~ombre, despliega la energía, los nobles impulsos, que su ta~d1a nu~ez mantem~ sofocados. El autor ha sacado, a mi parecer, todo el partido posible de la situa411

�LA PLUMA
LA PLUMA
--ción de sus héroes, ha agotado en cada escena lo qttc podían dar de sí los
afectos de los personajes como fuente de emoción estética sin olvidar su fase
cómica, ni menos-preocupación profunda de la novela__:_b turbación de la
conciencia moral al descubrir los apetitos groseros, ineludibles debajo de los
.afectos más tiernos.
'
Urbano se nos apaga un poco después de su entrevista con el cura. Su vida
interior, tan jugosa, descrita tao por lo menudo hasta ese momento pierde
fluencia y calor en cuanto se resuelve a conquistar a Simona, como v~rdaduo
amante, en lugar de adorarla como niño embobado. Urbano, metido en ese
empeño, es ya todo acción exterior. Triunfa.lVemos a los amantes esposos, apoyadas las cabezas por vez prime~·a en la misma almohada, boca con boca, y
creemos que, pasado el susto primero, entrambos estarán muy divertidos con
lo que acaban de descubrir. ¡Gócense mil años! La vida espontánea recobra su imperio. Doña Micaela queda presa de su locura y paga su culpa, que
no fué de maldad, ni de haber concedido tanto señorío a la inteligencia sino
,de haberla empleado :1. zurdas, de haber tenido, en suma, muy poco tale~to en
-el gobierno de su vida. La solución de esta novela me paTece '.an optimista y
placentera como la de Belarmino y Apolonio, y su humorismo benévolo, paternal.
Notemos entre los personajes de segundo plano a Doña Rosita, la dama de
~lcurnia, perfecta de estilo; la Conchona, hembra bárbara, al natural, empareJada con el pedante Don Cástulo, criatura literaria de quier. Pérez de Ayala se
vale para jugar con las humanidades clásicas; y las siete solteronas, presentadas. ~l final de la obra con tales empuje y dec_isión que parecen inaugurar una
acc1on nueva. La novela transcurre en Astunas. Salvo los rústicos, todos los
personajes pudieran ser de otro lugar; pero al idilio de Urbano y Simona Je
cuadran la primavera asturiana, la cariciosa ternura del campo, el misterio de
las frondas sonoras, el aroma de las praderas, el cántico de los pájaros emboscados. E! paisaje y los héroes de la novela se funden a maravilla. El autor pasa
&lt;le! uno a los otros, de los colores y sonidos a los sentimientos, llanamente.
Parecen nacidos de la misma emoción, y fundidos quedan en el recuerdo del
lector. Otras muestras admirables de la virtud comunicativa de su pluma nos
había dado Pérez de Ayala; creo que en estas novelas últimas llega adonde no
había llegado hasta hoy. Ha tenido que forzar, como todo escritor de valía, la
atención del gran público; no se ha impuesto, ciertamente, por las descomedidas alabanzas de un corro de amigos. Se reprochaba a s11 estilo cierta propensión a la rotundidad oratoria, y más que ~1ada, el encadenamiento de las frases
en períodos muy dilatados, que podía perjudicar a la rapidez del relato y a la
.evidencia de los sentimientos en sus obras narrativas.
Tal propensión-dominada, corregida por completo en la historia de Urbano
Y Simona-debíase, a mi parecer, a una riqueza verbal nada común, y a la estructura discursiva y demostrativa de su mente; en estas novelas acorta los períodos, contiene la frase, y su prosa gana en fuerza sugestiva todo lo que cede
en suntuosa opulencia. Los vocablos, que siempre han sido propios en los es•critos de Pérez de Ayala y pertenecientes a lo que dice, están ahora más carga-

dos de sentido, reventones, como una flor no acabada de abrir; adviértese Ja·
fuerza en ellos contenida, temblorosa; la notación es rápida; la frase, ceñida a
la idea; y con ser tales su vigor y precisión, por esta prosa circula cierta virtud ,
ternura sonriente, emoción inefable, no sé como llamarla, que no es de una palabra señaladamente y a todas las empapa.
M. A .

* * *
'

'

Wenceslao Fernández Flórez.-Et secreto de Ba,·ba-Azut.-Novela.-Madrid. Editorial Atlántida, 1923.
El joven Mauricio Dosart está aburrido. porque no le halla un fin a la existencia, o más concretamente, porque no sabe qué hacer. El anciano Michaelis.
su mentor circunstancial, señala un objeto definido¡¡ su pasión: el amor patrio.
No sin antes advertirle sabiamente: cla vida tiene una finalidad y una significación que todos podemos conocer. Pero ninguna sabiduría cuesta tan cara
como ésta. Nuestra felicidad es el precio del conocimiento... Como Barba-Azul
a sus mujeres, la vida nos da las llaves de todos los cuartos; de las estancias.
donde están los goces y los sufrimientos vulgares; donde el amor, sosegado, espera; donde el oro relumbra ... Es una felicidad que se basa en no meditar demasiado, en no querer saber demasiado, en cierta inconsciencia de tosco y buen
sentido que nos lleve a recorrer el camino entre nuestro nacimiento y nuestra
muerte sin alzar los ojos hacia lo metafísico. Pero hay una estancia que no se
debe abrir, es la más tentadora: la que guarda ese secreto que usted busca ..
Como las mujeres de Barba-Azul no podían borrar la mancha de sangre, después de conocer la habitación prohibida, as_í no se puede borrar nunca del es-·
píritu la melancolía de saber la verdad ... Muchas veces, como en el cuarto de
Barba-Azul, la revelación es trágica también y sangrante... •
Mauricio Dosart, ciudadano de Surlandia, reino de opereta, derrotado en su
experiencia de patriota revolucionario, cree hallar er. el amor romántico, en
el matrimonio, en un adulterio fugaz, en la paternidad. en fin, el secreto de la
felicidad que va buscando con ir viviendo. Pero abierta la puerta y traspasadoel umbral, ce! misterioso cuarto de Barba-Azul estaba vacío•.
La última novela de Fernández Flórez cae de lleno dentrc ele la tendencia
general por que se caracteriza la literatura española contemporánea, y aun todas las literaturas occidentales en sus ejemplos más recientes: el humorismo.
Por no citar sino las muestras más a mano de la producción novelesca en España, Las coln,nnas de Hércules, de Araquistain; Et ave blanca, de López Ro.
berts; ü1·bano y Simona, de Pérez de Ayala; El rey Niciforo, de Salaverría; todas las de Gómez de la Serna, acusan evidentemente un estado de ánimo humorista, en que ha venido, sin duda, a remansarse el nietzscbeanismo violento
de principios de siglo. Esa tendencia humorística toma además un carácter
francamente alegórico, cada vez más ajeno a la pintura de tipos naturales, es
decir, entreverados de vicios y virtudes sin consecuencia moral alguna. Em413

�LA P L U !11 A

LA PLUMA

,

blemas abstractos los personajes dt" la fábula, concepto filosófico o meraleja
precoi¡cebida la narración, la novela actual se restringe a los límites de la sátira, ya cobre significación y sentido intelectuales, como en Pérez de Ayala,
bien en una esfera puramente sentimentdl, como &lt;"D Fernández Flórez.
Posee el autor de Et secreto de Barba-Azul, como muy pocos, la facultad de
atemperar al gusto de un público medio, la preocupación moralizadora, que
revela el afán de Mauricio Dosart. Entre su humorismo y el de un Luis Taboada, pongo por caso típico de humorista anterior a la evolución literaria señalada de la protesta contra Echegaray a la focha, hay, ea efecto, una diferencia
de intención muy favorable a Fernández Flórez y a quienes, como él, o como
Camba en una labor exclusivamente periodística y desde un punto de vista
más liberal, procuran con tan buen éxito acordar el deleite cómico con un
~ropósito re¡;enerador, de los sentimientos más que de las costumbres.
Como tal novela cómica, Et ser.nto de Ba,·ba-A:mt es sumamente divertida,
especialmente en su segunda parte, y sobre todo para mi gusto, en una escena
de cita amorosa turbada por cierto leve desasosiego intestinal de los protagonistas. Escrita con desenvoltura y sin empacho. acredita a su autor una vez más
de buen conocedor de las aficiones y los alcances de los lectores qu&lt;" le siguen
asiduamente en sus afortunanas crónicas del A B C.

• • •
·Gerardo Die~o.-Soria.-Galería de estampas y efusiones.-Imp. y Lib. Viuda de Montero. Valladolid, 1923.
Amabilísima idea la de José María de Cossío, imprimiendo a sus expensas
los «Libros para amigos», no destinados a la venta, en que ahora se publica
este precioso tomito de Gerardo Diego, del que recibimos un ejemplar editado
con gusto y sencillez.
Gerardo Diego se reveló hace muy poco en los poemas colt"ccionados con
el título de Imagen, como poeta verdadero. es decir, sensible. Sensible no quiere decir en ningún género de arte sinceridad y efusión tan sólo-; de sentir es
capaz todo el mundo-si no facultad de comunicar el sentimiento propio; poder
emotivo.
Este librito de pequeños poemas dedicados a Soria, afirman nuestra seguridad en Gerardo Diego como tal poeta amigo. No hay en estas pál(ioas alarde
alguno de novedad extravagante; es más, ~ta parece complacerse el autor en
contemplar los mismos temas que algún otro poeta mayor, e incluso, a veces,
a la misma luz suavemente elegíaca. Y, con todo, cuán agudo, cuán personal,
cuán distinto se nos muestra.
Soria: el Duero, las campanitas argentinas en el aire ht"lado, los rebaños
bíblicos perfumando de campo la ciudad, el paseo de noria, los tejados de nacimiento; y hasta una admonición: contra la arqueología, la tresillería y lacastellanía que matan el espíritu propio de la Soria de Gerardo Diego:

cTotal, precisa, exacta, Soria: bien te aprendí.
Yo no sabré cantarte; pero te llevo en mí
toda entr~ñable, toda humilde
sin quitar ni poner una tilde.•
Poesía íntim\, recogida, para pocos, casi para leída en silencio. Y en ella
.algunos romances delicadísimos, dignos de ese ~omancero sentimental moderno, por colegir, y que ha de empezar en el ánimo de los futuro'!! exégetas por
los m&lt;"jores romances jóvenes de Juan Ramón Jill'énez y Antonio .Machado
como el que dice:
'
cCómo llamais a mi puerta,
llamais siempre sin pasar.
horas vivas que venís,
horas muertas que os vais.
Siento que alguien me despierta:
Levántate que va está-.
Pero yo sij?O clurÓ1ie•1do
porque todo sigae igual..
o los de &lt;Por la ciudad adormida• y «Río Duero, río Duero•.

*

* *

B. Giménez Caballero.-No/as Afarruecas de un Soldado.-Madrid.
Este libro, al que la Censura oficial ha añadido el encanto de lo prohibido•
es, que sepamos, el único testimonio literario de la última campaña española
en Marruecos.
A semejanza de loi. que, en su mismo género, bao aportado a todas las literaturas. especia!mente a l_a francesa, la visión inmediata y sensible de la Guerra europea, el hbro de G1ménez Caballero consigue dar!!OS la emoción directa,
fragmentaria cuanto sincera, de sus impresiones personales. Por esa misma
sinceridad, ni pretende rehuir siquiera el prurito de hacer, en ocasiones, arte
por el arte, sustrayendo el ánimo a la tremenda realidad del campamt:nto.
Tres tonos distintos, si no contrarios, se advierten en estas Notas: el simple apunte observado del natural, el relato con tendencia marcada al cuento
sentimental, el comentario de intención política. De todos eilos preferimos,
sin duda, los toques impresionistas.
El libro, por demás interesante, cumple e! propósito del autor, de suscitar
e~ el ánimo de los jóvenes la contemplación del desastre. no para lamenta~se
s1mplemente, mas aceptando la realidad de un destino cuya fatalidad hay que
vencer de uno u otro modo, y, en todo caso, afrontar decididamente, al menos
&lt;:on espíritu de curiosidad.

�LA PLUMA
Erasmo Buceta,-El entusiasmo por España en algunas románticos ingleses.De la •Revista de Fil. Esp., Madrid. Sucesores de Hemando.
Erasmo Buceta, nuestro colaborador dilecto y profesor de español en la
Universidad de California, estudia en este opúsculo la relación de simpatía
que las «cosas de España, despertaron en algunos románticos ingleses: Byroo,
Sheridao, Landor, Southey, Wordsworth, Walter Scott Coleridge, Wilson
Crocker, Thomas Campbell, Shelley cTodas estas grandes figuras de la literatura inglesa de la época aparecen, como se ha visto-dice-, mencionadas
aquí. Se observa claramente que todas ellas-no ob!;tante la gran diversidad
de su temperamento y puntos de vista -sintieron entusiasmo vehemente por
España. Y este ardor, esta emoción, este entusiasmo, fueron acaso motivados
por la atracción que en todos los románticos ejercieron los viejos temas de
nuestras literatura e historia; pero, por encima de todo, fué factor importantísima la simpatía política producida por los dramáticos acontecimit:ntos de di•
vnsa significación que tuvieron lugar en la Penínsuia en el primer cuarto del
siglo xrx, es decir, por la guerra de la Independencia y las luchas civiles por
la libertad ,
Con sagacidad y donosura, pone de relieve Erasmo Buceta la manifestación
en los sucesos políticos de entonces, de las virtudes heroicas ¡:-or las cuales el
romancero y el quijotismo españoles transcendían, a ojos de los románticos ingleses, de la historia literaria a la realidad. De la misma manera que en este
folleto la erudición del profesor se adornd de bonísima gracia literaria.

* * *
Nicolás BeauduJn.-Les enfants des kommes·-Mystére,-París. J. Povolozky
et Cíe. ed.
c .. desde hace algunos años, vemos que nuevas aspiraciones levantan el es¡
pfritu de los creadores selectos. En primer lugar, la de rehuir la vulgaridad de
teatro en versos tradicionales, creando de nuevo en la escena una •atmósfera
de poesía pura, de dramatismo transcendente, volviendo a la tradición del arte
grande y eterno, de Esquilo, de Shakespeare, de Goethe y del Hugo de J.,os
Burgraves,, dice el poeta Beauduin en la nota preliminar a su misterio de Les
enfatzts des lzommes.
El propósito no puede ser más noble. Y por mejor restaurar el concep~o de
teatro, venido tan a menos con el industrialismo del boulevard y sus múltiples
sucursales en el mundo entero intenta la tragedia de nuestros primeros padres bíblicos, gobernados por la.lucha fatal entre las potencias celestiales y las
del infierne.
Digno de expresión retórica en todo momento, adolece quizás el po_ema de
falta de interés dramático. Con todo, no deja de tenerlo para los cunosos, y
más aún, para los propulsores de la tendencia de que han sido an_unciadores
Maeterlinck y Claudel, Georges Polti y Saint Paul Roux, )'. más recientemente
Gide, Suares y el lituano Milosz, tendencia para~ela, en cierto_ modo, a la dt&gt;l
teatro de Valle-lnclán, si bien nuestro don Ramon haya obtemdo desde luegouna realización muy superior a la de sus casuales congéneres.

C. R. C.

AÑO I \'.

1

MADRID, JUNIO 1925

NÚM. 37.

LA QUINTA DE PALMYRA

&lt;•&gt;

(Continuación.)

m

a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les
convenía. Todo iba a retroceder.
- Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
- Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
-¡No tanto!-dijo Samuel sonriendo-. A lo más soy un marinero despierto y animoso.
Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con
aquel nuevo caballero al lado, de que era calvo, y que, por lo tanto.
debía tener la marrullería que ella achacaba a los calvos, su aire de
hombres de mundo un poco cínicos, como si sus pensamientos se
creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo tanto, estuviesen en el deber
siempre de afrontarlo todo con demasiada suspicacia.
Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de
aquel hombre a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con
OLVÍAN

(1)

xxvn

Véanse los números 34, 35 y 36 de Lt. PLUMA.

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Ramón Gómez de la Serna.-E/ Secreto ael Acueduclo.-Novela.-Bib. Nueva. Senos.-Tip. «El Adelantado&gt;, 1923.
Ramón prosigue su marcha victoriosa. He aquí dos libros más. El uno de
ellos nuevo, el otro reeditado, pero tan aumentado de la edición 1nterior que,.
en realidad, es tan nuevo o más que el primero que aquí se anuncia. Nuevo y
viejo son, además, conceptos cuya significación corriente no suele corresponder con la que sería adecuada a una crítica rigurosa de los libros de Ramón .
Ramón, por otra parte, a pesar de escribir tanto, no es un escritor: es un espectáculo. Un espectáculo ql!le él se da a sí mismo, pero en el que quiere que
participemos todos, coreuta del gran teatro del mundo, capaz de infundir su
espíritu burlón a todas las cosas.
En cualquiera de loe libros oe Ra¡nón está todo Ramón y Ramón no está..
en ninguno por entero. Su obra empieza a ser un universo nacido con su propio creador. Et Secreto det Acueducto y Senos son dos libros más de Ramón. Nos
parece sie mpre que los hemos leído todos y que no hemos leído ninguno. Su
gracia, enemiga de la perfección, se muerde la cola. Es una sirena, cuyo ascendiente darw1niano fuese la pescadilla. De ese círculo vicioso Ramón ha hecho,
una pista, en la que. nuevo Hamlet, monologa como el señor Leonard l'arish,
o de la cual hace mesa redonda para un eterno banquete de Pombo. Su gran.
risa mana de la fuente de h Salud.

AÑO IV.

1

MADRJD, ABRIL 192.3

NÚM. .35.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)

VI

* * *

EL

TELEGRAMA

Agustín Remón.-Una girl.-Novela.-Madrid, 1923.
Es el señor Remón muy distinguido escritor argentino. Varias veces hemos.
dado ya nuestra opinión, adversa a diferenciaciones establecidas únicamente
cttendiendo a la nacionalidad oficial de los escritores, cuando estos escritores,
por muy distantes unos de otros en la vastedad del continente americano, lo
son en lengua española. Con todo, el señor Remón es argentino. Hay en su
propósito la determinación sincera de reflejar artísticamente en su obra un
punto de vista del mundo contemplado desde el Plata. Pero entendámonos; eso
no quiere decir que de la lecbira de Una girl se deduzca la filiación de este novelista entre los cultivadores del color local. Sus aspiraciones reb1san el cuadro
de costumbres. Lo que tampoco implica ninguna vocación transcendental ni
pedantesca.
Toda la primera parte de Una l(Írl nos engaña placenteramente con laSsimples perspectivas de un cuento ligero. No sospecha1el lector a buen seguro
las derivaciones trágicas del destino de la protagonista. La aventura se complica después de un modo extraño; el novelista bordea en los límites extremos
de una psicología exótica, los peligros fascinadores del folletín. Cuando el lector quiere defend«rse con sentido crítico de las asechanzas sentimentales de:
Una girl, el novelista tiene ganada la partida.
C.R C.

(I

el h~ésped. Pal~yra no le había regateado nada. Todas
las mananas le variaban las rosas de su cuarto y recogía
·
las caídas sobre la gran mesa de pórfido.
El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban más, y las hojas caídas eran como papelillos
suyos en aquella mesa prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano misteriosa.
Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado todo sobre la camá, alguien viniese y lo colocase en su
sitio, colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se le
caían siempre y producían un gran ruido dentro del armario.
RA

(1) Véase el número 34 de Ll PLUMA.

XVII

�LA PLUMA
Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar
aquella hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por
el gran palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, emboba~o _
frente a ]os grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de marmoles de colores en que se veía un puerto, sus barcos de vela, sus
pescadores, y después, como si el que los había confeccionado se
hubiese dejado la escuadra, el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, todo aparecía también incrustrado en mármoles de color, dando
mayor realidad a la mesa.
.
.
Lo único que hubiera hecho de buena gana hubiera sido comprarle un traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba mal con su
categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que
él procuraba exagerar.
-¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado?
-Bien, bien ... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un
obispo ...
Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran
deseo de continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se
podían amar hasta los visillos de linón de las ventanas, le hací~ ~ceptar a aquel caballero casposo, con la enjutez del hombre v~c1oso.
¡Cómo que había sido croupier durante alglÍn tiempo en el Casmo de
Invierno!
. .
Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitah.dad encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino
. vidrio que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en
ellos el licor, estuviesen llenos hasta el borde.
La purera, que representaba una pequeña pagoda'. t~caba de _vez
en cuando la.pieza de música, que era como el ofrecimiento dehcado para que se tomase de nuevo un puro más.
.
Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones.

LA PLUMA
Ponía una gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.
Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la
rogaba con gran zalamería:
-Palmyra toca un rato el arpa.
Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas lentas.
Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como
cuando la lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del
cielo como de los aleros porque estaba al caer.
De pronto llamaron a la campanela. El arpa se quedó desoída.
Las manos de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que hiciesen sonar su jaula.
El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.
-¿Para quién?-preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo tiempo sino de suspender su música y escuchar.
-Para el Excelentisimo Señor Don Enrique ...
Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de
contrariedad .
Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó
rompiendo el silencio:
-¿Alguna desgracia, don Enrique?
Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.
Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo leyó, no con
la tristeza que hacía al caso, sino con una tristeza sardónica extraña,
Y que por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole

�LA PLUMA
a don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar
y que esperaba el criado:
-No será nada... Firme ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.
Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una
mirada de ladrón al compañero desconocido que de pronto se encuentra viajando en el mismo tren. Después firmó.
Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper
a llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.
-Dale algo al telegrafista-dijo Armando a Palmyra, con ese recordar súbitamente una propina que no se dió.
Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando
por las propinas, salió a dársela.
Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le
arrancó la espada de dolor que aún esgrimía.
-No seas «parvo:. ... Ese mismo telegrama fué el que recibimos
en aquel pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era
el telegrama que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido
para poder huir del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyoen que sólo escribes «Pronto» ... ¿Ves qué memoria tengo?
Enrique no supo qué responder, pero sonrió.
-Por lo menos, que lo crea Palmyra...
-Eso, bueno ...
-Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, pudo costar un
millólil de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me
aburro...
Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire de simpatía extrema.
-Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa encantadora mujer con la carne de las miniaturas.
-Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos
260

LA PLUMA
dado la mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has
hecho por primera vez todas las excursiones que hay que hacer.
No has tenido tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa
hablar de su casa de Londres, ni al viejo español retirado alabar este
clima... No has tenido que ser fiel a una mujer y has flirteado con
todas las de los contornos y a los quince días estás cansado.
-A los veinte si te es igual...
-Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos
meses.
-Si mi estafa me dejase volver a España yo te rogaría que me
pusieses el mismo telegrama ...
En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su
cintura, Y se abismó todo en una conversación melancólica, que predpitó la caída de la tarde.

VII
EL ENVENENADO

. Armando encontraba siempre lo de niño cargante que había en
Palmyra. Todo se lo había oído numerosas veces. Estaba en crisis.
Lo que había en ella de mujer-casi completamente io-ual a lo que
pudiese ofrecer otra mujer-no le era suficiente. Su s:xo era como
un volcán apagado.
Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a tono.
- Todos son techos de pagoda al atardecer-decía asomado a la
bella ventana encelosada de la Quinta.
-La misión del mar es una misión sin descanso ... Lava los pies
a la tierra constantemente para ganar el cielo.
Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la

�LA PLUMA
que se veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar~
salía más desconsolado porque el mar necesita fuertes caricias para
poder reaccionar de él.
No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de
una graR pasión, a aquel hotelito en que pasaron su luna de miel
dos príncipes románticos.
Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien en el
último tren, pero después se desengañaba.
Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en
que estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la
isla central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.
Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el
faro que resultaba con su páhilo tembloroso algo así como el gran
cirio pascual del paisaje.
- ¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro? ...-se preguntaba
Armando al mirarle-. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de farero ... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta sole7
dad y en esta Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos
palacios que los reyes tienen para pasar un mes de su vida.
El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje.
Le parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le
respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como una medicina de digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se
ponía a mirar también el faro como si fuese la estrella fija de todos
los días, aun de los más nublados.
Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.
¿Es que sólo iba a tener derecho a los mimos de aquel día ya
lejano en que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa

LA PLUMA
misma alegría exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y
Armando no se daba cuenta.
Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer
día y, sin embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en chorro inútil como esas fuentes que se desangran
sin que las oiga siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos
de todo.
-En esta soledad se llena de musgo el alma - pensaba Armando.
Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.
Encontraba Armando en Palmyra algo así como una conquista de
solista de colegio de las Ursulinas, de tren y de «cabaret» y se dedicaba a la galantería.
Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato,
cómo los criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban
en una larga tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz eléctrica, como de una cordialidad especial, como si
la luz eléctrica en vez de acabar en cada instante pudiese dejar algún
residuo clarividente densado en el andito.
Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que hacerle:
-Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho
nunca...
-¿Cuál? Cuenta-y Armando se aproxima, a oir su voz, a sentir
el perfume de sus cedillas.
-Que mi abuelo murió envenenado.... En una gran comilona
que dió en nuestro comedor-todo estaba igual a como está hoyJe dieron en el vino polvos de muerte.
-¿Y cómo no lo notó?

�LA PLUMA
-Tú sabes que las viejas botellas se sirven en la canastilla que
sirve para que no se despierten.
-Sí en su cureña de paja...
-Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se
remueven y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta...
Pues se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se
supo ni se pudo descubrir al asesino ...
Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al
cabo de los años, al posible envenenador.
Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inserí ta
en el ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo
Joao?» Se repetía en todas las habitaciones esa pregunta. La historia
de Portugal está llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el
Brasil envenenaron a toda la familia real, salvándose sólo uno de sus
miembro:,.
En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno
los magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez
del monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y
echándose mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»
Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso
de envenenamiento. La aislaba más del mundo.
Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el
encanto de la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más necesitada de protección, con mayor deseo de retenerle, y
la besó con afán, rozando con ella tanto la mejilla como la boca, que
era como le gustaba besar, mientras apretaba sus manos como si la
consolase de la horfandad de aquel abuelo envenenado.
Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente que después de saber que aquel era el comedor de los envene•
namientos se dirige a él sin titubear.

LA PLUMA
El comedor, después de la comunicac10n del secreto, resultaba
más pétreo y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.
Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para
ias solemnidades, del que un amigo había bebido para huir másHgero
y vivo de la Quinta.
Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que merecen algo así como la presentación a la corte del infante
recién nacido.
Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar. Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo
que aquello significaba o como si pudiese ser el nuevo envenenador.
Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.
Armando disparaba constantemente cañonazos en su vaso. Estaba alegre.
-¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el vino...
-No seas blasfemo ... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se
quedó para siempre en el comedor, detenida en aquella cena...
-Vamos ... Es un comendador convidado perpetuamente a la
mesa...
-Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran
alacena de puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos
de plata estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.
-Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno
y que no está mal...
Palmyra le dió más detalles, mientras el criado salió. Fué en una
cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento
que estuvo agonizando cinco días.
Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el
primer plato estuvo por decir Armando:

�LA PLUMA
-¡Qué venenoso está esto!-cuando sólo era que estaba u» poco
quemado.

.,
,,

Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha-mitad
con mitad para siempre jamás-de una comida tan alegre como todas las comidas perturbadas por la muerte.
La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.
La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido en una ocasión que movió la gran lámpara del comedor y se quedó oscilando y como haciendo oscilar toda la habitación
•
como si el terremoto hubiese removido los cimientos.
Al salir del comedor él la dijo:
-Estoy envenenado de amor.
-¡Falso!-repuso ella dándole con una cadera .
El envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte
incorrupta de asesinado sin justiciar daba valor y temblorosidad a la
vida mortal.
El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, pero
que pedía su colgajo.
-¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi
misantropíal-se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus
fundas, como desesperada que se arranca su piel en lucha con alguna prenda que no quería salir.
·
Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes.
del corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si
quisiese curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí.
Tan solemne era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas,
y el collar de perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el
hueco de sus senos.
266

LA PLUMA

Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón nuevo de la barbilla.
Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.
Armando luchaba por alcanzar aquel ¡Ay Jesú! sin ese final, y sin
la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento
al amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en
ella toda la dulzura portuguesa .
Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura suprema.

EL ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO

-¿Quieres que vayamos a la playa de Mor!(a?
-Vamos.
Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado preparada la excursión que por algo imprevisto había fallido.
Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como
a él le libertó, debía llegar a través de todo aquel día.
Salieron a las diez de la mañana. El coche, con la capota echada,.
tenia ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo
para las excursiones bajo la luz muy clara y llevaba su fusta de niño
bien regalado, la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito
infantil en el puño.

�L A PLUMA

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Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa
•~n que se echa tomillo y romero.
Se olía ese perfume a «chiero» que huelen los burros con los anillos de las narices muy abiertos.
Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al
margen del camino... Al verlos, Palmyra dijo:
-¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría
la cabeza con palmas de saúco ... Quiero una rama ... Di que pare...
-D:spués ... La cogeremos a la vuelta ...-repuso Armando, que
no quena mandar parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado
ni decir que no trajesen ya una cosa que se había encargado. Tod~
marchaba ya, pues a seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de
parar el coche y retardarlo todo y hacer volver la cabeza, inquiriendo
lo que pasase, al cochero, y solemnizar el capricho pueril en medio
de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas.
, Los bordes _de los caminos dejaban ver todas las raíoes, y por eso
olía tanto a ra1ces, a ese hondo olor que más que hondo olor es
hondo sabor.
Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el campo.
Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los
caballos, su idea de que arrastran la cola del coche.
Las puertas de los corralados tenían dignidad de puertas de palacio Y se veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que
los dueños reposan de todo, son como reyes tristes del paraje.
Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia,junto al que
hacía tres años que había un gran barco roto, un barco que todos
.los que acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al fin
..aún le quedaba más de la mitad. ¡Era tan dificil de desatornillar y
,.desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que resultaba una caja
..268

LA PLUMA
de sardinas dificil de abrir, sin herramienta lo bastante perforadora·
para abrirle.
En la grupa, aún completamente al mar, había blindajes agujereados, por donde salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no
se sabía por qué, toda la aguda tristeza del naufragio.
Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.
Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:
-Es como si nos comiésemos un cangrejo ...
Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.
Habían construido los camarotes del naufragio, aprovechando
los ojo de buey de algunos como ventanuca de la casita.
El barco, partido en dos, debía hacer que todos los barcos pasasen muy lejos temerosos de incurrir en la misma suerte. Era como
un espantapájaros fatal puesto en el camino de la navegación para
contener y ejemplarizar a los barcos incautos.
Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco
roto.
Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la hora de las hambres .. .
El mar estaba sin barcos ... Era como si todos se hubiesen ido a
comer... Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba
en medio de él como para justificar la navegación.
Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:
En la cruz de Portugal, me doy ahora cuenta de que se une el
signo divino de la cruz con la humana aspa en cruz del molino.
-Es verdad ... Tienes razón-dijo Palmyra .
Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas
buscan un refugio y sus retiros estratégicos. El camino era un camino patinoso, verdinoso, en el que todos los árboles estaban cubier-

�LA

11

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..

P L U 1\1 A

tos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de
una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun
estando en la cima del monte, llega a su base.
Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya habían esparcido
los barcos en el mar, y ahora parecía frente a la humosa chimenea
que el capitán comía constantemente.
Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad celestial del mar.
En las tapias había bancos constantes para los caminantes más
románticos del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios
una vieja, como chiflada pero cuerda, se asomaba como alucinada,
y de vez en cuando leía un periódico, un periódico indudablemenle
viejo, antiguo, de hace lo menos veinte años.
Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy
pueblerino el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en
todos los restaurantes .
Igual que en las mesas en que están de etiqueta las botellas
-pechera blanca y traje negro-, estaba aquí junto a sus fábricas,
en su pueblo.
Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las
puertas de esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholiza.d os ya, con la nariz roja.
Por fin llegaron a la playa de Morga. No había nada en el hotel,
pero mataron un conejo salteado, y compusieron en seguida un
menú.
El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan
los barcos al mar.
-Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino
-aconsejó Armando, y en silencio comieron deprisa el modesto condumio.

LA PLGMA

L

En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse para siempre que tiene-¡después del rizo ruidoso de las tres
olas!-, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios,
preparado todos los días con puntualidad.
Después de comer tomaron de nue~o un coche, con gusto de
principio de paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.
Era la hora de las cuatro.
En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen
poca saliva para tanto cacareo.
Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.
Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos
los molinillos, como a esos vilanos que fuesen las palomas mensajeras
entre unas y otras plantas.
En lo más bajo del paisaje se vieron unas casitas abrigadas tan
en lo hondo, porque en lo hondo prosperan sus viñas.
Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de !ajofaina en que
se ha lavado alguien.
Se veían cimientos de casas que no acabaron de con~truirse, sin
que nadie sepa qué pasó.
Se veían mendigos oarbudos, que, sentados en el camino, se ponían las alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su
morral.
-Las amapolas-dijo Palmyra-son como corbatas que se pone
el campo.
En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos
romanos, entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las
estatuas, como la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas de plasticidad propia.
Armando se quedó dormido después del largo memorial del pai-

�LA PLUMA
LA PLUMA

..'

,'

saje. Al despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo
mismo, sin enterarse de nada&gt;.
El pesimismo del campo volvía a él:
«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes
que de un siglo después.»
«Todo el campo, además espera a los muertos.»
El coche seguía al trote de los coches que vuelven seguido, sin
descanso, como si el cochero gastase a sus bestias en la carrera.
-Aquí-dijo volviéndose a sus amos-fué donde se estrelló el
otro día un automóvil.
Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que odia al automóvil
El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran
como sus últimas luces.
Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido solo
todo el día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles, medio de ternura, medio de vida.
El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.
Palmyra alargó la cabeza para leer.
«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.-Luis.&gt;
- ¿Has entendido?
·Que• desgrac1a.
. '
- S.1. •• 1
-Me voy esta noche ... No tengo otro remedio... Si no salgo esta
noche tú sabes que no podía tomar el tren de mañana... Dormiré en
el Francfort.
Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto,

\

que la doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una
gran avidez en su «Mía Señora».
-¿Qué le pasa «Mía Señora»?
Tornando en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación,
y gritó:
-¡Las maletasl
Fué preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En
aquel apresuramiento el hecho tenía algo de verdad.
Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.
-¿Pero te lo llevas todo?
Él se volvió desconfiado. «¿Quizá desconfiaba?»
-Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no sabe uno qué
va a pasar... , qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una
enferma ...
Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas.
Todo lo tenía arreglado desde hacia días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de Gillette desparramadas como tarjetas de acero del
hombre.
-Vete fuera si has de llorar tanto ... No puedo consolarte, no
puedo hacer las maletas ... Se me olvidará todo ...
Palmyra salió de la alcoba.
Armando estaba apesadumbrado.
Era como el que guarda los pedazos del cadáver en la maleta.
Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue resignación de la Quinta, cár,;el venturosa de la intimidad humana.
Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una
mujer.
Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en

xvm

273

�LA PLUMA

!,
que el alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su
pliegue ideal.
La Quinta ofrecía el día interminable que no necesita paseos ni
nada, pero él no los podía soportar.
Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.
- Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato ...
Eso va a pasar.
- No puedo ... No puedo-decía ella llorando-, me matarán las
saudades de un solo día sin ti...
Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido
evitar que sucediera eso.
Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose
con una hora de anticipación.
Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que
devolver saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la que parecía irse a tirar.
Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no
despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.
Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus
reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no
dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.
¡En qué día más feo le tocaba viajar!
En una temperatura bondadosa le habría entrado en Portugal una
llantina como aquella en que se derretiría Palmyra.
Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.
Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Portugal iba a acabar de un momento a otro.
Entró en los valles plácidos en que aún no había llegado la lluvia.
Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra
quinta en medio del campo.

LA PLUMA
«Yo me hubiera convertido en un señor como este&gt;, se decía Armando. Aún le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir.
Le obsesionó aquel caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un criado de patillas, que, con el sombrero
en la mano, tomó su maleta y la metió en un coche de dos caballos.
Después echó a andar, y al pasar frente al paso nivel volvió a verle
esperando que el tren pasase. Debía haber tenido influencia para pasar antes él.
El tren hacía árboles, hojarascas de humo.
Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores... »-se decía Armando con reticencia optimista, pues en los viajes se ve la estabilidad duradera de todo.
«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»-pensaba en la soledad genial del vagón, con genialidad que le es
propia.
Iba hacia los días oscuros en que se está como en los profundos
estanques del invierno, allí en España.
Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas
sobre un límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a
cambiar el mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los chamizos, en los «cabarets», en los cafés.
Aquella mañana tenía una punta de sol, cuchillos de sol, aun los
días nublados. La claraboya del mar también era luminosa siempre.
«¡Si no lloviese tanto!»-se decía Armando para contradecir su
nostalgia, que era 'demasiado amorosa, tan amorosa que la reprendía, diciéndola: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en
lo alto, junto a la luz, no como aquel Madrid que se sumergía y sólo
vivía con empuje la luz artificial de los «cabarets».
Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía el panorama de
los alrededores de la Quinta.

�LA PLUMA

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1

Los hotelitos en la tarde oscura quedaban a flote, como barcos
amarrados en el puerto seguro.
Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo.
tenía la placidez de lo que disfruta luces, vacaciones amenas entre
dos muertes: la del nacer y la de morir. Todos aprovechan el interregno.
La noche vino, y Armando se perdía en el sueño pesado de los
viajes. Ya estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos, pero cuyo suplicio quería vivir.

'·

OLIMPIA DE TOLEDO
DRAMA EN TRES ACTOS

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA .

(Se continuará.)

TERCER ACTO
(La misma escena del primer acto.)

ESCENA PRIMERA
PACA y DOÑA LORENZA entran por la derecha.
PACA

La señorita está en Contaduría. No creo que tarde. Pero, a lo mejor,
se entretiene, porque hoy es el último día que trabaja en este teatro.
LORENZA

De todas maneras esperaré, porque tengo verdadera necesidad de hablar con su señorita de usted.
PACA

¿Quiere usted hablar a solas con ella?
LORENZA

Sí, me gustaría eso.
PACA

Entonces, lo mejor es que usted se quede aquí, y yo esperáré en la
puerta, para decirle que está usted en el cuarto.
277

�LA PLUMA

LA PLUMA
LORENZA
LORENZA

Gracias. Muchas gracias.

¿Y quiere usted decirme lo que Augusto le ha contestado?
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¿Quiere decirme la señora quién es, para decírselo a la señorita
cuando venga?

PACA

El señorito Augusto la decía riéndose: ¡Chica, aquél no se acuerda
de ti para nada, se ha metido en el estudio y pinta!

LORENZA
LORENZA

Soy ... la madre de Julio ...

¿Y su señorita lo ha creído?
PACA

¿Del señorito Julio? ... ¡La madre!...

PACA

LORENZA

No lo sé, señora, si lo ha creído; lo que sí dijo fué: «Tanto mejor,
dentro de dos semanas, para Julio, como si yo no existiera en el mundo ... ¡Mejor!»

PACA

LORENZA

Sí.
¿Y quiere usted verse con la señorita?

Dispénseme usted tanta pregunta.

LORENZA

PACA

PACA

No, señora; yo le contestaré con mucho gusto. Siempre me ha sido
simpático el señorito Julio; porque de todos los que han venido por
aquí, es el que tiene más corazón ...

Si.
¡Qué raro!

LORENZA (reprimiendo

LORENZA

un sollozo.)

¡Gracias! ... ¡Gracias!... ¿Y por qué dice la señorita que dentro de dos
semanas?...

Si, es muy raro.
PACA

PACA

El señorito Julio ha reñido con la señorita y ya no ha vuelto por aquí.

Porque mañana sale para el Extranjero.
LORENZA
LORENZA

Su señorita de usted ¿ha preguntado por mi hijo?

¿Mañana se va? ¿Ese es su retrato?
PACA

Ha preguntado, si..., pero poco. Alguna vez ha preguntado al señorito Augusto por él.

PACA

Sí... Creo que viene la señorita. Voy a decirla que usted la espera.
(Vase.)

�LA PLUMA

LA PLUMA

_ (Lorenza se kva~ta, va al tocador, donde hay una fotografía de OlimlJia, la coge¡ la mira durante un gran rato; al dejarla, toca el puñal q~
está sobreel tocador.)

nada,. créamelo usted, de nada absolutamente. Nosotras, las mujeres de
mi condición, tenemos que ser como yo he sido con Julio, y con los demás, con todos, con todos... Me río porque esto me recuerda una escena de comedia.

ESCENA SEGUNDA

LORENZA

DOÑA LORENZA y OLIMPIA

Mi hijo ...
OLIMPIA

OLIMPIA

¡Señora!... ¡Qué cosa más extraña! ¿Por qué ha venido usted aquí?
LORENZA

Su hijo llorará, se desesperará, me nombrará mil veces, y dentro de
un mes, todo lo más, bromeará con sus amigos a mi costa ...

¿Le ha dicho a usted la muchacha que soy la madre de Julio?
OLIMPIA
"I

He venido porque creo que es mi deber... ¡Qué se yo!... ¡Será inútil
el paso que doy!... ¡Adiós!... No; he venido a hablar con usted, y no puedo marcharme sin hacerlo.

~ 1¡¡ ':

/, 1

Mi hijo no puede vivir sin usted ... (Pausa.)

Sí..., es lo que me hace no comprender... ¿Le pasa algo a su hijo?
LORENZ.\

1 :

LORENZA

OLIMPlA

Lo mismo que en La Dama de las Camelias, sólo que al revés ... Ya ...
Ya... A una mujer como yo le debía halagar lo que usted acaba de decir;
a mi no me halaga porque no creo en ello. Bueno, señora; y si es cierto
que su hijo no puede vivir sin mí, ¿qué es lo que usted pretende? Ha venido a decírmelo y deseo que me lo diga claramente cuanto antes.

OLIMPIA
LORENZA

Siéntese usted y dígame por qué ha venido aquí.

"1

LORENZA

Mi hijo Julio ... hace días que no vive, no descansa, se ha encerrado
en el estudio, y llora ... , llora siempre... Cuando me acerco a la puerta
le oigo llorar, y cuando_ no llora se pasea... , suenan sus pasos día y noch~. ~ntre sollozos dice: «¡Olimpia! ¡Olimpia! ¡Siempre! ¡Siempre
Ohmpial...»
OLIMPIA

. Mire usted, señora ... , yo me marcho de Madrid y de España mañana
mismo. Estaré ¡qué sé yo cuánto tiempo fuera! ¿Quién sabe si volveré?
Yo siento muchísimo cuanto ha pasado ... , pero no tengo la culpa de
280

¡Me duele decirlo!...
OLiMP1A

Lo comprendo, le duele a usted decirlo ... En el dolor de usted está
1a verdad... Supóngase usted, madre de Julio, que yo fuera la que, enamorada de su hijo, no pudiera vivir sin él, y loca de dolor al ver que su
hijo desaparecía de mi lado, quizás para siempre, le suplicara a usted
que me dejara vivir con su hijo, y su hijo, que no me querría, como yo
no le quiero a él, ¿qué contestaría usted a mis súplicas? Diría usted:
«¿Cómo usted, Olimpia de Toledo, mujer de escándalo, pretende unirse
para siempre con el hijo de una familia honrada, y sin tacha, para que
todo el mundo se ría de él y le señale con el dedo? ¡Imposible! ¡ 'Jna ma281

�LA PLUMA

LA PLUMA

dre no puede consentir semejante cosa!:. Eso es lo que le duele a 1.16ted.
Ahora, si fuera lo contrario, no le dolería nada ... Señora, yo creo que
nuestra entrevista debe terminar... Yo, mañana desaparezco, y el tiempo
lo borra todo ...
LORENZA

OLIMPIA

Me pide usted la compasión que no tendría usted conmigo ... Además, que no creo en semejante cosa. ¡Adiós, señora! ¡Adiós!. .. Paca,.
acompaña a esta señora hasta la puerta. (Vanse Olt'mpia, doña Lormza.
7 Paca. Pausa.)

¡Por el amor de Dios! ¡Compasión para mi hijo!...
1
1

OLIMPIA

ESCENA TERCERA

¿Compasión? Yo la tengo. ¿Pero qué sacan ustedes de mi compasión?¿Mi compasión les sirve para algo?

PACA Y PAQUIRO

"il

, 'l~I

¡~•
J1¡

,

(Entra Paca seguida de Paquíro.)

•1111,, ,
¡¡.,,

~··,

LORi:NZA

Yo le suplico que le llame, que le atienda...
OLIMPIA

;'--,\
-~I ¡I

Lo único que puedo hacer es desengañarle. Ni eso, porque ya lo he
intentado y él quiere seguir con el engaño ... Usted no tiene nada que
echarme en cara. No he distinguido a su hijo de los demás. Todos han
sido iguales para mí. ¿Qué exige usted? ¿Qué quiere usted? ¿Qué puedo
hacer por él? Dígamelo.

PAQUIRO

Hay que seguirte hasta Ía cueva de la leona.
PACA

Al que algo quiere, algo le cuesta.
PAQUIRO

¿Y qué dice esa fierecita?
PACA

LORENZA

Si usted le llamara...

Se pasó estos días con el duque... Ahora acaba de marcharse la madre del señorito Julio.

OLIMPIA

Que venga cuando quiera.

PAQUIRO

¡La madrel ¿Qué me dices? ...
LORBNZ,\

¿Puedo decirle que usted le llama?

PACA

Como lo oye usted.
FAQUIRO

OLIMPIA

Dígaselo usted; que venga hoy, porque mañana será difícil verme.
LORENZA

Y por el amor de Dios. Un poco de compasión.

Pues no lo comprendo.
PACA

Usted no comprende las cosas del querer.

�LA PLUMA

LA PLUMA
PAQUIRO

!º comprendo las cosas del querer, y porque las comprendo estoy
,aqu,.

PACA

¡Vaya, señor matador! ¡Ahora le da a usted gana de embromarmel'
PAQUlllO

PACA

No es broma.

¡Ah, vamos! Es verdad que usted viene aquí por la Modes. ¡Ya no
me acordaba!
PAQOIRO

No es por ahí.

PACA

Pues sí que sabe usted ocultar su sentir. Ha venido usted días y días.
aquí, y nada; ha sido necesario el reñir con la señorita, para que me
venga usted con esa embajada.

PACA

Entonces será por la señorita Perrín, que habrá tarifado con don Esleban.

PAQUIRO

No he tenido por esa más que una ventolera.
PACA.

,,,..
•

,1

'•·, ,1,

PAQUIRO

, Ni la una,. ni la ~tra,_ ?i la Modes, ni la Perrín. La que me tiene a
m1 muerto, sin resp1rac1on, ni nada, tiene un nombre que empieza
,con P y acaba con A.
PACA

Y ahora le da a usted la ventolera de decírmelo a mí. Vamos, señorPaquiro; eso, pal gato .
PAQUIRO,

&lt;Qué hay que hacer para convencerte, pimpollo?

Pa quien lo crea.

PACA.
PAQUIRO

Sí, eso que tú dices; empieza con P y termina con A pero no es un
:nombre. ¡Aciértalo, mujer!
,
'

¡Ni nada de trabajo que se necesita! ...
PAQUIRO

¿Mucho, mucho?

PACA
PACA

Pues no doy con ello.

¡Figúrese usted si habré aprendido con esa maestral
PAQUIRO

Pa ... ca.
ESCENA CUARTA
(señalándose a si misma.)
Pa ... ca, eso no es nombre.
PACA

DICHOS y la MOGIGONA
MOGIGONA

PAQUIRO

Bueno, pues Francisca, Pacorra, Paquilla, Paca.
..284

A la paz de Dios, señor Paquiro. ¡Hola, Paca! ¿Habéis visto ustedes..
a mi niña por acá?

•

�LA PLUMA

LA PLUMA
PAQUIRO

PACA

Demasiado sabe usted que su niña no viene aquí.

Oye, después de la sección, tengo que hablarte.
PACA

PAQU!RO

Yo la he visto de parla con un pollo en el foyer.

Pues hasta luego. (Vase Paca.)

MOGIGONA

•

ESCENA QUINTA

. ¿A ver si es ese p_elan~s? ¡Le voy a arrancar el bigotito a ese nene!. ..
&lt;Viene usted por alla, senor Paquiro?

PAQUIRO y AUGUSTO
AUGUSTO

PAQUIRO

Si; ahora iré. ¿Qué me contestas, Paca?
PACA

Hola, torero; ¿qué andas tú por aquí? ¿A la querencia antigua o a la
nueva?
PAQUIRO

Que hay mucho que hablar.
¿Y tú?
MOGIGONA

~De móo y manera que se va la señorita Olimpia y que hoy es la despedida?

AUGUSTO

Yo, chico, estoy enamorado de tal modo, que no sé vivir si no veo a
esta pantera negra. ¿Y don Esteban, tu inseparable?

PAQUIRO

Lo sé ... lo sé ... vamos, Paca; dime algo, mujer.

PAQU!RO

Ha descubierto una cupletera nueva ...

PACA

~, 1

Que hablaremos, hombre. Ahora tengo que hacer.

AUGUSTO

Don Esteban es un verdadero coche de puuto, siempre alquilado.

PAQUIRO
PAQUIRO

Pero ...
(desde la puuta.)
Pero, ¿viene usted, señor Paquiro?
MOGIGONA

PAQUIRO

¡Vaya usted c~n ~iosl... Que en seguida le alcanzo. Oye, Paca; ¿vas
a marchar con Ohmp1a al Extranjero? ( Vase la Mogigona.)
PACA

No quisiera ... Bueno, y usted, ¿qué?
286

¿Y qué, cómo marcha esa fiera con su duque?
AUGUSTO

¿Esa? ... , bien; creo que el duque es el tío más a propósito del mundo
para Olimpia. Todavía, el señor embajador extraordinario de Su Majestad Karpática, no se ha permitido dar su opinión sobre nada; Olimpia
le sirve de cerebro, y él paga; ni eso siquiera, porque el que da los cuartos es una especie de secretario que el duque lleva siempre cosido a los
faldones del frac.

�LA PLUMA
LA PLUMA
PAQUIRO

PAQUIRO

A ella, no.

¿Sabes que ahora mismo se ha marchado de aquí la madre de Julio~
AUGUSTO

AUGUSTO

¡Pobre mujer! por fin ha venido a pesar de que la dije que sería inútil su visita.

¿A la Paca?

PAQUIRO

A la mesmi.

AUGUSTO

La va a echar.

PAQl'IRO

¿Pero a qué ha venido?
AUGUSTO

A una cosa absurda, pero clara; una madre no puede discurrir friamente cuando se trata de su hijo. Ha venido a ver si convence a Olimpia, a ver si ésta abandona el teatro, cambia de vida y se la dedica a
Julio. Figúrate tú. ¡Qué existencia les esperaba a Julio, a su madre y a
su hermana viviendo con Olimpial Naturalmente, Olimpia le habrá
mandado a paseo, como si lo viera, y habrá hecho bien, además.

PAQUIRO

Mejor, que la eche. La Paquilla está deseándolo.
AUGUSTO

¡Pues sí, que va a ser un espectáculo!. .. Ahí está.

PAQUIRO

ESCENA SEXTA

Pues yo, que tengo que darle a Olimpia un disgusti!lo. Oye. ¿Cuánto
vendrá a valer ese solitario que el duque regaló a Olimpia?

DICHOS y OLIMPIA

AUGt:sTO

OLIMPIA.

Pues te lo puedo decir, porque Olimpia, en cuestión de cuartos, es
bastante calculadora, y no Je gusta conocer las cifras aproximadas,
sino exactas. Me dijo anteayer: «Mira, Augusto, ten este solitario y pregunta por ahí lo que vale». Por intermedio de un distinguido prestamista, con el que he hecho algunas operaciones, y que sabe de joyas, me
enteré de que el brillante del duque, vale unas ocho mil pesetas ...

¡Hola! ¡Traidor! ¡Mal torero! Ya ni acordarte de mí... Vamos, ¡y que
yo te haya tratado como lo hice siempre!... ¡Infiel!
PAQUJRO

¡Olimpia!. .. Te veo más barbiana que nunca ... , con cara de satisfacción.
OLIMPIA

PAQUJRO

Es lo que yo había calculado.

Ya no me dáis disgustos. ¿Y qué? ¿Con Ja gitanilla, eh? ¡Buenas tragaderas! La chica es negra como un zapato.

AUGUSTO

¿Y qué, es que vas a regalarla otro mejor?
~88

PAQUIRv

No es la Mogigona, chica, la que me trae por acá.
XIX

�LA PLUMA
LA PLUMA
OLIMPIA

Entonces, ¿por quién vienes tú, matador de toros y de corazones de
hembra? Dí, &lt;Pºr quién vienes? ¿Acaso por mí?
PAQUIRO

te pusiste entusiasmada, pues he dicho: voy a darle d
._
qué cara pone.
os a esa mna, a ver
OLI~IA

¿A mi?

Que no es por ahí, Olimpia. Que no es por ahí.
OLIMPIA

PAQUIRO

No, hija, no; a otra A ver qué t

a Oitmpia.)

.

E
e parecen. ( ntrega el estuche abierto

Entonces, ¿por dónde es?
OLIMPIA

PAQUIRO

(Pausa)

eonm1go
. has sido ma's rona,
- p aqurro.
.

.
'
1Prec1osos....

¡Una chavalilla que quita el hipo!

PAQUIRO
OLIMPIA

¡La Pelitos! ¡Jal ¡Ja! Te ádvierto que la vas a hacer mal tercio, porque don Manuel está cada vez más coladito con ella, y la chica espera
recoger el cetro de aquí, cuando yo me vaya.
PAQUIRO

Como aquí, según parece, para que le hagan a uno caso es necesario
marcarse unos brillantes, he tenido que agenciarme unos, así, medianejos; me cuestan unas corridas; pero no me importa, la chica se lo merece todo.
OLIMPIA

¡Caramba! Unas cuantas corridas...

Señal de que a ella la quiero más.
OLIMPIA

(Devolviendo el estuche)

¿Pero quién es? ¿La has conocido ahora?
PAQUIRO

No; la conozco desde que te conozco a ti.
OLIMPIA

Pues no caigo.
ESCENA SÉPTIMA
DICHOS y PACA
PACA

PAQUIRO

Está uno medio gilí por ella ... y no repara uno, Aquí los traigo.
OLIMPIA

Señorita ... ¿Primero va el baile con el miriñaque?
PAQUIRO ( Ofreciendo

el estuche a Paca)

A ~os dos lados de esa carucha preciosa, irán estos brillantes si ella
l os quiere.
,

A ver, a ver.
PAQUIRO

(Sacando un estuche del bolsillo)

Dos pedruscos rodeados ahí, de una cosa así, como una coronilla.
Para colgarlos en las orejitas de la gachí. Como a ti te regalaron unos y

OUMPIA

¡Canallal... Para mi criada! Bah .. . bah ... , para ti; está bien. ¿Sabes
Paca que no creía que fueras tan solapada?

�LA PLUMA
PACA

LA PLUMA

¿Yo ... señorita?
OLI.MPIA

OLIMPIA

Vamos ... No sabía que hubiera a mi lado quien me roía los zancajos ...

·'1
'l

11111,

No; yo no le he roído a usted nada, ni consiento que me lo diga.

Si quiere usted que cobre, me dará usted el dinero en la mano.
OLIMPIA

OLIMPIA

Mira... Coge lo que tengas por ahí y te largas.

('

1....,,1J

.

PACA

PACA

. 'I

~,

~i sé a qué has venido. ¡Ah! ¿A cobrar? ... Te debo el mes. Coge un
/Jotstllo. saca un óíllete y se lo líra á Paca.)

Lo recoges, si quieres.

PAQUIRO

Aquí fuera te aguardo, Paca. Tengo un palquito, y verás bailar a
Olimpia de Toledo el día de su beneficio y despedida. También estará
don Esteban con la francesa. (Vase Paca.)

rr
r.

Ten, Paca.
PACA

No, señorito Augusto. Gracias. Usted es muy bueno.

OLIMPIA

Chulo idiota, así te destripe el primer toro ...

·,

ÁUGusto (recog{mdo el bllúte.j

• , tr

...

r • •

IJLIMPIA

u
J.:

Menos conversatión, y largo.
n

PAQUIRO

¡Adiós, Olimpial Si no nos vemos, que lo pases bien. (V~se.)

AUGUSTO

Ten el dinero que has ganado honradamente. El último quizá.
PACA

ESCENA OCTAVA
OLIMPIA y AUGUSTO; luego PACA
AUGUSTO

¿Tú no habías notado ... ?

(

ESCENA NOVENA
OLIMPIA

¿Me voy a fijar yo en mi criada?
PACA

.Por eso, ya no lo g~iero. _Y entre mujeres como nosotras, ya para
~ue andar con ceremonias. Mira, Engracia, te aplaudiré desde mi palco
s1 me gustas. ( Vase.)

(Sín delantal§ con el mantón)

Señorita... He dejado todo en su sitio. Como es el último día, si usted quiere la ayudaré.

OLIMPIA y AUGUSTO
OLIMPIA

¡Qué asco! Por supuesto que el maleta la abandonará en cuanto se
harte de esa fregona.
AUGUSTO

Qué sé yo; la'Paca no es ninguna boba y no me chocaría que hiciera
carrera entre las señoritas de mala vida y costumbres.

�LA PLUMA

LA PLUM A
OLIMPIA

ESCENA DÉCIMA

No me interesa. ¿Sabes que estuvo la madre de Julio?

DICHOS Y JULIO
AUGUSTO
OLIMPIA

La recomendé que no viniera.
OLIMPIA

No hay nada tan egoísta como una buena madre. Indudablemente
pretendía que yo dedicara mi vida a su hijo; porque al niño se le ha
ocurrido pensar que no puede vivir sin mí. ¡Como si se pudiera creer
semejante cosa! Ahora soy yo la que he de tener lástima de los que
dicen que sufren porque no pueden satisfacer sus caprichos, sus ventoleras de amor. Pues cuando yo sufría nadie se apiadó de mí; si yo en
aquella época le hubiera confesado al hombre que quería, sí, al que
quería con toda mi alma, que yo no podía vivir sin él... ¡Qué risa! ¡Qué
burlas! ¿De modo que la Engracia te ha dicho que está chalada por tí?
Bueno, hombre; te la llevas por unos días, y luego, ¡quién da la vez!,
como el verano en la Fuentecilla para llenar el botijo.
PAQUIRO

Pero, Olimpia: porque tú hayas sido desgraciada, no vayas a creer
que ...

Pasa, Julio. Te dije que esa puerta estaba abierta para ti para entrar,
y para mí para salir. Me alegro que hayas venido; así tendremos la última explicación.
]Ul.10

¡Olimpia!
OLIMPIA

Calla un poco y óyeme. Estaba hablando de ti con Augusto y le
decía lo mismo que he dicho a tu madre...
JULIO

¿Mi madre ha estado aquí? ...
OLIMPIA

Sí, tu madre ha ido a decirte que te esperaba. Óyeme, y estate tranquilo. Tú, Julio, te crees loco, completamente loco; pero tu locura será
bien corta. Ahora no tienes sentido común. Tú insistes en que yo abandone por ti mi vida, mis éxitos, mis contratas, mi fama ...

OLIMPIA

Yo soy como me han hecho. Todos fueron crueles conmigo, y ahora
soy yo la que grita: ¡Quién da la vez para llegar al corazón de Olimpiat
¿Qui~n da la vez? El que dé más dinero.
AUGUSTO

OLIMPIA

Con tal de que yo te quiera. Bueno. Suponte que yo, fascinada por

ese amor, que crees sincero, enorme, lo abandono todo. ¿Tú crees· eiue

Te calumnias.
OLIMPIA

Digo la verdad.

JULIO

Yo lo aceptaría todo con tal...

nuestra vida sería posible? No; tú serías siempre, siempre, un desgraciado, y yo también. Tendrías que separarte de tu hermana, d! tu madre. Tú eres celoso, terriblemente celoso, y tendrías celos de mi vida
pasada. Porque yo, Julio, he sido una mujer perdida. ¿Lo oyes? ¡Una
mujer perdida! Porque había que comer y yo no sabía trabajar, no me
habían enseñado a trabajar. ¿Sabes? ¡Ah! Si entonces te hubieras pre-

�LA PLUMA
LA PLUMA
sentado, cuando yo era la pobre Engracia R.odrígnez, cuando un mantón raído me cubría. Pero no, entonces yo no llamaba la atención.
~hora vienes tú como vienen otros, cuando me veis llena de joyas, vestida de seda, y q_ueréis ser los dueños únicos de la mujer aplaudida, celebrada por el publico. Ahora no os lo agradezco. Entonces era la ocasión de hacerse dueño de mi alma.

ESCENA UNDÉCIMA
AUGUSTO y JULIO
AUGUSTO

Ya lo has oído. Vamos.
JULIO

JULIO

Déjame.

Yo no te conocí.

AUGUSTO
OLIMPIA

¡Cuántas veces, quizás, habrás pasado cerca de mí! ¡Y no me habrás
mirado! Y ahora, ¿a qué vienes? ¿Tienes dinero? No, no lo tienes. Entonces no me quieras. Has de comprender que yo soy una mujer de
lujo, de postín-como diría el imbécil de Paquiro-. ¿Crees que con tus
dibujos, con tus cuadros, vas a sostenerme a mí, acostumbrada mal? Te
concedo que estoy muy mal acostumbrada. Te engañas. Te he dado
cuanto una mujer como yo podía darte: todo menos el corazón.
JULIO

Porque no lo tienes.
OLIMPIA

Mejor. Si no tengo corazón no puedo entregárselo a otro. ¡Sin corazón! Entonces, ¿qué quieres de mí? Mira, Julio, vete; vete ya. Despídete
de mí para siempre, y dentro de unas semanas, quizás aquí mismo con
Augusto, comentaréis, delante de otra bailarina o de una cupletista, la
chifladura tuya, que te hacía tener la ilusión de adorarme. Terminemos de una vez. Olvídame y sé feliz. (Vase.) ¡Tu amor! ¿Tú amor? Es
una camama.

Vamos, hombre, vamos.
JULIO

No, todavía no.
AUGUSTO

Pero, ¿no lo ves?, ella misma lo ha dicho. Es una criatura egoísta,
cruel, calculadora. Lo dice ella misma. Y lo dice con razón. Hay que
pensar en aquella infeliz, en la pobre muchacha, engañada, abandonada, que iba rodando por los tablados de los cafés cantantes de los barrios bajos. Hay que pensar en lo que tuvo que sufrir, en lo que lloró,
en lo que tuvo que hacer aquella desgraciada, para ir ascendiendo en su
carrera. Cada protector que aparecía en aquellos tiempos era un indiferente o un canalla que se llevaba una ilusión, un jirón de vergüenza, y
que no había amparo, no había sostén en todo el mundo, y la pobre
Engracia Rodríguez, para no caer muerta, tenía que apoyarse en lo más
fangoso, en lo más podrido ... Vamos.
JULIO

¡Déjame!
AUGUSTO

No cree en tu amor, se ríe de él y tiene razón en no creer.
JULIO

Yo la quiero.
AUGUSTO

&lt;Por qué la quieres tú? Por su fama, por sus trajes, por sus éxitos,

�LA PLUMA
por que esos afeites de la bailarina te emborrachan, por el brillo de sus
joyas y de las lentejuelas que bordan su falda, porque ves que produce
ansia en los demás ...
JULIO

La quiero porque sí...
AUGUSTO

Vamos Julio, hermano Julio, por tu madre, por tu hermana, vamos ya.
JULIO (se levanta)' va hacia la puerta.)
No... , no puedo ... , déjame solo, déjame mirar esto por última vez.

CANTO CAUTIVO

AUGUSTO

I

Ven.
JULIO

!Por la pipa de kiff
se me•salía el alma
desvanecida en rosas
desbaratadas.

.

No ... (Augusto vase.)

ESCENA DECIMASEGUNDA
JULIO (Va al tocador y ve la joto~ajla de Olimpia, la toma, la besa, vuelve a dejarla en et tocador, y coge el puñal, se desabrocha el chaleco,§ mirando el retrato alza la mano para clavárselo en el pecho.)

2

Gn el rabab sin cuerdas

ESCENA DÉCIMATERCERA
JULIO y OLIMPIA en la puerta.
OLIMPIA (mira a :Julí/J y serle).

¡A que no!
JULIO (se precipita sobre Olimpi·a y la hiere,§ sale huyendo. Olimpt"a grita al caer. Entra gente.
TELÓN

RICARDO BAROJA.

enredaste la barba
santón que por la calle
floreces las sandalias.
3
'Guba de sol candente
sobre las azoteas blancas
y el mar arrellenado
en cojines de playa.

�LA PLUMA
LA PLUMA

•

9
4

.Ca yerbabuena dulce
dewanecida en ámbar
para el sol de los ojos
esta música esclava.

-.~ ...

s
!IJel monte piel de moro
fuera de las chilabas
pan negro requemado
bajo orin de las barbas.
6
~

.Cuces en las callejas
dentro de las tiendas
el amor entre lágrimas.

7
:Parasol de los negros
rojos y azules. 9l,rdo
en delirio de luces.
Por la noche de carne
van trémulos los aros.
8

6n el cielo el sol
pebetero apagado
en montones de oro
pacen los asnos.
_3 00

!Palabras divergentes
en el abiga"ado
enjambre de los gritos.
(;l cuento tremelúcido
abre su cuarto
con los ojos estáticos.
IO

Cambiantes de palabras
cambiantes de ojos
por el sol de la boca
corren arroyos.
11

Camellos en el verde
pabellón del sultán
atlas caídos
en medio del mar.
12

'Gé moro y en la pipa
de caña el rojo sangre
como un beso se da
que no va a nadíe.
13

.Los pies corrían
cuando el alma
dormia despacio.
301

�LA PLUMA

14

!Dientes blancos
que no se ven bajo
la tela blanca.
.los ojos
en una mezquita dos arcos.

15
.laúd del café cantante
la voz era el sueño
tú el hatschisch en el aire.

UN MODERNO DRAMATURGO ALEMÁN
GEORG KAISER

16

'Gragaluz en la vida
banderas en el mar
vivas alegorías
para soñar.
17
.Ca gumia de la luna
segaba estrellas
el mar las recogía
para hacer perlas.

'1

[I

18

cSelam, selam
en mi fuego
te derretirás.
'f;ánzer, 1923.
302

ROGELIO BUENDU..

situación difícil que el fracaso de la economía alemana,
impone al crecido número de teatros literarios, coincide con
¡
una crisis íntima de la producción. Ha llegado la dramaturgia contemporánea a un punto cuya prosecución sería la
esterilidad irremediable. Por otra parte, las deformaciones sociales y el
derrumbamiento de la clase media ha hecho desaparecer el público que
ofrecía a los dramaturgos la garantía de la tradición y un juicio independiente.
La divergencia entre el gusto frívolo del nuevo público, poco informado de asuntos artísticos, y las producciones de una espiritualidad
atrevida de los literatos que dominan la escena, nunca había llegado al
abismo actual. Verdad es que el porvenir de los teatros alemanes, como
el de todas sus instituciones civilizadoras, pende del problema de la reconstitución económica.
Un grupo de escritores resuéltos y cerebralmente íntegros ha conse-guido conformar la opinión literaria de la Alemania de la post-guerra.
Uno de los más característicos es el dramaturgo Georg Kaiser. Su vida
singular refleja toda la tragedia en que está enredado el intelectualismo
A

�LA PLUMA
LA PLUMA
de alta vocación. Su obra revela la despierta sensibilidad de un genio al
que agota el afán de descubrir la realidad de un concepto _f~ntasmagórico de una constitución social más justa, humana y defimtiva.
'Muy escasas son las noticias sobre la formació~ del_ poeta Georg Ka!ser. Pasó la juventud muy lejos de la patria y m_as leJOS d: la_ bohe~~~
literaria de la que salieron tantos ingenios en la epoca romant1ca. V1V10
en la Argentina, dedicado al comercio.
Al regresar a Alemania, aportaba varios manuscritos teatral~s, obras
de calidad escénica insuperable, maestras en cierto modo. Careciendo de
relaciones literarias, sin apoyo, ofreció sus obras, se aceptaron y se representaron. Die Yiidúche witwe, la viuda judía, es la primer~ de esta serie de comedias originalísima de Judit-asunto tratado hacia o~henta
años por Federico Hebbel-, obra de principi~nte'. c~n un_a audacia que
ponía a descubierto los trazos de un extraord10ano in~emo.
En cuanto a la fuerza del realismo y a la vehemencia de los caracteres, Georg Kaiser no puede competir con su anteceso:; su ma~era más
delicada, fluctuante y nerviosa, hace de la figura heroica un~ v1rg~n precoz y patológica. El rey Marke (Konig Hahnrei) ~ierte las m_fimtas lamentaciones de su edad vieja y perversa en el deleite clandestino que le
produce la afición ardiente y muy ca:nal de Isolda co~ Tristán.
Con un estilo de ligereza coreografica o de pantomima, en otra ob:ª•
Europa, se glorifica la idolatría de la carne vigorosa. El padre de los dioses debe adoptar el papel brutal y estúpido de un toro para vencer a los
sutiles rivales que asedian la hermosura de la hija del rey Agenor. El nacimiento de Europa como el triunfo bárbaro y juvenil sobre la decadencia griega es la alegoría de la obra. Es un concepto que pertenece al romanticismo de Nietzsche y de Wedekind como reacción a una época
de naturalismo y determinismo. En rigor no se plantea aún la cuesti~n,
sino que se veía en el culto de la vitalidad firme un elemento de sociabilidad más integral y apremiante.
, .
.
La ruptura definitiva con los dogmas arttsticos del siglo pasado decide el éxito de su obra con las dos producciones inmediatas de Georg
Kaiser. Son estas dos obras Von Morgeus bis Mittenzaehls y Die Burger
304

von Calais. De modo rico, maravilloso, pintoresco, sabe recoger la versión de un suceso dándole la plena y palpitante realidad de Ja vida. Un
pobre cajero, estrangulado años y años entre las paredes de su despacho,
concibe en un momento de visión una inspiración divina. Prendida la
chispa de un anhelo en la tristeza desesperada de su vida, el afán de conocer ésta por completo le sugiere lograr esta vida verdadera defraudando los dineros que le están confiados. De la mañana a la noche ( Von
Jforgms bis Mz'tte-rnaclzs) recorre todos los estados que el dinero avalora.
Fallida su creencia, traicionado por el dinero, se da cuenta de su nulo
valor y de la nulidad de la vida que aquél promete. Tal sencill-ez y rapidez del desenlace psicológico parece exigir ya las dimensiones sobrenaturales y más efectistas de la cinematografía. En cambio Die Burger
von Calés, inspirado en la obra de Rodin, conserva toda la austeridad y
solemne dignidad de la piedra. Es un recinto sagrado al que ingresamos
aún desalentados por el compás atropellado de las aventuras cajeriles.
Nos encontramos en el ambiente de una realidad superior y atractiva.
En las líneas armónicas del relieve simboliza el poeta el valor eterno de
nuestra acción. Estas dos obras, surgiendo casi a la vez de la imaginación del dramaturgo, acentuaron la perplejidad de los críticos ante el
fenómeno que se les aparecía. ¿Cómo eran posibles en la misma fantasía -dos conceptos contradictorios en extremo? ¿Era Kaiser un ecléctico
que abusaba de las ricas dotes de su sensibilidad? La condescendencia
con los problemas que afrontaba hasta sus últimas consecuencias, ¿era
la temeridad revolucionaria de un temperamento creador? Hay que darse cuenta de la producción dramática que dominaba la escena septentrional. En el fondo, desde Goethe y Schiller, eran románticos los autores que soñaban con un teatro nacional. Romántico es un poeta cuya
obra exige alguna trascendencia más allá de la forma en que fué concebida. Romántica es una obra que vista en sí significa menos que quien
la engendra. Para el poeta romántico la sustancia de la vida está alejada
de las cosas que se nos presentan, no como símbolos, sino como recuerdos lejanos de un sentido inasequible. De modo que el éxito de la
obra necesita el contacto íntimo con la vida de su creador; su valor es
XX

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LA PLUMA
relativo, y tan sólo deja de serlo comprendido en la totalidad del individuo que se apodera de él. El último empuje contra la cultura romántica lo dió Goethe.
La esencia de la vida que encontrabá era quimérica; se vió precisado
a sustituirla, diríamos químicamente, y la imitación estaba condenada a
una esterilidad irremediable. En efecto, la formación de los grandes teatros nacionales es anterior o posterior al romanticismo.
Sumergido en el suceso que constituía su asunto, el dramaturgo
reúne la mayor libertad con la humildad más profunda. Nada hay de
problemático en su vida; presta su sensibilidad a un público reunido
por la curiosidad del acaecimiento. Es este el germen del cuento y del
drama (entre las dos formas hubo siempre una estrecha conexión); es
además la garantía más concreta de una realidad religiosa, y suponiendo
en la transfiguración poética una plenitud universal, cósmica, aparece
en él la transcendencia ideal de la vida misma.
Así podremos apercibir el punto decisivo al que nos conduce la ambigüedad del dramaturgo de Bürger von Calaú y Von Morgens bis Mitternaclzs. Celebra las virtudes nacionales y descubre el fracaso de una sociedad que no existe sino en sustituciones lamentables incapaces de suplir la vida.
En sus obras siguientes aparece más dentro de esta controversia. Una
trilogía, Die VraraLle, Gos I, Gos II, pretende la solución de la cuestión
social. El héroe de la primera obra asciende desde los bajos fondos de la
masa a una riqueza fantástica. El fracaso personal de su soberbia de capitalista hace posible un socialismo que llevará a cabo su hijo. Renuncia
al usufructo de la herencia paterna, trocándose de explotador en organizador de las inmensas riquezas pertenecientes a sus subordinados. El
problema está latente en aquella paradoja. No podía consistir la exigencia de los oprimidos en una mera participación formal que aumentase
la fuerza del grillete, sino en el deseo sencillo de una suerte más humana y personal. Envenenados por el cc,mpás extenuante de las máquinas,
no pueden acertar la verdadera causa de su desdicha, no comprenden
que sólo en su propio ser deberían encontrar la salida del círculo en el

que están cautivos. La fábrica se hunde y los obreros vuelven a los escombros para que se reconstruya. El hijo del millonario, el único herido por
el rayo de un presentimiento, quiere impedirlo, y será expulsado, lapidado, condenado a arrastrar el secreto que liberaría a todos en una soledad estéril y mortal.
Otra obra, Bolle Weg Erde, completa esta serie, añadiendo a la realización del socialismo su último y más afirmativo elemento: el utopismo. El drama nació bajo la sombra de Dostoyeusky y en él domina un
concepto vago e in undante de la agudeza acostumbrada en el desenlace.
La fantástica extravagancia del asunto nos conduce a las heladas regiones cerebrales, sustituyendo esta falta de vitalidad con lirismos amplios.
Georg Kaiser niega radicalmente la posibilidad de que exista el delito,
cometido por todos y nadie: se abren los cuarteles, se rompen los calabozos, se abandonan ciudades y todos acuden a escuchar el discurso del
poeta, que muy bien nos puede sugerir la cuadratura del círculo, sin
impedir con ello que el resultado de tal maniobra cerebral se sustraiga
a nuestra imaginación con la misma ligereza con que figuraba en las
manos agitadas de su autor. La masa en estas obras se condensa en
energías casi dinámicas y perdiendo su vida individual, su variedad pintoresca, llega a ser como una cifra en mano de su creador.
El papel de pensador austero, platónico, lo adopta definitivamente
en su tragedia Der gerettete Alkibiades, quitándose la máscara hipertrófica y enigmática que cubría su inteligencia. Viendo el engarce de sus
numerosas obras, hemos de hacer constar que la promesa ofrecida no se
cumple, que ha limitado el ámbito de su sensibilidad, que se ha hundido en la oscuridad de un problema cuya complicación la luz de su
fantasía pétrea no habría iluminado por entero.
El éxito exterior de la obra de Georg Kaiser había alcanzado el
colmo el año 1921. Figuraba en los repertorios de todos los teatros que
presumían de alguna transcendencia; un estreno del autor se esperaba
con interés y curiosidad acuciadora; se representaban traducciones de
sus obras en Inglaterra, América y Escandinavia. La fecundidad de su
genio parecía inagotable y casi eruptiva. Se propalaba que estaba dedi307

306

�LA PLUMA
cado siempre a la elaboración simultánea de cuatro o cinco obras y que
proyectaba además la explotación poética del vasto yermo de la cinematografía.

l:n medio de esta esperanza orgullosa que emulaba la joYen Alemania con el nombre de Georg Kaiser, un hecho alarmante, además de
quitarle el honor civil, debía desacreditarle a los ojos de la mayoría robándole su actitud preeminente. El delito, que había sido el germen integral de tanta¡ obras suyas, fué cruda e irreparablé realidad en su pro
pia vida.
Convicto de defraudación, los jueces hubieron de cumplir las leyes y
condenarle. Él creía justificarse declarando con soberbia que las leyes
eran inadmisibles a la singularidad de su ingenio.
Tenemos aquí toda la tragedia del intelectualismo contemporáneo.
Incapaz de engendrar la síntesis íntima con la actualidad de la vida, vacila sin apoyo entre una resignación suicida y una soberbia desenfrenada y sacrílega.
Ha sido Carl Sternheim quien pronunció la verdad tremenda de
que la palabra pueblo había dejado de corresponder a una realidad y
que desde ahora sería rechazada como metáfora atrasada y remota del
ámbito de su poesía.
Así, aislado y estrechado en la vitalidad de su propio ser, necesitaba
el dramaturgo la tragedia de su vida para justificar y profundizar su.
obra.
WERNER

KRAuss.

LA PLUMA

EL NAVÍO MEDROSO
!Paquebot de seis puentes
g cuatro chimen.eas
!I ascensores eléctricos !/ hélice triplicada.
Ciudad mecánica, trémula !/ errante
g babélica
por que a través de los siglos
encarnaste la bíblica legenda de la promiscuidad de los hombres !/
[de las lenguas!Paquebot. ¿!Por qué tiemblas?
¿'Giemblas porque allá en tus entrañas
tu corazón de acero,
tu corazón inquieto
como es el corazón del siglo XX;
tu corazón lleno de bielas !/ de tubos
te da una pulsación viril g rítmica
para ir violando el agua
g desflorar la carne de las olas
cuya virginidad se reintegra tras de tu estela a cada instante?
¿{) también tiemblas
porque esta tarde
comentaba el termómetro una posibilidad de tempestades
g, en tu proa medrosa
corta un alfange masas de neblina
pero va tiritando
no solo al frío

�LA PLUMA

sino al mordisco del presentimiento ... ,
¡oh el obsesor recuerdo de tragedias oceánicas!
{;vocación de trombas g naufragios
que pasa en remolino apocalíptico
sobre el alma del paquebot espeluznado;
el pobre paquebot que en esta noche
desvela sus pupilas perforando la niebla
g solloza con asma
ese! asmtr que persiste
desde que el humo raspa su cuádruple garganta!,
solloza con amagos de locura
que apuñalan el alma de la noche
en cugo añil solapan mar g viento
sus confabuladas agresiones...
!Pero la noche, aviesa, dice al barco:
¿qué más da hog que mañana
si sólo el mar contiene tu destino
g en él cierra su hipérbole tu suerte?
.Ca onda que para tu cuna se hizo cóncava
se hará convexa para tu ataúd.

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALIA
D'ANNUNzro A NOSOTRos: ANTE PAPINI. - Un nuevo libro de Papini, esta vez en colaboración con el ferocísimo católico Domenico
Giuliotti, aparece ahora en los escaparates de las librerías italianas: el Dizionario del/'01110 selvatico. ¿Poesía? ¿Novela? ¿Filosofía?
Nada de bromas. Papini tiene ya escogido camino; y sería absuldo y hasta pueril esperar de él un libro de verdadero sufrimiento interior;
la 1bra que sus admiradores-si todavía los tiene -esperan e invocan.
Y como el Diziona,·io dell'omo selvatico, aun con tantas páginas bellas y papin,nas como contiene, no nos da un nuevo Papini. y como. digámoslo también un nuevo Papini ya no vendrá acaso nunca, intentemos con voluntad e
intell{encia, antes de pasar a otros nombres, ('Stablecer. aunque sea a nuestro
modo y sin pr"tensiones críticas, lo que ha dado a nuestra generación y
de qu, suerte ésta Je considera ahora.
¡¡

* * *
FLAVIO HERRERA.

La µrte que ha representado Papini en los años oscuros de la última fase
del domnio dannunziano, no fué en modo alguno pobre ni sin irradiación
Antes bi•n, se puede decir que ha sido el único ingenio vivo de su época; tan
ansioso d: verdad aparecíó; tan vario y mudable en sus investigaciones y experiencias En efecto, mientras los más creían a cierraojos en los viejos dogmas }iteraros espirituales y morales, él los combatió; y no superficial y débilmente, sino con todas las fuerzas del ingenio y del ánimo. quijotescamente
3I 1

�LA PLUMA

LA PLUMA

ávido de descubrimientos cada vez mis nuevos y límpidos. Los primeros diez
años de su actividad documentan por modo admirable la frescura de su ingenio y la gallardía y el ímpetu de su condición. Investigador por instinto, pasa
descontento y febril de una experiencia a otra; y aunque cada superación es
para él en el fondo más una derrota que una victoria, su ánimo no cede, su
vehe mencia no decrece; de suerte que el lector tiene la sensación de una renovación continua de fuerzas y de cultura, que se alimenta en la tragedia misma del hombre y lo lleva a la obra maestra. Un documento de este ansia deberá darlo, en efecto, en Uomo finito, que es precisamente el libro producido
al margen del cansancio, el libro cálido y ansioso de la propia pena interior
insuperable. Desde I' Uomo finito empezarnos a comprender al mismo tiempo
las grandes posibilidades de Papini y sus imposibilidades. Porque aquella
renovación de fuerzas no fué efectiva en realidad, sino aparente; que el esfuerzo del pensamiento, por ascendente que pareciese, no era otra cosa que
un giro, vivo sí, pero desesperado, en torno al eje propio espiritual y sensible

*

11

J

-t

\

* *

No hay ya quien no sepa cuánto hemos amado a Papini (y no sólo los illlianos) los jóvenes que hoy cuentan treinta o treinta y cinco años; porque odos vernos representado en él con verdadera masculinidad nuestro drama, t:&gt;&lt;iavía en formación o apenas naciente; y esta representación tenía momen:os
de tal novedad, puntos y pasajes de tal frescura, que el estupor superó I la
admiración misma.
Históricamente hablando, repetía, aunque fuera renovándolas, actiodes
que ya no eran nuevas en el curso del pensamiento humano; porque tod;S las
épocas en su parábola de cansancio han encontrado, sobre poco más o nenas,
un Papini; pero si pensamos en el momento en que surgió, bland ucho 'retó1 ico, no se puede por menos de reconocer a Papini una audacia de acitud y
de expresióu absolutamente insólitas.
Nosotros nacíamos entonces n las letras; y como autómatas aceptál)mos lo
que bailábamos, sin evaluar, no ya nuestra literatura, que rara vez el sentido
crítico es innato en los jóvenes; pero ni los hombres como tales homb:es, para
ver si la producción de los más famosos era sincera o trabajada, : quiénes
e:-an los tales, en fin, en la vida diaria. En aquel éxtasis de todas la, energías
estéticas y morales, nos encontramos, pues, con Papini; y la seisacióo fué
312

como de un gran vendaval repentino; que al mismo tiempo ilumina y aturde.
Gustan, por otra parte, los jóvenes de quien demuestra, y retóricamente mejor aún, audacia y decisión; e incluso los más arraigados, como aplicadas sensibilidades, en el arte entonces de moda-D'Annunzio y epigonos-no pudieron sustraerse a aquel improvisado aliento juvenilmente burlón; y aun cuan&lt;lo remisos, presto o tarde lo advirtieron y se congratularon.
La fortuna de Papini no irradió por lo demás, inmediatamente como hoy
parece; si no con un lento proceso de penetración, al cual no fueron ajenas
ciertas murmuraciones y leyendas. Y si la realidad era más bien modesta o,
al menos, no tan extraordinaria, la leyenda la enriqueció, la coloreó, le dió
aspectos y fisonomías de tal manera misteriosos, que la difusión de aquel
nombre y de aquella obra y la polarización de aquellas actitudes salió muy
beneficiada. Leyenda que cambiaba según el sitio; pero a través de la cual
vcfase a Papioi ya como un jorobado rabioso, bien como un Satanás redivivo;
que vivía, eso sí, en Florencia, pero no se sabía cómo; enemigo de todo el
mundo, antes bien, satisfecho de las enemistades y los odios desencadenados
en derredor suyo.
La realidad era otra como vemos y sabemos después, porque aquel joven,
mientras repartía g&lt;íllpcs a diestro y siniestro, pasaba febril y duramente sus
vigilias de estudio en las bibliotecas públicas; trabajando y buscándose; creán&lt;lose y recreándose de continuo.
Su natural, por otra parte, más de dialéctico que de artista, más de polemista que de constructor no encontraba, por más que lo buscase, un terreno
llano ea que abandonarse. Y sus posibilidades emotivas no son extraordinarias: más cerebro que corazón. Cuando, en efecto, intenta aislar la sensación
propi~ del mundo libresco en que se baila surnergide hasta el asco, construye
sí, pero siempre con intenciones críticas y sofísticas; y rara vez una emoción
profunda ayuda los vuelos caprichosos de su potente fantasía. Han de pasar
muchos años ¡y cuán trabajosos! antes de que encuentre un acento verdaderamente interior y sufrido y, corno en todos los cerebrales, casi nunca le produce amoción el espectáculo de la miseria ajena, mas de la propia; ya sea un recuerdo de la infancia (cl\fartín La Palma»), ya su misma biografía de hombre y
&lt;le escritor ( Uomo finito).

* * *
1:on todo, no es posible dejar a un lado sus obras menores-de creación y
&lt;le crítica-por más que el releerlas hoy nos produzcan cierto fastidio; es me313

�LA PLUMA
LA PLUM A
nester pensar en la época en que nacieron y en el enorme consenso que suscitaron. Era, como se ha visto, la época del dannunzianismo; en la que triunfaban
en poesía temas y motivos frívolos o retóricos, en el género narrativo anotaciones e invenciones extricta, perezosamente adherentes a la vida: sin un hálito
de poesía y, lo que es peor, con formas y modos periodísticos, prosa corriente,
Papini no era todavía el prosador excelente del Uomo finito y sobre todo de
las Cento pagine di f,oesia; pero ayudado por la lengua nativa, tiene ya un paso
de estilo discretamente disciplinado; y si todavía no sufre precisamente el escrúpulo de la palabra, su innato espíritu crítico le veda al menos los abandonos y caídas sólitos en las tres caartas partes de los escritores italianos, los
dannunzianos incluso. Por otra parte, el odio instinti·10 hacia las invenciones
manidas le lleva a investicaciones y motivos de cualidad más interna; y aunque por evitar unos modelos siga otros (lo cual les pasa siempre a cuantos intentan algo nuevo) su fantasía es tan rica y dúctil que incluso en las composiciones más calcadas en Poe, hay siempre alguna señal, algút1 momento que son
verdaderamente suyos, inconfundibles. Cierto que estos libros (Lo trágico cotidiano, El piloto ciego, Paro/e e san¡¡ue, Butfonate) no representan al mejor Papini; pero erraría a buen seguro quien del todo los menospreciase. Pudiera
decirse que es menester partir a toda costa de estos esfuerzos y tentativas para
comprender al Papini venidero; :e incluso para explicar su conversión repen•
tina de hoy. Ingenio más apto para expeler que para asimilar, su trabajo de los.
primeros años sobre todo se desenvuelve sí para comprender, pero dinámica.
mente; es decir, para sobrepujar para seguir adelante. Acepta en un cierto
momento; iucluso padece; pero su aceptación no es nunca total y definitiva.
Hasta cuando parece llegado a una atmósfera adecuada (se ve en la experiencia
pragmatista) su inquietud, aunque sea no más latente, continúa; y en un momento dado, nuevas dudas, nuevas recriminaciones le intranquilizan, que si
no le llevan decididamente a la negación despiertan su instinto crítico.
Estos flujos y reflujos, estas aceptaciones y rebeliones, estas tragedias cerebrales e interiores, no son por Jo demás de Papini sólo, sino de toda aquella
generación que, nacida en una época cansada y atea, materialista y escéptica.
siente la proximidad de una gran crisis: que será precisamente la guerra mundial con la consiguiente decadencia de todos los demás principios morales. Por
eso, Papini no es tan sólo un fenómeno italiano y mediterráneo, sino que su
tragedia cerebral se inserta en la europea; y, aunque sea con una obra discutible y no grande tal vez, se convierte en uno de sus intérpretes más sinceres-

Otros podrán quizá superarlo en fuerza creadora o en sentimiento, pero también es verdad que ninguno de los italianos de la época antibélica supo como,
él asomarse a tautos problemas actuales y darse cuenta de ellos, aunque fuera
de prisa y periodísticamente.
De suerte que, durante muchos años, dominó en Italia; y si como todos los
dominadores perdió muchas veces el sentido del equilibrio, cayendo-él tan·
enemigo del lugar común y de la retórica-en la retórica misma y en el periodismo, no es menos cierto que nos deja su epopeya espiritual en el Uomo jini- to; obra indudablemente defectuosa (en modo alguno obra maestra) pero po-tente y febril; una de las más vivas, si no la más viva, de cuantas la época post·
dannunziana ha visto nacer.

* * *

j
,i

Este es el Papini que la juventud italiana ha conocido y amado en la época.
prebélica. Pero, ¿cuántos de los que le hemos amado, que le hemos seguido,
que hemos creído en él, le son todavía fieles? Históricamente hablando, todavía es alguien; pero en la vida espiritual de hoy ya no cuenta: aventajado y·
olvidado. Con una c.aída casi tan repentina como l.; conquista, Papini se encaentra hoy, aunque todavía con muchos lectores, en una atmósfera qúe no
sólo no domina ya, sino donde ni siquiera se advierte su presencia. No e-s este
un fenómeno extraño ni uno de esos cansancios o náuseas que les toca sufrir a•
los escritores muy popul:ires; porque ya digo que la tirada de sus libros sigue
siendo grande y que, antes bien, aumenta; se trata, por el contrario, de un
hecho humano y moral, simple azar y pudiéramos decir que lógico. En efecto,
los. jóvenes que cuentan hoy en la vida italiana (y que mañana contarán más
todavía) casi todos vuelven de la guerra; y la guerra, además de darles uu
gran equilibrio, les ha hecho ávidos de muy otra cosa que bellas paradojas y
ágiles extravagancias. Lo que menos había gustado y amado en Papini era,.
por otra parte, de ayer: de una época frágil y desnutrida moral, literaria y políticamente; y el hoy se les muestn a estos jóvenes tan distante y diverso d&lt;'!l
ayer, que ciertas experiencias de antes de la guerra incluso parecen anacrónicas, cuando no retórica pura. Allá en la guerra los libros de l'apini siguieron
teniendo muchos lectores; pero, acabada la guerra, estos lectores esperabandel escritor amado no sé qué, pero sí ciertamente un libro digno de la tragedia
que ellos y el mundo habían padeci&lt;jo; libro que Papini no dió y que tal vez no,

�LA PLUMA

LA PLUMA

•dará nunca. No diré si esa expectativa era o no justa y lógica, que si bien se
mira la conclusión del impulso papiniano está precisamente en el Uomo finito,
allí donde se constriñe a una confesión estricta y disciplinada de las propias
aventuras interiores; y las pruebas y experiencias acaecidas a este libro no eran
en el fondo otra cosa que reincidencias, retornos, retoques de motivos autobiográficos, estilizados esta vez y arracimados en poemas. El he~h~ es que _Papini no volvió a ser hallado, y aparte sus posibilidades, tal _vez hm1ta~as, c1cr"tamente más cerebrales que emotiva!, a esta descentración repentma de su
posición en la vida intelectual italiana, contribuyó s11 ausencia casi absoluta
del mundo de la guerra, y no tanto física como espiritual. En efecto, todos re•&lt;:ordamos lo que en aquella época e-scribió: o literatura periodística o poemitas en prosa. unos y otros expresados como con voz indiferente y lejana, como
si no viese ni viviese con los demás, sino cncerndo en un mundo remoto,
ausente en absoluto de la tragedia que todos padecíamos.
A falta, pues, del milagro o de la obra maestra, los jóvenes a~miradores_d_e
.ayer advirtieron de improviso en él y en su óbra lo que en rcc1h~ad lo~ cnti-cos más sagaces habían ya notado antes de la gue-rra: una ausencia casi absoluta de sensibilidad, un esfuerzo completamente cerebral por épater al lector a
toda costa, una facilidad abundante, un escritor, en fin, más apt~ para disertar
-gustosamente de esto o lo otro que para crear. Incluso, se olvidaron los _momentos más bellos y padecidos de su obra, en la que babia, hay y se verá siempre un esfuerzo nobilísimo de comprensión y de eliminación, y le dejaron atrás
con fastidio y antipatía.
·
,
. .
Acaso él mismo presagiara que el consecso en torno suyo tema que d1sm1•
nuir, pero no tan repentinamente, y, sobre todo, no por parte de aquellos que
hasta ayer le habían sido fi~les: los jóvenes.

* * *
Lejos de los nuevos ya, la separación, lejos de disminuir, se act"nt~ó cuand_o
publicó la Storia di Cristo. Porque no sólo faltaba, después de do_s anos ~e silencio, la obra maestra esperada, sino lo que es peor, reaparec1a cambiado,
con una resignación súbita de viejo o de vencido. Los ideales de la generación
surgida de la guerra, podían quizá tender hacia una vida más nucv_a, más pur~,
más moral vibrar c:n ellos una necesidad de apoyos más sustanciosos, sentir
con urgen~ia cierta inexplicable inquietud, antes nunca sentida; pero entre cs316

tos 11eotimieotos confusos y la afinación ortodoxa de Papini hay harto espacio
vacío. Intuyó que, ciespués de la guerra, la generación que de ella volvía traería una fe; pero se apresuró harto a traducir esta intuición en acto, a darle wna
forma y un nombre. Por un lado, pues, espera inquietud y confusión; pero de.
otro una afirmación en demasía rápida y decidida. En suma; la Storia di Cristo
y la conversión consiguiente no dieron al desmovilizado la sensación del drama, sí más bien de un acomodo rápido, que no persuadió. En efecto, con todo
su éxito, la Storia di Cristo no esclareció ni medicó el trastorno espiritual que
la generación sufre, porque la expectativa era todavía caótica, en formación, y
pocos sentíansc ya maduros para un retorno decidido y total (no dramá~ico) a
la fe de la infancia. Por esto, el suceso fué ficticio, por cuanto en vez del camino soñado tuvo que seguir el libro otro más ortodoxo y más fácil, y encontrar la mayor parte de los lectores en los seminarios, en los conventos, en las
sacristías. Creían los jóvenes que después de la guerra Papini expresaría su
drama, ta l vez ayudando al aquietamiento de sus inquietudes; y. por el contrario, salió con un hábito nuevo: co::1 los cabellos blancos de ceniza, con un rosario en la mano. O harto poco, o demasiado.
En realidad habían creído exageradamente en él y en sus fuerzas. No era
un taumaturgo: era un hombre. Y su ingenio no podía encontrar nuevos acentos después de la guerra porque había estado harto solitario y ausente del dnma de todos; y porque, en fin, su drama, enteramente egoísta, había ya cerrado,
la propia parábola.
Entonces apareció, no como un genio del que se puede esperar quién sabe
qué, ni como figura mística de proporciones insólitas, sino como uu hombre de
gran talento que se había malgastado en las más bellas avunturas cerebrales, y
que, en un momento dado, encontraba cansado y maltrecho, reposo en Dios.
No era ya tampoco un hermano mayor de los que con la persuasión y el amor
pueden ayudar a los pequeños a zafarse de una dttda o un dolor. No podía
dar, repito, más de Jo que había dado (que es mucho), y si la Storia di Cristo
no es una obra maestra, si el Dizionario dell'omo selvático no nos da otro Papini nuevo-si su estatura, en fin, no sobrepasa la d~ sus contemporáneos-,
no por ello debe serles menos caro y próximo. Consciente o no, con ellos estuvo en su primera juventud, enseñándoles a despreciar tantas cosas falsas y
a reconocer la brizna de oro en el oropel, guía audaz y prote:vo, dcsenvuc:lto
y animos() ca una t.poca de retórica y de énfasis.
En la historia de su formación espiritual, encuentre un día o no quien Jo.

�LA P L U ~1 A

LA PLUMA

supere, ha obrado como un ácido corrosivo, y si los jóvenes de hoy y de ayer
se ver. libres de muchas escorias a él se lo deben también, y tal vez a él sobre
todo. Si hoy está encerrado en el círculo de una fe y ha perdido todo motivo
de drama, los que queriendo creer no creen todavía, deben mirarle, no como
vencido en todo caso, mas como a un liberto, pues que se ven ligados a la ca•dena de su tragedia cotidiana y sin haber escrito, ¡ay!, su Uomo finito .
MARIO

Puccuu.

Sobre Papmi: Renato Fondi: (.Ju construttore: Giovanni Papini (Ed Valeccki,
Firen:;e).-Donatello D'Oratiio: Giovanni Pappmi.-Giuseppe Prezzolini: Discorso
su Gior,anni Papini (La Voce-Firenze).

BÉLGICA
FLAMENCA. Deseo consagrar la· crónica de este trimestre a una parte de la literatura belga, donde todavía no he
tenido ocasión de llevar a los lectores de LA PLuMA: me refiero a
la literatura de expresión flamenca.
No ha de olvidarse qu~ más de la mitad del pueblo belga no
posee el francés como lengua materna ni como lengua usual, y sería soberanamente injusto dejar correr b. leyenda de que el flamenco no es un idioma, sino
un patois, que no merece ser estudiado. Si fuese a enumerar, aunque sucintamente, las obras pujantes y ricas de verdad que constituyen el patrimonio de
la lengua flamenca en el pasado, un cuaderno entero de esta revista no sería
bastante. Nadie puede ignorar que el místico Ruysbroeck, el Admirable, escribió en flamenco sus ,Naces Spirituelles•; que flamenca halló su primera expresión el célebre fabliau medieval Le Roman dr, Renard; que en flamenco
escribió el buen Cats, el moralista más popular de todo Occidente en el siglo xvu, y que el flamenco fué la lengua preferida por la pléyade de sabios y
artistas q11e hicieron del Renacimiento Septentrional uno de los momentos más
emocionantes de la vida universal.
Dien sé que la horrenda política, muy pronta en todo país a degradar las
causas más bellas, y a oscurecer lo que está claro, se ha cebado en la cuestión
•de la literatura flamenca, como en todo lo que, de cerca o de lejos, atañe a la
tTnATUllA

318

disputa de razas y de lenguas que actualmente amenaza la existencia misma de
Bélgica. En cuanto a mí, que no soy flamenco, y que tengo la fortuna de vivir
apartado de la política, me encuentro bien situado para estudiar cdesde fuera•
la eflorescencia literaria flamenca, desdeñando los puc.tos de vista accesorios,
y tomando en cuenta únicamente el carácter de eternidad que aporta al espíritu europeo.

Es innegable, para todo ei que no esté ciego por los prejuicios, que la literatura belga de expresión flami-nca es actualmente mucho más rica v viva que
1a de expresión francesa. Esta sufre con rara violencia la atracción de los
grandes movimientos literarios de París, y todos sus elementos de valor son
uno tras otro, absorbidos por Francia. Los literatos flamencos encuentran e~
Holanda editores y público, pero no sufren espejismo alguno, ni alucinación
ni anexión intelectual. Holanda es un país muy poco centralizado; esto le ca~
racteriza. No hay cu el mundo un país en que las grandes ciudades se bailen
tan próximas, Y donde el espíritu local o de campanario se desenvuelva tan
p?co. Flandes es simplemente una provincia de la literatura holandesa, y nadie, en Amsterdam ni en parte alguna, pretende atraer a nuestros mejores escritores y desnacionalizarlos.
La literatura flamenca ofrece, pues, el doble carácter de ser el fruto de una
escuela regional y de ser totalmonte independiente. En fin-privilegio de un
pue~l~ pequeño a qui~n le está vedado el proteccionismo moral-, repudia el
narc1s1smo que en la literatura francesa, por ejemplo, ha causado tantos estragos durante el siglo último.
No me detendré en la historia de la literatura flamenca desde la liberación
de Bélgica en 1830. Diré tan sólo que el movimie'.ltO de renovación que trast?rnó, hacia 1830, la vida intelectual de los belgas de lengua francesa, repercutió en Flandes. Frente a la •Jeune-Belgique• de Max Weller, frente a cL'Art
.Moderne•, de Eumile Verhaeren y de Edmond Picard, hubo la famosa revista
de Auguste Vermeylen, e Van Nu en Straks• (literalmente: De ahora y en seguida¡ paráfrasis del folleto de Charles Marice: cLa litterature de Tout-á1•Heure• ). Diré también que esa revista vivió más de diez años y que fué una
de las pocas •encrucijadas• europeas que los diez últimos años del siglo pasado ofrecieron a los jó\•enes ya cansados del estribillo realista en estética y del

�LA PLUMA
chauvinisme en política. Auguste Vermeylen, novelista pujante, fué sobre todo
uno de los críticos más grandes de su época, y s6lo Albert Verwey, el genial
ensayista holandés, pudo hombrearse con él. En torno suyo se agrup6 una pléyade de poetas, de novelistas y de dramaturgos. No entraré a enumerarlos,
para evocar tan s6lo el nombre de Guido Gezelle, cuya gloria habrá llegado
probablemente a España, pues en los últimos diez años le han consagrado en
Francia algunos libros.
Todo esto, es el pasado. Si me he detenido tanto en ello, sírvame de excusa el que la generaci6n actual es muy digna de sus ~ntecesores. Digna por la
efervescencia cordial y mental de los jóvenes, y también por el talento excepcional y la importancia verdadera de muchos novelistas.
Desconfío un poco de lá fiebre que devora a la juventud, porque descubro
demasiados móviles politicos, y no puedo establecer una se¡,aración entre los
elementos sanos y los sospechosos que rivalizan en ardimiento en la recia lucha empeñada entre Flandes, vanguardia del germanismo en Occidente, y los
fanatismos pseudo-latinos. Algunas revistas, como «Ter Waarheid• (Hacia la
verdad), cuentan seguramente entre las más simpáticas y mejores de este período de la post-guerra; pero aguardemos, para hablar de ellas a fondo, a que
resistan las tentaciones de la política y la prueba del tiempo.
Pero no me valdría excusa alguna si en esta revista donde tengo el honor,
ya va pz.ra dos años, de escribir la crónica de las letras belgas, continuase sin
decir nada de hombres como Cyriel Buysse, Styn Streuvels y Félix Timmermans, cuya significación rebasa infinitamente las fronteras de su país. Pertenecen a tres edades diferentes del pueblo flamenco-donde, como en la Alemania expresionista, las generaciones se han sucedido desde hace un cuarto de
siglo. al paso de carga, ~iguiendo la una a la otra con diez años de diferencia
apenas-; representan toda la vida intelectual, todas las tradiciones, todos los
atavismos que una nación vieja puede descubrir en sí después de edades de
!silencio y de las pruebas de la ocupación extranjera. Cada uno de ellos ha
profundizado un poco más que su predecesor en el viejo corazón flamenco;
cada uno ha hecho su descubrimiento en esa excavación sentimental; cada uno
ha sacado a luz, honrándolo, un poco del patrimonio de los antepasados. En
tanto que Buysse se detenía en el espectáculo externo de la vida flamenca Y
describía su candor fastuoso y sonante, Streuvels interrogaba al campesino,
sondeaba su alma, y reconstituía su ánimo tradicional en sus marcos inmutables y-el vocablo no es excesivo-trágicos, Timmermans resucitaba a LJylens.
320

LA PLUMA
diegel. es decir, el misticismo, el heroismo generoso y descuidado y la jovialidad de esa Flandes «tenaz de corazón• que Verhaeren ha ca, tado
d" ·
mente.
'
pro 1g1osaCyriel Buysse pa~a ya de los cincuenta. Físicamente, evoca bashnte bien
el flamenco de la caricatura y de la fábula: alto colorado s
,
d
•
.
.
•
, angurneo, e arrnaan recia, gran reidor y parlanchín traaón y bebedor te "bl
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·
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mt e, un poco salaz y
romtsta. Vive cómodamente en una vasta finca cercana a G t
•
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ao e, con cierto
aire e sen~r del lugar. Su capacidad de trabajo asombra. Ha escrito y publicado unas crncuenta novelas y colecciones de novelas cortas a ·t' ¡
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, 1 1cu os que reum os ormarian cien volúmenes y varios dramas Ad · d d M
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mira or e aupassaot
y_ de todos los naturalistas
franceses y extranJ· eros él solo O
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1
.
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,
, casi so o, representa desde hace trernta anos el naturalismo flamenco H l
d
d
.
. a 0gra o ver ade ras obras maestras prntando la vida rural y campesina, y ciertos cuadros de
cost1,1m~~-es aldeanas, como Het Ezelken (traducido al francés con el título de
Le Bou1r1quet), o _como &lt;La Novela de un ciclista, son absolutamente perfectos.
No ocultaré, ~m embargo, que todo el talento de Buysse no basta para ate1:uar la. monotoma q_ue de uno a otro de sus libros reaparece y persiste. Estétic~ anhcuada,_en pr~m_er lugar; pero, sobre todo, una mentalidad algo rudimentaria, y demasiado raptda satisfacción ante el aspecto externo
1 · l
fl ·
.
, Y a veces ante
e s1mp .: re eJo de la_ vida ~am~nca. Sus campesinos son demasiado simples
Y regoc1Jantes, dema~1ado bien diseñados. En todos sus libros resalta demasiado el af.ln_ de crear tipos, y de jugar con cuatro O cinco temperamentos, siempre los mismos, por el gusto de contar anécdotas.
No hay siquiera en Buysse, como lo había en Zola, el propósito de escribir
una ep.opeya de la vida cotidiana y de la burguesía contemporánea; en vano
buscanamos la sombra de un estudio psicológico; como en Maupassant, a quien
;entaba hace un m?mento, no hay más que una selva de anécdotas, un rosario
: sucesos, una sene de «cuadros de génern• siempre ejecutados leal y limpiamente, pero muy faltos de lirismo.

* * *
Styn Streuvels el! u11 artista de más fina calidad. Hijo de un panadero de
aldea, fué taho~ero muchos años, y al fulgor del horno paterno, vigilando la
cochura,, a~rend1ó a leer, y devoró Juego las obras de los grandes clásicos y de
los romanticos famosos, que adquiría en ediciones populares, a diez céntimos

XXI
32 1

�LA PLUMA

LA PLUMA

el volumen. Para ensanchar el área de sus lecturas, Streuvels aprendió, solo,
el alemán, el francés y rudimentos de inglés. Para penetrar mejor en las dificultades técnicas vencidas por los maestros cuyas obras estudiaba, trató de escribir y de imitarlos. Cuando se lee el relato de la juventud de Styn Streuvels,
que acaba de llegar a los cuarenta y sólo hace quince años que abandonó e l
oficio paterno, nos parece leer un cuento de hadas o la historia legendaria de
un héroe de la Edad Media. Sin embargo, bajo su pintoresca traza, nada más
auténtico.
Styn Streuvels es grande, sobre todo porque ha logrado manifestar los elementos de eternidad que hacen solidarios a los hombres a través de los siglos
y de los pueblos. Flandes no es yd para él un tema de pintura truculento, sino
el cristal de aumento a través del que descubre a la humanidad. Dos de sus
libros, por lo menos, figuran entre las grandes obras que han enriquecí?º al
espíritu humano en estos cincuenta años últimos: cl\linnehandel» (comerc1~-de
amor), y el muy reciente cPrutske• (diminutivo afectuoso que se da a un mno):
Este último libro, sobre todo, es superior a todos los elogios; desde cHenn
Brulard•, de Stendhal, no había vuelto a leer una evocación de la infancia tan
conmovedora, un cuadro tan minucioso y tierno de las emociones r;imples, de
)os descubrimientos triviales, de las tranquilas alegrías que constituyen la trama de la vida desde el albor de la conciencia hasta el ingreso en la escuela.
¡No más color local! ¡No más sabor flamenco! El espectáculo df: la vida e? su
carácter de eternidad, simplemente bello. No sé si Styn Streuvels nos dara algún día un libro de calidad superior a este; pero sé que con este le sobra para
ocupar un puesto en primera línea entre los maestros de la época.

*

*

*

Félix Timmermans es más joven: apenas treinta años. Puede decirse que
basta ahora lo que ha hecho es una magnífica salida. También él desempeñará
su papel en este nuevo Renacimiento del Norte que se amplía desde hace veinte años. Estoy seguro de que París, que muy pronto descnbrirá uno de sus
libros, publicado en la excelente Colección de Prosistas Extranjeros Modernos
(F. Rieder, editor; en la misma colección se han publicado dos novelas de
Buysse. De Styo Streuvels nada se ha traducido aún, desgraciadamente), le
acogerá con el entusiasmo que Holanda y Alemania han puesto en el elogio del
joven escritor.
322

Félix Timmermans se ha dedicado sobre todo a describir la Flandes místi-ca y grave, la Flandes unánime en su fe rudimentaria, pero tenaz. Su cKindeke
Jesus in Vlaanderen• (El Niño Jesús en Flandes), posee la dulzura y la serenidad de un cuadro de Breughel el Viejo, y •Pallieter» es una de las rarísimas
novelas que se substraen a la clasificación. Pero ni uno ni otro Yalen lo que un
breve relato, satírico y místico a la i,ez, como los cuadros de los viejos artesanos de los siglos xv y xvr, que Félix Timmermans acaba de publicar con este
delicioso título: cDe zeer schoone Uren van Juffrou Symfforosa, bcgfntje• (Las
bellísimas horas de la joven Sinforosa, beguina).

* * *
No quiero sacar una conclusión prematura de esta crónica, que no tiene más
fin que el de revelar la existencia de tres escritores notables a los lectores de
LA PLUMA, que probablemente no los conocían. Me creerán por mi palabra si
les digo que esos tres maestros, por razones y en grado diferentes, merecen
los mayores afedos y respetos; son los abogados admirables de un pueblo pequeño, que, en todas las épocas, ha. sabido honrar el pensamiento y el arte europeo. Los tres siguen trabajando, y su apasionada evolución no ha concluido, ni
mucho menos. Otros muchos escritores de talento les rodean, el noyeJista
Toussaint de Boelare, el poeta Van de Woestyne, etc., de quienes hablaré en
otra ocasión.
España ha vivido mucho tiempo en estrecha cohesión con Flandes, y no
puede desentenderse de su vida actual ni de la resurrección que aquí está
-cumpliéndose. Y Flandes no ha olvidado que Rubens, su pintor más grande y
su embajador más ilustre, escribió en una de sus últimas cartas, que viene a
ser un testamento político: «Sólo dos países merecen que uno dé la vida por
ellos: el mío, y luego España. O mejor dicho: España, y luego el mío!»
PAUL

COLIN.

�LA PLUMA
CATALUÑA

[I

,

poeta Ventura Gassol acaba de publicar un cuaderno de poesías.
patrióticas con el título de Les tombes flamejants. En la portada se
ve una nave simbólica, llevando como leyenda dos versos del pequeño libro:
cCatalunya, pátria nostra
vola com un nau!,

L

Los versos son una continuación, interrumpida durante algunos años, delas viejas Englantines de los Juegos Florales de otras épocas. Un joven poeta
de la nueva generación, tan llena de inquietudes espirituales, :iigue los pasos
de Picó y Campamar, del propio Guimerá, de Arturo Masriera, de Matheu.
Aquellos acentos de poesía patriótica que llenaron los ámbitos del noble salón
gótico de Llotja, en el clásico primer domingo de mayo, se renuevan hoy deUI'a manera idéntica. Gassol sigue escribiendo en la forma fácil del romance
arcáico, con los mismos tópicos. Et Calzer de Pau Clarís, L'ombrá den Jascint
Vilossa, son hijos directos de El cap den Josep Moragas y de Poblet, del gran
maestro Guimerá, sin ir a buscar otras ascender.das más o manos remotas.
Constatar tales hechos, después de los J3oemas ultramodernistas de PérezJorba y de Salvat Papasseit y del.hermetismo de difícil interpretación de LópezPicó, es casi una sabrosa venganza de los viejos maestros olvidados.
Parece que Ventura Gassol quiere especializarse en esa corriente de imitación de viejos modelos. Parece existir en él un prurito de prescindir de su
personalidad para fundirse en la personalidad de los demás. En los actuales
tie mpos de orgullosa presunción, el caso de humildad de Gassol es único. Cia.
ro está que nosotros preferimos de su breve libro aquellas cosas donde la personalidad del poeta sobresale, como, por ejemplo, en aquella Oració de l'onzede setembre, que es la más acabada de las composiciones del cuaderno:
«Santa María del punyal daurat
que vetlleu el meu son de cada día ...

........ ............. ...................

I em sento el front i hi veig el ce! mes blau
i em sento el llavi i tinc la veu mes clara
i cm sento el pit i hi neix una ample pan,
que J 'esperit se n'omple i se n'amara.,
324

LA PLUMA
El poeta que nos acaba de producir una sorpresa profunda es Joan Arús,
con su libro, de verdadera transcendencia para Jas letras catalanas, llibre
d'amor.
. Si hemos de ser francos, y esa es la primera condición del crítico, no nos
11_1teresaba la producción poética de Joan Arús. Por curiosidad leímos concienzudamente su primer libro de versos Canfóns al vent. Admiramos allí una
gran facilidad de versificación, aquella facilidad que es en los jóvenes un defecto. Poseía º?tables condicic,nes ¡;¡ara el cultivo de la poesía. Para un joven
q~e hac~ las primera~ a_rmas en el campo publicando su primer libro, no s~ pod1a pedir más. Pero v101eron nuevos libros, Sonets, Noves Canfóns, Et !libre de
les donzelles, El cant dispers, La mare i l'infant i a/tres poemes. El poeta no hallaba su verdadero camino renovador. Seguía, por apartadas rutas de facilidad
Y d~ repetid~~• su canto joven. Creíamos que sus pies no pisarían ya nunca el
c_am1no defimhvo. Glosando madrigales creíamos verle siempre, publicando sus
1
1bros C&lt;,11 admirable constancia, pero sin ningún interés para nosotros.
Por eso la sorpresa de Llibre d'Amor ha sido como un milagro. El poeta ha
encontra~o su verdadera inspiración, ha producido algo nuevo y único en
nuestra literatura catalana. El adolescente se ha hecho hombre. Ha sido una
mujer quien ha obrado el generoso milagro, ha sido la esposa, la madre. El
poeta ha roto con todos sus libros anteriores, con los madrigales demasiado
fácile~. He empuñado la nueva lira de la felicidad doméstica para hallar su
verdadera e inconfundible personalidad.
Ya el soneto de ofrenda a su musa viva, no mero concepto de idealidad
como Beatriz o Laura, sino musa de carne y hueso, nervio de poesía inicial,
vale por todo un poema:
•Si !'amor ens va fer 13 mercé d'un infant
que innndá nostra llar d'un esclat d'alegria
-Oh, suprema eclosió del contacte vibrant
que sap fer de dos cossos una sola armonia!d'altre guisa també !'amor nostre floria,
que l'espós al poeta no llevava son cant,
i el contacte deis nostres esperits, palpitant
d'emoció, la virtut del meu vers dexondia.
Dins les meves entranyes jo també !'he portat.
aquest fruit, i, com tu, n'e sentit el combat;

�LA PLUMA
mes ja !'ánima meva n'es avui afranquida.
Oh, Muller! Si tu em daves aquell fill tan formós.
aquest fil! t'ofereixo, que es també de tots dos;
pren-lo, donos, i enarbora'l a la llum de la vida!&gt;
De su pasada eclosión de madrigales habla el mismo poeta con palabra cálida de emoción, con frases lapidarias:
cCalia !lenca al vent totes les roses velles
i aspirá en una sola l'encís de totes elles.
Calia recullir en un tots els meus cants
i posá el meu destí en unes soles mans,.
Pero la perla del libro son esos diez Sonets a l'Esposa. Para recibir ese breve y gran poema de amor la poesía catalana debería vestirse de fiesta, sonando a gloria todas las campanas. Aunque Joan Arús no escriba nada más que
esos diez sonetos, ya tiene su inmortalidad ganada, junto con su musa, dispensadora de felicidad. Nada de inquietudes; todo es serenidad, apacible remanso
de aguas límpidas. Yo denominaría esos admirables sonetos, siguiendo los pa·
sos de Baudelaire, Flores del Bien. Da la sensación de uno de aquellos frisos de
Puvis de Chavannes, como el que ciñe de serenidad el espléndido anfiteatro
de la Sor6onne o los muros inmensos y glaciales del Panteón. Allí todo es re·
poso, los tonos cálidos se apagan, las figuras se yerguen puras, los árboles son
esbeltos, los símbolos aparecen como almas de inmateriales vestiduras. Así, en
nuestro momento actual de fiebres y de luchas, esos diez sonetos aparecen
como un remanso de serenidad donde el alma descansa, donde no hay crudezas de sol y de coloraciones, sino una luz suave que difunde su pureza sobre
esa trinidad de figuras admirablemente vivas: el poeta, la esposa y el hijo.
Pere, súbitamente, aparece otra imagen más pálida: la de la madre muerta del
poeta, como aquellas almas que surcan el cielo en los frisos simbólicos de
Puvis.
•Jo no sepas quina divina cosa,
quina guisa de joia i de conhort,
cada vegada a vibrar mon cor
quan el meu nom en el teu llavi es posa.
Nova virtut ha aparés de tu, oh, esposa,
i un drinc mes bell q11.e ni !'argent ni l'or.

')

LA PLUM:\
Com un metal] que soterrat reposa,
tu !'has brunyt i l'has toroat sonor.
En els teus llavis el meu nom s'aclara
i s'acolora d'intim sentiment;
si algun cop em fou tan dolc com ara;
si algm1a veu cm porta al pensament,
aquesta veu se ]'ha emportada el vent,
car es la veu llunyana de la Mare.

........................................

Oh, dolca pau! Oh, nit lenta i profunda!
Pels homes i les coses ets fecunda,
i ara que tot sembla morí un instant,
al ventre invulnerable de !'esposa,
qui al meu costat quietament reposa,
creix la llevor divina d'un infaat.
Després vindrá la clara primavera,
esdevindrá la llum mes riallera
i floriráa la rosa i el clavell,
perqué quaa ell desclogui la parpella
copsin sos ulls !'alegre maravella
de veure el mon amb son esclat mes bell.

............ ............ ................

Voltea mon coll tos bracos, fent garlanda;
un foc de besos el meu front abranda;
talment diria que jo soc l'infant.,
Esos acentos no son poesía de hoy ni de mañana, son poesía eterna, la que
no sabe de cenáculos ni de modas literarias, ni de artículos periodísticos, ni de
éxitos de estime.
Que la aparición de Lli61·e d'Amor haya despertado más o menos el entusiasmo de los «pseudo-críticos, de los periódicos y revistas catalanas, no im·
porta. De toda la juventud catalana, incluso de muchos que ostentan ya la adoración de maestros, no quedará nada. Y Llib,·e d' Amor, en cambio, quedará
siempre.

J.

MASSÓ

V IINTÓS.

�í..,A PLUMA

LA PLUMA

' [1-

TEATROS

POÉTICA.-Eduardo Marquina y Luis Fernándcz Ardavín,
cuyo Pavo Heal y cuyo Doncel romántico han sostenido por sí solos
brillantemente el peso de las responsabilidades del teatro de ver•
so en la temporada de invierno de la corte, se han unido para re;.
cibir a la Primavera, trayéndonos la Rosa de Francia, que la compañía de Carmita Oliver Cobeña ha repre.;entado como único aliciente de su
breve temporada.
Felicísimo maridaje el de estos colaboradores circunstanci3les, el fruto ha
sido logrado en toda su intención. Juego de comedia llaman a la lindísima farsa Marquina y Ardavín, como dando a entender desde luego que no entra en
su propósito ninguna transcendencia perturbadora del ·simple agrado natural
que p!ieda buscar en un teatro el espectador descuidado. Pero ya este propósito sencillo implica cierta importancia, por el hecho sólo de que se salven con
'6ª intención los fueros del teatro poético, menoscabados estos últimos tiempos en el ánimo de las gentes por la presunción de que toda comedia en verso
estaba irremediablemente vocada a1 heroísmo más sonoro.
Con gracioso desenfado y despreocupación de la Historia, los poetas de
Rosa de Francia han inventado una intriga picaresca tomando como pretexto
la corte de Luis I, pacatísimo Dafnis de la avispada y pizpireta Cloc-Isabel•
fior~s de un día en los reales jardines de España.
Pese a la intolerable representación que la comedia ha padecido, especialmente en lo que hace al papel de protagonista, sacriácaóo a los ratimagos que
una torpe experiencia ha injertado en la presunción descaraduela y b.mentable de la señorita Oliver Cobeña, Rosa de Francia ha producido el efecto que
sus a:.itores se proponían, trayendo a la escena del desacreditado teatrito de la
calle de Cedaceros el espectáculo insólito de una gracia sin chocarrería, de
una poesía sin retórica, de una composición de estilo en fin, proporcionada, justa y gustosísima.
No obstante la compenetración de los autores haya sido cabal, de suerte
que no se advierten ensambladuras ni parches o enmiendas de distinta mano,
es patente el buen resultado de una colaboración tan atinada. Pues sin que aea
dado atribuir distintamente a uno o a otro este o aquel pasaje o escena, son
de notar cierta gracia como más juvenil y suelta, cierta desenvoltura y ligereza
en la acción, cierta seguridad en el vocabulario, cierta contención y rigor lógi-

~

RlllAVERA

cos, con que, sin duda, se han compensado muy afortunadamente defectos y
faltas de otras obras de Ardavín o de Marquina.
No creemos, en cambio, que los que afean La Seca, drama rural en verso
del señor Alvarez Sotomayor, puesto en escena con todo ccl grito en el cielo•
-que la obra requiere, por Borrás, tengan enmienda posible. Sólo, si posible
fuera, que varios ingenios se avinieran a aunar sus esfuerzos a semejanza de lo
que otros clásicos hicieron en siglos áureos, sería de desear la coofa:.iulación
-de poetas del estro y la vena del señor Alvarez de Sotomayor, el señor López
Martín, el señor Ch:imizo, que urdiendo, con la recia trama que sólo son capaces de hilar el señor López .Merino y el señor Martí Orberá, pongo por temperamentos acusados, un engendro dramático, consintieran en darnos la cifra
y compendio de las posibilidades perdidas en vanos esfuerzos de una a otra
temporada, siquie1a sean tan estentórean:ente premiados como lo fué, por el
entusiasmo entre mercenario y amistoso, La .Seca el día de su estre ■ o.
EMBRUJAMunrro.-Más preocupado Borrás que otras veces de remozar los títulos, ya que no el sistema de su repertorio, no bien agotado el éxito de La
Seca. ha puesto en escena el drama póstumo de López Pinillos. Truncado como
los anteriores, estropeados por efectos arbitrarios rasgos dramáticos de indu dable fuerza y originalidad, hay en el último drama del autor de Et caudal de
tos hi_jos un tipo labrado en la cantera de Las águilas, tipo cuya humanidad,
muy bien realzada por la interpretación del señor Ruiz Tatay, uno de los pocos actores de conciencia y entendimiento que pisan escenarios españoles, llega a penetrar el artificio del drama de un aliento de pasión y vida.
Y hay en Embru_jamienlo también el mismo dfán, apuntado siempre y logrado algunas veces, de concisión dramática, de adecuación de los sentimientos a
un diálogo corto y expresivo, matizado de réplicas violentas, dispuestas a obt~ner un afecto creciente de atención sobre el drama mismo, y no a distraerla
con adornos y apliques.
De desear sería que el propio Borrás-si no fuera gollería pedirle tanto a
su deonplicación inveterada-intentase una serie de representaciones escogida
de las obras de Pinillos, con tendencia a afianzar en e: repertorio tres o cuatro
al menos de las más conseguidas, o de las más intercsa1'tes, pese a su mal éxito
de estreno-Las alas, por ejemplo.
No estos dramas de falso ambiente rm·al como Embru_jamienlo o Esclavitud,
sino algunas comedias satíricas, Los senderos del mal o A tiro limpio pudieran
ser buena escuela, ya que la suerte ciega mató para siempre el ánimo de lu-

�LA PLUMA
LA PLUM.-\

I

cbador denodado que fué Pinillos, de dramaturgos en ciernes, capaces de intentar la vinculacióR de una realidad dramática moderna a la tradición española.
.
HACIA UN TBATltO Nuavo.-Adrián Gual ha dado una conferencia en el Ateneo de Madrid. No hemos de incurrir en la vulgaridad de todos los presentadores de conferenciantes, dando por sup11esto el perfecto conocimiento en qut"
el público se halla de la personalidad del orador. Adrián Gual lleva un cuart_o
de siglo trabajando, y trabajando en un~ labor espectacula: ~or e~cclenc1a
como es el teatro, y, sin embargo, el público, fuera del restringido circulo de
la actividad artística barcelonesa, le desconoce. Mucho ha tenido que influir,
sin duda, eo ese vacío, la limitación catalanista a que se ha visto sujeto dentro
de su actividad. No quiere esto decir que Adrián Gual se baya encerrado voluntariamente en un criterio nacionalista que pugne en modo alguno con los
fueros intangibles del Arte; pero es lo cierto que el Estado espaiiol no ha hallado ocasión de ayudar sus iniciativas, que la Mancomunidad catalana ha podido amparar al cabo creando la Escuela Dramática de que Gual es director en
Barcelona.
No es esta oportunidad de su conferencia razón bastante para soslayar con
pocas palabras Ja teoría de Gua! acerca del teatro. En términos_ generales, ~ua¡
sueña cen el ideal de un teatro no religioso ni social por adscrito a determ1na·
da religión o política, sino social y religioso en sí mismo, como_ el templo d~l
Arte, religión del porvenir. La irregularidad, pues, o mejor dicho, el espacio
que Gual pone siempre entre una y otra de las manifestaciones pública_s de su
teatro, no responde a dificultades materiales que impidan la celebración ~el
rito diario más precisamente a la !lecesidad de que el espectáculo sea un nto,
una participación espiritual del p(iblico, vocado de antemano a la religión teatral. Gua! mantiene, por lo tanto, la barrera entre teatro artístico y teatro al
uso y, Jo que es más, cree imposible por razones fundamentales de constitución la fusión del teatro artístico y el teatro industrial.
No es esta ocasión de dilucidar su teoría, expuesta en la conferencia del
Ateneo. Pero Gua!, repito, lleva veinticinco años trabajando en su Teat,·o Íntimo de Barcelona, donde su labor semejante y superior en muchos aspectos a
la de un Lugné-Poe, a la de un Copeau, a la de Gordon Craig, a la de los rusos
célebres ya, no ha tt"nido en España y América el influjo que debiera.
.
Autor dramático desconocido en Madrid, pese al revuelo que con motivo
del estreno de La Malquerida suscitó la semejanza manifiesta de la obra de Be-

navente con Misterio de Dolor, estrenado con gran éxito en Barcelona años antes, su concepto del arte dramático, por más que en sus intenciones últimas no ,
coincida con el nuestro, encierra las ónicas posibilidades de salvación del teatro agonizante en la mentecatez de sus actuales detentadores. Sean cualesqlliera las consecuencias de su doctrina de redención de la humanidad por el teatro, hay un punto en que sus aspiraciones ac~uales coinciden con las de todo •
eJ mundo civilizado en punto al arte teatral, a saber, en la necesidad de que la
representación dramática dependa no de la voluntad omnímoda del autor, ni ,
menos en la de los cómicos en libertad, sino de la del director de escena que
acopla al texto la declamación, los gestos, los movimientos de los actores en el
cuadro y la luz convenientes, dentro de un ritmo total, de una coloración, de
un concepto orgánico del que él sólo es responsable.
Esa es la labor del Tea/ro Íntimo, donde han tenido acogida digna lbsen y
Haoptmann, a su hora, Benavente en sus comienzos, los grandes griegos y los .
catalanes de cada momento, presididos por alguna representación magna,
como la de la Nausicaa de Maragall, Shakespeare y Moliere siempre. Esa es la
labor del Teatro Íntimo, nombre que no significa exclusión del elemento popular, sino el recogimiento, en todo caso, de la cripta de la catedral en construcción, donde se alimenta la fe con el oficio divino en la capilla provisional; la- .
bor que nos apercibimos a exteuder de Barcelona a Madrid y por toda España
después, unas cuantas gentes de buena voluotad que vemos en la dirección de
Gual no un intento sin realización posible, más la realidad halagüeña de uu camino de perfección por entre jardine!'I floridos.
UN cúneo

I!fCIPUWTa.

3:IO

33 1

�LA PLU~lA

LIBROS y

REVISTAS

Rabindranath Taf{ore.-El Ca,·tero del Rey.-(Poema dramático.) (Con una
canción de Juan Ra111ón Jiménez.) Trad. de Zenobia Camprubí de Jiménez y
Juan Ramón Ji:nénez, editores de su propia y sola obra.-Madrid, 192?.
Hemos recibido este nuevo ejemplar de la preciosa traducción de las obras
de Tagore, con una dedicatoria expresiva: •A C. R. C. por gusto y recreo, no
por nora.• En esa dedicatoria está todo Juan Ramón Jiménez, su finura, sus
complicadas reservas mentales, su recato, su pudoroso orgullo. Solemos los
españoles respetar demasiado el privad&lt;:&gt; del homb~e públic&lt;:&gt;· La costumbr_e
literaria francesa permite, no ya al admirador, 31 simple cunoso, t?marse_hbertades que aquí diputaríamos escandalosas Yo prefi~ro,. en gracia a la!ºtendón, arrostrar el sincero descontento de Juan Ramon J1ménez y anunciar
así a los gustadores selectos de su poesía, la nueva llegada de Et Cartero del
Re'II, cuyo pertume quisiéramos inundara las salas infectas donde todo dramón
tiene acomodo.
De antiguo tiene asignada la esperanza un color, el verde; un verde sobrenatural, más tierno, más ciaro, más regado de lágrimas consoladoras que el
verde del campo, que el verde del mar, que el verde de los ojos verdes: el verde-esperanza no admite definición ni cotejo. No sabíamos que:el verde-esperanza tuviese tan suave olor. Ni cómo-milagro de la poesía-Zenobia y Juan
Ram1n Jiménez han podido transvasado del arca hermética de Oriente a nuestro corazón, sin que su aroma se diluya. Gracias sean dadas al poeta y a su
musa compañera.

*

* *

Marmom1et.-Au Lion tranquille.-Roman. Bib. des Marges. París, Librairie
de France.

Esta novela ha suscitado en el ambiente literario de París una curiosidad
primero, una opin!ón favorable después, muy por encima de la bullanga recla,mista de los prem10s al uso y de lai grandes tiradas escandalosas. Se trata de
332

una nov~la de ªI?aches, escrita por un tipógrafo, conocedor por experiencia,
del medio que pmta y, lo que vale más, fiel traductor en argot sin contaminación de literatura melodramática, del espíritu de sus héroes. A.u Lion tranqu;lle es el título de la hberna donde acostumbraba reunirse !\farmouset con su
J\len_tor y_ compañeros de la pequ_eñ:i b~nda .. La simplicidad narrativa con que
el historiador refiere la novela, sm mtnga 111 trucos, de sus andanzas. la natu-ralidad con que se cumple la ley del destino cotidiano de los hombres, hacen
de esta cróni~a de París un documento inapreciable. Alguien ha llegado a citar, a propósito de Marmouset, los nombres de Saint-Simon y de Madame de
Stai::l.
Seda de desear que apareciese entre nosotro•, alguien capaz de imitar el
ejen:iplo ,·ealista del tipógrafo que esconde su nombre honrado bajo el pseudómmo de Marmouset. Su labor, tan difícil como la de suscitar en la literatura
española otra cualquier derivación de las últimas tendencias ultrapirenáicas,
rendiría mejores frutos.

* *

*

Giorgio Del Vecchio.-Tt Collegio di Sja!(na a Bologna.-Estratto dall'Annvario della Cultura Italiana•. f'er il MCMXXIII presso «La Fionda•, in
Roma.
El Prcf. Giorgio Del Vecc.hio, catedrático de la Universidad de Roma, fué
nuestro maestro en Bolonia. b:I recuerdo de las horas amables en que nos &lt;lis- pensaba el placer de su compañía, revive nuestro agradecimiento por el ftlósofo ilustre, que con exquisito gusto se ha complacido en trazar en breve monografía las vicesitudes d el antiguo Colegio de San Clemente de los Españoles.
cuyas piedras nobles pregonan todavía la gloria de su fundador insigne, el
cardenal Albornoz.
Restaurada recientemente la fábrica del Colegio, ya que no el decaído espíritu de la fundación albornociana, la discretísima contribución del Prof. Del
Vecchi~ a(ª obra de aproximación ítalo-hispánica, tan eficazmente propuganda
hace sets siglos por el gran arzobispo de Toledo, merece la gratitud rendida de
cuantos hemos gustado nuestros años mejores en el grato descuido de la cfosca
turrita Bologna•, cuya nobleza secular turbaban ya, en magnífico trance, los vivos destellos de la Cuarta Italia.

*

* *

Silvio Kossti. -Ejzgramas.-Ed. Pueyo.-xcMxx.
He aquí un libro inactual. Ningún pretexto justifica el que lo señalemos
ahora a la intención del lector curioso de novedades. Hace algún tiampo que
se publicó; no tanto, sin embargo, que ningún «Azorín, pueda ensayar en él
sus facultades de inventor de tesoros literarios cuyo gusto poder compartir
con la lengua de los académicos. Quizás nos haya movido a hablar de él cierto
prurito innato de llevar la contraria-al propio autor de Epigramas en este
caso, vaticinador, en el prólogo, de la indiferencia con que habían de acogerle
los mismos que jalearon Las la,·des del San«lorio-. Ello es que hasta ahora no ,
nos ha sido dado leerlos y que su lectura, bien que t3rdía con relación al tiem333

�LA PLUMA
LA PLUMA
po en que el libro se publicó, abona, por su misma inoportunidad, el reclamo.
La personalidad literaria de Sil vio Kossti se destacó sobradamente en su
primero cuanto sonado libro con los caracteres que distinguen a estos Epigra.mas. Es uno de sus rasgos más simpáticos la ostentación de dilettan/ismo en
que se complace. La producción literaria ha llegado a un punto de profesionalismo, que casi no se eocuentra nunca esa belleza propia de toda obra desinteresada, inútil en sus aplicaciones inmediatas, es decir, artística. Silvio Kossti
presume de aficionado. De aficionado excele,:ite tiene el gusto del clasicismo,
un gusto oo por chapado a la moda retórica del siglo pasado-prurito helénico
•de Valera, socarronería de Campoamor, vastedad de lecturas latinas de Menéndez y Pelayo-y aun del antepasado- últimos poetas salmantinos, primerns volterianos enciclopedistas-menos sincero y, sobre todo, fructífero.
Los Epigramas de Kossti remedan la intención antigua de] bilbilitano Marcial, a cuya memoria están dedicados, zahieren y satirizan, a lo que parece,
personas coaocidas del autor y de sus paisanos, aluden a circunstancias que
nos son del todo ajenas; y, con todo, uos gustan, nos deleita□. Sí, nos deleitan.
Hay ve1 bos, confinados ya en el uso retórico que convienen especialmente a
la gracia rebuscada por el autor de estos Epigramas. Ni les resta encantos, antes les añade actualidad viva, ciertos destellos de sal baturra por los que se
entrevé la pasión humanísima del jacobino, la desvergonzada picardía del sátiro, que la literatura cela pudorosa y circuospecta.

* * *

Fernando González: ,Manantiales en la ru:a.-Rivadeneyra, Madrid.
Hay todavía gentes que, por haberlo oído referir en son de burla, creen todavía en los poetas melenudos, para tener un pretexto de risa agresiva contra
las personas de finos sentimientos. Pero hay también quieoes creen simple
.Y llanamente en la poesía y en los que para tan desinteresada dedicación viven
como pájaros.
Entre estas gentes seocillas ha de encontrar rápidamente un público devoto
y extenso Fernando González, otro hijo de las Islas Afortunadas-que nunca,
sin duda, merecieron tanto el nombre como ahora que la Naturaleza se les
muestra tan pródiga con alumbrar en su suelo las puras linfas de Manantiales,
en que hay un eco lejano de las glorias del amor y del mar cantadas por Morales, y ese lirismo congénito, que exhalan con vario perfume las voces amigas
de un Alonso Quesada, un Claudia de la Torre, una Josefina de la Torre, un
Saulo Torón, y tantos otros naturalmente inspirados, sensitivos y tiernos.
Tierna, sensitiva e inspirada en recuerdos y deseos blandos, suaves, quedos,
nostálgicos, es la poesía de Fernando González, de que han gustado y seguirán
gustando repetidas m11estras los lectores de LA PLUMA, A los afectos más humanos, al amor filial y fraternal, a la piedad de sí mismo en la vastedad del
mundo, a las dulces cosas de todos los días, consagra sus versos este poeta
nuevo, nuevo en la vida, no porque pretenda romper los moldes en que ha ha llado fácil acomodo para la expansión de su sentir.
La música de este agua clara no nos sorprenderá por el prurito de inven334

-ci6n mel?dica,_ ni con raras armonías. Nos suena a conocida. Al dejar el libro,
esta voz JUVen1l se uue en el recuerdo con el coro dilecto de muchos otros
cantores que ~n el m~ndo han sido, pero no se pierde ni se confunde. No obstante parezca 1r !l un_1sono _con otras más potentes, se destaca su acento, no
P?r la agudeza 01 res1stenc1? de la nota! mas _por c_ierto dejo interior que nos
h iere e n lo hondo, con esa rncomprens1ble s1mpatia emotiva que hace llorar a
las estrellas cuando las sonreímos entre lágrimas.

*

* *

Guillermo de T o rre. -Hélices.- Poemas.-Ed. Mundo Latino. Madrid.
Libros como el último de Guillermo de Torre, joven poeta y poeta joven
ya no causan estupefacción, en Madrid por lo menos. Es verdad que tampoc~
sus autores parecen proponérselo C?mo 'Única aspiración al escribirlos y publicarlos. En todo caso, la extravagancia de una determinada disposición tipográfica con que _se sustituye, ~~a el uso inveterado de los renglones cortos para
los versos, bien !_a puntuac1on y sus signos gramaticales, por otras convenciones_, en nad! atane al fin y al cabo a las cualidades de una poesía adornada con
.afeites un s1 es no es desconcertantes. Por lo demás la oriainalidad absoluta
sobre q~e ~s imposible,.ºº. añade por sí sola complacencia"a los sentidos, ni
por cóns1gu1ente al sentimiento y la razón del lector. Bienvenidos, pues, los
nuevos vat~s tan presto vacados a una disciplina como el autor de Hélices.
Las_ curiosas an~taciones, los atisbos, los rasgos, las ocurrencias líricohumon~tas a 9.ue Guillermo de Torre llama poemas, tienen sin duda antece •
dente¡¡ mmed~atos en todas las literaturas europeas, principalmente en la francesa;~' en revistas modernísimas de París y de Amberes figura con alguna frecuencia el nombre del poeta español, junto a otros tan impersonales como el
suyo. Porq~~• _apa_rt~ un&lt;;&gt;s pocos, más sutiles o agudos, más recios o más delicados, es d1f1cil d1st1ngu1r a primera vista a los celadores líricos de los hangares don?e zumban:los motores de la nueva tendencia poética. ¿Quiere esto decir
que Gmll~rmo de To~re sea inferior en mérito a los cultivadores de los anti~uos _penslles ro~~ntlcos, _donde_ las libélulas volaban de flor en flor y las abeJas libaban dulc1s1mas mieles simétricamente trabajadas en redondillas, en
octavas o en sonetos? No.
Antes b!en, el sometimiento a una disciplina tan rigurosa en la elección de
temas poéticos_ como la 9.ue Guillermo de Torre acata, implica un desasimiento d~ toda realidad_ ~gotis~a, merecedora de elogio. La iabor de Guillermo de
Ton&lt;; Y sus correlig1onanos e?- la _fe exaltada del aeroplano y de la síntesis
cósm1_c,a e_xpresada en sentencias sm moraleja, denota cierto espíritu de colabora~1~11 ideal de que e;tábamos muy faltos. Sólo cua~do un tema poético se
C&lt;;&gt;nv1e_1te en lugar comun ha ganado a la masa. cLa princesa está triste» tam bién dicen que chocó bace veinte años. Cuando salió el primer cTreo expreso»
sólo. ~e cotizaba el valor poético de la diligencia entre los medios de Jocomoc1on.
3JS

�LA PLUMA
Bromas aparte, Guillermo de Torre es poeta y joven. Tiene, pues, derecho
a divertirse y a ir, si quiere, marcando~¡ paso delante de los más avanzados
de la vanguardia literaria.

Luis Calvo Revilla.-Ac/ores célebres del teat,·o del Príncipe o Español-Madrid. Imprenta Municipal, 1823,
No es verdad que la gloria del actor muera con él. Antes al contrario, pudiéramos creer más bien, por los ejemplos que tenemos vistos, en el beneficio
póstumo que añade el recuC'rdo de las grandes figuras escénicas a su mérito
efectivo. ¿Fueron Talma, Máiquez o Vico lo que sus contemporáneos r;os
dicen? ¿No hay en ese reconocimiento entusiasta un afán de participar, en
cierto modo, de semejante triunfo para sobrevivir, siquiera sea tan (de rechazo a la ruina de la vida propia?
Hay, con todo, indudablemente, una norma para discernir el oro de ley del
oropel de los laureles escénicos: el recuento de los entes de ficción a que dieron apariencia escénica los grandes cómicos de tiem pos mejores. En ese resp ecto, basta con comparar el repertorio de los actores cuya fisonomía estudia
don Luis Calvo RevilJa en su curiosísimo libro, para echar de ver la diferencia que va, a favor de los de.l siglo pasado, de los actuales intérpretes de Muñnz
Seca. ¿Calvo y Vico gustaron de ser aplaudidos a los buenos textos dramáticos de la gran época española? Pues son, sin duda alguna. superiores a Vilches.
¿Coincidieron con la capa y la espada de Ecbegaray? He ahí, asímismo, su contra·
El libro del señor Calvo, hermano del actor ilustre y autor aplaudido en su
tiempo, será leído con agrado y provecho por todos los buenos aficionados al
teatro, y aun desearíamos, para que tuviera muchos lectores, que por todos loSque dicen gustar del teatro sólo porque van a él con frecnencia.

AÑO IV.

MADRID, MAYO 1925

NÚM. 36.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)
X
LA SOLEDAD INAPETENTE

.e quedó anonadada, pero sintió la sospecha que
cerró sus lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huida de Armando y que ya la hizo descon,
fiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había llevado todas las cosas?»
« Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta
encontró el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre
delante en su mesa de despacho.
-No tendré ninguna carta de él-se decía Palmyra-dándose
cuenta de la crueldad necesaria en la huida. Para borrar su arrepentimiento le olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer
ALMYRA

C.R. C.

¡,

(1)

336

1

XXII

Véanse los números 34 y 35 de La PtuM.t..
337

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
María Bnriqneta.-Rumores de mi huerto. Rincones románticos.-Madrid.
Imprenta de Juan Pueyo.
Se ha honrado alguna vez LA Pw:r,u. publicando versos de María Enriqueta,
distinguida poetisa mejicana. En el volumen que ahora recoge todos los com·
prendidos en dos ediciones ya agotadas de Rumons de mi huerto, con más la
copiosa colección de inéditos de Rincones romJnticos, se advierte clara la formación de la autora en la escuela post-romántica.
Es verdad que la poesía no es de ayer ni de hoy; pero es innegable que en
tanto no borra el paso del Tiempo las diferencias de los tiempos, hay una especie de barrera que delimita los gustos de una a otra generación. La gracia de
los versos de María Enriqueta es, sobre todo, tan espontánea, que aún sometido su estro a leyes ha tiempo vencidas por usos y costumbres más arbitrarios, nos ganan por la tierna efusión que los dicta.
De Norte a Sur corre por el Continente americano un blando movimiento
de liras, acordes al íntimo sentir de tantas gráciles musas como se han dado a
cultivar la poesía, que ya no se contentan con inapirar en pechos varoniles.
María Enriqueta las preside.

*

*

AÑO IV.

1

MADRID, MARZO 1925

NÚM. 34.

LA QUINTA DE P·ALMYRA

*

&lt;1 &gt;

(Continuación.)

Valcntín de Pedro.-España .Re:-zaciente.-Opiniones, Hombres, Ciudades,
Paisajes.-Los Núevos. Calpe.
Valentín de Pedro es español. Español de España, como dicen muy just11m&lt;!nte en París para distinguir a los de aquende el Océano, de los españoles
americanos. Su internacionalismo no le perrr.ite reivindicar exageradamente su
condición de nacido en la Arge ntina. Tiene, no obstante, cierta timidez de extranjero para contemplar a España. El generoso optimismo de su España Renaciente, y más que nada el tono de descubrimiento con que celebra sus impresiones, le delatan. Ha abordado, en los capítulos que componen este libro, el
tema fundamental de la literatura superviviente del desastre nacional en que
seguimos viviendo. Admite el dogma de un renacirnrento actual de España.
Vamos, indudablemente, camino del éxito mundial. Hora es ya de que pensemos en afinar el sentido critico. No, no es oro todo lo que reluce.
Estas ligeras apreciaciones en nada quieren menoscabar la intención, el -i nterés, la amenidad del libro de Valentín de Pedro, en cuyas páginas se alían la
información curiosa, el detalle significativo, el apunte, el toque, y el impulso
ditirámbico, cálido, juvenil, entusiasta, esperanzado siempre.

C. R. C.

.. .

U

ooos pa:ecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias
de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas
de todo y frente al mar.
. Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba
b~:n mal que ésta tuviese a Armando a su lado. Le saludaban tambien con mucho aprecio Y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.
Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los
que permaneciesen en la vida.
-Por fin van a aprobar el tren eléctrico-dijo don Vasco dando
una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto i(jeal, el magno proyecto

°

(1) Véase el n&lt;imero 33 de La. PLUMA.

XII

177

�LA PLUMA
que comparte medio universo, la electrificación. Parece que entonces
se irá a todos sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin re-

1

¡.

servas.
-¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!-dijo doña Beatriz,
que sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que
pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de un
modo fabuloso las rentas de su dinerito.
La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía allí por ver si
perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto no la importab&amp;. nada que electrificasen aquello, preocupándole
íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía
electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevió a decir esa aprensión de su ignorancia.
Don Mariano opinó:
-No está mal... Habrá,,chispazos de gran ciudad en la carretera,
chispazos que las noches de verano parecerán relámpagos.
Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que
cuando había una entrada alegre, dijo:
-Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...
Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso, para distraerle de ella:
-Así podremos ir más veces al teatro, a Lisboa...
-Lo malo-insistió Armando-es que tenga tipo de tren en vez
de tener tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo.
Don Vasco, usted que conoce al Director de la Compañía se lo puede proponer.
.
El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como gmón que
suprimiría el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el
viaje todo aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel
viejo primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no po-

LA P L U 1\1 A
dría conseguirse
aquel raudo traslado telefóni·co en q ue matena
· 1men- b
te sona an.
Se hiz~ una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos reaccion_aban an~e la electrificación, pues veían al pensar en el
caso con mas atención
.
. que se corrompería un poco s u re t·u-o, que
aquello que hab1an ido a buscar iba a verse muy accedido por las
gentes que se enganchan en los viajes rápidos y fáciles.
-¡Qué tar~e- ha hecho ?oy!-exclamó el alegre español, en cuyo
pecho anfisemahco la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la cordialidad del tiempo abría todas las válbulas defectuosas.
-Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia-dijo Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.
Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:
-Ha sido una mañana de luar...
-Muy bien, muy bien; eso ha sido-dijo doña Manolita, y todos
l~s prese~tes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan
bien babia caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en
noche llena de luna, borracha de luna como un bizcocho borracho.
-Realmente es verdad ...-intervino don Vasco-. El sol era el
sol, de eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave
luz o más que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera de
luz suavizada aquí abajo, en el valle nuestro...
'
La tard~ les ~abía convidado a todos con sus vinos dulces y estaban embnagados como después de un día de santo. Veían con pena
Y aun con sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.
Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas
antes, cuando Palmyra estaba sola e indecisa, de la pasión inútil que
se escapaba a su juventud, de lo que no acaba de salir de las habitaciones, aunque se abran los balcones, porque se agarra a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de las butacas y los
1 79

17.8''

�LA PLUMA
sofás, y ahora, con más absorción de lo que flotaba de la pasión que
todos aquellos vejámenes suponían frenética, más frenética que tierna, sus pasiones, y eso que alguno, como don Vasco, las tuvo de
serpiente de tierra caliente.
Como esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así
parecía haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos
que se habían dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como
todo lo condensado en la alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.
Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra no; a
Palmyra le gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro,
ofrecer el te...
-A propósito del te, ¿ustedes saben una historia india...?-dijo
Vasco.
-Ya nos la ha contado usted tres veces, señor Vasco-dijo
Armando.
-Quizá a ustedes sí, pero, Nué espíritus nos acompañan esta.
tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.
-Espiritismos, de ningún modo-dijo Armando, riendo de la
disculpa que había buscado para contar la noventa y nueve vez la
historia del te.
-Este es siempre un te cada vez más tardío-dijo la inglesa con
su construcción y portugués estrambótico...
-Acabaremos convirtiéndole en vermú-dijo Armando.
-¡Qué mas da! El te no hace daño a ninguna }lora-aseguró la
pobre doña Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos
bizcochos y cuatro o cinco tazas, en cuyo fondo quedaba después
algo así como un final de sopas de ajo.
Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba
180

LA PLUMA
en aquella hora en que había llegado el último tren, después del que
ya no podía esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni
recibir un telegrama. Quedaban desligados del mundo como si fuesen
un islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.
Palmyra servía a Armando mirándole mucho a los ojos, queriendo dialogar secretamente con él enmedio de todas las visitas, pero
Armando rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella,
con esa insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.
-Ha vuelto la gripe-dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la consolasen los demás de su miedo; pero los pánicos se esparcen y se siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.
-La gripe siempre vuelve-dijo el anciano don Mariano-. Yo
siempre la he visto volver desde que era niño ... Es el vaho de la
muerte, ese humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No kay nada más sutil ni de qtie pueda uno defenderse
menos.
-No está mal la teoría-repuso don Vasco-. A la gripe la he
visto yo, devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella
como ahuyenta la peste ...
-Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí
mata-dijo doña Beatriz.
-¿Y de dónde podrá venir a aquí?-preguntó Palmyra.
-No la he dicho a usted, señora-volvió a intervenir don Mariano-, sale de los cementerios... Si quemásemos todos los cadáveres no pasaría eso.
Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido
el aire con la mano como quien aparta un contagio invisible.
Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde,
181

�LA PLUM A

LA PLUMA
sino como si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la
noche se declarase en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor
soledad.
Así era una tarde de visitas en la quinta de Palmyra.
V
DÍA DK LLUVIA AMOROSA

Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia
en los cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los
pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.
¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de
los flecos interminables!
Le faltaban palabras para Palmyra, esa era su principal tragedia,
y acariciarla la barbilla con ternura constante no era suficiente.
No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y
las ocho de la noche, pero esas como de breve duración.
Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y
de mirar la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un
reloj en cuya lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de
Palmyra.
Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió
tener una gran bondad.
En la lenteja del reloj-¡qué ocurrencia!-parecía vivir con palpitaciones de reloj, como si su corazón, en vez de moverse de arriba
a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.
Asomado a las ventanas de la quinta, pensaba que aquellas eran
las ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas fina-

les que daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del Océano Atlántico.
Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desalada que
al llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira
con fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se remonta y se va. Por eso había un suspiro claro de luz
aun siendo un día lluvioso.
En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.
-La lluvia borra el mundo- dijo Armando.
-No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad ... Hoy la
quinta está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí sola!»-repuso Palmyra.
Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que
resultaba más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y
confundía la luz.
Lo que en su rostro pálido había de herpético-ese poco de herpético que es como el principio inicial de la corrupción-se acentuaba más en la tarde, que devolvía a su condición de greda la carne
humana.
Lo que hay de más dificil de entretener es la mañana, y una mañana lluviosa sobre todo.
-Estamos como dentro de una pecera, colocados así detrás del
cristal y viendo caer agua-dijo Armando.
-¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera los dos juntitos?-repuso Palmyra.
Armando tenía odio ,a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.
Así, por ejemplo, al ver sus brazos desnudos, pues era lo que a
Palmyra la gustaba más desnudar, la ha dicho Armando con tono
desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:

�LA PLUMA

Ir

-Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los
brazos desnudos.
Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra ha
cruzado sus brazos y se ha cubierto con las manos los biceps mullidos y con plástica de aparatos musicales de la sensibilidad.
Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba cohibida como una,cordera bajo un eclipse.
La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se
compra en el dintel de la puerta.
Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni
por la mañana, y se miraba y le volvía a m-4"ar y se volvía a mirar
para ver si le podía complacer a él lo entreabierto y le volvía a mirar
ella para encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como
premio. Pero él la miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la quito el polvo, con mirada burda de doméstico.
Después Armando se ponía a pensar en la comida.
«Qué pez e.5 el del día es lo que hay que preguntar-se decía
Armando-, que la carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer
como la de la ternera.»
A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la discusión de la cancela el pez más extraordinario de las
banastas, hacía Armando su pregunta con voz alta:
-¿Qué pez es el del día?
-Hoy es pargo-le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:
-Es un pez muy bueno que aquí llaman jubel.
-¡Sí, sí!... Ya sé-dijo Armando, que no quería recibir tantas explicaciones como un sordo.

LA PLUMA
La nieve del mantel caía ya sobre la mesa, él lo veía desde lejos,
a través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Los
largos copos iban después reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.
Ya estaba al borde de beber su vino predilecto, al que desde su
sitio veía enrubiecido por la luz que caía del sol a través de las
nubes.
Y para el vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar,
para aquel Busellas claro como sangre éordial de mujer rubia. Muchas veces levantaba su copa para ver el día a través del licor y del
cristal y encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el suficiente optimismo.
El «Busellas vielho&gt; le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, que suele buscar el fondo del vino para posarse, que lo adensa
y lo mejora.
«¡Es que me he bebido la esencia de tantos díasl&gt;-se decía Armando al sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de segundos.
Él se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aún en los días
grises en la hora del almuerzo, mirando por la vidriera el mar como
si fuese motivo Je una vidriera polic:-omada, en que cada ola se emplomaba en la de al lado y en la de delante.
Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y lo
atraían, jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del
diábolo, se movían dentro del ángulo del brazo y le eran devueltas
después d~ saciadas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste
que queda entre el brazo y el antebrazo.
Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy
señora.
Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con
185

�LA PLUMA

LA PLUMA

mueca tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los ojos vivos y la nariz esculpida.
¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas! ¡Qué lindas!
¡Cómo tiraban las mejillas y todo el rostro de su perfill Pero lo
presentaba escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien las dos orlas de brillantes de sus lóbulos.
En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo a Palmyra:
-Sabes ... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también
aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.
-Bien, bien... Escríbele esta tarde mismo-dijo Palmyra con verdadero deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus
ilusiones insatisfechas, la de tener siempre un huésped.
Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas se fueron recomponiendo, atusándose, diciéndose: «¡Viene por fin un huésped!. .•
¡Viene por fin un huéspedli.

VI
LA ÚLTIMA AMA.ZONA

Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía irse antes al montar a caballo. La paseaba 5ólo por los paseos
transitados y sabidos.
Eno-añaba
aún a las gentes la amazona, pero ella tenía, una gran
b
tristeza en el corazón porque a caballo sobre todo se decta que no
había sitio a donde ir.
Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados,
un caballo francés, al que llamaba «Rey».

-¡Roi...1-decía a veces en francés, como si eso la diese un aire·
más aristocrático y el caballo se calmase así más.
La última amazona salía sola a la tarde-muy pocas veces con
Armando-y adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era
su hora de generalísima.
Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud
dentro de su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente,
enredado hasta muy tarde con los licores y con el café ideal que ell'i
le preparaba en tazas de oro, en cuyo fondo se tiraba el último sorbo y era como esencia de escarabajo pura.
La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al
aire con sus senos y eso hacía que le fuese difícil al caballo romper
el aire, porque todo venia a recibir el encontronazo.
Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como sisobre su caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de
la noche.
El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la
amazona. Necesitaba esa emulación. Si transitas por los caminos,
amazona justa, habrá más florecillas en las márgenes.
Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole
con una guirnalda de moños de gran rodete.
La devolvía nueva aquel paseo de después de comer sobre el caballo favorito, al que daba terrones como una ecuyere.
Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra
y se notaba después en el resto de la tarde la dulzura que la había
impuesto el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino que la rozaron, que la quisieron abrazar.
Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta.

�LA PLUMA
LA PLUMA
,de la Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje
de etiqueta que exige el paisaje, que es la vanidad del paisaje. Armando la había dicho:
-Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela, igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche
·sobre la superficie un tanto encallecida del arroz con leche.
Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con aquella
vuelta por los caminos de la fina amazona de breve cintura clásica y
busto en punta. Con los gestos que la amazona hacía con la fusta y
,que eran como de batir el aire, se quedaba flagelado y enervado como
después de flagelación el mismo aire de la tarde.
-Día que no sales- la había dicho también Armando-es día en
-que todo parece más hostil y como si algo faltase en la toilette del
panorama.
Es como si el muy cochino del día no se afeitase, al no recibir tu
visíta estuviese descuidado y salvajinoso.
-Mi amazona, ven-la decía Armando con un mimo nuevo abra.zándola efusivamente, encontrando un apresto y una dureza en su
busto que había adquirido petando con todo el camino, sobre tod0
con las vueltas.
Ya era una cosa más de su toilette volver así, triunfadora, con
la levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con
·1a nariz agudizada.
-Traes las enaguas purificadas de la amazona-la decía Arman,do-, y traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como
se recoge el frescor de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.
También la repetía entre sorprendido e irónico:
-Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la
madrina del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mis-mo tiempo.
188

Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo esose iba adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el
botín que traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras-oleaginosas, que se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber sido arrancadas.
Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos,
soleados y le.fanos, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas.
fábulas y las viejas consejas.
Había hecho la dueña de la quinta lo que tenía que hacer. Se había sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres
que para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la oreación serena de sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía
propicio. Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho enlevitado, en el que tropezaba con la doble fila de,
botones.
Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo
sus brazos desnudos. Eso la volvia la mujer débil, íntima, delicada,,
cohibida. Él, como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los.
brazos, de a1Tiba a abajo, de arriba a abajo.
El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de
luz en que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a
intrigar y a hacer la tertulia. Así sólo era una jaula demasiado grande, de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que
las jaulas íntimas.
En el patio del estanque gritaban los patos como si siempre les
persiguiese la mano del matarife., como si fuesen a cogerles para
echarles al caldo hirviente.
Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.
Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:
189,

�LA P L U 11 A

-¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que
.cobardes!
Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas, porque su secreto es que eran de plata. Se hundían en el lan&lt;ló, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban
como a darse un paseo como en hamaca por el paisaje.
Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la cap ital.
Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en
ellos la felicidad deseada.
Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba el raudal feliz
,de un principio de primavera siempre. Se leían en él, desperezando
los brazos largos, los periódicos tostados, luminosos, felices del
verano.
Como en butacas de pt::luquería alegre iban todos los viajeros. La
tijera del buen día les acariciaba el cogote.
Había risas de las enemistades lejanas en estos extranjeros solos
,embriagados en el viaje. Su sarcasmo era por los malos que se tenían que estar allí por su ambición o por su torpeza. Los anónímos
1·ecibidos se habían borrado definitivamente en este ambiente.
Después volvían al campo, y ya en aquella carretera peor, el
landó sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes zanjas
.abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.
Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en
medio del miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más
.arriba, en terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar:
«¿Es que su padre fué un náufrago y no -quieren volver a ver el
,mar?»
En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto

LA PLUMA
{¡que sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las
atalayas bien dispuestas para verlo más tiempo.
Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre, primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde
siempre sentados frente a los últimos cristales- debieron hacer más
bajo el alféizar.
Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto
particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu
avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.
El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado.
Al bajar las cuestas los caballos torcían las cabezas como si se las
descoyuntasen, unidas las dos cabezas en un delirio de espanto,
siempre como si ya no pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.
Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos,
ya con la blanca espuma en que se notaba un poco su espanto.
Pero siempre se salía con bien de ese momento dificil de la cuesta
abajo en que el torno intervenía como una máquina de someter al
Destino.
Otra vez en el campo llano volvían a su serenidad.
¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan
.a veces su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor correspondiente al ensueño de su sabor.
Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina, pero la conmovía con su finura.
- Huele casi como la flor de almendro- dijo Armando.
-Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...
-El campo nos ofrece lo que puede ... No es para que le llames
ordinario a lo que te regala.

�LA PLUMA
-¿Que no es ordinario? ¿A que no te atreves a que tengamos en
la vivienda sobre los veladores flores de habas? Si nos preguntase
alguien qué flores eran, ¿té atreverías a decir la verdad?...
Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras sentimentales. Era más fino su perfume porque se filtraba a
través de los demasiados cercos de piedra en que abundaba el valle.
-Debe tener dolor de muelas el paisaje-dijo Armando.
Pasaban por caminos de pinos constantemente.
Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras
oscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.
Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas
de la tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.
«Un día-pensaba Palmyra-se le ocurrirá hablar a uno de esos
humanos pinos, y dirá recitales de profundo sentido.•
Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que
van al lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo
con un movimiento propio.
Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.
Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que
daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver
todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no
alcanzan• y él opinaba, señalando es:!s minas o esas montañas que
parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, decía otras
veces, y quiere que se la dote de castillos y de fosos de los castillos&gt;.
Cada cual halla un sentido al mundo y se Je hallan matices constantemente, sobre todo cuando las lenguas se desatan de verdad al
atardecer.

LA PLUMA
Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese
su gesto buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como
paloma que buscase el pico del palomo. Armando la rehuía un poco.
Era de suyo temeroso de la avidez que hay en los gemelos de los
ociosos dueños de los «chalets&gt;. Palmyra tenía la hermosa pasión que
no se racata.
Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida
con los ojos abiertos.
-¡Qué turulata eres!-la decía Armando.
-¿Y qué es eso?-preguataba Palmyra.
-Que te quedas turulata y no sales de ser una t uru ¡ata... Un
ocaso te dejo un día así y no sales de tu arrobo ...
-¿Te burlas?
-Jamás ... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en
brazos tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu
desmayo, como si el suplicio de un momento del Don Juan Jo aceptase yo para siempre ...
-¡Qué poca ternura tienes!-le dijo ella.
Se es insaciable de ternura en medio del paísaje.
. -Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide,
smo de una huerta de corazones-le dijo Armando.
Volvían hacia casa. Contracorriente volvían también Jos trabajadores, que miraban cínicamente a los coches.
~iemp~e parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía
el vientecillo sutil que da la pulmonía.
El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el
listón de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada..Ese
salto del coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era como el salto que dan los caballos de circo cuando ya han
trabajado, cuando ya se meten dentro.
XIII

1 93

�LA PLUMA
LA PLUMA

.

f

La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había
más luz, una luz que había estado sola en las habitaciones y que se
había llenado de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado la luz.
Es cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su
entonación 1 la serenidad de otro tiempo en que abundaba.
Él sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889,
cuando en casa de su abuela, en la calle de Montelen, llegaba la hora
de la siesta y se quedaban entornadas las maderas._
.
Era un aire de hacía treinta años aquel que hab1a en la Quinta, Y
por eso resultaba tan virgen y tan sabroso.
Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los ~brazos
de la desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, Y, sm embargo, estaban en pie y con la etiqueta del traje.
Armando, displicente, apenas le hacía caso, y ella, entonces, se
iba como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber
llorado, pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.
Armando miraba al cielo como si aquel tipo del rostro de Palmyra señalase muchas nubes y una luz lluviosa.
«¿Pero es que han nacido para llorar?», se preguntab~ ~rmando,
y sin poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que
justificase sus lágrimas.
En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella
propensión a las lágrimas.
.
A lo lejos el polvillo del mar hacía hermoso el sol y aleJaba el
poblado extremó de la costa. Le daba un tipo de ensueño de la realidad.
Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a
a los pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus casas de refugio.

Palmyra se dirigía a esa hora hacia atrás buscando el apoyo de alguien, buscando con todo el reposo.
Las butacas muy echadas hacia atrás, de abrazo antiguo la recibían a esa hora en que a los seres finos les entra el desmayo de amor.
Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de Ja soledad. Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño
lleno de sueño verdadero, se iba a la cama.
Armando que había soñado tanta cosa para cuando se acostase,
se encontraba ensoñarrado y cansado.
La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer
que entra en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.
Tenía costumbres antiguas y cuidadoras como guardar en su joyero de cristal de un fondo azul enguatado, las joyas de que se
despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos severos que imponen las joyas antiguas que son como de las
severas mujeres de la familia.
En el clima de aquel paraje podía sacar las manos de entre las
sábanas y jugar con ellas.
Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada. En vez de tenerla más por completo y más para él solo que
nunca, se sentía sin ella como si se quitase la camisa en el vacío supremo.
La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba
el sol, el aire denso y vivo.
Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los
insaciables envuelva a la mujer que se desnuda por muy a cubierto
de ellos que lo haga.
(Se continuará.)

RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA.
1 95

�LA PLUMA
OLUIPIA

Esta chica tiene buen gusto. Dí, Julio, tú que me has visto desde las
butacas. ¿Dónde hará más efecto? Me lo voy a poner aquí.
JULIO

Creo que ahí resultará demasiado cínico. (Entra Paca.)
OLIMPIA

OLIMPIA DE TOLEDO

¡Qué simple! ¡Cínico! ¡Cómo si fuera yo a hacer un papel de colegiala!
¿No comprendes lo que voy a bailar? ¡Es terrible, una danza de seducción, de puñaladas y de sangre! Una mujer que tiene que satisfacer su
venganza. Seré cruel, caprichosa, fría.
JULIO

DRAMA EN TRES ACTOS

Entonces no te disfraces.
OLIMPIA

SEGUNDO ACTO
Gabinete de Olimpia en el teatro. A la derecha, puerta de entrada. A la izquierda puerta que da al cuarto tocador donde ocurre el primer acto. Noche, luces
'
encendidas.

¡Qué soso de hombre! Una mujer por la que se suicidan los hombres
a montones. Una tigre, una pantera, una ... no se me ocurre todo lo que
tengo que ser en este baile. ¡Una vampiro! Mira, que un viento de furia
amorosa renueva los volantes de mi falda, que mi abanico con suave
movimiento atraiga a la víctima, que mis ojos le fascinen, mirándole
así, clavados en los suyos y con el ademán le rechace.

ESCENA PRIMERA
JULIO, después OLIMPIA y PACA entran por la puerta de la izquierda,
JULIO ( Pensativo está

PACA

Como en aquel cantar que dice:
Con una mano me echaba,
con la otra me recogía.

esperando).

(Traje Jantástíco de manola, escote exagerado, abanico enorme, se
pasea contoneándose).
Este traje me sienta muy bien ... ¡Estoy maravillosa! Paca, tráeme el
blanquete y la caja de los lunares. Oye, Julio. ¿Me dejo el lunar donde
está o lo pongo aquí?

OLINPIA

PACA

De todas maneras estará bien. (Vase.)

JULIO

Así eres tú.
OLIMPIA

Mira, Julito; no te me pongas cursi, por Dios. Habrá un revuelo hoy
con la presencia del duque. Todas ellas, que de seguro están sobre aviso,
tratarán de camelarle. El empresario es capaz de meterle por las narices a
197

�LA PLUMA

LA PLUMA

su Pelitos. Pero no me importa. Ya verán, ya verán. Voy a patearlas la cabecita a todas esas envidiosas. ¡Me como al duque, me lo como! Le voy a
asesinar a fuerza de ojos. Verás, Julio; v&lt;&gt;y a estar en este número inspiradísima. Tienes tu localidad, ¿no? Que te traigan una.

ESCENA SEGUNDA
DICHOS y AUGUSTO
AUGC"STO

JULIO

Lo que tú hagas le parecerá bien a ese duque y a todo el mundo.

No; te veré desde los bastidores.

OLIMPIA

OLIMPIA

Te juro que van a rabiar esas. Después de ese garrotín de la Pelitos,
que parece un ataque de nervios, vas a ver el efecto que produzco. Verás. Yo empezaré despacio, muy despacio, con movimientos de paloma,
así (acompañando la acaon a la palabra), como esas palomas que al andar mueven el buche ... Poco a poco el ritmo de la música se va animando y yo también. Provocativa, insinuante, miradas ... , sonrisas ... ,
coqueterías. Con la promesa de mis ojos y de mi gesto, el mendigo de
amor se anima, se acerca. Yo, cada vez más gallarda, me alzaré en la
punta de los pies y le miraré despreciativa. Luego bajaré los ojos arrepentida, pudorosa, me cubriré la cara con el abanico y correré a pasitos
cortos, volviendo la cabeza, guiñando un ojo tras el encaje de la manti
lla, le echaré un beso, y como si un;¡. furia de amor y de locura se apoderara de mí, bailaré frenética y la mantilla volará por el aire, se soltará
mi pelo, las flores y las peinetas rodarán por el tablado y la falda será
como una flor inmensa... Y el enamorado se acercará, quiere estrecharme contra su pecho. Yo entonces saco el puñal que guardo en el pecho
y se lo hundo en el corazón.

Pues a Julio no le gusta.
AUGUSTO

Este es un turco celoso que todo lo quiere para sí. Un egoísta. Lascosas buenas no deben pertenecer a uno solo, sino a todos. Ser del dominio
público. ¿No han venido ni Paquiro ni don Esteban?
PACA

No, señorito Augusto, porque ahí fuera está un señor que espera a
don Esteban hace lo menos una hora. Dice que es de su pueblo.
AUGUSTO

Pues me han fastidiado, porque unos ~migos míos querían verte bailar y no han encontrado localidades.
v LIMPIA

Y luego ese majadero de empresario a quien le lleno el teatro todavía
me escatima los reclamos.

ESCENA TERCERA

JULIO

¡Lo haces de veras!

DICHOS, ·PAQUIRO y DON ESTEBAN
OLIMPIA

Calla, bobo. ¿Eh? ¿Qué te parece? ¿Tendrá éxito? Hice una españolada semejante en Munich, y creía que aquellos alemanotes me comían
de entusiasmo. (Augusto aparece en la derecha.) Verás, verás qué efectito
le hace al duque ...

PAQUIRO

Buenas noches. ¡Qué guapa estás, Olimpia!
ESTEBAN

¿Qué? ¿Se pasó aquel arrechucho?

198
/

199

�LA PLUMA
LA PLUMA
AUGUSTO

Paquiro y usted, don Esteban. ¿Quieren hacerme el favor de darme
sus butacas? Las necesito para un paisano. Por favor. Veremos a Olimpia desde el escenario.
BSTEBAN

ESTEBAN

Bueno, ¿qué quiere usted?
VICE."TE

Deseaba saludar a usted, don Esteban.

Téngalas.

ESTEBAN

(Va a la puerta de la dt'Yecka)
¡Chico! ¡Ehl ¡Botones!. .. Vete a la puerta del escenario, y allí veras a
dos señores con pinta de paletos. Les das estas localidades de mi parte.
AUGUSTO

Dígalo pronto porque usted no se contenta con saludar.
VICENTE

Necesitaba una recomendación.

PACA (Dando una tarjeta a Esteban)
Don Esteban, aquí fuera hay uno que le busca a usted que me ha
dlldo esta tarjeta.

ESTEBAN

VICENTE

la tar:feta y la lee)
¡A ver! ¡Calla, si es mi recomendado! ¡Menuda lata me está dando!
¿Te importará que pase? Lo despacho en un voleo.
ESTEBAN ( Toma

r

A riesgo de abusar.
ESTEBAN

¿Qué es?

OLIMPIA

Que pase; conoceremos a tu recomendado.
ESTEBAN

Paca, dile que entre. (Vase Paca por la derecha)

ESCENA CUARTA

VICENTE

Gracias a las recomendaciones de usted, entré en la oficina de Fomento de la provincia y pude conseguir también la plaza en el Catastro;
pero como a mí me convenía estar en Madrid, me valía del medio reglamentario para no ir a mis oficinas.
AUGUSTO

Claro que le pagarían los dos sueldos.
DICHOS Y VICENTE
VICENTE
ESTEBAN

¿Qué hay Vicente? ¿Me va usted a perseguir hasta aquí?
VICENTE

Tengo un verdadero honor, mucho honor.

¡Ahl Sí señor. Naturalmente. Ahora hay una plaza que me conviene
mucho, para la cual, concursan dos personas que pueden hacerme daño:
un ingeniero y otro que la está desempeñando interinamente, hace diez
.años, y yo, aunque el ingeniero estará mejor preparado, creo que si me
ayudara don Esteban podría inutilizarlo. En cuanto al meritorio, pare-

200
201

�LA PLUMA

LA PLUMA

ce que tiene la benevolencia del Tribunal que ha de juzgar porque es
hombre de mucha familia y de pocos recursos. Sería lastimoso que el
Tribunal, dejándose llevar de un sentimiento de conmiseración y fundándose en que ya ha desempeñado interinamente este cargo, vaya a
dárselo en propiedad produciéndome a mí un verdadero trastorno.

VICENTE

Tendría un verdadero placer.
OLIMP1A

Vaya, se ve que puede usted andar solo por el mundo.
VICENTE

PAQUIRO

Señorita, a sus órdenes.

¡Vaya un gachó!

ESTEBAN

ESTEBAN

Bueno, hasta mañana.

¡Bien, hombre, bien!

VICENTE

VICENTE

Yo, claro, por mi empleo en el Catastro, he podido hacer algún favor evitando el pago de una contribución y por eso tengo simpatías entre los adinerados, don Esteban ya sabe...

...

1

¡

..

r

Señorita... , caballeros ... , tengo mucho honor...

ESCENA QUINTA
DICHOS, MENOS VICENTE

ESTEBAN

Sí, ya sé que gracias a usted, me dijo mi administrador...
OLIMPIA
VICENTE

Don Esteban. ¡Vaya un tío que estás hecho!

Sí, que el Coto del Espino que es tierra de huerta paga como de secano.

ESTEBAN

Chica, ¡cosas de allá!

ESTEBAN

Bueno, ¿y qué?

PAQUIRO
VICENTE

Una carta de usted para don Federico y creo que me lo arreglará
todo.

Y de acá, porque aunque se rían ustedes, he de decir, que gracias ~
mi amistad con un ministro paisano, fué nombrado un chico simpático,.
eso sí, profesor de Filosofía. (Ríen.)

ESTEBAN

Mañana vaya a recogerla a casa.

.,

PAQUIRO

Pues sabe usted que siento no tener algún chanchullito en esa provincia para que usted me lo arreglara.
202

ESCENA SEXTA
DICHOS y un AVISADOR a la puerta.
AVISADOR

¡Señorita Olimpia! Voy a empezar cuando usted guste.
203,,

�LA PLUMA
LA PLUMA
OLIMPIA

¿Venís?

PAQUIRO
JULIO

Yo, sí voy.

(Ríe)

¡Pchs! La cuestión es poder hacerlo.
AUGUSTO

ESCENA SÉPTWA
.AUGUSTO, PAQUIRO, DON ESTEBAN y PACA (que entra en la izquierda).

Yo, la verdad, tomo a Olimpia como un excitante. Su gracia, su belleza, su desparpajo, sus cualidades ...
ESTEBAN

AUGUSTO

Si es que tiene alguna cualidad fuera de su hermosura y de su instinto artístico del baile.

Este Julio, es cosa perdida.
PAQUIRO

AUGUSTO

Sí, se le ha metido esa mujer en el alma.
ESTEBAN

Ese chico, no tiene sentido común. Buena diferencia va de la manera de ser con Olimpia de usted, de ti, Paquiro, o de mí.
PAQUIRO

La diferencia es, que ni usted, ni Augusto, ni yo, queremos de verdad a Olimpia, y Julio está chalao por ella.

Bien, sí. Pero aparte de eso. Sean cualidades o defectos. Yo me embriago con Olimpia, como Poc con aguardiente, o Verlaine con ajenjo.
Es el más poderoso estimulante poético que he encontrado en mi vida.
Tienen para mí sus gestos, su figura, los faralares de su falda, un sentido igual al que para un poeta geórgico ...
PAQUIRO

No te entiendo una palabra.

ESTEBAN

No me explico, no me explico esa manera de ser. Yo, no tengo la
pretensión de ponerme de modelo de nadie. Tengo mis líos como cualquiera; pero, eso sí, ante todo, mi mujer y mi hija. Yo vengo por estos
·sitios, donde, para qué negarlo, no hay una moralidad excesiva, y a veces empiezo a tontear con una, que unas veces puede ser una bailarina,
otras, una cupletista, quizás, una camarera. La obsequio, la distraigo,
se divierte conmigo, me cuesta mi dinero, y me lo gasto con verdadero
placer. Pero en cuanto yo noto que la muchacha me va interesando demasiado, me pongo en guardia; eso no, ante todo la tranquilidad de mi
mujer y de mi familia. Ya digo, en cuanto noto que una muchacha de
-estas empieza a interesarme, la dejo y busco otra. ¿No estoy en lo cierto?
204

AUGUSTO

Hombre. Como el sentido que tiene para uno que haga versos del
campo, una gavilla de mieses o un rebaño ...
PAQUIRO

Si te oye ella, te ahoga.
AUGUSTO

¡Pero si es un elogio! Me gusta verla ... , pero de lejos, sin meterme
en honduras, como a un hermoso cuadro. Si te acercas a un lienzo pintado, ves barniz, pelos del pincel, gotas de aceite endurecido, resquebrajaduras ... ; esas cosas son las que no quiero ver en el hermoso cuadro
de Olimria.
205

�LA PLUMA

LA PLUMA

PAQUIRO (Rt'endo)
¿Pero tú crees que ella tiene esas porquerías? Vamos, para mí que
.tú estás todavía más chalao que Julio.

PAQUIRO

1Bah, la vida!...
AUGUSTO

AUGUSTO

Entre tú, Paquiro; usted, Don Esteban, y Julio, han establecido un
-«match», cuyo premio puede ser Olimpia. Don Esteban va empujado
_por su dinero, su trato con las mujeres ...
(Riendo)
Pues el J ulito se las tiene tiesas con usted, Don Esteban.
PAQUIRO

AUGUSTO

Tú, Paquiro, tienes en tu favor toda la prestancia del torero. Porque
tú no eres de esos toreros que parecen, fuera de la plaza, unos buenos
.empleados de oficina. No, tú er_es el torero tradicional, valiente, gasta•dor y buen mozo.
ESTEBAN (Rt"endo)
Pues Julio se sostiene a tu lado, Paquiro.
AUGUSTO

Lo sabe, y lo sabemos todos. Pero es, poniendo ustedes lo de menos
.Y él lo de más. Para usted representa Olimpia unos fajos de billetes de
menos en su cartera, que su administrador se encargará de reponer.
Para Paquiro, Olimpia es un capricho. Volver un día de la plaza de toros con la mujer de más postín de Madrid, y que alguno rabie de envidia y que alguna palidezca y se muerda los labios al decir: «Olimpia de
Toledo, está ahora con el Paquiro».
ESTEBAN

Para Julio, Olimpia debía ser la modelo, el Arte.
AUGUSTO

Pues eso es lo que no ocurre. Para Julio, Olimpia es la vida, la vida
.misma.
206

Todas esas ropas, esos perfumes, esos afeites de la bailarina, exha\an un relente que a todos nos marean como un vino encabezado. A
nosotros es aquí, aquí sólo. En cuanto yo salgo de aquí, desaparece el
efecto de embriaguez. Pero en Julio, no. La imagen de Olimpia le per.sigue. En su estudio de pintor...
ESTEBAN

Está bien. En el estudio, está bien.
AUGUSTO

Sí, en un estudio puede reinar el recuerdo de las mujeres como
Olimpia. Pero que Julio, en el humilde comedor de su casa, mientras
su madre hace calceta a la luz de la lámpara y su hermana borda, piense en Olimpia, y que él, que aquí es un esclavo, el más miserable de los
esclavos, capaz de barrer con la lengua el polvo que pisan los tacones
de Olimpia, sea allá un tirano caprichoso, que atormenta a su madre y
.a su hermana. Y todo, ¿por qué? Porque Olimpia no le quiere, como
él quiere que le quiera .
ESTEBAN ( Rt'endo)

Ya sabía yo que nuestro amigo Augusto sueña con la muchacha que
borda bajo la lámpara, al lado de su madre.
AUGUSTO

(Riendo)

Es verdad. Bueno, don Esteban. Me dirá usted que no merece la
pena de emborronar cuartillas con sonetos dedicados a Olimpia, para
Juego salir con cantinelas burguesas.
,
ESTEBAN

Por eso, vuelvo a repetir, que mi sistema es el mejor. En cuanto se
siente el menor interés por una ... a otra .
207

�LA PLUM A

LA PLUMA
PAQUIRO

Es que a Julio se le ha metido Olimpia en la cabeza, y en ella le da
vueltas como un chiquillo goloso a un caramelo.
ESTEBAN

Y a juzgar por el ruido que llega hasta aquí, debe estar volviendoloco al público.
PAQUIRO

Con tanto charlar no la vamos a ver. ( Vanse.)

pia: ¡Qué magnífica! ¡Qué estupenda has estado! ¡Olimpia, qué bien!
Era lo mismo que ahora.
JULIO

No, Paca; no me digas eso.
PACA (Ríendo)
¡Ay qué gracia que tiene, lo q_ue ~ste_d dice, señorito Julio! ¡Ja ... jal
¿De modo que usted cree que m1 senonta ha cambiado en estos ocho
días? ¡Vamos, que aquí el que ha dado el cambiazo es usted!

JULIO

ESCENA OCTAVA
PACA se acerca a la puerta de la derecha y escucha el ruido lejano de los
aplausos, después JULIO

atropelladame!tte)
¡No! ¡No quiero verla. (Se sienta en un diván, la cabeza entre las manos.) ¡Qué asco! ¡Qué vergüenza!

¿Pero tú la has visto en este baile?
PACA

1Anda! ¡La mar de veces!

(Sonrte it-ónt"ca)

¡Ay, señorito Julio! ¡Cómo varían ustedes los hombres!
JULIO

¡Nunca! ¡Nunca ha estado así esa mujer! ¡Nunca!

I

JUUO

JULIO ( l:!,ntra

PACA

&lt;,

Asómate a mirarla, asómate; verás cómo nunca la has visto tan desvergonzada, tan... asquerosa.
PACA

¡Bah! ¡Bah!, señorito Julio. Que todas esas cosas son figuraciones de
usted. No necesito verla, porque me la sé de memoria. Hoy, no digo,
puede que cargue la mano para entusiasmar al duque. Como dicen que
es el amo, en algunos teatros extranjeros, porque allá se deja un porción
de pesetas... ·

PACA

ESCENA NOVENA

Vamos, señorito Julio. No hace todavía ocho días que estaba usted
entusiasmado con las cosas que la señorita hace en el escenario.

DICHOS, PAQUJRO y AUGUSTO

JULIO

PAQUIRO

¿Tú crees? ¿Tú crees de verdad que Olimpia hacia esos gestos, esos
desplantes, cuando empezó a bailar aquí?

¡Vaya final! ¡Ha estado superior! ¡Daba miedo cuando se marcó la
puñalada!
AUGUSTO

PACA

¡Pues claro, señorito Julio, pues claro! Cuando usted la decía a Olim.208

Si, parecía que clavaba de verdad.
XIV

�~PLUMA

LA PLUMA

ESCENA DÉCIMA
DICHOS y OLUIPIA
OLIMPIA

(Jadeante, despeínada, flores en la mano izquierda,
y el puñal en la derecha)

¡Ah!... ¡Ah!... ¡Qué ovación!. .. ¡Así!... ¡Así me gusta!... ¡Oh! ... ¡Volverlos locos!... ¡Que griten!... ¡Que rujan!... Cientos y cientos de ojos ...
que quieren comerme .. . , atravesarme con la mirada ... , cientos y cientos
de cabezas congestionadas ... de amor... ; bueno, de lujuria... mejor. Y
la vibración de las manos que aplauden. ¡Eso!.,. ¡Eso es lo que a mí me
vuelve local ¡Ah, Paquirol Aquí, tú y yo solos hemos sentido eso. Ven,
Paquiro; dame un abrazo, compañero ... Tú y yo solos ... , no éstos. El
uno con sus poemas, el otro con sus cuadros ... ¡Valientes éxitos!... De
sonrisas, de cuchicheos ... , no de alaridos ... de rugidos. ¡Eh, Paquirol
¿Cómo alienta? ¿Cómo gruñe? ... Late como una jauría de perros rabiosos... ¡Ah, qué gusto! (Se deja caer sobre un diván .)
PAQUIRO

Sí, eso, la verdad puede mucho.
OUMPIA

¡Jal ¡Jal ¡El duque loco! ¡Loco! Sacaba medio cuerpo fuera del palco
y gritaba: «¡Bravo! ¡Bravo!» ¡Que rabien esas idiotas! La Pelitos ... ¡Bah!
Cuatro aplausos pagados de la clac. Pero a mí... ¡Oh, cuando di la puñalada casi tuve miedo, creí que se me echaban encima! ¡Oh, qué bien!
(Pensativa.) Bueno, Paquiro, tú tienes una ventaja .. . Claro.

AUGUSTO

Cuando dabas la puñalada parecía
cruz. Tal era la intensidad de tu gesto. que el arma se teñía hasta la
PAQumo (Tomando el (Juña!)
Sí que tiene lo suyo el aguijón.
•

OLIMPIA

¿Viste que mustiás estaban esas Pa uiro? Q
.
ranl... Pero este Julio ... ¡Me incom'od q
I ue rabien! ¡Que se muete da envidia?
ª verte con esa cara triste ¿Es que
JULIO

¡Oh, no!. ..
AUGUSTO

Julio se alegra de tus triunfos , como tod os.
OUMPIA

Pues entonces ¿a qué corromperme las
.
grada? Es lo que me indigna ·No h
. o;ac1ones con esa cara avinaver contento a todo el mundo' cuan:~ satis acción completa! Me gusta
nes tú que ser el que ponga una gota a yo estoy co~tenta, y siempre tie.
marga en mis alegr'a p
b
no, ¿a que me meto yo a filosofar? Pa uiro d"
. i s. ero, uede champagne. Trincaremos.
q
' I que traigan una botella
PAQ'JIRO

(Desde la puerta de la derecha)

¡Eh! ¡Botones!. .. Que traigan una botell d h
Pronto. Si las traes en s•guida
te ganas dos pesetas.
a e c ampagne y copas.
-

PAQUIRO

ESCENA UNDÉCTh1A

¿Cuál, chiquilla?
OLIMPIA

Cuando tú clavas .. . clavas de verdad. ¡Salta la sangre!.. .

DICHOS Y la MOGIGONA
111OGIGONA

PAQUIRO

¿Dan ustedes su permiso?

Es verdad, se moja uno.
211

210

�LA PLUMA
LA PLUMA
OLIMPIA
OLIMPIA

¿Quién es?

Y ahora ¿qué hace usted? (Paquíro descorcha.)
MOGIGONA

Ana Montoya, señorita Olim pia; Ana Montoya la Mogigona.
AUGUSTO

MOGIGONA

Pues ahora acompañando a mi niña, que me ha salio bolera y trabaja en la sección de la tarde, en el cuadro de flamenco.

Adelante la cali.

OLIMPIA

¿Y cómo se llama su hija?

YOGIGONA

¡Ay, señorita Olimpia! O me dejas darte un beso o aquí mesmo me
da un soponcio.

MOGIGONA

Quería ponella la Mogigona chica.

OLIMPIA

.,

.

PAQUIRO

¿Pero qué quiere usted?

¡Parece mote de novillero!
MOGIGONA

MOGIGONA

Besalla, besalla, y na más que besalla. ¡Jesús y vaya una marnerita
de bailá! Como las mismas santas del sielo ha bailao esta endina. Y dejarme que la vea. ¡Y es paya! Pa ~ue alueg~ d,igan qu~ para ~ailar hay
necesiá de tener sangre de gitanena! Ven aca tu, escamlal ¿Quién te ha
enseñao a ti eso? Ven acá tú, ojos de terciopelo. ¡Nombre bendito de
Dios y de la Virgen! Que yo he visto boleras de chipén y 1~ 'he s~o; s_í,
que yo lo he sío. Pero bailar como tú, por éstá.s que n_o lo v1~e en ¡am.~s
de los jamases. Déjame, déjame miralte, paJ~ma zonta. ~s, que esta,s
vosotros hechos cachos por esta gloria. ¡So bnbones escamlaosl
OLIMPIA

¿De modo que usted ha bailado, señora Mogigona?
KOGIGONA

Por eso mismo, ella no quiso, y la llaman la Modes.
AUGUSTO

¿Pero eso es francés?
!IIOGIGONA

¡Qué va a ser francés! El francés serasté. La niña se apellida la Modes, porque se llama Modesta. ¡Vaya ahora!
OLIMPIA

Bueno, Mogigona, bueno. ¿Tomará usted una copita de champagne?
¿Y por qué no ha traído usted a su niña?
(fltbe)
Vaya, salud. Pues mi niña no se atrevió a venir. «No vayasté-me
decía-, que la O!impia tiene una fama de orgullosa ...» Y yo voy-la
respondí-, porque una mujer que baila como ella baila, tiene que ser
una buena mujer. Pero mi niña no quedría venir ni a pedazos. ¿Que por
qué? Porque hay un tío que me la trae enarbolá, y no hace más que
suspirar y tener unas ojeras descolgás que le llegan a la boca.
MOGIGONA

?e

¿Que si he bailao? Que se lo pregunten a los calos viejos
Sevilla.
•Que si he bailao? En el café del Burrero. Con bata, eso s1, con bata
;arga· porque eso de la farda de campaniya no es de tablao legítimo.
(El b~tonts con una botella de champagne y copas en una bandtja.)
212

213

�LA PLUMA

LA P L U ~1 A
OLD!PfA

¿Y quién es ese bribón que enarbola a la Mogigona chica?

hubiera enseñado la parma de la mano, de seguro, de seguro que encuentro, que entre tus amigos está el que te dará un disgusto. ¡Descarrilaos! ¡Lipendiosos! ( Vase.)

MOGIGONA

La Modes quedrás decir.

ESCENA DÉCIMOSEGUNDA

OLIMP!A

DICHOS menos la MOGIGONA

Es lo mismo.
MOGIGONA

Que no es lo mesmo, que no es lo mesmo, que si a mi niña la ponen ese alias la han matado para su porvenir del baile. Y ese gachó que
me la tiene martirisá, no es este payo que escribe versos, ni tampoco ese
poyo que lo tienes crucificado. Ni el payo ni el poyo, es el piyo de Paquiro, que con el aquel de que es mataor, se le figura que puede pisotear la honra de los probes.
PAQl'IRO

Vaya usted ...
NOGIGONA

AUGUSIO

¡Es un tipo curioso!
OLDIPIA

Voy a arreglarme. (Pasa por la puerta de la izquierda.)
Paca, me vas a dar el traje azul de cachemira. Creo que es el que me
hace más endemoniada. Voy a ver si consigo volverle el juicio a ese embajador extraordinario de su majestad Karpática. ¡Vaya un tío que debe
estar hecho el tal duque! Tienen cierto chic, esos tipos rojos con el pelo
casi blanco. ¡Es un gran modelo, Julio! (Entra en la puerta de la izquierda.)

¿Vayaste?... So vayaste'.
PAQUlRO
PAQUIRO

¡Demonio de bruja! Que me está metiendo a su niña por las narices.

Si viene por aquí, le toreas tú con ese traje que te estás poniendo, yo
le doy la estocada y Julio la puntilla.

MOGIGONA

Yo no le he metido a usted náa.

OLIMPIA

(Dentro)

Pues me ha gustado el duque.

OLIMPIA

Vamos, señora Mogigona, que venir aquí en busca de apaños para la
chica. ¡Está bonito! ¡Bien!

AUGUSTO

¡Adiós, la veleta!

PAQUJRO

OLilllPIA

MOGIGONA

¿Qué veleta? ¿Me habéis clavado el alma alguno de vosotros, para que
esté siempre mirando al mismo sitio? Eres tú muy poquita cosa para sujetarme, Paquiro de mi vida; ni tú, poetastro. ¡Ja, jal ¿Y el mustio? ¿Qué

Vamos, señora; largo ...
Sí que me voy, torero de la jindama, y tú, Olimpia, no te fíes. Si me

�LA PLUMA

LA PLUMA

dice el mustio? ¿Qué dices tú, Julito monono? ¿También te da coraje
que el duque pueda venir aqu1?
JULIO

.

...

f

En cuanto a don Esteban, como parece que iba interesándose por ti,
te ha cambiado en el altar de su corazón por madamuasel Perrin, la em-

Yo no digo nada, nada.

.,

AUGUSTO

peratriz de la barra fija.
OLIMPIA

OLIMPIA

Pero qué, ¿os váis a incomodar por eso? ¿Por un enamorado más con
quien tenéis que compartirme? ¡Tontos! Uno más. ¡Bah! Si todavía os
tocan a muchas (sale abrochándose el traje). ¡Sois insoportables! Vamos
a ver, viene aquí el duque, y qué ¿es que aquí no hay sitio para uno
más?

¡Bah! El volverá .. , ¡Poco miedo tengo de que os vayáis! Estáis seguros•.. Vosotros sois veletas roñosas, a las que el viento no puede mover, siempre miraréis al mismo sitio, hacia donde esté Olimpia, ¿No es
verdad, Julio?

A.UGUSTO

Vaya, vamos a brindar por la mujer de gran cabeza y corazón, estrictamente necesario. Por Carmen la Cigarrera, de Merimée, puesta en
solfa por Bizet, por la que cien años después deja la serranía de Ronda y
se hace bailarina de Music-Hall .

Te diré, Olimpia. Nosotros habíamos formado una especie de sociedad por acciones, para explotar el caudal de tus sonrisas, de tus miradas.
Si ahora nos metes aquí un elemento extraño, todo este tinglado, tan
bien establecido, se viene abajo .
OLIMPIA.

AUGUSTO

OLIMPIA

Esa soy yo.

¡Me alegro!... ¡Abajo todos los tinglados! ¡Abajo lo existente! Paquiro, dame una copa. Bebamos al cambio general, a lo imprevisto, a
las veletas, a los pájaros, a las mujeres variables y los amores inconstantes.
AUGUSTO

AUGUSTO

Tú misma, que tienes la suerte de no tropezar con don José el Navarro que te pudiera dar un disgusto.
ESCEKA DUODÉCIMA

Bebamos. Desde esta noche me pongo a componer versos para la
Pelitos.

DICHOS y el EMPRESARIO y un BOTONES con un ramo de flores.

OLIMPIA

EMPRESARIO

¡Olimpial ¡Olimpia! El duque de Bistonia me ha llamado a su palco... Quiere verte ... ¡Mira qué ramo te envía!... Pero fíjate en lo que
cuelga de esa cinta... He venido con el chico por eso...

Te guardarás muy bien, mamarracho.
PAQUIRO

Yo también tengo echado el ojo a una chavalilla ...

OLIMPIA

OLIMPIA

¡Oh!. .. ¡Qué magnifico!. .. ¡Es un regalo de príncipe!... Mirad. ¿Eh?
1Es estupendo! Trae las tijeras, Paca, para cortar esta cinta .•. ¡Cómo

Te mato, Paquiro.
216

217

,

�LA PLUM A

LA PLUMA

destella! (Corta !ti cinta y mira un anillo a la luz.) Siempre he presumido de brillantes ... pero como este no tenía ninguno. ¡Qué hermosura!. ..
¿Va a venir el Duque? ¿Va a venir?
BOTONES

Aquí tengo una tarjeta ...
OLIMPIA

A ver... (lee.) Sí, sí, dígale usted... ¿ Porque usted volverá al
palco?

los quite durante unas horas. (Va qm·tándose las s01tijas.) Este es el de
Esteban, el infiel... es monísimo, se ve que Esteban tiene mejor gusto
para los anillos que para las mujeres. El otro es el del poeta, ópalo, mala
suerte dicen que da, y yo, desde que lo llevo en mi mano, no he tenido
más que satisfacciones. Este es el tuyo, Paquiro. Aquí se ve el rumbo ...
¡Qué verde es tu esmeralda! Parece una gota de veneno. ¿Eh? ¿No es
verdad que tiene un aire malévolo esta piedra achatada? Este es el sujetador de Julio. ¿Le pusiste en el interior la fecha en que me conociste?...
Sí... hace hoy diez días justos.

EMPRESARIO

Sí.

r

PAQUIRO

Bueno, Olimpia, te dejo ... adiós.
OLTMPIA

Pues le dice usted que con mucho gusto ... ahora mismo ... que me
espere en el Hotel,

OLIMPIA

¿Apuesto a que te vas incomodado?
PAQUIRO

EMPR.ESARIO

Bueno, mujer. No dirás que no me porto bien contigo.

¡Adiós, mujer... adiós! (Vase.)

OLIMPIA

ESCENA DÉCIMACUARTA

Es usted, ¡el rey de los empresarios!

DICHOS menos PAQUIRO

PAQUJRO
AUGJSTO

¡El rey de los alcahuetes! (Vase el empresario y el botones.)
ESCENA DÉCIMATERCERA
DICHOS menos EMPRESARIO y el BOTONES
OLIMPIA

¡Qué delicia!. .. A tout seigneur, tout honneur ... Tendré que llevarlo
solo ... con las manos limpias de joyas ... solo ... el solitario. Me tenéis
que perdonar, ¿eh?, amigos ... No, si yo aprecio tanto como éste vuestros regalos y siempre, siempre, los llevaré. Pero hoy dejadme que me
.218

En un sitio tan moderno, tan actual, como es el cuarto de una bailarina, se ven cosas parecidas a las que ocurren en una selva virgen.
¡Vaya un poemita que me está brotando en la cabeza!
OLIMPIA

(Poniéndose el sombrero ante un espe.fo)

¿De verdad? ¿Un poema en que salgo yo? Me gusta eso.
AUGUSTO

Mira: en un picacho del monte hay una oveja, y por el cielo los buitres vuelan en grandes círculos. El olor de la res les atrae y van bajando
lentamente para clavar sus garras y su pico. De repente, en el fondo del,.
.219

�LA PLUMA

LA PLUMA
,cielo aparece un punto negro, cada vez es más grande. Es un pájaro de
largas alas, es el condor, el más fuerte, viene, abate su vuelo sobre la
presa ...
OLIMPIA

JULIO

Te suplico que no vayas.
OLIMPIA

Augusto, haz el favor de convencer a Julio. ¡Vamos, no seas bobínt

Pues no sé que tiene eso que ver conmigo.
AUGUSTO

JULIO

¡Por lo que más quieras, no vayas!

Contigo ...

OLIMPIA
OLIMPIA

¡Ay, poeta, cómo te equivocas! Haz que la corderita que está en el
.monte no sea cordera. ¿Sabes lo que es?

Por lo que más quiero iré.
JULIO

¿Qué es lo que más quieres?

AUGUSTO

OLIMPIA

¿Qué?
OLIMPIA

¡Una loba! Haz que sea una loba. Bueno, chicos ... me voy. Paca,
,guarda estas cosas.

¿Pero no lo sabes? ¡Torpe! ¿No lo has comprendido? Lo que ~ás.
quiero soy yo, yo misma ... Me conviene intimar con el duque. Quiero
ser amiga suya. Lo necesito y lo seré. Anda Julio, déjame en paz con tus.
tonterías.

JULIO

¿Vas a buscar al duque?

(Impaciente:)

JULIO

Olimpia, no quiero que vayas.
OLIMPIA

Sí, chico.

OLIMPIA

¿Que tú no quieres que vaya?
JULIO

~A cenar con él?

JULIO

No, no quiero.
OLIMPIA

Sí, eso me dice en la tarjeta.
JULIO

¡Olimpia!, no vayas.

OLIMPIA

No te sienta bien el papel de chulo, no tienes el tipo ... mira que_ yo,
los conozco bien. Todavía no ha habido ninguno que se me haya impuesto.

OLIMPIA

JULIO

¡Pero Julio!..., ¡por Dios!, no seas simple. ¿Qué tonterías se te
,ocurren?

Yo no soy un chulo, ni quiero serlo. Pero no irás a cenar con el
duque.

.220

221

�LA PLUMA

LA PLUMA
OLIMPIA

Augus:º• llévatelo ... , no vayamos a dar un escándalo en el teatro ...
.Anda, Jubo ... , vete ... , vete ...
JULIO

No me iré y no saldrás de aquí.
OLIMPIA

¿Pero quién va a impedírmelo?
JULIO

Yo.
OLIMPIA

'Ni tú, ni nadie.
JULIO (Va a la puerta y la cierra con llave.)
No saldrás ... , no saldrás.
OLIMPIA

.Abre, abre la puerta; dame esa llave.
JULIO

OLIMPIA

(Tú-a.el puñal.)

¡Bien!... ¡Está bien!... La escena resultaba tragicómica (coge tma copa
.de champaña y se la bebe.) ¡Paca!... ¡Paca!
PACA

(Al otro lado de la puerta de la derecha.)

Mande usted, señorita.
OLIMPIA

Mira, pregunta por ahí si hay una llave que venga bien a esta puerta,
ysi no, que avisen a un cerrajero, ¿sabes?, porque el señorito Julio ha
hecho la gracia de cerrar y guardarse la llave. Chico, conmigo la trage-0ia no va a resultar. Todo lo más, un mal sainete. (Con sorna.) ¿Me das
la llave, precioso?
(Augusto quüa la llave a Juli'o y abre la puerta.)
OLIMPIA

Adiós chicos ... Ya sabéis que mientras esté yo aquí esta puerta está
.abierta de par en par para vosotros, pero también para mí. ( Vase.)
(:lult'o se cubre la cara con las manos. Augusto sigue a Olimpia con la
~nirada.)
TELON

No.
OLIMP1A

(Amenazando con el tmñal.)

FIN DEL SEGUNDO ACTO

..¿Me darás la llave?

RtCARDO BAROJA.
AUGUSTO

,¡Olimpia! ¡Olimpia! Vamos, Julio, abre.
JULIO

.No.
OLIMPIA

(Marchando hacía :Julio.)

¡Maldita sea! ... Te clavo.
JULIO

Clava ... ¿no querías sangre? .. , clava.
. 222
I

223

�LA PLUMA
Bctubre. C:ustilla.

fferjiles dorados
$e otero y de árbol.
C:laridad cernida.
.Ca tierra caliza
(:},ue fué polvareda
0s ahora tersa
C:alma adamantina.

LA HERMOSURA DE OCTUBRE

¡$iáfanas vistillas!
fllsombra a la gema
?;anta trasparencia.
.Cos aires se atildan.

&lt;::astillo en la cima,
rSoto, raso, era,
$eso! en la aldea,
rSoledcd, ermita.

fNiña el agua verde,
rSeñorón el puente,
'Y la aceña, en ruina$.

¡0ncumbrada ínsula
$e contorno estricto
(:},ue pone eu olvido
.Ca onda indecisa/

¡&lt;Salve, ronda ínclita!
CJluelan los vencejos
rSin cesar, por miedo
$el ala abatida.

9l.mor a la línea:
.Ca vid se desnuda
$e una vestidura
$emasiado rica.

'Un cazador mira,
rSimple, hacia el confin,

'JI una canastilla
$e a/acres racimos
~raza un laberinto
$e sueños encinta.

0n el río, niña,

J:ebrel zahorí
.Ca liebre adivina.
XV

225

�LA PLUMA

LA PLUMA
C:úspide rojiza,
f;ualda y verde coda,
61 follaje, a solas,
6n los chopos pía.

{;rávida de prisa
C:ae en el futuro
-¡flly cuán cejijunto!.Ca buena semílla.
fl)uda la sibila
C:avilosa, y calla.
cSonríen las hadas
fil un rey en mantillas.
¿'J/a se ruboriza
61 adolescente
&lt;:lue, sin beber, cree
cSu sed infinita?
¿$rillará a hurtadillas
6n la mano blanca
fDe la desposada
.Ca nueva sortija?

1

¡;Invisible brisa
6ntre chopo y astro!
'JI todo el espacio
fDe consuno vibra.
6sta luz antigua
fDe tarde feliz
fNo puede morir.
/6terna luz íntima!
- ¡ :Pronto, pronto, ensilla

tlrt.i mejor caballo!
¡{;[ camino es ancho
:Para mi porfía!
JoRGE G u 1LLÉN.

6stilo en la dicha,
cSapiencia en el pasmo,
6ntre errante fausto
.Ca rama sencilla.
'l;enue melodía
9?.ecorre el follaje.
¿:Por ventura un ave
f;orjea escondida?
:z:t6

227

�LA PLUMA

ANTOLOGÍA

LOS CATALANES
los catalanes por la mayor parte hombres de durísimo natural; sus p11,labras pocas, a que parece les inclina también
su propio lenguaje, cuyas cláusulas y dicciones son brevísi-mas; en las injurias muestran gran sentimiento, y por eso
son inclinados a la venganza; estiman mucho su honor y su palabra; no
menos su exención, por lo que entre las más naciones de España son
amantes de stt libertad. La tierra, abundante de asperezas, ay11da y
dispo~e su ánimo vengativo a terribles efectos con pequeña ocasión; el
quejoso o agraviado deja los pueblos y se entra a vivir en los bosques,
donde en continuos asaltos fatigan los caminos; otros, sin más ocasión
que su propia insolencia, siguen a estotros; estosy aquéllos se mantienen
por la industria de sus insultos. Llaman comunmente andar en trab,1jo
aquel espacio de tiempo que gastan en este modo de vivír, como en señal
de que le conocen por desconcierto; no es acción entre ellos reputada por
afrentosa, antes al ofendido ayudan siempre sus deudos y amigos. Algztnos han tenido por cosa política fomentar sus parcialidades por hallarse poderosos en los acontecimientos civiles: con este motivo han conservado sien-pre entre sí los dos famosos bandos de narros y cadells,
ON

.228

no menos alebrados y dañosos a su patria que los güelfos y gibelinos
de Milán, los pajos y medicis de Florencia, los beamonteses y agramonteses de Navarra, y los gamboinos y oñasinos de la antigua Vizcaya.
Todavía se wnservan en Cataluña aquellas diferentes voces, bien
que espantosamente unidas y conformes en el fin de su defensa: cosa
asaz digna de notar, que siendo ellos entre sí tan varios en las opiniones y sentimientos, se hayan ajustado de tal suerte en un propósito, que
iamás esta diversidad y antigua coutienda les dió ocasión de dividirse;
buen ejemplo para enseñar o confundir el orgullo y disparidad de otras
naciones en aquellas o~ras cuyo acierto pende de la unión de los ánimos.
Habitan los quejosos por los boscajes y espesuras, y entre sus cuad, illas hay uno que gobierna, a quien obedecen los demás. Ya de este
pernicioso mando han salido para mejores empleos Roque Guinart, Pedraza y algunos capitanes de bandoleros, y últimamente don Pedro de
Santa Cilia y Paz, caballero de nación mallorquín, hombre cuya vida
hicieron notable en Europa las muertes de trescientas y veinticinco personas, que por sus manos o industria hizo morir violentamente, caminando veinticinccJ años tras la venganza de la injusta muerte de un hermano. Ocúpase estos tiempos dou Pedro sirviendo al Rey Católico en
honrados puestos de la guerra, en que ahora le da al mundo satisfacción del escándalo pasado.
Es el hábito común acomodado a su ejercicio: acompáñanst siempre
de arcabuces cortos, llamados pedreñales, colgados de una ancha faja
de cuero, que dicen charpa, atravesada desde el hombro al lado opuesto.
Los más desprecian las espadas como cosa embarazosa a sus caminos;
tampoco se acomodan a sombreros, mas en su lugar usan bonetes de estambre listados de diferentes colores, cosa que algunas veces traen como
señai, diferenciándose unos de otros por las listas; visten larguísima.,
capas de jerga blanca, resistiendo gallardamente al traba.fo, con que St'
reparan y disimulan; sus calzados son de cáiiamo tejído, a que llamau
229

'

�LA PLUMA
sandalias; usan poco el vino,y con agua sola, de que se acompañan,
guardada en vasos rústicos, y algu1tos panes áspnos que se llevan,
siempre pasados del cordel con q11.e se ciñen, caminan y se mantienen los
muchos días que gastan sin acudir a los pueblos.
Los labradores y gente del campo, a quien su ejercicio en todas provincias ha hecho llanos y pacijicos, también son oprimidos ae esta c,stumbre; de tal suerte, que unos y otros, todos viven ocasionados a la
venganza y discordia por su natural, por su habitación y por el eji mplo. El uso antiguo facilitó tanto el escándalo común, que, templado el
rigor d4 la justicia, o por menos atenta o por menos poderosa, tácitamente permite su entrada y conservación en los lugares comarcanos,
donde ya los reciben como vecinos.
No por esto se debe entender que toda la provincia y sus moradores
vivan pobres, sueltos y sin policía; antes, por el contraríe,, es la tierra,
principalmente en las llanuras, abundantísima de toda suerte de frutos,
en cuya fertilidad compite con la gruesa Andalucía, y vence cualquiera
otra de las provincias de España; ennoblécenla muchas ciudades, algunas famosas en antigüedad y lustre; tiene gran número de villas y lugares, algunos buenos puertos y plazas fuertes; su cabez..z y corte, Barcelona, está llena de nobleza, letras, ingenios y hermosura, y esto 1ttismo se 1 eparte con más que medianía a los otros lugares del Principado.
Fabricó la piedad de sus príncipes, señalados en religion,famosos templos consagrados a Dios. Entre ellos luce, como el sol entre las estrellas, el santuario de Monserrate, célebre en todas las memorias cristianas del universo. Reconocen el valor de sus naturales las historias antiguas y modernas en el Asia y Europa; ¿África también no se lo confiesa? Es, en fin, Cataluña y los catalaues una de las provincias y gentes de más primor, reputación y estima que se halla en la grande congregación de estados y reinos de que se formó la monarquía española.
FRANCISCO MANUEL DE MELO.
2JO

HOJEANDO REVISTAS

EL NOVELISTA SE METE A CR1TICO
señor don Vicente Blasco Ibáñez es, si el lector gusta de símiles de orden botánico, a modo de cedro del Líbano que se
,
yergue sobre la retama literaria hispá~ica contemporáne~; ~l
señor' don Vicente Blasco lbáñez, es, s1 el lector prefiere s1m1les de carácter ornitológico, a modo de águila caudal que se remonta
por encima de ]a bandada de pequeños plumíferos, tipo gorrión.
Si la grey de las gentes de letras, en lugar de esa vaga rep~blica
-cañamazo de floja urdimbre-en que metafóricamente se hallan m_s,ertadas, constituyesen un verdadero organismo político de_f~e_r~e cohes10n,
que tuviese un jefe que fuese un autócrata-nada de d1v1~1on de p~deres y a tout signeur tout honneur-el señor Blasc? a~c~nzana la max1ma
jerarquía: la de Gran Preboste de las Letras Hispamcas ~e Aq~en~e_y
Allende los Mares-con, ni que decir tiene, el correspondiente e¡erc1c10
de mero y mixto imperio.
Si tal puesto se lograse por conquista este hombre de éxitos retumbantes, ensordecedores, bajaría de su carro triunfal (que a no ser un
Rolls-Royce debe ser una carroza en que las bestias que tiren de ella lleven, en lugar de campanillas, tintineantes piezas de 20 pesos, muchas
tintineantes piezas de 20 pesos) y lo ganaría con su esfuerzo potente Y
energía maravillosa.
L

231

�LA PLUMA
LA P L U l\l A

r

Si tal puesto fuese electivo, este hombre, que espiritual y materialmente ha seguido los treinta y dos rumbos de la rosa de los vientos, que
posee un ánima llena de complejidades porque ha contemplado el fulgor
de las constelaciones de los hemisferios boreal y austral, este hombre
que es ciudadano del mundo tendría que luchar con un partido de estrecho, de mezquino nacionalismo (jefe a tambor batiente Ricardo León,
lugarteniente a pífano enronquecido Diego San José, director espiritual,
guía e inspirador a ... a ... abecesco José María Salaverría); pero Blasco
podría repetir el hecho de Maulio el Capitolino-mas como buen levantino con una mayor visión de la realidad, videlicet, menos altruismoy sin que, por consiguiente, tuviésemos que llorar respecto al valenciano
el desastrado fin del romano.
Y hay que hacer especial hincapié en este punto, en esta espléndida
posibilidad económica, porque ella es la concreción, el símbolo exaltado,
la patente más gloriosa del alto, del excelso mérito artístico del señor
Blasco. ¿Cómo pueden literariamente compararse con él, afortunado
poseedor de una mansión para invernar en Niza, sus congéneres que
sólo tienen, como Baroja, una casa en Vera. o Valle-Inclán, cuyo nombre sólo figura en los libros del Registro de la Propiedad de Cambados?
Y no hablemos de esas pobres gentes que viven a merced de caseros ...
Decididamente, el señor Blasco Ibáñez es el más grande, es el Sol de los
literatos españoles actuales.
Natural es, pues, que produzca curiosidad ilimitada en el lector de
carácter sencillo y respetuoso la visión, que desde el Himalaya de su
gloria y bien ganada fama, ofrece al público norteamericano-esa bonanza, esa rica veta que descubrió en momentos de turbación universalacerca de El sensadonal traspiés de la novela española. (En el número
correspondiente al mes de febrero de 1 he Lt'teray Digest Jnternatíonal
Book Review, New York. El título en inglés del artículo es «The Sensational Lapse of the Spanish Novel»).
El extractarlo hace perder al documento su excelso valor de vulgaridad e incomprensión, de falsedad y egotismo.
En una primera parte el autor de Los Cuatro y,·netes galopa a través

de los campos acotados con el nombre de s1iflo de oro y se detiene para
hablar de la generación de novelistas que florece en la segunda mitad de
la décima nona centuria. En la segunda se remansa a filosofar acerca de
la novela inmoral. En la tercera pone el paño al púlpito y se dedica a
sermonear acerca del novelista cabal.
Permítaseme que traduzca y subraye algunas de sus afirmaciones.
Trata un si es no es desdeñosamente a Galdós porque de él dice que es
«el más prolífico de todos, una mezcla de Dickens y de Balzac, que produjo cerca de unos cien volúmenes, creador de innumerables tipos y trabajador infatigable en todas las diversas variedades de este género de
ficción-la novela histórica, de costumbres, la política, la dialogada, la
epistolar, etc.»-. He aquí, pues, simple y llanamente un mérito cuantitativo, No hay sino comparar este párrafo con el que dedica a Pedro
Antonio de Alarcón: «el más genial y el más arrebatado por el genio de
todos ellos, el que mantuvo viva una visión de personas y cosas, de la
cual se puede decir que fué la más puramente típica de un artista». Prolífico sólo el uno, gemal el otro. ¿Com-ence la caracterización?
En la segunda parte afirma más de una vez que «en los últimos
años-«en los últimos veinte años», puntualiza luego-la novela dió un
serio traspiés que la hizo caer en la inmoralidad». Los autores escribían
«a sangre fría» novelas inmorales, sin sentirlas, con el solo pensamiento
de que cuanto más repugnantes fuesen esas novelas tanto mayor sería su
venta. Algunos de esos autores eran padres de familias, que, en la dulce
calma de sus propios hogares, urdían verdaderas abominaciones literarias por dinero. Y a seguida «la novela que empezó llamándose sensual
acabó siendo francamente pornográfica». Un nombre sólo cita en esta
enfurecida oración reprobatoria. Es el de Felipe Trigo. ¿Es que la lascivia es la exclusiva marca de su producción? ¿Por qué no reconocer-aparte
de que «no carecía de talento literario»-otras altas cualidades de su labor? De hecho don Vicente se ensaña. Por fortuna «la novela española
se ha liberado completamente de esta epidemia de salacidad y prosigue
su verdadero camino». ¡Sursum corda! Pero el ánimo del lector de carácter sencillo y respetuoso se sobrecoge al ver en un párrafo amontonados
233

�LA P L U ::\1 A
LA PLUMA
como en un cajón de sastre los nombres de «los más notables autores.
contemporáneos», donde hay que suponer que estén todos los que se
han «liberado completamente de esa epidemia de salacidad». Helos
aquí: «Puedo citar los nombres de Baroja, Valle-Inclán, León, Concha
Espina, Ayala, Zamacois, Pedro Mata, Carmen Burgos, La Serna, Hoyos y Vinent, Carretero, José Francés, José Más, Insúa, Belda, Catá, etcétera». ¡Dios santo! ¿Por qué antes tantos repulgos? Dejando a un lado
aquel absurdo López Bago, ¿no es precisamente Zamacois el que inicia
en España el tipo de novela que tanto irrita a don Vicente? Algunos de:
los que llama don Vicente «liberadores» o «liberados» no han ido mucho, muchísimo, más lejos que el propio Trigo, a quien él pone en la
picota? A los novelistas que dicen cosas arbitrarias cuando a críticos se
meten, se les lee con gusto porque ofrecen visiones de interés, ya que la
realidad está teñida con la materia colorante de su temperamento, pero
cuando quieren presentar cosas más objetivas tienen qu(respctar como
cada quisque los hechos. En este punto no hay fuero exento.
En la tercera parte señala como «un defecto de la novela española
moderna su exceso de lo que podemos llamar nacionalismo ... Como
regla general los viejos maestros de la novela española hicieron cuando
más un corto viaje a París, y alguno de ellos ni eso, muriendo sin haber
cruzado las fronteras de España. Por esta razón sus narraciones, a pesar
de estar bellamente pensadas y escritas, con frecuencia cayeron en la
monotonía ... » Más tarde: «Aquí se halla la gran dificultad-esta es lo
piedra de toque del verdadero novelista: producir un libro que sea una
fiel pintura del país en cuyo idioma esté escrito, y que al mismo tiempo
al ser traducido interese a los lectores de otros países y de otras lenguas.
Este milagro lo consiguen sólo los novelistas que, aunque sean ingleses,
españoles o franceses de nacimiento, se hallan por encima de su nacionalidad-novelistas que podemos llamar humanos.» Paréceme sospechar quién pueda ser un novelista HUMANO.
«Los novelistas actuales de España son menos sedentarios que sus
grandes predecesores», pero aún viajan poco. «Además de la España de
Europa hay en el mundo diez y nueve naciones que hablan español.
234

Parece natural y lógico que los autores de ficción española viajasen portodas las Repúblicas de Hispano-América estudiando de cerca las costumbres y psicología de sus habitantes ... En esta conexión séame permitido decir que yo fui el primer novelista que realizó la idea de tomar
un barco para conocer los pueblos de habla española en América y ser
capaz para describirlos en mis novelas.»
Es verdad que los viajes-en decir de Cervantes-hacen a las gentes
discretas; pero don Vicente indudablemente hiperboliza. Don Vicente
parece un anuncio de esos tours a que son tan aficionados los norteamericanos. ¿Es que el señor Blasco va a echar por la borda toda su producción primigenia? Somos muchos los que tenemos el mal gusto, la miopía, de admirarle por ellas y por mor de elJas, por el recuerdo de aquellos estudios psicológicos en que ahondaba en almas groseras y primitivas, apegadas al terruño, no nos incomodamos mucho con esas monografías anímicas, de gentes del des.rus du paníer, atrayentes sólo para
pobres chicas de la clase media, como son sus fantoches de Los enentigos de la mujer.
Y para terminar. No hace mucho, un fino espíritu que en los Estados
Unidos ha sorprendido con justeza el arte de Baroja, Mr. Ernest Boyd,
al hacer en The Natzon, de Nueva York {27 diciembre 1922), la reseña
de una traducción de La Busca, decía que «la boga de Blasco ha hecho
mucho daño a la literatura española porque ha suministrado a editores
y lectores un tipo de valores falsos, de medidas falsas, que el que carece
de dotes críticas aplica a todo libro que llega de España». Acaso lo que
expone Mr. Boyd sea muy verdadero. Pero indudablemente don Vicente
Blasco Ibáñez puede hacer muchísimo más daño metiéndose a crítico
de la literatura española contemporánea en revistas norteamericanas degran circulación.
TARTUFITO.

�VISIÓN DE LA NOCHE
cSurge la luna
y hay un jirón de nube,
que la muerde
dejándola íncompleta
a la mirada
como un pandero roto...
.Cas estrellas,
son como las sonajas de lata
dispersadas ...

AMANECER
Gstán las nubes quietas
y el paisaje
tiene quietud
de madre resignada...;
los cercados de trigo
derritieron
sus espigas de oro
en la mañana,
a la mirada ardiente
del sol nuevo
que allá, en el horizonte
se encarama.
F ELIX DELGADO.

CRÓNICAS LITERARIAS
ALE~IAI\IA
IBRERfas.-No voy a tratar de los escritores que cultivan el éxito.
Pero antes de abandonar la librería donde entré para revisar r ápidamente mis notas sobre literatura alemana, quisiera bosquejar
la posición literaria de dos o tres escritores q ue no caben en las
clasificaciones de escuelas y que merecen que se les otorgue crédito. Subrayo la diversa índole de sus talentos porque no pueden estar más distantes unos de ot ros.
El primero es Hcrman Hesse, que simboliza la persistencia de la tradición
en una escuela nerviosa, viva, acaso malsana a fuerza de ser febril. Debe tenerse presente que el realismo no ha desaparecido, y que si al margen del Expresionismo viven expresionistas independientes como Sternheim, al margen
del realismo caduco viven también realistas independientes, cuyos esfuerzos y
obras exigen respeto.
Una receta artística nunca mucre por completo, y menos aún si se trata
de un modo de crear tan infinitamente tradicional, tan en la rutina de todos
los pueblos y tiempos. El realismo ha sido destronado, pero no ha muerto. Es
como el muro, contra el que va a rebotar la pelota disparada por los jugadodores. Constituye una especie de fondo, una base de resistenc.ia y de reacción,
despreciada en ciertos momentos por su monotonía, olvidada también para
atender a los complicados movimie ntos del juego. Pero cuando el juego languidece, de nuevo se ve el muro triste, raso, imperturbable y tiránico.
El realismo no muere. Nunca le faltan adeptos, y si ciertos días no le son
propicios, algunos llegarán después que traigan un renacimiento de su influjo
237

�LA P L U ~I

A

y de su gloria. Entre los realistas de hoy no falta quien merezca algo mejor
que el público de rentistas y de profesores que le sigue.
Uno de ellos, y no de poca monta, es Herman Hesse. No puede negarse su
positivo talento; si sus dotes le amarran a una forma de expresión ya gastada,
.no sería justo, sin embargo, pasarle en silencio. Su obra es considerable. Por
desgracia, alcanza tan copiosas tiradas, que el autor se ha dejado arrastrar a
·una faci lidad dt" emociones e inc.luso de medios literarios muy lamentables.
Su temperamento clásico de alemán del Sur, con todo el sentimentalismo y la
·imprecisión romántica que esa cualidad lleva consigo, constituía ya para Herman Hesse un peligro, puesto que para contrarrestarlo no alimentaba una curiosidad como la de Heinrich Mano, ni sufría el tirón q:ie da una ascendencia
extranjera. Únicamente la escuela suiza, con Gottfried Keller a la cabeza, parece habe r influido algo sobre él, y esa escuela no era muy a propósito para
salvarle del doble peligro de su temperamento y de la popularidad. Rossltalde
es ya una declinación hacia la novela de folletín, a pesar de ciertas páginas
muy bellas y de ciertos capítulos muy honrosos. Peter Came11ziud es más firme
d ~ ]!'!anta y más origical, pero es obra sin eco y de una infecundidad angustios a. Hacia 1920 pudo verse hasta qué extremo llega la intoxicación de Herrnan
Hesse, cuando publicó una colección de poemali en prosa y en verso, Wandel'ung, cuyo nivel general no rebasa el de una honrada medianía. Añadiré que
Herrnan Hesse continúa escribiendo articulos críticos, no exentos de grandeza
y clarividencia.
Poca cosa voy a decir de \Valdemar Bonsels. Le menciono porque 3Jguoos
pretende n presentarlo corno un adalid de la literatura alemana joven. Nada
más iaexacto, y en cierto sentido, nada más pernicioso.
Waldemar Bonsels es, en efecto, un escritor distinguido; pero que no posee ningún carácter específicamente alemán, que no desempeña ningún papel
en la dirección literaria de su país, y que no participa en ninguna de las gran,des corrientes, contradictorias a veces, que constituirán la fisonomía del nuevo
siglQ. Su reputación es bastante extensa, y-como Henri de Regnier, desde que
es académico. o como Edmond Jaloux- -recluta &amp;u público entre aquella gente
a quienes la literatura popular (en Francia, la literatura de los Bourget, Bazin
Y otros Henri Bordeaux) ya no les satisface y que encuentran fatigosa y descar riada la otra.
La obra de \Valdemar Bonsels consiste en una decena de volúmenes. Los
primeros, publicados entre 1905 y 19121 cayeron a µlomo en el olvido. Una no-

238

LA PLUt-.lA
vela, .Die Biene Maja und {/n·e Aóenteuer, le valió su primer triunfo; pero tuvo
que esperar varios años hasta lograr la cousagración con el lndienfaltrt, libro
pintoresco y muy hábil, donde la intriga novelesca adquiere gran relieve, merced a los detalles exóticos y a las descripciones que la acompañan y la envuelven. Después ha publicado una colección de novelas cortas, algunas muy
buenas, Menschenwege, que ha ensanchado el círculo de sus lectores, y Eros
und die Evangelien, que responde perfectamenie a los deseos y gustos de
aquéllos.
Más importaute es conocer la obra de :\lartin lluber, que ha escrito varios
volúmenes de novelas cortas, Raóói Nachman, Baalscltem y Der lteilige íf-eg, y
-cosa de mayor monta, en mi sentir-algnnos volúmenes de ensayos y de historia. Pongo aparte Der grosse Maggid, que pertenece a los dos géneros, porque los quince capítulos de -anécdotas y narraciones que contiene, van precedidos de un largo prefacio teórico.
Martin Buber no es un gran escritor alemán, y no cometo ninguna confusión
-0e valores, pero constituye un &lt;Caso• muy interesante; para definirlo por comparación diría que Martín Buber es el Zangwill alemán. Como todas las comparaciones ésta es cómoda, pero injusta e imprecisa, porque las preocupaciones
de Buber se apartan claramente de la de Zangwill. He querido sencillamente
indicar el puesto que uno y otro ocupan en la literatura de su país y la direc&lt;:ióo de su actividad.
Martín Buber es uno de los más grandes escritores judaístas de la Europa
occidental. Zangwill también lo es. Pero éste observa sobre todo la vida coti&lt;liana de un correligionario, y, en modo realista, nota, por ejemplo, las escenas del ghetto, al paso que Buber, más místico, o si se quiere, más atento a las
tradiciones de su Iglesia y de su pueblo, se aplica a recoger, a evocar y a fijar
las leyendas que en la una y en el otro abundan. Su papel se asemeja al del folklorista, al del erudito, al del historiador de religiones, y también al del poeta,
por su propósito de rehacer un ambiente y por el talento con que restituye a
las figures rr:ás episódicas, un relieve acentuado. Pero en todo lo que escribe
hay una base científica, y de uno en otro libro, su obra descubre las mismas
esperanzas y las mismas ternuras místicas.
Buber está muy lejos y, bajando el tono, añadiría que muy por encima de
Zangwill. Posee aquel sentido de eternidad que confiere a los libros fundamentales de cualquier religión un prestigio poético; por su amor a la doctrina y
por la contemplación de los hombres que a ella se sacrificaron, transmi~e una

239

�LA PLUMA

LA PLUMA
ilusión de calma y de seguridad a todos los que viven en el hervor de la desorganización contemporánea.
Aun podría citar otros nombres; p~ro quiero poner fin a esta enumeración,
ya muy larga y caótica. En la librería están los ensayos de Stefan Zwcig-su
afectuoso ensayo R ,m1ai11 Rolla11d, sus excelentes Drei ,Ueister, sus Eri11eru11gen an Emile Verhae,·en-; los libros de Arnim Wegner, cuyo Der Weg o/me
Heimkehr es casi una obra maestra de la literatura de guerra; las novelas de
Rudolf Leonhard y las de Paul Zech; los poemas de Alfred Wolfenstein. Pero
ya llevo demasiado tiempo encerrado en este mundillo de la biblioteca. Tengo
prisa por volver a la calle apasionada y febril que a pocos pasos me aguarda.
PAoL

Couir.

FRANC IA

I]

o:&lt;isaua Alcxandre Arnoux tiene mucho talento. Los amantes de las
letras lo sabían desde que publicó Abisa¡; ott f Egliue transporté,.
Todo el mundo está convencido de ello desde Le Cabaret, uno de
los buenos libros nacidos de la guerra. Indice 33 y la Nu,·t de Saint
Barnabé han venido a confirmar, no las promesas, sino los primeros triunfos de M. Alexandre Arnoux. Ecoute s'il pleut viene a corroborarlos.
¿Qué podrá decirse de un libro como éste, de tanta espontaneidad y frescura en los sentimientos, tan matizado en las sensaciones? ¿Cómo describir un
libro inanalizable?... Es propio del talento de M. Alexandre Arnoux desconcertar a sus admiradores . Cree uno apoderarse de él y se escurre de las manos.
Su imaginación es extraordinaria: va al galope por todos los caminos, se mete
por todas las revueltas, se abandona a todas las fantasías. ¡Hermosa imaginación, mucho más admirable cuando la hallamos en un mundo como el nuestro,
tan burgués y tan perfectamente ordeNdo!
M. Alexandre Arnoux se burla de todas las traba3 de los asuntos catalogados, de los planes bien hechos, de los temas cuadriculados: se preocupa únicamente de su fantasía. Quien se le entrega se ve transportado a un país de ensueño, siempre bello, quimérico, a un mundo de cosas imposibles y de paisajes
inverosímiles. Posee el don, no sólo de crear todos esos seres, sino de animar240

los, de exaltarlos.•. Léase a Alexandre Arnoux y se verá hasta dónde puede
llegar una imaginación desbordada.

* * *
Colín ou les Volujtls tropicales, de M. Paul Rcboux, es una obra deliciosa,
figuración del pasado, en que se pintan las costumbres antiguas ea ua lenguaje
muy sabroso. La isla de Santo Domingo en 1767 sirve de fondo a la acción.
Plantadores con peluca empolvada, damas en gran tocado, rodeadas de cocoteros y de esclavos; una atmósfera tropical coa la magia de un país opulento,
bajo ua cielo bellísimo. Asistimos a una fiesta en casa de un rico plantador, a
los amores de un ingenuo y de una condesa sensible, a los suplicios infligidos
a los negros, a una representación ca el teatro de Puerto Príncipe, a una insurrección de esclavos que se adornan con los vestidos de sus antiguos amos, a
ua duelo, a una fuga amorosa; ca fin, a una serie de episodios, unas veces cómicos, otras apasionantes, que constituyen el encanto de este libro.

* *

*

NiÑ.y, de .M. Jean Vignaud, figura entre los buenos libros publicados en estos
últimos tiempos. Es un cuadro muy curioso de la emigración rusa, tal como
podemos verla en París en algunos de sus representantes. En torno de una pareja de muy elevada alcurnia, que huye del terror bolchevista, descubrimos un
muadi110 bohemio: traficantes de todo orde n, grandes señores arruinados, místicos de uno y otro se-xo, cocainómanos, las heces que lleva consigo una emigración, con el hechizo y la incurable melancolía eslavos. Libro de fuerte color,
tratado como una pintura al fresco, con personajes bien delineados, cuyo perfil se graba en la imaginación.

• * *
Le ,lfartyre de l'Obese, de M. Henri Beraud, ha obtenido el premio Goncourt.
Por esta razón conviene hablar aquí de ese libro, construido sobre una idea
muy divertida y que agrada durante las primeras cincuenta páginas por el giro
chispeante del pensamiento, que a veces recuerda el de Voltairc. Pero, si he
de decirlo todo, la obra es demasiado larga y no tarda en producir una scnsa-

XVI

241

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LA PLUMA

ci6n de monotonía. M. Henri Beraud es un periodista avispado y un buen cronista; a mi parecer, no es novelista.

.*

*

*

Señalaré la aparici6n del primer volumen de la edici6n definitiva de Ba!lades fran;aises, de M. Paul P'ort. Se titula La Ronde autour du monde, y nos conduce, a través de montañas, bosques y llanuras, hasta la arcaica cíté de París,
a ese cParís sentimental• donde Paul Fort ha cosechado las imágenes más bellas y los más deliciosos sentimientos.
Este poeta-el más grande, sin duda, de los que poseemos-está en camino
de dar cima a una de las obras líricas más bellas que se han publicado en francés. Seguramente su nombre se ha de engrandecer todavía con el tiempo. Su
inspiraci6n es tan francesa, la forma de prosa asonantada que ha escogido es
tan original que eclipsa a todos sus émulos de hoy día y más los eclipsará en
lo futuro. En un hermoso prefacio, Pierre Louys dice lo que piensa de Paul
Fort, y la estimaci6n que le profesa. Es un noble poeta que habla de un igual.

* • *
Sorprendente libro es el que acaba de publicar M. Maurice Levaillant con
el título .Splendeurs et miseres de M. de Chateaub,·iand. En doscientas cincuenta páginas nos muestra la parte material de la existencia de aquel hombre
superior.
El autor de los Ma,·tyrs sale de esta prueba ni engrandecido ni disminuido
pero comprendemos mejor lo que fué aquella vida extraordinaria, que oscil6
siempre de la riqueza a la ingrata' pobreza.
En realidad, el héroe del libro de M. Levaillant no es Chateaubriand, es...
M. Le Moine, el hombre de negocios a quien cupo el cuidado de regir la fortuna del gran escritor. Ese «ministro de Hacienda», constituido en administrador abnegado y admirable de una impecuniosidad que, gracias a él, no acab6
en catástrofe, es un héroe a su modo.
Desde 1814 a 1829, fecha de su muerte, M. Le Moine sirvió fielmente a
Chateaubriand. Son los años de gloria del escritor, pero también sus años de
apuro, apuro discreto al comienzo, y que se hizo poco a poco insoportable. Sin
la abnegaci6n de su «ministro de Hacienda&gt; Chateaubriand hubiera sucumbido, sin duda.
242

. Aquel hombre providencial acab6 por ser admitido en el hogar del autor
de los Natclztr en un pie de igualdad. Al parecer se necesitó algún tiempo para
domesticarle: M. Le Moine era altivo y un poco ceremonioso; temía importunar
a madame de Chateaubriand, quien necesitaba invitarle reiteradamente.
No faltaban disputas entre el matrimonio Chateaubriand y M. Le Moine. El
«ministro de Hacienda» hablaba el lenguaje de la raz6n, el más dificil de enseñar a gentes tan apasionadas como los Cbateaubriand. Sin embargo, las tormentas eran pasajeras. Como tenían mucha necesidad de él, no podían alejarle para siempre, y basta lo último fué el confidente leal de unos apuros que
pugnaban por disimularse lo mejor que podían.
El libro de M. Maurice Levaillant es animado y curioso como pocos. Está
nutrido de cartas inéditas, y realmente ilumina la figura del gran escritor con
luz nueva.

* * *
En estos últimos meses el teatro no ha producido verdaderamente en Francia más que una obra muy buena: la de M. Francois de Cure!, titulada J'erre
inhumaíne, estrenada en el Tbéatre des Arts.
La guerra de 1914 ha dado tema a tantas obras mediocres, que bien podía,
una vez al menos. servir de pretexto a una producción de n1érito. La obra de
M. Francois de Cure! no supera quizá en elevación de pensamiento al Coup
d'aile ni a la Nouvelle Idole, pero iguala a las obras magistrales de nuestro gran
autor dramático.
Lo que parece haber impresionado al autor del Repas du lt'on en la última
guerra, como en todas, es su carácter inhumano, la transgresión de las leyes
más primitivas de nuestra especie. Los sentimientos más elementales, las id~as
de moral más tenues. los instintos más espontáneos, quedan violados, abandonados, martirizados. En ese infierno todo es contrario a la humanidad, a la naturaleza. El héroe de M. De Cure! mata a su amante, o, por lo menos, está
pronto a matarla, y la madre del héroe se dispone a ayudarle en esa obra
simplemente porque la amante es extranjera, de otra naci6n, de aquella con
quien están batiéndose. Ni un punto de vacilaci6n en los corazones del hijo y
de la madre, tan burgueses por inclinación, tan respetuosos de la moral, del
honor y de las convenciones sociales.
Tampoco vacila un momento el corazón de la mujer a quien su amante va
243

�LA PLUMA
a dar de ~uñaladas. La mujer sabe que es una enemiga y se somete dócilmente
a su destmo. Acepta de antemano que su amante quiera matarla, es decir, que
de antemano acepta la_lucha con él. ¿Quiere asesinarla? Bien. Se defenderá y
nada más. Y con los mismos brazos, con las mismas manos que un momento
antes le estrechaban y acariciaban intentará estrangularlo.
Al fi?, la que mat~ es la madre con el consentimiento tácito de su hijo, el
cual no ignora que as1 entrega a su madre al enemigo y la condena a morir
f~silad~, sentimientos que dejan de ser monstruosos, puesto que nacen en esa
tierra mhumana donde, por esencia, todo está desorbitado, fuera de la ley,
fuera de lo natural, nada se mide por los antiguos valores.
Pocas veces ha llegado M. Franc;ois de Curel a tanta pujanza con un estilo
tan concentrad~. :ocas veces ha concebido personajes de tan singular li&gt;elleza.
Los que han as1st1do a las representaciones de Terre inhumaine conservan una
impresión imborrable. El talento del autor del Coup d'aile está en el apogeo.
El teatro del Vieux Colombier no se prodiga este año. Esta empresa artística tan interesante parece vivir desde hace meses de su pasado, muy notable,
sin duda, pero que no la exime de nuevos esfuerzos en lo futuro. No nos ha
dado más que una obra de M. Charles Vildrac, Michel Auclair, que dista mucho del Paquebot J'enacity, del mismo autor, y que es incluso, hablando francamente, una mala comedia. Personajes de un realismo y de una vulgaridad asombrosas, carencia de acción, discursos interminables, una especie de sermón sin
convicciones. La Princesse 1urandot, adaptada del italiano Gozzi, ha parecido
u? e~pe~táculo más animado y pintoresco, pero el traductor no ha logrado
d1sm10u1r la pesadez de la obra ni dar interés a una comedia harto anticuada.
La Comedie des Cbamps Elysées nos ha ofrecido una cosa original: Mademoiselle Bou,·rat, de M. C!aude Anet, es también una obra realista, pero de un
realismo pintoresco, adaptado a las tablas por Pitoeff de una manera eu extremo curiosa y nueva. Son escenas de la vida de provincias, transportadas y estilizadas por un artista, e incorporadas en escena por otro artista que ha puesto a la disposición del autor los recursos ingeniosos de su talento. Mademoiselle Bourrat ha obtenida un suceso grande y merecido.
En fin, en el Vaudeville 2e ha estrenado una obra interesante de M. Alf1ed
Savoir, La couturiere de Ltml!'Dille, de asunto muy divertido: un personaje doble de mujer bien tratado por un autor hábil.
Mencionemos la fütima obra de M. Sacha Guitry, Un sujet de roman. Ha sido244

LA PLUMA

í
l

l

un gran fracaso. El asunto-un gran literato torturado por su mujer, demasia·
do burguesa-era, en efecto, más propio de una novela que de una comedia.
El autor lo ha tratado en forma demasiado esquemática. La vida estaba ausente de esa obra, prodigiosamente representada por M. Luden Guitry.
Juus BsRTAnT.

MÉXICO (1)
la generación de «Revista Azul&gt;, y después del grupo de cRevista Moderna&gt;, donde floreció aquel genial dibujante Julio Ruelas, son Balbino Dávalos, poeta exquisito, de enorme cultura y
parco en la producción; tengo entendido que después de la aparición de «Las ofrendas•, libro que mereció un sedo estudio de Rubén Darío,
y digo serio porque sabido es que el nicaragüense fué un gran derrochaJor de
alabanzas, no ha publicado otra cosa, sin referirme a sus «Ensayos de Crítica
Literaria&gt;, ni a sus interesantísimas traducciones del francés, del inglés, del
italiano, del alemán, del latín y del griego.
Efrén Rebolledo, parnasiano, artífice del soneto, obrero de la palabra; sus
últimos bellos versos, estuchados en el cLibro de Loco Amor&gt;, son de un benedictino enamorado de la cadencia.
Aunque en la prosa también es un paciente, un obstinado trabajador, sus
intentos de novela corta, cEl desencanto de Dnlcinea,, cSalamandra• y e Saga
de Sigrida la Blonda•, que acaba de publicar en la brumosi, Cristianía, no corresponden a la prosapia de sus rimas.
Tiene una tragedia: «Aguila que cae&gt;, y es uno de los primeros que tradujeron al español a Osear Wilde.
Uno de los fundadores del «Ateneo de la Juventud•, pero de los que colaboraron en «Revista Moderna&gt;, es Rafael López, suntuoso cincelador, dueño
del matiz, de la melodía, y garboso en el decir, de clarividencia íntegra; s.u libro cCon los ojos abiertos&gt;, que tiene algo de Lugones y algo de Darío, indicó
una senda serpenteada de sonoridad que han buscado devotamente algunos de
E

(1)

Véase LA PLUMA del mes de diciembre de 1922.
245

�LA PLUMA

LA PLUMA
los nue~os, entre ellos Francisco González Guerrero, uno de los más sugestivos
poetas Jóvenes, por su inteligencia y su emoción.
Chro~ir¡mu,· de esmerilada elegancia es también Rafael López y en sus prosas espeJeantes fluye Y cabrillea deliciosa ironía, pulimentando sus períodos
con gotas de gracia.
Descendiente de Heine y de Bécquer, por lo delicado y Jo sentimental, se
nos presenta Rafael Cabrera en «Presagios», libro publicado en 1912; desde
ent?~ces se ha dedicado a las traducciones, las que hace escrupulosamente,
ap_n~ionando en su sentir el espíritu de los atttores; su «Antología del Amor
asiático&gt; fué un suceso literario, y ha vertido también, en colaboración de Rebolledo, cLa Muerte,, de Maeterlinck.
h ~e admir~ cómo Alfonso ~r.avjoto y Eduardo Colín, dos temperamentos tan
ábiles para mterpretar sus visiones, tan estilizados, tan bruñidos, tan dúctiles
ª la belleza, sean al mismo tiempo tan avaros, y sólo un libro hayan lanzado
cada uno de ellos: •El alma nueva de las cosas viejas, y cLa vida intacta.,
. -~duardo Colín, en estas últimas fechas, ha aplicado su extraordinaria sensi~ihdad Y su cultura cosmopolita a elaborar libros de alta crítica, como son:
•Siete ~abezas,, donde comenta, pesa y clasifica en siete estudios desenfadados, ágiles Y largamente meditados, la producción de poetas y literatos frances:s, belga~ Y españoles; Y «Verbo selecto• en que se ocupa de intelectuales Iat1no-amencanos.
_Los poemas de Alfonso Reyes se encuentran relegados en revistas, tanto espa~olas ~orno americanas, así como en algunas antologías; ahora aparecerá su
pnmer hbr?, «Huellas•, coleccionando la mayor parte de sus trabajos de ju~entud; recientemente, en «Indice,, de Madrid, ha publicado páginas de su
libro en prensa.
Ligeramente he querido en~arzar la figura de Alfonso Reyes como poeta,
porque él guarda fueros supenores respaldados por la intelectualidad más severa de Francia, España Y del continente latino, debido a la brillantez de su
cul~ura, a su incomparable maestría ideológica y a su estética novedosa v
oblicua.
•
_ Luis Rosa~o Vega es una cuenta desensartada de un collar preciado; su cLibi O de En~ueno Y de Dolor&gt; es una caja de música que tiene la dulzura y la
tenue sencillez de lejanas canciones; su verso suave, fervoroso eleaante y lleno
de pureza ~motiva, pregona Ja aristocracia suprema del poeta:
"'
Romántico, de lírica en sordina, recónditamente sensual, es José de J. N~246

l.

ñez y Domínguez-aunque en un principio sus rimas llevaron el eco titilante de
Luis G. Urbina--; tiene constantemente los sentidos abiertos al rumor y a las;
pulsaciones de la vidd; ba publicado e Holocaustos,, • La hora del Ticiano• y
«Música suave•.
No creo que Núñez y Domínguez sea el último romántico; sí tengo la seguridad de que engargola jirones de su corazón en cada verso, como lo hace
Samuel Ruiz Cabañas en su mínimo y cautivante «Cancionero de Pierrot&gt;,
donde las palabras se insinúan y dan la sensación de musical secreto.
A esta n::isma época pertenecen Jesús Villalpando y Luis Castillo Ledón;
éste con Alfonso Cravioto fué uno de los directores de «Savia Moderna•, revista precursora del «Ateneo•, del glorioso Ateneo de 1910-comenta Agustín
Loera y Chávez-que, con todos sus sectarismos y malevolencias domésticas,
produjo el grupo contemporáneo más serio de artistas y escritores.
Uno de los mejores triunfos de Luis Castillo Ledón fué la publicación de
«Los Caballos• y «Elogio de los senos&gt;; más tarde, en 1916, apareció en Madrid su libro «Lo que miro y lo que siento,, que es un gallardo poemario recatado y sentimental, que ostenta como rico florón esa linda página que se
llama ,La familia Joyeuse&gt;.
A la manera invertebrada de Ramón L6pez V el arde-de traviesa musa pueblerina, de voz gorjeante, de trenzas flojas f vestida de nítido percal-es Enrique Fernández Ledesma.
En su libro «Con la sed en los labios•, de estética quebradiza y arrogante
pasan bailando y cantando coronadas de rosas las muchachas provincianas, los
ojos asesinos de Esperanza brillan como carbunclos y el descaro gentil Y bullicioso de Natalia diluye en el ambiente fresco, grato aroma de mujer.
Cierto es que e~te poeta tiene algunos titubeos; pero ¿qué importa esto
ante el frenesí de_las nuevas teorías? La depuración llega siempre serenamenteLa poesía de Carlos Barrera está cuajada de vitalidad, de rebeldías y de raras inquietudes; su libro cCara al mar. Odas campestre5 y otros poemas&gt;, esconde como un caracol el ruido sinfónico de las olas, y, a veces, la temblorosa
diafanía del éter.
¿Y la mujer?
La única, a mi juicio, que después de Sor Juana ha escrito verdadero• poe_
mas, es María Enriqueta; su dominio intacto en el métier, la exterioriz11ción
límpida de sus pensares, sin cursiledas, pero sí muy femeninamente, y su sentido artístko, sigiloso y sobrio, hacen de ella una poetisa absoluta.
247

�LA PLUMA

LA PLUMA
No dudo que entre los poetas de la nueva hora hay espíritus tan sensibles,
tan sutiles, taa familiarizados con la manera y con la melodía, como cualquiera
de los valores consagrados; almas ielectas que han descubierto el secreto de
lo inefable y que obedientes han seguido el mandamiento de González Martfnez:
cTuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje.&gt;
Pero hay que confesar que algunos poetas-y este es un defecto continental-, sin llegar a los dieciocho años, ya cantan csu desencanto,, c5u corazón
deshecho&gt;, «su tristeza hermana de la tarde, o csu dolor crepuscular&gt;; por fortuna estos lloriqueos van desapareciendo, y ya se van curando de esa contagiosa enfermedad que se llama •literatura•, y muchos de los nuevos, labran estrofas varoniles a la vida y al petróleo y son perennes adoradores de la:! palpitaciones avanzadas.
Conocedor de varias literaturas, José D. Frías es uno de los llamados para
producir frutos espléndidos; tiene en preparación un libro, cLa Emoción Cautiva•; lástima que las agobiantes labores del diarismo le roben preciosos instantes que debía consagrar a la poesía.
Hace dos años, poco más o menos, algunos jóvenes que entonces eran alumnos en la Universidad, quisieron hacer un remedo del Ateneo de 1910, y se reunieron José Gorostiza Alcalá, Carlos Pellicer, Martín Gómez Palacio, Enrique
González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano y Jaime Torres Ilodet, casi todos
parvos acólitos de la poesía de Enrique González Martínez.
.Muertos sus amables impulsos, se disgregaron, y algunos de ellos han impuesto su nombre en la moderna poesía, lo mismo que han hecho desde la provincia Francisco González León, con su libro •Campanas de la tarde• , y desde
Madrid, Humberto Esquive! Medina con «Fuente de Gracia&gt;.
Quisiera hablar con más amplitud de esta legión de rapsodas de sangre
nueva; pero a este barrio encantador, bohemio y galante de París, de estudiantes y mt"dinetles, apenas llega el rumor de sus triunfos y el eco de sus canciones.
GOILLiRMO JnltNEZ.
BIBLIOGllAFÍA:

Genaro Estrada: Poetas Nuevos de México, México, 1916.-J. de J. Núñez y
Domínguez: Los poetas jóvenes de México Bouret, 1918.-Lírica Mexicana, edición de la Leg. de México, Madrid, 1919. - Antología de Poetas Nuevos de México, Cultura. México, 1920.-La Joven Literatura Mexicana, Agustín Loera
y Chávez, México Moderno, 1920-1921.

TEATROS
PÁJARO AZUL y OTRAS A.VES DE PASO.-Ayuna de sentido artístico la
temporada invernal de los teatros madrileños. naJa tendríamos
que agradecer a los empresarios, si las pocas pero valiosas representaciones de las compañías extranjeras que nos han visitado no
remediaran en parte el fastidio de tan lamentables espectáculos
como de ordinario padecemos. Después de Ruth Draper, Zacconi, los Sakharof
y los rusos del Pájaro Azul, han sido, de Enero a la fecha, aves &lt;le paso, un
punto anidadas en nuestro páramo para volar luego en busca de climas espirituales más propicios.
Han servido las representaciones de Ermete Zacconi, en pleno dominio aun
de sus grandes facultades de actor, para darnos, sobre todo, la medida del genio italiano de Sbakespeare. El Otello, el Re Lear, La Bisbética de Zacconi
realzan, hasta la exagt&gt;ración, sin duda, el sistema dramático de la composición
shakespeariana, en torno a un carácter central heroico, a un protagonista
emergente del vasto coro de luces y sombras que le asaltan por doquier.
Marca el arte de Zacconi uno de esos puntos culminantes en que la perfección excluye por extemporáneo el debate secular, agudizado en nuestro tiempo, acerca de la relación artística entre la obra dramática y sus intérpretes en
las tablas: ¿la obra para el cómico o el cómico para la obra? Shakespeare, hombre del oficio. y Zacconi, actor-creador, se entienden a maravilla ... con el público. No le cabe al exégeta, sino comprobar la ecuación. He ahí el teatro.
Menos expontáneo, más culto, en todos los sentidos de la palabra, el espectáculo de los Sakharof, bailarines de nombre ruso y estética muniquesa, apenas si b:i. podido ser gustado por las pocas personas que en Madrid sentimos
la curiosidad y el gusto de !a novedad y la belleza. Excelentisimos músicos,
los Sakharof no se limitan a bailar caprichosamente piezas más o menos clásicas. Todo lo contrario. Es decir, que quizá les falta esa virtud alada d el bai!arín nato, característica de los rusos de Diaghilef y de las gr;indes bailadoras
españolas como la Argentina o la Pastora que fué. Los Sakharof interpretan
cabalmente la música, traducen con agudísima fidelidad, :10 ya el ritmo, la melodía y hasta el concepto armónico del concierto en que son instrumento plástico. Para e1,pectadores de fina sensibilidad, ca?aces de resumir en un solo
goce los que la vista y el oído disocian, los Sakharof podían bailar sin acompamiento de orquesta. Lástima grande que la interesantísima pareja no haya te-

11

L

249

�LA PLUMA
nido ocasion de dar para los buenos aficionados algún recital de cámara en escena más reducida, y sobre todo para público menos disperso que el de la
Comedia, donde actuaron casi sin anuncio ni reclamo.
No suelen tener en cuenta los empresarios madrileños las condiciones delos teatros donde fracasan espectáculos aplaudidos y de rendimiento en el extranjero. Cierto que los gustos del público no se improvisan; por eso mis:no se
ha de tener especial cuidado en no desvirtuar la significación y el escenario
adecuados en cada caso.
El Pája1·0 Azul era un cabaret de Moscú, emigrado a Berlín, donde en un
local apropiado por su misma excentricidad, y sin la solemnidad y el empaque
de los grandes teatros, ha venido obteniendo el éxito halé1güeño que entre
nosotros le ha faltado en el coliseo cuna del Niño de Oro de don Tirso Fscudero.
Mezcla de opereta y music-hall, sin el pretexto enfadoso de los argumentos
latos, ni la monotonía exasperante del turno impar de bailarina y cupletista
los artistas del Pájaro Azul, presididos por un ingenioso prologuista, ilustrado;
del público respecto a la intención de las representaciones, cantan, bailan, hac'!n cuadros vivos, yuxtaponen con fantasía, acertadísima casi siempre, elementos desconocidos desee uu nuevo punto de vista escénico, eternos en el teatro,
cuyas virtudes primigenias, espontaneidad, buen humor, alegría, ligereza, pretenden restaurar con un sentido intelectual muy acusado en punto a decoración, trajes, escuela-esencialmente escénica-de canto y baile, pero que en
modo alguno excluye la claridad, la visualidad del espectáculo.
F.l público dado al engaño del oropel de las malas revistas, se ha mostrado
insensible al arte de estos rusos, cuyos recursos dramáticos rehuyen de intento
todo gasto inútil. Prueba de paletismo inconfundible, los números de menos
éxito han sido todos aquellos e n que la realidad aparecía deformada humorísticamente. Las escenas dramáticas, en cambio, lograban desde luego el consenso unánime.
UN DRAMATUltGO NUEVO.-Desafiando la rutinaria incomprensión y desgana
de los cómicos que, temiendo quizá la enemiga del periodista influyente, se han
avenido al cabo a representar la obra de un intelectual, Luis Araquistain ha estrenado en el Español su primer drama.
Ha coincidido con el estreno su publicación en un volumen de la «Editorial
Mundo Latino,. Del prólogo en que el autor justifica su intento, nos importa
señalar el propósito fundamental que denotan estas palabras: «Cuando una
250

LA PLUMA
obra dramática es una elaboración orgánica, formada acaso en un lento proceso psicológico, en una serie de mutuas reacciones entre la conciencia del autor
y el mundo circundante, la obra participa entonces a la vez de documento biográfico e histórico, en cuanto que refleja un punto del alma que la ha dado el
ser y un instante de la sociedad que la ha dado la pauta ética, ya para ensalzarla, ya para combatirla. Obra de arte donde no hay nada personal del autor
ni nada de la sociedad en torno, es obra muerta antes de nacer.•
Remedios heroicos es un drama de género perfectamente definido: teatro de
ideas. Pese a la concesión que hace Araquistain a la última moda literaria, resignándose a reconocer en el prólogo susodicho la inactualidad de los modosibseniaoos, creemos que nunca como ahora ha sido tan manifiesta la influencia
del grao noruego en el resto de EurGpa. Ahora y no antes es cuando hao sido
asequibles al gran público, al público, las cbras de Bernard Shaw y De Cure!.
Hasta el éxito reciente de Pirandello no había sido fecunda la unión del
pino del Norte con la palmera del Mediodía. La verdad matemática de Ibsen,
se demuestra, a través del sofisma espiritualísimo de Bernard Sbaw, por la reducción al absurdo d el dramaturgo italiano. El teatro de ideas puede estar anticuado porque así se ha llamado al teatro de hace unos cuantos años, es decir,
a la expresión teatral, a la disposición escénica, a los cánones consagrados en
unas cuantas obras maestras, cuyas formas corresponden harto precisamente
a las faldas de campana y a las mangas de jamón. La facilidad con que Araquistain ha abordado el género, por no suscitar en el público una curiosidad que
distrajera su atención :le la idea del drama, es lo que para nosotros le perjudica.
Hecho este reparo, saludemos en el autor de Remedios keroicos a un dramaturgo nue-;o. ¿Al dramaturgo nuevo? Las cualidades que hacen del drama de
Araquistain la única obra que puede interesarnos de cuantas los empresarios
nos haa ofrecido e n la mala temporada última, son las propias de toda buena
producción dramática: caracteres, conflicto fatal, patetismo comunicativo, desenlace purgatorio. Es tan raro, sin embargo, que los sedicentes autores de comedias se propongan noblemente esa comunión con el público, ese acuerdo de
voluntades que constituye el propósito batallón de Araquistaio, es tan inusitado el que haya un hombre vocado al teatro que afronte sin eufemismos las
responsabilidades de su creación, obligándose a justificar la vida de sus criaturas de ficción con ponerlas frente a frente, y no rehuyendo la lógica trágica de
su destino, que el solo hecho de que Remedios heroicos sea un buen drama nos
autoriza a cifrar desde luego en su autor las esperanzas sin empleo con que un

�LA PLUMA
día tras otro vamos engañando el tiempo perdido en las salas de espectáculos.
La señora Xirgu ha representado la protagonista de Remedios heroicos mu•cho mejor que Cristalina y que Marianela.
Pfo BAROJA EN ESCENA.-Casi en secreto, economizando la publicidad que todas las empresas acostumbran prodigar qtras veces inútilmente, se ha representado en el teatro Cervantes dé Madrid Adiós a la bohemia, boceto dramático
escrito por Pío Baroja años ha, y publicado entonces en El tablado de Arlequ{n,
con otros primeros ensayos.
Se prestaba el cuadro, a falta de grandes papeles que, por lo demás, son
incapaces de representar nuestros cómicos, a un lucido conjunto escénico. Ni
la ;decoración, ni la disposición de las figuras, ni la recitación de los actores
-con la sola excepción de Juan Espantaleón, justo, expresivo, irónico y tierno
·-en su papel, mímico casi por entero, de «Un señor que lee el Heraldo•-acertaron a dar la impresión de ambiente trasnochado que la obra requiere. Un director artístico que mereciera tal nombre hubie$e en.cargado la mise en scene
.a Ricardo Baroja; y la representación de Adiós a la bohemia podría haber significado algo más que la graciosa concesión de la empresa de Cervantes a los deseos de «los literatos que no saben de teatro•.
El público, sin .embargo, se dió perfecta cuenta de todo, y al terminar manifestó a Pío Baroja su adhesión entusiasta con aclamaciones y vítores, a que
se unieron, aplaudiendo de~de la escena, la señorita Pérez de Vargas y sus
compañeros, quizá avergonzados en su fuero interno de haber desaprovechado
tan buena ocasión de aprenderse sus papeles.
Pío Baroja, cuyas declaraciones anteriores al estreno en El Sol y La Voi
revelaban ya exacto cuanto despreocupado conocimiento de la situación en
que abordaba la escena, pisó las tablas con una gracia sin ejemplo. Su actitud,
entre encogida y escrutadora, su naturalidad forzada hasta la caricatura, su
socrisa de agradecimiento e inhibición, fueron un espi-ctáculo único del hom•
bre de «la caverna del humorismo,. Los Barojas son, sin duda, hombres de teatro. Puede que los cómicos y los empresarios acaben por enterarse algún día.
UN TEATRO POPULAR.-Existe un teatro en Madrid, desconocido para el público de Lara, desde cuya escena, a poco que ayudara la buena voluntad de los
cómicos, sería posible intentar de lleno la reforma del teatro español. El teatro de ·1a Latina ha sido el único en que la Empresa no ha perdido dinero este
año. El público asiduo que lo llena toda la semana merece en verdad mejor
·.-trato del que los cómicos le dispensan.

LA PLUM.-\
Hemos tenido ocasión de oir hablar al primer actor de ese teatro con un
desprecio tan injusto de su público habitual-desprecio que extendía luego en.
general a todos los públicos-que, de no estar acostumbrados a la iecivilidad
de nuestros comediantes, nos hubiera dejado perplejos. ¿Cómo sin contar con
la colaboración del público-colaboración no significa fl,rzoso servilismo para,
nadie-se puede hacer teatro?
Es lo cierto que el público de la Latina es muy superior a los cómicos que
aplaude. Su buena fe, su excelente instinto, le hacen discernir con harto mejor
sentido que el director artístico, que ha osado ofrecerle una tras otra, por toda·
novedad dramática, La Víctima, La cabra, El drama de un loco, Lo que no se
compra, pobrísimos engendros sin posible vitalidad escénica.
El éxito feliz de los dramas románticos del repertorio, de Responsables incluso, a través de cuya ridiculez sentía latir el buen pueblo su propia protesta contra la podredumbre social causa de la derrota, revelan sin duda una conciencia
artística de que carecen, del primero al último, todos los cómicos españoles.
UN CRÍTICO INCIPlliNTE.

�LA PLUMA
Luisa Lulai.-lnquietud.-Poesías.-Montevideo, Cooperativa Editorial •Pegaso&gt;.
Al cabo, de entre las voces, más estentóreas, o más agudas, de la lírica americana que lograban vencer la distancia transatlántica, nos llegan rezagadas
,otras más puras, que incluso parece como si despertasen en nuestro ánimo el
eco remoto de una música que las olas nos devuelven. De entre esas voces, la
-de Luisa Luisi nos penetra más hondo quizá que ninguna:
Ah! la iaquietud constante de mi alma
En perpetuo buscarse en ella misma!

LIBROS

y

•José Maria Salaverria.-E/ Rey Nicéforo.-Lib. y Ed. Rivadeneyra. Madrid,
Advi~r~: el novelista en breves p;labras liminares que entre la época en
que escnb10 su _obra y la des~ reciente publicación median quince años. «Des•de entonces-dice-han ocurrido muchas cosas en el mundo... El mismo autor
de ~s~a nove!a ¡qué hondos cambios ideológicos y sentimentales ha tenido que
suf~1r .... La liberto, pues, de su poco piadosa ocultación entre los montones de
v1e}os pap~les y la entrego al público con el título de El Rey Nt'céfo1·0 que
quiere decir el rey extraño que pretendió)ocializar a la manera quijotesca&gt;.
~stamos ante ~na alegoría polític-a de clarísimo sentido e indudable oportunidad. El rey N1c-éforo el Bueno, llevado de la curiosidad a mezclarse disimula~do su condició~, entre las gentes del pueblo más ajenas a su co;te, se
co~~1erte luego en N1céforo el Tirano, y muere al cabo derrotado en la revoluc1~n fraguada contra su benéfica dictadura, en aras de un ideal de Justicia...
fascista.
·Decidámonos a decir la palabra. No obstante la reciente constitución del
fascio italiano y su recentísimo triunfo, la intención que se deduce de la novela del señor Sa(av_erría no difiere esencialmente del quijotismo(?) de Mussolini.
Ap~rte la graC1a 1!1dudable con que e~tá llevada la fábula, su mayor interés
radica ~n el camb10 operado en el espíritu del autor, según la confesión suso
transen!~• y que se nos rev:ela, transfundido en la ficción novelesca, por la
conv,ers10!1 del Rey. Dol;,le 111terés, porque implica la adhesión del señor Salaverna .ª cierto estado de ánimo social que ve en la violencia ilustrada el único
remedio a los males que la nación sufre.
Como tal no_v_ela. _Et Rey Nicéforo se lee sin empacho. E incluso hay páginas
en qu_e la emoc1on directa del relato vence la preocupación ejemplar que el
,novelista se propuso.

* *

L~· b~;q~~~ia" ~~g~~tids•a• •· · · · · · ·· · · · · · ·· ·· ··
0

REVISTAS

*

Del propio ser que en nuestro ser se esconde
Por debajo la herencia, el hálito, el prejuicio.
El leit-motif constante de las poesías de Luisa Luisi es la Inquietud por hallar el propio yo, la pureza del sentimiento individual trabajado por la subcons-ciencia grávida de fatalidades ineludibles, con que el tiempo ha ido señalando
¿desde c~ándo? la oscura generación del poeta, que ahora se ~or_t~ra.
_
Habna que remontarse a los manantiales más altos del m1shc1smo espanol
para encontrar acaso el rico venero de esta Inquietud de la poetisa uruguaya.
-Cuyo acento no participa empero de la preocupación cristiana de una Santa
Te~esa, más sí del ~rdor combativo, que ilumina los deliquios de la doctora de
Avila, en luch~ espiritual consigo misma.
.,
No basta, sin embargo, establecer caprichosamente esta relac1on rem&lt;;&gt;t~. La
Inquietud de Luisa Luisi es moderna y su expresión más próxima al. hr_1sn:io
romántico del siglo pasado que a la rigidez de la poesía española del d1cc1sé1s,
-o a la engañosa libertad de ahora:
La noche inmensa y palpitante, oprime
Su ardiente corazón contra nosotros ...
Es tan hondo el latir de las estrellas
Que nuestro amor se ha vuelto luminoso ...
El alma toda entera está suspensa
De los labios de Dios... Se :,iente, en torno,
Estremecerse la Creación ... Escucha...
El silencio magnífico es de oro.

.......................................

At;;r:i~~-~~;~tr~~- ~1~;~ ·;1·iú~t;;i~· ..... .
Que se quiere explicar para nosotros...
. Poesía clásica la de Luisa Luisi, en cuanto revela la continuidad del senti1mento, de Safo a nuestros días, y de Grecia al Uruguay, su música nos estreme~e por la sinceridad del canto y la belleza de la voz. Nuestra emoción no
esta pervertida por sorpresa alguna. Mientras haya una mujer así en el mundo... habrá poesía.
* * *

�LA PLUMA
Ramón Gómez de la Serna.-E/ Secreto ael Acueduclo.-Novela.-Bib. Nueva. Senos.-Tip. «El Adelantado&gt;, 1923.
Ramón prosigue su marcha victoriosa. He aquí dos libros más. El uno de
ellos nuevo, el otro reeditado, pero tan aumentado de la edición 1nterior que,.
en realidad, es tan nuevo o más que el primero que aquí se anuncia. Nuevo y
viejo son, además, conceptos cuya significación corriente no suele corresponder con la que sería adecuada a una crítica rigurosa de los libros de Ramón .
Ramón, por otra parte, a pesar de escribir tanto, no es un escritor: es un espectáculo. Un espectáculo ql!le él se da a sí mismo, pero en el que quiere que
participemos todos, coreuta del gran teatro del mundo, capaz de infundir su
espíritu burlón a todas las cosas.
En cualquiera de loe libros oe Ra¡nón está todo Ramón y Ramón no está..
en ninguno por entero. Su obra empieza a ser un universo nacido con su propio creador. Et Secreto det Acueducto y Senos son dos libros más de Ramón. Nos
parece sie mpre que los hemos leído todos y que no hemos leído ninguno. Su
gracia, enemiga de la perfección, se muerde la cola. Es una sirena, cuyo ascendiente darw1niano fuese la pescadilla. De ese círculo vicioso Ramón ha hecho,
una pista, en la que. nuevo Hamlet, monologa como el señor Leonard l'arish,
o de la cual hace mesa redonda para un eterno banquete de Pombo. Su gran.
risa mana de la fuente de h Salud.

AÑO IV.

1

MADRJD, ABRIL 192.3

NÚM. .35.

LA QUINTA DE P ALMYRA

1

&lt;&gt;

(Continuación.)

VI

* * *

EL

TELEGRAMA

Agustín Remón.-Una girl.-Novela.-Madrid, 1923.
Es el señor Remón muy distinguido escritor argentino. Varias veces hemos.
dado ya nuestra opinión, adversa a diferenciaciones establecidas únicamente
cttendiendo a la nacionalidad oficial de los escritores, cuando estos escritores,
por muy distantes unos de otros en la vastedad del continente americano, lo
son en lengua española. Con todo, el señor Remón es argentino. Hay en su
propósito la determinación sincera de reflejar artísticamente en su obra un
punto de vista del mundo contemplado desde el Plata. Pero entendámonos; eso
no quiere decir que de la lecbira de Una girl se deduzca la filiación de este novelista entre los cultivadores del color local. Sus aspiraciones reb1san el cuadro
de costumbres. Lo que tampoco implica ninguna vocación transcendental ni
pedantesca.
Toda la primera parte de Una l(Írl nos engaña placenteramente con laSsimples perspectivas de un cuento ligero. No sospecha1el lector a buen seguro
las derivaciones trágicas del destino de la protagonista. La aventura se complica después de un modo extraño; el novelista bordea en los límites extremos
de una psicología exótica, los peligros fascinadores del folletín. Cuando el lector quiere defend«rse con sentido crítico de las asechanzas sentimentales de:
Una girl, el novelista tiene ganada la partida.
C.R C.

(I

el h~ésped. Pal~yra no le había regateado nada. Todas
las mananas le variaban las rosas de su cuarto y recogía
·
las caídas sobre la gran mesa de pórfido.
El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban más, y las hojas caídas eran como papelillos
suyos en aquella mesa prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano misteriosa.
Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado todo sobre la camá, alguien viniese y lo colocase en su
sitio, colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se le
caían siempre y producían un gran ruido dentro del armario.
RA

(1) Véase el número 34 de Ll PLUMA.

XVII

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA P L U :t,.I A
Vano empeño sería pretender reflejar en unas cuantas cuartillas al vuelo la,
agudeza de don Ramón, las sugestiones que conthuamente despierta en la conversación corriente, la naturalidad de su pose.
Del retrato de Anselmo Miguel Nieto, varias veces reproducido en periódicos y revistas gráficas, inspirado en la devoción de Valle al Tiziano, a los
Echevarrías de ahora, pintura fiel de la teatralidad cotidiana de don Ramón~
transcurren precisamente los años de madurez y lozanía en que se halla. Dolíase no ha mucho Luis Araquistain de la pérdida que significa para la literatura española contemporánea la falta de un constante anotado, de los hechos
y dichos de don Ramón del Valle-Inclán.'Es verdad. Prometo, en lo que pueda
caberme de esa re-sponsabilidad, la enmienda. Valgan estas cuartillas por la
intención de señalar no más la vena inagotable de una historia fidedigna de
la vida literaria de nuestro tiempo.
En ella cabrá cuaato el espacio y la memoria nos niegan ahora. Ni apuntar
siquiera hemos podido algunos aspectos interesantísimos de la persona de doa
Ramón: el diletlante de ocultismo, el fumador de cáñamo índico, el político, su
ars amandi, en fin, merec~n la atención prolija que me propongo consagrarle
en las temporadas que a6.n nos es dado a sus amigos madrileños disfrutar de su
compañía, cuando para preparar la impresión de un libro nuevo, viene del casal gaJlego, donde, con su mujer y sus cuatro hijos, vive ahora lo más del año.
en las tierras de un antiguo señorío de su familia.
C. R.C.

( • ... todas las tardes, de seis a ocho y media, puede verse a don Ramón en
una mesa ante el café Regín11, en la encrucijada ele ese bullicioso centro de Madrid, llamado la calle de Alcalá- -donde tiene su corte literaria, como no ha
habido otra desde que Goldsmith y Boswel se reunían en torno de nuestrn Samuel Johnson. El mundo literario español se reúne en torno suyo: novelistas y
dramaturgos, poetas y editores, «poetas menores• y periodistas, vendedores de
periódicos, mendigos callejeros y las Cármen~s de la¡localidad. Muy excitados,
discuten allí los negocios de Estado, la literatura internacional, el Neo-Platonismo y la Inmaculada Concepción. Los poetas recitan versos en alta voz, con.
el ruidoso acompañamiento del estrépito callejero. Los vendedores de cigarrillos interrumpen los acalorados discursos con la oferta de su mercancía.
Don Ramón se pone en pie. Con su única mano se peina las barbas desmalazadas. Como chispas eléctricas brilla el ingenio. Tal es la «tertulia», como ellos
la llaman, de los literatos españoles.•)

96

AÑO IV.

'

MADRID, FEBRERO 1925

1

NÚM. 53.

LA QUINTA DE PALMYRA
,.

I
DESCRIPCIÓN DE LA QUINTA

había una alta tapia cubierta de musgo pardo como
s1 llevase a sus hombros una capa de terciopelo . La
puerta era una enorme puerta en cuyas dos col
'
1
umnas po.
'-•·
·~ . ma: en a de la izquierda QUINTA v en la d l d
h
PALM
.
, e a erec a DE
YRA con su particular ortografía portuo-uesa Sob
1
1
n
d
o
·
re as co urnas se estacaban los dos jarrones tradicionales.
RI~fERO

t

Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el pala ..
pero se le entreveía en el fondo recibiendo los
.
c10,
puerta central l
,
.
cammos en su
,
, ª. a qu~ se sub1a por una suntuosa e~qalinata. '
Era un palac10 clanto y triste. En los copones de sus esq .
estaba depositada el agua de las lluvias antio-uas
umas
de las lágrimas del cielo.
º ' como reservorio
En el centro, sobre el ángulo de la frente de 1
atribnto d . .
h b'
a casa, como
ivmo, . a ia una diosa pagana que recogía su túnica sobre las bellas piernas. Era de piedra y tenía los colores variados
VII
97

�LA PLUMA

LA PLUMA
.
elos ue hace la lluvia en el mármol como si
del tiempo y los ~oyu
. q había bañado a aquella mujer!
fuese el mar. ¡Cuanta lluvia
l
lo que de picudo tienen los
Quitaba aquella escultura a a casa
tejados en forma de toca.
1
h'meneas hacen tanto bien a
En señal de gratitud, ~a que ads \~rtuo-al aquellas de la quinta
todas las chimeneas e
o ,
la casa, como
.
en alo-o más que en chimeneas y paestaban elevadas y convertidas 1
º, con pretensión de ser alguna
vástagos de a casa
recían palornares,
· 11 · del prado.
. t· as nuevas casas mas a a
t
vez casas au en ic ,
'fi os que se preparasen en
·
pesinos v mao-m c
En los gmsos cam
. 11 . . l sº chimeneas artísticas de alar.
tenían que m uir a
d l
aquella cocina
d
alida al humo e as
gada y ancha rendija, muy bocona para ar s
o-randes cazuelas.
h b'a i'ncrustados unos cuanº
l
ho de la casa a 1
En un lado de pee
t
ses en que parece desnutos azulejos azules, de esos tan por ugue
bes que aún no han
.
1
. • lavado con nu
barrarse un cielo azu recten
,
han endulzado el cielo
acabado de destrizarse, nubes buenas que
con sus azucarillos.
11 . n día hecmoso y un
.
t ueses en que se re eJa u
Esos azuleJOS por ug
d l
I c1·0 de Palmyra, palab 1 fachadas e Pª
pozo mojado decora an as
l
l' deliciosa como lo es el vino
cio de melancolía antigua, me aneo ia

ª

viejo.
. antiguo había en_ los ladrillos azulencos
¡Qué reflejo de un d1a
y optimistas!...

.
.
. imulo en sus junturas se comEntre todos esos azuleJOS sm d~s
t d por los vientos y por
ponía una viñeta marina, un nav10 azo a o

la tempestad.
1.
que suele haber siempre en las
Ya esos cuadros de azu eJos_
. s azules a través de lágrifachadas portuguesas ponen lágmnas, OJO
mas, en el aspecto de las casas.

¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos? ¿El día inaugural y feliz de la casita?
El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos.
azulosados.
A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.
A un lado, en lo alto, tenía una espadaña con su campanita para
pedir auxilio.
Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional, otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba
cerrado por una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas
en lo alto miraban a través de sus cristalitos, ventanas encarnadas
desde las· que el mar se veía un confín más allá, un escalón más abajo del escalón visible del horizonte.
Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos
de fina batista con ondulado cmusou. La ropa blanca de los balcones
siempre estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de J¡i
casa encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.
Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de
mujer pulcra que huele al alba pura de la ropa blanca muy bien
lavada y oreada.
Irían bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos
visillos su gran presentación rizada y atirabuzonada.
En el jardín se encontraban cenadores, mesas de piedra, bancos de parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque
chiquitín al que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño
sentado en unas peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen
conchas peregrinas.
El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía
mucho cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza, aquel refugio de segura intimidad.
99

�LA PLUMA
LA PLUMA

En aquel rincón de Portugal, junto al puebl~cito de ~~dantes, la
paz del mundo era regia y aquella quinta respiraba felicidad y sosiego.
.,
. .
. ,
Todo el paisaje ayudaba a esa sensac10n, un paisaje de mngun
lado del mundo, paisaje de los cuadros que tienen el reloj en una
torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de es~s
bes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendi:entos dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el
tren del tiempo.
,
_
Serán esas nubes como humo que no se deshara hasta la manana s1· 0a m·ente, en esa hora disolvente del alba que puede con todo.
..
La quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaJ~;
pero después se veían muchos hotelitos, ~~telitos trazados por ~l la. d e1 capnc
· ho , hotelitos felices que se h1c1eron con la _ventana
ideal
p1z
,
, .
en el sitio estratégico de la pared y en la forma que senalo con lap1z
el mismo propietario.
Eran hoteles para el verano.
Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente constru~~ un
hotel y recién construido pierde la felicidad o escoge otro sitio o
· que nadi·e se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!
muere sin
. ,
·Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener 1magenes c:en tanto tiempo y qué consol&amp;s carcomidas no habrá en el fondo
de esos hotelitos?
Se destacaban los torreones, esos torreones inútile~ en los que no
h ay nunca Un vi ocría , hechos en balde para que no subiese nunca na-l
die, torreones orgullosos a los que sólo subía el dueño de la casa e
día de la inauguración.
Miraban sus propios cristales a sitios distintos, con visión de
horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de
distinto color.

I

¡Qué pena los torreones inútiles!
Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias
próximas ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa
en que daba la casualidad que no se había afincado nadie.
Del pueblo próximo y para ver el célebre faro que se levantaba
en aquel paraje iban gentes que querían pasar un rato allí y se
sentaban a tomar algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una
bella niña de ojos azules que indudablemente nació en el faro, como
sueño de las olas y la noche.
Se prosucía en aquel paraje una de esas entradas ~n que el mar
vive tranquilo y lame la costa.
En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el
mar en otros sitios parece que descansa y añade también a todo el
paisaje una emoción más de serenidad manifiesta.
También venía aquí a reponerse, a rehacer las fuerzas deshechas
de tan trabajado y rebatido como se siente y está después de tantos
siglos de labor.
Su lengua más vieja, su verbo más usado, era la que se hospedaba y se reponía allí.

II
INTERIOR DE LA QUINTA

En el interior de la Quinta de Pa!inyra todo eso se remansaba
más Y la~ humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cnstal tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña
de cristal que tiene la tapadera.
Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, Y por eso se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la
conversación.

100
101

�LA PLUMA
En el centro de los grandes salones había asientos como esos de
los Museos, que dan toda una vuelta alrededor del rollo del respaldo. Sobre el pináculo del respaldo se erigía una estatua que unas veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira.
Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidos
de conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial.
Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de
mapa, se alzaban sobre muebles confidentes.
Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas
de las habitaciones, resguardándose en las esquinas, como dejando
sitio para el paso y disfrutando una vida disimulada y pacífica.
Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo, estaban ellos.
Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.
Tan c,pulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo
así como una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.
Se vivía en el cuajo ele las habitaciones, en sus mejores rincones,
lejos de su decorado y aceptándolo como un incontable alicieote.
En aquel conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una
sorpresa cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en
cera y pelo de los antepasados, y otro un relicario apenas visto.
Casa llena de caracoles como adorno de todo pie de consola o
toda mesa libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se componía entre unos y otros. Estando muy atento
se oía otro rumor que no era el del mar lejano, una especie de ruido
de oídos de los caracoles.
102

LA PLUMA
Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y ultraterrestre.
Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como
para no recibir a nadie, y, sin embargo, para recibir a alguien. Había
numeroso¡ despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.
La quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus
persianas estaban entregados a un duerme vela constante.
Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter de Semana Santa, cuando toda imagen santa se envuelve en un
paño morado.
Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el
sitio predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en
1as que no se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas. Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de
roca, las pulseras eran como griUetes para la prisionera de la riqueza
Pero en este interior lo importante es la sombra de los rincones,
la sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron
e~tar nunca Y que son los que hubieran llenado la soledad del palac10, seres excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos
que hubieran conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía telas de sombra en las esquinas de las habitaciones
de la quinta.
Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el
dulce estrago de la quinta, y casi todos habían acabado viviendo en
Lisb?a o en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la
p~op1edad Y edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, la habito hasta el día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, la
103

�LA PLUMA
única descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el
dulce retiro, tomar buena .cuenta de todas las cosas en aquel dulce
paraje, oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la
ciudad. Era Palmyra el alma flotante de la quinta, la que la hacía
apetecible y conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la avenida que paraba a la puerta de la casa.
En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas
sembradas en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá
otra, tenía un prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que
vivía año tras año en la quinta ideal.
Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño
de sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos
ojos negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que
se podrían llamar mordores.
Su voz tenía la suavidad infantil que la da el portugués.
No es que mezclase en sus palabras eses andaluzas, ni ces con
zedilla, sino equis, muchas x x x x intercaladas entre las palabras,
dándolas exquisitez y dulzor.
Palmyra era un dechado de dulzura y equis. Todo lo sugería y lo
preguntaba al mismo tiempo, todo lo daba vaguedad y dejaba que
pudiese ser de otro modo, como el varón quiricoz.
Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana
que daba amor por ella, y después la gustaba salir con los brazos
desnudos, los brazos que amarilleaban y se ponían cárdenos de frio !encía, y no quejarse. nunca. Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el cierre de la toquilla.
Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa, mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más
tibio y cándido, el nido blando que mecían.
104

LA PLUMA
La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba. Era una cubierta de lienzo del que usan para las velas de los
barcos, y en ella una aguja paciente había bordado debajo de un
precioso papagayo verde:
Papagais da péna verde
Naó venhas ao meujardzm
todas as penas se acaban.
Scf as mz'nhas nao tém fim.

_¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país,
el mmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía
aquella voz excepcional, pulida, como por haber cantado mucho.
Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las
palmeras y el mar, como un escarpado, como un ancho patio.
Sobre todo, a las horas de tedio estaba acodada sobre el alféizar
de la ventana más bonita y desde la que se le veía recostada sobre
el mar, coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas
de los vagones, que la amplia marina que se destacaba por encima
Y a los lados
. del trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar
como pomendo las ventanillas en blanco, era de lo más particular de
aquella visión del tren sobre la costa, lo que montaba el mar era un
aderezo contrastante.
)

El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed
e~erna con cerveza salada y fresca, encaperuzada por espuma de
meve.
La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en la dentición perpetua, se calmaba con el mar.
Da_ba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que
la hab1a dado su madre a ella. Cada ola que se rompía era una medida

�LA PLUMA
de agua fresca que la echaban sobre la cabeza, se rompía sobre su
espíritu cada ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.
¡Cuánt&amp;.s conchas de agua vertidas sobre el agua!
Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros,
son los que añaden vida a la vida.
Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas.
¿Las quería? ¿Las odiaba?
¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más
lejos!
Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela,
de su muerte.
Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la ii;iquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad,
que sonríen aun los días más duros.
Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en
medio de todo. Enjugaban sus preocupaciones con su gran simpleza
y ese optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de
luna pareciese como recortada luz del sol en el paraje de las playas.
Palmyra apenas salía de esa contemplación, y veía venir y alejarse los trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les
deja andar más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enredase.
¡Oh, pero tanto la magnífica soledad de la quinta como la frialdad del mar, la hacían necesitar del amor como única reacción contra
aquellas dos grandes influencias.

LA PLUMA
III
ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA

Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el
tiempo pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó
que eso se debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se dejó seducir por ese joven español que está a su lado,
Armando Vivar, que se hacía tener por un aristócrata español y vivía
en el palacio desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, recibiendo en sus brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del paisaje.
Armando era un huido de España no se sabe por qué misteriosos
asuntos. Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un ribete de plata en las sienes.
Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno. Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de charol mientras habla.
-¿Y tus posesiones de la India, cómo son?-preguntaba con visible entusiasmo.
-Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento
a su desembocadura,
-¿Y hay grandes árboles, de esos inmensos?
-Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los
indígenas casa para tres familias ...
A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en que el hombre pregunta como un niño ávido.
Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su
axila y depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.

106
107

I

�LA PLUMA
LA PLUMA
Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda
seguro de la quinta.
Ella se adornaba mucho para él, para retenerle.
Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban a la
luz del sol de la tarde, cuando se acercaban a las dulces ventanas con
singular encanto.
Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz
movibles a cualquier gesto de su cabeza.
Armando miraba esa animación viva que ponían sobre la pared
esos espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar la tarde a
fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más próxima la
caja de puros con su orla de fina puntilla y con un caballero de
grandes bigotes, medallas de oro y sortijas; en el reverso de la tapadera un caballero de tipo español enriquecido, pureador como un
rey, con placidez de gran tendero en la expresión. Eran esos gran-·
des señores de Partagás, o Bravo, o Gómez, grandes amigotes de su
soledad, retratos de parientes bonachones de gran bigote.
La nudosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La
quinta entera estaha llena de humo a la tarde, como si hubiese entrado en las habitaciones el humo de la cocina.
Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía
en su muralla, buscaba esa manera que tiene el humo de tabaco de
cortar la respiración de las mujeres.
Le hablaba muchas veces sin que éi escuchase, distraído en especulaciones ingenuas. Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los
muebles le reconvenían. «¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación.» Y las cornucopias le dirigían miradas
atroces.
El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta.
108

Era la hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches
como en barcas por los lagos del paisaje portugués.
Armando subía a aquel coche un poco convencido por el paseo.
Iban en el coche por la orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra en forma de escamas que parecen las
cabezas encucuruchadas de unos dragones escamados.
Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recorda\(oes»,
«Corbeille de fleurs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bellamar», «El ribazo», «Vasco», «Ermida», «El mirador», «Mascota»,
«Ribereña» y numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres
quizá muertas en su mayor parte, alguna con la placa del nombre a
medio desprender.
Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.
Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballo
desconocido por si se hacía el dueño.
No podía haber mejor ladrón de su casa que el que se sentase
amistosamente en su gabinete.
Los pasos a nivel con su camino de tragedia. Siempre recordaba
aquel coche de carTeras atropellado por la máquina.
Esos grupos de hombres después del trabajo que juegan a estar
borrachos en la p11erta de las tabernas. Parece que por lo menos van
a tirar un corcho al coche que pasa.
Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados
tules de perfumes, sus grises ráfagas.
Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea
apretándola el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera,
como intentando volver a la mujer a su primitiva injertación en el
costillar derecho.
-¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador

�LA PLUMA
paisaje, o quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras
mujeres?
Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado
&lt;¡ue da vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:
-No digas tonterías ...
Y, sin embargo, se tenía _q ue conmover ante aquel paisaje y
aquella mujer.
Los dos caballos, bien amaestradcs por los antiguos cocheros de
la casa, componían esa cuarteta del paso bien pezuñeado, que da al
camino aire de pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos caballos.
Había siempre muchos humos en el paisaje.
Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena
tarde. Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran humos del ara.
Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más
.asiento que en ningún lado del mundo. Era aquel un rincón inmóvil de felicidad.
«Este será-pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en un rincón-el último refugio de la felicidad; será donde más tarde en apagarse.»
Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran
red, bastas con que la gran red estaba atada al mar.
Sin poder creer que aquellas fuesen barcas, considerando que
eran boyas, preguntaba Palmyra:
-¿Son barcas?
-Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan para pescar más ... Sacan el vivo dinero con que vivir los días
malos.
-Que nunca les llega para zapatos ...
l!O

LA PLUMA
-~fonca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del
pie nunca necesita medias suelas.»
A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuese el abrelibros del cielo y del mar.
Sí, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de los cortapapeles el
cuchillo triangular de la vela. Y abría, quizás, las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate el tiempo esfoliándolo. ·
Entonces volvían apresuradamente, nadando el camino los caballos con braceo más enérgico.
El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las quy se ha
comido el color la luz, y en los que se hace un borde así, una huella insubsanable.
El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando
en la habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.

IV
LAS VISITAS

Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los
pocos hoteles con gente.
Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba la soledad. Entraban en la quinta con una zalamería de gentes que temen que les echen y las exijan el silencio.
Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se esplayaba entre
los moradores de la quinta y los recién llegados.
Los recién llegados.-Venimos a tener en ratito de conversa,ción... Déjennos ustedes tenerla...
l lI

�LA PLUMA
Los moradores.-Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?
Los recién llegados.-De nada... De esas cosas que se cazan al
vuelo de lo que sino se hablase la vida sería demasiado importante...
Pequeñeces.
Los moradores.-Hágannos ustedes el programa.
Los recién llegados.-No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo, surgen las palabras ...
Los moradores.-Con que nos digan cualquier cosa de las que
pasan por el camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!
Los recién llegados.-No ... Intentaremos hablar de todo antes de
ocuparnos de eso ...
Los moradores.-También nosotros estamos deseando la conver:sación trivial.
Los recién llegados.-Pues no perdamos tiempo.
Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.

Entre los q~e iban con más constancia figuraban doña Manolita►
don Vasco y una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se
llamaba Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo
gran importancia social en España y se había metido allí para
~emp~
.
Doña Manolita era una viejecita española que apenas tema para
vivir, y que agradecía con locura los tes de Palmyra.
.
Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llov1a mucho
y llegaba toda chorreosa y brillante de lluvia.
Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo
trayendo sus manos frías para calentarlas urgentemente.
.
Su sombrero de luto con gran pena colgado del perchero, poma
de luto toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la

LA PLUMA
angustiaba la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber
para estorbarla.
Pero sobre todo su sombrero en la percha ponía en la casa, la
añadía gran pena.
Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba de luto, no enlutaba la casa. ¡Encojía, dobladillaba, guardaba tanto su manteleta! ¡Disimulaba tanto lo que había que dejar
ocupando un sitio de la casa ajena!
La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar,
y se iba derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecí~.
No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, de hacia
dónde caía su pueblo.
En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado asomada al mostrador de una tienda dé especias. Tenía los lentes de la que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus
colonos.
Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa
era, pero sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de
la humanidad.
Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun
siendo un buen clima el portugués convenía ensamblarse con la
moda y dar al invierno lo que es del invierno. Su sombrero de pajilla fina, machucada, de estar rizado siempre en la horquilla del perchero.
A la servidumbre, a la gente del pueblo los trataba con ese aire
c0lonizador que tienen los ingleses.
No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de
pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras fue-

II2

VIII
Il3

�LA PLUMA
sen superiores a le moneda de los país11s que -visitaban y adquirían
en seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.
La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un
imperio de pantera que, aun vieja, debe a su fiereza el ser.
Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor
que estuvo en la China y que tenía la casa llena de cosas chinescas.
Recordaba unos días mejores que aquellos con un amarillo más
puro.
Pero lo que ocultaba a todo el mundo, lo que le martirizaba, es
que tenía allí un hijo más chino que europeo y le daba miedo traerlo,
y sin embargo lo necesitaba a su lado.
Sólo le iba a vender su secreto cuando enseñaba con demasiada
deleitación una figurilla china.
RAMÓN GóM!:Z DE LA SERNA.

(Se continuará.)

LIENZOS DEL CREPÚSCULO
ARIA
CJJerás cuando el cSol se vaya
como te acaricia el mar.
.Ca .Cuna sobre la playa
vuelve contigo a soñar.
.Ca ola besando a la nave
Y tú mirando a la nube;
cuando la tarde se acabe
verás la estrella que sub~.
CJJerás la estrella subiendo
por la espuma de la escala
-toda blanca-floreciendo
como los lirios de un ala .
.Ca .Cuna-callada y sola
vuelve contigo a soñar,
Y tu alma se irá en la ola
sobre el piano del mar.

114

IIS

�LA PLUMA
ESTAMPA

'llna luna de lirio
en un cielo violeta.
'Ya tu silueta blanca
no ilumina la senda.
:Pasa el tren como un triste
mendigo hacia la aldea.
.Los pañuelos del humo
me dicen "adiós" -cerca.
.te. esquila desvelada
llora junto a la era.
/;sta noche se ha puesto
más triste mi tristeza.
'Ya tu silueta blanca
se hizo nube de ausencia.
'llna luna de lirio
por un cielo violeta.
ERNESTO LóPEZ-PARRA.

RAMÓN PÉREZ DE A Y ALA (i&gt;
Hugo, que no conocía España, aunque creía conocerla,
habla en uno de sus poemas de «mes Espagnes», en plural.
Quizá lo más exacto que ha dicho sobre nuestro país. Los
antiguos reinos cortados en artificiales provincias por los teorizantes de Cádiz, viven todavía, si no en los papeles oficiales, con la
vida fecunda de la naturaleza y del espíritu. El genio de España es hoy
tan compuesto como siempre, y para comprenderlo hemos de aprender
a observar en él la intensidad, la seriedad y la ingenua «gaucherie» del
Vasco, el intelectualismo y el talento imitativo del Catalán, el sentido de
la elocuencia y de la forma que distingue al Valenciano, la grácil y a
veces significativa espontaneidad del Andaluz, la inspiración seca y cálida de Castilla, la fuerza primitiva de Aragón, la dulzura lírica ¡de Galicia, y ese encanto indefinible que hace de Asturias un reino aparte entre
los reinos de España.
Asturias, la más pequeña de las Españas, se extiende como una
transacción entre la cadena cantábrica y el mar, uniendo los dos irreconciliables opuestos por medio de un ingenioso sistema de valles. Montañas, valles y mar, junto con esa suave y delicada atmósfera de que gozan las comarcas complejas en los climas moderados, son los elementos
formativos del carácter asturiano, y así hallamos entre la gente asturiaÍCTOR

( 1) Capítulo del libro Semblamsas liter•rias españolas, de fpróxima publicación.
116

117

�LA PLUMA

LA PLUMA
na una noble actitud, una elevación de miras, que por los ojos, hechos
a la montaña, va calando lentamente hasta el alma de los montañeses;
una sagacidad, una penetración y una intuición psicológica que la fantasía quisiera atribuir al ejemplo omnipresente e insinuante de sus tortuosos valles; y un espíritu generoso, universal y abierto como el mar,
cualidades todas que explican que la nación asturiana se distinga entre las
demás de la península por su genio político. Y no paran aquí sus cualidades típicas. Porque la suave atmóstera de su pequeña patria parece
reflejarse en su carácter, dándole cierta sutileza, cierto sentido del matiz, una delicadeza de mano y un poder de sugestión que hacen de los
asturianos los Españoles más ricos en cualidades de distinción intelectual.
No es excesivo decir que el carácter asturiano. ~s en cierto modo antitético del carácter del resto de España. Mientras España es ante todo
creadora y sobresale por su genio, Asturias más bien crítica y su don
distintivo es el talento. Asturias es, pues, consciente, y en este sentido,
el más hondo, es sin duda el más europeo de los reinos españoles. Cierto que para las más de las gentes, parece ocupar este lugar Cataluña,
representante oficial en España de la civilización y del progreso europeos.
Para mí, sin embargo, esta opinión se apoya en una observación externa y superficial. El genio de Cataluña es ante todo imitativo y formal y
su carácter esencialmente conservador. Cataluña se esfuerza en ser Europa, mientras que Asturias quiere ser Asturias, y esto es mucho más
europeo que aquello. Así se explica que los Asturianos hayan estado
siempre en la vanguardia del progreso político de la Península. En
Asturias halla Carlos III sus estadistas; de Asturias vienen hoy todavía
los Españoles más útiles para la labor llamada de europeización. Esta
pequeña España en cuyo territorio comenzó la reconquista-reafirmación de Europa frente al Africa y al Asi~ en las tierras de la Península
Ibérica, frontera espiritual de los tres continentes-es todavía el baluarte
áel espíritu europeo en el más. oriental de los países occidentales.

Don Ramón Pérez de Ayala es sin disputa el escritor más distinguido
que la España de hoy debe a Asturias. Aunque_ jove~, no ~s precisamente un principiante, ya que cuenta en su act1:o seis vol~~enes de
novelas (r) y tres de versos, amén de numerosos bb~os de c:1~1ca y ensayos varios. Figura de viso en las letras cont~mporaneas, cnt'.co agudo,
fino poeta, buen novelista, curioso lector ~e bt~ratu'.a extran!era, el señor Ayala es un asturiano típico por la actitud mtehgente e ~ntelectual
que distingue sus escritos. Hombre culto, moder?o humanista, posee
un sentido sintético de la historia y una comprensión serena del mundo
y de la vida. Su actitud favorita es la del espectador. A buen seguro que
no es indiferente al aspecto ético de la literatura ni frío en sus sentimientos humanos. Pero su fin no es tanto el juzgar, ni el sentir, como
el comprender. No se apoya su crítica en preferencia alguna por es~uela, cultura, nación, religión o raza. Su espíritu SJ! abre a todos los vientos y es transparente para todas las luces que emanan de la realidad.
Buen europeo en su amplia comprensión de los valores intelectuales que
en el curso de la historia han ido formando nuestro continente, buen
· español en su sensibilidad para las voces de Oriente, como para las auras de nueva vida que llegan a Europa a través del Atlántico, no le estorban las férreas trabas del dogma católico que tanto limitaron los movimientos del gran Menéndez y Pelayo; pero se halla aún más libre si
cabe de ese deplorable racionalismo que ha hecho estéril en nuestro siglo x1x a tanto excelente intelecto. Halla su gusto raíces en la verdad y
en la naturaleza humana, y refinamiento en su familiaridad con los grandes maestros europeos.
Esta crítica, la verdadera, viene a reducirse al cotejo del arte con la
vida, y en último término reposa sobre la psicología. Ayala es un psicólogo consumado, escritor nunca tan feliz como cuando, dejándose ir
por su pendiente natural, analiza los fondos psicológicos de obras, personas y sucesos. Al estudio de los motivos prefiere la exploración de las
oscuras regiones ~n que se ocultan los manantiales de la emoción. Nu(1) Escrito antes de la publicación de las dos últimas novelas de Ayala.

* * *

�LA PLUMA

LA PLUMA
merosas son las páginas en que ha anotado con mano maestra los delicados movimientos del alma batida de aquí y de allá en la indefinida
zona fronteriza entre la risa y el llanto.
La observación es la base de la psicología, y Pérez de Ayala es buen
observador. Hay un tipo de observación, frecuente en los genios creadores, que consiste en una contemplación tranquila, casi pasiva, durante la cual se empapa el alma de impresiones casi inconscientemente y
como por absorción. Tal no es el modo como observa Péréz de Ayala,
sino más bien por una atención penetrante y aguda que no debe tanto
al estímulo directo de la realidad como a la sensibilidad intelectual de una
mente rica en ideas que a la menor provocación da generosa mies de
pensamiento. De aquí el carácter especial de su labor crítica, que no
aparece construida con aparato lógico, sino más bien vertida en líquida
vena de ideas. No se entienda, sin embargo, que le falta a Ayala vigor
dialéctico. Muy por el contrario, debe a su origen asturiano un intelecto
de excelente acero, que los Jesuitas, sus maestros, se cuidaron de afilar,
bien ajenos de que serían los primeros en padecer bajo su temible filo .
Sus ensayos, sus novelas y hasta sus mismos versos dan fe de su afición
a la dialéctica. Pero el espíritu dialéctico no es precisamente el más lógico y constructivo, y así Ayala parece preferir la flúida atmósfera del
essay ingléi; al plan claro y definido de la étude francesa.
Esta fluidez de sus ensayos, que parecen a veces la taquigrafía de sus
meditaciones sin rumbo, se debe en parte sin duda a la prisa que hoy en
día impone a todos la prensa, sierva de un público acostumbrado a desayunarse con ideas. Muchos, si no todos, los ensayos de Ayala son en
realidad artículos de periódico. La misma desigualdad de su estilo crítico, generalmente en tono, a veces expresivo y jugoso, pero también a
veces pobre y desaliñador acusa una labor hecha sin la preparación reposada que da unidad a la contextura de las ideas y de las formas. Pero
no basta la prisa periodística para explicar este aspecto de la obra crítica
de Ayala. Hay también en su aparente desorden una actitud intelectual
y un modo de ser. Ayala observa las cosas más que las siente, y las ve
más con los ojos del intelecto que con los del alma. Su mirar es, pues,

no sintético y de posesión, sino sucesivo y de descripción, y maneja los
objetos reales con movimientos varios, como para buscar todos los efectos y todas las luces. Es, además, hombre culto, a quien gusta repensar
lo pensado por otros, y escritor de y para un pueblo que ha perdido la
tradición universitaria y en cuya literatura se mezclan, por lo tanto, las
ideas nuevas y originales con las nociones básicas establecidas en otros
pueblos como lugares comunes de la cultura. De todas estas causas resulta la abigarrada calidad de la labor crítica de Ayala.

* * *
La expresión más clara del credo y de la filosofía de Ayala está quizá
en su poesía. Hasta ahora esta poesía se halla representada por tres volúmenes-dos de los cuales aparecen fundidos en uno solo-con nombres que sugieren cierta secuencia: La paz del sendero, El smdero ínnttmeraPle, El sendero andante. Esta uniformidad de los títulos no corresponde, sin embargo, a continuidad algu.na en el asunto patente de las
poesías, pero la constancia de la palabra sendero indica la idea del avance individual por el camino de la experiencia, idea que es el verdadero
asunto interno de todos ellos. El primer volumen, La paz del smdero,
publicado en 1903, con prólogo de Rubén Darío, revela, a pesar de su
aparente sencillez aldeana, al lector asiduo de poesía nacional y extranjera. El poema inicial que da su título al libro, es una excelente adaptación a usos modernos de la añeja cuaderna vía. Observemos de pasada esta reminiscencia meramente formal del Arcipreste de Hita, antepasado literario de Ayala en más de un concepto. Mas, al lado de
este renacimiento de la vena nacional, los primeros versos de Ayala
acusan la fuerte influencia que sobre nuestro poeta ejerció Francis James. Esta influencia que se manifiesta en la actitud de Ayala para con
la naturaleza, y sobre todo, para con los animales, le lleva a una imitación que llega muy cerca de la copia, como se ve en el trozo siguiente, que es curioso cotejar con el original en que evidentemente se
inspiró:

�LA P L U ~1 A
Aquf en mi casa de campo
tengo una vieja butaca
de gutapercha; y es tan
humilde la pobre anciana,
que cuando alg(m visitante
viene a verme, no repara
en ella y me dice: -Siemp~e
tan solo, señor Ayala.
¿No se aburre sin salir?
Y yo pienso cuando marcha
que las gentes son muy frívolas,
muy soberbias y muy vanas
porque no miran siquiera
a esta valetudinaria.

LA P L U 1\1 A
ll y a une armoire a peine Juisante
Qui a entendu les voix de mes grand'
[tan tes
Qui a entendu la voix de mon grand-pere,
Qui a entendu la voix de mon pere.
A ce souvenirs l'armoire est fidele
On a tort de croire qu'elle ne sait que se
[taire,
Car je cause avec elle.

... .... ........ .... .......... ..... .....

11 est veou cbez moi bien des hommes et
(des femmes
Qui o'ont pas ero. a ces petites ames.
Et je souris que J'oo me pense seul vivant
Quand un visiteur me dit en entrant:
-Comment allez-vous, Monsieur Jammes?

Esta imitación tan directa de Francis Jammes revela más de un rasgo típico de la poesía de Pérez de Ayala. Hay en ella,_ como _en el cará~ter asturiano, cierta gracia original y extraña, cierta mgenmdad, cualidades que también se observan en Francis Jammes y explican que esta
poesía alcanzara en su tiempo en Francia un succes dt nouveauté. Llevado por una afinidad instintiva entre su propio modo de ser y lo que en
el poeta francés es quizá tan sólo una manera ment~l, Pér~z de Ayala no
supo evitar en alguno de los poemas de este su primer hbro el escollo
en que tropezó Francis Jammes-cierta afectación que ~on_stituye el ~ac?
de una poesía no exenta de peculiar encanto-. Mas s1 b1e~ co~o 1m1tador ce Francis Jammes, Pérez de Ayala era desde luego mfenor a su
modelo, el joven poeta asturiano revelaba ya en estas primicias de su labor la cualidad que había de ser su salvación-una seriedad que se manifestaba de dos modos diferentes: dominado el uno por una preocupación filosófica, casi religiosa, por la idea del Destino; otro, inspirado en
un certero instinto estético hacia la verdad de fondo y la sobriedad de
expresión. De aquí, pese a cierta gauclurú no exenta de atractivo, una
obra llena de belleza, en la que se observan ya las cualidades típicas del
122

..

estilo de Pérez de Ayala: su rico vocabulario, su sentido del valor y de
la música de las palabras; su propiedad verbal, la claridad de su golpe
de vista y la nitidez de su expresión. Estas cualidades se manifiestan en
su máxima virtud cuando Pérez de Ayala describe esos fugaces movimientos de la naturaleza que son materia tan tentadora para el artista:
... el cielo que en dedos de diamante
hila sutiles hilos de lluvia en sus mil ruecas ...
Sobre el lago del cielo arrojaron la luna
Y su claror platead&lt;) difundiendo va una
Melodía de halos. que son como aureolas
Crecientes, en un ritmo ondulante de olas.

Buen comienzo para un poeta. Y mejor todavía la foerza que sabe
elevarse a la bella sencillez de estos dos versos:
Divino peregrino,
Mi pensamiento sigue ese blanco camino.

«Mi pensamiento». Obsérvese la palabra. La poesía-dice Wordsworth-es un derrame de emoción con una subcorriente de pensamiento. En Ayala es más bien un derrame de pensamiento con una subcorriente de emoción. Y aunque en su primera obra se da una juvenil generosidad que el poeta ya maduro habrá de refrenar, ya se echan de ver
en estos versos las virtudes y los vicios inherentes a este género de poesía inversa. A su seriedad innata debe Ayala su limpieza de toda retórica.
Llega a las letras cuando los poetas españoles, huyendo de la retórica
puramente verbal de sus predecesores, parecen querer refugiarse en una
retórica de pasión; y sus veladas emociones y penetrantes ideas, cubiertas de una vestimenta verbal ajustada, que decora una gracia sobria,
casi severa, aportan a la poesía española aquel tipo de progreso que era
de esperar precisamente del genio equilibrado de Asturias. El lado flaco
de esta poesía parece ser una tendencia a enfriarse hacia lo meramente
critico. La verdadera poesía es emoción lastrada con pensamiento, pero
123

�LA PLUMA

. ,,

demasiado pensamiento o insuficiente emoción pueden impedirle alzar
el vuelo. En Ayala, el crítico puede a veces más que el poeta, y entonces su poesía cae en lo didáctico, lo anecdótico y aun lo meramente jo.coso. Esto, más en su obra madura que en la temprana.
Lo cual no quiere decir que el tiempo haya mermado sus dotes de
poeta. Lejos de ello, Id sendero innumerable, que sigue a La paz del sendero con un intervalo de doce años, es rico en poesía excelente y contiene quizá dos o tres páginas de la mejor poesía contemporánea española. Nada tan satisfactoriamente completo, a la vez tan hondamente
poético y tan hondamente filosófico, como las páginas en que Ayala interpreta las mil almas y el alma única del mar. No hay quizá en la poesía española de hoy nada tan serio y tan bello, tan amplio y tan minuciosamente exacto. En este poema encuentra Ayala su verdadera
personalidad como el poeta de la emoción intelectual. El mar uno y vario
parece inspirar con especial felicidad este humor poético, el más elevado de Ayala, pues también es marino el mejor poema de su tercer
volumen, El sendero andante. Sólo que aquí, en El niño en l&lt;i'ptaya,
el poeta se revela todavía más plenamente, porque, junto con esa riqueza de significación filosófica, que le hace mirar a la naturaleza con
ojos llenos de la vibración del espíritu humano, junto con su don de interpretación rítmica de los movimientos naturales, y su fina sensibilidad
para los colores, aromas y gustos, hallamos también ahora la genero$a
emoción de su juventud, sofrenada, pero llena del calor vital que le da
el más hondo de los afectos españoles, el amor paternal; y aquella ternura asturiana, que ya se atreve a ser ingenua, y sin afectacíón se recrea
en los humildes animales; y su habílídad para el uso de formas arcaicas
españolas; y hasta su preocupación ética, que le lleva a armar su poema
con una punta didáctica, pero con mano tan grácil y ligera que el valor poético del conjunto, en vez de caer, crece en intensidad al ganar
en intención.
«The struggle to apprehend the superna! Lovelíness-this struggle
on the part of souls fittíngly constítuted-has gíven to the world all
laht which ít (the world) has been enabled at once to understa:nd and
124

LA PLUMA
to feel as poetic.» (1) Esta cita de Edgar Poe, que figura en inglés en cabeza de La paz del sendero, es una significativa declaración de principio
a la que nuestro poeta ha permanecido leal con singular consecuencia .
Las palabras de Poe explican que Ayala sea ante todo un poeta de emoción intelectual, es decir, un poeta que aspira a ahondar su percepción de
la naturaleza, cuya existencia independiente respeta, absteniéndose por
tanto de colorearla con sus propios estados de ánimo y confiando en
que la emoción nazca de la armonía innata entre el mundo y el hombre. Tal poeta es Shelley. Sólo que Shelley manifestaba su comprensión
poética de la naturaleza animando las cosas naturales, dándoles movimiento, carácter y expresión propia. Y es que Shelley era un platónico,
mientras que Ayala, español, pertenece a una raza que tiende a considerar al hombre como el centro de las cosas. Su comprensión poética
de la naturaleza consiste, pues, en descubrir Jo humano de las cosas,
no, entiéndase bien, los efímeros humores y sentimientos de los hombres, sino lo permanente y universalmente humano que es el Hombre.
Lo cual le lleva a la identificación del hombre y de la naturaleza como
dos formas diferentes de una misma vida. «Todo es uno y lo mismo»:
tal es la conclusión natural de su actitud de espíritu y la lección que se
desprende del último poema, Füosofía, de su último libro de versos. En
este poema, la idea aparece desarrollada con la excelencia técnica, la
fineza y la elegancia rítmica que tan fácilmente alcanza nuestro poeta
bajo la influencia de su inspiración intelectual.
Siempre que se ha visto libre de la vegetación de doctrinas dogmáticas -religiosas o filosóficas-que con frecuencia cubren su forma verdadera, la mente española ha ido a parar a esta actitud, quizá en último
término panteísta, pero desde luego panhumana. He aquí el secreto de
la imparcialidad estética que distingue a los clásicos españoles, desde el
autor de Myo Cid y el Arcipreste hasta Pérez Galdós. En Ayala, este
(1) El esfuerzo para asir la suprema Belleza-este esfuerzo por parte de
almas aptamente constituidas-ha dado al mundo todo lo que el mundo ha sido
capaz de comprender y de sentir a la vez como poético.
125

�LA

PLUMA

LA PLUMA

sentido de cohumam'dad es tan genuino, que sin esfuerzo alguno le
permite alcanzar el tono clásico con sólo su espontaneidad, guiada por
un instinto literario casi infalible. De aquí un estilo que, al menos en
sus últimas obras, es quizá de lo más puro, más elegante, y sin embargo, mas suelto y sencillo que se ha escrito en nuestra generación.
Es rasgo constante de los clásicos españoles que el representar de
preferencia al hombre como individuo les lleve a tratar situaciones convencionales, sino esencialmente, antisociales. Aventureros, pícaros, prostitutas, que otras literaturas consideran como material meramente pintoresco, son, por la razón apuntada, más humana y más honda, asunto
favorito de las letras y artes españolas. Ayala no es excepción a esta regla. En sus libros, la gente de poca pro ocupa lugar no despreciable,
como sin duda lo debe ocupar en la mente del Creador que no se cansa
&lt;le darnos siempre nuevos ejemplares de ella. Ya en las primeras novelas ayalinas maneja nuestro autor este difícil material, sino siempre con
gusto seguro, al menos con frecuente singular fortuna. Valga como
ejemplo el capítulo aquel de Troleras y Daw;aderas, en el que un artista
joven y culto lee Otelo a una chiquilla analfabeta, cuya única educación
es la de la calle, recreándose en las espontáneas reacciones de la niña, a
medida que la tragedia se va revelando ante sus ojos ingenuos.
Estas cuatro primeras novelas, hmeblas en las Cumbres, A.M. D. G.,
La Pata de la Raposa y 7 roteras y Danzaderas (título que nos vuelve a
recordar a Juan Ruiz), son meros peldaños, por los que nuestro novelista va elevándose a su nivel natural. La materia prima de su experiencia
aparece en ellas todavía insuficientemente trabajada por el arte. Pero ya
se echa de ver, al pasar de la primera a la última, un progreso gradual
,que prueba la continuidad y la consecuencia del desarrollo de Ayala.
Sin embargo, para llegar a su revelación plena como artista-novelista, habrá que esperar hasta sus Novelas Poemáticas. He aquí al fin un
-espíritu moderno, consciente de sus vínculos con un pasado racial que
se manifiesta en una continuidad de tradiciones de forma y fondo, con
un poder de observación enriquecido por su familiaridad con los eternos
problemas humanos y con un poder de expresión que se afina y sutiliza
126

al influjo de una mente poética experta en el manejo. ~e los sír~b_olo~.
Estas tres narraciones son obras maestras de observac10n, de onginahdad creadora y técnica, de hondo sentimiento poético y de sonriente humorismo-pese a su despiadado realismo a la española-. Prometeo sobre todo, la primera del libro, está escrita en un nivel de suave ironía
tan delicadamente definido que su tristísimo desenlance no basta para
descomponer el peculiar encanto del conjunto. Por su composición, amplia y libre, con su admirable adaptación del lenguaje mitológico a la
vida de la España actual, y por su fondo, tan profundamente humano,
a pesar de su armazón estrictamente lógica e intelectual, este cuento
constituye un verdadero apólogo, un enxiem.plo a la manera de Don Juan
Manuel, mas el mérito de su singular belleza.
Las Novelas Poemáticas presentan numerosos modelos de esa perfecta adaptación de la forma a la sustancia, que es lo que hace el verdadero
estilo-el de los grandes autores, no el de los meros estilistas-. Tal es,
por ejemplo, la página inicial de Prometeo. Hay en este libro trozos escritos con tan fino sentido del lenguaje que suenan al oído mental como
un eco de la voz de Cervantes. No se alcanza este nivel elevando el tono
de voz hasta el diapasón clásico, cambiando el cuello planchado por la
gola cervantina; sino con sencillez y llaneza y una actitud sinceramente
humana, cualidades 9ue hacen que las líneas siguientes suenen como
una reminiscencia de palabras inmortales:
Odysseus deseaba partirse, y no sabía cómo, que Federica no le retuviese
con llantos, clámores y escándalo. Por olvidarse de su congoja, y con achaque
de que gustaba mucho de la natación, Odysseus se pasaba casi todo el día en
el mar. Nadaba como un tritón. !base mar adentro y se estaba cuatro o cinco
horas nadando sin cesar. Y cuando no estaba en el baño procuraba acogerse a
la esquividad de un bosque, en donde suspiraba largamente por su libertad
perdida. Hasta que se determinó en su ánimo a escapar. Y fué de esta
suerte ...

Ya en plena posesión de su estilo, Ayala podrá lanzarse a escribir una
novela de madurez. Tal es su Belarmi110 y Apolonio. Cabe en cierto
modo considerar este libro como una ilustración dialéctica del tema tra127

�LA PLUMA
tado en el poema Filoso/fa de su Smdtro Andante. Belarmino, el zapatero filósofo en busca de una palabra que exprese todas las ideas, y Apolonio, el zapatero poeta dramático, en busca de gloria y actitudes bellas, vienen a representar dos principios opuestos, dos tipos: uno, deseoso de comprender; otro, de expresarse; uno, sensible, pero sereno; otro,
curioso, pero insensible. Pero Apolonio y Belarmino no son meros tipos
teóricos, sino que viven con vida tan individual, con carácter tan original y acusado, que, aunque la novela, en Jo que les concierne, no se distinga por su riqueza de acción, abunda en ella hasta desbordarse el interés
humano de modo que el lector cierra el libro con sentimiento, como se
deja a un amigo. Sobre el laxo cañamazo de una rivalidad artística entre
los dos zapateros, borda Ayala un cuento de amor. Este cuento de un
seminarista, hijo de Apolonio, que se fuga con la sobrina e hija adoptiva de Belarmino, la abandona obligado por una protectora bondadosa y
tiránica, y, ya sacerdote, la vuelve a encontrar y la salva del abismo de
degradación en que había caído, este cuento presentaba en verdad excelentes condiciones para un deplorable folletín. Que Ayala haya sorteado
todos los escollos que tuvo que bordear al contarlo, con ser meritorio,
no es extraño. No era de esperar menos de un gusto ya hecho. Pero ha
conseguido más. Ha desarrollado su narración con mano tan segura y,
sin embargo, tan ligera, con tan delicada mezcla de humorismo, serenidad y emoción, que lo que parecía material mal escogido se nos aparece
ahora como la base misma de su triunfo de artista, nunca más hábil
que en lo que sabe omitir.
En esta fruta madura de su ingenio, Ayala reTela sus principales características como artista creador, combinadas y aliadas para mutuo enriquecimiento. Aquella su tendencia a mirar al objeto bajo varias luces,
a la que en su labor crítica atribuimos su vacilante composición, se traduce aquí en un sistema de composición original que presenta el asunto, ya en acción presente, ya en relato del pasado, visto ya por un protagonista, ya por otro, ya por el autor, ya directamente por el lectorperspectivas todas perfectamente armoni:iadas-. Aquel su fluir de ideas
que observamos en todas sus manifestaciones literarias, aparece aquí
128

LA PLUMA
tan abundante como siempre-quizá por demás abundante-pero ordenado y canalizado y admirablemente distribuído entre los actores de la
novela según sus peculiares caracteres. La modalidad poética que le distingue se manifiesta en el espíritu de que toda la obra está penetrada y
que parece intensificar la simpatía humana con la que están tratados
todos los personajes, mezcla de afecto, humorismo y profundo sentido
de lo cómico que es tan española. Porque el afecto en Ayala sabe sonreír. A esta su manera poética debe también nuestro autor su facultad
para poner de relieve con toda delicadeza, pero con todo vigor, el elemento sensual de hombre y naturaleza, hilo favorito de su discurso,
finamente hilado y entretejido con nitidez y pulcritud clásicas en toda
su obra, y que se revela en su uso frecuente del adjetivo vmusto. Las
distintas calidades y cantidades de sensualismo que atribuye a sus personajes son indicio significativo de la atención que Ayala consagra a
este aspecto de la naturaleza. Recuérdense los admirables tipos de monsieur Colignon, el pastelero francés henchido dejoit dt vivrt, y de Felicita Quemada. la solterona que consume una pasión reprimida. Obsérvese el contraste entre la inflamabilidad de Apolonio, el zapatero dramático, y la total carencia de sensualidad del zapatero filósofo, Belarmino.
Este rasgo del arte de Ayala influye no poco en el encanto peculiar de
sus paisajes. Todos sabemos que un paisaje u un ts!ado dt dnüno, pero
no todos sabemos aplicar este dicho. Ayala consigue muchas veces d:1rnos la sensación de estar ante un momento dt la naturaleza, y su éxito se
debe, no pocas, al atrevimiento con que trata a la naturaleza, y «osa levantar la más íntima vestimenta, la que todo lo oculta» (1).
Era la sazGn otoñal, de color de miel y niebla aterciopelada y argentina, a
manera de vello, con que 11 tierra estaba c:omo un melocotón maduro. Por encima de las tapias del huerto conventual asomaban los negros y rígidos cipreses, que eran como el prólogo del arrobo místico, el dechado de la voluntad
eréctil y aspiración al trance; y los sauces anémicos y adolecieutes-en la redare lift
( 1) The closest, all-concealing tunic. (Shelley).
IX
129

�LA PLUMA
gi6n los llaman desmayos-, que eran la fatiga y rendimiento, epílogo dulce
del místico espasmo; y los pomares sinuosos y musculosos, las ramas, de agarrotados dedos, mostrando rojas y pequeñas manzanas, que no sugerían la imagen del pecado, sino a lo más de un pecadillo. Para los ojos todo era paz en el
huerto conventual; para el oído la querellosa algarabía de los gorriones vespertinos.

¡,
1

Ejemplos como este de aguda penetración son frecuentes en sus últimas obras. Estas obras revelan una personalidad serena al parecer, pero
hondamente sensible a las íntimas corrientes de simpatía que ligan al
hombre con el mundo. «El filósofo-dice en Belarmino y Apolonio el famélico estudiante Aligator-se halla consti tuído a la inversa del dramaturgo. Por fuera, serenidad, impasibilidad; en lo más secreto, ardor inextinguible.» Aligator habla pensando en Belarmino. No ·dejarían de convenir sus palabras al propio Ayala.
SALVADOII. DE MADARIAGA.

OLIMPIA DE TOLEDO
DRAMA EN TRES ACTOS

Personaj~s
Olirnpia de Toledo, bailarina.-Paca, doncella.-La Mogigona gitana -Doña
Lorenz~, madre de Julio.-Augusto, poeta.-Don Esteban.-J~lio, pin~or-l'aqu1ro, torero.-El E:npresario.-Periodista.-Vicente.-Un Botones.
La escena en Madrid.-Época actual.

PRIMER ACTO
Cuart_o de ?Ji~pia en un teatro de variedades. A la derecha, uerta de entrada, a la izquierda, tocador con espejo. En el fondo u b' pb E l
redes
t ¡
f;
,
• n 10m o. n as pa' car e es, otograf1as, caricaturas, ropas colgadas de perchas. Divanes y
gra ndes baúles. Las luces encendidas.

ESCENA PRIMERA
PACA (después la MOGIGONA)
PACA

(Arregla el tocador, cuelga algún traje de la percha)
MOGIGONA

¿Se pué pasar, si se pué pasar?
¡La bruja esa!

PACA

�L A l-' L U ~l :\

LA PLUMA
MOGIGONA

MOGIGONA

Con tu permiso.

,,

PACA

Pues, pasa usted sin él.
MOGIGONA

Pue&amp; ahí verasté, que es que me interesa, y que me gustaría que usted
me sacara de las dudas que tengo, porque estarasté enterada, y me gustaría que usted me hiciera el favor de contestar a media palabrita, que
es poco pedir a una chavalilla tan requetepreciosa como usted.
PACA

Pues diga lo que sea, y veremos.

Pues ahí voy; porque por acá esto es una piojera de chismes, y que
si el señor Paquiro está chalaíto perdío por la señora Olimpia, que si no
es así, que si fué, que si vino, que si ha regalao o ha dejado de regalar; y como esto interesa a mi niña, que está la probe que se la puede
ahogar con un cabello; porque el señor Paquiro no hace ni ocho días
me daba la coba, y no había en el mundo para él nada como mi niña;
y ¡señora Mogigona, que su niña es una perla! y ¡señora Mogigona,
que su niña es la rosa de Andalusía! ¡y usted el rosal que la ha produsíol Y enarbolarme a la chica como me la ha enarbolao para que aluego,
en cuanto ha llegao la señora Olimpia a bailar aquí nos deje plantás, y
que ya no se acuerde pa ná de nosotras, y que se olvide de sus promesas, y que mi niña ya no sea la rosa de Andalusía...
P.~CA

MOGIGONA

Pues lo voy a decir, y en diciéndolo, pues me va usted a contestar;
porque no es por mí por lo que yo pregunto, si no es por una persona,
que es para mí más que yo misma.

Ni usted el rosal que la ha produsío ...
MOGIGONA

Eso que usted dice, aunque lo diga con retintín.

PACA

Bueno, bueno, dígalo ya, y no se ande con tanto requilorio, que
tengo que arreglar esto, porque va a venir en seguida mi señorita.
MOGIGONA

Pues lo voy a decir, y el caso es que no sé cómo e~pezar; porque
esa persona es mi niña, y aunque esté feo que una madre ... ¿Usted me
comprende?...
PACA

No comprendo una palabra.
MOGIGONA

Pues es, que lo voy a decir, y es esto. Si usted puede y quiere decir
si la señora Olimpia de Toledo tiene o no tiene mucho que ver con el
señor Paquiro.

PACA

Bueno, ¿y qué?
MOGIGONA

Pues que me dijera usted si el señor Paquiro es algo de la señora
Olimpia, y si usted cree...
PACA

Pues no sé nada, y aunque lo supiera no tendría porqué decirlo;
porque a mí mi señorita no me paga para que vaya contando sus cosas;
es más, al contrario, si me pagan es para que me calle lo que sé. Con
que ya lo sabe usted, señora Mogigona, si tiene usted gana de que le contesten debe usted llamar a otra puerta.
M.OGlGONA

Pero, vamos a ver, ¿he faltado en argo?

PACA

¡Ah, vamos! ...
132

133

�LA PLUMA

LA PLUMA
PACA

¿Faltar? No. En todo caso, sobrar.
MOGIGONA

¡Cál ¡Qué va a regalárselos! El poeta ese no tiene mosca suficiente
para comprar las cosas que le gustan a la señorita. Aquí nos gusta lo
caro, don Esteban, ¡Lo caro! Porque lo caro es lo bueno.

PACA

ESTEBAN

¡Pues, hija!
Nada, nada, que tengo que hacer.
MOGIGONA

¡Qué arisca que es usted!
PACA
l'

Soy como me da la gana.
MOGIGONA

¡Vaya con Dios! ¡Vaya con Dios! (Vase.)
PACA

k

PACA

•Caramba! Si lo sé compro antes los pendientes para hacerla rabiar
un ~oco, y luego, claro, se los doy. ¿No tenía Olimpia que pasar la música de ese nuevo baile que están preparando?
PACA

Sí; ha hecho que la orquesta repase la música, y ha dicho que está
bien, porque ella no necesita ensayos.
ESTEBAN

¡Olimpia no necesita ensayos! Es verdad. Baila de inspiración; inventa sus danzas en el momento de levantarse la tela.

¡Vaya con el demonio! ... ¡La condenada gitanaza esa! ... (Pausa.)

PACA

ESCENA SEGUNDA

También ha venido el señorito Julio. Ese sí que está chalao perdido
por la señorita.

1

PACA y DO N ESTE B AN

ESTEBAN

PACA

Sí; ese muchacho anda loco por ella. Entre el poeta Augusto y Julio
el pintor están llenando de Olimpias en verso y de Olimpias en color,
todos los periódicos y revistas de España. ¡Soneto a los ojos de Olimpia!
¡Madrigal a la boca de Olimpia! ¡Fantasía, en verde lechuga, de las danzas de Olimpia! 1Scherzo, en blanco mayor, a la «Muerte del cisne~, de
Olimpial Yo no sé cómo los editores aceptan tantas Olimpias. Si me entendieras el chiste te diría que hemos vuelto a la era de las Olimpiadas ..•

Pase usted, don Esteban; pase usted. La señorita no está; pero no
tardará en venir.
ESTEBAN

Entonces hoy ¿soy el primero? Paquilla ...
PACA

No, don Esteban; el primero, no; porque antes se presentó don Augusto y salió con la señorita a comprar unos pendientes que ha visto el
señorito Augusto en una tienda de antigüedades.
ESTEBAN

¿No será Augusto quien se los regale?
134

PACA

A la señorita la gusta verse por todas partes: en carteles, en las portadas de los periódicos. Es un gran reclamo que da mucho postín y
ayuda a las contratas.
135

�LA PLUMA

LA PLUMA
ESTEBAN

Dentro de poco vamos a ver la figura de Olimpia anunciando un callicida o un agua purgante. ¡Qué tabarra!

ESTEBAN

~Pues sabes lo que te digo? Que no es el Paquiro el que me quita el
sueño.

PACA

¡Vamos, don Esteban! Cada cual usa de las armas que tiene. Usted
tira de cartera ...

PACA

~Pues quién, el pinta-monas?
ESTEBAN

ESTEBAN

No vaya¡¡ a creer que yo todo lo fío a los pápiros ...
PACA

No ... si ya se ve que usted como persona tiene lo suyo. Es usted simpático, barbián.,.; pero ahí tiene al Paquiro ..

Ese, ese es un muchacho de cuidado. Hay que ver cómo poco a poco
va poniéndose sombrío, a medida que Olimpia exagera sus coqueterías
con los demás. Hay que ver cómo palidece, cómo se pone rojo de repente. Se le humedecen los ojos con lágrimas, que deben de quemar
debajo de los párpados ...

ESTEB\N

¿El Paquiro? El Paquiro es un chulón. Un gran torero, pero muy
chulo, aunque él no quiera.
PACA

Pero a nosotras nos ha gustado siempre un poquito la chulería.

ESCENA TERCERA
DICHOS y PAQUIRO

(Queriendo tocar la cara a Paca)
¡Buenas, don Esteban! ¡Hola, barbil Déjame, mujer, enterarme de
cómo está esa carucha de suave.
PAQUIRO

PACA

ESTEBAN

A ti sí, que no puedes vivir de chulapona. ¿Pero a Olimpia? ¡Ha viajado mucho!. ..
.t'ACA

Pero ha nacido en la calle de Toledo, don Esteban. En la calle de
Toledo, entre la plaza de la Cebá y la Fuenteciya. ¡Qu~ no se le olvide
el encarguitol
ESTEBAN

Lo que Olimpia tenía de gata madrileña, lo ha perdido en el Extranjero.
PACA

Pero como la cabra tira al monte, don Esteban; aunque la pongan
en el cartel Olimpia de Toledo, se llama Engracia Rodríguez.
136

Quite usted, ¡so sobón!
ESTEBAN

~Qué hay? ~Cómo va?
PAQUIRO

Así, así. Habemos ido ayer a San Fernando a ver los morlacos de la
corrida del domingo, el empresario, Manolo, el señor Rafael y yo. Me
he enfriado ... Y como está uno hecho una criba, empiezan a decir aquí
estoy el puntazo de Sevilla y el palo de Algeciras...
ESTEBAN

¡Bah, aprensión!
PAQl'IRO

~Y

esa niña, no está?
137

�LA PLUMA
LA PLUMA
PACA

No. Pero no tardará en venir, matador.

PACA

¡Pues estaba eso muy feo!

PAQUIRO

,,,

¡Tú sí que estás matadora! Oye, nena. ¿Quieres que se forme una
cuadrilla de señoritas, y vas tú, y te pones el vestido de torear, y quitas
los moños a muchos torerazos?

PAQUIRO

Lo reconozco ahora. Y di, Paq uilla, ¿te gustaría a ti bailar, cantar o
hacer alguna habilidad en el tablao?
PACA

PACA

Me asustan los cuernos.
¡Qué te van a asustar! Mira, ¿tú ves a don Esteban? Pues suponte tú
que es un novillo.
ESTEBAN

¿A mí? No. ¡Anda! Pues si la señorita supiera que a mí me gustaba
bailar así, en un escenario, como ella, me despedía a escape. A mí no
me gusta eso.
PAQUIRO

¿Y los toros te gustan? Ver torear.

¡Vamos tú, so maleta!

PACA
PACA

Según, según.

Es mucho suponer. Eso de torear, para la señorita,
PAQUIRO

La verdad, Olimpia es muy brava. ¿Se acuerda usted en el tentadero
de San Agustín? Si no la sujeto le planta una verónica al cabestro de
punta.

PAQUIRO

¿Según? ¿Qué quieres decir con eso?
PACA

Según quien toree.
PAQUIRO

ESTEBAN

Si no es por ti, da Olimpia una voltereta más alta que las que da en
el escenario.
PACA

Pues todavía dice que le estropeó usted la suerte.
PAQUIRO

Así somos todos los que vivimos del público. Me acuerdo que el señor Rafael, en mi alternativa, me deslució un quite metiendo su capote.
De buena fe, sí, creía que el morucho me enganchaba. Pues estuve incomodado con él toda la tarde.

¿Verme torear a mí?
PACA

A usted, no. Por que vamos, es usted conocido y ..
ESTEBAN

.

Pero bueno .. . ¿Os vais a hacer el amor delante de mí?
PACA

¡Já, já! Delante de usted todavía se puede, ¡pero lo que es delante de
la señorita, ni por pienso! Señor Paquiro, como me chicolee usted, me
despide.

138
139

�LA PLUMA
PAQUIRO

LA PLUMA

Es que todo lo quiere para ella.
ESTEBAN

Ahí se le siente.
PACA

Está en el e9Cenario. (Vase.)

ESCENA CUARTA
DON ESTEBAN, PAQUIRO y AUGUSTO
AUGUSTO

Buenas noches.
ESTEBAN

¡Hola, poeta!. .. ¿Qué, está usted de acompañante?
AUGUSTO

¿Qué hay, Paquiro? ... Sí... ahí viene Olimpia, con un perro que ha
comprado a un golfo en la Puerta del Sol. Salimos a comprar unos
pendientes y compramos un perro. ¡Es admirable!
PAQUIRO

¿Para qué lo querrá?
(Se tumba en un diván y enciende un cigarro).
No lo sé. Dice Olimpia que es un perro de raza. Para mí, es uno de
esos chuchos, vulgar, de lanas ...
AUGUSTO

ESCENA QUINTA
DICHOS y OLUIPIA
OLIMPIA ( Un

láHgo en la mano)
¿Un lanas? ¿Eh? ¡Tú sí que eres un lanas! (lírando el sombrero, el
mangu.íto, el abrigo y un bolsillo sobre un divá11.) ¡Es una lata esto de salir a la calle! Está todo lleno de golfos y de sablistas. ¡Olimpia! ¡Seño-

rita Olimpia! ¡Reina Olimpia! ¡Qué coba! ¡Pero me conocen! ¿Eh? Vaya.
me conocen hasta los de la Policía, todo el mundo. ¿Qué te parece, Paquiro? ¿Te conocerán a ti tanto como a mí? ¿Cuándo matas, torerazo?
PAQUIRO

La semana que viene, el domingo.
OLIMPIA

Don Esteban, nos llevarás a la plaza en tu auto, ¿eh? Veremos quién
puede más; tú o yo, Paquiro. Tengo un trajecito para ese día, ¡que quita el sentido, chico! ¡Estebanl ¡Don Estebanillol ¡Qué pisto te vas a dar
en el palco, a mi lado, cuando el Paquiro nos deje su capote de paseo!
¡Pero, ven acá tú, vamos a ver. ¿Qué méritos tienes tú para figurar así
con nosotros? Di... ¿De qué t~ las das tú?
ESTEBAN

La verdad, chica, que me pones en un brete. Vosotros sois unas celebridades ...
OLIMPIA

¡Pero eres muy salao! ¡Esteban de mi alma! ¡Muy salao y muy simpático y tienes tu mérito!
PAQUIRO

¡Poquito mérito, el ser dueño de toda esa tierra de Extremadura y
de todas esas casas de Madrid! ¡Ni nada de mérito que tiene eso!
OLIMPIA

¡Vaya una cosa!. .. Ese Paquiro ya te está dando jabón porque eres
rico ... No. No tienes ningún mérito, Esteban ... ¿Has ganado tú ese dinero?
ESTEBAN

140

(Riendo)

Yo, no, .. ; mis abuelos... qué se yo, mis antepasados ...
141

�LA

PLUMA

LA PLUMA
OLIMPIA

,,

Entonces has tenido la suerte de que tus papás nacieran antes que
tú ... y te dejaran los cuartos ... Di, ¿de qué presumes?

OLIMPIA

.¿Y tú qué dices, Augusto? ¿Qué haces ahí tumbado, fuma que fuma?
AUGUSTO

ESTEBAN

¿Yo? De nada.

Psch ... , oirte.
OLIMPIA

OLTMPIA

¡Qué modestitol Si yo te entiendo. Ya sé lo que tú quieres. ¿Que hay
por ahí un automóvil, el mejor de todos? Pues para ti. ¿Que un tronco
de caballos? Para ti, ¿Que una joya? Para ti. Todo para ti. Te lo cuelgas en ti mismo, como yo cuelgo estos amuletos en mi cadena. ¡Ah, bribón! ¿Que hay una chica hermosa que canta, baila, o da volteretas en el
circo? ¿También para ti? ¿Como si fuera un dije? ¡Estás tú bueno! ¿Pero
ves, Esteban? ¿Ves esta chica que baila hasta allá y que alborota al público cuando se retuerce en el escenario? ¿La ves tú?, ricachón. ¡Buen
dije! No lo colgarás en tu cadena ...
ESTEBAN

(Rimdo)

Mirad a éste. Mientras me ha acompañado a comprar los pendientes...
AUGUSTO

¡Pendientes que se han convertido en un perro!...
OLIMPIA

Bueno ... ; mientras íbamos en el coche, era este hombre una matraca ... Que si va a escribir un poema trágico ... de mi vida, y dale _que le
das... viene aquí y se tumba en el diván, y como si le hubieran cosido los
labios y no le dejaran más que un agujerito para echar humo. (Ámena.zándole con tl láti~o.) ¡Levántate, so tumbón!

Peor para ti, Olimpia.

AUGUSTO
OLIMPIA

Siempre que pienso en tipos como tú, me acuerdo de una caricatura
que vi hace años. Era un pobre gomoso, que había recorrido el mundo
en busca de una mujer que le quisiera por sí mismo. Dc;sengañado de
Europa, se va al centro de Africa, y le cogen prisionero unos antropófagos. Lo ensartan en un asador y lo ponen sobre la lumbre. Una negra
horrorosa le da vuelta poco a poco, para que se dore por igual. A. la negra se le cae la baba pensando lo sabroso que estará el asado, y el gomoso gira lentamente sobre las llamas y exclama satisfecho: «¡Gracias a Dios
que encuentro una mujer que me quiere por mí mismo!» (Todos ríen.)
PAQUIR.O

Tienes gracia y no tienes razón. Eres una loca. Tener parné y saberlo gastar son cosas que pocas veces se ven juntas,
1.42

Déjame en paz.
ouMPIA

(Dándole un latigazo)

No, no; ¡arriba! ¡arriba!
AUGUSTO

Déjame, Olimpia. Estoy pensando en el poema en que te asesina ...
OLINPIA

JQué poema ni qué chanfaina! Levántate. (Lt ptga.)
AUGUSTO

Un amante celoso, celosísimo... ·
OLIMPIA

(Pegando)

~Toma, celoso!
143

�LA PLUMA

LA PLUMA
AUGUSTO
AUGUSTO

A quien tú desprecias...
OLnn&gt;rA
1

1

(Ptgando)

¡Toma, desprecio!
AUGUSTO

Se precipita sobre ti y te quita ... la vida ... (lt cogt tl látigo.)
OLil!PIA

¡Dame el látigo, poetastro!
ESTEBAN

¡Eres terrible, Olímpial
OLIMPIA

¡Vete! ¡Vete!. .. No quiero que estés aquí...; ahora mismo llamo al
portero para que te eche ... Anda, dame el látigo y vete.

Pues mira, ahora me siento orador ... Don Esteban y tú ilustre matador de toros ... Vamos, me van a decir si no tengo razón para quejarme ...
Esta Olimpia no es una mujer, ¡es un demonio! «Ven sin falta a buscarme a las cuatro-me dijo ayer-, vamos a comprar esos pendientes que
tú has vísto.» «Bueno, vengo a las cuatro menos cuarto.» Olimpia se presenta a las cinco y media. ¡Siete cuartos de hora que se pueden medir
exactamente por las colillas que hay en ese cenicero! Salimos de aquí,
tomamos un coche y «A la calle del Prado-digo al cochero-. Empezamos a rodar y Olimpia dice: «No. Vamos al Museo de Reproducciones.»
«(No querías ver esos pendientes?»-Ja pregunto-. «Sí-responde-.
Iremos Juego. Ahora vamos a ver la túnica del Auriga de Delfos; la tengo que copiar para una danza griega.» Al Casón-digo al cochero-.
Llegamos cerca del Museo y Olímpia grita al auriga, no al Delfos,
sin o al de la manuela. (Arrojan una zatJatilla por dttrás dtl biombo.)
OLIMPJA

AUGUSTO

(Tumbado)

Ni me iré, y, por lo tanto, no me levantaré de aquí, ni te daré el látigo, y este poema que me está saliendo de la cabeza se lo dedicaré a la
Pelitos. Esa, al menos, no se siente domadora como tú.
OLIMPIA

A mí no me hables ... Oye, Esteban, ¿has visto tú a la Pelitos? La del
empresario. ¿Esa ridícula muchacha?
AUGUSTO

¡Sí, sí, ridícula!
OLIMPIA

¡Calla, majadero!... No hables, hombre. ¿Estás ahí tumbado? Pues
estate; pero sin hablar, como sí estuvieras muerto ... ¡Paca! Ven. Tengo
que vestirme para el baile Indio. ( Ollmpia y Paca pasan detrás dtl
biombo.)

(lncorpordndou)

(Dtlrás del biombo)

Toma, para ti, por hacer chistes malos/
AUGUSTO

Cochero, vamos al Retiro; daremos una vuelta por el Paseo de Coches. Hace una tarde magnífica. Entrábamos en el Retiro cuando me
pregunta: «Oye, ¿esos pendientes son de filigrana de oro?» «Sí, son de
filigrana de oro con esmeraldas.» «¡Cochero!-grita Olimpia-. ¡A la calle del Prado!» Bajamos por la calle de Alcalá hasta la Cibeles. Allí Olimpia ordena: «Sigue hasta la Puerta del Sol.» Y a mí me dice: «Es que
quiero ir a la zapatería.» Al desembocar en la Puerta del Sol ve a un
golfo con un perro. «¡Qué perro más prPciosol Voy a comprarlo.» «Para,
cochero.» Bajamos, me hace dar diez duros por un chucho feo, sucio y
gruñidor, que tengo que izar al coche a empellones. (O/impía aparect
con una túnica, descalza de medias; lleva chinelas.) El perro gruñe y quiere
morderme, la golfería se amontona. Yo tiro de la cuerda de esparto que
sirve de collar al perrito, y el vendedor le da puntapiés para que obedezX

�•

LA PLUMA

LA PLUMA
ca; la hermosa adquisición de Oiimpia prorrumpe en aullidos. Metemos el perro en el coche, y resulta que hay que comprar un collar y
un látigo, y nos detenemos en la tienda de un guarnicionero. Saco el
perrito del coche; el perrito chilla, vuelve a reunirse la cáfila de golfos.
Hacemos las compras. «A la calle del Prado»-dice Olimpia al cochero-. El cochero arrea, y cuando estamos a mitad de camino grita Olimlia: «¡.Ail. teatro!» Yo estoy cansado de lidiar con ella y con su maldito
perro, me tumbo a descansar y la fiera empieza a latigazos conmigo.

vosotros? ¡Vaya unos esclavos! En cuanto se le pega a uno se revuelve y
me arranca el látigo; yo necesito un esclavo que se deje martirizar, que
goce en el martirio, como Julio. Vamos a ver, tú, Augusto. ¿Eres un esclavo, así, como tu amigo Julio?
AUGUSTO (

Tumbándose)

¡Yo soy un árabe sensual! ...
OLIMPIA

OLlMPlA

¡Bien! Ahora hablas como un sacamuelas.

¿Tú, Paquiro? Tú sí, ¿no es cierto? (Paca atraviesa y sale.)
PAQUIRO

(Riendo)

AUGUSTO

¿Cree usted, don Esteban, y tú, gran torero, que me he ganado este
rato de descanso en el diván?

OLIMPIA

Tampoco ... Entonces tú, don Esteban.
ESTEBAN

ESTEBAN

Sí, hombre, se lo ha ganado usted.

¿Yo? Admirador, el más ferviente admirador ...
OLIMPIA

PAQUIRO

¡Vaya que si te lo ganaste!
OLIMPIA

¿Entonces todos contra mí?
PAQUIRO

Todos contra ti, chiquilla.

¿Pues sabeis lo que os digo? ¿No? Pues que os vayais ahora mismo a
la calle y que no pongais los pies aquí hasta que se os avise. No quiero
pelmas en mi cuarto. ¡Eh, tú, árabe sensual!, levántate y largo de aquí,
que me estás chafando el abrigo. Tú, matador de caracoles, toma tu
cartulina (dándole tl sombrero ancho), y andando, y tú, señorito de pueblo, a dejarme en paz, que me tengo que vestir y que dorarme los pies
y las manos para el baile indio.

OLIMPIA

ESCENA SEXTA

¿Y el hombre de los dijes? ¿También?

DICHOS y PACA

ESTEBAN

¡También!

OUMPIA
(1

¿Qué quieres Paca?
OLIMPIA

Bueno. Pero no vivís a mi lado sometidos a la legislación del embudo. ¿Entonces a qué tanto decir que mis caprichos son leyes para

PACA

Ahí está un caballero que quiere hablar con la señorita. Me ha dado
esta tarjeta.

�LA PLUMA
L A P 1, L i\l A

' 1
OLIMPIA

(Lee)

¡Ah, es un periodista!. .. Mirad, entonces no os vayais. Si me encuentra sola, se quedará aquí mucho tiempo. Siéntate tú, árabe, ¡siéntate,
precioso!, y tú, ¡magnífico torera:,o!, aquí, a mi lado, y tú, don Esteban,
aquí. .. Paca, dile que entre. Aquí estais muy bien, me servís de armatostes para que ese buen señor no me dé la lata. ( Vase Paca.)

ESCENA SÉPTIMA

PERIODISTA

¡Ah! Es que los buenos versos se pegan 31 oído. Los del poeta no son
como algunos que se publican por ahí, que tienen la melodía de un carro cargado de flejes que rodara sobre un pedregal.
AUGC'STO

¡Ah! Es que a veces el idioma es rebelde.

DICHOS y U~ PERIODISTA
PERIODISTA

¡Olimpia de Toledo! ¡¡Hombre!! ¡Augusto y Paquiro! ¡Cuánto me
alegro!
OLIMPlA

Voy a presentar a usted a mi íntimo amigo don Esteban ... Chico,
ahora no me acuerdo de tu apellido ... El señor es redactor de el...
PERIODISTA

El Nacional.
OLIMPlA

Eso, sí; de /:.,l Nacional.
P ERIODISTA

¡Bien, Augusto, bien! He leído sus últimos versos y me han parecido
una verdadera maravilla ... Bueno, usted lo sabe mejor que nadie.
AUGUSTO

PERIODISTA

Usted doma esa rebeldía.
OLIMPIA

¡Vaya, vaya! ¡Le gustan a usted mucho los versos de mi amigo!
PRRIODBTA

¡Muchísimo, Olimpia! Considere usted que yo soy poeta fracasado·
¡Qué no hubiera dado yo por rimar así!
OLIMPIA ( lmp aciente)

¿Pero vale tanto, tanto eso que has escrito? Yo, chico, no le encuentro tanto, tanto mérito.
AUGUSTO

Este señor es muy benévolo conmigo, Olimpia. Creo que toda la belleza de mi última composición se debe a que tú la has inspirado.
PERIODISTA

El motivo es, indudablemente, hermoso, y usted, como verdadero
poeta, lo ha exaltado.

Hombre, muchas gracias.
P l!RIODISTA

Aquella estrofa... «Y en la morena curva decora el vellocino. Bajo la
cachemira ...»
OLlMPIA

¡Vaya una memoria que tiene usted!

OLIMPIA

¡Bueno! Es decir, ¿que la composición vale más que quien la inspira?
¿No es eso lo que quiere usted decir?
PIIRiuDIST A

Es difícil hacer una comparación ...
149

�LA PLUMA

LA PLUMA
OLIMPJA

l.

¡ '"'

11

'

Mira, Augusto, no me chafes la falda. Tengo que bailar con ella dentro de poco. ¡Jesús, qué hombre más tumbón! Levántate, hombre.
AUGUSTO

(Levantándose lentamente)

Bueno, mujer.
(Levantándose)
He tenido un gran placer en manifestarle toda mi admiración ... ¿Me
permitirá usted el tener una conferencia con usted? Será de gran importancia para el público ...

PEJUODISTA

¿Estará usted agobiado de contratas?
PAQUIRO

Le diré a usted. Si no tengo percance torearé unas cuarenta corridas
en Barcelona, Sevilla, Madrid ...

PERIODISTA.

AUGUSTO

OLIMPIA

Pero Paquiro de mi alma ¿nos vas a colocar la lista de todas las plazas de toros?
PAQUIRO

Como este señor preguntaba ...

Cuando usted guste ... Me voy al escenario ... (Vase.)
ESCENA OCTAVA
DICHOS, MENOS AUGUSTO
PERIODISTA

¡Admirable poeta!
OLIMPIA

PERIODISTA

Ya sabe usted Olimpia la afición que hay a los toros ... Y diga usted
Paquiro ...
OLIMPIA

Pero bueno, señor periodista, ¿ha venido usted a preguntar cosas a
todos los que están en mi cuarto?

PERIODISTA

(Sonriendo.)
Perdón, Olimpia. Ya que he tenido la suerte de encontrar aquí al
gran poeta y al gran torrero ...

OLIMP!A

ESCENA NOVENA

Pues a mí me parecen muy rebuscados. ¿A ti qué te parecen don Esteban? ¿Y a ti Paquiro?

DICHOS y AUGUSTO

¿Pero usted cree de verdad que sus versos valen tanto?

PERIODISTA

¡Ya lo creo!

PAQUIRO

Y o, chiquilla, no entiendo de eso.
PERIODISTA

¿Usted de matar toros?
PAQUIRO

Sí; de eso se entiende una mijita.

OLIMPIA

¿Ya estás otra vez?
AUGUSTO

Sí chica me asfixio en cuanto salgo de tu cuarto. Vengo a conven' de que aquí, y fuera de aquí, lo más impo:1an~~ eres_ t~'
cera 'este señor
y tus danzas. Aquí, amigo mio, respiramos, hacemos la d1gestion, v1v1mos, en una palabra, con permiso de Olimpia de Toledo, y usted, que
no sabía eso, parece ocuparse de todos menos de ella.

�LA PLUMA
LA PLUl\lA
PERIOOISTA

¿Cómo no? ... ¡Sí, por Dios! Si precisamente quiere el periódico hacer una gran información acerca de este teatro y de las estrellas que aquí
actúan.
ESTEBAN

Aquí no admitimos más que una estrella, estrella única.
PAQUIRO

¡Olimpia de Toledo!
AUGUSTO

Eso que tú has dicho, matador: ¡Olimpia de Toledo y sus danzas, sus
fantásticas danzas, compendio del arte pasado, del arte presente y del
arte futuro!

dica con sus gestos la verdadera intención de Wágner en el Viernes Santo del Parsifal?
PERIODISTA

Está bien; está bien, pero yo creo que al paso que vamos se bailará
dentro de poco el Código de Comercio.,.
OLIMPIA

No, si lo que hay que bailar eternamente son las seg~idillas Y el garrotín. Bueno, señores, hasta otro rato; tengo que vestirme... Paca ...
Paca (Vanse todos menos Olimpia.)

ESCENA DÉCIMA
OLIMPIA y PACA

OLIMPIA

Exageraciones, no. Pero ¿no me dirá usted que ahora hay ninguna
bailarina que pueda compararse conmigo?
PERIODISTA

Usted es, sin duda, la danzarina ideal en su género.
El único género posible.

OLIMPIA

PERIODISTA

Sin embargo, la Duncan, la Argentina, Tórtola, Pastora ...
AUGUSTO

No pueden compararse contigo.

(Incomodada.)

PACA

¡Vaya un tío pelmazo!
OLIMPIA

¡Valiente lata! He estado por ponerle de patitas en la puerta ... Viene
a hablar conmigo y se está ahí preguntan~o a Augusto por _sus v~rsos
y al Paquiro por sus corridas. Luego, q_ue SI la Pastora, que SI la Tortola. Le habrán pagado para que las elogie.
PACA

Pues la señorita no ha estado muy amable con e'l . ¡A ver s1· se m ete
con la señorita en el periódico!
O LIMPIA

PERIODISTA

Yo he tenido el placer de aplaudirla ...
AUGUSTO

¿Pero .ha comprendido usted toda la trascendencia de las piruetas de
Olimpia, cuando interpreta la marcha fúnebre de la Heroica, o nos in-

. No me lo digas! Esta misma noche le pongo una tarjeta invitándole
1
• por aqm.
, Pero vamos, es que no puedo resistir que alaben a gena vemr
tes que no se lo merecen.

�LA PLUMA
LA PLUMA
ESCENA UNDÉCIMA
DICHOS y el EMPRESARIO

encendió el proyector grande, y yo le digo a usted que, o se me pone el
foco grande o me voy.

EMPRESARIO

EMPRESARIO

¡Hola chiquilla! ¿Todavía no estás vestida? Falta poco para tu sección,
OLlMPIA

¿Qué tal está usted de relaciones con ese periódico El Nacional?
EMPRESAllIO

Bien.
OLIMPIA

Es que ha estado aquí un redactor y no sé si se habrá ido un poco
incomodado.
EMPRESARIO

¿Quién, Pepe Martínez? ¡Ca, es un guapo chico! No tengas cuidado,
no se meterá contigo. Lo único que le preocupa es la literatura.
OLIMPIA

¡Menuda tabarra me ha dado con los versos de Augusto! ¿Y no podía usted mandarle que pusiera un suelto elogiándome?
EMPRESARIO

Pero eso hay que pagarlo, chica. Yo creo que no hay necesidad.
OLIMPIA

¡Pero, mujer, si es que el electricista ... !
(Incomodada)
¡Sí, sí, el electricista! ¡Está usted bueno con el electricista! Que la
Pelitos le unta al jefe de la clac y regala medio teatro, y usted, usted.
está chiflado por ella. ¡Parece mentira! ¡Ese esqueleto ambulante!
OLIMPIA

EMPRESARIO

¡Mujer, no tanto!
OLIMPIA

(Gritando)

¡Una fea, una chata fea!
EMPRESARIO

Algo tendrá cuando al público le ha dado por aplaudirla.
(Furiosa)
Es que el público del teatro de usted ni es público ni es nada;un montón de señoritos chulos y de gentuza. Morralla buena para los.
novillos. ¿Qué entiende esa turba de arte ni de nada? (Se levanta, saca
un pliego de papel de un cajón y se lo tira al empresario.) No trabajaré, no; no quiero bailar delante de esa gentualla. Ahí tiene usted mi.
contrato, rómpalo si quiere.
OLIMPIA

Pues sí hay necesidad.

EMPRESARIO
EMPRESARIO

¡Por Dios, Olimpia!. ..

¿Por qué?
OLIMPIA
OLIMPIA

Porque sí. Porque aquí se bombea a todo el mundo menos a Olimpia de Toledo. Porque aquí, a todas esas que no valen un pimiento
se las considera y se las halaga. El otro día, sin ir más lejos, le puso
usted a la Pelitos con letras rojas en el cartel, y cuando salió se le

La culpa de todo la tengo yo. Si ya me lo decían. Es un teatrucho de mala muerte ... ¡La aristocracia! Me dijo usted que venia la aristocracia. ¡Buena aristocracia vendrá a oir a esas cupleteras con voz de
gato, a ver esas bailarinas, que no las querrían en un café cantante
de Lavapiés! ¡No quiero trabajar aquí!. .. ¡Me voy, me voy!

�LA PLUMA

LA PLUMA

ESCENA DUODECIMA
DICHOS y JULIO

(Fumando)
¿Qué pasa? ¿Por qué gritas así?
JULIO

EMPRESARIO

Considere usted, amigo Julio. Por esas ridículas aprensiones que se
le han metido en la cabeza quiere dejarme plantado media hora antes de
empezar su sección.
OLIMPIA

EMPRESARIO

¡Hombre! Me alegro de que venga usted, a ver si consigue calmar
los nervios de esta mujer!

Anuncie usted que me he puesto enferma. Eh, ¿qué te parece, Julio?
¿No dices nada? No, si todos sois iguales ... Quiero hacer mi voluntad, ¡ea!
EMPRESARIO

OLIMPIA

Juli~, ayúdame a reunir los chismes más necesarios y nos vamos.
Llamaras a un coche.
EMPRESARIO

¿Pero no comprendes que eso es imposible? Hoy, en la sección
de moda, cuando viene el público más selecto a aplaudirte, en que
me han encargado que reserve dos palcos proscenios para el Duque de
Bistonia ...

¡Pero mujer!

OLlMPIA
vLIMPIA

, Esto ~o se puede resistir. Desde que he entrado aquí no he tenido
mas que impresiones detestables.
JULIO

¿Pero qué ha ocurrido?

¿El Duque de Bistonia?
EMPRESARIO

Sí, el Duque de Bistonia, ese embajador gxtraordinario ... Ha pedido los palcos de la izquierda a precios de contaduría. No puedes,
Olimpia ...
UNA

OLIMPIA

,,

Que aquí no se me considera, que no se me atiende. Muchas palabras, mucha~ promes~s, y luego, nada. Rivalidades, dirán. ¿Rivalidades'. Como s1 yo pudiera tener rivalidades en esta barraca, después
de bailar en Folies-Bergeres y en la Alhambra. No pasa más sino que
don Manuel quiere levantar a la pelandusca de la Pelitos a costa mía.
Para ella, el foco; para ella, los grandes letreros y las canastillas de
flore~. Y en los reclamos la Genial, la Estrella. ¡No y no! Eso no lo
co?siento. A mí se me dijo que durante mi contrato sería aquí la
pnmera, y no lo soy.
156

voz (Fuera)

¡Don Manuel!. ..

,,

EMPRESARIO

¿Qué pasa?

UNA VOZ

Que le buscan a usted unos señores en el despacho ...
EMPRESARIO

Convénzala usted, Julio. Olimpia, no me revientes la sección de
moda ... (Vase.)
157

�LA PLUMA
ESCENA DECIMATERCERA

l
' ·,

OLIMPIA y JULIO
OLIMPIA (Tranquila)
No te puedes imaginar lo que me hace rabiar esta gente. Me indigna
tener que competir con estas pécoras de aquí. Yo no sé cómo el público
no las patea.
JULIO

¿Por qué no abandonas todo esto?

LA CUASI TRAGEDIA DE UN ''HOMO HISPANOS"

OLIMPIA

¡No d!gas tonterías, hombre! ¡Vaya un susto que se ha llevado el
~mpresano! _Que fastidi~ ... pero, pasa el tiempo ... voy a pintarme ...
~Me ayudara~, Julio~ (Se sienta en un dt'ván.) Trae la purpurina ... Ahí,
J~nto al espeJo ... ah1, ho~bre. ¡Jesús, qué torpe! Ese frasco que tiene el
pmc~l. La verdad es que s1 me empeño en no bailar hago una tontería.
Precisamente, cuando va a venir el Duque de Bistonia. Le conocí en
L~ndres. A~da, arro~íll~te aquí para pintarme los pies. (JuHo se arroázlla a los pies de Oli1:'p1a. JttHo conserva et cigarro en ta boca.) Entonces'. el Duque proteg1a a una muchacha griega que bailaba ... ¡ja, ja!. ..
¡bailaba com_o un peón ... de albañil! Así, no está mal; revuelve el líquido, _po~q_ue s1 no la pu~purina se va al fondo. Pues sí, chico, el Duqué
.es_nqm~im?, muy metido en «music-halls» y en teatros de variedades.
jSr c,ons1gu1era pescarle! No sé si me ha visto bailar alguna vez ... Pero,
¿que hace~? Hombre, las uñas, sólo las uñas. Vaya una conquista ...
Pero, ¿que te pasa? ¿Lloras? ¿Eh? ¿Lloras? _
JULIO (Balbuceando)
No ... es el humo del cigarro, que se me mete en los ojos ...
_OLIM~IA (Quíta _el dgarro a Julio, lo míra y lo tira)
¡Pero _si tu cigarro esta apagado!. .. ¡Qué simple eres, Julio! (Yult'o tlo.ra arrodillado a los pies de Olt'mpt'a. Oümpia ríe.)

s:

TELÓN LENTO

FIN DEL PRIMER ACTO
RICARDO BAROJA.

COMENTARIOS DE UN INMIGRADO

u1s1ERA, para el mejor efecto de esta leve nota, empezar llamándome extranjero. Obligado a escribir en tal pie, ganaría
esto que voy a decir, en objetividad y serenidad lo ue perdiese en cálida emoción, en «dolorido sentir». Pero, hombre
sincero, me calificaré, simplemente, de extranjero en su patria. Largos años fuera de este nuestro país, una relativa familiaridad
con España como entidad histórica, como un plasma a través de los siglos, me ha llevado a crearme de ella una idea estilizada. Acaso ese apartamiento de la vida actual me. haya conducido a formular en mi mente
una España que no es la que es, sino la que yo quisiera que fuera .
Como hombre tímido para)a acción soy aficionado a generalizar violentamente. La teoría, nuevo Icaro, vuela, sube, cae y se despedaza. (Qui-zás fuese mejor compararla con la consabida pompa de jabón ... ) Pero
dejémonos de metáforas manoseadas y que no conducen a nada.
Para mí-ratificado por la visión de viajeros de tierras extrañas, que
·es mi debilidad el leer-el orgullo era algo fundamental en la idiosincrasia de mis paisanos. Ello me parecía bello en extremo, y leyendo a Epic1eto (¡oh admirable altanería de los estoicos!), veía a través de Lázaro y de
Guzmán, claras figuras de la raza; creía sorprender por qué el Cid en el
destierro («¡albricia, Alvar Fáñez, ca echados somos de tierra!») se nos
.aparece más grande que cuando le contemplamos conquistador de Valencia; imaginaba comprender a don Rodrigo Calderón y atisbar el fuego interior que consume al Caballero de la mano al pecho. Esto de que
,el valor de la humana personalidad no dependiese del reconocimiento

ll

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LA PLUMA

,,

social-repito, actitud bella en extremo- se me antojaba un rasgo inherente al pensamiento de mis compatriotas.
Dividía en consecuencia, a los pueblos europeos-hoy reconozco que
un poco a ia ligera-en dos grupos: orgullosos-es decir,. con un muelle
real de conducta de origen interior-:--y vanidosos-e~ decir, _con un muelle real de conducta de origen extenor. Eran los pnmeros ingleses y españoles, eran los segundos aleman~s y franceses.
.
.
Tal clasificación me daba en mis andanzas fuera de m1 patna una
admirable y bendita sensación de ~plomo y repos_o esrirituales. El español en España ve que las cosas estan mal y se md1gn_a; reconoce que por
ahí más allá de las lindes de esta piel de toro extendida, hay algo ~e¡o~,
mu~ho mejor, ya en form3: de ~rganizaciones universitari_as o ~e ~aqu1nas de guerra, pero no esta obligado a un co!1tacto &lt;'&lt;pre~1so,_ d1~no Y fatal», y el bello uniforme detonante de un husar _(compas vienes de tres
por cuatro, cuando Viena era Viena), la ceremonia suntuosa de una función de corte (ristras de caballos bayos, de c3:ballos alazane~, de caballos
tordillos penachos libreas peluquines-haciendo caso omiso de los se' perfiles 'borbónicos)
'
.
miocultos
o un acre &lt;:º~entario con un amigo,
compañero deolutidor de esa cicuta de cuna mc1erta, falsamente achacada a Puerto Rfco o al Brasil (así se destruye, señores, el hispanoame~icanismo), serena y distrae su ánimo, aunque las ametralladoras no disparen mejor ni los señores catedráticos estudien más.
Empero para el español que anda por ahí fuera eso no vale, y, en ge neral, le ocurre una de dos cosas: o cae en un fetichi~mo insoportable
de todo lo exótico, o se le encalabrina y agudiza ~o castizo ~asta un punto patológico. ¡Qué difícil es mantenerse en un ¡usto medio de reconocimiento de méritos en los extraños y de ecuanimidad para con~erv~rse
uno mismo, sin baj(Sas ni desplantes! Y el eje de mi amor_ a Es pana, simplemente-ahora caigo en la cuenta-, porque era el ~¡e f~ndamental
de mi existencia como ser consciente, era esa inaprensible, imponderable cualidad de la dignidad humana.
.
.
La actitud noble y gallarda del labriego, el sentido pree~mnentemente aristocrático-en su excelso sentido, no en el de los revisteros de salones, horrtsco referens-de los rangos aún más bajos de la sociedad (~n
oposición a otros pueblos en que todo es terriblemente cl3:se media,
burguesía infecta, cuidadosos de honores, pagado~ ~e tratam1e~tos) _me
parecía muy español. Orgullo, de un lado, y amabilidad con el mfenor,
de otro, aristocratismo y democratismo; no surgían sino de la misma
fuente, eran los puntos extremos de un arco que se curvaba para encerrar un círculo, el círculo de la máxima espiritualidad humana. Y con

tal teoría, uno se forjaba una especie de armadura y acorazado iba por
el mundo. Nosotros éramos los grandes señores, caídos, sin duda, pero
también grandes señores.
Pero observo con dolor que si en Inglaterra el snobismo era ya la
filoxera que hacía estragos en una gran parte de su sociedad, aquí también~án pasando esas cualidades por mí tan admiradas. Se construyen casas de una chocarrería, de una falsa grandiosidad, verdaderamente aterradoras. Veo &amp;entes atacadas de típicos complejos de inferioridad:
los que se crean el circulo mágico, el de aquí no pase usted, los que mal
imitando a « Vigny, plus secret» que
Comme en sa tour d'ivoire, avant midi, rentrait
se cercan de una tapia de adobe, que van muy estirados, metafóricamente hablando, porque saben que no llevan sobre su carne espiritual
más que unos trajecitos de papel pegados con salivita, que al menor
contacto, al menor movimiento brusco, a la menor pirueta intelectual,
les del·ª sus vergüenzas al descubierto; y los otros, también atacados de
comp ejos de inferioridad, que por reacción inconsciente de la psiquis
son llevados a una arrogancia y agresividad enojosas, que insegu_r~s _de
su propio yo, creyéndose postergados, tratan de forzarse, con exh1b1c10nes de un Zeus de guardarropía, en el ánimo de los que co!1 ellos tenemos que convivir y malvivir. SibaritiSf!JO d~ doub/éy_ausenc1a de humorismo, todo ello es prueba de una ep1dem1a de vanidad; porque el humor no se dará sino en tipos orgull?so~, en sup~radores que s_e bu~lan
del ambiente y pueden burlarse de s1 mismos, mientras que el mgemo y
la actitud tragediante-ambos tan propios de las mujeres-son productos de raíz vanidosa. Lo que aquí ocurre, a mi entender, es que se ha
dado un salto mortal de uno a otro sentimiento; del que permite al hombre afirmar su personalidad aún en las más bajas condiciones social;s,
al que lleva a un señor a volverse loco y correr desalentado tras un_ cmtajo o a esponjarse al decirnos que es amigo de tal pseudo persona¡e: el
paso del hombre-hombre al señor-guiñapo.
.
.
Yo quisiera ir por esos campos de Dios a ver s1 el labneg_o eerdura
en su pristino estado-pero a mi natural tímido aterran las t1fo1deas y
los fríos-y prefiero continuar pensa!ldo que esto_ es así, y que estas gentes que creen que Madrid y en Madnd se ha me¡orado mucho porque
se fuman más Murattis o más Abdullas, porque se construyen_ unas casas coronadas por cúpulas y torrecitas espeluzna!ltes o cuadngas re~ubiertas de deslumbrante purpurina, etc., no son sino unos pobres senores •totalistas» (consúltese y medítese la admirable Caverna del humo-

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X!

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rt'smo de Baroja), inferior producto del &lt;~quiero y no puedo», de una
burg~esía acaso un tant~ mejor aba~tada, pero que no lee más, que no
sabe más, que no ha me¡orado de ideales, antes por el contrario, ha
perdido las viejas virtudes; que no se ha refinado, antes por el contrario, se ha chafarrinado, pero que presume cuando nunca se debe presumir ... y menos ella ahora.
Pero de todos modos, mi fe se ha ido; la útil, eficaz y resplandeciente a;madura se ha mellado y cuando salga por ahí otra vez tendré
que acudir al humorism&lt;?, escudo siempre protec_tor de l?s noroesteños
(que se chinchen los puristas). Y esta _es la cuasi tragedia de un ho_":ó
hispanus, ingenuo y desterrado, que pide se le perdone esta exudac1on
lírica.
ERASMO BucETA.

CRÓNICAS LITERARIAS
PORTUGAL
de Castro parece haber abandonado definitivamente la magnífica manera en que nos dió ejemplares prodigiosos, de arte supremo, para fijarse en tJn procedimiento más sincero, más natural,
menos artístico, más profundamente humano. El gongorino de Belkiss, el ortebre de Sagramo1·, el brujo irresistible de Oa,·istos y del
Libro de Horas, ha cedido el puesto, primero, al clásico de Consta~;a, y , por
último, al trovador henchido de simplicidad de las Can;oens desta negra vida,
su libro de ha pocas semanas.
Son veintitrés canciones hechas, generalmente, a seres modestos: al olivo
seco, al carpintero, a la doncella que envejeció doncella, a unos zapatitos, a la
mano izquierda, a la mata de clavel, a la borriquilla que llevó a Nuestra Señora, a !a camisa de boda, al canario de la botica.,. Entre esas canciones, algunas
se dirigen a cosas nobles y orgullosas; a la noble Popeia, gata persa; a la espada
de Toledo. a un reloj inglés viejo.
Emplea en esas canciones la cuarteta de siete sílabas de la antigua poética
portuguesa, excepto en la segunda canción de la Donzella envelltecida, que adopta un ritmo poco usado hoy, pero que bien manejado posee su encanto. La canción es linda: la doncella tenía una perla, ia tiró al aire y la perdió; tenía
una rosa y la deshojó; fué a buscar otra y la vió deshojarse; su amado quiso besarla y ella le huyó. Era doncella. Ahora, al envejecer, desea la perla que perdió, la flor que deshojó, el beso que rehusó. Y dice:
UGEJIIO

cVeiu o outono. Onde estás, primavera?
Como cu foil... E como é que me vejo?
Ai, agora, meu Deus! quem me dera
urna rosa... urna pérola ... um beijo ... •
l

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LA P L U \1 A
A can;ao da mao esquerda es de las más armónicas del libro. Canta las tristezas de la mano izquierda, que dice a la mano derecha:
«Ela é fidalga, eu plebeia,
Assim o quis nossa estrela;
Coisas mesquinhas sao minhas,
E coisas belas sao dela.&gt;
La Can;ao das seis ,11a,·ias es interesante. De las seis Marías amadas, sólo una
no le hizo traición. La María de la Luz, le cegó; la María de los Placeres, sólo
le dió sufrimientos; la María del Cielo, le abrió las puertas del infierno; la María del Rescate, le esclavizó; la María de la Gloria, le humilló.
«Dos seis nomes, qua! mais lindo,
Dos nomes dos meus amons,
Só nao me mentiu o sexto,
Que era... Maria das Dores!•
La última canción es la de sus hijos. Uno de ellos murió. El poeta le consagra estas dos cuartetas maravillosas:
«Martín, passaste de leve
Neste mundo, qu' é só dor...
Nascendo, fizeste-me aojo,
E morrendo, pecador.
Pecador, que, ao ver-te morto,
Descreu de Deus e dos Céus,
E qué ainda, se em ti pensa,
A Deus pergunta se ha Deus!•

* * *
En el siglo xvm hubo un escritor portugués, en cuyo espíritu se reveló a la
vez el pensamiento de un Montaigne y la ironía de un Voltaire: Francisco Xavier de Oliveir~. conocido en el mundo de las letras por el Cavalheiro de Oliveira. Su obra más conocida y más juntamente célebre son las Cartas. Diplomá tico y aventnrero, estuvo en Viena, y fué a morir a Londres. Hace poco tiempo
que se ha empezado a ver claro en su vida, merced a las investigaciones minuciosas de un erudito de mucho valor, el Sr. Jordao de Frt&gt;itas. Sábese por

qué se fué a Viena, por qué salió de allí; se conocen algunos incidentes de fU
vida, tan original. Mientras estuvo en Londres redactó y publicó una especie
de periódico, en francés, el que tituló Amuument périodique. Ese periódico, conocido en Portugal de poquísimas personas, aunque muy inferior a las Carlas,
es necesario para recibir la impresión completa de la personalidad intelectual
del Cavalheiro de Oliveira. Un funcionario de la Biblioteca Nacional de Lisboa,
y al mismo tiempo escritor, Aquilino Ribeiro, ha traducido parcialmente el
Amusement, y acaba de publicarlo en dos volúmenes, acompañado de una larga
introducción.
La única ventaja que se obtiene con la iniciativa de Aquilino Ribeiro es la
de llamar la atención sobre el periódico del escritor del siglo xvm. Pero esa
obra sólo interesa a los eruditos, que saben francés; no había necesidad de hacer la traducción. Lo indisculpable es que, de traducirlo, no se haya hecho la
traducción íntegra. Aquilino Ribeiro ha suprimido lo que ha tenido por conveniente, de modo que la traducción tiene un carácter acentuadamente anticatólico, que no estaba en el espíritu de quien lo escribió. Si Aquilino Ribeiro hubiese hecho la introducción del Amusement plriodique, habría prestado un verdadero servicio a la crítica literaria portuguesa. Tal como está, su trabajo es
poco menos que inútil.

* * *
Hipólito Raposo es, entre los nuevos, un nombre consagrado. Figura entre
los directores del grupo político denominado integrafümo lusitano, y es también un escritor de mérito. Hasta el presente se había limitado a publicar volúmenes de crónicas ligeras. Ahora se nos presenta con un trabajo de mayor
alcance, de más alta y profunda intención, una novela: Seara Nova. Novela de
teadencias nacionalistas, con una parte crítica del modo de ser de la sociedad
Y de la élite mundana contemporánea, y otra parte de aspiraciones y de creación, el libro de Hipólito Raposo es una tentativa feliz en la literatu:-a portuguesa, Lástima que su prosa sea tan pesada, tan opaca; prosa sin perfume, que
cansa como la subida de una ladera. Me recuerda la prosa del difunto Marce!
Proust, que sólo puede leerse a tragos, porque atosiga y fatiga.
Aparte de eso, el libro de Hipólito Raposo es un trabajo de cualidades singulares, que merece ser leído y estudiado con atención.

* * *

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LA PLUMA
La poetisa D. Branca de Gonta Collac;o heredó de su padre, el poeta Thom as Ribeiro, un puñada de cartas que Camillo Castel!o Branc0 le escribió desde 1883 a 1890. Ha resuelto publicarlas. El libro apareció pocos días hace. Son
120 cartas ptefaciadas por su propietaria, y anotadas por J. D. C. Las anotaciones no tienen mayor importancia. El prefacio ayuda a cónocer la compleja y
m lsteriosa psicología del gran novelista del siglo x1x, psicología que las cartas
ponen claramente al desnudo en toda su complicatión y misterio.
Del infortunado ramillo deben de haberse publicado ya más de 300 cartas.
Ellas serán el gran instrumento elucidatorio de que habrá de echar mano quien
se resuelva a hacer la biografía completa del escritor. Hasta ahora no se ha pasado de tentativas, laudables por ia intención, pero de escaso provecho. Sólo
delante de las cartas en que Camillo nos ofreció su alma desnuda, podremos
formarnos idea de lo que realmente fué el gran maestro del sarcasmo y del
llanto.

* *

*

En el periodismo portugués se ha destacado últimamente el nombre de
Hentique Trfodade Coelbo, hijo del notable cuentista de Os Meus Amo,-es, Trind ade Coelho. Su prosa posee elegancia y brillantez. Dueño de cualidades técnicas dignas de aprovechamiento, Henrique Trindade C'oelho, que también
es poeta, aparece en las librerías con un volumen inédito: Prozas e Ve,·sos
{e Belchü1,- de /1 ob,-ega. Este Belchior de Nobrega es un personaje ficticio, de
quien se sirve el autor para ciertas evocaciones del tiempo del segundo imperio francés. Es una figura a la manera del Fradique Mendes, de Ec;a de Queiroz, viéndose que Henrique Trindade Coelho se deja influir mucho por el novelista de Os Maias, pero sólo en la manera de componer la armazón del libro,
en la estructura de la frase y en el modo de adjetivar. Integran el libro 49 sonetos, preciosos algunos. Me gustaría que Hendque Trindade Coelho fuese más
exigente al trabajar sus versos, para no incurrir en la repetición evitable de
adjetivos ni en las cacofonías, que, para oídos hipersP-usibles, son verdaderos
martirios.
Transcribo este soneto, muy bello:
«Quando o pastor, de noite, á porta !he bateo,
Dormía Sulamite, e o corac;ao velava.
Velav¡¡, ouvindo a voz inquieta q . a chamava
Sob as gottas do orvalho e a clara luz do ceo.
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-«Abre-me, pomba minha, amiga minha ... &gt; Ergueo,
Sulamite, subtil, a perfumada aldrava:
Deserto, o limiar. Apenas negrejava,
Ao fundo, urna palmeira a o pé do poc;o hebreo.
Quedou-se Sulamite, estática, a olhar.
E vendo unicamente a sua sombra ao luar,
A ella ergueo as maos diaphanas, e disse:
-«Em vao por rnin chamou aquelle q. esperava.
O meo corpo dormía, o corac;ao velava...
Antes velasse o corpo, e o corac;ao dormisse ...&gt;

* * *
Otro poeta: Guilherme de Faria. Es un niño; apenas, quince años. Dos libros,
ya, Poemas. y Mais Poemas, Este último acaba de publicarse, Es un ejemplar característico de precocidad. A veces, leyéndolo, y al recordar la edad del autor,
pienso en Arthur Rimbaud, el amigo y enemigo de Verlaine, poeta en París,
comerciante y contrabandista de armas en África.
G11ilherme de Faria no posee todavía una personalidad muy marcada. En
algunos de sus poemas se percibe influencias manifiestas. Mas la musicalidad
de sus versos es verdaderamente asombrosa. Oigan, que lindo:
cO' Pedra que choras na rua,
Pedrinha, meo bem,
Tu choras, meo bem?
O' Pedra que choras, na rua,
Tu choras de alem...
O' Pedra que choras na rua, s6, nua,
Eu choro, tambem .., •
Este poeta tiene quince años y trabaja sus versos como un artista maduro,
ALFRJIDO Pll(JINT.l.

�LA PLUMA

LA PLUMA
CATALUÑA

IDA CATALANA.-La vida de la gran urbe catalana llega en esos meses
de fiebres diversas a su máxima intensidad. Se prodiga la edición
de libres, se llenan los teatros de multitudes curiosas, se celebran
cursos y conferencias en los Ateneos. De esta inquietud diversa
sobresalen algunos pináculos entre las aguas turbias de la corriente. A vista de pájaro, a manera de cinta cinematográfica, veremos pasar la vida
catalana de esos días de crudo invierno, al que no estamos acostumbrados los
barceloneses en la perenne benignidad primaveral de nuestro clima, saturado
de brisas marinas y de auras montañesas olorosas de pinos.
En materia teatral hemos tenido copiosas novedades. La aportación a nuestra lengua de la obra rebosante de humor y de ironía de Gerome K. Gerome
Fanny i els seus criats, debida al poeta Millás Raurell, ha sido en Romea un
éxito completo. El jugoso humorista inglés era ya conocido de nuestro público
a través de las novelas Tres homes dins d'uná barca, sense cantad# el gos y 1res
anglesos s'asbárgeixen, las dos de una completa novedad. La obra intensa y algo
dura Et páquebot Tenacity, de Darles Vildrac, que obtuvo en París los honores
de un éxito grandioso, ha pasado por el escenario de Romea sin pena ni gloria, a pesar de haber merecido de la crítica barcelonesa un elogio muy justo
por su acertada interpretación. Ha pasado asimismo con indiferencia la refundición hecha por Pous y Pagés de su comedia, estrenada en anteriores tem•
poradas, La met i les vtspes, con el nuevo título Sanls i diábles.
Por el mismo escenario de Romea, donde se rinde constante culto al teatro
catalán, ha pasado el arte completo del venerable Zacconi, con todas sus extraordinarias facultades escénicas, que han hecho de su actuación un éxito público. Hay que agradecerle habernos dado, después del viejo melodrama espeluznante de Giacometti, inevitable en todos los grandes «divos,, antiguos y
modernos, la fruición de su Otilo, de sil Re Lear, cubriéndose con el sombrero
de raros plumajes de Petruccio. Asimismo. dando prueba de su buen g_sto, al
lado de las figuras inmortales de Shakespeare, ha ofrecido al p&lt;iblico barcelo•
nés, que tanto le distingue, las d11s magnas tragedias dannunzianas La cittá
morta y La Gioconda.
Nuestro Lieeo sigue una buena orientación que aplauden los amantes de la
música selecta. Al lado de las inevitables vulgaridades de la música italiana,
desde Donuetti a Puccini, los artistas rusos, ya conocidos de anteriores tempo•
168

radas, grandes cantantes y ~raades actores, han reanudado unas cuantas representaciones del grandioso Boris Gudunof, que adquiere mayor relieve cuando
más se oye, habiéndose estrenado la obra maestra de Borodine Et Pdncipe
Igor, cuyas danzas del segundo acto dieron la vuelta al muado en la interpretación de l\fiassine, en el ya lejano espectáculo de revolución coreográfica de
los Bailes Rusos. Los artistas alemanes, que reanudan a cada temporada su
maravillosa compenetración con las obras que interpretan, han dado una ajustada perfección a la fresca partitura de l\fozart Le nozze de Fígaro. Todos se
bao convencido de que se imponen las •bras teatrales de Mozart, y se habla en
la próxima tempordda de un ciclo completo, en el que además de estd obra se
interpreten IJ fláuto mágico, Don Giovánni y Cosí fán tutte.
La actriz Mercedes Nicolau prosigue su campaña de fervor artístico en el
Teat,·o Auditorium, habiéndose presentado entre otras obras diversas, todas
-escogidas, en la traducción catalana de Monna Vanna, y la de El vano de lady
Windermeere. En esta rápida revista no debe dejar de citarse el éxito obtenido
por Julio Vallmitjana en una nueva obra de ambiente popular, A l'ombra del
Monljuic, ante un público acostumbrado al bajo espectáculo que se ha dado en
llamar cvaudeville,, como herencia de aquellas comedias alegres servidas por
Elena Jordi y presentadas con lujo y buen gusto por el malogrado Alejandro
Soler.
De entre una grandiosa pirámide de libros publicados, reveladores de es&lt;:asa originalidad, merece citarse Caries d'u11 visionad, de Pedro Corominas·
Se hallan reunidas en este _volumen, de poca extensión, algunas cartas políticas, escritas desde la fiebre del estadio donde luchan los hombres a un amigo
que vive en el campo lejano entre la paz de sus olivos y sus viñedos, ocupado
en la recolección de los frutos ricos de la tierr:i. El luchador, retirado hoy de
la política, habla de sus ideales democráticos, y desfilan por las páginas del libro figuras harto conocidas de los que gobiernan el país dentro de los leones
decorativos de la fachada del Congreso. Se hace interesante la lectura hasta
desde el punto de vista histórico, por tratarse de hechos ya consumados y de
males ya conocidos.
Tiene la obra el defecto esencial de las de:nás obras de Pedro Corominas,
el estilo pobre, abunda11.te en una fraseología vulgar. y aceptando como artículo
de fe las corrupciones del pueblo en la deformación de las palabras deixu¡,ilnades, por disciplinades, por ejemplo.
En el prólogo de este libro habla el autor de su teoría sobre el estilo. Cree
169

�LA PLUMA
que el estilo debe ser transparente para seguir, detrás de las palabras, las sinuosidades de la idea pura; que en el corazón de cada palabra hay un espíritu
que duerme y que en el genio de la lengua llay una lógica normal de construcción; que cuando el escritor evoca las palabras y las ordena con una lógica perfe~ta, la materialidad de las palabras es como si no existiera, y se muestra la
virginidad del pensamiento como un espíritu puro.•Esa teoría de la superioridad de la idea sobre la palabra se aleja de Maragall, que cree en el origen di_
vino de la palabra. En realidad, el concepto idea y el concepto palabra son in separables el uno del otro, y cuando la idea se viste con un ropaje suntuoso
de palabras puras y bellas, la idea aparece mucho más luminosa. La unión de
idea y las palabras de origeu divino, el verbo hecho carne palpitante de emoción, es todo el arte del escritor. Claro está que la preocupación del estilo y
de la forma se llama Theophile Gautier, el frío versificador que esculpe esmaltes y camafeos; pero también es cierto que la u1Jión de la idea y d~l estilq se
llama Víctor Hugo, el poeta de las grandes realizaciones.
Eso aparte, que es objeto ya de una preocupación de escritor, que no traería nada bueno si esa teoría de Pedro Coromi'.laS tuviera adeptos, Car-tes d'un
-oisionar-i s.e lee con gusto, a pesar de que la edición es detestable y se escapa
involuntariamente de las manos del bibliófilo.
Carlos Rahola ha publicado últimamente un pequeño volumen muy interesante. Editado por }a$ Publicac1ons-Empordás-B1Jr-celona, lleva por título En
l?amon Muntaner-L'Home-La Cr-ónica, e incita a su lectura un prólogo de Nicolau d'Olwer. La personalidad eminente del cronista de las glorias catalanas,
de las grandes empresas guerreras de nuestros reyes cuando de negunes gents
s,mt tants at mon com catalans, sohresale de esas páginas en su doble aspecto
de hombre y de cronista. Carlos Rahola, ferviente ampurdanés, ha hecho una
ofrenda de gran precio a la cultura catalana con ese estudio de otro ferviente
ampurdanés de otros tiempos. Todo lo que tienda a hacer revivir a nuestra
vida moderna las grandes figuras de nuestros siglos de oro, ha de ser bien acogido por todos. E~te estudio ha sido singularmente oportuno además, ahora
que gracias a la iniciativa meritísima de Patxot y Jubert, el l.stitut d'Estudis
Cátalans va a emprender la publicación erudita y cuidada, tan esperada por
todos, de las grandes crónicas catalanas que ahora es preciso leer en edicio nes difíciles de encontrar, hechas por beneméritos hombres de otras
épocas.
Givanel y Mas, el docto cervantista, ha publicado un estudio comparado en1;0

i.,A PLC"MA
tre el / on Quijote, y el m~gnífico libro ce Caballe1·ías Tirant Lo Blanco, joya
de la lengua catalana medioeval. Es un tiraje, aparte de la revista Qttadernsd'Estudi, y una muestra de su pericia en e&lt;;tudios de esta índole.
Uu diminuto fascículo de Manuel de Montoliu, La Cán;ó de Ges:a de 'Jaume I, publicado por la 1ipog, afia editorial Tar-rago11a, ha producido algún revuelo en el va~to campo de la erudición catalana y de los estudiosos de otros países que de estudios catalanes mectioevales se ocupan. Mucho se ha dicho sobre
el_ problema de la aute~ti:idad de la Crónica de nuestro eminente rey Conquer-idor-, aunque pocas cronicas pueden parecer tan llenas de observaciones personales corno esta. Montoliu trae a la cuestión latente un descubrimiento que
parece de alguna transcendencia. Ve en la Crónica fragmentos rimados en metro épico, lo que parecería suponer la existencia de canciones de gesta perdidas q~e hubiesen entrado en la redacción definitiva de la Cr-ónica. Cierto qn('"
la figura de epopeya del rey debió despertar en su tiempo fulgores de leyenda.
Y de poesía épica, hoy totalmente perdida. Pero Montoliu, para sostener su teoría, come_te algunas infidelidades, corno trasponer una palabra a la otra para
hacerla nmar, Y no falta quien dice que cualquier pedazo de prosa medioeval
de ~amón_ Llull o de Joanot Martoreil se prestaría a una prueba semejante, sup~ni~ndo igualmente fragmentos en metrn épico. Sea lo que quiera, el descubnm1enio de Montoliu es muy interesante y trae nuevas luces al problema dé
la Cr-ónica de nuestro gran rey.
La Rd,ton"al Catalana ha publicado últimamente, en su Biblioteca Litera,·ia
a versión debida a Carlos Riba de la emocionante narración de Sienkiewic~
B_artek el -oenc~dor. El poderoso escritor polaco es conocido por su resurrecc16n de otros tte mpl)S heroicos de iniciación cristiana, que h'l dado la vuelta al
i_nundo con el nombre de Quo vadis. Pero el escritor se entrega más y es más.
Sl~Cf?rO en obras como Bartek el vencedo,•, donde con su alma de patriota que
odia la raza alemana que esclaviza su pueblo, traza la vida sencilla de ese héroe
de la guerra de 1870. Así como anteriormente se public6 en la misma biblioteca la novela de los estudiantes de Kiel Endebades, obra de juventud del gran
a_utor polonés, es de esperar que sigan traduciéndose al catalán sus obras, partic~l.armente la trilogía heroica y sus m1ravillosas novelas Sin dogma y l..afamil,a Polaniecki.
La misma poderosa Empresa Editor-ial Catalana, que publica varias revistas Y periódicos y bibliotecas y que llega a grandes tirajes, ha dado a los lectores de su Biblioteca Catalana los Iibros .·Jplec de J?ondatles, de Valeri Se!Ta Bol-

�LA P L UMA

LA PLUMA
-dú, el curioso rebuscador del folk-lore catalán, y el nuevo volumen de Alfóns
Masuas, el infatigable novelista, Setze cantes.
L'Associacid Protecfo,-a de l'Ensenyanfa Catalana, prosiguiendo su norma de
conducta de dar biografías de los gra12des hombres de nuestra historia, de las
-que estábamos .completamente faltos, acaba de publicar Francisco Pi Mar.gall, de J, Roca y Roca, y Pau Clads, de A. Rovira Virgili. El éxito obtenido
por esas publicaciones prueba claramente la sed que tenía de las mismas el
público catalán, que admira sus grandes hombres y busca ocasiones de enterarse cumplidamente de su vida y del carácter de su obra.
Se habla mucho de la reciente J,undació Ba,-nat Metge, que con un fabuloso
-capital inicial, tiene por objeto la publicación de los clásicos con el texto original y la traducción c11talana, debida a nuestros primeros eruditos en lenguas
orientales. Las listas de suscriptores a la magna obra se llenan cumplidamente, pues el público no permanece insensible antP. las nobles iniciativas. Los
primeros volúmenes están ya en curso de publicación y se asegura que pre•
sentarán una acabada perfección tipográfica, siendo un regalo para el bibliófilo.
Hablando de bibliófilos, acaba de fallecer en la Cartuja de Valldemosa, que
une espiritualmente los nombres de Georges Sand y de Rubén Darío, Isidro
Bonshoms y Sicart, el perfecto bibliófilo. Vivía allí como un gran señor que
era, en la amplitud de unas celdas inmensas decoradas con lujo y buen gusto,
donde trasladó hace ya años su biblioteca, para vivir consagrado a sus libros y
a la contemplación de los espléndidos paisajes de Mallorca.
Su biblioteca era el fruto de toda ~u vida. Años y ai'í.os había rebuscado, reuniendo un tesoro de incalculable valor. Con su gusto exquisito hacía revestir
el viejo infolio de venerables pergaminos con el levante gofrado de hierros de
-oro y toda clase de olorosas pieles. Había reunido la maravillosa Biblioteca
Ceroántica, una de las primeras del mundo, que legó en vida al lnstitu/ d'Estudis Catalans, donde queda instalada en una sala lujosamente decorada, a la
,curiosidad de los historiador~s, después de publicado el catálogo de tan estupenda colección y de haber instituido un premio para estudios cervánticos que
lleva el nombre del generoso donador. Asimismo tuvo gusto de entregar en
vida a la Biblioteca de Catalunya, aumentando sus tesoros, la colección de folletos referentes a las guerras de Cataluña. Instaló en Valldemosa sus libros de
Caballerías y gran acopio de libros, todos de gran preci~ que lega en su testamento a la Biblioteca de Catalunya.

El ilustre patricio ha muerto, después de una larga enfermedad, sufriendotanto que ni entre sus libros enc1&gt;ntraba gusto. Vivió para los libros, para dis-

frutar con ellos, con el selecto placer del bibliófilo. Tuvo la fortuna de poder
perrritirse ese lujo de los dioses, de tan pocos conocido; porque generahnente la afición a 1-&gt;S libros está en razón inversa con los dones de ta fortuna loca
y los que podrían adquirir libros raros prefieren comprar cuatro Rolls-Royce,
aunqt:e con uno tuvieran bastante. En el bibliófilo fallecido en Mallorca se
unían esas dos raras cualidades, la fortuna y la afición a los libros.
El hombre feliz y generoso se extinguió en sus lujosas celdas de Valldemosa, rodeado de sus libros y del paisaje luminoso que une espiritualmente
los nombres tan distintos de Georges Sand y Rubén Darío.

J.

MAssó VENTÓS.

�l. A P L U .\l A
Isabel O. de Palencia (Beatriz Galindo).-Et sembrador sembró su semi/ta...-Novela.-Rivadeneyra. Madrid.

LIBROS y REVISTAS
A. tiernández l:atá.-La Casa de Fieras.-Bestiario.-Ed. Mundo Latino.
Madrid.
La moda de las moralidades esópicas, renovada en las literaturas extranjeras modernas con los rugidos de las selvas de Kipling, el cacareo de Rostand,
la astucia lírica de Renard y el sentimiento pánico de ColC'tte, cuya aguda feminidad cala tan hondo en el instinto puro, no había tenido en España más
continuador de Iriarte y Samaniego, q ,1e don Manuel Linares Rivas con su fábula teatral de &lt;El Caballero Lobo&gt;. En el prólogo a La Casa de Fieras, Hernández Catá señala sus oróximos antecedentes en lengua española: Lugones,
Tablada y, más modernó entre todos, nuestro amigo Moreno Villa.
Hay una diferencia esencial entre la mora lidad esópica, transfundida a
nuestro tiempo a través de cuantos imitadores de La Font~ine en el mundo han
sido, y los bestiarios modernos. Para el gran francés, como para Esopo, los animales son e-ntes de razón humana, encarnaciones simples cada cual de las con•
diciones que constituyen la complejidad del hombre. Los pJetas modernos se
complacen, por el contrario, en descubrir en sí propios la psicología de nuestro hermano lobo, de nuestrn padre el mono; o. en todo caso, se recrean en
esquematizar las siluetas del mundo animal en líneas arquetípicas.
No ha perdido Hernández Catá en este nuevo intento de colaboración en
un género clásico, un ápice de su bien ganada fama de novelista. Sobre toda
otra intención triunfa en su último libro la sátira, es decir, el zumo fuerte de
sus mejores cuentos. Y si le falta, acaso, la finura de matiz, la gracia sorpren·
&lt;iente de la expresión, características del propósito moderno, a que nos referíamos antes, tiene en cambio la robustez, la claridad, la fuerza saludable de
los antiguos modelo&amp;, y ese recto sentido de la protesta contra la injusticia social que ha guiado siempre a los grandes escritores naturalistas.

* * *

Una de las pruebas más fuertes que solemos aducir loe antifeministas en
apoyo de nuestra opinión, es la propensión general de las escritoras a imitar a
los escritores. Cuando no, la ñoñez, la sensiblería de las mujeres que alardean
e:i su literatura de la supuesta debilidad de su sexo, nos hace aborrecible la
distinción de géneros literarios en masculino y femenino. Apresurémonos,
pue~, a señalar con piedra blanca la aparición de la primera novela de la señora de Palencia. Porque su mayor precio está en la resolución con que afronta
un problema de .:onciencia femenina.
Toda la primera parte de la novela, llevada con innegable soltura, peca de
excesivo respeto a la manera de hacer una 'llás. Por querer contar las cosas
sencillamente, la autora no se preocupa de la facilidad con que ha aprendido
a llenar cuartillas para columnas de periódicos-el mal del siglo, del que nadie
estamos exentos-, y hace literatura sin saberlo. Mediada la obra, triunfa la
fuerza del sentimiento natural que le impulsó a escribirla, y del mismo modo
que la protagonista, al sentirse madre, cobra una conciencia de mujer heroica,
que no sospechábamos por su insípida existencia anterior de muchachita provinciana, la novela adquiere un valor impondernble, más todavía por el tem peramento que revela en quien tan decididamente arriesga la iniciación de un
tipo de literatura experimental. que por lo ya logrado, con ser, repito, la última parte muy interesante como tal obra de entretenimiento, fin primordial que
el·novelista no;ha de:olvidar:nunca, y que la señora de Palencia cousigue de primera intención, en crescendo basta el final, dignamente compuesto y rematado

* * *
Rafael Urbano. -El Diablo. Su vida. y su poder. ( Toda su historia y vicisitudes).-Bib. del Más Allá. Madrid.
Rafael Urbano, hombre ingenioso, humorista de profesión, conversador
amenísimo, cultivador de raras especialidades, aficionado sobre todo a disimular bajo una apariencia frívola y desentonada con la última moda literaria y
científica, una gran cultura, acaba de publicar un libro por demás curioso, divertido, sagaz y utilísimo para el profano.
Burla burlando, traza en un compendio didáctico, con el atractivo de una
nov'!la de aventuras, la historia del Diaolo, del Espíritu del Mal, personificado
en el Angel rebelde de las Escrituras, sagradas para el mundo cristiano. De las
primeras revelaciones conocida¡¡, a los satanismos literarios de estos últimos
tiempos va Urbano saltando ágilmente con donosura y humor alegre, en pos
&lt;le la gran sombra maléfica que hace el magnífico clar:oscuro shakespeariano
en la conciencia de la Humanidad.
Es una historia, dice su autor, «tal como puede escribirse en nuestros días,
no Jlena de fe, pero ¡¡Í de inquietud•.

*

* *

�LA PLUMA
María Bnriqneta.-Rumores de mi huerto. Rincones románticos.-Madrid.
Imprenta de Juan Pueyo.
Se ha honrado alguna vez LA Pw:r,u. publicando versos de María Enriqueta,
distinguida poetisa mejicana. En el volumen que ahora recoge todos los com·
prendidos en dos ediciones ya agotadas de Rumons de mi huerto, con más la
copiosa colección de inéditos de Rincones romJnticos, se advierte clara la formación de la autora en la escuela post-romántica.
Es verdad que la poesía no es de ayer ni de hoy; pero es innegable que en
tanto no borra el paso del Tiempo las diferencias de los tiempos, hay una especie de barrera que delimita los gustos de una a otra generación. La gracia de
los versos de María Enriqueta es, sobre todo, tan espontánea, que aún sometido su estro a leyes ha tiempo vencidas por usos y costumbres más arbitrarios, nos ganan por la tierna efusión que los dicta.
De Norte a Sur corre por el Continente americano un blando movimiento
de liras, acordes al íntimo sentir de tantas gráciles musas como se han dado a
cultivar la poesía, que ya no se contentan con inapirar en pechos varoniles.
María Enriqueta las preside.

*

*

AÑO IV.

1

MADRID, MARZO 1925

NÚM. 34.

LA QUINTA DE P·ALMYRA

*

&lt;1 &gt;

(Continuación.)

Valcntín de Pedro.-España .Re:-zaciente.-Opiniones, Hombres, Ciudades,
Paisajes.-Los Núevos. Calpe.
Valentín de Pedro es español. Español de España, como dicen muy just11m&lt;!nte en París para distinguir a los de aquende el Océano, de los españoles
americanos. Su internacionalismo no le perrr.ite reivindicar exageradamente su
condición de nacido en la Arge ntina. Tiene, no obstante, cierta timidez de extranjero para contemplar a España. El generoso optimismo de su España Renaciente, y más que nada el tono de descubrimiento con que celebra sus impresiones, le delatan. Ha abordado, en los capítulos que componen este libro, el
tema fundamental de la literatura superviviente del desastre nacional en que
seguimos viviendo. Admite el dogma de un renacirnrento actual de España.
Vamos, indudablemente, camino del éxito mundial. Hora es ya de que pensemos en afinar el sentido critico. No, no es oro todo lo que reluce.
Estas ligeras apreciaciones en nada quieren menoscabar la intención, el -i nterés, la amenidad del libro de Valentín de Pedro, en cuyas páginas se alían la
información curiosa, el detalle significativo, el apunte, el toque, y el impulso
ditirámbico, cálido, juvenil, entusiasta, esperanzado siempre.

C. R. C.

.. .

U

ooos pa:ecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias
de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas
de todo y frente al mar.
. Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba
b~:n mal que ésta tuviese a Armando a su lado. Le saludaban tambien con mucho aprecio Y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.
Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los
que permaneciesen en la vida.
-Por fin van a aprobar el tren eléctrico-dijo don Vasco dando
una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto i(jeal, el magno proyecto

°

(1) Véase el n&lt;imero 33 de La. PLUMA.

XII

177

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>«.la pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes
y la que sustenta leyes.&gt;
VOLUMEN SEXTO

MADRID
I

9

2

3

�TJMDA ESPECIAL DE ESTE NÚMERO: CINCUENTA EJEMPLARES
EN PAPEL DE HILO, REIMPUESTOS1 NUJIERADOS DE l A

50.

~O IV.

MADRID, BNBRO 1923

NÚM., 32.

DEDICATORIA
el camino por donde va nuestra Revista, este número en
homenaje del gran escritor, es el primer descanso a que
llegamos. Saliendo al margen de la ruta, depuesta momentáneamente la carga de todos los días, hablaremos
entre amigos de las nobles cosas acabadas por otro, que nos precede, y alzaremos en su honor una estela, un trofeo. Esto no es evocar una sombra, avivar una fama, ni extenderle al poeta la cédula
&lt;le jubilación; entre nosotros vive: comprobamos la fluencia de su
virtud; lejos de remedar a la posteridad, nos agrupamos en torno de
una obra todavía inconclusa, donde no pocos delirios de esta edad
nos brindan, en su transposición poética, con amables, risueñas
imágenes de nuestra vida. El poeta ha visto en el zenit el mismo sol
que alcanzamos a ver cayendo hacia el ocaso. Pero es más nuestro
-coetáneo por ciertos sentires descubiertos en nosotros, que él reviste
&lt;le expresión cabal. El soñador amado avanzará, siempre actual, por

11
IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁF.Z HERMANOS
NORTE,

21.

MADRID. TELÉFONO

17-65 J .

N

s

�LA PLUMA
la carrera del tiempo, llevándose esas almas, ·ébrias de irreales grandezas, de misterios prestigiosos, presas en la red de sus ensueños.
Quien desde ahora discurre por la obra del poeta, vaga en la robusta selva, prometida a una duración de siglos, que nos envuelve
en el sosiego de sus sombras y pone olvido de las cosas triviales.
Hablar del poeta nos trae el regocijo, la serena certidumbre de quien
trata en valores eternos.
Corona jubilar o ágape de despedida, LA PLUMA habría solicitad&lt;&gt;
para este número un tributo de todos los autores españoles de renombre. Diez cuadernos de la Revista no hubieran bastado en ese
caso. Hemos optado por reducir el concurso ajeno al rigor de nuestro propósito: aparte de los que habitualmente redactan LA PLuMA.
buscar en tres generaciones de escritores los testimonios precisos.
para que ningún aspecto de 1a obra de Valle-Inclán, ni de su excepcional figura, quédase relegado-y añadir las notas plásticas que algunos artistas admirables, amigos de don Ramón, nos han ofrecido.
Situarle en la perspectiva de la literatura militante de nuestro tiempo, ver su obra por reflejo en otras mentes, establecer un repertorio.
de observaciones y de noticias en torno de su persona y de sus escritos. Y como nos ofrece un ejemplo notable, honrar la vocación
literaria pura y la altivez en el gobierno de su vida..,
Tal es, maestro, el ánimo que ponemos en este homenaje.

V ALLE-INCLÁN, NOVELISTA

'00

I

oN Ramón de~ Valle-Inclán es novelista, poeta lírico, autor
dramático. El caso del artista literario que se confina en
un solo género es muy raro, y lo es, no sólo por los tanteos que ejecuta la vocación antes de fijarse, sino también
porque los géneros no están separados por barreras precisas, difíciles de traspasar, sino que se enlazan entre sí por una cadena de formas intermedias. Los géneros no son, en absoluto, una invención de
los retóricos, pero son universales, y, por tanto, generalizaciones o
abstracciones de los caracteres comunes de obras individuales. Hay
en su concepto mucha parte de artificio de clasificación, de que se
vale el historiador de las letras para ordenar la multitud de los hecho» literarios. Así las mayores diferencias entre los géneros son de
técnica y de procedimiento. Los dos géneros de poesía lírica y épica
se distinguieron en Grecia por el instrumento que acompañaba la
recitación o canto del verso y hoy lo distintivo de la dramática está
marcado-por la representación.
Toda la literatura es una interpretación estética por medio de palabras, del hombre, la naturaleza y Dios (si el artista admite lo sobre-

6

7

�•

LA PLUMA

LA PLUMA

natural). En esta interpretación no hay más que dos actitudes, la del
artista que se entrega al objeto y se convierte en claro espejo de él
y la dt-1 artista que se imprime a sí mismo en el objeto y .lo impregna de su propia personalidad; actitudes épica y lírica, objetiva y subjetiva, de las cuales se ofrecen en las obras mil matices y combinaciones, pues no se dan puras.
Pero si es raro el caso del escritor de un sólo género, más raro
todavía, si existe, es el del escritor repartido con igualdad entre varios géneros. Aparte de que su temperamento ha de conducirle a una
de esas dos actitudes estéticas fundamentales, hay también una afinidad electiva hacia las formas y los procedimientos de los géneros.
Se es por inclinación poeta lírico, dramaturgo o novelista, y cuando
se es de veras, por íntima elección o vocación, se sigue siendo tal,
hasta cuando se cultiva otro género. Mas como la literatura no
se escribe en un Olimpo, alejado de la esfera práctica, sino que
la Estética anda mezclada con la Economía y la Ética, estas
elecciones individuales están modificadas y a veces desviadas por
las modas y predominios de los géneros. Hoy escriben novelas y
comedias muchos que no son novelistas ni autores dramáticos, aunque sean literatos , por ser dichos géneros los que encuentran mayor
aceptación.

II
Valle-Inclán me parece que es principalmente novelista. Me fundo
en que las novelas forman lo más copioso de su producción; en
que las más perfectas de sus obras son novelas y en que en sus novelas se funden y compendian los demás elementos de su ª[te, de
manera que son la expresión más rica, más compleja y total de la estética y la inspiración del autor. Que posee también grandes dotes
líricas y vocación dramática lo demuestran sus mismas novelas, en
8

las que entran elementos líricos y que propenden a la forma dialogada, a la que llamó Moratín novela dramática, que es la forma clásica de la Celestina.
Se suele señalar el estilo como la excelencia característica de ValleInclán. Es la característica de todo gran escritor, pues un gran literato sin estilo no se concibe; es uua hipótesis que envuelve contradicción. Mas esto del estilo hay que precisarlo. No es sólo estilista
Valle-Inclán por escribir en muy elegante y pulida prosa castellana,
a la vez clásica y moderna. Su estilo no es sólo retórico, sino que
llega a capas más hondas y a maneras más íntimas de la expresión.
Por eso, en vez de estilo, diría yo estilización, aunque el vocablo sea
menos puro y tenga algo de bárbaro y advenedizo. Son dos aspectos
-0 dos momentos de la misma cosa. El estilo es la cualidad, la estilización, la obra. El estilo es la expresión y, po:: tanto, el gran instrumento estético, puesto que la Estética, según Croce, es la ciencia y el
arte de la expresión. La estilización es también la expresión, pero
lograda, sacando de las cosas todo su oculto tesoro, todo el carácter
y sentido que encierran. Estilizar una cosa es tanto como exprimirla
para que dé todo su sabor y jugo estético. Son, pues, como la potencia y el acto, estilo y estilización, y he marcado este matiz porque en
el uso corriente el estilo se ha hecho un vocablo algo equívoco, que
para muchos significa escribir bien, aunque se expresen lugares comunes o fruslerías. Concebido así, es la potencia operando en el vacío o sobre míseros materiales. En estos casos no se logra la estilización. Los lugares comunes no pueden exprimirse porque carecen
de jugo. Pues bien, en Valle-Inclán, y singularmente en sus novelas,
no hay sólo primor lingüístico, sino evocación y emoción, imágenes
llenas de realidad y envueltas en una atmósfera cordial que provoca
la simpatía, que es el secreto del arte, por cuanto consiste éste
fundamentalmente en comunicar nuestras emociones.
9

�LA PLUMA

LA PLUMA

III
Una cualidad que enaltece y distingue a Valle-Inclán es la renovación. Empleando la antigua fraseología del hegelianismo, diríamos
que es un autor en devenir, en movimiento, que no se ha parado en
una forma. Es muy frecuente que los artistas se encierren en una
manera o en un tipo artístico y lleguen a estar envueltos y prisioneros allí como en un caparazón de crustáceo. En las novelas de ValleInclán, por el contrario, observamos una serie de formas que se suceden como por una evolución y crecimiento. Tiene por esto la
mejor clase de fecundidad, pues de fecundidad hay dos especies~
la del número y la de las formas y cualidades. La fecundidad material vale poco si no va acompañada de calidad. Hay muchos malos escritores extremadamente fecundos. Los grafómanos son legión. Nadie que tenga gusto preferirá a Ohnet sobre Flaubert.
En la obra novelesca de Valle-Inclán se pueden señalar tres partes o momentos. Los he comparado en otra ocasión a las tres hojas
de un tríptico literario. No son en realidad maneras diferentes queacusen cambios de orientación en el artista, sino desenvolvimientos.
y enriquecimientos que van haciend_o más compleja la expresión
e incorporándola nuevas aportaciones. Entre una y otra hay transiciones, y todas forman un conjunto vario, pero consecuente.
En la primera parte están las S onat11.s. El personaje central de
esta hoja del tríptico es el Marqués de Bradomín. Son obra de juventud, hora de lirismo, hora también en que la personalidad del
autor está más impregnada de las influencias literarias, de la inclinación hacia los autores favoritos. Había ya en la traza de la atractiva figura del héroe una potente originalidad, pues lo original no.
consiste en los accidentes, sino en la sustancia, en la concepción dela obra y en la interpretación del hombre, de la sociedad y del mun10

do que ella nos ofrece. El Marqué;; de Bradomín es un Don Juan
dieciochesco, uno de los avatares más distinguidos de esa figura de·
difusión universal y de tan varios destinos, que, nacida en un drama.
teológico, ha venido a triunfar como representante de una cosa tan
poco teológica como el polo sexual y el genio de la especie y está.
acabando en interpretaciones metafísicas, aunque sean de metafísica
del amor.
Los rasgos de Bradomín no son sólo donjuanescos. Hay en él,
otros rasgos significativos. Es católico y un poco volteriano. Es tradicionalista y ama la tradición por ser cosa pasada. El carlismo le
gusta como una catedral gótica y a condición de que no triunfe, en
lo cual se revela el instinto estético de este personaje, pues comprende que nada poetiza y depura tanto las cosas como la lejanía de lo
pasado, donde va quedando lo más puro y amable de su imagen,..
dorado por una luz suave de recuerdo que favorece mucho más que
la cruda luz iluminadora de las cosas próximas y presentes. Al hacer
pasar a su Bradomín por las estaciones de la vida, cada una de las
cuales canta su sonata sentimental, el Don Juan de Valle-Inclán se:
adelantó a otros Don Juanes que luego han andado por Europa.

IV
De Bradomín se pasa por las novelas dramáticas de los Montenegros, Aguilas de Blasón y Lobos de Romances, en los que s1r1bsiste la
fiereza feudal de los señores gallegos, a quienes sujetó la Reina Católica, a las novelas de la guerra carlista, que son lo mejor y más saliente de la segunda hoja del tríptico o de la segunda parte de la obra
novelesca de Valle-Inclán.
La guerra carlista es asunto que ha tentado a grandes novelistas.
11

�LA PLUMA
-españoles: Galdós en sus Episodios, Baroja en sus Memorias de un
Jiombr~ de acción, que son episodios nacionales también; Unamuno
~n Paz en la guerra, han evocado escenas y personajes de aquella
,contienda, en la cual, debajo de la disputa dinástica, que era la superficie, había tantas cosas en pugna, lucha del campo con la ciudad,
.del localismo con una concepción más amplia del Estado, del indi·vidualismo contra la abstracción de un Gobierno de leyes, que eso
'"Presume ser· el régimen moderno, aunque a veces sea harto personal; de la tradición contra la novedad, de la aristocracia vieja contra
tos nuevos señores de la clase media.
Las novelas de la guerra carlista de Valle-Inclán no se parecen a
las otras. Están construídas con una sencillez clásica. Un breve episodio en torno del cual gira la acción, tiene virtud expresiva para
que en él veamos no sólo el hecho particular, sino el ambiente y el
carácter de la época. Sin que se pierda la seducción poemática de las
.Sonatas, hay en estas novelas una poderosa irrupción de vida, de
realidad, de objetivismo, de historia viviente. Son las más acabadas
_y armoniosas obras de Valle-Incl¡ín y las mejores que se han escrito
acerca de su asunto. Así como la composición es clásica por la claridad, la proporción de partes y la sobriedad que omite todo lo _superfluo, es clásico también su estilo literario. El castellano adqutere
-en estas páginas una armoniosa sonoridad latina, de romance convertido en sermo nobilis, donde cada palabra concurre al ritmo Y al
.significado.
En las novelas de los hidalgos gallegos y en las de la guerra civil ha entrado en la galería novelesca de Valle-Inclán el pueblo, una
multitud pintoresca, bulliciosa, llena de vida, de espontaneidad Y de
color, cuyas figuras, principalmente las de los aldeanos y los mendigos de Galicia, con su intenso realismo, se elevan en valor estético
..al nivel de las de los caballeros y los caudillos y son ciertamente de

LA PLUMA
más dificil estilización, porque la sustancia estética está más honda,.
soterrada bajo una capa de vulgaridad.
Esta muchedumbre se sale de las novelas aludídas, quiere un
lienzo para ella sola y lo consigue en Divinas palabras, que es comouna novela picaresca de tierras de Ga!icia, de sus romerías y de sus
caminos, novela de mendigos, saltimbanquis, brujos y aventureros,
escrita y concebida, no con la visión satírica propia de la antigua picaresca, sino con emoción y espíritu de poema.
Divi1tas palabras, la novela de la Galicia andariega y errante de
las carreteras y las ferias, inicia otro grupo novelesco, una tercera
parte. Está ya en la tercera hoja del tríptico, donde aparecen las más
recientes, las más extrañas y las más arriesgadas obras de Valle-Inclán, bautizadas por él con el nombre de Esperpentos. No todos son
novelas. Hay desenfadados y aun descarados poemas satíricos de·
corte aretinesco, como la Farsa y licencia de la reina castiza, perohay una novela dramática, Luces de Bohemia, algunas de cuyas escenas son de lo más conmovedor que ha escrito Valle-Inclán.
Prodigios de estilización y de valentía ante lo más repulsivo y
peligroso del natural, hace el novelista poeta en estos Esperpentos.
Parece desafiar a lo feo y a lo plebeyo, a lo soez de las escenas lu-panarias y tabernarias, domarlo y reducirlo a la servidumbre estética
y sacar de estos viles materiales un misterioso e ignorado estímulode emoción. El realismo castellano no ha ido más lejos desde La
Cdertína.
Luces de Bohemia es nuestra mejor novela de bohemios. La escena entre el ministro y el poeta ciego, hampón en quien se descubre
una genialidad frustrada, y la de la muerte del bohemio son páginas
de una emoción desgarradora y penetrante. El cuadro madrileño en
que se mueven las figuras principales, bajos fondos sociales, ex hombres como los de Gorki, pero españoles y pintados con los colores..
13

12

�LA PLUMA
jugosos y abundantes de la paleta española, ofrecen una mezcla atrevida de cómico y de trágico, de dolor y vicio, de desgarro chulesco
y de ingenuidad de lo natural que requiere un esfuerzo extraordina·rio de estilización y aciertos raros de expresión para que lo atrayente
venza a lo repulsivo. El artista, en estos cuadros, está bordeando continuamente el peligro. Hace un alarde como el del funámbulo que
•camina sobre el alambre tenso.
Hay en estas tres partes o grupos de novelas una progresión y
enriquecimiento de valores de asunto y de expresión. Primero, la
,concepción poética de un personaje; después, el objetivismo y la realidad de la pintura social e histórica; por último, el movimiento y
acción de la novela dramática, colocada en la frontera indecisa entre
novela y teatro y que añade al realismo de su objeto el de la expre·sión. Valle-Inclán ha caminado desde el idealismo y el lirismo a la
-realidad. La ha impregnado de sabor romántico sin desfigurarla. En
la novela española contemporánea no se parece a nadie. En lo espe.,cífico del novelista y en la extensión de la obra hay sin duda quien
le supera pero en el conjunto de cualidades literarias no le gana nadie
_y al presente no hay quien le iguale.~
E. GóMEZ DE BAQUERO.

VALLE-INCLÁN,

LÍRICO

I
que Valle-lnclán publicó su libro inicial Femeninas,
e~ 1895, hasta que da sus primeros versos, pasan doce
anos. Aromas de leyenda es de 1907. De esos doce años
son las S onatas, todas las novelas y cuentos menores,
la primer «comedia bárbaru. Casi la mitad de su obra está hecha;
su personalidad, plenamente definida.
Pasaba, con toda su labor narrativa, por uno de . los prosistas
~senciales del tiempo. Sin embargo, así que se anunció su nuevo
rumbo, se le vió a su verdadera lúz: un poeta.
ESDE

J

11
Todo se explica con esta palabra. Nada más despoetizado, en la
literatura cursiva de hoy, que el teatro, si no es la novela. Teatro y
novela, cuando se levantan del medio nivel, empiezan a ser poesía.
Cuando no, son cámaras sin luz natural. Aunque en ellas ardan mil
faroles y antorchas les falta holgura, se les ha enrarecido al aire. Un
novelista, un dramático tienen que «justificar:. demasiadas cosas, es-

�LA PLUM A
forzarse en hacer posible lo que desde el primer momento se sabe
que es ficción, revelar en la vida inventada lo que la vida verdadera suele esconder. Un trabajo más que de Hercules: explicar la
vida. El poeta, sólo, acepta la vida en toda su inexplicable grandeza.

1II
Valle-lnclán-se dice-no es un escritor en quien se refleje la
vida de su tiempo. Cierto: no explica cómo está confeccionado el
traje de una dama, ni describe una fiesta de sociedad, ni dice cómo
es un mueble de lujo; tampoco se detiene a medir las fuerzas del trabajo, ni a lamentarse con los oprimidos, ni a amenazar a los fuertes.
El tiempo en sus libros no suele contenerse tan fielmente como en
los románticos; recuérdese a Alfredo de Musset, en sus novelas: «En
febrero de 1580... &gt;, «Era, si no recuerdo mal, en 1825... &gt;1 «Por los
últimos años de la Restauración ... » En Valle-lnclán el tiempo se indica vagamente o no se indica en absoluto; pero aun en este último
caso, sus personajes aparecen tan bien plantados en ~l como el Pablillos velazqueño en su fondo perdido. Con el lugar, le sucede otro
tanto. Si recordamos uno de sus paisajes lo recordamos indefectiblemente unido a una situación, a un afma. Esa vaguedad, esa totalidad
de impresión no son otra cosa que poesía.

No tenemos, de fijo, por lo más importante que Valle-1nclán baya
impreso los tres tomos puramente líricos: Aromas de leyenda (1907),
La pipa de Kif (1919), El Pasajero (1920). Son sus · «Parerga y Parali- 1
.pómena&gt;. Ciertamente, por sí solos tienen' indudable valor. Pero bay
que leerlos situándolos en la obra, dándoles su puesto en la serie:
Aromas tle leymda después de Ptor de santidad; La pija de Kif con

·16

�LA PLUMA
los «esperpentos&gt;; El Pasajero al margen de La lampara maravillosa. El subtítulo del Pasajero, «claves líricas&gt;, conviene a la colección completa de los versos de Valle-Inclán. En todos hay, no una
alusión, pero sí una resonancia íntima de las obras mayores.
El primer libro canta en versos sencillos, entonados como los de
la lírica primitiva, espolvoreados de cantarcillos gallegos, como un
dulce monjil con azúcar bien cernida, trovas ingenuas «en loor de un
santo ermitaño&gt;. Praderías verdes, rústicos pastores y rebaños de
égloga van ordenándose alrededor de las ascéticas figuras con la gracia tosca de un nacimiento. En el segundo la realidad asume su máscara grotesca, estilizando en mueca su gesto de horror. En el tercero
la idea se sutiliza; el recuerdo íntimo o la visión fugaz toman cuerpo
en palabras que son, más que una representación formal, un signo
algebraico.
V

Elemento importantísimo en la poesía de Valle-Inclán es la rima.
Su arte métrico, en términos generales, viene de la reforma asentada
en el verso español por Rubén Darío; aspectos especiales de ella la
aproximan a la de Guerra Junqueiro, en Os simples. Pero ninguno de
estos poetas concede a la rima el valor que le asigna el nuestro.
Valle-Inclán habla de Banville y de su «punto de extravagancia&gt;.
La rima perfecta, el consonante escogido, le sirven a Valle-Inclán
para dar timbre y color a su poesía, para iluminarla o ensombrecerla. De todos nuestros poetas, él solo sabe hasta qué punto el consonante merece ser atendido. Los derroteros de la poesía nueva lo suelen marcar como una sirte. No falta quien lo considere como una
transacción: dar al vulgo lo que es del vulgo. Nuestro poeta, no.
Usándolo siempre-raras veces emplea el asonante y en verso suelto
sólo recordamos de él una breve composición no recogida en volu-

n

�LA PLUMA
men- lo somete a la ley que le dicta la poesía; y así aparece, en los
Aroma~ claro como tinta de miniatura; en el Pasajero, es moderado
auxiliar' del ritmo; en la Pipa es rey y juglar a un mismo tiempo.
Sabe arreglar la economía de una composición y dar a punto la voltereta.
VI
Sobre todo en la poesía de Valle-lnclán, hay una cosa: no es
poesía de supe;ficie. Detrás de cada evocación poé~i~a suya_siempre
se esconde algo. Las palabras no agotan la sensac1on. Na?1e se parará en la imagen que evocan, porque esa imagen trae consigo, como
un cortejo inefable, una teoría de sugestiones. .
Esto y su tendencia a unir en un verso cuahd~des que son, _en
sentido absoluto, privativas de otras artes, modulandolo, ~odel~ndolo y mafüándolo, le convierten de lleno en u~o de l~s mas_ sutiles
representantes del simbolismo, más que el propio Ruben Dano, porque lo es de manera más constante. Y _el s~mb~lismo no se confina,
con Valle-Inclán, en la nostalgia del misteno, sino que, a r~~os, de~pliega un doblez de humorismo, como en una cate~ral gohca baJo
las espirituales agujas erguidas que apuntan al cielo, aparece de
pronto la geta de una gárgola.
E. Dh:z-CANEDO.

J

18

.,

V ALLE-INCLÁN, DRAMATURGO
s Valle-Inclán un dramaturgo?
Valle-Inclán ha escrito, para el teatro: una tragedia,
.
«Voces de Gesta»; una farsa, «La Marquesa Rosalinda.;
un drama poético, «Cuento de Abril&gt;; una comedia infantil, «La cabeza del Dragón». Se advierte que el autor se propuso arquetipos. Entre las cuatro líneas de este rectángulo cabe acotar la
superficie del arte dramático.

[I

Tragedia: la necesidad, obrando como fatalidad dentro de cada
individuo, en forma de pasiones. Cada personaje es como una fuerza
de la naturaleza: una ley natural.
(En la iconografía trágica, junto a Edipo, que imaginamos esculpido por Fidias, y Peribáñez, pintado por Velázquez, y don Juan,
estilizado y algo femenino en una efigies de Pantoja, y Segismundo,
retorciéndose en una talla sinuosa de Berruguete, y Otelo, sobre una
tela de Veronés, y el rey Lear, esbozado en un bloque de Miguel Angel; entre esta asamblea de personajes infortunados y dilectos de los
dioses,bien puede hacerse un hueco para Ginebra, la pastora de «Voces de Gesta». A Ginebra la vemos de bulto; muy real y auténtica, con
la calavera en la mano, algo como la Magdalena, de Pedro de Mena, y

�LA PLUMA
a la par, barroca y lírica en su furor, algo a lo Bemini, co~ las características cejas en acento circunflejo, la boca entreabierta Y en
arco, reminiscencia de las antiguas máscaras de Melpomene.)
.
Farsa: la necesidad, obrando como fatalidad dentro de cad~ individuo, en forma de rutina, de instinto habitual. Cada personaje es.
una marioneta, con un hilo que la mueve; hilo de oro, ?e ~la~bre,
de seda, de araña, según. (La comedia clásica, la comed1:ta itaha~a,
la comedia de Moliere, son, en el concepto, farsas. Aqm, las pasiones se degradan en fuerza y espontaneidad. Pierden músculo Y descubren el esqueleto, la armadura, el resorte; pasan a ser costumbres,
vicios. Biológicamente, vicio y costumbre es lo mismo: falta de elasticidad de adaptibilidad. Asi como pasión y vicio son opuestos. Pasión e~ superabundancia biológica; vicio, infravitalidad. Por exceso,.
el a~asionado no se adapta: rebasa el obstáculo o contra él perece,.
que es una manera de triunfo. El vicioso no se adapta, por defecto,
y es vencido mediante el ridículo-. La comedia pr.e~enta l~spect~:
de pasiones, pasiones desencarnadas, esquemas, v1c1os, ps1colo~
automáticas, caracteres. «Los Caracteres», de Teofrast~, compendian
el repertorio de la comedia clásica. Los tratad&lt;'S clásicos sobre las.
pasiones-Aristóteles, Epicuro, los estoicos, Espinosa y Descartesversan, en rigor, sobre caracteres de comedia, que no s~bre verdaderos personajes de tragedia. El personaje trágico t.rasc1ende t~da.
psicología especulativa; es un caso único; no s~ da s~o en la vida
misma o en la obra de arte trágico. El personaje cómico es un casogenérico que jamás se da plenario en la vid~; sí so.lamente en los tratados de moral y de psicología, y en la comedia clásica, que no es m~ral
en la intención, a pesar del castigat ritk,u;lo mores-pues todo artista,.
entre ellos el autor cómico, halla cierta fruición en lo inmoral Y pr~hibido-, sino que es moral porque despierta o esclare~e el con~c1miento de aquello que en nosotros es más bien automático que vivo

'º

"LA PLUM A

y libre, junto con el subsecuente anhelo de enriquecer nuestra vitalidad mediante acciones originales. El castigat ritk11do morts es un
rasgo de hipocresía humorística; se trata de escandalizar sin escán-dalo. La teoría de Bergson acerca de la risa, conviene con la esencia
de la comedia clásica: nos hacen reír los organismos superiores
-cuando se mueven y obran como mecanismos.)
Drama poético: la necesidad, obrando como fatalidad dentro de
.cada individuo, en forma de visión íntegra de la vida. Así chocan,
entre sí o con el medio, de modo irreductible, las pasiones, como los
vicios, como las discrepancias en la contemplación de la vida. Dos
actitudes distintas frente a la vida pueden enfrentar a dos almas con
tanta violencia como la pasión o ajenarlas con tanta repulsión como
el vicio. Si alquitaramos un último elixir de lo que sea la poesía, veremos que se reduce a una visión íntegra de la vida. Todo lo que
sea detenerse en refinamientos preparatorios de este último elixir
dará por resultado aspiraciones poéticas o emociones poéticas, pero
no poesía absoluta. Ahora bien, la vü,ión íntegra de la vida no la puede alcanzar un individuo por sí, aisladamente; es la obra prolija, multitudínosa, de generaciones animadas de un mismo espíritu, sobre
una tierra maternal y centenaria. Esta visión, vasta e inasible, cristaliza al cabo en una voz gloriosa: el poeta. La visión íntegra de la vida
la engendran los pueblos; el poeta finalmente la singulariza en un
vértice estético. Cada pueblo contempla la vida desde un cuadrante
diferente; de aquí los conflictos perdurables entre pueblos. El semblante auténtico del alma de cada pueblo se retrata en su poesía. Los
grandes poetas han cantado en los momentos colmados, cuando la
energía nacional, recién alcanzada una cumbre, advierte dilatado el
horizonte de su visión; momentos, también, que inician el declive
descendente. El poeta es vidente, con una visión que le ha sido
trasmitida por herencia seleccionada; por que ha visto con los ojos de to21

�LA PLUMA

LA PLUMA
dos, luego todos ven con los ojos de él. Y así, cada cual lleva la retina acomodada, conformada para una visión íntegra de la vida, que
es la de su pueblo. Cuando,-por el contrario-un hombre singular
entrevé, él por sí, la vida en un sesgo desacostumbrado, y se coloca
en insólita actitud frente a la vida, provoca un conflicto dramático de
orden poético. La poesía subjetiva-y toda poesía subjetiva ambiciona,
quizás oscuramente, multiplicarse en poesía colectiva-, frente a la
poesía popular, que acaso, por acidia, ha perdido su virtualidad poética: una visión naciente, dolorosa, personal, de la vida, que pide ser
participada, complementada, realizada democráticame~te, y de esta
suerte modificar la presbicia senil, la falsa visión tradicional- fué visión, ya no es visión-de quienes tienen ojos y noven. El precursor, el
innovador, el apóstol, el insurgente, el revolucionario-sea en materia
de sentimientos, de ideas, de preceptos o de dogmas-, en combate
con la red pasiva de lo establecido-, insensibilidad, rutina, licitud,
ortodoxia-; he aquí el drama poético elemental. (No se confunda el
drama poético con el llamado teatro de tesis. Este último es una contradicción en principio. Una obra de arte no puede demostrar nada,
y, menos que nada, una ley. Es un acto de creación; es un caso. Caso
que acaso crea otros muchos casos semejantes. De donde su eficacia·
Las consecuencias de la obra de arte son biológicas, que no lógicas).
Un grado superior, más depurado, del drama poético se nos ofrecerá
cuando dos visiones íntegras y opuestas de la vida, en el punto de
su mayor frescura original y afirmación expansiva, las visiones recién
alcanzadas y orgullosas de dos pueblos diversos en el corazón y en
el órgano contemplativo, se contrastan, asumidas irremediablemente
en sendas personas, varón y hembra, a quienes por otra parte empuja,
de modo recíproco, la proclividad del sexo y del amor. Esto es
«Cuento de Abril&gt;. La princesa de Imberal = universo riente, espejado en el alma bienoliente y oleaginosa de Provenza. El Infante =
22

universo ascético, purgado de toda superfluidad, sobre el yermo heroico de Castilla. «Cuento de Abril&gt; (Valle-Inclán no ha querido clasificar esta obra suya: la denomina simplemente, escenas rimadas en
una manera extravagante), es un pequeño canon del drama poético.
Comedia injantil.-La máxima libertad del espíritu-no es otra
cosa la puericia de la conciencia-ante un mundo tejido con necesidades y fatalidades; esto es, ante un mundo absurdo y ridículo. La
comedia infantil es melliza de los cuentos de hadas. Materia de los
cuentos de hadas: la virginidad libérrima del espíritu superando la
caduquez y determinismo del universo. Libros de caballerías: cuentos
d_e hadas para adultos. En arte, la fac1.4ltad creadora es la imaginación, salvo en el género infantil, qae entonces lo es la fantasía. La
imaginación no es libre; sus leyes últimas son las propias leyes naturales. La fantasía, sí; para ella la necesidad está abolida. En todo
gra~ artista, la cualidad preponderante es la imaginación (virtud de
sentir y expresarse en imágenes (1), las cuales provocan en el espectador una sensación y simpatía inmediatas). La imaginación es más
real que la realidad misma, puesto que es extracto, concentración de
realidad. Pero todo gran artista no ha podido por menos de escaparse alguna ve~ del mundo de lo necesario-la imaginación-al país
de lo fantástico, lo voluntario, lo libre, lo absurdo. Lo absurdo deliberado es precisamente la perspectiva desde donde se abarca más
por lo sintético la fatalidad absurda de lo cotidiano. «La cabeza del
Dragón&gt; es un escape premeditado por la tangente que se suele llamar fantasía. En otras varias obras se observa la alegría genial con
que Valle-Inclán gusta de hacer, de cuando en cuando, estas escapadas.
He dicho en un principio que Valle-lnclán había escrito para el
(1)

Imágenes no quiere decir metáforas.

23

�LA PLUMA
teatro las cuatro piezas que acabo de someter a una calificación genérica. Estas piezas han trashumado un instante por el tablado histriónico de las Españas: han sido representadas a la ligera. Pero no
han sido escenificadas. (Por escenificación se entiende dotar a una
obra de vida física, c&lt;:&gt;nforme al designio del autor). Esta frustración
escénica ¿es lo que ha retraído a Valle-Inclán de poblar nuevamente
el proscenio con sus bellas y corpóreas criaturas? ¿O es que se ha
satisfecho con acreditar sus extraordinarios poderes de creación en
aquellos cuatro arquetipos dramáticos?
Lo que se puede asegurar es que Valle-Inclán, ante todo-, y
hasta diríamos que únicamente-ha producido obras de carácter dramático. Todas sus creaciones están enfocadas sub specie theatri, como
decían los antiguos; desde las Sonatas, hasta los últimos Esperpentos.
Un tiempo, estuve obligado a comentar en una hoja diaria las
manifestaciones teatral~ de la actualidad; comentarios que más tarde
colegí en mis dos volúmenes de «Las Máscaras&gt;. Fué una labor, al
día, durante cosa de dos años. En aquel período, no se me presentó
la coyuntura (el tema de actualidad; obligatorio para mí, corno dije)
de glosar el carácter de dramatismo preponderante con que se desenvuelve la personalidad de Valle-lnclán. Esta es la razón por qué en
aquello~ dos libros míos se advierte esa grave deficiencia. Valle-Inclán no figura en ellos. (Anteriormente, yo había publicado dos ensasayos, sobre «El diálogo dramáticoi., en «La Tribuna&gt;, alusivos al
concepto dialogístico en las obras de Valle-Inclán, y unas apostillas
en torno a «Cuento de Abril&gt;, en la revista «Europa»). Tampoco en
mis libros figura Unamuno: otra deficiencia.
Estas líneas no aspiran a ser un estudio de la dramaturgia de Valle-Inclán. Insisto que toda su obra está concebida sub specie theatriEstudiar a este autor como dramaturgo significa nada menos que

LA PLUMA
-desentrañar, trozo a trozo, la unidad genesiaca de toda su obra. Mi
deseo es, con vagar y atención suficientes, llevar a término este tra•bajo algún día. Enunciaré aquí, escuetamente, algunos puntos del
i&gt;rograma.
Resonancias.-EI autor es tanto más original-y no hay paradoja-cuánto más remotas son las resonancias que en él se concentran;
como si dijéramos que sus raíces beben la sustancia de las tradiciones literarias primordiales. Resonancias del teatro helénico y shakesperiano en Valle-lnclán.
Clasicismo.-Valle-Inclán, clásico. Escribe Lessing: «Fué privile_gío de los clásicos no hacer en ninguna cosa nada de más ni de
menos.&gt;-Este es el tino de Valle-Inclán.
Sentido de presencia.-Primera condición del arte dramático; que
-~ada una de sus personas nos afecte con el sentido de presencia corpórea, como una escultura o una pintura. Esta condición deben po·seerla asimismo las figuras más pasivas y anónimas; de donde se
•compone el coro, el friso. (Hay autores dramáticos, y famosos, cuyos
personajes jamás pasan de ser sombras inanimadas, pero gárrulas).
Visibilidad de las figuras de Valle-Inclán; su decoro escultórico; importancia del coro en sus obras.
Dinamismo:-Dinamismo y dramatismo son sinónimos. Los grie_gos buscaban el dramatismo por la coincidencia en el tiempo: los modernos-Shakespeare, la Celestina, teatro español, por la expansión
•en el espacio. Aparece el postulado del fondo, de la decoración, del
medio plástico armonizando inseparablemente con las acciones espirituales e influyendo sobre ellas. En Valle-Inclán siempre está el ambiente sensible en torno a la figura. (Bradomín, personaje dramático,
sobre cuatro escenas terrenales, en cuatro momentos del año. «La
lámpara maravillosa&gt;, un gran drama metafisico entre el dinamis.mo absoluto y el estatismo eterno, entre Dios y el diablo). Por la ex-

�LA

LA PLUMA
pansión en el espacio el drama shakesperiano, la Celestina y el teatro español participan del afanoso caminar de la novela: no en baldenacen casi sincrónicamente. Y esto es lo que tienen de novelas las.
obras de Valle-lnclán.
Antipsicologismo.-Valle-lnclán ha comprendido que el teatro.
psicológico es un disparate. En el teatro-en sus obras también, las.
de Valle-Inclán-, las acciones se ostentan en su motivación inmediata y en sus resultados, por sí mismas, en tanto la novela registra las
motivaciones sutiles y oscuras de la conciencia, las cuales no caben.
sino en el análisis del novelista, que no en la exposición desnuda de
las acciones. (Un ejemplo extremado del término lógico adonde
conduce el concepto moderno de la novela: Marcel Proust, cuyo antecedente ocasional es Henry James.) Valle-Inclán no ha querido hacer la novela moderna.
Diálógo.-La excelencia más evidente en la obra de Valle-Inclán
es, a mi juicio, el diálogo. Se habla del diálogo natural, del diálogo.
en la vida misma. Pero en la vida no existe el diálogo. (Agudeza del.
P. Malagrida: «La palabra se le otorgó al hombre a fin de ocultar lo
que piensa». Sentencia jesuítica. No. La palabra, al común de los.
hombres les sirve para rellenar el hueco de los pensamientos y de·
los sentimientos cuando no los hay. Se habla, generalmente, porque·
no se tiene nada que decir, por miedo al silencio. ¿Se ha de llevar·
esta manera de diálogo a la obra de arte?) No existe el diálogo natural, sino el artificial; como no existe el average man, el promedio de·
las estadísticas. (En una estadística norteamericana he leído que en
aquel país, cada matrimonio tiene 2 8/ 4 hijos.) Dos tipos de diálogo~
diálogo platónico, en que el locuente está creando expresiones inauditas, puesto que tiene que expresar ideas y sensaciones originales,el diálogo popular, en que la boca del individuo es como un tubo de:
órgano, qut: respira del mismo pulmón que a todos los demás tubos.

PLUMA

hace cantar y gemir, diálogo que traduce ideas, sentimientos y expresiones universales, acendradas y pulidas por los siglos, en el cual.
cada miembro o locución suena a proverbio, a letanía y a versículo ..
El héroe dramático debe acercarse a la elocuencia elevada de Platón; el coro, producirse en lenguaje de sabor milenario. Así en Sófocles. Pienso que esta intuición se trasluce en el diálogo de Va-lle-Inclán (como también en D'Annunzio), señaladamente en lo tocante al diálogo popular. (Influencia ruralista galáica y resonanciai..
de la Celestina en Valle-Inclán.)
RAMÓN PÉREZ DE AYALA.

i

�LA PLUMA

fl{ay un trágico viajero
que debe ver cosas raras,
y habla solo y, cuando mira,
nos bo"a con la mirada.
Yo veo campos de nieve,
y pinos de otras montañas.

IRIS DE LUNA
AL MAESTRO VALLE-INCLÁN.

fl{acia fM,adrid, una noche,
va el tren por el {}uadarrama,
bajo un arco-iris
de luna y agua.
¡{)h luna de abril serena
que empuja las nubes blancas/
.Ea madre lleva a su niño
dormido sobre la falda.
f/)uerme el niño y todavía
ve el campo verde que pasa,
y arbolillos soleados,
y mariposas doradas.
.Ea madre, ceño sombrío
entre un ayer y un mañana,
ve unas ascuas mortecinas
y una hornilla con arañas.

'Gú, señor :Dios, por quien todos
vemos y que ves las almas,
dinos si todos un día
hemos de verte la cara.
ANTONIO MACHADO-

�LA PLUMA

V ALLE-INCLÁN Y AMÉRICA

mil partes aparece América en la obra de Valle-Inclán:
a veces, de caso pensado; otras, en un vago fondo inconsciente-si es que puede hablarse de inconsciencia
l
para un escritor que pondera siempre las siete evocaciones armónicas de cada palabra.
En la Sonata de Estío, encontramos la pintura de la Niña Chole,
la mestiza dulce y cruel que el Marqués de Bradomín descubre entre
las ruinas de Tuxpan, envuelta en el rebocillo de seda y vestida con
el hipil de las antiguas sacerdotisas, sobre un paisaje de piedras labradas y arenales dorados, palmeras, indios y mulatos con machetes,
y cabalgaduras llenas de plata. Preciosa miniatura que apenas enturbia cierta frase de la Niña Chole sobre «el flete de Carón&gt;, que el negro de los tiburones va a pagar en el otro mundo.
Aquí inaugura el Maestro la interpretación artística, sutilizada, del
,ambiente mexicano, escogiendo las escenas, las palabras, los tipos
más cargados de color; solicitando levemente los datos de la realidad
1para que todos resulten exp1esivos; trasladándonos a un momento

[I

OR

-convencional del tiempo, donde puede juntar lo más mordiente y vivo
de los rasgos de algunas épocas. Así aplica a los asuntos americanos
,el procedimiento con 1que trataba los temas peninsulares; aprovecha
las sugestiones de los primitivos cronistas y soldados, que usaron de
·la pluma de las memorias cuando ya no podían más con la espada de
las hazañas; o tal cual fugitiva evocación de la América de Chateaubriand-este verdadero creador de la «selva virgen&gt;, donde los árboles gritan como en Dante; y procura siempnt aquella objetividad parnasiana del Flaubert de la Salaméó, sobre cuyo fondo estrellado co-rren poco a poco los velos de una melancolía católica y céltica, trémula de lágrimas y palpitante de insaciables anhelos-. «Es la noche
americana de los poetas»-suspira el Marqués, doblado en la borda
-de la «Dalila&gt;-, y sentimos que en sus palabras tiembla el llanto.
Por las páginas de La Lá1npara Maravillosa se percibe también
la obsesión de los recuerdos americanos: «En la llanura sólo florecen
los ·cardos del quietismo. El criollo de las pampás debe a la vastedad
de la llanura_su alma embalsamada de silencio, y si alguna emoción
despiertan en ella los ritmos piiganos, es por la mirra que quema en
-el sol latino la lengua de España.&gt; Y aquella adivinación: «Todo el
conocimiento délfico de los ojos es allí convertido en ciencia de los
oídos, y en sutil ap1ender de topos. Se siente el paso de las sombras
clásicas, pero ninguno puede verlas llegar. Los pueblos de la pampa,
cuando hayan levantado sus pirámides y sepultado en ellas sus tesoros, habrán de hacerse místicos. Sus almas, cerradas a la cultura-helénica, oirán entonces la voz profunda de la India Sagrada.&gt; Esta idea
.-se afirmará más tarde, con el segundo viaje a México.
En La Pipa de Kif, La Tienda del He, bolario es una aromática bodega de olores americanos, con especial predilección por el rasgo
-exótico y-si es posible-grotesco, con-espondiendo a la estética del
poema. El poder sintético es desconcertante, y esa Jalapa, ese Cam31

30

�LA PLUMA
LA PLUMA
peche, esa Tlaxcala entrevistos a través del humo de la marihuana,.
como lindos monstruos de alucinación y recuerdo, no se olvidan más.
Decididamente, Valle-Inclán prefiere la América mexicana: la más.
misteriosa y la más honda.
Y finalmente, en los Esperpentos y creaciones últimas, hay un recuerdo, que va y viene, de las palabras mexicanas, de los giros y los.
equívocos mexicanos. Es un murmullo que anda por la parte liminar·
de su alma, pero el escritor lo deja sentir con plena conciencia de lo.
que hace. Los que estamos en el secreto, saboreamos y sonreímos.
Y agradecemos esta dignificación artística que don Ramón concede a
tal o cual disparate humilde de nuestro pueblo, a tal o cual injuria.
recogida en labios de un jarocho de la costa o de un charro del
bajío.
Pero, sobre todo, América ha sido para Valle-lnclán algo como
un empuje oportuno de la vida, un deslumbramiento eficaz, que leabrió los ojos al arte. «Y decidí irme a México, porque México se escribe con X.&gt; De aquí, de este primer viaje, procede el milagro de
Valle-lnclán. El hombre que México Je devolvió a España, contenía
ya todos los gérmenes del poeta.
En plena época colonial, Baltasar Dorantes de Carranza hablaba
de las Indias con abominación y a la vez-con mal encubierto rencor
de amor-. «¡Fisga de imaginacionesl-decía-. ¡Anzuelo de voluntades!&gt; La imaginación y la voluntad de los españoles peninsulares
volaban hacia América, que ejercía en la vida de la raza una función
tónica , de ideal , de golpe de viento purificante. Igual función sigue.
desempeñando América para los españoles más altos, durante el siglo de Independencia: Castelar vuelve a ella los ojos con esperanza
y con aliYio; se cura de sus tormentas políticas, enviando sus confidencias y desahogos a los lectores de América. Unamuno-cuyo padre vivió en Tepic, y que aprendió a leer hojeando libros mexica-

nos-, declara un día, entre melancólico y soberbio: «Si yo fuerajoven, emigraría a América.&gt; Ortega y Gasset trae de América un secreto de fantasía renovada semejante al de Fausto. Y a Enrique DiezCanedo le es tan familiar la literatura americana, que, acaso por primera vez, se vuelve, bajo su pluma, un capítulo de la literatura
española.
Valle-lnclán escribe, y sueña con México. De su segundo viaje
trae dos experiencias profundas: primera, persiste la lucha entre el
indio y el encomendero (encomendero que no es necesariamente español, como él parece suponerlo); la pugna entre el individualismo
europeo, yuxtapuesto artificialmente sobre los hábitos de la raza vencida, y el gran comunismo autóctono que encontró Cortés, que la
Iglesia amparó en cierto modo, como único medio de salvar a las poblaciones indígenas, y que las Leyes de Indias respetaron teóricamente, hasta donde era compatible con la necesidad de repartir premios y riquezas a los conquistadores; segunda, México es un país
vuelto hacia el Pacífico, que huye del Atlántico y se hincha de magnetismos asiáticos. Conserva el rastro espiritual de los juguetes sagrados que la Nao de China traía desde el Parián de Manila al Puerto de Acapulco, de donde pasaban a México, camino de Veracruz,
rumbo a Sevilla. Esta gran circulación oceánica explica sus inadaptaciones y sus extrañas reservas de fuerza y de esperanza. Tal idea
-que pudo parecer paradójica a nuestros amigos madrileños-es la
clave del enigma mexicano: la X de México. Se ha dicho de la bíblica Ester: «Dos naciones hay en tu seno.&gt; Pero hay que interpretar el
texto: «Y realizarás tu destino cuando juntes las dos sangres en una.&gt;
Ciertamente, de los nuevos directores espirituales del indio americano puede asegurarse-como Valle-lnclán Jo presentía pocos años antes-que tienen el oído atento a las enseñanzas de la India, esta gran
mestiza de arios blancos y dravidios oscuros.
III
33

�LA PLUMA
Hay muchos que aman a América en su bienestB:r y e~ su so~-

·sa Valle-lnclán resiste la prueba de la verdadera s1mpaba am~n-

:0~; a él lo que de América le enamora es aq~ella vitalidad p~tética,
aquella cólera, aquella combatividad, aquella inmensa afirmación de
dolor, aquel hombrearse con la muerte.
ALFONSO REYES.

V ALLE-INCLÁN y

II

GALICIA

la edad del arte románico, cuando la apartada y rtebulosa
Galicia, a orillas del mar grande, era místico faro que atraía
a sí las gentes de los más remotos confines europeos, la lírica gallega reinaba sin rival en la Península, y para expresar
sus tiernos anhelos, iban a pedirle rimas y palabras los corazones sensibles de toda la España cristiana. Pero después, coincidiendo innegablemente con movimientos políticos y económicos, Galicia llegó a ser tenida por el resto de las tierras españolas como algo grotesco y rid(culo;
fueron objeto de befa su lengua y sus costumbres (la España africana se
burló de la España europea, diría un fanático de nuestro pequeño nacionalismo), y el gallego, tan inteligente, reflexivo, trabajador y sufrido,
fué en general considerado como paria nacional, para quien se reservaban viles labores y mofas sangrientas. Tirso de Molina, por ejemplo, lejos ya de aquella universalidad de comprensión para las cosas españolas
de Lope de Vega, en una comedia gallega, convierte en personaje cómico hasta a la misma protagonista. Este movimiento escarnecedor, que
pervive todavía en ciertas bajas esferas sociales, a pesar de nuestra gran
aportación a la obra cultural del siglo xvm dura hasta bien entrado el xix,
cuando, en vez de aguadores, comenzamos a exportar a Madrid políticos y literatos.
La Condesa de Pardo Bazán, en la escuela naturalista del último
N

35

�LA PLUMA
LA PLUMA
cuarto del siglo pasado, elevó al pueblo de Galicia a la categoría de tema
literario· con ella entraron en el ámbito de fa novela española nuestras.
gentes ; costumbres, nuestra manera de hablar, nuestra psicología,
nuestros paisajes: Los Pazos de U/loa marcan una fecha memorable e~.
la historia literaria gallega. Pero su autora, a pesar de las dotes y aptitudes casi universales que albergaba en su privilegiado espíritu, o acaso.
por ellas, no poseía el tono de sensibilida_d necesario p~ra dar, en toda
su plenitud, artística vida al alma de su tierra. No es, m mucho menos,
que sus obras, tan valiosas en todos sentidos, co~ie~ con ine~actitud la.
vida de sus paisanos; hay en todas ellas un conocimiento preciso y amo-roso del verdadero ser de aquella comarca, como no podía menos de esperarse de quien atesoraba en sí aquel maravilloso afán de conocer. Mas,
si podemos expresarnos así, la ilustre artista suele mantenerse fuera ypor encima de los acaecimientos que tan sabiamente refiere; observa a.
sus personajes como un entomólogo a una colo~ia de insecto~; no ent.r a
con su alma entera en medio de ellos para sentir en su prop10 corazon
sus alegrías y sus duelos. No olvidemos, si queremos ser justos, aparte.
de que en aquella gran escritora dominaran las notas intelectuale~ sob~e:
las sentimentales, que la impasibilidad fué norma de la escuela hterana.
a que, en su fase de novelista de costum?r~s, perteneció la Co~_desa.
A Valle-lnclán estábale reservada la 10tima y plena comumon con el
alma de su raza, y en su obra tenemos que saludar los gallegos el monumento artístico en que alcanzó más alta encarnación el verdadero ser·
de nuestro pueblo. Galicia: antiquísima tierra, resto quizás del mítico
continente, sumido bajo el mar a que da nombre, cuyas indomables
aguas aún hoy van poco a poco, milenio tras milenio, destruyéndola con
su infatigable trabajo, al morder las rocas de las costas y entrarse porlos cauces fluviales, convirtiendo en ría lo que fué valle antaño; raza
prócer, de tan rancia y profunda cultura que se ha trocado ya e~ naturaleza; anciana estirpe, que desde hace muchos centenares de anos sabe
la íntima vanidad de todas las cosas y vive desengañada, en un estado.
de fatiga y apagamiento, cortado por dionisiacas embriagueces de sensualidad y alegría o de odio y sanguinaria violencia; místico pueblo,

-cuya civilización de los mil años últimos se ha fraguado y desenvuelto

-en torno a un misterioso sepulcro del aluvión dejado a su paso por la
-santa corriente de los peregrinos; tierra de ocaso, última de Europa que
ve ponerse el sol, y cuyo ser entero, por la gente y el paisaje, la humanidad y el ambiente, es un atardecer perenne: suavidad, ternura, nostalgia, lirismo que llena de inacabables canciones la melancólica soledad
de los campos, sentimentalidad, erotismo que convierte en l' ltnlre du
./Jerger cada una de las nuestras, y en la vetustez de nuestra cultura y la
crep~~cular inde~nición c~n que se nos aparecen las cosas, a pesar del
sem1t1co monote1smo plunsecularmente vencedor, todavía son divinas
-entre nosotros las incomprendidas fuerzas naturales, aún habitan clan-destinas divinidades en los árboles, las peñas y las aguas, aún hay tronantes en las nubes, hadas en las fuentes, encantos en las cavernas, la
hueste de difuntos recorre siniestra por las noches los caminos aldeanos
&lt;:on espanto de los vivientes. Todo esto encuentra, en lengua castellana,
en la obra de Valle-Inclán, una expresión no menos fiel e intensa que
la que alcanzó en gallego en los inmortales versos de Rosalía.
Es ello (¿cómo dudarlo?), porque los más puros y característicos
-elementos del espíritu gallego encarnaron dichosamente en la psique
del creador del Marqués de Bradomín. Valle-Inclán es un excelso espír~t~ represe~tativo de nuestra tierra. Posee, ante todo, un alto sentido
lmc~ Y musical, como es pr?p~o de un pueblo mejor dotado para la
-canción q~e para las artes plas~1cas. Esta musicalidad, este lirismo, junto con su mterna fuerza expresiva y la abundancia de términos y giros
gallegos, presta~ a la prosa_ de Valle-Inclán la inconfundible personalidad con qu_e brilla en medio de la de nuestros más excelentes escritores
&lt;:ontemporaneos. Después, en el espíritu que sus obras revelan, encontramos un nebuloso fondo de melancolía, sensualidad, misticismo, so~re el cual se alza, ro~usta y fuerte, la perenne obsesión a~atoria, sentime_ntal Y_ carnal, varia en sus manifestaciones, pero siempre igual en
su v10lencia. Unida a ella, una gran fuerza viril, valor personal coraje
bravura, la acometividad que llenó de esforzadas acciones los f~lios
nuestras crónicas y que aun en la decadencia actual se revela en las

d;

36
37

�LA PLUMA
sangrientas refriegas que suelen armar los mozos al final de las romerías aldeanas; el espíritu aventurero que lleva a América en repetidos
viajes a la mayor parte de nuestros paisanos y establece un vivo lazo
permanente entre las tierras de aquende y allende el Atlántico: impulso
de raza bien profundo es el que arrastra a Méjico al Marqués de Bradomín. Por último, Valle, como buen hijo de celtas, ha topado al pie de
las tapias del camposanto con el cortejo de los muertos y cobraron para.
él escalofriante significación los lúgubres misterios de la trasvida. Como
en el rostro del Dante los espantos infernales, quedaron inextinguiblemente pintadas en los ojos de este gran artista las tremendas luces fosfóricas de la Santa Compaña.
Dos grandes épocas han brillado en la Galicia cristiana, según nos
revelan sus monumentos religiosos, ya que en toda su historia Galicia
está íntimamente ligada con la Iglesia: la época romániéa, entre los siglos xu y xm, cuando Compostela fué una de las grandes ciudades del
orbe cristiano, y la barroca, entre los siglos xvu y xvm, cuando, a pesarde la miseria de los pueblos, uná bella civilización floreció en las cimas
sociales, en pazos y conventos. Una y otra, encuentran su expresión en
la obra de Valle-Inclán. De la Galicia medieval procede don Juan Manuel y su progenie de lobos, la dulce Adega, los peregrinos, los mendigos, los leprosos, los ciegos que van diciendo malicias de feria en feria
por los largos caminos, todo aquel pueblo de siervos, callado y resignado bajo el feudal azote de sus amos. La Galicia galante del xvm nos da
al casanovista marqués de Bradomín, a la pobre Concha y a sus otras
enamoradas, a las damas y caballeros, de tan auténtica nobleza, a los
que vemos hacer frívolas cortesías entre los damascos y cornucopias de
los salones de los pazos.
Toda Galicia, con su ambiente, sus paisajes, sus tipos, sus decires,
surge ante nosotros de las páginas de estos libros. La gran tristeza de los
viejos jardines señoriales abandonados; el encanto de las románticas
iglesuelas de aldea (con esos prodigiosos nombres de santos gallegos que
don Ramón sabe encontrar: San Cidrán, San Gundián, San Electus,
Santa Minia, Santa Baya de Brandeso, San Berísimo de Céltigos) en me38

LA PLUMA
dio de sus risueñas quintanas, bajo cuyo menudo césped duermen el
sueño sin término los feligreses muertos; los hoscos caminos montañeses, barridos por el viento, que atraviesan yermas soledades, sólo vestidas de brezos, en cuyos siniestros mesones alguna vez ha entrado para
no volver a salir jamás algún desdichado viajero; las hondas corredoiras, húmedas y sombrías, aromadas de madreselva bajo la verde fronda
de lo~ casta~os; las ~obilísimas plazas y ruas de la sagrada Compostela,
dormida ba10 la lluvia como por un hechizo que alejara de su místico
recinto el curso destructor del tiempo; y allá en la lejanía, poder maléfico que amenaza destruir tanta dulzura y belleza, en un salobre ambiente de violencia que contrasta con la suavidad de lo restante, el perenne fragor de las gigantes Qlas atlánticas que rompen frenéticas contra
los enhiestos roquedos de la costa en su contienda eterna. Toda Galicia,
hay que repetirlo, vive con altísima vida de arte en Ja obra de ValleIn~lá_n, y con su insigne autor tenemos una inmensa deNda, impagada
e impagable (porque ¿cómo encontrar homenaje que iguale con tan
grandes merecimientos?) todos los gallegos y los que, sin serlo, aman
como suyas aquellas dulces tierras.
RAMÓN MARÍA T&amp;NREIRO.

�SONETO ESTRAMBÓTICO

DÍAS DE BOHEMIA

A DON RAMÓN, EN CONSONANCIA CON

SUS ÚLTIMAS PRÉDICAi DE CAFi.

.Ca siri~ga de !Pan, dios pie-de-cabra,
no a los ;Númenes pido ni la lira
poética g retórica, que el lauro
académico ciñan a tu obra.
:Dentro del pecho el corazón celebra
saltando, fiesta que no ondea al aire;
g si moneda vil parece el oro
con que te pago la amistad, encubre
la expresión torpe un sentimiento puro.
fNo de la sombra de {}recia famosa,
para cantarte, conviene el amparo.
!Preste a mi acento su gracia tu musa.
cSuene la gaita gallega. Y espere,
andando mucho aún, el 'Giempo, tu miserere.

c. RIVAS CHERIF

11

nombre del gran escritor evoca en mi memoria todo un pasado de juventud. Cuando yo vine de Bilbao, en 1897, la
personalidad de Ramón Valle-Inclán había alcanzado ya el
homenaje de los literatos de su tiempo. Se Je temía y se Je
admiraba. Su verbo crítico era de una acritud y de una gracia insuperables. Una frase suya demolía una reputación. Otro, en su lugar,
habría saltado sobre el trampolín del ingenio a un. alto puesto en la
Prensa, que de momento le hubiera permitido hacer frente a las estrecheces de la vida; pero Valle ha sido siempre de una independencia de
carácter y de una austeridad de costumbres, que le han preservado de
toda claudicación. Atraído, como otros muchos, por su ingenio, que él
.acuñaba en frases inolvidables, yo iba a visitar a menudo al gran escritor, empresa que exigía una cierta dosis de buena voluntad, porque la
&lt;:alle de Calvo Asensio, abierta entonces sobre un extenso descampado,
y sin comunicaciones fáciles con el centro de la ciudad, era intransita~le de día, y peligrosa de noche por la oscuridad. La puerta de la vivienda de Valle estaba siempre franca. No he conocido hombre más
libre de prevención medrosa, ni más hospitalario en su casa. A cualquier hora del día o de la noche se podía entrar en su cuarto, porque,
no solamente no se encerraba por dentro, sino que dejaba la llave por
L

41

�LA PLUMA
fuera. Yo solía reconvenirle: «Pero, hombre, está usted expuesto a que
le roben ... »
•
-¿A que me roben?-preguntaba con extrañeza el futuro autor de.
Las sonatas...

En la habitación no había más que los muebles indispensables: una
cama y una mesa de noche, y dos sillas de madera clara, y en una salita
contigua, una mesa, un aparador pequeño, sin el menor aire de familia,
con la mesa y cuatro sillas. Me parece recordar que todo el decorado de
las paredes se reducía a una panoplia con dos floretes enmohecidos y
una careta de esgrima.
A Valle se le encontraba, indefectiblemente, en la cama. Sin ser insociable el gran escritor, ha sido siempre un retraído, vagamente tocad&lt;&gt;
de melancolía. Yo me sentaba en una silla, al pie de la cama, y nos poníamos a charlar No he conocido espíritu más curioso que el suyo. Se
informaba de todo, lo menudo y lo grande, con igual interés. Yo solía
llevarle noticias de nuestra tertulia del Café Inglés, a la que asistian, casi
a diario, Benavente, que aún no había estrenado más que dos comedias:
El nzao ajeno y Gente conocida; el «Abate Pirracas», revistero de teatros
de La Cornspondenáa de España; Antonio Palomero, Emilio Fernández.
Baamonde y un escritor muy inteligente, de vocación muy castiza, ~El
bachiller Estepa•, que se eclipsó pronto, socialmente, en uná crisis de
misticismo. De tarde en tarde, caía Joaquín Dicenta en nuestra tertulia,
y claro está, que monopolizaba la conversación. ¿Cómo olvidar la palá- ·
bra apasionada y el desenfado, un poco plebeyo, del ilustre autor de.
:Juan :fosé? Los diálogos entre él y Valle eran impagables. Eran dos estéticas frente a frente. Dicenta tenía un talento natural que todos reconocían, y Valle, sobre ser muy inteligente, decoraba sus ideas con una
riqueza cultural exenta de pedantería, que deslumbraba. Pocos literatos
han conocido tan a fondo como el autor de Las sonatas su arte, el arte
de escribir, de reproducir lo real y de evocar lo misterioso que hay en
la vida. En eso procedía de los artistas del Renacimiento, que subordinaban el instinto genial a la disciplina técnica. Cuando Valle exponía
sus teorías estéticas, Dicenta, impotente para contrádecirle en el terreno
42

LA PLUMA
crítico, salía brillantemente del compromiso espetándonos media docena de dogmas literarios que Zola había puesto en circulación. ¡Qué-.
charlas aquellas! De ordinario, terminaban con un donaire gracioso dePalomero, que nos hacía reír a todos, o con una frase de Benavente,,
oportuna y cáustica De tiempo en tiempo, y obedeciendo a la inflexib!e ley del cansancio, aquella tertulia se dispersaba, y poco después vol-v1amos a encontrarnos en Fornos, en el Café de Levante de la calle" del
Arenal, que ya no existe, o en el «Gato Negro».
Valle no venía con asiduidad a aquellas reuniones, sino de un modo
intermitente. Lo más del tiempo se le iba acostado y meditando. Las.
grandes líneas de su obra futura se dibujaban ya en el horizonte de su
pensamiento. Yo solía quedarme a comer a menudo con él, y entonces.
el gran escritor me exponía sus proyectos literarios y el método de tra-bajo a que debían ajustarse. ¿Cómo negar que he aprendido mucho de.
aquellas confidencias? Sin presumir de erudito, Valle no ignora ninguno de los secretos de su arte. Conoce a fondo el castellano que ha renovado sin caer en el culteranismo, más que con la aportación de voces,
sacando de sus entrañas giros inéditos y estableciendo alianzas nuevas.
entre las palabras. Por eso, la obra de Valle señala un momento, una.
edad del idioma. ¿A qué más puede aspirar un literato? Allá por aquellas fechas a que me he remontado al principio, casi todos los escritores..
de la generación del 98 malvivían en la incertidumbre del mañana. Yoescribía crónicas en l:!.7. Globo, de las que reportaba doce duros mensuales. Todos mis demás ingresos eran tan eventuales que parecían un donativo providencial. Antonio Palomero y Ricardo Fuente trabajaban en
la redacción de El Pais, diario más rico de ideales que de dinero, en el,
que un duro, por lo raro de su aparición, tenía algo de un meteoro. El
«Abate Pirracas» vivía con decencia, de su paga de teniente coronel, ye~ poeta Baamonde se daba buen trato, merced a una rentita que admimstrab_a con cau~ela de gallego. Solamente Jacinto Benavente respiraba.
la plenitud del bienestar económico. Hijo de familia bien acomodada
el agobio material le era desconocido. ¿Habré de añadir que el autor d;
Gente conoá da no tenía nada de rumboso? Eso lo sabemos todos de muy,·
43

�LA PLUMA
.atrás. Yo recuerdo de un día, en que por no haber comido el anterior,
.acudí a él, cuyo trato frecuentaba con asiduidad, y medió cuatro •P:se""tas. Valle, en cambio, a pesar de ser gallego, no tiene nada de tacano.
iCuántas veces ha compartido conmigo los _modestos co_ndumios que le
.aderezaba su portera? Innumerables. Ademas, he conocido pocos hom.1lres que soporten con más entereza que el autor de Las s~nalas la ad·versidad. Su estoicismo varonil recuerda el de don Francisco de Quevedo. Indiferente a la estrechez, Valle-lnclán no tenía entonces más que
'Una preocupación: su obra futura. «¿Por qué no colabora usted en los
periódicos?»-solíamos preguntarle-. «La prensa-contesta~a~avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético». «Pero, el per1ód1co-le
Teplicábamos-puede extender más rápidamente su reputación». «Eso es
'Un error. Las reputaciones que crea la prensa son deleznables. ~ay q~e
"ltrabajar en el aislamiento, sin enajenar nada de la independencia esp1-ritual.»
Esa era su respuesta.
·
Allá por el año de 1904 ya gozaba el gran escritor de una autori~~d
•en el mundo intelectual, que debía ir en aumento hasta su consagrac1on
definitiva entre los arquitectos del idioma. Un día me propuso que refundiéramos una obra de Lope de Vega, Fumlt Ove.funa, y con ese mo•tivo nos dimos a frecuentar el Saloncillo del Teatro Español. En torno
-de María y Fernando se agrupaban en aquella casa todas las noches don
José Echegaray, gran espíritu, con quien los escritores de aquella generación hemos sido injustos; Eusebio Blasco, tan ingenioso y tan llano
-siempre; Sellés, que a pesar de su talento no ha sido comunicativo nun-ea; don Ricardo de la Vega, que parecía soñoliento a toda hora; Pepe
Laserna, constante, como buen castellano, en sus amistades; Ricardo
Catarineu, cuya prematura muerte ha sido cuna de las grandes penas
de mi vida, y el duque de Tamames, el último gran señor que yo he conocido. En aquellas reuniones, la palabra elegante y subversiva de Vallelnclán desconcertaba a todos los que le tomaban por lo serio. El duque,
.sobre todo, le ofa con asombro. ¿Qué decía el gran escritor? Cualquier
,cosa. El tema de la conversación lo traía el azar. Lo demás lo ponía Valle
44

LA P L U ,\1 A

con su originalidad de pensamiento, su facundia de paradoja y su verbo
pintoresco y osado. La descripción de sus aventuras en América, por
ejemplo, proporcionaba a Valle grandes éxitos.
Todos Je olamos risueños, descontando mentalmente lo que ponía la .
fantasía del gran escritor en aquellos relatos; pero el duque, hombre de
poca malicia, no sabia a qué atenerse. Las enormidades bélicas que contaba el eminente escritor lo tenían desconcertado. No conociendo el espíritu humorista de Valle, su afición a lo épico y a lo truculento, atri-buía aquellas hiperbólicas aventuras a un desvarío mental. Su mirada
formulaba esta pregunta: «¿Se nos habrá vuelto loco Valle-Inclán?» Al
final tenía que venir María Guerrero a tranquilizar al duque: «No le haga
usted caso, padrino. Todo lo que ha dicho Valle es una serie de bolas
para hacernos pasar el rato ... »
De allí a poco el gran escritor, temperamento inquieto y andariego,
se nos hizo actor-para enseñarle a Thuillier el arte de la interpretación.decía él-. Y, por último, se nos fué a América, donde tiene muchos yfervorosos admiradores. Se había casado ya y era feliz en su hogar. A
partir de entonces, su obra ha ido en aumento. El teatro y la novela le
han hecho conocer la plenitud del éxito y pisar el umbral de la gloria.
Hoy que, más afortunado que nosotros, es totalmente feliz, ¿se acordará
Valle de aquellos días de incertidumbre y de estrechez, ya lejanos? Como
es hombre en quien el corazón está, por lo menos, a la altura del ánimo,
es probable que no olvide aquel pasado de sueños y de entusiasmos que
ha sido el pedestal de su personalidad actual. Ahora vemos de tarde en
tarde al gran escritor, que vive retraído lo más del año en una finca
suya, a orillas del mar que baña su tierra natal ... Y al abrazarle con fraternal efusión, entra en nuestro espíritu una ráfaga de juventud.
Él está ya donde debe estar, asistido de todas las hadas que labran la
ventura de los hombres, mientras nosotros, menos afortunados, segui- •
mos nuestro camino en pos del éxito que no llega y de la paz interior
que no presentimos siquiera.
M.umu BUENO •
45

�LA PLUMA
se publican en los periódicos, recordando cosas que ya no interesan más
que a los viejos.

• • •

·vALLE-INCLÁN,

EN EL CAFÉ

he comprometido con los editores de LA PLUMA a escribir un
artículo relatando episodi~s de la vida de mi antiguo amigo
don Ramón del Valle-lncla_n.
Mi situación ante la balumba de mis recuerdos, es semejante a la del niño del cuento, al que un hada lleva a una mesa surtida
de tantas golosinas que el niño no sabe por dónde empezar a ~omerlas.
Durante muchos años, creo que se van acercando a los treinta, puede decirse que he vivido con Valle, he sido testigo presencial de he_chos
de los que fué protagonista, y tuve el placer de conocer la mayona de
..sus obras literarias antes de que las diera al teatro o a la prensa.
Sé que, a los jóvenes, les desagrada un poco el que se recuerde tiempos y personas que ellos no conocieron. Yo torcía el gesto cuando me
hablaban de las gracias de Castro y Serranó, de las espirituales conferencias de don José Echegaray en la Cacharrería del Ateneo o del estreno Y
éxito enorme de la Pa.1io11ana.
Ocurre que los jóvenes no pueden comprender lo que interesaba a
.sus padres, los acontecimientos pasados perdieron el destello que les
prestaba la vida y las anécdotas sin actualidad resultan muertas.
:remo que lo contado por mí tenga para los jóvenes de hoy el gusto
rancio que yo mismo encuentro en los artículos que de vez en cuando
E

Una noche, hace ya muchos años, entré por casualidad en el Café
de Madrid, que estaba donde hoy está el Crédito Lyonés, en la calle de
Alcalá.
En una mesa cercana a la mía, vi un joven, barbudo, melenudo,
moreno, flaco hasta la momificación. Vestía de negro y se cubría con
chambergo de felpa gris de alta copa cónica y grandes alas. Las puntas
salientes del planchado cuello de la camisa, avanzaban amenazadoras,
flanqueando la negrísima barba cortada a la moda ninivita del siglo XIX
antes de Cristo, y bajo la barba, se adivinaba la flotante y romántica
chalina de seda negra, tan cara a los espíritus poéticos.
El extraño personaje respondía a las curiosas miradas de los concurrentes con desfachatez insultante y dirigía el destello de los quev~dos
que cabalgaban sobre su larga nariz, sobre aquel que le contemplaba con
insistencia.
Pregunté al mozo del café quién era aquel parroquiano, y el mozo
satisfizo a medias mi curiosidad, diciéndome:
-Creo que es poeta, como los que se juntan con él, y creo que viene de Méjico.
Fueron llegando amigos del poeta, y sentándose junto a él, se entabló entre ellos una acalorada discusión acerca de un desafío.
La voz altisonante del poeta melenudo se destacaba sobre todas. Explicaba una estocada, sin duda alguna, porque para dar mayor comprensión a sus palabras cogió una cucharilla y señaló tres o cuatro golpes sobre el chaleco del que tenía enfrente.
Entre las prácticas demostraciones intercalaba denuestos contra aquel
galopín de doa Francisco de Quevedo y Villegas, ignorante patizambo,
que se había permitido burlarse de los Grados del Perfil del gran tratadista y maestro de armas Pacheco de Narváez.
Pero las explicaciones no debieron convencer a los contertulios, por47

�LA PLUMA
LA PLUMA
bue el de la barba asiria y melena merovingia se levantó del asiento, requirió un bastón, a guisa de tizona, y saliendo al pasillo que formaban
las mesas del café, se puso en guardia como un San Jorge, y dando
desaforados gritos, se tiró a fondo. Todo ello sin importarle un pito la
sorpresa de los parroquianos, el apuro de los camareros y el pánico del
encargado, que desde el lejano mostrador miraba las fintas y estocadas
de aquel maestro de esgrima.
-No hay más que batir el hierro del contrario y tirarse a fondo.
Todo lo demás es ganas de perder el tiempo-dijo el poeta, y se sentó
satisfecho, atusándose las barbas.
Entre los amigos del espadachín había tipos curiosos, por su aspecto
y por su indumentaria.
Uno de ellos, cetrino, de facciones abultadas, de corva nariz y enorme bigote negrísimo a la borgoñona, cejas como cepillos que rascaba
constantemente con la uña del dedo corazón de la mano izquierda. Llevaba sombrero hongo de copa plana, gabán de color café con leche herméticamente abotonado, con botones diferentes, por debajo del cual asomaban los pantalones escoceses a rayas pardas. Hablaba con acento gallego, y era, según supe después, Camilo Bargiela.
A su lado, un joven de barba castaña, cortada a lo Alfredo de Muset, alzaba su ensimismado rostro y raras veces pronunciaba alguna frase lánguida. Era Godoy.
Un muchacho bajito, rubio desteñido, con aspecto de golfo callejero, gracioso y ocurrente, hacía el bajo a la voz atenorada del poeta espadachín con el piporro bronco de su garganta. Era Antonio Palomero.
Importante personaje en aquel conciliábulo, era un caballero pequeño de estatura, de perilla y bigotes mefistofélicos, calva incipiente, muy
refitolero en el decir y en sus ademanes. Mordisqueaba constantemente.
un puro. Era don Jacinto Benavente.
Otro de tez aceitunada, expresión de esclavo irredento o de Buda en
el Nirvana, ojos pequeños bajo los párpados carnosos, apenas abría los
gruesos labios mas que para exclamar: ~¡Admirable! ¡Admirable!» Era
el magnífico poeta Rubén Darío.
48

Allí estaban Martffiez Sierra, Luis Bello Sánchez el
.
.
Alonso y Orcra, González Blanco, Leal da Cá:nara Lozano:ncatun:,
cardo Marín, Gómez Carrillo y Ors y Ramos.
'
poeta, Con ellos, se dedicaban a una orgía de café con J h
. .
snobs, dibujantes y poetas inéditos.
ce e, penod1stas,
Eran los modernistas, los modernistas odiados a
démicos y por los consagrados y el poeta es adach. muerte por los acatos, su definidor, el debelador de famas m~ ad ~ -:e lo~grandes geslos viejos penachos literarios, el sarcástico rebus~~m das, . . que segaba
Ramón del Valle-Inclán.
or e np1os, era don
_Si_ se me permite una comparación microbia
. .
.
art1st1co-literario del Café de Madrid fué ara _na, d1re que el_ nucleo
rodea a una pobre célula aband
p. m1 como un amiba que
Así ingresé en aquel cenáculo. onada y Jo mcorpora a su protoplasma.
. Noté que en aquella reunión el tema favorito de la dº
'6
.
siempre un motivo literario, alguna vez se habló d p· 1Scus1 n era cast
tura, jamás ~: Música ni de nada científico.
e mtura y de EsculMe extrano también que muchos de J
.
.
incapaces de hacer la multiplicación d os ap~end1ces de hter:3to eran
otro de otras dos, que no conocieran : ~n numero _d e dos cifras por
que su cultura literaria empezaba con las s'. l;ada d~ hteratu~a clásica y
Eran _enciclopédicamente ignorantes. u imas o ras del siglo XIL
Esta ignorancia de los literato
trañeza he dºd
s, que entonces me produjo tanta ex'
po i o comprobarla después en
h
.
res, y, en escala mayor si es . ºbl
mue os pmtores, escultoArte.
pos1 e, en los músicos y críticos de
Con semejante auditorio era ma nífi
.
var por la fantasía más delirante g co_o1r a d~n Ramón dejarse llearremetiendo contra los figurones' pero mas admirable todavía cuando
.
consagrados de la época
mo vio1ento y sin misericordia esco ía J
.
' con sarcaspeores de dramas poesías novelasg d _os trozos mas selectos entre los
grito por la rotonda del café.
y iscursos y los largaba a voz en
Casi toda la literatura española contempo ,
.
ranea ca1a hecha añicos a
IV
49

�LA PLUMA

LA PLUMA
su acerba crítica y únicamente se salvaban de ser arrojadas al Spoliarium Campoamor, Zorrilla, Galdós, Valera y Menéndez P~layo.
En el Café de Madrid se iban señalando dos tendencias, y, por lo
tanto dos grupos que tendían a separarse.
U~o capitaneado por Benavente, que llevaba tras de sí a los que_ le
admiraban por sus escritos escénicos; otro grupo, a cuyo frente iba
Vall~lnclán, revolucionario, indisciplinado y revoltoso.
El núcleo benaventino fué a sentar sus reales a la cervecería Inglesa
de la Carrera de San Jerónimo, y el valle-inclanesco dió en ir a la Hor- ,
chatería de Candela de la calle de Alcalá.
En el grupo de Benavente todos literateaban más ~ men?s, en el ~e
Valle-lnclán, más abigarrado, figurábamos literatos, cancatunstas, cómicos, pintores y algún estudiante.
.
.
.
Nos reuníamos en la horchatería a las diez de la noche, y s1 las discusiones terminaban temprano, el grupo se echaba a la calle y pasea~a
hasta el agotamiento de fuerzas desde la calle del Caballero de Gracia
hasta la plaza de Isabel ll, pasando por la Puerta del Sol.
.
Alguna vez se alargaba el paseo a la plaza de Oriente o a la Cibeles;
pero esto era rarísimo, porque el grupo sentía verdadera/~bia _por todos
los países que se extienden más allá del Teatro Real o la 1gles1a de San
José.
En aquella época, Valle-lnclán pensaba dedicarse al teatr~, y cuando el grupo, haciendo un esfuerzo, llegaba a la plaza de One?te o por
Recoletos , alcanzaba las soledades de la Castellana, Valle-lnclan
quería
.,
, .
demostrarnos sus poderosas facultades para la declamac1on trag1ca.
Generalmente el trozo escogido era la imprecación de Los Aman/es
tÚ Tenul.
Valle-lnclán se arrimaba a un árbol, ponía sus brazos a la espalda, Y
lanzando el furioso destello de sus gafas al cielo, prorrumpía en extent6reos rugidos:
¡Infames bandolerooos ... l
¡Que me habéis a traición acometido!
¡~eoid ... l ¡Ensangrentad vuestros aceros!
1La muerte ya ... por compasión os pido ... !
50

Las parejas amorosas refugiadas en los bancos más metidos en sombra, abandonando su idílico refugio, se levantaban y corrían dcspavori~as. Acudían los serenos y los guardias de orden público y se armaba el
Jaleo.
. Unas veces ~odo terminaba bien; otras, conduciendo a] gran trágico y a s~s admiradores a la Prevención, llamada hoy Comisaría.
EJ pohdaco empleado que tomaba la filiación a los detenidos se veía
en un brete cuando llegaba el turno a don Ramón.
-¿Cómo se llama usted?
-Don Ramón María del ValJe-Inclán y Montenegro-contestaba
Valle desplegando sus nombres y apellidos en columna de honor.
-¿Profesión?
-Coronel-general de los ejércitos de Tierra Caliente.
-No existe ese grado en la milicia.
-¿Cómo que no?
I
-No, señor.
-¿Va usted a negarme mi grado?
-El grado mayor es el de capitán general.
-Pues yo soy coronel-general y no consiento que se me degrade en
un documento público.
-Ponga usted militar retirado-decía alguno de los polizontes para
terminar el conflicto.
~nton~es, d~~ Ramón protestaba airado y amenazaba con una reclamac1ó? d1plom~t1ca que el señor embajador de los Países-.Cálidos presentana a Espana, y todos los honrados guardias de Orden Público serían declarados cesantes.
~na noche, _en la Plaza de Oriente, Valle-Inclán hizo algo extraordinario, demostro lo grande que es su cultura literaria y Jo enorme de su
memoria. Fué dando la vuelta a la Plaza y delante de cada estat
•
· ·
d
'
ua re
cito trozos e romance, escenas de comedia, párrafos de Historia anécO
dotas que se referían al rey o aJa reina, que desde el pedestal parecía escuchar en postura elegantemente barroca.
Valle-Inclán ingresó en la compañia del Teatro de Ja Comedia, re-

�LA PLUMA
: LA PLUMA
presentó un personaje en la obra de Bcnavente titulada La Comida de
las Fi'eras, y fué aplaudido.
,
.
Por entonces llegó a Madrid, procedente de P:u:is, Ennque Corn~t~..
poeta francés ultra desfalleciente; sus títulos Y_ mentos era~ habe~ asis~ido a Verlaine en sus últimos momentos y dedicarse a un genero hteranodenominado por su autor Naderías Doloro!as.
.
. .
Era Cornuty flaquísimo, con cara de tártaro y OJOS semibizcos. Cubría su pequeña cabeza, de cabellos lacios, con un sombrero de c~lorcafé con leche, deformado y grasiento. Andaba encorvado, con la mitad
derecha del cuerpo avanzada sobre el izquierdo. A su paso lento, con
ritmo de oleaje, los flecos de los pantalones deshila~hados, las cintas.
sueltas de los calzoncillos y las correas de los borcegmes prestaban a ~u
figura algo así como una peana movediza. L~evaba un enorme gaba?'
colgado de los esquinados hombro~, y los bolsillos desbordaban cuarti-llas, hojas impresas y libros descuadernados.
.
Mascaba algo constantemente. El bastón de palma, que concluyo pordevorar, lo sustituyó con una llave, más refractaria a las dentelladas que.
el bastón.
.
,
Cornuty se parecía físicamente a Trozky, sm la energ1a que denotan
las facciones del jefe bolchevique.
,
..
Un literato español, que conoció a Corouty en Pans, le acogio en su
casa de Madrid y se prestó a administrar los pocos francos que el_padr~
de Cornuty le enviaba. Esta administración con~istía en ca~biar los.
francos en pesetas y las pesetas en bebidas akohóhcas que el hterato español, dipsómano empedernido, ingería.
.
. .
Además, este hidrófobo sujeto fué al Gobierno C1~il a de~larar_que
había llegado a Madrid el más audaz de los an_arqu1stas, . d10am1terocomo Ravachol, y que él, gloria de las letras patnas, le hab1a llevado a
su casa para vigilarle. En el Gobierno Civil señalaron un buen sueldo a~
literato.
..
. Pero he aquí que la Empresa de la Comedia _acepta la _adaptac10n.
teatral de una novela traducida del francés por el hterato polizonte, Yde
uno de los papeles se encarga Valle-Inclán.
52

En la primera representación, Valle manda a paseo a la Empresa y
renuncia a los triunfos escénicos.
La obra se da varias veces, el pseudo-polizonte deja de vigilar al
pseudo-dinamitero, en el Gobierno Civil se vuelven locos de terror y
ponen dos auténticos policías tras los zancajos de Cornuty, que se
desespera al verse perseguido día y noche.
·
Valle-Inclán vuelve a la Horchatería de Candela, trayéndonos a Cornuty, y acogemos en nuestro seno al francés.
'Jno de nuestros amigos se había enamorado locamente de una camarera de la horchatería y quería raptarla.
Nuestro amigo consultó el caso con don Ramón, y dos de·los nuestros
$C ofrecieron para empujarle en su romántica empresa. Se tomaron los
billetes del ferrocarril, se alquiló un coche y se esperó a la muchacha en
la bocacalle cercana.
Nosotros aguardábamos las noticias con verdadera ansiedad. Pasaba
el tiempo y los raptadores no venían. Por fin apareció Bargiela. Se rascaba la ceja con más furia que nunca.
-¡Nada! ¡Nada! La chica no ha apar~cido. Ese se ha quedacto allí esperando, siempre esperando.
-¿Pero ha ocurrido alguna confusión?-preguntamos.
-Nolo sé.. .
A media noche se presenta el enamorado: la desesperación en el rostro, los saltones ojos, que nosotros comparábamos a los de la llama del
Perú, llenos de furia y de lágrimas.
-¿Pero... ?-pregunta don Ramón.
- ¿Pero ... qué?-decimos todos.
. - ¿Qué? ¿~ué? ¡Oh, Dios míol-gime el enamorado-. ¿Qué? Que la
mfame hoy mismo, ahora mismo, mientras la esperábamos, se ha fugado con un francés ...
Nuestro compañero llora su amargura sobre la barba de ébano de
don Ramón, que reniega de la inconstancia horchateril y se siente
capaz de emprenderla a trastazos con todas las que ostentan servilletas
al hombro y presumen de llevar bandejas repletas de loza y de cristal
53

�LA PLUMA

LA PLUMA
sobre tres dedos de la mano izquierda con gallarda apostura de canéfora.
Pero, ¡ay!, el eterno femenino es siempre vencedor, y hasta la del empingorotado moño, Isabel, la de los grandes ojos llenos de promesas;
Juanita la Larga, digna del cincel de Fidias; Patro, la rubia, Patro, la de
belleza escandinava; María, la de ligeras manos; Dolores, la del dulce
meneo de caderas, aventan nuestra indignación.
Mientras escancian el café con gotas oyen los madrigales de don Ramón, vcrdrs hasta el paroxismo, y sus manos, d.iestras to el manejo de
cucharillas y de tazas, tiemblan, y la rubia y alcohólica mixtura denominada ron, que el encargado compone todas las mañanas detrás del
mostrador, pasa a raudales de la botella a las copas, y las gargantas artístico-literarias la sorben con mayor delicia, puesto que es un suplemento gratuito.
En nuestra reunión ocurren cosas extraordinarias. Se 4cscubre que
uno de los contertulios posee condiciones pasmosas para empeñar objetos que el adusto prestamista rechaza. Valle-lnclán estimula al maravilloso pignorador. Un día es colocado en una casa de préstamos un dedo
amputado conservado en alcohol; otro día 1,1na merluza. ¿El colmo sería empeñar un amigo? Pues bien: nuestro compañero consigue pignorarlo durante una hora.
Aquella época era ingrata para losjóvetus tí/tratos, frase de Cornuty;
no se vendían libros y los periódicos pagaban mal a sus colaboradores.
Valle-Inclán, como todos, se resentía por la crisis, pero aguantaba poniendo a mal tiempo buena cara.
Un editor de novelas por entregas le encargó que convirtiera en narración novelesca una obra estrenada con éxito, y Valle-Inclán sa!isfizo
el deseo del editor, hinchando aquel perro melodramático de modo que
diera muchas entregas.
El inventor de un específico para las enfermedades del estómago deseaba anunciarlo en verso, imitando a los fabricantes del Jabón de los
Príncipes del Congo, y el poeta escogido por el inventor era don Ramón
del Valle-lnclán.

s,

En la horchatería nos dedicamos a mover sabiamente el plectro, y de
allí surgieron estas y otras semejantes estrofas:
En toda fiesta onomástica
os dije: «Comed, bebed,
atracaos, absorbed
la dosis de Harina Plástica».

•

Retorciendo la filástica
un cordelero enfermó,
pero al punto se curó.
¿Cómo? Con la Harina Plástica.

¿La pesadilla fantástica
os agobia en invernales
noches? ¡Los estomacales
jugos con la Harina Plástica
reconfortad, animales!
Creo que esta última poesía no fué admitida por el descubridor del
específico, y ha permanecido inédita hasta ahora.
Un éxito literario permitió a Valle-Inclán abandonar a sus dos Mecenas.

* * *
Nuestra tertulia se trasladó entonces al Nuevo Café de Lennte de la
calle del Arenal.
Allí, Abclardo Corvino, excelente músico, tocaba el violín acompañado por un pianista estupendo. Creo que pocos intérpretes de Beethoven, de Mozart y de Haydn serán tan clásicos, tan respetuosos, tan justos como aquel pobre muchacho apellidado Enguita. Su recuerdo será
querido mientras viva alguno de los que se sentaban en aquel tiempo en
los viejos divanes del café.
El pianista quemó rápidamente su vida y alguna de las que iba1t a
esperarle al café, parodiando al jorobado de Víctor Hugo, puesto en solfa por Verdi, puede que diga:
-Le solle co¡,ra110 lievi qutl capo amalo.
SS

�LA PLUMA
Vallc-lnclán se distinguía entonces por su falta de oído musical; para
él, exquisito armonizador de la palabra, lo mismo era el azulado sonido
de la flauta que el cobre de los timbales; todo, ruido más o menos desagradable.
Así es que los primeros conciertos fueron para Valle-Inclán largas torturas, que resistía arrinconado en el ángulo donde habíamos hecho el
nido. La cabeza caída sobre el pecho, la nariz metida entre las barbas y el
sombrero tapándole los ojos, parecía un faquir durante el sueño extático.
Otras veces alzaba el demacrado rostro para tomar por testigo de su suplicio a los arcos voltáicos que iluminaban el café colgados en el techo,
y lanzaba profundos suspiros, que iban a perturbar la manta de humo
de tabaco que flotaba sobre nosotros.
Nuestra reunión, con el tiempo, fué variando; al principio se compuso casi totalmente de literatos; después, la mayoría, eran pintores, escultores, dibujantes y grabadores, y las discusiones cambiaron también;
si antes se habló de literatura luego las artes plásticas fueron nuestro
tema.
La desaparición de los snobs literarios y artísticos, un tanto corrompidos por El Mercurio de Francia, hizo que se citaran menos entre nosotros a los literatos y artistas a la moda contemporánea y más a losantiguos.
En realidad, lo que constituía el nervio de nuestra reunión era la
salvaje independencia de juicio de cada uno de nosotros. Por eso las dis
cusiones se hacían interminables; duraban, a veces, días y días.
Agotado el tiempo, lanzábamos nuestros últimos argumentos al ponernos el gabán, al embozarnos en la capa, entre el estrépito de las sillas que los camareros colocaban encima de las mesas y el del choque
de las cucharillas y de las tazas que lavaban sobre el mostrador. Nos despedíamos conservando nuestras líneas de ataque y defensa, y a la noche
siguiente volvíamos a la carga, excitados por el tabaco, el café y los alaridos del violín, que ponía sus agudos crescendos sobre la tempestad de
voces que brotaba de nuestro grupo.
Noche de fiesta cuando don Ramón nos leía su última obra.

LA PLUMA
Don Ramón, en el centro, se quitaba los lentes, se inclinába sobre
las cuartillas; todos nosotros escuchábamos en silencio, y de aquel círculo de cabezas atentas, de espaldas corcovadas, salía la palabra metálica
del maestro relatando las fabulosas andanzas del Marqués de Bradomín
-o las hazañas de Cara de Plata, el segundón alegre y perdulario.
Nuestra reunión adquiría importancia cuando llegaban las Exposi.c iones de Bellas Artes; los divanes del café se llenaban con artistas de
provincias; llegamos a tener corresponsales en Londres, en París, en
Munich, en Basilea, en Roma.
En Madrid nos temían.
-Vaya usted a todas partes; pero jamás, jamás vaya usted al nuevo
ufé de Levante-dijo un ilustre profesor de Pintura a su discípulo pre&lt;iilccto-. Allí se lleva a la juventud a dar contra una esquina.
Muchas veces Valle-Inclán ha dicho:
-El Café de Levante ha tenido más influencia en el Arte y la Litera'tura contemporánea que un par de Universidades y de Academias.
Si se estamparan aquí los nombres de los que se sentaron en nuestro rincón quizá los lectores de LA PLUMA dieran la razón a Valle-Inclán.

* • *
Un espectáculo de variedades que se inauguró en el Frontón Central
110s hizo abandonar el café por una temporada.
Picton"hus a/que poetis fuimos a admirar a la Mata-Hari, a la Fornarina, a la Imperio y a las hermanas Victoria y Anita Delgado, llamadas
«Las Camelias».
Llegó la boda del Rey y entonces comenzó el prodigioso cuento que
Teófilo Gauthier o don Ramón tan solos pudieran escribir, y que tuvo
-desenlace con el casamiento de Anita Delgado con el Maharaja de Kapurtala.
No me atrevo a indicar, ni sumariamente, la participación que nuestro grupo tuvo en el asunto. Tan sólo diré que una carta escrita por VaJle-lnclán, traducida al francés por un distinguido pintor, que fué en-

�LA PLUMA
viada con la firma de Anita, decidió al Nabab a llevársela a Par!s y a hacerla Princesa.
El pintor que tradujo la carta acompañó hasta París a la hermosa.
bailarina malagueña, y Valle-lnclán antes de partir le dijo:
- A ver si consigue usted del Príncipe para mí una condecoracióni
de Kapurtala con uso de uniforme.
Y durante unos meses estuvimos esperando ver entrar a Valle-lnclán
en el café con turbante de muselina, caftan de cachemira teñido al batik y al flanco el corvo alfanje damasquino, como el que don Juan Nicasio Gallego hace rimar con asesino.
La reunión siguió en el mismo rincón del café años y años. Pasaron
por allí nuevos literatos, nuevos pintores, nuevos amigos y nuevas ¡.nodelos. Todo se renovaba menc-s don Ramón del Valle-Inclán, inconmovible en su puesto.
Llegó la Guerra Europea y con ella las inacabables disc_usiónes.
Valle-Inclán, desde el principio, fué aliadófilo ferviente.
Entonces Valle militaba en el partido tradicionalista, y en ese partido, los únicos que estuvieron acordes con la tradición, fueron don Jaime y Valle-Inclán, el resto de los jaimistas se de::laró francamente ger-manófilo. Veía el tradicionalismo español en el Káiser el triunfo de la
autoridad y de la espada, y con la derrota del inglés y del francés veían.
derrotados también los principios liberales y democráticos; creían queel triunfo de Germanía vengaba a España de las desdichas que atribuían
a Francia y a Inglaterra, cuando probablemente nuestra patria ella solamente ha sido la causante de su desgracia.
Valle-lnclán tenía que ser aliadófilo como poeta, como artista y como.
católico.
Francia, aun ahora mismo, es la nación más católica del orbe, la.
que más hombres y más dinero gasta en la propaganda de la fe.
Valle-Inclán lo sabía, no así sus correligionarios del tradicionalismo.
Valle-Inclán se sentía más cerca de Chateuaubriand que de Goethe,
de Pascal que de Schopenhauer, de Barbey y de Gauthier que de:
Nietzsche.
58

LA

PLUMA.

Cuando Italia se decidió a combatir al lado de Francia y de Inglate-rra, la aliadofilia de Vallc-lnclán se exacerbó más, y en su mente de poeta y de artista, Rafael, Leonardo, Bocaccio y el Ticiano combatían con-tra Alberto D11rero, Holbcin, Goethe y Lucas Cranach.
El papado luchaba contra Lutero.
_
En nuestra reunión del café, la guerra europea no era un problema.:.
militar, sino lucha artística.
Aliadófilos y germanófilos esgrimíamos como mazas los sagrados.
nombres de los artistas.
Un distinguido literato francés contó la historia de nuestro grupo,.
del café de Levante en una revista de París, y cuando una cosa pasa a ..
ser motivo literario es que está muerta o que va a morir.
Efectivamente, el dueño del Café lo cerró y tuvimos que buscar nuevo refugio.
Valle-lnclán fué invitado por el Gobierno francés a visitar los campos,
de batalla, estuvo varios meses sepando de nosotros, y como era la columna vertebral de nuestro grupo, éste se deshizo para siempre.
Ahora Valle-lnclán frecuenta otros cafés cuando viene a Madrid, y a.
su alrededor se reúnen literatos y artistas ávidos de escucharle.
Ya Publio Ovidio Nasson solicitó, hace cerca de dos mil años, la ve-nia para comparar entre sí las cosas más lejanas, y yo, aprovechando el
permiso, quiero decir que, así como en el extremo del acantilado en que:
anidan el petrel y la praellaria de largas alas, y las algas cubren con ver-de cabellera, insensible al teredo que le carcome los recios fundamentos,
al embate del mar y al de los aquilones, está la ingente roca siempre erguida, así el poeta levanta su orgullosa cabeza. Los años la habrán en-canecido; pero la eterna juventud la ilumina, y allí, donde él se encuen-tre, acudirán a beber los sedientos de arte y de belleza, porque su palabra-..
es fuente siempre fresca, siempre nueva, siempre generosa, siempre..
mágica.

Rico.oo

~

J

BAROJA.

�LA PLUMA
-Señora-repuso ValJe-Inclán con su gesto más noble-, el personaje principal era mi abuelo.

• • •
I.J

VALLE-INCLÁN, EN PARÍS
•n o he visto en la sala artesonada de un caserón hidalgo de Galiciá, un flibro de juventud autorizado con el nombre de
Valle-lnclán y datado en París.: La palabra, esta palabra
¡
mágica: París, iba muy bien al final del libro. Pero don Ramón ha hecho a París su primer viaje cuando la gran guerra. Vivía entonces su admirador fervoroso el diputado francés Jacobo Chaumié que,
.años antes, había traducido en Le Ttmps, Mi hrrmana Antonia, y en el
Mercure, Romance de lobos. Jacobo Chaumié, en quien ha perdido la
literatura española un amigo exquisito y leal, pertenecía a una familia
patricia de la República francesa. También vivía aún Chaumié, el pa. dre, uno de los políticos de la República. Toda la familia, que conocía
a Valle-Inclan por la admiración de Jacobo, deseaba conocerle en per: sona. Don Ramón se había llevado a Galicia, un verano, a su amigo, y
le había prometido devolverle la visita. La curiosidad por acercarse a la
. guerra, le hizo no demorar más el devolvérsela.
Su primera noche en París, estábamos de sobremesa en casa de los
-Chaumié. La madre, con la cultura tan a punto de una dama francesa,
,hallábase preparada para recibir dignamente al huésped: acababa de releer Romance de lobos. Y estaba impresionada con esos lobos de cristia...nos, entregados a los siete pecados capitales.
-¿Son todavía así los hombres de su país?-le preguntó madame
•Chaumié a Valle-Inclán.

Al otro día nos paseamos por París. A don Ramón le sofocaba el'
follaje abundante de los muchos y copudos árboles parisienses. Lo quemás le gustaba eran las perspectivas del Sena. Se detenía en los puentes.
y miraba como el capitán desde el puente de un barco. Allí respiraba..
con la vista.
Recuerdo que entramos en un «restaurant» del barrio Latino, en ek
«restaurant de los Médicis», enfrente del Luxemburgo; y cuando nos.
habíamos instalado, se acercó a nuestra mesa el «maitre d'hótel» ha-ciend,, reverencias, con su servilleta debajo del brazo, y dijo, presentándonos la lista de vinos:
-Monsieur del Valle-lnclán, el dueño de esta casa que ha honrado.,
usted con su visita, se sentiría aún más honrado si usted le permitiera
ofrecerle los vinos que más le agraden de su bodega.
Don Ramón se quedó harto sorprendido. Nos miró luego como si.
fuese una broma de los que íbamos con él. Pronto se convenció de que .
ese dueño de «restaurant» era, en efecto, algo Médicis y había visto en,
un periódico la fotografía del «grand ecrivain espagnol», a quien rendía .
los honores, frecuentes en París, a los valores literarios.
¿Cómo no iba a sorprenderse el Valle-Inclán que en Madrid ha tenido que reñir batallas con los encargados de aquellas famosas cervecerías..
de literatos y camareras?

• • •
Don Ramón, en París, no hablaba más que en español. Para ir a las .
trincheras se vistió de carlista: llevaba capote y boina. Esto le hacía pa-.
recersc a los soldados alpinos; y, cierta vez, un soldado le confundió con
el general Gouraud, que también es manco. Pero, no soy yo, es el mismo,,.
Valle-Inclán quien ha de contar, algún día, su epopeya. Hizo lo que a
ningún civil extranjero ni francés le estaba permitido hacer. Su aspecto .
61

60

'

�LA PLUMA

militar además de sus amistades, le facilitaba todo. Estaba más que im
ponent~. Parecía hasta más completo: el nervi~ parecía músculo. Un día
-de marcha resbaló en un mal paso y el companero de armas que le ayu&lt;ió a levantarse contaba luego:
-¡Lo más extraño de este señor es que pesa menos que una pluma!
Yo le decía a Valle-Inclán:
-Es una lástima que sea verdad todo lo que está usted haciendo,
porque a usted no se lo van a creer.
Llegó a prestar servicio. Voló sobre las lineas alemanas, y las .m~las
lenguas insinúan que hasta lanzó bombas. Aquella noche estaba invita-do a cenar en un Estado Mayor. Sin embargo, los aviadores, encantados
-con él, le retuvieron.
-¡Usted es de los nuestros!-le aclamaban.
Y don Ramón, magnífico, mandó un cortés recado al Estado Mayor
-~xcusándose de asistir a la cena por tener que acampar con los suyos.

* * *
Mauricio Barrés dió una comida en honor de Valle-Inclán. El intérprete fué Chaumié. Hablaron de Santiago de Compostela y de los peregrinos franceses que atravesaban las ciuda~es galas _eor la call~ de Santiago. A la salida, don Ramón hizo los debidos elogios de Barres. .
- Y su persona, ¿qué impresión le ha hecho a usted?-hubo qmen le
p~~~-

.

-Parece un cuervo mojado-fué la respuesta de Valle-Inclan. Toda. vía hoy se repite en los ecos literarios de París.

* * *
La impresión que Valle-Inclán dejó en París a los que le trataron,_la

resumía muy bien el padre de Jacobo Chaumié, el anciano Sr. Chaum1é,
-a quien por muchos motivos la política le había hecho conocer a los
hombres. Y cuando, delante de él, se hablaba de don Ramón, nunca dejaba de argüir:
-He ahí uno que no es trivial.
CORPUS BuGA.

V ALLE-INCLÁN Y LOS ARTISTAS
t:CUERoo· aún con cierta emoción la primera vez que vi a
Valle-Inclán. Fué en el viejo Café de Levante, ya desaparecido. Don Ramón erguía su magra silueta en medio de sus
amigos; y en su noble cabe7.a de guerrero o santo de piC'•dra, los oJos, tras de las gafas de carey, tenían un fulgor de cobre. Hablaba de Santiago de Compostela, ciudad maravillosa donde vivía su
,mocedad turbulenta, y con encendida palabra iba describiendo el pórtico de la gloria del maestro Mateos.-suma teológica de los analfabetos y
peregrinos galaicos-y evocando las obras ingenuas de los canteros picardos. En torno a él congregábanse Ricardo Baroja, Romero de Tones,
Julio-Antonio, Anselmo Miguel, los hermanos Villalba, Corpus-Barga,
Penagos, Mariano Miguel, Vighi, Vivanco, Arteta, Solana, Montenegro
.Y algunos artistas incipientes, que escuchaban con atención las sugestiones artísticas de su palabra.
La influencia de las normas estéticas de Valle-Inclán en el arte español contemporáneo ha sido muy grande. Todos los artistas citados-entre los cuales muchos han alcanzado sólido y merecido prestigio-fueron influidos, en más o menos grado, por sus doctrinas, y las difundieron por medio de sus obras. Presidia, con él, este grupo, Ricardo Baroja,
y los dos se complementaban como el cuerpo y el alma. Don Ramón
-era el espíritu; Baroja, la materia en su más noble acepción. Éste exalta,ba a Velázquez, Ribera, Cervantes, Pasteur, Kant; aquél respondía con

[D

6:1

63

�L A PLUMA
genuo y detallista, como en los cuadros de Patinir, o se funden en una
magnificencia clásica como en las pinturas murales de Ticiano y Veronés. De ahí su gran amor por la pintura, su finísima percepción y sensibilidad por el color, que le han hecho exaltarse tantas veces ante la tierna y aguda armonía, olorosa a lirios, de los verdes y morados del Tintoretto, y ante los cándidos azules, raso$ y oros, de la anunciación del
Beato Angélico.
También a las artes aplicadas llegó su influencia. Su gusto por lo plástico llevóle siempre a preocuparse por la belleza del mueble y la decoración del interior; a sus ideas sobre estas materias se debe en gran parte
el renacimiento actual de las artes suntuarias en España que iniciaran
los Villalba, extrayéndolo de nuestro renacimiento histórico ...
Pero donde la influencia de Valle-Inclán ha sido más clara y definida
es en las artes del libro. Todas las ediciones actuales que presentan interés artístico están derivadas de las de sus primeros libros: sobre todo,
de Voces de e,·e t,,, donde don Ramón puso lo mejor de su gran conocimiento de este arte.
He queriJ o apuntar, si bien sea sucintamente, su influ~ncia sobre los
artistas rnntemporáneos, y creo q ue cuando en lo futuro la pintura, escultura y el arte aplicado que hoy se produce sean bien estudiados, la actuación de Valle-lnclán en este sentido cobrará un relieve extraordinario.

J. MovA
Rafael, el Greco, San Juan de la Cruz, Paracelso, resultando de estas
inolvidables discusiones un perfecto equilibrio y una gran amenidad.
Valle-Inclán es un escritor esencialmente plástico. El alma de sus
personajes se nos revela por la acción y por el gesto antes que 1~ p~labra
sea dicha, y la emoción que sentimos al leer sus obras es mas bien el
producto de una visión pictórica que de un minucioso análisis p~ic~ló-gico. Existe siempre en sus libros una unión perfecta entre el pa1sa¡~ y
las figuras, que se destacan vigorosas, ya sobre fondos de un encanto m-

DEL

PtNO.

��LA PLUMA

RAMÓN DEL

[I

VALLE-INCLÁN

grand Ramón a la barbe de bouc», ainsi que I' appelait Rubén, a en effet, comme tant d' autres poetes, quelque chose
de faunesque, en méme temps assurément que 'de sacerdotal. C'est aussi a Jui que Rubén envoyait ces roses d'.un Versailles du dimanche ou il errait, parmi une foule «municipale et épaisei..
Et il Jui adressait ce souvenir comme a un reve qui console dans la détresse. Ramón del Valle-Inclán exhale une poésie a laquelle le creur ne
saurait résister. Il possede un grand _secret, et il sait combiner les charmes les plus puissants pour exercer sa magie.
.
Ramón del Valle-Inclán est d'un pays peuplé; de songes, ou les chars
aux roues de bois plein passent au loin avec un bruit tel que toutes les
terreurs sont permises aux vogageurs, aux bergers et aux enfants. Galicien, il appartient a un de ces groupes celtiques qui émergent a diverses
pointes occidentales de l 'Europe et qui, a divers moments de l'histoire,
ont produit un harmonieux charmeur capable d'inquiéter les hommes
et de leur rendre le goO.t du réve.
Apres deux siecles de raison, de géométrie, de constructions abstraites et d'intelligence, le celte René de Chateaubriand a su rctrouver dans·
les voix du passé le grand trouble humain, l'appel des terres vierges, le
besoin de créer des dieux. Ainsi apres les jours lucirles et monotones de
l'hiver ou de l'été, tout-a-coup, le parfum et la température des demi68

i;:

saisons produisent en nous une impérieuse nostalgie. Les personages
de Valle-lnclán, qui sont des gens d'église, des nobles et des sotciers
c'est-a-dire des gens de tous les temps, parlent un Iangage qui se pro:
longe dans les époques anterieures et réveílle d 'étranges échos. Certaines paroles nous plongent dans le passé, surgiss~nt a travl!rs Je silence
comme du fond des contes de notre enfance, et nous semblent des formules rituelles de religions tres anciennes dont Je sens se seraít obscurci. Des passions, comme les vapeurs d'ur.e vieille terre sacrée, dirigent
ces personnages et des charges traditionnelles pesent sur Jeur destin.
Epris de gloire et d'héroisme comme D'Annunzio, extravagante et
fier comme Barbey d'Aurevilly, Ramón del Valle-Inclán, connétable
des lettres espagnoles, est surtout un poete, un enchanteur, un connaisseur du _myste~e, un év~cateur de tragédies perdues. Son marquis de
Bradomm, «la1d, cathohque et sentimental~, dans ses voyages a travers
le temps et J'espace1 a vu les ames de ceux et de cel]e,s j q~i se melerent
a ses av~ntur~ comme on devine l'ame d'un portrait qui s'efface, et
cette vo1x qui nous parvient est celle d'un ami que nous aurions connu
dans un autre monde, parmi des ombres romantiques et des chimeres.
1.KAN

CA.ssou.

DON RAMÓN DEL VALLE-INCLAN
~amón del Valle-Indán est peut-etre, a mon avis du
m,01ns, ~e p~us grand écrivain de l'Espagne contemporaine.
C est lm fa1re tort que de le présenter au public francais
. .comme une sorte de Barbey d 'Aurevilly. Cette facon de
fixer les :dees est par trop sommaire. Ils sont tous deux cath 1·
é ·
•~ ,
•
..
o 1ques,
r~c s ¡usq,u" 1 ~me est tres trad1t1onnalistes. Mais la s'arr~te l 'analog1e: ell~ n est pomt profonde. Jamais Barbey n'aurait écrit Romance de
lobos m (dans un tout autre genre) cette étonante comédie de
· _
tt
blº , .
manon
ne es, pu 1ee ¡ustement par LA PLUMA et intitulée: Los cuernos de don
ON

69

�LA PLUMA
Friolera. Il n'avait ni ce sens du passé, ni cet humour. Il aurait tout
juste pu imaginer et peut-~tre manquer les Mémoires du Marquis de
~,Bradomin. II ne pouvait rémonter plus loin que le XVIIIe siecle. Tandis que don Ramón pénetrc jusqu'au creur du moyen-age, et cela naturellemcnt, sans effort; et c'est ce qui donne a son style cette native
: grandeur. 11 y a en lüi une pureté austere, une certaine rudesse, quelque
. chose de primordial, une ver/u qui frappe-qui impose le respect. II est
- seul de ~on espéce. Ir est grand.
FRANCÍS DE MIOMANDRE.

,1

t

LA PERSONALIDAD FANTASMAGÓRICA
DE DON RAMÓN

VALLE-INCLÁN Y EL 98
Ramón del Valle-lnclán es, tal vez, el único escritor de la
generación del 98 que no ha escrito nada sobre ~El Problema
Nacional,.. Declarémoslo sin empacho: esa nave ausente asume una de las más firmes bellezas de la gran fábrica erigida
•por el gran constructor. ¡Con qué deleite no léemos esas blancas páginas! ¡Oh, aquel terrible nacionalismo a redropelo de aquellos demoledores del 98! Basta, basta. Necesito ser real como un europeo cualquiera. No me place, hipotético, sentirme perdido, egregiamente perdido en la irrealidad de una España demasiado planteada como problema. ¡El problema de España! ¡Qué cansancio, qué fastidio! ¿Ño es
bastante vivir simple y fuertemente-sin más-esta tremenda y magnífica fatalidad de ur español? Arquitecto, frente al solar: ¿y la posible
-casa? Ingeniero, frente al río: ¿y el posible puente? ~te España», ~nte
el porvenir de España», no. En España, en el presente más atareado de
-España. Pero ya Valle-Inclán, entonces, el único entonces, levantaba
-sus casas de prosa y tendía sus puentes de verso dentro de su ideal España perenne. Por lo que «escribió» ypor lo que no escribió, vítor, vítor al poeta puro de ]a generación del 98.

[l]

ON

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1

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JoKG.E GUJLLÉN.

m

la personalidad literaria, sobre su misma historia persona], después de mi relato de las numerosas maneras que tuvo
de perder su brazo, queda en don Ramón la personalidad
fantasmagórica.
No puede ser verídica ni seguida y ordenada la descripción de esa
personalidad, tiene que brotar de la pluma como los dictámenes de las
echadoras de cartas.
Tengo que reclinar la cabeza sobre los brazos echados sobre la mesa,
en ese oscuro cercado de uno mismo que forman así, para suponerme a
don Ramón y recordar su personalidad fantasmagórica, esa personalidad
que es la más difícil de encontrar y que en don Ramón es tan potente.
Tan fantasmagórico es, que en las tablas de las puertas del Renacimiento, entre ringorrangos, volutas, rúbricas y hojarascas, hay unas cabezas de su calaña, cuyas barbas desmadejadas son útiles a la estructura.
En una de esas puertas misteriosas, en caoba oscura del Renacimiento, he visto yo antes a don Ramón el fantasmagórico.
OBkl!

* * *
Don Ramón procede de Cronos, así como otros proceden de Dios.
El viejo Cronos es el abuelo natural de don Ramón, que cuenta tam71

�LA PLUMA
bién entre sus antepasados al otro viejo Cronos de los ríos y al Cronos
de las nieblas y al de los entresijos de los bosques tupidos.
Don Ramón vino al mundo con sus barbas de hilos claros, y de niño
era el asombro de los demás niños con sus barbas luengas, que entonces, :rnnque después haya sido tan moreno, eran rubiales como las de la
panocha.
Don Ramón tuvo una adolescencia fantástica , grave, de seminarista
que va a ser patriarca de las Indias.
.
Sobre los libros cayeron sus barbas como raíces de los conceptos,
como arraigo de la cabeza a la que subían las ideas por ahí.
Vió agonizar a muchos viejos que Je dieron la mirada última, y tiró
de las piernas a los muertos para que no se quedasen rígidos y sin el
descanso que hay en tener las ¡.,iernas estiradas.
Se extasió en la selva viendo raíces como serpientes, quietas unas sobre otras en cópula inmovil.
Bailó con las vaqueras del bosque en esos &amp;alones que cierran los arbustos y aclara una especial luz verde clara.
Tuvo un caballo prestado-se lo prestaba el boticario-; pero él, con
su decisión y su fantasía, lo convirtió en el ca bailo de las leyendas, en
el hipógrifo que echa fuego por las narices y lleva sobre sus lomos al caballero y a la raptada.
Acompañó a dar la extremaución a las aldeas que están sobre los picachos y en las que la muerte se reviste de más absurdidad.
Don Ramón tuvo el primer sombrero de copa a los diez y seis años.
Era sombrero de copa muy alta, en el que iba toda la librería de sus
ideas. Se paseaba por el atrio de la iglesia aldeana, imaginando lo que
tal vez hiciese algún día, acariciando las empresas, esperanao que escampase después de las lluvias que hay que aguantar primero en la
vida.
Don Ramón tenía una gran habitación que daba a la parte fuera del
pueblo, dedicándose a mirar la naturalidad del campo, su atroz monotonía que sólo el Arte puede amenizar.
Don Ramón olió día tras día las humedades de la casa gallega, y fué

LA PLUMA
lomando todo él ese olor a maderas antiguas y a manzanas ·guardadas;
-en fin, ese húmedo sentido que guarda su estilo.
En la habitación torcida en que parecía que iba a naufragar don Ramón, flotante en el valle sobre aquel primer piso, recogió luces, al pare-cer inútiles, de las que después había de acordarse muchos años. En los
.inviernos, con las ventanas cerradas y el ruido de las máquinas de escri.bir de la lluvia sobre el zinc de las ventanas, creció la personalidad de
·sauce y reloj de arena, que es en el fondo la de don Ramón.
En la otra ventana, en la que no daba a la espalda del pueblo, sino a
la calle estrecha y siempre lloviznada, en cuyo pavimento sonaban las
barcas de las almadreñas, había un espión, un espión que recogía la silueta de todos los que pasaban, reflejándose, sin asomarse al balcón, en
el pupitre interior de su memoria, detrás de todos los cristales que guardan del invierno.
En ese espión vió la humanidad implantada para la novela.
Después don Ramón salió de su tierra, la mitad en peregrino, la mi'tad en emigrante. Por eso tenía que ir muy lejos, tenía que tocar en tierras líricas ignoradas.
Vino a Madrid en la última diligencia y se atracó del paisaje de España para siempre. Tardó días enteros en transitar los •puertos», esos
magníficos puertos secos que succionan al universo en su entraña y ab':SOrben aires extraños, lejanos, exóticos, corales y madréporas de luz,
además de inmensas, rutilantes y claras estrellas diurnas.
Al cabo llegó a Madrid este gran señor literario, y se encontró con
un Madrid lleno de aguadores. Vagó por las calles; y dió, como nadie,
la representación de las cosas de aquel tiempo en los cafés y en las terlulias privadas. Dijo las primeras paradojas, que hasta llenaban de asombro a las columnas de los cafés y hacían abrir la boca a los rodilleros.
Ya entonces tenía don Ramón la aristocracia desdeñosa y agresiva
•que merece un pueblo tan plebeyo.
Hay que saber que don Ramón estuvo en las casas de huéspedes en
·que hay que esc6bir sobre las mesas de noche y en que hay que comer
-con los demás.

�LA PLUMA
Don Ramón tiene siempre la exaltación despreciativa que le quedó.
de aquellos días en que tuvo que yantar con los beocios peores, los que
no tienen siquiera la grandeza rústica de los de las Posadas.
Don Ramó11 entonces salió en un barco de vela con rumbo desconocido. Se veía su baúl negro atado sobre el barco, y a don Ramón sentado junto al palo mayor, con sombrero de copa y envuelto en la capa del
emigrante, en cuyo cuello, los broches eran dos conchas, para que sehermanase.el emigrante con el peregrino.
Cuand~ entró en la bahía de Méjico se puso en pie y permaneció en
pie con dignidad de visitante que sabe ponerse en pie cuando está a la
vista del que le va a hospedar. ¡Gran caballero!
Don Ramón encontró en Méjico un Madrid más romántico aún que·
el Madrid de entonces, y que daba a unos campos de gran estilo. Alfon-so Reyes, Orozco, Rivera, acababan de nacer, y por eso no pudieron hacer los honores al patriarca.
Todos los relojes de Méjico sonaron en sus oídos con timbre español-porque aunque parecen lo mismo las campanadas de unos y otros.
relojes, hablan lenguas distintas-, y le parecieron todos los relojes relojes de reloj de cuadro, relojes del puro estilo evocador.
Le recibió el ídolo en piedra jabaluna, y desengarfia en su honor los.
dientes poderosos de su boca desdentada, regalándole ese gesto de movilidad que no había hecho nunca.
Acarició las trenzas de una hermosa mujer, praviana ideal con pelo,
teñido en la tinta china de Dios) con el punto aún de la que Él derritió
en el platillo para hacerla morena pura.
Volvió.-Su capa estaba agujereada, su sombrero de copa tenía en los.
bordes rozaduras de cuello de gabán, y sólo se trajo de allí un bastón.
una bengala de una madera exquisita del país, como si fuese la vara mágica para conquistarlo todo al regreso.
Madrid le aguardaba Jo mismo que le dejó. Al recordar las calles y
las costumbres de aquel tiempo, se ve que se veía menos, aunque lascosas tenían el mismo aspecto. Había una opacidád en las calles que patina y va bien al recuerdo de aquel tiempo.
74

Valle-lnclán, fantasmagoría de Vivanco.

�LA I' l. lJ M A
Don Ramón pasaba por las calles ocultándose detrás de una anuncia•dora de los teatros. Yo creo que por arte misterioso de magia le seguía
uno de esos biombos anunciadores, protegiendo su paso por las calles,
-&lt;lisimulándole. Yo recuento haberle querido ver al pasar y haberme en-contrado siempre al insistir con esa interposición de una cartelera.
Aquella fué la época de sus célebres desafíos; a~uel que no qui~ el
contrincante concertar sino se cortaba don Ramon su melena, mitad
de poeta mitad de gitano bravo, y don Ramón se lanzó al desafío con el
pelo recogido de extraña manera.
.
Su desafío con revólver también fué célebre. Desechó esas pistolas de
:.salón de los desafíos, y quiso desafiarse con el arma de fuego moderna,
que era entonces el revólver, con su cilindro giratorio, que le convertía
en aloo así como en la pistola cinematográfica. Cada uno de los dos con\trinc;ntes tuvo derecho a descargar sus siete tiros, dando gusto al dedo
y viendo variar de postura a la rueda fatal. Pero después de los catorce
tiros los dos quedaron ilesos.
En aquella época sentía don Ramón el rizo de su melena sobre el
-.cuello del gabán, y eso le daba una gran fuerza, un gran tesón, un empuje barbarisco. Abrigaba su personalidad aquella melena extraña, melena de gitano, melena de hombre que va hasta el fin.
.
Don Ramón acarfriaba y pensaba el estilo. Se encerraba con el estilo
,en su cuarto y se estaba días enteros encerrado con él y recibiendo la comida por el montante de la puerta.
Fué el primer estilista que hubo en España que en vez de hacer su
-esposa a la retórica, la hizo su querida, y no su querida _para pegarl~ y
.maltratarla-en eso quizás había tenido anteladores-, smo su quenda
para someterla a su espíritu y hacerla los mimos inolvidables.
Don Ramón, para pensar bien en sus cosas, pasaba la noche en las
iglesias en que había adoración nocturna; y su e~píritu así, se llenó de
palpitantes y vivas lámparas votivas y de lampanlleros ~rpctuos.
Cada día tenía más maravillosas condiciones de falur, y hasta conseguía fenómenos de levitación- las formas de.sus ideales mu_jercs as•Cendían sobre el suelo-, y también consegu1a que las semillas que

LA P L U .\1 A

Aguardaban, que estaban preparadas para después, germinasen espontá-neamente, y con gran antelación.
En aquella esposa, que no sabía nada; en que na~ie se imaginaba d
porvenir y, por lo tanto, se veía el presente sin profundidad, todo plano,
y en estampa para niños o en grabado de La 1lustrc1rió" li ¡,ano/a 'V
Awuni:ana, don Ramón paseó su melena como un rey merovin~io d;J,
porvenir soviético.
En aquella épocá fué en la que se dedicó don Ramón a la alq uimia
misteriosa, no por encontrar la despreciable fórmula del oro, s1110 para
encontrar la palabra creadora, la imagen en que más durad1.:ra pudiese
ser la figuración. Es su época de Fausto. En sus ojos queda el tu.:go de
sus manipulaciones y de sus hornillos, y llevaba a las tertulia, e~ orillo .
extraño. Fué su hora de leer en el gran Facistol los libros i II mc·11s ,s de
los que cuelga úna larga cinta como señal, puP.s s1 se perdiese p ·&gt;r Jonde
se iba, se sería ya un extraviado eterno.
Don Ramón adquirió, después de eso, facultadc; má-; m ,
,,., as,
y pudo, por ejemplo, cambiar el estado de la luna y s 1~ f ,s
,una,
que era llena, se convertía en luna menguante, dt:spués J
J,HO.
¡Sólo un escritor, y un escritor fantasmagórico CútnO don l{
, 1. es.
capaz de conseguir eso!
En ese momento don Ramón es un gran adi vino y un «m .: 1 &gt;» deprimera. Con su vara mágica hace aparecer cu dros, hab1ta..:1 , ..;S. una
mujer que sufre, un marino que vuelve, cosas, ~n fin, que " · llenen
que ver nada con la magia de salón, pero para la:, qu.: estdb
. ~ a sLL.
figura y dispuesto el poder de su cabeza
Don Ramón consigue ya su consagración. T ,,da la cinlt;; ... J 1, los.
periódicos, las cosas, los descubrimientos, han a..:tuadJ p
¡ h! la
gente le comprenda. Ya don Ramón cortó la vuelta Je s , ·1
, ,. el
plumaje en que se encoge el águila y se siente á,~u11J. Y , J
non
se siente a gusto en la vida; tiene una esposa y u
11¡.1
posa en el sofá de la victoria.
Cuando la barba vuelve a ser ya lino, lino ,,u "· J 1,u
11110
primitivo, vuelve don Ramón al agro donde esta -&gt;·. Hd, JJ , e

�LA PLUMA
,dos, y vuelve Valle al valle y el señor de Inclán al señorío: a la casona
.solariega, con refectorio y capilla bien tenidas y puestas.
Ya es cosa arbestre, más que arborescente, su barba y su guedeja y
'1e gusta ser liana de los árboles viejos.
Todo el paisaje Je vitorea y Je dice cosas nuevas. Ve pasar por los caminos gentes a caballo, y se encuentra con los hidalgos de piedra y vozarras de viento de invierno.
Busca en los bosques de castaños y cruces clavadas en sus troncos,
las veredas del miedo, y se le hunden los pies en la tierra por un fenómeno del pavor, que tanto ama con ser tan valiente.
Entra en las casas de piedra y en las casucas de aldea, y con el achaque del cansancio y la sed escucha lo que pasa en ellas. Sabe la.historia
,del mendigo y la del indiano que casó con chica joven y fué muerto con
el veneno que no se nota y que entra en la gallina en pepitoria.
Los atardeceres de los grandes paisajes imperan en su obra, y se le
ve cómo en esa vuelta a casa aprieta un poco el paso.
Se ven en su obra las playas inmensas, en cuya arena sólo quedan
fas huellas de sus pies durante toda la baja mar.
Es don Ramón, en medio de esa gran naturaleza, el astrólogo de las
flores, de los ecos, de los que pasan muy lejos y no se sab~ si son fantasmas o son de una realidad áplastante.
Toda la emoción del paisaje de su juventud se une a la emoción de
ahora, ya entrecano, y se dan un fuerte abrazo. De esa fuerte unión de
las primeras imágenes, que no tuvieron audacia para expresarse, y las
últimas, sosegadas y muy hechas, brota su última obra enzarzada, resaltante, forcejeadora, entusiasta.
La nostalgia habida durante siempre de este gran paisaje con hombres bíblicos-nada de fantasmas-que al pasar confiados bajo las ramas poderosas se quedaron colgados de ellas por los cabellos, ha sido el
tercer ingrediente que ha entrado a hacer verdadera, saliente, veraz y
lenguaraz su obra última.
Don Ramón es en medio de: aquellos, paisajes!como un_ cenobita
suelto, rebelde, que concita a todas las aves las tentaciones y los

LA PLUMA
recuerdos a su alrededor y halla el sentido del paisaje como nadie.
Es en la tarde de ese paisaje el hombre más fantasmagórico que se
conoce, el hombre que comprende ,a selva y que se presenta en el palacio más señorial de los contornos a pedir el predio que le pertenece, a
ser el dueño como le corresponde del salón de las consultas, donde a
ninguno de sus antepasados mejor que a él habrán ido a preguntar cosas y a someter litigios sus colonos; el salón de la geografía, cuyos tenápreos movidos por sus manos tendrán rotación de mundos manejado~
por el Creador y el salón de la biblioteca, todos cuyos libros serán entendidos por él como por ninguno de sus antepasados.

*

* *

Don Ramón ha -tenido cortada la cabeza, esa cabeza fantasmagórica
y que parece injertar en la vida las volutas renacentistas.
· ¿Quién le cortó la cabeza a don Ramón? En un martirio del arte parece que fué, en una disputa sobre la liturgia, pero don Ramón fué de
esos mártires que después se pusieron la cabeza que les habían cortado,
consiguiendo así más tesoro sobre su garganta.
Su larga barba encubre la cicatriz, pero hablando con él de perfil yo
le he visto la sotabarba llena de esas fieras rugosidades de las cicatrizaciones.
Ese mistno encono que tiene don Ramón en la cabeza, ese modo fiero y cercenador que tiene de encararse con todo, le quedó de su época
&lt;le haber tenido cortada la cabeza, repitiendo desde entonces su rostro
el gesto que tuvo cuando se encaró con las cosas en su hora de cercena-ción y desprendimiento, un gesto que no podrá imitar nadie, un gesto
entre clarividente, colérico y pasmado.
Con este descubrimiento de que la cabeza de don Ramón ha estado
cortada, se aclaran muchas de sus idiosincracias, su impasibilidad, su
fiera independencia, su actitud de monarca degollado y repuesto, su estrella fría y consolidada en la frente.
Una cabeza que ha sido cortada y vivcf tiene un fanatismo por sus
propias ideas que llega a ser tan hermosamente dogmático como el de
79

�LA P L lJ ;..1 :\
LA 1' I, U !11 A

don Ramón y que ya no cejará nunca por nada ni por nadie en sus orgullos y suposiciones.
Por eso tiene su cabeza esa colocación en forma de cuña, en . for~a.
de puñal clavado, en forma de cosa remetida con imperio, de estandarte encujado-no encajado-en la alta almena después de la reconquista.
La cabeza de don Ramón, siempre echada hacia atrás, ~orno cabeza.
articulada de Santo de vestir, tiene un gesto resurrecciooado y ve por eso
con nitidez y fulgor todo lo que tiene algo de inmortal, todo lo que no,
va a ser efímero, todo lo que, como él, volverá a resucitar y persistir.
Esa visión de lo permanente, de lo indecible, de lo esencial, que tiene.
don kamón, depende de que sabe lo que va de lo pasajero a lo perdurable, de que conoce por experiencia ese límite, esa brusca transición,.
ese seguir encendidó de lo que no ha de apagarse y ese estar ya apagado,
de lo que ha de ap,agarse aunque aµn siga encendid,.o.
La cabeza cercenada y rediviva tiene esas facultades de ver lo radiante, \o latente, lo constante, lo sostenible, lo indiviso, lo que e~ fenómeno de la unidad inveterada y sempiterna.
Esa experiencia que tiene la cabeza de don Ramón no admite com-.
petencia. Repetir esa trama de perder la cabeza y reanimarla sobre los.
mismos hombros es cosa peligrosísima y mortal para casi todos.
Por eso merece más respeto don Ramón y que ese respeto sea de una.
especie supersticiosa y salvaje. Compara la vida de todo con aquel instante o instantes en que tuvo su cabeza cortada y en que vió lo que murió y vió lo que no murió en el subitáneo espectáculo del mundo, durante su muerte, mientras su cabeza rodó como muerta, igual que el capitel de una columna cuando se desprende de ella para que el tiempo.
siempre los arme de nuevo.
Fijémonos bien en cómo está de recompuesto, de venido hacia atrás,
de extrañamente colocada sobre el altivo don Ramón la cabeza quimé·rica, la cabeza resurrecta, la cabeza que no sólo evoca las tallas de los
muebles del renacimiento, en que todos los adornos son barbas y gue-.
dejas del viejo y venerable genio central, sino que evoca eso~ colof~nes.
de los libros complicados en que los ringorrangos del pendolista o d1bu80

Valle-lnc1án estuvo en Korte-A11.1éríca a fines de1 a6o 21. Un µeriódíc,o iieoyorquü,o .apr.owechó la .ocasión parn publicar d grnb.ad-0 pr.ec.e&lt;lente (D011 RailHHl .at .a table in fro-ut -0f the Caf.é Regi na), i.lustr.a.tiv-0 -de .un .copi~o a,rtícul.G,
.del que sacamos este pána.fo;
« •.. any aftern-0011 in Madrid from ú to S:30, ycm am fin&lt;l Don R amoH .at a
tabJe in front of J:he Café Re-gfo.a, -0.i the squat·e in the busy centre of Madrid
.called the calle d.e Akal.á-where he holds .court, as n-o !iternry coort has been
held si.nee Goldsmith a1Q.d Boswell gatbe,·ed .iro.t,1nd our own Sanw.el fohnsou.
And the Spaais]} lite:rary world gathet·s aro.una h.irn., th.e novelists and drama±:ists, t he poets a1¡d e4itors., tl,e «minor J)Oets• aod jou.rnalists, tlte J)ape, sellers
:aad 1he :;tceet beg,ars .a11d t'h.e local. Carmens. And mere ther excited1y discuss
the .affairs o:f uations, fote,rnational. litec.ature, l\Ieo-Platonism and thc fo.macuia,-:e Corn.e-&lt;;ptiobl.. Verses are ct&gt;..;id al&lt;J1.1d by the J)Oets, to the noisy a,ceompani,
mest of cl.as:gililg street cars. Cigacette sellen, tbrust their wa1·cs in to intecrup
tbe .euited -O!iscoorse.
D.cm llla100&amp;011 dses ro his fe.et. His one hand nen,ously pulls at hís scraggly
lil&gt;eard.. FO.a6',es of 1Wit dart like .eleclricity. lt is the «tertulia» (as tbe spaniards
c:ill i1 &lt;'llÍ t'lle spanís.lJ. literati.» { La traduc¡;iótt ett la pági1Ja 9óJ

�I

L A PLUMA

j ante, sin que precisen una cabeza, sin precisar una fisonomía, componen un ser imaginario, un apóstol teórico, un ser formado por las rúbricas, los arabescos y las volutas puras, el verdadero ente del estilo.

* * *

Este es el don Ramón fantasmagórico que yo pienso.
Ahora perdonadme que haya escrito tantas veces Ramón en mi trabajo; pero es que ya tengo la facilidad de escribir ese nombre, que se
adquiere en el firmar mucho y dialogar mucho con uno mismo. Es un
tocayo y un tocayo de nombre muy español que los franceses convierten en jamón y que ni una sola vez he dejado de acentuar.

•
RÁMÓN GóMEZ DE LA SERNA.

VI

�LA PLUMA

EL SECRETO DE V ALLE-INCLÁN
que el mundo se rehiciese sobre un módulo dado
por Valle-Inclán. No conservaría el mundo su forma esférica. En las partes donde Valle-Inclán lo hiriese con el rayo de
su fantasía, la rutilante corteza del globo, dilatándose como
un flemón, tocaría en el confín de las estrellas; en otras, que Vallelnclán desprecia u olvida, la envoltura terrestre, desinflada, se hundiría,
plegándose en abismos negros. Mundo tan irregular c~mo el nuestro lo
fué hasta que advino, pocos siglos hace, a la perfección de 1~ esfer~:
mares tenebrosos, inexplorados continentes, y en torno de las tierras civilizadas, el escita, el tártaro devastador. Valle-Inclán vería en imagen,
dolorosa a fuerza de ser plástica, el friso ornamental de su vivienda, o el
trazado y los colores del jardín; se inflamaría describiéndolos; el esplendor de la imagen brillaría en sus ojos, en su palabra, y encendido por
el deseo de la hechura perfecta, vendría a resolver con ciencia propia los
detalles más privados de cada oficio; el tejido, la talla, una pintura, la
poda arquitectónica de su jardín, cualquier aplicación al ornamento de
la vida, le absorberían en el goce de domar la rebelde materia, y de vaciarla en las formas acabadas que brotan en su imaginación; Valle-Inclán
se olvidaría de su papel de reformador del mundo. Hombre que contempla a nuestro planeta desde una estrella, que trastrueca los continentes, perfora los itsmos que aún están cerrados, reenciende los volcanes
fríos si la grandiosidad de un cuadro lo pide, enjuaga los senos del Pa-

D

MAGINEMOS

dfico co~ l?s caudales del Atlántico, transplanta las razas, sigue el curso
de las rehg10n_es, en suma, gran Arquitecto del Universo imaginario, se
.abate a lo me¡or sobre una presa minúscula, la apura, la atormenta y se
atormenta, por encuadrarla en su tipo, por imprimir en lo real un acabamiento lógico. El mundo que Valle-Inclán hubiese de rehacer saldría
navegando incompleto. Tropezaría con alguna ley inviolable. Daría volteretas en los espacios. Los pasajeros, amarrados por la cintura, se pre_guntarían el por qué de sus penalidades. Entonces surgiría el héroe: pre-c!pitándose al gobernalle, voces de mando, denuestos, razones, argucias, todo le parecería bueno para sofocar la resistencia ajena. En vién.dose perdido, él mismo aniquilaría su mundo, haciéndole volar en mil
pect·azos; se hundiríá por su Iibén:ima voluntad.
Valle-Inclán se solaza en ese mundo quimérico, del que sólo son emisarios amables sus criaturas poéticas. Es más amplio su espíritu que su
.arte. El arte concluye un poco de lo que en su espíritu flota, y nos deja
ver la gala, el ornamento de algunas estancias, trabajadas con primor.
Pero otras formas, indecisas; otros límites, vagos; un amontonamiento
&lt;fe materiales sin utilizar; modos insólitos, que penetrán como cuñas en
el orbe de la gente llana, descubren la existencia de unas soledades fabulosas, _de las que Valle procede, a las que va. Está en su reino, que
apenas tiene con el nuestro un lado común, mucho más distante de lo
q_ue él ~ree. No iría a pedirle ensueños a la marihuana si el poder alucmatono de su fantasia fuese menos pertinaz. De una nube quisiera saltar a otra nube; pero ningún beleño le hace soñar tanto como el ensueño en que vive. Fumando la pipa de kiff se aletargó; en la clarividencia
ultraterrena del letargo ¿qué pudo contemplar? ¿Algún séptimo cielo?
¿~bismos luminosos?, ¿verdades inefables?, ¿la suma explicación de la
vida'. ~Lo que valga la pena de filtrarse convertido en humo por los interst1c10s de la puerta del misterio? Valle-Inclán descubrió un retablo de
maravilla: en una vasta pradera en declive, de un verdor chispeante, entre dos suaves colinas, un gran santo, un apóstol, un patriarca, sentado
-en_ su facistol, asistido de otras figuras menores; y a su espalda, cerramiento entre las dos colinas, una vidriera esplendorosa, de tan vivos y

�LA PLUMA
puros colores como si la luz fuese una canción. Valle-Inclán volvió de
su trance rebosando placer; placer incompleto: echaba de menos algo; si
el prado y las colinas, el santo y la vidriera no podían parecer mejor, el
conjunto era una composición defectuosa, no estaba «bien resuelto». Cavilando en la dificultad, sin vencerla, resolvió adormecerse de nuevo, y
absorbió la droga-me .contaba-pensando ahincadamente en el prodigioso retablo: el prado, el santo, la vidriera, las colinas fueron descubriéndose, bellos como antes, y, ¡oh gozo! sobre el conjunto apareció,
bordeando la vidriera, estribado en las colinas, el Arco del Señor. El
Iris era el único remate posible en tanta majestad ... Valle-Inclán, trasladado a la región pavorosa de la doble vista, había ensanchado a términos colosales la vidriera de una catedral. El narcótico, sin revelarle nada,
le disminuye, porque le deja inerte y apaga su poderosa voluntad de extravío.
Valle-Inclán, el hombre más altanero del mundo, con nadie se confiesa, nunca declara su secreto sentir. Hombre más que violento, explo-·
sivo, siempre está sobre aviso, incluso cuando estalla; quisiera poder
decir: sobre todo cuando estalla. Es tan prodigiosa su facultad de personificar, de formar criaturas exentas, que los defectos y las cualidades desu carácter se han convertido en otros tantos personajes, con físico, actitudes y hasta vocabulario diferentes. Hay un Valle-Inclán colérico y
otro maldiciente; hay un Valle-Inclán arriscado, temerario, y otro piadoso y recoleto. Si por ciertos atisbos fidedignos, no se barruntara en
Valle-Inclán la humanidad compasible y fatigada donde yacemos todos,
pudiera creerse que no existe íntimamente, que sólo es una máquina de
acuñar piezas para el público. Detrás de esos personajes se oculta un hombre indomable, que no solicita la simpatía ajena exhibiendo desnudo su
corazón. Alguna vez, yendo a encontrarme con Valle-lnclán, me he preguntado a cuál hallaría, de los vario5 que existen. Rebozado en la capa,
a paso largo remonta la calle de Alcalá: prestancia de caballero, cortesana desenvoltura, correspondientes a cierta manera de coloquios livianos,
donde Valle-lnclán acostumbra tratar prolijamente de algunas superfluidades (de esgrima, de caza, de linajes), con la afectación frívola, la supe84

LA PLUMA
rioridad negligente de quien no hallase para la vida mejor empleo. La
figura de Nw~n2t1 lwmmt, del cortesano cumplido, cuadra en el carácter
de Valle-I?clan con la reserva, el frío comedimiento de su gran trato;
Valle-Inclan sólo es confianzudo para sus bufones. Si el rebozo pende
~esmayado de sus homb~os, y él~ª. despacio, habría que llevarle al pórtico de_ u~a cated~al, cua¡arl: ~e vieiras la esclavina de la capa, dejándole
profenr ¡aculatonas doloros1s1mas, emanadas de sus entrañas. Este es el
Valle-Inclán, peregrino de Compostela, que nos cuenta el caso ejemplar
de «una ilustre viuda de Maguncia», o el terror sagrado de una noche en
el monte. En cuerpo, sin la envoltura prestigiosa de la capa, tan flaco,
tan escueto como parece por la manquedad, se deja ver el poeta ascético,
macerado por tantos rigores, y por las privaciones voluntarias. Valle-Inclán es el mayor enemigo de sus carnes. No duerme, pudiendo dormir;
no come, teniendo qué. Diríase que el sufrimiento le exalta. Bajo tal especie, Valle-Inclán se acerca más al sér doliente que hemos entrevisto en
su recatada intimidad.
Metido en un corro, bajo techado, en la mesa del café o en un casi·
no, Valle-Inclán suele poner en primera línea al personaje literario. Las
extrañas sugestiones de su apostura se pierden; la cabeza usurpa totalmente la función expresiva. Tan pronto es un pope como un guerrero;
t~~ pronto u~ cabecilla montaraz como un nigromante. Una chispa mahc1osa se enciende en sus pupilas al pr.&gt;vocar, melifluamente, opiniones co~prometedoras. Es el instante de hacer proyectos, de tirar planes, el instante de los acuerdos fáciles, el de aplazar las realidades. VaIle-!nclán transforma la conversación en género literario, donde puede
lucir sobre las cualidades que son ya conocidas por sus obras escritas,
o_tras no poco brillantes y difíciles. En esas máquinas habladas vuelca
sm atenerse a los cánones recibidos en los demás géneros, el archivo de
sus observaciones y sus increíbles memorias, tratándolos con fantasía
calenturienta. Ciertas personas-hay gente para todo-se muestran escandalizadas por esta inventiva de Valle-Inclán y deploran, como una
tac~a del po~ta, que sus livianos decires no respondan a un concepto
seno de la vida, no casen con las estadísticas o con los programas de
85

�LA

gobierno o... con las sociedades por ácciones. Otros le escuchan atónitos, con señales de recelo, persuadidos de que Valle-Inclán está engañándoles. Y no falta quien, dándoselas de entendido, asienta con risas.
equívocas a las narraciones de Valle-lnclán, como si corroborase las invenciones de un bromista. Es que el verbo y la acción no se acoplan en
el espíritu de Valle. Con la palabra crea un mundo que adq1.Jiere la ple-.
nitud del ser en cuanto lo formula, simplemente. Lo mismo da que
Valle-Inclán recuerde o profetice: allí no hay antes ni después. Pedir
que esas criaturas fantasmales advengan al orbe real, al terreno de la
historia en que está la persona de Valle, o que el autor dé testimonio,
por sus personajes, tomando sobre sí la carga de representarlos, es.
absurdo, incluso cuando inventa, recuerda o vaticina en cabeza propia.
Valle-Inclán otorga a la acción el menor espacio posible en su vida de·
hombre privado; en lo que hace, se advierte un resabio traído de las esferas imaginarias de su mando: propende a lo grandioso; más aún: suscita lo grandioso, generalmente irrealizable, como estratagema para
eximirse de las tareas menudas que enfrían la imaginación. Y afronta el
mundo necesario en 9ue su persona vive, con tal ánimo, que de la necesidad hace virtud. El se mece en el limbo de las libertades ilimitadas··
•
si desciende al suelo de las realidades inexorables, ninguna le ha vencido, porque se adelanta a inventar y a proclamar por suyo lo que la fatalidad decreta e impone. Parece un juego y es todo el arte de vivir. Donde se acaban la resistencia a la necesidad y la gracia para convertirla en
virtud, Valle empieza a ser un hombre como los demás. Pero esa coyuntura nunca se advierte; y advertida, lo mejor sería disimularlo, para
no lastimar o violentar al poeta, que a fuer de tal, se sustrae a las normas ordinarias. Una noche hallé vacío su puesto en la tertulia; pero
en el cristal de la mesa, las ramas curvas de sus gafas se apoyaban
como las antenas de un bicho; don Ramón no andaría lejos. Un porn
de ropa, apenas de bulto, tendida en un sofá, simulaba la silueta de un
hombre. Sí; era Valle-Inclán; su cabeza de león reposaba sobre el brazo del sofá, en un cabo de aquella ropa. Al despertarse, la cabeza se irguió como si ascendiera sola por el aire llevándose abrochada al pes86

LA PLUMA

PLUMA

cuezo una chaqueta flácida; hechos los ojos ascua, alzando su mano
abierta, clamó con voz tonante, al insertarse en la conversación: ~¡¡Sí!l
¡¡El poeta debe ser un hombre absurdo!!» Nunca habrá sido más fiel a
sus ideas.

Hilvano con un rasgo común las variantes de su persona que Valle Inclán ha pensado y estilizado, y obtengo un tipo complejo, quijotesco
si fuese menos precavido, dominante si tuviese menos orgullo. El personaje a quien Valle-lnclán ha transmitido su nombre y su figura es un
semidiós movido por el afán de la justicia absoluta. Sus odios, su crueldad verbal, su intransigencia, pueden invocar, en el origen, un motivo
de interés público aceptable. Es un héroe desprovisto de misericordia,
que ha tirado muchas piedras porque estaba libre de pecado. Se sitúa,
naturalmente, en la extrema oposición. Es una picota de lo mediocre y
de lo malo; un anticipo del juicio final para los chirles, los hipócritas,
los vividores; es un hurón que vocifera sus despegos. Pero esa justicia,
que ama tanto, no la aprende en otros, ni menos la recibe de una ley
exterior. Valle-Inclán es el hombre de la ley propia, que desprecia la jerarquía social y legal porque está corrompida. Vagando por tierras toledanas, entró con unos amigos en la posada de Olías del Rey. Sobrevino
un posadero, a quien, por ciertos dimes y diretes, amenazó con unos
palos:
~-¿Palos a mí? ¿De qué manera?
-¡Así!-y le dí unos cuantos estacazos.
-¡Dios mío!-clamó la posadera-. ¡Dios mío! ¡¡P"egar al alcalde!!»
El acento bufonesco con que remeda el grito de la posadera Jleva todavía una segunda intención, enteramente añadida por Valle: subrayar
su señorial despotismo, la turbulencia con que arroJla al representante
de la ley. ~¿Alcalditos a mí? ¿Y a tales horas?», podría exclamar. No soporta alcaldes ni alcaldadas, llámense como quiera. De grado respeta el
capricho ajeno; pero necesitaría ir en la vida por una vereda muy ancha
para sentirse holgado. En qué partes entran a formar su ley propia la
herencia, unas siluetas históricas, arquetipos poéticos y un mesianismo
vago, que suele andar por aquellos rincones mal conocidos de su uni87

�LA PLUMA

LA PLUMA
verso, es menos importante que nombrar sus dos fundamentos: la independencia personal y el pundonor. No obligarse a doblar la cabeza ante
nadie, sostener la fama y el crédito, a todo evento: tales son, a mi parecer, las causas de muchas abstenciones y de algunas intromisiones de
Valle, a costa de su bienestar y su comodidad, en tiempos; arriesgando
locamente la vida, las raras veces que de ello ha sido caso.
Como todos los imaginativos, Valle-Inclán se cree un gran general.
Contemplando el tráfago de los ejércitos, no sacia únicamente un goce
estético. Le place una guerra movida, brillante, una guerra a lo Van der
Meulen, con reencuentros de caballería, emboscadas y pistoletazos; o
una guerra novelesca, como la carlista, en que la inspiración personal
halla tantas ocasiones de lucimiento; o un aparato bélico teatral: ValleInclán, arrojando el bastón de mariscal al otro lado del Rin, ¡qué magnífico envite! Pero en la guerra pensaría encontrar un acuerdo entre su
capacidad de inventar y la acción, que hoy no marchan juntas; entre
la vastedad de su ánimo sin límites y los objetos a su alcance. La guerra, además, es la gran suscitadora y aprovechadora del pundonor.
Valle-lnclán, animado de un pundonor fabuloso, habla de la guerra
como del teatro natural de sus hazañas. Esto es quijotismo. Acometerá
una acción sublime o correrá un paso ridículo, según el color del momento, sin cambiar el impulso. Tropieza con una guerra de verdad, y
se extasía en el peligro; pero también puede perecer en tonto.
De madrugada, Valle-lnclán y otros amigos iban por la carretera de
Carabanchel a presenciar un fusilamiento. Vieron venir un tropel de
ganado: el encierro de bueyes y vacas que subía al matadero. Los amigos se apartaron todos, menos Valle-Inclán. Gritábanle los vaqueros:
«¡Apártese! ¡Apártese!~. Y se negó a obedecer. Pasaron los de a caballo;
llegaron las reses, y él se estuvo tieso en la carretera, sintiéndolas trotar
a sus costados. Tuvo, sobre Don Quijote, la fortuna de que no le molieran a coces.
Este es el tipo exaltado, impresionante que Valle-lnclán alimenta
con sus más robustas energías; acaso sea el Valle-Inclán de la historia,
o de la leyenda. Es probable que Valle-lnclán esté destinado a soportar
88

una desfiguración popular, grosera, y que dure en la memoria del vulgo como un carácter terrible, agrio. ¿No padece Quevedo una reputación
de procaz deslenguado? Pero al hombre dulce e infantil, huidizo y modesto, al cultivador galaico que vive secretamente aherrojado por el personaje fabuloso de Vallc-lnclán, un destino casi sobrehumano le pe.saría.
MANUEL AzAÑ.A..

�LA PLUMA

MÁS COSAS DE DON RAMÓN
oNocf a don Ramón hace catorce o quince años en su casa, ad•,ndeme llevó un poeta, de cuyo nombre no quiero acordarme. Recién
casado con Josefina Blanco, actriz rarísima en la escena española
por su inteligencia y sensibilidad, vivía en un principal espacioso
y burgués, a la entrada de la calle o paseo de Santa Engracia. Ra ·
p ada la melena romántica, con que basta poco antes había desafiado la curiosidad madrileña, sustituídos los quevedos por unas simples gafas, más cuidado
y pulcro en su atuendo que basta entonces, la figura de don Ramón permane cía inconfundible. «Enmedio del camino de la vida•, cobraba esa prestancia
natural de algunos retratos del Tintoretto.
Pronto me ganó la afabilidad de su trato, que cierta fama, debida a tal cual
desplante quijotesco de sus buenos tiempos juveniles, supone difícil. No es,.
e n verdad, hombre dado a disimular sus sentimientos. Pero lo valiente en él no
q uita a lo cortés, y todavía no le he visto nunca airado sin razón ni motivo..
He podido comprobar varias veces, en cambio, la finura espiritual, exenta de
ade manes superfluos, con •que distingue a los amigos, que lo somos de la verdad al serlo suyos.
Una de las primeras veces q11e le Tisité con mi inseparable compañero de
carrera, hasta que prematuramente acabó la suya en esta vida, Fernando Fort6.n~
nos recibió Valle-lnclán en el comedor de su casa, donde al pie de una estufa
al rojo vivo, yacía desnudo un bebé de pocos días, pues que la madre estaba
convaleciente a6.n. Don Ramón contemplaba a su hija forzando la curiosidad
por disimul ar sin duda todo sentimentalismo paternal. La niña, que desde SIL

primera infancia se mostró en hechos y dichos heredera de la viveza de inge- •
nio de sus padres, correspondíale con una mirada, sorprendente por lo segura
en criatura tan tierna.
Nos habían hecho pa5ar al comedor, como habitación más confortable que
la salita de entrada donde acostumbraba recibir los visitantes de cumplido,-.
n@ porque estuviera comiendo. Don Ramón no comía; ayunaba por prescripción facultativa, como había hasta entonces ayunado muchas veces por no,
tener qué comer. Hasta hace muy poco no le he oído alardear ante un san-grante solomillo de café, de la virtud del ayuno, practicada por él en los años·
de bohemia descarada, en holocausto a la fe literaria en su propia obra. Cuando
lo practicaba no lo decía. Es más, si no se salpicaba las barbas de migajas los,
días que no lo probaba, interrumpía la compaña de sus camaradas para enga--·
ñar el tiempo de- la cena. La hora del almuerzo la pasaba en la cama.
Para poderle aliviar, ya que coovidarle hubiera sido imposible o contraproducente, que tanto valía comprometerle a corresponder, exageraban sus amigos la afición a una buñolería pintoresca, donde por poquísimo dinero satisfa-.
cía don Ramón con un café sus escasas necesidades. Cuando yo le conocí, repito, ayunaba; pero ya sin apremio, y cuando no se lo rechazaba el estómago
ingería sus buenos vasos de leche, que, solícita, le tMÍa preparados su muj e r.
Estaba en trance de publicar Romance de lobos, que iba viendo la luz, según
la escribía, en follctones de El Mundo, diario nuevo aquel año. Más de una vezc:
nos leyó a Fortún y a mí la comedia bárbara a medida que las escenas se sucedían inspiradas. Quien no haya oído leer a Valle-Inclán sus propias obras no .
es fácil que entienda toda la significación que don Ramón atribuye a las palabras, consideradas en sus elementos sonoros. No, no es escritor que se enjua -gue con el estilo, alambicándolo de un modo precioso. Pero el acento no es en
~u prosa impreciso o inapreciable. Es algo consustancial. Todavía recuerdo la.
Impresión que un simple inciso en una de las acotacione s de Romance de lobos,
~e produjo en su primera lectura: cla llamaban por mal nombre la Rebola•~
dice el texto acabando de pintar un tipo. A contadísimos actores, entre los.
más grandes, juzgo capaces de expresar, como don Ramón aquella tarde, el mis-terio trágico-grotesco del estrafalario personaje con tan pocas p zlabras descrito.
-¡Ah!, pues si la hubiera usted visto...-decíame no ha mucho don Ram ó n,
r~c?~dándole yo mi impresión por tal lectura, y aludiendo él al original de tan.
v1ns1ma copia.

�LA PLUMA
LA P L U .\1 A
Yo no conocí, claro está, a la verdadera Rebola; pero no puedo por menos
,,de asociarla al recuerdo de la Criso, criada a la sazón de Valle, atormentada
por espíritus que le acompañaban como una sombra, ya en la cocina, y11 en !as
.andanzas de su ministerio por la casa toda.
La Criso, diminutivo de Crisógona, su nombre de pila, que don Ramón cn1:onaba heroicamente para encomendarle cualquier servicio sin importancia, era
una criada sin par, más q1tc persona viva, trasunto de la imaginación de su amo.
·un amo de tan fuerte personalidad forzoso es que imprima al ambiente en que
se mueve cierto encanto novelesco. Es verdad que don Ramón empezaba por
introducir al que por primera vez iba a su casa en una habitación cuyo único
balcón a la calle aparecía condenado en su parte baja por un pequeño escrit&amp;rio; y sustituido en su parte alta por un montante clavado imitando una vidriera de catedral. Luego, el menor accidente prestaba a la decoración la rareza de
un mundo anacrónico. Así, cierto día que se fundió el alumbrado eléctrico y
hubo de acudir Criso con un quinqué, cuya sombra incierta ngaba junto con
la del espíritu-no sé si tutelar o burlón-que siempre le acompañaba, el
prestigio de lo misterioso, caro a d,n Ramón, cobraba insospechada realidad,
Pasábase en la cama días enteros, los más fructíferos de su trabajo-y aun
ahora, cuando escribe, suele hacerlo entre sábanas, no más que incorporado en
el lecho, recostándose sobre las almohadas-. Leyéndome en otra ocasión uno
de los últimos pasajes de Romance de lobos, detúvose uu punto, sacó la cabeza,
inclinósc a una jofaina que al lado de la cama tenÍl, y con me1los esfuerzo que
el catarroso se alivia de una flema molesta, vomitó una bocanada de sangre tal
que quedé espantado. Antes se recobró él que yo del susto, y como si nada su-cediera siguió leyendo con el mismo graciosísimo énfasis.
Creo que aquella misma tarde fué cttando, a propósito d&lt;- la desorientación
.de sus críticos al atribuirle determinadas filiaciones literarias, me dijo:
- No saben nada; no se enteran de nada. ¡Vaya! ,!A que no sabe usted el
eji:mplo que tuve presente al escribir las Sonatasr
Don Ramón hizo, según acostumbra en casos tales, una pausa, a que pudo
,quizá servir de pretexto la rápida rebusca de un pañuelo perdido bajo la al.m ohada o entre el embozo de la sábana. Yo, entre tanto, callaba respetuoso,
-sin acertar a figurarme la influencia que don Ramón se disponía a confesar, se_guro por lo demás de que mi empeño hubiera sido vano, dada su agilidad para
.reaccionar siempre de una manera inesperada y sorprendente.
Alzó la cabeza de nuevo, se me quedó mirando, y dirigiendo luego la vista

a las cuartillas que yacían sobre la cama, añadió mesándose las barbas con lenta-

fruición:
-Pues tuve presente las Doloras de Campoamor.

........... ................. ........ - ....................... .. .

Don Ramón ha sido siempre hombre de pocas lecturas. Su rápido instintode comprensión, su aguda sensibilidad, le han ahorrado mucho tiempo para
enterarse. Meses enteros he visto en su escritorio un ejemplar de I Laudi, de
D'Annunzio, con la seiial en la misma pági"a. Conoce vagamente el italiano y
no muy bien d francés. Es sorprendente la justeza, desde su punto de vista
personaUsimo, con que juzga a Anatole France, al autor de La jiglia dt Jorio,
de la Francesca, de La Fiacco/a so/Jo il moggio, a lbscn, a Tolstoi, con un criterio opuesto las más de las veces al sentir general, a la opinión a la moda. Tolstoi le entusiasma, D'Annunzio le seduce, France le gusta poco, a lbsen casi le
detesta. Se explica, sin embargo, sn admiración por Beroard Sbaw, de que conoce poquísimas obras, por el humorismo genial del graa inglés, de que es incapaz su gran ascendiente noruego.
De la literatura española le atrae el mwimiento dramático del teatro clásico
más que los moldes poéticos del diálogo tradicional. Pero sus preferencias van
a los cronistas y más que en los antiguos se complace en los de Indias. De sus
contemporáneos admira sin reservas, con apasionado fervor, a Rubén Darío, de
quien recita de memoria la obra entera con emoción y gracia rítmica inefablesRecuerdo la imperturbabilidad, tan característica suya, con que yendo •n día
conmigo calle de Alcalá abajo, al dar la vuelta por la del Barquillo, según cami- nábamos despacio por medio del arroyo, recitando é l con grave pausa el céle-bre soneto:
•¿Eva era rubia?, no; con negros ojos
vió la manzana del jardín, con labios
rojos probó eu miel..., etc.•
como acertara a alcanzarnos un tranvía que con insistentes llamadas nos aTisaba que nos apartásemos, volvióse don R.1món iracundo, y con tal denuedo excla1116 dirigiéndose al conductor:
-¡No me da la gana, ea!
que, amedrentado y confuso, el hombre se avino sin más a seguir nuestro paso,
tardo, en tanto don Ram6n, ajeno a todo cuanto no fuera el iOneto que iba recitando, centinu6 hasta terminar;
• ... que hace temblar a Pan bajo las viñas.•

�.LA PLUMA
~cediendo al cabo, 110 a los requerimientos del tranviario, sino a la suave insinuación con que procuré llevarle a la acera.
Aparte Rubén Darío, le he oído encomiar las grandes CUJllidades dramáticas
,,de Pérez Galdós:
-Aquella Alma y vida... ¡Ya estaba bien, caramba, ya estaba bien!
·
De El abuelo prefería la versión primera a la reducción escénica. Sor Simo. na también es muy de su gusto.
-¡Pero esos cómicos son tan bárbaros, tan bárbaros!

1

'

Uno de los capítulos más interesantes de la biograffa de Valle-Inclán es su
afición al teatro y sus andanzas por los escenarios. Paladín de la protesta con·,:t;ra Echegaray con ocasión del homenaje nacional en celebración del Premio
Nobel, siempre que viene a pelo tiene en la memoria algún trozo ridículo de
La peste de Otranto, de La esposa del vengador o de El gran galeoto con que corroborar su mala opinión de don José, como entonces se le llamaba en los saloncillos.
-Benavcnte ha podido hacer algo ... perG no quiere ... Benavcntc, que pudo
. ser algo a la manera de un Chéspir (don Ramón españoliza bravamente los grandes nombres) satírico, y hacer comedias en que hubiera tras una escena ~k señoritos en la cuadra otra de criados en el salón, se ha entregado a la Pino, a
Lara, al abono de la Guerrero ...
Conocidos y celebrados son su'&gt; desplantes con cómicos y empresarios. Admirador de Maria Guerrero, cuyas facultades considera malogradas por el pésimo gusto en que se ha educado y vivido, llegó a estrenar en el teatro de la
Princesa dos de sus obras. Como a los pocos días de representarse por primera
vez La marquesa .Rosalinda, fingieran en su presencia cierto desacuerdo la Gue,Trero y Díaz de Mendo1a, respecto a la acogida que pudiera tener la obra el
sábado de abono blanco, y a la conveniencia de suprimir o no determinados pa· sajes, don Ramón, conociendo la añagaza, se adelantó a decir:
-Estaba yo pensando, sin saber a qué atribuirlo, lo bien que se está en
Madrid los sábados por la noche. Es observación que vengo haciendo al salir
-de la tertulia de Levante con los amigos y andar tan a gusto a esas horas por
,la calle. Ahora he caído en la cuenta: todos los imbéciles están abonados a la
Princesa. Pero el sábado que viene voy a interrumpir mi costumbre de no salir a escena, para decirle al abono cuántas son dos y dos, ea; ya estoy cansado
•-0e oír insensateces.
94

LA PLUMA
Llegó, en efecto, el temido sábado, y contra lo que sospechaba el director
&lt;del teatro, se aplaudió la escena cuya suerte juzgaba comprometida.
-¿Y ahora?-parcce que exclamó triunfante doña María Guerrero al volver,
-concluída su parte, al saloncillo, cncaráadose con su marido, que seguía representando el papel de ingenuo, y con el propio Valle, que sonreía cínicl', me.sándosc la barba-. ¡_Y ahora, qué me dicen ustedes del abono? ¡Han aplaudido
la escena que siempre había pasado en silencio, incluso el día del estreno con
los intelectuales amigos de don Ramón!
-Como que han reforzado ustedes la claque- respondió don Ramón in-mutable.
Valle-Inclán, curioso de toda experiencia, quiere ver surgir al renovador
fundamental de los cánones subvertidos por la genención del 98, triunfante
con él, con Baroja, con Azorín, con Unamuno. Toda tentativa juvenil le interesa
y esperanza.
- Habría que hacer algo... Es preciso cambiar los conceptos, habría que ha-ccr algo en un modo poP.ular y con un sentido eterno de la actualidad.
La forma teatral de sus últimas obras, culminante en el género de esperpen•
ros-como le place titular a La ,·eina castiza, Luces de bohemia, Los cue,·nos de
-.don Friolera, inéditas en volumen lu dos últimas, y que el curioso ha de buscar aún eu las colecciones del semanario España y de LA PLUNA- responde a la
-necesidad de renovación qne le acucia a producirse sin contaminación con los
medios de dema.1da y oferta que acostumbran editores, e.npl·esarios y ptovee·dores de baja estofa literaria.
-El teatro es lo que está peor en España. Ya se podían hacer cosas, ya.
Pero hay que empezar por fusilar a los Quintero. Hay que hacer un teatro de
muñecos. Yo escribo ahora siempre pensando en la posibilidad de una representación en que la emoción se dé por la visión plástica. El tono no lo da
nunca la palabra, lo da el color.
Don Ramón no entiende la música:
-Sin embargo, una vez, hace ya de esto algunos años, una noche en Levan•te, donde tocaban siempre música clásica, .empezó la orquesta una cosa que yo
que no tengo oído para la música dije: ¿Pero esto qué es? ¡Esto es muy malo!
Preguntamos después y nos dijeron que era la .rantasfa morisca. Chapí se llabía muerto aquel día. Yo no entiendo nada, pero había allí un modo tan vulgar
y tan ramplón de acordar los sonidos ...

95

�LA P L U :t,.I A
Vano empeño sería pretender reflejar en unas cuantas cuartillas al vuelo la,
agudeza de don Ramón, las sugestiones que conthuamente despierta en la conversación corriente, la naturalidad de su pose.
Del retrato de Anselmo Miguel Nieto, varias veces reproducido en periódicos y revistas gráficas, inspirado en la devoción de Valle al Tiziano, a los
Echevarrías de ahora, pintura fiel de la teatralidad cotidiana de don Ramón~
transcurren precisamente los años de madurez y lozanía en que se halla. Dolíase no ha mucho Luis Araquistain de la pérdida que significa para la literatura española contemporánea la falta de un constante anotado, de los hechos
y dichos de don Ramón del Valle-Inclán.'Es verdad. Prometo, en lo que pueda
caberme de esa re-sponsabilidad, la enmienda. Valgan estas cuartillas por la
intención de señalar no más la vena inagotable de una historia fidedigna de
la vida literaria de nuestro tiempo.
En ella cabrá cuaato el espacio y la memoria nos niegan ahora. Ni apuntar
siquiera hemos podido algunos aspectos interesantísimos de la persona de doa
Ramón: el diletlante de ocultismo, el fumador de cáñamo índico, el político, su
ars amandi, en fin, merec~n la atención prolija que me propongo consagrarle
en las temporadas que a6.n nos es dado a sus amigos madrileños disfrutar de su
compañía, cuando para preparar la impresión de un libro nuevo, viene del casal gaJlego, donde, con su mujer y sus cuatro hijos, vive ahora lo más del año.
en las tierras de un antiguo señorío de su familia.
C. R.C.

( • ... todas las tardes, de seis a ocho y media, puede verse a don Ramón en
una mesa ante el café Regín11, en la encrucijada ele ese bullicioso centro de Madrid, llamado la calle de Alcalá- -donde tiene su corte literaria, como no ha
habido otra desde que Goldsmith y Boswel se reunían en torno de nuestrn Samuel Johnson. El mundo literario español se reúne en torno suyo: novelistas y
dramaturgos, poetas y editores, «poetas menores• y periodistas, vendedores de
periódicos, mendigos callejeros y las Cármen~s de la¡localidad. Muy excitados,
discuten allí los negocios de Estado, la literatura internacional, el Neo-Platonismo y la Inmaculada Concepción. Los poetas recitan versos en alta voz, con.
el ruidoso acompañamiento del estrépito callejero. Los vendedores de cigarrillos interrumpen los acalorados discursos con la oferta de su mercancía.
Don Ramón se pone en pie. Con su única mano se peina las barbas desmalazadas. Como chispas eléctricas brilla el ingenio. Tal es la «tertulia», como ellos
la llaman, de los literatos españoles.•)

96

AÑO IV.

'

MADRID, FEBRERO 1925

1

NÚM. 53.

LA QUINTA DE PALMYRA
,.

I
DESCRIPCIÓN DE LA QUINTA

había una alta tapia cubierta de musgo pardo como
s1 llevase a sus hombros una capa de terciopelo . La
puerta era una enorme puerta en cuyas dos col
'
1
umnas po.
'-•·
·~ . ma: en a de la izquierda QUINTA v en la d l d
h
PALM
.
, e a erec a DE
YRA con su particular ortografía portuo-uesa Sob
1
1
n
d
o
·
re as co urnas se estacaban los dos jarrones tradicionales.
RI~fERO

t

Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el pala ..
pero se le entreveía en el fondo recibiendo los
.
c10,
puerta central l
,
.
cammos en su
,
, ª. a qu~ se sub1a por una suntuosa e~qalinata. '
Era un palac10 clanto y triste. En los copones de sus esq .
estaba depositada el agua de las lluvias antio-uas
umas
de las lágrimas del cielo.
º ' como reservorio
En el centro, sobre el ángulo de la frente de 1
atribnto d . .
h b'
a casa, como
ivmo, . a ia una diosa pagana que recogía su túnica sobre las bellas piernas. Era de piedra y tenía los colores variados
VII
97

�</text>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>La Pluma, 1923, Año 4, Vol 6, No 32, Enero</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
Pedro l.eandro lpnChe.-.4las Nueva.r.-Mo □ tevideo,

1922.

Manífiéstase en estos poemas del señor Ipuche el deseo, apuntado ya su logro en aJgunos atisbos felicisimos, de fundir el sentimiento de la tierra nativa.
y su expansión en más amplios horizontes de conciencia, transmutándolos en.
una expresión poética donde los modismos populares del campo uruguayo adquierar. virtualidad literari;i.
.
«El Lazo,, p:iema central del libro, participa de esas dos cornentes de emoción en que parece dividida, espiritualmente la colección de poesías de Alas
Nut'Das: la determinada por contemplaciones visuales, cLos carrero~•, cLos
potros,, «Las lavanderas, 1 «La sorttija,, «El Viraró,; y las que derivan del
pensamiento a la raíz sensitiva, «La vocación fatal&gt;, e Ritmo y hora1&gt;, eAsunto&gt;,
cEl dedarrollo•, eLa Noche&gt; .
eYo siento el entusiasmo de los lazos abiertos
Que hacen fiesta de líneas en el aire:
Un entusiasmo largo, seguro, desplegad0,
Y bien trenzado,
Que salta hacia las cosas con afán de enlazarlas.•
canta el señor Ipuche en cEl Lazo,:

cMi lazo es inauditc,
Y va donde lo tira mi intención.
Mi oficio es intuitivo
Y cuando enlazo llevo al puño el corazón.
¡Cuidado con el arco valiente de mi lazo!
¡Soy buen enlazador!»

* * *
Dr. Atl.-Las Sinfonías del Popocatejeil.-México 1 Edic. México Moderno,
Reúne aquí el autor. bajo un título excesivo para nuestro gusto, algunas
impresiones literarias de sus antiguas excursiones y dilatada demora por las
montañas del Iztatzihualt y el Popocatepetl. Cuando el viajero se limita a describir, a apuntar sencillamente, paisajes y tipos que más que destacarse los
componen, la lectura de sus notas se hace fácil y grata.
No tanto, cuando, ahueca la voz; y prodiga palabras sonoras, por competir
en vano con la Naturaleza, en la tremenda sinfonía de las cumbres volcá.nicas.
C. R. C.

AJiÍO III.

1

MADRID, DICIEMBRE 1922

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA TiERCERA

CARA DE PLATA

CoNTJNúA

LA

ESCENA TERCERA

G 1 NE R A , ES TREME C 1 D A, abre la puerta, y bajo el
encaje lunario del empanado, aparece la sombra del sacristán, de rodillas y con los brazos abiertos.
BLAS DE MIGUEZ

¿Dónde me hallo? ¡El dolor me nubla la vista y no reconozco los
parajes!
LA SACRISTANA

¿Qué copla condenada traes?
BLAS DE MIGUEZ

¡Confesión pido! ¡Por los Divinos clamo!
400

NúM. 51.

XXVI

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��LA PLt.:MA

LA PLUMA

Sonaba con Morales una nota nueva en aquel concierto de voces. Los

gratitud y deferencia para con la Junta directiva de la Sección de Literatura del Ateneo y en especial para con su ilustre presidente.
Mi amistad con Tomás Morales puedo decir que empezó con los primeros versos suyos publicados en Madrid, por aquellos años, que no me
decido a llamar remotos, de 1903 a 1907. Formábase entonces, levantando como enseña el estandarte de Rubén Daría, la legión de poetas que
inició, en la lírica, el primer movimiento de rebeldía posterior al romanticismo. Triunfaban ya y habían producido obras considerables Eduardo Marquina, Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Francisco Villaespesa.
¡Francisco Villaespesa! He aquí un nombre que en las futuras historias literarias ha de tener, junto a las páginas en que se hable de su labor personal, ondulante y diversa como el hombre mismo, ya leve y ar11

poetas de aquellos días eran subjetivos, exquisitos? s~ música tenía sua-

ves arpegios de clavicordio, tenues lamentos de v10l10, cuando no pastoriles cadencias de oboe o de flauta; de vez en cuando, las largas trompetas sonoras de la marcha triunfal dejaban oir sus acentos metálicos,
haciendo más vivo el contraste. Se iban elaborando los nuevos temas
poéticos. Iba surgiendo de la poesía moza una visión de_ Esp~ña que _no
era ya la orgullosa y fastuosa de antaño, sino otra Espana mas recogida
y austera, que alcanzaba la suma expresión en las sobrias tonalidades de
la meseta castellana.
A esta poesía, Tomás Morales fué el primero en hablarle del mar.
Trajo a la poesía la palabra que Juan Maragall iba pidiendo a los pueblos del contorno como alivio para la desolación de las llanuras anchas,
lejanas de los mares. Y le habló del mar como quien mucho tiem_p_o l_o

moniosa en sus mejores momentos, ya amanerada y fría con harta frecuencia, un rincón en que se le recuerde como descubridor de ingenios

ha vivido, como quien tiene con él un trato tan íntimo, una fam1han-

dad tan próxima, que, para evocarlo, le basta decir:

y forjador de revistas.
¡Las revistas de Villaespesal No se ha escrito aún, y cada día que
pasa se hace más difícil escribirla, la historia de esos cuadernos literarios,
nacidos al azar de un feliz encuentro de camaradas o del hallazgo in verosímil de unas pesetas. No se ha hecho aún, y bien vale la pena de que
se haga, una nómina cabal de esos efímeros papeles que vivían Jo que

El mar es como un viejo camarada de infancia.
Antes de ahora, al intentar un esquema lógico de su poesía, he señalado en ella tres fases, tres momentos sucesivos, perfectamente encadenados entre si. Primeramente, aquellos versos en que, refugiado en sus
recuerdos íntimos, buscando, como tantos compañeros suyos de poesía,
el destello del mundo interior en las memorias de la edad infantil, evo-

las rosas: seis números, cuatro números, dos, uno tan solo. Revista hubo

que, después de bien tramada, de acoplado el original, de elegida la imprenta y encargado el papel, no pudo publicarse ni una vez siquiera: se
quedó, inmaculada, en el limbo de las buenas intenciones.
Entre las voces nuevas que empezaban a levantarse de aquellas páginas juveniles, ninguna más robusta y sonora que la de Tomás. No podría yo ahora decir en dónde: en el Renacimíenlo La#no, en la Revista
Latü,a, vi por primera vez la firma de Tomás Morales; y en la segundá
de las nombradas, de seguro, aparecieron algunos de los Poemas del Mar,
los versos más personales, más llamativos entre los que formaron en 1908
ague primer libro suyo que se llamó Poemas de la Gloria, del Amor J)'
dtlMar.

caba sombras domésticas, paisajes urbanos, deleitábase en la amistosa
conversación o en la espera meditabunda del amigo en la habitación ya
invadida por la oscuridad del anochecer. De, pronto, el mar .. Una de
aquellas visiones de su infancia le puso otra vez fr~nte al «vie¡o camarada» y le hizo escuchar sus mil voces. Lo que le di¡o_ pnmero
mar,
fué lo más cotidiano y sencillo: se le dió como espectaculo multiforme,
y él no tuvo más que copiarlo fielmente. Este es el segundo instante de
su poesía. El tercero Jo sublima y completa: es también el mar, pero no
va el mar humano de sus lienzos de alta mar o de sus aguafuertes de

d

1,

1

puerto, sino un divino mar mitológico, el movible dominio de un dios,
427

���LA PLUMA

la rama de un manzano que se estira
perezoso, a la aurora, bajo el muro
donde abre una ventana. &amp;l humo blanco
trazaba, íejos, sobre el prado ameno,
la ruta vertical de su columna;
y, más cantora cuanto más cantada,
-motivo eterno, cada vez más nuevo-,
la alondra rasa, en el lejano surco,
dab&lt;1 el saludo matinal de un trino.
'Y entonces quise, por hallar castigo
a la pereza de mi pensamiento,
pensar en algo. 5\tas el alba rosa
discreta fué; que adormeció de nuevo
mi espíritu cansado y, solamente,
me despertó a la vida los sentidos.

LA OBRA DE BEN A VENTE AL
FULGOR DEL PREMIO NOBEL
A

adjudicación del premio Nobel a Jacinto Benavente no ha
desatado el furor de protestas encontradas que suscitó su con-

cesión a Echegaray, señalando en nuestros anales literarios la
hora crítica de una revisión de valores. La ausencia del agra•
ciado, en correría artística por tierras americanas, ha soslayado por lo

'JI hubo serenidad en la foresta
IJ en el bosque dormido de mi espíritu.

pronto las reacciones inevitables de la opinión pública, no más que
apuntadas, ante la indiferencia general, en los pocos artículos y tal cual
homenaje cómico con que hasta la fecha se ha celebrado el acontecimiento. Por otra parte, en su verdadero punto la fama de Benavence, y
a salvo su buen nombre de los embates ulteriores de la fortuna, no tenía
por qué mover escándalo el discernimiento de la Academia de Stockolmo en 1922.
Al dar la noticia del triunfo han coincidido los comentaristas más
discretos en deplorar la falta de asistencia oficial que privó a Galdós en
sus últimos días de la gloria tangible del premio Nobel. Por si queda algún ingénuo capaz de suponer encarnada en los académicos suecos, testamentarios de su benemérito compatriota, la justicia infalible que sólo
Dios se atribuye, permítasenos señalar, dentro de la relatividad de
las cosas humanas, las circunstancias que determinan la significación
del premio internacional de literatura. Que si Nobel procuró asegurar el

LUIS FERNÁNDEZ ARDAVIN.

x:xvm;

1

433

�LA PLUMA
cumplimiento de su voluntad generosa, por encima de toda contingencia política, en el bajo sentido a que tal concepto se ve arrastrado por
el uso, las normas de transacción que la realidad de la vida impone al
Ideal son ineludibles.
Tuvo el que esto escribe, como secretario a la sazón de la Sección
literaria del Ateneo de Madrid, el honor de formar entre los comisionados para recabar del director de la Academia Espadola de la Lengua la
oportuna solicitud cerca de la Real de Stockolmo, en demanda dda
concesión del premio Nobel de literatura de 1916 a favor de D. Benito
Pérez Galdós. Don Antonio Maura, cuya imponente figura mosaica
pierde de su prestigio con la proximidad, delatora de cierta rusticidad
torpe, insospechada en la perspectiva teatral del Parlamento, del mitin,
de la fotografía de circunstancias, atajó Juego nuestra pretensión, oponiendo Ja letra estatutaria de la propia Academia que preside, matadora
del espíritu cuya conservación le está encomendada precisamente. Las

•

mismas protestas de amistad con que quería enaltecer a nuestros ojos la
inanidad de las diferencias políticas que de Galdós le separaban, nos
hicieron comprender al punto que si dependía de su gestión el premio,
podíamos dar el empeño por perdido. -Recientemente, don José
Lasalle ha contado en un periódico cómo la resistencia del secretario de la Española ha podido retrasar hasta ahora el provechoso honor
con que Benavente se ve, con general aplauso, favorecido-. No pudo lograr el autor de los Episodios Nacionales y las Novelas Contemporáneas
la adhesión sin reservas que ahora piden en torno al nombre de Benavente quienes se estiman copartícipes, a título de españoles, del honor,
que a todos toca, ya que no del provecho, que apenas cumple para un
hombre solo.
En Jo que no van descaminados cuantos piensan así, ya que la Academia sueca parece atender equitativamente en el reparto anual de tales
mercedes, al mérito relativo de los grandes hombres considerados no
como ciudadanos del mundo, sino como súbditos de un Estado al cual,
una vez premiados, representan en la República oficial de las Letras y
las Ciencias. Hácese casi siempre la elección con anuencia, y aun a pro◄ 3•

LA PLUMA
puesta, de los embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en
Stockolmo. El espaldarazo que significa para el recipiendiario semejante
gracia, lleva consigo la extensión a términos comparativos más dilatados, de la opinión favorable a que debe el éxito logrado entre sus compatriotas . Parécenos, por lo tanto, felicísima y oportuna la última decisión de los repartidores del Premio.
Data la primera obra dramática coleccionada en el Teatro de Jacinto
Benavente de 1894. Se estrenó en la Comedia, escenario Juego de sus
primeros triunfos, cuando todavía el Español era un feudo del viejo
Echegaray y de su escuela. Toda la primera época benavcntina está
influida del estilo francés contemporáneo. Sin que sea dado señalar
como tales plagios La comida de las fieras, La gobernadora, Lo cursi,
el repertorio, en suma de los primeros volúmenes, desde Gente conocida
a La noclu del sábado y Rosas de oio1lo, es evidente la sugestión de Donnay, de Lavcdan, de Abe! Hermant, ea cuanto al tono punzante del
diálogo, embarazado todavía por la ensedanza tiránica de Dumas hijo,
a que han seguido sometidos tanto tiempo, incluso los más arriesga-

dos innovadores del teatro europeo en el último cuarto de siglo, Benavente, reacio en declarar sus modelos inmediatos, no recata, al igual en
esto de otros grandes, lo que debe al autor de La dama de las camelias.
Lejos de nuestra intención el señalar tales coincidencias, voluntarias
o no, como un reproche. Si no tuviera otros méritos que el haber

limpiado, en Jo exterior al menos, la escena española del tufo rancio
que exhalaban los dramones y comediotas de los Sellés, Cano, Cavestany, Eusebio Blasco y compañeros de menores pretensiones literarias, siquiera su boga fuese no menos sintomática-¡Ramos Carrión,

Miguel Echegaray!-ya se le debería a Benavente gratitud, cuando no
admiración. Como en su tiempo Moratín, Benavente ha contribuido no

poco a que la España literaria pueda ser admitida de nuevo en la sociedad de los pueblos cultos. Cierta opinión, muy difundida entonces,
obligada a reconocer la gracia y la intención de las comedias satíricas
características de la primera época de Benavente-no obstante sus escapadas y escarceos, menos felices, al reino abstruso del drama nórdico:
433

�LA PLUMA
LA PLUMA
tanto como material, perseguido por la hipocresía de un ambiente gazmoño que a favor de un clzantage intentado contra él, pretendía no menos que ejercer en su daño la misma acción póblica que condenó a
Osear Wilde en Inglaterra, Benavente se ausentó por una temporada de
Madrid y sus corrillos de café. Volvió a presentarse en público al ser
aclamado la primera noche de Los intereses creados. Fácilmente se echa
de ver en la intención satírica de esta comedia; el prurito de defensa que le movió a escribirla, aguzando el aguijón que ha sido siem-

Sacrí-/icios, Alma triunfante-le acució, con menospreciar la esfera de

acción a que se habra limitado, a proponerse empeños más altos, o en
todo caso más altisonantes.
La noche dtl sábado, El dragón d, fuego, La Princesa Bebé, compli-

cadas máquinas de teatro, cuyos felicísimos toques afirman la personalidad satírica del Benavente anterior, pero cuyos defectos de concepto y
de procedimiento las asignan una categoría literaria harto circunscrita a

la moda pasajera coincidente con su estreno, señalan el punto culminante de la ofensiva modernista contra el teatro más aplaudido hasta
aquella fecha. Benavente, impuesto ya al público, seguía apoyado en un

pre su mejor arma cómica.

Ese prurito defensivo se advierte en todo su teatro, no obstante
la diversidad de géneros en que Benavente se ejercita. Nunca hasta
Los intereses, ni después, ha logrado tan perfecta ecuación dramática. ¿Qué son en definitiva Leandro y Crispín sino el desdoblamiento
picaresco, inspirado en los principios de la filosofía cínica, de la conciencia del autor? «El fin justifica los medios», «Quien roba a un

movimiento literario cuyos directores dispersos no contaban con un

verdadero representante en el teatro. Do otro modo, las diferencias, no
por calladas menos patentes, entre el hoy premio Nobel y los novelistas
y poetas de su generación, habríanse manifestado irreductibles antes de
ahora.
Los intereses creados y Señora ama, representadas por primera· vez
con breve lapso de tiempo, La ,n,1lqueriila después, marcan en la obra
de Benavente el punto máximo de coincidencia del propósito del autor
con el efecto conseguido en el público. Felicísimo remedo de la commedía italiana ddl'arte, cuya pintoresca disposición escénica sorprendió
desde luego a los espectadores, hábilmente perge,'iada con elementos

ladrón tiene cien años de perdón», «A tuerto o a derecho nuestra

casa hasta el techo» son postulados tan científicos como populares
de un mismo instinto de conservación. Lo verdaderamente original,
lo personal, lo autobiográfico de Los intereses creados está en mante-

ner el principio aristocrático de la caballerosidad inmaculada: ,No fuí yo
quien hizo tal, fué mi criado» ".iene a decir Leandro, salvando así todos
los respetos que se deben a su condición, y a que él se obliga.
No es, sin embargo, del teatro de Benavent.e, Los intereses crea.dos lo
que preferimos. Su retoricismo y amaneramiento literarios de calidad

poéticos inspirados en Shakespeare y ea Musset, Los intereses es, quizá,

no obstante su fantasía funambu]esca, lo más humano del teatro benaventino. La parte autobiográfica, que en otras de sus comedjas se des-

•

inferior, prenda segura del éxito entre el público petulante, malogra

cubre en réplicas más o menos oportunas, agudas e ingeniosas, hasta

nuestro gusto. Puestos a elegir una comedia entre todas las de su reper-

el empacho a veces, y en tiradas de prosa discursiva, constituye en esa
farsa el fondo dramático sobre que está tramada la intriga, es algo
consustancial con ella, se entrevé bajo la máscara de los protagonistas,
prestándoles a manera de una conciencia lírica que para descargarse de
su peso se disfraza y finge la voz, sincerísima en defensa propia.
La ocasión del estreno de Los ,intereses cnados nos permite aventu-

torio, coincidimos sin duda con la elección, varias veces proclamada,
del propio autor de Señora ama .
Señora ama nos parece una comedia perfecta. Las mejores cualidadadcs de Be□ avente, gracia irónica, sentimiento humano, finura de observación, aparecen en los tres actos
esta obra tan diestramente pon-

rar esta hipótesis, que añ!1de tan singular atractivo a su eficacia pura-

mente teatral. Agobiado, a lo que parece, por reveses de índole mora436

cte

l '

derados, tan bien conducido el interés al fin moral, tan acertadamente
repartida la simpatía entre los personajes, tan ausente el dramaturgo de
437

����LA PLUMA

LA PLUMA

digiosamente conservado por los embalsamadores admirables y quizás
por el milagro.
El fraile fué a dar cuenta a su superior.
-Un seno ... Era un seno .
-¡Que nadie lo toque!-dijo el rector.
Toda la comunidad pasó por delante del seno virgen y mártir, que
cedió a las miradas como hubiera cedido a los dedos, que era inevitable
que fuese la cosa de morbidez pecaminosa e irresistible.
Conservaba su roseta con todo cuidado, pues los embalsamadores
saben pintar los labios y hasta dan sombra de actriz a los ojos de las em balsamadas.
Aquel seno, aquella reliquia disolvió la comunidad. Todos se fueron
por el mundo buscando un seno que no estuviese prohibido, un seno
como el de Santa Anacaria.
Antes trasladaron a la catedral el seno vivo, viviente, mórbido, muy
entrapujado y pusieron en el letrero: «El corazón» en vez del seno.
LOS SENOS DE LA QUE VA POR CAFÉ

Entra orgullosa de sus senos con la cafetera en la mano. Como es la
caída de la tarde-la hora en que los hombres que han acabado el trabajo necesitan beberse una taza de café-, parece que vuelve después de
haber conseguido, gracias a los pastos del día, que sus senos sean cau··
dalosos, repletos, titilantes .

Tiene este desparramarse de las mujeres por las calles del barrio de
senos mejores, algo de la vuelta de las cabras repletas, imponiéndolas un
modo de andar especial lo «ubronas» que vuelven.
Las que entran en los cafés con sus senos magníficos tienen una altivez especial al decir: «Más café que leche.» Quizás es que ellas pueden
mantener la necesidad de leche que le puede ocurrir al mucho café.
Pasan por todo el café como «echadoras», que se miran en todos los
espejos. Viendo Jo que llevan delante dan ganas de alargar las tazas.
Todo el café espera a que la paradoja se cumpla y que a ellas las ubérrimas las echen «café con leche» en la jarra lechera.
444

Cuando salen del café van más completas, más llenas, más orondas.
En la calle les dirán como a las que llevan los botijos y tienen la caridad
de dejar beber a chorro: «Morena, ¿un poquito&gt;»
LOS SENOS DE LOS QUERUBINES

En el Concilio de Neponucea se discutió largamente, con altercados
violentos, si los querubines tenían senos.

Al dibujar como se dibujaron en los primitivos concilios todas esas
cosas que no podían ser vagas o indeterminadas, al dibujar el pecho de
los querubines se pensó en los senos y se tuvo que hablar de los senos.
¿Aquellos seres de voz deliciosa y de carnes finísimas que eran los querubines tenían senos? Hay quienes querían colocar en sus senos, para que

hubiese algo en ellos, algo como los cuernecillos de la vid, como sus tijeretas o zarcillos de gusto agraz y empezonado.
Aquellos sacerdotes primitivos que comían con los dedos y que mascaban como puercos, con gran ruido, los tronchos de las lechugas y de
los coliflores, hicieron discursos llenos de espesa salsa hablando de los
senos de los querubines.
-Son diáfanos-dijo uno-como si estuviesen hechos de esas nubes
blancas que ni son de agua ni de pedrisco ni de nieve.

-En los vuelos de los querubines-dijo otro--se mueven sus senos
con voluptuosidades puras, de que son incapaces los de las mujeres.
-Se siente muy de lejos-dijo otro-, basta lo siento yo, pobre pecador, en mis ratos de más puro éxtasis, cómo acarician el aire, cómo se

trasmite el roce de sus mórbidos bordes a través de las mayores distancias.
Aquellos curas que entonces eran más que sacerdotes, frailazos, no se
cansaron de añadir encantos a los senos querúbicos.

Sólo uno de entre ellos, rijoso, de sotana más potrona, de cíngulo
más grueso, dijo:
~Los querubines no tienen senos porque si los tuviesen, como fuese,

con el misticismo que queráis, como se toca con los dedos en la concha
441

�LA P L lJ ,\ \ A

LA P L U'\I A

provocando en las danzas una especie de fuga de círculos como os que
se escapan al buen tabaco en la hora espesa.

del agua bendita, así se les tocaría los senos y todos nos derrumbaríamos
en el infierno deopués de haber alcanzado la gloria.
No obstante esa opinión se admitieron los senos de los querubines
por

132

votos contra

LOS SENOS DE LA CHATUNGA

20.

En la chatunga los senos toman una importancia arrebatadora. La
nariz se ha sacrificado para hacerlos más valiosos y deseables. C!eopatra
era chata, pero debla tener los senos que bailan solos la danza de su

LA TEMEROSA

Tenía los senos más bellos del mundo. Había ido a un tasador a que
se los tasase y el tasador le había dicho que valían veinte millones. Las

vientre de ombligo rojo.
La chatunga, con senos vivos y ondulados, es la hermana más casa-

mujeres que son las más entendidas se recreaban con sus senos y la cé~
lebre baronesa-por algo era baronesa en vez de &lt;1&lt;feminesa»-los había

dera de las hermanas. La nariz corta hace discreta la expresión de su
cara y deja que los senos se esplayen.
La chata con senos encantadores enloquecerá a los hombres como si
les diese cloroformo, como si les empujase la cabeza contra el mullido de
una cama queriéndoles ahogar, como si les pusiese un apósito de algodón con que asfixiarles.
En la chatunga parece que el pezón de sus senos hace el gesto chatungón de su chatunguería y ¡os senos se respingaran con gracia rabalera el día en que ella ría la aventura del matrimonio, pues con la chatunga-porque las lágrimas o la seriedad ponen feísima-está asegurada la

querido para ella.
Ella, con gran miedo de que se los robasen, los guardaba en un cojrefort, y a veces los llegó a guardar en las cajas subterráneas del Banco.
Sólo en las grandes solemnidades, en las grandes fiestas del gran
mundo rescataba sus senos y se los ponía.

-Irá la de Rosalda-se decían en voz baja los invitados-, y llevará
sus dos senos, únicos en el mundo ...
El salón que elegía para ir se llenaba de gente desde muy temprano,
pues se podfa dar una fortuna sólo por verla subir las escalinatas. Todos
los invitados, en la plataforma de museo del alto y ancho balcón del des
cansillo que daba a los salones.

risa, en la hora de los atrevimientos que viene~ inmediatamente desp ·és
de la boda y en que todas las hipocresías se inutilizan y todas las rases
1

de resistencia hay que hacerlas frenar en sentido inverso.
LOS SENOS DE LA REGIÓN DE ABA Y

En esa región de Abay, en la India, donde a la mujer que entra en
el primer día desu pubertad se la lanza pintada de rojo por las praderas
y el que primero la encuentra aquel la posee, los senos de las mujeres
son rojos con franjas amarillas .. . Parecen tiros al blanco, pues las franas rojas en los senos son concéntricas, así como en el resto del cuerpo

lo bandan. Todos son felices en la región deAbay, donde sólo existe una
clase de árbol, en que se clava un puñal y salen manantiales de dulzura
entrañable.
Tenía que haber estos senos en algún lado del mundo y allí los hay.
446

LOS SENOS UE- VERDADERO Sto:VRES

,,

En casa del anticuario apareció la fina mujer, cuya cintura se cim-

breaba en la luz.
-,Qué desea? ¿Me trae algún abanico?
El anticuario, al verla sin ningún paquete, creyó que era una de esas
que se sacan de no se sabe dónde un abanico, un abanico viejo, que

llena de lentejuelas la tienda cúando ellas Jo abren.
Ella, acercandose más al anticuario, le dijo:

-Le traigo unos senos de verdadero Sevres .
44'i

�_LA PLUMA
LA PLUMA
-Venga, pase-le dijo el anticuario pasándola al despachito donde
compraba las joyas más importantes.
Ella entró con la determinación de la que va dispuesta a todo, y allí
sacó sus senos y se los enseñó al anticuario.
-,De Sevres? ... ¿De Sevres?-decía el anticuario sin dejar de darles
vueltas, como a los jarrones a los que se busca la marca.
-Sl, mire usted la señal-y la mujer, que tenía los más puros senos
de Sevres, y que sabía dónde estaba el grabado frío, como una cicatriz,
della marca, le dijo:
-Aquí está.
_
El anticuario, con su lupa, se quedó asombrado de la autenticidad y
comenzó a contar, como quien cuenta papeles de fumar, los billetes que
daba por ellos.
Y la mujer de los puros y verdaderos senos de Sevres salía de la tienda sin senos, lisa, como la que ha vendido la última joya que le quedaba
de sus padres.
LOS SENOS POSTIZOS

Aquella mujer se desnudó de espaldas, como quien se quita ropa un
poco sucia, y después se mostró. ¿Cómo ella, que había seducido con su
busto espléndido, era tan escuálida? ¡Ah! No tenía aquellos senos que
aparentaba. Era una mentira.
Por eso tomó una actitud compungida y temerosa de ir a ser rechazada. Pero, sin embargo, el descubrimiento de su subterfugio para atraer
en la calle y hacer pasar el dintel estrecho, el escamoteo que había hecho de sus senos falsos-¿de cartón?, ,de goma?, ¿de vejiga?-la dió un

piensa en ellos! Son los senos de las mujeres que hacen la limpieza, que
arreglan el cuarto, que los tienen más olvidados que nunca en medio del
olvido general ... Alguna vez, sin embargo, piensa el hombre en ellos durante la mañana, y al descubrirlos bajo los matinés entreabiertos le emborrachan como el alcohol en la mañana, cuando se está un poco ayuno
de fuerzas ...
Los senos por la mañana se refrescan, toman la ducha de la mañana
bajo los holgados matinés, se llenan de un rocío interior que les sazona
como el rocío a las lechugas que hemos comido crudas en las huertas
durante las mañanas del estío.
Los senos en la mañana son unos senos como de la mujer que cría,

porque aunque sean de solteras viven para ellas en ese momento, se
dedican a la casa como la madre al niño, los tienen enlechecidos todas
con leche nueva, la leche de la nueva mañana.
Los senos en la mañana son amigos de los zorros, del plumero, de
los espejos, del fondo de los armarios, del fogón, de la cocina, de los
baúles, sobre los que se inclinan, de los periódicos, de los repechos de
todo, de las tablas de las mesas, del saliente de los tocadores.
Los senos en la mañana tienen la calidad de los plátanos que traerá
la cocinera para el almuerzo y de toda la compra que se hace para mantener el día. Son un poco fruta y otro poco hortaliza.
Los senos en la mañana se cansan de trabajar; pero lambién descansan de vez en cuando sobre los sillones, sobre las mecedoras, llenos de
una mañanera languidez, una languidez remota al hombre, en reposo
como los de las monjas, abandonados sobre sí mismos, porque aún no
se han puesto ellas el corsé, un poco durmientes aún.
RAMóN GóMEZ DE

L...,SnNA.

valor impensado, como si hubiesen sido una provocación más sus senos

imaginarios.
EN LA MAÑANA

Los senos muy de mañana tienen una tranquilidad y un abandono
como el que les ·queda a las recién paridas después del parto ... ¡Quién
448

XXIX

449

�LA PLUMA

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALIA

s

D' ANNUNZIO

A NOSOTROS:

G1ovANNJ

Bonrn.-Nadie entre los jóvenes

de la nueva generación, a no ser Slataper, representa tan_ adecua•
damente !a inquietud, el descontento, la desgana, el tedio de los
modernos, como Giovanni Boine.
Nacido para la filosofía, empeñado desde los primeros años en
experiencias y estudios de pensamiento, solo en los últimos de su vida, tras de
luchas formidables para despojarse de todo el peso de su cultura, intentó des•
viarse hacia la lírica pura, con la idea de aislar de todo entorpecimiento su
mundo emotivo. No me parece que lo consiguiera¡ pero quien hoy, después de
su muerte, se acerca a KU obra de combate, constructiva, crítica y de creación,
con un sentido de descontento y de abulia 1 experimenta una sensación de ~ran
respeto, al advertir que tales fragmentos y tentativai, si no están plenamente
resueltos ni son claros, procedían de un ánimo atribuladísimo, en el cual ~e
agitaba tumultuoso un mundo de ideas y de ritmos ansioso de luz y de síutes1s.

•••
Murió de tuberculosis a los treinta años (1917). Pero más que el Boine _de
los últimos tiempos, enfermo y esquinadísimo, es menester ~uscar al Bo~ne
anterior como ha intentado hacerlo precisa!Dcnte en un estudio muy detemdo
publicado ahora en Alemania (Kurt Schroeder, Bonn. und. Lcipzig) un jov~n,
pero muy aventajado crítico italiano, lector en la Umverstdad de Bo~n, 10vanni Vittorio Amoretti: GiOfJanrzi Boine e la letteratura contem¡oranea italtatia,
delineando la fisonomía de Boine, tal como surgió en aquel período turbulento,

?

pero fecundísimo, en que surgieron y se expandieron el futu.rismo, el crocianismo, el movimiento vociano, es decir, en los años inmediatamente anteriores a la guerra (1909-1914 ). Tentativa que pudiera parecer paradójica, sobre
todo en lo que hace referencia al futurismo, por el cual nunca tuvo Boine excesivas simpatías y sí sólo cierta atención; pero que no es tan paradójica si se
tiene eo cuenta el temperamento de este joven, febrilmente ansioso de verdad, pero tan orgulloso, por otra parte, como para no aceptarla de los demás'
aunque fuesen maestros. Estudiante todavía en la Universidad, y necesitado
ya de explicarse a sí mismo su mundo, se adhiere al movimiento católico modernista, representado entonces en Milán por una noble revista cll rinnovameoto». :Mas el problema religioso no lo era todo para él, y sí sólo uno de
tantos puntos oscuros que esclarecer. Le parecía que había de vivir y superar
primero toda una tradid6n histórica, humana, incluso jurídica; y el problema
religioso, como dice muy bien Amoretti, estaba en todo caso unido para él a
todos los demá.s 1 y en modo alguno aislado en sí. Y como el religioso, el moral,
si bien la importación misma de todo problema, encontrase prontamente en
Boine una acentuación ética, rarísima ca otros jóvenes, por no decir imposible. Su educación fu6, desde los primeros años, filosófica; pero de esa filosofía
que sufren los artistas, no Jc,s teóricos natos: la cual intenta y se esfuerza en
llegar al pensamiento a través de la sensación vivida y no encuentra nunca en_
tero equilibrio; precisamente porque la vida no es domesticable ni reductible
a paradigmas, sino caótica, tumultuosa, mudable, incoherente, de-sieual 1 contradictoria.

* • •

Por eso, desde el día que empezamos a conocerlo, en libros y revistas, y
personalmente, Boine nos interesó únicamente como artista, aun no estando
formado todavía y no obstante su difícil lectura; artista: en cuanto todos aus
afanes literarios y filosóficos, de polémica y de crítica, nacían de una individualidad francamente lírica 1 que buscaba más que nada, tanto en las teorías
filosóficas como en las experiencias dialécticas de los demás, un punto de apoyo
para llegar a su nudo emotivo y deshacerlo. Que haya discutido a Croce, que
no se pusiera de acuerdo con Pre2zolini 1 que intentase llegar a Dios, primera:nente a tnvés de filósofos y moralistas 1 de los modernistas después, es cosa
qne a nosotros nos interesaba~ interesa relativamente uada más. Porque lo
que Boine decía en tales referencias y balances, era, más o menos, dialéctica de
un hombre de talento, y bien dotado; no todavía individualidad que se manifies451

450

�LA PLUMA
LA PLUMA
ta y se yergue. Pero cuando superada la barrera del pensamit:.nto ajeno, Boine
intenta llegar a Dios con los propios mc-dios 1 manifestándonos su lucha secreta 1
su espasmo vivo, su experiencia sensible, entonces nos interesa y aprisiona:
alma moderna, que con sus mismos sufrimientos y beatitudes, destaca su drama de las palabras huideras y lo aisla y personifica. Aquí es uno de los nuestros; y, aun más, a todos. nos precede (tal vez por más próximo a la muerte que
todos nosotros) en ese ansia por el más allá, que después de la guerra ha lle·
gado a ser el motivo férvido y sen-tido de gran parte de los escdtores jóvenes
italianos. Aquí es uno de los nuestros; el primero en preguntarse con desconsolada desesperací6n: «lEstá Dios en mí, o en dónde?» Y si en mí ¿por qué no
consigo volver a evocarlo como quisiera, concretarlo 1darle términos evidentes?
Un vivísimo ardor vibra en las páginas de su obra; y aunque su lirismo nos
parezca a veces turbio e incierto/¿quién le negará poesía?: «Entono, pues1 a plenos pulmones 1 el canto de la realidad, de la realidad tangible que me circunda,
el canto de todas las cosas grandes y pequeñas, adversas y placenteras, que yo
con ojos sanos, con la lúcida salud de mis ojos, he definido y visto. Yo curado,
atrás ya la tristeza de la irrealidad angustiosa (tristeza sin fondo de quien no
,1ma en el mundo ninguna cosa más porque ha arrancado del mundo el espíritu1 porque quiere el espíritu, y de todas las cosas terne o sospecha-¡oh Macbeth, oh Segismuudo1 trágicos hermanos míos!-como de vanas apariencias);
yo, curado, entono un canto resplandeciente. Canta con voces distintas dentro
de mí el mundo entero: soy el igual del mundo, el igual de toda cosa en el
mundo.•
Es un grito alado; eu el cuJ.l el alma parece ya tranquila y próxima al reposo. No será así por desgracia; porque tas e."'perieT1cias, incluso aquellas que
tenemos por más consumadas (y por lo tanto resueltas) la vida misma nos las
vuelve a presentar a intervalos-aunque sea con otros aspectos -como n uevos y urgentes empeños que rescatar; pero, en fin, al menos por el momento,
ia duda y el ansia parecen aquietadas, vencidas: •Dios: inmensa sombra que
iocumiJe 1 que amenaza al mundo (en que el mundo se desvincula) y que infiltra,
que embebe, que reúne en un haz las cosas todas.•
Condus~ón nada pacífica que lleva coa·sigo una sombra, una duda nueva; Y
como una necesidad de dejarse penetrar y sobrepujar por las cosas de alrededor: vive y no vive, con esa pasividad de los seres que a todo renuncian.
«Perdidas todas las ilusiones 1 yo las busco-dirá un día~; y esta P,S preci
samente 1 la tragedia poética, no solo suya sino de torlos 1 volver a encontrar
4

452

mañana, a la vuelta de la esquina, las mismas dudas y necesidades que ya
se creían superadas. Porque la vida del poeta y su esfuerzo están de continuo
enderezados a la verdad, y la verdad huye, se escurre, se esconde, siempre encarnizada enemiga de quien la persigue y la quiere.

* *

1

.¡.
i

*

Tragedia que había de conducirle 1 como le condujo, a fraccionar en los últimos tiempos su mundo en briznas y atisbos, en impulsos y reacciones, como
aquel que busca y no encuentra, y ora vuelve sobre su::, pasos, ora da un paso
más; sin correr nunca el riesgo de una aventura demasiado complicada. No había sido un escritor que pudiera llevar a término un trabajo complt&gt;jo, ya fuese
por razones de salud, ya por descontento interior; pero ll pucato, aquel su
primer cuento de una experiencia de amor, era al menos un cuento, con un
principio, un desarrollo lógico, una conclusión; y así L'esperienza religiosa, verdadero ensayo, entre lírico y metafísico, de uo conocimiento, y Perdzete tutte
le :'ltusioni, io le cerco; rebusca ésta cada vez más obsesionante, más perturbadora, más desesperada; porque quiere alcanzar la verdad a costa de pruebas,
cada vez más atrevidas; pero sin tener fuerza y tranquilidad para buscarlas con
paciencia y medírlas antes que en el papel. sobre sí mismo. Es una enseñanza.
Es un adiestramiento: de la sensación no tanto cotidiana, como del momento,
pasajera; una fuga sin ritmo, ávida del detalle que si no es obtenido de momento, puede desaparecer para siempre. En suma, una especie de fiebre, la
misma fiebre tal vez que lo abate físicamente, y a la cual O.o resiste intelectualmente tampoco: ciego por la. verdad y más negado ca:da vez para encontrarla.
Luego. el abatimiento: ¿de qué_sirve hacer vibrar tantas cuerdas y jugar al escondite coa. la verdad, cuando hay quien, como el tío Bautista, por ejemplo, vive
su vida 1 entre el sol, el miir y su pipa, tan sereno? Después de tantas briznas
de pensamiento y tanto hervor de imágenes-expresadas y volcadas a manos
llenas en el papel~he aquí que Giovanni Boine se serena y busca no ya el
porqué de las cosas, sino la satisfacci0n superficial en la cosa misma: ya sea
una mariposa que vuela, un vaso de vino que burbujea, ya un pajarín que
canta. Vivir, vivir, vivir. E ironiza esta renuncia tan. trágica 1 si bien con esfuerzo tal que nosotros, leyéndole, no le creemos. Mientes-nos vemos obligados
a decirle-, mientes para enmascarar tu sufrimiento! Con todo, estos frJgrnentos y momentos de supuesta paz son bellos. Hay en su misma incertidumbre
expresiva, toda la tragedia de este hombre 1 que finge una serenidad idílica,
precisamente cuando el p:lthos de su espíritu llega al colmo. &lt;Entonces, la
453

�LA PLUMA

LA PLUMA
senda que tomo, lentament(': 1 es la mía; tras las tapias de los huertos nos espía,
bisbeando, un rumor de espadañas; los macitos de rosas blancas se deshojan
por doquier¡-y va al camposanto.»
Incluso como ritmo, estas últimas palabras del poeta, denotan la caída: algo
que, irresistiblemente, si bien poco a poco, se derrumba: Y luego ese guión,
separación enérgica, sl, pero inútil: .y va al camposanto&gt;.

•••

No se adhirió nunca a ningún movimiento, filosófico ni literario. Comprendía que tenía mucho que hacer, de por sí: para disipar sus deudas antiguas, y
dulcificar, aligerar los estremecimientos nuevos: h3.rto que hacer para comprenderse; y, por otra parte, no comprendía cómo la filosofía podía descender
a la práctica, a la acción, como pretendía J'rezzolini: el cual esta próximo a su
tiemµo y, en cierto modo, lo precede. Boine. no. Boine es individualista. De
aquí su continuo desdén para con los demás: ya sean artistas, pensadores u
hombres de acción. Quien no esté de acuerdo con é1, le es ajeno. Y en la crítica no hubo nu:1ca opinión tan parcial como la suya: muy capaz de comparaciones temibles cuando el artista que considera, se le parece; y de ridículas andanadas cuando da con artistas diferentes de él. ¡Ay de los demasiado claros,
los demasiado simples, los artistas lúcidos y tersos! Le parecerán obstinada.
mente mediocres. Con otros, por el contrario, cuyo pensamiento se complica
y no consigue expresarse claramente, se encuentra pronto de acuerdo 1 porque
se reflrja en su mismo drama formal; y se siente mejorado con el ejemplo.

aún, sus Plausi e Botte para ver cuán árdua lucha debió sostener en busca de
una expresión suya, inconfundible, expresión que la muerte le impidió hallar.
Drama formal, por lo tanto. Porque el fondo humano de Giovanni Boine, tras
de experiencias y tenta· ivas innumerables, era esencialmente artístico; y quien
logra librar de la armazón científica toda su obra filos6fica, ética y polémica,
sicote, sobre todo, a un almr1 que sufre, nerviosa, angustiada por la duda mental y la enfermedad física (la cual debió ciertamente pesar mucho, sobre todo
en los últimos años, sobre su labor intelectual) incrédula a veces, y otras incluso escéptica: descontenta de sí misma antes que de los demás y buscando
en vano un punto seguro para librar el vuelo o cantar al sol. Es menester verlo
cuando se abandona-desnudo de toda su cultura y reducido voluntariamente
a un vocabulario lo más exiguo-, cuando se abandona a contarnos un paseo
por el campo, ante su mar: con cuánta suavidad y sabor consigue darnos páoicameute el sentido de las cosas que viven y prosperan; mie.ntras su cuerpo
físico, bien lo notaba él, se iba descomponiendo y deshaciendo cada vez más.
Es menester verlo en tales momentos: cómo se afana en hacer vibrar todo
cuanto ve: y cuántas pinceladas emplea para que toda cosa despunte y se ilumine. Esas páginas se leen con trabajo, lo sé; no son sencillas, no siempre son
evidelltes. Pero por eso precisamente nos interesa; porque con una sensibilid:=td semejante, COI:!. una tan intens.a vitalidad, con tao rica potencia de vibraciones, no ha dejado por último a sus connacionales ninguna ¡:iágina inmortal.
é! 1 que de todos nosotros, era tal vez el 6nko preparado para crearla.

* * •
e Drama formal• he dicho. Aquí es precisamente, donde, según mi punto de
vista, se estudia y considera a :Boine. Porque él tenía, sí, una disciplina a la
cual responder, inte:-na, :nora): y una individualidad lírica, fortísima sin duda
alguua; pero ni la una ni li\ otra se allanaron ni esclarecieron del todo nunca:
engarzadas en aquel su natural descontento y rudo (aunque educado por vastíc,ima cultura), dondt" se mezclaban y confundían con el detalle bellísimo innumerables corpúsculos sin forma, imprecisos e indecisos. Disciplina de la mente
por un lado; individualidad lírica riquísima pero procelosa, de otro¡ mas la fusión que debía producirse en el estilo precisamente 1 la fusi6.i falta. Si alguna
de sus obras-pequeñas( véanse J discorsi militan.) no están excesivamente maceradas, otras se resienten muy mucho de ello; y basta leer (no obstante sus be1Jí_
simos detalles) su cuento Ji peccalo, ~sus fragmentos de pensamientos, o, mejor

&lt;54

M.A:iuo PoCCINI.

IlJBUOGRAFÍA:

Giovanni Boine: ll peccato ed altre cose (La Voce-Firenze).-La ferita non
cbiusa (La Voce•Firenze).-Frantumi-seguito da Plausi e Botte.
G. V. Moretti: Giovanm· Boine {Kurt Schroeder, Bonn und Leipzig).
Giovanoi Papiai: 1 estimonianze (Vallacchi, Fireoze).
Giuseppe Pre.zzolioi: Amici (Val1acchi 1 Firenzc).

455

�LA PLUMA

'LA PLUMA
ALEMANIA
SCIUTORES.-Hablaré en primer término (l) de tres autores a quien
los tratados de paz han convertido en checoeslova.c-os. Uno de ellos 1
Franz Werfel, vive no lejos de Viena; los otros dos, Gustavo Meyrink y Max Brod, en Praga.
Franz Werfel es, ya lo he dicho, el poeta más grande de su generac1on. Su obra, que apenas abarca diez años de su vida1 comprende cinco
o seis colecciones de poemas, tres dr~mas y una novelita de tendencias apologéticas y sociales, cuya tesis está resumida en el título Nicht der MOrder der
E,·mordete ist schuldig.Quede aislada esa novela en la producción de Franz\Verfel: es su úaico trozo de prosa y pertenece a la literatura de tesis. Le falta, además, la pujanza de invención y de forma que constituye la característica principal de su talento. Sé que prepara una novela más narrativa, en la que tratará
de lucirse como estilista. Por eso no quiero juzgarle ahora y condenar la calidad de su prosa. Pero no oculto que mi admiración se concentra por entero en
su poesía. De sus tres dramas, el primero no es más que una adaptación de las
1 royanas de Eurípides, y los otros dos, SpiegeJ11i1nsck y Bockgesang, están rebozados en tantas disquisiciones metafísicas e ideológicas, que la acción se pierde
y se quedan a medio camino entre ~¡ poema y el drama, sin la fuerza expresiva del uno ni del otro. De esto ya he tratado al hablar del teatro .
Como poeta, Franz Werfel ha publicado una serie de volúmenes que denotan la continuidad de su pensamiento y a la vez su evolución. El primero, lJer
VVdtfnund, celebraba la necesidad de quebrantar todas las fórmulas que esclavizan moralmente al hombre, que le rodean desde la infancia y ahogan su
vida; el último 1 Der Gericktstag, muestra al hombre en lucha consigo mismo, y
sin tr0pezar con más obstáculo en la senda de la libertad que su mezquindad y
su incorupre □ sión propias. Entre uno y otro, Wir Sind, Die Versuchung, Einander, su obra maestra, y Gesii.nge aus den drei Reic/un-volumen que está un
poco al margen de su producción y de sus preocupaciones-marcan las etapas
de esa conquista del yo.
Prefiero Einander al Gericktstag a causa de las preocupaciones metafísicas
que envuelven, desvían y a veces paralizan el sano y sendUo lirismo de que
dan testimonio los libros anteriores, sobre ·todo Einander. Acaso soy injusto
(1)

Véase en el n!Ímoro anterior la crónica de letras alemanas.

con la poesia filosófica, pero siempre, quien la cultiva, me hace sospechar que
pretende esconder en la confusión de sus razonamientos y teorías una crisis
de la imaginación, un desmayo de la poesía. Veo en ello un síntoma de desaliento, cuando menos pasajero-este es ~l caso, creo yo, de Franz Werfel- 1
y un modo de situarse para el descanso, remediando la insuficiencia del lirismo ccn aportaciones de ideas, y el elogio de ideas tradicionales en demasía
con un lirismo mitigado. Nada de esto ocurre en Einande,·: el dolor total de la
guerra alimenta ese libro, sin prolijidad, sin plantarse nunca en el primer término del esceoario. El drama se esconde en la conciencia del poeta, que ea. la
senda de su emancipación tropieza con aquella locura colectiva y se niega a
someterse a su resolución destructora. El admirabJe poema De1· Krieg, escrito
a principios de agosto de 1914, es, en cierto modo 1 la proclamación lírica de su
desesperación y de su resistencia. Pero la desesperacióu suprime la libertad;
por eso Werfel se ha aplicado a vencerla, a dominarla, y muchas páginas de
Einander cueutan esa peregrinación lenta y dura hacia. el equilibrio y la seguridad .
El camino elegido por Franz Werfel Je aleja de sus amigos y tiende a encerrarlo en el angosto círculo de una metafísica que, a fuerza de severidad, podría llegar a ser desdeñosa y casi inhumana. Pero tengo confianza en él; saldrá
de ese trance con la violencia moral y la tiesura de un predicador, rnas hallará
lu~go, ante el espectác•llo de la vida y del heroísmo oscuro de los hombres de
buena volunt-1.d, los acentos de Wir Sind y de Einander.
Gustav Meyrink pertenece a una generación anterior, a la que tiene ahora
cincuenta años. Como novelista es, al mismo tiempo, satírico y místico; sus
libros ostentan el carácter de esas preocupaciones opuestas. Gustav Meyrink
ha trasladado a sus novelas los sistemas filosóficos, o más exactamente, Gcu1tistas, que han llamado su atención, y a los q_ae ha prestado cierta unidad la
lógica de su cerebro. De ello resulta un cuadro bastante completo de las teorías en que ha solido apoyarse, desde la india hasta la judea antigua, la sabiduría asiática. Confieso, sin embargo 1 que a mis ojos no está ahí el v:tlor de Gustav Meyrink, sino en la inteligencia penetrante con que somete a un análisis
cruel a la sooiedad contemporánea. En ciertos pasajes de Walpu.rgisnachi, su
mejor novela para rui gusto, revela un genío para lo grotesco verdaderamente
incomparable. Bien sé que le acusan de aderezar artificialmente el interés de
sus novelas inventando detalles tendenciosos, y de crear por entero la psicología de ciertas castas, como la aristocracia schwarz-geJb (habsburguesa), en
Walp1trgi.m.acht. Pern si esa afirmación e5 aparentemente exacta, tratáudose del
457

�LA PLt:MA

LA PI, U M A
ambiente político de Praga reflejado en aquella novela, dífícil seda decir otro
tanto de JJas grünen Gnicht y de la extraordinaria pjntura de la judería que en
ese libro nos da. Y mucho más difícil aún tratándose de los breves cuentos y
de las parodias del Oeuisclzm Spieturs T,Vunderlt.orn, obra mr1estra de Ja sátira
alc!mana 1 digna de un émulo de Juan Pablo Richter.
Max Broo es también una figura de marca en la literatura alemana, a la
vez que en la mentalidad judía de nuestra época. Brod es un cerebral y esa cerebralidad aguza extremadamente.los síntomas judaicos de s11 carácter. Analista a la manera del Swan de M. Marcel Proust, con una pertinacia y una conciencia admirables 1 se apUca a cortar pelos en el aire; y cuando los objetos así
extenuados se disipan en humo o en polvo, se pone a rehacerlos por la metafísica. No es esta la parte más ligera de su trabajo. Es tan curioso como lamentable que Max Brod gaste un talento enorme en ese juego cerebral, juego triste,
sin brío, desprovisto de emoción y de simple belleza.
La obra de Max Brod, a!lnque considerable, no es muy variada. Bajo la ñCción de su inteligencia disolvente, todos los temas adquieren un aspecto parecido, se rc-ducen a un montón de ceniza 1 que el novelista remueve con pasión.
Entre sus principales libros e:-stablezco una escala de preferencias. Siento, por
ejemplo, verdadera simpatía por ]udfnnen, Das grosse Wagnis, y por la colc:ccióo de cuentos Dü Einsamm, donde se encuentra la obra maestra de Brod: Ein
tscheschisches Di'enstmii,dchen. Por el contrario 1 me inspiran ~incera hostilidad
Schloss Nornetiyg-ge y J,ffet'be·rUJirischaft, que llega a ser aversión respecto del
famoso Tyc/tc, Brahe.
Antes de proseguir la enumeración de los escritores que completan d cuadro de la Alemania literaria, y c!e trazar la silueta de los que, por diversos motivos, reclaman nuestra atención invocando gustos literarios más antiguos, citaré al poeta expresionista Jobannes R. Becher y al notable novelista Alfred
DOblin, representante, durante mucho tiempo, del futurismo, e inclinado ahora
hacia un reaJismo depurado.
Jobannes R. Becher es el poeta de los anatemas y de las rebeliones sentimentales. Con desordenada energía se ha revuelto contra todas las manifestaciones de la vida colectiva que su vida personal ha ido atravesRndo. Antes de
la guerra se consagró a odiar a los hombres satisfechos y despreocupados; duniote la guerra se rebeió contr~ la disciplina de muerte que empujaba a los
pueblos a la degollina; luego, la agonía de la revoluci6n suscitó su rabia contra
os mercenarios del orden. Cada vez su obra se renovaba, y cada vez Becher

'

'.

nos ofrecía un libro precioso: en 1914, Verfalt und Triumplt; en 1916, AnEuropa y Vtrbrüderung-, en 1~18, el Piian gtgen die Ztit, donde se ha expresado mefor que en ningún otro; en 1919, Dar neue Gtdicht, las Gtdickit für ei11 Volk y
An A.lit, que es la obra maestra de la poesía revolucionaria del siglo xx. Joh,rnnes R. Becher posee el genio de la lengua alemana; en los más difíciles tritnces
demuestra un dominio asombroso sobre las palabras y una seguridad en el estilo sorprendente en un Jírico tan exasperado. Y ello le asegura contra la iodi·
f erencia y el olvido.
Por grande que sea mi amistad con Johannes Becher, no oculto que Alfred
DOblin se lleva mis preferencias, no obstante la ci-isis de futurismo por que
pasó al comienzo de su carrera, cuando la acción de Marinetti, suscitó en Ale·
mania ecos de aprobación. A nadie perjudicó esa crisis tanto como al propio
DOblin. En torno suyo se: arremolinó el snobismo, fu.é mal comprendido, y estos males no se han desvanecido aún por completo. Esa es la causa de que le
aplaudan principalmeute por obras de dudoso valor, mientras que una novela
de tanta consideración como Die drei S;rün'gt des U-ang-t1mg no ha logrado el
triunfo que merecía.
Alfred DOblin entró en el futurismo con una gravedad y una voluntad netamente alemanas. La fantasía que los inventores dd futurismo despilfarraban
en sus catecismos literarios le faltó, hasta el punto de parecer una víctima más
que un C'ooquistador. Creyó en la virtud del futurismo. Adherido con pasión al
movimiento se propuso rebasar el marco de la crítica destructora y levantar
sobre las ruinas del arte un edfficio nuevo. No acertó. El destino de DOblin es
asombroso. Cuando quiso llevar el futurismo más allá de la negación, llegó inconscientemente a refutar sus principios; el libro reciente, cuyo título he cita.
do, Die Drei Sprüngt., obra vasta, de fuerte estructura, viene a corrobo.ra1 Jos
principios que pretendía destruir.
Alfred DOblin no es un retórico. El futurismo' es una codificación dt la retórica. Como no es retórico, DOblin no se divierte en jugar con las palabras y
su prosa es de una riqueza eminentemente plástica. En su novela Der Schwarze Vorluzng, mostraba ya cualídades de estilista en la tradición del realismo, pero
ponía el mayor empeño en ocultar esa propensión a los ojos del público. El
escritor luchaba con sus cualidades; el artista con su talento. El libro es trabajoso, y sólo en alguu,1s páginas se muestra la pujanza del autor. Pero en las
.Drei Sprünge triunfan indi::cutiblemente las cualidades, y bajo la etiqueta que
la cobija, la obra despliega su forma suotuosa 1 tradicional y sólida. De suerte
459

458

l

��LA PLU.MA

LA PLUMA
maestro, ha de quedar siempre vivo en el recuerdo de nuestra juventud. Es 1 al
lado de Verdaguer, el clásico de nuestro renacimlento Literario. El poeta de la
espontaneidad y de la gracia, el pensador de las profundas ideas. vive aún por•
que sus libros están siempre presentes en nuestra imaginación; porque, guia•
dos por e!lo:i, hemos de partir a la conquista de la serenidad. Su nombre no ha
de apaga:rse, sino que ha de crecer con el tí~mpo hasta llenar el vasto horizonte de la cultura catalana. Sus ideas han de cuajar en fruto dentro del surco
profundo de la raza donde moran para siempre. So.o la simiente eterna que
trabaja Y fructifica, siempre vieja y siempre nueva, porque es el alma de Cataluña.
La figura de Maragall va tomando más cut"rpo a medida que se aleja de noso:ros. Déa veodTá que le veremos tan grande que no podremos comprender
como fué que el gran muerto fué amigo nuestro, que tantas veoes estrechamos
sus manos inquietas, que pasamos tantas horas en su conversación, que nos
sentamos a menudo a su lado y vímos su respiración y escucbamos sos palabras; que u□ día antes de caer enfermo nos recibió en su estudio y nos habló
con ~a mi~ma dulzura de siempre, con su voz un poco apagada que tenía matices molv1dables, con sus palabras precisas, coo sus conceptos claros; porque
Manigall habla_odo era el mísmo de sus artículos y de sus versos1 amigo ante
todo de la claridad, que es el secreto ,de los dioses. Hasta no podremos comprender cómo fué que le vimos muerto, c-on su túnica franciscana, con el marfi~ de sus pies desnudos que acababan de hacer su último paso soberano por la
vida, c?n el dulce reposo de sus facciones, que se habían dormido iJara siempre, mientras su alma luminosa había dejado el cuerpo para &lt;1brir s.us ojos más
g.randes .a lJZ major naiXenra.
Han pasado diez años. No se ce·Jebra en esos días nincruna fiesta en home•
• •
•
D
na1e suyo, pero v1v1mos 10te11samente todos la obra de Maraga11. La fiesta se
celebra dentro de nuestras almas, en el callado ambiente de los cuartos de estudio donde se elabQra el trabajo espi1,itual de cada día. Eo este mismo trabajo de cada día glorificamos la obra de Mara~all. Es algo co-nsubstaucial en nosotros, algo muy íntimo, como la levadura de la raza catalana.
Maragall deja una única obra teatral, Nausica. En la velada necrológica que
celebró el Ateneo Barcelonés, en aquella tribuna donde el gran muerto se sentó
un día para pronunciar los altos conceptos del Etogi de la Pa1·aula 1 se dieron a
conocer las primicias de su única obra de teatro que dejó al morir ínédita. La
voz cálida de Mar.garita Xit-gu entonó fragmentos de aquellos ca~tos, por los
462

l.

cuales la belleza inmortal de la Greda descendía basta la Cataluña nuestra. Dos
grandes genios se unían a través del sueño de los siglos y de las civilizaciones.
El mismo nos había hablado anteriormente, emocionado, de la tragedia planeada. Se le aparecía Nausica, fresca, infantil, catalana 1 abriendo el retorno de
Ulises a su patria, después de sus grandes trabajos y peligros.
Más tarde se t'Stren6 la obra. Tre5 grandes escenógrafos pintaron el decorado, un gran dibujante dí.ó los modelos de los figurines, todo el lujo se derrochó en homenaje al gran muerto, que nos había dejado cuando más necesitá•
bamos de él. Pero, a pesar de la buena voluntad, faltaba algo: faltaba en h presentación y en la ejecución la simplicidad de línea con que Maragall compuso
su obra, la pureza de !as generaciones primitivas, la gracia virgen de los bosques y del mar donde se desarrollan las escenas inmortales de la prin·cesa y
del héroe, algo de lo que pint6 Maurice Denis en su maravillosa tela Ulises que
vuelve. ¡Cómo hubiera ~anado la fábula sin decoraciones, teniendo como fondo
los pliegues arm6nicos de un cortinaje, sobre los cualt:s, doncellas vestidas
simplemente de túnicas flotantes tejieran las danzas y los juegos de las compañeras inocentes de Nausica!
Entendemos que no se estrenó la tragedia de Maragall hasta que, el año pasado, la actriz Pepita Tapias, que ha tenido en Madrid un éxito rotuncio, encarnó en el teatro Eldorado, de Barcelona, la joveñ figura de la prinaeslta de

l

íl

1

Maragall.
De todos modos, habría qve pensar en la creación de ligas espirituales que
fiscalizaran los atentados realizados en memoria de los grandes muertos o subsanaran el olvido, demasiad© fácil, de las nuevas generaciones. Si ahora todos
tenemos presente la augusta figura de Maragall, quién nos dice que generaciones futuras no olvidarán momentáneamente su obra. Este momento de olvido,
por breve que sea, porque la.sobras definitivas acaban por triunfar a pesar de
todo, sería un dolor imponderable. ¿Por qué oo cree,r en la posibilidad de la
fundación de una liga espiritual cEls Amics den Maragall», a i:;ernejanza de e Les
Amis de Balzao? ...
Han pasado diez años desde su tránsito srreno, porque fué serena su muerte como había sido serena :::u vida. Era uno de aquellos raros hombres que sólo
despiertan simpatías en la vida, de los cuales puede decirse que no tenían euemigos. Ante su alto valor moral de bombre de bien, casi tan alto como su valor
de poeta frente a la posteridad, no habfa partidos, ni cenáculos, ni odios, ni envidias. El buscaba con un instinto de poeta en la vida y en la obra, ei sedimen463

�LA PLUMA

LA PLUMA
to de bondad que había hasta en el corazón de los malos. Había recibído también en pl~io rostro salpicaduras de lodo, pero había seguido serenamente su
camino de superación espiritual.
Murió en un día muy puro de invierno, con un augurio de primavera en el
aire. No hacía frío. La ciudad se dibujaba en el crepúsculo, desde el jardín de
su casa, con todos sus detalles, basta el azul sereno de su mar latino. Parecía
que se podían contar las casas una a una, los árboles de los paseos y de los
jardines1 las velas abiertas en la transparencia del mar. Y el poeta allí había
muerto y reposaba sobre un túmulo, con la túnica franciscana y el reposo tranquilo de sus facciones marfilinas.
¡Hace ya diez años y todo esto parece tan vivo! Su jardín es el mismo con
los árboles más corpulentos, ellos que cobijaron los amores del poeta. Cuando
pasó el féretro bajo los follajes desnudos pareció, hace diez años, en una mañana de diciembre como ésta, que dejaban caer sobre los despojos mortales
del poeta las últimas hoias del año, con una sensibilidad exquisita.

• * *
Acabada esta crónica de devoción a los muertos , primera de mis crónicas
de cL("tras catalanas:. para LA PLUMA, empezaré en seguida mi labor de crítica
litera.ria, con la seguridad de que habré cumplido con estas palabras un deber
que deberíamos guardar todos los hombres de nuestra generación.

J. M.iSSÓ VENTÓS.
MÉXICO
PoKsÍA.-1-Hace tiem po publiqué una pequeña nota sobre la espiritualidad mexicana (1) habiendo recibido con tal motivo más de
un reproche lleno de justicia de los intelectuales de mi país y de
¡a América Latina.
¿Es po:;ible-me preguntan-que pueda decirse enfáticamente
cuál es el primer poeta mexicano?
(Díaz Mirón o González Martínez, Francisco A. de Icaza o José Juan Tablada?
Claro está que no, porque cada uno de estos espíritus selectos tiene difeA

(1) En cCosmópolis:. 1 de Madrid, julio de 1921; reproducida en cNuestra
América&gt;, de Buenos Aires; en «América Latina&gt;, de París, v en cEl Heraldo
de México, .
~
464

rente sensibilidad y diferente estética; porque si el autor de 1.Lascas, impone
siempre al recordar su obra la rememoración de la Grecia luminosa-palabras
de Tablada-, Francisco A. de Icaza es sincero y su poesía-comentaba Daríaes una canción de melodía cuyo secreto psíquico y armonioso no lo percibe
sino el meditabundo y el comprensivo.
Sin embargo, Pedro Henríquez Ureña~ crítico doctísimo 1 hizo la clasifica•
cióo de seis dioses mayo1·es en la lírica nuestra: Gutiérez Nájera y Manuel José
Othón, muertos¡ Díaz Mirón, Amado Nervo (1) 1 Luis G. Urbina y Enrique González Martínez- y agrega: cada uno de e-stos grandes poetas tuvo su hora.
González Martínez es el de la hora presente, el amado y el preferido por la juventud,
Para mí, si Enrique Gonzá!ez Martínez es el poeta de la meditación, e] poeta sazonado que anda a caza del alma y del sentido de las cosas 1 Jo!::ié Juan Tablada es el bardo de las inquietudes y de las modernidades y el apóstol de las
estéticas palpitantes¡ pero, a pesar de ("]lo, sigo en la creencia de que Salvador
Díaz Mirón-sin tumar en cuenta sus llamaradas, fanfarrias y grandilocuen_
das de la primera época, sino la produccitin dorada del otoño-, es el espíritu
poético más alto que poseemos; sin desconocer tampoco a Gutiérrez Nájera,
que con Ruben Darío 1 Julián del Casal y José Asunción Silva, introdujeron en
América 1a modalidad francesa, siendo los precursores de la renovación de la
literatura latino-americana.
Tres grupos o cenáculos-escribe Jenaro Estrada-han difundido en México la poesía nueva: el de la cRevista Azul&gt; formado por Manuel Gutiérrez Nájera, Justo Sierra-aunque éste es anterior y debe considerársele, según anota
Luis G. Urbina, del grupo de Altamirano, de Manuel José Othón y de Juan de
Dios Peza-y Luis G. Urbina; y de esta agrupación se derivó 1.Revista Moderna•
fundada por Jesús E. Valenzuela y aristocratizada por las firmas de José Juan
Tablada, Amado Nervo, Balbino Dávalos, Francisco M. de Olaguibel, Efren Rebolledo, Ruben M. Campos y Enrique Goruález Martínez; habiendo ejercido
una influencia absoluta la 4Revist:i. Moderna&gt;, no s6lo en la literatura mexicana , sino también en todo el Continente de habla española.
Después se formó el grupo más fuerte, el más preparado, el más cultoi el
de 19101 que dió vida al cAteneo de la Juventud&gt;, que con el viejo cLiceo Altami.rano&gt;, son las dos agrupaciones que mayor influencia han tenido en los últimos tiempos; y e5 que el cAteneo de la Juventud» lo integraron espíritus tan
(1) Murió en mayo de 1919.

XXX

�LA PLUMA
comprensivos, tau exquisitos y tan bien orientados como Alfonso Cravioto, AlÍOTJSO Reyes, Rafael L6pez, Antonio Caso, Eduardo Colín, Roberto Arguelles
Briagas, José Vasconcelos, Luis Castillo Ledón, Jesús T. Acevedo, Manuel de
la Parra, Rafael Cabrera y Alba Herrera y Ogazón.
Y en este tiempo, en la mística quietud de la provincia, surgía uno de los
más grandes poetas mexicanos: Ramón López Velarde (1) 1botón de gloria que
acaba de caer al zarpazo aleve de la muerte-dijo Alfonso Cravioto en la Oración Fúoebre-López Velarde, mejor que un poeta de presente fué un gran
poeta de futuro.
A grandes rasgos he dicho el paisaje de la poesía mexicana desde 1894, en
que Carlos Díaz Dufóo y el imponderable Duque Job fundaron la cRevista
Azul•, donde empezaron a revelarse muchos de los que actualmente son el orgullo de nuestras letras.
Desde luego, el poeta más antiguo de los actual~s, es Salvador Díaz Mirón,
qu~ con «Lascas•, libro dilecto, armonioso y noble, donde todas las palabras
poseen el soberbio milagro de la arquitectura ática, marcó una nueva orienta~
ción, no sólo en la literatura latino-americana (2); en España siguieron su ruta
una cohorte de imitadores 1 donde se hic.ierou calcos facsimilares dt: sus estrofas (3),
Ahora, el magnífico troquelador de ,Gris de perla• ha enmudecido, y vive
triste y viejo a la orilla del mar.
Hace algún tiempo, «Cultura» hizo una selección de los poemas del egregio
veracruzano, con un admirable prólogo de Rafael López.
De Francisco A. de !caza, que acaba de publicar un precioso libro, c!aro
como un chorro de Castalia, el «Cancionero de la vida honda y de la emoción
fugitiva», apunta José María Izquierdo, el más representativo de la Andalucía
moderna:
«Multum in parvo. Un dilatado estudio, un hondo sentir, una gran copia de
ideas, de sensaciones que estuvieran a punto de cristalizar en un esquema, y

¡

1

(1) Murió en junio de 1921.
(2) La osada elocuencia de Salv,ador Díaz Mirón afect6 también a Darío y
al famoso poeta que, en concepto de muchos, ha ocupado su puesto, Santos
Chocaoo, del PerlÍ., aunque no todos coinciden en concederle esa primacía,
pues algunos pretendeµ. colocar sobre ese pedestal a Díaz Mirón. - Isaac
Goldberg, Ph. D. cLa literatura hispano-americana:t, Madrid.
(3) F. A. de Icaza. Conferencia en el Ateneo de Madrid sobre los grandes
poetas de México.

466

LA PLUMA
que por obra y gracia de un espíritu aristocrático, dotado de un vivo anhelo de
belleza 1 cuajaran en una frase preñada de sentido, en un verso palpitante .•.
Sintetizar en un pensamiento una suma de ciencia, un caudal de experiencias;
resumir en una flor los trabajos de una vida ... He aquí el arte-arte de sabiduría y de poesía-del Sr. !caza. Toda la vida es un puro sacrificio, y nada que
valga la pena de vivirse se alcanza, si no le hemos sacrificado algo. Si no nos
decidimos a prescindir de lo accesorio, toda nuestra obra será una cosa supérflua. Quien no sea capaz de renunciamiento, que renuncie a ser artista. Asi
-mucho en poco, el arte velando el arte y la vida consagrada al arte, para que
éste goce vida perdurable-son sus libros de versos.:t
Además, Francisco A. de lcaza es un eminente cervantista y un crítico sapiente, respetado por lo más serio de la intelectualidad española; ahí están sus
estudios «Las Novelas Ejemplares de Cervantes•, «Nuevos Estudios Cervánticos:t, «El Quijote durante tres siglos» y «Suc€:SOS reales que parecen imaginarios», qac lo bañaron de prestigio y de honores, así como su «Antología crítica
de Poetas Extranjeros:t.
Su primer libro de poemas «Efímeras:t fué publicado en Madrid en 1892.
Icaza, desde hace más de cuatro lustros, pertenece a la carrera diplomática,
habiendo sido Ministro de México en Alemania y en España, por lo que todos
sus triunfos literarios los ha conquistado lejos de la patria.
Luis G. Urbina ocupa un remarcado sitial en la historia de nuestra literatura; romántico, $entimental, bebió las mieles rítmicas de Gutiérrez Nájera; su
poesía es suave y confidencial como las notas de un clavicordio; todavía habla
del ~arroyuelo murmurador&gt; y canta a la «pálida luz &lt;le Ja luna:t; en su último
libro «El Corazón Juglar:t quiere renovarse, pero esas inquietudes que ardorosamente desea asimilarse hacen que sus estrofas sean pesadas y fuera del tono
de su antigua y dulce canción.
Allá en lejanas calendas, el maestro Sierra, en un prólogo a Urbina, escribió: «Sus composiciones primeras pueden fi~urar al lado de las últimas:t .
Y es la verdad.
Urbina está muv bien con sus «Lámparas en Agonía&gt;.
La historia de literatura en México debe mucho a este delicado poeta: la
«Antología del Centenario-•, q~e hizo en colaboración de Pedro Henríquez
Ueeña y Nic.olás Rangel; la eLiteratura Mexicana:t y cLa Vida Literaria en
México&gt; 1 ex.tracto del prólogo de la «Antología del Centenario».
Alfonso Reyes, que es en el momento uno de los más elevados valores in467

!;

�LA PLUMA
LA PLUMA
telectuaJcs, dt"'.l que no solamente está envanecido mi país, sino la Am~rica entera, y esto lo escribo sin temor a rectificaci6n, al ocuparse de Enrique González Martínci, comenta:
•Este poeta pone mdsica en todos tos instantes (de su vida) y sobre Ja escala de sus· notas, los hace deslizarse hacia ese misticismo central que los coordina. Su poesfa es como su vida: hay en ella algo que yo llamaría cartesianismo
poltico; una constante referencia a las primeras evidencias del espíritu. El
poeta sale al mundo, se asoma a la Naturaleza, hojea los libros, saluda a los
hombres, cultiva un poco s11 viña diariamente, y luego huye1 por senderos qne
sólo él conoce, hacia el sagrario del silencio. Allí tiene que acabar todas las
poesías, porque el alma misma enmudece . Allí llega con el tesoro de sus visiones recién robadas, corrige los valores, los pesa; y el alma asimila calladamente
las nuevas ~mociones, y así va creciendo en perfección. Esta es su poesía y
esta es su vida.&gt;
Todos los libros de González Martínez1 cuyas diáfanas fuentes están a la orilla del Sena, han sido revelaciones; libros panteístas y plenos de hondo conocimiento de la vida; libros hechos para la aristocracia pensante son: cLos Senderos Ocultos&gt;, e El Libro de la Fuerza, de !a Bondad y del Ensueño&gt; y cLa
Palabra del Viento&gt;.
Ha hecho infinitas traducciones de poetas franceses contemporáneos que
recogió en dos volúmenes: •Jardines de Francia•; y otras aparecen en cLa
Poesía Francesa Moderna&gt;, antología anotada por Enrique Díez-Canedo.
Tiene un estudio maestro sobre los tres poetas belgas Maeterlinck, Rodenbach y Verhaeren, editado por cCultura•, y varias versiones de ese poeta piadoso, exquisito y humilde, que se llama Francis Jammes.
La juventud intelectual de México y Centro América sigue con asombro y
deleite la estética diamantina de José Juan Tablada, estética deslumbrante
como una llama de carburo y fuerte como un motor de 40 H. P.
Tabalada, elogiado por Leepoldo Lugones y llamado por José Enrique
Rodó, cuno de los predilectos de Arieh, clava con el áureo alfiler del Arte las
mariposas del instante, y es el que atesora todas las vibraciones modernas;
vivaz, salta con oportunidad sobre lo novísimo; constantemente riega su jardín
interior con aguas de Juvencio y sus rosas magníficas giran con el sol.
Sus últimos libros de poemas •Un día ... •, con reminiscencias de Jules Rc-nard, que, como éste, es un privilegiado cazador de imágenes; cLi-Po&gt;, queposee los irisados malabarismos y los cohetes de bengala de Guillermo Apolli468

naire y «El Jarro de Flores•, que aún tiene la tinta fresca de las prensas
de Nueva York, dicen de la sagacidad de su talento y de su orquestación
dinámica.
Estos son, a mi modo de pensar, los poetas primados que modulan sus decires en mi joveu República, profesora de energías y de idealh•mo, revolucionaria y romántica.

(Continuará).

GUILLKRKO JIÚNKZ

TEATROS
R.BAL.-Las hablillas de entre-bastidores, las referencias, más
o menos· autorizadas, de los revisteros teatrales, en torno a una
obra nueva, ilustran muchas veces las circunstancias de su estreno.
Las declaraciones de Eduardo Marquina, acerca de su colaboración
con el empresario de Eslava, permiten entrever la génesis del poema, cuya representacióu se han apresurado a señalar algunos críticos como un
cambio de rumbo en el procedimiento dramático habitual en el autor de .Doña
Maria la Brava. No ya la expresión poética, voluntariamente ajena a las sugestiones orientales proclamadas en el cartel con declarar la procedencia india
de Et pavo ,·eal, mas cierta propensión a exagerar la suavidad sentimental de
la leyenda, denota la inspiración de segunda mano de que se ha valido Marquina para componer el drama, cuyo felicísimo suceso opone rotundo mentís a
las exculpaciones con que se defiendea, alegando el mal gusto del público, los
directores de teatros cultivadores del género que se ha dado en llamar castrakán•. Las referencias y comeatarios a que antes aludíamos permiten suponer
que si el Et pavo real representado en Eslava µrocede de la India, el barco que
a Europa lo trajo, hizo, cuando menos, escala en Gibraltar. En resumidas
cuentas, que tiene de indio lo que de chino La túnica amarilla, divertidísima
adaptación senídaQOS antaño en Ja Princesa por Jacinto Bcnavente.
A lo que parece, por lo qu~ se cuenta, y ror lo que se infiere, la colaboración del empresario de Eslava con el poeta de El jatJo real, se reduce al ofrecimiento de un plan somero, ideado o combinado, siguiendo ia pauta de alguna obra inglesa, pcr la escritora, cuyo ps~ud6nimo de cGregorio Martínez
469

(1

L PAVO

�LA PLUMA

LA PLUMA
Sierra&gt;, ha logrado hacer popular en osadas empresas mercantiles, el propio
manager de Catalina Bárc~na. Diferencias de criterio, que escapan a la consideración del crítico, y que por lo demás no importan al caso 1 han roto por esta
vez el consorcio a que se debe la producción escénica de Canción de cuna
Mamá, Don Juan de EspaiitJ, etc., compensándonos muy ventajosamente con E;
pavo real de Eduardo Marquina.
Pocas Teces ha estado tan feliz el poeta de Elegias y Vindimióu, como ahora,
:lil constreñir su lirismo exuberante a la justa expresión de los efectos dramáticos. Del principio al fin se desarrolla la acción poética de Et pavo real proporcionada y sobria, sin que rompa la unidad del poema la sucesión de cuadros y escenas, a cual más vivos y pintorescos. Hemos de insistir, en elogio
del poeta, en la virtualidad de su trabajo, tan !ogrado 1 que consigue comunicar,
a través del ambiente fantástico de la leyenda, y de )¡ visualidad del escenario
-habilísima pero quizás excesivamente decorado por Fontanals-, emoción
humana a los entes morales de la fábula, y encarnar en verdadero .'iCntimicnto,
la harto fácil moraleja.
Gracias a la r".&gt;bustez física y espiritual de Marquina, no se ha dejado llevar
del don de lágrimas en que suele exceder su co,laborador-tan modesto así
mismo en esta ocasión que se ha limitado a. cobrar simplemente su parte
alícuota, aunque discutible1 de nutteur en scem, sin compartir la gloria de los
carteles. Esperamos, con todo, que EJ pavo real no signifique rectificación en
el propósito poético, señalado con tan raro aliento en Las hiJas del Cid, y acomodado después con explicable pero sensible sentimiento, a las exigencias de
Ja realidad ... de Jos empresarios.
Cierto que la interpretación de El pavo ,·eal en Eslava, por lo que a los actores se refiere, no convida a seguir otras normas que las marcadas por La
chica del gato. Pese a los sueltos de contaduría 1 pocas veces se ha visto recitación más desdichada, ni más amanerado movimiento escénico. A no existir la
compañía de Ricardo Calvo, cuyas Mocedades, de todos los Castros que en el
mundo han sido y son-que no de Guillén solo-dan ciento y raya a todas las
interpretadones sin sentido, la del Pa'l)O ,·eat no tuviera par. Salvo las niñas
encargadas del papel de niños, y eso por :su grJciosa soltura infantil, siempre
de seguro efecto en el teatro, más que por revelarse en ellas excepcionales
condiciones dramáticas, los demás se distinguieron todos, como decía siempre
un crítico, a quien Dios habrá perdonado en el Limbo su inc:1nsable benevolencia. De hacer alguna mención especial, correspondería por derecho en pri-

'.

mer términc, a la Bárcena, tan incomprensiva en su papel como falta de facultades, y a los racionistas encargados de representar los guardias de ;palacio,
cuya inexperiencia tergiversa el sentido de una de las escenas de efecto mejor
logrado
-EL DONCl:1. ROMÁNTICO.-Más afortunado Luis Fernándcz Ardavín, en ese
respecto, ha podido ver bien servido su último drama por la compañía Guerrero-Mendoza . Cuidadísimo el detalle, siempre adecuadamente dispuesto e]
conjunto, hace tiempo que en Madrid no era dado asistir a espectáculo tan
grato. Doña María Guerrero acertó además, como en sus más acabadas realizaciones escénicas, a prestar a la •Carmen Sevillan:::i• imaginada por Ardavín,
consistencia de mujer y plena evidencia dramática. Aclamada con entusiasmo
la noche del estreno en las escenas patéticas. quizás ni el público ni los críticos
han señalado cumplidamente lo que, a nuestro entender, reclama ahora en ella
por modo singular la atención debida a la verdadera maestria. Es a saber, la
manera natural, supremo artificio del buen actor, con que en los pasajes menos
brillantes, el verso, sin menoscabo del ritmo. toma en boca de la Guerrero el
movimicuto de la prosa, concentrando la expansión lírica en la expresión dramática, fundiendo en s.uma los elementos reales y poéticos que constituyen la
representación. María GuerI'ero, como los grandes cantantes que empiezan a
declinar, muéstrasenos en un momento· propicio para el arte. En posesión aún
de sus mejores recursos1 y no ya fiada solo en la exageración de sus facultades
naturales, ]e incumbirían, a no hallarse contaminada de la atmósfera viciosísima de escenarios y saloncillos, el descubrimiento de nuevos poetas dramátioos
y la defensa del patrimonio clásico del teatro español. Representando a lbsen
y a D' Anauozio ;IJa vuelto a la escena Eleonora Duse¡ cubriendo con su pabe1ló1.J la mercancía de monsieur Verneuil su nieto, sí, pero dando al César lo
que es del César, y a Racine lo que es de Racine, se salvará el buen nombre de
Sarah la espectral, intérprete de la F'edra y la Esther. Mancha que no se limpia
será siempre en el escudo de la Fnncesa el favor de que goza, sin honra ni
provecho, e1 repertorio de Muñoz Seca .
Es verdad que El doncel romántico no ha llevado público al teatro donde se
rstrenó con éxito franco. Dt!monos a razones: Al día siguiente, la Prensa señaló unánime los defectos, que los tiene, del drama, recalcando la supuesta superioridad del poeta lírico1 patente en tal o cual pezzo di bravura. Con la sola excepción de En.rique de Mesa, cuya probidad hace época en los anales de la
crítica de España, atento a discernir en El doncel romántiro los elementos per-

471

470

�LA PLUMA

LA PLUMA
niciosos para el lo!iro del dramaturgo cabal que, desde su primera obra, promete ser Ardavfo, los demás revisteros, incluso los más benévolos, daban a
entender harto la disconformidad del público de la primera representación. Lo
Cual, no es lcierto. Sobremanera injusta nos parece la conducta sin sanción
posible, de Manuel Machado1 que negando toda cualidad literaria.y artística al
Doncet romántico,se complace en justificar con ironías disimuladas su benevolencia para las chocarrerías sin gracia de comedias(?) inaceptables.
EJ doncel ,·omántico, superior con mucho a La dama del armiño, revela en
Ardavín al dJ;"amaturgo nato. Contra el parecer general, si la obra peca por exceso, débese al afáa. de injertar en la acción dramática aria:; puramente líricas
Y de fácil aplauso, no al drama, ni a su acción teatral. Ni es tampoco el ambiente pintori;-sco de principios del siglo xrx lo que nos seduce, sino su modernidad. El incesto no es clásico □ i romántico. La manera de revelarnos el
drama del protagonista, es modernísima: en Ja inconsciencia del sueño, el doncel declara, con solo pronunciar el nombre de su amada, que no la maldecía
despierto tanto por haber descubierto en ella a su propia madre envilecida
cuanto por sentirse atado por la fatalidad de la carne. ¿El poeta ha leído a:Freud?
Por más que con gracia, un tanto resabida pero discreta, subtitule a su drama, dlolletín escénico» ~o es por mero afán de acumular complicaciones, por
lo que el doncel romántico-en pos de las sombras de Werther, de Larra-se
mata la mañana misma de su boda. Es la lógica de la acción la que tal pide.
Incluso la escena última, un tanto forzada para que sea doña María Guerrero
quien cierre la obra, se salva dramáticamente por el efecto de la mii·ada acusadora en las pupilas, fijas por la muerte, del hijo infeliz. Hay, pues, un buen
drama en El doncel romántico, y, sobre todo, en su autor, un dramaturgo.
El abono de la Princesa ha obligado a cortar la obra, que, en efecto, necesitaba ser aligerada de un acto. ¿Ha hecho bien el autor en consentir, en holocausto al hipócrita puritanismo de las abonadas, que ta!es cortes se hayan hecho en detrimento de la escena cuya valentía encerraba el drama en sí? En todo
caso, publicada corre la obra, en su versión primera.
No creemos, por otra parte1 que se deba a desvío del público por el E! r.'Qn•
cel romántico, Sil escasa asistencia a la Princesa. El público a quien pudiera
gustarle, no puede pagar los precios excesivos que los teatros han dado en señalar a diario. Y, si es verdad que los directores de la Princesa se ven sujetos
al criterio estrecho de sus abonados, no lo es menos que cada cual se hace el
público que quiere. Lo que no se puede es jugar con dos barajas.
'

•1•

•

Acertados en general los intérpretes de El doncel romántico, hasta lograr a
veces una estilización desusada en las escenas españolas, hemos de apuntar el
indudable acierto de Fernando Díaz de Mendoza y Guerrero, cuyas malas condiciones de voz va venciendo el estudio, la afición, el empeño, de que tan faltos están por lo ~eneral los cómicos, y que sería de dese.ar ver empleados en
una colaboración deddida con tos pocos autores jóvenes capaces de regenerar
nuestro teatro. Muy discreto también el señor González María.
-RuTH DuPr:R.-Sugestivas en extremo han sido las representaciones de
Miss Ruth Draper, excepcional artista norteamericana. Sia compañía, sin decorado ni atrezzo alguno, sin otra caracterización que la conseguida con el gesto
y la voz, Ruth Draper representa verdaderas comedias-monodramas los titule
ella-, produciendo e□ el público la ilusión de tiempo y lugar, el recitado y la
acción de los interlocutores imaginarios.
Nos hallamos, pues, ante el problema mismo del teatro: Miss Draper ha
dado sus representaciones en el mismo de la Princesa donde María Guerrero
y Fernando· Diaz de Mendoza mantienen, en punto al servido escénico, los
principios de la escuela realista. Más de una vez hemos visto a Miss Draper,
antes de alzarse el telón, retirar del escenario un siilón o una mesa de mero
adorno, y que juzgaba innecesarios para su trabajo. Una mesa o una silla eran 1
cuanc!o más, todo su atrezzo. ¿Se deben presentar, o representar las cosas? El
público ¿ha de ser mero espectador, o contribuir colabo:-ando con su imaginación al espectáculo? Es el dilema que ha dado origen a las diferentes fases del
teatro ruso en sus varias modalidades artísticas. De un lado, Stanislawsky,-la
perfección realista-; de otro, el arte sintético, evocador y no reproductor de
la realidad, del Murciélago y de PitOef.
Miss Ruth Draper, sencillamente vestida y con un simple fondo, sale, al público, precedida de un cartelillo que anuncia el número correspondiente del
p1ograma. Las primeras palabras de s11 diálogo con los supuestos personajes a
quienes escucha y responde, sitúan desde luego la acción. Muchas veces, ni la
·palabra importa. En «El Amor en los Balkanes•, por ejemplo, Miss Draper habla un idioma imaginario también cuya fonética imita a la perfección una lengua
eslava. El tono1 el acento, le bastan para dar con la pantomima la sens:ici\)n del
drama.
He ahí, tal vez, el teatro del porvenir. Rilorno aJf anfico. En el principio.f.
era el bululú.
U11 cdrrco IKCIPIKNTK.
473

�LA PLt;MA

LIBROS Y REVISTAS
Juan Ramón Jiméne-z: Segunda Antolofi'a poética (1898•1918).-Calpe 1 Colee•
ción Universal, Madrid,

1922.

« Vino,

primero, pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
Luego se fué vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fuí odiando, sin saberlo.
L!egó a ser u.na reina
fastuosa de tesoros ...
¡Qué iracundia de ye-1 y sin sentidol
... Mas se foé desnudando.
Y yo le sonreía.
.Se quedó con la túnka
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica
y apareció desnuda toda.
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía p&lt;&gt;.ra siempre!,
Esta poesía, nómero 411 de las recoO"idas por el propio autor en su S~gtmda
Amoiojz'a poltica, es sin duda sincero tr:suoto autobiográfico de las vicisitudes
de su musa.
No es fácil seguir los paso~ del poeta hipersensible por excelencia, cuya
obra.~~ 18y~ a la fecha obtiene eu grado sumo el consenso de los fieles a una
trad1c1~n lí_nca que la renovación que se llamó modernista apenas encubría,
al propio tiempo que el reconocimiento autorizado de precursor de las nuevas
formas en ensayo, por parte de los ióvenes recién vocados a la poesía.
No rs fácil se~uir los pasos de Juan Ramón Jiménez desde sus primeros
versos a }os re-un1dos en Piedra y Cielo (19q-1918). El mismo prurito de exac474

titud que le mueve a señalar con precisión, red1.,;ciéndolo al momento y circunstancias de su creación, cadp poema-cada verso casi-despista al curioso
--y aun al amoroso-investigador. Puesto a referir con números indicadores
de un orden prolijo las diversas categorías asignadas a su vasta producción,
tampoco se atiene a la cronología rigurosa, ni conserva el título como apareció
de tal o cual poesía o colección. De algún libro reniega ¡,or entero: Ninfeas 1
Almas de Violeta están suprimidos en la copiosa relación de nombre~ de esta
Antolojía. Si oo al simple lector, al crítico literario, semejante falta no ba de
serle indiferente ni parecerle desprovista de sigoificación. En todo caso, el
gusto caprichoso de los primeros alardes modernistas-incluso tipográficosdel Juan Ramón Jiwénez juvenil, se corresponde lógicamente en mucha parte
con las preocupaciones quP. actualmente le inducen a insistir por señas o incisos sobre la atención del lector. Ni deja de comprender él mismo, en las notas
finales, lo excesivo e íoútil de tanta complicación sentimental e intelectual,
harto explicadas en breve carta prólogo, a su vez comentada, subrayada, recalcada.
Detengámonos un punto no más, en el supuesto fundamental que justifica
la selección de esta Segunda t1ntotojía 1 única verdaderamente destinada al público1 ya que la preciosa edición de la primera (cHispanic Society:. de Nueva
York, 1917) es limitadísima. cUoas poesías escogidas no pueden tener, como escogidas, un valor permanente, sino solo el del momento en que fué elegida
cada una&gt;, dice el poeta salvando su intención.
¡Ah, no! Hay poesías mejores entre las buenas¡ selección que no está sujeta
a la veleid1d del gusto individual, mucho menos eJ del autor, sino que depende
precisamente del acuerdo entre la expresión en que el poeta ha logrado vaciar
su sentimiento, y el grado de e~oción que eu la mayoría de lectores hay~ podido·suscitar.
Juan Ramón Jirnénez es de cuantos poetas cantan en español quien tiene
vena más honda y fluída. El sentido musical de lo inefable nadie como él lo ha
poseído. No 1 no es de ninguna manera el ·interés histórico de su obra, las formas de transición a que vaya dando lugar su afán siempre vivo por descubrfr
cada vez relaciones más precisas entre la palabra y el sentir dolorido, en pos
de la suprema serenidad inaccesible, lo que de su obra nos gana la voluntad
por entero. No sino la perfecció11 de sus mejores poesías: c¡Mañaoa de Primaveral&gt; «¡Tú me mirarás llorando!&gt; Ya &lt;:&gt;stán ahí las carretas!• «Mañana de la
Cruz&gt;:
«Dios está azul. La flauta y el tambor
anuncian ya la cruz de primRvera.
¡Vivan las rosas, las rosas del amor 1
entre el verdor con sol de la pradera!
Vámonos al campo por ,-omero,

Vámonos, vámonos
por romero y por amor•..
•••••.••• - •.•••••••••••••••• &gt;

475

�LA PLUMA
eEl poeta a caballo, 1 cAmo el paisaje verde por el lado del río&gt;, ,Luna,
fuente de paz en el prado del cielo&gt;, e Le he puesto una rosl fresca-a la flauta
melancólica-; cuao.do cante, cantará ron música y con aroma», ,Estampa de
invierno», cSoJedad•, cAbrib, cPaz,, ,Hojas Nuevas,, ,Retrato de de.:ihOra•,
«Al sueño&gt;, ,Tren y buque•, ,El Nostálgico:

c¿Mar desde el huerto;
huerto desde el mar?
¿Ir con el que pasa cantando;
oírlo, desde lejos, cantar?&gt;
cCanción de invierno&gt;, eHora inmensa,, ,Primavera•, cNada1o y «Otoño» (de
los «Sonetos Espirituales,), ,El Poema:

ÍNDICE DEL VOLUMEN V

No le toques ya más,
que así es la rosa•,

,,
'

son pequeñas grandes obras de la lírica moderna, que emergen consistentes,
definitivas, de una tonalidad general irisada, diluída en romancillos deliciosos,
cuya vaguedad e imprecisión de concepto nimba de celestes oros, de malvas
perfumados, de estrellas verdes, de latidos violeta, la mirada hermética del
poeta, perdida en uaa voluntad tenaz de captación del secreto susceptible de
ser cifrado en el signo puro, sin relación humana.
En plena madurez de conciencia artística, Juan Ramón Jiméuez, modelador
asigne del sentimiento propio de un estado de ánimo, logrado ya poéticamente en Arias tristes, Jardines lejanos, Pastorales, Baladas de Primavera, Elejías, La soledad sonora, Poemas Mágicos y Dolientes, emprende ahora la conquista espiritual de un más allá de la poesía inmaculada. Eternidades, El niario de un Poeta Rer,·üncasado, Pit1dra y Cielo, inician el camino difícil -¿a dóndd-de una nueva música del concepto abstruso.
C. R. C.

FIN DEL VOLUMEN QUINTO

1922
JULIO

A DICIEMBRE
Páginas

NÚMERO 26 (JULIO)
Ramón del Valle-lnclán. Cara de Plata ..................... ,.
Alonso Quesada: Mar mío... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ricardo Baroja: La gran corrida de toros... . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Domingo Rivero: Yo, a mi cuerpo. . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . .
Diego de Mendoza: De un ejército contra moros. . . . . . . . . . . • • .
Cardenio: Almanzor .................... , ....... • - • • • .. • .. •
Crónicas literarias: Paul Colin: Rathenau ................. , . .
Un crítico incipiente: Las compañías de la legua .•......... , . .
Libros: R. Blanco Fombona: El conquístador español del siglo
XVI.-Carlos Sabat Ercasty: Poemas del Hombre.-Carmende
Burgos (Colombine): Rttorno.-José M.' Chacón: Ensayos de
literatura cub,wa.-Luis H. Hidalgo: El poema triunfal.-Adela Marión Adám: Platón. Sus ideales morales y polítfcos.-Mario Puccini: Dove i il peccato e Dio.-Raymond Schwab: La
conque/e de la ;oie.-Raimondo Raymondi: Verso fl solt di
Levan/e.-Revistas ................................. • . • • •

5

27
28
46
47
49
58
63

69
471

�•

LA PLUMA
Pági.au

¡

NÚMERO 27 (AGOSTO)
Ramón del Valle-lnclán: Cara de Plata ......... . ... . . .. .... .
C. Rivas Cherif: Cuatro sonetos ... . ....................... .

81
100

Ramón M. ª Tenreiro: Posesión. . ......................... .

!03

Gines Pérez de Hita: El caudillo .............. .. ........... .
Ramón Gómez de lá Serna: El novelista .. . .............. . .. .
Fernando González: En la transmutación del maestro, ...•....
Crónicas literarias: Paul Colin: Bélgica; Jules Bertaut: Francia;
Alfredo Pimenta: Portugal; Un crítico incipiente: Teatros ... .
Libros: Adolfo Reyes: El carro de asalto .-R. Buen día Abreu:
Luz.-Luis del Valle: Flores marchitas.-Huberto Pérez de la
Ossa: Po/ifunías.-0. W. de L. Milosz: La colifession de Lémud.-Céline Arnauld: Point de mire.............. . ......

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Páginas .

literada de V. García Calderón.-Paul Verlaine: Cordura.A. del Valle Arizpe. Doña Leonor de Cácerts y Acevedo.-Fernán Silva Valdés: Agua del tiempó.- Gastón Figueira: Hada
las cumbres.-E. Malespine: Mitabolíques.-L. Martín Granizo: La provincia de Leó,z.-J. l. Escobar: füc,itos.-Roge!io
Sotela: Recogimiento.-Revistas .. ............ . ...... . .... ,

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NÚMERO 29 (OCTUBRE)
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NÚMERO 28 (SEPTIEMBRE)
Ramón del Valle-Inclán: Cara de Plata......................
Adolfo Rubio: Paisaje. Ante la;; cuartillas.............. . .....
C. Rivas Cherif: Facecias.. .. . .. .. . . .. . .. .. . .. . . .. .. .. .. . ..
Cardenio: Los curas oprimidos........... . .................
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . . .. . .. . . . . . . . . . . . .
Pedro de Rivadeneira: Los lisonjeros y el príncipe. . ... . . . . . . . .
Crónicas literarias: Mario Puccini: Prezzolini; Paul Colin: Frank
Wedekind; Un crítico incipiente: La noche del sábado. La niña
de Gómez Arias.. . . . . . . .. • . .. . .. . .. . . . . . . . . . .. . . .. . .. . ..
G. Gaspar: Pólux a Cástor.. . . . .. . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ..
Rogelio Buendía: Tarde de sol... . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Manuel Ugarte: Mi campaña hispanoamtni:ana.-F. lscar
Peyra: la bolsa y la vida.-A. Gide: La puerta estrecha. -A.
Mercereau: Pensees choúies.-Napoleón Pacheco: Personahdad

LA PLUMA

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Ramón del Valle-lnclán: Cara de Plata ........ ,.............
Ricardo Baroja: Un personaje de novela . . . . . . . . . . . . ...... • .
Cristóbal de Villalón: Religión de hombres honrados... . . . . . . .
Ramón Gómez de la Serna: El novelista. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Fernando González: Manantiales en la ruta. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Crónicas literarias: Mario Puccini: Gian Pietro Lucini; Un crítico incipiente: Teátros y cines.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Domingo Rivero: El humilde sendero. . . . . . . . . . . . . . . . . . • . . . .
Libros . Tomás Morales: las rosas de Hércules .-A. Hernández
Catá: La muerte nueva,-Saulo Torón: las monedas de cobre.
Joaquín Edwards Bello: La muerte de Vanderb,lt.-Juan Ruiz
de Alarcón: Los favores del mundo. - Alfredo Pimenta: Prete:&gt;:tos e njtexoens .-Mario Puccini: Viva la anarquía! Uomini deboli e umni,zí forti.-Car!os Prendez Saldías: El alma en los
crútaüs.-Revistas. -Gacetilla ................. , , • • • • •, • •,

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NÚMERO 30 (NOVIEMBRE)
C. Rivas Cherif: Un liberal de antaño.......................
Ramón del Valle-lnclán: Cara de Plata . . ........... ,.. . .....
Jorge Guillén: Rigor .. .. ................ ,, .... •• .. • .. • .... •
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LA PLUMA
Páginas.

Ramón Gómez de la Serna: Palabras sobre el alba indescriptible.
Die~o de Simancas: Hector Rodríguez, catedrático . . . . . . . . . . .
Crónicas literarias: M. A.: España y Persia; Jules Bertaut: Francia; Paul Colin: Alemania; Alfredo Pimenta: Portugal.. . . . . .
El Paseante en Corte: ... castillo famoso.. . . . . . • . . . . . . . . . . . . . .
Libros: Ramón Gómez de la Serna: Variacíones. El incongruenlt.
Mauricio López Roberts: El Ave blanca.-Isaac Goldberg: La
líteratwa hbpanoamer!cana.-Pedro Leandro Ipuche: Alas
nuevas.-Dr. Atl: Las sín,fonías del Popocatepetl.............

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NÚMERO 31 DICIEMBRE
Ramón del Valle-Inclán: Cara de Plata......................
Enrique Diez Canedo: Tomás Morale•.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Luis Fernández Ardavín: Serenidad .. - . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
C. Rivas Cherif: La obra de Benavcnte al fulgor del premio
Nobel..................................................
Ramón Gómez de la Serna: Senos inéditos. . . . . . . . • . . . . . . . . . .
Crónicas literarias: Mario Puccini: Italia; Paul Colin: Alemania.
J. Massó Ventos: Cataluña; Guillermo Jiménez: México; Un
crítico incipiente: Teatro•: El pavo real. El doncel romántico.
Ruth Draper............................................
Libros: Juan R. Jiménez: Segunda antoloj{a poéüca ....... , ....
Indice del volumen V. . . . . . . . . . . . . . . . • . . . . . . . . . . . . . • . . . . . .

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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              <text>https://www.codice.uanl.mx/RegistroBibliografico/InformacionBibliografica?from=BusquedaAvanzada&amp;bibId=1753230&amp;biblioteca=0&amp;fb=20000&amp;fm=6&amp;isbn=</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA

1

1

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11

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bien le sentaba cuando comía pan y ceboUa con el honrado pLteblO:, más que
t&gt;I Sr. Lerroux en licenciarse hn ta11dado Santa Teresa en llegar a doctora; más
doctrina que en las Facultades universitaria!! hay en cualquier discurso de! señor Lerroux. Le ha bastado arengar en Canarias para que las divinidades académicas de La Lagu.na se decidieran a zambullirlo simbólicamente en aquellas
aguas, sacándolo jurisperito regenerado. Poseemos el texto de su oración!
«Llegará un día-exclama el Sr. Lerroux, profeta-en que grandes vías férreas
han de cruzar Europa, han de cruzar el Atlántico por la línea más breve, y por
la costa del Cllotinente africano, llegar hasta América, donde se irradiarán por
todos los países 1 llevando hasta ellos el caudal de nuestra rique.za, las palpitaciones de toda nuestra vida. Esn L.0 VERÁN LAS (;KNERACIONBS VKNIDRRAS.:t ¡Pues
tendrán que abrir un ojo tamaño! ¿Y lo que se atormenta el Sr. Lerroux con
los grandes problemas históricos? ,He sentido-añade-un gran dolor en el
corazón cuando algunos pensaban que acaso hubiese sido preferible que no
hubiese nacido Cristóbal Colón.:t ¡No se apure, doo Alejandro; ni se duela de
nada! Podemos asegurarle que si CristóGal Colón no hubiese nacido, no tendríamos toros de la ganadería de Veragua; lo demás, sería casi lo mismo. cHa
de pensarse siempre coa la mirada fija en el porvenir, como pensó Inglaterra
cuando 1 coN oos SIGLOS DK A.NTIC[J&gt;AClÓN (?) ocupó Gibraltar, se hizo daefia de
Malta 1 dominó el Egipto, para hacer de la India un pueblo auxiliar (o para kacer !tablar a Lert·oux en Las Palmas) y poder expansionar su riqueza, abriéndose nuevos mercados.:t Esa _prev~sión inglesa será mucho más admirable de
aquí a cien o doscientos años, cuando el Lcrroux que esté de tanda eche de
ver que los ingleses se apoderaron de Gibraltar ccon cuatro siglos de anticipación». Pero los ingleses mismos, con ser quien son, no pueden competir con
Ja Providencia, que biza nacer a Jesuc1•isto eL1 el comienzo exacto de la Era
Cristiana, precisamente mil novecientos veintidós áños antes de licenciarse en
Derecho el Sr. Lerroux.

•
320

A:ilO III.

MADRID, NOVIBMBRE 1922

NÚM. 50.

UN LIBERAL DE ANTAÑO
EN LA MUERTE DE DON AMÓS SALVADOR

niño, la idea que yo tenía de los patriarcas era por
demás imponente; la luenga barba blanca, la túnica, el aspecto grave con que los pintaban las estampas del Fleury,
sugeríanme la impresión de una voz tonante que amedrentaba mis sueños. Como después he visto alguno sin tal atuendo
bíblico, de primeras no lo he reconocido.
Hace el nombre a la cosa. Aunque no lo sé de cierto, no creo que
el nombre de pila de D. Amós Salvador respondiera a ninguna tradición antigua en su familia. Sin duda sus padres, a usanza castellana
de cristianos viejos, pusiéronle simplemente bajo la advocación del
santo del día, en que nació. El apellido Salvador ¿denota ascendencia
de judíos conversos? En todo caso, Amós Salvador es nombre que
imprime carácter, que parece definir ya de por sí una personalidad

(1

XXI

UANDO

321

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LA PLUMA

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a ojos del escéptico desengañado, chirimbolos teatrales sin correspondencia en la realidad. Una política liberal ha de regir el Estado,
representación verdadera de Ia conciencia nacional traducida en
leyes fundamentales comunes a todos los súbditos. Garantida la
libertad ir.dividua!, el Estado mantiene una religión nacional en cuyos dogmas morales se cimenta la sociedad española, por mejor defender la personalidad jurídica de la nación de la ingerencia de Roma;
sustenta un c1iterio nacional en materia de enseñanza, atribuí da a los
Institutos y Universidades del Estado; vela, en las Academias, por la
conservación y el progreso de una ciencia y un:arte nacionales; mantiene, sobre todo, la supremacía del castellano, como idioma español
oficial, sobre las demás lenguas y dialectos regionales. Llevando la
teoría al extremo, incluso admite como buena la intervención de su
autoridad en las fiestas de toros, porque nada se sustraiga, con hipócrita ignorancia, a la ley nacional.
El buen liberal de antaño sigue creyendo en la posibilidad de
continuar la historia de España, respetando los principios constitucionales pactados hace medio siglo entre la Revolución y el Poder
Real. Su política de unión liberal reniega siempre de todo espíritu
faccioso-llámese regionalismo, sindicalismo socialista, tecnicismo
profesional, camarillas, somatenes, juntas de defensa o de acción
ciudadana-que implique menoscabo del Estado en que la nación
define su personalidad.
El buen liberal de antaño muere, si no pobre de solemnidad,
ajeno a las grandes especulaciones de los nuevos ricos, acogido al
horaciano huerto familiar regado por el Ebro, río nacional por excelencia.
Y al volver para siempre a su tierra, su pueblo calla con solemne duelo, en el que late, por una vez, bajo el rito oficial, un

sentimiento de augusta sencillez humana. Sobre
ria poner la copla de Jorge Manrique:

su tumba cumpli-

,¡Qué amigo de sus amigos,
qué señor para criados
y parieotes 1
qué enemigo de enemigos1
qué maestro de esforzados
y valientes!
Qué seso para discretos,
qué gracia para donosos,
qué razón,
cuán benigno a los sujetos,
y a los bravos y dañosos1
un león!&gt;

c.

RIVAS CHERIF,

�'l'

LA. PLUMA
SA.BELITA

Padrino, vuélvame a San Clemente.
EL CABALLERO

Después de la cena. Siéntate.

'11
11

'j!

SAHELITA

1

¡¡

1¡i

,,.

:1

CARA DE PLATA ~

Permítame que le sirva.

COMEDIA

EL CABALLERO

No llores y obedece,

BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

SABELITA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA TERCERA (,J

Mi destino es llorar.
EL CABALLERO

ESCENA PRIMERA
Toma mí copa y bebe.

SALA GRAND E y oscura en el Pazo de Lantañón. Un Santo
Cristo con enagüillas en la tiniebla del ,nuro encaladí!, sugiere su lívida
tragedia. Hipnotiza el clavo amarillo de una luz dt aceite. Por el vano
de u.n arco se advierte la mesa con recado de manteles. Rondan en torno
gatos y pe,-ros. El Mayoraz![o, en su sillón, levanta la copa. Sabe/ita,
en ti fondo de una puerta, se cubre la cara. ¡Blancura de aquellas

SABELITA

¡No me avergüence, padrino!
EL CABALLERO

¡Aborrecida vergüenza!

manos!

EL CABALLERO estrella la copa y se alza del sill~n bamboleandí! la mesa. Largo y sobresaltado temblor del ª1''ª,. loceno, se de. y se apaga el vel on.
, En la sala oscura1 como. sz
, naciese
l
rra,na el vino
de pronto, la luna argent,í una vidriera, Con las .figztras diluidas en a
el prestigio de las voces y de las sombras.
()SCf
_..,
1 n 'dad, sura'Ía

EL CABALLERO

Descubre los ojos y mírame.
SABELITA

¡No puedo!
SABELITA

EL CABALLERO

¡Obedece, Isabel!
( 1)
328

Véas..-:: LA

PLUMA

de octubre, 1922.

l.
1

Padrino, permítame volver a San Clemente.
EL CABALLERO

•
¡a puerta. 1·Vete , y no vuelvas!
Franca tienes

�LA P L U ~l A

LA PLUMA
SABELITA

¡Malvado Fuso Negro!

SABELITA

¿Para qué quiere mi alma?
EL CABALLERO

¿Por qué te detienes?

EL CABALLERO

Para mí la quiero. ¡Entrégamela!
SABELlTA

¡Espanto me da!

SABELITA

A Satanás se la entrego.
EL CABALLERO

¡Vete!

EL CABALLERO

¡Mía es!
SABELITA

¡Alma sobresaltada, sosiega! ¡Aléjate, espanto! ¡No me ates en
estos umbrales, imán del Infierno!
EL CABALLERO

SABELlTA

¡Padrino, no me pierda!
EL CABALLERO

¡Soy Satanás y te pierdo!

¡Mal rayo me parta! ¡Huye! ¡No te detengas!
SABELITA

¡Rey del Cielo, desencadéname, que aquí me pierdo!
EL CABALLERO

,No te vas?
SA.BELJTA

No puedo.

.'I

EL CABALLERO

Me perteneces.

SABELITA

¡Padrino!
EL CABALLERO

Llámame monstruo infernal. Maldito mil veces, que ni la flor de
tu inocencia respeto.
POR LA POERT A L UN ERA, escueto y negro, d tonsurado
atropella, y detrás se enC1Jge y mima un gesto dt terror y lascivia el repelado sacristán de San Clemente.

SABELITA

Mi alma condeno.

EL ABAD

¡Rey Faraón, vengo por mi oveja!
EL CABALLERO

¡Entrégamelal
330

EL CA~ALLERO

¡Mírala!
331

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

.1

EL CABALLERO

¡Mal pensé de ti, bárbaro Montenegro, mal y con saña! ¡Nunca
tan bajo que acogieses a las mancebas de tus hijos y cenases con
.ellas!

· Porque mis soledades acompañase .
EL ABAD

Montenegro, te amonesto para que me vuelvas la oveja.

EL CABALLERO

EL CABALLERO

¡Clérigo bellaco, de ningún hijo de puta es manceba mi ahijada!
1

Fué su voluntad el cambio de vara.

1

EL ABAD

, l.
. l:'1· ,
1'
1

111
.•'1 1

•1:11'
;

'1

EL CABALLERO

De nada soy culpada .

Yo tampoco te muevo guerra .

EL ABAD

¿Quién aquí le trajo, pues te han visto arrebatada en un caballo/
;¡Tu liviandad declara!

I

:., :!~'

Montenegro, de paces vengo.

SABELITA

. :1:
•I

EL ABAD

Habla tú, impúdica mozuela .

EL ABAD

· Éramos amigos, con trato de parientes, y me negaste el pas&lt;&gt;
cuando iba a encomendar un alma.

f!'L CABALLERO

¡Yo la traje!

EL CABALLERO

Yo, no. Uno de mis rapaces.

EL ABAD

¡Vade retro!

EL ABAD

Pero tú lo has sostenido.

EL CABALLERO

¿De qué te espantas?

EL CABALLERO

EL ABAD

¿Tú la robaste?
EL CABALLERO

Sí.

.332

\

No e5taba a menos obligado.
EL ABAD.

Aquel pecador murió sin auxilios, y es de suponer que pene en
el Infierno.

EL ABAD

¿Con qué mira?

j

EL CABALLERO

Eso tendrá que agradecerle a mi rapaz el Diablo.
33.3

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

EL ABAD

Te sacaré arrastrada de las trenzas.

¡Blasfemo!

SABELITA

EL CABALLERO

¡Padrino, no me ponga cadenas! Rompa el negro imán con que
me prende! ¡Déjeme libre! ¡Libérteme!

¡Sacrílego! ¡Deseas la moza para tu regalo! ¡Nos conocemos!
EL ABAD

¡ 'I

.'

'• ,.I ·

:€1 CABALLERO

Puedes cobrarla, de paz te la entrego. Isabel, de quedarte o de
irte eres libre. Elige.

¡Bórrate, espanto! ¡Alma mía, avaliéntate! ¡Supérate! ¡Padrino,
rompa estP atribulado cautiverio\ Y si no lo rompe, ordene que me
quede, si es mi suerte perderme.

SABELITA

EL CABALLERO

1

Ir.' · ··11i\ ·
¡ .

\1

Libre eres.
SABELlTA

1 :
'
. ~'I¡ 1
. : 'I
•t. ;1
, 1,!,. •·.·¡

ti . .
•

EL CABALLERO

¡Bárbaro Montenegro, tendrás la guerra, pues la guerra provocas\
Pisaré por tu dominio y cobraré la mala oveja.

'

1

'

•

,1

\

1111

Caiga el pecado sobre mi concienda. ¡Quédate!

¡Elijo mi muerte\

1

. •1 ·m]l11 'I

EL ABAD

Ef, ABAD
¡

:1,I

¡Montenegro, poder de brujo tienes! ¡En él te amparas! ¡No me
espantas, Montenegro! ¡Emplazado quedas! ¡Aún nos veremos!

¡Calla, malvada! ¡No publiques tu licencia! ¡Sígueme!
SABELITA

EL CABALLERO

¡Pazo de Lantañón, adiós para siempre!
¡El Diablo te lleve!

EL ABAD

EL ABAD

¡Sígueme!

Por castigar tu soberbia soy capaz de encenderle una vela.
1Tiembla!

SABELJTA

Los pies me atan. Andar no puedo.
EL ABAD

¡Ven conmigo!
SABELITA

Tengo grillos.

l

SALE EL TONSURADO como una ráfaga negraporla
puerta tunera. l!."/ Mayorazgo levanta su copa y la ofrece a la sombra
arrodillada dt su nueva manceba. ·
335

334

,,
j

l

�LA PLUMA

LA PLUMA
ESCENA SEGVNDA

LA ENCRUCI7ADA DE SAN MARTIÑO DE FREYRES:
Cielo con estrellas: Rumor de viento en las mieses y la q1teja del molino,
en un grupo de árboles, nocharniega. La luna en la balsa hila nieblas
de plata. Sobre la cruz de los albos caminos ennegrece d bulto ensotanado del Abad. Bajo el cielo estrellado tl bonete perfila sus cuernos,y
el brazo perfila su trazo 11egro dt maldición y anatema. Bias de Migutz
se encoge como un perro sobre la sombra alargada dd to¡uurado.

EL ABAD

¡Hoy me juego el alma!
BLAS DE MIGUEZ

No la juegue, que la pierde.
EL ABAD

¡Y tú te condenarás conmigo!
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¿Qué falta le háce compañero?

¡Casta de soberbios! ¡Maldita seas!
BLAS DE MJGUEZ

EL ABAD

Tú seguirás mi suerte.

¡Qué gallo el vinculero!
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

'

1

¡Bárbaro Montenegro, yo te daré en la cara una bofetada como
ésta!
BLAS DE MIGUEZ

Caso de no tener influjo con San Pedro.
EL ABAD

Tú harás cuanto yo te ordene.

¡Justo juez!

BLAS DE MlGUEZ

EL ORDEN AD O se azota la mejilla, y tl sacristán se santigua muchas veces con gemidos y g olpts de pecho. Ladran, lejanos, los
perros dt una aldta.

¡Salvando mi alma!
EL ABAD

Llegado a tu casa, te pones a morir.
BLAS DE MIGUIDZ

EL ABAD

Saµmás, te vendo el alma si me vales en esta hora. ¡No me espanta ni el sacrilegio!
BLAS DE MIGUEZ

¡Señor Abad, no pida ayuda al Infierno!
336

¡Madre Santísima!
EL ABAD

Y, puesto a morir, te despides de los hijos y de la parienta. ¡Pides confesión!
XXII

337

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

BLAS DE MIGUEZ

Si es preciso, te mueres.

Me pongo a morir y no muero.

BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¿Qué achaque padeces?
BLAS DE MIGUEZ

¡Mal de ijada!

l

De un ojo solamente; a más no me comprometo.
EL ABAD

¡Camina!
EL ABAD

Desde que pises el quintero empiezas a dolerte y a implorar los
Divinos.
BLAS DE MlGUEZ

BLAS DE MIGUEZ

A más, me rebelo.
EL ABAD

¡Obedecel

Susto me da de penetrarle la idea.
EL ABAD

Es preciso que me obedezcas ciegamente.

BLAS DE MIGUEZ

¡Morir, ni de pe~samiento!
EL ABAD

BLAS DE MIGUEZ

Me pongo a morir ... Confieso y comulgo, que nunca está por demás ... Así es. Pero de agonizante no paso ... A morir me rebelo.

A morir te pones, y si es preciso te mueres. Esta es la lección y
a ella te sujetas.
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¡Cativa letral ¡Ya le declaro que no es para cumplida!

¡Tú, obedeces!
EL ABAD
BLAS DE MlGUEZ

¡Como tal se malicie la parienta!

A Satanás te encomiendas.
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¡Para que luego me chamusquel_¡Arreniégole!

¡Vetel
BLAS DE MIGUEZ

Tendré que zurrarle el pandero.
338

EL ABAD

¡Vete!
339

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BI

III

W·- -~¡:.,i/J

�LA PLUMA
LA PLUMA
LA VIEJA

uya! Si te hacen una barriga, vas para fuera de casa. ¡Es anís doble,
condenación! ¡Bebe un trago, rapaza!

LA BlGARDONA

LA BIGA R D O NA, con remangue, toma el pichel que le
ofrece la vieja, y tras de catarlo, se frota los labios con el pañuelo majo

,No te representa una voz?
¡Cómo está de alumbrada, mi madre!

que lleva al pecho.

LA VlEJA

LA BIGARDONA

Ya que el pecado me recuerdas, voy a tirarle del teto!
¡Resolis!
LA VI E 7 A ,ncu,rada alcanza del vasar el pi.ch,! p, itt!{oso.
Ca,n unas trébedes. Se espanta el gato. Cruje el camastro, y por el
borde de la cobija remendada sacan la cabeza tres críos. La vieja apura
el pzchel, morosa y deleitada.

CORO DE CRIANZAS

¡Una pinga mi mál ¡Una pinga mi má!
LA VIEJA

Dale una pinga a esos aborrecidos.
CORO DE CRIANZAS

SOBRE EL CAMASTRO, saliendo de la cobija remendada, implora el coro de dnimas. Celonio, Cabina, Mi.ngote, st disputan
el pichel con las manos tenaidas y las uñas de fuera. Al ddrselo la bigardona, el pichel se quiebra entre tantas manos.

¡Una pinga mi má! ¡Una pinga mi mál
LA VIEJA

¡Una horca, centellón!
CORO DE CRIANZAS

LA VIEJA

¡Una pinga!

¡Ay, venenos! ¡Mala centella os abrase! ¡Habéis de acabar en una
horca! ¡Casta renegada! ¡Sanguinarios!

LA VIEJA

¡Celonio! ¡Gabina! ¡Mingote! ¡Venenos! ¡Buscáis que os visite San
Benitiño de Palermo! ¿Quieres tú echar un trago, Ginera?

LA BIGARDONA

Vístase la camisa, mi madre.

LA BIGARDONA

LA VI E 7 A acompasa los gritos repicando las tenazas sobre las
asustadas cabezas del retablo que se desbarata. Plañidera torna al hogar. Entre un burujo de ropas _cachea por la faltriquera y cuenta unos

Luego los mozos me sienten el aliento.
LA VIEJA

Ten la boca desapartada, gran sinvergüenza. Arrímate mucho a

ochavos.

los mozos Y verás lo que sacas. ¡Ay, qué condición más renegada la

343

342

'

�LA PLUMA
LA VI•JA

¡Era de lo bueno! ¡Un resolis que mejor no lo bebe la reina de
España! Ginera, átate las enaguas y ve por un cortadillo.

1,

LA BIGARDDNA

i

¿Holanda o anisado?
LA VIEJA

¡Anisado, grandísima bribona! ¡Arreniégole, que no piensas más
que en los mozos! ¡Anisado, condenada! ¡Anisado! Enciende un Cachizo.
LA BIGARDONA

RIGOR
PLAYERA
Ciudad accidental,
de los estíos: damas.
flustes de extremas sedas
ángulos insinúan.

¡Hay luna!
VOZ LEJANA

¡Muero! ¡Acabo!

.l:aten las alusiones

LA VIEJA

¡Asúsl ¡Pues; no me vuelve la tema pasada! ¡Viento inventor!
¡Talmente el lamento de tu padre!

con rigor geométrico.

J:a ciudad está loca,
loca de geometría,
¡oh, mm¡ elemental!
J:ibro de bachiller:
página tantas: vértice.
¡cSutil, sutil 6uclides!

VAHO LENTO
cSienes soñolientas.
soñolientos.
Un vaho lento, más lento, en/o.
{;l vaho se espesa:

;}{0 mbros

344

.

345

�LA P L U~! A

LA PLUMA

.-\LELUY AS SENTENCJ0SAS,

más niebla, más niebla.
'Vaho,
niebla,

~us duelos y tus penas
esconde en la bodega.

nube, caos.

C,l umbrío reposo
sabe añejarlo todo.

5nsólito término:
Cárcel. ~tu ros férreos.

BARCAROLA

C,l tiempo es así hucha
de ahorros de dulzura.
'Verde será la hoja

9f.l durmiente meciendo
cabecea el esquife
en el espacio puro.

en rama que fué monda.

¡ 'Venturoso vaivén
sobre lisa alta mar
sin instantes de espuma!

sonreirán al viento
las penas y los duelos.

Un indice de luz
descubre las tinieblas.
C,l albor da las cuatro.

91, la costa conducen
el esquife los puños
de solares remeros.
¡Oh, cuán ceñudamente,
a medio abrir los ojos,
atraca el navegante!
'Vacilando aturdido
piérdese por la villa,
trémula de relojes.

'JI bajo un sol aún niño,
cual pueriles flequillos

VILLANCICO
Carne rosa y alba
del sagrado ;Niño,
con risas calladas
en hoyuelos lindos.
9/.osa, pero alba,
tan pura y a legre
albea la gracia
en carne celeste,
cual si iluminaran
grosezuelas risas,
a la luz del alba,
una rosd viva.
JORGE GUJLLtN.

347"

�EL ALBA

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111 a111a iiii"¡r¡ílil ~MiiUñiiM 'iD'\.-, • - 'I
- - • lal.
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�LA PLUMA
LA PLUMA
Los pueblecitos los dibuja el alba como en una improvisación.

mar, ya naufragada la superficie iluminada. Y es que el momento es
supremo como la agonía y el hundimiento en el mar.

-No he vivido horas tan altas sino en los días de enfermedad o de
preocupación en que no se ,·e nada.
-Pues mira qué otro mundo, qué otra cosa.
-Suelta el recuerdo de tus faltas, de tus procacidades, de tus crímenes, porque el alba es un gran turbión que pasa con el jabón y la Jegía
mezclados al agua.

Por el bosque del alba invernal, bosque que se proyecta sobre la ciudad urbanizada, pasan los hombres embozados, cheposos y echados hacia adelante.

A la madrugada, cuando volváis de un baile, cuidad de arreglar
vuestro cuarto y de guardar el frac y su camisa ... Si no será deplorable
el despertar, pues un concepto vivirá en la mañana con todo por medio
y el frac ahorcado: el concepto de la INUTILIDAD.

Cielo de viaje, cielo de ciudad en la que se entra con la madrugada.

Nada más desconsolador en el alba que el Jlanto de aquel niño de
pobre, dolorido de no encontrar su casa, visionario de una conciencia
superior en la voz del alba, disconforme, imponente, con ojos en su
niñez como en las parálisis el paralítico, ojos de querer decir qué y no
poder.
-Primero fíjate cómo el cielo se Jlena de Diluvio universal.
-¿Que sientes frío en las piernas?
«No he vivido horas tan altas», se podrá exclamar.
Suelta el recuerdo de tus faltas, de tus procacidades, que el alba es
lustral y se las Jlevará todas.
Entre los retazos de diálogo de un posible drama titulado «El Alba»
se dice:
-Tus ojos que miran el alba tienen expresión de agonizante.
- Tú también, tú parece que miras desde el fondo oscurísimo del

La ciudad queda convertida en antigua ciudad lacustre, en siniestrada ciudad, en ciudad vista desde lejos.

Crea el mundo, lo templa, Jo fomenta, Je hace darse cuenta de su
deber.
La idea compacta, prevalida y testaruda del tiempo se deshace porque se la ve la trampa.
Se comprende cómo de la noche a la mañana se podía haber modificado todo.
¡Oh, la propaganda anarquista del alba, terrible, famélida, nihilista!
El alba de todos los días rompe las bolsas de las aguas del día.
Sorprende a vivos y a muertos con idéntica superioridad ... Recuerdo
en los velatorios Jo ruda, Jo igualmente indiferente que entraba para el

muerto y para nosotros en la casa fúnebre.
Fábrica de acero de la madrugada. Nos resistimos a aceptarlo. Queremos ser blandos y suaves. Pero entra en nosotros este acero y nos llena
-de un vigor terreno, de un instinto solitario y atrabiliario.
JSI

�L A PLUMA
LA PLUMA
De lo único que se acuerda la nueva alba es del muerto enterrado
en el día de ayer.
- Ya no está ese-se dice, y se pone más pálida.
Empiezan a nacer las cosas y las casas y las montañas por arriba,
de arriba a abajo.
Todas las calles son patios del alba.

nueva ley de la existencia, el nuevo movimiento de la vida, el nuevo
estado de espíritu.
Ahora se ve que lo que sucedió ayer ya no tiene remedio. Después de
preguntar si ha habido ayer, sale en su gaceta definitivamente, está consagrado el desengaño o la esperanza.
Hay en el alba como señales de estación, brazos blancos y cartabones pintados que se destacan sobre el cielo y en los que pone «EL
ALBA» ... «EL ALBA» ...

La c.,planada del cielo es mayor.

La nueva aurora ha borrado ya al muerto de ayer. Eso completa¡Cómo mira el alba por las ventanas vacías que dan al otro mundot

mente.

Le enterraron ayer tarde y todavía durante la noche flotó aloo
de su
0
¡Qué conseguida tienen su mujer los que ahora están con su mujer!
¡Qué solos los amantes a esta hora en que priva la verdad escueta!
Toda la ciudad parece un panteón, tanto que al pasar durante el
alba por delante de los balcones que sabemos de quién son, nos decimos.
frente a sus maderas, que son como bandas reunidas por unas visagras:
-Allí vivía Fulano.
Es lo único que podemos decir.
Amanece el alba como una mirada. Todo vuelve a la realidad por
la gracia de esa mirada de luz natural que lo crea todo de nuevo.

Esa primera campana no está en ninguna parte. Es del campanario
del alba, se funde en cada alba y tiene como inscripción de campana la
fecha del día, como esas inscripciones del pan de cada día.
Las horas prehistóricas y cavernarias vuelven con el alba.
En los pisos altos y en las guardillas comienza a regir primero la
352

ser en la vida.

La aurora automáticamente borra al muerto de la vida y lo borró
con la tinta blanca de lo que no es tétrico. Así nos borrará a nosotros
también el día en que nos toque ser borrados, así como tuvimos la
suerte de ser creados.

Arranca todas las esquelas de defunción del día anterior y con la impiedad necesaria borra los muertos. Si no fuese por eso estaríamos llenos de los lutos antiguos y el día en que aún no teníamos luto propio
ninguno, hubiéramos llevado colgandero el luto abrumador de los
demás. La aurora sería negra en vez de blanca si no tuviese tan terminantes decisiones, si no borrase como borra los muertos que fueron

enterrados en el día de ayer.
En nosotros seguirán todos los recuerdos, pero ya aquel catafalco
que a raíz de la muerte del muerto entrañable ocupaba el día, será borrado por la nueva aurora.
El turbillón, esa atmósfera o cuerpo flúido que rodea nuestro planeta, se desgarra.
XXIII

353

�LA PLUMA
Una aurora más. Vamos de luz en luz distinta, de luz en luz de nuevos días, aprendiendo el significado estrecho del mundo.
Hay contornos esperados, los que ya sabíamos que iban a aparecer
frente a nosotros, pero el sentido del nuevo día es absolutamente distinto.

Va un alba en el sentido de resignación de que nos llena el tiempo.

¡Cómo riza el alba el tirabuzón de las volutas! No es que hayan tenido durante la noche un papillón prendido a su piedra, no. Sólo el
alba se ha encargado de trazar ese tirabuzón envolviendo la piedra en
uno de sus dedos formidables.
¡Cómo se destacan las pirámides en el alba y cómo se erigen las columnas!
La arquitectura vuelve a estar dibujada y perfiladita como el primer
día, en los limbos del alba.

1
1

Lo que forma el alba con más rudo milagro son las montañas. De
ellas se escapa el color y la frescura de recién nacidas, de recién creadas, y tienen ese olor a lo nativo que hay en los corderillos recién nacidos.
Todas las plantas y todo dan su olor más tierno, y en los huecos de
las peñas, en todo lo que forma una sombra, no es sombra lo que hay,
es la huella violeta de los limbos, aun sin desprenderse ese mechón vaginal.
«Los poetas, que no han hallado medio más a propósito para agradarnos que el de hacer hermosas pinturas en sus versos, han delineado
y propuesto las imágenes más gallardas de la Aurora. Hácenla hija del
aire, dándola el título al mismo tiempo de Precursora del día. Con este
título la suponen encargada de guardar las puertas del Oriente, de modo
que en el punto de tiempo prescrito y determinado las viene a abrir con
dedos de rosa. Delante de si dicen que envía a los céfiros para que purifiquen el aire condensado y disipen los vapores sombríos y perjudic,a-

l

LA PLUMA
les. Por cuantos parajes pasa y se deja ver va dando nueva alma a las
plantas, verdor al campo y hace que nazcan las flores.,.
Estos son los tópicos de los poetas que han reducido el alba quitándole la seria, mate, incongruente voluntad y las enloquecidas imágenes
que la pueblan.
Una mayor y más terrible incongruencia hay que dar al alba.
Sus inmensos cielos de incongruencia vibran en su atmósfera y to~
das estas imágenes que digo las he sentido y las he consultado, no con
mi ansia de novedad sino de verdad.
Todas las campanillas del cielo suenan como las que hay en los
coches de niño.
Un gorjeo interno se plantea con la luz del alba. Es copiosa la
caída luminosa del ruido. Abastece el mundo.
Es un inmenso ¡oh! ¡oh! de ooo enormes, desmesuradas, que en

vez de letras parecen Zodíacos, Zodíacos acústicos con voces proporcionadas a los signos de sus ooo desmesuradas.
¿Oímos este gran ruido, esta balumba inmensa que se arma en el
cielo?
Así como 1a luz de esos crepúsculos del estío, largos, interminables,
que dan al hombre luz «del modo más obligatorio y con et mayor silencio», el crepúsculo de la mañana, si da su luz del modo más obligatorio
también se podría decir con el «mayor ruido».
Este despertar de la luz del alba es ruidoso, inundan te, magnificente,
trae el raudal del ruido como trae el raudal de la luz.
Los pájaros, los hombres, todo lo que de pronto siente el ansia eficaz
del ruido es que lo beben en ese gran acopio que derrama el alba.

Como se echa en la jofaina el agua de la primera ablución, así echa
el alba en los ríos el agua de la mañana.
355

3S•

�LA Pl.Ul\lA
Qué descarado va ese que en el alba de verano llega a su casa en coche abierto.

Las galerías de cristales miran el alba desorbitadas, ansiosas, pegada
la frente, de una atención inmensa, a los cristales que elevan los ojos.
1

Suenan los zancos del alba y sus alm;¡dreñas.

l

Los primeros perros se levantan; los gatos se recogen.
No, pero cae sobre el pianista el alba y se despierta, no sólo con la
luz de la iluminación, sino con la luz del sonido.

PÁGINAS INACTUALES

Después del alba es como una salida de túnel ... Nos acordamos de
las salidas del túnel y de esa rama verde y como lacrimosa de un persistente rocío, que se transparenta como si fuese de concha.

HECTOR RODRÍGUEZ, CATEDRÁTICO
llegó un co,·reo de Su Majestad para que hiciese cierta visita de la Universidad de Salamanca y averigunse lo que
allá se luuía con mal 01·de,, y por cuya culpa y qué convenía
remediar en ei/0 1 porque tenía relación que 110 estaban aqtte/las escuelas como dtbían ... ; y asi fuí a primero de julio, y ante todas
cosas escribí al Cons~jo que me e,zvia.,en uua provisión con pena. para
E

RAMÓN GóMEZ DE LA SEI\NA.

que no dictas ·n los Lectores, que era una cosa perniciosa a los estudiantes, y qui' no u solía us,1r; 1 dije que les quitaban el ejercitar la memoria1 y se la destJ uían, porqut no encomendando las lecciones a tila, sino
1

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1

escribiendo lo que les dit:taba,i los lectores, no la cultivaban y n,, la
acrecentaba,z,; y también estragaban a los discípulos sus entendimuudos,
porque los cautivaban a lo que escribían, sin defarles eleción, y quitábanles el cuidado y diligtncia, porq1te ya kabía sabido que muckos encomendaban a sus amigos o a sus criados que les escribiesen las ltccionts,
y con aquello .,e contentaban, y sobre todo que lo que kabían de leer ,n
un mes, no esperando a que tscrlbieseu los discíprtlos, no lo ltian en seis
meses. Yo me !tallé t n una ltcción, y vide que repetían cinco y seis veas
357

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�LA PLUMA
país e instaló en un patio de su real morada varios pares de guillotinas: en
los ratos de tedio, o por divertir a huéspedes de fuste, guillotinaba a un cierto
número de persianos, dinásticos probados, que oor honrar la corona de su señor, perdían la cabeza. Hemos de ver al punto qué abolengo deslumbrador tient: en Persia la costumbre de ofrecer un suplicio como festejo; recreo no enteTamente desusado en la España de otra edad, cuando en ciertas pom¡:,as regias
asaban vivos a judaizantes y luteranos. El tufillo de las hogueras, y las memorias-vagamente entreoídas a su maestro de ceremonias-de aquella justicia
sagrada :e imperial. católica y política, habrán sugerido al Sofi lo más bah1-güeño del brindis que pronunció en Palacio: ,Que había descubierto-dijo Sll
Majestad Persiana-grandes st:mejanzas entre los dos pueblos, persa y español., Lisonja fué; no nos tomó desprevenidos: el Rey de España !e devolvió la
fineza. Sí-vino a decir-; somos un poco persas; aquí ~ay reliquias de vuestra
'Sangre: dos de los más claros linajes españoles descienden de las dos damas
persas que el Gran Tamorlán envió presentadas a D. Enrique Ill de Castilla ...
Cómo y de dónde vinieron realmente tales damas, y en qué modo se hizo el
entronque con los linajes castellanos es historia poco vulgar, digna de recor-Oarse aquí, por su incidencia en la literatura.
Dos caballeros de su casa envió el Rey Don Enrique con su embajada al Graa
Tarnorlán y al turco Bayaceto: Payo Gómez de Sotomayor. y Hernán Sánchez
de Palazuelos. Era Payo Gómez, Mariscal de Castilla, Caballero de la Banda (la
,orden dé caballería creada 11or Alfonso Onceno), Señor de la fortalez&lt;1. de
Lantaiio con toda su tierra (en Lantañón ocurre la acción de Cara de Piata), y
de las villas de San Tomé, Puerto novo, Villamayor, y Puerto del Carril, Señor
de Rianjo y tierra de Pns~omarcos, y dé quince feligresías en Noya, y de seis
feligre5ías en tierra de Quinta, Señor de la fortaleza Dain:rna, y tierra de Tabeyros y de Cela y Sobran ... Con tan gran caballero vino a casar uoa de las dos
damas que él trajo de su embajada.
Hallaron Payo G6mcz y Hernán Sánchez que lo3 dos gr.tndes capitanes a
,quit' n iban despachados, Tamorlán y Bayaceto, estaban en guerra. Los embajadores castellanos µreseuciaron la batalla en que el Tártaro deshizo al Turco.
Tamorlán aprisionó a Bayaceto; lo encerró en una jaula de hierro; temalo de
poyo para subir a caballo. Tornó un botín grandísimo, y ~n él dos hermanas,
muy hermosas, que entregó a los castellanos con otros muchos dones para el
rey Don Enrique. Las dos damas eran cautivas del turco, ganadas en sus incursiones por Europa; serían húngaras o griegas; en modo alguno persas, ni tár'SU

CRÓNICAS LITERARIAS!
ESPAÑA Y PERSIA

esplendor han tenido los obsequios del Rey de España a su primo y colega el Rey de reyes,
Sha de Persia, huésped, por unas horas, de esta villa coronada: un
banquete muy cortés, congelado por la etiqueta, sin los desmanes
de la gula y de la lujuria que el Señor Persiano se prometería
-alentado por la tradición de sus mayores-como parte de la fiesta; gala de
tercer orden en el teatro de Apolo; centenares de gazapos tímidos acribillados
impunemente a perdigonadas, y la ida a Toledo, pensión de visitantes ilustres,
donde el sucesor de Ciro, de Darío y de otros personajes truculentos, habrá tenido que admirar casullas y códices. Ni un auto de fe, que hubiera sido lo propi;,; ni uo simulacro de la ley de fugas; ni siquiera una corrida de toros, en que
se derramara sangre espafíola, a lo menos sangre de bestias espafíolas... O ese
Re~' de reyes ha caído muy bajo, y es, como la pinta y el porte delatan, un jovenzuelo burgués, frecuentador de casinos, más apegado al asfalto de París que
a su meseta nativa, o estará muy descontento de l:t suavidad v mesura de
nuestras costumbres. Es probable que no seamos nosotros ni él lo que nuestros progenitores fueron; pero la decadencia de la cast:ci pe1·sa es reciente: el
augusto padre de este Sha reinaba todavía al modo oriental. Cuentan que, en
París, se obstinó en ver el manejo de la guillotina. Madrugando mucho, asistió
a la decolación de dos infelices; maravillado del artefacto, la fondón se leantojó breve (resabios del fausto oriental), e invitó al Prefecto de policía, su
acornpaiiante, a subir al cadalso. y ofrecer el pescuezo a la cuchilla, por alargar
el placer de Su Majestad, El Prefecto se deshizo en excusas. El Sha llevóse a

D

360

U:MBKDO AGUA.JO DEL TAKOUAN,-Poco

361

�1

LA PLUMA

LA l' L U\! A

I'

taras. T1·aídas a Castilla por Payo Górnez, fueron llamadas, la una, Doña Angelina de Grecia, y Doña l\faría Gómez la otra.

A Doña Angelina, «una de las más hermosas damas de aque siglo•, le hizoMicer Francisco Imperial estas canciont-'.i:
Gnin sosiego é mansedumbre,
fermosura é dulce ayre,
honestad é sin costumbre
de apostura é mal vexaii e,
de las partidas del Cayre

vi traer al Rey de España
con altura muy estraña,
delicada é buen donayre.
Ora sea Tarta o 'Griega,
en quauto la pude ver,

su disposicion non niega
grandioso nombre a ver,
que debe sin duda ser
muger de alta nacion 1
puesta cu grao tribu 'acioo,
depuesta de grau poder

Parecía su semblante
decir, ¡ay de mi cativa!

conviene cie aquí avante
que en servidumbre viva,
¡oh ventura muy esquiva!
¡ay de mí! ¿por qué nací?
dime, ¿qué te merecí?
¿por qué me faces que viva?
Grecia mía, Cardiamo,
oh mi SSe1tgil Angelina
dulce tierra que tauto amo,
do uace la sal rapina,
¿quien me partió tan ai □ a
de ti et tu señorío,
é me traxo al graode río
do el sol nace, e•do se empina?

La bella señora, tan rnavement"$ cantada µor ei µo t:t.'&gt; genovés, vi110 a casarse en Segovia, con Diego González de Contrenis, regidor de la dudad. No debió de vivir en gran estado, según parece de esta carta que un príncipe griego.
escribió al hijo de Doña Angelina:
-.Cayre Don Zuben, a ti, Roddgo , mi primo 1 salud en el Poderoso. He sabido
de g~nte de tu tierra que vives no !:!u tanto de!eyte como a ti couviene segun
tu linage: vente ton tus parientes a mí, que lo que el poderoso medió bastará
para todos, tú en t,u ley y yo en la mía, e trayrá~ contigo a los hijos de Christiana, nuestros primos, que allá también est,fo. El poderoso te guarde y te me
dexe ver.»
Doña Angelina fué enterrada en la capilla mayor de la iglesia de San Juan
de Segovia, en un sepulcro con sus armas (león de oro en campo azul) y estas
letras: eAquí yace Doña Angelina de Grecia, Hija del Conde Juan, nieta del Rey
de Ungrfa, muger de Diego González de Contreras 1 Regidor desta ciudad.,
Más tormentosos debieron de ser los amores de Doña MJría. Yéndose Payo
G6mez de Sotomayor con las dos hermanas desde Sevilla a la corte, lleg,1ron a
la villa. de Xodar 1 que a la sazón era de s•.1 primo , Luis Méndez de Sotomayor,
señor del Carpio. Fué recibido y hospr-dado con grandes fiestas, y ,teniendo
-refiere Argote de Molina~puesti\S su:; tiendas junto a una fuente de aquella
villa, tubo amores con Doña María, una destas Damas Griegas que en el testamento d~ Payo Gomez es Uamada Doña Maríd Gomez, en la qual tubo hijos, de
quien suceden Gomez Perez das Mariñ;i;s de Junqueyra, y Antonio Sarmientft
de Redondela, y otros Caba!leros.:t E-stos amores celebra un cantar antiguo.
que dice:
En la fontana de X@dar
vi a la niña de ojos bellos,
é finqué ferido dellos

sin tener de vida .in hora.

Ganar para manceba a una dama de tan alta alcurnia 1 que además venía presentada al rey, fué proeza digna de los señores de Lantañón, -.Jobos fieros,
-como se ve en Cara de Piafa-, hasta en los posfrimeros retoños del JioajeComo el rey, sañudo, le quiso prender, P;iyo Gómez huyó a Galida y luego a
Francia, de donde volvió perdonado, µara casarse con Doña María por orden
del Príncipe Don Juan.
De un matrimonio anterior tuvo Payo Gómez. entre otro.s bjjos, a Suero
Gómez de Sotomayor, también Mariscal de Castilla. &lt;Yacen sepultados los dos

�LA Pl,UMA

LA PLUMA

:1
111

':\fariscales, padre y hijo en el Monesterio de Santo Domingo de Pontevedra
-en la capilla de Sancto Tomás, y sobre !Qs cuerpos se ven ricos sepulcros de
.alabastro con Slls vultos y letreros. y Doña María Gomez fué sepultada en otro
Monasterio a tres leguas de Pontevedra. Vense allí sus armas, que son en campo de plata tres faxas jaque-lad.1s de oro y roxo 1 y por medio de cada faxa otra
faxa negra.&gt;
A la graciosa acogida que el Gran Tamorlá.n di~peosó a los castellanos, el
rey Don Enrique repuso con otra embajadd, y otro:. dones, de que fueron portadores Fray Alonso Paez de Santa María, maestro eu Teología; Ruy Gonzálcz
•de Clavija, Camarero de Su Alteza, y Gómez de Salazar, su guarda; •e porque
la dicha embajada es muy ardua, y a lueñes tierras-dice el propio Ruy González de Clavijo-, es necesario y complidero de poner en escrito todos los lugares e tierras por do lo~ dichos .E mbajadores fueron, e cosas que los ende
acaescieroo, porque non cayau en olvido, y mejor y más cumplidamente se
;puedan contar y saber.• Tres años duró el viaje, desde mayo de 1403, que se
dieron a la vela en Cádiz, hasta su retorno y desembarco en San Lucar, a principios de Marzo de 1906. Ruy González, observador y memorioso: nos ha dejado una relación puntual, día por día, de sus aventuras {I). Cinco meses navegaron por el Mediterráneo, en demanda de Constantinopla; con no pocas
ocasiones de perecer. Cerca de Sicilia les asaltó una tormenta: cE miercoles a
.hora de medio día rompió las velas de la carraca, y anduvieron a arbol seco de
una parte a otra, de manera que se vieron en gran peligro. E duró la dicha
tormenta martes y mierroles fasta dos horas de la noche, e las dichas bocas,
séñaladamente la de Straagol y Bolcantl!, con el gran viento lanzaba grandes
llamas de fuego y fumo con grao ruido, y durante la tormenta fizo el patron
-cantar las letanías, e que todos pÍdiesen misericordia a Dios. E acabada la oracion andando eo la tormenta parecció una lumbre de candela en la gabia encima del mástil de la carraca, y otra lumbre en el madero qµe llaman bauprés,
·que está en el castillo de abante: e otra lumbre como candela en una vara de
,espinela que está en la popa; ... E estas lumbres que asi vieron decían que era
,Fray Pero Gonzalez de Tuy 1 que se habían encomendado a él, é a otro día amanecieron cerca destas dichas islas, é a ojo de la isla de Sicilia 1 ,con buen tiempo seguro.&gt; Eo Agosto llegaron a la isla de Rodas, mes y 'lledio después a Xlo;
(1)

Vida y .Hazañas del Gran Tamodán, con la dcscripciJn de tas tierras de su imperio Y señorío,

&lt;e1crita por Ruy Gonzálcz de Clavijo, etc. Madrid, Sancha, qbz,

•

e-desde la isla del Tenio-donde el viento contmrio los detuvo trece días-a la
mano izquierda parecció un monte muy alto que es en la tierra de la Grecia,,
que ha nombre Moateston, é dis que ha en él un Monesterio de Monges Griegos, é facen buena vida, que non consienten alli estar mugeres, nin perros nin
gatos, nin otra cosa mansa gue faga fijos; é non comen carne ... ; é sin este Monesterio que h3 en este monte, ha otros cincuenta o sesenta Monesterios, éque todos los rnonges dellos visten silicio negro, é que non comen carne 1 nin
beben vino, nin comen aceyte, nin pescado que tenga sangre.&gt; Sonaba el veinticuatro de Octubre cuando los embajadores castellanos ponían el pie en Constantinopla: habían cumplido lo más fácil de su jornada.
Fueron a ver al Emperador: c:Fallaronlo en su palacio que acababa de oirMisa, y con él estaba asaz de gente, y recibiolos muy bien,y apartose con ell0s
en una cámara: y al Emperador hallaron en un estrado un poco alto con unostapetes pequeños, y en el uno dellos puesto un cuero de !eon pardo, y a Jas
espaldas una almohada de tapete prieto con unas labores de oro ... é el Emperador tenia a1lí consigo a la Emperatriz, e tres fijos pequeños machos, é el mayor dellos podía aver fasta ocho años.&gt; Mostraron ganas de ver la ciudad, lns
reliquias y las iglesias: el Emperador les di6 por guía a un su yerno, Micer Ilario Genovés, y los agasajó y regaló cuanto pudo; cierto día volvió de caza y
envió a los embajadores medio jabalí, de uno que h1bía muerto.
La grandeza de Constantinopla, la magnificencia de las iglesias, lo fastuoso,
del culto, la devoción griega, los monumentos de la antigüedad clásica 1 y las
tradiciones, tan vivas, de los orígenes cristianos, dejaron a Ruy González maravillado1 como parece en la minuciosa enumeración de cuanto vió~ sobre todo,
las cosas d~ la religión le suspenden. De la iglesia de San Juan Bautista escribe: c:e] cielo deste chapitel y las paredes dél es todo imAginado de imagenes y
figuras muy fermosas de obra de musayca, la qual obra de musayca son de:
unos pedazuelos muy pequeños, que son dellos dorados de fino oro, y dellos .
de esmalte azul y blanco é verdeé colorado, e de otros muchos colores qua otos pertenecen para departir las figuras é imagenes y !azos que allí están
fechas: así que esta obra parece muy estraña de ver; y allende deste chapitel
está luego un gran corral cercado al derredor de casas sobradadas con sus por~
tales, y en él muchos árboles y acipreses 1 é a par de la puerta de la entratla
del cuerpo de la Igle-;ia está una fermosa fuente so un chapitel que está armado sobre ocho mármoles blancos, y la pila de la fuente es ·cte una loza blanca, y el cuerpo de la Iglesia es como una quadra redonda, y encima un chapi--

�LA PLUMA

•

tel, y es muy alta é armada sobre marmoles de jaspe verdes; é de frente como
ome entra están tres capillas pequeñas en que estan tres altares, é el de en
medio es el mayor, e las puerta;; desta c~pilla son cubiertas de µlata sobredorada ..• E en el cielo alto está una figura de Dios Padre. é las paredes destacapilla son desta obra misma fasta cerca del suelo, y dende ayuso de losas verdes
de jaspe, e el suelo de losas de jaspe de muchos colores fechas a muchos lazos,
-é esta capilla estaba cerrada toda al derredor de sillas de madera entretalladas
muv bien fechas, é entre cada silla C::&gt;taba uno como brasero de latan con ccniz;, eu que escupe la gente porque non escupa en el suelo, é muchas lámparas de plata y de vidrio.:. Por el mismo paso deiicribe no sé cuantas iglesias,
siu olvidar, daro es, Santa Sofía: y el Hipodiamo, la:columna de Justiniano, y
unos obeliscos cuya significación se le escapa. Muéstranle las reliquias guardadas en la iglesia de San Juan: .-los Monges revestieronse, é encendieron mu.chas hachas é cirios, e tomaron las llaves, é cantrndo sus cantos sobieron a
una como torre, do estaban las dic!:las reliquias, t! con ellos un caballero del
Emp~rador, é decendieron un arca colorada, é los Monges v,~nían trabados della diciendo sus canto:. muy dolorosos, e l,1s hachas encendidas, e muchos ince-nsarios ante ella, é pusieronla en el cuerpo de In Iglesia sobre una mesa alta
que era cubierta de un paño de seda: la qual arca estaba sellada con dos sellos de cera blanca, que estaban echados a dos aldavillas de plata., Y lo que
Ruy González vió sacar del arca fué esto: el pan que e! jueves de la Cena dió
Jesucristo a Judas; una ampolla con sangre de la que salió por el costado del
Señor CU:lndo Longinos le dió la lauzada; barbas de Nuestro Señor Jesucristo,
•de las que le mesaron los judíos; un pedazo de la piedra en que pusieron a
Jesucristo cuando lo descendieron de la cruz; el hierro de la lanza de Longi~
nos; un pedazo de la esponja en que le dieron a gustar la hiel y el vinaire; y
la vestidura de Jesús, sobre la que echaron suertes los caballeros de Pilatos:
era forrada de un cendal colorado, y la manga era: cangostilla. de las que se
abrochan, y era tendida hasta el codo: tenía tres botoncillos fechas como de
cordoncillo, así como ñudo de pigüelas, e los botoocillos é la manga, é lo que
se pudo ver de la saya, parecci6 de color colorado escuro como de color rosado., Cuando los embajadores visitaron estas reliquiss, la gente que lo supo se
llegó a verlos, y lloraba y bacía oración.
Los castellanos invernaron en Constantinopla: el barco en que se habían
aventurado-corriendo ya noviembre-a salir~al mar, una borrasca lo desbarató; milagrosamente llegaron a tierra, y salvaron los regalos que llevaban del r~y

LA PLUMA
Don Enrique al Tamorlán. En marzo, al declinar la invernada, la primera nave
,que se atrevió a salir, fué la suya; y un roes más tarde, recorridas las novecientas millas que les separaban de Trapísonda, desembarcaban en este puerto ar•
mf"nio Ya pisaban tierra tributaria del gran Tamurbec; un año se cumplía desde
que partieron de Cádiz; pudieran creerse muy cercanos al término de sus fatigas: en rigor, comenzaba entonces lo más áspero del viaje. Quisiera Ruy Gon.zále, alcanzar al Tamorlán en sus cuarteles de invierno; cuando les llegaron
nuevas ciertas del Señor, supieron-no sería i:;io espanto-que había alzado
los reales (el Ordo) y con su corte y su innumerable hueste se iba a Samarcan-da, donde los esperaba. Emprendieron una cabalgada furiosa, por tierras de Armenia, Persia y el Korasao, iiguiendo el alcance del Tártaro. Cinco meses
vivieren a caballo, galopando día y noche. sin dormir, abrasados de calor. de
sed, enfermos; alguuos murieron. Pasaban i)Or ciudades pobladísimas, bien
abastecidas (Arsioga, sobre el Eufrates, «uno de los ríos que salen del Paraíso";
Erzcru,n; Soltania; Teherdn; Tauris o Tabriz, junto al «mar de Bacú,); los deudos y aliados del Tamorlán, sus lugartenientes y vasallos colmaban de agasajos
a los molidos embajadores, proveíanlos de ropa::. y caballos. ostentaban i:;u ri-queza y poder en banquetes abrumadores, en fiestas vertiginosas; en las comarcas ye:rmas hallaban cabalgaduras de refresco, guías y escoltas ... En situación tan privilegiada, los asendereados emisarios del rey Don Enrique iban
perdiendo la vida. El favor y la protección del Tamorlan eran tan temibles
como su enemistad. Había ordenado que los castellanos ese fuesen en pos déquanto más pudiesen,; y los legados tártaros que los guiaban y honraban, sal
hiendo que el más breve 1etraso, la apariencia de un descuido, les costaría la
pelleja, no los dejaban respirar: llevároolos con celeridad mortal. No podía re•
sistirlo el reverendo Maestro en Teología, ni el mismo Ruy González, habituado siu duda a «cabalgar en mula gruesa&gt; por las vegas apacibles de Arlan.za y
Pisuerga. Así es que el rigor y los favores venían mezclados. Más allá de Teherán, tropezaron con un gran privado de Tarnurbec: «diales sendas ropas de camocan a los dichos embajadores; é al dicho Ruy Gonzalez dio mas un caballo
grueso é amblador, que prescian ellos mucho al que amblea, guarnido de silla
-é de freno muy bien según su usanza; e otrosí le dio una camisa e un sombrero». Con camisa y sombrero regalados pasábanlo muy mal. cE el Maestro en
teología, é Gomez de Sala.zar eran ya dolientes, é Ruy Gonzalez se sentía ya un
poco mejor, é pieza, de la gente de los Embajadores estaban eae mesmo dolientes», Dejaron a siete del séquito en aquel lugar, y dos de ellos allí murieron.

�LA PLUMA

LA PLU,\IA

. 1 I de ·ulio durmieron al raso. tras de dos.
Era en Jo más fuerte del verano, e S t J_ s muy calientes sin habitación bu. f oso entre mon ana ,
1
jornadas por camrno
' tan ca 11en
. te que parecía salir del infierno; mu1 rag
· oto era
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mana. Al otro u, e vie
JI
b
A veinte de ¡'ulio entraron en
d 1 h 3 leones que eva an.
rió sofocado uno e os
d b
mandado del Tamorlán; como
O
una gran ciudad. Ü1l caballero lo~ aguafr a a, pqure estaban envióles viandas y
.
•
él de en ermos
'
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no pudieron ir a comer e n '
1
6 que fuesen a verle. Ellos dijeron
d . d pués de comer es rog
frubs a la posa a, es
d' n levantarse· pero insistió enferma que
que ya conocía su estado, que no po
Al instan,te aquel caballero les pidió
hubo de ir el teólogo a cumplir por to _os.
•
, d ba el Señor de día y
e anduviesen, como man a
•
que cabalgasen de nuevo, Y qu . .
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ta flacos que eran más cerca
e partir, ces a an
n
.
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de noche.
u vieron qu .
1 dicho Caballero fü:oles poner en las sillas
de la muerte que de la vida. K ed I t s atravesados con sendas almoha1 s arzones e an ero
unos maderos
en
.
fuesen echa d os de Pechos ' e desta guisa ovieron de pardas en medto, en que
.
d
che e fueron dormir en el campo
I
tir de aqui, e anduvieron este d1alé to ata º1 d1·~s del mes de julio, y el mes
blada • os res an e
Id d
cerca de una a ea espo
·
t . de Ruy González es monótona.
·dé f os afanes· 1a no ac16 n
.
. mo día que llegaron, y anduvieron
de agosto, tra1eron 1 n ic
.
d
1
A fines de julio salieron de una c,u a e I m,sd . ban y au' n de noche, el calor
· ·
parar no os eJa
·
.' t Gó ez de Salazar uno de los embadía y noche; aunque quisiera~
. to recio ard1en e.
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'
era sofocante, con vieu
'
t do este camino ni se pararon
· . 00 hallaron agua eo o
'
jadores, se puso a monr,
.
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la gran ciudad de Nixaor, un MaS
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eb ada A crnco leguas ue
más que para ar c
·
. .
.
ue habían dc'ado a Gómez de alariscal de la hueste salió_~ rec1bt1~s~:~1~ºq:e no podía t~nerse; ordenó que bizar en una aldea y volvto por~ h' Gó
ellas· unos hombres lo llevaron a
mez en
,
.
5 O al die o
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cieran unas an as, Y pu
.• C
ego un yermo que duraba cm. d d d de muno ruzaron Iu
cuestas basta la c1u a , on
· J
donde creyeron morir de sed.
cuenta leguas; y después otro de doce ef '1S,y en el camiuo no hallaron agua;
Salieron una noche a las dos1 con gr~n ca or. é b ber Ya no podían mover los
. - • t t mpoco tuvieron qu e
•
en todo el d1a s1gu1en e a
del ~laestro tenía un caballo,
.
d'dos
Pero un mozo
·
1
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ó a un rí cé unos camiso·
caballos; tuv1éronse por per
8
11
1
un poco más recio que los otros, se ade
y ée~ornó con ~llos quanto m3s
1
o mo¡· olas en e agua,
.
nes que llevaba en a man
d 11
dieron alcanzar ... ~ Corría sephempudo, é bebieron lo que del agua ~aº;e~; ci6n maravillosa qne les dispensó
bre cul\odo llegaban a Samarcanda.
~ la extrañeza de las costumbres,
el Tamorlán, el esplendor bárbaro de su c:.r e. o a los castellanos, haciéndoles
la variedad de naciones allí presentes, cau ivar n

i:

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ª,º

368

olvidar, o tener por bien empleadas, las penalidades del camino. Ruy Gonzálcz, a lo menos, agota, en la descripción de las increlblcs fiestas de Samarcanda, su capacidad enumerativa.
No difieren esencialmente aquellas fiestas de lo que hoy aún se usa en la
hospit;1Jidad de los príncipes: rerepciones y comidas -en Palacio; simulacros militares; visitas a lugares y monumentos célebres. Bajo el Taruorlán, todo eso adquiría una magnitud ap;ireatemente sobrehumana. Re,:ibió a los l'astellanos en
una huerta y casa que tenía fuera de la ciuddd; la entrada de la puc&gt;rta era grande y a!ta, bP.rmosamente labrada dt&gt; oro y azul y de azulejos; porteros de m:iza
la guardaban, que no osaba acercarse nadie; y por la parte de adentro, hallaron
«seis marfiles que tenian encima sendos castillos de madera con dos pendones
en cadR uno•. Cabalkros de la corte del Tamorlán, tomando a los embajadores por los sobacos, lleváronlos delante del Señor. Estaba en un portal,
sobre ur. estrado llal)o en el suelo; ante él, una fuente lanzaba el agua hacia
arriba, muy alto; en la fuente había unas maozaoas coloradas. Sentado en unos
almadraques pequeños de paños de seda bordados, el Señor apoyaba d codo
sobre unas almohadas redondas. Vestía ropas de paño de seda raso siu labores; en la cabeza tenía un sombrero blanco alto con un balax encima, con aljo•
far y piedras. Llegados los Embajadores ante el Señor, hiciéronle tres reverencias y quedaron de hinojos en el suelo. El Señor mandóles levantar y que se
acercasen: c... é esto cuido que lo facia por les mirar mejor, ca non veia bien,
ca tan viejo era que Jos párpados de los ojos tenia todos caidos; é non les dio
la !l'!ano a besar, ca non lo han de costumbre•. Preguntóles por el Rey, dii.:iendo: c¿Cómo estd mijijo eJ Rey? é cómo le va? e si era bien sano.• Los Embajadores
le respondieron, y escuchó todo lo qtte quisieron decir; cuando acabaron, el
Tamurbec se volvió a unos Caballeros sentados a sus pies, y dijo: Catad aqu,
estos Embajadores que 11Je env{a niijijo eJ Rey de España, que es eJ mayor Rey r¡ue
ha en los .Francos, que son en ti un cabo deJ mtmdo; l son muy gran gente é de verdt1d; é fO le dad mi ~endicion a mi fijo eJ Rey: é abastára fa,·to que me envia,·a eJ a
vosotros con su carie sin presente, ca tan contento fuera yo en saber de su salud y
estado, como en meenvia,· presente.

Dichos los discursos, y puestos los Embajadores en su estrado, comenzó el
banquete. Nada frugal, en verdad, y poco acepto a nuestros paladares, Pondremos aquí la tabla:
COMIDA DBL TAMURBJ:C EL 8 DE
SxÑon l{_gy DB EsPAÑ4:

llS DBL

XXIV

SBPTunou

DB 1,404 EN B01f0R DR LOS EMBAJADO-

�LA PLUMA
LA PLUMA

no eran tres. Fiestas en su honor, alardes bélicos bod
.
de otros embajadores· todo se 1 •
.
•
as en palacio, recepción
.
·
vo v1a comilonas Ruy G
•¡
.
ha Jada de una tierra lindante con el C t
.
onza ez v1ó llegar la emlos embajadores. El principal t a'
a bay, y nota con cierta sorna el atavío de
r ta un ta ardo de pelle·o 1 1
eran estos pelleJ·os mas • •
J s, e pe o por fuera 1 c.é
v1eJOS que nuevos•· en Ja c be t ,
pequeño,• que lo llevaba encasquetodo por r'uerza para
a za
querau1. un ¡sombrero tan
que venian COD él vestían pell .
.
,
no se e cayese. Los
fierro•. Recibiólo~ Tamurbec c~:~,ay •parecia~ ferreros que salian de fabear
s ceremonia"' ya \·ista. d ¡
~ liend s e os ,castellanos
P
armar muchas
. ara Ia fi esta militar mandó el Senor
1eres en una gran llanura, y que se juntase t d l h
as para s1 y sus muesparcida. En tres días se juntaron á d o. a a ueste que por allí andaba
m s e veinte mil tiend
¡
1ilS d e I Señor. y no cesaba de 11 e q•
,..ir gen te µor todas
l as.
H en. e ~rredor de
el real carniceros y cocineros qu· e
~ar t:S. . dab1a t&lt;1mbién en
'
ven d'·
rnn carne cocida
ruta;
horneros
que
amasaban
¡·
v
d'·
.
as;i, ;i; otros vendían
f
t:n ,.10 pan, y todos losYofi
aun traen mas, por do quiera que va n ea b uesk baños e bañc1os
"é
d necesarios;
1
arman sus tiendas, é fac,"n sus casas para I b :
a ores, os qua ic,,;
t
d
·
os anoc; de fierros
es, Y entro sus calder,,,., en que tiei 1e n Y ca 11ent1rn
.
su aaua ,Lque
¡· son calic·nnor era m11y alta 1 cuadrada' , co 111 o de cien
.
;:, •· rt 1enda del S~pasos
I
b
base sobre treinta y seis mástile!:i pintados d 'yle tec o abovedado: armá. t ~
e azu v oro v la
t •
.
men 3:, cuerdas coloradas·' el f 01.ro era d e tapete carme
SO!:i enrnn qui•, tos de otros paños de seda de
h
:.i, con e ntrctallamicnmue os c:Jlores bordado a t h
oro; 1a guarnición de fuer,, • paño d e sed a, con ,bandas neg a recbl o,; de hifr, de
d
'
r ,s, ;,11cas -v amariji as. E n cada esquina sobresal'
•
· ta un ma ero alto coo una
una fi1gura de luna encima·' en el ce n t ro o t ros cuatro mademanzana
de cobre y
0
zanas. y luna.s muv- ,.,trrandes · I- as t',en d·as de j as mu¡·ere d Ir ss, •con sendas fTlannos neas.
·
s e enor no eran me-

Caballos asados.
Ca,·neros cocidos y adobados.
Tri¡as de caballos.
Cabezas tk camero.
Caldo con sal.
Albóndigas.

Lec/ie de yegutJ con azt.ka,·.
,lfe/o,ies, uvas, d11ra1nos.

11
fl

El orden del servicio fué de estt: modo. Los caballos y carneros poníanlos
en uo05 cueros como de guadamacir redondos, muy grandes, y con asas de que
tiraba gente. En cuanto el Señor demandó la comida, trajeron aquellos cueros
arrastrando y \o,:. dejaron a veinte pasos oel S~ñor; vinieron conadon•s, e hincáronse de hinojos ante los cueros; traían ceñidos unos paños de labor, y en los
brazos unas mangas de cuero porque no se untasen~ cebaron mano de aquella
carne, cé facian piezas della, é ponían en bacines, dellos de oro, y dellos de
plata, é aun dellos de barro vedriado, e otros que llaman porcellanas, que son
muy preciados e caros de avcr•. El pedazo de honor enm las ancas del caballo
enteras con el lomo sin piernas; en los tajadores ponían también lomos de carnero con sus piernas sin los jarretes, pedazos de las tripas de los caballos redondas como el puño, cabezas de carneros enteras. Así preparadas las raciones1 pusieron en hileras los tajadores; luego vinieron unos hombres con escudillas de caldo , echaron sal en ello, deshiciéronla, y fueron vertiendo en cada
tajador· un poco, como salsa; o tomaban unas tortas de pan muy delgadas, y dobiábanla~ cu cuatro dobleces, poníanlas sobre la vianda de los tajadores. Esto
hecho, los privados del Señor, y los mayores dignatarios asían los tajadores de
dos en dos, o tres, pues un hombre solo no podría llevarlos, y ponían los ante el
Señor, ante los Caballe ros y Embajadores. El Señor envió a los Embajadores
dos tajadores de los que ante él estaban. Apenas servida esta vianda, la levantaban y ponían otra. Era costumbre llevar cada uno a su posada la vianda que
alli le diesen; y el no hacerlo así, tendríase por baldón. Así que levantaron lo
cocido y asado, sirvieron carneros adobados, albóndigas y otros guisos: después, mucha fruta, c.é dieronles a beber con unas escodillas1 o aguamaniles de
oro é de plata, leche de yeguas con azúcar, que es un buen brebaje que ellos faceo para en tiempo de verano&gt;.
Este régimen soportaron los embajadores castellanos basta primeros de noviembre, casi dos meses, a razón de uno o dos banquetes por semana, cuando

Ocho
- de estas mujeres vió Ruv
- Go nzál ez eu una fiesta uf e 'd•
r c.1 · a por un nieto
na o St' nora grande· otra Quinch·
.
, 'lue quiere decir Rey'] .
'
icano, que quiere decir 1
u tima de todas se llamaba Yaugu\,a a
R .
• ª Senora pequeña•; Ja
luna de miel: se había casado co ·1 Tg, o seáa ema del corazón; estnba en la
0 e
amor! n hacía do
mera mujer, o señora grande en
t
.
s meses. Apareció la prilorado, l11brado de oro muy ~nch~ es i~ ~ergemo: vestidura de paño de seda co,
ª Y uaJa ' que le arrast 1·a ba, srn
·
abertura que la del cue llo y un s b
mangas, ni otra
,
'
a so aqueras por donde sa b 1
tema talle, y como era tan ancha
1 b .
.
ca a as manos; no
fa!da para q11e pudies(' andar· "te~ o ªJº, qutoce dueñas iban alzándole la
' ra1a en la cara tanto albay11lde, o otra cosa

_ n
d e I S enor,
- e.bazo~ sin barbllS&gt;. La u na "'... e IJ amaba Cano

j

371

�LA PLUMA
blanca, que non paresda sino como uo papel; e esto se pone por el sob; delante del rostro, un paño blanco delgado, y en la cabeza una cimera de paño colorado, muy alta, con mucho aljofar grueso, turquesas y otras piedras; en la _cimera una guirnalda de oro y piedras, y sobre ella un castillejo, con tres balaJCS
clarísimos, y un plumaje blanco tan alto como un codo; c3ían algunas plumas
hacia abajo, a la altura de los ojos, ·Y se ataban con hilos de oro; en el cabo, una
borla blanca de plumas de aves, con aljofar. Y al andar. mod,1se el plumaje de
una parte a otra. Varias dueñas, de trescientas que venían con la reina, soste•
oían la cimera. La impon ente señora caminaba bajo una sombrilla de seda blao.
ca que lle\·aba un hombre en un asta como de lanza.
Idéntico aparejo mnstraron las otras siete mujeres del Señor, Y la muJCr de
su nieto. Puestas en sus estrados, comenzó el beber. En las fiestas del Tamorlán, la ceremonia del vino era de las más rigurosas: la etiqueta exigía, ~in excusa, la embriaguez. Ruy Gonzálcz, como buen castellano, era muy sobrio, Y no
lo cataba. Los tártaros no querían creerlo, pero respetaron su gusto, Y era _conocido por •el que no bebía vino». El teólogo, sí; bebió de manos de la rema ..
Supónese que el bueno de Frav Alonso Páez rodaría por el suelo, traslornado,
por no desairar al terrible Ta~11rbec. Ya en el segundo banquete, el Señor
mandó que bebiesen vino, y lo bebió él, porque no se atrevían a beberlo. en
público ni .:i escondidas, sin su licencia. Daban el vino antes de comer; cy dan
a beber a tantas veces v tan amenudo, que face los omt&gt;S beodos; é non t;rnian que sería alegría ~in fiesta, si non se embeodasen». Los caperos servian
una taza tras otra. Daban las tazas llenas, y no había de 'luedar vino en ellas;
.
.
,
. é · d" eren que beba aquel
a quien lo dep1ba no le quenan tomar 1a taza. e s1 1x
vino por amor d:i Señor, o si le conjuraren t)Or la cabeza del Señor, hanlo _de
beber todo, que una sola gota non dexen. E el orne que esto face e mas vino
.
.
· • é el que refierta
bebe, dicen que es bahadur, que dicen ellos por ome recm,
·
¡
Para templarlos, el
que non quiere beber, facen e beber, aunque non quiera,.
Señor enviaba a los castellanos, ante!:i de la fiesta, un cántaro de vino, rog~ndoles que lo bebiesen, para que llegasen ante él chien alegres». La eran sen~ra, Ja reina Caño, llamó junto a sí a los embajadores, en otra comida, Y les dió
a beber con su propia mano, y porfió con Ruy Gonzá\cz por hacerle beber
vino. «Tanto fué el beber, que se caían delante della los ames beodos, sozabrados: é esto han ellos por muy gran nobleza&gt;.
La mayor fineza de Tamurbec, fué sin duda la de mostrar a los españoles
cómo administraba justicia. En las bodas de un su nieto, convidó a toda S'l
3'2

LA PLUMA
corte, y a los mercaderes de Samarcanda les mandó que fuesen a vender sus
cosas en el campo donde él estaba; resultó una feria monstruosa. HlZo pt&gt;oer
en el campo muchas horcas, porque entendía hacer bien a unos, y ahorcar a
otros. Ahorcó primero a un Alcalde mayor, personaje prindpalísimo en el Imperio, porque había usado mal su oficio; y a otro que habló por el alcalde, lo
ahorcó también. Y a un privado que ofreció por el rescate de aquellos dos la
suma de cuatrocientos mil reales de plata, le tomú el dinero, y tras de mandarlo atormentar para que Jiese más, lo ahorcó po!· las piernas, huta que murió.
Y lo mismo a unos tenderos porque vendían las cosas en más de su precio justo. Donde los bárbaros nos b1 indaron un ejemplo poco imitado.
La embajada terminó de súbito, y los castellanos fueron despachados a su
país con menguada cortesía. Enfermó el Tamorlán; Ruy Goazález esperó en
v::ino la audiencia de despedida. No le vieron más. Cuando los deudos y privados del Señor, conociendo que se moría, empezaba:: 1 disputarse la herencia
de tan insigne animal, dijeron a los embajadores que se fueran, que no estaban para huéspedes. Resistíase Ruy González, esperando sin duda recoger la
bendición para su amo Don Enrique IU, pero en tales modos debieron de decírselo, que prefirieron cabalgar, desandando el camino hasta Trebisonda, en
demanda de la ruta de España. No bago memoria de los sucesos del retorno 1
que no fué, por tierra ni por mar, menos tempestuoso que la ida.
De cuanto alcanzó a ver Ruy Gonzá.lez en su fascillaftte aventura, nada le
impresionó, si se juzga por la dett:nción en describirlos. más que los elefar.tes;
como no fuese el ap;irejo de la reina Caño. Catorce de aquellas máquinas de
guerra tenía el Tamorlán: ,é los dichos marfiles-escribe Ruv Goozález-eran
negros, é non han pelo ninguno salvo en la cola, la qual han ¡orno camello, con
unas pocas de sedas, é eran graades de cuerpo, que podían ser como quatro o
cinco toros grandt"s; é el cuerpo bao mal fecho, sin talle como un gran costal
q~e est~viese lleno, é las cintas bao derrocadas facia ayuso como bufano, é las
piernas muy gruesas é parejas, é el pie redondo todo carne, é tiene cinco dedos en ,~a.da uno con sus uños como de orne negras, é non han pescuezo ninguno, salvo luego en las agujas, que las ha mlly grandei¡ tiene la cabeza apegada,
é non puede abajar la cabeza ayuso, nin puede llegar la boca a tierra: é han las
orejas muy grandes é redondas é farp:tdas, é los ojos pequeños: ·é tras las orejas va un orne caballero que lo guía con un focino en la ruano, é le face andar
a do quiere: é la cabeza ha muy grande, fecha como una albarda de asno pequeña, é encima de la cabeza ha un foyo, é de la cabeza se sigue ayuso, do ha
373

�LA PLUMA
LA PLUMA
de tener la nariz, una como trompa, que es muy ancha arriba. é an ~qsta ayuso toc1avía, más como manga que le llegaba fasta el suelo; é t&gt;Sta trompa e:, foradada, é por ella bebe; qu;rndo ha gana, métela en el 3gua é bebe con eUa
é vale el agua a la boca así como si le fuera por las narices: otrosí, con esta
trompa pace ca non puede con la boca, que se non puede abajar; 1! toma en
esta trompa, quando quiere c.omer, é revuelve la a la hierba, é tira e siégala con
ella, como si fuese un focino, é de sí apáñ:il.t con aqllella trompt1, é face un
vulto, é revuelvela aq11el\a, e méLela en la boca, é de sí. cómela; é con e~ta
trompa se mantiene. é nunca la tiene queda, i:ialuo con ella faziendo vueltas
como culebra; é esta trompa echala en el espinazo, é non dexa lugar ~n todo
su cuerpo onde non llega con ella; é debaxf) desta trompa tiene la boca, e las
quixadas debaxo tienelas como de cochino, é como de puerco: é en estas quixadas como debajo tiene dos colmillos tan gruesos como la pierna de un orne,
é tan altos como una brazada. E. quando lo faéen pelear, en estos colmillos trae
unas argollas de fierro, é en ellas le ponen unas espadas, que son fecha'&lt; e-orno
espadas de armas encanalada. é non es más luenga que el brazo .. E con estos
marfiles facían este día muchos juegos, facieodolos correr tru caballos é tras
la gente, que era gran placer: é quaodo todo.s corrían juntos en uno, parecía
que la tierra facía mecer en aquel derecho; é non ha caballo nin ailmania tras
quien vaya, que le ose espetar. E tengo de verdad segun lo quP. en ellos vi.
que en u □ ll batalla deben ser contados carla uno por mil ornes,.
En marzo del 4 06, los embajadores rendían viaje en Alcalá de Henares,
ante el rey de Castilla, Don Enrique. El cual, dice el señor de Batres, era ctriste y enojoso. Era muy grave de ver e de muy áspera conversacion, ansí que
la mayor parte del tiem¡:m estaba solo é maleaconio::;o,.
No se sabe que este rey tuviese, como lo tuvo el Tamorlan, un anillo con
una piedra de tal propiedad que cuando alguno decía mentira en ~u presen•
cia, la piedra mudaba de color. Aun sin esa libertad. Ruy González traía uu
cuento verdadero, que alegraría a los má.s saturninos. Ruy González no se dió
por pagado con esclarecer-si lo esclareció-con su relato el sombrío semblante de su amo. Él había visto tales prodigios como pocos españoles los vieran, ni otro alguno había de verlos mayores hasta que~ las Indias se dr-!'icnbrieron. Y se puso a ordent1r su diario gravemente, sin ponderaciones, ni comentarios alabanciosos; estaba lleno de sabiduría, y escribió como si la po_steridad
que hubiese de leerle poseyera el anillo del Tamorlán. Ignoro qué fué de fray
Alonso Páez, ell teólogo. Acogido al reposo de su convento, :ii volvió a beber
374

vino-que sí bebería-gustó a lo menos la suave licencia de beberlo sin etiqueta, con remanso y moderación.

• • •

•

No me consolaría de haber escrito estas liviandades, si el ejemplo de Ruy
Gonzálei no viniera pintiparado al caso en que hoy está España La visita
del Sofi nos ha comprometido; o. lo menos, nos compromete a devolvérsela.
Oigo decir que España debe arrancarse de su aislamiento. Somos una impotencia ultramarina v musulmana: esto, a mucho nos obliga. Bien estuvo enviar
al Sr. Francos Rod;íguez a contarles cuentos tártaros /bebidos Dios sabe en
qué fuentes), a nuestros hermanos de América; no estará. peor enviarie al Sofi
un caballero cortesano que dé testimonio por la fraternidad hispanopersa. Ha
de ser cbahadur~, hombre recio, capaz de resistir la cocina persiana; audaz.
diserto, y, por guardar el estilo antiguo 1 camarero del Rey. Nadie como el señor Lerroux se acerca a esa talla. Tiene recientitos, por añadidura, los estudios. ¡Qué libro escribiría a. su retorno! Quinientos años después, segunda parte
de la Vida de Ruy Gonzálei. La agudeza del Sr. Lerroux no dejaría de penetrar
en el fondo de esta situación: al cabo de cinco siglos, en Oriente y en Occidente estamos como en los días de Enrique III. Turcos y griegos pelean por
Constantiaopla; l\.lustafá es ur, Bayeceto chico. Españoles y mc,ros, seguimos
con nuestras ~uerras civiles; los adelantados de Laracbe, dt' Ceuta, de Me:lilla,
reemplazan a los de Cazorla, de Alora, de Carmona; todavía la Providencia no
nos ha quitado, a griegos ni a f'Spañoles, la comisión de repeler de Europa a la
Media Luna. ¡Comisión onerosa! Se impone, pues, que el Sr. Lerroux lleve un
coadjutor teólogo. Valdría ese frailecito métome-en-todo, que iba por el Rif
blandiendo un Cristo, y azuzaba a los fieles contra la morisma. Pero sería me·
jor don Ramiro de Maeztu, que entiende mucho de encargos ultraterrenos y
miras celestiales.

M.A.

375,

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·•11 •5•11

�LA PLUMA

LA PLUMA

ie r&lt;· admirablemente ilustradas. Hay
dactadas por críticos competentes,! s d:~u·I arización, cuyas tiradas parecetambién en todos esos ~~oeros, ~enes rd d ge el fondo y en la forma, está
rían fantásticas, si las d1Jese, y c.:,º!ª ca i a ' n
casi siempre al abrigo de toda cnt1ca.
PAuL CouN.
(Conlinua,·á.)

PORTUGAL
ooda espiritualista que caracteriza la literatura europ~a actua
aparrce también en la literntura portuguesa, c.¡ut" por .su indule n~
es mu inclinada al ro nanticismo osbceoo de Zola n1 al rnmant~.
Yplebevo d e J0 1.ge Sand · El aspecto naturalista del
cismo
d lromantt·
fué
.
1-ogró en Flaubert su rejrtJmtaJive man, y e qwe
'
cismo_ q~e
r E a de Quciroz, tn la primera fase de su obra,
entre nosotros, pnr.c1pal fig_u_ a i;. 1 rt ratura ortuguesa. El temperamento
tampoco alcanzó gran estab1hd=1.d en a t e
r . p o fundamental y estructuportugués es lírico esencialmente, y nuestro msm_ • 1 T e mucho público
. . r1 H 0 O se lee a Zola
en Poi tuga • ien
ralmeute espmtua sta. oy,
.
eralmente aceptación todos
Paul Bourget, desde Le Disc,~ie acá,~ obtte~::u:1~:ad. Volve mos al dulce Jnlio
los escritores que se caracterizan po1 la esp1r
• .
·t de fü;a
Díniz, y la preferencia del público actual recae en los ulttmos escn os
A

de Queiroz.
.
..
t
oránea de Ja literatura esPuede decirse que quien abno b época con emp
• aro Desd
rbro A .5enhora ao n. mp
·
piritualista fué Anthcro ~e Figueir~ ~ con s: l de hablar a los lectores de LA
de entonces, la tendencia se acentua, y hoy e
f
o· (} Deserto de MaPtUMA de una de las obras más notables de nuestro iemp .
•

nocl Rib:~~-lo ue es. Luciano, que personifica al propio autor, recibió de _u~
ami!:p:ue va a !rofesar en la Cartuja de Miraflores, d~_B ~rr:ci::: :::;;a'.ºy
5
vitándole a pasar unos días en el conven_~o, :ar~ d~s~:o i~ía~
que pasa LucianC&gt;
sale ara Burgos. La novela es la narrac1 n e os o
Bureo etconvento de cartujos. Manoel Ribeiro describe, µ~~•• ~\:~:g:!•:edida
gos, una fría mafiana húmeda, y las impresiones que rec1 e u t se-deambuque se acerca la hora de entrar en el convento. Como se apara

l

laudo a lo poeta-de la encantadora y ,•ieja ciudad española, oyó las notas
leves de un esquilón-el cie la Cartuja-. Y ya no volvió a la ciudad. Dirigióse
inmediatamente al convento. Dijo al religioso que acudió a su llamada, que ve•
nía de Portugal, para hablM al reverendo prior. Éste, que esperaba la visita,
le mandó pasar; recibiólo, díéronle una celda; informáronle del horario de su
vida conventual y de la naturaleza de sus relaciones con los monjes. La primera noche que pasó ea el convento, Lucia no, escéptico, ya que no impío, vió en
su celda una imageD de la Virge n ante la que muchos se habían postrado humildf"s, orando, y •sin dar bue n;¡ cuenta de sí, 1 arrodillóse, y aunque no sabia
rezar, también rezó. En la alta nocb e asistió, desde el lugar que t4!nía se5alado
en el coro, a los maitines y Ltude.:; d el dla. La descripción de esa madrugada
es magistral.
Los ocho días trascurren entre rezos y ceremonias monásticas, couversaciones serenas, y un despertar, en la conciencia de Lucia no, de sensaciones puras
y de visiones sanas. El espíritu escéptico llega a convencerse de que sólo en
el convento se es como se del&gt;e ser, y fuera de él, apecas como se puede ser.
Al retirarse del convento, Luciano, que todas las ma5anas había depositado
flores a los pirs de la Virgen de su celda, confiesa que si aán 110 tiene fe, parte
•convencido de que sólo la religión es capaz de espiritualizar y orientar la
vida; de regir las vocaciones sinceras y persisteates, que ninguna desilusión ni
desánimo alguno pued e n desvirtuar; y que sólo con Dios en el alma es posi•
ble la verdadera fe y la confianza intrtpida para proseguir el bien,.
Esta novela, que ya en sí representa mucho en medio de la corriente escéptica que marca la producción de nuestro tiempo, tiene todavía más valor por
su intención, sabiendo que su autor es uno de los elementos más activos del
Sindicalismo revolucionario de Portugal. Manoel Ribeiro . pertenece a la Con•
fet1eraci6n General del Trabajo 1 y comenzó a ser notado su nombre en los movimientos de carácter sindicalista.
Por eso, su libro levantó protestas entre los obreros más ilustrados, y contra él se formularon observaciones en el órgano sindicalista, a las que respoa dió el autor, defendiendo su punto de vista. ¿Es un convertido? Todavía no. Lo
declara ea su libro: cno sé lo que es Dios; no lo comprendo aún; pero sí lo
siento-y ya es algo,. Y como su amigo el cartujo le desea que Dios le toque
con su gracia, Luciano responde: •lo deseo íntimamente. Soy todavía asaz indigno para alcanzar tal merced,.
Literariamente, esto es, desde el punto de vista técnico, el libro no es im~

XXV

�t.A PLUMA

LA PLUMA

.
I'm ccablcs? y ademá.s, ¿se propu10 Manocl Ribeiro
pecable. ¿Pero hay libros
P
b . de significación moral? El autor es
. .
b d arte pura o una o td
csc.nb1r una o ra e
l
' de tro de su teoda, ha escrito una obra que
adversario del arte p9C e _arte: y n odemos encontrarle como novela, desLas defiC!coc1as que P
'
1
tira a un b aneo.
son randes y bellos. O Deserto es la apología más
aparecen ante los fines, que
g de la vida monástica. Al cerrarlo, dcspu~s
.
equilibrada que conozco,
ca1uro,a y
.
'6 d h be atravesado una comarca toda pureza y
de leido, tuve la imprcs1 n. e a r

autor describe en qué consiste, médicamcnte, y estudia y di:M:utc tu m6.ltiples
opiniones de los tratadistas de esa especialidad. Formula Jue-go una tcrap6uti•
ca, y la pro61a.xis, que es la parte de más interés pedagógico. Concluye exponie-uc1o la lcgislaci6n dictada para estas materias en el mundo civHiJado Rea-ptcto de España, cita las disposiciones legales de! Código de los visigodos, y
llega ,'lasta el C-Migo penal vigente.

•••

suavidad, inmacula1la y musical.

• • •
I l 'l. ería!. ha aparec1·do u n volumen de un periodista, Bourbon e Men as t:.1r
.
.
. a1 q uc l03 amigos del autor cosa.1zan
d S. lilo,,uios
espirttuau,
. exa.
11
nczcs, ama o ¡J ? . 1·d d s con pretensiones de paradojas. que n1 s1qu1era
damente Son tnv1a t " e
1 . á
s
gcra
d del estilo o por la gracia de as im gene .
sr salvan por. la persona 1·d
l a
E

• • •
.
a ura a la literatura científica El médico sePasemos ahora de la hter_atur pi
t ba¡·o médico-legal sobre el Amor
.
'! t ·ro publica un argo ra
ñor Arltodo ., on
e1
.
d ú .
. E Obra dest10a a mcam ente a las bibliotecu Y a los le•
Sáplúco e Sacra/leo. s
b
para poder andar en manos
t es en demas1a esca r 050
1
trados, porque e asuo o
.
t para los lectores de LA Pun,u. es la
t L parte más interesan e
_
de toda ·gen e. a
I
sáfico La investigación paciente a que se
que se refiere a la histo:~.d: •:i:teiro 1~ granjeará la atención de los erudiba entregado el doctor r in
·¡
te la historia de esa anomalía sexual. Es
to:s, que abo:3 podrán conoce~ª 1~:e:::ra contemporánea, donde hallamos una
tal vez deficiente en cuanto.ª.
t das sus obras es sáfica declarada; y
.
f
Renée V1v1en que en o
.
escritora rancesa,
. ' Vi
Les hors nature que son de pnmedos Hbros de R.tchilde, M,nneur enus y
'

\1.

ra línea en su género.
. h
·do de punta a cabo las literaturas
A r do Monteiro a recorn
Pero el doctor
r
in
.
d
d
·1
las
manifestaciones más precions
.
f
5 no deJan o e c1 ar
griega y latina ao igua ,
.
C
gra un capitulo a España, rccoy del socratismo. onsa
1 fi
y notables de sa smo
.
d
Giovano Pontaous basta los tragiendo desde las informaciones aporta as por
bajos del doctor Mata,
.
.
b
. fisiol6&amp;ica y sentimental. el
Oespu6s de trazar la h1stor1a de esa a errac16 n

Ilazilio Telles es uno de los más curiosos esµíritus portugueses. Sus traba•
Jos económicos le hicieron célebrt- entre las personas cultas, si bien su notorie.
dad se debe más a sus escrito:-; políticos. Es unn de los dir('ctores fallidos del
republicanismo portugués. Su influencia sobre la masa de sus corrr.:ligionarios
es nula 1 porque su corte aristocrático, individ.iali~ta, le induce a no doblei::~r
su pensamiento ante l11s imposiciones de la multitud. Pero como participó t:n
la revuelta de 31 de enero de 1891, y (lf&gt;rese mt)dvo tuvo que emigrar, la mul•
titud ("mpc-zó a conocerlo, p('ro no le itmaba. Cuando en 1910 se implantó la
república en Portugal, Basilio Telles apareció en Lisboa con un programa de
Gobierno, donde al lado de algunas utopías, hal&gt;ía cosas aprovechables. Pero
entre la mentalidad de B,uilio Tdlc:s y la mentalidad de los mme,,r.r re\·nlucionarios, 1,, distancia era mucha, v Bazilio Telles se metió en su c:1sa, olvidado,
preterido. Durante los li.ltimos años del régimen monárquico escribió sus trabajos econJmicos que, como he dicho, le dieron a conocer en los medios cu!•
tos Desde la implantai.:ión de la república ha dado a luz alg"Jnos estudios de
crítica histórica y µolític3 que no aumentarán su celebridad, por dispersos y
superficiales. Entre esos trabajos hay algunos, dedicados a la guern europea,
dignos de lc-erse.
Ha lanzado ahora un libro de estudios filosóficos: A Sciencia e o Ato,,.ismo.
No siendo LA PLUMA una revista filos66ca, no estaría bien detenerme a exami•
nar la$ 300 páginas del volumen, sobre el que habría mucho que decir. Me limitaré a una ;1oticia ligera.
Después de exponer lo que considera fundamento experimental del atomis•
mo, se extiende en la noción de masa, y consagn a la masa y la inercia capítulos tanto más curiosos cuanto que ese problcm:i se encuentra actualmente en
discusi6o, debido a las teorías de Eiostci-o. Ba.zilio Telles es difícil de leer, por•
que su estilo es pesado. Sólo la voluntad legítima de conocer lo que picosa un

�LA PLUMA

!:fi~:::t~:n~;i:!:

espíritu distinguido, puede bastar a vencer es~ d~fic~!!ª~·
1
1 l"b O de Bazilio Tclles que sus conoc1m1en
contra e t r
do ue su crítica se ejerce sobre el estado del penpecan de atrasado.s1 de m~ q t años Pruébalo sobradamente su estudio sosamiento hace treinta o cmcuen a
•
~
bre las geometrías no-euclidianas.
ALFREDO Pu,xNTA.

NOCTURNO DE LUNA y AGUA

. .. CASTILLO FAMOSO

(1919)
f/(,[

Cantaba tan lejano
que el paraguas abierto
estaba chorreando de luceros.
.Ca .Cuna
pisaba con sus zuecos
/a fl?osa de los 'Vientos.
,lirio
tenía un diván de estrellas en el cielo.

BIOMBO JAPONÉS
Una est1ella-cigüeña
sueña sobre /a arboladura de un vekro.
{;/ .Sol luce un kimono
con un dragón sentado en un lucero.
Un arrozal
y un mandarín
en pala'!'JUÍn

y J:i- 'Ga-

fle

cantando el ,amovor
del 'Ge.
ADRIANO DEL VALLE.

cTJoluntario&gt; de :M.adrid, fHl/on,o /R.eges.

es una dolencia de los madrileños, o un fenómeno donde se
materializan (sin ilusión ni superchería) las fuerzas secretas qut reimotamentc presiden en la existeucia de estos vecinos: entre lo patológico y lo metapsíquico, dudo por qué camino he de buscarle
explicación a la villa. Si el espíritu madrileño recobrase la salud, el Madrid
presente se nos caería, espero yo, y arribaríamos a la plenitud vital que echo
de menmr, si a Madrid, sonámbulo, le desper'tasen, nada quedaría de esta experiencia tan penosa, tan rara, como no fuese el estupor de haberla padecido.
En niL1gún caso es normal nuestro M •drid; incita y no satisface; no habla ni
oye¡ no retiene, acorrala. Es impedimenta gruesa: nace aquí un hombre, y por
mucho instinto que tenga. pierde la vida en defender3e de Madrid. en ir tirando
La villa, aborto de una ambición que llora su fracaso, es de miel con los perdi
dos, con los ineptos; como tierna madre, los mejora; enturbia, para su consuelo, liis diferencias del valor y la nulidad. No le falta discernimiento; le sobra
cinismo: Madrid parece un desahuciado de la vida, para quien todo cede ante
la evidencia del aniquilamiento inmediato; pero no incurre en santidad ni en
sabiduría: es tolerante por desdén; dócil con rechifla. Es el Limbo de los vanidosos: todo se logra en Madrid, a condición de ser fingido; todo el mundo es lo
que quiere, si lo representa bien; nadie le va a la ma □ o; puede lucir su papelón
en este tablado, !in pena ni gloria: tal es de incongruente con la del mundo la
vi&lt;!a en Madrid. Traer, por ley de nacimiento, la villa a cuestas, es vivir a regaADRID

��LA PLUMA

LA PLUMA

-en las noches de la canícula; si lo supiera. no se dormiría. El callar de tanta
-gente solivianta a los perros, y ladrJ.n despnoridos, ladran en los solares, en
fos corrales, en los huertos; ladran por fidelidad al hombre, avisándole que no
se duerma así en el filo de la muerte.
Pensar.in que soy madril"!ño apóstata. No tal. Madrid, con su dejadez, su
desconcierto, es mi rutina; no podría abandonarlo; equivale a mi modo de ser.
Ponerle cara de pocos amigos es simple juego, sin moraleja. «La b€tise c'est
de conclure&gt;-exclama un hombre descontento-. No concluyamos, pues. El
madrileño, divertido en conocer la villa, en pensarla tal cual es, seguirá siendo
v.n hombre feliz, mientras no abrace la pretensión soberbia de emanciparse
Quien viva en el Limbo, consérvese en él; y mantenga sus horas con poner
mr,tes a personas y cosas. No ha!' libertad para dejar de ser madrilei'io; ni
arraigaríamos en otro suelo, si nos transplantaran. El escarmiento nos ha
1,·uelto díscolos, y sólo podemos vivir aglomerados, sin más nexo urbano que
el censo electoral y el padrón de cédulas personales; a condición, todavía, de
que esos instrumentos de dominio los fabrique y administre la voracidad forastera. Esta es la suma elegancia de Madrid, y así se hace amar, el muy cazurro, de los descreídos. No ostenta pretensiones colectivas, no promulga evangedlos, no quiere fundar nada, ni descubre cada veinte ai'ios cosas olvidadas de
puro sabidas. En sus entresijos se ríe de los luchadores, y a los hombres de
presa les pone entre los dientes un zoquete de pan duro.

Que naci6 en Manzanares
Para cisne del Tajo y del Henares.
Llaméme entonces Fabio;
Mudóme el nombre el desengaf'!o sabio,
Y llamóme EscarRJiento.

Dícese que, en el fondo, los hombres de casta manchega no aman la vida.
Q,,izás empiezan amándola demasiado, y van a dar en el despego, en el rencor,
aborrecen la vida ingrata porque no es lo bastante pródiga y ferviente para
llenar el cóncavo de sus almas. La injurian, porque no es infinita, como la va•
gu~dad de sus deseos. Creyentes, se refugiaban en la soledad pavorosa del
cristiano delante de su Dios; fiaban no tanto en Su amor como en ~)u vengan za: la destrucción del mundo por !a cólera divina vendría a ser el desquite de
su escarmiento personal. Descreídos, como lo son ahora. ni aquel refugio intranquilo alcanzan. En nuestro dfa el sol nunca l:cga al zénit; desde el alba se
b1rrunta la noche, la ::iada.
Madrid ha de exp!ornrse desde dentro a fuera; sufrirlo primeramente, sin
padecerlo; remar en la galera, como tantos forzados reman, aunque no lo conozcan. Sentir después los grillos, romperlos, arrancarse de la chusma, pesar
la gravedad del destino. Todavía eso no basta. El s!:creto de Madrid se entreabre únicamente al espíritu contristado. Si esa lengua de fuego desciende sobre ti, ¡oh manchego insaciable!, en un Pentecostés de la melancolía, no habrás
menester otra clave. El ~adrid agrio y dis:ordante de todas hora~, irreductiblt' a una explicación racionctl, opaco, tórnase manso y concorde, se somete, se
deja traspasar por el rayo de tu tristeza. Vendrá a decirte que tu misantropía
e:; la suya; que si tú desfalleces, él no .ilienta; que si tú vives por no esforzarte
:1 morir, tl ignora para qué ba nacido 1 ni a quién satisface con tenerse en pie.
Se ofrecerá a recogerte en su arena, si ya eres náufrago ... Los raptos de lucidez en que se anuda el coloquio son raros, y, al parecer, sir. fruto. El mismo
hombre que piensa haber entrevisto la verdad, recobra la categoría municipal,
sale a la calle, y va, sorteando los charcos, a esperar el paso de un tranvía
bracea por ganar el estribo, como si le pagasen la faena, en lugar de tenderse
friamente sobre los carriles y que las ruedas, triturándolo, se comprometan en
rn evasión definitiva. Pero le queda la virtud de entender las horas culminantes de la villa que son en las madrugadas del verano, horas en que Madrid se
apaga (':n su recogimiento funernl. Madrid no sabe qué opresor silencio guarda
39'

Et PASEANTE EN CORT.K.

1
393

�LA PLUMA
lá: la mág11ina de partir el jam6n en lo,, h, ,rer; t&gt;I ;i i:adémico. peripltético noc
turno, amigo y protector de los gatos famélin,s; las µajaritas de papel en q11e
es Unamuno maestro de maestros; una visita ;.l Hospital General; la música de
jau·,-band, son motivos en qtte su ingenio se ejercita con magnífica sutileza.
Quien haya leído una sola página de Ramón, no acertará a comprender por qué~
suscita ahora nuestro elogio fervoroso simple colecci6n de greguerlas, en escogimiento de las cuales. se nos iba en cansancio otras veces mucho de nuestra
capacidad admirativa. Cierto que no basta la enumeración d~ loe; temas de estas Variaciones. Porque lo que hay en es,;~ libro de indudable adelanto es, sobre todo, mas que la novedad del gé11ero, su perfecci6n.
eLibertemos los globos,, por ejemplo, es un verdadero poema. en que se
manifiesta clarísimo el honda sentimiento lírico que por debajo de la gracia de
expresión, forzada hasta la truculencia muchas veces, riega de lágrimas humanas el humorismo de Ramón.
Adornan este libro curiosísimns dibujos de literato, obra del propio Gómez·
de la Serna, que subrayan con intención, que en vano podría sustituir la técnica de ningún dibujante que no tuviera su mismo temperamento, y talento parejo, los temas del libro, verdadero resumen caprichoso de lo más característico
del ramonismo.
Estas páginas son, sin duda, una selección acertadísima de las crónicas publicadas con el mismo título en Et Liberal. El que pueda con ellas componerse
un volumen tao acabado , denota en la constante labor, q1.1e se nos antoja dispersa, de su autor, un esfuerzo de CO!lCentraci6n logrado al inspirado correr de
la pluma.
Novela grande subtitula Gómez de la Serna a El Incongruente. No es la primera vez que, por consideracione'3 editc riales, o porque realmente signifique
un propósito contrario id concepto teórico de la gregut&gt;rÍa, su verdadero descubrimiento, llama novelas grandes a algunos de sus libros sui géneris. Et G,·an
Hotel, La Viuda blanca y negra no implicaban, sin embargo, una determioacióo
radical que variara el carácter de su litt?ratura anterior. Son greguerías en torno
a dos temas novelescos, en que la novela aparecía pulverizada en apuntes ingeniosísimos, sagaces hasta el lirismo, para una novela que quedaba sin hacer.
En ese sentido 1 no sería aventurado equiparar a este Ramón nuestro a otro donRam6n, innovador en el siglo pasado, y por más de un aspecto parecido, salvando distancias irreductibles, a Gómez de la Serna. Don Ramón de Campoamor acertó, en efecto, a condensar en la dolora bs aspiraciones de su tiempo.
Aspiraciones literarias, filosóficas, del sentimiento popular. Pe9ueiios Poemas,
Humo,-adas, draw,as, tratados de estética y de filosofía, discursos políticos, cuanto escribió, no fueron sino doloras, más que otra cosa manera, adecuadísima
a su época, de sonrei1· entre lágrimas c!ásicamente. La difusión de sus obras, superior a la de todos sus comemporáneos1 se debió en gran parte a la calculada
generosidad con que renunció al dominio temporal sobre r-Uas, despertando así
la codicia lícita de los editores, y la propaga oda consiguiente.
Túvosele a Campoamor por ianovador o inventor, y por tal túvose el mismo.
¿Cómo explicar entonces la miseria de su descendencia directa? Campoaroor no

'ª

LIBROS Y REVISTAS
Ramón Gómez de la Sel'na: Variaciones.-Con curiosas ilustraciones del
autor.-Publicaciones Atenea, 1922; fa./ fncongn,ente.-Nov cla grande.-Los
Humoristas, C~lpe.
Creo que ha sido un escritor francés, el señor Valery-Larbaud, quien ha dicho que de haber nacido en Fraoci_a Ramón Gómez de la :5erna, a .estas hcr2~
su literatura estaría inftu, endo directamente sot;.re los literatos Jóvenes del
mundo. Estoy de todo punto conforme _con esa .a~rm~ción en 9ue_ s_e rinde al
genio literario de nuestro compañero cierta anhc1pa~161_1 de la JUSt_1cia con q~e
hemos de ver uo día acatada su obra por el reconoc1m1eato unánime del publico. No somos de los más entusiastas corifeos dr.l infatigable creador de Pombo. De intento, hemos puesto siempre sordina a la expansión de nu:,stra co~placencia en las lecturas de G6mez de la ~~rna. Creemos habe1: senalado Stn
recato el peligro que puede sup~ner 1~ fac1hdad con que se prodiga, en ~n verdadern alarde de incontinencia literaria. A punto vanas veces de rendirnos a
la evidencia de una gracia avasalladora, he~os resistido, ora a los irop~lsos de
la simpatía que. despt:rtaba en ~uestro ántmo cada_ n~eva producc1on suya,
cuándo a la cons1derac16n contrana, del talento que s1gmficaba el ganarnos precisamente con páginas trabajosas y difíciles, torpes incluso. Hora es ya de que
proclamemos. sin temor a un desen~año de la confi_anza propia, nues~ra fe en
la consagr,1ci6n progresiva del que es hoy una realidad ,en que se ~1fr~I! esas
µ-andes espe,-anzas desacreditadas por el abuso del tópico. La pubhcac1on de
Variaciones y Et Jncongrutn!t nos autoriz~ a tanto. .
,
.
Va,·iadones no es un libro m1evo. Nacido del capricho de cada d1a. han ido
viendo sus páginas la luz en las columnas de un periódico. P_ue~, no obstante
la insistencia del tono, que insensiblemente ayuda_al lector diario a co_niprender tales crónicas vohnderas como un todo orgánico, es ahora, reun1das en
volumen, cuando adquieren la formalidad, la importancia de una obra animada
en sn varied!d de- un sentimiento personal y delimitado.
Periodista, Gómez de la Serna va dejándose llevar en sn inspiración de los.
ternas que suscita la vida corriente: cEI mejor reclamista del mundo,; el comercio del pan duro en Madrid; el kiosco de los caramelos de la calle de AICi'l0

,94

j

395

�LA PLUMA

LA P L U ~1 A
fué unpioneer, no fué un ini:iador. Mas su personalidad vigorosa recogió, transfundiéndoles un aliento propio, las ideas poéticas que circulaban en su tiempo.
Fué cabo, realización, y no principio.
Así G6mez de la Serna 1 en quien convergen tantas modalidades literarias,
extranjeras o S!llonadas ya con sabor nacional, ha podido parecer el inspirador
de una nueva escuela, sin adeptos posibles, porque lo que hay en él de original ('5 la personalidad acusad{sima en que se funden irreconocibles, encontradas corrie,ntes e influencias.
Et lncon¡rrutnte señala un paso decisivo hacia la novelación de la greguería,
Si la capacidad de disgregar por lo menudo los elementos del mundo sensible,
puede llevar nunca a la composición dramática, si la iotrospecci6111 si la vida
foterior, pueden ser alguna vez materializadas literariamente, Ramón Gómez de
fa Serna está en camino de conseguirlo.
Ahora bien: todas estr1s disquisiciones, en el caso de Variaciones y El I,u;ongrumü, nos apartan de la consideración esencial, y que importa cocsignar muy
•especialmente, de que su autor atiende ante todo a conquistar lectores. Es de-eir, que su literatura es &lt;le entretenimiento; que aspira a divertir, a interesar,
verbo sin eficacia po, el mal uso que de ellos solemos hacer los críticos y apreo-Oices de tales. Entretenido, divertido, interesante, suelen ser adjetivos con que
se sobrentiende la insignificancia de una obra. Por el contrario, la categoría literaria y artística es sinónima para las entenderas del vulgo lector de aburrimiento.
Ramón Gómez de la Serna, como Campoamor también, profesa la dignidad
poética en la prosa de la vida.

•

j

• •

Isaac Goldberg. Pb. D.-La literatura hispanoamericana.-Estudios críticos.
Versión castellana de R. Cansinos Assens. P.-ólogo de E. Díez-Canedo . Madrid, Editorial-América.
¿Existe una literatura hispanoamericana? ¿Puede nadie pretender el título
de cpoeta O.e América, con más razón que otro cualq11iera, de este lado del
m&lt;1r, el de e poeta de Europa,? Díez-Caned.:&gt; se pronuncia resueltamente en el
prólogo a la edición española de La literatura hispanoamericana, ea contra de
una proposición tan absoluta. cA nuestro parecer-dice-no hay ah.ernativa
posible: o una sola literatura con la de España, o tantas, si no como repúblicas,
má.s o menos artificiales en sus límites, como países naturales haya en la América de habla española&gt;.
Estudia el Sr. Goldberg la renovación cmodernistu en la literatura espa'tlola, señalando acertadamente su coincidencia con crisis similares en Inglaterra, en Alemania, en Rusia, en Noruega, en Italia, en Francia, principal receptáculo transmisor a los países españoles de las nuevas corrientes literarias.
A nuestro entender, presumen en demasía los escritores españoles de América•de la aportación que puedan significar Sll'l licencias ai caudal riquísimo

¡

de la. lengua común. En ~odo caso, ~ubén Dar~o. poeta excepcional, por excepcio~al 'Y no por amcr!cano adquiere en la historia del español una preponderanc1~ sm par en ~os tiemp.os modernos. Poeta americano, todo lo gran poeta amen~ano, y, !11CJ0r todav1a, peruano, que se quiera es Santos Chocano, en
cuyo_s e:ntos de libertad, .co~o en sus ~antes de pleitesía a la e madre España&gt;
~ers1ste ~n acent? col?mal mcon~un~1~le. Por americano, pe&amp;e al cosmopolit1smo1 al mternac1onahsmo de la 1ustic1a, por que rlñe toda su vida desigual
~atalla, nos gana Blanco-Fombona, el desterrado de Venezuela aferrado a una
,dea ~oble de reconquista espiritual de su tierra. El amerkani;mo, voluntario
también, d~ Rodó, .escapa ya, prec~sam~nte por virtud de la Jengua, trabajada
e~ un se~t1do clás1c.o y no revol1~c.1onano del ca:stellaao, a los límites a que lo
circunscribe la ocasión de sus Ci"tUCas. José María E2'urcn desconocido co España, poco conoddo en Am.érica, paree~ señalar, pOr la 'referencia del señor
G_o!dberg, una nueva. modalidad en la_ renovación hispanoamericana, cierto esp~nlu de couc~n~ractón y menosprecio del vulgo, cierto recogimiento, que reº!ega del sent1m1cnto a velas desplegadas, de sus predecesores. A Rubén Dano, s.aotos Chocano, Rodó_, Eguren y Blanco-Fombona, dedica sendos estudios
el senor Goldberg, precedidos de un capltulo inicial sobre el modernismo otro
sobre «Algunos precu.r~ore.s moder?ista~,: Gutiérrez Nájera, José Martí, julián
d~I Casal, José Asuoc10n Silva, y D1az-Muón; y otro sobre las e Nuevas orientac1_ones, desp~és de los pre~ur~or~s'. y el cAmericanismo literario» que irrump~6 en la ~nttgua metr6poli cornc1d1endo con la pérdida de sus últimas colomas amencanas.
La preem!~encia indiscut~Ble de Rub.én Daría en la poesía española mo~erna, ~a f~cil1tado la confusión que atribuye a influencia hispanoamericana,
J s d~r:1vac10nes que en España-como en América-haya podido tener el
prestigio del autor de cLos Cisnes&gt;.
Prueba irrefutable de ello, la supremacía de los cmodernistas» españoles
so~re los hisf!anoamer~caoos, en los géneros de prosa: Un Valle-lnclán, un BaroJ~, un Azonn, postenormente un Pérez de Ayala, no tienen equivalencia Jiterana del otro lado del Atlántico. L.1 labor consiGerable de Florencia Sáncbez,
aun con ~n d:ama que toca a la perfección como Ba,·ranca Abajo, en modo al•
guno ha rnflu1do en la escena española como Jacinto Ben avente europeizador
de nuestro teatro y, no lo olvidemos, quien mató en definitiva ai mayor monstruo, Echegaray, q_ue guardaba tantas princesas chillonas.
.Es más,_Anton1_0 y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Eduardo Marquma~ el mismo y111a:spesa, _Díez-CanedJ, Pérez de Aya la y Valle-Inclán en
su ?ltim~ modalidad !mea, ¿tienen ya nada que ver con el camericanismo Jiterano», s1 es q.ue alguna vez el imperio de Rubén Daría pudo justificar el equívoco? De Ennque de Mesa no hablemos, pues que nunca tuvo más Castalia que
la fu~nte de los Gallegos, y las del Lozoya coque bebió el Marqués de las cSerramllas~. Las influencias comunes a todos los .poetas menores que empiezan
a cantar ahora ~n todas las_ Españas de aquende y allende el mar, no determi'lan dependencia mutua, m apenas otra fraternidad que la del idioma. Podemos s1• asegurar, por 1o que nos es dado conocer basta ahora, que si la época,
397

��LA PLUMA
Pedro l.eandro lpnChe.-.4las Nueva.r.-Mo □ tevideo,

1922.

Manífiéstase en estos poemas del señor Ipuche el deseo, apuntado ya su logro en aJgunos atisbos felicisimos, de fundir el sentimiento de la tierra nativa.
y su expansión en más amplios horizontes de conciencia, transmutándolos en.
una expresión poética donde los modismos populares del campo uruguayo adquierar. virtualidad literari;i.
.
«El Lazo,, p:iema central del libro, participa de esas dos cornentes de emoción en que parece dividida, espiritualmente la colección de poesías de Alas
Nut'Das: la determinada por contemplaciones visuales, cLos carrero~•, cLos
potros,, «Las lavanderas, 1 «La sorttija,, «El Viraró,; y las que derivan del
pensamiento a la raíz sensitiva, «La vocación fatal&gt;, e Ritmo y hora1&gt;, eAsunto&gt;,
cEl dedarrollo•, eLa Noche&gt; .
eYo siento el entusiasmo de los lazos abiertos
Que hacen fiesta de líneas en el aire:
Un entusiasmo largo, seguro, desplegad0,
Y bien trenzado,
Que salta hacia las cosas con afán de enlazarlas.•
canta el señor Ipuche en cEl Lazo,:

cMi lazo es inauditc,
Y va donde lo tira mi intención.
Mi oficio es intuitivo
Y cuando enlazo llevo al puño el corazón.
¡Cuidado con el arco valiente de mi lazo!
¡Soy buen enlazador!»

* * *
Dr. Atl.-Las Sinfonías del Popocatejeil.-México 1 Edic. México Moderno,
Reúne aquí el autor. bajo un título excesivo para nuestro gusto, algunas
impresiones literarias de sus antiguas excursiones y dilatada demora por las
montañas del Iztatzihualt y el Popocatepetl. Cuando el viajero se limita a describir, a apuntar sencillamente, paisajes y tipos que más que destacarse los
componen, la lectura de sus notas se hace fácil y grata.
No tanto, cuando, ahueca la voz; y prodiga palabras sonoras, por competir
en vano con la Naturaleza, en la tremenda sinfonía de las cumbres volcá.nicas.
C. R. C.

AJiÍO III.

1

MADRID, DICIEMBRE 1922

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA TiERCERA

CARA DE PLATA

CoNTJNúA

LA

ESCENA TERCERA

G 1 NE R A , ES TREME C 1 D A, abre la puerta, y bajo el
encaje lunario del empanado, aparece la sombra del sacristán, de rodillas y con los brazos abiertos.
BLAS DE MIGUEZ

¿Dónde me hallo? ¡El dolor me nubla la vista y no reconozco los
parajes!
LA SACRISTANA

¿Qué copla condenada traes?
BLAS DE MIGUEZ

¡Confesión pido! ¡Por los Divinos clamo!
400

NúM. 51.

XXVI

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          <description>The Dublin Core metadata element set is common to all Omeka records, including items, files, and collections. For more information see, http://dublincore.org/documents/dces/.</description>
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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                    <text>LA P L U ~I A

!1

•.,

l"

·,'
"'
•
•

'"

dejadas por Dostoicwsky, su propia visión etc los tipos del Oeste Medio. Sus
mejores libros son: Po,r White, Tlz, Triumjh o/tite Egg, 0/tio, 1/Je 1rlumpl,.,
Edgar Lee Masters acaba de publicar con el título Children of tke Ma,·ket
Place un libro que es una autobiografía ficticia , la historia supuesta de nn colono americano; no es una novela solamente, pero la reseña brillante e imparcial de la historia de los E. E. U. U.
lndelibk, primera obra de Elliot H. Paul, es indiscutiblemente genial. Contiene la historia amorosa de la hija de un judío y de un individuo de cierta familia aristocrática de Nueva Inglaterra. Upton Sinclair, que años hace asombró
a los lectores con sus revelaciones acerca de las fábricas de conservas, ha pultlicado una nueva novela, They Cali ,,,e Carpenler. Es la historia de Jo que le
ocurriría a Jesucristo si volviese a la tierra para vivir en las grandes ciudades
de nuestros días.
Algunos autores jóveues explotan lo que ellos llaman iofluencia de los Indios aborígenes y de la raza negra en la literatura. Lou Sattet ha escrito versos
excelentes sobre temas indios. Este invierno tuvimos en New York un teatro
donde los autores y actores eran negros. EJ libro de T. S. Stribling, BirJl,riglt.t,
nos ayuda a comprender la situación del negro educado que vuelve a1 Sur, su
país natal, que no ha variado, llevando la educación liberal de las Universidades del Norte. Es indudable que la edad de oro de la raza negra alborea. Pronto
nos dará buenos escritores y pintores.
Los negros publican excelentes periódicos y algunas revbtas. Anunciáse,
pua el otoño próximo, la publicación de dos novela.,. Cuando el arte negro floreció, en el pasado, fué muy original, y de exquisita calidad. El cerebro de los
negros ha almacenad:, mucha alegría, sin la cual nadie puede crear, pues las
raíces más hondas del arte están en la alegría. La sangre negra ha tenido fuerte influencia en muchos poetas portugueses y españole9 de la América del Sur·
El negro posee un alma racial que a6n no se ha manifestado, y que guarda para
Jo porvenir muchas cos:is. Cualquiera que sea la forma del arte en la América
del Norte, en él tendrá mucha participación la raza negra.

.

A110 IIl.

1

MADRID, OCTUBRE 1922

1

NúJIL 29.

CARA DE PLATA ~

COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA&lt;•l
ESCENA TERCERA

LA VERDE QUINTANA tk San Cl,mtntttkLantañón
escutto, que tkspitk a tr,;
VltJOS ceremoniosos sobre la sola11:a tk dorados sillares, ,·,gala JI monas/tea, Capas largas, varas JI monteras, los tres vitj'os se vuelven con un
mismo compás,JI kaun su genuflexión en la verde Q"intana,

'º". la rectoral al flanco, JI su aóad negro JI

EL ABAD

¡Dios os acompañe!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Con saludiña se mantenga!
EL VIIJO DE CURIS

i Y el Rey del Cielo nos libre a todos de coléricos y soberbios!
(1)

XVI
240

Véase L• PLUM.A. de septiembre, 19u.

�,,1

LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

EL DIÁCONO DE LESON

Escribanos y alguaciles no quiero que por la puerta me vengan.

¡Faltan leyes!

SEBASTJÁN DE XOGAS

EL ABAD

La Curia es la peor ralea.

Y sobran malos jueces.

EL DIÁCONO DE LESON

l!L VIEJO DE CURES

¡Y con ser tan malos, a cuántos pícaros no mandan a la horca!
Dejemos el renegar de jueces y sentencias para aquel que no labra
un mal ferrado de pan.

.,

¡Va la Ley do quiere el Rey!
HBASTIÁN DE XOGAS

Y gobierna el de oros. En el día se llama rey la moneda.

EL ABAD

i,
•

.
,

1"

,,

...

Caso de ser llamados a declaraciones ...

¡Abade, con Dios le dejamos!

EJ. DIÁCONO DE LESON

Que no lo seremos ...

t''

EL VIEJO DE CURES

ll

SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Celebrando no pase el caso a papeles!
EL ABAD

Si el caso llega ...

EL DIÁCONO DE LESON

¡Montenegros! ¡Bárbaros selváticos!
SEBASTIÁN DE XOGAS

Si llega ... ¡Ninguna cosa hemos presenciado!
EL DIÁCONO DE LESON

¡Pur mi parte, a lo menos nada he visto!

SE AL E Y A N con tsta platica dorada de latín, como las piedras dt la Quintana. Ya son idos, y graena ti sacristdn, que hace la
corneja, acecltando ti ocaso tn el arco dt las campanas.

EL VIEJO DE CURIS
BLAS DE MIGUiZ

¡Ni tampoco se pasó cosa que pudiéramos ver!

¡El tiempo no tiene duda!

EL DIÁCONO DE LESON

Esa es la máxima: Ninguna cosa sabemos, ni hemos visto cosa

.

ninguna .
EL \~EJO DE CURES

Con declarar la verdad, no hay pleito.
t· 1,.

EL ABAD

Aquellas nubes ...
BLAS DE MlGUEZ

Aquellas se van. Tiempo bueno y seguro.

•

�LA PLUMA

LA Pl~UMA
tL ARAD

Baja a ponerme sanguijuelas, Bias.
LA HERMA NA y la sobrina del dirigo mueven ti lt11so, Y en
banquillos parejos, sentadas frente a frente, oc1tpa11 el quicio de una
puerta y g ozan de la solana.

DOÑA JEROMITA

En el arca de las tías Pedrayes.
EL ABAD pasta dt un lado al otro, band!mulo latín sobre el
breviario, negro y escueto e,t la sotaua. Cruza l 1i sobrina con el manojo
dt cera terciado en los brazos, al abri~o de la mantilla.

DONA JEROMITA

•

¡Mah ganancia nos trae ese Lucifer!
'

EL ABAD

¿Adónde vas?

SABE-LITA

'

SABELITA

¡Alma de trueno!

A Freyres.
EL ABAD
~L ABAD

!i

¡Baja, Bias!

No te coja la noche.
BLAS DE MIGUEZ

¡De cabeza bajo! Sabelita, carabel hermoso, mañana ~uadra la
misa en San Martiño. Mientras queda un rabo de tarde, quieres llegarte, paloma, a poner paños en el altar y renovar la cera'

)

'

Date prisa.
EL ABAD

DO~A JEROMITA

¡Me arranco el alzacuello si no le pongo la ceniza en la frente a
esa casta soberbia!

BUS Di: MIGUEZ

DO~A JEROMITA

¿También la cera/
Se va con el aire.

•

DOÑA JEROMITA

No se acalore, hermano.
DO~A JEROMITA

EL ABAD

·
e der1·a1nas la vela y nunca ja¡Airc excomulga do, que s,empr
más la apagas!

¡Llevaba el libro de rezos para encomendar un alma, y podía haber llevado la Eucaristía!

SABELITA

¿Dónde guardan ahora la cera?

DO!IA JEROMITA

¡Qué espanto!

�LA PLU.IIIA

LA PLUMA
EL ABAD

¡Y qué sacrilegio!

DE CA R A a la iglesia, un jinet, viene galop,mdo: Resalta por
negro sobre el sol poniente. Doña Jeromita, illzándose del banqnillo, cvn
los brazos en aspa, cacarea uua escala de espantos.

DOÍ1A JEROMITA
DOilA JEROMITA

¡Montenegros! ¡Almas negras! ¡Pedernales!
¡El malvado!
B L A S DE M 1 G U E Z sale por la puerta de la sacristía sona11do un llavero.-Blas d, Miguez, !tombre de cuentos y 1nentiras, la
cara tk sebo rancio, la boca larga, la encía sin dientes, ,nuy repelado de
las cejas, los ojos lienzos, un gran bellaco aquel sacristá,i tk San Clemente.-Sobre la escalera de la solana, ti tonsurado le recoge las llaves.

EL ABAD

¡Busca que me pierda!
BLAS DE MIGUEZ

¡Tres noches llevo soñando con jureles asados!
DONA JEROMITA

BLAS DE MIGUEZ

¡Montenegros! ¡Lobos fieros!

Y la sobrina sin recogerse.
BLAS DE MIGUEZ

EL ABAD

¡Yo lo soy más!
BLAS DE füGUEZ

¡Mucho hay que serlo!
EL ABAD

Al cabo humillarán la cabeza, y si no la humillan, condenados al
Infierno.
BLAS DE MIGUEZ

Ya lo están.
EL ABAD

Lo estarían con dobles cadenas.
DOilA JEROMITA

¡Cadenas de llamas y de serpientes!

A prevenirle me alargo.
EL S A C R 1 STA N, arraposado y medroso, salta por el muro
al camino, lil cabeza vuelta para inquirir lo que s, pasa m la Quintana. Torcido el bo11ele, escueto y enso/anado, el clérigo s, mete por una
puerta, y asoma, apuntando con el trabuco, en ti ventano del Jay!'-do.
EL ABAD

Soberbio Absalón, sigue tu camino. ¡Mira que te encañono y le
mando al lnfiernol
CARA DE PLATA

¡Señor Abad, que vengo de paces!
EL ABAD

¡Réprobo! No hay paces con mala conciencia.
&gt;47

�LA PLUMA
LA

PLUMA
CARA DI PLATA
CARA DI PLATA

¡Que le traigo la bolsa con los treinta dineros!
,

¡Señor Abad, que le parta un rayo! Ahi va la bolsa. ¡Una! ¡Dos!
¡Tres!

EL ABAD

Alguna perversa intención encubres.
CARA DE PLATA

Hacer méritos para ¡;anar el Cielo. Señor Abad, baje el trabuco y
tenga las treinta portuguesas.

los estribos, ti humoso segundón revuelve
ti brazo y
la bolsa al ventano, dondt el cornudo bonete asoma.
Como un pdjaro negro, va la bolsa por el cielo nocturno, y tl tonsurado la recoge con hosco bramido, sacando los brazos dt sombra por el

l E V ANTA D O

,n

ª"º1ª

vt1'tanuco.

ltL ABAD

~L ABAD

¡No las quiero! ¡Guárdalas y con ellas te condenes!

!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, no maldiga y demos por muerto el pleito!
EL ABAD

¡Ese manso hablar no te sale del corazónl ¡De tus intenciones
reniego!

¡Vuelve, soberbio! ¡Recoge tu bolsa! ¡Si eres altivo yo lo soy más.
¿No vuelves? ¡Al camino la tirol ¡Al camino val ¡En el camino se
queda! ¡Vuelve a recogerla, bárbaro! ¡Diez mil reales! ¡As! te condenes, verdugo!
DORA JBROMITA

¡El mundo §e acaba!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, reciba su ganancia y convide con un jarro de vino!
DORA JEROMITA

¡Vete de nuestra puerta, Satanás! ¡Arrédrate, Enemigo l\lalo, que
te haces el humilde para robar la flor de una doncella! ¡Vete de
aquíl ¡Espántate! ¡No tientes la virtud, Satanás!

EL A B A D, palpitando con ronca brama, arroja la bolsa al camino, por donde, al galope de su caballo, se aleja Cara dt Plata. Doña
Yeromila cae de rodJllas abriendo los brazos, y el Mnete tspa11ta sus
cuatro cutrnos tn ti vtnta,,uco.

ESCENA CVARTA
CARA D!: PT~ATA

•

¡Un rayo me parta si no entro en la casa y me llevo en el caballo
la prenda que me niega!
EL A.BAO

¡Soberbio Tarquino, sigue vereda y no busques que te mate!
248

HUERTO DE L UC EROS la tarde, y mtre cuatro cipreses negros, las púdras romdnicas d, San Martiño de Freyres . Son remotas lumb1ts las cimas d, los montes, y las faldas si11fónicas violetas.
Pasa ti rt/1# del viento por los maizalts ya nocturnos, y st tstále trans-

•

�LA PLUMA
LA PLUMA

porta1tdo a la c/avt del morado los caminos qut aú1t son al crtpzisculo
almagrtsy cadmios. San Martiño de Fr9rts, por la virttui crtpuscttlar, acendra s1t karma de suplicaciones, milagros y cirios de muer~t.
Ma11os dt mujer tncimden la lámpara del prtsbittrw. Vutla asttstad,
una ltclwza. Sabelzta, m sombra, aparta bajo la lámpara, y m la
putrta, refrtnando ti caballo, Lara de Plata.

SAB!LlTA

Eres tú muy soberbio para ello.
CARA DE PLATA

Soy más enamorado.
SABELlTA

¡Tarde del amor acordaste! ¿Y mi tío, a tus paces ha respondido?
CARA UE PLATA

CARA DE iLATA

El trabuco sacó de la sotana como si fuese un Santo Cristo.

¡Isabel!
(,

SABELITA

SABELITA

•

r•

¡Lástima no haberte matado!

..

¡No me hables!

f.

Levanta los ojos para mí.

CARA DE PLATA

CARA D!: PLATA

~

¡Por qué quieres vestirte de luto?
SABELITA

SABELITA

No quiero mirarte.
CARA DE PLATA

¿Tanto me aborreces?

rr

¡Me vestiría de grana!
CARA DE PLATA

¡Embustera! ¡Isabel, bodas sellan paces!
SABEL!TA
SABEL!TA

¡Espanto me das!
CARA D!: PLATA

¡Las cruces te hago!
CARA DE PLATA

¿Sabes de dóade vengo?
SABEL!TA

.

De alguna obra mala .

¡Por el asilo de la iglesia no te prendo ahora por la cintura y te
llevo robada sobre mi caballo!
SABELITA

CARA DE PLATA

¡Pirata!

De brindarle las paces a tu tío.

251

,50

•

'"

�, LA PLUMA

LA PLUMA

SAll&amp;LIU.
CARA DS PLATA

¡Vete!
ruso

¡Isabel, adiós!
SABELITA

NIGRO

¡Me das para un vaso?
SABt:LlTA

¡Adiós, Carita de Plata!

¡Vete!
ENTRA Fuso Negro con ti bouete 1/wo de piedras por la p,urt,,
de la sacristía, y st extingue ti souoro galope con que st altja Ca, a de
Plata.

c.
•

fUSO NIGRO

¡Touporroutóu! Juntando para una casa. ¡No bastan siete mil bonetes! ¡No bastan! ¡Si bastasen! Tengo q&lt;1e hacerme la casa, y prontamente: Me viene una moza embarcada de América. ¡Touporroutóu'
¡La tengo preñada! Aún no la he visto y trabajo todas las noches
con ella. Pecamos a las escuras. ¡Hay que pecar! ¡El que no peca se
condena!
SABELITA

Respeta la Iglesia, Fuso Negro.
ruso NEGRO
Ya la respeto. Espera que tenga la casa levantada, y nos ajuntamos. ¡Touporroutóu! A la otra tengo preñada: Trae en el bandullo
treinta y siete varones y treinta y siete hembras. Esta noche voy en
el caballo del viento, trabajo contigo y a ella la degüello.
SAliELlTA

•

¡Fuso Negro, no me asustes! ¿Qué quieres aqui?
ruso
Mirarte.

~EGRO

ruso NEGRC
Si no me da.~ para un vaso, enséñane las piernas.
SABELITA

¡No me asustes, Fuso Negro!

ruso

NEGR(

¡Touporroutóul ¡Ay, canela! ¡Dame ¡ara un vaso!
SABELIT.I.

No tengo.
:ruso

NIGR•

¡Qué buena idea, de mala idea, solhr el vino toJo que hay e~ el
mundo, todo a correr en una fuente di cien mil tornos! ¡Qué idea
más buena! ¡Y que las vacas, en v~ debostas, vertiesen panes por
bajo del rabo! ¡Otra buena ideal ¡Pero d, mérito! Todo anda
El
mundo va descaminado. Yo sé el remedo, y otros lo saben: Ninguno
lo declara. Al primero que hable, cuatro tiros, mandamiento ~•l cabrón Gobierno. Satanás podía goberna· el mundo a sattsfacc16n de
unos y de otros. ¡Touporroutóu! Siend&lt;; como es, tan lagarto, podía
darse con todos la lengua.

'."ªl.

SAIIELIU.

¡Respeta la Iglesia! ¡Vete, que me asistas, Fuso Negro!

�LA PLUMA

LA PLUMA

ruso

nso

NIGI\O

Reinando Satanás, las mujeres andarían en cueros. De punta de
viernes a punta de viernes, beber y comer con fornicamento. Mal
gobernado el mundo, sería algo de mérito. ¡Cara bonita, amuéstrame
las piernas!
SABELITA

¡Vete!
FUSO NEGRO

No quiero.

NEGRO

¡Concho, que te como la lengua!
SABELITA

¡Socorro!
IMPRECADOR Y VIOLEN TO, por ti muro dtl atrio
salta, impensadamtntt, un negro jinttt, y ti loco st rtvutlvt bajo las
lttrraduras, grtii11do y tspantablt como los moros dtl .Stiior Sa,.tiago.
Dtspuls, convulsa y blanca, levantada 111. ti arzón, la niña desmaya la
frm/t sobrt ,I hombro dtl Caballero.

SABELITA
SABILITA

¡Vete, o doy voces!
ruso

NEGRO

¡Padrino, adónde me llevar

1Amuéstrame las piernas, puñela!

EL CABALLERO

¡Conmigo para siempre!

SABELITA.

¡No me asustes, Fuso Negro!

SABEL.lTA

FUSO NEGRO

¡Touporroutóu! ¡Qué blanca eresl ¡Dame una vicada, conchol
¡Madre Santísima, qué virgo tienes!
EN EL R ú MAN I C O pórtico, bajo los santos dt pitdra, ti
fálico triunfo, la risa m baladros, los a¡'os tn lumbrt, la grt1ia frtnlti•
ca. Sabtlita, con 14n grito, invoca al ltjano caminanll de los caminos

.

1

crtpuscularts.
SAHLITA

¡Socorro!

1Para siempre ... !
ESCENA

QVINTA

LA RECTOR A L . A la IUII dt 11n vtlón, ti eaguá11 mcaltdo
y dts{fuarnido, con arca~ mitañonas _y negra vi!(utria. Pt1sta el tonsurado. Trab11co, sotana, bonttt. Los r,jltjos dtl vtlón lltn,m dt alad,s
inquiet11du las paredts: En tl ttmblor dt la lue y la sombra st kact v1•
sihlt ti vi,11to sobre las lfvidas cales. Colgado dt un clavo baila ti solidto, y solfta sobrt ti arcón dt los ditemos la cola dt un gato tn lucienlt
actcho. La Q11intana, silenciosa y nochar,.it¡ja, st prolonga por ti vano
&gt;SS

�LA PLUMA

LA PLUMA

,ü la puerta, y "' ,t claro ,ü 1,.,.,., ""' los braeos abin-tos, st espanta
la vitja pilonga hermana ,ul Abad. Estrmitct ti vitnto la llama dtl vt·

Ión, y calca su n,gro bail, "' la partd la borla del solitko.

DO~A JEROMITA

¡Y sin pasar alma vil'iente!
EL ABAD

EL ABAD

¿Lo lamentas?
DO°SA JE~OMIT\

¿Vuelve ese Satanás/
DORA JIROMITA

¡Este sobresalto me acaba! ¡Tantísimo dinero\ ¡Hermano, considere que condena su alma\

KL ABAD

EL ABAD

¡El rabo!

¡Calla, serpiente\

¡Un rayo le parta!

DORA JERO&gt;IITA

DORA JEROMITA

¡Y la bolsa luciendo en el camino!

,~o le corresponde en justicia la bolsal ¿No se la dió el naipe?

EL ABAD

¡Así se vea pidiendo limosna ese altanero\

IL ABAD

¡El naipe marcado!

DORA JEROMITA

¡Hay otro que se pasa de altanero, y es usted, mi hermano! ¡A
mí me entierra\ ¡Se llevará la bolsa el primero que pase! ¡Le cleclaro
la luna malvada!

DO~A JEROMITA

Se llena de un escrúpulo y por soberbio cC&gt;ndena su alma. ¡Es orgullo, el lobo que le come!
EL ABAD

EL ABAD

Deja esos rezos y métete adentro, que quiero echar la llave.

Acaso ..

¡Luna sin ansias, ya podías esconderte en una nube negra! ¡Luna
cismática!

DOR., JEROMITA

,

DORA JEROMITA

Puesto rn disputa no quiere que ninguno le supere. ¡Hermano,
haga cuenta de sus canas, y no tire el dinero como un malvado
sus años!

EL ABAD
·' 1

¡Calla con esos reniegos de bruja\

fl::L ABA.U

Tengo de superarle. ¡Métete adentro y no hablemos más!
XVII

,

�LA PLUMA
LA PLUMA
LA VIEJA
DORA JEP.OMITA

¡La Madre Benta me valga, y no me pone de alcahueta!

¡Máteme! Pero me rebelo contra su dictado, y la bolsa recojo y la

EL ABAD

bolsa me guardo.

,Por qué buscas a la rapaza?

EL ABAD

LA VIEJA

¡De un trabucazo te doblo!

No la busco.

DO~A JEP.O"1TA

DO~A JEP.OMITA

¡Por un pique de orgullo sería asesino de su h~rmana! ¡Me hoPor ella llamabas.

rrorizo!

LA VIEJA

i:L ABAD

'•.
•
t

Llamaba para cerciorarme.

¡Entra y callal

DvRA JEROMITA

DOÑA JEROMIT,A

,De qué cerciorarte?

¡Esto me entierra!

LA VIEJA

EL ABAD

\

¡Y a mil Pero no me vence ese Satanás. Entra, que quiero echar
la llave.

D O lv A JE R OMITA rae de r,dillas con lo.&lt; bra,os abiertos
bajo la luna clara. El Abad, neg10 y tsc1utn, tstá en el umbral. BM,te,
trabuco, sotana. Una voz. La so111bra parda de u11a vitja por tira-

De si la e:a o no la era. En el camino tuve el encuentro, y aca. .
rrerada
d
· me vine ... Algún aguinaldo me dará · ·Tan
t
s1qmera
un puno
e harma para el caldo de la cena! Sabeliña, en los brazos de a uel
q
turqués, era una despeinada Madanela.

El SACRISTAN aparta tn la nitbla lunar dt la Quintana.

mmo.

BLAS DE MIGUEZ
LA VIEJA

¡Sabeliña! ¡Sabe!!
beliña?

I

\,

DO~A JERO).UTA

¿Dónde dejas a la niña?

DORA JEP.OJiITA

•

,Qué enredo traes/ No quiero cuentos a la ore~ Conozco tus malas artes.

¡El mundo se acaba!

Asómate un momento, paloma. ,No está Sa-

•\

'

BLAS DE MIGUI:Z

Arrebatada en su caballo se la lleva un negro Satanás .

�LA PLUMA
DO~A JEROMIT A

¡La niña disoluta teníalo tramado! ¡Me cegó la malvada!

•

EL ABAD

¡Qué hora negra!
BLAS DE MIGUEZ

EL PASADO

Desencadenóse el Infierno!
LA VIEJA

19 21

¡Buen quiebravirgos es el diablo!

e,

EL ABAU

.,.

•

La mala oveja esta noche vuelve a su corte. Arrastrada la traigo.

¡Acompáñame, Bias!
DORA JEROM!TA

¡Y mañana mismo sepulta en un convento, hermano!
BLAS DE ll!IGUEZ

¡Requies in pace!
LA VIEJA

¡Aún se pudiera encontrar alguno con quien casarla! ¿'fo habrá
para un aguinaldo, señor Abade?
EL ABAD

¡Así la lengua se te caiga!

..

EN L A N l E B L A L UN A R, por ti camino de plata, un
caminante. Tropi,za co11 la bolsa y escapa con tila. Doña Jeromita abrt
los brazos para alcanzar ti cielo, y co11 un grito traspasa ti nocturno
silmcio dt estrtllas. El Abad dispa,a su trabuco. Ladridos ltjanos.

.

FIN DE LA ]ORNADA SEGUNDA.
160

{;[ !Pasado, alharaquiento,
&lt;Jiene a mí. !Pero yo eludo
su plática, que es tormento.
Gstog triste. Gstog desnudo.
9l mi &lt;Jera, ondula el mar,
espejo de mi inquietud.
«Gl mar-pienso-es un azar
digno de la ju&lt;Jentud. •
!Pero este &lt;Jiejo-antropoide
de rostro enjuto g xiloideque es el !Pasado, se obstina.

('/in diminuto asteroide
fulge en su frente cetrina.)

-fNo trabajaste tus músculos
-me dice-: tu &lt;Joluntad.
Gn ti medran los corpúsculos
261

�LA PLUMA

LA PLUMA
de la. «nsibilidad.
'Ge conmueven los crepúsculos
y te acucia la. verdad.
.Son tus designios, minúsculos
segmentos de eternidad.
!Pero le faltan los músculos
tensos de la voluntad.
- 'Gú eres-le digo - un lamento
ecoico, sin existencia.
{;/ torpe remordimiento:
la escoria de la conciencia.
8res lo que ya no siento.
81 grito de una demencia
pasada.
'V hoJJ ya me asiento
sobre una roca de ciencia
que en mi formó el sedimento
de una continua experiencia.
81 !Pasado, a su espelunca
se parte. !Pero al partir,
me grita:
-'Ge engañas. ;Nunca
podrás, de nuevo, vivir.
C:uando una vida se trunca
nunca ya se vuelve a erguir.
C:amina. 8n su espalda adunca
se quiebra mi porvenir.

... .Silencio. 81 sol, que desciende,
lleva agon{a. 9!1 pasar
junto a su lumbre se prende
un C:irrus crepuscular.

.La vista, lenta, se extiende
en un perdido mirar.
!Detona un grito, que hiende
mi amargura y mi pesar.

:Bajo las rocas se tiende
el verde clamor del mar ...
JUAN JosÉ: DuMEN~HlNA.

�LA PL U\\ A
carios y Arqueólogos, en él que había ingresado despnés de cur;,ai en la
ya desaparecida Escuela Superior de Diplomática y de hacer oposiciones a la Sección de Museos. La Arqueología, la Historia de Arte, la

.-u-

mismática y la Epigrafía, formaban el fondo de conocimientos nccesa

rios para ingresar en la Sección de Muscos. Era natural que se roe destinara a una colección arqueológica; pues no, fui nombrado archivero
de Hacienda de Teruel, para catalogar documentos de Bienes de Propios, estanco de la sal, cédulas personales, etc., étc.

.

UN PERSONAJE DE NOVELA
PARA EL SR. J. B. TREND

Hice un viaje raro, Fui a Cuenca en ferrocarril, y en Cuenca tomé la

diligencia de Cañete. Subieron al coche onas cuantas mujeres, con su
impedimenta de cestos, colmados con piezas de percal, gallinas, bacaladas y huevos; un albañil valenciano, serio como un peregrino de la
Meca, y un muchachote alto, guapetón, de unos treinta años, con aire

mujer, americana del ;\orte, me ha traducido la obra de usted referente a España.
En el capítulo que dedica usted a los libros de mi hermano Pío Baroja, 1'11ly un párrafo en el que creo notar el deseo
de saber dónde mi hermano conoció al pintor Bohtwell Crawford, ~carácttr txtraño, intertsan!t, excéntrico, a quien no le gustaba [ng'laterra .. .&gt;J
que aparece en El Mayorazgo d, labraz.
Este personaje fué a medias inventado por el novelista, a medias tQJnbién tomado de la realidad.
•
•~Yo creo que asi suelen proceder la mayoría de los a~ores _de no~ •
las. Los datos reales dan al personaje una armazón sólida, que quizá la,
fuerza imaginativa del autor no pudiera crear, y sobre este maniqu~ vi..viente se yustaponen detalles fantásticos o vistos en otras personas.
En este caso, puedo decir que mi hermano no conoció a su modelo,
y los rasgos que dan vida a Bohtwell Crawford fueron proporcionados
\Por mí.
El pintor inglés que yo conocí se llamaba José Sttatford Gibson (no
estoy seguro de la ortografía). Le vi por primera vez en Albarracín, en
la última decena del siglo pasado. No puedo precisar qué año.
Yo, en aquella época, pertenecía al C.uerpo de Archiveros, Bibliote1

264

"

de jaque.
En cuanto el coche tomó carretera adelante, todas las mujtres comenzaron a charlar por los codos y querer enterarse de quiénes éramos
y adónde íbamos. A fuerza de preguntas, consiguieron saber que yo iba
a Teruel y que venía de Madrid, que el jaque bien plantado era maderero, que cortaba pinos en los Montes Universales y los echaba por los
arroyos, hasta el Tajo o el Júcar, y que el moruno albañil iba a arreglar
una casa en Cañete.

Una de las viajeras me preguntó si conocía a Francisco Sáochez. comerciante de la Cava Alta, y al responderla yo que no tenía el gusto de
conocer a Francisco Sánchez, noté que dudaba mucho de mi ventajosa

condición de vecino de Madrid .
El maderero tuvo que explicar el motivo de su viaje: iba a Salvacañete a ai;reglar un puente que sus almad ías de troncos estropearon en la
última primavera.
- ¿Entonces lleva usted el mismo camino que yo?-le dije.
-El mismo hasta Salvacañete; luego, usted tendrá que atravesar la
sierra para ir a Albarracín.
-¿Habrá algún guía en Sah acañete?
-Ya veremos.
•1 •

�LA PLUMA
LA PLUMA
El n¡aderero, en la primera parada de la diligencia se apeó y entró en
1a venta con el cochero. Al poco rato salia éste, enjugándose los labios
con el dorso de la mano, y subía al pescante. El cortador de pinos tardaba y comenzábamos a impacientarnos. Por fin apareció de espaldas a
la pu~rta de la venta, se despidió de una muchacha, apretándola la mano
Y diciendo: «¿A la vuelta, eh?» En dos zancadas llegó al estribo y subió
al coche.
En todas las paradas ocurría lo mismo: el cochero echaba un trago
y el mad~r~ro tenía una tierna entrevista con la moza del mesón.
Las viaieras fueron bajando, y quedamos el silencioso valenciano el
m~=roy~.
'
-¿Sabe usted que voy notando que es usted el gallito de estos andurriales?-dije al maderero.
-¿Por qué?-respondió.
-Porque en cada posada tiene usted su rato de parla con alguna
chica.
-¡Bah! Se hace lo que se puede.
-Esa última era guapa de verdad.
-¿A usted le parece ... ?
-¡Ya lo creo!
-No es maleja, .. ; pero donde hay una que quita el sentido es en la
posada de Salvacañete. ¡Vaya una mujer! Lo que tiene de malo es que
es sorda.
-¿Sorda de nacimiento?
-No; se quedó sorda ... ¡Si es uoa historia pero que la mar de rara!
Ella era muy ... ¿cómo diremos ... ?
No voy a referir la historia de la sorda que nos contó el maderero
porque_únicamcnte t':~dría cabida en un tratado de Psicología Sexual.
El s1lenc1oso ~baml, q_ue escuchaba el pornográfico relato, preguntó:
-¡Pero los med1cos d1¡eron que la frialdad de aquello fué lo que le
produjo la sordera.
-Así se decía.
Llegamos a Cañete, término de nuestro viaje en diligencia. El a\ba266

ñil se despidió de nosotros, y ya estábamos dispuestos el maderero y yo
a pasar la noche en aquel pueblo, cuando se terció el modo de llevar los

equipajes a Salvacañete en carreta de bueyes.
Cargamos nuestras maletas, y charla que charla, carretera adelante,
llegamos al pueblo entrada la noche.
Fuimos a la posada de la sorda, y nos dispusimos a cenar.
t,ramos seis o siete alrededor de la mesa. La sorda nos servía.
Buena moza, bien plantada y garrida, llevaba gran faldamenta de refajos a la manera aldeana y cubría su cabeza con un pañuelo azul muy
ceñido, anudado por debajo de la barbilla.
Los prójimos que cenaban la hicieron unos cuantos arrumacos, más
de mano que de palabra, a los cuales la moza no se mostró demasiado
esquiva; al contrario, sonreía picarona y se dormía en la suerte sobre el
hombro de los comensales al cambiar los platos o escanciar el vino. El
maderero torcía el gesto.
Ahora, que han pasado tantos años, puedo decir, sin pecar de vanidoso, que yo, el señorito madrileño, fui especialmente distinguido por
el dejar hacer de la sirvienta.
-Pues nada, señorito-saltó el maderero bruscamente-, esta misma noche me ocupo en buscar un guía que le lleve a usted a Albarracín,
que siempre se encontrará aquí algún trajinero que vaya para allá.
-Pues mire usted, compañero-respondí-, la verdad es que no
tengo maldita la prisa, y lo mismo me da marcharme mañana que pasado que dentro de quince días.
-¿Pues no me dijo usted que tenía que tomar posesión de ese destino dentro de la semana?
-¡Bah! El Archivo de Teruel y sus papelotes pueden esperar.
El maderero se sirvió un vaso de vino, lo apuró de un trago y se mar:hó, lanzando miradas iracundas a la sorda, que se puso inclinada sobre mí a recoger los cubiertos, con una lentitud muy de agradecer por
mi parte.
Se marcharon los compinches de la cena, y la madre de la sorda dispuso una cama para mí en la alcoba del comedor.

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el otro lado•

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-Pue... que hoy es gran

.. ,

en

AIIII

.

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cua, que no haClfi •·.......

....

�LA PLUMA
que mi mujer me ha dado una cría. ¡Maja ... , bien majical Venga a verla,
buen amigo.
-Enhorabuena. ¿Y está bien la madre .. .?
-Y la hija, mejor que nunca.
Pasamos a la alcoba; en un catre vi a la parturienta, que me miró
con ojos lánguidos, y al lado una bolita amoratada, la cabeza de la reciénnacida.
-¿Pero no ha venido nadie a asistir ... ?-pregunté.
-¡Nadie! ¡Ja!, ¡ja! ¡Que se equivocó en la cuenta ... ! Que dec/a que
era para la semana que viene ... y ¡zás... ! Esta mañana ¡pum ... l Como
con una escopeta ... ¡la chica ... ! Y que es bien maja ... Ahora sacaré
agua y unas copejas.
Disimuladamente puse un duro sobre una cómoda bajo la fotografía
del hombre del zorongo, vestido de solda~o, y salimos de la habitación.
Bebimos dos, tres copas de aguardiente a la salud de la reciénnacida,
y despidiéndome de aquel feliz padre marchamos a campo traviesa y nos
internamos en el monte.
A medio día llegamos a un pueblo llamado Toril.
Pedro de Ademuz se encargó de la comida. Comimos no recuerdo
qué, bebimos vinazo negro de un porrón.
El guía se puso taciturno cuando vió que se terminaba el líquido, y
me miró de soslayo.
-¿Qué, más vino?-pregunté.
-Bueno.
La posadera trajo otro porrón. Yo tomé un par de tragos, y el guía,
sentado en el banquillo, la nuca apoyada en la pared y el compás de las
garrillas bien abierto, alzó el porrón en el aire y Jo vació sin resollar.
Pagué y echamos a andar a pie. Pedro de Ademuz se puso a mi lado.
Sonreia, y el vino Je daba ganas de conversación.
-Mi amo-principió y le interrumpió el hipo-. Yo tengo que confesar ... eso ... , que ... confesar ... que nunca he ido ... a ... Albarracín ...
-¡Demoniol

LA PLUMA
-No ... , no ... señor... ; no he estado nunca en Albarrada ... Yo soy
del Rincón de Ademuz ... , sí..., por eso me llaman Pedro.
-¡Maldito seas ... !
-No se incomode usted ... , mi amo ... , yo siento ... , yo tengo remor ...
remordimiento ... , eso ... , por engañar a un señor que da tan bien de comer y de beber ... , yo seria un cochino ... , peor que un cochino ... , si no
Je dijera la verdad a quien me da de comer y de beber ... El señor Juan,
el de los pinos, ¡le parta un rayo!, tienela culpa ... Me dijo que usted necesitaba ir hoy mismo a Albarracín y que yo tenía que acompañarle ... a
Albarrada ... Si quiere usted ir a Ademuz ... yo sé el camino ... como el
pasillo de mi casa ... Diga usted ¡vamos a Ademuz! y voy con los ojos
cerrados ...
Yo sentía ganas de machacarle aquel cráneo, en forma de coco, que
cubría con el grasiento pañuelo negro.
-El señqr Juan, el de los pinos ... es un canalla.
-¡Y usted otro!-grité exasperado.
-Es que yo no tengo más remedio que estar a bien con el señor Juan
y obedecerle, porque cuando llega la corta ... da jornal. .. Es una cochinada ... , sí, señor ... , una guarrada ... , yo creo que lo ha hecho por ... la
sorda de la posada ... ¡Ji!, ¡ji!, ¡ji ... !
Y el condenado guía, no sé si llorando o riendo, se fué hacia la raíz
de un pino, se sentó, dió dos o tres cabezadas y cayó al suelo de bruces.
Me acerqué y le sacudí con violencia. Se le diría muerto si no fuera
por el borboteo que hervía en su gaznate.
Yo estaba furioso y le dí unos cuantos puntapiés para hacerle volver
en sí. Todo fué inútil.
Monté en la yegua, descargué en ella parte de mi cólera, y con el potrillo detrás seguí el camino a la buena de Dios.
El terreno era cada vez más montúoso; enormes picachos cerraban el
horizonte, iba anocheciendo, y en el fondo de la pinada sonaban los chillidos del mochuelo.
El camino subía recto por un barranco, y cuando llegué a la altura
era noche cerrada.

"

�LA PLUMA
LA PLUMA

El camino se hundía bruscamente en una torrentera pedregosa, y la
yegua tanteaba el terreno antes de afianzar las pezuñas. Penetré en un
desfiladero, la senda se allanó y desemboqué en una carretera a orillas
de un río.
Dejé que la yegua tomara la dirección que quisiera, y el animal, sin
vacilar tomó a la derecha, siguiendo aguas abajo.
El ~auce del río estaba formado por dos ingentes murallas de piedra
negra, en las que se abrían oquedades más negras.
.
Ya desconfiaba de llegar a poblado, cuando al doblar un recodo v,
una luz, alta, muy alta. Sacudí un par de ramalazos a la yegua, que no
dejó por eso su paso cansino. Desapareció la luz y me encontré en la
boca de un túnel. Era para volverse loco.
La yegua se negaba a penetrar en las tinieblas que teníamos delante:
a fuerza de tirones de ronzal se decidió. Yo no sé cuánta longitud tendría aquel túnel; lo que si sé decir es que a mí me pareció largo, largo
como una noche de insomnio.

Por fin salí del agujero. Luces, casas; en una, como anuncio de felicidad y de descanso, lá sublime palabra POSADA escrita con letras de a
vara. Me arrojé de la cabalgadura y, como siempre, mi pobre maleta
cayó dando tumbos. Fui a la puerta de la posada y la golpeé con todas
mis fuerzas.

Se abrió un ventanuco, y una voz cavernosa me indicó la convenien cia de marcharme con viento fresco. Protesté a grito pelado, pateé la
puerta, cogí un canto y pegué con golpes capaces de derribarla.
Me abrieron por fin.
Entré jurando como un carretero. El hombre del mesón me hacía
dúo con una retahíla de maldiciones.
-Bueno; ¿pero dónde demonios estoy?
El posadero interrumpió su letanía respondiendo:
-En la posada de Narro, en Albarrada.
Suspiré satisfecho, y toda mi cólera desapareció.
-Pues dele usted doble ración a la pobre yegua, y su amo, así re-

.,.

viente ...

-¿No es de usted la yegua?
-No; es de un majadero que he dejado medio muerto en el monte,
de puro borracho. ¡Así se lo coman los cuervos esta noche!
El posadero me miró extrañado, murmuró media docena de blasfemias, y se llevó la yegua a la cuadra.
Yo vi una puerta iluminada por la que salía delicioso olor de cocina,
y me metí por ella.

• • •
A la luz de un quinqué, vi a una mujer que cocinaba en el hogar terrero, a una muchacha y a dos chitos sentados junto al fuego, y debajo
de la luz, sentado a una mesita cubierta con un mantel, comía un

hombre.
El hombre dejó la cuchara de boj en el plato de vidriado, se levantó
, al verme entrar y me saludó inclinando la cabeza.
Era alto, de cabeza pequeña, cabellos grises, bigote y barba recortados. Su rostro, ligeramente asimétrico, recordaba la figura de Covarrubias, pintada por el Greco, en el «Entierro del Cónde de Orgaz~.
El hombre se adelantó hacia mí, se puso la mano izquierda sobre el
pecho, y alargándome la derecha, dijo:
-José Sttatford Gibson, pintor acuarelista inglés.
Yo estreché la mano que me tendía, dije mi nombre y añadí:
-Archivero de Hacienda de Teruel.
Vestía aquel personaje un viejo traje gris; pero su figura era tan noble, que el ternd, rozado por los codos, adquiría la prestancia del traje
de etiqueta. Calzaba alpargatas blancas y no llevaba calcetines.
Le rogué que no interrumpiera su cena, se sentó a la mesa y conti-

nuó comiendo potaje de judías encarnadas. De vez en cuando, con un
tenedor, sacaba de un cacharro de loza pedazos de pan húmedos a mi
parecer, y el caballero, al notar mi sorpresa, me explicó que no podía
masticar los duros mendrugos del pan que se cocía cada ocho días, y
que usaba de aquel medio para reblandecerlos.
La posadera me destinaba un par dé huevos fritos con torreznos.
XVIII

273

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�LA PLUMA
-Sí, hasta mañana-y el acuarelista se levantó y, descolgando su
sombrero de un clavo, se dirigió a la puerta.
-Le acompañaré a su casa, y así veré el pueblo a la luz de la luna
-dije saliendo con él a la carretera.·
El pintoriba preocupado pensando en mis futuros modelos.
-El canónigo :lfachancoses, el señor Paco ... , la señora Francisca.
¡Ah!, se me olvidaba lo mejor. ¡La señora Pía! ¡Oh, sí, la señora Pía!
¡Gran tipo con su cara pálida, noble, con su mantón alfombrado! ¡Ad·
mirablel Mejor que la posadera, mucho mejor ...
-No se preocupe tanto, mañana pensaremos en ello, don José.
-¡Ah!, mañana, mañana. Es necesario recordar ... Sí, sí, la señora

Pía. ¡Esa es una figura para honrar sus pinceles!
Llegamos a la herrería y me despedí del inglés. .
-Acuérdese, señor pintor; ante todo, el retrato de la señora Pía
-dtjo al estrechar mi mano, y penetró en la casa.
Extraño tipo, pensaba yo mientras volvía a la posada de Narro, por
la carretera que pasa a lo largo del río. Había salido la luna y su reflejo
se mezclaba en el remanso de la presa con el reflejo de las luces de Albarracín, edificado sobre un risco.
Estaba ya cerca de la posada, cuando sentí pisadas rápidas de alguien
que se acercaba a la carrera. Una voz jadeante gritaba:
-¡Eh, señor pintor ... ! ¡Retratista .. 1 ¡Señor archivero!
-¿Qué pasa?-grité.
-¿Que qué pasa? Nada, que la señora Pía, mi recomendada, la de
cara pálida y noble, la del mantón alfombrado ...
-Sí, bueno. ¿Y qué?
-¡Que se murió el año pasadol-y después de darme la noticia, el
inglés huyó dando grandes zancadas y se perdió en la oscuridad.

•••
Al día siguiente por la mañana me despertó la señora Francisca para
decirme que un hombre chiquito, mal encarado, quería presentarse delante de mí, de rodillas, a pedirme perdón.
276

-:lhre usted, ama--contesté-, co¡a usted del chaleco cuatro pesetas y deselas a ese sinverguenza de Pedro de .-\demuz, y d igale de mi
parte, que como se presente aquí le doy con el orinal en la cabeza. Que
se lleve su yegua, que tiene más sentido que él y es menos falsa que el
tunante de Juan, el de los Pinos.
Salió la posadera, y aJ cabo de poco rato volvió, diciendo que mi borrachín de guía se había marchado lloriqueando y sonándose los mocos
con la manga de la chaqueta.
_Recor;í el pueblo en compañia de Narro, que se había hecho gran
amigo mio: y a la hora de comer lle~ó don José Sttatford muy sofocado. Se dedicó a la pmtura durante toda la mañana.
Según me dijo, vivía en España hacía muchos años. Pasaba Jo más
crudo del inviernc/ en la corte, y al asomar la primavera se marchaba a
su querido Albarracín.
Aquellas casas con muros de ocre amarillo, puertas de añil y ,·entanas nbeteadas de cal, le parecían la quinta esencia de Jo pintoresco,
Los riscos cobrizos y los pinares centenarios eran motivos de sus acuarelas.
-Me he refugiado aquí-me dijo-, después de mis correrías por el
mundo, porque cada vez se está poniendo más feo. El industrialismo Jo
invade y lo corrompe todo. La tierra se llena de fábricas horribles de
estaciones de ferrocarril. Hasta el mar, sí, hasta el mar está surc~do

por s~cios va~ores tiznados de carbón. Yo he visto el Mar Egeo, desde
un m1st1~0 gncgo, en el cielo de la tarde he comprobado que los rojos y
los amanllos de Turner en su cuadro Polifemo son reales. He mirado
aquel esplendor de luces y colores, y cuando estaba más embriagado, ha
llegado un paquebote inglés, vomitando por su chimenea bocanadas pestífer~• de hum?··· Aquí mismo, en este rincón, el leñador derriba pinos
y mas pmos, sm que a nadie le importe el color dorado del tronco ni
copa azulada de forma clásica tan querida por el Pusino y por Claudto de Lorena. Las pobres casas derrengadas por el tiempo suelen restaurarse con ladrillo recocho y no las revocan con el manteo de arcilla
y paja. El Arrabal ha sido prostituido por una espantosa serrería mecá-

fa

'77

�LA P L U ~I A

LA PLUMA
nica, que alza su techumbre de teja plana, orgullosa de su fealdad, sobre
los tejados, a los que el sol y los líquenes patinaron ...
-Pero, don José-le interrumpí en su perorata-. ¡Qué le vamos a
hacer? Son cosas inevitables. Todo cambia y nosotros también. Yo, lo
declaro con vergüenza. encuentro belleza en una locomotora y en un
acorazado de cuatro chimeneas y treinta cañones.
-¡Puff!, iPUff!
-O en una fábrica colosal. ..
-¡Puff!,¡puffl
-El progreso-quise continuar pero el inglés no me dejó.
-Yo vengo a Albarracín hace veinte años. Creía que para cuando
llegara aquí eso que llama usted progreso yo habría desaparecido de
este mundo. Desgraciadamente, asoma el progreso y yo vivo. En España hay dos pueblos admirables: uno, Fuenterrabía; otro, Albarracín.
¡Soa dos hermosas mujeres españolas! Fuenterrabía, es la española que
se pone sombrero a la francesa. Albarracín, a pesar de las barbaridades
progresivas, conserva su carácter, como la española castiza conserva su
mantilla. Por eso estoy aquí. Además, este pueblo es culto, naturalmente culto. El otro día estaba pintando en la plaza y una ráfaga de viento
arrebató mi hoja de papel. Pues bien, un chiquillo se precipitó a recogerla, y quitándose la gorra me trajo mi acuarela. ¡Eh? ¿Qué le parece?
¿En Londres o en París hubiera ocurrido lo propio?
-¡Londres! ¡Londres!- -continuó el acuarelista, y su rostro expresó
el desprecio-. ¡Infecto montón de ladrillos negros! No comprendo cómo
se puede vivir allí .. ¡Aire corrompido!; ¡río sucio!; ¡alcantarilla navegable! ¡Puff!, ¡puff!, ¡puffl Y pensar que una millonada de seres humanos
se apelmaza también en París, a pocas leguas del bosque de Fontainebleau. ¡Eso!, ¡eso es magnífico! Allí sí se puede estar. Yo he recorrido el
bosque infinidad de veces, con el morral a la espalda Tiene, eso sí, un
1nconveniente para pintar a la acuarela: el agua, el agua de los países
llanos descompone el tono de los colores. Por eso yo siempre llevo una
botella con agua de manantiales que broten en roca silícea. Es la mejor.
-¿Y por qué no usa usted agua destilada?-le pregunté.

-¡Jamás! ¡Nunca! ¡Agua modificada por un alambique! 1'o, natural, natural-. Y el acuarelista me miró casi con desprecio.
-Me gustaría mucho conocer sus obras-le dije.
Al oirme, torció el gesto; aquella energía que usaba para abominar
del progreso, se tornó en timidez.
-¿Mis acuarelas ... ? Pues ... , bueno ... , las tengo en la herrería.
-¿Le molesta enseñar sus cuadros?
-No son cuadros, modestos ensayos de un aficionado ... ; después
iremos, ya que siente usted esa amable curiosidad.
Terminamos la comida con ensalada de tomates y pimientos, a modo
de postre, y salimos a la carretera.
El caballero inglés me confesó que no poseía más que una renta muy
corta, resto de su fortuna, y que como siempre había sido aficionado al
arte y no un profesional, no pudo ganarse la vida nintando. Prefería
conseí\·ar sus acuareJas a venderlas.
·
Toda su vida fué empleada en viajar, sin rumbo fijo ni idea preconcebida, y ahora se encontraba casi en la penuria. Se remendaba él mismo los zapatos, se zurcía y larnba la ropa, y todo lo que podía ahorrar
durante el año, lo empleaba en colores, pinceles y papel de la mejor
marca inglesa.
La habitación que ocupaba don José en la herrería, era muy reducida; una ventana daba sobre el río; a un lado, el catre de tijera, cubierto con una colcha roja de percal; debajo de la ventana, la mesita y la
silla; en el ángulo, el lavabo, con la palangana llena de agua jabonosa,
en la que se remojaban pañuelos de bolsillo y calcetines usados. Arrimados a las paredes, rimeros de cartones y algunas cajitas enfundadas
en tela gris.
-Es mi única riqueza-dijo señalando las cajas-; son de lo me¡or-. Y cogiendo una, desprendió la funda y me enseñó la charolada
caja, que se abría como un tríptico, para mostrar las pastillas de color,
limpias, brillantes, como piedras preciosas.
-Estos canutos de bambú, que traje hace muchos años del Japón,
contienen los pinceles. Suelo lavarlos tres veces, después del trabajo,
2 79

278

�LA PL U~¡ A

LA PLVMA
con agua de manantial de roca silícea. La botella está en ese rincón, y
entre los cartones guardo las hojas de papel, para que no se arruguen
con la humedad de la noche. Todas las precauciones son pocas para
pintar a la acuarela.
Experimenté una gran desilusión cuando me enseñó sus pinturas.
De factura premiosa, sobada, parecían miniaturas de paisaje, en las
que el electo total se perdía a fuerza de detalles inútiles.
-¿Ve usted este rincón del pinar?-dijo mostrando una acuarela-.
Pues no puedo ya continuarlo; los pinos han crecido y el paisaje ha
cambiado.
Le miré cara a cara al oírle. Y la verdad es que iba creyendo que se
burlaba de mí. Pero en el rostro del inglés no vi el menor asomo de
burla.
-Pero don José-le dije-, los pinos crecen con una lentitud
enorme.

-Es que yo pinto con más lentitud todavía-contestó con seriedad
enteramente británica.
Me enseñó diez o doce acuarelas, casi todas ellas sin terminar por
falta de tiempo, y eso que habían sido empezadas hacía más de ocho
años, y después de guardarlas cuidadosamente entre los cartones, me
preguntó si quería decirle mi opinión acerca de su manera de interpretar la Naturaleza.
Quise salir del difícil paso, diciendo vaguedades, haciendo equilibrios, que si el color, que si el detalle, etc., etc.
El caballero me escuchó atento, y después, tranquilamente, me dijo:
-En resumidas cuentas, que no le han gustado nada.
Me dejó pegado a la pared, sin saber qué contestar.
Nos despedimos; él se fué a pintar y yo a dar una vuelta con Narro.
Por la noche, después de cenar, el posadero y su mujer discutían la
conveniencia de que uno de sus hijos entrara de aprendiz en un taller de
carretería, o fuera con unos arrieros a Valencia. Don José, que estaba de
mal humor, terció en la conversación y dijo que todos los oficios son
malos, y el peor de todos, el de vivir.
280

-Las madres no lo comprenden-continuó, dirigiéndose a mí-.
Figúrese, ese chico, golpeando toda la vida con el mazo sobre el formón,
o por esos caminos, escuchando las atrocidades de los trajinantes. ¿Qué
porvenir? Cuánto mejor hubiera sido para el chico que, cuando nació,
lo hubiera cogido Narro por la piel del cogote y lo hubiera arrojado al
río, que pasa, ad kor, por debajo de estas ventanas.
No pude menos de soltar una carcajada.
-¿No le parece a usted lógico?-me preguntó el inglés, extrañado
por mi risa.
-¡Sí, don José ... , muy lógico!
-¡Está loco!-me dijo Narro, cuando don José marchó a su casa-.
Figúrese usted que cuando mi perra tiene ganas de juerga va y la trinca
con una cuerda del collar y se la lleva a todas partes consigo,. y si hay
algún perro valiente que se acerca, se lía a cantazos con él, hasta que les
hace correr rabo entre piernas. Está más loco que una espuerta de grillos, porque después de hacer eso va, y un día de invierno que helaba
más que Dios, se mete entre los al morrones de una acequia llena de agua,
a salvar a un gato sarnoso, que unos chicos habían echado para que se
ahogara.

•••
Durante los días que pasé en Albarradn vi las cosas más curiosas de
la Colegiata, de la Escuela Pía, y las viejas fortificaciones arruinadas. Me
disponía a marchar a Teruel, cuando el inglés me llamó aparte y me
dijo:
-Se va usted de aquí sin ver una de las maravillas del país.
-¿Qué es'-pregunté con verdadera curiosidad.
-La obra maestra de un gran pintor de animales, un gran artista caprichoso.
-¿Y dónde está esa mara villa?
-En el monte; si no tuviera que aprovechar las horas de sol le
acompañaría. Pero he de continuar una acuarela que empecé hace siete

•8•

��LA PLUMA

PÁGINAS JNACTUALES

RELIGIÓN DE HOMBRES HONRADOS
-

EDRO.-Estaba [un bisoño] tn v11a posada de vn lab.-ador rico

y ae onrra, y Itera razien pasado d'España, y como no entendía la le11gua, vio que a la mug,r llamavm, madona, y dixole
al huesped: Madono porta manjar, pensando que deáa 1111,y
bien; que es como quien di:rest mugero. El otro corríose,y entre il y dos
hijos suyos le pelaron como palomino, y lubo por bien mudar de allí adtlanlt la posada y avn la costumbre.
MATA-Si el rd los pagase"º quitarían a nadie lo suyo.
PEDRO.-Vi, los paga; pero es como cuando en el banquete falta el
vino, que siem.pre hai para los que se sientan en cabtztra de mesa,y los
otros se van a la fuente. Para los generales y capitanes muica falta;
son como los pues, que los mayores st comen a los menores. Coclusió1t
es averiguada que todos los capitanes s011 cnmo los sastres, qu.e na es en
su mano de:rar d,.¿ hurtar, en poniendolts la pieza de seda en las manos,
sino solo el día que se confiesan.
MATA.-Ese día cortaría yo siempre de bestir; pero ellos ¿cÓHW
hurtan?
PEDRO. -Yo os lo diré como quien lt,, pasado p ,,. ello: Cada capitán
time de te,ur tantos soldados, y para tantos se le da paga. Pongamos
por caso 300; él time dofientos, y para el día de la reseña busca fiento
184

de otras compañías o de los oficiales del pueblo, y dales el quinto como
al rei y toma/es lo dtmas, al alferez d1 q1te pueda hazer esto en tantas
plazas y al sargento en tantas; lo de mas para no bis.
JUAN.-Y los genuales ¿no lo remedian eso?
PEDRO.-¿Cilmo lo !tan de remediar, que son ellos sus maestros, de
los q1tales deprendieron/; antts estos dismmlan,por que 110 los descubran,
q1te ellos lo httrtan por grueso, dizim,/o q1tt ,rl ni es licito vrtarl, porque no le da lo que ka 111enester.
MATA,-/ Y el rri no pone remedzo/
PEoRo.-No lo sabe, ¡q1&lt;é ka de hacer!
]UAN.-¿Pues stmejante cosa ignora?
Prn'Ro.-Sí, porque todos los que !tablan con el rei o sori genera/es
o capitanes, o oficiales a quien toca, que no se para hablar con pobres
soldad"s; que si eso fuese, ll lo sab, ia y sabiendo/o lo atajada; pero
¿que, eis que vaya el capita1t a dezir: Señor, yo vrto de tres partes la
vna de mis sollados; castígame por ello/
JUAN.-Y el Consejo del rei ¿no lo sabe/
PEDRO.-No lo debe de saber, pues 110 lo remedia; mas yo reniego
del capitan que no Ita sido primero muchos a,zos soldad».
MATA.-Esos soldados .fieros que defiais dntantes en el escuadran
al arremeter ¿qué tales son?
PEDRO.-Los postreros al acometer y p, imeros al retirar.

JuAN.-B1una va La guerra si todos son ansf.
PEoRo.-Nttnca Dios tal quisiera, ni avn de treinta p11rtts vna.
antes toda la religión, crianfa y bondad, está entre los bueiros soldados,'
de los qua/es kai in.finitos que son vnos (:esares y andan con su bestido
llano y son todos gente noble y illustre; con su pica al hombro, se andan
sirviendo al rei como esclavos invierno y verano, dt noche y de día,_y de
mue/tos se le olvida al rei, y de otros no se acuerda, y de los que ,·estan

110 tiene 1~tmoria para gratificarles sus servicios.

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�LA PLUMA

LA PLUMA

· Iba 8 dialogar con sus heroínas, sus Matildes, sus Cármenes, sus
Adelaidas:
, -,Qué os parece?
.
.
-Que también a nosotras nos es necesano este retiro;
,
de !no no sab1amos
_t·Os acord a1·s de aquel día en que muertos
)
ómo íbamos a salir del apuro del sustento.
.
.
c -Sí nos acordamos que te hicimos el socomdo arroz de toda la primera etapa de tu vida...
. d
d'
t
-El arroz que me volvereis a hacer en el ret1r~ e me 10 muer o.
-Sí te lo haremos; pero en vez de echarte en el las oscuras p1m1entas ue engañan y el aceitazo de haber guisado otras cosas que su~t1tu)e
la f~ta de todo te echaremos gallina o la cabeza del besugo re~1en pescado en el mar 'de enfrente y que nos traerán las pescadoras, aun vivo,
en las cestas de mimbres separados para que sean cedazo a la vez que
sosténPero siempre me echareis muc~os ajos estimulantes, aquellos ajos
que da~an todo el sabor al arroz antiguo.
Des~;e modo el Novelista cambiaba impresiones con sus heroínas,
las ,que se iban con él al asilo final.

XXX
El Novelista, por fin, estuvo instalado en un ~ote\ hast~ la mue:te.
Estaba satisfecho, pero lánguido. Su vejez se volv1a mas puhda por d1as.
_
Sus manos estaban pulidas de felicidad ¡•. de renuncia plena:
0
Andrés Castilla miraba al le¡ano con m del mar en éxtasis prolon.,a
dos como si esperase un barco.
Buscaba muchos consuelos a su soledad y pensaba qud
~menaza
ael catarro que seca al hombre y le hace poroso Y. escar a o e irritación, ya no le perseguiría en el noble pueblo. p~rdido en que la mt1m1dad es de quinta de recreo siempre en el para¡e ideal.
El corrosivo catarro no le desharía casi nunca, y eso ya era bastante.
Sus personajes nuevos, como turis~as que. creen _que no van 3: se_r sorprendidos por un novelista, lleganan de incógnito a su conoc1m1ento,
pero él los descubriría.
¡
No existía la amenaza dura del frío, al que de pronto le da la ocura
y estrangula al hombre pacífico.
d.
Siempre le parecía mentira vivir otro día sereno después de un 1a

Jª

de serenidad; pero allí se podía esperar con fe la continuidad del buen
tiempo.
Los pinos. se conmovían _bajo la caricia de es~ clima, y se ponían dorados como s1 el sol les hubiese 0X1genado. Perd1an su color los cipreses
bajo la ¡¡alv~noplastía tan en su punto del sol d~l buen invierno.
El !'.ovehsta disfrutaba ese color de musgo dichoso de liquen divino
que tenían los pinos de cabeza ancha en lo más alto d~ sus cabezas.
:\'o se había libertado de la muerte, pero sí del altercado del mal
tiempo con el buen tiempo, algo así como el desagradable altercado del
padre y _la madre, en cuyo confücto no se puede intervenir y cuyas con-

secuencias aprietan el a]ma.

En la permanencia de la vida no se podía creer nunca. El Novelista
al construir la casa en aquel rincón resguardado por un monte con u~

y

pinar a un cos.tado, _un jardín_ espléndicfo y abierto al otro lado el mar
enfrente, creyo que iba a sentir asegurada una racha larga de tiempo.
¡Nada más talsol La incertidumbre era la misma, aunque no la encrudecía el trío tenebroso.
Todos sus libros estaban colocados para siempre en las estanterías
que llenaban escaleras, pasillos y toda pared, pues por fin había realizado su sueño de tener todo al alcance de la vista y de la mano· nada de
librerías altas o profundas, sino anchas y bajas.
'
Había clavado cada clavo para siempre. Los relojes ya no se desnivelarían más, porque habian sido colocados detinitivamente, y los cuadros
tampoco variarían de sitio ni se ladearían, porque estaban clavados entre cuatro clavos.

• Todo ya no padecería otro desahucio que el de muerte. El desahucio
que se p_uede consentir, porque toda supervivencia del alma seria repugnante e infame.

Los personajes de sus novelas se paseaban a lo largo de la costa y se
l?s tropezaba al_ darse un paseo: Todos se trasl_ucían porque creían estar
libres de mvest1gac16n en la l!erra de prom1s1ón, pudiéndose pasear
desde el amanecer hasta bien entrada la noche. La fuerza de los eucaliptus se los conservaba buenos.
-Un sitio de hotelitos-solía decir el Nol'elista- es un sitio de muchas novelas ...
En cada hotel se cura y se prepara una nueva novela ... Es como una
cosecha que el novelista ve al pasar por el camino y con cuyo futuro
cuenta ...

Andrés veía a esas jovencitas entre mujeres y niñas que pasaban por
su lado por entre las calles de hoteles, X las miraba como a futuras he-

,,,

�LA PLUMA

LA PLUMA
roínas, todavía criándose para s~rlo, pero ya con la alegría en que se

cuaja la tristeza fotura que habra en_ el ~rama .
,
Alimento y aliciente de su 1magmac1ón eran los geraneos, que se
asomaban a todas las tapias y terrazas siempre floridos. Dab~n la emoción de un tiempo invariable, en que se podía pensar con sosiego en los
,
grandes dramas de la vida,
La perspectiva de la miseria, del encono, de la sensualidad desacertada del frío eran más vivas desde aquel camino de la costa, en cuyos
ban¿os públi~os estaba sentada la avizoración oteando el mundo como
sólo se otea frente al mar.
Las novelas y los conflictos del mundo se veían_ apiña?º' en las casas de los pueblecillos de la nbera . ¡Qué gran traba¡o hac1an todos l&amp;s
días por vivir con alguna felicidad en aquel recodo del mundo, frente
al mar y el cielo!
Andrés guardaba su silencio de todo el día, su silencio de retitado
del mundo que sólo habla a lo lejos-v lo retenía en su boca-, como
lucha de amar~ura y de delicia_ que lle'vaba quieto y sin que se le perdiese en el fondo oscuro y sumido del alma .. ,
.
«Tenoo fe-se decía-en seguir comprend1endolo todo y solo eso es
bastante,º sólo eso es lo que necesito.

»Sólo con esta gran serenidad no me distraeré nada de_cont_emplar las

pasiones humanas y ahora va a ser cuando voy a escribir m1s me1ores
novelas.»
. .

Junto a él aprovechando el sol de la tarde y la pulvenzac1ón del mar,
pasaban damas con sombrillas de antiguos encajes. Todas se veían lejos
de la novela; en un rincón del mundo y paseaban su decadencia con
encanto.,. ¿Cómo se iban a suponer que pasaba ¡unto a ellas, el novelista que iba a divulgar sus vidas, porque siempre sospechana alguna
verdad de las que la• corresP.ondían o alguna infidelidad de la que fueron capaces .. .? Surgían en el frases de serenidad que sólo en aquella
gran paz se le ocurrían.

«El mundo entero se está hundiendo en cada instante, y los barcos
que entran en el puer_to piden, a la ve~ que entrada, auxilio en el gran
naufragio en que se Sienten comprendidos.
.
.,
»El cielo se levanta sobre el mar con vuelo de miedo, adqumendo
su mayor altura.
, ,
»La arena de las orillas sueña con la caricia del mar, esta palida de
tanta voluptuosidad, está nerviosa de deseo. .
.
»Toda la costa recuerda la inundación antigua y presagia la futura.
»Ríen en anfiteatro las costas.

»Los gemelos lejanos nos ven pasear y buscan un rostro en todos los
cristales, tristes, oscuros, y con cuchilladas de luz,
»¡Qué en vano es toda la expectación del mundo!
»Somos ya la cruz del camino que anuncia un caminante menos. No
tenemos mas que abrir los brazos,
»Esos hoteles que tienen intención en la veleta y en el modo de rematarse, perturban todo el panorama y son como iglesucas de una religión desconocida o castillos que quieren poder sobre nosotros . Las hijas
de_ sus dueños son las más orgullosas de todas las muchachas del paisa¡e.
»Hay días en que los railes del tren costero están más planchados y
brillantes. Durante la noche parece que los han dado brillo esos hombres que se recuerda haber visto en las ciudades trabajando como planchadoras en estirar y enlucir las tirillas de acero,
»Sólo en las costas de buen clima hay gentes que creen que van a
ser felices siempre, que no sospechan que sus leñazos sobre el mar no
van a ser eternos. Yo me paro a mirar esas gentes dichosas en las que
no hay ningún temblor, y robo en sus jardines algo de su fe, como quien
arranca una de las madreselvas que se escapan a su verja.
»En aquel balcón de la casa triste de madera se asoma el colchón del
muerto desde hace un mes. Debía enterrarse al muerto con su colchón,
perp con lo mucho que se le llora a nadie se le ocurre tener ese rasgo
espléndido.
»En los trenes del anochecido vendrán siempre los trabajadores de
la ciudad, los que mejor cumplen con su deber, pero los que odian más
la ciudad y sus oficinas . Me aplacarán siempre como novelista.»
Y Andrés Castilla, que pensaba inundar las habitaciones del hotel
con las cuartillas de numerosas novelas, se desleía en la luz y no se atrevía a tirar nada de aquello como elemento novelesco.

Había encontrado la luz final, el clima constante y el cloridio divino para los ojos cansados.

FIN
RAMÓN GóMEZ DE LA SE ..NA,

�LA PLU,\\A

/'JI antes que la lujuria de .Salomé fJenciera
a !Dios, a ti y al mundo, por tu constancia, un día

MANANTIALES EN LA RUTA
A

&lt;•&gt;

SAN JllAN

rui mente se imagina, de pronto, tu figura
junto a este arroyo, como en el ;Jordán, un día,
la gente de ;Judea miró tu mano pura
bañando la cabeza del SCijo de ruaría.
')/ ante mi flista surge tu fJaroníl belleza
-¡oh, las purpúreas rosas de tu rostro encendido!¡'Gu cuerpo de mancebo contrasta su grandeza
con la pobreza humílde del rústico fJestidol
ru;s ojos en la senda flan buscando las huellas
de tus plantas, pastor de sagrados corderos;
por elección divina santo pastor de estrellas
que hoy fJas, tras tu rebtJño, por celestes senderos ... I
¡ 'bu fJOZ estremecía los montes de granito
y sacudía el alma de toda Qalilea,
cuando a las multitudes tu fNúmen infinito,
lanzaba la sagrada semilla de la f!dea!

'JI así el ido/o fuiste de la comarca entera .
.Cas gentes te adoraban y !Dios le bendecía.
(1)
294

Libro en prcpa.raci6n.

tus ojos, dilatados por el asombro fJaslo,
de pronto, en un paraje de la amplia selva, han fJisto
cómo, u la sombra fresca de un viejo olivo casto,
ruaría füagdalena daba aposento a Cristo!
LA PRESENTIDA

.Silencio... {;sta mañana mi corazón te espera.
ClJendrás a mi, no sé por qué extraño camino,
nimbada de oro y de azul de primavera,
con un manto en que el púrpura pone festón al lino.
{;[ sol te anuncia. !Dice tu claro nombre el fliento .
.Ca puerlcr de mi vida presiente tu llegada.
!Para escuchar tus pasos se detiene mi aliento
y la ansiedad prolonga la luz de la mirada ...
.Serás buena y serena como mi alma ... 'Gus manos
sabrán curar las llagas de todos los humanos
con su magia sublime de bálsamo divino ...
¡!Para que le saluden en la mañana de oro
,¡o he puesto cien campanas a orillas del camino
y en mi fJentana el canto de un caracol sonoro .. .!
FERNANDO GONZÁLEZ.

•

�l. A P L U ~I A
de mi tiempo: por demasiado antiguo o, (~Or qué no?, por uacido harto prestfl.
Pensaba y pienso en Stendhal; pero luego IJO me part"ce que Lucini haya dejado,
como Steudhal, pruebas acabadas y seguras de un gran poder artístico; y sí
solo señales innumerables aquí y allá, a que naturaleza o d .izar negó la obra
maestra.

• * •

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALIA
1 D'ANNUNno A NOSOTROS: G11.K Purra.o Luc1N1.-No había nacido

para su época. De haber vivido ahora_ y continuado produciendo,
probablemente la juventud de después de la guerra le hubiera
comprendido. Pero nacido y desarrollado en el período gris e incoloro que corre del So al 914, su voz no llegó a los contemporáneos, y los poquísimos que le oyeron no tuvieron valor ni fuerza para ayudarle, ya por demasiado j6venes, ya por harto viejos. Se decía en 19r4 que Croce
tenía el propósito de escribir algo acerca de ti y lo mismo Cecchi; pero luego,
ni uno ni otro lo cumplieron. Una vez muerto, otros hombres, otros ingenios
se sucedieron, de suerte que Lucini entró en la sombra y nadie le recordó más.
Sobreviviente de aquel período, y amigo del Lucini de los primeros tiempos,
era Lioati; pero poeta, y no crítico, cuando con gusto y emocióo dedicó algunas páginas de un libro suyo a Lucini, los críticos leyo:!ron y comentaron incidentalmente, agradecidos a Liaati por haber escrito unas cuantas páginas de
las que Lucini era tan solo ua motivo, Yo mismo, ayudado por Linati e inspirado por el propio Lucioi, todavía vivo, publiq•Jé en las ediciones de Carabba
una antología de sus mejores cosa3; pero, salida a luz ea plena guerra, tampoco mi trabajo suscitó la menor atención. Por lo demás, yo empezaba a separarme del escritor a quien tanto había amado, atraído por pruebas y experienci.is
GUe me parecían más nuevas y modernas, y en las que, por el contrario, tuve
que reconocer una antigüedad de muchos años, y en todo caso, superadas por
él. Hoy, si picoso en Lucini y lo rdeo, estimo sl su estilo, pero no me parece

Vió la luz en Milán el 20 de septiembre de 1867: ea una época inmediata a
la r~volución; pero ya aquietada y pobre de idealidad. Dotado de un temperamento excepcionalmente despierto, burlón, de-sdeñoso, intencionado, Gian
Pietro Lucini no aceptó el tranquilo ambiente que se respira en Italia; y odia
al puato, desde su primera juventud, a la jocunda burguesía y a los poetas y
artistas porque se expresa: afeminados y palabreros. Comenzó a escribir muy
joven, revelando desde los primeros intentos que poseía una mente (aunque
no desarrollada aún) túrgida de ideas y ritmos. Revolucionario por instinto, se
apoya en los mazzinianos y en los republicano!', en los cuales ve y cree ver reflejada la atrevida temeridad de los hombres de la revolución. Pero, mientras
se acerca al pueblo y le babia, enllubia su pluma con tales y tan afanosas nov~dades de lengua y de ortografía, que sus artículos no se entienden ni se leen;
Jos más de los lectores los saltan. Y como los artículos, los librns.
Su natural es abierto y generoso; pero ya sea por la soledad que le impide
la comunión inmediata con los hombres, o por la cultura mal dosificada, sus
artícttlos y sus libros c:trecen de medida; y los italianos, incluso ]o;ó; itmigos político!i, acaban por conocerlo solo d~ nombre. c¿Luc.:ini? ¡Oh, sí: uno ele esos
pensadores!&gt; O: c¡un µolemista 1 sí!&gt; Pero sin haberlo l~ído. Por otrn parte,
como todos los solitarios y los enfermos, se acercaba a la tragedia de los demás, pulsándose él mismo primero: por Vl;'r si estaba sano y bien dispuesto.
Leía en el mal y en el bien, en lo justo y en lo injusto, pero siempre desde un
punto de vista angosto y personal. En suma, más que un corazón, un cerebro,
que veía el mundo con el termómetro de :su realidad; y, lo que es peor, sin que
esta realidad fuera siempre la misma, sino varia.ble, y pudiéramos decir que
correspondiente a sus condiciones de salud ¡ay! siempre circunstanciales. Como
un ser deforme al que la suerte haya empeorado su condición física, para colmo de injusticia, con una enfermedad incurable, la tuberculosis ósea.
Operado, medicado, amputado, no gozó ni una sola hora de salud perfecta.
Con todo, si he conocido nunca un ser alegre, pronto a la risa y a la burla, era
297

�LA PLUMA

lAPLUM.A
Lucini precisamente. Parecía en algunos momentos un niño; si bien la cara
faunesca, acabada en una barba puntiaguda, desigual, revelaba por deseracia
los sufrimientos del cuerpo: amarilla, ch11pada, devastada por precoces arrugas. Pero si estaba alegre, desahogaba su bue11 humor en gustosísimas donosuras; cuando fui su huésped en Breglia, varias veces se burló festivo de mí, de
su mujer, de una sobrina que con él estaba por aquellos días, hasta que cansado, mudab~ de fisonomía y de conversación: haciendo decaer la broma a los
sarcasmos y basta la invectiva. De la muerte, estoicamente, no tenfa miedo;
Linatí y yo recordamos aún Sl!S palabras de junio de 1914, cuando en su casa
de Milán, despué~ de la última amputación, nos mo~traba la gangrena ascendente por el pie que aún le quedaba: fiando, sí, en la nueva cura al sol que el
médico le había prescrito; pero confesando al punto que, aunque la enfermedad concluyese con la muerte, estaba bien dispuesto. A momentos de seguridad y orgullo (Jmi obra no morir~,) sucedían por lo demás, aunque no frecnentes, momentos de desconsuelo; y entonces se lamentaba de no haber dicbo aún
cuanto podía; de que su cestétita, no e:.tuviese toda ya escrita; de cierto libro
suyo de filosofía; de una obra de crítica, no se cual. Entonces él, tan combativo
y que tanto gustaba de los hombres activos y CO'.Ilbativos, escribía a los amigos: c¿combatir?, y ¿para qué? Todo se mueve conforme a un orden inmutable;
y todo esfuerzo humano es superflu.o, cuando no inútil, En tales horas, se encerraba en sí mismo; y en vano sw. mujer, buena, afectuosa, conciliadora, intentaba consolarlo con palabras y caricias. Lucini ya no respondía, sórdidamente cerrado, acorazado casi en su desperación. Pero amaba la vida y ea
Bretlia, en el lago de Como, sentíase siempre mucho más consolado que en
Milán, y nunca o casi nunca desfallecía. «Resistir todavía algún año más-me
escribía desde allí pocos días antes de su muerte -- , acabar los cuatro o cinco
libros en que trabajo; fijar en el papel unas cuantas ideas que me bullen y que
aún no he sabido o podido decir; y después morir.•
Pero la muerte llei.!Ó solícita. Y no se curó de las cosas empezadas, de los
pensamientos que Luciai no había expresado aún. Muertos, con él. Lo mismo
que las apostillas a los volúmenes qua pensaba escribir y que hubieran sido
interesantísimas; y como todas las cosas bellas que nos había prometido. Todo
muerto ¡ay! o naonato.

• • *

He dicho que los pocos crític0s de talento y seriedad que poseemos, no se
acercan todavía a la obra de Luciai, no la buscan, no quieren darse cuenta de

.

.

ella. ¿Pero por qué maravillarse? Yo mismo, que be sido de los primeros en
gustarla y que creo entenderla, experimento ahora su dificultad. V es que Lucini fué un espíritu disperso. Escribió de todo: poesía, drama, noveia, política,
filosofía, tentado por todas las aventuras espirituales, a que le atraía la curiosidad del momento; y muchas veces, obsesionado por ideas fijas, que en vez de
ayudarle a clasificar su material, lo recargaban. Nada le era ajeno; y no ya
de los acontecimientos espirituales y físicos de su país, sino de los extranjeros; e incluso de países l~janos. Pero lo que otros hubieran saciado con rápida
ojeada, profundizábalo él-y el derroche era siempre enorme-. Su talento había nacido para la orgía; entusiasta, sensual, febril, abandonaba totalmente sus
fuerzas internas y exteriores, ante fenómenos mezquinos .

• • •
Este ímpetu no estaba, por lo demás, de acuerdo con los tiempos, ni tampoco con la región lombarda, de la que procedía, donde et ingenio sabe ser
siempre cauto, y aunque lo tienten aventuras osadas, sabe contener el propio
impulso y medirlo. Lucini tenía algo de los románticos alemanes: y más de una
vez yo mismo Je be oído parangonarse a Jean Paul Ricbter, a quien leía y amaba. De la sensibilidad de Jean Paul heredó, a buen seguro, muy poco; porque
le falta sobre todo la delicadeza del sentimiento; y por completo, el humorismo
n6rdico que melancólicamente, y a golpes, veía en el estilo de Jean Paul.
Lucini era más biP,n un sensual, en el verdadero sentido de la palabra: anheloso siempre y dispuesto a volcarse por entero en !a emoción. No conoce la
meclid~; y cuando está excitado, la imagen se le espesa en vez de afinársele;
su estilo es siempre superabundante, nunca dosificado, frenado, consciente.

• * *
Poeta, se perdi\J en .concepciones vastas, sin límites, y aunque penetrado
de que el arte es medida, una vez lanzado, no se detiene; expresa, cuanto hay
en él. Pensaba en Foscolo y decíase su heredero, pero le fa\t11ba su arte, esa
admirable sucesión de efectos que dan a la lírica del autor de los cSepulcros,
uoa solidez marmórea. Él no; abierta la vena, deja fluir cuanto contiene: lo bello y lo inútil; y ésto muchas veces enturbia aquello, Piénsese en su «Carme di
angoscia e di speraoza•, poema de un millar de versos: riguroso de concepto
y rico de momentos líricos sublimes. Estaba convencido de qae este poema

•

�LA PLUMA

LA PLUMA
perduraría; y, ciertamente, algunos fragmentos no morirá □: sobre todo los internos: ciertos pequeños cuadros d,: muerte y de espasmo; ciertas sensaciones
cósmicas y pánicas¡ un sentimiento de terror robustamente expresado aquí y
allá. Quería ser una composición clásica en la intención ( cEstanme al lado
las gracias,), pero la concepción. el desarrollo, el movimiento son románticos;
y, peor aún, decadentes. Hay allí demasiado peso muerto de pensamiento; rara
vez la imagen se desprende de él y vuela. Y lo mismo sus demás líric ts: desde
La prima ora d1 'f Accademia, concepción grandiosa, que hace pensar en el Fausto,
harto sofística por lo demás en el fondo, que ahoga con sus disquiiiiciones cerebrales el drama lírico; basta las poesías de Revt1lverate y de La Salita canzone det
Metibeo en que es más manifiesto el esfuerzo del poeta por fundir el concepto
idealista que tiene (o quiere tener) de la vida, con la materialidad de su temperamento. Este dualismo tormentoso podía ser su drama; y aquí y allá lo
fué; pero la fusión solo se dió raramente, y siempre de una manera fugaz. La
riqueza de sensaciones, verdaderamente insólita y desbordada, no se at~mperó nunca a ritmos mesurados, y, pudiéramos decir, l·onscientes.

* * *
Pero a quien pidiera a Lucini mayor equilibrio y freno, se le contestaría
que de la misma suerte que en la naturaleza los desequilibrios son tan solo
apariencia, así en algunos talentos poderosos; que contemplase un día su obra
total y la vería entonces, aunque nada fácil ni simple, coherente; tan coherente
que la muestra más pequeña tendría su razón de ser1 estricta. Un crítico joven,
A. N. Tarabori, que ha tornado en CO'lSlderación ahora la obra completa de
LuciQ.i, de las primeras a las últimas páginas, y escrito un largo y armónico
eo!:tayo: G. P. L,,cini (Rinaldo Caddé Editare, Milano) 1 encuentra a su vez, coovencido admirador, esa coherencia: y lo demuestra. Pero se le podrían hacer
muchas objecciones. Principalmente la de que la razón crítica sobrepuja asai:
frecuentemente en Lucini al esfuerzo creador; y a. vecell casi lo anula. En otras
palabras, nos parece que por cada página artística que Lucini produce, nacen
por lo menos diez sofísticas y críticas; de suerte que el lector queda las más
de las veces antes convencido que emocionado, ganado por la dialéctica y no
por la poesía.

•••

Más razón tiene Tarabori cuando quiere hacernos reconocer la sincera hu
manidad con que Lucini se enlaza a la tradición lombarda: con cuánte vigor y
300

•

emoción la expresa; cómo participa de ella. Por esto tal vez, el libro más
hermoso, e incluso diremos perfecto de Lucini es eL'ora to pica di Carla Dossi~: cuadro enteramente logrado de la vida intelectual milanesa, realizado no
crítica, sino Hricamente. Este es acaso el esfuerzo creador de Lucini más duradero; por cuanto carece en absoluto de reflejos o contorsiones: discurso fácil, armónico, fel ,z; nunca ahogado por disquisiciones polémicas, por tentativas
sofísticas, por añadidos filosóficos. Cario Dossi, figura literaria tao diferente de
Lucioi (aquél todo economía 1 éste disperso en grado sumo), revive por entero
en esas páginas: sobre el fondo del Milán de anteayer, tan poético, luminoso y
atractivo. Obra biográfica; pero sólo aparentemente: porque la materia se
transforma, se ilustra, se enciende: arte.

•••
Pero quien quiera, por lo de'más, incluso eo las obras inperfectas, juzgar a
Lucini con el compás y la escuadra sólitoi, yerra: que si los defectos de c\arid:1d (la ondulación rebuscada del período, la ortografía extrañamente forzada,
d estilo lleno de idiotismos y neologismos ...) son frecuentes y chocantes, d
µe nsamiento es siempre vigoroso, .complejo, la imaginación riquísima, la cultura enorme. ¡Nol Lucini es una mente y un alma superiores, y su obra, inclu!O
la más imperfecta, denota siempre que ha sido elaborada por un cerebro poderoso, y que su expresión ha sido trabajadísima. Por eso digo que quizás ha
nacido antes de tiempo: que tiene en sí elementos grandiosos. los cuales si no
llegan siempre a emocionarnos, es porque vamos todavía al paso marcado por
los Ci.ltimos grandes escritores, y no hemos salido aún ¡ay! de la tutela. Hay,
sin duda aquí y allá, en su obra crítica sobre todo, ciertas señales que nos
mueven a dudar de él: preferencias, admiraciones, amistades: esa misma fobia
danounziana en cuyo altar él mismo sacrificó más de una vez; ese fetichismo
destemplado por Dossi, y, lo que es peor por Rovani, novelista harto exageradamente alabado. Pero si consideramos que estaba solo, aislado en el mundo
y casi en la roca de su oscuridad, se pueden comprender y compadecer esas
apoyaturas, inexplicables de otra suerte. ¿Dónde ballar hoy, por lo demás, un
hombre semejante? ¿Dónde hallar un espíritu tan henchido de turbacióo, de rebeliones, capaz de grande: amor y de un gran odio 1 accesible e inflamabld
¿Dónde un carácter que se le parezca? Es mene.ster llegar hasta Carducci. Y
aunque no comparables uno a otro en los resultados, sus huellas morales
coinéiden en algún momento; se ve por lo menos que Lucioi no se ha abreva301

�LA PLUMA

LA PLUMA
do en la escasa linfa de que viven incluso los literatos más famosos de hoy día;
sino que se nutrió de una médula que tiene ciertamente el sabor de la de un
Foscolo, de un Parini, de un Alfieri, de un Stendbal: rica y sanguínea. Y aunque
no hubiera una sola página suya perfecta-las hay perfectísimas-quedarí:an
de él signos de verdadera grandeza: el desdén varonil de la al:tbaoza 1 la dignidad y el org:ullo del pensamiento prC)pio, la seriedad en los actos J en las pa~
labras que :Wlo tu.vieron los grandes hombres.

• • •

.,

Nosotros, que lo hemos conocido de cerca y medido con nuestro criterio
de contemporáneos, podemos habernos engañado o al menos, pese a nuestra
buena fe, no haber visto, a través de- sus muchos defectos, el verdadero centro
de su pensamiento y de su moral literaria y civil; pero, como dice Tarabori
muy bien en su honrada conclusión, Lucini quedará en nuestra historia literaria; y, añadimlii'ls nosotros, si no como un gran poeta, como un espíritu moderno r.o menos grande; del que los jóvenes de mañana puedan, con sólo proponérselo, tomar ejemplo de vida, primeramente; y además, enseñanza de seriedad artística y civil.
M.iRIO PucCINI.

BrnuoGRAFÍA.-Obras principales. Poesía: lJ libro de/Je jiguraziom ideali; lt
lib,·o delte immagini te,·rene; Ejisodi dei Drami" del/e 1/aschere; La pt"ima ora detl'Accademia¡ Carme di angosúa e di speranza; Revolvtrate¡ La solita can$one del
Me#beo. Prosa: San Pie/ro da Core; Le no/tole é i vasi; JI tenipio delta gloria¡ Giosué Carduccz"¡ It ve,·so libero; L'ora to/rica di Cario Dossi¡ Antidannunziana; Enrico lbsm; Filoso.ft ultüni.
Véase: Mario Puccioi: Sc,·itti Scelti di G. P. Lucmi; (antología con prefazior.e, autobiografia e note). Ed. R. Carabba-Lanciano (Co11ezione .. Scrittori
nO!tri~, diretta da Giovanni Papini.)

-

TEATROS

:tN1nto CATALÁN.-Al fin se ha presentado al público de Madrid la
señorita Jordi, ccstrella» qu~ fué durante_ estos ólti~os. años d~l
Paralelo de Barcelona. Cornan, a prnpós1to de la senonta Jord1,
rumores por demás atractivos. La rectificación que la señorita
Jordi se apresuró a mandar a los periódicos, no bien desembarcó
en la estación de Atocha, llevaron a nuestro ánimo la duda. Traía fama la actriz
catalana de desenvuelta y aún de procaz. Sería hipócrita negar cuanto nos felkitábamos de ello los hombres de bJena fe, harto convencidos de la honestidad del
escote y virtuoso desaliño monjil de algunas primeras actrices. La señorita Jordi, curándose en salud, declaraba paladinamr-nte su propó_sito de hacer comedia
ligera, sin concesiones al mal gusto. De ello habría mucho que hablar y que es~
cribir, por más que de gustos, pese al refrán, haya muchísimo escrito. Probablemente no ha hecho la Chelito nada tan gustoso como la exhibición rotunda
de sus encantos, al final de la rumba. Sentada así nuestra opinióo 1 temerosos de
la falsa actitud con que, al parecer, pretendía ganar Madrid la señorita Jordi,
fuimos al lindo teatrito de la plaza de Bilbao.
Líbrenos Dios de tronar contra el género francés. La Presidenta es un
vau.devitle muy gracioso. Su representación requiere unos intérpretes sui géneds. ¿Concibe nadie La verbena de la Patona, Et san/o da ta Isidra, o una canción
de Pastora Imperio , por un actor francés de vaudeville, ni aún por la misma
Sarab? Con excepción del Sr. Allens-Perkios, la compañía de la señorita Jordi
representa el 'Daudevilte de Hennequin y Vcber deplorablemente.
La señorita Jordi sabe sentarse encima de las mesas y en las rodillas de los
actores, sabe brincar sobre un sofá1 sabe hacer como que besa a su interlocutor, sabe convertir un traje de sociedad en un deshabillé de teatro. Pero no sabe
hablar.
No es que tenga acento catalán. Después de todo, uunca hemos compren•
dido que se le pueda hacer semejante reproche a un buen actor cu:rndo los hay
tan malos con ceceo an°daluz, ocupando los primeros puestos de la escena española. No es que tenga acento catalán. Es que no sabe hablar español. Para
decir un nombre tan sencillo y corriente como Eugenio, tiene que pensarlo
tanto antes de decidirse, pone tal esfuerzo en marca! bien las dos primeras v&amp;cales, que casi se suspende la representación, a fin de que la primera actriz
concentre su atención en "'l difícil empeño, Si, al cabo, se abaridona un momen-

�LA PLUMA
LA PLUMA
. 1ueg 0 con
tal arrebato • abrazada al galán: ,Estov ~01110
to a 1 pape 1, d 1ce
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. . Estltef'
delante Asueros:., que el público, ríe, sí, pero de ella, ajeuo a\~ com1c1dad de 1a

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escena.
.
· ·d' d on
Hubo una época, allá por la última Exposü.:i6n Universa 1y co1nci 1cn o e
el estilo modernista de todos los ensanches urbanos, en que se propagó por E~ropa y América cierta epidemia de imitación parisiense, en lo qu~ más tema
.París de feria circunstancial. Bucarest y l\fonich, Milán y Buenos Aires, y hasta
resumieron más O menos de sucursales acreditadas del bottleva,·d. En
M
11
arsea, P
fi. d
'l L
d.i
España se alzó Barcelona con el último grito de la moda .n e s1g o.. a an luza de la Rambla cantada por Musset, arrojó de sí la navaJa en la lltga d~ las
española.das pari. la exportación; y adoptando un aü·e desenfadado de suficiencia, pretendió legitimar entre nosotros su tra~ucción del chic. Pero ~.l género ca:
talán es de una trama inconfundible. Sus me1ores muestras-de teJtdos, de po
lítica, de arte-denotan luego la mixtificaci6n.
Hemos de t:.acer e.o este punte una salvedad fundamental. Hablando entre
castellanos de géne,·o cataldn, creo que todos sabemos a qué atenernos. No estará de más sin embargo, que expliquemos el poco aprecio que nos merece.
' 110 es para nosoti·os, aunque
.
· cuan t ~ de Cata
Género catalán
pa.r~zca para d OJa,
, luña procede, ni mucho menos lo que por sustancialmente catal:n hen.e caracter propio e inconfundible, dentro o fuera de la comu.nidad e~panola. S100_ todo
lo .falso, poslizo y adquirido de segunda mano y a baJO ~recio, que los catalanes prepotentes pretenden imponer a título de v~lor t~n1versa_l.
. . .
.
El arte de ínfima categoría de la señorita Jord1 hubiera kmdo cie1t~ inte1és
en su propia salsa, en catalán del Paralelo. Cohibida .hasta la angustia por 1~
preocupación del idioma en que trabaja, cuya prosodia le es en absoluto ex
traña, apenas puede hacer gala de la desenvoltu~a, ~e.l gracioso descoco, qu~
tanto celebran en ella sus admiradores. Sus gracias frncas no ba.stan a campen
sar los defectos esendales de la actriz.
. .
tá
-EL TEATRO Muna: MusmottA EN EsPAÑA.-DouGLAS FilRBANKS.-Mus1dma es
haciendo películas españolas. Parece ser que la luz y el dima de Espa,ña soo
muy favorables al establecimiento de grandes casas productoras de pd1culas.
La inestabilidad del negocio cinematográfico en todG el mundo, pese a la afición creciente a! teatro mudo-s6lo en Milán bao quebrado después de 1~ gu.erra cincuenta editoriales de películas-, detiene sin duda a nuestros ca~itahstas, poco propicios hasta la fecha a aventurarse en un negocio de ~au pmgües
rendimientos. Musidora, la gentilísima vampiresa de gnta recordac1ón para los
304

buenos aficionados al cine, se ha laa.aado • impresionar po;:- su cuenta y riesgo
temas españoles para la exportación.
Dos ensayos lleva hechos: la adaptación a la pantalla del célebre folletín
Por don Carlos, de Pierre Bc-noit, con el título de :..a capitana A.leg·rfa, y Sol y
Sombra, arreglo de no se qué novela norteamericana (?) a la manera de .Sangre
y Arena .
La capitana Ale.rrla es, en sustancia, la repetición de la intriga melodramá•
tica de 1a Toua rJe Sardou, tan celebrada en el mundo entero c'on la melopea
de Puccini. Está situada por el novelista en un supuesto ambiente de la óltima
glterra civil en las Provincias Vascongadas, como podía haber servido de pretc~to a cualquier otra falsedad folletinesca. i\presur6monos a decir, en descargo de Benoit, reo de /f•adiciona(¡is,no en punto a la ya proverbial ignorancia
francesa de la Geografía, .. y la Historia, que no pretende su Por don Carlos
más vernsilimitud que la pequeña corte alemana de Koenigsmarck. L11 refundición de la novela en La capitana Alegría de Musidora, destaca, con acierto indudable, la nota melodramática. ¿En detrimento del arte?
He aquí una pregunta que aos hacemos sinceramente, no con la intención.
de lograr un efecto retórico aprendido en el bachillerato. No nos hacemos la
pregunta, seguros de la respuesta, como el conde Tolstoi, anatematiiador del
arte. Nosotros no sabe1J10S bien lo que es el arte. Sobre todo, donde empieza y
donde acaba . Cuando de arte cinematográfico se trata, nuestra incertidumbre
sube de punto.

r

Alguna virtud tendrá el espectáculo de la pantalla 1 cuando tao ciega fe po~
nemos en sus posibiUdadcs los desengañados un día y otra de lo que va logrado hasta ahora. ~u difusión cada vez mayor es, sin duda, lo que nos mueve a
inquirir algún motivo en que fundar nuestra aquiescencia, faltos de gusto para
rendirnos a la belleza de las películas más celebradas. Los propios productores-a los directores conscientes me refiero-penígueu un ideal a1•fútico en
la consecución de su negocio. Pero, ¿qué es el arte del cinematógrafo? ¿Qué debemos hacer en las películas?
Algunos aficionados vergonzantes pretenden engañar su gusto, disculpándolo con lo que en él pueda haber de pllra complacencia visual en la fotografía
anima.da. (Es el viaje del mundo ante mi butaca•, se aicen. El ~xito limitadísi• •
mo de las películas panorámicas y de las instructivas-cultivo de los gusanos
de seda, menagen'es en el corazón de la $elvas africanas, fabricación de abanicos en el Japón-, la avidez con que la masa anónima sigue las incidcncfas de

�LA PLUMA

LA PLUMA
1

Jas cintas de serie, la influencia de los trncos ciuem;itográficos en lá vida soda\
-robos de trenes, detectivismo. resurgimiento actu.al de las sociedades_secretas bandas infantiles de ;1.paches en ,ciernes, gusto por las aventuras· ex.trnor'
, .
di1;1arias-rcvelan que el interés del cine será más o menos arhshco; pero,
desde luego, deriva de sus cualidades draruá.ticas. La expresión habrá de ser
necesariamente más plástica que literaria, variarán los elementos de que puede disponer el artista para suscitar e·n el e_spectad?r la emoción comunicat~va;
pero, ¿dejará de ser teatro QJ.i&lt;:;ntras subsista• el eme como tal repres~ntac16Ll
sucesiva de imágenes/otog,·dficas del mundo rea!?
Cierto que las más d'e las veces las adaptaciones a la pantalla de novelas o
dramas, más que una nueva r~presentación son ilustraciones anirn.adas de un
texto que el espectador conoce. A medida que los productores.de cmtas.\~a.~an
obteniendo la película pura-sin apoc;tillas pi letreros,-, el crne adquinra la
condición esem:ial que le falta para constituir un arte en sí.
Musidor~ tiene instinto y ~xperiencia nada comunes. La esceoil central de
La capitana Al;gría llega a adquirir, gracias a su talento de miru.a, calid-adt:s
transcenPenlales. Si lr1 escena concebida por el novelista no evoca más recu_e r•
do que el de Tosc:4, la interpretación personc1.I de la actriz correspo_nde al ti~o
clásico de la Judith . ¡Lástima que al final exa~ere con un a!ar~e innecesario
de romanticismo ~ la italiana, el efecto de la muerte y el entleno de la he•
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Sol y Sombra es un escenario absurdo, sin interés dramático_, el'fóneo ~re•
texto para algunas composictones magníficas de Musidora en traJe de ·:spanola
de corrida de toro~·, sobre fondos de Écija y de Toledo, de plaz_a taurma Y de
dehesa pintoresca. El final, esµecialmente, e11 que la protag~n1sta mata a su
rival-la consabida extranjera, por la .que ha muerto en glad,ad.or romano el
toreado/' andaluz-¡con la puntilla!-de un tamaño que infringe por ]Q deseo•
munal todos los reglamentos de que se muestra tan celoso guardador el Jefe
Superior de P.:.licía-es un puro disparate, sin justificacié~ posible.
.
En la interpretación de Sol y Sombra acompaña muy discretamente a Mus1•
dora con su arte de buen torero, el que lo es por afi~ión, y ahora de,muestra
sus ~ualidades de excelente sujeto fotogénico, Sr. Cañero.
Puede sin duda, 1fosidora afianzar sus prirnerQS éxitqs de vampiresa, a poco
que persi~ta en definirse con carácter propio pn la pantalla. El ci~e tiende en
sus mejores realizaciones a suscit&lt;1r tipos que correspondan en cierto modo a
los consaO'rados en la c:om.media dell'arte, llegados h"-sta nosotros cu la pa11to•

•

l
t

mima tradicional de Pierrot, Colombina y Arlequín, El autor de teatro pro~
cura sobre todo diversificarse lo más posible en sus creaciones, adscr!tas siempre a un texto literario en que se fija la diferente p3Si6n de un Otelo o un Pe•
dro Crespo 1 de una Nora o una Cordelia, seres vivos por el aliento divino que
les infundió el autor de quien son imagen y semejanza. Los mimos de la pantalla han de persistir en el recuerdo del espectador, por la insistencia co □ queacusan !u personalidad a través de las vicesitudes de una en otra película. Así
Charlot 1 así Mary Pickford, así Douglas Fairbanks.
Douglas Fairbanks se ha metido En c:amt'sa dt once varas. Y ha hecho otra
pequeña obra maestra de la cinematografia americana. He aquí que la produc ción en que nos lo han presentado por primera vei en esta temporada los sa:
Iones oscuros de la Corte, resuelve felizmente el problema técnico e11 queparecía irrevocablemente condenadas a naufragar las grandes casas de Los Angeles. Dos grandes escollos se alzan amenazadores para el buen gusto en la
lontananza de las posibilidades del cine por el lado de Norteamérica: el acro•
batismo, la reducción del campo visual del espectador ante la pantalla a toda
emoción que no sea la del salto, la carrera automovjlista o a caballo, 11 perse•
cución constante, la invariable intriga clásica de poncho y browning; o el sentimentalismo facilitón de tantas young-girls abnegadas como luchan entre la
pasión y el deber más ridículos de cuantos inventaron los propulsores de toda
fábula con moraleja.
Douglas Fairbanks ha encontrado la fórmula. Más sano, más fuerte que Char•
lot, su humorismo no implica la menor crueldad del público que con él se regocija. Ágil y gallardo, templa con una sonrisa constante de buen chico el incansable alarde en que ejercita su fuerza. En catnisa de once varas nos lo pre.
senta de empleado de un banco, en donde hace además las veces de ayo y tu.•
tor de un canario, propiedad del director. El canario, escapado de su jaula,
vuela corto de tejado en tejado, perseguido por Douglas intrépido y aud;z_
Llevado de tal azar, las aventuras se suceden graciosas, oportunas, tan impre~
vistas como humanas.
Apuntar los detalles con que Douglas Fairbanks va caracterizaudo su situa•
ción cómicamente anómala, valdría tanto como descubrir en cada gesto. en
cada movimiento, en la proporción y medida cou que se suceden lógicamente
ponderados la aceleración y el reposo, Otros tantos motivos de ínspiraci6n propiamente cinematográfica. Apenas si haj,- letreros que indiquen o subrayen la
acción. El adaptador español no se ha excedido por esta vez, aunque todavía

�LA PLUMA
'a más evidente la comicidad de la cinta suprimiendo todo comentitrio, limisen
• • · 1
tá.ndose a guiar al espectador dándole los supuestos 1111 c 1a es.
alas Fairbanks sabe ¡0 qur- es el arte df'l cine y lo que se debe hacer.
D

º"·

UN CRÍTlCO lNCCPJJi.NTE.

;Nunca aspiré a la gloria, ni me atrajo
de la fama el estruendo,
ni soñé que mi nombre
pueda en su libro recoger el tiempo ...
¡:De esa ambición mi corazón no sabe!
!Pero cuando contemplo
por la noche, del campo en el retiro,
el humilde sendero
que hollaron pobres pies que ya descansan,
borrado en parte, que blanquea a trechos,
mí terrena raíz se reverdece
y, acaso, a veces pienso
con humana emoción: f/{.sí quisiera
que en la tierra quedara mi recuerdo ...
DOMINGO RIVERO.

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EL HUMILDE SENDERO .. -

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LIBROS Y REVISTAS
Tomás Morales.-Las Rosas de Hlrc1'les.-Libro primero.-1\Iadrid. Librería
Pueyo, MCMXXII.
Al cumplirse el año de la muerte del poeta, sus amigos coaterráneos ofrendan a su memoria la realización de su deseo más inmediato, reuniendo en un
primer libro de Las rosas de Hércules, aquellos Poemas de ta Gloria, del A"wr
y del A-far que señalaron triunfalmente su vocación a la poesía, y algunos otros
de varia inspiraci6n, a tono siempre en la vasta armonía que Tomás Morales
quiso infundir a su obra lírica. La piedad fraterna de sus camaradas ha añadido tal cual fragmento de poemas esbozados, muestra preciosa e interesantísima del ímpetu con que acometía, exuberante y vigoroso, la obra circunstancial. Ningún lema hacíasele pequeño o indigno. No ya el mar en su extensión
azul rival del cielo inmenso, el puerto, los muelles, los barcos humeantes 1 los
revueltos olores y el abigarramiento de colores y formas, se dignjficabao en
la ex,resión magnífica, alegórica y transcendente.
Enrique Díez-Canedo ha sido el encar¡:ado de dedicar en breve prólogo,
la intención de la familia y los compañeros de Tomás Morales al publicar el
libro, antecedente p6stumo al segundo volumen de las rosas de Hércules, salido a luz poco antes de la muerte de nuestro amigo. Pocas veces se alian como
en esta ocasi6n, con tan serena ¡:racia, el puro sentimiento de la amistad y la
razón del crítico. Nadie ajeno al dolor con que lo.s amigos llora mes a Tomás
Morales, dejará de participar de él con s6lo leer las páginas de Caoedo. No ~e
podrá decir tampoco que ese dolor ex-ageró lastimero, en holocausto a la amistad, la pérdida del poeta. Intérprete fidelísimo del sentir de cuantos le conocimos, ha sabido Canedo removernos el ánimo evocando la sombra familiar y el
eco augusto del que los dioses eligieron arrancindole de esta vida.
No podía faltar en ese pr61ogo, el recuerdo a otro muerto, Fernando Fortún, compañero mío que fué y amigo de Morales. Nunca la amistad selló imper~cedera fuerzas más encontradas. Cuanto en el uno estruendo, exuberanria, ca.oto a toda voz, era en Fernando recogimiento, sonrisa dulce y melodía

�LA PLUMA

LA PLUMA
interior. Ambos tenían un punto común, cierto dejo melan~ólico, trasparente
en la fisonomía de Fernando, disi-nulado por el acento nativo en la voz de To.
más: sin duda el sígoo de la predestinación, que n~s los ha roba~o. Las R:-Itquias literarias que de Fernando quedan, no dan smo en potencia la medida
de su talento. Menos cruel la suerte con Tomás Morales 1 se lo ha llevado en
pl('oa sazón. Verdaderamente malogrado, a medida _q?~ el tiempo _µasa, des;
cúbrennos las Retiqulas de Fortún tesoros de sens1b1hdad, escondidos en~r ~
balbuccos•a..veces. Morales sentíase demasiado feliz. Feruandoi harto desg~ac1ado. No podía vivir ninguno de los dos. Se fueron, y con ellos nuestras meJores
esperanzas. Nuestr11. juventud no era nuestra sólo.

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A. Hernández.Catá: La Muerte Nueva.-Novela.-Editorial Mundo Latino,
Madrid.

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Se advierte, de algún tiempo a esta parte, cierto recrudecimiento de la a6,cióo literaria. El koómeno no se nota en España tan s6lo. Incluso en los pa1ses que más han padecido con la guerra, y aun en aquellos que, guerras y revoluciones asuelan actualmente, hay cada vez más gu3to por los libros. Obsérvase
también la falta ele predilección en el público por un autor, o un género determinado,,s. Sin duda porque no es factible, en el comercio de libr~ría, el l?nz~mieoto de cuando en cuando, de un Hugo, de un ZoI.,, de un D Annunz10 siquiera. Ello hace que los autores, buscándole el gusto_ al lector, ensayen de
continuo nuevas intenciones, o, cuando menos, se prodiguen, forzando la producción llamada de entretenimiento.
No es cosa de dilucidar ahora, y meuos de pronunciarse en pr6 o ~n centra, si e5 o no conveniente para el arte literario el exceso o la conteuc160 . No
hay razón bast3ntc fuerte para invalidar la obra en bloque de un Lope de Vega
a la mayor gloria de la de un Flaub Tt, pongamos por op~estos métodos de trabajo. Aun .1hora mismo, y en Espaiia, ¿depende.o ex~lus1vamente de su_ abundancia o de su parquedad respectivas las excelencias y fallas de BaroJa o de
Azorín?
Cuenta entre los autores más prolíficos últimamente Alfonso Herná~dez
Catá. Su novela La Muerte NudVa, recientemente aparecida con atuendo tipográfico imitado del Notlurno, de D'Annunzio, ostenta además un tamaño desusado en los modelos corrientes del género, y en el autor, propulsor en otras
obras suyas inmediatamente anteriores; del tipo de novela corta, ~n que se h,a
distinguido muy señaladamente. Ello rev~la, y no,s parece propósito acertad1simo la intención de no someterse a un cnteno fiJO en cuanto al género que
se b~ de cultivar . .-Todos son buenos, menos el aburrido:.. Ya lo dijo Voltaire.
La Muerte N11,eva nos gusta menos que las novelas corta~ de C_atá. Sobran
páginas, desde luego. Por la precipitación, acaso, con que esta escnta 1 el autor
no nos ahorra ninguna justificacióo de cuantas se compla~e-en acumu!ar. sobre
los personajes de su ficción-de lugar, de tiempo, de acción, de sentimientos,
JIO

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de impulso!'!, de maneras-; hablan por sí y por el autor, ate nto en todo instante a justificarse a su vez, haciendo el juego y enseñando la trampa; 5e a1rnlizan, se desnudan, reflexionan demasiado. Y, por añadidura, la fusión que e! novelista pretende, entre un estilo natural y corriente, a vuela pluma, propio
para la nanaci6n, y el adecuado a las disquisiciones psicológicas, pictóricas,
explicativas del ambiente físico y moral de la novela, falla y agobia la atención. Falta, en suma, arquitectura, pon,d eración, evidencia humana.
No basta para la verosimilitud, ni hace falt~, que las cosas hayan sucedido
o puedan suceder tal y como el novelista nos las cuenta. Es preciso limitarlas
en el espac_io. y en el tiempo. En el espacio y en el tiempo reales-390 páginas
repartidas en las horas, con los necesaribs respiros, de que el lector puede disponer para leer la novela.
El protagonista, hijo de familia enriquecida, vuelve de In~laterra, donde se
ha educado, a Madrid. Cuatro mujeres se insertan desde luego en su vida, hasta
acabar con ella. en una muerte nueva, que no otra cosa es la disparatada exis•
tencia solitaria a que Se L:ondena en compaiiía de un tío suyo, bombre por de•
más extravagante- y novelesco. Esas cuatro mujeres son: la querida de un malvado, socio del padre del protagonista, una mecanógrafa, una virgen loca de la
clase media, una prima insignificante y zafia, cuyas ambiciones matrimoniales
alimenta la propia madre del galán. No aparecen delimitados de una pieza los
caracteres de las cuatro heroínas. Una misma fatalidad sentimental confunde
~us acciones en el transcurso de la fábula: Acierto innegable del novelista.
Acaso propende a presentarnos con colores excesivamente simpáticos a la 11tu~
jer mata, tipo dama ae las camelias, Por el contrario, logra justificar-sin explicación esta vez, sólo por su manera de producirse, dramáticamente-a la pobre fea, sobr~ la que se acumula toda la antipatía de cierto género de perfectas casadas. El sacrificio de la mecanógrafa vale por toda una novela. El ambiente de la calle donde vive se nos antoja el mejor fondo de cuantos se nos
ofrecen, no siempre necesarios, en La Muerte Nueva.
La grandiosidad pretendida én la última parte, la precipitación con que se
suceden episodios truculentos, en que nos parece advertir un mal con1:agio de
dannunzianismo de película, la incoherencia en, que la acción se diluye, malogran para nuestro gusto esta novela de nuestro amigo Hernáudez Catá, cuyo
constante esfuerzo por aunar la conquista del público a la dignidad literariá
-supremo don del gran escritor-le hacen acreedor a la sinceridad de una
opinión como l,1 nuestra, perseguidora de 1a verdad iuasequible.

* * *
Saulo Toróu: Las monedas de &amp;ob,·~.-Poemas.-Con una poesl,1 preliminar de
Pedro Salinas.

·
«T-6, que al mediado de tu vida
hasta nosotros te llegaste
con sólo unas monedas de cobre

�LA PLUMA

LA PLUMA

Joaquín Edwards Bello.- La M1ierte de Vanderbilt.-Novela.-Editorial

en la palma de la mano abierta,
señor eres de gran riqueza
que no se cambia ni se acuña
y tras la cual nos afanamos,
Como mineros incesantes
y como comerciantes activos,
unos cuantos hermanos dispersos,
de común anhelo, en la tierra.•

Mundo Latino. Madrid.
No sabemos a qué obedece la poca correspondeucia que se adviert~ entre
la poesía. lírica y \a novela, en lo que hace a los mo~os nuevos, que ~~ cµando
en cuando marcan con una sacudida más o menos v10lenta, la alteracion en las
normas literarias de una época.
La poesía lítica adquiere en E$paña un impulso que !:lignifica variaci,60 ¡¡b•·
soluta de rumbos desde el triunfo de Rubén DaTÍO eotre los jóvenes del 98,
con la consiguiente jmportadón de id~as francesas) hasta los prime_ros b~otes
futuristas, no granados aún en obras nt poetas com_parables a sus 1111?-edlatos
antecesores. La novela, en cambio, pese al ejem_plo de un Valle-lnclan, o de
un Bároja, no toma dirección alguna en pugna con las normas de Galdós,_ de
Pereda, de la Pardo, de Blasco Ibáñez1 v;vo y coleando triunfos no.rteamencanos. ¿Es que la sensibilidad que hemos dadry en llamar moderna, llene su expresión adecuada en la lírica, sin que sea dado intentar con éxito una nueva
interpretación novelesca del mundo?
En el flujo y reflujo de tendencias literarias y apetito'i del lector voraz, se
ha iniciado, de la guerra para acá1 cierta boga europea de las novel_as d~ av:nturas. De otrA parte, el humorismo, confinado hasta la fecha en la iroma ática
de segunda mano, según el patrón francés fin de siglo-modelo clásico-1 empieza a rebasar eso&amp; Jímües en busca de la farsa alegórica. La AfuerJe de. Vanderbitt, del señor Edwards Bello, revela el propósito de trasplantar a la novela española ese estado de á.nimo de ciertos escritores de allend~ el Pirineo }'
los Alpes, en que se funden el humorismo lírico, y la epopeya ma9uinista _de la
época-motores, vuel os, humos, energía eléctrica, ~aneo~, Bolsas, es decir, la
poetización del 1naterial t~nid? basta a~ora-por a.nt~p?éhco.
.
.
.
La Muerie de Vmlderbtll, llene grac1.11., soltura, d1v1erte, excita la 1mag~oación, mantiene el inlerés eh pos de la página siguiente, y, sobre todo sugiere
la posibilidad de rmevos veneros vírgenes todavía de toda mirada observadora
de novelista.
Lleva un prólogo muy justo eo su exaltaci6n, del literato chileno Augusto
d'Halmar.

En este envío con que se cierra la poesía de Pedro Salinas que figura al
frente de Las monedas de cobre, se declara su intenci6n honesta. Claridad de
espíritu y sencillez de expresión son sus cualidades notorias. El poeta proclama la sabiduría del médico que profetiza la salud de sus hermanos, como si le
agradeciera má.s que la salvación de sus vidas la seguridad del diagnóstico feliz; canta el poema de la vida familiar, la hermana mayor, en quien se compen~
dian las virtudes del hogar, las tertulías tranquilas y apacibles de su casa1 el
juego de los pequeños-paz y serenidad simplemente evocadas, rara vez sugeridas por una imagen ideal sin correrpondencia inmediata en 1a realidad - ;
canta a la barca vieja, a la casa en construcción, al borracho pintoresco de la
calle, que se embria~a de vino como el poeta, su compañero in mente, de en~
sueño; canta fraternalmente al poeta 1 cuyo libro Je trae una ráfaga de emoción;
canta las cartas vulgares, los viajes discretos, la lámpaga amiga, la hora del
ángelus.
Contrasta la inspiración 'recatada de este poeta canario con el esplendor y
el bartoquismo, que ya, por virtud de la poesía de Tomás Morales, de la pintura de Néstor de la Torre, se nos antojaban necesaria acomodación de la expresión literaria y pictórica-confundidas incluso eu las obras de Néstor y de
Morales-a una sensibilidad propiamente isleña.
La poesía de Saulo Torón tiene, sin embárgo, no sé qué especial acento
-dentro dé la generalidad y hasta vulgaridad de los temas que prefiere-, no
sé qué dejo característico del esptritu canarío, en lo que µueda tener de escala
obligada en el viaje espiritual de Esl?aña al nuevo continente. Un latido universal en el que perdura cierto eco provinciano:
«Palabras fugitivas
mis monedas de toóre
que al mundo vais a circular, o acaso
a saber del olvido de los hombres:
que el destino os depare
mejor suerte que a mí ... Que alguno log.re
sacar del cobre vuestro el oro suyo,
y que ricos y pobres
en vuestro amor 5e unan 1 como buenos
y bíblicos ap6stolcs.&gt;

•• •

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Juan Ruiz de Afarcón.-los Pavores del J ,f u;;:Jo.-Edición de Pedro Henriquez Ureña.-Cultura, Méjico 1

1922.

Contrastra con la exuberancia y profusi6n del teatro clásico español, la meaura del mejicano Alarcón. No es la pi-imera vez que hemos tenido ocasión de
St&gt;ñalar ese comedimiento, como peculiar de la literatura mejicana, patente en
la literatura española t:Q.Oderna, y mucho más .comparándola con las del resto
de Ja América que habla español.
No se ha de exagerar, con todo, ni atribuir por entero a cualidades de raza .

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y de civilización, lo quet en el caso de Alarc6n especialmente, es efecto de la
fatal reacción de su espíritu contra el destino: la agudeza de la sátira, Ja complacencia en las virtudes morales y su exaltación, más se debell sin duda a los
defectos físicos del autor de La verdad sospechosa, que a otra cosa. Por lo demás, si es cierto que sus comedias se distinguen de las de sus contemporáneos
más grandes, por un sello especial de dignidad y compostura, no lo es menos
que en punto a arquitectura su teatro no rompió deciC.idameote los moldes al
uso. En Los Favores deJ Mundo, recientemente editado en Méj\co, se echa de
ver cictto cuidado en trabar rigurn·s amente las variadas incidencias de !a intri•
ga; pero ésta no rebasa los límites canónicos de la comedia de capa y espada.
En cuanto a la lección moral, no falta tam'póco en los grandes ejemplos de
Lopc, de Tirso, de Calderón, de Moreto; salvo que en Alarcón, y ello 'no re.dun•
da, para nuestro gusto, en alabanza suya, los sucesos de la acción dramática
están encaminados con orden tan premeditado a la moraleja, que la fábula, de
tan evidente, pierde consistencia humana Es fodudable 1 no obsbmte la rigidez
con que pinta los caracteres dramáticos, que ese mismo empeño moralizador
le hace ver y declarar la condición de los personajes de que se vale, antes que
su aparato y comportamiento más exteriores y pintorescos, como suelen sus
contemporáneos de la metrópoli.
La presente edición de LQs Favores del A;/undo, cuidadosamente impresa, va
precedida de breves ensayos acerca de Alarc6n y su obra, ya pi!blicados en
otras ediciones y revistas por Alfonso Reyes y Enrique Díez-Canedo. En ellos
se fija con seguro trazo la figura de AlarcÓl'l y se deducen comentarios de gran
originalidad, sugestivos e interesantísimos, no ya para el estudioso, mas para
el lector en general, a quien se dedica esta edición popular.

* * *
Alfredo Pimenta: Prelexlos e R'q'lexoens.-Pdmera serie: 1920-1922.-Lis•
boa, ~ICMXXIL

No compartimos po1· entero el credo estético de nuestro colaborador. Credo
estético que es más bien una norma de vida. Aristocrática, refinad&lt;1. señera.
¿Quiere esto decir que prefiramos una existencia anodina, fea y toi-pe? No; c:ida
cual tiene su ;ilma en su almario y tiende a vivir plenamente. La discrepancia
está en las limitaciones a que sometemos el gusto propio. En el caso de nues•
tras afinidades o diferencias con Alfredo Pimenta, pudiéramos decir que esta•
mos de acuerdo en cuanto afirma; mas no en todo Jo que niega.
Pretextos e Rejleroens es una colección de notas breves y apostillas circunstanciales, entreveradas de expansiones líricas en prosa, a los pequeños acoote•
cimientos diarios de la vída literaria y artística. La lectura de un libro, la asistencia a un concierto o a una exposición, los bailes rusos, un simple paseo, o
la consideración del crepúsculo vespertino desde la terraza de un café, una
conversación con una dama en un salón, son motivo para otras tantas divaga·
ciones de varia lección, eu 1as que se descubre siempre el mismo sentido críti•
co, irreductible a la realidad.

.
.
uesto~ por el tráfago de la vida
Enemigo de los hábitos d~mocrát1cos,
d esPiritual con !o:s Wilde, los
moder □ a, Alfredo Pimenta vive en
~-tístico muy fin de siglo XIX., ;10
Lorrain los Bum e Janes, vacado a un I ea a todo intento de clasificar su 10·
'
• t · ue pretende
oponer a
á
rece
obstante la res1s encia q
,
scritor es:pañol co11tempor neo,_pa · .
dependencia. Cuando habla de a 1gun e
b a de circunstancial, de tributo al
r¡ducir su admiració~ a lo que bay_en ~u v:lle-lnclán limitadas al -preciosista
gusto de la época; aSl_ sus referencias e h n ens(lnchazado y ltmiianizado .Y.ª•
de ua tiempo al tslibsta, cuyas normas se a
o admite la colaborac1on
,
,
. foa Pimenta en suma, n
sin perder de su grncta prlS t .
p . t en la negación de ver d adera
anónima del pú.blico en la obra ~e arte. ers1~:nor intento utilitario. No sólo
calidad artística a Jas obras realizadas c~a el e juzga de la belleza del cuadro,
cree en la virtud aristocrática_del arte, s1i1~ s;¡udificultad.
del poema, de la sonata, prec1sament~Jrdad delicadísimos, y sobre _todo, no
Ello revela temperamento y sens1 l 1
1 es íritu cosmopolita de Al·
obstante Ja universalidad de los temdasl tri31ad~=u~:so, Je no es un tópico a qu_e
fredo Pimeata, descubre ese fondo e ª. ?1ªd 1 mundo civilizado, mas la condt·
haya reducido a Portn~al la ,incomprens1on :eblo libre, como concjencia hu·
ción esencial de su ex1stenc1a, no ya como p
mana.

he::ªr1mg

•••

, 1

la tradudda del italiano por J._Sán·

Mario Puccini.-Viva la anarfu,a.-[f,Nov_e. deboli e uomini" Jorti.-Le Sp1ghe,

cbez Rojaii,-Editorial Aménca.- om,m
Milano, Fratelli Treves, ed.
.
·. es r,n el orden espiritual, como
Pocos campos de experimentacuSn tan feiac ' '.d ocasión de respirar iU
.
h
'd
vez
en su
. d de
Italia. Quien qu1era que aya tem O una
d v1 acraños qiJe la leni1tu
•
•
·
, ·e por mucho~ esen.,,
·
¡¡ a
ambiente, conservara pflra s1em1 .1 ,
_ ·vas de energía adquinda _en e
r ·
la existencia normal le depare, c1ertasre,,er U 'd de América suscitar en el
siempre causa el especgor de- la vida italiana. Podrán los E 5 lad?s. ni . os
ánimo e*.· ·un español el a.sombro_ Y aturdimiento qte fsico v espiritual. Pero
táculo r:e la velocidad ea cualquiera de sus aspet ~~r;s la lui serena quepa·
ha de faltar e.n ta\ preponderancia de energ¡¡t ~x
No hay en el mundo
1
rece difundir su gracia de siglos sobre la vor 10 e l
:aYor rapidez, con más
país a1gL1no con mayor ..::apacidad de adaptac1 n, con
sensibilidad.
. T ación europea con la guerra,
En el punto crítico a que ha llegado la civi iz
ugoa por lograr una
.
¡
¡
roa de esfuerzos en P
d
Itaha representa ta vez a mayor_s_u .
ómico moral. Hasta don e es_a
nueva estabilidad1 un nu~vo equ1hbn~ econ
de!arrollo requiere la parst•
crisis se manifiesta en la hterature, es tema cuyMo . p
· • ¡ viene tratando
10 1 0
monfa. y método con qne nlleS t ro co Iaborador ano u·ucc de uoa opiu1º6 n per·
· t
·,
representa va
en sus crónicas. Por más que su ID enctoni d
oetáneos más afines, vaya
sonal al par que corr..partida por el ~rnpo e s~;- e adquiere un vigor, una
paladinamente declarada en sus arbcul0s de Ctt tea,
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claridad singularísimos en sus creaciones puramente artísticas, en obras como
este Viva la Anarquía! recientemente traducida al español.
Hemos dicho que se trata de una obra puramente artística, y casi e3tamos
ya arrepentidos de nuestro aserto. Eu todo caso, esa puridad no excluye en
modo alguno la combinación de elementos, no ya meramente narrativos o de
invención, mas satíricos y aun en parte priacipalísima, de crítica literaria.
Tomando un punto de apoyo en la realidad 1 y en la autobiografía incluso, el
novelista se propone en Vha la anan¡u{al pintar el mundo apenas se aventura
e1 protagonista a comprenderlo y reconstruirlo idealmente sobre las minas de
la guerra. En esa n~construcción, radica a nuestro entender el alto sentido de
la novela, ita1ianísima, y por Jo tanto lo más adecuada a la comprensión del
lector español.
~
La actittid espiritlla] de Mario Puccini ante la disolución de los valores mo.
rales en que se cimentaba la vida anterior a la guerra, parece envolver, a pri•
mera vista, ese supremo desengaño en que juntan su nihilismo prestándose
fuerza mutuamente, anarquistas y conservadores a u.Itram:a. La solución es, con
todo1 digna de un espíritu liberal. No se ha de entender por estos términos que
Viva la anarquía! pertenezca a ningún género de literatura política. Hay en
sus páginas humanidad, y ello implica necesariamente que el autor aborde, por
boca y, aun mejor, por obra de sus personajes, problemas cuyo engranaje cons•
tituye Ja vida misma de estos días de lucha, de renovación, de amanecer
cruento.
¡Lástima que las míseras condiciones en que medra la librería española ha•
gan pasar inadvertida hasta la fecha, la novela de Mario Puccini!
El pequeño volumen, titulado úomini debo!i e 11011#ni forfi, contiene tres no•
vela~ cortas, inspiradas en e1 mismo criterio de realismo, a lo Verga, saturado
de crítica humana dentro de 1a gran tradición de Maozoni, en que inspira sus
propósitos el fecundo autor de Viva ta anarquta!

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•••

:111il"

Carlos Préndez Saldias: Et alma en los cristales. (Ilustraciones líric ~· de Ga•
briela Mistral y
Chile, 1922.

' 1

J. Lagos

Lisboa. Portada de Laureano Guerra.).- rntiago

Esta colección de poemas «es propiedad de la mujer amada. Queda hecho
el depósito que marca la ley•. ¿Buen humor? No, sino romanticismo ingenuo.
Es poeta qu(l! pulsa lira, a la que arranca sones acordados, a tono eon toda
clase de músicas oonocidas. Algunos poemas, como el titulado cMi estrella•.
denotan distinción y gr3cia poco comunes:
Tan vaga y pequeñita, que en la noche azulada
tiene apenas el débil claror de una mirada.
Los ojos agresivos de los sabios austeros
ínMilmente buscan en las altos senderos
la lumbre soñolienta de la estrella dormida.
316

Se niega a la mezquioa ciencia de los austeros
¡y encanta la brumosa nostalgia de mi vid al
Ha siglos que los hombres a la noche preguntan
el lejano misterio de la estrella que falta;
yo, cuanrlo las p.rimeras luciérnagas despuntan,
siento el beso inefable de una estrella muy alta!
Quieren darle los sabios en su ciencia pequeña
un nombre como a todas las estrellas vulgares,
y decir a la triste caravana que sueña:
¡apareció la estrella que se perdió en las naves!
Pero tú, la ermitaña de los cielos profundos,
mientras la ciencia diga su vanidad eterna,
has de seguir velada para todos los mundos,
¡y besandó la'5 aguas vivas de mi cisterna!
C. R. C.

•••
En el número del mes corriente de La Nouvetle Revue Francaise, Albert
Thibaudet dedica sus habituales Re'fl,exiones sobre literatura a la crisis del pensamiento francés y a su reha,bilitación ante el mundo:
cEs inótil decir una vez más que la figura actual de Francia no es la que e~peraban quienes están habituados a verla ocupar un lugar eminente_en el pai•
saje universal de las ideas y de las formas. Tanto más inútil cuanta que no soy
de los que se preocupan y lamentan, a este r:especto, des~edidamentc. Hay
alao mejor que hacer. De una parte es interesante y ventajoso el recor:·er los
sa7ientes de esa figura, engendrándola con el pensamiento. Por otro lado, podernos considerarla como uaa especie de corteza, de caparazó~~, un _tanto duro
y denso, impuesto por cierto impulso vital de defensa, Y en el rntenor_ del cual
se opera la c:volu.ció.n que, de hallar circunstan~ias favorables, dará mana~a un"'a
figura más ágil, compensando en solidez in tenor la actual d~reza cal~~rea. dc
1a periferia de su muro defensivo. Es ambicioso y de peligrosa facthdad e 1.
pensar y hablar por generaciones, pretendieQ.do dibujar-una de las grandes
tentaciories de la crítica-un diseño de la generación venidera. L~ más qu~ se
P uede hacer es reconocer, más o menos frágilmente, algunos equipos, que tm. ¡ a con d.1c100,
·' el terreno 1 el
plican o implicarán equipos adversos, y presentir
· uego el público de los grandes partidos.

J

•
&gt;El' crítico que se esfuerza-en pensar as1, por equipos
contemporáneos ' por
desenvolvimiento regular y natural del tiempo social, se encuentra hoy, Y ex•
presamente este año de H)Z2, con una so 1ue1'6 n d e eo n tiouidad 1 con un °aran
317

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bien le sentaba cuando comía pan y ceboUa con el honrado pLteblO:, más que
t&gt;I Sr. Lerroux en licenciarse hn ta11dado Santa Teresa en llegar a doctora; más
doctrina que en las Facultades universitaria!! hay en cualquier discurso de! señor Lerroux. Le ha bastado arengar en Canarias para que las divinidades académicas de La Lagu.na se decidieran a zambullirlo simbólicamente en aquellas
aguas, sacándolo jurisperito regenerado. Poseemos el texto de su oración!
«Llegará un día-exclama el Sr. Lerroux, profeta-en que grandes vías férreas
han de cruzar Europa, han de cruzar el Atlántico por la línea más breve, y por
la costa del Cllotinente africano, llegar hasta América, donde se irradiarán por
todos los países 1 llevando hasta ellos el caudal de nuestra rique.za, las palpitaciones de toda nuestra vida. Esn L.0 VERÁN LAS (;KNERACIONBS VKNIDRRAS.:t ¡Pues
tendrán que abrir un ojo tamaño! ¿Y lo que se atormenta el Sr. Lerroux con
los grandes problemas históricos? ,He sentido-añade-un gran dolor en el
corazón cuando algunos pensaban que acaso hubiese sido preferible que no
hubiese nacido Cristóbal Colón.:t ¡No se apure, doo Alejandro; ni se duela de
nada! Podemos asegurarle que si CristóGal Colón no hubiese nacido, no tendríamos toros de la ganadería de Veragua; lo demás, sería casi lo mismo. cHa
de pensarse siempre coa la mirada fija en el porvenir, como pensó Inglaterra
cuando 1 coN oos SIGLOS DK A.NTIC[J&gt;AClÓN (?) ocupó Gibraltar, se hizo daefia de
Malta 1 dominó el Egipto, para hacer de la India un pueblo auxiliar (o para kacer !tablar a Lert·oux en Las Palmas) y poder expansionar su riqueza, abriéndose nuevos mercados.:t Esa _prev~sión inglesa será mucho más admirable de
aquí a cien o doscientos años, cuando el Lcrroux que esté de tanda eche de
ver que los ingleses se apoderaron de Gibraltar ccon cuatro siglos de anticipación». Pero los ingleses mismos, con ser quien son, no pueden competir con
Ja Providencia, que biza nacer a Jesuc1•isto eL1 el comienzo exacto de la Era
Cristiana, precisamente mil novecientos veintidós áños antes de licenciarse en
Derecho el Sr. Lerroux.

•
320

A:ilO III.

MADRID, NOVIBMBRE 1922

NÚM. 50.

UN LIBERAL DE ANTAÑO
EN LA MUERTE DE DON AMÓS SALVADOR

niño, la idea que yo tenía de los patriarcas era por
demás imponente; la luenga barba blanca, la túnica, el aspecto grave con que los pintaban las estampas del Fleury,
sugeríanme la impresión de una voz tonante que amedrentaba mis sueños. Como después he visto alguno sin tal atuendo
bíblico, de primeras no lo he reconocido.
Hace el nombre a la cosa. Aunque no lo sé de cierto, no creo que
el nombre de pila de D. Amós Salvador respondiera a ninguna tradición antigua en su familia. Sin duda sus padres, a usanza castellana
de cristianos viejos, pusiéronle simplemente bajo la advocación del
santo del día, en que nació. El apellido Salvador ¿denota ascendencia
de judíos conversos? En todo caso, Amós Salvador es nombre que
imprime carácter, que parece definir ya de por sí una personalidad

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XXI

UANDO

321

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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                    <text>LA PLUMA
bía p;1rado atención en el nombre ni en el descubrimiento del poeta ausente.
«Es algo así como Góra, Góra, pero tan difícil...», insistió Miss Natalie Clifford
Barney sacando fuerzas de su flaqueza de memoria.-¿Góngora?-aventuré-.
Cest fªl

La Confnsion de Lémuel, e~ un libro de pequeños poemas herÓ'léticos, precedidos de una epístola, a modo de prólogo simbólico, de un simbolismo
pseudo-filosófico, místico, e incidentalmente inspirado en motivos pe rsonales
a que se alude por confidencias sucesivas. ¿El señor O .-W. de L.-Milosz, es un
mallarmeano? Un mallarmeano de salón, en todo caso. Del salón. gongorino de
Miss Natalie Clifford Barncy. Lo más ínteres2nte para el crítico, y aun para el
dílettante, del libro del señor Milosz, es la sombra, el eco, la evocación-a través de la depuración occidental, francesa-del evidente espíritu eslavo que de
sus páginas trasciende.

• ••
Céline Arnauld.-Poin/ de mire.-PoCmes. Collection 11.Z, Jacques Povolozky
et Cie.-París.
Un retrato, al lápiz, de la auton, puesto al frente del librito, nos predispone en su favor. Más que por su hermosura, por el androginiomo gracioso que
sus facciones, su figura, su peinado, su traje, denotan. Es el suyo, sin duda, un
tipo muy de mujer moderna, cuyo mayor encanto está en la perversión inocente con que se produce y nos solicita. Es romántica. Romántica, todo Jo dernier
cri de la moda literaria que se quiera, pero lo es. Pretende sorprendernos con
el misterio, harto descubierto, de sus ojos, de su paso masculino, de. su humorismo lírico. Es inútil que nos diga cosas incongruentes, en versos estrafalarios , Va ve:;tida por un buen modisto, lee los últimos libros, sabe estar en la
sociedad de las gentes de letras de París. Su gracia exige cierta comprensión
del lector, e-s verdad. Pero ya, nos guste o no, lo comprendemos todo. Lo que
ella misma no sabe, se explica por el psicoanálisis.
11.Dans ce monde traitre rien
va trop vite ni trop tard
l'aspect des choses depend ,
du Poin.t áe Mire du regard,,
que pudiéramos decir, traduciendo libremente la profética kumorada relativista de nuestro Campoamor.
c. R. c.

160

A:'l'O Jll.

1

~!ADRID, SBPTIBMBRB 1922

NÚM. 28.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA &lt;1&gt;
ESCENA PRIMERA
! ' !ANA DEL PRIOR: Fttévil/ad,señorío, como lo declaran
sus púdras insignes: Está llena de prestigio la ruda sonoridad tk sus
atrios y quintanas: Tient su. crónica tlt piedras sonoras: Candoroso romance de rapiñas feudales y banderas tk gremios rebeltks, frente a condes y mitrados. Viejas casonas, viejos linajes, pergaminos viejos, escudos marcos, pregonan las góticas fábulas de la Armería Galáica. ¡ Viana

dd Prior! Feria renombrada en la Octava dd Corpus. Nunca faltan
lusos y castellanos.-Un campo verde con robledo. Velarios.-Gentío. Ganados. Vistosos tendales. Portugueses talabartes, jalmas zamoranas,
pardas esta111e,ias. En las bayetas de los refajos canta1t amarillos, verdes y granas. El asul en las calzas, y en los recortes tkl sayo. Tentk( 1) V éase LA

XI

PLUMA.

de agosto, 1922.
161

�LA P L U ~I A
LA PLUMA
PICHONA LA BISBISERA

r,tes de espejillos, navajas J' sartales, fulgen al sol, y bajan en dos
carreros por la cuesta tnlosada con prosapia romana, )' aun traspone11
ti arco qut comunica la iglesia dt un convt,zto y u.,, palacio. Bajo gr1111,-

¡Agua de rosas para los ojos! ¡Petaquillas del presidio de Ceuta!
¡A la rueda del biribís, que a todos contenta! ¡Amigos, ya desconocéis a Pichona la Bisbisera! ¡A cuarto la suerte! ¡A cartiño rabelo!

des parasoles, tienen el tabanque tunos y buhone,os que el barato_¡• la
suerte pregonan 1 y con arte !(i!ana engat!an a los mara·vitlados aldeanos. Ciegos y lazariiio.'i cantan sus romances.

EL CIEGO DE GONDAR

¡Se cansa la boca de cantar! ¡Se cansa el pie de bailar! ¡Se cansa
el hombre de picar en la misma mujer! ¡Y los ojos nunca cansos en
su aquel de mirar y contemplar!

UN PREGÓN

¡El Ciprianillo! ¡Libro para toda casa y personal

.1 11

OTRO

¡Sanguijuelas de la Limia! ¡Sanguijuelas!
OTRO

¡El zamorano! ¡Lienzos y mantas!
EL MARAGATO

SO.VORA DE FEUDú Y ESPUELA una tropa de s1is jinetes,
galanes achalanados, mtra por la quintana y a la puerta del mesón
/Úscabalga. Son Cara de Plata y sus lunJZanos, Don Pedro, Don Rou1tdo, Don Mauro, Don Gonzalo y Don Farruquiño, el 1nt1zor de los
stis, qut luce tricornio y btca,perdurabits dir:isa,; de los colegialts tn el
seminario de Via11a del Prior. Con las varas golp,an la puerta,)' reclaman al mtsontro. Acude la coima.

¡Mal rayo te parta, Lucero!
LA COIMA

PICHONA LA BISBISERA

¡A cuarto la suerte' ¡Rosarios, naipes, verduguillos, alfileres! ¡A
cuarto rabelo 1

¿Qué se ofrece?
CARA OE PLATA

Apronta un jarro.
FRENTE AL MESÓN, un labriego, cetrino y endrino, co1t
hábito de e, mita,lo, salmodia la confesión de su vida, si ahora penitente, antes disipada. Pecado, sangre y candor de milagro.

LA COIMA

¿Del Rivero, o de la tierra?
DON 1-EDRJTO

EL PENITENTE

¡Mirad aquí el ejemplo de un calificado pecador, que por señales
y presagios fué amonestado para que se apartase de la vida de juego
y mujeres!

Sea moro, y sea del infierno.
LA

Todo él es moro.

COIMA

�LA PLUMA

LA PLUMA
DON

FUSO NEGRO

MAURO

El mundo está para acabarse. ¡Talmente finalizando! ¿Para qué
mudar de costumbres y echarse nuevos cargos? ¡Pero me hacían
obispol Hay pocos teólogos, y los pocos que hay, amancebados.

¡Un jarro de cada cual, Marela!
LA COIM,\

Don Mauro falló el pleito.

EL CIEGO DE GONDAR

DON ROSENDO

¡Se cansa la boca de comer! ¡Se cansa el cuerpo de dormirl Solamente los ojos no son cansos en su aquel de mirar.

Sobra el de la tierra donde está el Rivero.
:EL

MARAGATO

DON MAURO MONTENEGRO, un gigar,te btrmtjo y
atrabiliario, salt dtl mtsÓlt contando dinuos. Para abravar su figura
st concitrtan, pica vaqutra, ,spuela.r y galgos.

¡Buenos mostos, en Castilla!

1¡

DON PEORITO

A los mostos castellanos, los mata el gusto a la corambre.
DON FARRUQUIÑO

EL MARAGATO

¡Hay juego dentro?

No lo cuento yo como tacha.

DON

DON FARRUQUJÑO

Cada vino reclama su sacramento. Rueda blanco, propio para
acompañar una tortilla de chorizos. Espadeiro de Salnés, bueno para
refrescar en el monte, o en un, romería o en un juego de bolos.
¡Sardinas asadas! Rivero de Avia para las empanadas de lamprea y
las magras de Lugo. Cada vino tiene su correspondencia en la vida,
igual que todas las cosas. El mundo es armonia y concierto pitagórico. ¡Y nadie me rebata, si no está ordenado de teóloaol.

MAURO

Un burlote.
CARA. DE PLATA

¿Quién tira?
DON

MAURO

El abad de Lantañón.
CARA DE PLATA

~

Voy a coparle.
CARA DE PLATA

¡Cómo se conoce que andas entre abades!
FU SO NEGRO, con su m edia sotana /,ecl,a jirones, al sol una
nalga Y d bonete lleno de t;1ú¡'arros, blasfema y dogmatiza en el atrio
tu la iglesia.

DON

MAURO

Tú le has hecho vol ver del camino, pero no le harás tirar una
sota cargada.
CARA DE PLATA

Voy a coparle.

�LA PLUMA
LA PLUMA
DON FARRUQUIÑO

Es un taumaturgo barajando.

mundo. Me junté con malas. compañías. Llevé el juego fullero por
las ferias, y con una mujer de mala vida pasé mis escándalos . ¡Por
muchos caminos fui llamado! ¡Por muchos signos amonestado!
EL MARAGATO

EL MARAGATO

Juega leal, pero la suerte le favorece.

¡Anda, aparenta cuentos, que con la industria del hábito holgazaneas, y de engaños vives como el Real Gobierno!

DON FARRUQWIÑO
EL PENITENTE

Tira siempre la descargada con dialéctica escolástica.
DON PEDRITO

Hago penitencia por mi salvación.
CARA DE PLATA

Supiera Teología como sabe amarrarlas ...
EL MARAGATO

¿De qué eres reo?
EL PENITENTE

No lo he visto, y estuve reparándole como barajaba.

De muerte. ¡Peor que Caín\ ¡Tuve el hacha suspendida sobre la
CARA DE PLATA

cabeza de mi padre 1

¡Voy a coparle!

CARA DE PLATA

DON PEDRJTO

Todos levantamos una parte. Es dinero de mi padre.

¿Mataste a tu padre?
EL PENITENTE

PICHONA LA BISBISERA

Señor Carita de Plata, mérqueme alguna cosa. Esta gargantilla,
que no le faltará a quien regalarla.
CARA DE PLATA

Para ti es, y no te la pago .

Espantado de verme, cay&lt;&gt; fulminado. ¡Maté a mi padre con el
aire del hacha! ¡Bastó mi saña para matarle! Me criaron mis padres
con el vicio del hijo único, donde fué la mayor causa de mi perdición. Salí a mozo desenfrenado.
CARA DE PLATA

CON LA S TA ZA S dtl vino m la mano, pm,tra m el mesón la tropa dt Montmeg-ro. Cara dt Plata queda un momento suspensu
m la puerta, oyendo al mozo pmitent, y al Maragato.
EL PENITENTE

Del Demonio revestido, dejé la casa de mis padres y salí a correr
166

¿Cómo te llamas?
EL PENITENTE

Maldito me llamo. Mala intención. Mal pensamiento. Negro infierno. Reo de Satanás.
167

�LA PLUMA
LA PLUMA
CARA DE PLATA

ESCENA SEGVNDA

¡Embustero!
GRACIOSO m ,! tÚsngravio, deja u11a moneda de plata en la
ma110 del po, diosero, al tiempo que la palabra en ,l aire. Y mira por el
mesón con gmtiles paso.&lt;, llevándose al hombro las jalmas d,t caballo.
PICHONA LA BISlHSERA

Ese que ahora entró, tampoco está libre de matar a su padre. Miran los dos a una misma mujer.

UN HUERTO CON PARRAL, A ESPALDAS DE LA
VENTA . Tragi11antes chalanrs _y ,ufos clérigos. en una rinconada,
tiran al naipe, tl juego clásico de las ferias españolas, gallos Y albures.
que dict11 los doctos.
EL ABAD DE LANTAÑÓN

¡As en puerta!
EL INDIANO

Horita, quebró juego. Se daban judías.
FUSO NEGRO

UN CHALÁN

Celos con rabia a la puerta de la casa. Matas a tu padre y libras
del verdugo. ¡Touporroutóul Ese sí que es milagro del Diablo. ¿Tenéis conocimiento? ¡Bueno! ¿Te saludas con ese sujeto? Ahora está
publicado su gobierno sobre el mundo. El clero lo pasará mal, y las
putas beatas, todas en camisa, irán a una hoguera.
EL MARAGATO

¡No he visto eso!
DON FARRUQUIÑO

¿Quién tenía el corte?
PEDRO ABUIN

Yo lo tenía. ¿Qué se ofrece?
DON FARRUQUIÑO

¡Si no repelan al Diablo!
¡Benditas tus manos!
FUSO

NEGRO

,Sabes quién soy? ¿Los estudios que tengo? ¿Te pones conmigo?
¡No te pongas que saldrás perdiendo! ¡Todo anda mal! El mundo
visto es como está descaminado. Entre un viernes y un martes se
escachiza en mil pedazos.

PEDRO ABUIN

¿Gana usted?
DON FARRUQUIÑO

¡Indulgencias!
EL ABAD, lento y socarrón, apila los dineros, pei11a tl naipe Y lo
pone al corle. Do" Mauro tiende m brazo de gigante, y el clerigote

161

queda. con la mano sobre las cartas.
169

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

Lo tiene pedido el Capellán de Lesón .

EL ABAD

No respondo a preguntas impertinentes.

EL CAPELLÁN

Se lo cedo a Don Mauro.
EL INDIANO

¡Qué jueguecito, ché! ¡Recién quebró con el Rey! ¡Cabrón!

EL ABAD habla oscuro, entornando los ojos. Tiene vuelta sobre el tapete la baraja, y encima cruzadas las dos manos. Cara dt Plata
sonríe, rubio y btllo, .:,poyado tn la pica vaquera, al hombro las.fa/mas
cantándole alegres.

EL VIEJO DE CURES

Ya lo dijo el refranero: Con maricones y putas no te metas a
disputas. Por sota y rey nunca jures, ni tu dinero aventures.
D O N M A U R O, soberbw y callado, asesta los ojos sobre ,l
naipe y juega su dinero ,n un rey. El Abad, acastillado y enjuto, la
nariz torcida, la boca dibujada como una boca de pitdra, corre la pinta
y oficia dramático .Y lento.

CARA DE PLATA.

¡Señor Abad, con lo que yo le quiero!
EL ABAD

¡Tengo los ejemplos!
CARA DE PLATA

Dígalo, el venir a dejarle las vacas paternas. Treinta onzas portuguesas.

DON MAURO
EL ABAD

Me quedo a la luna, si ese rey me falla.
Estás demente.
DON FARR UQUIÑO

CARA DE PLATA

¡Que te falla!
DON MAURO

Quiero que tenga usted de mí un buen recuerdo.

Pues en él voy.

EL ABAD

CARA DE PLATA

¿Qué hay en el monte, señor Abad?

170

CARA DE PLATA

EL ABAD

¡Va usted a ganarme las treinta portuguesas? Yo se las juego.

CARA DE PLATA

A UD A Z Y AL E GR E, ti hermoso segundón arra.fa sobre la
mesa una bolsa sonora de oro. El tonsurado la sopesa.

¡Desalmado!
¿A cuánto sube?

¡Desalmado!

171

�LA

PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

DON MAURO

CARA DE PLATA

Recuerda al oráculo de Cures: Con maricones y putas no te meas a disputas.

¿Están aquí?
Contarlas puede.
1

CARA DE PLATA

EL ABAD

Allá veremos.

No te admito la jugada. Tienes la leche en los labios.

1

CARA DE PLATA

EL A.BAD

Aún estás a tiempo de retirarte.

No es la edad lo que se tercia,
EL ABAD

DON FARRUQUIÑO

¡Cátalo visto! El rey de copas.

¡Réprobo!

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Esa maldita baraja no tiene más que reyes.

Tire usted.

EL ABAD
EL ABAD

Advertido estabas. No dirás que te robo los dineros.

Voy a complacerte.

DON MAURO
CARA DE PLATA

Las treinta onzas en la doble, matando la pinta de espadas.
DON MAURO

Mi carta es el rey.
EL ABAD

¡Juego! Rey en puerta.
EL lNDJANO

Quien eso dice soy yo. Tiene usted la baraja amarrada y tira
el pego.

EL RO y O G l GANTE levanta 1~ bolsa dt las trti11ta p,rtugutsas, y la rueda dt jugadores se apasiona y revuelve: Titnt un
acento dramático, una ruda corrtsp01ukncia de voces y ademanes. El
tonsurado saca un pistolón. Cara dt Plata st inttrpont y arrebata a su
htrmano la bolsa.

Estaba oyéndonos el pendejo.
CARA DE PLATA

Palo de espadas. No pierdo ni gano. Sigo en iguales, jugando el
blanquillo.

CARA DE PLATA

Ganó el Abad.
DON MAURO

Con trampa.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

Goliat, que te abraso.
DON MAURO

¡Tahur!
EL ABAD

¡Judas!
DON MAURO ,estalla .,u vara. El fogonazo de vn tiro, cha-

.,,

fl

ramu&amp;cas, olor de pólvora, ladridos, denuestos, espantos. Don Jl,fauro

pelea }ar desasirse entre clerigotes y chalanes que le ac011sejan y traban. El Abad, can la sotana rata y la pistola h1tm,ante, caminando de
espalda, pega con la puerta del huerto y escapa. Repentinamente se
aclara el tropel. Cara tk Plata tzene en la frente el rasguño rojo de
una bala, y todo un lado del rostro, negro del fogonazo . Se lava con
vino, y sus hermanos, con sorda brama, /tacen rueda mirándole.

PAISAJE
C,stío. eluema el sol. C,l aire duerme.
fNace la tarde, muerta de pereza.
93ajo la espesa copa de un castaño
un pobre can escuálido bosteza.
cSe oye zumbar un moscardón. C,l burro
de la noria tropieza a cada paso.
C,l campo está amarillo, pardo, verde.
{;l cielo es de un divino azul de raso .
f!{ay una calma eterna en cada hoja,
en cada florecilla de la linde.
Gl gañán ha dejado la faena.
Los párpados entorna ... fl{,[ fin, se rinde.
eluietud. .Silencio. cSoledad. .;1l Nlos,
tiembla una hoja, pía un pajarillo.
flnesperada y amorosamente,
pasa y nos besa un fresco vientecillo.

ANTE LAS CUARTILLAS
;JU fin, suave cuartilla inmaculada,
a profanar me atrevo tu blancura.
elsado so,¡, si bien de prematura
no puede mi osadía ser tildada.

'j/a con la vista, de leer, cansada,
y con la vida, de luchar, madura,
y con el alma, de sufrir, tronchada,
quiero que seas tú mi sepultura.
1

75

�LA PLUMA

LA PLUMA
Gn ti, en efecto, enterraré las penas
de que mis horas idas están llenas,
mi ardiente sed de eternidad y amor.

'Y, cuando ya no sepa qué contarte,
dareme al rezo, y volaré a otra parte,
donde todo, tal vez, será mejor.
ADOLFO RUBIO

Cluiero ser cómico,
hacer reír y llorar al mundo,
ser héroe y cobarde.

'Godos los hombres en uno,
como :Dios.
:Dios solo hace ya papeles de barba.
Gl humor herpético sale a la cara.
Gl humor lírico va por dentro.
Gl verdadero culto no tiene signos exteriores,
bombo, platillos ni campanas.

FACECIAS
'Godo está verde: tus ojos, la tierra
la esperanza de que repintan la puerta oscura de la taberna.

9f. los muertos les cierran media puerta.
¿.Son todos tuertos?
5Cuelga de brazos caídos.
'Un mundo todo de mancos.

EL A~!ISTAD

-'Yate ideal en figura de corazón.
fNo es velero a todos los vientos ni navega a todo vapor.
fM.atrícula particular y amarras en seguro puerto.
.Co tripulan solo dos hombres sin más carga ni pasajeros.
fNo es pirata como el 9l.mor ni en el cabo de los 'Gormen/os
se pierde.
Gnarbola pabellón cándido . .Cleva el casco pintado de verde.

:Místicos ojos al cielo
ven pajaritos sin cola.
:Mamola.
9'uego de niños.
'Y de monjas .

c.

RIVAS CHERIF.

.Suspiro: bostezo puesto en verso .
.Son rimas fáciles las ya aprendidas
fM.ujeres conocidas
las que el deseo sabe de memoria.
!Por miles cuenta vírgenes la 5Cistoria.

.,

XII
1'¡6

'77

�LA PLUMA

a Fulano. Si es en las letras, el color local no Jo percibo; Jo vistoso me
irrita; y en los modos de tratar el lenguaje, pongo al escritor que acerca
nuevamente dos vocablos desgastados, y saca de ellos un acorde también
nuevo, delante del que va volcando en la senda trillada del estilo, palabras como pedruscos, para que tropecemos, y caigamos de bruces, y se
nos acuerde Jo que hemos leído .
Que mis observaciones acerca de los curas sean, cuando más las ha•
bría menester, pocas, viene de esa tendencia descrita, que no me ha de-

LOS CURAS OPRIMIDOS

jado escudriñar la huella de cada profesión en el carácter humano, o las
variantes de la probada zafiedad general, según los oficios . Se me ha
atrampado la vena de Jo cómico. A dos pasos estoy del aborrecimiento
de Alceste. Con que sea ingrato el comercio sociali me sobra: no tengo

observado poco las costumbres de los curas, digo los modos de vivir determinados por el orden sacerdotal, en que
consiste el papel de cura. Defecto es de m1 sagacidad, que
usta más de Jo general, y de generalizar con cualquier motivo que de ;sparcirse en Jo ameno, en Jo especial, o en Jo pmto~esc~.
El detecto es ave en un siglo de documentación y de rarezas, on_ e
luce más el fi~ero' que el raciocinio; pero es mejor abundar en es.tas,~E

~~~:¡:;::~;;::

ltj:t::;i~::;r:~:~~!~~:n: 1::i:::0~!J:i~~it:s,1~~t::~
1 b oaría mil libertades particulares. Tirama inexorable, porq
~:r:; J:so~~~n del temperamento, sino rigorismo extremado de Ia ~~:::
ligencia, ofendida de no ver las cosas gobernarse por Jo que m_am 6 bien
d d Me place Jo que se razona, refinendolo a un canon_
:;:::::~:t::;~: : 0 j0 que vale sólo por su fecha, o por sus facdciones s111r·¡
n· ensarlo Prefiero levantar hoy un ,scurso so re
~::;~ ~:~~e:e~!~' se~ ~rró~eo.", al ac~rreo de materialesd Pª~:i:'\i°:~'.
más dichoso, discurra manana en m,lpuesto. De! :::. ;boles 'cerrada
,. D 1
·or re alo es una llanura no muy opu enta, con u
~or afguna barrera natural en el extremo donde alcanzan _los o¡os . a ~o
mundo moral, como estoy exhausto de compasión, me importa, Je

por qué dividir en dos manadas, una para los clérigos, otra para los laicos, a tanta pécora como me aflige con su cacumen estrecho y sus intenciones podridas. Faltándome preparación especial, se tachará de frívolo este parecer, parecer vago, de simple aficionado: que no pueden ser
los curas gente oprimida . El clérigo irredento es invención nueva, contraria a las promesas del bautismo, a lo que nos enseñaron en la cuna, a
nuestra experiencia, por truncada que brote, y a los fines de la vocación
de cura . «Este hábito es una libertad~, decía un gran misionero, no ins-

crito en nómina ni amedrentado por el peso de la cruz. Ya no Jo es.
Ufanos porque entienden de curas, pintan algunos a la clerecfa encadenas, o igualan al clérigo con el soldado, el presidiario u otros tipos sujetos a una autoridad que no rinda cuentas. Leo el escrito de un capitular
reverendo. donde se llama (¡a buena hora, señor ilustre!) a los espíritus
liberales del país en auxilio del clero oprimido. Los sacerdotes ya no se
sienten libres en su hábito. Van camino de formar una de esas clases su-

fridas que impetran mercedes del Estado. Los partidos extremistas, si
perseveran en la cordura española, que manda no suscitar recelos, no

espantar a las fuerzas sanas, acabarán por tomarlos bajo su protección.
El levantamiento general de presbíteros, daría a la revolución en ciernes
una faz original, y tal vez fuese la prenda del buen éxito. Pero esto es lo
exterior. Si la opresión es cierta, psicológicamente, y los curas lo sienten

sumo, lo que conviene al mayor número, o a todos, no le que le cump
'79
178

�LA PLUMA
LA PLUMA
así, 0 no son lo que dicen, o no son como deben. Me niego a ir en socorro de las sotanas cautivas.

El cura que primeramente conocí, era capellán de ladrones. ~onde
otros correligionarios suyos, más sufridos, conllevaban capellamas de
monjas, oyéndolas suspirar, plañir, diciéndoles una m1S1ta despa•
ciosa, una plática gazmoña, tomándoles por regalo. un chocolate c~n
agua, el cura de mi amistad servía las querencias rehg10sas de lo~ huespedes del presidio. Misa sucinta, al vuelo, que los galeotes?º ped1an floreos· confesión por los mandamientos, en víspera del domingo In Albts;
y en' caso de muerte, exhortaciones a la conformidad, proferidas con la
más llana franqueza, por este tenor: que si les iba mal en el otro mundo,
peor que en presidio, con tanta habichuela podrida y tanto verdascaz~,
no podría ser. Confortadas las almas, "_'i amigo el capellán asum1a
el hábito, el porte y el lenguaje de su pasion dommante. Era _pescador.
De ]as fangosas entrañas del río sabía sacar, _contra todo presagio razonable, fuesen cualesquiera el tiempo y la sazon, abundante pesca. Calzadas unas botas altas, oculta I• mitad del ro,:tro pizmiento bajo el sombrerote de paja, al hombro las artes de pescar, rompía por _entre el carrizo y los mimbres, en demandad~ los sitios buenos. Nad'.e se los disputaba. Era el amo de la ribera. Mas de una vez Je sorprend,, en los anocheceres sosegados del verano, tendido en la margen, v1g1lando las zam~

' i1

1
1

bullidas de sus corchos, o de pie en el filo del agua quebrando con la
red el cristal del remanso. Llegaban los sones discordantes de la música
del presidio, el vocerío, los cánticos de los feligreses del cura. ~•recia un
hombre profundamente dichoso. Cuando era perm11tdo hab,ar, el re•
bote de su vozarrón en el haz del río ahuyentaba a los peces y a los ge·
nios. Volvíamos juntos a la era; en el chozo, cortaba un cantero de pan
y se Jo comía, engañándolo con un tomate reventón, jugoso. Apostaba
con los agosteros, por la cabida de los montones de grano; pretexto para
meterse en ellos y pisarlos en el copete, hundiendo los rem?~ hasta _la
corva. «¡Qué gusto da! ¡Qué gusto da!», decía con entonac,on puenl.
Dentro de las botas se llevaba el cura una almorzada de tngo.
Otro clérigo me salió al paso en la carretera de Guadalupe: el fuego

del hígado le resecaba la piel, adherida al esqueleto; con su bonete de
dos cuartas calado hasta la nuca, parecía más largo; los ojos, saltones; el

gesto, de hombre muy padecido. ,En estos temperamentos-recordé entre mí-el calor excede a la frialdad, y la sequedad a la humedad. Será
propenso a la cólera y a la hipocondría.» Hablamos. Él, con voz muy gra•
ve, mudándola de tiempo en tiempo al tono declamatorio, tremante, que
echaba de menos el eco de la iglesia parroquial, se declaró ocupado en po•
ner chinitas en el camino de la anarquía. Tres palurdos le acompañaban,
tan parecidos, tan feos, que cada uno se me antojó caricatura de los otros
dos. Eran hermanos, caciques repezuñados. Llamábanlos 4&lt;los Tuertos»,

aunque ninguno lo fuese; pero lo fué su padre, de quien heredaron po•
derío y mote. Cosechaban votos, ayudados del cura, por la intención de
un candidato que Je había donado tres mil pesetas para recomponer
el órgano. Caminando juntos, me explicó su política, que era desvelarse por la salvación de sus ovejas, y no exponerlas a los ataques del
lobo.
-Contribuyo a restaurar el poder espiritual-decía-. Su cometido
es grandioso, si hemos de buscar la resolución armónica de los conflictos entre el capital y el trabajo, como enseñó el inmortal pontífice
León XIII.
El enfático cura trataba de imponérseme. Se detenía, con ua brazo
en alto, dilatando las sílabas sonoras. Dijérase que, sólo en tantísimo
campo, apostrofaba a los vientos, a los terrones, a las encinas. Los Tuertos, formados en ala, nos seguían sin escucharle, pensando en sus co-

sas. Me despidieron a la entrada de las labranzas de un propietario re•
miso, a quien iban a embaucar. «Veremos-dijo un Tuerto-por dónde
sale este ahorcado».
Pasados veinte años de no verlo, topé una tarde, volviendo de caza,
con cierto cura barbián. Le conocí al momento: enjuto, trigueño, los
ojos garzos alegrillos; la nariz recta, fina; la boca delgada, con fugaces
mohines de burla: tal fué, y tal Jo encontraba, sin otra mudanza que habérsele retostado la tez y abierto la pata de gallo en la comisura de los
párpados. Venía por el borde de una arroyada-la escopeta a punto,

�LA PLUMA
LA PLUMA
cia mí, entre latidos, la mirada, tan chispeante y franca, tan aguda, que
los perros cazando-, en busca de un rodal de codornices. Era su habilidad excelente: la caza. Dominaba muchas. Buen servidor del altar, puntual en el coro, atacaba el tono ferial en la misa o despachaba los sermones
de tabla con el desembarazo de quien posee al dedillo una técnica y la
aplica en frío. Obtuvo su mayor triunfo exhortando a dos reos de muerte: halló palabras y acento tales, que los curas fanáticos y los hermanos
de la Paz y Caridad, maravillados, ponderaban entre burlas y veras el su·
ceso. Desbravar caballos, enseñar perros, atronar los billares aporreando
la tarima con el taco, desfogaban su robustez corporal; pábulo de su facultad discursiva era el tresillo, tomado con aliento de gigante, en jornadas cumplidas, entreveradas de disputas, donde el clérigo, por guardar el
decoro, adecentaba los vocablos obscenos poniéndoles desinencias nuevas. Ningún macho de perdiz más célebre que los suyos; dos perros traía,
príncipes de los perdigueros. Le pregunté por su caza. Había marrado algunos tiros: me probó con razones palmarias que estuvieron muy bien

marrados: nada podía ocurrirle mejor que marrarlos. Tiró por tirar, por
meter ruido y darle gusto al dedo. Ponderándome sus blancos y las muestras de los perros, abordamos en el río. Nos sentamos en el poyo de piedra, delante de la fuente antigua, quien sostiene en sus hombros de
mampostería el acirate desplomado. El agua surte a par del suelo; para
catarla, ha de hacerse la triste figura. Comimos y bebimos reposadamente. El clérigo contaba los cismas del cabildo, roto en dos bandos
por si había de imponerse o no, a cierto canónigo que lo rehusaba, el
uso de la luenga cola negra, prolongación del balandrán con que asisten a coro. Pensando que las canongías iban a perder su valor proverbial de emblemas pacíficos, me distraje en mirar los giros de las golondrinas, que volaban a ras del espejo empañado del río, y los perros retozones que en la arena marginal, blanca, suelta, erizada de regaliz, se

refregaban después de chapuzarse. El aroma de los cañamares silvestres,
cargados de flor en racimos, tan fuerte, disuelto en la emanación calienta del agua, entorpecía los sentidos. Vinieron los perros a prestar al discurso del amo más atención que yo. Oíanlo inquietos; remuzguillos eléctricos serpenteaban por su piel; lo devoraban con los ojos o volvían ha182

nos entendíamos muy bien, por comunicación directa; las maravillosas

criaturas enloquecían de gozo, viéndose así entendidas, muy cerca de un
corazón humano, y yo creo que algo debía de robarles, a mi vez, de su
expresión canina y su dulce lealtad, para serles acepto. Este juego rompieron ciertas palabras del cura:
-¡Los prelados son unos granujas, desengáñese!
Me sonó a que empezaba de nuevo el discurso. No entré en su desengaño: tan sin cuidado estaba yo, tan sin malicia de la opresión contra
los clérigos, que no se me ocurrió tirar del hilo de esa sentencia. Hombre libre en la naturaleza no lo había visto tan acabado como en el cura
cazador.
Apenas he ampliado de,pués mis observaciones personales en los_ curas. Vísperas de Navidad vi a uno, joven, bien portado, rolltzo, brillar
en la cadena de holgazanes famélicos enroscada a la Casa de la Moneda,
esperando el sorteo de la lotería. La expresión de manso regocijo, de pacífica y segura tenencia que advertí en su semblante, mostraba que tras
de echar cuentas con el premio, no quiso esperarlo en su casa o en lasacristía: prometíase verlo salir del bombo. A otro encontré, viejo y raído,
de porte rústico, embelesado en el umbral de una taberna: ap,yado e_n
el quicio, laxas las facciones, la boca entreabierta, clavados los o¡os, o,a
la música dulzona y aflautada de un órgano mecánico como si fuese la
de las esferas. Ninguno de estos curas me dejó conocer que estuviesen
corroídos por el descontento.
De no repugnado mi gusto, las novelas con cura hubieran suplido
por mi experiencia. Pude, si no observar la naturaleza, estudiar los bue~

nos modelos, graduarme de doctor en papalogía a fuerza de leer narraciones de amores sacrílegos, hacerme papálogo libresco. Hay quien sabe
mucho de amor según Stendhal, o de ambición según Balzac, y se precia de haber explorado lo más recóndito del corazón del hombre, aunque no haya sentido palpitar el suyo propio. Pero la simple entrada del
cura en la novela me infunde desconfianza; y si el autor describe principalmente el erotismo del clérigo, su enredo con tal señora o damisela
183

�LA PL U~¡ A
más o menos almibarada y redicha, me invaden sentimientos ingratos:
asco y despecho, templados por la presunción de que allí va a suceder
algo muy ridículo. Menester es que el público español lector de novelas
se haya pasado de gazmoño, y los autores de tímidos, para que un día
pudiesen, los unos, hacer el descubrimiento de las pasiones carnales del
cura, y el otro recibir por tema peliagudo la descripción de esas'fatigas.
Si a una señora le ronda un sacerdote, ¿a quién le importa? Tal vez ni
a la señora; y hemos de ver en el caso un conflicto raro, y convertir un

trapicheo vulgar en cuestión de orden público porque el galán lleve sotana. Suele poner el novelista buena porción de sus terrores propios en
la conciencia del cura enamorado; Je sobrecoge de espanto el sacrilegio;
échase de ver que, metido a cura, jamás habr/a afrontado pasión igual
ni declarádose a la dama de sus pensamientos: hubiera probado mejor
cura que su héroe. Esta noción: que el sacerdote, cediendo a su apetito,
incurre en culpa ominosa, puede mucho con el ,escritor laico, y le des-

vía, a su pesar, del propósito original; en vez de pintarnos la pasión de
amor, bastándose a sí misma, bastante para la obra de arte, se enzarza
en el caso de conciencia, ca el miedo, en los remordimientos del tonsu-

rado. La pasión, en los curas de novela, suele adquirir lóbregos tonos,
causa de mi despego. Es propio del clérigo, dirán, dejarse atormentar
por la moral de sus creencias. Yo Jo dudo; la virtud y el vicio, la conducta en general, poco tienen que ver con las ideas; y el clérigo que,
rota su fortaleza, se allana a la pasión, recae en el estado natural, como

cualquier hombre o mujer picados por el tábano. Su conducta depende
de su historia sentimental, no de la profesión . Los aspavientos, zozobras

LA PLUMA
pasmo de otras damas de cura en ciernes: así Doiia Lut , cuyo enamoramiento no puedo recordar sin náusea.
Mi aversión literaria no me priva de tratar con templanza en materia

clerical. Cierto, una puntita de clerotobia descubrí en mi ánimo tiempo
atrás, adquirida en contagios callejeros, de quien nadie está libre. En un
teatro averigüé de súbito que aborrecía a los curas, sin saber la causa;

revelación fué, o dicho en otro estilo, flechazo. Habriame inficionado
profundamente, hasta la muerte de la razón entre bascas horribles, sin
la alarma que me movió a extirpar en el aclo el germen del mal, cortando lo dañado y lo sano. Oíamos un concierto de música eclesiástica .

Tenía yo tanto hábito de encuadrar en el velludo rojo de los palcos el
descote, J~s plumas, las joyas y los gestos de muchas damas conocidas,
que en levantando aquella tarde la vista a los Jugares donde solían estar,
nunca pude reprimir un movimiento de sorpresa al ver trocadas en obis-

pos las señoras. Repartidos por parejas o por ternas en los palcos, bastantes había de manifiesto con su cortejo de familiares negros. Lo demás
del público, también clerical o asacristanado, se congregaba por ser la
música de iglesia, y eclesiásticos el director y los ejecutores. Gustamos
unos trozos de misa y unas cantatas en el modo altisonante, vulgar, que

corresponde a sentimientos triviales hinchados. El autor-aunque la
música me pareció inclusera-estaba presente; ya desde esta vida terre-

na «había entrado en la inmortalidad»; el programa omitía que fuese
«el primer músico del mundo», pero yo rellené mentalmente esa laguna. Granizadas de aplausos, arrebatados, descubrían la intención de
desquite y de trágala, presente en todo alarde profano de la clerecía

y poquedades que un clérigo de novela, si se rinde a ser amante, prodi-

cuando se manifiesta a solas. El director, frenética batuta, se retorcía

ga en negocio tan natural, no pertenecen al estado eclesiástico, sino a la
condición de primerizo, de hombre sin mundo ni cortesanía, criado

como un poseído. La sotana bailábale en los hombros, subía, bajaba,
dejando al descubierto los pantalones y los zapatos, volaba de una a
otra parte según el meneo de los brazos. Entonces me entró el acceso de

aparte del otro sexo. El novelista cuida de poner un clérigo que desbra •
ve su inocencia en el primer amor¡ mostrándolo en lances ulteriores , se

las compondría por otro estilo; la absurdidad de aquellos sentimientos
postizos quedaría al descubierto. Pero nada es comparable al rencor que
siento por las damas de cura . Sobre todo, si las inventan para deleite y

clerofobia. Zafiedad, palabrería, ignorante engreimiento, chabacano
gusto: eso vi en tantas almas de pazguato. Me abrasó la cqlcra, y comencé a odiar al director en representación de todos, por zurdo, por basto;
no podía reirme de él, no obstante sus ridículas contorsiones; la saña

�LA PLUMA

.

'

vencía a la risa . Sali a la calle preguntándome el motivo de aquel rapto;
si no fué persuasión del demonio, sería un estallido de los malos humores almacenados sin advertencia mía por el despecho y la inquina. Me
pareció desatinado, y feo, enviar al corazón los residuos de ciertas hogueras; y peor aún, en la cabeza de un pobre diablo, no muy seguro de lo
que representa, vengar la perdición de una gran causa histórica . M~ esforcé a la piedad, a no quitar la vista del chasco postrimero, comun a
todos; creo haberme portado desde entonces blandamente con los curas;
y hasta los he favorecido en persona. Al capellán pescador, mi amigo,
lo saqué de las garras de la policía. Es tal su catadura que al sub1r a un
tren lo detuvieron, sospechando que fuese un asesino a quien buscaban.
Le arrancaron la teja, y en viendo la tonsura, quisieron someterlo a más
apretado reconocimiento. Por mí lo soltaron en la estació~ misma; el
cura, con el susto, se fué sin decir adiós ni dar las gracias .
Guardo, en fin, delante del clero la actitud ingenua de quien fía en
el testimonio de los sentidos y cree que el sol rueda sobre nuestras cabezas. El clero es un cuerpo inmune, con más predicamento e imperio que

pudieran tener el médico, el maestro y el militar si los fundiesen en una
pieza. Unico tronco venerable de España: puede probar que a su amparo v costa han vivido, como el muérdago en la encina, las clases espa~

ñol~s. Es más antiguo que el reino; ya el godo soberbio se prosternaba
ante el clero; todavía el rey, a ciertos dignatarios de la Iglesia los llama
primos, y son los únicos personajes a quien hace acatamiento . ~ue un

gremio tan potente gima, teniéndose por desheredado en este siglo, no
pasa de ser un melindre gracioso: ignora lo que son apuros . Como a
criatura mimada, el revés más fútil le llena de pesadumbre y se ,magma
que le es contrario el universo. Esta explicación plausible, vale para
otros clamores y alborotos, triunfantes porque los promovía gente de
mucho peso, no con intención mala, pero temiendo por las franquicias

y exenciones que siempre han gozado y gozan. Y si el clero está descontento, escarmiente en cabeza ajena; tómese la justicia por su mano; em-

plee la acción directa: ya contra la sociedad e~pañola, cuand_o se crea
-inverosímil supuesto-aminorado en rango, ya contra sus Jerarcas y
186

LA PLU/VIA
príncipes, si cometen desafuero. El clérigo tropezará con los cánones, a
veces, o con la institución divina de ciertos poderes, y tendrá que reformar la Iglesia, o arrepent!rse de no haber mirado mejor dónde se ponía,
o ejercitar la paciencia. Andese con tiento, no vaya a pisotear el espíritu cristiano, sola razón de su vida; o a rebelarse alocadamente contra
algunas privaciones, fruto de la sabiduría, de la cordura de los siglos
traducidas en leyes, como la de tenerle sin mujer, a lo menos sin mujer

que pueda alegar derechos civiles. Duélense algunos curas de su pobreza. Deploran la desigual repartición de los bienes de la Iglesia. Que un
obispo tenga automóvil, no teniéndolo el cura rural; que el párroco de
Madrid devengue miles de duros en la misma función que desempeña
su colega de pueblo por unos ochavos, parecerá irritante si se mira con

ojos terrenales. Pero los curas saben que siempre hubo pobres y ricos;
que los bienes del espíritu son la única riqueza; y que nada importa ganar un tesoro si se pierde el alma. Deberán, pues, callar sobre eso .
Pónganse en lugar de la parroquia: el vecin~ de la capital reclama un
cura suntuoso, como llama para que le mire la lengua a un médico que
sepa alemán y que cobre diez o veinte duros por visita, mientras el médico de aldea se satisface con la iguala de una fanega de trigo por familia. Ese desnivel, admitido en una profesión asimilada a la del clérigo
(«el cura es médico del alma", se dice a la cabecera de los enfermos; o
también: «¡aquí la ciencia humana ya nada puede hacer!»), debiera servir de ejemplo a los curas, moviéndolos a escarnecer la civilización y el
lujo: inventan necesidades fingidas, elevan a quien los sirve, dejan a
otros olvidados en el santo suelo; y moverlos también a contentarse con
la pobrecilla mesa, bien abastada, de que habló el clérigo poeta. Contentos o no, lo que el gremio clerical pretende, habrá de lograrlo por
sus puños. Su apelación a los espíritus liberales no carece de ironía. Por
luengos siglos los curas han perseguido el exterminio de esa planta; si
no lo alcanzaron no fué culpa suya. Pero ha quedado tan endeble que
los partícipes en ese famoso espíritu liberal no pueden malgastar sus
energías en acorrer a los antiguos perseguidores.
CARDENJO.

�LA PLUMA
das

EL N O V E L I S T A

ci¡

(NOVELARIO)

XIX

[I

novelista había vuelto a sus dias de fiebre, cuando comía y
cenaba entre las cuartillas sin levantarse de la mesa, llenando
de migas el revés de las cuartillas, y resultando eso tan molesto como el que se llenase la cama de ellas.

L

EL BIOMBO avanzaba manteniéndose erguido, insensible,
como lo que posee un misterio fiero que no es que se in\·cnte sino que existe.

Ya había llegado a obsesionar al escritor el biombo de mirada felina

y atrevida. Ya iba por el capítulo XIII y se sostenía tieso e impertérrito

el bello encubridor, el suntuoso mueble con brillos lacustres de ciénaga
en que florecían los asfodelos.
«Hasta que no quite el biombo de en medio, hasta que no resuelva
el desenlace-se decía-no podré ocuparme de otra novela. El biombo
lo perturba todo, ten&amp;o que venderlo, tiene que llevárselo el editor para
volverlo a leer una sola vez más en pruebas y procurar oh idarle toda la
vida. El día que acabe regalaré mi biombo .»
Y el novelista escribió, con esa facilidad de señalar los números romanos que sólo el reloj posee.
XIII
U. MODELO DK UN FALSO

PINTOR

El biombo me seguía por todos lados. Nunca dejé que "" lo llevasen
en los carros de mudanza; siPmpre lo llevaba un mozo, en cuyas espal(1) Véase LA
188

PLUMA

de agosto, 1922.

s, hacía tan crnz a cuesttrs de su destino como lo había sido del mío.
Ahora brillaba con .-ayos di negrura en aquel gran despacho. El
biombo convirtió mi desfacho en estudio. Yo sabía que las mod,los u
esconden detrás de los biombos pa,-a desnudarse, como si se metiesen en
la caseta antes de lanzarse al baño, y siempre tenía el deseo de ver m
mi intimidad ese g,sto smcillo en que la mujer sin pudor pone en el
biombo su último pudorcillo.
Compré un gran lienzo, pútturas, todo, y busqué en el círculo de los
pi11tores la modelo de desnudo, la que 110 se presta a ser el absoluto ideal
de arte, sino a que pongan sobre su desnudo otro desnudo mejor, a ser
el maniquí de otro desnudo, el espectro de que colga, lo.
¿Cómo estar 111i1ando _fijamente a 11,na mujer desnuda, sht que esa
coll!nnplacirJn exija el fin del arrebato? Necesitaba realizar esa larga
contemplaczón, pero sin que la mujer desconfíe o se canse.
El engañ• le hacia gracia . Todo lo que había comprado eran ,na/eriales para una falsificación, pero la modelo sería la que menos se diese
cuenta de ella y era a la que había que engañar. Había comprado tubos
de óleo como el que compra tubns dentríficos, que hacen el mismo efecto
que pintums cuando se les aprieta sobre los cepillos de dientes.
La modelo acudió puntual, y dió al despacho tipo de estudio de pintor. Dejó el paquete de la bata sobre un sillón, como si hubiera entrado
en el taller de Velázquez.
Ninguna mujer que produzca tanta confianza como la modelo. Viene a quedarse sin ninguna ropa, viene a jugar m la playa del estudib,
e:,,plota la tontería humana qut da importancia a lo que sucedía en el
principio. Ha comprendido de una vez para siempre la naturalidad que
hay en ponerse desnuda.
La modelo es tan casera y tan buena, que pedíría permiso para hacer crochet mientras está desnuda si eso no descompusiese la ·inJpiración
del artista. Sabe su i11stinto que hay que adaptarse y representar algo
así como una figura r,mántica o estatua de jardín.
Cuando dijo:
-Dejaré la ropa aquí detrás del biombo--y se llevó una silla consigo, me quedé satisfecho.
Iba a poner del otro lado del biombo algo verdadero, algo con lo que
soñaba el biombo. Iba a satisfacer de algún modo su instinto.

189

�LA PLUMA

LA PLUMA

El diahlo que se tsco1uú detrás del biombo la ab, azaba. Hubiera iurado q,u había oído un beso.
-¿Qué hacer-la pr,guuté.
-Mt desnudo-respondió con stnci!lez.
Tardaba. Yo estaba impacie11te,y aunqut podía asomarme para ver
lo que pasaba dttrás dtl biombo, no quería faltar a tsa única cortesía
que ,xigen las modelos.
-¿Pero qué la pasa?
-Que se me ha hecho un 1mdo qut no puedo dtsatar-respondió.
¿No era ,so a las claras un abra~o del que se esconde detrás de los
biombos y que había aprovechado ese pretexto para abrazarla? Parecían
oirse lo_s jadtos dt una lucha comprimida, de alientos contenidos.
Entonces, i•iolento, suponiendo lo que siempre había supuesto detrás
del biombo,fuí a sorprenderlo, pero tampoco, ya había huido, y en cambio allí estaba la mujer, que tiene un nudo en el corsé y cu_~o premio ya
se sabe cual es, sobre todo si es muy difícil desatarlo.
Detras del biombo rernltaba pecaminosa la escena de nuestros roces.
Era la mujer inquit la que rabotea y da con el posterior molledo e11 el
vientre dd komb,e, en la desesperación del nzulo que no se desata, como
mulilla a la que pican las moscas en la rabadilla.
Ya no pinté a la modelo, ¿para qué? Mt pareció que era mtendida
en la pintura y descubriría mi estratagema, la pintura torp,, el desnudo pintado por un niño o por un salva¡e en qut ltabría de incurrir.
Sin la sospeclta de que aquella mujer me la pegaba detrás del biombo no se me ltabría ocurrido trasponerlo y comenzar aquellos amores
con la modtlo, que quería dedicarme el hijo que ya llevaba pintado m
su vientre.
XlV

!U.DA, NADIR

El biombo me iba dtjando la impresión má"'· fija dt algo que sin biombo ltubiera sido vaguedad de mi vida, la existencia dt «n,zday nadie&gt;.
La mitad de la.- cosas raras qut sucedían a m, alrededor no ku!,ieran sucedido ,in el biombo. Lo que no se l,ubiera podido pertrecltar del
biombo, alegre y disimulado-«yo• no amo el fondo de los armario, ni
los cuartos oscuros sin los burladeros-, 1w hubiera tenido en ·mi casa

una vida tan campante y tan die/tosa, aprovecltándose dtl gran burladero .
La existencia dt «Nada, nadie•, la notaba a todas !toras.
Yo no creo en nada y sin embargo l,e presenciado esa presencia de lo
que no puede ser ni misterioso, de lo que ni puede aspirar a str, dt lo
qut quisiera darme un gran susto en la noclte y no puede, no puede dt
ninguna manera, no podrá 11unca.
-Anda, ahora que puedes, a/tora que estoy solo, porque la antigua
asistenta que asea mi casa no está ya aqui y no vtndrá !tasia después de
las once de la nockt.
Le provoco, busco las vueltas a esa nada, y yo, que no creo en nada,
voy creyendo demasiado en esa nada. ( El parquet !te notado que tiene
tres pasos en vez dt dos. Paree, que andamos por él coll tres pies sin llegar nunca a los cuatro, pero sí co11 trts)
Hago ya la excursión por la noclte con ti pie forzado de buscar fil
nada, con el afán de que me enc11entrt.
Alguna vez, al sacar una botella de entre las botellas, se kan reído y
kan castañeteado los dientes de todas con sospecltosa algazara. ¡Fué esa
la señal de su int xistencia y de aprovtchar esa misma casualidad para
meter baza en mi vida?
Soy solitario y dialogo solo conmigo mismo.
Yo.-¿Pero para qui st me va a aparecer a mí lo que no existe si eso
no pasa en el resto dt la creación . ..?
Yo mismo.-Tienes razón. ¿Para qui? ¿Por que voy a merecer esa
distinción?
Yo.-¡Qué más da la noclte de aquí dentro que la noche de los
tiempos!
Yo mismo.-Lo mismo da ... Pero todo el esfuerzo ltumano, el esfu rzo de los hermanitos, consiste en demostrarnos que no da lo mismo ...
¡Pobrtcitos y qué razones !tallan y cómo st afanan! Hasta encuentras
motivos para creer eJt los q11.t no hay más remedio que "º creer .
Yo.-¡Es que no se dan cuenta de que se está en igualdad de condiciones con toda la naturaleza para áspirar al milagro, al imposiblt milagro de la creación upiritual!
Yo mismo.-¡No es nada lo que pidtn los niños!
Cuánto kt estado solo en el mundo y sin más fe que ti ruido del rt-

�j

LA PLUMA
LA PLUMA

,,

/oj, siémpre anfisesmático, sim,pre con el golpe que le mata, con _el tropiezo fatal. Si sobrt el golpe no duse el •regoipe•, todo marchana hten,
pero da el «regolpe».
,
.
,
E11 la caja del reloj podra darse por ,yemplo la prese&gt;lfac1on de eso
que no es nada, qut no es nadie y qut estoy deseando ver. Como uso de
un reloj que no es de uso, podr_ía abrir la puerteczlta y asomarse. .
¡Cómo he esperado del relo; hace mucho tzempo,pero se ve demasiado
que ti reloj se va a morir!¡ Camina J1acia la muerte, pzerde corazón tn
cada palpitación!
«Nada•. «nadie•, no /iay que darle vutltas, eso es lo que hay fuera
de nuestra vida, la vida q,ie nos Ita tocado trasportar por el mundo, conse, var por instinto y lucir por vanidad. . ,
.
¿Seria .eso•-nada, nadie-la qut de;o encendida la luz del comedor
la noc!te de anteanoche?
Yo estoy seguro dt qut la apagué, y, sin emba,go, amaneció encendida. ¿Denunció su ma/a·intención con tst rasgo, eso que no se me ~
descubi.erto nunca? No. Me dediqué a perseguir la verdad, me estudie,
inrfagui, nu anduve en el fondo de la americana. Y por fin dí con timomento medio sonambúlico en qut encendí la luz...
.
1Vunca .. nada» ni «nadie», porque el Ladrón o ti asesmo que se me

apareciesen serán alguien.

.

Siempre detriis del biombo «naaa», «nadu».
1

XV

1

'1
1 1

LA DKSVANKCJDA

La habitacion que tiene fo111za de estudio partee que puede ser pres.
..
.
.
tada a quien la pida.
-¡Hombre, si me prestases tu estudzo!-mt di;o el amigo del colegio,
ti amigo de siempre. .
.
-No es mi estudi,o ... Es mz casa.
-Sí, pero tiene puerta y llave distinta ti salón y además tienes la
inmoralidad insaciable de un diván .•. Déjame que le eche carne a tu
diván.
.
.
Termi11é accediendo y procuré alejarme, no sólo del estudio, sino de
la ca.,a, la tarde en que mi amigo llevó aquella jovencita cuyo nombre Y
figura velaba con la más estricta discrecció11.

_-¡Lo que la ha g1tSlaao tu b,0111bo!-1Jle di]O al día siguiente mt
amt,l[O-. Además, gracias a él se pudo arrtglar ti pelo ... Es inverosímil
que."º tengas un mal espefo en que mirarse en tu cuarto ... l!,,l/a, que es

rubza, se tu.1 0 que hacer un peinarlo oscuro de morena.
1

Yo JZO lzabía entrado e11 mí habitación desde el día anterior. pero
cuando e11tré y cerre la puerta tras de mí, encajrmdo su colmillo con un
fuerte ![olpe, noté algo cO/J/O una presencia perfumada que no había

antes.

No pude trabajar. En el biombo había una sonrisa y zma mujer despeinada.
Dí vutltas a la lzabitacion como ptrro que busca una huella. ¡Que
testarudez de 1·econocer las huellas cuando no había ninguna! Fué tan

fuerte aq1tetia maña11a para mi cabeza como una insolación.
Me acosté en el diván y busqué en SltS almohadones el perfume de
una cabeza y hasta esa mancha definitiva que de.Jan los amantts en los
divanes por tener debajo la azalea de los niños.
Nada; y, sin embargo , todo estaba lleno de la presencia de aquella
m:,jer que había llevado el amigo que pone en ese compromiso difícil de
conllevar.
B_usquépor el suelo una orquilla, algo, v no encontre nada. Busqui
lo mas sutzl y difícil de buscar:"" beso caído, un pelo, un alfiler. Nada.
Debió dejannt su pañuefo o su cubrecorsé en un rincón, como impuesto galante, como lzuesecillo de regalo por lo qut la había consentido.
Sólo un botón de él encontré.
Mi biombo se sonreía y detrás de él miraba mi búsqutda una mujer
muerta de risa, una mujer de encarnadura tan vaga como la de las musas de los poetas.
Ya estaba contagiaao aqutl despac/io por la presencia de aqutlla
dtsconocida, que se había qutdado allí, sarcástica, cruzando una pierna
sobre otra con mucho descoco, dándostlas de ltabirmtla pegado.
Desde aqutl día, en vista de eso, busqut a aquella seducida y busque
las 7:ueltr1s al ª""lfº, y no paré hasta que dí con ella, que, como toda seducida en casa a;tna qutda corrompida para la fidelidad, logré que
volviese al sitio de su bautismo galante.
.
Quería que el biombo viese el desquite, y que m aqutl reflejo dudoso de una mujer qut había quedado en su casa se recalcase el veraadero.

�LA PL U ,\1 A
LA P L U f\l A

·,

. .
ue vagaban por la habitación se
Las ltuellas dispers;s e inc1:n'::u1t que ,10 sintió pena por lo qiu
encontraron alrededor e aque ªh b'a estado conmi&lt;To al haber estado
,
de lguna manera a z
b
.
hacia_, porque
a ultó ue se acordaba de mí como de su p1 tmer noq , J ' s niñas como sólo las agranda el arell mi despacho, y res
vio, cuando el espasmo agranuo su
slnico.
XV
SOltPRESAS MENUDAS

. .
de nocturnidad hasta durante el día,
1l
El biombo inevzta~le J:
'da y ya sabía mis flaquezas y conavanzaba ni su experiencia
mi vi
vi·vía mis visitas.
.
.
.
Discutía yo conmigo mis~no. l b. b
No es elegante ni político...
-Es una falta de hcortesi:r~er
:~~ no están aseados' los que esSólo sirve para que ec en a c
y además es he, moso.
tán de cualquier mo~...
-Pero era de mz p_adr,be... l
e le sirve a la providencia para Iza-Sí, pero con el biom o es o qu

J/º .

zf;;:

cer más trampas.
1 p obabilidades de hacer fortuna ... Las
-En cambio aumentl as ;e Neetsitan disimularse ... Como lr:,
cosas buenas no llegan l fre~ ...l da vergüenza conceder la felictmaldad es_ la patronla de 1lnun a;io ~on el regalo Jeliz desde detrás de
dad... y tiene que a a,gar a m
un biombo. _
da l
al enuaño ... Debían deja, las puertas
-Predispone a to
a casa
,,
l l b b
O vender el biombo...
l
francas y rega ar
. 't
lo miraban con extrañeza, o a a a an
Ti dos al entrar a vzsz arme
,
.,
o
l s veia sospeclutr no se de que.
.
generalmente, per_o yo, o
d es1&gt;eio de otra casa, de la casa ae
Cada vez tenia mas una ~os;1- ~ 'l'do:; l .
• ¡ de •1&gt;e;o intrinca Y f!Jano.
da
enfrente, por e;emp o, . esr1,¡ ble de una casa, de una casa encanta .
Era como el ala viva y r. ega
.
ver cómo y cuándo te atreves a
Yo le desafiaba con cora;e: «Quier~ 'dad no quiero que me llam1s
'
matarme... N,o quiero retroceder, preczosi
cobarde&gt;.
. .
de un modo digno de tus hojas
«PfJr lo menos hazlo con ltmpQzeza, uera asfixiado en ti sin síntomas
pulidas... Qtte yo no me entere... ue m
de asfixia..,,
194

El biombo lttúrgido y mitrado, rtaliza con esa especie de gran car-

!,, a mágica que es, todos los actos de prestidigitación.

-¿Pero y tse sei'zor? ¿No le han dicko que pasara?-pregunto const. mado a la muchacha.
-Si, seiiorito, ahí le he dejado smtado !tace un momento ...
-¿Qué decía, que tmía un g,an mteris en verme?
-Sí... Pero se ha debido ir.
En efecto, ya no estaba, y no volví a saber de il. El biombo me lo
había escamoteado.
Yo mismo resultaba el transformista del biombo y lzablaba hipócrilamente detrás de él y decía cosas que no quisiera haber dicko mientras
pretextaba en falso «que estaba acabándome de arreglan .
«¿Cómo !te salido? ¿Que ser que no soy J'O es t'Sfe que acaba de salir
de detrás del biombo con una sonrisa tan osadar-,,-1,ze he dicho varias
veces a mí mismo.
A vecespregunto con curiosidad al que entraba:
-¿Quién?
-Servidor-contesta una voz detrás del biombo y se retarda. ¿Que
careta se pone ese visita11te?
-Pase.
Y tarda mi poco más.
-Pase, hombre, pase-diffO ya con cierta vi0lencia, como si fuese que el nuevo visitante se hubiera estado rechupando la risa a1ites de
entrar.
Y por fin entra un cualquiera que trae la cara corrida como sí se
hubiese estado burlando de mí detrás del biombo.
Una vez he respondido hoy con sinceridad a ten «¿se puedeh
con un:
-Adelante.
Y el que iba a entrar me ha preguntado con voz de cómico:
-¿Me conocesr
Por la voz me parece aquel condiscípulo simpáticoy bueno; pero no,
es el ot, o condiscípulo, el malo, el avieso, el torpazo .. .
La desagradable sorpresa sólo me la ha ocasionado el biombo, escamoteándome el amigo bueno para que fuese el que si presmtaba el desleal, el de la voz gangosa y contenida, el de las conversaciones lentas,
195

�LA PLUMA

LA PLUMA

¡,

1

flemáticas, estúpiaas, hablando encima a través de una pipa que usaba,
fJorque creía que sentaba bien a su nariz aguileña.
¡ Qué aburrimiento con aquél espíritu mediocre y aburrido que como
el sordo usa una trompetilla usaba la pipa como aparato ortopedico!
Al final yo lo sabía, se abriría como en los bastidores de las comedias de magia y aparecería mt japón vivo o cosa por el estilo.
XVI.
LOS BIOMBOS

"'

OK

LA FKANCESA

Ya no por mi biombo de laca y perspectiva, por todos los biombos
hube de ttner aprensión.
Me desconcertaban los biombos de los cumás, pero ningunos que me
intimidasen tanto como los de la francesa.
· Teníamos una perla muy grande, herencia de nuestro padre, que
guardábamos para cuando buenamente se presentase la ocasión de 1•enderla.
Pasaba el tiempo y no se presentaba esa ocasión, decidiéndonos entonces a pignorar/a de cualquier modo.
FuíytJ el comisionado,}' en el simón de todos los días, con muchos
billetes en la cartera, como si los simones estuviesen blindados, me dirigí
a casa del joyero más amigo, que desde luego me dijo que no se podía
quedar con ella y que por str yo me iba a hacer una r'ecommdación.
-La única que podría comprar esa perla es una francesa llamada
Mademoisetle Nodier... No es una fortuna y es una fortu11a esa perla
tan grande... Depende de que se encuentre un comprador particular.. .
No es comercial... Sólo si esa mujer rara la quisiese como coleccionista ...
-Pues haré un via;e a París. . Mi pobre padre creía que era un tesoro ...
-Puede ser que Mad.emoiselle NtJdier se la .:ompre...
Me &lt;kspedí del joyero, que me escribió en una tarjeta las señas de la
francesa y una presentación, y me fuí a casa a notificar a mis hermanos
el chasco de la perla z·nmensa.
-Los reyes ya no compran las grandes joyas... No se puede tratar
con ellos y además no quieren tratar con nadie... Emplean su diner&lt;&gt; en
otra cosa que en joyas... Tienen bastante con dar vueltas y cambiar de

montura y marco las que tienen... En resumen, que me ka dicko eljoyero que,no puede ofrecer nada por la perla, que no es comercial aquí...
Que solo una coleccionista francesa, de la que me ka dado las señas,y a
la que me presenta, la compraría...
.. Todos convinimos en el viaje y salí para Francia con la perla muy
distmul,zda erz el equipaje...
En !~guida m_e dirigi a casa ~ Mademoiselle Nodier, cuya belleza
rejinadmma me imaginaba con m~edo, viéndola cubierta de perlas y sonrzendom, con tma dentadura perlma tambien. Me iban a ofuscar y desvanecer las perlas. ¡ Qué g, an timidez iba a ser la mía al sacar miperla
solitaria por grande que fuese!
, Dos biombos habúi en casa de la fra_ncesa, en aqutl gabinete en que
tema que hablar otra lengua, cosa que zban a hacer más difíciles precisamentr los biombos.
i~a a conocer una mujer que me era completamente descouocida, y
los bwm_bos me la recelaban más y me hacian temblar de timidez, p"es
las cortinas St! mueven un poco cuando miran a travts de ellas.
Los biombos, impasibles, me miraban. Ya había perdido yo todas las
ventajas que pudiera tener .1obre ella.
-Espere wz momento-me di.fo desde detrás de uno de los biombos
'
notándose/e en la boca los últimos alfilens de su toilette.
_Miré_al biombo con odio, encontrando en él lo que de libro cerrado
tema y como eran las tapaJ, el empastado de la vida humana la cubierta del libro.
'
L.~s rendí;~ t¡uizá me en/ilab:m a mí, pero yo no podía enfilar las
rendgas; me mtre receloso a los o;os alargados tkl biombo.
El bi~mbo iba~ hacer rue yo ve~dies~ mucho más barata la perla.
Mademozselle Nodzer habrta descubierto indudablemente mi timidez mi
.
. respecto al preczo
.
'
zg1tora11cza
de la perla, mi modestia.
Si no hubiera habido biombo, la sorpresa hubiera sido mayor y yo
kabría gozado de las ventajas de la sorpresa.
Por fin aparaió Mademoiselle Nodier. Toda iba llena de perlas y
daba por eso la sen&lt;ación de una mujer encapullada; de una dama del
mar sacada del naefraft,·o llena de sonrosadas burbujas.
¿Cómo iba yo a ensniar una perla más a esta mujer?
Desde detrás de los biombos ,ne vigilaban indudablemente, pues que
197

�LA PLUM:\

LA P L U ,\1 A
ptrdtrse'm su tntrtVista co,i ,u, tusetmocido a ""ª mujer tan
cM!g'ada ik perlas.
lA dal,m, 11n µan asptcto dt rtcitn lavaaas sus rosas brillant,s y
sus briJ!qs rositlwrllos. La lltpblm rtsplandores qutbrados dt una aurora ltJª"ª·
Por'.fa, ,u a/rt1,'Í a sacar,,,; ptrla. La miró como quim cotrttmpla
ti ~,uvo dt#lasia':° ptq~o, ti l,utvo como dt paloma que st lt ka ocumO&lt;J potlh' a""ª gallma,y levm,tóse y mt dijo:
_:_Voy a vrr si ts ~ua/ qut otra ptrla
tengo al,í a,ntro ... S,
futst ,gua/ 'st la adquirl11.
St µrdió dmtro dtl bior,1/Jo y mctndió luz tn la alcoba a gut daba.
Estuvt por as~r•t_a las rtndi_jas, desconfiado y co•o ymdo a sorpm,dtr _fd ;;;a,,tpult1aon dt la tstafa, pero m uguida volvió.
• T_ra,a la pn-lti m la mano, y dtsdt el primer momento vi qut no"ª
la miS#la, qut tstaba más amarilla y ltnía más marc,1dos los dos bollos
tJW par«t qw las 1,a,, luclto co1t los dttlbs n las ptrlas tsos qut /as
aprtttan y las manostan.
-No, no ts igual.
Mi,t kacia ti biombo con sarcasmo y rabia, como dicitndola sin
faltar a la galantería: «Dttrás dt tse biombo me /,i ka tscamote~do.&gt;
Ella, con_ la gran distir.cion qut la daban sus perlas, me di.Jo:
- Y lo szmto tanto.
. Volví a mirar al biombo al dtsptdirmt con mucko rttintÍII1 como si
mzrast con _tkJprtcio al /adron qut se tscondía dttrds dt/ biombo.
No ~/vrdart nunca aquel biombo burlón detrás del que kizo dtsapartctr "'' perla aq"ella francesa cuyas uñas "ª" como perlas y cuanao
tstuvitst dormida sus finos párpados sobrt el globo dd ojo tamóiin tomarimi asp,cto dt ptrlas dormi"1r.
. El nov~lista se detuvo al fin. Era muy tarde y estaba cansado. El
biombo, sm embargo, seguía retador y en pie.
1IO podía

q,,,~

XV
. El novelis~ siguió en días sucesivos su B10100. Tenía el coraje de
9u1en ~os fabnca y un_as veces emplea la gubia y otros ratos se vuelve
loe~ dandole ~ 1~ muneca y otros ratos se dedica a formar la humanidad
sutil de los masules.

«&lt;Qué hace usted ahora?», le pr~untaban; y él contestaba con orgullo de artífice: «EL B10MBO», y sonre1a con altivez, porque un biombo
puede ser cosa excelsa, refinada, pulida, interminable oora de arte.
Ya estaba en el capítulo XXII, en que se veía al fatal protagonista de
EL 81011BO casado y con un niño.
·
Andrés Castilla, sentado a su mesa y al cuello el¡añuelo que se ponía en las grandes etapas de trabajo, iba por la mita de su XXII capítulo, titulado Ei. GRITO ENlGMÁnco:
«Aunque mi esposa .1e negó a qut ."VO regalase ti biotHbo y lo cuidaba co,e los trapos s11at1e.1 J' milagrosos qut da/Ja11. profu11dos t i,u,u#ltrah/ts reflejos al biombo, yo estaba rtsignado; pero toda mirada qut
tcl,aba al biombo tra dt pma, buscando tn ti los sombríos prtsagios.
Parecía arrtpmtido y dulcificado porqu, lt cuidaba,e las manos dt
Esptranza; pero ltabia mucl,a tristeza en su cara morada.
Akora, cubrimdo la alcoba, sólo podía actuar sobre los que vivían
dmtro dt la casa, ya no tn las entradas dt nuevos emisarios dtl dtstino, como cuando vivía en aqutl castron con su salon-tstudio.
Como en este instantt, siempre le dirijo miradas qut pierdo con pnf ~tncia tn su paisaje qut en ti paisa.ft real a 'l"' da mi balcon. Algo
v,e,,t y va constanttmtntt m ti, y kay m su INmz ,ug,·a la vida dt las
vidas en abanico dt varillaje i11terminablt que se suudn1 tn ti techo dt
las kabitaciones.
¡Qui cómodo era aqutl sillón! En él me qutria morir.
Del brazo salía el atril en que co/ocaha la ltctura y jttnto al balcón
,,,, pasaba la tardt, oytndo el ritmo dtl tiet11po, cómo St dtsmenu::a,
como trascurre matando ti mundo.
El biombo t~ía tardts tranquilas tn que parecía que un paisajt mt•
nos urbano que ti qut se asomaba kacia dentro a travls dt los cristales
dt visillos dtscorridos, se reflt.faba en él.
C"ando de pronto kt oítúJ un grito tn ti fondo dt la casa, un grito
dt Esperanza como no In oí otro, como no ful dt fúlgido y dtsganador
cuando recibió ti telegrama dt la muerte de su padre.
-¡El niño! ¡El niñol-gritaba-, y su grito mt contu1.'o en tsptra
dt lo que apareciese, con las manos como ptim s dt mis cabellos enre-

dados.

mas

-¡Jli lziiof ¡Mi k(iol-gritaba con
k orror después dt kabtrlt
visto CN110 e.1 /u,:iese-. Yo en pie, quieto, paralizado, tirnndo del enredo
1 99

�LA PLUl\lA

u .-\
que me.había hecho m los pelos con los peines de 1flÍS manos, esperaba
lo que iba a aparecer detrás del biombo ...
/ Qué minuto de telón de la tragedí,1 cuyo procedimiento se ignora, el
que tuvo el negro biombo!
Y apareció el niño con el rostro q11emado, encendido, amoratado. Estaba hadendo caramelo J' había echado más alcohol sobre el alcohol encendido.
Recuerdo cómo cayó el biombo como en los grandes acontecimientos
sobre la cama, como acostado en ella, da11do un susto 111ás en la inquietud dd momento.
. D,spués he recordado mucho este mome11to, y siempre achacaré al
biombo el que agravase to que traía el wño en la cara, el niño al que
mi! mgañé al pensar que su madre había visto las quemaduras antes
que y~, pues ~l. niño,. com~ actor caracterizado por el peluquero de la
tragedia, corno hacza mi despacho, amotoso dt· enseiiarme su rostro
quemado por la bree/za entornada del biombo.
Hubo un 11zo11zento que fué cuando fl niño estuvo ht la alcoba, un
mo~ento antes de presentárseme, atnmesando el telón del biombo, que
el biombo agravó como 110 puede tenerse idea, pues vi a mi lzijo con el
dardo clavado en el corazón.
XX 111
LOS

VECINOS

DB

ENFRBNTB

Ni aun con la desgracia del niiio pude despedir el biombo.
-Pe,o ¿qui culpa tuvo el biombor-decía mi esposa que lo miraba
como las mujeres miran los recargados retablos churriguerescos.
Yo, la verdad es que tampoco me atreví a echarle. Era mi joya, y,
adeniás, todo lo que sucedía hubiera sucedido sin biombo. No hay que
salir fiador nunca de ninguna puerilida,d.
Nos tomaría el destino por débiles y miedosos.
Los biombos insignificantes sí los mandaría plegar y que se los llevase el trapero, como la puerta falsa e inútil, la puerta de la desgracia.
-¡Ha figurado tanto,en n1testro amor!-me decía ella.
Yo callaba, lo apreciaba, .Y, sin emhargo, lo 11/!Ía enlazado a la fatalidad de la vida.
-Hasta hago viajes por él... Me Paseo en esos estanques de laca en

I' L U ~t A

una góndola negra con gualdrapas ribeteadas de bla'nco de las que en
Venecia sirven pa1·a los entierros.
Nunca por su revés habia visto nada, J' eso que aquel día en que mi
tsposa tzwo mie.lo vigilé a aquella nmjer que nos constaba que estaba
tnvene11ando poco a poco con arsénico a su marido, par,: ver si lo echaba
en la taza de mi esposa.
Por el revés pertenecía al dueño del cotarro humano, al que da los
sustos, al enemigo malo.
Solo un día, estando arreglándome en la alcoba con ese sigilo con
q11e a veces nos arreglamos en esas alcobas que dan a una habitación
de recibir. como si hubiese siempre vzsita, aunque 110 la haya, vi en la
casa de enfrente a una dama desconocida hasta que dir~([Í esa mirada
por el biombo, y bellísima.
En cuando salí de detrás del biombo para contemplada de cerca,
como el que se acoda sobre el balustre que separa los retratos del público en los museos, vi que se metía.
No la volví a ver en va1·ios días, lzrzsta que otro día, estando de•th#
del biombo, vz que se asomaba con szgzlo, mirando el biombo lejano,
contemplándose en la gran dalia de color que debía de enviarle reflejos
extraños.
Me di ~uenta que era 1ma visio"n de l,1s 1eJ1d1jas del biombo, algo
que m realidad quizás 110 existía, una realid,zd que sólo existía citando
nadie la contemplaba.
En vano que yo dú igiese esas miradas a los balcones cerrados con
las que se quiere llegar a conmover a los que nos hacen caso.
Sólo me servían aquellas miradas para litografiar en mi espíritu la
casa ae enfrente; tenia el tono que yo quería que tomasen las casas y
las maderas que la empe,si.maban. Tenía envidia a aquella casa y, sobre todo, te,,ia ansias de ver szt jardín. Era un jardín del que .solo se
veían las puntas de los árboles desde fuera, pues tmía una tapia muy
alta.
E1t el jardín de ltz vecindad, en un laboratorio de otra viaa, en la
casa deshabitada de más allá, es donde se fragua el atentado c01ttra
nuest,a vida.
Una temporada gocé a aquella mujer pura t incomprensible mirando por detrás del biombo, y por su escasa pero clarividente rendija y

200
201

�LA PLUMA

L A P 1, U .\1 .A¡

las pinzas, y el que viese el único dunte postizo que tenia en el vaso de
cristnl.
Desae que aquel día quedó desterrado definitivamente el biombo, mi
vida es más tranquila y puedo contar con el día de mañana con cierta
seguridad, sin aprensiones de beata o pusilánime que siempre repite:
«Si Dios quiere».

dttrnnte esa tempwrada, quizás porque era _¡10 el vigilante Je mi propia
habitacüín y quitaba su puesto al malo, no hubo traición m mi vida.
-¿Qué haces ahít-me pregu,,trí varias veces mi esposa .1orprendié1Zdrime en aquel acecho-, y aunque realmente nn podía lzacer nada
malo, ella se quedaba escamada, hasta que un día vino sigilosa y' descalza para so, prenderme en mi escondite, y viendo por detrás de mí a
la mujer bellísima, siempre desgreñada, como si se arnbase de levantar
d.e la siesta, r111pujó d biombo hacia a/ante _Y quedé a la -vista de la
vaina en aquella actitud de fisgón mimtras mi esposa nu rec, imi11aba.
Se metió conimdo y 110 se volvió a asomar nunca.

FIN
Y después de escrita la breve palabra ideal, Andrés Castilla se
echó el pelo hacia atrás y se quedó reclinado en ei respaldo de su
sillón como si estuviese en la peluquería.

XXI V

..

RAMÓN GóMEZ DE LA SE1'NA.
jNO PASKS!

(Concluirá).
"Hasta que un día, de vuelta del trabajo, que dejé antes y por lo
tanto un poco a deshora ¡ara que me esperase, al abrir el picaporte de
mi puerta oí que me gritaba mi esposa:
-;No pases... !
Confieso que me quedé parado en 1•ez de correr con valmtiu kaáa la
verdad, fufSe la que fuese, y como tenía entreabierta la puerta miré hacia el biombo, que ya había alcanzado el máximo de su sarcasmo, de su
cel,stinismo, de su maldad e11cubrido,a.
A través de sus rendijas vi sombras sospechosas e inquietas moviindose, y entonces me acordé del biombo que había en la entrada del estudio de Luua No11icio y al traspasar el cual y ver a su esposa con otro
la mató, y despuis a JU suettra.
Aquel ¡no pases! que había pasado no había podido contener una
decisión fatal, y yendo a mi mesilla de noche cogí mi browning.
Seguía viendo las sombras que cruzaban por las rendijas como poniéndolo todo en su sitio, y sin poderme contener dí u11 salto, y dando
un puntapie formidable al biombo lo lancé contra los m,írmoles de la
chimenea y se hizo añicos, pisándole para acabarle de destrozar al 1r
haca mi esposa, q,,e contra la inducción del maldite biombo estaba sola,
y si me había dicho que no pasase era porq!te nunca la gustaba que la
sor rmdiese haciendo sus limpiezas íntimas, sus abluciones, la la/Jor de
202

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203

�LA PLUMA

PÁGINAS INACTUALES

LOS LISONJEROS Y EL PRÍNCIPE
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otra cosa muy importante tiene necesidad el príncipe de
la frudencia, que es para conocer el falso amigo y distinguirle del verdaderu, para saber quien es lisonjero y quien
es consejero fiel. Esta es cosa de tanto momento, que no sé
110 si hay otra de mayor en el príncipe para bien de su república. Para
entender bien lo que en esto importa, se ha de presuponer primero que el
homb, e, por la corrupción de la naturaleza, es muy amigo de .ií mismo,
Y tiene deutro de sí, metido en las entrañas, un amor propio que le ciega
Y le lisonjea, y le hace a·eer que merece m1tcho, y que por su casta, ingenio, letras, prudencia y talentos, debe ser antepuesto a los demás,y le
incita a estimarse a síy menospreciar a los otro.s.
E.ste amor propio es el que los griegos llamanfilautia, y dicen que es
ciego, porque riega a los ho111bres y hace que no se conozcan. Este amor
propio en los reyes y principes comúnmente es más poderoso, porque con
el regalo y mando,y verse servidos y adorados de todos, crece la co"upción de nuestra naturaleza, y así timen los príncipes más necesidad de la
divina gracia para conocerse y reprimirse e irse a la mano, que los otros
que no lo son.
Tambiln se ka de presuponer que unos hombres naturalmente son
ARA

204

más inclinados a unos vicios que a otros (conforme a su complexión, contiición y estado); unos son más inclinados a la ambición y apetito de
konras, otros a las blanduras y deleites sensuales, otros al interese, otros
a la ira y venganza, y cada uno tiene su particular alguacil y doméstico
enemigo, que le hace !aguerra.
Estas pasiones son más vzvas y má.s vehementes en los príncipes, por
la razón que dijimos de su grandeza y estado,y tanto más peligrosas que
en los demás, cuanto ellos son más libres y absolutos señores,y pueden lo
que quieren sin hallar resistencia en cuanto se les antoja; pues rtinancú,
en los prhuipes las pasiones que reinan m los otros hombres (porque
ellos también lo son),y siendo comúnmente más poderosas en ellos que
en los otros, por la razón que habemos dicho, si se acrecientan con las
lisonjas, y la llama que arde en elpecho delpríncipe toma mayores fuerzas con los soplos de los que la debrían apagar, ¿que .ie puede esperar,
sino que abrase al príncipe y consuma y vuelva en ceniza la república?
Guárdanse los príncipes con gran cuidado de los memigos de fuera, y
para ello tienen guardas de alabarderos y soldaaos, y no se guardan de
los amigos falsos y enemigos domisticos que tienen dentro de sus palacios, con tanto mayor pel~rro, cuanto son más blandos y más caser~s, y
halagando matan sin sentir.
Algunos que tienen entrada en los palacios reales, y son admitidos a
la familiaridad y privanza de su príncipe, como ven que para !()do lo que
pretenden de honra i interese, lo que mas les importa es ganarle la voluntad (que es la fuente de donde Ita de manar todo su falso bien, y hartarse, si hartarst! pudiese su loca mnbición y codicia), para conquistar esta
voluntad del príncipe, procuran que él entienda que no tiene criados ni
servidores que más le amen ni le sean más fieles; porque el amor naturalmente engendra amor, y no es hombre, sino tigre, el que no ama a
quien le ama. Para esto, cuando están presentes, están colgados de su
rostro y sus ojos moran en los ojos del príncipe. Cuando están ausentes,
205

�LA PLUMA
muestran que nuu, en de deseo ck 'l 'tr a su seiior; 110 pueden oir palabra
que no s,a alabanza suya; de día pien.&lt;an y de noche sueñan m él, y

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como unos cama/rones se visten de la color y afecto del príncipe, y como
espejo representan la imagen que ven tll él.
Si se ríe, ríen; si está triste, están tristes; si st enoja, salen de sí; si
enfermo, no hay quien les vea la cara,y lo que suele ser señal de un amor
encendido y vehemente, tienen celos y envidias entrt sí y aunque .fingm
quererse bim, cada uno pntmde desprivar al otro y tener más parte y
cabida ron .rn príncipe, y amarle sill competidor (como lo hacen los que
andan perdidos de amores); pero en lo qut más se desvelan es en juntarst
con aqutl amor propio y ciego que tenemos todos los hombres, como dijimos,y es más furioso y vehemente m los príncipes,y ir con ellos al amor
del agua y servir en todo a su buena o mala inclinac:ión; porque, asi
como el agua de los ríos toma el color de la tierra por dvnde pasa, y la
sombra sigue su cuerpo, y las líneas no se mueven por sí, sino por el
cuerpo cuyas líneas son, así ti lisonjero &lt;e mueve con el príncipe,y como
sombra sigue sus afetos y toma la color que ve en él.
Si ti príncipe gttsta de caza, ellos se hacen cazadores; si de música,
músicos; si de amores torpes y livianos, ellos se los alaban y procuran;
si es flojo y amigo de holt5arse, dictn que aquello es ser rey, y que se
descargue del trabajo con otros; .,i es cruel, que tl príncipe debe ser temido; si quita las haciendas a sus vasallos, que todo es suyo; si quiere
hacer alguna guerra injusta y peligrosa, que bim se ve que es hijo de sus
padres y digno de tales y tan gloriosos príncipes sus progenitores, y con
sus palabras y consejos mas blandos que el olio atraviesan como con
saetas los corazones de sus príncipes, como dice ti real profeta David. Y
siendo el ,·ey como tma fuente pública de todo ti reino, tstos lisonjeros la
inficio,;an de manera que no pueda manar della sino ponzoña y corrupción.
PEDRO DE füVADENEIRA.

CRÓNICAS LITERARIAS
ITALlA
K D'A!fNUNZIO A NOSOTROS.-U!'f NOMBIK y UNA FECHA: Pa.e:zZOLINI.-Pa-

san los años; los nombres jóvenes van poco a poco sustituyendo a
Jos viejos; pero en tantas tentativas, pruebas y sondeos, no se inicia todavía entre nosotros una nueva corriente de pensamiento .
Quizá no faltan esfuerzos individuales y subjetivos, de artistas probos y de grupos homogéneos; pero, después de la g~erra, en punto a filosofía,
estamos todavía en el idealismo de Croce y de Genttle; y en cuanto al arte, en
Verga. Nosotros digo, pua indicar los jóvenes, los últimos lleg~d?s, los que de
treinta a cuarenta años a la sazón, representan el desarrollo arhshco, filosófico,
moral. de esta generación. Porque, en cuanto a los demás, los que han permanecido fieles al estetismo dannunziano, al funambulismo marinettiano, o a la
filosofía positivi,ta, si no de años, son viejos de espír.itu, y, por lo tan~o, :uera
por completo de las corrientes directivas del pensamiento y del arte 1tahanos
de hoy. No es posible salir de estos términos por buena voluntad c;¡ue se tenga; al menos por ahora ... No obstante hayan sido mucb~~• y alguno conspicuo,
los propósitos de rejuvenecimiento o de franca renovac1on , estos esfuerzos artísticos O de pensamiento, no han colocado en primera línea a un gran filósofo
ni a un gran artista nuevo.

• • •
Estamos, pues, todavía en los tiempos en que nos dejQ La Voce de Prezzolini, ni más ni menos. Sólo ahora, a distancia de años y después de la guerra,
podemos comprender lo que el movimiento fJOCiano ha beneficiado a Italia Y al
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P L U ~l A

LA PLUMA

pE-nsamiento italiano. No se p·1ede decir otro tanto de la moral y de la política, si bien Prezzolini se ha esfonado en extender con todas las fuerzas del ingenio y del ánimo, contra la vida italiana en sus expresiones políticas y morales, la misma cruzada emprendida contra el mal arte y la mala filosofía. Pareció en el primer momento que sus esfuerzos-en los cuales le ayudó fraterna
L'Unitá de Salvemini-pareció, digo, que los efectos de su lucha se reflejaban,
aunque en menor grado que e ,1 el campo literario y cultural, en el aire malsano de ese mundo pútrido que eran-y son-el Parlamento y Roma; mas, ya
porque la guerra llegase demasiado pronto (ella apagó las últimas y limpidísimas chispas de la «Voce&gt; política) o por razones que sería largo dilucidar aquí,
y nada fácil el hacerlo, ni Roma, ni el Parlamento, ni en general la vida política de la nación se beneficiaron de aquel esfuerzo. Las campañas contra la guerra de Libia, contra el proteccionismo, contra Giolitti, contra los post-liados
nacionalistas en la poHtica, en pro de la moral sexual y de la escuela, en el
campo genérico de la vida moral italiana, si tuvieron resonancia en el momento, no así efectos duraderos; de suerte, que agotado el esfuerzo polémico, faltóle a Prezzolini, no digo la satisfacción de contar para algo en la vida de su
país-que ello no entraba y no entra en sus propósitos-. pero al menos el
ver planteados y resueltos algunos de los problemas que le habían ocupado durante años, con molestias e inconvenientes de todo género.

• • •
Quien pensaba años atrás, en la hora de la lucha, en Giuseppe Prezzolini,
imaginábase un hombre membrudo, de voz fuerte y tonante, una de esas figuras que parecen nacidas para dominar. Este hombre era la inquietud en persona. Había creado con Papini una revista, el Leonardo, batalladora, ávida de
polémicas, dispueata siempre a atacar y a discutir. Papini estaba todavía en
mantillas en punto a polémica; pero era Papini, que se iba desarrollando en
una Italia falta de años atrás de ingenios osados y entusiastas (Sbarbaro, que
tenía mucho menos talento, no era más que un recuerdo). Aquel Gian Falco,
tan preciso en el lenguaje y tan áspero en el ataque, gustóles luego a los jóvenes. Era un hombre que no tenía miedo, y a los jóvenes les gusta que no se
tenga miedo. Y además veíase deshacerse famas sólidas: grandes nombres
pomposos quedaban empequeñecidos, cabezas que parecían qué se yo cuán
ilustres reducíaase a términos harto más modestos. Gian Falco era Papini, y
estaba además Giuliano il Sofista (Prezzolini), más comedido, más señoril, pero

en sus intentos polémicos no menos severo y arrollador. ¿Qué era esta gente
que surgía de la 11ada y que decía sin ambages tantas verdades? ¿Quién era?
Giuliano il Sofista parecíame, no sé por qué, que había de ser un hombre
robusto: un coloso tonante en cuanto al cuerpo; y de ánimo, puesto que 1us
palabras se hincaban como punta de alfiler, malicioso; tal vez una mala
persona.

• • •
(Yo no era entonces más que un muchacho. Creo que cuando leí los primeros números del Leon~rdo-me los enseñó en mi pueblo un viejo pintor fracasado-no había salido aún del Instituto; era el tiempo en que muchos dioses
dominaban todavía nuestro cielo, y, al menos en provincias, se creía en Rovetta, en Barrili, en Stecchetti, en Pa1Jzacchi. De D'Annunzio se contaban fábulas maravillosas y encantadoras: un hombre que galopaba por la campaña romana y cantaba sus cantos apolíneos a musas de carne y hueso, señoras de la
alta aristocracia de Roma; que paseando en coche por la ciudad profería infamantes insultos para nuestros muertos de África; dulce efebo de garganta de
om, de cabellos de oro, feliz cuanto famoso, por amado de las más bellas mujeres, porque toda palabra suya tenía una resonancia musical, como la de los
antiguos dioses y semidioses.
¿Qué hacía el gran viejo Carducci? Su melena ya no se rebelaba; nuestro
poeta de las mejores jornadas estaba a la expectativa, y no sólo no protestaba,
sino que parecía escuchar tan contento las alabaazas que se prodicaban a Barrili, novelista de ínfima categoría, pero muy celebrado y leído, o a Rovetta,
dialectal y sentimentalón, o al Jacrimosísimo Daniele Cortis; mientras aceptaba flores de las mano&amp; pulidas de aquel efebo que cantaba tan gentil y feme11ino, sin estallar, sin coger el primer objeto arrojadizo y contundente que tuviera a mano. El ambiente era completamente retórico, falso, y la gente de
alrededor dulzona; todas las bocas vertían mieles; todo era bueno, bonito y cantante; un paraíso tal, ea suma, en el teatro, en sociedad y en la calle, que a
quien se hubiera armado tan sólo de palabras sinceras y rudas, le habrían linchado cuando menos...
¡Oh, Papini! ¡Oh, Prezzolini! ¡Cuán cerca estuvo de vosotros_ quien no_ten~a
la boca de miel y no sabía cantar en lindas palabras sonoras na una canc1onc1ll1 siquiera! ¡Cómo os escuchó y os leyó, cómo amó vuestr~ libro La cultu,:a
italiana, en el que hablábais al revés de los demás y por primera vez en Itaha
XIV

.,

zo9

�LA PLUMA

LA PLUMA
· 1a herei1
··a1. r,
c-n aquellas ¡&gt;áginas clara,; os vimos, Gian Falco •V Giuliano
osa'b a1s
,
·¡ Sofista vivaces ligeros, audaces, y os quisimos cerca, como no hab1amos
1
,
•
•
d'
querido nunca a ningún compañero o amigo; soñan_do encontraros un _ia, presentarnos ante vosotros, tímidos, claro está y humildes, pero convencidos de
ue vosotros nos habríais levantad&lt;&gt; de nuestra timidez y llam,idonos con un
;brazo. Porque voiotros, como nosotros, os sentíais también en ~e mundo harto ceremonioso y difícil; vosotros que érais, como nosotros, seuc11los.
.
Tú, Prezzolini, ¡no eras un hombrón de cuadrados hom~ros y cabeza leo~inal Cuando ví que eras casi de mi misma est~tura, me s;ntl confortado. Habian_
muerto. el . f✓eonardo,
pasado muehos an·o·" desde aquellos del Iast1tuto·' babia
.
¡
habían muerto Rovetta, Barrili y Panzacchi, y también tantas 1lus1ones de a

'"

primera juventud..
.
Rubio, con tus ojos claros que resplandecen de sinceridad, hablas al J?V~n
casi desconocido. La Voce está en la hora de mayor auge; t_ú ya no eres_ G1uhano ¡¡ Sofista el misterioso, sino Prezzolini, el h:&gt;mbre a quien_ toda ltaha conoce, con amor O con odio, el amigo fraternal de los jóvenes. G1an, Falco esti ya
lejos; aunque todavía contigo, marcha por el cam'.no de su ego1s11;0, en bu~c~
de su mundo que va, no ya enriqueciéndosele, hmchindosele: Tu, Prezzohm,
estás solo con nosotros. Nosotros hemos errado muchos cam10os; porque en
un momento dado, muerto el Leonardo y no muy viva todavía ~a Vo~e, hemos
buscado 00 sé si instintivamente o de propósito, otros apoyos literanos Y morales. P~ro tú esperas en cuantos has leído posibilidades poco vulgares, Y sabes que antes o después te seguiremos.)
•

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1

* * *

·Cuán difícil hoy e! reconstruir con elementos claros y didácticos el mundo
de ~yerl Pero si se dice que era «la época de las palabras_despilfarradas, tal
vez sea fácil-hacerse entender. Palabras escritas y pronunciadas a r:te un poeta
que nace; ante un hombre que obtiene una condecoración cualquiera; a~te _la
virgen que va al tálamo; sobre: el féretro de un grande hombre o de uno ms~gnilicantísimo. Época de las palabras: que los hombres lanzan ,en cualquier
evento y a cada minuto, y que escriben también a cada minuto y en todo ev~nto. El aire, con sólo que se abra la boca, sabe :1 retórica (es un sabo: que quita
el respiro) a i-stlidio mecánico. Nada procede del alma, de los sentidos. Se habla O ,e es~ribe, porque si no se ha~lase o se escribiese, esta gente que se extiende de los Alpes al Etna, casi no creería ser una nación; Y son tantas las pa210

labras, tantos lm; vivas, las músicas, los cantos, que el aturdimiento, el ato■ta­
mir.nto de la generación es '-Ompleto. Basta con abrir la boca para que la gente
aplauda, se agiten pañuelos al viento y viertan los ojos conmovidos IJ.grimas de
ll'do sabor. Es la época que aún no ba visto nacer al italiano verdadero; la época &lt;le la incubación en que todos sen monárquicos, incluso las moscas que
zu.11ban en la,; cocinas¡ la época anónima en que vienen al mundo el positivismo de Enrico Ferri, las teorías criminales de Lombroso, y nadie se percata de
Giovanni Verga.

*

*

*

Pero ;,oi::o a poco vino el despertar. No hablaremos aquí del socialismo, del
internacionalismo, de los primeros vagidos de los partidos subversivos q_ue nacían, sino sólo de la literatur1, la cual, aun siendo la última, como es lógico
-¿es lógico ea efecto?-, en sentir las bofetadas de la realidad, se di6 cuenta
un día de que el gran viejo Carducci, el único que hubiera ter.ido felices explosiones de ira y de rabia, dormía en su sillón y que el sueño ¡ay! amenazaba
ser largo, prolijo, definitivo. En rededor de su cadáver la academia velaba, para
que una vez apagado el viejo rebelde el aire volviese a calmarse como antes.
Pero en el ambiente notábanse las primeras señales del nuevo fervor¡ y si los
creadores no eran grandes, la crítica, con Croce a la cabeza, toreaba posiciones; y lo que Croce no podía reducir de su pensamiento a moneda corriente,
lo intentaron los jóvenes. La academia vigilaba; pero el clamor de las voces rebeldes, vago al principio, iba advirtiéndose cada vez más claramente. Todo el
profesorado italiano, hasta ayer a la cabeza, intentó defender posiciones y reductos; pero los asaltos se :mcedían por doquier, el iuego simultáneo atacaba
la fortaleza. Florencia, naturalmente, estaba en primera línea, y delante de todos, el Leonardo primero, ,/..,a Voce después .. ¡Cuántas famas que demoler,
cuántos académicos por vencer! Debía ser difícil la lucha si se piensa que los
asaltantes, aunque en gran número y audaces, surgían de posiciones descubiertas, jóvenes no ya sin cátedra, sino sin título incluso, con poca o ninguna fama;
y los asaltados, por el CQntrario, estaban muy altos en la consideración de la
nación, y alguno poderoso. Con todo, la lucha, a11nque nada breve, se resolvió
a favor de los jóvl'nes. Quedó D'Annunzio y quedó Pascoli, los cuales, en el
campo creativo y lírico, representabH cada cual una tendencia, pero todo el
cenáculo carducciaoo de mediocres desapareció, y asimismo los imitadores innumerables de aquellos dos poetas más representativos, incluído ;l bemllism•.
211

�LA PLUMA
LA PLUMA
Aclarada la atmósfera después de la batalla, los jóvenes se regocijaron por no
haber hallado sólo muertos en el campo. Sino también a los desconocidos del
día antes que de aquella confusión de cabcias rotas y troncos deshechos, sur~
gían por primera vez a la luz; Verga el primero, y luego Paozini, y después
otros, los no leídos, los abandonados en la sombra, los no funámbulos, los no
·arribistas, li,s artistas modestos y hurr.aildes.

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•

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Croce estaba ya; pero si no hubiese nacido La Voce, si no es Prczzolini,
Croce hubiera permanecido por mucho tiempo lejos de los jóvenes. Y diciendo
Croce decimos la atmósfera nueva, decimos el retorno a Verga (es decir, a un
arte claro específicamente italiano), decimos la caída de D'Aonunzio, decimos
un nuevo período literario que surge sobre los despojos del estetismo dannuziano y del postcarduccianismo harto profesoral 1 barto literario, en demasía
bajo por lo que hace a la crítica y en cuanto a creación. Quien intentó antaño
el parangón entre Croce y D'Annunzio no aventuró una paradoja. Con Croce
empezaba a germinar verdaderamente en Ita.lía una nueva juventud. A falta de
un gran creador y maestro {Verga no fué ni podía ser al mismo ti('mpo maestro y creador), (talia expresaba su deseo de verdad y claridad {sobre todo de
claridad) con este filósofo: e incluso a donde no encontraba lectores (transcurrió algún tiempo antes de que lo:. jóvenes se le acercaran) llegaba algo de él
(un reflejo, un eco) que despertaba atención y curiosidad hasta entonces no
experimentados. Prez.zolini representaba con su periódico el pensamiento de
Croce; y no en sus términc:,s más rígidos y científicos, sino emulsionado y destilado en el esfuerzo hacia la sinceridad y la cbridad. Naturalmente, los jóvenes que se iban dcstacand&amp; en torno a Prezzolini no eran todos filósofos ni todos crociaaos. Et más brusco había sido Papini. Grl'ln talento, acepta en el primer momento la fascinación de Croce; pero después esa aceptación le ocasiona intranquilidades1 arrepentimientos, rebeliones. De natural inquieto Yrebelde, llega el momento en que confía tanto en sí mismo que encuentra la fuerza
necesaria para sacudir el yugo y aun de reputarse capaz de un esfnerzo enteramente antagónico. Es el primer período de Papiní, del cansancio que precede
en él a rebuscas y excitaciones de varia naturaleza; las cuales culminarán un
día en la experiencia futurista. Pero los más son y siguen siendo durante mucho tiempo crocianos, Prezzolini el primero. 1A Vact es, sin decirlo, expresión
de Crocc, combate a D'Anounzio y el estctismo, se sacude el yugo de la acade~

~ia. se asoma a mundos hasta entonces desconocidos en Italia y los acerca con
diversas lentes (y por lo tanto con inevitables desproporciones y errores) al
joven lector italfano. Mientras Papini con sus extravagancias empieza a llegar
hasta el lector más ajeno y distraído, Prezzolini organiza cada vez mis estrecha
Y claramente su trabajo: primero con un libro sobre Croce, evidente en Ja exposición y en la crítica, copioso de grata lectura, armónico en grado sumo; y
más tarde con tentativas moralistas menos impetuosas que las de Papini, pero
no menos efi~aces sCJbre los lectores. Es la hora de auge de La Voce: porque
~as ~e sus directores, he aquí otros ingenios: Boia.e, admirable temperamento
mqu~eto, que re~uerda los tiempos del Slurm und Dra,s:galemin, entre poeta
~ filosofo_; ~o~ diversos sondeos en cada uno de estos campos y una imposibil~dad casi f1s1ca de esclarecer en la conquista del estilo el propio mundo esté~
t1co y mor~I, no obst~ntc su riqueza; Soffici, que va de la poesía a la pintura,
de la estética en senhdú genérico a la crítica propia y verdadera; Jahier, tem•
peramento montaraz, que empieza de ironista y un buen día se descubre
moralista y poeta; Slataper, un tanto rígido y encerrado en sí, pero de sentido
Y ánimo elevadísimos; y luego la poesía irónica de Palazzeschi que tritura los
mundos estéticos en que hasta entonces se ba mantenido en equilibrio el dann~nziai~ismo; y la crítica que encuentra en Serra al humanista, en Borgese el
dialéctico, en Cecchi el poeta ... ¿Donde está Crocc? Croce no escribe en La Voce
Croc_e ~stá en Nápoles con su revista reservada a pocos y su pequeño grup~
de _d1_sc1pulos. No está Croce, repetimos, pero está su aliento; en el que Prczzoltm, con inspiración de innovador, ha sabido imbuir el sentimiento lírico
que en Croce faltaba, es decir, el abandono, el eotusiumo, el calor; en una palabra, la juventud.

• * •
Se ha dicho que en substancia Prezzolini no ts más que un divulgador.
~ace Croce y él está con Croce; nace Gcntile y está con Gentile; nace el político en e! historiador Salvcmini y está con Sal ve mini; nace el modernista en
Rom?l~ Murri y está con l\forri; nace el patrocinador de los jóvenes, el editor,
e~ mishco Peguy Y sigue y copia a Peguy. No comparto yo, con todo, tales juicios Aparte lo ridículo de semejante posición, substanci~lmente equivocada,
p~rque un imitador, incluso de mediano ingenio, tiene siempre sus puntos de
vista, no me parece en modo alguno que estos amores y hábitos hayan ejercido sobre Prcnolini una influencia duradera. Prezzolini muestra. bien patentes

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213

�LA P L lJ \I A

.,

..1:¡,

en tu obra las scftalet de un tormt:nto interior que ha teuido sus orfecnes más
que en las !ecturu y en las amistades, en su adolescencia; la cual fué sí recogida y familiar, pero encaminada desde el primer momento a auto-investigaciones afanosas y ardientes. Siente y ama desde niño la poesía, pero la poesía de
las cosas se le muestra y rcsuen11. tal vez en su interior tormcntosamentc y aun
con cierto dejo de hastío; como si en el mundo humano y moral no hubiese
mú que injusticias, desequilibrios y desorden.
Esta sensibilidad particular que da a las cosas un aspecte insólito e inorgánico, revela o un poeta naciente, despectivo e irónico, o ua dialéctico y polemista. Y como no ha nacido poeta, apenas pone la pluma ce. el papel la po1ici60 que asume al punto es ofensiva, de ataque, de fastidio. Crítico, dialéctico, polemista, moralista ... , llamadlo como querais; pero quien lea sus primeras p'-ginas (de hace veiote afios) o sus 6ltimas de hoy, a menos que no teoga
ojos ni mente sanos, no puede engañarse: Prezzolini tiene una dirección y un
estilo. Dirección y estilo que tienen oscilaciones de toda suerte, retrocesos,
arrepentimientos, dcsequ.ilibrios, descontentos, pero que en todo caso son seftales de una personalidad de primer orden. Dura todavía en los más el engaño de la coherencia del carácter en el hombre: nacer enarbolando una bandera
y sin replegarla emprender la marcha hacia la C:.ltima morada. Engafio dialéctico de los más 1imples. que podía contar en tiempo de los guerreros y de la
política facciosa de la época de Farinata; pero que hace reir hoy que podemos
cuando nos place volver los ojos por doquier y sentirnos hermanos de poetas
del Eúfrates o de filósofos de Noruega. Personalidad de primer orden y no
sólo desde el punto de vista literario. Este hombre ha sido ciertamente un productor limitado; no ha dejado en sus libros, pocos en n6mero, señales de un
cerebro potente, pero su personalidad no es por eso menos enérgica y real.
Todos tenemos uo poco de Prezzolioi; es de los hombres que más cuentan hoy
y que mis contarán mañana, de los que más han podido influir con sus consejos cariñosos, con su desaprobación o con su desprecio; su ir.fluencia se advierte incluso en el ambiente de después de la guerra, en esta inquietud no satisfecha, en el odio profundo que los mejores de nosotros sienten contra la retórica, la falsedad, la política nefasta y el arte inólil; Prezzolini está con nosotros como si La Voc, viviese a6n resolviendo problemas o planteándolos simplemente como seis o siete ai\os ha. Hombre moderno se ha llamado cierta
ve~ y ninguna definición Je cuadra mejor ni le pinta tan a lo vivo. Hombre
moderno, que ycrra 1 que se vuelve atrás, que se balancea entre h. fe y la duda,

LA PLUM A
entre el amor y el desAmor, que intenta todas las experiencias y 1 una vez que
las ha aprovechado, las abandüna como despojos muertos; que se siente solicitado por toda nueva expresión de pensamiento y de arte, cada vez más jove n
aunque los año::! corran, y siempre e l primero cuando es menester hablar clA~
ramente y sin cálculo alguno. Su honestidad moral e intelectual es in:itacable 1
11s( como Sll sentimiento de hombre entre los hombres. Podrá también odiar
acaso este hombre rubio de ojos claros y voz: femenina; pero su odio es tan
franco y paladino que incluso sus enemigos se dan cuenta y estoy por decir
que se lo perdonan. Con su nombre y sus amistades podía haber ido al Parla•
mento tiempo ha; pero todavía no ha proouociado una sola palabra que aludiese. a semejante posibilidad o permitiese siquiera que sus amigos la pronunciasen.
Permanece en una sombra discreta de segundo término, y es entre los jóvenes de cuarenta años la figura más relevante y tal vez, si no por sus obras
por los efectos de su acción, la que más se recomienda al tiempo. Se afanan
todnía sus coetáneos, qui~n, procurándose una personalidad artística, quién
crítica o filosófica; pero sus libros pasan, ¡ay!, sin dejar rastro, en la mayor parte de los casos. La obra de Prezzolini, por el contrario, que incluso en los libros
es harto más modesta, corre bastante meuos peligro de perecer, porque está
polarizada en la sangt'e misma de los jóvenes que nacen y en el aire que respiran y respirarán (1).
MAaio

PucCINt.

•
(t) Obras de Prezzolioi: «Vita intima&gt; (1903). - cll linguaggio come cau~a
di errore».-«La cultura italiana&gt; (iu collab. con Papini).-cll sarta 1pirituale,.
«L'arte di persuadere&gt;.-cU 1 cattolicismo rosso&gt;.-«Cos'é il modernismo,.«Benedetto Croce&gt;.-«La teoría sindacalista&gt;.-cStudi e capricci sui mistici tedeschi&gt;.-cla Francia e i francesi&gt;.-«-Vccchio e nuovo nazionalismo, (in collab. con Papioi).-«Discorso su Giovanoi Papini&gt;. -«La Dalmaziu.-cTutta la
guerra&gt;.-«Paradossi educativi•.-«Caporetto,.-cViltono Vcneto•.-«UO!Dini
22 citta 3 Amici».-«Codice della vita italiana&gt;.
Vé:i. s,• el interesante «Servitorrc de Piana•, simpático libro de Adolfo
Franci, donde están diseñados con buen gusto y desenvoltura nuestro11 escritores más notables, entre ellos, y con felicísim a C3ricatura, Prez.zolini.
215

�LA PLUMA

LA PLUMA
ALEMANIA

[11

RANK WEDBKIND.-Marzo de 1918: Bruselas ocupada por los alemanes.

En vano un derrotista como yo ha resistido con todas sus fuerzas
a los hábitos de traición: han concluído por dominarme. Y todas
las mañan-as la llevo más al cabo leyéndome las diversas ediciones de la Frankfurler Zeitung; y así desde cuarenta y dos meses.
Los ccnsore5 de la patria me lo perdonen: nunca podré olvidar el alud de emociones que se apoderó de mí el 11 de marzo de 1918 al encontrarme con un
breve suelto en el periódico: Muerte de Wedekind.
Sé muy bien que Wedekind era casi un anciano en una época en que los
jóvcnés escaseaban más qut" las flon.•s en abril, y que ese mes de marzo
de 1918, al inaugurar una era de grandes ofensivas a!ems.nas, iba a snmir en la
aflicción a millares de familias. Pero también sé que ante la muerte de Wedt"~
ki'ld recibí la impresión del inevitabl&lt;'! desgajamiento de Europa, con más
fu e rza que ante los comunicados de los Estados Mayores, por terribles que fuesen. Porque, al 60, para Yosotros como para mí, para todos aquellos a quieues
la guerra no les destruyó su pasado, Europa consistía en unos cuantos hombres
y obras, en unos impulsos, y en la seguridad orgullosa con que se afirmaban
unos cuantos genios. En &lt;'!Se haz de individuos, Wedekind tu'fo siempre un
puesto, dond&lt;'! recordaba que la consigna intelectual más imperiosa es incapaz
de quebrantar la voluntad de emanciparse. En las horas más sombrías de la
guerra, cuando los individualistas más tenaces necesitaban de toda su reflexión
para no dejarse coger cu la trampa de las geu.~ralizaciones prematuras, Wedekind no dejó de ser uno de los raros apoyos de mi certidumbre.
Para muchos lectores, sobre todo franceses, el nombre de Wedekind no
evoca sino un escritor algo más grande, un poco más misterioso o un poco más
loco que los restantes. Para mí simboliza una de las grandes rebeldías de la
mente y del corazón y toda una época de heroísmo y de sacrificio. Su ejemplo,
la lección de su vida entera, la suerte de frenesí con que se erguía frente a su
tiempo, frente a las fuerzas coligadas del Equilibrio Naturalista, cuanto le concernía y formaba su atmósfera, avergonzaba a los indecisos y a los impotentes.
De tal manera, que ese hombre, cuyo único resorte fué la impopularidad y
cuya única paga fué el odio de dos generaciones, ha ejercido una influencia sin
igual en su tiempo, y todo el Expresionismo, en el teatro, pero también en la
216

.,.

novtela, y también, que es más importante, en la mentalidad cotidiaua (porque
el Expresionismo es un movimiento social), ha nacido de é l, o le debe cuando
meaos, su vitalidad.
Poseo el último retrato de Wedekind, el de los meses postreros, cercano a
la muerte, el de la faz dolorida y tranquila de quien ya ue abriga ilusión alguDd, pero que ha dejado de padecer. Sin resignación y sin encono: Wedekind se
había elevado sobre la una y el otro, hasta el plano en que el universo no es
más que un conjunto de espectáculos y de testimonios, en que hasta el azar
deja de ser temible. Mucho se ha dicho y repetido de Wedekind que odiaba a
los hombres, y alguna¡ de sus obras han servido para acercarle a Strindberg y
Ssologub, y clasificarlo entre los genios malditos e infernales. Cierto: puestos a
hacer comparaciooes literarias, esta era tan cómoda, que todo un batallón de
críticos no ha dejado de cebarse en ella. Pero la distancia que sep1ra a Wedekind de Strindberg es tan grande, que sóle un examen superficial puede conducir a equiparar sus genios. \Vedekind a nadie aborrece. Es implacable y
cruel a fuerza de la superior imparcialidad que le poseía, y porque 'iU curiosidad no se detenía en las lindes de la decencia com·encional ni en los problemas gratos a la escuela naturalista. Hay en su obra tipos de emocionante humanidad, delicados y tiernos, que en vano se buscarían en los di-amas del gran
autor de La danza de ,nuertt y de La Señorita Julia. Va confrontando los que suelen llamarse virtudes y vicios, e investiga en qué consiste la verdadera faz del
hombre, sin atenerse al patrón de las convenciones recibidas. \Ved t:kind está.
animado por el ideal de un Balzac en la Comedia Humana y como suele decirse, sus diez y nueve obras vienen a ser las piezas de un políptico inmenso.
Diez y nueve obras, y en realidad, uua sola. Rara vez ha incurrido en la debilidad de desquitarse de un agravio, o de sus apuros. Incluso cuando empieza
a ceder a ese impulso, torna rápidamente a la objetividad terrible, principal
característica de su teatro, y le ocurre a menudo que sale rehabilitado el Personaje a quien quiso A.acer odioso. Diré más: a menudo Wedckind se pone
en escena y ejercita contra sí mismo su sátira rigurosa. Se trata sin miramientos, se conoce mejor que nadie, y realiza e!:\e tipo de hombre, raro y valioso,
que acierta a escrutar su alma como si no fuese suya, y se apoya en ella para
observar a los demás.
Míresele por donde se quiera, Wedckind nunca transige; se afirma siempre
como una fatalidad, se substrae a la presión de sus contemporáneos. Ensu vida
cotidiana estaba fuera -de la ley común: durante los cincuenta y cuatro años
217

�LA PLU11A

,,,

•

.

'

que vívió (1864-1918) ejerció veint~ oficios distintos y permaneció constantemente al margen de la vida social; fué sucesivamente (cito de memoria, sin
preocuparme de la cronología) actor, administrador de circo, periodista, secretario del pintor mundano \Villy Grctot", redactor del Simplizissimus. jefe de pu·
blici::lad en h casa Maggi, vivió en Zurich, París, Londres, Marsella, Berna,
Leipzig, Munich, Viena, Hamburgo, Breslau y Berlín; se llamó Wedekind, Cornelius :Mine Haha Y. Heinrich Kammerer; conoció a todos los hombres célebres
de su generación, y todos se apartaron de él; conoció también la prisión política. Durante cuarenta años se ahitó del rudo gozo de luchar como salvaje con.
tra el mundo entero, y en el umbral de la vejez:, cuando el combate ya uo le
¡nteresaba, del gozo de no estar vencido. Es ~vidente que la burguesía alemana no lo aceptó, y por eso no se le hicieron honras fúnebres nacionales. ¡Ah!
Si hubiese sido Tbomas M.rnn o Gerhardt Hauptmann, la resonancia de su
muerte hubiese dominado un dla entero el cañón de Hindenburg.
Fuera de la ley común en su vida literaria: sin preparación alguna se hace
periodista y en ello emplea varios años metido en Suiza, hasta que le contratan
para alabar en modo lírico, las ventajas del caldo Maggi. A los veinti~éis años,
cuando empieza a escribir, y firma su primer drama, Frül,lings-E,-wadsen, ha
arrastrado ya su miseria por las cuatro puntas de Europa. Escribe sus mejores
obras rodeado de tribulaciones constantes, y al hacerse actor, en 1897, en el
Ibsen-Theater de Leipzig, consigue hacerlas representar apresuradamente.
aprovechando las excursiones por provincias. Logra imponer algunas obras,
si no a la admiración, por lo menos al estupor de sus contemporáneos: entre
ellas, Erdgeist, acaso su obra ma-i:slra. En la cárcel escribe una novela: Mine
Ha/Jn. Después, instalado en Municb, se limita a trabajar, a ir todos los años a
Berlín, donde le acoge Reinhardt, y representar en persona la serie de sus
dramas. Representacíones casi improvisadas; con pocos r.nsayos o ninguno; y
la mise rn scéne variable. Pero su genio suple por todo, y quienes· han visto a
Franck \Vedekind representar sus obras, Oa/z.a, por ejemplo. o el .A-Jarquis r,on
Keitk, y despu~s de muerto han asistido en los mejores teatros d(" Alemania a
)as representaciones c-..1idadísimas de c::sas mismas obras, dan testimonio unánime de la grandeza misteriosa de aquel hombre: no era actor, en el sr.ntido
corriente de la palabra, y sin embargo su estilo es inolvidable.
Fuera de la ky com6n en su posteridad: influyente como nadie en su tiempo, cuece de discípulos directos-felizmente-y quienes más le deben, temen
declarar sus simpatías por su arte y por su memoria. Creo que la muchedumbrt:
218

••

no se acercaría a él, por miedo de su genio, si algunos directores, como Falkenberg, Jessner, Weicbert y Hartung no acudiesen a su obra para alimentar el repertorio. Es un consuelo ver que los hombres de teatro, dedicados por afido
a descubrir las posibilidades dramáticas, reronocen unánimemente su genio y
están como embrujados por él.
Algo de vergüenza me da emplear ese vocablo:genio; y con tanta frecuencia.
Porque se presta a demasiadas confusiones e interpretaciones, y bien sabe Dios
que está raído basta la trama. Pero no dispongo de otro que exprese mejor lo
que pienso acerca del frenesí con que Wedekind µrofundizaba, llevándole a
destruir todo estorbo, y a reducir la tragedia del hombre al esquema de sus líneas esenciales. Hay dos modos de simplificar los espectáculos del universo:
detenerse en las líneas externas, ocultando con discreción la pobreza del artista;
horadar el aspecto exterior y dibujar con brutal concisión el contorno del alma.
El primero, si es excelente (cosa rara) puede llamarse sobriedad; el segundo, si
es lúcido. no puede amoldarse en una definición.
El teatro de \Vedekind rompe los moldeJ. de la psicología rutinaria. Ignora
la escala de valores y las mil y tantas maneras de levantar sobre el artificio de
una an~cdota la apariencia de la realidad. Ignora la hal&gt;ílidad teatral y de diálogo que constituye todo el bagage de muchos que presumen de dramaturgos:
algunas de sus obras, como 1odtmd leufeJ, van contra tod;1s las reglas y códigos, pero le guía el instinto, y cu:t0do cae el telón, reconócese que \Vedekind
tiene razón y que las tradiciones se equivocan. Si no fuese expuesto a confusiones diría que no tiene talento alguno, o sea, las cualidades brillantes y mundanas de las que un hombre hábil puede extraer gloria y una carrera esplendorosa. Es duro, agrio, inhábil; posee el don y casi el prurito de la impopularidad.
Carece de gusto, de ponderación, de elegancia, y si no es mucho decir, de economía. Como Miguel Ángel. como Tintoretto, Cervantes, Delacroix, Cézaone, y
como Nietzsche. Es superior a las clasificaciones.
Su teatro requiere la atmósfera y el acento de la tragedia, o l.t brutalidad de
las mario~tas. Nada común tiene con el naturalismo, y eso precisamente en
el punto en que Wedekind rae hasta el hueso la armazón de la sociedad moderna; es una lección, casi una conclusión. En el teatro contemporáneo entero
ac hallarán pocas pruebas más convincentes de que la deformación es la ley
creadora por excelencia. En esto residen la importancia y la significación hisricas de Wedek.ind: cuando el teatro alemán sufría un yugo tan pesado, que la
obra de un Hauptmann pareció a ciertos hombres de buena fe y de buena vo-

�LA PLUMA
LA

.'

PL U ~1 A

!untad una liberación, Wedekind aulló una denegación formidable. Es evidente
que su intransigencia logró menos atención que los atrevimienh.&gt;s mitigados y
diplomáticos del nombrado Hauptmann o de HOlz. Y el público, harto de esa
escuela, se volvió hacia lo extranjero y descubría a los grandes escandinavos ( 1890) y a lbsen. Pero esto no mengua el ~alar de la rebeldía en que secolocó \Vcdekind desde el comienzo: si pertenece a la clase de escritores cuyo
destino es que empiecen a conocerlos y comprenderlos sus nietos, las obras
que produjo dan testimonio por él. Lo que Reinhardt ha hecho por la escena,
Wedekind lo hizo por el teatro mismo; uoo y otro quebraron el cíngulo de convenciones que ahogaban al arte dramá~ico; para apreciar la calidad de su triunfo, piénsese en el esfuerzo sobrehumano que haría falta en nuestros días para
operar en la escena de occidente tal revolución.
Frank Wedekind libró su combate en toda la guerra de independencia intelectual que empezó hacia 1890 en los cenáculos, para lograr, diez años más tarde, al nacer literariamente la generación de Heinrich Mano, St"rias conquistas.
Pero al paso que los otros escritores de este primer grupo influían unos en
otros y arrojaban a la cabeza de la multitud tal lluvia de manifiestos, de teorías
y de artes poéticas que los oyentes más acérrimos no lo resistieron, Wedekind
afirmó su independencia, y guiado por su robusto instinto, se salvó de los- contagios y de las polémicas. Cuando los innovadores-me refiero a los que ostentaban ese título-no tenían más afán que el de dotar con ejemplos sus afirmaciones estéticas, y escribían novelas y dramas pensando demostrar la solidez de
su geometría literaria, Wedekind creaba para si y para el porvenir, dramas
exentos de las preocupaciones de actualidad.
No es mi propósito trazar una biografía académica. Generalmente, me aparto de catalogar la producción del autor de quien hablo, y dejo para los historiadores de la literatura la tarea de pegar en las obras de cada uno, como en tarros de farmacia, las etiquetas que correspondan. Pero voy a ser, por Wede•
kind, momenU.neamente infiel a esa regla general. Sin entrar en laberínticas
comparaciones y resúmenes, consignaré los datos suficientes para que los lectores de LA PLUMA animados de la curiosidad de conocer tales obras, no se extravíen o no vayan a abordarlas por el lado más escarpado ·y abrupto.
Debe abordarse la producción de Wedekind por el .F1·ül,lings Erwachm, que
es su primera obra, y la menos sintética de todas. Es un drama de la adolescencia, mejor que una crisis de la adolescencia; pero no hay en la Gbra ni rastro de inexperiencia técnica. De golpe, el autor se apoderó del asunto y de sus
220

...

medios, que ya no había de perfeccionar. Si hubiese tenido talento, en el sentido corriente del vocablo, habría mejorado su desempeño; pero no lo tenía, y
durante su vida toda, al expresar su pensamiento o sus inquietudes sentimentales, incurrirá en las mismas flaquezas. Siempre estuvieron en desacuerdo su
cerebro y sus manos: manos inobedientes, cerebro en demasía perspicaz.
La atmósfera de .Prühlings Erwachen permitirá al lector entrar llanamente
en Erdgeisl., una de las obras más grandes de Wedekind y en su continuación,
Die Büchse der Pand,ra; ambas violan la disciplina del teatro convencional. Por
estas dos obras se habló de satanismo. La fuerza, la satisfacción cruel del autor.
que confiere talla heroica a sus personajes esquemáticos, sublevaron a los críticos que tienen por axiomas la lógica y la mora 1. El personaje verdadero, iba
a decir el único, es Lulú, personificación de la mujer, que juguetea sin malignidad ni remordimiento con los sentimientos que la asedian. Esclava o dueño:
su elección es siempre instintiva 1 y ese perfume de inconsciencia flota de escena en escena, hasta la conclusión de la aventura. Es imposible resumir la
obra, ni la impresión que produce. Sobre todo, es imposible dar a entender
cómo dos obras de asunto tan trivial, al parecer, afirman con inesperada violencia su incomparable novedad.
Después de E,·dgeisi y Die Bückse ckr Pandora, puede abordarse todo Wedekind. A los que quieran limitarse, les aconsejaré que lean a continuación
OaJia, su comedia más fustigan te, escrita en 1908¡ en ella se pone en escena
\Vedekind, en el ambiente del periódico satírico Simplizissimtts, donde, como
he dicho, colaboró por bastante tiempo. A esta obra de clave la llamó l!:átira
de la sátira•; no puede llegarse a más en 13. objetividad y crueldad críticas.
Importa citar después Der Marquis von Ktiih, cuyos cinco actos están equilibrados con una prndencia y una ductilidad raras en Wedekind; desde el punto de vista de la forma es la mejor obra que ha escrito. Percíbese en esta autobiografía simbólica, una seguridad plena, y que el autor no se hace ilusiones,
ni en bien ni en mal, sobre su persona. Es un verdadero triunfo del análisis y
de la disección sincera y minuciosa del más íntimo y secreto mecanismo de su
corazón.
En fin, antes que remitirlos a las otras obras ¡:randes de Wedekind, So its
daJ Lthtn, Hidalla, y ese Sckloss Wetttrsttin, tan curioso por su forma (cada
uno de los tres actos puede constituir una obra aparte), acon'iejaré a los lectores eventuales de Wedekind los breves Eina!etern (comedias en un acto), donde quizá se ha expresado mejor que en obras de más aliento. Enumeraré las
221

�LA PLUMA

LA PLUMA
principales: Der Kam,,,e,·slinger, de una ironía exasperada, Tod und Teufel, que
concentra una tragedia en tres escenas, dentro de una casa de mal vivir, y .Die
Zenmr.
Wedekind escribió todavía otras obras; ninguna es insignificante, pero yo
no puedo detenerme más. Apuntaré tan sólo que también escribió poesías y
un cuento autobiográfico importante: .Mine-Ha/za.
P.1.uL CoUR.

..

TEATROS
sÁBAno.-Cuando se estrenó La noche del sábado se
llegó a decir que podría haberla firmado Shakespeare-adhesión
implícita, en todo caso, a la opinión que discute a Shakcspcare la
paternidad de su teatro.
En La noche dd sábado hay de todo como en botica. Si la receta pudo entonces parecer sorprendente, la originalidad que se le reconoció
descubre ahora a la luz del tiempo S'l grosera trama. El oro dannunziimo se ha
oxidado pronto, las perversiones literarias género J.orrain y Osear Wildc se
nos antojan cándidas, la novela y l:'I melodrama policíacos han venido a satisfacer el gusto de mucha gente sencilla que pretendía complicarse la asistencia
al teatro, mintiéndose paraísos artificiales en Ja·vacuidad de algunas comedias
extraordinarias. No es de extrañar que los perfumes de segunda mano a que
transciende el exotismo inocente de La noche del sábado huelan a rancio con los
años transcurridos desde su estreno.
Un acto de Gran Guiñol y otro pncuno,· del detectivism.o, desconocido entonces todavía del público español, en un ambiente de príncipes, rastacueros y patibularios de película-a letreros de película suenan las frabcs que se tuvieron
un día por dechado de inspiración poética-, constituyen el espectáculo de La
noc/re del sábado, reminiscencia del mundillo satírico de Abel Hcrmant, del lirismo exaltado de D'Annunzio, de un vago simbolismo nietzscheano, sin emoci6n dramática verdadera en el transcurso de sus cinco actos.
En la representación de ahora en el Español el espectáculo, por lo demás,
es deplorable. El pobrísimo lujo de la escena denota el error de antaño
al juzgar magnificencia literaria el oropel escenográfico. La inexperiencia
A MOCHB Dl!l

..

f

de 1~ _lindísima señorita Carbonell, el defecto del coujunto, ponen de relíe,..e la
frag1hdad del cuadro del cabaret, defendido, en el recuerdo de los que asistieron al estreno de la obra. por Josefina Blanco, que supo infundir a la Donnina
•
sin hablar apen&amp;s, la apariencia de un ente trágico.
~fargari~a Xirgu ha acertado en el cuarto acto a comunicar a su papel de Imperia un ahento de verdad humana. Habla, llora, mira sobre todo como una
mujer. No así en el resto de la representación, agobiada sin duda p~r el esfuerza de tanta declamación sin sentido.
No lo ticn~ tampoco el que imprime a sus pasos, desde los primeros en un
e~cenario de :,tadrid, la excelente actriz catalana. Esperábamos en ella a la pos'.ble renov~dora de un aspecto del teatro español. Su juego escénico revelaba
ciertas preciosas dotes de que se han mostrado siempre avaras nuestras actrices. Dotes esenciales de la condicióri femenina, cuya manifestación teatral no
debe ser tan fácil, cuando tanto las echamos de menos en las primeras intérp_retes de c~m_edias. Las actrices españolas acostumbran representar con excesivo coroed1m1ento los papeles harto convencionales que los autores escriben
par~ un público de sobra timo~ato. La salida de "largarita Xirgu en Madrid par~cia prom~tcrnos en ese sentido algo que, err6nea,meute dirigida, no ha querido cumplir.
Adolecen las heroínas del teatro español, aun en sus obras más grandes, de
cortedad de expresión-pese a la elocuencia con que exageran sus afectos-.
Suelen ser lo que se llama de ttna jieza, es decir, rígidas en demasí,1, suelen ost~ntar demasiado carácter, De ahí, en la decadencia del car.icter verdadero, la
tiesura, la ñoñez de las criaturas imaginadas por los a11torcs dramático, contemporáneos más aplaudidos, y el amaneramiento consiauiente de los actores.
¿~o era l~gico suponer que con una actriz capa.z de re~rcsentar mujeres, pod1an surgir los autores nuevos de comedias humanas, Entre tanto, Lady l\lacbeth y Hcdda Gab!er, la Cándida de Bernard Shaw y la LtJ.lú de Wedekind
~a Parisiense de Becque y la Judith de Hcbbel, hubieran sido buenos ejercí~
c1os para templar un temper.irnento como el de _:¡fargarita X:irgu. El atractivo
de su imje1f1cta lurmosura, subrayado por la intención sensual de su arte femen~no por excelencia, indícanla como intérprete de un teatro posible, ~ás
apasionado y sincero que el nuestro moderno.
Pero la Xirgu. temiendo el desdo del público afecto a determinados teatro:;, co_ntaminada por l3 rutina de los empresarios, lóin aliciente que la obligue
a trabaJar por algo más que por el negocio pecuniario de las excursiones a
223

222

�LA P L U~! A

.

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.,
•

provincias-mal negocio en definitiva-, va adocenándose de error en error,
pese a cuanto le quierau mentir los aplausos a los recursos afectistas y la adulación, no por sincera menos dañ0sa, de los amigos incondicionales.
-LA N1i1J. DB G6Miu:-All1As.-!\o había representado la Xirgu ninguna obra
de nuestros clá.sicos. Eduardo Marquina ha querido brindarle la oportunidad
de incorporar a su repertorio la interpretación moderna de una heroína de
Calderón.
Los primeros carteles que anunciaron el acontecimiento declaraban paladinamente la colaboración de Marquina con el autor de La Niña dt Gdmez-A.ria.r.
Alguien se llamó a escándalo, se disculpó Marquina sobre la dirección artística del teatro, y al cabo se corrigió el anuncio con la fórmula de la refundición.
Creemos, sin embargo. que La Niña de Gómez-Arias, más que refundida, es
una tragedia nuetra inspi: ada en una escena-magnífica y subsistente por entero en el arreglo-de la de Calderón. Creemos, además, que a ello hay perfecto
derecho .
La Ni,la de Gómez-Arias es un drama de lo más deslabazado de cuanto Calderón escribió. La escena que Marq11ina ba respetado integramente vale por
todo el drama. Ha querido darle la evidencia dramática que en el original faltaba, ba deducido de ella el carácter de la heroína y ha planteado sus antecedentes en otros términos que Calderón. Un mal entendido respeto le ha forzado a ensamblar la acción dentro de las triquiñuelas y efectos de que el propio
Calderón se valía conforme a los malos usos de entonces. No ba justificado tanto
los sentimientos como el engranaje exterior de las escenas.
De otra parte, la Xirgu, falta &lt;le recursos vocales y plásticos para abordar
la tragedia, en vez de aventurarse a una interpretación distinta de la tradicional, sigue las normas de María Guerrero1 cuyas aptitudes naturales cuadran
tan bien al énfasis, al aparato exterior de nuestros clásicos. la Niña de Gómer..Arias del Español, es un ejemplo de lo poco que se puede esperar de nuestros
actores y empresarios más eminentes. La decoración, no ya en su realitaci6o
por los escenógrafos y sastres1 en el coocept::&gt; que la ha dirigido, es prueba
irrefutable del desconocimiento absoluto de las nociones más elementales del
arte teatraÍ, en que prosperan los directores de compañías.
La inauguración de la temporada no ofrece el menor asomo de compensación de las anteriores.
U lf CRÍTICO IHClPlDTK.

PÓLUX A CÁSTOR
Igual que aytr lure koy d sol pres/ando
el armo,iinso fuego e,1 que se enciende
COll tan v,1rio color la titrra cuando

al clarín dt {ns gallos kuye el duende
callado tú la noclze; la campana
igual que ayer su agudo canto extiende
a travls tú/ azul de la mañana,
y lzoy como ayer alegre se despierta
el mulldo bullicioso con la sana
claridad en el rostro de quien citrta
ve la esperanza en que cifró su vida.
Pero la mía Iza amo.n,cido muerta.
Y Iza IÚ ser vano qut al rtcuerdo pida
el consuelo qu.t sólo da el olvÚÚJ.
Ya sé que anta,zo la lloré perdida
y al ritgo de mi llanto Izan florecido
tkspuis, cien ilusionts y quimeras
que el titmpo deskojó. Ya si que hall sido
mis Inocentes lágrimas primeras,
cual las de tantos otros, excesivas.
Cuando se cuentan ¡ay! por primavtras

�,,
'

LA PLUMA
los aJZos presurosos, son más vi·vas
tus quejas, corazón, y tamb~n s~be
mejor la miel que de los labio, /zbas.
Ahora es tal mi II isteza que no cabe
fiar en que el dolor, exhausto, luego
de llorar largo llanto con qut lave
la ·negrura del ánimo, sosiego
conceda a mi inquietud y nueva fuerza
para aspirar al bien a que no llego .
No esperéi&gt; ahora no, que me retuerza
las manos ui con trágicos desplantes
pretenda yo que mi pesar ejerza

'11

-(

.1

•

la mismc1, gravedad en lús circunstantes,
que me miran tal vez con atención
curiosa, por si soy de esos ama~tes
románticos que dan el corazon
tn coplas y drvitrten a la gente

.'

para cobrarse en conmiseración.
Yo ya no lloro; seca está la fuente
que de mis ojos manantial de llanto
lzizo, en los años en que no se siente
si no st //vra. Ya no lloro. Canto.
y no quiero mentir que unen su acento
a mi voz y sz, duelo a mi quebranto
las fuerzas naturales; que si el vitnto
gime en la obscuridad y suspiros finge
le falta carne para el sentimiento; . .
y por ,nás que nos duele ver que infrmge

,.

,..

la ley drvina del dolor la dura
piedra, Natliraltza eterna esfinge
11

226

LA PLUMA
ni nuestro bien ni nuestro mal procura.
Indiferente corre al mar el río
v el mar debe a sus sales la amargura,
nunca al kunzano llanto; desvarío
de poeta es creer que ríe el día
si él se muestra contento, y si sombrío,
trueca la luz al punto su alegría,
y ti citlo, antes streno,ya se cubre
de nubes g, ises que la poesía
dice que lloran porque llueve. Octubre
dorada palidez pinta en las hojas,
mas no el dolor que nuestro ,ifán descubre.
Insensible a las líricas co11gojas
de los hombres, ni la Naturaleza
da su sangre por tilos m las rojas
auroras estivales, 11i flaqueza
que es propia de mortal ptcko comparte.
En el día nefasto que ahora empieza,
alivio inútil me será que tl arte
a tu lamento antiguo ejemplo preste,
corazó11, p1·ete11diendo decorarte
de inspiración ajena. A usada veste
por cuanto noble sea, se resiste
mi grave luto. Mío, mío es este
dolor de soledad, y nunca oíste,
¡oh, tú, desconocido que me escu.ckas!
perderse en el azul eco ta1t triste.
Las peHas de uu amante, con ser muchas,
no juntan entre todas el tormento
en que yo nze co11sunz1, ni fas luchas
227

�LA PLUMA
LA PLUMA

TARDE DE SOL

tk amor son nada en parangón tkl ltnto
martirio qW! trabaja por vtncerm,.
No vengo a repetir ti vitjo cumto
de otros enamorados. Vtngo inerme
sin retórica lira con qta el o,o
de unos cabellos, o un amor que duerme
suave sueño de olvido, ca1ttt, a coro

con anticuados vates. No es lo mismo
que el suyo mi dolor, 111 muerte intploro
con gesto usado tk roma11ticismo.
No. De estJJ muda soledad mt qu,jo,
dt este ciego estupor, tkl Y" to abismo
que al irtt tú se ha abitrto en mi alma, vitj•
amigo, compañtro dt la suave
ligera moctdad, bla11do constjo,

1

•

...

r·

risutño humor y pensmniento grmJt

en que post mi juvmtud alada.
Al borrarse la ,stela tk tu nave
st mt ltund&lt; tl mundo en la primera Nada,

I
Gl sol entibia las cuartillas
!earece que oa a 1alir
de la blancura un poema de oro
y de topacios vesperales
C,l sol escribe lentamente
desde el cristal su alegarla.
9Jlanca algazara &lt;Ú papeles
iluminados.
II

.t:a botella del agua
tiene un halo de luz.
C,l sol circunda
ul cristal de una caricia
reberberante.
9lraña de mil prismas
descompuestos en luces refractadas,
corona de crepúsculos
por donde suben globos cautivos
hacia el sombrero cándido.

111
G. G.t.SPAR.

Gl perro blanco
tiene humo en su nieue,
nieve derritiéndose
sobre el tapiz dorado.

IV
:Mis manos, diez luces,
bujías en llamas,
sobre las cuartillas
se han quedado olvidadas.

.

RoGELIO BUDIDÚ.

''

�LA PLUMA
para que reunidos en u'1 libro no constituyan un2 f:'.Xcepción, mas señalen la
continuidad de la obrí\ del literato .

• • •

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LIBROS Y REVISTAS

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1." ~ !
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El'

Manuel Ugarte: Mi campaña hispanua1tlericana.. -Editorial Cervantes Barcelona.

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Un li?ro oportunísimo. Ha coincidido su publicación con la visita a España
del presidente electo d: la República Argentina, preludio, sin duda, de la de
Alfon~o XIII a la Aménca española. De otra parte, ea la misma época del año
orga_nnaba la Junta de Ampliación de Estudios el acos\urnbfado curso de ex-t~aDJCros en la Residencia de Estudiantes, pretexto para el intercambio creciente de pr~feso~es y alumnos. españoles y norteamericanos especialmente~
Aumenta a OJOS vistas la demanda de profesores de español en las Universidades Y ~scuelas de los Estados Unidos. La realidad parece desmentir el temor
profético del.poeta: ~lTanlos millones de hombres, hablaremos ioglés?t
La co!e~c1ón _de d1~cursos 1 escogidos de 1910 a 1920, de Manuel Ugarte, plantea co_n hnca ev1?e~c1a ~l problema fundam&lt;."otal de la América española: la
neces1?ad de res1sh_r.. al imperialismo norteamericano. Ello 110 significa, entiéndase bten, preparac1on alguna belicosa. El Sr. Ugarte es pacifista y por asegura: la paz clama en pro de 1~ unión sud-americana contra la federación anglos_aJona del Norte. A la d?ctrma de Monroe, paladinamente declarada por la reah_dad no ya en el cAmé~1ca para los americanos•, sino en un amenazador cAmér_1ca para los norteamen~anos,, opone el Sr. Ugartc el ideal unionista de los
h~ert~dores de las coloo1as españolas, reivindica para España un justo lugar
h1stónco, y promueve en nombre de la América española el problema universal de la libertad.
. Quéjase más ~e u.na vez el S:, Ugarte de las persecuciones de que ha sido
obJ~to, de la torct~~ 1nt~rpretac1ón que se ha atribuído a su campaña. Es el calvario de todo esp1ntu liberal.
1!-fi campaña hispanoamerica":a no es un libro de cuestiones diplomáticas. No
babia menester el Sr. U~arte srncerarse como lo hace justificando su actuación
política por la necesaria participación que cumple al hombre cabal en toda
cosa humana. El tono encendido, el aliento poético de sus discursos, bastan

Lea pensee"4 choisies d' .\le:x:andre )\ercereau. -Préface de Carios Larronde.-Collection de Penseurs Conternporains.-París, [ugene Figuil!re.
2 vol.
La nueva Colección de Pem,adores Contemporáneos que inauguran los Pensamientos escogidos de AJexand,·e JJerct.reau revela ese exquisito gusto de los libros, peculiar del aficionado parisiense. No es Mercereau un escritor de gran
público. Ensayista principalmente, es decir, cultivador de ese género cuyas
fronteras se confunden con las de la poesía y las de la filosofía puras, no tiene. es cierto, el número de lectores que un novelista, no ya famoso 1 de su misma categoría. Pertenece al grupo de escritores que, consideradísimos entre
los mismos literatos, empiezan ahora a aumentar las tiradas de su producción .
Nacido a la literatura con el siglo, revela su obra, lírica, de imaginación, de moralista, la reacción constructiva contra el decadentismo anterior. La influencia
difusa, intelectualizada, de Tolstoi en algunos escritores franceses de los más
caracterizados, muéstrase patente en estos Pensamientos de Mercereau, escogidos de sus dos libros preferidos: Pa,·oles devant la vie y Ev~ngile de la Bonne Vie.
·
Poeta, crítico literario y de arte, cuentista de fibra, &amp;us mejores cualidades
se resumen en estas moralidades, con las que Mercereau, contmuando una de
las roás puras tradiciones francc.sas, profes.l en la religión literaria de que son
s11cerdotes universales un Emerson, un Marco Aurelio, un Epicteto.

•••

(

P. Iscar Peyra: La bolsa y la vida.-Novela.-Calleja.
La bolsa y la vida no es una novela de actualidad. Ni el autor se ha propuesto al escribirla ningún tema de los llamados palpitantes o de ocasión, ni J;i;
manerll como está escrita revela esa comezón de modernidad fugitiva, en que
fatigan su esfuerzo algunos principiantes, no por repetir los últimos ecos de la
moda eurapea más originales. Por otra parte, aunque Iscar Peyra no haya publicado después ninguna otra obra, tampoco es ésta una novedad de librería~ en
la misma colección de la Biblioteca Calleja son más recientes otros varios títulos españoles y extranjerós. Nos mueve a hablar de La bolsa y la vida, el haberla r1!leido nosotros ahora, en un remanso veraniego-circunstancia lo más
adecuada para tal novela-y la consideración del silencio con que fué recibida
al salir a luz; por más que esta confabulación del sureta p,rofesional a que pireceo vocados los pocos críticos (?) literarios de la Prensa cotidiana no es nueva,
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230

�LA P L lJ .\1 A

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ni p'arece preoc:uparle gran ,-osa a los escritores, que es a quienes debiera interesar principalmente.
Las cualidades d~ novelista con que r:n La bolsa y la vida ise nos mue.::tra Iscar Peyra le señalan como un continuador del género que ilustró emiaentemeote D. Benito Pérez Gald6s. Galdós ha tenido una consecuencia lógica en Pércz
de Ayala. Lo cual no quiere decir que sus novelas se parezcan, ni delaten im itació~ ni calro. Iscar Peyra tiene ciertas afinidades con Pérez de A,yala, y esta
filiac160 tampoco implica depe11dencia del uno al otro 1 ni completa influencia
de aquél en éste. Las afinidades entre Galdós y Ayala son interiores, responden tal vez a un posible encuentro en el infinito de dos tendencias paralelas.
Las semejan.zas entre Ayala e lsca.r Peira son exteriores. Los tres beben en la
fuen te del humorismo: el grande, de bruces, casi bañándose la cara en la linfa,
ayudándose de las manos, a 50rbetones, re::odeándose a sus anchas, el otro degustando, paladeando el agua, y, sobre todo, mirándose en ella, con ático aarcisis1;0-o intelectual; el autor de La bolsa 11 ta vida, con comedimiento y circunspección, en buena vasija, quizá de Talavera, suya por haberla adquirido, con
instinto seguro, en el saldo de estilos nacionales.
La bolsa y la vida, más que novela, trabarla con rigor 16gico, en la que el carácter de los personajes se vaya definiendo por la manera como actó.an en ·la
intriga imaginada por el novelista, es una galería de retratos srn destacar apenas del ambiente en que están e-nfocados: una ciudad parecidísima a Salamanca.
Y aquí del acierto de Iscar Peyra, le que denota su condición de novelista,
pese al defecto de in_teris propiame11te novelesco que en la nanación se advierte: que mientras el turista estetizante hubiérase dejado llevar de la propensión evocadora a que invitan las de.radas pi~dras salmantinas, abigarradamente decoradas por los estudiantes de un tiempo, el autor de La bolsa y la
vida ha pintado la vida misma, el contraste entre el magnífico escenario y la
mediocridad de sus habitantes, herederos, en sus menudas querellas, de lapasión escolástica, de la picaresca estudiantil de la ciudad universitaria, sobre la
que triunfa hoy el espíritu rural del charro.
Tiene, sin duda, Iscar Peyra demasiada preocupación por hacer estilo académico, o se deja llevar de la facilidad que le .impele por el camino de la prosa
clásica, que viene a ser lo mismo. Exceso, sin embargo, que no nos atrevemos
a reprocharle sino con ciertas reservas, ya que revela al menos manifiesta disparidad con el criterio, que empieza a prosperar, de dar a las palabras un valor puramente subjetivo, lo que destruye el idioma como tal medio de entender:se unos hombres con otros.

•••
André Gide: La Puerta Estrtda.-Novela. ,Tradudda por E. Díez-Canedo.Biblioteca Calleja.
La lectura de La Puerta Estrecha nos produce un disgusto inexplicable al
pronto. Disgusto que nos producen :,iempre las obriils de André Gide, y que
culmina en esta novela, capital entre todas las suyfls. André Gide es jefe, si no

de escuela, de una tendencia, de una política literaria.. E:, la cabeza mas visible
del grupo de escritores de la Nouvelle ,,:evue Pra'!fªist'. Si le falta fuerza para
represt::ntar por sí ~olo al espíritu (':ª'!~és caractenzado hasta la g~erra en Ao~1.ole France perm1tasenos esta div1s100 grosso modo-, la reacción que venia
operándose en el criterio literario de París, reflejo de la actitud de los france•
ses, muestra en André Gide, ya que no su expresióo cabal, uno de sus aspectos más considerables. Por represeotatíva eo grado sumo, La Puerta Estrecka,
aparte sus cualidades que extienden su acción e influencia más allá de ~os limites perent0rios de Ja novedad, llega oportunam~nt~ ~ los lectores. espanoles,
no obstante los años transcurridos desde su µubhcac100 por nz pnroera.
Aparentemente La Putrta Est,·echa es una novela sencilla: un sacrificio de
amor. Aglavaine et Sdisette de Mac.terlinck, .5acrificios de nuestro Benavente, ~e•
velan la misma preocupación stntimental: dos hermanas enamoradas del mismo hombre. Aridré Gide sitúa la novela en un dmbiente burgués, y protestante. Escrita en tooo autobiográfico, el lector atribuye luego a intención moralizadora del novelista la sujeccióu a los preceptos bíblicos a que se someten los
per~onajes de la novela. De lo que se sigue el m~lestar que P.roduce su le~t.ura.
El can/ inglés, la prudencia exterior, la bipocres1a no ya soc1al, personahs1ma,
con que los protagonistas castigan sus pasiones, malgashndo su esfuerzo en
inútiles desistimientos, ·nos hacen antipática la historia de La Pue,·ta Estr;c!ra.
¿Por el tn'unfo de la virtud que en ella se c~lebra? No; hay al~o e.n, esa edificación cristiana que huele a Podrido, que trasciende a desmorahzac1on dec~dentista a Jo Osear WiJde, a deformación triSi.e de la naturaleza en sus me1ores
sentimientos. Hay esa vaga cuanto malsana confu!:tió? de .ª?etit~s! patente ~n
los devocionarios católicos para uso y desahogo de h1sténcas, d1s1mulada baJO
la contención de palabra, la sequedad de estilo, la pretendida dignidad de
conciencia. Esa doblez intelectual es lo que nos produce un malestar muy parecido al asco de la pornografía.
.
Sería cosa de estudiar las encontradas inclinaciones de algunos escritores
contemporáneos, cuyo desacuerdo con la room.! social de sus connacionales lleva aparejada la adhesión a los usos de otra so~tedad, separada, no más que por
un canal de la Mancha, de aquella en que nacieron y se educaro?. T~l el anglofilismo-anglicanismo pudiéramos decir en el caso de .André G1d~-del grupo
literario de La JVouvelle J(evue ftrattfaise, cuya expansión en el V1eux•Colombier-capilla protestante del arte teatral-denot-a. la misma propensión a que
se entregan, en sentido contrario, un. Beroard Sh~w y, sobre. tod?, "? &lt;;besterton, en Inglaterra, contra la hipocresta social. contra la co□ c:1enc1a bzbtica de la
sociedad ingles~.
En España, si no todavía manife~taci?nes literarias ?e ese e~p~ritu protestante, se observa en algún círculo reducido, pero cuya mflue□c1a 1rrad1a cada
día mavor fuerza la mis-na tendencia moralizadora de las costumbres, en un
sentidÓ inglés. '
En ese público hallará seguramente lectores gustosos la excelente traducción que de La Puerta Estrec/Ja ha hecho Enrique Diez-Canedo.

• • •

233

�LA P L U~! A

LA PLUMA
Paul Verlaine: Cordura (Sagtsse)-Trad. en verso de E. Díez CanedoEditorial Mundo Latino.

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Traducir _es_ oficio sobremanera árduo. Las traducciones de Enrique DíezCaned? se _d1:-tmguen sobre las dem~ al uso, aparte su perfección, en queparec~n inspiradas por un gusto especial, que les quita precisamente lo que de
oficio suelen tener las más de las que los editores publican. Las versiones espa~~las de poetas extranjeros modernos cuentan entre lo mejor de la obra
ong1nal de Canedo. _Algunas de /)el ce,·cado ajeno y de la Antologfa de Poetas
f1·1111ceses que triidu¡o con Fernando Fortún, tienen en español la misma virtud
que ~us autores \a,; infnndieron.
La que de c'''J'agesse publica ahora /1.,fmzdo Latin", en la Colección de Obras
compl&lt;"'tas de Vcrlaine, contiene más de una muestra preciosa de la excelencia
que apuntamos:
•Cae sobre mi vida,
negro y grande. un sueño:
dormid, Esperanzas;
dormíos, Anhelos.•
o los célebres tercetos que empiezan:
«Dios mío, vuestr~ amor me ha lacerado
y está vibrando aún la roja llaga,
Dios mío, vuestro amor me ha lacerado.•

,;

"

Cordura. no es 1 sfo embargo, la mejor versión de Canedo. La misma corrección y co1:tinencia. del traductor resta no poco. de la. música, que antes que
todo quena Verlaine; pero a la que no es posible siempre adaptar en otro
idioma, letra y espíritu.
~Deben traducirse íntegramente los poetas como Verlaine-los poetas-?
Qu1zá_no. Seguro~ estarnos d_e que, a no haber recibido Canedo el encargo de
un ed_itor, no hubiera traducido por entero un poema que, sin su música uativa,
!·e~et1~0s, se nos hace harto abstracto. Mejor nos parece la versión libre, la
1m1tac1on. de que gustaban tanto los poetas antiguos respecto de los clásicos.
En todo casn, hagamos votos por que nuestros reparos a tod.:1 traducción
puedan serlo siempre a cuenta del exceso de fidelidad de corrección de dig'
'
nidad poética.

• • •

.

Artemio de Valle Arizpe.-JJo,ia Leonor de Cdceres y Actvedo y CosaJ Tenedu.-Madrll:I, MCMXII.
No suelen ser de nuestro gusto las llamadas reconstrucciones históricas
Casi siempre. juzgamos del mérito de un trabajo en estilo antiguo, por el qu~
?ºS cues~a leerlo. Preferimos el artificio que disimula la manera de contar. El
ideal sena que la forma, de taCJ eficaz, se borrase luego de nuestra memoria,
234

dejándonos tan impresos el bulto, los colores de los objetos descritos, la animada gradación de los sentimientos imaginados, que llegara a confundirse con
el recuerdo de la verdad.
Hay, con todo, evocaciones cuya verdad artística requiere precisamente ese
artificio, como tal, sin disimulo, y aun exagerado con ostentación barroca. Las
dos novela~ breves reunidas en el nuevo libro del Sr. Valle Arizpe pertenecen
a esta categoría. Ya sus obras anteriores mostraban su predilección por el género.
En los tiempos comerciales que atravesamos, la literatura de Valle Arizpe
parece, más que oficio artístico, simple juego. Recobra en cterto modo la obra
literaria su antiguo prestigio de ocio inútil. Ese desinterés, si le presta atractivo por una parte, puede ser perjudicial en definitiva para el arte mismo. La
independencia del artista en relación con el gusto de sus contemporáneos, no
ha dC ser absoluta. De otra suerte, lo que empieza siendo inclinación aristocrática, acaba en manía.
Doña Leono,· de Cáceres '\' .4cevedo 1 Cosas 7medes, son dos cuentos muy gustosos. El primero sobre todo ganaría, a nuestro entender 1 descargado del engolamiento en que su autor se coro place con exceso. No obstante lo curtido de
nuestro ánimo a las impresiones de brujas y trasgos, las historias de aparecidos con que nos regala el Sr. Valle Arizpe se leen con interés. que alimenta y
solicita la socarrona parsimonia con que están cOotadas por boca de Jos protagonistas, harto conceptuosos.

* * •
Pernán Silva Valdés: Aiua del tiempo.-Poemas nativos.-Otros poemas.Montevideo, Cooperativa Editorial cPegaso•, 1922.
La autoinvt&gt;stigacióo, la introspección tan de moda, tieoen ancho campo en
la lírica. La minuciosa renovación de la sensibilidad a que ha dado lugar el
desmenuzamiento de los cánones antiguos, promueven en los poetas verdaderamente jóvenes, nuevos brotes de inspiración sincera.
.
Agua del tiempo, de Silva Valdés, nos descubre un ~oeta atento a copiar
del natural no la naturaleza muerta, impasible, sino la naturaleza viva, de que
su espíritu forma parte consciente. Violenta ■ do con decisión normas retóricas
y ritmos fijos, anota más que canta el paisaje espiritual de su América:
¡Guitarra,
no te queda un amante,
debe hacer mucho tiempo
que no le ves a solas con un hombre:!
&gt;Alégrate, guitarra .
En tu boca se hastían los cantos viejos,
penJ ha llegado alguien a estar contigo.a solas
y a hacerte madre de un canto nuevo.,
235

�LA P L l' ~¡ A

LA PLUMA

La América de Silva Va\dés no rs solo la dt"l centauro indígena, la del
poncho

•...
que des¡lUéS de una noche

aliento que le da carácter. Hacia las cumóres,.tiene algo de esa hipertrofia de la
expresión lírica, propia de los poetas americanos ..- Cu~bre~ y c~ndores en
campo de azul -. Su autor revela desde luego esa srncendad Juvenil, de creer
que canta por primera vez la tristeza que existe desde que hay poesía ...
y mundo.

i\ la intemperie
amanece cubierto de rocío,
húmedo de alborada,
húmedo y estirado
como si e l viento se lo hubiera puesto.&gt;

.,

•••

la del mate dulce
corrido de los salones
y arrojado a la orilla de las ciudades
como los chíogolos por los gorriones.•
«..•

Es también la del tango canalla en el cabaret criollo, la de la yiradora vendedora de placer, la del poeta moderno en cuya lira bárbara bay un eco dormido de vidalita ancestral.

•••

Napoleón Pacheco: Personalidad literaria de Ventura García Calaerón.-Re-

P':rtorio Americano. Publicado por J. García Monge.-San José de Costa
R1ca.
Persiste el benemérito editor García Monge en la tarea de reunir en su Biblioteca cuantas manifestaciones con ·ribuyen a formar una conciencia literaria
P!opiamente americana. No quiere esto decir que su Repertorio pretenda sigmficarse por el colorismo local. Tiende, por el contrario, a divulgar en América
el espíritu cosmopolita de los mejores escritores del Nuevo Continente. En
este tomito del Sr. Pacheco se estudia con simpático entusiasmo la personalidad de Ventura García Calde rón.
Peruano de nacimiento, europeo en toda la extensión de la palabra por educación, residente en París, García Ca lderón goza ya en los centros i:1telectuales
de toda la América española y de la capital de Francia de la consideración que
su labor múltiple le ha conquistado. Hombre de letras por excelencia 1 su curiosidad apasionada le ha h.echo asomarse a las ventanas del pasado y a las de
la aurora. Poeta, novelista, critico, su actividad ábrele sin cesar nuevas perspect_ivas, en que su espíritu vaga protegido por las sombras propicias de Rubén
Dano y Rodó, vates de la España americana. La juventud de las repúblicas
transatlánticas tiénele por Mentor amigo.

• • •
Gastón Pi~ueira:-Hacia tas cumbres.-Poemas idcalistas.-Buenos Aires.
.1ño de MCMXXII.
Hay una poesía americana, cuyas imágenes sentimentales, de un romanticismo muy siglo xrx:, y muy de los veillte años sobre todo, toman del pals el
236

1

B. Male■ pin.c: MtlaóoiiqutS.-Lyon.-lmpressions des Deux•Collines.
El Sr. Malespine dirige ttna rev.ista literaria, Manomftr~1 que ~o~ parecer
una de tantas revistas de vanguardia corno surgen en Francia, se d1strngue por
el espíritu sutil de su director. La donosura, el divertido ingenio de que hace
gala en su revista se multiplican en Métaboliqi;~s, delicios? fantasía humorística, sio moraleja, un tanto abstrusa, pero agud1s1,ma en S\t hgereza .. El cuento de
hadas, la sátira la novela de aventuras, la alegona, componen, báb1lmeote apuntados, los cuat;o breves capítulos de este librito encantador, muestra finísima
de buena gracia y gusto excelente.

• • •
Leó11 M.artin Granizo.-Paisajes, Homb,·es y Costumbt·es de la provincia de
Ledn.-Madrid 1 Imp. de Juan Pueyo, 1922.
Estos apuntes interesantísimos constituyen el tema de una conferencia
dada en la Sociedad Geográfica por el señor Martín Granizo, viajero curioso y
leonés entusiasta.
El seTero paisaje de León, sus hombres austeros, sus costumbres en q":e se
revela la antigüedad augusta de los montañeses, de lo~ parameaes ascéttce~1
de los maragatos exóticos, sus cantos, los más bellos qu.Jzá del folk-lore mus1•
cal de la península, son evocados con trazos eficaces en el rápido diseño compuesto por el conferenciante, en quien se reúnen la probidad del investigador
y el ímpetu lírico del poeta.

• • •
José Ignacio B■cobar.-Escritos .-Repertorio Americano.-J. García Monge. Sao José de Costa Rica, 1922.
El doctor Diego Mendoza señala en el breve prólog? de la selección p~r él
ordenada las circunstancias que adornan a D. José Ignacio Escobar, colombiano
ilustre:
e Frisa hoy con los setenta años. Hijo de un maestro, hubiera sido sie~~re,
como lo fué en los primeros años de su dora,,Ja juventud, a haberlo perm1hdo
las circunstancias 1 maestro de varias generaciones ... ReJentaba .en l~ Univ~rsidad dos dtedras: la del idioma español y la de Geograf1a ... La ciencia de R1tter
y de Humboldt tuvo en él un afortunado propagador.•
237

�L.\ PL U 11 A
LA P L U ~I .-\
. El Sr. Mcndoza ha e11tr;sacado de 1a obra de D. José Ignacio Escobar tres
discursos y do, breves artículos acere~ de 1~ cultura int~lectual y la libertad
hu01an3:, en que ~esplandecc la noble 10teoc16n, la clara conciencia del mac-stro
colomb1ano. cscntor t'!xcelcnte de ideas generosas.

• * •
Rogel_lo Sote~a: Hecogimiento.-(Apuntes, Comentarios, Rcflc:xiones).-Repertono Amencano.-San José de Costa Rica,

1g22.

'de Todo está dicho desde hace miles de años; ciertamente. Pero no todo se hª
01

O.&gt;

. Podrás lo~ pensamientos, sentencias y sugestiones coleccionados en el libnto del r. Sotel~ no revelar una originalidad destacada. Todos ellos contribu~·':0 a la comumón ideal de los hombres de buena voluntad, con los conceptos liberal.es so_bre que se funda. la civilización del mundo moderno. eTener un
poco de silen~10 entre el bulli~io y huir del contagio de los vanos., e No servia la patria solam_ente munéndonos por ella, sino también haciéndola más
~ 11 .Y m~s culta., ePiensa que tu mayor deber es revelar a los demás su espí~1.tu inmortal, y que tu más bello día será aquel en que hayas desenvuelto un
I0~•1 son lemas de otras tantas acotaciones abstractas: e Hombre,, «Patria,
cAite,, cAlma,, en que el Sr. Sotela agrupa consideraciones de varia filosofía.

(

.

•

r?'

r

C. R.C.

* * *
UNIDOS.-De un artículo pubhca~o por Edna Wort~l.ay Underwood eo la revista bruselesa Le Disque Vtrl,
colegunos algunas noticias y apreciaciones relativas a los p.)etas y prosistas
modernos de
• aquella
· repúbl 1·c·a. L a vtta
· l"d
I ad que impera
·
actualmente en los
Estados Uuidc.s
· · ha:en cast· 1mpos1ble
·
·
• •
, y la extens·ó
1 n d e ¡ t errttono,
encerrar en
u~a rt"d cntica de orden general el movimiento literario del país. En el Oeste
siempr~ .ha pred_omioado cierto ·dealismo político. En el Sur sigue reinando
un espmtu de mdo 1encia mczc Iad o con romanticismo,
· ·
y palpables vestigios
del~ esplendor del espíritu latino, heredado de los colonos que vinieron de Espana ~ de Fr~ncia. En el Norte y eo el Este prepondera el conservadurismo,
el egoismo. Con excepción de algunas grandes ciudades, la tendencia es I pcr
;~necer adheridos a las ideas del pasado. Hasta ahora, ninguna novela ha po:
1 0 concentrar todos esos elementos heterogéneos, ni es probable que tal
cosa se logre en mucho tiempo.
• -LA NUEVA GENHACIÓN UTBRARU IN LOS Esn.DOS

+

•

238

,

Las antiguas y podefosa, casas editoriales de los Estados Unidos se obstinan en aferrarse a las fol•mas literarias .arcaicas. Sin embargo, no faltan, entre
los poetas ni entre los prosistas, hombres nuevos, si bien muchos de ellos son
de origen extranjero. o llevan en sus venas algo de sangre extranjera. Las casas editoriales que más los han explotado son casas judías, porque los judíos
suelen hallarst: en la vanguarJia de los que se asimilan y explotan las ideas
nuevas.
Los que más han contdbuído al auge de la poe~ía nucva en los Estados
Unidos son Amy Lowec y Alfred Krymborg. La primera pertenece-e:s una
excepción-a una familia antigua. aristocrática y puritana. Miss Lowec esrá a
la cabeza de. la nueva gt-neración. Ha publica-do ya v•rias colecciones de poesías modernas, y recientemente, en colaboración con florenc(; Ayscougb, sinólogo distinguido, un volumen de poemas traducidos del chino. Su colección
flir Flower ra/Jlets es uno de los libros más notables rlel año .
Alfred Krymborg, autor de J/uskroom.s, Lima Beans y otras obras para mal
rionetas, ha sido el primero en brindar una salida a las obras de los poetas modernos, fundando la revista extremista Otl,ers. Es también fundador de la revista Broom, editada en Italia, en inglés; Krymborg vive en Italia.
Carl Sandburg, de Chicago, es otra figura notable entre los poetas jóvenes.
Es extremista, como Krymborg. Su (iltima obra se titula Siaó, o/ the Sun/Ju,·nt
Wesl. Es un innovador audaz.
Entre los autores de la nueva escuela son de notar, además, Lola Ridge,
Marianne Moore, Pascal d'Angclo, John Gould Fletcher, Williams Carlos \Villiams, Benjamine de Casseres (descendiente de Spinoza), Ezra Pound, Vachel
Lindsay, que ha recorrido las úidas llanuras del suroeste predicando la religión de la belleza, Baxter Alden, que ha interpretado las artes pláoticas del

Oriente bajo el título de Jnk o/ India and Gold.
Marsden Hartley maneja la pluma y el pincel, pero ante todo es poeta; delicioso estilista, aunque a~arente desdeñar esa cualidad. Entre los jóvenes,
Miss Zona Gale se ha labrado una reputación con su novela Afiss Lulu Bets,
adaptada al teatro; acaba de publicar un nuevo libro de versos: 1ke Secret,
Way. Una poetisa de once años. Hilda Conkling1 ha escrito un librito delicioso·
S!wer o/ the ffind, muy alabado
De los prosistas nuevos conviene citar a Sherwood Anderson y Ben Hecbt.
Este último acaba de publicar una novela de la vid:t americana, escrita a lamanera de los folletines populares. Anderson se esfuerza en adaptar a las normas

�LA P L U ~I A

!1

•.,

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•
•

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dejadas por Dostoicwsky, su propia visión etc los tipos del Oeste Medio. Sus
mejores libros son: Po,r White, Tlz, Triumjh o/tite Egg, 0/tio, 1/Je 1rlumpl,.,
Edgar Lee Masters acaba de publicar con el título Children of tke Ma,·ket
Place un libro que es una autobiografía ficticia , la historia supuesta de nn colono americano; no es una novela solamente, pero la reseña brillante e imparcial de la historia de los E. E. U. U.
lndelibk, primera obra de Elliot H. Paul, es indiscutiblemente genial. Contiene la historia amorosa de la hija de un judío y de un individuo de cierta familia aristocrática de Nueva Inglaterra. Upton Sinclair, que años hace asombró
a los lectores con sus revelaciones acerca de las fábricas de conservas, ha pultlicado una nueva novela, They Cali ,,,e Carpenler. Es la historia de Jo que le
ocurriría a Jesucristo si volviese a la tierra para vivir en las grandes ciudades
de nuestros días.
Algunos autores jóveues explotan lo que ellos llaman iofluencia de los Indios aborígenes y de la raza negra en la literatura. Lou Sattet ha escrito versos
excelentes sobre temas indios. Este invierno tuvimos en New York un teatro
donde los autores y actores eran negros. EJ libro de T. S. Stribling, BirJl,riglt.t,
nos ayuda a comprender la situación del negro educado que vuelve a1 Sur, su
país natal, que no ha variado, llevando la educación liberal de las Universidades del Norte. Es indudable que la edad de oro de la raza negra alborea. Pronto
nos dará buenos escritores y pintores.
Los negros publican excelentes periódicos y algunas revbtas. Anunciáse,
pua el otoño próximo, la publicación de dos novela.,. Cuando el arte negro floreció, en el pasado, fué muy original, y de exquisita calidad. El cerebro de los
negros ha almacenad:, mucha alegría, sin la cual nadie puede crear, pues las
raíces más hondas del arte están en la alegría. La sangre negra ha tenido fuerte influencia en muchos poetas portugueses y españole9 de la América del Sur·
El negro posee un alma racial que a6n no se ha manifestado, y que guarda para
Jo porvenir muchas cos:is. Cualquiera que sea la forma del arte en la América
del Norte, en él tendrá mucha participación la raza negra.

.

A110 IIl.

1

MADRID, OCTUBRE 1922

1

NúJIL 29.

CARA DE PLATA ~

COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA&lt;•l
ESCENA TERCERA

LA VERDE QUINTANA tk San Cl,mtntttkLantañón
escutto, que tkspitk a tr,;
VltJOS ceremoniosos sobre la sola11:a tk dorados sillares, ,·,gala JI monas/tea, Capas largas, varas JI monteras, los tres vitj'os se vuelven con un
mismo compás,JI kaun su genuflexión en la verde Q"intana,

'º". la rectoral al flanco, JI su aóad negro JI

EL ABAD

¡Dios os acompañe!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Con saludiña se mantenga!
EL VIIJO DE CURIS

i Y el Rey del Cielo nos libre a todos de coléricos y soberbios!
(1)

XVI
240

Véase L• PLUM.A. de septiembre, 19u.

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>Imprenta Artística de Sáenz Hermanos</text>
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                <text>Azaña, Manuel, 1880-1940, Redactor</text>
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                <text>Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967, Redactor</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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LA PLUMA
estoy, y eo él veo el peligro más grave que corremos en la hora actual. De antemano estamos dP. acuerdo, y únicamente, con lo que prolonga nuestros pen-·
samientos, nuestra inclinación, nuestros deseos. Al parecer, ya no sospechamos que el mundo puede tener sus caprichos, contra los que carecemos de defensa. Y, sobre todo, sus leyes, que nos convendría penetrar.
Nos contentan aquellas injusticia5 de que µodemos probar que somos víctimas. Sólo nos interesa ponerlas en evidencia; en lugar de reflexionar y de
trabajar.
.
.
¡Dónde y cuándo se ha visto re~o:npensada 1~ virtud? ¿En qué momento las
naciones se han mostrado agradecidas? ¿Por que aparentamos creer en toda
una pseudo-moral intt:rnacional, cuando somos realistas y t'Scépticos en demasía para haber incurrido jamás en la tontería de alimentar esa ilusión?
Pero nos es menester tener razón; es menester que los demás carguen con
el yerro: es menester, que en lugar del mundo exbtente, donde nos hallamos
a disgusto, se organice otro en nu_estro cerebro, en el que c.cupare!11~s el puesto mejor; si no puede ser el de triunfadores. por lo menos el d~ v1ctunas.
Todo esto, simplemente humano, carecería de gravedad, s1 no pasáramos
adelante, si nuestra inteligencia y nuestra industiia no e-;,tuvicran, a lo que parece, agotándose en esa representación falsa.•

AÑ'O III.

1

MADRID, AGOSTO 1922

NÚM. 27.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA&lt; &gt;
1

ESCENA CUARTA
EL ABAD DE LANTAÑÓN con escolta de chalanes y boyeros, entrapo,· la verde quintana de su iglesia,y ante elportón de la rectoral descabalga. Bias de Miguez, el sacristán, acude a tenerleel bridon de la montura. Tumulto de voces quiebra el verde y aldeano silencio. El tonsurado
esquivo y sin /tablar palabra, se mete por las puertas de la sacristía. Negro, zancudo, angosto, desaparece en la tiniebla de arcones y santos viejos. A poco retorna, y en el quicio de la puerta hace disimulo de no mirar a los chalanes, atento al tempero. Disputa d tr&lt;'pel de feriantes, y
se mueven las picas mtre (fritos y gestos. De pronto, sobre el patín de
la rectoral, aparece 1ma dueñ,1 pilonga, muy halduda, que co11 la rueca
m la cinta tuerce el huso y escupe en el dedo. Es Doña Yeromita, la hermana del Abad.
(1)

VI

Véase

LA PLUMA

de jnlio, 1922.
81

�LA PL U .\1 A

LA PLUMA
DOÑA JERO:\IITA

¡Jesús, con las voces! ¡Pues aunque estuvieseis a la puerta de un
ventorrillo! ¡No hableis todos a una, selváticos! ¡Hermano, ponga paz!

MANUEL TOVIO

Lo heredarán nuestros hijos.
DOÑA JEROMITA

EL ABAD

¿Cómo ha mediado el Abad?

No me sale del bonete.
DOF!A JEROMITA

MANUEL TOVIO

EL ABAD

El Señor Carita de Plata le negó la vereda, cuando iba a encomendar un alma.

¡Ave María!

¡Mi tonsura ha sido ultrajada por un carajuelo!

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

¡Qué sacrilegio! ¿Y vosotros aquí que buscais?

¡Jesús, mil veces!
EL ABAD vuelve a entrarse por la puerta de la sacristía. Bias
de Miguez le sigue sonando las llaves de la iglesia. Doña Yeromita, con
la rueca m la cintura y los brazos en aspa, baja la escalera del patín.

PEDRO ABUIN

La cabeza que nos acaudille.
DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

No hableis todos a una. ¡Ay, Dios, que me entere! ¿Con quién
tuvo mi hermano ese mal encuentro?

¿A mi hermano?
PEDRO ABUIN

Justamente. ¡No es otro mi clamor!

SEBASTIÁN DE XOGAS

Con un hijo del Mayorazgo.
DOÑA JEROMITA

¡Si aún somos parentela!
PEDRO ABUI~

En Lantañón no saben de parentescos. Allí todo es fuero y
altanería.
DOÑA JEROMITA

¿Es que volveis a cuestionar el pa~o por los arcos? ¡Cuándo tendrá fin ese pleito!
82

SEBASTIÁN DE XOGAS

Y el nuestro por el igual. No eres tú el solo. Tú eres uno como
los más, y no te pongas el primero. El clamor de todos es tener por
cabeza a nuestro Abad.
EL ABAD, negro y escueto, se aparece en la puerta de la sacristía,
con el breviario entre las manos. La tropa de chalanes y boyeros queda
silenciosa esperando que hable, y la dueña pilonga con la rueca en la
cinta y el huso bailándole al flarzco, se espanta en el ruedo del halda,
los brazos abiertos, aspadas las manos.

�LA PLUMA
DOÑA JEROMITA

LA PLUMA

¡Por el padre, pongo en la lumbre las manos! No me extrañaría
de los otros bigardotes, pero sí de Carita de Plata. Ya sabe cómo
anda enamorado.

EL ABAD

¿Qué esperais?
SEBASTIÁN DE XOGAS

EL ABAD

Su resolución esperamos.

¡Alma de Lucifer!
EL ABAD

DOÑA JEROMITA

Y yo espero a saber si sostiene la mala acción del hijo, el viejo
Montenegro.

De cierto que estaba bebido.
EL ABAD

DOÑA JEROMITA

¡Si como iba a encomendar un alma, hubiera llevado el Santolio!

¡Ay, hermano, para este sofoco le hará bien sangrarse! ¿Por la Virgen, diga, cómo ocurrió ese desavio?

DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces!

EL ABAD

EL ABAD

¿Qué preguntas, si estás enterada?

¡Condenado! ¡Irremisiblemente condenado!

DOÑA JEROMITA

SEBASTlÁN DE XOGAS

¡Jesús mil veces! ¿Y ha sido con Carita de Plata?
EL ABAD

¡Casta de soberbios!
PEDRO ABUIN

;

Con ese Luzbel.

La fama de lejos les viene. ¡Montenegros! ¡Negros corazones!
DOÑA JEROMITA

MANUEL TOVIO

¡Estaría alumbrado!

¡Negras almas!
PEDRO ABUIN

EL ABAD

¡Maldita casta de lobos!
DOÑA JEROMITA

¡Ay, hermano, no la reniegue, que aún nos alcanza una gota de
esa sangre! ¡Recuerde que demora nuestra sobrina bajo las tejas de
Lantañónl ¡Que allí la criaron!
EL ABAD

Pues la sacaré de esa cueva. Si el padre autoriza la violencia del
hijo, romperé para siempre las amistades.
84

.,

¡Señor Abad, póngase como es ley de justicia a la cabeza de sus
feligreses!
EL ABAD

Ya os he dicho que espero.
SEBASTIÁN DE XOGAS

Viene a significarse que su consejo es la prudencia.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

EL ABAD

Me la arranco.

Yo espero, espero, espero.

DOÑA JEROMITA

SEBASTIÁN DE XOGAS

Y a todos nos conviene ese parigual, en tanto transcun-en estas
grandes ferias de Viana. Después se verá.
PEDRO ABUIN

Todo es visto. Hay qt1e meter los ganados por Lantañón. ¡Hay
que meterlvs y venga lo que venga!
SEBASTIÁN DE XOGAS

Pedro Abuin, no hay cordura donde falta prudencia. cCuál viene

Muera el cuento.
EL ABAD

Jeromita, saca un jarro de vino para que estos amigos se refresquen. Yo voy a rezar mi breviario.
EL ABAD se quitó el bonete, signóse de prisa, y paseando a la
sombra del muro, comenzo el rezo canó11ico. La tropa dt chalanes se reparte por el murete de la quintana, eu espera del jarro de mosto. Era famoso el vino de la Rectoral.

a ser el consejo de nuestro Abad?

ESCENA QUINTA

EL ABAD

Yo no he dado ningún consejo. Cada uno es libre de reclamar
como mejor le cuadre, por la mala o por la buena. Yo en el ínterin
espero.
RAMIRO DE BEALO

El Señor Mayorazgo, si le rogamos, mudará de idea. Hay que esperar una virazón de su genio.
DOÑA JEROMITA

Pues id a verle.
PEDRO ABUIN

Otros fueron y solamente sacaron malos textos.

EL ATRIO DE LIMONEROS en el Pazo de lantañón. Doña
Jeromita aparece sobre un borriquillo con jamugas, saltante al trolt
titiritero, bien repartido por los bastes el vuelo de su falda de o,gandí,
y el manto con alfileres. Bias de Míguez, el sacristán, que viene como
espolique, azota el anca del borriqz,illo con una vara de verde avella110.
Entran por el gran arco con escudos y cadenas. La dudza pilonga descabalga en un poyo, tapándose las canillas, y el sacristán, con los brazos abiertos, está atento, sin tocarla, respetando aquella honesta pulcritud de abadesa.
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil v_eces!

EL ABAD

Pues yo iré y no me los dirá.

EL SACRISTÁN

¡Solamente falta que nos echen los perros!

SEBASTIÁN DE XOGAS

Por levantado que sea, tiene que respetar la corona.
86

DOÑA JEROMITA

¡No me sobresaltes!

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL SACRISTÁN

Pues otra cosa no sacamos, Doña Jeromita.
DOÑA JEROMITA

I!:!, SACRISTÁN

Ni por malas ni por buenas entrega a la paloma el Mayorazgo.
¡Como a hija la tiene!

Eso ha de verse.

DOÑA JEROMITA
ET, SACRISTÁN

Hay que considerar que venimos dos O\'ejas contra un lobo. ¡Dos
cativas ovejas!
DOÑA JERO~f!TA

No me quites ánimo, con esos romances.

La ley me ampara.
EL SACRISTÁN

Se ríe de leyes el viejo Montenegro.
DOÑA JEROMITA

¡Jesús mil veces!

EL SACRISTÁN
. 1

Este era pleito para el Señor Abad.
DOÑA JEROMITA

Son genios iguales mi hermano y el Mayorazgo.

S ABEL!TA aparece por la sombra de los limoneros: Canta la
nota popular y dramática del hábito morado, en la penumbra verde.
Tiene la niiza esa expresión triste que tienen las dalias en los flore ros.
Viendo a la dueña pilonga, corre a ella.

EL SACRISTÁN

¡Pues mismamente! A un fiero, otro fiero.

SABELITA

¿Ocurre algo, mi tía?

DOÑA JEROMITA

De un acaloro entre hombres, hasta puede sobrevenir un patíbulo.
Si hoy viene mi hermano, se pierde.
EL SACRISTÁN

DOÑA JEROMITA

¿Nada sabes?
SABELITA

¡Nada!

¡Si así se considera!. ..

DOÑA JEROMITA
DOÑA JERO!IUTA

Te mandé un aviso.

Yo creo que me oirá el viejo Montenegro.
EL S-.CRISTÁN

Para mi cuenta era m~jor no haber venido, y esperar una virazón.

SABELITA

Pues no ha llegado.
DOÑA JEROMITA

Vengo para llevarte. Disponte.

DORA JrnOMITA

Pero en el ínterin no puedo dejar a mi sob~ina bajo estas tejas.
88

SABELITA

¿Qué sucede?
89

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOÑA JEROMITA

A tu tío, cuando iba a encomendar un alma, se le opuso como un
ángel rebelde el malvado Carita de Plata.
SABELITA

SABELITA

Escuche mi tía: No se entreviste con el padrino.
DOÑA JBROMITA

¿Qué recelas?

¡Santísimo Señor!

SABELITA
DOÑA JEROMITA

Vuélvase a la Rectoral.

Y vengo para llevarte.

DOÑA JEROMITA

SABELITA

Y tú conmigo.

¿Mi padrino lo sabe?

SABELITA
DOÑA JEROMITA

Tenga espera, mi tía. ¡No me lleve!

Si lo sabe y lo consiente, vamos a ponerlo de manifiesto.
SABELITA

¿El tío cómo queda?

DORA JEROMITA

¡Ya estás llorando! ¡Guardas a los tuyos menos ley que a estos
lobos!

DOÑA JEROMITA

Hubo precisión desangrarlo.

SABEJ,ITA

¡Me criaron!
DOÑA JEROMITA

SABELITA

¡Ay, Dios! ¿Y me llevan para siempre?

¡Rebélate contra tu sangre! ¡Quédate!

DOÑA JEROM1TA

Para siempre i;erá, si tu padrino no contralleva la mala acción de
ese Barrabás.
SABELITA

SABELITA

¡No me rebelo!
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! ¡Seca esas lágrimas, no quiero verlas!

¡Cara de Plata!. .. ¡Vena de loco! ¡Alma de trueno!
SABELITA
DO?lA JEROMITA

¡Un condenado!

Acaso ... No sé ... Cara de Plata, si yo le hablase ... Porque él no
es malo.

SABELITA

No es malo, aunque lo parece.

DOÑA JERÓMITA

¡Perverso!

DOÑA JEROMITA

¡Un réprobo!

SABELITA

¿Pero cómo le hablo?

�LA PLUMA
LA PLUMA

DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! ¿Responde, niña, qué media entre vosotros?
DOÑA JEROMITA

SABELITA

¡Nada!
DOÑA JEROMITA

..

¿Sin fundamento?
SABELITA

Sin fundamento.

¿No es tu cortejo?
SABELITA

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

¡Hazle la cruz, niña! ;Hazle para siempre la cruz a ese malvado!
y lo que tengas en el corazón sepúltalo bajo siete estados de tierra,
Disponte a seguirme.

SABELITA

SABELITA

¡Inventos!
¿Lo jurarías?
¿Para qué me pregunta, si luego no me cree?

Ay, mi tía, tenga espera.

DOÑA JEROMITA

¿Y el propósito de mediar con ese descomulgado, qué representa?

DOÑA JEROMITA

1Y tú miramiento!
SABELITA

iABELITA

Todo puede arreglarse.

Una idea que me acudió.

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

A eso vengo. ¿Dónde mora tu padrino?

Tendrá algún fundamento.

SABELITA
SABELITA

¡Ay, mi tía, no le hable, no le vea!

Que desagraviase al tío.

DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROl\lITA

¿Qué temes?

¿Esa esperanza tienes?

SABELITA

SABELITA

¡Su genio altivo!

No sé.

DOÑA JEROMJTA
DOÑA JEROMITA

¡No me sobresaltes!

¿Tanto es tu influjo sobre ese Satanás?
SABELITA

¡Pobre de mí! Me acudió esa idea.
92

SABELITA

¡Mi padrino es un rey!
DOÑA JEROMITA

Pues yo seré una reina. Me veré con ese lobo cano, para saber
si ampara la mala acción de su lobezno.
93

�LA PLUMA

LA PLUMA
DOÑA JEROMITA

SADELITA

¡Ay, mi tía, si esté por llevarme, lléveme sin que me vea! ¡Sin que
lo sepa!
DOÑA JEROMITA

¡Entrometimientos, Bias!
EL SACRISTÁN

¡Ay, que me rachan la ropa los canes!

¡Jesús, mil veces! ¡Pronto mudaste! ¡Declara tu recelo!
SABELITA

DOÑA JEROI\IITA

Por tener el pico largo.

¡Pudiera oponerse!

EL SACRISTÁN
DOÑA JEROMITA

¡La ley me ampara! Me veré con tu padrino, y a sus palabras
corresponderán mis procederes.
SABELITA

¡Quise evitar una guerra civil! ¡Ay, que la ropa los canes me
rachan!
SABELITA

¡Suéltele, padrino, que está espantado!

¡El padrino!

EL SACRISTÁN
D.:&gt;ÑA JEROMITA

¡Ay, mi ropa rachada!
EL CABALLERO

Déjale llegar.
SABELITA

¡Calla, maldito, que aún no te llegan a las carnes!

No cuestione, mi tía.

DOÑA JEROMITA
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces!

Ponte a mi vera.

EL SACRISTÁN

¡Más me duele la ropa que las carnes!

EL MAYORAZGO, que salía por la puerta de su torre, se ka detenido en la gran sombra de piedra. Bias de Miguez, el sacristán, salta
y gime alflanco del linajudo, que le prende de una reja con mofa feudal, cercad() de perdigueros y galgos.

EL CABALLERO

Eres un filósofo.
J:L SACRISTÁN

¡Un pobre desamparado!

EL CABALLERO

Este zorro viejo me ha traído una embajada.

EL éABALLERO

Entra en la cocina, y ampárate con un jarro de vino.

EL SACRISTÁN

¡Por tu santo servicio lo hice, Jesús Crucificado!
94

EL SACRISTÁN

¡Ay, mi ropa rachada!
95

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL SACRISTÁN, renqueando, éntrase por el enlosado zaguán,y
en la sombra sonora del arco, ríe, con su ruda risa feudal, el viejo
Montenegru.
DOÑA JEROMITA .

¡Qué genio fanático!
EL CABALLERO

¿Cómo queda mi amigo el cl_érigo?

EL CABALLERO

¡Conforme! Pero este no puedo darlo.
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! ¿Quiere decirse que sostiene la heregía de su
rapaz?
EL CABALLERO

Estoy obligado.
DOÑA JEROMITA

DOÑA JEROMITA

Con arrebato de sangre, pienso que lo sabe.
EL CABALLERO

¿Sabe bien lo que hizo?
EL CABALLERO

Y lo lamento.

Siempre ha sido en la mesa un templario.
11
1

DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces! Otra causa motiva su achaque, y es el oprobio
que Je hizo un vástago de esta casa.

DOÑA JEROMITA

¿Entonces por qué lo sostiene, y rompe las amistades?
EL CABALLERO

¡Yo no las rompo! Pero tengo que llevar recta mi vara.

EL CABALLERO

DOÑA JEROMITA

Tarde o temprano habrá de doblarla.

Ya conozco ese pleito.

EL CABALLERO

DOÑA JEROMITA

No lo esperes. Conozco el propósito que traes. Sé a lo que vienes.

¿Y cómo lo sentencia)
EL CABALLERO

¡No puedo romper la vara de juez que me ha puesto en la mano
el Diablo!

DOÑA JEROMITA

¿Y qué dice?
EL CABALLERO

¡Nada!

DOÑA JEROMJTA

DOÑA JEROMITA

¡Algo dirá!

¡Jesús, mil veces!

EL CABALLERO

EL CABALLERO

No puedo dar ese mal ejemplo en mi casa.
DOÑA JEROMITA

Y da otros peores.

¡Nada!
DOÑA ]EROMIU

¡Jesú~, mil veces! ¿Qué encubre?
VII

96

97

�LA P L ü ~1 A

LA PLUMA
EL CABALLERO

¡Nada!

EL CABALLERO

¡Acaso! Acércate, ahijada.
DOÑA JEROMITA
DOÑA JEROMITA

¡No extrañará que le reclame la oveja de mi corte!
EL CABALLERO

Bésale la mano a tu padrino, y vamos caminando.

No lo extraño.

EL CABALLERO
DOÑA JEROMITA

¿No se opondrá a entregármela?

¡No llores, niña! Comprende que no puedo torcer mi vara.
SABELITA

EL CABALLERO

No la tuerza. ¡Adiós para siempre, padrino!

¡No me opongo!,
DOÑA JEROMITA

Puestas en discordia las familias, hasta por miramiento me
cumple reclamar la sobrina. ¿No lo estima de esa conformidad?

EL CABALLERO

Para siempre no. Tú volverás.
SABELITA

EL CABALLERO

¡Quién sabe!

¡Un rayo te parta!
DOÑA JEROMITA

¡Jesús, mil veces!

EL CABALLERO

¡Si Dios no lo quiere, lo querrá el Compadre Coronado!
SABELITA

¡Adi?s, piedras de Lantañónl
DOÑA JEROMITA

, .
'
¡Seca prontamente esas 1agnmas.
EL CABALLERO

No llores, niña. Tú volverás, que el tiempo es mudanza.

B LAS DE MI G U E Z sale por la puerta de la torre con unjarro de vino, borracho y bailando. La vieja pilonga se espanta en el ruedo
de su falda de organdí,y renueva la risa el viejo linajudo, mientras lzalaga blanda1nente la cabeza de la niña, que se arrodilla para besarle la
mano. E1i la penumbra verde de los limoneros, la nota morada es uit
grito dramático.

DOÑA JEROMITA

y muerte también.

FIN

DE LA JORNADA PRIMERA.

EL CABALnRO

También.
DOÑA Ji:ROMITA

Y castigo.
98

99

�L A PLUMA

CUATRO SONETOS
CONCEPTOS A UNA ZAGALA ARCÁDICA

l
1

:lJiáfana luz y claro pensamiento
el húmedo cristal de tus pupilas
difunde. Gl titilar de las esquilas
vesperales uniéndose a tu acento
reparte con la mansa voz del viento
el espíritu de las hipsipilas
celestes. .La invisible rueca en que hilas
tus sueños gi.ra en blando movimiento
sin que tus dedos-rosa y nácar- muevan
la virtud prodigi.osa que a tu mano
imprimieron las f/{,adas tus madrinas.
.La transparente· linfa en que se abrevan
tus líricos rebaños, el arcano
redil refleja al que gentil caminas.

1

ES TÍ O

.La verde pompa que no filtra el rayo
-ígneo dardo del sol que la ballesta
de la 91.urora dispara a la floresta
y con su luz enciende la de ;J,t,ayo,
;Junio dora, calígi.no desmayo
tropical vierte en f!ulio, y con que presta
brasas al rito virginal de CVestala verde pompa aquí fresco soslayo

me prepara en las líricas umbrías
donde con gusto mi razón navega
perdiéndose en soñadas armonías.
fMientras con su guadaña el tiempo siega
la cosecha inexhausta de los días,
y paso a paso 91.mor hasta mí llega.
INVOCACIÓN

cleñor ¿dó tu divino ser se esconde
que aún no me ha sido dado hallar tu huella?
¿Gn el Juego del sol? ¿Gn la alta estrella
lágrima de la noche? :lJíme dónde;
pues que vano ha de ser que ciego ronde
en torno al corazón de la doncella
o en derredor de toda cosa bella,
por ver si a mi oración tu eco responde.
fHaz que callado un punto el universo,
en la mística sombra en que me hundo
pueda yo ir modelando verso a verso
tu faz, &lt;Señor, copiada en el profundo
lago interior del alma, sin que el terso
cristal se empañe con el vaho del mundo.
IXSOMNIO

;J,t,ás negra oscuridad tiene la fNoche
hoy para mí. $oñando estoy despierto

�LA P L U 11 A

macabras pesadillas. 01 incierto
sobresalto sus muecas de fantoche
sonámbulo repite en el desierto
de mis cavilaciones. .Luego un coche
rueda fantasma por la calle. 01 broche
de mis cábalas tristes sigue abierto.
'Godo porque, la luna tras la lenta
nube que ayer fraguaba la tormenta
no pudiendo tender su argéntea alfombra,
sin reflejo me vi. Dtias ya trasciende
por el balcón el sol que el día enciende.
eon esa luz recobraré mi sombra.

c.

RIVAS CHERIF.

POSESIÓN
9l fMiguel &lt;Salvador y Carreras.

n

al descender del tren en el apeadero campesino . y ser estrechado por los recios brazos de mi tío Santiago. parecióme
descubrir en su semblante algunas huellas de preocupación
que venían a enturbiar la muy sincera y franca alegría que le
causaba mi visita. No pude menos de poner cierta secreta alarma en las
sacramentales preguntas de:
-¿Y en casa? ¿Cómo están la tía y Santiago?
-Bien ... Bien ... Como siempre ...
Mas después, por el camino, al subir en su ~cesto», al alegre trotecillo de las valientes jacas, cargadas de repiqucteadores cascabeles, la carreterilla que, entre sotos y pinares, prados y maizales, llevaba hasta la
quinta, cuyas blancas paredes brillaban en Jo alto de la colina entre las
redondas copas de los castaños, fué afianzándose cada vez más en mí la
idea de que a mi tío «le pasaba algo». Jamás lo había visto así. Había
no sé qué de forzado en las sonrisas que me dedicaba, en las palmaditas
que me daba en la rodilla de cuando en cuando, en sus expresiones de
contento porque tampoco aquel año dejara de ir a pasar en su compañía el día de su santo ... ¿Qué Je ocurriría? Enfermedad suya no debía
ser; jamás se le había visto tan fuerte y sano como desde que, dos años
antes, se había retirado de los negocios, traspasando en excelentes conA

103
102

�LA PLUMi°

~
~vivir
...,..u~~~~171r f.u~t1t..~yrobusta
~ajn_~ dí~ an~~ graaas a
~ í a venir la
preocupación.
uel mue
illo, hijo único del matrimonio, habíase
criado siempre, y sin saber por qué, con la salud más precaria. Apenas
era creíble que de semejantes padres hubiera podido originarse aquel
vástago débil, canijo, p ~ c~i,.~ ~ ~da suerte de males. Hacíase
querer por la dulzura de .G ciar!ctefy~ tonrisilla: espiritual y bondadosa que casi sin cesar iluminaba tristemente los delicados rasgos de sus
enferm~ facciones. ,t pesar_pe JU clara inteligencia, no había habido
m~de aedlca1tlbi ntíi~riftlue de estudios, con gran disgusto suyo,
y el buscar su fortalecimiento era el principal motivo que habían tenido
•• pacires, qa~lo adorabab,. p,ara :retira~ a '9i\fir en el campo.
El,«cat&lt;»&gt;: • detu\'ICJ ante la -puet1a del jardín, y mi tía, que debía
_,.. esiaclo acechamlo nuestra llegada, me recibió en sus brazos y me
eebrió de .btsos, rcle¡áadome la faz bal'iada en llamo. Hubiera debido sorprendeane aquelaneb,a~~n:persowa, aunque afectuosa, tan equilibrada
y dueña de sí, pero no me dejó reparar en ello algo inesperado que advertí entonces y que me dejó cuajado de estupor, sin que con palabras
ni caricias pudiera corresponder a las- ternezas de la buena señora. Por
lás'.llbiertu:ventanu de la Al~ arrancados al piano con indecible brío y
maesairía, l&gt;Nta\Jaw.a ~al• loll excelsos acordes de la Polonesa m fa,
cié Oaopin. Melómano apastonadfsimo, no había perdonado yo ocasión
en que oír a: IGs- mu grndei MÚSié?OS europeos; sin embargo, parecióme
amaa que jamó había ~hado nada semejante; aquel pianista, a
fuera de getnialtdácl,, lf1graba crear por segunda vez, infundiéndole un
catícta ~utamefitt ~gihill, ta tan traída y llevada Polonesa.
-~wa s? l!Quíén fdcli'-pregunté maravillado, pues en casa de
mis: áol s.le111pte hwbíarr sido todos absolutamente ajenos a la música.
--¿Qui4n ha idfJ ..m JEI hifto!
....JSánttagultef--exdmn@ ton un asombro aún mucho mayor.

-Como lo oyes.
-¡Pero si no puede ser, tía! Si a estas horas apenas habrá en el mua4P en~ quien pueda tocar esa Polousa de ese modo.
-Pues no es otro, sino él.
Y allí mismo, al pie de la ven.,_oa de donde surgía la cascada de sonidos, quitándose la palabra uno a otro, los dos buenos viejos fueron
dándome a conocer los antecedentes de aquel hecho que tanto me asombnba. Algunos días antes, Santiaguito, que acababa de cumplir los diez
y siete años y que jamás, ni en la cosa más pequeña, había dado el menor disgusto a sus padres, pretendió de pronto, y con una violencia
nunca en él conocida, que le compraran un piano. Fueron inútiles todos los razonamientos que para disuadirlo le presentaron. &lt;Qué iba a
hacer él con un piano si ni siquiera sabía cómo se ponían las manos en
el teclado ni tenía quien se lo enseñara? Con impaciencia '8da vez mayor aferróse tercamente a su idea, y en tal estado de excitación llegaron
a verlo, que, a la otra mañana, su padre, que jamás le había negado cosa
alguna, se fué a la ciudad e hizo que le enviaran, sin perder momento,
el primer piano que pudo encontrarse. Antes de la noche, ya estaba el
instrumento instalado en la sala. Entonces el muchacho, que todo el
día había esperado loco de impaciencia, sentóse ante él, y como si en
su vida no hubiera hecho otra cosa, con la mayor agilidad y dominio
había echado a volar sus manos por las teclas, tocando las cosas más enrevesadas. Mis tíos, aunque nada entendían, habíanse quedado estupefactos. Pero bien poco les duró la alegría: no hubo fuer7.U humanas que
arrancaran del piano a Santiaguito para llevarlo a cenar, y costó Dios y
ayuda que, cerca ya de la madrugada, dejara de tocar para irse a la cama.
Sin embargo, no bien fué de día estaba ya otra vez ante el piano; y desde entonces, casi sin _comer ni dormir, se pasaba días y noches tocan~
do... Iba a acabar consigo ... Y lo peor era que no encontraban manera
de dominarlo ... ¡Tan obediente y cariñoso antes!... Pues ahora se ponía
como una fiera si pretendían que se levantara del piano... Gritaba... Pataleaba... Casi había llegado a pegarle a su madre... ¡Y miraban de un
modo sus ojos! ... Digo, sus ojos... ¡Si no eran los suyos, Dios mío, si no
105

...

�LA PLUMA
eran los suyos!. .. Eran otros, ardientes y terribles, que sabe Dios de qué
modo hab/an venido a albergarse en sus cuencas.
Entre tanto, acabada la Polonesa, el pianista había acometido con
magistral bravura el San Franc:sco marchando scJbre l,1s ondas, de Listz.
-Ven, ven y lo veras-dijo la madre.
Entramos de puntillas en el gabinete inmediato a la sala, y pude
contemplarlo a través de la puerta de cristales. Si antes me había llenado de asombro el oirlo, casi fué mayor el pasmo que sentí ahora al mirarlo. ¿Qué había de mi primo, siempre tan dulce y modesto, en aquel
pianista, que, sacudía con soberbia su cabeza al compás de la música,
consciente de su poderío, y lanzaba terribles zarpazos al tembloroso
piano, tendido ante él como bestia recién domeñada, mientras la casa
entera se llenaba con la tempestad de armonías que nacían de aquella
lucha sobrehumana~ Ahora eran los acordes de la •..Jpasionata de Beethoven lo que brotaba majestuosamente de sus manos.
Al cabo de un rato, de contemplarlo, sin poder creer apenas lo que
percibían mis sentidos, reparé en que no tenía ante sí ningún libro de
música en el atrtl del piano.
-Pero ¿toca sin papel?
-¿De qué le serviría?-respondió el padre-. Jamás conoció ni
una nota.
-¿Cómo será posible? ¿Cómo será posible?-repetía yo cada vez más
maravillado, ya que las fuerzas de mi razón se consumían en vano por
comprender aquel hecho increíble, inexplicable, pero cierto-. Sólo
creyendo en milagros ...
-Sí-dijo la madre-; de Dios o del diablo.
Entramos en la sala en un momento en que el pianista había dejado
de tocar, y con aire de extremada fatiga se pasaba un pañuelo por el
sudoroso rostro. Apenas pareció saber quién era yo ni correspondió a
mi saludo.
-Deja, por Dios, ese maldito piano-imploró la madre-; sal con
nosotros al jardín y merendarás con tu primo.
-No, no; no puede ser, no puede ser-gruñó rudamente, y sin de106

LA P L U .\ l A
cir otra palabra, dejó caer las manos sobre el piano. de donde surgieron
con bárbaro esplendor los primeros sones del Carnaval de Schumann.
Sus pádres y yo, preocupadísimos, nos dejamos caer, al otro extremo de Ja habitación, en el sofá y las butacas. Yo estaba a cada momento más espantado. ¿Qué le había ocurrido al pobre muc~acho para que,
sin haber oído en toda su vida otra música que las canciones de la cocinera, pudiera tocar de repente con aquella mar~villosa perfección todo
el repertorio de un gran pianista? Además, parec1a en extremo alarmante su estado de salud. Su delgadez era ya esquelética, su color era el de
un cadáver, su cara ya LJ.O era más que lividez de ojeras en ~edio de las
que refulgían lúgubremente las encendidas brasas de unos o¡os, que no
parecían los suyos, como había dicho su madre. Weber venia ahora
detrás de Schumann.
Me levanté sin ruido e hice señas a los tíos para pasar al gabinete de
al lado.
-¿Cuántos días dicen ustedes que lleva de este 1:°ºd~?
-Hoy es el trece. El primero le trajimos el maldito piano.
-¿Y qué dice el médico?
-¡El médico!
.
.
-¿Pero no lo han llamado? Es urgentísimo. El pobre Sa~uagu1to
sufre una terrible excitación nerviosa. Hay que hacer todo lo posible para
calmarlo.
En seguida marchó el jardinero a la ciudad en busca del doctor. Nosotros nos dejamos estar en el gabinete, oyendo aquel poi:entoso to:ren~e
de música entre cuyas oleadas parecía irse a chorros la vida de la infehz
criatura. Todo Jo dominaba por igual: fugas de Bach, sonatas de Beethoven, valses y estudios de Chopin y de Listz, fantasías de Sc~u~ann,
rapsodias de Brahms, impresiones musicales de Debussy o Al_bemz, Borodine o Strawinsky. Cuanto surgía de sus dedos, por conocido y vulgar que fuera, cobraba misteriosamente un inefable prestigio d~ novedad, adquiría una trascendencia y vida nunca sosp~chada, volv1a. a tener aquel prístino y virginal encanto con que por primera ;ez hab1a sur:
gido en lo escondido del espíritu del artista que lo hab1a creado. M1
107

�LA P f, U :VI A
ánimo oscilaba entre el dolor y el entusiasmo: dolor por ver tan en pe-

:I
1

1J

ligro la razón y la existencia de aquel pobre niño que lo era todo para
sus padres; entusiasmo porque por primera vez en la vida me era revelado, como en su auténtica fuente, el arrebatador hechizo de la música,
en parangón con lo cual era sombra vana cuanto había logrado oír hasta
entonces.
Aún no eran las ocho cuando llegó el médico. Parecióle muy grave
la situación del enfermo y ordenó un enérgico tratamiento sedante.
Con mil trabajos logramos hacerle tragar unas pócimas que le recetó,
le dimos un baño tibio, lo acostamos.
Durmió pacíficamente toda la noche, la otra mañana, y aún seguía
durmiendo cuando llegó el médico por la tarde.
-¿Duerme aún? ¡Magnífico! No lo despierten por nada del mundo.
No creí que tan pronto hubiéramos podido triunfqr de un trastorno tan
violento.
Se fué dejándonos a todos algo más animados. El enfermo siguió
reposando con el sueño de un recién nacido el resto de la tarde y la
noche.
Serían las nueve de la siguiente mañana, estábamos aún desayunándonos en el comedor, cuando se nos presentó con su ropa de dormir, tal
como estaba en la cama. Tenía otra vez su dulce y bondadoso aire habitual y estaba pálido, flaco y decaído como si convaleciera de grave enfer
medad. Los padres se angustiaron mucho al verlo llegar así, pero él aseguró muy alegre que se encontraba mejor que nunca, me abrazó con
gran cariño, celebrando que también aquel año hubiera venido a hacerles mi acostumbrada visita. Comprendí que no recordaba haberme visto
antes.
Lo obligaron a que se vistiera, le sirvieron el desayuno, que tomó con
excelente apetito. Pasan .os después a la sala.
-¡Hombre! ¿Un piano?-exclamó palmoteando-. ¡Qué idea! Es lo
que más falta hacía en esta casa. Ahora verá usted, señor primo, qué
concierto Je doy. Un «recital», como creo que se dice ahora.
Sus padres y yo nos quedamos helados al verle levantar la tapa del
J08

LA P L U ~I A
piano, sentarse ante él. .. ¡Dios mío! ¿Cómo no se nos había ocurrido hacer llevar de allí aquel condenado instrumento?
-Fijaos bien -decía con gran regocijo, sin reparar en nuestras caras
de espanto-. Ni Paderewsky lo hace como yo.
Y con un dedo solo fué tocando torpemente: «No me mates, no me
mates ... »
Volvióse hacia nosotros, que estábamos pálidos y temblorosos, y exclamó con una gran carcajada:
-Veo que habéis enmudecido de entusiasmo. Si tanto os ha gustado, lo tocaré otra vez, pues aquí da fin todo mi repertorio. ¡Cuándo yo
decía que nada era tan necesario en esta casa como un piano!
RAMÓN MARlA TENP.l!IRO.

109

�PÁGINAS INACTUALES

EL CAUDILLO
(de 1Ql5 Vélez) era """ di los ~/eros #l4s vaúrosos ~I ~1111do, pw.liñ,dose co11tar_ mtre los 111ds ti/#r1s
dt Espana, 111tlusos tllJtUl/os t}tu tu1Jzeron #lás no,n/JradJa,
t01'l0 ti Cid, ti c"""4 Ftntá11 GonBálea, &amp;r11arrio dti Úlr·
jio, Y otros capitmus españoús m11y esclaret:idlJs. Esto lo &amp;O#fi,wd ti
e,nptr~&gt;r don Carlos V, 1'11estro seiíor, esta,,do en Cartagma de 1n11/ta
de A,jtl, y""14lt a IJesar las 111anos ti 111arqllls don Pedro, padre dtl
don Luis. dt quien alwra vatamos; y q,u l,alJilndole abrazado y levantado del s111/o donde estaba de rodillas, le dijo lo primero: «mar9uls,
/Jun, kijo tenlis,y óim podlis decir tJUI es u110 de los bumos de España:
asl lo Iza mostrado en todas las ocasioMts que se Iza !,a/lado co11migo.&gt; A
Jo Cllal respo11dió ti 111arquls don Pedro: «señor, yo y él estamos al ser'Vit:io tk 11utstra real y cesdrea Ma;estad /,asta la muerte.&gt; Tonidle ,.
abrasar ti emperador, dicieNio/e: «tal SI tune entendido tkJy de VOS.&gt;
..• E.r puts de saber tJM ,J smor &lt;Ion Luis na 1,omóre 111uy gmtil, de
rtcios y doblados miq,/Jrc, te1lia doee ¡alt111S ti( alto, tres de espalda
Y otros tres de pee!,,; forllido de /Jru'N y jÑrMaS, '4 pantorrilla gruesa
Y iien l,ecl,a a l ~ de su taHt, el vado et la pi,,_ delgado, de t,iJ
ma11era, 9ue j ~ p11do g(I.Star /Jot4 dt! cordobán j1t.rta, si "° fuese de
ga111ito de ~ s ; calzaba trece y 111/Ís putos de fe, y era tan bim
trabado, nluc/,o y d#ú, qw no st «Wa de wr s11 altura; el color mormo cetrino, los ojos grandes rasgados, Jo blanco dellos con algunas
foras de sangre, de espatela/JJe aspecto; usaba la baróa crecida y pei11ada, Y alcanzaba grandísimas fwrsas; cuando miraba mojado parece
que le salía fuego de los ojos; era súpito, valiente, deürminado, memigo
de 111mtiras; trataba bim a st,s criados, especial,,,enü a aquellos qw lo
merecwn; por poca ocasión tenía a un l,ombre preso 1Jti11te años, dándo-

11

J. 11111rqllls

110

l.A PLUMA

""'°'tabt,

/l ali# &lt;H aJIIU1"i c""""'1 11 lfll!iaba.
a ltls ,,.,os, ~111
,-.J diJaWr~; I"' lilsp,,ls 1M ~ el n,q¡.. lt.Jlff/N, tlt /p p1 J,s
Wla didlo, y lts Jt"4 p,rdó,,, dicil,u/,o: cg,w "° ,r11, flflis n, n . . .,,
ne, l.!,, edil, a le jada Jlrdw los limitts '414 raed,,.• Era grll#IÚ lw:,,,/ntt
¡, cahllo; ,uaba sitmprt la M"ida,y ;artda 111 las illa a /diascofin,11;
pada ves t¡#I mo,stúa l,acia al cúallo ün,b/ar y orinar; n,teodlt, l&gt;i•
t:.flalt¡uitr suerte de fre110; s11 vestido de ""'"14 erapardo y vtrde 7 wora(/IJ; las botas qw caluba "4óia,, de ser blancasy abiertas, a/Jrockadas con
ftwdones; era /arguísi.o gastador, y Unía cwtro despensas de gran 1sp111t4o, ,ma 111 Vl/16 el Blanco, otra en Vl/111 ti R14bio, otra en las. C,uvas y otra 11, Allzama; era 111uy sabio y discreto, eztrnnado m /Jurlasy
de costulllÓrt oir misa a la ,ma del dJa _v a las doce, tlt
wras;
Sfllt'lt q111 los capell~111s no II podla,,, sufrir; ccmda UNJ sola vt11 al día,
J IZ!flUIH' comida tra tal, que /Jastaria para satisfactr a ,uatro l,"'9./Jres,por l,a,nbrt que tuvustn; en la cowida "° bebía n,Js de ua vt11,
1llás tll}utlla buena, de 4gua y dt ww "-"Y tn,plado, JI esto al acaó,.
Negopaba de noclu,y así se ióa a dormir cuando los otros se leva11taóm,; andaóa sin,,pre co,, su capa cobijada a las espaldas, espada y dtJra
umdas,y esta era ta#IÓil• de nocl,e. Por el dia u ocupabapri11cipal11St11tt m tirar al blanco, ora co,,, escopeta, ora co,i ballesta, y m ,wrJo gmti/, si era verano, sit,,,pre sin gorra, y si inwr110, co• "" .ron,htro de 11111"/t ,-uy pespunteado. Era gran j11Stador y torna1'11; desltllbarazaóa con gran futr11a u,ui caña, de manera que si daba m la
adarga la aporli//ab11; muy amigo de lkvar ,ma pluwa peptia al lado,
.1 parecía n,uy /Jim a caballo, de tal suerte, que se conocúra mire cien
/,o,n/Jres; tenía de espaldas MtÚ /unnoso Vtr IJUI por dt/a1'11, y cllalUJo
salía a pie en com,pañía de otros sobresalía entre todos; tenimdo armados
ti cuello y cabeea pareda estr1111ada11W1te bim. Entre mil l,omóres que
se /zallara, sn,uja/Ja ur seiíor de todos ellos por la gra1Jtdad de supersona y ahidalgado talle. Estando ua wa ti# la 111arina acompañado de

""'ª

111

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1
11

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LA PLUMA

1'

1

mucha gente de a caballo y de a pu, saltó en tierra el capitá1t de una
galeota, _11 llegando adonde estaba t'l marqués, miró a todas partes, tanto a los de a pie como a los de a caball,1; y aunque entre unos y otros
lzabía hombres de mucha g,avedady buen asptcto, se fué al 1; arqttés y
le dJj{I: «tú eres el sáior de t11da esta gente», de lo cual se maravillaban
tod.os. Se halló muchas veces en escaramuzas y peleas con los turcos,y
en la batalla de Porman alanceó por su mano a más de cincuenta dellos; siempre tiraba el golpe de revés,y llevaba la lanza atada a la muñeca del brazo con un .rrrueso cordón de s,da verde; sus armas eran finísimas. Peleando una vez en Cartagena con los turcos, que vinieron
sobre ella más de dos mil, fué herido de un balazo en una espalda, quedando abollada el armadura y ,zo pasada, por ser muy firme. La lanza
que lkz.,aba era tal, que un criado suyo Izaría /zc1,1 tu en lit-varia al hombro, y el marqués la »zeneaba como si fuese un junco delgado. En la acción que decimos de Cartagena, tm renegado le conoció en la batalla, y
dijo en 'VOZ cl&lt;1ra, que todos oyeron: «aquí está el marqués, no podemos
saquear a Cartll(;ma.» Era tanta fa fama del marqués, que en el real
palacio de Arjel le tenían pintado, armado con una lznza en la mano,
y en la p1mta de la lanza clavada la cabeza de un turco; del mismo
modo le tienen retratad1 en Constantinopla, y así lo está también en
Cartagena en una sala de la casa de Nicolás Garrí; finalmente, el marqués erag,an señor y valeroso. Fué muy amigo de toda caza, y tenía
muchos perros y aves dr volatería; muy aficionado también a tener but1ws caballos. Cu,md, h,,bía de ir a monte aguardzba a que hiciese mal
tiempo, como que nevase, llouiese o hiciese grandes aires; y esto por hace, a sus gentes robustas, como él lo era.
1

GINÉS PÉREZ DE HITA.

1

~

I,
112

EL N O V E LISTA

&lt;i )

(NOVRLARIO )

XVI
·

la vuelta de Londres quiso Andrés conocer en París a Remy
Valey, el escritor de fama segura, al que vivía ahora la vida
que después se exhumaría hasta en sus menores detalles.
Así como su desconocimiento del inglés-«¡parece mentira!», dirán los aburridos novelistas que saben inglés-evitó
que buscase la manera de ver a Ardith Colmer, para ver a Remy Valey
tenía palabras, si no las más sutiles, para demostrarle que tenía espíritu
~uficiente, las bastantes para no estar silencioso.
Valey le recibió con sencillez. Aún podía gastar un poco de tiempo
en un amigo desconocido; aún vivía. ¡Cuánto más que un autógrafo era
aquel rato con el escritor de arte puro y cuya vida se agotaba por minutos!
Escribía Valey en una mesa de las que usan en los colegios los niños,
pupitre inclinado y asiento unido a la mesa, todo de pino claro y optimista.
Le había salido por mechones el pelo blanco, y eso le daba un terrible aspecto de más enfermo, de mitad joven y mitad viejo, sin que la
mezcla hubiese resultado bastante bien hecha.
Valey le trató con distinción porque encontró en Andrés una madurez muy parecida a la suya, si no con mechones blancos y negros, con
u n gris de miércoles de ceniza, bien cargada la mano del sacerdote en e
«pulveris reverteris~, noción justa de la muerte que, sin ofenderle, lle1
vaba Valey en su espíritu y pesaba y depuraba todos sus pensamientos(1)

VIII

Véase

LA PLUMA

de Junio,

1922.
113

�LA PLUMA
LA PLUMA

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1

1

1

'I

c¿Será el que me plagia en el país vecino?», se-veía que pensaba con
benevolencia Valey.
.
. .
·
Andrés le dijo para evitar que creyera que era su d1sc1pulo en vez de
su admirador:
,
, .
. .
-Yo soy el escritflr más indígena de España .. . J\fas que cla~1co_ o 1m1tador solapado de los clásicos, indígena con todo lo que de anad1do por
el tiempo hay en eso y con la misma degeneración del tiempo que hay en
ello. Mi mejor novela se llama «Pueblo de adobes»
-¿Y qué es el adobe? ... -preguntó Valey subrayando la palabra,
ablandándola un poco, quitando a la panza de la be su fuerza de empuj~ El adobe-dijo Andrés Castilla-es algo m~~ duro qu~ la piedra y
que parece ser el prii:1er elemento de. c~nstruc~1on del p~1mer pueblo.
El ladrillo es algo mas amañado y mas mdustnoso ... Cream~ q_ue }?s
relieves asirios con ladrillos que hay en el museo me parecen 1m1tac10n
descarada de nuestro tiempo ...
-Pero, bueno, ¿e_l adob_e con q':1é está fabricado?
-Con tierra del no y pa¡a a medio cocer, preparada toscamente como
si fuese una masa de abono ...
-¿Pero eso puede ser alguna vez tan duro?
-Sí... Se endurece a medida que pasa el tiempo, y, sin embargo, se
deja rozar por él, le cede sus aristas y así nunca se pa~e, nunc~ ~e c~esta
más que el borde que se va all~nando ~ esa denudac1on, y as1 ¡amas se
quiebra la casa por la destrucción del t1em~o .. .
-Debe estar bien su novela. ¿Y ha escrito usted muchas?
-Veinticinco ...
Valey miró consterna?º a Andrés, y aur:ique ese era un pensamiento
raro en un francés, penso de pronto: «¿Y s1 este hombr~ fuese ~n gr~nde hombre semejante a mí?» Ningún escri~or de Fra1:c1a hubiera s1~0
capaz de ese pensa~iento, p~ro Valey tema esa sencillez que le hacia
escribir en un pupitre de chico.
«Todos estos muebles-pensaba Andrés-pasarán a un museo cuando Valey muera y todos querrán r~co~s.tru_ir, _da~ían todo por. r~construir la luz de esta tarde en esta hab1tac1on ms1gmficante ... ¡Que simple
.
..
.
es la vida y cómo la complica lo irreparable!»
-Yo soy el memorialista de una época, nada mas ... -d1¡0 despues
de una larga pausa Valey.
-No~le dijo Andrés-, usted es el creador de una época, su trasparentador, el que la devuelve_ el ton_o ino~ente y b_on?adoso, el tono sencillo que tiene ... Todo eso sm llonconena y sens1bhsmo.
114

. -Yo no hago más q':1e ver t~l cual es ~a luz que entra por ese balcon ... Es? es lo que destilo aqui todo el d1a-respondió Valey.
Se ve1a que para hacer pasar a Valey al porvenir habría que poder
c_onseryar un poco del aire d~ e~te cuarto que se estancaba en él con sat1sfacc1ón de que Valey no mmtiese, no lo enrareciese, no lo quisiera poblar con un diablo o con un Dios.
«¡E~criba, escriba. todos los pap~les q':1e pueda, gue el porvenir los
buscara todos con av1dez!»-le hubiera dicho Andres· pero le dió pena
ver cómo el escritor le contestaba con sus manos mort~les sobre la mesa
en actitud de sufrir la imposibilidad de hacer más.
'
«Yo 1:1-ismo-siguió pensando An~ré?-, qu~ corro sin parar sobre
las cuartillas, no puedo rebasar los limites ... ¡No se puede inundar el
mund_o de p~peles _con la firmé!: mejor y con el mejor espíritu! Se llena
de ho¡as otonalrs sm nada escrito, pero de hojas de Valev que estarían
tan bien ¡solo unas cuantas!, desoués de todo...
''
-¿Y cómo me encuentra usted ... ? ¿Era el que usted buscaba ... ?
¿Estos latidos mios que usted ha percibido en nuestras pausas son los
que usted añoró?
-Yo le conocía a usted de hace mucho tiempo: . . Es usted el que yo
esperaba, aunque con un tipo de irse a morir... Esa timidez que usted
tiene ya sé yo que no es por mí, es que siempre se está usted escabullendo de la garra que le quiere atrapar ... Se le ve a usted hacer ese gesto ...
Será lo que menos olvide de usted .. .
-Está bien observad_o ... Si, me hago el tímido, me intimido y me
escabullo, como usted dice, para que pase, para que no se fije en mí...
Nervioso el gran escritor frances, metía la cabeza entre sus hombros
y hacía un ~esto escurridizo ... Resultaba un poco cargado de espaldas,
como si se hubiese puesto la americana con la cruz de que coloaba y la
i,
llevase encima.
Siguieron hablando. Andrés observaba sin perder detalle a Valer, y
le..encontraba hum~no como ~n escarabajo, y se preguntaba: «¿Es el el
~1¡0 de los persona¡es de sus libros de extraños tipos, o son ellos sus hi¡os? De cualquier manera, es importante y no se sabe qué es lo que le
da más importancia, si ser el padre o el hijo».
-¿Y aquella española que hay en su obra «La escondida»?
•Existió ... La conocí en un tren y no me habló ni una palabra es
decir, sí, me dijo: «Muchas gracias».
'
-¿Y cómo ha podido con eso solo hacer una novela tan interesante
y en la que se hospeda tan para siempre esa mujer?
-Pues porque seguí su rastro ideal hasta dar con ella aquí, en mi

�LA

pi

"

PLUMA

LA P L U i\l A

propia habitación, que es donde hay que dar con las cosas, no en la
vida ... Todo está escondido aquí en este momento, todo ... Lo que es
menester es encontrarlo.
Después de esas palabras del gran escri~or y noveli~t~ francé~, Andrés se calló y mir? al_r~dedor _como con miedo s~~erst1c1oso. ¡Como, se
iba a llenar la habitac1on de bichos novelescos, si el y Valey se ponian
a buscar lo que indudablemente estaba!
.
.
Había que dejarle con el personaje que ya esperaba _sin .~uda su turno;
-Le dejo con todo lo que se esconde en esta hab1tac10n, que ya se
lo importante y lo mucho que es ...
- Le confesaré que me deja usted con mi último personaje, el hombrecito que gastaba en los puños unos gemelos azules de su padre, dos
gemelos con larga cadena entre el escudo y la muletilla, pues eran para
puños mucho más anchos ...
-¿Y cómo se titula la novela que prepara?
- «Cualquier cosa».
.
- ;Cómo?
-~&lt;Cualquier cosa». ~ecojo ren ella todas las confidencias y todas ,las
calumnias que sopla el aire ... No he rechazado nada de lo que he
a la inspiración. Se hallan mal unas cosas con otras y unos personaies
con otros.
Andrés se puso en pie y, apretando efusivamente la mano del novelista tan admirado. salió a la calle.
Su resumen era de miedo al sentir cómo se consumen las vidas inapreciables. Ya el gran Valey, cerca ~e la _h ora de c~n~r, atornillaría la
caperuza o capuchón de la plu_ma e~~1logra~ca, y de1ana para la, n~che,
para después de cenar, la cont1nuac1on ... 1'0 se lo perdonaba a s1 mismo
Andrés ... Quizá el hombre que usaba los _gemel?s de su p~dre y que se
destacaba en el dintel de la obra cuando el entro, no volviese o entrase
en la novela trasformado ... Sintió su responsabilidad, pero había visto al
escritor, del que Francia, después de no hacerle mucho caso, conservaría el orinal hasta con el último esputo.

º'?º

.1
11,

XVII
Al volver a su casa de Madrid lo primero que hizo el novelista fué
.
revisar sus papeles y romper numerosos proyec~os.
Fué una tarde de convalecencia en que le htzo estornudar vanas vece~ el ¡:iolvo de los legajos.
-¡Qué constipado estaba ya este original, qué enfermo!
Ante el original de X, que le había hecho soñar con una gran X en la
116

portada, cubriéndola casi por entero, tuvo una disputa consigo mismo
y con el señor X.

·

El señor X se resistía a ser ras~ado, y no decía más que:
-Espera un poco, que despues ya no tendrá remedio.
En X había encerrado al señor X de todas las novelas y lo había casado con la Marquesa de X, y habían tenido por hijos a la señorita X• y la señorita X•
En aquella novela había trazado una sátira humana, en que todas
las cosas figuraban con su valor propio en la novela; las mesillas de noche, por ejemplo, estaban llenas de sus cosas humanas: un pedazo de terrón, un tornillo de no se sabe qué cabeza, una cerilla y el tirador del
propio cajón, que siempre se arranca, más una punta del mármol de la
mesilla, que parece que en la ceguera de levantarse para servirse el
desayuno se la ha dado un pellizco creyendo que es la ensaimada, ¿o fué
en un hambre de pesadilla ...?
Así estaba de detallada aquella novela humorística en que X llegaba
a poseer una fisonomía inolvidable .
El novelista miró con tristeza su antiguo proyecto, pero odioso de X,
y como quien realiza una venganza, lo rasgó también.
No diillaban apenas los originales, y caían en el cesto como la cabeza del guillotinado en la cesta que la recoge ...
¡Qué tono más claro tenían algunas cosas! Habían sido agua, linfatismo agudo, períodos de adolescencia renovados de vez en cuando.
Milagro que un recelo íntimo hace que esos originales no se acaben.
A veces sólo los títulos le repugnaban ... «Tres mujeres». ¡Fuera! Ris,
ras y al cesto.
Otras veces le estomagaba el personaje. ¿Juan Renovales? ¿Por qué
todos los tipos guapos e insoportables se han de llamar Renovales? ¿Por
qué se le ocurrió a él también poner ese apellido?
Ris ... Ras.
«Lo Inolvidable». El novelista se paró ante las cuartillas de este original y las releyó. Estaba escrito en la época en que usaba tinta negra
en vez de tinta azul eléctrico y en que a veces cometía la sucia aberración
de escribir en lápiz. Tenía un recuerdo embalsamado y por eso quería
conservarlo. Durante un largo rato, mientras leía el original, que era
como una escritura vieja, dejó de romper papeles.

117

�LA PLUMA
LA PLUMA
LO INOLVIDABLE

«Se quedó sentada como un chicuelo y mirando hacia arriba, en el
testero de frente al diván ...
Su corazón se había se,,tado en su pecho, y descansaba de la primera
emoción de entrar.
Una luz velada velaba el ca11tior del primer momento.
En los primeros besos sin restallidos, t1pretujantes, sentimos lo sofocados que estábamos de emoción. Y apartamos los labios pa, a no altogarnos. Pué grato ver cómo estábamos idénticamente afanosos, y que, al
hablar, la emoción nos embargaba y nos coagulaba la sangre, perezosa
y feliz.
.
Después nos distrajimos de nuestro único deseo de besarnos, y ella
miró los objetos y yo se los e,iseñé uno a uno.
-Ves... Mira.
Pero en seguida. volvíamos como el niño, después de volver los ojos
atónitos a las cosas, vuelve a la teta; volvíamos a los labios y resistíamos en un beso lo que se puede resistir sin respiración, el corazón parado y anheloso .. .
-Lo ves..., lo ves... Y no querías.
Y ella, sin contestar, inició un nuevo beso, más largo, más clavado,
más mollar...
Le fuí a quitar el s11mbrero; pero tan encajado iba y tan mal lo intmté, que ella levantó los brazos para quitárselo. Ese acto de voluntad
de sus manos fué encantador y propiciatorio.
Con la cabeza libre, después de esponjar en el aire sus rizos con un
ligero flamear, me miró como una niña «desnudada&gt;, más que desnuda..
--Mira-pareció quererme decir-. Jl/írame más ín:ima, mírame
casera, como si ya fuese a vivir en tu casa para siempre... ¿Te defraudo?
Un beso en su cabeza, abriendo una boca que besar entre sus crenchas, fué la confirmación de la con.fianza y de la alegría.
Su cabeza se reveló más para el jue[JO y 6/ alborozo ágil.
-Muy bien, muy bien ... Muy guapa, muy guapa ...
¡Cuánta vuelta a la niñez, como a una niñez eterna en este momento!
Y la enlacépor la cintura y comenzamos a recorrtr el cuarto como
uS

un j,,rdín o como un palacio. Distr:~cias, d~stancias, lontc:,~a11zas había
frente a nosotros. Fué una e:rcttrsion Je bade, _e;a e:rcurszon _que se hace
en los valses, por ejempl(I, y que tan real zlu.sion de un camino largo y
precioso d,m.
·~
,
.
Un 111011zento la dejé sola como a un m110 para ver donde zha y para
verla con perspectii:a. Se acercó a u11 ntrato de mu;er.
-Sí, es la bailarina rusa.
- Qué bellos qfos tiene, ¿verdad? .
. .
.
.
En su con.fianza 110 había celos, smo clanvukncza. Los dos ad,mramos a la artista. Y la dt'jé que continuase viendo para verla _yo.
Me pareció más fina, más mi~il que en la ca!~e, de más bla11da. ~atería. Sus gestos de estar sola tenz~11 unu natur:1-lzdad que nunca habtan
tenido. El jersey que llevaba deba;o de ~u abrlf[O ,la moldeaba carnalmente, y por detrás sus caderas}' sus piernas teman contoneos suaves,
blanduras visibles y vivientes.
,
..
Y otra vez la contuve en mis brazos. Su cabeza tema una docilidad,
una flojedad, una coquetería infantil de caer de un lado y de ot~o_,_sobre
uno y otro hombro, sobre mi pee/to. Me e11dio~aba a_quella su~ziszon, me
endiosaba J' la endiosaba a ella con doble endzosam~e11to: _el mzo, que yo
quería perder en sus labios,y el suyo, que estaba 1.1wo e mzperecedero en
su encanto.
,
Y volvimos a se11tarn(ls en el divá11. Ya la acosté un poco sobre el,
y asi, declinante, supina, tendida, la c~11secución de _l~ gloria , .e~ vez de
u,, mito, como siempre me había pareado, me pareczo tan pro.runa, tan
ganada, tan conser;11ida, que comencé en zwa coiztradanza a detener la
ronsecución, a diferirla, a jugar con ella.
.
.
.
Nunca la había de ver J'ª tan cerca y tan misteriosa, y, sz~z embargo, verla mía, sabiclz y desvelada., sería visión de toda !ti ·mda. Y un
gran rato jid í11vertido en ret,1rdanzos el uno al otro con un gran placer
inzpacimte, despie, to, inmejorable.
, .
. .
Por jiu 111z bes,, fué nzás r:rigt'ltte que los &amp;más, mas ineszstzble, Y
come,:cé n de.,abrorhar su jersq p,,r su única ,1bertura m el_ hombro. _El
hombro fué como un seno descubierto, porq1~e ella, at sentzr~o al azre,,
puso m él toda su vida, .11t gracia, su .wiucczón, y lo 1edondeo J1_ lo elevo
más. ¡Bello hombro con la coquetería de la hombre, a de la camzsa! Realidad bmpia, i-isible, a11téntica,pnvada, castísima.
119

�,¡
LA PLUMA

..
"

. Y_tiré del ji:rs~y como de una camiseta, y m un rápido momento se
e~lzpso y re11p~1reczó de nuevo, nuü fina, más pueril, grariosísima, sonrwzdo ella misma de su frescura, de la jovia_lidad d, su desabillé.
El corsé, flojo, cedió sen1icialmmte y me resultó ,aro encontrar un
vimtre tan liso, tan pla110, tan menudu, tan in1.,t-rosím,l.
Era ta 11 cla,o el momento sin concupiscencia, si,, ardor. msi sin
des~o, qne rlfjl correr un ¡,oco el !iempo de aquel mod,1 séd1z,z/e, tranquzlo, jadfico.
Y la a~racé por la cintura viva y tierna sin mo11erme, 1111da11do e11
el arroyo, lzmpio y sill prof,mdidad, como si fuésemos dox hojitas lln•adaJ
pnr agu,zs sin violencia en un cauce ,1upe,jicial_v liso, sin tropiezos.
Ella era de una confo, midad que me i111uoz:ilizaba má, y me hacía
desear fa p_e,petuación de ese momento sobre otro cualquier,/ Era perder, cambzar zneparablemente el pasar más adela11te. El reloj interior
estaba callado. En lo alto, un espejo uos permitía perder los ojos m el
más alfa lejano en que deseábamos 1espi,ar. Pensábamos el uno en el
otro con tma abstracción zí11ica.
--Jf,e voy-dijo ella, para sentirse retenu:L.1; para desga, ,arme y
desgarrarse al hacer cruzar mire nosollos la idea de la sf'paracidn inevitable.
,Y mto11ces vi la posibilidad de un suaso subitáneo que hiciese imposible el 'lJOÍl erla a tener en tan gran intimidad.
_Desabroché su falda .Y se la quité como los pantalones a un niíio que
esta limo tÜ pertza y de un sutiio i11oce11te ?'a.1ó /)01 ella la falda con
presteza, sutilmente, con una gracia leve en que ",zo se notó la i11quietalfte _'V torpe fimción de desnudar, en qne la pesadez y la co,porabi!idad,
se revela•, J' hacen temer que se nztere demasiado dt nuestras pretensiones la bella medio do, mida en la suerte. Sobrtsaltar/a demasiado 1ería
depertarla y hacer que ya no sea dócil_y comt&gt; los 11iii,os desvelados y
m vez de dulce y apegada será cruel, podrá ur impertinmte.
. Prro no No ,re ha despertado, no se ha movido; me ha mirado 'lJertzra_lmente en esa perspectiva de ensueiio, ella acostada y ron la cabeza
ba;a y yo enfrente y colocado sobre ella.
U1t beso en los labios, y mientras, como el ladrón que distrae del
robo dd relnj al 1 obado, la busco la lazada, temiendo que esté deba/o de
ella, una cosa tan tlemenda en este caso co•no cuando en los baúles el
1

120

LA P L U ~1 A
nudo de la cuerda cae debajo v hay que levantarle.i, tan tremenda, porque habrá que levantarla, y eso hará violenta y esforzada una cosa que
debió se, tan sencilla, tan rápid,... Pero no: está a un lado y ha cedido
en see·túda, suavemente, como u,, milagro. Indudablemente ella lo ha
notado .Y a ella tambiéJ1 le ha sabido bien la agradable facilidad del lazo
al deshacerse.
Otro besa para premiar su consentimiento, y yci más rwdacia al descorrer el visillo de encaje.
¡Por cada momento de hacerme esperar cuánto ti•mpo alegre me regala! ¡Qué iutenso cada momento de estos...! ¡Cuánta ansiedad, cu.ánta
ima,rrinación, cuá,rto respiro m cada momentu de estos! El pecho se
ahoga en su propia profzmdidad.
Y nos abalanzamos sobre ella, consintiendo en cegarnos para t,1par
sus ojos, su pensrmúento. sus sienes y su, boca, y que no se articule en
ella esa vulgar frase de «esto es lo que os gusta a los lzombres», esa
frase que nos anonadaría, nos perdería, nos confundiría.
Entonces oí m,, inesperado J' nunca oído:
- ¡ Te quiero mue/to, mucho .. !
,
Ese «te quiero mNcho.,. sin la previa pregunta, que lo precede siempre, y que aunque no sea la que mueva la contestación se necesita lzacer
siempre, me halagó por sí solo como nunca. me anuló como trastornan
do et orden natural de nuestros diálogos.
-¡ Te quiero mucho!-aquello mt hizo perder la cabeza y rodar
por el «te quie,o» lzasta abismarme m el «muclzo». Holgaban todas las
palabras.
·
Un rato 110 hubo úleajija de lo que se realizaba. Un:1 clarividencia,
un estar metido en luz, un alargarse en blanduras extendidas, todo
seguido, todo lzorizontalme11te de oriente a poniente, toda esa realidad
del cielo de oriente a po11imte que hay a través de un día, realizándose
en el minuto lento, maestro, parado; 111z sill'nczo de hombre arómto ante
zm paisaje de valles fértiles y de arroyuelos dulces-el tren e11 lo
alto de w1 desfiladero-; un sentirse vivo en una wuerte dulce, e11 una
mzurte s,1!isfecha de sí misma, sin necesidad riel cielo nz de la turra,
sin necesidad de nada, aterrados de e.dar posados al fin, sin contusión,
después de atravesar y dejar el vado del resto de co,as, posados con
tanta fd,cidad, con tanta .rn,e, te, escapados a la ley monótona de toaos
121

�L.--\ PLUMA

LA PLUMA

,,
"

. 1

mo11iázdose y perdulos allá. desgraciados, inútiles, lejanos; zm perseguir por una senda pe,fumada una mariposa blanca; zm enternecerse,
mternecerse en un elemento puro, destilado, clmo, de un consuelo balsámico; un nadar en aguas dulc.·s y curativas de tod,1; un dormir la sim
sobre una almohada jreJCa sin problemas 1lÍ ecos; un asomarse a la luz
y al cielo del nadir desde el cenit, con todo el cielo del cenit sobre la
cabeza, dos cielos, los dos cielos con todas sus estrellas visibles de una
vez como nu11ca: un haberse escapado, estar en luinr li/,re con la libertad maxima, agazapado en el disimulo más perfecto, sin mqttieturJ; sin
persecució11, sin deber ... Y despuis de todo eso, de ese rato de músicas
penetrantes, de músicas e•rca111adas, después de «eso» el llegar al fin y
el volver co1t demasiadas nostalrias, sabido el camino y cercana la
puerta.
Ella sólo me había mirado sin pestañear, para no señala,· el paso
del tiempo, abstraída en mí, con sus dos ojos hondos como con abismos
muy dentro de ellos, agujereados hasta lo imposible, ptrforados como
esos de algu11as estatuas de bronce al que así dió una expre.11ón ettrna el
a1 tista que vació su pupila, que la descorricf, que la hizo tener esta mirada oscura y fulminante.
Nos separamos un momento para rez·elarnos 1mestro cansancio y
reconocernos J' nos d1111os un abrazo supremo, rápido, encarmzado, frío
y apasionado, tn que quisimos matarnos con todas 11uestras fuerzas en
un último a, ranque hr,ndo y aguijado.
De muvo adolescentes conzo 110 lo podíamos espera,. le sonreí alegre de encontrarla tan mña, mucho más niña que yo; las ji1Zas antenas,
los brazos y las píen.as vivos y redonditos, sin ser pavesas después del
renu11ciamiento a todo, después de haber cedido el alma y el cue,po por
la fortuna del momento 111Jtes... ¿No había habido un mommto en que
sentimos que quedaríamos como ez 1,•otos céreos y fríos ro~rados en la
iglesia de Dios, en cambio al bim que nos había concedido Dios? Un
sentimiento así quedó eu nosotros al dar sueitá a nuejt, a sa11gre 11 nziestra alma, al se11timos dominados por el descanso etano m una ,f1 adación de inquietud a se,emdad, 11 pasmo ab.,oluto.
No quise que se vistiese sola; todas las mujeres se 1-istm solas después.
Esta es una injusticia pavoroJa.

-

122

Estába111os satisfechos de todo. No esperábamos 11ada. Por no esperar no esNrábamos 1li voh:enzos a ver.

-De prisa, de prisa, dame el alfiler del cuello ...
El sombrero volvió a cubrir la mata de sus cabellos. Se puso el velo.
Resultaba chatilla y misteriosa bajo el velo. Vestida me parecía de 1mevo hipóa ita y me pareció temible que se me Jói•i~zse. [!it momento,
cuando la dí el bolsillo, estuve por retenerlo y no de;arla zr.
-Adiós, me voy ...-dijo ella.
.
Había variad,; un poco de voz. Su voz era la voz vestzd1, la voz que
puetk mentir, que puede ser indiferente, que puede hasta desconocemos,
esa voz que cuando una mujer se vuelve contra el hombre que la obtuvo
hace a veces que ese lzombre la mate.
.
La COfTÍ y la di un último !Jeso, un beso con el que quzse besar tvda
su úda, la de todos los días prózimos, por si se me escapaban, Y
se fué.
.
Me quedé de pie en el centro de 1nz des!aclzo. Todas la! lu~es encendidas, las del techo y las de la mesa. Sentza que este habza sido et momento mayor de nuestros amores.
.
.,
Sin embargo, aquellos días, ante~zores a[ _de la p~se¡zou, se me par_ecían ahora, pensándolo bien, los mas de.fimtzv~s. qmza porque no quzse
apurar su secreto, aunque se combaba hacza mz_por l,i_ czntura; pero me
satisfacía más probar sólo una_ a :'na las_ guz~zdas inagotables de sus
labios, las guindas sin hueso, cluquztas y sin aculez.
,
,
En la iluminación de mi cuarto había una melrmcolta que contemple
eztasiado. ¡Si se hubiese dejado algo! Y busqué una hue~la. On alfiler
de cabeza negra había quedado clav_ado en la pared: Siempre sobran
alfileres en el tocado de una mujer, siempre puede olvidarse Y regalarse
uno, sin que se desprenda nada de Sil tocado ... »
Hasta ahí levó el novelista, y después rasgó la novela; c~nservaba
aquella primerá parte un recuerdo vivo y auténtico, pero me¡or estab:3en e] alma que en aquel relato de cuader~o de hule. El des:nlace que~]
pensó siempre dar a su novela «Lo Inolv1dable» era el de com~ despues
de momentos en que volvió a encontrarse a Pilar y pudo realizarse d~
nuevo Jo inolvidable, nunca pudo volver a ser suya, n~rnca; ~e fus~ro
siempre la segunda vez. y sólo lo inolvz:dable de aquel primer dta de ¡uventud pudo permanecer en su memoria ...
123

�LA PLUMA

LA P L U ,\1 A
Rotas esas cuartill~s de «Lo Inol~idable», que tenían la semilla de lo
que ha pasado, Andres ya no tuvo piedad para muchos otros originales.
LA

MUJER HKRMOSA

Drama.

~Nada, fuera .. . Ya es sabido que hay un drama permanente de la
mu¡er hermosa, pero es como hijo qcl despecho y de la tontería abusar
de esa verdad. Que lo sufran los señoritos de largo cuello almidonado y
de botines c~aros, que caigan en ese drama, es una trampa que no hay
que descubnr.»
Era el novelis_ta como esas _má9.uinas de moler café por cuyo embude se e~ha el cafe y toda la maquina se complace en molerlo.
Hacia balance de ~uchos años. No quería ya sino una noticia escueta del proyecto que le interesaba. Había pasado por el último límite. Ya
sabía lo que _no se debía decir, odiaba el estilo de los cuadernos y de las
carta~ a papa, y_ todo aqu~l original tenía algo de eso.
Ris-Ras ... Ris-Ras... R1s-Ras .. .
Ris Ras ... Ris-Ras .. . Ris-Ras .. .
Ris-Ras ... Ris-Ras ... Ris-Ras .. .
Ris-Ras ... Ris-Ras... Ris-Ras .. .
Después se quedó triste, con las manos coloantes y como si hubiese
roto lo que le podía haber servido, lo que era fu ahorro.

1

1

XVIII
Andrés éomenzó ag~~lla noche_ la novela que aquellos días había
cst~do tramando. Escri~10 en su pnmera cuartilla el título, con su letra
de 1m_pre~t~, que despues de su gran costumbre de'escribir trazaba como
una hnot1p1a:
EL BIOl\1B0

Y con la pluma angulizó en la primera cuartilla el dibujo de un
biombo tosco e inquietante.
EL ESPEJO SOMBRfo

. 11

No sabíamos ninguno de los hermanos de dónde le había venido a
nuestro padre aquel biombo de laca morada .
124

E,a un regalo de Filipinas, un regalo suntugso, porque la laca tenía el bruiiido de los antiguos espejos pompeyanos. Se veía uno e11 él
con más gusto que en los espejos claros; pero al mismo tiempo parecíamos de una raza más osmra que se movia en una vida de destino más
oscuro.
«Alguna 1;ez aparecerá el señor que regaló el biombo-pensábamos-. Nuestro padre nos lo dirá en la co11zida:
-Ese que Iza estado e.) el que me regaló el biombo».
Pero nu1u1i llef[ó esa ocasió.,,,, y sólo yo escuché deh·ás del biombo
una terrible disputa entre mi padre y mi madre, que le Izada decir .a mi
padre a voz en cudlo: -¡ Y todo por ese maldito biombo!
El biombo tomó dtsde entonces para mí un sombrío sentido de selva
i11trincada y triste, e11 la que se podía pe, der u11 nii'zo. Sus flores eran
jlore.1 blancas y leclznsas de las que crecen al pie de los pinos de los bosques y sus japo11eses iban por la selva misteriosa entenebrecida por la
tormenta.
Por las rendijas del biombo de laca morada vi a mi padre tal cual
era, tal como 110 le reconocía ni cuando más cerca de él estaba, ni cuando le nbsenoaba de cerca J' ap,dado de la mano notaba cómo su barba
salía de Las mismas meiillas.
A través de las rendijas del biombo reconocí que mi padre era otro.
Mi padre era «1t11 señor», esa cosa vaga que expresamos cuando decimos «un se1ior».
De mirar a mi padre a través del biombo perdí la ilusión de ternura q11e le lzacía un ser vago, con tipo naz,1reno, casi sin tosquedad
huma11a. Por lzaberme parado a contemplar tt mi padre por las rendijas del biombo, peutí su mf)i1r .fisonomía, y _va m va110 la busqué siempre. Estaba rota.
El biombo .:e oponía entre un lado y otro de la ·vida. divirií1i la vida.
Volvía del colegio deridido y alegre, pero /zasta que no 1:olvia la esquina del biombo no lo estaba completamente.
-Es la joya de la casa-oúz yo que decían co11.1tante11unfe.
-¡Bonitu biombo!-repetían las gentes, y buscab,m algo así como el
trasunto de nuestra vida en los 1·ejl,ejos de la laca.
Tenían razón, y, sm saber lo que buscaban, buscaban eso. En todo
está escrito nuestro Desti1,o; pero, sobre todo, en los espejos y en lasco125

�LA P L U ,\l A
LA P L U ~1 A
sas sati11arlas y brillwtes. ¡Ptro cuá,tto ntcis /)rHfmcLwzente en las
cosaf satinad1s )' brillmzte1 qtt! rejl;jiz,z l,zs cosas y qut, además, son
osc11ra fl
A tr,111és dd biomb,1 se veí,z algo así como que l,z lzabitación es 1m
escenario del humbre para poco tiempo. Los primeros presentimientos
de muerte de mis p,1dres, fa primera vez que se me ocun ió fa ahsurda
idea de que podían morirse, fué vimdo la fu-, del utro lado, la habitació,t coma sitio ai.sladu, que se veía desde detrás del biombo.
Las seis Jzoj,1s, rl! wr 11e:;ror so1t1 ie,1te, parece que nos comprendían
en zma misma liistori I a 1ms fa /res, a mi y a mis tres hermanos. La
lzofa que me pertenecida mi t'ra la tercera, porque _110 era ti mayor.
¿Pero la tercer,z empezanio por qué !ador Si no se supiest que hay lenguas que se escriben de derecha a icquzerd1, se pndría sostener que era
fa tercera de la izquierda. Era desde lue:;o aquella en que J'º me miraba
con más preferencia y con la que siempre me SOllreÍ 1 misterioso, aunque lo que yo buscaba en su lago 11eg-rti era la constatación ,ü que «fJtaba allí-,,; pues de nÍlzos nos acoge la congoja de fo v.ig,1, la congoja. de
la inn:1ste11cia,
-¿E,·to;1...? ¿Estoy, verdad?-!e preg1111ta?a a la ltoja tt!rcera.
-Sí, hombre, si... Estás ... Y eres una siluet,z de .,,,mbra sobre el
balcón luminoso como tm espejo d,.z1 o.
-¡Papá!-gri:é desde detras del biombu mue/zas z,·ece,, como si tuviese u11 mal presentimiento o como si quisiera que se prniniese, qtte se
q~titase precipitadamente el bigote )' la barba de máscara o se los puszese.
-¡Papá! ¡Sé mi p,1pá!-le querLz yo decir COll aquel grito des-:arrado.
¡Cómo smtía yo que el biombo me separaba de mi p.,p,í!
La puert,z se abrí,1 d~ u,i golpe, me ecltaba sobre ella y era como si
desaparecitse. El biomb,, no: era 11ecesarzo jre;mr ln carrera y hacerse
cargo de la recomendación paternal de: «¡Cuidado, no lo 'ZJayáis a
tirar!» El pá,zico de tirt1r!o era ,ztro::, porque se /mózera roto y se hubieran despre11dido todas las figuras, deskech,xs como se desll!lce el ptdrisco de nácar en cuanto cae.
El biombo era para mí como u1z telón de la vida; t,mto ti! zm lado
como de otro había misterzo.

E1t aquellos momentos en que me decidía a robar algo a mi padre, el
biombo-me contemplaba, )' ademds de verme por fas rmdij'as, sacaba
Jotogr.zfías de mi acto m sur placas ne[!alivas.
La PrOl:irlmcia se escondía detrás del biombo, que dab,z a la alcoba
tn que dormía1t mis padres. Por lo mmos, al acostarse a la 11oclte, y
cuando hiciesen el resumen rvl día, entre las cosas que recontasen aparetería, sin saber cómo ni por qué, la falta que fa sombm tutelar de la
alcoba había visto pr,r /.,s rmdi;a, del biombo _v rnva delación había
depositado sobre las almohadas p·1ra cuaudo se acostasen.
-¿Le diremos algo?-.ie decían i11duda/,lemente mis padres.
-No-contestaba mi madre-,"º, porque él se arrepentirá y porque e1·tá bren que aprovec!umos wz anónimu del biombo.
Después de un,1s ,:acaciones que fui a pasar con unos tíos, al d.zr la
vuelta al biombo 11u mcantrl co11 que J'ª no estab,1 mi 11zt1dre. Si,t que
nadie me lo dijese me di rnenta de que ya no estaha mi madre. ;l1e bastó
1:er a mis tres hermamtos mu_y congregados alndedor de mi paih e-que
antes de aquello no couseN!Í,1 que se ¡ug,1se eu su mes,1-jztl{a1tdo cmz el
juego tnsu de la conv,ilecencia, con 1m juego de damas del que h,1/JÍlln
huído todas las damas como dam1H deshonestas ... ¿Cómo podían t'sfar
los tres com1alaientes? Era que había mwrto mi madre.
Las cosas 1,,agas que me habí.m lucho sospEclzar /,1 trirte noticia que
no se quiere erar, qued,110// comprobadas al dar fa ·vuelta al biombo;
antes de lo que me dije: .: Cuandu meta medio pe,fil entre el biombo y el
marco de la puerta lo sabré todo-,,.
En efecto, mi marire había muerto. Se quedó más renegrida la /znja
segwl(ia del biombo.
¡Pe,o qutd1ba su tlutíiol 1Vimtras mi padre durase, e/ bi11mbo se
defendí"; 110 se que,faba huérfano como uno de 1wsot1 os.
La ltisto, i.r de todos los días del idilio del padre _11 la madi e estaba
escrita m aqud biombo, que retmía las cosas como 110 lo retiene 1111 espejo. Mi pad•·e 1111rabade vez en cuando hacia el bzombo como .li mimadre e,1luviese detrás. cubierta por el bwmbo como en las e,;fermedades,
que pedía que skuiese cubriendo su c.zm,1, para 110 ?'er la luz d.e/ despacho y para que mi padre pudiese continuar traba¡ando.
-¿ Te molestan los niliosr-parecía que le ib,l a preguntar, aquella
pregunta que indefectiblemente era contestada por mi madre:
127

126

�LA PLUMA,

LA PLUMA
-.No, no me 1ttoüstat1; déjales qut jueguen alzí.
Una tía mía se había encargado de la casa para sustituir a mi madre. Era hermana de mi padre .Y no.r odgió mi padrr para ella mucho
rt'Speto, talllo respeto como por mi madre, cosa que 11,ereda, porque como oí a mi padre en com ersación con un amigo, c.elli:, que si-mio ta11
guapa ltabía rechazado todos los p,etmdie11tu,, se había w1?formado a
cuiíh1r dr sus h{jos-..
Se me Izada 1·aro 1,e1la 1-á:ir •n ,ruestra casa,y por laJ rt'lldtjas tkl
biombo 111e asomé a 1.;er lo que hacía. «Estaba generalmente a1struída,
pensando probablemente oz los pretendimtes que dejo e:.capan.
Después de va, ias miradas por la rendija, ducubri que mi tía era
una mujer, una mufer arroga,zte y fén ida de c,zrfles suaves. La observaba J'•l m1~y ,1. mmudo por las rendiji1s del biombo y me smtía muy
próximo a ella detrás d~ mi esco11d1te; el biombo la enfilaba como fachas
mis miradas y se las iba clavando con pu1tlería y audacia.
Detrás del bznmbo lltJCÍ O la emoción varomi 11ft día que lmi tía Je
cambiab,1 de ropas.1' se aliger,zba _v se quitaba h,1st,1 el corsépara poneru de bata.
Con qué dilicult,ui confesé aquel pecado, para el que creí que 110 h,1bía absolución.
-No vz,elrn a mirar det, ás de los b1t1111hos-me di/o el cun1-. Eso
es muy /to. Satanás se oculta tútrJs de los biomlJ'Js y obse,va desde ese
disimulado burladero a los hombres.
De aquel/,1 co11fesidn brotó en mí li, primer,, Uea del qu~ e,stá tletrás del biombo.
Y mi tía, que antes me baitaba, no quiso seguir haiiándome, y c11ando me Jaba el ¡,ar d,, calcetiner q1u se me liabh olvidad,1 meter, me los
daba por la rend~ja de la puerta, volviendo la cabeza.. Yo, :rill emb irgo,
no le habiafalt,.uto ai respeto de u,z ffl(Jdo voluntattu, smo que en la
i11co11ti11e11cia i11tvitable habÍil te11ido más 1 ubor que nunca.
II
QUIIDA INPR&amp;S.l. LA SIGUSDA HOJ.a.

El biombo seguía en mi casa t,m imperturbable como siempre. Yo_
había hecho la carrera y lzabía entrado con not,2s chistimbusc,mdo a mi
128

podre para ense,iárselas y tirando casi el bio»tbo por lo contento giu es-

taba d,, «haber salido blem.
El biombo estaba más awiotado, más sombrío. Se iba mruluratido.
Daba a lo:. balcones sin luz del mundo e:rti11to. Daba su ve11tanal a los
,cl,pses.
Un día armó mi padre zm gran escándalo porqu.e había desaparecido una mariposa de 11ácar:
,
-Eso ha sido al barrer, a no ser que uno de estos chicos se lo /zaya
llevado...
No me señalaba a mí, porque mi padre ya me consideraba el mayor;
pero yo comprendía que hacía un,1 injusticia con ,nis ltermanos, porque
atjutlla mariposa no la había,i cogido ellos, ¿para quét, sino que se había escapado ella, augurando una desgracia.
Mi padre se-puso enferma por aquellos dias, y no es para describir
la emoción con que yo bordeaba el biombo para ver cómo estaba. Yo que
sinnp,e he trnido la idea de que la muerte es una cosa precipitada y
atrabancada s, se q11iere, me daba cuenta de que aque/io e, a una de
esas cosas de dexenl11ce rápido y fuhninante.
Detrás dei bümibo reponía mi serenidad, y le ví por las rendí.fas
abatido, como el San F, a11cisco de Pedro de Mena, mirando ravernosamente el cielo.Cuando entraba yo se reponía. Sentía que era su lti.fo mayor el que_se d,zba más wenta de lo que pasaba e inte11taba engaiiarme.
éi b10mbo 110.1· ofrecía la distracción de sus flores de agua y de sus
jap(itteses. /{os aca,iciaba .Y nos serenaba La suavidt1d de la laca.
La muerte parecía que se iba ,z dettner frente al biombo, sin el trecl,o franco tú la puerta. Algo debía defe11túr al biombo del viento ag,,do de la muerte.
-El mldico-decía la criada aquellas tardes, y todos huíamos o
,ros sentábamos mejor al oir aquel anu11ci,1.
Generalme11te, como el doctor miraba por la puerta de la fria sal,1,
nos esco11diamos detrás del biombo,y los cuatro lterma11os, como pájaros
silenciosos en un árbol muy tupida, oí,zmos las palabras del médico, sus
preguntas, sus co,rsejos... ¡Qué cara ponla mi padre cuando el doctor se
agachaba pa, a auscultarle y se quedaba su rostro sin testigos/ ¡Era la
cara del agudo escepticismo y de la aguda esperanza/ Pedía a no sabía
quien que la auscultación fuese favorable.
IX
129

�LA PLUMA

LA PLUMA
Poco duró mi padre después de aquella huída de la mariposa del
biombo, muchos momentos solemnes tuvo d biombo, pero llegó al momento supremo cuando sirvió pa,a tapar la entrada de la capilla ar-

diente.
¿Quién le iba a decir que su biombo, el biombo que cubrió szt sueño,
iba a cubrir su muerte, y ya ael lado supo no podía ver nad,i y sólo tenía vista del !,ido en que estábamos nosotros, que de vez en cuando asomábamos la mirada por las rendijas, para ver sí los ci,·ios estaban derechos y no había peligro del fuegi,, qzu se aprovecha de que los muertos están muertos para incendiarles.
.
Ya el biombo estaba de luto riguroso, y s1t segunda hoja estaba escrita definitivamente, con todo el historial de mi pobre padre; quedaban
cuatro hojas vivas y atemorizadas.
No podía olvidar ya que por aquellas rendijas ·m iré con miedo
los temblores amarillos de la muerte y la cara de ahogado que tiene et
muerto.
Ya por las rendijas del biombo se vería siempre eso.
Le ornamentamos sus últimas horas de huesped en la caja con la visión optimista y reconcentrada del biombo. Le debió ser agradable tener
tl biombo a su alrededor.
Cuando hubo que entornarle para que saliese /,1 caja, se plegó c.on
tristeza y se inclinó hacia la pared c.omo sin fuerza para mantenerse de
pie.
El pobre biombo, el biombo que ya sabíamos menos quien se lo había
regalado a mi pobre padre, tenía ttn aspecto más tétrico y más enigmátictJ cuando volvimos desconsolados a casa y nos le encontramos ocultando a las visitas en la puerta dt' la sala para que pudiese ser discreto
nuestro no querer ver a nadie. Pasamos silenciosos por detrás del biombo, dejando quizá ·ver los pies como se ven por debajo de 1t11 telón mal
corrido.
A la nochf', lo primero que discutimos al hacer el reparto, fué el ver
quitn se quedaba con el biombo. Fué la primer disputa solemne.
-¡Si aún está el cuerpo de vz,estro padre calzente/-dijo la vieja sirviente m tono de reconvención, suponiendo un po, venir fratricida, que
es lo que da más razón a las prescripciones de las comadres.
«¡No saben mis hermanos lo que me llevo!»

'«Debíamos de habernos llevad
d
Una responsabilidad atroz se ; ca ~ _uno u~a hoja del biombo.&gt;
daba con el biombo.
nuncio en mz al pensar que me queUna nueva era se iba a afirmar en mí L
.
!odos aquellos días lo vitrilaba lo c~idaª fra del ~zombo.
r~vzUa. Daría importancia al cuar~ alto
ba co~o sz fuese una marza Las dos esquelas de defi . ,
que quena tomar. Nadie vehojas.
unczon que colgaban de sus dos primeras
En efecto, a los pocos días de
.
nos, me lo l!t:z•é a mi nueva cas'ay. sa!a, ~czendo l..z casa de mis herma·
,
.
• , Que serza sepuso l
l
,
at' ver e entrar! Por
deczrto
. a.,z ' medza habitacio',
·
zsea,nnconoyseacJz
1
med za a un lado y media a otro.
an o a ver el biombo,
Ya comenzaba el biombo a crear
d /"
de un l,1do la luz del otro la . b . esda ua u/ad adversaria que crea
mm rte.
'
Jvitz 'a, e zm lado la vida, del otro la
La nueva vida iba a comm"'ar Ahora
como u11 ser indt"e1v1.iente y l~ :d
-!º m~ encaraba con
la vida
'de
r
•
a vz a conmwo Hn de•e
•
i ue sposeidas debian sentirse mi
' .
:1,nsa nwguna.
s ~,obres hermanos, qué al aire y
qué wdefensos! Claro q11e l·z a. '
•
' .,ectzanza so o yo l p d'
atrmclzaba d~l otro lado del biombo.
a o z,i temer, pues se
_Ellos, mas por superstición que por liada
.b
.
neczdos, pero yo era el , .
,
' se z ª" a sentir desguarzmuo que me habza atrevirl
,1,
cada. E !los el ra JIO. yo toda l d ,
o a sorortar la tmbostadoras .»
· '
J
as emas cosas mortíferas y atormenta-

º

El novelista, que de un tirón h b,
pus~ a descansar, tirándose como u~ ,a trazado bestos d?s, caíptulos, se
su biombo, que también le m· b dmuerto so re un d1van y mirando
rendijas.
ira ª e perfil Y con sagacidad por sus
RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA.

(Se co11túmará.)

�t

1

LA PLUMA
y apenas riza el viento la comba azul llanura:
¡todos los elementos con nuestro duelo están!

•.
II

EN LA TRANSMUTACIÓN DEL MAESTRO
TOMÁS MORALES

En el regazo ardiente de la ciudad dormida,
cuando sobre las cumbres se iba a poner el sol,
«han quebrado las parcas la hilaza de una vida,
prestigio de los dioses, de las Musas amor» .. ,

Y en el silencio inmenso del paraje nocturno,
entre chafar de hojas y aromas de rosales,
pasan, desafiando las iras de Saturno,
con el poeta~augusto, los dioses inmortales.

Frente a la mar Atlántica- bajel donde su gloria
ha de surcar las ondas de las Eternidades,

Se oyen sus claras voces vibrando entre el ramaje
de la amplia selva. Apolo comienza su cantar,
cuando el recinto invade, cual bárbáro homenaje,
la bronca sinfonía del júbilo del Mar.

donde un rumor perenne conserva la memoria

del hijo primogénito de las Divinidades;·murió el cantor amado del Bosque y de la Mari
C~lló la voz solemne del rapsoda divino
que supo entre las redes del sueño aprisionar

·I ,
1

el tesoro secreto del corazón marino!

'

1

Ante el dolor profundo, calle la lengua humana ..
-Nadie su voz levante frente a Alcides, dormido,
que cada nuevo día despertará mañana_
por continuar el arduo traba;o suspend1do ... -

11

1

1

'
1

Mirad cómo las cumbres silencian su amargura,
mientras que sus entrañas conmueve un huracán,
132

Frente al vital fracaso la Esperanza perdura ...
¡No ha muerto! Por un bosque lleno de rosas bellas,
cortejado de dioses adentró su figura
nimbada de una intensa fulguración de estrellas.

Pan a sus labios lleva la flauta cristalina;
su son llena los cuatro sentidos cardinales;
y hace temblar el alma pétrea de la colina
donde tienen su asiento los dioses patriarcales.
Y mientras Diana, bella, mirando al dios, suspira,
Apolo, arrebatado de lírica bravura,
tañe, como un mancebo, Ja melodiosa lira

¡tal, que se le creyera tocadó de locura!
Viola su canto el virgen silencio del boscaje;
sobre los cuatro vientos la novedad pregona;
dice su voz:-«Ha ·vuelto de su terreno viaje

el vástago heredero de mi imperial cotona.»133

�LA PLUMA

LA PLUMA
De pronto, suenan voces de gente que camina
al centro de la selva, donde el gentil cantor,
bajo la espesa fronda de milenaria encina,
tiene a la esquiva Diana prendida de su amor.

Marte el primero avanza; a sus bravas legiones

hace presentar armas ante el triunfal caudillo;
Eros trae un carcaj para los corazones,

y Vulcano su fragua, su yunque y su martillo.
Pomona porta un cesto de frutas olorosas,

¡Son los dioses! Se acercan con temeroso paso.
-¿Por quién rompen-preguntan-la perennal quietud?
-¿Hay algún astro nuevo temblando en el Ocaso?
--¿Es un nuevo secreto de eterna juventud/-

Ba,o preside el cuadro de sus vendimiadores,
que, «cubiertas con pámpanos las partes pudorosas»,
muestran los prietos frutos de sus viñas mejores.

Ceres hace el presente de sus trigales de oro;
Todos indagan; todos ven al Desconocido
curiosamente; alguno, de un vago modo, evoca

en él, la gentileza de un joven dios perdido,
que era alma de océano y corazón de roca.
Y Apolo dice:-«Triunfo de mi existir doliente,
ha vuelto el hijo pródigo a los paternos lares
de su excursión audaz por tierras de Occidente,
sobre las jadeantes espaldas de los mares.
Yo Je creí perdido; mas al Ocaso vino
teniendo una guirnalda de rosas en la mano,

1tuerte!, y encadenada la Gloria a su destino,
con el poder divino y el atletismo humano.
Por su retorno sea colmado de tributos,
frente a la mar que canta y al bosque que suspira,
y en tanto que se aportan los varios atributos
yo coloco en sus manos la gloria de mi Lira ... !

Minerva los secretos de su sabiduría,

Mercurio trae la bolsa que guarda su tesoro
y Momo la sonrisa de su eterna alegría .

¿Y Diana? ¡Nada ofrece! Absorta y distraída
en la contemplación del Bardo, deleitosa,
silencia; hasta que Apolo, con elocuencia ardida,
la mueve a que formule sus oferta ... Presurosa,

Diana reclama el cuerpo del joven dios humano:
siente su carne inquieta de comezón lasciva,

y ella, que es vencedora de Zeus soberano,
tiene el alma en el gesto del Rapsoda, cautiva.
Todos los ojos miran, extáticos, a Diana,

que al dios, en un acceso de voluptuosidad,
frenética y desnuda, ¡tal como una manzana
quiere entregarle el fruto de su virginidad!

Tal, cuando de la parte del Mar, Venus asoma
anunciada por suaves tonadas de Sirenas,

Dice, y su voz domina todas las voluntades.
Cada uno el presente de su atributo apresta,
y hay en los rostros graves de las Divinidades
un resplandor de llama y un júbilo de fiesta.
,34

que mientras ella asciende por la ondulada loma
tienden sus sonrosadas carnes en las arenas.

Los dioses se contemplan estupefactos: clama
1

35

�LA PLUMA

CRÓNICAS LITERARIAS

Diana la posesión viril del dios mancebo,
y se abraza a su cuerpo cuando Venus Je llama
y él adelanta el paso, a un desposorio nuevo ...
.••

La confusión se adueña del concurso divino .
Venus y Diana luchan. «Y en medio, el Dios; sereno ... ,.
Helios a rodar echa su carro matutino,
y Eolo a sus' violentos vientos, desata el freno ...
En la playa, Neptuno sobre su esquife, espera;
Sirenas y Tritones forman alegoría;
y mientras en la selva sigue la lucha fiera,
como un fastuoso manto que todo lo envolviera,
sobre la Mar se tiende la clámide del Día ...
FERNANDO GoNzÁLEZ.

BÉLGICA

m

es el país de las facciones políticas, y también de las faccio•
nes literarias, subdividas hasta lo infinito. Preténdese adornar
esta lucha de int~r~~~s~-:que tienen muy poco que ver, a veces,
con la vida intelectüa1___'..!có0 el nombre de &lt;rivalidades de escuela»,
o en modo más~anodino, &lt;torneos entre cenáculos•. En rigor, es
Un espectáculo tradicional en el país, y un símbolo del carácter nacional.
Un peco de historia literaria basta para demostrarlo. Sabido es que las le•
tras belgas no han comenzado, ya que no a ser florecientes, por lo menos a me•
recer un mín,iipo de ate1lción por parte del extranjero, hasta que en 1880 el
1
grupo llamado les Jeune•Belgit¡ues- hizo su aparición. Hasta entonces, la litera•
tura belga de lengua francesa estuvo monopofizada por unos cuantos buenos
viejos y académicos, cóndecorados, y, por añadidura, inofensivo!:i. Escribían
cantidad de versos de circunstancias, componían (preciso es emplear aquí la
ridícula palabreja) madrigales, frenos, odas interminable"s 1 y a veces, alguna tra•
gedia en cinco actos, rigurosamente clásica.
áGICA

El movimiento de los Jeune-Bdgü¡ues, que fué la rebelión de una juventud
dotada hasta cierto punto del sentido de lo ridículo, acabó con la raza de esos
bardos oficiales, y aunque no hubiese producido otra consecuencia, merecería
una parte de los elogios que los historiadores patentados de la literatura belga
les prodigan. Pero, en fiu, conviene notar el aspecto negativo de tal rebeldía,
y subrayar que gracias a ese carácter fué fecunda.
Los vencedores no se mantuvieron de acuerdo mucho tiempo, y pronto se
hallaron divididos en varios grupos rivales, hostiles y aun francamente enemigos. En el momento de edificar algo positivo, de realizar su victoria y oponer a las bromas de mal género del antiguo régimen 1rna estética nueva, sostenida por la efloresencia de las obras, el impulso se quebró, y los Jeune-Belgiques no volvleron a encontrarse con fuerzas hasta que sus jefes más calificados
los incitaron a destrozarse mutuam ente. Emile Verhaeren, a quien Ja propaganda nacionalista ha cogido después de muerto en las redes de su retórica,
se vió apartado, y tratado con el rigor y los sarcasmos de que son pródigos los
veinticinco años. Es manifiesto que los excelentes parnasianos que componian
el estado mayor ortodoxo-éste, discípulo respetuoso de Leconít! de Lisie y
de Heredia; aquél, imitador de Beaudelaire:; el de más allá, revoloteando desde los t'Ondeaux de Charles d'Orleans a los lieder de H. Heine-sentíanse des136
137

�LA PLUMA
asosegados por el ímpetu y el áspero lirismo del autor de F/aml,taux 11oirs.
Con perspicacia verdadera, vieron la fuerza de su genio, capaz de barrer sus
minúsculas reputaciones locales como barre el huracán las brizna&amp; de paja.
Después de muerto, en los innumerables discursos que en ceremonias incon•
tables han infligido I aus manes, se ha intentado avergonzar al.espírita •1F90•
que obligó a Verhaeren a buscar refugio#B oi\e:ttranjero; pero tenga\nos el 'fl•
lor de la historia, y restablezcamos la realidad de los hechos: la fuga de Verbae•
ren se debi6, no al espíritu •QCOCio• pe un país que no es más ni menos ,beocio• que los demás, sino a la campaña odiosa de todos sus •camaradas•.
Verhaeren había encontrado un refugio en el grupo formado en torno de
una revista, intitulada L'Arl Moderne, fundada por el dilettante y gran jurista
Edmond Picard. Después que Verbaeren se fué a Francia, el g.-upo de L'Art
Moderne siguió hostil a la Jeune-Belgique y continuó reclutando escritores y
artistas, no para realizar obra de creadores, sino para socavar y derruir lo que
los vecinos de enfrente intentaban levantar. Hay que reconocer, por lo demás,
que los Tecinos de enfrente estaban animados de iguales preocupaciones, y
que. sobre todo después de la muerte de Max Wallcr se acantona1 on en lo puramentt; negativo.
Esa rencilla condujo al resultado que fatalmente le esperaba: L'Art .lfoder"' se desvió de sus fines educativos. y por los recovecos de la polémica concluyó en una especie de periodismo, apenas de nivel superior y sensiblcmcutc
igual en moralidad a la prensa cotidiana; la Jeu,,e-Belgit¡ue periclitó, perdiendo
sangre y gloria, con todo su pasado, por cien heridas, y tras de haberse obstinado mucho tiempo, sus redactores tuvieron que suprimirla.
Pero acababa de llegar al primer término del escenario una generación nue.
va: contaban en ella Maurice Maeterlinck, el pobre Charles Van Lcrberghe, que
murió joven, después de dejarnos en La Chanso11 d'Eve la obra maestra de toda
la poesía simbolista, Henri Maubel, muerto también, y que ha dejado una obra
teatral curiosa. donde se halla en germen el teatro impresivo de Crommelynck,
y muchos otros. Les pareció indispensable crear una nueva revista v nació
Le Cot¡ Houg,. Con él nacieron e:spantosas discordias intestinas, lo des~~rraron,
lo desplumaron y en meaos de dos años lo asesinaron. l\laderlinck se desterraba; Maubel se recluía en una soledad que ya no había de abandonar, y sus
compañeros oscuros o merecedores de serlo, se repartieron en tres o cuatro
secciones que se fusilaron con saña.
Y de ahí no se ha pasado, salvo que antes de la guerra hubo en alguno5 mo138

LA PLUMA
meatos hasta cuarenta revistas, ostentando cuarenta programas, e invectivando
a cuanto pasaba a su alcance.
He trazado este breve bosquejo del movimiento centrífugo que desde la
cuna anima a la escuela literaria belga, porque no conociéndolo es imposible
comprender su pobreza crítica, su falsa pasión y el tenaz desequilibrio que le
ha impedido, por un lado. alcanzar efectiva fecundidad, y por otro, conceder a
lo que CD ella vale más el respeto y la simpatía que le hubiesen granjeado, mejor que sus clamores vanos, la atención de la Europa civilizada.
Falta de crítica: esto es lo que más sorprende, el chasco mayor. Si en uD
país donde haya critica alguien la moteja de inútil, que vaya a Bélgica y com•
pare la cohesión y robustez de las letras belgas de expresión flamenca durante
esos aflos de 1890 a 1goo, con la esterilidad de los círculos de expresión francesa, abandonados por los elementos buenos, y reducidos, en lo demás, 11 minúsculas querellas locales. En Flandes, un hombre, de quien puede decirse que
fué un genio de la crítica, Auguste Vermeylen, agrupaba todas las fuerzas activas en torno de la famosa revista Va11 Xu en Straks («De ~hora y de muy
pronto•). En Walonia o en Bruselas, ido Verhaeren, ido Maeterlinck, vínose a
caer por bajo de lo mediocre.
Falsa pasión. En una crónica precedente he hablado de la crisis regionalista
y sus peligros. De esto provienen directamente. Amezquindados, incapaces de
abordar el espectáculo de las cosas con el alma libre de angustias pequeñas y
de los pequeños apuros de la vida cotidiana, impotentes para ver, comprender
y restituir lo patético que hay escondido en todos los conflictos, en todas las
acciones y en todos los corazones, era Ídtal que esos escritores:se apegaran al
marco y decoración dentro de los que, la tradición, o mejor dicho, la rutina, situaba los accesos de pasión de los hombres del país. Sin contacto con «el muD·
do•, se concentraron en torno de la minúscula idea que se forjaban de csu
mundo•, y mezclando su modo de expresión con el de )os pintores, buscaron
también h1 truculencia de los tonos y la supremacía de uua vida ficticia pero estruendosa.
Desequilibrio. Para librarse de la trampa del falso tradicionali:,mo, cierto
número de jóvenes se arrojaron a todo correr por las avenidas que en la lite•
ratura abría la Francia nueva, y entonces, h;u:ia 1905, las letras belgas se convirtieron en el refugio cláeico de todos los cismos•, y para cada uno hubo un
profeta, apóstoles. catecúmenos, y una revista
Todavía hoy, hoy más que nunca, siguen la.; divisiones y subdivisiones hasta
139

�LA PLUMA
LA PLUMA

'·

lo infinito 1 y las excomuniones de una capilla para otra con sañudo encarnizamiento. Esta observación la hice pocos Oías ha, leyendo uno tras otro tres artículos publicados en París por unos jóvenes, por reclutas literarios, acerca de
e movimiento literario belga desde el armisticio•. En el primero, muy corto, se
sentaba el principio de que tan sólo la .rtradición jordaenesca» (en vano me pregunto qué tiene que ver Jordaens con el campo de las letras) permanecía realmente viva y merecía atención; el autor se dignaba hacer, no obstante, una excepción en favor de las novelas regionalistas de la parte walona del país, con
tal que lleven bien impreso el sello del terruño r:y huelan a heno segado&gt; (sic).
En el segundo, un poco más largo, se entonaban los loores de la fanta:;ía, y el
autor, que se refería abundantemente a las obras de Tristán Dereme, de Ibels,
e incluso (¡oh, actualidad!), de Jules Laforgue, restringía la literatura belga contemporánea a unos cuantos jóvenes acomodados que hacen versos como otros
van al dancing, y a sus imitaderes y discípulos, cuya fantasía se paga c0n dos
insomnios por página. En fin, en el tercer artículo, francamente largo, un discípulo belga de M. Francis Jammes «refutaba, todo lo que no fuese íntegramente"
cat6lico, ,idealista, y espiritualista.
«Eu este país piensan a bandadas,, decía Baude1aire de Bélgica. Es para
creer que el mal se ha agravado y que hoy piensan según ciertas categorías.
Viene a ser como un escrutinio por lista, cuyas consecuencias son más deplorables todavía que en política. Nadie se libra: cuando Max Elskamp 1 gran solitario, el mayor poeta de la persistencia simbolista, publica un libro, le atribuyen toda suerte de segundas intenciones, toda suerte de ambiciones escolásticas que le harían morir de miedo. Lo mis:no ocurre con todo lo verdaderamente grande, y con todos los que, poseyendo un genio libre, no pueden ser catalogados, ya se trate de Fernand Crommelynck, de André Bailloo, de Neel Doff,
de Marguerite Duterme, o de los jóvenes poetas Albert Valentin, René Verboom o Sébastien Dongrie. Por el contrario, si un M. Hubert Stiernet publica
un Roman du lonnetiet·, del que lo menos que puede decirse es que ya lo han
escrito antes trescientas veces en todas las lenguas, si un M. Franz Ilellens publica una novela de aventuras y negros dnnde se combinan más o menos agradablemente los dos c:artículos, que más salida tienen ahora en la librería fran cesa, si un M. Melot du Dy o uo .M. Paul Fierens publican, aquel, vergonzosos
pa, iicl,es de Laforgue, y éste una cuadrag@sima versión de las. Georgiques Cáretiesnes, no faltará, en este o en el otro rincón del circo literario, un alboroto de
entusiasmo premeditado, preconcebido.

El extranjero que una o dos veces, fiándose de tales entusiasmos, lleva su
curiosidad basta examinar las obras, se encuentra las ¡nás veces tan completamente chasqueado 1 que borra de la lista de sus preocupaciones la literatura
belga, y el puñado de escritores que obstinadamente se niegan a dejarse alistar bajo una enseña, se ven cada vez más faltos de apoyo y de lectores.
En general, no creo en los críticos que cada quince días descubren un VerJaine cuando no un Shakespeare. Hay elogios peligrosísimos, no sólo para quien
los recibe y para quien los tributa, sino para la escuela entera a que unos y
otros pertenecen. Por eso-dado mi propósito de defender esta escuela, es decir, a los hombres que le prestan, en mi opinión, su valor y relieve-, he creído
pertinente poner en guardia a los lectores de LA PLUMA que por ella se interesen, contra las consecuencias de los sectarismos cuadriculados, de los sectarismos por cuadrillas, cuya vitalidad se comprueba a cada momento. Provienen
generalmente de hombres cuyas obras y teorías sería superfluo conocer, siendo
necesario atravesarlas para encontrar más allá, en los caminos de la libertad,
algunos poetas para qnienes el dolor humano no es una máscara ni una actitud,
y que no confunden la alegría cou la pirueta y la pasión con la literatura.
P.AuL

FRANCIA
M. Francis Careo, uno de Jos buenos novelistas de la
generación joven, se ha manifestado con tres volúmenes publicados
arreo y por un gran premio de novela que le ha concedido la Academia Francesa.
Es,1 manifestación triple denota por lo meaos la actividad literaria de M. Fraacis Careo, que multiplica i-us esfuerzos en el teatro y en varios
géneros de novela. Au Coin des Rues, l' Homme Traqué, y /'Equipe son 1 por Jo demás, de la misma inspiración y pertenecen a la misma estética. Tampoco señalan un intento de renovación por parte del autor de Jesús la Cailie, y de nuevo
le encontramos como le conocimos siempre: aficionado a los rincones y luga•
res montmart,-ois del París Oloderno, pintor de la gente maleante de la capital,
cantor de chulos, golfas y asesino!-.
UCRSIVAM.ENTE,

141

(
140

Cout..

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LA PLUMA

El hampa entera desfila. esta vez como siempre, por las novelas de M. Francis Careo, y ofrecería poca novedad analizar esa m,rnera suya, próxima a las
de Bruand el cancionista, de Charles-Henry Hirsch y algún otro. Más interesante será acaso subrayar la originalidad de L' Homme Traqué, la más curiosa,
la más nueva, a mi parecer, de lds últimas producciones de M. Francis Careo
El interés de ese libro es puramente psicológico, y no tan sólo pintoresco.
El autor no se aplica a un estudio de costumbres, sino a un estudio de almas, a
un C!lso psicológico que ha situado en el mundo del hampa, pero que podía
haber analizado Jo mismo en otro medio. Es el caso de un asesino que, en cierto
modo, está como hechizado por un pseudo cómplice, que no ha participado en
el crimen por modo aiguno, pero que Jo ha visto, y con eso, viene a ser algo así
como uno de los actores del drama. La penetración lenta que van mostrando
esos dos seres, la manera como se descubren poco a poco, y se iluminan mutuamente el fondo del alma, no deja de recordar al Raskolnikoff de Cr-imen y
Castigo. El análisis es singularmente audaz, ccn efectos de luz y de claro oscuro que son de verdadero poeta.
Con esta cualidad última, M. Francis Careo realza los asuntos que trata, vulgares siempre, propios de un género esencialmente caduco. Y por eJla, sin
duda, la Academia Francesa Je ha otorgado una recompensa que suele reservar para una literatura mucho más anodina.

* *

*

M. Ad. Van Bever, uno de nuestros historiadores literarios más sagaces,
más laboriosos, acab'I de emprender una tarea grave, que había tent..do a muchos eruditos, pero delante de la cual todos habían reculado: se trata de publicar la correspondencia de Paul Verlaine. Conocida es la importancia de esa
correspondencia para comprender el alma del Pobre Lelian; esa confidencia
perpetua, simple, espiritual, de uno de los espíritus más asombrosos del pasado siglo, vale tanto como las más acabadas memorias, como las más extensas
confesiones.
No poseíamos_hasta ahora más que l~s famosas cartas citadas por Edmond
Lepelletier en su gran libro sobre el ~utor de Sagesse, y que las Leifres d' Angleterrf- el dr, Nnr-d enviadas a Emile Blémout, además de crecido número de cartas desperdigadas por revistas, periódicos, libros y hasta almanaques, al azar
del momento y de los recuerdos.
Era menester, ante todo, colegir esa enorme masa de misivas, ponerlas en
142

orden, revisarlas (porque muchas contenían errores de copia), en fin, completarlas con otras no menos abnndantes y considerables, porque Paul Verlaine
es uno de los ·e scritores franceses que más corresponsales han tenidc, y más
variados.
Ad. Van Bever ha comenzado ya esa tarea enorme, y acaba de publicar el
primer volumen de la correspondencia del autor de Jadis et Nagi,er-e. Comprende la serie de misivas, billetes, nótula~ dirigidos a Edmond Lepelletier, a
León Valade, a Paulet Malassis y a!Emile Blémout. Es un trozo capital para la
memoria del gran poeta, la llave indispensable para abrir aquel corazón magnánimo y dolorido. Notas, aclaraciones, una bibliografía impecable y muy estudiada otorgan a esta obra un rango superior en la crítica.
*

* *

¿Conoceis las críticas de André Billy? Entre los jóvenes, es de los más despiertos y seguros. Acaba de reunir, bajo el título pintoresco de La 111:tse aux
Bésicles, algunos artículos de los que regularmente publica en L'Oeuvre, y esto
nos brinda ocasión para fijar los rasgos de este crítico, periodista y nove\bta
excelente.
En lo físico, André Billy parece un americano, vestido con amplio gabán,
cuidadosamente rasurado, gruesos cristales con montura de concha a caballo
sobre la nariz, calzado con recios borceguíes de doble suela, que camina con
paso rápido al par que firme.
Por su talento, es periodista de raza, nervioso, enterado, crítico sagaz, dotado de la originalidad de no atenerse a las capillitas literarias, a las opiniones
de encargo, ni a los juicios determinados por consideraciones extrañas a la literatura, pero que se afana por descubrir el talento donde quiera que se encuentre y consigue hacerlo valer con unas cuantas frases.
André BiJly es sagaz, penetrante. Tiene también sus vi30S de humorista, y
posee una cultura real, sin la que no es posible la crítica.
La amplitud de espíritu de André Billy, su carencia de prejuicios, su deseo
sincero de otorg1r a todo talento bien intencionado el puesto conespondieate,
se descubren con sólo repasar la lista de autores analizados por él y a quienes
se refieren los estudios incluidos en La ,lfuse aux Bésicl,s. Desde Jea&lt;1 Giraudoux a Walt Whitman, pasando! por Colette, por La Fouchardiere por Julien
Benda, por Pierre Benoit y A bel Hermant, desfila por el libro una serie de figuras muy diversas, proc-:dentes de muy distintos orígenes, y cuya variedad sorI43

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LA PLUMA

LA PLUMA

prende a quien no considera la asombrosa diversidad de nuestra literatura
contemporánea.
Libros como el de André Bi ly son los mejores guías a través de la Francia
actual. El autor ha dado cima a una buena obra y a un excelente trabajo literario.

• • •

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1

Charles Derennes no cesa de asombrarnos. Poeta, novelista, cofabor.ador de
la Vie Parisienne, que acierta a ser, cuando quiere, perspicaz analist~, enamorado de la mujer parisina 1 de la que ha hablado con pasión de amor, para iCr
sencillamente-que vale más-pintor de la Mujer, se aplica ti mpo h,1ce a un
trabajo singular. Pretende estudiar los animales, o cuando menos, ciertos animales, como ha estudiado a los héroes y heroínas de sus libros anteriores. Esa
galería se intitula Bestiario sentimental, donde había puesto ya la Vie de Grillon, y ahora La Chauve-Sourú.
El género no es enteramente nuevo, puesto que visiblemente está imitado
de Maeterlinck, pero puede engendrar obras notables cuando el autor, no limitándose a la observación paciente, lleva en sí un amante y un poeta.
Preciso es querer como amante a esos bichos para hablar de ellos como
poeta. Charles Derennes es lo uno y lo otro, y de ahí el hechizo de sus libros.
Como la Vie de Grilton, como será mañana la Sotilté des f?qurmis, La ChauveSou,-is es un estudio paciente donde no se sabe qué admirar más, si el método
del observador o la manera de genio que manifiesta para introducirse en el ser
observado, vivir en él y hacerle vivir a nuestros ojos.
Estos libros son muy bellos, y destacan noblemente en la literatura contemporánea; no nos cansaremos de recomendarlos. El porvenir destruii-á sin duda
-esµeré-moslo al menos-muchos valores de hoy, y podrá ser que coloque en
primera línea obras de este género, cinematografía literaria original e inesperada.

• • •

Poco tengo que decir del teatro esta vez. La conclusión de la temporada ha
sido lamcotablc para !os teatros del boulcvard, desde el punto de vista material. Los directores inculpan a los autor"s, los autores al público, el públko a
las obras, y a nuestro parecer aciertan. Nunca se han representado en los grandes teatros franceses obras tan medianas, en condiciones tan desfavorables
para el buen éxito .
144

Obras montadas a todo gasto, ccslrellas• pagadas a precios ridículamente
exagerados, localidades carísimas, diríase que todo está dispuesto para que la
obra fracas&lt;.&gt;. Y fracasa, en efecto, y a nadie debería sorprenderle.
Por fortuna, conservamos algunas esperanzas, Ciertas agrupaciones teatrales nos han dado a conocer autores y obras de mérito. Ya he mencionado algunos . A estos hay que añadir La Cliimere, dirigida por M. Gastan Baty, que ha
representado obras muy notables de Jean-Jacques Bernard y de Jean Schlumberger. ¡Ojalá. viva mucho tiempo La Chimdre, para bien de las letras fran cesas!

JUta

B&amp;R.UUT.

PORTUGAL
la exposición panorá.mica de la literatura portuguesa
contempo:ánea, llegamos ahora a los cronistas periodísticos, impresionistas del suceso del momento I comentaristas del - hecho
efímero.
Joao Costa es de los más interesantes cultivadores del género.
Su observación es sagaz, y la oportunidad de su comentario, flagrante. Antonio
Ferro y Affonso de Bragan~a son los más i6venes escritores notables en esta
manera. Albino Forjaz de Sampayo imprimió a su espíritu u.n giro artificialmente pesimista, y siguiendo esa línea compone sus crónicas.
Luiz da Camara Reys y Raul Proen~a representan la tendencia revolucionaria de la crónica, adaptándola a sus prevenciones político-sociales.
Joaquín Costa es un cronista lírico, revoloteando sobre los asuntos con levedad que cautiva.
Entre los cronistas teatrales, Augusto de Lacerda es el más equilibrado y
('} de más firmes puntos de vista. Merece ser notade entre los nuevos Armando
Ferreira.
Tenemos pocos ensayistas. Antonio Sergio y Manoel da Silva Gayo pertenecen a la estirpe que comenzó con el fallecido Moniz Barreta. Agostinno de
Campos cultiva especialmente los ensayos críticos de vulgarización¡ 100 notab les los que ha escrito al frente de cada volumen de la Antología, cuya p ublicación dirige.
ONTINUANDO

X

�LA 'p LUMA
Corta es la familia de nuestros novelistas contemporáneos. Manuel Ribeiro
y Aquilino Ribeiro, All:ierto de Souza Costa y Samuel Maia, cultivan con mayor
o menor acierto el género narrativo. En la novela histórica hay un maestro in-'
discutible, que a la emoción que sugiere alía excepcionales primores de forma:
Anthero de Figueiredo. En otros géneros de novela , Eduardo de Almeida, perdido, oh•idado en provincias, ha probado ya singulares dotes. Raul Brandao,
novelista del claroscuro, de lo sombrío goyesco, no tiene par dentro de su
manera.
Prosadores sin género definido, que trabajan la frase y las imágenes, Luiz
de Almeida Braga y Veiga Simoens.
De3pués de escrita mi crónica anterior se ha publicado un trabajo notabilísimo de crítica literaria, que coloca a su autor en una de aquellas categorías a
que me referí: el estudio sobre Bras García Mascarenhas del Profesor Antonio
de Vasconcellos.
Cultivan admirablemente la Historia Gama Barros, que se ha consagrado a
formar la Histo1·ia da attministrapao pública dm Portugal en los siglos xn a xv;
Fortunato de Almeida, a quien se debe la Historia da lgreja em Portugal, abundante repertorio de documentos de estudio; Antonio Baiao, Jordao de Freitas,
Joao de Meira, Abbade de Tagilde (muertos los dos últimos, pero tan próximos
a nosotros, que podemos considerarlos contemporáneos), Vieira Guimaraens,
Ludo de Azevedo y Thomas dé Vilhena.
Críticos especialistas de arte, Joaq11.im de Vasconcellos, nuestro único musicógrafo; Antonio Arroyo y José de Figueircdo.
Magistral evocador de figuras históricas es el Conde de Sabugoza, cuya monografía sobre· la reina Doña Leonor, mujer de Juan II, es un trabajo acabado.
La generación de hoy es pobre en ·escritores dramáticos. Carlos Selvagem.
,en la comedia dramática; Brun, en la farsa moderna; Julio Dantas. en el drama
semi-histórico, semi-bure-ués, y Augusto de Lacerda, en el teatro simb61ico, son
los nombres que se salvan de toda la caterva de revisteros sin gracia ni origi1
'
•
nalidad.
Hablemos ahora de las escritoras. Pocas son, pero brillantes. Vera de Luna
y Clarinha, Luiza Gra~de y Juana Emilia Taronca. en la prosa, son, cada 11na
en su génerÓ y en su manera personal, nombres que pai·a siempre quedarán
ligados a lá historia de la literatura portuguesa. Es justo destacar también el
nombre de Virginia de Castro Almeida, novelista regional, dueña de una forma
agradabilísima, determinada por las !I'ás laudables intuiciones. Blanca de G.
146

LA PLUMA

,,
Coll~~o, Virginia' Victorino, María de Carvalho, Domitilla de Carvalho, son la~
principales poetisas de nuestro tiempo, detrás de las que siguen otros nombres celebrados, como los de Fernanda de Quadros y Oliva Guerra.
Con esto queda hecha la exposición panorámi.:a del estado actual de la lit¿
ratura portuguesa. Podemos ahora entrar en el objeto preciso de estas crónicas, el compte ,·endu de la producción literaria de Portugai.

• • •
De los últimos libros publicados retengo algunos, pues si la cantidad es crecida no corresponde siempre a la calidad.
L~is Fernando Ta vares de Carvalho es un poeta joven que publica su primer libro, al que ha dado el título sugestivo de O Graal do meo encanto.
Es un ramo de poesías líricas en que se adoptan los ritmos más variados
para servir temas muy diversos. El poeta se aparta · de preocupaciones de escuel~. ?'.Quiere halla•: en su lira la cu~rda que mejor traduzca el lenguaje de su
sens1b1hdad. Transcnbo, porque lo rnernce, una de las páginas más lindas de
este libro:
cl\leo amor: ouve: Alguem que já do mundo
se foi, e que tu olhei no derradeiro
Instante; Alguem, de olhar sereno e fundo,
Como o luar p'las noites de janeiro;
Alguern q' o seo aprumo en vao recunrlo
E nelle advinho uro Santo e um Romeiro ...
Alguem, Amor, q' já deo brado ao mundo,
E que ha de dar ainda ao Ceo inteiro,
Disse: que no jardim onde nascera
A hi plantara a flor que o seduzio,
Q' flor tao bella nunca o ceo houvera
Mas nao a vira o Sol,-e nao florio ...
-Vai boj~ es tu a Flor que o Sol quizera,
E emfim sou cu o Sol que a flor nao vio!,

* * *
_Cha das ~inco es e! títu!o del libro de Carlota Serpa Pinto (C/arin/,a). Esta
seoora ~s h1Ja de Serpa Pmto, explorador de África, conocido en todo el mundo. Hasta ahora limitábase su actividad literaria a colaborar en algunos perió147

�11

'

LA PLUMA
picos, desde que se decidió a escribir para el público en Diario Nacional, órgano realista portugués.
Este libro, C/Ja das cinco, es un conjunto de crónicas inéditas, en que se hace
crítica leve, y a veces, enternecida 1 de los aspectos variados de la vida social
portuguesa. La sonrisa de Clarinha va siempre rodeada de una aureola de mal
disimulada tristeza, de melancolía mal encubierta. Puede aplicársele la amarga
expresión que Beaumarchais pone en boca de Fígaro: «Je me pressc de rire de
tout, de penr d'Ctre obligé d'en pleurer •
La ironía de Clariuha no lastima: es como eJ roce de las pluma de un abanico~ no llega a ser el pinchazo de un alfiler de oro.

• • •

'1

'

'

Joao Amea1, a quien ya me referí cuando hablé de los críticos impresionistas, es también un novelista que vale. No hace mucho todavía que publicó
la novela 01/ws cinzentos, y su nombre reaparece en los escaparates de las librerías con otra novela, Nossa senko,·a da Mor/e. La primera indujo a la crítica
portugueba a aproximarlo, equivncadamente a mi entender, al novelista castellano Antonio de Hoyos y Vinent, que tuvo en Portugal fugaz notoriedad. Pero
entre el autor de El árbol genealógico y El pasado, sus dos mejores trabajos, en
mi opinión. y el autor de 01/ws cinzetztos hay gran distancia. Hoyos y Vinent recarga las tintas, nos da aguasfuertes; Joao Ameal es todo matices, medias lintas, crepúsculos.
Nossa senkora da Mor le es su mejor novela. En dos palabra.; se cuenta el
enredo. Rafael amó, en tiempos, a Elena. Después se casó con Magda. Hallándose ésta en un sanatorio, Rafael encuentra a Elena. Resucita !a pasión antigua,
y va dominá.ndolos por completo, cuando Elena, que tenía en Magda su mejor
amiga . llama a los dos para que la asistan en su óltima hora. La muerte colócase entre los dos ama[ltes, y renuncian, por amor de ella, al 11mor de sus corazones vivos. El enredo hace pensar un po~o, por el poder espiritual que ejerce
una muerte, en la no..-ela de Jean Louis Vaudoyer, Le dernür nndez-vous. Por
lo demás. son dos tragedias diferentes, y el estilo de Joao Ameal es enteramente suyo; más equilibrado, más armónico, más perfecto de imágenes en esta novela que en la primera. Joao Ameal, esencialmente pintor de escenarios, mueve
a sus personajes en un medio admirablemente dibujado, de curiosas tonalidades.

• • •

LA P L U ~1 A
Pai• lilaz, Desterro Azul, es el último libro de Affonso Lopes Viein. Este
poeta, ya regularmente conocido en España, posee una t·bra dilatada. Su primer libro, Para qul?, data de 1897. De todos, aquellos en que su arte se ha elevado más, son ese Pard ful? y el Ndufrago. Lopes Vieira, como muchos otros,
es víctima de la falta de sentido crítico de nuestro periodismo. Así va su nombre prendido a innegables trivialidades, que ciertamente no hubiese escrito de
permanecer indiferente a la fácil lisonja de una Prensa inepta. Dueño de genuinas cualidades líricas, las ha gastado lamentablemenie en manifestaciones sin
brillo. Es uno de nuestros buenos poetas contemporáneos; pero de los muchos
libros que publica, sólo algunas páginas merecen perdurar. Sus descuidos de
forma son patentes; y cuando la forma no sea todo en poesía, es mucho.
En este libro Paiz Jilaz, Desterro azul, hay esta cuarteta admirable:
O ceo era todo azul,
Como o teo sorriso é loiro,
Mas pra a balada de Tule
Faltavame a taca de airo.
Y hay también esta, que no sé si los lectores de esta Revista apreciarán en
toda su fealdad, pero que en portugués es horrible:
Vai partir a Embaixada!
Oiro, rubis, todo esplende!
Cada nao ernpave~ada,
Cada olho do Rezende!
Si Affonso Lopes Vieira escuchase menos a la badauderie indígena, y se
mantuviese inflexible en su línea, habiendo escrito tan bellos poemas como
Pa,·a qui? y el Ndufrago, no caería en los deslices que desde entonces acá caracterizan su obra.
AtFRBDO PnUNTA..

TEATROS
JONDO, BL BAJLX FLAMENCO y OTRAS VARU:DADKS.-Con ocasión
del primer concurso de cCante Jondo, en el Corpus de Granada
del pasado junio, han publicado sus organizadores un folleto i!us,
trador de los orígenes, valores musicales e influencia en el arte
musical europeo, del canto primitivo andaluz.
La adopción ~or la iglesia española del canto bizantino, basta el siglo once•
no en que fué introducida la liturgia romana propiamente dicha; la invasión

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~~-Blff,~~;~~,~~ .......~ -. . . . . . ....-...
~~MI~!• ~•~ni,q_qfm ~dllaa.4t, "tea,ria-. ietc:., lu 1111alca ao J11M111en

~~- c ; i q ~ ~ ~ del H1'4•/flllll,.
~ c:qb,u.,P&lt;mH!R'h~Qlq ~-tel._; el cimpleode,••..._. m-6dico
que rara ves trasp11a los lfmites de una sexta;
lleltaio~111i07
D~,M4, ~ ~ta, úel;!Je1JWMAte ~ • d a do • .,.,....,. lapa'k,r
e WiPr. d ~M dc;.¡it~i4tfP.IPlttíataliea ~PpNlioDOí,e arre1,atme ...
Fi488 &amp;&gt;Pt 1, f"t;rp ~IW,'liiva ~ ~ ; Nllt -.... y pitolt CDIJ que anima el
~ro aj°' "A'W~1 t.o&amp;-,ru, 1M, e l ~ ~ a,,adalee 4lel ...u J"""" que
d . ~ ~~itblA ~ ' q P . IJl!MliWeaqtpf de la Wit ,i1ltl!OI padtlaile

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de clos Cincoa qUt= ~ ~ciQ11alifJ.r,:1 ~~• -'t tuck-, la m61ia' ru•,
io~Dfq dqraa~ au larp. ~Qeia ep Et~ .tn4,cm al piHe o a la oirqunta
Ju Í.Qfp.wadq "'IIPªIJi. • t9• ace&gt;mpallamlentea ck maat111,fabdang01-y Jota
~~. que.~e~visJbf\ ~ .teb,~ p~ailst&amp; F ~ bdrf¡ua 11.,.
~ Q . . LJI' A~~c:icNJ•.AftllllldU J&gt;O( Gliw 4etuJDio~lacrcaci6u &amp; ciertoe
~{Qientos orqueatalci. c¡u.c "v-loraa au •l«lleJde 4le 11118 noche de ffft¡,
~ ea M4dri4• 7 1u ~C.pr~ bfjJlan~ 11¡0bn, la jota anp•ee•r-. La .ultra de
Ri"'8kJ-Ko~, BQrodio y 13al~(.c,t4Himisme nQldde De yitmos J mloripo ~paflolqa.
~ jipportap~ q11e la ioll1,1~ q~ baJa podido lljercet1Ja mdsica pepa•
lar an~lu&amp;a ~ t9s ~ea4ore1 4~ .ir~ muaiJ:f,I auso, es la que en loe mocleril•
fr•ccaca dctefmina ~94alid~ca e11etaclales, no ya meramente pintoreacas y
,cceaoriait. ~ 4D los pr~nt~ El Dl!llllffic:o eapaloliamo de la
de .Bi~J. por: *•plo, ~ mú dr-'tico qae prtpiamcnt, !lllllical, Ea ea.-..
el pa~tlaPlp C$J&gt;116ol está trad11ciclo • un leng11aje lfDiffraal. Mientras que De-

.-IJSi~

(l.•,...
151

�LA PLUMA
bussy y Ravel emplean, incluso en obras que rio están escritas con intención
española, modos, cadencias, enlaces de acordes, ritmos y aun giros melódicos
que revelan evidente parentesco con nuestra música natural. Sin duda porque
en d cante jondo, de igual suerte que en los cantos primitivos de Oriente, la
gama musical es consecuencia directa de la que podríamos llamar gama oral.
¿Xo llegan a suponer algunos que palabra y canto fueron en su origen una
misma cosa? Louis Lucas en su Acoustique N11uve!le dice del género enharmónico
cque es el primero que aparee-.: en el orden natural por imitación del canto de
las aves, del grito de los animales y de los infinitos ruidos de la materia.• De
Debussy a Stravinsky y los más avanzados exploradores del futuro musical
hay una evidente tendencia a retrotraer la mú~ica como tal género artístico a
la expresión de lo inefable por medios naturales, que implican una reacción
contra el academicismo clásico.
cEI empleo popular de la guitarra representa-dice el folleto suso citadodos valores musicales bien determinados: el rítmico exterior o inmediatamente perceptible, y el valor puramente tonal-harmónico. Los efectos armónicos
qu«- inconscientemente producen nuestros guitarristas, representan una de las
maravillas del arte natural. Claude Debussy fué t:l compositor a quien, en ciec
to modo, debemos la incorporación de esos valores a la música artística; su escritura armónica, su /ejido sonoro, dan fe de ello en no pocos casos. El ejemplo dado por Debussy tuvo inmediatas y brillantes consecuencias: la admirable Iberia de nuestro Isaac Albéniz cuent.i entre las más ilustres.,
Sobre todo, y esto es lo que más nos interesa del concurso de Granada, e1
e;cmplo de Debussy, de Albéniz y de los rusos, mueve a Manuel de Falla a
trabajar la inspiración propia en el venero aodal~z. El autor de el.a vida breve,, de •El amor brujo,, de las ,Noche~ en los jardines de España,, de e El
sombrero de tres picos• nos debe la grao tran~posición artística del ca,ztejondo.
Las fiestas flamencas en que han reverdecido fugazmente 1,,s laureles de los
vencedores de Granada, para solaz de los espectadores madrileños de Parisiana
y el teatro del Centro, suscitan de nuevo la cuestión batallona dd concurso. El
canfejondo, el baile popular andaluz, a palo seco, ¿pueden ser un espectácnlo artístico? Tienen, en todo caso, su sede propia en el tab!ao, han menester del coro
adecuado de concurrentes habituales al Burrero de Sevilla, escenario sui-generis
par:t el arte natural de los ce&gt;rtijos. La composición del cuadro gitano para ingleses visitante~ del Albaicín J!fdel Sacro Mor.te, «-s harto pobre. Del recientemente presentido en Parisiana, aparte la suge5tiJo del canto alternado con
152

LA PLUMA
que se acompaña el baile, y el estilo casticisimo de la vieja Triui la Maestra, especie de Sarah Bernhardt gitana, aprovechable en grado sumo para un director
artístico que quisiera montar una hanza de la Muerte, poco puede decirse si no
es que revela cierto retroceso a los tiempos del baile flamenco de zarzuela, an-'
teriores a Pastora Imperio. Conocemos, en este respecto, una explicación foédita de la transposición artística del baile de lablao al, que fué inimitable, de
la propia Pastora. Hace pocos años, el prime,o que bailó en el Real la compañía rusa de Diaghilef, obsequió la Imperio una tarde a sus colegas moscovitas
con una sesión íntima de sus danzas. Bolm, el primer bailarín, quiso saber, entusiasmado como estaba, si el arte de la sevillana genial era espontáneo, lo que
a un discípulo como él de la rigurosa Ac;idemia coreográfica de Petrogrado parecíale inverosímil, o aprendido con conciencia artística. Pastora Imperio se
limitó a contestarle en un francés ceceoso y pintoresco: «Ju,q1ld ,na mere on
dansait comme fª·• Y agitaba las manos, cual si tuviera los palillos, a la altura
no más del pecho. e.Ya mere fut la premi,!re qui fit comme fª· • Esto diciendo
alzó un brazo por encima de la cabeza, erguida sobre el busto soberano, teniendo el otro a la altura del talle y como protegiendo graciosamente el cuerpo, en
la actitud que tantos estragos ha hecho entre sus malas imitadoras, y ante la
que se extasiaba el discípulo de Fokio.
Las gitanillas del cuadro flamenco de PJrisiana bailan como tiples de género chico de hace veinte años. No ya Pastora o la Argentina; la Argentinita,
Nati la Bilbaína, o la bellísima lsabelita Ruiz, en quien culmina el mal gusto y
la técnica fácil en que degenera el baile español artístico, revelan un progreso
indudable en la pobreza de los escenarios de variedades.
Por lo que hace al cante, si el público percibe con suficiente capacidad el
mérito de uu guitarrista como Mootoya, propende siempre a entusiasmarse
con los alardes de virt•10sismo, ni más ni menos que en la ópera italiana o en
los conciertos de Price. Uno tras otro se le ofrecían en Parisiana el bueno y e1
mal ejemplo, el arte rudo, austero, evidente incluso a través de los insuficientes medios vocales de Bermúdez el viejo; y las florituras flamencas de Chacón,
cursi como un tenorioo, tolerable tan sólo en alguna chufla como •Los caracoles•. Chacón es al cante jondo, lo que Gallito y sus malos sucesores al toreo
rondeño, lo que la Argentioita a la Macarrona. Chacón procede de Juan Breva,
el canat"io mds sono,·o de tiempos del rey jaranero. Es la perfección de un arte
degenerado. Un arte popular hasta cierto punto. El caso del cNiño Caracol» entonando con estilo neto saetas y soleares, no es más general que
153

�LA PLUMA

i[

. 1[

11

el de un Pepito Arriola, pongo por fenómeno artístico espo_ntáoeo. Arte natural lo ·namá. el autor del folleto del Concurso. Sus mapifcstacio1!CS tienen más
de rito que de tradici6n ingenua. propia de los demás cantos populares españoles. Su carácter individual, su dificultad técnica le diferencian ,esencial 1mente de la música popular. Es un arte reducido,_por ende, a la comprensión de
los iniciados. Sentir lo jon_do no es dable a todos los oídos ni a todos los
ánimos.
Un poeta, Manuel Machido, ha encontrado la fórmula artística en que tale~
elementos naturales se funden con el sentimiento lírico personal. Su último
lib ro, Cante !tondo, así lo revela. Un' mú;;ico como Falla puede realizar la misma fusión, coptinuando la interpretación personal de ~sa historia latente eo la
soleá, la liviana y el polo, hasta el misterio de la Jt'gttiriJa.
¿Qué otra solución puede tener si no la conservación in.tegral, en sµ eureza prístina, de los cantos andaluces? La degeneración fl~menca revela el
impulso cre~dor del artista mediocre. El cantaor de tabtao, produce la musiquilla de género chico, o el espectáculo deleznable del flamenqui:Smo de va,rie•
tés . El cante hondo puede ~ngendrar buena música española de c4rmlra. La
zambra gitana puede- se1· qÍigen de una excelente academia de baile andaluz de
gran espectá.culo. En cuanto al bolero clási¡:o, de que es el bailarín Ramírez
uno de los más genuinos representantes. contiene en cermen jududables posibilidades artísticas en su represe1Jtarión humorística de los más equívocos
instintos sensuales.
Bien muerto, pues, el tlamenquismo, viva la música española.
UN CRÍTICO lNClPIENTB .

11

"
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,54

a

Í)

LIBROS Y REVISTAS
Adolio Rcyes.-EJ carro de asalto.-Gil Blas,-Renacirnicnto, Madrid.
cTodos los l1ombres hacen de su ilusión carro de asalto; pero sólo avanzan
los que aplastan a la multitud; los de los hombres fuertes, antiguamentl:" cubiertos de bronce, y hoy cubiertos de oro. Los carros ligeros, como no atropellan
ni hieren, son detenidos por la muchedumbre, que irritada de que la adelante
cosa tan vana, quebranta sus ruedas. Así, el que va en carro que no derriba, no
llega nunca a su feJicidad. Es necesario para el asalto un carro que apisone la
grava de Ja muchedumbre. Si no, todos los mutilados por las ruedas de oro, detendrán las ruedas de marfil para que el que sueña, también. como ellos, se
arrastre.•
Así se explica Gerardo, protagooist;i de la novela, pocas páginas antes de
declararse vencido, una vez .-desgarrado para siempre el velo de Maya de su
vida•.
Gerardo es malagueño. El autor de El ca,.,-o de asaJ/o, también. Si por algo
nos interesa especialmente señalar esta circunstaoci;i, no obstante la novela en
sus accidentes exceda el ambiente local de Mál;1ga la bella, es porqne su mayor
mérito sin duda reside en la evocación de un aspecto determinado de la vida
española contemporánea, peculiarmente maldgueño.
No queremos decir, entiéndase bien, que el novelista se haya propuesto la
pintura de un cuadro regional más o menos pintoresco; ni siquiera que la evocación sugerida sea el logro de una intención artlstica encaminada sobre todo a
determinar ese ambiente en nuestro mapa moral. Pero, consciente o no e·l autor. tal impresión 1nalagueña, nos hace esperar en obras futuras una aportación
decisiva en el mismo sentido.
Esa impresión, ese ambiente a que nos referimos, nada tiene que ver con
las luces y colores, ,propios de la acuarela o la fotografía literarifls. Nos referimos a Ja situación moral en que Et carro de asalto se inspira. Por Málaga ha
penetrado en la sangre española ese morbo decadente, que acaso no sería muy
aventurado JI amar Medite1 ráneo, ese abandono soñ0liento. de perezosa ciegan•
cia espiritual, de la Costa Azul, de la riviera italiana, de Nápoles y Capri. Digo
que ha penetrado en la sangre española, porque sus efectos no sóo los del cos155

�LA PLUMA
LA

PLUMA

mopolitismo errante, sino que por la frecuencia de cr1:1:ccs selectos entre ingleses y malagucñ.@,s, o viceversa, en los años en que el industrialismo naciente
atropellaba a cierta parte de la nobleza antigua, el mo1bo decadente que señalamos tiene en Málaga un desarrollo sui generis. El mismo cruce anglo-hispano
en Jerez, por ejemplo, ha dado finísima raza de caballos, de mujeres y de hombres de negocios. La mayor blandura malagueña débese quizá a que la inmigracióri británica lo fué principalmente de enfermos ricos-tuberculosos, hipersensibles.
Adolfo Reyes no pretende bucear en ese ambiente característico de la Málaga moderna. El ca,To de asalto es una novela sentimental, cuyos episodios
están siempre intervenidos en la narraci6n por el afán explicativo del autor,
desdoblado en la conciencia de sus personajes: Dos hombres de peso, un escultor, un poeta, una actriz, una enamorada que engaña su pasión pintando, en
derredor de i1na mujer falal y un hombre sin sentido. La acción transcurre
principalmente en Barcelona. Lo que nos gusta de ella, repetimos, es su especial acento malagueño.

* • •
R. Ba.eud.ía Abren. -Lu~. - Novela de costumbres choqueras. Barcelona,

1922.

La novela de costumbres, y más anunciada como tal, presupone la supeditación de todo propósito al de copiar del natural. lo más exactamente posible,
un escenario determinado. Las de Pereda, algunas de Palado Valdés y Blasco
lbáñez, las comedias de los hermanos Quintero, caen dentro de la literatura
costumbrista. ¿Por qué no las novelas contemporáneas de Galdós, ni las de Valera, pese al realismo de las unas o a la minuciosidad detallista de éstas? Por
su intención transcendente. Porque Valera y Galdós, corno ahora Valle-Inclán
y Baroja, y Azorfo, y Unamuno, y Pérez de Ayala, por caminos diversos, no se
limitan a copiar fielmente, sino que depuran, exaltan, crf"an con el barro de la
realidad un mundo c:,n espíritu propio. ¿Hemos de decir por eso qtte la literatura de costumbres es un género ir:iferiod Tanto valdría negar la calidad artf~tica del paisaje comparado con la pintura de figura, lo cual entra por los ojos
que no es cierto. Que no hace el nombre a la cosa, y sí el hacedor-mucho más
en .\rte, plástica o literaria.
¿Ha querido el autor de Luz pretextar una intriga novelesca para invitarno.; al viaje por Estuaria-Huelva-y sus alrededores? Así parece deducirse de
la frecuencia con que se interrumpe en el relato de los acontecimientos por él
inventados, para describir, para enumerar muchas veces, complaciéndose no
más en el recuento, las bellezas del campo y la ciudad, su transformación, de
la paz idílica al tumulto industrial, su pasado-evocación de las galeras de Colón-, su presente-materialismo pujante-, su ·porveoir rosado. Con todo, el
protagonista de la novela, que se llama Roberto, buen nombre de romántico
amador, hallándose en cierta ocasión acongojado, saca un libro del bolsillo y
empieza a leer: « ... esa linda producción, sin duda la mejor de Octavio Feuillct,
156

que se titula Le reman á'u-: jenne homme pauv1·e... Roberto DO leía, sino que saboreaba con fruición los bellos capítulos de esta novela, que es una verdadera
filigrana en su género.,
Este pasaje, que transcribimos a la letra, nos resuelve la duda que Ja lectura de Lus sugiere, respecto a la; intenciones del novelista, no ya al escribirla, al subtitularla novela de co.rt1'mbre.r. ¿Es que las de Estuaria son, en efecto,
nos decimos, tan puras y sencillas como las que nos revela el Sr. Buendía, no
obstante sus personajes vivan pasiones intensas? Roberto DOS da la respuesta
f:n el pasaje suso citado. Hombre de buena fe, vive en ese mundo donde triunfa la virtud y a los protagonistas los entierran con palma. Por lo demás, es achaque general c!.e novelas de costumbres el no pintar sino las mejores, sobre todo
si ello va en alabanza de aldea y tnenosprecio de corte. Las de Pereda, las de
Trueba, sírvanme de excelente ejemplo. Como más cercanas a la Luz del señor
Buendía, citaremos no más las de Fernán-Caballero, y hoy las del Sr. Muñoz y
Pavón, presbítero, muy difundidas merced al reclamo que de ellas se hace en
los confesonarios, especialmente en Andalucía.
Por otra parte, ¿cómo no estar conformes con la doctrina literaria ~entada
por el autor de Luz al retratar a Roberto el protagonista? eLos .rpo,·t.r y la literatura eran Sil~ dos grandes aficiones. Habí;¡ leído muchísimo, y conocía a fondo
los clásicos griegos y latinos. Los escritores del siglo de oro de nuestra literatura habían sido objeto de su particular atención, siendo sus autores predilectos Cervantes y San Juan de la Cruz. Sus gustos, cada día más refinados, en materia lite-raria le llevaron a la tentación de hacer muchos trabajos en prosa y
verso, algu[!OS bastante aceptables; pero dudoso siempre de sus propios méritos, jamás tuvo el valor de darlos a conocer por medio del libro o de la
Prensa.
,Manera. de proceder digna de loa, y que debería ser imitada por el sinnúmero de ignaras medianías que pululan en nuestros tiempos por el camíJO de
la literatura patria, con daño manifiesto de la misma, y que hacen mangas y capirotes de la gramática y destrozan el idioma.
•Detestaba cordialmente a los autores que, faltos de léxico propio, escriben
con pluma de ganso, empleando frases y aun oraciones enteras de los clásicos;
y también abominaba de aquellos otros enfáticos y pedantes que emplean de
modo desaforado y sin ton ni son adjetivos y nombres estn1falarios y rirnbombantes, rebuscados en el diccionario con una paciencia digna de mejor causa,
para demostrar asf una erudición de la que carecen en absoluto. A éstos los
llamaba, con mucha propiedad, ratones de biblioteca.
•A los neo-clásicos y ultra-modernistas los calificaba de sospec/10.ros, es decir, algo así como una especie de monedas clandestinas literarias.
&gt;Le gustaba que las ideas vertidas por los autores en suii obras fueran, si.no
nuevas, porque esto es difícil, por lo menos bien dichas y discretamente engalanadas.
• Y como la justicia bien administrada debe empezar por uno mismo, cuando repasaba lo que él había escrito y veía que aquellos: pensamientos no eran
suyos, sino que los había leído en autores antiguos o mod~rnos, tocaba retira1

57

�LA PLUMA

LA PLUMA
da y se dedicaba a guardar en su biblioteca las cuartillas de estos trabajos, que
habían de permanecer inéditos ... &gt;

• • •
Lula del Valle (Suly Veya): Floru A/arrkUas.-Pocsías.-Bit,liotcca Nuc•
v.t.-Editorial Athcuaeum.
Las clasificaciones hist6ric.ts, de cualquier orden, no responden exactamente a uaa i-ealidad delimitada en el tiempo con la nitidez que suponemos al con•
siderarla a distancia. La invasión de los bárbaros, la toma de Constantinopla
por los turcos, la Edad ,\lcdid, son conceptos a posteriori, desconocidos espccialmeute por algunos aut&lt;1res drotmáticos como aquel QUC hacia exclamar al
µrotagoni:::.ta de una de sus tragedias al final de un acto: e Partamos, pues, pan.
la gueru de los treinta años.,
Lo mismo sucede con las clasificacione, de la historia literaria. Siglo de Oro,
Romanticismo, Stmbolismo, Modernismo, Futurismo, son nombres que corresponden no más que rdativamcnte a un período de tiempo determinado. La inspiración de los poetas y el gusto de los lectores no cambian uniformemente y
a toque de corneta. Así, J.1,; Flores Af,irúiitas de Luis del Valle no pertenecen
a las 61_timas direcciones de la poesía española, a la zaga del movimiento europeo. N1 faltará quien arguya que la verdadera poesía nada tiene que ver con
las modas y los modos diferentes de expresión" Es posible que alguna vez, hablando corno se suele a la ligera, hayamos caid'J nosotros también en el error
de referirnos a la poesía verdadera e inmutable. Nada menos seguro. Una cosa
es el prurito insano de la novedad a toda cosca v otra el encastillarse en una
manera de sentir anticuada, por haber pasado ~- lugares comunes poéticos lo
que en un tiempo pudo deuotar una renovación de la sensibilidad literaria.
¿Hemos de negar por eso toda consideración a poetas como Luis del Valle,
cantores post-romántic0i, a tono sin duda con cierto número de lectores y quizá sobre todo de lectoras, que se nos antojan rezagados, pero que se complacen
en las antítesis, harto U.ciles ya a nuestro entender, de cLa cinta de seda&gt;,
«Una mentira más•, y cLa voz de la vida?• No por cierto.

• • •
Hu.berto Pérez. de la Os■a.-Pol,f"n/a.s.-(Poesías, 1915-1922). Madrid, 1922.
. P~etende el autor, en breve nota preliminar, tal variedad en punto a la insp1rac16n de los versos que componen su libro, que éste-a su entender-lo
constituyen dos más bien: el de su adolescencia y el de su juvectud. Antes y
después de: pecado, como si dijéramos.
. No creemos nosotros lo mismo. El artificio con que está dividido-Sones de
o~gano; En t~ clave;. Esquilas_; Afúsica inferi"r-responde mb que a una neccs1da_d: a una 1ntenc1ón preciosista. Polif,mías, en efecto, saivo dos-o tres compos1c1ones fin.tics, que denotan un propósito de expresión dinámica a la última

moda, corresponde exactamente al gust~ poético oc hace um:,s cuantos años,
cuando al sentimiento, sinc~ro o no, pero con pretensiones de parecerlo, sucedió en los líricos la contemplación estética. Hubo entonces un prurito de in·
genuidad, un retroceso a las emocione:1 sencillas-vitrale&lt;s góticos, perfume de
incienso, visiones monjiles-tao perversos como cualquier paraíso artificial.
Los poetas no transcribieron ya la realidad sino a través de una interpretación anterior, pictórica, musical, o musical y pictórica J un tit:mpo. La portada prerrafaelista dibujad 1. por el propio Pércz de la Ossa para Polifonías, las
ilustraciones del texto por Zamora, revelan esa intención. Lograda a veces ca
esta, páginas: con innegahle gracia poética.

• • •
0.-W. de L.-Milosz,-La Confessio,: de Lemuel. -La Connaissance, París, 1922.
Con el libro de 0.-W. de L.-Milosz, recibimos su tarjeta de Encargado de
Negocio,; de Lituania en Francia. Uno de los primeros pO~!'I'as, está dedicado
a Miss Natalie Clifford Uarney, otro, a Natalie. Miss Natalie Clifford Barney,
mantiene en la o,·il/a izquierda, el fuego sagrado de los salone-s literarios de
París. Esto del fuego sagrado no está pu&lt;""sto aqui a humo de pajas. Cuando me
fué dado visitar el salón literario de Mis:. Natalie Clifford Barney, 11dolecía la
capital de Francia, en plena crisis de la victorta. de falta de carbón con que alimentar las calefacciones centrales. Miss Natalie C\ifford Barney reducía su salón de la rue des Saiots-PCres a una habitación espaciosa del piso alto de su hotel1 de la que había hecho con excelente hmnour o bon4omie, alcoba, gabinete, comedor y despacho de trabajo, donde reunía a sus amigos, literatos y arlistas. un
día por semana, en torno a una gran chimenea reconfortante. Los amigos de :\liss
Natalie Clifford Barney son, principalmente, amigas. La que le:dió celebridad fué
la genial poetisa sáfica y suicida Renée Vivien. Remy de Gout montera también
asiduo concurrente al salón de l.liss Natalie Clifford Barney. Amigo de más
confianza que otros. entraba al salón atravesando a cualquier hora de! día o de
la noche, las habitaciones que yo ví refundidas en una. Así se desprende al
mt&gt;nos de las Lettres d l'Amazone que le dedicó. y a que ha respondido Miss
Natalie Clifford 8.1rney C•"ln sus Propos tlu!lr A11uzone, coleccionados en un
libro qut era reciente cuando su autora nos lo ofreció amable hace tres años.
)1iss Natalie Clifford Baroey tiene por ende esa encantadora ingenuidad
de \as mujeres de mundo. El día que asistimos a la reunión semanal en su salón, nos recibió deplorando nuestro retraso. Un poeta-¿el gran Paul Valery?acababa de salir de allí. Habfa estado hablando de un extraordinario lírico español. Un ma\larmeano. ¿Qué digo un m&lt;1l\armeano? ¡Un Mallarmé tal! Poeta
moderno, insistió Miss Natalie Ciifford Barncy, disculpando su olvido con la
dificultad de pronunciar los nombres españoles. Poeta moderno, y español de
España, no de América como Rubén Darid. Monsieur Salomón Reinach-a quien
miraba en vano Miss Natalie Clifford Barney repartiendo tazas de te-, no ha-

�LA PLUMA
bía p;1rado atención en el nombre ni en el descubrimiento del poeta ausente.
«Es algo así como Góra, Góra, pero tan difícil...», insistió Miss Natalie Clifford
Barney sacando fuerzas de su flaqueza de memoria.-¿Góngora?-aventuré-.
Cest fªl

La Confnsion de Lémuel, e~ un libro de pequeños poemas herÓ'léticos, precedidos de una epístola, a modo de prólogo simbólico, de un simbolismo
pseudo-filosófico, místico, e incidentalmente inspirado en motivos pe rsonales
a que se alude por confidencias sucesivas. ¿El señor O .-W. de L.-Milosz, es un
mallarmeano? Un mallarmeano de salón, en todo caso. Del salón. gongorino de
Miss Natalie Clifford Barncy. Lo más ínteres2nte para el crítico, y aun para el
dílettante, del libro del señor Milosz, es la sombra, el eco, la evocación-a través de la depuración occidental, francesa-del evidente espíritu eslavo que de
sus páginas trasciende.

• ••
Céline Arnauld.-Poin/ de mire.-PoCmes. Collection 11.Z, Jacques Povolozky
et Cie.-París.
Un retrato, al lápiz, de la auton, puesto al frente del librito, nos predispone en su favor. Más que por su hermosura, por el androginiomo gracioso que
sus facciones, su figura, su peinado, su traje, denotan. Es el suyo, sin duda, un
tipo muy de mujer moderna, cuyo mayor encanto está en la perversión inocente con que se produce y nos solicita. Es romántica. Romántica, todo Jo dernier
cri de la moda literaria que se quiera, pero lo es. Pretende sorprendernos con
el misterio, harto descubierto, de sus ojos, de su paso masculino, de. su humorismo lírico. Es inútil que nos diga cosas incongruentes, en versos estrafalarios , Va ve:;tida por un buen modisto, lee los últimos libros, sabe estar en la
sociedad de las gentes de letras de París. Su gracia exige cierta comprensión
del lector, e-s verdad. Pero ya, nos guste o no, lo comprendemos todo. Lo que
ella misma no sabe, se explica por el psicoanálisis.
11.Dans ce monde traitre rien
va trop vite ni trop tard
l'aspect des choses depend ,
du Poin.t áe Mire du regard,,
que pudiéramos decir, traduciendo libremente la profética kumorada relativista de nuestro Campoamor.
c. R. c.

160

A:'l'O Jll.

1

~!ADRID, SBPTIBMBRB 1922

NÚM. 28.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA SEGVNDA &lt;1&gt;
ESCENA PRIMERA
! ' !ANA DEL PRIOR: Fttévil/ad,señorío, como lo declaran
sus púdras insignes: Está llena de prestigio la ruda sonoridad tk sus
atrios y quintanas: Tient su. crónica tlt piedras sonoras: Candoroso romance de rapiñas feudales y banderas tk gremios rebeltks, frente a condes y mitrados. Viejas casonas, viejos linajes, pergaminos viejos, escudos marcos, pregonan las góticas fábulas de la Armería Galáica. ¡ Viana

dd Prior! Feria renombrada en la Octava dd Corpus. Nunca faltan
lusos y castellanos.-Un campo verde con robledo. Velarios.-Gentío. Ganados. Vistosos tendales. Portugueses talabartes, jalmas zamoranas,
pardas esta111e,ias. En las bayetas de los refajos canta1t amarillos, verdes y granas. El asul en las calzas, y en los recortes tkl sayo. Tentk( 1) V éase LA

XI

PLUMA.

de agosto, 1922.
161

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>El diseño y los contenidos de La hemeroteca Digital UANL están protegidos por la Ley de derechos de autor, Cap. III. De dominio público. Art. 152. Las obras del dominio público pueden ser libremente utilizadas por cualquier persona, con la sola restricción de respetar los derechos morales de los respectivos autores.</text>
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•

LA PLUMA

�i\..
«J:a pluma es la que asegura castillos, coronas, reyes

VOLUMEN QUINTO

y la que sustenta leyes.»

MADRID
I 9 2 2
\

�.·

AÑO ID.

1

MADRID, JULIO 1922

CARA DE PLATA

1

NÚM. 26.

4t, COMEDIA

BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN
DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA
ESCENA PRIMERA
ALEGRES ALBORES. Luengas brañas comunales, en los Montes de Lantaño. Sobre el roquedo la ruina de un castillo,y en el verde
regazo, las Arcas de Bradomín. Acampa una tropa de clzalanes, al abrigo de aquellas piedras insignes-Manuel Tovio, Manuel Fonseca, Pedro Abuin, Ramiro de Bealo y Sebastián de Xogas-. A la redonda,
los caballos se esparcen mordiendo la yerba sagrada de las célticas mámoas.
PEDRO ABUIN

Ganados de Lantaño, siempre tuvieron paso por Lantañón.
IMPRENTA ARTÍSTICA DE SÁEZ HERMANOS.
NORTE, '.ll. MADRID. TELÉFONO

17-65 J.

RAMIRO DE BEALO

Hoy se lo nie¡an.

s

�LA PLUMA
LA P L U ~1 A
VOCES LEJANAS

PEDRO ABIJIN

¿Qué se ofrece?

Eso aún hemos de ventilarlo.
RAMIRO DE IJEALO

No te metas a pleitos, con hombre de almenas.

PEDRO ABUIN

En Lantañón parece ser que ahora sacan el fuero de negar el
paso a los que transitan para la feria de Viana. ¿Estáis conformes
en ello?
EL VIEJO DE CURES

PEDRO ABUIN

¡Casta de soberbios! El fuero que tienen, pronto lo perdían si todos nos juntásemos. ¡No es más tirano el fuero del ;Rey!
SEBASTIÁN DE XOGAS
1

¡Si hay ley!
PEDRO ABUIN

¡No la hay! Ni ley ni poder para negarnos camino, tiene el viejo
Montenegro.

Ya hubo reyes que acabaron ahorcados.
RAMIRO DE BEALO

En otr&amp;s tierras.
¡Montenegrosl ¡Negros de corazón!
PEDRO ABUIN

A esa casta de renegados la hemos de ver sin pan y sin tejas.

¡Más altos adarves se hundieron!
MASCF.L TOVIO

Pero en el ínterin se nos priva el paso por el dominio de Lantañón. ¡Tanto son parciales los días presentes!
POR LOS CAMINOS DEL MONTE van clzalanes y feriantes,
tn desgranadas hileras. Los rk Cures y Tras Cures, los de Taveiros 'Y
los de Nigran. Trasponiendo las célticas lomas, entre picasy gritos, cornea una punta rk vacas. Las voces de los clzalanes y el ladrido de los
perros_prolongan un épico verso, en los cri.-tales matinales.
PEDRO ABUIN

6

¡Mucho aventuras!
SEBASTIÁN DE XOGAS

MA.l\UF.L FONSECA

¡Alto, compañeros!

EL VIEJO DE CURES

Tanto no juego, pero habría que deliberarlo. Conforme al texto
de los pasados, nos debe servidumbre el dominio de Lantañón. Eso
conforme al texto de nuestros mayores.
RAMIRO DE BEALO

El vinculero ganó el pleito que tenía con los alcaldes.
PEDRO ABUIN

¡Fué mal sentenciado! Y todos a una puestos en la de pasar, nos
reímos de papeles.
EL VIEJO DE CURES

Donde hay sentencia de juez, mala o buena, tuerta o derecha, le
toca perder al rebelde. ¡Siempre lo he visto en los años que tengo!
PEDRO ADUIN

Con sentencia o sin sentencia, no tiene poder contra todos el
viejo Montenegro. ¡Esa es la mía!
1

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL VIEJO DE CURES

Arrogancias, nunca ganaron pleitos.

UN PASTOR, escotero y remot{} sobre una peña, asiste al concilio
Jzacimdo círculos con el hierro cúl cayado en los líquenes milenos del
roquedo.
EL PASTOR

SEBASTIÁN DE XOGAS

(Qué cuentas son las vuestras? ¿Llevar el ganado por la barca?
EL VIEJO DE CURES

Acercarnos a las puertas del pazo, y pedirle su venia al vinculero.

La idea vuestra, ya otros la pusieron en obra. ¿Y qué sacaron?
jÜir malos textos! Yo fuí con buenas palabras. ¿Y qué saqué? ¡Escarnios! Me oyó tirándose de las barbas, y acabó con que fuese a pe,dírselo la parienta.

PEDRO ABUL"{

¡Es mucha la soberbia que tiene!

MANUEL FONSECA

¡Con ella en la cama sentenciaba el pleito!

EL VIEJO DE CURES

Pues nos allá vamos con ese concierto, y a ser vos conformes,
podemos ir todos, que más fuerza hacemos.
PEDRO ABUIN

EL PASTOR

¡No sentenciase su fin!
RAMIRO DE BEALO

Es el fuero que tiene.

¿Y si se niega, qué procede?
EL VIEJO DE CURES

Esperar una mudanza de su genio. Tú propones juntarnos para
la rebeldía. ¡Así es! Yo para las mediaciones que transigen guerras.
¡Quién tuvo razón, lo diga el tiempo!

EL PASTOR

Pues llévale la vaca de tu corte.
PEDRO ABUIN

Ya se la había llevado.
RAMIRO DE BEALO

RAMIRO DE BEALO

Con ir allá, nada se nos pierde.
MANUEL TOVIO

Si lo atrapamos en la hora renegada, nos echa con rayos y centellas.
PEDRO ABUIN

Si mala palabra me dice, mala palabra respondo.

Un rayo que os parta.
PEDRO ABUIN

¿Qué resolución tomamos, compañeros? La mía es meter el gana&lt;io por los arcos . Pero habíamos de ser todos a una; si como dicen,
hubo ya tiempos donde fueron quemadas las casas de torre, pudieran volver tales tiempos.
EL PASTOR

LA VOZ llEL VIEJO

¡Con ese dictamen no vengas allá!
8

Vamos y no lo demoremos, que está solo en la cueva el lobo cano.
9

�LA PLU.MA

LA P L U l\l A
PEDRO ABUIN

¿Qué respondéis los feriantes? ¿Nos juntamos para hacer valer
nuestro derecho?
EL VIEJO DE CURES

Tengo una carga de años, y os confirmo que más ganaremos con
palabras cristianas que con acciones rebeldes.
PEDRO ABUIN

PEDRO ABUJN

¡Montenegro, emplazado quedas!
EL TROPEL DE CHALANES parte en cabalgada., y el pastor
en lo alto de la peñ_a, silueteado sobre el cielo, los despide con un grito,
agitando los brazos.
EL PASTOR

¡No hay otra guerra que quemarle los campos!

Los de ese dictamen que vayan delante y hablen primero.
EL VIEJO DE CURES

¡AmJn! Sin concordia entre altos y bajos, el mundo no se gobierna.
VOCES DE LOS FERIANTES

¡Too! ¡Marelal ¡Tooo! ¡Bermella!
MANUEL FONSECA

ESCENA SEGUNDA
El PAZO DE LANTAÑÓN-Luces matinales-. Sobre el atrio

de limoneros, la arcada. de tma solalla, con escalera de piedra. Sabe/ita
está en lo alto, de pechos al arambol, rubia de mieles, el cabello en dos
trenzas, el hábito de Nazareno. En el lindero del atrio clamorea una
ringla de mujerucas con frutos y tenderetes.

Esperemos a ver lo que saca Quinto de Cures.
RAMIRO DP: BEALO

El no, ya lo lleva.
!:L PASTOR

Sacará lo que otros sacaron.
PEDRO ABUIN

¡Sacará voces y denuestos!
SEBASTIÁN DE XOGAS

¡Atención pido! De ir a un levante tiempo tenemos. Y para mi:
discurso, nos 0uadra dejar cualquier querella hasta pasado el Corpus
de Viana. Busquemos, ahora, h vida en la feria, sin contratiempos,
que a la vuelta lugar hay de abanderarnos contra la sentencia del
vinculero.
ro

CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¿Es verdad que se quitó el paso? ¡Miren que es mucho el arrodeo!.
¡Madre de Dios! ¡Madre de Dios! ¡Con el camino tan largo que traemos! ¡Madre Bendita! ¡Que venimos de muy distante! ¡Más aniba de
San Quinto de Cures!
LAS MUYER UCAS se apartan para dejar paso a un jinete, mancebo muy gentil que, cercado de galgos y perdi((ueros, entra al galope.Basculada. con gritos y espa1itos, cestos torcidos sobre las cofias, manos
aspadas protegiendo los tenderetes-. Don Miguel Montenegro, el hermoso segundón, salta de la silla y ata el caballo a una artrolla empotrada.
en el muro. Por stt buena gracia, los suyos y los ajenos le dicen Carade Plata.
11

�LA PLUMA
LA PLUMA

CARA DE PLATA
CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¡Don Miguelito, déjenos pasar! ¡Tenga compasión, Señor Carita de
Plata! ¡Que venimos de la fin del mundo! ¡Tenga buen corazón!

Mi madre te espera.
SABELITA

¿Por qué no me manda ir? Yo bien lo deseo.
CARA DE PLATA

UNA BOLICHERA

¡Téngalo de plata como la cara hermosa, Señor Caballero!
CARA DE PLATA

¿Ahora que yo he venido?
SABELITA

No comiences.

¡Pasad con mil demonios!

CARA DE PLATA

LA BOLICHERA

Ayúdame a ver qué tiene este cadelo, pues viene cojo.

¡Viva el Señor Carita de Plata!
CARA DE PLATA

SABELITA

Si entró por las tojeras, será alguna espina.

¿Cuándo me lo das, pichona?
LA BOLICHERA

Cuando ponga la cara seria.
CLAMOR DE LAS MUJERUCAS

¡Dios le florezca! ¡Dios le florezca!
LA RINGLA DE MUYERUCAS penetra en el atrio, y pasa el
gran arco con escudo y cadenas. Sabe/ita deja oir el ceceo cautarín de
su voz, y sobre las piedras viejas de la solana, entre el verde de los limoneros, se enciende la nota morada y dramática del hábito Nazareno.

CARA DE PLATA

¡Ven aquí, Carabel!
EL CAN SE ACERCA con un brazuelo en el aire, y el hermoso·
segundón lo vuelca mirá•uiote las pezuñas. Sabe/ita está a su vera, arrodi.Llada sobre las losas, risueña y atenta.
SABELITA

¡No te clave los dientes!
CARA DE PLATA

Ya verías tú de curarme.
SABELITA

SABELITA

No soy cirujana.

¿Cómo queda la madrina?
CARA Di PLATA

Rezando el trisagio. ¿Y tú, cuándo vuelves allá?
SABELITA

Cuando el padrino lo ordene.
f2

CARA DE P LATA mete el puño en la boca del alano, que g ime
ostigado, pero sin morderle. Sabe/ita le mira fijamente, los oj os ing enuos.
y fran,eos como los de una niña.
13

�LA P L U l\1 A

LA PLUMA
S.\BELITA

¡No tienes los cabales!

CARA DE PLATA

Será otro hablar, a la luz de la luna.
CARA DE PLATA

¡Muerde Carabell

SABELITA

¡Eres tú muy lunático!
SABELITA

¡El animal, discierne más que túl

CARA DE PLATA

¿No me quieres, Isabel?

CARA DE PLATA

¡Pues que siga con la espina!
CARA DE PLATA salta en pie, con gentil y violento alarde. Tze,ne el cabello de oro, los ojos de alegre verde, la uariz de águila imperial.
SABELITA

SABELITA

Al modo tuyo, no.
CARA DE PLATA

Pues no me quieres.
SABELITA

Eso será.
CARA DE PLATA

¡Alienado!
CARA DE PLATA

Esta noche te deshago la cama.

Ponme tú cuerdo.

SABELITA
SABELITA

¡Qué falto estás de sentido!

¿Con qué yerbas?

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Con palabras.
SABELITA

No soy saludadora.

SABELITA

1No seas pirata!
CARA DE PLATA

SABELITA ARRODILLADA al pie del can, sobre el suelo de
piedra, se aja11a por sacarle la espina que time clavada en el brazuelo·
El hermoso segun&lt;Un vuelve a su lado.
CARA DE PLATA

Esta noche tengo que hablarte, Isabel.
SABELITA

¿Y no es hablar lo que estamos haciendo?
14

¿Me abrirás la puerta?

Si la encuentro cerrada, cuenta que la derribo.
SABELITA

JBárbarol
CARA DE PLATA

¡Cuando me veas aparecer, no grites!
SABELITA

¡Pero para ti no hay honestidad!

�LA PLUMA

LA PLUMA
CARA DE PLATA

CARA DE PLATA

¿Y qué sucedería, si esta ~oche entrase en tu alcoba?
SABELITA

¡Cómo te gusta cavilar en el pecado! Y no me das miedo, Carita:.
de Plata... Pero si me quieres, quiéreme honesta.
DON :JUAN MANUEL MONTENEGRO, con la escopeta y d
galgo, rufo y madrugador, aparece por el huerto de frutales, y se para
en la cancela. Es un hida/¡[o mujeriego y despótico, hospitalario y violento, rey suevo en su pazo de Lantañón.

Lo tendré presente.
DON YU.4N MANUEL le mira con enojo risueño, Jiente por aquel
hijo una afección indzt/f(ente y ruda. El gentil mancebo está en pie delante de sn padre, la boca serill y un alegre ímpetu en el verde cristal
de los ojos. Pronto y liberal se arranca y besa la m,mo del viejo que
le acaricia la cabeza.
EL CABALLERO

¿Queda en buena salud tu madre?
Sí, ~eñor.

EL CABALLERO

Cara de Plata, deja la buena compañía, y ven a rendir tu cuenta.
Ayer te esperaba. ¡Muy largo se ha vuelto el camino de Flavial

¿Qué hace?

CARA DE PLATA

CARA DI PLATA

EL CABALLERO

¡Aquí me tiene abandonado!

EL CABALLERO

CARA DE PLATA

De algo parecido se duele mi madre allá en Viana.
EL CABALLERO

Son sus romances. ¿Y ahora sepamos qué historia es esa con que
me ha venido Pedro Rey?
CARA DE PLATA

CARA DE PLATA

Se le fué al río una vaca brava, y me tiré a salvársela.

Nadie está libre de una tentación.

EL CABALLERO

EL CABALLERO

Pues si eres tentado, procura ganar, y si pierdes no te aparezcas
ante mis ojos.
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EL CABALLERO

Lo de siempre: Novenas.

Tuve el caballo con un torzón.
Mandé en tu busca, para hacer en el monte recuento del ganado,
y poner el hierro a los novillos del año. Tus hermanos allá están.
El ganado más lucido hay que bajarlo a la feria de Viana. Irás con
tus hermanos mayores, que ellos están caídos en picardías de chalanes ... Pero el dinero lo guardas tú. Espero que no te lo juegues
como suelen hacer los otros Barrabases.

CARA DE PLATA

No son esas mis noticias. Parece ser que tú has montado sobre
la vaca, y que contigo encima se sumergió y tragó tanta agua, que
ha muerto bajo el puente.
11

�LA PLUMA

LA P L U:-\ A
CARA DE I-LATA

CARA DE PLATA

No ha muerto. Está para morir.

Padre, yo aquello que hago, bueno o malo, lo hago sin consejo.

EL CABALLERO

,1

Pedro Rey pretende que yo Je pague la res. Ya le he dicho que
me la traiga viva o muerta. Quiero proponerle un cambio.
CARA DE PLATA

Le roba a usted el dinero. Cuando yo me tiré al río, la vaca estaba ahogándose. No se la pague usted.
EL CABALLERO

No hablé de pagársela. Quiero proponerle un cambio: Que me
deje la res, y cargue contigo. ¿Te parece bien?
CARA DE PLATA

Yo soy un hijo obediente.

EL CABALLERO

Pues ahora, sube al monte, y cumple con arreglo a mis órdenes.
CARA DE PLATA

Amén.
EL HERMOSO SEGUNDÓN desata el caballo, ijtte piafa atado
~n la sombra del rudo arco de piedra, cabalga de u,z salto y sale algalope, bajo la mirada orgullosa del viejo genitor. E11 lo alto de la solana,
rubia como una espiga, infantil y risueña, está la akijada del vinculero.
CARA DE PLATA

¡Adiós, Isabel!
SABELITA

¡Que tengas sentido, Carita de Plata!

EL CABALLERO

Hablemos en veras. ¡Yo querría que tú fueses un caballero que
correspondiese en todo a las obligaciones de su sangre!
CARA DE PLATA

EL CABALLERO

¿Te enamora mi rapaz?
SABELITA

Son ventoleras.
EL CAB/.LLERO

Ya correspondo, padre.

¿De qué te hablaba?
SABELITA

EL CABALLERO

Tus hermanos te pervierten, con sus malos ejemplos. Escú!:hame. No te pido que seas un santo; caua edad reclama lo suyo; pero
no olvides las obligaciones de tu sangre, como hacen los otros perversos.
EL VIEYO LINAYUDO acabó de kablar co1t un gran suspiro,
los brazos sobre los hombros del mancebo. ·
18

¿Cuándo?
EL CABALLERO

Hace un momento.
SABELITA

¡Ya ni recuerdo de qué me hablaba!
EL CABALLERO

¿Y lo que tú le respondistes, tampoco?

�LA PLUMA

LA PLUMA
SABELITA

Yo no le escuché.
•L CABALLERO

No eres tú para él.
SABELITA.

Tampoco Jo pretendo.
EL CABALLERO

Tú eres para más.
SABELITA

F\JSO NEGRO

¡Tomporrontón! ¡Se juntó una tropa de hirmandinos! ¡Tomporrontón! ¡Para acá viene! ¡La torre entre todos nos han de quemar! ¡Tomporrotónl
FUSO NEGRO ESCAPA. Una nalga negruzca le palpita entre
girones de remiendos. ¡ Tomporrontón! De pronto se vuelve,y comienza a
bailar, trenzando las piernas. ¡ Tomporrontónl

Yo soy para llorar muchas penas.
ESCENA SEGUNDA

EL CAUALLERO

¿Quién puede dártelas?
SABELlTA

Quien lo da todo.
EL CABALLERO

Cuando se es joven, no hay penas. A mí todas me acudieron de
viejo... ¡Y no caigas con mi rapaz!
SABt:LITA

Si no le escucho, padrino.
EL CABALLERO

ENTRE LUGAR DE CONDES Y LUGAR DE FREYRES,
el Pazo de Lantaiión.-Brañas, castañares, agros de pmz.-Lugar de
Condes en el abrigo de la iglesia,y cavado en el monte Lugar tJe Freyres.
La Puente de Lantai'ión, reina en medio: A un lado y otro son orgullosas entradas, arcos barrocos con escudos J' cadenas. Por los pretiles, en
los claros ojos de la ma,iana, se estrecha una punta de vacas, con el sol
en las astas. Y contra el sol, rostro al mo,zte, 1 1iene al galope Cara de
Plata. Le saluda pl(l,Centera la voz del viejo de Cures.

¡Como yo tuviese diez años menos!
SABELlTA

Yo no los quería, diez años menos.
EL CABALLERO

1Yo sí! Para hacerte levantar los ojos. ¡Maldita costumbre de
monja, tenerlos siempre por tierra!
EN EL LINDERO DEL ATRIO, aulla con tuertos visajes, u1z
mendigo úlunado:-Aqud Fuso Negro, roto, grúi11,do y cismático, que
lleno de guijarros el bonete, corría los caminos entre Lugar de Condes y
Lugar de Reyes.
20

EL VIEJO DE CURES

¡Galán Vinculero! ¿Es verdad que al presente está privado el
tránsito?
CARA DE

PLATA

Es verdad.
EL VIEJO DE CURES

~Y hemos de llevar el ganado por la vuelta del río, y pasar la
barca, al ir y al volver de esta gran feria de Viana?
CARA DE PLATA

Así es la sentencia.
21

�LA PLUMA

LA P L U i\1 A
EL VIEJO DE CURES

A duras leyes, jueces clementes, dice el saber de los antiguos.

por la vuelta._¡Así es! Pero aquel jinete que viene trotando, no quedará sin paso.
CARA IJE PLATA

CARA DE PLATA

Mi padre se cansó de ser clemente.

Viejo de Cures, ¿cuándo has visto esos malos ejemplos en la sangre de Montenegro?

EL VIEJO VE CURES

¡A lo menos fuéranos permitido el tránsito para estas ferias anuales del Corpus! ¡A lo menos fuéranos eso concedido, que según luces.
de curiales, es lo que vinieron gozando los pasados!
CARA DE PLATA

Eso os daba mi padre, y fuisteis al pleito.

.

)

EL VIEJO DE CURES

Los de Cures no fuimos. En ese referente está engañado el Señor
Mayorazgo. Yo soy allí el árbol de más años. Contando los hijos y
nietos casados, suben de treinta las puertas donde puedt: morar
Quinto Pío. ¡Así es! Y por más señalado, Quinto de Cures. Cristiano
viejo, aun cuando en los días presente~, no se reconoce diferencia entre nuevos y viejos. ¡Así es! Hoy no queda por esta tierra otro judío,
que el inglés de los Evangelios.-Pues era aquel decir, que no pleiteamos los de Cures.
CARA DE PLATA

Pero fuisteis de testigos falsos.

EL Vl!:JO DE CURES

El mismo rey, ante otros reyes baja la espada.
CARA DE PLATA

Viejo de Cures, si no pasan los que caminan a pie, no pasarán los
que vienen a caballo.
EL Vli;JO DE CURES

¡Así cumplía!
CARA DE PLATA

Y así es la doctrina de mi padre.
EL VIEJO DE CURES

¡Amén! Nieves paternas para el hijo espejos. ¡Así es! Y grillos de
bronce sus mandamientos.
EL VlEYO DE CURES, con la 1,ara tn alto, hace retroceder el
tropel d1 sus v,zcas, que entrechoca las cuernas, entornad, por las voces .Y las picas de tantos hijos y nietos. Y aquel negro jinete que sobre el
sol llega trotando, es e/ Abad de San C/eme11te de Lanta,ión.

CLAMOR DE LOS VAQUEROS

¡Está mal informado! ¡No somos de esa-condición! ¡Le inclinaron
en contra las orejas!

CARA DE PLATA

¡Señor Abad, tuerza el caballo!

EL VIEJO DE CURES

¡Sangre de Montenegro; el tránsito a todos nunca podrá quitarser
Es la costumbre del tiempo de los viejos, y las costumbres hacen la
ley . Los de Cures no seremos rebeldes, y de hoy más caminaremos
22

EL ABAD

¿Pues qué ocurre?
CARA DE PLATA

Señor Abad, que no hay vereda.

�LA PLUMA

LA PLUMA
EL ABAD

¡Joven Absalón, no me detengas con chanzas, que "ºY apremiado
para encaminar un alma en Lugar de Freyres.

EL ABAD

¡En nombre de Dios, desvíate del camino!
CARA I&gt;E Pl,ATA

CARA DE PLATA

;Ko puedo!

¡Ojalá fueran chanzas!
¡Mal vino tienes!
¡~o lo he catado!'

EL
EL ABAIJ

CARA DE PLATA
CARA DE PLATA

Hoy me santiguó con el rabo.
EL

EL AllAO

AllAD

En Lantañón guardais una paloma de mis palomas. ¡Ténlo
presente!

jApártate, y déjame camino!
¡Ko puedo!

ABAU

¡En ti est;i revestido Satan:b!

CARA DE PLATA

EL ABAD

CARA DE PLATA

¡No lo había olvidado!
EL

¡Considera, bárbaro, la afrenta que haces a mi tonsura!

ABAD

¡Iré por ella!
CARA DE PLAT A

No es afrenta, sino justicia que debo a Quinto de Cures.
EL VIEJO DE CURES

Quinto de Cures no desconoce que todas las \'aras se rinden nnte
el Justo Juez.
CAR.\ DE PLATA

¡Si no pasan los que vienen a pie, no deben pasar los que \'ienen
a caballo!
EL

AllAD

Don Quijote, deja las burlas para otra hora, que la muerte no
espera.
CARA Di,; PLATA

Pues habrá que romperle una pata.
24

CARA DF. PLATA

¡Ya lo sé!
F:L ARAD

¡Excomulgadol

T:L ABAD VUELVE GRUPAS.y ponerspuelas. Sobre los roqrudos, ágiles siluetas p,1sfo1 iles gritan ogita,zdo los brazos,)' esparcidor reb,11ins pf1cen entorno: Voces y ladridos se prolo11ga1t y encadenan por la
qne!mrda.
VOCES REMOTAS

¡Es camino del Rey! ¡El paso es libre! ¡Libre e3 el paso! ¡~o hay
ley que lo cierre!
CARA DE PLATA

¡Venid a ganarlo!

�LA PLUMA

LAPJ.,UMA
VOCES REMOTAS

MAR MÍO, MAR DE TODOS..•

¿Quién lo defiende?
CAR~ DI PLATA

¡Satanás!

txar mio, mar de todo.
LA VOZ DEL VIEJO

¡Negro Soberano!
CARA DI PLATA

Viejo de Cures, por rendirte justicia mis amores pierdo. ¡Un rayo
te parta!
LA VOZ DEL VIEJO

¡Monten~o soberbi(), con hacerte las cruces te pago!
(Continuará.)

los mios, mar ile amor g de múterio;
flOZ eficaz para los corazones
que aiwn del mañana... fMar eterno:
encarcelado dentr.o de yo mismo
aog hacia ti para liórarte, lejos...
&amp;tán, hermano, llenos los C(llllinos;
no hag más silencio aqul, que mi silencio...
¡ 'JI el cotidiano laborar estéril
par:a morir al fin, como otro ha muerto/
Sgual el pan que agu, un pan mendigo
-¡el dulce pan crútiuno que fué nuestrolSgual dolor sobre to. tilas... siempre
un corazón extraño, escondedero
de múerabk condici6n urbana.
¡g el hombre que lo lleva, sin terterlol
g un ¡adiós/ en la calle, g una sombra
sobre el hogar•.. g un !Dios más aiejo
que nunca paa g lo detiene todo
ante el espanto de mis ojos ciegos...
1&amp;1 mucho gal-t;°odas las horas oienen
como una hora nada más. &amp;l nuevo
camino es más antiguo g más amargo
que el camino de agu••.l -(!Dónde utd el 'Giempo,
el 'Giempo que anda g se lo llew, todo,
amor, dolor g penaamiento...?
ALONSO QUISADA.

�LA PLUMA

LA GRAN CORRIDA DE TOROS
empresa arrendataria de la Plaza de Toros de Madrid iba a
empezar la temporada con una corrida sin parangón en la
historia taurómaca. Los seis espadas de mayor renombre, matarían cada uno un toro, después de ser lidiado por sus
cuadrillas. Los toros de las más reputadas ganaderías, fueron cuidadosamente seleccionados por los expertos; tras tientas concienzudas y de discusiones interminables en los periódicos, se llegó a separar seis reses impecables: fuerza, peso, finura de remos y de astas. La fotografía de
las fieras publicada en las revistas produjo asombro y orgullo. Jamás la
ganadería brava española pudo presentar en el redondel de una plaza
nada tan perfecto. Ni los criadores ingleses de razas especializadas de caballos de carrera, o de ganado de carne, habían llegado a la suprema
selección, demostrada por aquellos seis cornúpetos, maravillosamente
organizados para la lidia. Era para sentirse orgulloso de ser español. Los
doscientos años de inteligentes cruzamientos entre toros y vacas de distinta raza, habían producido aquel excelente resultado; de lo que secolegía que, en otros doscientos años de cruzamientos, entre hombres y
mujeres de diferentes castas, podría mejorarse el tipo humano español,
que en la actualidad es un poco esmirriado. Lo que más sorprendió fué
la estampa del toro «Pelotero», de un criador navarro. ,\fagnífico ejemplar, que a la ligereza navarra, añadía la musculatura castellana y labravura andaluza. El éxito de Navarra fué un argumento más para los nacionalistas de aquella provincia, que sacaron a colación inmediatamente
A

28

a don Sancho Séptimo, el Fuerte, en la batalla de las Navas de Tolosa►
Pero los salamanquinos, que también tenían su toro entre los escogidos,
abrieron una suscripción regional para regalar una moña de honor a su
«Cardenal», así se llamaba el toro, y uno de los periódicos salió al paso
de las alharacas navarras, demostrando que en la batalla de las Navas,
los leoneses apretaron contra los africanos más en firme que nadie y que
estaban dispuestos a probar que en la actualidad no desmerecían de sus
antepasados medioevales y que si el chorizo de Pamplona es bueno, mejores son los de Candelario.
..
Los andaluces tomaron a guasa la discusión, porque es lo que d1¡0
Perico González en la calle de la Sierpe:
-Para qué tomarse un zofocón. Donde ezté un Miura que se quiten
toos.
El cartel anunciador de la magna fiesta fué encargado al más gran
cartelista de .Madrid, que hizo una obra maestra de cubismo, llenando
dos metros cuadrados de papel, de cartabones y rectángulos de diferentes colores, tan fuertes, que el que lo miraba se exponía a sufrir una oftalmía.
El cartel fué convenientemente expuesto en las estaciones de ferrocarril, en las fon Jas, en los quioscos de necesidad de to, la España y del
Mediodía de Francia.
Como el cartel era obra esencialmente decorativa, y el artista no
quiso prostituirlo con letreros, fué preciso imprimir un _anuncio supl~mentario, indicando los nombres de los toreros, el precio de los localidades y las demás condiciones del espectáculo.
Este programa, colocado debajo de la obra cubista y publicado en
toda la Prensa, produjo en la afición taurómaca verdadero estupor.
Decía el anuncio que, de las trece mil trece localidades que contiene
la Plaza de Toros de Madrid, no se pondrían a la venta más que la mitad más una. A precios fabulosos, eso sí; un miserable e incómodo
asiento de sol costaría cien pesetas, impuesto comprendido, y una barrera del tendido uno vendría a valer quinientas pesetas.
Las seis mil quinientas seis localidades restantes serían regaladas a
29

�LA PLUMA
}os aficionados a los toros que demostraran ser dignos de tan s~ñalada
distinción.
Para obtener una entrada gratuita, especificaba el cartel la lista de
las condiciones necesarias, tan metódicamente enumeradas, que ponían
de manifiesto que el redactor de aquella especie de reglamento conocía
lo que puede caracterizar al verdadero aficionado
En primer lugar, tenían derecho a una barrera todos los matadores
de toros y de novillos, los ganaderos de reses bravas, los empresarios,
los contratistas de caballos y los revisteros de los periódicos. Ocuparían
localidades gratuitas los abonados a seis temporadas de corridas de Madrid y d_e provincias. Los satélites de los grandes soles tauromáquicos,
esos amigos que van apresurados a comprarles una cajetilla. Banderilleros, peones, cacheteros y picadores irían al tendido por derecho propio,
reservando para los monosabios las localidades de arriba. Asimismo los
distinguidos coleccionistas de billetes de toros y de carteles, los que conservan cabezas disecadas de cornúpetos célebres y forman panoplias con
banderillas, estoques y monteras, eran los elegidos para ocupar la meseta del toril y las delanteras en la puerta de arrastre.
Al final del programa había una nota que produjo estupefacción en
todas partes; era incomprensible el motivo de semejante medida, que
quitaba a la fiesta parte de su encanto.
Quedaba terminantemente prohibida la entrada a las mujeres
Muchas camareras, carniceras, chicas de vida alegre y cómicas de
bajo vuelo protestaron airadamente.
Por que ¿qué se podía oponer a los argumentos de Patro la Rubia,
.cuando en el bar de la Florida, terciada la servilleta al hombro y los bra.zos en jarras, demostró a los parroquianos que ella era más torera que
nadie? ¿Qué méritos tenía el tío gordo de los anillos que tomaba café
con el Perico (alias el Rana), un roña incapaz de marcarse propinas mayores de diez céntimos y que jamás pagó una con.,w,iti al novillero, al
lado de ella, de Patrocinio Olmedillo, que el invierno pasado le había
.desempeñado la capa para que el Rana no anduviera por la calle de Sevilla con su bastón de alcayata por todo abrigo? «Pues el tío ganguero,
30

LA PLUMA
con el pretexto de poseer una colección de billetes de corridas célebres,
a las que a lo mejor no ha ido, tiene gratis su tendido del dos, y yo me
hago la santísima y me tengo que contentar con ver a tJda esa patulea
de gorrones tan satisfechos irse a los toros».
Amaranto y Perla, el célebre revistero, protestó contra aquella injusta
decisión. Don Arsenio López de Agudín, que se firmaba Devaneos, arremetió contra los organizadores de la fiesta; pero reclamaciones, campañas periodísticas, intervenciones del altas esferas, todo fué vano. La
misteriosa empresa publicó un suelto oficioso ratificando su disposición,
y únicamente cuando Filomena Sánchez, llamada la Chanuca en círculos bastantes viciosos, anunció que ella, o mejor dicho, su amigo en el
presente, se gastaría quinientas, mil, dos mil pesetas en una entra_~ª• y
que presenciaría la corrida vestida de hombre, la empresa respon~10 diciendo en un entrefilete que los acomodadores de la plaza no se iban a
convertir en matronas para enterarse del sexo de los concurrentes, y que
las damas que deseasen presenciar la Gran Corrida fueran disfrazadas
si era su gusto, pero que la empresa no asumía responsabilidad por lo
que pudiera ocurrir.
.
. .
Otra de las cláusulas del programa que produ¡o enorme curiosidad
fué la señalada con el número cuatro. Decía literalmente. «Después de
la lidia del tercer toro, se dará comienzo una ceremonia que jamás fué
presenciada en ninguna plaza. Este espectáculo, de emoción innenarrable, únicamente puede compararse a los que se han desarrollado en los
campos de batalla de la guerra europea, y en menor escala durante algunos días del verano del año 1921 en el Rif. Este número dejllrá plenamente satisfechos a los que honren con su presencia la Plaza de Toros de
Madrid en día tan señalado, y producirá inmensa, trascendental y radical transformación en la vida de la nación española.»
Durante tres meses se discutió, se apostó, acerca de lo que el miste1-ioso párrafo quería decir. Quien, quiso adivinar un combate d~ gladiadores utilizando a algunos soldados que durante la guerra perdieron las
ganas de trabajar y adquirieron la afición de derra~ar sangr~humana. Sí,
indudablemente eran gentes rechazadas del Tercio extran¡ero, que ha31

�LA PL U ,\l A
bían pretendido ponerse en condiciones de matar moritos por el solo
gusto de hacerlo y que no fueron admitidos en los banderines de enganche.
Esta idea no prosperó, y más partidarios tuvo quien aseguró haber
visto en los corrales de la plaza un aeroplano de alas rojas y gualdas,
desde el cual un aviador, gaditano por más señas, clavaría rejones al
toro, y después de pasarle de muleta con el timón de profundidad, le
propinaría una estocada a vuela pies.
Un gran diario de Chicago envió a H. l. J. K. Shmith S. P. Q. R. de
Kalamazoo, Michigan, U. U. S. S., acreditado reportero, a España, con
un talonario de cheques para sobornar al secretario de la empresa y poder cablegrafiar al rotativo algo sensacional; pero los dólares del yankee produjeron tan poco efecto como los encantos de Paqui la Retrechera, que se entregó con armas y bagajes al emµr..:,,.iriJ para satisfacer su
curiosidad; aceptó el gracioso donativo pero no soltó prenda.
De toda España, de Méjico, del i\lediodía de Francia, llegaban las
solicitudes de billetes, acompaii.adas con pliegos v documentos demostrativos de la afición taurómaca de los peticionari~s.
Los revendedores de billetes, constituidos en sociedad, quisieron adquirir de golpe todas las localidades vendibles, pero el factotum de un
noble y aprovechado político español, que había vislumbrado el negocio
de la reventa, se les adelantó y se quedó con todo el billetaje.
Quince días antes de la fecha señalada para la corrida, una grada
de ciento cincuenta pesetas se vendía a cuatrocientas, y se adquiría con
cierta dificultad. Una semana después, habían alcanzado los billetes un
sobreprecio de tresdentos noventa y nueve con nueve décimas por ciento, y en la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol hasta la calle de Peligros, se estableció una bolsa de contratación, con su corro de tendidos,
su parquet de talanqueras, sus zurupetos, sus alzas, bajas, pánicos y entusiasmos. Quien se arruinó, quien se hizo rico.
El bolsín formado en la plaza de la Cebada influía formidablemente
en los precios, y sus cotizaciones eran inmediatamente telefoneadas a
Barcelona, a Sevilla, a Valencia, a Nimes y a Bayona.
32

LA PLUMA
L' Echo de Paris editaba artículos rabiosos, tratando de demostrar
que La Grande Course de Madrid tenían menos importancia:que los mojicones recibidos por Car¡:-cntier en América, y achacaba a intrigas alemanas aquel entusiasmo, mientras Le Temps, más sesudo, se lamentaba
de que el Mediodía de Francia mandara a España unos cuatro millones
de francos para cambiarlos, con un cincuenta por ciento de pérdida, por
biiletes de toros.
En cambio D'Annunzio envió a hl Astro unas líneas abogando porque el León Español y la Loba Romana se aparearan para engendrar el
Fénix del latinismo. Era un tanto difícil, zoológicamente considerada,
la producción de un ave semejante, por el cruzamiento de dos cuadrúpedos, pero un poeta no se para en pequeñeces.
La víspera de la corrida no se podía vivir en i\ladrid, tal era el gentío
que inundaba la calles, callejuelas, plazas y plazuelas y sitios reservados
que tiene la capital de las Españas. Cuatro filas de coches y autos corrían
desde la Puerta del Sol a la Plaza de Toros. Gracias a las disposiciones
del jefe del Orden Público, el barullo y la confusión, que ya eran grandes, se hicieron enormes; unas cuantas viejas y hasta dos docenas de
chiquillos fueron aplastados bajo los neumáticos, demostrando hasta la
saciedad que la culpa de los atropellos está siempre en los atropellados.
La muchedumbre, ávida de bullanga, se apelotonaba alrededor del
circo taurino; se establecieron aguaduchos, puestos de vinos y licores,
barracas de tablas y lona, donde se tocaba el organillo, la guitarra y se
bailaba a todo trapo y se jugaba a la ruleta.
La algarabía era inaudita en aquella improvisada verbena, subían en
el aire polvoriento olores de aceite frito, de pescado, de aguardiente, de
humanidad sudorosa, el vaho de los caballos -y la pestilencia.de los
motores de gasolina, eran la tónica y la dominante en Ja armonía de
aromas.
Al hacerse de noche. los señoritos automovilistas lanzaban los cegadores rayos de los focos sobre la multitud, que les increpaba a grito herido, pero los espormanes, con el retemblar del escape libre, no oían, o
no querían oír, los improperios y las alusiones a sus mamás que les de.
III

33

�LA PLUMA

LA PLUMA
dicaba la iracunda canalla; pasaban y repasaban trincados al volante, el
sombrero hasta las cejas, mirando por encima del radiador.
Cada farol del alumbrado público tenía alrededor de la luz un halo
sangriento, en el que se vislumbraba la figura gesticulante de algún golfo encaramado en un árbol.
Toda la noche permaneció el gentío en aquellas cercanías, y allí le
sorprendió el amanecer, cuando el sol, como una sartén de cobre, se levantó por encima de los horizontes alcarreños.
Durante la mañana, la furia especulativa de los bolsistas de la calle
de Alcalá llegó al paroxismo.
-¡Mil! ¡Mil quinientas! ¡Dos mil pesetasl-gritaba un caballero gordo con aspecto de chulo elegante, en el centro de un grupo de revendedores, también gordos, con vitola de presidiarios.
-¿Dos mil quinientas?-clamó una voz.
-Hecho-respondió el gordo achulapado, y sacando su cartera, cambió tres billetes de Banco por un papelito azul, en el que un banderillero muy mal dibujado se alzaba sobre las puntas de los pies, para clavar
los rehiletes en la a final de la palabra barrera.
El vendedor entregó su billete, agarró los del Banco de España y
desapareció. El billete que había vendido era falso. El estafador corrió
por la calle de Peligros, subió por la Gran Vía y torció por la calle de
Hortaleza. Entró en un estanco lotería a comprar un paquete de puros y
un décimo de Navidad, y puso el billete de quinientas pesetas sobre el
mostrador. La estanquera se caló las gafas, cogió el billete, lo miró, lo
remiró al trasluz y dijo con deje galaico:
- Paréceme falso ...
El estafador sintió una desgana atroz en el plexo solar, y poniendo
los otros dos billetes sobre el mostrador, preguntó balbuceando:
-¿Y éstos también son malos?
La estanquera sobó los papeles y respondió con tranquilidad:
- También parécenme malitus.
Después salió a la puerta y llamó al guardia, que bostezaba en la
-puerta de la taberna de enfrente.

-Oiga, Pedru, venga, porque este golfante queríame estafar.
El guardia penetró en el estanco, y agarrando al estafador estafado,
se lo llevó a empellones hacia la Comisaría, mientras la estanquera, sin
perder su calma, murmuraba:
-Golfu, canalla, sinvergüenza.

* * *
-¡Eh, a la plaza! ¡A la plazal ¡Una peseta a la plaza!
Voceaban los mayorales de los grandes ómnibus, enfilados a lo largo del Ministerio de Hacienda. Los tranvías, repletos de gente, aturdían
al pretender abrirse paso a fuerza de campanadas, y los aullidos, berreos
y pitos de los autos se mezclaba en horrible cacofonía con el tableteo de
ametralladora de las motocicletas, que llevaban cuatro, cinco, seis aficionados en racimo, retrepados sobre el side-car. Los viejos pencos de
los coches de punto galopaban azotados por el cochero, ahíto de Valdepeñas, y las prehistóricas diligencias, que tanto tiempo estuvieron
arrumbadas desde sus antiguos viajes a Arganda y Colmenar y a las estaciones, retemblaban con sus ventanillas desportilladas y sus herrajes
desvencijados al rodar sobre los adoquines desiguales. Sus caballos, con
la mezquina guedeja de crin al viento, las narices humeantes y el belfo
ensangrentado a la tirantez de la brida, chascaban las herraduras al galopar y con el estertor de sus pechos oprimidos por el collerón, sus costillas salientes y la grupa repujada por la osamenta de las ancas, semejaban los caballos del Apocalipsis de Alberto Durero.
La Cibeles, tan tranquila y tan guapa, desde su trono arrastrado por
leones, miraba con sus ojos sin pupila la avalancha de carruajes, de caballos que bajaba por la calle, encauzada por las márgenes de curiosos
apelmazados en las aceras.
Los grandes camiones atiborrados de carne humana presidían el estrépito con el zumbido de su ronco motor. Los pesados armatostes se in35

34

�LA PLUMA
clinaban al ceñirse a las curvas y toda la tripulación de aficionados parecía venirse al suelo.
De vez en cuando un auto acharolado, destellante como una joya,
pasaba silencioso, rápido entre la turba de coches más pesados que ascendían hacia la Puerta de Alcalá. Todos los que iban a la fiesta, se volvían a mirar al afortunado mortal que llevaba a uno de los matadores a
su lado y treinta mil duros convertidos en vehículo bajo su persona, pero
éste, desdeñando las miradas envidiosas, atendía a la dirección, y su
compañero, el célebre Tomillares, cubierto con el capote de paseo, oro
y joyante seda, saludaba a los conocidos con gallardo ademán, mientras
el chau/feur, repantigado en el asiento de atrás, demostraba confianza en
la destreza del señorito.
Pero en aquellos momentos, todos los que iban a presenciar la gran
corrida, llevando su billete cuidadosamente guardado, formaba una verdadera aristocracia ante los desdichados que, alargando el cuello, les
veían pasar desde las aceras.
A la apretada fila de coches que marchaba por la izquierda de la calle
se unió otra fila de coches vacíos que volvía en sentido contrario. Galopaban frenéticos los caballos, los autos sorteaban rápidos los obstáculos,
metiéndose en los claros en que apenas podían pasar, rozando sus aletas
con las patas de los caballos y con las ruedas. Los conductores se insultaban, se amenazaban con la tralla. Un ómnibus de estación y una jardinera de treinta asientos regateaban en competencia para alcanzar a los
rezagados. El ómnibus llevaba cinco mulas burreñas llenas de moños y
borlas rojas y verdes. Las cinco bestias, cruzadas.por el látigo, galopaban,
el hocico al viento. De la jardinera tiraban cuatro caballos blancos, desecho del ejército, huesudos y fuertes, que al restallido de la tralla encorvaron el cuello y se precipitaron en esfuerzo desesperado. El cochero
-digno de guiar una cuadriga en el circo de Delfos- , sereno, plantado
sobre sus viejas alpargatas, rígidas las piernas bajo la pana de sus pantalones remendados, sostenía firme en la mano izquierda la brida; en Ja
derecha empuñaba la tralla. La gorrilla echada a la nuca, la colilla pegada al labio, una greña negra bailaba sobre la frente, y del rojo pañuelo

L-A PLUMA
anudado al cuello flotaban flameantes dos puntas como dardos de llama
de un soplete.
-¡Hiá, hiá, hiá!-gritaban los cocheros.
Hubo un momento en que las cinco burreñas se pusieron al par de los
caballos. La mirada de los rivales se cruzó amenazadora, pero en la cuesta
arriba, desde el Prado, la jardinera consiguió colocarse delante y subió
hasta la calle de Sevilla. Allí, los aficionados rezagados tomaron por
asalto el coche, brincando al interior por encima de las ruedas, del cochero, de las caballerías.
Ya no fueron quedando en la calle más que paseantes y curiosos que
bajaban lentamente hacia el Prado para presenciar la ~lida de los toros.
Las terrazas de los cafés, antes rellenas de consumidores, quedaron
desiertas.
.
Por el centro de la calle pasó volando hacia la plaza un automóvil
rojo rubí; en él iba la hermosa entre las 1hermosas de mala _v!da y costumbres, la sin par Chanuca, vestida de majo de Jerez, calanes de felpa
negra, que avaloraba la rutilante crencha rubia; la pechera de la aleandora rizada se abombaba sobre el pecho turgente, el marsellés color corinto con ribetes y coderas negras. Un enorme galgo bla,nco asom~ba su
hocico afilado por el borde del coche. La Chanuca queria_ p:oporc1onarse el placer de una entrada sensacional en la plaza, y perc1b1r el murmullo de la multitud al saltar del estribo, cuando la gente forma cola, se
apiña para pasar entre esos cajones colocados en las puertas del cir~o, en
los que los empleados arrojan los trozos de papel cortados. Y quena entrar sin esperar, atropellándolo todo, por guapa, y por chulapa, y por
que sí.
y así fué, porque cuando la Chanuca se acercó se hizo _un cla~o a su
alrededor, y los cocheros quedaron con la boca abierta~ sm_ ~ast1gar ~l
jamelgo, y los naranjeros dejaron de gritar, y los guardias c1v1~es ~a ~1raron bajo el tricornio y se retorcieron el mostacho, terror de sm~1cal1stas. Un vendedor de agua reventó el botijo contra el suelo gntando
«¡Vaya calor!», a lo que eontestó un tranviero: «¡Vaya_ caldo!», y los dos
se quedaron tan satisfechos de su ingenio y de su gracia.

36
37

�,

LA PLUMA

LA P L U :\1 A

L_a Chanuca entró en su palco. Antes de sentarse, apoyada en la barand11Ja, pa~eó su mirada po_r todo el redondel. Sonaron aplausos, oles,
para la ~a~~1ana que se hab1a atrevido a presentarse solita, riéndose de
I_a~ proh1b1c1o?es de la Empresa. Ella fingió que no se percataba de su
exito y coloc~ en el pasamano su manta jerezana abigarrada de rojo,
verde y amarillo, con fleco de madroños y guindas de mil colores.
* * *
El inmenso anillo negro y monótono rodeaba el redondel de
•.
.
arena.
o a 1a un sitio vac10: miles y miles de americanas negras miles . ·
1 d
b
•
,
} mies
·
. e som. reros oscuros sobre las cabezas. La prohibicio'n de q ue asistieran mu1eres
quitaba
el
colorido
que
los
tra1·es
mantillas
y
aba
·
.
.
,
nicos
dan ord manamente
a la fiesta.

N h b'

Una enorme me_la_ncolía flotaba sobre el círculo silencioso, que contrastaba con el bull1c10 de la multitud apiñada al exterior. Dos, tres frases de un c_husco no consiguieron romper la expectación silenciosa de
los trece mil espectadores.
_Los co~cejales y diputados aparecieron en el palco presidencial. El
~nor p~es1dente, de gran levita y sombrero de copa, fué recibido con ind1fe~enc1a. Todo el mundo clavaba los ojos en el portalón de Ja derecha,
&lt;letras del cual se preparaba la cuadrilla. Los matadores se ceñían los capote~ ~e paseo, los piqueros vacilaban sobre los caballos destinados al
suplicio, y las mulillas de arrastre cascabeleaban, sacudiendo los coll _
rones llenos de moñas, cintajos y banderolas.
e
El ~lgua~il, caracoleando con su jaca andaluza, se acercó al palco de
la pres1den_c1a a repr~entar la mogiganga de la petición de permiso.
El pre~1dente arro16 la llave con tal acierto, que cayó sobre Ja cabeza
de un afic10na~o ~e la barrera. Afortunadamente, la llave no se rompió.
'-!nos cuant~s s1lb1dos, algunas risotadas, y entregaron la llave al alguacil, que partió dando corvetas hacia la :puerta del chiquero; después,
38

en gallarda arrancada, fué a colocarse en el portalón de la cuadrilla.
El presidente dió la señal, y los lidiadores, de seis en frente, aparecieron en la arena a la esplendorosa luz del sol.
No había música, no sonaban los alegres sones del pasodoble flamenco que el alegre banderillero se complace en mar~r mientras los matadores marchan a contratiempo.
'
Se decía que la Empresa no había tenido más remedio que destinar
las localidades que solía ocupar la música del Hospicio a determidados
personajes que a toda costa quisieron asistir a la corrida. Gentes ricas,
poderosas, influyentes, acostumbradas a no pagar nunca nada, empleados del Municipio y de los Ministerios, diputados a Cortes y senadores
vitalicios.
La penosa impresión se trocó en curiosidad al adelantarse los lidiadores. Allí estaban los ídolos, los que sabían sobreponerse al horrible miedo que sobrecoge al pisar la arena, los que aguantaban el prurito de tragar saliva y el temblorcillo de las piernas.
En el sitio de honor, vestido de corinto y oro, la capa ceñida al enjuto cuerpo, marchaba Pedro Tomillo, alias el Tomillares; a su lado,
Teodoro Calderón, el de Alcalá de Guadaira, alto, fuerte, con su aspecto
de emperador romano, vestía de carmín y plata. José María Rodríguez
deTriana, de amaranto y oro, desmedrado, feucho. Andaba con torpeza.
Sus músculos atravesados repetidas veces por el cuerno, no adquirían
flexibilidad hasta que la lidia fuera avanzada. El cordobés Rafael Almodóvar, agitanado, estrecho de caderas como una figura egipcia, vestía de luto: su amante, Soleá, la de Alora, había muerto una semana
antes. Sucumbió de amor, según unos; según otros, de un estacazo dado
por el mismo Rafael al encontrarla en amoroso coloquio con Perico de
Gloria, alias el Formal, alias Castaña Gorda, picador de la cuadrilla.
El quinto espada era Florencio, llamado el Argüelles, porque era hijo
de un baulero del barrio de Argüelles de Madrid, y el sexto matador, Vicente Macip, de Valencia, se distinguía por cierto aspecto de clérigo bien
tratado. Su terno acero y oro se ceñía dem_asiado al vientre y a las recias
posaderas.
39

�LA PLUMA
Detrás venían los banderilleros más célebres: el Tostao, el Caracolito

el Ardura, Montanchez, el Pili, Alonso, el Chilla, Ordóñez el de Peña~
~or, el Saliva, Vinagre y Rodriguillo de Carmona, flor y nata de lo~ valientes capeando y poniendo banderillas en la mismísima cruz, cuando
no en el rabo. La patrulla de varilargueros, encajados en las sillas vaqueras, caminaba al tardo paso de sus entecas cabaloaduras y detrás
l os monosa b'10s, pantalones azules, gorros y blusas rojas,
:, aspecto
' de piratas.
Las mulas de arrastre, impacientes, bravías, pateaban, apenas domadas por los mocetones que se colgaban del bocado.
Los sesenta lidiadores se espaciaron en el centro de la plaza para llega_r en colum~a de honor bajo el palco presidencial y saludaron, como a
Cesar los gladiadores antiguos, al concejal enlevitado verdadero César
del distinguido gremio de leñas y carbones, que resp~ndió a su saludo
con toda la gallardía de que es capaz un asturiano avezado en su juventud a llev~r sobre el hombro espuertas de cisco y de cok del gas.
Despues, los _toreros fueron arrojando sus capotes de paseo a los espectadores de pnmera fila para que los colocaran extendidos sobre la roja
tablazón de la barrera.
.

La Chanuca tuvo la gloria de colocar la capa de Rafael Almodóvar
pasamanos del palco. Más de uno
rabi~ de env1d1_a al comprender lo que aquello significaba, y deseó que
el pnmer cornupeto entablara relaciones intimas con las entrañas del torero por intermedio de sus cuernos.
Los_lidiadores sobrantes saltaron la barrera, liaron sus pitillos y desde
el callejón entablaron conversaciones con los conocidos.
-¿Qué es eso, Joaquinillo? ¿Qué nos preparais ustedes?
-Pues no lo sé; mardito si nos han dicho ná ...
-¡Eh, tú, torerazo! ¿Se puede saber, si se puede saber, de qué se
trata?
-¿Eso del aeroplano?
-Como no venga por el qire, lo que es en el corral.. .
-A ver si es una mandanga ...

JUº:? a la m~~ta jerezana, sobre el

40

LA P L U i'.\l A
-¿Es verdad que el Charlot, el verdadero, va a atorear de verdad?
-Pa mi que le hemos visto yo y el señor Fulgencio paseándose por
la calle de Sevilla con Paco el Sastre.
-Pues no sabemos nada.
Sonó el clarín y se abrió el chiquero. Un hermoso animal corpulento
y fino apareció en el redondel, entró despacio en la gran media luna de
sombra que dividía el circulo de arena.
Era negro, y la divisa roja clavada en la cruz se destacaba sobre la
piel de tuciopelo. Los inteligentes se relamieron de gusto.
-¡Vaya moruchol-exclamó Juanillón el carpintero-. ¡Eso es clase
y lo demás jonjaba!
-Como que habemos ido a escogerlo menda y la Comisión-respon,dió el señor Manuel.
-- Pa ponerlo en un fanal.
-¡Mañífico, remarcable!-aseguró monsieur Grandidon, el comigionista de gomas higiénicas desde su delantera de grada.
_
-¡Bravo togo!-le respondió monsieur de Petit Gris, que había abandonado su comercio mercería de la calle de La Tourne broche de Marsella en manos de madame Petit Gris para presenciar la grande course de
taureaux de Madrid.
El toro divisó a los picadores de tanda y dió un respingo, vaciló, escarbó la arena, un espasmo recorrió su piel y derecho, furioso, se precipitó contra el jinete, que le esperaba inclinado hacia adelante, el cuerpo
firme sobre los estribos, el astil sujeto bajo el brazo.
La pelota que guarnece el hierro se aplastó en el morrillo del toro, al
mismo tiempo que el asta se hundía en el pecho del caballo, cuyo cuerpo se dobló comprimido contra la barrera. Desplomáronse bestia y jinete, y el toro, desdeñando al enemigo caído, se lanzó frenético de rabia y de dolor sobre el segundo picador, y enganchando al caballo por
bajo del brazuelo lo arrojó destripado.
El caballo alzó la dolorida cabeza, noble como la de un mártir; pero
una terrible cornada en el cuello le tendió exánime sobre la arena ensangrentada.

•

�I.A PLUMA

LA P L U ~1:\
Mientras sonaba el alarido d
·
Pedro Tomillo empapó al toro :ne~~~~'.asmo y de bravura del público,.
clavados en tierra, los brazos altos f . igeros vuelos de su capa, los pies:
tia !eroz del lugar peligroso para' et~i~aodc:r a~~c:, apartandj o a la bessabios que le
d b
, Y para os monohombre 1 ~yu a an a.1e:antarse. Al contraste de la tranquilidad del
y a ciega acomet1V1dad del toro estalló en el a·
1
aplausos, de gritos de entusiasmo:
'
ire una sa va de
-!Olé lo~ tíos con entrañas!-exdamó el Pequeño de A h 1
-¡Pero s1 eso no es ná!
ra a .
-Usted lo haría mejor.
-¡Pa chasco que no!
-¡Que se calle ése!
-No me da la gana.
-¡Al corral!
ahora~;~;:

!~:~~~~re/:n~~~:r:/:1fe~!o~~mingo en Carabanchel, y

cio!ls.pubhco se iba calentando. La corrida prometía grandes emo-

..

ñafl~l t~ro tomó¡ ocho varas, mató cinco caballos; el Tostao y el de Per c ava_ron os pares de reglamento.
El Tom11lares, después de un brindi
..
nost' arrojó la montera y se fué al toro ~¡~::;:ng~~ac:e ~:e VYO~·ecavren os pases de muleta ceñidos y
'fi
d . .
va orestocada colosal.
magm cos; ernbo al enemigo con una
-Esa estocada es contraria-sentenció el Manolo lla d
, ma o por mal
nombre el Malhuele.
sosl~~~n;raria, atrav~sada q~~drá usted decir-respondió mirándole deY_ - n Ru~c'.to, m~ond1c10nal entusiasta de Almodóvar.
-¡~so es ch1pen!-di¡o otro.
-N1 contraria, ni atravesada ni hi ,
.
ciego para no ver que es una . ' .. c dplen, m nada. Se necesita estar
U
·
rmga¡1ta e antera.
lo que
42

::et/::::s,C:~~~:1; ~;;:~ª~~/~:;~~

Y cinco sobre ropas; pere&gt;

A pesar de las distintas opiniones, el Tomillares cortó la oreja y dió
dos vueltas al ruedo, recogiendo un montón de cigarros peninsulares,
que si los llega a fumar, sucumbe. La reseña de su faena fué telegrafiada inmediatamente, y el espada ordenó a su mozo de estoques que pusiera el parte de siempre a sus amigos, redactado en estos términos~
«Yo, superior. Lós demás, regulares; ganado, regular.» Claró es que los
demás espadas no habían toreado cuando se poma el telegrama; peroeso no le hace.
El segundo toro no dió todo el juego del primero. En realidad, a los
únicos que satisfizo un poco, fué a los aficionados a lo que antes se llamaba hule, es decir, a los buenos corazones a quienes agrada que en las.
corridas haya tan siquiera un par de cornadas en carne humana. El toro,
descuadernó a un picador, y enganchó por la pantorrilla a un banderillero, sin más consecuencia que la de rajarle la media de seda y todo el
paquete muscular desde la corva hasta el talón. Total: unas veinte o
treinta puntadas con catgut.
Teodoro, el de Alcalá de Guadaira, despachó al toro con dos medias
estocadas y un descabello a pulso. Faena vulgar que no añadía gloria y
prez al célebre matador. Éste, sin embárgo, ordenó al Parguela, su mozo
de estoques, que cablegrafiara a sus amigos un parte redactado así: «Yo,
superior; los demás, medianos; ganado, ídem».
El público, a medida que transcurría la fiesta, se impacientaba. En
los tendidos de sol se pegaron tres o cuatro veces de bofetadas, y monsieur Grandindon llamó cocu a monsieur Petitgris, porque se permitió
decir que el Tomillares había cambiado su primitiva profesión de limpiabotas por la de torero para entrar en el gran mundo, y todos sabían
que Pedro Tomillo se hizo matador de toros, porque así se lo exigió,.
delante del Señor del Gran Poder, la célebre cantaora Camisona, de la
que Tomillares estaba profundamente enamorado.
-Romances; castillos en España-respondió el comerciante con
desdén.
La lidia del tercer toro pasó casi desapercibida, y cuando las mulas
arrastraron a los tres caballos despanzurrados y al cornúpeto, la multi~3

..

�LA PLUMA

LA PLUMA
tud permaneció muda, inmóvil, esperando el gran espectáculo anuncia&lt;io en los carteles.

Por fin, se desprendió el hule y apareció una plata~orma ~ireular dehierro y sobre ella seis ametralladoras giratorias de diez canones cada

El zumbido de las gentes de fuera llegaba como el roncar de un mar
lejano. Los toreros se retiraron al callejón, los areneros alisaron el piso,
y el redondel quedó desierto.
Los trece mil trece espectadores, anhelantes, vieron que el portalón
&lt;le entrada se abría lentamente.

una.
·
Los hombres enlutados, inclinados sob re 1a mira,
em puñaban las.

* * *

'1

Ocho caballos negros, con gualdrapas y jaeces negros, arrastraban
un carruaje tapado con un hule. A los lados de aquel carro, marchaban
seis hombres enlutados. Eran personajes extraños aquellos desgarbados
tipos, vestidos con largos levitones, cubiertos con sombreros de copa.
Los dos primeros, sostenían las bridas en sus manos enguantadas. Sus
caras pálidas, que ribeteaban barbuchas pajizas, tenían algo de asiático:
pómulos salientes, levemente teñidos con la roseta de los ... uberculosos;
ojos oblicuos, cubiertos con gafas; a juzgar por su semejanza, eran hermanos gemelos. Los dos siguientes parecían judíos, con sus narices lar.gas y caídas, su perilla puntiaguda y su tez amarillenta, y los dos últimos, corpulentos, atezados, barbudos, llevaban encasquetados sus sombreros de alas curvas sobre la melena cortada bajo las orejas.
La extraña comitiva llegó al centro de la plaza con precisión matemática.
Uno de los caballeros se metió bajo el toldo de hule, y el carro descendió medio metro y quedó fijo en el suelo. Las cuatro ruedas se des_
prendieron y los ocho caballos, obedeciendo a un silbido, trotaron y
-desaparecieron en el portalón.
Los enlutados, abandonando en la arena sus sombreros, se metieron
.a gatas bajo el hule y anduvieron arreglando algo.
El público empezaba a tomar la escena a chacota; sonaron silbidos,
-risotadas.
44

manivelas.
de cada arma coSonó un grito seco de orden, y los diez canones
menzaron a disparar contra el público.
.
Un enorme alarido subió al cielo. Las ametralladoras enfilar~n pn~
meramente a las puertas, que pronto quedaron atascadas de cadaveres,
después, cubriendo con la rá.faga de proyectiles desde el alero de la plaza hasta la barrera, giraron lentamente.
Las o-entes rodaban heridas, muertas, por los escalones de los tendidos AJ.aunos locos de terror, sin poder escapar por las puertas ~e los
palco; saltaba~ por encima de la barandilla, y eran caza~os al v~e º:
un' monosabio sacó su navaja y corrió agachado hacia ~a maquma
infernal que escupía fuego; el ametrallador lo enfiló y el valiente monosabio fué empujado hacia atrás por el huracá~ de acero que le atravesaba, hasta que cayó hecho un guiñapo sangriento en la are?~·
y el giro fatal continuaba destrozando a los grupos fugitivos, desgranándolos, en cabezas destrozadas, brazos Y piernas ª,rran~ados.
La hermosa Chanuca, con el costado abierto, dorm1a ca,da sobre 1a
capa bermeja del torero, no el sueño del amor, el sue_ño de la muer~e,
Y aquel palco como todos los demás, destilaba cua¡arones de san0 re
sobre grupos 'informes de c haquetas, pant a1o nes y sombreros acumulados bajo las gradas.
•• d 1
Las cuadrillas de los toreros habían sucumbido en el call~1on e ª
barrera acribillada a balazos, convertida en mo~tones de astillas. .
E n ~¡ enorme anillo de la plaza reinaba la quietud y el augusto mis, d'1sparando hasta
terio de la muerte; pero los sesenta cañones segu1an
que las municiones se consumieron.
El sol iluminaba la atroz carnicería; un vaho espeso de sangre ~ entrañas desgarradas subía hasta la bandera española que flameaba airosa
al viento de la tarde.
45

�LA PLUMA

LA PLUMA

Los seis hombres enlutados cambiaron algunas palabras en ruso, y
''. Sacando cada uno una pistola, se levantaron la tapa de los sesos.

DE UN EJÉRCITO CONTRA MOROS

* * *
.Después de este acontecimiento, ya no hubo corridas de toros.
RICARDO BAROJA

YO, A MI CUERPO
¿:Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?;
¿por qué con humildad no he de quererte,
si en ti fui niño, y en ti arribo,
viejo, a las tristes playas de la muerte?

"Gu pecho ha sollozado compasivo
por mi, en los rudos golpes de mi suerte;
ha jadeado con mi sed, lJ altivo
con mi ambición Latió cuando era fuerte.

'JI hoy te rindes al fin, pobre materia,
extenuada de angustia y de miseriá.
¿ffor qué no te he de amar? ¿tlué seré el día
que tú dejes de ser? ¡ :Pro/undo arcano/
&lt;Sólo sé que en tus hombros hice mía
mi cruz, mi parte en el dolor humano.

D.

RlVERO

las causas por qué nación tan animosa, tan
aparejada a sufrir trabajos, tan puésta en el punto de lealtad, tan vam, de sus honras (que no es en la guerra ta par'
te de menos importancia), obrase en ésta al contrario de su
valentía y valor, truje a la memoria numerosos ejércitos disciplinados Y
reputados en que yo me hallé, guiados por el emperador don Carlos,
uno tú. los mayores capitanes que hubo en muchos siglos; otros por el
rey Francisco de Francia, su émulo,y hombre de no menos ánimo y e:rperiencia. Ninguno más armado, más disciplinado, más czunplido en
todas sus partes, más plática, abundado de dinero, de vituallas, de artillería, de munición, de sold,ldos particulares, de gente aventurera ae
c,1rte, de cabezas, capitanes y oficiales, me parece haber visto ni oido decir que el ejército que Don Felipe II, rey de España, su hijo, tuvo contra Enrique JI de Francia, hij"o de Francisco, sobre Durlan, en defensión dP los estados de Flandes, cuando hizo la paz tan nombrada por el
mundo, de que salió la restitución del duque Filiberto de Saboya; negocio tan desconfiado: como por el contrario, ninguno lze visto hecho ta11 a
remiendos, tan desordenado, tan cortamente proveído, y con tanto desperdiciamiento _11 pérdida de tiempo y dinero; los soldados iguales en
miedo, en codicia, e,i poca perseverancia y ninguna disciplina. Las causas pienso haber sido comenzarse la guerra en tiempos del marqués de
Mondéjar con gente concejil aventurera, a quien la codicia, el robo, la
flaqueza y las pocas armas que se persuadieron de los enemigos al principio, convidó a salir de sus casas cuasi sin orden de cabezas o banderas: tenían sus lugares cerca; con cualquier presa tornaban a ellos; salían nuevos a la guerra, estaban nuevos, volvían nuevos. Mas el ti.empo
.que el marqués de Mondéjar, hombre de ánimo y diligencia, que conocía

[I

ONSIDERANDO yo

47

�LA PLUMA
las condiciones de los amigos y enemigos, anduvo pegado con ellos a las
manos, en toda hora, en todo lugar, por medio de los h?mbres particulares que le seguían, estuvieron estas faltas e•1eztbiertas. Pero despu!s
que los enemigos se repartieron, aconteciero1t desgracias por dontú quedaron desarmados los nuestros y armados ellos; comunicábase el miedo
de unos en otros; que como sea ti vicio más perjudicial en la guerra, así
el más contagioso: no se repartían las presas en común; era de cada U1UJ
lo que tomaba, como tal lo guardaba; lucían con ello sin unió,,, sin respondencia; dejábanse matar abrazados o cargados con el robo, y donde
no le esperaban, o no salían, o en salimdo ton, 1ban a casa; guerra de
montmia, poca previsión, menos aparejo /)ara ella, dormir en tierra, no
beber vino, las pagas en vitualla, tocar poco di11ero o ningullo: cesando la
codicia del interese, cesaba el sufrir trabajo;pobres, hambrientos, impacientts, adolecían, morí,m, o huyéndose los mataban; cualquier partido destos escogían por más ventajoso que durar en la guerra ouwdo no traían·
la gana11cia entre las manos. De los capitanes, algunos, cansadn ya de
mandar, reprender, castigar, sufrir sus soldados, se daban a las mismas
costumbres de la ffente, y tales eran los campos que della se ;ímtaba1t.
Pero también hubo algunos hombres en:re los que vinieron enviados p or
las ciudades, a quien la vergüenza y la hidalguía era freno. También
lt1 gente enviada por los seizores, escogida, igual, disciplinada, y la que
particularmente venía a servir con sus manos, movidos por obligación
de virtudy deseo de acreditar sus personas, animosa, obediente, presente a cualquier peligro: tantos capitanes o soldados como personas; y en
fin autores y ministros de la victoria. Los soldldos y personas de Granada todos aprobaron para ser loados. No parecerá filosofía sin provecho para lo porvenir esta mi consideración verdadera, aunque experimentada con daño y costa nuestra.
DI!:GO HURTADO DE MENDOZA.

ALMANZOR
os hombres de mi generación habíamos esperado-esperanza
huera-vernos libres de la morería. i\letido en su arca de
tres llaves el cadáver del Cid; tachado de apócrifo el testamento de Isabel la Católica; en decade~cia el orientali~mo
romántico, lícito era el regocijo de pensar que el afncano no volvena a
entorpecer el discurso natural de nuestras vid~s, ni a embarull~rnos ,el
trabajo, ni a corrompernos el gusto, como solla e~ estos doce siglos _ul
timos. ¡Al Rastro las cimitarras, los alfanjes, los an~files;. donde podna~
adquirirlos a bajo precio los rimadores ve:bosos! No mas almala'.as ~1
almaizares, ni marlotas y alquiceles; no mas sultanas sensuales, m mas
Leilas d~ ojazos profundos, ni otros ripios sarracenos. Tras de los bandidos v arrieros iríase el moro imaginario que los cursis ven aún vagando en ia plaza de cada pueblo andaluz: el moro caballe~esco, sentimental, tañedor (el moro de Irving), que exhala ternezas al pie de un to~reón;
v el moro sediento de sangre, fanático islamita, con que atemonzan a
;us ovejas los obispos belicosos. No más cruza?as: no más triunfos sobre
la media luna; acabáronse los arrebatos, la gntena, las membranzas de
las Navas y del Salado. Aunque el Estrecho-nos decíamos-sea brev
reparo, por pronto que la furia españ~la resucite y qu~ramos pas~r alla
nuestros pendones, ya los moros usaran chaquet y perilla y tendran escuelas laicas. Quedaremos una vez más lastimados en nuestro derecho,
ejecutados en la honra; pero la epopeya de la reconquista-con este su

7

IV

49

�LA PL U :-.1 A
LA PLUMA
reato dañino-habrá concluído. No oyendo el galopar de la morisma,
pensábamos que, al fin, podría hacerse en la península algo serio: labrar, fabricar, leer en buenos libros, allanar las cuestas, cultivar con
curiosidad los jardines... Esta guerra que venimos haciendo en l\larruecos, más larga ya que ninguna campaña de la reconquista, más sangrienta que cualquier gran victoria cristiana de aquella edad y que muchas juntas, más desgastadora de haciendas que la reconquista en pleno,
descubre la condición inacabable de nuestra epopeya cristiano-bélica;
habrán de ponerle apéndices cada quinquenio, cada decenio, para archivar las memorias de las proezas cumplidas, como se los ponen al repertorio de Alcubilla, donde se archiva el fas y el jus, el fruto de la inspiración de las covachuelas hispánicas. Es lo debido; una minerva rige
armas y leyes.
Si este es mi destino de español, pienso que no lo hay más negro.
Creíamos desembocar en el siglo xx, y nos vuelven a uno de aquellos
que nada tuvieron de dorados, poniendo en armas la frontera contra los
moros. Eso basta. Hoy, los moros son nuestros amos. Lo primero, porque al eaemigo st! le otorga siempre un poder incalculable en teniéndolo por tal, con romper la paz y disponerse a guerreado; poder no sólo
físico, pendiente del albur en las batallas, pero moral, que obra sobre
las mentes y deja al ánimo obseso. Los españoles nos arruinaremos si
los moros quieren, haremos infinitas locuras, porque les hemos entregado el resorte de nuestra conducta; tienen en su mano la mortificación
de nuestro orgullo; pueden infligirnos sin salir de su breñal humillaciones crueles; cubrirnos de ridículo. Lo segundo, porque España venía
curándose despacio de la infección muslímica, y soltaba el veneno a
fuerza de privarse, como se abstiene el morfinómano procurando su salud. Todavía el régimen era laxo, reciente. Hacía falta más rigor en la
nutrición mental, expurgar la fantasía, buscar el aire tónico del Norte;
extremar la defensa, brutalmente, hasta que el organismo perdiese la
memoria de ese vicio y pudiésemos entrar en las mezquitas sin emoción
histórica, con tanta naturalidad como en la barbería, y hablar de los almohades con el displicente gusto que pondríamos en disertar de los es50

·qui males. 1'0 estábamos curados. Todavía fulguraba sobre nuestro horizonte la ;Jfedz"a Luna. (De hallarme limpio del veneno no se me habría
-ocurrido esa imagen.) Con un pinchazo, recaemos en' la dañada afición
que iba perdiéndose; el morbo musulmán recupera su virulencia. Poner
en curso sangriento la frontera contra moros, es abrir la fuente mal cerrada: _el organismo español retrocede a la edad en que ese manantial
berme¡o, perenne, era la condición de su vida. Las cuestiones los sentimientos, los presagios, la armazón política, lo que nos preocu~a O conmue\·e, torna a ser medieval, com«&gt; en los siglos en que guerrear con los
moros era la rueda catalina de nuestra economía.
;\ledievales los sentimientos. Tratamos a muchos españoles que se
han rehecho un alma del siglo décimo y odian a los infieles como fueron odiados en tiempo de Almanzor. Admirable privileoio de España.
Nº •
D
. mgun eu'.o~eo, aunque imbuido de cultura clásica, llegará a compart1_r l_os sentimientos locales de un ateniense o de un romano; podrá imagm~:selos,. describirlos como se los imagina, mas no podrá odiar con
pas;on ~ac1onal a Xerjes ni a Alarico. Apurándolo más, ¿que europeo
esta co~1do_ en una_ misma onda sentimental con sus compatriotas de
~ace mil anos? Quiere decirse que no son ya compatriotas; el lazo de la
t~~rra se _suelta solo, y todos los muertos no nos emocionan; la compas1~n nac10nal se deslíe en sentimientos más generales, vagos, de humamdad, de curiosidad, o en puro goce estético, en cuanto sin salir del
país se pasa de una civilización a otra. El español, se exceptúa. Le cumple la virtud de desposarse con las antigüedades de esta tierra, de prest~rles su apellido a cierra ojos. ¿Por qué ha de ser Numancia presea nac10nal, un timbre de gloria equiparado a Zaragoza o Gerona? Toda España es antinumantina. Debemos España a la destrucción de las Numancias-sonadas o no-por el romano. No se advierte que es profanar
el idioma de Cicerón emplearlo en alabanzas de los bárbaros. ¿O ya nos
despagamos de ser latinos?
«Enojada estaba Roma con ese pueblo soriano», canta el romance.
Roma, a quien llamamos madre, nos libró, con su enojo, del peligro
berberisco. He llegado a ver las estatuas de los últimos numantinos (me
51

�LA PLUMA
LA P L U \1 A
regocija que fuesen los últimos): un hombre peludo se degüella; una
mujer-no mal formada-con el hijo muerto sobre las rodillas, se apresta a ingerir un bebedizo. El exterminio de esa horda me asegura que no
corre por mis venas gota de su sangre. Si el español entiende tan mal lo
que debe a su origen, y odia un momento a Roma por fraternizar atolondradamente con el numantino, no es milagro que se zambulla en lo
más negro de la Edad Media, sienta a lo mesnadero de un Bermudo,
de un Ordoño, en cuanto las guerras del moro le reavivan ciertas pasiones oscuramente adormiladas en su alma. Tal convecino adocenado nos
saluda en la calle, que lleva dentro un conmilitón de Mauregato; en el
horizonte de diez, de doce siglos, no halla otro árbol donde ahorcarse.
El tipo no es del pueblo, sino de español mediano, que ha recibido instrucción general, patrañosa, y le tolera algunos deslices a la imaginación, cebándola en los recuerdos del bachillerato. Suele vivir adscrito a
profesión sedentaria; aprecia que una ciudad esté «amurallada»; se desquita de la aridez de su monogamia fingiéndose la desenfrenada lascivia
de los harenes; se persuade que también él sería poeta si por deber no
mantuviese aherrojada a la fantasía. Es patriota; cayendo de bruces en
los desengaños, que no puede negarlos, se recobra y dice: «Pero la raza
es sana; y muy inteligente. La más inteligente de Europa.» En suma:
es tan recio y duradero como el muro ciclopeo de Tarragona. Están al
unísono con ese tipo: el rentista, si ha leído a Villoslada, y los deportes
no le han vuelto tarumba; el erudito local, conocedor del punto de la
muralla (derruida hace quinientos años) que aportillaron las huestes de
Alfonso VI. 0e otras gentes sospechosas-caballeros de las Órdenes,
académicos de la Historia- nada digo, porque no los he observado de
cerca. Así, el primer fruto de la guerra nacional contra los moros es restaurar los entes más viejos, arrancar del alma a los españoles toda una
edad, y encenderlos en la misma pasión que los míticos guerrilleros de la
caverna astúrica-la misma por su objeto, su expresión, y los modos de
saciarse que propone.
Medieval la armazón política. La vida española recae en el ínterin
donde estuvo empantanada ocho centurias; igual ceguera: obstinarse en

derribar una puerta abierta; codicia tamaña: quitarles tierras a los moros por «haber más hacienda» y repartir mercedes a los ladrones; descuartizamiento de la potencia pública, único paladión de pobres, por los
oligarcas desmandados que la emplean en el gran despojo. Que sean los
Ricos-homes o las sociedades anónimas quienes trasquilen al pueblo; que
sea el oligarca Don Lope Díaz, o el Señor de Cameros, o Don Juan: el
Tuerto, u otro bandido de gran solar, o el gerente de un banco, de una
compañía minera o ferroviaria, y sus mesnadas en las Corte~, síguese la
misma procesión del dinero: se estruja al cristiano-al humilde, no al
poderoso-, para costear las armas y los brazos que han de someter al
moro; disípanse los acostamientos; cuando llama el rey, no le acuden, o
mal, y tarde. Entonces, como ahora. Y tales han acudido a veces, que
mejor les estuviera no ir. Vasto latrocinio, chantage desaforado viene
siendo para España la guerra contra los moros, desde antes de Covadonga; y no han robado más los que allanan una choza, saquean un aduar:
«El mayor ladrón-dice Quevedo-no es el que hurta porque no tiene,
sino el que teniendo da mucho, por hurtar más.» El desvalido, el ignorante, o el que posee un talento y pretende hacerlo valer, habrán de perdonar por este siglo, y por el próximo, si la morisma no se rinde. Lo
que presta la nación al individuo, el auxilio de vivir socialmente, se pierde en esta guerra, hoy por modo más estúpido que en el siglo décimo,
pues lo aventuramos en disputar con mayores bárbaros que nosotros. No
me conviene depender en lo más mínimo de la razón o sinrazón de un
puñado de berberiscos cerriles. Si los españoles lo mirasen bien, de vergüenza y de rabia romperían el hechizo que los tiene alelados, y verían
que es poco estimar a España restituir al moro su rango antiguo, otorgarle sobre nosotros tanto poder como de enemigo hereditario. Debieran
levantar a más la soberbia. No apellidar causa nacional a empresa donde
sólo puede haber manteamientos, pedradas y estacazos, empresa guardada para Sancho, ayudado desde lejos por el caballero «con advertimientos y consejos saludables». Mirar en la calidad del enemigo, y si hemos
de tenerlo, buscar alguno que nos honre. O crearse un enemigo de igual
condición, o sufrir la que el enemigo nos imponga. Francia tiene el suyo.
53

l

�LA P L U ~I A

LA PLlJMA
Dicen maliciosamente que Francia muda de enemigo hereditario cada
veinte años; pero va de Inglaterra a Alemania, de Alemania a Inglaterra,
y si quisiéramos nosotros entrar en turno, habríamos de instituir-hermanos y todo-un poder económico y militar que la amenazase; Francia no se estima en menos. Ni Alemania, que tiene el odio portátil. Y el
inglés no se declara enemigo hereditario del zulú ni del birmano a quie~·
oprime. Tal el enemigo, tal la enseñanza, o el contagio. Francia ha adelantado en la química y en la mecánica; no se consolará por eso de la
guerra, pero algo sabe hacer mejor, o de nuevas, que antes no hacía.
Cosa que los españoles hayan aprendido en Marruecos, no se conoce
ninguna: como no sea cortar cabezas de moros y mostrarlas en las tabernas, o enviar a la Península bajo sobre dedos y orejas berberíes. Cúlpese a sí propio si aún anda embarazado en compañías que le degradan;·
si desperdicia el seguro que le ofrecía el mar, apartándolo, por fin, del
poder islamita derruido; si en vez de irse cara al mundo en que siempre
debió asistir, mira al Atlas, captado por el funesto prestigio que desde siglos le atrae,

* * *
Mirando en el bullicio de Marruecos, la inútil mortandad, los destrozos, la ineptitud, el sonrojo público, nadie pensará que en África esté
escribiéndose un apéndice de la ilustre epopeya de ocho siglos; fué otra
la calidad de los hechos-se dirá-; otros eran los modos; menos fangoso el manantial de la gloria. Si en trescientos o cuatrocientos años.
nuestra entrada en el Rif no provee de metáforas altisonantes a los retóricos que nos sucedan(«... la enseña roja y gualda se paseaba triunfadora por la 9lanicie de Zeluán!»), o no sirve de pretexto para incursiones nueva~(« ... nuestros antepasados introdujeron en el Rif la civilización cristiana!»), será que el caletre español se haya recompuesto; pero
la materia histórica que amasamos en el Rif, contra aquella opinión superficial, es la de siempre. Los términos, en armas y gobierno, con que
los cristianos de España entran a guerrear a los moros son, en substancia, siglo tras siglo, invariables.:Adviértase que al español moderno, oído.
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el proceso de la reconquista, sólo le queda en la memoria una explicación polémica fraguada por la propaganda; al valerse d~ ~que! ,·ocablo,
no maneja un caudal de hechos, sino un concepto pol1t1co. La reconquista, si en algún modo nos determina, no es_ tanto por rechazo ~e los
sucesos sobrevenidos en esa edad, como amarrandonos al razonamiento
con que la explican. Toda guerra, para ser bien ente~d_ida, erige u na
oficina de propaganda. Las dilatadas guerras entre cnst1~n_os y moros
por el dominio de la península, suscitaron en el_ campo cristiano una.legión propagandista descomunal; ocupaba la cated:a de San Pedro) el
púlpito de la más pobre aldea; el alcázar, el h_osp1tal,
~om·ento; el
pretorio y la catedral. ¿Adónde iría el hombre s1mp(e, el 1d1ota, q~e _no
blandiesen sobre él un hisopo o una lanza, exhortandole o conmmandole a pelear, e inculcándole por qué peleaba? Pero nadie es tan ingenuo que confunda la guerra, los móviles de los potentados que_la_encienden las razones del hombre vulgar para someterse a los padec1m1entos y ex¡orsiones, con la figura levantada sobre la guerra pa_ra inscribirla
en la historia. De la explicación aducida por los propagandistas del plan
cristiano, poco caso se ha de hacer (salvo en lo que a su pesar confiesan), sobre todo si fueron testigos presenciales: los testigos ven lo q~e
creen· lo demás, no entienden. Peor si detentan el mando. La fuent: ultima; que acudiríamos para trazar la crónica de nuestra ?uerra en A!rica serían las arengas de los generales o los partes del G3b1erno; vald nan
como re-::urso desesperado, por no perderlo toJo y guardar algu_na memoria de los acontecimientos: como si de un reino desaparecido nos
quedase una estela en un desierto. La propaganda del plan cri~tiano en
la reconquista puso al servicio de la historia, por modo e~clus1vo, ~artes oficiales, arengas ~ prelados o grandes señores, comunicados rcg10s.
Que nuestra entrada en el Rif parezca, cumplidos los ~ie~pos, tan
o)oriosa como el hecho del Salado o de Granada, se antoiara supuesto
inverosímil; peor: chocarrero. ¿Es acaso menos estrafalario someterse,
siglo tras siglo, al patrón explicativo de nuestra historia, p~es~o por los
bárbaros? ¿Se puede comulgar con mayores ruedas de molino. El concepto político de la reconquista surgió en la edad de más espe~a barba-

e!

55

�LA P L U \l.-\
ríe conocida en la península desde la caída de Numancia; seres montaraces, crédulos, lo adoptaron. Cortos de entendimiento; largos de
manos; las tragaderas, anchas. Si hoy un corresponsal nos mandase
a decir que había visto los acorazados de la escuadra anclados en los
picos del Gurugú, o que las nubes llovían sobre Melilla riquísimo aceite, podríamos dudar si era un mentecato o un bromista, pero no creerlo. Las remotas noticias de la reconquista no son más serias; las explicaciones tocantes con el origen, vienen de autores creyentes en las en carnaciones del diablo. Se imaginaban que el demonio, en cuerpo de
hombre, iba por los riscos de Sierra Morena tocando un tamboril. cantándole coplas a Almanzor. ¡Necia diablura! ¿Para quién iba a cantar en
la sierra el pobre diablo? De chico, tales fa.ntasías me impresionaban vivamente, y también yo creía ver a un diablo viejo, negro y cornudo,
brincar entre los jarales, profiriendo con voz cascada: «En Calatañazor,
Almanzor perdió el tambor. ¡P]án! ¡Rataplán! En Calatañazor, Almanzor perdió el tambor!» Y esto era muy triste; la voz del diablo no tenía
ecos; nadie le oía en aquellos cerros candentes, desiertos, que yo me
imaginaba; el diablo parecía desconcertado, corrido de su mal suceso,
y se iba a pordiosear, lamentable. En rigor, al diablo no debe achacársele tontunas_. Perdió la capacidad de amar, no el entendimiento angélico. No es fornicador, ni borracho, pero soberbio y envidioso; le conoce mal quien le pinta necio. Si Dios creó al hombre a su semejanza,
el hombre crea, también a semejanza suya, al diablo de las apariciones;
cuando es imbécil, a su creador se lo debe. Concluyo de la estupidez
del diablo en Sierra Morena la modorra de quien lo trajo, y que eran
mentecatos o farsantes los autores gravísimos que con tal cuidado lo ingieren en sus textos; sus demás opiniones y cuentos quedan, con eso,
daiiados. Pensará algún moderno que no pueden correr sobre Melilla
tan gruesas fábulas, de aguzado que tenemos el sentido crítico. Es según
la materia. Si al corresponsal de marras se le apareciese el diablo, el público se burlar/a, en efecto, hallando excesivo el anacronismo. Tolera
otros: si ve a un fraile arengar en lo más recio de la batalla, blandiendo
un crucifijo, espectáculo desusado, a lo que creo, desde la toma de Orán,
56

LA PLU;\1A
.nadie se espanta. Es el primer paso, el segundo sería ~ue al corresponsal se le apareciese el apóstol Santiago, con peto y qu1xotes, encasq~etado, fulminando ]a terrible espada, subido en el caballo blanco, o b1e?
uniformado a la in"lesa-que sería más tJlerable-: guerrera de kaki,
correaje avellana, p~ismáticos en bandolera y un junquillo coi: mango
de cordobán. Al punto, muchos lo creerían. Millones de_ e~~anoles ?º
podrían quebrantar el dicho del corresponsal con u~~ ob¡ec10n_ de pnncipio; los que impetran del omnímodo poder dm~o _el tnunf~ de
nuestras armas, alabarían a Dios. Tenemos, pues, en Afnca lo ne1,;esario, falta lo que debe faltar, para que la entrada de los cristianos e~ Morería resplandezca mañana con tanto brillo com? l_a cruzada_ nacional•
No es tan descaminado poner en los altares de Afnca a Santiago Matamoros. Lo que es yo, concentraría la Guardia civil en ~ierra Morena
para vigilar las apariciones del diablo, y que le tomase~ ¡uramento de
decir verdad si voceaba un triunfo nuevo. Comprendenase entonces el
emblema de A:lmanzor, vencido por el apóstol Santiago en una batal:a
que no se dió.
CARDEN JO.

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�L.-\ P L U 11 A
por sus opinioneE y las de sus lectores, sino apartándome de toda preocupación.
política, con toda mi paciencia y mi atención.
Puesto que hoy no puede ya hablarse de él más que en tiempo pasado,.
puesto que pertenece a la historia, como dicen en los discursos ollciales, permítaseme alzar la voz y decir qué hombre era este y el por que de mi afc:cción.

* * *

CRÓNICAS LITERARIAS
ALEMANIA

m

l.THRNAu.-Nadie se admire al verme introducir la figura de·
Walter Rathenau en eshs crónicas. Podría defender su presencia
arguyendo con las cinco o seis obras que ha escrito, pero sin desconocer su valor e importancia, no quiero ocultar bajo una excusa
q 1 e sería casi un pretexto la determinación de no esclavizarme al rigor de un
epígrafe, dt&gt; una rúbrka. Walter Rathenau se substrae a las clasificaciones y definiciones. Pertenecía a todos los órdenes en que nuestra atención y nues,ra
simpatía se reparten: literato, economista, filósofo, aficionado en arte, y hasta
hombre de Estado. Era uno de los espíritus más grandes, no sólo de su país,
pero de su tiempo, uno de los hombres que simbolizaban la persistencia y la
defensa europeas. El Occidente extremo y, en particular, Francia, no han visto
en él más que al ministro, e incluso si se esforzaban en proclamar sus méritos
no le: d iferenciaban del batallón de hombres políticos entre quienes vivía al fin
de su carrera. Hace dos años no le conocían ni de nombre, y probablemente
dentro de otros dos lo habrán olvidado. Sin embargo, en él se encarna un momento del pensamiento europeo.
.\le es grato hablar en esta Revista, de donde está excluída la política, de un
hombre a quien tuve felizmente ocasión de tratar durante diez años. de un hombre a quien conc,cí antes de la guerra, época en la cual, si alguien le hubiese predicho su destino, habría contestado con un encogimiento de hombros. Quisiera
diseñar su retrato, no como lo hao hecho los periodistas arrastrados por el tum.ilto de la información cotidiaoa y tiranizados, incluso inconscientemente.
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La notoriedad europea de \Valter Rathenau había nacido en Cannes, ya que
no en Génova, porque sus misiones eo Londres y sus primeras armas en política apenas revelaron su nombre más que a los iniciados en los juegos de la diplomacia, o a los que van siguiéndolos con ardor. Su notoriedad en Alemaoia
era, claro está, más antigua, pero no hacía mucho tiempo que había .-lcanzado a
todas las clases de la población. Walter Rathenau era el caballo que, recomendado con discrección a los apostantes por boletines dignos de crédito, acababa
de destacarse del grupo de sus competidores y de tomar la delantera a favor
de una curva.
Había publicado antes de la guerra varios libros que descubrían la penetración de su intelígencia y su temible cultura-libros de tendencias filosóficas
pero en los que desempeñaban pJpel importante la sociología. la economía política y la historia-. Ninguno de ellos había reclutado vasta clientela de lectores. Su forma literaria, su concepción, y la confusión de géneros, rebelde a todas las reglas de la crítica y de la ciencia alemanas, los hacían 5ospechosos a los
ojos de los especialistas; al paso que, por su inevitablt: aridez, eran en demasía
pesados para el públ;co. D·masiado diiettante para unos, dem1siado sabio•
para otrc-s, se inmovilizaba en el cuadro restringido de algunas amistades.
En las esferas oficiales le mantenían aparte y en observación. Porque la influencia de los negocios y de los grupos fin~ncieros que podía manejar le hacía,
más temible que su crédito personal: la A. E. G. (Allgemeiue Elecktricitat Gesdlschaft), por sí sola, convertía a \Valter Rathenau en uno de los grandeis señores del capitalismo alemán.
Durante la guerra, tuviéronle en cuarentena, coofinado en funciones accesorias: sus teorías democráticas y europeas, pedestal de su triunfo en 1921, eran
conocidas de todos, así como su hostilidad a los Hohenzollern; por otro lado,.
su mutismo y su recelo, más aún que su fortuna y su plan de vida, le apartaban de las minorías socialistas y revolucionadas e incluso del radicalismo burgués, es decir, de todos los grupos en que prendía la oposición. No desempeñó
59

�LA P L U ~l :\
,papel alguno en los acontecimientos de 19181 y al año siguiente Jlamó un poco
la atención dando a :uz dos libritos, uno de ellos acerca, o más bien contra el
último emperador. Hasta 1920 los hechos no se pusieron a favorecer su marcha: en el momento de convertirse la joven república en juguete de las facciones políticas, y bajo su máscara, de los grandes trustr industriales, Rathenau
fué ascendiendo, con opon~r las fuerzas financieras que dirigía a las empresas
y a las ideas de Hugo Stinnes.
Hay muchos puntos de semejanza entre Hugo Stir,nes y Walter Rathenau
Pero también muchos puntos desemejantes. Por una parte, la vida, y el contraste de los mismos acontecimientos sobre intereses idénticos, les imbuyeron
preocupaciones iguales y les impusieron idénticas actitudes. Por otra parte, sus
caracteres individuales eran opuestos en casi todos los órdenes, y en modo
completamente favorable a Rathenau. Hugo Stinnes no tiene otro valor ni otro
prestigio que los de su dinero, mientras que Rathenau tenía todas las cualidades
Y_ todos los defectos necesarios para ser un hombre de amplísimo vuelo, y para
simbolizar, a ojos C:e quienes gustan de las clasificaciones y de los símbolos, el
hombre moderno: mente aguda, voluntad ardorosa, indiferencia completa ante
las objeciones de la moral, facultad de no considerar a los individuos, cuando
no a los pueblos, y a sus tradiciones, cuando no a sus patrimonios, más que
como fichas en un tablern, subordinación de los medios al hn. supresión completa del factor Sentimental en la economía general del individuo.
, Esto e_s sin duda lo que en Ratheriau nos llamaba más la atención y nos hacia experimentar la sorpresa y la seguridad que nos infunden ciertas obras de
Frank \Vedekind y la obra de Car! Sternheim. Sorpresa más intensa, porque el
&lt;lominio del escritor, por grande que sea, nunca es tan tiránico como el del
hombre &lt;ie acción. Harto se ve el daño que las supervivencias románticas han
causado en tres generaciones, y los esfuer:os que la n11estra acumula de~de
hace veinte años para zafarse. Pero en este caso nos hallamos bruscamente delante del exceso contrario: exceso de cerebralidad y conceotraeión de toda la
vida interior en las figuras y fórmulas de una geometría implacable. Espectáculo más conturbador quizá, y seguramente más misterioso que el del sentimentalismo romántico. Testimonio de fuerza, pero de una fuerza casi monstruosa y
co,1tra naturaleza.
Los hombres como Walter Ratheoau, que suprimen toda ternura-•en e
sentido más amplio de este vocablo-y que llegan a menudo a templar e inclu:so a suprimir todo~ los odios, tienen sobre sus contemporáneos una ventaja
60

LA I' L U :'-.l A
inapreciable; no llevan a cuestas bagaje al¡¡uno, y gozan de una preciosa líber· ·
tad de movimientos. Me imagino que esa ventaja estará ampliamente compensada por otro lado, y que cesa medalla-como decía M. Prud'homme-debe tener varios reversos por lo menos•. Pero oo trato de hacer aquí un curso de
psicología general; quiero simplemente not.ir lo que facilitó a \Valter Rathenau el acceso al poder.
Supresión del factor sentimental: e11 e l fondo, conviene confesar que esto ,
es de lo más inquietante. Cierto que en ese dique temeroso había algunas fil.
traciones. Un amigo que conoció a Ratbenau hace veinticinco años, cuando su
padre y los amigos de su padre le rode aban de una desconfianza entreverada
de compasión y le tenían sujeto, incluso dentro de la A. E. G.. me contaba recientemente que en esa época no era insensible a cierta vaga sentimentalidad
de orde11 histórico: la época de la reina Luisa le atraía por modo singular, Y no ,
podía contener cierta emoción cwando pensaba, por ejemplo, que el escritorio
de su uso había sido. un siglo antes, de aquella princesa legendaria. Pero estas
puerilidades, que no están lejos de recrearme como una bocanada de aire fresco, eran nada al compararlas con el mecanismo formidable que presidía en la
vida intelectual de Wllter Rathenau. Y a pesar de su progenie israelita-peligrosa sería desestimar su impo rtancia-ese mecanismo le mantenía brntalmen-te apartado de todos los hombres cuyas cúleras, rencillas, y demás pasiones,
veía conjugarse o entrechocarse alrededor.
Walter Rathenau estaba dotado de una inteligencia cruel. Todo iba a parar
a ella o &lt;lf' ella se alimentaba. Incluso sus goces estético5, que apenas nacidos
le servían para cebar sus experiencias, sus paradojas, sus fantasías. Si le gustaban Renoir, Cézanne. Van Gogb, Beethoven, lo que más le divertía era descubrir y desmenuzar sus procedimientos técnicos, y embromaba a sus amigos
manchando lienzos y escribiendo trozos de sonatas y de sinfonías imitados con
tanta fidelidad, que su facultad de asimilación causaba estupor.
A su inteligencia debía la agudeza extraordinaria de su sentido crítico. No
llegaré a decir que Wa iter Rathenau fuese ante todo un hombre de oposición,
pero lo cierto es que tenía más de censor, a lo Maximiliano Harden, por quien
no ocultaba sus simpatías, que de hombre de Estado. Algunos responderán que
la tragedia de Max:miliano Harden c0nsiste precisamente en verse encerrado,
por la caída de Bismarck, en un papel negativo, siendo así que le estaba reservado ace~tar cosas grandes en la esfera de las realizaciones. Pero yo nocomparto ese parecer, ni ~sa indulgencia, acerca del vicio libelista que, desde
61

�LA P L U l\J A
hace treinta años, pero sobre todo desde 1914, se agota en perseguir la gloria
por todos los cami1.os, ea todas direcciones.
\Valter Ratheaau era demasiado audaz y cultivado para ser un grande hombre de Estado. Y por el contrario, le faltaban ductilidad, tradiciones, destreza
política. Es el único oficio a que no supo adaptarse nunca-sin duda porque lo
despreciaba-. Para político profesional le faltaba todo, y creo que Jo echaba
·&lt;ie ver: durante su vida entera se mantuvo cuidadosamente apartado de la cocina parlamentaria, donde .Matías Erzberger era singular. Y al paso que prose,guía la realización de sus vastos proyectos y trazaba líneas nuevas en el rompecabezas europeo, permanecía sin defensa contra las conjuras de los pasillos,
que eran capaces de arrancarle de golpe todo su poder.
NI) es infecunda la comparación entre Rathenau y Erzberger; como individuos, la_s ventajas están de parte del primero; pero como hombres públicos, el
favorecido es el segundo. Es lícito creer que si Erzberger no se hubiese aplicado a la liquidación de la guerra, y si hubiese emprendido como Rathenau la
construcción de un edificio nuevo con materiales de desecho, habríalo acertado ~el mismo modo. Porque las circunstancias han ayudado a Rathenau: lo que
en tiempos de Fehrenbach o de von Simon:- hubiera parecido imposible, esa t s.
pecie de nuevo Dranr nach Osten que empuja a Alemania hacia Rusia, de quien
antes se temían catástrofes sin cuento, se antoja hoy, incluso a los reaccionarios, la única tabla de salvación. Rathenau ha cCJnseguido la victoria de R ipa.
llo sobre el Occident:!-Extremo, y podía gloriarse de ello; pero Erzl,er&lt;1er hubiera tenido que ganar esa vicroria contra Alemania misma y el Reichst:g, y el
cas,, hubiese sido más difícil.
En Rapall0 todas las opiniones alemanas vinieron a coincidir. Ea las froater~s del ~eich n? hubo más que un ·:encido: Hugo Stinnes. Ese tratado. que
abna a la mdustna alemana el mercado ruso, le privaba, en eíecto, de su clientela de descontentos, y revestía a su adversario del prestigio que ambicionaba
sí. ~stoy seguro, además, de que Rathenau, al combinar su golpe, oo perd10 de vista esa primera consecuencia de su victoria.
Con ella terminaba brillantemente, y en el vasto campo internacional, que
le era grato, lo que constituía al parecer la primera parle de su carrera. Fué,
por desgracia, el término definitivo.
Los que le han asesinado, cegados por el odio polícico y por las máximas
del aa,ti~emitismo que azota en Alemania con intensidad trágica, han suprimido al un1co hombre capaz de sostener un papel de primera línea en el Gobier-

P~:ª

62

LA PLUMA
cuando la derrota ha impuesto a su país lo que he llamado en otro sitio
cdesgermanizacióa•. Porque, a riesgo de dejarme llevar por las ilusiones extremo-occidentales, diré que Walter Rathenau era a mi parecer el mejor guía
que pudiéramos desear a Alemania en la imposibilidad de su política tradicional. Su inteligencia le habría preservado de mnchas errores y tentaciones, y sus
teorías, le habrían apartado de los compadrazgos de clase con que nos abruman
los Hugo Stinaes de todos los países.
No se juzgue, pues, erróneamente el alcance verdadero de las reservas que
he formulado respecto de la capacidad política de Walter Rathenau. No es que
temiese que un nietzscheano como él, pagado de la Voluntad de Poderío y de
la Transmutación de Valores, fuese débil para llevar a término su cometido.
Lo que temía era que resultase demasiado fuerte para librarse de las trampas
y añagazas que irían poniéndole al paso. El exceso de fuerza es tan peligroso
como la debilidad, así para el hombre que lo padece como para la causa que
defiende; el presidente Caillaux: lo sabe a su costa. Y no puedo por menos de
considerar que toda la inteligencia de Rathenau no ha bastado para desarmar la
pasión de los asesinos de Erzberger ni la paciencia emponzoñada de sus rivales, y que ea su desprecio de las crisis sentimentales no ha pensado ea protegerse ni ea proteger su obra contra ninguno de esos dos riesgos.

'110,

l

PAuL CouN.

TEATROS
AS COMPAÑÍAS DK LA LKGUA.-Hasta hace pocos años la vida teatral
española se reducía a los principales escenarios de Madrid. Fuera
,
de ellos. no gozaba de la menor consideración cuanto se representaba sin el marchamo de los revisteros y el público madrileños,
ni sin su refrendo prosperaba artísticamente actor alguno. Las excursiones por
provincias de las mejores compañías de la corte, tenían un prestigio muy superior al de la gloria local, discernida en ocasiones a tal o cual histrión y rarísima vez acatada fuera de su ambiente propio. Cómicos hubo populares en Sevilla, pongo por caso, y aun por toda Andalucía, que no lograron el aplauso no
ya de Madrid, mas de cualquier otro público que no el suyo habitualmente;
como si, en efecto, su arte respondiera por modo especial a cierta sensibilidad
característica de sus admiradores, reveladora de las diferencias étnicas que

�LA PLUMA

LA PLUMA
suelen animar a unos contra otros españoles, faltos de una educación con sentido nacional y humano.
Tenían entonces las compañías del Español, de la Comedia, de Lara, una
estabilidad inconmovible y, bien que regidas por empresas particulares, paredan traducir en cierto modo, adaptándola a la realidad madrileña, la burocracia de los teatros oficiales franceses. Pocas veces se interrumpía el turno de
antigüedad para dar entrada en e! escalafór. del personal de los teatros al simple mérito artístico. Por otra parte, el estreno de una obra nueva, la consagración, por el éxito, de un autor dramático, eran acontecimientos cuya solemnidad se fraguaba ~n círculos y corrillos; para trascender a provincias, ur.a vez
obtenido el beneplácito de l\ladrid. Esta disciplina riguro~a procedía de las
enseñanzas y métodos implantados por Emilio :\lario, de quien fueron discípulos eminentes en el arte de adaptación al medio, la Guerrero y Díaz de
Mendoza.
A principios de siglo, la inmigración de Enrique Borrás suscitó un cambiobrusco en las normas que eran entonces habituales e,1 el teatro de la Comedia
Borrás tenía una personalidad y, sobre todo, una manera de explotarla, muy
semejante a la de algunos actores itali,1nos, que acostumbran correr su patria
de p,mta a cabo, la América después, y el muudo toao, sin más bagaje que
unas cuantas obras en que el protagonista declama un aria. trágica casi siempre, coreada por su compañía, obras cuya repetida aceptación dote los varios
públicos está asegurada por el prestigio del divo.
Borrás no se aclimató a los usos madrileños, pronto vió su incompatibilidad con el sistema de compañías estables a base de unos cuantos estrenos
cada tem¡&gt;orada, e imitando con acierto la vagabundez trashumante de los actores itali:rnos, formó la suya con escaso repertorio de dramas de los llamados
de:' costumbres populares, traducidos del catalán casi todos, y añadiéndole luego
N Alcalde de Zalamea, y El Abuelo, de Gald6s, de que ha hecho una interpretación muy aceptable, se dió a correr las provincias.
El matrimonio Guerrero-Mendoza menudeó más cada vez sus viajes a la
América española, donde em;iezó a estrenar, a modo de ensayo general con
todo, incluso público, las obras con que intentaba luego ante el de Maddd descubrir el anhelado sustituto de Echegaray, su mejor oroveedor de un tiempo.
Ello quitó importancia a la tradición dd estreno en la corte. Margarita Xirgu,
ErneitO Vilches después, por no citar sino a los que dentro de un mismo criterio comercial representan diferentes .nodalidades artísticas, hiciéronse tam-

t

bién un repertorio propio, 3decuado a su capacidad y a la ley económica del
mínimo esfuerzo. Surgían al mismo tiempo compañías casi exclusivamente
provincianas, como la de Antonia Plana, cuya breve estancia en Madrid les
servía de reclamo para sus negocios de fuera, harto más fructíferos, y con repertorio copioso en que tienen cabida los estrenos más aplaudidos en la temporada; extensiva a los teatros de provincias, antaño abiertos tan sólo esporádicamente, en época de f.-rias, Carnaval y tal cual fiesta señalada.
La circunstancia de haber coincidido nuestro paso por una capital de tercer
orden con la actuación en su kalro de !a compañía de 11orano, actor más alejado cada vez de los escenarios dt Madrid, nos mueve a referir a tal campaña algunas consideracioues de orden general acerca de los cómieos de la legua de ahora . N'o es :llorano de los directores artísticos que transigen con las imposicioms
del público en punto al gusto que ha de presidir en el 1·epertorio, o de los que,
a cuenta de tales imposiciones supuestas, se adelantan vertiginosamente por el
camino de la barbarie en que está a punto de naufragar la escena cómica. En
realidad, es dificilísimo, si no imposible, probar esa dependencia de la taquilla, con que se escudan, exculpando sus malas artes, c.tsi todos los empresarios. Puestos en lo peor, podremo5 admitir que el mal gusto imperante sea un
resultado fatal del concurso de empresarios, cómicos y público; nunca p("cado
imputable exclusivamente a la masa anónima que paga para divertirse. Morano no transige, repetimos, y, lo que es más, hace gala de luchar, a grito herido,
ya que no a brazo partido, en defensa de los fueros-o que él cree talea-del
arte dramático. En la capital de tercer orden donde nos ha hecho coincidir la
suerte, recordábase este año antes de la presentación de la compañía, la hazaña
con que su director interrumpió, en su anterior incursión por el mismo escenario, un pasaje de Set'iora Ama, la conocida comedia de Benavente. Parece ser
que el público de aquella noche aciaga, protestó, más o menos ruidosamente,
pero siempre ea uso de un derecho que estim1tmos indiscutible, determinada
frase, o el gesto y ademán determinados con que el propio Morano la subraya
en un alarde de realismo erótico. A lo cual, deteniéndose un punto en el desempeño de su papel y revolviéndose airado en la realidad, dijo, encarándose
con los espectadores, estas palabras u otras semejantes: «La culpa me la tengo yo por representar margaritas,.
En abono de la moderación de público de tal manera maltratado, dice no ya
el que Morano y su compañía hayan podido volver al mismo escenario, sino el
que éste ni la sala padecieran entonces menoscabo ni deterioro.

V

�LA P L U \l A

LA PLUMA

Tiene, pues, ;\lorano un criterio artístico que considera superior al de su
público habitual. que ha de ser, por necesidades del neg_ocio económico, ~I de
pueblos y ciudades situados sobre la lín_ea del ferro~a:nl, ent:e dos cap1t~Ie_s
de temporada teatral de más importancia. El except1c1sm? casi absoluto, 111~1lista a que propende nuestra escasa fe de hombres del siglo, no nos per:~11te
aventurar la posibilidad intangible de otras normas estéticas que !as relativas
al tiempo y al ambiente en que vivimos. fiemos de atribuir al criterio ar~íst'.c"
de Moraoo, por ejemplo, cierta correspondencia con los gustos de otro publico
que no ante el cual le hemos visto representar úl.~imameute en_ compañía dé su
fami\id.-No menos de tres hijos, de ellos, dos, h11as1 y muy hadas por cierto,
lleva consigo este actor, batiendo el recordp1teroal a qJe se entregan la s primeras figuras de la escena española-. Su reiterada ause ncia de lo: t~atros madrileños, el escaso provecho logrndo en todos los órdenes en sus ultunas tt m¡,oradas de la Princesa y el Centro, muestran que no es ta~poc_o d púb iico, tenido por más refinado, de la villa y corte, aquel cuyas ex1ge~cias se c?•11pag1naa mejor con los propósitos de Morano. ¿Habremos
colegir que c_stan és~os
tan por encima del medio ambiente español, que su misma excelencia retr.11ga
al común de las gentes a prestarles aquiescencia ni atención?
_
Un dato tenemos, sin embargo, a que asimos nuestra esperanza de no ver
aureolada su fortaleza artística con la soledad de que se precia el héro,'. i1&gt;seniano de Un enemigo del pueblo, nunca representad&lt;&gt; poi' 1'1oraao. No todo:; los
públicos se le manifiestan indiferente¡; o rehacios como los de Madrid y Zamora. y si bien la mayor demanda y consiguiente competencia de las empre,as de
provincias le obliga a pasear de ceca en meca sus engendros dramáticos. ,ie~e
i\Iorano una a manera de sede propia en Barcelona, donde representa con mas
frecuencia v continuidad que en el resto de España.
He aquí· un hecho que tiene su significación. 1&lt;:1 que hoy por hoy tenga más
adeptos en Barcelona que Borrás o la Xirgu, que 011.n perdido en prestigio localista, y quizá ea conciencia artística, lo que hayan ganado al &lt;to:nar las alas
del castellano&gt;, como su pequeño compatriota Eugenio D'Ors, determina bil!n
a las claras la situación artística de ~lorano, cuyas condiciones se adaptan a 111a1avilla a la economía-material y espiritua!-del teatro en Barcelona. ¿11.'o ha
siclo siempre característico de la capital cataia'.la el espectáculo de traducción,
,::rosso modo, de cuanto más exteriormente repre:;eata a nuéstros ojos el «espíritu europeo?•
Tal el que Morano nos ofrece en sus programas. Lialos no más el ingenuo

d:

66

t

:y al punto prestará con la intención la adhesión que ea ellos se le reclama:
Shakespeare, Calderón, Turguenief, Ga!dós, l\Iirbeau, y, entre los más modernos españoles, Lópe:r: Pinillos, ¿no son nombres que parecen revelar desde luego ese amor al verdadero arte dramático, que en vano pedimos un día y otro a
cómicos y empresarios cuantos, de puro aficionados al teatro, hemos dejado de
ir al que se esti;a en todos?
No hay, sin embargo, ea tan eclética variedad esa unidad de criterio artístico que a primera vista, con su solo anuncio, se presupone ea el actor que
ofrece interpretar el Shylock y el Pedro Crespo, el león de Albrit y el Léchat.
Ya el hecho de que un director de escena se permita invocar la gloria clásica
de un autor para defender la representación de sus obras, contra la posible
falta de respeto por parte del público a tal consagración previa, denota intolerable doblez. La ~niversalidad de toda gran obra se computa no por la supersticiosa adoración que su nombre suscite, mas por sus hondas raíces humanas,
ca¡:¡aces. a través de la distancia que los siglos, o los montes y mares que separan i,n s.1 manera de ser accidental. a unos de otros contemporáneos, de hacer
reverdecer en el ánimo de los espectadores, o del lector, la pasión puriñcadora
de nuestras miserias cotidianas. El señor Moraao supone que sio su advertencia de que se va a representar una obra maestra, el público no toleraría El mercader de Venecia, tomándolo como cosa de poco más o menos, bueno para en tretener a niños y militares sin graduación.
Es posible que el señor l\lorano, y quienes le han precedido en tal método
de incubar el fetichismo de la gran obra y el autor clásico, no andeu muy lejos
de la verdad al considerar como buen público de Shakespeare el más popular,
es decir, el que no suele asistir a sus abonos. El que, por darse la obra en día
festivo, vi yo solazarse con Shylock el judÍ&lt;', no era ciertamente el que a diario
ocupaba no más de unos cuantos palco~ y butacas del amplio teatro provinciano. Era el público sin graduacitf11,. Y en tanto lvs &lt;"spíritu~ avisados de la pequeña capital celebraban sobremanera el prólogo ridículo ea que i\lorario exculpa la candidez del poema dramático q11e va a tener el honor de representar,
d anriteatr &gt; y el gallinero seguían interesados las peripecias de Ja farsa. Quienes necesitan soslayar su admiración a Shakespearc, acogiéndose oo más a Sil
filosofía //rica, sin abandonarse al simple goce de la fábula, so;i incapaces de
co:nprenderlo.

Muy cierto que de la tragedia al mdodrama media un paso. El que da Morano en cuantas obras interpret~, ora reduciendo la noble angustia del Abuelo

�LA PLUMA
galdosiano a la intriga, pretexto de la tragedia, ya refundiendo doblemente,.
con simplificarlas a dos o tres contrastes efectistas, las representaciones de
Calderón y Shakespeare, desbordantes de vida en los origioalc:s del EJ Alcalde
y Et Mercader, o pretendiendo adaptar a un ambiente de falso asturianismo,
con praviana y todo cantada entre bastidores, El pan ajeno, de Turguenief.
Un drama le hemos visto a Morano, que no tuvimos ocasión de ver cuando
su estreno en Madrid: Et caudal de los hi.fos, de L6pez Pinillos 1 en que por proceder el dramaturgo con notoria ingenuidad, cobra condición artística la simple emoción melodramática que Morano imprime en general a todo su repertorio. El caudal de los lujos, concebido melodramáticamente, es decir, para probar en el transcurso de la acción teatral una fatalidad reducida al absurdo de
su mismo planteamiento arbitrario, se desarrolla con lógica inflexible y va adquiriendo casta de naturaleza humana, conforme reaccionan violentamente acto.
por acto y escena por escena, los personajes del drama unos contra otros, salvando su responsabilidad, de suerte que no podamos en nuestro ánimo admirar exclusivamente al hiroe y condenar sin remisión al traidor.
Y, sin duda por contener El caudal de los /,i_jos una aleación de intereses morales y materiales del autor, que Je obligaron a forzar la invenci6n·y procurar
justificar dignamente ante sí mismo la necesidad de soliviantar los nervios de
los espectadores, el último drama de Pinillos inicia una solución posible del
desvío que actualmente se advierte entre los profesionales del teatro y el público español.
La fruición con que el de la misma Zamora, que en serie de abono protestó las crudezas, o que tales le parecieron 1 de Señora Ama, asiste a las representaciones anuales de La Pasión de Nuestro Señor, al Tenorio, o con que aplaude
emocionadamente al Alcalde contra el capitán ¿no revela una conciencia !&gt;Ocial
tan viva. por lo menos, como la que acusa el éxito de Muñoz Seca, de Linares.
Riv1.S, del raquelismo en las v.irietés.l Producto todo arte, por la ley económic?..
de la oferta y la demanda, de la colaboración entre el artista y el público, cuanto más el arte dramático, renegu e mos de Jos dogmas absolutos, y huyamos de
las malas compañías, qut: todo lo pervierten.
UN CRÍTICO INCIPIENTE,

LIBROS Y REVISTAS
R. Blanco Fombona.-El Conquistador Español del siglo X VJ.-Ensayo de
interpretación.-Editorial Mundo Latino, Madrid.
El conquistador de la América española no es un santo, como han querido
·pintarle los propugaadores del dogma de. la historia inmaculada de España; no
es tampoco un bandido, cual afirman sus detractores. Es simplemente un pro-dueto heroico de la España del gran siglo. Sus cualidades excelsas, sus aberraciones, no les son peculiares, sino del ambiente en que habían nacido y criádosc.
Conforme a esta hipótesis, de sen~ido común, pero que era necesario sentar, ahora que reverdecen en congresos, exposiciones y embajadas las tradicionales mentiras del mútuo trato hispanoam('ricano, Blanco Fombona ha planteado con inequívoca rudeza la antigua y siempre nueva cuestión de la conquista española de América.
Analiza el escritor venezolano los caracteres fundamentales de España, pa1entes en sus ~antos, en sus capitanes, en sus reyes; la arrogancia, el espíritu
filosófico, el factor religioso, la dureza de la raza, son temas de otros tantos capítu los, que preceden a la revisión panorámica de la incapacidad administrativa del reino, desde Alfonso X, hasta el cumplimiento de la unidad nadona) con
Isabel y Fernando, a través, luego, de la gloria falaz de Carlos V y Felipe II, y
con sus sucesores Habsburgos y Barbones, para terminar en la tremenda liquidación colonial del 98. Presenta después el escenario sobre que se destaca la
figura del conquistador aventurero, especie de condottiero nutrido fuertemente
de la savia española de la época: ignorancia, religiosidad, heroismo dinámico,
a que pone cebo la fiebre amarilla, el Dorado sueño de los quiméricos países,
cuya realidad antes que desengañar avivaba la imaginación.
No se trata de un estudio erudilo. Ya en la carta a Gabriel Alomar qut&gt; sirve de prólogo al libro, se disculpa Fombona justificando el desorden con que
fué escrito. Se trata de una vindicación apasionada. Más que historia del conquistador español, es trágica defensa de la crueldad española en América. Por
-encima de toda otra consideración, pese a la serenidad europea, en el más alto
-sentido de la palabra, con que pretende sustraerse a su condición de venezo-

69

�LA

LA . PLUM,\

PLUl\IA

«Abro mi freule al lado de los vientos.
A:argo mis ojos al lado de las sombras.
Hundo mi corazón en el costado del amor.
Tiemblo y canto.
La boca está caliente de gritos y de sangre.
¡Ah, qué días más duros para estar de pie!
¡Ah, qué cansancio enorme sobre los hombros!
¡Cómo pesan las noch-!s del mundo
en los grandes espacios que nos hacen los ojos!•

lano, de americano, de españoi, y pensar como un hombre como todo un hombre, se advierte la traged_ia personal de quien, como Blan~o Fombona, no puede contemplar especulativamente la historia de España eo América, porque le
duele, no ya eo el alma, en las heridas de la propia carne.
. Por eso, sin qu 7 este libro tenga en su composición aparente, ni eo los motivos que han mo:,r1do a su autor a escribirlo, afinidad alguna con el magnífico
Facundo de Sarmiento-de que ha hecho una nueva edición recientemente la
Editorial-América que él mismo dirige-. corre por sus páginas algo de la mis!11ª tremen.da e_mocióo, la misma calidez de polémica.:la misma sed de venganza
1~e_al, que 1nsp1ró al desterrado argentino. en tiempos del tirano Rosas, aquel
vml aceuto, cuyos ecos parecen revivir un punto en las palabras de este perseguido de la justicia que manda hacer el tirano Gómez de Venezuela.

* *

No sé si será atribuir demasiaaa significación al hecho de que los PoemtZS del
Hombre estén editados, y muy b~liamentc, eo Montevideo. Pero es lo cierto que

*

Carlos Sabat Brcasty.-Poemas del Hombre.-Montevideo, MCMXXI.
No os asuste la aparente prosopopeya del libro. Su autor es ua poeta. Para
nosotros, nue, o. Creemos que lo sea, eo efecto. Nuevo y moderno· pero tan
antiguo como la poesía.
'
Más que una serie de poemas, constituyen los de este libro uo poema lírico,
sin armazón novelesca alguna, dividido en tres partes, netamente señaladas en
la división que el propio poeta establece: «Libro de la voluntad» «Libro delcorazón», «Libro del Tiempo«, en qu~ se resumen grav~mente la; dos primeras.
. Todo él e~tá ~scnto en. versos hbres o blancos, cada uno con su ritmo propio y su medida mdepend1ente, salvo rara vez, de la del verso siguiente, y más
rara vez aún componieado una estrofa de acentos regulares. La metáfora sust~tuye siempre a la expresión ~irecta del sentir del poeta; pero, y de ahí sumérito, nunca la metáfora es capnchosa, sino que, trasunto de no concepto, concreta la vaguedad del sentimieuto eo alusiones materiales cargadas de sentido,
espiritual.
•¡Hermano!
¡H..-rmaoo inmenso!
Contémplarne esta enérgica locura
y la pokncia elástica con que me rompo en músicas.•
.. . .
.
.

t

nos ~ugiere ciertas consideraciones, que corroboran la de que goza el Uruguay
en la República uoiver5al de las artes y las ciencias con relación a sus bernrnnas del continente americano. Tienen. en efecto, los uruguayos fama de más
cultos. Y, si, aparte las naturales condiciones poéticas, nos interesan los poemas de Sabat Ercasty, es, a oo dudar, por su sabor euroµeo del momento actual, en que parecen conden-sarse virtudes que el gran Walt \Vhitman alumbró
como propiamente americanas, que adquieren consistencia tradicional en Verhaeren, o esplendor barroco en iJ'An:111ozio, que en la lírica post-simbolista
francesa toman incremento y desarrol:o, y que ahora arraigac, como antes en el
corazón-con el Romanticismo y sus hijos-, en el puro intelecto.
Añadamos que tal modernidad es sin menoscabo de la nobleza de la lengua
española, ni alardes, por el contrario, de academicismo trasnochado .

*

*

*

~armen d.~ Burgos (Colombine).-Et Retorno.-Novela espiritista. (B11~ada
en hechos reales.)-Lusitania Editora, Limitada.-Lisboa.
Creemos haber apuntado ya, con motivo de Los An.icuarios, novela inmediatamente anterior a la que nos ocupa en la copiosa lista de obras de Carmen
de Burgos, cómo destaca entre sus notorias cualidades de escritora, la de periodista, que ha ejercido muy principalmente. Pero hemos de hacer una salve
dad aclaratoria: oo obstante el incremento de la prensa periódica, suele tenerse
en cosa de poco más o menos la condición de periodista. No es justo en modo
alguno, por más que expliquen t¡¡I recelo ,ouchos malos ejemplos que el periódico nos ofrece obstinadamente cada mañana y cada tarde. No es menos noble
el periodismo moderno que ]¡¡ crónica antigua, pongo por género literario. Es
menester. eso sí, que sea bueno, que tenga calidad artística. Colombine es buen
períodi-t,.
Los estudios espiritistas suscitan cada vez más apasionado entusiasmo. No
poco ha cootribuído ¡¡ ello en estos últimos tiempos la labor divulgadora de
Maeterlinck, poetizando con singular encanto la sucinta relación de los fenómenos registrados desde mediados del pasado siglo. Otros nombres ilustres colaboran en la misma obra. Richet y Flammarion, acaban de publicar sendos libros

. . . . ... .. . .. . .. . . . . ........................ .
••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••• ♦ •••••

«Sí, corazón,
innumerables cantos,
como de mar,
me lle~ao
desde tu carne joven.&gt;

...................................................
.. . . . ...... ...................................... .
70

71

1

�LA PLUMA

LA PLü\lA
interesantísimos. La novela de Colombine nos lleaa con'gran oportunidad. ¿No
es la oportunidad la primera condición periodísti~a?
'
El Retorno gana luego nuestra atención Su autor observa una imparcialidad
a prueba de toda solici~a~ión en pro o contra de los sucesos que refiere. No dej~
transpai:entarse su op111_1ón personal. Atribúyaselos la significación que cada
l.ua_'. ~st1me más conveniente a la razón, al sentimiento propio, a la educación
rec1b1da: es lo cierto que se comprueban de continuo fenómenos extrnordin·1rios ~in suj~ción a _las leyes norm':'les del mundo en c¡ue vivimos. ¿Superchería~?
No. ,Sugestiones sm trascendencia real? Tan maravillosas en todo caso como su
existencia efectiva. Que no hayamos descubierto la Causa, no quiere decir nada.
~or &lt;;&gt;tra parte, ¿tal reacción espiritualista en el conc.-pto humano del mundo,
1mp!•~ª. total desacuerdo con el materialismo del siglo pasado' De ningún modo
Espirlt)Stas hay_que afirman la unidad aosoluta del Universo, que no admiten
la ~ualidad clásica: cuerpo y alma, materia y ~spíritu, mal y bien. Todo es rna•
tena No ~a la lu_z, el alma es susceptible de ser apreciada en peso y medida.
Colombme, ha inventado una tran:ia sencillí,;ima y natural. en que inserta algu~os_ so~~rendentes relatos de fenomen.)S de telep1tíJ, de adivinación, de matenalizac1on, acompañados de la evolución del prosélito, desde la desconfianza
a la fe, y aún a la locura en casos. El Retorno, su:namente at,activo como no'."~]~, e~_sobre tod? selectísima crónica de un movimiento social, y excelente
1~1~1ac1o_n de ultenores lecturas y estudios psíquicos. El ambiente de la novela,
v1v!do _sm duda por el autor en el propio marco en que está encuadrada, la estación mveroal de Estoril, pintore:;co remedo de Niza, en los alrededores de Lisboa, Je presta mayor interés y evidencia.

* •

*

*

José M:i.ri Chacón y C:1.lvo.-Ema11os de Lite•·atum Cub.ina.-:\IC:l{XXII
Editorial Saturnino Calleja, Madrid.·

'

Cnatr~J _estudios acerca de «Los orígenes d:- la poesía cubana•, los e Romances Trnd1c10nales», «Getrudis Gómez de Avellaneda• v «fosé :\iarí~ Heredia&gt;,
constituven el volumen editado recientemente en la Primera Serie de la Bibiiote.:a Calleja, con «¡uc continú:t Ch,,c6n v Calvo sus interesantísimos ensa, o-;
críticos de la literatura de su p;,ís.
·
. No obstante 1:i.s di~tintas circ•1nstancia; que h~yan dado motivo a los trabaJOS que huy apare..:en reunido, por primera vez, dé tal modo t·~tán &lt;'t1c1de 1ados en_el pensamiento del a!.!tor. que más arecen &lt;liferc,n,.•s capílnlos de 1111
vasto libro, que simple~ ~rtíc11lo_s o c,mferencia,. Ya en la Antología de poel:is
c,ubanos, de que _gustos1s1mos dimos cuenta no ha mucho a los lectores de L.\
f LUM.\, se l)atent1zaba excelentemente la artbtica labor de invm,:ión. llevada a
cabo por Chacón )'Calvo, al descubrir, por l,is nrocedimientos modernos de la
crítica histórica, el caráctf"r n,1cional de la po~sía cubrna. Estos ensavos de
ahor.i, que no son, sin embugo, de fecha reciente, acusan la serena p:-"nbid1d
con q,,' su autor investig,1 1 deduce, concuerda, explicando con su criterio libre
de todo prejuici,1 nacionalista, l:is señales dcrtas porque va desarrol lándose, a

72

medida que se despierta el sentimiento de independencia en Cuba, un espíritu
literario peculiar de la isla.
cEI método con que habrá de escribirse la Historia de la Literatura Cubana, no podrá ser otro que el comparativo-dice-. Ha pasado la época en que
·se consideraba la obra artística como fruto exclusivo de la fantasía individual:
hoy todo se ve como en una íntima y estrecha cadena en la que los factores sociales modifican las tendencias primeras del artista y donde se distinguen elementos de las más varias procedencias. Y ta comparación habrá de establecerse principa!mente con la I iteratura española, ya que la nuestra participa, en
muchas de sus ~artes, de los mismos caracteres que aquella, y atraviesa por
análogas vicisitudes.•
Así, pues, lo mismo cuando habla del Espejo de Paciencia, crónica, más que
poema, de Silvestre de Balboa, cque es hasta ahora la muestra más antigua de
la poesía en Cuba» (1608), que cuando transcribe las variantes a los romances
tradicionales españoles, introducidas en las versiones cubanas, o al evocar el
ánimo patriota latente en las mejores líricas de la Avellaneda, y mostrar por
último en Heredia «Poeta de la naturaleza, poeta civil• ce! sentimiento de la
patria y su sentido de liumanidad• que constituyen «la esencia de su arte•,
Chacón y Calvo lo hace buscando antecedentes inmediatos en la literatura de
la metrópoli. En ese sentido, si no lo fuera además por la particularísima perspicacia con que sitúa la figura del poeta de Cuba por excelencia, el estudio sobre José María Heredia es modelo del géuero de ensayos que nuestro amigo se
propone, en que el soplo sentimental de la simpatía parece animar el vigor de
la investigación científica.

* *

Luis H. Hldalgo.-Et Poema Triunfa/.-París, 1921.
El autor, americano, por lo que se infiere, y muy joven, por lo que se ve en
el retrato inserto al frente del poema, cuenta ya con J¡, adhesión , según la carta
impresa, que lo a.:ompaña, «del presidente Millerand, de M. Bérard. ministro
de Instrucción pública, del vicerrector de la Sorbona, en fin, con la del gran
poeta Jean Suberville, autor del hermoso poema, sobre el mismo tema, coronado por la Academia Francesa•.
Al frente de El Poem,1 Triunfal, dedicado a la victoria oficial consagrada en
el monumento , tantas veces profan,1do ya, del sold:tdo desconocido. al pie del
Arco de la Estrella, pone el poeta estas palabras de Briand: &lt; ••. no subimos a la
tribuna para que se admire la donosura de nuestro ingenio, la ,ublimidad de
nuest.-o estilo, sino para emocionar y convencer. Somos servidores, no de la
sintaxis, sino del sentido común.•
Y, luego, el Sr. H. Hidalgo dice, ya por su cuenta:
Desconocido Dios de la Epcpeya,
que al mundo coronó con su estrella,
yo vengo con mi pobre musa,
cuando ya rota está ta escaramuza,

73

�LA PLUMA

L :\ P L U l\l :\
v t&gt;l mundo se e:,;/iende en calma
como una grande ¡alma,
a traerte! mi canto hechicero,
mi canto mu'/ smaro, .
pon.JU&lt;:: e,:, oijo humilde de la raza
que tu recuerdo eternamente abraza.
Y «sf por espacio de doscientos setenta y cinco versos, impresos en buen
pa¡&gt;d Nos hemn, limitado a subrayar.

* * *
Adela .~arion Adam.-Platón. Sus ideales morales .v políticJs. -Traducción

dd inglés ¡)Or J. ;\lenéndez Arranz. Editorial S,lturnino Calleja, Madrid.
Tienen, ante todo, los .\!anuales Calleja, de que es muestra escogida el librito que nos ocupa, sobre sus congéneres, la presentación pulcra. cuidada,
:itradiva. El original inglés de esta correcta traducció11 e«pañola, forma parte
dt· l,1 colección de «;\lanuales Cambridge: de Ciencia y Literatura•. La autora,
profesora distinguidísima de los colegios de .Newnham y Girton de Cambridge
ha conse~uido plenamente el objeto que su editor Je propuso, según ella misma advierte en el prefacio: hacer cuna exposición clara e inteligente a la mayorfa de las gentes de cuanto Platón produjo en la esfora política y moral.&gt;
~&lt;&gt; obstante la t •ndencia de les últimos eruditos ea l a. materia a considerar
la filo~ofía platónica como merl\ exposición d&lt;:"l pensamie11to socrático, a nn ser
en los diálngos del últimn período, Misstres Marión Adam. prefiere adscribirse
a la opinión antig·1a según la cual, el pensamiento de Platón. ampliamente expuPsto en sus mejores obras, representa el descubrimiento de su propia mentalidad.
Conforme a ese plan. sucintamente, pero con singulares agudeza y claridad,.
partiendo del resumen de la Ética y Política griegas antes de Sócrat"!s, y ex•
poniendo luego las doctrinas socráticas. apunta en sus rasgos esenciales, Sl'ña-lanclo los jalones de su desarrollo, las ideas de Platón, culminantes, desde el
punto &lt;le vista que hoy llamaríamos social, o de filosofía práctica, en la utopía
de L,i Repttb!ica.
Lr,s capítulo~ r&lt;"ferentes a la importancia que Platón atribuye a Ja educación, y al, por decirlo así, comunismo platónico, son especialmente suge~tivos,.
y carn~terísticos de la intención que la autora y el editor de los :\!anuales llev;,n, no cle hacer un libro de erudición a la violeta, .;inn de reducción a las neCf"sid:icles de la vida contemporánea de cuanto la filosofía platónica tiene de·
nonna fundamental para conducirse en la vida, conforme a un orden noble de
lit acción gobernada por el pem,amiento.

Mario Puccinl.-Dove e iJ peccato

* * *

e Dio.- Romanzo.

F. Campitelli, Editore,
Foligno.
•Es la novela de nuestra angustia más próxima y menos advertida. No se,

74

puede volver ya a Cristo y a la Iglesia, porque el reino del espíritu no está. en
abstract,&gt;, fuera del hombre, sino vivos en el hombre v en la carne. Hov no se
puede. no ya creer, ni pens~r siquiera, en una religión estática, sin pecados;
porque sólo más allá del mal y del pecado, están el bien y la virtud. Dios no
está e,1 la inmovilidad, sino .:u nuestras luchas de cada día más penosas y pesadas y en nuestra ansia desesperada de vivir.&gt;
He aquí, en pocas palabr;;s, del propio autor sin dnda, el propósito de la
nueva novela de ~fario Puccini, paladinamente expuesto, a modo de reclamo
editorial, sobre la cubierta de Dove e il pecato e Dio, que acaba de ver la luz en
Italia. Encar~ados por el director de la Editorial-América, de traducir al espa•
ñol la .'.iltima obra del colaborador italiano de LA PLUM.)., remitimos el dar un
apunte crítico de ln novela a la fecha próxima de su publicación entre nosotros.
Dedicada a la memoria del maestro, muerto recien.:emente, Giovani Verga,
Oo,,e ¿ il peccato t! Dio revela ese punto de madurez del escritor nato, en que
los problemas de c1Jnciencia individuales adquieren trascendencia colectiva, al
resumir en las páginas de un libro de entretenimiento, con la emoción personal, con la experiencia propia aliada a la invención novelesca, un momento
histó1ico.
Añadid a la misma oportunidad circunstancial que pudo prestar sinaularísimo atractivo, y la boga coasiguiente, a 11 Santo de Fogazzaro, cierta p;o pensión voluntaria a comprobar la verdad más que a sublimarla en un misti cismo
¡¡ospechoso, como lo fué sin duda el aparato espiritual e.e la doctrina modernista; sustituid por esa misma verdad, el prurito de conversiones estupefacientes, como la recentísima de Papini-para anunciar su Vita dt Cristo-a imitación de la actitud a la última moda católica, de ala unos escrito res franci::s es
contemporáneos; y tendréis ill mente un somero av.~1ce de la :iianificación que
Mario Puccini ha logrado imbuir a su interesantísima novela. "'

* *

*

Raymond ~chwab.-La conqutle de la 7oie.-Lcs Cabiers Verts, pnblié:,
sous la direction de Daniel Halévy, París.-Librairie Grasset,

1922.

De cuantas publicaciones animan el mercado literario de París desoués de
la guara. una de las más interesantes es la cokcción de ~es Cahiers Verls, en
que parece revivir, en mucha parte, el espíritu que alentó en los célehres Ci·
hiers de la Quinzaine, de Peguy, donde cohboró con éxito Daniel Halévy.
. ~a co11quete de la Joie es un libro de poesía. Poesía en prosa e himno a i mov1m1ento• en que se canta cla curiosidad fi::cunda del espíritu y de los sentidos,-según anota el prologuista-, por alusiones simbólicas, ma,; •con una
percepció!1 aguda de l_o real y de lo inmediato. La exactitud de sus imágenes
más atrevidas lo atestigua. Aunque su espíritu raya lejos, sus ojos so: apoderan
vigorosamente del.as formas.•
El príncipe, despierto a la voz del padre, se dispone a correr el mundo de
los sentidos, el mundo de los deseos, el mundo de la buena fe. hasta la conquista suprema de'. Amor. La «Semana de las Tentaciones&gt;, la «Semana de los,

75

�L.-\ P L U l\l A

LA P L U l\J A

·Conocimientos•, la •Semana &lt;le la sed•, la ,Semana &lt;le las buenas voluntade!&gt;
condúcenle a la conquista de la Alegría.
Y con él va el lector seducido por el encanto de unas palabras, al mismo
tiempo misteriosas y precisas, en que cada imagen, de un realismo crudo, directo, tallado en la propia visión, o en la experiencia del tacto, o del olfato,
•o del oído sensible a la música latente en los ruidos todos de la vida, o del paladar. suscita una emoción alada, que, desprendiéndose poco a poco de las sensaciones carnales, se pierdt: en el deliquio.
En las páginas de La conquile de la Joie parece fraguarse un decidido pro
pósito de conciliar la expresión sensitiva de las cosas, según e!. gnsto decadente del simbolismo baudeleriano, con la tendencia a reconstruir idealmente, por
el predominio intelectual, la imagen artística del mundo. Literatura de litera·-tura. Pern buena.

* * *
•Raimo:ido RRymondi.-Verso il So/e di Levante.-Padova. Riccardo Zannoni, 1921,
e Verso il Sol di Levante
Che dire mai vorrá?
Preludin d' avvenire
O di caducita?

E chi losa!
• • • • ••• •• • •• • ••• ••• , •••• &gt;

¿Qué quiere decir •Hacia el Sol de Levante? ¡Quién sabe!, ¿Ha querido el
Sr. Raymondi, cansado de tanto esfuerzo como hace la poesía moderna por
sutilizar cada vez más las sensaciones. volver la mirada a !~ antigu1 simplicidad? De tudas suertes, es una sencillez la de sus versos no exenta de cierto
111a11ierismo, de cierto prurito de inocencia que denotd la picardí~ del siglo.
Compone Verw it So/e di Levante, un ramillete de epigramas graciosos, cuyo
lirismo, con un dejo a lo i\letastasio y algl'.u toque de prosaísmo poético, un
poco a la manera francesa que dió el éxito, en pleno d'annunzianismo barroco,
.al malogrado Guido Gozzano, muéstrase siempre velado por la sonriente sátira
y el tono de dómine amable, característico dtl fabulista nato.

C. R. C.

* * *
Et ldOVIMlENTO JOVBII EN U LITERATURA NEERLANl)BSA CONTl!MPOPÁNEA: En LB
D1sQUK VBRT, (junio), F. Chasalle y C. Kelk escriben: «Holanda no posee más
,que fra~mcntos de una literatura; no exbte literatura holandesa, como uu todo
histórico. En nuestro desenvolvimit:nto artístico hay puntos culminantes, que
·no están ligados entre sí por una serie ininterrumpida de portadores de la tra•
-dición, como ocurre en la historia artística de todos los grandes pueblos. Nues76

tro de3envolvimientc; artístico no sigue en su curso un concepto fijo, cuya dirección se determina por el espíritu del tiempo. Ese desenvolvimiento se efectúa a empujones, y adopta sucesivamente, por transiciones bruscas, las fases
diversas de las literaturas de los pueblos vecinos.
Casi todos los holandeses conocemos cuatro idiomas, lo que nos permite conocer inmediatamente la !iteratura de otros pueblos cultivados. Nuestros act;&gt;ntecimientos literarios son el reflejo fiel de lo que ya ha pasado en otra parte, e
incluso desde bastante tiempo, porqe una de nuestras características étnicas
es cierta lentitud, nacida de J;, prudencia. Cuando un renacimiento se produce,
conserva por lo general su actualidad durante mucho tiempo. La consecuencia
es la formación de una especie de argot artístico, la desoladora repeticiÓ!l de
cietas formas.
El movimiento secundario que hacia 1880 reno\·ó nuestra literatura tuvo por
jefe a Willen Kloos, tan pagado de sus creaciones erótico-líricas, que para él y ·
sus discípulos no existe casi nada, fuera del lirismo. La resaca de ese movimiento aún se siente en nuestros días. Además de los partidarios inmediatos
de Kloos. que aún publican, como Van Eeden, Boeken (en la poesía), está la pléyade de sus discípulos, como Jules Schürman y Bastiaanse. fiele~ a las fórmulas
de Kloos, aunque en ellos la poesía erótica haya cedido el puesto a la poesía
naturalista. Albert Verwey, que comenzó en partidario de Klo,:,s, se abrió pronto un camino propio y agrupó en t,orno una escuela de jóvenes. Boutens procede de Verwey más que de los naturalistas, aunque con personalidad propia.
A todos ellos puede reprochárseles que su poesía es liten:tura, porque se han
habituado a sentir en literatos .
Otra corriente que se manifestó más tarde y que en parte es paralela de la
anterior, es la de la poesía colectivitit?., cuyo representante principal es actualmente Henriette Roland Holts. A su lado se coloca Herman Gorter. También
hay aquí alguna figura más o menos aislada, como Adama van Scheltema, que
trató de generalizar la p ..rticularidad del poema por el tono .o el contenido populares. Esta corriente se cuajó pronto en formas convencionales y en una
tendencia a lo cerebral.
Doesburgh !la hecho notar que en Holanda, donde la pintura es futurista en
extremo, la literatura revela un carácter opuesto. Esto es típico y natural en
nuestra literaturn; así la encontramos en todas las épocas, de suerte que podemos considerar ese carácter retrospectivo como una tatalidad, de la que no se
librará nunca. Los procedimientos renovados qlle han permitido, en las litera•
turas extranjeras, crear valores nuevos, se han aplicado tambien en la nuestra,
pero sin resultado favorable. El único a quien le han valido de algo es J. K. Bonset, pero no ha acertado a manejar bien un material exótico, y se ha desviado
de la pujanza plástica, verdaderamente grande, que poseía.
Los poetas j6venes holandeses de quien depende el porvenir de la poesía
neerlandesa, pretenden aplicar, conjuntamente, procedimientos tradicionales,
renovados y nuevos, para la realización de sus concepciones incógnitas, nacidas
de una visión nueva. Con esto renuncian acaso al rango de jefes, pero se libran
del peligro de un?. excentricidad tendenciosa, que no les es natural, y se reser-

77

�LA P L U 1\1 A

LA P L ü ~! .\
van el merito de introducir en Holanda y de imponer lo bueno de las literaturas extr:mjeras, principalmente de la francesa. Continúan las tradiciones de
Verlaine, de Baudelaire, de Rimbaud. Entre los poetas cuya obra refleja esa
tendencia citaremos a Hermao van den Bergh, M. Nijhoff, J. Slauerhof; Hendrik
de Vries es de un natural más germánico.
En cuanto a la prosa, se admite generalmente que del movimiento literario
llamado «movimiento del So• nació una prosa neerlandensa. Es cierto que a
partir de esa fecha han aparecido muchas obras caracterizadas por un estilo y
lln •género positivo• en el arte de la descripción y de la observación; de donde
ha podido venir la idea de una pro5a que nos asegurase un valor nacional. En
realidad, las propiedades del nuevo arte estaban también tomadas del Extranjero. Creíase poder salir, con ayuda del estilo nuevo, del atolladero del estilo
precedente, llamado iróoicamenle •estilo de los pastores•. Pero un levantamiento contra los pastores no S!gnificaba todavía una insurrección contra el espíritu burgués, prudente, cauteloso de Holanda, que era la verdadera fuente
del malestar de nuestra literatura. Las simoles características del entusiasmo
espontáneo en que aparecieron las primeras obras, se convirtieron en un prncedimiento más. Surgieron nuevos clichés. los del género estilístico. Nos propusieron por ejemplo a Flaubert, olvidando que la significación de Flaubert
ccnsiste en lo que ha realiz11do con ayuda de csu estilo,. En lugar de un estilo
se produjo un calambre estilístico. El estilo se hizo completamente antinatural,
en cuanto la crítica se opuso a lo que se antojaba «lugares comur.es•. No es
raro, pues, que nuestra novela no pudiese sostener la compdración con la novela extranjera.
Ea !JUestros prosadores jóvenes germina la aspiración de liberar el idioma.
Hemos visto evolucionar la novela naturalista de Querido hacia la novela psicológica de Karel \Vasch, y cambiarse la plástica lingüística en cerebralidad
lingüística. Ahora se p:-ttende que la lengua sea simplemente una metáfora, y
no un todo ,compuesto• de vocablos y líneas. c,m un elemento de «estilo•, ni
tampt,co una apariencia e xterna, de forma;; bellas. pt&gt;ro. como lo formula en su
manifiesto la revista de j,,venes Het Gellj, la libcraci6n del hom"re frentt&gt; a Jo
infinito. mediante el precipitado de la obra primitiva y de los sentimientos primitivos en el fondo del vo !it1bli111inal. l~sa «realidad• será estudiada. mucho
más &lt;¡ue los llamados «tr-ozo&lt;; de vida• en la prosa del So, en relación con los
aspectos y formas ,•xteriores de la vida, inc,&gt;,porado en personajes y situa•
ciones.

* * *
-A PROPÓSITO nE J. K. HuYSMANS. En L\ CONNAISSANCK (mayo-junio), termina el ensayo de;\[. Aubault de la Haulte Chambre. acerca de su mae,tro y amigo, el autor de Ld Ba!: •Doctor ea ciencias litúrgicas y místicas, fué un gran
iniciador. Cargado d(' infinitas lecturas, tenía el don de asimila, se maravillosamente lo que había leído. Guiado por doctos maestros. formado en su disciplina, los igualó si no los sobrepujó. Mística divina y diabólica, liturgia, ascetismo,
exég..-sis, hermenéutica, hagiografía, todo lo poseyó en gr;ido eminente. Se mo7S

vía con h&lt;&gt;lgura eu las cuestiones má-1 árcluas del orden espiritual, y más de
una vez asombró a hombres versados e'l materias como esas, que piden un tacto exquisito. No se abandonó, por vana curiosidad, a conocimientos que le
atrajeran o cautivasen; su ciencia, según el consejo de Bossuet, se encaminó
por entero a amar. Su conversión no fué el caso de un alma curiosa v dilettante que busca sensaciones inéditas; fué ve1·dadera, no se desmintió j'.¡¡ un momeDto. Me atrevo a decir que Huysmans fué un santo eo el sentico teoló~ico
de la palabra. Cuando sobrevino el padecimiento, que fué extremado, hasta el
punto· de que no pu,.de pensar~e sin temblar en los esterto1·es que acompañaron su agonía de tres semanas. se mostró fnerte, resignado, tranquilo, considerando que revivía la pasión de su santa, y se vió que si había hecho literatura con los místicos, entonces hacía, también con ellos, ejercicio de santidad.
Murió, como Fran,;;ois Coppée, de un cáncer bucal, ocasionado poc el abuso dr:l
cigarrillo; "10 de otra cosa. En 1904 su médico le llamó la ateoción sobre el peligro que corría fumando demasiado. Intentó reaccionar, pero no lo consiguió.
Aún estoy viéndole macerar el tahaco en la jofaina para quitarle la nicotina,
extenderlo después en unos periódicos y ponerlo a secar en el horno de la cocina, y fumarlo así, para engañar las ganas; pero eso le duraba un día, todo lo
más; al cabo. no pudiendo resistir, volvía a los cigarrillos de tabaco verdadero,
que tanto le daiiaban.•

*
-PELIGROS

O&amp;

* *

UNA POÚTICA CONSECUl!NTE.-En el número de julio de la

N. R. F., M. Jacques Riviere. dbcurriendo en términos crencrales acercad,· la
política francesa actual, escribe: •Nos conducimos como~¡ la política fuese ún imente •cosa m&lt;'ntale•. Gastamos una actividad desusada en imponer a lo r eal
una forma que visiblemente repele. Nos falta en absoluto la percepción de las
resistencias. Acepta mes lo irremediable en lo más cruel y repulsivo que tiene,
en la muerte de 1 1n millón seiscientos mil compatriotas, pero no se no, ocurre
pensar que también puede haber algo de irremedial,le en las cosas soi&gt;re que
reca•:n nuestns decisiones. Continuamos echando por delante los artículos de
nuestro derecho, como un rebaño al que quisiéramos hacer trepar por una pared.
No vemos salvación más que en el cumplimiento de aquello que concebimos
claramente. Es menester que los principios admitidos y refrendados un día por
el !lrnndo a instancias nuestras, arrojen, andando el tiempo, y a plazo fijo. los
frutos que esperábamos.
.
En general. todos los franceses sentimos un afán terrible de ten,:r evidentemente razón, quiero decir: de tal manera que admita demostración. Nada más
peligroso. Porque una opinión nueva y fecunda es una opinión poco sólida todavía, que puede re.:ibir el asalto de cantidad de Mgumentos y ser q11ebrantada por ellos. No qu.-remos ..:orrer el peligro de que un razonamiento nos ponga en un aprieto. De suerte que instintivamente nos apartamos de toda concepción aventurada, es decir, creadora.
Esa rnaoera de repliegue sobre nuestra propia mente me inquieta; contra él
79

�f

LA PLUMA
estoy, y eo él veo el peligro más grave que corremos en la hora actual. De antemano estamos dP. acuerdo, y únicamente, con lo que prolonga nuestros pen-·
samientos, nuestra inclinación, nuestros deseos. Al parecer, ya no sospechamos que el mundo puede tener sus caprichos, contra los que carecemos de defensa. Y, sobre todo, sus leyes, que nos convendría penetrar.
Nos contentan aquellas injusticia5 de que µodemos probar que somos víctimas. Sólo nos interesa ponerlas en evidencia; en lugar de reflexionar y de
trabajar.
.
.
¡Dónde y cuándo se ha visto re~o:npensada 1~ virtud? ¿En qué momento las
naciones se han mostrado agradecidas? ¿Por que aparentamos creer en toda
una pseudo-moral intt:rnacional, cuando somos realistas y t'Scépticos en demasía para haber incurrido jamás en la tontería de alimentar esa ilusión?
Pero nos es menester tener razón; es menester que los demás carguen con
el yerro: es menester, que en lugar del mundo exbtente, donde nos hallamos
a disgusto, se organice otro en nu_estro cerebro, en el que c.cupare!11~s el puesto mejor; si no puede ser el de triunfadores. por lo menos el d~ v1ctunas.
Todo esto, simplemente humano, carecería de gravedad, s1 no pasáramos
adelante, si nuestra inteligencia y nuestra industiia no e-;,tuvicran, a lo que parece, agotándose en esa representación falsa.•

AÑ'O III.

1

MADRID, AGOSTO 1922

NÚM. 27.

~ COMEDIA
BÁRBARA. LA ESCRIBIÓ DON RAMÓN

CARA DE PLATA

DEL VALLE-INCLÁN. JORNADA PRIMERA&lt; &gt;
1

ESCENA CUARTA
EL ABAD DE LANTAÑÓN con escolta de chalanes y boyeros, entrapo,· la verde quintana de su iglesia,y ante elportón de la rectoral descabalga. Bias de Miguez, el sacristán, acude a tenerleel bridon de la montura. Tumulto de voces quiebra el verde y aldeano silencio. El tonsurado
esquivo y sin /tablar palabra, se mete por las puertas de la sacristía. Negro, zancudo, angosto, desaparece en la tiniebla de arcones y santos viejos. A poco retorna, y en el quicio de la puerta hace disimulo de no mirar a los chalanes, atento al tempero. Disputa d tr&lt;'pel de feriantes, y
se mueven las picas mtre (fritos y gestos. De pronto, sobre el patín de
la rectoral, aparece 1ma dueñ,1 pilonga, muy halduda, que co11 la rueca
m la cinta tuerce el huso y escupe en el dedo. Es Doña Yeromita, la hermana del Abad.
(1)

VI

Véase

LA PLUMA

de jnlio, 1922.
81

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                  <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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                <text>En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador. Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince. Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió las siete iniciales del año 1920. Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, Publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico.</text>
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